Libro N° 12911. Los Orígenes De Los Cultos Revolucionarios (1789-1792) Mathiez, Albert.
© Libro N° 12911. Los Orígenes De Los Cultos
Revolucionarios (1789-1792) Mathiez, Albert. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
Título original: ©
Albert Mathiez. Los orígenes de los cultos revolucionarios
(1789-1792)
Versión Original: © Los Orígenes De Los Cultos Revolucionarios
(1789-1792) Albert Mathiez
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Guillermo Molina Miranda
LOS ORÍGENES
DE LOS CULTOS REVOLUCIONARIOS
(1789-1792)
Albert Mathiez
Los
Orígenes
De Los
Cultos Revolucionarios
(1789-1792)
Albert
Mathiez
TABLA DE CONTENIDOS
Cuando la obra de Mathiez oculta…
su obra maestra Estudio preliminar
Los orígenes de los cultos
revolucionarios (1789-1792)
Primera parte
La religión revolucionaria
Segunda parte
¿Cómo se opera la ruptura entre
la antigua y la nueva religión?
Capítulo primero. El movimiento
anticlerical durante la Asamblea Constituyente
Capítulo segundo. El movimiento
anticlerical durante la Asamblea Legislativa
Conclusión
Bibliografía
Índice onomástico
Albert Mathiez
Albert Mathiez
Los orígenes
de los cultos revolucionarios
(1789-1792)
m
Edición, traducción,
estudio preliminar y notas
de Francisco Javier Ramón Solans
Prólogo
de Pierre Serna
PUZclásicos
MATHIEZ, Albert
Los orígenes de los cultos
revolucionarios (1789-1792) / Albert Mathiez ; edición, traducción, estudio
preliminar y notas de Francisco Javier Ramón Solans ; prólogo de Pierre Serna.
— Zaragoza : Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2012
LXXI, 175 p. ; 21 cm. —
(PUZClásicos ; 2. Textos)
Bibliografía: p. LXVII-LXXI,
157-163. — ISBN 978-84-15538-89-9 RAMÓN SOLANS, Francisco Javier
Francia–Historia–1789-1799 (Revolución)–Aspectos religiosos 291.3(44)«1789/99»
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Pierre Serna
© De la presente edición, Prensas
de la Universidad de Zaragoza 1.ª edición, 2012
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CUANDO LA OBRA DE MATHIEZ OCULTA…
SU OBRA MAESTRA
Existen dos Albert Mathiez: uno
anterior a 1917 y otro posterior a la Revolución de Octubre. Por razones
estrecha-mente vinculadas a la historiografía francesa de la Revolución y a la
historia de las revoluciones del siglo xx, solo el segundo Mathiez ha sido
recordado. Así, el historiador del coste de la vida y del movimiento social
sans-culotte y cordelier, el histo-riador de Robespierre contra Danton, el
erudito del Terror, el justiciero contra la corrupción durante el gobierno de
la Vir-tud, el severo juez de los termidorianos y su reacción, el infa-tigable
narrador de la Revolución, el incansable cronista del periódico L’Humanité,
órgano del partido comunista desde 1921, se construyó una reputación de
irreductible defensor del Incorruptible, de irascible abogado del Terror y su
Comité de Salud Pública, y de despreciar sin descanso a la República burguesa.
Con la Revolución de 1917, la
historia del mundo y del siglo xx basculan hacia una historia que cosifica por
primera vez la clave interpretativa del marxismo fundada en la lucha de clases.
La toma de conciencia de los dirigentes del movi-miento obrero debe conducir,
en primer lugar, a la emanci-pación de la gran mayoría que compone la masa
proletaria. Más tarde, en un segundo momento, al levantamiento revo-lucionario
y al derrocamiento del mundo antiguo, paso previo a la llegada de una dictadura
del proletariado, que a su vez prepararía el advenimiento de un Estado
comunista. Antes de alcanzar el estadio de la revolución en marcha, el
conocimien-to de los procesos de dominación y su estudio en el pasado se
convertía en algo esencial para comprender la marcha de la historia,
profundamente estructurada por el determinismo de
x pierre
serna
la construcción de las relaciones
sociales, basadas a su vez en las condiciones de producción que explican la
infraestructura económica en una sociedad dada.
Albert Mathiez, pensador rebelde
y libre donde los haya, adoptó los fundamentos comunistas de esta
representación del mundo, sin verse sometido a las directrices de una línea
partidista, aunque finalmente fuera estigmatizado por el poder estalinista. De
ello hizo su política, que supo elevar al rango de combate, consolidándola
gracias a una inmensa erudición y una infatigable labor en los Archivos
Nacionales y en la Biblio-teca Nacional. Fue un trabajador tenaz, un formidable
defen-sor de su causa, en guerra perpetua contra los moderados, los ignorantes,
los fingidos eruditos, el orden burgués y también contra la aplastante mayoría
de sus colegas historiadores, con los que mantuvo tan pésima relación
universitaria que —con-trariamente a lo que creen numerosos historiadores— no
pudo suceder en la Sorbona a Alphonse Aulard, jubilado en 1923, a pesar de que
su dimensión científica se lo permitía. No pudo acceder «más que» a la
suplencia de este puesto a partir de 1926, cuando el disciplinado alumno,
Philippe Sagnac, des-pués de suceder a su maestro, pasó a dirigir la casa
francesa de El Cairo. Con la fogosidad que le caracterizaba y aquel arreba-to
que le hacía temible a sus adversarios, impartió sus leccio-nes en la Sorbona
hasta la extenuación aquella mañana de febrero de 1932 en que, en pleno
anfiteatro, falló su corazón.
Mathiez se apagó a los 58 años,
tal como había vivido, com-batiendo por y con la Revolución francesa, abatido
por una crisis cardíaca, soldado en primera línea de la batalla por los ideales
de la revolución. Él mismo, hijo de un mesonero-caba-retero, encarnaba a las
nuevas elites republicanas formadas en las escuelas de la patria, por la
Escuela Normal Superior y la universidad republicana. Mathiez había vivido
represen-tándose a sí mismo como un historiador intransigente, impla-cable,
riguroso hasta el exceso, erudito sin falla, autor de una obra inmensa que
todavía hoy en día es revisitada. La obra que había compuesto tras 1917, pero
sobre todo a partir de 1920, después de su adhesión al partido comunista
constituía
cuando la obra de mathiez oculta…
su obra maestra xi
una superposición, llamada a
convertirse en un problema en el futuro, entre la Revolución francesa y la
Revolución rusa.
¿Y el Mathiez anterior a 1917?
¿Quién era? ¿Quién lo recuerda todavía?1 Este otro Mathiez esconde un Mathiez
cuya lectura nos ofrece Francisco Javier Ramón de la manera más juiciosa y
afortunada. Las páginas de Mathiez, soberbia-mente introducidas por este joven
historiador de la Universi-dad de Zaragoza, lo demuestran bien: la obra de
Mathiez ha ocultado durante mucho tiempo la obra maestra de su juven-tud y de
su primera madurez, y quizás de toda su vida: su tra-bajo sobre la religión, su
tesis sobre la invención de los cultos republicanos, su primer gran estudio
sobre la descristianiza-ción, sus trabajos sobre el culto a la Razón, sus
investigaciones sobre la invención del Ser Supremo y sus todavía justas
obser-vaciones sobre la religión teofilantrópica. El historiador de lo
religioso dispone con sus trabajos de un material excepcional para comprender
la fulgurante intuición de la juventud de Mathiez. La religión y sus intereses
políticos, ideológicos y sociales son seguramente tan importantes para comprender
un mundo, una sociedad o un tiempo histórico como las con-diciones económicas y
sociales de organización de un espacio en un momento dado de su historia.
Mathiez comenzaba de manera genial por el final de la demostración marxista:
des-cribía la superestructura ideológica, el hecho religioso como tejido
social, como vínculo y cimiento de las sociedades, como fundamento de lo
político, elementos que, según su modo de ver las cosas antes de 1917,
resultaban ser elementos tan estructurantes de lo real como lo económico y lo
social.
Y el joven Mathiez, para mí y
como demuestra a su vez de manera notable Francisco Javier Ramón Solans en su
intro-ducción, tenía razón. El joven Mathiez, al defender su tesis sobre los
orígenes de los cultos revolucionarios, mostraba una intuición fulminante a la
hora de aplicar las hipótesis de la
1 James
Friguglietti, Albert Mathiez, historien révolutionnaire, 1874-1932, París,
Société des Études Robespierristes, 1974.
xii pierre serna
sociología durkheimiana a una
historia en vías de regenera-ción en aquel fin del siglo xix y comienzos del
xx.2 El joven normalien, alumno de Alphonse Aulard, admirador de Jean Jaurès y
de su historia socialista, exploraba una vía de una novedad y de una modernidad
asombrosas en el campo de los estudios revolucionarios: cómo aplicar las reglas
de la naciente sociología a la historia centenaria de la Revolución francesa,
para darle un nuevo sentido y para transformarla literalmente en una sociodicea
de lo político y de la religión, dos mundos refundidos en la invención de un
nuevo régimen a partir de 1789. De manera fulgurante, Mathiez, único
historiador de su generación en comprender verdaderamente lo que Durkheim
aportaba al campo de las ciencias históricas, escribía la his-toria del asedio,
por parte de la política reinventada tras 1789, de todo el espacio religioso, y
cómo fue reconducido al campo de la estructura laica para «sacralizar» mejor
aquella República naciente. (Cf. Albert Mathiez, Les origines des cultes
révolu-tionnaires (1789-1792), París, Société Nouvelle de Librairie et
d’édition, 1904; y Albert Mathiez, Contribution à l’histoire reli-gieuse de la
Révolution Française, París, F. Alcan, 1907).3
La política es religión. La
religión es política. De esta fusión nace lo social, la racionalidad de su modo
de funcionamiento y, más aún, la legitimidad de su proceso de reproducción.
Ambos mundos, político y religioso, son construcciones que la ciencia sociológica,
en aquel fin del siglo xix y comienzos del xx, permite analizar no como una
oposición estructurada en blancos y rojos, o partidarios de la república y sus
oponen-tes anti- o contrarrevolucionarios, sino como una fusión que nadie
percibió mejor que Mathiez al describir los fundamen-
2 Christian
Delacroix, François Dosse, Patrick Garcia y Nicolas Offenstadt (dirs.),
Historiographies. Concepts et débats, París, Gallimard, 2010, 2 vols.
3 Cf.
Émile Durkheim, «De la définition des phénomènes religieux», Année sociologique
(1898), pp. 1-28; una huella de este diálogo, en Émile Durkheim, Les formes
élémentaires de la vie religieuse: le système totémique en Australie, París,
Félix Alcan, 1912, p. 306.
cuando la obra de mathiez oculta…
su obra maestra xiii
tos religiosos del nuevo régimen
y descifrar las raíces sagradas de la República. La emoción, la creencia, el
compartir, la comunión y la fusión se convertían en objeto de historia que,
lejos de pertenecer al mundo antiguo de la monarquía como esencia de la
divinidad, representaban los pilares de un mun-do revolucionado y nuevo. La fe
política y su construcción entre 1789 y 1799 se imponían como útiles
indispensables para la comprensión de la modernidad. La religión se volvía
revolucionaria bajo la pluma de Mathiez. Refundada, refundi-da, la religión y
los cultos revolucionarios y republicanos se encontraban en el centro de la
invención de un mundo nuevo, en el origen mismo del proceso de estabilización
del nuevo régimen: la República. (Cf. Albert Mathiez, La Théophilantro-pie et
le culte décadaire. Essai sur l’histoire religieuse de la révolution 1796-1801,
París, F. Alcan, 1904).
La revolución era un apocalipsis
y los cultos inventados, el fundamento de una nueva religión para un nuevo
mundo, la plataforma de una política que hacía de la razón, de la creen-cia en
un Ser Supremo, el vínculo social de una sociedad rege-nerada, inventando el
futuro. (Cf. Albert Mathiez, La révolu-tion et l’Église: études critiques et
documentaires, París, Armand Colin, 1910 ; y Albert Mathiez, «Robespierre et le
culte de l’Être suprême», Annales révolutionnaires, 1910).
Pero ¿quién comprendió a Mathiez
cuando sostuvo su tesis en la Sorbona en 1904, en pleno ambiente anticlerical,
en la efervescencia del debate que preparaba la separación del Estado y las
Iglesias, votada en 1905 pero largamente dis-cutida anteriormente? Seguramente,
no su tribunal de docto-rado, durante una defensa muy tumultuosa en la que el
joven Mathiez, colmado ya entonces de fogosidad, osó oponerse a sus lectores,
visiblemente sobrepasados por la novedad de sus propuestas.4 Es posible que
tampoco su maestro, el buen
4 James
Friguglietti, «La querelle Mathiez-Aulard et les origines de la Société des
études robespierristes», Annales historiques de la Révolution française, n.º
353 (2008), pp. 63-94.
xiv pierre serna
burgués y radical -socialista
Alphonse Aulard, que a diferen-cia de su alumno estaba imbuido por la vena
militante anti-clerical de los padres fundadores de la Tercera República, que
rechazaban categóricamente la idea de una sacralidad de la política en nombre
del fundamento racional, materialista e ilustrado de la República que un Danton
debía encarnar en contra de Robespierre. El resto de jóvenes historiadores de
su época no lo entendieron mejor, comenzando por el que se convertiría en su
sucesor en los Annales historiques de la Révolution française, Georges
Lefebvre, que nunca se aventu-ró en el terreno de lo religioso, aunque, cuando
en 1932 publicó El Gran Miedo, reconoció la aportación de la socio-logía en la
creación de la historia de las mentalidades y su contribución a la historia de
las masas. En el campo de los estudios revolucionarios nadie comprendió
realmente a Albert Mathiez y su tesis radicalmente nueva, una tesis que acababa
de crear un paradigma historiográfico transforman-do el sentido de la
revolución y la manera de escribirla.
Mathiez permanecía en solitario
con este texto incandes-cente. Nadie se aventuraba a adentrarse en el espacio
que aca-baba de abrir. Incluso él mismo, al no formar específicamente a sus
alumnos en esta parte de su trabajo. ¿Fue un fenómeno generacional? ¿Se había
adelantado a su tiempo? Pero, me atrevería a preguntar, ¿quién fue capaz de
comprenderle des-pués?… Bernard Plongeron situó en el centro de su trabajo la
dimensión religiosa del gesto revolucionario. Michel Vovelle, al refundar la
historia del hecho religioso en el siglo xviii y repensar las condiciones de la
descristianización, siguió un sendero escarpado por un camino diferente.
Timothy Tackett se centró en las causas del cisma producido por la
Constitu-ción civil del clero. Ambos profundizaron explícitamente en el trabajo
de Mathiez sobre los curas casados.
Afortunadamente, los trabajos de
Francisco Javier Ramón Solans vienen a subsanar este déficit historiográfico.
En lo sucesivo, la tesis del joven doctor se impondrá como un hito-testigo en
esta rara corporación de historiadores que saben pensar lo religioso con la
política, la política en la religión y la
cuando la obra de mathiez oculta…
su obra maestra xv
religión que se oculta en la
apariencia política. Desde mi pun-to de vista, más allá de los Pirineos, se dan
las mejores condi-ciones posibles para pensar esta doble dimensión material y
espiritual en un centro de investigación histórica como la Universidad de
Zaragoza, una ciudad en la que se conoce la mezcla de géneros, la fusión
explosiva de lo religioso y de lo político… Los descendientes «gabachos» de los
soldados de la Grande Armée saben de lo que hablo… Y la memoria de 1809,
reavivada recientemente, nos dice que seguramente no resul-ta azaroso que
historiadores como Pedro Rújula y su alumno, Francisco Javier Ramón Solans,
sean actores importantes en la renovación de los estudios sobre el hecho
religioso y su impacto en las conmociones políticas de finales del siglo xviii
y principios del xix.
En un momento en el que en
Francia el trabajo de mitifica-ción de Mathiez con la edición hagiográfica de
sus obras pos-teriores a 1917 es, sin gran distancia crítica y constructiva, la
norma, el trabajo del historiador Francisco Javier Ramón Solans debe ser
subrayado y considerado como lo que es: una notable iniciativa para dar a
conocer al público español lo que es para mí un texto meteórico de la
historiografía de la Revo-lución francesa que, por la amplitud de su reflexión,
sobrepa-sa el simple marco de la historia de Francia para plantear los
fundamentos de una ciencia nueva entre sociología e historia, nacida hace más
de cien años pero que todavía permanece sin explorar.
En el fondo, Francisco Javier
Ramón Solans lleva a cabo un auténtico trabajo de historiador al hacer justicia
a Mathiez, quien probablemente fue el mayor responsable de su relativo olvido
historiográfico. Es, en efecto, Mathiez el que finalmen-te cambia y se desvía
para abordar de frente, es comprensible, los acontecimientos de 1917,
transformándose de historiador-sociólogo de los fundamentos de las sociedades
democráticas y republicanas en historiador comprometido con la causa
socioeconómica de las revoluciones. Mathiez fue un gran his-toriador, pero
podría haberse convertido en un historiador excepcional si hubiera conservado
la potente inventiva, la
xvi pierre serna
intuición genial, la fuerza
imaginativa y la energía creativa que le guiaron cuando se concentró en las
condiciones reli-giosas del nacimiento de la República…
Gracias al trabajo y a la
traducción de Francisco Javier Ramón Solans, disponemos de una herramienta para
estudiar y comprender esta parte oculta de la obra de Mathiez, segura-mente la
más potente intelectualmente hablando, aquella que piensa y nos permite ver una
de las claves de la modernidad nunca bien comprendida: la historia de lo
religioso y de lo político en los cimientos de las diferentes sociedades.
Aquí está la obra maestra de
Mathiez. La buena introduc-ción que la precede y su traducción al español
permite hoy pensar en ella y apreciar la novedad de una tesis cuya lectura nos
ofrece Francisco Javier Ramón Solans. Se impone que este valioso trabajo, tras
ser tomado en consideración por los lectores españoles y recibir los elogios
que merece, atraviese los Pirineos…
Pierre Serna
Catedrático de Historia de la
Revolución francesa de Paris I Panthéon-Sorbonne y director del Institut
d’histoire de la Révolution française
Orleans, diciembre de 2012
Estudio prEliminar
Francisco Javier Ramón Solans
m
A mis padres,
por su comprensión, cariño y
apoyo
Il fut l’ardent historien d’une
ardente histoire.1 (Henri Delacroix)
La Révolution française, pour la
comprendre il faut l’aimer.2
(Alphonse Aulard)
Le lutteur terrassé s’affaissa
dans sa chaire…3 (Lucien Febvre)
El 25 de febrero de 1932, el
anfiteatro Michelet de la Sorbona quedó mudo. A las 15:30, se extinguía la voz
intensa y comba-tiva de Albert Mathiez, historiador jacobino, mientras
impar-tía su curso anual sobre «la cuestión religiosa bajo la Revolución».4 Su
repentina muerte a los 58 años causó un gran impacto en la comunidad
historiográfica. Lucien Febvre le dedicaba un artículo a modo de homenaje
póstumo en la joven y prometedora revista Annales d’histoire, économie et
sociale. En él destacaba el papel tan importante que había desempeña-do como
fundador de la revista Annales historiques de la Révo-lution française, una
«revista palanca» que «invita a tirar abajo las viejos tabiques en desuso, el
cúmulo babilónico de prejui-cios, de rutinas, de errores de concepción y de
comprensión».5
Entre otros aspectos de su obra,
destacaba su primera y efímera infidelidad a la historia puramente política
para abor-dar el análisis del hecho religioso «bajo la influencia de la escuela
sociológica de Durkheim» en un momento en el que «las posiciones de l’Année
sociologique comenzaban a
1 «Fue
el apasionado historiador de una historia apasionante». Frase del decano de la
Facultad de Filosofía y Letras de la Sorbona. Citado por Troux (1932).
2 «La
Revolución francesa, para comprenderla, hay que amarla». Cita-do en Vovelle
(2002: 28).
3 «Aquel
luchador abatido se desplomó en la tarima…». Febvre (1932: 573).
4 Troux
(1935: 22).
5 Febvre
(1932: 573).
xxii francisco javier ramón solans
afianzarse».6 Lucien Febvre hacía
referencia al libro que aquí traducimos, Los orígenes de los cultos
revolucionarios (1789-1792), tesis complementaria a La teofilantropía y el
culto decadario. Ambos trabajos fueron defendidos por Mathiez en una sesión conjunta
en 1904. Paradójicamente, fue esta tesis secundaria, y no la principal, la que
más revuelo causó al apli-car por primera vez a la historia el análisis
sociológico.
Sorprendidos por su muerte, los
historiadores de Annales historiques de la Révolution française tan solo
tuvieron tiempo para incluir en el número de abril-mayo una esquela y una
bre-ve reseña biográfica elaborada por Georges Lefebvre, futuro catedrático de
Historia de la Revolución francesa en la Sorbo-na, que marcaría la
historiografía de las dos siguientes décadas y que curiosamente había nacido el
mismo año que Albert Mathiez: 1874.7 Con más sosiego, la siguiente entrega de
esta revista fue un monográfico en honor de Albert Mathiez. En ese número se
incluía el homenaje de varios profesores extran-jeros como Louis Gottschalk
(Universidad de Chicago) o Corrado Bargallo (Universidad de Nápoles); y de sus
alumnos y colaboradores entre los que destacaría un joven Jacques Godechot, que
había sido discípulo suyo en la Sorbona y en la École des Hautes Études.
En una reflexión más reposada,
Georges Lefebvre, su susti-tuto en la dirección de la revista, coincidía con
Febvre a la hora de destacar sus trabajos sobre historia religiosa de la
Revolución francesa junto con aquellos dedicados a la recupe-ración de la
figura de Robespierre y, sobre todo, con el intento pionero de elaborar una
historia social de la Revolución:
Si los historiadores del futuro
conceden un espacio cada vez más importante al estudio económico y social de la
Revolución, si deciden mirar los acontecimientos desde abajo y no solamen-te
desde arriba, lo que no es sino la condición misma de la histo-ria social,
Mathiez les aparecerá quizás como aquel que operó la transición entre Aulard y
ellos mismos, como un historiador
6 Febvre
(1932: 575).
7 Lefebvre
(1932a).
estudio preliminar xxiii
ante todo político de la
Revolución pero que ha tenido el gran mérito de darse cuenta que esta no se
puede explicar sin buscar las raíces en la subestructura económica y social.8
La predicción del futuro
catedrático de historia de la Revo-lución francesa en la Sorbona y primer
director del Institut d’Histoire de la Révolution française no tardó en
cumplirse. El papel de Mathiez como pionero de la historia social, así como
precursor de la interpretación marxista de la Revolución fue el que a la postre
perduró en los retratos historiográficos que se hicieron de este historiador
jacobino. Sin restar importancia a su decisiva contribución en este sentido,
esta imagen ha oscu-recido otras facetas de su obra. Este sería el caso de Los
oríge-nes de los cultos revolucionarios que, si bien no tendría un impacto
directo, sí que anticiparía la evolución de la historio-grafía internacional en
más de setenta años. Así, tanto por sus objetos de estudio como por su método
nos encontramos con un trabajo de historia cultural de la política avant
-la-lettre, anticipando el interés que despertaría el estudio de la ritualidad
pública en la década de los setenta.
Realizada en un contexto de
enfrentamiento entre la Histo-ria y la Sociología, esta obra es una de las
primeras y más claras apuestas por la interdisciplinariedad. Además, su
aplicación de la definición sociológica del hecho religioso realizada por Émi-le
Durkheim convierte a Los orígenes de los cultos revoluciona-rios en el primer
trabajo histórico sobre religiones políticas, anticipando los estudios
desarrollados muchos años después por sociólogos como Robert Bellah o
historiadores como Emi-lio Gentile. Por todo ello, nuestra traducción no solo
tiene como objetivo presentar al público hispanoparlante esta joya que había
quedado perdida en las bibliotecas de ambos hemis-ferios, sino que también
pretende desempolvarla y darle lustre, poniendo de relieve su posible
contribución a los debates histo-riográficos actuales.
8 Lefebvre
(1932b: 210). Jacques Godechot también estructuró la obra de Mathiez en estos
tres ámbitos de investigación. Godechot (1974b: V-VI).
9
1
UN HISToRIADoR JACoBINo
1.1. Los años de juventud, «un
temperamento provincial»9
Il était, ou se croyait
socialiste: ce qui vivait en lui, c’était l’esprit de 1793. Dans le petit
groupe d’opinion avancée auquel il se rattachait, avec Péguy, alors socialis-te
convaincu, sa voix retentissait comme un écho des assemblées révolutionnaires,
et nous l’appelions «le citoyen».10
(Paul Mantoux)
Albert-Xavier-Émile Mathiez nació
el 10 de enero de 1874 en La-Fouille-des-oreilles en el municipio de La Bruyère
(Haute-Saône). Su infancia no fue fácil. Las rentas de la pequeña explotación
agrícola familiar apenas eran suficientes para subsistir. A estos problemas
económicos pronto se aña-dirían los familiares. Según cuenta James
Friguglietti, autor de la más completa biografía de Mathiez, su padre,
Constant, tenía problemas con el alcohol y maltrataba con frecuencia a su
madre, Adélaïde. En el otoño de 1888, la situación se hizo insostenible y
Adélaïde abandonó a su marido, refugiándose con la hermana pequeña de Mathiez
en un pueblo vecino.
9 Febvre
(1932: 574) lo describe exactamente como «uno de esos tem-peramentos
provinciales».
10 «Era o se creía socialista: en él habitaba el espíritu de 1793. En
el pe-queño grupo de opinión avanzada al que se vinculaba, con Péguy, entonces
socialista convencido, su voz resonaba como un eco de las asambleas
revolu-cionarias y nosotros le llamábamos el ciudadano». Citado en Godechot
(1974a: 288).
xxvi francisco javier ramón solans
Tras obtener el divorcio en
febrero de 1891, madre e hija se fueron a Estados Unidos, quedando el joven
Albert bajo la custodia de su padre.11
Afortunadamente para Albert
Mathiez, sus éxitos escola-res le permitieron obtener una beca en el liceo de
Vesoul, a unos 30 kilómetros de su casa, escapando del opresor ambiente
paterno. Muy pronto su capacidad intelectual impresionó a un inspector de educación
que prolongó y transfirió su beca al instituto Lakanal de Sceaux en las
inme-diaciones de París. Allí comenzó la Khâgne o clases prepara-torias para la
École Normale Supérieure, en las que conoció al germanista Albert Levy y al
poeta Charles Péguy.
Tras aprobar el examen de acceso
y pasar por un periodo de formación militar, en 1894, los tres amigos se
reencontra-ron en este prestigioso centro de la calle Ulm, formando el grupo de
inspiración socialista Utopie.12 Como señala Furet, «el socialismo de Mathiez
no es fácil de definir porque es más instintivo que doctrinal».13 Estos jóvenes
normaliens estaban más cerca ideológicamente de Michelet o del espíritu de
1848. Para ellos, el socialismo representaba la reivindicación de la identidad
colectiva de unos «intelectuales que acaban de abandonar el mundo del pueblo
como consecuencia de un doloroso desarraigo social geográfico y cultural» en la
capi-tal.14 En realidad, al igual que ocurriría con las religiones
revo-lucionarias que estudia el propio Mathiez,
la opción socialista es a la vez
una ruptura (porque acelera el proceso de laicización) y una continuidad
(porque reemplaza con una nueva fe la pérdida de referencias). Traduce también
la necesidad de dar un contenido positivo al vacío de la laici-
11 Para sus años de juventud véase la espléndida biografía de Mathiez
realizada por Friguglietti (1974: 9-34).
12 Sirinelli (1994: 348-351).
13 Furet (1992: 126).
14 Charle (1998: 242). Este grupo estaba lejos de ser representativo
de los alumnos de la Escuela Normal Superior que no se inclinan tanto a la
izquierda como harán más tarde. Albertini (1994: 49) e Israël y Mochon (1994:
192).
estudio preliminar xxvii
dad oficial en la que la mayor
parte han crecido (todos vienen de la enseñanza pública y su educación
religiosa, salvo una o dos excepciones, no ha ido apenas más allá de una
conven-ción social), ver, para los más exaltados de entre ellos, de fun-dar una
nueva religión de la Humanidad.15
Durante estos años de formación,
Albert Mathiez pudo disfrutar de una de las épocas doradas de la École Normale
Supérieure. Insatisfechos con la enseñanza superior en Fran-cia y siguiendo el
modelo alemán, que se postulaba como ejemplar tras la derrota de Sedán (1870),
una generación de antiguos normaliens encabezada por Ernest Lavisse y Gabriel
Monod fueron tomando posiciones en la escuela, toda vez que sus excompañeros
Jules Ferry y Alfred Rambaud llegaban a la jefatura del Gobierno y el
Ministerio de Instrucción Públi-ca, respectivamente.16
Así, Mathiez pudo saborear los
primeros frutos de dicho proceso de profesionalización de la Historia: la
aparición de seminarios y revistas, la creación de catedráticos y profesores,
las preocupaciones metodológicas de un Charles Seignobos o un Charles-Victor
Langlois, etc. Entre sus profesores podría-mos destacar al geógrafo Vidal de la
Blanche, el modernista Émile Bourgeois o el padre de la escuela historiográfica
metó-dica Gabriel Monod.17 Este último desempeñó un papel capi-tal en la
formación de Mathiez, ya que dirigió su memoria para la obtención del diploma
de la Escuela Normal Superior. Este primer trabajo de investigación de Mathiez
versaría sobre las jornadas de octubre de 1789 y, gracias a Monod, sería
publicado en la prestigiosa Revue historique de la que era cofundador.18
15 Charle (1998: 248).
16 Rioux y Viallaneix (1994: 293-320).
17 Una descripción de la historiografía francesa de finales de siglo
y de la importancia de Gabriel Monod en Peiró (2010: 347 y ss.).
18 Para una completa bibliografía de Albert Mathiez, que hace
referen-cia a sus 26 libros, 7 opúsculos, 474 artículos y 600 reseñas, véase
Caillet-Bois (1932).
xxviii francisco javier ramón solans
En el verano de 1896, el joven
Albert Mathiez perdió un ojo en unas prácticas militares, razón por la cual
siempre lle-varía sus características gafas ahumadas. Era su tercer y últi-mo
curso en la Escuela Normal Superior, el año de prepara-ción de la agregación
(oposición a cátedra de instituto). Tras aprobarla brillantemente en agosto de
1897, consiguió una beca de estudios para la Facultad de Letras de la
Universidad de Lyon durante el curso 1897-1898, y al año siguiente trabajó en
los liceos de Ampère, Cahors y Montauban.19 En pleno estallido del polémico
affaire Dreyfuss, Mathiez firmó a favor de la liberación del capitán de origen
judío acusado de trai-ción, manteniendo una violenta polémica con un profesor
católico y antifreydusard que le llevó a ser trasladado al liceo de Rochefort.
En 1900, su compañero en la
Escuela Normal Superior e historiador económico de la Revolución industrial
británica, Paul Mantoux, renunció a una beca en la Fundación Thiers para
investigar en Inglaterra y medió para que se la dieran a Mathiez. Aunque tras
terminar sus estudios e inspirado por Vidal la Blanche, su intención era
estudiar la geografía catala-na, finalmente Albert Mathiez se decantó por la
Revolución francesa y contactó con Alphonse Aulard para que dirigiera su
tesis.20
El que fuera titular de la
primera cátedra de Historia de la Revolución francesa en la Sorbona lo aceptó
bajo su dirección y probablemente lo orientó hacia el estudio del culto
decada-rio y la teofilantropía con el fin de completar el estudio que acababa
de publicar en 1892 sobre el culto a la Razón y al Ser Supremo. Por encima de
estas razones, en su elección de tema debió pesar mucho el contexto de «guerra
cultural» entre las dos Francias y el claro compromiso de Albert Mathiez con la
laicidad.21 Desde los años ochenta, se habían librado diversos
19 Para estos años ver Friguglietti (1974: 35-69).
20 Una breve biografía de Alphonse Aulard en Gérard (2004).
21 Para la idea de «guerra cultural» y enfrentamiento entre las dos
Fran-cias ver McMillan (2003).
estudio preliminar xxix
combates, fundamentalmente en
torno a la laicización de la enseñanza, que culminarían en la ley de 1904 que
prohibía a las congregaciones religiosas enseñar y, sobre todo, en la
separación Iglesia-Estado de 1905.
En cierto sentido, podríamos
considerar la obra de Mathiez, ya desde sus principios, como una
historia-proble-ma avant-la-lettre. Así, eran sus preocupaciones presentes las
que guiarían sus preguntas sobre el pasado. Para Jacques Godechot, Mathiez
«proyectaba sin cesar la historia de la Revolución sobre los acontecimientos
que vivía, y por un movimiento dialéctico juzgaba la Revolución según el
pre-sente en el que estaba inmerso».22 Sin embargo, en ocasiones esta forma
interrogativa de hacer historia provocaba que se trasladaran combates presentes
al pasado. Como veremos después, Mathiez llevará su enfrentamiento con Aulard
al pasado, confrontando a su héroe, Robespierre, con el de su maestro, Danton.
En cualquier caso, el papel de
Aulard fue clave en la forma-ción de este joven historiador, abriéndole además
las puertas de la revista La Révolution française y de la Société de
l’his-toire de la Révolution que él mismo había fundado. En 1901, Mathiez decide
aceptar un puesto de profesor en el liceo de Châteauroux y rechazar su beca en
la Fundación Thiers, ya que esta institución no acepta a investigadores casados
y Mathiez iba a contraer nupcias con Marguerite Boudot.23 Al año siguiente
sería destinado a Caen donde mantuvo una actividad muy destacada en lo político
a través del movimien-to sindicalista de profesores.
Entre tanto, Albert Mathiez ya
tenía preparada la tesis que defendería el 23 de marzo de 1904 en un tribunal
presidido por el decano Croiset y en el que estaban su director, Ernest Denis,
Henry Michel, Alfred Rambaud y Charles Seignobos.
22 Godechot (1974b: VIII).
23 Tras un conflictivo matrimonio y cuatro niños, Marguerite
obtendría finalmente el divorcio en 1912. Mathiez volvería a casarse con
Madelein Perreau, pero desafortunadamente su mujer falleció el 21 de julio de
1927.
xxx francisco javier ramón solans
La aplicación de la sociología,
así como la originalidad de la propuesta generaron algunas resistencias entre
los miembros del tribunal que, como Ernest Denis, creyeron que era excesi-vo
«atribuir un carácter religioso a casi todos los actos colec-tivos de los
franceses entre 1789 y 1792».24 Por su parte, a pesar de las críticas que
recibía en su trabajo, Alphonse Aulard reconocía que era una muy «buena tesis»
y que en algunas páginas era «un modelo de exposición histórica».25 Estas
dife-rencias no fueron óbice para que el tribunal acordara unáni-memente el
sobresaliente cum laude.26 Al éxito de su tesis, Albert Mathiez pronto añadió
la felicidad de regresar a París para ser profesor en el liceo Voltaire en
1906.
1.2. La querella Mathiez-Aulard:
el combate de Robespierre contra
Danton
Mucho se ha especulado sobre las
razones que llevaron al agrio enfrentamiento entre el discípulo y su maestro.
En pri-mer lugar, habría que señalar que «esta querella fue de hecho
unilateral. Aulard nunca se dignó a contestar».27 En segundo lugar, cabría
destacar que las desavenencias de Mathiez con su director de tesis se fundan en
razones políticas e históricas entrelazadas. Además, estaba el legendario
carácter apasiona-do, casi colérico, de Mathiez al que se hace referencia
prácti-camente en todos sus retratos biográficos.
El enfrentamiento entre sus dos
héroes, Danton y Robes-pierre, era el trasunto de un conflicto generacional
entre el populismo elitista de los radicales y las ensoñaciones socia-listas,
entre el anciano combatiente por la III República y el joven que, tras la
victoria de los radicales en 1902 y 1906, quedó decepcionado por la ausencia de
reformas socia-
24 Citado en Friguglietti (1974: 57).
25 Citada en Troux (1935: 14).
26 Troux (1932: 8-9).
27 Friguglietti (1974: 72). Para esta querella véase también
Friguglietti (2008) y Godechot (1974a: 297-298).
estudio preliminar xxxi
les.28 A pesar de las
discrepancias, hasta esa decepción ambos habían compartido trinchera,
defendiendo a Dreyfuss y la separación de la Iglesia-Estado operada en 1905.
Como señala Furet, Mathiez
No solamente tiene unas
titulaciones superiores a las de su maestro, sino que ha recibido una formación
mejor, en cual-quier caso más canónica, en historia «positiva»; y además ha
leído y quedado impresionado por Durkheim. Todo esto, que enraíza en la distancia
que separa estas dos generaciones, toma también la forma de una oposición
política: Aulard es radical, y Mathiez socialista.29
Probablemente fuera la Historia
socialista de la Revolución francesa (1901-1904) de Jean Jaurès la que sentara
las bases de dicho enfrentamiento. Aunque ambos testimoniaran una misma
admiración por su obra, Mathiez sería el que a la pos-tre se vería más influenciado
por su trabajo. Para la genera-ción de Aulard, más inspirada por Comte y
Michelet, «la narración de la revolución será nacional y dantonista, román-tica
y positivista».30 Así, frente a la Historia política de la Revolución francesa
(1901) de Aulard, Jaurès ponía el énfasis en los problemas socioeconómicos y
destacaba la importan-cia de la figura de Robespierre.31 Para Albert Soboul, la
obra de Jaurès es el «punto de llegada» de la tradición historiográ-fica de
interpretación social clásica de la Revolución a la vez que, como señala
Mathiez, es «el punto de salida de estudios tan fecundos como variados».32
Aunque la investigación de Mathiez quedaría marcada por ambos aspectos, no
termina-ría de desarrollar este análisis social hasta después de la Pri-mera
Guerra Mundial.
28 Lefebvre (1932b: 198-199).
29 Furet (1992: 126).
30 López Alcañiz (2006: 118).
31 Friguglietti (1974: 63-65 y 76-77); Soboul (1979) y una carta de
Mathiez publicada post mortem, Gottschalk (1932: 219).
32 Soboul (1979: 447) y Mathiez (1904: 491).
xxxii francisco javier ramón solans
Así, hasta 1914, Albert Mathiez
se concentra en la vindi-cación de la denostada figura de Robespierre,
enfrentándose con su antiguo maestro. La historiografía de la Revolución
francesa quedaría fracturada durante una generación, hasta la fundación en 1937
del Institut d’Histoire de la Révolution française por Georges Lefebvre.
Mathiez dio el primer paso en esta ruptura institucional al asumir la
presidencia de la Société des Études Robespierristes, que había fundado en 1907
el erudito Charles Vellay. De esta manera, quedarían, por un lado, Aulard y la
revista La Révolution française y, por el otro, Mathiez y la revista Annales
révolutionnaires, germen de la futura Annales historiques de la Révolution
française.
Sin embargo, esta dualidad
todavía no se había traducido en un enfrentamiento abierto. Este se produjo en
la sesión de marzo de 1908 de la Société d’Histoire Moderne. En aquella
reunión, Albert Mathiez pidió que se hicieran públicas las subvenciones distribuidas
a los miembros de la asociación por las diferentes publicaciones ya que, aunque
no lo dijera abiertamente, sospechaba de Pierre Caron, redactor de la Revue
d’histoire moderne et contemporaine. En aquella misma sesión, Caron presentó un
informe muy crítico de las obras completas de Saint- Just que acababa de
publicar Charles Vellay, acusándole de copiar fragmentos del Recueil des Actes
du Comité de salut public de Aulard.33
Considerando que detrás del
ataque a su compañero esta-ba la mano de su maestro, Mathiez realizó una dura
crítica de la obra de Aulard, Taine: historien de la Révolution française
(1907) toda vez que Vellay cuestionaba la cientifi-cidad de su compilación de
las actas del Comité de Salud Pública. Mathiez, que ya había publicado una
elogiosa rese-ña del libro, realizaba ahora una dura crítica, en la que
seña-laba que Aulard no estaba «tan lejos de las concepciones políticas de
Taine como podríamos creer […] Es casi tan
33 Friguglietti (1974: 83 y ss.).
estudio preliminar xxxiii
antisocialista como Taine. El
gran crimen de Robespierre, de Billaud y de Saint-Just, el crimen que causa su
pedantismo, es que han expuesto unas miras cuasi socialistas».34 En su única
respuesta, Aulard se mostraba irónico, señalando que el que había escrito dicha
reseña debía ser un sosias, ya que el verdadero Mathiez no había hecho sino
elogiarle. En el siguiente número de Annales révolutionnaires, el otrora
admirado alumno respondía criticando su Historia política de la Revolución
francesa y diciendo que todos aquellos elo-gios los había hecho «por
encargo».35 La ruptura estaba con-sumada. Los costes para la joven Société des
Études Robes-pierristes serían muy grandes, ya que este estado de sitio haría
que surgieran muchas tensiones y que abandonaran el barco miembros tan
destacados como Charles Vellay, quien fundaría su propia revista Revue
historique de la Révolution française.
Mathiez era presidente de una
asociación, tenía una revis-ta propia y había conquistado una celosa
independencia a costa de enfrentarse con su maestro. Sin embargo, todavía le
faltaba dar el salto a la enseñanza superior para consolidarse como un referente
de la historiograf ía francesa. Aunque seguiría hasta 1911 en el liceo
Voltaire, en febrero de 1908 consiguió un puesto de profesor asociado, para
luego pasar en 1909 a Nancy donde reemplazó a Philippe Sagnac, y final-mente,
obtener el puesto de titular de la Universidad de Besançon.
Entre tanto, la aparición de las
primeras obras de Mathiez le fueron consolidando como un autor de obligada
referen-cia para aquellos que quisieran abordar la Revolución fran-cesa.
Normalmente, solía publicar los resultados de sus investigaciones en artículos
de revista que más tarde com-pilaba en un libro. En ellos, aunque concede una
especial importancia a los aspectos religiosos de la Revolución,
34 Citado en Friguglietti (1974: 86).
35 Citado en Friguglietti (1974: 87)
xxxiv francisco javier ramón solans
podemos apreciar su creciente
interés en la figura de su héroe, Robespierre.36
De hecho, los primeros artículos
sobre el «Incorruptible» están íntimamente relacionados con aspectos de su
política religiosa. Especialmente polémico fue su ataque a la tesis de Aulard
por la que Robespierre se había opuesto a la des-cristianización por sus
creencias católicas. Mathiez demos-traba que en realidad Robespierre era un
deísta que tenía muy en cuenta las sensibilidades del pueblo, y que por ello
posponía la consecución de su proyecto laico. De hecho, él no se oponía a los
principios de la descristianización, sino más bien a la forma y el momento en
el que se estaba reali-zando, ya que podía alimentar la insurrección
contrarrevo-lucionaria.37 También destacaría su aportación al estudio del
misticismo cristiano revolucionario principalmente a través del caso de
Catherine Théot que veía en Robespierre un nuevo mesías.38 Finalmente, aborda
en un artículo aparecido en 1910 en los Annales révolutionnaires el papel de
Robes-pierre en la instalación del culto al Ser Supremo como un intento deísta
de ofrecer al pueblo un sustitutivo de la reli-gión tradicional.39 A excepción
de aquellos artículos que analizan su política religiosa, la obra de Mathiez
sobre Robespierre es quizás la más problemática, ya que en oca-siones adquiere
tonalidades hagiográficas.40
36 Durante aquellos años, la única excepción a sus trabajos sobre la
his-toria religiosa de la Revolución y sobre la figura de Robespierre es un
pequeño opúsculo dedicado a la cuestión social resultado de la publicación de
la con-ferencia dada en la Federación de Cámara de Trabajo de Caen el 7 de
diciem-bre de 1904, Mathiez (1905). Este texto, muy influenciado por Jaurès y
una lectura de la Revolución en clave de lucha de clases, constituye la
apertura de una vía de análisis social que Mathiez explorará una década más
tarde.
37 Mathiez (1910).
38 En este texto demuestra cómo el caso de la profetisa Théot no tuvo
nada que ver con Robespierre y fue más bien una maniobra de sus enemigos para
atacar al «Incorruptible». Mathiez (1907).
39 Recogido en Mathiez (1926).
40 Furet va más allá y señala que en esta obra se mezcla «una
ingenuidad moralizante» y un «fanatismo partidista». Furet (1992: 130).
estudio preliminar xxxv
En 1911, publicaría su última
obra de historia religiosa de la Revolución, Roma y el clero francés durante la
Constituyen-te, en la que mostraba cómo la Constitución civil del clero estaba
inspirada por un espíritu de reforma de la Iglesia y cómo su condena papal se
vio retrasada por los intereses que tenía Pío VI en Aviñón.41 Ese mismo año,
con motivo de la aparición de una serie de escándalos políticos, Mathiez
comenzaría a impartir un curso titulado «La corrupción par-lamentaria durante
el Terror» en la que otra vez volvía al pasado para librar batallas presentes y
equiparar los fraudes producidos por Danton con los del Gobierno radical.
En 1913, al poco de emprender
estas investigaciones sobre la corrupción, estallaba un escándalo en la prensa
que acabaría por salpicar a Aulard. Le Matin publicaba un anónimo que decía que
el director de los Archivos Nacionales, Charles-Victor Lan-glois, había
destruido unos fondos muy importantes. Al poco tiempo, Aulard se sumaba al
ataque, la polémica crecía, el direc-tor no hablaba y, finalmente, el ministro
de Instrucción Pública salió a declarar que ningún documento había sido
eliminado, tan solo unos boletines escolares sin importancia. El propio
Langlois, que hasta el momento había permanecido en silencio, escribió un duro
artículo contra Aulard en el que le acusaba de mutilar documentos durante su
preparación de las Actas del Comité de salud pública. Aunque, finalmente, las
culpas recaye-ron sobre sus ayudantes, especialmente en el fallecido
Kuscins-ki, la imagen de Aulard quedó muy deteriorada. Mathiez salió a la
palestra para atacar a su antiguo maestro toda vez que escri-bía a Langlois una
carta en la que señalaba cómo:
Aulard ignora lo que es la
ciencia […]. La ciencia no se pre-senta ante él más que en la forma de
presidencias, condecora-ciones, comisiones, etc. Al tener la mano en el grifo
de los favores, se cree invencible. Califica de contra-revolucionarios a todos
aquellos que le atacan y con eso le basta.42
41 Mathiez (1911)
42 Citado en Friguglietti (1974: 105).
xxxvi francisco javier ramón solans
1.3. La Primera Guerra Mundial.
Del patriotismo a la Revolución
En vísperas de la guerra, Mathiez,
al igual que otros inte-lectuales de izquierda, había mostrado un claro
compromiso con el internacionalismo y el pacifismo. De hecho, fue uno de los
firmantes en febrero de 1914 del manifiesto a favor del desarme titulado La Paz
armada y el problema de Alsacia en las nuevas generaciones francesas. Sin
embargo, con el estalli-do del conflicto, Mathiez se dejó llevar por ese
entusiasmo patriótico y bélico. Como señalara Stefan Zweig, la distancia de la
población con la última conflagración europea, la fran-coprusiana de 1870,
había convertido la guerra «en algo heroico y romántico».43
Así, a pesar del asesinato de su
admirado Jean Jaurès por su compromiso pacifista a manos de un estudiante
nacionalista y ultraderechista, Raoul Villain, el 31 de julio de 1914, Albert
Mathiez, al igual que otros internacionalistas de izquierda, se adhirió a la
«unión sagrada» contra Alemania instigada por el presidente conservador Raymond
Poincaré.44 De hecho, en noviembre incluso intentó entrar en el ejército, pero
no pudo debido al ojo que había perdido en las prácticas militares de su
adolescencia. En sus primeros artículos sobre la guerra, «Mathiez atacaba al
enemigo con cólera, condenando el mili-tarismo, el despotismo y la barbarie
alemana».45
otra vez, sus preocupaciones
presentes condicionaban sus investigaciones. En este contexto bélico, Mathiez
realizó diver-sos trabajos sobre el éxito de los ejércitos revolucionarios,
43 Zweig (2002: 289).
44 «Unión sagrada» fue el nombre que se dio al movimiento de las
dife-rentes fuerzas religiosas y políticas francesas contra Alemania. Este
nombre proviene del discurso del presidente de la República, Raymond Poincaré,
el 4 de agosto de 1914, en el que invitaba a todos los franceses a superar sus
diferencias «en una misma indignación contra el agresor y en una misma fe
patriótica». Lapierre y Levillain (1992: 116-122).
45 Friguglietti (1974: 112, para su actitud durante la guerra véanse
las pp. 109-141).
estudio preliminar xxxvii
incluidos en La Victoria del año
ii (1916), su archienemigo Danton y la paz (1919) y los problemas económicos y
sociales, que posteriormente recogería en La vida cara y el movimiento social
durante el Terror (1927). En este último libro muestra cómo la inflación de
1793, la guerra y las reivindicaciones del pueblo llevaron a los jacobinos, que
mantenían posturas libe-rales, a adoptar medidas de control de los
abastecimientos y precios que culminarían en la ley del maximum general.
Esta obra supone un hito en la
interpretación social de la Revolución y conecta con el temprano interés de
Mathiez en la obra de Jaurès que habíamos podido apreciar en La cues-tión
social durante la Revolución (1905) y que ahora germina-ba en todo su esplendor.
No obstante, como señala Soboul, aunque haga referencia a la lucha de clases y
los problemas socioeconómicos, esta obra de Mathiez continúa mantenien-do
fundamentalmente un enfoque desde arriba y no desde las masas populares.
Mathiez, fuertemente inspirado por el so-cialismo y una interpretación social
de la Revolución, nunca fue en el verdadero sentido del término un historiador
mar-xista.46 Paradójicamente, en este sentido Furet se muestra mu-cho más
benévolo con este «primer estudio sistemático de las clases populares (sobre
todo parisinas), desde el punto de vis-ta de su presión en los sucesivos
gobiernos de la Revolución», y señala que esta obra tuvo la «virtud de orientar
la historia de la Revolución hacia la Historia social, algo sobre lo que ya
ha-bía llamado la atención Jaurès a comienzos de siglo».47
Poco a poco, Mathiez fue
abandonando su entusiasmo ini-cial por la guerra para adoptar una posición
crítica con el gabinete conservador de Poincaré. Entre tanto, las noticias de
la caída del régimen zarista en marzo de 1917 fueron muy favorablemente acogidas
por Mathiez que no tardó en ver similitudes con la Revolución francesa. La
decisión de Lenin de firmar el tratado unilateral de paz con Alemania en Brest-
46 Soboul (1979: 450 y ss.) y Friguglietti (1974: 120-123 y 218).
47 Furet (1992: 130-131).
xxxviii francisco javier ramón solans
Litovsk enfría momentáneamente el
entusiasmo del historia-dor jacobino que veía como aquella decisión podía
afectar a la victoria francesa.48
No obstante, una vez terminada la
guerra, el triunfo en Francia del bloque nacional de derechas en 1919 reaviva
su compromiso con la izquierda y sus simpatías hacia el comu-nismo, en cuyo
partido se inscribe. Asimismo, se muestra favorable a la adhesión de la Sección
Francesa de la Interna-cional obrera (SFIo) a la III Internacional. Es entonces
cuan-do realiza su célebre comparación de Lenin con Robespierre y la Revolución
rusa con la francesa,
El Jacobinismo al igual que el
Bolchevismo son dos dicta-duras, nacidas de la guerra civil y de la guerra
extranjera, dos dictaduras de clase, operando por los mismos medios, el terror,
las requisas y los impuestos, y en última instancia ambas tienen un objetivo
parecido, la transformación de la sociedad, y no solamente de la sociedad rusa
o francesa sino de la sociedad universal.49
Sin embargo, como señalara
recientemente Jean -Clément Martin al hablar de las revoluciones árabes de
2011, «remitir-se a 1789 desorienta más de lo que nos aclara». Así, más que
comparaciones directas, hay que buscar vinculaciones com-plejas. Si no, se corre
el riesgo de «sufrir nuevas decepciones cuando el futuro haya, una vez más,
desmentido las esperan-zas de un pasado mal comprendido».50
Durante estos años, Albert
Mathiez acomete la reedición en L’Humanité de los cuatro volúmenes corregidos
de la His-toria socialista de la Revolución francesa de Jean Jaurès que
aparecerían entre 1922 y 1924. Entre tanto, su carrera aca-démica había
continuado exitosamente. En el otoño de 1919
48 Friguglietti (1974: 135 y ss.).
49 Mathiez (1920: 3-4). Para el periodo comunista de Mathiez véase
Friguglietti (1974: 163 y ss.).
50 Martin (2011).
estudio preliminar xxxix
había sido nombrado profesor de
Historia Moderna de la Uni-versidad de Dijon. En 1922, su viejo maestro se
jubila y queda libre la cátedra de Historia de la Revolución francesa en la
Sorbona. Mathiez mueve sus contactos y se postula al cargo, pero, finalmente,
Philippe Sagnac, profesor de la Universidad de Lille, es elegido sustituto de
Aulard. En estos años, Mathiez vuelve otra vez a la carga, publicando una
colección de docu-mentos titulada Un proceso de corrupción durante el Terror.
El affaire de la Compañía de Indias (1920) en el que se observa la corrupción
de Danton; y nuevamente realiza un homenaje al «Incorruptible» en Robespierre
terrorista (1921).
1.4. Los años finales. El
desencanto comunista y el ascenso a la Sorbona
En 1922, se muestra cada vez más
irritado con la excesiva dependencia del Partido Comunista francés de Moscú.
Preci-samente, cuando la Sección Francesa de la Internacional Comunista, por
orden de la Internacional, comienza a expul-sar y depurar a todos aquellos
«sospechosos de burgueses», Mathiez, junto con otros intelectuales, decide
abandonar el partido, regresando a posiciones cercanas a la SFIo.
No obstante, y a pesar de su
ruptura, todavía mantenía alguna simpatía hacía el régimen soviético,
especialmente a los escritos históricos de Trotsky, y a los historiadores
rusos. De hecho, tanto Mathiez como la Sociedad de Estudios Robespierristas
entablaron diversos contactos con la historio-grafía soviética. En 1927, fue
elegido miembro correspon-diente de la Academia de Ciencias de la URSS. Sin
embargo, también estas relaciones se acabaron deteriorando a raíz de una
polémica que tuvo con uno de sus historiadores, Bouche-makine, y, sobre todo, a
partir del encarcelamiento de Tarle y la ejecución de cuarenta y ocho
intelectuales rusos en sep-tiembre de 1930. De esta manera, el idilio de
Mathiez con el comunismo soviético terminaba de una manera abrupta. En 1931,
señalaba que «en la Rusia de Stalin, no hay sitio para
xl francisco javier ramón solans
una ciencia libre y
desinteresada, para una ciencia a secas. La historia en particular no es más
que una rama de la propaganda».51
A la postre, esta confusa y breve
experiencia comunista de Mathiez le serviría a Furet en su Diccionario crítico
de la Revolución francesa (1992) para estigmatizar toda su obra como
historiador, «abandonó el partido sin romper con el esquema intelectual que le
había llevado a él».52 Poco le importa si los rasgos esenciales de su obra ya
estuvieran plan-teados antes de 1917, ni tampoco la actitud crítica que adoptó
con el régimen de Stalin tras abandonar el partido por sus prácticas
dictatoriales. En este sentido, no resulta ocioso esta-blecer algunas líneas de
comparación entre los dos historia-dores: ambos comparten una violenta
irrupción en la histo-riografía del momento, un tono agresivo, un compromiso
con el partido comunista y una conflictiva salida del mismo. Qui-zás este
reflejo autobiográfico influyera a Furet en sus consi-deraciones críticas sobre
la obra de Mathiez. En cualquier caso, este había trazado una línea maniquea,
anatematizando prácticamente a toda la historia académica sobre la Revolu-ción
francesa. Así, a pesar de los logros del historiador jacobi-no, para Furet, «la
debilidad intelectual así como la proyec-ción política de la obra de Mathiez
provienen de esta economía general de la interpretación».53
Además de por su compromiso
político, estos años están marcados por el definitivo aunque interino ascenso
de Mathiez a la cúspide del sistema universitario francés. En 1925, Philippe
Sagnac, catedrático de Historia de la Revolu-ción francesa, aceptó un puesto
temporal de profesor en la Universidad de El Cairo, siendo Mathiez nombrado
suplente durante toda su ausencia.54 A pesar de la vuelta del titular en
51 Para su desencanto con el comunismo véase Friguglietti (1974:
178-182 y 210-217, para la cita la p. 214) y Bosc y Gauthier (2010: 7-52).
52 Furet (1992: 128).
53 Furet (1992: 129).
54 Charle (1986: 152-154).
estudio preliminar xli
el otoño de 1929, Mathiez
continuó como sustituto toda vez que mantenía su puesto en Dijon. En 1928,
firma también un contrato de suplente, que renovará cada año hasta su muerte en
1932, con la prestigiosa École Pratique des Hautes Études. Aunque de manera
interina, Mathiez conseguía finalmente ascender a la cima del sistema
universitario francés. Con la muerte de Aulard en 1928, quedaba como el
principal espe-cialista en la Revolución. Además, Mathiez gozaba de un gran
prestigio internacional como prueban sus numerosos contac-tos con profesores de
Estados Unidos o las conferencias que impartió en la Universidad de Buenos
Aires en el verano de 1929 y en la Universidad de Leipzig en 1930.
En esta época termina el que
sería uno de sus libros más célebres, su síntesis en tres volúmenes de la
Revolución fran-cesa (1922, 1924 y 1927). Esta obra divulgativa tenía la virtud
añadida de ofrecer al gran público los resultados de las inves-tigaciones
realizadas durante los últimos años. Además, Mathiez ofrecía interpretaciones
tan sugerentes como la de que en lugar de una revolución había habido cuatro
diferen-tes (la noble, 1787-1788; la burguesa, 1789; y dos populares, 10 de
agosto de 1792 y 2 de junio de 1793). Los tres tomos abarcarían el periodo
1787-1795, concediendo especial im-portancia a los enfrentamientos entre la
Gironda y la Monta-ña y el ascenso de esta última al poder. Su libro La
Reacción termidoriana (1929) actuaría como una especie de epílogo de esta
síntesis. Además, en este periodo publicó también dos compilaciones de sus
principales artículos sobre su héroe y su némesis, Entorno a Robespierre (1925)
y En torno a Danton (1926).
2
LoS oRíGENES
DE LoS CULToS REVoLUCIoNARIoS
2.1. El contexto historiográfico
de la obra y su primera recepción
En aquel interesante
fin-de-siècle francés en el que se fra-guó la tesis de Mathiez, la Historia se
encontraba, como magistralmente señaló Juan José Carreras, «triunfante y
aco-sada». Triunfante, porque la «historia culminó el siglo confi-gurada como
la comunidad científica profesionalizada de la más vieja de las ciencias
sociales», pero también acosada por-que las jóvenes ciencias, especialmente la
Sociología, no solo se resistían a ser guiadas como soñaba la Historia, sino
que la desafiaban a campo abierto.55
La escuela metódica ejemplifica a
la perfección la conso-lidación del proceso de profesionalización, así como el
momento en el que se encontraba la historiografía francesa en el cambio de
siglo. Esta corriente historiográfica, estigma-tizada por Lucien Febvre, ha
sido objeto de una renovada atención por parte de los historiadores de la
historiografía desde los años setenta, destacando el rol que desempeñó en la
profesionalización, su apuesta epistemológica y su impli-cación política en el
caso Dreyfus, que contrasta con la des-vinculación política de Annales.56
Partiendo de una noción
científica y positiva de la Historia, la escuela metódica concedía una especial
importancia a la crítica de las fuentes, ya que estas eran las que permitirían
reconstruir los acontecimientos pasados. Dentro de esta
55 Carreras (2003: 51).
56 Garcia (2007: 96-97).
xliv francisco javier ramón solans
corriente historiográfica
podríamos destacar la Introducción a los estudios históricos (1897) de Langlois
y Seignobos y el célebre manifiesto fundacional de la Revue historique en 1876
redactado por Gabriel Monod, profesor de Mathiez en la Escuela Normal Superior,
a quien dedica la obra que aquí se presenta.57 Para Monod,
Sin duda, las opiniones
particulares siempre influyen en cierta manera en el modo en el que se
estudia[n], se ve[n] y se juzga[n] los hechos o los hombres. Pero debemos
esforzar-nos en eliminar las causas de prevención y de error para no juzgar los
acontecimientos y los personajes más que en ellos mismos.58
La puesta en práctica de estos
textos programáticos siem-pre resulta problemática, máxime si coincide con un
momento de desafío abierto, planteado primero por la sociología y más tarde por
la escuela de Annales. Entre 1890 y 1910, comenza-ron a aparecer voces críticas
que reprochaban su culto a la objetividad o su carácter excesivamente
particular, esa historia évènementielle que posteriormente reprobaría
Braudel.59
El enfrentamiento entre
Sociología e Historia se abre con un artículo del sociólogo y economista
François Simiand pu-blicado en 1903 en la revista de la Société d’Histoire
Moderne. Para él, los intentos de Langlois y Seignobos por codificar la
Historia como ciencia social habían sido infructuosos tanto en el plano de las
exigencias de una disciplina científica como en el de los conceptos. Para
solventarlo, proponía que la His-toria se convirtiera en una ciencia de
fenómenos sociales, abandonando lo particular y buscando la generalidad. Según
su famosa metáfora, los historiadores deben renunciar a los tres ídolos de su
tribu: lo político, lo individual y lo cronológico.
57 Carbonell (2004: 228-229).
58 Citado en Carbonell (1976: 413).
59 Garcia (2007: 182-199).
estudio preliminar xlv
Frente a estas críticas,
Seignobos respondió que solo lo individual es accesible y que incluso esto
escapa al historiador. Por ello, rechaza la utilización de las ideas de
organización colectiva, acción del medio social o de la conciencia colectiva.
De una manera más conciliadora, Paul Mantoux, compañero de Albert Mathiez,
proponía una vía intermedia en la que el historiador buscara en lo particular
la manera en la que se representan las energías ocultas del medio social, la
impor-tancia del cambio y, por tanto, de la cronología. Esta segunda respuesta,
de naturaleza más sincrética, abría el camino a la historia de las
representaciones colectivas que desarrollaría más tarde Lucien Febvre, al
sugerir la posibilidad de una his-toria de la psicología individual integrada
en el colectivo.60
Tanto la redacción de Los
orígenes de los cultos revolucio-narios como la defensa de la tesis en 1904, se
produjeron en el momento álgido de dicho enfrentamiento. Lejos de las postu-ras
enconadas, algunos factores favorecieron el intercambio entre ambas disciplinas.
En primer lugar, habría que destacar «la proximidad intelectual y relacional de
estos dos medios que, en ciertos aspectos, no forman más que uno: el de los
normalianos de los años 1890- 1900, fuertemente influencia-dos por el
socialismo y la idea de ciencia social, alumnos de los mismos profesores en
historia y filosofía»61. De hecho, a pesar de esta polémica, sociólogos e
historiadores siguen compartiendo espacios en jurados de tesis o en comités de
redacción de diversas revistas. Además, posturas equilibradas y tolerantes como
las de Paul Mantoux, que reconociendo la importancia de la Sociología también
hacían lo propio con la Historia, facilitaron el entendimiento y los primeros
ejem-plos de interdisciplinariedad. Sin embargo, como señala Cristophe Charle,
la tesis de Mathiez tiene todos los elemen-tos para dejar descontento a todo el
mundo, «los historiado-res contrariados por su revestimiento teórico y los
sociólogos
60 Para el debate véanse Rebérioux (1983: 219-230) y Garcia (2007:
189-196).
61 Mucchielli (1998: 415).
xlvi francisco javier ramón solans
inquietos al ver aplicar a temas
muy arriesgados, tesis no admitidas todavía por todos y que prudentemente
reservan a las sociedades primitivas».62
Del lado de los historiadores,
las críticas no se limitaron a los comentarios de Ernest Denis en su tribunal
de tesis. En la Revue d’histoire moderne et contemporaine aparecieron sen-das
reseñas de su tesis principal y complementaria. Del análi-sis de Los orígenes
de los cultos revolucionarios se encargó el archivista y especialista en la
Revolución francesa, Pierre Caron. La principal objeción al trabajo de Mathiez,
al igual que había ocurrido durante la defensa de su tesis, es que si bien se
aceptaba la naturaleza religiosa de algunos de estos fenómenos, se consideraba
excesivo hablar de una religión revolucionaria. Para él, el autor habría
alterado la definición de Durkheim al «darle una elasticidad que no tiene».63
En su respuesta, Mathiez defiende
que ha utilizado dicha definición «porque me parecía un marco cómodo para
adap-tarlo al estudio de los hechos» y que no ha forzado su uso, ya que el
propio Durkheim la utilizaba para hablar de creencias laicas como la patria o
la revolución.64 Mathiez se reafirma en sus posiciones diciendo que «la
Revolución es una religión, una religión hecha de porvenir y de pasado».65 Esta
religión revolu-cionaria «no está tan muerta como pueda parecer», y así,
toda-vía podemos observar los sentimientos religiosos que despierta la bandera
tricolor entre los republicanos. Pero más allá de estas pervivencias, «pienso
que ha evolucionado hacia nuevas formas y creo reencontrarla casi por completo
en el socialismo que procede de ella [la Revolución] por filiación directa»66.
Marcel Mauss, discípulo y sobrino
de Durkheim, asestó un duro golpe a la propuesta de Mathiez al no considerar
estos fenómenos como «religiones en el sentido verdadero del tér-
62 Charle (1998: 253).
63 Caron (1904-1905: 419).
64 Mathiez (1904-1905: 588).
65 Mathiez (1904-1905: 592).
66 Mathiez (1904-1905: 593).
estudio preliminar xlvii
mino, es decir, sistemas
determinados, suficientemente orgá-nicos y persistentes de fenómenos
religiosos». No obstante, juz-gaba que «la definición del fenómenos religioso,
propuesta por Durkheim, se aplica suficientemente». De esta manera, tuvieron
naturaleza religiosa pero no el tiempo necesario para convertirse en
religiones. Así pues, para Marcel Mauss, el tra-bajo de Mathiez sobre estos
cultos «es de un carácter casi exclusivamente histórico y la masa relativamente
considera-ble de hechos sociales que podemos vincular a la historia de esta
secta no ha sido ni siquiera estudiada de un punto de vis-ta medio
sociológico».67 Albert Mathiez no responde más que tangencialmente a Marcel
Mauss en un artículo aparecido en la Revue d’histoire moderne et contemporaine,
señalando que en el fondo Mauss le da la razón, al señalar la breve duración de
estos cultos revolucionarios.68
Más allá de estas consideraciones
críticas desde la Historia y la Sociología, lo cierto es que, gracias a la obra
de Mathiez se establece por primera vez un feraz diálogo entre ambas
dis-ciplinas. En su tesis, el joven historiador jacobino interpela al maestro y
padre de la sociología, Émile Durkheim y su defini-ción del hecho religioso por
la forma y no por el contenido que había realizado en L’Année sociologique en
1899. En este artículo, el sociólogo francés ya había apuntado la posible
aplicación de su teoría a objetos laicos:
Las creencias comunes relativas a
objetos en apariencia laicos, tales como la bandera, la patria, una forma de
organi-zación política, un héroe o tal acontecimiento histórico, etc., son, en
cierto sentido, obligatorias por el simple hecho de ser comunes ya que la
comunidad no tolera sin resistirse que se los niegue abiertamente[…] En cierta
medida, son indiscerni-bles de las creencias propiamente religiosas. La patria,
la Revolución francesa o Juana de Arco son para nosotros cosas sagradas, que no
permitimos que nadie nos toque.69
67 Mauss (1903-1904: 296-298).
68 Mathiez (1905-1906: 126).
69 Durkheim (1899: 20).
xlviii francisco javier ramón solans
Mathiez retoma esta línea de
análisis para intentar com-prender los cultos revolucionarios. La utilidad de
la apuesta durkheimiana radica en que su definición de la religión no se basa
en el contenido de las creencias, no importa si se basan en Dios, los espíritus
o la institución política, sino en su for-ma. De esta manera, las dos
principales características del hecho religioso son la existencia de creencias
y prácticas obli-gatorias para la comunidad.
Sin embargo, Mathiez no se limita
a aplicar rigurosamente la definición de Durkheim, sino que entabla un diálogo
con ella, la modifica e incorpora nuevos elementos. Así, señala que «en su
período de formación, el fenómeno religioso viene siempre acompañado de una
sobrexcitación general de los sentidos y un intenso deseo de felicidad».
También señala que estas creencias se materializan en objetos materiales, en
símbolos, que adquie-ren una naturaleza sagrada al ser puntos de unión de los
cre-yentes y el lugar en el que depositan sus esperanzas. Por último, Mathiez
añade a esta definición la ira iconoclasta:
Todavía, muy a menudo, los
creyentes, sobre todo los neó-fitos, se ven excitados por una rabia destructora
contra los símbolos de los otros cultos. Con mucha frecuencia, en cuan-to se
ven con fuerzas, ponen en entredicho a todos aquellos que no comparten su fe ni
adoran sus símbolos y, por este simple crimen, les imponen penas especiales,
expulsándolos fuera de la ley de la comunidad de la que forman parte. 70
Este diálogo se completó cuando
en su libro ya clásico, Las formas elementales de la vida religiosa (1912),
Émile Durkheim retomó los trabajos de Mathiez para demostrar como «esta
capacidad de la sociedad para erigirse en un dios o para crear dioses no fue en
ningún momento más per-ceptible que durante los primeros años de la Revolución
Francesa».71 Así, a pesar de las críticas que había recibido el
70 Página 16 de la presente edición.
71 Durkheim (2007: 201).
estudio preliminar xlix
trabajo de Mathiez, la
utilización que hacía Durkheim venía a sancionar la aplicación de su teoría a
la Revolución francesa. Además, la influencia del joven historiador jacobino se
dejará notar en el capítulo vii del libro ii de Las formas elementales de la
vida religiosa. En este apartado, el sociólogo francés habla de entusiasmo,
efervescencia colectiva, violencia o utili-dad de los símbolos como puntos de
unión de la comunidad, aspectos todos ellos abordados en Los orígenes de los
cultos revolucionarios.72
Estas apreciaciones llegaron algo
tarde, en 1912, cuando Mathiez ya había abandonado esta vía sociológica y se
hallaba inmerso en la pugna con su maestro Aulard por la reivindica-ción de la
figura de Robespierre. Probablemente, las críticas realizadas desde ambos lados
habían enfriado el interés de Mathiez en la Sociología y su utilización para el
análisis histó-rico. Su apuesta interdisciplinar llegaba demasiado pronto, los
ecos de la polémica de 1903 estaban todavía muy presentes. Probablemente, si su
obra hubiera sido realizada unos años más tarde, hubiera tenido una mejor
recepción y una mayor influencia. Años más tarde, la irrupción de Annales
favoreció el intercambio con otras disciplinas como la Sociología o la
Psicología. Así, por ejemplo, la noción durkhemiana de repre-sentación
colectiva tuvo una gran influencia en los trabajos de Lucien Febvre o Marc
Bloch.73
La violenta crítica llevada a
cabo por Lucien Febvre en contra de la escuela metódica, condenó al ostracismo
la obra de muchos historiadores adscritos a esta corriente. Sin em-bargo, como
constatara Peter Burke para el paso entre la his-toria de las mentalidades a la
historia cultural, en ocasiones se exageran las diferencias entre los nuevos y
los viejos enfo-
72 Para la mutua influencia entre Mathiez y Durkheim véanse Paoletti
(1998: 78-91) y sobre todo Tiryakian (2009: 89-113).
73 Durkheim (1898: 273-302). Para la importancia de conceptos como
representación colectiva, mentalidad colectiva o imaginario social en las tres
primeras generaciones de Annales véanse Dosse (2006: 83-88, 164-165 y 191-212);
Delacroix (2007: 279-287), y Serna y Pons (2005: 85-100).
l francisco
javier ramón solans
ques, «dejando a la siguiente
generación la tarea de consta-tar que sus abuelos intelectuales eran, después
de todo, ca-paces de concebir ciertas ideas relevantes».74 Así, como señala
Patrick Garcia, a través de la obra de Mathiez o Jaurès, pode-mos «entrever, en
el seno mismo de la tradición instaurada por la escuela metódica, una
renovación de las problemáti-cas y de los objetos en las que se inscribirán
tanto Georges Lefebvre como Ernest Labrousse, y todo ello sin que fuera
necesaria ninguna nueva profesión de fe epistemológica o metodológica».75
Por último, como ya hemos
señalado anteriormente, el ambiente de enfrentamiento abierto entre clericales
y anti-clericales, previo a la definitiva separación de la Iglesia y el Estado
de 1905, desempeñó un papel clave en la elección del tema religioso. Asimismo,
el nuevo sistema republicano necesitaba consolidar un nuevo imaginario
político, enfren-tando «una nueva soberanía contra una monarquía real, una
religiosidad virtual contra una religión establecida, y una fuerza popular
contra la dominación social».76 De esta manera, podemos apreciar la aparición o
resemantización de símbolos, canciones y ceremonias, que despertaban un fervor
casi religioso.
En este contexto cultural y
político de la III República, no solo Mathiez y Durkheim se percataron del
carácter sagrado con que eran dotados algunos símbolos laicos como la
trico-lor. En 1895, el abate Sicard, cuya obra sería utilizada por el propio
Mathiez, señalaba la conexión entre los intentos de crear esta religión
republicana y la Revolución francesa. De hecho, en esta obra, anticipaba ya la
idea de que los revolucio-narios buscaban instituir una verdadera religión, «la
Revolu-ción, despreciando al cristianismo aunque comprendiendo la gran
influencia que la religión había ejercido hasta el momen-
74 Burke (2005: 17).
75 Garcia (2007: 181).
76 Agulhon (1979: 232).
estudio preliminar li
to en las reglas y costumbres
morales de la nación, hizo un inmenso esfuerzo por reemplazarlo».77
Desde posiciones muy alejadas, el
psicólogo social Gustave Le Bon también había llegado a conclusiones muy
similares. En su Psicología de las masas (1895) ya hablaba de las formas
religiosas con las que se revisten las convicciones de las masas, subrayando
cómo dicho sentimiento ya fuera «aplica-do a un Dios invisible, un ídolo de
piedra, un héroe o una idea política, mantenía siempre un carácter religioso
[…] Las masas revisten de una misma potencia misteriosa la fórmula política o
el jefe victorioso que los fanatiza momentáneamen-te». De hecho, en esta obra,
Le Bon llega a aplicar dicha idea a la Revolución francesa, señalando como «los
Jacobinos del Terror eran en el fondo tan religiosos como los católicos de la
Inquisición y su crueldad derivaba de la misma fuente».78 Pos-teriormente, en
La Revolución francesa y la Psicología de las revoluciones (1912), sostenía que
la Revolución no había que-rido fundar «un régimen nuevo, sino una religión
nueva» y que «su influencia continuaba todavía».79 Esta relectura críti-ca de
la Revolución francesa se apoyaba en los trabajos del conservador Taine,
obviando completamente las aportaciones de Mathiez y Durkheim. Aunque no exista
una influencia directa, resulta importante constatar cómo desde posiciones tan
diferentes, lo político comenzaba a considerarse en clave religiosa y cómo
estos trabajos predecirían en cierta manera las formas religiosas que
adoptarían las ideologías soviéticas, nacionalsocialistas y fascistas. De
hecho, en Las incertidum-bre de la hora presente (1924), Le Bon señalaba que
«la propa-gación de ciertas creencias políticas como el comunismo es
incomprensible cuando se ignora la necesidad mística de creer que domina la
vida de los pueblos».80
77 Sicard (1895: 5).
78 Le Bon (1991: 39-40).
79 Le Bon (1983: 16-17).
80 Le Bon (1978: 288).
lii francisco javier ramón solans
2.2. Análisis de la obra
Los orígenes de los cultos
revolucionarios es en muchos sentidos uno de los primeros y más sabrosos frutos
del pro-ceso de profesionalización de la Historia. Estructurada en dos partes:
«La religión revolucionaria» y «¿Cómo se opera la ruptura entre la antigua y la
nueva religión?», esta obra comienza de una manera ejemplar con un breve, pero
preci-so balance historiográfico en el que se analiza cómo los his-toriadores
han abordado el estudio de los cultos revoluciona-rios. En estas primeras
páginas, Albert Mathiez señala cómo estos cultos han sido despreciados o, en el
mejor de los casos, olvidados. Y es que, «con frecuencia, el historiador se
mues-tra respetuoso solo con aquello que dura».81 Frente a aquellos que
sostienen que estos cultos no son más que sacrílegas comedias o creaciones
artificiales de los políticos, Albert Mathiez trae a colación la definición de
religión dada por Durkheim para aplicarla a la Revolución francesa. Estas
preocupaciones teóricas y metodológicas son una buena muestra de la exquisita
formación que había recibido en la École Normale Supérieure.
En la primera parte, Albert
Mathiez se centra en las formas que adquiere dicha religión revolucionaria.
Partiendo de los ideales de la filosofía del siglo xviii y, fundamentalmente,
en la «religión civil» de Rousseau, esta religión se manifiesta espontáneamente
en los primeros momentos de la Revolu-ción: en los juramentos cívicos, en la
visión del legislador como sacerdote de la felicidad, en la consideración de la
Declaración de Derechos como un texto sagrado o en las fies-tas de la
Federación. Desde un punto de vista que bien podría ser considerado de Historia
cultural de la política avant-la-lettre tanto por sus objetos de estudio como
por su enfoque, Mathiez desgrana los dogmas, símbolos, ceremonias o cánti-cos
que dan forma a esta religión revolucionaria.
81 Página 9 de la presente edición.
estudio preliminar liii
Tras describir las principales
características de este culto revolucionario, en la segunda parte del libro
aborda cómo progresivamente se operó la ruptura entre el catolicismo y la nueva
religión. Para ello, se centrará en las discusiones, decre-tos y proyectos
presentados a la Asamblea constituyente, la Asamblea legislativa y la Sociedad
de Jacobinos. Por encima de otros aspectos como el matrimonio de los
sacerdotes, el principal punto de ruptura vendría derivado de la Constitu-ción
civil del clero, que dividiría a la Iglesia francesa en dos, los que la juraron
y los que se negaron o refractarios. Estos últimos supusieron un grave problema
para el orden público, ya que fomentaron las revueltas contrarrevolucionarias.
Las discusiones en torno a su represión, así como la incapacidad del clero
constitucional para controlar por sí mismo la situa-ción, favorecieron que los
laicos fueran ganando posiciones en las asambleas. En realidad, existía una
contradicción de partida, ya que la creación de un culto oficial a través de la
Constitución civil del clero era incompatible con la libertad de cultos
proclamada en la Declaración de Derechos. Por otro lado, Mathiez estudia cómo
al mismo tiempo que el proyecto laico iba ganando posiciones, fueron surgiendo
proyectos que planteaban llenar el vacío dejado por el catolicismo median-te
una religión revolucionaria compuesta por conferencias populares, fiestas y
colegios.
Este recorrido le permite afirmar
que estos cultos revolu-cionarios no fueron construcciones artificiales, sino
la expre-sión de una religión inspirada en el siglo xviii y que se mate-rializa
en la Revolución francesa, fundamentalmente en las fiestas de la Federación.
Asimismo, sostiene que esta religión comenzó a tomar conciencia de sí misma
tras el fracaso de la Constitución civil del clero. Finalmente, defiende que la
sepa-ración de la Iglesia y el Estado no implicaba necesariamente un Estado
laico, sino un Estado con una religión civil de inspi-ración rousseauniana.
Con un estilo directo, sin
circunloquios ni florituras, y una gran claridad expositiva, Albert Mathiez
consigue que la lec-tura de Los orígenes de los cultos revolucionarios sea ágil
y que
liv francisco javier ramón solans
sus tesis queden perfectamente
expuestas. El texto está muy bien arquitrabado por una combinación de fuentes
primarias y secundarias. Además de sus préstamos de la Sociología y su correcto
manejo de la historiografía clásica de la Revolución francesa, se apoya en la
reedición de fuentes primarias, así como en una gran cantidad de artículos que
abordaban par-cialmente dichas temáticas. En el fondo, la obra de Mathiez es
deudora del proceso de profesionalización que había consoli-dado un amplio
espectro de revistas científicas especializa-das, así como facilitado el acceso
a numerosas fuentes prima-rias a través de su catalogación y publicación.
En cualquier caso, quizás la
característica más notable del estudio de Mathiez es que sugiere. Hay libros
que demues-tran impecablemente una tesis, la argumentan y realizan una
aportación al estudio de un periodo histórico, lo que no es poco. otros añaden,
además, un nuevo enfoque que permite contemplar este objeto de estudio bajo una
nueva luz, enri-queciendo notablemente el debate histórico. Por último, hay
libros como el de Mathiez, que además sugieren una gran multitud de vías de
análisis e inspiran nuevas interpretacio-nes que no se circunscriben al periodo
histórico estudiado, sino que pueden ser utilizadas y aplicadas a otros
periodos. Estos libros, que bien pueden ser considerados clásicos de la
historiografía, son trabajos en los que se puede apreciar de una manera muy
clara la sensibilidad con la que el autor aborda los temas, la riqueza de su
mirada, su paciente trabajo de archivo, su destreza a la hora de elaborar los
argumentos o su artesanal labor de redacción del texto.
2.3. Un antepasado desconocido,
un clásico olvidado:
la actualidad de la obra de
Mathiez
Durante muchos años, Los orígenes
de los cultos revolucio-narios ha permanecido inexplicablemente en el olvido.
En torno a 1912, cuando Durkheim reconocía el valor de su obra, el propio
Mathiez ya había abandonado el estudio de la
estudio preliminar lv
historia religiosa de la
Revolución francesa y se hallaba inmerso en su vehemente enfrentamiento con
Aulard. Poste-riormente e inspirado en la obra de Jaurès, Mathiez aborda-ría la
relación entre la inflación de 1793, las protestas popula-res y las presiones
sobre los jacobinos que abandonaron sus posturas liberales para establecer un
maximum general. Esta parte de su obra, pionera de la historia social de la
Revolu-ción francesa, será la que a la postre más atención reciba por parte de
los historiadores. Como ya hemos visto, Annales había condenado a toda la
historiografía metódica y Lucien Febvre salvaba este último intento de sostener
«una historia de masas y no de vedettes, una historia vista desde abajo y no
desde lo alto; una historia alojada, sobre todo, en el marco indispensable, en
el marco primordial de las realidades económicas».82
Después de la Segunda Guerra
Mundial, la segunda gene-ración de Annales y su apuesta por la larga duración
tampoco creó un ambiente muy favorable para la recuperación de la primera obra
de Mathiez. Por su parte, tras su muerte en 1932, los trabajos de Georges
Lefebvre y Albert Soboul inci-dieron en una línea de interpretación marxista de
la Revolu-ción francesa que conectaba mucho mejor con sus últimos trabajos.
Esta sería la imagen que quedaría más sólidamente fijada en los balances
historiográficos de la Revolución france-sa, aquella que establecía una línea
genealógica marxista des-de Jean Jaurès, pasando por Albert Mathiez, hasta
Mazauric y Soboul. Este retrato historiográfico resulta sumamente
reduc-cionista, ya que no es capaz de dar cuenta de la extremada riqueza y
originalidad de obras como El Gran Miedo de Lefe-bvre o Los orígenes de los
cultos revolucionarios, trabajos pre-cursores e interdisciplinares que
incorporaban aportaciones de la Psicología y la Sociología. En este sentido,
como señala Pierre Serna al hablar de Lefebvre, más allá de la inspiración
estrictamente marxista, podríamos hablar de un
82 Febvre (1932: 576).
lvi francisco javier ramón solans
Positivismo sociológico a la
francesa, como sistema cientí-fico que dota de comprensión los movimientos
globales de acción colectiva y explica el lugar de la autonomía o no del actor
en la historia. Seguramente, esta última pista merece un mayor análisis ya que
permite ir un poco más lejos que el homenaje muy clásico, esperado y convenido,
de Lefebvre por Jaurès.83
Si bien Los orígenes de los
cultos revolucionarios ha sido citado con frecuencia, normalmente se hace
referencia a este trabajo con cierta displicencia, como quien por obligación
trae a colación a un antepasado que, aunque desfasado, ha sido el primero en
abordar dicho tema. Por lo general, no se reconoce su verdadera importancia
como obra pionera, que anticipó en casi setenta años los caminos que seguirá no
solo la historio-grafía de la Revolución francesa, sino la contemporánea. Dos
serían sus principales aportaciones en este sentido, como antecesora de la
historia cultural de la política, fijando nuevos objetos de estudio; y de los
estudios de las religiones políticas.
En primer lugar, el estudio de
Mathiez anticipaba la impor-tancia que desde la historia cultural de lo
política se acordaría a los símbolos y rituales públicos.84 De hecho, en su
trabajo se destacaba el papel que desempeñaron símbolos como la esca-rapela, la
tricolor o los árboles de la libertad en la difusión de la ideología
revolucionaria. Al mismo tiempo, para Mathiez, el uso de dichos distintivos era
revelador de la existencia y extensión de una verdadera fe revolucionaria. En
este sentido, podemos encontrar ciertas filiaciones entreLos orígenes de los
cultos revolucionarios y otras obras posteriores sobre simbo-logía
revolucionaria como el brillante y sugerente Marianne au combat. L’imagerie et
la symbolique républicaine de 1789 à 1880 (1979) de Maurice Agulhon.
83 Para el carácter interdisciplinar de la obra de Georges Lefebvre,
véase Serna (2010: 11).
84 Para las aproximaciones culturales a la política véase Canal y
Moreno Luzón (2010).
estudio preliminar lvii
Además, en su obra de juventud,
Mathiez abordaba otro aspecto al que la historia cultural de la política
acordará una especial importancia: los festejos públicos. En este aspecto, su
obra es deudora del trabajo de su maestro Aulard quien ya había subrayado la
importancia de la ritualidad pública en su análisis del culto a la Razón y al
Ser Supremo.85 Aunque dis-tinguía entre fiestas conmemorativas, fiestas
políticas, exe-quias y fiestas morales, Mathiez veía un sustrato común en todas
las fiestas:
Podemos encontrar una misma
inspiración, un mismo deseo de honrar a la nueva institución política, de
defenderla, de celebrar el recuerdo de los grandes acontecimientos que la han
dado lugar y la han consolidado, y de testimoniar su reco-nocimiento público a
los hombres que la han fundado o la han preparado. En el fondo, estas reuniones
constituyen un culto rendido a la Revolución, a la Patria, a la Libertad, a la
Ley y de cualquier palabra con la que califiquemos al instru-mento de la
felicidad esperada y el ideal soñado. Tanto por su ceremonial como por su
inspiración, se parecen a las fiestas del Terror o a las fiestas decadarias, a
las que muy a menudo sirvieron de modelo.86
Este estudio de Mathiez abriría
una veta de investigación muy rica que, sin embargo, tardaría muchos años en
ser explotada. En 1956, Albert Soboul, en un pionero y aislado artículo,
retomaba el debate Aulard-Mathiez en torno a la verdadera naturaleza de los
cultos revolucionarios. Resulta llamativo como a pesar de que Soboul esté más
de acuerdo con la tesis de Mathiez, le reproche su «deformación socioló-gica»
en lo que quizás sea un último coletazo de aquellos enfrentamientos
Sociología-Historia del cambio de siglo fran-cés.87 En concreto, manifestaba su
desacuerdo con la «excesi-
85 Aulard (1892).
86 Página 51 de la presente edición.
87 Soboul (1956: 75).
lviii francisco javier ramón solans
va» asimilación de lo colectivo
con lo religioso en la obra de Mathiez, algo que podía ser cierto para las
sociedades arcai-cas que analizaba Durkheim, pero no para un secularizado siglo
xviii en el que la religión no ocupa más que un sector de la vida colectiva. No
obstante, Soboul apunta una idea muy interesante, que más tarde será retomada
por Michel Vovelle: la distinción entre los cultos populares y las creaciones
más artificiales de la burguesía. En los primeros se aprecia el paso de la
religión católica a la revolucionaria a través de fórmulas sincréticas como la
del culto al corazón del incorruptible Marat, que es comparado con Jesús.
Sin embargo, a pesar de este
importante estudio, todavía habría que esperar a los años setenta para que se
consolidara esta línea de estudio y en concreto al coloquio «Les Fêtes de la
Révolution», celebrado por la Société d’Études Robespierristes en Clermont-Ferrand
en 1974. En este congreso se dieron cita especialistas de la talla de Mona
ozouf, Albert Soboul, Louis Bergeron, Claude Mazauric, Maurice Agulhon, Bernard
Plon-geron o Michel Vovelle.88
Tan solo dos años más tarde, en
1976, aparecería uno de los grandes clásicos de la historiografía sobre la
Revolución francesa, La fête révolutionnaire de Mona ozouf. La histo-riadora
bretona señalaba que la fiesta revolucionaria ha sido «descuidada durante mucho
tiempo», trivializada como objeto de estudio de etnólogos y folcloristas, y que
solo en el momento en el que escribe ha atraído la atención de los
his-toriadores.89 Así, en un primer momento, se olvidaba de Mathiez, al que
solo cita en una decena de ocasiones en todo el libro, para luego traerlo a
colación junto con Aulard como parte de «esta historiografía pesimista» que ve
el fracaso global de las fiestas revolucionarias.90 No obstante, para Mathiez:
88 Ehrard y Viallaneix (1977).
89 ozouf (1989: 21).
90 ozouf (1989: 29).
estudio preliminar lix
La religión revolucionaria no
está tan extinguida como se le supone, que los cultos revolucionarios podrían
renacer un día bajo nuevas formas, y también respondo que el fracaso religioso
de la Revolución no puede arrebatarle su carácter religioso.91
Para Mona ozouf, Mathiez tampoco
conseguía liberarse de la explicación política que en el fondo subyace a la
idea de la sustitución de un culto por el otro. No obstante, en su obra, el
historiador jacobino concede gran importancia al carácter espontáneo de las
primeras manifestaciones de este culto, que solo después es organizado,
estructurado e instrumentalizado políticamente.
Finalmente, Mona ozouf reprocha
la naturaleza política de la idea de «substitution» que según ella emplea al
final del texto. No obstante, Mathiez termina diciendo que «para el Estado
nuevo que instituían, exigen el mismo respeto, la mis-ma veneración que rodeaba
al antiguo, y transfieren el catoli-cismo a sus cultos cívicos».92 obsérvese,
además, la cercanía de la idea de «transposer» con la de «transfert de
sacralité» que más tarde desarrollaría Mona ozouf. Este concepto sería
utilizado por la historiadora bretona para hacer referencia a la búsqueda de
una religión depurada, una religión antropológi-ca, y a los préstamos de la
cultura clásica y católica para satis-facer ese horror vacui, esa necesidad de
lo sagrado, producida por el declive del cristianismo.93 Así, «más que hablar
de reli-gión revolucionaria, valdría más decir que la Revolución ha imaginado e
instituido una religión».94
Aquel mismo año también aparecía
La Métamorphose de la fête en Provence de 1750 à 1830 de Michel Vovelle. En
este libro no solo se alargaba el marco cronológico, incluyendo las fiestas de
finales del Antiguo Régimen, la Restauración y el
91 Página 17 de la presente edición.
92 Página 155 de la presente edición.
93 ozouf (1989: 441-474).
94 ozouf (1992: 313).
lx francisco javier ramón solans
comienzo de la Monarquía de
Julio, sino que también se incluían las contra -fiestas, las luchas políticas,
el análisis de los participantes… Además, se apuntaba la existencia de dos
sistemas festivos, uno popular, profuso y vivo, y uno más ofi-cial y clásico
revolucionario. Ambos sistemas coexistirían, se influenciarían mutuamente y se
enfrentarían a lo largo de la Revolución. Finalmente, Michel Vovelle también
apuntaba la existencia de una religión cívica y patriótica, que, como señala
Mona ozouf, no termina con la revolución, sino que se proyecta en el siglo
xix.95
En cualquier caso, los estudios
de Soboul y principalmente los de Vovelle y ozouf consolidaban una feraz línea
de estudio que progresivamente se iría extendiendo a otros periodos de la
historia francesa como la III República o los imperios de Napoleón I y Napoleón
III.96 En realidad, tomando en cuenta la deriva de estas investigaciones, así
como los objetos de estudio que abordaba en Los orígenes de los cultos
revolu-cionarios franceses, podríamos considerar a Albert Mathiez un pionero de
la historia cultural de la política.
En segundo lugar, su aplicación
de la definición del hecho religioso planteada por Émile Durkheim, bien podría
conside-rarse como precursora de los estudios que se realizarían en los años
noventa bajo el epígrafe de «religiones políticas», concepto teorizado y
difundido por Emilio Gentile.97 Partien-do de la idea de secularización como
autonomización de la política, estos estudios contemplaban los ritos como
manifes-taciones de la «sacralización de la política».98 Para Gentile, la
religión política sacraliza un sistema político fundado sobre el monopolio
irrevocable del poder, sobre el monismo ideológi-
95 Vovelle (1976; 1985a: 159-199; 1985b: 157-190).
96 Véase, por ejemplo, la reciente síntesis de todas estas
investigaciones en Dalisson (2009).
97 Para la obra de Mathiez como pionera del estudio de las religiones
políticas véase Moro (2010: 94-147).
98 Gentile (2005a: 9-29). Un balance de las tesis de la religión
política en Box (2006: 195-230).
estudio preliminar lxi
co, sobre la subordinación
obligatoria e incondicional del individuo y de la colectividad. La religión
política es «intole-rante, autoritaria, integrista, y busca impregnar el más
míni-mo aspecto de la vida individual y colectiva». En su desarro-llo, la religión
política
se relaciona con la concepción,
la experiencia y la representa-ción de una actividad política a través de
creencias, de mitos, de ritos y de símbolos relativos a una entidad secular
sacrali-zada que inspira la fe, la devoción y la cohesión de sus cre-yentes a
los que prescribe un código de conducta y un espíri-tu de abnegación con el fin
de asegurar su defensa y su triunfo.99
En su análisis teórico sobre la
existencia de una religión laica, Emilio Gentile realiza un genial repaso de
los autores que han abordado esta cuestión desde Rousseau hasta Robert N.
Bellah pasando por Gustave Le Bon. En este balance his-toriográfico, Gentile
concede especial importancia a la inter-pretación funcionalista de la religión
de Durkheim y a su aplicación a los cultos revolucionarios por Mathiez.100
Sin embargo, a diferencia del
caso tratado por Mathiez, la mayor parte de estos estudios se han centrado en
el análisis de los totalitarismos fascista, nazi y soviético. En el fondo, se
acababa por hacer una distinción de carácter moral entre una religión civil,
que se desarrolla en un sistema que garantiza la pluralidad de ideas y la libre
competición por el poder, y una religión política basada en el monopolio del
poder y el monismo ideológico.101 El propio Gentile reconoce los pro-blemas a
la hora de distinguir ambas religiones, y para ello, en lugar de remitirse a
fenómenos contemporáneos, se retro-
99 Ambas citas en Gentile (2005a: 16 y 256).
100 Gentile (2005a: 43-45).
101 Una crítica a esta distinción, así como una propuesta para aunar
ambas definiciones, entendiendo la «religión política» como una expresión
cultural de la vida del grupo y como un instrumento ideológico para movilizar a
la población en Cristi (2001).
lxii francisco javier ramón solans
trae a la Revolución francesa
para mostrar sus derivas intran-sigentes y violentas.102
Por último, me gustaría señalar
cómo dentro de los estu-dios de las religiones políticas, la referencia de
Gentile a la obra de Mathiez quizás sea una excepción. Así, por ejemplo, no
deja de ser sorprendente que en la introducción teórica y en los capítulos
consagrados a la Revolución francesa del cele-brado estudio Poder terrenal de
Michael Burleigh no se reali-ce ni una sola mención a los trabajos de Mathiez.
Asimismo, en línea con los estudios revisionistas que hablan del fracaso de
estos violentos simulacros y que conectan la Revolución francesa con el
totalitarismo, Burleigh concluía diciendo que
los primeros intentos continuados
de crear cultos cívicos seculares que rivalizasen con el cristianismo
tradicional habían fracasado miserablemente. Los odios que había gene-rado esta
empresa vana y genocida envenenaron la política interior francesa durante un
siglo o más.103
Como critica Renato Moro, los
términos con que se analiza dicha dimensión religiosa de la política son
utilizados con una especial ligereza sin distinguir si se hace referencia a una
ver-dadera liturgia fundada en una teología o a una simple cere-monia que imita
las formas religiosas, si es estético o ideológi-co, etc.104 Para evitar esta
imprecisión propone volver la vista sobre los actores y sus percepciones más
allá de los conceptos aplicados retrospectivamente. En este regreso, el
historiador italiano proponía volver sobre tres clásicos: Albert Mathiez,
Ernest H. Kantorowicz y Marc Bloch.105 En este sentido, la principal aportación
de Los orígenes de los cultos revoluciona-
102 Véanse Gentile y Mallet (2000: 25) y Gentile (2005b: 9-32). Una
pro-puesta conceptual para unir las nociones de religión política y civil,
tenien-do en cuenta la tensión entre valores, creencias e ideas, espontáneas e
im-puestas en Cristi (2001).
103 Burleigh (2005: 15-137, 137).
104 Moro (2010: 130-135).
105 Moro (2010: 97-147).
estudio preliminar lxiii
rios sería la de considerar estas
religiones no como un mero instrumento, sino como fruto de la experiencia
política de los revolucionarios.106
El regreso a la obra de Mathiez
contribuiría a reorientar el debate en torno a las religiones políticas. En
primer lugar, nos permitirá recuperar la definición original de Durkheim y
eliminar la distinción moral entre «religión política» y «reli-gión civil». En
su origen, la tesis de Mathiez supuso una reacción frente a la idea de que
estos cultos eran construc-ciones artificiales, creados y utilizados por los
políticos. Este carácter instrumental pervive en la definición de las
religio-nes políticas y no así en la de las religiones civiles. De hecho, esta
distinción genera problemas en el análisis de los totalita-rismos, ya que el
componente moral-instrumental impide discernir si son verdaderas liturgias en
las que el creyente comulga con el credo político, simples artificios propagan-dísticos
o ambos. Frente a los estudios sobre religiones polí-ticas que se limitan a
constatar la existencia de dicha reli-gión, Los orígenes de los cultos
revolucionarios presenta la innegable ventaja de analizar sus fundamentos
teóricos, su génesis en el verano de 1789 y su consolidación progresiva en el
marco de los debates provocados por la Constitución civil del clero. En este
sentido, no hay que olvidar que las religiones revolucionarias no son
estructuras inmutables, sino que son productos históricos y que, por lo tanto,
están sujetos a una evolución.
A través de estas páginas, espero
haber puesto de manifies-to la importancia y la actualidad de Los orígenes de
los cultos revolucionarios. En primer lugar, porque ofrece un interesan-te
retrato de la historiografía del cambio de siglo francés, de los logros de la
profesionalización de la Historia y la corriente metódica, así como de su
superación a través de la renovación de problemas y objetos de estudio. Por la
importancia que concede Mathiez a los símbolos, ceremonias y canciones
106 Moro (2010: 99).
lxiv francisco javier ramón solans
como manifestaciones del credo
revolucionario podríamos considerar esta como un estudio de historia cultural
de la política avant-la-lettre. En segundo lugar, esta obra destaca por ser una
valiente apuesta por el diálogo entre las ciencias sociales en un momento de
enfrentamiento abierto entre la Historia y la Sociología. Precisamente, este
carácter interdis-ciplinar hace que mantenga toda la vigencia de una obra que
puede ser una interesante aportación al debate en torno a las religiones
políticas. Por todo ello, podríamos considerar Los orígenes de los cultos
revolucionarios como un clásico de la historiografía, un libro cuya lectura
siempre es recomendada, ya que como señala Italo Calvino «los clásicos son
libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos,
inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad».
2.4. Notas a esta edición
Tras su defensa, su tesis
principal de 753 páginas fue publi-cada aquel mismo año en la editorial Felix
Alcan mientras que Los orígenes de los cultos revolucionarios aparecía en la
Socié-té nouvelle de librairie et d’édition. Su rápida redacción y pre-paración
no llevó aparejada una escritura acelerada ni una argumentación poco
fundamentada, sino más bien todo lo contrario. Ambos libros están elaborados
con un estilo moderno, racional, directo, templado y casi estoico, lo que ha
facilitado mucho la ardua labor de traducción.
Con el objetivo de hacer más
actual esta obra, se han intro-ducido una serie de cambios en su edición. Así,
a la hora de hacer referencia a historiadores y protagonistas en el texto, se
ha eliminado el «Don» y otros tratamientos de pleitesía que resultan
arcaizantes. Además, se han adaptado las notas a pie al actual sistema de
citación y las referencias bibliográficas dadas por Albert Mathiez a través de
los catálogos informati-zados de la Bibliothèque Nationale de France y de la
Ville de Paris. Siempre que ha sido posible y con el objetivo de evitar
confusiones y facilitar la lectura, se han sustituido las inicia-
estudio preliminar lxv
les, completando los nombres
abreviados. En el aspecto for-mal, se ha preferido sangrar las citas de cuatro
o más líneas para distinguirlas del texto. Además, para visualizar mejor las
frases de estilo indirecto que incorpora Mathiez en las citas entre comas,
estas han sido sustituidas por guiones largos (—).
Por último, para acercar el texto
original al lector hispano-parlante se ha decidido transformar las frases
pasivas y dobles negaciones, ya que no son tan frecuentes en castella-no. Como
norma general, los nombres propios se han mante-nido en francés con la
excepción del rey Luis XVI. Con res-pecto a la toponimia, se han traducido los
nombres de ciudades como Ruan, Versalles, Nimes, Estrasburgo o París; regiones
como Flandes; o emplazamientos muy conocidos como la Bastilla, Tullerías o los
Campos Elíseos; conserván-dose en francés aquellos que no tienen adaptación
conocida en español. Los títulos de obras presentes a lo largo del texto han
sido traducidos al castellano aun cuando no exista versión conocida,
manteniéndose los nombres de los origina-les en las notas a pie de página. He
añadido al texto origi-nal alguna nota a pie de página entre [ ] para aclarar
algunas cuestiones relativas a la traducción, así como al vocabulario y la
historia de Francia.
Para terminar, quiero agradecer
al programa CAI-Europa que financió en 2010 mi estancia en París. También me
gusta-ría testimoniar mi gratitud al profesor Ignacio Peiró (Univer-sidad de
Zaragoza) quien con su vasta erudición historiográfi-ca, hace tiempo que me
puso sobre la pista de esta obra. Igualmente, me gustaría expresar mi
reconocimiento al profe-sor Claude Langlois (École Pratique des Hautes Études
de París) por su inestimable ayuda y su constante apoyo, y al director del
Institut d’Histoire de la Révolution française, Pie-rre Serna (Université de
Paris I), por su gentileza y su pasión por la Historia, que lo hace más que un
digno sucesor de Albert Mathiez. Asimismo, querría agradecer especialmente la
confianza y el apoyo que desde un primer momento me brindó la generosidad del
profesor Pedro Rújula (Universidad
lxvi francisco javier ramón solans
de Zaragoza). Tampoco puedo
olvidar a Vladimir López (Uni-versitat Autònoma de Barcelona), Víctor Muñoz
(Universidad de La Laguna) e Inés Valle (Universidad Complutense de Madrid) que
leyeron atentamente el original. Por último, me gustaría agradecer a mi
familia, a mis amigos y a mi compañe-ra Irene, por estar siempre a mi lado.
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los orígenes
de los cultos revolucionarios
(1789-1792)
Albert Mathiez
m
Cubierta de Les origines des
cultes révolutionnaires (1789-1792) de Albert Mathiez
A
Antonin Debidour
Inspector general de Instrucción
Pública
y a
Gabriel Monod
Profesor de la Escuela Normal
Superior
Les dedico este ensayo
como muestra de afecto y
reconocimiento
Caen, diciembre de 1903
ADvErtENCIA
Esta memoria no tiene ninguna
pretensión de pasar por un trabajo definitivo. Simplemente, he querido dar una
nueva orientación al estudio de los cultos revolucionarios. Aunque he
depositado una tesis y la he sostenido con algunos argu-mentos, soy el primero
en saber cuánto tiene de incompleto y provisorio el esbozo que he trazado. Sin
embargo, tal y como está, contribuirá a generar debate. Me bastaría con que
este debate redunde de alguna manera en beneficio de la ciencia histórica.
Primera Parte
la religión revolucionaria
I
El punto de vista negativo
en el estudio de los cultos
revolucionarios
Durante mucho tiempo, la mayoría
de los historiadores analizaron los cultos revolucionarios como construcciones
artificiales, imaginadas por políticos para hacer frente a nece-sidades
coyunturales. Incluso aquellos que se autoproclaman discípulos de los hombres
de 1789, difícilmente toman en serio estas tentativas y, por ello, no adoptan
casi nunca una perspectiva propiamente religiosa para estudiarlos y juzgar-los.
El culto a la razón, el culto al Ser Supremo, la teofilantro-pía o el culto
decadario no son para ellos sino un capítulo más de la historia política de la
revolución, otro episodio de la lucha de los «patriotas» contra los partidarios
del Antiguo régimen. Al haber desaparecido tan rápido estas pseudo-reli-giones,
es bastante común que se omitan casi por completo o, lo que es peor, que por su
carácter efímero, sean reducidas a una mención despectiva con el objeto de
divertirse a su costa. Con frecuencia, el historiador se muestra respetuoso
solo con aquello que dura.
Por lo que se refiere a los
escritores católicos, estos solo se ocupan de los cultos revolucionarios para
describir las perse-cuciones que sufrió la religión y erigir un martirologio de
sus víctimas. Llevados por su celo confesional, por lo general, retienen los
detalles más mezquinos y odiosos del conjunto de la obra religiosa de la
revolución.
Los historiadores liberales
Entre los historiadores llamados
liberales, Thiers dedica diez líneas llenas de errores a los teofilántropos,
«aquellos ridículos sectarios que celebraban fiestas en honor de todas las
virtudes, del valor, de la templanza, de la caridad, etc. y que, algunos días,
depositaban flores sobre los altares donde otros habían dicho misa».
Naturalmente, está de acuerdo con
10 albert mathiez
que Bonaparte pusiera fin a estas
sacrílegas comedias. «Para los católicos sinceros era una profanación de los
edificios reli-giosos al que se debía poner fin por sensatez y por el respeto
debido a las creencias dominantes».1
Con cruel ironía, Quinet compara
la audacia de Lutero con la timidez de Danton y de robespierre. Para él, los
fundadores de los cultos revolucionarios carecían del profundo senti-miento
religioso que inspiraba a los reformados del siglo xvi. reprobaba el culto a la
razón como una religión de figurantes inventada por el acomodador Hébert.
Sorprende escuchar cómo se burla con displicencia de la rutina ordinaria y
frivoli-dad de espíritu de aquellos revolucionarios que creían ente-rrar a los
viejos cultos con la canción de Marborough,2 de aquellos terroristas que dudan
si emplear la violencia contra el catolicismo y, finalmente, salvan la
contrarrevolución por el pusilánime decreto del 18 de frimario. «¡Ese día
—exclama Quinet, amargo y triunfante— hicieron más por la antigua religión que
Santo Domingo y torquemada!».3
Ahondando en lo dicho por Quinet,
su correligionario, Edmond de Pressensé realiza a su vez las críticas más
agudas en contra de los cultos revolucionarios y, sobre todo, de la
teofilantropía, «lastimosa comedia», «necia pastoral».4
Michelet, es cierto, dedica
bellas y apasionadas páginas a las Federaciones,5 que considera con razón como
la primera
1 Thiers
(1874: 163).
2 [Canción
infantil con el título de «Malbrough s’en va-t-en guerre» y que hacía
referencia al Duc de Marlborough, general inglés que luchó contra Luis XIv.
Aunque tiene un componente de crítica al militarismo, durante la revolución
francesa fue utilizada en sus diversas versiones que iban desde la
revolucionaria a la contrarrevolucionaria como un instrumento de burla política
y xenófoba. Existe una versión española que se llama «Mambrú se fue a la
guerra». Leterrier (2004).]
3 Quinet
(1889: 57-97).
4 Pressensé
(1867: 351-354).
5 [Hace
referencia a las Fiestas de la Federación. El 15 de julio de 1789, Luis XvI
nombró a Lafayette comandante de la guardia parisina, creada para canalizar la
movilización popular. Siguiendo este modelo y de manera espon-tánea, se crearon
desde agosto de 1789 numerosas federaciones locales y re-
los orígenes de los cultos
revolucionarios 11
manifestación de una nueva fe.
Intuyó mejor que nadie el carácter religioso de las grandes escenas de la
revolución. Pero no hizo más que conjeturar. La continuidad de la reli-gión
revolucionaria se le escapa. Él también creía que los dife-rentes cultos, que
fueron la manifestación exterior de esta religión, fueron completamente
imaginados por torpes políti-cos con muy poca creatividad.6
Émile Gachon7 es quizás uno de
los que mejor compren-dieron cuanto había de noble y serio en las tentativas
realiza-das por los revolucionarios para fundar una religión cívica. Sin
embargo, en su libro (simple resumen de una parte de la Historia de las Sectas
de Grégoire) parece más guiado por el cuidado de los intereses del
protestantismo que por el deseo de realizar una obra histórica. tampoco se da
cuenta del ver-dadero carácter de la religión revolucionaria, de la que tanto
la teofilantropía como el culto a la razón o al Ser Supremo no fueron más que
sus formas pasajeras.
No será Aulard ni el último ni el
primer historiador del cul-to a la razón y del culto al Ser Supremo, al que se
podrá repro-char el haberse dejado arrastrar por una preocupación distinta a la
de la verdad. Señaló acertadamente la importancia históri-ca de los cultos
revolucionarios, ya que no dudó en afirmar que el movimiento del que nacieron
es uno «de los más curio-sos de la historia de Francia y de la humanidad».8 vio
en ellos
No solo una tentativa filosófica
y religiosa, sin raíces en el pasado de Francia y sin conexión con los
acontecimientos, ni tan solo una coacción a la historia y a la raza, sino la
conse-cuencia necesaria y más bien política del estado de guerra al que la
resistencia del Antiguo régimen contra el nuevo espíri-tu había llevado a la
revolución…
gionales de estas guardias
nacionales. En 1790, a propuesta de Lafayette, se conmemoró el primer
aniversario de la toma de la Bastilla, celebrando asimis-mo la unidad de todos
los franceses en una gran Federación.]
6 Michelet
(1889b: 43-52).
7 Gachon
(1870).
8 Aulard
(1892a: vII).
12 albert mathiez
Dicho de otra manera, Aulard
piensa que nuestros padres,
Cuando entronizaron a la diosa de
la razón en Notre-Dame, o glorificaron al Dios de rousseau en el Campo de
Marte, tenían principalmente un objetivo político, no busca-ban en estas
empresas contra la religión hereditaria, como por lo demás en otras palabras o
actitudes violentas, más que una argucia para la defensa nacional.9
El elemento común a todos los
cultos revolucionarios sería el hecho de que surgen de una misma aspiración, de
una mis-ma necesidad: el amor a la patria. Mediante esta explicación, lo
esencial en estas tentativas religiosas no es la lucha contra la Iglesia, sino
la defensa de la nueva Francia. Estoy totalmen-te de acuerdo con Aulard, pero
creo que todavía falta un paso por dar, que es necesario vincular el movimiento
que originó el culto a la razón con la gran corriente de las Federaciones y que
es posible determinar de una manera más precisa aque-llo que hay de esencial y
de común en todos los cultos revolu-cionarios. Sí, el amor a la patria es la
parte viva de la religión revolucionaria, Aulard tiene razón al proclamarlo,
pero un amor a la patria, entendido de una manera más amplia, un amor a la
patria que engloba junto al suelo nacional la propia institución política.
Los historiadores católicos
Para los escritores católicos, es
el odio y no el amor lo que hizo nacer a los cultos revolucionarios, un odio
furioso contra la Iglesia católica.
Grégoire, en su confusa pero
preciosa Historia de las Sec-tas, apenas distingue entre las invenciones de
Hébert, de robespierre o de La révellière-Lépeaux; mezcla los periodos,
clasifica arbitrariamente los hechos, con el único objetivo de poner de relieve
la violencia de la «persecución».
9
Aulard (1892a: vIII).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 13
Jules Sauzay, en su inmensa y
bien documentada Historia de la persecución revolucionaria en el Doubs, y
Ludovic Sciout, en sus diferentes obras, están animados por el mismo espíritu.
El abate Sicard es el primer
escritor católico que ha abor-dado con cierta profundidad el estudio de la
religión revolu-cionaria y, por ello, su libro En busca de una religión civil10
merece que nos detengamos a analizarlo. Aunque a menudo confunde las épocas,
generaliza y sistematiza, Sicard acierta al señalar la gran importancia que
hasta el final tuvieron las fiestas cívicas y las «instituciones» para los
revolucionarios de cualquier signo, y al mostrar con gran firmeza cómo el
objeti-vo que se proponían no era tanto destruir el catolicismo sino
reemplazarlo, que tuvieron la ambición de regenerar el alma francesa, de
refundarla por sus instituciones en un molde nuevo. Con bastante perspicacia
intentó analizar este ideal común a todos los revolucionarios, determinar los
dogmas de la religión civil que se esfuerzan en instituir, y describir sus
ritos, ceremonias y símbolos. Sin embargo, aunque haya puesto en evidencia el
lado positivo de las religiones revolu-cionarias, también las considera como
creaciones artificiales de los políticos. No vio ni su origen espontáneo ni su
carácter místico, ni su propia vida. En pocas palabras, para él, la reli-gión
revolucionaria no es una verdadera religión.
II
Características del hecho
religioso. Definición de Durkheim
¿Qué es entonces una religión?11
¿En qué signos reconoce-mos los fenómenos religiosos y cuáles encontramos en
las diversas manifestaciones de la fe revolucionaria?
10 Sicard (1895).
11 Naturalmente, no consideramos aquí el fenómeno religioso más que
como un fenómeno social, dejando de lado la cuestión de la «religión interior»,
el sentimiento individual, concepción tan preciada para los protestantes.
14 albert mathiez
En un notable artículo aparecido
en el Année sociologique,12 Émile Durkheim definió de una manera muy original y
con argumentos muy sólidos lo que podemos entender por reli-gión y hecho
religioso.
Ni lo sobrenatural ni la creencia
en Dios desempeñan un papel tan preponderante en las manifestaciones de la vida
religiosa como el que se les suele atribuir. De hecho, hay reli-giones como el
budismo o el jainismo, que ofrecen a los hom-bres un ideal completamente
humano. La idea de Dios está desterrada de sus dogmas esenciales. En los cultos
totémicos, el objeto de adoración es una especie animal o vegetal. En los
cultos agrarios, la acción religiosa se ejerce directamente sobre una cosa
material, como por ejemplo la vegetación, sin la intervención de un principio
intermediario o superior. De estos hechos Durkheim extrae la conclusión de que
«lejos de ser fundamental en la vida religiosa, la noción de divinidad no es en
realidad más que un episodio secundario».13
Es por su forma y no por su
contenido por lo que recono-cemos los fenómenos religiosos. Poco importa que el
objeto sobre el que se aplican, ya sea una cosa, un espíritu o una aspiración
sobrenatural, «llamamos fenómenos religiosos a las creencias obligatorias así
como a las prácticas relativas a los objetos dados en estas creencias».14 La
primera caracte-rística del hecho religioso es la existencia de una creencia
obligatoria para todos los miembros del grupo; la segunda característica es la
existencia de prácticas exteriores igual-mente obligatorias:
Las creencias comunes relativas a
objetos en apariencia laicos, tales como la bandera, la patria, una forma de
organi-zación política, un héroe o tal acontecimiento histórico, etc. son, en
cierto sentido, obligatorias por el simple hecho de ser comunes ya que la
comunidad no tolera sin rebelarse que se
12 Durkheim (1899).
13 Durkheim (1899: 13).
14 Durkheim (1899: 21).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 15
las niegue abiertamente… En
cierta medida, son indiscerni-bles de las creencias propiamente religiosas. La
patria, la revolución francesa o Juana de Arco son para nosotros cosas
sagradas, que no permitimos que nadie nos toque.15
Para formar una verdadera
religión, estas creencias obliga-torias deben estar estrechamente vinculadas a
sus prácticas regulares correspondientes.
Así, Durkheim considera la
religión como un hecho social que no tiene nada de misterioso. El hecho
religioso pertenece a todas las épocas y civilizaciones. Se manifiesta en las
socie-dades en apariencia más incrédulas e irreligiosas. No tiene por origen los
sentimientos individuales, sino los estados del alma colectiva y varía al igual
que estos estados.16 Siendo esencialmente humano, el hecho religioso es eterno.
Durará tanto tiempo como haya hombres. Es la sociedad la que pres-cribe al fiel
los dogmas que debe creer y los ritos que debe observar. «Los ritos y dogmas
son su obra».17 La noción de lo sagrado es de origen social. Al estudiarla de
cerca, observa-mos que no es más que «una prolongación de las institucio-nes
públicas».18
Otras características del hecho
religioso
A esta definición que hago mía,
añadiré algunos retoques. En su periodo de formación, el fenómeno religioso
viene siempre acompañado de una sobreexcitación general de los sentidos y un
intenso deseo de felicidad. Asimismo, de una manera casi inmediata, las
creencias religiosas se concretan en objetos materiales, en símbolos, que son a
la vez signos de reunión para los creyentes y una especie de talismanes, en los
que depositan sus esperanzas más íntimas y que, por tanto,
15 Durkheim (1899: 20).
16 Durkheim (1899: 24).
17 Durkheim (1899: 23).
18 Durkheim (1899: 28).
16 albert mathiez
no soportan que se desprecie o
ignore. todavía, muy a menu-do, los creyentes, sobre todo los neófitos, se
encuentran imbuidos de una rabia destructora contra los símbolos de los otros
cultos. Con mucha frecuencia, en cuanto se ven con fuerzas, ponen en entredicho
a todos aquellos que no com-parten su fe ni adoran sus símbolos y, por este
simple crimen, les imponen penas especiales, expulsándolos fuera de la ley de
la comunidad de la que forman parte.
III
De la existencia de una religión
revolucionaria
Si consigo mostrar que los
revolucionarios, que los «patriotas», como les gustaba llamarse, tuvieron, a
pesar de sus divergencias, un sustrato común de creencias; que repre-sentaron
sus creencias con símbolos de adhesión por los que profesaban una verdadera
piedad; que tuvieron prácticas y ceremonias comunes en las que les gustaba
reunirse para manifestar juntos una fe común; que quisieron imponer sus
creencias y sus símbolos al resto de los franceses; que estuvie-ron animados
por un furor fanático contra todo aquello que les recordara las creencias, los
símbolos y las instituciones que querían suprimir y reemplazar; si muestro todo
ello, ¿no tendré el derecho de concluir que existió una religión
revolu-cionaria, análoga en su esencia al resto de religiones? Y si es así,
¿cómo se puede continuar viendo en los cultos revolucio-narios aquellas
construcciones artificiales, aquellos recursos improvisados, aquellos efímeros
instrumentos al servicio de los partidos políticos?
A pesar de lo que dijera Edgar
Quinet, me propongo preci-samente hacer ver que por sinceridad religiosa, por
exaltación mística y por audacia creadora, los hombres de la revolución no van
para nada a la zaga de los hombres de la reforma, y que aquellas dos grandes
crisis, la reforma y la revolución,
los orígenes de los cultos
revolucionarios 17
no son la una social y la otra
religiosa, sino que ambas son sociales y religiosas en el mismo grado.
Pero no faltará quien me objete
en seguida que los cultos protestantes subsisten todavía y que los cultos
revoluciona-rios han desaparecido. A estas objeciones contesto ahora que la
religión revolucionaria no está tan extinguida como se le supone, que los
cultos revolucionarios podrían renacer un día bajo nuevas formas, y también
respondo que el fracaso reli-gioso de la revolución no puede arrebatarle su
carácter religioso. La reforma, antes de triunfar, ¿no fracasó también
numerosas veces con valdés, Hus y Wyclif?
Iv
El Credo común de los
revolucionarios.
Su origen en la filosofía del
siglo xviii
Por diferentes que hayan sido los
unos y los otros, por grande que sea la distancia que separa a un robespierre
de un Chaumette o a un Danton de un Boissy d’Anglas, los revolu-cionarios no
han dejado de compartir un mismo sustrato de ideas y creencias, una profesión
de fe, un credo más o menos inconsciente que fácilmente podemos encontrar en
casi todos ellos. Los principios últimos tanto de sus juicios políticos como
religiosos, las disposiciones directrices de sus espíritus, las grandes líneas
del ideal que sueñan, todo ello salió directa-mente de la filosofía del siglo
xviii. Soy consciente de que los propios filósofos no hacen referencia en
ningún sitio a un programa preciso y tampoco resto importancia a sus
diferen-cias, que en ocasiones eran profundas, pero no por ello es menos cierto
que al contemplarlos en conjunto y con más perspectiva, destaca en sus diversas
obras una lección común, unas aspiraciones compartidas.
todos se preocuparon sobremanera
de lo que llamamos actualmente la cuestión social. todos construyeron más o
18 albert mathiez
menos su ciudad futura, todos
creyeron en la omnipotencia de las instituciones para lograr la felicidad de
los hombres. Más que nadie, Montesquieu es consciente de la grandeza de la
organización social, de la que hace derivar incluso la propia moral. Cree que
basta con cambiar a propósito las leyes para mejorar la sociedad e incluso
regenerarla. Los enciclopedistas pensaban lo mismo. Esperaban de las leyes la
reforma y arre-glo de las costumbres. Si se les da crédito, hay entre los
hom-bres muchas menos diferencias de las que creemos, y estas diferencias
pueden ser atenuadas paulatinamente por la edu-cación. Jean-Jacques rousseau
afirma el derecho, nuevo entonces e incluso inconcebible, del Estado a
proporcionar una instrucción pública. Gracias a las leyes de un lado y a la
educación del otro, el progreso es posible y el camino de la felicidad está al
final. La felicidad es el objetivo de toda aso-ciación política.
Esta es la idea esencial de la
filosofía del siglo xviii: el hombre puede mejorar indefinidamente su situación
modifi-cando el organismo social.
El organismo social puede y debe
ser un instrumento para la felicidad; de instrumento para la felicidad a objeto
de vene-ración y de culto, no hay más que un paso.
Oposición del ideal filosófico y
del ideal cristiano
Una concepción de esta naturaleza
debía necesariamente entrar un día en conflicto con el antiguo ideal cristiano.
Para el cristiano la vida terrestre no es más que un valle de lágri-mas en el
que no podemos disfrutar de la verdadera felicidad que Dios reserva en el otro
mundo a sus elegidos. Para el cris-tiano, el instrumento de su felicidad no
podría ser la institu-ción social, «mi imperio no es de este mundo»; el
instrumen-to de la felicidad es la institución religiosa; es la Iglesia,
intermediaria y mediadora de la Divinidad; la Iglesia, que posee en exclusiva
las recetas sagradas para alcanzar la poten-cia sobrenatural; la Iglesia, que
revela los santos misterios,
los orígenes de los cultos
revolucionarios 19
distribuye los sacramentos,
reconcilia a la criatura y a su Creador, abre y cierra el camino de las máximas
bienaventu-ranzas. Frente a todo esto, surge una nueva doctrina que enseña que
la búsqueda de la felicidad es una obra humana; que esta dicha no puede
obtenerse por las oraciones, mortifi-caciones e intercesiones milagrosas sino
por votos, delibera-ciones y leyes.
Esta nueva concepción no deroga
completamente a la anti-gua. Al lado de la búsqueda de la felicidad presente,
todavía hay espacio para la búsqueda de una felicidad futura. Al comienzo, al
menos, la religión revolucionaria contó con cris-tianos sinceros entre sus
fieles. Sin embargo, por el juego de los acontecimientos, las dos religiones
acabaron siendo incompatibles, ya que el clero de la antigua constituía un
obs-táculo para la obra de los fundadores de la nueva, producién-dose entonces
su escisión. Los franceses se dividieron en dos campos de batalla y los dos
cultos se trataron como enemigos.
La concepción del Estado en los
filósofos
Por muy innovadores que fueran,
los filósofos continuaron siendo hombres de su tiempo, hombres del Antiguo
régi-men. Como todos lo franceses de entonces, compartían la pasión por la
unidad. vivían en medio de una sociedad que permanecía armoniosa al menos en
sus principios. A su alre-dedor veían que la institución política y la
institución religiosa se prestaban mutuo apoyo, que el trono se sostenía
gracias al altar.
De una manera más o menos
consciente, construyeron su ciudad futura con los elementos de la ciudad
presente. resuel-tos partidarios de la tolerancia religiosa y de la libertad de
todos los cultos, no concebían un Estado que se desinteresara de las religiones,
un Estado sin religión, un Estado neutro, lai-co. Si son tolerantes, no es por
pura indiferencia religiosa sino porque la mayor parte de ellos están
convencidos de la exis-tencia de una identidad innata a todas las religiones,
porque consideran que todas las religiones vienen a ser lo mismo,
20 albert mathiez
todas enseñan una misma moral. El
Estado debe vigilar que no se haga ninguna ofensa a esta base común a todas las
reli-giones. Para los filósofos, el Estado se constituye en guardián supremo de
la Moral y la religión. Y es precisamente por esta razón, por la que el Estado
tiene una misión moral que cum-plir y los filósofos se sienten cómodos a la
hora de someter a las religiones a su control, otorgándole un derecho de
censura sobre ellas. «El Estado, me parece —dijo el Abate raynal—, no está
hecho para la religión, sino que la religión está desti-nada al Estado…». Y,
por lo demás, «cuando el Estado se ha pronunciado, la Iglesia no tiene nada más
que decir».19
La religión civil de Rousseau
En el fondo, todos los filósofos
están de acuerdo con esta definición del Estado;20 pero ninguno de ellos la ha
expuesto con tal precisión y sistematización como Jean- Jacques en su Contrato
social. Para rousseau, el Estado debe ser ante todo una persona moral.21 El
contrato que le da su existencia, su ser, es santo. Por santo no solo entiende
«obligatorio e imperativo»,22 sino también digno de un respeto religio-so como
un elemento de la naturaleza que hace bien a la humanidad.
Como persona moral, el Estado
tiene deberes morales que cumplir. El primero de ellos es justamente el de
preparar la feli-cidad de sus miembros, la felicidad en todos los sentidos del
término. El fin del Estado es el bien común.23 El Estado es causa e instrumento
de la felicidad como la religión. Su contrato
19 Citado por Aulard (1892a: 8 y 10).
20 véanse los textos reunidos en el capítulo primero, «Los filósofos»
de Aulard (1892a).
21 [Normalmente, la expresión «persona moral» suele traducirse por
«persona jurídica». He preferido mantener la literalidad en la traducción para
mantener el componente moral al que tanta importancia atribuye rousseau.]
22 véase la nota i del editor George Beauvalon en rousseau (1903:
133).
23 véase el libro primero, capítulo primero de rousseau (1903: 145).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 21
constitutivo es santo por
definición, ya que si este contrato no fuera santo, es decir, conforme a la ley
moral, expresión defini-tiva de la felicidad común, no podría dar lugar a un
verdadero Estado, a un Estado legítimo, a una persona moral.
¿Cómo cumplirá el Estado su
misión moral y providencial? Mediante la ley. La ley es el medio por el que el
Estado persi-gue su fin, que es la felicidad común. La ley es por definición la
expresión de la voluntad general, que es idéntica al interés general. Los
hombres, al estar corrompidos, son incapaces de comprender su verdadero
interés, y, por lo tanto, de tener una voluntad general conforme al bien común
y, por consiguiente, de dictar ellos mismos las leyes. Se tendrá, pues, que
recurrir a hombres que por su inteligencia y moralidad estén encima de la
humanidad, a legisladores que prepararán con recogi-miento el Contrato social,
la Constitución ideal, la ley. «Se necesitarían dioses para dar leyes a los
hombres».24 «Quien se atreva a instituir un pueblo debe de estar en condiciones
de cambiar, por así decirlo, la naturaleza humana…».25 El legisla-dor propondrá
la ley al pueblo como Moisés hizo ante los hebreos (como rousseau con los
polacos y los corsos). Esta ley será tan persuasiva que no solo será adoptada
por el pueblo sino que también será venerada por él, si no como don
sobrenatural, al menos como expresión de «una razón sublime».
En las religiones particulares,
no hay lugar para una con-cepción semejante del Estado. rousseau lamenta la
separa-ción del sistema político y del sistema religioso resultante del triunfo
del cristianismo.26
Como Hobbes, quiere «reunir las
dos cabezas del águila y restablecer la unidad política, sin la que ningún
Estado ni gobierno estará nunca bien constituido». Los partidarios de
Saint-Simon y Auguste Comte compartirán este mismo sueño.
24 Libro II, capítulo vii de rousseau (1903).
25 Ibidem.
26 Libro Iv, capítulo iii de rousseau (1903).
22 albert mathiez
Pero ¿cómo suprimir en la
práctica la oposición entre los dos reinos, espiritual y temporal, y devolver
al Estado las atri-buciones morales de las que la Iglesia le ha despojado?
rous-seau responde: por la religión civil. No se trata en ningún caso de constituir
una religión completamente nueva. En absoluto.
La religión civil de rousseau no
está por crear, ha existido siempre, es tan antigua como el hombre mismo, es el
sustrato común a todas las religiones y todas las sociedades. Una sociedad no
puede sobrevivir sin unos postulados mínimos aceptados casi instintivamente por
todos sus miembros, lo que conlleva, dicho sea de paso, una gran amplitud de
miras. Para establecer una religión civil que confiriera al Estado la fuerza
moral que necesita, el legislador no tendrá más que liberarse de la masa de
supersticiones y prejuicios que han ocultado estos simples e indiscutibles
postulados que se encuentran en la base de la humanidad: «la existencia de una
Divinidad potente, inteligente, bienhechora, previsora y pro-veedora, el
porvenir, la felicidad de los justos, el castigo de los malvados, la santidad
del Contrato social y de las leyes…».
rousseau espera —sin decirlo
abiertamente— que esta religión civil o natural acabe por suplantar,
inutilizando, a las religiones positivas, todas ellas incívicas. Su estado es a
la vez religioso por la misión moral que es su razón de ser y anti-rreligioso
por su acción necesaria, aunque tolerante, contra los antiguos cultos que se
constituyen en obstáculos para el cumplimiento de su misión.
Si esta interpretación del
Contrato es válida, se comprende mejor, o al menos eso me parece, el lugar de
la religión civil en el conjunto del sistema. La ley es la voluntad general,
dice rousseau, pero para que la ley sea realmente la voluntad general, para que
no oprima a los individuos es necesario que sea en la medida de lo posible
aceptada por todos, libre y conscientemente. ¿Cómo podría ser así si no hubiera
un acuerdo previo entre ellos sobre los principios mismos de la sociedad? En
esta concepción, todo tiene una coherencia, una lógica propia. Despojad al
Estado de rousseau de la religión civil y le quitaréis al mismo tiempo la
posibilidad, el ser.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 23
Esta concepción del Estado no era
ni original ni singular en su tiempo. todos los filósofos del siglo xviii la
admitieron implícitamente. todos creyeron que la ley podía y debía ser un
instrumento para la felicidad, todos proclamaron que el Estado tenía una misión
moral que cumplir.
¿Con qué derecho habrían sometido
a la Iglesia a la super-visión del Estado si no le hubieran atribuido unos
ideales superiores?
Los revolucionarios no hicieron
más que aplicar a sus constituciones y leyes estos principios teóricos que,
aunque no sean privativos de rousseau, nadie ha formulado con tanto rigor como
él. La institución de sus cultos cívicos en un prin-cipio no será más que la
realización imprevista y casi incons-ciente, y posteriormente deseada y
sistemática, del último capítulo del Contrato social.
v
La fe revolucionaria, sus
primeras manifestaciones
La convocatoria de los Estados
Generales permitió llevar a la práctica y someter a la prueba de los hechos,
las doctrinas de los filósofos que hasta entonces flotaban en el aire, y poco a
poco transformó estas simples muestras de ingenio en verda-deras creencias
religiosas.
Al comienzo de 1789, parece que
los franceses, presos de un entusiasmo febril, vivían a la espera de un milagro
que fue-ra a cambiar la faz de la tierra. Los diputados que fueron enviados a
los Estados Generales son los artífices de este mila-gro. recibieron la misión
de realizar la regeneración no sola-mente de sus conciudadanos, sino de la
especie humana. Esta palabra reaparece sin cesar en todos los documentos de la
época, tanto bajo la pluma de los más sabios como de los más ignorantes, y
particularmente en los centenares de ruegos presentados a la Asamblea Nacional.
24 albert mathiez
El legislador, sacerdote de la
felicidad social
Los primeros actos de los
«legisladores», nombre que se le da a estos sacerdotes de la felicidad social,
y su resistencia a los proyectos aristocráticos durante el 14 de julio o la
noche del 4 de agosto, no hacen sino justificar y acrecentar la confianza
mística que el pueblo deposita en ellos. Aquellos que murie-ron, incluso los
más humildes, les prodigaron honores fúne-bres.27 La gente sencilla se las
ingenia para buscar los medios más adecuados para expresar su reconocimiento y
admiración universales.28 Dispensaron una inocente veneración a sus per-sonas.
En ocasiones, incluso los representantes más sombríos fueron objeto de una
idolatría dirigida no tanto a su persona como al carácter del que estaban
investidos. El diputado de la Convención, Du roy, escribirá sobre la población
de Saint-Dizier al Comité de Salud Pública, el 25 de febrero de 1794, diciendo:
«allí, he visto un fanatismo de otro tipo que, sin embargo, no me desagradó.
Las mujeres se precipitaban junto a mí para tocar mis ropajes y se retiraban
contentas».29
La Declaración de Derechos
A la fe nueva, le faltaba un
nuevo credo. El tercer Estado de París ya había propuesto en su Cuaderno de
Quejas una Decla-
27 Honneurs funèbres rendus à Besançon à M. Blanc, premier député du
Tiers-État de cette ville, décédé à Versailles au mois de juillet, [París],
volland, [circa 1789]. En forma de carta no firmada en Besançon con fecha del
18 de julio de 1789. En la página 7 se lee: «si estos honores han sido rendidos
y con-feridos a uno de los señores diputados por la firmeza que todos han
mostrado hasta ahora (porque no ha tenido otro objetivo que honrar a todos en
la per-sona de uno de ellos), ¿qué no deberían pretender y esperar si se
convierten en artesanos de nuestra felicidad por reglamentos sabios y útiles?»
28 Un curioso proyecto estipula que: «todos los diputados de 1789 que
no lo sean, sean nombrados nobles a partir de este momento. Ellos y sus
descen-dientes gozarán de la misma consideración y tendrán preferencia para
puestos municipales en sus provincias o en los Estados provinciales». Fête
nationale qui sera célébré tous les ans le jour immortel du iv août, París,
Impr. de Laporte, s. d.
29 Aulard (1897, tomo xi: 405).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 25
ración de Derechos: «en toda
sociedad política —decía— todos los hombres son iguales en derechos. todo poder
emana de la nación y solo puede ser ejercido para su felicidad…».30 La Asamblea
Nacional redactó e impuso a todos los franceses este formulario religioso
reclamado por el tercer Estado pari-sino. Esta idea también la encontramos de
una manera breve y concisa en el fondo del pensamiento ilustrado.
Al leer el resumen de los
debates, se pone de manifiesto que los legisladores se tomaban realmente en
serio este papel de sacerdotes de la felicidad pública, y así podemos
compren-der mejor las célebres palabras de Camus: «Nosotros tenemos ciertamente
el poder de cambiar la religión…».31 Esto quería decir que ningún obstáculo, ni
siquiera aquellos más respeta-bles, podía impedir a los apóstoles del nuevo
evangelio cum-plir su misión providencial.
Escuchemos a los oradores que se
suceden en la tribuna en el gran debate de la Declaración de Derechos.32 El 27
de julio, en su proyecto, Clermont-tonnerre afirma en numerosas ocasiones que
el deber del Estado es lograr la felicidad de sus administrados.
Art. I. todos los hombres tienen
una inevitable propen-sión hacia la búsqueda de la felicidad; para conseguirla
han aunado fuerzas, formando sociedades y estableciendo gobier-nos. Así pues,
todo gobierno debe tener como objetivo la feli-cidad pública.
Art. IX. El gobierno, para
procurar la felicidad general, debe proteger derechos y prescribir deberes…
30 Réimpression de l’ancien Moniteur, seule histoire authentique et
inalté-rée de la Révolution française, depuis la réunions des États-Généraux
jusqu’au Consulat (mai 1789-novembre 1799). Tome IV, París, H. Plon, p. 567.
31 Sesión de primero de julio de 1790. Ibidem, p. 515.
32 tomo el resumen de las sesiones del primer tomo de la reimpresión
del Ancien Moniteur. Aunque este volumen haya sido compuesto a posteriori en el
año iv, podemos fiarnos en gran medida de este texto ya que reproduce en gran
parte lo dicho en el Courrier de Provence.
26 albert mathiez
El 1 de agosto, el conde Mathieu
de Montmorency procla-ma los derechos del hombre «invariables como la justicia,
eternos como la razón». «La verdad —añade— conduce a la felicidad».
Guy-Jean-Baptiste target pregunta «¿Cuál es el objeto de la Constitución?» y
responde: «La organización del Estado». «¿Cuál es el objetivo?» «La felicidad
pública». Y define esta felicidad pública como la felicidad natural de todos
los ciudadanos por «el ejercicio pleno, entero y libre de todos sus derechos».
Grandin sostiene que «una
Declaración de Derechos es como un tratado de moral».
Barnave desea que se convierta en
«el catecismo nacional». El 3 de agosto, por la tarde, un cura, del que no se
especi-fica su nombre, habla de la Constitución como una cosa sa-
grada:
vosotros vais por fin a preparar
una nueva Constitución para uno de los más grandes imperios del Universo;
queréis mostrar esta divinidad tutelar, a cuyos pies, los habitantes de Francia
acuden a depositar sus temores y sus alarmas. voso-tros les diréis, he aquí
vuestro Dios, adoradlo…
El 14 de agosto, un inspirado
Mirabeau traducía las espe-ranzas comunes de esta nueva fe:
Cada progreso de la Constitución
de los grandes Estados en sus leyes y su gobierno engrandece la razón y la
perfectibi-lidad humana. vosotros seréis responsables de esta época afortunada
en la que todo tomará el lugar, la forma y las rela-ciones que le asigne la
inmutable naturaleza de las cosas; la libertad general desterrará de todo el
mundo las absurdas opresiones que abruman a los hombres, los prejuicios de la
ignorancia y la codicia que les dividen y las envidias insensa-tas que
atormentan a las naciones; y hará renacer una frater-nidad universal sin la que
todos los beneficios públicos e indi-viduales son dudosos y precarios. Es por
nosotros, por nuestros sobrinos, por el mundo entero por lo que trabajáis y
marcháis con paso firme pero medido hacia esta gran obra…
los orígenes de los cultos
revolucionarios 27
Los pueblos admirarán la calma y
madurez de vuestras deli-beraciones y la especie humana os contará entre sus
más grandes benefactores…
Por último, rabaut Saint-Etienne
señalará el 18 de agosto, que es necesario que la Declaración se convierta en
el «alfa-beto de los niños»: «Es mediante una educación patriótica —continúa
diciendo— como nacerá una raza de hombres fuertes y vigorosos que sabrán
defender bien la libertad que nosotros les habremos conquistado».
Hay que recordar que el preámbulo
de la Declaración comienza así: «La ignorancia, el olvido o el desprecio de los
derechos del hombre son las únicas causas de las desgracias públicas y de la
corrupción de los gobiernos», y que el artícu-lo ii encierra esta frase: «el
objetivo de toda asociación políti-ca es la conservación de los derechos
naturales e imprescrip-tibles del hombre», derechos cuyo ejercicio, como dijo
target, constituyen la felicidad social.
Así pues, en resumen, existe una
fe política cuyos principa-les dogmas han sido enseñados por los filósofos:
El Estado puede y debe asegurar
la felicidad social. La ley, obra de los legisladores, es el instrumento de
esta felicidad. Como tal, merece todos los respetos. Es una especie de
talis-mán protector que nunca sabremos venerar lo suficiente. «No solamente el
pueblo debe observar la ley, sino que la debe ado-rar. El patriotismo no es
otra cosa que el sacrificio perpetuo por la ley y en tanto que el nombre de la
ley no sea tan sagrado como el de los altares y tan potente como el de nuestras
armas, nuestra salud es incierta y nuestra libertad frágil…».33
«El Evangelio fundó la religión
de las consciencias —seña-la Gilbert romme—, la Ley es la religión del Estado,
y debe tener también sus ministros, sus apóstoles, sus altares y sus
escuelas…».34 «La Ley es mi Dios y no conozco otro», excla-
33 Advertencia al lector que precede el segundo año, 1791, del
periódico la Feuille Villageoise.
34 Carta de Gilbert romme en la Feuille Villageoise, 21.07.1791.
28 albert mathiez
maba el fogoso Isnard en la
tribuna de la Asamblea Legislati-va.35 «El primer culto, es la ley», repetía
Pierre Manuel.36
La nueva fe provoca inquietud en
el clero
A pesar de que al principio se
vio arrastrado por el entu-siasmo general, el clero se dio cuenta de una manera
un tanto confusa de que la nueva fe podría convertirse en poco tiempo en una
enemiga o al menos en una rival para la fe antigua. En la sesión del 3 de
agosto de 1789, el obispo de Chartres mani-festó su temor de que la Declaración
despertara el egoísmo y el orgullo en el corazón de los franceses y pedía que
fuera pre-cedida «de algunas ideas religiosas, noblemente expresadas». «Si bien
es cierto que la religión no debe estar comprendida en las leyes políticas,
también lo es que no les debe de resultar extraña». Por su parte, el 18 de
agosto, el abate Grégoire comenzó a defender la causa de la Divinidad. La
Asamblea, según él, no habría parecido muy preocupada por los dere-chos de la
religión. Pero entonces nadie prestó atención a sus temores.
vI
Carácter religioso de la nueva fe
Para que una creencia, común a un
mismo grupo, tenga el carácter de creencia religiosa, es necesario que se
imponga obligatoriamente a todos los miembros del grupo. Esta es una de las
reglas a las que hacíamos referencia en la definición de religión que hacíamos
al comienzo. Las verdades formuladas
35 Sesión del 14 de noviembre de 1791 citada a través del Journal des
débats et décrets por Sciout (1881: 50).
36 Proclama dirigida a los parisinos tras el 10 de agosto, citada por
Sciout (1881: 223).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 29
en la Declaración de Derechos se
tenían por verdades obliga-torias. La Constitución de 1791 estipula que, para
ser ciuda-dano activo, es necesario prestar juramento cívico, es decir,
adherirse de la manera más solemne posible a la nueva insti-tución política, a
la Constitución, de la que la Declaración de Derechos es la parte dogmática.37
Aquellos que rechazaran jurar el credo político serían entonces expulsados de
la comu-nidad y castigados con la excomunión civil. En cambio, un extranjero
puede entrar en la patria francesa, ser admitido al culto de la nueva religión,
con la sola condición de fijar su domicilio en Francia y prestar juramento
cívico. Inversamen-te, la Asamblea Legislativa concedería el título de
ciudadano francés a Schiller, Thomas Paine, David Williams, etc., como
recompensa por haber trabajado en la obra de la regeneración fuera de Francia.
Así, por petición de Anarcharsis Cloots, un grupo de extranjeros figuraría en
la fiesta de la Federación. Desde el principio, esta nueva fe era una fe universal,
interna-cional, una verdadera fe.
Origen espontáneo del juramento
cívico
No es baladí constatar que la
obligación del juramento cívico no fue impuesta a los franceses por una
autoridad exte-rior y que, aunque más tarde fuera legislada, en un principio,
fue alegremente aceptada y deseada por todos; y tuvo un ori-gen social. De una
manera espontánea, sin premeditación ni mandato de ningún tipo, con libre
entusiasmo, los franceses juraron, durante los festejos de la Federación,
«respeto y sumisión sin limites a la Constitución» y se comprometieron a
«defender los decretos de la Asamblea, aunque les cueste la vida», a «mantener
los derechos del hombres y del ciudada-no», y a «vivir libres o morir».38
repetir este juramento no le
37 Constitución de 1791, título iii, capítulo 1, sección ii, artículo
2.
38 Juramento de la Federación bretona en Pontivy el 15 de enero de
1790, citado por Bellec (1895: 25).
30 albert mathiez
costó mucho al pueblo, ¡al
contrario! Parece que gustaban de renovar siempre que podían este acto de
comunión mística con la Patria. El 8 de febrero de 1790, en París, en el
momento en que las corporaciones y las autoridades juraron permane-cer fieles a
la Nación, la Ley y el rey, y mantener la Constitu-ción, las mujeres, los
niños, los obreros y los criados acudie-ron en masa, repitiendo esta mágica
fórmula con una sencilla alegría. «El pueblo —dice el Moniteur— estaba ebrio de
gozo por haber salido desde hacía dos días de la servidumbre».
En ruan, durante una ceremonia
similar, la ciudad entera se iluminó inesperadamente. Las escenas de este tipo
fueron incontables.
Continuidad de la fe
revolucionaria
Este origen social del juramento
cívico terminó de impri-mir a la fe revolucionaria un carácter de fe religiosa.
Esta nue-va fe —y esto la distingue del resto—, no se funda sobre una
revelación y sus misterios, como en la mayor parte de las reli-giones positivas;
ni tampoco sobre la vegetación como en los cultos agrarios o una especie animal
como en los cultos toté-micos; sino sobre la propia institución política. Esta
fe experi-mentará las mismas fluctuaciones que el objeto al que está vinculada.
Cuando las leyes y los legisladores gozan de una gran popularidad, cuando
esperamos mucho de su interven-ción, como en los tiempos de la Federación o los
grandes peli-gros de 1793, la fe revolucionaria es muy intensa. No obstan-te,
si la institución política parece faltar a sus promesas, como bajo el
Directorio, la fe revolucionaria se debilita y se desvía. Pero, hasta el final,
esta fe permaneció idéntica en su fondo. Las Declaración de Derechos de 1793 y
del año iii no difieren esencialmente de aquella de 1791. Las tres reposan
sobre la misma concepción del Estado -Providencia. todas ellas con-sideran los
derechos políticos como una prolongación de los derechos naturales. La única
diferencia es que la tendencia moral es más fuerte en la del año iii que en el
resto.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 31
Durante todo el periodo
revolucionario, los legisladores, aquellas «primeras voces de las leyes de la
naturaleza», man-tuvieron la más alta consideración de sus funciones:
representantes del pueblo
—exclamaba Manuel el 21 de septiembre de 1792— la misión de la que estáis a
cargo exigi-ría la potencia y sabiduría de los dioses. Cuando Cineas entró en
el Senado de roma, creyó ver una asamblea de reyes. tal comparación sería para
vosotros una injuria. Hay que ver aquí una asamblea de filósofos ocupados en
preparar la felicidad del mundo.39
«Nuestra misión es grande; es
sublime», añadió Couthon en la misma sesión. El lugar de las sesiones de la
Asamblea es llamado corrientemente el «templo de la Constitución» y la
expresión no es solo una perífrasis pomposa. Se imprimía en libretas de pequeño
formato el texto de la Constitución, con el objetivo de que cada uno pudiera
llevarlo encima como un breviario o un libro sagrado. En la primera sesión de
la Asamblea Legislativa, doce ancianos fueron en procesión a traer el libro de
la Constitución. volvieron, con el archivero Camus a su cabeza, llevando, a
paso lento, sosteniendo con las dos manos y apoyando sobre su pecho, el nuevo
Santo Sacramento de los franceses. todos los diputados se levan-taron y se
descubrieron. Camus bajó la mirada con aire recogido.
todavía en el año iii, cuando la
fe revolucionaria estaba ya muy decaída, el diputado rouzet definía en estos
términos el estado de ánimo de los autores de la primera Declaración de
Derechos:
La Asamblea Constituyente se
creyó en el deber de garan-tizar su obra por el establecimiento de una especie
de culto político, que mantuviera en el alma de los regenerados la in-quietud
inseparable de todas las grandes pasiones, y la tabla
39 Réimpression de l’ancien…, op. cit., Tome IV, p. 7.
32 albert mathiez
de los Derechos del hombre fue el
talismán con el que se pro-metió conservar el fuego sagrado que tan fácilmente
había alumbrado…40
No sabríamos caracterizar mejor
este culto político, impre-ciso e inconsciente al principio, nacido con la
revolución y que a continuación se concretó, extendió y exteriorizó en los
cultos revolucionarios propiamente dichos.
Hasta el final de la revolución,
la práctica de los juramentos cívicos continuó siendo estrictamente
obligatoria. Así, el ciu-dadano rindió testimonio de su adhesión a los dogmas
necesa-rios para la vida en sociedad y la correcta marcha de unas ins-tituciones
consideradas como sagradas. De esta manera, el magistrado prometió consagrarse
enteramente a la felicidad común. Así, fueron clasificando a los buenos y los
malos, a los fieles y los profanos, aquellos incapacitados, tratados de
sospe-chosos, culpables y sacrílegos. Por un juramento se constituyó, el 20 de
junio de 1789, la Asamblea Nacional, con un juramen-to la Convención abrió su
primera sesión, por un juramento se terminó la insurrección del 10 de agosto y
comenzó aquella del 31 de mayo. En los tiempos del Directorio, los patriotas
creye-ron detener la reacción realista y despertar la fe política mediante los
juramentos.41 Los funcionarios que rechazaban el juramento fueron considerados
como enemigos del Estado y rebeldes a las leyes. El diputado Delleville pidió
que fueran deportados (el 11 de ventoso del año iv), y la pena fue inscrita en
la ley. Los mismos electores, como hemos visto, estaban obligados a jurar, bajo
pena de privación de derechos cívicos.
Por el misticismo que se le
incorpora, por las esperanzas de felicidad que suscita, por su carácter
obligatorio, por su continuidad, parece entonces que la fe revolucionaria tiene
toda la apariencia de una fe religiosa.
40 Convención, sesión del 16 messidor del año iii; en ibidem, p. 149.
41 El 22 de nivoso del año iv, el diputado Duhot decretó que todos
los años, el 21 de enero, los 500 juraran odio a la realeza. El mismo juramento
se exigió a todos los funcionarios.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 33
vII
El simbolismo revolucionario
Pero lo que acaba de justificar
esta identificación es el hecho de que, casi desde un principio, la fe
revolucionaria, al igual que la religiosa se expresó exteriormente por símbolos
definidos y exclusivos y, al mismo tiempo, se acompañó de prácticas y ceremonias
regulares, se asoció a un culto.
Formado como por azar, sin ideas
preconcebidas y sin un plan de conjunto, con una notable espontaneidad, en el
curso de los años 1789, 1790 y 1791, el simbolismo revolucionario fue la obra
común de la burguesía y del pueblo. La burguesía, educada y como bañada en la
cultura clásica, obsesionada por los recuerdos de Grecia y roma, tomó prestado
de la Antigüedad los objetos, las leyendas y los emblemas más apropiados para
manifestar sus esperanzas, y para servir de señal de unión a los partidarios
del nuevo orden. Como esta-ba acostumbrada a reunirse en logias, entonces muy
nume-rosas, añadió a sus préstamos clásicos algunas adiciones masónicas. Por
último, también copió las ceremonias del antiguo culto. Pero el simbolismo así
inventado hubiera per-manecido frio, académico, si el pueblo no le hubiera
trans-mitido su calor y su vida, al adoptarlo y hacerlo rápidamen-te suyo.
La escarapela
El primer símbolo revolucionario
fue la escarapela tricolor arbolada en el periodo de excitación que siguió al
14 de julio. La noticia del ultraje hecho a este signo patriótico por las
guardias de corps en versalles bastó para provocar los moti-nes del 5 y 6 de
octubre. Desde París, el culto a los tres colores se expandió por toda Francia
como un reguero de pólvora. Las fiestas de la Federación ostentaron con orgullo
la bandera tricolor, y el corazón de la masa latía con más fuerza al con-
34 albert mathiez
templarla. En la Federación de
Estrasburgo (13 de junio de 1790), conmovidos, algunos buenos aldeanos pidieron
como favor poder tocar la bandera de las guardias nacionales. Los colores de la
nación no tardaron en reemplazar universal-mente a los del rey. El mismo rey
tuvo que ostentar el signo de la nueva religión, y prohibir, el 29 de mayo de
1790, llevar otra escarapela que no fuera la nacional.
Pronto, una serie de medidas
legislativas hicieron este sím-bolo obligatorio para todos los ciudadanos42 e
incluso para todas las ciudadanas.43
Altares de la Patria
Al mismo tiempo que por todas
partes manifestaban su fe en los tres colores, los franceses levantaban en las
plazas públicas altares de la Patria . El primero de estos monumen-tos fue sin
duda aquel que el francmasón Cadet de vaux hizo construir en su propiedad de
Franconville-la-Garenne a prin-cipios de 1790. «Levantado sobre un cerro y
formando un bosque sagrado», este altar hecho de un solo bloque de piedra tenía
forma triangular. Estaba coronado por un «haz de armas, con sus hachas». En el
medio se levantaba «una pica de 18 pies de altura coronada por un gorro de la
Libertad, adornado con borlas». La pica sostenía «un escudo anti-guo
ofreciendo, por un lado, la imagen de Lafayette con esta leyenda:
Odia la tiranía y la rebelión.
(Henriada)
Del otro lado una espada,
estandartes en sotuer de metal fundido». Sobre las tres caras del altar se
leían estas inscrip-ciones:
42 Decreto del 4 y 8 de julio de 1792, artículos 16 y 17.
43 Decreto del 21 de septiembre de 1793.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 35
Fue ciudadano antes que maestro,
Nosotros recuperamos los derechos
que han perdido nues-tros ancestros.
(Henriada)
Hemos visto florecer la Libertad
pública, bajo la sagrada sombra del poder monárquico.
(voltaire, Brutus)
Se juntan, conspiran, difunden
las alarmas,
todo burgués es un soldado, todo
París está en armas.44 (Henriada)
El altar de la Patria tuvo un
éxito tan rápido como el de la escarapela nacional. En algunos meses, dio la
vuelta a Fran-cia. Unas veces era un particular rico el que se lo ofrecía a sus
conciudadanos,45 otras era una suscripción pública la que se hacía cargo de los
gastos, e incluso, otras veces era construi-do por ciudadanos de todas las
clases que manejaban la pala y el pico con un hermoso espíritu patriótico. Sus
formas variaban en función de los recursos de la localidad, el gusto y capricho
de sus habitantes. Pero, por todos lados, fue el lugar de reunión preferido por
los patriotas, el destino de sus pere-grinajes cívicos, el primero y más
duradero santuario de la nueva religión.46 Legislando sobre un hecho consumado,
la Asamblea Legislativa decretó, el 26 de junio de 1792, que «en todos los
municipios del Imperio, fuera levantado un altar de la Patria, sobre el que
será grabada la Declaración de Derechos con la inscripción: El ciudadano nace,
vive y muere por la patria».
44 Según el proceso verbal titulado Cérémonie religieuse et civique
qui a eu lieu le 26 juin 1792 en l’honneur de Gouvion à
Franconville-la-Garenne, París, Imp. Demoville, [ca. 1792].
45 Como en Autun. véase el artículo de Le téo (1889: 187-191)
46 Desde sus comienzos, el altar de la Patria fue rodeado de un
respeto religioso. El 6 de diciembre de 1790, las escuelas del Colegio irlandés
volcaron jugando uno de los jarrones del altar de la Patria en el Campo de
Marte, los patriotas clamaron contra la profanación y pidieron un severo
castigo para los culpables. véanse las referencias n.º 2037 y siguientes en
tourneux (1890).
36 albert mathiez
Los altares de la Patria, que se
llamaban también altares de la Libertad, se mantuvieron en pie hasta los
primeros días del Imperio.
Árboles de la Libertad
Apenas los altares de la Patria
fueron erigidos, los árboles de la Libertad vinieron a darles sombra. Según
Grégoire, el primero en plantar uno en Francia fue Norbert Pressac, cura de
Saint-Gaudens, cerca de Civray, en Poitou:
En mayo de 1790, el día de la
constitución del municipio, mandó arrancar un roble de gran desarrollo y lo
hizo trans-portar a la plaza del pueblo donde ambos sexos acudieron a
plantarlo. A continuación, les arengó sobre las ventajas de la revolución y de
la Libertad…47
Si bien el relato de Grégoire,
utilizado también en el Moniteur,48 es materialmente exacto, también lo es que
los campesinos del Périgord, imitados quizás en otras regiones de Francia, no
esperaron al ejemplo del cura de Poitou para plan-tar el mayo liberador: «El
árbol de mayo, ese poste tradicio-nal, punto de encuentro de los campesinos en
los días de las fiestas votivas»,49 en Périgord se convirtió en un símbolo
revolucionario desde el mes de enero de 1790:
Bajo una forma agradable —como
señalaba Georges Bus-sière— daba a los señores una original reprimenda,
especial-mente se les recordaba su manera abusiva de medir y de cribar el trigo
de las rentas, se colgaba de estos árboles los tamices, las escobas, las
medidas de grano, los raseros, las
47 Henri-Baptiste Grégoire, Histoire patriotique des arbres de la
liberté. Précédée d’un essais sur sa vie et ses ouvrages par M. Charles Dugast
et d’une introduction par M. A. Havard, París, A. Havard, 1833, p. 241.
48 Moniteur, 25.05.1790 y 14.07.1790.
49 Bussière (1903: 260).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 37
plumas de las aves y, el
principal adorno, las veletas,50 algo con lo que abatir el orgullo del
propietario del castillo… Las plan-taciones de los árboles de mayo, como un
bosque que camina, descendían de Norte a Sur por los valles de la Dordogne, de
la Corrèze y de la vézère, se esparcían por las riberas, ganaban poco a poco
las laderas, proclamando a los cuatro vientos la decadencia del feudalismo.51
rápidamente, los árboles de la
Libertad se hicieron muy populares. Los patriotas los rodearon de una celosa
venera-ción y pronto castigaron con penas muy severas a aquellos que los
mutilaran. Es así como, por su decreto del 22 de ger-minal del año iv, el
Directorio ordenó al Ministerio de Justicia que adoptara diligencias contra los
delincuentes o mejor dicho los criminales de este tipo y les aplicara «las
leyes dirigi-das contra todo tipo de crimen contrarrevolucionario y
aten-tatorio a la libertad, la igualdad y la soberanía del pueblo fran-cés».
Dos años después, la ley del 24 de nivoso del año vi castigó con cuatro años de
detención a «todo individuo cul-pable de haber mutilado, abatido o intentado
abatir o mutilar un árbol de la Libertad».52
Considerados como sagrados, la
muerte de los árboles de la Libertad constituía una calamidad, un duelo
público. Cor-tado en Amiens, durante la misión de André Dumont, el tron-co de
uno de estos árboles fue transportado al Ayuntamiento cubierto «con una sábana
negra», precedido por música y seguido por un cortejo de 9000 hombres en
armas.53
50 [Símbolo señorial. Solo los nobles tenían derecho a colocarlas.]
51 Bussière (1903: 260).
52 La misma ley especificaba en su artículo iii: «En el futuro, todo
muni-cipio en el distrito en el que un árbol de la Libertad haya sido abatido,
o haya muerto naturalmente, estará obligado a reemplazarlo en una década, salvo
para renovar esta plantación, si tiene lugar, por un árbol vivo, en una
estación conveniente, según los términos de la ley del 3 de pluvioso del año
iv». La época del reemplazamiento de los árboles de la Libertad muertos había
sido fijada en la fiesta del 21 de enero (art. ii).
53 Aulard (1897, tomo x: 546-547).
38 albert mathiez
De todos los símbolos
revolucionarios, el árbol de la Liber-tad será quizás el más duradero en el
alma popular. reapare-ció brevemente en 1848. Incluso hoy en día reaparece de
vez en cuando.
Otros símbolos
Las Tablas de la Declaración de
Derechos y de la Constitu-ción, grabadas sobre metal o piedra, fueron a su vez
ofrecidas para veneración pública. Los ancianos las llevaban sobre sus
angarillas y las depositaban en el altar de la Patria. Allí, el pre-sidente de
la fiesta las alzaba en sus manos, como el cura ele-vaba la custodia, y se las
presentaba a la multitud que había sido recibida para adorarlas durante el
resto del día.
En casi todas partes, la unidad
de la Patria se representó con un haz de flechas de los 83 departamentos, la
libertad conseguida, con una de aquellas Bastillas en miniatura que el patriota
Palloy había hecho esculpir en las piedras de la mis-ma fortaleza, o incluso
mediante la pica y el gorro frigio cuyo uso se difundió desde finales de 1790.
El gorro frigio, más comúnmente llamado gorro de la Libertad o gorro rojo, ya
aparecía en la fiesta de la Federación de Lyon, donde era lleva-do sobre una
lanza sostenida por una diosa de la Libertad (30 de mayo de 1790) y en la
Federación de troyes (8 y 9 de mayo de 1790) donde cubría la cabeza de una
estatua de la Nación. El Nivel, aquel viejo símbolo de la masonería, simbo-liza
la Igualdad desde 1789. La Fraternidad es representada por las manos
entrelazadas, otro emblema masónico.
Estos son los principales
símbolos en los que primeramen-te se encarnó el patriotismo.
Otros, como la Naturaleza, la
Razón, los bustos de los Mártires de la Libertad, la Montaña, el ojo de la
vigilancia,54
54 [Se representa con la imagen de un ojo entre nubes o rayos de sol,
símbolo de origen religioso que remite al ojo de la Providencia que vigila a la
humanidad].
los orígenes de los cultos
revolucionarios 39
etc., aparecieron más tardíamente
y desaparecieron con las circunstancias que los habían creado y con los
partidos que los habían imaginado.
Quizás se me cuestione si tengo
derecho a asimilar estos símbolos revolucionarios a los símbolos de las
religiones ordi-narias. Sin duda, se me hará notar que no son más que sim-ples
alegorías, sin eficacia propia, mientras que los otros están provistos de
virtudes específicas para sus fieles. responderé que no ignoro en ningún caso
las diferencias básicas que separan a la religión revolucionaria de las
religiones revela-das. Evidentemente, el patriota que enarbolaba la escarapela
nacional no atribuía generalmente a ese trozo de tela el poder de hacer
milagros, y, con respecto a este tema, su estado de ánimo era otro que el de
aquel católico que cuelga en su cue-llo una medalla bendecida o alguna preciada
reliquia. tampo-co es menos cierto que la escarapela, la medalla o la reliquia
son todos ellos símbolos religiosos porque tienen en común el hecho de que
representan, concretan y evocan un conjunto de ideas y sentimiento, es decir,
una fe.
vIII
El fanatismo revolucionario
Por otro lado, no es
completamente cierto que los símbolos revolucionarios no tienen más valor que
el de un simple signo o de una alegoría inofensiva, sin virtud, sin eficacia
particular:
Al son del Ça ira55 —como bien
describe el semanario Révolutions de Paris— se conduce al pueblo hasta el final
del mundo, por encima de los ejércitos combinados de toda Euro-
55 [Canción revolucionaria francesa cuyo título «todo irá bien» evoca
la respuesta dada por Benjamin Franklin cuando se le preguntaba por la
situa-ción en la Guerra de la Independencia de Estados Unidos. Este cántico es
una buena muestra del optimismo que impregnó los festejos de la Federación.]
40 albert mathiez
pa. Engalanado con un nudo de
cintas de tres colores, olvida sus más preciados intereses para no ocuparse más
que de la cosa pública y abandona alegremente su hogar para ir a espe-rar al
enemigo a la frontera.56
La vista de un gorro rojo de lana
le arrebata, y no pierde la ocasión de unirse a nosotros. Su entusiasmo es de
los más respetables y mejor fundados. Le han dicho que aquel gorro de lana era
en Grecia y roma el emblema de la emancipa-ción de todas las servidumbres y el
símbolo de unión de todos los enemigos del despotismo. Con eso le basta. Desde
ese momento, cada ciudadano quiere tener un gorro…
La religión revolucionaria tuvo
también su embriaguez y su fanatismo, y, por ello, acabó por parecerse al resto
de reli-giones. Los patriotas no se limitaron a enarbolar símbolos nuevos y
rodearlos de una piedad celosa, también declararon la guerra sin piedad a los
antiguos símbolos, destruyéndolos sin clemencia ni descanso con una gozosa
rabia.
Aquellos campesinos del Périgord
que, como parece, fue-ron los primeros en plantar árboles de la Libertad,
abatían y rompían al mismo tiempo los postes que marcaban los terre-nos
señoriales, las picotas, los bancos de las iglesias, las vele-tas, todos los
objetos que llevaran la sensible marca de su antigua servidumbre.
Los burgueses ilustrados que
ocupaban los escaños de las Asambleas no fueron menos fanáticos que aquellos
campesi-nos. Ordenaron por decreto la demolición de la Bastilla,57 la retirada
de las estatuas de las provincias encadenadas a los pies de Luis XIv en la
plaza de las victorias.58 No se limitaron a suprimir los títulos de nobleza59 o
las órdenes de caballería,60
56 Révolutions de Paris, n.º 141, 17-24 de marzo de 1792. Artículo
sobre el gorro rojo.
57 Decreto del 16 de julio de 1789.
58 Decreto del 20 de junio de 1790.
59 Decreto del 19-23 de junio de 1790.
60 Decreto del 30 de julio-6 de agosto de 1791.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 41
hacían quemar en solemnes autos
de fe todos los papeles, libros, títulos, relativos a la nobleza y la
caballería;61 prohibie-ron los blasones,62 ordenaron la confiscación de las
casas que continuaran exhibiéndolos63 y la destrucción de todos los monumentos
que recordaran a la feudalidad,64 prohibieron que en cualquier acto fueran
utilizados los títulos y califica-ciones suprimidas, «bajo pena de pagar una
contribución séx-tuple, ser tachados de la lista cívica65 o ser declarados
incapa-ces para cualquier empleo civil o militar, etc. La misma pena le fue
reservada a aquellos que hicieran llevar librea a sus cria-dos, o colocasen sus
blasones en su casa o su coche, etc.».66 Por decreto formal, pisotearon una
corona ducal;67 combatie-ron el feudalismo hasta en el propio lenguaje,
cambiando los topónimos que evocaran aquel detestado pasado.68 De la mis-ma
manera se comportaron los protestantes del siglo xvi con los emblemas del
catolicismo.
Muy pronto, la guerra contra el
catolicismo sucederá a la guerra contra el feudalismo; las mitras, los báculos
episcopa-les, los breviarios y los misales irán a reunirse junto con las
coronas ducales y los emblemas en una misma hoguera, el calendario republicaron
reemplazará al romano, y los nom-bres griegos y romanos sustituirán a los
nombres de santos en los registros civiles. El diputado Legendre (de Nièvre)
pidió al Comité de Salud Pública que hiciera decretar a la Convención
61 Decreto del 12-16 de mayo de 1792, y decreto del 19-24 de junio de
1792 (aprobado por proposición de Condorcet).
62 Decreto citado del 20 de junio de 1790.
63 Decreto del 1 de agosto de 1793.
64 Decreto del 14 de agosto de 1792.
65 [Lista compuesta por aquellos que habían jurado la Constitución.]
66 Decreto del 27 de septiembre-16 de octubre de 1791.
67 Decreto del ii de brumario del año ii.
68 Decreto del 30 de septiembre-3 de octubre de 1792 que cambia el
nombre del pueblo Bourbon l’Archambault por el de Burges-les-Bains; del 9-11 de
octubre de 1792 que cambia Bar le-Duc por Bar-sur-Ornain; del 25-26 de octubre
de 1792 que cambia vic-le Comte por vic-sur-Allier; del 22 de febrero de 1792
que ordena presentar una lista de topónimos susceptibles de reforma por
recordar a la realeza o la feudalidad.
42 albert mathiez
que a lo largo de toda la
república, las cruces fueran sustitui-das por gorros de la Libertad.69
Distribuyendo escarapelas a las jóvenes ciudadanas de versalles, Charles
Delacroix y Joseph-Mathurin Musset les hicieron jurar no casarse más que con
republicanos.70 Componiendo el canto del odio común, el poeta Lebrun lanzó a la
muchedumbre contra los ataúdes de los tiranos:
Purguemos el suelo de los
Patriotas todavía por reyes infectado, la tierra de la Libertad
rechaza los huesos de los
déspotas; ¡De aquellos monstruos divinizados que todos los ataúdes sean
destrozados! ¡Que su memoria sea mancillada! Y que con sus manes errantes
¡Salgan del seno de la Patria
todos los cadáveres de los
tiranos! 71
Cuando es llevado al paroxismo,
el fanatismo revoluciona-rio, como el fanatismo religioso, captura
completamente al hombre, le hace olvidar los deberes más queridos de la familia
o la amistad, y excluye cualquier otro tipo de sentimiento. «Cuando se trata de
la patria —exclama Maribon-Montaut ante los jacobinos—, no hay ni hermanos, ni
hermanas, ni padre, ni madre. Los jacobinos inmolan todo por su país».72 No son
simples palabras. Muchos fueron los patriotas que inmolaron todo por su país,
incluso su propia vida. tampoco era una fanfarronada el juramento que hacía
Baudot antes de su partida para el ejército del rin: «Advertí a la sociedad
69 Carta al Comité de Salud Pública del 21 de nivoso del año ii, en
Au-lard (1897, tomo x: 184).
70 Carta al Comité del 24 de septiembre de 1793, en Aulard (1897,
tomo vii: 39).
71 Odes républicaines au peuple français compuestas en brumario del
año ii. Citadas en robinet (1898: 420).
72 Sesión del 9 de brumario del año ii, en Aulard (1893, tomo v:
490).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 43
[de los Jacobinos] que cambiando
de clima, no cambiaría mi ardor revolucionario y que haría en el Norte aquello
que había hecho en el Midi. Les convertiré en patriotas, o morirán, o
moriré».73
Pero ¿para qué multiplicar estos
ejemplos de fanatismo revolucionario? Son tan numerosos los casos que vienen a
la mente que para juntarlos todos, necesitaríamos un grueso volumen.
IX
Las prácticas, las ceremonias
Al finalizar la Asamblea
Constituyente, la religión revolu-cionaria había adquirido sus rasgos
esenciales, con sus dog-mas y símbolos obligatorios. Lejos de ser una invención
artifi-cial de algunos hombres, una argucia política, un arma circunstancial, aparece
más bien como una creación espontá-nea y anónima del alma francesa, un tardío
pero sabroso fruto de la filosofía del siglo xviii.
Sin embargo, para que fuera una
verdadera religión, seguía faltando todavía un elemento esencial: un conjunto
de prácti-cas regulares, un sistema de ceremonias, en una palabra, un culto.
Pero podemos ya prever que esta laguna no tardará en ser subsanada. En el
momento en el que nos encontramos, en aquel año de 1791, año de la fuga de
varennes, año crítico desde tantos puntos de vista, los patriotas ya tenían la
cos-tumbre de reunirse en ceremonias o fiestas cívicas para con-tagiarse sus
esperanzas, temores y dolores comunes, para conmemorar el aniversario de sus
victorias sobre el despotis-mo, para honrar a sus muertos más ilustres o para
exaltar mutuamente su valentía. Estas reuniones cívicas, dejadas por lo general
a iniciativa de los ciudadanos, variaban todavía en
73 Sesión del 3 de noviembre de 1793, en Aulard
(1893, tomo v: 495).
44 albert mathiez
forma, carácter y tendencia en
toda Francia. Unas estaban más bien vinculadas al club de los feuillants,74
otras al de los jacobinos. Sea cual fuera su signo todavía no se oponían a las
ceremonias católicas y reservaban un lugar, más o menos importante, a los curas
de la antigua religión. No obstante, se puede percibir cómo aquel catolicismo
depurado por la Cons-titución civil del clero, no era más que un elemento
accesorio de la fiesta del que no se tardará en prescindir. En las páginas que
siguen, veremos qué circunstancias determinarán la rup-tura entre religión
nueva y antigua, cómo una se opondrá a la otra e intentará sustituirla
abiertamente.
Las Federaciones
La primera, no solamente por
fecha sino por importancia, entre aquellas ceremonias cívicas en las que los
franceses comulgaron en el patriotismo y que sirvió de ejemplo y mode-lo a las
ceremonias que le siguieron dando lugar al nacimiento de un verdadero culto
revolucionario, fue la Federación, o mejor dicho, las Federaciones.
tras el Gran Miedo, para reprimir
los disturbios, proteger las subsistencias y restablecer el orden indispensable
para la regeneración de la res publica, se formaron las primeras Fede-raciones,
auténticas ligas armadas al servicio de la Asamblea Nacional. El sentimiento
que quieren expresar y proclamar bien alto es su confianza absoluta en el dogma
político del poder absoluto de los representantes de la nación para prepa-rar y
asegurar la felicidad pública.75 Estas no tienen ninguna
74 [Nombre con el que se conoce a los Amigos de la Constitución,
grupo de tendencia monárquico-constitucional fundado el 16 de julio de 1791,
como escisión del Club de los Jacobinos, para oponerse a los partidarios del
derro-camiento de Luis XvI tras su fuga a varennes.]
75 La milicia ciudadana de Luynes, constituyéndose el 2 de agosto de
1789, declara que ha sido incitada en su empresa «por las mociones
patrióti-cas, por las discusiones profundas y justas de los Lally-tollendal,
Mirabeau, volney o Siéyès, por todo aquello que debemos esperar del reputado
valor,
los orígenes de los cultos
revolucionarios 45
duda de que las intrigas de los
malvados y la conspiración de los «aristócratas» son los únicos obstáculos que
retrasan la hora próxima de la felicidad general y que la razón por la que
tomaron las armas fue la de desbaratar sus intrigas y sus com-plots. Aseveran
con firmeza su sumisión sin límites a la Cons-titución y su ardiente amor a la
Patria.
Y por Patria no entienden una
entidad muerta o una abs-tracción incolora, sino una fraternidad real y
durable, un mutuo deseo de bien público, el sacrificio voluntario del inte-rés
privado al interés general y el abandono de todos los privi-legios
provinciales, locales y personales:
Declaramos solemnemente —juraban
los bretones y angevi-nos en Pontivy, el 15 de febrero de 1790— que no siendo
ni bre-tones ni angevinos sino franceses y ciudadanos del mismo imperio,
renunciamos a todos nuestros privilegios locales y par-ticulares y que
abjuramos de ellos como anticonstitucionales.76
La Libertad de la que se
proclaman «idólatras» no es una libertad estéril, neutra o indiferente, sino la
facultad de reali-zar su ideal político profundamente unitario, el medio de
construir su armoniosa y fraternal ciudad futura.
Si las Federaciones fueron antes
que nada un acto de fe en el nuevo credo político, también tuvieron otras
característi-cas. Una concepción general de la sociedad va acompañada por lo
general de una visión general del Universo, de una filo-sofía y de una moral.
Esta filosofía y esta moral, todavía imprecisas, comienzan ya a manifestarse en
algunas partes.
Frecuentemente, las inscripciones
grabadas sobre los alta-res de la Patria advertían a los ciudadanos de que las
mejores instituciones políticas no tienen eficacia si no son acompaña-
virtud y luces de un Bailly,
Lafayette, rabaut-Saint-Étienne, Mounier, target, Clermont-tonnerre y de otros
tantos ilustres apoyos de la verdad, la justicia y la libertad». Acte de
confédération patriotique et de constitution provisoire de l’administration et
de la milice citoyennes de la ville et cité de Luynes, arrêté en Assemblée
générale le 2 août 1789, s. l., s. n., [ca. 1789].
76 Bellec (1895: 32).
46 albert mathiez
das de sus instituciones morales
correspondientes. El credo político está así vinculado a un credo moral. En
rennes, lee-mos en una pirámide elevada sobre un altar de la Patria, esta frase
de rousseau: «La Patria no puede subsistir sin la libertad ni la libertad sin
virtud». En Lyon, sobre los pórticos del tem-plo de la Concordia fue grabada
esta máxima: «Ningún Esta-do sin moral, ningún ciudadano sin virtud, ninguna
virtud sin libertad». En más de una ocasión son los más ancianos los que
presiden la fiesta, como si estuvieran revestidos de una especie de
magistratura moral:
En la Gran Federación de ruan,
donde estuvieron presen-tes las guardias nacionales de sesenta ciudades, un
caballero de Malta de 85 años fue a buscarlos hasta Andelys, para estar a la
cabeza de la Asamblea. En Saint-Andéol en vivarais,77 dos ancianos de 93 y 94
años, el uno noble, coronel de la guardia nacional, y el otro, un simple
labrador, fueron los primeros en prestar juramento cívico.78
El culto al Ser Supremo, la
teofilantropía y el culto decada-rio retomaron, ampliando y sistematizando,
estas mismas preocupaciones morales.
En otras Federaciones, la
admiración por los descubri-mientos de la Ciencia y un vivo amor por la
Naturaleza se expresó de una manera ingenua. En la Gran Federación de Dôle (21
de febrero de 1790), una niña acudió al comienzo de la fiesta «con un vidrio óptico
para extraer del Sol el fuego sagrado y alumbrar en un jarrón griego, colocado
sobre el altar, un fuego que dio súbitamente una llama tricolor».79 En
Estrasburgo, los labradores que figuraban en el cortejo con un arado,
depositaron un haz de trigo sobre el altar de la Patria.
Si bien en la gran mayoría de las
ocasiones, el clero preside la ceremonia, que se abre con una misa solemne,
también se
77 [Nombre de la antigua provincia que hoy se conoce como Ardèche.]
78 Michelet (1889a: 469).
79 Lambert (1890).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 47
producen esporádicamente algunas
manifestaciones anticleri-cales. Por la pluma de Jacques Boileau, cuyo hermano
Étienne desempeñará en lo que sigue un papel considerable en el
esta-blecimiento de los cultos revolucionarios en el Yonne, las guardias nacionales
de Saint Brise, Cravant, vermanton, etc., invitan a la Asamblea Nacional a
redoblar sus energías contra el monstruo del fanatismo:
¡Ah!, es el más cruel de todos.
Como esos tiranos ambicio-sos y feroces de los que la historia nos ofrece
tantos ejemplos, no aspira más que a verter la sangre de aquellos que le
inquie-tan y hacen sombra a su horrible despotismo. Golpead, gol-pead con fuerza
ese rostro altivo. Una vez destruido, renace-rán la paz y la concordia, las
únicas capaces de hacer florecer los estados, y seremos todos felices.80
En Clamecy, un granadero de la
guardia nacional, Ch. De Suroy, canta en el banquete cívico, que dio fin a la
Federación, unas estrofas que fueron impresas en el acta de la sesión:81
Si la nobleza y el solideo
insulta a nuestra benevolencia
¡tan, tan-tan, tantarantán!
Démosles una severa corrección
¡tantarantán!
¡rápidamente!82
En rennes, el acta de la
Federación denuncia a aquellos que «redoblan sus criminales esfuerzos y emplean
como
80 Les gardes nationales de Saint-Brice, Cravant, Vermanton, Noyers,
Vezelay, Asquins, Lille-sous-Montréal et Avallon, à l’Assemblée nationale,
París, Impr. de valleyre, s. f.
81 Procès-verbal de la fédération de la garde nationale de Clamecy
avec la garde nationale des villes de ce district et de la bénédiction d’un
drapeau. Le 27 mai 1790, s. l., s. n.
82 [La expresión «tambour battant» (tocando el tambor) significa
‘rápi-damente, con brío’. De ahí el juego sonoro con la onomatopeya tantarantán
que haría las veces del redoble de dicho instrumento.]
48 albert mathiez
último recurso el puñal del
fanatismo y los terrores de la superstición».83
Más importantes que estos
incidentes sin apenas repercu-sión fueron las reconciliaciones solemnes de
religiosos de diferentes credos en el altar de la Patria. Curas, pastores y
rabinos acudieron para desterrar sus antiguos odios, lamentar luchas pasadas,
prometerse una sincera amistad en el futuro y sellar su juramento con un beso
fraternal. En Montélimar, el cura y el pastor se abrazaron mutuamente. Los
católicos lleva-ban a los protestantes a la iglesia y daban al pastor un sitio
de honor en el coro. Inversamente, los protestantes recibían a los católicos en
la predicación y ponían al cura en primer lugar. En Clairac (Lot-et-Garonne)
pastor y cura abrieron el baile patriótico que dio fin a la fiesta de la
Federación.84
En la Federación de Estrasburgo
(13 de junio de 1790) se realizó, por primera vez que yo sepa, un bautismo
cívico que, liberado de cualquier carácter confesional, se convirtió en uno de
los sacramentos del culto a la razón. El acta de esta reunión dice así:
La esposa del señor Brodard,
guardia nacional de Estras-burgo, dio a luz a un niño el mismo día que el
juramento federativo. varios ciudadanos, sobrecogidos por lo ocurri-do,
pidieron que el recién nacido fuera bautizado sobre el altar de la Patria… todo
estaba arreglado cuando el señor Kohler, de la guardia nacional de Estrasburgo
y de confe-sión luterana, reclamó el mismo favor para su hijo que aca-baba de
venir al mundo. Se le concedió con mucho gusto ya que con ello se encontraba
una ocasión perfecta para mos-trar la unión que reina en Estrasburgo entre los
diferentes cultos…85
83 Procès-verbal de la fédération faite à Rennes, le 23 mai 1790,
entre la garnison et la garde nationale de la même ville, rennes, Impr. de vve
vatar et de Brulé de remur, 1790.
84 Según un artículo de Dide (1881: 9).
85 Procès-verbal de la confédération de Strasbourg, Estrasburgo,
P.-J.-Dann-bach, 1790.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 49
Esta acta describe también la
ceremonia que se celebró con gran pompa. El niño católico tuvo por madrina a la
señora Dietrich, de la religión reformada, y el niño luterano, a la señora
Mathieu, católica, mujer del procurador del munici-pio. El niño católico fue
llamado: Charles, Patrice, Federado, Prime, rené, de la Plaine, Afortunado;
mientras que el niño protestante: François, Frédéric, Afortunado, Cívico.
Cuando los dos ministros, luterano y católico, hubieron terminado su oficio y
se dieron «el beso de la paz y de la fraternidad», al bautismo religioso le
sucedió el bautismo cívico propiamente dicho:
Se desmontó el altar religioso.
Las madrinas, que llevaban a los recién nacidos, ocuparon sus lugares. Se
desplegó la ban-dera de la Federación por encima de sus cabezas. Las otras
banderas las rodearon, teniendo no obstante cuidado de que fueran visibles para
el ejército y el pueblo. Los jefes y coman-dantes particulares se acercaron
para servir de testigos. Entonces, los padrinos, delante del altar de la
Patria, pronun-ciaron en voz alta e inteligible: el nombre de sus hijos, el
jura-mento solemne de ser fieles a la Nación, a la Ley y al rey así como de
mantener con todas sus fuerzas la Constitución decretada por la Asamblea
Nacional y aceptada por el rey. Por todas partes se oyeron gritos de Viva la
Nación, Viva la Ley, Viva el Rey. Durante estas aclamaciones, los comandan-tes
y otros jefes formaron, con sus espadas descubiertas, una bóveda de acero86 por
encima de la cabeza de los niños. todas las banderas fueron colocadas por
encima de esta bóveda como si fuera una cúpula y la bandera de la Federación por
encima de ella parecía coronarla. Las espadas, frotándose ligeramente, hacían
un imponente ruido metálico, mientras que el decano de los comandantes ataba a
cada niño una esca-rapela a la vez que decía: Mi niño, yo te recibo en la
guardia nacional, sé bravo y buen ciudadano como tu padrino. Este fue el
momento en el que las madrinas ofrecieron los niños a la Patria y los
expusieron durante unos instantes a las mira-
86 Ceremonia utilizada en la masonería.
50 albert mathiez
das del pueblo. Ante este
espectáculo, las aclamaciones se redoblaron. La ceremonia dejó en el alma una
emoción que es imposible de describir. Fue así como terminó una ceremonia de la
que la historia no ofrece ningún ejemplo.
Celebrado sin sacerdotes, sobre
el altar de la Patria cubier-to de la tricolor, acompañado de un juramento
cívico a modo de juramento religioso, este bautismo laico, donde la escara-pela
ocupa el lugar del agua y la sal, ya hace pensar en las escenas de 1793. Al
principio, los ministros de las religiones todavía aparecían, pero pronto se
vieron eclipsados y, al abrazarse mutuamente, parecían pedir perdón por sus
faltas pasadas.
Posteriormente, se celebraron
otros bautismos cívicos como, por ejemplo, el de Wasselone, el 11 de junio de
1790. Aquí también encontramos a las guardias nacionales forman-do una bóveda
de acero masónico sobre el recién nacido y el padrino, recitando el juramento
cívico en lugar del credo.
Aunque más excepcionalmente,
también se oficiaron ma-trimonios cívicos sobre el altar de la Patria como, por
ejem-plo, el de la Federación de Dôle, el 14 de julio de 1790.87
No resulta baladí el hecho de
constatar que la costumbre de dar nombres de niños no cristianos nació en las
Federacio-nes, extendiéndose más tarde. Así, los dos niños bautizados cuentan
entre sus nombres con los de Cívico y Federado.
tampoco resulta ocioso constatar
que las Federaciones nos ofrecen el primer ejemplo de esta «respuesta cívica»
que más tarde se convertirá en obligatoria todos los décadis.88 En Gray, el día
de la Federación, los ciudadanos guardaron fiesta maña-na y tarde, como si
fuera un festejo religioso. Aunque la poli-cía no había ordenado nada en este
sentido, las tiendas per-manecieron cerradas.89
87 Según el estudio ya citado de Lambert (1890).
88 [Último día de la semana de diez días del calendario republicano
revo-lucionario.]
89 Lambert (1890).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 51
resumiendo, no resulta exagerado
afirmar que el germen de los cultos revolucionarios está en las Federaciones,
en ellas echaron raíces. Estas grandes escenas místicas fueron las pri-meras
manifestaciones de la nueva fe. Provocaron una fuerte impresión entre las
masas. Les familiarizó con el simbolismo revolucionario, popularizándolo. Pero,
sobre todo, mostraron a los hombres políticos la potencia de las fórmulas y
ceremo-nias en el alma de las masas. Les sugirió la idea de poner este medio al
servicio del patriotismo, y les proveyó de un modelo para sus futuros sistemas
de «fiestas nacionales», de «institu-ciones públicas» y de «cultos cívicos»,
que imaginaron desde la Asamblea Legislativa, antes de ser realizados por la
Con-vención y el Directorio.
X
Fiestas cívicas
Los años 1790, 1791 y 1792 están
repletos de fiestas patrió-ticas, que, aunque recordaban algunos aspectos de
las Federa-ciones, anunciaban y preparaban el culto a la razón.
Si las circunstancias y las
pasiones políticas confieren un carácter particular a cada una de las fiestas,
en todas ellas, no obstante, podemos encontrar una misma inspiración, un mis-mo
deseo de honrar a la nueva institución política, de defen-derla, de celebrar el
recuerdo de los grandes acontecimientos que la han dado lugar y la han
consolidado, y de testimoniar su reconocimiento público a los hombres que la
han fundado o la han preparado. En el fondo, estas reuniones constituyen un
culto rendido a la revolución, a la Patria, a la Libertad, a la Ley y a
cualquier palabra con la que califiquemos al instru-mento de la felicidad
esperada y el ideal soñado. tanto por su ceremonial como por su inspiración, se
parecen a las fiestas del terror o a las fiestas decadarias, a las que muy a
menudo sirvieron de modelo.
52 albert mathiez
Algunas ceremonias tienen como
principal objetivo cele-brar las grandes fechas revolucionarias, son, por
tanto, fiestas conmemorativas. Otras son demostraciones de alegría por algún
acontecimiento político presente, son fiestas políticas. Aquellas que son
testimonio de admiración y reconocimiento hacia los buenos obreros y mártires
de la revolución, se cons-tituyen como un culto a los grandes hombres, un culto
a los mártires de la libertad. Finalmente, otras están destinadas a recompensar
los actos de valentía o probidad, son fiestas morales.
Fiestas conmemorativas. El 20 de
junio
El Juramento del Juego de Pelota,
primer acto de resisten-cia abierta de los diputados de la nación ante la
voluntad real, dejó un duradero recuerdo en los corazones de los patriotas. A
comienzos de 1790, se formó, por iniciativa de Gilbert romme,90 en París y
versalles, una sociedad particular para «inmortalizar esta conjura que salvó a
Francia» y, durante los tres años siguientes, la sociedad celebró el
aniversario con una fiesta cívica el 20 de junio de 1790, 1791 y 1792, siendo
la primera la más brillante.91 Formados en «batallón cívico», los miembros de
la sociedad entraron en versalles por la avenida de París. En medio de ellos,
cuatro voluntarios de la Bastilla llevaban «una tabla de bronce, sobre la que
había sido graba-do con letras imborrables el Juramento del Juego de Pelota.
Otros cuatro llevaban escombros de la Bastilla destinados a fijar esta tabla
sagrada sobre los muros del juego de Pelota». El Ayuntamiento de versalles vino
al encuentro del cortejo. El regimiento de Flandes presentó armas delante del
«arca sagrada». Llegados al Juego de Pelota, todos los asistentes
90 Aulard (1889a: 18).
91 Para el relato de las celebraciones he seguido las actas
oficiales: Description du serment et de la fête, civique célébrés au Bois de
Boulogne par la Société du Jeu de Paume de Versailles, des 20 juin 1789 et
1790, París, Garnéry, s. d.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 53
renovaron el juramento «con un
sobrecogimiento religioso». Después, un orador les arengó: «Un día nuestros
hijos ven-drán en peregrinaje a este templo como los musulmanes van a la Meca.
A nuestros nietos, inspirará el mismo respeto que el templo elevado por los
romanos a la Piedad filial…». Entre gritos de alegría, los ancianos sellaron
sobre los muros la tabla del juramento: «todos querían contribuir a colocarla».
Nadie abandonó aquel querido lugar sino con pesar: «Se abrazaron mutuamente y
fueron acompañados con todos los honores por la municipalidad, la guardia
nacional y el regimiento de Flandes, hasta las puertas de versalles». A lo
largo de la ruta de regreso a París, «no hablaban más que de la felicidad de
los hombres; se hubiera dicho que eran como Dioses en marcha». En el bosque de
Boulogne, una comida de trescientos cubier-tos, «digna de nuestros
antepasados», les fue servida «por jóvenes ninfas patriotas». Encima de la
mesa, habían coloca-do «bustos de los amigos de la humanidad, de Jean-Jacques
rousseau, de Mably, de Franklin que parecían presidir la fies-ta». El
presidente de la sociedad, Gilbert romme, «leyó como benedícite los dos
primeros artículos de la Declaración de los Derechos del hombre. todos los
convidados repitieron: ¡Así sea!». En el postre, se dio lectura al acta de la
jornada. «Este acto religioso provocó grandes aplausos». Después vinieron los
brindis. Danton «tuvo el honor de realizar el primero». «Dijo que el
Patriotismo no debía tener más límites que el Universo, y propuso beber a su
salud así como por la Libertad y la felicidad del Universo entero». Menou
brindó por la Nación y el rey «que no hacen más que una», Charles de Lameth a
la salud de los vencedores de la Bastilla, Santhonax por nuestros hermanos de
las colonias, Barnave por el regi-miento de Flandes, y robespierre «por los
valientes escritores que habían corrido tantos peligros y todavía lo seguían
haciendo en defensa de la Patria». Uno de los presentes desig-nó entonces a
Camille Desmoulins, siendo su nombre muy aplaudido. Finalmente, un bravo
caballero terminó la serie de brindis, bebiendo por «el encantador sexo
femenino que ha mostrado en la revolución un patriotismo digno de las damas
54 albert mathiez
romanas». Entonces, «unas mujeres
vestidas de pastoras» entraron en la sala del banquete y coronaron con una
diade-ma de roble a los diputados de la Asamblea Nacional: D’Aiguillon, Menou,
los dos Lameth, Barnave, robespierre y Laborde. Un conocido artista,92 que
asistió a la fiesta, prome-tió emplear su talento «en transmitir a la
posteridad las fac-ciones de los inflexibles amigos del bien público». Después,
cuatro voluntarios de la Bastilla pusieron sobre la mesa «una reproducción de
aquel antro de despotismo y de la venganza de los reyes». Las guardias
nacionales la rodearon, blandieron sus sables y la destruyeron:
Cuál fue la sorpresa de los
espectadores cuando entre las estocadas vieron a un joven niño vestido de
blanco, símbolo de la inocencia oprimida y de la Libertad naciente. Les elevó
el ánimo. No podían dejar de contemplarlo. Se encontró sobre las mismas ruinas
un gorro de lana, emblema de la Libertad. Se lo colocaron en la cabeza al niño.
Siguieron buscando. Encontraron varios ejemplares de la Declaración de Derechos
del hombre, extractos de obras de Jean-Jacques rousseau y de raynal. Se tiraron
por aquí y allá, entre los convidados que se precipitaban los unos sobre los
otros para tener un ejemplar. Cada uno se llevó consigo algunos restos de la
Bastilla…
Sería superfluo comentar un
relato semejante. tras la sen-sibilidad y recursos bucólicos de la época, se
siente el amargo odio hacia el régimen desaparecido, la necesidad de destruir
todo aquello que lo recuerde, al mismo tiempo que un ardien-te apetito por una
sociedad mejor cuya llegada preparen los legisladores coronados de roble.
El 14 de julio
Una sociedad particular había
tomado la iniciativa de con-memorar el aniversario del 20 de junio. En el caso
de la conme-
92 El pintor David.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 55
moración del 14 de julio, fue la
propia autoridad constituida, la Asamblea Nacional, la que se encargó de
reglamentarla.
Sin duda, los delegados de todas
las guardias de Francia no se reunieron solamente para festejar el aniversario
de la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1790 en el Campo de Marte. Esta
Federación general sobrepasaba los límites de una ceremonia conmemorativa.
verdaderamente, era la fiesta de la Patria, la fiesta de la nueva Francia.
Incluso la propia fiesta de la Federa-ción, «esta fiesta augusta, la más
majestuosa e importante que ha conocido el mundo y honrado la especie humana»,
se con-virtió en uno de los grandes acontecimientos de la revolución y como tal
fue conmemorada a su vez como la toma de la Bas-tilla. Los años siguientes, la
fiesta del 14 de julio se consagró a la vez que se confundía con este
aniversario.
En 1791, sin esperar que una ley
les obligara, la mayor parte de los ayuntamientos celebraron el doble
aniversario.93 En París, las autoridades y las guardias nacionales se reunieron
con una delegación de la Asamblea sobre las ruinas de la Bastilla y desde allí
se trasladaron en cortejo hasta el Campo de la Fede-ración, donde Gobel celebró
la misa sobre el altar de la Patria. Según el Moniteur,94 el número de
espectadores fue considera-ble. Por la tarde, las fachadas de las casas fueron
iluminadas.
Antes de separarse, la Asamblea
Constituyente hizo del 14 de julio una fiesta legal al decretar que el
juramento federa-tivo sería renovado aquel día, cada año, en la cabeza de
parti-do del distrito.95
En 1791, la fiesta fue
ensombrecida por el recuerdo reciente de la fuga de varennes, y en 1792, se
contagió del ambiente de agitación previo al 10 de agosto. El 14 de julio de
1792, en París, una delegación de la Asamblea acudió a las ruinas de la Bastilla
para asistir a la colocación de la primera piedra de la columna de la Libertad
que por iniciativa del patriota Palloy se debía ele-
93 Entre otros, aquellos de Bourges, Châlons o Estrasburgo.
94 Réimpression de l’ancien Moniteur…, op. cit., Tome IX, p. 129.
95 Decreto del 29 de septiembre-14 de octubre de 1791 (secc. iii,
art. 20).
56 albert mathiez
var en el emplazamiento de la
odiosa fortaleza. Por primera vez, el clero no tomó parte en la ceremonia que
tuvo lugar des-pués en el Campo de la Federación.96 En el cortejo destacaba una
estatua de la Libertad, llevada por seis «ciudadanos vesti-dos siguiendo el
nuevo traje propuesto por David», una estatua de Minerva, llevada de la misma
manera sobre un varal tricolor y escoltada por niños de la mano de ancianos.
Cerca del altar de la Patria, una pirámide honraba la memoria de los
ciudada-nos muertos por la Libertad y un «árbol nobiliario» del que col-gaban
emblemas, pergaminos e insignias de órdenes suprimi-das, condenaba a la
execración el pasado desaparecido. Al final de la ceremonia, los ancianos y los
oficiales contemplaban el árbol nobiliario en llamas, mientras que niños,
mujeres e inváli-dos depositaban coronas de roble y de flores sobre el mausoleo
de los mártires de la Libertad. Después se entonó el himno de Marie-Joseph de
Chénier, que pronto se haría muy célebre:
Dios del Pueblo y de los reyes,
de las ciudades, de los campos…
En los departamentos, el 14 de
julio fue celebrado, como en París, con una gran cantidad de alegorías
clásicas. Pero, casi por todos lados, la misa fue dicha sobre el altar de la
Patria.
El 4 de agosto
tanto si el recuerdo fue
demasiado favorable a los estamen-tos privilegiados como si, por el contrario,
los decretos —de carácter teórico— votados en aquella famosa noche hubieran
causado demasiadas decepciones a los patriotas, el aniversario del 4 de agosto
estuvo lejos de obtener los mismos honores que el del 14 de julio. Las
autoridades se desinteresaron. Sola-mente algunos particulares, bastante
desconocidos por otro lado, tuvieron la idea de conmemorarlo, pero sus
proyectos finalmente no se realizaron. Uno de ellos, a finales de 1789,
proponía organizar una fiesta nacional que sería celebrada
96 robinet (1898: 514).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 57
todos los años en «este día
inmortal».97 En cada ciudad, se construiría un templo dedicado a la Libertad.
Luis XvI ten-dría su estatua en la nave de aquel edificio. Los 1200 dipu-tados,
«cooperadores y agentes, instrumentos de la felicidad general» tendrían
igualmente sus retratos colgados de los muros del templo. «Cada madre estaría
obligada a ir a presen-tar a su hijo al templo, donde sería investido del
derecho de ciudadanía y recibiría un nombre. Esta especie de Bautismo
patriótico consagraría al niño a la Nación regenerada».
Se encargó a los mejores poetas
dramáticos componer una pieza sobre el Triunfo de la Libertad para que fuera
represen-tada delante del pueblo todos los 4 de agosto.
resulta casi innecesario señalar
que, finalmente, el pro-yecto no se realizó.
En una ocasión al menos, la
abolición del diezmo fue cele-brada con júbilo. En 1791, la sociedad fraternal
de Gémeaux (distrito de riom), presidida por Gilbert romme, conmemoró la
abolición del diezmo con una fiesta que abrió la siega. El Ayuntamiento, rodeado
de habitantes, fue a un campo que se acababa de segar, para recordarles las
benefactoras leyes por las que la revolución había liberado la tierra. La
fiesta se ter-minó en la iglesia con un Te Deum en acción de gracias.98
Algún tiempo después, en
septiembre de 1791, los habitan-tes de Septmoncel (Jura) celebraron a su vez
una fiesta por la abolición de la esclavitud.99
Fiestas políticas
La fe revolucionaria consistía
esencialmente en las espe-ranzas de felicidad que hacía concebir la nueva
institución
97 Fête nationale qui sera célébrée tous les ans le jour immortel du
iv août, París, Impr. de Laporte, s. f.
98 Fiesta descrita por Gilbert romme en una carta publicada en la
Feuille Villageoise, n.º 43, 21.07.1792.
99 Para este tema véase la carta del cura de Septmoncel (Daller) en
la Feuille Villageoise, 6.10.1791.
58 albert mathiez
política. Por tanto, no resulta
sorprendente que los principa-les actos políticos que anunciaban la tan
esperada y próxima puesta en vigor de la Constitución provocaran fiestas
cívicas por las que se manifestó una esperanza universal.
Cuando Francia supo, el 4 de
febrero de 1790, que el rey había prometido solemnemente cumplir la
Constitución pre-parada por la Asamblea Nacional, se dejó llevar por la más
intensa alegría. París se iluminó durante dos días seguidos. El juramento
cívico, prestado por la Asamblea Nacional, des-pués de la visita del rey, fue
repetido en ceremonias patrióti-cas por todos los municipios. Finalmente,
cuando la Constitu-ción fue terminada, se organizó una gran fiesta en París
para su proclamación solemne, el 18 de septiembre de 1791. Las autoridades
asistieron en cortejo al Campo de la Federación. El alcalde subió al altar de
la Patria y mostró a los ciudadanos el libro de la Constitución. Después de la
ceremonia, se ofre-ció al público un espectáculo muy novedoso, la ascensión de
un aerostato. Por la tarde, la iluminación fue general. «Guir-naldas de fuego
unían todos los árboles desde la plaza de Luis Xv hasta el lugar conocido como
Étoile».100
El domingo siguiente, 25 de
septiembre, se retomó la fiesta y fue particularmente brillante en la rotonda
de los Campos Elíseos.101
La Constitución de 1793 sería
proclamada de una manera todavía más solemne en la Gran Federación del 10 de
agosto de 1793.
Las Fiestas de los benefactores
y de los mártires de la Libertad.
Exequias
Desde muy pronto, los patriotas
organizaron ceremonias de acción de gracias en honor de aquellos que habían
pre-
100 Según el Moniteur. Réimpression de l’ancien Moniteur…, op. cit.,
Tome IX, p. 710.
101 Ibidem, p. 774.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 59
parado la revolución o que habían
muerto por ella. Antes que Marat, Chalier o Le Pelletier, otros santos
políticos, otros mártires de la Libertad tuvieron sus estatuas y sus cultos.
Desilles
tras los desafortunados sucesos
de Nancy, el 20 de sep-tiembre de 1790, se organizó un gran funeral en el Campo
de la Federación en honor de aquellos que habían caído inten-tando someter a la
Guardia Suiza de Châteauvieux que se había amotinado. En la sesión de la
Asamblea Nacional del 29 de enero de 1791, se honró con un busto y una corona
de roble al oficial Desilles, que había perdido su vida al mediar entre ambos
bandos para evitar que el levantamiento acabara en un baño de sangre. Asimismo,
se encargó al pin-tor Lebarbier que realizara un cuadro representando esta
acción heroica.
En esta ocasión, el diputado Gouy
extraía una lección moral de aquellos honores póstumos tributados por la
revo-lución a sus mártires y comparaba los santos laicos con los santos
religiosos y los grandes conquistadores:
Hasta aquí —decía Gouy— esta
especie de culto, esta apo-teosis, concedida por el reconocimiento y la
admiración, había sido reservada para otra clase de héroes. La pompa y las
aclamaciones quedaban reservadas a las efigies consagra-das por el furor de sus
conquistas. Sería digno de la humani-dad y de la libertad, asociar por fin a
los mártires del patrio-tismo unas ceremonias que recompensen los sacrificios
cívicos, cuyos monumentos vendrían a vivificar este templo de la Constitución.
Una serie de imágenes, como las que hoy reciben el tributo de vuestras lágrimas
y de nuestros respe-tos, serían sus guardianes más dignos, y, si fuera posible
que esta Constitución regeneradora tuviese enemigos, la espe-ranza de ocupar un
lugar entre estos semidioses cuyo primer miembro acabáis de canonizar, bastaría
para que hubiese otros imitadores…
60 albert mathiez
Gouy proponía sin ambages que las
fiestas cívicas fueran transformadas en un instrumento político al servicio de
la Asamblea y de las nuevas instituciones:
Pues bien, os corresponde a
vosotros crear héroes de esta tierra inerte. Solo vosotros, legisladores del
Imperio, podéis fecundar el germen que encierran en su seno y provocar su
eclosión con vuestros cuidados. Si por vuestras órdenes, la corona cívica, la
más honorable de todas, adornara la frente de la víctima inmolada por
patriotismo, estoy seguro de que este honor supremo encendería los corazones de
los 500 000 fran-ceses que vuestros decretos llaman a defender nuestras
fron-teras. Estoy seguro de que se convertiría en un escudo inex-pugnable
contra los enemigos que osaran molestar nuestros útiles trabajos y que una
recompensa tan magnífica protegería a la Constitución contra sus adversarios
presentes y futuros…
Sin duda, la idea es todavía
vaga, pero muy pronto se preci-sará, y desde el comienzo de la Legislativa, los
jefes patriotas pensarán en reunir los elementos dispersos del culto
revolu-cionario, sistematizándolos para hacer de ellos un instrumen-to de propaganda
cívica.
Mirabeau
A la muerte de Mirabeau, le
fueron rendidos numerosos honores. Sainte-Geneviève fue transformada en Panteón
con el objetivo de recibir sus restos y los de todos aquellos gran-des hombres
que, siguiendo su ejemplo, merecen el reconoci-miento de la patria.102
Voltaire
A su vez, voltaire fue trasladado
al Panteón en medio de una inmensa muchedumbre:103
102 Decreto del 4-10 de abril de 1791.
103 véase la Memoria de Louise-Phelps Kellog reproducida en Kellog
(1899: 271-277).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 61
La fiesta —como señalaba la
Feuille Villageoise — fue sublime y enternecedora. Impresionó y engrandeció el
espíri-tu del pueblo, desacreditó las procesiones e imágenes mona-cales,
electrizó con un fuego puro y celeste a los hombres más groseros, renovó el
santo ardor del patriotismo y esparció los rayos de la Filosofía. Por así
decirlo, ese día adelantó en un siglo el progreso de la razón…104
En aquellas fechas, los patriotas
más avanzados no oculta-ban ya su intención de oponer sus fiestas cívicas a las
antiguas fiestas religiosas.
Durante el año 1792, las fiestas
patrióticas se sucedieron en cortos intervalos y se generalizaron por toda
Francia.
La Guardia Suiza de Châteauvieux
El 15 de abril de 1792, Collot
d’Herbois y Jean Lambert tallien organizaron una fiesta de la Libertad en honor
de la Guardia Suiza de Châteauvieux, víctimas de Bouillé. El cortejo recorrió
las principales calles de la capital en medio de una gran asistencia. En dicha
procesión se vio pasar la Declaración de Derechos llevada en señal de triunfo,
un modelo de la Basti-lla, bustos de Franklin, Sydney, Jean-Jacques rousseau y
voltai-re, las cadenas de los soldados de Châteauvieux llevadas por cuatro
ciudadanas, un carro de la Libertad coronado por una estatua de la diosa y,
finalmente, los cuarenta guardias suizos sobre el Carro de la Fama llevado por
veinte soberbios caballos.
Al describir esta jornada, el
Moniteur extraía la siguiente enseñanza para que fuera utilizada por los
políticos:
Diremos aún más cosas a los
administradores. Debéis dar a menudo este tipo de fiestas al pueblo. repetid
esta ceremo-nia cada 15 de abril. Que la fiesta de la Libertad sea nuestra
fiesta primaveral, que otras solemnidades cívicas señalen el regreso del resto
de estaciones del año… Elevarán el alma del
104 Feuille Villageoise, n.º 43, 21.07.1791.
62 albert mathiez
pueblo, suavizarán las
costumbres, desarrollarán su sensibili-dad, asegurando su valentía, lo harán, o
mejor dicho, han hecho ya un pueblo nuevo. Las fiestas populares constituyen la
mejor manera de educar al pueblo.105
En este texto, aparece expresada
de una manera clara aque-lla idea que antes habíamos intuido. El principal
punto del programa de los organizadores de los cultos revolucionarios era hacer
de las fiestas cívicas nacidas espontáneamente una escuela para el pueblo, un
instrumento para regenerar el país.
Simoneau
A la fiesta de las Guardias
Suizas de Châteauvieux o fiesta de la Libertad le sucedió muy pronto, el 3 de
junio de 1792, el aniversario de la muerte de Simoneau, o fiesta de la Ley.
Simoneau, alcalde de Étampes, fue asesinado en un motín popular cuando intentaba
hacer respetar la ley de subsisten-cias. Para los sectores moderados de la
Asamblea Legislativa o feuillants, la fiesta de Simoneau era la respuesta a la
fiesta de las Guardias Suizas de Châteauvieux que consideraban como una
glorificación de la rebelión. Mientras que la primera tuvo su origen en la
iniciativa privada de algunos patriotas avanza-dos, esta otra fiesta fue
organizada por las autoridades. Un decreto de la Legislativa,106 completado por
una orden del departamento de París,107 reglamentó el orden y la composi-ción
de dicha ceremonia. Formado en el barrio de Saint-Antoine, el cortejo se
dirigió hacia el Campo de la Federación. Entre sus emblemas, podíamos ver: un
estandarte a la antigua con los colores nacionales y con la divisa la Ley, un modelo
de la Bastilla, las enseñas de los 83 departamentos con estas
105 Réimpression de l’ancien Moniteur…, op. cit., Tome XII, p. 139.
106 Decreto del 12-16.05.1792.
107 Programme arrêté par le Directoire du département de Paris, pour la
fête décrétée par l’Assemblée Nationale, le 18 mars 1792, à la mémoire de J-G.
Simoneau, maire d’Étampes, París, Impr. de Ballard, 1792.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 63
palabras: Permaneciendo unidos,
seremos libres, una bandera de la Ley, una alegoría de la Ley llevada sobre un
lectisternio,108 un bajorrelieve representando el gesto heroico del alcalde de
Étampes con una corona cívica y una guirlanda de laureles, la banda del
virtuoso Simoneau con una palma y un gran cres-pón, su busto, el libro de la
Ley sobre un trono de oro llevado por ancianos, etc. En el Campo de la
Federación se alzaba un altar de la Ley, sobre el que se quemó incienso.
Similares festejos se celebraron
en honor de Simoneau en todos los departamentos: Angers,109 tulle, Senlis,
Lyon, etc.
Al leer sus programas festivos,
no deja de sorprender sus semejanzas con los homenajes fúnebres realizados
durante la Convención o el Directorio. Ya sea Desilles o Simoneau, Mirabeau o
voltaire, Hoche o Joubert, el mártir que glorificar, la forma exterior de la
ceremonia permanecía casi idéntica. Los mismos motivos, los mismos emblemas,
las mismas ins-cripciones reaparecen sin cesar.
Este culto póstumo rendido a los
mártires de la Libertad no estaba reservado solamente a aquellos hombres más
popu-lares cuyo nombre andaba de boca en boca, sino que también los héroes de
segundo o tercer orden eran honrados por sus allegados, amigos o compatriotas.
Cerutti
tras su muerte a comienzos de
1792, Cerutti, primer direc-tor de la Feuille Villageoise, fue objeto de
numerosas exequias organizadas por sus partidarios.110
108 [En las ceremonias romanas, lechos sobre los que se tendían las
figu-ras de los dioses como si fueran a comer.]
109 En Angers, fue La réveillière el que pronunció el discurso.
Louis-Marie réveillière Lépeaux, Procès-verbal de la cérémonie funèbre qui a
été célébrée à Angers en l’honneur de Jacques-Guillaume Simoneau, maire
d’Étampes, mort pour le maintien des lois, le 10 avril 1792, Angers, Jahyer et
Geslin, s. f.
110 véase el relato de una de estas ceremonias desarrolladas en Le Havre
en la Feuille Villageoise, 22.03.1792.
64 albert mathiez
Gouvion
A Gouvion, amigo de Lafayette,
asesinado por el enemigo el 9 de junio de 1792, le rindieron similares honores
que a Cerutti.111
Fiestas morales
A estas ceremonias propiamente
cívicas pronto se unieron otras de carácter moral. Si bien es cierto que las
virtudes públicas tienen su origen en las virtudes privadas —algo en lo que los
hombres de la revolución creían firmemente—, ¿por qué no debían recibir los
mismos honores las unas y las otras?
El 4 de febrero de 1790, en la
sesión del concejo municipal parisino, un granadero, cuyo nombre no se ha
conservado, recibió una corona cívica y un sable de honor, por haber salva-do
durante la toma de la Bastilla a una joven que iba a ser lapidada por una
multitud que la confundió con la hija del gobernador.112
Similares ceremonias se
organizaron en París y, siguiendo el ejemplo de la capital, en los diferentes
departamentos. El 20 de junio de 1792, el diputado Lacuée informó a sus colegas
de la Legislativa que el directorio de Lot-et-Garonne acaba-ba de decretar una
fiesta cívica para recompensar a Jean Himonet, un carretero que había salvado a
un ciudadano durante un motín. Jean Himonet recibió, en nombre de la Patria,
una corona de roble. Al relatar dicha fiesta, Lacuée se felicitaba por los
importantes progresos en la opinión pública, ya que veía en las recompensas,
reservadas solemnemente a
111 Cérémonie religieuse et civique, qui a eu lieu le 26 juin 1792 en
l’honneur de Gouvion, à Franconville-la-Garenne, París, Impr. Demonville, [ca.
1792].
112 Réimpression de l’ancien Moniteur…, op. cit., Tome III, p. 295. El
Ayun-tamiento ya había concedido una medalla a la señora Bouju por su conducta
patriótica durante las jornadas de octubre. Ibidem, p. 281.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 65
los actos virtuosos, el preludio
de ensayos políticos de los que se prometía el mayor bien posible.113
La Patria no era consideraba
simplemente como el instru-mento de la felicidad material, sino que también se
convertía en salvaguardia de la moral. Mientras que la religión antigua
reservaba para el más allá las recompensas por la virtud, la nue-va religión
las distribuía en esta vida. Los cultos revoluciona-rios concedieron una gran
importancia a la predicación moral.
Desde 1792, el ceremonial de la
religión revolucionaria se encuentra ya esbozado en lo esencial en estas
fiestas morales, políticas, conmemorativas y de los mártires de la Libertad.
Esto no es más artificial que su simbolismo. Ni estos festejos ni su simbolismo
son artificiales. Ambos se constituyeron espontáneamente, sin un plan
preconcebido, un poco por azar. Son el producto anónimo de la imaginación
colectiva de los patriotas.
XI
Las oraciones y los cantos
patrióticos.
La influencia del teatro
Más aún que por sus ceremonias,
un culto sobrecoge a sus fieles por sus oraciones y sus cantos. Desde muy
temprano, el culto revolucionario tuvo sus invocaciones y sus cánticos. En una
fecha que aunque no está indicada no debe ser posterior a 1791, un artillero de
la guardia nacional de Blois, J. Bossé, rea-lizó una antología de oraciones
patrióticas.114 Los curas filóso-fos que colaboraban entonces con la Feuille
Villageoise, y que se convertirían más tarde en los curas rojos del culto a la
razón, sintieron muy pronto la necesidad de armonizar su fe
113 Réimpression de l’ancien Moniteur…, op. cit., Tome XII, p. 727.
114 J. Bossé, Prières patriotiques avec des passages analogues tirés de
l’Écriture Sainte, par J. Bossé, Blois, Impr. de Mosson, s. f.
66 albert mathiez
antigua con la nueva. En
noviembre de 1791, el cura de Ampuis (Loire), Siauve, que dirigirá el Écho des
Théophi-lanthropes en el año vi, compuso una oración al Dios de la justicia y
la igualdad, que estaba destinada a reemplazar «la antigua oración y la superstición
del sermón».115 Poco des-pués, uno de sus colegas, Couet, cura de Orville,
publicaba a su vez una bella oración patriótica para pedir a Dios que hiciera a
los franceses dignos de la libertad.116 Similares ora-ciones aparecerían más
tarde en los rituales de los cultos a la razón y al Ser Supremo.
Desde 1792, la fe revolucionaria
se expresaba en canciones que infundían en el corazón de los ciudadanos una
verdadera embriaguez religiosa. El Ça Ira, la Carmagnole y la Marsei-llaise muy
pronto se hicieron populares.
El teatro, por el que los
franceses tenían pasión, contribuyó a difundir estos aires patrióticos, lo que
a su vez repercutió en las ceremonias cívicas. Desde 1790, la política entró en
escena. Las «obras históricas», los «espectáculos» y las «tragedias na-cionales»
se multiplicaron, siendo cada vez más disfrutados por el público. En 1790,
encontramos obras como Familia pa-triota o la Federación de Collon
d’Herbois,117 el Catorce de ju-lio 1789 de Fabre d’Olivet,118 el Auto de fe o
el Tribunal de la Inquisición de Gabiot,119 y la Fiesta de la Libertad o la
cena de los patriotas de Charles Philippe ronsin;120 en 1791, son Gui-
115 Feuille Villageoise, 17.11.1791.
116 Feuille Villageoise, 29.03.1792.
117 Collot d’Herbois, Famille patriote ou la Fédération. Pièce nationale
en deux actes, suivie d’un divertissement, représentée à Paris, sur le théâtre
de Monsieur, le 13 juillet 1790, París, Chez la veuve Duchesne, 1790.
118 Antoine Fabre d’Olivet, Quatorze de juillet 1789. Fait historique en
un acte et en vers, représenté à Paris au théâtre des Associés, en juillet
1790, París, Laurens junior, s. f.
119 Jean-Luis Gabiot, Auto-da-fé ou le Tribunal de l’Inquisition. Pièce
à spectacle en trois actes, en prose… représentée sur le théâtre de
l’Ambigu-Co-mique, le mardi 2 novembre 1790, París, Salle de l’Ambigu-comique,
1790.
120 Charles-Philippe ronsin, Fête de la Liberté ou le dîner des
patriotes. Comédie en un acte et en vers avec des couplets… représentée sur le
théâtre du Palais-Royal, le 12 juillet 1790, París, Impr. de Cussac, 1790.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 67
llermo Tell de Michel-Jean
Sedaine,121 Mirabeau en los Campos Elíseos de Olympe de Gouges,122 El Triunfo
de Voltaire de Jean-Baptiste Pujoulx,123 Voltaire en Romilly de villemain
d’Abancourt,124 Liga de fanáticos y tiranos de Charles-Philippe ronsin,125 Francia
regenerada de Pierre-Jean Chaussard.126 En 1792, La apoteosis de Beaurepaire de
Charles-Louis Lesur,127 El Sitio de Lille de Joigny,128 El general Custine en
Spire por los ciuda-danos D. D.,129 Todo por la libertad de Charles-Louis
tissot,130 etc.
Una obra como El Triunfo de la
República o el campamen-to de Gran-Pré, de Marie-Joseph de Chénier,131 con sus
coros de mujeres y niños, sus cortejos de ancianos y de magistrados, sus
desfiles militares, su apoteosis de la Nación, sus espléndi-dos himnos, sus
invocaciones a la Libertad y a la Naturaleza, ofrecían un modelo a imitar por
los organizadores de fiestas patrióticas. Durante los días festivos del mismo
tipo, unas
121 Michel-Jean Sedaine, Guillaume Tell. Drame en trois actes en prose
et en vers… Musique de Grêtry… représenté au mots de mars 1791 sur le
ci-de-vant Théâtre italien, París, Maradan, 1791.
122 Olympe de Gouges, Mirabeau aux Champs-Elysées. Comédie eu un acte et
en prose, représentée le 15 avril 1791 aux Italiens, París, Garnéry, s. f.
123 Jean-Baptiste Pujoulx, La veuve Calas à Paris ou le triomphe de
Vol-taire. Pièce en un acte, en prose, París, Brunet, 1791.
124 François-Jean villemain d’Abancourt, Voltaire à Romilly de Faits
historique en un acte et en prose, París, Brunet, 1791.
125 Charles-Philippe ronsin, Ligue de fanatiques et des tyrans. Tragédie
nationale en trois actes et en vers, París, Guillaume junior, 1792.
126 Pierre-Jean Chaussard, La France régénérée. Pièce épisodique en vers
et à spectacle, précédée d’un prologue, París, Théâtre de Molière, 1791.
127 Charles-Luis Lesur, L’apothéose de Beaurepaire. Pièce nouvelle en un
acte et en vers, París, Cenne toubon, s. f.
128 Joigny, Siège de Lille. Comédie en trois actes et en prose, mêlée de
vau-devilles, París, Maradan, 1792.
129 D. D., Général Custine à Spire. Faits très historique en deux actes,
à grand spectacle, mêlé de chants et de danses, París, Delavigne, 1792.
130 Charles-Louis tissot, Tout pour la liberté. Comédie en un acte et en
prose, mêlée de vaudevilles, París, Cenne toubon, 1794.
131 Marie-Joseph de Chénier, Le Triomphe de la République ou le Camp de
Grandpré, divertissement lyrique en un acte, représenté par l’Académie de
Musique, le 27 janvier, l’an ii de la République française; la musique est du
citoyen Gossec, les ballets du citoyen Gardel, París, Baudouin, 1794.
68 albert mathiez
puestas en escena al alcance de
todos por la simplicidad de la acción y la banalidad de las situaciones,
infundían en el pue-blo la costumbre y el gusto por los espectáculos,
familiarizán-dolos previamente con los principales motivos de las fiestas de la
razón.
Las fiestas patrióticas y las
fiestas cívicas tendían a reunirse y confundirse. Los electores de 1789
hicieron representar en Notre- Dame La Toma de la Bastilla «hierodrama de
Desau-giers», durante la ceremonia cívica que celebraron el 13 de julio de 1791,
en conmemoración de la gran jornada revolu-cionaria.132
En el mismo momento en el que la
Constituyente decreta-ba pompas fúnebres en honor de Desilles, se representaba
en el teatro italiano, el Nouveau d’Assas, pieza musicalizada con-sagrada a la
apoteosis de los héroes de Nancy.133
La plantación de los árboles de
la Libertad fue representa-da en la comedia El roble patriótico, de Manuel.
Conclusión
Concluyamos. Existe una religión
revolucionaria cuyo obje-to es la propia institución social. Esta religión
tiene sus dog-mas obligatorios (la Declaración de Derechos o la Constitu-ción),
sus símbolos, rodeados de una veneración mística (la tricolor, los árboles de
la Libertad, el altar de la Patria, etc.), sus ceremonias (las fiestas
cívicas), sus oraciones y sus cantos. A finales de 1792, para convertirse en
una religión verdadera, no le falta más que tomar consciencia de sí misma,
rompiendo con un catolicismo del que todavía no se había desprendido
completamente. Esta separación de la nueva religión con la antigua no se hizo
de un solo golpe. veremos cómo fue el fru-to de las circunstancias, así como de
los partidos políticos.
132 Réimpression de l’ancien…, op. cit., Tome IX, p. 129.
133 Según Le Moniteur Universel, 20.10.1790. La obra fue representada el
13 de octubre.
segunda parte
¿Cómo se opera la ruptura
entre la antigua y la nueva
religión?
Capítulo primero
el movimiento antiCleriCal
durante la asamblea Constituyente
i
Los patriotas y la reforma del
catolicismo
en 1789, ningún o casi ningún
revolucionario, inclu so entre los más avanzados, pensaba en atacar de frente
al catolicismo y oponerle una nueva religión. nadie o casi nadie entre ellos
deseaba separar la iglesia del estado, a todos les resultaba extraña la idea de
un estado completa mente laico.
no obstante, esto no quiere decir
que algunos no fueran decididos y convencidos anticlericales o que no tuvieran
en cuenta las críticas realizadas por el Contrato social al cristianismo,
considerado como una religión incivil. sin embargo, por necesidades tácticas o
porque creían que la gran mayoría del pueblo seguía siendo muy creyente,
aparcaron su anticlericalismo y fingieron un gran respeto por el cristianismo.
no era pura afectación ni tampoco pura táctica. al igual que rousseau, voltaire
y otros filó sofos, pensaban que el pueblo necesitaba una religión y les
hubiera parecido imprudente quitarle aquella que tenía antes de que estuviera
maduro para esa «religión civil» que consideraban como religión de la sociedad
futura. y, hasta que llegara ese momento, fingían aceptar el cristia nismo,
con el objetivo de reformarlo, purificarlo y poner lo en armonía con la nueva
institución política; en una palabra, con el objetivo de eliminar poco a poco
su carácter antisocial.
72 albert mathiez
en sus Memorias de la Academia de
Nimes, aparecidas en 1789, rabaut saintÉtienne daba una definición muy exac
ta a esta táctica, inspirada completamente en JeanJacques rousseau:
no es —dice él— para la
destrucción de la fuerza moral de la religión por lo que hay que trabajar. Hay
que pensar sola mente en quitarla de las manos incorrectas y asociarla a la
energía moral de la política poniéndola en las manos del administrador único de
los intereses sociales.
dicho de otra manera, hay que
poner a la religión bajo supervisión y control del estado. Hay que convertir el
catoli cismo en una religión nacional. pero esto no es más que el primer paso:
disminuid —continúa rabaut—
imperceptiblemente las procesiones, cofradías y ceremonias de las plazas y
calles… abolid las anatas,134 restringid las asambleas del clero, hacién dolas
presidir por un hombre del rey. ya llegará el tiempo, después de haber subordinado
el clero al gobierno, de instau rar la Religión civil, de hacerla converger
con las leyes y reunir estas dos energías en una misma mano. el poder civil
estará en ese momento en todo su apogeo.135
La Constitución civil
los filósofos de la Constituyente
adoptaron este programa y lo pusieron en práctica. en su pensamiento, la
Constitución civil del clero estaba destinada a depurar el catolicismo y
armonizarlo con el nuevo régimen. para aquellos galicanos, cristianos sinceros,
que la votaron, esta ley suponía la culmi nación de su pensamiento, mientras
que para aquellos filóso
134 [impuesto anual pagado al papa por los beneficios eclesiásticos
direc tamente nombrados por él.]
135 Mémoires de l’Académie de Nîmes, 7 sér., t. xvi, p. 231, citada en
schneider (1901: 89).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 73
fos que la apoyaron con sus
sufragios, no era más que un pre ludio, una primera aproximación.
al rechazar la proclamación del
catolicismo como religión de estado, los filósofos de la Constituyente habían
preparado el camino. el 10 de febrero de 1791, acogieron gratamente la petición
de los cuáqueros que solicitaban:
1.º ser dispensados del servicio
militar, incompatible con su religión;
2.º poder registrar sus
nacimientos, matrimonios y sepul turas según sus propias máximas y que sus
registros dieran fe en justicia;
3.º ser dispensados de toda
fórmula de juramento.136
todavía dieron una acogida mejor
al informe de durand de maillane en el que se pedía la laicización del
matrimonio.137 después de la fuga de varennes, conservaron el tratamiento
eclesiástico a las canonesas138 que se casaran, lo que era un ataque indirecto
al celibato eclesiástico.139
136 Pétition respectueuse des amis de la Société chrétienne appelés
qua-kers, prononcée à l’Assemblée nationale, jeudi 10 février 1791, parís,
baudoin, [ca. 1791]. el presidente de la asamblea respondió distinguiendo los
princi pios religiosos de las máximas sociales y asegurando a los
peticionarios que su solicitud sería sometida a discusión.
137 encargado de examinar las reclamaciones del comediante talma con
tra el cura de saintsulpice que rechazaba celebrar su matrimonio por la única
razón de que era un comediante. durand de maillane había propuesto «que todo
matrimonio fuera válido ante la ley por una simple declaración de las partes,
en la forma misma que la ley lo prescriba». pierretoussaint durand de
maillane, Rapport sur le projet de décret des comités ecclésiastique et de
constitution, concernant les empêchements, les dispenses & la forme des
ma-riages suivi de: «Projet de loi présenté par le Comité ecclésiastique sur le
ma-riage & sur les actes & registres qui doivent constater l’état civil
des personnes. Imprimé par ordre de l’Assemblée nationale», parís, imprimerie
nationale, 1790. la asamblea dispensó una calurosa acogida al proyecto, aunque
sin adoptarlo formalmente. no obstante, la legislativa incluía en la
Constitución civil esta frase: «la ley no considera el matrimonio más que como
un contra to civil». Constitución de 1791, título ii, art. 7.
138 [religiosa de ciertas comunidades que viven según una regla y pro
nuncian votos.]
139 decreto del 1012 de septiembre de 1791.
74 albert mathiez
ii
Los curas reformistas
y la cuestión del matrimonio de
los sacerdotes
sin embargo, los filósofos de la
asamblea pronto fueron superados por los filósofos del exterior de la cámara.
la Cons titución civil no llegaba a contentar a la parte más avanzada del
clero juramentado, aquellos curas reformistas que pronto se convertirían en los
curas rojos de los cultos revoluciona rios. más bien les produjo una sensación
de decepción. un sacerdote de amiens, lefetz, en relación con robespierre, le
escribía el 11 de julio de 1790 para recordarle su promesa de hablar a favor
del matrimonio de los curas, reforma absoluta mente necesaria.140
en noviembre de 1790, los
jacobinos concedieron el honor de una lectura pública a la petición que un cura
«de 50 años» enviaba a la asamblea nacional para solicitar que concedie ran a
los sacerdotes la libertad de casarse, algo que había sido de uso corriente
durante los primeros siglos de la iglesia.141
la révellière ya había hecho
insertar en el libro de actas de su municipio la abolición del celibato de los
párrocos.142
140 su carta fue publicada en el repertorio titulado: Papiers trouvés
chez Robespierre, Saint-Just, Payan, etc., supprimés ou omis par Courtois. Tome
I, parís, baudoin frères, 1828, p. 117.
141 aulard (1889b: 382 y ss.). sesión del 26 de noviembre de 1790. «para
apagar para siempre la llama del fanatismo que de nuevo parece inflamarse, el
medio más seguro es recordar a los párrocos el estado de naturaleza al permi
tirles comprometerse con los dulces vínculos del matrimonio; entonces, po drán
tener buenas costumbres; entonces, predicarán la virtud de ejemplo y de
palabra; entonces, la consideración que atraerán los ministros hará de la reli
gión algo más querido y respetado; entonces, liberados a los sentimientos más
humanos, los párrocos tendrán miras más pacíficas; entonces, no tendrán
intereses opuestos a aquellos de la sociedad; entonces, serán hombres, serán
ciudadanos…».
142 louismarie la révellièrelépeaux, Mémoires de… publiés par son fils
[Ossian La Revellière-Lépeaux] sur le manuscrit autographe de l’auteur. Tome I,
parís, J. Hetzel, 1873, p. 60.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 75
numerosos panfletos, escritos
principalmente por ecle siásticos, formularon dicha pregunta ante la opinión
pública y consiguieron promoverla.143 pronto, esta propaganda se tra dujo en
actos y hubo algunos curas que no esperaron a 1793 para casarse.144
además, los curas reformistas
pidieron completar y mejo rar la Constitución civil en otros puntos. Carré,
cura de sain tepallaye (yonne), solicitó a la asamblea nacional sustituir la
liturgia latina por una liturgia francesa y su petición no pasó desapercibida.145
desde 1790, un cura, cuyo nombre
no se ha conservado, dio el ejemplo de renunciar al hábito religioso y
presentarse «en traje burgués y en frac» en el Club de los Jacobinos, don
143 encontraremos la indicación de algunos en tourneux (1900: 386 y
ss.). entre los primeros en fecha citaré: nicolasJean Hugou de bassville, Le
cri de la nation à ses pairs ou rendons les prêtres citoyens, parís, impr. de
mon sieur, 1789 y Cahier des voeux et doléances de tous les gens de bien du
baillage d’Aval, s. l., s. n., s. f. el artículo xix de este último panfleto
estaba totalmente redactado en verso:
¿Qué hacer solo en medio del
campo? el espíritu es débil y el diablo malvado, demos compañera a nuestros
curas, ¡es tan grato abrazar a un niño!
144 el abate bernet de boislorette, capellán de la Guardia nacional
pari sina, batallón de popincourt, se casó en 1790, robinet (1898: 18); el
abate de Cournand, profesor en el Colegio de Francia, se casó en septiembre de
1791, robinet (1898: 23) y los abates de Herberie y aubert los imitaron a
finales de 1791, robinet (1898: 2324).
145 JeanGermain Carré, Culte public en langue française, adressé à
l’Assemblée nationale par M. Carré, curé de Sainte-Pallaye, département
d’Auxerre, auxerre, impr. de l. Fournier, 1790. su petición se apoyaba en ex
tractos de los Cuadernos de quejas: saintQuentint en vermandaois, p. 6: «Que
se uniformice el culto exterior de la religión dominante, estableciendo las
mismas fiestas, catecismos y breviario». el de mantes y meulan, p. 250, «para
satisfacer al tercer estado debemos formular su deseo de una liturgia común.
Hoy, hablamos con placer de esta demanda que prueba unos senti mientos
uniformes, porque se desea que la manera de rezar sea la misma. Quisiera dios
que esta reclamación hubiera sido hecha hace trescientos años». en parís, extra
muros, p. 30, «sería deseable que los oficios y oraciones públicas se hicieran
en lengua francesa».
76 albert mathiez
de fue calurosamente aplaudido.
este mismo cura había fun dado un club patriótico en su parroquia. explicaba a
su reba ño un doble catecismo,
en uno, explicaba los deberes de
la santa religión que predica la sumisión y la humildad; en el otro,
interpretaba los decre tos e inspiraba en sus feligreses, sus hermanos, sus
amigos y sus hijos, el respeto que es debido a las voluntades de una nación
unida de corazón y espíritu y a su rey adorado.146
La Feuille Villageoise
los curas reformistas tuvieron
muy pronto, a finales de 1790, un gran periódico donde hacer circular sus
ideas, la Feuille Villageoise.147
Fundada por rabautsaintÉtienne,
Cerutti y Grouvelle, la Feuille Villageaoise fue el órgano por excelencia de
los nova tores religiosos. al principio, de una manera muy prudente, no se
proponía aparentemente más que defender la Constitu ción civil y difundir la
instrucción patriótica en el campo. así, estaba dirigida al mismo tiempo al
cura patriota y al maestro de escuela.148 sin embargo, poco a poco, con el pre
texto de refutar a los refractarios, insertó ataques más o menos velados contra
la propia religión. desde su número 20 (jueves 10 de febrero de 1791),
publicaba la sección Remedio
146 según el Patriote française del 29.12.1790, citado por aulard
(1889b:
441).
147 Feuille Villageoise adressée chaque semaine à tous les villages de
la France, pour les instruire des lois, des événements, des découvertes qui
inté-ressent tout citoyen; proposée par souscription aux propriétaires,
fermiers, pasteurs, habitants et amis des campagnes. el primer número tiene por
fecha el 30.09.1790. para este periódico véase la referencia n.º 10571 en
tourneux (1894).
148 su primer número está precedido por un doble grabado que represen
taba, por un lado, a un cura patriota y, por el otro, a un maestro de escuela,
ambos aparecían leyendo la Feuille Villageoise a los campesinos reunidos de
lante de la iglesia.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 77
contra una antigua enfermedad que
los historiadores llaman Fanatismo, repleta de críticas muy vivas, aunque
todavía indirectas, a los dogmas católicos. redoblando su audacia, los
siguientes números elogiaban a la religión natural y, según las teorías que
dupuis desarrollará muy pronto en su Origen de todos los cultos, reconocían
símbolos naturalistas en el cristianismo:
ni los monjes, ni los papas, ni
los siglos, ni las novedades de todo tipo han podido jamás desplazar las cuatro
grandes fiestas del sol o la religión agrícola [la religión primitiva]. San
Juan perpetuó la fiesta del solsticio de verano, la Virgen perpetuó la fiesta
del equinoccio de otoño, navidad perpetuó el solsticio de invierno; el día de
pascua, finalmente, perpe tuó el equinoccio primaveral y la resurrección de
Cristo se combinó santamente con la resurrección de los campos, que la
primavera hace nacer y volver a florecer. egipto celebraba y conmemoraba aquel
mismo día la resurrección simbólica de osiris. los fenicios celebraban y
conmemoraban aquel mismo día el renacimiento de adonis, los frigios el de atis,
los griegos el de psique, sicilia el de proserpina y, finalmen te, los persas
el de orosmade.149
pierre manuel, que pronto se
convertirá en el primer líder de los descristianizadores, se indignaba en aquel
mismo periodo de que fueran dichas misas por el reposo del alma de mirabeau.
«¡misas150 por mirabeau! ¿acaso vale más que el dolor de los pobres?». manuel
citaba elogiosamente la con ducta patriótica de un pequeño municipio del
loiret, mor mant, cuyo alcalde, p. bardin, que era al mismo tiempo cura, había
sustituido las misas por la distribución de pan a los pobres, «las bendiciones
de los pobres eran las oraciones más agradables a los ojos de dios».151
149 número 31, jueves, 28.04.1791.
150 en cursiva en el original.
151 expresión del propio bardin en el decreto que hizo aprobar a su con
sejo municipal. publicado en el número 32 del 5.05.1791.
78 albert mathiez
en un anuncio colocado en la
portada del segundo volu men de su periódico, Grouvelle y Cerutti parecían
desaprobar aquellos ataques contra el catolicismo que habían acogido en sus
columnas. sin embargo, esta rectificación era en sí misma una crítica a la
religión que decían respetar:
se nos ha reprochado el habernos
mostrados intolerantes con el papismo, se nos ha censurado no haber preservado
siempre al árbol inmortal de la fe. pero si miramos de cerca este árbol
inviolable, veremos que las ramas del fanatismo están tan entrelazadas con las
otras que resulta imposible gol pear a la una sin hacerlo a la otra.
la Feuille Villageoise continuó
su propaganda anticlerical. los curas reformistas siguieron escribiendo al lado
de los filósofos: Géruzez, cura de sacy, cerca de reims, al lado de Gilbert
romme y de lanthenas; mahias, cura de achères (seineetmarne), al lado de
Guinguené y de Jacques boileau; Françoisnicolas parent, cura de
boissiselabertrand, y siauve, cura de ampuis, ambos acabaron en la
teofilantro pía, al lado de François de neufchâteau y de madame de sillery. el
tono de los artículos de unos y otros se fue acom pasando.
desde el primer año, el periódico
contó con 15 000 suscrip tores, una muy buena cifra para la época. no hay
ninguna duda de que sin la prolongada y hábil campaña de la Feuille
Villageoise, la obra descritianizadora de Chaumette y de Fou ché hubiera sido
imposible.
iii
La campaña anticlerical
aunque la Feuille Villageoise fue
el periódico filosófico por excelencia, otros periódicos políticos, como
Chronique de
los orígenes de los cultos
revolucionarios 79
Paris de Condorcet y rabaut152 o
las Révolutions de Paris de prudhomme,153 le acompañaron en el combate y desde
1790 insertaron ataques más o menos directos contra la Constitu ción civil y
el cristianismo. era evidente que los filósofos cada vez eran más atrevidos y
el respeto ligeramente hipócrita, que hasta ese momento habían mostrado a la
religión, comenzaba a serles cada vez más pesado.
Anarcharsis Cloots
y la separación de la Iglesia y
del Estado
desde marzo de 1790, anarcharsis
Cloots renunció a cual quier miramiento hacia el catolicismo: «no puede haber
una religión necesaria al pueblo, escribe en la Chronique de Paris,154 que no
sea la religión natural», y creía que había llegado la hora de establecer la
religión natural que rousseau y rabautsaint Étienne no habían hecho sino
atisbar en una incierta lejanía. no solamente anticipaba el matrimonio de los
sacerdotes, el divor cio, la disminución del número de obispos, y después su
supre sión, sino que tampoco ocultaba su deseo de que no hubiera más cura que
el padre de familia. su anticlericalismo se asienta en los panfletos, en la
prensa y hasta en la tribuna de los Jacobi nos. temiendo la existencia de una
religión dominante, pronto ensalzó la idea de un estado laico. propuso a los
Jacobinos:
imitar a los estados unidos, que
habían tenido la sensatez de reconocer que un cuerpo político no tiene ninguna
religión, aunque sus miembros puedan tener una a título individual. la religión
es una relación entre dios y mi conciencia, pero no entre dios y las
conciencias tomadas colectivamente…155
152 entre sus colaboradores podemos mencionar a Charles de villete,
pierre manuel o anarcharsis Cloots.
153 después de la muerte de loustallot, sus redactores fueron sylvain
maréchal, Fabre d’englantine, santonax y Chaumette.
154 Chronique de Paris, del 29.03.1790, citada por baulig (1901: 319).
los comentarios que siguen provienen del mismo artículo.
155 moción de un miembro del club de los Jacobinos, por anacharsis
Cloots, parís, 18.03.1790, en aulard (1889b: 33).
80 albert mathiez
una vez puesta esta cuestión
sobre el tapete, la llevará hasta sus últimas consecuencias, al querer prohibir
cualquier mani festación exterior de culto «concentrando el ejercicio de los
cultos en el recinto de los oratorios».156 rápidamente, la reli gión le dejó
de parecer indispensable para la vida de la socie dad, pasando al ateísmo y
atacando abiertamente todas las religiones. el 20 de abril de 1791, desafía a
Fauchet a discutir públicamente las pruebas y los fundamentos del cristianis
mo157 y, en esta ocasión, pide formalmente que la Constitución civil sea
revocada y que los curas, aquellos «profetas de la bue na o la mala ventura»,
dejen de ser asalariados del estado.
Naigeon
anarcharsis Cloots, a quien
Camille desmoulins abrió su periódico para publicar, no estaba solo en esta
campaña a favor de la laicidad del estado. el ateo naigeon había realiza do
consideraciones análogas en su Memorial para la Asam-blea Nacional sobre la
libertad de expresión, de la prensa, etc., o examen filosófico sobre estas
cuestiones: 1.º ¿Debe hablarse de Dios y en general de la Religión en una
Declaración de Derechos? 2.º ¿La Libertad de expresión, del tipo que sea, la
libertad de Culto y la de Prensa pueden ser legítimamente circunscritas y
entorpecidas de la manera que sea por el Legislador?158
156 Carta a los autores de la Chronique de Paris del 29.03.1790 en H.
bau lig, art. cité, p. 321.
157 Camille desmoulins publicó su desafío en las Révolutions de France
et de Brabant, 1.05.1791.
158 Jacquesandré naigeon, Adresse à l’Assemblée Nationale sur la
liberté des opinions, sur celle de la presse, etc…, ou examen philosophique de
ces ques-tions: 1.º Doit-on parler de Dieu et en général de la Religion dans
une Déclara-tion des Droits de l’homme? 2.º La Liberté des opinions, quel qu’en
soit l’objet, celle du Culte et la liberté de la Presse peuvent-elles être
légitimement circons-crites et gênées de quelque manière que ce soit par le
Législateur?, parís, vo lland, 1790. el folleto es anónimo pero el ejemplar de
la biblioteca nacional de Francia tiene escrito el nombre de naigeon sobre la
cobertura.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 81
antes de Cloots, naigeon pedía la
completa separación del estado y las iglesias. Quería desterrar el nombre de
dios del derecho natural, del gobierno civil, del derecho de gentes y de la
moral. se pronunciaba enérgicamente a favor de la supresión del salario de los
sacerdotes.
este panfleto causó una fuerte
impresión, ya que los católi cos intentaron contrarrestar su influencia. uno
de ellos cubría a naigeon de injurias y señalaba que no era más que la voz de
un influyente partido en la asamblea.159
Sylvain Maréchal y el Culto
doméstico
sin ir tan lejos como Cloots o
naigeon, el ateo sylvain maréchal deseaba a su vez la supresión de la casta
sacerdo tal.160 sin embargo, mientras que Cloots y naigeon parecían hacer la
guerra a la propia idea religiosa, maréchal considera ba que el pueblo no
estaba todavía maduro para el racionalis mo y pedía, por tanto, mantener un
culto pero doméstico, lo que no tendría más que ventajas. Con un estilo
jocoserio, des cribía aquel culto sin sacerdotes que quería instituir. los más
ancianos de cada aldea desempeñarían desde ese momento el oficio de sacerdotes.
«una barba venerable hará las veces de ornamento sacerdotal». el
sacerdotecabeza de familia oficiará las exequias y «dará fe de los
nacimientos». para el culto, «sen tado en el umbral de la puerta con el buen
tiempo o delante de un hogar cómodo y cálido en invierno», pronunciará homilías
cortas y emotivas. ofrecerá «los primeros frutos de la tierra al
159 Préservatif contre un écrit intitulé Adresse à l’Assemblée
Nationale, parís, impr. de Crapau, s. f.
160 en su folleto titulado, Décret de l’Assemblée nationale portant
règle-ment d’un culte sans prêtres, ou moyen de se passer de prêtres sans nuire
au culte, parís, s. n., 1790. el texto estaba encabezado por un epígrafe
firmado por silvayn m…… (maréchal):
«un íntegro anciano, instruido
por los años,
que ha guiado los destinos de sus
numerosos hijos ¿no puede enseñar la virtud mejor que un sacerdote? ¿no está
revestido también de un carácter santo?».
82 albert mathiez
dios de la naturaleza», hará
cantar salmos religiosos alternati vamente a mujeres y hombres jóvenes. dos
veces por año dará la comunión a sus hijos, tras la siega, les distribuirá un
pastel de una harina muy fina; tras la vendimia, tomará un gran cáliz repleto
de vino nuevo y lo hará repartir entre los que están en la mesa. en la época de
la antigua fiesta de las letanías, el pri mero de abril, realizará una
procesión por sus posesiones invocando «al dios de la fertilidad». todos los
años, al comen zar el invierno, hacia el tiempo de la antigua fiesta de todos
los santos, conmemorará el recuerdo de aquellos antepasados que más hubieran
honrado a la familia. en navidad, celebrará el nacimiento de los niños. el día
del antiguo viernes santo, dedicará algunas palabras de consuelo a los miembros
de la familia que hubieran sufrido «ya fuera por una enfermedad, por penas de
espíritu o de corazón». Cuando los jóvenes varo nes tengan veinte años, y las
niñas quince, el sacerdotepadre de familia les confirmará delante de una
asamblea de padres. «el joven se presentará con la cabeza desnuda… el pontífice
le cubrirá la cabeza con un gorro de la libertad, diciéndole: “yo te saludo en
el nombre de tus padres y de tus iguales. la natu raleza te ha hecho hombre
como nosotros, nosotros te confir maremos en tus derechos, confírmanos en tus
deberes”».
estas fantasías no provocaban
tantas risas como podría mos suponer y, de una manera tan eficaz como los
razona mientos de Cloots y de naigeon, iban minando poco a poco la
Constitución civil.
El Magistrado-Sacerdote
al culto doméstico propuesto por
maréchal, un texto anó nimo, que por ciertos indicios bien podría ser de
boissy d’anglas, prefería un teísmo de estado. en un curioso folleto, aparecido
en 1790 y cuyo título ilustra bien el contenido, el Magistrado-Sacerdote,161 se
proponía «el restablecimiento del
161 Le Magistrat-prêtre, s. l., s. n., s. f.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 83
orden por la reunión del
pontificado con la soberanía na cional, del sacerdocio con la magistratura y
el sacrificio del interés de los sacerdotes con la necesidad de conservar la
re ligión…». dicho de otra manera, considerando que la Consti tución civil
dejaba demasiado poder a la iglesia en el estado, este autor anónimo quería
instituir una nueva religión de es tado, que no sería el cristianismo sino el
teísmo.
el cristianismo es antisocial, es
una religión de esclavos y es el apoyo más firme de los imperios despóticos. la
asamblea nacional se equivocó al asalariar a los ministros del cristianis mo
romano porque así subvencionó la intolerancia, el amor a la dominación, «los
autómatas de la providencia». así pues, hay que destruir el cristianismo pero
también es necesario reem plazarlo. Como sostuviera bayle a través de un
sofisma, no resulta menos cierto que una sociedad de ateos pueda subsistir. los
ateos de buena fe no existen. por otro lado, aunque sea cierto que la religión
no es más que una «superstición depura da», «no podemos negar que la propia
superstición pertenece a la naturaleza del ser humano». por lo tanto, hay que
tomar a los hombres como son. ya que son naturalmente supersticiosos y
necesitan una religión, que esta al menos favorezca la libertad lejos de
perjudicarla y que dependa directamente de la nación. en adelante, los
sacerdotes serán magistrados amovibles, tem porales, nombrados por el pueblo y
formados en el más puro teísmo. a la asamblea nacional legislativa, que va a
reunirse próximamente, le corresponde aportar a la Constitución civil del clero
las reformas necesarias, y para ello es necesario que esta asamblea sea
«reconocida soberana en las materias espiri tuales del culto religioso». una
vez hechas estas reformas, será restablecida la unidad entre la religión y la
legislación, entre la iglesia y el estado, entre el Cielo y la tierra, una
fecunda uni dad que hizo felices a las ciudades antiguas.
Los panfletos anticlericales
toda esta predicación tuvo
favorable acogida. esto lo prueba el siempre creciente número de panfletos
anticlerica
84 albert mathiez
les162 y el éxito de alguno de
ellos. la primera edición del Espí-ritu de las Religiones de bonneville se
agota «con una rapidez de la que pocos libros durante la revolución pueden dar
prueba».163 el panfleto de Guinguené De la Autoridad de Rabelais en la
Revolución presente y en la Constitución civil del clero164 también fue muy
bien recibido.
Contra los curas y frailes
veremos utilizar el verbo licencioso de las fábulas populares en numerosos
escritos de circunstancia que, con el pretexto de aplaudir la Constitución
civil, la confisca ción de los bienes eclesiásticos y el cierre de conventos,
echaban la culpa en realidad a la propia iglesia y religión. en ocasiones, el
título es tan indecente que resulta complicado de reproducir.165
en 1790, uno de estos escritos
satíricos, con el título de Entierro del despotismo o Funerales de los
aristócratas,166 des cribía con anterioridad uno de esos cortejos grotescos,
una de esas mascaradas antirreligiosas que se desarrollarían por las calles
tres años más tarde:
Hombres vestidos de luto con
crespones negros llevarían encima de sus lanzas pieles de tigre, plumas,
penachos de plu mas, sobrepellices, mucetas, hábitos rojos, etc., y todo
aquello relacionado con las antiguas dignidades del clero y la nobleza y, sobre
todo, del antiguo arzobispo de parís, dando las bendi ciones con sus patas…
162 véanse algunos de ellos en el capítulo ii de tourneux (1900).
163 Le Moniteur Universel, 31.08.1792, anuncia la aparición de la
segunda edición.
164 pierreluis Guinguené, De l’Autorité de Rabelais dans la Révolution
présente, et dans la Constitution civile du clergé, ou Institutions royales,
poli-tiques et ecclésiastiques tirées de Gargantua et de Pantagruel. En Utopie,
de l’imprimerie de l’abbaye de Thélème, parís, Gattey, 1791,
165 véanse los números 15519, 15521, 15522, 15523, 15524 y 15525 en
tourneux (1900).
166 Enterrement du despotisme ou funérailles des aristocrates, deuxième
fête nationale dédié à nos patriotes bretons… à l’honneur et gloire de nos
beaux frères du faubourg Saint-Antoine pour être célébré le 17 juillet 1790,
sure le de débris de la Bastille, de là, au Champ de Mars, et ensuite au
Réverbère régéné-rateur, place de Grève, où seront déposées les cendres de tous
les aristocrates avec un marbre noir, portant ces mots: Ci-gissent à la fois
tous les maux de la France: Clergé, Judicature, Noblesse et Finance, parís,
impr. de le Jeune, 1790.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 85
El movimiento anticlerical
inquieta a los Jacobinos
el movimiento anticlerical
comenzó desde muy pronto a preocupar a los políticos más prudentes. el 9 de
enero de 1791, los Jacobinos dirigieron una circular a sus socieda des
afiliadas167 para ponerlas en guardia contra las trampas de los sacerdotes refractarios.
la circular defendía con fuerza la Constitución civil y desaprobaba
implícitamente los ataques que había recibido de filósofos demasiado ansiosos.
protesta ba contra los rumores, expandidos «con afectación», según los cuales
la asamblea se propondría destruir «el culto de nuestros padres». «¡Qué absurda
calumnia!». Con una pérfida habilidad, transformaban a los filósofos en aliados
y cómplices de los refractarios.
el 13 de junio de 1791, para
testimoniar mejor todavía su respeto por el catolicismo, los Jacobinos
acordaron dedicar su reunión a los «jóvenes que comulgaban en la iglesia
metropo litana». la escena había sido preparada anteriormente, ya que uno de
los comulgantes pronunció un discurso: «apenas sali dos de las manos de la
religión, nos encontramos entre voso tros para dar prueba del patriotismo que
nos inflama…» y el prieur que presidía el club respondió: «acabáis de ser
adopta dos por la religión. la patria os adopta a su vez».168
iv
La Religión de la Patria
considerada como un complemento
de la Constitución civil
aunque los Jacobinos hicieran
todavía profesión de respe tar la religión, la ponían al lado de aquella de la
patria, a la que también consideraban como una religión.
167 véase la circular recogida en aulard (1891: 4).
168 véase el resume de la sesión en aulard (1891: 501).
86 albert mathiez
desde muy pronto tuvieron la
idea, de una manera más o menos consciente, de completar en cierto modo la
Constitu ción civil con todo un conjunto de fiestas nacionales y ceremo nias
cívicas que actuarían como una escuela de patriotismo. desde ese momento, la
Constitución civil no sería para ellos más que una concesión necesaria hecha al
pasado mientras que las fiestas nacionales prepararían la religión del
porvenir.
a los políticos, esta idea de
organizar poco a poco un culto cívico, complemento y correctivo del otro, no se
les vino a la mente por miras teóricas o consideraciones abstractas. los
símbolos revolucionarios y las fiestas cívicas no esperaron para nacer a los
hombres políticos. más bien al contrario, fue el espectáculo del culto
revolucionario ya formado en torno a las Federaciones el que despertó en ellos
el deseo de perfeccionar lo, sistematizarlo y convertirlo en un instrumento
político.169
al día siguiente de la
Federación, un cura patriota, partida rio de la abolición del celibato
eclesiástico y tan avanzado en política como los curas de la Feuille
Villageoise,170 concebía el proyecto de organizar fiestas patrióticas para
fomentar el amor a la Constitución:
el mejor tratado de moral de un
pueblo libre —escribe este eclesiástico— podría ser la colección de fiestas de
la libertad. es mediante estos juegos y espectáculos que se puede inspirar a
los hombres el amor por las costumbres y el valor de la vir tud. si bien el
lenguaje severo de las leyes se hace oír al corazón humano, no lo persuade
fácilmente de su observancia, porque no imponen más que sacrificios y solo el
entusiasmo y la emu lación de la gloria pueden conminar a estos
sacrificios…171
169 esta observación ya fue realizada por victor moulins en una memoria
para la obtención del diploma de estudios presentada en la sorbona: «son
acontecimientos reales como las fiestas de la Federación y no teorías de Jean
Jacques rousseau sobre los festejos públicos, los que decidieron a los revolu
cionarios a organizar fiestas periódicas». moulins (1896).
170 Criticaba el artículo de la Constitución que proclamaba la persona
del rey inviolable y sagrada, así como la Corona hereditaria.
171 Confédération nationale du 14 juillet 1790, ou description fidèle
des réjouissances publiques qui ont accompagné cette auguste cérémonie, parís,
1790. este periódico solo tiene tres números y la cita proviene del segundo.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 87
la idea se iba consolidando. tras
la fuga de varennes, Gil bert romme, al narrar en la Feuille Villageoise la
fiesta cívica que había organizado para conmemorar la abolición del diez mo,
pedía a su vez que las fiestas patrióticas se generalizasen. al lado de la
religión cristiana, decía que debía erigirse la reli gión de la ley. «la ley
es la religión del estado, que debe tener también sus ministros, sus apóstoles,
sus altares y sus escuelas».172 en la misma carta, Gilbert romme también pedía
la revisión de la Constitución y manifestaba sus ideas republicanas. no hay
duda de que el 20 de junio de 1791173 hizo mucho por el progreso de las ideas
avanzadas tanto en religión como en política.
Mirabeau y las fiestas nacionales
los propios diputados
constituyentes se dejaron llevar poco a poco por este movimiento. en julio de
1791, con el título de Trabajo sobre la educación pública encontrado entre los
papeles de Mirabeau,174 Cabanis editaba cuatro discursos inéditos de mirabeau
entre los que se encontraba uno titulado «de las fiestas públicas, civiles y
militares». en este texto el pensamiento todavía vago de romme y del cura
patriota se precisa, se extiende y se transforma en un proyecto político
sistemático.
las fiestas nacionales, dice
mirabeau en lo esencial, volve rán a ser lo que antaño fueron en Grecia y
roma, una escuela
172 Feuille Villageoise, n.º 43, 21.07.1791.
173 [Fecha de la fuga de la familia real al extranjero frustrada en
varennes.]
174 HonoréGabriel mirabeau, Travail sur l’éducation publique trouvé
dans les papiers de Mirabeau l’aîné, parís, impr. nationale, 1791. para esta
pu blicación véase el estudio crítico de monin (1893). importa poco para
nuestra tesis que el trabajo sea de mirabeau o de Cabanis. de una manera o de
la otra, su influencia fue la misma. tampoco importa que mirabeau haya sido
sincero a la hora de proponer establecer fiestas públicas en las que el
catolicismo fuera excluido o que, por el contrario, haya tendido una trampa a
los patriotas llevándoles a aprobar medidas extremas como ha sostenido robinet
(1898: 14 y ss.). nosotros tan solo abordaremos el alcance de dicha
publicación.
88 albert mathiez
de patriotismo y de moral.
restablecerán poco a poco la uni dad entre la «magistratura y el sacerdocio» y
harán desapare cer las divisiones, desconfianzas y prejuicios de los ciudada
nos. su objeto «debe ser solamente el culto a la Libertad, el culto a la Ley».
asimismo, no se mezclarán nunca con «nin gún aparato religioso». «la severa
majestad de la religión cristiana no le permite ni mezclarse en espectáculos
profanos, cantos, danzas y juegos de nuestras fiestas nacionales, ni com
partir sus ruidosos arrebatos».
por esta engañosa razón, que sin
duda debió satisfacerle internamente, mirabeau salvaguardaba la independencia
de la religión nueva, y sin duda, se guardaba la posibilidad de con frontarla
y luego utilizarla para sustituir a la vieja religión en un futuro más o menos
lejano. de esta manera, la unidad «del sacerdocio y de la magistratura» será
restablecida como en la antigüedad.
Habrá cada año cuatro fiestas
civiles que se celebrarán has ta en los municipios más pequeños en los
solsticios y equi noccios: 1.º la fiesta de la Constitución, en memoria del
día en que los municipios de Francia se constituyeron en asam blea nacional;
2.º la fiesta de la Reunión o de la Abolición de los estamentos; 3.º la fiesta
de la Declaración de Derechos; y 4.º la fiesta del Armamento o de la Toma de
armas, «en recuerdo del admirable acuerdo y valor heroico con el que las
guardias nacionales se formaron de repente para defender la cuna de la
libertad».
las cuatro fiestas civiles
vendrán seguidas de cuatro fiestas militares: 1.º la fiesta de la Revolución;
2.º la fiesta de la Coali-ción, «en memoria de la conducta de las tropas de
línea durante el verano de 1789 en el que la voz de la libertad las reunió en
torno de la patria»; 3.º la fiesta de la Regeneración; y 4.º la fiesta del
Juramento militar, cuyo «objetivo es hacer sen tir al ejército su relación con
la res publica y recordarle sus deberes con sensibilidad».
todos los años, el 14 de julio,
se celebrará una gran fiesta nacional, la fiesta de la Federación o del
Juramento. ese día, todos los distritos del reino enviarán a parís un delegado
los orígenes de los cultos
revolucionarios 89
elegido indiferentemente entre
los oficiales, los suboficiales o los simples soldados.
mirabeau esbozaba con
anticipación el programa de fies tas nacionales. en las fiestas civiles, se
pronunciaría «una oración fúnebre por los hombres que hubieran rendido servi
cios a la patria o que la hubieran honrado con sus talentos»;175 se distribuirían
«todo tipo de recompensas públicas, los pre mios de las academias y de los
colegios»;176 se representarían obras de teatro;177 y se expondrían las nuevas
obras maestras de la pintura, la escultura, la mecánica y cualquier tipo de
arte.178
no eran, señalémoslo una vez más,
ensoñaciones de carác ter abstracto, ni invenciones de una imaginación
fantasiosa, sino concepciones de hombres de estado que no tardarán en
convertirse en hechos, que ya están en proceso de ejecución. Como el cura patriota
que acabamos de mencionar, mirabeau se inspiró de hecho en el ejemplo de la
Federación y las nume rosas fiestas cívicas que la siguieron.179
175 este será el tema de las fiestas de los mártires de la libertad.
Honoré Gabriel mirabeau, Travail sur l’éducation publique trouvé dans les
papiers de Mirabeau l’aîné, parís, impr. nationale, 1791, p. 53.
176 este será el tema de las fiestas morales. Ibidem, p. 58.
177 las representaciones teatrales estaban ya insertas en las fiestas
cívi cas. véase ibidem, p. 61.
178 esta es la idea de la exposición nacional, prevista para los cinco
días complementarios del calendario republicano (informe de Fabre d’eglantine)
y realizada por François de neufchâteau, a finales del año vi.
179 «recordad el día memorable en el que de todas partes del imperio,
acudieron los hijos de la Constitución con dulce entusiasmo a jurar bajo
vuestros ojos una invencible fidelidad. recordad esa multitud de escenas
conmovedoras y sublimes, cuya capital fue entonces el teatro, y que se repre
sentaron como por una especie de simpatía o de inspiración, no solamente en los
campos más alejados, sino prácticamente en las naciones más lejanas. ese día,
¿no se habrá mostrado el hombre bajo una forma nueva?… señores, me gustaría
también hablaros de las exequias celebradas poco tiempo des pués en este mismo
lugar [Fiesta de los guardias nacionales asesinados en nancy, 20 de septiembre
de 1790]…». HonoréGabriel mirabeau, Travail sur l’éducation publique trouvé dans
les papiers de Mirabeau l’aîné, parís, impr. nationale, 1791.
90 albert mathiez
su trabajo póstumo tendrá una
gran importancia para la formación de los cultos revolucionarios. sistematizó
una idea todavía vaga y le dio la autoridad de su nombre. los numero sos
proyectos de cultos cívicos que surgirán después imitarán al suyo y en lo
esencial no añadirán prácticamente nada nue vo. Finalmente, fue el primero en
señalar que era necesario separar la religión revolucionaria del catolicismo.
sus conse jos no cayeron en saco roto.
Talleyrand
en los últimos días de la
Constituyente, talleyrand se ins piró en el proyecto de su amigo mirabeau para
realizar un voluminoso informe que presentó en nombre de la comisión de
instrucción pública.180 Considera las fiestas nacionales como parte de la instrucción
pública, como la escuela de los hombres hechos y derechos. al igual que
mirabeau, espera que los franceses entiendan el «amor a la patria, esta moral
casi única en los antiguos pueblos libres». Junto con mira beau, también opina
que la religión debe ser apartada de las fiestas nacionales de «júbilo», y,
aunque se le reserve un lugar, debe ser desplazada de las fiestas del «dolor».
poco importa si no sigue a mirabeau al pie de la letra, que reduzca a dos las
fiestas periódicas, el 14 de julio y el 4 de agosto, o que no separe
absolutamente el catolicismo del «culto a la libertad», en la práctica, su
proyecto logra igualmente oponer la religión nueva a la antigua.
Conclusión
la Constituyente no dispuso del
tiempo material de discu tir el informe de talleyrand. no obstante, antes de
separarse, llegó a instituir las fiestas nacionales. bajo la proposición
180 Charlesmaurice de talleyrandpérigord, Rapport sur l’instruction
publique, parís, impr. nationale, 1791.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 91
de Thouret, se aprobó
unánimemente este artículo adicional a la Constitución: «se establecerán
fiestas nacionales para conservar el recuerdo de la revolución francesa,
fomentar la fraternidad entre los ciudadanos y vincularlos a la patria y a las
leyes».181
no resulta exagerado afirmar que,
quizás, sin que se perca tasen de la mayoría de aquellos que la votaron, el
germen de los cultos revolucionarios se hallaba en este artículo.
181 Constitución de 1791, título i.
Capítulo seGundo
el movimiento antiCleriCal
durante la asamblea leGislativa
i
Octubre-diciembre de 1791
desde las primeras sesiones, la
legislativa tuvo que ocu parse de la cuestión religiosa. la Constitución civil
del clero había provocado problemas muy graves en toda Francia, sobre todo en
el campo.182 los sacerdotes constitucionales no resistían más que en las
ciudades e incluso allí eran molesta dos por los partidarios de los
refractarios.183 encargados de aplicar la ley, la mayor parte de los municipios
ofrecían poca resistencia cuando no favorecían abiertamente a los refracta
rios. viéndose a punto de ser desbordados, los Jacobinos, que eran el principal
apoyo del clero constitucional, pidieron a la asamblea que acababa de ser
elegida nuevas armas contra los sacerdotes rebeldes. era evidente que la
Constitución civil había fracasado. en lugar de apuntalar la nueva institución
política, la minaba y más bien preparaba su ruina. ante el peligro inesperado y
la necesidad de encontrar un remedio, los patriotas se dividieron. aquellos que
habían tomado parti do por el clero constitucional no quisieron abandonarlo.
ima ginándose quizás que la agitación religiosa no era más que superficial y
que desaparecería si se intimidaba a los verdade ros autores de los
disturbios, los curas refractarios, proponían
182 véase el informe de Gensonné y Gallois, enviados como comisarios a
vendée y los deuxsèvres (publicado en el Moniteur, 10.11.1791).
183 Como en Caen. véase robinet (1898: 78).
94 albert mathiez
tomar contra ellos toda una serie
de medidas de coerción. otros patriotas, al contrario, más clarividentes o
menos com prometidos con la causa del clero constitucional, rechazaron el uso
de la fuerza o la violencia para consolidar o imponer la nueva iglesia oficial.
respetuosos con la libertad de culto ins crita en la declaración de derechos,
combatieron las medidas de excepción propuestas contra los refractarios.
pidieron que tanto los unos como los otros disfrutaran de los mismos dere chos
a la hora de practicar su culto. dicho de otra manera, por espíritu político y
escrúpulo liberal, se encaminaron hacia una concepción de estado laico y hacia
la separación iglesia estado que solo los meditabundos, la minoría de
pensadores o los heterodoxos sin influencia habían propuesto hasta el momento.
el partido de los defensores de
la separación creció súbita mente, máxime cuando a los «filósofos» puros se
les unieron los partidarios enmascarados de los sacerdotes refractarios que
vieron en esta medida un medio para apartar la persecu ción inminente de la
iglesia.
Godefroy
antes incluso de que la
legislativa se reuniera, un tal Godefroy, «profesor de matemáticas», reclamaba
la «supre sión absoluta» de la Constitución civil del clero en un escri to de
rigurosa lógica.184 en el fondo, Godefroy decía que al ser la religión una
cuestión esencialmente de conciencia, el estado no debe ocuparse de ella más
que desde el punto de vista del orden público. en materia religiosa, la única
ley que debe regir es el reglamento de policía. ahora bien, hay
184 Cyprien Godefroy, La Nation grevée constitutionnellement pour une
Religion, parís, impr. de tremblay, 1791. Firmado al final «señor Godefroy,
profesor de matemáticas, callejón sin salida de la brasserie, calle
traversière, en casa del mariscal, de la imprenta de tremblay, calle boss
st.denis, 11». se determina la fecha del folleto por su contenido, ya que el
autor se dirige a la legislativa como una asamblea que va a reunirse.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 95
muchos franceses que no recurren
en ningún caso a los ministros del culto y, no obstante, se ven obligados a
finan ciarlos. el número de franceses que hacen uso de los minis tros del
culto no oficial es todavía más considerable, y a ellos también se les obliga a
sufragar los gastos de un culto, ene migo del suyo:
nadie tiene derecho a quejarse de
que el mantenimiento de los funcionarios públicos, como los jueces civiles,
descan se en todos los ciudadanos, ya que si alguien dice para defen derse
que está resuelto a no entablar ningún proceso con nadie, con razón se le podrá
responder que él no puede ase gurar que otros no lo demanden inoportunamente
por algún motivo… sin embargo, no podemos decir lo mismo de aque llos que no
siguen la religión cuyos ministros financia el estado…
tampoco se puede intentar salvar
la Constitución civil invocando el interés de la moral:
¿y si algunos dicen que los
ministros constitucionales son necesarios para formar y reglar las costumbres
de los ciudadanos? se les deberá entonces responder que no habría buenas
costumbres más que entre los ciudadanos instruidos por los ministros constitucionales,
que la moral de los ministros de otros cultos no puede producir más que la
corrupción y, consecuentemente, que la sana filosofía exige la intolerancia.
y Godefroy concluía que aquellos
que quieran sacerdotes que los paguen. «así fueron mantenidos los curas de la
pri mera iglesia. san pedro, san pablo y sus primeros sucesores no fueron
pensionados por sus soberanos». si nos atenemos a los que afirma, esta petición
no solo descansa sobre un princi pio lógico, sino también de salud política.
esta solución «des truirá una de las principales causas de la funesta división
que asola este reino y que pone en peligro toda la Constitución en caso de
invasión extranjera…».
96 albert mathiez
Un anónimo
tal vez Godefroy no podía estar
más en lo cierto. un anó nimo, que bien podría ser de un diputado de la
legislativa, trataba a su vez esta cuestión de la separación con no menos
sentido común y profundidad.185
«el gobierno civil —sostiene como
principio— tal como está constituido en Francia, no debe mezclarse con la
religión más que con la física y la astronomía». la Constitución civil debe
desaparecer, una religión dominante supone necesariamente religiones dominadas.
«Que el gobierno haga constar el estado de los ciudadanos sin la mediación de
los sacerdotes, ¡que los nacimientos, matrimonios o muertes sean anotados por
otros!…». la laicización completa del estado no es solamente reclamada por
principios, sino que es exigida por la situación política. «dos partidos
invocan actualmente a la opinión públi ca en torno a esta discusión, el uno
[los constitucionales] pide que se les ayude a dominar y perseguir; el otro
[los refracta rios], al que se le ha quitado ese cómodo rol, pide que no se le
persiga…». Que no se objete que el estado propaga la irreligión si no protege
el culto. no hay nada que temer del ateísmo y, por otro lado, esta doctrina
absurda al menos excluye el fanatismo.
André Chénier
alma pagana donde las haya, andré
Chénier se situó entre los más ardientes partidarios de la separación y en un
notable artículo del Moniteur186 en el que aunque protestaba contra los rigores
que se reservaban a los sacerdotes, anticipaba que:
no nos libraremos de la
influencia de semejantes hombres [los sacerdotes] más que cuando la asamblea
nacional haya asegurado a cada uno la completa libertad de seguir e inven
185 Opinion sur les cultes religieux et sur leurs rapports avec le
gouverne-ment, parís, Chez les marchands de nouveautés, 1791.
186 número del 22.10.1791, Réimpression de l’ancien…, op. cit., Tome X,
p. 166.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 97
tar la religión que le plazca;
cuando cada uno pague el culto que quiera seguir y no pague otro, y cuando los
tribunales castiguen con rigor a los perseguidores y sediciosos de todos los
partidos. y si algún miembro de la asamblea nacional dice todavía que el pueblo
francés no está maduro para esta doctrina, hay que responderle: se puede, pero
os corresponde a vosotros hacernos madurar mediante vuestra conducta, vuestros
discursos y las leyes.
y para concluir, también pedía
que se les quitaran las actas del estado civil a los sacerdotes.
ii
Discusión sobre los sacerdotes en
la Legislativa
en el momento en el que andré
Chénier escribía este artículo, se abría en la legislativa una larga y
tormentosa dis cusión sobre los sacerdotes refractarios. durante más de un
mes, los partidarios del rigor y los de la libertad enfrentaron sus argumentos
en una pelea amarga y confusa.187
Finalmente, los Girondinos
creyeron encontrar una solu ción mixta, y el decreto del 29 de diciembre de
1791188 satisfi zo al menos aparentemente a los dos partidos. para salvaguar
dar el principio de la libertad de cultos a la vez que se autorizaban medidas
de coerción, los Girondinos tuvieron la idea de exigir a los sacerdotes
refractarios, un juramento cívi co puro y simple en lugar del antiguo
juramento de la Consti tución civil. si los refractarios rechazaban este nuevo
jura mento, serían castigados no como sacerdotes sino como malos ciudadanos.
¿no había demostrado rousseau en el Contrato social que la sociedad tenía el
derecho de rechazar a aquellos
187 esta discusión se puede seguir en el Moniteur.
188 no sancionado por el rey.
98 albert mathiez
miembros que se resistían a
reconocer sus leyes fundamenta les? al negarse a suscribir el pacto social,
los refractarios se situaban fuera del derecho común. aquel que no quiere reco
nocer la ley, «abdica voluntariamente de las ventajas que solo esta ley puede
garantizarle».189
Gracias a este rodeo, los
Girondinos lograron aprobar las mociones de los partidarios de la mano dura.
los refractarios que no prestaran juramento cívico serían «reputados sospe
chosos de revuelta contra la ley y de malas intenciones contra la patria»190 y
como tales, se les podría privar de su tratamiento y su pensión, impedirles el
uso de las iglesias,191 alejarles de su domicilio,192 internarles en la capital
del departamento,193 etc.
en líneas generales, parecería
que los partidarios de la libertad habían sido vencidos, porque de hecho, la
Constitu ción civil seguía siendo ley del estado y que el estado ponía al
servicio del culto oficial su policía y sus tribunales. era una satisfacción
muy irrisoria la de haber inscrito en el preámbulo de un decreto perseguidor
una declaración de principios a favor de la libertad de cultos. y, sin embargo,
si lo miramos un poco más de cerca, no es necesario leer durante mucho tiem po
los debates para darse cuenta de que en realidad la Consti tución civil salía
de la batalla más que disminuida, habiendo recibido un golpe mortal.
partidarios y adversarios de la
ley fueron prácticamente unánimes a la hora de condenar la obra religiosa de la
Consti tuyente. tanto en los unos como en los otros podemos perci bir el
mismo desprecio por los sacerdotes, la misma innata irreligión y sus
divergencias son menos sobre cuestiones de principios que de oportunidad. unos
creían poder volver atrás, los otros temían que un retroceso fuera fatal para
la revolución. sin embargo, tanto los unos como los otros esta
189 preámbulo de la orden en duvergier.
190 artículo 6.
191 artículo 12.
192 artículo 7.
193 artículo 8.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 99
ban íntimamente convencidos de
que la revolución no se limitaba a la Constitución civil. muchos ya entreveían
el culto cívico que la reemplazaba, y resulta notable que los oradores, que
pedían las medidas más rigurosas contra los refractarios, fueran los primeros
en reclamar la laicización progresiva de los servicios públicos, denunciar la
ignorancia y el fanatismo como la verdadera y única causa de los disturbios, y
propo ner como remedio soberano la organización de una instruc ción pública,
y, mientras tanto, una propaganda cívica que arrancara del pueblo el prestigio
de los sacerdotes y, para algunos, incluso de todos los sacerdotes.
monneron de nantes quiere que se
castigue duramente a los sacerdotes agitadores y que incluso se les condene al
exilio,
pero no es suficiente para los
legisladores con parar el des orden, deben extirpar la raíz. es la ignorancia
de los pueblos la que sirve de fundamento a los triunfos de la impostura sobre
la verdad, es esta ignorancia la que hay que hacer desapare cer… apresúrense a
destruir el prestigio de esta ciega idola tría, establezcan prontamente
aquellas escuelas primarias que propuso talleyrand en su sublime memoria sobre
la instruc ción pública, pero a la espera del establecimiento de las escue
las primarias propongo enviar lo más rápidamente posible a todos los
departamentos un catecismo de moral y de política que ilumine al pueblo sobre
sus verdaderos intereses… 194
en respuesta a este texto y para
combatir las medidas coer citivas, baert encontró un argumento muy sólido y
que fue muy aplaudido:
no conozco término medio: o se
permite la libertad de conciencia, o hay que perseguir; o se olvida de los
sacerdotes y no se les mira más que como simples ciudadanos, aquello que son a
ojos de la ley, o hay que renovar la moción de dom Gerle, y declarar rápidamente
una religión dominante, es decir, per
194 sesión del 21 de octubre. Réimpression de
l’ancien…, op. cit., Tome X,
p. 188.
100 albert mathiez
seguidora. Guardémonos del
dominio de los sacerdotes; no caigamos otra vez en la infancia tras haber
llegado a la madu rez y no prolonguemos más sus escandalosas querellas dán
doles una importancia que dejarán de tener en el momento en que sean cubiertos
del desprecio que merecen.195
en la bancada de los obispos
constitucionales, muy nume rosos en la asamblea, nadie osó protestar contra
este lengua je; ninguno tuvo la idea de aceptar el desafío o de retomar a su
favor la moción de dom Gerle, seguros de la acogida tan desfavorable que
habrían tenido sus palabras.
los obispos constitucionales
mantuvieron el mismo silen cio impotente y resignado, cuando Hilaire, yendo
más lejos que baert, propuso decretar:
Que todos los cargos y empleos
civiles serían incompati bles con el sacerdocio, que la educación pública no
sería con fiada más que a personas laicas, salvo el estudio de la teología que
podría ser profesado por eclesiásticos; finalmente, que los actos de
matrimonio, bautismo y entierro serían registrados ante la oficina del tribunal
del ayuntamiento, en presencia del encargado del registro civil y dos testigos.
Hilaire había desarrollado su
propuesta atacando de frente a la institución del clero: «todos sabemos por
experiencia que durante mucho tiempo, el clero, sea del tipo que sea, no con
tento con las funciones sacerdotales, siempre se ha inmiscui do en las
funciones civiles…». la influencia de los sacerdotes, si nos atenemos a lo que
él afirma, «es siempre peligrosa y su opinión sospechosa». «acostumbrados a
creerse por encima de los hombres, los quieren controlar, y solo de esto viene
el hecho de que se crean más perfectos, cualquier otra opinión no es más que el
diminutivo de las inspiraciones que llaman divinas.»196 el obispo de périgueux,
pontard, pidió que el ora
195 sesión del 21 de octubre. Ibidem, p. 189.
196 sesión del 21 de octubre. Ibidem, p. 189.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 101
dor fuera llamado al orden y a
los principios verdaderos de la Constitución, pero la asamblea pasó al orden
del día.
los días siguientes, las mismas
opiniones antisacerdotales fueron aportadas a la tribuna. Huguet197 hizo esta
profesión de fe: «para un buen gobierno, la religión no es otra cosa que el
ejercicio de virtudes sociales: para el particular que la pro fesa, es su
opinión, su templo está en su corazón, su culto es su prejuicio, su libertad es
el sacerdote».198
ducos reclamó la laicidad
completa del estado:
separad aquello que concierne al
estado de todo aquello que concierne a la religión; asemejad la manifestación
de las opiniones religiosas a la manifestación del resto de opiniones; asemejad
las asambleas religiosas al resto de reuniones de ciudadanos; que todas las
sectas tengan la libertad de elegir un obispo o un imán, un ministro o un
rabino, como las sociedades populares, por ejemplo, tienen la libertad de
elegir en su seno un presidente y un secretario; que la ley se dirija siempre
al ciudadano y jamás al sectario de cualquier religión; en conclusión, que la
existencia civil y política sea absoluta mente independiente de la existencia
religiosa.199
lequinio sostuvo que todos los
cultos, en el fondo, eran tal para cual y pareció no dar la razón a ninguna de
las partes. recordó que, «en todas las religiones, la multitud ha sido siem
pre víctima de su ignorancia y que se han vertido ríos de sangre y millones de
hombres han resultados heridos porque no se entendían».200 su discurso pareció
tan audaz que los murmullos lo interrumpieron. sin duda, los diputados no
querían todavía que delante del país pareciera que aprobaban las campañas
antirreligiosas. pero, a pesar de sus calculadas reservas, dejaban que sus
verdaderas opiniones se manifestaran cada vez más.
197 el Moniteur dice Huret. Había dos Huguet, uno diputado de la Creuse,
el otro de las ardennes. véase Kuscinski (1900).
198 sesión del 24 de octubre. Réimpression de l’ancien…, op. cit., Tome
X,
p. 199.
199 sesión del 26 de octubre. Ibidem, p. 216.
200 sesión del 27 de octubre. Ibidem, p. 227.
102 albert mathiez
dos días después, en un discurso
vigoroso, ramond puso en el banquillo a la Constitución civil, «en el nombre de
la filosofía».
en la lógica de los oradores
«filósofos», los obispos y los sacerdotes diputados no tenían nada que
responder. audrein, uno de ellos, se limitaba a pedir a la asamblea que
apartaran la religión de sus debates y «reconocieran los servicios rendi dos a
la revolución por los sacerdotes juramentados».201 al abordar el anuncio de la
reciente dimisión del metropolitano de ruan, los patriotas temieron más
dimisiones de sacerdotes juramentados. si el movimiento se generalizaba, ¿en
qué se convertiría la revolución? en una palabra, parecía defender la
Constitución civil alegando circunstancias atenuantes. invocó a su favor
razones políticas y no combatió uno a uno los argu mentos de sus adversarios.
el fogoso Fauchet, que apareció
varias veces en la tribuna, no hizo nada. pronunció una vehemente filípica
contra los re fractarios que «querían nadar en la sangre de los patriotas»,202
que «trabajan para hacer caer el edificio de las leyes», y recla mó la
supresión de sus pensiones. pero no intentó responder a los partidarios de la
laicidad del estado.
el resto de obispos
constitucionales que tomaron la pala bra, torné, bertrand, etc., aunque
desaprobaban mayoritaria mente el lenguaje intolerante de su colega Fauchet,
imitaron su silencio sobre esta candente cuestión. Con audrein, consi deraban
sin duda que la religión no tenía nada que ganar en esta controversia. sin
provocar réplica, Gensonné pudo a su vez denunciar la Constitución civil, este
error político que agitaba el reino y ponía a la revolución en peligro:
separemos de la religión todo lo
que tenga que ver con el orden civil, y cuando los ministros del culto que la
nación financia sean reducidos a sus funciones puramente religiosas, cuando
dejen de estar encargados de registros públicos, de la
201 sesión del 3 de noviembre. Ibidem, p. 284.
202 sesión del 26 de octubre. Ibidem, p. 218.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 103
enseñanza y de los hospitales,
cuando dejen de ser depositarios del socorro que la nación destina a la
sufriente humanidad, cuando hayáis destruido sus corporaciones religiosas de
sacer dotes seculares, absolutamente inútiles y ese nubarrón de her manas
grises, que se ocupan menos de aliviar a los enfermos que de expandir el veneno
del fanatismo, entonces, cuando los sacerdotes dejen de ser funcionarios
públicos, podréis suavizar el rigor de las leyes relativas al juramento
eclesiástico…203
estas no eran concepciones a
largo plazo ni tampoco vanas amenazas —Gensonné proponía por decreto encargar
al Comité de legislación que presentase lo más rápido posible un proyecto de
ley sobre «los medios para constatar civilmen te los nacimientos, fallecimientos
y matrimonios», y otro pro yecto de ley sobre la supresión de las últimas
corporaciones religiosas. pedía, asimismo, el nombramiento de una comi sión de
doce miembros para ocuparse «del examen y revisión de las leyes hechas por el
cuerpo constituyente sobre la orga nización civil del clero…».
la asamblea estaba de acuerdo con
las ideas de Gensonné; mandó la impresión de su proyecto de decreto y encargó a
su Comité de legislación que le presentara un informe en el pla zo de ocho
días.
el Comité lo presentó el 14 de
noviembre. el proyecto de decreto acordaba la importancia que le correspondía a
las recla maciones de los partidarios de la laicidad, en su artículo iii,
concebido así: «será inmediatamente hecha una ley para regu lar la manera de
constatar las actas de nacimiento, matrimonio y sepultura». no obstante, el
proyecto fue mal recibido porque no proponía más que medidas anodinas contra
los refractarios. en uno de sus bellos momentos oratorios, isnard propuso nue
vas medidas. su improvisado discurso es quizás el más impor tante de esta
disputa, no solamente porque evidencia en varios momentos la segunda intención
de los filósofos, sino también por la influencia decisiva que tuvo sobre los
acontecimientos.
203 sesión del 3 de noviembre. Ibidem, p. 287.
104 albert mathiez
El discurso de Isnard del 14 de
noviembre
para justificar las medidas de
excepción que juzgaba indis pensables contra los refractarios, isnard condujo
la cuestión por nuevos derroteros. Hasta ese momento, el debate había girado en
torno al dilema promovido por los partidarios de la libertad: «o el sacerdote
no es más que un fanático o es un perturbador; si no es más que un fanático, la
ley no debe alcanzarlo, porque la libertad de cultos está permitida; si es un
perturbador, existen contra él leyes comunes a todos los ciudadanos».
para resolver este dilema, isnard
sostuvo que, por el propio carácter con el que había sido revestido, el
sacerdote estaba ya fuera del derecho común y que, por lo tanto, no podía ser
sometido a las leyes comunes. denunció la influencia del sacerdote sobre la
sociedad: «el sacerdote, dice montesquieu, toma al hombre en la cuna y lo
acompaña hasta la muerte; por tanto, no es sorprendente que tenga tal
autoridad». Contra los malos sacerdotes, solo hay un partido que tomar: la
exclusión del reino; y, ante los aplausos de las tribunas y de una parte de la
asamblea, isnard exclamó: «diré que es necesario expulsar a estos apestados a
los lazaretos de roma y de italia». no hay que permitir bajo ningún precio que
continúen predicando, misando204 y confesando. Como embriagado por los
aplausos, isnard continuó manifestando su desprecio no solamente por los malos
sacerdotes, sino por la profesión: «el sacerdote no es perverso a medias;
cuando deja de ser virtuoso, se convierte en el peor criminal de los hombres».
los aplausos redoblaron. la asamblea no se dejaba parar por vanos escrúpulos,
que no se hable aquí del respeto a las conciencias. los refractarios «no lloran
sobre la suerte de la religión más que para recupe rar sus privilegios». y de
nuevo, isnard continuó manifestan do su desdén por el sacerdocio, en términos
cada vez más vehementes, mientras los aplausos volvían a comenzar:
204 [Messer. neologismo, ‘decir misa’.]
los orígenes de los cultos
revolucionarios 105
Cada uno sabe que en general el
sacerdote es tan cobarde como vindicativo, que no conoce más arma que la
supersti ción y que tiene por costumbre combatir en las arenas miste riosas
de la confesión, es nulo en el campo de batalla. las iras de roma se apagarán
ante el escudo de la libertad… pero pasemos después a eso…
sin explicarse claramente, isnard
dejó entrever que la Consti tución civil no sería la última palabra de la
revolución. según él, la revolución no había terminado. «no, se necesita un
desenlace de la revolución francesa, digo que sin provocarlo hay que mar char
hacía él con valor; cuanto más lo retraséis, más sangriento y penoso será
vuestro triunfo…». pero ¿cuál era este desenlace?
isnard no lo explicaba. pero los
católicos creyeron compren derlo. el Moniteur señalaba que se elevaron
murmullos en una parte de la asamblea. isnard hizo frente a las interrupciones
y a los murmullos, y su verbo encendido continuó predicando la ac ción y la
energía a los patriotas adormecidos. Hay que aplastar a los refractarios y es
necesario emplear todos los medios. «Hay que cortar la parte gangrenada para
salvar el resto del cuerpo». si no, «el partido de los sacerdotes juramentados,
que compren de aquel de todos los patriotas, es decir, cinco sextos de la na
ción, se sentirá indignado al verse abandonado. Hartos de com batir a vuestros
enemigos, quizás se conviertan en los vuestros…», y, como si previera en un
futuro próximo que esta eventualidad se iba a realizar, que los sacerdotes
juramentados abandonarían la revolución y se volverían contra ella, isnard
exclamó:
es necesario que el Cuerpo
legislativo sea apoyado por el resto de la nación, si queréis resistir a los
ataques que tal vez se preparan, no podéis mantener la confianza más que casti
gando con severidad a los perturbadores del reposo público y a todos los
rebeldes. digo todos los rebeldes, porque estoy determinado a combatirlos a
todos, porque no tengo ningún partido; mi Dios es la ley; no tengo otro. el
bien público, he aquí el único que adopto.205
205 Ibidem, pp. 374375.
106 albert mathiez
esta violenta diatriba contra los
sacerdotes, este llama miento al uso de la fuerza, estas amenazas veladas
contra el clero constitucional, que por razones políticas isnard defiende tan
ardientemente y de cuyo patriotismo comienza a sospe char, y, finalmente, esta
profesión de fe de ateísmo,206 nos indi can que, en esta fecha, la ruptura
entre la revolución y la anti gua religión, incluso depurada, estaba ya
consumada en el espíritu de muchos de los líderes patriotas. no se atreven to
davía a decir en voz alta lo que piensan. aunque lo intentaran ocultar,
resultaba evidente que su prudencia de carácter muy circunstancial no duraría
más que un instante y que la hora de las resoluciones francas y decisivas
llegaría muy pronto.
los obispos constitucionales que,
hasta ese momento, no habían contestado ninguno de los ataques indirectos de
los que la religión había sido objeto, parecieron conmoverse en esta ocasión.
los aplausos calurosos con los que fue acogido el discurso de isnard o la
petición de un gran número de diputa dos para que fuera impreso, les mostró
que la situación era bastante grave. en medio de «grandes murmullos», le Coz
pidió la palabra «como ciudadano y como sacerdote». «¡no más curas!»,
exclamaron varias voces. «digo —continuó le Coz— que pedir la impresión del
discurso del señor isnard es pedir la impresión de un código de ateísmo». los
murmullos se multiplicaron. durante algunos minutos, le Coz tuvo que detenerse
por la gran agitación que había. la energía del presi dente le permitió
continuar. «… sostengo y probaré que el dis curso del señor isnard tiende a
destruir toda moral religiosa y social. es imposible que una sociedad exista si
carece de una moral inmutable y eterna…». al terminar estas palabras, esta lló
una tempestad; las risas y los clamores fueron a más y se pidió que le Coz
fuera llamado al orden. viendo que era impo sible hacerse entender, finalmente
descendió de la tribuna.
206 sin duda, isnard protestó en el Moniteur diciendo que no era ateo,
pero se puede apreciar que esta queja le fue realizada después por razones
políticas. Ibidem, p. 415.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 107
sin duda la asamblea se contenía
y rechazó tras dos pruebas dudosas, la impresión del discurso de isnard. pero
el golpe estaba asestado. la asamblea había mostrado que compartía
mayoritariamente las opiniones del orador. lo que todavía fue más evidente cuando
invitó al Comité de legislación a presentarle un nuevo proyecto de decreto ins
pirado en él.
entendemos que estas sesiones
fueron realizadas para fomentar la campaña anticlerical que un puñado de
periodis tas había comenzado.
El proyecto de François de
Neufchâteau
el 16 de noviembre, François de
neufchâteau, ponente de una de las secciones del Comité de legislación,
procedió a leer un proyecto de decreto que daba entera satisfacción a isnard y
a sus amigos. los sacerdotes refractarios que no prestaran el juramento cívico
verían su tratamiento suprimido, serían puestos bajo vigilancia, podrían ser
alejados de su domicilio por una orden del directorio del departamento, etc. lo
más destacado era el artículo xv del proyecto que ordenaba la revisión de la
Constitución civil del clero:
los decretos de la asamblea
Constituyente de los días 12 y 14 de julio y del 27 de noviembre de 1790,
continuarán siendo seguidos y ejecutados, pero con las modificaciones que la
finalización de la Constitución hace necesarias actualmente.
1.º la fórmula del juramento
cívico contenida en el artícu lo v del título ii del acta constitucional será
sustituida por un juramento provisional prescrito por los decretos. 2.º el
título de Constitución civil del clero, al no expresar la verdadera naturaleza
de estas leyes y recordando una corporación que ya no existe,207 será suprimido
y reemplazado por aquel de Ley relativa a las relaciones civiles y reglas
exteriores del culto
207 el Moniteur señala que en el momento en el que se leyó este artículo
estallaron los aplausos. Ibidem, p. 368.
108 albert mathiez
católico en Francia. 3.º los
obispos, curas y vicarios no volve rán a ser designados bajo el título de
funcionarios públicos, sino por el de ministros del culto católico asalariados
por la nación.
era de prever que la revisión de
la Constitución civil no se limitaría a unos cambios de palabras. la vía estaba
abierta a otras reformas más profundas, máxime cuando el artículo xvi
organizaba una propaganda cívica para contrarrestar la pro paganda de los
refractarios:
Como es importante iluminar a los
habitantes del campo sobre las trampas que les han tendido… la asamblea mirará
como un favor público las buenas obras que le sean remitidas sobre esta
materia, y, después de la realización de un infor me sobre ellas, se mandarán
imprimir y distribuir a costa del estado, y se recompensará a sus autores.
así, el estado emprendía la
instrucción del pueblo, pero ¿dónde se detenía esta instrucción? la propaganda
cívica sería necesariamente obra de escritores «filósofos». ¿se mos trarían
respetuosos con el culto oficial durante mucho tiem po? ¿sus ataques contra el
culto papista no alcanzarían de rebote a la propia religión?
en cualquier caso, los dos
últimos artículos del proyecto de François (de neufchâteau) acarreaban graves
consecuencias. al principio, la asamblea no sospechó estas consecuen cias.
saludó a François (de neufchâteau) con aplausos uná nimes y reiterados, y
acordó dar prioridad a la moción de vegniaud, de la que acto seguido adoptó
varias disposiciones. pero, al día siguiente, una viva oposición, que parecía
por momentos poder obstruirla, falló a la hora de rechazar el decreto. se vio
un espectáculo que invita a meditar, un obispo constitucional, torné, tomó
indirectamente la defensa de los refractarios y se opuso vivamente a la
supresión de sus trata mientos y pensiones. Quizás los discursos filosóficos
de los días precedentes le habían hecho sospechar confusamente que la causa de
los sacerdotes constitucionales era en el fondo
los orígenes de los cultos
revolucionarios 109
solidaria de la de los
refractarios y que los rigores contra los unos eran el preludio de los rigores
contra los otros.
inversamente, los filósofos
encontraron que el proyecto de François «de neufchâteau» era todavía muy
blando. isnard, apoyado por duhem y albitte, retomó su propuesta de depor tar
a los refractarios fuera del reino. pero la asamblea rechazó ir más lejos.
Cuando llegó la discusión del
artículo relativo a la revisión de la Constitución civil, surgieron dudas entre
los filósofos. uno de ellos, albitte, por razones de conveniencia, se pro
nunció por el mantenimiento puro y simple de la Constitu ción civil: «no creo
que sea necesario exponer a los sacerdo tes constitucionales a los ataques de
sus enemigos… me gusta la filosofía; pero creo que hay que hacer de ella un uso
pru dente y adecuado a las circunstancias…».208
el obispo lamourette, que le
sucedió en la tribuna, defendió con calor la causa de la iglesia
constitucional. privar a los sacer dotes patriotas de su carácter oficial,
sería disgustar a la «multi tud inmensa» de ciudadanos que siguen su culto y
se comprome ten con la revolución. solo el clero refractario se beneficiará de
la sumisión del clero juramentado, y lamourette mostraba con más fineza y
fuerza los inconvenientes políticos de la separación:
¿no creéis que con este acto
solemne de separación del ministerio de la ley y del ministerio del sacerdocio,
provocáis en los sacerdotes el deseo de reunirse en corporación y de buscar en
su alianza un complemento al carácter del que vosotros le despojáis?
dicho de otra manea, la
separación no haría más que forta lecer al clero. los filósofos de la asamblea
deberían resignar se a ello, ellos que en el fondo no aspiraban más que a
destruir la propia religión con el pretexto de la libertad; y lamourette, pasando
a la ofensiva, denunciaba la segunda intención de los autores del proyecto:
208 sesión del 21 de noviembre. Ibidem, p. 434.
110 albert mathiez
podría decir que la proposición
que os ha sido hecha se debe a un profundo sistema del que se espera un efecto
en una época más alejada. no sé si esto es posible en un gran imperio, y si el
pueblo está bastante maduro para el sistema que se mira como la culminación de
la revolución francesa, pero es un error creer en la destructibilidad de un
sistema religioso que comprende en su seno todas las bases de la orga nización
social…
Que los filósofos se pongan en
guardia. si colocan al pue blo entre la religión y la Constitución, ¡su
elección está clara! pero ¿la propia Constitución no ha salido directamente «de
esta obra grande e inmortal que llamamos evangelio?». los sacerdotes constitucionales
siempre han enseñado al pueblo el amor a la Constitución: «si despojáis de su
título a los que tan bien lo han merecido, si les quitáis esta arma mucho más
potente que las bayonetas, comprometéis la tranquilidad pública, despedís de
golpe a la fuerza más grande que ha garantizado la Revolución».209 refrenando
por algún tiempo sus secretos deseos, un buen número de filósofos se unieron a
la proposición de albitte y pospusieron la revisión y supre sión del culto
oficial. en vano, Gohier intentó responder a lamourette:
les aseguro que si hay algo
peligroso es hacer leyes que presenten al pueblo ideas vagas y principios
arbitrarios. les aseguro que corregir una adversidad, no es retroceder sino
avanzar a grandes pasos en la carrera de la legislación. ya no existe la corporación
del clero; por lo tanto, ya no existe la Constitución civil del clero; no debe
haber, por lo tanto, jura mento particular para los sacerdotes…
Gohier fue aplaudido, la asamblea
parecía ordenar la impresión de su discurso, como hizo con el de lamourette.
pero Cambon zanjó lacónicamente el debate: «vais a prender fuego al reino. la
Constitución está perdida, ¡está completa
209 sesión del 21 de noviembre. Ibidem, p. 435.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 111
mente anulada!». un gran tumulto
estalló. merlin y vergniaud aprobaron las observaciones de Cambon: «perdéis a
los sacer dotes juramentados, sin esperanza de reconquistar a los otros», dijo
el primero, y el segundo añadió:
no es cuestión de razonar sobre
los principios y no creo que en la razón de ninguno de nosotros se levante
ninguna sombra a este respecto. pero se alza una gran cuestión de hecho, la de
saber si la aplicación actual de la norma no sería una ocasión proporcionada al
fanatismo para agitar sus antorchas…210
la legislativa adoptó esta
opinión y la reforma de la Cons titución civil del clero fue «indefinidamente»
aplazada.
los días siguientes, los
filósofos lanzaron todavía algunos ataques contra la Constitución civil e
incluso contra la reli gión. el 24 de noviembre, Guadet, al replicar a
lamourette, exclamaba: «no es a ojos de la teología que debe examinarse esta
cuestión [de saber si el culto de los juramentados es el mismo que el de los
refractarios], es a ojos de la filosofía y de la razón, porque la teología
pasará y la razón es eterna».211 la frase fue aplaudida muchas veces. pero
comprendiendo final mente el peligro de esta discusión que ya duraba demasiado
tiempo, la asamblea clausuró bruscamente el debate el 29 de noviembre de 1791.
iii
Los resultados. La propaganda
cívica
este gran debate tuvo un alcance
considerable. en primer lugar, se puso de manifiesto de una manera muy clara
que la Constitución civil del clero tan solo se mantenía provisional
210 Ibidem, p. 436.
211 sesión del 24 de noviembre. Ibidem, p. 471.
112 albert mathiez
mente, a falta de algo mejor y
por simple necesidad políti ca. la cuestión de la laicidad del estado había
sido puesta sobre la mesa ante el país, y si la legislativa no la había apro
bado inmediatamente, no era porque fuera hostil al principio, sino porque
consideraba su aplicación prematura.
la obra religiosa de la
Constituyente estaba, pues, conde nada. pero antes de destruirla, la
legislativa pensaba reempla zarla. ya que el clero constitucional, por sí
solo, se había mos trado incapaz de hacer amar la revolución y no había dado
abasto con su tarea, se organizaría paralelamente a su predi cación una
propaganda cívica dirigida por el Comité de ins trucción pública de la
asamblea y cuyos agentes serían extraí dos de los clubs. esta propaganda
cívica adoptó las formas más diversas. se realizó a través de libros,
conferencias y tea tro. también se hizo a través de fiestas cívicas, uniéndose
a los sistemas de fiestas nacionales elaborados ya por mirabeau y talleyrand.
llegará el día en el que con la ayuda de esta pro paganda cívica los revolucionarios
filósofos creerán poder arreglárselas sin el clero constitucional, y ese día,
la religión revolucionaria se desprenderá del catolicismo y la propagan da
cívica se convertirá en el culto a la razón.
Los folletos patrióticos
la legislativa había exhortado «a
todos los buenos espíri tus a renovar sus esfuerzos y a multiplicar sus
instrucciones contra el fanatismo». Había prometido recompensar a los autores
de «buenas obras al alcance de los ciudadanos del campo».212 los escritores
patriotas respondieron en masa al llamamiento que se les había hecho.
a finales de 1791 y comienzos de
1792, los escritos filosófi cos y catecismos patrióticos se sucedieron sin
parar: el Antifa-natismo o los Aguinaldos a las buenas gentes de marius duval,
el Diálogo de un cura del campo y un viñador sobre la Consti-
212 decreto del 23 de noviembre de 1791, artículo
17.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 113
tución de deverac, el Catecismo
de Derechos del Hombre de duverneuil, el Guardián de la libertad francesa de
Fleury, el Catecismo del género humano de boissel, y, sobre todo, el más
popular y el que sirvió de modelo al resto, el Almanaque del padre Gérard de
Collot d’Herbois, y muchos otros más…213
Las conferencias populares
todos estos folletos fueron
difundidos gracias al celo de los Jacobinos y sus sociedades afiliadas. el 27
de febrero de 1792, en el momento en el que la guerra extranjera parecía inmi
nente, la sociedad madre invitó a las sociedades afiliadas a organizar por
todos lados, especialmente en los campos, con ferencias populares con las que
expandir los buenos princi pios y realizar la educación política del pueblo:
¿Cómo se ha establecido la
religión cristiana? —leemos en una de estas circulares—. por las misiones de
los apóstoles del evangelio. ¿Cómo podemos establecer sólidamente la Consti
tución? por los apóstoles de la libertad y de la igualdad…
todos los domingos, los
misioneros cívicos se reunirían en los pueblos, distribuirían la declaración de
derechos, la Constitución, el Almanaque del padre Gérard y la Carta de
Creuzélatouche,214 y acompañaran este reparto de una pláti ca apropiada:
Con razón, los Jacobinos se
prometían el mayor efecto de estas conferencias:
estos misioneros enviados por
vosotros, hermanos y ami gos, contraerían la alianza más augusta y formidable
que haya
213 la mayor parte de estos folletos fueron enviados al Comité de
instruc ción pública. encontraremos noticias sobre ellos en la antología de
Guillaume (1888).
214 Jacquesantoine Creuzélatouche, Lettre de…, député de
Châtelie-rault, à l’Assemblée Nationale, aux municipalités et aux habitants des
cam-pagnes du département de la Vienne, parís, imp. du Cercle social, 1791.
114 albert mathiez
existido jamás: la alianza de
todo el pueblo francés. serían los precursores de los maestros que enviará un
día la asamblea nacional para la nueva educación pública… esta primera ins
trucción sería, en la crisis que se prepara, un remedio eficaz para nuestro
males; supliría a la institución que la asamblea nacional no ha tenido todavía
el tiempo de establecer, insti tución sin la que no hay buenas costumbres, ni
amor a la patria, ni respeto por las leyes y, por consiguiente, ni Consti
tución, ni libertad…
muchas sociedades y simples
particulares no esperaron a esta invitación venida de parís para intervenir.
desde finales de 1791, en estrasburgo, el antiguo librero salzmann, ayuda do
por un cura patriota, comentaba, todos los domingos, los acontecimientos
políticos de la semana. aquellos días, tres o cuatro mil personas de todas las
clases sociales, «soldados, domésticos, obreros, mujeres, etc.», llenaban el
inmenso salón de la casa consistorial, donde salzmann realizaba su predicación
patriótica:
la multitud era tan grande —dice
el viajero alemán rei chardt— que costaba trabajo avanzar, y el ruido era
ensorde cedor. tan pronto como salzmann hubo alcanzado una pequeña estrada
adosada a una columna y que, con un gesto hubo pedido silencio, todo el ruido
cesó; ¡hubiéramos escu chado volar una mosca! en los rostros se leía un vivo
deseo de ser informado sobre los inquietantes murmullos puestos en circulación
por los periódicos o los rumores generales. la alo cución de salzmann,
práctica y muy apropiada, era acogida por testimonios de simpatía que me
complacían…215
por aquellas fechas, la
révellièrelépaux y sus amigos del club de angers organizaban una serie de
misiones patrióticas en los mauges y en vendée:
215 Carta del 30 de enero de 1792 en Johan Friedrich reichardt, Un
Prussien en France en 1792, Strasbourg, Lyon, Paris, Lettres intimes de…
traduites et annotées par A. Laquiante, parís, perrin, 1892.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 115
el objeto de estas misiones era
destruir las calumnias que había difundido contra los patriotas, las falsas
ideas que se les daba a los habitantes del campo, de la revolución y de los
principios sobre los que se había realizado; hacerles apreciar las ventajas
que, principalmente para ellos, se derivaban de la revolución…
en Chemillé, la misión patriótica
dirigida por la révelliè re, desfiló por la ciudad con una bandera tricolor y
con un gran sequito. «un anciano con cabellos blancos llevaba la bandera,
escoltado por jóvenes chicas que llevaban en sus manos cintas tricolores».216
Lanthenas y las sociedades
populares
desde los primeros meses de 1792,
el girondino lanthe nas, amigo de Guadet y roland, proyectaba convertir las
con ferencias cívicas en una institución permanente y cuasi ofi cial, una
especie de escuela de adoctrinamiento de los ciudadanos en las virtudes
constitucionales y sociales:
ya que es conocido que no se
puede contar con los sacerdo-tes de ninguna secta para la instrucción más
esencial que necesitan los pueblos, es necesario que la moral, la primera de
las ciencias; la política, que no es más que una rama de la moral; y nuestra
Constitución fundada sobre los verdaderos principios de esta, tengan una
enseñanza adecuada a su importancia y a la situación en la que nos
encontramos.217
y lanthenas trazaba
intrépidamente el plan de una especie de culto cívico, el culto a la Razón y la
Ley,218 como él lo lla
216 louismarie la révellièrelépeaux, Mémoires de… publiés par son fils
[Ossian La Revellière-Lépeaux] sur e manuscrit autographe de l’auteur. Tome I,
parís, J. Hetzel, 1873, pp. 93 y ss.
217 FrançoisXavier lanthenas, Des sociétés populaires considérées comme
une branche essentielle de l’instruction publique, parís, imp. du Cercle
social, 1792. la fecha 28 de febrero de 1792 aparece al final. el estudio de
lanthenas había aparecido antes en la Chronique du Mois.
218 subrayado en el texto.
116 albert mathiez
maba, que habría reemplazado poco
a poco, y provisional mente mantenido a raya al resto. en cada cantón, la
legislati va instituiría por decreto una sociedad popular, en la que todos los
ciudadanos sin distinción serían libres de participar, pero en la que los
funcionarios públicos y los jueces de paz, entre otros, desempeñarían
obligatoriamente un papel activo. a la voz de los «misioneros patriotas», las
gentes de bien harían por todos lados «renacer los magníficos anfiteatros de
los pueblos libres de la antigüedad». se realizarán fiestas y conferencias que
imprimirán en el pueblo el sentimiento de su majestuosidad, y que le conducirán
poco a poco a la Frater nidad universal. mientras tanto, «en cada asamblea
prima ria», la sociedad popular del cantón explicará la ley, realizará
lecturas de los mejores periódicos, enseñará moral y política. las diversas
sociedades populares se federarán por distritos y por departamentos en toda
Francia. Formarán una «iglesia universal» que consumará finalmente la regeneración.
Cada vez más, sobre todo tras la
declaración de guerra a austria, se imponía la idea de que la revolución no
sería sal vada más que por la organización de una vasta propaganda cívica. el
10 de mayo de 1792, una delegación del barrio de saintantoine acudió a pedir a
los Jacobinos la institución de conferencias patrióticas en las iglesias tras
los servicios divinos.219
el ministro roland exhortaba a
las sociedades patrióticas a no reducir su celo por la instrucción del
pueblo.220 les habla ba ya con el mismo lenguaje que utilizará más tarde el
Comité
219 aulard (1892b: 577).
220 véase su informe al Moniteur del 22.05.1792. «Gracias a vuestros
ejemplos y discursos, los granos circulan libremente, los impuestos se satisfa
cen y el fanatismo está desarmado. Que las lecturas a menudo repetidas, que las
conferencias explicativas en las asambleas en las que se reúne un gran número
de personas de toda edad y sexo, hagan familiares a todos nuestros hermanos
estas instrucciones inmortales, tan frecuentemente dirigidas al pueblo francés,
y las buenas obras donde respira el sentimiento de justicia y beneficencia que
honra a la humanidad…». Réimpression de l’ancien…, op. cit., Tome XII, p. 449.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 117
de salud pública. los clubs no
fueron los únicos en responder al llamamiento del ministro. muchos municipios
predicaron la verdad al pueblo todos los domingos y designaron lectores para
propagar los buenos principios.221
Los propagandistas de la Razón
Creadas inicialmente para
defender la Constitución civil del clero, estas conferencias populares no
tardaron en desviarse de su propósito inicial. después de haber atacado
únicamente a los refractarios, sus oradores o lectores poco a poco exten
dieron sus críticas a todos los sacerdotes sin distinción.
en un discurso sobre las
sociedades populares,222 pronun ciado en una misión patriótica, el 10 de junio
de 1792, el cola borador de la Feuille Villageoise Étiennemarie siauve, seña
laba ya que todos los sacerdotes constitucionales no eran más que, por
desgracia, ciudadanoslevita, y que había muchos de ellos que no querían ser
más que sacerdotes y despreciaban su calidad de ciudadanos.
los sacerdotes juramentados se
habían convertido en sos pechosos; era inevitable que los oradores populares,
los «pro pagadores de la razón», como siauve los califica, fantasearan con
reemplazarlos en su rol de sacerdotes cívicos y de oficia les de la moral que
la Constitución civil les había asignado. asimismo, también era inevitable que
las conferencias popu
221 Como, por ejemplo, el de Fécamp: «en Fécamp, el 4 de octubre de
1792, año primero de la república… al ciudadano roland, ministro del inte
rior. Ciudadano. el pueblo reunido ha nombrado un lector en cada una de
nuestras secciones para, según los términos de vuestra carta, propagar los sis
temas de la revolución. estos son los ciudadanos rousselet, notable para la
sección de la trinité, y le borgne, juez del tribunal de comercio para la sec
ción de saintÉtienne. os invitamos a que os pongáis en contacto directamen te
con ellos. en consejo municipal permanente». siguen las firmas de los con
cejales. archives nationales, (en adelante a. n.), Fº Ciii, seineinférieure,
15.
222 Étiennemarie siauve, Discours sur les sociétés populaires, prononcé
dans une mission patriotique, le 10 juin, l’an 4 de la liberté, lyon, imp. J.
ant. revol, 1792.
118 albert mathiez
lares se transformaran poco a
poco en ceremonias religiosas; bastaba para ello que se mezclaran con las
fiestas cívicas. esta unión, esta mezcla de fiestas cívicas y conferencias
populares constituirá, propiamente hablando, un culto revolucionario que apelaría
a los sentidos así como a la inteligencia.
iv
División entre los Jacobinos:
Pierre Manuel y Robespierre
no obstante, no todos los
Jacobinos asistieron, con la mis ma sincera alegría, al desarrollo de esta
propaganda patriótica que ocupó el final de 1791 y el comienzo del año
siguiente. los oportunistas, los prudentes y todos aquellos que conside raban
impolítica y prematura una ruptura con el clero consti tucional no tardaron en
alarmarse del progreso del partido anticlerical, cuyos jefes redoblaban su
audacia y perdían toda medida. el club parisino se encontró dividido,
atormentado, entre dos tendencias, una moderada, representada sobre todo por
robespierre y la otra, intransigente, por pierre manuel, el antiguo redactor de
la Feuille Villageoise, que había logrado recientemente un importante puesto de
procurador del muni cipio de parís.223
en el mismo momento en el que la
legislativa votaba el decreto contra los refractarios, pierre manuel pedía a
los Jacobinos que organizaran una predicación anticlerical:
para dar comienzo al imperio de
la razón, solicito que la sociedad matriz [de los Jacobinos], apoyando sus
preceptos con su ejemplo, nombre en su seno, cada tres meses, algunos
223 el 2 de diciembre de 1791, según sigismond lacroix, Actes de la
Commune de Paris pendant la Révolution, parís, l. Cerf, 18941909. pétion había
sido nombrado alcalde poco antes, el 16 de noviembre; y, finalmente, danton
había sido elegido procurador del municipio el 7 de diciembre.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 119
patriotas ilustrados que, en las
secciones, dos veces por sema na, impartan a los niños de todos los cultos,
presentados por sus padres e inscritos en el registro cívico, el catecismo de
la libertad. estos oficiales de la moral que, sin misterios ni dog mas,
probarían que las virtudes son útiles para la felicidad común, y que la primera
de todas, porque sin ella no podemos tener otra, es el amor a la patria,
adelantarán más en la rege-neración de las costumbres que los predicadores de
cuaresma que, por querer hacer santos, no hacen ni siquiera hombres.224
algunos días después, el 29 de
noviembre de 1791, palissot leía al club los pasajes más significativos de un
panfleto anti clerical, que acababa de componer.225 dirigiéndose a la legis
lativa, invitaba «a oponer a los catecismos del extravío de los sacerdotes, los
catecismos de una moral sana y depurada, a sus fiestas supersticiosas, las
fiestas cívicas…».
la iglesia romana, continuaba
diciendo, es incompatible con un estado fundado sobre la libertad y la
igualdad. sus dogmas son intolerantes e inmorales. sus sacerdotes, situa dos
fuera de la naturaleza por la obligación del celibato, deben ser vigilados, en
tanto y cuanto su potencia, al reposar sobre la confesión, es muy temible. la
legislativa debería suprimir la confesión, «esa institución monstruosa, que
hiere la moral y el pudor, y que genera los Jacques Clément y los
ravaillac…».226
palissot no pudo acabar su
lectura. el «legislador incorrup tible» le quitó la palabra:
224 Chronique de Paris del 1.11.1791, en robinet (1898: 295).
225 Charles palissot de montenoy, Questions importantes sur quelques
opinions religieuses, [parís], [impr. petit], 1791. Fechado en la última
página: parís, primero de diciembre. el panfleto fue reeditado en el año iv y
dedicado a los teofilántropos.
226 [se trata de dos regicidas de fuerte marcado religioso. el primero,
Jacques Clement (15671589), religioso dominicano que asesinó al rey enri que
iii, excomulgado por el papa. el segundo, François ravaillac (15771610) fue un
místico francés que intentó entrar en diversas órdenes religiosas. en una de
sus visiones, se le pedía que convenciera al rey enrique iv de convertir a los
hugonotes. al no responder a sus peticiones, lo asesina en 1610.]
120 albert mathiez
no debemos —exclamó robespierre
ante los aplausos de la mayoría del club— sobrepasar los límites que nos ha
prescrito la asamblea Constituyente. Creo por tanto que la sociedad no puede
acometer esta obra sin peligro. no hay que chocar de frente con los prejuicios
religiosos que el pueblo adora. es necesario que el tiempo haga madurar al
pueblo y lo haga insensible a estos prejuicios. pido que la sociedad pase al
orden del día y que se ocupe de los temas que las circunstan cias hacen más
urgentes…
en vano, pierre manuel tomó la
defensa de palissot, pidió que fuera escuchado hasta el final, porque había
llega do la hora en la que podíamos hablar de sacerdotes y reyes. la mayoría
se posicionó a favor de robespierre y pasó al orden del día, testimoniando toda
vez a palissot su reco nocimiento por las reflexiones filosóficas que había
pre sentado.227
esta última escaramuza fue
seguida de otros desencuen tros. durante todo el año de 1792, la tribuna de
los Jacobinos fue el campo de batalla de los filósofos intransigentes y los
filósofos oportunistas.
el 3 de febrero, manuel anunció
al club la muerte de Ce rutti, fundador de la Feuille Villageoise, que había
impulsado la campaña anticlerical. tras realizar un elogio al difunto, pidió
que la sociedad enviara comisarios a sus exequias, «que se harán sin lugar a
dudas en una iglesia, ya que somos tan
227 en una carta a uno de sus amigos, publicada al final de su panfleto,
palissot hacía seguir el relato de este incidente de estas amargas reflexiones:
«pues sí, los sacerdotes deben llenarles [a los Jacobinos] de agradecimientos.
nos hicieron retroceder un siglo al menos delante de ellos… ¡qué temibles se
creerán los sacerdotes cuando les enseñamos que todavía les tememos hasta el
punto de no querer ilustrar al pueblo! robesp… (sic) dice que es necesario
darles tiempo: pero eso es todo lo que quieren los sacerdotes, no piden más que
tiempo, conocen toda su importancia… el bravo manuel habló como un héroe, se
alzó con fuerza contra robesp… (sic), fue aplaudido con fuerza, también lo
había sido yo, aunque no por ello dejamos de ser sacrificados a los sacerdotes,
y es en el hogar de los Jacobinos que se ha producido este último sacrificio de
víctimas humanas…». aulard (1892b: 67).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 121
libres que la filosofía no tiene
todavía un cementerio». una vez más, manuel encontró en frente a robespierre:
«Él es de los muertos —dijo esto con desprecio— que merecen indul gencia». y,
desaprobando la campaña de descristianización, hizo volver al orden del día,
con el pretexto de que Cerutti no era jacobino.228
Robespierre y Guadet
pero en ningún momento se hizo
tan evidente este antago nismo entre los dos partidos filosóficos como en la
gran sesión del 26 de marzo de 1792.229 aquel día, robespierre dio lectura a un
proyecto de memorial dirigido a las sociedades afiliadas para estimular su
propaganda patriótica. les hablaba en diversas ocasiones de la providencia que
había protegido la revolución contra sus enemigos y que la haría triunfar toda
vía sobre los nuevos peligros que la amenazadora guerra podría hacer surgir.
«¡pero tengamos miedo de agotar la bon dad celeste, que, hasta ahora, se ha
obstinado en salvarnos a pesar de nosotros!». los anticlericales del club no
pudieron contenerse. produjeron tal tumulto que el obispo Gobel, que presidía,
se vio obligado a cubrirse para restablecer el silencio. la impresión del
memorial de robespierre, reclamado con grandes gritos, fue rechazada; después
Guadet, subiendo a la tribuna, respondió a robespierre y sentó en el banquillo
a la providencia:
a menudo he entendido en este
memorial repetir la pala bra providencia, creo incluso que se ha dicho que la
providen cia nos ha salvado a pesar de nosotros; reconozco que, no viendo
ningún sentido a esta idea, no habría creído jamás que un hombre, que ha
trabajado con tanta valentía durante tres
228 aulard (1892b: 362).
229 véase el resumen del Journal des Débats et de la correspondance de
la Société des amis de la Constitution, número del 28.03.1792, en aulard
(1892b: 451452).
122 albert mathiez
años para liberar al pueblo de la
esclavitud del despotismo, pueda cooperar en ponerla a continuación bajo la
esclavitud de la superstición.
el alboroto recomenzó, el club
parecía dividido en dos par tes con una fuerza similar. sintiendo que la
mayoría se le esca paba, robespierre eliminó en su réplica el tono desdeñoso
con el que había combatido hasta ese momento a los descris tianizadores.
Cubrió de halagos a Guadet, «legislador distin guido por sus talentos». tan
solo se esforzó por probarle que su verdadero pensamiento se había
malentendido:
no vengo a combatir los
principios comunes a Guadet y a mí. porque sostengo que todos los patriotas
tienen mis principios, y es imposible que se pueda combatir los principios
eternos que he enunciado. Cuando haya terminado mi corta respuesta, estoy seguro
de que Guadet se mostrará de la misma opinión…
y robespierre se queja de que
«aborrece tanto como cual quier otra persona a estas sectas impías que se han
expandido en el universo para favorecer la ambición, el fanatismo y todas las
pasiones cubriéndose del poder secreto del eterno, que ha creado la naturaleza
y la Humanidad…». pero, coincidiendo en principio con los anticlericales y
también tan enemigo de los sacerdotes como podría ser, robespierre explica con
un lenguaje de una bella sinceridad y gran nobleza, que no podía confundir la
causa de la divinidad con la de «aquellos imbéci les con los que el despotismo
se había armado», que él creía en la providencia, que esta creencia le era
necesaria, como le era necesaria al pueblo. Cuando hubo terminado, el tumulto
reco menzó. Gobel se esforzó en vano por dar voz a varias mocio nes.230
desistiendo de su propósito, tuvo que levantar la sesión.
230 Como bien lo ha visto Jean Jaurès, se siente en el deísmo de robes
pierre «una especie de tierno respeto por el alma del pueblo, por la humilde
consciencia del pobre». a la inversa de otros revolucionarios que «toleran
desde lo alto los prejuicios del pueblo», sus errores…, robespierre «se acomo
da a ellos y parece ponerse a su nivel…» véase Jaurès (1903: 244).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 123
v
Progreso de las ideas filosóficas
a pesar de la resistencia de los
oportunistas, el partido anticlerical ganaba terreno cada día. robespierre
conseguía todavía y no sin esfuerzo mantenerlo a raya entre los Jacobi nos,
aunque cada vez más parecía dominar una legislativa, en la que los amigos de
Guadet y de isnard, los Brisottins231 cons tituían la mayoría. el 12 de mayo
de 1792, la asamblea fue el teatro de una escena que anunciaba ya las de 1793.
el vicario de saintemargueritte, el abate aubert, uno de los primeros
filósofos que había violado el celibato, se presentó en la tribu na acompañado
de su esposa. el presidente le dio la palabra y aubert pudo vanagloriarse de
haber dado el ejemplo a seguir por los curas patriotas:
es tiempo de que los ministros
del culto romano vuelvan a su santo origen; es tiempo de que retornen a su
clase de ciudadanos; es tiempo, por último, de que reparen con el ejemplo de
las virtudes cristianas y sociales todos los escán dalos, todos los males que
el celibato de los sacerdotes ha causado…
no solamente estas declaraciones,
ultrajantes para el gran número de obispos y sacerdotes constitucionales
presentes, fueron aplaudidas con casi total unanimidad, como señalaba el
Moniteur,232 sino que además aubert fue invitado a los honores de la sesión con
su esposa y los parientes que le acompañaban.
por aquel mismo tiempo, la
Feuille Villageoise, cuya cam paña anticlerical redoblaba su violencia,
señalaba con satis facción los progresos que hacía la tolerancia. en
liancourt,
231 [nombre con el que se conoce al grupo de los Girondinos liderado por
Jacquespierre brissot.]
232 Réimpression de l’ancien…, op. cit., Tome XII, p. 369.
124 albert mathiez
el cura consentía recibir en el
cementerio católico, en tierra santa, el cuerpo de un protestante. en pignan,
cerca de montpellier, en valence (drôme), en Jaillieu cerca de bour goin
(isère), los ministros protestantes y católicos se abra zaban en la fiesta de
inauguración de un busto de mira beau.233 thévenet, cura de salagnon, cerca de
bourgoin (isère), protestaba en el periódico contra el uso de la lengua latina
en el culto, y su colega dupuis, cura de droyes, imi taba su ejemplo.234
las Révolutions de Paris
vituperaban sin descanso a la «corporación de teófagos». en su número 144,235
citaban elo giosamente, como un ejemplo a seguir, la conducta filosófica de
los habitantes de vaudreuil, cerca de epernay, que, des pués de la supresión
de su parroquia, se habían reunido y habían nombrado cura a uno de ellos, un
jornalero de nom bre pierre bonnet. en un número posterior,236 daban a un
artículo anticlerical esta conclusión: «¿por qué no decirlo? ¿no es el momento
adecuado? todo sacerdote es un tonto o un bribón, no hay punto medio». era dif
ícil declarar una guerra más implacable al clero, a todo el clero.
El Corpus Christi en París en
1792
envalentonado por la actitud de
la legislativa, las noticias venidas de los departamentos y el tono de la
prensa, pierre manuel resolvió asestar un gran golpe el día del Corpus. bajo su
requisitoria, la municipalidad parisina dio, el 1 de junio de 1792, una orden
destinada a despojar a la iglesia constitucio nal del carácter oficial del que
todavía estaba revestida.237 Hasta ese momento, las autoridades, escoltadas por
la guardia
233 artículo sobre «los progresos de la tolerancia» en Feuille
Villageoise, 3.05.1792.
234 Feuille Villageoise, n.º 36, 31.05.1792.
235 Révolutions de Paris, n.º 144, 714.04.1792.
236 Révolutions de Paris, n.º 151, 26.05.17922.06.1792.
237 véase el decreto en robinet (1898: 203 y ss.).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 125
nacional, habían figurado en la
primera fila de los cortejos religiosos, los días de grandes fiestas. en
adelante, las autori dades se abstendrían de aparecer en corporación. los
ciuda danos no serían obligados a desplegar o tapizar el exterior de sus casas,
«este gasto debe de ser puramente voluntario y no debe molestar de ninguna
manera la libertad de las opiniones religiosas». la guardia nacional no podría
ser requerida para el servicio del culto, «los ciudadanos soldados no deben
estar armados más que para la ejecución de la ley y la seguridad pública».
Finalmente, la circulación dejaría de estar prohibida al paso de las
procesiones, «la prosperidad pública y el interés individual no permiten
suspender la libertad y la actividad del comercio».
en una circular de cuarenta y
ocho secciones, manuel se encargaba de precisar el sentido y la dimensión del
decreto municipal.238 tras haber denunciado «las máximas intoleran tes y
supersticiosas de siglos de ignorancia y de tiranía»,
sin duda, —predecía— no está
lejos el tiempo en el que cada secta religiosa, encerrándose en el recinto de
su templo, no obstruirá más, en algunas épocas del año, con sus ceremonias
exteriores, la vía pública, que pertenece a todos y de la que nadie puede
disponer para su uso particular.
y manuel incluso atisbaba en la
lejanía «el aniquilamiento de todos los prejuicios bajo el yugo de los cuales
los hombres se habían encorvado durante mucho tiempo».
la iniciativa de la municipalidad
parisina no cayó en saco roto. algunos días más tarde, habiendo recibido la
invitación del clero de saintGermainl’auxerrois, la legislativa tuvo que
examinar si asistiría en corporación a la procesión del santísimo sacramento. a
propuesta de duquesnoy, había ya decidido aceptar la invitación. pero las
protestas se alzaron. pastoret retomó en la tribuna los argumentos de manuel
sobre la neutralidad del estado y, finalmente, obtuvo el infor
238 véase su circular en robinet (1898: 204205).
126 albert mathiez
me del decreto.239 se decidió
solamente que la asamblea no se reuniera en la mañana de la fiesta del Corpus
Christi para permitir a sus miembros asistir a la procesión a titulo indivi
dual. la legislativa se solidarizaba en principio con la muni cipalidad
parisina, y los periódicos brissotins no perdieron la ocasión de felicitarse
por ello.240
los propios Jacobinos parecieron
situarse del lado de pie rre manuel. ya, en la sesión del 8 de junio,
delacroix había pedido la supresión de los tratamientos eclesiásticos. «¿por
qué asalariar exclusivamente a algunos sacerdotes?». prelu diando a la propaganda
hebertista, había propuesto «enviar a los hornos nacionales monedas hechas de
unas campanas que no servían más que para alterar vuestro reposo».
destruid —continuaba— aquellos
signos de esclavitud e idolatría que no sirven más que para mantener la
ignorancia y la superstición. reemplazadlos por imágenes de rousseau, Franklin
y todos aquellos hombres antiguos y modernos que llenaron al pueblo de un noble
entusiasmo por la libertad. dejad a sus escritos inmortales el cuidado de
instruir a vues tros conciudadanos, en lugar de esta horda de gentes con pre
juicios de la que sin duda pueden prescindir…
la impresión de este discurso fue
solicitada por una parte del club y combatida por la otra. para eliminar
bruscamente toda oposición, delacroix declaraba que haría imprimir su discurso
por su cuenta.241
en la sesión del día siguiente,
otro jacobino, mathieu sus cribió el decreto de la municipalidad parisina y
exhortó a los
239 según los textos publicados por robinet (1898: 206207). —el obispo
constitucional le Coz se mostró muy apenado por la decisión de la asamblea. en
una carta particular del 6 de junio de 1792, protesta con amargura contra las
calumnias y los ultrajes de los que el catolicismo constitucional había sido
objeto por parte de «aquellos que pretendían ser sus más celosos defensores».
Claude le Coz, Correspondance de Le Coz, évêque constitutionnel
d’ille-et-Vilaine. Volume II, parís, a. picard et fils, 1900, p. 34.
240 por ejemplo, el Patriote français del 7 de junio, artículo de
Condorcet.
241 aulard (1892b: 649 y ss.).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 127
buenos ciudadanos, sobre todo, a
aquellos de las tribunas, a redoblar la actividad para asegurar su
ejecución.242 dos días después, los Jacobinos dieron una muy mala acogida a una
petición de unos «fanáticos» que acababan de protestar con tra el decreto de
manuel.
el acontecimiento mostró, no
obstante, que si bien el par tido anticlerical dominaba el ayuntamiento, a la
legislativa y a veces a los Jacobinos, no era todavía dueño de la calle, ¡ni
con mucho! las procesiones se desarrollaron con normali dad, escoltadas por un
gran número de guardias nacionales con armas, venidos a título individual. los
jueces de los tri bunales ocuparon en corporación su lugar habitual en el cor
tejo. el cura de saintséverin, en una carta insolente, advirtió a manuel que
su procesión sería escoltada por cincuenta granaderos, y le invitó a venir a
dispersarla con su fajín. muchos anticlericales, que no habían engalanado sus
edifi cios o que no quisieron descubrirse ante el paso del santísi mo
sacramento, fueron insultados y maltratados. el carnice ro cordelier243
legendre, que iba por sus asuntos en su coche a poissy, no habiendo querido
dejar sitio a la procesión de saintGermaindesprés, provocó una algarada en
la que fue derribado.
los filósofos debieron convenir
que la aniquilación de los prejuicios religiosos no estaba tan cerca como
habían espera do. la misma tarde de la fiesta, pierre manuel se lamentaba de
la insubordinación de una parte de la guardia nacional parisina ante los
Jacobinos, que lo habían nombrado su presi dente. «¡los magistrados del pueblo
—decía— han sido des preciados por obedecer a sacerdotes!».
los robespierristas no perdieron
la ocasión de extraer del acontecimiento la lección que comportaba y proclamar
bien alto que justificaba sus temores y sus consejos de prudencia.
242 según el Journal de la société. véase la nota 1 en robinet (1898:
204).
243 [nombre de los miembros del club de los Cordeliers o sociedad de los
derechos del hombre y del ciudadano, creada en parís en 1790.]
128 albert mathiez
Como si se hubiera olvidado ya de
haber aplaudido el año anterior al desafío planteado por Cloots a Fauchet,
Camille desmoulins le quitaba la razón a manuel en un artículo de la Tribuna de
los Patriotas:244
temo que el jacobino manuel haya
cometido una gran falta al promover medidas contra la procesión del Corpus.
Querido manuel, los reyes están maduros, pero el buen dios no lo está todavía.
si hubiera sido miembro del Comité muni cipal, hubiera combatido esta medida
con tanto fervor como hubiera podido hacerlo un mayordomo de una parroquia… en
el propio parís, como en los departamentos, la requisitoria del patriota manuel
tiene el gran inconveniente de levantar contra la Constitución a los sacerdotes
constitucionales que han rendido grandes servicios, que no pueden ver en seme
jante decreto sino el más siniestro presagio para su puchero, y es siempre
volcando pucheros como se operan las revolucio nes y las contrarrevoluciones.
pero el movimiento anticlerical
era ya demasiado fuerte para que estos consejos de prudencia pudieran ser
escucha dos. la lección de la fiesta del Corpus no hizo sino demos trar a
pierre manuel y a sus amigos la necesidad de redoblar las energías y su campaña
continuó más vigorosa que nunca. los periódicos brissotins combatieron al
unísono, seguidos por los periódicos cordeliers, que muy pronto serán periódi
cos hebertistas: el Patriote Française, la Chronique de Paris, al lado de las
Révolutions de Paris y del Père Duchesne. «marchad siempre, bravo manuel
—exclamaba el Père Duchesne—,245 marchad y nosotros os apoyaremos, haced
penetrar la antorcha de la razón en la caverna de los prejui cios, y ponedle
el alma del revés a todos los fanáticos…». y la Chronique de Paris proseguía:
«oh pueblo francés, ¡qué lejos estás todavía de ser libre! oh sacerdotes de
todas las
244 número 3. Citado por robinet (1898: 219220).
245 número del 9.06.1792, en robinet (1898: 219).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 129
religiones, ¿hasta cuándo
impediréis que el hombre marche libre y tranquilamente?».246
la campaña filosófica continuó
más intensa que nunca, avivada todavía más por las primeras derrotas en las
fronte ras. pierre manuel pudo continuar sin obstáculo su predica ción a los
Jacobinos. en la sesión del 29 de julio, anunciaba al club que iba a convocar a
los electores parisinos para la nomi nación de dos curas vacantes, y en esta
ocasión, recomendaba a los patriotas el voto a «los sacerdotes más dignos,
aquellos que son esposos y padres». «apartemos de nosotros —excla maba— a
aquellos sacerdotes que creen que el usufructo de las mujeres es bueno pero no
su propiedad, ya que no quieren tenerlas para hacer uso de las de los
demás…».247
se podría decir que en las
vísperas del 10 agosto, la iglesia constitucional, minada por esta propaganda
filosófica, perdía día a día su influencia sobre los patriotas. la mayoría de
los obispos y sacerdotes juramentados, indignados ante lo que calificaban de
ingratitud, estaban a punto de retirarse del combate político. desde ese
momento, se desvincularon poco a poco de la revolu ción y renunciaron a su
proyecto. algunos incluso lo único que esperaban era su reconciliación
honorable con los refractarios.248 inversamente, la pequeña minoría de los
sacerdotes filósofos, reunidos en torno a la Feuille Villageoise, rompen de una
manera cada vez más abierta con el catolicismo, se casan, se laicizan y
frecuentan tan a menudo el club como la iglesia. en el mañana, serán los
sacerdotes del nuevo culto cívico, en cuya organización los hombres políticos
trabajan ahora a la luz del día.
246 número del 10.06.1792. Carta firmada por F. J. ozanne, en robinet
(1898: 214).
247 aulard (1892c: 155).
248 Jaurès ha mostrado muy bien este estado de ánimo del clero revolu
cionario al final de la legislativa: «presienten que la lógica de la revolución
conducirá a la abolición de todo culto oficial. Comienzan a temer que la fuer
te sacudida de las antiguas costumbres en el orden de la disciplina
eclesiástica y de las ceremonias se extenderá a la propia fe, y que el pueblo,
no limitándo se más tiempo a esta combinación un poco equívoca de la
constitución civil, romperá finalmente todo vínculo religioso…». Jaurès (1903:
218).
130 albert mathiez
vi
Los proyectos de fiestas cívicas
durante la Legislativa
durante estos primeros meses de
1792, la propaganda filo sófica no había sido exclusivamente negativa, sino
que había tomado tempranamente una forma positiva.
destruir el catolicismo estaba
bien; reemplazarlo era toda vía mejor. los proyectos de culto cívico, ya
esbozados por mirabeau y talleyrand, son ahora retomados, extendidos, pro
fundizados y abiertamente redactados contra el catolicismo.
De Moÿ
en dos ocasiones diferentes,249
pierre manuel había mos trado elogiosamente a los Jacobinos el folleto que un
cura de parís publicó en los primeros días de 1792, Acuerdo de la Reli-gión y
de los Cultos en una nación libre.250 por la fuerza de su lógica así como por
la audacia de sus miras, el folleto merecía totalmente los honores que le
rendía manuel, y no es exagera do decir que dota a los filósofos de un
excelente arma contra el catolicismo y que inspirará algunas de sus creaciones
cívi coreligiosas.
de moÿ se dedicaba primero a
mostrar la necesidad de una pronta supresión de la Constitución civil del
clero, «esa man cha que mancilla la Constitución del imperio, esa monstruo
sidad en el código sublime de nuestras leyes».251 si nos atene
249 el 26 de enero y el 14 de febrero de 1792. aulard (1892b: 345 y
374).
250 la primera edición en papel de muy mala calidad publicada en la pa
rroquia de saintlaurent en 1792 fue seguida casi inmediatamente por una
segunda edición en bello papel y con caracteres muy finos. acogiendo favora
blemente una observación de Révolutions de Paris, de moÿ firma en la segun da
edición «cura de saintlaurent». los extractos que siguen han sido toma dos
del a segunda edición. Charles alexandre de moÿ, Accord de la Religion et des
Cultes chez une nation libre, parís, J.b. Garnery, 1792.
251 Ibidem, p. 7.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 131
mos a sus palabras, la
Constitución civil, obra de esa tontería «llamada Jansenismo», era capaz de
hacer tambalear la nueva institución política e incluso de aniquilarla, porque
¿dónde se detendría la guerra religiosa? el mejor, el único medio de devolver
la calma, es laicizar el estado. esta solución había sido anticipada por andré
Chénier, lemontey, ramond y muchos otros, algunos meses antes. pero el cura de
saint laurent le daba una nueva dimensión. entendía que el estado, al día
siguiente de la separación, permanecería desarmado frente a las religiones. la
laicidad, tal como la concebía, no era una laicidad muerta sino activa.
reservaba al estado un derecho de control y de censuras sobre todos los cultos,
y, por encima de las religiones particulares, elevaba la religión nacional.
la nación, decía, tiene el
derecho de proscribir de los cul tos todo aquello que sea contrario a las
buenas costumbres y las leyes. por ejemplo, deberá proscribir el celibato, que
es contrario a la naturaleza y las costumbres.252 la nación no tiene solamente
el derecho de vigilancia moral sobre los ministros del culto, sino que también
está revestida de un derecho de inspección sobre sus ritos, liturgia y misales.
¡Que no se diga que el ejercicio de este último derecho viola la libertad de
prensa! los libros religiosos no serán examina dos como libros sino como
formularios obligatorios, como reglamentos particulares que «son ley para una
parte de ciu dadanos a los que se dirigen y consecuentemente no son solo
opiniones sino también acciones».253 «además, una sola ley debe someter a
todos, la ley nacional y ninguna ley particular puede ni tiene el derecho de
sustraer a ningún ciudadano del imperio legitimo de la ley de la nación». en
consecuencia, el estado puede y debe suprimir estas excomuniones y anate mas
lanzados contra los ciudadanos que venden o compran bienes nacionales.
252 Ibidem, p. 15.
253 Ibidem, p. 16.
132 albert mathiez
a la nación también le
corresponde legítimamente el dere cho de reglamentar las manifestaciones
exteriores de cultos:
la vía pública, como la plaza, el
cruce o el camino, pertene cen al público, es decir a todos los ciudadanos por
igual y en todo momento: debe ser entonces siempre libre para todos y por
todos; pero dejará de serlo si un particular o una sociedad particular tiene el
derecho de desviar, incluso por un momen to, el tráfico para usos particulares
y que le serían propios.
dicho de otro modo, sería
permitir a los cultos particulares transformar la vía pública en un templo.254
Hasta las vestimentas de los
ministros del culto puede reglamentar la nación. «no debe haber otras
distinciones en la sociedad y entre los ciudadanos que las que la propia ley
haya introducido…». permitir a los sacerdotes llevar trajes particu lares sería
dejarles «otros tantos signos de unión contra la gran sociedad», sin contar
que, para el pueblo, «el vestido es la recomendación más imponente que se puede
suponer…»:
el pueblo confunde el hábito con
el individuo, y este hábito se convierte en un espantajo o en un ídolo, que tan
pronto reverencia como inciensa… el espíritu de san Francisco está en su sayo,
el espíritu de santo domingo está en su hábito, el espíritu de san bernardo
está en su cogulla…255
por razones análogas, el estado
reglamentará el repique de campanas:
un sonido tan ruidoso y que se
propaga a una distancia tan considerable como el de las campanas deberá estar
reser vado únicamente para los propósitos generales de policía y cuando se
trate de convocar o reunir a los ciudadanos por ciertos intereses de la cosa
común…256
254 Ibidem, p. 24. se ve que manuel, en su decreto sobre las procesiones
del Corpus, no hizo sino poner en práctica los principios de de moÿ.
255 Ibidem, p. 37. el decreto que suprimirá la vestimenta eclesiástica,
el 6 de abril, no será más que la puesta en práctica de los principios
propuestos por de moÿ.
256 Ibidem, p. 46.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 133
Finalmente, las sepulturas no
pueden escapar a la supervi sión de la nación. sin duda, cada ciudadano es
propietario de su cuerpo y puede disponer de él, elegir y designar el lugar de
su último reposo:
pero si no hemos previsto nada,
no hemos determinado nada sobre nuestro cuerpo, cuando no seamos, y si no hemos
manifestado nuestra voluntad a propósito de nuestra sepultu ra, es entonces la
propia sociedad la que debe asegurarla y ocuparse.
Habría un verdadero peligro
social a la hora de confiar a las religiones particulares el cuidado de
sepultar a sus fieles. en este caso, en efecto, «las inhumaciones serán todas
litúrgicas, en el espíritu particular de tal o cual culto y no ofrecerán, por
consecuencia, a los ojos del pueblo, nada de cívico, nada que haga referencia a
la sociedad. no podremos decir: «es un ciu dadano al que enterramos». se dirá:
«es un católico romano, es un luterano, un judío, etc.».257 si esto era así, si
hay tantas formas de inhumación como diferentes cultos en el reino, «la
sociedad dejaría de ser una; una línea absoluta de demarca ción sería trazada
desde entonces entre la sociedad de los muertos y la sociedad de los vivos… el
ciudadano, al morir, parecería aislarse y hacer un cisma con la gran
sociedad…».258 era difícil llevar más lejos esta pasión por la unidad. siguien
do esta lógica, de moÿ procedió a pedir la creación de un ser vicio público de
funerales, describiendo los símbolos natura listas que proponía para decorar
las ceremonias fúnebres. «represéntanos el sueño; morir, es dormirse por última
vez, dormirse sin esperanza de despertar, sin esperanza de volver a esa larga
víspera que se llama vida…».259
257 Ibidem, p. 62.
258 Ibidem, p. 67. el municipio de parís aplicará este programa tras el
10 de agosto.
259 Ibidem, p. 85. Fouché no hará más que realizar el deseo de de moÿ en
su famoso decreto sobre los cementerios.
134 albert mathiez
pero reunir a todos los franceses
en el mismo ceremonial fúnebre no era suficiente. Había que hacer que, desde
esta vida, se sintieran conciudadanos y hermanos, que comulga ran ciertos días
del culto común de la patria. «al igual que cada culto, la nación tiene sus
propias fiestas, es decir, sus fastos, sus acontecimientos eternamente
memorables que celebra…», y de moÿ trazaba a grandes rasgos el plan de esta
religión nacional a la que se quería subordinar el resto. según él, la religión
nacional de los franceses había nacido el día de la Federación. antes de ese
día,
el pueblo francés ya había osado
llamarse nación, pero la nación todavía no existía entonces; hasta ese momento
no había pactos de familia entre los ciudadanos, no había víncu los que les
juntaran, no había juramentos realizados con las manos entrelazadas como
símbolo de unión y de igualdad, en testimonio y garantía de una sincera y
eterna fraternidad.260
la religión nacional existe, solo
falta perfeccionarla y com pletarla. Habrá que liberarla primero de las
impurezas del res to de religiones y convertirla en completamente laica:
este altar, en cuya parte
superior se alza el sacerdote ro mano con su diácono, su subdiácono y toda esa
serie de levi tas en túnicas y albas, para misear,261 llamamos a eso altar de
la patria. ¡Qué! ¡la Francia es entonces un país de obediencia y totalmente
bajo la dependencia del pontífice romano, los cardenales y los prelados!262
entonces, ¡atrás los sacerdotes!
las ceremonias cívicas serán presididas en el futuro por el magistrado o el
viejo más venerable, por el patriarca de la ciudad, que abrirá la ceremo nia
con un cántico a la libertad recuperada. la juventud can
260 Ibidem, p. 96.
261 isnard había empleado ya este neologismo. véase más arriba nota al
pie número 204.
262 Ibidem, p. 100.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 135
tará en seguida el respeto debido
a la familia y a la ciudad. desde ese momento los oradores leerán al pueblo la
historia de los acontecimientos memorables que han fundado la libertad. así, la
nación tendrá también su culto, su bandera, ¡un pabellón bajo el cual todos los
Franceses, sin distinción de culto, vendrán a reunirse! el culto nacional, como
de moÿ lo espera, reemplazará poco a poco al resto. «los faquires y los bonzos,
esas nubes de individuos estériles e hipócritas, avaros y malhechores» desaparecerán
al fin ante la Filosof ía y la razón, y ¡la regeneración estará completada!
el impacto del libro de de moÿ
fue considerable.263 Jamás se había formulado con tal claridad y amplitud de
miras el proyecto de destruir el catolicismo, reemplazándolo. los filósofos se
apropiaron de las propuestas del cura de saint laurent e incluso de sus
argumentos y ejemplos. la legislati va no se separará hasta realizar una parte
de su programa, que debía ser aplicado completamente por la Convención y el
directorio.
los periódicos filosóficos se
dedicaron inmediatamente a dar publicidad al escrito del cura de saintlaurent.
la Feuille Villageoise incluyó largos extractos en su número del 15 de marzo de
1792. las Révolutions de Paris, después de haber feli citado al autor,
extraían esta conclusión: «solamente tres curas de este temple en cada
departamento y el voto de mirabeau no tardaría en cumplirse, la Francia sería
muy pronto descatoli-
263 tuvo inmediatamente una segunda edición. el ministro del interior
roland lo hizo distribuir parece ser en todos los departamentos, Révolutions de
Paris, n.º 135, p. 280. los católicos constitucionales intentaron refutar el
libelo y cubrir al autor de injurias. véase Lettre d’un vicaire de Paris à
Charles-Alexandre de Moÿ ou réflexions sur sa brochure intitulée: De l’Accord
de la Religion avec les cultes, parís, Crapart, s. d. (fechada en 1791 a mano
sin razón sobre el ejemplar de la biblioteca nacional); Jean duffay, Réfutation
du libelle de M. De Roÿ, curé de Saint-Laurent de Paris, parís, Chez l’auteur,
1792; Pro-fession de foi de Charles-Alexandre De Moÿ, député suppléant à,
l’Assemblée Nationale, et curé de la paroisse de Saint-Laurent à Paris, rédigée
en forme de catéchisme et suivie d’un entretien d’un Paroissien de
Saint-Laurent, avec ap-probation à l’usage de l’Église constitutionnelle de
France, parís, Crapart, 1792.
136 albert mathiez
zada. si esta buena suerte nos
llega, deberemos de agradecér selo a este diputado suplente que reconfortará
muy pronto a la asamblea nacional por la pérdida que viene de ocurrir en la
persona del difunto Cerutti».264 y el periódico de prud’homme añadía en seguida
una reflexión, de la que más que un lector apreciará su exactitud: «aquello que
no concebimos bien» es ver a de moÿ, después de la profesión de fe que viene de
publi car abiertamente y con éxito en su libro Acuerdo de la Religión y de los
Cultos, vestido con aquel ridículo traje todavía com puesto por una estola y
una casulla, cantando el oremus en el atril y verle misear todavía en el
altar…».
las ideas de de moÿ no tardaron
en ser llevadas a la tribu na de la legislativa.
El informe de un francés (de
Nantes) del 26 de abril de 1792
el 26 de abril de 1792, un
francés (de nantes), en nombre del Comité de los doce,265 dio lectura a un
importante informe sobre los medios para devolver la tranquilidad al interior
del reino.266 esbozando a su manera una historia de las religiones, denunció
los crímenes de los sacerdotes, que habían alterado la simplicidad del culto de
los primeros hombres, para esclavi zar y embrutecer al pueblo: «Hemos llegado
a un punto en el que es necesario que el estado sea aplastado por esta facción,
o que esta facción sea aplastada por el estado…». pero ¿cómo aplastar a los
refractarios? se les prohibirá primero el uso del confesionario, después se les
internará en la prefectura del de
264 en su número 135, pp. 277 y ss.
265 [Comité de información instituido por la asamblea nacional el 28 de
julio de 1789 con el objetivo de encargarse de las cuestiones de seguridad y
policía, también llamado Comité de investigaciones o Comité de los doce por el
número de miembros que lo componía. predecesor del célebre Comité de seguridad
pública durante la Convención. Comité des recherches de l’Assem-blée nationale,
1789-1791: inventaire analytique de la sous-série d xxix bis, parís, archives
nationales, 1993, p. 30].
266 el informe fue publicado en extenso en el Moniteur del 28 de abril
de 1792. Réimpression de l’ancien…, op. cit., Tome XII, pp. 229 y ss.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 137
partamento y por fin se les
deportará. solos, los sacerdotes constitucionales podrán de aquí en adelante
enseñar al pueblo en el púlpito público y en el púlpito secreto. ¿esto implica
que habrá que limitarse a hacer triunfar a estos últimos? el francés (de
nantes) no lo cree así. los sacerdotes constitucionales son a pesar de todo
sacerdotes. tendrían una gran necesidad de reformarse a sí mismos, y el francés
(de nantes) quiere esperar que «un día, liberados de sus adversarios y rodeados
de más luces y menos peligros, digan con Thomas paine: «todos los cultos que
rinden los hombres buenos, son buenos». dicho de otra manera, les ve ya
rechazar el catolicismo para adherirse a la religión natural. los aplausos
unánimes de la asamblea y de las tribunas que saludaron este deseo mostraron
que era compartido por la mayor parte de los patriotas.
pero el francés (de nantes) no
cuenta solamente con los buenos sacerdotes para traer al pueblo a la
Constitución, y propone toda una serie de diferentes remedios. Querría que una
vez por mes, la legislativa se dirigiera oficialmente a los ciudadanos una serie
de instrucciones, consejos y admonito rias. así, los legisladores se
convertirían también en «precep tores del pueblo». sus instrucciones
periódicas serían leídas con avidez en todos los municipios, en todas las
escuelas y en todos los clubs. estas servirían de punto de encuentro para la
divergencia de opiniones y de antídoto para las producciones del espíritu de
partido. al mismo tiempo, se obligaría a las municipalidades «a reunir a sus
conciudadanos todos los domingos en la casa común, para leerles las leyes
decretadas durante la semana y darles instrucciones relativas a la situa ción
de los asuntos en general y a sus posiciones en particu lar». ¿no era esto
trazar con seis años de anterioridad el pro grama de reuniones decadarias del
directorio?
el informe del francés (de
nantes) fue acogido con una «unánime aclamación» y la asamblea ordenó enviarlo
a los 83 departamentos.267
267 Ibidem, p. 225.
138 albert mathiez
Nuevo debate sobre los
refractarios
el 15 de mayo, se abrió la
discusión sobre el proyecto de decreto que había presentado en nombre del
Comité de los doce. isnard deploró, una vez más, el error de la Constitución
civil del clero, denunció las intrigas y traiciones de la Corte y concluyó, como
el anterior, pidiendo la deportación de los refractarios. al día siguiente,
lecointepuyraveau y vergniaud acababan de concluir en el mismo sentido, cuando
el cura de saintlaurent, y de moÿ, subió a su vez a la tribuna.268 mien tras
que los anteriores oradores habían lamentado superficial mente el error de la
Constitución civil, de moÿ la colocó en el centro de su discurso. Con una gran
convicción mostró que la Constitución civil estaba en contradicción formal con
la declaración de derechos, porque creaba en Francia un cle ro privilegiado:
en otro tiempo —exclamaba— se
perseguía como heréti co, o al menos como cismático, a quienquiera que
rechazara estar en contacto con el clero romano, hoy aquel que rechace
reconocer al sacerdote constitucional es sospechoso, califica do de incívico o
aristócrata. os pido, señores, que si tenéis en el seno de un imperio una
sociedad religiosa que, como tal, mirara al gran lama como su legítimo y único
soberano ¿la nación se encargaría, se divertiría en nombrar a sus minis tros?
¿dividiríais expresamente para ellos la Francia como un tablero?269
y de moÿ concluyó pidiendo la
abrogación pura y simple de la Constitución civil, y proponiendo para
reemplazarla una ley sobre la policía de cultos, que daría a los ciudadanos la
libertad de elegir sus sacerdotes. interrumpido por los obis
268 acababa de ocupar el escaño reemplazando a Gouvion, el 17 de abril
de 1792.
269 Charlesalexandre de moÿ, Discours et projet de décret concernant
les ministres des cultes, parís, impr. nationale, 1792. el resumen del Moniteur
no difiere del texto oficial más que por variantes poco importantes.
Réimpression de l’ancien…, op. cit., Tome XII, p. 407.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 139
pos constitucionales,270 de moÿ
fue aplaudido por la gran mayoría de la asamblea que ordenó la impresión de su
dis curso. ramond propuso que se acordara prioridad a su pro yecto de
decreto, pero en ese momento se produjo uno de esos bruscos virajes que se
daban con frecuencia en la asam blea. un diputado, cuyo nombre no conocemos,
llamó la atención a sus colegas sobre los peligros de la moción que iban a
votar:
se busca insinuar al pueblo que
está en el ánimo de la asamblea Constituyente abolir la religión y que después
de haber paralizado al antiguo clero, nos proponemos abolir el resto.
alejémonos de todas las medidas que tiendan a acredi tar esta opinión; porque
podríamos tener una guerra civil al mismo tiempo que una guerra extranjera.271
Como en el mes de noviembre del
año anterior, la asam blea reculó, asustada ante la posibilidad de que el
pueblo pudiera creer que quería abolir la religión, y se resignó a mantener la
Constitución civil. a propuesta de delacroix, la moción de de moÿ fue
desestimada por lo dicho ante riormente.
el debate se reabrió el 24 de
mayo;272 el sacerdote constitu cional ichon presentó la defensa de su iglesia
y mostró que la separación reclamada por ramond y de moÿ no beneficiaría más
que a los refractarios, es decir, a los enemigos de la revo lución. becquet le
opuso la tesis de la separación. para legiti mar las medidas de excepción
contra los refractarios, lari vière invocó la autoridad de rousseau e hizo
lectura de su capítulo sobre la religión civil. ramond replicó que el Contrat
social no «se entiende como todos los libros», y se alzó con fuerza contra la
deportación de los sacerdotes por autoridad
270 le Coz le interrumpió en estos términos: «es imposible que la asam
blea entienda a sangre fría estos principios. el que opina habla contra la
Cons titución».
271 Réimpression de l’ancien…, op. cit., Tome XII, p. 408.
272 para el resumen sigo al Moniteur.
140 albert mathiez
administrativa. «es este el
argumento que usaba luis Xiv contra los Jansenistas». Guadet denunció los
«sofismas» de ramond, demostró «la insurrección general de los refracta rios»
y habló de la «voz del pueblo». ramond quiso respon der, pero la mayoría había
tomado una decisión, la discusión fue cerrada y se votó la deportación de los
sacerdotes refrac tarios.273
una vez más la Constitución civil
del clero, condenada en principio por la mayoría de los diputados, había sido
mante nida tan solo por consideraciones políticas. pero, cada día, la
distancia entre los filósofos y el clero constitucional se hacía mayor porque
cada día se hacía más evidente la impotencia de este clero a la hora de
defender la revolución.
El Comité de Instrucción Pública
y de Propaganda Cívica. Condorcet
el Comité de instrucción pública
de la asamblea había recibido la misión de retomar la obra en la que el clero
consti tucional había fracasado y reorganizar al mismo tiempo que la educación
de los niños, la instrucción cívica del pueblo. en el mismo momento en el que
iba a abrirse el debate sobre los sacerdotes, los días 20 y 21 de abril de
1792, Condorcet leyó en nombre de este Comité su célebre informe sobre «la
orga nización general de la instrucción pública».274 se había guar dado bien
de no olvidar que las fiestas nacionales eran una rama de la educación del
pueblo:
273 el rey vetó este decreto, como aquel de noviembre. —los partidarios
de la separación continuaron su propaganda por la prensa y por los pan fletos.
las Révolutions de Paris analizaron elogiosamente la «sabia moción del cura
moÿ» (n.º 149, 1219.07.1792)— un tal philippe raynal, de tou louse, retomó su
argumento en un folleto titulado Opinions d’un citoyen français sur la liberté
religieuse et sur les moyens de l’affermir sans danger, adressée à l’Assemblée
national, [s. .l.], [s. n.], [ca. 1791]. estas mismas ideas se desarrollan en
La Religion du souverain, parís, [s. n.], 1792, que barbier atribuye a de moÿ.
274 Guillaume (1889: 188 y ss.).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 141
las fiestas nacionales, al
recordar a los habitantes de los campos y a los ciudadanos de las villas, las
épocas gloriosas de la libertad, y al consagrar la memoria de los hombres cuyas
virtudes han honrado su residencia, celebrando las acciones de abnegación o de
valentía de las que ha sido tea tro, les enseñarán a amar los deberes por los
que les habrán conocido.275
más aún que sobre las fiestas
cívicas, Condorcet contaba con las conferencias populares para desengañar a los
ciuda danos y enseñarles las virtudes patrióticas. pero mientras lanthenas se
dirigía para organizar estas conferencias a las sociedades populares y el
francés (de nantes) a los munici pios, Condorcet reclamaba al mismo servicio
de maestros. su proyecto de decreto contenía un artículo así concebido:
todos los domingos, el maestro
impartirá la instrucción pública, a la que los ciudadanos de toda edad y, sobre
todo, los jóvenes que no hayan prestado todavía juramento cívico serán
invitados a asistir.
estas instrucciones tendrán por
objeto:
1.º recordar los conocimientos
adquiridos en las escuelas;
275 Guillaume (1889: 192). —el Comité de instrucción pública decidió el
mismo día, 21 de abril, someter a la legislativa un proyecto de decreto relati
vo a las fiestas nacionales, Guillaume (1889: 250). —durante su reorganiza
ción, el 11 de mayo de 1792, una de las secciones del Comité debía ocuparse
especialmente de las fiestas nacionales, véase la nota 3 en Guillaume (1889:
291). —al día siguiente, el 12 de mayo, el informador del Comité, Quatremè re,
al someter a la legislativa un proyecto de ley sobre la fiesta de simoneau,
añadía: «encargado por vosotros de presentaros un código de instrucción
universal, el Comité de instrucción pública no ha olvidado que las ceremonias
cívicas son la lección de todos los hombres y de todas las edades; que las
fies tas periódicas, instituidas en todo el imperio tiene épocas consagradas
por los grandes acontecimientos, son los más poderosos instrumentos que podemos
emplear en el alma para llevar el amor y la imitación de todo lo que es bello.
sabe que estos periodos solemnes deben convertirse con el tiempo en el más
fuerte apoyo de la Constitución, que es sobre todo en la moral de esta Consti
tución de donde deben extraerse los elementos de estas nobles instituciones.
por ello, os propondrá fiestas en honor de la libertad y otras en honor de la
ley, verdadera divinidad del hombre libre…». Guillaume (1889: 284).
142 albert mathiez
2.º desarrollar los principios de
la moral y del derecho natural;
3.º enseñar la Constitución y las
leyes cuyo conocimiento es necesario a todos los ciudadanos, y en particular
aquellas que son útiles a los jurados, jueces de paz, oficiales municipa les,
para anunciar y explicar las leyes nuevas que les importa conocer.276
Cuando reimprima su informe en
1793, Condorcet dará a su pensamiento una forma más precisa. entonces escribirá
que las conferencias semanales, hechas por los maestros, deberán tener sobre
todo la utilidad de preservar al pueblo «de los hechiceros y cuentistas de
milagros»:
incluso querría que los maestros
hiciesen de vez en cuan do algunos [milagros] en las lecciones semanales y
públicas: un pato de cristal que viene a buscar un trozo de pan en un cuchillo,
la respuesta a una cuestión que hacemos buscar en un libro todo en blanco, el
fuego que sube hasta la punta de una pica, la hoguera que se enciende mojando a
la víctima, la sangre que se licua, los milagros de elías o san Javier y miles
de otros ejemplos de esta especie que no serían ni costosos ni difíciles de
repetir. este es uno de los medios más simples y eficaces para erradicar la
superstición.277
así, la propaganda cívica por las
conferencias populares no tardaría en convertirse en un arma en manos de los
descris tianizadores.
Proyectos de fiestas cívicas
provenientes de simples particulares
la legislativa se disolvió antes
que su Comité de instruc ción pública le hubiera presentado el proyecto de
decreto
276 art. vii del título ii. Guillaume (1889: 228).
277 Guillaume (1889: 194). ya, en su proyecto de 1792, Condorcet había
eliminado absolutamente de la escuela la enseñanza religiosa.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 143
para organizar las fiestas
nacionales. pero se iba abriendo camino la idea de que la patria debía tener
sus solemnidades particulares, distintas de las de la religión, y que estas
solem nidades constituirían una escuela de civismo y fraternidad.
desde abril de 1792, simples
ciudadanos dirigieron a la asamblea proyectos de fiestas patrióticas, como el
de duport roux, ciudadano activo de romans, que escribía esto al presi dente
de la legislativa, el 27 de abril de 1792:
la tolerancia religiosa, cuya
razón hace precepto, es uno de los artículos de la carta constitucional.
el luterano y el Calvinista no
pueden ser obligados a abandonar sus templos, ni el Judío a salir de su
sinagoga para abjurar e ir a la iglesia.
¿el inconformista no mezclará su
alegría con la del confor mista, porque sus opiniones religiosas tienen alguna
diferencia? la asamblea nacional parece que tiene que ocuparse de un modo de
celebración y de acción de gracias que pueda ser común a todos los ciudadanos,
que no deje percibir la diversi dad de creencias o la uniformidad exclusiva de
un culto que, respetando la libertad de conciencia, excite al patriotismo a
alcanzar su pleno desarrollo.
He aquí lo que vino a someter a
la asamblea legislativa un ciudadano que ama verdaderamente a su patria y que,
temien do todo aquello que puede dividir los espíritus, desea con pasión
aquello que tiende a unir sus sentimientos.
los directorios de los distritos
indicarán en cada fiesta nacional un lugar de reunión en cada cantón.
las municipalidades acudirían con
su fajín, en medio de sus respectivas guardias nacionales armadas.
un fuego de gavillas que habría
sido preparado previamen te, sería encendido por los alcaldes y por los
oficiales munici pales de cada municipio.
esta ceremonia sería precedida de
esta invocación que el alcalde decano, que no fuera ministro de ningún culto,
dirigi ría al ser supremo.
«padre Común de los hombres, que
les has creado herma nos, recibe el homenaje de vuestros hijos, e infúndeles
espíri tu de verdad, justicia y paz».
144 albert mathiez
mientras arda el fuego, los
ciudadanos formados en coros, acompañados de instrumentos de música, cantarán
los dieci siete artículos de la declaración de derechos…278
por el mismo tiempo, el «señor
poyet, arquitecto de la ciu dad de parís», en un Proyecto de circo nacional y
de fiestas anuales,279 pedía a su vez la institución de las fiestas cívicas
como salvaguardia del nuevo régimen:
es necesario que el imperio de
las costumbres se una al de las leyes, es necesario que el hombre aprenda a
amar tanto como a conocer las bondades de una buena legislación; es necesario
que la opinión pública se forme y determine con tanta rapidez como energía el
sentimiento del bien común y el amor general a la prosperidad pública. si
nuestras costumbres siguen siendo las mismas, si el pueblo no se instruye,
habre mos levantado un edificio sobre la arena imponente pero poco sólido…
nada tiende mejor a este objetivo que la institu ción de fiestas públicas. en
el seno de las grandes reuniones que producen, los ciudadanos se unen, se
juzgan, se conocen, una bondad común les anima, la imaginación se exalta, el
valor se levanta, el alma se abre al amor de la cosa pública y al de sus
semejantes…
un cura filósofo, que terminará
en la teofilantropía, Char les Chaisneau, cura de plombières, cerca de dijon,
proponía para crear buenos ciudadanos, héroes, organizar todo un sis tema
graduado de recompensas nacionales, que les serán con cedidas en ceremonias
solemnes.280 en el panteón soñado, dispone un díptico nacional, catálogo
razonado de los gran des hombres que Francia ha producido desde el comienzo de
la monarquía y durante la revolución. Cerca del díptico,
278 a. n., F 17 1065.
279 Projet de cirque national et de fêtes annuelles proposé par le sieur
Poyet, architecte de la ville de Paris, parís, impr. de migneret, 1792.
280 Charles Chaisneau, Le Panthéon français, ou discours sur les
honneurs publics décernés par la Nation à la mémoire des grands hommes, dijon,
impr. de p. Causse, 1792.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 145
sobre el altar de la patria, se
eleva «una estatua que pisotea bajo sus pies el monstruo del fanatismo y de la
superstición. en una mano sostiene unas cadenas rotas y en la otra distri buye
coronas cívicas…».
Chaisneau, poyet y duportroux no
fueron ciertamente los únicos que pidieron la definitiva organización de este
cul to cívico cuyos elementos ya existían en el estado espontáneo. su ejemplo
nos muestra la profundidad con la que habían penetrado ciertas concepciones en
los hombres políticos. es de prever que si estos dudan si llegar hasta el
final, si levantar una religión revolucionaria contra el catolicismo, el pueblo
patriota se las arreglará sin ellos y a pesar de todo irá hasta el final.
Proyecto de Gohier sobre el
estado civil
pero en el momento en el que nos
encontramos, los legisla dores no habían aprendido todavía a desconfiar de la
opinión pública. más bien la anteceden y le sirven de guía. el 19 de junio de
1792, durante la discusión sobre la laicización de las actas del estado civil,
el diputado Gohier, en un discurso muy estudiado, propuso rodear con un
ceremonial cívico la cons tatación de los bautismos, matrimonios y
fallecimientos. si su proyecto de decreto hubiera sido adoptado y puesto en
prác tica, la religión revolucionaria habría sido provista de un culto oficial
desde 1792.
al altar de la antigua religión,
Gohier opone el altar de la nueva religión, el altar de la patria, que cada
municipio estaría obligado a construir siguiendo un modelo uniforme. delante
del altar de la patria, sobre el que se leerá la declaración de derechos, el
ciudadano «será transportado a cada época inte resante de su vida». allí será
llevado cuando nazca, cuando reciba las armas a los 18 años, cuando se haga
inscribir en la lista de los ciudadanos a los 21 años, cuando se case, y final
mente, su cadáver será allí conducido por un funeral cívico. en resumen, la
patria tendrá sus sacramentos como la reli gión. todo recordará al ciudadano
«que nace por su patria,
146 albert mathiez
que debe vivir y morir por ella».
la patria, como antaño la religión, tomará al hombre por entero y moldeará su
cuerpo y alma:
el espectáculo de un niño
—explica Gohier— interesa al alma menos sensible, aquel que ofrece la unión de
dos espo sos que se juran mutuamente amor y fidelidad no produce menor
interés, y el más bárbaro se enternecerá a la vista del propio enemigo que muere.
la ceremonia lúgubre de un con voy, recordando al hombre su fin último, le
asocia, por así decirlo, al duelo de la familia del fallecido. ennoblezcamos
todas las sensaciones que el corazón experimenta en diversos momentos.
Grabémoslas, si se me permite expresarlo así, con una tinta cívica.
aprovechemos el instante en el que el alma se agita, para penetrarla de
virtudes que deben agrandarla, que deben elevarla por encima de ella misma.281
Gohier no se limitaba a realizar
una panorámica general, sino que esbozaba para cada uno de los actos
principales de la vida del ciudadano todo un ceremonial cívico calcado al cere
monial católico.
para los nacimientos, los
«magistrados del pueblo», hacien do la función del sacerdote, inscribirán al
niño en el registro del estado civil comprometiéndose solemnemente, en nom bre
de la patria, a liberarlo de la servidumbre y de la ignoran cia procurándole
una instrucción digna de un hombre libre. a su vez, el padre del niño, o su
padrino, se comprometería, en nombre del nuevo ciudadano, a ser fiel a la
nación, sumiso a la ley y respetuoso con las autoridades constituidas. la cere
monia se terminaría con el grito de «¡vivir libres o morir!».
a los 18 años, el joven sería
armado guardia nacional y lo haría como una primera comunión cívica. todos los
años, en la fecha memorable del 14 de julio, los veteranos conducirían al altar
de la patria a los jóvenes ciudadanos que tengan la
281 discurso de Gohier, según el Moniteur. ver Réimpression de
l’an-cien…, op. cit., Tome XII, p. 708.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 147
edad requerida. allí, los
magistrados les recordarían que las fuerzas armadas han sido establecidas
solamente para ayudar a la ley y que «solo reciben armas para defenderla», etc.
a sus exhortaciones patrióticas, añadirían sus consejos morales. la misma ceremonia
sería renovada a los 21 años, en el momen to de la inscripción cívica. todos
los asistentes repetirían el juramento de vivir libres o morir.
para los matrimonios, la
publicación de las amonestacio nes se haría delante del altar de la patria.
ante el mismo altar, los esposos serían unidos por los magistrados. anunciarían
ellos mismos, «que los más dulces sentimientos de la natura leza no les hacen
olvidar que antes de ser el uno para el otro, pertenecen a la patria» y
sellarían su «compromiso matrimo nial» con el grito de vivir libres o morir.
Finalmente, la patria concedería
a los muertos los honores fúnebres. todo ciudadano, tras su muerte, sería
presentado ante el altar. el cortejo sería digno de un hombre libre. los
discursos reconstruirían la vida del difunto y recordarían aquellos títulos que
hubieran merecido reconocimiento público.
la legislativa escuchó sin
rechistar el proyecto de Gohier, lo acogió con «numerosos aplausos» y ordenó su
impresión. ocho días más tarde, el 26 de junio de 1792, adoptaba el artículo en
lo esencial y decretaba que «en todos los munici pios del imperio, sería
levantado un altar de la patria, sobre el que sería grabada la declaración de
derechos, con la inscrip ción: el ciudadano nace, vive y muere por la Patria».
por el mismo decreto, el Comité de instrucción pública se hacía cargo de los
otros artículos del proyecto y de los medios de ejecución.
El decreto del 20 de septiembre
de 1792
el Comité de instrucción pública
no dio ninguna continui dad a la moción que le fue remitida, pero, en su
última sesión, la legislativa promulgó la laicización de las actas del estado
civil al mismo tiempo que instituía el divorcio. estos dos
148 albert mathiez
grandes decretos, que se
complementaban, asestaron el golpe más notable al clero constitucional. la
separación de la iglesia y del estado, tan a menudo aplazada por razones de
oportuni dad, se realizaba a pesar de esto con todo detalle y el abismo entre
la patria y la religión se hacía cada vez más profundo. despojar a los
sacerdotes de las actas del estado civil, como señala acertadamente Jaurès, era
una de las medidas más
profundamente revolucionarias que hayan sido decretadas. alcanzaba en lo más
profundo de la vida social. Cambiaba, si se puede decir, la base misma de la
vida. y ¡qué potente símbolo de esta gran renovación civil el del traslado en
masa de todos los registros quitados a la igle sia y llevados a la casa
consistorial, en esta clausura general de los antiguos registros y apertura de
los nuevos registros donde las nuevas generaciones serían como liberadas de
todo contacto con el sacerdote!282
vii
El 10 de agosto y la
descristianización
desde el 10 de agosto, el
movimiento anticlerical había tomado una fuerza y amplitud crecientes.
a. el municipio
el municipio revolucionario
comenzaba oblicuamente la obra descristianizadora y la asamblea le seguía.
al día siguiente del motín, «en
las quejas realizadas por numerosos ciudadanos ante las exacciones ejercidas
por el clero constitucional»,283 se decretaba la supresión de los
282 Jaurès (1903: 227).
283 no conozco el decreto más que por Jaurès (1903: 4). no he podido
localizar el texto oficial.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 149
derechos que se exigen por la
administración de sacramen tos. por la misma orden se instituía la igualdad en
los funera les y se suprimían los mayordomos de las parroquias y sus bancos,
etc. esto no era más que el preludio. una de las con sideraciones del decreto
abría el camino a la intención oculta de los descristianizadores: «Considerando
que en un país libre, toda idea de superstición y de fanatismo debe ser des
truida y reemplazada por los sentimientos de una sana filoso fía y de una pura
moral…». el 17 de agosto por un nuevo decreto, el municipio requisaba el bronce
de las iglesias «para la defensa de la patria»:
todos los simulacros
estrafalarios que no existan más que por los engaños de los sacerdotes y la
ingenuidad del pueblo…, todos los crucifijos, atriles, ángeles, diablos,
serafines o que rubines de bronce serán empleados para hacer cañones. las
rejas de las iglesias servirán para hacer picas.284
el 30 de septiembre, la sección
de mirabeau cambiaba los nombres de las calles que recordaran a la aristocracia
o el fanatismo. la calle artois se convertía en calle Cerutti; la calle de
provenza, calle Franklin; la calle de taitbout, calle brutus; la calle
Chantereine, calle de la libertad; la calle saintGeor ges, calle Guillermo
tell; la calle saintlazare, calle de los belgas; la calle de los mártires,
calle regulus, etc.285
b. la legislativa
la asamblea no se quedó atrás.
Con menos violencia en la forma, cumplía en el fondo la misma tarea.
el 19 de julio de 1792, había
despojado a los obispos cons titucionales de sus palacios episcopales
poniéndolos a la venta en beneficio de la nación.286
284 Jaurès (1903: 15).
285 véase el decreto en las Révolutions de Paris, 1017.11.1792.
286 decreto del 19 al 25 de julio de 1792.
150 albert mathiez
el 14 de agosto, a propuesta de
delacroix y de Thuriot, se encargaba al municipio de parís convertir en cañones
el bron ce de los templos y de los monumentos nacionales. el mismo día revocó
el edicto de luis Xiii para la procesión del 15 de agosto. aquel mismo día,
escuchó a uno de sus miembros, lejosne, denunciar con vehemencia los obstáculos
presenta dos por algunos obispos al matrimonio de los sacerdotes.287
el 18 de agosto suprimió las
últimas congregaciones que todavía existían y renovó la prohibición del traje
eclesiástico ya decretada el 6 de abril.288
el 28 de agosto, admitía a
tribuna a una delegación de Jaco binos, que venía para ofrecer a la patria una
estatua de san roque en plata, y escuchó del orador de esta delegación este
discurso hebertista:
las diversas cofradías formaban
los eslabones de esta cadena sacerdotal por la que el pueblo era esclavo;
nosotros las hemos quebrado y nos hemos asociados a la gran cofra día de los
hombres libres. nosotros hemos invocado nuestro san roque contra la peste
política, que tantos estragos ha causado en Francia. no nos ha satisfecho.
Hemos pensado que su silencio se debía a su forma. os lo traemos para que sea
convertido en dinero metálico. sin duda, contribuirá con esta nueva forma, a
destruir la raza pestilente de nuestros enemigos.289
287 «denuncio un panfleto titulado: Instruction pastorale sur la
continen-ce des ministres de la religion, de Gratien, obispo del departamento
del seine inférieure. Ha conseguido ya fanatizar a un gran número de
ciudadanos sobre todo a los habitantes del campo. un cura de este departamento
estuvo a punto de ser víctima del furor de sus parroquianos, porque había sido
suficiente mente virtuoso como para tomar a una mujer. pido que el ministro
deJusticia ordene a los tribunales perseguir al obispo del departamento del
seineinfé rieure. además, pido que todos los ministros que publiquen escritos
contra rios a los derechos del Hombre o a las leyes sean privados de su
tratamiento». la asamblea remitió las proposiciones de lejosne al Comité de
legislación. Réimpression de l’ancien…, op. cit., Tome XIII, p. 420.
288 decreto del 18 de agosto de 1792, título i, art. 9.
289 según el Journal des Débats et décrets, citado por sciout (1881:
223).
los orígenes de los cultos
revolucionarios 151
Finalmente, el 7 de septiembre la
legislativa convertía en decreto la orden del municipio de parís y prohibía a
los ecle siásticos asalariados por el estado recibir renta alguna deriva da
de la administración de los sacramentos.290
al mismo tiempo, el ministro del
interior, roland, organi zaba un despacho de la opinión pública para difundir
por toda Francia la buena nueva filosófica, y la asamblea ponía a su
disposición cien mil libras para esta propaganda.291 en toda Francia, conforme
a las instrucciones del ministro, los muni cipios patriotas y los clubs
redoblaban su ardor a la hora de catequizar al pueblo.292
La situación al final de la
Legislativa
en pocas palabras, cuando la
legislativa se separa, la rup tura definitiva entre la iglesia y el estado
parecía cada día más inminente. pero también parecía que esta ruptura no sería
solamente negativa. al separarse de la religión, el estado revolucionario
pretendía mantener el carácter religioso y cada día se esforzaba más por
derivar hacia el nuevo orden social la fe que antaño iba a la antigua. después
de varennes, la reli gión de la patria se había especialmente fortificado y
precisa do. en los proyectos de propaganda, instrucción o fiestas
290 decreto del 714 de septiembre de 1792
291 decreto del 18 de agosto de 1792. la montaña acusaría más tarde a
roland de subvencionar con ese dinero a los publicistas girondinos. el 12 de
diciembre de 1792, ante los Jacobinos, Châles denunciará el despacho de for
mación de la opinión pública, creado para captar la opinión. basire se indignó
ante semejante institución que «era contraria a la libertad de credo, porque
formar tal secretaría con el dinero de los ciudadanos, era forzar a los
ciudada nos a pagar obras que no aprobaban». aulard (1892c).
292 el 16 de septiembre de 1792, los miembros del municipio de neuf
châtel (seineinférieure) escribían a roland, que, la jornada del 10, habiendo
causado una terrible agitación en los ánimos, habían decidido hacer todos los
días, a las siete de la tarde, instrucciones al pueblo en la iglesia del
Hospital de santo tomás para ilustrar sobre sus deberes y para tranquilizar
sobre todas las mentiras de las que se sirven para equivocarlos y suscitarles
temores». a. n., F1c iii, seineinférieure, 13.
152 albert mathiez
públicas de lanthenas, de moÿ,
Condorcet, el Francés (de nantes) o Gohier, había realmente esbozado un
proyecto de organismo cívico religioso destinado a defender y hacer amar la
nueva institución política. este organismo estaba por todos lados en proceso de
formación. el clero constitucional, batido en brecha, desanimado y disminuido,
se retiraba de la revolución; los oradores de los clubs, «los propagadores de
la razón» tomaban el lugar que este abandonaba, y sus fiestas cívicas, sus
conferencias populares y sus misiones patrióticas se convertían en asambleas
religiosas en las que la muche dumbre venía a comulgar en la patria.
el propio robespierre, que se
había resistido tanto a la corriente filosófica, también parecía en ese momento
querer realizar su contribución al culto patriótico. el 14 de agosto de 1792, a
la cabeza de una delegación de la sección de la pla za vendôme, llegó para
pedir a la legislativa la erección de una pirámide a los muertos del 10 de
agosto: «apresuraos —exclamó— a honrar las virtudes que necesitamos
inmorta-lizando a los mártires de la Libertad. no son solamente hono res, es
una apoteosis lo que les debemos…».293
las exequias por los muertos del
10 de agosto, que fueron celebradas el 26 del mismo mes en el jardín de las
tullerías, atrajeron a una inmensa multitud.294
el 4 de noviembre, la sección del
teatro francés todavía celebraba en el local de los Cordeliers una «ceremonia
repu blicana en memoria de los bravos ciudadanos, de los genera les
marselleses y de los federados de los departamentos muer tos gloriosamente en
la jornada memorable del 10 de agosto de 1792».295 momoro presidía; anaxagoras
Chaumet (sic),
293 Réimpression de l’ancien…, op. cit., Tome XIII, p. 424.
294 véase la indicación de toda una serie de documentos relativos a esta
ceremonia en tourneux (1890: 286).
295 pierreGaspard Chaumette, Section du Théâtre-Française, dite de
Marseille. Cérémonie républicaine, en mémoire des braves citoyens, des
géné-reux marseillais et des fédérés des départements, morts glorieusement à la
journée mémorable du 10 août 1792, parís, impr. de C. J. Gelé, s. f.
los orígenes de los cultos
revolucionarios 153
que pronunció el elogio fúnebre,
lo terminó con una invo cación final a la naturaleza de inspiración
completamente panteísta:
Han entrado en el seno maternal
de la tierra, aquellos cuyas tumbas hoy coronamos. ¡oh naturaleza! ¡no puedo
desarrollar aquí el inmenso volumen de tus sublimes miste rios!… ¡oh
naturaleza! ¡oh madre! recibe en este momento el tributo de los homenajes que
te debo… ¡tierra libre! ¡tierra natal! prepara tus más dulces olores,
recalienta en tu seno el germen de las nuevas flores, para que con el retorno
de los céfiros, podamos cubrir con ellas la tumba de nuestros her manos; pero,
a la espera de esta feliz época, amigos, forme mos coros; es con cantos de
alegría que se celebra la memoria de los defensores de la patria…
al leer semejantes fragmentos,
percibimos que los tiempos del culto a la razón están cerca.
y, sin embargo, trascurrirá
todavía un año antes que el culto revolucionario se precipite hacia su gran
día, y, con Chaumette y Fouché y los representantes en misión, se esfuer ce en
abolir el catolicismo. es el hecho de que los revoluciona rios, unidos en
principio en la necesidad de instituir alrededor de la patria un organismo
encaminado a que sea amada, no estén totalmente convencidos de la necesidad de
sustituir completamente la religión antigua con este culto cívico, lo que
desaparecerá completamente. los oportunistas y los hombres de estado, con
robespierre, danton y desmoulins, por temor a las conmociones populares se
opusieron tanto como pudieron a la descristianización violenta y cuidaron al
clero constitucional retrasando su definitiva caída. no será hasta después del
31 de mayo, cuando encuentren la mano de los sacerdotes constitucionales en el
levantamiento girondino, que la montaña dejará de dudar.
entonces, como ha señalado
correctamente aulard,
la experiencia ha probado que la
república «de la monta ña» no podía contar ya con la iglesia constitucional,
cuyos
154 albert mathiez
ministros habían tomado partido
mayoritariamente por los Girondinos, por los federalistas. todo el clero
constitucional parece hostil a la política unitaria de la montaña; todo el
clero constitucional se convirtió, a ojos de los sans -culottes, en ene migo,
y decididamente, el pueblo encontró que ese clero no valía más que el otro, y
que los juramentados girondinizados eran tan peligrosos para la patria como los
refractarios cóm plices de los reyes y de los emigrados. ayer, se oponían los
buenos sacerdotes a los malos, hoy vemos que ya no hay sacerdote bueno. la
religión católica está desacreditada en el espíritu de los militantes
patriotas. si el culto es un obstáculo en la defensa nacional, ¡pues bien!,
¡abolamos el culto!296
296 aulard (1901: 468469).
ConClusión
me será quizás permitido extraer
de este estudio, por muy incompleto que sea, algunas conclusiones.
1.º los cultos revolucionarios no
fueron construcciones artificiales, recursos efímeros que no tomaban en serio
aque llos mismos que los imaginaban. en realidad, fueron la expre sión
sensible de una religión verdadera, tomada de la filosofía del siglo xviii y
que eclosionó espontáneamente en los pri meros años de la revolución.
2.º la nueva religión, tras haber
primero crecido confusa mente, comenzó a tomar consciencia de ella misma y a
sepa rarse de la antigua después del fracaso de la Constitución civil del
clero. este fracaso de la Constitución civil dio a los revolu cionarios la
idea de romper con el catolicismo reemplazándo lo y sustituyéndolo por un
culto cívico cuyos elementos exis tían dispersos. Hay que buscar el origen del
culto a la razón en los proyectos de fiestas cívicas y de propaganda patriótica
tan numerosos desde la legislativa.
3.º la idea de la separación de
la iglesia y del estado es una idea corriente en los medios patrióticos desde
1791, pero no es una idea verdaderamente laica. Con contadas excepciones, los
revolucionarios seguían siendo hombres del antiguo régi men, apasionados de la
unidad por encima de todo. la con cepción de un estado neutro, indiferente a
las religiones, les era extraña. el estado ideal que imaginan siguiendo a rous
seau es el estado antiguo, soberano en todos los sentidos de la palabra,
guardián de la virtud e instrumento de felicidad. para el estado nuevo que
instituían, exigen el mismo respeto, la misma veneración que rodeaba al
antiguo, y transfieren el catolicismo a sus cultos cívicos.
BiBliografía
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nationale, 1790.
Enterrement du despotisme ou
funérailles des aristocrates, deuxième fête nationale dédié à nos patriotes
bretons… à l’honneur et gloire de nos beaux frères du faubourg Saint-Antoine
pour être célébré le 17 juillet 1790, sure le de débris de la Bastille, de là,
au Champ de Mars, et ensuite au Réverbère régénérateur, place de Grève, où
seront déposées les cendres de tous les aristocrates avec un marbre noir,
portant ces mots: Ci-gissent à la fois tous les maux de la France: Clergé,
Judicatu-re, Noblesse et Finance, París, impr. de le Jeune, 1790
fabre d’olivet, antoine, Quatorze
de juillet 1789. Fait historique en un acte et en vers, représenté à Paris au
théâtre des Associés, en juillet 1790, París, laurens junior, s. f.
Fête nationale qui sera célébré
tous les ans le jour immortel du iv août, París, impr. de laporte, s. f.
gabiot, Jean-louis, Auto-da-fé ou
le Tribunal de l’Inquisition. Pièce
à spectacle
en trois actes, en prose… représentée sur le théâtre de l’Ambigu-Comique, le
mardi 2 novembre 1790, París, Salle de l’am-bigu-comique, 1790.
godefroy, Cyprien, La Nation
grevée constitutionnellement pour une Religion, París, impr. de Tremblay, 1791.
gouges, olympe de, Mirabeau aux
Champs-Elysées. Comédie eu un acte et en prose, représentée le 15 avril 1791
aux Italiens, París, garnéry, s. f. grégoire, Henri-Baptiste, Histoire
patriotique des arbres de la liberté. Précédée d’un essais sur sa vie et ses
ouvrages par M. Charles Dugast
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l’Assemblée nationale portant règlement d’un culte sans prêtres, ou moyen de se
passer de prêtres sans nuire au culte, París, s. n., 1790.
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sur l’éducation publique trouvé dans les papiers de Mirabeau l’aîné, París,
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à l’Assemblée Nationale sur la liber-té des opinions, sur celle de la presse,
etc…, ou examen philosophique de ces questions: 1.º Doit-on parler de Dieu et
en général de la Reli-gion dans une Déclaration des Droits de l’homme? 2.º La
Liberté des opinions, quel qu’en soit l’objet, celle du Culte et la liberté de
la Pres-se peuvent-elles être légitimement circonscrites et gênées de quelque
manière que ce soit par le Législateur?, París, Volland, 1790.
160 albert mathiez
Opinion sur les cultes religieux
et sur leurs rapports avec le gouverne-ment, París, Chez les marchands de
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Questions importantes sur quelques opinions religieuses, [París], [impr.
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Saint-Just, Payan, etc., supprimés ou omis par Courtois. Tome I, París, Baudoin
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Pétition respectueuse des amis de
la Société chrétienne appelés quakers, prononcée à l’Assemblée nationale, jeudi
10 février 1791, París, Bau-doin, [ca. 1791].
Préservatif contre un écrit
intitulé Adresse à l’Assemblée Nationale, París, impr. de Crapau, s. f.
Procès-verbal de la confédération
de Strasbourg, Estrasbourg, P.-J. Dann-bach, 1790.
Procès-verbal de la fédération de
la garde nationale de Clamecy avec la garde nationale des villes de ce district
et de la bénédiction d’un dra-peau. Le 27 mai 1790, s. l., s. n.
Procès-verbal de la fédération
faite à Rennes, le 23 mai 1790, entre la garnison et la garde nationale de la
même ville, rennes, impr. de Vve Vatar et de Brulé de remur, 1790.
Profession de foi de
Charles-Alexandre De Moÿ, député suppléant à, l’Assemblée Nationale, et curé de
la paroisse de Saint-Laurent à Paris, rédigée en forme de catéchisme et suivie
d’un entretien d’un Paroissien de Saint-Laurent, avec approbation à l’usage de
l’Église constitution-nelle de France, París, Crapart, 1792.
Programme arrêté par le
Directoire du département de Paris, pour la fête décrétée par l’Assemblée
Nationale, le 18 mars 1792, à la mémoire de J.-G. Simoneau, maire d’Étampes,
París, impr. de Ballard, 1792.
Projet de cirque national et de
fêtes annuelles proposé par le sieur Poyet, architecte de la ville de Paris,
París, impr. de Migneret, 1792.
Pujoulx, Jean-Baptiste, La veuve
Calas à Paris ou le triomphe de Vol-taire. Pièce en un acte, en prose, París,
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citoyen français sur la liberté religieuse et sur les moyens de l’affermir sans
danger, adressée à l’Assemblée nationale, [s. l.], [s. n.], [ca. 1791].
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Procès-verbal de la cérémonie funè-bre qui a été célébrée à Angers en l’honneur
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íNDiCE oNoMáSTiCo
adonis: 77 Besançon: 24
aiguillon (D’): 54 Blanc: 24
albitte: 109, 110 Blois: 65
amiens: 37, 74 Boileau, Jacques: 47, 78
ampuis (loire): 66 Boissel: 113
andelys: 46 Boissise-la-Bertrand (Seine-et-
angers: 63, 114 Marne): 78
atis: 77 Boissy d’anglas: 17, 82
aubert, abate: 75, 123 Bonaparte, Napoleón: 10
audrein, abate: 102 Bonnet, Pierre: 124
aulard, françois-alphonse: 11, Bonneville, Nicolas de: 84
12, 20, 24, 37, 42, 43, 52, 74,
76, Bossé, J.: 65
79, 85, 116, 120, 121 Bouillé, marqués de: 61
autun: 35 Bouju: 64
Bourbon-l’archambault:
41
Baert: 99, 100 Bourges: 55
Bailly: 45 Brodard: 48
Bardin, abate: 77 Bussiére, georges: 36, 37
Bar-le-Duc: 41 Cabanis: 87
Barnave: 26, 53, 54
Basire: 151 Cadet de Vaux: 34
Baudot: 42 Caen: 93
Baulig, Henri: 79, 80 Cambon: 110, 111
Bayle: 83 Camus: 25, 31
Beaulavon, georges: 163 Carré, abate: 75
Beaurepaire: 67 Cerutti, Joseph-antoine-Joachim:
Becquet: 139 63, 64, 75, 76, 78, 120, 121,
Bellec, J. de: 29, 45 136, 149
Bernet de Bois-lorette, abate: 75 Chaisneau, Charles: 144, 145
Bertrand: 102 Châles: 151
166 albert mathiez
Chalier: 59 Dôle (Jura): 46, 50
Châlons-sur-Marne: 55 Ducos: 101
Châteauvieux, guardia Suiza de: Duffay, Jean: 135
59, 61, 62 Dugast, Charles: 36
Chaumette, Pierre-gaspard: 17, Duhem: 109
78, 79, 152, 153 Duhot: 32
Chaussard, Pierre-Jean: 67 Dumont, andré: 37
Chemillé (Maine-et-loire): 115 Duport-roux: 143, 145
Chénier, andré: 96, 97, 131 Dupuis (conventionnel): 77
Clairac (lot-et-garonne): 48 Dupuis, abate: 124
Clamecy: 47 Duquesnoy: 125
Clermont-Tonnerre: 25, 45 Durand de Maillane, Pierre-Tous-
Cloots, anacharsis: 29, 79, 80, saint: 73
81, 82 Durkheim, Émile: 13, 14, 15
Collot d’Herbois: 61, 66, 113 Du roy: 24
Comte, auguste: 21 Duval, Marius: 112
Condorcet, Nicolas de: 41, 79, Duverneuil: 113
140, 141, 142, 152 Estrasburgo: 34, 46, 48, 55, 114
Couet, abate: 66
Cournand, abate: 75 Étampes: 62, 63
Couthon: 31 fabre d’Eglantine: 89
Cravant (Yonne): 47
Creuzé-latouche, Jacques-antoi- fabre d’olivet, antoine: 66
ne: 113 fauchet, Claude: 80, 102, 128
Custine: 67 fécamp (Seine-inférieure): 117
fleury:
113
Daller, abate: 57 fouché, Joseph: 78, 133, 153
Danton, georges: 10, 17, 53, 118, francés (de Nantes): 136, 137,
153 141, 152
David: 54 françois de Neufchâteau: 78, 89,
Delacroix, Charles: 42, 126, 139, 107, 108, 109
150 franconville-la-garenne (Seine-
Delleville: 32 et-oise): 34, 35, 64
Desaugiers: 68 franklin, Benjamin: 39, 53, 61,
Desilles: 59, 63, 68 126, 149
Desmoulins, Camille: 53, 80, 128, gabiot, Jean-luis: 66
153
Deverac: 113 gachon, Émile: 11
Dide, auguste: 48 gallois: 93
Dietrich: 49 gémeaux (Puy-de-Dôme): 57
Índice onomástico 167
gensonné: 93, 102, 103 Joigny (Yonne): 67
gerle, dom: 99, 100 Joubert (general): 63
géruzez, abate: 78 Juana de arco: 15
guinguené, Pierre-luis: 78, 84 Kellog, louise-Phelps: 60
gobel, Jean-Baptiste (arzobispo
de París): 55, 121, 122 Kohler: 48
godefroy, Cyprien: 94, 95, 96 Kuscinski, auguste: 101
gohier: 110, 145, 146, 147, 152 laborde: 54
gouges, olympe de: 67
gouvion, Jean-Baptiste: 35, 64, lacroix, Sigismond: 118
138 lacuée: 64
gouy: 59, 60 lafayette, marqués de: 10, 11, 34,
grandin: 26 45, 64
gratien: 150 lally-Tollendal: 44
gray (Haute-Saòne): 50 lambert, Maurice: 46, 50
grégoire, Henri: 11, 12, 28, 36 lameth, Charles de: 53, 54
grouvelle, Philippe-antoine: 76, lamourette, antoine-adrien: 109,
78 110, 111
guadet, Élie: 111, 115, 121, 122, lanthenas, françois-Xavier: 78,
123, 140 115, 141, 152
guillaume, James: 113, 140, 141 laquiante, a.: 114
la
révellière-lépeaux, louis-
Hébert, Jacques-rené: 10, 12 Marie: 12, 63, 74, 115
Herberie, abate: 75 larivière: 139
Hilaire: 100 lebarbier: 59
Himonet, Jean: 64 lebrun: 42
Hobbes, Thomas: 21 lecointe-Puyraveau: 138
Hoche: 63 le Coz, Claude: 106, 126, 139
Huguet: 101 lefetz, abate: 74
Hugou de Bassville, Nicolas-Jean: legendre: 41, 127
75 le Havre: 63
Hus: 17 lejosne: 150
lemontey:
131
ichon: 139 le Pelletier, Michel: 59
isnard, Maximin: 28, 103, 104, lequinio: 101
105, 106, 107, 109, 123, 134, le Téo: 35
138 lévy-Schneider: 72
liancourt
(Seine-et-oise): 123
Jaillieu (isère): 124 lille: 67
Jaurès, Jean: 122, 129, 148, 149 lot-et-garonne: 48, 64
168 albert mathiez
loustallot: 79
lutero, Martin: 10
luynes (ardèche): 44
lyon: 38, 46, 63
Mably, abate: 53
Mahias, abate: 78
Manuel, Pierre: 28, 31, 68, 77,
79, 118, 120, 121, 124, 125, 126, 127, 128, 129, 130, 132
Marat, Jean Paul: 59
Maréchal, Sylvain: 79, 81, 82
Maribon-Montaut: 42
Mathieu: 126
Mathieu, señora: 49
Menou, Jacques-françois: 53
Merlin (de Douai): 111 Michelet,
Jules: 10, 11, 46 Mirabeau, Honoré-gabriel rique-
ti de: 26, 44, 60, 63, 77, 87,
88, 89, 90, 112, 124, 130, 135, 149
Moisés: 21
Momoro: 152
Monin, Henri: 87
Monneron (de Nantes): 99
Montélimar: 48
Montesquieu, barón de: 18, 104
Montmorency, Mathieu, (conde
de): 26
Mormant (loiret): 77
Moulins, Victor: 86
Mounier. Jean Joseph: 45
Moÿ, Charles-alexandre de: 130,
132, 133, 135, 136, 138, 139, 140, 152
Musset, Joseph-Mathurin: 42
Naigeon, Jacques-andré: 80, 81,
82
Nancy: 59, 68, 89
Neufchatel (Seine-inférieure):
151
Noyers (Yonne): 47
orosmade: 77
osiris: 77
ozanne, f.J.: 129
Paine, Thomas: 29, 137
Palissot, Charles: 119, 120
Palloy: 38, 55
Parent, françois-Nicolas: 78
Pastoret: 125
Périgord: 36, 40
Pétion: 118
Pignan (Hérault): 124
Plombières (Côte-d’or): 144
Poissy (Seine): 127
Pontard, Pierre: 100
Pontivy: 29, 45
Poyet: 144, 145
Pressac, Norbert: 36
Pressensé, Edmond de: 10
Prieur: 85
Proserpina: 77
Prudhomme: 79
Psique: 77
Pujoulx, Jean Baptiste: 67
Quatremère: 141
Quinet, Edgard: 10, 16
rabaut de Saint-Étienne: 27, 45,
72, 76, 79
ramond, louis: 102, 131, 139, 140
raynal, abate: 20, 54
raynal, Philippe: 140
reichardt, Johan friedrich: 114
rennes: 46, 47
robespierre, Maximilien: 10, 12,
17, 53, 54, 74, 118, 120, 121, 122, 123, 152, 153
Índice onomástico 169
robinet, Jean-françois: 42, 56,
75, Suroy, Ch. de: 47
87, 93, 119, 124, 125, 126, 127, Sydney: 61
128, 129 Talleyrand, Charles-Maurice: 90,
roland, Jean-Marie: 115, 116,
117,
135, 151 99, 112, 130
romans (isère): 143 Tallien, Jean-lambert: 61
romme, gilbert: 27, 52, 53, 57, Talma: 73
78, 87 Target, guy-Jean-Baptiste: 26, 27,
ronsin, Charles-Philippe: 66, 67 45
ruan: 30, 46, 102 Tell, guillaume: 66, 67, 149
rousseau, Jean-Jacques: 12, 18, Thévenet, abate: 124
20, 21, 22, 23, 46, 53, 54, 61,
71, Thiers, adolphe: 9, 10
72, 79, 86, 97, 126, 139 Thouret: 91
rouzet: 31 Thuriot: 150
Tissot,
Charles-louis: 67
Sacy (près reims): 78 Torné: 102, 108
Saint-andéol (ardèche): 46 Tourneux, Maurice: 35, 75, 76, 84
Saint-Brice (Yonne): 47 Troyes: 38
Saint-Dizier: 24 Tulle: 63
Saint-gaudens (Vienne): 36 Valdés: 17
Sainte-Pallaye (Yonne): 75
Salagnon (isère): 124 Valence (Drôme): 124
Salzmann: 114 Vaudreuil (près Epernay): 124
Santhonax: 53 Vergniaud: 111, 138
Sauzay, Jules: 13 Vermanton (Yonne): 47
Schiller, fiedrich: 29 Versailles: 33, 42, 52, 53
Sciout, ludovic: 13, 28, 150 Vic-le-Comte: 41
Sedaine: 67 Villemain d’abancourt, françois-
Senlis: 63 Jean: 67
Septmoncel (Jura): 57 Villette, Charles de: 79
Siauve, Étienne-Marie: 66, 78,
117 Volney: 44
Sicard, abate: 13 Voltaire, françois-Marie arouet:
Siéyès, abate: 44 35, 60, 61, 63, 67, 71
Sillery, Madame de: 78 Wasselone (Bas-rhin): 50
Simoneau, Jacques-guillaume: 62,
63, 141 Williams, David: 29
Spire: 67 Wycliff: 17
íNDiCE
CUaNDo la oBra DE MaTHiEZ oCUlTa…
SU oBra MaESTra
ESTUDio
PrEliMiNar
1. Un historiador jacobino
.............................................................
XXV
1.1.
los años de juventud, «un
temperamento provincial»
XXV
1.2.
la querella Mathiez-aulard: el
combate de robespie-
rre
contra Danton ...............................................................
XXX
1.3.
la Primera guerra Mundial. Del
patriotismo a la
XXXVi
revolución
...........................................................................
1.4.
los años finales. El desencanto
comunista y el ascen-
so
a la Sorbona
....................................................................
XXXiX
2. los orígenes de los cultos
revolucionarios .............................
Xliii
2.1.
El contexto historiográfico de la
obra y su primera
recepción
..............................................................................
Xliii
2.2.
análisis de la obra
..............................................................
lii
2.3.
Un antepasado desconocido, un
clásico olvidado: la
actualidad
de la obra de Mathiez .....................................
liV
2.4.
Notas a esta edición
..........................................................
lXiV
Bibliografía
........................................................................................
lXVii
loS orígENES DE loS CUlToS
rEVolUCioNarioS
(1789-1792)
advertencia
........................................................................................
5
Primera
parte. la religión revolucionaria
i
.............................................................................................................
9
El punto de vista negativo en el
estudio de los cultos revo-
lucionarios
....................................................................................
9
172 francisco javier ramón solans
los historiadores liberales 9
los historiadores católicos 12
ii 13
Características del hecho
religioso. Definición de Dur-
kheim 13
otras características del hecho
religioso 15
iii 16
De la existencia de una religión
revolucionaria. 16
iV 17
El Credo común de los
revolucionarios. Su origen en la
filosofía del siglo xviii 17
oposición del ideal filosófico y
del ideal cristiano 18
la concepción del Estado en los
filósofos 19
la religión civil de rousseau 20
V 23
la fe revolucionaria, sus
primeras manifestaciones 23
El legislador, sacerdote de la
felicidad social 24
la Declaración de Derechos 24
la nueva fe provoca inquietud en
el clero 28
Vi 28
Carácter religioso de la nueva fe 28
origen espontáneo del juramento
cívico 29
Continuidad de la fe
revolucionaria 30
Vii 33
El simbolismo revolucionario 33
la escarapela 33
altares de la Patria 34
árboles de la libertad 36
otros símbolos 38
Viii 39
El fanatismo revolucionario 39
iX 43
las prácticas, las ceremonias 43
las federaciones 44
X 51
fiestas cívicas 51
fiestas conmemorativas. El 20 de
junio. 52
índice 173
El 14 de julio 54
El 4 de agosto 56
fiestas políticas 57
las fiestas de los benefactores y
de los mártires de la
libertad. Exequias. 58
Desilles 59
Mirabeau 60
Voltaire 60
la guardia Suiza de Châteauvieux 61
Simoneau 62
Cerutti 63
gouvion 64
fiestas morales 64
Xi 65
las oraciones y los cantos
patrióticos. la influencia del
teatro 65
Conclusión 68
Segunda parte. ¿Cómo se opera la
ruptura
entre la antigua y la nueva
religión?
Capítulo primero. El movimiento
anticlerical durante la asam-
blea Constituyente 71
i 71
los patriotas y la reforma del
catolicismo 71
la Constitución civil 72
ii 74
los curas reformistas y la
cuestión del matrimonio de
los sacerdotes 74
la feuille Villageoise 76
iii 78
la campaña anticlerical 78
anarcharsis Cloots y la
separación de la iglesia y del
Estado 79
Naigeon 80
Sylvain Maréchal y el Culto
doméstico 81
El Magistrado-Sacerdote 82
174 francisco javier ramón solans
los panfletos anticlericales 83
El movimiento anticlerical
inquieta a los Jacobinos 85
iV 85
la religión de la Patria
considerada como un comple-
mento de la Constitución civil 85
Mirabeau y las fiestas nacionales 87
Talleyrand 90
Conclusión 90
Capítulo segundo. El movimiento
anticlerical durante la asam-
blea legislativa 93
i 93
octubre-diciembre de 1791 93
godefroy 94
Un anónimo 96
andré Chénier 96
ii 97
Discusión sobre los sacerdotes en
la legislativa 97
El discurso de isnard del 14 de
noviembre 104
El proyecto de françois de
Neufchâteau 107
iii 111
los resultados. la propaganda
cívica 111
los folletos patrióticos 112
las conferencias populares 113
lanthenas y las sociedades
populares 115
los propagandistas de la razón 117
iV 118
División entre los Jacobinos:
Pierre Manuel y robes-
pierre 118
robespierre y guadet 121
V 123
Progreso de las ideas filosóficas 123
El Corpus Christi en París en
1792 124
Vi 130
los proyectos de fiestas cívicas
durante la legislativa 130
De Moÿ 130
El informe de un francés (de
Nantes) del 26 de abril
de 1792 136
índice 175
Nuevo debate sobre los
refractarios 138
El Comité de instrucción Pública
y de Propaganda Cí-
vica. Condorcet 140
Proyectos de fiestas cívicas
provenientes de simples
particulares 142
Proyecto de gohier sobre el
estado civil 145
El decreto del 20 de septiembre
de 1792 147
Vii 148
El 10 de agosto y la
descristianización 148
la situación al final de la
legislativa 151
Conclusión 155
Bibliografía 157
fuentes primarias 157
fuentes secundarias 161
índice onomástico 165
a estas objeciones contesto ahora
que la religión revolucionaria no está tan extinguida como se le supone, que
los cultos revolucionarios
podrían renacer un día bajo
nuevas formas, y también respondo que el fracaso religioso de la revolución
no puede arrebatarle su carácter
religioso. la reforma, antes de triunfar, ¿no fracasó también numerosas veces
con Valdés, Hus y Wyclif?
Los contenidos de este libro
pueden ser reproducidos, en todo o en parte, siempre y cuando se cite la fuente
y se haga con fines académicos, y no comerciales

