Libro N° 12910. Ni Dios, Ni Amo. Antología Del Anarquismo. Guerin, Daniel.
© Libro N° 12910. Ni Dios, Ni Amo. Antología
Del Anarquismo. Guerin, Daniel. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
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Ni Dios, Ni Amo. Antología Del Anarquismo. Daniel Guerin
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Amo. Antología Del Anarquismo. Daniel Guerin
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
NI DIOS, NI AMO
Antología Del Anarquismo
Daniel Guerin
Ni Dios,
Ni Amo
Antología
Del Anarquismo
Daniel
Guerin
Ni dios, ni amo, obra del afamado pensador francés
que transitó entre distintas corrientes del marxismo hasta desembocar
finalmente en el anarquismo es, sin lugar a dudas, una de las antologías del
anarquismo más felices.
La sucesión de los textos, así como los comentarios
biográficos e históricos que aparecen en cada capítulo, nos dan una idea
completa y progresiva de lo que ha sido el pensamiento y la acción anarquistas
desde mediados del siglo XIX hasta la revolución española.
La presente edición digital ha sido ilustrada con
retratos e imágenes de los principales autores y hechos.
Daniel Guerin
Ni Dios, Ni Amo
Antología Del Anarquismo
Edición digital: C. Carretero
Difunde: Confederación Sindical Solidaridad Obrera
http://www.solidaridadobrera.org/ateneo_nacho
/biblioteca.html
ÍNDICE
TOMO I
PREFACIO
UN
PRECURSOR: MAX STIRNER
P. J.
PROUDHON IV. MIGUEL BAKUNIN
ANTICIPACIÓN
A LA ACCIÓN DIRECTA Y A LA CONSTRUCCIÓN LIBERTARIA
VI. LA
CONTROVERSIA ENTRE DE PÆPE Y SCHWITZGUEBEL
VII. JAMES
GUILLAUME
VIII. PEDRO KROPOTKIN
TOMO II
ERRICO
MALATESTA
EMILE
HENRY
LOS
ANARQUISTAS FRANCESES EN LOS SINDICATOS IV. LAS COLECTIVIDADES ESPAÑOLAS
VOLIN
VI. NESTOR
MAKHNO
VII. KRONSTADT
VIII. LOS ANARQUISTAS EN PRISIÓN
IX. EL
ANARQUISMO EN LA GUERRA DE ESPAÑA
DURRUTI Y
LA GUERRA LIBERTARIA
XI. EL
ANARCOSINDICALISMO EN EL GOBIERNO
PREFACIO
Horace
Vernet: Barricadas en la rue Soufflot. París, 1848
La presente antología, en su origen, fue realizada,
con mi concurso, por iniciativa de los hermanos Nataf, André y Georges, que por
entonces dirigían las Editions de Delphes, luego desaparecidas. El texto
refundido, resumido en parte y en parte aumentado, que tenemos hoy ante
nosotros, es sensiblemente diferente de la primera edición: más ideológico que
histórico y anecdótico, con más presentaciones, comentarios y notas, en una
palabra, más didáctico. Esta vez, asumo yo sólo la responsabilidad.
Antes de seguir adelante con este libro, una
cuestión se im-pone: ¿por qué su titulo Ni Dios, ni Amo?
En su obra aparecida en 1957 Las ideas políticas y
sociales de Auguste Blanqui, Maurice Dommanget, cuya infatigable erudición es
conocida, afirma, de acuerdo con la Historia mundial del anarquismo de Louis
Louvet, que la fórmula Ni Dios ni Amo podría ser la adaptación de un proverbio
alemán del siglo XV, contenido en el acto I, escena II, de una tragicomedia de
1659 titulada El Banquete de Pedro, o el ateo confundido y escrita por
Devilliers, una especie de anticipo del Don Juan de Molière.
En 1870, en el momento en que se realiza el
plebiscito imperial, uno de los más jóvenes discípulos de Auguste Blanqui, el
doctor Susini, había hecho aparecer un folleto titulado Cuanto más de Dios, más
de amo.
Blanqui, a su vez, en el declinar de su vida
(1805-1881) fundó, en noviembre de 1880, un periódico al que dio el título de
Ni Dios ni Amo.
Tras la muerte del gran revolucionario, sigue
diciendo Dommanget, diversos grupos y periódicos se apropiaron la fórmula. Ella
figuró en los muros de la Casa del Pueblo, en la calle Ramey, de París. A
partir de entonces fue la divisa del movimiento anarquista pese a que la
inspiración de éste era tan diferente —aunque no antinómica— a la del
blanquismo.
Como veremos en el tomo II de la presente
antología, Pedro Kropotkin, en sus Palabras de un rebelde (1885), hizo suyo el
lema, en estos términos:
«El hombre que más que ningún otro hombre fue la
encar-nación de este sistema de conspiración, el hombre que pagó
con una vida en prisión su dedicación a este
sistema, lanzó en la víspera de su muerte estas palabras que son todo un
programa: ¡Ni Dios, ni Amo!»
Luego del atentado por medio de la bomba que
perpetró el anarquista Auguste Vaillant contra la Cámara de diputados el 9 de
diciembre de 1893, el poder burgués respondió a ello promulgando las leyes
llamadas «criminales» para reprimir al anarquismo, y el testigo Alexandre
Flandin, después de la discusión de esos textos legislativos, gritó desde lo
alto de la tribuna del Palacio Bourbon: «Los anarquistas se esfuerzan por
realizar la divisa Ni Dios, ni Amo.»
En julio de 1896, los libertarios de Burdeos
lanzaron un ma-nifiesto en el que exaltaban «la belleza del ideal libertario Ni
Dios, ni Amo». Y Sebastián Faure, poco después, comentaba en El Libertario del
8-14 de agosto del mismo año: «La divisa de Blanqui Ni Dios, ni Amo no puede
ser escindida, hay que aceptarla en su totalidad...»
Durante la guerra de 1914-1918, sigue diciéndonos
Dommanget, Sebastián Faure resucitó la fórmula y, una vez llegada la paz, la
juventud anarquista que se creó en París tomó el nombre de Ni Dios, ni Amo,
como lo dio a conocer El Libertario el 25 de junio de 1919.
Si, como se puede apreciar, la fórmula en cuestión
no perteneció en su origen a los anarquistas únicamente, ha llegado con el
tiempo a ser suya. De ahí el título de esta antología.
La obra que se presenta aquí es, de algún modo, el
dossier, voluminoso, de un proceso de rehabilitación. El anarquismo, en efecto,
es víctima de un descrédito que no merece.
De una injusticia que se manifiesta en tres formas:
En primer lugar, sus difamadores sostienen que el
anarquismo estaría muerto. No habría resistido a los grandes test
revolucionarios de nuestro tiempo: la revolución rusa, la revolución española.
Ya no tendría ningún lugar en el mundo moderno, caracterizado por la
centralización, las grandes unidades políticas y económicas, el concepto
totalitario. No restaba a los anarquistas, según la expresión de Víctor Ser ge,
sino «pasarse, por la fuerza de las cosas, al marxismo revolucionario»1.
En segundo lugar, sus detractores, para mejor
desacreditarle, proponen una visión tendenciosa de su doctrina.
El anarquismo sería esencialmente individualista,
particularista, refractario a toda forma de organización. Buscaría el
fraccionamiento, el atomismo, el repliegue sobre sí mismo en pequeñas unidades
locales de administración y de producción. Sería incapaz de unidad, de
centralización, de planificación. Tendría la nostalgia de la «edad de oro».
Tendería a resucitar formas periclitadas de sociedad. Pecaría de optimismo
infantil; su «idealismo» no daría cuenta de las sólidas realidades de la
infraestructura material. Sería incurablemente pequeño-burgués; se situaría
fuera del mo-vimiento de clase del proletariado moderno. En una palabra, sería
«reaccionario».
En fin, algunos de sus comentadores tienen especial
cuidado en no olvidar, en no dar a una artera publicidad sino sus desviaciones,
tales como el terrorismo, el atentado
En
Joaquín Maurín, Revolución y contrarrevolución en España, 1933.
individual, la propaganda por los explosivos. Un
film reciente consagrado a «La Banda de Bonnot», so pretexto de hacerla revivir
y volver a ponerla de moda, lo que en realidad buscaba era desacreditarla.
A medida, sin embargo, que el anarquismo, pese a
una conspiración multiforme de calumnias, de falsificación y de silencio,
emerge hoy de la sombra, y a medida que se descubre la audacia, la
clarividencia, la validez de sus anticipaciones, un redoblamiento de odio y de
mala fe trata de perseguirle obstinadamente. Para no citar más que un ejemplo,
véase el libro consagrado por Jacques Duclos a la I Internacional.
Si creemos a este autor, la Internacional habría
sido, desde el comienzo, el cofre cerrado de Marx, y sus oponentes no habrían
sido más que intrusos. A lo largo de las páginas, y sin jamás explicar
claramente el contenido de la lucha que se desarrollaba allí entre
«autoritarios» y «libertarios» (el problema del Estado), ni revelar los
procedimientos desleales practicados por Marx contra sus adversarios de
tendencia, Duelos ha multiplicado las injurias contra los bakuninistas,
tratados de aventureros, de provocadores, de elementos prestos al pillaje.
Llega incluso hasta adscribirles comportamientos reaccionarios, al servicio de
los capitalistas.
Ha cargado, contra toda verdad, sobre los hombros
bakuninistas exclusivamente, la responsabilidad de la escisión perpetrada por
Marx y consortes en 1872 en el Congreso de La Haya, y ha disimulado al lector
la dinámica de la Internacional «antiautoritaria», bajo el impulso de los
bakuninistas, después de que Marx, transferido el Consejo
general a Nueva York, hubiese perdido casi todas
sus tropas.
Pero las últimas páginas del libro nos descubren
las razones de esta parcialidad: Cuando Duelos escribe bakuninista piensa, en
realidad, trotskista. Del mismo modo que —nos explica en una comparación
extremadamente forzada— Marx tenía por misión la defensa de la unidad de la
Internacional contra los «disgregadores» y «aventureristas» bakuninistas, así
también Lenin y los partidos comunistas tuvieron por misión el combatir «el
aventurerismo» de los trotskistas.
En el momento mismo en que Duelos cometía esta mala
acción, es decir, con ocasión del centenario de la fundación de la
Internacional, pero en un plano menos grosero y de apariencia más «científica»,
la jauría de eruditos marxistas —o pretendidamente tales— de toda laya se daba
cita en el seminario de 1964 del Centro nacional de investigación científica
para caer como un solo hombre sobre Bakunin y sobre su especialista de hoy,
Arthur Lehning.
En el libro que presentamos, los documentos hablan
por sí solos. Al reabrir el proceso, no buscamos tan sólo el reparar una
injusticia retrospectivamente, ni tampoco hacer obra de simple erudición. Pues,
efectivamente, parece que las ideas constructivas de la anarquía son siempre
vivas, que ellas pueden, a condición de ser reexaminadas y pasadas por el tamiz
critico, ayudar al pensamiento socialista contemporáneo a tomar un nuevo rumbo.
La presente obra afecta, por lo tanto, lo mismo al dominio del pensamiento que
al de la propia acción.
Los textos que han sido reunidos, o bien eran
inéditos, o bien eran inencontrables, o bien habían sido mantenidos en
la sombra por una conspiración de silencio. Han
sido elegidos, sea por razón de su rareza, sea por razón de su interés: interés
doble, proveniente de la riqueza de su contenido, o de la pregnancia
excepcional de su forma. Contrariamente a otros trabajos similares a éste, no
se ha pretendido hacer un inventario exhaustivo de todos los escritores que se
reclaman de la idea libertaria; tampoco se ha querido laurear a nadie, sin
excepción ni omisión. Se ha concentrado la atención sobre los grandes maestros,
y se ha dejado de lado a los epígonos considerados secundarios. Este primer
tomo comienza por tratar de tres pioneros del anarquismo del siglo XIX:
Stirner, Proudhon, Bakunin.
UN PRECURSOR: MAX STIRNER
(1806-1856)
Creemos que debemos comenzar por Max Stirner esta
antología. Por dos razones. La primera, de orden cronológico. En efecto, los
principales escritos libertarios de Stirner datan de 1842- 1844, es decir, de
la época en que Proudhon publicaba sus primeros escritos anarquistas. Desde el
punto de vista cronológico, era, pues, indiferente el comenzar por uno o por
otro. Si hemos preferido comenzar por Stirner es porque cesó de escribir mucho
antes que Proudhon y porque además hubiera sido difícil encontrar
para Stirner otro lugar en nuestra antología:
Stirner es, en efecto, un rebelde solitario, un sin familia.
En el medio en que viviera, formaba ya banda
aparte. Rehabilitó al individuo en una época en que, en el plano filosófico,
dominaba el anti-individualismo hegeliano y en que, en el plano de la crítica
social, los entuertos del egoísmo burgués habían conducido a la mayoría de los
reformadores a poner el acento en su contrario: ¿la palabra socialismo no es la
antinomia de individualismo? De ahí el palmetazo con vara verde que le
administraron, un poco demasiado severamente, Marx y Engels.
Stirner, tomando a contrapié esta actitud
societaria, exalta el valor intrínseco del individuo «único», es decir, no
parecido a ningún otro, destinado por naturaleza a ser un ejemplar único; esta
noción —observémoslo de pasada— está confirmada por las más recientes
adquisiciones de la biología y corresponde también a la preocupación del mundo
contemporáneo, deseoso de salvar al individuo de todas las alienaciones que le
aplastan, las de la esclavitud industrial así como las del conformismo
totalitario.
Para liberarse, el individuo, según Stirner, debe
pasar por la criba del bagaje que ha recibido de sus progenitores y educadores.
Debe darse a un amplio trabajo de «desacralización». Ese trabajo debe comenzar
por la moral llamada burguesa. Stirner se dedica especialmente, a tal efecto,
al puritanismo. Todo lo que el cristianismo «ha maquinado contra la pasión»,
los apóstoles del laicismo lo retoman pura y simplemente por su cuenta. Ellos
se niegan a escuchar las llamadas de la carne. Deploran su celo contra ella.
Golpean a «la inmortalidad en plenas fauces». Sabemos
lo mucho que merecería el severo juicio de Stirner
la moral laica de la III República en Francia.
Nuestro filósofo, adelantándose al psicoanálisis
contemporáneo, observa y denuncia la interiorización. Desde la infancia, nos
han sido inculcados los prejuicios morales. La moral ha llegado a ser «un poder
interior al que no me puedo sustraer». «Su despotismo es diez veces peor que
antes lo era, pues murmura en mi conciencia.» «Se empuja a los jóvenes, en
rebaño, a la escuela a fin de que allí aprendan las viejas cantinelas, y cuando
ya saben de memoria el parloteo de los viejos, se les declara mayores.» Y Stirner
se hace iconoclasta: «Dios, la conciencia, los deberes, las leyes, todo ello
son tonterías que nos han atiborrado el cerebro y el corazón.» Los verdaderos
seductores y corruptores de la juventud son los sacerdotes, los maestros, los
padres que «infeccionan los corazones jóvenes y embrutecen las jóvenes
cabezas». Stirner preludia el Mayo del 68.
Ahora bien, la fogosidad de su pluma le lleva de
cuando en cuando a ciertas paradojas. Le lleva a aforismos asociales. Le lleva
a concluir en la imposibilidad de la vida en sociedad. Pero estas salidas de
todo ocasionales no traducen el fondo de su pensamiento. Stirner, a despecho de
sus actitudes de eremita, aspira a la vida comunitaria2 Como la mayoría de los
aislados, de los enclaustrados, de los introvertidos, tiene nostalgia de los
demás. A quien le pregunta de qué modo su exclusivismo podría permitirle vivir
en sociedad, le responde que sólo el hombre que ha comprendido su «unicidad»
puede
Aspiración
ésta que no debería confundirse con la vida comunitaria entendida en su
acepción usual, sino como una «comunidad de egoístas» (cfr. Díaz, C., Por y
contra Stirner, Ed. Zero, Madrid, 1975. N. del T.)
tener relaciones con sus semejantes. El individuo
tiene necesidad de amigos, de asistencia; si, por ejemplo, escribe libros,
tiene necesidad de orejas. El individuo se une con su prójimo para reforzar su
poder propio y para realizar, por la comunidad de la fuerza, lo que no podría
realizar cada uno aisladamente. «Si detrás de ti hay unos cuantos millones de
otros para protegerte, formáis juntos un poder importante y obtendréis
fácilmente la victoria.»
Pero con una condición: estas relaciones con el
otro deben ser voluntarias y libres, constantemente rescindibles. Stirner
distingue la sociedad preestablecida, que es constrictiva, de la asociación,
que es un acto libre. Anticipa así el federalismo de Proudhon, de Bakunin y de
Kropotkin, así como el derecho a la secesión de Lenin.
El autor de El Único y su propiedad se identifica,
muy par-ticularmente, con las preocupaciones contemporáneas cuando aborda el
problema del partido al referirse expresamente al partido de los comunistas de
entonces. Como veremos, se dedica a una crítica severa del conformismo de
partido. Un partido monolítico cesa, a sus ojos, de ser una asociación; no es
ya más que un cadáver. Así rechaza un partido semejante, pero no, ciertamente,
el gusto de entrar en una asociación política: «Yo encontraría siempre bastantes
gentes que se asociaran conmigo sin tener que prestar juramento de fidelidad a
mi bandera.» No podría unirse al partido, más que si éste no tuviese «nada de
obligatorio». La única condición de su eventual adhesión sería el no «dejarse
atrapar por el partido». «El partido no es, en todo caso, para él más que un
partido, una parte.» «El
partido se asocia libremente y actúa del mismo modo
su libertad.»
No falta más que un componente en el razonamiento
de Stirner, aunque tal razonamiento esté de uno u otro modo subyacente en sus
escritos: no llega a admitir que su «egoísmo» sea igualmente rentable para la
colectividad. Sólo por «egoísmo» consiente en asociarse con otro. La síntesis
stirneriana del individuo y de la sociedad sigue cojeando. Lo asocial y lo
social se enfrentan en el pensamiento de este rebelde sin llegar nunca a
fundirse. Los anarquistas societarios le repudiarán. Con tanta más razón le repudiarán,
por cuanto que Stirner, mal informado, comete el error de colocar a Proudhon
entre los comunistas «autoritarios» que, en nombre del «deber social»,
condenarían la aspiración individualista. Ahora bien, si es cierto que Proudhon
ha criticado la «adoración» stirneriana del individuo3, su obra entera es la
búsqueda de una síntesis, o mejor, de un «equilibrio» entre la defensa del
individuo y el interés de la sociedad, entre la fuerza individual y la fuerza
colectiva. «El individualismo es el hecho primordial de la humanidad», «su
principio vital», pero «la asociación es su término complementario».
Las páginas consagradas aquí a Stirner se abren con
un resumen de su vida, debido a la pluma de su discípulo francés E. Armand
(1872-1962).
Sin citar
a Stirner, pues no es seguro que Proudhon le hubiera leído.
MAX STIRNER,
por E. Armand
¿Quién era, por lo tanto, este Max Stirner, cuya
obra capital, El Único y su propiedad, ha conocido una fortuna inesperada, ha
sido editada, reeditada, traducida, retraducida, difundida, ha sido objeto de
tesis doctorales en filosofía, de folletos y de volúmenes e interpretación, de
innumerables artículos de periódicos y de revistas en todas las lenguas
habladas por los pueblos civilizados del mundo?
El Único y su propiedad, Der Einzige und sein
Eigentum, vio la luz en 1843, y tras haber suscitado algunos artículos
crí-ticos, había caído en el olvido cuando un alemán llamado John- Henry
Mackey, de padre escocés muerto cuando él tenía dos años pero educado por su
madre y un padrastro, ambos de lengua y cultura germánica, cuando John-Henry
Mackay, que habría de llegar a ser celebre más tarde4, mientras se encontraba
en Londres durante el verano de 1887, estudiando en el British Museum, se vio
llevado en su atención al libro de Lange titulado Historia del materialismo,
que contenía algunas líneas consagradas a Stirner y a su obra. Pudo por fin
procurarse El Único, y lo leyó. Su contenido le afectó hasta tal punto, que se
preguntó quién era el hombre que lo había escrito, de dónde venía, cuál había
sido su vida, cuáles habían sido las condiciones de su
No
solamente por sus poemas, varios de los cuales han pasado a la posteridad, o
por sus novelas, entre las que conviene citar Die Anarchisten (Los anarquistas,
traducida al francés) y Der Freiheit-sucher (aún no traducida), sino también
por su participación en el movimiento individualista alemán.
existencia, cómo había muerto. No ahorró ningún
esfuerzo para documentarse, revisó las bibliotecas públicas para recoger todas
las informaciones posibles del hombre por el que se interesaba, se encontró con
los hijos de aquellos que habían frecuentado a Stirner medio siglo o cuarenta
años antes, les hizo hablar, coleccionar sus recuerdos, entró incluso en
relación con la segunda mujer de Stirner, María Dánhardt. Fue una obra de
romano, puede creerse. Es el resultado de este esfuerzo continuo y prolongado
el que yo voy a tratar de describir aquí.
De esas investigaciones resultó una copiosa
biografía: Max Stirner, sein Leben und sein Werk (Max Stirner, su vida y su
obra), cuya primera edición data de 1897. Creo que esta obra, que
desgraciadamente no ha sido hasta la fecha traducida al francés 5 , ayudó
singularmente a hacer comprender El Único.
Nadie se asombrará de que, pese a su imparcialidad,
Mackay haya hecho que su héroe juegue el papel más bello. No sin impunidad, ha
considerado a Stirner como el más audaz e importante de los pensadores de más
allá del Rhin, le ha situado entre los sucesores de un Newton o de un Darwin, y
no de un Bismarck, que fuera eclipsado por Nietzsche, el cual, por otra parte,
no ignoraba a Stirner6.
(...) Mackay nos enseña que Max Stirner no era más
que un nombre de pluma, un nombre de combate, que su héroe
Tampoco
al castellano. (N. del T.)
Hasta el
punto de que la frente del chantre de Zaratustra se iluminaba cuando ante él se
pronunciaba el título de El Único, libro al que consideraba el más audaz
después de Hobbes. «Tan hondamente sintió su afinidad con Stirner, que en su
época tuvo miedo de pasar por un plagiario suyo» (Ch. Andler, Nietzsche, sa vie
et sa pensée, t. IV, 1928).
se llamaba realmente Johann Kaspar Schmidt, y que
éste había nacido el 25 de octubre de 1806 en Bayreuth. Su nombre de Stirner no
era más que un mote debido a su frente despejada (Stim, en alemán). Tal mote lo
conservó en El Único y en sus otras producciones. Pasemos rápidamente por todo
lo que Mackay ha recogido concerniente a sus estudios, su carrera de profesor
libre, su primer matrimonio incoloro, roto prematuramente por la muerte de su
compañera, y lleguemos a sus relaciones con el famoso grupo del círculo
berlinés de los «Afrancesados», exa-minando lo que Mackay nos deja entrever.
Era éste un grupo singular, un club o reunión que
tenía su sede en casa de un tal Hippel, tabernero celebre por la buena calidad
de sus brebajes, y cuya casa estaba situada en una de las vías más frecuentadas
del Berlín de entonces. Sin reglamento, sin presidente, se mofaban allí de
todas las críticas y se burlaban de todas las censuras. Las discusiones más
apasionadas se realizaban allí en medio de la humareda que se desprendía de las
largas pipas de porcelana bien conocidas por los que han frecuentado las
cervecerías de la otra parte del Rhin; se discutía escanciando grandes
cuartillos. Todas las especies de personajes se encontraban allí, y allí se
codeaban: los permanentes del círculo íntimo, fijos en su puesto durante años,
los transeúntes, que venían, se iban, volvían, desaparecían.
Para comprender bien la historia de este grupo —que
es hasta cierto punto la cuna de El Único—, sería preciso meterse en la piel
del mundo intelectual alemán de 1830 a 1850. Alemania estaba entonces
revolucionada de punta a cabo no solamente por la crítica en materia religiosa
—la
Vida de Jesús de Strauss data de esta época—, sino
también por las aspiraciones de libertad política que habrían de dar lugar a la
revolución alemana de 1848.
Entre los «afrancesados» se discutía de todo y
sobre todo: sobre la política, sobre el socialismo (en su forma comunista),
sobre el antisemitismo (que comenzaba a afirmarse), sobre la teología, sobre la
noción de autoridad. Los teólogos como Bruno Bauer estaban familiarizados con
los periodistas liberales, los poetas, los escritores, los estudiantes felices
de escapar a la enseñanza ex cathedra e incluso con los oficiales capaces de
hablar de otra cosa que no fueran los caballos y las mujeres y que poseyesen
bastante tacto como para dejar su aire de superioridad y su fusta a la puerta.
También se veían por allí algunas «damas»; Marx y Engels también frecuentaron
este ambiente, aunque no se detuvieron en el demasiado tiempo.
Bohemios e iconoclastas como eran, los
«afrancesados» no siempre tuvieron buena prensa ni buena reputación. Se ha
pretendido que en casa de Hippel se perpetuaban verdaderas orgías, a la
alemana. Uno de sus visitantes de ocasión, Amold Ruge, les gritó un día:
«Vosotros queréis ser afrancesados, y ni siquiera os dais cuenta del lodo
hediondo en que estáis metidos. No es con guarrerías (Schweinerein) como se
afrancesan los hombres y los pueblos. Limpiaos vosotros mismos antes de
entregaros a una tarea semejante.» La abundancia no reinaba siempre entre los
miembros de la «banda de casa Hippel». Cierta tarde en que el cervecero se negó
a servirles a cuenta, se hizo preciso ir a tender el sombrero a la avenida
«Bajo los tilos«, Unter den Linden, lo mismo Bruno Bauer que los demás. Un
generoso
extranjero hubo en cierta ocasión que comprendió la
situación y que, divertido e interesado, proporcionó el subsidio necesario para
volver a su virginidad primitiva el crédito en casa de Hippel.
Mackay nos cuenta que Max Stirner frecuentó durante
diez años los «afrancesados». Allí aparecía con su sonrisa irónica, su mirada
soñadora y penetrante que, tras sus gafas de acero, emitían sus ojos acules.
Mackay nos le pinta frío, impasible, impenetrable, no necesitado de confiarse a
nadie, no dejando conocerse por nadie; incluso a aquellos con los cuales lo
tenía todo en común, incluso a ellos no les confiaba nada de sus alegrías, nada
de sus dolores, nada de los detalles de su vida cotidiana. A decir verdad,
nadie conocía a Stirner en su círculo, ni sus amigos íntimos, ni sus enemigos
encarnizados. Su carácter no parece haberle llevada a amar ni a odiar
apasionadamente. Simple, correcto, sobrio, casi sin necesidades, sin aficiones
particulares, salvo una predilección por el puro, tal como Mackay nos le hace
aparecer ante quienes le eran más próximos. Fuerte y concentrado en sí mismo.
En el momento en que, en 1843, se volvió a casar
con María Dánhardt, una mecklemburguesa afable, rubia, soñadora, sentimental,
económicamente desahogada, Max Stirner estaba en su apogeo. En breves meses, en
efecto, El Único y su Propiedad iba a aparecer.
De una educación distinguida, libre de esfuerzos,
la joven María frecuentaba también los «afrancesados». También ella apreciaba
los puros, fumaba la larga pipa tan cara a los estudiantes, y vaciaba
voluntariamente los cuartillos del padre Hippel. Pero el matrimonio no fue
feliz. A los oídos dé
Mackay llegó también el eco de las calumnias de que
Stirner fue objeto. Se le ha acusado de haber vivido a expensas de su mujer.
Mackay ha querido saber qué había de cierto en ello. Llegó a encontrar a María
Dánhardt en Londres, devota, envejecida, agriada, pero con bastante memoria
como para decirle «que su sangre hervía cuando pensaba que un hombre de
semejante cultura y educación hubiese podido sacar provecho de la situación de
una pobre mujer como ella, y engañar su confianza hasta llegar a disponer de sus
propios bienes a su antojo». Incluso se ha ido más lejos: se ha llegado a
insinuar que este egoísta entre los egoístas hubo experimentado no se sabe qué
extraña alegría sádica conduciendo a su mujer a los «afrancesados» para ver
cómo se infectaba allí y cómo se corrompía material y mo-ralmente.
¿Qué hay de verdad en todo ello?
Yo sigo la tesis de Mackay grosso modo.
Inexperimentados los dos en materia financiera, sobre todo Stirner, que siempre
vivió pobre, la verdad más probable es que el dinero se les fue entre los dedos
a los dos. Sin duda, la sensible María Dánhardt no supo comprender al pensador
profundo que la había pedido que fuese su compañera de camino. Sin duda,
también, no encontró en el al amigo que había esperado. Y sin embargo, Stirner
no era un ser insensible, sino sobre todo un ser romántico. Poco tiempo después
de su matrimonio, vivían más «en común» que como esposos. Llegó un momento en
que la separación se impuso. Esta tuvo lugar en el año 1845.
(...) Max Stirner, lejos de ser un perezoso, había
continuado produciendo. Ni sus deberes conyugales, ni los
que había experimentado por el hecho de la
publicación de El Único habían disminuido su fertilidad intelectual. Y así se
entregó a una traducción de las obras maestras de J. B. Say y de Adam Smith que
apareció en Leipzig en 1845-1847 y que comprendía ocho volúmenes con notas y
observaciones propias. En 1852 apareció en Berlín, de Su pluma, una Historia de
la reacción en dos volúmenes. En 1852, incluso, encontramos una traducción
hecha por el, con notas, de un folleto de J. B. Say, titulado Capital e Interés,
impreso en Hamburgo.
En adelante ya no se oirá hablar de él. Mackay nos
lo pre-senta corroído por la miseria, errante de alojamiento en alojamiento,
todos ellos reencontrados por el infatigable biógrafo de Stirner. Ya no se le
veía, no frecuentaba a nadie, huía de sus antiguos amigos. Vivía el día al día
como podía. Seguía titulándose publicista, profesor, doctor en filosofía, e
incluso rentista, aunque en realidad era recadero, portador de mensajes. En
1853 fue arrojado por dos veces a la cárcel, a causa de sus deudas. Encontró un
poco de reposo en su última casa amueblada de alquiler proporcionado por su
última posadera, una tal señora Weiss, que se mostró compasiva con su
arrendatario. El 25 de junio de 1856 sucumbió a causa de una infección cuyo
origen fue la picadura de una mosca carbuncosa. Su calvario había acabado.
Tenía casi cincuenta años. Pocas personas acompañaron su última peregrinación;
sin embargo, dos antiguos «afrancesados» se encontraron entre ellas: Bruno
Bauer y Ludwig Buhl.
***
LOS FALSOS PRINCIPIOS DE NUESTRA EDUCACION7
El lector encontrará aquí un texto inédito en
castellano, que anticipa las revoluciones contemporáneas en la enseñanza,
(...) La libertad de pensamiento, una vez
adquirida, es el impulso de nuestro tiempo de perfeccionarla para trocarla en
libertad de voluntad, principio de una nueva época. De tal manera que el objeto
último de la educación no puede ya ser el saber, sino el saber nacido de ese
saber. En una palabra, tenderá a crear un hombre personal ó libre. ¿Qué es la
verdad, sino la revelación de aquello que somos? Se trata de descubrimos a
nosotros mismos, de liberamos de todo lo que nos es extraño, de abstenemos o libramos
radicalmente de toda autoridad, de reconquistar la ingenuidad. Pero la escuela
no produce hombres tan absolutamente verdaderos. Y si hay alguna escuela que
los produce, es a pesar de la escuela. Esta, sin duda, nos hace dueños de las
cosas, y en rigor incluso nos hace dueños de nuestra propia naturaleza. Pero no
hace de nosotros naturalezas libres. En efecto, ningún saber, por profundo y
extenso que fuere, ningún espíritu avispado y sagaz, ninguna fineza dialéctica
pueden prevenimos contra la ralería del pensar y del querer.
(...) Todas las especies de vanidad y de deseo de
lucro, de
Extraído
de Max Stirner, Escritos menores, 1842. Los textos de Stirner que siguen han
sido traducidos del alemán por Marie Guérin.
arribismo, de celo servil y de duplicidad, etc., se
compaginan muy bien con un saber vasto, lo mismo que con una elegante formación
clásica. Y todo este fárrago escolar, que no ejerce ninguna influencia sobre
nuestro comportamiento moral, lo olvidamos con frecuencia, tanto más cuanto que
no nos sirve para nada: nos sacudimos el polvo de la escuela cuando la
abandonamos. ¿Por qué? Porque la educación consiste únicamente en lo formal o
en lo material, o todo lo más en una mezcla de los dos, pero no en la verdad,
en la formación del hombre verdadero.
(...) Como algunas otras esferas, también la
pedagógica es de esas esferas donde se trata de no dejar penetrar la libertad,
de no tolerar oposición: lo que se quiere es la sumisión. Sólo se atiende a un
adiestramiento, puramente formal y material. De los establos del humanismo no
salen más que sabios, de los realistas no salen más que «ciudadanos útiles»,
pero en ambos casos no salen más que criaturas sumisas. Nuestro viejo fondo de
«maldad» es sofocado a la viva fuerza y, por tanto, el logro del saber en voluntad
libre. También la vida escolar produce filisteos. Así como cuando éramos niños
se nos enseñaba a aceptar todo lo que se nos imponía, así nos acomodamos más
tarde a una vida positiva, nos plegamos a nuestro tiempo, llegamos a ser los
criados y los pretendidos «buenos ciudadanos».
¿Dónde, pues, en lugar de la sumisión hasta aquí
fomentada, se ve surgir un espíritu de oposición? ¿Dónde se forma, en lugar del
hombre instruido un hombre creador? ¿Dónde, pues, el profesor se transforma en
colaborador, dónde se opera la transmutación del saber en querer, dónde, en
suma, el objetivo es el hombre libre más que el
hombre cultivado? Le buscaremos en vano: tan rara
es la cosa.
Y sin embargo sería preciso que nos metiéramos en
la cabeza que el papel supremo del hombre no es ni la instrucción, ni la
civilización, sino la autoactividad. ¿Equivale esto a abandonar la cultura? No,
ni a sacrificar la libertad de pensamiento, sino a transfigurarla en libertad
de voluntad. El día en que el hombre haga cuestión de honor el sentirse o el
conocerse a sí mismo, de actuar por sí mismo, con toda autonomía, con toda
conciencia de sí mismo, con plena libertad, ese día cesará de ser para sí mismo
un objeto extraño e impenetrable, tenderá a disipar la ignorancia que limita e
impide su pleno conocimiento de sí mismo.
Se despierta en el hombre la idea de la libertad,
los hombres libres sólo sueñan con liberarse a sí mismos ahora y siempre; pero,
al contrario, no se hacen más que hombres instruidos, que se adaptan a todas
las circunstancias de la manera más refinada, que caen al nivel de las almas
sumisas y serviles. ¿Qué son, en su mayoría, nuestros bellos señores llenos de
espíritu y de cultura? Esclavistas burlones, esclavos ellos mismos.
(...) La miseria de nuestra educación actual viene,
en gran parte, de que el saber no se ha traducido en voluntad, en
autoactividad, en práctica pura. Los realistas se han dado buena cuenta de esta
laguna, pero el único remedio que han puesto ha sido el de formar gentes
«prácticas», desnudas tanto de ideas como de libertad. El espíritu que anima a
la mayoría de los enseñantes es una prueba tristemente viva de cuanto decimos.
Desbastados, en el mejor de los casos ellos desbastan a su vez; troquelados, ellos
troquelan. Pero
toda educación debe ser personal (...) En otros
términos, no es el saber lo que hay que inculcar, es la personalidad la que
debe de llegar a su propio expansionamiento. El punto de partida de la
pedagogía no debe ser el de civilizar, sino el de formar personalidades libres,
caracteres soberanos; así, la voluntad hasta aquí brutalmente oprimida debe
dejar de ser debilitada. Desde el momento en que no se debilita el impulso al
saber, ¿por qué debilitar el impulso hacia el querer? Si se cultiva aquel, hay que
cultivar igualmente éste.
La testarronería y la «maldad» de los niños tienen
tanta razón de ser como su sed de conocer. Se estimula esta última con celo.
Pues que se excite también la fuerza natural de la voluntad: la oposición. Si
el niño no aprende a sentirse sí mismo, entonces no aprende justamente lo más
importante. Que no se reprima ni su fiereza ni su franqueza. Contra su
petulancia, tendré siempre mi propia libertad. Si su fiereza se transforma en
obstinación, el niño me hará violencia, contra la cual yo reaccionaré, pues yo soy
un ser tan libre como el niño. ¿Pero debería defenderme escudándome tras la
muralla cómoda de la autoridad? No. Yo le opondré la rigidez de mi propia
libertad, de suerte que a causa de esta misma fracasará la obstinación del
niño. Quien es un hombre completo no tiene necesidad de ser un autoritario. Y
si la permisividad degenera en desvergüenza, esa desvergüenza perderá su fuerza
ante la dulce resistencia de una mujer obsequiosa, ante su temperamento materno
o ante la firmeza de un padre; es preciso ser muy débil para llamar autoridad
al auxilio, y se engaña quien cree poder acabar con un niño impertinente
haciendo de él un timorato. Exigir temor y respeto son cosas que pertenecen al
estilo rococó de una época terminada.
¿De qué nos quejamos, pues, cuando analizamos las
lagunas de nuestra educación actual? De que nuestras escuelas están aún afectas
al principio antiguo, ese principio del saber sin voluntad. El nuevo principio
es el de la voluntad, el de la transfiguración del saber. Partiendo de ahí, más
«concordia entre escuela y vida», pero que la escuela sea vida y que, en su
seno, como fuera de ella, se fije como un deber el descubrimiento de la
personalidad. Que la cultura universal de la escuela tienda al aprendizaje de
la libertad, no de la sumisión: ser libres, he ahí la verdadera vida.
La educación práctica queda mucho más atrás de la
educa-ción personal y libre; si aquella procura el medio de hacer su camino en
la vida, ésta procura la fuerza de hacer brotar la chispa de la vida; si
aquella prepara al escolar para encontrarse en un mundo dado, ésta le lleva a
ser sí mismo en su fuero interior. Todo no está ya hecho cuando nos comportamos
como miembros útiles en sociedad. No podemos acceder hacia esa meta libremente
más que a condición de ser hombres libres, individuos que crean y actúan por sí
mismos.
La idea, el impulso de los tiempos nuevos, es la
libertad de la voluntad. La pedagogía debe, por tanto, proponerse como punto de
partida y como fin la formación de la libre perso-nalidad (... ). Esta cultura,
que es verdaderamente universal, porque en ella el más humilde se encuentra
allí junto al más elevado, representa la verdadera igualdad de todos: la
igualdad de las personas libres. Pues sólo la libertad es igualdad (...)
Nosotros tenemos, pues, necesidad de una
educación personal (...) Si se quiere dar un nombre
en «ismo» a quienes siguen estos principios, yo elegiría, por mi parte, el de
personalistas8.
(...) Para concluir y resumir en pocas palabras el
fin hacia el que nuestra era debe enderezar sus esfuerzos, la desaparición del
saber sin voluntad y el orto del saber consciente de sí, que se da en el
estallido luminoso de la personalidad libre, podríamos decir así: el saber debe
morir para resucitar como voluntad y recrearse cotidianamente como personalidad
libre.
Naturalmente, que el «personalismo» de
Stirner tiene tan poco que ver con el de Mounier como el de Cruz Martínez
Esteruelas. La palabra «personalismo» en Stirner significa defensa del «yo»
como Único. (N. del T.)
EL ÚNICO Y SU PROPIEDAD9
Lo que se llama Estado
Lo que se llama Estado es como un tejido, un
entrelazado hecho de dependencias y de adhesión, una pertenencia común, en
donde todos los que hacen causa común se acomodan irnos a otros, dependen los
irnos de otros. Es el régimen de esta dependencia mutua. Aunque el rey, cuya
autoridad repercute sobre quienes tengan el menor empleo público, incluso sobre
el criado del verdugo, llegue a desaparecer, no por eso se mantiene menos el
orden contra el desorden de los instintos bestiales por parte de todos aquellos
que tienen el sentido del orden bien anclado en su conciencia. Si triunfara el
desorden, el Estado se extinguiría.
Pero esta idea sentimental de acomodarse los unos a
los otros, de hacer causa común y de depender los unos de los otros ¿puede
convencernos verdaderamente? Según ella, el Estado sería el amor, la
realización misma del amor: vivir en el Estado sería ser para otro y vivir para
otro. Pero ¿el espíritu del orden no aniquila la individualidad? ¿No se
encontrará que todo está lo mejor posible con tal de llegar por la fuerza a
hacer reinar el orden, es decir, a diseminar y a acorralar juiciosamente al
rebaño, de modo que nadie pise a su vecino al echar a andar? Todo está
dispuesto en el mejor orden, y ese orden ideal es el Estado.
Extraído
de Max Stirner, El Único y su propiedad, 1843. Todos los títulos son nuestros.
Nuestras sociedades y nuestros Estados existen, sin
que nosotros los hagamos; se alían sin nuestro consenso; están predestinados y
tienen una existencia propia, independiente; están contra nosotros, los
individualistas, expresan lo que existe de manera indisoluble. El mundo de hoy
está, como acostumbra a decirse, en lucha contra «el estado de cosas
existente». Sin embargo, se desconoce su verdadero objetivo; parecería, de dar
audiencia a nuestros reformadores, que se trata simplemente de sustituir el orden
existente en la actualidad por otro orden mejor. Pero es más bien al orden
mismo, es decir, a todo Estado, cualquiera que éste sea, al que se debería
declarar la guerra, y no a tal Estado determinado, a la forma actual del
Estado. El objetivo por alcanzar no es otro Estado (el «Estado popular», por
ejemplo), sino la alianza, la unión, la armonía siempre inestable y cambiante
de todo lo que es y no es más que a condición de cambiar sin cesar.
El Estado existe independientemente de mi
actividad. Yo nazco en el, crezco en el, tengo para con el deberes, le debo fe
y reconocimiento. El me acoge bajo sus alas tutelares, y yo vivo de su gracia.
Así, la existencia independiente del Estado es el fundamento de mi dependencia;
su vida como organismo exige que yo carezca de libertad, y, según su
naturaleza, me aplica las tijeras de la «cultura». Me da una educación y una
instrucción adecuadas a él y no a mí, y me enseña, por ejemplo, a respetar las
leyes, a guardarme de atentar contra la propiedad privada del Estado (es decir,
a la propiedad privada), a venerar una Alteza divina o terrestre, etc.; en una
palabra, me enseña a ser irreprochable, sacrificando mi individualidad sobre el
altar de la «santidad»
(santo o sagrado en todo lo que se puede imaginar:
propiedad, vida de otros, etc.). Tal es la especie de cultura que el Estado es
capaz de darme: me adiestra para ser un «instrumento útil», un «miembro útil
para la sociedad».
Esto es lo que debe hacer todo Estado, ya sea
«Estado po-pular», absoluto o constitucional. Y lo hará en tanto que no nos
hayamos deshecho de la idea errónea de que él es un Yo, y, como tal, una
«persona», moral, mística o política.
***
Libertad individual y sociedad
La condición primitiva del hombre no es el
aislamiento o la soledad, sino la vida en sociedad. Nuestra existencia comienza
por la unión más íntima, puesto que, antes incluso de respirar, vivimos junto
con nuestra madre; cuando, más adelante, abrimos los ojos a la luz, es para
volvemos a encontrar sobre el regazo de un ser humano; su amor nos mece, nos
acunará y nos encadenará a su persona por mil lazos. La sociedad es nuestro
estado natural. Por ello, a medida que aprendemos a sentirnos nosotros mismos,
la unión que antaño fuera tan íntima se relaja cada vez más, y la disolución de
la primitiva sociedad llega a ser cada vez más manifiesta. Si, todavía, la
madre sigue queriendo tener para ella sola al niño que otrora reposara en su
corazón, tendrá que ir a buscarle a la calle, y que arrancarle de la compañía
de sus camaradas de juego. Pues el niño prefiere frecuentar a sus semejantes,
antes que la sociedad en que
no ha entrado por sí mismo, y en donde no ha hecho
más que nacer.
(...) Cuando una sociedad se ha cristalizado en
sociedad, ha cesado de ser una asociación, dado que la asociación es un acto
continuo de reasociación. Ha llegado a ser una asociación inmóvil, se ha
paralizado. Ha muerto en tanto que asociación, no es ya sino el cadáver de la
asociación, en una palabra, ha llegado a convertirse en sociedad, en comunidad.
El partido (político) nos ofrece un ejemplo elocuente de este proceso.
Que una sociedad, por ejemplo la del Estado,
restrinja mi libertad, poco me importa. Debo resignarme a dejar reducir mi
libertad por toda clase de poderes, por cualquier ser más fuerte que yo,
incluso por cada uno de mis semejantes. Aun cuando yo fuese el autócrata de
todas las Rusias, no podría gozar de la libertad absoluta. Pero no dejaré
arrebatarme mi individualidad. Y precisamente es a la individualidad a la que
la sociedad ataca, ella es la que debe sucumbir bajo sus golpes.
Una sociedad a la que me adhiero me quita, sí,
ciertas libertades, pero en cambio me asegura otras. Importa igualmente bien
poco que yo mismo me prive, por ejemplo, por un contrato, de tal o de cual
libertad. Por el contrario, defenderé celosamente mi individualidad. Toda
comunidad tiende, más o menos, según sus fuerzas, a convertirse en una
autoridad para sus miembros y a imponerles límites. Ella les pide y debe
pedirles cierto espíritu de obediencia, ella exige que sus miembros le estén
sometidos, sean sus súbditos, ella no existe más que por la sujeción. No quiere
esto decir que no pueda dar pruebas de ciertos
proyectos de mejora ante los consejos y las críticas, en cuanto tengan por mira
su beneficio; pero la crítica debe mostrarse «benévola», no se le permite ser
«insolente e irreverente»; en otros términos, se necesita dejar intacta y tener
por sagrada la sustancia de la sociedad. La sociedad no pretende que sus
miembros se eleven y se coloquen por encima de ella; quiere que permanezcan en
«los límites de la legalidad»; es decir, que no se permitan más de lo que les
permiten la sociedad y sus leyes.
Hay gran distancia de una sociedad que no limita
más que mi libertad, a una sociedad que limita mi individualidad. La primera es
una unión, un acuerdo, una asociación. Pero lo que amenaza la individualidad es
un poder para sí mismo y por encima de mí, una potencia que me es inaccesible,
que yo puedo, en efecto, admirar, honrar, respetar, adorar, pero que no puedo
ni dominar ni aprovechar porque ante ella me resigno y abdico. La sociedad está
fundada sobre mi resignación, mi abnegación, mi cobardía, que llaman humildad.
Mi humildad hace su grandeza, mi sumisión, su soberanía.
Pero, en lo concerniente a la libertad, no hay
diferencia esencial entre el Estado y la asociación. Lo mismo que el Estado no
es compatible con una libertad ilimitada, la asociación no puede nacer y
subsistir si no se restringen algunas formas de libertad. No se puede en parte
alguna evitar cierta limitación de la libertad, porque es imposible liberarse
de todo: no se puede volar como un pájaro, puesto que no es posible prescindir
del propio peso; no puede uno vivir a su agrado bajo el agua como un pez, porque
se tiene
la necesidad del aire, siendo ésa una necesidad de
la que no cabe liberarse, y así sucesivamente.
(...) Es verdad, sin embargo, que la asociación
proporciona mayor libertad y podrá considerarse como una «nueva libertad»; uno
escapa, en efecto, a la violencia inseparable de la vida en el Estado o en la
sociedad. Sin embargo, las restricciones a la libertad y los obstáculos a la
voluntad no faltarán. Porque el objeto de la asociación no es precisamente la
libertad, que sacrifica a la individualidad, sino esta individualidad misma.
Relativamente a ésta, la diferencia es grande entre
el Estado y la asociación. El Estado es el enemigo, el asesino de la
individualidad; la asociación es su hija y su auxiliar; el primero es un
espíritu, que quiere ser adorado como espíritu y como verdad, la segunda es mi
obra, mi creación. El Estado es el señor de mi espíritu, quiere que crea en él
y me impone un credo, el credo de la legalidad. El ejerce sobre mí una
influencia moral, reina sobre mi espíritu, prescribe mi yo para sustituirse a
él como mi verdadero yo. En suma, es el verdadero hombre, el espíritu, el
fantasma.
La asociación, por el contrario, es mi obra, mi
criatura: no es sagrada ni es una potencia espiritual superior a mi espíritu.
Yo no quiero ser esclavo de mis máximas, sino exponerlas constantemente a mi
crítica, sin ninguna garantía. Yo no les concedo ningún derecho de ciudadanía
en mí, pero pretendo menos aún comprometer mi porvenir en la asociación y
«venderle mi alma», como se dice cuando se trata del diablo y como realmente es
el caso cuando se trata del Estado o de una autoridad espiritual. Yo soy y sigo
siendo para mí más que el Estado, más que la Iglesia, más
que Dios, etc., y por consiguiente también
infinitamente más que la asociación.
Se me dice que yo debo ser un hombre entre mis
semejantes (Marx, La Cuestión Judía, página 60). Que yo debo respetar en ellos
a mis semejantes. Pero nadie es para mí respetable, ni siquiera mi prójimo. Es
únicamente, como otros seres, un objeto por el cual me intereso o no, un sujeto
utilizable o inutilizable.
Si puede serme útil, consiento en entenderme con
él, en asociarme con él para que ese acuerdo aumente mi fuerza, para que
nuestras potencias reunidas produzcan más de lo que una de ellas podría hacerlo
aisladamente. Pero yo no veo en esa unión nada más que la multiplicación de mi
fuerza, y no la conservo sino en tanto que es mi fuerza multiplicada. En este
sentido es una asociación.
La asociación no se mantiene por un lazo natural,
ni por un lazo espiritual; no es ni una sociedad natural, ni una sociedad
moral. No es ni la unidad de la sangre, ni la unidad de la creencia (es decir,
de espíritu) lo que la engendra. En una unión natural —como una familia, una
tribu, una nación o hasta la humanidad— los individuos no tienen más que el
valor de ejemplar de un mismo género o especie; es decir, en una sociedad
moral, como una comunidad religiosa o una iglesia, el individuo no representa más
que un miembro animado del espíritu común; en uno como en otro caso, lo que tú
eres como Único debe pasar a segundo término y borrarse. Sólo en la asociación
puede afirmarse vuestra unicidad, porque la asociación no os posee, pero
vosotros la poseéis y os servís de ella.
(...)El Estado se esfuerza en disciplinar los
apetitos; en
otros términos, trata de dirigirlos exclusivamente
a sí, y de satisfacerlos con lo que sólo él puede ofrecer. El Estado no puede
saciar un apetito por la voluntad del apetito mismo; él deshonra con el nombre
de egoísta al que manifiesta deseos desarreglados, y el hombre «egoísta» es su
enemigo. Lo es, porque el Estado, incapaz de comprender al «egoísta», no puede
entenderse con él. Como el Estado (y no podría ser de otro modo) no se ocupa
más que de sí mismo, no se informa de mis necesidades y no se ocupa de mí más
que para corromperme y falsearme, es decir, para hacer, de mí, otro yo, un buen
ciudadano. El Estado utiliza una serie de medidas para «mejorar las
costumbres». ¿Y con qué medios se atrae a los individuos? A través de sí mismo,
es decir, de lo que es del Estado, de la propiedad del Estado. Se ocupa sin
descanso de hacer participar a todo el mundo de sus «bienes», en hacer
aprovecharse a todo el mundo de las ventajas de la instrucción y de la cultura.
Os hace el regalo de su educación. Os abre las puertas de sus establecimientos
de enseñanza, os pone en condiciones de llegar por las vías de la industria a
la propiedad, es decir, a la enfeudación. Señor generoso, no exige de vosotros,
a cambio de esta investidura, más que el legítimo homenaje de un reconocimiento
perpetuo. Pero ay de los «ingratos» que olvidan pagar su tributo! (...)
En la asociación tú tienes todo tu poder, toda tu
riqueza, y te haces valer en ella. En la sociedad, tú y tu actividad sois
utilizados. En la primera, tú vives como egoísta; en la segunda vives como
hombre, es decir, religiosamente; trabajas en la viña del señor. Tú debes a la
sociedad todo lo que tienes, estás obligado a ella, y eres atormentado por
«deberes sociales»; en la asociación, no eres
deudor de nada, ella te sirve y tú la abandonas sin escrúpulos cuando no te
ofrece ya ventajas.
Si la sociedad es más que tú, la harás pasar
delante de ti y te harás su servidor; la asociación es tu instrumento, tu arma;
ella agudiza y multiplica tu fuerza natural. La asociación no existe más que
para ti y por ti; la sociedad, por el contrario, te reclama como su bien y
puede existir sin ti: la sociedad se sirve de ti y tú te sirves de la
asociación.
***
Del partido
Al capítulo de la sociedad pertenece el del
«partido», cuyas alabanzas se han cantado en estos últimos tiempos.
En el Estado, el partido tiene su lugar. «Partido,
partido, ¡quién no tomaría partido!». Pero el individuo es único, y no es
miembro de ningún partido. Libremente se une, y luego se separa libremente. Un
partido no es otra cosa que un Estado dentro del Estado, y la paz debe reinar
en ese pequeño enjambre de abejas, lo mismo que en el grande. Aun aquellos que
proclaman con más energía que es precisa la existencia de una oposición en el
Estado, son los primeros en indignarse contra la discordia de los partidos.
Prueba de que ellos tampoco quieren más que un solo Estado. Contra el
individuo, y no contra el Estado, es la incompatibilidad de todos los partidos.
Nada se oye en nuestros días con más frecuencia,
que la exhortación de fidelidad a los partidos; los hombres de partido no
desprecian nada tanto como un renegado. Hay que marchar a pies juntillas tras
el propio partido, adoptar y aprobar sus principios sin ninguna reserva. En
verdad, el mal no es tan grande aquí como en ciertas sociedades, que ligan a
sus miembros por leyes o estatutos fijos e inmutables (como las órdenes
religiosas, los jesuitas, etc.). Pero el partido cesa de ser una asociación
desde el momento en que quiere hacer obligatorios ciertos principios y ponerlos
por encima de toda discusión y de toda crítica: es precisamente ese momento el
que marca el nacimiento del partido. El partido del absolutismo no puede
tolerar en ninguno de sus miembros la menor duda sobre la verdad del principio
absolutista. Esa duda no les sería posible más que si fueran bastante egoístas
para querer ser todavía alguna cosa fuera de su partido, es decir, para querer
ser «imparciales». No pueden ser imparciales más que como egoístas, y no como
hombres de partido.
Si eres protestante y perteneces al partido del
protestantismo, no puedes más que mantener a tu partido en el buen camino; en
rigor, podrías «purificarlo», pero no rechazarlo. ¿Eres cristiano, estás
alistado en el partido cristiano? No puedes salir de él en cuanto miembro de
ese partido; si haces transgresión de su disciplina, será sólo cuando tu
«egoísmo», es decir, cuando tu «imparcialidad» te impulse a ello. Por esfuerzos
que hayan hecho los cristianos, hasta Hegel y los comunistas inclusive, para fortificar
su partido, han quedado en esto: el cristianismo contiene la
verdad eterna, por consiguiente, basta extraerla,
demos-trarla y completarla.
En suma, el partido es contrario a la
«imparcialidad», y esta última es una manifestación del egoísmo. ¿Qué me
importa a mí, por otro lado, el partido? Yo encontraré siempre bastantes
compañeros que se asocien conmigo, sin prestar juramento a mi bandera.
Si alguno pasa de algún partido a otro, se le llama
inmedia-tamente tránsfuga, desertor, renegado, apóstata, etc. La moral, en
efecto, exige que uno se adhiera firmemente a su partido; hacerle traición es
mancharse con el crimen de «infidelidad»; pero la individualidad no conoce ni
«fidelidad», ni «abnegación»; permite todo, incluso la apostasía, la deserción
y lo demás. Inconscientemente, los mismos hombres morales se dejan dirigir por
el principio egoísta cuando tienen que juzgar a alguien que abandona su partido
para unirse al de ellos; más aún, no tienen ningún escrúpulo en ir a reclutar
partidarios en el campo opuesto. Sólo que deberían tener conciencia de una
cosa, y es que es necesario obrar de una manera inmoral para obrar de una
manera personal, lo que equivale a decir que es preciso saber romper su fe y
hasta su juramento si uno quiere determinarse a sí mismo en lugar de dejarse
determinar por consideraciones morales.
A los ojos de las gentes de moral rígida, un
apóstata se colorea siempre con colores equívocos; no concederán al apóstata
fácilmente su confianza, por estar manchado de una «traición», es decir, de una
inmoralidad. Ese sentimiento es casi general entre las gentes de cultura
inferior. Los más ilustrados están en ese punto, como en
todos, inciertos y turbados; la confusión de sus
ideas no les permite tener clara conciencia de la contradicción a que
necesariamente les lleva el principio de moralidad. No se atreven a acusar
abiertamente al apóstata de inmoralidad, porque, en el fondo, ellos mismos
predican la apostasía, el paso de una religión a otra, etc.; por otra parte, no
se atreven a abandonar su punto de apoyo en la moralidad. ¡Qué excelente
ocasión, sin embargo, para echarla por la borda!
Los individuos, los Únicos, ¿forman un partido?
¿Cómo po-drían ser Únicos, si perteneciesen a un partido?
¿No se puede, en consecuencia, ser de ningún
partido? Entendámonos. Al entrar en vuestro partido y en vuestros círculos, yo
concluyo con vosotros una alianza, que durará tanto tiempo como vuestro partido
y yo persigamos el mismo objeto. Pero si hoy aún sigo unido a su programa,
quizás mañana ya no podré hacerlo y le seré «infiel». El partido no tiene para
mí nada de obligatorio, nada que me ligue, y yo no le respeto; si deja de
agradarme, me vuelvo contra él.
Los miembros de todo partido que atiende a su
existencia y a su conservación, tienen tanta menos libertad, o más exactamente,
tanto menos personalidad, y carecen tanto más de egoísmo, cuanto más
completamente se someten a todas las exigencias de ese partido. La
independencia del partido implica la dependencia de sus miembros.
Un partido, cualquiera que sea, no puede jamás
pasarse sin una profesión de fe, porque sus miembros deben creer en su
principio y no ponerlo en duda ni discutirlo: debe ser para ellos un axioma
cierto e indudable. En otros términos:
hay que pertenecer en cuerpo y alma a su partido,
de lo contrario no se es verdaderamente un hombre de partido, sino más o menos
un individualista. Si la menor duda sobre el cristianismo te asalta, ya no
serás un verdadero cristiano. Tú, que habrás tenido la gran impiedad de
examinar el dogma y de arrastrar el cristianismo ante el tribunal de tu
egoísmo, tú habrás pecado contra el cristianismo, contra la causa de un partido
(...) Pero tanto mejor para ti si un pecado no te espanta; tu audaz impiedad va
a ayudarte a alcanzar la individualidad.
Así pues, alguien insistirá en preguntar: ¿un
individualista no podrá jamás tomar partido? Sí. Pero a condición de no dejarse
coger por el partido. El partido no es para él nada más que una parte. El es
una parte, y toma a su vez su parte.
***
Revuelta y revolución
Revolución y revuelta no deben ser consideradas
sinónimos. La primera consiste en un trastrueque del estado de cosas existente,
del estatuto del Estado o de la sociedad, siendo por tanto un acto político o
social. La segunda, implicando inevitablemente una transformación del orden
establecido, no toma su punto de partida en esta transformación. Parte más bien
del hecho de que los hombres son seres descontentos de sí mismos. No es una
leva de soldados, sino un cambio de los individuos, una
rebelión que no se preocupa por las instituciones
que habrá de producir. La revolución, por el contrario, tiene por objeto el
logro de nuevas instituciones. La revuelta nos conduce a no dejarnos manejar
más, invitándonos a gestionar por nosotros mismos a nosotros mismos. La
revuelta no espera maravillas de las «instituciones» que hayan de venir. Es un
combate contra lo que existe. Si ella se produce, lo que existe se cae por su
propio peso. La revuelta no hace más que liberar mi yo del estado de cosas existente.
El cual, desde el instante en que yo he cambiado, se muere y cae por
putrefacción.
Ahora bien, puesto que mi objetivo no es el de
arramplar con todo lo que existe, sino el de elevarme por encima de lo que
existe, mis actos no tienen nada de político o de social, no tienen otro objeto
que mí mismo y mi individualidad, son «egoístas». Las instituciones son una
exigencia de la revolución. La revuelta quiere que se las destruya o que se las
eleve. La elección de una constitución, tal era la preocupación de los jefes
revolucionarios; toda la historia política de la revolución estaba repleta de
luchas y de cuestiones constitucionales, del mismo modo que el talento de los
reformadores sociales se ha mostrado extremada-mente fértil en instituciones
sociales (falansterios y otras). La revuelta, por el contrario, se esfuerza por
zafarse de toda constitución.
***
ANTICRITICA 10
El texto que sigue está inédito en francés y
castellano. Stirner responde en el, en tercera persona, a varios de sus
críticos. La primera parte apareció en la tercera entrega de
1845 de la revista Wigand's Vierteljahrschrift,
bajo el título: «Autores de recensiones sobre Stirner». Stirner respondía allí
en primer lugar a Ludwig Feuerbach. El autor de La esencia del cristianismo,
que Stirner había criticado con especial rigor en su libro, había publicado
anónimamente, en el segundo volumen de 1845 de la misma revista, un texto:
«Sobre La esencia del cristianismo en relación con el Único y su Propiedad».
Stirner respondía luego a Móise Hess, que le había atacado en un pequeño
panfleto de veintiocho páginas, aparecido en 1845 en Darmstadt, bajo el título
Los últimos filósofos. La segunda parte de esta «anticrítica» apareció, bajo el
pseudónimo de G. Edward, en la cuarta entrega de 1847 de la revista Los
Epígonos, de Otto Wigand, bajo el título «Los reaccionarios filósofos,
respuesta a Los sofistas modernos, de Kuno Fischer». Stirner respondía allí,
siempre en tercera persona, a una crítica de Kuno Fischer, que había aparecido
en 1847, bajo el título «Los sofistas modernos», en la Leipziger Revue, y que
estaba principalmente dirigida contra él.
Lo que interesa al lector de hoy son, sin duda,
menos las argucias y las argumentaciones de Stirner frente a sus adver-sarios,
que la manera en que diferencia el «egoísmo»
En
Escritos menores, op. cit.
individualista, que es el suyo, del egoísmo vulgar,
y en que el concilia su individualismo con el espíritu de asociación.
¿Qué es el egoísmo stirneriano?
Hay una cierta idea de egoísmo, entendido como
simple «aislamiento». Pero ¿qué tiene que ver el egoísmo con el aislamiento?
¿Es que Yo (Ego) me hago egoísta si, por ejemplo, rehúyo a los hombres? Sin
duda, me aíslo, me quedo a solas, pero no por ello soy más egoísta que otros,
que continúan frecuentando a los hombres y experimentando placer en ello. Si me
aíslo, es porque no me satisface ya la sociedad; si permanezco aún en ella, es
porque los hombres tienen aún mucho que ofrecerme. Permanecer entre ellos no es
ser menos egoísta que aislarse.
En la competencia, además, cada uno está aislado.
Pero cuando tal vez un día la competencia desaparezca, porque se reconozca la
acción común como la más eficaz y provechosa que el aislamiento, ¿es que
entonces no será cada cual en las asociaciones tan parecidamente egoísta y a la
búsqueda del propio interés? Se replica que, sin embargo, ello no será a
expensas del otro, pero por la buena razón de que el otro no deseará estar tan
loco a esas alturas como para dejar a cualquiera vivir a sus expensas.
Y, sin embargo, se dice: «Es egoísta el que no
piensa más que en sí.» Pero ése sería un hombre que no conoce y que no sabe
apreciar ninguna de las alegrías resultantes del interés tomado por el otro, de
la consideración que se tiene por el otro. Ese sería un hombre privado de
innúmeros placeres, una pobre naturaleza. ¿Por qué, pues, aquel relegado o
aquel aislado habrían de ser declarados más egoístas que ricas naturalezas? ¿Es
que la ostra es más
egoísta que el perro, el negro más egoísta que el
alemán, el pobre ropavejero judío despreciado más egoísta que el socialista
entusiasta, y el vándalo —destructor de obras de arte que le dejan insensible—
más egoísta que el conocedor atento y solícito, con interés y gusto por esas
obras? Y si existiera alguien —dejamos abierta la cuestión de saber si puede
probarse la existencia de tal caso— que no tuviese ningún interés «humano» en
los hombres, que no supiese apreciarles en tanto que hombres, ¿no sería él un
pobre egoísta, y no un Egoísta auténtico? (...) Quien ama a un ser humano es,
por el hecho de ese amor, más rico que otro que no ama a nadie; pero no vamos a
hacer aquí una oposición entre egoísmo y no-egoísmo, pues ambos tipos humanos
no hacen más que seguir, cada uno a su manera, su interés respectivo.
«¡Sin embargo, hay que interesarse por los hombres,
amar a los hombres!» Pues bien: veamos a dónde vamos a parar con este deber,
con este mandamiento de amor. Después de dos mil años, se alimenta el corazón
de los hombres con esa máxima y, sin embargo, los socialistas se quejan hoy de
que nuestros proletarios sean tratados con menos atención que los esclavos de
los antiguos, pese a lo cual esos mismos socialistas predican una vez más, y
con gran empaque de voz, este mandamiento de amor.
¿Queréis que los hombres os testimonien interés?
Pues bien, abligadles a someterse a pruebas dolorosas para vosotros, y cesad de
ser santos ininteresantes, que presentan su santa humanidad como un hábito
sagrado, mientras claman como mendicantes: «¡Respeto por nuestra naturaleza
humana, que es sagrada!»
El egoísmo de que Stirner se hace protagonista no
es lo contrario del amor ni del pensamiento, no es el enemigo de una dulce vida
amorosa, ni de la generosidad y el sacrificio, no es hostil a la cordialidad
más tierna, no es tampoco enemigo de la crítica, ni del socialismo; en una
palabra, no es enemigo de ningún interés, de lo ininteresante: no se opone al
amor, sino al amor santo; no al pensamiento, sino al pensamiento santo; no va
contra los socialistas, sino contra los socialistas santos, etcétera.
El «exclusivismo» del verdadero egoísta, que se nos
quiere presentar como «aislamiento» y «cerrazón» es, por el contrario, una
plena participación en aquello que suscita interés, con exclusión de lo que no
lo suscita.
El capítulo más importante del libro de Stirner 11,
el titulado «Mis relaciones», las relaciones con el mundo y la asociación de
Egoístas, no se ha querido presentar como propio de Stirner.
***
Moise Hess y las dos clases de asociación de
egoístas
(... ) Hess sostiene que «toda nuestra historia no
ha sido otra cosa que la historia de asociaciones egoístas, cuyos frutos —la
esclavitud de la antigüedad, la servidumbre romana y la moderna— desde su
comienzo y universalmente son bien conocidos por todos nosotros». Para empezar,
Hess
El Único
y su propiedad.
emplea aquí (...) la expresión «asociación egoísta»
en lugar de la de Stirner, «asociación de Egoístas». Sus lectores (...) no
tardarán en encontrar exacto e indudable, con toda seguridad, que las
asociaciones de que el habla eran realmente «asociaciones egoístas». Pero una
asociación, o la mayoría de ellas, que se dejan torear en cuanto a sus
intereses más naturales y evidentes, ¿es una asociación de egoístas? ¿Son
realmente egoístas quienes se asocian allí donde uno es el esclavo o el siervo
del otro? Hay, sin duda, en una sociedad semejante y, por tanto, podría ser
denominada una asociación semejante, con visos de verosimilitud, «asociación
egoísta»; pero, ¡por favor!, los esclavos no han buscado esta sociedad por
egoísmo, sino que están, en su corazón egoísta, contra esas bellas
«asociaciones» como las llama Hess.
Aquellas sociedades en que las necesidades de unos
están satisfechas a expensas de los otros, o donde, por ejemplo, los unos
pueden satisfacer su necesidad de reposo gracias a que los otros hayan de
trabajar hasta el agotamiento, pueden llevar una vida fácil porque otros viven
en la miseria o mueren de hambre, o incluso pueden vivir en la disipación
porque otros son bastante tontos para vivir en la indigencia, etc., aquellas
sociedades son denominadas por Hess «asociaciones egoístas»; pero esta última expresión
está en Stirner, primeramente, explicitada como «asociación de Egoístas», y en
segundo lugar es adecuada, mientras que lo que Hess bautiza con este nombre
constituye más bien una sociedad religiosa, una comunidad basada sobre el
respeto santo al derecho, la ley y todas las formalidades o ceremonias de la
justicia.
Pero sería de otro modo si Hess consintiese en ver
a las asociaciones egoístas no sobre el papel, sino en la vida misma. Fausto se
encuentra emplazado ante el corazón de tales asociaciones cuando exclama: Aquí
soy un hombre, aquí puedo serlo (...) Goethe nos lo dice en negro sobre fondo
blanco. Si Hess observase atentamente la vida real, a la que parece conceder
tanta importancia, tendría delante de sus ojos cientos de asociaciones egoístas
de este género, unas efímeras, otras duraderas. Puede ser que en este momento
incluso algunos muchachos se encuentren reunidos delante de su ventana en
calidad de camaradas de juego; que él les observe, y se dará cuenta de las
alegres asociaciones egoístas. Puede que en su lugar encuentre Hess a un amigo,
a una mujer querida; en este caso, el puede saber cómo el corazón encuentra el
camino del corazón, cómo dos seres se unen egoístamente para gozar el uno del
otro, sin que ninguno de los dos «pierda nada» en esa unión. Puede que
encuentre buenos compañeros en la calle que le inviten a acompañarle a un café:
¿aceptará el esta invitación para hacerles un servicio amablemente, o bien se
unirá a ellos porque se promete encontrar un placer? ¿Han de estarles
calurosamente agradecidos los amigos por su «sacrificio», o bien saben que,
todos juntos, forman durante una breve hora una «asociación egoísta»?
***
El «hombre» abstracto de Feuerbach
(...) Feuerbach olvida que «el hombre» no existe,
que es una abstracción arbitraria, y le erige en ideal. ¿Cómo asombrarse de que
se dirija a fin de cuentas a un ser genérico, misterioso e impersonal, dotado
de «poderes» secretos, que a imitación de los dioses griegos respecto a Zeus,
le confiere una función politeísta? (...) A este estereotipo, a esta
fraseología del «humanismo», Stirner opone la de «Egoísmo». ¿Cómo? ¿Tú exiges
de mí que sea «varón»? ¡Pero cómo! «Hombre», «pequeño ser desnudo» y «varón» lo
era yo desde la cuna. He ahí, pues, lo que soy, sin réplica; pero yo soy más
que eso: yo soy lo que he llegado a ser por mí mismo, por mi desarrollo, por mi
apropiación del mundo exterior, de la historia, etc.; yo soy un «Único». Pero
eso en el fondo tú no lo quieres. Tú no quieres que yo sea un hombre real. Tú
no darías un real por mi unicidad. Tú quieres que yo sea «el Hombre», tal como
lo has construido, tipo ideal, ejemplar. Tú quieres hacer del «principio
igualitario plebeyo» la norma de mi vida.
Principio por principio, exigencia por exigencia,
yo te opongo el principio del Egoísmo. Yo quiero ser solamente Yo. Aborrezco la
naturaleza, desprecio a los hombres y sus leyes, así como a la sociedad humana
y a su amor, con la cual rompo toda relación en general, incluso la del
lenguaje. A las pretensiones de vuestro deber, de vuestro «tú debes», a las
sentencias de vuestro juicio categórico, opongo en bloque la «ataraxia», la
serenidad de mi Yo. Me sirvo del lenguaje por simple condescendencia. Soy el «Indecible»,
limitado a mis apariciones y a mis epifanías. Os pregunto:
¿No tengo tanta razón como vosotros cuando defiendo
el terrorismo de mi yo, descartando todo lo que hay de humano en él, la misma
razón que cuando vosotros defendéis con vuestro terrorismo la humanidad, que,
sin ambages, me estigmatiza como «no humano», cuando peco contra vuestro
catecismo, cuando rehúso dejarme conmover en mi autodisfrute?
¿Hay que decir que Stirner quiere negar con su
«Egoísmo» todo lo que pertenece a todos nosotros, declararlo inexistente, que
quiere por pura y simple negación hacer tabla rasa de todas las propiedades
específicas de nuestra organización social, a la que nadie puede sustraerse?
¿Hay que decir que quiere renunciar a toda comunidad humana, tornarse
crisálida, lo que equivaldría, por decirlo así, a suicidarse? Este malentendido
es, creo, pasablemente grosero (...). Pero hay en el libro de Stirner una
«deducción» de peso, una muy importante y fuerte conclusión que, sin duda, no
puede ser leída más que entre líneas, pero que ha escapado completamente a los
filósofos. Esto les ocurre porque ellos no conocen al hombre real, ni se
conocen a sí mismos en tanto que seres reales; por contra, sólo se preocupan
del «Hombre», el «Espíritu» en sí, a priori, el nombre; pero nunca de la cosa
ni la persona misma. Es que Stirner expresa, de forma negativa, por la crítica
incisiva e irresistible con que analiza, todas las miradas de la devoción y el
sacrificio desinteresado, cosa que, con seguridad, sus gloriosos críticos han
querido comprender, una vez más, como una apoteosis del interés personal ciego,
del egoísmo más estrecho.
(...) Stirner ha definido el mismo a su libro como
la expre-
sión en parte «desventurada» de lo que él quería
decir. Es la obra laboriosa de los mejores años de su vida; y, sin embargo,
dice que es en parte «desventurada»: tan fuerte es la corrupción del lenguaje
de los filósofos, de los fieles del Estado, de la religión y de otras
creencias, lenguaje generador de una confusión de ideas ilimitada.
P. J. PROUDHON
(1809-1865)
53
El 16 de enero de 1865, Pedro José Proudhon moría
en París, con sólo cincuenta y seis años, prematuramente gastado por una enorme
labor cerebral. ¿Cómo evocar en pocas palabras la personalidad de este antiguo
obrero, hijo de campesinos, hijo de sus obras, autodidacta?
Dejando a un lado todos los demás méritos, ha sido
uno de los más grandes escritores de lengua francesa, habiéndole dedicado el
crítico literario Sainte-Beuve todo un libro.
El genio de Proudhon era multiforme; sus obras
completas
(a las que hay que añadir los catorce volúmenes de
la «Correspondencia», los cinco volúmenes de «Carnets» en curso de publicación
y los manuscritos inéditos de que nos habla la tesis doctoral de Pierre
Haubtmann) son impresionantes. Proudhon ha sido a la vez el padre del
«socialismo científico», de la economía política socialista y de la sociología
moderna, el padre del anarquismo, del mutualismo, del sindicalismo
revolucionario, del federalismo y de esta forma peculiar de colectivismo que
actualiza hoy la «autogestión». Sus juicios sobre la historia, y especialmente
sobre la revolución francesa, sobre Napoleón, son de una intuitiva perspicacia
que le ponen a la altura de Michelet. Por fin, y sobre todo, fue el primero en
entrever y en denunciar proféticamente los peligros de un socialismo
autoritario, estatal y dogmático.
La revolución de 1848 le da la ocasión de
descender, no sin valor, a la arena revolucionaria y, con el segundo Bonaparte,
la audacia subversiva de sus escritos le valió persecuciones, prisión, exilio.
Su espíritu original y paradójico, exagerado por un
plebeyo y poderoso verbo, le llevó muy frecuentemente a dejar salir de su
cerebro en ebullición el chisporroteo de las ideas más extremadas: sobre la
guerra, sobre el progreso, sobre el feminismo, sobre el racismo, sobre el arte,
sobre la sexualidad, etc. Predicó una moral fanáticamente puritana. Jamás se
desembarazó por completo de la formación cristiana de sus primeros años y, en
su obra más monumental12 , una de las requisitorias más violentas y
De la
Justicia en la Revolución y en la Iglesia, 1858.
aplastantes que haya pronunciado jamás el
anticlericalismo, la Justicia aparece, a fin de cuentas, como un sinónimo,
apenas diferenciado, de Dios. Jamás logró despojarse de la fuerte impronta
idealista que debía a la lectura, por personas interpuestas, de Hegel, y su
espíritu acendradamente jurídico permaneció cerrado a la concepción
materialista de la historia.
A la vez revolucionario y conservador, lleno de
libertad y de orden, Proudhon ha sido reivindicado por las ideologías más
opuestas. Mientras vivió, aunque muy leído y objeto de una publicidad
bullanguera, permaneció singularmente solo.
El marxismo, que le debe mucho y que no siempre le
atacó de buena fe, le ha eclipsado durante mucho tiempo. Y aunque el marxismo
se encuentra tensionado en el plano de la acción entre el blanquismo, el
reformismo parlamentario, el anarquismo y el estatismo, y en el plano teórico
entre la filosofía hegeliana y la economía política inglesa, es, al menos en
apariencia, más coherente que las visiones a veces caóticas de Proudhon. El
formidable poder temporal, la dictadura intelectual ejercida hoy en nombre —usurpado—
de Marx, en favor de la revolución de Octubre y de su traición por los epígonos
rojos, han hecho daño a la memoria de Proudhon, que hasta ayer estaba poco
menos que desconocido, calumniado, olvidado. Se creía dicho todo sobre el al
colocarle el epíteto insultante de «pequeño-burgués». Pero hasta en el campo
«marxista» se comienza a releer a Proudhon hoy, y a bajar de tono la injuria.
***
Proudhon joven: autorretrato13
Nada tengo que decir de mi vida privada; no
concierne a los demás. Siempre he tenido poco gusto por las autobiografías, y
por otra parte tampoco me intereso por los asuntos de los demás. La propia
historia, así como la novela, no tienen para mí otro interés que el de las
aventuras de la idea, como en nuestra inmortal revolución.
(...) Nací en Besançon el 15 de enero de 1809. Mi
padre era Claude François Proudhon, tonelero, cervecero, natural de Chasmans,
cerca de Pontalier, departamento de Doubs. Mi madre era Catherine Simonin,
natural de Cordiron, parroquia de Burgille-les-Mamay, del mismo departamento.
Todos mis antepasados por vía paterna y materna
fueron labradores francos, exentos de servicios y otras cargas desde tiempo
inmemorial.
(...) Hasta los doce años, mi vida casi siempre
transcurrió en el campo, ocupado tanto en pequeños trabajos rústicos, cuanto en
guardar las vacas. A los cinco años fui boyero. No conozco existencia a la vez
más contemplativa y realista más opuesta a este absurdo espiritualismo que
constituye el fondo de la educación y de la vida cristiana, que la del hombre
de los campos.
(...) Qué placer sentía antaño dejándome caer
rodando so-
Extractos
de La Justicia... II; Cartas a la Academia de Besançon, 1837; Confesiones de un
revolucionario para servir a la historia de la revolución de febrero (1819).
bre las altas hierbas que yo hubiera querido
ramonear como mis vacas; qué placer corriendo con los pies desnudos sobre las
sendas unidas por los setos; qué placer hundiendo mis piernas (...) al recalzar
en la tierra profunda y fresca las verdes turquíes 14. Más de una vez, en las
cálidas mañanas de junio, tuve que quitarme la ropa y darme sobre el césped un
baño de rocío.
(...) Apenas si distinguía entonces el yo del
no-yo. Yo era todo aquello que podía tocar con la mano, alcanzar con la vista,
que me servía para cualquier cosa; no-yo era todo lo que me podía perjudicar, o
resistir al yo. Durante todo el día me llenaba de lechugas, de rapónchigos, de
escomoceras, de guisantes verdes, de granos de cisquero, de espigas de maíz
tostado, de angras de todas clases, endrinas, almecinas, cerezas de monte,
zarzarrosas, lambruscas, frutas salvajes; me cebaba con una cantidad de legumbres
crudas que hubieran hecho reventar a un pequeño burgués elevado gentilmente,
pero que no producían otro efecto sobre mi estómago que el de darme por la
tarde un formidable apetito. La madre naturaleza no hace daño a los que la
pertenecen.
(...) ¡Cuántos aguaceros he soportado! ¡Cuántas
veces, calado hasta los huesos, he secado mis ropas sobre mi cuerpo, al cierzo
o al sol! ¡Cuántos baños he tomado a cualquier hora, durante el verano en el
estero, durante el invierno en las fuentes! Yo trepaba por los árboles; me
guarnecía en las cavernas: atrapaba a las ranas mientras saltaban, a los
cangrejos en sus hoyos, a riesgo de encontrar
Turquía,
nombre dado por los campesinos al maíz (confundido con el trigo llamado de
Turquía, pero de hecho originario del Nuevo Mundo).
una salamandra repulsiva; luego, en el acto, asaba
mi caza sobre carbones. Hay, del hombre al animal y a todo cuanto existe,
simpatías y odios secretos, cuyo sentimiento borra la civilización. Yo quería a
mis vacas, con una afección inigual; tenía preferencias por una gallina, por un
árbol, por un peñasco. Se me había dicho que el lagarto era amigo del hombre, y
yo lo creía sinceramente. Pero yo siempre hice guerra sin cuartel a las
serpientes, a los sapos y a las orugas. ¿Qué me hicieron ellas? Ninguna ofensa.
No sé; pero la experiencia de los humanos me las ha hecho detestar cada vez
más.
***
Proudhon, tipógrafo
(...) Salido del colegio, me recibió el taller.
Tenía diecinueve años. Llegado a productor por mi cuenta, y como cambista, mi
trabajo diario, mi instrucción adquirida, mi razón más fuerte me permitían
ahondar el problema más que lo que no supe hacer otras veces. Esfuerzos
inútiles: las tinieblas se espesaron más y más.
¡Pero, bueno!, decía para mis adentros diariamente
al ir escribiendo mis líneas; si por algún medio los productores pudiesen
decidir en común la venta de sus productos y servicios en poco más o menos lo
que cuesta su producción, y, por consiguiente en lo que valen, sin duda habría
menos enriquecidos, a la par que menos fracasos; y, si todo se comprase y
vendiese bien y más barato, se vería mucha
menos indigencia (...). Ninguna experiencia
positiva demuestra que las voluntades y los intereses no puedan estar de tal
forma equilibrados que la paz, una paz imperturbable, fuera el fruto de ella, y
que la riqueza llegara a ser la nota común (...). Toda la cuestión consiste en
encontrar un principio de armonía, de ponderación, de equilibrio.
Tras algunas semanas de trabajo en Lyon primero y
luego en Marsella, faltando siempre el trabajo15, me dirigí hacia Toulon, a
donde llegué con tres francos y medio, mi último dinero. Nunca estuve más
animado, más confiado, que en este instante crítico. Aún no había aprendido a
calcular el debe y el haber de la vida; era joven. Pero en Toulon no encontré
trabajo: llegaba demasiado tarde, me había faltado la «mecha» por veinticuatro
horas. Una idea me vino a la cabeza, verdadera inspiración de la época: mientras
que los obreros de París que no tenían trabajo atacaban al gobierno, yo decidí
por mi parte dirigir una requisitoria a la autoridad.
Fui al Ayuntamiento y solicité hablar con el
alcalde. Llevado a la presencia del magistrado, saqué delante de él mi
pasaporte:
—He aquí, señor —le dije yo— un papel que me ha
costado dos francos y que, tras investigaciones respecto a mi persona llevadas
a cabo por el comisario de policía de mi distrito, asistido por dos testigos
conocidos, me promete, junto a las autoridades civiles y militares, concederme
asistencia y protección en caso de necesidad. Debéis saber,
El
trabajo de Proudhon consistía en la tipografía de «labeur», en plan artesanal,
distinta de la más mecanizada «de presse».
señor alcalde, que soy compositor de imprenta, que
desde París busco trabajo sin encontrarle, y que estoy al límite de mis
ahorros. El robo está prohibido, la mendicidad también; pero la renta no la
tiene todo el mundo. Queda el trabajo, cuya garantía puede satisfacer el objeto
de mi pasaporte. En consecuencia, señor alcalde, vengo a ponerme a su
disposición.
Yo era de la raza de aquellos que, un poco más
tarde, tomaron por divisa ¡Vivir trabajando o morir combatiendo!, que en 1848
decidieron tres meses de miseria en la República, y que, en junio, escribieron
sobre su bandera: ¡Pan o plomo! Carecía de razón, lo confieso hoy: que mi
ejemplo ilustre a mis semejantes.
Aquel a quien yo me estaba dirigiendo era un hombre
pe-queño, regordete, mofletudo, satisfecho; un hombre que llevaba gafas con
patillas de oro y que, ciertamente, no estaba preparado para este asalto mío.
Tomé nota de su nombre: me gusta conocer a los que amo. Era un tal señor Guieu,
llamado Tripette o Tripatte, antiguo procurador, nuevo hombre, descubierto por
la dinastía de Julio y que, aunque rico, no desdeñaba una beca de colegio para
sus hijos. Debió tomarme por un escapado de la insurrección que venía a agitar
en París con ocasión del entierro del general16.
—Señor —me dijo brincando en su sillón—, vuestra
reclamación es insólita y usted interpreta mal su pasaporte. El pasaporte
quiere decir que, si se os ataca, si se os roba, la
Las
exequias del general Maximilien Lamarque (1770-1832) acababan de ser la ocasión
para una imponente manifestación popular que degeneró en motín.
autoridad correrá a defenderos. Eso es todo.
—Perdón, señor alcalde. La ley, en Francia, protege
a todo el mundo, incluso a los culpables a los que reprime. El gendarme no
tiene derecho a golpear al asesino a quien captura, a no ser en caso de
legítima defensa. Si un hombre va a prisión, el director no puede apropiarse
sus efectos. El pasaporte, así como el carnet, de los cuales estoy previsto,
implica para el obrero algo más que eso, o no significa nada.
—Señor, voy a daros quince céntimos por lugar, para
que volváis a vuestro país. Esto es todo lo que yo puedo hacer por usted. Mis
atribuciones no dan más de sí.
—Eso, señor alcalde, es una limosna, y yo no la
quiero. Pues, cuando esté de vuelta al país en el que acabo de saber que no hay
nada que hacer, iré a buscar al alcalde de mi comunidad lo mismo que acabo de
hacer con usted, de suerte que mi vuelta habrá costado 18 francos al Estado,
sin utilidad para nadie.
—Señor, eso no entra en mis atribuciones...
No salía de ahí. Rechazado con estacazo en el
terreno de la legalidad, traté de ensayar otro camino. Acaso, me decía yo, el
hombre vale más que el funcionario: aire plácido, figura cristiana a excepción
de la mortificación; pero los mejor alimentados son también los mejores.
—Señor —volví a decirle—, dado que vuestras
atribuciones no os permiten dar cauce a mi petición, dadme un consejo. En caso
de necesidad puedo ser útil en algún otro lugar que no fuere en una imprenta, y
por otra parte, no repugno a nadie. Usted conoce la localidad: ¿qué puedo hacer
en ella, qué me aconseja?
—Señor, os aconsejo que os retiréis.
Miré de arriba abajo al personaje (...).
—Está bien, señor alcalde —le dije apretando los
dientes—; os prometo recordar esta audiencia.
Y abandonando el Ayuntamiento, salí de Toulon por
la puerta de Italia (...). Desde hace dos años recorro el mundo estudiando,
interrogando al pequeño pueblo del que yo me encuentro más próximo por mi
condición social: sin tiempo para leer apenas, y menos aún para escribir.
(...) Tal ha sido hasta este día, y tal sigue
siendo mi vida al presente: poblando los talleres, testificando de los vicios y
de las virtudes populares, comiendo mi pan ganado cada día con el sudor de mi
frente, obligado, con mis módicos ingresos, a ayudar a mi familia y a
contribuir a la educación de mis hermanos. Y en medio de todo eso, meditando,
filosofando, recogiendo cosas menores de observaciones imprevistas.
Fatigado por la condición precaria y miserable de
obrero, quise al fin tratar, juntamente con alguno de mis compañeros, de
organizar un pequeño establecimiento de imprenta. Las magras economías de los
dos amigos fueron puestas en común, y todo el dinero de sus familias lanzado
igualmente a esta lotería. Pero el juego pérfido de los azares ha truncado
nuestra esperanza: orden, trabajo, economía, nada ha servido. De los dos
socios, el uno ha ido a un rincón del bosque a morir de agotamiento y de
desesperanza; el otro, no sabe cómo arrepentirse de haber malgastado el último
bocado de pan de su padre
(...) Mi vida pública comienza en 1837 en plena
corrupción
felipista. La Academia de Besançon tenía que
decidir la concesión de la beca trienial legada por M. Suard, secretario de la
Academia francesa y destinada a los jóvenes del Franco Condado sin fortuna con
deseo de cursar carreras de letras o de ciencias. Yo me puse a la cola. En la
memoria que dirigí a la Academia, y que existe en sus archivos, escribía:
«Nacido y elevado al seno de la clase obrera,
perteneciendo a ella todavía por el corazón y el afecto, sobre todo por la
comunidad de sufrimientos y de votos, mi mayor alegría —si obtuviese la
aceptación de la Academia— sería la de trabajar sin tregua por la filosofía y
la ciencia, con toda la energía de mi voluntad y de todas las potencias de mi
espíritu en la mejora física, moral e intelectual de aquellos a los que me
complazco en llamar hermanos y compañeros para extender entre ellos las
simientes de una doctrina a la que conceptúo como la ley del mundo moral; y
quedo a la espera del éxito de mis esfuerzos para encontrarme ya, señores, como
su representante frente a ustedes.»
Mi protesta, como se ve, data de lejos. Yo era aún
joven y lleno de fe cuando pronuncié estas palabras. Mis conclusiones dirán si
yo he sido fiel a ellas. Mi socialismo ha recibido el bautismo de una compañía
sabia; he tenido por madrina una academia; y si mi vocación, decidida desde
hace tiempo, hubiese podido torcerse, el coraje que entonces recibí de mis
honorables compatriotas la hubiera confirmado sin desviaciones.
En seguida me puse a ello. No fui a pedir la luz a
las es-cuelas socialistas de esta época, que ya comenzaban a pasar de moda.
También evité a los hombres de partido y a los pe-riodistas, demasiado ocupados
con sus luchas diarias como
para pensar en las consecuencias de sus propias
ideas. Tampoco he conocido las sociedades secretas. Todo este mundo me parecía
alejarse del fin que perseguía, lo mismo que los eclécticos y los jesuitas.
Comencé mi trabajo de conspiración solitaria por el
estudio de las antigüedades socialistas, necesario, a mi entender, para
determinar la ley teórica y práctica del movimiento. Tales antigüedades las
encontré en primer lugar en la Biblia. Hablando a cristianos, la Biblia debía
ser para mí la primera de las autoridades. Una memoria sobre la institución
sabática, considerada desde el punto de vista moral, higiénico, familiar y
ciudadano, me valió una medalla de bronce de mi academia. A partir de la fe con
que me había sido concedida, me precipité, con la cabeza baja, a la razón pura
y ya —cosa singular y para mí de buen augurio— por hacer de Moisés un filósofo
y socialista, recibía aplausos. Si yo estoy ahora en el error, éste no es mío
solo: ¿hubo alguna vez seducción parecida?
Pero, sobre todo, yo estudiaba para llevar a la
práctica. Me cuidaba poco del palmarés académico; no era mi oficio llegar a
sabio, y mucho menos literato o arqueólogo. Por ello abordé a continuación la
economía política.
Yo había tomado como regla de mis juicios que todo
prin-cipio que, llevado a sus últimas consecuencias, llevara a una
contradicción, debería ser tenido por falso y negado, y que, si este principio
había dado lugar a una institución, la institución misma debía ser considerada
como ficticia, como utopía.
Provisto de este criterio, elegí como sujeto de
experiencia lo que yo había encontrado de más antiguo, de más
respetable, de más universal, de menos
controvertido: la propiedad. Sabido es lo que me pasó. Tras un largo, minucioso
y, sobre todo, imparcial análisis, llegué, como un algebrista conducido por sus
ecuaciones, a esta conclusión sorprendente: la propiedad, sea cual fue el lado
desde el que se la vea, es una idea contradictoria. Y la negación de la
propiedad, que implicaba la de autoridad, me hizo deducir inmediatamente, a
partir de mi definición, este corolario no menos paradójico: la verdadera forma
de gobierno es la anarquía.
(...) Creía que mi trabajo era lo bastante
inquietante por sí mismo como para merecer la atención del público y despertar
la solicitud de los sabios. Dirigí mi memoria a la Academia de ciencias morales
y políticas: la acogida benevolente que recibió los elogios que le dedicó el
señor Blanqui17, todo ello me indujo a pensar que la Academia, sin hacerse
responsable de mi teoría, estaría satisfecha de mi trabajo, y yo continué mis
investigaciones.
La dialéctica, empero, me emborrachó: un cierto
fanatismo, particular a los lógicos, se me había subido al cerebro, y había
hecho de mi memoria un panfleto. La tribuna de Besançon, habiendo creído deber
castigar este trabajo, hizo que yo fuera llevado ante la audiencia del
departamento de Doubs, bajo la cuádruple inculpación de ataque a la propiedad,
de excitación al desprecio al gobierno, de ultraje a la religión y a las
costumbres. Hice lo que pude para explicar al jurado cómo, en el estado actual
de la circulación mercantil, el valor útil y el valor de cambio,
Adolphe
Blanqui (1798-1854), economista burgués, hermano del gran revolucionario
Auguste Blanqui.
al ser dos cantidades inconmensurables y en
perpetua opo-sición, hacían de la propiedad algo completamente ilógico e
inestable, y que tal es la razón por la cual los trabajadores son cada vez más
pobres, a la vez que los propietarios son cada vez menos ricos18. El jurado
pareció no comprender gran cosa de mi demostración: dijo que esto era materia
científica, por lo tanto fuera de su competencia, y dio en mi favor un
veredicto de absolución.
***
LA PROPIEDAD ES EL ROBO19
Si tuviera que contestar a la siguiente pregunta:
¿Qué es la esclavitud?, y respondiera en pocas palabras: es el asesinato, mi
pensamiento, desde luego, sería comprendido. No necesitaría de grandes
razonamientos para demostrar que el derecho de quitar al hombre el pensamiento,
la voluntad, la personalidad, es un derecho de vida y muerte, y que hacer
esclavo a un hombre es asesinarle. ¿Por qué razón, pues, no puedo contestar a
la pregunta ¿qué es la propiedad?,
Nótese
que esta afirmación preludia la de Marx, el cual acusará por ella, sin motivo,
a Proudhon. (N. del T.)
Extracto
de Qué es la propiedad, 1840.
diciendo concretamente: la propiedad es un robo,
sin tener la certeza de no ser comprendido, a pesar de que esta segunda
afirmación no es más que una simple trans-formación de la primera?
Me decido a discutir el principio mismo de nuestro
gobierno y de nuestras instituciones, la propiedad; estoy en mi derecho. Puedo
equivocarme en la conclusión que de mis investigaciones resulte; estoy en mi
derecho. Me place colocar el último pensamiento de mi libro en su primera
página; estoy también en mi derecho.
Un autor enseña que la propiedad es un derecho
civil, nacido de la ocupación y sancionado por la ley; otro sostiene que es un
derecho natural, que tiene por fuente el trabajo; y estas doctrinas tan
antitéticas son aceptadas y aplaudidas. Yo creo que ni el trabajo, ni la
ocupación, ni la ley, pueden engendrar la propiedad, pues ésta es un efecto sin
causa. ¿Se puede censurar por ello? ¿Cuántos comentarios producirán estas
afirmaciones?
¡La propiedad es el robo! ¡He aquí el toque de
rebato del 93! ¡La turbulenta agitación de las revoluciones!...
Tranquilízate, lector; no soy, ni mucho menos, un
elemento de discordia, un instigador de sediciones. Me limito a anticipar
algunos días la historia; expongo una verdad cuyo esclarecimiento no es posible
evitar. Escribo, en una palabra, el preámbulo de nuestra constitución futura.
Esta definición, que te parece peligrosísima, la propiedad es el robo, bastaría
para conjurar el rayo de las pasiones populares si nuestras preocupaciones nos
permitiesen comprenderla. Pero ¡cuántos intereses y prejuicios no se oponen a
ello! La filosofía no cambiará jamás el curso de los
acontecimientos: el destino se cumplirá con
independencia de la profecía. Por otra parte, ¿no hemos de procurar que la
justicia se realice y que nuestra educación se perfeccione?
—¡La propiedad es el robo! ¡Qué inversión de ideas!
Propietario y ladrón fueron en todo tiempo expresiones contradictorias, de
igual modo que sus personas son entre sí antipáticas; todas las lenguas han
consagrado esa antinomia. Ahora bien, ¿con qué autoridad podréis impugnar el
asentimiento universal y dar un mentís a todo el género humano? ¿Qué sois para
quitar la razón a los pueblos y a la tradición?
—¿Qué puede importarte, lector, mi humilde
personalidad? He nacido, como tú, en un siglo en que la razón no se somete sino
al hecho y a la demostración; mi nombre, lo mismo que el tuyo, es el de
buscador de la verdad20; mi misión está consignada en estas palabras de la ley:
Habla sin odio y sin miedo, di lo que sepas. La obra de la humanidad consiste
en construir el templo de la ciencia, y esta ciencia comprende al hombre y a la
naturaleza. Pero la verdad se revela hoy a todos, a Newton y a Pascal hoy, al pastor
en el valle y al obrero en el taller, mañana. Cada cual aporta su piedra al
edificio, y, una vez realizado, desaparece. La eternidad nos precede, la
eternidad nos sigue; entre los infinitos, ¿qué puede importar a nadie la
situación de un simple mortal?
Olvídate, pues, lector, de mi nombre, y fíjate
solamente en mis razonamientos. Despreciando el consentimiento
En
griego, skeptikos: examinador, filósofo que hace profesión de la búsqueda de la
verdad (nota de Proudhon).
universal, pretendo rectificar el error universal;
apelo a la conciencia del género humano. Ten el valor de seguirme, y, si tu
voluntad es sincera, si tu conciencia es libre, si tu entendimiento sabe unir
dos proposiciones para deducir una tercera, mis ideas llegarán infaliblemente a
ser tuyas. Al empezar diciéndote mi última palabra, he querido advertirte, no
incitarte; porque creo sinceramente que si me prestas tu atención obtendré tu
asentimiento. Las cosas que voy a tratar son tan sencillas, tan evidentes, que
te sorprenderá no haberlas advertido antes, y exclamarás: «No había
reflexionado sobre ello.» Otras obras te ofrecerán el espectáculo del genio
apoderándose de los secretos de la naturaleza y publicando sublimes
pronósticos; en cambio en estas páginas únicamente encontrarás una serie de
investigaciones sobre lo justo y el derecho, una especie de comprobación, de
contraste de tu propia conciencia. Serás testigo presencial de mis trabajos y
no harás otra cosa que apreciar su resultado.
Por lo demás, no tengo sistema: vengo a pedir el
fin del privilegio, la abolición de la esclavitud, la igualdad de derechos, el
imperio de la ley. Justicia, nada más que justicia; tal es la síntesis de mi
empresa; dejo a los demás el cuidado de ordenar el mundo.
Un día me dije: ¿Por qué tanto dolor y tanta
miseria en la sociedad? ¿Debe ser el hombre eternamente desgraciado? Y sin
fijarme en las explicaciones opuestas de esos arbitristas de reformas, que
achacan la penuria general, unos a la cobardía e impericia del poder público,
otros a las revoluciones y motines, aquellos a la ignorancia y consunción
generales; cansado de las interminables
discusiones de la tribuna y de la prensa, he
querido profundizar yo mismo la cuestión. He consultado a los maestros de la
ciencia, he leído cien volúmenes de filosofía, de derecho, de economía política
e historia... ¡Y quiso Dios que viniera en un siglo en que se ha escrito tanto
libro inútil He realizado supremos esfuerzos para obtener informaciones
exactas, comparando doctrinas, oponiendo a las objeciones las respuestas,
haciendo sin cesar ecuaciones y reducciones de argumentos, aquilatando millares
de silogismos en la balanza de la lógica más pura. Pero, es preciso decirlo,
pude comprobar el verdadero sentido de estas palabras tan vulgares como
sagradas: Justicia, equidad, libertad; que acerca de cada uno de estos
conceptos, nuestras ideas son completamente confusas, y que, finalmente, esta
ignorancia es la única causa del pauperismo que nos degenera y de todas las
calamidades que han afligido a la humanidad.
Ante una conclusión tan grave, me atemoricé,
llegando a dudar de mi razón. ¡Cómo! —exclamé—, lo que nadie ha visto ni oído,
lo que no pudo penetrar la inteligencia de los demás hombres, ¿has logrado tú
descubrirlo? ¡Detente, desgraciado, ante el temor de confundir las visiones de
tu cerebro enfermo con la realidad de la ciencia! (...)
Resolví entonces someter a una segunda comprobación
mis juicios, y como tema de mi nuevo trabajo, fijé las siguientes
proposiciones: ¿Es posible que en la aplicación de los principios de la moral
se haya equivocado unánimemente la humanidad durante tanto tiempo? ¿Cómo y por
qué ha padecido ese error? ¿Y cómo podrá subsanarse éste, siendo universal?
Estas cuestiones, de cuya solución hacía depender
la certeza de mis observaciones, no resistieron durante mucho tiempo el
análisis.
(...) Sí, todos los hombres creen y sienten que la
igualdad de condiciones es idéntica a la igualdad de derecho; que propiedad y
robo son términos sinónimos; que toda preeminencia social otorgada, o mejor
dicho, usurpada so pretexto de superioridad de talento y de servicio, es
iniquidad y latrocinio: todos los hombres, afirmo yo, poseen estas verdades en
la intimidad de su alma; se trata de hacer que las adviertan, simplemente.
***
Advenimiento de la libertad21
La comunidad22 es opresión y servidumbre. El hombre
quiere de buen grado someterse a la ley del deber, servir a su patria,
corresponder a sus amigos, pero quiere también trabajar en lo que le plazca,
cuando le plazca, como le plazca; quiere disponer de sus horas, no obedecer más
que a la necesidad; elegir sus amigos, sus recreos, su disciplina de estudio;
servir por razón, no por orden; sacrificarse por egoísmo, no por una obligación
servil. La comunidad es
El título
es nuestro.
Por
«comunidad» entiende Proudhon, como él mismo dice, el «sistema comunista», una
«tiranía mística y anónima», «la persona humana destituida de sus
prerrogativas».
esencialmente contraria al libre ejercicio de
nuestras inclinaciones más nobles, a nuestros sentimientos más ínti-mos: todo
lo imaginable por conciliarla con las exigencias de la razón individual y la
voluntad no haría más que cambiar las cosas conservando el nombre; pero si
buscamos la verdad con buena fe, debemos evitar disputar por palabras
solamente.
Así, la comunidad viola la autonomía de la
conciencia y la igualdad: la primera, porque comprime la espontaneidad del
espíritu y del corazón, el libre arbitrio en la acción y en el pensamiento; la
segunda, porque recompensa con una igualdad del bienestar el trabajo y la
pereza, el talento y la bestialidad, el vicio mismo y la virtud.
(...) ¿Qué forma de gobierno hemos de preferir, en
conse-cuencia?
—Bien, preguntadlo, respondo sin duda a cualquiera
de mis jóvenes lectores. ¿Qué si soy republicano?
—Republicano, sí; pero esta palabra no significa
nada. Res publica es cosa pública. Así que quien desea la cosa pública en
cualquier forma de gobierno puede decirse republicano. Los reyes también son
republicanos.
—Bueno, ¿que si soy demócrata?
—No.
—¿Monárquico entonces?
—No.
—¿Constitucional?
—Dios me libre.
—¿Aristócrata entonces?
—Nada de eso.
—¿Que si un gobierno mixto?
—Menos aún.
—¿Que qué soy yo entonces?
—Soy anarquista.
—Ah, ya os entiendo —dice el joven—: os burláis, os
reís del gobierno.
—En modo alguno: acabáis de escuchar mi profesión
de fe seria y maduramente reflexionada; aunque muy amigo del orden, soy, en
toda la fuerza del término, anarquista. Escuchadme.
El hombre, para llegar a la más pronta y perfecta
satisfacción de sus necesidades, busca una regla; en el comienzo, esta regla es
para él viva, visible y tangible: ella es su padre, su maestro, su rey. Cuanto
más ignorante es el hombre, más obediente es y más confianza tiene en su guía,
que creerá absoluta. Pero el hombre cuya ley es la de conformarse a la regla,
es decir, descubrirla por la reflexión y el razonamiento, ese hombre razona por
encima de las órdenes de sus jefes: pues bien, un razonamiento así es una
protesta contra la autoridad, un comienzo de desobediencia. Desde el momento en
que el hombre busca los motivos de la voluntad soberana, desde ese momento es
el hombre un rebelde. Si ya no obedece porque el rey manda, sino porque el rey
demuestra, puede afirmarse que a partir de entonces ya no reconoce a ninguna
autoridad, y que ha hecho de sí mismo su propio rey. ¡Ay de aquel que ose
conducirle sin ofrecerle, como sanción de sus leyes, más que el respeto de una
mayoría, pues, tarde o temprano, la minoría se hará
mayoría, y ese déspota imprudente será aniquilado y
todas sus leyes reducidas a la nada.
A medida que la sociedad se aclara, la autoridad
real disminuye, y éste es un hecho del que toda la historia da pruebas. Al
nacer las naciones, a los hombres les gusta reflexionar y razonar: sin métodos,
sin principios, no sabiendo ni siquiera usar de su razón, no saben si están en
lo justo o si se engañan. Entonces, la autoridad de los reyes es inmensa, pues
ningún conocimiento adquirido viene a contradecirles. Pero poco a poco la
experiencia proporciona hábitos, y éstos costumbres; luego las costumbres se
formulan como máximas, se transfieren en principios; en una palabra, se
traducen en leyes, a las cuales el rey, ley viva, está obligado a rendir
tributo. Viene un tiempo en que las costumbres y las leyes se multiplican
tanto, que la voluntad del príncipe está, por decirlo así, abrazada por la
voluntad general. Y así, al tomar la corona, estará obligado a jurar que
gobernará conforme a los usos y costumbres, y que él no será más que el poder
ejecutivo de una sociedad cuyas leyes se han hecho sin su concurso.
Hasta entonces, todo ocurre de una manera
instintiva y, por decirlo así, a espaldas de las partes. Pero veamos el término
fatal de este movimiento.
A fuerza de instruirse y de adquirir ideas, el
hombre acaba por adquirir la idea de ciencia, es decir, la idea de un sistema
de conocimientos conforme a la realidad de las cosas, y deduce de la
observación. Busca entonces la ciencia o el sistema de los cuerpos brutos, el
sistema de los cuerpos organizados, el sistema del espíritu humano, el sistema
del mundo: ¿cómo no habría de buscar igualmente el sistema de
la sociedad? Pero, en llegando a tal punto,
comprende que la verdad o la ciencia es algo completamente independiente de la
voluntad soberana, de la opinión de las mayorías y de las creencias populares;
que reyes, magistrados y pueblos, en tanto que voluntades, no son nada para la
ciencia, no mereciendo consideración. Comprende a la vez que, si el hombre ha
nacido sociable, la autoridad de su padre sobre el cesa el día en que, una vez
formada su razón y hecha su educación, llega a ser el asociado de su padre; que
su verdadero jefe y su rey es la verdad demostrada; que la política es una
ciencia, no una trapacería; y que la función del legislador se reduce, en
último análisis, a la búsqueda metódica de la verdad.
Así, en una sociedad dada, la autoridad del hombre
sobre el hombre está en razón del desarrollo intelectual al que esta sociedad
ha llegado, y la duración probable de esta autoridad puede calcularse sobre el
deseo más o menos general de un gobierno verdadero, es decir, de un gobierno
según la ciencia. Y a la vez que el derecho de la fuerza y el derecho de la
astucia se restringen ante la determinación cada vez más acendrada de la
justicia para llegar a extenderse en la legalidad, así también la soberanía de
la voluntad cede ante la soberanía de la razón, y acabará por capitular ante un
socialismo científico 23. La propiedad y la realeza están en derribo desde el
comienzo del mundo; así como el hombre busca la justicia en la igualdad, la
sociedad busca el orden en la anarquía.
Nótese
que también Proudhon reivindica para sí el «socialismo científico», lo que por
lo demás es algo común a los mismos «socialistas utópicos». (N. del T.)
Anarquía, ausencia de amo, de soberano 24, tal es
la forma de gobierno a la que nos acercamos todos los días, y que el hábito
inveterado de tomar al hombre por regla y a su voluntad por ley nos hace mirar
como colmo del desorden y la expresión del caos. Se cuenta que un burgués de
París del siglo XVIII, habiendo oído decir que en Venecia no había rey, no
podía salir de su asombro, creyendo morir de risa ante la noticia de una cosa
tan ridícula. Tal es nuestro prejuicio: en la medida en que existimos, queremos
un jefe o jefes, y en este mismo momento tengo en la mano un folleto cuyo
autor, celoso comunista, sueña, como otro Marat, con la dictadura.
(...) Esta síntesis de la comunidad y de la
propiedad la denominaremos libertad.
Para determinar la libertad, no unimos sin
discernimiento la comunidad y la propiedad, lo que sería un eclecticismo
absurdo. Buscamos por un método analítico lo que cada una de ellas contienen de
verdadero, de conforme a la naturaleza y a las leyes de la sociabilidad,
eliminando cuanto de espúreo contengan. Y el resultado da una expresión
adecuada a la forma natural de la sociedad humana; es una palabra, la libertad.
La libertad es igualdad porque la libertad no
existe más que en el estado social, y porque fuera de la legalidad no hay
sociedad.
La libertad es anarquía, porque no admite el
gobierno de la voluntad, sino solamente la autoridad de la ley, es decir,
El
sentido ordinariamente atribuido a la palabra anarquía es ausencia de
principio, de regla, sinonímico de desorden (nota de Proudhon).
de la necesidad.
La libertad es variedad infinita, porque respeta
todas las voluntades, dentro de los límites de la ley.
La libertad es proporcionalidad, porque deja todo
el campo a la ambición del mérito y a la emulación de la gloria.
La libertad es esencialmente organizadora: para
asegurar la igualdad entre los hombres, el equilibrio entre las naciones, es
preciso que la agricultura y la industria, los centros de instrucción, de
comercio y de almacén, se distribuyan según las condiciones geográficas y
climatológicas de cada país, la clase de productos, el carácter y los talentos
naturales de sus habitantes, etc., en proporciones tan justas, tan sabias, tan
bien combinadas, que ningún lugar presente excesos ni defectos de población, de
consumo y de producto. Ahí comienza la ciencia del derecho público y del
derecho privado, la verdadera economía política.
(...) La política es la ciencia de la libertad; el
gobierno del hombre por el hombre, sea cual fuere el nombre bajo el que se
desarrollase, es opresión; la más alta perfección de la sociedad está en la
unión del orden y la anarquía.
El fin de la antigua civilización ha llegado; bajo
un nuevo sol, la faz de la tierra va a renovarse. Dejemos que una generación
crezca, dejemos morir en el desierto a los viejos prevaricadores: la tierra
santa no cubrirá sus huesos. Hombre joven a quien la corrupción del siglo
indigna y a quien el celo de la justicia devora: si amas a la patria, si te
afecta el interés de la humanidad, atrévete a abrazar la causa de la libertad.
Abandonad vuestro viejo egoísmo,
lánzate a la vida popular de la igualdad que nace;
allí, vuestra alma remozada experimentará una savia y un vigor desconocidos;
vuestro genio adormecido reencontrará una indomable energía; vuestro corazón,
ya acaso envejecido, rejuvenecerá. Todo cambiará de aspecto ante vuestros ojos
depurados: sentimientos nuevos harán nacer en vosotros nuevas ideas; religión,
moral, poesía, arte, lenguaje, os aparecerán en una forma más grande y más
bella; y, ya con vuestra nueva fe, entusiasta y reflexiva, saludaréis la aurora
de la regeneración universal.
***
EL SISTEMA DE LAS CONTRADICCIONES ECONOMICAS 25
(...) Comprendí que, para adquirir la inteligencia
de las revoluciones de la sociedad, lo que había que hacer primero era
construir la serie entera de sus antinomias, el sistema de sus contradicciones.
Me sería difícil dar una idea de esta obra a
aquellos que no la han leído26. Trataré, empero, sirviéndome del lenguaje que
hoy todo el mundo comprende, el del tenedor de libros, de darme a entender,
pues si en pocas líneas pudiese dar una idea neta de lo que considero el
verdadero método económico, sería difícil que tal idea no forzase pronto todas
las convicciones.
Extraído
de Confesiones de un revolucionario.
Se trata
del libro Sistema de las contradicciones económicas o filosofía de la miseria,
2 volúmenes, 1846, al que Marx responderá al año siguiente con su obra Miseria
de la filosofía.
En mis primeras memorias, que atacaban de frente el
orden establecido, yo decía, por ejemplo, que la propiedad es el robo. Se
trataba de protestar, de poner, por así decirlo, en relieve la nada de nuestras
instituciones. Entonces no tenía otra cosa en que ocuparme. Igualmente, en la
memoria en que demostraba paso a paso esta proposición sorprendente, tuve
cuidado de precaver contra cualquier conclusión comunista.
En el Sistema de contradicciones económicas , tras
haber recordado y confirmado mi primera definición, añado otra contraria, pero
fundada sobre consideraciones de otro orden, que no podían ni destruir la
primera argumentación, ni ser destruidas por ella: la propiedad es la libertad.
La propiedad es el robo; la propiedad es la libertad: ambas proposiciones son
igualmente demostradas y subsisten una al lado de la otra en el Sistema de las
contradicciones.
Opero del mismo modo en cada una de las categorías
económicas, en la división del trabajo, en la competencia, en el Estado, en el
crédito, en la comunidad, etc., mostrando golpe a golpe cada una de las ideas,
y en consecuencia el lado positivo y negativo que ellas engendran, y cómo dan
lugar a una doble serie de resultados diametralmente opuestos, y siempre
concluyo en la necesidad de un acuerdo, conciliación o síntesis. La propiedad
aparecía, pues, aquí, con su razón de ser y con su razón de no ser, es decir,
como elemento bifaz del sistema económico y social.
Expuesto esto así, ha parecido sofístico,
contradictorio, equívoco, de mala fe. Pero voy a tratar de hacerlo más
inteligente, retomando el ejemplo de la propiedad.
La propiedad, considerada en el conjunto de las
instituciones sociales, tiene por decirlo así dos
cuentas abiertas: una es la de los bienes que procura y que derivan
directamente de su esencia; otra es la de los inconvenientes que produce, de
los gastos que comporta y que resultan, como los bienes, también directamente
de su naturaleza. Pasa lo mismo con la concurrencia, el monopolio, el Estado,
etc.
En la propiedad, como en todos los elementos
económicos, el mal o el abuso es inseparable del bien, exactamente como, en la
contabilidad por partida doble, el debe es inseparable del haber. Uno engendra
necesariamente al otro. Querer suprimir los abusos de la propiedad es
destruirla, lo mismo que suprimir un artículo de una cuenta corriente es
destruir su crédito. Todo lo que se puede hacer contra los abusos o
inconvenientes de la propiedad es sintetizarla, fusionarla, organizaría o
equilibrarla con un elemento contrario, que sea con respecto a ella lo que el
acreedor es respecto al deudor, el accionista respecto al comanditario, etc.
(tal será por ejemplo la comunidad), de tal modo que, sin que los dos
principios se alteren o destruyan mutuamente, el bien de uno venga a cubrir el
mal del otro, como en un balance las partes, después de haber sido
recíprocamente soldadas, conducen a un resultado final que es o todo pérdida o
todo beneficio.
La solución del problema de la miseria consiste,
pues, en elevar a una más alta expresión la ciencia del contable, en escriturar
la sociedad, en establecer el activo y el pasivo de cada institución tomando
por cuentas generales o divisiones del gran libro social no ya los términos de
la compatibilidad
ordinaria, de capital, de caja, de mercancías
generales, de giros, de envíos, etc., sino los de la filosofía de la
legislación y de la política: competencia y monopolio, propiedad y comunidad,
ciudadano y Estado, hombre y Dios, etc. En fin, y para acabar mi comparación,
es preciso tener al día las escrituras, es decir, determinar con exactitud los
derechos y los deberes, para poder, en cada momento, constatar el orden o el
desorden y presentar el balance.
He consagrado dos volúmenes a explicar los
principios de esta compatibilidad que yo llamaría, si se quiere, trascendente:
he repetido cien veces, después de febrero 27 estas ideas elementales, comunes
a la teneduría de libros y a la metafísica. Los economistas rutinarios se han
reído ante mis narices; los ideólogos políticos me han invitado cortésmente a
escribir para el pueblo. Y aquellos cuyos intereses yo había tomado más
cordialmente, me han tratado aún peor.
Los comunistas no me perdonan haber hecho la
crítica de la comunidad como si una nación fuese un pulpo, no existiendo al
lado del derecho individual el social.
Los propietarios me tiran a matar por haber dicho
que la propiedad, sola y por sí misma, es el robo, como si la propiedad no
extrajese todo su valor (la renta) de la circulación de los productos y por
consiguiente no expresase un hecho superior a ella: la fuerza colectiva, la
solidaridad del trabajo.
Los políticos, en fin, cualquiera que fuese su
bandera, repugnan invenciblemente a la anarquía, a la que toman por
La
revolución parisina de febrero de 1848.
el desorden, como si la democracia pudiese
realizarse de otro modo que mediante la distribución de la autoridad y como si
el verdadero sentido de la palabra democracia no fuese la destitución del
gobierno.
(...) En la sociedad, la teoría de las antinomias
es a la vez la representación y la base de todo movimiento. Las costumbres y
las instituciones pueden variar de pueblo a pueblo, como los oficios y las
mecánicas varían de siglo en siglo, de ciudad a ciudad; pero las leyes que
rigen sus evoluciones son inflexibles como el álgebra. Allí donde existen
hombres agrupados por el trabajo, donde la idea del valor se da al precio raíz,
donde se da la separación de industrias, se hace una circulación de valores y
productos, no existiendo perturbación, déficit, bancarrota de la sociedad
respecto a sí misma, ni miseria ni proletariado. Las fuerzas económicas de la
sociedad, inherentes a todo despliegue de la actividad colectiva así como a
toda razón individual, deben ser mantenidas en un constante equilibrio, y el
antagonismo —perpetuamente reproducido por la oposición fundamental de la
sociedad y de la individualidad—: ser perpetuamente elevado a síntesis.
***
PROUDHON EN LA REVOLUCIÓN DE 1848
La revolución de 1848 fue una revolución política,
de contenido social aún titubeante y confuso. Proudhon se
encontró ante ella desgarrado. Anarquista,
apolítico, corría el riesgo de ser en ella un cuerpo extraño. Pero la fuerza de
las cosas hizo de él un periodista amén de un parlamentario: por grado o por
fuerza, hubo de hacerlo.
Antes de la explosión popular de febrero no había
sido reti-cente. Presentía que la monarquía estaba próxima a su fin, pero no
contribuyó a ese fin. Para los adversarios de Luis Felipe, para los «pobres
demócratas» no tenía más que sarcasmos: «La mayor suerte que le podía ocurrir
al pueblo francés sería que cien diputados de la Oposición fueran arrojados al
Sena con una rueda de molido al cuello. Valen cien veces menos que los
conservadores, pues además son unos hipócritas.» Incluso, llegó a encontrar natural
que el gobierno de Guizot prohibiese las reuniones públicas. Como confesará más
tarde, la proximidad de la república le aterraba.
Su advenimiento, de golpe, le «aturdió» y, desde
entonces, llevará «el luto de la República y el fardo de calumnias que iban a
arrojarse contra el socialismo». Sin embargo, en seguida, se rehace, acepta la
revolución. Anota en sus carnets: «La victoria de hoy es la victoria de la
Anarquía contra la Autoridad», pero por otra parte no deja de expresar su
inquietud: «...puede que esto sea una mixtificación» 28. «Una vez llegado esto,
ya es irrevocable, sería una tontería mirar hacia atrás. Yo no hubiese hecho la
revolución del 24 de febrero, pero el instinto popular ha deci-
Este, y
alguno más en el terreno económico, es uno de los rasgos más denunciados contra
Proudhon por el marxismo: su hesitación, su contradicción. De cualquier forma,
y aunque así fue, ¿no fue ella una vacilación creadora, de la que se sirvió
luego el propio marxismo? ¿y no hubo en esa vacilación fundamento? (N. del T.)
dido lo contrario (...) Estoy con todo el mundo,»
«Pase lo que pase, el pueblo será justificado por mí.» «Habéis querido la
revolución, pues la tendréis.»
La inquietud de Proudhon, que la continuación de
los acontecimientos habría de justificar largamente, provenía de su concepción
libertaria de la revolución social. «La revolución social está seriamente
comprometida si se produce por medio de la acción política», anotaba ya en
1845. Y más tarde: «El poder en manos del proletariado (...) será una rémora,
en tanto que la revolución social no sea hecha.» Retrospectivamente,
reconocerá: «Soy el único revolucionario que no ha colaborado en el golpe de
mano de febrero, porque yo quería una revolución social.» Entre los demócratas
y él, el desacuerdo era total. Eran ante todo hombres políticos. Pretendían
continuar la tradición de la revolución de 1793, «fundar el verdadero
socialismo por la iniciativa del gobierno». Proclamaban «la necesidad de
imponer por lo alto la revolución, en lugar de proponerla por la base», como
quería Proudhon. Y el fundador del anarquismo afirmaba con fuerza: «El
socialismo, por lo mismo que es una protesta contra el capital, es una protesta
contra el poder. Pero Montagne quería realizar el socialismo por medio del
poder, y, lo que es peor, servirse del socialismo para llegar al poder.»
La revolución política, bajo la presión obrera, iba
inevitablemente a plantear la cuestión social que los demócratas no estaban en
modo alguno preparados para resolver. «La revolución social surgió sin que
nadie, ni arriba ni abajo, tuviese la inteligencia (...) La revolución, la
república, el socialismo, apoyados uno sobre otro, llegaban a
grandes pasos (...) Esta revolución, que iba a
estallar en el orden político, era la fecha de partida de una revolución social
en la que nadie tenía la palabra.»
Nadie, salvo Proudhon. Después de 1846, tiene una
idea bien clara. Es a él a quien le incumbe lanzar una «revolución decisiva»,
una «revolución económica». Tiene su «solución del problema social». Es la
asociación mutua, lo que se llama hoy autogestión. «La revolución soy yo»,
anota orgullosamente en sus carnets. La panacea que propone es una singular
mezcla de realismo y de utopía. Realismo, cuando propone la multiplicación de
las asociaciones obreras de producción, único medio para acabar a la vez con el
capitalismo privado y la nacionalización estatalizadora. Utopía, cuando se
imagina que su sistema será una mancha de aceite que acabará por absorber
progresivamente, sin expropiación violenta, toda industria gracias a un crédito
gratuito que sería concedido a las asociaciones obreras por una «Banca del
pueblo», especie de caja mutualista funcionando fuera de toda comandita
estatal.
Pero la política arranca a Proudhon de sus
panaceas. Batido primero en las elecciones de abril, es elegido diputado en las
elecciones complementarias del 4-5 de junio de 1848 por 17.000 votos. Algunas
semanas antes había vociferado: «El sufragio universal es la
contrarrevolución.» Y añadiría: «Cuando pienso en todo lo que he escrito o
publicado desde hace diez años sobre el papel del Estado en la sociedad, sobre
la subordinación del poder y la incapacidad revolucionaria del gobierno, estoy
tentado de creer que mi elección en junio de 1848 fue el efecto de un desprecio
por parte del pueblo.»
Quince días más tarde los obreros de los suburbios
se levantan para protestar contra la disolución de los «talleres nacionales»,
especie de servicio de trabajo improvisado a los efectos de paliar el paro.
Pero Proudhon había tomado su papel de parlamentario demasiado en serio: «Para
mí, el recuerdo de los días de junio pesará eternamente como un remordimiento
sobre mi conciencia... Por embrutecimiento parlamentario, he faltado a mi deber
de representante. Estaba allí para ver, y no vi, para lanzar la alarma, y no
grité.»
Pero cuando el motín del suburbio de San Antonio es
salva-jemente reprimido por las fuerzas del general Cavaignac 29 Proudhon baja
a la calle. Se hace fuerte en la Bastilla. A alguno que le interroga, le
responde: «Escucho el sublime horror del cañón.» Mientras que una burguesía
amedrentada da gritos histéricos, Proudhon pide que no se difame a los
insurgentes. Exalta la generosidad, la alta moralidad de las clases laboriosas:
«Combatientes de junio (...) de vosotros han abusado quienes os han hecho, en
nombre del poder, una promesa que el poder era incapaz de cumplir.»
Tras las jornadas de junio, Proudhon no es ya el
mismo hombre. Habla un lenguaje de clase. Proclama agresivamente su socialismo.
Desde mediados de julio, entra en la lucha. Se sirve de la tribuna
parlamentaria para hacer de ella un instrumento de la lucha social. «Orgullo o
vértigo, escribirá, creí que mi oportunidad había llegado. A mí me concierne,
me decía a mí mismo, lanzarme al torbellino.
General
Louis-Eugéne Cavaignac (1802-1875), verdugo de Argelia y luego del proletariado
parisino en junio de 1848.
Desde mi sillón de espectador, me precipitaba,
nuevo actor, al teatro.» Proudhon propone un proyecto de ley tendiente a onerar
a los ricos y exonerar a los pobres: impuestos de un tercio sobre la renta,
moratoria de un tercio para todo alquiler o arrendamiento. Esta proposición
suscita un clamor general. En la comisión de finanzas, «Monsieur» Thiers,
portavoz de la burguesía, tira sobre Proudhon con bala de cañón. El 31 de
julio, este último se explica ante la asamblea en un gran discurso. Exasperado
por las interrupciones y las injurias, se vuelve provocador. «Apremia» «a la
propiedad a proceder a la liquidación social», para añadir: «En caso de
rechazo, nosotros mismos procederíamos a la liquidación sin vosotros»
(violentos murmullos). Y, sobre la marcha, responde a esos murmullos: «Cuando
digo nosotros, me identifico con el proletariado, y cuando digo vosotros, os
identifico con la clase burguesa.»
Un diputado: «Es la guerra social.»
El discurso se termina con estas palabras, juzgadas
incendiarias: «El capital, no volverá; la sociedad ha puesto sus ojos sobre
el.» Proudhon comentará: «Ello significaba: la cuestión social está planteada,
y o la resolvéis, o no acabaréis de hacerlo.» «No era yo quien hablaba en la
tribuna, eran todos los trabajadores.»
El escándalo provocado por esta algarada
parlamentaria fue grande, y el proyecto de Proudhon fue rechazado casi por
unanimidad: 691 votos contra 2, el suyo y el de un tal Greppo. Proudhon
comentará con agudeza: «A partir del 31 de julio, llegué a ser, siguiendo la
expresión de un periodista, el hombre-terror (...) He sido sermoneado, alabado,
cantado,
zaherido, biografiado, caricaturizado, reprobado,
ultrajado, maldito (...) Los devotos me han amenazado, en cartas anónimas, con
la cólera de Dios; las mujeres piadosas me han enviado medallas benditas (...)
Algunas peticiones han llegado a la Asamblea Nacional para pedir mi expulsión
por indigno.»
Las elecciones parciales del 17 de septiembre de
1848 proporcionaron a Proudhon una nueva ocasión para tomar una posición
netamente revolucionaria. Sobreponiéndose, una vez más, a su horror al sufragio
universal, sostuvo, con su periódico, la candidatura de François-Vincent
Raspail. Sabio reputado por sus trabajos de botánica, de química orgánica,
especialista en la medicación por el alcangor, Raspail (1794- 1878) había sido
el «médico de los pobres», habiendo sido perseguido, en 1846, por el ejercicio ilegal
de la medicina. El 24 de febrero de 1848 había sido uno de los primeros en
marchar sobre el ayuntamiento para proclamar la República. Luego, rehusó toda
función pública, para fun-dar un periódico donde criticó vivamente al gobierno
provisional. Había sido, al lado de Auguste Blanqui, uno de los animadores de
la poderosa manifestación de los clubs populares que, el 15 de mayo, invadieron
el palacio Borbón, declarando disuelta la asamblea y constituido en el
ayuntamiento un efímero gobierno insurreccional. Aquella misma tarde, con
Barbés y algunos otros, Raspail fue arrestado y encerrado en el fuerte de
Vincennes.
Era, pues, un prisionero quien, con ocasión de las
elecciones parciales, era presentado al sufragio de los electores del Sena.
Raspail fue triunfalmente elegido. «El socialismo, contará Proudhon, hizo las
elecciones del 17 de
septiembre. Cuando todo se concitaba para
aplastarle, 70.000 hombres se levantaron a su conjuro para protestar contra la
victoria de junio, y nombraban a Raspail su representante. Fue en el despacho
del pueblo en el que el comité electoral democrático tuvo sus sesiones. Contra
una reacción inmoderada, la democracia tomaba por bandera a su órgano más
enérgico (...) La cuestión no era monarquía o democracia, sino más bien trabajo
y capital.»
Algunas semanas más tarde, en el curso de un
banquete, Proudhon elevó un restallante «brindis por la revolución». Allí unió
resueltamente la calificación de «socialista» a la de «demócrata», afirmando
que ya era imposible «separar la república del socialismo». «El pueblo solo,
operando sobre sí mismo, sin intermediario, pudo acabar la Revolución económica
fundada en febrero.»
Pero la insurrección de junio y su terrible
represión no sola-mente habían radicalizado a la vanguardia, sino que también,
y mucho más aún, habían estimulado a la contrarrevolución. Salvo en el Sena,
las elecciones parciales habían sido favorables a los conservadores, y un
recién llegado, el príncipe Luis Bonaparte, sobrino de Napoleón, logró ser
elegido por 300.000 sufragios en cinco departamentos. Desde entonces, su
candidatura estaba echada para la elección presidencial del 10 de diciembre.
Para esta elección, Proudhon —una vez más— suscitó
la candidatura de Raspail 30. Su periódico había recomendado primeramente la
abstención, luego el voto de protesta en blanco. Estaban ya en liza Luis
Bonaparte, el general
Para esta
candidatura, véanse las páginas siguientes.
Cavaignac, verdugo de junio, el demócrata burgués
Ledru-Rollin. ¿Para qué esta candidatura? Proudhon lo explicará: «La
candidatura de Raspail estaba motivada precisamente por la de Ledru-Rollin.»
Votando a este último, la democracia «se pronunciaba por la teoría
gubernamental, no era socialista (...) Era preciso, por el honor de su futura
oposición, que una protesta surgiese de su seno.»
En la ola de reacción que barrió la provincia
francesa, y especialmente los campos, la candidatura de Ledru-Rollin no tema
nada que hacer. Pero, explica Proudhon, incluso si «hubiese tenido la menor
posibilidad de éxito y hubiese dependido de nosotros hacerla abortar, lo
hubiésemos hecho». La candidatura de Raspail era una manifestación de
desconfianza frente a las democracias burguesas que habían hecho bancarrota en
el curso de su ejercicio del poder después de la revolución de febrero.
Fue finalmente el príncipe quien logró la elección,
por una enorme mayoría. Proudhon comentará en los siguientes términos el
consternador resultado: «Francia ha nombrado a Luis Bonaparte presidente de la
República porque está fatigada de los partidos, puesto que todos los partidos
han muerto.» Y añadía que el horror legítimo que inspiraba el general Cayaignac
había «precipitado hacia Napoleón a la mayoría de los demócratas». La
revolución había exhalado su último aliento.
El nuevo régimen se empeñó en encarcelar a
Proudhon. Tuvo de este modo todo el tiempo para extraer más a fondo la lección
del desencanto revolucionario. En 1848, era el caso ir, si no a la anarquía,
«que, como todo principio indica más un ideal que una realidad», sí al menos a
la lucha contra la
centralización estatalizadora. Los ciudadanos
debían ser «enviados a poseerse a sí mismos». Se debía restituir «a los
departamentos y a la comunas la gestión de sus asuntos, el cuidado de su
policía, la disposición de sus fondos y de sus tropas».
Si este mínimo no se realizaba, «era una hipocresía
hablar de revolución». Pero los hombres de 1848 «retenidos como estaban por el
prejuicio general y por el temor a lo desconocido, que turba incluso a los más
grandes genios, no lo osaron». «La cuestión política fue llevada (...) a la
Asamblea Nacional: desde entonces pudo preverse que sería enterrada allí. Allí,
se sobreentendió que, siendo el pueblo menor de edad, no podía abandonarse a
sus propios consejos; el gubernamentalismo fue mantenido con una energía
acrecentada.» «La culpa, la mayor culpa del gobierno (...) es la de no haber
sabido demoler. Era preciso desarmar al poder», «arrancarle las uñas y los
dientes», «licenciar la mitad del ejército, alejar las tropas de la capital».
En lugar de eso, el gobierno añadió veinticuatro batallones de guardia nacional
móvil, formados por voluntarios. «¿Qué quería hacer con todos estos soldados?,
junio nos lo habrá de enseñar.»
Proudhon, del precedente de 1793, había deducido
conclusiones libertarias: «Era necesario organizar los clubs. La organización
de las sociedades populares era el pivote de la democracia, la piedra angular
del orden republicano.» «Si había una institución donde se debería respetar un
poder democrático, y no sólo respetar, sino desarrollar, organizar, eran los
clubs.» «Todo ha sido hecho a contrapié al día siguiente de febrero (...) En
lugar de dar al pueblo su
fecundidad inicial subordinando el poder a las
voluntades, se buscaban resolver por medio del poder problemas sobre los cuales
el tiempo aún no había aclarado a las masas.» «El gobierno provisional,
desprovisto del genio de las revoluciones (...) perdía los días y las semanas
en tanteos estériles, agitaciones y circulares.» «Como la opinión pública le
excitaba, se esforzaba por tomar una iniciativa cualquiera. ¡Triste
iniciativa!» Aparte de algunas raras medidas positivas, «todo el resto no fue
más que farsa, parada, contrasentido y contra buen sentido. Se diría que el
poder hace estúpidas a las gentes de espíritu».
Y Proudhon administra un leñazo a estos hombres
que, como los del gobierno del Frente Popular de 1936, no tuvieron más que un
pensamiento: seguir en la legalidad. «Toda su ambición (...) ha sido la de dar,
como fieles mancebos, las cuentas justas. Perseguidos por los recuerdos del 93
(...) no querían ni pasar por demoledores, ni usurpar la soberanía nacional,
sino dedicarse a mantener el orden (...) Hubieran creído prevaricar su mandato,
si se hubiesen salido de las vías legales y si hubiesen lanzado (...) al pueblo
a la revolución. Se propalaba que la revolución habría de desorganizar el
Estado, que la democracia era la anarquía (...) Más que recurrir a medios
sumarios, extralegales, contra los ricos (...) pusieron la honestidad en lugar
de la política (... ) Estuvieron llenos de honor y de escrúpulos (...),
esclavos de la legalidad, guardianes incorruptibles del pudor democrático.»
Quisieron, como Colette Audry lo ha escrito a propósito de León Blum, ser
«justos» 31 . Llevaron «la delicadeza hasta la minucia, el respeto a las
personas, a las
Colette
Audry, Léon Blum ou la politique du juste, 1955.
opiniones y a los intereses hasta el sacrificio» de
ellos mismos.
Entre los que hicieron quebrar el 1848, a quien más
atacaba Proudhon era a Louis Blanc. A sus ojos, era el más responsable de
todos, pues se jactaba de «socialismo». El 17 de marzo de 1848, Louis Blanc
había sido uno de los organizadores de una primera gran manifestación popular
que había agrupado a más de 100.000 obreros. Pero al final había hecho
imposible su éxito, volviéndose enérgico contra los saboteadores de la
República. Proudhon no podía perdonar a Louis Blanc esta defección: «He aquí un
hombre convencido de que los hombres de poder, sus colegas, son hostiles al
progreso; que la revolución es un peligro si no se les reemplaza; sabe que la
ocasión es rara, que una vez escapada, no vuelve; que sólo dispone de un
instante para asestar un golpe decisivo; y cuando ese momento llega, aprovecha
justamente para rechazar a quienes le entregan sus esfuerzos y sus brazos.» Y,
para concluir su amarga evocación, el prisionero deja escapar esta exclamación
descorazonada: «La revolución se evaporaba como un alcohol en basura.»
Pero de la revolución de 1848 Proudhon no sacó
solamente esta severa crítica respecto a los que la hicieron fracasar; como
vamos a ver más adelante, la revolución había de inspirarle una vigorosa y
original condena del Estado y del poder en general.
***
Proudhon se lanza a la refriega32
La revolución de febrero estalló. No tuve empacho,
como puede imaginarse, en lanzarme a esa mezcla político-socialista en que M.
de Lamartine 33 traducía en prosa poética los lugares comunes de la diplomacia.
Mientras se hablaba de poner en asociaciones y en administraciones
sucesivamente a todo el comercio, a toda la industria, a toda la agricultura;
de rescatar todas las propiedades y de administrarlas; de centralizar capitales
y capacidades entre las manos del Estado; de llevar a los pueblos de Europa —a
la cabeza de nuestras armas triunfantes— este régimen gubernamental, mientras
se hablaba de todo ello, yo creí más útil proseguir en la retirada mis
laboriosos estudios, convencido de que ese era el único medio de que yo
disponía para servir a la revolución, donde a buen seguro ni los jacobinos, ni
el gobierno provisional me aventajarían.
(...) En tanto que, único en mi escuela, cavaba yo
la zanja en la explanada de la vieja economía política; en tanto que P. Leroux,
Villegardelle, Vidal 34 y algunos otros seguían, en direcciones poco
diferentes, esta marcha sabia de
Confesiones
de un revolucionario.
Alphonse
de Lamartine (1790-1869), más conocido como poeta, pero antiguo legitimista
posteriormente republicano moderado. Jugó un papel político importante en el
gobierno provisional de la revolución de febrero de 1848.
Pierre
Leroux (1797-1871), socialista de formación saintsimoniana, transida de
religiosidad; Frangois Villegardelle (1810-1856), primero fourierista y más
tarde comunista; Frangois Vidal (1814-1872), cercano a la vez a los
saintsimonianos y a los fourieristas, tuvo un papel importante en la Comisión
de Luxemburgo durante la revolución de 1848.
demolición, ¿qué hacían los órganos de la
democracia? ¿Qué hacían? ¡Ay!... Permítaseme que lo cuente, a fin de que los
socialistas no contraigan ellos solos la responsabilidad de las desventuras de
la República. Los órganos de la democracia se daban a sus preocupaciones
parlamentarias. Descartando con obstinación, por miedo a horrorizar a sus
abonados, las cuestiones sociales, preparaban la mixtificación de febrero;
organizaban por esta negligencia voluntaria a los talleres nacionales; hacían
la minuta de los decretos del gobierno provisional y, sin saberlo, acababan con
los fundamentos de la república honesta y moderada. Le National, cómo no,
maldecía al socialismo y hacía votar las fortificaciones de París; La Reforme,
fuerte en sus buenas intenciones, se atenía al sufragio universal y al
gubernamentalismo de Louis Blanc. Se dejaba crecer la utopía, cuando hubiese
sido preciso arrancarla de raíz.
(...) Nada ha sido menos necesario que la
experiencia de febrero para convencer a nuestros hombres de Estado de que una
revolución no se para ni se improvisa.
(...) Así, la democracia se consumaba ella misma, a
la con-quista de ese poder cuyo fin es precisamente el de aniquilarlo
distribuyéndolo.
Todas las fracciones del partido habían caído una
tras otra: una vez la comisión ejecutiva destituida, nos dirigíamos a los
republicanos del día siguiente, a los doctrinarios. Si no se llegaba a conjurar
este retroceso, o al menos a encerrarle en el círculo constitucional, la
República estaba en peligro: pero para ello era necesario cambiar de maniobra.
Era necesario establecerse en la oposición, poner
al poder a la defensiva, agrandar el campo de batalla, simplificar,
generalizándola, la cuestión social, desdibujar al
enemigo por la audacia de las proposiciones, actuar sobre el pueblo más que
sobre sus representantes, oponer sin miramiento a las pasiones ciegas de la
reacción la idea filosófica y revolucionaria de febrero.
Un partido no se hubiese prestado en modo alguno a
esta táctica; ella exigía una individualidad resuelta, excéntrica incluso, un
alma templada por la protesta y la negación. Orgullo o vértigo, creí que mi
momento había llegado. Tengo que lanzarme al torbellino, me dije.
Los demócratas, seducidos por los recuerdos de
nuestra gloriosa revolución, han querido recomenzar en 1848 el drama de 1789;
mientras ellos representan la comedia, tratemos nosotros de hacer la historia.
La República ya no marcha más que por la providencia de Dios. Y mientras que
una fuerza ciega arrastra al poder en un sentido, ¿no sabríamos nosotros hacer
avanzar la sociedad en otro?
Cambiando la dirección de los espíritus, el
gobierno —continuando en su obra reaccionaria— haría entonces, sin duda, la
revolución. Y, desde mi puesto de espectador, me precipité, nuevo actor, sobre
el teatro.
Mi nombre, desde hace dieciocho meses, ha hecho
bastante ruido, como para que se me perdone el dar algunas explicaciones,
algunas excusas a mi triste celebridad. Buena o mala, he tenido mi parte de
influencia sobre los destinos de mi país: ¿quién sabe lo que esta influencia,
más poderosa hoy por la compulsión misma, puede producir? Es preciso, pues, que
mis contemporáneos sepan lo que yo he querido, lo que yo he hecho, lo que soy.
No me pavoneo: sólo me sentiría halagado si mis lectores quedasen convencidos,
tras
la lectura, de que no hubo en mi acción ni locura
ni furor. La única vanidad que me he permitido ha sido la de creer que ningún
hombre ha actuado en toda su vida con más premeditación, con más reflexión, con
más discernimiento que lo hice yo.
Pero he aprendido a costa mía que en los instantes
en que me creía más libre no era yo en el torrente de las pasiones políticas al
que pretendía dar una dirección, más que un instrumento de esta inmoral
providencia que niego, que recuso. Acaso la historia de mis meditaciones,
inseparable de la de mis actos, no carecerá de provecho para aquellos que —sean
cuales fueren sus opiniones— gustan de buscar en la experiencia la
justificación de sus opiniones.
(...) La revolución del desprecio ha alterado al
gobierno que había establecido el principio materialista de los intereses. Esta
revolución, que condena al capital, inaugura con ello y lleva el trabajo al
gobierno. Ahora bien, según el prejuicio generalmente extendido, el trabajo,
una vez llegado al gobierno, debe proceder por las vías gubernamentales; en
otros términos, es el gobierno quien debe hacer ahora lo que había hecho sin él
y contra él, quien debe tomar la iniciativa y desarrollar la revolución. Pues,
según el prejuicio, la revolución debe venir de lo alto, pues es en lo alto
donde se encuentran la inteligencia y la fuerza.
Pero la experiencia atestigua, y la filosofía
demuestra, contrariamente al prejuicio, que toda revolución, para ser eficaz,
debe ser espontánea, salir no de la cabeza del poder, sino de las entrañas del
pueblo; que el gobierno es antes reaccionario que progresivo; que no tiene la
inteligencia de las revoluciones, pues la sociedad —a la que en realidad
pertenece el secreto de las revoluciones— no se
manifiesta por medio de decretos de legislatura, sino por la espontaneidad de
sus manifestaciones; que, en fin, la única relación que existe entre el
gobierno y el trabajo es que el trabajo, al organizarse, tiene por misión
abrogar el gobierno.
Para mí, no lo oculto, he contribuido con todas mis
fuerzas a la desorganización política, no por impaciencia revolucionaria, no
por amor de una vana celebridad, no por ambición, envidia u odio, sino por la
preconsciencia de una reacción inevitable y, en todo caso, por la certeza en
que me hallaba de que, en la hipótesis gubernamental, la democracia no podía
realizar nada bueno. En cuanto a las masas, por pobre que fuere su
inteligencia, por débil que yo supiese su virtud, las temía menos en plena
anarquía que en el escrutinio. Entre el pueblo, como entre los niños, los
crímenes y los delitos se deben más a la movilidad de las impresiones que a
perversión del alma; y yo creía más fácil para una élite republicana el acabar
con la educación del pueblo en un caos político, que hacerle ejercer su
soberanía con alguna posibilidad de éxito, por vía electoral 35.
***
Proudhon, candidato desbancado (abril 1848) 36
Extraído
de La revolución social demostrada por el golpe de Estado del 2 de diciembre de
1852.
Confesiones
de un revolucionario.
(...) Vinieron las elecciones de abril. Tuve la
fantasía de presentarme como candidato. En la circular que dirigía a los
electores del Doubs, con fecha 3 de abril de 1848, decía:
«La cuestión social está planteada: no escaparéis a
ella. Para resolverla, es necesario hombres que imán a un espíritu radical
extremo un extremo espíritu conservador. Trabajadores, tended la mano a
vuestros patronos, y vosotros, patronos, no rehuyáis el ascenso de los que
fueron vuestros asalariados.
»¿Qué os importa, después de todo, que yo haya sido
más o menos favorecido por la fortuna? Para merecer vuestra elección, no basta
el no tener más que miseria que ofrecer, pues vuestros sufragios no buscan un
aventurero. Sin embargo, si yo no descubro mi calamitosa existencia, ¿qué
atención me concederéis?, ¿quién hablará por mí?»
Cuando así me expresaba, la influencia de la
democracia estaba aún en su apogeo. No esperé un viraje de fortuna para
predicar, como meta y sentido del socialismo, la reconciliación universal.
El 16 de abril vino a poner punto final a mi
candidatura. Tras tan deplorable jornada, no se quiso oír hablar de radicalismo
extremo; se prefería el compromiso por el extremo del conservadurismo.
Derrotado como candidato, publicista sin lectores,
hube de plegarme a la prensa. Todos los días se me dice: escriba libros, eso
merece más la pena que los periódicos. Estoy de acuerdo en ello, pero los
libros no se leen, y mientras que el autor de la Philosophie positive, Auguste
Comte, apenas reúne en sus cursos a doscientos fieles, le Faubourien, le
Pére Duchéne y la Vraie Republique guían al país.
Uno consume diez años de su vida en escribir su libro, cincuenta interesados lo
compran, y luego viene el periodista con su carrete y todo está dicho. Los
libros no sirven ya más que para que aprendan los periodistas. El más alto
género de literatura en nuestro siglo es el premier-Paris, el folletón.
***
Proudhon, candidato electo (4 de junio de 1848) 37
Cuando pienso en cuanto he dicho, escrito y
publicado tras diez años sobre el papel del Estado en la sociedad, sobre la
subordinación del poder y la incapacidad revolucionaria del gobierno, estoy
tentado a creer que mi elección en junio de 1848 fue el efecto de un desprecio
por parte del pueblo. Aquellas ideas datan en mí de mis primeras meditaciones,
son contemporáneas de mi vocación socialista. El estudio y la experiencia las
han desarrollado: ellas me han dirigido constantemente en mis estudios y mi conducta.
Es extraño que, tras la garantía que ellas representan y que es la más alta que
un innovador pueda ofrecer, haya yo podido aparecer siquiera por un momento, en
la sociedad que tomo por juez y en el poder contra el que estoy, como un
agitador temible.
Confesiones
de un revolucionaria
***
Tras la insurrección obrera de junio de 1848
El mea culpa de Proudhon38:
(...) Esta insurrección es más terrible ella sola
que todas las habidas desde hace sesenta años (...) Thiers 39 ha aparecido
aconsejando el cañón para acabar con ellas. Masacres terribles han tenido lugar
por parte de la guardia móvil, del ejército, de la guardia nacional (...) Los
insurgentes han tenido un coraje indomable (...) El terror reina en la capital
(...) Se fusila en la Conciergerie, en el Ayuntamiento, cuarenta y ocho horas
tras la victoria 40 ; se fusila a los prisioneros, a los heridos, a los desarmados
(...) Se airean las calumnias más atroces sobre los insurgentes, a fin de
excitar contra ellos la venganza.
(...) Tras las jornadas de junio, yo no he
protestado contra el abuso que algunos ignorantes hubiesen podido hacer de
algunos de mis aforismos, ni he renegado de mis aficiones populares: no he
insultado al león expirante. Pero tampoco he esperado a las jornadas de junio
para atacar las tendencias gubernamentales y manifestar mis sentimientos de
inteligente conservación. Siempre he tenido el poder contra mí, y lo hubiera
tenido eternamente: ¿es esa la táctica de un ambicioso o de un laxo? Por otra
parte, haciendo un balance del poder demostré que una
Carnets
de Proudhon, vol. III, 1968; Confesiones de un revolucionario.
Adolphe
Thiers (1797-1877), hombre de Estado reaccionario, futuro verdugo de la Comuna
de 1871.
Proudhon
quiere decir, naturalmente, la victoria de las fuerzas gubernamentales.
democracia gubernamental no es más que una
monarquía rediviva.
(...) Para mí, el recuerdo de las jornadas de junio
pesará eternamente como un remordimiento sobre mi conciencia. Lo confieso con
dolor: hasta el 25 no he previsto nada, no he conocido nada, no he adivinado
nada. Elegido después de quince días representante del pueblo, entré en la
Asamblea Nacional con la timidez de un niño, con el ardor de un neófito. Asiduo
a partir de las nueve de la mañana a las reuniones de las comisiones y los
comités, sólo abandonaba la Asamblea por la tarde, agotado de fatiga y de disgusto.
Luego de haber puesto el pie en el Sinaí parlamentario, cesé de estar en
contacto con las masas: a fuerza de absorberme en mis trabajos legislativos,
había llegado a perder enteramente de vista las cosas corrientes. Yo no sabía
nada, ni de la situación de los talleres nacionales, ni de la política del
gobierno, ni de las intrigas que se urdían en el seno de la Asamblea. Es
necesario haber vivido en este encapsulamiento al que se denomina Asamblea
Nacional, para darse cuenta de que precisamente los hombres que más ignoran el
estado de un país son casi siempre aquellos que le representan.
Yo me leía todo lo que el gabinete de distribución
envía a
sus representantes: proposiciones, exposiciones,
comunicados, incluso el Moniteur y el Boletín de Leyes. La mayoría de mis
colegas de izquierda y extrema izquierda estaban en la misma perplejidad de
espíritu, en la misma ignorancia de los hechos diarios. De los talleres
nacionales se hablaba con una especie de espanto sola mente, pues el miedo al
pueblo es el mal de cuantos pertenecen a la
autoridad: el pueblo, para el poder, es el enemigo.
Cada día, votábamos a los talleres nacionales nuevos subsidios, estremecidos
por la incapacidad del poder y de nuestra impotencia.
¡Desastroso aprendizaje! El efecto de esta
mezcolanza representativa en que hube de vivir fue que no me quedó inteligencia
para nada, que el 23, cuando Flocon declaró en plena tribuna que el movimiento
estaba dirigido por facciones políticas y asalariado por el extranjero, me dejé
llevar por ese pato ministerial, y que el 24 yo estaba todavía preguntando si
la insurrección tenía realmente por motivo la disolución de los talleres
nacionales... No, señor Senard, no he sido un indiferente en junio, como me grabéis
lanzado el insulto ante la Asamblea; he sido, como usted ^ como los demás, un
imbécil. He faltado, por cretinismo parlamentario, a mi deber de representante.
Yo estaba allí para ver, y no vi, estaba allí para dar la alarma, y no grité.
He hecho como el perro que no ladra en presencia del enemigo. Yo, elegido por
la plebe, periodista del proletariado, no debí dejar a esta masa sin dirección
ni consejo: cien mil hombres enregimentados merecían que me ocupase de ellos.
Esto hubiera estado mejor que pasmarme en vuestras oficinas. Después, he hecho
cuanto he podido por reparar mi irreparable falta.
***
MANIFIESTO ELECTORAL DEL PUEBLO 41
Este Manifiesto es una de las obras más
características de Proudhon. Hay en él a la vez una presciencia genial de la
autogestión contemporánea, una concepción «mutualista» —un poco utópica y
pequeñoburguesa, en efecto— de la reorganización social, la preocupación en
parte aberrante por preservar la pequeña propiedad y, por renunciar a atacarla,
la renuncia en el fondo a atacar a la gran propiedad, y, en fin, una actitud
socialista revolucionaria sobre la participación en un escrutinio presidencial
que, para Proudhon, no es más que una «miserable cuestión» y una ocasión pura y
simple de exponer su programa.
El comité electoral central, compuesto por los
delegados de los catorce distritos del Sena, al efecto de preparar la elección
del presidente de la República, acaba de terminar sus operaciones.
El ciudadano Raspail, representante del pueblo, ha
sido designado por unanimidad como candidato del partido republicano
democrático social.
El comité central publicará sin tardar su circular
a los electores.
Para nosotros, adherentes de espíritu y corazón a
esa candidatura y que en esta circunstancia hemos juzgado necesario, por la
dignidad de nuestras opiniones, separarnos de otras fracciones menos avanzadas
de la democracia,
Journal
du peuple, 8-15 de noviembre de 1848.
creemos deber nuestro recordar aquí cuáles son
nuestros principios. Será ello la mejor forma de justificar nuestra conducta.
¡Nuestros principios!
En todo tiempo, los hombres que, para llegar al
poder, han buscado el sufragio popular, han abusado de las masas mediante
pretendidas declaraciones de principios que, en el fondo, no han sido más que
declaraciones de promesas.
En todo tiempo los ambiciosos y los intrigantes han
prometido al pueblo, en frases más o menos sonoras:
La libertad, la igualdad, la fraternidad.
El trabajo, la familia, la propiedad, el progreso.
El crédito, la instrucción, la asociación, el orden
y la paz.
La participación en el gobierno, el equitativo
reparto del impuesto, la administración honesta y barata, la justicia justa, la
igualdad progresiva de las fortunas, el ascenso del proletariado, la extinción
de la miseria.
Han prometido tanto, hay que confesarlo, que
después de ellos ya no queda nada que prometer.
¿Pero, por otra parte, qué han dado? Es al pueblo a
quien toca responder: nada.
Los verdaderos amigos del pueblo deben cambiar de
marcha desde ahora. Lo que el pueblo espera de sus candidatos, lo que les pide,
no son promesas, son medios.
Es sobre los medios que proponen donde hay que
juzgar a los hombres: así pedimos que se nos juzgue.
Demócratas socialistas, no somos en verdad de
ninguna secta, de ninguna escuela. O mejor, si hubiese que
autoclasificarnos por fuerza diríamos que somos de
la escuela crítica. El socialismo no es para nosotros un sistema, es
simplemente una protesta. Sin embargo, creemos que de los trabajos socialistas
se desprende un conjunto de principios y de ideas en oposición con la rutina
económica, que han pasado a la fe popular, y es por esto por lo que nos decimos
socialistas. Hacer profesión de socialismo y no aceptar el socialismo, como lo
hacen los más hábiles, sería mofamos del pueblo y abusar de su credulidad.
No todo consiste en ser republicano; no todo es
reconocer que la República debe llenarse de instituciones sociales; no es todo
escribir en su bandera República democrática y social. Es preciso delimitar
netamente la diferencia entre la antigua sociedad y la nueva, es preciso decir
lo que ha producido de positivo, el socialismo, en qué, por qué la revolución
de febrero, que es su expresión, es una revolución social.
Reafirmamos de nuevo ante todo el dogma
fundamental, el dogma puro del socialismo.
El socialismo tiene por fin la franquicia del
proletariado y la extinción de la miseria, es decir, la igualdad efectiva de
las condiciones entre los hombres. Sin igualdad, siempre habrá miseria, siempre
proletariado.
El socialismo, igualitario ante todo, es por tanto
la fórmula democrática por excelencia. Si políticos menos sinceros experimentan
alguna repugnancia en confesarlo, nosotros respetamos su reserva, pero es
preciso que ellos lo sepan: a nuestros ojos no son demócratas.
¿Cuál es entonces la causa de la desigualdad?
Esta causa, según nosotros, ha sido expresada por
todas las críticas socialistas que se han sucedido, sobre todo después de
Jean-Jacques (Rousseau): esta causa es la realización en la sociedad de esta
triple abstracción: capital, trabajo, talento.
Por ello, la sociedad sé ha dividido en tres
categorías de ciudadanos correspondientes a los tres términos de esta fórmula:
por haber hecho una clase de los capitalistas o propietarios, otra de los
trabajadores y una tercera de las capacidades de los trabajadores, se ha
llegado constantemente a la distinción de clases y al hecho de que la mitad del
género humano sea el esclavo del otro medio.
Allí donde se ha pretendido separar de hecho,
orgánicamente, estas tres cosas, el capital, el trabajo y el talento, el
trabajador ha sido siervo: a veces esclavo, a veces siervo, a veces paria, a
veces plebeyo, a veces proletario. El capitalista ha sido explotador, ya
patricio o noble, ya proletario o burgués. El hombre de talento ha sido un
parásito, un agente de corrupción y servidumbre: primero sacerdote, luego
clérigo, hoy funcionario público, toda la gama de capacidad y monopolio.
El dogma fundamental del socialismo consiste, pues,
en resolver la fórmula aristocrática capital-trabajo-talento, en esta más
simple: trabajo, y en hacer, por tanto, que todo ciudadano sea a la vez y en el
mismo grado capitalista, trabajador y sabio o artista.
El productor y el consumidor, en la realidad de las
cosas, como en la ciencia económica, es siempre el mismo personaje, sólo que
considerado desde dos puntos de vista diferentes. ¿Por qué no habría de ocurrir
lo mismo con el
capitalista y el trabajador?, ¿o del trabajador y
el artista? Separad estas cualidades en la organización social y crearéis
fatalmente las castas, la desigualdad, la miseria; por el contrario, unidlas en
cada individuo y tendréis la igualdad, la República. Y así, en el orden
político, habrán de desaparecer un día todas estas distinciones de gobernantes
y gobernados, administradores y administrados, funcionarios públicos y
contribuyentes, etc. Es preciso, por el desarrollo de la idea social, que cada
ciudadano sea todo, pues si no es todo, no es libre: sufre opresión y
explotación en algún aspecto.
¿Cuál es por tanto el medio de operar esta gran
fusión?
El medio viene indicado por el mismo mal. Así que
tratemos de definir aún mejor, si es posible, ese mal.
Porque el proletariado y la miseria tienen por
causa orgánica la división de la sociedad en dos clases, la una que trabaja y
no posee y la otra que posee y no trabaja, consumiendo por tanto sin producir,
se sigue de ahí que el mal que sufre la sociedad consiste en esa ficción
singular de que el capital es, por sí mismo, productivo, en tanto que el
trabajo, de por sí, no lo es. En efecto, para que las condiciones fuesen
iguales, en esta hipótesis de la separación del trabajo y del capital, sería
necesario que, así como el capitalismo recibe, sin trabajar, por cuenta de su
capital, del mismo modo el trabajador puede recibir por su trabajo, sin
capital. Sin embargo, esto no se da. Así pues, la libertad, la igualdad, la
fraternidad, son imposibles en el régimen actual; así pues, la miseria y el
proletariado son la consecuencia fatal de la constitución presente de la
propiedad.
Quien lo sabe y no lo dice, miente por igual a la
burguesía y al proletariado.
Quien solicita los votos del pueblo y disimula con
él no es ni socialista ni demócrata.
Nosotros le repetimos:
La productividad del capital, que el cristianismo
ha condenado bajo el título de usura, tal es la verdadera causa de la miseria,
el verdadero principio del proletariado, el eterno obstáculo al establecimiento
de la República. ¡Nada de equívoco, nada de embrollo, nada de evasivas! Que los
que se dicen demócratas socialistas firmen con nosotros esta profesión de fe,
que se adhieran a nuestra comunión: bajo esta señal, y sólo bajo ella,
reconoceremos en ellos a los hermanos, a los verdaderos amigos del pueblo,
suscribiremos todos sus actos.
Y ahora, el medio para extirpar el mal, para hacer
cesar la usura, ¿cuál es? ¿Será el atacar el producto neto, apoderarnos de la
renta?, ¿será, profesando el mayor respeto por la propiedad privada, robar
mediante el impuesto, a medida que la propiedad se adhiere por el trabajo y se
consagra por la ley?
Es aquí sobre todo donde los verdaderos amigos del
pueblo se distinguen de los que no desean sino mandar al pueblo, es aquí donde
los verdaderos socialistas se separan de sus pérfidos imitadores.
El medio para destruir la usura no es, una vez más,
confiscar la usura, sino oponer principio a principio: en una palabra,
organizar el crédito.
Organizar el crédito, para el socialismo, no es
recurrir al interés, pues ello sería siempre reconocer la soberanía del
capital; es organizar la solidaridad de los trabajadores entre sí, es crear su
garantía mutua, según ese principio de economía vulgar de que todo lo que tiene
un valor de cambio puede ser un objeto de cambio y puede, por consiguiente, dar
materia a crédito.
De la misma manera que el banquero hace crédito de
sus dineros al negociante que le paga interés, el propietario de tierras hace
crédito de sus tierras al campesino que le paga un arrendamiento, el
propietario de una casa hace crédito de alquiler al locatario que paga
alquiler, el comerciante hace crédito de su mercancía a la cliente que compra a
plazos, del mismo modo también el trabajador hace crédito de su trabajo al
patrón que le paga a fin de mes o al fin de la semana. En tanto que existimos,
nos damos recíprocamente crédito para alguna cosa: ¿no se habla de vender a
crédito, trabajar a crédito, beber a crédito?
Así pues, el trabajo puede dar crédito de sí mismo,
puede crear crédito como el capital.
Así pues, dos o más trabajadores pueden darse
crédito para sus productos respectivos y, de entenderse con operaciones
sucesivas de este género, habrían organizado entre ellos dos el crédito.
Esto es lo que han comprendido admirablemente las
asociaciones obreras que, espontáneamente, sin comandita, sin capitales, se
forman en París y en Lyon, y que, por sí mismas, se relacionan unas con otras,
hacen crédito mutuo, organizan, como queda dicho, el trabajo. De suerte que
organización de crédito, organización del trabajo, asociación,
ello es una sola y misma cosa. No es una escuela,
no es un teórico quien dice eso: es el hecho actual, el hecho revolucionario
quien lo prueba.
Así, la aplicación de un principio conduce al
pueblo al descubrimiento de otro, una solución obtenida lleva siempre a otra
solución. Si, pues, ocurriese que los trabajadores se entendiesen sobre todos
los puntos de la República y se organizasen del mismo modo, es evidente que,
dueños del trabajo y en producción incesante, por medio del trabajo, de nuevos
capitales, habrían reconquistado bien pronto, por su organización y
concurrencia, el capital alienado; recuperarían para ellos primero la pequeña
propiedad, el pequeño comercio y la pequeña industria; luego, la gran propiedad
y las grandes empresas; más tarde, las explotaciones más amplias, las minas,
los canales, los ferrocarriles: llegarían a ser los dueños de todo por la
adhesión sucesiva de los productores y la liquidación de propiedades, sin
expoliación ni rescate de los propietarios.
(...) Tal es la obra comenzada espontáneamente bajo
nuestros ojos por el pueblo, obra que persigue con admirable energía, a través
de todas las dificultades, las trampas, las horribles privaciones. Y, no
debemos ocultarlo, no son los jefes de fila quienes han comenzado este
movimiento, ni el Estado el que ha dado el primer impulso, es el pueblo.
Nosotros aquí no somos más que sus intérpretes.
Nuestra fe, la fe democrática y social, ya no es una utopía, es una realidad.
No predicamos nuestra doctrina, son las ideas
populares las que tematizamos. No pertenecen a nuestras filas quienes
las desconocen, quienes nos hablan de asociación y
de República, sin osar hablar de sus hermanos los verdaderos socialistas, los
verdaderos republicanos.
Devotos desde hace diez años de esta idea, no hemos
esperado el triunfo del pueblo para identificarnos con él.
(...) Que el gobierno, que la Asamblea Nacional,
que la bur-guesía misma nos protejan y nos asistan en la realización de nuestra
obra: les quedaremos reconocidos. Pero que no intenten distraernos de lo que
conceptuamos verdaderos intereses del pueblo, que no traten de embaucarnos con
vanos semblantes de reforma. Somos demasiado avispados para ser cándidos,
sabemos cómo va el mundo mejor que los hombres políticos que nos honran con sus
amonestaciones.
Seríamos felices si el Estado, mediante subsidios
del pre-supuesto, contribuyese a la emancipación de los trabajadores; veríamos
con desconfianza lo que se llama organización del crédito por el Estado que,
para nosotros, no es sino la última forma de explotación del hombre por el
hombre. Rechazamos el crédito del Estado porque el Estado, endeudado en ocho
millares de millones, no posee un céntimo que pueda generar dinero, porque su
comandita no descansa sino sobre un papel de curso forzado, porque el curso forzado
entraña fatalmente la depreciación, de-preciación que siempre alcanza
preferentemente al trabajador, antes que al propietario, porque nosotros,
productores asociados o en vías de asociación, no necesitamos del Estado ni de
curso forzado para organizar nuestras operaciones de cambio, porque, en fin, el
crédito por el Estado es siempre el crédito por el capital, no el crédito por
el trabajo, siempre la monarquía, no la
democracia.
En el sistema que se nos propone42 y que rechazamos
con toda la energía de nuestras convicciones, el Estado, para conceder crédito,
debe previamente procurarse capitales. Esos capitales es preciso que los
solicite a la propiedad, por vía de impuesto. Es siempre, pues, volver al punto
de partida tratando de destruirle, es desplazar la riqueza que hace falta
crear, es retirar la propiedad tras haberla declarado, por la constitución,
inviolable.
No acusaremos a otros, ni a otras tácticas, con
ideas menos avanzadas y sospechosas que las nuestras, cuando apoyan tales
ideas, con moral meticulosa. En cuanto a nosotros, que no hacemos la guerra a
los ricos, sino a los principios, a nosotros, a quienes la contrarrevolución no
cesa de calumniar, debemos ser más rigurosos. Somos socialistas, no
expoliadores.
No queremos impuesto progresivo, porque el impuesto
progresivo es la consagración del producto neto que queremos abolir por la
asociación, porque, si el impuesto progresivo no quita al rico la totalidad de
su propiedad, no es más que una concesión hecha al proletariado, una especie de
retroventa del derecho de usura; en una palabra, una decepción. Y si quita al
rico toda su propiedad, es la confiscación de la propiedad, la expropiación sin
indemnización previa y sin utilidad pública.
Bien está que quienes se dicen ante todo hombres
políticos invoquen el impuesto progresivo como una represalia frente a la
propiedad, como un castigo al egoísmo
El de
Louis Blanc.
burgués; nosotros respetamos sus intenciones y, si
nunca llegan a aplicar sus principios, dejaremos actuar la justicia de Dios.
Para nosotros, representantes de aquellos que han perdido todo en el régimen
del capital, el impuesto progresivo, precisamente por ser una restitución
forzada, nos está prohibido: jamás lo propondremos al pueblo. Somos
socialistas, hombres de reconciliación y progreso, no pedimos ni reacción ni
ley agraria.
No queremos impuesto sobre las rentas del Estado,
pues este impuesto no es, como el progresivo, frente a los rentistas, más que
una confiscación y, frente al pueblo, más que una transición, un engaño.
Creemos que el Estado tiene el derecho a reembolsar sus deudas, y, en
consecuencia, a pedir prestado a interés más bajo: no pensamos que le sea
permitido, so pretexto de impuesto, faltar a sus compromisos. Somos
socialistas, no somos agentes de quiebra fraudulenta.
No queremos impuestos sobre las sucesiones, porque
este impuesto no es sino un abandono de la propiedad y porque, dado que la
propiedad es un derecho constitucional reconocido por todo el mundo, es preciso
respetar en ella a la mayoría; no lo queremos porque sería un atentado a la
familia, y porque, para emancipar al proletariado, no necesitamos incurrir en
tamaña hipocresía. La transmisión de bienes, bajo la ley de asociación, no
aplicándose a los instrumentos del trabajo, no puede resultar causa de desigualdad.
Dejad, pues, llegar la fortuna del propietario difunto a su pariente más
alejado, con frecuencia el más pobre. Somos socialistas, no somos capturadores
de herencias.
No queremos impuestos sobre los objetos de lujo,
porque ello sería acabar con las industrias de lujo, pues los productos de lujo
son expresión del progreso, y porque, bajo el imperio del trabajo y con la
subordinación del capital, el lujo debe extenderse a todos los ciudadanos sin
excepción. ¿Por qué, tras haber alentado la propiedad, castigaríamos su
disfrute por parte de los propietarios? Somos socialistas, no somos codiciosos.
(...) No queremos la expropiación por el Estado de
las minas, los canales, los ferrocarriles; ello es, siempre, monarquía,
salario. Queremos que las minas, los canales, los ferrocarriles, sean devueltos
a las asociaciones obreras organizadas democráticamente, trabajando bajo la
supervisión del Estado, en las condiciones establecidas por el Estado y bajo su
propia responsabilidad. Queremos que estas asociaciones sean modelos propuestos
a la agricultura, a la industria y al comercio, el primer núcleo de esta vasta
federación de compañías y de sociedades, reunidas en el vínculo común de la
República democrática y social.
No queremos más gobierno del hombre por el hombre
ni explotación del hombre por el hombre: ¿han reflexionado en ello los que han
adoptado la fórmula socialista?
Queremos la economía en las cuentas del Estado, del
mismo modo que queremos la fusión completa, en el trabajador, de los derechos
del hombre y del ciudadano, de los atributos del capital y del talento. Por eso
pedimos ciertas cosas que el socialismo indica y que los hombres que se
pretenden más especialmente políticos no comprenden.
La política tiende a especializar y a multiplicar
indefinida-mente los empleos; el socialismo tiende a fundirles unos en
otros.
Así, creemos que la casi totalidad de los trabajos
públicos pueden y deben ser ejecutados por el ejército; que esta participación
en los trabajos públicos es el primer tributo que debe pagar a la patria la
juventud republicana; que, en consecuencia, el presupuesto de guerra y el de
los trabajos públicos forman un mismo capítulo. Economizamos más de cien
millones así; pero la política no se preocupa de ello.
Se habla de enseñanza profesional. Creemos que la
escuela de agricultura es la agricultura; la escuela de las artes, los oficios
y las manufacturas, el taller; la escuela del comercio, el mostrador; la
escuela de minas, la mina; la escuela de navegación, el navío; la escuela de
administración, la administración, etcétera.
El aprendiz es tan necesario al trabajo como el
compañero: ¿por qué ponerle aparte en la escuela? Queremos la misma educación
para todos: ¿para qué entonces esas escuelas que, para el pueblo, no son más
que escuelas aristocráticas, y para nuestras finanzas, un doble empleo?
Organizad la asociación y, al mismo tiempo, todo taller llegará a ser escuela,
todo trabajador maestro, todo estudiante aprendiz. Los hombres de élite se
producen tanto y más en la cantera que en la sala de estudio.
Lo mismo hay que decir del gobierno.
No basta con decir que se está opuesto a la
presidencia, si no se abolen los ministerios, que son el eterno objeto de la
ambición política. A la asamblea nacional le corresponde ejercer, por la
organización de sus comités, el poder ejecutivo, del mismo modo que ella ejerce
por sus
deliberaciones en común y sus votos el poder
legislativo. Los ministros, subsecretarios de Estado, jefes de división, etc.,
forman doble empleo con los representantes, cuya vida sin obras, disipada, dada
a la intriga y a la ambición, es causa incesante de atasco para la
administración, de malas leyes para la sociedad, de estériles gastos para el
Estado.
Que nuestros jóvenes reclutas se lo metan en la
cabeza: el socialismo es lo contrario del gubernamentalismo. Esto es entre
nosotros algo tan viejo como el precepto «entre dueño y servidor no hay
sociedad».
Queremos, al lado del sufragio universal, y como
consecuencia de ese sufragio, la aplicación del mandato imperativo. Los hombres
políticos le repugnan. Lo que quiere decir que, a sus ojos, el pueblo, al
elegir representantes, no se da mandatarios alienando su soberanía. Esto no
sería en modo alguno socialismo, ni si-quiera democracia.
Queremos la libertad ilimitada del hombre y del
ciudadano, salvo el respeto de la libertad del otro:
Libertad de asociación
Libertad de reunión
Libertad de cultos
Libertad de prensa
Libertad de pensamiento y palabra
Libertad de trabajo, comercio e industria
Libertad de enseñanza
En una palabra, libertad absoluta.
Ahora bien, entre estas libertades hay siempre
alguna que
la vieja política no admite, lo que implica la
ruina de todas las demás. ¿Hemos de preguntar una vez más si queremos la
libertad con excepción o sin excepción?
Queremos la familia. ¿Dónde están los que la
respeten más que nosotros? Pero no tomamos a la familia como tipo de sociedad.
Los defensores de la monarquía nos han enseñado que los monárquicos estaban
constituidos a imagen y semejanza de la familia. La familia es el elemento
patriarcal o dinástico, el rudimento de la realeza: el tipo de la sociedad
civil es la sociedad fraternal.
Queremos la propiedad, pero llevada a sus justos
límites, es decir, a la libre disposición de los frutos del trabajo; la
propiedad, no la usura. No necesitamos decir más. Quienes nos conocen, nos
entienden.
Tal es, en substancia, nuestra profesión de fe.
(...) Y ahora vayamos a esa miserable cuestión de
la Pre-sidencia.
Era grave cuestión la de saber si, por una parte,
el pueblo debería abstenerse o votar; en segundo lugar, bajo qué bandera se
haría la elección, bajo qué profesión de fe.
(...) El comité electoral central ha decidido, por
unanimidad, presentar como candidato a la presidencia al ciudadano Raspail.
Raspail, elegido por 66.000 sufragios parisienses y
35.000 lioneses.
Raspail, el demócrata socialista.
Raspail, el implacable denunciador de las
mixtificaciones políticas.
Raspail, cuyos trabajos en el arte de sanar le han
colocado a la altura de los benefactores de la humanidad43.
Defendiendo esta candidatura no queremos —frente a
lo escrito en alguna parte por el honorable señor Ledru-Rollin— dar
eventualmente a la República un jefe; lejos de eso, aceptamos a Raspail como
protesta viva contra el principio de la Presidencia, le presentamos al sufragio
del pueblo no porque sea o lo creamos posible, sino porque es imposible, porque
con él la presidencia, imagen de la realeza, sería imposible.
No queremos, por otra parte, lanzar un desafío a la
burguesía al defender la candidatura de Raspail, a quien rechaza la burguesía.
Lo que queremos ante todo es la reconciliación, la paz. Somos socialistas, no
incordios.
Apoyamos la candidatura de Raspail, a fin de
expresar más fuertemente a los ojos de los campesinos esta idea: que ahora,
bajo la bandera de la República, no hay más que dos partidos en Francia, el
partido del trabajo y el partido del capital.
***
DEL PRINCIPIO DE AUTORIDAD 44:
He aquí cómo, pasado el tiempo revolucionario de
1848, Proudhon extrae sus lecciones: una condena sin paliativos
Cfr.
Frangois-V incent Raspail, Jéróme Martineau, París, 1968.
44 Cfr. Idée
générale de la révolution au X I X e siécle, 1851.
del Estado y del poder.
El prejuicio gubernamental 45:
La forma bajo la cual los primeros hombres
concibieron el orden en la sociedad, es la patriarcal o jerárquica, es decir,
en principio, la autoridad en acción, el gobierno. La justicia, que más tarde
fue dividida en distributiva y conmutativa, no se les apareció, en principio,
más que bajo su forma primera: un superior diciendo a cada uno de sus
inferiores lo que tenían que hacer.
La idea gubernamental nació, pues, de las
costumbres fa-miliares y de la experiencia doméstica: ninguna protesta se
produjo entonces, el gobierno parecía tan natural a la sociedad como la
subordinación entre el padre y sus hijos. Por ello, L. de Bonald 46 pudo decir,
con razón, que la familia es el embrión del Estado, cuyas categorías esenciales
reproduce: el rey en el padre, el ministro en la madre, el súbdito en el hijo.
Por ello también las sociedades fraternas que adoptan a la familia como modelo
de la sociedad, llegan siempre a la dictadura, que es la forma más exagerada de
gobierno. La administración de Cabet en sus Estados de Nauvoo 47 es un bello
ejemplo de esto. ¿Cuánto tiempo necesitaremos aún para comprender esta
filiación de ideas? La concepción primitiva del orden por el gobierno pertenece
a todos los pueblos; y si, desde el origen, los esfuerzos que
Los
subtítulos son nuestros.
Louis de
Bonald (1754-1840), filósofo reaccionario, perro guardián de la monarquía y de
la religión.
Comunidades
que el comunista francés Etienne Cabet (1788-1856), autor del Viaje a Icaria,
trató de fundar en los Estados Unidos.
han sido hechos para organizar, limitar, modificar
la acción del poder, apropiarla a las necesidades generales y a las
circunstancias demuestran que la negación estaba implicada en la afirmación, es
cierto que ninguna hipótesis rival ha sido pronunciada; el espíritu ha sido por
doquier el mismo. A medida que las naciones han salido del estado salvaje y de
la barbarie, se las ha visto inmediatamente comprometerse en la vía
gubernamental, recorrer un círculo de instituciones siempre las mismas, y que
todos los historiadores y publicistas colocan bajo estas categorías, sucedáneas
unas a otras, de monarquía, aristocracia, democracia.
He aquí por qué, hasta nuestros días, incluso las
revoluciones más emancipadoras y todas las efervescencias de la libertad han
llegado constantemente a un acto de fe y de sumisión al poder; todas las
revoluciones no han servido más que para reconstituir la tiranía: no exceptúo
ni la constitución del 93 ni la del 1848, las dos expresiones más avanzadas,
pese a todo, de la democracia francesa.
Lo que ha posibilitado esta predisposición mental y
hecho durante tan largo tiempo invencible la fascinación es que, como
continuación de la analogía supuesta entre la sociedad y la familia, el
gobierno se ha presentado siempre a los espíritus como el órgano natural de la
justicia, el protector del débil, el conservador de la paz. Por esta atribución
de providencia y de alta garantía, el gobierno echa raíces en los corazones,
así como en las inteligencias. Forma parte del alma universal, la fe, la superstición
íntima e invencible de los ciudadanos. Si un día llega a debilitarse, se dice
de él, como de la religión y de la propiedad: no es la institución lo
que es malo, sino el abuso. No es el rey quien es
malvado, sino sus ministros: «Ah, si el rey supiese...»
Así, al hecho jerárquico y absolutista de una
autoridad gobernante, se unía un ideal que habla al alma y que conspira
incesantemente contra el instinto de igualdad y de independencia: en tanto que
el pueblo, en cada revolución, siguiendo las inspiraciones de su corazón, creía
reformar los vicios de su gobierno, era traicionado por sus mismas ideas, pues
creyendo poner el poder a su servicio, lo tenía siempre en realidad contra sí,
y en lugar de un protector, se daba un tirano.
La experiencia demuestra, en efecto, que en todo
tiempo y lugar el gobierno, por popular que fuere en su origen, acabó del lado
de la clase más esclarecida y más rica contra la más pobre y numerosa; que
luego de haberse mostrado durante algún tiempo liberal, ha llegado a ser poco a
poco exclusivo, excepcional; en fin, que en lugar de sostener la libertad y la
igualdad entre todos, ha trabajado obstinadamente por des-truirlas, en virtud
de su inclinación natural hacia el privilegio.
(...) La negación gubernamental que está en el
fondo de la utopía de Morelly 48 , que lanzó un destello —pronto sofocado— a
través de las manifestaciones izquierdistas de los enragés y de los hebertistas
49 y que hubiese salido de las doctrinas de Babeuf si Babeuf hubiese sabido
razonar y deducir su propio principio, esa grande y decisiva negación pasó
incomprendida a lo largo de todo el siglo XVIII.
Pero una idea no puede perecer: renace siempre de
su
Autor del
Code de la nature, 1755.
Partidarios
del revolucionario Hébert. (N. del T.)
contradictoria (...). De esta plenitud de la
evolución política surgirá, al fin, la hipótesis opuesta: el gobierno, por su
propia dinámica, habrá de parir al socialismo con su postulado histórico.
Fue Saint-Simon50 el primero que, en un lenguaje
tímido y con una conciencia aún oscura, tiró del hilo:
«La especie humana, escribía a partir del año 1818,
ha sido llamada a vivir primero bajo el régimen gubernamental y feudal.
La especie humana ha sido destinada a pasar del
régimen gubernamental o militar al régimen administrativo o industrial, tras
haber progresado suficientemente en las ciencias positivas y en la industria.
En fin, por su sumisión, habrá de someterse a
enjugar una crisis larga y violenta, luego de su paso del sistema militar al
sistema pacífico.
La época actual es una época de transición:
La crisis de transición ha comenzado por la
predicación de Lutero; tras esta época, la dirección de los espíritus ha sido
esencialmente crítica y revolucionaria.»
(...) Todo Saint- Simon está en estas pocas líneas,
escritas en el estilo de los profetas, pero de una digestión demasiado ruda
para la época en que fueran escritas, con un sentido demasiado condensado para
los jóvenes espíritus que se adhirieron los primeros al noble innovador.
(...) ¿Qué ha querido decir Saint-Simon?
Henri de
Saint-Simon (1760-1825), fundador del socialismo «utópico» llamado
saintsimonianismo.
Desde el momento en que, por una parte, la
filosofía sucede a la fe y reemplaza a la antigua noción de gobierno por la de
contrato; desde el momento en que, por una parte, a continuación de una
revolución que abole el régimen feudal, la sociedad pide desarrollar, armonizar
sus potencias económicas, desde ese momento será inevitable que el gobierno,
negado en teoría, se destruya progresivamente en la aplicación. Y cuando
Saint-Simon, para designar este nuevo orden de cosas, conformándose con el
viejo estilo, emplea la palabra gobierno unida al epíteto de administrativo o
industrial, es evidente que la palabra gobierno adquiere bajo su pluma un
sentido metafórico o más bien analógico, que sólo podía ilusionar a los
profanos. No es posible equivocarse sobre el pensamiento de Saint-Simon leyendo
el pasaje, aún más explícito, que voy a citar:
«Si se observa la marcha seguida por la educación
de los individuos, se nota, en las escuelas primarias, que la acción de
gobernar es la más fuerte; y en las escuelas de un escalón aún más elevado, se
observa que la acción de gobernar a los niños disminuye siempre de intensidad,
en tanto que la enseñanza tiene un papel cada vez más importante. Lo mismo ha
ocurrido en la educación de la sociedad. La acción militar (es decir, feudal,
gubernamental) debió ser la más fuerte en su origen, siempre debió adquirir importancia,
pero el poder administrativo debe necesariamente acabar por dominar al saber
militar.»
A estos párrafos de Saint-Simon habría que añadir
la fa-mosa Parábola, que cayó en 1819 como un hacha sobre el mundo oficial y
por la cual su autor fue llevado el 20 de
febrero de 1820 ante los tribunales, y absuelto. La
extensión de este trozo, por otra parte demasiado conocida, no nos permite
reproducirla.
La negación de Saint-Simon, como se ve, no se
deduce de la idea de contrato, que Rousseau y sus sectarios, después de ochenta
años, corrompieron y deshonraron. Esa idea emana de otra intuición,
experimental y a posteriori tal y como podía convenir a un observador de
hechos.
Lo que la teoría del contrato —inspiración de la
lógica providencial— hubiera hecho entrever desde tiempos de Jurieu 51 respecto
al porvenir de la sociedad, q saber, el fin de los gobiernos, Saint-Simon, que
aparece en lo más fuerte de la confusión parlamentaria, lo constata según la
ley de las evoluciones de la humanidad. Así, la teoría del derecho y la
filosofía de la historia, como dos jalones plantados uno ante el otro,
conducían al espíritu hacia una revolución desconocida: un paso más, y tocamos
el gran descu-brimiento.
(...) El siglo XVIII, como creo haber probado
abundante-mente, si no hubiese sido derrotado por el republicanismo clásico,
retrospectivo y declamatorio de Rousseau, habría llegado, por el desarrollo de
la idea del contrato, es decir, por la vía jurídica, a la negación del
gobierno.
Esta negación la ha deducido Saint-Simon de la
observación histórica y de la educación de la humanidad.
Yo, por mi parte, la he concluido —si se me permite
citarme en este momento en que yo sólo represento el
Pierre
Jurieu (1637-1713), teólogo protestante francés, adversario del absolutismo en
general y de Luis XIV en particular.
planteamiento revolucionario— del análisis de las
funciones económicas y de la teoría del crédito y del cambio. No necesito,
pienso, para establecer esta tercera percepción, apelar a las diversas obras y
artículos en que ella está consignada: después de tres años, han hecho bastante
ruido.
Así, la Idea, simiente incorruptible, pasa a través
de las edades, iluminando de un tiempo a otro al hombre cuya inteligencia es
buena, hasta llegar el día en que una inteligencia a quien nada le intimide la
recoja, la incube y la lance luego como un meteoro sobre las masas
electrizadas.
La idea de contrato, salida de la Reforma en
oposición a la de gobierno, ha atravesado los siglos XVII y XVIII, sin que
nin-gún publicista la pusiese de relieve, sin que un solo revolucionario la
apercibiese. Todo lo que hubo de más ilustre en la Iglesia, en la filosofía, en
la política, no hizo, por el contrario, más que combatirla. Rousseau, Sieyés,
Robespierre, Guizot, toda esta escuela de parlamentarios, han sido los
abanderados de esta reacción 52. Un hombre, ya tarde advertido por la
degradación del principio director, pone a la luz del día la idea joven y
fecunda: desgraciadamente, el lado realista de su historia engaña a sus propios
discípulos; ellos no ven que el productor es la negación del gobernante, que la
organización es incompatible con la autoridad; y durante treinta años se pierde
de nuevo de vista la fórmula.
52 Jean Jacques Rousseau (1712-1778), autor del
Contrato social; Joseph Sieyés (1748-1836), teórico del tercer estado;
Maximilien Robespierre (1758- 1794), líder revolucionario parlamentario;
Frangois Guizot (1787- 1874), historiador y político conservador, jefe del
gobierno durante los últimos años del reinado de Luis-Felipe.
(...) Apenas la idea anárquica comienza a
implantarse en el suelo popular, encuentra sedicentes conservadores que la
arrasan con sus calumnias, que la retardan con sus violencias, que la
recalientan con los rayos de su odio, prestándola el apoyo de sus estúpidas
reacciones.
Esa idea ha elevado hoy, empero, gracias a ellos,
la idea antigubernamental, la idea del trabajo, la idea del contrato; esa idea
crece, aumenta, se apodera con su ímpetu de las sociedades obreras; y pronto,
como el pequeño fermento del Evangelio, formará un árbol inmenso, que con sus
ramas cubrirá a toda la tierra.
La soberanía de la razón, habiendo sustituido a la
de la re-velación.
La noción de contrato, sucediendo a la noción de
gobierno.
La evolución histórica, conduciendo fatalmente a la
huma-nidad a una práctica nueva.
La crítica económica, constatando ya que bajo este
nuevo régimen la institución política debe perderse en el organismo industrial.
Nos lleva a concluir sin temor que la fórmula
revolucionaria no puede ya ser ni legislación directa, ni gobierno directo, ni
gobierno simplificado, todo lo cual significa más gobierno.
Ni monarquía, ni aristocracia, ni siquiera
democracia, en tanto que este último término implicaría una forma de gobierno
cualquiera actuando en nombre del pueblo y diciéndose pueblo, nada de ello
queremos. Nada de autoridad, nada de gobierno, ni siquiera de gobierno popular;
así está la revolución.
***
Del poder absoluto a la anarquía:
(...) Toda idea se establece o refuta en una
sucesión de tér-minos que son como el organismo, donde el último demuestra
irrevocablemente su verdad o su error. Si la evolución, en lugar de hacerse
simplemente en el espíritu, por las teorías, se efectúa a la vez en las
instituciones y los actos, continúa la historia. Es el caso del principio de
autoridad o de gobierno.
El primer término bajo el que se manifiesta este
principio es el poder absoluto. Es la fórmula más pura, la más racional, la más
enérgica, la más franca y, a no dudar, la menos inmo-ral y la menos penosa de
gobierno.
Pero el absolutismo, en su expresión ingenua, es
odioso a la razón y a la libertad; en todos los tiempos, la conciencia de los
tiempos se ha sublevado contra él; a continuación de la conciencia, la revuelta
ha dado muestras de su presencia protestataria. El principio absolutista se ha
visto, pues, forzado a recular: ha reculado paso a paso, por una serie de
concesiones, a cual más insuficientes, y en donde la última de ellas, la
democracia pura o el gobierno directo, lleva a lo imposible y lo absurdo. Si el
primer término de esta serie es el absolutismo, el último es el término final,
fatídico: la anarquía, entendida en todos los sentidos.
Vamos a pasar revista, uno tras otro, a los
principales tér-minos de esta gran evolución.
La humanidad pregunta a sus maestros: «¿Por qué
preten-
déis reinar sobre mí y gobernar?» Y éstos
responden: «Porque la sociedad no puede pasarse sin orden; porque en toda
sociedad son precisos hombres que obedezcan y que trabajen, mientras que otros
manden y dirijan; porque siendo iniguales las facultades individuales, los
intereses opuestos, las pasiones antagónicas, el bien particular de cada uno
opuesto al bien de todos, es precisa una autoridad que asigne el límite de los
derechos y de los deberes, un árbitro que solvente los conflictos, una fuerza
pública que haga ejecutar los juicios del soberano. Por tanto, el poder, el
Estado, es precisamente esta autoridad discrecional, este árbitro que da a cada
uno lo suyo, esta fuerza que asegura y hace respetar la paz. El gobierno, en
dos palabras, es el principio y la garantía del orden social; es lo que
declaran a la vez el sentido común y la naturaleza.»
En todas las épocas, en la boca de todos los
poderes, encontráis tal cantinela, idéntica, invariable, en los libros de los
economistas malthusianos, en los diarios de la reacción y en las profesiones de
fe de los republicanos. No hay diferencia entre todos ellos, sino en la medida
de las concesiones que pretenden hacer a la libertad sobre el principio básico,
concesiones ilusorias que añaden a las formas de gobierno llamadas templadas,
constitucionales, democráticas, etc., una salsa de hipocresía cuyo sabor no las
hace otra cosa que despreciables.
Así, el gobierno, en la simplicidad de su
naturaleza, se pre-senta como la condición absoluta, necesaria, sine qua non,
del orden. Por eso aspira siempre, y bajo todas las máscaras, al absolutismo:
en efecto, según sus principios, cuanto más fuerte es el gobierno, tanto mayor
es el orden de la
perfección. Estas dos nociones, el gobierno y el
orden, estarían, pues, la una con respecto a la otra, en una relación de causa
a efecto: la causa sería el gobierno, el efecto sería el orden. Ha sido también
así como las sociedades primitivas han razonado.
(...) Pero tal razonamiento no es por ello menos
falso, y la conclusión de pleno derecho, inadmisible, ya que, según la
clasificación lógica de las ideas, la relación de gobierno a orden no es, como
pretenden los jefes de Estado, la de causa a efecto, sino la de lo particular a
lo general. El orden, he aquí el género; el gobierno, he aquí la especie. En
otros términos, hay varias maneras de concebir el orden; ¿quién nos prueba que
el orden en la sociedad sea el que agrada asignar a sus dueños?
Se alega, por una parte, la desigualdad natural de
las facul-tades, de donde se induce la de las condiciones; por otra parte, se
alega la imposibilidad de unificar la divergencia de intereses y de acortar los
sentimientos.
Pero en este antagonismo habría que ver, todo lo
más, una cuestión a resolver, no un pretexto para la tiranía. ¿Desigualdad de
facultades? ¿Divergencia de intereses? ¡He ahí, soberanos coronados, soberanos
con yugos y con echarpes, he ahí precisamente lo que nosotros llamamos problema
social! ¿Y creéis poder llegar a resolverlo por medio del bastón y la bayoneta?
Saint-Simon tenía mucha razón al hacer sinónimos estos dos términos, gobierno y
militar. El gobierno, poniendo orden en la sociedad, es el Alejandro que corta
con su sable el nudo gordiano.
¿Qué es, por tanto, pastores de los pueblos, lo que
os autoriza a pensar que el problema de la contradicción de los
intereses y de la desigualdad de las facultades no
puede ser resuelto? ¿Qué os lleva a pensar en la inevitable formación de clases
sociales? ¿Y por qué creéis que para mantener esta distinción, natural y
providencial, la fuerza es necesaria, legítima? Yo afirmo, por el contrario,
con todos aquellos a quienes el mundo llama utópicos porque rechazan vuestra
tiranía, y ellos conmigo, que la solución a esos problemas puede ser hallada.
Algunos han creído descubrirla en la comunidad, otros en la asociación, otros
en la serie industrial. Por mi parte, digo que la solución está en la
organización de las fuerzas económicas, bajo la ley suprema del contrato.
¿Quién os dice que ninguna de estas hipótesis es verdadera?
A vuestra teoría gubernamental, que no tiene por
causa más que vuestra ignorancia, por principio más que un sofisma, por medio
más que la fuerza, por fin más que la explotación de la humanidad, a vuestra
teoría el progreso del trabajo, de las ideas, os opone por mi boca esta teoría
liberal: encontrar una forma de transacción que, llevando a la unidad la
divergencia de los intereses, identificando el bien particular y el bien
general, borrando la desigualdad de la naturaleza sustituida por la de la educación,
resuelva todas las contradicciones políticas y económicas; una forma de
transacción donde cada individuo sea igual y sinónimamente productor y
consumidor, ciudadano y príncipe, administrador y administrado; en donde su
libertad aumente siempre, sin que necesite jamás alienar nada de ella; en que
su bienestar se acreciente indefinidamente, sin que pueda proporcionar a la
sociedad ni a sus conciudadanos ningún perjuicio, ni en su propiedad ni en su
trabajo, ni en su salario, ni en sus relaciones de
interés, de opinión o de afecto con sus semejantes.
¿Estas condiciones os parecen imposibles de
realizar? El contrato social, cuando consideráis la horrorosa multitud de
relaciones que debe reglar, os parece lo más inextricable imaginable, algo como
la cuadratura del círculo y el movimiento perpetuo. Por ello, a partir de la
guerra larvada, os arrojáis al absolutismo, a la fuerza.
Considerad, sin embargo, que si el contrato social
puede ser resuelto' entre dos productores (¿y quién duda que reducido a sus
simples términos no pueda recibir solución?) puede ser igualmente resuelto
entre dos millones, pues se trata siempre del mismo compromiso, y el número de
los signatarios, haciéndole cada vez más eficaz, no añade allí ni un solo
artículo. Así, pues, vuestra razón de impotencia no subsiste; es ridícula e
inexcusable.
En todo caso, hombres de poder, he aquí lo que os
dice el productor, el proletario, el esclavo, el que aspiráis que trabaje para
vosotros. No pido ni los bienes ni la tierra de nadie, y no estoy dispuesto a
soportar que el fruto de mi trabajo llegue a ser presa de otro. También yo
quiero el orden, tanto o más que quienes le hacen imposible con su pretendido
gobierno; pero yo le quiero como un efecto de mi voluntad, como una condición
de mi trabajo y una fe de mi razón. No lo toleraré nunca si viene de una voluntad
extraña que me impone como precondiciones la servidumbre y el sacrificio.
***
Las leyes
Bajo la impaciencia de los pueblos y la inminencia
de la revuelta, el gobierno ha tenido que ceder; ha prometido instituciones y
leyes; ha declarado que su más ferviente deseo era que cada uno pudiese gozar
del fruto de su trabajo a la sombra de su viña y de su higuera. Era una
necesidad de su posición.
Desde el momento en que, en efecto, se presentaba
como juez del derecho, árbitro soberano de los destinos, no podía pretender
manejar a los hombres a su antojo. Rey, presidente, directorio, comité,
asamblea popular, da igual; el poder necesita reglas de conducta; sin ello,
¿cómo establecer entre los sujetos una disciplina? ¿Cómo se conformarán los
ciudadanos con el orden, si el orden no se les notifica, si apenas se notifica
es revocado, si cambia de un día para otro, de una hora a otra?
Así, pues, el gobierno deberá hacer leyes, es
decir, imponerse a sí mismo unos límites, pues todo lo que es regla para el
ciudadano deviene límite para el príncipe. Hará tantas leyes como intereses
encuentre, y puesto que los intereses son innumerables, ya que las relaciones
que nacen unas de otras se multiplican hasta el infinito, y puesto que el
antagonismo es sin fin, la legislación deberá funcionar sin relajo. Las leyes,
los decretos, los edictos, las ordenanzas, las detenciones, caerán como granizo
sobre el pobre pueblo. Al final de algún tiempo, el suelo político se verá
cubierto de una capa de papel, que los geólogos tendrán que registrar
sin remedio bajo el nombre de formación
«papirácea», en las revoluciones del globo. La Convención, en tres años, un mes
y cuatro días, dio once mil seiscientas leyes y decretos; la Constituyente y la
Legislativa no produjeron menos; el Imperio y los gobiernos posteriores han
hecho lo mismo. Ac-tualmente, el Bulletin des Lois contienen, según se dice,
más de cincuenta mil leyes; si nuestros representantes cumpliesen con su deber,
esa cifra enorme sería pronto duplicada. ¿Creéis que el pueblo y el Gobierno mismo
conserva su razón en medio de este dédalo?
Ciertamente, estamos lejos de la institución
primitiva. El gobierno cumple en la sociedad, se dice, el papel del padre.
Ahora bien, ¿qué padre hizo nunca un pacto con su familia?; ¿cuándo otorgó una
carta a sus hijos?; ¿cuándo hizo balance de poder entre él y la madre? El jefe
de familia, en su gobierno, está inspirado por su corazón, no toma el peculio
de los hijos, les alimenta con su propio trabajo; guiado por su amor, no se
ocupa sino del interés de los suyos y de las circunstancias; su ley es su voluntad,
y todos, madre e hijos, tienen puesta en él su confianza. El pequeño Estado
estaría perdido si la acción paterna encontrase la menor oposición, si
estuviese limitado en sus prerrogativas y determinado de antemano en sus
efectos. Pues bien, ¿será verdad que el gobierno no es padre para el pueblo,
porque se somete a reglamentos, transige con los ciudadanos, y se hace el
primer esclavo de una razón que, divina o popular, no es la suya?
Si es así, no veo por qué yo mismo habría de
someterme a la ley. ¿Quién me garantiza la justicia, la sinceridad? ¿De dónde
me viene ella? ¿Quién la ha hecho? Rousseau enseña
en términos propios que, en un gobierno
verdaderamente democrático y libre, el ciudadano, al obedecer a la ley, no
obedece más que a su propia voluntad. Ahora bien, la ley ha sido hecha sin mi
participación, pese a mi disentimiento absoluto, pese al perjuicio que me ha
hecho sufrir. El Estado no trata conmigo, no cambia nada, me roba. ¿Dónde está,
pues, el vínculo, vínculo de conciencia, vínculo de razón, vínculo de pasión o
de interés, que me obligue?
Pero ¿qué digo? ¿Leyes a quien piensa por sí mismo
y no ha de responder más que de sus propios actos, leyes a quien quiere ser
libre y se siente hecho para el devenir? Yo estoy presto a hacer tratos, pero
no quiero leyes; no reconozco ninguna ley; protesto contra todo orden que
busque un poder de pretendida necesidad para imponerse a mi libre arbitrio.
¡Leyes! Sabemos lo que son y lo que valen. Telas de araña para los poderosos y
los ricos, cadenas que ningún acero podría romper para los pequeños y los pobres,
redes de pesca entre las manos del gobierno.
Decís que se harán pocas leyes, que serán simples,
buenas. Nueva concesión. ¡El gobierno se declara culpable si confiesa así sus
pecados!
¿Leyes en pequeño número, leyes excelentes?
Imposible. ¿No debe el gobierno reglar todos los intereses, juzgar todas las
deslealtades? Pero los intereses son, por la naturaleza de la sociedad,
innúmeros, las relaciones viables y móviles hasta el infinito: ¿cómo será
posible hacer pocas leyes?, ¿cómo hacerlas simples?, ¿cómo la mejor ley no
sería pronto detestable?
Se habla de simplificación. Pero si se puede
simplificar en un punto, se puede simplificar en todos; en lugar de un mi-
llón de leyes, una sola basta. ¿Cuál será esta ley?
No hagáis a otro lo que no queréis que se haga a vosotros; haced a otro lo que
deseáis que os hagan. He ahí la ley y los profetas. Pero evidentemente eso no
es una ley; es la fórmula elemental de la justicia, la regla de todas las
transacciones. La simplificación legislativa nos lleva, pues, a la idea de
contrato, consecuentemente a la negación de la autoridad. En efecto, si la ley
es única, si resuelve todas las antinomias de la sociedad, si está consentida y
votada por todo el mundo, es adecuada al contrato social. Promulgándola,
proclamáis el fin del gobierno. ¿Quién os impide realizar inmediatamente esta
simplificación?
***
El sistema representativo
(...) No hay dos especies de gobierno, como no hay
dos especies de religión. El gobierno es de derecho divino, o no es; del mismo
modo, la religión es del cielo o no es nada. Gobierno democrático y religión
natural son dos contradicciones, a menos que no se prefiera ver en ello dos
mixtificaciones. El pueblo no tiene más voz consultiva en el Estado que en la
Iglesia: su papel es el de obedecer y el de creer.
Así como los principios no pueden fallar, pues sólo
los hombres tienen el privilegio de la inconsecuencia, del mismo modo para
Rousseau el gobierno —y también para la
Constitución del 91 y todas las que siguieron— no
es siempre, por encima del procedimiento electoral, más que un gobierno de
derecho divino, una autoridad mística y sobrenatural que se impone a la
libertad y a la conciencia, aparentando, sin embargo, reclamar su adhesión.
Atended a esta serie:
En la familia, donde la autoridad es íntima al
corazón del hombre, el gobierno se transmite por generación.
En las costumbres salvajes y bárbaras, se da por el
patriar-cado, lo que equivale a la categoría precedente, o por la fuerza.
En las costumbres sacerdotales, adviene por medio
de la fe.
En las costumbres aristocráticas, llega por la
primogenitura o la casta.
En el sistema de Rousseau, que ha llegado a ser el
usual, llega por medio de la suerte o por el número.
La generación, la fuerza, la fe, la primogenitura,
la suerte, el número, todo ello cosas igualmente ininteligibles e
impenetrables, en las que no hay nada que razonar, sino que someterse: tales
son, no diría yo los principios —la autoridad, como la libertad, sólo se
reconocen a sí mismas como principio—, sino los modos diferentes por medio de
los cuales se efectúa en las sociedades humanas la investición de poder. Junto
a un principio primitivo, superior, anterior, indiscutible, el instinto popular
ha añadido en todo tiempo una expresión que fuese igualmente primitiva,
superior, anterior e indiscutible. En lo que concierne a la producción del
poder, la fuerza, la fe, la herencia o el
número son la forma variable que reviste esta
ordalía: son juicios de Dios.
¿Os ofrece el número algo más racional, más
auténtico, más moral que la fe o la fuerza? ¿El voto os parece más seguro que
la tradición o la herencia? Rousseau declama contra el voto del más fuerte,
como si la fuerza fuese más usurpadora que el número. ¿Pero qué es el número,
qué prueba, qué vale, qué relación existe entre la opinión más o menos unánime
y sincera de los votantes y esa cosa que domina toda opinión, todo voto, la
verdad, el derecho?
Se trata de lo que me es más querido, de mi
libertad, de mi trabajo, de la subsistencia de mi mujer y de mis hijos; pero
cuando me preocupo de articular todo eso, remitís a todo un congreso formado
según el capricho de la suerte. Cuando me presento para contractualizar, me
decís que hay que elegir árbitros, los cuales, sin conocerme, sin entenderme,
pronunciarán mi absolución o condena. ¿Qué relación existe, pues, entre este
congreso y yo? ¿Qué garantía puede ofrecerme? ¿Por qué habría yo de aceptar —sacrificio
enorme, irreparable— de su autoridad lo que él tenga a bien resolver como
expresión de mi voluntad y justa medida de mis derechos? Y cuando este
congreso, luego de los debates de los que yo no entiendo nada, venga a
imponerme su decisión como ley y a tenderme esta ley a punta de bayo-neta,
pregunto si será verdad que yo formo parte del soberano, qué se hace de mi
dignidad; si he de considerarme como estipulante, ¿dónde está el contrato?
Se dice que los diputados serán los hombres más
capaces, los más probos, los más independientes del país, elegidos como tales
por una élite de los ciudadanos más interesados
en el orden, en la libertad, en el bienestar de los
trabajadores y en el progreso. ¡Iniciativa sabiamente concebida que responde de
la bondad de los candidatos!
¿Pero por qué los honorables burgueses de la clase
media habrán de entender mejor que yo mismo mis verdaderos intereses? Se trata
de mi trabajo, dense cuenta, del cambio de mi trabajo, cosa que, después del
amor, es la que menos soporta de todas la autoridad (...).
(...) ¡Y vosotros vais a administrar mi trabajo, mi
amor, por procuradores y sin mi consentimiento! ¿Quién me dice que vuestros
procuradores no usarán su privilegio para hacer del poder un instrumento de
explotación? ¿Quién me garantiza que su pequeño número no les atará, de pies,
manos y conciencia, a la corrupción? Y si ellos no quieren dejarse corromper,
si ellos no llegan a hacer entender la razón a la autoridad, ¿quién me asegura
que la autoridad querrá someterse?
***
Del sufragio universal
(...) La solución ha sido hallada, gritan los
intrépidos. Que todos los ciudadanos tomen parte en el voto, y no habrá
en-tonces poder que se les resista, ni seducción que les corrompa. Así
pensaron, al día siguiente de febrero, los fundadores de la República.
Algunos añadían: que el mandato sea imperativo, el
repre-sentante perpetuamente revocable, y la integridad de la ley será
garantizada, la fidelidad del legislador asegurada.
Estamos entrando en el asunto.
Yo no creo en modo alguno, ni por pienso, en esta
intuición adivinatoria de la multitud, que la hará discernir, al primer golpe,
el mérito y la honorabilidad de los candidatos. Abundan los ejemplos de
personajes elegidos por aclamación y que, sobre el terreno en que se ofrecían a
las miradas del pueblo embriagado, preparaban ya la trama de sus traiciones.
Apenas si, entre diez bribones, encuentra el pueblo en sus comicios un hombre
honesto...
¿Pero qué significan para mí, una vez más, todas
estas elecciones? ¿Necesito yo mandatarios más que representantes? Y puesto que
es preciso que yo haga uso de mi voluntad, ¿no podré expresarla sin la
mediación de nadie? ¿Me tendré que arrepentir, siendo que yo estoy más seguro
de mí mismo que de mi abogado?
Se me dice que ya está bien, que es imposible que
yo me ocupe de tantos intereses diversos, que, después de todo, un consejo de
árbitros cuyos miembros hubieran sido nombrados por todos los votos del pueblo
promete una aproximación a la verdad y al derecho muy superiores a la justicia
de un monarca irresponsable representado por ministros insolentes y magistrados
cuya inmovilidad, como la del príncipe, está fuera de mi alcance.
Pero, en primer lugar, no veo que haya que hacerlo
a ese precio; ni siquiera veo que haya que hacerlo. Ni siquiera la elección o
el voto más unánimes resuelven nada. Después
de sesenta años que practicamos uno y otro a todos
los niveles, ¿qué es lo que hemos resuelto?
¿Qué es lo que, siquiera, hemos definido? ¿Qué luz
ha obtenido el pueblo de sus asambleas? ¿Qué garantías ha conquistado? Aun
cuando se le hiciera reiterar, diez veces al año, su mandato, renovar incluso
todos los meses sus oficiales municipales y sus jueces, ¿añadiría eso un
céntimo a su bolsillo? ¿Estaría, al acostarse cada noche, más seguro de que al
día siguiente tendría de qué comer, de qué ali-mentar a sus hijos? ¿Podría
siquiera dar fe de que no vendrían a prenderle y a meterle en la cárcel?
Yo comprendo que, en cuestiones que no son
susceptibles de una solución regular, en intereses mediocres e incidentes sin
importancia, haya que someterse a una decisión arbitral. Semejantes
transacciones tienen de moral, de consolador, que atestiguan en las almas algo
superior incluso a la justicia, el sentimiento fraternal.
Pero en cuestiones de principio, en la esencia
misma de los derechos, en la dirección a imprimir a la sociedad, en la
organización de las fuerzas industriales, en mi trabajo, mi subsistencia, mi
vida, en esta misma cuestión del gobierno, rechazo toda presunta autoridad,
toda solución indirecta, no reconozco cónclave, quiero tratar directamente,
indi-vidualmente, por mí mismo. El sufragio universal es a mis ojos una
verdadera lotería.
***
Gobierno y pueblo
(...) Paso a continuación a la hipótesis final. Es
aquella en que el pueblo, llegando al poder absoluto y tomándose a sí mismo en
su integralidad como déspota, se comportaría como tal: acumularía, como es
lógico, todas las atribuciones, reuniría en su persona todos los poderes
—legislativo, ejecutivo, judicial y demás si los hay—, haría todas las leyes,
decretos, ordenanzas, paradas, arrestos, juicios, expediría todas las órdenes,
contrataría por sí mismo a todos sus agentes y funcionarios, desde lo alto hasta
lo bajo, les transmitiría directamente y sin intermediarios su voluntad,
velaría y aseguraría la ejecución imponiendo a todos una responsabilidad
proporcional, otorgaría todas las dotaciones, listas civiles, pensiones,
protecciones, gozaría, en fin, como rey de hecho y de derecho, de todos los
honores y beneficios de la soberanía: poder, dinero, placer, reposo, etc.
(...) Desgraciadamente, este sistema
—irreprochable, osaré decirlo, en su conjunto y en sus detalles— encuentra en
la práctica una dificultad insuperable.
Es que el gobierno supone un correlativo, y si el
pueblo todo entero, a título de soberano, actúa como gobierno, en vano
buscaremos dónde estén los gobernados. El fin de un gobierno es, no se olvide,
no el unificar la divergencia de intereses —a tal efecto confiesa una perfecta
incompetencia—, sino el mantener el orden de la sociedad, pese al conflicto de
intereses. En otros términos, el fin del gobierno es el de suplir el defecto de
orden económico y de armonía industrial. Así, pues, si el pueblo, en el interés
de su
libertad y de su soberanía, se encarga del
gobierno, no puede encargarse ya de la producción, pues, por naturaleza de las
cosas, producción y gobierno son dos funciones incompatibles, y querer
acumularlas sería introducir la división por doquier. Así, pues, una vez más,
¿dónde estarán los productores?, ¿dónde los gobernados?, ¿dónde los
administrados?, ¿dónde los juzgados?, ¿dónde los ejecutados?
(...) Hay que llegar a la hipótesis extrema,
aquella en que el pueblo entra en masa en el gobierno, ocupa todos los poderes
y, continuamente deliberando, votando, ejecutando, como en una insurrección,
siempre unánime, no tiene ya por encima de sí ni presidente, ni representantes,
ni comisarios, ni país legal, ni mayoría; en una palabra, es el único
legislador en su colectividad y el único funcionario.
Pero si el pueblo así organizado para el poder no
tiene efectivamente nada por encima de él, yo pregunto qué es lo que tiene
debajo de sí; en otros términos, ¿dónde está el correlato del gobierno?; ¿dónde
están los trabajadores, los industriales, los comerciantes, los soldados, dónde
están los trabajadores y los ciudadanos?
¿Se dirá que el pueblo es todas esas cosas a la
vez, que produce y legisla al mismo tiempo, que trabajo y gobierno están en el
indivisos? Es imposible, porque, por un lado, el gobierno, al tener por razón
de ser la divergencia de intereses, y no pudiendo, por otra parte, ser admitida
ninguna otra forma de solución de autoridad o mayoría, sólo el pueblo en su
unanimidad tendrá poder para hacer pasar las leyes; pero al alargar
consecuentemente el debate legislativo con el número de legisladores, y al crecer
los
asuntos del Estado en razón directa de la multitud
de hombres de Estado, no tendrá ya lugar ni tiempo ese pueblo para ocuparse de
sus asuntos industriales: no tendrá nunca bastantes días para realizar las
preocupaciones que da el gobierno. No hay término medio: o trabajar o reinar.
(...) Por lo demás, así pasaban también las cosas
en Atenas, donde, durante varios siglos, con excepción de algunos inter-valos
de tiranía, el pueblo entero se mantuvo en la plaza pública discutiendo de la
mañana a la noche. Pero los veinte mil ciudadanos de Atenas que eran soberanos
tenían cuatrocientos mil esclavos trabajando para ellos, en tanto que el pueblo
francés no tiene a nadie que le sirva, y mil veces más asuntos a tratar que los
atenienses. Yo repito mi pregunta: ¿sobre quién legislará el pueblo, cuando
llegue a ser legislador y príncipe?, ¿para qué intereses?, ¿con qué fin? Y
mientras gobierne, ¿quién le alimentará? (...) Si el pueblo en masa pasa al
Estado, el Estado no tiene la menor razón de ser, pues ya no hay pueblo: la
ecuación del gobierno da por resultado cero.
***
Más autoridad
La idea capital decisiva de esta revolución, ¿no es
en efecto más autoridad, pero no en la Iglesia, ni en el Estado, ni en la
tierra, ni en el dinero?
Más autoridad quiere decir algo que jamás se ha
visto ni
comprendido; quiere decir acuerdo del interés de
cada uno con el interés de todos, identidad de la soberanía colectiva y de la
soberanía individual.
Más autoridad significa más deudas pagadas,
servidumbres abolidas, hipotecas suprimidas,
arrendamientos reembolsados, pago del culto, de la justicia y del Estado
suprimidos, crédito gratuito, cambio igual, asociación libre, valor reglado,
educación, trabajo, propiedad, domicilio, baratura, todo ello garantizado;
ahora bien, no más antagonismo, no más guerra, no más centra-lización, no más
gobiernos, no más sacerdotes. ¿No es esto la sociedad salida de su esfera,
marchando en una posición invertida, sin orden ni concierto?
Más autoridad significa el contrato libre en lugar
de la ley absolutista, la transacción voluntaria en lugar del arbitraje del
Estado, la justicia equitativa y recíproca, la moral racional en lugar de la
moral revelada, el equilibrio de fuerzas sustituido por el equilibrio de
poderes, la unidad económica en lugar de la centralización política. Una vez
más, ¿no es esto lo que yo osaría llamar una conversión completa, una
alteración de sí misma, una revolución?
La distancia que separa estos dos regímenes puede
apreciarse por la diferencia de sus estilos.
Uno de los momentos más solemnes en la evolución
del principio de autoridad es el de la promulgación del Decálogo. La voz del
ángel manda al pueblo, postrado al pie del Sinaí:
Adorarás al Eterno, y nada más que al Eterno.
No jurarás más que por él.
Celebrarás sus fiestas y pagarás diezmos.
Honrarás a tu padre y a tu madre.
No matarás.
No robarás.
No fornicarás.
No cometerás faltas.
No serás envidioso ni calumniador.
Pues el Eterno ordena, y es el Eterno quien te ha
hecho lo que tú eres. Sólo el Eterno es soberano, sólo el sabio, digno; el
Eterno castiga y recompensa, el Eterno puede hacerte feliz y desgraciado.
Todas las legislaciones han adoptado este estilo,
todas, ha-blando al hombre, emplean la fórmula soberana. El hebreo manda en el
tiempo futuro, el latín en el imperativo, el griego en el infinitivo. Los
modernos no lo hacen de otro modo: (...) cualquiera que sea la boca de la que
parte, es sagrada, desde el momento en que ha sido pronunciada por esa trompeta
fatídica que es la mayoría entre nosotros.
«No te reunirás.
«No imprimirás.
«No leerás.
«Respetarás a tus representantes y a tus
funcionarios que la suerte del escrutinio o el buen placer del Estado te hayan
dado.
«Obedecerás a las leyes que su sabiduría te haya
confeccionado.
«Pagarás fielmente el presupuesto.
«Y amarás al gobierno, tu señor y tu dios, con todo
tu cora-zón, con toda tu alma y con toda tu inteligencia, porque el gobierno
sabe mejor que tú lo que tú eres, lo que tú vales, lo que te conviene, y porque
él tiene el poder de castigar a quienes desobedezcan sus órdenes, así como el
de recompensar hasta la cuarta generación a quienes le son agradables.»
¡Oh, personalidad humana! ¡Cómo es posible que
durante sesenta siglos hayas caído en esta abyección! Tú te dices santa y
sagrada, pero no eres más que la prostituta infatigable, gratuita, de tus
criados, de tus monjes y de tus militarotes. ¡Lo sabes y lo sufres! Ser
gobernado es ser vigilado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado,
reglamentado, encasillado, indoctrinado, sermoneado, fiscalizado, estimado,
apreciado, censurado, mandato por seres que no tienen ni título, ni ciencia, ni
virtud.
Ser gobernado significa, en cada operación, en cada
transacción, ser anotado, registrado, censado, tarifado, timbrado, tallado,
cotizado, patentado, licenciado, autorizado, apostillado, amonestado,
contenido, reformado, enmendado, corregido. Es, bajo pretexto de utilidad
pública, y en nombre del interés general, ser puesto a contribución, ejercido,
desollado, explotado, monopolizado, depredado, mistificado, robado; luego, a la
menor resistencia, a la primera palabra de queja, reprimido, multado, vilipendiado,
vejado, acosado, maltratado, aporreado, desarmado, agarrotado, encarcelado,
fusilado, ametrallado, juzgado, condenado, deportado, sacrificado, vendido,
traicionado y, para colmo, burlado, ridiculizado, ultrajado, deshonrado. ¡He
aquí el gobierno, he aquí su moralidad, he aquí su
justicia! ¡Y pensar que hay a nuestro lado demócratas que pretenden que el
gobierno es bueno; socialistas que sostienen, en nombre de la libertad, de la
igualdad, de la fraternidad, esta ignominia; proletarios que presentan su
candidatura a la presidencia de la República! ¡Hipocresía!... Con la revolución
es otra cosa. La búsqueda de las causas primeras y de las causas finales está
eliminada de la ciencia económica así como de las ciencias naturales.
La idea de progreso reemplaza, en filosofía, a la
de lo ab-soluto.
La Revolución sucede a la revelación.
La razón, asistida por la experiencia, expone al
hombre leyes de la naturaleza y de la sociedad; luego dice:
Estas leyes son las de la misma necesidad. Ningún
hombre las ha hecho, nadie te las impone. Han sido descubiertas poco a poco, y
yo no existo más que para dar testimonio de ellas.
Si las observas serás justo y bueno; si las copias,
serás injusto y malo. No te propongo otro motivo (...), eres libre de aceptar o
rechazar.
Si rechazas, formas parte de la sociedad de
salvajes. Salido de la comunión del género humano, eres sospechoso. Nada te
protege. Al menor insulto, el primer llegado puede golpearte, sin exponerse a
otra acusación que la de daños inútilmente ejercidos contra un bruto.
Si juras el pacto, por el contrario, te haces parte
de la so-ciedad de hombres libres. Todos los hermanos se
comprometen contigo, te prometen fidelidad,
amistad, socorro, servicio, cambio (...).
He aquí todo el contrato social. ***
PROUDHON Y LAS CANDIDATURAS OBRERAS (1863-1864)
Los textos que vamos a presentar a continuación (el
Mani-fiesto de los Sesenta, las dos Cartas de Proudhon a los obreros) dan
vueltas alrededor de una cuestión táctica electoral: ¿se debía o no usar la
papeleta de voto como medio de lucha contra la dictadura de Napoleón III? Pero
el debate va más lejos, y está cargado de implicaciones futuras. Por una parte,
marca un comienzo de ruptura de la clase obrera respecto a los detentadores de
la democracia burguesa, su voluntad, más o menos vacilante todavía, de afirmarse
ya políticamente como una clase «separada»; por otra parte, enfrenta dos
concepciones opuestas de la acción política obrera: el abstencionismo
anarquista, la emancipación socialista por medio del voto.
Cuando el régimen imperial procedió a las
elecciones generales el 31 de mayo y el 1 de junio de 1863, no había consultado
al cuerpo electoral desde 1857. En esta fecha, si bien había obtenido el apoyo
de la aplastante mayoría de las provincias, del campesinado, sin embargo, en
París sólo había triunfando con estrechez: por 110.536 contra 96.299 de la
oposición democrática. Cinco diputados liberales habían sido de este modo
elegidos, entre ellos Alfred
Darimon 53, amigo de Proudhon. Pero este último
había permanecido en la reserva, y si el candidato «demó-crata-socialista»
debió su elección al prestigio del maestro, no se había, sin embargo,
beneficiado de su apoyo.
Napoleón III se había decidido en 1863 a consultar
de nuevo al país, pues lo que se ha llamado el «Imperio autoritario» sufría de
envejecimiento y de usura. También el déspota experimentó la necesidad de
resucitar en el país una apariencia de vida parlamentaria, de reforzar una
oposición demasiado frágil a Su Majestad. En París, los resultados del
escrutinio fueron festejados por los demócratas, que obtuvieron una mayoría
bastante grande: 153.000 sufragios contra 82.000 en favor del poder imperial.
En el conjunto de Francia, 35 diputados de la oposición entraban en el cuerpo
legislativo.
Según Proudhon, la mitad al menos de estos 153.000
sufragios provenía de las filas de la clase obrera. Empero, ningún obrero fue
elegido. De los nueve candidatos de la lista de vencedores en París
—demócratas— había seis periodistas u hombres de letras y tres abogados. Sin
embargo, había sido designado un comité obrero con candidatos obreros, entre
ellos Henri Tolain, cincelador, que bien pronto habría de figurar entre los
fundadores de la Primera Internacional. Tolain se explicó, en un memorable
folleto titulado Algunas verdades sobre las elecciones de París, así: «No
tenemos para hacernos escuchar más que la gran voz del sufragio universal
(...). El pueblo quiere gobernarse a sí mismo (...). ¿Qué puede esperar el
pueblo
Alfred
Darimon (1819-1902), uno de los jefes del partido liberal bajo el segundo
imperio.
(...) si no toma en su propia mano sus propios
asuntos?» Pero las candidaturas obreras no obtuvieron sino un número de votos
irrisorio (332 votos una, 11 otra; Tolain había retirado su candidatura
bastante antes del escrutinio). La democracia burguesa consideraba estas
candidaturas con un desprecio tal, que su portavoz, Jules Ferry 54 en su
folleto La lucha electoral de 1863, les dejó pura y simplemente en el silencio.
Proudhon eligió una táctica muy suya, la de la
abstención activa. Fue el animador de un comité abstencionista cuya actividad
fue intensa: conciliábulos, panfletos, affiches, todo ello coronado por un
restallante manifiesto y por la publicación en la víspera del escrutinio de un
folleto, firmado por él y titulado Los demócratas juramentados y los
refractarios. Tenía la habilidad de poner una sordina a sus concepciones
anarquistas en la materia y cuidaba no atacar al principio mismo del sufragio
universal, «principio democrático por excelencia». Pero, reargüía, el sufragio
universal, bajo el Imperio, no podía funcionar con toda independencia, por un
cierto número de razones que enumeraba: falta de libertad de reunión, de
prensa, municipal. Una ley electoral cortada a medida del poder desnaturalizaba
el voto. En fin, y sobre todo, los candidatos eran manipulados al prestar
juramento de fidelidad al Emperador.
En estas condiciones, la abstención no era, por
parte del elector, «un acto de indiferencia culpable o de dignidad estéril»,
sino «un acto de conservación, una llamada a la ley
Jules
Ferry (1832-1893), uno de los líderes de la oposición liberal del Segundo
Imperio, futuro hombre de Estado de la III República.
y al derecho». Era «una facultad esencial del
elector». Formaba «parte del derecho electoral». Era «simplemente una
declaración del país al gobierno de que, en el estado de cosas (...) el voto de
los electores significa que el jefe del Imperio renuncia a esta dictadura y
pone a los ciudadanos al mismo tiempo a cumplir sus deberes electorales y a
hacer un acto verdadero de soberanía».
De paso Proudhon acribillaría implícitamente con
sus dardos el recurso al plebiscito sobre la base de cuestiones tendenciosas o
mal planteadas ex profeso, y sus críticas estarán todavía de actualidad bajo el
régimen gaullista: «La abstención o el voto silencioso (...) llegan a ser
obligatorios, son la condición, el primero y el más santo de los deberes,
cuando la cuestión sometida a votación es equívoca, insidiosa, inoportuna,
ilegal.» Y Proudhon concluía: «Se sabrá por el presente escrito y por los comités
de abstención (...) que existe una élite que (...) se resiste a votar, y que
fundamenta su rechazo en el hecho de que el sufragio universal, instrumento y
garantía de la libertad, se volvería contra ella si el voto no tuviese la
plenitud de sus garantías y la sinceridad de sus formas.»
Pero este lenguaje, que corría el riesgo de parecer
un poco aristocrático, no fue entendido por el electorado popular. En el
departamento del Sena, sólo hubo 4556 votos en blanco y, en el conjunto del
país, las abstenciones «pasivas», que habían sido de 143.000 en 1857, bajaron a
86.000. Sin embargo, los 4.556 votos en blanco eran a su vez mucho más
numerosos que los varios centenares de votos recogidos por las candidaturas
obreras.
Los días 20 y 21 de marzo de 1864 se procedió a
elecciones
complementarias. De nuevo Tolain afrontó el cuerpo
electoral parisino con una candidatura obrera, la suya, y esta vez la mantuvo.
No logró más que 424 votos. Como el año anterior, las candidaturas obreras
habían sido sacrificadas a las de la democracia burguesa, que obtuvo dos
diputados. Como apoyo de la candidatura de Tolain, un comité obrero de sesenta
miembros había elaborado un Manifiesto. Es el texto que vamos a reproducir y
que pasará a la posteridad, en tanto que primera expresión pública de la conciencia
de clase obrera.
Proudhon experimentó en principio un vivo
entusiasmo con la lectura de este documento. Pero en una segunda reflexión,
mitigó su ardor y su loa. Esta entrada en escena de la «plebe obrera» era a sus
ojos, «a la vez una gran victoria y una gran falta». Explicitó su pensamiento
en un libro escrito expresa-mente para esta ocasión y que, publicado inacabado
poco después de su muerte, fue su testamento político, Sobre la capacidad
política de las clases obreras.
Los autores del Manifiesto, decía Proudhon allí, no
habían «planteado y propuesto la candidatura de uno de ellos más que en razón
de su carácter de obrero». Por ser obrero, le juzgaban «representar mejor que
nadie a la clase obrera». La importancia de este acto no escapaba a la
extralucidez de Proudhon: «Digo que este hecho (...) da fe en las clases
obreras de una revelación hasta entonces sin ejemplo, de su conciencia
cooperativa; prueba que media nación francesa y aún más ha entrado en la escena
política, llevando una idea que, tarde o temprano, debe transformar de punta a
cabo la sociedad y el gobierno (...). Un hecho social de una trascendencia
inigualable se produce en el seno de la
sociedad: es el advenimiento a la vida política de
la clase más numerosa y la más pobre, hasta hoy desdeñada por no tener
conciencia.»
Pero Proudhon, una vez rendido este homenaje, pese
a él, se separaba de los «Sesenta». Veía, no sin razón, en las elecciones del
1863-1864 «un verdadero golpe bajo», «una especie de comedia organizada para
ganar tiempo y usar la Revolución», «el instrumento de una compostura
política». Entrar en el sistema imperial era un contrasentido. Era necesario,
por el contrario, romper radicalmente con el poder. Respecto a la oposición
democrática, se mostraba implacable: sus candidatos quedaban colocados «en el terreno
de la legalidad imperial». «No representan nada, no significan nada, no saben
nada.» La política de la oposición era «en principio su antisocialismo
declarado». Los candidatos obreros habían cometido el error, al tender el ramo
de olivo a esta oposición, de ofrecerle su apoyo.
***
París, una tarde de elecciones (1 de junio de 1863)
55
El lunes, 1 de junio de 1863, hacia las diez de la
noche, París era presa de una agitación sorda, que recordaba la del 26 de julio
de 1830 y el 22 de febrero de 1848. Por poco que uno se hubiese dejado llevar
por las impresiones de la calle,
Cfr. De
la capacidad política de las clases obreras (1865, obra póstuma).
habría creído estar en la víspera de una batalla.
París, por todos sus costados, vuelto tras veinte años a la vida política, se
despertaba de su torpeza, se sentía vivir, los alientos revolucionarios la
animaban.
—¡Ah! —gritaban los que se habían erigido en jefes
del movimiento—, París ya no era en esta hora la villa nueva, monótona y
fatigante de M. Haussmann56, con sus bulevares rectilíneos, con sus hoteles
gigantescos, con sus malecones magníficos, pero desiertos; con su río
entristecido, portador solamente de piedras y arena; con sus estaciones de
ferrocarril que, reemplazando a los puertos de la antigua ciudad, han destruido
su razón de ser; con sus jardines, sus teatros nuevos, sus cuarteles nuevos, su
firme, sus legiones de barrenderos y su indignante polvareda. Era el París de
los antiguos días, cuyo fantasma aparecía a la claridad de las estrellas, a los
gritos lanzados en voz baja de «¡Viva la libertad!».
París, pues, guardián vigilante de las libertades
de la nación, se había levantado al conjuro de sus oradores, y había respondido
con un no de los más secos a las solicitaciones del gobierno. Los candidatos
independientes habían obtenido una mayoría formidable. La lista democrática
había ganado toda entera, se conocía el resultado del escrutinio. La
administración estaba vencida: sus hombres eran rechazados por 153.000
sufragios contra 82.000. El pueblo, que había dado el golpe, rumia su éxito; la
burguesía estaba dividida: una parte se mostraba inquieta, la otra dejaba
estallar su alegría.
Eugene
Georges Haussmann (1809-1891), prefecto del Sena bajo el Segundo Imperio,
iniciador de numerosos trabajos de infraestructura urbana de la capital.
—¡Qué golpe! —decía uno—, ¡qué revés!
—Es grave —añadía otro—, muy grave. París en la
oposición, el Imperio está sin capital...
(...) El primero de junio de 1863 había eclipse de
luna. El cielo era espléndido, la tarde magnífica. La brisa, amorosa y ligera,
parecía tomar parte en las emociones reparadoras y por lo demás inofensivas de
la tierra. Todo París pudo seguir las fases del fenómeno, que comenzó a las
nueve horas cincuenta y seis minutos, justo en el momento en que las oficinas
electorales acababan de terminar el recuento de votos, finalizado a la una hora
y dieciséis minutos de la mañana.
—Así —decían los bufones—, el despotismo se eclipsa
ante la libertad. La democracia ha extendido su larga mano, y la sombra se ha
proyectado sobre el astro del dos de diciembre.
M. Pelletan 57 , con estilo de jerofante, uno de
los elegidos y hoy el orador más irritante del parlamento, tanto para los que
le leen como para los que le escuchan, no ha dejado de invocar, en uno de sus
panfletos, este argumento amenazador.
—Más aún —replicaban los desconcertados—: es la
razón parisiense la que se ha eclipsado. Vosotros recomenzáis vuestras farsas
de 1830 y 1848; pues bien, ¡os va a ir peor que en 1830 y en 1848!
57 Eugéne Pelletan (1813-1884), uno de los líderes
de la oposición liberal durante el Segundo Imperio.
***
Manifiesto de los sesenta obreros del Sena (17 de
febrero de 1864)
El 31 de mayo de 1863, los trabajadores de París,
más preocupados por el triunfo de la oposición que por sus intereses
particulares, votaron la lista publicada por los diarios. Sin titubear, sin
regatear ni poner precio a su concurso, inspirados por su devoción a la
libertad. Así fue cómo la victoria de la oposición resultó tan completa —como
ardientemente se la deseaba—, pero ciertamente muchísimo más imponente de lo
que muchos se atrevían a esperar.
Una candidatura obrera fue propuesta, es verdad;
pero fue defendida con una moderación que hubo de ser reconocida por todo el
mundo. Para defenderla, sólo se han puesto a la vista consideraciones de orden
secundario y parcial, frente a una situación excepcional que daba a las
elecciones generales un carácter particular; sus defensores se abstuvieron de
plantear el vasto problema del pauperismo. Con una gran moderación de
propaganda y de argumentos, el proletariado trató de manifestarse —el
proletariado, esa plaga de la moderna sociedad— como la esclavitud y la
servidumbre se manifestaron en la antigüedad y en la Edad Media. Los que así
obraron habían previsto su derrota, pero creyeron que estaba bien el plantar un
primer jalón. Una
candidatura así les parecía necesaria para afirmar
el espíritu profundamente democrático de la gran ciudad.
En las próximas elecciones ya no será lo mismo. Con
la elección de nueve diputados, la oposición liberal ha obtenido en París una
amplia satisfacción. Quienesquiera que fuesen, elegidos en las mismas
condiciones, los nuevos elegidos no agregarían nada a la significación del voto
del 31 de mayo; cualquiera que fuera su elocuencia, ella no añadiría nada a la
claridad que arroja hoy día la palabra hábil y brillante de la oposición. No
hay un punto del programa democrático cuya realización no ansiemos como ella.
Y, digámoslo de una vez por todas, nosotros empleamos esa palabra de democracia
en su sentido más radical y más neto.
Pero si bien estamos de acuerdo en política, ¿lo
estamos en economía social? Las reformas que nosotros deseamos, las
instituciones para las que nosotros pedimos libertad ¿son aceptadas por todos
aquellos que en el parlamento representan al partido liberal? Ahí está la
cuestión, el nudo gordiano de la situación.
Un hecho demuestra de una manera perentoria y
dolorosa las dificultades con que se encuentra la posición de los obreros.
En un país cuya constitución descansa en el
sufragio universal, donde cada cual invoca y aplaude los principios del 89,
estamos obligados a justificar las candidaturas obreras y a decir claramente,
largamente, el cómo y los porqués, a fin de evitar no solamente las acusaciones
injustas de los tímidos y de los conservadores recalcitrantes, sino también los
temores y repugnancias de nuestros amigos.
El sufragio universal nos ha hecho mayores
políticamente, pero tenemos ahora que emanciparnos socialmente. La libertad que
el Tercer Estado supo conquistar con tanto vigor y perseverancia, debe
extenderse en Francia, país democrático, a todos los ciudadanos. Derechos
políticos iguales implican necesariamente iguales derechos sociales. Se ha
repetido hasta el cansancio que ya no hay clases: desde el 1789, todos los
ciudadanos franceses son iguales ante la ley.
Pero a nosotros, que no tenemos otra propiedad que
la de nuestros brazos; a nosotros, que sufrimos todos los días las
consecuencias legítimas o arbitrarias del capital; a nosotros, que vivimos bajo
el imperio de leyes excepcionales —como la ley sobre las coaliciones y el
artículo 1.781— que atentan a nuestros intereses, nos es muy difícil creer en
esta afirmación.
Nosotros, que en un país donde tenemos el derecho
de nombrar diputados, no tenemos siempre los medios para aprender a leer;
nosotros, que imposibilitados de reunimos, de asociamos libremente, vemos
negado el derecho de organizamos para los fines de la instrucción profesional,
y transformado ese precioso instrumento del progreso industrial en privilegio
del capital, nosotros no podemos hacemos esa ilusión.
Nuestros hijos pasan sus años juveniles en el
ambiente desmoralizante y malsano de las fábricas, o en el aprendizaje, que no
es todavía más que un estado vecino a la domesticidad; nuestras mujeres deben
dejar forzosamente el hogar en pos de un trabajo excesivo, contrario a su
naturaleza y destructor de la familia; nosotros,
que no tenemos el derecho de entendernos para
defender pacíficamente nuestro salario, para aseguramos contra la desocupación,
nosotros afirmamos que la igualdad escrita ante la ley no ha pasado a las
costumbres ni ha podido ser realizada en los hechos. Aquellos que desprovistos
de ocupa-ción y de capital no pueden oponerse por la libertad y la solidaridad
a las exigencias egoístas y opresivas, esos sufren fatalmente la dominación del
capital: sus intereses quedan subordinados a otros intereses.
Sabemos bien que los intereses no se reglamentan;
escapan a la ley; sólo pueden conciliarse por medio de convenciones
particulares, movibles y cambiantes como los mismos intereses. Sin libertad
concedida a todos, esa conciliación es imposible. Marcharemos a la conquista de
nuestros derechos, pacíficamente, legalmente, pero con energía y perseverancia.
Nuestra emancipación demostrará inmediatamente los progresos realizados en el
espíritu de las clases laboriosas, de esa inmensa multitud que vegeta en lo que
se llama el proletariado, y que para servimos de una expresión más justa
llamaríamos el asalariado.
A aquellos que temen ver organizarse la
resistencia, la huelga, apenas nosotros reivindicamos la libertad, les decimos:
ellos persiguen un objetivo mucho más grande, mucho más fecundo que el de
agotar sus fuerzas en las luchas cotidianas donde de ambos lados los
adversarios no encontrarán en definitiva más que la mina para unos y la miseria
para los otros.
El Tercer Estado decía: «¿Qué es el Tercer Estado?
¡Nada!
¿Qué debe ser? ¡Todo!» Nosotros no diremos: ¿Qué es
el
obrero? Nada. ¿Qué debe ser? Todo. Nosotros
diremos: la
burguesía, nuestra hermana mayor en la
emancipación, supo absorber en el 89 la nobleza y destruir injustos
privilegios; se trata, para nosotros, no de destruir los derechos de que
justamente gozan las clases medias, sino de conquistar la misma libertad de
acción.
En Francia, país democrático por excelencia, todo
derecho político, toda reforma social, todo instrumento de progreso, no puede
continuar siendo privilegio de algunos. Por la fuerza de las cosas, la nación,
que posee innato el espíritu de igualdad, tiende irresistiblemente a hacer ese
espíritu patrimonio de todos.
Todo medio de progreso que no puede extenderse,
vulgarizarse —de modo que pueda concurrir al bienestar general descendiendo
hasta las últimas categorías de la sociedad—, no es completamente democrático,
puesto que constituye un privilegio. La ley debe ser lo suficientemente amplia
como para que permita a cada cual, aislado o colectivamente, el desarrollo de
sus facultades, el empleo de sus fuerzas, de sus economías y de su
inteligencia, sin que se le pueda poner otro límite que la libertad ajena, y no
su interés.
Que no se nos acuse, pues, de soñar con leyes
agrarias, igualdad quimérica que metería a cada uno sobre un lecho de Procusto,
repartición, máximum , impuestos forzosos, etc. ¡No! Ya es hora de acabar con
esas calumnias difundidas por nuestros enemigos y recogidas por los ignorantes.
La libertad del trabajo, el crédito, la
solidaridad: he ahí nuestros sueños. El día en que se realicen, para gloria y
prosperidad de un país que nos es tan querido, no
habrá ni más burgueses ni proletarios, ni patronos ni obreros. Todos los
ciudadanos serán iguales en derechos.
Pero, se nos dice, todas esas reformas de las que
tenéis necesidad, los diputados elegidos pueden, como vosotros, pedirlas, y aun
mejor que vosotros; son los representantes de todos y por todos elegidos.
¡Y bien!, respondemos: ¡No!; nosotros no estamos
representados, y he aquí por qué planteamos esta cuestión de las candidaturas
obreras. Sabemos que no se dice
candidaturas industriales, comerciales, militares,
periodísticas, pero la cosa está ahí aunque la palabra no lo esté. ¿Acaso la
gran mayoría del Parlamento no está constituida por grandes propietarios,
industriales, comerciantes, generales, periodistas, etc., etc., que votan
si-lenciosamente, o que no hablan más que en las comisiones, y solamente sobre
aquellos asuntos para los que tienen capacidad y en los que son especialistas?
Un número muy restringido toma la palabra sobre
cuestio-nes generales. Ciertamente, nosotros pensamos que los obreros elegidos
deberían y podrían defender los intereses generales de la democracia, pero
cuando se limitaran a defender los intereses particulares, de la clase más
numerosa, ¡que especialidad! Llenarían una laguna en el cuerpo legislativo
donde el trabajo manual no está representado. Nosotros, que no tenemos a
nuestra disposición ninguno de esos medios, la fortuna, las relaciones, las
funciones públicas, estamos forzados a darles a nuestros candidatos una
denominación clara y significativa
y a llamar a las cosas por su nombre mientras
podamos hacerlo.
Nosotros no estamos representados, pues en una
reunión reciente del Cuerpo Legislativo hubo una manifestación unánime de
simpatía en favor de la clase obrera y ninguna voz se levantó para formular,
como nosotros lo entendemos, con moderación pero con firmeza, nuestras
aspiraciones, nuestros deseos y nuestros derechos.
Nosotros no estamos representados, nosotros, que
nos negamos a creer que la miseria sea de institución divina. La caridad,
institución cristiana, ha probado radicalmente y reconocido ella misma su
impotencia como institución social.
Sin duda, en los buenos viejos tiempos, en los
tiempos del derecho divino, cuando, impuestos por Dios, los reyes y los nobles
se creían los padres y los hermanos mayores del pueblo, cuando la felicidad y
la igualdad eran relegadas al cielo, la caridad tenía que ser una institución
social.
En los tiempos de la soberanía del pueblo, del
sufragio uni-versal, ella no es ni puede ser más que una virtud privada. ¡Ya!,
los vicios y las debilidades humanas del hombre dejarán siempre a la
fraternidad un vasto campo de acción en que ejercerse; pero la miseria
inmerecida, aquella que bajo la forma de enfermedad, de salario insuficiente,
de desocupación, aprisiona a la inmensa mayoría de los hombres laboriosos, de
buena voluntad, en un círculo fatal donde se debaten en vano, esa miseria, lo
certificamos enérgicamente, ¡puede y debe desaparecer! ¿Por qué esta
distinción no ha sido hecha por nadie? Nosotros no
queremos ser clientes ni asistidos; queremos ser iguales; rechazamos las
limosnas; queremos la justicia.
No; nosotros no estamos representados porque nadie
ha dicho que el espíritu de antagonismo se debilita cada vez más en las clases
populares. Aleccionados por la experiencia, nosotros no podemos odiar a los
hombres; sólo deseamos cambiar las cosas. Nadie ha dicho que la ley sobre las
coaliciones no era más que un espantapájaros, y que en lugar de hacer cesar el
mal, no hacía más que perpetuarlo, cerrando toda salida al que se cree
oprimido.
No; nosotros no estamos representados, porque en la
cuestión de las cámaras sindicales, una extraña confusión se ha establecido en
el espíritu de aquellos que las recomendaban: de acuerdo con ellos, las cámaras
sindicales estarían compuestas de patronos y obreros, especies de árbitros
profesionales encargados de resolver día a día las cuestiones que surjan. Y lo
que nosotros pedimos es una Cámara compuesta exclusivamente por obreros,
elegidos por sufragio universal; una Cámara del Trabajo, podríamos decir, por
analogía con la Cámara de Comercio; y se nos responde con un tribunal.
No; nosotros no estamos representados porque nadie
ha hablado del considerable movimiento que se manifiesta en la clase obrera
para organizar el crédito. ¿Quién está informado de que treinta y cinco
sociedades de crédito recíproco funcionan oscuramente en París? Ellas contienen
gérmenes fecundos, pero tendrían necesidad, para su completo florecimiento, del
sol de la libertad.
En principio, pocos demócratas inteligentes
desconocen la
legitimidad de nuestras reclamaciones, y ninguno
nos niega el derecho a que nosotros mismos las hagamos valer.
La oportunidad, la capacidad de los candidatos, la
probable oscuridad de sus nombres, ya que serían elegidos entre los
trabajadores que ejercieran su oficio en el momento de la elección (y esto para
precisar mejor el sentido de su candidatura): he ahí las cuestiones que se
arguyen para concluir que nuestro proyecto es irrealizable y que por otra parte
la publicidad nos faltaría. En primer término, nosotros sostenemos que, después
de doce años de paciencia, el momento oportuno ha llegado; no podría-mos admitir
que sea preciso esperar más, hasta las próximas elecciones generales, es decir,
seis años aún. Según esos cálculos sería necesario aguantar dieciocho años,
para que la elección de obreros fuera oportuna —¡veintiún años después de
1848!—. ¿Qué mejores circunscripciones que la primera y la quinta podríamos
elegir? Allí mejor que en ninguna otra deben hallarse los elementos del éxito.
El voto del 31 de mayo ha decidido de un modo
incontestable en París la gran cuestión de la libertad. El país está en calma:
¿no es razonable, político, ensayar la potencia de las instituciones libres que
deben facilitar la transición entre la vieja sociedad, fundada sobre el
salario, y la sociedad futura, que será fundada sobre el derecho común? ¿El
peligro no está más bien en esperar los momentos de crisis, cuando las pasiones
están agitadas por la angustia general?
¿El triunfo de las candidaturas obreras no será de
un efecto moral inmenso? Probará que nuestras ideas son comprendidas, que
nuestros sentimientos de concienciación
son apreciados, y que por fin no se rehúsa llevar a
la práctica lo que se acepta en teoría.
¿Sería verdad que los candidatos obreros debieran
necesariamente poseer cualidades eminentes de orador y de publicista, que
señalan a un hombre a la admiración de sus conciudadanos? No lo creemos.
Bastaría con que supieran apelar a la justicia, exponiendo con rectitud y
claridad las reformas que pedimos. ¿El voto de sus electores no daría, acaso, a
sus palabras una autoridad más grande que la que pudiera poseer el más ilustre
de los oradores? Surgidas del seno de las masas populares, la significación de
esas elecciones sería tanto más manifiesta cuanto más los elegidos hubieran
sido la víspera hombres de los más oscu-ros e ignorados. En fin, ¿el don de la
elocuencia, el saber uni-versal, han sido acaso exigidos como condiciones
necesarias de los diputados elegidos hasta hoy?
En 1848, la elección de obreros consagra con un
hecho la igualdad política; en 1864, esta elección consagrará la igualdad
social.
A menos de negar la evidencia, se debe reconocer
que existe una clase especial de ciudadanos que tienen necesidad de una
representación directa, puesto que el recinto del Cuerpo Legislativo es el
único lugar donde los obreros podrían digna y libremente expresar sus anhelos y
reclamar para ellos la parte de derechos de que gozan los otros ciudadanos.
Examinemos la situación actual sin amarguras y sin
prevención. ¿Qué quiere la burguesía democrática que nosotros no queremos como
ella con el mismo ardor? ¿El sufragio universal libre de toda traba? Nosotros
le
queremos. ¿La libertad de prensa y de reunión
regidas por el derecho común? Nosotros la queremos. ¿La separación completa de
la Iglesia y el Estado, el equilibrio del presupuesto, las franquicias
municipales? Nosotros queremos todo eso.
Y bien, sin nuestro concurso, la burguesía
difícilmente ob-tendrá o conservará esos derechos, esas libertades, que son la
esencia de una sociedad democrática. ¿Qué es lo que nosotros queremos más
especialmente que ella o al menos más enérgicamente, por lo mismo que estamos
en ello más interesados? La instrucción primaria, gratuita, obligatoria, y la
libertad de trabajo.
La instrucción desarrolla y fortifica el
sentimiento de la dig-nidad personal, es decir, la conciencia de sus derechos y
de sus deberes. El que tiene conocimientos apela a la razón y no a la fuerza
para realizar sus deseos.
Si la libertad de trabajo no viene a servir de
contrapeso a la libertad comercial, vamos a presenciar la constitución de una
autocracia financiera. Los pequeños burgueses, como los obreros, no serían
pronto más que sus servidores. ¿No es evidente hoy en día que el crédito, lejos
de generalizarse, tiende al contrario, a concentrarse en pocas manos? ¿Y el
Banco de Francia no daría un ejemplo de flagrante contradicción a todo
principio económico? El gozo a la vez del monopolio de emitir papel moneda y de
la libertad de elevar sin límite la tasa del interés.
Sin nosotros, lo repetimos, la burguesía no puede
fundar nada sólido; sin su concurso nuestra emancipación puede retardarse mucho
tiempo todavía.
Unamos nuestros esfuerzos para un fin común: el
triunfo de la verdadera democracia.
Difundidas por nosotros, apoyadas por ella, las
candidaturas obreras serían la prueba viviente de la unión verdadera y durable
de los demócratas sin distinción de clase ni de posición. ¿Quedaremos
abandonados a nuestra suerte? ¿Nos veremos forzados a perseguir aisladamente el
triunfo de nuestras ideas? En el interés de todos, esperamos que no.
Resumamos, para evitar malentendidos: la
significación esencialmente política de las candidaturas obreras sería ésta:
fortificar, completándola, la acción de la oposición liberal. Ella ha pedido,
en los términos más modestos, las libertades necesarias.
Tal es el resumen sincero de las ideas generales
emitidas por los obreros en el período electoral que precedió al 31 de mayo. En
aquel entonces, la candidatura obrera tuvo que vencer numerosas dificultades
para producirse. Así fue como se la pudo acusar, no sin razón, en parte, de ser
tardía. Hoy el terreno está libre, y como en nuestra opinión la necesidad de
las candidaturas ha resultado evidente por cuanto ha ocurrido desde entonces,
nosotros no dudamos en tomar la delantera para evitarnos los reproches que se
nos han hecho en las últimas elecciones.
Planteamos públicamente la cuestión para que, desde
el primer día del período electoral, el acuerdo sea más fácil y rápido entre
los que participan de nuestra opinión. Nosotros decimos francamente lo que
somos y lo que queremos.
Ansiamos el gran día de la publicidad, y apelamos a
los dia-
rios que sufren el monopolio creado por el hecho de
la autorización previa; pero estamos convencidos de que se sentirán honrados
dándonos hospitalidad y testimonio así en favor de la verdadera libertad, y
facilitándonos los medios para manifestar nuestro pensamiento, aun cuando ellos
no participen del mismo.
Esperamos ansiosos el momento de la discusión, el
período electoral, el día en que la profesión de fe de los candidatos obreros
corra en manos de todos, estando en condiciones de responder a todas las
preguntas. Contamos con el concurso de todos aquellos que para entonces estén
convencidos de que nuestra causa es la de la igualdad, indisolublemente ligada
a la libertad, en una palabra, la causa de la justicia.
(Siguen las sesenta firmas.)
***
Nada de candidatos 58 (Carta de Proudhon a los
obreros)
Passy, 8 de marzo de 1864.
A los obreros:
Ciudadanos, me preguntáis qué es lo que yo pienso
del Manifiesto de los Sesenta obreros aparecido en los periódicos. Deseáis
sobre todo saber si, tras haberos
El título
es nuestro. El texto está extraído de la Correspondence, XIII, pp. 274-266.
pronunciado en el último mes de mayo contra toda
suerte de candidaturas, habréis de perseverar en esta línea, o apoyar, en razón
de la circunstancia, la elección de un camarada digno de vuestras simpatías.
Confieso que no me esperaba ser consultado por nadie en un asunto semejante.
Creía agotado el movimiento electoral y, en mi retirada, no soñaba más que en
amortiguar, en la medida que de mí de-pendiera, sus efectos deplorables. Pero
ya que, por consideraciones que me parecen completamente personales, vuestra
confianza en mi opinión ha creído deber, por decirlo así, ponerme en moratoria,
no dudo en responder a vuestra pregunta, tanto menos por cuanto que mi
pensamiento no podría ya ser otra cosa que la interpretación del vuestro.
Seguramente, me he alborotado con el sueño de la
idea socialista: ¿quién, si no, en este momento, tendría en toda Francia más
derecho a alegrarse por ello que yo? Efectivamente, estoy de acuerdo, con
vosotros y con los Sesenta, en que la clase obrera no está representada y en
que tiene derecho a estarlo: ¿cómo podría yo profesar otra opinión? ¿No es hoy
la representación obrera, como lo fuera en 1848, desde el punto de vista
legislativo, político y gubernamental, la afirmación del socialismo?
Se os dice que después del 89 no hay ya clases; que
la idea de las candidaturas obreras tiende a restablecerlas; que si puede
admitirse a un obrero a título de candidato, como se admite a un marino, un
ingeniero, un sabio, un periodista, un abogado, es en tanto que semejante
obrero sea, como sus colegas, la expresión de la sociedad, no de una clase
aparte; que de otro modo la candidatura de este obrero
tendría un carácter retrógrado, iliberal,
peligroso, por las desconfianzas, las alarmas, la hostilidad que haría nacer en
la clase burguesa.
Así razonan también, sin darse cuenta de que se
contradicen, los adversarios del Manifiesto. Pero justamente por su carácter de
especialidad, según creo, y como manifestación de una clase o casta, no
retrocedo ante lo que la candidatura obrera, como obrera, tiene de valor: fuera
de ella perdería toda significación.
¿Pero es que no es cierto, pese a la Revolución,
que la sociedad francesa se divide fundamentalmente en dos clases, una que vive
exclusivamente de su trabajo y cuyo salario está generalmente por debajo de los
1.250 francos anuales y por familia de cuatro personas, suma que creo
aproximadamente la media del producto de la nación, y la otra clase que vive de
otra cosa distinta de su trabajo, si es que trabaja, que vive de la renta de
sus propiedades, de sus capitales, de sus dotaciones, pensiones, subvenciones,
acciones, títulos, honores y beneficios? ¿No es verdad, en llegando a tal
punto, el del reparto de las fortunas y los productos, que existen entre
nosotros, como antaño, dos categorías de ciudadanos, vulgarmente denominadas
burguesía y plebe, capitalismo y asalariado? Pero toda nuestra política,
nuestra economía política, nuestra organización industrial, nuestra historia,
nuestra literatura, nuestra sociedad descansan sobre esta distinción que sólo
la mala fe y una estúpida hipocresía parecen negar.
La división de la sociedad en dos clases, la una de
los
trabajadores asalariados y la otra de
propietarios-capitalistas-empresarios, siendo indubitable de
hecho, tiene consecuencias que no han de sorprender
a nadie; pero en todo tiempo se ha preguntado si esta distinción existía
también de derecho, si era naturalmente conforme a la justicia, si no sería
posible hacerla cesar operando la fusión de clases; en dos palabras, si por
medio de una aplicación mejor de las leyes de la justicia y de la economía, no
se llegaría a abolir una distinción funesta que todo hombre de corazón querría
ver desaparecer.
Esta cuestión, que no es nueva, es lo que en
nuestros días se ha llamado cuestión social; el socialismo no contiene nada
más.
Pues bien, ¿qué dicen los Sesenta? Están
convencidos por su parte de que la cuestión social puede ser resuelta en
sentido afirmativo; con moderación y con firmeza que luego de mucho tiempo ha
sido borrada del orden del día, y que ha llegado el momento de retomarla; a tal
efecto, ponen como signo o lema de esta búsqueda la candidatura de uno entre
ellos, al que, en razón de su condición de obrero, y precisamente porque es
obrero, juzgan poder representar mejor que nadie a la propia clase obrera.
¿Y se acusa a estos hombres de tratar de buscar el
restablecimiento de las castas? Queriendo eliminarles de la representación
nacional como retrógrados y profesadores de opiniones peligrosas, se llega
incluso a denunciar su Manifiesto como una incitación al odio de unos
ciudadanos contra otros. La prensa fulmina, la oposición pretendidamente
democrática hace estallar su descontento, se grita importunidad, imprudencia,
qué sé yo. ¡Se apela a la policía! Se pregunta, con una afección de supremo
desdén, si los sesenta tienen la pretensión de conocer mejor sus
intereses y sus derechos, de defenderlos mejor, que
los se-ñores F. Favre, E. Ollivier, Marie, Pelletan, J. Simón, etc. 59
Escarnio.
Hasta aquí, pues, estoy de acuerdo con vosotros y
con los Sesenta, y os sé satisfechos de que no hayáis supuesto ni un solo
instante que yo pudiese ser de un sentimiento distinto al vuestro. Sí. La
distinción de clases existe en nuestra Francia democrática de hecho, pero no
está del todo probado que este hecho esté fundado en el derecho, aunque no haya
en modo alguno que imputárselo a nadie. Sí, la representación nacional ha sido
hasta el presente, excepto en 1848, el privilegio de una de estas clases; y, a
menos que los representantes de la susodicha clase no se entreguen en breve a
operar la fusión demandada, la jus-ticia, el sentido común, el sufragio
universal exigen que la segunda de estas clases esté representada como la otra,
proporcionalmente a la cifra de su población. Al elevar una pretensión tal, los
Sesenta no injurian a la burguesía, no la amenazan: se ponen frente a ella como
los menores frente a los adultos.
(...) Semejante lenguaje, tan franco como modesto,
debe tranquilizar a los más tímidos; la burguesía, la clase media sobre todo,
sería mal aconsejada, si se alarmara. Lo sepa o lo ignore, su verdadero aliado,
su salvador, es el pueblo. Que
Jules
Favre (1809-1880), uno de los líderes de la oposición liberal bajo el Segundo
Imperio. Emile Ollivier (1825-1913), lo mismo, luego jefe del gobierno del
Imperio llamado liberal entre 1867 y 1870. Pierre Marie (1795-1870), antiguo
miembro del gobierno provisional en 1848, y organizador de los Talleres
Nacionales. Jules Simón (1814-1896), filó-sofo y político liberal.
reconozca, pues, de grado, los derechos de los
obreros a la representación nacional, y ello, lo repito, no simplemente como
ciudadanos y obreros, sino como obreros y miembros del proletariado.
Una vez dicho esto, paso a la segunda cuestión. Se
trata de saber si, en las circunstancias actuales, el ejercicio del voto a la
elegibilidad es para la clase obrera el mejor medio para llegar a las reformas
que solicita, si una conclusión semejante del Manifiesto no va contra el fin
que se proponen sus autores, si no es contradictoria con sus principios; en una
palabra: ¿podrá hacer bajo el régimen actual el socialismo lo que en 1848, sin
faltar a su dignidad y a su fe? Algunos hombres considerables en la democracia,
a quien nadie osó nunca acusar de pacto con el enemigo, que se abstienen
personalmente de votar, han creído deber suyo, por simpatía con la clase obrera
y como testimonio de su alejamiento de una oposición que no se opone, no
combatir la resolución de los obreros y desear buena suerte a su candidatura.
Lo lamento, haciendo justicia a sentimientos que comparto, pero yo no puedo
hacer una concesión semejante, y en este punto me separo de los Sesenta.
Consideremos que el gobierno imperial, introducido
por un golpe de Estado, ha encontrado la principal causa de su éxito en la
derrota de la democracia roja o socialista, que tal es aún hoy su razón de ser,
que no la ha perdido de vista nunca en su política, y que nada indica en la
hora presente que tenga siquiera voluntad de poder cambiarla. Bajo este
gobierno, la feudalidad financiera e industrial, preparada largamente durante
los treinta y tres años de la
Restauración y de la monarquía de julio, ha
completado su organización y sentado su plaza. Ella ha sostenido al Imperio,
quien la ha pagado con su protección. Las grandes compañías han formado su
coalición: la clase media, verdadera expresión del genio francés, se ha visto
progresivamente lanzada hacia el proletariado.
La República, al establecer el sufragio universal,
dio a la democracia un momento de efervescencia, pero bien pronto la
aristocracia conservadora volvió al poder, y cuando sucedió el golpe de Estado,
puede decirse que el poder pertenecía ya a quien habría servido mejor a la
reacción contra las tendencias socialistas. Según ello, podemos decir que, bajo
el régimen que nos ha sido dado después de 1852, nuestras ideas, y hasta
nuestras personas, han estado puestas, por decirlo así, fuera de la política,
fuera del Gobierno, fuera de la ley. El uso de la prensa periódica, conservado
para los viejos partidos, sólo a nosotros le ha sido denegado. Si alguna vez
cualquier proposición inspirada por nuestros principios se ha ofrecido al
poder, ha sucumbido inmediatamente —de ello sé algo— bajo la repulsión de los
intereses contrarios.
En presencia de un estado de cosas donde destruimos
es salvar la sociedad y la propiedad, ¿qué podemos hacer nosotros, si no es
aceptar silenciosamente nuestra reprobación, y, puesto que el Gobierno ha
impuesto esta condición draconiana, separamos radicalmente de él? Entrar en su
sistema, en el que estamos seguros de reencontrar a todos nuestros enemigos,
antiguos y nuevos, ligados o no al Imperio, gentes del ministerio y de la
oposición, acoger las condiciones juramentadas, hacernos presentar al cuerpo
legislativo, todo ello será un acto de laxitud, un
contrasentido. Todo lo que, según la ley existente, nos está permitido hacer,
es protestar en las grandes jornadas electorales por el contenido negativo de
nuestras papeletas electorales. No perdáis de vista que, en el sistema de
compresión que pesa sobre la democracia, no es tal medida financiera, tal
empresa, tal gasto, tal alianza, tal tratado, tal política, tal ley lo que vais
a discutir: no se nos quiere para eso; nuestra opinión ya de entrada es reputada
como mal avenida. Parecidos debates son lo propio de la oposición
constitucional, amiga o enemiga. Pues todas las opiniones, exceptuando las
nuestras, pueden encontrar un lugar en la Constitución: ¿lo dudaríais, después
del clamor que se ha levantado por doquier con ocasión de la publicación del
Manifiesto? Ahora bien, para afirmarnos en nuestro separa-tismo, no tenemos
necesidad ni de representantes, ni de candidatos, ni precisamos, en términos de
la ley, sino esta sola palabra, veto, que es la fórmula más enérgica que pueda
contener el sufragio universal.
Precisemos nuestro pensamiento con algunos
ejemplos.
¿Podemos, de la boca, de la pluma, de la mano de
hombres verdaderamente nuestros, prestar juramento a la Constitución de 1852,
en la que vemos a todos nuestros enemigos legitimistas, orleanistas, ex
republicanos, clericales, prestar a su vez juramento a cual más? No, no lo
podemos, porque este juramento, hiriente para nuestra dignidad, incompatible
con nuestros principios, implicaría por nuestra parte una apostasía, a la vez
que quedaríamos al nivel de tantos otros —nosotros, enemigos personales del emperador—
tras haber prestado juramento. La Cons-
titución del 93, al fundar la soberanía del pueblo,
abole el juramento cívico exigido por la Constitución del 91, que se reúne en
estos tres términos: Nación, Ley, Rey. Que Napoleón haya de seguir este
ejemplo, ya lo veremos. Mientras tanto, nada de representantes, nada de
candidatos.
Hay quien dice que el juramento impuesto a los
diputados carece de valor, que no obliga a quien jura, desde el momento en que,
al jurar, entiende prestar juramento, bajo el nombre del emperador, a la
nación, que en todo caso el juramento no implica en modo alguno adhesión a la
política imperial. En fin, que no hay que cargar a la cuenta de los electores
este escrúpulo, sino a los candidatos. Si sólo los jesuitas poseían el secreto
de desahogar las conciencias, ¿habrá pasado este secreto a la Escuela normal?
Parecidos moralistas, por grande que sea la reputación de virtud que se
predique de ellos, deben ser tenidos por la democracia socialista como los más
infames de los humanos. Así que nada de representantes, nada de candidatos.
Siempre he hablado del monopolio de la prensa
periódica institucional y especialmente dirigida contra nosotros. Sabemos, por
el resultado de las elecciones de mayo, lo que nos ha costado abrimos allí
camino por una semana. ¿Creéis que bastaría con suprimir la autorización
ministerial para que este monopolio fuese abolido? Estaríais errando la cuenta
totalmente. Nosotros no queremos ni mucho ni poco de un régimen que después de
doce años deprava nuestras costumbres políticas, falsea las ideas y engaña a la
opinión. Autorizar, durante seis meses, durante un día, por la elección de un
diputado socialista, una corrupción
semejante del espíritu público, sería declaramos
cómplices de esta corrupción, indignos de tomar jamás la palabra. Así pues,
nada de representantes, nada de candidatos.
No queremos condiciones para ejercer el sufragio
universal. ¿Y por qué? No es sólo porque los grupos naturales de población han
sido subvertidos por las circunscripciones electorales. Dejemos a los
competidores del Gobierno imperial el cuidado de compadecerse mientras esperan
que les imiten. En los comicios llamados a decidir de la suerte del Gobierno,
aquellos que gritan más alto contra esta intervención necesitan decir que ellos
no renunciarían al lugar de los ministros. Es porque, sobre todo, con el monopolio
de una prensa infeudada, con los prejuicios de la centralización reinante, con
la rareza y la insuficiencia de las convocatorias, con las dobles, las triples,
las quíntuples y las décuples candidaturas, con este absurdo principio tan caro
a los corredores de elecciones, con todo ello un verdadero representante de
Francia debe ser extraño a sus electores. Con el «potpurrí» de las categorías,
las opiniones, los intereses, las cosas se encuentran combinadas de manera tal
que hacen imposible el espíritu democrático en sus manifestaciones corporativas
y locales, así como sus manifestaciones nacionales, quitando la palabra a las
multitudes, reducidas a balidos de rebaños, a falta de haber aprendido a dar
testimonio de sí y a producir su propio verbo.
Reclamar la emancipación de la plebe y aceptar en
nombre de la plebe un modelo de elección que llegue justamente a hacerla
facciosa o muda: ¡qué contradicción! Así pues, nada de representantes, nada de
candidatos.
Daos cuenta, ciudadanos, de que al hablar así sólo
estoy haciendo política, pues evito a propósito las consideraciones económicas
y sociales. ¡Cuántas razones nuevas habría yo podido dar a conocer contra esta
fantasía de las candidaturas, fantasía que no hubiera a buen seguro hablado en
nombre del pueblo, si hubiésemos podido explicarle a tiempo ese postulado cuya
verdad sin duda ya comenzáis a entrever: que una cosa es un voto de oposición,
otra un voto de protesta, otra un voto constitucional, juramentado, marcado por
el membrete del colegio electoral, y otra un voto democrático y social! En mayo
de 1863, el pueblo ha creído votar por sí mismo y como soberano; pero no ha
votado más que por sus patronos^ y como cliente. Por lo demás, yo sé que en
este momento no os hacéis ilusiones, pues los mismos candidatos, si estoy bien
informado, lo declaran ellos mismos. ¿Para qué, entonces, representantes, para
qué candidatos?
Todo lo que se ha hecho después del 24 de noviembre
de 1860, en el Gobierno y en la oposición, indica una vuelta al régimen de
1830, modificado sólo por la sustitución del título de emperador por el de rey,
y de la dinastía de los Bonaparte por la de los Orleans. Descartando la
cuestión dinástica con la que no vamos a ocuparnos ahora ¿podemos, como
demócratas, dar la mano a este cambio? Sería mentir a nuestro pasado, adorar lo
que hemos quemado, quemar lo que hemos adorado. Esto es, sin embargo, lo que no
puede dejar de ocurrir si nos hacemos representar en un cuerpo legislativo, en
una oposición cuyas tres cuartas partes están atadas a la idea de la monarquía
constitucional y burguesa. Así, pues, nada de candidatos.
Muchos entre los obreros no se dan cuenta de estas
incompatibilidades claras y profundas entre el régimen político, presente o
próximo, en el que se proponen entrar, y sus aspiraciones democráticas y
sociales. He aquí, sin embargo, lo que les llevará a comprender fácilmente:
Es de principio, en un país atacado como el nuestro
por las revoluciones, que los gobiernos que se suceden, al cambiar de máximas,
siguen siendo, respecto a terceros, solidarios unos de otros y aceptan las
cargas que les impone su terrible herencia. Y esta es una condición que,
llegado el caso, no podríamos aceptar. Nosotros, los proscritos de 1848, 1849 y
1852, no podemos aceptar los compromisos, las transacciones y todos los actos
de poder creados para nuestro exterminio. Sería traicionarnos a nosotros mismos,
e importa que el mundo lo sepa. La deuda pública, consolidada y flotante,
capitalizada al 3 por 100, se eleva en este momento a 14.600.000.000 millones.
Tal es la expresión financiera de las cargas
acumuladas desde 1789, y que son legadas, una detrás de otra, por nuestros
diversos gobiernos. Es el resultado más claro y más neto de nuestros sistemas
políticos, el más bello título para la admiración de la posteridad de setenta y
cinco años de régimen conservador y burgués. Nosotros aceptaríamos, llegado el
caso, la posibilidad de esta deuda hasta el 24 de junio de 1848; pero tenemos
el derecho de rechazarla a partir de esta época. Y como no podríamos admitir la
bancarrota de la nación, sería la burguesía quien habría de liquidar la deuda
restante. A ella, pues, la tocaría curar. Así pues, ciudadanos, nada de
representantes, nada de candidatos.
Hay en el Manifiesto de los Sesenta una palabra
desdichada. En política, se declaran de acuerdo con la oposición. Concesión
exorbitante, inspirada por el pensamiento generoso de llenar, al menos en
parte, el abismo que separa la democracia de sus representantes, y que habrá
que cargar a la cuenta de los duendes de la pluma. Pero nosotros no podemos
estar seriamente satis-fechos con la política de la oposición, como tampoco de
sus ideas económicas y* sociales: ¿cómo, si éstas son falsas, sería aquella verdadera?
La política de la oposición no son las censuras obligadas que los partidos se
dirigen mutuamente sobre sus actos, tales como la expedición de México, el
estado de Argelia, el crecimiento del presupuesto, etc.: no son demostraciones
banales en favor de la libertad, jeremiadas filantrópicas, suspiros a propósito
de Polonia, una adhesión más o menos implícita al tratado de comercio.
Sobre todos estos puntos de puro detalle,
tendríamos que hacer —en contra de las críticas de la oposición— importante
reservas, no solamente como socialistas y comunistas, sino como políticos y
demócratas.
La política de la oposición es primeramente su
antisocialismo declarado, que fatalmente le vincula contra nosotros al
pensamiento reaccionario. Los señores Marie y Jules Favre nos lo han dicho,
luego de la discusión de la sutileza, con un tono que no puede olvidarse jamás:
«¡Nosotros no somos socialistas!»
Tras estas palabras, la Asamblea, toda entera, ha
estallado en aplausos; ni una sola voz de protesta se ha hecho oír. Estamos,
pues, autorizados a decir que, en el principio mismo de su política, los
miembros de la oposición
pretendidamente democrática están de acuerdo con el
Gobierno; son más antisocialistas que el Gobierno mismo: ¿cómo no iban a serlo
un día los ministros?
En la política de la oposición, es su amor al
parlamentaris-mo lo que la llevará por grado o por fuerza, de concierto con la
mayoría imperialista, al sistema de 1830; es su pasión centralizadora y
unitaria la que, pese a sus declamaciones sobre las libertades municipales,
lisonja para los parisienses, se traiciona en todos sus discursos.
Sólo una alta centralización puede, recordadlo
bien, satisfacer altas ambiciones, y esto lo habréis de saber si un día, para
desgracia de Francia, los hombres de la oposición son llamados a regentar a su
vez toda esta centralización que les es a ellos tan querida.
La política de la oposición es su juramento
constitucional-dinástico; es la solidaridad aceptada por ella, aunque no fuese
más que por el hecho de la firma de la inmunidad del diputado, en los actos del
Gobierno. Son los cumplidos, los elogios, las gracias que mezcla a sus
críticas, la parte que tributa a sus éxitos y a sus glorias.
La política de la oposición es su conducta en las
elecciones de mayo de 1863. Allí la vimos, tras haber usurpado la dictadura del
escrutinio, hacer violencia a los sufragios, recomendar por doquier las
candidaturas más inconcebibles con el espíritu de la Revolución, mostrarse más
intrigante, más tiránica, más corruptora, que la administración hacia la cual,
para rehabilitarse, se esforzó luego en desviar la animadversión pública. ¡Ah!,
las elecciones de mayo y junio
de 1863, hechas por una oposición que se decía
puritana, esas elecciones han absorbido el voto de diciembre de 1851. ¿Habéis
reflexionado en esto, ciudadanos?
Esa es la política de la oposición. ¿Y la
defenderéis enviando allí colegas? No, no. Nada de representantes, nada de
candidatos.
A aquellos que ahora nos reprocharían parar el
impulso popular y que aún tendrían el coraje de hacer ruido con el título que
se han dado hace nueve meses, el de hombres de acción, replicaría que los
inactivos, los inertes, los adormecedores, son ellos mismos, ellos, cuya bella
disciplina ha servido tan bien a todas las perspectivas de la reacción, y hecho
perder de un solo golpe a la democracia treinta años de virtud cívica, de
sacrificios y de propaganda. ¿Qué ha producido esta acción rigurosa?
Declaración
tonitronante de los señores Marie y Jules Favre: «Nosotros no somos
socialistas.» Y así es. Vuestros representantes os han desautorizado, han
renegado de vosotros, como en 1848, os han declarado la guerra, y os felicitáis
de vuestra acción mientras tanto. ¿Es que esperáis que os escupan a la cara?
Resultado
deplorable del juramento. La democracia, conducida por sus nuevos tribunos, se
ha imaginado locamente que el juramento de obediencia a Napoleón III y de
fidelidad a la Constitución de 1852, no podía ser en la boca de sus
representantes más que un sublime perjurio. Ella se ha embriagado con esta
idea, pero se ha equivocado miserablemente. Nuestros diputados juramentados no
tendrán más valor para violar su juramento, que
para mantenerlo. ¿No les estáis viendo andar con rodeos, zambullirse, nadar
entre las aguas de la traición y de la fidelidad? Traidores de la democracia
cuando se aproximan al imperio, traicionan al imperio cuando se aproximan a la
democracia. Consejeros privados y comensales de Su Majestad son los más
honestos, los menos tartufos. Gracias, sin embargo, a esta política, la
restauración del sistema orleanista, bajo el pilotaje del señor Thiers, marcha
a vista de pájaro. El señor Thiers y sus amigos, poniendo en principio a la
monarquía como elemento esencial a la organización del poder, y declarándose,
en virtud del mismo principio, indiferentes a la dinastía, simple cuestión de
personas según ellos, están aquí perfectamente en su salsa. Nada les impide
prestar juramento, y cuanto más les dé Napoleón III la oportunidad para
expresarle, tanto más sa-tisfechos se encontrarán.
Así, tras la prestación de todos estos juramentos,
de una significación tan alta, tan positiva entre los orleanistas, pero que el
país no ve más que con disgusto entre los demócratas, el partido de la
monarquía constitucional y parlamentaria se ha mostrado plenamente como es;
apoyado por la fracción más considerable y la más esclarecida del bonapartismo,
se cree seguro en la victoria, ha conquistado sobre el partido republicano la
única ventaja que le quedó después de 1852, la de la lógica y la honestidad política.
Conclusión
de esta lamentable intriga: la democracia, cuya preponderancia debería ser
definitivamente establecida por el escrutinio de 1864, saludada un instante
tras la elección de los nueve, no cuenta ahora como
soberana, y hasta nueva orden no contará más que como el instrumento de una
chapuza política, contra la cual todo nuestro esfuerzo debe ser ahora el de
defendemos.
Para nosotros, a los que se ha osado calificar de
inertes, de puritanos, de quisquillosos, de eunucos porque sabían que no
podíamos responder, he aquí lo que hemos hecho y lo que hemos obtenido. Nuestro
éxito ha sido bastante halagüeño como para que no perdamos la moral.
Nos dijimos de antemano:
«No poseemos de nuestro jefe, anteriormente a la
constitución de 1852, la facultad electoral.
«Tenemos el derecho de votar, o de no votar.
»Si votamos, nos está permitido entre optar por el
candidato de la administración o el de la oposición, así como el de protestar
contra uno y otro, eligiendo un candidato de un color opuesto a los dos (es lo
que proponen los autores del Manifiesto).
«Tenemos, en fin, el derecho de protestar contra
toda clase de elección, sea depositando papeletas en blanco, sea votando por un
ciudadano que no reuniera todas las condiciones de elegibilidad (que, por
ejemplo, no hubiera prestado juramento) si juzgamos que la ley electoral, tal
como se practica, no ofrece garantías suficientes al sufragio universal, o por
cualquier otra causa.»
La cuestión era, por lo tanto, la de saber cuál
sería para nosotros la manera de votar más útil. Aquellos que han pretendido
que el voto tenía que ser necesariamente designativo de un candidato, que el
sufragio universal era
algo desprovisto de significación en sí mismo, y
que extraía todo su valor de la elección de un hombre, aquellos han impuesto al
público ese mismo voto, aquellos han mentido.
Nosotros nos hemos decidido por el voto de
protesta, por el voto en blanco o por un equivalente, y el resultado que hemos
obtenido es el siguiente:
En 64 departamentos donde hemos podido hacer el
balance, ha habido 63.000 protestas, de las cuales 4.556 pertenecían a París,
es decir, haciendo la proporción, alrededor de 90.000 para Francia.
Hubiésemos contado con 100.000 en París y con un
millón en los 89 departamentos, si se nos hubiese permitido hacer extender
nuestra voz y explicar nuestro pensamiento.
Estos votos diseminados han tenido la virtud de
hacer fracasar varias candidaturas de la sedicente oposición democrática.
Hubiesen hecho fracasar todas, y el Gobierno hubiese quedado solo, con sus
elegidos, frente a la democracia protestante, si la prensa del monopolio no
hubiese ahogado nuestra voz.
¿Creéis que esos 90.000 votantes que, pese a su
silencio forzado, pese a la calumnia, pese al manejo a que fue sometido el
pueblo, sin haber podido comunicarse o escucharse, han sabido mantenerse y, por
medio de su protesta, conservar la inviolabilidad de la democracia, creéis que
esos son una minoría sin virtud? ¿Creéis que esta parte, débil en apariencia
por el número, carece de energía? Nosotros éramos veinte, y nuestro grito ha
sido escuchado a través de la batahola de la oposición por 90.000 hombres. Suponed
que los 153.000 de la capital que han votado por
los nueve hubiesen protestado siguiendo nuestro
ejemplo, ¿creéis que esta protesta hubiese sido de menor efecto que las arengas
que nos ha regalado la oposición? ¿Qué decís vosotros al respecto, ciudadanos?
¿Es que con el veto de 160.000 electores,
aumentados con una parte de los 86.000 que se han abstenido pura y simplemente,
los candidatos de la administración, con un total de 82.000 votos, se
pavonearían de ser los representantes de la capital? ¿Estaríamos en ese caso
nosotros menos instruidos sobre el estado de nuestras finanzas, sobre la
situación europea, sobre las influencias electorales y sobre tantas otras cosas
de que el Gobierno y sus amigos nos hablan tan alegremente, por no haber
es-cuchado los informes de media docena de abogados? ¿No sería mil veces mejor,
por el honor de la democracia y por su porvenir, haber dejado al Gobierno
debatirse con sus propios representantes, lavar su ropa sucia en familia, como
decía Napoleón I, antes que haber contaminado nuestra conciencia, hasta
entonces pura de juramento?
Demócratas, vuestra conducta está trazada. Una
reacción ciega ha decidido, después de quince años, arrojaros fuera del
derecho, fuera del Gobierno, fuera de la política. La situación creada no la
habéis creado vosotros, la ha creado la conjuración de los viejos partidos. Un
mismo pensamiento les gobierna y este pensamiento es incompatible con la
realización de esta justicia, política, económica y social, que vosotros
denomináis vuestros votos. Un mismo juramento les une, símbolo de su alianza,
trampa tendida a la vanidad y al celo de los demócratas. No es culpa vuestra
si, cercenados de su comunión, sois condenados a usar contra ellos
represalias. Por eso os lo digo con toda la energía
y con toda la tristeza de mi alma: separaos de quien primero se ha separado,
separaos como otrora el pueblo romano se separara de sus aristócratas. Por la
separación venceréis. Nada de representantes, nada de candidatos.
¡Y bien! Después de haberos declarado los iguales
de la burguesía, los depositarios de la idea nueva, el espíritu de las
generaciones futuras, tras haber demostrado al mundo la inmensidad de vuestros
destinos, no imaginaríais nada peor que retomar esas viejas, instituciones
burguesas cuya inanidad y corrupciones os ha demostrado cien veces el Gobierno
mismo. ¡Soñarías con la doctrina, báscula representativa y parlamentaria!
Cuando podéis ser originales, os vais a convertir en tristes copistas. No hay,
creedme, más que una sola conclusión lógica en el Manifiesto de los Sesenta: es
que la democracia obrera de-clara, por su voto, que ella desautoriza a la
oposición y que renuncia, hasta tiempos mejores, no a votar, sino a dejarse
representar. Gracias al Manifiesto, la democracia obrera se ha comportado en
plan patricio; por elección de representantes caeríais en el nivel de los
libertos. ¿Existe entre vosotros un hombre fuera de serie? Votad para él una
corona cívica, no hagáis de él un prostituido, un candidato.
Para mí, no creo tener necesidad de decirlo,
persisto en mis resoluciones.
Aunque no tuviese yo otro motivo para la
perseverancia que el recuerdo de los acontecimientos en los cuales hube de
mezclarme, cosas en que he participado, esperanzas que he contribuido a
excitar, por respeto y por la memoria de tantos ciudadanos que han sufrido y
que han muerto, desde
1848, por el triunfo de las libertades populares, a
los que he conocido en las prisiones y en el exilio, aunque sólo fuera por eso,
me negaría a toda transacción y diría: Nada de representantes, nada de
candidatos.
Os saludo, ciudadanos, fraternalmente.
P. J. Proudhon
***
CONTRA EL «COMUNISMO» 60
Proudhon ataca aquí, retrospectivamente, la clase
de socialismo estatista y «comunista» que Louis Blanc predicó durante la
revolución de 1848, en la llamada comisión de Luxemburgo 61.
La soberanía colectiva
Cfr. De
la capacidad política de las clases trabajadoras, 1864.
Tras una
manifestación de los cuerpos profesionales ante el Ayuntamiento, el 28 de
febrero de 1848, el gobierno provisional instituyó una «Comisión de gobierno
para los trabajadores» con sede en el palacio de Luxemburgo y presidida por
Louis Blanc, que reunía allí a los representantes de los patronos y de los
obreros. Esta comisión apeló igualmente a especialistas en cuestiones sociales.
La comisión tuvo lugar en el lapso de tiempo transcurrido del día primero de
marzo al 16 de mayo. Por fin llegó incluso a redactar un plan de organización
del trabajo y preparó decretos sociales que fueron promulgados a continuación
por el gobierno provisional.
El sistema de Luxemburgo, en el fondo, es el mismo
que los de Cabet, R. Owen, los Moravos, Campanella, Moro, Platón 62 , los
primeros cristianos: sistema comunista, gubernativo, dictatorial, autoritario,
doctrinario. Parte de que el individuo está esencialmente subordinado a la
colectividad, que sólo de ésta recibe su derecho y su vida, que el ciudadano
pertenece al Estado, como el hijo a la familia, que está en poder, en posesión,
in manu, del Estado y le debe en todo sumisión y obediencia.
En virtud de ese principio fundamental de la
soberanía co-lectiva y de la sumisión del individuo, la escuela de Luxemburgo
tiende en la teoría y en la práctica a referirlo todo al Estado —o a la
comunidad—. El trabajo, la industria, la propiedad, el comercio, la instrucción
pública y la riqueza, del mismo modo que la legislación, la justicia, la
policía, las obras públicas, la diplomacia y la guerra, todo se entrega al
Estado, para que luego sea repartido y distribuido, en nombre de la comunidad,
a cada ciudadano, individuo de la gran familia, según sus aptitudes y sus
necesidades.
Decía hace poco que el primer movimiento y la
primera idea de la democracia trabajadora, al buscar su ley y constituirse como
antítesis de la burguesía, había debido ser el de volver contra ella sus
máximas: esto es lo que resalta a
Robert
Owen (1771-1858), socialista «utópico» inglés, promotor de las primeras
cooperativas de producción y de consumo. Los moravos, secta religiosa formada a
mediados del siglo XV en Bohemia, se caracterizaban por un ascetismo muy
riguroso, proponiéndose vivir en la santidad y en la caridad, separándose del
mundo. Campanella (1568- 1639), filósofo italiano, autor de La Ciudad del Sol.
Tomás Moro (1478- 1535), gran canciller de Inglaterra, autor de Utopía, novela
política y social. Platón,429-347 antes de Cristo), autor, entre otros, de los
diálogos La República y Las Leyes.
primera vista el examen del sistema comunista.
¿Cuál es el principio fundamental de la sociedad
antigua, menestral o feudal, revolucionaria o de derecho divino? La autoridad,
ya se la haga bajar del cielo, ya se la deduzca, como Rousseau, de la
colectividad. Así han hablado y obrado a su vez los comunistas. Lo hacen
depender todo del derecho de la colectividad, de la soberanía del pueblo; su
noción de poder o del Estado es absolutamente la misma que la de sus antiguos
maestros. Llámese el Estado imperio, monarquía, república, democracia o
comunidad, la cosa evidentemente es siempre la misma. Para los seguidores de
esta escuela, el derecho del hombre y del ciudadano deriva de la soberanía del
pueblo: de ella emana hasta la misma libertad. Los comunistas de Luxemburgo,
los de Icaria y todos los demás pueden, con su conciencia tranquila, pres-tar
juramento a Napoleón III; su profesión de fe está de acuerdo, en principio, con
la Constitución de 1852: es mucho menos liberal que la Constitución del
Imperio.
El «comunismo», estatismo agravado
(...) La propiedad seguía siendo una concesión del
Estado, único propietario natural de la tierra, como representante de la
comunidad nacional. Lo mismo hicieron los comunistas: para ellos también, el
individuo debía al Estado sus bienes, sus facultades, sus honores, hasta su
talento. No hubo diferencia sino en la aplicación. Por razón o por necesidad,
el antiguo Estado se había desprendido de más o menos facultades; una multitud
de familias, nobles o burguesas, había salido de la indivisión primitiva y formado
pequeñas soberanías en el seno de la sociedad.
El objeto del comunismo fue hacer entrar nuevamente
en el Estado todos esos fragmentos de su patrimonio. La revolución democrática
y social, en el sistema del Luxemburgo no había de ser en principio sino una
restauración o, lo que es lo mismo, un retroceso.
Así, al modo de un ejército que ha tomado los
cañones al enemigo, el comunismo no hizo más que volver contra el ejército de
los propietarios su propia artillería. Siempre el esclavo ha remedado al amo
(...).
De la asociación
Como medio de realización, independientemente de la
fuerza pública de la que aún no podía disponer, el partido del Luxemburgo
afirmaba y ensalzaba la asociación. La idea de asociación no es nueva en el
mundo económico; los estados de derecho divino, tanto los antiguos como los
modernos, son los que han fundado las más poderosas asociaciones y nos han dado
su teoría. Nuestra legislación de la burguesía, el código civil o el de
comercio, reconocen muchos de sus géneros y especies. ¿Qué han añadido a lo que
se conocía ya los teóricos del Luxemburgo? Absolutamente nada. La asociación ha
sido muchas veces para ellos una simple comunidad de bienes y ganancias;
algunas otras, una simple participación o cooperación, o bien una sociedad
colectiva o comandita.
Otras, las más, han entendido por asociaciones
obreras las formidables y numerosas compañías de trabajadores comanditadas y
dirigidas por el Estado, que atraigan la masa de la clase obrera, monopolicen
los trabajos y las empresas, invadan toda propiedad, toda función pública, toda
industria, todo cultivo, todo comercio, produzcan el vacío en
los establecimientos y empresas particulares y
aplasten por fin y trituren a su alrededor toda acción individual, toda vida,
toda libertad, ni más ni menos que como lo están hoy haciendo las grandes
compañías anónimas.
La pretendida dictadura de las masas
Así, en la mente de los hombres del Luxemburgo, el
patri-monio público debía acabar con toda propiedad; la asociación debía
destruir todas las asociaciones particulares, o refundirlas en una sola; la
concurrencia, vuelta contra sí misma, debía producir en último término la
supresión de la concurrencia; la libertad colectiva debía absorber todas las
libertades, tanto las corporativas y las locales como las individuales.
Respecto del gobierno, sus garantías y sus formas,
la cuestión venía resuelta dentro del mismo orden de ideas. Sobre esto, como
sobre la ciencia y el derecho del hombre, nada había tampoco de nuevo; veíase
siempre la antigua fórmula, salvo su exageración comunista. El sistema
político, según la teoría del Luxemburgo, podía ser definido en los siguientes
términos: una democracia compacta, fundada en apariencia sobre la dictadura de
las masas, pero donde las masas no tienen más que la oportunidad de consolidar
la servidumbre universal, según las fórmulas y máximas tomadas del antiguo
absolutismo:
Indivisión del poder.
Centralización absorbente.
Destrucción sistemática de todo pensamiento
individual, corporativo y local, considerado como elemento de discordia.
Policía inquisitorial.
Abolición, o al menos restricción, de la familia, y
con mayor razón de la herencia.
El sufragio universal organizado, pues, de manera
que sirva de perpetua sanción a esa tiranía anónima, por medio de la
preponderancia de las medianías o nulidades, siempre en mayoría sobre los
ciudadanos capaces y los caracteres independientes, considerados como
sospechosos y naturalmente en escaso número. La escuela del Luxemburgo lo ha
dicho en alta voz: está contra la aristocracia de las capacidades.
De la espontaneidad
Lo que importa destacar en los movimientos
populares es su perfecta espontaneidad. ¿Obedece el pueblo a una excitación o
sugestión exterior, o bien a una inspiración, intuición o concepción natural?
Por grande que sea el cuidado con que se precise este aspecto en el estudio de
las revoluciones, no lo será nunca bastante. A no dudarlo, las ideas que han
agitado siempre a las masas surgieron antes en el cerebro de algún pensador. En
materia de ideas, de opiniones, de creencias y de errores, la prioridad no ha
pertenecido nunca, ni es posible que pertenezca hoy a las muchedumbres. La
prioridad en todo acto del espíritu pertenece al individuo: nos lo indica la
relación de los términos.
Mas, si todo pensamiento que surge en el individuo
se apodera después de los pueblos, ni las ideas que los
arrastran son todas justas y útiles. Afirmamos
precisamente que lo más importante, sobre todo para el historiador filósofo, es
observar cómo el pueblo se apega a ciertas ideas con preferencia a otras, las
generaliza, las desarrolla a su modo y las convierte en instituciones y
costumbres que sigue tradicionalmente, mientras no caigan en manos de
legisladores y magistrados que harán de ellas a su vez artículos de ley y
reglas para los tribunales.
La revolución no es la obra de nadie
Una revolución social como la del 89, que continúa
ante nuestra vista la democracia obrera, es una transformación que se realiza
espontáneamente en el conjunto y en todas las partes del cuerpo político. Es un
sistema que sustituye a otro, un organismo nuevo que reemplaza a un organismo
decrépito.
Pero esta sustitución no se hace en un instante,
como un hombre que cambia de costumbres o de escarapela, ni llega por la orden
de un maestro con una teoría completamente hecha, o bajo el dictado de un
revelador.
Una revolución verdaderamente orgánica, producto de
la vida universal, aunque tenga sus mensajeros y sus ejecutores, no es
verdaderamente obra de nadie.
MIGUEL BAKUNIN
(1814-1876)
LA REVOLUCIÓN DE FEBRERO DE 1848 VISTA POR
BAKUNIN 196
[Extraído
de Confesión (carta al azar), 1857.]
Miguel Bakunin, emigrado ruso, se apresuró a llegar
hasta París durante la revolución de febrero.
La revolución de febrero estalló. En cuanto supe
que en París se luchaba, tomé prestado, para prevenir cualquier eventualidad,
un pasaporte a un amigo, y me puse en camino hacia París. Pero el pasaporte no
era necesario: las primeras palabras que escuchamos en la frontera fueron: «Se
ha proclamado la república en París.» Al oír esta noticia, sentí un escalofrío;
llegué a pie a Valenciennes, pues el ferrocarril había sido destruido; por
todas partes había muchedumbres, gritos de entusiasmo, banderas rojas en todas
las calles, en todas las plazas y en los edificios públicos. Me vi obligado a
dar un rodeo, pues la vía férrea estaba cortada en muchos puntos, y llegué a
París el 26 de febrero, tres días después de la proclamación de la república.
Ya por el camino, todo me regocijaba.
Esta ciudad enorme, centro de la cultura europea,
se había convertido de repente en un Cáucaso salvaje: en cada calle, casi en
todas partes, las barricadas, tan elevadas como montañas, llegaban a los
tejados; sobre esas barricadas, entre las piedras y los muebles estropeados,
como georgianos en sus desfiladeros, los obreros, con blusas pintorescas,
negros de pólvora y armados hasta los dientes; gordos tenderos con la cara
embrutecida por el espanto miraban temerosos por las ventanas; en las calles,
en los bulevares, ni un solo coche; todos los viejos fatuos, todos los odiosos
dandys con quevedos y junquillo habían desaparecido y, en su lugar, estaban mis
buenos obreros, masas entusiastas y triunfantes enarbolando sus banderas rojas,
cantando canciones patrióticas, ebrios de su victoria.
Y en medio de esta alegría sin límites, de esta
embriaguez, todos eran afables, humanos, compasivos, honestos,
modestos, corteses, amables y espirituales:
semejante cosa sólo se puede ver en Francia, y más en concreto en París. A
continuación, durante más de una semana, estuve viviendo con los obreros en la
Cáseme de Touron, a dos pasos del palacio de Luxemburgo; antes, este cuartel
estuvo reservado a la guardia municipal, y entonces se había convertido, como
muchos otros, en una fortaleza republicana que servía de acuartelamiento al
ejército de Caussidiére. Había sido invitado a permanecer allí por uno de mis amigos
demócratas que mandaba un destacamento de quinientos obreros.
Así, pues, tuve ocasión de ver a los obreros y de
estudiarlos de la mañana a la noche. Os lo aseguro, señor, jamás y en ninguna
parte, en ninguna otra clase social, he encontrado tan noble abnegación ni
tanta integridad, realmente conmovedora, tanta delicadeza en los modales y
amable alegría unida a semejante heroísmo como entre aquellas sencillas gentes
sin cultura que han valido y valdrán siempre mil veces más que sus propios
jefes.
Lo que más me llama la atención en ellos es su
profundo sentido de la disciplina; en sus cuarteles no podía haber ni orden
establecido, ni leyes, ni coacción; pero ojalá que cualquier soldado regular
supiera obedecer con tanta exactitud, adivinar tan bien los deseos de sus jefes
y mantener el orden tan estrictamente como esos hombres libres; pedían órdenes,
reclamaban jefes, obedecían escrupulosamente, con pasión; en su penoso
servicio, durante jornadas enteras, soportaban el hambre y no por ello eran menos
amables y menos alegres. Si estas gentes, estos obreros franceses, hubieran
encontrado un jefe digno
de ellos, capaz de comprenderles y de amarles,
hubieran podido realizar milagros.
(...) Ese mes pasado en París (...) fue un mes de
embriaguez para el alma. No sólo estaba ebrio yo, sino que todo el mundo lo
estaba: unos, de terror; otros, de loco éxtasis, de esperanzas insensatas. Me
levantaba a las cuatro, a las cinco de la madrugada, y me acostaba a las dos,
permaneciendo todo el día en pie, yendo a las asambleas, reuniones, clubs,
manifestaciones, paseos o demostraciones; en una palabra, absorbía por todos
mis sentidos y por todos los poros la embriaguez de la atmósfera revolucionaria.
Era una fiesta sin principio ni fin; veía a todo el
mundo, y no veía a nadie, pues cada individuo se perdía en una misma
muchedumbre innumerable y errante; hablaba con todo el mundo sin recordar mis
palabras ni las de los otros, pues la atención estaba absorbida a cada paso por
nuevos sucesos y nuevas cosas, por noticias inesperadas.
Esta fiebre general se veía alimentada y reforzada
por las noticias que llegaban de las otras partes de Europa; sólo se oían
palabras como ésta: «Se lucha en Berlín; el rey ha emprendido la huida después
de pronunciar un discurso. Se ha luchado en Viena, Metternich ha huido, se ha
proclamado la República. Toda Alemania se subleva. Los italianos han triunfado
en Milán, en Venecia; los austríacos han sufrido una vergonzante derrota. Se ha
proclamado la República; toda Europa se convierte en una República. ¡Viva la
República!»
Parecía que el universo entero estuviese
trastornado; lo in-creíble se había hecho natural; lo imposible, posible, y lo
posible y lo habitual, insensato. En una palabra, los ánimos
estaban entonces en tal estado, que si alguien
hubiera venido diciendo: «El buen Dios acaba de ser expulsado del cielo, se ha
proclamado la República», todo el mundo lo hubiera creído y nadie se hubiera
sorprendido. Y los demócratas no eran los únicos que sentían esa embriaguez;
muy al contrario, ellos fueron los primeros en recobrar la lucidez, pues se
veían forzados a ponerse a trabajar y consolidar un poder que les había caído
encima contra todo pronóstico y como por milagro.
El partido conservador y la oposición dinástica,
que en un día se habían hecho más conservadores que los mismos conservadores,
en una palabra, todos los hombres del antiguo régimen, creían que los
demócratas en todos los milagros y en todas las inverosimilitudes; incluso
habían dejado de creer que dos y dos son cuatro, y el mismo Thiers había
declarado: «Sólo una cosa nos resta, hacemos olvidar.» Este hecho explica por
sí solo la prontitud y la unanimidad con las que todas las ciudades de
provincias y todas las clases han reconocido la República en Francia.
BAKUNIN, POR JAMES GUILLAUME
Tras su corta estancia en París durante la
revolución de 1848, Bakunin, electrizado por el ejemplo que había tenido ante
sus ojos, fue a participar en el levantamiento popular de Dresde (3 de mayo de
1849). Por este hecho, fue condenado a muerte en Sajorna, luego en Austria y,
en 1850, entregado por Austria al gobierno ruso. En su país de origen padeció
una cautividad muy larga y dura. En 1861 logró
evadirse de Siberia y llegó a Londres. Es tras la revuelta de Polonia contra el
imperio zarista (1863-64), y más aún, sin duda, a continuación de sus contactos
en París con Proudhon al final de 1864 —un Proudhon muy cerca de su fin—,
cuando Bakunin se hizo anarquista. Solamente a partir de este momento se
reproduce aquí la biografía de Bakunin que hiciera James Guillaume.
(...) Cuando, en 1863, estalló la insurrección
polonesa, el (Bakunin) trató de unirse a los hombres de acción que la dirigían;
pero la organización de una legión rusa fracasó, no pudiendo la expedición de
Lapinski llegar a un resultado; y Bakunin, que había ido a Estocolmo —en donde
le esperaba su esposa— con la esperanza de obtener una intervención sueca, hubo
de volver a Londres (octubre) sin haber logrado éxito en ninguna de sus
acciones. Entonces se acercó a Italia, desde donde hizo, a mediados de 1864, un
segundo viaje a Suecia; volvió por Londres, en donde volvió a ver a Marx, y a
París, donde volvió a encontrarse con Proudhon.
Tras la guerra de 1859 y la heroica expedición de
Garibaldi en 1860, Italia acababa de nacer a una vida nueva. Bakunin permaneció
en este país hasta el otoño de 1867, quedándose primero en Florencia, luego en
Nápoles y alrededores. Había concebido el plan de una organización
internacional secreta de revolucionarios a base de propaganda y, llegado el
momento, a base de acción. Y así, desde 1864, logró agrupar a un cierto número
de italianos, franceses, escandinavos y eslavos en esta sociedad secreta
que se llamó la Fraternidad Internacional o la
Alianza de los revolucionarios Socialistas.
En Italia, Bakunin y sus amigos se dedicaron sobre
todo a luchar contra los mazzinianos 63 , que eran republicanos autoritarios y
religiosos que tenían como divisa Dio e popolo; un periódico, Liberta e
Giustizia, fue fundado en Nápoles, en el cual Bakunin desarrolló su programa.
En julio de 1886 participó en Herzen y a Ogareff 64 de la existencia de la
sociedad secreta a la que consagraba desde hacía dos años toda su actividad, y
les comunicaba el programa del que sus dos antiguos amigos, como dice el mismo,
quedaron «muy escandalizados». En este momento, la organización, de acuerdo con
el testimonio de Bákunin, tenía adherentes en Suecia, en Noruega, en Dinamarca,
en Inglaterra, en Bélgica, en Francia, en España y en Italia, y contaba también
con miembros en Polonia y en Rusia.
En 1867, demócratas burgueses de diversas naciones,
principalmente franceses y alemanes, fundaron la Liga de la Paz y de la
Libertad, y convocaron en Ginebra un congreso que tuvo mucho interés. Bakunin
alimentaba aún ciertas esperanzas respecto a los demócratas burgueses: se
presentó en este congreso, donde pronunció un discurso, pasó a ser miembro del
comité central de la Liga, estableció su residencia en Suiza, cerca de Vevey, y
durante el año siguiente se esforzó por llevar a sus colegas del comité al socialismo
revolucionario. En el segundo congreso de la Liga,
Mazinianos,
discípulos de Giuseppe Mazzini (1805-1872), conspirador republicano italiano,
uno de los artífices de la unificación de Italia.
Nicolás
Ogareff (1813-1877), poeta ruso, coeditor junto con Alejandro Herzen del
periódico Kolokal (La campana), en Londres, y corresponsal de Bakunin.
en Berna, septiembre de 1868, hizo, con algunos de
sus amigos miembros de la organización secreta fundada en 1864 (...), una
tentativa para hacer votar a la Liga resoluciones francamente socialistas.
Pero, tras varios días de debate, los socialistas revolucionarios, en minoría,
declararon que se separaban de la Liga (25 de septiembre de 1868) y fundaron el
mismo día, bajo el nombre de Alianza Internacional de la Democracia Socialista,
una asociación nueva, de la que Bakunin redactó el programa.
Este programa, que resumía las concepciones a que
había llegado su autor al término de una larga evolución comenzada en Alemania
en 1842, decía entre otras cosas:
«La Alianza se declara atea; quiere la abolición
definitiva y entera de las clases, y la igualdad política, económica y social
de los individuos de los dos sexos; quiere que la tierra, los instrumentos de
trabajo, así como cualquier otro capital, al pasar a ser propiedad colectiva de
toda la sociedad, no puedan ser utilizados más que por los trabajadores, es
decir, por las asociaciones agrícolas e industriales. Reconoce que todos los
Estados políticos y autoritarios actualmente existentes, reduciéndose cada vez
más a las simples funciones administrativas de los servicios públicos en sus
países recíprocos, deberán desaparecer en la unión universal de las libres
asociaciones, tanto agrícolas como industriales.»
Al constituirse la Alianza Internacional de la
Democracia Socialista, había declarado querer formar una rama de la
Internacional de Trabajadores, de la que aceptaba los estatutos generales.
Con
fecha de 1
de septiembre de
1868 apareció en
Ginebra el primer número de un periódico ruso,
Narodnoé Dielo, editado por Miguel Bakunin y Nicolás Joukovsky; contenía un
programa titulado «Programa de la democracia socialista rusa», idéntico por su
fondo al programa que adoptó algunos días más tarde la Alianza Internacional de
la Democracia Socialista. Pero a partir de su segundo número, el periódico
cambió de redacción y pasó a manos de Nicolás Outine 65 , que le imprimió una
dirección totalmente diferente.
La Asociación Internacional de Trabajadores había
sido fundada en Londres el 28 de septiembre de 1864, pero su organización
definitiva y la adopción de sus estatutos databan de su primer congreso,
realizado en Génova del 3 al 8 de septiembre de 1866.
A su paso por Londres en octubre de 1864, Bakunin,
que no había vuelto a ver a Karl Marx desde 1848, había recibido la visita de
éste. Marx se defendió, respecto a la calumnia acogida en la Neue Rheinische
Zeitung, que periodistas alemanes habían puesto en circulación en 1853. Mazzini
y Herzen, por entonces, habían tomado la tarea de defender al calumniado 66,
que se encontraba preso en una fortaleza rusa. Marx, en esta ocasión, había
declarado en el periódico inglés Morning Advertisser, una vez más, que él no
tenía nada que ver con la calumnia, añadiendo que Bakunin era su amigo y que él
lo repetía.
Nicolás
Outine (1845-1883), emigrado ruso que vivió en Suiza. Mar- xista, participó en
el congreso de la Liga de la paz y de la libertad
en Berna, en 1868, y en la Conferencia de Londres
de la Internacional en el año 1871; redactor del periódico L’Egalité, en
Ginebra, durante los años 1870-1871.
Calumnia
según la cual el revolucionario Bakunin habría sido un agente secreto del
gobierno ruso, como puede verse más adelante en esta selección.
A continuación de esta conversación, Marx había
comprometido a Bakunin para que se uniese a la Internacional, pero éste, una
vez de vuelta desde Italia, había preferido consagrarse a la organización
secreta de la que hemos aludido. La Internacional, en sus comienzos, no estaba
aún representada, fuera del Consejo General de Londres, más que por un grupo de
obreros mutualistas de París, y nada hacía prever la importancia que iba a
tomar. Sólo tras su segundo congreso en Lausana (septiembre de 1867), tras los dos
procesos de París y la gran huelga de Ginebra (1868), sólo entonces se centró
la atención de manera seria sobre esta asociación, potencia cuyo papel no se
podía ya desconocer, ni su poder como fermento de acción revolucionaria. En su
tercer congreso de Bruselas (septiembre de 1868), las ideas colectivistas se
habían impuesto, por oposición al cooperativismo. Desde julio de 1868, Bakunin
se hizo admitir como miembro en la sección de Ginebra, y tras su salida de la
Liga de la Paz en el Congreso de Berna, fijó su residencia en Ginebra, para
poder mezclarse activamente en el movimiento obrero de esta ciudad.
Un vivo impulso le fue dado a la propaganda y a la
organi-zación. Un viaje del socialista italiano Fanelli 67 a España tuvo como
resultado la fundación de las secciones internacionales de Madrid y de
Barcelona. Las secciones de la Suiza francesa se unieron en una federación que
tomó el nombre de la
Giuseppe
Fanelli (1827-1877), primero republicano italiano con Mazzini y Garibaldi.
Rompió con el primero, al no compartir el centralismo de Estado. Llegó a ser
colaborador y viejo amigo de Bakunin a partir del año 1864, quien, en octubre
de 1868, le envió a España para crear allí a la vez una sección de la
Internacional y de su Alianza Internacional de la democracia socialista, aunque
el propio Fanelli no hablase español.
Federación Romanda, y tuvo por órgano el periódico
l´Egalité, creado en enero de 1869. Se emprendió una lucha contra falsos
socialistas que, en el Jura suizo, frenaban el movimiento, y se terminó por la
adhesión de la mayoría de los obreros del Jura al socialismo revolucionario. En
varias ocasiones, Bakunin fue al Jura a ayudar con su palabra a los que
luchaban contra lo que él llamaba «la reacción enmascarada de cooperación».
Este fue el origen de la amistad que contrajo con los militantes de esta región.
En Ginebra misma, un conflicto entre los obreros de la construcción,
socialistas revolucionarios de instinto y los obreros relojeros y joyeros,
llamados de la «fábrica», que querían participar en las luchas electorales y
aliarse a los políticos radicales, se terminó, gracias a Bakunin, que hizo en
L´Egalité una enérgica campaña, exponiendo, en una serie de brillantes
artículos, el programa de la «política de la Internacional», con la victoria,
desgraciadamente momentánea, del elemento revolucionario. Las secciones de la
Internacional en Francia, Bélgica y España marchaban de acuerdo con la de la
Suiza francesa, y podía preverse que en el próximo congreso general de la
Asociación el colectivismo reuniría la gran mayoría de los sufragios.
El Consejo General de Londres no había querido
admitir la Alianza Internacional de la Democracia Socialista como rama de la
Internacional por el motivo de que la nueva sociedad constituía un segundo
cuerpo internacional y que su presencia en la Internacional sería causa de
desorganización. Uno de los motivos que habían dictado esta decisión era la
malquerencia de Marx respecto a Bakunin, en quien el ilustre comunista alemán
creía ver un «intrigante» que
quería «destruir la Internacional y transformarla
en su instrumento». Pero, independientemente de los senti-mientos personales de
Marx, es cierto que la idea de crear, al lado de la Internacional una segunda
organización, era una idea desgraciada, como le hicieron notar amigos belgas y
jurasianos a Bakunin. Convencido por sus razones, reconoció la rectitud de la
decisión del Consejo General. En consecuencia, el Bureau Central de la Alianza,
tras haber consultado a los miembros de esta organización, se pronunció, de
acuerdo con ellos, por la disolución. El grupo local constituido en Ginebra se
transformó en una simple sección de la Internacional, y fue entonces admitida
como tal por el Consejo General (julio de 1869).
En el cuarto congreso general de Basilea (6 al 12
de septiembre de 1869), la casi unanimidad de los delegados de la Internacional
se pronunció por la propiedad colectiva, pero ya entonces pudo constatarse allí
que había dos corrientes distintas aún en esta línea: irnos, los alemanes,
suizos, ingleses, eran comunistas de Estado; otros, los belgas, suizos
franceses, españoles y casi todos los franceses, eran comunistas
antiautoritarios, o federalistas, o anarquistas, que tomaron el nombre de
colectivistas. Bakunin pertenecía, naturalmente, a esta segunda fracción, en la
que se contaban, entre otros, el belga De Pæpe y el parisino Varlin 68.
(...) La organización secreta fundada en 1864 se
había disuelto en enero de 1869 tras una crisis interior, pero varios
Sobre
César de Pæpe, hablaremos más adelante. Eugége Varlin (1839-1871),
internacionalista y comunero francés, fue fusilado en la calle des Rosiers el
28 de mayo de 1871 por la contrarrevolución de Versalles.
de sus miembros habían continuado las relaciones
entre sí, y a su grupo íntimo se habían unido algunos reclutados nuevos suizos,
españoles, franceses, entre otros Varlin. Esta libre unión de hombres que
entraban en contacto para la acción colectiva en una fraternidad revolucionaria
debía —se creía— dar más fuerza y cohesión al gran movimiento del que era
expresión la Internacional.
En el verano de 1869, un amigo de Marx había
reproducido en la Zukunft de Berlín la vieja calumnia de que «Bakunin era un
agente del gobierno ruso», y Liebknecht69 había repetido este aserto en varias
circunstancias. A este último, que había llegado a Basilea con ocasión del
Congreso, Bakunin le invitó a dar razón de sus afirmaciones ante un jurado de
honor. Por unanimidad, el jurado declaró que Liebknecht había actuado con
ligereza culpable, y remitió a Bakunin una declaración escrita y firmada por
sus miembros. Liebknecht reconocía que había sido inducido a error, tendió la
mano a Bakunin y éste, ante todos, quemó la declaración del jurado, con la que
encendió su puro.
Tras el congreso de Basilea, Bakunin abandonó
Ginebra y se retiró a Locarno (Tessin). Esta resolución le había sido dictada
por motivos estrictamente privados, uno de los cuales era la necesidad de
residir en una ciudad en que la vida estuviese barata y donde pudiese darse con
toda tranquilidad a los trabajos de traducción que contaba hacer para un editor
de San Petersburgo (se trataba, en primer lugar, de una traducción del primer
volumen de El capital, de Marx, aparecido en 1867). Pero la marcha de Bakunin
de
Wilhelm
Liebknecht (1826-1900), introductor del marxismo en Alemania, fundador de la
socialdemocracia en el Congreso de Eisenach (1869).
Ginebra dejó desgraciadamente el campo libre a los
intrigantes políticos, que, asociándose a las maniobras de un emigrado ruso,
Nicolás Outline, demasiado conocido por el triste papel que ha tenido en la
Internacional como para que tengamos que caracterizarle aquí, lograron en pocos
meses desorganizar la Internacional ginebrina, tomando los puntos claves de
ella y ocupando la redacción de L´Egalité.
Marx, a quien sus rencores y sus mezquinos celos
contra Bakunin cegaban completamente, no tuvo reparos en bajarse a cambalachear
alianzas con Outline y la clique de los políticos pseudo- socialistas de
Ginebra, los hombres del «Templo Único» 70, a la vez que, mediante una
Comunicación confidencial (28 de marzo de 1870) enviada a sus amigos de
Alemania, trataba de destrozar la imagen de Bakunin ante los demócratas
socialistas alemanes, presentándole como agente del partido paneslavista, del
que recibía —afirmaba Marx— veinticinco mil francos anuales.
Las intrigas de Outline y de sus fieles genoveses
llegaron a provocar una escisión en la Federación Romanda, la cual se separó,
en abril de 1870, en dos fracciones, de las cuales una, de acuerdo con los
internacionalistas de Francia, de Bélgica y de España, se pronunció por la
política revolucionaria, declarando que «toda participación de la clase obrera
en la política burguesa gubernamental no puede tener otros resultados que la
consolidación del orden de cosas existente», mientras que la otra fracción «profe-saba
la intervención política y las candidaturas obreras». El Consejo General de
Londres así como los alemanes y los
Era este
el nombre del local en el que se reunía por aquel entonces la Internacional
ginebrina, antiguo templo perteneciente a la masonería (nota de James
Guillaume).
suizos alemanes, tomaron parte a favor de la
segunda de estas fracciones (fracción de Outline y del Templo Único), mientras
que los franceses, los belgas y los españoles apoyaron la otra fracción
(fracción del Jura).
Bakunin, en este momento, estaba completamente
absorbido por los asuntos rusos. En la primavera de 1869 ya había entrado en
relación con Netchaiev 71; creía entonces en la posibilidad de organizar en
Rusia un amplio movimiento de campesinos (...). Fue entonces la época en que
escribió en ruso el manifiesto titulado Algunas palabras a nuestros hermanos de
Rusia, así como el folleto La ciencia y la causa revolucionaria actual.
Netchaiev había vuelto a Rusia, pero hubo de escaparse de nuevo tras el arresto
de casi todos sus amigos y la destrucción de su organización, habiendo vuelto a
Suiza en enero de 1870. Exigía de Bakunin que éste abandonase la comenzada
traducción de El capital para consagrarse enteramente a la propaganda
revolucionaria rusa (... ). Bakunin escribió en ruso el epítome titulado A los
oficiales del ejército ruso, y en francés, el que llevaba por título Los osos
de Berna y el oso de San Petersburgo; hizo aparecer también algunos números de
una nueva serie del Kolokol, y desplegó durante algunos meses una gran
actividad, pero acabó por darse cuenta de que Netchaiev quería servirse de él
como de un simple instru-mento, y había recurrido, para asegurarse una
dictadura personal, a procedimientos jesuíticos. Tras una explicación
Serge
Netchaiev (1847-188), joven revolucionario ruso, encontró, sedujo e influenció
a Bakunin en Suiza, haciéndole compartir, durante algún tiempo, sus ideas
terroristas y nihilistas. Extradito, murió en prisión en Rusia tras un largo
cautiverio.
El
periódico Kolokol (La campana) era publicado en Occidente por el revolucionario
ruso Alexandre Herzen (1812-1870).
decisiva que tuvo lugar en Ginebra en julio de
1870, rompió completamente con el joven revolucionario. Había sido víctima de
su confianza demasiado grande, y de la admiración que le había inspirado al
comienzo la energía salvaje de Netchaiev. «No hay ni que decir —escribe Bakunin
a Ogareff tras esta ruptura— que hemos jugado el papel de idiotas. ¡Cuánto se
mofaría Herzen de nosotros dos si estuviese ahí, y qué razón tendría! Pues
bien: ya no hay que hacer sino tragar la amarga píldora que nos hará más des-piertos
de ahora en adelante» (2 de agosto de 1870).
Mientras tanto, la guerra entre Alemania y Francia
acababa de estallar, y Bakunin siguió sus avatares con un interés apasionado,
una fiebre intensa: «Tú no eres más que ruso, escribía el 11 de agosto a
Ogareff, mientras que yo soy internacional». A sus ojos, el aplastamiento de
Francia por la Alemania feudal y militar significaba el triunfo de la
contrarrevolución, y este aplastamiento no podía ser evitado más que apelando
al pueblo francés a levantarse en masa, a un tiempo para que se alzase contra
el invasor extranjero y para desembarazarse de los tiramos interiores que le
mantenían en la servidumbre económica y política. Así escribía a sus amigos
socialistas de Lyon:
«El movimiento patriótico de 1792 no es nada en
comparación con el que debéis vosotros hacer ahora, si queréis salvar a
Francia. Así, pues, levantaros, amigos, al canto de La Marsellesa, que vuelve a
ser hoy el canto legítimo de Francia, siempre palpitante de actualidad, el
canto de la libertad, el canto del pueblo, el canto de la humanidad, pues la
causa de Francia ha llegado a ser, en fin, la causa de la humanidad. Haciendo
patriotismo, salvaremos
la libertad universal. ¡Ah!, si yo fuese joven, no
escribiría cartas, estaría entre vosotros.»
Un corresponsal del Volksstaat (el periódico de
Liebknecht) había escrito que los obreros parisinos eran «indiferentes a la
guerra actual». Bakunin se indigna de que se les pueda predicar una apatía que
sería criminal, y escribe, para demostrar que ellos no pueden desinteresarse de
la invasión alemana, que deben defender absolutamente su libertad contra las
bandas armadas del despotismo prusiano:
«¡Ah!, si Francia hubiese sido invadida por un
ejército de proletarios, alemanes, ingleses, belgas, españoles, italianos,
portando la bandera del socialismo revolucionario y anunciando al mundo la
emancipación final del trabajo, yo hubiera sido el primero en gritar a los
obreros de Francia: «Abridles vuestros brazos, son vuestros hermanos, uníos a
ellos para barrer los restos podridos del mundo burgués.” Pero la invasión que
hoy deshonra a Francia es una invasión aristócrata, monárquica y militar. Al quedar
pasivos ante la invasión, los obreros franceses no traicionarán tan sólo su
propia libertad, sino que, además, traicionarán la causa del proletariado del
mundo entero, la causa sagrada del socia-lismo revolucionario.» Las ideas de
Bakunin sobre la situación y los medios a emplear para salvar a Francia y la
causa de la libertad fueron expuestas por él en un breve escrito que apareció,
sin nombre de autor, en septiembre, bajo el título de Cartas a un francés sobre
la crisis actual.
El 9 de septiembre de 1870 abandonó Locarno para
residir en Lyon, a donde llegó el 15. Un Comité de Salvación de Francia, del
que fue el miembro más activo y más decidido,
se organizó en seguida para realizar un
levantamiento revolucionario. El programa de este movimiento fue publicado el
26 de septiembre en un cartel rojo que llevaba las firmas de los delegados de
Lyon, de Saint-Etienne, de Tarare, de Marseille. Bakunin, aunque extranjero, no
dudó en añadir su firma a la de sus amigos, a fin de compartir los peligros y
su responsabilidad. El cartel, tras haber declarado que «la máquina
administrativa y gubernamental del Estado, al llegar a ser impotente, quedaba
abolida», y que «el pue-blo de Francia entraba en plena posesión de sí mismo»,
proponía la formación, en todas las comunas federadas, de comités de salvación
de Francia y el envío inmediato a Lyon de dos delegados de cada comité de
cabecera de departamento, «para formar la Convención revolucionaria de
salvación de Francia». Un movimiento popular, el 28 de septiembre, puso a los
revolucionarios en posesión del Ayuntamiento de Lyon, pero la traición del
general Cluseret, la cobardía de algunos de aquellos en quienes el pueblo había
depositado su confianza, hicieron fracasar esta tentativa. Bakunin, contra el
cual Andrieux, procurador de la República, había lanzado un mandato de arresto,
logró llegar hasta Marsella, en donde estuvo durante algún tiempo escondido,
tratando de preparar un nuevo movimiento. Durante este tiempo, las autoridades
francesas hicieron correr la especie de que era un agente pagado de Prusia, y
de que el gobierno de la defensa nacional tenía prueba de ello; por su parte,
el Volkstaat de Liebknecht imprimía estas líneas a propósito del movimiento del
28 de septiembre y del programa del cartel rojo: «No hubiera sido posible un
bureau de prensa mejor en Berlín para servir a los intereses de Bismarck.»
El 24 de octubre, desesperando de Francia, Bakunin
abandonaba Marsella, a bordo de un navío cuyo capitán era amigo de sus amigos,
para volver por Génes y Milán a Locarno. El día de antes, escribía a un
socialista español, Sentiñón, que había venido a Francia con la esperanza de
mezclarse en el movimiento revolucionario:
«El pueblo de Francia no es ya revolucionario del
todo. El militarismo y el burocratismo, la arrogancia nobiliaria y el
jesuitismo protestante de los prusianos, aliados tiernamente al knout de mi
querido soberano y dueño, el emperador de todas las Rusias, van a triunfar
sobre el continente de Europa, sabe Dios por cuantas décadas. ¡Adiós todos
nuestros sueños de emancipación próxima!»
El movimiento que estalló en Marsella el 31 de
octubre, siete días después de la marcha de Bakunin, no hizo sino confirmarlo
en su pronóstico pesimista: la Comuna Revolucionaria, que se había instalado en
el Ayuntamiento con la noticia de la capitulación de Bazaine, no pudo
mantenerse más que cinco días, y abdicó el 14 de noviembre entre las manos del
comisario Alphonse Gent, enviado por Gambetta.
Vuelto a Locarno, donde pasó todo el invierno en la
soledad, luchando contra la pobreza y la desesperación, Bakunin escribió la
continuación de sus Cartas a un francés, un análisis de la nueva situación en
Europa, que apareció en la primavera de 1871 con el título característico de El
imperio knouto-germánico y la revolución social 72. La noticia
El
adjetivo «knouto» viene de la palabra rusa «knot», especie de fusta. Por
analogía, la palabra «knouto» se utiliza aquí al imperio (dictatorial) de
alemanes y rusos, ambos coincidentes según Bakunin en su látigo. (N. del T.)
de la insurrección parisina del 18 de marzo vino a
desmentir en parte sus sombríos pronósticos, al mostrar que el proletariado
parisino, al menos, había conservado su energía y su espíritu de revuelta. Pero
el heroísmo del pueblo de París iba a ser impotente para galvanizar a una
Francia agotada y vencida; las tentativas hechas en varios puntos de provincias
para generalizar el movimiento comunalista, fracasaron; los valientes
insurgentes parisienses fueron, en fin, aplastados en masa, y Bakunin, que había
venido (el 27 de abril) al medio de sus amigos del Jura para encontrarse más
próximo a la frontera francesa, hubo de volver a Locarno sin haber podido
actuar (primero de junio).
Pero esta vez no se dejó llevar por el desaliento.
La Comuna de París, objeto de furibundos odios por parte de todos los
reaccionarios unidos, había alumbrado en los corazones de todos los explotados
una luz de esperanza73; el proletariado universal saludaba, en el pueblo
heroico cuya sangre acababa de correr a raudales por la emancipación humana, al
«Satán moderno, al gran revolucionario, vencido pero no pacificado», según la
expresión de Bakunin. El patriota italiano Mazzini había unido su voz a los que
maldecían París y la Internacional; Bakunin escribió la Respuesta de un
internacional a Mazzini, que apareció al mismo tiempo en italiano y en francés
(agosto de 1871). Este escrito tuvo un enorme eco en Italia y produjo en la
juventud y entre los obreros de este país un movimiento de opinión que dio
nacimiento, antes del final de 1871, a numerosas secciones de la Internacional.
Un segundo escrito, La teología política de Mazzini y la Internacional,
Véase,
más adelante, en el tomo II, el escrito de Bakunin sobre la Comuna de París.
acabó la obra comenzada, y Bakunin, que mediante el
envío de Fanelli a España, en 1868, había sido el creador de la Internacional
española, se encontró, por su polémica contra Mazzini en 1781, como creador de
esta Internacional italiana que iba a lanzarse con tanto ardor a la lucha, no
solamente contra la dominación de la burguesía sobre el proletariado, sino
contra la tentativa de los hombres que en ese momento deseaban instaurar el
principio de autoridad en la Asociación Internacional de Trabajadores.
La escisión en la Federación Romanda, que hubiera
podido acabar con una reconciliación si el Consejo General de Londres lo
hubiese querido, y si su agente Outine hubiese sido menos pérfido, se había
agravado llegando a ser irremediable. En agosto de 1870, Bakunin y tres de sus
amigos habían sido expulsados de la sección de Ginebra porque habían
manifestado sus simpatías por los jurasianos. Poco después de la guerra de
1870-71, agentes de Marx vinieron a Ginebra para reavivar las discordias; los
miembros de la sección de la Alianza creyeron dar una prueba de sus intenciones
pacíficas pronunciando la disolución de su sección, pero el partido de Outine y
de Marx no abandonó sus provocaciones: una nueva sección, llamada de propaganda
y de acción revolucionaria socialista, constituida en Ginebra por los
refugiados de la Comuna, y en la que habían entrado los antiguos miembros de la
sección de la Alianza, vio rechazada su admisión por el Consejo General. En
lugar de un congreso general de la Internacional, el Consejo General, llevado
por Marx y su amigo Engels, convocó en Londres, en septiembre de 1871, una
conferencia secreta, compuesta casi exclusivamente de
partidarios de Marx, y a la que éste hizo tomar
decisiones que destruían la autonomía de las secciones y federaciones de la
Internacional, dando al Consejo General una autonomía contraria a los estatutos
fundamentales de la Asociación. La Conferencia pretendió al mismo tiempo
organizar, bajo la dirección de este Consejo, lo que llamaba «la acción
política de la clase obrera».
Había urgencia de no dejar absorber la
Internacional, vasta federación de grupos organizados para luchar en el terreno
económico contra la explotación capitalista, por un pequeño grupo de sectarios
marxistas y blanquistas. Las secciones del Jura, unidas a la sección de
propaganda de Ginebra, se constituyeron el 12 de noviembre de 1871 en
Sonvilier, en una federación jurasiana, y dirigieron a todas las federaciones
de la Internacional una circular para invitarlas a unirse a ella a fin de
resistir a los embites del Consejo General y a reivindicar enérgicamente su
autonomía.
«La sociedad futura —decía la circular— no debe ser
otra cosa que la universalización de la organización que la Internacional se
autoconfiesa. Debemos, pues, cuidar acercar lo más posible esta organización a
nuestro ideal. ¿Cómo sería posible que una sociedad igualitaria y libre saliera
de una organización autoritaria? Es imposible. La Internacional, embrión de la
futura sociedad humana, ha de ser, desde ahora, la imagen fiel de nuestros
principios de libertad y federación, habiendo de rechazar de su seno todo
principio que tienda a la autoridad y a la dictadura.»
Bakunin acogía con entusiasmo la circular de
Sonvilier, y se empleó con la mayor actividad en propagar los principios de
ella en las secciones italianas. España, Bélgica, la mayor
parte de las secciones reorganizadas de Francia,
pese a la reacción de Versalles, bajo la forma de grupos secretos, la mayoría
de las secciones de Estados Unidos, se pronunciaron en el mismo sentido que la
federación jurasiana, y pronto pudo asegurarse que la tentativa de Marx y de
sus aliados por establecer su dominación en la Internacional sería rechazada.
La primera mitad de 1872 fue marcada por una «Circular confidencial» del
Consejo General, obra de Marx, impresa en un panfleto titulado Las pretendidas
escisiones de la Internacional. Los principales militantes del partido
autonomista o federalista eran allí atacados personalmente y difamados, y las
protestas que se habían elevado de todas partes contra ciertos actos del
Consejo General eran presentadas como resultado de una intriga urdida por los
miembros de la antigua Alianza Internacional de la Democracia Socialista, que,
bajo la dirección del «papa misterioso de Locarno», trabajaban para destruir la
Internacional. Bakunin calificó esta circular como ella merecía, al escribir a
sus amigos: «La espada de Damocles con que se nos ha amenazado tantas veces
acaba de caer por fin sobre nuestras cabezas. No es, empero, una espada, sino
el arma habitual del señor Marx, un montón de basura.»
Bakunin pasó el verano y el otoño de 1872 en
Zurich, en donde fundó (agosto), por su iniciativa, una sección eslava
compuesta casi exclusivamente por estudiantes rusos y serbios, que se
adhirieron a la federación jurasiana de la Internacional. Desde mediados de
abril, se puso en relación desde Locarno con algunos jóvenes rusos que vivían
en Suiza, y les había organizado en un grupo secreto de acción y
de propaganda (...). Un conflicto con Pierre
Lavroff 74 y disensiones personales entre algunos de sus miembros, acarrearon
la disolución de la sección eslava de Zurich en 1873.
Mientras tanto, el Consejo General se había
decidido a convocar un congreso general para el 2 de septiembre de 1872, pero
como sede del congreso eligió La Haya, a fin de poder más fácilmente llevar
allí, desde Londres, a gran número de delegados previstos de mandatos de
complacencia o ficticios, devotos todos ellos a su política, y con el fin
también de hacer más difícil el acceso al congreso de los delegados de las
federaciones alejadas, e imposible a Bakunin. La federación italiana,
recientemente constituida, se abstuvo de enviar delegados; la federación
española envió cuatro; la federación jurasiana, dos; la federación belga,
siete; la federación holandesa, cuatro; la federación inglesa, cinco. Estos
veintiún delegados, únicos verdaderos representantes de la Internacional,
formaron el núcleo de la minoría. La mayoría, en número de cuarenta hombres, no
representaba en realidad más que a su propia persona y estaba decidida de
antemano a ejecutar todo lo que le dictara la camarilla de la que Marx y Engels
eran los jefes. El único acto del congreso de La Haya del que hablamos aquí fue
la expulsión de Bakunin, expulsión que fue decretada el último día (7 de
septiembre), cuando ya un tercio de los delegados había partido, por
veintisiete síes contra siete votos negativos y ocho abstenciones. Los motivos
alegados
Pierre
Lavroff (1823-1900), profesor de matemática que pasó a ser revolucionario
antiestatista. Evadido de Siberia, llegó a París, simpatizó con la Comuna y
permaneció luego en Suiza, más tarde en Londres, hasta que volvió finalmente a
París, lugar en el cual murió.
por Marx y sus partidarios para pedir, tras una
irrisoria fachada de tribunal a puerta cerrada compuesto por una comisión de
cinco miembros, la expulsión de Bakunin, eran los siguientes:
«Que está probado, por un proyecto de estatuto y
por cartas firmadas por Bakunin, que este ciudadano ha tratado de fundar —y
acaso lo haya logrado— una sociedad llamada la Alianza, con Estatutos
completamente diferentes desde el punto de vista político de los de la
Asociación Internacional de Trabajadores; que el ciudadano Bakunin se ha
servido de maniobras fraudulentas para apropiarse de todo o parte de la fortuna
de otros, lo que constituye el hecho de fraude; que, además, el o sus agentes
han recurrido a la intimidación para hacer cumplir sus compromisos.» En esta
segunda parte del acta de acusación marxista, se hace alusión a los trescientos
rublos recibidos en concepto de adelanto por Bakunin por la traducción de El
capital, y a la carta escrita por Netchaiev al editor Poliakof, que
anteriormente he calificado de asesinato moral.
Pronto fue publicada una protesta contra esta
infamia por un grupo de emigrados rusos. He aquí los principales pasajes de la
misma:
«Génova y Zurich, 4 de octubre de 1872.— Se ha
osado lanzar contra nuestro amigo Miguel Bakunin la acusación de fraude y
chantaje. Nosotros no creemos ni necesario ni oportuno discutir aquí los
pretendidos hechos sobre los cuales se ha creído poder apoyar la extraña
acusación realizada contra nuestro compatriota y amigo. Estos hechos nos son
bien conocidos, hasta en sus más mínimos detalles, y consideramos un deber
restablecerlos a sus límites de
verdad tan pronto nos sea posible hacerlo. Ahora no
podemos hacerlo debido a la infortunada situación de otro compatriota, que no
es en absoluto nuestro amigo, pero cuya persecución por parte del gobierno ruso
en estos mismos momentos nos lo hace sagrado 75. El señor Marx, cuya habilidad
no queremos, por otra parte, dudar, ha calculado mal, al menos en esta ocasión.
Los corazones honestos de todos los países no experimentarán sino indignación y
disgusto en presencia de una intriga tan gro-sera y de una violación tan
flagrante de los principios más simples de la justicia. En cuanto a Rusia,
podemos asegurar al señor Marx que todas sus maniobras serán siempre algo que
caerá allí en saco roto. Bakunin es allí demasiado estimado y conocido como
para que la calumnia pueda afectarle...» (seguían ocho firmas).
Al día siguiente del congreso de La Haya, otro
congreso internacional se reunió en Saint-Imier (Jura suiza), el 15 de
septiembre: comprendía los delegados de las federaciones italiana, española y
jurasiana, y representantes de secciones francesas y americanas. Este congreso
declaró por unanimidad «rechazar absolutamente todas las decisiones del
congreso de La Haya y no reconocer en modo alguno los poderes del nuevo Consejo
General nombrado por el», Consejo que había sido transferido a Nueva York. La
federación italiana había confirmado de antemano las resoluciones de
Saint-Imier, por sus votos emitidos en la conferencia de Rimini el 4 de agosto;
la federación jurasiana las confirmó en un congreso especial, tenido el mismo
día 15
Netchaiev
acababa de ser arrestado en Zurich el 14 de agosto de 1872; fue extradito desde
Suiza a Rusia el 27 de octubre de 1872 (nota de James Guillaume).
de septiembre; la mayoría de las secciones
francesas se apresuraron a manifestar su entera aprobación; la federación
española y la federación belga confirmaron a su vez estas resoluciones en sus
congresos habidos en Córdoba y en Bruselas durante la Navidad de 1872; la
federación americana hizo lo mismo en la sección de su Consejo Federal (Nueva
York, Spring Street), del 19 de enero de 1873, y la federación inglesa, en que
se encontraban los dos antiguos amigos de Marx, Eccarius y Jung 76, a quienes
los proce-dimientos de Marx llevaron a separarse de él 77, en su congreso del
26 de enero de 1873. El Consejo General de Nueva York, queriendo hacer uso de
los poderes que le fueran concedidos en el congreso de La Haya, pronunció el 5
de enero de 1873 la «suspensión» de la federación jurasiana, declarada rebelde;
semejante acto tuvo tan sólo por resultado el que la federación holandesa, que
desde el comienzo había querido mantenerse neutral, salió de su reserva y se
unió a las otras siete federaciones de la In-ternacional, declarando el 14 de
febrero de 1873 que no reconocía la suspensión de la federación jurasiana.
La publicación, por Marx y el pequeño grupo que le
había quedado fiel, en la segunda mitad de 1873 de un panfleto lleno de
groseras alteraciones de la verdad, bajo el título de la Alianza de la
Democracia Socialista y la Asociación
Jean-Georges
Eccarius (1818-1889), obrero tallador alemán, miembro de la Liga de los
comunistas, luego, a partir de 1864, en Londres, de la Internacional, siendo
secretario del Consejo General desde 1867 a 1871. Rompió con Marx en la
escisión de La Haya en 1872. Aunque no anarquista, se unió a la Internacional
«antiautoritaria», Hermann Jung (1805-1870), relojero suizo establecido en
Londres, amigo de Marx, tesorero del Consejo General de la Internacional.
Los
blanquistas se habían separado de Marx desde el 6 de septiembre, en el Congreso
de La Haya, acusándole de haberles traicionado (nota de James Guillaume).
Internacional de Trabajadores, solamente logró
provocar el disgusto de quienes leyeron esta triste producción llena de odio
ciego.
El 1 de septiembre de 1873 se abría en Ginebra el
sexto congreso general de la Internacional: las federaciones de Bélgica,
Holanda, Italia, España, Francia, Inglaterra y el Jura suizo estaban
representadas allí; los socialistas lasalleanos de Berlín habían enviado un
mensaje de simpatía firmado por Hasenclever y Hasselmann. El congreso se ocupó
de la revisión de los estatutos de la Internacional, pronunció el acuerdo de la
supresión del Consejo General e hizo de la Internacional una libre federación
sin ninguna autoridad dirigente a su cabeza:
«Las federaciones y secciones que componen la
Asociación —dicen los nuevos estatutos (artículo 3)— conservan su completa
autonomía, es decir, el derecho a organizarse según su voluntad, de administrar
sus propios asuntos sin ninguna injerencia exterior y de determinar ellas
mismas la marcha que esperan seguir para llegar a la emancipación del trabajo.»
Bakunin estaba fatigado por una larga vida de
luchas; la cárcel le había envejecido prematuramente, su salud estaba
seriamente dañada, y ahora aspiraba al descanso y a la retirada. Cuando vio a
la Internacional reorganizada por el triunfo del principio de libre federación,
pensó que había llegado el momento de alejarse de sus compañeros, dirigiendo
entonces a los miembros de la federación jurasiana una carta (publicada el 12
de octubre de 1873) para rogarles que aceptasen su dimisión como miembro de
la federación jurasiana y como miembro de la
Internacional, añadiendo:
«Ya no tengo las fuerzas necesarias para la lucha:
no sería en el campo del proletariado más que un estorbo, y no una ayuda. Así
pues, me retiro, compañeros queridos, lleno de reconocimiento hacia vosotros y
de simpatía por vuestra grande y santa causa, la causa de la humanidad. Seguiré
como hasta ahora con una ansiedad fraternal todos vuestros pasos, y saludaré
con alegría cada uno de vuestros triunfos nuevos. Hasta la muerte, seré
vuestro.»
Y no le quedaban ni siquiera tres años para seguir
viviendo.
Su amigo, el revolucionario italiano Carlo
Cafiero78, le dio hospitalidad en una quinta que acababa de comprar cerca de
Locarno. Allí, Bakunin vivió hasta mediados de 1874, exclusivamente absorbido
—parecía— por este nuevo género de vida en el que al fin encontró la
tranquilidad, la seguridad y un bienestar relativo. Sin embargo, no dejó de
considerarse ni aun ahora un soldado de la revolución. Habiendo preparado sus
amigos italianos un movimiento insurreccional, se acercó a Bolonia (julio de
1874), para tomar parte en el, pero el movimiento, mal combinado, abortó, y
Bakunin hubo de volver a Suiza pese a su disgusto.
(...) En 1875, Bakunin no era ya más que la sombra
de sí mismo. En el mes de junio del año 1876, y con la esperanza de encontrar
algún alivio para sus males, abandonó Lugano
Cfr. tomo
II; Cario Cafiero (1846-1892), anarquista italiano al principio amigo de Marx,
luego discípulo de Bakunin, y por fin comunista libertario con Kropotkin,
Elíseo Reclús, etc.
para ir a Berna, lugar al que llegó el 14 de junio.
A su amigo el doctor Adolf Vogt le dijo: «Vengo aquí para que me cures, o para
morir» (...) Expiró el primero de julio, a mediodía.
¿QUIEN SOY YO?» 79
Yo no soy ni un sabio ni un filósofo, ni siquiera
un escritor de oficio. He escrito muy poco en mi vida, y solamente lo he hecho,
por decirlo así, a pelo, cuando una convicción apasionada me forzaba a vencer
mi repugnancia instintiva contra toda exhibición de mi propio y en público.
¿Quién soy yo, pues, y qué es lo que me impulsa
ahora a publicar este trabajo? Yo soy un buscador apasionado de la verdad, y un
enemigo no menos apasionado de las ficciones desgraciadas con que el partido
del orden, ese representante oficial, privilegiado e interesado en todas las
torpezas religiosas, metafísicas, políticas, jurídicas, económicas y sociales,
presentes y pasadas, pretende servirse todavía hoy para dominar y esclavizar al
mundo.
Yo soy un amante fanático de la libertad, a la que
considero como el único medio en el seno de la cual pueden desarrollarse y
agrandarse la inteligencia, la dignidad y la felicidad de los hombres. No de
esa libertad formal, otorgada, medida y reglamentada por el Estado, mentira
eterna y que en realidad no representa nunca a nada más que al privilegio de
algunos fundado sobre la esclavitud de todos; no de esa libertad
individualista, egoísta, mezquina y
El título
es nuestro. Extracto de La Comuna de París y la noción de Estado, en Oeuvres,
IV, pp. 219 y ss.
ficticia pregonada por la escuela de J. J.
Rousseau, así como por todas las demás escuelas del liberalismo burgués y que
considera el sedicente derecho de todos, representado por el Estado, como el
límite del derecho de cada uno, lo que lleva necesariamente y siempre a la
reducción del derecho de cada uno.
No; yo defiendo la única libertad digna de este
nombre, la libertad que consiste en el pleno desarrollo de todas las potencias
materiales, intelectuales y morales que se encuentran latentes en cada uno; la
libertad que no reconoce otras restricciones que las que nos son trazadas por
las leyes de nuestra propia naturaleza, de suerte que para hablar con propiedad
no hay restricciones, porque estas leyes no nos son impuestas por ningún
legislador de fuera, al lado o por encima de nosotros, sino que nos son inmanentes,
inherentes, constituyen la base misma de todo nuestro ser, tanto material como
intelectual y moral. Así, pues, en lugar de encontrar en ellas un límite,
debemos considerarlas como las condiciones reales y como la razón efectiva de
nuestra libertad.
Yo entiendo esta libertad de cada uno como algo
que, lejos de ser un límite a la libertad del otro, encuentra por el contrario
en esa libertad del otro su confirmación y su extensión al infinito; la
libertad ilimitada de cada uno por la libertad de todos, la libertad por la
solidaridad, la libertad en la igualdad; la libertad que triunfa de la fuerza
bruta y del principio de autoridad que no fue nunca más que la expresión ideal
de esta fuerza; la libertad que, tras haber roto todos los ídolos celestes y
terrestres, fundará y organizará un mundo nuevo, el de la humanidad solidaria,
sobre las ruinas de todas las Iglesias y de todos
los Estados.
Yo soy un partidario convencido de la igualdad
económica y social, porque sé que fuera de esta igualdad, la libertad, la
justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los individuos,
así como la prosperidad de las naciones no serán nunca nada más que mentiras.
Pero, como partidario de la libertad, que es la condición primera de la
humanidad, pienso que la igualdad debe establecerse en el mundo por la
organización espontánea del trabajo y de la propiedad colectiva de las
asociaciones productivas libremente organizadas y federadas en las comunas, y
por la federación igualmente espontánea de las comunas, pero no por la acción
suprema y tutelar del Estado.
Este es el punto que divide principalmente a los
socialistas o colectivistas revolucionarios de los comunistas autoritarios
partidarios de la iniciativa absoluta del Estado. Su fin es el mismo, pues uno
y otro partido quieren igualmente la creación de un orden social nuevo fundado
únicamente sobre la organización del trabajo colectivo, inevitablemente
impuesto a cada uno y a todos por la fuerza misma de las cosas, sobre
condiciones económicas iguales para todos, y sobre la apropiación colectiva de
los instrumentos de trabajo.
Pero los comunistas se imaginan que podrán llegar a
esto por el desarrollo y la organización del poder político de las clases
obreras, y principalmente del proletariado de las ciudades, con el apoyo del
radicalismo burgués, mientras que los socialistas revolucionarios, enemigos de
todo pacto y de toda alianza equívocas, piensan por el contrario que no pueden
llegar a su meta más que por el desarrollo y la
organización del poder no político, sino social, y
por consiguiente antipolítico de las masas obreras, tanto de las ciudades como
de los campos, incluidos todos los hombres de buena voluntad de las clases
superiores que, rompiendo con todo su pasado, quisieran francamente unirse a
ellos y aceptar integralmente su programa.
Así pues, dos métodos diferentes. Los comunistas
creen deber organizar las fuerzas obreras para alcanzar el poder político de
los Estados. Los socialistas revolucionarios se organizan para la destrucción,
o, si se quiere una palabra más pulida, para la liquidación de los Estados. Los
comunistas son partidarios del principio y de la práctica de la autoridad, los
socialistas revolucionarios no tienen confianza más que en la libertad. Unos y
otros son igualmente partidarios de la ciencia, que debe matar la superstición
y reemplazar la fe. Los primeros, desean imponer esa ciencia; los segundos, se
esforzarán por propagarla, a fin de que los grupos humanos, convencidos, se
organicen y se federen libremente, espontáneamente, de abajo arriba, por su
movimiento propio y conforme a sus reales intereses, nunca según un plan
trazado de antemano e impuesto a las masas ignorantes por algunas inteligencias
superiores.
Los socialistas revolucionarios piensan que existe
mucha más razón práctica y espíritu en las aspiraciones instintivas y en las
necesidades reales de las masas populares, que en la inteligencia profunda de
todos los doctores y tutores de la humanidad que, tras tantas tentativas por
hacerla feliz, pretenden aún seguir haciéndola feliz. Los socialistas
revolucionarios piensan, por el contrario, que la humanidad se ha dejado
gobernar durante mucho tiempo, demasiado
tiempo, y que la fuente de sus males no reside en
tal o cual otra forma de gobierno, sino en el principio y en el hecho mismo del
gobierno, sea cual fuere éste.
Es, en fin, la contradicción, devenida histórica,
que existe entre el comunismo científicamente desarrollado por la escuela
alemana y aceptado en parte por los socialistas americanos e ingleses, por una
parte, y el proudhonianismo largamente desarrollado y llevado a sus últimas
consecuencias, por el otro, aceptado por el proletariado de los países
latinos80.
DIOS Y EL ESTADO (1871) 81
Individuo, sociedad, libertad 82
(...) Salido del estado de gorila, el hombre sólo
llega con muchas dificultades a la conciencia de su humanidad y a la
realización de su libertad. Primero, no puede tener ni esta conciencia, ni esta
libertad; nace bestia feroz y esclavo, y no se humaniza ni emancipa
progresivamente más que en el seno de la sociedad, que es necesariamente
anterior al nacimiento de su pensamiento, de su palabra y de su voluntad; y no
puede hacerlo más que por los esfuerzos
Es
igualmente aceptado, y lo seguirá siendo siempre, por el instinto esencialmente
antipolítico de los pueblos eslavos (nota de Bakunin).
Extractos
sacados del manuscrito de Bakunin El Imperio Knutch germánico y la revolución
social, 1871, en Oeuvres, I, pp. 275-277-278, 281, 287-288, 324-325.
Los
subtítulos son nuestros.
colectivos de todos los miembros pasados y
presentes de esta sociedad que es por consecuencia la base y el punto de
partida natural de su humana existencia. De ello resulta que e] hombre no
realiza su libertad individual o su personalidad más que complementándose con
todos los individuos que le rodean, y sólo gracias al trabajo y al poder
colectivo de la sociedad, fuera de la cual, entre todas las bestias feroces que
existen sobre la tierra, seguiría siendo sin duda, siempre, la más estúpida y
la más miserable. En el sistema de los materialistas que es el único natural y
lógico, la sociedad, lejos de disminuir y de limitar, crea al contrario la
libertad de los individuos humanos. Ella es la raíz, el árbol y la libertad es
su fruto. Por tanto, en cada época, el hombre debe buscar su libertad no al
comienzo, sino al fin de la historia, y puede decirse que la emancipación real
y completa de cada individuo es el verdadero, el gran fin, el supremo fin de la
historia.
La libertad y yo
(...) La definición materialista, realista y
colectivista de la libertad (...) es ésta: el hombre no llega a ser hombre y no
alcanza ni la conciencia ni la realización de su humanidad más que en la
sociedad, y solamente por la acción colectiva de la sociedad entera; se
emancipa del yugo de la naturaleza exterior sólo por el trabajo colectivo o
social, el único capaz de transformar la superficie de la tierra en una morada
favorable al futuro de la humanidad. Y sin esta emancipación material no puede
haber emancipación intelectual y moral para nadie. No puede emanciparse del
yugo de su propia naturaleza, es decir, no puede subordinar los instintos y los
movimientos de su propio cuerpo a la dirección de
su espíritu cada vez más desarrollado quien no está educado e instruido, pero
ambas, educación e instrucción, son cosas eminentemente sociales, pues fuera de
la sociedad seríamos eternamente bestias salvajes o santos, lo que es lo mismo.
En fin, el hombre aislado no puede tener conciencia de su libertad. Ser libre,
para el hombre, significa ser reconocido y considerado y tratado como tal por
otro hombre, por todos los hombres que le rodean. La libertad no es, pues, un
hecho de aislamiento, sino de reflexión mutua, no de exclusión, sino por el
contrario de ligazón, pues la libertad de todo individuo no es más que la
reflexión de su humanidad o de su derecho humano en la conciencia de todos los
hombres libres, sus hermanos, sus iguales.
Yo sólo puedo decirme y sentirme libre en presencia
y frente a otros hombres.
(...) Yo no soy verdaderamente libre más que cuando
todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente
libres. La libertad de otro, lejos de ser un límite o la negación de mi
libertad, es por el contrario su condición necesaria y su confirmación. Yo no
llego a ser verdaderamente libre más que por la libertad de los otros, de
suerte que, cuanto más numerosos son los hombres libres que me rodean, cuanto
más extensa y profunda es su libertad, más extensa y profunda deviene mi propia
libertad. Es por el contrario la esclavitud de los hombres la que pone una
barrera a mi libertad, o, lo que es lo mismo, es su bestialidad la que supone
una negación de mi humanidad porque, digámoslo una vez más, yo no puedo decirme
libre verdaderamente más que cuando mi libertad, o lo que es lo
mismo, cuando mi dignidad de hombre, mi derecho
humano, que consiste en no obedecer a ningún otro hombre y en no determinar mis
actos más que conforme a mis convicciones propias, reflejados por la conciencia
igualmente libre de todos, me vuelven confirmados por el asentimiento de todo
el mundo. Mi libertad personal así confirmada por la libertad de todos se
extiende hasta el infinito.
Estado y Gobierno
(...) No dudo en decir que el Estado es el mal,
pero un mal históricamente necesario, tan necesario en el pasado, como habrá de
serlo tarde o temprano su extinción completa, tan necesario como lo han sido la
bestialidad primitiva y las divagaciones teológicas de los hombres. El Estado
no es la sociedad, sino una forma histórica tan brutal como abstracta. Nacido
históricamente en todos los países del maridaje con la violencia, de la rapiña,
del pillaje, en una palabra, de la guerra y de la conquista, con los dioses
creados sucesivamente por la fantasía teológica de las naciones, ha sido desde
su origen y sigue siéndolo aún la sanción divina de la fuerza brutal y de la
iniquidad triunfante.
(...) La revolución es mucho más fácil contra el
Estado, porque hay en la naturaleza misma del Estado algo que llama a la
revuelta. El Estado es la autoridad, es la fuerza, es la ostentación y la
infatuación de la fuerza. No se insinúa, no trata de convertir, y todas las
veces que se mezcla en algo, lo hace con muy malos modales, pues su naturaleza
no es la de persuadir, sino la de imponer, forzar. Apenas puede
enmascarar esta naturaleza de violador legal de la
voluntad de los hombres, de negador permanente de su libertad. Y aun cuando
mande el bien, le inutiliza y fastidia, precisamente por ello, porque lo manda,
y porque toda orden provoca y suscita las revueltas legítimas de la libertad, y
porque el bien, desde el momento en que es imperado, desde el punto de vista de
la verdadera moral, de la moral humana, no divina, desde el punto de vista del
respeto humano y de la libertad, deviene el mal.
(...) Explotación y gobierno, el primero de los
cuales de los medios para gobernar y constituye la base necesaria así como el
fin de todo gobierno, que a su vez garantiza y legaliza el poder de explotar,
son los dos términos inseparables de todo lo que se llama política. Desde el
comienzo de la historia, ambos han conformado propiamente la vida real de los
Estados: teocráticos, monárquicos, aristocráticos y hasta democráticos.
Anteriormente, y hasta la gran revolución de finales del siglo XVIII, su ligazón
íntima estaba enmascarada con las ficciones religiosas, leales y caballerescas,
pero después de que la mano brutal de la burguesía hubiese desgarrado todos los
velos, por otra parte posiblemente transparentes, después de que su soplo
revolucionario hubiera disipado todas las vagas imaginaciones tras las cuales
la Iglesia y el Estado, la teocracia, la monarquía y la aristocracia habían
podido durante tan largo tiempo y tan tranquilamente realizar sus torpezas
históricas, después de que la burguesía, aburrida de ser yunque llegó también a
su vez a ser martillo, después de que ella inaugurase el Estado moderno, en una
palabra,
después de todo ello esta ligazón fatal ha llegado
a ser para todos una verdad revelada y casi indiscutida.
La explotación es el cuerpo visible, y el gobierno
es el alma del régimen burgués. Y como acabamos de verlo, una y otro, en esta
ligazón tan íntima, son desde el punto de vista teórico así como desde el
práctico, la expresión necesaria y fiel del idealismo metafísico, la
consecuencia inevitable de esta doctrina burguesa que busca la libertad y la
moral de los individuos fuera de la solidaridad social. Esta doctrina lleva al
gobierno, explotador de un pequeño número de felices o elegidos, a la
esclavitud explotada del gran número y, de este modo, a todos, a la negación de
toda moralidad y de toda libertad.
LA SOCIEDAD O FRATERNIDAD INTERNACIONAL
REVOLUCIONARIA (1865)
Los textos que siguen son a la vez los menos
conocidos y tal vez los más importantes de los escritos anarquistas de Bakunin.
No figuran en los seis volúmenes de las obras cuya publicación fue emprendida
por su discípulo James Guillaume entre 1895 y 1913. No han sido aún recogidos
en los Archivos Bakunin, en curso de publicación en los Países Bajos. Sólo se
les encuentra en la monumental biografía de Bakunin escrita a mano, en alemán,
por Max Nettlau 83, y de
Max
Nettlau (1864-1944), nacido en Viena, de nacionalidad alemana, infatigable
historiador e historiógrafo del anarquismo, autor prolijo y erudito de
numerosas obras y artículos, y, sobre todo, de la monumental biografía de
Bakunin.
la que no existen más que raros ejemplares
autografiados en las principales bibliotecas de todo el mundo. Allí están
reproducidos en su lengua original, francés.
Se trata de varios documentos separados. Comportan,
pues, repeticiones. Pero hemos creído nuestro deber el no practicar cortes en
esos textos, al menos en su parte ideológica, así como tampoco hemos tratado de
modificar el orden de su exposición. Esto hubiese desflorado el rico y poderoso
tributo del pensamiento bakuninista. Uno de estos textos se titula Catecismo
Revolucionario. No debe ser confundido con las Reglas en que debe inspirarse el
revolucionario (más conocidas generalmente, pese a todo, con el título de
«Catecismo Revolucionario»), en que se sostiene eso de que «el fin justifica
los medios». La colaboración de Bakunin en este amoral «catecismo» de 1869 es
por otra parte negada hoy, con apoyo de pruebas, por el editor de los Archivos
Bakunin, Arthur Lehning.
Los textos que presentamos ahora han sido
redactados por Bakunin en Italia, en 1865. Constituyen a la vez los estatutos y
el programa de su Sociedad (o Fraternidad) internacional revolucionaria. La
organización se componía de una «familia internacional» y de «familias
nacionales». Los miembros estaban divididos en dos categorías: los «hermanos
activos» y los «hermanos honorarios», según el ejemplo de los carbonarios y de
los francmasones. Sin embargo, parece que la proyectada organización reposó, en
gran medida, sobre el papel.
Como ha observado Arthur Lehning, estos programas y
estatutos traducen más bien la evolución de las ideas de Bakunin, «que el
funcionamiento de una organización». Esto
lo confirma A. Romano cuando afirma que se trataba,
de hecho, «de un pacto secreto entre cuatro o cinco amigos: una alianza
fantasma» 84.
El puñado de hombres que, en Italia, fundaron con
Bakunin la Fraternidad, eran todos, como Giuseppe Fanelli, antiguos discípulos
del republicano Giuseppe Mazzini, en torno al cual habían cogido el gusto y el
hábito de las sociedades secretas. Acababan de separarse de su jefe de escuela,
porque juzgaban caducos a la vez su deísmo y su concepción de una revolución
puramente «política», es decir, burguesa y sin contenido social.
La originalidad del programa de la Fraternidad no
estaba solamente en su contenido socialista e internacionalista, la afirmación
del «derecho de secesión», que será retomada por Lenin, sino también su
inspiración libertaria. Como escribe H. E. Kaminski, «el lanzar las consignas
de la anarquía, representa una réplica al Manifiesto comunista de Marx y
Engels, respecto al cual es inferior en lo que atañe a la argumentación
científica, pero al cual iguala en ardor y entusiasmo revolucionario». Es «el
fundamento espiritual de todo el movimiento anarquista» 85.
Hay en las páginas que siguen una contradicción, al
menos aparente. A veces Bakunin se pronuncia categóricamente por la
«destrucción del estado»: «El Estado —dice— debe ser radicalmente demolido»,
etc.; otras veces, reintroduce la palabra «Estado» en su argumentación. Esta
vez le define como «la unidad central del país», como un órgano
A.
Lehning y A. Romano, en La Premiére Internationale (coloquio de 1964, C.N.R.S.,
1968, pp. 281, 335, 349).
85 H. E.
Kaminski, Bakounine, la vie d ´ u n révolutionnaire, 1938, pp. 213-214.
federativo. Sin embargo, continúa vituperando al
Estado «tutelar, trascendente, centralizado», denunciando «la presión
despóticamente centralizada del Estado». Hay pues, para Bakunin, Estado y
Estado. Se encuentra, por otra parte, la misma ambigüedad en la pluma de
Proudhon, de quien Bakunin ha tomado tanto. La puesta en acusación del Estado
ha sido el tema esencial del pensamiento proudhoniano. Y sin embargo el
Proudhon del período último, el del principio federativo (1863), libro escrito
dos años antes tan sólo del programa de Bakunin, no duda tampoco en emplear la
palabra «Estado» en el mismo sentido federalista y anticentralista que Bakunin
le ha empleado.
El programa de la fraternidad
La sociedad internacional revolucionaria se
constituirá en dos organizaciones diferentes: familia internacional propiamente
dicha y las familias nacionales; estas últimas deberán estar siempre
organizadas de manera que estén en todo momento sometidas a la absoluta
dirección de la familia internacional.
La familia internacional
Únicamente compuesta por hermanos internacionales,
tanto honorarios coipo activos, será ella la clave de Bóveda sobre la cual
descansará nuestra gran empresa revolucionaria. El éxito de ella dependerá, por
tanto, principalmente, de la buena elección de los hermanos internacionales.
Además de las cualidades indispensables
para constituir el carácter revolucionario serio y
honesto, tales como buena fe, valor, prudencia, discreción, constancia,
firmeza, resolución, dedicación sin límite, ausencia de vanidad y de ambición
personal, inteligencia, práctica y que el candidato haya adoptado de corazón,
de voluntad y de espíritu todos los principios fundamentales de nuestro
Catecismo Revolucionario.
Es preciso que sea ateo y que reivindique con
nosotros para la tierra y para el hombre todo lo que las religiones han
transportado al cielo y atribuido a sus dioses: la verdad, la libertad, la
justicia, la felicidad, la bondad. Es necesario que reconozca que la moral,
independientemente de toda teoría y de toda metafísica divina, no tenga otra
fuente que la conciencia colectiva de los hombres.
Es preciso que sea como nosotros, enemigo del
principio de autoridad y que deteste todas las aplicaciones y consecuencias que
de él se desprenden, sea en el mundo intelectual y moral, sea en el mundo
político, económico y social.
Es preciso que ame con toda la libertad y la
justicia y que reconozca con nosotros que toda organización política y social
fundada sobre la negación o sobre una restricción cualquiera de este principio
absoluto de la libertad, debe llegar necesariamente a la iniquidad o al
desorden, y que la única organización social racional equitativa y compatible
con la dignidad y la felicidad humanas será la que tenga como base, como alma,
como ley única y como fin supremo la libertad. Es preciso que comprenda que no
hay libertad sin igualdad, y que la realización de la mayor libertad en la más
perfecta igualdad de derecho y de hecho, política,
económica y social a la vez, es la justicia. Es
preciso que sea federalista, como nosotros, tanto en el interior como en el
exterior de su país. Debe comprender que el advenimiento de la libertad es
incompatible con la existencia de Estados. Debe querer, en consecuencia, la
destrucción de todos los Estados y a la vez de todas las instituciones
religiosas, polí-ticas y sociales, tales como las iglesias oficiales, los
ejércitos permanentes, poderes centralizados, burocracia, gobiernos,
parlamentos unitarios, universidades y bancos del Estado, así como monopolios
aristocráticos y burgueses. A fin de que sobre todas esas ruinas pueda al fin
elevarse la sociedad humana libre, y de que se organice, no como hoy, de arriba
abajo, y del centro a la circunferencia, por vía de unidad y de concentración
forzadas, sino partiendo del individuo libre, de la asociación libre y de la
comuna autónoma, de abajo arriba y de la circunferencia al centro, por vía de
federación libre.
Es preciso que adopte, tanto en teoría como en la
práctica y en toda la amplitud de sus consecuencias, este principio: todo
individuo, toda asociación, toda comuna, toda provincia, toda región, toda
nación, tienen el derecho absoluto de disponer de ellas mismas, de asociarse o
no asociarse, de aliarse con quienes ellas quieran y de romper sus alianzas sin
miramiento alguno para los sedicentes derechos históricos ni para las
conveniencias de sus vecinos. Es preciso también que esté firmemente convencido
de que solamente cuando ellas se formen gracias a la exclusiva potencia de sus
atractivos y necesidades inherentes, naturales y consagradas por la libertad,
sólo entonces serán verdaderamente fuertes, fecundas e indisolubles estas
nuevas federaciones de las comunas, provincias,
regiones y naciones.
Es preciso, pues, que reduzca el sedicente
principio de la nacionalidad, principio ambiguo, lleno de hipocresía y de
plagas, principio de Estado histórico, ambicioso, al principio mucho más
grande, más simple, y el único legítimo: el de la libertad, según el cual cada
uno, individuo o cuerpo colectivo, siendo o debiendo ser libre, tiene el
derecho a ser absolutamente libre en su terreno. He aquí a lo que se reduce en
su sinceridad el derecho nacional. Todo lo que va más allá no es la
confirmación dé su libertad nacional propia, sino la negación de la libertad
nacional de otro. El candidato debe, pues, detestar, como nosotros, todas estas
ideas estrechas, ridículas, liberticidas y por lo tanto criminales, de
grandeza, de ambición y de gloria nacional, buenas solamente para la monarquía
y para la oligarquía, e igualmente buenas hoy también para la gran burguesía en
la medida en que sirven para engañar a los pueblos y para encizañarlos unos
contra otros para mejor servirse de ellos.
Es preciso que, en su corazón, el patriotismo, que
adopta ahora un lugar secundario, ceda el paso al amor de la justicia y de la
libertad y que, llegado el caso, si fuera necesario, cuando la propia patria no
marchase en el camino correcto, tuviese el valor de no dudar en tomar partido
contra ella, lo que no le costará mucho si está convencido verdaderamente, como
debe estarlo, de que para cada país no hay prosperidad ni grandeza política más
que por la justicia y por la libertad.
Es preciso, en fin, que esté convencido de que la
prosperidad y la felicidad de su país, lejos de estar en
contradicción con las de todos los demás países,
necesitan, por el contrario, de ellos para su propia realización; también debe
estar convencido de que existe entre los destinos de todas las naciones una
solidaridad final total, y que esta solidaridad, transformando poco a poco el
sentimiento estrecho y muy frecuentemente injusto de patriotismo en un amor
mucho más grande, más generoso y más racional de la humanidad, creará, al fin,
la federación universal y mundial de todas las naciones.
Es preciso que sea socialista en toda la acepción
dada a la palabra por nuestro Catecismo Revolucionario y que con nosotros tenga
al socialismo por legítimo y por justo; contribuya con todas sus fuerzas y con
todos sus esfuerzos al triunfo de una organización social en la que todo
individuo humano que nazca a la vida, hombre o mujer, encuentre medios iguales
de sostenimiento, de educación y de instrucción en su infancia y en su
adolescencia, y que más tarde, llegado a la mayoría de edad, encuentre facilidades
exteriores, es decir, políticas, económicas y sociales para crear su propio
bienestar aplicando al trabajo las diferentes fuerzas y aptitudes con que la
naturaleza le haya dotado y que una instrucción igual para todos habrá
desarrollado en el.
Es preciso que comprenda que así como la herencia
del mal, que es indiscutible, y que por desgracia se encuentra demasiado
extendida como hecho natural, así como ella siempre es rechazada por el
principio de justicia, así también debe igualmente ser rechazada la herencia
del bien, por la misma lógica justiciera: si los muertos ya no existen, no
pueden tener voluntad entre los vivos. En una palabra: es
preciso que comprenda que la igualdad económica,
social y política como punto de partida para cada uno y condición absoluta de
la libertad de todos, es incompatible con la propiedad hereditaria, con el
derecho de sucesión.
Es preciso que esté convencido de que el trabajo,
único productor de riquezas sociales, implica que quien disfruta sin trabajar
es un explotador del trabajo ajeno, un ladrón, y que como el trabajo es la base
fundamental de la dignidad humana, medio para el que el hombre conquiste y cree
realmente su libertad, todos los derechos políticos y sociales no deberán
pertenecer nunca sino a los mismos trabajadores.
Es preciso que reconozca que la tierra, don
gratuito de la naturaleza, no puede ni debe ser propiedad de nadie. Pero que
sus frutos, en tanto que productos del trabajo, no deben pertenecer sino a
aquellos que los cultivan con sus manos.
Debe estar convencido con nosotros de que la mujer,
diferente del hombre, pero no inferior a él, inteligente, trabajadora y libre
como él, debe ser declarada su igual en todos los derechos políticos y
sociales; que en la sociedad libre, el matrimonio religioso y civil deben ser
reemplazados por el matrimonio libre, y que el mantenimiento, la educación y la
instrucción de todos los hijos deberán hacerse igualmente por todos, a expensas
de la sociedad, sin que ésta, al protegerles contra la estupidez, la negligencia
o la mala voluntad de los padres, tenga necesidad de separarles de ellos, pues
los niños no pertenecen ni a la sociedad, ni a los padres, sino a su futura
libertad, y la autoridad tutelar de la sociedad no debe tener otro fin ni otra
misión respecto a ellos que la de prepararles para una educación racional y
viril, fundada únicamente sobre la justicia, sobre
el respeto humano y sobre el culto del trabajo.
Es preciso que sea revolucionario. Debe comprender
que una transformación tan completa y tan radical de la sociedad, debiendo
necesariamente implicar la ruina de todos los privilegios, de todos los
monopolios, de todos los poderes constituidos, no podrá naturalmente llevarse a
término por medios pacíficos; que, por la misma razón, concitará contra sí a
todos los poderosos, todos los ricos, y por ello, en todos los países sólo el
pueblo estará a su favor, así como esa parte inteligente y verdaderamente noble
de la juventud que, pese a pertenecer por nacimiento a las clases
privilegiadas, por sus convicciones generosas y sus ardientes aspiraciones
abraza la causa del pueblo.
Debe comprender que esta revolución que tendrá por
fin único y supremo la emancipación real, política, económica y social, del
pueblo, ayudado sin duda y en gran parte organizado por esta juventud, no podrá
hacerse en última instancia más que por el propio pueblo; que de todas las
demás cuestiones religiosas, nacionales, políticas, habiendo sido completamente
sobrepasadas por la historia, no queda ya hoy más que una cuestión, en la que
se resumen todas las otras, y que es hoy la única capaz de poner en movimiento
a los pueblos: la cuestión social; que toda sedicente revolución, sea de
independencia nacional, como el último alzamiento polonés o como el que predica
hoy Mazzini, sea exclusivamente política, constitucional, monárquica o incluso
republicana, como el último movimiento abortado en España, el de los
progresistas, que toda revolución parecida, si se hace fuera del pueblo no
podrá apoyarse en
consecuencia más que en una clase privilegiada
cualquiera, que representaría los intereses exclusivos de ésta, se haría
necesariamente contra el pueblo, sería un movimiento retrógrado, funesto,
contrarrevolucionario.
Despreciando todo ello por consecuencia, y
considerando como un fatal error o como una indigna burla todo movimiento
secundario que no tenga por fin inmediato y directo la emancipación política y
social de las clases trabajadoras (es decir, del pueblo, enemigo de toda
transacción, de toda conciliación, que sería imposible a la larga, y de toda
coalición engañosa con los que, por sus intereses, son los enemigos naturales
de este pueblo) no deberá ver salvación para su país y para el mundo entero más
que en la revolución social.
Es preciso que comprenda al mismo tiempo que esta
revolución, cosmopolita por esencia, como lo son igualmente la justicia y la
libertad, no podrá triunfar más que si, sobrepasando como un incendio universal
las barreras estrechas de las naciones, y haciendo hundirse todos los Estados
en su marcha, afecta a toda
Europa al principio, y luego al mundo. Es preciso
que comprenda que la revolución social tendrá que ser necesariamente una
revolución europea y mundial.
Que el mundo se separará en dos campos
necesariamente, el de la vida nueva y el de los antiguos privilegios, y que
entre estos dos campos opuestos, formados como en el tiempo de las guerras de
religión, no por atracciones nacionales, sino por la comunidad de ideas e
intereses, deberá producirse una guerra de exterminio, sin concesiones ni
tregua; que la revolución social, contraria en toda su
esencia a esta política hipócrita de no
intervención, buena sólo para los moribundos e impotentes, en interés de su
salud y de su propia conservación, y no pudiendo vivir y triunfar más que
extendiéndose, no guardará la espada antes de haber destruido todos los Estados
y todas las viejas instituciones religiosas, políticas y económicas en Europa y
en todo el mundo civilizado.
Que no será una guerra de conquista, sino de
emancipación, de emancipación a veces forzosa, es cierto, pero siempre y en
todo momento salutífera porque no tendrá por objeto y por resultado más que la
destrucción de los Estados y de su base secular, los cuales, consagrados por la
religión, han sido siempre la fuente de toda esclavitud.
Que la revolución social, una vez alumbrada en un
punto, encontrará en todos los países, hasta en los de apariencia más hostil,
aliados ardientes y formidables en las masas populares, las cuales, tan pronto
como hayan comprendido y tocado con sus dedos su acción y su finalidad, no
podrán hacer más que apoyar en cualquier momento a su partido; que será por
consiguiente necesario elegir para su comienzo un terreno propio en el que
pueda la revolución resistir el primer golpe de la reacción, tras lo cual, actuando
hacia el exterior, no podrá dejar de triunfar por encima de todos los furores
de sus enemigos, federando y uniendo en una alianza revolucionaria formidable a
todos los países a los que se haya extendido.
Que los elementos de la revolución social se
encuentran ya ampliamente diseminados casi en todos los países de Europa, y que
para formar con ellos una potencia efectiva sólo hay que ponerlos de acuerdo y
concentrarlos; que esta
debe ser la obra de los revolucionarios más
inteligentes de estos países.
No basta que nuestro candidato comprenda todo esto.
Es preciso que tenga en sí la pasión revolucionaria, que ame la libertad y la
justicia hasta el punto de querer contribuir seriamente a su triunfo por sus
esfuerzos, hasta el punto de hacer un deber del sacrificio de su reposo, su
bienestar, su vanidad, su ambición personal, y con frecuencia también sus
intereses particulares.
Es preciso que esté convencido de que no podrá
servir mejor que compartiendo nuestros trabajos, y que sepa que, al ocupar un
puesto entre nosotros, contraerá con respecto a nosotros el mismo compromiso
solemne que nosotros contraemos respecto a él. Es preciso que tenga
conocimiento de nuestro Catecismo Revolucionario, de todas nuestras reglas y
leyes, y que jure observarlas siempre con una fidelidad escrupulosa.
Debe comprender que una asociación cuyos fines son
revolucionarios debe necesariamente formarse como sociedad secreta, y que toda
sociedad secreta, en interés de la causa a la que sirve y de la eficacia de su
acción, así como en el de la seguridad de cada uno de sus miembros, debe
someterse a una fuerte disciplina, que no es por otra parte más que el resumen
y el puro resultado del compromiso recíproco que todos los miembros han
acordado irnos respecto a otros, y que por lo tanto es una condición de honor y
un deber el someterse cada uno a todo ello.
Cualquiera que sea, por otra parte, la diferencia
de capacidades entre los hermanos internacionales, no toleraremos nunca más que
un sólo maestro, nuestro
principio, y que una sola voluntad, nuestras leyes
que todos nosotros hemos contribuido a crear, o que al menos hemos consagrado
igualmente por nuestro libre asentimiento. Inclinándonos con respecto ante los
servicios pasados de un hombre, apreciando la gran utilidad que podrían
aportarnos los unos por su riqueza, los otros por su ciencia, los terceros por
su alta posición y su influencia pública, literaria, política o social, lejos
de buscarles por todo ello, veremos en lo dicho un motivo de desconfianza, pues
todos estos hombres podrían meter en nosotros hábitos, sea de pretensiones de
autoridad, sea de herencia de su pasado, pero nosotros no podemos aceptar ni
esas pretensiones, ni esa herencia, porque miramos siempre hacia adelante, y no
hacia atrás, y porque no reconocemos mérito y derecho más que a quien sirva más
activa y resueltamente en nuestra asociación.
El candidato comprenderá que no se debe entrar en
ella más que para servirla, y que en consecuencia la asociación tendrá el
derecho de esperar de cada uno de sus miembros una utilidad positiva
cualquiera, y que la ausencia de esta utilidad, suficientemente constatada y
probada, tendrá por resultado la exclusión.
Al entrar entre nosotros, el nuevo hermano deberá
comprometerse solemnemente a considerar su deber hacia esta sociedad como su
primer deber, concediendo como su segunda obligación su atención a cada miembro
de la sociedad, su hermano. Estos dos deberes dominarán siempre, si no en su
corazón, sí al me nos en su voluntad, sobre cualquier otro deber u obligación.
Puntos esenciales de los catecismos nacionales
Los catecismos nacionales de los diferentes países
podrán, pues, variar en los puntos secundarios.
Pero hay puntos esenciales y fundamentales, que
deberán ser igualmente obligatorios para las organizaciones nacionales de todos
los países y que en consecuencia deberán formar la base común de todos los
catecismos nacionales. Los puntos son:
Imposibilidad del éxito de una revolución nacional
aislada y en consecuencia necesidad de una alianza y una federación
revolucionaria entre todos los pueblos que quieran la libertad.
Imposibilidad de una federación o alianza tal sin
un programa común que satisfaga igualmente los derechos y las necesidades
legítimas de todas las naciones y que (sin miramiento alguno de los llamados
derechos históricos, ni de lo que se llama necesidad o salvación de los
Estados, ni de las glorias nacionales, ni de ninguna otra pretensión vanidosa o
ambiciosa de predominancia y de fuerza, todas las cosas que un pueblo debe
saber rechazar si quiere ser verdaderamente libre) tenga únicamente por
principio y por base la libertad igual para todos y la sola justicia.
Incompatibilidad de tal programa —incompatibilidad
de la libertad, de la igualdad, de la justicia, del gobierno barato, de un
bienestar y de la emancipación real de las clases trabajadoras— con la
existencia de Estados centralistas, militares y burocráticos. Necesidad
absoluta de la destrucción de todos los Estados actualmente existentes en
Europa, menos Suiza, y de la demolición radical de
todas las instituciones políticas, militares, administrativas, judiciales y
financieras que hoy constituyen la vida y el poder de los Estados.
Abolición de toda relación y de toda Iglesia de
Estado o estipendiada por el Estado, confiscación de todos los bienes muebles e
inmuebles de las Iglesias, en provecho de las provincias y las comunas, con la
disposición de que, siendo absolutamente libres todas las religiones, y no
afectando más que a la conciencia individual de cada uno, cualquier culto, sea
el que fuere, no será mantenido más que por sus creyentes.
Necesidad absoluta, para cada país deseoso de
formar parte de esta federación libre de pueblos, de reemplazar su organización
centralista, burocrática y militar, por una organización federal fundada
únicamente sobre la libertad absoluta y la autonomía de las regiones, de las
provincias, de las comunas, de las asociaciones y de los individuos, con
funcionarios elegidos y responsables ante el pueblo, y con el armamento
nacional, de suerte que esta organización no partirá ya como hasta ahora de
arriba abajo y del centro a la circunferencia, por un principio de unidad, sino
de abajo arriba, y de la circunferencia al centro, por principio de federación
libre, partiendo de los individuos libres, que formarán las asociaciones, las
comunas autónomas; de las comunas autónomas, que formarán las provincias
autó-nomas; de las provincias que formarán las regiones, y de las regiones que,
federándose libremente entre ellas, formarán los países, que a su vez formarán
tarde o temprano la federación universal y mundial.
Necesidad de reconocer el derecho absoluto de
secesión a todos los países, a todas las regiones, a todas las provincias, a
todas las comunas, a todas las asociaciones, así como a todos los individuos,
con la convicción de que el derecho de secesión, una vez reconocido, hará
imposibles las secesiones, pues las unidades nacionales cesan de ser un
producto de la violencia, y a partir de la mentira histórica se formarán
libremente por las necesidades y las afinidades inherentes a cada una de sus
partes.
Imposibilidad de libertad política sin igualdad
política.
Imposibilidad de ésta, sin igualdad económica y
social.
Necesidad de una revolución social.
La extensión y la intensidad de esta revolución
diferirá más o menos en cada país, según la situación política y social y el
grado de planteamiento revolucionario de cada uno. Empero, en todos los países
habrá que proclamar ciertos principios, que sólo hoy serán capaces de interesar
y de levantar a las masas populares cualquiera que sea, por otra parte, el
estado de su civilización. Son los principios siguientes:
La tierra es de todo el mundo. Pero su disfrute
sólo corres-ponderá a quienes la cultiven con sus manos. Abolición de la renta
de la tierra.
No produciéndose las riquezas sociales más que por
el tra-bajo, quien disfruta sin trabajo es un ladrón.
Los derechos políticos no deberán pertenecer más
que a gentes honestas, es decir, sólo a los trabajadores.
Sin expoliación alguna, pero sólo mediante los
esfuerzos y las capacidades económicas de las asociaciones obreras, el capital
y los instrumentos de trabajo caerán en poder de aquellos que los aplicarán a
la producción de riqueza por su propio trabajo.
Cada hombre debe ser hijo de sus obras, y la
justicia no será satisfecha más que cuando sea tal la organización de la
sociedad, que cada cual encuentre en ella al nacer los mismos medios de
subsistencia, educación, instrucción, y más tarde las mismas facilidades
exteriores para crear su propio bienestar por su propio trabajo.
En tanto sea posible en cada país, emancipación del
matrimonio de la tutela de la sociedad e igualación de los derechos de la mujer
a los de los hombres.
Ninguna revolución será posible en ningún país si
no es a la vez una revolución política y social. Toda revolución exclusivamente
política, sea nacional y dirigida solamente contra la dominación del
extranjero, sea constitucional interior, en la medida en que tenga porfía la
república si su objeto principal no es la emancipación inmediata y real,
política y económica, del pueblo, será una revolución ilusoria, embustera,
imposible, funesta, retrógrada y contrarrevolucionaria.
La revolución no debe ser hecha solamente para el
pueblo, debe hacerse por el pueblo y jamás podrá lograrlo si no implica a la
vez a todas las masas de los campos y de las ciudades.
Así centralizada por la idea y por la intención de
un programa común a todos los países; centralizada por una
organización secreta que una no solamente todas las
partes de un país, sino mucho más, todos los países incluso, en un solo plan de
acción; centralizada también por la simultaneidad de los movimientos
revolucionarios en muchos campos y ciudades, la revolución deberá tener siempre
un carácter local, en el sentido de que no deberá comenzar por una gran
concentración de todas las fuerzas revolucionarias de un país en un solo punto,
ni adoptar nunca el carácter novelesco y burgués de una expedición casi-revolucionaria,
sino que, encendiéndose a la vez en todos los puntos de un país, tendrá el
aspecto de una verdadera revolución popular en que participarán igualmente las
mujeres, los viejos, los niños, y por esto mismo será invencible.
Esta revolución podrá ser sangrante y vindicativa
durante los primeros días, en que se hará justicia popular. Pero no permanecerá
con este carácter mucho tiempo, y jamás tendrá el de un terrorismo sistemático
y frío. Hará la guerra a las posiciones y a las cosas, mucho más que a los
hombres, porque las cosas y las posiciones privilegiadas y antisociales que
ellas crean, mucho más poderosas que los individuos, constituyen el carácter y
la fuerza de los enemigos.
Comenzará, pues, la revolución por destruir por
doquier todas las instituciones y todos los establecimientos, iglesias,
parlamentos, tribunales, administraciones, ejércitos, bancos, universidades,
etcétera, que constituyan la existencia misma del Estado. El Estado debe ser
radicalmente demolido y declarado en bancarrota, no sólo en su aspecto
financiero, sino en su aspecto político, burocrático, militar, judicial y
policial. Pero habiendo hecho bancarrota, habiendo incluso
cesado de existir, incapaz de pagar sus deudas, el
Estado no podrá ya forzar a nadie a pagar las suyas, lo que caerá naturalmente
sobre la conciencia de cada uno. Al mismo tiempo, en las comunas y en las
ciudades, se confiscará en beneficio de la revolución todo lo que había
pertenecido al Estado; se confiscarán también los bienes de todos los
reaccionarios, y se arrojarán al fuego todas las actas, sea de procesos, sea de
propiedad, sea de deudas, declarando nula toda la burocracia civil, criminal,
judicial u oficial que no se haya podido destruir, y dejando a cada uno en el
statu quo de la posesión. De esta manera, se hará la revolución social. Y
respecto a los enemigos de la revolución, una vez privados de todos los medios
que puedan destruirla, no habrá ya necesidad de proceder contra ellos
recurriendo a medidas crueles y tanto más desagradables cuanto que esas mismas
medidas siempre llevan, tarde o temprano, a una desagradable reacción.
A la vez que esa revolución se localice por
doquier, la revolución adoptará necesariamente un carácter federalista. Tan
pronto como se haya acabado con el gobierno establecido, las comunas deberán
reorganizarse revolucionariamente, nombrar jefes, una administración y
tribunales revolucionarios elegidos por sufragio universal y bajo la
responsabilidad real de todos los funcionarios ante el pueblo. Para defender la
revolución, sus voluntarios for-marán al mismo tiempo una milicia comunal. Pero
aislada no podrá defenderse ninguna comuna. Será, pues, una necesidad para cada
cual el propagar la revolución hacia afuera, el levantar a todas las comunas
vecinas, el federarse con ellas para la defensa común. Entre sí, formarán
necesariamente un pacto federal basado al mismo
tiempo en la solidaridad de todos y en la autonomía de cada uno. Este pacto
constituirá la carta provincial. Para el gobierno de los asuntos comunes se
hará necesario un gobierno 86 y una asamblea o parlamento provinciales. Las
mismas necesidades revolucionarias empujan a las provincias autónomas a
federarse en regiones, las regiones en federaciones nacionales, las naciones en
federaciones internacionales. Y el orden y la unidad, destruidos en tanto que
productos de la violencia y del despotismo, renacerán del seno mismo de la
libertad.
Necesidad de la conspiración y de una fuerte
organización secreta, convergente en un centro internacional, para preparar
esta revolución.
CATECISMO REVOLUCIONARIO
Principios generales 87
Negación de la existencia de un Dios real,
extramundial, personal y, en consecuencia, también de toda revelación y
Max
Nettlau, al copiar a mano este texto en su Bakounine autografiado, ha creído
que debía hacer seguir las palabras «jefes y gobierno de uno» (sic).
Los
títulos son nuestros.
de toda intervención divina en los asuntos del
mundo y de la humanidad. Abolición del servicio y el culto a la divinidad.
Al reemplazar el culto de Dios por el respeto y el
amor de la humanidad, afirmamos la razón humana como criterio único de la
verdad, la conciencia humana como base de la justicia, la libertad individual y
colectiva como único creador del orden de la humanidad.
La libertad es el derecho absoluto de todo hombre o
mujer mayores a no buscar otra sanción para sus actos que su propia conciencia
y su propia razón, de no determinarlas más que por su voluntad propia, y de no
ser en consecuencia responsables más que respecto a sí mismos en primer lugar,
y luego frente a la sociedad de la que forman parte, pero solamente en tanto
que consienten libremente en formar parte de ella.
No es en absoluto verdadero que la libertad de un
hombre esté limitada por la de los otros. El hombre no es realmente libre más
que cuando su libertad, libremente reconocida y representada como en un espejo
por la conciencia libre de todos los demás, encuentra la confirmación de su
extensión infinita en su libertad. El hombre no es verdaderamente libre más que
entre otros hombres igualmente libres; y como sólo es libre en tanto que
hombre, la esclavitud de un solo hombre sobre la tierra, siendo una ofensa contra
el principio mismo de la humanidad, es una negación de la libertad de todos.
La libertad de cada uno no es, pues, realizable más
que en la igualdad de todos. La realización de la libertad en la igualdad del
derecho y del hecho es la justicia.
No existe más que un solo dogma, una sola ley, una
sola base moral para los hombres: es la libertad. Respetar la libertad del
prójimo es el deber; amarle, ayudarle, servirle, es la virtud.
Exclusión absoluta de todo principio de autoridad y
de razón de Estado. La sociedad humana, habiendo sido primitivamente un hecho
natural, anterior a la libertad y al despertar del pensamiento humano, que
posteriormente llegó a ser un hecho religioso organizado según el principio de
la autoridad divina y humana, debe reconstituirse hoy sobre la base de la
libertad, que ha de llegar a ser el único principio constitutivo de su
organización política y económica. El orden en la sociedad debe ser la resultante
del mayor desarrollo posible de todas las libertades locales, colectivas e
individuales.
La organización política y económica de la vida
social debe partir, en consecuencia, no como hoy de arriba abajo y del centro a
la circunferencia según el principio de unidad y concentración forzadas, sino
de abajo arriba y de la circunferencia al centro, por el principio de
asociación y de federación libres.
Organización política
Es imposible determinar una norma concreta,
universal y obligatoria para el crecimiento interior y para la organización
política de las naciones, estando la existencia de cada una subordinada a una
cantidad de condiciones históricas,
geográficas, económicas diferentes y que no
permitirán nunca establecer un modelo de organización igualmente bueno y
aceptable por todos. Una empresa semejante, absolutamente desprovista de
utilidad práctica, iría por otra parte en perjuicio de la riqueza y la
espontaneidad de la vida que gusta de la diversidad infinita, y, lo que es más
importante, sería contraria al principio mismo de la libertad. Sin embargo, hay
condiciones esenciales, absolutas, fuera de las cuales la realización práctica
y la organización de la libertad serán siempre imposibles.
Estas condiciones son:
Abolición radical de toda religión oficial y de
toda iglesia privilegiada o tan solo protegida, pagada y mantenida por el
Estado. Libertad absoluta de conciencia y de propaganda para cada uno, con la
facultad ilimitada de elevar tantos templos como a cada cual le plazca, así
como a sus dioses, cualesquiera que fueran, y de pagar y mantener a los
sacerdotes de su religión.
Las iglesias, consideradas como corporaciones
religiosas, no gozarán de ninguno de los derechos políticos que serán
atribuidos a las asociaciones productivas, no podrán ni heredar ni poseer
bienes en común, con excepción de sus casas o establecimientos de oración, y no
podrán nunca ocuparse de la educación de los niños, al ser el único objeto de
su existencia la sistemática negación de la moral, de la libertad y la
hechicería educativa.
Abolición de la monarquía; república.
Abolición de las clases, de los rangos, de los
privilegios y de todas las distinciones. Igualdad absoluta de los derechos
políticos para todos, hombres y mujeres; sufragio
universal.
Abolición, disolución y bancarrota moral, política,
judicial, burocrática y financiera del Estado tutelar, trascendente,
centralista, doblete y alter ego de la Iglesia, y, como tal,
causa permanente de empobrecimiento, de
embrutecimiento y de esclavización de los pueblos. Como consecuencia natural:
abolición de todas las universidades del Estado, pasando el cuidado de la
educación en exclusiva a las comunas y a las asociaciones libres; abolición de
la magistratura del Estado, debiendo ser todos los jueces elegidos por el
pueblo; abolición de los códigos criminales y civiles actualmente vigentes en
Europa, pues todos ellos, igualmente inspirados por el culto a Dios, al Estado,
a la familia religiosa o políticamente consagrada y a la propiedad, son
contrarios al derecho humano, y porque el código de la libertad sólo podría ser
creado por la libertad. Abolición de los bancos y de las restantes
instituciones de crédito del Estado. Abolición de toda administración central,
de la burocracia, de los ejércitos permanentes y de la policía del Estado.
Elección inmediata y directa de todos los
funcionarios públicos, judiciales y civiles, así como de todos los
representantes o consejeros nacionales, provinciales y comunales por el pueblo,
es decir, por el sufragio universal de todos los individuos mayores, hombres y
mujeres.
Reorganización interior de cada país, tomando como
punto de partida y como base la libertad absoluta de los individuos, de las
asociaciones productivas y de las comunas.
Derechos individuales
Derecho para cada uno, hombre o mujer, desde la
primera hora de su nacimiento hasta su mayoría de edad, a ser completamente
mantenido, defendido, protegido, elevado, instruido en todas las escuelas
públicas primarias, secundarias, superiores, industriales, artísticas y
científicas a expensas de la sociedad.
Derecho igual para cada uno de ser aconsejado y
sostenido por la sociedad, en la medida de lo posible, al comienzo de la
carrera que cada individuo adulto escoja libremente, tras lo cual la sociedad,
declarándole absolutamente libre, no ejercerá ya sobre él ni tutela ni
autoridad alguna, y, declinando respecto a él toda responsabilidad, no le
deberá sino el respeto y, en caso de necesidad, la protección de su libertad.
La libertad de cada individuo mayor, hombre y
mujer, debe ser absoluta y completa, libertad de ir y venir, de profesar
altamente todas las opiniones posibles, de ser inactivo o activo, inmoral o
moral, de disponer, en una palabra, de su propia persona y de su bien a su
antojo, sin dar de ello cuenta a nadie; libertad de vivir, sea honestamente por
el propio trabajo, sea explotando vergon-zosamente la caridad o la confianza
privada, siempre que esta caridad y esta confianza sean voluntarias y
prodigadas por individuos adultos.
Libertad absoluta de todo tipo de propaganda por el
discurso, la prensa, en reuniones públicas y privadas, sin otro
freno a esta libertad que el poder saludable
natural de la opinión pública. Libertad absoluta de asociaciones, sin dejar
fuera a las que por su objetivo sean o parezcan inmorales e incluso las que
tengan por objeto la corrupción y la (destrucción) 88 de la libertad individual
y pública.
La libertad no puede ni debe defenderse más que por
la libertad, y sería un contrasentido querer frenarla so pretexto de
protegerla. Y como la moral no tiene otra fuente, otro estimulante, otra causa,
otro objeto que la libertad, y como no es otra cosa ella misma que libertad,
todas las restricciones impuestas a esta última para proteger la moral, han ido
siempre en contra de la libertad. La psicología, la estadística y toda la
historia nos prueban que la inmoralidad individual y social han sido siempre la
consecuencia necesaria de una mala educación pública y privada, de la ausencia
y la degradación de la opinión pública, que no existe, no se moraliza ni se
desarrolla más que por la libertad; y la consecuencia, sobre todo, de una
organización viciosa de la sociedad. La experiencia nos enseña, dice el ilustre
estadista Quételet 89 que es la necesidad la que prepara siempre los crímenes y
que los malhechores no son más que los instrumentos fatales que los ejecutan.
Es, pues, inútil oponer a la inmoralidad social los rigores de una legislación
que usurparía la libertad individual.
La experiencia nos enseña, por el contrario, que el
sistema represivo y autoritario, lejos de haber frenado los desbordamientos,
los ha agrandado cada vez más en los
Ilegible
en el manuscrito de Nettlau.
Bakunin
había escrito: «El ilustre estadista francés Crételet». De hecho, se trata del
belga A. Quételet (1798-1843), estadista y sociólogo.
países en que se han encontrado frenados, y que la
moral pública y privada ha bajado o subido siempre a medida que la libertad de
los individuos bajaba o subía. Y que, en consecuencia, para moralizar la
sociedad actual, debemos comenzar primero por destruir a fondo toda
organización política y social fundada sobre la desigualdad, los privilegios,
la autoridad divina y sobre el desprecio de la humanidad. Y tras haber
reconstruido sobre las bases de la más completa igualdad, de la justicia, del
trabajo y de una educación racional inspirada únicamente por el respeto humano,
debemos darle como guardián a la opinión pública, y como alma a la libertad más
absoluta.
Sin embargo, la sociedad no debe quedar
completamente desarmada ante los individuos parásitos, malhechores y nocivos.
Debiendo ser el trabajo la base de todos los derechos políticos, la sociedad
como provincia o nación, cada cual en su circunscripción respectiva, podrá
privar de sus derechos a todos los individuos mayores que no estando ni
inválidos, ni enfermos, ni envejecidos, vivan a expensas de la caridad pública
o privada, con la obligación de restituírselos tan pronto como comiencen de
nuevo a vivir de su propio trabajo.
Siendo inalienable la libertad de cada individuo
humano, la sociedad no tolerará jamás que un individuo cualquiera aliene
jurídicamente su libertad, o que la comprometa por contrato con otro individuo
de manera que no sea bajo la más estricta igualdad y reciprocidad. La sociedad
no podrá sin embargo impedir que un hombre o una mujer, despojados de todo
sentimiento de dignidad personal, se pongan con otro individuo en relación
contractual de
servidumbre voluntaria, pero les considerará como
individuos que viven de la caridad privada y en consecuencia destituidos del
disfrute de los derechos políticos durante toda la duración de esta
servidumbre.
Todas las personas que hayan perdido sus derechos
políticos serán igualmente privadas del de enseñar y guardar a sus hijos. En
caso de infidelidad a un compromiso libremente contraído, o bien en caso de
ataque abierto o probado contra la propiedad, contra la persona y sobre todo
contra la libertad de un ciudadano, sea indígena o extranjero, la sociedad
infringirá al delincuente indígena o extranjero las penas determinadas por sus
leyes.
Abolición absoluta de todas las penas degradantes y
crueles, de los castigos corporales y de la pena de muerte, en tanto que
consagrada y ejecutada por la ley. Abolición de todas las penas de término
indefinido o demasiado largo que no dejan ninguna esperanza, ninguna
posibilidad real de rehabilitación, debiendo el crimen ser considerado como una
enfermedad, y el castigo más como una cura que como una venganza de la
sociedad.
Todo individuo condenado por las leyes de una
sociedad cualquiera, comuna, provincia o nación, conservará el derecho de no
someterse a la pena que le haya sido impuesta, si declara que no quiere formar
parte de esa comunidad. Pero ésta, en ese caso, tendrá a su vez el derecho de
expulsarle de su seno declarándole fuera de su garantía y protección.
Al caer así bajo la ley natural de ojo por ojo y
diente por diente, al menos en el terreno de esta sociedad, el refractario
podrá ser robado, maltratado y hasta matado, sin
que la sociedad se inquiete. Cada cual podrá
desprenderse de él como de una bestia maligna, pero nunca esclavizarle ni
emplearle como esclavo.
Derechos de las asociaciones
Las asociaciones cooperativas obreras son un hecho
nuevo en la historia; asistimos hoy a su nacimiento, y en este momento sólo
podemos presentir, pero no determinar, el inmenso auge que tomarán y las nuevas
condiciones políticas y sociales que surgirán en el porvenir. Es posible y
hasta muy probable que, sobrepasando un día los límites de las comunas, de las
provincias y hasta de los Estados actuales, las asociaciones den una nueva
constitución a la sociedad humana entera, dividida ya no en naciones, sino en
grupos industriales diferentes, y organizada según las necesi-dades no de la
política, sino de la producción. Esto es el porvenir.
En cuanto a nosotros, sólo podemos proponer hoy
este principio absoluto: que cualquiera que fuera su objetivo, todas las
asociaciones, como todos los individuos, deben gozar de una libertad absoluta.
Ni la sociedad, ni ninguna parte de ella —comuna, provincia, nación— tienen
derecho a impedir a los individuos libres el asociarse libremente para un fin
cualquiera, religioso, político, científico, industrial, artístico o hasta
corruptivo o de explotación de inocentes y tontos, siempre que no sean menores.
Combatir a los charlatanes y a las asociaciones
perniciosas es cosa únicamente de la opinión pública. Pero la sociedad tiene el
deber y el derecho de rehusar la garantía social, el reconocimiento jurídico y
los derechos políticos y cívicos a toda asociación, como cuerpo colectivo, que,
por su objeto, sus reglamentos, sus estatutos, sea contraria a los principios
fundamentales de su constitución y donde todos los miembros no tuvieran un
tratamiento de igualdad y de reciprocidad perfectos, sin poder tampoco privar
de este trato a esos miembros por el hecho de su participación en asociaciones
no regularizadas por la garantía social.
La diferencia entre las asociaciones regulares y
las irregulares será por tanto ésta: las asociaciones jurídicamente reconocidas
como cuerpo colectivo tendrán, a tal título, el derecho de perseguir ante la
justicia social a todos los individuos, miembros o extraños, así como a todas
las demás asociaciones regulares, que hayan faltado a su compromiso respecto a
ellas. Las asociaciones jurídicamente no reconocidas no tendrán tal derecho a
título de cuerpo colectivo; así, tampoco serán sometidas, a tal título, a
ninguna responsabilidad jurídica, debiendo ser nulos todos sus compromisos a
los ojos de una sociedad que no habrá sancionado su existencia colectiva; sin
embargo no podrá liberar a ninguno de sus miembros de los compromisos que hayan
podido contraer individualmente.
Organización política nacional
La división de un país en regiones, provincias,
distritos y comunas o en departamentos y comunas, como en Francia, dependerá
naturalmente de la disposición de las costumbres históricas, de las necesidades
actuales, y de la naturaleza de cada país. No pueden darse más que dos
principios comunes y obligatorios para cada país que quiera organizar
seriamente en él la libertad. El primero, es que toda organización debe
proceder de abajo arriba, de la comuna a la unidad central del país, al Estado,
por vía de federación. El segundo, es que haya entre la comuna y el Estado al
menos un intermediario autónomo: el departamento, la región o la provincia. Sin
ello, la comuna, tomada en la acepción restringida de este término, sería
siempre demasiado débil para resistir a la presión uniforme y despóticamente
centralizada del Estado, lo que llevaría necesariamente a cada país al régimen
despótico de la Francia monárquica, de lo cual tenemos en Francia dos veces
ejemplo, habiendo sido siempre el despotismo su fuente mucho más en la
organización centralizada del Estado que en las disposiciones naturalmente
siempre despóticas de los reyes.
La base de toda la organización política de un país
debe ser la comuna, absolutamente autónoma, representada siempre por la mayoría
de los sufragios de todos los habitantes, hombres y mujeres a título igual,
mayores. Ningún poder tiene el derecho de mezclarse en su vida, en sus actos y
en su administración interior. Ella nombra y destituye por elección a todos sus
funcionarios, administradores y jueces, y administra sin control los bienes
comunales y sus finanzas.
Cada comuna tendrá el derecho incontestable de
crear independientemente de toda sanción superior su propia legislación y su
propia constitución. Pero, para entrar en la federación provincial y para
formar parte integrante de una provincia, deberá conformar absolutamente su
carta par-ticular a los principios fundamentales de la constitución provincial
y hacerla sancionar por el parlamento de esta provincia. Deberá someterse así a
los juicios del tribual provincial y a las medidas que, tras haber sido sancionadas
por el voto del parlamento provincial, le serán ordenadas por el gobierno de la
provincia. De otro modo, será excluida de la solidaridad, de la garantía y
comunidad, al ponerse fuera de la ley provincial.
La provincia no debe ser nada más que una
federación libre de comunas autónomas. Comprendiendo el parlamento provincial,
sea una sola cámara compuesta por representantes de todas las comunas, sea dos
cámaras, la una de las cuales comprendería a los representantes de las comunas
y la otra a los representantes de la población provincial entera
independientemente de las comunas, el parlamento provincial, sin ingerirse en
modo alguno en la administración interior de las comunas, deberá establecer los
principios fundamentales que habrán de constituir la carta provincial, y
deberán ser obligatorios para todas las comunas que quieran participar en ese
parlamento provincial 90.
(Tomando los principios del presente catecismo por
base), el parlamento codificará la legislación provincial en relación
Aquí, en
el manuscrito de Nettlau varías palabras ilegibles.
tanto a los deberes, a los derechos respectivos de
los individuos, de las asociaciones y de las comunas, cuanto a las penas que
deberán ser impuestas a cada uno en caso de infracción a las leyes por el
establecidas, dejando sin embargo a las legislaciones comunales el derecho a
divergir de la legislación provincial en puntos secundarios, pero nunca en la
base, y tendiendo a la unidad real, viva, no a la uniformidad, así como
confiando, para formar una unidad aún más íntima, en la experiencia, en el tiempo,
en el desarrollo de la vida en común, en las propias convicciones y necesidades
de las comunas, en la libertad en una palabra, y nunca en la presión ni en la
violencia del poder provincial, pues la verdad y la justicia mismas, si se
imponen violentamente, se toman iniquidad y mentira.
El parlamento provincial establecerá la carta
constituyente de la federación de comunas, sus derechos y sus deberes
respectivos, así como sus deberes y derechos respecto al parlamento, al
tribunal y el gobierno provincial. Votará todas las leyes, disposiciones y
medidas ordenadas, sea para las necesidades de la provincia toda entera, sea
por resoluciones del parlamento nacional, sin perder nunca de vista la
autonomía provincial ni la autonomía de las comunas. Sin inmiscuirse nunca en
la administración interior de las comunas, establecerá la parte de cada uno, ya
en los impuestos nacionales, ya en los provinciales. Esta parte será repartida
por la comuna misma entre todos sus habitantes válidos y adultos. Controlará,
en fin, todos los actos, sancionará o rechazará todas las proposiciones del
gobierno provincial, que será naturalmente siempre electivo. El tribunal
provincial, igualmente electivo, juzgará sin apelación
todas las causas entre individuos y comunas, entre
asociaciones y comunas, entre comunas y comunas, y en primera instancia todas
las causas entre la comuna y el gobierno o el parlamento de la provincia.
La nación no debe ser sino una federación de
provincias autónomas. Comprendiendo el parlamento nacional, sea una sola cámara
compuesta por representantes de todas las provincias, sean dos cámaras, una de
las cuales comprenderá los representantes de las provincias, la otra los
representantes de la población nacional entera independientemente de las
provincias, el parlamento nacional, sin ingerirse en modo alguno en la
administrado y en la vida política interior de las provincias, deberá
estable-cer los principios fundamentales que hayan de constituir la carta
nacional, ya que serán obligatorios para todas las provincias que quieran
participar en el pacto nacional.
El parlamento nacional establecerá el código
nacional, dejando a los códigos provinciales el derecho a divergir en puntos
secundarios, nunca en la base. Establecerá la carta constitucional de la
federación de provincias, votará todas las leyes, disposiciones y medidas que
serán dictadas por las necesidades de la nación entera, establecerá los
impuestos nacionales y los repartirá entre las provincias, dejando a éstas el
cuidado de repartirlas entre las comunas respectivas, controlará, en fin, todos
los actos, adoptará o rechazará las proposiciones del gobierno ejecutivo
nacional, que será siempre electivo y temporal,formará las alianzas nacionales,
hará la paz y la guerra, y sólo tendrá el derecho de ordenar en un tiempo
siempre determinado la formación
de un ejército nacional. El gobierno no será más
que el ejecutor de sus voluntades.
El tribunal nacional juzgará sin apelación todas
las causas de los individuos, de las asociaciones, de las columnas entre ellas
y la provincia, así como todos los debates entre las provincias. En las causas
entre las provincias y el Estado, que serán igualmente sometidas a su juicio,
las provincias podrán apelar al tribunal internacional, una vez establecido.
La federación internacional
La federación internacional comprenderá todas las
naciones unidas sobre las bases antes expuestas. Es probable y muy deseable
que, cuando la hora de la gran revolución haya de nuevo sonado, todas las
naciones que sigan la luz de la emancipación popular se den la mano para una
alianza constante e íntima contra la coalición de los países que se pongan a
las órdenes de la reacción. Esta alianza deberá formar una federación
restringida en principio, germen de la federación universal de pueblos que, en
el futuro, deberá abrazar toda la tierra. La federación internacional de
pueblos revolucionarios, con un parlamento, un tribunal y un comité director
internacional, se basará naturalmente en los principios mismos de la
revolución. Aplicados a la política internacional, estos principios son:
Cada país, cada nación, cada pueblo, pequeño o
grande, débil o fuerte, cada región, cada provincia, cada comuna
tienen el derecho absoluto de disponer de su
suerte, de determinar su existencia propia, de elegir sus alianzas, de unirse y
de separarse, según sus voluntades y necesidades sin consideración alguna por
los sedicentes derechos históricos y por las necesidades políticas, comerciales
o estratégicas de los Estados. La unión de las partes en un todo, para ser
verdadera, fecunda y fuerte, debe ser absolutamente libre. Debe únicamente
resultar de las necesidades locales interiores y de la atracción mutua de las partes,
atracción y necesidades de las que solo son jueces las partes.
Abolición absoluta del sedicente derecho histórico
y del horrible derecho de conquista, como contrarios al principio de la
libertad.
Negación absoluta de la política de
engrandecimiento, de gloria y de poder del Estado, política que, haciendo de
cada país una fortaleza que excluye de su seno a todo el resto de la humanidad,
le fuerza por así decirlo a considerarse la humanidad entera, algo absoluto en
sí mismo, organizándose en sí mismo como un mundo independiente de toda
solidaridad humana y poniendo su prosperidad y su gloria en el mal hecho a las
otras naciones. Un país conquistador es necesariamente un país interiormente
esclavo.
La gloria y la grandeza de una nación consisten
únicamente en el desarrollo de su humanidad. Su fuerza, su unidad, el poder de
su vitalidad interior se miden únicamente por el grado de su libertad. Tomando
a la libertad como base, se llega necesariamente a la unión, pero de la unidad
se llega difícilmente, o no se llega nunca, a la
libertad. Y si se llega, sólo será destruyendo una
unidad que ha sido hecha fuera de la libertad.
La prosperidad y la libertad de las naciones y de
los individuos son absolutamente solidarias; en consecuencia, libertad absoluta
de comercio, de transacción y de comunicación entre todos los países federados.
Abolición de las fronteras, de los pasaportes y de las aduanas. Cada ciudadano
de un país federado debe gozar de todos los derechos cívicos y poder adquirir
fácilmente el título de ciudadano así como todos los derechos políticos en
todos los demás países pertenecientes a la misma federación.
La libertad de todos, individuos y cuerpos
colectivos, por ser solidaria, indica que ninguna nación, ninguna provincia,
ninguna comuna y asociación podrían ser oprimidas, sin que lo fuesen las demás
y sin que se sintiesen amenazadas en toda su libertad. Todos para uno y uno
para todos, tal ha de ser la regla sagrada y fundamental de la federación
internacional.
Ninguno de los países federados podrá conservar
ejército permanente, ni institución alguna que separe al ciudadano del soldado.
Causas de ruina, de corrupción, de empobrecimiento y de tiranía interiores, los
ejércitos permanentes y el oficio de soldado son además una amenaza contra la
prosperidad y la independencia de todos los demás países. Cada ciudadano apto
debe ser soldado en caso de necesidad para la defensa de sus hogares o de la
libertad. El armamento material debe organizarse en cada país por comuna y por
provincia, más o menos como en los Estados Unidos de América y en Suiza.
El parlamento internacional, unicameral —con
representantes de todas las naciones— o bicameral
—una de ellas con estos mismos representantes, la otra con los representantes
directos de toda población de la federación internacional, sin distinción de
nacionalidad—, el parlamento federal así compuesto establecerá el pacto
internacional y la legislación federal con la misión a él sólo encomendada de
regir y modificar según las necesidades de los tiempos.
El tribunal internacional no tendrá otra misión que
la de juzgar en última instancia entre los Estados y sus provincias
respectivas. En cuanto a las diferencias que podrían surgir entre dos Estados
federados, no podrán ser juzgadas en primera y última instancia más que por el
parlamento internacional, que decidirá sin apelación en todas las cuestiones de
política común y de guerra, en nombre de la federación revolucionaria entera,
contra la coalición reaccionaria.
Ningún Estado federado podrá jamás hacer la guerra
a otro Estado federado. Habiendo promovido su veredicto el parlamento
internacional, el Estado condenado habrá de someterse a él. En caso contrario,
los restantes Estados de la confederación deberán interrumpir sus
comunicaciones con él, ponerle fuera de la ley federal, de la solidaridad y de
la comunión federal y, en caso de ataque por su parte, armarse solidariamente
contra él.
Todos los Estados que forman parte de la federación
revolucionaria debería tomar parte activa en la guerra que uno de ellos haga
contra un Estado no federado. Cada país federado, antes de declararla, debe
advertir de ella al parlamento internacional, y no declararla más que si éste
cree que hay una causa suficiente para la guerra.
Si la encuentra, el directorio ejecutivo federado hará suya la causa del Estado
ofendido y pedirá al Estado agresor extranjero, en nombre de toda la federación
revolucionaria, pronta reparación. Si por el contrario el parlamento juzga que
no ha habido agresión ni ofensa real, aconsejará al Estado no comenzar la
guerra, advirtiéndole que, si la comienza, la hará el solo.
Es preciso esperar que, con el tiempo, renunciando
los Estados federados al lujo ruinoso de representaciones particulares, se
contentarán con una representación diplomática federal.
La federación internacional revolucionaria
restringida estará siempre abierta a los pueblos que quieran entrar en ella más
tarde, sobre la base de los principios y de la solidaridad militante y activa
de la revolución expuesta, pero sin hacer jamás la menor concesión de
principios a nadie. Por consiguiente, no podrán ser recibidos en la federación
más que los pueblos que hayan aceptado los principios recapitulados en el
presente Catecismo Revolucionario.
Organización social
Sin igualdad política no hay libertad política
real, pero la igualdad política sólo será posible cuando haya igualdad
económica y social.
La igualdad no implica la nivelación de las
diferencias individuales, ni la identidad intelectual, moral y física de los
individuos. Esta diversidad de capacidades y de
fuerzas, estas diferencias de raza, de naciones, de sexos, de edades y de
individuos, lejos de ser un mal social, constituye por el contrario la riqueza
de la humanidad. La igualdad económica y social no implica la nivelación de las
fortunas individuales, en tanto que ellas son producto de la capacidad, de la
energía productiva y de la economía de cada uno.
La igualdad y la justicia reclaman únicamente una
organización de la sociedad tal, que todo individuo humano que nace a la vida
encuentra en ella, en tanto que dependiente no de la naturaleza sino de la
sociedad, medios iguales para el desarrollo de su infancia y de su adolescencia
hasta su virilidad, luego para su educación e instrucción y más tarde para el
ejercicio de las fuerzas diferentes que la naturaleza haya puesto en cada uno
para el trabajo. Esta igualdad del punto de partida, que la justicia reclama
para cada uno, será imposible en tanto exista el derecho de herencia.
La justicia y la dignidad humana exigen que cada
uno sea únicamente hijo de sus obras. Rechazamos con indignación el dogma del
pecado, de la vergüenza y de la responsabilidad hereditarias. Por lo mismo
deberemos rechazar la herencia ficticia de la virtud, de los honores y de los
derechos, así como la de la fortuna. El heredero de una fortuna cualquiera no
es ya enteramente hijo de sus obras y, considerado desde el punto de partida,
es un privilegiado.
Abolición del derecho de herencia. En tanto que
este derecho exista, la diferencia hereditaria de las clases, de las
posiciones, de las fortunas, la desigualdad social, en una palabra, y el
privilegio subsistirán si no de derecho al menos
de hecho. Pero la desigualdad de hecho, por una ley
inherente a la sociedad, produce siempre la desigualdad de derechos; la
desigualdad social deviene casi siempre desigualdad política. Y sin igualdad
política, hemos dicho, no hay libertad en el sentido humano, universal,
verdaderamente democrático de esta palabra. La sociedad seguirá siempre
dividida en dos partes desiguales, una de las cuales, inmensa y abarcando a
toda la masa popular, será oprimida por la otra explotadora. Así pues, el
derecho de sucesión es contrario al triunfo de la libertad, y si la sociedad
quiere llegar a ser libre, tendrá que abolirle.
Debe abolirle porque, al reposar sobre una ficción,
este derecho es contrario al mismo principio de libertad. Todos los derechos
individuales, políticos y sociales pertenecen al individuo real y vivo. Una vez
muerto, no hay ya ni voluntad de quien no está allí y que sin embargo oprime a
los vivos. Si el individuo muerto tiende a la ejecución de su voluntad, que
sea, si puede, el mismo el ejecutor de ella, pero no hay derecho a exigir que
la sociedad ponga todo su poder y su derecho al servicio de su no existencia.
La finalidad legítima y seria del derecho de
sucesión ha sido siempre la de asegurar a las generaciones venideras los medios
para desarrollarse y llegar a ser hombres. En consecuencia, sólo el fondo de
educación y de instrucción pública tendrá derecho a heredar con obligación de
proporcionar igualmente mantenimiento, educación e instrucción de todos los
niños desde su nacimiento hasta su mayoría de edad y emancipación completa. De
esta manera, todos los padres estarán igualmente seguros de la suerte de sus hijos,
y como la igualdad de todos es una condición
fundamental de la moralidad de cada uno, y como
todo privilegio es una fuente de inmoralidad, todos los padres cuyo amor por
sus hijos es razonable y aspiran no a su vanidad, sino a su dignidad humana, si
tuviesen la posibilidad de depararles una herencia que les colocaría en
situación privilegiada, preferirían para ellos el régimen de la más completa
igualdad.
La desigualdad que resulta del derecho de sucesión,
una vez abolida, seguirá siendo siempre, aunque ahora disminuida
considerablemente, la que resulte de la diferencia de capacidades, de las
fuerzas y de la energía productiva de los individuos, diferencia que, a su vez,
sin desaparecer nunca enteramente, se hará cada vez menor, bajo la influencia
de una educación y de un sistema de organización social igualitaria y que —una
vez abolido el derecho de sucesión— no pesará nunca sobre las generaciones
venideras.
Siendo el trabajo el único productor de riqueza,
cada uno será libre, sin duda, de morir de hambre o de ir a vivir al desierto o
las selvas entre las bestias salvajes, pero quien quiera vivir en medio de la
sociedad habrá de ganar su vida con su propio trabajo, si no quiere ser
considerado un parásito, un explotador del bien, es decir, del trabajo de otro,
un ladrón.
El trabajo es la base fundamental de la dignidad y
del derecho humano, pues sólo por el trabajo libre e inteligente el hombre —a
su vez creador y conquistador del mundo exterior y de su propia bestialidad, de
su humanidad y su derecho— crea el mundo civilizado. El deshonor que, en el
mundo antiguo como en el feudal, fue adscrito a la idea del
trabajo, y que subsiste aún hoy en gran parte, pese
a todas las frases que cada día escuchamos sobre su pretendida dignidad, este
desprecio estúpido del trabajo tiene dos fuentes. La primera es esa convicción
tan característica de los antiguos y que todavía hoy cuenta con tantos
partidarios secretos de que para dar a una porción cualquiera de la sociedad
humana los medios para humanizarse a través de la ciencia, las artes, el
conocimiento y ejercicio del derecho, es preciso que otra porción, naturalmente
más numerosa, se una al trabajo en plan de esclavitud. Este principio
fundamental de la civilización antigua fue la causa de su ruina. La ciudad,
corrompida y desorganizada por la desocupación privilegiada de los ciudadanos,
minada de otra parte por la acción imperceptible y lenta, pero constante, de
ese mundo desheredado de los esclavos, moralizados pese a la esclavitud y
mantenidos en su fuerza primitiva por la acción salutífera del trabajo, aunque
fuera forzado, cayó bajo los golpes de los pueblos bárbaros, a los cuales, por
origen, habían pertenecido en gran parte estos esclavos.
El cristianismo, esa religión de esclavos, destruyó
más tarde la antigua irregularidad para crear una nueva: el privilegio de la
gracia y de la elección divinas fundado sobre la desigualdad, producto
naturalmente del derecho de conquista, separa de nuevo a la sociedad humana en
dos campos: la canalla y la nobleza, los siervos y los amos, atribuyendo a
estos últimos el noble oficio de las armas y del gobierno, y no dejando para
los siervos más que el trabajo, no sólo envilecido, sino también maldito. La misma
causa produce necesariamente los mismos efectos; el mundo nobiliario, enervado
y desmoralizado por el privilegio de la
desocupación, cayó en 1789 bajo los golpes de los
siervos, trabajadores revolucionarios unidos y poderosos.
Entonces se proclamó la libertad del trabajo, su
rehabilitación de derecho. Pero sólo de derecho, pues de hecho el trabajo sigue
siendo aún deshonroso, cosa de siervos. Habiendo sido superada por la gran
revolución la primera fuente de este deshonor, que consistía en el dogma de la
desigualdad política de los hombres, hay que añadir el desprecio actual del
trabajo a la segunda, que no es otra cosa que la separación establecida y
existente con fuerza aún hoy, entre el trabajo intelectual y el manual y que, reproduciendo
en forma nueva la antigua desigualdad, divide de nuevo al mundo social en dos
campos: la minoría privilegiada de siempre no tanto por ley cuanto por el
capital, y la mayoría de los trabajadores forzados, no ya por el derecho inicuo
del privilegio legal, sino por el hambre.
En efecto, hoy la dignidad del trabajo es ya
teóricamente reconocida, y la opinión pública admite que es vergonzoso el vivir
sin trabajar. Sólo que, como el trabajo humano, considerado en su totalidad, se
divide en dos partes, una de las cuales, toda intelectual y declarada
exclusivamente noble, comprende las ciencias, las artes y, en la industria, la
aplicación de las ciencias y de las artes, la idea, la concepción, la
invención, el cálculo, el gobierno y la dirección general o subordinada de las
fuerzas obreras, mientras que la otra solamente comprende la ejecución manual
reducida a una acción puramente mecánica, sin inteligencia, sin idea, por esta
ley económica y social de la división del trabajo, los privilegios del capital,
sin exceptuar a aquellos que son los menos autorizados por la medida de sus
capacidades individuales, se dedican a la primera,
y dejan la segunda al pueblo. De ahí resultan tres grandes males: uno, para
estos privilegios del capital; otro, para las masas populares; y el tercero,
procedente de uno y de otro, para la producción de riquezas, para el bienestar,
para la justicia y para el desarrollo intelectual y moral de toda la sociedad
entera.
El mal del que sufren las clases privilegiadas es
éste: tomando la mejor parte en el reparto de las funciones sociales, esas
clases acaban formando una clase cada vez más mezquina en el orden intelectual
y moral. Es totalmente verdadero que un cierto grado de ocio es absolutamente
necesario para el desarrollo del espíritu, de las ciencias y de las artes; pero
éste debe ser un ocio ganado, que suceda a las sanas fatigas de un trabajo
diario, un ocio justo y cuya posibilidad, dependiendo de la mayor o menor energía
de la capacidad y la buena voluntad del individuo, sería socialmente igual para
todo el mundo. Todo ocio privilegiado, por el contrario, lejos de fortalecer el
espíritu, le enerva, le desmoraliza y le mata. Toda la historia nos lo prueba:
con raras excepciones, las clases privilegiadas por fortuna o sangre han sido
siempre las menos productivas espiritualmente, mientras que los grandes
descubrimientos en ciencia, artes e industria, han sido hechos la mayoría de
las veces por hombres que, en su juventud, han sido forzados a ganar su vida
con un rudo trabajo.
La naturaleza del hombre está hecha de tal manera
que la posibilidad del mal produce infaliblemente y siempre su realidad, y que
la moralidad del individuo depende mucho más de las condiciones de su
existencia y del medio en que
vive, que de su propia voluntad. En este y en los
demás aspectos, la ley de la solidaridad social es inexorable, de suerte que
para moralizar a los individuos no hay que ocuparse tanto de su conciencia
cuanto de la naturaleza de su existencia social. Y no hay, por lo demás, otro
moralizador, ni para la sociedad ni para el individuo, que la libertad en la
más perfecta igualdad. Tomad al más sincero demócrata y ponedle sobre un trono
cualquiera: si no baja de él enseguida, pronto será un canalla. Un hombre nacido
en la aristocracia, si por un azar que sería feliz, no desprecia y odia su
sangre, y si no se avergüenza de la aristocracia, será necesariamente un hombre
tan malo como vano, suspirante del pasado, inútil en el presente y adversario
apasionado del porvenir. Y lo mismo el burgués. Niño mimado del capital y del
ocio privilegiado, hará de su ocio desocupación, corrupción, intemperancia, o
bien se servirá de él como de un arma terrible para hundir en adelante a las
clases obreras, y acabará por levantar contra él una revolución aún más
terrible que la de 1793.
El mal del que sufre el pueblo es aún más fácil de
determinar: trabaja para otro, y su trabajo, privado de libertad, de ocio y de
inteligencia, y por lo mismo envilecido, le degrada, le aplasta y le mata. Está
forzado a trabajar para otro, porque, nacido en la miseria y privado de toda
instrucción así como de toda educación racional, moralmente esclavo debido a
las influencias religiosas, se ve lanzado a la vida desarmado, desacreditado,
sin iniciativa y sin voluntad propia. Forzado por el hambre desde su más tierna
infancia a ganar su triste vida, ha de vender su fuerza física, su trabajo, a
las más duras condiciones, sin tener el
pensamiento ni la facultad material de exigir
otras. Reducido a la desesperación por la miseria, a veces se levanta; pero,
faltando la unidad y la fuerza que da el pensamiento, mal conducido, con mucha
frecuencia traicionado y vendido por sus jefes, y no sabiendo casi nunca a qué
carta quedarse con los males que padece, golpea las más de las veces en falso,
ha fracasado, hasta el presente al menos, en sus revoluciones y, fatigado por
una lucha estéril, ha vuelto a caer siempre en su antigua esclavitud.
Esta esclavitud durará tanto como el capital, que
está fuera de la acción colectiva de las fuerzas obreras y les explota, y en
tanto que la instrucción, que, en una sociedad bien organizada deberá ser
repartida entre todo el mundo por igual, no desarrollando más que el interés de
una clase privilegiada, atribuya a esta última toda la parte espiritual del
trabajo, y no deje al pueblo más que la brutal aplicación de sus fuerzas
físicas subyugadas y siempre condenadas a ejercer ideas que no son las suyas.
Por esta injusta y funesta devoción, el trabajo del
pueblo, puramente mecánico y parecido al de una bestia de carga, es deshonrado,
despreciado, y, como consecuencia natural, desheredado de todo derecho. De ahí
resulta para la sociedad un mal inmenso desde el punto de vista político,
intelectual y moral. La minoría que goza del monopolio y de la ciencia, por
efecto de este privilegio, es dañada a la vez en su inteligencia y en su
corazón, hasta el punto de devenir estúpida a fuerza de instrucción, pues nada
es tan malo y estéril como la inteligencia patentada y privilegiada. Por otro
lado, el pueblo, absolutamente desnudo de ciencia, aplas-tado por un trabajo
cotidiano mecánico, más apto para
embrutecer que para desarrollar su inteligencia
natural, privado de la luz que podría señalarle la vía de su liberación, se
debate vanamente en su zahúrda forzada, y, como tiene siempre en sí la fuerza
que da el número, pone siempre en peligro la existencia misma de la sociedad.
Es, pues, necesario que la inicua distinción
establecida entre trabajo intelectual y trabajo manual sea establecida de otro
modo. La producción económica de la sociedad surge considerablemente por lo
mismo; la inteligencia separada de la acción corporal se enerva, se deseca, se
marchita, mientras que la fuerza corporal de la humanidad, separada de la
inteligencia, se embrutece, y, en este estado de separación artificial, ninguna
produce ni la mitad de lo que es capaz, de lo que debe producir cuando, reunidas
en una nueva síntesis social, no forman ya más que una sola acción productiva.
Cuando el hombre de ciencia trabaje y el hombre de trabajo piense, el trabajo
inteligente y libre será considerado como el más bello título de gloria para la
humanidad, como la base de su dignidad, de su derecho, como la manifestación de
su poder humano sobre la tierra; y la humanidad será constituida.
El trabajo inteligente y libre será necesariamente
un trabajo asociado.
Libre será cada uno de asociarse o no asociarse
para el trabajo, pero no hay duda de que a excepción de los trabajos de
imaginación y de los que la naturaleza exige la concentración de la
inteligencia individual en sí misma, en todas las empresas industriales y hasta
en las científicas o artísticas que admitan por su naturaleza el trabajo
asociado, la asociación será preferida por todo el mundo, por la simple
razón de que la asociación multiplica de manera
maravillosa las fuerzas productivas de cada uno y de que cada uno, al ser
miembro y cooperador de una asociación productiva, con menos tiempo y muchas
menos dificultades, ganará mucho más.
Cuando las asociaciones productivas y libres,
dejando de ser esclavas y pasando a su vez a ser las dueñas y propietarias del
capital necesario, comprendan en su seno, a título de miembros cooperadores, al
lado de las fuerzas obreras emancipadas por la instrucción general a todas las
inteligencias especiales reclamadas por cada empresa; cuando, combinándose
entre ellas siempre libremente, según sus necesidades y su naturaleza,
sobrepasando pronto o tarde todas las fronteras nacionales, formen una inmensa
federación económica con un parlamento auxiliado por los datos tan abundantes
como precisos y detallados suministrados por una estadística mundial y que
combinen la oferta con la demanda para gobernar, determinar y repartir entre
diferentes países la producción de la industria mundial, de suerte que no
existan ya —o casi no existan— crisis comerciales o industriales, estancamiento
forzado, desastres, capitales perdidos, cuando todo eso exista, entonces el
trabajo humano, emancipación de cada uno y de todos, regenerará el mundo.
La tierra, con todas sus riquezas naturales, es
propiedad de todo el mundo, pero no será poseída más que por quienes la
cultiven.
La mujer, diferente del hombre, pero no inferior a
él, inteligente, trabajadora y libre como él, es declarada su igual
tanto en los derechos como en todas las funciones y
deberes políticos y sociales.
De la familia y de la escuela
Abolición no de la familia natural, sino de la
familia legal, fundada sobre el derecho civil y sobre la propiedad. El
matrimonio religioso y civil es reemplazado por el amor libre. Dos individuos
mayores y de sexo diferente tienen derecho a unirse o separarse según su
voluntad, sus intereses mutuos y las necesidades de su corazón, sin que la
sociedad tenga el derecho ni de impedir su unión, ni de mantenerla pese a
ellos. Siendo abolido el derecho de sucesión, y quedando asegurada la educación
de todos los niños por la sociedad, todas las razones que han sido hasta el
presente asignadas por la consagración política y civil de la irrevocabilidad
del matrimonio desaparecen, y la unión de los dos sexos debe quedar en plena
libertad que, en este caso como en los demás, debe ser siempre la condición
imprescindible de la sincera moralidad. En el matrimonio libre, el hombre y la
mujer deben gozar igualmente de una libertad absoluta.
Ni la violencia de la pasión, ni los derechos
libremente acordados en el pasado pueden servir de excusa para ningún atentado
de una parte contra la libertad del otro, y cada atentado semejante será
considerado como un crimen.
Desde el momento en que una mujer lleva un hijo en
su seno, hasta el momento en que lo pone en el mundo, tiene
derecho a una subvención por parte de la sociedad,
pagada no a cuenta de la mujer, sino del hijo. Toda madre que quiera alimentar
y amaestrar a sus hijos recibirá igualmente de la sociedad todos los gastos de
su entretenimiento y de su desvelo prodigado a los niños.
Los padres tendrán el derecho de tener junto a sí a
sus hijos y de ocuparse de su educación, bajo la tutela y el control supremo de
la sociedad, que conservará siempre el derecho y el deber de separar a los
niños de sus padres, siempre que éstos, por su ejemplo, por sus preceptos o
tratamiento brutal, inhumano, puedan desmoralizar o incluso impedir el
desarrollo de sus hijos.
Los niños no pertenecen ni a los padres ni a la
sociedad, pertenecen a ellos mismos, a su futura libertad. Por su calidad de
niño, y hasta la edad de su emancipación, no es libre más que en posibilidad,
debiendo hallarse por lo tanto bajo régimen de autoridad. Los padres son sus
tutores naturales, es verdad, pero el tutor legal y supremo es la sociedad, que
tiene el derecho y el deber de ocuparse de ellos, porque su propio porvenir
depende de la dirección intelectual y moral que se dé a los niños. La sociedad
no puede dar la libertad a los mayores más que a condición de velar por la
educación de los menores.
La escuela debe reemplazar a la iglesia, con la
inmensa diferencia de que ésta, al distribuir su educación religiosa, no tiene
otro fin que eternizar el régimen de la humana ingenuidad y de la autoridad
sedicente divina, mientras que la educación y la instrucción de la escuela, al
no tener por el contrario otro fin que la emancipación real de los niños cuando
lleguen a su mayoría de edad, no será otra cosa que
su iniciación gradual y progresiva a la libertad,
por el triple desarrollo de sus fuerzas físicas, de su espíritu y de su
voluntad. La razón, la verdad, la justicia, el respeto humano, la conciencia de
la dignidad personal, solidaria e inseparable de la dignidad humana en otro, el
amor de la libertad para sí mismo y para todos los demás, el culto al trabajo
como base y condición de todo derecho, el desprecio de la sinrazón, la mentira,
la injusticia, la laxitud, la esclavitud y la desocupación, tales deberán ser
las bases fundamentales de la educación pública.
Ella debe formar en primer lugar hombres; luego,
especialistas obreros y ciudadanos, y, a medida que avance con la edad de los
niños, la autoridad deberá dejar cada vez mayor espacio en favor de la
libertad, a fin de que los adolescentes, llegados a la mayoría de edad, y
emancipados por la ley, puedan olvidar cómo, en su infancia, fueron gobernados
y conducidos sin libertad por su parte. El respeto humano, ese germen de la
libertad, debe estar presente incluso en los actos más severos y más absolutos
de la autoridad. Toda la educación moral está allí; inculcad ese respeto a los
niños, y habréis hecho de ellos unos hombres.
Una vez terminada la instrucción primaria y
secundaria, los niños, según sus capacidades y simpatías, aconsejados,
ilustrados pero no violentados por sus superiores, elegirán una escuela
superior o especial cualquiera. A la vez, cada uno deberá aplicarse al estudio
teórico y práctico de la rama de industria que le plazca, y la suma de dinero
que haya ganado por su aprendizaje durante este período le será entregada
cuando sea mayor de edad.
Una vez llegado a la edad adulta, el adolescente
será proclamado libre y dueño absoluto de sus actos. A cambio de los desvelos
que la sociedad le ha prodigado durante su infancia, esa sociedad exigirá de él
tres cosas: que sea libre, que viva de su trabajo y que respete la libertad de
los demás. Y, como los crímenes y los vicios que padece la sociedad actual son
únicamente el producto de una mala organización social, podremos estar seguros
de que con una organización y una educación de la sociedad basadas sobre la
razón, sobre la justicia, sobre la libertad, sobre el respeto humano y sobre la
más completa igualdad, el bien será la regla, y el mal una desventurada
excepción, que disminuirá cada vez más bajo la influencia omnipotente de la
opinión pública moralizada.
Los ancianos, los inválidos, los enfermos, rodeados
de cuidados, de respeto y de disfrute de todos sus derechos, tanto públicos
como sociales, serán tratados y mantenidos con profusión, a expensas de la
sociedad.
Política revolucionaria
Es nuestra convicción fundamental el que, dado que
todas las libertades nacionales son solidarias, las revoluciones particulares
de todos los países deben serlo igualmente; en consecuencia, que en Europa como
en todo el mundo civilizado no haya más revoluciones aisladas, sino la
revolución universal solamente, del mismo modo que no hay reaccionarios
aislados, sino una sola reacción europea y
mundial. En consecuencia, todos los intereses
particulares, todas las vanidades, pretensiones, celos y hostilidades
nacionales deben fundarse en la actualidad en el único interés común y
universal de la revolución, que asegurará la libertad e independencia de cada
nación, por la solidaridad de todos.
Es también nuestra convicción, que la Santa Alianza
de la contrarrevolución mundial y de la conspiración de los reyes, del clero,
de la nobleza y de la feudalidad burguesa, apoyadas por presupuestos enormes,
por ejércitos permanentes, por una burguesía formidable, armados con todas las
terribles armas que les proporciona la centralización moderna, con el hábito y
por así decirlo con la rutina de la acción y el derecho de conspirar y de
hacerlo todo a título legal, son un hecho inmenso, amenazante, aplastante y
que, para combatirlo, para oponerle un hecho de igual potencia, para vencerle y
destruirle, no es preciso nada menos que la alianza y la acción revolucionaria
simultánea de todos los pueblos del mundo civilizado.
Contra esta reacción mundial, la revolución aislada
de un pueblo no podrá en modo alguno tener éxito. Será, en consecuencia, una
locura, una falta contra sí misma y una traición, un crimen contra las demás
naciones. En consecuencia, el levantamiento de cada pueblo habrá de hacerse
pensando no solamente en sí mismo, sino en todo el mundo. Pero para que una
nación se levante en vistas de y para todo el mundo, es preciso que esté en
posesión del programa de todo el mundo, un programa lo sufi-cientemente grande,
lo suficientemente profundo, lo suficientemente verdadero, bastante humano en
una
palabra, para que sea capaz de abrazar los
intereses de todo el mundo, y para electrizar las pasiones de todas las masas
populares de Europa, sin diferencia de nacionalidad. El programa no puede ser
más que el de la revolución democrática y social.
El objeto de la revolución democrática y social
puede definirse en dos palabras:
Políticamente, es la abolición del derecho
histórico, del derecho completo de los individuos y de las asociaciones del
yugo de la de conquista y del derecho diplomático. Es la emancipación completa
de los individuos y de las asociaciones del yugo de la autoridad divina y
humana: es la destrucción absoluta de todas las uniones y aglomeraciones
forzadas de las comunas en las provincias, de las provincias y los países
conquistados en el Estado. En fin, es la disolución radical del Estado
centralizado, tutelar, autoritario, con todas sus instituciones militares,
burocráticas, gubernamentales, administrativas, judiciales y civiles. Es en una
palabra la libertad para todo el mundo, para los indivi-duos, como para todos
los cuerpos colectivos, asociaciones, comunas, provincias, regiones y naciones,
y la garantía mutua de esta libertad por la federación.
Socialmente, es la confirmación de la igualdad
política por la igualdad económica. Es, al comienzo de la carrera de cada uno,
la igualdad del punto de partida, igualdad no natural sino social para cada
uno, es decir, igualdad de los medios de mantenimiento, de educación, de
instrucción para cada niño, chico o chica, hasta la época de su mayoría de
edad.
UN FEDERALISMO INTERNACIONLISTA
Como dice James Guillaume, Bakunin había tratado en
vano de que el congreso de Berna (septiembre de 1868) de la Liga de la paz y de
la libertad, de la que el propio Bakunin formaba parte, y que era una liga de
tendencias burguesas, liberales y humanitarias, adoptase el texto siguiente, en
el que se encuentran algunas ideas ya desarrolladas en el programa de la
Federación revolucionaria precedente. Más netamente aún que el precedente, este
texto es de inspiración proudhoniana, tanto en lo que concierne a la apología
del principio federativo, como a la crítica del principio de nacionalidad, caro
a Napoleón III, principio que Bakunin suscribía todavía cuando corriera en
apoyo de la insurrección polonesa de 1863.
Estamos muy contentos al poder declarar que este
principio federativo ha sido unánimemente aclamado por el congreso de Ginebra.
La misma Suiza, que, por lo demás, con tanto éxito lo practica hoy, se ha
adherido a él sin restricción alguna y le ha aceptado en toda la plenitud de
sus consecuencias. Desgraciadamente, en las resoluciones del congreso este
principio ha sido muy mal formulado y no se encuentra más que indirectamente
mencionado, primero con ocasión de la Liga que debemos establecer, y más adelante
en relación con el periódico que hemos de editar
bajo el nombre de Estados Unidos de Europa,
mientras que, según nuestra opinión, hubiéramos debido ocuparnos de ese
principio en el primer lugar de nuestra declaración de principios.
Es una laguna muy desagradable que debemos tratar
de llenar. Conforme al sentimiento unánime del congreso de Ginebra, debemos
proclamar:
Que para
hacer triunfar la libertad, la justicia y la paz en las relaciones
internacionales de Europa, para hacer imposible la guerra civil entre los
diferentes pueblos que componen la familia europea, no hay más que un medio: el
de constituir los Estados Unidos de Europa.
Que los
Estados 'de Europa no podrán nunca formarse con los Estados tal como hoy están
configurados, dada la desigualdad monstruosa que existe hoy entre sus fuerzas
respectivas.
Que el
ejemplo de la difunta Confederación germánica ha probado de manera perentoria
que una confederación de monarquías es una irrisión, y que es impotente para
garantizar la paz y la libertad de las poblaciones.
Que
ningún Estado centralizado, burocrático, y por ello militar, aunque se llame
república, podrá entrar seria y sinceramente en una confederación
internacional. Por su constitución, que será siempre una negación abierta o
enmascarada de la libertad en el interior,.será necesariamente una declaración
de guerra permanente, una amenaza contra la existencia de los países vecinos.
Fundado
esencialmente sobre un acto ulterior de violencia,
de conquista o de lo que en la vida privada se llama robo con efracción, acto
bendecido por la Iglesia de cualquier religión, consagrado por el tiempo y por
ello mismo transformado en derecho histórico, y apoyándose sobre esta divina
consagra-ción de la violencia triunfante así como sobre un derecho exclusivo y
supremo, cada Estado centralizado aparece por ello mismo como una negación
absoluta del derecho de los restantes Estados, no reconociéndoles jamás, en los
tratados que firma con ellos, más que en un sentido de interés político, o por
impotencia.
Que todos
los adherentes de la Liga deberán en consecuencia tender con todos sus
esfuerzos a reconstruir sus patrias respectivas, de arriba abajo, sobre la
violencia y sobre el principio de autoridad, por una organización nueva que no
tuviese otra base que los intereses, las necesidades y las atracciones
naturales de las poblaciones, ni otro principio que la federación libre de los
individuos en las comunas, las comunas en las provincias, las provincias en las
naciones y, en fin, las naciones en los Estados Unidos de Europa primero, y más
tarde del mundo entero.
Consecuentemente,
abandono absoluto de todo lo que se llama derecho histórico de los Estados;
todas las cuestiones relativas a las fronteras naturales, políticas,
estratégicas, comerciales, deberán ser consideradas como pertenecientes a la
historia antigua y rechazadas con energía por todos los miembros de la Liga.
Reconocimiento
del derecho absoluto de cada nación, grande o pequeña, de cada pueblo, débil o
fuerte, de
cada provincia, de cada comuna, con una completa
autonomía, si su constitución interior no supone una amenaza ni un peligro para
la autonomía y la libertad de los países vecinos.
Por el
hecho de que un país forme parte de un Estado, aunque hubiera pasado a formar
parte de él libremente, no se sigue en modo alguno que esté obligado a quedar
siempre ligado a él. Ninguna obligación perpetua podría ser aceptada por la
justicia humana, que es la única que puede ser entre nosotros autoridad, y
nosotros no reconoceremos nunca otros derechos ni otros deberes que los que se
fundan sobre la libertad. El derecho de la libre reunión y de la secesión
igualmente libre es el primero y más importante de todos los derechos
políticos, sin el cual la confederación no sería nunca más que una
centralización enmascarada.
De todo
lo que precede resulta que la Liga debe proscribir francamente toda alianza de
tal o cual fracción nacional de la democracia europea con los Estados
monárquicos, aun cuando esa alianza tuviera por objeto reconquistar la
independencia o la libertad de un país oprimido; una alianza semejante, al no
poder llevar más que a decepciones, sería a la vez una traición contra la
revolución.
Por el
contrarío, la Liga, precisamente por ser la Liga de la paz y por estar
convencida de que la paz no podrá ser conquistada y fundada más que sobre la
más íntima y completa solidaridad de los pueblos en la justicia y en la
libertad, debe proclamar en voz alta sus simpatías por toda insurrección
nacional contra toda opresión, sea extranjera,
sea indígena, siempre que esta insurrección se
realice en nombre de nuestros principios y en interés —tanto político como
económico— de las masas populares, pero no con la intención ambiciosa de fundar
un poderoso Estado.
La Liga
hará guerra a muerte a todo lo que se llama gloria, grandeza y poderío de los
Estados. A todos estos falsos y malditos ídolos a los que han sido inmolados
millones de víctimas humanas, opondremos las glorias de la inteligencia humana
manifestándose en la ciencia y en una prosperidad universal fundada sobre el
trabajo, sobre la justicia y sobre la libertad.
La Liga
reconocerá la nacionalidad como un hecho natural, teniendo indiscutiblemente
derecho a una existencia y a un desarrollo libre, pero no como un principio, ya
que todo principio lleva el carácter de universalidad, mientras que, por el
contrario, la nacionalidad no es más que un hecho exclusivo, separado. Este
sedicente principio de nacionalidad, tal como ha sido planteado en nuestros
días por los gobiernos de Francia, Rusia y Prusia, y aun por muchos patriotas
alemanes, poloneses, italianos y húngaros, no es más que un derivado opuesto
por reacción al espíritu de la revolución: eminentemente aristocrático en el
fondo, hasta hacer despreciar los dialectos de las poblaciones no letradas,
negando implícitamente la libertad de las provincias y la autonomía real de las
comunas, y sostenido en todos los países no por las masas populares,
sacrificando sistemáticamente los intereses reales en aras de un supuesto bien
público que no es nunca otro que el de las clases privilegiadas, este principio
no expresa más que los pretendidos derechos históricos y la ambición de los
Estados. El derecho de nacionalidad, por lo tanto,
no podrá ser nunca considerado por la Liga más que como una consecuencia
natural del principio supremo de la libertad, cesando de ser un derecho desde
el momento en que se plantee contra la libertad, o incluso desde fuera de la
libertad.
La unidad
es el fin hacia el cual tiende de una manera irresistible la humanidad. Pero la
unidad resulta fatal, destructora de la inteligencia, de la dignidad, de la
prosperidad de los individuos y de los pueblos, cuantas veces se forma fuera de
la libertad, sea por la violencia, sea por la autoridad de una idea teológica,
metafísica, política o incluso económica, cualquiera que fuese. El patriotismo
que tiende a la unidad fuera de la libertad es un patriotismo malo, siempre
funesto para los intereses populares y reales del país que pretende exaltar y
servir, amigo, fre-cuentemente sin quererlo, de la reacción, y enemigo de la
revolución, es decir, enemigo de la emancipación de las naciones y de los
hombres. La Liga no podrá reconocer más que una sola mudad: la que se
constituirá libremente por la federación de las partes autónomas en el todo, de
suerte que éste, al cesar de ser la negación de los derechos y de los intereses
particulares, al cesar de ser el cementerio a donde vienen a enterrarse
forzosamente todas las prosperidades locales, llegue a ser por el contrario la
confirmación y la fuente de todas esas autonomías y de todas esas
prosperidades. La Liga atacará por lo tanto vigorosamente a toda organización
religiosa, política, económica y social, que no esté absolutamente penetrada
por este gran principio de la libertad: sin él no existe ni inteligencia, ni
justicia, ni
prosperidad, ni humanidad.
LA IGLESIA Y EL ESTADO
Hemos elegido aquí un texto filosófico-político
contra la Iglesia cómplice del Estado, a fin de mostrar la diversidad de las
inspiraciones de Bakunin. Data de 1871 y es, en realidad, una continuación del
texto que reproducimos en páginas siguientes bajo el título «La comuna de
París». El título «La Iglesia y el Estado», así como el del otro texto, son
ambos nuestros. El folleto del que ambos son extraídos tiene en realidad por
título La Comuna de París y la noción del Estado. La división en dos de este folleto,
que por nuestra parte nos hemos permitido, tiene una justificación: con mucha
frecuencia Bakunin se lanzaba con la cabeza baja a estudiar un tema, pero, en
un momento dado de su escrito, viraba bruscamente para abordar, con la misma
impetuosidad, una cuestión bastante alejada, y hasta incluso completamente
diferente de la primera. Y esto le ha pasado también en el presente folleto. De
ahí la libertad que nos hemos permitido.
Se dice que el acuerdo y la solidaridad universal
de los intereses de los individuos y de la sociedad no podrá nunca realizarse
de hecho, porque sus intereses, siendo contradictorios, no son capaces de
contrabalancearse por sí mismos ni de llegar a un entendimiento cualquiera. A
una objeción semejante responderé que si, hasta el presente, los
intereses no han estado nunca ni en parte alguna de
acuerdo mutuo, eso fue por culpa del Estado, que ha sacrificado los intereses
de la mayoría en provecho de una minoría privilegiada. He aquí por qué esta
famosa incompati-bilidad y esta lucha de intereses personales con los de la
sociedad no es otra cosa que un engaño y una mentira política, nacida de la
mentira teológica, que imaginó la doctrina del pecado original para deshonrar
al hombre y destruir en él la doctrina de su propio valor.
Esta idea del antagonismo de los intereses fue
alumbrada también por los sueños de la metafísica que, como se sabe, es
pariente próxima de la teología. Desconociendo la sociabilidad de la naturaleza
humana, la metafísica miraba a la sociedad como un agregado mecánico y
puramente artificial de individuos, asociados en nombre de un tratado
cualquiera formal o secreto, concluido libremente, o bien bajo la influencia de
una fuerza superior. Antes de unirse en sociedad, estos individuos dotados de
una especie de alma inmortal gozaban de una entera libertad.
Pero si los metafísicos, sobre todo los que creen
en la inmortalidad del alma, afirman que los hombres son seres libres fuera de
la sociedad, llegamos inevitablemente entonces a la conclusión de que los
hombres no pueden unirse en sociedad más que a condición de renegar de su
libertad, de su independencia natural y de sacrificar sus intereses, personales
primero, locales luego. Una renuncia tal, y un sacrificio semejante de sí
mismo, debe ser, por lo tanto, más imperioso cuanto más numerosa es la sociedad,
y más compleja su organización. En un caso tal, el Estado es expresión de todos
los sacrificios individuales. Existiendo
bajo una forma abstracta semejante y violenta a la
vez, sigue, como es obvio, dañando cada vez más la libertad individual en
nombre de esa mentira a la que se llama «felicidad pública», que evidentemente
no es más que el interés de la clase dominante. El Estado nos aparece de esta
manera como una inevitable negación y una aniquilación de toda libertad, de
todo interés, lo mismo individual que general.
Aquí vemos que en los sistemas metafísicos y
teológicos todo se ata y se explica por sí mismo. He aquí por qué los
defensores lógicos de estos sistemas pueden —y hasta deben— continuar con la
conciencia tranquila explotando a las masas populares en medio de la Iglesia y
del Estado. Llenando sus bolsos y satisfaciendo todos sus sucios deseos, pueden
al mismo tiempo consolarse con el sentimiento de que penan por la gloria de
Dios, por la victoria de la civilización y por la felicidad eterna del
proletariado.
Pero nosotros, que no creemos en Dios ni en la
inmortalidad del alma, ni en la propia libertad de la voluntad, afirmamos que
la libertad debe ser comprendida, en su acepción más completa y amplia, como
fin del progreso histórico de la humanidad. Por un contraste extraño aunque
lógico, nuestros adversarios idealistas de la teología y de la metafísica toman
el principio de la libertad como fundamento y base de sus teorías, para
concluir todo buenamente con la indispensabilidad de la esclavitud de los hombres.
Nosotros, materialistas en teoría, tendemos en la práctica a crear y hacer
duradero un idealismo racional y noble. Nuestros enemigos, idealistas divinos y
trascendentales, caen en el materialismo práctico,
sanguinario y vil, en nombre de la misma lógica,
según la cual cada desarrollo es la negación del principio fundamental. Estamos
convencidos de que toda la riqueza de la evolución intelectual, moral y
material del hombre, lo mismo que su aparente independencia, es el producto de
la vida en sociedad.
Fuera de la sociedad, el hombre no solamente no
sería libre, sino que ni siquiera se hubiera transformado en hombre verdadero,
es decir, en ser que tiene conciencia de sí mismo, que siente, piensa y habla.
El concurso de la inteligencia y del trabajo colectivo, y sólo ese concurso, ha
podido forzar al hombre a salir del estado de salvaje y de bruto que constituía
su naturaleza primera o bien su punto inicial de desarrollo ulterior. Estamos
profundamente convencidos de esta verdad: que toda la vida de los hom-bres,
intereses, tendencias, necesidades, ilusiones, y hasta tonterías, así como las
violencias, las injusticias y todas las acciones que tienen la apariencia de
ser voluntarias, no representan más que la consecuencia de fuerzas fatales de
la vida en sociedad. Las gentes no pueden admitir la idea de la independencia
mutua sin negar la recíproca influencia de la correlación de las
manifestaciones de la naturaleza exterior.
En la naturaleza misma, esta maravillosa
correlación y filiación de los fenómenos no se alcanza, ciertamente, sin lucha.
Por el contrario, la armonía de las fuerzas de la naturaleza no aparece más que
como el resultado verdadero de esta lucha continua que es la condición misma de
la vida y del movimiento. En la naturaleza y también en la sociedad, el orden
sin lucha es la muerte.
Si en el universo el orden es natural y posible, es
únicamente porque este universo no está gobernado según cualquier sistema
imaginado de antemano e impuesto por una voluntad suprema. La hipótesis
teológica de una legislación divina conduce a un absurdo evidente y a la
negación no sólo de todo orden, sino de la naturaleza misma. Las leyes
naturales no son reales más que en lo que tienen de inherentes a la naturaleza,
es decir, no son fijadas por ninguna autoridad. Estas leyes no son más que
simples manifestaciones o bien continuas modalidades del desarrollo de las
cosas y de las combinaciones de estos hechos muy variados, pasajeros, pero
reales. El conjunto constituye lo que llamamos «naturaleza». La inteligencia
humana y la ciencia observaron estos hechos, los controlaron experimentalmente,
luego los reunieron en un sistema y les llamaron leyes. La naturaleza opera
inconscientemente, representando por sí misma la variedad infinita de los
fenómenos que aparecen y se repiten de una manera fatal. He aquí por qué,
gracias a esta inevitabilidad de la acción, el orden universal puede existir y
existe de hecho.
Un orden semejante aparece también en la sociedad
humana que, en apariencia, evoluciona de una manera supuestamente antinatural,
pero en realidad se somete a la marcha natural e inevitable de las cosas, Sólo
la superioridad del hombre sobre los demás animales y la facultad de pensar
aportaron a su evolución un elemento particular, completamente natural —sea
dicho de pasada— en el sentido de que, como todo lo que existe, el hombre
representa el producto material de la unión y de la acción de
las fuerzas. Este elemento particular es el
razonamiento, o bien esa facultad de generalizar y de abstraer, gracias a la
cual el hombre puede proyectarse por medio del pensamiento, examinándose y
observándose, como un objeto exterior y extraño. Elevándose idénticamente por
encima de sí mismo así como por encima del mundo circundante, llega a la
presentación de la abstracción perfecta, a la nada absoluta. Este límite último
de la alta abstracción del pensamiento, esta nada absoluta, es Dios.
He aquí el fundamento histórico de toda doctrina
teológica. No comprendiendo la naturaleza ni las causas materiales de sus
propios pensamientos, no dándose siquiera cuenta de las condiciones o de las
leyes naturales que les son especiales, no pudieron ciertamente sospechar esos
primeros hombres en sociedad que sus nociones absolutas no eran más que el
resultado de la facultad de concebir las ideas abstractas. He aquí por qué
consideraron a estas ideas, sacadas de la naturaleza, como objetos reales ante los
cuales la naturaleza misma cesaría de ser alguna cosa. Se pusieron en adelante
a adorar a sus ficciones, sus imposibles nociones de absoluto, y a rendirles
todos los honores. Pero era preciso, de una forma cualquiera, dar figura y
hacer posible a la idea abstracta de la nada o de Dios. Con este fin, hincharon
la concepción de la divinidad y la dotaron, por añadidura, de todas las
cualidades y fuerzas, buenas y malas, que encontraban solamente en la
naturaleza y en la sociedad.
Tal fue el origen y el desarrollo histórico de
todas las reli-giones, comenzando por el fetichismo y acabando por el
cris-tianismo.
Ahora no tenemos la intención de lanzarnos a la
historia de los absurdos religiosos, teológicos y metafísicos, y menos aún de
ese despliegue sucesivo de todas las encarnaciones y visiones divinas, creadas
por siglos de barbarie. Es conocido de todo el mundo que la superstición daba
siempre nacimiento a terribles desgracias y que forzaba a verter arroyos de
sangre y lágrimas. Por nuestra parte, diremos tan sólo que todos estos
extravíos de la pobre humanidad fueron hechos históricos inevitables en el crecimiento
normal y la evolución de los organismos sociales. Tales alucinaciones
engendraron en la sociedad la idea fatal y dominante en la imaginación de los
hombres de que el universo era supuestamente gobernado por una fuerza y por una
voluntad sobrenaturales. Los siglos sucedieron a los siglos, y las sociedades
se habituaron hasta tal punto a esta idea, que finalmente mataron en ellas toda
tendencia hacia un progreso más lejano, así como toda capacidad para llegar
hasta él.
La ambición de algunos individuos primero, de
algunas clases sociales después, erigieron en principio vital la esclavitud y
la conquista, y enraizaron más que ninguna otra la terrible idea de la
divinidad. A partir de entonces, cualquier sociedad fue imposible sin tener
como base estas dos instituciones: Iglesia y Estado. Ambos pilares sociales son
defendidos por todos los doctrinarios.
Apenas aparecieron en el mundo estas instituciones,
orga-nizáronse de golpe dos castas: la de los curas y la de los aris-tócratas,
que, sin pérdida de tiempo, tuvieron el cuidado de inculcar profundamente al
pueblo esclavizado la
indispensabilidad, la utilidad y la santidad de la
Iglesia y del Estado.
Todo ello tenía como fin el cambiar la esclavitud
brutal por una esclavitud legal, prevista, consagrada por la voluntad del Ser
Supremo.
Pero los sacerdotes y los aristócratas ¿creían
sinceramente en esas instituciones que sostenían con todas sus fuerzas en su
interés particular? ¿No eran sino embusteros y engañadores? No; yo creo que
eran a la vez creyentes e impostores.
Ellos también creían, porque compartían natural e
inevitablemente los extravíos de la masa, y sólo más tarde, en la época de la
decadencia del mundo antiguo, llegaron a ser escépticos y mentirosos sin
vergüenza. Otra razón permite considerar a los fundadores de los Estados como
gente sincera. El hombre cree siempre fácilmente en lo que desea y en lo que no
contradice a sus intereses. Aunque sea inteligente e instruido es la misma
cosa: por su amor propio y por su deseo de vivir con sus semejantes y de aprovechar
su respeto, creerá siempre en lo que le es agradable y útil. Estoy convencido
de que, por ejemplo, Thiers y el gobierno de Versalles se esforzaban a
cualquier precio por autoconvencerse de que, matando en París a unos cuantos
millares de hombres, mujeres y niños, salvarían Francia.
Pero si los sacerdotes, los augures, los
aristócratas y los burgueses de los viejos y de los nuevos tiempos pudieron
creer sinceramente, fueron cuando menos sicofantes. No puede creerse, en
efecto, que hayan creído en cada uno de los absurdos que constituyen la fe y la
política. No hablo siquiera de la época en que según la frase de Cicerón «dos
augures no podían mirarse sin reír». Incluso en el
tiempo de la ignorancia y de la superstición general, es difícil suponer que
los inventores de milagros cotidianos hayan sido convencidos de la realidad de
esos milagros. Lo mismo puede decirse de la política, que se puede resumir en
la regla siguiente: «Es preciso subyugar y expoliar al pueblo de tal manera que
no se queje en voz demasiado alta de su destino, que no olvide someterse y que
no tenga tiempo para pensar en la resistencia y en la revuelta.»
¿Cómo, pues, después de eso, imaginarse que gentes
que han hecho de la política un oficio y que conocen su fin, es decir, la
injusticia, la violencia, la mentira, la traición, el asesinato, en masa y
aislado, puedan creer sinceramente en el arte político y en la sabiduría de un
Estado generador de la felicidad social? Hasta este grado de imbecilidad no
puede llegar, pese a toda su crueldad. La Iglesia y el Estado han sido en todos
los tiempos grandes escuelas de vicios. La historia está allí para atestiguar
sus crímenes: por doquier y siempre, el sacerdote y el hombre de Estado han
sido los enemigos y los verdugos conscientes, sistemáticos, implacables y
sanguinarios de los pueblos.
¿Pero cómo, a la vez, conciliar dos cosas en
apariencia in-compatibles, engañadores y engañados, embusteros y creyentes?
Lógicamente, eso parece difícil; sin embargo, de hecho, es decir, en la vida
práctica, estas cualidades se asocian muy frecuentemente.
En enorme mayoría, las gentes viven en
contradicción con ellas mismas, y en continuos malentendidos, pero no se dan
cuenta de ello hasta que algún acontecimiento extraordinario las saca de su
somnolencia habitual y las
fuerza a lanzar una ojeada sobre sí mismas y a su
alrededor.
En política como en religión, los hombres no son
más que máquinas entre las manos de los explotadores. Pero robadores y robados,
opresores y oprimidos, viven irnos al lado de otros, gobernados por un puñado
de individuos que conviene considerar como los verdaderos explotadores. Son las
mismas gentes libres de todo prejuicio político y religioso las que maltratan y
oprimen conscientemente. En los siglos XVII y XVIII, hasta la Revolución
francesa, como en nuestros días, mandan en Europa y actúan casi a su guisa. Hay
que creer que su dominación no se prolongará demasiado.
Mientras que los principales jefes engañan y
pierden a los pueblos, sus servidores o las criaturas de la Iglesia y del
Estado, con toda conciencia, se aplican con celo a sostener la santidad y la
integridad de estas odiosas instituciones. Si la Iglesia, según los sermones de
los sacerdotes y de la mayoría de los hombres de Estado, es también necesaria
para la salud del alma, el Estado, a su vez, es también necesario para la
conservación de la paz, del orden y de la justicia; entonces los doctrinarios
de todas las escuelas gritan: «Sin Iglesia y sin gobierno no hay civilización
ni progreso.»
No vamos a discutir los problemas de la salvación
eterna, porque no creemos en la inmortalidad del alma. Estamos convencidos de
que la más nociva de las cosas para la humanidad, para la verdad y el progreso,
es la Iglesia. ¿Es que puede ser de modo distinto? ¿No es a la Iglesia a la que
la está encomendada la tarea de pervertir a las jóvenes generaciones, a las
mujeres sobre todo?
¿No es ella la que, por medio de sus dogmas, de sus
mentiras, de su bestialidad y de su ignominia, tiende a matar
el razonamiento lógico de la ciencia? ¿Es que no
atenta contra la dignidad del hombre al pervertir en el las nociones de los
derechos y de la justicia? ¿No forma cadáver lo que es vivo, no pierde la
libertad, no predica la esclavitud eterna de las masas en beneficio de los
tiranos y de los explotadores? ¿No es esa implacable Iglesia la que tiende a
perpetuar el reino de las tinieblas, de la ignorancia, de la mentira y del
crimen?
Si el progreso de nuestro siglo no es un sueño
falaz, debe acabar con la Iglesia.
PROGRAMA Y OBJETO DE LA ORGANIZACION SECRETA
REVOLUCIONARIA DE LOS HERMANOS INTERNACIONALES (1868)
He aquí ahora el programa, que data sin duda del
otoño de 1868, de la segunda organización fraterna secreta que Bakunin acababa
de crear en esa época, y que era un doble clandestino de su Alianza
Internacional de la Democracia Socialista, organización que estaba en alza y
solicitaba ser admitida en bloque en la Internacional. En ella se hará hincapié
constantemente en la condena por Bakunin, no de la violencia revolucionaria,
sino de la violencia y el terror inútiles cuando se aplican a los hombres más que
a las cosas siendo en realidad un subrogado para aquellos que sueñan con una
revolución sanguinaria contra los hombres porque no quieren hacer una
revolución radical contra las cosas. Bakunin había alumbrado estas reflexiones
en el estudio del
Terror burgués de 1794 —más aún que del de 1793—.
Este programa merece igualmente la atención sobre otro punto: Bakunin se
levanta allí en pie de guerra contra los revolucionarios «autoritarios». Se
adivina ya la incubación de la querella entre él y Marx.
La Asociación de hermanos internacionales quiere la
revolución universal, social, filosófica, económica y política a la vez, a fin
de que del orden de cosas actual, fundado sobre la propiedad, sobre la
explotación, sobre la dominación y sobre el principio de autoridad, sea
religiosa, sea metafísica y burguesmente doctrinaria, sea incluso jacobinamente
revolucionaria, no quede en principio en Europa, y luego en el resto del mundo,
piedra sobre piedra. Al grito de paz para los trabajadores, libertad para todos
los oprimidos y muerte para los dominadores, explotadores y tutores de toda
especie, queremos destruir todos los Estados y todas las Iglesias, con todas
sus instituciones y sus leyes religiosas, políticas, jurídicas, financieras,
policiales, universitarias, económicas y sociales, a fin de que todos estos
millones de pobres seres humanos equivocados, siervos, atormentados,
explotados, respiren por fin con plena libertad, una vez liberados de todos los
directores y benefactores oficiales y oficiosos, asociaciones e individuos.
Convencidos de que el mal individual y social
reside mucho menos en los individuos que en la organización de las cosas y en
las posiciones sociales, seremos humanos tanto por sentimientos de justicia
como por cálculo de utilidad y destruiremos sin piedad las posiciones y las
cosas, a fin de poder, sin peligro para la Revolución, respetar a los hombres.
Negamos el libre arbitrio y el pretendido derecho
de la sociedad a castigar. La misma justicia,
entendida en su sentido más amplio y humano, no es más que una idea, por así
decir, negativa y de transición, que plantea el problema social, pero no lo
razona, no haciendo más que indicar la única vía posible de emancipación
humana, es decir, de la humanización de la sociedad por la libertad en la
igualdad; la solución positiva no podrá ser más que por la organización cada
vez más racional de la sociedad. Esta solución tan deseada, ideal común a todos
nosotros, es la libertad, la moralidad, la inteligencia y el bienestar de cada
uno por la solidaridad de todos, la fraternidad humana.
Todo individuo humano es el producto involuntario
de un medio natural en el seno del cual ha nacido, se ha desarrollado, y del
que continúa estando bajo su influencia. Las tres grandes causas de toda
inmoralidad humana son: la desigualdad, tanto política como económica y social;
la ignorancia, que es su resultado natural, y la esclavitud, que es su
consecuencia necesaria.
Como la organización de la sociedad es siempre y
por doquier la única causa de los crímenes cometidos por los hombres, existe
hipocresía o absurdo evidente por parte de una sociedad que castiga a los
criminales, pues toda púnición supone la culpabilidad y los criminales no son
nunca culpables. La teoría de la culpabilidad y el castigo está extraída de la
teología, es decir, del maridaje absurdo con la hipocresía religiosa. El único
derecho que se puede reconocer a la sociedad en su estado actual de transición
es el derecho natural de asesinar a los criminales producidos por ella misma en
interés de su propia defensa, y no el de juzgarles ni condenarles. Este derecho
no lo será ni siquiera
en la estricta acepción de la palabra; será antes
que nada un hecho natural, aflictivo pero inevitable, signo y producto de la
impotencia y de la estupidez de la sociedad actual; y cuanto más sepa la
sociedad evitar servirse de él, tanto más próxima se encontrará ella misma de
su emancipación real. Todos los revolucionarios, los oprimidos, los sufrientes,
víctimas de la organización actual de la sociedad y cuyos corazones están
naturalmente llenos de venganza y de odio, deben recordar claramente que los
reyes,
los opresores, los explotadores de toda laya son
tan culpables como los criminales salidos de la masa popular, los cuales son
hacedores de mal, pero no culpables, puesto que son, también ellos, como los
criminales ordinarios, productos involuntarios de la organización actual de la
sociedad. No habrá por qué asustarse, por tanto, de que en el primer momento el
pueblo insurgido mate mucho. Será una desgracia inevitable tal vez, tan fútil
como los estragos causados por una tempestad.
Pero este hecho natural no será ni moral, ni
siquiera útil Desde esta perspectiva, la historia está llena de enseñanzas: la
terrible guillotina de 1793, a la que no se puede acusar ni de pereza ni de
lentitud, no llegó a destruir la clase nobiliaria en Francia. La aristocracia
ha sido, si no destruida plenamente, al menos profundamente dañada, no por la
guillotina, sino por la confiscación y venta de sus bienes. Y en general se
puede decir que las carnicerías políticas no han matado nunca partidos, habiéndose
mostrado especialmente impotentes contra las clases privilegiadas, pues el
poder reside mucho menos en los hombres que en las posiciones que da a los
hombres privilegiados la orga-
nización de las cosas, es decir, la institución del
Estado y su consecuencia, así como su base natural, la propiedad individual.
Para hacer una revolución radical, es preciso, por
tanto, dedicarse a las posiciones y a las cosas, destruir la propiedad y el
Estado, y entonces no habrá necesidad de destruir a los hombres, ni de
condenarse a la reacción que infalible e inevitablemente no ha faltado nunca ni
dejará de producir en cada sociedad la masacre de los hombres.
Pero, a fin de lograr el derecho de ser humano para
los hombres, sin peligro para la revolución, será preciso ser implacable con
las posiciones y las cosas: habrá que destruir todo y sobre todo y ante todo la
propiedad y su corolario inevitable, el Estado. He ahí todo el secreto de la
revolución.
No hay por qué asombrarse si los jacobinos y los
blanquistas, que han llegado a ser socialistas más por necesidad que por
convicción, y para quienes el socialismo es un medio, no el fin de la
revolución, quieren la dictadura, es decir, la centralización del Estado, que
les llevará por una necesidad lógica e inevitable a la reconstrucción de la
propiedad. Es muy natural que ellos, al no querer hacer una revolución radical
contra las cosas, sueñen con una revolución sanguinaria contra los hombres.
Pero esta revolución sanguinaria fundada sobre la construcción de un Estado
Revolucionario poderosamente centralizado tendría como resultado inevitable,
como lo demostraremos más adelante, la dictadura militar de un nuevo dueño.
Así, pues, el triunfo de los jacobinos o de los blanquistas será la muerte de
la revolución.
Nosotros somos los enemigos naturales de esos
revolucionarios, futuros dictadores,
reglamentadores y tutores de la revolución que, antes incluso que los Estados
monárquicos, aristocráticos y burgueses actuales sean destruidos, sueñan ya con
la creación de Estados Revolucionarios nuevos, tan centralizadores y más
despóti-cos que los Estados que existen hoy, que tienen un hábito tan grande de
orden creado por una autoridad cualquiera desde arriba, y un horror tan grande
a lo que creen desórdenes y que no es otra cosa que la franca y natural
expresión de la vida popular, que antes de que un saludable y buen desorden se
haya producido por la revolución sueñan ya con el fin y el freno por la acción
de una autoridad cualquiera, que no tendrá de revolución más que el nombre,
pero que en efecto no será más que una nueva reacción, pues será una nueva
condena de las masas populares, gobernadas por decreto, a la obediencia, a la
inmovilidad, a la muerte, es decir, a la esclavitud y a la explotación por una
nueva aristocracia casi revolucionaria.
Nosotros comprendemos la revolución en el sentido
del desencadenamiento de lo que se llaman hoy las malas pasiones, y de la
destrucción de lo que en el mismo lenguaje se llama «el orden público».
No tememos, invocamos la anarquía, convencidos de
que esta anarquía, es decir, esta manifestación completa de la vida popular
desencadenada, debe hacer nacer la libertad, la igualdad, la justicia, el orden
nuevo y la fuerza misma de la Revolución contra la reacción. Esta vida nueva,
la revolución popular, no tardará, sin duda, en organizarse; pero creará su
organización revolucionaria de abajo arriba y de la circunferencia al centro,
conforme al principio de libertad, y
no de arriba abajo ni del centro a la
circunferencia según el modo de toda autoridad, pues nos importa poco que esta
autoridad se llame Iglesia, Monarquía, Estado constitucional, República
burguesa o incluso dictadura revolucionaria. Las detestamos y las rechazamos
todas por igual, como fuentes infalibles de explotación y de despotismo.
La revolución tal como nosotros la entendemos
deberá desde el primer día destruir radical y completamente el Estado y todas
las instituciones del Estado. Las consecuencias naturales y necesarias de esta
destrucción serán:
Bancarrota del Estado.
Cese del pago de deudas privadas por la
intervención del Estado, dejando a cauda deudor el derecho de pagar sus deudas,
si quiere.
Cese del pago de todo impuesto y de la detracción
de todas las contribuciones, sean directas, sean indirectas.
Disolución del ejército, de la magistratura, de la
burocracia, de la policía y de los sacerdotes.
Abolición de la justicia oficial, suspensión de
todo lo que jurídicamente se llamaba derecho, y del ejercicio de esos
de-rechos.
Por consiguiente, abolición y quema de todos los
títulos de propiedad, actas de herencia, de venta, de donación, de todos los
procesos, de toda la paparrucha jurídica y civil en una palabra. Por doquier y
en todo, el hecho revolucionario sustituye al derecho creado y garantizado por
el Estado.
Confiscación de todos los capitales productivos e
instrumentos de trabajo al servicio de las asociaciones de
trabajadores, que deberán hacerlos producir
colectivamente.
Confiscación de todas las propiedades de la Iglesia
y del Estado, así como de los metales preciosos de los individuos, en favor de
una alianza federativa de todas las asociaciones obreras, alianza que
constituirá la comuna. A cambio de los bienes confiscados, la comuna dará el
estricto necesario a todos los individuos así despojados, que podrán más tarde,
por su propio trabajo, ganar más si pueden y quieren.
Para la organización de la comuna, la federación de
las ba-rricadas será permanente, con un consejo de comuna revolucionaria por la
delegación de uno o dos diputados por cada barricada, uno por calle o por
distrito, diputados investidos de mandatos imperativos, siempre responsables y
siempre revocables. El consejo comunal así organizado podrá elegir en su seno
comités ejecutivos, separados por cada rama de la administración revolucionaria
de la comuna.
Declaración de la capital insurgida y organizada en
comuna, que tras haber destruido el Estado autoritario y tutelar, cosa que
estaba en su derecho de hacer porque era esclava como todas las demás
localidades, renuncia a su derecho y sobre todo a su pretensión de gobernar, de
imponerse a las provincias.
Llamada a todas las provincias, comunas y
asociaciones, invitando a todos a seguir el ejemplo dado por la capital para
reorganizarse revolucionariamente en principio y para delegar luego, en un
lugar de reunión convenido, a sus diputados, todos ellos investidos de mandatos
imperativos, responsables y revocables, para constituir la federación de las
asociaciones, comunas y provincias insurgidas en nombre
de los mismos principios, y para organizar una
fuerza revolucionaria capaz de triunfar de la reacción. Envío, no de comisarios
revolucionarios oficiales con echarpes cualquiera, sino de propagadores
revolucionarios a todas las provincias y comunas, a los campesinos sobre todo,
que no podrán ser revolucionarios ni por principio ni por los decretos de una
dictadura cualquiera, sino solamente por el hecho revolucionario mismo, es
decir, por las consecuencias que producirá infaliblemente en todas las comunas
el cese completo de la vida jurídica y oficial del Estado.
Abolición del Estado natural, incluso en el sentido
de que todo país extranjero, provincia, comuna, asociación o individuo aislado
que se hubieran levantado en nombre de los mismos principios, serán recibidos
en la federación revolucionaria sin consideración a las fronteras actuales de
los Estados, aunque pertenezcan a sistemas políticos o nacionales diferentes,
quedando excluidas las propias provincias, comunas, asociaciones, individuos
que tomen partido por la reacción. Es, pues, la expansión y la organización de
la revolución en orden a la defensa mutua de los países insurgidos lo que hará
triunfar la universalidad de la revolución, fundada sobre la abolición de las
fronteras y sobre las ruinas de los Estados.
No puede haber revolución política ni nacional
triunfante a menos que la revolución política se transforme en revolución
social, y que la revolución nacional, precisamente por su carácter radicalmente
socialista y destructor del Estado, llegue a ser universal.
La revolución, debiendo hacerla el pueblo en su
totalidad, y debiendo quedar la suprema dirección siempre en el
pueblo organizado en federación libre de
asociaciones agrícolas e industriales, organizándose el Estado Revolucionario y
nuevo de abajo arriba por vía de delegación revolucionaria al abrazar todos los
países insurgidos al conjuro de los mismos principios sin consideración de las
viejas fronteras ni de las diferencias de nacionalidades, al darse todo ello,
el Estado Revolucionario tendrá por objeto la administración de todos los
servicios públicos y no el gobierno de los pueblos. Constituirá la nueva patria,
la alianza de la revolución universal contra la alianza de todas las
reacciones.
Esta organización excluye toda idea de dictadura y
de poder dirigente tutelar. Pero para el establecimiento mismo de esta alianza
revolucionaria y para el triunfo de la revolución contra la reacción, es
necesario que, en medio de la anarquía popular que constituirá la vida y toda
la energía de la revolución, la unidad de pensamiento y de acción
revolucionaria encuentre un órgano. Este órgano debe ser la asociación secreta
y universal de los hermanos internacionales.
Esta asociación parte de la convicción de que las
revoluciones no son jamás hechas ni por los individuos, ni tan siquiera por las
sociedades secretas. Las revoluciones, por su propia naturaleza, se producen
por la fuerza de las cosas, por el movimiento de los acontecimientos y de los
hechos. Las revoluciones se preparan durante largo tiempo en la profundidad de
la conciencia instintiva de las masas populares, y luego estallan, suscitadas
frecuentemente en apariencia por causas fútiles. Todo cuanto puede hacer una
sociedad bien organizada es primeramente ayudar al
nacimiento de una revolución esparciendo en las
masas ideas correspondientes a los instintos de las masas, y organi-zar no el
ejército de la revolución —pues el ejército debe ser siempre el pueblo—, sino
una especie de estado mayor revolucionario compuesto por individuos entregados,
enérgicos, inteligentes y, sobre todo, amigos sinceros, y no ambiciosos ni
vanidosos, hombres del pueblo, capaces de servir de intermediarios entre la
idea revolucionaria y los instintos populares.
El número de estos individuos, por tanto, no puede
ser in-menso. Para la organización internacional en toda Europa, cien
revolucionarios fuerte y seriamente aliados son suficiente. Dos o tres centenas
de revolucionarios bastarán para la organización del país más grande.
POLEMICA CON MARX
En el texto que precede, las alusiones a las
concepciones políticas de los «marxianos» están aún veladas y no citan el
nombre de nadie. Las relaciones entre Bakunin y Marx, en el interior de la
Primera Internacional, no se rompieron verdaderamente más que después de 1870,
cuando Marx, que en un primer tiempo, había dejado, de una forma muy hábil, la
palabra a los obreros, abandonó su papel de consejero discreto y cerebro oculto
de la Internacional para tratar de confiscar abiertamente a la organización en
provecho de su tendencia política «autoritaria» y antianarquista 91 . A partir
de este momento entró en
91 Cfr. Miklós
Molnár, El declive de la primera internacional, 1963 (traducción en
conflicto abierto con los socialistas libertarios
agrupados alrededor de Bakunin. Esta lucha produjo como resultado una escisión
en el seno de la Internacional en el Congreso de La Haya de 1872, escisión
querida deliberadamente por Marx, que hizo condenar sin apelación y excluir a
los bakuninistas.
I. La excomunión de La Haya 92 (carta al periódico
La Liberté, de Bruselas)
Zurich, 5 de octubre de 1872.
Señores redactores:
Tras haber publicado la sentencia de excomunión que
el congreso marxiano de La Haya acaba de pronunciar contra mí, encontrarán
ustedes justo, según creo, publicar mi respuesta. Hela aquí.
El triunfo del señor Marx y de los suyos ha sido
completo. Con una minoría que habían preparado largamente y organizado con
mucha habilidad y esmero, ya que no con mucho respeto por los principios de la
moral, de la verdad y de la justicia que tan frecuentemente se encuentran en
sus discursos, pero tan raramente en sus actos, los marxistas se han quitado la
careta y, como conviene a hombres amantes del poder, siempre en nombre de la
soberanía del pueblo que, sin embargo, servirá de coartada a todos los pretendientes
al gobierno de masas, han decretado
Cuadernos para el Diálogo, Madrid).
Extracto
de Oeuvres, IV, pp. 342-351, el título es nuestro.
audazmente la esclavitud del pueblo de la
Internacional.
Si la Internacional fuese menos viva, si no
estuviese fun-dada, como ellos lo imaginan, más que sobre la organización de
centros directores y no sobre la solidaridad real de los intereses y de las
aspiraciones efectivas del proletariado de todos los países del mundo
civilizado, sobre la federalización espontánea y libre de las secciones y de
las federaciones
obreras, independientemente de toda tutela
gubernamental, los defectos de este nefasto congreso de La Haya, encamación
—por demasiado complaciente y fiel— de las teorías y de la práctica marxianas,
hubiesen bastado para matarla. Hubiesen hecho a la vez ridícula y odiosa esta
magnífica asociación, en cuya fundación, me complace constatarlo, el señor Marx
había tomado una parte tan inteligente como enérgica.
¡Un Estado, un gobierno, una dictadura universal!
¡El sueño de los Gregorio VII, de los Bonifacio VIII, de los Carlos V y de los
Napoleón reproducido en formas nuevas, pero siempre con las mismas pretensiones
en el campo de la democracia socialista! ¿Puede imaginarse algo más burlesco,
pero a la vez más indignante?
Pretender que un grupo de individuos, incluso los
más inteligentes y los mejor intencionados, serán capaces de llegar a ser el
pensamiento, el alma, la voluntad dirigente y unificadora del movimiento
revolucionario y de la organización económica del proletariado de todos los
países, es una herejía tal contra el sentido común y contra la experiencia
histórica, que uno se pregunta con asombro cómo un hombre tan inteligente como
Marx ha podido concebirla.
Los papas han tenido, al menos, por excusa la
verdad absoluta que decían guardar en sus manos por gracia del Espíritu Santo y
en la que debían creer. Pero el señor Marx no tiene esta excusa, y yo no le
haré la injuria de pensar que él se imagine el haber inventado científicamente
algo parecido a la verdad absoluta. Y desde el momento en que el absoluto no
existe, no puede haber para la Internacional dogma infalible, ni, en
consecuencia, teoría política o económica oficial, y nuestros congresos no
pueden nunca pretender el papel de concilios ecuménicos proclamando principios
obligatorios para todos los adherentes y creyentes.
No existe más que una ley realmente obligatoria
para todos los miembros, individuos, secciones y federaciones de la
Internacional, de la que esta ley constituye la verdadera y única base. Es, en
toda su extensión, en todas sus consecuencias y aplicaciones, la solidaridad
internacional de los trabajadores de todos los oficios y de todos los países en
su lucha económica contra los explotadores del trabajo. Es en la organización
real de esta solidaridad, por la acción espontánea de las masas obreras y por la
federación absolutamente libre, y que será tanto más poderosa cuanto más libre
sea, de las masas obreras de todas las lenguas y de todas las naciones, y no en
su unificación por decretos y bajo la batuta de un gobierno cualquiera, donde
reside únicamente la unidad real y viviente de la Internacional.
Que de esta organización cada vez más ancha de la
solida-ridad militante del proletariado contra la explotación burguesa deba
salir y salga, en efecto, la lucha política del proletariado contra la
burguesía, ¿quién puede dudarlo? Los
marxistas y nosotros tenemos unanimidad en este
punto. Pero inmediatamente se presenta la cuestión que nos separa tan
profundamente de los marxistas.
Nosotros pensamos que la política, necesariamente
revolucionaria, del proletariado debe tener por objeto inmediato y único la
destrucción de los Estados. No comprendemos que pueda hablarse de solidaridad
internacional cuando se quieren conservar los Estados, a menos que se sueñe con
un Estado universal, es decir, con la esclavitud universal, como los grandes
emperadores y los papas, siendo el Estado por su misma naturaleza una ruptura
de esta solidaridad y, por consiguiente, una causa per-manente de guerra. No
concebimos tampoco que se pueda hablar de libertad del proletariado o de
liberación real de las masas en el Estado y por el Estado. Estado quiere decir
dominación, y toda dominación supone el sometimiento de las masas, y, por
consiguiente, su explotación en provecho de una minoría gubernamental
cualquiera.
Nosotros no admitimos, ni siquiera como transición
revolucionaria, ni las convenciones naturales, ni las asambleas constituyentes,
ni los gobiernos provisionales, ni las dictaduras supuestamente
revolucionarias, porque estamos convencidos de que la revolución no es sincera,
honesta y real más que en las masas, y de que, cuando se concentra en las manos
de algunos individuos gobernantes, llega a ser inevitable e inmediatamente la
reacción. Tal es nuestra creencia, aunque no es éste el lugar de desarrollarla.
Los marxistas profesan ideas completamente contrarias. Como conviene a buenos
alemanes, son los adoradores del poder del Estado, y necesariamente también los
profetas de
la disciplina política y social, los campeones del
orden establecido de arriba abajo, siempre en nombre del sufragio universal y
de la soberanía de las masas, a las que han reservado la felicidad y el honor
de obedecer a jefes, a dueños electos. Los marxistas no admiten otra
emancipación que la que esperan de su Estado supuestamente popular
(Vólksstaat). Son poco enemigos del patriotismo, y su Internacional lleva
demasiado frecuentemente los colores del pangermanismo. Existe entre la
política bismarckiana y la marxiana una diferencia sin duda muy sensible, pero
entre los marxistas y nosotros hay un abismo. Ellos son los gubernamentales,
nosotros los anarquistas.
Tales son las tendencias que separan hoy a la
Internacional en dos campos. Por un lado, no hay, propiamente hablando, más que
la sola Alemania; de otro lado, hay grados diferentes: Italia, España, el Jura
suizo, una gran parte de Francia, Bélgica, Holanda y, en un futuro muy próximo,
también los pueblos eslavos. Ambas tendencias se han topado en el congreso de
La Haya, y gracias a la habilidad del señor Marx, gracias a la organización
completamente artificial de su último congreso, la tendencia germánica ha
vencido.
¿Significa esto que la terrible cuestión ha sido
resuelta? Ni siquiera ha sido propiamente discutida; habiendo votado la mayoría
como un regimiento bien disciplinado, ha aplastado toda discusión con su voto.
La contradicción existe, pues, más viva y amenazadora que nunca, y el señor
Marx mismo, pese a todas las mieles del triunfo, no se imagina siquiera que
pueda escapar bien librado. Y si por un momento ha podido concebir una
esperanza tan loca, la protección
solidaria de los delegados jurasianos, españoles,
belgas y holandeses (sin hablar de Italia, que ni siquiera ha querido enviar
sus delegados a este congreso tan ostensiblemente falsificado), esa protesta
tan moderada en la forma como enérgica y significativa en el fondo, ha debido
desengañarle en seguida.
Esta misma protesta no es, evidentemente, más que
un preludio muy débil de la formidable oposición que va a estallar en todos los
países verdaderamente penetrados del principio y de la pasión de la revolución
social. Y toda esta tempestad habrá sido despertada por la preocupación tan
malaventurada de los marxistas de hacer de la cuestión política una base, un
principio obligatorio de la Internacional.
En efecto, entre las dos tendencias ya indicadas,
ninguna conciliación es hoy posible. Solamente la práctica de la revolución
social, de grandes experiencias históricas nuevas, la lógica de los
acontecimientos, podrán tarde o temprano conducirla a una solución común; y,
fuertemente convencidos de la bondad de nuestro principio, esperamos que
entonces los alemanes mismos, los trabajadores de Alemania, y no sus jefes,
acabarán por unirse a nosotros para demoler esas prisiones de los pueblos que
se llaman Estados y por condenar la política, que no es, en efecto, otra cosa
que el arte de dominar y de manejar a las masas.
Pero ¿qué hacer hoy? La solución y la conciliación
en el te-rreno político es imposible; por eso es preciso tolerarse mutuamente y
dejar a cada país el derecho incontestable de seguir las tendencias políticas
que le plazcan más o que le parezcan lo mejor adaptadas a su situación
particular.
Rechazando, en consecuencia, todas las cuestiones
políticas del programa obligatorio de la Internacional, es preciso buscar la
unidad de esta gran asociación únicamente en el terreno de la solidaridad
económica. Esta solidaridad nos une, mientras que las cuestiones políticas
fatalmente nos separan.
Es cierto que ni los italianos, ni los españoles,
ni los jurasianos, ni los franceses, ni los belgas, ni los holandeses, ni los
pueblos eslavos, enemigos históricos del pangermanismo, ni siquiera el
proletariado de Inglaterra y América 93, nunca se someterán a las tendencias
políticas que impone hoy al proletariado de Alemania la ambición de sus jefes.
Pero, suponiendo incluso que, a consecuencia de esta desobediencia, el nuevo
Consejo General94 golpee con su excomunión a todos estos países y que un nuevo
concilio ecuménico de marxistas les rechace del seno de la
Las
resoluciones votadas en La Haya por una mayoría fáctica fueron desautorizadas
por todas las federaciones regionales que componían la Internacional, a saber:
1. por la federación del Jura en el congreso de Saint-Imiers (15-16 sep. 1872);
2. por todas las secciones francesas que pudieron, a pesar de la ley Dufaure,
reunirse y deliberar entre otros, en un congreso de 23 delegados de la sección
francesa (octubre de 1872); 3. por la federación italiana (carta de su comisión
de relaciones de diciembre de 1872), que desde el mes de agosto de 1872, en su
primer congreso en Rimini, había roto con el consejo general;
por la
federación belga en su congreso de Bruselas (26-26 de diciembre de 1872); 5.
por la federación española, en su congreso de Córdoba (25-30 de diciembre de
1872); 6. por la federación americana (resolución del consejo federal de Spring
Steet, Nueva York, 19 de enero de 1873); 7. por la federación inglesa en su
congreso de Londres (26 de enero de 1873); 8. por la federación holandesa
(resultado de los votos emitidos por el consejo federal holandés el 14 de
febrero de 1873). En Alemania no había ninguna sección de la Internacional; la
legislación se oponía a ello; la Internacional no podía nada más que con los
adherentes individuales, directamente afiliados al Consejo General (nota de
James Guillaume).
El
Consejo general de la Internacional, que desde 1804 a 1872 había tenido su sede
en Londres, fue trasladado por una decisión de La Haya a Nueva York, donde Marx
y Engels pensaban encontrar instrumentos dóciles a sus voluntades (id.).
Internacional, la solidaridad económica que existe
nece-sariamente, naturalmente y de hecho, entre el proletariado de todos estos
países y el de Alemania, ¿será disminuida por ello?
Si los obreros de Alemania hacen una huelga, si se
levantan contra la tiranía económica de sus patronos, si se rebelan contra la
tiranía política de un gobierno que es el protector natural de los capitalistas
y de otros explotadores del trabajo popular, ¿el proletariado de todos estos
países excomulgados por los marxistas se quedará con los brazos cruzados,
espectador indiferente de esta lucha? No; dará todo su pobre dinero y, lo que
es más aún, dará toda su sangre a sus hermanos de Alemania, sin preguntarles
previamente cuál será el sistema político en el que creerán deber buscar su
liberación.
He aquí, pues, donde se encuentra la verdadera
unidad de la Internacional; está en las aspiraciones comunes y en el movimiento
espontáneo de las masas populares de todos los países, y no en un gobierno
cualquiera, ni en una teoría política uniforme, impuesta por un congreso
general a esas masas.
Esto es de tal manera evidente, que hay que estar
muy ce-gado por la pasión del poder para no comprenderlo.
Yo concibo en rigor que los déspotas, coronados o
no, hayan podido soñar con el cetro del mundo; pero ¿qué decir de un amigo del
proletariado, de un revolucionario que pretende querer seriamente la
emancipación de las masas y que, creyéndose director y árbitro supremo de todos
los
movimientos revolucionarios que puedan estallar en
diferentes países, ose soñar con la sujeción del proletariado de todos esos
países a un pensamiento único, nacido en su propio cerebro?
Yo pienso que el señor Marx es un revolucionario
muy se-rio, si no siempre muy sincero, que realmente quiere el levantamiento de
las masas; y me pregunto cómo hace para no ver que el establecimiento de una
dictadura universal, colectiva o individual, de una dictadura que exigiría de
algún modo la presencia de un ingeniero jefe de la revolución mundial que
reglase y dirigiese el movimiento insurreccional de las masas en todos los
países del mismo modo que se dirige una máquina, para no ver que el
establecimiento de una dictadura parecida bastaría por sí sola para matar la
revolución, para paralizar y falsear todos los movimientos populares. ¿Cuál es
el hombre, cuál es el grupo de individuos, por grande que fuere su genio, que
osará jactarse de poder, él solo, abrazar y comprender la infinita multitud de
intereses, de tendencias y de acciones tan diversas en cada país, en cada
provincia, en cada localidad, en cada oficio, y cuyo conjunto inmenso, unido,
pero no uniformado, por una gran aspiración común y por algunos principios
fundamentales que frecuentemente pasan en la conciencia de las masas,
constituirá la futura revolución social?
¿Y qué pensar de un congreso internacional que, en
interés sedicente de esta revolución, impone al proletariado de todo el mundo
civilizado un gobierno investido de poderes dictatoriales, con el derecho
inquisitorial y pontifical de suspender federaciones regionales, de excomulgar
a naciones enteras en nombre de un principio supuestamente
oficial y que no es otra cosa que el propio
pensamiento del señor Marx, transformado por el voto de una mayoría ficticia en
una verdad absoluta? ¿Qué pensar de un congreso que, para hacer, sin duda, aún
más ostensible su locura, relega a América este gobierno dictatorial, tras
haberle llenado de hombres probablemente muy honestos, pero oscuros,
suficientemente ignorantes y absolutamente desconocidos a él mismo? Nuestros
enemigos los burgueses habrán de tener, por tanto, razón cuando se burlan de
nuestros congresos, y cuando pretenden que la Asociación Internacional de
Trabajadores no combate las viejas tiranías más que para establecer una nueva y
que, para reemplazar dignamente los absurdos existentes, quieren crear otro.
II. ESTATISMO Y ANARQUIA
El Instituto Internacional de Historia Social de
Ámsterdam ha tenido a bien autorizamos a reproducir el siguiente extracto de
Estatismo y anarquía. La obra, publicada en lengua rusa en 1873 y hasta el
presente nunca traducida al francés, constituye el tomo III de los Archivos
Bakunin editados por E. J. Brill en Leiden (País Bajo) por cuenta del Instituto
de Ámsterdam.
En varias ocasiones hemos expresado ya una muy viva
aversión por la teoría de Lassalle y de Marx, que recomienda a los
trabajadores, si no como ideal supremo, al menos
como fin esencial inmediato, la fundación de un
«Estado popular» que, como ellos mismos han explicado, no sería otra cosa que
«el proletariado organizado en clase dominante». Si el proletariado se hace
clase dominante, ¿sobre quién dominará? Esto significa que aún quedará una
clase sometida a esta nueva clase dominante, a este Estado nuevo, por ejemplo,
la plebe campesina, que, como se sabe, no goza de favor entre los marxistas y
que, situada en el grado más bajo de la civilización, será probablemente dirigida
por el proletariado de las ciudades y fábricas. Y si se considera la cuestión
desde el punto de vista étnico, lo mismo pasa con los alemanes y los eslavos;
estos últimos se encontrarán por la misma razón frente al proletariado alemán
victorioso en una sujeción de esclavitud idéntica a la del proletariado por
relación respecto a la burguesía.
Quien dice Estado dice necesariamente dominación y,
por consiguiente, esclavitud; un Estado sin esclavitud abierta o enmascarada es
inconcebible; he aquí por qué somos nosotros enemigos del Estado.
¿Qué significa «el proletariado organizado en clase
dominante»? ¿Dirigirá por completo los asuntos públicos? Hay aproximadamente
cuarenta millones de alemanes. ¿Es posible que estos cuarenta millones
gobiernen y que, gobernando el pueblo entero, no haya gobernados? Entonces no
habrá Estado, pero si lo hubiere habría gobernados, habría esclavos 95.
En la teoría marxista este dilema se resuelve muy
simplemente. Por gobierno popular los marxistas entienden
Cfr. la
misma idea en Proudhon.
el gobierno del pueblo en medio de un pequeño
número de representantes elegidos por el pueblo en sufragio universal. La
elección por el conjunto de la nación de los supuestos representantes del
pueblo y de los dirigentes del Estado, que es la última palabra de los
marxistas, así como de la escuela demócrata, es una mentira que oculta el
despotismo de la minoría dirigente, mentira tanto más peligrosa cuanto que se
presenta como la expresión de la pretendida voluntad del pueblo.
Así, sea cual fuere el ángulo bajo el que se
considerase este asunto, se llega siempre al mismo execrable resultado: el
gobierno de la inmensa mayoría de las masas populares por una minoría
privilegiada. Pero esta minoría, dicen los marxistas, se compondrá de obreros.
Sí, ciertamente, de antiguos obreros que, una vez convertidos en gobernadores o
representantes del pueblo, dejarán de ser obreros y mirarán al mundo proletario
desde lo alto del Estado; no representarán ya al pueblo, sino a sí mismos y a sus
pretensiones de gobernarle. Quien duda de ello, no conoce la naturaleza humana.
Los elegidos serán, por contra, socialistas
convencidos y, por añadidura, sabios. Los términos «socialista científico,
socialismo científico» que recidivan sin cesar en los escritos de los
lasallianos y de los marxistas, prueban por sí mismos que el pseudo-Estado
popular no será más que el gobierno despótico de las masas proletarias por una
nueva y muy restringida aristocracia de verdaderos o de pretendidos sabios. No
siendo sabio el pueblo, será totalmente liberado de las preocupaciones
gubernamentales y completamente integrado en el rebaño de los gobernados.
¡Bonita
liberación!
Los marxistas se dan cuenta de esta contradicción,
y, admitiendo que la dirección gubernamental de los sabios, la más pesada, la
más vejatoria y la más despreciable posible, será, cualquiera que puedan ser
las formas democráticas, una verdadera dictadura, se consuelan con la idea de
que esta dictadura será temporal y de corta duración. Pretenden que su única
preocupación y su solo fin será el dar instrucción al pueblo y ponerle, tanto
económica como políticamente, a un nivel tal en que todo gobierno no tarde en
resultar inútil; y el Estado, tras haber perdido su carácter político, es
decir, autoritario, se transformará por sí mismo en organización, completamente
libre, de los intereses económicos y comunes.
Hay en ello una flagrante contradicción. Si su
Estado es efectivamente un «Estado popular», ¿qué razones habría para
suprimirle? Y si, por otra parte, su supresión es necesaria para la
emancipación real del pueblo, cómo podría calificársele de «Estado popular»? En
polémica con ellos, les hemos hecho reconocer que la organización libre de las
masas obreras, que la libertad o la anarquía, es decir, lo que se produce de
abajo arriba, es el último fin de la evolución social, y que todo Estado,
comprendido también bajo esa denominación, el «Estado popular», es un yugo, lo
que significa que, por una parte, engendra despotismo y que, por otra parte,
engendra la esclavitud.
Según ellos, este yugo estatal, esta dictadura, es
una fase de transición necesaria para llegar a la emancipación total del
pueblo: siendo el fin la anarquía o la libertad, el Estado o la dictadura sería
el medio. Así, pues, para liberar a las
masas populares, habría que comenzar por hacerlas
siervas.
Por el momento, nuestra polémica se ha detenido en
esta contradicción. Los marxistas pretenden que sólo la dictadura —bien
entendido, la suya— puede crear la libertad del pueblo; a esto nosotros
respondemos que ninguna dictadura puede tener otro fin que el de durar el mayor
tiempo posible y que sólo es capaz de engendrar la esclavitud en el pueblo que
la padece y de educar va ese pueblo en esa misma esclavitud; la libertad no
puede ser creada más que por la libertad, es decir, por el levantamiento del pueblo
entero y por la libre organización de las masas trabajadoras de abajo arriba.
(...) En tanto que la teoría político-social de los
socialistas antiautoritarios o anarquistas les lleva infaliblemente a una
ruptura completa con todos los gobiernos, con todas las formas de la política
burguesa y no les quede otra salida que la revolución social, la; teoría
adversa, la de los comunistas autoritarios y del autoritarismo científico,
alcanza y engulle a sus partidarios, so pretexto de táctica, en compromisos
incesantes con los gobiernos y los diferentes partidos políticos burgueses, es
decir, les impulsa directamente al campo de la reacción.
(...) Punto capital de este programa: la
emancipación (pre-tendida) del proletariado por el sólo y único medio del
Estado. Pero para ello es necesario que el Estado acepte el pasar a ser el
emancipador del proletariado sacudiendo el yugo del capitalismo burgués. ¿Cómo,
pues, inculcar al Estado esta voluntad? Para ello no puede haber más que dos
medios: el proletariado hace la revolución para apoderarse del Estado, medio
heroico. Tras haberse apoderado, debería,
según nosotros, destruirle inmediatamente, en tanto
que eterna prisión de las masas proletarias. Pero, según la teoría de Marx, el
pueblo no solamente no debe destruir el Estado, sino que, por el contrario,
debe fortalecerle, hacerle aún más poderoso y, de esta manera, ponerle a
disposición de sus benefactores, de sus tutores y de sus educadores, los jefes
del partido comunista; en una palabra, a la disposición del señor Marx y de sus
amigos, que pronto comenzarán a actuar a su manera.
Tomarán las riendas del gobierno, porque el pueblo
igno-rante necesita una buena tutela; crearán un Banco de Estado único que
concentrará en sus manos la totalidad del comercio, de la industria, de la
agricultura y de la producción científica, mientras que la masa del pueblo se
dividirá en dos ejércitos: el industrial y el agrícola, bajo el mando directo
de los ingenieros del Estado, que formarán una nueva casta
político-sabia-privilegiada.
¡Ved qué fin luminoso le es asignado al pueblo por
la es-cuela comunista alemana!
BAKUNIN Y MARX SOBRE LA COMUNA
He aquí dos textos, ambos admirables, uno de
Bakunin y otro de Marx, sobre la Comuna de París. Han sido escritos al día
siguiente del desastre de la Comuna (mayo de 1871). Ambos desarrollan un tema
extraído de la experiencia de la Comuna, que fue la primera revolución
proletaria, la abolición del Estado.
El texto de Bakunin no tiene nada que pueda
sorprender. Está, en efecto, en la línea de sus escritos precedentes. En ellos
hay una quintaesencia del socialismo libertario.
Por el contrario, más sorprendente es la circular
dirigida por Marx, en nombre del Consejo General de la Internacional obrera, de
la que entonces formaban parte tanto los marxistas como los bakuninistas. Y es
un esfuerzo de conciliación, buscado por su redactor, de las dos corrientes de
la Internacional.
Bajo esta perspectiva, difiere sensiblemente de los
escritos de Marx de antes y después de 1871 y se acerca singularmente a los de
Bakunin. Pasado el tiempo, puede considerársela como uno de los raros puentes
echados entre marxismo y anarquismo, como uno de los pocos numerosos esfuerzos
de síntesis entre el pensamiento «autoritario» y el pensamiento libertario.
En esta circular, más conocida con el nombre de La
guerra civil en Francia, revisaba Marx ciertos pasajes del Manifiesto comunista
de 1848. Los redactores de este ilustre documento, Marx y Engels, habían
desarrollado en el la noción de una revolución proletaria por etapas. La
primera sería la conquista del poder político gracias a la cual, «poco a poco»,
los instrumentos de producción, los medios de transporte, el crédito, serían
centralizados entre las manos del Estado.
Sólo al término de una larga evolución, cuando los
antago-nismos de clase hubieran desaparecido y el poder público hu-biese
perdido su carácter político, sería concentrada toda la producción, no ya entre
las manos del Estado, sino entre las manos de los «individuos asociados»; en
esta asociación de
tipo libertario, el libre desarrollo de cada uno
sería la condición del libre desarrollo de todos.
Bakunin, que, a diferencia de los socialistas
franceses, conocía el Manifiesto comunista en su texto original alemán, tras
1848 no le faltó ocasión de criticar esa manera de escindir la revolución en
dos etapas, la primera de las cuáles sería aún fuertemente estatal. Lo había
hecho en estos términos: «El Estado, llegado a su calidad de propietario único
(...), será también el único capitalista, el banquero, el recogedor de fondos,
el organizador, el director de todo el trabajo nacional y el distribuidor de sus
productos. Tal es el ideal, el principio fundamental del comunismo moderno» 96.
Y en otra parte añade: «Esta revolución consistirá en la expropiación, sea
sucesiva, sea violenta, de los propietarios y capitalistas actuales, y en la
apropiación de todas las tierras y de todo el capital por el Estado que, para
poder cumplir su gran misión económica, así como política, deberá ser
necesariamente muy poderoso y muy fuertemente concentrado. El Estado
administrará y dirigirá el cultivo de la tierra en medio de sus ingenieros y
aliados, y mandará sobre ejércitos de trabajadores rurales, organizados y
disciplinados para este cultivo. A la vez, sobre la ruina de todos los bancos
existentes, establecerá un banco único, comanditario de todo el trabajo y todo
el comercio nacional» 97.
Y añade: «En el Estado popular del señor Marx, se
nos dice, no habrá ya clase privilegiada. Todos serán iguales, no solamente
desde el punto de vista jurídico y político, sino
Bakunin,
Oeuvres, t. IV, 1910, p. 62.
Ibidem,
pp. 381-382.
también desde el punto de vista económico. Al menos
es lo que se promete, aunque yo dudo mucho que, por el procedimiento seguido y
la metodología utilizada, pueda nunca atenerse a su promesa. No existirá clase
privilegiada, sino un gobierno excesivamente complicado que no se contentará
con gobernar y administrar a las masas políticamente, como lo hacen hoy todos
los gobiernos, sino que incluso administrará económicamente, concentrando en
sus manos la producción y el justo reparto de riquezas, el cultivo de la
tierra, el establecimiento y el desarrollo de las fábricas, la organización y
la dirección del comercio, en fin, la aplicación del capital a la producción
por medio del único banquero, el Estado» 98.
Bajo el aguijón de la crítica bakuninista, Marx y
Engels sin-tieron la necesidad de aportar correctivos a sus concepciones
demasiado estatalizadoras de 1848. En un prefacio a una reedición del
Manifiesto, con fecha del 24 de junio de 1872, convinieron que «en bastantes
aspectos» harían ahora una «redacción diferente» al texto de 1848. E invocaban,
sobre todo, en apoyo de esta revisión, «primero, las experiencias prácticas;
luego, la revolución de febrero —1848—, y a continuación, y sobre todo, la
Comuna de París, en donde, por primera vez, el proletariado tuvo en la mano,
durante dos meses, el poder político». Para concluir: todo ello hace que, en
parte, este programa no sea actual ya. La Comuna sobre todo ha probado que la
clase obrera no puede contentarse con entrar en posesión de la máquina ya
existente del Estado para ponerla al servicio de sus propios objetivos.»
Ibidem,
p. 476.
También la circular de 1871 proclama que la Comuna
es «la forma política finalmente encontrada mediante la cual poder realizar la
emancipación económica del trabajo».
En su biografía de Karl Marx, un marxista
indiscutido, Franz Mehring, ha subrayado, a su vez, que la circular de 1871,
celebrando la Comuna de París, revisaba, en este punto, en una cierta medida,
el Manifiesto, en donde la disolución del Estado estaba bien concebida, pero
sólo como proceso a largo plazo. Más tarde, empero, aseguraba Mehring, tras la
muerte de Marx, Engels, en lucha con las corrientes anarquistas, hubo de
abandonar el correctivo en cuestión y volver a las antiguas concepciones de El
manifiesto 99.
Con todo, el «giro» un poco brusco del redactor de
la circu-lar de 1871 hubo de suscitar el escepticismo de Bakunin. Hablando de
la Comuna, escribió: «El efecto fue formidable; los propios marxistas, cuyas
ideas habían sido modificadas en su generalidad por esta insurrección, se
vieron obligados a descubrirse ante ella. Hicieron más aún: en oposición a la
más elemental lógica y a sus verdaderos sentimientos, proclamaron que el
programa y el fin de la Comuna eran los suyos propios.
Aquello fue un cambio verdaderamente bufo, aunque
forzado.
Franz
Mehring (1846-1919), Karl Marx, Geschichte seines Lebens, 1918; Lenin en El
Estado y la Revolución, ha denunciado la «desnaturalización» por el
«oportunismo» social-demócrata de la «corrección esencial» aportada por Marx al
Manifiesto.
Tenían que hacerlo, so pena de verse desbordados y
abandonados por todos, tal era la pasión que esta revolución había provocado en
todo el mundo, tan poderoso su efecto»100.
Y Bakunin observaba: «Parece que en el Congreso de
La Haya —septiembre de 1872— el señor Engels, impresionado por el efecto
detestable que había producido la lectura de algunas páginas de este
Manifiesto, se aprestó a declarar que aquel era un documento envejecido, una
teoría abandonada por ellos mismos —Marx y Engels—. Si ha dicho eso, ha faltado
a la sinceridad, pues, en la víspera misma de este Congreso, los marxistas se
han esforzado por expandir este documento en todos los países» 101.
En cuanto a James Guillaume, el discípulo jurasiano
de Ba-kunin, reaccionó en términos análogos tras haber leído la circular de
1871: «He aquí una sorprendente declaración de principios, en que Marx parece
haber abandonado su propio programa para pasarse a las ideas federalistas. ¿Hay
en él una conversión real del autor de El capital, o, por el contrario, es algo
momentáneo, concedido bajo la presión de los acontecimientos? ¿O es, por su
parte, una habilidad, a fin de recoger, mediante una adhesión aparente al
programa de la Comuna, el beneficio del prestigio de este nombre?» 102.
Bakunin,
carta dirigida al periódico de Bruselas La Liberté, de fecha 5 de octubre de
1827, Oeuvres, t. IV, p. 387, Edición Stock.
Ibid., p. 372.
James
Guillaume, Souvenirs sur L´Internationale, 1907, t. II, p. 192.
En nuestros días, Arthur Lehning, a quien se debe
la erudita edición de los Archivos Bakunin actualmente en curso de
pu-blicación, ha subrayado a su vez la contradicción entre las ideas de la
circular y los restantes escritos de Marx: «Es una ironía de la historia que,
en el momento mismo en que la lucha de las tendencias autoritaria y
antiautoritaria alcanzaba su apogeo —en la I Internacional—, Marx, bajo la
impresión del enorme efecto del levantamiento revolucionario del proletariado
de París, haya experimentado las ideas de esta Revolución, que era la opuesta a
la que ellos presentaban, de una manera tal, que se la podía casi calificar de
programa de esta tendencia antiautoritaria que el combatía —en la
Internacional— por todos los medios (...) No hay duda alguna de que la
brillante circular del Consejo general (... ) no se inserta del todo en la
construcción del “socialismo científico”. La Guerra civil es no marxista en
sumo grado (...) La Comuna de París no tenía nada en común con el socialismo de
Estado de Marx, pero estaba mucho más de acuerdo con las ideas de Proudhon y
las teorías federalistas de Bakunin (...) El principio esencial de la Comuna
era, según Marx, que el centralismo político del Estado debía ser reemplazado
por un autogobierno de los productores, por una federación de comunas autónomas
a las que debía ser devuelta la iniciativa hasta entonces conferida al Estado
(...)
»La guerra civil está en plena contradicción con
los otros escritos marxistas, en donde está en cuestión un marchitamiento del
Estado. La Comuna de Perís no ha centralizado los medios de producción entre
las manos del Estado. El objetivo de la Comuna de París no fue el de dejar
“desaparecer” al Estado, sino el de abrogarle
inmediatamente (...) La aniquilación del Estado no
era el resultado inevitable de un proceso histórico dialéctico, de una fase
superior de la sociedad, condicionada ella misma por una forma de producción
superior.
»La Comuna de París acabó con el Estado, sin
realizar siquiera una de las condiciones definidas anteriormente por Marx como
preludio para su abrogación (...) La superación del Estado burgués por la
Comuna no tuvo como fin el instalar otro Estado en su lugar (...) Su objetivo
no era la fundación de una nueva máquina estatal, sino el reemplazamiento del
Estado por una organización de la sociedad sobre bases económicas y
federalistas (...) En la Guerra civil, no se trata de un “marchitarse”, sino de
una extirpación inmediata y total del Estado 103.»
Paralelamente, el marxólogo Maximilian Rubel ha
admitido: «Es innegable que la idea que Marx se ha hecho de la conquista y de
la supresión del Estado por el proletariado ha encontrado su forma definitiva
en su circular sobre la Comuna de París, que difiere como tal de la idea que
nos presenta en el Manifiesto comunista» 104.
Pero también hay desacuerdo entre los dos eruditos:
Lehning, que con razón o sin ella ve en Marx a un «autoritario», afirma que la
circular es un «cuerpo extraño» en el socialismo marxista, en tanto que Rubel,
por el contrario, ve en Marx un «libertario» y sostiene que el
Arthur
Lehning, «Marxismus und Anarchismus in der russischen Revolution», revista Die
Internationale, Berlín, 1929 (hay traducción castellana, Editorial Proyección,
Buenos Aires).
Karl
Marx, Pages choisies pour une éthique socialiste, textos reunidos por
Maximilien Rubel, 1948, Introducción, p. 4 nota.
pensamiento marxiano ha encontrado en la circular
«su forma definitiva».
Y así, en el esfuerzo de síntesis a realizar hoy
entre anarquismo y marxismo, la circular de 1871 debe ser considerada como un
punto de partida, como una primera prueba que es posible conciliar
fructuosamente las dos corrientes de pensamiento, la autoritaria y la
libertaria.
Bakunin: la Comuna de París 105
(...) El socialismo revolucionario acaba de dar una
primera manifestación patente y práctica en la Comuna de París.
Yo soy un partidario de la Comuna de París, que,
por haber sido masacrada, ahogada en sangre por los verdugos de la reacción
monárquica y clerical, sólo ha llegado a ser más viva y poderosa en la
imaginación y en el corazón del proletariado de Europa; soy partidario de ella
sobre todo porque ha supuesto una negación audaz y bien pronunciada del Estado.
Es un hecho histórico inmenso que esta negación del
Estado se haya manifestado precisamente en Francia, que ha sido hasta hoy el
país por excelencia de la centralización política; es por tanto un hecho
histórico que sea precisamente París, la cabeza y creadora de esta gran
civilización francesa, la que haya tomado la iniciativa.
París, quitándose la corona y proclamando con
entusiasmo
Extracto
de La commune de París et la notion de l´Etat:
su propia decadencia para dar la libertad y la vida
a Francia, a Europa, al mundo entero.
París, afirmando de nuevo su potencia histórica de
iniciativa al mostrar a todos los pueblos esclavos (¿y cuáles son las masas
populares no esclavas?) la única vía de emancipación y de salvación.
París, dando un golpe mortal radicalismo burgués y
una revolucionario.
a las tradiciones políticas del base real
al socialismo
París, mereciendo de nuevo las maldiciones de todas
las gentes reaccionarias de Francia y de Europa.
París, amortajándose en sus propias ruinas, para
dar un so-lemne mentís a la reacción triunfante; salvando por su desastre el
honor y el porvenir de Francia, y probando a la humanidad consolada que si la
vida, la inteligencia, el poder moral se retiran de las clases superiores, se
conservan enérgicas y llenas de porvenir en el proletariado.
París, inaugurando la era nueva, la de la
emancipación definitiva y completa de las masas populares y de su solidaridad
real, a través y pese a las fronteras de los Estados.
París, matando el patriotismo y fundando sobre sus
ruinas la religión de la humanidad.
París, proclamándose humanitaria y atea, y
reemplazando las ficciones divinas por las grandes realidades de la vida social
y la fe en la ciencia; las mentiras y las iniquidades de la moral religiosa,
política y jurídica por los principios de la libertad, de la justicia, de la
igualdad y de la fraternidad, que son fundamentos eternos de la moral humana.
París heroico, racional y creyente, confirmando su
fe enérgica en los destinos de la ^humanidad por medio de su caída gloriosa,
por su muerte, y legándola mucho más enérgica y viva a las generaciones del
porvenir.
París, bañada en la sangre de sus hijos más
generosos, es la humanidad crucificada por la reacción internacional y aliada
de Europa, bajo la inspiración inmediata de todas las iglesias cristianas y del
gran sacerdote de la iniquidad, el papa; pero la próxima revolución
internacional y solitaria de los pueblos será la resurrección de París.
Tal es el verdadero sentido, y tales las
consecuencias benefactoras e inmensas de dos meses de existencia y de la caída
para siempre memorable de la Comuna de París.
La Comuna de París ha durado demasiado poco tiempo,
y ha sido demasiado obstaculizada en su evolución interior por la mortal lucha
que ha debido sostener con la reacción de Versalles, como para haber podido —no
digo ni siquiera aplicar, sino elaborar teóricamente— su programa socialista.
Por otro lado, hay que reconocer que la mayoría de los miembros de la Comuna no
eran propiamente socialistas, y que, si se han acreditado como tales, es porque
han sido invenciblemente arrastrados por la fuerza irresistible de las cosas,
por la naturaleza de su medio, por las necesidades de su posición, y no por su
íntima convicción. Los socialistas, a la cabeza de los cuales se coloca
naturalmente nuestro amigo Varlin, no eran en la Comuna más que una ínfima
minoría; como máximo no eran sino catorce o quince. El resto estaba compuesto
por jacobinos.
Pero entendámonos; hay jacobinos y jacobinos. Hay
jacobinos abogados y doctrinarios, como el señor Gambetta,
cuyo republicanismo presuntuoso, positivista,
despótico y formalista, habiendo repudiado la antigua fe revolucionaria y no
habiendo conservado del jacobinismo más que el culto de la unidad y de la
autoridad, ha entregado la Francia popular a los prusianos, y más tarde a la
reacción indígena; y están los jacobinos francamente revolucionarios, los
héroes, los últimos representantes sinceros de la fe democrática de 1793,
capaces de sacrificar no solamente su unidad, sino también su autoridad bien
amadas a las necesidades de la revolución, antes que plegar su conciencia ante
la insolencia de la reacción.
Estos jacobinos magnánimos, a la cabeza de los
cuales está naturalmente Delescluze, gran alma y gran carácter, quieren el
triunfo de la revolución ante todo; y como no hay revolución sin masas
populares, y como esas masas tienen hoy eminentemente el instinto socialista y
no pueden ya hacer otra revolución que una revolución económica y social, los
jacobinos de buena fe, dejándose arrastrar siempre por la lógica del movimiento
revolucionario, acabaron por hacerse socialistas pese a ellos.
Tal fue precisamente la situación de los jacobinos
que participaron en la Comuna de París. Delescluze y muchos otros con él,
firmaron programas y manifiestos cuyo espíritu general y cuyas promesas eran
positivamente socialistas. Pero como, pese a toda su buena fe y toda su buena
voluntad no eran más que socialistas mucho más exteriormente entrenados que
interiormente convencidos, como no habían tenido el tiempo ni la capacidad para
vencer y suprimir en ellos mismos una masa de prejuicios burgueses que estaba
en contradicción con su socialismo reciente, se
comprende que, paralizados por esta lucha interior,
no pudieran nunca salir de las generalidades, ni tomar una de esas medidas
decisivas que hubiesen roto para siempre su solidaridad y todas sus relaciones
con el mundo burgués.
Esta fue una gran desgracia para la Comuna y para
ellos; quedaron paralizados y paralizaron la Comuna; pero no puede
reprochárseles como una falta. Los hombres no se transforman de un día para
otro, y no cambian de naturaleza ni de costumbres a voluntad.
Han demostrado su sinceridad dejándose matar por la
Comuna: ¿Quién osará pedirles más?
Y son tanto más excusables, cuanto que el pueblo de
París mismo, bajo la influencia del cual han pensado y actuado, era socialista
mucho más por instinto que por idea o convicción refleja. Todas sus
aspiraciones, y en máximo grado, son socialistas, pero sus ideas, o sus
representaciones tradicionales, distan aún mucho de haber llegado a esta
altura. Hay aún muchos prejuicios jacobinos, muchas imaginaciones
gubernamentales y dictatoriales en el proletariado de las grandes ciudades de
Francia e incluso en el de París. El culto a la autoridad, producto fatal de la
educación religiosa, esa fuente histórica de todas las des-dichas, de todas las
depravaciones y de todas las servidumbres populares, no ha sido aún
completamente removido de su seno. Esto es de tal manera, que incluso los hijos
más inteligentes del pueblo, los socialistas más convencidos, no han llegado
aún a liberarse de ello de una manera completa. Ojead sus conciencias, y
encontraréis allí al jacobino, al gubernamentalista, oculto en cualquier rincón
oscuro y muy modesto, pero no enteramente muerto.
Por otra parte, la situación del pequeño número de
socialistas convencidos que han formado parte de la Comuna era excesivamente
difícil. No sintiéndose suficientemente sostenidos por la gran masa de la
población parisina, no llegando la organización de la asociación internacional
—muy imperfecta por otra parte— más que a algunos millares de trabajadores, han
debido sostener una lucha diaria contra la mayoría jacobina. ¡Y en medio de qué
circunstancias! Les ha faltado el dar trabajo y pan a unos cuantos centenares
de millares de obreros, organizarles, armarles, vigilar al mismo tiempo las
acciones reaccionarias en una ciudad inmensa como París, asediada, amenazada de
hambre, y entregada a todas las sucias empresas de la reacción que había podido
establecerse y que se mantenía en Versalles con el permiso y por la gracia de
los prusianos. Les ha faltado oponer un gobierno y un ejército revolucionarios
al gobierno y al ejército de Versalles, es decir, que para combatir la reacción
monárquica y clerical han debido, olvidando y sacrificando ellos mismos las
primeras condiciones del socialismo revolucionario, organizarse en reacción
jacobina.
¿No es natural que, en medio de circunstancias
semejantes, los jacobinos, que eran los más fuertes porque constituían la
mayoría en la Comuna, y que, por lo demás, poseían en grado infinitamente
superior el instinto político, la tradición y la práctica de la organización
gubernamental, hayan tenido inmensas ventajas sobre los socialistas? De lo que
hay que asombrarse es de que no hayan sabido sacar partido de todo eso mucho
más de lo que lo han hecho, de que no hayan dado al levantamiento de París un
carácter
exclusivamente jacobino, y que, por el contrario,
se hayan dejado arrastrar hacia una revolución socialista.
Yo sé que muchos de los socialistas, muy
consecuentes en sus teorías, reprochan a nuestros amigos de París el no haberse
mostrado suficientemente socialistas en su práctica revolucionaria, mientras
que todos los ladradores de la prensa burguesa les acusan por el contrario de
haber seguido demasiado fielmente el programa del socialismo. Dejemos a un lado
a los inacabables denunciadores de esta prensa, por el momento; yo haré notar a
los teóricos severos de la emancipación del proletariado que son injustos respecto
a nuestros hermanos de París, pues, entre las teorías más justas y su puesta en
práctica, hay una distancia inmensa que no se borra en pocos días. Quien haya
tenido el placer de conocer a Varlin, por ejemplo, para no nombrar sino a uno
cuya muerte es segura, sabe cuán profundas y reflexivas eran en él y en sus
amigos las ideas socialistas, de forma apasionada. Eran hombres cuyo ardiente
celo, cuya dedicación y buena fe no han podido jamás ser puestos en duda por
quienes les han conocido.
Pero precisamente porque eran hombres de buena fe,
estaban llenos de desconfianza para consigo mismos ante la obra inmensa a la
que habían dedicado su pensamiento y su vida: ¡se tenían a sí mismos en tan
poco! Tenían además la convicción, por lo demás diametralmente opuesta en esto
como en todo a la revolución política, de que la acción social, la acción de
los individuos era casi nada, y que la acción espontánea de las masas debía ser
todo. Todo lo que los individuos pueden hacer es elaborar, aclarar y propagar
las ideas correspondientes al instinto popular y contribuir,
cada vez más, con sus esfuerzos incesantes, a la
organización revolucionaria del poder natural de las masas, pero nada más; todo
el resto no debía ni podía ser hecho a no ser por el pueblo mismo. De otro modo
se llegaría a la dictadura política, es decir, a la reconstrucción del Estado,
de los privilegios, de las desigualdades, de todas las opresiones del Estado, y
se accedería, por un camino errado pero lógico, al restablecimiento de la
esclavitud política, social, económica de las masas populares.
Varlin y todos sus amigos, como los socialistas
sinceros, y en general como todos los trabajadores natos, y enseñados en el
pueblo, compartía en máximo grado esa prevención perfectamente legítima contra
la iniciativa continua de los mismos individuos, contra la dominación ejercida
por los individuos superiores. Y como eran justos por encima de todo, volvían
esa prevención, esa desconfianza, contra sí mismos lo mismo que contra las
demás personas.
Contrariamente al pensamiento de los comunistas
autoritarios, completamente erróneo en mi opinión, de que una revolución social
puede decretarse y organizarse ya por una dictadura, ya por una asamblea
constituyente extraída de una revolución política, nuestros amigos, los
socialistas de París, han pensado que esa revolución no podía realizarse ni
llevarse a pleno desenvolvimiento más que por la acción espontánea y continua
de las masas, de los grupos y de las asociaciones populares.
Nuestros amigos de París han tenido mil veces
razón. Pues, en efecto, ¿cuál es la cabeza, por genial que sea, o la dictadura
colectiva si de ella prefiere hablarse, por formada que estuviera de centenares
de individuos dotados de
facultades superiores, cuáles son los cerebros tan
poderosos, tan amplios, que puedan abarcar la infinita multiplicidad y
diversidad de los intereses reales, de las aspiraciones, de las voluntades, de
las necesidades cuya suma constituye la voluntad colectiva de un pueblo, y de
inventar una organización social capaz de satisfacer a todo el mundo? Esta
organización no será nunca más que un lecho de Procusto sobre el que la
violencia más o menos marcada del Estado forzará a la desgraciada sociedad a
acostarse.
Que es lo que precisamente ha ocurrido siempre
hasta el presente, en ese sistema antiguo de la organización por la fuerza. Es
en el donde la revolución social ha de actuar dando plena libertad a las masas,
a los grupos, a las comunas, a las asociaciones, a los individuos mismos,
destruyendo de una vez por todas la causa histórica de todas las violencias, al
poderío y la existencia misma del Estado que debe arrastrar en su caída a todas
las iniquidades del derecho jurídico con todas las mentiras de los cultos
diversos, ese derecho y esas culturas que nunca fueron más que la consagración
obligada —tanto ideal como real— de todas las violencias representadas,
garantizadas y privilegiadas por el Estado.
Es evidente que no habrá nunca libertad en el reino
humano, y que los intereses reales de la sociedad, de todos los grupos, de
todas las organizaciones locales así como de todos los individuos que forman la
sociedad, no podrán hallar satisfacción real más que cuando no hayan más
Estados. Es evidente que todos los intereses supuestamente generales de la
sociedad que el Estado dice representar, y que en realidad no son otra cosa que
la negación general y
constante de los intereses positivos de las
regiones, de las comunas, de las asociaciones y del mayor número de individuos
sujetos al Estado, constituyen una abstracción, una ficción, una mentira, y que
el Estado es como una gran carnicería y como un inmenso cementerio en donde, a
la sombra y bajo el pretexto de esta abstracción, vienen generosamente,
beatamente, a dejarse inmolar y amortajar todas las aspiraciones reales, todas
las fuerzas vivas de un país; y como ninguna abstracción existe nunca por sí misma
ni para sí misma, como no tiene ni piernas para caminar, ni brazos para crear,
ni estómago para digerir esa masa de víctimas que ha de devorar, está claro
que, lo mismo que la abstracción religiosa o celeste, Dios, representa en
realidad los intereses muy positivos, muy reales de una casta privilegiada, el
clero, su complemento terrestre, igualmente la abstracción política, el Estado,
representa los intereses no menos positivos y reales de la clase hoy principal,
si no exclusivamente, explotadora y que por otra parte tiende a englobar a
todas las demás, la burguesía.
Y como el clero siempre se ha dividido y aún hoy
tiende a dividirse aún más en una minoría muy poderosa y rica y una mayoría muy
subordinada y pasablemente miserable, así también la burguesía y sus diversas
organizaciones sociales y políticas en la industria, la agricultura, la banca y
el comercio así como en todos los funcionamientos administrativos, judiciales,
universitarios, policiales y militares del Estado, tiende a escindirse cada día
más en una oligarquía realmente dominante y una masa innúmera de criaturas más
o menos vanidosas y más o menos decaídas que viven en una perpetua ilusión,
inevitablemente rechazadas y
proletarizadas cada vez más por una fuerza
irresistible, la del desarrollo económico actual, y reducidas a servir de
instrumentos ciegos a esta oligarquía todopoderosa.
La abolición de la Iglesia y del Estado debe ser la
condición primera e indispensable de la liberación real de la sociedad, tras la
cual, y sólo tras la cual, puede y debe organizarse de otra manera, pero no de
arriba abajo y según un plan ideal, soñado por algunos iluminados o sabios, o
bien a golpes de decretos lanzados por alguna fuerza dictatorial o incluso por
una asamblea nacional elegida por sufragio universal. Tal sistema, como ya lo
he dicho, llevaría inevitablemente a la creación de un nuevo Estado, y
consecuentemente a la formación de una aristocracia gubernamental, es decir, de
una clase entera de gentes que nada tienen en común con la masa del pueblo y,
ciertamente, esta clase recomenzará a explotarle y esclavizarle so pretexto de
felicidad común o para salvar al Estado.
La futura organización social debe ser hecha
solamente de abajo arriba, por la libre asociación o federación de los
trabajadores, en las asociaciones primero, en las comunas luego, en las
regiones, en las naciones y, finalmente, en una gran federación internacional y
universal. Sólo entonces se realizará el verdadero y vivificante orden de la
libertad y de la felicidad general, orden que lejos de negar afirma por el
contrario y pone de acuerdo los intereses de los individuos y de la sociedad.
Karl Marx: la Comuna de París 106
El grito de república social, al cual la revolución
de febrero había sido proclamada por el proletariado de París, no expresaba ya
más que una vaga aspiración a una república que no debía solamente abolir la
forma monárquica de la dominación de clase, sino la dominación de clase misma.
La Comuna fue la forma positiva de esta república.
París, sede central del antiguo poder
gubernamental, y, a la vez, fortaleza social de la clase obrera francesa, había
cogido las armas contra la tentativa hecha por Thiers y sus rurales para
restaurar y perpetuar el antiguo poder gubernamental que les había legado el
imperio.
París sólo pudo resistir porque, por el hecho de su
situación, se había liberado del ejército y le había reemplazado por una
guardia nacional, cuya masa estaba constituida por obreros. Es este estado de
hecho el que trataba ahora de transformar en una institución durable. El primer
decreto de la Comuna fue, pues, la supresión del ejército permanente y su
reemplazamiento por el pueblo en armas.
La Comuna se compuso de consejeros municipales,
elegidos por sufragio universal en las diversas circunscripciones de la ciudad.
Ellos eran responsables y revocables en todo momento. La mayoría de sus
miembros eran naturalmente obreros o representantes reconocidos de la clase
obrera. La Comuna debía ser no un organismo parlamentario, sino un cuerpo
activo, ejecutivo y legislativo
Extracto
de La guerra civil en Francia.
a la par. En lugar de continuar siendo instrumento
del gobierno central, la policía fue inmediatamente despojada de sus atributos
políticos y transformada en un instrumento de la Comuna, responsable y en todo
momento revocable. Lo mismo se hizo con los funcionarios de todas las restantes
ramas de la administración. Desde los miembros de la Comuna hasta lo más bajo
de la escala, la función pública debería ser asegurada por salarios obreros.
Los potes de vino tradicionales y las indemnidades de representación de los
saltos dignatarios del Estado desaparecieron con esos altos dignatarios mismos.
Los servicios públicos cesaron de ser la propiedad privada de las creaturas del
gobierno central. No sólo la administración municipal, sino toda iniciativa
ejercida hasta entonces por el Estado, fue remitida a las manos de la Comuna.
Una vez abolidos el ejército permanente y la
policía, instrumentos materiales del antiguo gobierno, la Comuna se aplicó a la
tarea de romper el útil espiritual de la opresión, el poder de los sacerdotes;
decretó la separación de la Iglesia y del Estado y la expropiación de todas las
iglesias en la medida en que constituían cuerpos poseedores. Los sacerdotes
fueron devueltos a la calma retirada de la vida privada, para vivir allí de las
limosnas de los fieles, emulando a sus predecesores los apóstoles.
Todas las instituciones de enseñanza fueron
abiertas gratuitamente al pueblo y al mismo tiempo desembarazadas de toda
intromisión de la Iglesia y el Estado. Así, no sólo la enseñanza era puesta al
alcance de todos, sino que la propia ciencia se liberaba de las trabas que los
prejuicios de clase y el poder del gobierno le habían impuesto.
Los funcionarios judiciales fueron despojados de
aquella fingida independencia que sólo había servido para disfrazar su abyecta
sumisión a los sucesivos gobiernos, ante los cuales prestaban y violaban
sucesivamente el juramento de fidelidad. Igual que los demás funcionarios
públicos, los magistrados y los jueces debían ser funcionarios electivos,
responsables y revocables.
Como es lógico, la Comuna de París debía servir de
modelo a todos los grandes centros industriales de Francia. Una vez establecido
en París y en los centros secundarios el régimen de la Comuna, el antiguo
gobierno centralizado tendría que dejar paso también en provincias al
autogobierno de los productores. En el breve esbozo de organización nacional
que la Comuna no tuvo tiempo de desarrollar, se dice claramente que la Comuna
debía ser la forma política que debía asumir hasta la más pequeña aldea del país,
y que en los distritos rurales el ejército regular debía ser reemplazado por
una milicia popular, con un plazo de servicio extraordinariamente corto. Las
comunas rurales de cada distrito administrarían sus asuntos colectivos por
medio de una asamblea de delegados en la capital del distrito correspondiente y
estas asambleas, a su vez, enviarían diputados a la Asamblea Nacional de
delegados de París, entendiéndose que todos los delegados serían revocables en
todo momento, y se hallarían obligados por el mandato imperativo
(instrucciones) de sus electores.
Las pocas, pero importantes funciones que aún
quedarían para un gobierno central no se suprimirían, como se había dicho,
falseando intencionadamente la verdad, sino que
serían desempeñadas por agentes comunales, y por lo
tanto estrictamente responsables.
No se trataba de destruir la unidad de la nación,
sino por el contrario de organizaría mediante un régimen comunal,
convirtiéndola en una realidad, al destruir el poder del Estado, que pretendía
ser la encarnación de aquella unidad, independiente y situado por encima de la
nación misma en cuyo cuerpo no era más que una excrecencia parasitaria.
Mientras que los órganos puramente represivos del viejo poder estatal debían
ser amputados, sus funciones legítimas tendrían que ser arrancadas a una
autoridad que usurpaba una posición preeminente sobre la sociedad misma, para
restituirla a los servidores responsables de esta sociedad. En vez de decidir
una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante deben
representar y aplastar al pueblo en el parlamento, el sufragio universal
serviría al pueblo organizado en comunas, como el sufragio universal sirve a
los patronos que buscan obreros y administradores para sus negocios. Y es bien
sabido que, lo mismo las compañías que los particulares, cuando se trata de
negocios, saben generalmente colocar a cada hombre en el puesto que le
corresponde. Por otra parte, nada podía ser más ajeno al espíritu de la Comuna
que sustituir el sufragio universal por una investidura jerárquica.
Es en general la suerte de las formaciones
históricas enteramente nuevas el ser tomadas injustamente por réplicas de las
formas más antiguas y casi extintas de la vida social, con las cuales pueden
ofrecer un cierto parecido. Así, en esta nueva Comuna, que rompe el poder del
Estado moderno, se ha querido ver una reminiscencia de las
comunas medievales que precedieron primero a este
poder de Estado y que resultaron ser luego su fundamento 107.
La Constitución comunal ha sido mal entendida como
una tentativa de romper en una federación de pequeños Estados, conforme al
sueño de Montesquieu y de los girondinos, esa unidad de naciones grandes que,
engendrada en su origen por la violencia, se ha convertido ahora en un poderoso
factor de la producción social.
El antagonismo de la Comuna y del poder de Estado
ha sido malinteligido como una forma excesiva de la vieja lucha contra la
supercentralización. Circunstancias históricas particulares pueden haber
impedido en otros países la evolución clásica de la forma burguesa del
gobierno, como en Francia, y pueden haber permitido, como en Inglaterra,
completar los grandes órganos centrales del Estado por vestries 108
corrompidos, consejeros municipales bullidores y feroces administradores del
buró de beneficencia en las ciudades y, en los condados, por jueces de paz
hereditarios efectivamente.
La Constitución comunal habría restituido al cuerpo
social todas las fuerzas hasta entonces absorbidas por el Estado parásito que
se alimenta de la sociedad y paraliza su libre movimiento. Por este solo hecho,
hubiese sido el punto de partida de la regeneración de Francia.
(... ) La existencia misma de la Comuna implicaba,
como algo evidente, la libertad municipal; pero en adelante no significaba un
obstáculo al poder del Estado, ya abolido. No
Se verá
más adelante el escrito de Kropotkin sobre las comunas de la Edad Media.
Consejo
de parroquias.
podía ocurrírsele más que al cerebro de un Bismark
(...) la idea de dar a la Comuna de París aspiraciones a esa caricatura de la
vieja organización municipal francesa de 1791, que es el régimen municipal
prusiano, que rebaja la administración de las ciudades a no ser otra cosa que
ruedecillas de segundo orden en la máquina policial del Estado prusiano.
La Comuna ha realizado ese lema de todas las
revoluciones burguesas, el gobierno barato, al abolir las dos grandes fuentes
de gastos que son el ejército permanente y el funcionarismo de Estado. Su
existencia misma suponía la no existencia de la monarquía que, al menos en
Europa, es el fardo normal y la indispensable máscara de la dominación de
clases. Ella proporcionaba a la República la base de instituciones realmente
democráticas. Pero ni el «gobierno barato», ni la «verdadera república» eran su
última finalidad; no eran más que sus corolarios.
La multiplicidad de interpretaciones a las cuales
ha estado sometida la Comuna y la multiplicidad de intereses que se reclamaban
de ella muestran que era una forma política completamente susceptible de
expansión, mientras que todas las formas de gobierno habían puesto hasta
entonces el acento sobre la represión. He aquí su verdadero secreto: era
esencialmente un gobierno de la clase obrera, el resultado de la lucha de la
clase de los productores contra la clase de los apropiadores, la forma política
hallada, en fin, que permitía realizar la emancipación económica del trabajo.
BAKUNIN SOBRE LA AUTOGESTION OBRERA
I
Sobre la cooperación 109
(...) ¿Qué se propone la Internacional? Emancipar
la clase obrera por la acción solidaria de los obreros de todos los países. ¿Y
qué se propone la cooperación burguesa? Arrancar un número restringido de
obreros a la obra común, para hacer de ellos burgueses en detrimento de la
mayoría.
(...) Supongamos que mil hombres son oprimidos y
explotados por diez. ¿Qué pensaríamos si entre esos mil hombres encontrásemos
veinte, treinta o más que dijeran: «Estamos cansados de ser víctimas; estamos
cansados de ser víctimas; pero como por otra parte es ridículo esperar la
salvación de todo el mundo, y como la salvación del pequeño número exige
absolutamente el sacrificio del grande, abandonemos a nuestros camaradas a su
suerte, y no pensemos más que en nosotros solos, para ser héroes seamos a nuestra
vez burgueses, explotadores»?
¿Sería una traición, no es eso?
(...) Hay entre ellos muchos de buena fe, que no
engañan, pero se autoengañan. No conociendo, no habiendo visto ni imaginado
otra práctica que la burguesa, muchos de ellos
Extractos
del artículo: «sobre la cooperación», L'egalité, Ginebra, 21 de septiembre de
1869.
piensan que sería bueno recurrir a esa misma
práctica para combatir a la burguesía. Tienen la simplicidad de pensar que lo
que mata al trabajo puede emanciparle, y que sabrán servirse, tan bien como la
misma burguesía, contra ella, del arma por medio de la cual la burguesía les
aplasta.
Gran error. Estos hombres ingenuos no se dan cuenta
de la superioridad inmensa que el monopolio de la riqueza, de la ciencia y de
una práctica secular, así como el apoyo abierto o enmascarado, pero siempre
activo de los Estados y de toda la organización actual, dan a la burguesía
sobre el proletariado. Sería por tanto una lucha excesivamente desigual como
para que se pueda esperar el éxito, en semejantes condiciones. Las armas
revolucionarias por otra parte, no siendo otras que la competencia desenfrenada,
la guerra de cada uno contra todos, la prosperidad conquistada sobre la ruina
de los otros, esas armas, esos medios no pueden servir más que a la burguesía,
y necesariamente des-truirán la solidaridad, que es la única fuerza del
proletariado.
(...) También nosotros queremos la cooperación;
estamos incluso convencidos de que la cooperación, en todas las ramas del
trabajo y de la ciencia, será la forma preponderante de la organización social
del futuro. Pero, a la vez, sabemos que la cooperación no podrá prosperar,
desarrollarse plena y libremente, abarcar toda la industria humana, más que
cuando se funde sobre la igualdad, cuando todos los capitales, todos los
instrumentos del trabajo, incluido el suelo, se reduzcan, a título de propiedad
colectiva, al trabajo.
Consideremos, por tanto, esta reivindicación ante
todo, así como a la organización del poder internacional de los
trabajadores de todos los países como la meta
principal de nuestra gran asociación.
Esto admitido, lejos de ser los adversarios de las
empresas cooperativas en el presente, las encontramos necesarias en muchos
aspectos. Primero, y por el momento, las consideramos su ventaja principal,
habitúan a los obreros a organizar, a hacer, a dirigir sus asuntos por sí
mismos, sin intervención alguna del capital ni de la dirección burguesa.
Es deseable que, sonada la hora de la liquidación
social, encuentre en todos los países, en todas las localidades, muchas
asociaciones cooperativas que, de estar bien organizadas, y sobre todo fundadas
sobre los principios de la solidaridad y de la colectividad, no sobre el
exclusivismo burgués, hagan pasar a la sociedad, de su estado presente, al de
la igualdad y la justicia, sin conmociones demasiado grandes.
Pero para que puedan cumplir esta misión, es
preciso que la asociación internacional no proteja más que asociaciones
cooperativas que tengan por base sus principios.
II
Asociación obrera y propiedad colectiva
(Extracto de una carta del 3 de enero de 1872 a
Ludovico Nabruzzi)
Es precisa la abolición del Estado, que no ha
tenido nunca otra misión que la de regularizar, sancionar y proteger, con la
bendición de la Iglesia, la dominación de las clases privilegiadas y la
explotación del trabajo popular en favor de los ricos. Por lo tanto, es
preciso: reorganizar la sociedad de abajo arriba, por la libre formación y la
libre federación de las asociaciones obreras, tanto industriales y agrícolas
como científicas y artísticas, llegando a ser el obrero al mismo tiempo hombre
de arte y de ciencia, así como los artistas y los sabios, obreros manuales;
reorganizar asociaciones y federaciones libres, fundadas sobre la propiedad
colectiva de la tierra, capitales, materias primas e instrumentos de trabajo,
es decir, la gran propiedad que sirve para la producción, no dejando a la
propiedad individual y hereditaria sino las cosas de uso personal (...)
ANTICIPACIONES A LA ACCIÓN DIRECTA Y A LA
CONSTRUCCIÓN LIBERTARIA
Riotinto, 1888. El año de los tiros
Con los discípulos y continuadores de Bakunin,
Guillaume, de Pæpe, los jurasianos, Kropotkin, entramos en una fase de
exposición sistemática de los planes de construcción de una sociedad
anarquista.
Decantando y prolongando la obra de sus pioneros,
el anarquismo toma ahora, si puede hablarse así, su segundo hálito. Trata de
formular al detalle y con mayor precisión las líneas de la organización social
futura al día siguiente de la revolución proletaria, anticipaciones a tas que
Marx y su llamada «escuela socialista científica» se han negado muy
frecuentemente, preocupados como estaban por
distanciarse del socialismo llamado «utópico».
El lector encontrará aquí, seguramente, menos brío
literario y menos genio que en lo que precede. Pero nosotros, que, en la mitad
del siglo XX, nos encontramos al pie del muro de la construcción socialista,
podemos entrar en los planes de sociedad que vamos a leer, no ya, como en la
imaginación de los pioneros, como si fueran ideas originarias y percutientes,
sino viendo en ellas algo menos apasionante tal vez, pero materiales sólidos y
concretos. Tras haber sido largamente puestos a disposición propia por los
anarcosindicalistas franceses y españoles de la primera mitad del siglo XX,
pueden, en esta segunda mitad de siglo, ayudarnos a reconstruir el mundo.
Para comenzar, y a título de prefacio de lo que va
a seguir, he aquí extractos de una moción presentada el once de noviembre de
1869 por el obrero ebanista lean Louis Pindy (1840-1917), delegado de la Unión
Sindical de los obreros de la construcción de París, al congreso de Basilea de
la I Internacional. Pindy es el precursor de los diversos autores de
anticipaciones sociales que abren el presente capítulo. El primero, en efecto,
en trazar la perspectiva de una doble federación: federación de comunas, federación
de sindicatos, teniendo por corolario la supresión del gobierno y la abolición
del salario. Helo aquí:
(...) Concebimos dos modos de agrupación entre los
trabajadores: primero, una agrupación local que permite a los trabajadores de
un mismo lugar relacionarse cada día; luego, una agrupación entre las
diferentes localidades, regiones, comarcas, etc.
Primer modo. Esta agrupación corresponde a las
relaciones políticas de la sociedad actual que ella reemplaza ventajosamente:
ha sido hasta el presente el modo empleado por la Asociación Internacional de
Trabajadores. Este estado de cosas implica, parra las sociedades de
resistencia, la federación de las sociedades locales apoyándose recíprocamente
por préstamos de dinero, or-ganizando reuniones para la discusión de cuestiones
sociales, tomando en común las medidas de interés colectivo.
Pero a medida que la industria se hace grande, otro
modo de agrupación se hace necesario junto al primero. Los obreros de todos los
países sienten que sus intereses son solidarios y que si se daña a uno se daña
al resto. Por otra parte, el porvenir reclama una organización que salga del
recinto de las ciudades y que, no conociendo ya fronteras, establezca un amplio
reparto del trabajo de un extremo del mundo al otro.
Para esta doble finalidad, las sociedades de
resistencia deben organizarse internacionalmente, siendo preciso que cada
oficio tenga correspondencia y contactos en el propio país y con las demás
naciones (...) Este modo de agrupación deviene agente de descentralización,
pues ya no se trata de establecer en cada país un centro común a todas las
industrias, sino de que cada cual tenga por centro la localidad en que se
desarrolla; por ejemplo, y para el caso de Francia, mientras que los mineros se
federan en torno a Saint- Etienne, los trabajadores de tela lo hacen en torno a
Lyon, como los industriales de lujo lo hacen en París. Una vez operadas estas
dos agrupaciones, el trabajo se organiza,
para el presente y para el futuro, suprimiendo el
régimen de salario (...)
La agrupación de las diferentes corporaciones por
ciudad y por país (...) forma la comuna del porvenir, del mismo modo que la
otra forma la representación obrera del porvenir. El gobierno es reemplazado
por los consejos de cuerpos de oficio reunidos, y por un comité de sus
delegados respectivos que regulará las relaciones de trabajo que habrán de
reemplazar a la política.
(...) Nosotros proponemos la resolución siguiente:
«El Congreso está de acuerdo en que todos los
trabajadores deben emplearse activamente en orden a la creación de cajas de
resistencia en los diferentes cuerpos de oficio.
»A medida que se formen estas sociedades, invita a
las secciones, los grupos federales y consejos centrales a avisar a las
sociedades de la misma corporación, a fin de provocar la formación de
asociaciones nacionales de cuerpos de oficio.
»Estas federaciones se encargarán de reunir todas
las enseñanzas que interesen a su industria respectiva, de dirigir las medidas
a tomar en común, de regularizar las huelgas y de trabajar activamente en su
éxito, esperando que el régimen de salario sea reemplazado por la federación de
productores libres.»
LA CONTROVERSIA ENTRE CESAR DE PÆPE (1842-1890)
Y ADHEMAR SCHWITZGUEBEL (1844-1895)
CESAR DE PÆPE, por Miklos Molnar 110
El personaje más notable entre los delegados belgas
de la I Internacional fue, sin duda, César de Pæpe. Nacido en 1842, muerto en
1890, de Pæpe vivió la grandeza y la decadencia, y más tarde el nuevo resurgir
del movimiento obrero belga.
Extraído
de Miklós Molnár, El declive de la I Internacional, 1963 (traducción en
Cuadernos para el Diálogo, Madrid).
Hijo de un funcionario del Estado belga, de Pæpe se
preparaba para la carrera de abogado, pero la repentina muerte de su padre le
obligó a abandonar sus estudios. Se hizo entonces tipógrafo en casa de Désiré
Brismée, y pronto llegó a ser su camarada en el movimiento de los libres
pensadores. Entró en la Sociedad de los Solidarios; luego, con sus nuevos
amigos, entre ellos Voglet y Steens, fundó en 1861 la sociedad Le Peuple,
asociación de la democracia militante, de donde salió cuatro años después la
sección belga de la Asociación Internacional de Trabajadores. Desde entonces de
Pæpe, que mientras había reemprendido sus estudios y se había hecho médico, se
encontró hasta el final de su vida entre las primeras filas del movimiento
obrero belga. No podemos trazar aquí todas las etapas de su vida dedicada al
movimiento obrero 111. Notemos tan sólo que fue delegado casi en cada congreso
de la Internacional, en donde sus discursos y sus intervenciones se encontraban
entre las más notables.
Definir su ideología y su posición política sería
aún más difícil que describir su vida. ¿Libre pensador, federalista,
proudhoniano, colectivista, comunista, anarquista, socialdemócrata? ¿Qué era en
realidad? Fue lo que fue el movimiento obrero belga de su época, ese
«socialismo mixto, a la vez mutualista y marxista, al que se llama
colectivismo», según la fórmula feliz pero forzosamente incompleta de Elias
Halévy 112.
Cfr.
Louis Bertrand, Cesar de Pæpe, sa vie, son oeuvre, Bruselas, 1909. Véase
también del mismo autor Histoire de la démocratie et du socialisme en Belgique
depuis 1830, Bruselas, 1906-1907, 2 volúmenes (nota de M. Molnár).
En
Histoire da socialisme européen, París, 1948, p. 151 (nota de M. Molnár).
Nos parece que las dos preguntas formuladas son en
realidad una y que no se podría responder a ellas partiendo únicamente de las
categorías del «marxismo», del mutualismo proudhoniano o del anarquismo en
sentido bakuniniano. Pues el pensamiento de de Pæpe y de sus camaradas estaba a
la vez influido por las grandes corrientes de ideas de origen alemán y francés
y por las teorías de los pensadores belgas tales como Potter y Colins 113 y por
las tradiciones obreras que se remontan a la época de los gre-mios. De Pæpe,
ciertamente, tuvo períodos más o menos proudhonianos y anarquizantes y estuvo
igualmente bajo el influjo de Marx. Pero al leer sus escritos y sus discursos
se tiene la impresión de que al inclinarse hacia uno y hacia el otro, de Pæpe
no se alejó nunca mucho de ese colectivismo belga que quería conciliar la idea
de la propiedad colectiva y de la libertad individual. En la búsqueda de un
sistema fundado en la justicia social y la libertad política, de Pæpe —así lo
creemos al menos— no hizo nunca una elección definitiva en lo que concierne a
los medios propios para alcanzar ese fin. Los partidarios de la centralización
criticaban frecuentemente su federalismo, a la par que los anarquistas le
reprochaban algunos rasgos «estatistas» de su sistema.
Por lo mismo, la actitud de de Pæpe en lo que
concierne a la alternativa de abstención o de actividad política no fue nunca
categórica. Indeciso en la época de la Conferencia de Londres (septiembre de
1871) llegó a ser «abstencionista»
113 El barón de Colins (1783-1859) en sus primeras
obras (Le Pacte social, 1835, Socialisme rationnel, 1849), proclamó un
socialismo esencialmente colectivista sobre la base de la apropiación comunal
del suelo. Su principal discípulo Louis de Potter publicó, entre otras cosas,
en 1850, un Catéchisme social.
durante algunos años, y acabó por adherirse al
movimiento de los «jóvenes» socialistas belgas que dio con la creación del
partido obrero belga de 1885.
Notemos aún que el carácter extremadamente
conciliador de de Pæpe le permite una gran ductilidad en sus tomas de posición.
Espíritu libre y tolerante, trataba de profundizar las discusiones hasta un
nivel filosófico que permitiese una comprensión habitualmente imposible a nivel
de polémica.
DE LA ORGANIZACION DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS EN LA
SOCIEDAD FUTURA
Tomamos como punto de partida el estado de cosas
actual, los servicios públicos actualmente existentes; luego, eliminaremos de
entre estos servicios públicos aquellos que parecen inútiles en una nueva
organización social; buscamos cuáles son los servicios públicos que reclaman
las nuevas necesidades y los que, desde este momento se presentan con carácter
de evidencia; nos preguntamos luego a quién incumbe de una manera natural y
racional la ejecución de esos diversos servicios públicos; llegando a este punto,
nos vemos obligados a echar un vistazo al conjunto de la evolución económica, y
a preguntarnos si las transforma-ciones profundas que implica esta revolución o
haga implicar a ciertas industrias no hacen o no harán de estas industrias
verdaderos servicios públicos: en fin, terminamos por la cuestión de saber
cómo, de qué manera, los servicios públicos, en general, deberán ser realizados
en el futuro.
¿Gestión por compañías obreras?
¿Por quién deben ser organizados y ejecutados los
diversos servicios públicos?
Aquí nos encontramos dos grandes corrientes de
ideas, dos verdaderas escuelas antagónicas. Una de estas escuelas tiende, en
líneas generales, a abandonar los servicios públicos a la iniciativa privada de
los individuos o de las compañías que se forman espontáneamente que así, de
algún modo, les apartan de su condición de carácter de servicio público para
hacer empresas particulares; es la escuela del laissez-faire. La otra tiende,
en líneas generales, a poner los servicios públicos en la mano del Estado, de
la provincia (departamento, cantón) o de la comuna; es la escuela
intervencionista.
Ciertamente, la concesión de los ferrocarriles, de
las minas, etc., a compañías obreras no tendría, al menos en su origen, el
mismo carácter de explotación desenfrenada que han adquirido las compañías
financieras, actualmente concesionarias de esos grandes servicios públicos.
Pero no olvidemos que la moderna 114 aristocracia capitalista, también ella, ha
salido del tercer estado; no olvidemos que antes de ser lo que hoy son los
altos barones de la finanza (o, si no ellos mismos, al menos su padre o sus antepasados)
han sido trabajadores, pero trabajadores situados en una
Extraído
de César de Pæpe, De l´organisation des Services publics dans la societé
future, 1874, presentada al Congreso de Bruselas de la Internacional (llamado
«autiautoritario»). Los subtítulos son nuestros.
situación privilegiada. Gracias a los
perfeccionamientos incesantes de los agentes mecánicos, gracias a las nuevas
aplicaciones industriales de los descubrimientos de la ciencia, gracias a la
disminución de los gastos de explotación y a la acumulación del capital que
resultara de este desarrollo del maquinismo y de la aplicación de los
descubrimientos científicos de todo género, esas compañías obreras,
propietarias de un gran material perfeccionado, y en disposición de un
monopolio natural o artificial que la sociedad les diera, no tardaron en
dominar toda la situación económica, como sus mayores dominaron las compañías
fi-nancieras.
Sin duda, se nos dirá que las concesiones no se
hacen sino mediante ciertas condiciones, y que las compañías obreras, al
aceptar la concesión, quedarían vinculadas por un contrato. Pero las compañías
de capitalistas a quien el Estado ha concedido la explotación de las minas, de
los ferrocarriles, etc., están igualmente vinculadas por un contrato: ¿pero eso
las impide distribuir grandes dividendos a sus miembros y parasitar lo mejor de
la riqueza pública? Desde el momento en que las compañías a las que concedéis
un monopolio cualquiera son propietarias de su material de explotación, ¿cuál
es el contrato que venga a impedirles mejorar ese material, economizar gastos,
no renovar el personal a medida que los óbitos vengan a disminuirle, acumular
capitales, convertirse, en una palabra, en una nueva clase privilegiada? Si
esto se da, habríamos tenido simplemente el placer maligno de sustituir una
aristocracia obrera por una aristocracia burguesa, como nuestros padres
han sustituido una aristocracia burguesa por la
vieja aris-tocracia nobiliaria.
Se nos dirá que no es necesario que este material
pertenezca a la compañía, que puede ser entregado a la compañía por la gran
colectividad social y seguir siendo propiedad inalienable de esta última, y que
entonces las mejores resultantes de los progresos de la civilización ocurrirán
en favor de la sociedad entera. Admitimos esto, pero entonces esas compañías no
son verdaderamente compañías concesionarias, sino empresarios asociados que se
encargan simplemente de la ejecución de los servicios públicos por cuenta de la
sociedad, representada por la comuna, la provincia, el cantón o el Estado, etc.
¿Gestión por el Estado?
Por otra parte, entre los que se inclinan a remitir
todos los servicios públicos, o al menos los más importantes, a las manos de
los administradores públicos y sobre todo del Estado, un buen número de ellos
no son partidarios de este sistema más que a condición de que el Estado sea
republicano y democráticamente constituido^ basado en la legislación directa o
al menos en el sufragio universal que respete todas las libertades políticas,
pero no querrán ese sistema bajo un régimen despótico o incluso simplemente
monárquico. Temían, no sin razón que, por motivos puramente políticos, se
reforzase aún más el poder del despotismo y, por consiguiente, quieren dejar
momentáneamente y por completo a la industria
privada una cantidad de servicios públicos, tales como la enseñanza, los
seguros, los ferrocarriles, etc., que desde el punto de vista económico valdría
más dejar en manos del Estado.
(... ) Partiendo de la noción de Estado tal y como
nos ha sido transmitida por la historia de todos los países, es decir, del
Estado despótico del Estado que hasta el presente no ha sido otra cosa que la
organización de la dominación de una familia, de una gran casta o de una clase
sobre la multitud reducida al estado de servidumbre legal y económica, un gran
número de socialistas ha gritado: ¡Guerra al Estado! No quieren oír hablar de
Estado de ninguna manera, sea cual fuere. Declaran muy netamente desear la
destrucción absoluta del Estado, de todos los Estados; y los más lógicos de
entre ellos, comprendiendo que la Comuna no es más que un pequeño Estado, un
Estado cuyo territorio es menos extenso, cuyas funciones se ejercen en una
escala menor que las de los Estados ordinarios, declaran no querer hablar del
Estado comunal, como tampoco del Estado propiamente dicho. Han escrito sobre su
bandera la palabra ¡An-arquía! No «anarquía» en el sentido de desorden, pues,
por el contrario, creen poder llegar al orden verdadero por la organización
espontánea de las fuerzas económicas, sino an-arquía, en el sentido en que la
entendía Proudhon, es decir, como ausencia de poder, ausencia de autoridad, y,
en su idea, en el sentido de abolición del Estado, pues las palabras autoridad
y poder eran a sus oídos enteramente sinonímicas con la de Estado.
Pero al lado de esta noción tradicional e histórica
del Estado, que, en efecto, no ha sido nunca hasta el presente
más que una autoridad, que un poder, que un
despotismo por decirlo aún mejor (y el peor de los despotismos, por ser siempre
ejercido por una minoría ociosa contra la mayoría trabajadora) estos
socialistas se han dado cuenta de un hecho verdadero y que cada vez será más
verdadero, de un hecho que es de los más grandes fenómenos económicos de
nuestro tiempo: han visto que, en las principales ramas de la producción
moderna, las grandes industrias son sustituidas cada vez más por pequeñas
industrias, y que la centralización de los capitales, la aplicación cada vez
más extensa de la fuerza colectiva y de la división del trabajo, la
introducción incesante de poderosas máquinas movidas por el vapor y que
transmiten el movimiento a una cadena de útiles y de máquinas, útiles
antiguamente aislados, que necesitaban por lo tanto la reunión de trabajadores
en grandes masas dentro de grandes industrias, que todo ello no podía sino
aumentar cada día el dominio de la gran industria. Han visto que en esta gran
producción moderna, el obrero aislado o el artesano dejaban su sitio ante los
trabajadores colectivos, ante colectividades obreras; han visto que estas
colectividades obreras, teniendo frente a ellas a capitalistas asociados, cuyos
intereses son diametral y abiertamente opuestos a los suyos propios, debían
inevitablemente constituirse en grupos de resistencia, en uniones de oficios, y
arrastrar a la vez en este movimiento a los trabajadores de la pequeña
industria; que, así, la agrupación por cuerpos de oficio debía generalizarse; y
han concluido que esta organización espontánea de la clase obrera debía servir
de base para un agrupamiento social nuevo, no sin analogía con el agrupamiento
espontáneo de las comunas burguesas de la Edad Media. Como la
comunidad de interés debía inevitablemente empujar
a los cuerpos de oficio a entenderse para sostenerse unos a otros, resulta de
ello todo un conjunto de federaciones locales primero, regionales e
internacionales luego. Y más aún. No contentos con estas observaciones
teóricas, han puesto manos a la obra: como los obreros ingleses respecto a las
trade unions, las han federado entre sí y han querido, con razón, constituir la
asociación internacional sobre esta base federativa y económica. Entonces, han
opuesto este agrupamiento de las colectividades obreras, que tiene sus raíces
en las profundidades de la vida económica moderna, al agrupamiento más o menos
fáctico y caduco de las comunas y de los Estados puramente políticos, y
proclamado la decadencia futura de estos últimos.
Hasta aquí, nada mejor. Pero nos preguntamos si las
colectividades obreras, si los cuerpos de oficio agrupados en una misma
localidad, si esta Comuna de proletarios, en una palabra, el día en que haya
reemplazado a la Comuna oficial, la burguesa, no se encontrará como esta última
ante ciertos servicios públicos cuya continuación es indispensable para la vida
social. Nos preguntamos si en la Comuna nueva no habrá seguridad, un estado
civil, un servicio de mantenimiento de las calles y plazas públicas, de alumbrado
vial, de aguas potables en los hogares, de alcantarillado, y toda la serie de
servicios públicos que hemos citado al comienzo de este trabajo. ¿No será
preciso que los grupos obreros, los cuerpos de oficio de la Comuna, elijan en
su seno a sus delegados para cada uno de los servicios públicos, delegados v
encargados de hacer funcionar esos diversos servicios, a menos que esos grupos
prefieran nombrar una
delegación que se ocupe de la dirección de tan
diversos servicios? En uno u otro caso, ¿no existe de este modo una
administración local de los servicios públicos, una administración comunal?.
Pero todos los servicios públicos no pueden ser
hechos por una administración puramente local, porque un gran número de ellos,
precisamente los más importantes, están destinados por su misma naturaleza a
funcionar en un terreno más amplio que el de la Comuna: ¿es una Comuna la que
va a dirigir los ferrocarriles, mantener el servicio de las grandes vías de
comunicación, poner diques a los ríos, canalizar los arroyos, encargarse de la
expedición de las cartas y de los servicios telegráficos a otras localidades,
etc.? ¡Evidentemente, no! Es necesario, pues, que las Comunas se entiendan, se
constituyan en Federación de Comunas, y elijan una delegación que se ocupe de
estos servicios públicos. Que esta delegación sea nombrada globalmente por la
administración de todos los grandes servicios públicos regionales, o
especialmente para un servicio particular, no importa; estos delegados,
debiendo tener en todos los casos entre ellos relaciones directas y seguidas,
constituyen siempre una administración pública, regional o nacional, no
importan el nombre. Al comienzo, ¿no es más que probable que a falta de otras
bases que las tradiciones y la lengua, estas regiones o naciones correspondan
generalmente a las nacionalidades actuales, o, al menos, a las principales
grandes divisiones de esas nacionalidades, por ejemplo Inglaterra, Escocia,
Gales e Irlanda para Gran Bretaña; Suiza alemana y Suiza romanda para Suiza;
país walón y país flamenco para Bélgica —a menos que este último, por
afinidades particulares, cuestión de lengua, por
ejemplo, no vaya a pasar a Holanda?
Y esta federación regional o nacional de las
comunas, ¿qué sería en el fondo sino un Estado? Sí, un Estado, porque hay que
llamarle por su nombre. Solo que un Estado federal, un Estado formado de abajo
arriba. Un Estado que tiene por base, por origen, una agrupación económica, la
agrupación de cuerpos de oficio, que forman la Comuna y que además tiene sin
duda al lado de su administración grandes servicios públicos, emanación directa
de las Comuna federadas, una Cámara de trabajo, emanación directa de las uniones
generales (amalgamated unions de los ingleses) formadas por la federación
regional de las uniones locales del mismo oficio.
Un Estado anárquico
El Estado es una máquina, el instrumento de los
grandes servicios públicos. Como las restantes máquinas, ésta es indispensable
para la gran producción moderna y para la gran circulación de productos que
resultan de ella; como las restantes máquinas, también ella ha sido asesina de
los trabajadores, ha funcionado siempre hasta aquí en provecho exclusivo de las
clases privilegiadas. Para que esto acabe, es preciso que los trabajadores se
apoderen de esta máquina. Pero, al hacerlo, veamos si la máquina Estado no
exige modificaciones importantes a fin de que no pueda herir a nadie, veamos
bien si no hay que suprimir ciertos resortes y
añadir otros que la incuria burguesa había
negligido; veamos también si no hay que asentarla enteramente sobre bases
nuevas. Hechas estas reservas, podemos decir: trabajadores, para nosotros la
máquina, para nosotros el Estado.
No se trata de que la palabra an-arquía nos dé
miedo. Al contrario, el miedo que la an-arquía inspira a la clase burguesa
(horror que creemos debido en gran medida a la fama que esa palabra tiene entre
los trabajadores) nos hace sonreír mucho, y sólo con nostalgia rechazaríamos la
palabra. Que nuestros amigos los anarquistas nos permitan, pues, no repudiar
precisamente la palabra, aunque tal vez ella ya no tenga para nosotros
absolutamente el mismo sentido que para ellos. Después de todo, el Estado, tal
como nosotros le concebimos, no es precisamente una autoridad, un sistema
gubernamental, algo que se imponga al pueblo por la fuerza o el engaño, una
arquía, en fin, para hablar en griego. ¿Hay una idea muy autoritaria en las
fórmulas servicio postal del Estado, ferrocarriles del Estado, limpieza de los
matorrales por intervención del Estado? Nosotros podemos concebir muy bien un
Estado no autoritario (íbamos a decir un Estado anárquico, pero nos hemos
retenido, porque para muchos de nuestros lectores se dan de patadas uno al lado
del otro). En efecto, la verdadera autoridad no consiste ciertamente en el acto
de ejecutar decisiones tomadas, ejecutar leyes votadas, administrar los
servicios públicos conforme a las leyes votadas, sino en el acto de hacer e
imponer la ley. Ahora bien, la legislación puede muy bien no ser el hecho del
Estado, no entrar en sus atribuciones, sea porque las leyes queden votadas
directamente por las Comunas o grupos cualesquiera, sea
porque la instrucción integral dada a todos y la
unidad mental que resulte de ahí, las leyes sociales, resulten un día tan
evidentes para el espíritu, que ya no tengan necesidad de ser votadas del mismo
modo que no lo tienen las leyes de la astronomía, de la física o de la química.
Así pues, para la Comuna los servicios públicos
simplemente locales, comunales, bajo la dirección de la administración local,
nombrada por los cuerpos de oficio de la localidad y funcionando a la vista de
todos los habitantes. Para el Estado, los servicios públicos más extensos,
regionales o nacionales, bajo la dirección de la administración regional
nombrada por la Federación de Comunas y funcionando bajo la supervisión de la
Cámara regional del trabajo. ¿Es esto todo? No; hay y habrá cada vez más servicios
públicos que, por su naturaleza, son internacionales o interregionales
—aquí los nombres importan muy poco—. Para ellos es
necesaria una federación internacional, y diríamos de buena gana universal,
humanitaria o planetaria, reconociendo que, ante el estado de atraso de algunos
pueblos, debería pasar mucho tiempo antes de que éstos respondieran a la
realidad de las cosas. No necesitamos indicar de qué modo esta constitución
suprema de la humanidad necesitaría igualmente de su o de sus administraciones
de los servicios públicos universales; ella tendría las mismas bases que las
que hemos indicado para la constitución del Estado y tendría también sin duda
su cámara internacional de oficios, formada por los mandatarios de las
federaciones inter-nacionales del trabajo, algunas de las cuales comienzan ya a
formarse en este momento por la iniciativa de las
trade unions inglesas.
Comunismo y «anarquía»
Pero tal vez se nos diga (...): ¿no hay que tener
en cuenta (...) que todas las ramas de la producción están destinadas a ser
constituidas en servicios públicos? ¡Cómo no veis que así caemos en el más
detestable comunismo!
Es cosa sorprendente el poder que tienen algunas
palabras para excitar a los espíritus, en tanto que la idea a la cual
corresponden corre por el mundo y es muy bien admitida bajo otro nombre. ¡¡Esto
ocurre con la palabra an-arquía, que hace erizar los cabellos de la cabeza de
nuestros burgueses, mientras que la idea de la reducción indefinida de las
funciones gubernamentales y finalmente de la abolición misma del gobierno es la
última palabra de los economistas del liberalismo apadrinados por estos bravos
burgueses!! Lo mismo ocurre con la idea del Estado y de la intervención del
Estado en los asuntos industriales para otra categoría de personas, que abarca
lo mismo a la vez a los economistas oficiales y a los socialistas
antiestatistas, en tanto que una administración central, el Estado en una
palabra, es una cosa de la que podía prescindirse poco ha, antes de la gran
producción moderna, pero que ha llegado a ser, cada vez más, una necesidad
social en presencia de la gran producción y de la gran circulación, como órgano
normal de la centralización económica, como
dirección normal de las grandes industrias que proporcionan la materia prima
para la producción, y de los grandes medios de transporte que van a llevar las
mercancías hasta el consumo. Hasta tal punto es necesaria, que, a falta de esta
centralización económica en las manos del Estado, las fuerzas económicas se
centralizan entre las manos de poderosas compañías que son verdaderos Estados
oligárquicos. La palabra comunismo ha tenido el singular favor de ser rechazada
por los socialistas como una calumnia, de ser considerada por los economistas
como la mayor de las utopías, de ser, en fin, a los ojos de la burguesía, una
teoría que consagra el robo y la promiscuidad permanente, en fin, la peor de
las pestes.
En cuanto a nosotros, que no nos horroriza la
palabra «Es-tado», tan espantosa a los ojos de algunos, como tampoco nos
espanta la palabra «an-arquía», tan terrible a los ojos de otros, ¿por qué nos
asustaremos de la palabra «comunismo»? Suponiendo incluso que esta palabra no
haya tenido un sentido claramente definido ni presente una idea perfectamente
racional, menos que ninguna otra debe asustamos, pues el comunismo, visto en el
pasado, ha sido siempre la forma, sentimental o mística, pero enérgica y radical,
de la que las clases desheredadas y sus agitadores, desde Spartacus hasta
Babeuf, se han servido para ma-nifestar su eterna reivindicación y hacer
escuchar su incesante protesta contra la miseria y la iniquidad social. Pero la
palabra comunismo tiene también una significación más precisa, representa una
idea realmente científica.
Comunismo quiere decir propiedad común, propiedad
pública, propiedad de la sociedad.
Estado burgués y Estado obrero
(...) Hemos visto que el Estado nos fusila, nos
condena, nos aprisiona y nos fusila de nuevo, y queremos arrebatar al Estado su
judicatura, sus alcaldesas y sus fusileros. Con nuestros ojos hemos visto que
el Estado, el actual, el burgués, cuando quería producir por sí mismo en lugar
de abandonar la producción a compañías de capitalistas que sólo buscan
enriquecerse, producía mejor y más barato que las propias compañías; lo vimos
en los ferrocarriles del Estado en Bélgica, en los servicios postales, en la construcción
de puertos de mar. Pero lo que no habíamos visto y veremos nosotros o nuestros
descendientes es el Estado obrero, el Estado basado en la agrupación de libres
Comunas obreras, encargándose definitivamente de la gestión de todas las
empresas sociales grandes (...)
No nos importan los anatemas lanzados contra
nosotros desde lo alto de las cátedras oficiales de economía política ortodoxa
(...) Lo que nos afecta cada vez más cerca es la repulsa instintiva que
experimentan por toda intervención del Estado socialista que en los demás
puntos marchan codo a codo con nosotros. Entre ellos y nosotros creemos
simplemente que existe un gran malentendido: acaso la palabra Estado es el
único punto que nos separa de ellos; si
es así, dejaremos gustosos a un lado la palabra
declarando que conservamos y entendemos la cosa bajo la cubierta más agradable
de otra denominación cualesquiera: administración pública, delegación de
Comunas federales, etc.
Pero al lado de quienes nos reprochan el papel que
concedemos al Estado, están también los que rechazan el papel que concedemos a
la Comuna. Para los jacobinos de todos los matices, el Estado es el gran Todo,
el dios Pan, en quien todo debe vivir y morir. Para ellos el Estado no sólo es
un órgano particular con una gran importancia y un alto destino, sino el cuerpo
social todo entero. No comprenden que se pueda entrar en la vida sin el billete
de entrada del Estado, ni irse de este mundo sin pasaporte del Estado: no nos
perdonarán haber negado al Estado todo su lustre, todo su esplendor, sus
brillantes armaduras, sus bellos ropajes rojos y negros, para revestirle con la
blusa de minero o la chaqueta del conductor de locomotoras. ¡¡No más generales
de la República, no más procuradores de la República!! Pero ¿no es esto una vez
más la abominación de la desolación? ¿No encontráis ridículo hacer de la Comuna
el pivote de la organización social? La Comuna no es más que una simple
subdivisión territorial del departamento, como éste es una simple subdivisión
del Estado: vaya para este último la denominación dé prefecto y de alcalde, de
gobernador y de burgomaestre. ¡Así lo quiere la República una e indivisible!
En cuanto a vuestra Comuna autónoma, que en lugar
de contentarse con recibir la vida del Estado pretende por el contrario ser
ella el lugar de donde emana el Estado, en cuanto a vuestra Comuna socialista
que aspira a hacer del
Estado un engranaje del socialismo, ese cuento es
una vieja patraña incendiaria que ya conocemos por sus efectos y que hemos
masacrado ya tres veces a los gritos de Viva la República: en el 93 por la
guillotina, en junio de 1848 por el fusil, en mayo de 1871 por el cañón. Pues
bien, señores grandes ciudadanos de la Montaña: Confesamos que vuestros rayos
son un poco más terribles que los de vuestros aliados del momento, los grandes
sacerdotes de la secta económica ortodoxa, que se contentan con dar a vuestras
proezas la consagración de su ciencia: en nombre de la libertad del trabajo,
dejad trabajar el mosquetón, dejad la metralleta, y dejad pasar las balas a
través de los flancos del proletariado... Pero es precisamente, señores, porque
nosotros no queremos ya dejamos condenar, aprisionar, fusilar o guillotinar,
por lo que ya no queremos a vuestros jueces, a vuestros esbirros ni a vuestros
verdugos.
A la concepción jacobina del Estado omnipotente y
de la Comuna subalterizada, oponemos la concepción de la Comuna emancipada, que
nombra ella misma todos sus administradores sin excepción, que hace ella misma
la legislación, la justicia y la policía. A la concepción liberal del Estado
gendarme, oponemos la concepción del Estado desarmado, pero encargado de
instruir a la juventud y de centralizar los grandes trabajos de conjunto. La
Comuna resulta esencialmente el órgano de las funciones políticas o
pretendidamente tales: la ley, la justicia, la seguridad, la garantía de los
contratos, la protección de los incapaces, la vida civil, pero es a la vez el
órgano de todos los servicios públicos locales. El Estado llega a ser
esencialmente el
órgano de la unidad científica y de los grandes
trabajos de conjunto necesarios a la sociedad.
LA CUESTION DE LOS SERVICIOS PUBLICOS ANTE LA
INTERNACIONAL
RESPUESTA DE ADHEMAR SCHWITZGUEBEL A CESAR DE PÆPE
[Comunicación presentada al Congreso jurasiano de
Vevey los días 1 y 2 de agosto de 1875 por la sección de grabadores y
ornamentadores de buril del distrito de Courtelary (los subtítulos son
nuestros)].
Obrero grabador-ornamentador, Adhémar Schwitzguébel
(1844-1895), jurasiano suizo, amigo de James. Guillaume, fue uno de los
militantes más activos de la Federación jurasiana de la Internacional. James
Guillaume publicó en París, en 1908, Algunos escritos de Schwitzguébel, de
donde está extraído el texto que sigue y que, desde un punto de vista
estrictamente anarquista, se opone a la exposición de César de Pæpe.
(...) Tras lo antedicho sobre la cuestión de los
servicios públicos, es manifiesto que, en lo atinente a la reorganización
social, dos grandes corrientes se reparten el mundo socialista, tendente el uno
al Estado obrero, el otro a la Federación de comunas.
Algunos piensan que en el fondo de este gran debate
no hay sino expresiones diferentes de una misma idea. Pero las cuestiones
relativas a la discusión de los servicios públicos no dejan duda: se trata de
dos cosas diferentes. Es lo que nos esforzaremos por demostrar. Estudiaremos la
cuestión de los servicios públicos desde el punto de vista de la Federación de
las comunas y terminaremos poniéndola en presencia de la historia y de la
revolución social.
El «Estado obrero» se parece al Estado actual
¿Cuál es la idea fundamental de los Estados
modernos y por qué necesidades justifican su existencia sus partidarios? La
idea de que en todas las relaciones entre los hombres hay relaciones puramente
privadas, pero también otras relaciones esenciales que afectan a todo el mundo,
de ahí la necesidad de orden público, gracias al cual se asegura el juego
regular de las relaciones públicas y generales entre los hombres. Medítese bien
la memoria del Consejo de Bruselas y se hallará que la concepción del Estado obrero
allí dominante es, en cuanto al fondo, absolutamente parecida a la del Estado
actual.
He aquí las objeciones que vienen: el Estado
reorganizado, dirigido, administrado por las clases obreras, habrá perdido el
carácter de opresión, de explotación que actualmente tiene entre las manos de
la burguesía; en lugar de una organización política, judicial, policial,
militar que es ahora, será una agencia económica, y reguladora de los servicios
públicos organizados según las necesidades sociales y las aplicaciones de las
ciencias.
Pero rindamos cuentas del funcionamiento de un
Estado semejante. La acción política legal o la revolución social han puesto en
manos de la clase obrera la dirección de la Comuna y del Estado. Lo que quieren
las clases obreras, la emancipación del trabajo de toda dominación, de toda
explotación del capital, pueden realizarlo. Es necesario que el instrumento de
trabajo pase a ser propiedad colectiva, que la propiedad esté organizada, que
el intercambio se haga, que la circulación favorezca el cambio, que una instrucción
y una educación científicas, humanas, reem-placen a la ignorancia actual, que
condiciones higiénicas garanticen la existencia de los individuos y de la
sociedad, que la seguridad pública reemplace al antagonismo actual, al juego
criminal de las pasiones odiosas y de las rivalidades brutales. El
proletariado, que ha llegado a dictador en el Estado, decreta la propiedad
colectiva y la organización en provecho, sea de las Comunas, sea del Estado,
establece las condiciones en que deben ser utilizados los instrumentos de
trabajo para salvaguardar los intereses de la producción, de los grupos
productores y los de las Comunas y del Estado; luego organiza y determina el
funcionamiento del intercambio de los productos, organiza y desarrolla los
medios de circulación, elabora un programa de instrucción y educación de la
juventud cuya ejecución remite a la Comuna o al Estado; establece un servicio
sanitario comunal y general; toma las medidas necesarias para asegurar la
seguridad pública en las Comunas y el Estado.
En todo lo así concerniente a la organización
social, el proletariado debe distinguir ante todo lo que es de iniciativa
privada, y lo que es de iniciativa pública, lo que es servicio
privado y lo que es servicio público, lo que es del
dominio de la Comuna y lo que es del Estado. Exactamente lo que se hace hoy.
Este trabajo de distinción, de eliminación de lo
privado de lo que es público, de organización de todo lo que proviene de la
Comuna y del Estado, no puede realizarlo el proletariado directamente, como
cuerpo. Es preciso que su opinión, que su voluntad general, se descompongan, se
analicen, y para ello es necesario personificarlas en representantes que irán a
la tribuna parlamentaría a defender la opinión de sus representados. Esto es lo
que pasa hoy.
El «Estado obrero» no es una solución
¿Cómo se constituirán estos parlamentos de obreros?
No hay otro medio que el famoso sufragio universal. Habrá, por tanto, aún la
minoría para la que la mayoría hará ley, o viceversa; pues el Estado,
reconocido como necesario para salvaguardar los intereses públicos, hará que la
ley sea obligatoria para todos, y quienes traten de sustraerse a ella serán
tratados como criminales. Este Estado obrero, que debería ser organizado para
satisfacer los intereses económicos de la sociedad, se halla lanzado frenéticamente
a la legislación, la jurisdicción, la policía, el ejército, la escuela y la
iglesia oficiales. Desde el momento en que, por una parte, hay ley del Estado
y, por otra, diversidad de inte-reses que satisfacer, es inevitable que haya
mayoría o minoría hostil a esta ley. Si el Estado no posee el poder de hacer
ejecutar la ley, ésta no será observada, y la acción del Estado será
desconsiderada, anulada. La razón de Estado
necesita, por tanto, de un poder capaz de reprimir
toda tentativa de rebelión contra la constitución y las leyes del Estado. Toda
la organización judicial para castigar los atentados dirigidos contra las
bases, el orden, las leyes del Estado, la policía para vigilar la observancia
de las leyes, el ejército para reprimir la revuelta si estalla, para proteger
al Estado contra los ataques de otros Estados, todo ello son consecuencias
necesarias del principio fundamental de la existencia del Estado.
Si estos servicios públicos, como se les ha llamado
hasta hoy, son necesarios para la existencia material de todo Estado, la
escuela y la iglesia oficiales no son menos necesarias para su existencia
moral. Es preciso que las inteligencias acepten esta dominación absoluta del
Estado como la cosa más natural del mundo. Así, toda la enseñanza pública, por
la Escuela y por la Iglesia, está fundada sobre el respeto absoluto de todo lo
que se aproxima al Estado. Y en el Estado obrero, al que se asigna como carácter
esencial la función de regulador económico, toda la organización de la
propiedad, de la producción, del cambio, de la circulación, será, en las manos
de la mayoría o de la minoría en posesión de la dirección de los asuntos, un
medio de dominación tan poderoso como las funciones políticas, jurídicas,
policiales, militares, ejercidas actualmente por los burgueses del poder. Más
que los burgueses, los obreros, dueños del Estado, se mostrarán implacables
contra toda acción dirigida contra su Estado, porque creerán haber realizado el
más perfecto ideal.
El Estado obrero, pues, respecto al problema de la
organización social, no nos parece una solución conforme a
los intereses de la humanidad; ésta no sería
emancipada porque el instrumento de trabajo, la organización del trabajo,
ciertos servicios públicos, fueran del dominio del Estado o de la Comuna; el
reparto equitativo de los frutos de la producción, el beneficio de una mejor
instrucción y educación, los goces de la vida social, estarían, en efecto,
mejor asegurados para cada uno que en el orden de cosas actual, pero la
autonomía completa del individuo y del grupo no sería realizada y, para que el
hombre sea emancipado, es preciso que lo sea como trabajador y como individuo.
(...) Plantear la cuestión de reorganización social
empleando la fórmula sometida a las deliberaciones del Congreso de Bruselas es
inevitablemente desviar las inteligencias respecto a los verdaderos términos de
la cuestión, esto es, significaba concluir de antemano en el Estado obrero.
Dos principios nuevos: colectivismo y federalismo
(...) Dos principios, de una consecuencia histórica
inmensa, se han desprendido de los debates y las luchas intestinas que han
agitado nuestra Asociación: el principio de la propiedad colectiva como base
económica de la nueva organización social, y el principio de autonomía y de
federación como base de la agrupación de individuos y colectividades humanas.
Para investigar cuál sería la nueva organización
social, por qué, en lugar de comprender las consecuencias necesarias de la
aplicación de los dos principios antes mentados, preguntarse lo que sería
servicio privado y servicio público,
por qué y cómo serían hechos estos servicios
públicos, si se razona de forma correcta hubiese debido decirse: nos
encontramos en presencia de la necesidad de transformar la propiedad individual
en propiedad colectiva: ¿cuál es el medio más práctico para operar esta
transformación? Que los trabajadores tomen posesión directa de los medios de
trabajo que han hecho funcionar en beneficio de la burguesía y que deben ahora
hacer funcionar en su propio provecho. Esta medida revolucionaria es superior
en la práctica a todos los decretos de las asambleas dictatoriales que se
creerían autorizadas a dirigir la revolución o la emancipación integral de las
clases trabajadoras; y la acción espontánea de las masas populares, de donde
ella puede salir, es, desde los primeros actos de la revolución, la afirmación
práctica del principio de autonomía y de federación, base de toda agrupación
social. Con los privilegios económicos de la burguesía han hecho naufragar, en
esta tempestad revolucionaria, todas las instituciones del Estado, en medio de
las cuales la burguesía mantiene sus privilegios.
Estudiemos ahora las consecuencias, desde el punto
de vista de la organización social, de una revolución semejante. En una
localidad cualquiera, los diferentes cuerpos de oficio son dueños de la
situación: en tal industria, el utillaje utilizado es de mínimo valor; en tal
otra, es de un valor considerable y de una utilidad más general; si el grupo de
los productores empleados en esta industria debe ser propietario del utillaje
utilizado, este propietario puede crear un monopolio para un grupo de trabajadores,
en detrimento de los otros grupos. Las necesidades
revolucionarias que han empujado a los grupos de
trabajadores a una acción idéntica les dictan igualmente pactos de federación,
en medio de los cuales se aseguran mutuamente las conquistas de la revolución;
estos pactos,
necesariamente, serán comunales, regionales,
internacionales, y contendrán las garantías suficientes para que ningún grupo
pueda acaparar por el solo los beneficios de la revolución. Es así como la
propiedad colectiva nos parece debe ser completamente comunal, regional e
internacional, siguiendo el desarrollo y la importancia más o menos general de
tal rama de la actividad humana, de tal riqueza natural, de tales instrumentos
de trabajo acumulados por un trabajo anterior.
En cuanto a la constitución de los grupos
productores, la espontaneidad de los intereses revolucionarios que les han dado
nacimiento será el punto de partida de su organización y del desarrollo de esta
organización desde el punto de vista de la organización social. Habiéndose
agrupado libremente para la acción revolucionaria, los trabajadores continuarán
este libre agrupamiento para la organización de la producción, del intercambio,
de la circulación, de la instrucción y de la educación, de la higiene, de la
seguridad; y lo mismo que, en las luchas revolucionarias, la actitud hostil de
un individuo en tal grupo, de un grupo en tal comuna, de una comuna en tal
región, de una región en la internacional, no han podido evitar la marcha
triunfante de la revolución, del mismo modo el aislamiento, cuando se trate del
desarrollo de las conquistas de la revolución, no po-drá parar la marcha
progresiva de las masas trabajadoras ac-tuando libremente.
La federación de comunas reemplaza al Estado
Nótese bien la diferencia esencial entre el Estado
obrero y la federación de comunas. El Estado determina lo que es servicio
público y la organización de ese servicio público; he aquí la actividad humana
reglamentada. En la federación de comunas, hoy el zapatero trabaja en una
habitación de su casa; mañana, por la aplicación de un descubrimiento
cualquiera, la producción de calzados puede ser centuplicada y simplificada a
la vez: entonces los zapateros se unen, se federan, establecen sus talleres,
sus manufacturas, y entran así en la actividad general. Lo mismo ocurre con
todas las ramas de la actividad humana: lo que está restringido se organiza de
una manera restringida; lo que es general, de una manera general, tanto en los
grupos como en las comunas y federaciones. Es la experiencia, la vida de cada
día, puesta al servicio de la libertad y la actividad humanas.
¿Qué han llegado a ser, en esta organización, los
servicios públicos del Estado actual, su legislación, su jurisdicción, su
policía, su ejército, su escuela y su iglesia oficiales? El libre contrato ha
reemplazado a la ley; si hay conflictos, son juzgados por tribunales en los
grupos donde estallan los conflictos; y respecto a las medidas de represión, no
tienen ya su razón de ser en una sociedad fundada sobre la libre organización,
no pudiendo la organización y la acción de tal grupo, en modo alguno, dañarme,
si la organización y la
acción del grupo al que pertenezco son igualmente
respetadas, y si esta organización y esta acción pueden difícilmente separarse
de los intereses de la humanidad emancipada después que la revolución social
haya barrido todas las consecuencias prácticas del burguesismo. Un servicio de
seguridad podrá tal vez aún tener su utilidad temporal, pero no podrá ser ya
una institución con un carácter general, indispensable, vejatorio, opresivo,
como en el orden actual.
Las grandes corrientes de la revolución social
Es indiscutible que la cuestión, desde el punto de
vista práctico, se dilucidará siguiendo el grado de desarrollo socialista de
las masas trabajadoras de cada país, y también siguiendo los primeros pasos más
o menos decisivos de la revolución social. Hoy, sólo los ignorantes o gentes de
mala fe afirman que la solución del problema social puede producirse de otro
modo que por la revolución. Estamos contentos al constatar que nuestros
hermanos alemanes, pese al carácter legal de su agitación socialista actual,
están de acuerdo con nosotros en este punto. Pero la revolución puede
producirse de dos maneras: puede tener por fin inmediato, y por base de acción
a la vez, la conquista por las clases trabajadoras del poder político en el
Estado actual y la transformación de este Estado burgués en Estado obrero;
puede, por otra parte, tener como fin inmediato, e igualmente como base de
acción, la destrucción de todo Estado y el agrupamiento espontáneo y federativo
de todas las fuerzas revolucionarias del proletariado. Si la acción
revolucionaria puede variar de un país a otro, es
igualmente susceptible de variación en las comunas de un mismo país: aquí, la
comuna conservará esencialmente un carácter autoritario y gubernamental, e
incluso burgués; en otra parte, el escobazo será completo. Si comprendemos la
situación actual de los pueblos en los diferentes Estados civilizados y de las
concepciones diversas sobre estas materias aún en curso, se comprenderá que es
inevitable que la revolución presente un carácter de extremada variedad: todas
las teorías socialistas, el comunismo, el colectivismo, el mutualismo, reciben
una aplicación más o menos restringida o general, según las grandes corrientes
que siga la revolución.
¿Cómo podría ser de otro modo, si hoy vemos a un
país grande como Alemania defender la idea del Estado obrero, y a otros como
Italia y España, la idea de federación de comunas? Esta diversidad de
tendencias revolucionarias ha sido, para la burguesía, causa de que se acuse al
socialismo de impotencia. Con un poco de clarividencia, empero, es fácil
constatar que, si existen divergencias en la concepción de una nueva
organización social, las clases obreras están cada vez más unidas para hacer
desplomarse el edificio burgués. Y esta divergencia no puede ser una causa de
impotencia, sino, por el contrario, una causa de fuerza, en el sentido de que
los grupos trabajadores, realizando su concepción particular y respetando las
realizaciones de las concepciones de otros grupos, tendrán todos un mayor
interés en el triunfo de la revolución. ¿En qué frenará eso la marcha
revolucionaria del proletariado que los alemanes realizan de Estado obrero,
mientras que los italianos, los
españoles y los franceses realizan la federación de
comunas? ¿Y en qué, si en Francia ciertas comunas conservan la propiedad
individual, mientras que la propiedad colectiva triunfa en otras?
La federación de comunas lo hará
Hechas estas reservas, tenemos, sin embargo, la
convicción de que la organización más favorable para el desarrollo de los
intereses de la humanidad acabará por imponerse por doquier, y que las primeras
manifestaciones revolucionarias serán determinantes para el ulterior desarrollo
de las etapas de la revolución. Llevamos esta convicción hasta afirmar que será
la federación de comunas la que saldrá con más fuerza de la revolución social.
Se ha reprochado a esta federación de comunas el
ser un obstáculo para la realización de una entente general, de una unión
completa de los trabajadores, y el no presentar, desde el punto de vista de la
acción revolucionaria, el mismo poder de acción que el Estado.
Pero ¿cómo practicarán la solidaridad los grupos de
traba-jadores libremente federados en la Internacional, cómo se entenderán,
cómo se pondrán de acuerdo? La misma situación ^económica les empuja a la
práctica de la solidaridad. ¿Cómo será ésta, cuando la acción se libere de
todas las trabas que le opone el orden social?
¿Cómo aumentará la Internacional su poder de acción
si es una federación, si se desgarra tan pronto como un consejo general quiere
hacer de ella un Estado? Los trabajadores
tienen odio a la autoridad, quieren ser libres, y
no serán fuertes si no es por la práctica de esta ancha y completa libertad.
Sí; nuestra Asociación ha sido la prueba de la
fecundidad del principio de autonomía y de la libre federación; y es por la
aplicación de este principio por la que la humanidad podrá marchar hacia nuevas
conquistas para asegurar el bienestar moral y material de todos.
JAMES GUILLAUME
(1844-1916)
JAMES GUILLAUME, por Fritz Brupbacher 115
Fritz
Brupbacher (1874-1945), doctor en medicina de Zurich, miembro del Partido
Socialista Suizo de 1898 a 1914, fecha de su expulsión; luego, del Partido
Comunista a partir de 1920, hasta su expulsión a finales de 1932; 10 cesó, en
el fondo, de ser anarquista, y de hacer propaganda en lavor de la libertad
sexual. Ha publicado Marx and Bakounine y 60 jahre Ketzer (autobiografía),
libros de los que se han publicado extractos en francés bajo el título de
Socialisme et liberté (1955).
James Guillaume nació el 16 de febrero de 1844 en
Londres. Su padre, suizo de Neuchátel, se había naturalizado inglés; su madre
era francesa. Su familia paterna vivía en Fleurier, en el Val-de-Trevers. Su
abuelo había fundado allí, hacia 1815, una casa de relojería con una sucursal
en Londres. Era republicano y hubo de refugiarse un año o dos en el cantón de
Vaud, a consecuencia de los motines de 1831. El padre de James Guillaume llegó
a Londres a los veinte años, ya buen relojero, para reemplazar a su tío en la
dirección de la sucursal. No era él un hombre ordinario, y la civilización le
interesaba más que el comercio de relojería. No se contentó con aprender, en
sus horas de ocio, el alemán y el español, sino que incluso estudió las
ciencias naturales, que le interesaban particularmente, y la filosofía. Se casó
en 1832 con una joven muy cultivada, de una familia de músicos.
En 1848, habiéndose proclamado la república en
Neuchâtel, el padre de James Guillaume, ardiente republicano también él, volvió
al país. Pronto fue nombrado juez, luego prefecto del Val-de-Trevers, y a
partir de ese momento sólo se ocupó de los asuntos públicos. Elegido consejero
de Estado en 1853, fue reelegido continuamente durante treinta y cinco años.
James Guillaume tenía, por tanto, cuatro años
cuando llegó a Suiza. Entró en el colegio latino a los nueve años y medio; a
los dieciséis, pasó a los auditorios, lo que hoy se llama academia, donde
permaneció hasta el 1862. Alumno bastante indisciplinado tenía con frecuencia
diferencias con las autoridades escolares, que eran realistas y religiosas.
Pero si durante el año obtenía malas notas a causa de sus
posturas independientes, se recuperaba en los
exámenes, donde siempre era el primero. Lo importante en su vida escolar no fue
lo hecho en clase —no escuchaba a sus maestros, no tenía ninguna confianza en
ellos—, sino lo que quiso aprender solo y lo que fermentaba en su cabeza. Leyó
toda la biblioteca de su padre, se apasionó por la antigüedad, por la
revolución francesa, por la filosofía y particularmente por Spinoza, por la
poesía desde Homero y Shakespeare hasta Goethe y Byron, así como por Rabelais, Moliére
y Voltaire.
Las ciencias naturales, astronomía, geología,
entomología, también le ocupaban mucho. Sentíase poeta y músico: escribió
millares de versos líricos, compuso dramas y novelas, una ópera y un oratorio.
La política no le interesaba menos. La lucha entre republicanos y realistas era
encarnizada en Neuchâtel. Desde entonces, la historia de la revolución le
fascinaba a Guillaume, y sus héroes eran los Montagnards: Marat —otro
Neuchâtelés—, Robespierre, Saint-Just.
Guillaume se presentó en Zurich en septiembre de
1862: debía estudiar filosofía, completar su cultura y prepararse para el
profesorado de lenguas clásicas. Entró en el laboratorio filológico dirigido
por Kochly —¡Kóchly y el esteta Vischer fueron los únicos profesores a los que
el joven antiautoritario escuchó en serio!—. Guillaume aprendió en Zurich a
conocer el genio alemán en sus poetas y en sus filósofos. También se impregnó
de las letras griegas. Fue en Zurich donde comenzó a traducir Les Gens de Seldwyla,
de Gottfried Keller, novelista suizo, pero excelente escritor alemán. Guillaume
fue el primero que tradujo al francés a
Keller, cuya obra apareció en 1864. Para el, el
socialismo aún no existía. A un camarada un poco más joven que el, y que le
confesaba una entusiasta admiración por Proudhon, le respondió Guillaume que
Proudhon era un sofista.
En la primavera de 1863, Guillaume fue obligado a
volver a Neuchâtel; lleno de nostalgia, hubo de renunciar a un viaje de
estudios que había pensado hacer a París. Al final de año superó el examen del
profesorado de escuelas industriales y recibió un puesto en el colegio de
Lóele. (...) No es aún socialista, y hasta ahora no ha vivido, sino estudiado
en libros. Hele aquí ahora transplantado en medio del pueblo obrero. Contempla,
su corazón se subleva, su razón se irrita. Ya tenía la pasión de lo verdadero; ahora
late en el la pasión de lo justo. La vanidad de los estudios clásicos le puede;
se encoge de hombros soñando en sus antiguos planes de futuro. Poeta, renuncia
a cantar, escucha los gritos de la poesía viva. Historiador, se pregunta si la
revolución ha concluido, o si ni siquiera ha comenzado. Para que su vida tenga
sentido, desea consagrarla a la instrucción popular; para comenzar, organiza
cursos vespertinos para aprendices. Sigue leyendo a toda clase de autores:
Feuerbach, Darwin, Fourier, Louis Blanc, Proudhon. Y poco a poco nuevas
concepciones se elaboran en su cabeza. Sabio y filósofo, anteriormente no había
podido concebir la igualdad más que a la manera de Robespierre y de Louis
Blanc: teniendo el hombre un alma, la igualdad de todas las almas era cosa
lógica. Pero ¿cómo conciliar la igualdad con el darwinismo, con la descendencia
animal, con la lucha por la vida? ¿Y qué se hacía de la moral sin el libre
arbitrio? Estas cuestiones le preocuparon mucho tiempo. Cuando al fin se impuso
en él la
negación del libre arbitrio metafísico, se halló
tranquilo y sobre un terreno sólido.
Sin embargo, su pensamiento carece de centro: el
socialismo no se ha precisado aún en el corazón del profesor y del metafísico.
El movimiento cooperativista francés alcanza Suiza y aviva su interés por los
cursos vespertinos. En 1865, una sección de la Internacional se ha establecido
en La Chaux-de -Fonds: un pueblo que se ayuda, merece ser ayudado. Para
encontrarle completamente vivo faltaba dedicación y paciencia, sacrificio de la
vida y de la muerte: fue ésta la imagen que Guillaume admiró y quiso en Constant
Meuron, el veterano de los motines de Neuchâtel, el revolucionario y
republicano que nunca supo de otra cosa que de revolución y república.
A partir de entonces, Guillaume está formado:
quiere actuar, sabe para qué hacerlo. Cómo, aún lo duda. Piensa hacerse
instructor en un pueblo para estar más cerca del mismo pueblo; luego, con
hacerse tipógrafo del mismo modo que Constant de Meuron se había hecho
ornamentador de buril. De una y otra cosa le disuadieron, demostrándole que si
se desclasaba perdería casi toda la influencia útil que podría ejercer.
En el otoño de 1866, Constant Meuron y James
Guillaume fundaron la sección de la Internacional de Lóele, y Guillaume se
presentó en el Congreso de Ginebra.
Hasta entonces se había consagrado a la educación
general de los obreros, con más frecuencia gracias a conferencias de historia
(que han sido después impresas), pero también mediante ensayos de organización
cooperativa de crédito y parlamentario, pero pronto llegó a la
convicción, como la mayoría de los
internacionalistas del Jura, de que allí la clase obrera no tenía nada que
ganar. El Congreso de la Internacional en Lausana, el Congreso de la Liga de la
Paz y de la Libertad en Ginebra, tenidos en 1867, modificaron profundamente el
pensamiento de Guillaume; es entonces cuando contacto con los revolucionarios
de toda Europa y cuando le vino la fe en la revolución social uni-versal.
Fue en este momento de su evolución cuando, en
1869, conoció a Bakunin, con ocasión de la fundación de la federación romanda.
Sus planteamientos eran completamente análogos: el sueño de un socialismo sin
Estado, en que no habría ni gobierno ni constitución, en que todos los hombres
fueran libres e iguales, se había formado en Guillaume por evolución interior y
por experiencia exterior antes de que encontrase a Bakunin. Fue para ambos,
empero, una gran cosa el entablar mutuo co-nocimiento.
«Yo debo a Bakunin —escribía Guillaume— lo
siguiente desde el punto de vista moral: antes yo era estoico, preocupado por
el perfeccionamiento moral de mi personalidad, esforzándome en conformar mi
vida de acuerdo con un ideal; bajo la influencia de Bakunin, renuncié a esta
preocupación personal, individual, y me resolví a consagrarme a la acción
colectiva, buscando la base y la garantía de la moralidad en la conciencia
colectiva de hombres estrechamente unidos para trabajar en una empresa común de
propaganda y de revolución.»
Sabido es cómo se lanzó a ello. De 1866 a 1878,
Guillaume no vivió más que para la Internacional. Se casó en 1868 con
Elise Golay. Un recuerdo respetuoso para la joven
valiosa que puso su mano en la del agitador y el perseguido. Desde el año 69,
en efecto, Guillaume hubo de renunciar a su profesorado de Lóele por haber
entrado en conflicto con las autoridades pedagógicas a causa de su actividad
revolucionaria. Se hizo tipógrafo, y lo fue hasta 1872. Contar su vida entre
1866 y 1878 sería contar la historia de la Internacional, por lo cual sus
propios recuerdos son la historia de ella. Fue uno de los oradores más brillantes
de su izquierda, constituida en el Congreso de Basilea y que acabó con la
separación de los autoritarios y antiautoritarios en el famoso Congreso de La
Haya. Sobre la evolución de las ideas de Guillaume, de sus capacidades
personales, intelectuales y morales, no se podía ponderar la importancia que
representó para él, el vivir y actuar con una clase obrera de una
extraordinaria actividad espiritual. Es difícil distinguir lo que Guillaume ha
dado a sus camaradas y lo que ha recibido de ellos. Los militantes jurasianos
de esta época vivían verdaderamente confundidos en una amplia comunidad
espiritual: sentían, actuaban, pensaban en común. Nada de dirigentes, nada de
dirigidos; sólo hombres con iniciativas más o menos decididas, con dotes
naturales más o menos ricos. Pero sería difícil buscar dónde comenzaba y dónde
acababa el trabajo de uno o de otro.
Guillaume fue, pues, la emanación intelectual de
una colectividad (...). Fue allí, en el Jura, donde los relojeros y Guillaume
produjeron juntos las ideas que una generación nueva debía reencontrar y
bautizar bajo el nombre de sindicalismo revolucionario.
Desde 1870 podían distinguirse ya claramente las
dos
tendencias que nacieron y aún existen hoy en
régimen de oposición en Suiza occidental: la tendencia socialdemócrata y el
sindicalismo revolucionario. En 1870, en el Congreso de la federación romanda,
tenido en La Chaux-de-Fonds, ocurrió la primera escisión. Allí se dio en
pequeño lo que iba a ocurrir en gran escala en 1872. Guillaume editaba entonces
el órgano de los «colectivistas» (sindicalistas revolucionarios), La
Solidarité, que duró hasta después de la Comuna y la crisis nacida entre los
jurasianos. Más tarde fue redactor del Bulletin que reemplazó a esta
Solidarité.
Masacrada la Comuna, el combate de los autoritarios
y los antiautoritarios fue más agudo que nunca en la Internacional. Marx
atacaba a los autoritarios, y muy especialmente a los jurasianos, en la
Conferencia de Londres. La consecuencia fue que un entendimiento más estrecho
unió a todos los elementos antiautoritarios y que las hostilidades se
exasperaron. Se sabe que Bakunin y Guillaume fueron excluidos de la
Internacional en el Congreso de La Haya de 1872, pues Marx y sus compañeros
creyeron desembarazarse así del espíritu de los antiautoritarios. No es éste el
lugar para hablar de los medios a los que Marx recurrió para alcanzar sus
fines: léase con detalle La Internacional, de Guillaume 116.
Desde antes de La Haya, Guillaume siempre había
estado entre los primeros lugares, pero después de ese Congreso fue totalmente
imposible representarse el proceso de la Internacional sin él.
La oposición contra Marx era muy heterogénea, y
para
L’intemational,
documents et souvenirs (1864-1878), cuatro volúmenes, 1905-1910.
concentrarla y mantenerla era preciso un espíritu
comprensivo, capaz de apreciar muchas individualidades diversas, a fin de hacer
posible un trabajo común. Tal fue el papel que Guillaume hizo de forma
maravillosa. Lo que hay más raro entre los hombres, a saber, el tener por una
parte las ideas claras y firmes respecto a sí mismos, y, por otra, el saber
entrar en las ideas de hombres diferentes y estimarlos en su propio valor, eso
caracterizaba a Guillaume, y por eso tuvo tanta importancia en los combates espirituales
de la Internacional. Se ve, en efecto, en cuanto dijo y escribo, una
personalidad moral eminente, libre del fanatismo y del eclecticismo.
(...) Tras 1870, la Internacional, afectada por la
evolución económica y política, hubo de morir, pese a todo el trabajo de los
militantes. El movimiento obrero europeo no se concebía ya y se escindía en
movimientos nacionales. Como en el resto de Europa, el espíritu de revuelta
amainaba también en el Jura. El Bulletin, que editaba Guillaume, órgano de la
federación jurasiana y, al menos durante algunos años, órgano de la
Internacional antiautoritaria, hubo de cesar de aparecer en 1878.
IDEAS SOBRE LA ORGANIZACION SOCIAL (1876),
por James Guillaume. Extractos subrayados por
nosotros
Preámbulo
La realización de las ideas contenidas en las
páginas que siguen no puede obtenerse sino en medio de un movimiento
revolucionario.
La ola no rompe el dique en un día; el agua sube
por grados, lentamente; pero una vez que ha alcanzado el nivel querido, el
estallido es súbito, y el dique se derrumba en un abrir y cerrar de ojos.
Hay, pues, dos hechos sucesivos, siendo el segundo
la consecuencia necesaria del primero: en principio, la transición lenta de las
ideas, las necesidades, los medios de acción en el seno de la sociedad; luego,
llegado el momento en que esta transformación está bastante avanzada para pasar
a los hechos de una manera completa, hay allí un cambio brusco y decisivo, la
revolución, que no es más que el desenlace de una larga evolución, la
manifestación súbita de un cambio preparado durante mucho tiempo y que ha llegado
a resultar inevitable.
Ningún hombre serio pensará en indicar de antemano
las vías y los medios por los que realizar la revolución, prólogo indispensable
de la renovación social. Una revolución es un acto natural, y no el acto de una
o varias voluntades individuales; no se opera en virtud de un plan
preconcebido; se produce bajo el impulso incontrolable de las necesidades en
las que nadie puede mandar.
Que no se espere, pues, de nosotros la indicación
de un plan de guerra revolucionaria; dejamos esta chiquillada a los que aún
creen en la posibilidad y la eficacia de una dictadura personal para realizar
la obra de la emancipación humana.
Por nuestra parte nos limitaremos a decir
brevemente cuál es el carácter que deseamos ver tomar a la revolución, para
evitar que caiga en los errores del pasado. Este carácter debe ser ante todo
negativo, destructivo. No se trata de mejorar ciertas instituciones del pasado
para adaptarlas a
una sociedad nueva, sino de suprimirlas. Así,
supresión radical del gobierno, del ejército, de los tribunales, de la Iglesia,
de la escuela, de la banca y de todo lo que tiene que ver con ello.
A la vez, la revolución tiene un lado positivo: la
toma de posesión de los instrumentos de trabajo y de todo el capital de los
trabajadores.
Debemos explicar cómo entendemos esta toma de
posesión.
Hablemos primero de la tierra y de los campesinos.
En muchos países, y particularmente en Francia,
burgueses y curas han tratado de engañar y esquilmar a los campesinos diciendo
que la revolución quería arrebatarles sus tierras.
Es eso una indigna mentira de los enemigos del
pueblo. La revolución quiere hacer todo lo contrario, quiere tomar las tierras
de los burgueses, de los nobles y de los curas, para dárselas a los campesinos
que no las tienen.
Si una tierra pertenece a un campesino y la
cultiva, la re-volución no le afectará. Por el contrario, le garantizará la
libre posesión de ella y le liberará de todas las cargas que la gravan. A esa
tierra que pagaba impuestos al fisco y que estaba gravada por pesadas
hipotecas, la revolución la emancipará como ella emancipa al trabajador: ni
impuestos ni hipotecas, la tierra será libre como el hombre.
En cuanto a las tierras de los burgueses, de los
nobles, del clero, en cuanto a las tierras que el pobre pueblo de los campos ha
cultivado hasta ese día para sus amos, esas tierras serán devueltas a aquellos
que les habían sido robadas, sus propietarios legítimos, sus propios
cultivadores.
¿Cómo hará la revolución para quitar la tierra a la
burgue-sía, a los explotadores, y para dársela a los campesinos?
Hasta el presente, cuando el burgués hacía una
revolución política, cuando ejecutaba uno de esos movimientos cuyo resultado es
solamente un cambio de dueños para el pueblo, tenía el hábito de publicar
decretos anunciando al país la voluntad del nuevo gobierno. El decreto era
pegado en las paredes de las comunas y el prefecto, los tribunales, el alcalde,
los gendarmes, lo hacían ejecutar.
La revolución verdaderamente popular no seguirá
este ejemplo: no se hará por decretos, no reclamará los servicios de la policía
y de la administración gubernamental; No es con decretos, con palabras escritas
en papel, como va a emancipar al pueblo, sino con actos.
En este capítulo examinaremos la forma en que deben
organizarse los campesinos para sacar el mayor provecho posible a su
instrumento de trabajo, la tierra.
Al día siguiente de la revolución, he aquí en qué
situación se encontrarán los campesinos: los unos, que ya eran pequeños
propietarios, conservan el trozo de terreno que ya cultivaban y que continúan
cultivando solos o con su familia. Otros, y éste es el mayor número, que eran
granjeros de un gran propietario o simple mano de obra a sueldo de un granjero,
se han apropiado en común de una gran extensión de terreno y deben cultivarla
en común.
¿Cuál de los dos sistemas es mejor?
No se trata aquí de hacer una teoría, sino de tomar
por punto de partida los hechos, y de buscar lo que es inmediatamente
realizable.
Desde este punto de vista, decimos primero que lo
esencial, aquello por lo que la revolución se ha hecho, está cumplido: la
tierra ha llegado a ser propiedad de quien la cultiva, no trabajando ya el
campesino en provecho de un explotador que vive de sus sudores.
Obtenida esta gran conquista, el resto es de orden
secundario; si es su voluntad, los campesinos pueden partir el terreno en lotes
individuales o, por el contrario, poner el terreno en común y asociarse para
cultivarle. Empero, aunque secundaria respecto a la cuestión principal, la
emancipación del campesino, esta cuestión de cuál será la mejor forma a adoptar
para el cultivo y la posesión del suelo, merece también ser examinada con
atención.
En una región poblada antes de la revolución por
campesi-nos pequeño-propietarios, en donde la naturaleza del suelo sea poco
propicia para cultivos de extensión, en donde la cultura está aún ligada a los
procedimientos de la edad patriarcal, donde el empleo de las máquinas es
desconocido o poco conocido, en una región semejante será natural que los
campesinos conserven la forma de propiedad a que se han habituado. Cada uno de
ellos continuará cultivando su terreno como en el pasado, con la sola diferencia
de que sus criados de antaño, si los había, estarán asociados y compartirán con
ellos los frutos que, por su trabajo común, hagan producir a la tierra.
Sin embargo, es probable que al cabo de poco tiempo
estos campesinos que siguen siendo propietarios individuales encuentren
ventajoso para ellos el modificar su sistema tradicional de trabajo. Se
asociarán entonces para crear una agencia comunal encargada de la venta o el
cambio de productos; luego, esta misma asociación
les conducirá a intentar otras nuevas en la misma vía. Harán en común la
adquisición de diversas máquinas destinadas a facilitar su trabajo; se
prestarán apoyo mutuo para la ejecución de ciertas tareas que se hacen mejor
cuando se realizan rápidamente por un gran número de brazos, y acabarán sin
duda por imitar a sus hermanos los trabajadores de la industria y los de los
grandes cultivos, decidiéndose a poner en común sus tierras y a formar una
asociación agrícola. Pero si tardan algunos años en la antigua rutina, si hay
incluso que esperar que pase una generación entera, en ciertas comunas, antes
de que los campesinos decidan allí adoptar la forma de la propiedad colectiva,
tampoco entonces habrá allí inconveniente grave: ¿no habría desaparecido el
proletariado de los campos, y, en el seno de estas comunas atrasadas, habría
otra cosa que una población de trabajadores libres viviendo en la abundancia y
en la paz?
Por el contrario, allí donde grandes dominios,
vastos cultivos ocupan un número considerable de trabajadores, cuyos esfuerzos
reunidos y combinados son necesarios para el culto del suelo, la propiedad
colectiva se impone por sí misma. El territorio de toda una comuna, y a veces
el de varias de ellas, no formará más que una sola explotación agrícola, a la
que se aplicarán los métodos del gran cultivo. En estas grandes comunidades de
trabajadores del campo no habrá que esforzarse, cosa que hoy ocurre al pequeño
campesino en su trocito de tierra, por obtener de la misma tierra una multitud
de productos diferentes: al lado de un cercado de una hectárea de superficie,
no se verá un
cuadradito de trigo, de patatas, de viñedo, de
forraje, de ár-boles frutales, etc. Por su configuración exterior, cada suelo
es apropiado para una clase de productos, así como por su composición química.
No se sembrará, pues, trigo en terreno de viñedo, no se buscará la obtención de
patatas en un suelo que habría de dejar para el pasto. La comunidad agrícola,
si no dispone más que de una sola clase de terreno, se dedicará solamente al
cultivo de una especie de productos, sabiendo que el cultivo en gran escala,
con menos trabajo, produce resultados mucho más considerables, prefiriendo
procurarse por el intercambio los productos que le faltan, antes que obtenerlos
en pequeña cantidad y en mala calidad en un terreno que no sería propicio.
La organización interior de una comunidad agrícola
no será necesariamente la misma en todas partes; una variedad bastante grande
podría producirse siguiendo las preferencias de los trabajadores asociados. Y
dado que se conforman con los principios de igualdad y justicia, no tendrán que
consultar en este punto más que a sus propias conveniencias y su utilidad.
La gerencia de la comunidad, elegida por todos los
asociados, podrá ser confiada a un solo individuo o a una comisión de varios
miembros; será a la vez posible separar las funciones administrativas diversas
y poner a cada una de ellas en una comisión especial. La duración de la jornada
de trabajo no será fijada por una ley general aplicada a todo el país, sino por
una decisión de la comunidad misma; solo que como la comunidad estará en
relación con todos los trabajadores agrícolas de la región, habrá que admitir
como
probable el entendimiento entre todos los
trabajadores para la adopción de una base uniforme en este punto. Los productos
del trabajo pertenecen a la comunidad, y cada asociado recibe de ella, sea en
especies (subsistencias, vestidos, etc.), sea en moneda de cambio, la
remuneración del trabajo por el realizado. En algunas asociaciones, esta
remuneración será proporcional a la duración del trabajo; en otras, estará a la
vez en razón de la duración del trabajo y de la naturaleza de las funciones
realizadas; otros sistemas podrán ensayarse y practicarse también.
Esta cuestión del reparto aparece como
completamente secundaria desde el momento en que la de la propiedad ha sido
resuelta y que ya no existen capitalistas que se valen del trabajo de las
masas. Sin embargo, pensamos que el principio al que hay que tender a
aproximarse sería éste: De cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus
necesidades. Una vez que, gracias a la mecanización y a los progresos de la
ciencia industrial y agrícola, la producción se acreciente de tal forma que
sobrepase con mucho las necesidades de la sociedad —lo que se obtendrá en el
espacio de unos años tras la revolución—, una vez allí, deci-mos, no se medirá
ya con mano escrupulosa la parte que corresponde a cada trabajador: cada cual
podrá servirse de la abundante reserva social según toda la extensión de sus
necesidades, sin temor a agotarla jamás; y el sentimiento moral que se
desarrolle en cada uno de los trabajadores libres e iguales acabará con el
abuso y el pillaje. En el ínterin, corresponde a cada comuna el determinar —durante
el
período de transición— el método que crea más
conveniente para repartir el producto del trabajo entre los asociados.
Los trabajadores industriales
Hay que distinguir varias categorías entre los
trabajadores de la industria como en los del campo.
Están primero los oficios en que el utillaje es
casi insignificante, en donde la división del trabajo no existe apenas, y en
donde por consiguiente el trabajador aislado puede producir tanto como el
asociado. Tal por ejemplo son las profesiones de sastre, zapatero, etc. 117.
Después vienen los oficios que necesitan la
cooperación de varios trabajadores, el empleo de lo que se llama la fuerza
colectiva y que generalmente se ejerce en un taller o tajo. Por ejemplo, los
tipógrafos, los ebanistas, los albañiles.
Finalmente existe una tercera categoría de
industrias, en donde la división del trabajo está llevada mucho más lejos, y en
donde la producción se hace en una escala gigantesca que exige el empleo de
potentes máquinas y la posesión de un capital considerable. Tales son las
hilaturas, las industrias metalúrgicas, las carboníferas, etc.
117 Hay que señalar, pese a todo, que, incluso en
esas profesiones, el modo de producción de la gran industria puede aplicarse y
producir
un ahorro de tiempo y de trabajo. Lo que decimos no
vale, pues, sino para un período transitorio (nota de James Guillaume).
Para los trabajadores pertenecientes a las
industrias de la primera categoría, el trabajo colectivo no es una necesidad, y
llegará sin duda un día en el cual, en gran número de casos, el sastre o el
zapatero remendón prefieren continuar trabajando solos en su pequeño chamizo.
Es cosa completamente natural, tanto más cuanto que en las pequeñas comunas tal
vez no haya más que un solo trabajador perteneciente a cada uno de estos
oficios. Sin embargo, y sin querer criticar en nada la independencia individual,
pensamos que, allí donde la cosa es practicable, el trabajo en común es el
mejor: en la sociedad de sus iguales, la emulación incita al trabajador, pues
produce más y hace su obra más estimuladora; por lo demás, el trabajo en común
permite un control más útil de cada uno sobre todos y de todos sobre cada uno.
En cuanto a los trabajadores de las otras dos
categorías, es evidente que la asociación les es impuesta por la naturaleza
misma de su trabajo, y que, no siendo sus instrumentos de trabajo simples
útiles de un uso exclusivamente personal, sino máquinas o útiles cuyo empleo
exige el concurso de varios obreros, la propiedad de este utillaje no puede ser
sino colectiva.
Cada taller, cada fábrica, formará, pues, una
asociación de trabajadores libre de administrarse de la forma que le plazca,
siempre que los derechos de cada uno sean salvaguardados y que los principios
de igualdad y de justicia sean puestos en práctica. En el capítulo precedente,
al hablar de las asociaciones o comunidades de trabajadores agrícolas, hemos
presentado, a propósito de la gerencia, de la duración de la jornada de trabajo
y del reparto de los
productos, observaciones que naturalmente se
aplican tam-bién a los trabajadores de la industria y que por consiguiente no
necesitamos repetir. Acabamos de decir que, donde se trata de una industria que
exige un utillaje un poco complicado y trabajo en común, la propiedad de los
instrumentos de trabajo debe ser común. Pero un punto falta por determinar:
esta propiedad común ¿pertenecerá exclusivamente al taller en donde funciona o
será la propiedad de toda la corporación de los trabajadores de tal o cual industria?
Nuestra opinión es que la segunda de estas
soluciones es la que vale. Cuando, por ejemplo, el día de la revolución, los
obreros tipógrafos de la ciudad de Roma hayan entrado en posesión de todas las
imprentas de esta ciudad, deberán reunirse inmediatamente en asamblea general
para declarar que el conjunto de las empresas de Roma constituye la propiedad
común de todos los tipógrafos romanos. Luego, en la medida de lo posible,
deberán dar un paso más y solidarizarse con los tipógrafos de las otras ciudades
de Italia. El resultado de este pacto de solidaridad será la constitución de
todos los establecimientos tipográficos de Italia como propiedad colectiva de
la federación de tipógrafos italianos. En medio de esta puesta en común, los
tipógrafos de toda Italia podrán ir a trabajar a una u otra de las ciudades de
su país y encontrar por doquier instrumentos de trabajo de los que tendrán el
derecho de servirse.
Pero si la propiedad de los instrumentos de trabajo
debe, según nosotros, ser remitida a la corporación, por ello no queremos decir
que, por encima de los grupos de trabajadores que forman el taller, exista una
especie de
gobierno industrial que tenga el poder de disponer
a su antojo de los instrumentos del trabajo. No: los trabajadores de los
diversos talleres no abandonan por nada del mundo el instrumento de trabajo que
han conquistado para ponerlo en manos de un poder superior que se llamaría la
corporación. Lo que hacen es esto: se garantizan recíprocamente, bajo ciertas
condiciones, el goce de los instrumentos de trabajo de los que han adquirido la
posesión y, concediendo a sus colegas de otros talleres la coparticipación en
este disfrute, obtienen a cambio el ser a su vez copartícipes de la propiedad
de los instrumentos de trabajo tenidos por sus colegas con los cuales han
concluido el pacto de solidaridad.
La comuna
La comuna está formada por el conjunto de los
trabajadores que habitan en una misma localidad. Tomando como modelo la comuna
tal como se presenta en la gran mayoría de los casos, y no entrando en las
excepciones, definiremos la comuna como la federación local de los grupos de
productores.
Esta federación local o comuna está constituida con
el fin de ocuparse de ciertos servicios que no son del dominio exclusivo de tal
o cual corporación, sino que interesan a todas, y que por esta razón se
denominan servicios públicos.
Los servicios públicos comunales pueden ser
resumidos en la enumeración siguiente:
a) Trabajos públicos 118:
Todas las casas son propiedad de la comuna.
Hecha la revolución, cada cual continúa habitando
provisionalmente el lugar que ocupaba, a excepción de las familias que estaban
reducidas a habitaciones malsanas o demasiado insuficientes y que serán
inmediatamente alojadas, a costa de la comunidad, en los apartamentos vacantes
de las casas que pertenecían a los ricos.
La construcción de las casas nuevas, con espacios
sanos, espaciosos y cómodos para reemplazar a los tugurios miserables de las
antiguas barriadas populares, será una de las primeras necesidades de la
sociedad liberada. De ello se ocupará la comuna inmediatamente, y de esta guisa
no solamente podrá proporcionar trabajo a las corporaciones de albañiles,
carpinteros, cerrajeros, pizarreros, etc., sino que también será fácil ocupar
de una manera útil esa cantidad de gente que, viviendo en la ociosidad antes de
la revolución, no dominan oficio alguno; podrán ser empleados como mano de obra
en los inmensos trabajos de construcción y de desmonte que entonces se
emprenderán en todos los puntos de la región liberada, y especialmente en las
ciudades.
Los nuevos alojamientos estarán construidos a
expensas de todos, lo que significa que, a cambio del trabajo proporcionado por
las diversas corporaciones de la construcción, éstas recibirán de la comuna los
bonos de cambio necesarios para el mantenimiento de todos los miembros. Y
puesto que los alojamientos habrán sido
Los
subtítulos que siguen son de James Guillaume.
construidos a expensas de todos, deberán estar a
disposición de todos, es decir, que el disfrute será gratuito, y que nadie
tendrá que pagar a la comuna un censo, un alquiler a cambio del apartamento que
ocupa.
Siendo gratuitos los alojamientos, parece que
puedan desprenderse de ello graves discordias, puesto que nadie querrá habitar
una vivienda mala y todos se disputarán las mejores. Pero nosotros pensamos que
sería equivocado el pensar esto, y he aquí nuestras razones. En primer lugar,
debemos decir que no querer habitar un mal alojamiento y desear otro mejor es
un deseo seguramente muy legítimo, y es justamente este deseo —que veremos
producirse con mucha fuerza— el que nos segura que por doquier se trabajará con
energía y actividad para satisfacerle, constru-yendo nuevas casas. Pero,
mientras esperamos su construcción, habrá que tener paciencia y contentarse con
lo que existe; la comuna habrá procurado, como hemos dicho, remediar las
necesidades más apremiantes, alojando a las familias más pobres en los grandes
palacios de los ricos. Y, en cuanto al resto de la población, creemos que en
ella se desarrollará, por el entusiasmo revolucionario, un sentimiento de
generosidad y de abnegación que hará que cada uno sea feliz al soportar, aún
durante algún tiempo, los inconvenientes de una habitación incómoda, y que a
nadie se le ocurra querellarse con un vecino que, más favorecido, tenga
provisionalmente un apartamento más agradable.
Al cabo de poco tiempo, gracias a la actividad con
la cual trabajarán los constructores, fuertemente estimulados por la demanda
general, los alojamientos serán tan abundantes, que todas las demandas podrán
ser satisfechas: cada cual no
tendrá sino elegir, con la certeza de hallar una
habitación a su conveniencia.
Lo que decimos no tiene nada de quimérico, por
maravilloso que pueda parecer a aquellos cuya mirada no ha sobrepasado nunca el
horizonte de la sociedad burguesa: es por el contrario lo más simple y natural,
tan natural como imposible sería que las cosas pasaran de otro modo. En efecto,
¿en qué se quiere que se ocupen las legiones de albañiles y otros trabajadores
de la construcción, sino en construir incesantemente habitaciones cómodas y
verdaderamente dignas de ser habitadas por los miembros de una sociedad
civilizada? ¿Necesitarán construir durante muchos años para que cada familia
tenga su acomodo? No, será cuestión de poco tiempo. ¿Y cuando hayan terminado,
se cruzarán de brazos? No, sin duda; continuarán trabajando, mejorarán,
perfeccionarán lo que existe, y poco a poco se verán desaparecer enteramente
los barrios sombríos, las calles estrechas, las casas incómodas de nuestras
ciudades actuales: en su lugar se elevarán palacios donde habitarán los
trabajadores elevados a la categoría de hombres.
b) Intercambio:
En la sociedad nueva no habrá comercio en el
sentido que hoy se le da a esta palabra.
Cada comuna establecerá un establecimiento de
cambio cuyo mecanismo vamos a explicar lo más claramente que podamos.
Las asociaciones de trabajadores, así como los
productores individuales —en las ramas en que pueda continuar la
producción individual— depositarán sus productos en
la caja de cambio. El valor de estos diversos productos habrá sido fijado de
antemano por una convención entre las federaciones corporativas regionales y
las diferentes comunas, en medio de los datos que proporcionará la estadística.
La caja de cambio remitirá a los productores bonos de cambio con el valor de
sus productos; estos bonos de cambio serán admitidos para que circulen en toda
la extensión del territorio de la Federación de comunas.
Entre los productos así confiados a la caja de
cambio irnos se destinan a ser consumidos en la comuna misma, otros a ser
exportados a otras comunas, y por tanto cambiados por otros productos.
Los primeros de éstos serán transportados a los
diferentes bazares comunales, para cuyo establecimiento se habrán podido
utilizar provisionalmente los locales más cómodos entre los comercios y tiendas
de los antiguos comerciantes. De estas tiendas, unas serán consagradas a los
productos alimenticios, otras a vestidos, otras a utensilios del hogar, etc.
Los productos destinados a la exportación quedarán
en los comercios generales, hasta el momento en que haya que enviarlos a las
comunas que los necesiten.
Prevenimos aquí una objeción. Tal vez se nos diga:
la caja de cambio de cada comuna da a los productores, por medio de los bonos
de cambio, un signo representativo del valor de sus productos, y ello antes de
quedar asegurada la venta de esos mismos productos. Si éstos no se vendieran
¿en qué
posición se encontraría la caja de cambio? ¿No
amenazan las pérdidas, no es aleatorio el género de operación en cuestión?
A esto responderemos que cada caja de cambio está
segura, de antemano, sobre la venta de los productos que recibe, de modo que no
puede haber ningún inconveniente en dar valor a los productos por medio de los
bonos de cambio.
Habrá ciertas categorías de trabajadores a las que
sea materialmente imposible llevar sus productos a la caja de cambio: tal son
por ejemplo los constructores de edificios. Pero también la caja de cambio les
servirá de intermediario: registrarán en ella los diversos trabajos que hayan
ejecutado y cuyo valor habrá sido siempre convenido de antemano, de modo que la
caja les dará ese valor en bonos de cambio. Lo mismo ocurrirá con los diversos
trabajos empleados para los servicios administrativos de la comuna, cuyo
trabajo consiste no en productos fabricados, sino en servicios realizados.
Estos servicios habrán sido tarifados de antemano, y la caja de cambio les
pagará su valor.
La caja de cambio no tiene solamente por función el
recibir los productos que aportan los trabajadores de la comuna; corresponde
con las otras comunas y hace venir los productos que la comuna está obligada a
sacar fuera, sea para contribuir a su alimentación, sea con materias primas,
combustibles, productos manufacturados, etc.
Estos productos sacados de fuera figuran en los
bazares comunales, al lado de los productos de la localidad.
Los consumidores se presentan en estas diversas
tiendas
con sus bonos de cambio, que pueden dividirse en
cupones de diferentes valores; y se presentan allí, sobre la base de una tarifa
uniforme, para obtener todos los objetos de consumo que necesiten.
Hasta el presente, la exposición que hemos hecho de
las operaciones de la caja de cambio no tiene nada que difiera de una manera
esencial de los usos del comercio actual: estas operaciones, en efecto, no son
otras que las de la venta y la compra. La caja compra a los productores sus
productos, y vende a los consumidores los objetos de consumo. Pero pensamos que
al final de un cierto tiempo la práctica de las cajas de cambio pueda ser
modificada sin inconveniente, y que un sistema nuevo sustituirá poco a poco al
sistema antiguo: el cambio propiamente dicho desaparecerá y dejará espacio a la
distribución pura y simple.
He aquí lo que entendemos por esto último:
En tanto que un producto sea poco abundante y no se
en-cuentre en los comercios locales sino en cantidades más pequeñas que las que
la población podría consumir, se está obligado a una cierta medida en el
reparto de ese producto, y la manera más fácil de operar este racionamiento de
los consumidores es el de venderles el producto, es decir, no dárselo más que a
aquellos que den a cambio un cierto valor. Pero una vez que, gracias al
desarrollo prodigioso de la producción cuando el trabajo sea organizado sobre
bases racionales, gracias a este desarrollo, tal o cual categoría de productos
sobrepase con mucho todo lo que podría consumir la población, entonces no será
ya necesario racionar los consumos; se podrá suprimir la operación de
venta, que era una especie de freno opuesto a un
consumo inmoderado; las cajas comunales no venderán ya los productos a los
consumidores, sino que los distribuirán a proporción de las necesidades que
éstos declaren tener.
Esta sustitución de la distribución por el cambio
podrá tener lugar al cabo de poco tiempo para todos los objetos de primera
necesidad, pues se dirigirán sobre todo hacia una producción abundante de estos
objetos los primeros esfuerzos de las asociaciones de productores. Pronto,
otros objetos hoy todavía raros y costosos y por consiguiente mirados como
objetos de lujo, podrán a su vez ser producidos en gran escala, y entrar así en
el dominio de la distribución, es decir, del consumo universal. Por el con-trario,
otros objetos, pero en pequeño número y de poca importancia (por ejemplo las
perlas, diamantes, ciertos metales) no podrán nunca ser abundantes, pues la
misma naturaleza limita su cantidad. Pero como se habrá cesado de concederles
el precio que la opinión les atribuye hoy, no serán ya buscados más que por las
asociaciones científicas que quieran colocarles en museos históricos de
historia natural o utilizarles para la confección de ciertos instrumentos.
c)
Alimentación:
El servicio de alimentación no es de alguna manera
más que un anexo del servicio de cambio. En efecto, lo que acabamos de decir de
la organización de la caja de cambio se aplica a todos 'los productos,
comprendidos los especialmente destinados a la alimentación. Empero, creemos
útil añadir, en un parágrafo especial, algunas explicaciones más detalladas
sobre las disposiciones a tomar
en orden al reparto de los principales productos
ali-menticios.
Hoy la panadería, la carnicería, el comercio de
vinos, de géneros coloniales, están abandonados a la industria privada y a la
especulación, que, por fraudes de todo género, tratan de enriquecerse a
expensas del consumidor. La nueva sociedad deberá inmediatamente dar remedio a
un estado de cosas semejante, y ese remedio consistirá en erigir en servicio
público comunal todo lo que concierne a la distribución de los productos
alimenticios de primera necesidad.
Entiéndase bien. Esto no significa que la comuna
tome ciertas ramas de la producción. No; la producción propiamente dicha sigue
en manos de los productores. Pero para el pan por ejemplo, ¿en qué consiste la
producción? Únicamente en el cultivo del trigo. El trabajador siembra y recoge
el grano, y lo lleva a la caja de cambio: allí cesa la función del productor.
Transformar el grano en harina, la harina en pan, no es producción, sino un
trabajo análogo al que realizan los diversos empleados de los comercios comunales,
trabajo destinado a poner un producto ali-menticio, el trigo, a disposición de
los consumidores. Lo mismo para la carne, etc.
Así, pues, desde el punto de vista del principio,
nada más lógico que hacer entrar la panadería, la carnicería, la vinatería,
etcétera, en las atribuciones de la comuna.
En consecuencia, el trigo, una vez entrado en los
almacenes de la comuna, será reducido a harina en un molino comunal —no hace
falta decir que muchas comunas tendrán el mismo molino—; la harina será
transformada en
pan en las panaderías comunales, y el pan será
expedido por la comuna a los consumidores. Lo mismo pasará con la carne: los
animales serán abatidos en mataderos comunales y despedazados en las
carnicerías comunales. Los vinos serán conservados en las cavas comunales y
distribuidos a los consumidores por empleados especiales. En fin, los otros
géneros alimenticios, siguiendo el consumo más o menos inmediato, serán
conservados en las tiendas de la comuna o bien expuestos en los lugares a donde
vayan a buscarlos los consumidores.
Especialmente en estas categorías de productos como
el pan, la carne, el vino, etc., los esfuerzos deberán tender a sustituir lo
más rápidamente posible por el régimen de cambio el de la distribución. Una vez
asegurada una alimentación abundante para todos, los progresos de las ciencias,
de las artes industriales y de la civilización en general marcharán a paso de
gigante.
d) Estadística:
La comisión comunal de estadística tendrá por
ocupación el reunir todos los datos estadísticos de la comuna.
Las diversas corporaciones o asociaciones de
producción la tendrán continuamente al corriente del número de sus miembros y
de los cambios que se operen en su personal, de modo que sea posible conocer en
cualquier instante el número de brazos empleados en las diversas ramas de la
producción.
Por mediación de la caja de cambio, la comisión de
estadística obtendrá los datos más completos sobre la cifra de la producción y
el consumo.
Por medio de los datos estadísticos así recogidos
en todas las comunas de una región, será posible equilibrar científicamente la
producción y el consumo; obedeciendo a estas indicaciones, podrá acrecentarse
el número de brazos en las ramas en que la producción sea insuficiente, y
disminuirla en aquellas otras en que la producción sea superabundante. La
estadística permitirá así el fijar la duración media de la jornada de trabajo
necesaria para obtener los productos que reclaman las necesidades de la sociedad.
Por ella se llegará igualmente a poder determinar, no de una manera absoluta,
pero sí con una exactitud suficiente, la práctica, el valor relativo de los
diversos productos, que servirá de base a las tarifas de la caja de cambio.
Pero esto no es todo; la comisión de estadística
tendrá que realizar aún las funciones atribuidas hoy al estado civil:
regis-trará los nacimientos y los fallecimientos. No decimos los matrimonios,
porque en una sociedad libre la unión voluntaria del hombre y la mujer no será
un acto oficial, sino un acto puramente privado, que no necesitará de ninguna
sanción pública.
Muchas otras cosas son aún de la competencia de la
estadística: las enfermedades, las observaciones meteorológicas, todos los
hechos, en fin, que, produciéndose de manera regular, pueden ser registrados y
contados, y toda agrupación numérica de la cual pueda salir alguna enseñanza o
hasta alguna ley científica.
e) Higiene:
Bajo el nombre general de higiene hemos unido
diversos servicios públicos cuyo funcionamiento es indispensable para el
mantenimiento de la salud comunal.
En primer lugar hay que colocar naturalmente el
servicio médico, que será puesto gratuitamente por la comuna a disposición de
todos. Los médicos no serán ya industriales buscando sacar el mayor provecho
posible de sus enfermos, sino empleados de la comuna, retribuidos por ella, que
deben acomodar sus servicios a quienes los reclamen.
Pero el servicio médico no es sino el lado curativo
de esta rama de la actividad del saber humano que se ocupa de la salud; pues no
basta con curar las enfermedades, hay que prevenirlas.
Es esta la función de la higiene propiamente dicha.
Podrían citarse varios aspectos más que constituyen
la misión de la higiene, pero lo poco que acabamos de decir basta para dar una
idea de la naturaleza de sus funciones y de su importancia.
f) Seguridad:
Este servicio comprende las medidas necesarias para
garantizar a todos los habitantes de la comuna la seguridad de su persona así
como para proteger los edificios, los productos, etc., contra toda depredación
y todo accidente.
No es probable que en una sociedad en donde cada
uno pueda vivir en plena libertad del fruto de su trabajo, y donde encuentre
todas sus necesidades abundantemente satisfechas, casos de robo y de pillaje
puedan aún presentarse. El bienestar material, así como el desarrollo
intelectual y moral de la instrucción verdaderamente
humana dada a todos harán en efecto mucho más raros
los crímenes, que son la consecuencia de la intemperancia, de la brutalidad o
de otros vicios.
Sin embargo, no será inútil tomar precauciones para
la seguridad de las personas. Este servicio, al que, si no tuviese un
significado equívoco, podría denominársele policía de la comuna, no estará
confiado, como hoy, a un cuerpo especial; todos los habitantes serán llamados a
formar parte de él, y a velar rotativamente en los diversos puestos de
seguridad que la comuna haya instituido.
A este propósito se preguntará cómo será tratado,
en esta sociedad igualitaria, quien sea culpable de asesinatos u otras
violencias. Evidentemente, so pretexto de respeto a los derechos del individuo
y de negación de la autoridad, no se podrá dejar cometer impunemente un
asesinato o esperar que algún amigo de la víctima le aplique la ley del talión.
Será menester privarle de su libertad y guardarle en un lugar especial, hasta
que pueda, sin peligro, ser devuelto a la sociedad. ¿Cómo será tratado durante
su cautividad?, ¿y qué principios determinarán su duración? Son estas
cuestiones delicadas sobre las que aún las opiniones se encuentran divididas.
Habrá que esperar a la experiencia para dar la solución; pero nosotros sabemos
desde ahora que, gracias a la transformación que operará la educación en los
caracteres, los crímenes serán muy raros. No siendo los criminales más que una
excepción, serán considerados como enfermos e insensatos. La cuestión del
crimen que ocupa hoy a tantos jueces, abogados y carceleros perderá su
importancia social y pasará a ser un simple capítulo de la filosofía médica.
g) El niño
no es propiedad de nadie 119:
El primer punto a considerar es la cuestión de la
educación de los hijos. Hoy son los parientes los encargados de la alimentación
de sus hijos, así como de su instrucción: este uso es la consecuencia de un
principio falso, un hecho que lleva a considerar al niño como propiedad de sus
padres. El niño no pertenece a nadie, sólo se pertenece a sí mismo; y durante
el período en que no es capaz de protegerse y, en consecuencia, está expuesto a
la explotación es la sociedad la que debe proteger y garantizar su libre
desarrollo. Asimismo, es la sociedad la que debe mantenerle y supervisar su
educación. Al mantenerle y pagarle la edu-cación, la sociedad sólo está
haciendo un «préstamo» de adelanto que el niño devolverá cuando se convierta en
un adulto productor.
Es la sociedad, y no los padres, la que debe
responsabilizarse de la crianza del niño. Una vez establecido este principio,
creemos que debemos abstenernos de especificar la manera exacta en que debe
aplicarse este principio: haciéndolo de otro modo se correría el riesgo de
tratar de lograr una utopía. Por tanto, la aplicación debe quedar en manos de
la experimentación libre, y debemos esperar las lecciones de la experiencia
práctica. Únicamente decimos que, con respecto al niño, la sociedad está
representada por la comuna, y que cada comuna tendrá que determinar lo que sea
mejor para la educación y crianza del niño; allí es donde se desarrolla la vida
en común; allí es
Los
títulos que siguen son nuestros.
donde pueden estar los niños a cargo de su madre,
al menos hasta cierta edad, etc.
Pero éste es sólo uno de los aspectos del problema.
La comuna viste, alimenta y hospeda a los niños; pero ¿quién les enseñará,
quién desarrollará sus mejores características y les entrenará como
productores? En consonancia, ¿con qué plan y qué principios se conducirá su
educación?
A estos interrogantes respondemos: la educación de
los niños debe ser integrada, es decir, debe desarrollar al mismo tiempo tanto
las facultades mentales como físicas del niño para crear a un hombre completo.
Esta educación no debe ser confiada únicamente a una casta especializada de
maestros; todos aquellos que conozcan una ciencia, un arte o un oficio pueden y
deben ser llamados a enseñar.
Debemos distinguir dos estadios en la educación de
los niños: el primero, cuando el niño de cinco o seis años aún no puede
estudiar una ciencia, y cuando el énfasis está puesto en el desarrollo de sus
facultades físicas; y el segundo, cuando los niños de doce a dieciséis años
deben ser introducidos en las distintas áreas del conocimiento humano mientras
que al mismo tiempo aprenden uno o más oficios por medio de la práctica.
El primer estadio, como acabamos de mencionar, está
dedicado al desarrollo de las facultades físicas, a fortalecer el cuerpo y
alertar los sentidos. Hoy las facultades de oír, ver, destreza manual, tienen
un desarrollo incompleto y azaroso; en una educación racional, por el
contrario, mediante ejercicios sistemáticos y especiales, estas facultades se
pueden desarrollar en máximo grado. En cuanto a las manos, en vez de hacer que
los niños sólo usen la mano derecha, se
intentará que puedan utilizar las dos con la misma
habilidad.
Y mientras se refuerzan los sentidos y el vigor
corporal por medio de inteligentes ejercicios gimnásticos, la cultura de la
mente empezará de una manera espontánea a realizarse; natural e
inconscientemente, el niño comenzará a absorber un cuerpo de conocimiento
científico.
La observación individual, la experiencia práctica,
las conversaciones entre los niños o con las personas a cargo de su educación,
serán las únicas formas de instrucción que los niños recibirán durante este
primer período.
No habrá más escuelas arbitrariamente dirigidas por
un pedagogo, en las cuales los niños esperan con impaciencia el momento del
recreo para poder disfrutar un poco de libertad. En sus reuniones, los niños
actuarán con entera libertad. Organizarán sus propios juegos, sus
conversaciones, sistematizarán su propio trabajo, arbitrarán sus disputas, etc.
Se acostumbrarán entonces fácilmente a la vida pública, a las
responsabilidades, a una confianza y apoyo mutuo. El maestro a quienes ellos
elijan para que les dé las lecciones dejará de ser un tirano detestado para
convertirse en un amigo a quien escucharán con placer.
Durante el segundo estadio, los niños de edades
comprendidas entre los doce y los dieciséis años estudiarán de forma sucesiva y
metódica las principales ramas del conocimiento humano. No les enseñarán
profesionales, sino maestros de esta o aquella ciencia, los cuales también son
trabajadores manuales; y cada rama del conocimiento será enseñada no por uno,
sino por muchos hombres, todos pertenecientes a la comuna, que tienen tanto el
conocimiento, como el deseo de enseñar. Además, se leerán
en grupo los buenos libros de los temas estudiados;
luego habrá discusiones inteligentes y, de ese modo, disminuirá la importancia
que se da a la personalidad del maestro.
Mientras el niño está desarrollando su cuerpo y
aprendiendo las ciencias, empezará a ser aprendiz como productor. En el primer
estadio de su educación, la necesidad de reparar, o modificar, los juguetes
introducirá al niño en el uso de las herramientas simples. Durante el segundo
período, visitará distintas fábricas, y, estimulado por su inclinación a uno o
más oficios, por último elegirá el oficio en el que se especializará. Los
aprendices serán enseñados por hombres que trabajan en las fábricas, y esta educación
práctica estará complementada por lecciones que tratan de teoría.
De esta manera, para cuando un joven llega a
cumplir dieciséis o diecisiete años de edad, ya habrá sido introducido a una
amplia área del conocimiento humano, aprendido un oficio y elegido la
disciplina que le guste. En consecuencia, estará en disposición de reembolsar a
la sociedad todos los gastos que ocasionó su educación, no en dinero, sino con
el trabajo útil y el respeto por los derechos de sus semejantes.
En conclusión, debemos hacer algún comentario sobre
el niño en relación con su familia.
Hay gente que afirma que la propuesta de dejar al
niño bajo la custodia de la sociedad significa la destrucción de la familia.
Esta doctrina carece de sentido. Mientras sea necesaria la reunión de dos
personas de sexos diferentes para la procreación, mientras haya padres y
madres, la conexión entre padres e hijos jamás ser anulada por las relaciones
sociales.
Únicamente el carácter de esta conexión será
modificado. En la antigüedad, el padre era el amo absoluto del niño. Tenía
poder de vida y muerte sobre él. En los tiempos modernos, la autoridad paterna
se ha visto sometida a ciertas restricciones. ¿Qué podría ser más natural que
una sociedad igualitaria y libre, que pudiera anular lo que aún queda de esa
autoridad y la reemplace por relaciones de simple afecto?
No afirmamos que el niño deba ser tratado como un
adulto, que se le deban respetar todos sus caprichos, que, cuando sus
infantilismos contradicen tercamente las reglas elementales de la ciencia y del
sentido común, debamos evitar hacerle sentir que está equivocado. Decimos, por
el contrario, que el niño debe estar entrenado y guiado, pero que la dirección
de sus primeros años no debe ser ejercitada exclusivamente por sus padres,
quienes muy a menudo son incompetentes, y quienes por lo general cometen abuso de
autoridad. El objetivo de la educación es desarrollar las capacidades latentes
del niño en el mayor grado posible, capacidades que le permitirán ocuparse de
sí mismo lo antes posible. Es dolorosamente evidente que el autoritarismo es
incompatible con un sistema de educación. Si las relaciones entre padre e hijo
dejan de ser las del amo y el esclavo y se transforman en las del estudiante y
maestro, las de un amigo más viejo y otro más joven, ¿pensáis que el afecto
recíproco de padres e hijos quedará lesionado? Por el contrario, cuando las
relaciones íntimas de esta naturaleza desaparezcan ¿acaso no empiezan a
manifestarse las discordias de la familia moderna? ¿Acaso la familia no se está
desintegrando con amargas fricciones en gran parte
debido a la tiranía hoy ejercida por los padres
sobre los hijos?
En consecuencia, nadie puede afirmar con
pertinencia que una sociedad libre y regenerada destruirá la familia. En
semejante sociedad, el padre, la madre y los hijos aprenderán a amarse entre sí
y a respetarse mutuamente; al mismo tiempo, su amor se verá enriquecido cuando
trascienda los límites estrechos del afecto familiar y logre un amor más amplio
y elevado: el amor a la gran familia humana.
Una red federativa
Dejando ahora a un lado el terreno restringido de
la comuna o de la federación local de los grupos de productores, vamos a ver la
organización social completarse, por una parte, por la constitución de
federaciones regionales corporativas que abarcan a todos los grupos de
trabajadores pertenecientes a una misma rama de la producción; por otra, por la
construcción de una Federación de comunas.
(...) Ya hemos indicado sumariamente lo que es una
federación corporativa. Existen, en el seno mismo de la sociedad actual,
organizaciones que abarcan en una misma asociación a todos los obreros de un
mismo oficio: tal es, por ejemplo, la federación de obreros tipógrafos. Pero
estas organizaciones no son más que un bosquejo de lo que serán en la nueva
sociedad. Las federaciones corporativas unirán a todos los trabajadores de la
misma industria; ya no estarán unidos para proteger sus salarios y sus condiciones
de trabajo contra los ataques de los propietarios, sino
fundamentalmente para garantizar la mutua
utilización de los medios de producción que son propiedad de cada uno de estos
grupos y que por medio de un contrato recíproco serán la propiedad colectiva de
toda la federación corporativa. De esta manera, la federación de grupos podrá
ejercer un control constante de la producción, y regular el ritmo de la misma
para satisfacer las necesidades fluctuantes del consumo social.
La federación corporativa operará de un modo
sumamente simple. Después de la revolución, los grupos de productores
pertenecientes a una misma industria encontrarán necesario enviar delegados de
ciudad en ciudad para intercambiar información y aprender de la experiencia de
los demás. Estas conferencias parciales prepararán el camino para un congreso
general de la federación corporativa a celebrarse en algún lugar céntrico. Este
con-greso formulará un contrato federativo que será sometido a la enmienda y aprobación
de todos los grupos de la federación corporativa. Un comité permanente, elegido
por el congreso y responsable ante el, servirá de intermediario entre los
distintos grupos de la federación y todas las demás federaciones corporativas.
Cuando todas las ramas, incluidas las
organizaciones agrícolas, se habrán organizado de esta manera, constituirán una
vasta red federativa que cubrirá todo el país y abarcará a todos los
productores, y, en consecuencia, a todos los consumidores. Las estadísticas de
producción, en coordinación con las oficinas de estadística de cada federación
corporativa, permitirán determinar de un modo racional las horas de trabajo, el
precio de costo de los
productos, su valor comercial y las cantidades que
se deben producir de esos productos para satisfacer las necesidades de los
consumidores.
La gente, impresionada por las hueras declaraciones
de los llamados demócratas, quizás exijan que todos estos detalles sean
formalizados con el voto directo de todos los miembros de las federaciones
corporativas. Y cuando contestemos con una negativa nos acusarán de despotismo,
protestarán contra lo que consideran la autoridad de los comités, alegando que
los comités no deben estar investidos con poderes tales que puedan tratar
problemas de tan gran envergadura. Nuestra respuesta será que las tareas llevadas
a cabo por los comités permanentes no implican el ejercicio de ninguna
autoridad. Únicamente se dedican a la colección y clasificación de información
que les sea facilitada por los grupos productores. Una vez que esta información
se com-bina y se hace pública, será utilizada para ayudar a fijar precios y
costos, horas de trabajo, etc. Estas operaciones están realizadas con cálculos
matemáticos que sólo pueden dar un resultado correcto, verificable, por todos
los que tengan acceso a las cifras.
El comité permanente está simplemente encargado de
calcular y hacer conocer los hechos a todo el mundo. Incluso ahora, por
ejemplo, el servicio postal presta un servicio similar al que los comités de
las federaciones corporativas prestarán en el futuro; y no conocemos a nadie
que se queje de que el correo cometa abuso de autoridad porque recolecta,
clasifica y distribuye la correspondencia, sin someter ninguna de sus
operaciones al sufragio universal.
Además, los grupos de productores que forman la
federación intervendrán en las acciones del comité
de forma mucho más eficaz y directa que por el voto. Porque son ellos quienes
darán toda la información y proporcionarán todas las estadísticas que, luego,
el comité no hará más que coordinar.
El comité no es más que el intermediario pasivo a
través del cual los grupos comunican y rinden públicamente cuenta de sus
actividades.
El voto es un medio para solucionar cuestiones
irresolubles por los datos científicos, problemas que deben dejarse en manos de
la arbitraria decisión de números; pero, en cuestiones susceptibles de una
precisa solución científica, no hay necesidad de votar. La verdad no se puede
decidir por el voto; se verifica y se impone por sí misma cotí el poder
tremendo de su propia evidencia.
Pero sólo hemos tratado la mitad de la organización
extracomunal; las federaciones corporativas tendrán un paralelo con el
establecimiento de las Federaciones de Comunas.
Nada de socialismo en un solo país
La revolución no puede limitarse a un único país;
so pena de aniquilación, tiene la obligación de expandirse, si no al mundo
entero, al menos a un número considerable de países civilizados. De hecho,
ningún país en la actualidad puede ser autosuficiente; los vínculos
internacionales y las transacciones son necesarios para la producción y no se
les puede suprimir. Si un país revolucionario es bloqueado por
los Estados vecinos, la revolución, al quedar
aislada, estará condenada. Así como nos basamos nosotros en la hipótesis de la
revolución de un país determinado, debemos también asumir que la mayoría de los
demás países europeos también harán su revolución casi al mismo tiempo.
En los países donde el proletariado se las ha
arreglado para liberarse del dominio de la burguesía, las organizaciones
sociales recién iniciadas no tienen que conformarse con un solo modelo, y
pueden diferir en muchos aspectos. Hasta la fecha, existen muchos desacuerdos
entre los socialistas de las naciones germanas (Alemania, Inglaterra) y los de
las naciones latinas y eslavas (Italia, España, Francia, Rusia). Por ende, es
probable que la organización social que adopten los revolucionarios alemanes,
por ejemplo, difiera algo o mucho de la introducida por los revolucionarios
franceses o italianos. Pero estas diferencias carecen de importancia en lo
atinente a las relaciones internacionales: al ser iguales los principios
fundamentales de la revolución, sin duda se establecerán unas relaciones
amistosas y solidarias entre los pueblos emancipados de los distintos países.
No hace falta decir que las fronteras artificiales
creadas por el actual gobierno serán barridas por la revolución. Los
consumidores se organizarán y unirán libremente según sus intereses económicos,
sus afinidades idiomáticas y sus circunstancias geográficas. Y en ciertos
países, como Italia y España, demasiado extensos para una única aglomeración de
comunas, y divididos por naturaleza en muchas regiones distintas, probablemente
se establezcan no una, sino muchas federaciones. Esto no representará una ruptura
de
la unidad, una vuelta a la antigua fragmentación de
Estados pequeños, aislados y en guerras entre sí. Estas diversas federaciones
de comunas, al mismo tiempo que mantienen su identidad, no estarán aisladas.
Unidas por sus intereses comunes, formularán un pacto de solidaridad, y esta
unidad voluntaria, fundada en objetivos y necesidades comunes, en un constante
intercambio de contactos informales y amistosos, será mucho más íntima y mucho
más fuerte que la artificial centralización política impuesta por la violencia
y sin otra motivación que la explotación de los pueblos en beneficio de las
clases privilegiadas.
El pacto de unión no se establecerá solamente entre
las federaciones de comunas pertenecientes a un mismo país; habiendo sido
rechazadas las antiguas fronteras políticas, todas las federaciones de comunas,
una a una, entrarán en esta fraternal alianza, y así se encontrará realizado,
una vez que los principios de la revolución hayan triunfado en toda Europa, ese
gran sueño de la fraternidad de los pueblos que no puede realizarse a no ser
por la revolución social.
PEDRO KROPOTKIN
(1842-1921)
PEDRO KROPOTKIN, por Max Nettlau 120
La juventud, la educación, su vida de oficial y de
explorador en Siberia, su vida de ciencia y de trabajo, en
Sobre
Nettlau, véase atrás.
Petrogrado, esa vida, pues, que va de 1842 (9 de
diciembre) hasta el fin de los años sesenta, está toda ella contada en las
Memorias 121 . Desde joven, fue muy trabajador, un investigador infatigable, e
incluso en esta Rusia oprimida y atrasada, encontraba pronto objetos que le
ocupaban y le fascinaban enteramente. Se dio cuenta de la corriente de
oposición que, en mil formas y con innumerables matices, acompañaba siempre al
absolutismo omnipotente, combatiéndole y siguiéndole sin cesar pero nunca acabando
con él; aprendió pronto a conocer la verdadera ciencia y a ser durante toda su
vida amante apasionado de ella, quedando también impresionado por lo que puede
llamarse la grandeza, la riqueza, el porvenir de la Rusia -Siberia. La época
fue propicia, pues, de los quince a los veinticinco años; fue testigo del gran
despertar del sueño liberal y radical, tras la muerte de Nicolás I; asistió a
un apogeo de la ciencia natural por los grandes trabajos de Darwin y otros de
esta misma época, y sus viajes a Siberia le abrieron grandes horizontes.
(... ) Se sabe que, en un momento dado, renunció a
una vida de ciencia, como ya había renunciado a una vida militar y a una vida
cortesana, y que se entregó con esa misma intensidad, que es el ritmo de todas
sus acciones, a la causa del pueblo. Entró en el movimiento revolucionario ruso
y allá se fue desde el primer momento, al pequeño grupo de verdaderos
revolucionarios.
(...) En la primavera de 1872 viajó a Suiza, a
Zurich, donde se lanzó sobre una montaña de literatura socialistas de la
Autour
d’une vie, 1902.
que no penetraba en Rusia. Como su hermano se
hallaba ya en Suiza, se unió a las opiniones muy moderadas, sobre todo en la
práctica de Lavroff 122, y a otras relaciones semejantes, siendo prevenido
contra Bakunin, al que no va a visitar; por otro lado, cuando llega a
Neuchâtel, a casa de James Guillaume, éste está ya puesto en guardia contra él,
de suerte que no hay aproximación hacia los anarquistas, hacia los que se
sentirá luego tan atraído.
Cuando pregunta a Guillaume si es preciso quedarse
en Suiza, éste le aconseja entrar en Rusia. Lo hace, en efecto, y se da más que
nunca al trabajo revolucionario. Al dar conferencias a grupos secretos de
obreros, disfrazado de obrero, paga con su persona este hecho, lo que le lleva
a ser arrestado. Entonces su actividad más íntima está descubierta, su trabajo
de organización y de correspondencia, así como su plan elaborado, fuertemente
revolucionario, para reorganizar la propaganda rusa en todas sus formas. Tenía
aún otro proyecto, el de ir al sur de Rusia, donde los círculos estaban más
avanzados, y proponer allí el terror agrario. Se dio empero buena cuenta de que
el partido moderado contrarrestaba socarronamente su acción. En fin, fue
arrancado de esta actividad febril (pues la ciencia y el trabajo acompañaban
siempre a su propaganda) por su arresto y luego por su huida (...) Llegó a
Escocia en 1876, y se dirigió a Londres.
¿Pero qué iba a hacer en Londres, donde el
movimiento socialista estaba verdaderamente extinto entonces por algunos años?
Tras un corto viaje a Suiza, hizo de nuevo otro
Sobre
Lavroff, véase atrás.
allí para quedarse en este lugar. Realizó al fin su
ideal de 1872 de vivir en el Jura suizo, cuyos obreros, inteligentes e
independientes, habían hecho tanto para mantener y expandir las ideas
antiautoritarias en la Internacional. Ciertos hechos le habían aproximado a
James Guillaume, aunque sus modos de ser diferentes no les hayan permitido
nunca una verdadera intimidad y amistad. Pero James Guillaume cedía entonces un
poco su lugar a espíritus más bulliciosos, aunque, menos constantes, como Paul
Brousse 123, entonces anarquista, y con quien Kropotkin se entendía más
fácilmente.
En el curso de esta obra de internacionalista,
trabaja por el Jura y por España, y aún encuentra tiempo para editar para los
obreros alemanes en Suiza su primer programa anarquista. También Paul Brousse
edita y escribe (para ser traducido) el primer periódico anarquista alemán de
esta época publicado en Berna. V en ausencia de Guillaume edita incluso el
Bulletin jurasien y hace entrar en el el primer artículo que preconiza la
«propaganda por el hecho (en estos términos), artículo que es escrito por Paul
Brousse.
El azar de un congreso le hace ir a Bélgica, a
Verviers (sep-tiembre de 1877), pero, para evitar persecuciones, se presenta en
París, donde comienza sus estudios sobre la Revolución francesa. Viaja a España
(verano de 1878), a Barcelona y a Madrid, y logra apaciguar una disensión que
Paul
Brousse (1844-1912), médico, primero anarquista, discípulo de Bakunin, miembro
de la Federación jurasiana. Fundó en 1877, en la Chaux-de-Fonds, con Kropotkin,
una sociedad secreta que él llamó «nuestra íntima internacional», compuesta por
internacionalistas de origen diverso y que continuaba la Fraternidad secreta
fundada por Bakunin en 1865. Pasó hacia 1880 del anarquismo al socialismo
reformista» partidario del «posibilismo», eufemismo para designar el
oportunismo.
dividía al grupo terrorista de Morago (Madrid) y al
grupo sindicalista-revolucionario de Viñas (Barcelona); de hecho, uno y otro
eran anarquistas.
París no era entonces hospitalario para los
internacionalistas, y marchó pronto a Ginebra.
Precisamente allí nació a comienzos de 1879 su hijo
preferido, el Révolté —22 de febrero— (...) Allí fue publicada esa larga serie
de artículos, en apariencia aislados, porque seguían la actualidad del momento,
pero que se prestaban sin embargo a ser agavillados en folletos de ediciones y
traducciones innumerables, luego en un libro, Paroles d´un Révolté, pues el
conjunto había sido pensado y escrito según un plan trazado de antemano.
Durante algún tiempo aún, la vida de Kropotkin está
llena de incidentes. Se le expulsa de Suiza por un artículo que es de Cafiero.
Pasa luego un tiempo muy triste en Londres, donde asiste también al Congreso
Revolucionario internacional de Londres (1881). Se reduce a vivir en Thonon,
Savoya, no pudiendo entrar en Suiza, continuamente amenazado por Francia, donde
el impulso de la propaganda anarquista de París y Lyon desencadena el deseo de
castigar la idea en la persona de sus mejores propagandistas. En esta redada
cae también Kropotkin, que comparece en el odioso proceso de Lyon —hay que
releer la declaración de los anarquistas editada por el—124 y la prisión de
Clairvaux, la celda misma del viejo Blanqui, creo, es su última habitación
permanente en Francia, pues, liberado tras varios años por la amnistía de
comienzos de 1886, sólo
Más
adelante volveremos sobre ello.
puede permanecer en París breve tiempo, y a partir
de ahora, durante treinta y un años, residirá en Inglaterra, para entrar en
Rusia en la primavera de 1917, bajo Kerensky.
En Inglaterra, donde pasó seis años en
Harrow-on-the-Hill, a una distancia bastante grande de Londres, para acercarse
a esta ciudad luego un poco y volver a distanciarse de nuevo (Bromley, Kent),
volver una vez más a aproximarse y alejarse definitivamente (Grighton), llevó
una vida de estudios y de trabajo penosa y sin incidentes exteriores, pero supo
encontrar una serie de salidas para su actividad, que es interesante examinar.
Para la propaganda, tuvo siempre al Revolté, donde
publicó la serie de artículos instructivos, reunidos bajo el título de La
conquista del pan; más tarde, tuvo Temps nouveaux , y pronto encontró la
revista mensual inglesa Freedom, a partir de octubre de 1886.
Pero otra vía para elaborar sus ideas se ofreció a
él. Después de los años, había escrito sobre Rusia, su revolución, sus
prisiones, etc., en la Newcastle Chronicle, cartas en el Times y artículos muy
cuidados en la Nineteenth Century. Esta gran revista, pues, publicó también
artículos que explicaban las ideas anarquistas. Así «Las bases científicas de
la anarquía», «La anarquía futura», que fueron publicados en 1887. Luego, de
1888 a 1890, Kropotkin se ocupó de cuestiones económicas, artículos que formaron
Campos, fábricas y talleres (París, 1910). Luego, estudia la anarquía en la
naturaleza, no la anarquía feroz de la lucha por la vida, sino la anarquía
altruista y solidaria del apoyo mutuo (artículos de 1890 a 1896 y 1910), de
donde sale el libro El apoyo mutuo (París, 1906). Termina este tema con
algunos artículos de controversia darwiniana (1910-
1912), y aborda su último gran tema, la ética, en los artículos de 1904 a 1905,
cuya continuación, si ha aparecido, la desconozco 125; sé, empero, que este
trabajo, muy difícil, fue interrumpido por sus escritos sobre la Revolución
francesa de 1793 y la Revolución rusa de 1905, así como por sus frecuentes
enfermedades y otros múltiples trabajos, y sobre todo por las restricciones de
todas las clases que le imponía una debilidad que crecía con la edad.
Dos viajes a los Estados Unidos y al Canadá dieron
impulso a su libro de memorias Alrededor de una vida (1902), escrito para una
revista americana, y a conferencias publicadas, como Russian Literature (1905).
La Revolución rusa de 1905 dio la forma final a sus
estudios sobre la Revolución francesa, resumidos ya en publicaciones más
pequeñas y en el gran libro La Gran Revolución, publicado finalmente en 1909.
Sus trabajos históricos y de ciencia y las
controversias marxistas orientaban su interés hacia los orígenes del socialismo
y la historia de las ideas anarquistas. Un gran artículo en la Enciclopedia
Británica, y el libro La ciencia moderna y la anarquía (París, 1913) dan
testimonio de ello.
La Ética
apareció inacabada tras la muerte de Kropotkin.
LA IDEA ANARQUISTA 126
El
estudio atento de la situación actual, económica y política, nos lleva a la
convicción de que Europa camina rápidamente hacia una revolución, de que esta
revolución no se limitará a un solo país, sino que, estallando en alguna parte,
se extenderá, como en 1848, a los países vecinos y afectará más o menos a
Europa entera, y que, asumiendo caracteres diferentes en los diversos pueblos,
según la fase histórica que atraviesen y según las condiciones locales, tendrá
sin embargo este carácter distintivo general: no solamente será una revolución
política, sino también y sobre todo económica.
La
revolución económica puede tomar caracteres diversos y tener diferentes grados
de intensidad en los diversos pueblos. Lo que importa es que, cualquiera que
fuere su carácter, los socialistas de todos los países, aprovechando la
desorganización de los poderes durante el período revolucionario, apliquen
todas sus fuerzas a realizar en gran escala la transformación del régimen de
propiedad por la expropiación pura y simple de los detentadores actuales de las
grandes propiedades raíces, de los instru-mentos de trabajo y de los capitales
de todas clases, y por la toma de todos estos capitales por los cultivadores,
las organizaciones obreras y las comunas, agrícolas y municipales.
Comunicación
de Pedro Kropotkin a la Reunión jurasiana bajo el seudónimo de Lavachoff
(primero de noviembre de 1879). Aparecida en el periódico Le Révolté, Ginebra.
El hecho de la expropiación debe ser realizado por
los trabajadores mismos de ciudades y campos. Esperar que lo haga un gobierno
cualquiera hubiese sido un profundo error, pues la historia nos enseña que los
gobiernos, aun los salidos de la revolución, no han hecho sino dar sanción
legal a los hechos revolucionarios, habiendo sido preciso que el pueblo
sostenga una larga lucha contra estos gobiernos para arrancarles el
asentimiento a las medidas revolucionarias que reclamaba en alta voz durante
los períodos de efervescencia. Por otra parte, una medida de tal importancia
sería letra muerta si no fuese realizada libremente en cada comuna, en lugar
del territorio, por los mismos interesados.
La
expropiación y la puesta en común del capital social debe realizarse donde se
pueda, y, presentada esta posibilidad, hacerlo sin preguntar si la mayoría o la
totalidad de Europa o de tal país está dispuesta a aceptar las ideas del
colectivismo. Los inconvenientes resultantes de una realización parcial del
colectivismo se compensarán largamente por sus ventajas. Una vez realizado el
hecho en tal localidad, será por sí mismo el más poderoso medio de propaganda
de la idea y el más poderoso motor para poner en movimiento las localidades
donde el trabajador, poco preparado para aceptar estas ideas del colectivismo,
dudaría en proceder a la expropiación. Por lo demás, sería ocioso el discutir
si es necesario o no esperar que las ideas del colectivismo sean aceptadas por
la mayoría de una nación para ponerlas en práctica, pues es cierto que, a menos
de constituirse en un gobierno que fusilaría al pueblo, los
socialistas-doctrinarios no evitarán que la expropiación tenga lugar en las
localidades más avanzadas en su
educación socialista, aun cuando la gran masa del
país esté aún inerte.
Una vez
realizada la expropiación y rota la dureza de resistencia de los capitalistas,
tras un cierto período de tanteos, surgirá necesariamente una nueva forma de
organización de la producción y del cambio, primero limitado, luego ampliado, y
esta forma será mucho más conforme a las aspiraciones populares y a las
exigencias de la vida y las relaciones mutuas, que toda teoría, por bella que
fuere, elaborada ya por el pensamiento y la imaginación de los reformadores, ya
por los trabajos de un cuerpo legislativo cualquiera. Sin embargo, creemos no
equivocarnos si prevemos desde hoy que las bases de la nueva organización, al
menos en los países románicos, serán la libre federación de grupos productores
y la libre federación de las comunas y de los grupos de comunas independientes.
Si la
revolución pone en ejecución inmediatamente la expropiación, recibirá una
fuerza interior que la permitirá resistir tanto a las tentativas de formar un
gobierno que trataría de estrangularla, como a los posibles ataques de fuera.
Pero, aun cuando la revolución hubiese sido vencida, o cuando la expropiación
no hubiese tomado la extensión prevista, un levantamiento popular sobre esta
base daría a la humanidad el inmenso servicio de acelerar el advenimiento de la
revolución social. Aportando, como todas las revoluciones, una cierta mejora
inmediata de la suerte del proletariado, incluso vencido haría imposible
cualquier otro levantamiento que no tuviera como punto de partida la
ex-propiación de algunos en provecho de todos. Una próxima
explosión llevaría, por lo tanto, necesariamente al
cese de la explotación capitalista, y, por tanto, a la igualdad económica y
política, al trabajo para todos, a la solidaridad, a la libertad.
Para que
la revolución produzca todos los frutos que el proletariado tiene el derecho de
esperar tras siglos de luchas incesantes y holocaustos de las víctimas
sacrificadas, es preciso que el período revolucionario dure varios años, a fin
de que la propaganda de las ideas nuevas no se limite solamente a los grandes
centros intelectuales, sino que penetre hasta los lugares más aislados, a fin
de vencer la inercia que se manifiesta necesariamente en las masas antes de
lanzarse a una reorganización fundamental de la sociedad, para que, en fin, las
ideas nuevas tengan el tiempo de recibir el desarrollo ulterior, necesario al
progreso real de la humanidad.
Así pues, lejos de tratar de constituir
inmediatamente, en lugar del poder eliminado, un nuevo poder que, nacido en los
comienzos de la revolución, cuando apenas comienzan a despertar las ideas
nuevas, sería fatalmente conservador por esencia, lejos de tratar de crear un
poder que, representando la primera fase de la revolución, no haría más que
poner trabas al libre desarrollo de las fases ulteriores y que tendería
fatalmente a inmovilizarla y circunscribirla, lejos de eso, es deber de los
socialistas el evitar la creación de todo nuevo gobierno y, por el contrario,
despertar del pueblo, capaces de destruir el antiguo régimen, y de crear a la
vez la nueva organización de la sociedad.
Siendo
esta nuestra concepción de la próxima revolución y el fin que queremos
alcanzar, es evidente que, durante el período preparatorio que atravesamos hoy,
pensamos concentrar todos nuestros esfuerzos en una
gran propaganda de la idea de la expropiación y del colectivismo. En lugar de
relegar estos principios a un rincón de nuestro cerebro, para no hablar al
pueblo más que de cuestiones políticas —lo que sería querer preparar a los
espíritus para una revolución eminentemente política, obliterando sensiblemente
su carácter económico, el único que puede darle fuerza necesaria—, debemos por
el contrario, siempre, en todas las circunstancias, exponer ampliamente estos
prin-cipios, demostrar su vertiente práctica, probar su necesidad; debemos
esforzarnos por preparar al espíritu popular para la aceptación de estas ideas
que, por extrañas que parezcan a primera vista a quienes están imbuidos de
prejuicios político-económicos, devienen pronto una verdad incontestable para
aquellos que las discuten de buena fe, una verdad que defiende hoy la ciencia,
una verdad admitida frecuentemente por aquellos mismos que la combaten
públicamente.
Trabajando en esta vía, sin dejamos cegar por el
éxito inmediato y frecuentemente fáctico de los partidos políticos, trabajamos
en la infiltración de nuestras ideas en las masas, operamos insensiblemente un
cambio de opinión favorable a nuestras ideas, agrupamos los hombres necesarios
para la larga propaganda de estas ideas durante el período de efervescencia
hacia el que marchamos, y sabemos por experiencia de la historia humana que es
precisamente durante los períodos de efervescencia cuando la difusión y
transmisión de las ideas se opera con una rapidez desconocida en los períodos
de tranquilidad, cuando los principios de expropiación y de colectivismo podrán
expandirse por oleadas e inspirar a las grandes
masas del pueblo a poner en práctica estos principios.
Para que
el período revolucionario pueda durar algunos años y para fructificar es
absolutamente necesario que la revolución próxima no se limite solamente a las
grandes ciudades, es preciso que el levantamiento expropiatorio se produzca
sobre todo en los campos. Es, pues, preciso, sin contar con el impulso
revolucionario que, en un período de efervescencia, podría irradiar de ciudad
en ciudad, preparar ya desde hoy el terreno en los campos.
Como medida provisional y de experiencia, las
secciones jurasianas tendrían que imponerse el deber de emprender en las
poblaciones cercanas a las ciudades una propaganda continua en el sentido de la
expropiación de las tierras por las comunas rurales. Habiendo sido hechas
tentativas en este sentido, podemos presumir que han tenido más fruto de lo que
se suponía al comienzo. La experiencia demostrará cuál es la mejor vía a seguir
y cuáles podrían ser los medios para extender esa propaganda. Por difíciles que
fuesen los comienzos, hay que hacerlos sin más dilación. Por lo demás,
recomendamos muy encarecidamente el estudio de los levantamientos de campesinos
en Italia y de la propaganda revolucionaria que se produce hoy en los campos de
España.
Al
recomendar concentrar nuestros esfuerzos en una gran propaganda en todas sus
formas de las ideas de la expropiación, no queremos por eso decir que hemos de
olvidar las ocasiones de fomentar la agitación en todas las cuestiones de la
vida del país, que se producen a nuestro alrededor. Por el contrario, pensamos
que los socialistas deben aprovechar todas las ocasiones que puedan dar lugar
a una agitación económica, y estamos convencidos de
que cada agitación comenzada sobre el terreno de la lucha de los explotados
contra los explotadores, por circunscritos que estuviesen al principio en su
esfera de acción, los fines pro-puestos y las ideas vertidas, todo ello puede
ser una fuente fecunda de agitación socialista, si no cae en manos de
intrigantes ambiciosos.
Será, pues, útil que las secciones no pasen
despectivamente al lado de las cuestiones que agitan a los trabajadores en cada
localidad, alegando que estas cuestiones no tienen nada en común con el
socialismo. Por el contrario, al participar en todas estas cuestiones y al
aprovechar el interés que suscitan, podríamos trabajar en expandir la agitación
en una más amplia extensión, y, permaneciendo en el terreno práctico de la
cuestión, tratar de alargar las concepciones teóricas y despertar el espíritu
de independencia y de revuelta de aquellos que se interesan por la agitación
producida. Esta participación es tanto más necesaria, cuanto que presenta el
único medio de combatir las opiniones erróneas que se propagan en cada ocasión
parecida por la burguesía y de evitar que la agitación obrera no se empecine,
gracias a la actividad desplegada por los ambiciosos, en una vía absolutamente
contraria a los intereses de los trabajadores.
Debiendo
los esfuerzos de los anarquistas tender a destruir el Estado en todas sus
partes, no vemos la utilidad de constituimos en un partido político que se
esforzara por enclavarse en los tentáculos gubernamentales, con el deseo de
tomar un día su parte de la herencia del gubernamentalismo actual. Creemos que
el mejor medio
para destruir este edificio sería activar la lucha
económica. Pero también creemos que sería útil tener siempre los ojos bien
abiertos sobre los actos y proezas de nuestros gobernantes, de estudiar
cuidadosamente aquellas cuestiones políticas que interesen al pueblo
trabajador, y de aprovechar cada ocasión favorable para señalar su incapacidad,
su hipocresía y su egoísmo de clase, así como el carácter vicioso y dañino del
régimen gubernamental de nuestros gobiernos actuales. Hagamos la guerra al
Estado y a sus representantes, no para ocupar una plaza en sus consejos, como
lo hacen los partidos políticos, sino para agitar la fuerza que ellos oponen a
las aspiraciones del trabajador y para acelerar su caída inevitable.
Persuadidos
de que el modo de agrupación que va a realizarse en el futuro próximo —al menos
en los países de origen romando— será la Comuna, independientemente del Estado,
aboliendo en su seno el sistema representativo y realizando la expropiación de
las materias primas, instrumentos de trabajo y capitales al servicio de la
comunidad, creemos necesario someter a un estudio serio la Comuna colectivista
y discutir la parte que los anarquistas pueden tomar en la lucha que
actualmente se produce, en el terreno político y en el económico, entre las
Comunas y el Estado.
EL CONGRESO DE LA FERACION JURASIANA DE 1880
El año siguiente, en 1880, tuvo lugar en la
Chaux-de-Fonds,
en el Jura suizo, un congreso de la Federación
jurasiana, que, tras la escisión de La Haya en 1872 de la Internacional obrera,
se convirtió en portavoz del socialismo «antiautoritario» y libertario,
heredado de Miguel Bakunin.
El lector leerá sucesivamente:
Largos
extractos del resumen de este congreso aparecido en el diario Le Révolté del 17
de octubre de 1880 y, sobre todo, la intervención de Pedro Kropotkin.
Extractos
de la memoria (o «programa») presentada al congreso por la Federación obrera
del distrito de Courtelary 127.
Por fin,
la ponencia presentada a este congreso por el italiano Cario Cafiero sobre
«Anarquía y comunismo».
Estos textos permiten distinguir en el seno de la
federación jurasiana dos corrientes divergentes: una representada por
Kropotkin, Cafiero, etc., que se proclamaba directamente comunista libertaria.
La segunda, más prudente y menos ambiciosa, cuyo portavoz era Adhémar
Schwitzguébel, se atenía aún al empleo de la palabra colectivismo 128.
¿Cuál era la diferencia entre estas dos tendencias?
El colectivismo, teóricamente, se limitaba a querer
poner en común los medios de producción y dejaba a las asociaciones obreras la
libertad de determinar el modo de reparto de los productos del trabajo,
facultad que, de hecho,
Fundado
el primero de septiembre de 1868 por la fusión de la sección de Sonvilier y de
una veintena de secciones locales del cantón de Saint-Imier. Adhémar
Schwitzguébel había presentado ya un comunicado al congreso de Bále (1869).
Max
Nettlau, Bibliographie de l´anarchie, sin fecha, p. 58.
significaba remunerar el trabajo en función de las
prestaciones realizadas. El comunismo libertario, por el contrario, quería
poner en común no solamente los medios de producción, sino igualmente los
objetos de consumo, y distribuir gratuitamente los productos abundantes en el
mercado según la fórmula «a cada uno según sus necesidades». Era lo que James
Guillaume había sugerido en 1874, como veíamos atrás.
Las objeciones al comunismo por los partidarios del
colecti-vismo estaban sobre todo inspiradas en motivos de oportunidad. Como
expone Adémar Schwitzguébel, que se declara comunista anarquista, «la idea
comunista ha sido hasta el presente mal comprendida en el seno de las
poblaciones, en donde se cree siempre en un sistema que excluye toda libertad».
Las objeciones al colectivismo por los comunistas
libertarios provenían también del hecho de que en 1880 el colectivismo había
sido despojado del significado que había tenido corrientemente en la I
Internacional. Los reformistas no entendían ya por colectivismo la puesta en
común revolucionaria y general de los instrumentos de trabajo, sino un
socialismo evolucionista y parlamentaria.
Resumen del Congreso de la Federación Jurasiana
(1880) (Extractos) 129
Aparecido
en Le Révolté, Ginebra, 17 de octubre de 1880.
(... ) El Congreso ha tenido lugar en la
Chaux-de-Fonds, los días 9 y 10 de octubre de 1880.
El compañero Kropotkin dice que habiendo asistido a
una sesión de la sección de Ginebra, ésta encontraba que el programa era
demasiado largo como para que sirviera con eficacia a la propaganda popular.
Pasando luego a la discusión del programa, dice
que, después de algún tiempo, el socialismo se ha puesto de moda, y que incluso
allí donde nunca se había escuchado la palabra se oye hoy decir: «¡Nosotros
también somos socialistas!» Tenemos así socialistas de todos los pelajes: rojos
y rosas, azules y verdes, blancos y hasta negros. Todos los que admiten la
necesidad de una modificación cualquiera en las relaciones entre capitalistas y
obreros, por anodina que sea, vienen a ampararse de la palabra «socialista».
Nosotros no tenemos que ocupamos de los que se
dicen socialistas con el fin determinado de contener el desarrollo del
socialismo. Dejémosles de lado por el momento. Pero si estudiamos las restantes
escuelas del socialismo reformista, estatista, demócrata, etc., etc., y si las
comparamos con el socialismo anarquista, pronto nos damos cuenta de que hay una
idea que marca una diferencia netamente trazada entre las diversas escuelas y
nosotros. Es la manera de concebir la obra que la revolución debe colmar.
Una idea común se encuentra en todos los
socialistas evolucionistas e incluso entre algunos socialistas revolucionarios.
Ellos no creen en una próxima gran revolución, o bien, si creen, están
persuadidos de que esta revolución no será una revolución socialista. «En el
próximo movimiento, dicen, el pueblo no estará aún dispuesto a
realizar una revolución seria en el régimen de la
propiedad; por esto se trata de realizar previamente una revolución política
que facilite y prepare los espíritus para una revo-lución social.» Si lo
creemos, no llegará más que cuando nuestros últimos descendientes tengan la
barba gris. Estudiad los escritos de los socialistas de todas las escuelas, y
veréis que, en el fondo esta idea domina en ellos, sean cuales fueren las
clases con que se enmascaren.
Nunca protestaremos bastante contra esta concepción
por la cual los tímidos buscan circunscribir de antemano la llegada de la
próxima revolución. Estamos firmemente convencidos de que la expropiación será
el fin y el motor de la próxima lucha europea, y debemos hacer todos los
esfuerzos para que esta apropiación sea un hecho con ocasión de la batalla que
nosotros sentimos tan próxima. Es la expropiación, operada por el pueblo y
seguida por el inmenso movimiento de ideas que hará surgir, la única que podrá
dar a la próxima revolución la fuerza necesaria para vencer los obstáculos que
se interpongan. Es la expropiación la que deberá servir de punto de partida
para un nuevo período de desarrollo de la sociedad. Y si los esfuerzos de
nuestros enemigos, secundados por los hombres que quieren decir al pueblo «¡Tú
no irás muy lejos!», logran vencernos, al menos el hecho de haber intentado la
puesta en común de todo el capital social y de los productos del trabajo,
aunque sólo fuese en un espacio limitado, sería un ejemplo salutífero que
anunciaría el éxito definitivo de la revolución siguiente.
La expropiación, puesta en ejecución por el pueblo,
desde que una insurrección haya desorganizado el poder de la
burguesía, la toma de posesión inmediata por los
grupos productores de todo el capital social, tal será nuestro modo de acción
en la próxima revolución. Y es especialmente en este punto en donde diferimos
de las escuelas socialistas que, en el fondo, no tienen ninguna confianza en el
pueblo, queriendo hacer de la próxima revolución un simple cambio de forma de
gobierno, los irnos so pretexto de establecer las libertades necesarias para el
desarrollo de la idea socialista, los otros so pretexto de poner en ejecución
la expropiación gradual, en pequeñas dosis, cuando ellos, los gobiernos, lo
juzguen pertinente.
Si la federación acepta la idea emitida por la
sección de Ginebra de publicar un resumen de nuestro programa ¿no sería bueno
que este resumen destacase más netamente esta diferencia existente entre
nuestro partido y las escuelas evolucionistas?
El compañero Kropotkin observa además que el empleo
de la palabra colectivismo en el programa podría llevar a malen-tendidos.
Cuando esta palabra fue introducida en la
Internacional, se le dio un significado completamente distinto al que se le
pre-tende dar hoy. Aprovechando los prejuicios entonces existentes en Francia
contra el comunismo, por el que se entendía un orden monástico encerrado en un
convento o en un claustro, la Internacional aceptó la palabra colectivismo.
Esa palabra decía que quería la puesta en común del
capital social y la libertad completa de los grupos para introducir tal reparto
de trabajo que encontraban más apropiado a las circunstancias. Hoy se busca
hacer
comprender que la palabra colectivismo significa
otra cosa, significaría, según los evolucionistas, no la puesta en común de los
instrumentos de trabajo, sino el goce individual de los productos. Otros van
aún más lejos y tratan de limitar incluso el capital social que debería ser
puesto en común: no serían más que el suelo, las minas, los bosques, las vías
de comunicación. Por lo demás, los colectivistas de este género estarían
dispuestos a defenderle a golpes de fusil contra quienes osaran atacarle para hacer
de él una propiedad colectiva.
Sería tiempo de poner fin a este malentendido, y
para ello no hay más que un medio: abandonar la palabra colectivismo y
declararse francamente comunistas, haciendo evidente la diferencia que existe
entre nuestra concepción del comunismo anarquista y la divulgada por las
escuelas comunistas místicas y autoritarias de antes de 1848. Habríamos
expresado mejor nuestro ideal y nuestra propaganda se habría fortificado. Ella
hubiera adquirido así el impulso que da la idea del comunismo y que jamás dará
la del colectivismo.
El compañero Eliseo Reclús 130 apoya las
observaciones del compañero Kropotkin. Pese a todas las explicaciones dadas por
los colectivistas no comunistas, no puede comprender cómo podría funcionar su
organización social. Si la gran industria, es decir la tierra, y todas las
industrias secundarías son puestas en común, si el trabajo se hace por todos, y
la cantidad y calidad de los productos son debidos precisamente a la
solidaridad de los esfuerzos ¿a quién
Eliseo
Reclús (1830-1905), geógrafo y teórico del anarquismo, autor, especialmente, de
L´evolution, la révolution et l’ideal anarchiste, 1898.
deben pertenecer legítimamente, si no es al
conjunto solidario de los trabajadores? ¿Qué regla podrá guiar a los contables,
repartidores y hacerles reconocer la parte de pro-ducto de cada uno, en ese
magma proveniente del trabajo de la humanidad, incluidas las generaciones
anteriores? El reparto, hecho por azar o capricho, no puede tener otro
resultado que el de depositar en la sociedad colectivista el germen de las
disensiones, de las luchas y, finalmente, de la muerte.
Lo verdadero y justo es que los productos debidos
al trabajo de todos pertenece a todos, y que cada uno toma de ahí libremente su
parte para consumirla a su conveniencia, sin otra regla que la proveniente de
la solidaridad y el respeto mutuo de los asociados. Sería, por lo demás,
absurdo temer la penuria, pues el enorme desperdicio de los alimentos causado
por el despilfarro actual del comercio y por la apropiación privada habría
cesado por fin. El miedo es siempre un mal consejero. No tengamos miedo a decimos
comunistas, como lo somos en realidad. La opinión popular tiene su lógica: los
colectivistas tienen un buen quehacer, el buen sentido universal ha comprendido
que la apropiación de las tierras y de las fábricas lleva forzosamente a la
comunidad de los productos.
El compañero Reclús desearía también que el
congreso expresase sus reservas respecto al parágrafo contenido en la
exposición de Courtelary relativa a la Comuna. Sin duda, las condiciones de
cada lugar tienen una gran importancia como hecho, y la mayoría de los grupos
se constituirán en los límites de las comunas actuales, pero no hay que perder
de vista que los grupos de fuerzas revolucionarias se hacen
libremente fuera de toda organización comunal.
Hasta ahora, las comunas no han sido más que pequeños Estados, e incluso la
Comuna de París, insurreccional por su base, estaba gobernada por la altura,
manteniendo toda la jerarquía de funcionarios y de empleados. Nosotros no somos
más comunalistas que estadistas, somos anarquistas, no lo olvidemos, y damos la
mejor prueba de ello con nuestra reunión de hoy. Esperemos tener parte, por
pequeña que sea, en la obra revolucionaria, y al venir de Vallon, de Ginebra,
de Lausana, de Francia, de Nápoles, no nos atamos ni a una comuna especial ni a
un Estado cualquiera. La Internacional no reconoce estas fronteras.
El compañero Schwitzguébel declara ser comunista
anarquista; si admite el programa tal como acaba de ser presentado, es decir,
con las ideas colectivistas que predominan, es porque ve a las poblaciones más
hostiles que favorables a estas ideas, y porque la elaboración de un programa
francamente comunista no haría más que aumentar esta hostilidad; expresa que se
trata de una cuestión de oportunidad que hay que examinar atentamente. La idea
comunista ha sido hasta el presente mal comprendida en el seno de las
poblaciones, en donde se la creía siempre un sistema que excluye toda libertad.
Estima que hay un gran trabajo preparatorio que hacer para llevar a las
poblaciones a admitir el comunismo.
El compañero Herzig, delegado de Ginebra, dice que
el programa que acaba de ser presentado da demasiadas atribuciones a la Comuna
y parece querer reemplazar la autoridad del Estado, contra la que nos elevamos,
por una nueva forma, la de la Comuna, lo que no sería más que la
descentralización de la autoridad. Si, como dice el
programa, es verdad que las próximas revoluciones populares tendrán su sede en
la Comuna y por objetivo la autonomía de esta última no debemos, por esta
razón, buscar nuestro camino en esa nueva concepción de la revolución, ni
tratar de tomar lo superficial de los acontecimientos; nuestro deber es hacer
germinar en los espíritus nuevas ideas absolutamente contrarias a todo
principio de autoridad.
El programa deja suponer que las luchas políticas
deberán ser llevadas sobre terreno comunal. Nos elevamos contra esta opinión,
aun cuando estuviese probado que estas luchas sirven para atacar al Estado,
pues, para hacerlas, habría que entrar necesariamente en la vía legal, lo que
sería completamente contrarío a nuestros principios y supondría su abandono.
El compañero Cafiero, hablando del programa
revolucionario, viene a hablar del comunismo (...) 131.
El compañero Pindy observa que no solamente la idea
del comunismo puede ser observada y aceptada por el obrero francés, sino que el
sentimiento comunista es innato en él; si en este momento se dice colectivista,
es por causa de las historias ridículas que se han contado después de 1848
sobre el comunismo de entonces. Si el concepto comunismo le repugna, sin
embargo no está menos decidido a practicar la realidad. Pindy mismo la ha
practicado por instinto, pero pese a ello cree que aún hoy esa palabra —sólo la
palabra— inspira repulsión a los obreros revolucionarios franceses.
Por otra parte, declara que, para desenmascarar a
los
Véase más
adelante «Anarchie et communisme», texto presentado por Cario Cañero.
pseudo-socialistas progresistas actuales, hay que
explicar la verdadera significación de las palabras, y dar a las cosas el
nombre que las conviene.
El Congreso adopta la resolución siguiente, que
será añadida al programa:
«El Congreso, tras haber escuchado la lectura de la
memoria publicada por la federación obrera del distrito de Courtelary,
recomienda esta publicación a la atención de todos los socialistas y de todas
las personas que se interesen por las cuestiones sociales.
»El Congreso declara sin embargo que dos puntos del
programa hubieran podido quedar más netamente determinados.
«Las ideas emitidas sobre la Comuna pueden inducir
a pensar que se trata de suprimir la forma actual del Estado por una forma más
restringida, que sería la Comuna. Nosotros queremos la desaparición de toda
forma de Estado general o restricto, y la Comuna no es para nosotros sino la
expresión sintética de la forma orgánica de las libres agrupaciones humanas.
»La idea del colectivismo ha dado lugar a
interpretaciones equívocas que importa hacer desaparecer. Queremos el
colectivismo con todas sus consecuencias lógicas, no solamente desde el punto
de vista de la apropiación colectiva de los medios de producción, sino también
del goce y del consumo de los productos colectivamente. El comunismo anarquista
será así la consecuencia necesaria e inevitable de la revolución social, y la
expresión de la nueva civilización que inaugurará esta revolución.
«Manifestamos el deseo de que el estudio de esta
importante cuestión sea retomado, adoptando como base de demostración la
aplicación de estas teorías en una Comuna determinada y teniendo en cuenta
todos los elementos constitutivos de esta Comuña, sea en su calidad de
facilidades, o de dificultades de aplicación.
»El Congreso desea que se publique un folleto,
resumiendo la memoria presentada por la Federación obrera socialista del
distrito de Courtelary, en interés de la propaganda obrera.»
Memoria presentada al Congreso Jurasiano de 1880
por la Federación Obrera del Distrito de Courtelary
Este programa, documento totalmente notable, tiene
una breve presentación de la que conviene señalar un cierto número de puntos
dignos de atención.
En primer lugar, ha sido editada por obreros.
Comienzan por las palabras: «Para nosotros, obreros manuales... » Es el obrero
grabador-cincelador Ahdémar Schwitzguébel quien ha escrito para sus camaradas.
Estos obreros saben lo que quieren. Dicen directamente sus ideas a los
socialistas autoritarios que se jactan de tomar el poder «para transformar el
Estado actual en un Estado comunista». No se andan con rodeos, para añadir: «No
podemos compartir esta manera de ver.» Y condenan expresamente el obstáculo que
a sus ojos supone el Estado, en una fórmula viva, inspirada por el campo en el
seno del cuál viven y trabajan: «La sociedad humana marcha, el Estado es
siempre el freno.»
Empero, estos libertarios, partidarios de la
espontaneidad de las masas, no desprecian las minorías activas,
indispensables a sus ojos para orientar la
revolución social:
«La intervención (...) del partido que posee la
concepción teórica de esta revolución no es un factor menos importante.»
Pero a la vez no se les escapa el peligro de que la
revolución victoriosa caiga en las zarpas de los jefes salidos de ella.
Insisten en la necesidad de comportarse de tal modo que «la revolución no caiga
de nuevo al servicio de las clases gobernantes».
Como buenos discípulos de Bakunin y de James
Guillaume, pero al mismo tiempo en su calidad de avanzada de su época, pues los
anarquistas de 1880 no se habían hecho aún sindicalistas, preconizan una
federación de cuerpos de oficio, buscando una síntesis entre la comuna y el
sindicato. Se preguntan: ¿será dirigida la Comuna tras la revolución por una
asamblea general de todos sus habitantes, o por los delegados locales de los
diversos cuerpos de oficio? Obreros que son, adoptan finalmente la segunda
solución: será la federación local de los cuerpos de oficio la que constituya
la futura Comuna.
Así quedaban abordados ya problemas que se
plantearon concretamente a los comunistas libertarios españoles en el curso de
la revolución de 1936 (véase tomo II), abordados ya en 1880 por los
trabajadores manuales del distrito de Courtelary.
Igualmente, es entrevisto por ellos uno de los
principios básicos de la autogestión obrera: «Para no caer en los errores de la
administración centralizada y burocrática», les parece que, la Comuna, en el
plano local, así como los
grandes servicios públicos a escala nacional e
internacional, no deberán ser llevados por una sola y única administración,
sino por diferentes comisiones para cada rama de actividad. Es una estructura
que, en nuestros días, ha prevalecido en numerosas comunidades autogestionadas.
El programa (extractos)
(... ) Para nosotros, trabajadores manuales,
nuestro papel está trazado por las circunstancias en las que se desarrollan las
poblaciones obreras. Nuestro trabajo será más una obra indicativa que completa.
Formularemos lo que sabemos; diremos nuestras aspiraciones; determinaremos
nuestras reivindicaciones; concluiremos con la lógica del buen sentido popular.
(...) La revolución social que ataca las bases
mismas de la sociedad burguesa consagrará con su triunfo las nuevas bases para
el desarrollo de la sociedad humana. La obra de progreso pacífico, de reformas
sucesivas en los detalles, se continuará después de la revolución social, como
ocurrió después de todas las revoluciones sociales que han transformado las
condiciones de existencia de las sociedades humanas.
Esta revolución no es solamente una concepción
teórica; está en la naturaleza de las cosas, y es el desarrollo de la situación
actual el que nos llevará hasta allí. Sin embargo, si la situación es el
elemento principal, la levadura de la revolución, la intervención más o menos
inteligente y
apropiada del partido que posea la concepción
teórica de esta revolución no es un factor menos importante. De ahí se
desprende la necesidad no de esperar a que la revolución caiga del cielo, sino
de prepararla en los límites de lo posible, y, sobre todo, de hacer que no
vuelva de nuevo a favorecer a las clases gobernantes,
(...) Nos encontramos en presencia de dos
tendencias generales bien acentuadas. Unos preconizan la participación de las
clases obreras en la política corriente y en la conquista por ellos del poder
político del Estado. Los otros, por contra, preconizan la abstención en materia
de acción política en el Estado.
Fueron concepciones teóricas diferentes sobre las
formas políticas de la nueva sociedad que constituyeron las dos escuelas que
representan, la una, el socialismo autoritario, la otra, el socialismo
anarquista.
No pudiendo concebir otra forma política que el
Estado omnipotente, centralizado y gobernado por un poder electivo, el
socialismo autoritario espera realizar la revolución en el régimen de la
propiedad ocupando el poder del Estado para transformar el Estado actual en un
Estado comunista.
Nosotros no podemos compartir esta manera de ver.
La revolución económica que quieren los socialistas es una revolución demasiado
profunda como para que pueda ser operada por las órdenes de un poder central,
cualquiera que fuese su fuerza y su ímpetu revolucionario. Decretada, sería
letra muerta, si no fuese realizada por el pueblo mismo en todos los puntos del
territorio. Y si incluso el Estado comunista hubiese podido existir por un
momento, hubiese
llevado en sí mismo necesariamente los gérmenes de
la disolución, porque no habría resuelto más que una parte del problema social,
la reforma económica.
Todo el problema de la realización de la libertad
humana —en su más larga acepción— queda en pie, porque el Estado, por la misma
naturaleza de su constitución y de sus manifestaciones, no emancipa al ser
humano, sino que le absorbe; el Estado comunista, más aún que el Estado
burgués, anularía al individuo y remaría por la fuerza. Para nosotros, la
solución del problema social comprende no sólo la realización más completa
posible, en provecho de las masas, del bienestar material, sino también, para
todos y para cada uno, la conquista más larga de la libertad. Tal es la razón
por la cual no somos partidarios del Estado comunista, y en consecuencia somos
enemigos de una conducta que conduce lógicamente a este Estado.
(...) La sociedad humana marcha, el Estado es
siempre su freno.
El estado de la situación contemporánea proporciona
una prueba aplastante de cuanto decimos.
El Estado socialista estatista, para actuar
políticamente en terreno legal, no tenía desventuradamente que hacer más que
una cosa: meter en su bolsillo el programa comunista, y arbitrar un programa de
práctica inmediata con el cual se esperaba sintonizar a las masas; en los
programas avanzados de la democracia burguesa se buscaron los puntos
culminantes de este propósito, dándole un color socialista, y así salieron los
diferentes programas de realización inmediata del partido socialista legal.
El Estado burgués no acepta siquiera la lucha en el
terreno pacífico, y el único país que en Europa hay donde ese socialismo legal
tiene poder, Alemania, nos ofrece el espectáculo de una reacción en toda la
línea. La defección del partido socialista y su desorganización son el
resultado de toda una larga y poderosa campaña 132.
Esta táctica de política estatista no nos parece
ser la ver-dadera. Los anarquistas, ampliando el problema social, e
introduciendo el lado de la transformación de la sociedad la destrucción del
Estado, razonan lógicamente diciendo: puesto que queremos la destrucción del
Estado lejos de buscar, amparándonos en él para modificarle, transformarle,
debemos por contra tratar de hacer el vacío alrededor de él, para debilitar
todas las fuerzas morales y materiales que podrían darle sus auxiliadores. Tal
es el origen de la corriente abstencionista contemporánea. Por desgracia, el
buen sentido, la lógica teórica se encuentran raramente de acuerdo con la
realidad de los hechos. Si en teoría es total-mente cierto que el día en que
las masas populares se negaran a nombrar legisladores, gobiernos y
administradores del Estado, rechazaran constituciones y leyes, impuestos y
servicio militar, el Estado pasaría a la historia, no es menos cierto por otra
parte que, prácticamente, la mayoría de los seres humanos están de hecho ligados
a una u otra cosa de la actual sociedad y del Estado. Por este vínculo
práctico, prácticamente mínimo, todo el sistema continúa sostenido por las
masas, pese a sus entuertos.
Alusión
al período de represión de la socialdemocracia por el canciller Bismarck tras
1878.
El Estado detrae impuestos, cada cual trata de
pagar menos; se ocupa de jurisdicción, todos quieren una buena justicia al
mejor precio; el Estado se ocupa de las escuelas, los padres quieren para sus
hijos una buena instrucción que no les cueste nada; se ocupa de la Iglesia,
pero unos quieren iglesia liberal, otros oxtodoxa o ultramontana, otros que el
Estado les libere de la pertenencia a toda iglesia; el Estado se ocupa de la
policía, y cada cual se ocupa de garantizar por sí mismo su propia seguridad
personal; tiene una organización militar, y muchos toman como un deber el ser
soldados, unos permanentemente, otros como cumplidores del servicio militar; el
Estado se ocupa de las carreteras, de los bosques, de las aguas, todos estos
servicios deben satisfacer los intereses del público; el Estado adquiere el
derecho de nombrar el gobierno, las administraciones, los legisladores, de
votar las instituciones y las leyes, los impuestos, todos están orgullosos de
ser ciudadanos-electores.
Cogido todo individuo en una o varias de estas
cuestiones de detalle práctico, tenéis a la masa cogida toda ella en el
sistema. Muy pocos osan pensar y decir que los servicios generales podrían muy
bien ser directamente hechos por la sociedad humana misma, libremente
organizada.
(...) Tres elementos esenciales nos autorizan a
decir que es en la Comuna donde se hallará el foco de la revolución social. La
antigua tradición revolucionaria jacobina ha pasado, y, tras la Comuna de
París, se constituye una nueva tradición revolucionaria alrededor de la idea de
autonomía comunal y de federación. El estado de los espíritus se inclina cada
vez más hacia esta nueva fórmula política, haciéndose sentir pesadamente por
doquier los excesos de la
centralización sobre las poblaciones. La evolución
de la situación material, como de las nuevas corrientes de opinión conducen a
la Comuna autónoma y a la federación de Comunas. Añadamos a estas
consideraciones generales las consecuencias necesarias de la táctica
preparatoria de nuestro partido, y podremos afirmar que es en la Comuna donde
germinará la insurrección popular.
Tenemos que ocupamos, pues, de las medidas
revolucionarias inmediatas de la Comuna.
El poder de la burguesía sobre las masas populares
tiene su fuerza de los privilegios económicos, en la dominación política y en
la consideración jurídica de tales privilegios. Por tanto, hay que alcanzar el
poder burgués en esas causas, así como en sus manifestaciones diversas.
Las medidas siguientes nos parecen indispensables
para la salvación de la revolución, bajo el mismo título que la lucha armada
contra sus enemigos:
Confiscación por los insurgentes del capital
social, propiedades de tierra, minas, habitaciones, edificios religiosos y
públicos, instrumentos de trabajo, materias primas, metales preciosos, objetos
y piedras de valor, productos manufacturados.
Destitución de todas las autoridades políticas,
administrativas y judiciales.
Abolición de toda intervención legal en el pago de
deudas colectivas o privadas y en la transmisión de herencias.
Supresión de todos los impuestos.
Licenciamiento del ejército y la policía.
Quema de todos los títulos de rentas, de propiedad,
de hipoteca, de valores financieros, de concesiones.
Tales nos parecen deben ser las medidas
destructivas. ¿Cuáles deben ser las medidas orgánicas de la revolución?
Constitución inmediata y espontánea de cuerpos de
oficios; toma de posesión provisional, por ellos, de la parte del capital
social necesaria para el funcionamiento de su especialidad de producción;
federación local de los cuerpos de oficio y organización del trabajo.
Constitución de grupos de vecinos y federación de
estos grupos para asegurar el servicio inmediato de las subsistencias.
Organización de fuerzas insurreccionales.
Constitución de comisiones, por delegaciones de
grupos, cada una con una especialidad en la administración de los asuntos de la
comuna revolucionaria: comisión de seguridad contra los enemigos de la
revolución, comisión de fuerza revolucionaria, comisión de control del capital
social, comisión del trabajo, comisión de subsistencias, comisión para el
servicio de la circulación, comisión de higiene, comisión de enseñanza.
Constitución de comisiones de acción exterior con
misión de trabajar en la federación de todas las fuerzas revolucionarias de las
comunas insurgidas; de difundir, por la propaganda revolucionaria, la
insurrección en todas las Comunas y regiones y la aplicación en la mayor medida
posible de las medidas propias para la destrucción del orden de cosas actual y
para la salvación de la revolución.
Federación de Comunas y organización de masas, en
vista de la permanencia de la revolución, hasta el aplastamiento completo de
toda acción reaccionaria.
El colectivismo nos parece (...) la forma general
de una nueva sociedad, pero trabajaremos con todas nuestras fuerzas para que su
organización y su funcionamiento sean libres.
(...) Constituidos los cuerpos de oficio, se trata
de organizar la vida local. El órgano de esta vida local será la federación de
cuerpos de oficio, y es esta federación local la que sustituirá a la futura
Comuna. ¿Será ésta una asamblea general de todos los habitantes, serán éstas
delegaciones de cuerpos de oficios, para referirse a continuación a sus
asambleas particulares, las que redactarán el contrato de la Comuna? Nos parece
pueril paramos en la preferencia de uno o de otro sistema; ambos sistemas funcionarán
sin duda siguiendo las tradiciones y la importancia particular de las Comunas.
Creemos útil decir aquí que, de una manera general, la práctica más o menos
democrática del sufragio universal perderá cada vez más su importancia en una
sociedad organizada científicamente, es decir, en donde los hechos reales y no
las vanas fórmulas artificiales sean la base de toda vida social.
¿Cuáles serán las atribuciones de la Comuna?
Mantenimiento de toda la riqueza local; control de la utilización de los
diversos capitales, subsuelo, construcción, utillaje, materia prima, por los
cuerpos de oficios; control en lo concerniente a los intereses generales de la
organización del trabajo; organización del cambio y eventualmente de la
distribución y consumición de los productos; mantenimiento
de la vialidad, de los edificios, de los paseos, de
los jardines públicos; organización del seguro contra los accidentes; servicio
de higiene; servicio de seguridad; estadística local; organización del
mantenimiento, instrucción y educación de los niños; fomento de las artes, las
ciencias, los descubrimientos, las aplicaciones.
Esta vida local en sus diferentes ramas de
actividad la que-remos igualmente libre, como la organización del oficio; la
libre organización, sea de los individuos, sea de los grupos, sea de los
barrios, para la satisfacción de los diversos servicios locales que acabamos de
enunciar.
Para no caer en los errores de las administraciones
burocráticas y centralizadas, pensamos que los intereses generales de la Comuna
no deben ser administrados por una sola y única administración local, sino por
diferentes comisiones especiales para cada rama de actividad, constituidas
directamente por los organizadores-interesados de tal servicio local. Este
procedimiento evitaría a las administraciones locales el carácter gubernamental
y mantendría, en su integridad, el principio de autonomía, organizando mejor
los intereses locales.
(...) En la administración de los diferentes
servicios públicos generales, se aplicará el principio de especialización como
en la administración comunal, y nos evitaremos así dar razón al reproche que se
le ha hecho al socialismo anarquista de caer en una nueva forma de Estado por
la organización de los intereses generales.
Anarquía y comunismo
Informe de Carlo Cafiero al Congreso jurasiano
En el Congreso tenido en París por la región del
Centro, un orador, que se distinguió por su mordacidad contra los anar-quistas,
decía: «Comunismo y anarquía no pueden encontrarse juntos.»
Otro orador que hablaba también contra los
anarquistas, pero con menor violencia, gritaba al hablar de igualdad económica:
«¿Cómo puede ser violada la libertad si existe la igualdad?»
Pues bien; pienso que los dos oradores se
equivocaban.
Se puede perfectamente tener la igualdad económica,
sin tener la menor libertad. Algunas comunidades religiosas son una prueba viva
de ello, porque allí existe la más completa igualdad al mismo tiempo que el
despotismo. La completa igualdad, porque el jefe viste la misma ropa y come en
la misma mesa que los demás. No se distingue de ellos más que por el derecho a
mandar que posee. ¿Y los partidarios del «Estado popular»? Si no encontrarán
obstáculos de toda especie, estoy seguro de que acabarían por encontrar la
perfecta igualdad, pero a la vez también el más perfecto despotismo, pues, no
lo olvidemos, el despotismo del Estado actual aumentaría el despotismo
económico de todos los capitales que pasarían a las manos del Estado, y el todo
sería multiplicado por toda la centralización necesaria a este nuevo Estado.
Por eso nosotros los anarquistas, amantes de la libertad, nos proponemos
combatirle a ultranza.
Así, contrariamente a lo que se ha dicho, se tiene
perfecta-mente razón cuando se teme por la libertad aun cuando la igualdad
exista, mientras que no puede haber ningún temor por la igualdad allí donde la
verdadera libertad existe, es decir, la anarquía.
En fin, anarquía y comunismo, lejos de renegar
mutuamente de sí, renegarían por no encontrarse juntos, pues estos dos
términos, sinónimos de libertad y de igualdad, son los dos términos necesarios
e indivisibles de la revolución.
Nuestro ideal revolucionario es muy simple, como se
ve: se compone, como el de todos nuestros predecesores, de dos términos:
libertad e igualdad. Sólo hay una pequeña diferencia.
Enseñados por los escamoteos de los reaccionarios
de todo tiempo y lugar respecto a la libertad y la igualdad nos hemos ocupado
de poner, al lado de estos dos términos, la expresión de su exacto valor. Estas
dos monedas preciosas han sido falsificadas tan frecuentemente, que tenemos, en
fin, que conocer y mensurar su exacto valor.
Nosotros coLocarnos, pues, al lado de estos dos
términos de libertad e igualdad dos equivalentes cuya significación neta no
puede prestarse a equívocos, y decimos: «Queremos la libertad, es decir, la
anarquía, y la igualdad, es decir, el comunismo.»
Hoy, anarquía es el ataque, la guerra a toda
autoridad, a todo poder, a todo Estado. En la sociedad futura, la anarquía será
la negación, el impedimento para el restablecimiento de toda autoridad, de todo
poder, de todo Estado: plena y
entera libertad del individuo que, libremente y
empujado sólo por sus necesidades, por sus gustos y simpatías, se reúne con
otros individuos en el grupo o la asociación; libre desarrollo de la
asociación, que se federa con otros en la comuna o en el barrio; libre
desarrollo de las Comunas que se federan en la región, y así sucesivamente: las
regiones en la nación, las naciones en la humanidad.
El comunismo, la cuestión que nos ocupa
especialmente hoy, es el segundo punto de nuestro ideal revolucionario.
El comunismo, actualmente, está aún al ataque; no
es la destrucción de la autoridad, sino la toma de posesión, en nombre de la
humanidad toda, de toda la riqueza existente en el globo. En la sociedad
futura, el comunismo será el goce de toda la riqueza existente en el globo. En
la sociedad futura, el comunismo será el goce de toda la riqueza existente por
todos los hombres según el principio: De cada uno según sus facultades, a cada
uno según sus necesidades. O sea: De cada uno y a cada uno según su voluntad.
Habría que remarcar, y esto se dice sobre todo en
respuesta a nuestros adversarios, los comunistas autoritarios o estatistas, que
la toma de posesión y el goce de toda riqueza existente deben ser, según
nosotros, el hecho del pueblo mismo. Como la humanidad, el pueblo, no son
individuos capaces de tomar la riqueza y mantenerla entre sus dos manos, se ha
querido concluir que por esta razón es preciso instituir toda una clase de
dirigentes, de representantes y de depositarios de la riqueza común. Pero nosotros
no compartimos esto. Nada de intermediarios, nada de representantes que acaben
siempre por no representarse más que a sí mismos, nada de moderadores
de la igualdad ni de la libertad, nada de nuevo
gobierno, nada de nuevo Estado, aunque se diga popular o demócrata,
revolucionario o provisional.
Como la riqueza común está diseminada por toda la
tierra, como es un derecho de la humanidad entera, aquellos que se encuentran
ante ella y con posibilidad de utilizarla, la utilizarán en común. Las gentes
de tal país utilizarán la tierra, las máquinas, los talleres, las casas, etc.,
del país y se servirán de todo ello en común. Como parte de la humanidad,
ejercerán aquí, de hecho y directamente, su derecho a una parte de la riqueza
humana. Pero si un habitante de Pekín viniese a ese país tendría los mismos
derechos que los demás, gozaría en común con los demás de toda la riqueza del
país, del mismo modo que lo hubiese hecho en Pekín.
Está, pues, muy equivocado el orador que ha
denunciado a los anarquistas diciendo que quieren constituir la propiedad de
las corporaciones, ¡¡Bonito asunto se haría si se destruyese el Estado para
reemplazarle por una multitud de pequeños Estados, matar el monstruo unicéfalo
para mantener el monstruo de mil cabezas!!
No; lo hemos dicho y no cesaremos de repetirlo:
nada de intermediarios, nada de muñidores y servidores obligantes que acaben
siempre por ser los verdaderos amos; nosotros queremos que toda la riqueza
existente sea tomada directamente por el pueblo mismo, que sea guardada por sus
manos poderosas, y que decida por sí mismo la mejor manera de gozar de ella,
sea por la producción, sea por el consumo.
Sí; el comunismo es aplicable. Cada cual tomará a
voluntad
lo que necesite, pues habrá para todos. No habrá ya
necesidad de pedir trabajo que otro no quiere dar, pues habrá siempre bastantes
productos para mañana.
Y gracias a esta abundancia el trabajo perderá el
carácter innoble de la esclavitud, teniendo sólo el encanto de una necesidad
moral y física, como la de estudiar, vivir con la naturaleza.
No afirmamos que el comunismo es posible; afirmamos
que es necesario. No sólo es posible ser comunista; hay que serlo, so pena de
faltar a la revolución.
En efecto, tras la puesta en común de los
instrumentos de trabajo y de las materias primas, si conserváramos la
apropiación individual de los instrumentos de trabajo, nos encontraríamos
forzados a conservar la moneda, por tanto una acumulación de riquezas más o
menos grande, según el mérito mayor o menor o la habilidad de los individuos.
La igualdad se esfumaría así, pues quien llegase a poseer más riqueza sería ya
elevado por encima de los demás. Sólo faltaría un paso para que los
contrarrevolucionarios estableciesen de nuevo el derecho de herencia.
Y, en efecto, he oído decir a un socialista de
renombre que se autotitula socialista, que sostendría la atribución individual
de los productos, que él no veía inconveniente en que la sociedad admitiese la
transmisión hereditaria de estos productos; la cosa, según él, no tendría
consecuencias. Para nosotros, que conocemos de cerca los resultados a que ha
llegado la sociedad con esta acumulación de riquezas y su transmisión por
herencia, no puede haber duda a tal respecto.
Pero la atribución individual de los productos
restablecería no sólo la desigualdad entre los hombres, sino entre los
diferentes géneros de trabajo. Veríamos reaparecer inmediatamente la distinción
entre el trabajo «propio» y el «impropio», el primero hecho por los más ricos,
el segundo atribución de los más pobres. Ya no serían la vocación y el gusto
personal quienes determinarían al hombre a dedicarse a tal género de actividad
antes que a otra, sino el interés, el espíritu de ganar más en tal profesión. Así
renacerían la pereza y la diligencia, el mérito y el demérito, el bien y el
mal, el vicio y la virtud, y, por ende, la «recompensa» de un lado y la
«punición» del otro, la ley, el juez, el esbirro, la prisión.
Hay socialistas que persisten en esta idea de la
atribución individual de los productos del trabajo haciendo valer el
sentimiento de la justicia.
¡Extraña ilusión! Con el trabajo colectivo que nos
impone la necesidad de producir en gran escala con máquinas, tendencia cada vez
mayor a servirse del trabajo de las generaciones precedentes, ¿cómo podría
determinarse la parte que corresponde a uno o a otro? Es absolutamente
imposible, y nuestros adversarios lo reconocen, si bien acaban por decir:
«Bueno, tomaremos por base del reparto la hora de trabajo», pero a la vez
admiten que esto mismo sería injusto, pues tres horas del trabajo de Pedro
pueden frecuentemente valer cinco horas del trabajo de Pablo.
Antaño nos llamábamos «colectivistas», porque este
nombre nos distinguía de los individualistas y de los comunistas autoritarios;
pero en el fondo éramos buenamente comunistas antiautoritarios, y al llamarnos
«colectivistas» pensábamos expresar con este nombre
nuestra idea de que todo debe ser puesto en común, sin diferenciar
instrumentos, materiales de trabajo, productos del trabajo colectivo.
Pero un buen día hemos visto surgir una nueva
tendencia de socialistas que, resucitando los errores del pasado, se pusieron a
filosofar, a distinguir, a diferenciar en esta cuestión, para acabar por
hacerse apóstoles de la tesis siguiente:
«Existen, dicen, valores de uso y de producción.
Los de uso son aquellos que empleamos, para satisfacer nuestras necesidades
personales: la casa que habitamos, los víveres que consumimos, los vestidos,
los libros, etc., mientras que los valores de producción son aquellos de que
nos servimos para producir: el taller, los hangares, el establo, los comercios,
las máquinas e instrumentos de trabajo de toda índole, el suelo, materiales de
trabajo, etcétera. Los primeros valores que sirven para satisfacer las necesidades
del individuo, dicen, deben ser de atribución individual, mientras que los
segundos, los que sirven a todos para pro-ducir, deben ser de atribución
colectiva.»
Tal fue la nueva teoría económica hallada, o más
bien renovada por la necesidad.
Pero yo os pregunto, a vosotros que dais el amable
título de valor de producción al carbón que sirve para alimentar a la máquina,
al aceite que sirve para engrasarla y facilitar su marcha, yo os pregunto: ¿por
qué rechazáis esa
denominación para el pan y la carne de que me
nutro, al aceite con que aderezo mi ensalada, al gas que permite mi trabajo, a
todo lo que sirve para hacer vivir y marchar a la más perfecta de todas las
máquinas, el padre de todas las máquinas, el hombre?
¿Ponéis entre los valores de producción la pradera
y el establo que sirve para abrigar los bueyes y los caballos, y queréis
excluir de entre ellos las casas y los jardines que sirven al más noble de los
animales, el hombre?
¿Dónde queda vuestra lógica?
Por otra parte, vosotros mismos que os erigís en
apóstoles de esta teoría, sabéis perfectamente que tal demarcación no existe en
realidad, y que si hoy es difícil trazarla, desaparecerá completamente el día
en que todos sean productores a la vez que consumidores.
No es, pues, esta teoría, como se ve, la que habría
podido dar fuerza nueva a los partidarios de la atribución individual de los
productos del trabajo. Esta teoría no ha obtenido más que un solo resultado: el
de desenmascarar el juego de aquellos socialistas que querían atenuar la llama
de la idea revolucionaria; esa teoría nos ha abierto los ojos y nos ha mostrado
la necesidad de declararnos sin restricciones comunistas.
Abordemos, por fin, la única objeción seria que
nuestros adversarios tuvieron contra el comunismo. Todos están de acuerdo en
que vamos necesariamente hacia el comunismo, pero se nos dice que, al no ser
muy abundantes los productos al principio, habrá que establecer el
racionamiento, el reparto, y que el mejor reparto de los
productos de trabajo será el basado en la cantidad
de trabajo de cada uno.
A esto respondemos que, en la sociedad futura, aun
cuando se esté obligado a hacer el racionamiento, habrá que seguir siendo
comunistas; es decir, el racionamiento debería hacerse no según los méritos,
sino según las necesidades.
Tomemos la familia, ese modelo de pequeño
comunismo, de un comunismo autoritario más que anarquista, es cierto, lo que,
por lo demás, no afecta en nada a nuestro ejemplo.
En la familia, el padre aporta, supongamos, cien
sueldos por día; el hijo mayor, tres francos, un hijo más pequeño, cuarenta
sueldos, y el hijo pequeño solamente veinte sueldos por día. Todos aportan el
dinero a la madre, que está en posesión de la caja y que les da de comer. Todos
aportan desigual cantidad, pero a la hora de comer cada cual se sirve a su
guisa y según su apetito, no hay racionamiento. Pero vienen los días malos, que
fuerzan a la madre a no poder satisfacer el apetito y el gusto de cada uno en
la comida. Hay que racionar, y, sea por iniciativa de la madre, sea por
convención tácita de todos, se reducen las por-ciones. Pero este reparto no se
hace siguiendo los méritos, pues el hijo más joven y sobre todo el niño reciben
la mayor parte, v el mejor bocado se reserva para la vieja que no aporta nada.
Incluso en la penuria se aplica en la familia este principio de racionamiento
según las necesidades. ¿Sería de otro modo en la gran familia humana del
porvenir?
(...) No se puede ser anarquista sin ser comunista.
En efec-to, la menor idea de limitación contiene ya en sí misma gérmenes de
autoritarismo. No podría manifestarse sin engendrar inmediatamente la ley, el
juez, el gendarme.
Debemos ser comunistas, pues es en el comunismo
donde realizaremos la verdadera igualdad. Debemos ser comunistas, porque el
pueblo, que no comprende los sofismas colectivistas, comprende perfectamente el
comunismo como los amigos Reclus y Kropotkin lo han hecho notar ya. Debemos ser
comunistas porque somos anarquistas, porque la anarquía y el comunismo son los
dos términos necesarios de la revolución.
DECLARACION DE LOS ANARQUISTAS ACUSADOS ANTE EL
TRIBUNAL CORRECCIONAL DE LYON,
POR KROPOTKIN, 19 DE ENERO DEL AÑO 1883
Vamos a decir lo que es la anarquía, lo que son los
anarquistas.
Los anarquistas, señores, son ciudadanos que, en un
siglo en que se predica por doquier la libertad de opiniones, han creído su
deber recomendar la libertad ilimitada.
Sí, señores, somos en el mundo unos millares, unos
millones de trabajadores que reivindicamos la libertad absoluta, nada más que
la libertad, toda la libertad.
Queremos la libertad, es decir, reclamamos para
todo ser humano el derecho y el medio para hacer todo lo que guste, para
satisfacer íntegramente todas sus necesidades, sin otro límite que las
imposibilidades naturales y las necesidades de sus vecinos igualmente
respetables.
Queremos la libertad, y creemos incompatible su
existencia con la existencia de un poder
cualquiera, fuere el que fuere su origen y su forma, elegido o impuesto,
monárquico o republicano, inspirado en el derecho divino o popular, dictado o
por sufragio universal.
La historia está ahí para enseñarnos que todos los
gobiernos se parecen y que se apoyan. Los mejores son los peores. Cuanto más
cinismo en unos, tanta más hipocresía en otros. En el fondo, siempre los mismos
procedimientos, siempre la misma intolerancia. Hasta los más aparentemente
liberales no tienen reservas, bajo el polvo de los arsenales legislativos, en
encontrar alguna ley contra la Internacional, para uso de las oposiciones
indigestas.
El mal, en otras palabras, a los ojos de los
anarquistas, no reside en tal forma de gobierno más que en tal otra. Está en la
idea gubernamental misma, en el principio de autoridad.
La sustitución, en una palabra, en las relaciones
humanas, del libre contrato, perpetuamente revisable y resoluble, por la tutela
administrativa y legal, por la disciplina impuesta, tal es nuestro ideal.
Los anarquistas se proponen, pues, enseñar al
pueblo a prescindir del gobierno como han comenzado a prescindir de Dios.
Enseñan igualmente a prescindir de los
propietarios. La peor de las tiranías, en efecto, no es la que os aprisiona, es
la que os mata de hambre, no es la que os coge por el cuello, es la que os
afecta al vientre.
¡No más libertad sin igualdad! No hay libertad en
una sociedad donde el capital está monopolizado en las manos de una minoría que
va reduciéndose cada día y en donde
nada está igualmente repartido, ni siquiera la
educación pública, pagada sin embargo con los dineros de todos.
Nosotros creemos que el capital, patrimonio común
de la humanidad, porque es el fruto de la colaboración de las generaciones
pasadas y de las contemporáneas, debe estar a disposición de todos, de tal
suerte que nadie inversamente, puede acaparar una parte de él en detrimento del
resto.
Queremos, en una palabra, la igualdad: la igualdad
de hecho como corolario o más aún como condición primordial de la libertad. De
cada uno según sus facultades , a cada uno según sus necesidades. He aquí lo
que queremos sinceramente, enérgicamente, he aquí lo que será, pues no hay
prescripción que pueda prevalecer contra las reivindicaciones a la vez
legítimas y necesarias. He aquí por qué se nos quiere mal.
Por ser malos, reclamamos el pan para todos, el
trabajo para todos; para todos también la independencia y la justicia.
PALABRAS DE UN REBELDE (1885) 133
La descomposición de los Estados
Cuando, tras la caída de las instituciones de la
Edad Media, hacían su aparición en Europa los Estados nacientes, y se hacían
firmes, se agrandaban por la conquista, por la astucia,
Extracto
de Pedro Kropotkin, Paroles d’un Révolté, 1885.
por el asesinato, aún no se ingerían sino en un
pequeño número de asuntos humanos.
Hoy, el Estado ha llegado a inmiscuirse en todas
las mani-festaciones de nuestra vida. De la cuna a la tumba, nos estrangula con
sus brazos. Ya sea como Estado central, ya sea como Estado-provincia o canon,
ya sea como Estado Comuna, nos persigue a cada paso, aparece en cualquier
rincón de la calle, se nos impone, nos tiene, nos hostiga.
Legifera todas nuestras acciones. Acumula montañas
de ley y de ordenanzas entre las que el abogado más maligno no sabe ni moverse.
Crea cada día nuevos mecanismos, que adapta arteramente a la vieja carraca
remozada, y llega a crear una máquina tan complicada y tan bastarda, tan
obstructiva, que vuelve locos incluso a aquellos que se encargan de hacerla
andar.
Crea un ejército de empleados, de arácnidos de
ganchudos dedos que no conocen el universo más que a través de los sucios
cristales de sus verdugos o de los jeroglíficos de los libros de conjuros
absurdos, una banda negra que no tiene más que una religión, la de la adarga,
más que una preocupación, la de unirse a un partido cualquiera, negro, violeta
o blanco, a fin de obtener un máximo de disfrutes con un mínimo de trabajo.
Conocemos demasiado los resultados. ¿Hay una sola
rama de la actividad del Estado que no haga enfermar a los que,
desgraciadamente, se las tienen que ver con ella? ¿Una sola rama en la cual el
Estado, tras siglos de existencia y de conciliaciones no haya demostrado una
completa incapacidad?
De la Comuna de la Edad Media a la Comuna Moderna
El texto que sigue es uno de los más importantes de
Kropotkin, también el que ha ejercido mayor influencia, sobre todo en el
comunismo libertario español. Pero no siempre ha sido bien comprendido. Para
demasiados anarquistas españoles, Kropotkin habría querido resucitar las
Comunas de la Edad Media y no ha faltado quien haya pretendido identificar este
retorno al pasado con la tradición, aún viva en el campo de su país, de la
comunidad campesina primitiva, particularista y libre.
De hecho, esta interpretación del propósito de
Kropotkin es, al menos en parte, inexacta. El autor, en efecto, no ceja de
insistir, como también lo hiciera Marx en La guerra civil en Francia, sobre las
diferencias esenciales que ve entre la Comuna del pasado y la del porvenir. En
nuestro siglo de ferrocarriles, de telégrafo, de progreso científico, la Comuna
tendrá —insiste— una faz muy diferente de la que tuvo en el siglo XII. No
tratará de reemplazar al señor local, sino al Estado. No se limitará a ser comunalista,
será comunista. Lejos de tender a «circunscribirse a sus muros» tratará de
«extenderse, universalizarse». Y Kropotkin afirma categóricamente que, en
nuestros días, «una pequeña comuna no podría vivir ocho días»: tendrá una
necesidad im-periosa de buscar aliados, de federarse.
Pero es precisamente
aquí donde el
pensamiento del
teórico anarquista se hace más flotante y donde
autoriza las interpretaciones idealistas y particularistas que han creído poder
darle, mucho más tarde, sus discípulos españoles.
Se quiere seguir a Kropotkin cuando pasa de las
Comunas propiamente dichas, es decir locales, a los grupos de afinidades no ya
territoriales, cuyos miembros estarían «diseminados en mil ciudades y pueblos»,
y donde, a la manera de Charles Fourier, «tal individuo no hallará la
satisfacción de sus necesidades más que agrupándose con otros individuos de los
mismos gustos».
Aquí la filiación es directa entre Kropotkin y los
comunistas libertarios españoles, que, en su congreso de Zaragoza en mayo de
1936, defenderán las nostalgias de la edad de oro de la «comuna libre»,
particularistas de la patria chica y, en la víspera de una revolución social
entonces inminente, se inclinarán con una solicitud un poco desproporcionada, a
los grupos de afinidad de nudistas y naturistas, «refractarios a la
industrialización».
Por otra parte, se ha dicho que estas concepciones
ingenuas e idealistas, reclamándose de Kropotkin, serían vivamente combatidas
por un economista eminente del anarcosindicalismo español, Diego Abad de
Santillán 134. Para este último, desde el punto de vista económico, no pueden
existir «comunas libres». «Nuestro ideal, explica, es la Comuna asociada,
federada, integrada en la economía total del país y de los otros países en
revolución (...) Una economía socializada, dirigida y planificada es imperativa,
y
Daniel
Guérin, L'Anarchisme, 1965 (hay traducción castellana, N. del T.). Santillán,
El organismo económico de la revolución, 1936, en el tomo siguiente.
corresponde a la evolución del mundo económico
moderno.»
Cuando decimos 135 que la revolución social debe
hacerse por la liberación de las Comunas, y que son las Comunas, absolutamente
independientes, liberadas de la tutela del Estado, las que podrán procurarnos
el medio necesario para la revolución y el medio de realizarla, se nos reprocha
querer remontarnos a una forma de sociedad ya sobrepasada y caduca. «¡Pero la
Comuna, se nos dice, es un hecho de otra época; tratando destruir el Estado
para reemplazarlo por las Comunas libres, volvéis al pasado, queréis llevamos a
la plena Edad Media, volver a las guerras antiguas entre ellas, destruir las
unidades nacionales tan penosamente conquistadas durante el curso de la
historia!»
Bien. Examinemos esta crítica.
Constatemos, en primer lugar, que toda comparación
no tiene más que un valor relativo. Si, en efecto, la Comuna querida por
nosotros no fuese realmente más que un retorno hacia la Comuna de la Edad Media
¿no habría que reconocer que la Comuna hoy no puede revestir las formas que
tenía hace siete siglos? ¿No es evidente que, establecidos en nuestros días los
ferrocarriles y el telégrafo, la ciencia cosmopolita que busca la verdad pura,
la Comuna tendría una organización tan diferente de la que tuvo en el siglo xn,
que estaríamos en presencia de un hecho absoluta-mente nuevo, en condiciones
nuevas, que necesariamente llevaría a consecuencias absolutamente diferentes?
Por lo demás, nuestros adversarios los defensores
del Estado en sus diversas formas, deberían saber que por
Extraído
de Paróles d’un Révolté.
nuestra parte podemos hacerles una objeción
parecida a la suya.
También nosotros podemos decirles, y con más razón,
que son ellos quienes tienen puesta su vista en el pasado, pues el Estado es
una forma tan antigua como la Comuna. Sólo hay esta diferencia: mientras que el
Estado supone en la historia la negación de toda libertad, lo absolutista y
arbitrario, la mina de sus miembros, el patíbulo y la tortura, es precisamente
en las Comunas y en los levantamientos de los pueblos y de las comunas contra
el Estado en donde encontramos las más bellas páginas de la historia. Ciertamente,
al volver al pasado no lo hacemos a un Luis XI, un Luis XV, una Catalina II,
sino a las Comunas o repúblicas de Amalfi y de Florencia, de Toulouse y de
Laon, de Liége y Courtray, Ausburg y Nuremberg, Pskov y Novgorod.
No se trata, pues, de palabras y sofismas, sino de
estudiar, de analizar más de cerca, y no de imitar a quienes nos dicen: «¡Pero
la Comuna es la Edad Media! En consecuencia está condenada.» «El Estado es un
pasado de entuertos, responderíamos nosotros; así pues, ¡está condenado con
mayor razón!»
Entre la Comuna de la Edad Media y la que puede
estable-cerse hoy y probablemente se establecerá pronto, habrá diferencias
esenciales: todo un abismo cavado por seis o siete siglos de decurso de la
humanidad y de rudas experiencias. Examinemos las principales.
¿Cuál es el fin capital de esta «conjura» o
«comunión» que hacen los burgueses del siglo XII en tal ciudad? Muy delimitada:
emanciparse del señor. Habitantes, mercaderes y artistas se reúnen y juran no
permitir a «nadie dañar a uno
de ellos y tratarle en adelante como siervo»; es
contra estos antiguos amos contra quienes la Comuna se levanta en armas.
«Comuna, dice un autor del siglo XII citado por Agustín Thierry, es una palabra
nueva y detestable. He aquí lo que se entiende por ella. Las gentes sujetas a
impuestos no pagan más que una vez al año a su señor la renta debida. Si
cometen algún delito son liberados de él por una cláusula legalmente fijada; y
en cuanto a las levas de dinero que se acostumbra a infringir a los siervos,
están enteramente exentos de ellas.»
Es realmente contra el señor contra quien se
levanta la Co-muna de la Edad Media. Es contra el Estado contra quien se
levantará la Comuna de hoy. Diferencia esencial, porque, recordémoslo, fue el
Estado, representado por el rey, quien, más tarde, dándose cuenta de que las
Comunas querían hacer acto de independencia frente al Señor, envió sus
ejércitos «para castigar», como dice la crónica, «la osadía de esos papanatas
que, por razón de la Comuna, tenían la apariencia de rebelarse y luchar contra
la corona».
La Comuna de mañana sabrá que no puede ya admitir
superior; que bajo ella no puede haber ya sino el interés de la federación,
libremente consentida por ella misma con otros Comunas. Ella sabe que en esto
no puede haber término medio, o bien la Comuna es absolutamente libre para
darse todas las instituciones que quiera, y de hacer todas las reformas y
revoluciones que encuentre necesarias, o bien seguirá siendo lo que ha sido
hasta hoy, una simple sucursal del Estado, encadenada en todos sus movimientos,
siempre a punto de entrar en conflicto con el Estado, y segura de sucumbir en
la lucha que seguiría. Sabe que debe
romper el Estado y reemplazarse por la Federación,
y tratará de hacerlo en consecuencia. Pondrá los medios para eso. Hoy no
solamente levanta la bandera de la insurrección comunal pequeñas ciudades. Es
París, es Lyon, es Marsella, es Cartagena, y pronto serán todas las grandes
ciudades las que levantarán la misma bandera. Diferencia esencial, si las hay.
¿Al liberarse del señor, la Comuna de la Edad Media
se liberaba también de esos ricos burgueses que, por la venta de mercancías y
capitales habían conseguido riquezas privadas en el seno de la ciudad? ¡Nada de
eso! Tras haber demolido las torres de su señor, el habitante de la ciudad vio
pronto alzarse, en la Comuna misma, ciudadelas de ricos mercaderes que trataban
de subyugarle, y la historia interior de las Comunas de la Edad Media es la de
una lucha encarnizada entre los pobres y los ricos, lucha que necesariamente
acabó con la intervención del rey. Desarrollada la aristocracia cada vez más en
el seno de la Comuna, caído el pueblo frente al rico señor de la villa en la
misma servidumbre que padeciera otrora por el señor, comprendió que no había
nada que defender en la Comuna; abandonó las murallas que había levantado para
defender su libertad y que, por efecto del régimen individualista, habían
llegado a ser los caminos de una nueva servidumbre. No teniendo nada que
perder, dejó a los ricos mercaderes defenderse a sí mismos, y aquellos fueron
vencidos: afe-minados por el lujo y los vicios, sin sostén en el pueblo,
hubieron de ceder pronto al montón de heraldos del rey y les remitieron las
llaves de sus ciudades. En otras comunas, fueron los ricos mismos quienes
abrieron las puertas de sus
ciudades a los ejércitos imperiales, reales o
ducales, para huir de la venganza popular, presta a caer sobre ellos.
Pero la primera preocupación de la Comuna del siglo
XIX ¿no será la de poner fin a estas desigualdades sociales? ¿apoderarse de
todo el capital social acumulado en su seno y ponerle a disposición de quienes
quieren servirse de él para producir y aumentar el bien general? Su primera
preocupación no será romper la fuerza del capital y hacer para siempre
imposible la creación de la aristocracia que causó la caída de la Comuna de la
Edad Media? ¿Irá a tomar como aliados al abogado y al monje? En fin, ¿imitará a
los ancestros que no buscaban en la Comuna sino la creación de un Estado en el
Estado? ¿No conservará los vicios de su mo-delo quien, aboliendo el poder del
señor o del rey, no sabían hacer sino reconstruir hasta sus mínimos detalles
siempre el mismo poder, olvidando que este poder estaba limitado por los muros
de la villa? ¿Imitarán los proletarios de nuestro siglo a esos florentinos que,
aboliendo los títulos de nobleza o haciéndoles marchitar, dejaban nacer al
mismo tiempo una nueva aristocracia, la de la gran bolsa? ¿Harán, en fin, como
esos artesanos que, llegados al Ayuntamiento de la ciudad, imitaban devotamente
a sus antecesores y reconstituían toda esa escala de poderes que acababan de
romper? ¿Cambiarán sólo los hombres, sin afectar las instituciones?
Ciertamente, no. La Comuna del siglo XIX, con la
experiencia pasada, lo hará mejor. Su comunidad no le vendrá sólo por el
nombre. No será comunalista, será comunista; revolucionaria en política, lo
será también en las cuestiones de producción y de cambio. No suprimirá el
Estado para reconstituirle, y muchas comunas sabrán
predicar con el ejemplo, aboliendo el gobierno de procuradores, evitando
confiar su soberanía a los azares del escrutinio.
La Comuna de la Edad Media, tras haberse sacudido
el yugo de su señor, ¿buscaba golpearle en lo que constituía su fuerza?
¿Trataba de ayudar a la población agrícola que la rodeaba y, con armas que el
siervo de los campos no tenía, puso esas armas al servicio de los desgraciados
que ella miraba orgullosa desde lo alto de sus murallas? ¡Nada de eso! Guiado
por un sentimiento puramente egoísta, la Comuna de la Edad Media se encerró en
sus murallas. ¿Cuántas veces no ha cerrado celosamente sus puertas y levando
sus puentes ante los esclavos que venían a pedirle refugio, los dejó masacrar
por el señor, bajo sus ojos, ante sus arcabuces? Celosa de su libertad no
trataba de extenderla entre quienes gemían fuera. Fue a este precio, al precio
de la conservación de la esclavitud entre sus vecinos, como muchas comunas
recibieron su independencia. ¿Y después no fue del interés de los grupos
comuneros el ver a los siervos del campo quedar siempre ligados a la gleba, sin
conocer ni la industria, ni el comercio, siempre forzados por ir a la villa a
aprovisionarse de hierro, de metales y productos industriales? Y cuando el
artesano quería tender la mano por encima de la muralla que le separaba del
siervo ¿qué podía hacer contra la voluntad del burgués dominante, que, sólo él,
conocía el arte de la guerra y que pagaba a los mercenarios aguerridos?
Ahora, hay diferencias. ¿La Comuna de París
victoriosa sé habría limitado a darse instituciones municipales más o
menos libres? El proletariado parisién, rompiendo
sus cadenas, hubiese significado la revolución social en París primero, en las
comunas rurales después. La Comuna de París, aun cuando sostenía la lucha en
defensa propia, dijo sin embargo al campesino: ¡Toma la tierra, toda la tierra!
No se hubiera limitado a las palabras, y, si hubiera sido posible, sus
valientes hijos hubieran ido en armas a las villas lejanas a ayudar al
campesino a hacer su revolución: acabar con los acaparadores del suelo, y
ocuparle para darle a todos los que quisieran y supieran recoger la mies. La
Comuna de la Edad Media trataba de circunscribirse en sus muros; la del siglo
XIX trata de extenderse, universalizarse. En lugar de los privilegios
comunales, pone la solidaridad humana.
La Comuna de la Edad Media pudo encerrarse en sus
muros, y hasta cierto punto aislarse de sus vecinos. Cuando entraba en
relaciones con otras comunas, estas relaciones se limitaban muy frecuentemente
a un tratado para la defensa de los derechos urbanos contra los señores, o bien
a un pacto de solidaridad para la protección mutua de los súbditos de las
comunas en sus viajes lejanos. Y cuando verdaderas ligas se formaban entre las
ciudades, como en Lombardía, en España, en Bélgica, estas ligas, demasiado poco
homogéneas, demasiado frágiles a causa de la diversidad de privilegios, se
escindían pronto en grupos aislados o sucumbían bajo los ataques de los Estados
vecinos.
¡Qué diferencia con los grupos que se formarían
hoy! Una pequeña Comuna no podría vivir ocho días sin ser obligada por la
fuerza de las cosas a relacionarse continuamente con los centros industriales,
comerciales, artísticos, y esos
centros, a su vez, sentirían la necesidad de abrir
sus puertas grandes a los habitantes de las villas vecinas, de las comunas
circundantes y de las ciudades lejanas.
Que tal gran villa proclame mañana la Comuna, que
abola de su seno la propiedad individual, que introduzca en su seno el
comunismo completo, es decir, el gozo colectivo del capital social, de los
instrumentos de trabajo y de los productos del trabajo realizado, y, como la
villa no está rodeada por ejércitos enemigos, al cabo de algunos días los
convoyes de carros llegarán a los mercados, los mediadores expedirán a puertos
lejanos sus cargamentos de materias primas; los productos de la industria de la
ciudad, tras haber satisfecho las necesidades de la población, irán a buscar
compradores por los cuatro rincones del mundo; los extranjeros vendrán en masa,
y todos, campesinos, ciu-dadanos de las villas vecinas, extranjeras, irán a
contar a sus lugares de origen la vida maravillosa de la libre ciudad donde
todos trabajan, donde ya no hay ni pobres ni oprimidos, donde todos gozan de
los frutos de su trabajo, sin que nadie ponga su mano en la parte del león. No
hay que temer el aislamiento: si los comunistas de los Estados Unidos 136
tienen de qué lamentarse en su comunidad, no es tanto por aislamiento, sino por
intrusión del mundo burgués de los alrededores en sus asuntos comunales.
Es que hoy el comercio y el cambio, rompiendo los
marcos de las fronteras, han destruido también las murallas de las antiguas
ciudades. Han establecido ya la coherencia que faltaba en la Edad Media. Todos
los puntos habitados de la
Alusión a
las comunidades comunistas del género de las de Cabet, establecidas en América
del Sur.
Europa continental están tan íntimamente vinculados
entre sí, que para ellos el aislamiento ha llegado a ser imposible; no hay
villa situada tan alta, aunque esté situada en la comisa de una montaña, que no
tenga su centro industrial y comercial hacia el que gravita, con el que no
puede romper.
El desarrollo de los grandes centros industriales
ha hecho más.
Aun en nuestros días, el espíritu de campanario
podría excitar muchos celos entre dos comunas vecinas, evitar su alianza
directa, e incluso encender luchas fratricidas. Pero si estos celos pueden
evitar efectivamente la federación directa de estas dos Comunas, la federación
se establecerá por mediación de grandes centros. Hoy, dos pequeños municipios
vecinos no tienen nada que les vincule directamente; las escasas relaciones que
tienen, servirán más para hacer nacer conflictos, que para aunar lazos de solidaridad.
Pero los dos tienen ya un centro común con el que están en relaciones
frecuentes, sin el que no pueden subsistir; y, cualesquiera que sean los celos
de campanario, se verán obligados a unirse por mediación de la gran villa donde
se aprovisionan, a donde llevan sus productos; cada uno de ellos deberá formar
parte de la misma federación para mantener sus relaciones con ese foco de
agrupación y unirse en torno a él.
Empero, tal centro no podría adoptar una forma
prepotente respecto a las Comunas circundantes. Gracias a la variedad infinita
de necesidades de la industria y el comercio, todos los lugares habitados
tienen ya varios centros a los cuales se ligan, y a medida que sus necesidades
se desarrollan, se unirán a nuevos centros que podrán
subvenir a nuevas necesidades. Nuestras necesidades
son tan variadas, nacen con tal rapidez, que pronto una sola federación no
bastaría para satisfacerlas a todas. La Comuna sentirá, pues, la necesidad de
contraer otras alianzas, de entrar en otra federación. Miembro de un grupo por
la adquisición de sus géneros alimenticios, la Comuna deberá hacerse miembro de
un segundo grupo para obtener otros frutos que le son necesarios, los metales
por ejemplo, y luego de un tercero y cuarto grupo para los tejidos y las obras
de arte. Tomad un atlas económico de cualquier país, y veréis que no existen
fronteras económicas: las zonas de producción y de cambio de diversos productos
se penetran mutuamente, se entrelazan, se superponen. Del mismo modo, las
federaciones de Comunas, si siguen su libre desenvolvimiento vendrán pronto a
relacionarse, cruzarse, superponerse y formar así una red fuertemente compacta,
«una e indivisible», distinta a esos grupos estatistas sim-plemente
yuxtapuestos, como las varas en haz alrededor del hacha del lictor.
Así, repitámoslo, los que vienen a decirnos que las
Comunas, una vez desembarazadas de la tutela del Estado, van a chocar y
destruirse en guerras intestinas, olvidan una cosa: la íntima ligazón existente
ya entre las diversas localidades, gracias a los centros de gravitación
industrial y comercial, gracias a la multitud de estos centros, gracias a las
incesantes relaciones. No se dan cuenta de que era la Edad Media la que tenía
sus ciudades clausas y sus caravanas arrastrándose lentamente sobre rutas difíciles,
vigilada por los salteadores de caminos; olvidan los flujos humanos, de
mercancías, de cartas, de telegramas, de ideas
y afectos que circulan entre nuestras ciudades como
las aguas de los ríos que no paran nunca: no tienen una idea neta de la
diferencia entre las dos épocas que tratan de comparar.
Por otra parte, ¿no está ahí la historia para
probarnos que el instinto de federación ha llegado a ser ya una de las
necesidades más urgentes de la humanidad? Basta que un día el Estado se
encuentre desorganizado por una u otra razón, que la máquina opresora se
debilite en sus funciones, para que las libres alianzas nazcan por sí mismas.
Recordemos las federaciones espontáneas de la burguesía armada durante la Gran
Revolución. Recordemos esas federaciones surgidas espontáneamente en España y
que salvaron la independencia del país cuando el Estado estaba roto hasta en
sus fundamentos por los ejércitos conquistadores de Napoleón. Desde el momento
en que el Estado no está siquiera en condiciones de imponer la unión forzada,
la unión surge por sí misma, según las necesidades naturales. Hundid el Estado,
y la sociedad federada surgirá de sus ruinas, verdaderamente una,
verdaderamente indivisible, pero libre y agrandada en solidaridad por la
libertad misma.
Pero hay más. Para el burgués de la Edad Media la
Comuna era un Estado aislado, netamente separado de los otros por sus
fronteras. Para nosotros, Comuna no es ya una aglomeración territorial, sino
sobre todo un nombre genérico, un sinónimo de agrupación de iguales, que no
conocen fronteras ni murallas. La Comuna social dejará muy pronto de ser todo
definido. Cada grupo de la Comuna será necesariamente llevado hacia otros
grupos similares de otras
Comunas; se agrupará, se federará con ellos por
lazos al menos tan sólidos como los que la unen a sus conciudadanos,
constituirá una Comuna de intereses cuyos miembros están diseminados en mil
ciudades y villas. Tal individuo no encontrará la satisfacción de sus
necesidades más que agrupándose con otros individuos con los mismos gustos y
habitando otras cien Comunas.
Hoy ya las sociedades libres comienzan a cubrir
todo el in-menso campo de la actividad humana. No es solamente para satisfacer
sus gustos científicos, literarios o artísticos para lo que el hombre con
tiempo libre constituye sociedades. Tampoco es solamente por una lucha de
clases.
Difícilmente se encontraría una sola de las
manifestaciones múltiples y variadas de la actividad humana que no estuviera ya
representada por sociedades libremente constituidas, y su número aumenta sin
cesar, abarcando cada día nuevos campos de acción, incluso aquellos mismos
otrora considerados como una atribución especial del Estado. Literatura, artes,
ciencias, enseñanza, comercio, industria, tráfico, diversiones, higiene,
museos, empresas lejanas, expediciones polares, incluso la misma defensa del territorio,
apoyo a los heridos, defensa contra las agresiones y tribunales, por doquier
vemos a la iniciativa privada actualizarse y revestir la forma de sociedades
libres. Es la tendencia, el rasgo distintivo de la segunda mitad del siglo XIX.
Esta tendencia, adoptando su libre juego y
encontrando un nuevo campo inmenso de aplicación, servirá de base a la sociedad
futura. Es por libres agrupaciones como se organizará la Comuna social y estas
mismas agrupaciones
romperán las murallas, las fronteras. Serán
millones de Comunas, no ya territoriales sino tendiendo la mano a través de los
ríos, las cadenas de montañas, los océanos, las que unirán a los individuos
diseminados en los cuatro rincones del globo y al pueblo en una sola y misma
familia de iguales.
I
Todos los que tienen un cerebro y un temperamento,
aunque fuera poco revolucionario, están perfectamente de acuerdo en que los
gobiernos actuales deben ser abolidos, a fin de que la libertad, la igualdad y
la fraternidad no sean ya más que vanas palabras y lleguen a ser realidades
vivas, en que todas las formas de gobierno ensayadas hasta nuestros días no han
sido más que otras tantas formas de opresión y deben ser reemplazadas por una
nueva forma de gobierno. A decir verdad, no es preciso ser muy innovador para
llegar a esta conclusión: los vicios del gobierno actual y la imposibilidad de
reformarlos son demasiado notorios como para no saltar a los ojos de todo
observador razonable. Y en cuanto a abolir los gobiernos, se sabe generalmente
que en ciertas épocas eso se hace sin demasiadas dificultades. Hay momentos en
que los gobiernos se rompen casi por sí mis-mos, como castillos de naipes bajo
el soplo del pueblo rebelde. Se ha visto bien en 1848 y en 1870, y se volverá a
ver pronto.
Acabar con un gobierno es todo para un
revolucionario burgués. Para nosotros, no es más que el comienzo de la
revolución social. Una vez paralizada la máquina de Estado, caída la jerarquía
de funcionarios en desorganización, y no sabiendo ya cómo hay que comportarse,
habiendo perdido los soldados la confianza en sus jefes, en suma, una vez en
desbandada el ejército de defensores del capital, se pone ante nosotros la gran
obra de demolición de las instituciones que sirven para perpetuar la esclavitud
económica y política. Si existe la posibilidad de actual libremente, ¿qué van a
hacer los revolucionarios?
A esta cuestión, sólo los anarquistas responden:
«¡Nada de gobierno, anarquía!» Los demás dicen: «¡Un gobierno revolucionario!»
No difieren sino en la forma a dar a este gobierno elegido por sufragio
universal, en el Estado o en la Comuna; los otros se pronuncian por la
dictadura revolucionaria.
¡Un «gobierno revolucionario»! He aquí dos palabras
que suenan muy extrañamente a los oídos de quienes se dan cuenta de lo que debe
significar la revolución social y de lo que significa un gobierno. Dos palabras
que se contradicen, se destruyen una a otra. Se sabe bien, en efecto, que
existen gobiernos despóticos, pues la esencia de todo gobierno es ser la
reacción contra la revolución y tender necesariamente al despotismo; pero jamás
se ha visto un gobierno revolucionario.
Es que la revolución, sinónima de «desorden», de
tropelía, de trastorno en algunos días de las instituciones seculares, de
demolición violenta de las formas de propiedad establecidas, de destrucción de
castas, de transformación
rápida de las ideas admitidas sobre la moralidad o
de la hipocresía que la sustenta, de libertad individual y de acción
espontánea, es precisamente lo opuesto, la negación del gobierno, siendo éste
sinónimo de «orden establecido», de conservadurismo, de sostenimiento de las
instituciones existentes, la negación de la iniciativa y de la acción
individuales. Y sin embargo, escuchamos continuamente hablar de ese mirlo
blanco, ¡como si un «gobierno revolucionario» fuese la cosa más simple del
mundo, tan común y conocida por cada uno como la realeza, el imperio o el
papado!
Que los supuestos revolucionarios burgueses
prediquen esta idea, se comprende. Sabemos lo que ellos entienden por
revolución. Es simplemente una compostura de la república burguesa, es la toma
de posesión por los sedicentes republicanos de empleos lucrativos, reservados
hoy a los bonapartistas o a los realistas. Es, como máximo, el divorcio de la
Iglesia o del Estado, reemplazado por el concubinato de ambos, el secuestro de
bienes del clero en provecho del Estado y sobre todo de los futuros
administradores de esos bienes, acaso el referéndum mismo, o cualquier otra
maquinaria del mismo género. Pero el que revolucionarios socialistas se hagan
los apóstoles de esta idea, no podemos explicárnoslo más que suponiendo una de
estas dos cosas: o bien los que la aceptan están imbuidos de prejuicios
burgueses que han adquirido sin darse cuenta de la literatura y sobre todo en
la historia hecha por la burguesía, penetrados por el espíritu de servilismo
producto de siglos de esclavitud que les impide imaginarse siquiera libres, o
bien no quieren nada de esta
revolución cuyo nombre tienen siempre en los
labios, conformándose con una simple compostura de las instituciones actuales,
a condición de llegar al poder, a costa de hacer más tarde lo que fuere para
tranquilizar a la «bestia», es decir, al pueblo. No quieren a los gobiernos del
día más que para ocupar su lugar. Con esta gente no tenemos nada que razonar.
No hablaremos, pues, más que con quienes se equivocan sinceramente.
Comenzaremos por la primera de las dos formas de
«gobierno revolucionario» que se preconiza, el gobierno elegido.
El poder real o cualquier otro está destruido, el
ejército de los defensores del capital está en retirada; por doquier, la
fermentación, la discusión de la cosa pública, el deseo de caminar hacia
adelante. Surgen ideas nuevas, se comprende la necesidad de cambio serio, es
preciso actuar, comenzar sin piedad la obra de la demolición, a fin de
desmontar el terreno para la vida nueva. Pero ¿qué se nos propone hacer?
Convocar al pueblo para las elecciones, elegir inmediatamente un gobierno,
confiarle la obra que todos y cada uno de nosotros debería hacer por su propia
iniciativa.
Es lo que hizo París tras el 18 de marzo de 1871.
«Siempre me acordaré, nos decía un amigo, de aquellos bellos momentos de la
liberación. Había descendido de mi alta habitación en el barrio latino para
entrar en ese inmenso club en pleno vendaval que llenaba los bulevares de un
extremo a otro de París. Todos discutían sobre la cosa pública, toda
preocupación personal estaba olvidada, no se trataba ya de comprar o vender,
todos estaban prestos a lanzarse en cuerpo y alma al porvenir. Los mismos bur-
gueses, llevados por el ardor universal, veían con
felicidad cómo se abría el mundo nuevo: «Si hay que hacer la revolución social,
sea; pongamos todo en común: ¡estamos prestos!» Los elementos de la revolución
estaban allí, sólo faltaba ponerlos en marcha. Al volver por la noche a mi
habitación, yo me decía: «¡Qué bella es la humanidad. No se la conoce, siempre
se la ha calumniado!» Luego vinieron las elecciones, los miembros de la Comuna
fueron nombrados, y el poder de entrega, el celo de la acción se extinguieron
poco a poco. Cada cual se puso a la faena acostumbrada, diciendo: «Ahora
tenemos un gobierno honesto. Dejémosle hacer. Se sabe lo que sucedió.»
En lugar de actuar por sí mismo, en lugar de
marchar hacia adelante, en lugar de lanzarse ardientemente hacia un nuevo orden
de cosas, el pueblo, confiando en sus gobernantes, dejó en sus manos la
iniciativa. He ahí la primera consecuencia, resultado fatal de las elecciones.
¿Qué harán, pues, esos gobernantes investidos con la confianza de todos?
Nunca hubo elecciones tan libres como las de 1871.
Los mismos adversarios de la Comuna lo han reconocido. Nunca la gran masa de
electores estuvo más imbuida del deseo de enviar al poder a los mejores
hombres, hombres de porvenir, revolucionarios. Y fue lo que hizo. Todos los
revolucionarios de renombre fueron elegidos por mayorías formidables;
jacobinos, blanquistas, internacionalistas, las tres fracciones revolucionarias
se dieron cita en el Consejo de la Comuna. La elección no podía dar mejor
gobernante.
Se conoce el resultado. Encerrados en el Hotel de
Ville, con la misión de proceder en las formas establecidas por los
gobiernos precedentes, estos revolucionarios
ardientes, estos reformadores se encontraron presa de incapacidad, de
esterilidad. Con toda su buena voluntad y su valor, ni siquiera supieron
organizar la defensa de París. Es verdad que hoy se culpa de eso a los hombres,
a los individuos, pero no fueron los individuos la causa de este desencanto,
sino el sistema aplicado.
En efecto, el sufragio universal, cuando es libre,
puede proporcionar, a lo más, una asamblea que represente la media de las
opiniones que circulan en este momento en la masa; y esta media, al comienzo de
la revolución, no tiene generalmente más que una idea vaga, muy vaga, de la
obra a realizar, sin darse cuenta de la modalidad a seguir. ¡Ah, si el grueso
de la nación, de la Comuna pudiese entenderse, antes del movimiento, sobre lo
que habría que hacer una vez echado abajo el gobierno! Si este sueño utópico de
gabinete pudiese realizarse, no hubiéramos tenido siquiera revoluciones
sangrientas: habiéndose expresado la voluntad del grueso de la nación, el resto
se realizaría por las buenas. Pero las cosas no ocurren así. La revolución
estalla antes de que un entendimiento general haya podido establecerse, y
aquellos que tienen una idea neta de lo que habría que hacer al día siguiente
del movimiento no son en ese momento más que una pequeña minoría. La gran masa
del pueblo no tiene aún sino una idea general del fin que quisiera ver
realizado sin saber demasiado cómo marchar hacia ese fin, sin tener demasiada
confianza en la marcha a seguir. La solución práctica no se hallará, no se
precisará más que cuando el cambio haya comenzado, será el producto de la revolución
misma, del pueblo en acción, o no será nada,
pues el cerebro de irnos cuantos individuos es
absoluta-mente incapaz de hallar soluciones que no nazcan de la vía popular.
Es esta situación la que se refleja en el cuerpo
elegido por el sufragio, aunque no tuviera todos los vicios inherentes a los
gobiernos representativos en general. Los pocos hombres que representan la idea
revolucionaria de la época se encuentran ahogados entre los representantes de
las escuelas revolucionarias del pasado o del orden de cosas existentes. Estos
hombres, que serían tan necesarios en medio del pueblo, y precisamente en esas
jornadas de revolución, para sembrar largamente sus ideas, para poner a las
masas en movimiento, para demoler las instituciones del pasado, se encuentran
enclaustrados allí, en una sala, discutiendo para arrancar concesiones a los
moderados, para convertir enemigos, mientras que sólo hay un medio para
llevarles a la idea nueva, el ejecutarla. El gobierno se toma parlamento, con
todos los vicios de los parlamentos burgueses. Lejos de ser un gobierno
«revolucionario», deviene el mayor obstáculo para la revolución, y, para
frenarle, el pueblo se ve forzado a dimitirle, a destituir a quienes ayer aún
aclamaba como sus elegidos. Pero ya no es tan fácil. El nuevo gobierno, que se
ha comprometido en organizar toda una escala administrativa para extender su
dominación y hacerse obedecer, no puede ceder su puesto tan fácilmente. Celoso
de mantener su poder, se aferra a él con toda la energía de una institución que
aún no ha tenido tiempo de caer en una descomposición senil. Está decidido a
oponer la fuerza a la fuerza, y para desalojarlo no hay más que un medio, el de
tomar las armas, volver a hacer una
revolución, a fin de barrer a aquellos en quienes
se había puesto toda esperanza.
¡Y he aquí la revolución dividida! Tras haber
perdido un tiempo precioso en moratorias, va a perder sus fuerzas en divisiones
intestinas entre los amigos del joven gobierno y aquellos que han visto la
necesidad de deshacerse de él. Y todo ello por no haber comprendido que una vía
nueva exige formas nuevas; que no es aferrándose a las antiguas formas como se
opera una revolución. Todo eso por no haber comprendido la incompatibilidad de
revolución y gobierno, por no haber visto que uno, sea cual fuere la forma en
que se presente, es siempre la negación del otro y que, fuera de la anarquía,
no hay revolución.
II
Lo mismo pasa con esa otra forma de «gobierno
revolucionario» que se alaba, la dictadura revolucionaria.
Los peligros a que se expone la revolución, si se
deja amaestrar por un gobierno elegido, son tan evidentes que toda una escuela
de revolucionarios renuncia completamente a esta idea. Comprenden que, para un
pueblo insurgido, es imposible el darse, por la vía de las elecciones, un
gobierno que no represente el pasado y que no sea una cadena atada a los pies
del pueblo, sobre todo cuando se trata de cumplir esa inmensa regeneración
económica, política y moral que llamamos la revolución social. Renuncian, pues,
a la idea de un gobierno «legal», al
menos para el período que es una revuelta contra la
legalidad, y preconizan la «dictadura revolucionaria».
«El partido, dicen, que haya echado abajo el
gobierno, le sustituirá por la fuerza. Tomará el poder y procederá de una
manera revolucionaria. Tomará las medidas necesarias para asegurar el éxito del
levantamiento; demolerá las viejas instituciones; organizará la defensa del
territorio. En cuanto a los que no quieran reconocer su autoridad, la
guillotina; a aquellos, pueblo o burgueses, que se nieguen a obedecer a las
órdenes que lance para regular la marcha de la revolución, más guillotina» He
aquí cómo razonan los Robespierres en ciernes, aquellos que no han retenido de
la gran epopeya del siglo pasado más que su época de declive, aquellos que no
han aprendido de ella más que los discursos de los procuradores de la
república.
Para nosotros, anarquistas, la dictadura de un
individuo o de un partido —en el fondo, la misma cosa— está sentenciada
definitivamente. Sabemos que una revolución social no se dirige por el espíritu
de un solo hombre o de un grupo. Sabemos que revolución y gobierno son
incompatibles; uno debe matar al otro, poco importa el nombre que se dé al
gobierno, dictadura, realeza o parlamento. Sabemos que lo que hace la fuerza y
la bondad de nuestro partido se contiene en su fórmula fundamental: «Nada bueno
y durable se hace más que por la libre iniciativa del pueblo, y todo poder
tiende a matarle.» Por esto los mejores de entre nosotros, si sus ideas no
pasaran por el crisol del pueblo para ser puestas en ejecución, y si llegaran a
ser dueños de ese instrumento formidable, el gobierno, que les permitiese
actuar a su antojo, serían en
ocho horas buenos para apuñalar. Sabemos a dónde
lleva toda dictadura, incluso la mejor intencionada: a la muerte de la
revolución. Y sabemos, en fin, que esta idea de dictadura no es siempre más que
un producto malsano de ese fetichismo gubernamental que, junto con el
fetichismo religioso, ha perpetuado siempre la esclavitud.
Pero hoy no nos dirigimos a los anarquistas.
Hablamos a aquellos revolucionarios gubernamentalistas que, llevados por los
prejuicios de su educación, se equivocaron sinceramente y no encuentran nada
mejor que discutir. Les hablaremos, pues, desde su punto de vista.
Y en primer lugar una observación general. Los que
predican la dictadura no se dan cuenta generalmente de que el sostener ese
prejuicio no hacen más que preparar el terreno a los que les degollarán más
tarde.
Hay, empero, una palabra de Robespierre de la que
sus admiradores harían bien en acordarse.
Él no negaba la dictadura en principio. Pero...
«Guárdate bien, respondía bruscamente a Mandar cuando éste le hablaba, porque
Brissot sería dictador.» Sí, Brissot, el maligno girondino, enemigo encarnizado
de las tendencias igualitarias del pueblo, defensor atroz de la propiedad (que
él sin embargo había calificado de robo), Brissot, que hubiese encarcelado
tranquilamente a Hébert, a Marat y a todos los moderantistas jacobinos.
¡Y este juicio data de 1792! En esta época Francia
llevaba ya tres años de revolución. De hecho, la realeza ya no existía, sólo
faltaba darla el golpe de gracia; de hecho el régimen feudal había sido ya
abolido. Y sin embargo, incluso en esta
época en que la revolución dejaba correr libremente
sus olas, ¡es aún el contrarrevolucionario Brissot quien tenía todas las
posibilidades de ser aclamado dictador! ¿Y qué hubiese ocurrido antes, en 1789?
Mirabeau hubiese sido reconocido jefe del poder.
El hombre que mercadeaba con el rey vendiéndole su
elocuencia hubiese llegado al poder en esta época si el pueblo insurgido no
hubiese impuesto su soberanía apoyado por las picas y si no hubiese procedido
por los hechos consumados de la Jacquerie, haciendo ilusorio todo poder
constituido en París o en los departamentos.
Pero el prejuicio gubernamental ciega tan bien a
los que hablan de dictadura, que prefieren preparar la dictadura de un nuevo
Brissot o de un Napoleón, antes que renunciar a la idea de dar otro amo a los
hombres que rompan sus cadenas.
Las sociedades secretas del tiempo de la
Restauración y de Luis Felipe han contribuido poderosamente a mantener este
prejuicio de la dictadura. Los burgueses republicanos de la época, sostenidos
por los trabajadores, han hecho una larga serie de conspiraciones para quitar
la realeza y proclamar la república. No comprendiendo la transformación
profunda que había de operarse en Francia, incluso para que un régimen
republicano burgués pudiese establecerse, se imaginaban que en medio de una
vasta conspiración echarían abajo la realeza, tomarían el poder y proclamarían
la república. Durante casi treinta años, estas sociedades secretas no cesaron
de trabajar con una dedicación sin límites, una perseverancia y un coraje
heroicos. Si la república salió de manera natural de la insurrección de
febrero de 1848, fue gracias a estas sociedades,
gracias a la propaganda por el hecho que hicieron durante treinta años. Sin sus
dobles esfuerzos, la república hubiese sido imposible hasta hoy.
Su fin era apoderarse ellos mismos del poder,
instalarse como dictadura republicana. Pero como es lógico esto nunca lo
lograron. Como siempre ocurre por la fuerza inevitable de las cosas, no es una
conspiración la que acaba con la realeza. Los conspiradores habían preparado la
decadencia. Habían sembrado largamente la idea republicana; sus mártires habían
cumplido largamente el ideal del pueblo. Pero el último empuje, el que echó
definitivamente abajo al rey de la burguesía, fue mucho más vasto y fuerte que
el que podía venir de una sociedad secreta: vino de la masa popular.
Es conocido el resultado. El partido que había
preparado la caída de la realeza se encontró descartado de las marchas del
Hotel de Ville. Otros, más prudentes para correr al campo de la conspiración,
pero más conocidos, más moderados también, acechando el momento de ocuparse del
poder, ocuparon el lugar que los conspiradores pensaban cumplir al sonido del
cañón. Publicistas, abogados, bellos parlantes que trataban de hacerse un
nombre mientras que los verdaderos republicanos forjaban las armas o expiraban
en presidio, tomaron el poder. Los unos, ya celebres, fueron aclamados por los
papanatas; los otros se promocionaron a sí mismos y fueron aceptados porque su
nombre no representaba nada, sino un programa de acomodo con todo el mundo.
Que no se nos diga que esto era falta de espíritu
práctico por parte del partido de acción. No, y mil veces no. Es una
ley como el movimiento de los astros el que el
partido de acción queda fuera, mientras que los intrigantes y los charlatanes
se apoderan del poder: son más conocidos por la gran masa que da el último
empujón. Reúnen más sufragios, pues, con o sin boletines de voto, por
aclamación o por mediación de las urnas, en el fondo se trata siempre de un
género de elección tácita que se hace en ese momento por aclamación. Son
aclamados por todo el mundo, sobre todo por los enemigos de la revolución que
prefieren promocionar las nulidades, y la aclamación reconoce así como jefes a
aquellos que en el fondo son indiferentes o enemigos del movimiento.
El hombre 137 que fue más que ningún otro la
encarnación de este sistema de conspiración, el hombre que pagó con una vida en
prisión su dedicación a este sistema, lanzó en la víspera de su muerte estas
palabras que son todo un programa: ¡Ni Dios, ni amo!
III
Imaginarse que el gobierno pueda ser echado abajo
por una sociedad secreta y que esta sociedad pueda implantarse en su lugar, es
un error en que han caído todas las organizaciones revolucionarias nacidas en
el seno de la burguesía republicana desde 1820. Pero otros hechos abundan para
poner este error en evidencia. Cuánta
Auguste
Blanqui (1805-1881), gran revolucionario partidario de una dictadura de la
minoría. Véase el prefacio de este libro.
dedicación, cuánta abnegación, cuánta perseverancia
han debido desplegar las sociedades secretas republicanas de la joven Italia, y
sin embargo, todo ese inmenso trabajo, todos esos sacrificios hechos por la
juventud italiana ante los que palidecen incluso los de la juventud
revolucionaria rusa, todos esos cadáveres hacinados en las casamatas de las
fortalezas austríacas y bajo el cuchillo y las balas del asesino, todo eso tuvo
por herederos a los astutos hombres de la burguesía y la realeza. Lo mismo ocurre
en Rusia. Es raro hallar en la historia una organización secreta que haya
obtenido con tan pocos medios resultados tan inmensos como los alcanzados por
la juventud rusa, que haya dado pruebas de una energía y una acción tan
poderosas como las del Comité Ejecutivo. Ha conmovido a ese coloso que parecía
invulnerable, el zarismo, ha hecho además imposible el gobierno autócrata en
Rusia. Y, sin embargo, bien ingenuos son quienes se imaginaron que el Comité
Ejecutivo se apoderaría del poder el día en que la corona de Alejandro
cayera en
el fango, Unos, que trabajaban por hacerse un nombre mientras que los
revolucionarios cavaban sus propias fosas o perecían en Siberia; otros, los
intrigantes, los parlanchines, los abogados, los literatos que echan de tiempo
en tiempo una lágrima, rápidamente secada, sobre la tumba de los héroes y posan
en calidad de amigos del pueblo, he aquí quienes vendrán a ocupar el puesto
vacante del gobierno y gritarán «¡Atrás!» a los «desconocidos» que han
preparado la revolución.
Es inevitable, es fatal, y no puede ser de otro
modo. Pues no son las sociedades secretas, ni siquiera las organizaciones
revolucionarias, quienes dan el golpe de gracia a los
gobiernos. Su función, su misión histórica, es la
de preparar a los espíritus para su revolución. Y cuando los espíritus están
preparados, ayudando las circunstancias exteriores, el último impulso viene no
del grupo iniciador, sino de la masa que queda fuera de las ramificaciones de
la sociedad. El 31 de agosto (1870), París quedó mudo ante las llamadas de
Blanqui. Cuatro días más tarde, proclama la decadencia del gobierno; pero
entonces no son ya los blanquistas quienes inician el movimiento, es el pueblo,
los millones, quienes destronarán al decembrista 138 y aclaman a los farsantes
cuyos nombres han resonado desde hace años a sus oídos. Cuando la revolución va
a estallar, cuando el movimiento se siente en el aire, cuando ha llegado ya con
seguridad el éxito, entonces mil hombres nuevos, sobre los que la organización
secreta no ha ejercido nunca una influencia directa, vienen a unirse al
movimiento, como pajarracos llegados al campo de batalla para zamparse el
despojo de las víctimas. Estos ayudan a dar el último impulso, y no es en las
filas de los conspiradores sinceros e irreconciliables, sino entre los títeres
de feria, donde van a buscar a sus jefes, pues están inspirados de la idea de
que un jefe es necesario. Los conspiradores que mantienen el prejuicio de la
dictadura trabajan, pues, inconscientemente para hacer subir al poder a sus
propios enemigos.
Pero si cuanto acabamos de decir es verdad por
relación a las revoluciones o los motines políticos, es mucho más verdadero aún
por respeto a la revolución que queremos, la revolución social. Dejar
establecer un gobierno cualquiera,
Louis-Napoleón
Bonaparte (Napoleón III) había tomado el poder por el golpe de Estado de 2 de
diciembre de 1851.
un poder fuerte y que se hace obedecer, es frenar
la revolución desde su inicio. El bien que este gobierno podría hacer es nulo,
y el mal inmenso.
En efecto, ¿de qué se trata, qué comprendemos por
revolución? No es un simple cambio de gobernantes. Es la toma de posesión por
el pueblo de toda la riqueza social. Es la abolición de todos los poderes que
no han cesado de poner trabas al desarrollo de la humanidad. Pero ¿es por
decretos emanados de un gobierno como esta inmensa revolución económica puede
realizarse? Hemos visto, en el siglo pasado, al dictador revolucionario polaco
Kosciuszko139 decretar la abolición de la esclavitud personal; pero la esclavitud
continuó existiendo ochenta años después de este decreto 140. Hemos visto la
Convención, la omnipotente Convención, la terrible Convención, como dicen sus
admiradores, decretar el reparto per capita de todas las tierras comunales
tomadas a los señores. Como tantos otros, este decreto siguió siendo letra
muerta, pues, para ponerle en ejecución, hubiese sido necesario que los
proletarios de los campos hiciesen toda una nueva revolución, y que las
revoluciones no se hagan a golpe de decretos. Para que la toma de posesión de
la riqueza social por el pueblo resulte un hecho consumado, es necesario que el
pueblo se sienta a sus anchas, que sacuda la servidumbre a la que está
demasiado habituado, que actúe con cabeza, que marche adelante sin esperar las
órdenes de nadie. Esto impediría la dictadura, aunque fuese la mejor
intencionada del mundo,
Thadée
Kosciuszko (1746-1817), nombrado dictador de Polonia en el año 1794.
Proclamación
del 7 de mayo de 1794, promulgada el 30 de mayo. Si este decreto había sido
puesto en ejecución, significaba, de hecho, la abolición de la servidumbre
personal y de la justicia patrimonial (nota de Kropotkin).
incapaz al mismo tiempo de adelantar la revolución
una sola pulgada.
Pero si el gobierno, aunque fuese un ideal de
gobierno revolucionario, no crea una fuerza nueva ni presenta una ventaja para
el trabajo de demolición que hemos de realizar, menos aún tenemos que contar
con él para la obra de reorganización que debe seguir a la demolición. El
cambio económico que resulte de la revolución social será tan inmenso y
profundo, deberá alterar de tal forma todas las relaciones hoy basadas en la
propiedad y el cambio, que es imposible a uno o varios individuos el elaborar
las formas sociales que deben nacer en la sociedad futura. Esta elaboración de
formas sociales nuevas no puede hacerse más que por el trabajo colectivo de las
masas. Para satisfacer a la inmensa variedad de condiciones y necesidades que
nazcan el día en que la propiedad individual sea demolida, es necesaria la
flexibilidad del espíritu colectivo del país. Toda autoridad exterior no será
más que una traba, un impedimento a este trabajo orgánico que ha de realizarse,
y, por tanto, una fuente de discordias y odios.
Pero ya es tiempo de abandonar esta ilusión, tantas
veces desmentida y tantas veces pagada tan cara, de un gobierno revolucionario.
Ya es tiempo de decir de una vez para siempre y de admitir ese axioma político
de que un gobierno no puede ser revolucionario. Se nos habla de la Convención,
pero olvidamos que las medidas de un carácter revolucionario, por pequeño que
fuere, tomadas por la Convención, fueron la sanción de hechos consumados por el
pueblo, que en estos momentos iba más allá de la vanguardia de sus gobiernos.
Como lo ha dicho Víctor Hugo
con su estilo metafórico, Danton empujaba a
Robespierre, Marat vigilaba y empujaba a Danton, y Marat mismo era empujado por
Cimourdain141 , esa personificación de los clubs de «enragés» y de
revolucionarios. Como todos los gobiernos que la precedieron y siguieron, la
Comuna no fue más que una cadena a los pies del pueblo.
Los hechos que nos enseña la historia son
concluyentes en este sentido: la imposibilidad de un gobierno revolucionario y
la nocividad de lo que se designa por ese nombre son tan evidentes, que
parecería difícil explicarse el encarnizamiento que una cierta escuela que se
autodenomina socialista pone en orden al mantenimiento de la idea del gobierno.
Pero la explicación es bien simple. Es que, por muy socialistas que se digan,
los adeptos de esta escuela tienen otra concepción de la revolución distinta a la
nuestra, que nos incumbe explicar. Para ellos, como para todos los radicales
burgueses, la revolución social es más un asunto del porvenir con el que no hay
que soñar hoy. Lo que ellos desean en el fondo de su corazón es, sin osar
confesarlo, otra cosa. Es la instalación de un gobierno parecido al de Suiza o
de los Estados Unidos, que hace algunas tentativas de apropiación para el
Estado de lo que ellos llaman ingeniosamente «servicios públicos». Es una cosa
que tiene algo del ideal de Bismarck y del sastre que llega a la presidencia de
los Estados Unidos. Es un compromiso, hecho de antemano, entre las aspiraciones
socialistas de las masas y los apetitos de los burgueses. Ellos querrían la
expropiación completa, pero no se sienten con el
Cimourdain,
héroe de la novela de Víctor Hugo Quatre-vingt treize, 1873; cfr. Kropotkin, La
Grande Révolution, 1909; hay traducción española (N. del T.); Daniel Guérin, La
Lutte de classes sous la Premiere République (1793-1797), nueva edición de
1969.
valor de intentarla, la reenvían al siglo próximo,
y, antes de la batalla, entran ya en negociación con el enemigo.
Para nosotros, que comprendemos que llega el
momento de dar a la burguesía un golpe mortal, que no está lejos el momento en
que el pueblo pueda poner la mano sobre toda la riqueza social y reducir la
clase de explotadores a la impotencia, para nosotros, digo, no puede haber
duda. Nos lanzamos con cuerpo y alma a la revolución social, y, como en esta
vía cualquier gobierno, fuese el que fuese el gorro con que se cubriese, es un
obstáculo, reduciremos a la impotencia y barreremos a los ambiciosos a medida
que lleguen a imponerse para gobernar nuestros destinos.
¡Basta de gobiernos, hagamos lugar al pueblo, a la
anarquía!
LA ANARQUIA, SU FILOSOFIA, SU IDEAL (1896)
(Extractos)
Que una sociedad llegada a la posesión de todas las
riquezas acumuladas en su seno pueda asegurar largamente la abundancia para
todos a cambio de cuatro o cinco.horas por día de trabajo efectivo y manual en
la producción, eso tiene el asentimiento unánime de cuantos han reflexionado en
esta cuestión. Si cada uno acostumbrase desde su infancia a conocer de dónde
viene el pan que come, la casa
que habita, el libro que estudia, y así
sucesivamente, y si cada uno acostumbrase a completar el trabajo del
pensamiento por el trabajo del brazo en cualquier rama de la producción manual,
la sociedad podría fácilmente darse á esta tarea, sin contar siquiera con las
simplificaciones de la producción que nos reserva un porvenir más o menos
próximo.
Basta, en efecto, en pensar un momento en el
derroche inaudito, inimaginable, de las fuerzas humanas que se hace hoy, para
concebir lo que una sociedad civilizada puede producir con una pequeña cantidad
de trabajo de cada uno, y qué obras grandiosas podría emprender, que hoy están
fuera de duda. Desgraciadamente, la metafísica a la que se llama economía
política no se ha ocupado nunca de lo que debía constituir su esencia, la
economía de fuerzas.
Sobre la posibilidad de la riqueza en una sociedad
comunista, equipada como lo estamos nosotros, no hay dudas. Allí donde hay
dudas es cuando se trata de saber si semejante sociedad puede existir sin que
el nombre se someta en todos sus actos al control del Estado, si no es
necesario, para llegar al bienestar, que las sociedades europeas sacrifiquen el
poco de libertad personal que han conquistado en este siglo, al precio de
tantos sacrificios.
Una parte de los socialistas afirma que es
imposible llegar a un resultado semejante sin sacrificar su libertad al altar
del Estado.
Otra, a la que pertenecemos, pretende por el
contrario que solamente por la abolición del Estado, por la conquista de la
libertad entera del individuo, por la libre entente, la asociación y federación
absolutamente libres, podremos
llegar al comunismo, a la posesión común de nuestra
herencia y a la producción en común de todas las riquezas.
Es esa la cuestión que prima sobre todas las demás
en este momento y que el socialismo debe resolver so pena de ver todos sus
esfuerzos comprometidos, todo su desarrollo ulterior paralizado.
Si cada socialista quiere dar marcha atrás en sus
recuerdos recordará sin duda la cantidad de prejuicios que se despertaron en él
cuando llegó la primera vez en que pensó en la abolición del sistema
capitalista, de la apropiación privada del suelo y de los capitales como
necesidad histórica.
Lo mismo se produce en quien oye decir por vez
primera que la abolición del Estado, de sus leyes, de su sistema entero de
gerencia, de gubernamentalismo y de centralización, llega a ser también una
necesidad histórica, que la abolición de uno sin la otra es materialmente
imposible. Toda nuestra educación, hecha —notémoslo bien— por la Iglesia y por
el Estado, en interés de los dos, se rebela contra esta concepción.
¿Es, sin embargo, menos justa por eso? ¿Y ha de
sobrevivir el prejuicio del Estado en el holocausto de los prejuicios que ya
hemos hecho por nuestra emancipación?
Si el trabajador sigue estando asalariado, seguiría
siendo esclavo de aquel a quien se viera obligado a vender su fuerza, sea el
comprador un sujeto particular, o sea el Estado.
En el espíritu popular, en esa suma de millares de
opiniones que atraviesan los cerebros humanos, se oye
también decir que, si el Estado hubiera de
sustituir al patrón en su papel de comprador y de monopolizador de la fuerza de
trabajo, sería ello una tiranía odiosa. El hombre del pueblo no razona sobre la
base de abstracciones, piensa en términos concretos, y por esta razón siente
que la abstracción «Estado» revestiría para el la forma de numerosos
funcionarios, tomados entre sus camaradas de industria o de taller, y sabe a
qué atenerse respecto a sus virtudes; excelentes camaradas hoy, mañana llegan a
ser gerentes insoportables. Y busca la constitución social que elimine los
males actuales sin crear nuevos males.
Por esta razón, el colectivismo no ha apasionado
nunca a las masas, que vuelven siempre al comunismo, pero a un comunismo cada
vez más despojado de la teocracia y del autoritarismo jacobino de los años
cuarenta, al comunismo libre, anarquista.
Yo diría todavía más. Refiriendo continuamente mi
pensa-miento a todo lo que hemos visto durante este cuarto de siglo en el
movimiento social europeo, no puedo evitar de creer que el socialismo moderno
está forzosamente obligado a dar un paso hacia adelante en la dirección del
comunismo libertario.
KROPOTKIN EN LA REVOLUCIÓN RUSA
Aunque el papel de los anarquistas en la revolución
rusa sea tratado en el tomo siguiente de esta antología, ha sido
necesario seguir un plan cronológico. En efecto,
para no separar las distintas obras de Kropotkin, hemos preferido saltar por
encima de un cierto número de años y llegar directamente a los importantes
servicios del «príncipe anarquista» 142 , cuando volvió a su país natal tras la
revolución de octubre del año 1917.
Carta a Georges Brandes (1919)
Muy querido amigo 143:
Por fin se presenta una ocasión de escribirle, y me
apresuro a hacerlo sin estar seguro, por lo demás, de que esta carta le llegue.
Nosotros dos le agradecemos cordialmente el
fraternal interés que se ha tomado por su viejo amigo, cuando se produjo la
noticia de mi arresto. Era absolutamente falso, así como los informes
referentes al estado de mi salud.
La persona que le llevará esta carta le contará la
vida aislada que llevamos en nuestra pequeña ciudad de provincia: a mi edad es
materialmente imposible tomar parte en los asuntos públicos de una revolución,
y ocuparse de ella en plan amateur no está en mi naturaleza. El pasado inverno,
en Moscú, trabajé con un grupo de colaboradores para elaborar los elementos de
una república federalista. Pero el grupo hubo de dispersarse y yo me dediqué a
un trabajo sobre la ética que había comenzado hace quince años en Inglaterra.
George
Woodcok y I. Avakoumovich, Pedro Kropotkin, el príncipe anarquista (traducción
española de Editorial Júcar, 1977).
Georges
Brandes (1842-1927), célebre crítico literario danés.
Todo lo que puedo hacer ahora es darle una idea
general de la situación en Rusia, de la que en mi opinión no se dan cuenta
exacta en Occidente. Una analogía tal vez lo explique.
Atravesamos en este momento lo que Francia vivió
durante la revolución jacobina, de septiembre de 1792 a julio de 1794, con la
diferencia de que ahora es una revolución social la que busca su camino.
El método dictatorial de los jacobinos fue falso.
No pudo crear una organización estable, y forzosamente acabó en reacción. Pero
los jacobinos cumplieron sin embargo, en junio de 1793, la abolición de los
derechos feudales comenzada en 1789, que ni la constituyente ni la legislativa
quisieron acabar. Y proclamaron altamente la igualdad política de todos los
ciudadanos. Dos inmensos cambios fundamentales que, en la corriente del siglo
XIX, dieron la vuelta a Europa.
Un hecho análogo se produjo en Rusia. Los
bolcheviques se esforzaron por introducir, por la dictadura de una fracción del
partido socialdemócrata, la socialización del suelo, de la industria y del
comercio. Este cambio que se esfuerzan por realizar es el principio fundamental
del socialismo. Desgraciadamente, el método por el que buscan imponer, en un
Estado fuertemente centralizado, un comunismo que recuerda al de Babeuf,
paralizando el trabajo constructivo del pueblo, ese método hace absolutamente
imposible el triunfo. Esto nos prepara una reacción furiosa, terrible, que ya
trata de organizarse para restablecer el antiguo régimen, aprovechándose del
agotamiento general, producido primero por la guerra, luego por el hambre que
padecemos en Rusia central, y por la desorganización completa del
cambio y de la producción, inevitables durante una
revolución tan vasta, realizada por decretos.
Se habla, en Occidente, de restablecer el «orden»
en Rusia por una intervención armada de los aliados. Pues bien, querido amigo,
ya sabe cuán criminal fue para todo el progreso social de Europa —en mi
opinión— la actitud de quienes trabajaron por desorganizar la fuerza de
resistencia de Rusia, lo que prolongó la guerra en un año, nos proporcionó la
invasión alemana bajo aspecto de tratado, e hizo correr ríos de sangre el
evitar que Alemania, dominadora, aplastase a Europa bajo la bota imperial.
Usted conoce bien mis sentimientos sobre este punto 144.
Y sin embargo, yo protesto con todas mis fuerzas
contra toda clase de intervención armada de los aliados en los asuntos rusos.
Esta intervención tendría por consecuencia un acceso de chauvinismo ruso. Nos
llevaría a una monarquía chauvinista —ya se ven sus indicios— y, note bien
esto, producirá en el conjunto del pueblo ruso una actitud hostil hacia Europa
occidental, actitud que tendrá las más tristes consecuencias. Los americanos ya
lo han comprendido muy bien.
Se piensa que sosteniendo al almirante Koltchak y
al general Denikin 145 se apoya a un partido liberal,
Kropotkin
había tomado parte, durante la guerra de 1914-1918, a favor de los
imperialismos occidentales contra los imperios centrales, en una declaración
conocida bajo el nombre de «Manifiesto de los dieciséis». Esta negativa de los
principios fundamentales del anarquismo fue desmentida por los
anarquistas-comunistas, como veremos en el tomo siguiente.
36 Alexis Klotchak (1874 -1920), almirante ruso
blanco, vencido y fusilado por los bolcheviques; general Antón Denikine
(1872-1947), general ruso blanco, finalmente vencido por los mismos.
republicano. Pero esto es un error. Fuesen las que
fuesen las intenciones personales de estos dos jefes militares, el gran número
de los que se han agrupado alrededor de ellos tienen otras intenciones.
Forzosamente, lo que nos darían sería una vuelta a la monarquía y ríos de
sangre.
Aquellos aliados que ven claro en los
acontecimientos deberían, pues, repudiar la intervención armada. Tanto más,
cuanto que si quieren realmente apoyar a Rusia, tendrán una tarea inmensa en
otra dirección.
Nos falta pan en toda la inmensa latitud de las
provincias centrales y septentrionales. Es el hambre con todas sus
consecuencias. Toda una generación se debilita. ¡Y se nos niega el derecho a
comprar pan en Occidente! ¿Por qué? ¿Será para darnos un Romanoff?
Por doquier en Rusia nos faltan mercancías
fabricadas. El campesino paga precios locos por una hoz, un hacha, algunos
clavos, una aguja, un metro, no importa qué material, mil rublos las cuatro
ruedas de hierro de una mala carreta rusa. En Ucrania es aún peor: no hay
mercancía a ningún precio.
En lugar de adoptar la actitud que Austria, Prusia
y Rusia adoptaron en 1793 respecto a Francia, los aliados hubieran debido hacer
todo para ayudar al pueblo ruso a salir de esta terrible situación. Por otra
parte, se derramarían ríos de sangre para hacer volver al pueblo ruso al
pasado, no se lograría. Hay que construir un nuevo porvenir para la elaboración
constructiva de una vida nueva, que ya se columbra, pese a todo, a lo que los
aliados deberían ayudamos. ¡Sin tardar, venid a ayudar a nuestros hijos! ¡Venid
a ayudarnos en el trabajo constructivo necesario! Y
para eso, que no se nos envíen diplomáticos y
generales, sino pan; útiles para producirle y organizadores que tan bien han
sabido ayudar a los aliados durante estos terribles cinco años para evitar la
desorganización económica a rechazar la invasión bárbara de los alemanes.
Me dicen que debo terminar esta carta, ya demasiado
larga. Lo hago, con un abrazo fraterno.
Cómo el comunismo no debe ser introducido (Carta a
los trabajadores de Europa occidental)
Dmitrov, gobierno de Moscú, 28 de abril de 1919
Se me ha preguntado si yo no tenía un mensaje que
dirigir a los obreros del mundo occidental. Seguramente hay mucho que decir y
aprender de los actuales sucesos de Rusia. Como la carta podría ser larga,
indicaré sólo los puntos principales.
En principio, los obreros del mundo civilizado y
sus amigos de otras clases deben comprometer a sus gobiernos a abandonar
enteramente la idea de una intervención armada en los asuntos de Rusia, sea de
forma abierta o camuflada, militar o bajo apariencia de subvenciones a
diferentes naciones.
Rusia atraviesa en este momento una revolución de
la misma profundidad e importancia que la de Inglaterra de 1639-1648 y Francia
de 1789-1794. Toda nación debe evitar el papel deshonroso de Inglaterra,
Prusia, Austria y Rusia durante la revolución francesa.
Además, hay que considerar que la revolución rusa
que trata de edificar una sociedad en que toda la producción de los esfuerzos
combinados del trabajo, la habilidad técnica y los conocimientos científicos,
irían enteramente a la comunidad, no es un simple accidente en la lucha de los
partidos. Ha sido preparada por casi un siglo de propaganda comunista y
socialista desde tiempos de Robert Owen, Saint Simón y Fourier 146 . Y aunque
la tentativa de introducir la nueva sociedad por medio de la dictadura de un partido
está aparentemente condenada a un fracaso, hay que reconocer que la revolución
ha introducido ya en nuestra vida cotidiana nuevas concepciones sobre los
derechos del trabajo, su verdadera posición en la sociedad, y los deberes de
cada ciudadano, y que todo ello subsistirá.
No sólo los obreros, sino todos los elementos
progresistas de las naciones civilizadas deben dejar de apoyar como hasta ahora
a los adversarios de la revolución. No se trata de que no haya nada que
combatir en los métodos del gobierno bolchevique. ¡Bien lejos de eso! Pero toda
intervención armada de una potencia extranjera provoca necesariamente un
reforzamiento de las tendencias dictatoriales de los gobiernos, y paraliza los
esfuerzos de los rusos prestos a ayudar a Rusia, independientemente de su gobierno,
en la restauración de su vida.
Los males inherentes a la dictadura de partido han
sido, pues, acrecentados por las condiciones de guerra en medio de las cuales
este partido se mantiene. El estado de guerra ha sido un pretexto para reforzar
los métodos dictatoriales
Owen,
Saint-Simon, Fourier, socialistas «utópicos»; este último, francés, fundador de
la escuela falansteriana, teórico de la armonía universal.
del partido, así como su tendencia a centralizar
cada detalle de la vida en las manos del gobierno, lo que ha tenido por efecto
el parar la inmensa rama de actividades usuales de la nación. Los males
naturales del comunismo de Estado han sido decuplicados, so pretexto de que
todas las miserias de nuestra existencia se deben a la intervención de los
extranjeros.
Debo, por lo demás, señalar que, si la intervención
militar de los aliados continúa, desarrollará ciertamente en Rusia un
sentimiento amargo respecto a las naciones occidentales, sentimiento que será
utilizado cada día en los conflictos futuros. Esta acritud existe ya.
En breve; ha llegado el tiempo de que las naciones
de Europa occidental entren en relaciones directas con la nación rusa. Y desde
este punto de vista, vosotros, la clase obrera y los elementos avanzados de
todas las naciones, debéis tener vuestra palabra que decir.
Una palabra más sobre la cuestión general. El
restablecimiento de relaciones entre las naciones europeas y americanas y Rusia
no significa en modo alguno la supremacía de la nación rusa sobre las
nacionalidades que componían el imperio del zar. La Rusia imperial ha muerto y
no resucitará. El porvenir de sus diferentes provincias se orienta en el
sentido de una gran federación. Los territorios naturales de las diferentes
partes de esta federación son completamente distintos, como lo saben aquellos
de entre nosotros familiarizados con la historia de Rusia, su etnografía y su
vida económica. Todo esfuerzo por reunir, bajo una ley central, a las partes
que constituyen el imperio ruso, Finlandia, las provincias bálticas, Lituania,
Ucrania,
Georgia, Armenia, Siberia, etc., está condenado
seguramente al fracaso. Es, pues, útil que las naciones occidentales declaren
que reconocen el derecho a la independencia de cada parte del antiguo imperio
ruso.
Mi opinión es que esta revolución continuará. Veo
venir el tiempo próximo en que cada parte de esta federación será ella misma
una federación de comunas rurales y de villas libres. Y aún creo que ciertas
partes de Europa occidental adoptarán bien pronto la dirección de este
movimiento.
Por lo que hace a nuestra situación económica y
política, siendo la revolución rusa la continuación de las dos grandes
revoluciones de Inglaterra y de Francia, trata de progresar allí donde Francia
se ha detenido cuando llegó a poner en pie lo que se llamaba la igualdad de
hecho, es decir, la igualdad económica.
Desgraciadamente, esta tentativa ha sido hecha, en
Rusia, bajo la dictadura fuertemente centralizada de un partido, los
socialdemócratas maximalistas. Esto había sido intentado de la misma forma que
la conspiración de Babeuf, extremadamente centralizada y jacobinista. Debo
confesar francamente que, en mi opinión, esta tentativa de edificar una
república comunista sobre la base de un comunismo de Estado fuertemente
centralizado, bajo la ley de hierro de la dictadura de un partido, está a punto
de llegar a un fracaso. Aprendemos a conocer en Rusia cómo el comunismo no debe
introducirse, ni siquiera por una población fatigada por el antiguo régimen y
que no opone ninguna resistencia activa a la experiencia hecha por los nuevos
gobernantes. La idea de los soviets, es decir, de los consejos obreros y
campesinos, preconizada primeramente en la tentativa
revolucionaria de 1905 y luego realizada en la de
febrero de 1917, tan pronto como el zarismo fue echado abajo, la idea de tales
consejos controlando la vida política y económica del país es una gran idea.
Tanto más cuanto que conduce necesariamente a la
idea de que esos consejos deben estar compuestos por todos aquellos que toman
una parte real en la producción de la riqueza nacional por su propio esfuerzo
personal.
Pero si un país está gobernado por la dictadura de
un partido durante largo tiempo, los consejos de obreros y campesinos pierden
evidentemente toda su significación. Se reducen al papel pasivo jugado
antiguamente por los estados generales y los parlamentos, cuando estaban
convocados por el rey y tenían que combatir un consejo real todopoderoso.
Un consejo de trabajo cesa de ser un consejero
libre y serio cuando no hay libertad de prensa en el país, y nosotros nos
hallamos en esta situación tras casi dos años, so pretexto de estar en estado
de guerra.
Más aún, los consejos de obreros y campesinos
pierden toda significación cuando las elecciones no están precedidas por una
campaña electoral libre, y cuando las elecciones son hechas bajo la presión de
la dictadura de un partido. Naturalmente, la excusa habitual es que una ley
dictatorial es inevitable como medio de combatir al antiguo régimen.
Pero una ley semejante resulta evidentemente un
retroceso desde el momento en que la revolución se dedica a la construcción de
una nueva sociedad sobre una nueva
base económica. Ella llega a ser una condena a
muerte para la nueva construcción.
Las maneras de echar abajo un gobierno ya enfermo
son bien conocidas por la historia, antigua y moderna. Pero cuando hay que
crear nuevas formas de vida, especialmente nuevas formas de producción y de
cambio, sin tener ejemplos que imitar, cuando hay que construir todo sobre la
marcha, cuando un gobierno emprende la tarea de proporcionar a cada habitante
un fanal y lumbre, se muestra absolutamente incapaz de hacerlo con sus
funcionarios, por ilimitado que sea el número de éstos, y ese gobierno llega a
ser dañino. Desarrolla una burocracia tan formidable, que el sistema
burocrático francés, que exige la intervención de cuarenta funcionarios para
vender un árbol abatido por una tempestad sobre un camino nacional, es una
bagatela en comparación con él. Y es esto lo que hoy vemos en Rusia. Y es lo
que vosotros, trabajadores de Occidente, podéis y debéis evitar por todos los
medios porque os tomáis en serio el éxito de una reconstrucción social. Enviad
aquí vuestros delegados para ver cómo una revolución social trabaja en la vida
real.
El inmenso trabajo constructivo que exige una
revolución social no puede realizarse por un gobierno central, aun cuando tenga
para guiarle algo más sustancial que algunos manuales socialistas y
anarquistas. Necesita conocimientos, el cerebro y la colaboración voluntaria de
una multitud de fuerzas locales y especializadas que, sólo ellas, pueden atacar
con éxito la diversidad de los problemas económicos en sus aspectos locales.
Rechazar esta colaboración y limitarse al genio de los dictadores del partido
es destruir el
núcleo independiente, tales las trade unions
(llamadas en Rusia uniones profesionales) y las organizaciones corporativas
locales, cambiándolas en órganos burocráticos del partido, como es el caso
actualmente. Pero es justamente este el medio para no cumplir la revolución,
para hacerla imposible. Y es la razón por la cual considero mi deber poneros en
guardia contra tales directivas.
Los conquistadores imperialistas de todas las
nacionalidades pueden desear que las poblaciones del ex imperio ruso sigan
estando el mayor tiempo posible en miserables condiciones económicas y que se
vean igualmente condenadas a aprovisionar a Europa occidental y central de
materias primas, mientras que las industriales occidentales ingresarán todos
los beneficios que los rusos hayan podido sacar con su trabajo. Pero las clases
obreras de Europa y América, así como las centrales intelectuales de estos países,
comprenden con seguridad que sólo la victoria podría mantener a Rusia en este
servilismo. A la vez, las simpatías que nuestra revolución encontró por doquier
en Rusia y América muestran que os sentisteis felices al saludar en Rusia un
nuevo miembro de la confraternidad internacional de naciones. Y seguramente
también os deis pronto cuenta de que está en juego el interés de todos los
trabajadores del mundo el que Rusia salga lo más pronto posible de las
condiciones que paralizan actualmente su desarrollo.
Unas palabras más. La última guerra ha inaugurado
nuevas condiciones de guerra para el mundo civilizado. El socialismo hará
seguramente progresos considerables y nuevas formas de vida más independiente
serán creadas ciertamente,
basadas sobre la libertad local y la iniciativa
edificadora, de una manera pacífica, o por medios revolucionarios, si los
partidos inteligentes de las naciones civilizadas no colaboran en una
reconstrucción inevitable.
Pero el éxito de esta reconstrucción dependerá en
gran parte, de la posibilidad de cooperación estrecha de las diferentes
naciones. Para alcanzar este fin, es preciso que las clases obreras de todas
las naciones estén estrechamente unidas, y que la idea de una gran
Internacional de todos los trabajadores del mundo sea renovada, no ya bajo la
forma de una unión dirigida por un solo partido, como fue el caso de la II
Internacional, y como es de nuevo el caso de la Tercera. Parecidas uniones
tienen naturalmente plena razón de existir, pero fuera de ellas, y uniéndolas a
todas, debe haber una unión de todos los sindicatos del mundo, de todos los que
produzcan la riqueza del mundo, federados para librar a la producción mundial
de su presente sometimiento al capital.
Última visita a Kropotkin por Vilkens 147
(Diciembre de 1920)
Kropotkin tiene setenta y ocho años. Pese a la
edad, su pensamiento ha conservado toda su lucidez. Camina tan ligeramente como
cualquiera de nosotros. Su memoria es inagotable. Nos habla del tiempo de la
Comuna y nos cuenta
Extraído
del periódico Le Líber taire, 28 de enero de 1921.
Retalles nimios, como si hubieran pasado ayer. Nos
narra también episodios de su juventud, cuando exploraba la Siberia y las
fronteras de China, con la misma vivacidad que un joven escolar.
(...) La conversación trata ahora de la revolución
rusa. Kro-potkin se confirma más que nunca en sus opiniones: los comunistas,
con sus métodos, en lugar de poner al pueblo en el camino del comunismo,
acabarán por hacerle odiar hasta su nombre.
Son sinceros, tal vez, pero su sistema les impide
introducir en la práctica el menor principio del comunismo. Y, constatando que
la obra revolucionaria no avanza, auguran los comunistas que «el pueblo no está
decidido a avalar sus decretos, que hace falta tiempo, experiencias». Es
lógico: la historia de las revoluciones políticas se repite. Lo más triste es
que no reconocen en modo alguno, ni quieren reconocer sus errores, y cada día
quitan a la masa un pedazo de las conquistas de la revolución, en beneficio del
Estado centralista.
En todo caso, dice, la experiencia de la revolución
no está perdida para el pueblo ruso, que se ha despertado y marcha hacia
mejores destinos. Cuatro años de revolución hacen más, a la hora de dar
conciencia a un pueblo, que un siglo pasado vegetando.
—¿Qué piensa usted del porvenir de la revolución, y
qué fuerza podría, en su opinión, subsistir ventajosamente a los comunistas?
—No hay que contar demasiado con la resistencia
indefinida de las masas para sostener a los bolcheviques.
Ellos mismos, con sus métodos, acaban por
desinteresarles. Pero disponen de un poderoso aparato militar que, a base de
disciplina, tiene el papel de los ejércitos burgueses. En todo caso, los
bolcheviques caerán más por sus propios errores y por su política, habrán
facilitado a la Entente el advenimiento de la reacción, que el pueblo teme
mucho, porque cada cual tendría cuentas que rendir a los blancos.
—¿Y si por desgracia la reacción llega, cree usted
que el poder de reacción mismo se afianzaría?
—No lo creo. A lo más, podría durar algunos años,
pero el pueblo, un momento abatido, reaccionaría a la fuerza, y la nueva
revolución tendría la experiencia y marcharía de concierto con las
realizaciones Revolucionarias de Europa.
—¿Y cuál debe ser la actitud del proletariado
mundial res-pecto a la revolución actual?
—Sin duda alguna el continuar defendiéndola, no con
palabras, sino con hechos, pues la hostilidad burguesa bajará en razón de la
actitud firme de la clase obrera. Y eso será igualmente, para el proletariado
mundial, una buena gimnasia revolucionaria. Pero no hay que confundir la
defensa de la revolución con la idolatría: el proletariado mundial debe
prepararse para sobrepasar el ejemplo ruso y evitar de antemano todos los
obstáculos en la participación efectiva de las masas y no dejarse llevar por
fórmulas falsas.
Recuerdos de Kropotkin Por Emma Goldman 148
Extraídos
de Emma Goldman, Living my Life, 1934. Emma Goldman (1869-1940), de origen
judío ruso, emigra a los Estados Unidos en 1886 y se hace anarquista. Campeona
de
(Estábamos en Moscú) cuando recibimos una noticia
de Dmitrov diciendo que nuestro viejo camarada Pedro Kropotkin había sido
abatido por una neumonía. El choque fue tanto mayor cuanto que nosotros
habíamos visitado a Pedro en julio y le habíamos encontrado con buena salud y
humor. Parecía más joven y de mejor aspecto que cuando le habíamos visto en
marzo último. El poder de sus ojos y su vivacidad nos le habían mostrado en una
condición excelente. La casita de Kropotkin estaba radiante bajo el sol de verano,
con todas sus flores y el huerto de Sofía en plena floración. Pedro nos había
hablado con mucho entusiasmo de su compañera y de sus talentos de jardinera.
Cogiéndonos a Sacha 149 y a mí por la mano, nos llevó, con una exuberancia
infantil, al lugar en que Sofía había plantado una clase especial de ensaladas.
Había logrado obtener ejemplares tan gordos como coles, con hojas rizadas y
deliciosas. El mismo había cavado la tierra, pero la
los derechos de la mujer, del control de la
natalidad, de la libertad individual y sexual, publicó un periódico, Mother
Earth, y, más tarde, las admirables memorias Living my Life. En 1919, bajo el
apogeo de la historia antianarquista, fue deportada de los Estados Unidos a la
Rusia soviética. Allí permaneció hasta la revolución de Kronstadt (1921). Luego
volvió a Europa y América, donde continuó escribiendo infatigablemente y dando
conferencias. Vino a España en 1936.
«Sacha»,
apodo familiar de Alexandre Berkman (1870-1936), también él de origen
judeo-ruso, emigrado a los Estados Unidos en 1888. Queriendo sostener a los
huelguistas en su lucha contra los profesionales en romper la huelga, disparó,
en 1892, en Pittsburg, contra el magnate de la siderurgia, Henry Clark Frick,
que fue ligeramente herido. Condenado el primero de marzo de 1893 a veintiún
años de prisión y a purga de catorce, fue defendido sin parar por Emma Goldman.
Con ella fue detenido y deportado, en 1919, a la Rusia soviética. En diciembre
de 1921, tras la represión de Kronstadt, y tras la ejecución de Fanny Barón,
abandonó Rusia hacia Alemania primero, y luego hacia Francia. Enfermo, se
suicidó en Nice. Autor de las Mémoires de prison d’un anarchiste (1912) y del
Mythe bolchevique (1922), ambos en inglés.
verdadera experta era Sofía, repetía él. Su
colección de patatas del invierno último había sido tan buena, que había tenido
suficientes como para cambiar el excedente por forraje para su vaca, e incluso
para compartir con sus vecinos de Dmitrov, que tenían pocas legumbres. Nuestro
querido Pedro había jugueteado en su jardín hablando de todas estas cosas como
si fuesen acontecimientos mundiales. El espíritu juvenil de nuestro camarada
había sido contagioso, nos arrastró a todos por su encanto y su ingenuidad.
Por la tarde, en su estudio, volvió a ser de nuevo
el sabio y el pensador, claro y penetrante en su juicio sobre las personas y
los acontecimientos. Habíamos discutido de la dictadura, de los métodos
impuestos a la revolución por la necesidad y de los inherentes a la naturaleza
del partido. Yo quería que Pedro me ayudase a comprender mejor la situación que
amenazaba mi fe en la revolución y las masas. Pacientemente, y con la ternura
que se prodiga a un niño enfermo, había tratado de calmarle. Afirmaba que no
había razón para desesperar. Comprendía mi conflicto interior, decía, pero
estaba seguro de que con el tiempo yo aprendería a distinguir entre revolución
y régimen. Eran dos mundos aparte y el abismo entre ellos iba a hacerse
forzosamente cada vez mayor con el curso del tiempo. La revolución rusa era
mucho más grande que la francesa, y de una significación más poderosa para el
mundo entero. Había marcado profundamente la vida de las masas por doquier, y
nadie podía prever la riqueza de la cosecha que la humanidad iba a recoger. Los
comunistas que compartían irrevocablemente la idea de un Estado centralizado
estaban
condenados a dirigir mal el curso de la revolución.
Siendo su meta la supremacía política, se habían vuelto inevita-blemente los
jesuitas del socialismo, que justificaban todos los medios para llegar a los
fines. Sus métodos paralizaban la energía de las masas y aterrorizaban a las
gentes. Pero sin el pueblo, sin la participación directa de los trabajadores en
la reconstrucción del país, nada creador y esencial podría realizarse.
Nuestros propios camaradas, había continuado
Kropotkin, habían olvidado en el pasado tener suficientemente en cuenta los
elementos fundamentales de una revolución social. El factor básico en tal
levantamiento era la organización de la vida económica del país. La revolución
rusa probaba que debíamos prepararnos en eso. Había llegado a la conclusión de
que el sindicalismo iba probablemente a proporcionar aquello que más falta
hacía en Rusia: un instrumento por el que podría efectuarse la construcción
económica y social del país. Se refería al anarcosindicalismo, indicando que un
sistema semejante, gracias a la ayuda de las cooperativas, salvaría las
revoluciones futuras de los errores fatales y de los terribles sufrimientos por
los que pasaba Rusia.
Yo me acordaba vivamente de todo esto al recibir la
triste nueva de la enfermedad de Kropotkin. No podía pensar en partir para
Petrogrado sin haber visto a Pedro de nuevo. Enfermeras eficaces eran raras en
Rusia. Yo podría cuidarle, y al menos hacer eso por mi querido maestro y amigo.
Supe que la hija de Pedro, Alejandra, se encontraba
en Moscú y que se disponía a salir para Dmitrov. Ella me informó de que una
enfermera muy competente, una rusa
que había estudiado en Inglaterra, estaba encargada
de cuidarle. Estando ya su pequeña casita demasiado llena de gente, me aconsejó
ella no importunar a Pedro por el momento. Ella partió hacia Dmitrov y quedó en
telefonearme respecto al estado de su padre y la utilidad de mi visita.
Apenas había llegado a Petrogrado cuando Mme.
Ravich me telefoneo para decirme que se me llamaba con urgencia de Dmitrov.
Ella había recibido un mensaje desde Moscú pidiendo que yo fuera
inmediatamente. Pedro estaba peor y la familia le había rogado que me dijera
que viniese inmediatamente.
Mi tren fue asaltado por una terrible tempestad de
nieve y llegamos a Moscú con diez horas de retraso sobre el horario previsto.
No había tren para Dmitrov hasta el día siguiente por la tarde y las carreteras
estaban bloqueadas por montañas de nieve demasiado altas como para que un coche
pudiera transitar por ellas. Los hilos telefónicos estaban caídos y no había
medio de llegar a Dmitrov.
El tren de la noche avanzaba con una lentitud
exasperante y se paraba frecuentemente para cargar combustible. Eran las cuatro
de la mañana cuando llegamos. Con Alexandre Schapiro 150, un amigo íntimo de la
familia Kropotkin, y Pavlov, un camarada del sindicato de panaderos, me
Alexandre
M. Schapiro (1882-1947), hijo de un anarquista ruso; secretario del Buró
anarquista internacional tras el congreso anarquista internacional de Amsterdam
de 1907. Durante la revolución, fue redactor del periódico Golos Truda, con
Voline, y miembro del Comisariado para los asuntos extranjeros. La represión de
los anarquistas por los bolcheviques le obligó a partir para Berlín en 1922, en
donde animó los grupos de anarquistas rusos exiliados. Llegó luego a París,
donde colaboró con el Combat syndicaliste, y después a los Estados Unidos.
apresuré hacia la casa de Kropotkin. ¡Era demasiado
tarde! Pedro había expirado una hora antes. Murió a las cuatro de la mañana el
8 de febrero de 1921. Su viuda desolada me dijo que Pedro había preguntado
frecuentemente si yo estaba en camino y cuándo llegaría. Sofía estaba a punto
de hundirse y gracias a la necesidad de ocuparme de ella olvidé el cruel
concurso de las circunstancias que me había impedido dar el menor servicio a
quien había imprimido un impulso tan poderoso a mi vida y mi trabajo.
Sofía nos dijo que Lenin, informado de la
enfermedad de Pedro, había enviado los mejores médicos de Moscú a Dmitrov, así
como provisiones y golosinas para el enfermo. Había ordenado también que se le
enviaran frecuentes partes médicos sobre el estado de Pedro y hacerlos publicar
en la prensa.
¡Qué pena que tantas atenciones hayan sido dadas
sobre su lecho de muerte al hombre que, por dos veces, había sido castigado por
la cheka y que, por esta razón, había sido forzado a emprender una retirada no
deseada! Pedro Kropotkin había ayudado a preparar el terrero para la
revolución, pero se le había prohibido participar en vida y a su antojo; su voz
había resonado en Rusia pese a la persecución zarista, pero había sido sofocada
por la dictadura comunista.
Pedro no buscó ni aceptó jamás favores de ningún
gobierno, ni toleró pompa ni fasto alguno. Decidimos, pues, que el Estado no
debía tener ninguna intrusión en su entierro, y que éste no debía rebajarse por
la participación de los oficiales. Los últimos días de Pedro en la tierra
debían pasar en compañía de sus únicos camaradas.
Schapiro y Pavlov partieron para Moscú a buscar a
Sacha y los otros camaradas de Petrogrado. Con el grupo de Moscú, debían
realizar las exequias. Yo me quedé en Dmitrov para ayudar a Sofía a preparar a
su querido difunto en el traslado hacia la capital, para el enterramiento.
(...) Hasta el día en que fuera forzado a guardar
cama, había continuado trabajando, en las condiciones más difíciles, en su obra
sobre la ética, que esperaba fuera el coronamiento de su vida. Su añoranza en
sus últimas horas fue el no tener un poco más de tiempo para completar lo que
había comenzado hacía años.
En los tres últimos años de su vida, Pedro ya no
tuvo con-tacto estrecho con las masas. Pero a su muerte volvió a contactar
plenamente con ellas. Campesinos, obreros, soldados, intelectuales, hombres y
mujeres, de un radio de varios kilómetros, así como la comunidad entera de
Dmitrov, afluían a la casita de Kropotkin para dar un último homenaje al hombre
que había vivido entre ellos y compartido sus luchas y sus angustias.
Sacha llegó a Dmitrov con numerosos camaradas de
Moscú para asistir al transporte del cuerpo de Pedro a Moscú. Nunca la pequeña
villa había dado a nadie un homenaje tan grande como a Pedro Kropotkin. Los
niños le habían conocido y querido mejor que nadie a causa de su carácter
alegre y joven. Las escuelas se cerraron ese día en señal de duelo por el amigo
que les abandonaba. Se habían reunido en gran número en la estación, y agitaban
sus manos para decir adiós a Pedro cuando el tren partió lentamente.
Ya en camino supe de Sacha que la comisión para las
exequias de Pedro Kropotkin, que él había ayudado a
organizar y de la que fue presidente, había sido objeto de múltiples trabas por
parte de las autoridades soviéticas. Se había permitido a la comisión publicar
dos panfletos de Pedro y sacar un número especial del boletín a la memoria de
Pedro Kropotkin. Más tarde, el soviet de Moscú, bajo la presidencia de Kamenev,
pidió que los manuscritos de ese boletín fuesen sometidos a la censura. Sacha,
Schapiro y otros camaradas protestaron, diciendo que estos trámites retrasarían
su publicación. Para ganar tiempo, habían pro-metido que solamente las
apreciaciones sobre la vida y el trabajo de Kropotkin aparecerían en este
boletín. Luego, de repente, el censor dijo que había demasiado trabajo en curso
por el momento y que el asunto debía esperar su turno regular. Esto significaba
que el boletín no podría aparecer a tiempo para el entierro, y era evidente que
los bolcheviques habían recurrido a su láctica dilatoria habitual, hasta que
fuera demasiado tarde para el fin propuesto. Nuestros camaradas se decidieron a
la acción directa. Lenin se había apropiado frecuentemente de esta idea
anarquista ¿por qué no habían de retomarla los propios anarquistas? El tiempo
urgía, y el objetivo era bastante importante como para arriesgarse a un arresto
incluso. Rompieron los pre-cintos que la cheka había colocado en la imprenta de
nuestro viejo camarada Atabekian, y nuestros amigos trabajaron como castores
para preparar y sacar el boletín a tiempo de las exequias.
El homenaje de estima y de afecto por Pedro
Kropotkin se transformó en Moscú en una manifestación monstruo. Desde el
momento en que el cuerpo llegó a la capital y fue
depositado en la casa de los sindicatos, así como
durante los dos días en que el difunto fue expuesto en el hall de mármol, hubo
un desfile de gentes tal como no se conoció nunca desde los días de octubre.
La comisión Kropotkin había enviado una petición a
Lenin, rogándole hacer liberar temporalmente a los anarquistas encarcelados en
Moscú, para que pudieran tomar parte en los últimos honores rendidos a su
maestro y amigo muerto. Lenin había prometido, y el comité ejecutivo del
partido comunista había dado la orden a la Veh-Cheka (la cheka rusa) de liberar
«según su apreciación» a los anarquistas encarcelados para su participación en
las honras fúnebres. Pero la Veh-Cheka no estaba aparentemente dispuesta a obedecer,
fuese a Lenin o a la suprema autoridad de su propio partido. Ella preguntó si
la comisión podía garantizar el retorno de los prisioneros a la prisión. La
comisión dio una garantía colectiva. La cheka declaró a tal efecto que «no
había anarquistas presos en Moscú». En verdad, Boutirky y la prisión interior
de la cheka estaban llenos de nuestros camaradas detenidos en la razzia de la
Conferencia de Kharkov, aunque esta última, en virtud de un acuerdo entre el
gobierno soviético y Néstor Makhno, hubiese sido oficialmente permitida. Por lo
demás, Sacha había obtenido la entrada a la prisión Boutirky y había hablado
allí con más de una veintena de nuestros camaradas de prisión. Acompañado por
el anarquista ruso Yartchouk, había visitado igualmente la prisión interior de
la cheka de Moscú y tenido una conversación con Aaron Barón [Aaron Barón,
anarquista, participó en la revolución rusa de 1905; exiliado luego a Siberia,
se evadió para ganar los Estados Unidos,
volvió a Rusia en 1917. Coeditor del periódico
Nebat en Kharkov, con Voline; detenido por la Tchéka con su compañera Fanny en
noviembre de 1920; permaneció en prisión y en campo de concentración hasta
1938; detenido de nuevo, desapareció luego. Fanny Barón fue fusilada por los
bolcheviques en septiembre de 1921], que representaba en esta ocasión a un gran
número de otros anarquistas encarcelados.
Empero, la cheka insistía diciendo que no había
«anarquistas presos en Moscú».
De nuevo, la comisión se vio obligada a recurrir a
la acción directa. La mañana del entierro dio orden a Alejandra Kropotkin para
telefonear al soviet de Moscú y decirle que se iba a denunciar públicamente
esta falta de palabra y que las coronas depositadas por los soviets y
organizaciones comunistas iban a ser retiradas, si la promesa dada por Lenin no
era cumplida.
El gran hall de columnas estaba archilleno; entre
los presentes, había varios representantes de la prensa europea y americana.
Nuestro viejo amigo Henry Alsberg estaba allí, recientemente vuelto de Rusia.
Otro periodista, Arthur Ransome, representaba al Manchester Guardian. Era
cierto que ellos harían conocer esta falta de palabra de los soviets. Mientras
se informaba al mundo entero de las delicadezas y atenciones dispensadas a
Pedro Kropotkin por el gobierno soviético en su última enfermedad, la publicidad
dada a tal escándalo debía ser evitada a todo precio. Kamenev demandó, pues, un
plazo y prometió solemnemente liberar a los anarquistas encarcelados en veinte
minutos.
Durante una hora se demoró el entierro. Las grandes
masas de gentes en duelo temblaban por el frío
cruel de Moscú, esperando en la calle la llegada de los discípulos encarcelados
del gran difundo. Llegaron por fin, pero no había más que siete u ocho de la
cheka. No había uno solo de los camaradas de la prisión Boutirky. En el último
momento la cheka aseguró a la comisión que habían sido liberados y que estaban
en camino. Los prisioneros excarcelados llevaban los cordones del féretro. Con
un triste orgullo conducían los restos de su camarada y maestro querido. La
vasta asamblea en la calle les recibió con un impresionante silencio. Soldados
sin armas, marinos, estudiantes, niños, organizaciones sindicales representando
a todos los oficios, grupos de hombres y mujeres representando a intelectuales,
campesinos y muchos grupos anarquistas con sus banderas rojas o negras, una
multitud unida sin coerción, ordenada sin constricción, avanzaba por el largo
camino, durante dos horas, hasta el cementerio Devichy, en los alrededores de
la villa.
En el museo Tolstoi, los sonidos de la marcha
fúnebre de Chopin saludaron al cortejo así como un coro formado por los
discípulos del profeta de Yasnaia Poliana. En señal de agradecimiento nuestros
camaradas bajaron sus banderas como homenaje de un gran hijo de Rusia a otro.
Al pasar ante la prisión de Bourtiky, la procesión
se detuvo por segunda vez, y nuestras banderas se inclinaron como testimonio
del último saludo de Pedro Kropotkin a sus camaradas valerosos que le hacían
señales de adiós a través de sus ventanas con alambreras. La expresión
espontánea de un dolor profundo caracterizaba los discursos pronunciados sobre
la tumba de nuestro camarada par
hombres que representaban diferentes tendencias
políticas. La nota dominante fue que la muerte de Pedro Kropotkin era la
pérdida de una potencia moral enorme, tal como ya no la había en nuestro país.
Por primera vez desde mi llegada a Petrogrado, mi
voz era escuchada en público. Esa voz me parecía extrañamente dura e incapaz de
expresar todo lo que Pedro había sido para mí.
El dolor que me causaba su muerte estaba ligado a
mi desesperación ante el desencanto de la revolución que nadie entre nosotros
había sido capaz de evitar.
El sol desaparecía lentamente en el horizonte, y el
cielo, bañado de un rojo sombra, formaba un baldaquino fantástico por encima de
la tierra fresca que recubría ahora el lugar del reposo eterno de Pedro
Kropotkin.
Los siete detenidos salidos bajo palabra pasaron la
tarde con nosotros, y hasta entrada la noche no regresaron a su prisión. No
esperándoles, los guardias habían cerrado la puerta y se habían retirado. Los
hombres casi hubieron de forzar la entrada, tan asombrados estaban los guardias
de ver a unos anarquistas mantener una palabra dada por ellos y por sus
camaradas.
Los anarquistas de la prisión Boutirky no habían
venido finalmente al entierro. La Veh-Cheka dijo a la comisión que esos
anarquistas habían rehusado venir, aunque se les dio la posibilidad de hacerlo.
Nosotros sabíamos que era una mentira, pero pese a ello yo decidí hacer una
visita personal a nuestros prisioneros para escuchar su versión de la historia.
Esto comportaba la necesidad odiosa de pedir un
permiso a la cheka. Se me llevó al buró privado del
jefe de la misma, que era un hombre muy joven, con un revólver en la cintura y
otro sobre la mesa. Vino hacia mí con las manos extendidas y me llamó
abundantemente «querida camarada». Me dijo que su nombre era Brenner y que
había vivido en América. Había sido anarquista, y naturalmente conocía muy bien
a Sacha así como a mí misma, y conocía todas nuestras actividades en los
Estados Unidos. Estaba orgulloso de llamamos camaradas. Naturalmente ahora estaba
con los comunistas, me explicaba, pues consideraba al régimen actual como un
paso adelante hacia el anarquismo. Lo importante era la revolución, y como los
bolcheviques trabajaban por ella, el cooperaba con ellos. ¿Pero había dejado yo
de ser una revolucionaria por rechazar estrechar fraternalmente la mano tendida
de uno de sus defensores?
Yo le respondí que durante mi vida nunca di la mano
a un detective, menos aún a un policía que había sido anarquista. Yo había
llegado para obtener una entrada en la cárcel, y yo quería saber si podía
obtener satisfacción en tal sentido.
(...) Se levantó y salió de la habitación. Esperé
media hora preguntándome a mí misma si es que estaba prisionera. A cada cual le
llagaba su tumo en Rusia, ¿por qué no iba a llegarme a mí? De repente, unos
pasos sonaron cerca, y la puerta se abrió de par en par. Un hombre viejo,
evidentemente un chekista, me permitió entrar en la prisión Boutirky. Entre un
numeroso grupo de camaradas encarcelados, encontré a varios que había conocido
en los Estados Unidos: Fanny y Aaron Barón, Voline 151, y otros que
Véase la
biografía de Voline en el tomo siguiente.
habían trabajado en América, así como rusos de la
organización Nabat, que yo había encontrado en Kharkov. Un representante de la
Veh -Cheka había venido a verles, dijeron ellos, y había ofrecido liberar a
algunos de entre ellos individualmente, pero no en grupo colectivo, como había
sido tratado por la comisión. Nuestros camaradas se habían opuesto a esta falta
de palabra dada y habían insistido para poder asistir al entierro de Kropotkin
en grupo o nada. El hombre les declaró que el debía informar a los oficiales
superiores de su petición, y que volvería pronto con la respuesta definitiva.
Pero no vino nunca. Los camaradas dijeron que eso no tenía ninguna importancia,
porque ellos habían tenido su propio meeting en memoria de Kropotkin en el
recinto de la prisión, donde le habían honrado con discursos de circunstancias
y cantos revolucionarios. Con la ayuda de otros políticos habían transformado
la prisión en una universidad popular, me decía Voline. Daban cursos de ciencia
y de economía política, de sociología y de literatura, y enseñaban a los
prisioneros comunes a leer y a escribir. De hecho, ellos tenían mucha más
libertad que nosotros en el exterior, y deberíamos envidiarles, bromeaban. Pero
temían que esta situación no durase más.
ERRICO MALATESTA
(1853-1932)
Errico Malatesta nació el 14 de diciembre de 1853
en Italia, en la provincia de Caserte, de una familia de modestos propietarios
rurales. A los catorce años dirigió una carta insolente y amenazadora al rey
Víctor Manuel II, por lo que fue arrestado. En Napóles hizo sus estudios en la
escuela religiosa de los Escolapios, luego en la Facultad de Medicina. Tras
haber sido republicano, y luego de haber repudiado el
patrocinio de Mazzini, se adhirió a la
Internacional en 1871, pocos meses después de la Comuna de París, uniéndose
entonces al ala bakuninista. Tuvo un papel activo en octubre de 1876, en el
Congreso de Berna de la Internacional «antiautoritaria», en que, alejándose un
poco de la herencia ideológica de Bakunin, abandonó el «colectivismo» para
hacerse el protagonista del «comunismo libertario» y lanzar también la idea de
la «propaganda por el hecho». Malatesta, Cario Cafiero y Kropotkin quedaron a
partir de entonces asociados.
En 1876, en la provincia de Bénévent, los dos
primeros trataron de poner en aplicación su activismo a la manera blanquista. A
la cabeza de una treintena de internacionalistas, armados y con las banderas
rojas a la cabeza, ocuparon el pueblo de Lentiho, distribuyeron armas a la
población, quemaron los archivos públicos. Pero la población se quedó pasiva, y
el ejército intervino. Malatesta y Cafiero fueron arrestados. Y aunque en el
proceso admitieron haber disparado contra los carabineros, fueron absueltos.
Tras muchas aventuras en el Medio Oriente,
Malatesta, desde Marsella, llegó a Ginebra, donde participó con Kropotkin en la
edición del periódico Le Révolté.
Expulsado de Suiza, y luego de varios países más,
se quedó por fin en Londres, donde trabajó en diversos oficios.
En 1881, los anarquistas se reunieron en Londres en
un Congreso internacional, proponiendo Malatesta en el, vanamente, la creación
de una Internacional anarquista. En Italia pudo reemprender una actividad
revolucionaria y fundó dos periódicos, La Questione soziale y La Anarchia, de
tendencias antipatrióticas y antiparlamentarias. Pero pronto,
en 1884, la represión se cebó de nuevo sobre él. En
el curso de un proceso político, logró huir en un cajón de máquina de coser,
embarcado para Sudamérica. Entre tanto, había publicado un «proyecto de
reorganización de la Internacional sobre una base puramente anarquista».Se le
vuelve a encontrar en Buenos Aires en 1885, donde publica otra Questione
sociale y se hace organizador sindicalista. En 1889, tras muchas aventuras
rocambolescas, abandona América del Sur hacia Francia, luego Inglaterra, más
tarde España. Este pequeño hombre infatigable está siempre por todas partes. En
Londres, en 1896, Malatesta participó en el Congreso internacional obrero
socialista, donde fue el delegado de los anarcosindicalistas españoles.
Vuelto clandestinamente a Italia, combatió a la vez
el parlamentarismo, el individualismo, el marxismo y se alejó de Kropotkin,
cuyo «espontaneísmo» criticó. Insistió en la necesidad de organizar el
anarquismo en partido y se hizo el abogado del sindicalismo así como de la
acción directa obrera.
Pero nuevas aventuras le esperaban. Deportado a las
islas italianas, se evadió de ellas en 1889, presentándose en Inglaterra,
Estados Unidos, Cuba, sucesivamente, para volver a Londres en 1900. Allí
publicó varios diarios: L'Intemazionale, Lo Sciopero Generale («La Huelga
General»).
En 1907 participó activamente en el Congreso
internacional anarquista de Ámsterdam. Hasta 1913 no abandonó Inglaterra para
entrar en Italia. Allí encontró a Mussolini, entonces socialista de izquierda y
director del periódico Avanti. Tuvo largas discusiones con el futuro Duce
fascista, a quien encontró ya escéptico sobre la perspectiva de la
revolución social; dijo a su amigo Luigi Fabbri que
este hombre era revolucionario solamente sobre el papel y que no había nada que
hacer con él.
En Ancona, Malatesta publicó el diario Volontá, al
que ya había impulsado en Londres, mostrándose un agitador infati-gable. En
junio de 1914 fue el detonador de la «Semana Roja». La revuelta había estallado
a continuación de la masacre por las fuerzas del orden de manifestantes
armados. El pueblo se apoderó de la ciudad. Los sindicatos decretaron la huelga
general en todo el país. El ejército intervino. Malatesta huvo de huir y volver
a Inglaterra.
La Primera Guerra Mundial le saludó fiel al
internacionalismo proletario, combatiendo con indignación el belicismo de
Kropotkin. A finales de 1919, pudo abandonar Londres para volver a Italia,
donde fue acogido por masas entusiastas. El Corriere della Sera del 20 de enero
de 1920 le caracterizaba como «uno de los más grandes personajes de la vida
italiana». Su periódico Umanitá Nuova tiraba cincuenta mil ejemplares y se
había alzado en animador de una central obrera anarcosindicalista, la Unión
Sindical Italiana (U. S. L).
De 1919 a 1922 Malatesta conoció el apogeo de su
carrera de militante y de agitador revolucionario. Transportó a Roma su
periódico, y se esforzó por formar una «Alianza del Trabajo» antifascista, con
los partidos políticos y los sindicatos, que proclamó, en julio de 1922, una
huelga general, pero los camisas negras fascistas, ya poderosos, aplastaron el
movimiento. Poco después de la «marcha sobre Roma», Umanitá Nuova fue
prohibida, y un retrato de Malatesta quemado en público. Logró, empero, hacer
aparecer en 1924 una revista bimensual: Pensiero e
Volontá, que, si bien con frecuencia censurada, sobrevivió hasta el 1926.
Escribió en ella artículos de una gran madurez.
A partir del final de 1926, Malatesta, envejecido y
reducido al silencio por el totalitarismo fascista —con excepción de al-gunos
artículos que logró pasar al extranjero— vivió en régimen de arresto
domiciliario, lo que le impidió realizar, como hubiera deseado, la revolución
republicana de 1931 en España. Murió el 22 de julio de 1932.
REVOLUCIÓN Y REACCIÓN
REVOLUCIÓN es la creación de instituciones nuevas,
vivien-tes, de nuevas agrupaciones, de relaciones sociales nuevas. Es también
la destrucción de los privilegios y de los monopolios, es el espíritu de una
justicia nueva, de fraternidad, de esa libertad que debe renovar toda la vida
social, el nivel moral y las condiciones materiales de las masas, incitándolas,
a través de sus acciones directas y conscientes, a asegurar su propio porvenir.
REVOLUCIÓN es la organización de todos los
servicios públicos por los que trabajan en ellos, en su propio interés como en
el del público.
REVOLUCIÓN es la abolición de todas las
constricciones, la autonomía de los grupos, de las comunas, de las regiones.
REVOLUCIÓN es la federación libre creada por el
deseo de una fraternidad humana, por intereses individuales y colectivos, por
las necesidades de la producción y de la defensa.
REVOLUCIÓN es la constitución de innumerables
agrupaciones libres basadas sobre ideas, deseos y gustos de todas clases, tales
como existen entre los hombres.
REVOLUCIÓN es la formación y proliferación de
millares de centros representativos comunales, regionales y nacionales que, sin
poseer un poder legislativo, son útiles para hacer conocer y coordinar de cerca
y de lejos los deseos y los intereses de las gentes, y que actúan por sus
informaciones, consejos y ejemplos.
REVOLUCIÓN es la libertad templada en el crisol de
la ac-ción; dura tanto tiempo como la independencia, es decir, hasta que otros,
aprovechando la laxitud que sorprende a las masas, la inevitable decepción que
sigue a las esperanzas demasiado grandes, los errores probables y los defectos
humanos, logran constituir un poder que, sostenido por un ejército de
conscritos o de mercenarios, dicta la ley, paraliza el movimiento hasta el
punto en que se halla, y es entonces cuando comienza la reacción.
Una organización sin autoridad 152
Creyendo, bajo la influencia de la educación
autoritaria re-cibida, que la autoridad es el alma de la organización social,
para combatir aquella ciertos anarquistas han combatido y negado ésta (...). El
error fundamental de los anarquistas adversarios de la organización es el creer
que una
L´agitazione,
Ancona, nums. 13 y 14, 4 y 11 de junio de 1897.
organización no es posible sin autoridad y el
preferir, una vez admitida esta hipótesis, renunciar a toda organización antes
que aceptar la menor autoridad (...). Si creemos que no puede haber
organización sin autoridad, seremos autoritarios, pues preferiríamos incluso la
autoridad que pone trabas y hace triste la vida, a la desorganización que la
hace imposible.
Sobre la necesidad de la organización153
La organización no es más que la práctica de la
cooperación y de la solidaridad, es la condición natural y necesaria de la vida
social, es un hecho ineluctable, que se impone a todos, tanto en la sociedad
humana en general como en todo grupo de gentes con un fin común.
El hombre no quiere ni puede vivir aislado, no
puede siquiera llegar a ser verdaderamente hombre y satisfacer sus necesidades
materiales y morales, a no ser en sociedad y con la cooperación de sus
semejantes. Es, por tanto, fatal que todos aquellos que no se organizan
libremente, sea porque no pueden, sean porque no sienten la apremiante
necesidad de hacerlo, hayan de padecer la organización establecida por otros
individuos, ordinariamente constituidos en clase o en grupos dirigidos, para
explotar en provecho propio el trabajo ajeno.
Anarchie
et organisation, 1927, reeditada en 1967.
Y la opresión milenaria de las masas por un pequeño
grupo de privilegiados ha sido siempre la consecuencia de la incapacidad de la
mayoría de los individuos para ponerse de acuerdo, para organizarse sobre la
base de lá comunidad de intereses y de sentimientos con los otros trabajadores
para producir, para gozar y para, eventualmente, defenderse de los explotadores
y de los opresores. El anarquismo viene a remediar este estado de cosas con su
principio fundamental de organización libre, creada y mantenida por la libre
voluntad de los asociados sin ninguna especie de autoridad, es decir, sin que
ningún individuo tenga el derecho de imponer a los otros su propia voluntad.
Es, pues, natural que los anarquistas traten de aplicar a su vida privada y a
la vida de su partido el principio mismo sobre el cual, según ellos, debería
fundarse toda la sociedad humana.
Algunas polémicas dejarían suponer que hay
anarquistas refractarios a toda organización, pero, en realidad, las numerosas
—muy numerosas— discusiones que tenemos a tal respecto, aun cuando están
oscurecidas por cuestiones de palabras o envenenadas por cuestiones personales,
no conciernen en el fondo más que al modo, y no al principio de la
organización. Es así como camaradas que de palabra son los más opuestos a la
organización se organizan como los demás y se reúnen mejor que los demás,
cuando quieren hacer seriamente alguna cosa.
LA ANARQUIA 154
Extractos
de L’Anarchie, 1891.
La palabra anarquía procede del griego, y significa
«sin go-bierno»; es decir, el estado de un pueblo que se rige sin autoridad
constituida, sin gobierno.
Antes de que toda una serie de pensadores haya
llegado a considerar tal organización como posible y como deseable; antes de
que fuese adoptada como objetivo por un movimiento que en la actualidad
constituye uno de los más importantes factores en las modernas luchas sociales,
la palabra anarquía era considerada, por regla general, como sinónimo de
desorden, de confusión; y aun hoy mismo se utiliza en este sentido por las
masas ignorantes y por los adversarios interesados en ocultar o en desfigurar
la verdad.
Puesto que se ha creído que el gobierno es
necesario; puesto que se ha admitido que sin gobierno no puede hacer otra cosa
sino desorden y confusión, es natural, y hasta lógico, que el término
«anarquía», que significa la ausencia o carencia de gobierno, venga a
significar igualmente la ausencia de orden.
Este hecho no carece de antecedentes en la historia
de las palabras. En las épocas y países en que el pueblo ha creído necesario el
gobierno de uno solo (monarquía), la palabra república, que significa «gobierno
de la mayoría», se ha considerado siempre como sinónima de confusión y de
desorden, según puede comprobarse en el lenguaje popular de casi todos los
países.
Cambiad de opinión; persuadid al público de que no
sólo e] gobierno dista de ser necesario, sino que es en extremo peligroso y
perjudicial..., y entonces la palabra anarquía,
justamente por eso, porque significa ausencia de
gobierno, significará para todos «orden natural, armonía de necesidades e
intereses de todos, libertad completa en el sentido de una solidaridad asimismo
completa».
Resulta impropio decir que los anarquistas han
estado poco acertados al elegir su denominación, ya que este nombre es mal
comprendido por la generalidad de las gentes y se presta a falsas
interpretaciones. El error no depende del nombre, sino de la idea; y la
dificultad que los anarquistas encuentran en su propaganda no depende del
nombre o denominación que se han adjudicado, sino del hecho de que su concepto
choca con todos los prejuicios inveterados que conserva el pueblo acerca de la
función del gobierno o, como se dice de ordinario, acerca del Estado.
¿Qué es el gobierno?
Hay una enfermedad del pensamiento humano, la
tendencia metafísica, que hace que el hombre, después de haber abstraído por un
proceso lógico la cualidad de un objeto, se encuentre sometido a una especie de
alucinación que le induce a tomar lo abstraído por lo real. Esta tendencia
metafísica, decimos, que, no obstante, y a pesar de los triunfos de la ciencia
positiva, tiene todavía tan profundas raíces en el espíritu de la mayoría de
nuestros contemporáneos, hace que muchos conciban al gobierno como un ser real,
dotado de ciertos atributos de razón, de justicia, de equidad, independientes
de las personas en que encarna.
Para ellos, el gobierno, o más bien, el Estado, es
el poder social abstracto; es el representante, abstracto también, de los
intereses generales; es la expresión del derecho de todos,
considerado como los derechos de cada uno. Este
modo de concebir el gobierno aparece apoyado por los interesados, a quienes
importa salvar el principio de autoridad y hacerle prevalecer sobre las faltas
y errores de los que se turnan en el ejercicio del poder.
Para nosotros, el gobierno es la colectividad de
los gobernantes; y los gobernantes, reyes, presidentes, ministros, diputados,
etc., son aquellos que aparecen adornados de la facultad de hacer las leyes
para reglamentar las relaciones de los hombres entre sí, y de hacer ejecutar
las leyes; son los que decretan y recaudan los impuestos; imponen servicio
militar; juzgan y castigan las infracciones y contravenciones a las leyes;
intervienen y sancionan los contratos privados; monopolizan ciertos ramos de la
producción y ciertos servicios públicos, por no decir toda la producción y
todos los servicios; favorecen o impiden el intercambio de productos; declaran
la guerra y ajustan la paz con los gobernantes de otros países; conceden o
suprimen franquicias, etc.
Los gobernantes, en una palabra, son los que tienen
la facultad, en grado más o menos elevado, de servirse de la fuerza colectiva
de la sociedad, o sea, de la fuerza física, intelectual y económica de todos,
para obligar a todo el mundo a hacer lo que favorece a sus designios
particulares. Esta facultad constituye, en nuestro sentir, el principio de
gobierno, el principio de autoridad.
Pero... ¿cuál es la razón de ser del gobierno?
¿Por qué abdicar en manos de unos cuantos
individuos nuestra propia libertad y nuestra propia iniciativa? ¿Por qué
concederles la facultad de ampararse, con o en contra de la
voluntad de cada uno, de la fuerza de todos y
disponer de ella a su antojo? ¿Hállanse, acaso, tan excepcionalmente dotados
que puedan, con alguna apariencia de razón, sustituir a la masa y proveer a los
intereses de los hombres mejor que pudieran efectuarlo los propios interesados?
¿Son tan infalibles e incorruptibles que se les pueda entregar, prudentemente,
la suerte de cada uno y la de todos?
Y aun cuando existieran hombres de una bondad y de
un saber infinitos; aun cuando, por una hipótesis irrealizada e irrealizable,
el poder de gobernar se confiara a los más capaces y a los mejores, la posesión
del poder no agregaría nada absolutamente a su potencia bienhechora, sino que
produciría el resultado de paralizarla, de destruirla por la necesidad en que
se encontrarían de ocuparse de tantas cosas para ellos incomprensibles y de
malgastar la mejor parte de sus energías y actividades en la empresa de
conservar el poder a todo trance, contentar a los amigos, acallar a los
descontentos y combatir a los rebeldes.
Por otra parte, buenos o malos, sabios o
ignorantes, ¿qué son los gobernantes? ¿Quién los designa y eleva para tan alta
función? ¿Se imponen ellos mismos por derecho de guerra, de conquista o de
revolución? Pues entonces, si esto es así, ¿qué garantía tiene el pueblo de que
habrán de inspirar sus actos en la utilidad general? En este caso, se trata de
una función de usurpación; y a los gobernados, si están descontentos, no les
queda otro recurso sino acudir al recurso de la fuerza para liberarse del yugo.
¿Son elegidos por una clase o por un partido? Pues entonces serán, los
intereses y las ideas de esta clase o de este partido los que triunfen,
mientras que la voluntad y los intereses de los
demás serán sacrificados. ¿Se les elige por
sufragio universal? En este caso, el único criterio está constituido por el
número, cosa que, ciertamente, no significa ni acredita equidad, razón ni
capacidad; los que sepan engañar mejor a la masa serán quienes resulten
elegidos, y la minoría, que puede estar compuesta algunas veces por la mitad
menos uno, resultará sacrificada. Además, la experiencia demuestra la
imposibilidad absoluta de hallar un mecanismo electoral en virtud del cual los
candidatos electos sean, por lo menos, los representantes genuinos de la
mayoría.
Son numerosas y variadas las teorías mediante las
cuales se ha tratado de explicar y justificar la existencia del gobierno.
Todas, en suma, se basan en el preconcepto, confesado o tácito, de que los
hombres tienen intereses contrarios, y de que se necesita una fuerza externa y
superior para obligar a unos a respetar el derecho de los otros, prescribiendo
e imponiendo determinada norma de conducta, que armonizaría, en la medida de lo
posible, los intereses en pugna, y que proporcionaría a cada uno la satisfacción
más grande con el menor sacrificio concebible.
Dicen los teorizantes del autoritarismo: si los
intereses, las tendencias, los deseos de un individuo aparecen en oposición con
los intereses, las tendencias, los deseos de otro individuo, ¿quién tendrá el
derecho y la fuerza de obligar al uno a respetar los intereses del otro? ¿Quién
podrá impedir a un determinado ciudadano violar la voluntad general? La
libertad de cada uno —dicen— tiene por límite la voluntad de los demás; pero
¿quién establece este límite y quién lo hará respetar? Los antagonismos naturales
de intereses y pasiones crean, pues, la necesidad del gobierno, y
justifican la existencia de la autoridad, que
desempeña el papel de moderadora en la lucha social y asigna los límites de los
derechos y de los deberes de todos y cada uno.
Tal es la teoría; pero las teorías, para ser
justas, deben ha-llarse basadas en los hechos, y ser suficientes para
explicarlos; y es bien sabido que en economía social se inventan con demasiada
frecuencia teorías para justificar los hechos, es decir, para defender el
privilegio y hacerlo aceptar tranquilamente por las víctimas del mismo.
En efecto, recordemos algunos ejemplos.
En todo el curso de la historia, lo mismo que en la
época actual, el gobierno es o la dominación brutal, violenta, arbitraria de
algunos sobre la mayoría, o es un instrumento ordenado para asegurar la
dominación y el privilegio a aquellos que, por la fuerza, la astucia o la
herencia, han acaparado todos los medios de vida, en especial el suelo, de los
cuales se sirven para mantener al pueblo en perpetua servidumbre y hacerle
trabajar en lugar de y para ellos. El gobierno oprime a los hombres de dos maneras:
o directamente, por la fuerza bruta, por la violencia física, o indirectamente,
privándoles de los medios de subsistencia y reduciéndoles, de esta manera, a la
impotencia. El primer modo es el origen del poder, es decir, del privilegio
político; el segundo, es el origen del privilegio económico.
El gobierno puede oprimir también a los hombres
actuando sobre su inteligencia y sobre sus sentimientos, modo de obrar que
origina y constituye el poder religioso. La única razón que justifica la
propagación de las supersticiones religiosas es que defienden y consolidan los
privilegios políticos y económicos.
Hoy día, el gobierno, compuesto de propietarios y
de gente puesta a su servicio, hállase del todo a disposición de los
pro-pietarios, hasta el punto que los más ricos llegan a desdeñar el formar
parte de él.
Rotschild no tiene necesidad ni de ser diputado ni
de ser ministro; le basta, simplemente, con tener a su disposición a los
ministros y a los diputados.
En multitud de países, el proletariado obtiene una
mayor o menor participación nominal en la elección del gobierno. Es ésta una
concesión hecha por la burguesía para obtener el concurso del pueblo en la
lucha contra el poder real o aristocrático, o para apartar al pueblo de la idea
de su emancipación, concediéndole una apariencia o sombra de soberanía. Háyalo
o no previsto la burguesía, cuando concedió por primera vez al pueblo el
derecho de sufragio, lo cierto es que tal derecho ha resultado siempre, en toda
ocasión y en todo lugar, ilusorio, y bueno tan sólo para consolidar el poder de
la burguesía, engañando a la parte más exaltada del proletariado, con la
esperanza remota de poder escalar las alturas del poder.
Aun con el sufrigió universal —hasta podríamos
decir: sobre todo con el sufragio universal— el gobierno ha continuado siendo
el gendarme de la burguesía. Si ocurriera lo contrario, si el gobierno adoptase
una actitud hostil, si la democracia pudiera ser otra cosa que un medio de
engañar al pueblo, la burguesía, amenazada en sus intereses, se aprestaría a la
rebelión, sirviéndose de toda la fuerza y de toda la influencia que la posesión
de la riqueza le proporciona para reducir el gobierno a la función de simple
gendarme puesto a su servicio.
En todo lugar y tiempo, sea cualquiera el nombre
ostentado por el gobierno, sean cualesquiera su origen y su organización, su
función esencial es siempre la de oprimir y explotar a las masas, la de
defender a los opresores y los acaparadores. Sus órganos principales,
característicos, indispensables, son el gendarme y el recaudador de impuetos,
el soldado y el carcelero, a quienes se unen indefectiblemente el tratante en
mentiras, cura o maestro, pagados y protegidos por el gobierno para envilecer
las inteligencias y hacerlas dóciles al yugo.
Un gobierno no puede existir mucho tiempo sin
encubrir su verdadera naturaleza bajo una máscara o pretexto de uti-lidad
general. No hay posibilidad de que haga respetar la vida de los privilegiados
sin fingir que trata o procura hacer res-petar la de todos; no puede exigir la
aceptación de los privile-gios de unos pocos sin aparentar que deja a salvo los
derechos de todos. «La ley —dice Kropotkin— (y, por supuesto, los que han hecho
las leyes, es decir, el gobierno) ha utilizado los sentimientos sociales del
hombre para hacer cumplir, junto con los preceptos de moral que el hombre ha
aceptado, órdenes útiles a la minoría de los expoliadores, contra los cuales el
se habría, seguramente, rebelado.»
Un gobierno no puede pretender la destrucción de la
sociedad, porque entonces desaparecería para el y para la clase dominante la
materia explotable. Un gobierno no puede permitir que la sociedad se rija por
sí misma, sin intromisión oficial alguna, porque entonces el pueblo se
apercibirá bien pronto de que el gobierno no sirve para nada, si se exceptúa la
defensa de los propietarios que le
esquilman, y se prepararía para desmbarazarse de
unos y de otro.
Hoy día, ante las reclamaciones insistentes y
amenazadoras del proletariado, muestran los gobiernos la tendencia a
interponerse en las relaciones entre patronos y obreros. Tratan de detener de
este modo el movimiento obrero y de impedir con algunas falaces reformas el que
los pobres tomen por su mano lo que les es debido, es decir, una parte del
bienestar general, igual a aquella de la que disfrutan los otros.
Debemos recordar además que, por una parte, los
burgueses, o sea, los propietarios, están preparados en todo momento para
declararse la guerra, para comerse unos a otros, y, por otra parte, que el
gobierno, aunque hijo y esclavo y protector de la burguesía, tiende como todo
siervo, a emanciparse y, como todo protector a dominar al protegido. De aquí
este juego de componendas, de tiras y aflojas, de concesiones hoy acordadas y
mañana suprimidas, esta busca de aliados entre los conservadores contra el pueblo,
y entre el pueblo contra los conservadores, juego que constituye la ciencia de
los gobernantes y la ilusión de cándidos y holgazanes, acostumbrados a esperar
el maná que ha de caer de lo alto.
El gobierno, o, como se le suele llamar, el
«Estado» justicie-ro, moderador de las luchas sociales, administrador imparcial
de los intereses públicos, es una mentira, una ilusión, una utopía jamás
realizada y jamás realizable.
Si los intereses de los hombres tuvieran que ser
contrarios unos a otros; si la lucha entre los hombres tuviera que ser una ley
necesaria en las sociedades humanas; si la libertad de
unos tuviera que constituir un límite a la libertad
de los otros, entonces cada uno trataría siempre de hacer triunfar sus propios
intereses sobre los de los demás; cada uno procuraría aumentar su libertad en
perjuicio de la libertad ajena. Si fuera cierto que debe existir un gobierno,
no porque sea más o menos útil a la totalidad de los miembros de una sociedad,
sino porque los vencedores quieren asegurar los frutos de la victoria,
sometiendo fuertemente a los vencidos, eximiéndose de la carga de estar continuamente
a la defensiva, encomendando su defensa a los hombres que hagan de ello su
profesión habitual, entonces la humanidad estaría destinada a perecer o a
debatirse eternamente entre la tiranía de los vencedores y la rebelión de los
vencidos.
(...) Hoy día, el inmenso desarrollo alcanzado por
la pro-ducción, el crecimiento de las necesidades que no pueden ser
satisfechas, sino mediante el concurso de gran número de hombres residentes en
distintos países, los medios de comunicación, la costumbre y frecuencia de los
viajes, la ciencia, la literatura y el comercio, han reducido y continúan
reduciendo a la humanidad a un solo cuerpo cuyas partes, solidarias entre sí,
no encuentran su plenitud ni la libertad de desarrollo debidas más que en la salud
de las otras partes y del todo.
La abolición del gobierno no significa ni puede
significar la destrucción de la cohesión social. Por el contrario, la
cooperación que actualmente resulta forzada, que actualmente sólo existe para
beneficio de unos cuantos, será libre, voluntaria y directa, en beneficio de
todos, y resultará, por tanto, más intensa y eficaz.
El instinto social, el sentimiento de solidaridad,
se desarro-
llará en el más alto grado; cada hombre hará todo
cuanto pueda para el bien de sus semejantes, no sólo para satisfacer a sus
sentimientos efectivos, sino por interés propio bien entendido.
Del libre concurso de todos, merced a la agrupación
espon-tánea de los sombres, según sus necesidades y simpatías, de abajo arriba,
de lo simple a lo compuesto, partiendo de los intereses más inmediatos para
llegar a los más generales, surgirá una organización social cuyos objetivos
serán el mayor bienestar y la mayor libertad de todos, que reunirá a toda la
humanidad en una comunidad fraternal, que se modificará y mejorará según los
cambios, las circunstancias y las enseñanzas de la experiencia.
Esta sociedad de hombres libres, esta sociedad de
personas solidarias y fraternas, esta sociedad de amigos, es lo que representa
la Anarquía.
Mas supongamos que el gobierno no constituye en sí
una clase privilegiada y que puede vivir sin crear a su alrededor una nueva
clase de privilegiados, siendo únicamente el representante, el esclavo si se
quiere, de toda la sociedad. ¿Para qué serviría entonces? ¿En qué y cómo
aumentaría la fuerza, la inteligencia, el anhelo de solidaridad, el cuidado del
bienestar de todos, y de la humanidad futura, que en determinado momento
existieran en la sociedad?
Se repite siempre la historia del hombre
encadenado, que habiendo logrado vivir, a pesar de sus cadenas, las considera
como condición indispensable de su existencia.
Estamos acostumbrados a vivir bajo un gobierno que
acapara todas las fuerzas, todas las inteligencias, todas las
voluntades que puede dirigir para sus fines, y crea
obstáculos, paraliza, suprime las que pueden serie hostiles o, por lo menos,
inútiles, y nos imaginamos que cuanto se ha hecho en la sociedad es obra de los
gobernantes, y que sin gobierno no le quedaría a la sociedad ni fuerza, ni
inteligencia, ni buena voluntad. Así (como ya hemos dicho anteriormente), el
propietario que se ha apoderado del suelo lo hace cultivar en provecho
particular suyo, no dejando al trabajador sino lo estrictamente necesario para
que pueda y quiera seguir trabajando, mientras el trabajador sometido piensa
que no podría vivir sin el patrón, como si éste hubiera Creado la tierra y las
fuerzas de la naturaleza. (... ) De lo anterior resulta que la existencia de un
gobierno, aun cuando fuera —según nuestra hipótesis— el gobierno ideal de los
socialistas autoritarios, lejos de producir un aumento de las fuerzas
productivas, organizadoras y protectoras de la socie-dad, tendría como
resultado su disminución en grado considerable, restringiendo la iniciativa de
unos cuantos y concediendo a unos pocos el derecho de hacerlo todo, aun sin
poder, naturalmente, otorgarles el don de la omniscencia.
En efecto, si se separa de la legislación, de los
actos y las obras de un gobierno, todo lo relativo a la defensa de los
pri-vilegiados, ¿qué quedaría que no fuese el resultado de la actividad de
todos?
Por lo demás, para comprender cómo una sociedad
puede vivir sin gobierno, basta con observar un poco a fondo la sociedad
actual, y se verá cómo de hecho la mayor parte, la parte esencial de la vida
social, se realiza, aun hoy día, con independencia de la intervención del
gobierno, y cómo el gobierno no se entromete sino para explotar a las masas,
para defender a los privilegiados y para sancionar,
bien inútilmente, todo cuanto se hace sin él, y aun contra él.
Los hombres trabajan, comercian, estudian, viajan,
observan como quieren las reglas de la moral y de la higiene, aprovechan los
beneficios del progreso de las ciencias y de las artes, sostienen entre sí
relaciones infinitas, sin sentir necesidad de que nadie les imponga la manera
de conducirse. Y justamente son las cosas en que el gobierno no se entromete
las que marchan mejor, las que menos diferencias y litigios ocasionan, las que
se acomodan a la voluntad de todos, de modo que todos hallan en ellas su utilidad
y su agrado.
(...) El gobierno, repetimos una vez más, es el
conjunto de individuos que han recibido o que se han arrogado el derecho y los
medios de hacer las leyes, así como la facultad de forzar a las gentes a su
cumplimiento; el administrador, el ingeniero, etcétera, son, por el contrario,
hombres que reciben o asumen la carga de realizar un trabajo y lo realizan.
«Gobierno» significa delegación del poder, o sea, abdicación de la iniciativa y
de la soberanía de todos en manos de algunos. «Administración» significa delegación
de trabajo, o sea, carga confiada y aceptada, cambio libre de servicios,
fundado en un pacto libremente ajustado.
El gobernante es un privilegiado, puesto que le
asiste el derecho de mandar a los demás, y el de servirse de las fuerzas de
éstos para hacer triunfar sus ideas y sus deseos personales. El administrador,
el director técnico, etc., son trabajadores como los demás, cuando se trata,
claro está, de una sociedad donde todos tienen medios iguales para
desenvolverse, donde todos son o pueden ser trabajadores
intelectuales y manuales, donde todos los trabajos,
todas las funciones otorgan un derecho igual a disfrutar de las ventajas
sociales. Es menester no confundir la función del gobierno con la función de
administración, que son esencialmente diferentes, porque si hoy día se hallan
confundidas es sólo a causa del privilegio económico y político. Detengámonos,
además, en el examen de las funciones para las que el gobierno es considerado,
por todos los que no profesan el ideal anarquista, como verdaderamente indispensable:
la defensa externa e interna de una sociedad, es decir, la «guerra» y la
«justicia».
Suprimidos todos los gobiernos y puesta la riqueza
social a disposición de todo el mundo, bien pronto desaparecerían los
antagonismos existentes entre los diferentes pueblos, y la guerra no tendría
razón de ser.
(...) Admitamos, sin embargo, que los gobiernos de
los países todavía no emancipados quisieran y pudieran intentar reducir a la
esclavitud a un pueblo libre. ¿Tendría éste, por ventura, necesidad de un
gobierno para defenderse? Para hacer la guerra se requieren hombres que poseen
los conocimientos técnicos y geográficos del caso, y sobre todo, masas
dispuestas a combatir. Un gobierno no puede aumentar la capacidad de aquellos,
ni la voluntad y el valor de éstas. La experiencia histórica nos enseña que un
pueblo que desea vivamente defender su propio país es invencible. En Italia,
todo el mundo sabe que ante los cuerpos de voluntarios (formación anárquica) se
bambolean los tronos y se desvanecen los ejércitos regulares, compuestos de
hombres forzados o asalariados.
¿La «policía»? ¿La «justicia»? Muchos se imaginan
que si
no hubiera gendarmes, policías y jueces, cada uno
sería libre de matar, de violar y de vejar a su prójimo; que los anarquistas,
en nombre de sus principios, defendían el respeto para esta especial libertad
que viola y destruye la libertad y la vida ajenas; están casi persuadidos de
que, después de haber destruido el gobierno y la propiedad privada,
consentiríamos impasibles la reconstrucción de uno y otra por respeto a la
«libertad» de quienes experimentarán la necesidad de ser gobernantes y
propietarios. ¡Extraña manera, en verdad, de comprender nuestros ideales! Es
cierto que discurriendo de este modo se llega más fácilmente a desentenderse,
merced a un encogimiento de hombros, del trabajo de refutarlos seriamente.
La libertad que los anarquistas queremos, para
nosotros mismos y para los demás, no es la libertad absoluta, abstracta,
metafísica que se traduce fatalmente en la práctica en la opresión de los
débiles, sino la libertad real, la libertad posible que es la comunidad
consciente de los intereses, la solidaridad voluntaria. Proclamamos la máxima
«Haz lo que quieras», y resumimos, por así decirlo, en ella nuestro programa,
porque —como es fácil comprender— estamos persuadidos de que en una sociedad
sin gobierno y sin propiedad «cada uno querrá aquello que deba querer».
(...) Si no existiesen los equívocos por medio de
los cuales se trata de cortar el camino de la revolución social, podríamos
afirmar que anarquía es sinónimo de socialismo.
MALATESTA Y LOS ANARQUISTAS EN EL CONGRESO DE
LONDRES (1896)
La internacional antiautoritaria había perecido,
por falta de homogeneidad, tras el Congreso de Verviers de 1887. En 1881, los
anarquistas habían tratado de reunirse en un congreso internacional en Londres
para fundar allí una internacional puramente anarquista. Pero la propuesta, que
emanó de Malatesta, fracasó, sobre todo a causa de la repugnancia a la
organización manifestada por los anarquistas franceses. Sin embargo, Malatesta
no se dejó desanimar.
En 1884 volvió a retomar su sugerencia de crear una
nueva Internacional que, según él, habría debido ser a la vez «comunista,
anarquista, antirreligiosa, revolucionaria y anti-parlamentaria». Pero este
proyecto estaba muerto hace mucho y los anarquistas se habían aislado cada vez
más de las masas obreras, en tanto que los reformistas habían logrado reclutar
cada vez más gente: en 1889 los socialdemócratas de diversos países se
reunieron en París a fin de abrir la vía a lo que debía llegar a ser la Segunda
Internacional. Algunos anarquistas se presentaron a esta reunión y fueron mal
acogidos, con violentos incidentes; teniendo la fuerza del número, los
socialdemócratas sofocaron toda contradicción que viniera por parte de los
libertarios.
El mismo tumulto ocurrió en el Congreso socialista
inter-nacional de Bruselas de 1891, de donde los anarquistas
fueron expulsados en medio de abucheos. Empero,
esta vez, una parte importante de los delegados obreros, británicos,
holandeses, italianos, se retiraron del Congreso a modo de protesta.
En el Congreso siguiente, tenido en Zurich en 1893,
los socialdemócratas decidieron, por precaución, no acoger en organizaciones
sindicales en adelante más que a partidos y grupos que aceptasen la necesidad
de la acción política, por lo que ellos entendían la conquista del poder a
través del sufragio universal.
Cuando un nuevo Congreso socialista internacional
se reunió en Londres en julio de 1896, algunos anarquistas franceses e
italianos creyeron útil hacerse delegar por sindicatos obreros. Pero esta forma
de sortear el obstáculo no evitó la irritación de los reformistas, cuyo
comportamiento, como va a colegirse por los textos siguientes, fue nada menos
que odioso.
Como notará el escritor Victor Serge, «el
anarquismo ha sido una reacción profundamente sana contra la corrupción del
socialismo del fin del siglo XIX» 155. Lenin no estará lejos de compartir este
juicio 156.
P. S. La mayoría de los textos que siguen están
extraídos de la introducción histórica de Paul Delesalle a la recensión sobre
el Congreso anarquista internacional de 1907 (París, 1908) y del libro de
Augustin Hamon, Los socialistas en el Congreso de Londres, 1897.
Victor-Serge,
La pensée anarchiste, Le Crapouillot, enero de 1938.
Lenin, El
Estado y la revolución, 1917.
Paul Delesalle 157
En Francia, el divorcio entre anarquistas y
demócratas socialistas data de 1880. El año precedente, en el Congreso de
Marsella, todas las tendencias estaban mezcladas; posibilistas, colectivistas y
anarquistas estaban bajo una misma bandera.
Eugéne Founiére 158
Nosotros estábamos entonces separados de los
anarquistas por un tabique extremadamente delgado, más bien ideal o verbal
(...). En el grupo mismo de L´Egalité hubo anarquistas hasta 1880. Sólo nos
abandonaron en el momento en que el joven Partido obrero decidió entrar en la
acción electoral, siendo en el Congreso del Havre (noviembre de 1880) donde se
adoptó el programa de Londres dictado por Marx y presentado a nuestra
aceptación por Benoit Malón, y donde se consumó la escisión entre anarquistas y
socialistas.
El divorcio era definitivo, y debía extenderse
rápidamente a los anarquistas y a los socialdemócratas de todos los países. Sin
embargo, los anarquistas, o más exactamente un cierto número de ellos, no
cesaron nunca, pese a todo, de unirse espiritualmente a la gran familia del
socialismo universal. Así, cuando en París, en 1889, y en Bruselas, en 1891,
los socialdemócratas se esforzaron por resucitar la práctica de los congresos
socialistas internacionales, algunos anarquistas
Sobre
Paul Delesalle, véase más adelante.
Eugéne
Foumiére (1857-1914), antiguo obrero joyero, fundador con Gustave Rouanet de la
Revue socialiste, consejero municipal de París y diputado, enseñó historia del
trabajo. Extraído de su libro La crise socialiste.
creyeron poder participar en ellos. Su presencia
dio lugar a los más ásperos conflictos. Los socialdemócratas, teniendo la
fuerza del número, ahogaron cualquier réplica por parte de sus adversarios, que
fueron expulsados en medio de abucheos. «Es verdad —ha escrito Bernard Lazare
(Echo de París, julio de 1896)— que una gran parte de los delegados obreros
ingleses, holandeses, italianos, se retiraron a modo de protesta. Sin embargo,
como los triunfadores no se sentían bastante fuertes aún, no votaron ninguna
resolución importante, y prefirieron descartar la cuestión del parlamentarismo
y la de la alianza con los partidos gubernamentales. Con todo, la actitud de la
mayoría significaba netamente: ya no nos ocuparemos más de luchas económicas,
sino de luchas políticas, y sustituiremos la acción revolucionaria por la
acción legal y pacífica.»
En el Congreso internacional siguiente, tenido en
Zurich en 1893, los socialdemócratas lograron, por fin —así lo creían al
menos—, desembarazarse de sus adversarios.
Circular adoptada en el Congreso de Zurich, y
cursada en 1895
Todas las cámaras sindicales obreras serán
admitidas al Congreso; también lo serán los partidos y organizaciones
socialistas que reconozcan la necesidad de la organización de los trabajadores
y de la acción política. Por acción política se entiende que las organizaciones
de trabajadores buscan en la medida de lo posible el emplear o conquistar los
derechos políticos y el mecanismo de la legislación para hacer así
triunfar los intereses del proletariado y llegar a
la conquista del poder político.
Gustave Rouanet159
«Las doctrinas de los anarquistas están en las
antípodas de las nuestras (...) Socialismo y anarquía son dos términos que se
excluyen.»
Artículo de Domela Nieuwenhuis 160
Deshonra para los que excluyeron, para los que
dividieron en lugar de unir. El mundo verá una repetición de la lucha entre
Marx y Bakunin en 1872. Será ella una nueva lucha entre la autoridad y la
libertad. Imaginad que hombres como Kropotkin, Reclus, Malatesta, Tcherkessoff
161 , Cipriani y muchos otros fueron excluidos del Congreso, y deberéis admitir
que no sería ya un Congreso socialista, sino solamente un Congreso
parlamentario, un Congreso reformista de socialdemócratas, un Congreso de una
secta. Elegid lo que queráis ser: un Congreso de socialistas serios que
discuten todas las cuestiones que interesan a los socia-
Gustave
Rouanet (1855-1927), publicista, diputado socialista por el Sfena de 1893 a
1914. Extraído de La Petite République, 15 de julio del 1896.
Ferdinand
Dómela Nieuwenhuis (1846-1917), anarquista holandés, Santiguo pastor luterano,
más tarde socialista revolucionario y libertario, propagandista de la huelga
general. Autor de Le socialisme en danger (1894) y de Socialisme libertaire et
socialisme autoritaire (1895).
Vladimir
Tcherkessoff (1854-1925), anarquista ruso originario de Georgia, refugiado en
Londres en 1891; amigo de Kropotkin y de Malatesta; antimarxista y partidario
del sindicalismo revolucionario; autor de Doctrines et actes de la
social-démocratie (1896), traductor de Bakunin, Kropotkin, Malatesta, Reclus,
etc.; Amilcare Cipriani (1844- 1918), revolucionario libertario italiano,
antiguo compañero de Garibaldi en la expedición de Sicilia, participó en
Londres en la fundación de la Primera Internacional en 1864, tomó parte en la
Comuna de París.
listas, o un Congreso de sectarios que han excluido
como heréticos a muchos hombres que han combatido y sufrido por la causa del
pueblo.
Paul Delesalle
En el Congreso siguiente (Londres, del 26 de julio
al primero de agosto de 1896), numerosos anarquistas se presentaron no ya, es
cierto, en calidad de anarquistas, sino de sindicalistas, delegados de cámaras
sindicales (Jean Grave, Enrico Malatesta, Emile Pouget, Femand Pelloutier,
Tortelier, Paul Delesalle, etc.) 162 . Fue entonces cuando los socialdmócratas,
tras una batalla de tres días en que estuvieron a punto de quedar en
desventaja, promulgaron esas resoluciones famosas que excluían de los congresos
futuros a todas las agrupaciones, incluso las corporativas, que se negaran a
confesar la «necesidad» del parlamentarismo.
(Al comienzo del Congreso de Londres, el 21 de
julio de 1896, Paul Delesálle sube a la tribuna y quiere hablar. El intérprete,
un estudiante francés, le echa violentamente por la escalera abajo, donde sufre
contusiones.)
Jean
Grave (1854-1939), anarquista francés de origen obrero, editó La Révolíé en
Ginebra, luego Les Temps Nouveaux en París; autor, sobre todo, de La Société au
lendemain de la Révolution (1882) y de La Société mourante et L´anarchie
(1893), libro por el que fue perseguido por la justicia —Fernand Pelloutier y
Emile Pouget serán estudiados más adelante—; Joseph Tortelier (1845-1925),
obrero carpintero, participó en acciones directas contra el paro y contra los
propietarios con Louise Michel y Emile Pouget; se hizo anarquista en 1884,
propagandista de la huelga general, de la abstención electoral, de la gratuidad
del pan, del alojamiento y del vestido, como preludio a un consumo según las
necesidades.
Jan Jaures 163—Si los anarquistas, que han
evolucionado considerablemente, han entrado en los sindicatos para hacer grupos
Revolucionarios, que lo digan (...). Nosotros rechazaremos las organizaciones
que les han delegado, pues nosotros no admitimos las teorías anarquistas.
Fernand Pelloutier.—La Federación de Bolsas de
Trabajo ha querido decir, al delegar en mí, que el movimiento económico debe
prevalecer sobre el movimiento electoral. El señor Jaures sabe bien que los
obreros no quieren a ningún precio que su dinero sirva para la acción
electoral.
Gustave Delory 164 .—Los anarquistas son
adversarios de toda organización, y han venido aquí para organizarse, para
entenderse sobre una acción común. No es, pues, posible que se les admita.
Jules Guesde 165.—La acción parlamentaria es el
principio socialista por excelencia. No hay sitio aquí para sus enemigos.
Primeramente hay que tomar el Gobierno (...). Además, no sólo hay
mixtificación, hay más: hay traición. Los que piensan en otro tipo de acción no
tienen sino que realizar otro Congreso.
Jean Jaurés.—Yo os pido que os atengáis formalmente
a la resolución esencial del Congreso de Zurich, es decir, a la necesidad
absoluta de la acción política.
Jean
Jaurés (1859-1914), líder republicano y socialdemócrata, periodista e
historiador, asesinado la víspera de la Primera Guerra Mundial.
Gustave
Delory (1857-1925), de origen obrero, uno de los primeros militantes
socialistas del Norte de Francia, arrestado con ocasión de las huelgas del 1 de
mayo de 1890, elegido alcalde de Lille en 1896, consejero general y diputado en
1902.
Jules
Guesde y H. Hyndman serán estudiados más adelante.
H. H. Hyndman.—La anarquía es el desorden, no puede
es-tar en este Congreso.
Dómela Nieuwenhuis.—Es cierto que el Congreso no es
un Congreso anarquista, pero también es verdad que no es un Congreso
socialdemócrata. Todo socialista tiene derecho a venir a él.
Jean Jaurés.—Nosotros somos socialistas electos, y
tenemos más derecho a asistir a un Congreso que el que tienen los que están en
posesión de un mandato de sindicatos insignificantes compuestos por cuatro o
cinco personas.
Alexandre Millerand 166.—Nos negamos formalmente a
tener la menor promiscuidad con ellos (los anarquistas) (...). El socialismo no
puede existir más que a condición de ser el mismo y de no solidarizarse con la
anarquía.
Dómela Nieuwenhuis.—Nosotros nos retiramos, no
queriendo participar por más tiempo en una comedia representada por la
socialdemocracia para el mayor provecho de algunos ambiciosos.
Ai. van Kol 167.—¡Buen viaje!
August Bebel 168 .—Lejos de decir a los obreros,
como los anarquistas, «¡No votéis!», yo les diré: «¡Votad de nuevo, votad
siempre!»
Wilhelm Liebknecht 169.—Para el próximo congreso
pido la
Alexandre
Millerand (1859-1943), socialista reformista, luego ministro en 1899 y
presidente de la República de 1920 a 1924.
Henri van
Kol (1852-1925), diputado socialdemócrata holandés, especializado en las
cuestiones coloniales, autor de un folleto, El anarquismo (1893), bajo el
seudónimo de «Rienzi».
August
Bebel (1840-1913), uno de los fundadores de la socialdemocracia alemana.
Sobre
Liebknecht, consúltese el tomo anterior.
exclusión de los anarquistas, sea cual fuere el
título bajo el que se presenten.
Comentarios de Augustin Hamon
Los discursos eran incompletos (...) cuando la
señora Marx-Aveling, hija de Karl Marx, traducía.
Los ingleses votaron siempre las exclusiones,
figurándose excluir a los anarquistas individualistas, enemigos de toda
organización, de todo orden. Se figuraban acabar con dinamiteros, con bandidos.
La característica de este Congreso fue un
autoritarismo sin límite (...), una extraordinaria intolerancia.
Los alemanes eran los directores. Ayudados por el
señor y la señora Aveling, eran los verdaderos dueños del Congreso. El buró
decidía lo que (...) Liebknecht quería.
La socialdemocracia se ha mostrado tal como es:
intoleran-te, estrecha, tan autoritaria que Keir Hardie 170 la ha calificado de
bismarckiana.
Los socialistas de la otra parte del Rhin se han
visto poco a poco conducidos a abandonar los principios del socialismo. Tienden
hacia el radicalismo.
Son autómatas.
Señora Aveling.—Todos los anarquistas son locos.
Keir
Hardie (1856-1915), antiguo minero inglés, laborista de izquierda, fundador del
independiente Labour Party en 1893.
Jean Jaurés (Petite République, 31 de julio de
1896).
Ninguna colaboración es posible entre los
socialistas y los anarquistas que ni siquiera tienen la excusa de la sinceridad
en la aberración y que han venido a desorganizar el Congreso del mismo modo que
desorganizan los sindicatos, para mayor provecho de la reacción burguesa.
Manifiesto de los anarquistas presentes en el
Congreso (extracto)
Pensamos que es útil explicar cuál es la posición
de los anarquistas respecto al movimiento obrero en general y a este Congreso
en particular.
Con el fin de presentarnos como sospechosos ante
los obreros y de mantener su mordaza sobre el movimiento, los socialdemócratas
afirman que los anarquistas no son socialistas.
Pues bien; si hay anarquistas que gustan de
llamarse así, que no quieren ser socialistas, no tienen ciertamente nada que
hacer en un Congreso socialista, y serán los primeros en no querer mezclarse en
el.
Pero nosotros, los anarquistas comunistas o
colectivistas, queremos la abolición completa de las clases y de toda la
explotación y dominación del hombre por el hombre.
Nosotros queremos que el suelo y todos los
instrumentos de producción y de cambio, así como todas las riquezas
acumuladas por el trabajo de las generaciones
pasadas, resulten, por la expropiación de los detentadores actuales, la
propiedad común de todos los hombres, para que todos, al trabajar, puedan gozar
de los productos del trabajo, en pleno comunismo.
Nosotros queremos sustituir la competencia y la
lucha entre los hombres por la fraternidad y la solidaridad en el trabajo para
la felicidad de todos. Y los anarquistas han propagado este ideal, han luchado
y sufrido por esta razón, por su realización, desde hace muchos años y, en
ciertos países, como Italia y España, antes incluso del nacimiento del
socialismo parlamentario.
¿Qué hombre de buena fe y bien instruido osaría
sostener que nosotros no somos socialistas?
¿No seremos socialistas porque queremos que los
trabaja-dores conquisten sus derechos por los esfuerzos organizados? ¿porque
queremos que no se remitan a la esperanza, quimérica según nosotros, de
obtenerlos por las concesiones de un gobierno cualquiera? ¿porque creemos que
el parlamentarismo no solamente es un arma impotente para los proletarios, sino
que incluso debe —siendo incapaz, incluso sin la resistencia de la burguesía y
por su propia naturaleza, de representar los intereses y la voluntad de todos—
seguir siendo siempre el instrumento de dominación de una clase o de un
partido? ¿porque creemos que la nueva sociedad debe ser organizada con el
concurso directo de todos los interesados, de la periferia al centro,
libremente, espontáneamente, bajo la inspiración del sentimiento de solidaridad
y bajo la presión de las necesidades naturales y
sociales? ¿porque creemos que si, por el contrario,
esta reorganización fuese hecha a fuerza de decretos por un cuerpo central,
elegido o autoimpuesto, comenzaría por ser una organización artificial,
violentando y descontentando a todo el mundo, y llegaría a la creación de una
nueva clase de políticos profesionales, que acapararía para ella misma todas
las clases de privilegios y de monopolios?
Con mucha más razón se podría sostener que nosotros
somos los socialistas más lógicos y más completos porque reclamamos para cada
uno solamente su parte entera en la riqueza social, sino también su parte en el
poder social, es decir, la facultad real de hacer sentir, como todos los demás,
su influencia en la administración de los asuntos públicos.
Somos, pues, socialistas. Por tanto, está claro que
un con-greso de donde somos excluidos no podría llamarse honesta-mente congreso
intemacioijal socialista de trabajadores. Debería, pues, tomar el título
particular del o de los partidos allí admitidos. Y así, ninguno de nosotros
habría pensado en mezclarse en un congreso denominado socialdemócrata o de
socialistas parlamentarios.
Es del interés de todos lo senemigos de la sociedad
capitalista que los obreros sean unidos y solidarios en la lucha contra el
capitalismo. Esta lucha es necesariamente de carácter económico.
No es que nosotros desconozcamos la importancia de
las cuestiones políticas. Nosotros creemos que no solamente el gobierno, el
Estado, es un mal por sí mismo, sino que también estamos convencidos de que es
el defensor armado del capitalismo. Pensamos que el pueblo no podrá poner las
manos sobre la propiedad sin pasar sobre el cuerpo del
gendarme, en el sentido figurado, según las
circunstancias. Así pues, debemos preocuparnos necesariamente de la lucha
política contra los gobiernos.
Pero la política es naturalmente una gran causa de
división. Sin duda, es así a causa de las diferencias de las condiciones y los
temperamentos en los diversos países, por el hecho de que las relaciones entre
la constitución política de un país y las condiciones de su pueblo son muy
complejas, menos asibles, menos susceptibles de ser tratadas de manera que
parezcan buenas a todo el mundo. De hecho, los obreros conscientes de los
diversos países, a quienes la lucha económica podría fácilmente reunir y solidarizar,
están divididos en mil fracciones a causa de la política.
En consecuencia, una entente entre todos los
obreros que luchan por su emancipación no puede tener lugar más que sobre el
terreno económico. Es por otra parte lo que más importa, pues la acción
política, parlamentaria o revolucionaria, del proletariado es igualmente
impotente en tanto éste no constituya un poder económico organizado y
consciente.
Toda tentativa de imponer una opinión política
única al movimiento obrero conduciría a la desagregación del movimiento e
impediría los progresos de la organización económica.
Los socialdemócratas tratan evidentemente de
imponer a los obreros su programa especial. Se diría que quieren quitar de en
medio a quienes no aceptan las decisiones de su partido de combatir por la
emancipación humana.
Nosotros
no pedimos —bien
lejos de ello—
que los
diferentes partidos y escuelas renuncien a su
programa y a su táctica. Nosotros tenemos nuestras ideas y comprendemos que los
demás tengan las suyas.
Solamente pedimos que no se lleve la división a un
terreno que no tiene razón de ser; pedimos el derecho de todo traba-jador a
combatir contra la burguesía, mano a mano de sus hermanos, sin distinción de
ideas políticas. Pedimos que cada cual luche como crea, de acuerdo con quienes
se entienden con él, pero que todos sean solidarios en la lucha económica.
Que, si los socialdemócratas quieren persistir en
su tenta-tiva de reclutamiento y sembrar así la división entre los
trabajadores, puedan éstos comprender y hacer triunfar el gran lema de Marx:
¡Trabajadores del mundo, uníos!
E. Malatesta y A. Hamon
MALATESTA Y EL CONGRESO ANARQUISTA INTERNACIONAL
(Ámsterdam, 24-31 de agosto de 1907)
En adelante, los anarquistas así escaldados
renunciaron a tratarse con los socialdemócratas en congresos internacionales.
Decidieron tener su propio congreso, en Ámsterdam, en 1907. El lector
encontrará a continuación largos extractos del acontecimiento, sacados de La
Publication sociale. Otros extractos de los debates de este congreso han sido
reproducidos por Jean Maitron en
Ravachol et les Anarchistes, colección Archives,
1964, páginas 141-158, concernientes a la controversia Monatte-Malatesta sobre
las relaciones entre sindicalismo y anarquismo, no evocada aquí, pero tratada
más lejos por Fernand Pelloutier.
Martes, 27 de agosto.
Amadeo Dunois 171. No ha pasado mucho tiempo desde
que la mayor parte de los anarquistas se oponían a todo pensamiento de
organización. Entonces, el proyecto que ahora nos ocupa hubiera levantado entre
ellos protestas innúmeras, y sus autores se hubiesen considerado sospechosos de
intenciones retrógradas y actitudes autoritarias.
Era el tiempo en que los anarquistas, aislados unos
de otros, más aislados aún de la clase obrera, parecían haber perdido todo
sentimiento social, el tiempo en que el anarquismo, con sus incesantes llamadas
a la reforma del individuo, parecía a muchos el supremo desarrollo del viejo
individualismo burgués.
La acción individual, la «iniciativa individual»,
era conceptuada como válida para todo. Se tenía generalmente por negligente el
estudio de la economía, de los fenómenos de la producción y del cambio, e
incluso algunos de nosotros, negando toda realidad a la lucha de clases, no
consentían en
Amérée
Catonné, alias «Dunois» (1878-1944), de formación libertaria, evoluciona hacia
el socialismo autoritario, entra en el periódico socialista L’Humanité antes de
1914, participa en la conferencia internacionalista de Zimmerwald en 1915;
miembro del Partido Comunista Francés, tras la escisión de Tours, y secretario
general de L’Humaniné; luego vuelve a la S. F. I. O., donde participa con Jean
Zyromski en la tendencia La Bataille socialiste.
ver en la sociedad actual más que antagonismos de
opiniones en los que la «propaganda» consistía justamente en preparar al
individuo.
En tanto que protesta abstracta contra las
tendencias opor-tunistas y autoritarias de la socialdemocracia, el anarquismo
ha tenido en veinticinco años un papel considerable. ¿Por qué, en lugar de
seguir en esa tónica, ha tratado de construir, frente al socialismo
parlamentario, una ideología propia? En sus audaces vuelos, esta ideología ha
perdido de vista con demasiada frecuencia el terreno sólido de la realidad y de
la acción práctica, y, también demasiado frecuentemente, ha acabado por
aterrizar, quisiera o no, en los parajes aislados del individualismo. Así se
llegó entre nosotros a no concebir a cualquier organización más que bajo formas
inevitablemente opresivas para el «individuo» y a rechazar sistemáticamente
toda acción colectiva. Empero, sobre esta cuestión de la organización que,
precisamente, nos ocupa, una evolución significativa está ocurriendo. Sin duda
alguna, esta evolución particular debe unirse a la evolución general que el
anarquismo ha experimentado en Francia en los últimos años.
Al mezclamos más activamente que otrora en el
movimiento obrero, hemos franqueado la distancia que separa a la idea pura, que
tan frecuentemente se transforma en dogma inviolable, en la realidad viva.
Cada vez estamos menos interesados en
abstracciones, y más en el movimiento práctico, en la acción: el sindicalismo,
el antimilitarismo han ocupado entre nosotros el primer lugar. El anarquismo
nos aparece mucho menos bajo el aspecto de una doctrina filosófica y moral, que
como teoría
revolucionaria, que como programa concreto de
transformación social. Nos basta ver en él la expresión teórica más perfecta de
las tendencias del movimiento proletario.
La organización anarquista despierta aún
objeciones. Pero estas objeciones son muy diferentes, según nazcan de los
individualistas o de los sindicalistas.
Contra los primeros, basta apelar a la historia del
anarquis-mo. Este ha salido, por vía de evolución, del «colectivismo» de la
Internacional, es decir, en último análisis, del movimiento obrero.
No es, pues, una forma reciente, la más
perfeccionada del individualismo, sino una de las modalidades del socialismo
revolucionario. Lo que niega no es, pues, la organización; al contrario, es el
gobierno, con el cual, nos dice Proudhon, la organización es incompatible. El
anarquismo no es individua-lista, es federalista, «asociacionista» ante todo.
Se le podría definir como federalismo integral.
Por lo demás, no se ve cómo una organización
anarquista podría perjudicar al desarrollo individual de sus miembros. Nadie,
en efecto, sería obligado a entrar en ella, ni siquiera, una vez entrado, a no
salir.
Las objeciones hechas desde el terreno
individualista contra nuestros proyectos de organización anarquista no resisten
el examen: se volverían contra toda forma de sociedad también. Las objeciones
de los sindicalistas tienen más solidez. Veámoslas.
La existencia de un movimiento obrero de
orientación netamente revolucionaria es actualmente, en Francia, el gran
hecho con el que hay peligro de que choque, y hasta
rompa, toda tentativa de organización anarquista; y este gran hecho histórico
nos impone ciertas precauciones a las que no están obligados, me imagino,
nuestros camaradas de otros países.
«El movimiento obrero os ofrece, se nos dice, un
campo de acción prácticamente ilimitado. Mientras que vuestros grupos de
opiniones, pequeñas capillas en que no penetran más que fieles, no pueden
esperar engrosar indefinidamente sus efectivos, la organización sindical no
desespera de llegar a contener, en sus cuadros flexibles y móviles, al
proletariado todo entero.
»Ahora bien, se añade, vuestro lugar como
anarquistas solamente se entiende desde la unión obrera. La unión obrera no es
simplemente una organización de lucha, es el germen vivo de la sociedad futura,
y ésta será lo que hayamos hecho del sindicato. El error es el de permanecer
entre iniciados, remachando siempre los mismos problemas de doctrina, volviendo
sin fin a los mismos círculos del pensamiento. Bajo ningún pretexto es posible
separarse del pueblo, pues por atrasado o estúpido que sea, es el —y no el ideólogo—
el motor indispensable de toda revolución. ¿Tenéis vosotros, como los
socialdemócratas, intereses diferentes de los del proletariado, intereses de
partido, secta o camarilla que hacer valer? ¿Es el proletariado quien debe ir a
vosotros, o vosotros a él para vivir de su vida, ganar su con-fianza y
excitarle, mediante la palabra y el ejemplo, a la resis-tencia, la revuelta, la
revolución?»
Con todo, no me parece que estas objeciones vayan
contra nosotros. Organizados o no, los anarquistas —me refiero aquellos de
nuestra tendencia que no separan anarquismo
de proletariado— no pretenden el papel de
«salvadores supremos». Convencidos de siempre de que la emancipación de los
trabajadores será obra de los trabajadores mismos o no será, nosotros
concedemos voluntariamente al movimiento obrero el primer lugar en nuestro
orden de acción. Es decir, que para nosotros el sindicato no tiene por qué
jugar un papel puramente corporarativo, meramente profesional, como lo
entienden los guesdistas y, con ellos, algunos anarquistas afectos a fórmulas
caducas. El tiempo del corporativismo ha pasado; este hecho ha podido
con-trariar en su origen a las concepciones que le eran anteriores; nosotros lo
aceptamos, con todas sus consecuencias.
Nuestro papel, pues, como anarquistas que creemos
ser la fracción más avanzada, la más audaz y la más emancipada de ese
proletariado, militando siempre a su lado, es el combatir, unidos a él, las
mismas batallas. Lejos de nosotros el inepto pensamiento de aislamos en
nuestros grupos de estudio; organizados o no, seguiremos siendo fieles a
nuestra misión de educadores, de excitantes de la clase obrera. Y si hoy
creemos deber agrupamos entre camaradas es, entre otras razones, para conferir
a nuestra actividad sindical el máximo de fuerza y de continuidad. Cuanto más
fuertes seamos, y sólo lo seremos agrupándonos, más fuertes serán también las
corrientes de ideas que podamos dirigir a través del movimiento obrero.
Pero ¿nuestros grupos de anarquistas deberían
limitarse a completar la educación de los militantes, a mantener en ellos la
savia revolucionaria, a permitirles reconocerse y
encontrarse? ¿No tendrían que ejercer directamente
una actividad propia? Pensamos que sí.
La revolución social no puede ser obra más que de
la masa. Pero toda revolución se acompaña necesariamente de actos que por su
carácter, de alguna manera técnico, no pueden ser sino el hecho de un pequeño
número, de la fracción más osada y la más instruida del proletariado en
movimiento. En cada distrito, en cada ciudad, en cada región, nuestros grupos
formarían, en período revolucionario, tantas pequeñas organizaciones de
combate, destinadas a la realización de las medidas especiales y delicadas para
las que la gran masa es muy frecuentemente inhábil.
Pero el objeto esencial y permanente de un grupo
sería, y con ello termino, la propaganda anarquista. Sí; nosotros nos uniríamos
ante todo para propagar nuestras concepciones teóricas, nuestros métodos de
acción directa y de federalismo. Hasta ahora la propaganda se ha hecho
individualmente. La propaganda individual ha dado resultados muy apreciables en
otro tiempo, pero hay que confesar que hoy ya no es aceptable.
Desde hace varios años, una especie de crisis ha
sacudido al anarquismo. La falta casi completa de entendimiento y de
organización entre nosotros tiene mucho de culpable de esta crisis. Los
anarquistas, en Francia, son muy numerosos. Pero en el orden teórico están muy
divididos; y en el orden práctico lo están aún más. Cada cual actúa a su guisa
y antojo. Los esfuerzos individuales, por considerables que sean, se dispersan
y malgastan frecuentemente en su totalidad. Hay anarquistas por doquier, lo que
falta es un movimiento anarquista capaz de unir, en un terreno común,
todas las fuerzas que, hasta hoy, batallaron
aisladamente.
Este movimiento anarquista saldrá de nuestra acción
común, concertada, coordinada. Inútil sería el decir que la organización
anarquista no tendría la pretensión de unir a todos los elementos que se
reclaman, a veces a su pesar, de la idea de la anarquía. Bastaría que agrupase,
alrededor de un programa de acción práctico, a todos los camaradas que
aceptasen nuestros principios y deseasen trabajar con nosotros.
Tiene la palabra el camarada H. Croiset, de
Ámsterdam, que representa, en el congreso, la tendencia individualista.
H. Croiset 172 . Lo que importa ante todo es dar
una definición de la anarquaía, en el sentido de que queremos instaurar un
estado social en donde el individuo encuentre la garantía de su libertad
integral, en el que cada cual pueda vivir plenamente su vida; dicho de otro
modo, en el que el individuo viva sin restricción de ninguna especie toda su
vida para el, y no, como hoy, la vida de los demás, la vida que los demás le
imponen.
Mi divisa es: ¡Yo, yo, yo... y los otros luego!
Los individuos no deben asociarse más que cuando
esté de-mostrado que sus esfuerzos individuales no pueden permitirles alcanzar
aisladamente este fin. Pero la agrupación, la organización, no debe jamás, bajo
ningún pretexto, resultar una constricción para aquel que ha
Hynan
Croiset, anarquista individualista, discípulo de Stirner; organizará en 1920
una huelga en el teatro de Amsterdam; autor de un libro, Le Mouvement
nérlandais de libre pensée.
entrado en ella libremente. El individuo no está
hecho para la sociedad, sino al contrario la sociedad para el individuo.
La anarquía quiere poner a cada individuo en
condiciones de desarrollar libremente todas sus facultades. Ahora bien, la
organización tiene como resultado fatal el limitar, más o menos siempre, la
libertad del individuo. La anarquía está, pues, opuesta, a todo sistema de
organización permanente. Por la vana ambición de ser prácticos, los anarquistas
se han reconciliado con la organización. Es una pendiente deslizante en la que
se colocan. Un día u otro acabarán por reconciliarse con la autoridad misma, ¡como
los socialdemócratas!
Las ideas anarquistas deben conservar su pureza
antigua, más que tender a hacerse más prácticas. Volvamos, pues, a la antigua
pureza de nuestras ideas.
Sigfried Nacht 173.—No seguiré a Croiset en el
terreno en que se ha colocado. Lo que por encima de todo me parece debe ser
elucidado son las relaciones entre el anarquismo, o más exactamente las
organizaciones anarquistas y los movimientos obreros. Es para facilitar el
papel de estos últimos, para lo que nosotros, en tanto que anarquistas, debemos
constituir grupos especiales de preparación y educación revolucionaria.
El movimiento obrero tiene una misión que le es
propia, y que emana de las condiciones de vida dadas al proletariado por la
sociedad actual: esta misión es la conquista del poder económico, la
apropiación colectiva de todas las fuentes de
Sigfried
Nacht (1878-1959), de origen galiciano judío, anarcosindicalista; vivió en
Suiza, España, Estados Unidos, donde ha muerto; escribió VAction directe y La
Gréve générale.
producción y de vida. A esto aspira el anarquismo,
pero a ello no podría llegar con sus grupos de propaganda ideológica. Por buena
que sea, la teoría no penetra profundamente en el pueblo, sino que ante todo se
educa por la acción. La acción, poco a poco, le conferirá una mentalidad
revolucionaria.
Las ideas de huelga general y de acción directa
ejercen una gran seducción sobre la conciencia de las masas obreras. Estas
masas, en la revolución futura, constituirán de algún modo la infantería del
ejército Revolucionario. Nuestros grupos anarquistas, especializados en las
tareas técnicas, formarán por así decirlo la artillería que, aun siendo menos
numerosa, no es menos necesaria que la infantería.
Georges Thonar.—Comunismo e individualismo, en el
con-junto de la idea anarquista, son iguales e inseparables. La organización,
la acción en común, es indispensable al desarrollo del anarquismo, no está en
contradicción con nuestras premisas teóricas. La organización es un medio, y no
un principio, pero no hace falta recordar que para ser aceptable debe estar
constituida libertariamente.
La organización ha podido ser inútil en un tiempo
en que no éramos más que un pequeño número de anarquistas que nos conocíamos
todos y donde todos nos frecuentábamos asiduamente. Pero hoy somos legión y
hemos de tratar de que nuestras fuerzas no se dispersen. Organicémosnos, pues,
no sólo para la propaganda anarquista, sino también y sobre todo para la acción
directa.
Estoy lejos de ser hostil al sindicalismo, sobre
todo cuando sus tendencias están en favor de la revolución. Pero la orga-
nización obrera no es anarquista, y por
consiguiente en su seno nosotros no seremos nunca nosotros mismos, nuestra
actividad no podrá ser allí nunca integralmente anarquista. De ahí la necesidad
de crear agrupaciones y federaciones libertarias, fundadas sobre el respeto de
la libertad y de la iniciativa de todos y de cada uno.
K. Vohryzek.—Voy a cuestionar la causa de la
organización en mi calidad de individualista. Es imposible pretender que el
anarquismo, por el hecho mismo de sus principios, no pueda admitir la
organización. El que se autodenomina individualista no condena radicalmente la
asociación entre los individuos.
Decir, como a veces se dice, «o Stimer o
Kropotkin», opo-niendo así a estos pensadores, es caer en el error. Kropotkin y
Stimer no pueden oponerse uno a otro, sino que han expuesto la misma idea desde
puntos de vista diferentes. Eso es todo. Y la prueba de que Max Stimer no era
un individualista frenético como suele decirse es que se pronunció en favor de
la «organización». Incluso consagró un capítulo entero a la «asociación de
egoístas» 174.
Nuestra Organización, al no tener ningún poder
ejecutivo, no será contraria a nuestros principios. En los sindicatos obreros,
defendemos los intereses económicos de los trabajadores. Pero en el resto
debemos agrupamos aparte, crear organizaciones con bases libertarias.
Véase el
tomo primero, al comienzo. Sobre Emma Goldman, el tomo primero, al final.
Pierre Ramus, en realidad Rudolf Grossmann
(1882-1942), anarquista austríaco; vivió en los
Estados Unidos y en Londres antes de la Primera Guerra Mundial; volvió a Europa
en 1904; introdujo el sindicato revolucionario en Austria; propagandista del
antimilitarismo al lado de Karl Liebknecht; muerto durante la guerra en un
barco torpedeado por los alemanes.
Emma Goldman.—Yo soy también, en principio,
favorable a la organización. Sin embargo, temo mucho que ésta, un día u otro,
caiga en el exclusivismo.
Dunois ha hablado contra los excesos del
individualismo. Pero estos excesos no afectan en nada al individualismo
verdadero, del mismo modo que los excesos del comunismo tampoco afectan al
verdadero comunismo. He expuesto esta manera mía de ver en una conferencia cuya
conclusión es que la organización tiende siempre, más o menos, a absorber la
personalidad del individuo. Es ello un peligro que hay que prever. Así, no
aceptaría yo la organización anarquista, más que con una sola condición: que se
base sobre el respeto absoluto de todas las iniciativas individuales, que no
ponga trabas a su desarrollo ni a su evolución.
El principio esencial de la anarquía es la
autonomía indivi-dual. La Internacional no será anarquista más que si respeta
íntegramente este principio.
Pierre Ramus.—Yo soy favorable a la organización y
a todos los esfuerzos que se hagan entre nosotros en tal sentido. Em-pero, no
me parece que los argumentos presentados en el comunicado de Dunois tengan toda
la entidad deseable. Hemos de esforzarnos por volver a los principios
anarquistas, tales como en la actualidad los ha formulado Croiset, pero a la
vez debemos organizar sistemáticamente nuestro movimiento. En otros términos,
es necesario que la iniciativa individual se apoya en la fuerza de la colectividad,
y en la colectividad encuentre su expresión en la iniciativa individual.
Pero a fin de que sea así, hemos de guardar
intactos y puros nuestros principios fundamentales. Además, estamos lejos de
crear de nuevo. En realidad, somos los sucesores inmediatos de aquellos que, en
la vieja asociación internacional de trabajadores, estaban con Bakunin contra
Marx. Nosotros no aportamos, pues, nada de nuevo, y lo más que podemos hacer es
dar a nuestros viejos principios un impulso nuevo, favoreciendo por doquier la
tendencia a la organización.
En cuanto a la finalidad de la nueva Internacional,
no debe ser el constituir una fuerza auxiliar de la del sindicalismo
revolucionario. Debe ser el trabajar por la propaganda del anarquismo en su
integridad.
Errico Malatesta.—He escuchado con atención cuanto
se ha dicho antes de mí sobre esta cuestión de la organización, y mi impresión
muy neta es que lo que nos divide son palabras que entendemos de manera
diferente. No nos pelearemos por palabras. En el fondo mismo de la cuestión,
estoy convencido de que todo el mundo está de acuerdo.
Todos los anarquistas, sea cual fuere la tendencia
a la que pertenezcan, son, en cierto modo, individualistas. Pero la recíproca
está lejos de ser verdadera: todos los individualistas no son anarquistas. Los
individualistas se dividen, pues, en dos categorías bien distintas: los unos,
reivindican para todas las individualidades humanas, incluida la suya, el
derecho al desarrollo integral; los otros, sólo se preocupan de su
individualidad, y no dudan nunca en sacrificar a los demás ante ella. El zar de
todas las Rusias está entre estos últimos individualistas. Nosotros nos
contamos entre los primeros.
Se repite con Ibsen 175 que el hombre más poderoso
del mundo es el que está más solo, ¡Enorme sinsentido! El doctor Stockmann, en
cuya boca ha puesto Ibsen esta máxima, no era un aislado en toda la extensión
de la palabra; vivía en una sociedad constituida, y no en la isla de Robinsón.
El hombre «solo» se encuentra en la imposibilidad de realizar la más pequeña
tarea útil, productiva; y si alguien necesita un dueño por encima de él, es el
hombre que vive aislado. Lo que libera al individuo, lo que le permite
desarrollar todas sus facultades, no es la soledad, es la asociación.
Para realizar un trabajo realmente útil, la
cooperación es indispensable, hoy más que nunca. Sin duda, la asociación ha de
permitir una entera autonomía a los individuos que se adhieren a ella, y la
federación debe respetar en los grupos esa misma autonomía: guardémonos de
creer que la falta de organización sea una garantía de libertad. Todo demuestra
que es de otro modo.
Un ejemplo: hay periódicos anarquistas franceses
que cierran sus columnas a todos aquellos cuyas ideas, el estilo, o más
simplemente, su persona, han tenido la desgracia de caer mal a sus redactores
habituales. El resultado es que estos redactores están investidos de un poder
personal que limita la libertad de opinión y de expresión de los camaradas.
Sería distinto si tales periódicos, en lugar de ser la propiedad personal de
tal o cual individuo, perteneciesen a grupos: entonces todas las opiniones podrían
libremente confrontarse allí.
Henrik
Ibsen (1828-1906), dramaturgo noruego individualista. El doctor Stockmann es el
personaje principal de una de sus obras, Un enemigo del pueblo (1882), donde un
hombre solo entra en lucha contra un poderoso grupo social.
Se habla mucho de autoridad, de autoritarismo. Pero
sobre esto hay que entenderse. Contra la autoridad encarnada en el Estado y que
no tiene otro fin que el mantener la esclavitud económica en el seno de la
sociedad, nos levantamos con toda nuestra fuerza, y no cesaremos nunca de
sublevarnos contra ella. Pero existe también la autoridad moral, que emana de
la experiencia, de la inteligencia o del talento, y que, por ser anarquistas,
no hay nadie entre nosotros que no la respete.
Es un error representarse a los «organizadores»,
los federalistas, como autoritarios; y es otro, no menos grave, el presentar a
los «antiorganizadores», los individualistas, como unos seres que se condenan
deliberadamente al aislamiento. Para mí, lo repito, la querella entre
individualistas y organizativistas es una pura querella de palabras, que no
resiste el examen atento de los hechos. En la realidad práctica, ¿qué es lo que
vemos? Que los «individualistas» están a veces mejor organizados que los «organizativistas»,
por la razón de que estos últimos se limitan muy frecuentemente a predicar la
organización sin practicarla. Por otra parte, a veces hay mucho más
autoritarismo efectivo en los grupos que se reclaman ardientemente de la
«libertad absoluta del individuo» que entre aquellos a los que se conceptúa
ordinariamente como autoritarios, por tener un buró y tomar decisiones.
Dicho de otro modo, organizativistas y
antiorganizativistas, todos ellos se organizan. Sólo quienes nada o casi nada
hacen, pueden vivir en el aislamiento y complacerse en el. Esta es la verdad,
¿por qué no reconocerla?
He aquí una prueba, en apoyo de lo que digo: en
Italia,
todos los camaradas que actualmente luchan se
reclaman de mi nombre, «individualistas» y «organizativistas», y yo creo que
todos tienen razón, pues, sean cuales fueren las divergencias teóricas entre
ellos, todos practican igualmente la acción colectiva.
¡Basta de querellas verbales, atengámonos a los
hechos! Las palabras dividen y la acción une. Ha llegado el tiempo de ponernos
todos juntos a trabajar para ejercer una influencia inmediata en los
acontecimientos sociales. Me resulta penoso el pensar que para arrancar a uno
de los nuestros de las garras de sus verdugos haya habido necesidad de
dirigirnos a otros partidos distintos del nuestros. Y sin embargo, Ferrer 176
no debería su libertad a los francmasones y a los librepensadores burgueses, si
los anarquistas agrupados en una internacional poderosa y muy temida hubiesen
podido tomar en su propia mano la protesta universal contra la infamia criminal
del gobierno español.
Tratemos, pues, de que la Internacional anarquista
se haga al fin una realidad. Para que podamos hacer rápidamente una llamada a
todos los camaradas, para luchar contra la reacción, como para dar fe a la vez
de iniciativa revolucionaria, es preciso que nuestra Internacional sea.
Max Baginsky 177 .—Un grave error demasiado
frecuentemente cometido es el de creer que el individualismo rechaza toda
organización. Los dos términos,
Francisco
Ferrer (1854-1909), librepensador español, fundador de un sistema de enseñanza
y de educación libres, enemigo de la Iglesia católica, que le acusó de haber
participado en complots revolucionarios; pereció fusilado en 1909 en la
fortaleza de Montjuich.
Max
Baginsky (1864-1943), miembro del partido socialdemócrata alemán, luego
anarquista, emigrado a los Estados Unidos en 1893.
por el contrario, son inseparables. El
individualismo significa más especialmente un esfuerzo en el sentido de la
liberación interior, moral, del individuo; organización significa asociación
entre individualidades conscientes para alcanzar un fin, o para saciar una
necesidad económica. No hay que olvidar nunca que una organización
revolucionaria necesita individualidades especialmente enérgicas y conscientes.
Amédée Dunois.—Constato que yo había tratado de
hacer descender la discusión del cielo de las ideas abstractas y vagas a la
tierra firme de las ideas concretas, precisas, humildemente relativas. Croiset
por el contrario la ha hecho ascender al cielo, a alturas metafísicas a las que
me niego a seguirle.
La moción cuya adopción propongo al congreso no se
inspira en ideas especulativas sobre el derecho del individuo al desarrollo
integral. Parte de consideraciones prácticas sobre la necesidad que hay de
organizarse, de solidarizar los esfuerzos de propaganda y de combate.
Christian Cornelissen 178.—Nada es más relativo que
el concepto de individuo. La individualidad en sí no existe en la realidad,
donde siempre la vemos limitada por otras individualidades. Los individualistas
olvidan demasiado estos límites de hecho, y el gran valor de la organización
será precisamente hacer al individuo consciente de estos límites,
acostumbrándole a conciliar su derecho al desarrollo personal con los derechos
de los demás.
Christian
Cornelissen (1864-1943), socialista libertario holandés, amigo y colaborador de
Dómela Nieuwenhuis, con quien editó el periódico Recht voor Allen. Teórico y
organizador del sindicalismo y de la huelga general en su país, emigró a
Francia, donde acabó sus días, colaborando con la prensa sindicalista.
G. Rinjnders.—Tampoco yo soy hostil a la
organización. Por lo demás, no hay un solo anarquista que no esté por ella.
Todo depende de la manera en que la organización se conciba y establezca. Lo
que ante todo conviene evitar son las personalidades. En Holanda, por ejemplo,
la Federación existente está lejos de satisfacer a todo el mundo; es verdad que
aquellos que no la aprueban no tienen sino no entrar en ella.
Emite Chapelier.—Solicito que los discursos sean
menos largos y mas sustanciales. Tras el pronunciado ayer tarde por Malatesta,
que ha agotado la cuestión, no se ha aportado nada nuevo en favor o en contra
de la organización. Antes de hablar de autoridad o de libertad, sería bueno
entenderse sobre el sentido de estas palabras. Por ejemplo, ¿qué es la
autoridad? Si es la influencia que ejercen y ejercerán siempre en un grupo los
hombres de capacidad real, nada tengo en contra de ella. Pero la autoridad que
hay que evitar a todo precio entre nosotros es la que emana del hecho de que
ciertos camaradas sigan ciegamente tal o cual cosa. Es este un peligro, y para
conjurarle pido que la organización que se cree ignore los jefes y los comités
generales.
Emma Goldman.—Como ya dije, estoy por la
organización. Sólo quisiera que, en la propuesta de Dunois, se afirmase
explícitamente la legitimidad de la acción individual al lado de la acción
colectiva. Presento, pues, una enmienda a la moción de Dunois.
(Emma Goldman da lectura a su enmienda que,
aceptada por Dunois, será luego incorporada, en términos abreviados, a la
moción de este último.)
I. Samson
179.—Aquí, en Holanda, existe una Federación de comunistas libertarios, a la
que pertenezco. Sin duda, como acaba de decir el compañero Rinjnders, muchos
camaradas han rechazado el adherirse a ella. ¿Por razones de principio? No,
sólo por razones de personas. Nosotros no excluimos ni hemos excluido nunca a
nadie. Tampoco nos oponemos a la entrada de individualistas. Que vengan a
nosotros, si quieren. En verdad, no quiero disimular el hecho de que, sea cual
fuere la forma de organización adoptada, siempre estarán descontentos en ella.
Son descontentos por naturaleza, y no hay por qué dar demasiado valor a sus
críticas.
Vohryzek.—La
moción Dunois no decía nada sobre el ca-rácter que debe revestir la
organización anarquista; pido que se precise adjuntando una nota sobre ese
carácter, nota que Malatesta ha tenido a bien pedir junto conmigo.
(Vohryzek lee esta nota adjunta que se encontrará
más adelante.)
La discusión termina. Se pasa al voto de las
mociones pre-sentadas. Hay dos: la primera es la de Dunois, ligeramente
enmendada por Emma Goldman y completada por Vohryzek y Malatesta; la segunda es
la del camarada Pierre Ramus.
I. I.
Samson, propagandista anarquista holandés, activo durante la huelga general de
1903; redactor del periódico Le Libre Communiste en 1905; más tarde, miembro
del Partido Socialista.
Moción Dunois
(Los anarquistas, reunidos en Ámsterdam el 27 de
agosto de 1907.)
Considerando que las ideas de anarquía y de
organización, lejos de ser incompatibles, como se ha pretendido a veces, se
completan y aclaran una a otra, pues el principio mismo de la anarquía reside
en la libre organización de los productores.
Que la acción individual, por importante que sea,
no podría suplir el defecto de la acción colectiva y del movimiento
con-certado, del mismo modo que tampoco la acción colectiva podría suplir la
falta de iniciativa individual 180.
Que la organización de las fuerzas militares
aseguraría a la propaganda un arranque nuevo y no podría sino acelerar la
penetración en la clase obrera de las ideas de federalismo y de revolución.
Que la organización obrera, fundada sobre la
identidad de los intereses, no excluye una organización fundada sobre la
identidad de las aspiraciones y de las ideas.
Están de acuerdo en que los camaradas de todos los
países pongan en el orden del día la creación de grupos anarquistas y la
federación de los grupos ya creados.
Añadido Vohryzek-Malatesta
La Federación anarquista es una asociación de
grupos e individuos donde nadie puede imponer su voluntad ni disminuir la
iniciativa de otro.
Frente a la sociedad actual, tiene por fin el
cambiar todas
La
proposición subrayada resume la enmienda de Emma Goldmann (nota de Paul
Delesalle).
las condiciones morales y económicas y, en este
sentido, sostienen la lucha por todos los medios adecuados.
Moción Pierre Ramus
El Congreso anarquista de Ámsterdam propone a los
grupos de todos los países el unirse en federaciones locales y regionales,
según las diversas divisiones geográficas.
Declaramos que nuestra propuesta se inspira en los
princi-pios mismos del anarquismo, pues no vemos la posibilidad de iniciativa y
actividad individual fuera del grupo, el cual, en nuestra opinión, constituido
según nuestros votos, dará —sólo el— un terreno práctico para la libre
expansión de cada individualidad.
La organización federativa es la forma que más
conviene al proletariado anarquista. Ella une los grupos existentes en un todo
orgánico que crece por la adhesión de los grupos nuevos. Es antiautoritaria, no
admite ningún poder legislativo central con decisiones obligatorias para los
grupos y los individuos, pues éstos tienen un derecho reconocido a
desarrollarse libremente en nuestro movimiento común y a actuar en el sentido
anarquista y económico sin ningún orden u obstáculo. La federación no excluye a
ningún grupo, y cada grupo es libre de retirarse y de entrar en posesión de
fondos, cuando lo considere necesario.
Además, recomendamos a los compañeros el agruparse
según las necesidades de su movimiento respectivo, así como no perder de vista
que la fuerza del movimiento anarquista, nacional e internacional, depende de
su
constitución sobre bases internacionales, no
pudiendo derivar los medios de emancipación más que de una acción internacional
concertada. Compañeros de todos los países, organizaos en grupos autónomos, y
unidos en una federación internacional: la Internacional anarquista.
Habiéndose dado lectura a estas mociones en
francés, holandés y alemán, se pasó al voto.
La moción Dunois obtuvo 46 votos; la enmienda
Vohryzek,
En contra
de esta moción, sólo una mano se alzó, y ninguna contra la enmienda, que obtuvo
así la unanimidad de los sufragios.
La moción Ramus fue puesta acto seguido a votación:
reunió 13 votos a favor y 17 en contra. Muchos congresistas se abstuvieron, por
considerar que la moción Ramus no añadía nada a la que acababa de ser votada.
Una reseña de la revista Pages libres ha subrayado
como sigue la importancia del voto emitido por el Congreso:
«Esta resolución de Ámsterdam no carece de
importancia: ahora nuestros adversarios socialdemócratas ya no podrán decir que
odiamos toda clase de organización, afirmación con la que nos excomulgan del
socialismo sin otra forma de proceso. El legendario individualismo de los
anarquistas ha sido matado públicamente en Ámsterdam por los anarquistas
mismos, y toda la mala fe de algunos de nuestros adversarios no podría
resucitarla.»
Emma Goldman se levanta y dice que sería extraño
que un
congreso anarquista no se declarara en favor del
derecho de revolución entendido en su acepción más amplia, y lee la siguiente
declaración que el camarada Baginsky ha firmado con ella:
El Congreso anarquista internacional se declara en
favor del derecho de revuelta por parte del individuo como por parte de toda la
masa.
El Congreso sabe que los actos de rebelión, sobre
todo cuando están dirigidos contra los representantes del Estado y de la
plutocracia, deben considerarse desde un punto de vista psicológico. Son los
resultados de la impresión profunda hecha sobre la psicología del individuo por
la presión terrible de nuestra injusticia social.
Podría decirse, como regla, que sólo el espíritu
más noble, el más sensible y el más delicado está sujeto a profundas
impresiones que se manifiestan por la revuelta interna y externa. Considerados
bajo este punto de vista, los actos de revuelta pueden caracterizarse como las
consecuencias sociopsicológicas de un sistema insoportable, y, como tales,
estos actos, con sus causas y motivos, deben ser comprendidos, antes de ser
alabados o condenados.
Durante los períodos revolucionarios, como en
Rusia, el acto de revuelta, sin considerar su carácter psicológico, sirve de
doble fin: mina la base misma de la tiranía y levanta el entusiasmo de los
tímidos. Este es el caso, sobre todo cuando la actividad terrorista se dirige
contra los agentes más brutales y más odiosos del despotismo.
El congreso, al aceptar esta resolución, expresa su
adhesión al acto individual de revuelta, a la vez que su
solidaridad con la insurrección colectiva.
Puesta a votación, la declaración Goldman-Baginsky
es aprobada por unanimidad.
MALATESTA, LA INTERNACIONAL ANARQUISTA Y LA GUERRA
El 15 de febrero de 1915 apareció el manifiesto que
sigue. Estaba firmado por 35 libertarios conocidos de diversas nacionalidades,
entre ellos Errico Malatesta, Alexandre Schapiro, Alexandre Berkman, Emma
Goldman, Dómela Nieuwenhuis, etc. Malatesta y Schapiro eran dos de los cinco
secretarios del Bureau Internacional, elegidos en el Congreso internacional
anarquista de 1907.
Otro secretario, Rudolf Rocker 181no había podido
estampar su firma, pues estaba entonces internado; pero también estaba opuesto
a la guerra.
Europa en fuego, una decena de millones de hombres
metidos en la más espantosa carnicería que jamás haya registrado la historia,
centenares de millones de hombres y de mujeres y niños en lágrimas, la vida
económica, intelectual y moral de siete grandes pueblos brutalmente suspendida,
la amenaza cada día más grave de complicaciones militares nuevas, tal es, tras
cinco meses, el penoso, angustioso y odioso espectáculo que nos ofrece el mundo
civilizado.
Rudolf
Rocker (1873-1958), historiador y filósofo anarquista alemán, muerto en los
Estados Unidos, autor, especialmente, de La Bancarrota del comunismo de Estado
ruso, 1921.
Espectáculo esperado, sin embargo, al menos por los
anar-quistas.
Pues ellos nunca han dudado —los terribles
acontecimientos de hoy fortalecen esta seguridad— de que la guerra está en
permanente gestación en el organismo social actual, y que el conflicto armado,
restringido o generalizado, colonial o europeo, es la consecuencia natural y el
desenlace necesario y fatal de un régimen que tiene por base la desigualdad
económica de los ciudadanos, que descansa en el antagonismo salvaje de los
intereses, y que coloca al mundo del trabajo bajo la estrecha y dolorosa
dependencia de una minoría de parásitos, detentadores a la vez del poder
político y del poder económico. La guerra era inevitable: viniese de donde
viniese, tenía que estallar. No en vano, tras un siglo, se preparan febrilmente
los más formidables armamentos y se aumentan cada día más los presupuestos de
la muerte. Perfeccionando constantemente el material de guerra, tendiendo
continuamente a llevar a todos los espíritus y a todas las voluntades hacia la
mejor organización de la máquina militar, no se trabaja por la paz.
De este modo es ingenuo y pueril, tras haber
multiplicado las causas y las ocasiones de conflictos, tratar de establecer las
responsabilidades de tal o cual gobierno. Ya no hay distinción posible entre
las guerras ofensivas y las guerras defensivas. En el conñicto actual, los
gobiernos de Berlín y de Viena se han justificado con documentos no menos
auténticos que los gobiernos de París, de Londres y de Petrogrado. Quien de
entre estos o aquellos produzca los documentos más indiscutibles y decisivos
para establecer su buena fe y presentarse como el inmaculado defensor del
derecho y de la libertad, aparecerá como el campeón
de la civilización.
¿La civilización? ¿Quién la representa en este
momento? ¿Es el Estado alemán con su militarismo formidable y tan poderoso que
ha sofocado toda veleidad de revuelta? ¿Es el Estado ruso, cuyo knout, la horca
y la Siberia son los únicos medios de persuasión? ¿Es el Estado francés con
Biribi, las sangrientas conquistas de Tonkin, de Madagascar, de Marruecos, con
el reclutamiento forzado de las tropas negras, es esa Francia que retiene en
sus prisiones, desde hace años, a camaradas culpables tan sólo de haber escrito
y hablado contra la guerra? ¿Es Inglaterra, que explota, divide, difama y
oprime a las poblaciones de su inmenso imperio colonial?
No. Ninguno de los beligerantes tiene el derecho de
recla-marse de la civilización, como nadie tiene el derecho a declararse en
estado de legítima defensa.
La verdad es que la causa de las guerras, tanto de
las que ensangran actualmente a las planas de Europa como de todas las que han
precedido, reside únicamente en la existencia del Estado, que es la forma
política del privilegio.
El Estado ha nacido de la fuerza militar; se ha
desarrollado sirviéndose de la fuerza militar, y es aún sobre la fuerza militar
sobre la que debe lógicamente apoyarse para mantener su omnipotencia.
Cualquiera que sea la forma que revista, el Estado no es más que la opresión
organizada al servicio de una minoría de privilegiados. El conflicto actual
ilustra esto de manera evidente: todas las formas del Estado se encuentran
comprometidas en la guerra presente: el absolutismo con Rusia, el absolutismo
mitigado de
parlamentarios con Alemania, el Estado que reina
sobre los pueblos de razas bien diferentes con Austria, el régimen democrático
ocnstitucional con Inglaterra, y el régimen democrático republicano con
Francia.
La desgracia de los pueblos, todos los cuales
estaban sin embargo profundamente inclinados hacia la paz, es haber tenido
confianza en el Estado con sus diplomáticos intrigantes, en la democracia y los
partidos políticos (partidos incluso de oposición, como el socialismo
parlamentario), para evitar la guerra. Esta confianza ha sido truncada a
voluntad y continúa siéndolo cuando los gobernantes, con la ayuda de toda su
prensa, persuaden a sus pueblos respectivos de que esta guerra es una guerra de
liberación.
Nosotros estamos resueltamente contra toda guerra
entre pueblos y, en los países neutros, como Italia, en que los gobernantes
pretenden aún lanzar a nuevos pueblos a la vorágine guerrera, nuestros
camaradas se han opuesto, se oponen y se opondrán a la guerra con la última
energía.
El papel de los anarquistas, cualquiera que sea la
situación en que se encuentren, en la tragedia actual, es el de continuar
proclamando que no hay más que una sola guerra de liberación: la que en todos
los países se realiza por los oprimidos contra los opresores, por los
explotados contra los explotadores. Nuestro papel es el de incitar a los
esclavos a la revuelta contra sus amos.
La propaganda y la acción anarquistas deben
aplicarse con perseverancia para debilitar y disgregar los diversos Estados,
para cultivar el espíritu de revuelta y para hacer nacer el des-contento en los
pueblos y en los ejércitos.
A todos los soldados de todos los países que tienen
la con-vicción de combatir por la justicia y la libertad, debemos explicarles
que su heroísmo y su valentía no servirán más que para perpetuar el odio, la
tiranía y la miseria.
A los obreros de la industria hay que recordarles
que los fusiles que ahora tienen entre sus manos han sido empleados contra
ellos en los días de huelga y de legítima revuelta, y del mismo modo servirán
de nuevo contra ellos para obligarles a padecer la explotación patronal.
A los campesinos, hay que mostrarles que, tras la
guerra, habrá que volver a encorvarse bajo el yugo y continuar culti-vando la
tierra de sus señores y alimentando a los ricos.
A todos los parias, recordarles que no deben
aflojar sus armas antes de haber arreglado cuentas con sus opresores, antes de
haber tomado la tierra y la industria para sí.
A las madres, compañeras e hijas, víctimas de un
exceso de miseria y de privaciones, les mostraremos cuáles son los verdaderos
responsables de sus dolores y de la masacre de sus padres, hijos y maridos.
Nosotros debemos aprovechar todos los movimientos
de revuelta, todos los descontentos, para fomentar la insurrección, para
organizar la revolución de la que esperamos el fin de todas las iniquidades
sociales.
¡Nada de desvanecimientos, ni siquiera ante una
calamidad como la guerra actual! Es en estos períodos tan turbios, en que
millares de hombres dan heroicamente su vida por una idea, cuando hay que
mostrar a estos hombres la generosidad, la grandeza y la belleza del ideal
anarquista; la
justicia social realizada por la organización libre
de los productores; la guerra y el militarismo para siempre suprimidos, la
libertad entera conquistada por la destrucción total del Estado y de sus
organismos de coerción.
¡Viva la Anarquía!
(Siguen 35 firmas)
En sentido contrario, en la primavera de 1916,
otros anarquistas, entre ellos Kropotkin, Jean Grave, Charles Malato 182,
Christian Cornelissen, Paul Reclus (hijo de Elíseo), etc., publicaron una
declaración de aprobación de la guerra. Fue impresa en Francia en La Bataille
Syndicaliste, publicación sospechosa de subvención por el gobierno francés.
Esta declaración se hizo célebre bajo el nombre de «Manifiesto de los
dieciséis», aunque en realidad sólo hubiera quince firmantes. Suscitó, en mayo,
una protesta de los anarquistas comunistas, de la que publicamos aquí la
conclusión:
Declaramos que toda propaganda en pro de la
continuación de la guerra entre los pueblos «hasta el fin», es decir, «hasta la
victoria» de una de las coaliciones combatientes, es una propaganda
esencialmente nacionalista y reaccionaria; que los fines por los cuales se
pretende justificar y explicar esta propaganda son completamente ingenuos,
profundamente erróneos, y no pueden resistir a la menor crítica histórica o
lógica: que una
Charles
Malato (1857-1938), escritor anarquista, autor, especialmente, de La filosofía
de la anarquía (1889); Paul Reclus, hijo de Elíseo Reclus.
propaganda semejante nada tiene que ver ni con el
anarquismo, ni con el antimilitarismo, ni con el internacionalismo, sino que
por el contrario representa en su esencia y en sus consecuencias prácticas una
especie de propaganda de militarismo y de nacionalismo estatista
pretendidamente «democrático»; que es deber absoluto de los
anarquistas-comunistas el luchar firmemente contra tales errores y contra estas
corrientes de ideas absolutamente contrarias a los intereses vitales de los
trabajadores; y que, por consiguiente, no solamente no podemos considerar de
ahora en adelante a los firmantes de la «Declaración» como nuestros camaradas
de lucha, sino que incluso nos vemos obligados a considerarles resueltamente
enemigos, aunque inconscientes no menos reales, de la causa obrera.
UNA CARTA PROFETICA
A Luigi Fabbri 183:
Londres, 30 de julio de 1919
Muy querido Fabbri:
(...) Me parece que estamos perfectamente de
acuerdo en las cuestiones que tanto te preocupan, incluso en la de la
«dictadura del proletariado».
Pienso que en esta cuestión la opinión de los
anarquistas
Luigi
Fabbri (1877-1938), escritor y militante anarquista italiano, autor de
Dictadura y revolución.
no puede ser puesta en duda, y, de hecho, incluso
antes de la revolución bolchevique, no ha sido nunca puesta en duda por nadie.
Anarquía significa no gobierno, y, por tanto, con mayor razón no dictadura, lo
que quiere decir 184, gobierno absoluto, sin control y sin límites
constitucionales. Pero cuando estalló la revolución bolchevique, parece que
nuestros amigos confundieron lo que era una revolución contra un gobierno
existente con lo que representaba un nuevo gobierno que acababa de dominar la
revolución para frenarla y dirigirla a los fines particulares de un partido. Y
de este modo nuestros amigos casi se han declarado bolcheviques ellos mismos.
Ahora los bolcheviques son simplemente marxistas,
honestos y conscientes, al contrario yle sus maestros y modelos, los Guesde 185
, Plechanoff, Hyndman, Scheidemann, Noske, etc., que han encontrado el fin que
tú conoces. Respetamos su sinceridad, admiramos su energía, pero como nunca
hemos estado de acuerdo con ellos en el plano teórico, no podríamos
solidarizarnos con ellos cuando de la teoría pasan a la práctica.
Pero acaso la verdad es simplemente esta: nuestros
amigos bolchevizantes entienden por la expresión «dictadura del proletariado»
simplemente el hecho revolucionario de los
La
palabra «dictadura».
Jules
Guesde (1845-1922), líder socialdemócrata tras haber sido anarquista, y después
el introductor del marxismo en Francia. Georges Plechanoff (1856-1918),
populista ruso que se hizo marxista en el exilio; introductor del marxismo en
Rusia; maestro y colaborador de Lenin; se separó de él por condenar en 1917 la
toma del poder por los bolcheviques. Henry Hyndman (1842-1921), fundador del
laborismo tras haber sido el introductor del marxismo en Inglaterra. Philippe
Scheidemann (1864-1935), primer ministro socialdemócrata alemán en 1919. Gustav
Noske (1868-1946), socialdemócrata de derecha, gobernador de Kiel en 1918,
entra a comienzos de 1919 en el consejo contrarrevolucionario de los comisarios
del pueblo; más tarde, ministro del Ejército, organiza la represión de los
movimientos revolucionarios de postguerra.
trabajadores que toman posesión de la tierra, de
los instrumentos de trabajo, y que buscan construir una sociedad y organizar un
modo de vida en el ¿cual no haya lugar para una clase que explota y oprime a
los productores.
Comprendida de esta manera, la «dictadura del
proletariado» sería el poder efectivo de todos los trabajadores que tratan de
abatir a la sociedad capitalista y que serían así la Anarquía cuando la
resistencia de la reacción hubiese cesado y cuando nadie pudiese ya pretender
obligar a las masas por la fuerza a obedecerla y a trabajar para ella. Y
entonces nuestra diferencia no sería ya más que una cuestión de palabras.
Dictadura del proletariado significaría ya dictadura de todos, es decir, no
dictadura, del mismo modo que un gobierno de todos no es un gobierno en el
sentido autoritario, histórico y práctico, de la palabra.
Pero los verdaderos partidarios de la «dictadura
del proletariado» no lo comprenden así, y lo demuestran bien en Rusia. El
proletariado, naturalmente, participa allí, como participa el pueblo en los
regímenes democráticos, es decir, para ocultar el aspecto real de la cosa. En
realidad, se trata de la dictadura de un partido, o mejor de los jefes de un
partido: es una verdadera dictadura, con sus decretos, sus leyes penales, sus
agentes de ejecución, y, sobre todo, con su fuerza armada que sirve también para
defender la revolución contra sus enemigos exteriores, pero que servirá mañana
para imponer a los trabajadores la voluntad de los dictadores, para frenar la
revolución, consolidar los nuevos intereses en curso de constitución, y para
defender a una nueva clase privilegiada contra la masa.
El general Bonaparte, también él, ha servido para
defender la Revolución francesa contra la facción europea, pero al de-fenderla
la ha estrangulado. Lenin, Trotsky y sus camaradas son seguramente
revolucionarios sinceros (...) y no traicionarán, pero preparan los cuadros
gubernamentales a los que vengan después para aprovecharse de la revolución y
para asesinarla. Ellos serán las primeras víctimas de sus métodos y temo que
con ellos se vendrá abajo también la revolución.
La historia se repite: mutatis mutandis, es la
dictadura de Robespierre la que llevó al propio Robespierre a la guillotina y
la que preparó el camino a Napoleón.
Tales son en general mis ideas sobre las cosas de
Rusia. En cuanto a las ideas que en particular hemos recibido, son aún muy
diversas y contradictorias como para poder arriesgar un juicio. Es posible
también que muchas cosas que nos parecen malas sean el fruto de esta situación,
y que, en las circunstancias particulares de Rusia, no haya manera de hacer
otra cosa que la que hacen. Vale más esperar, tanto más por cuanto que todo lo
que digamos no puede tener ninguna influencia en el desarrollo de los acontecimientos
en Rusia, pudiendo ser, por el contrario, mal interpretado en Italia, y dar la
impresión de que nos hacemos eco de las calumnias interesadas de la reacción.
EMILE HENRY
(1872-1894)
Emile Henry (1872-1894), contrariamente a los otros
anarquistas terroristas, era un intelectual. Hizo estudios brillantes como
becario de la escuela J. B. Bay, en que uno de sus profesores le tildaba de
«niño perfecto, el más honrado que pueda encontrarse». No le hubiera faltado
más que vestir el uniforme del politéc¬nico, pero no lo quiso hacer «por no ser
militar y quedar constreñido a disparar sobre infelices, como en Fourmies.»
Su padre, Fortuné Henry, se había batido en las
filas de los comuneros. Condenado a muerte por contumacia, logró escapar a la
represión que siguiera al fracaso, refugiándose en España, donde nacieron sus
dos hijos. No volvió a Francia hasta 1882, tras el armisticio. Más tarde
colaboró en el periódico En-dehors.
El 12 de febrero de 1894, a las nueve de la noche,
penetró en el café Terminus, en la estación de Saint-Lazare. Habiéndose sentado
en una mesa libre, Henry sacó de repente de un bolsillo de su blusa una pequeña
marmita de hierro blanco llena de explosivos y la lanzó al aire. Chocó con una
lámpara, estalló y pulverizó todos los vasos, así como algunas mesas de mármol.
Hubo un sálvese quien pueda general. Hubo una veintena de heridos, uno de los
cuáles habría de sucumbir a causa de las heridas.
Emile Henry emprendió la fuga, perseguido por un
agente de policía y un mozo de café, a los que se unió un ferroviario, sobre el
que disparó, pero errando el tiro. Un poco más adelante, hirió seriamente a un
agente, antes de ser prendido.
En la audiencia del juicio tuvo duras réplicas.
Helas aquí, en lo que sigue:
El presidente del tribunal judicial.—Usted ha
tendido esta mano … que vemos hoy cubierta de sangre.
Emile Henry.—Mis manos están cubiertas de sangre,
lo mis-mo que vuestra vestimenta roja.
En el jurado leyó una declaración, algunos de cuyos
extractos rezan así 186:
(...) Soy anarquista desde hace poco tiempo. Hasta
mediados del año 1891 no me lancé al movimiento revolucionario. Antes, había
vivido en los medios imbuidos enteramente de la moral actual. Había estado
habituado a respetar, e incluso a amar los principios de la patria, de la
familia, de la autoridad y de la propiedad.
Pero los educadores de la generación actual olvidan
dema-siado frecuentemente una cosa: que la vida, con sus luchas y sus resabios,
con sus injusticias y sus iniquidades, se encarga bien, de forma indiscreta, de
abrir los ojos de los ignorantes ante la realidad. Me pasó a mí, como les pasa
a todos. Se me había dicho que esta vida era fácil y estaba ampliamente abierta
a los inteligentes y a los enérgicos, y la experiencia me enseña que sólo los
cínicos y los rastreros pueden asegurarse un lugar en el banquete.
Se me había dicho que las instituciones sociales
estaban basadas en la justicia y la igualdad, y no constato a mi alrededor más
que mentiras y engaños. Cada día se me acababa una ilusión. Por donde iba, era
testigo de los mismos dolores en unos, los mismos gozos en los otros. No tardé
en comprender que las grandes frases que se me había enseñado a venerar, como
honor, devoción, deber, no eran más que una máscara que ocultaba las más
deshonrosas torpezas.
El industrial que amasaba una fortuna colosal sobre
el tra-
Según
André Salmón, La Terreur noire, 1959, y Jean Maitron, Ravachol et les
anarchistes, 1964.
bajo de sus obreros, mientras estos carecían de
todo, era un señor honesto. El diputado, el ministro cuyas manos estaban
siempre abiertas al vaso de vino, estaban cerradas al bien pú-blico. El oficial
que probaba el fusil nuevo modelo sobre niños de siete años había cumplido bien
con su deber, y, en pleno parlamento, el presidente del Consejo le dirigía sus
felicitaciones. Todo cuanto vi me revolvió, y mi espíritu se dio a la crítica
de la organización social. Tal crítica ha sido muchas veces hecha como para que
vuelva sobre ella. Me basta con decir que me hice enemigo de una sociedad a la
que yo creía criminal.
Atraído un momento por el socialismo, no tardé en
alejarme de este partido. Tenía demasiado amor a la libertad, demasiado respeto
a la iniciativa inoividual, demasiada repugnancia a la incorporación, como para
ser un número en el ejército matriculado del cuarto Estado. Por otra parte, vi
que, en el fondo, el socialismo no cambia nada del orden actual. Mantiene el
principio de autoridad, y ese prinijpio pese a lo que quieran decir
librepensadores, no es más que un viejo residuo de la fe en un poder superior.
(...) En esta guerra sin piedad que hemos declarado
a la burguesía, no pedimos compasión. Damos la muerte y debemos padecerla. Por
ello espero vuestro veredicto con indiferencia. Sé que mi cabeza no será la
última que cortaréis (...) Añadiréis otros nombres a la lista sangrienta de
nuestros muertos.
Colgados en Chicago, decapitados en Alemania,
sometidos a garrote vil en Xéres, fusilados en Barcelona, guillotinados en
Montbrison y en París, nuestros muertos son numerosos; pero no habéis podido
destruir la anarquía. Sus raíces son
profundas: ella ha nacido en el seno de una
sociedad podrida que se hunde, y es una reacción violenta contra el orden
establecido, representando las aspiraciones de igualdad y de libertad que
vienen a poner en un brete al autoritarismo actual. La anarquía está por
doquier. Es lo que la hace indómita y lo que acabará por venceros y mataros.
CARTA AL DIRECTOR DE LA CONCIERGERIE 187
27 de febrero de 1894
Señor director:
Durante la visita que me habéis hecho en mi celda
la mañana del 18 del mes corriente, habéis tenido conmigo una discusión, por lo
demás completamente amistosa, sobre las ideas anarquistas.
Os habéis sorprendido mucho, me habéis dicho, al
conocer nuestras teorías bajo un aspecto nuevo para vosotros, y me habéis
pedido que os resuma por escrito nuestra conversación, a fin de conocer bien lo
que quieren los compañeros anarquistas.
Os será fácil comprender, señor, que en unas pocas
páginas no se puede desarrollar una teoría que analiza todas las
manifestaciones de la vida social actual, las estudia como un doctor ausculta
un cuerpo enfermo, las condena por ser contradictorias para la felicidad de la
humanidad y, en su
Texto
reproducido gracias a la amabilidad de Jean Maitron; extraído de Jean Maitron,
Histoire du mouvement anarchiste en France (1886-1914).
lugar, construye una vida completamente nueva,
basada ey principios enteramente antagónicos respecto a aquellos sobre los que
está construida la vieja sociedad.
Por otra parte, otros distintos a mí han hecho ya
lo que me pedís que haga. Los Kropotkin, los Reclus, los Sebastián Faure han
expuesto sus ideas y llevado su desarrollo lo más lejos posible.
Leed Evolución y revolución de Reclus; La Moral
Anarquista, Las Palabras de un Revolucionario, La Conquista del pan, de Pedro
Kropotkin; Autoridad y libertad, El maquinismo y sus consecuencias, de
Sebastián Faure188; La Sociedad que muere y la Anarquía, de Grave; Entre
campesinos, de Malatesta; leed también los numerosos panfletos, los innúmeros
manifiestos que, desde hace quince años, han aparecido en cualquier momento,
cada uno con ideas nuevas, según el estudio o las circunstancias sugiriese a
sus autores.
Leed todo eso, y entonces podréis formaros un
juicio, más o menos fundado, sobre la Anarquía.
Y pese a todo guardaos bien de creer que la
Anarquía es un dogma, una doctrina inatacable, indiscutible, venerada por sus
adeptos como el Corán por los musulmanes.
No; la libertad absoluta que nosotros reivindicamos
desarrolla sin cesar nuestras ideas, las eleva a horizontes
Sebastian
Faure (1858-1942), primeramente, alumno de los jesuíitas; luego, socialista
guesdista y candidato para las elecciones en octubre de 1885; anarquista a
partir de 1888; creó el periódico Le Líber- taire en 1895; brillante orador y
conferenciante, más que teórico; fundó La Ruche, escuela libertaria, en
Rambouillet, en 1904; asumió la dirección de la Enciclopedia anarquista; autor,
entre otras obras, de El dolor universal (1895).
nuevos (según la capacidad de los diversos
individuos) y las lanza fuera de los estrechos marcos de toda reglamentación y
de toda codificación.
Nosotros no somos «creyentes», no nos inclinamos ni
ante Reclus, ni ante Kropotkin, discutimos sus ideas, las aceptamos cuando
despiertan en nuestras mentes impresiones de simpatía, pero las rechazamos
cuando no logran hacer vibrar nada en nosotros.
Estamos lejos de poseer la fe ciega de los
colectivistas que creen en una cosa porque Guesde «ha dicho que había que creer
en ella, y que tienen un catecismo, siendo sacrilego quien discutiera sus
parágrafos.
Esto bien claro, voy a tratar de explicaros, breve
y rápida-mente, lo que yo entiendo por Anarquía, sin que por ello comprometa a
otros compañeros que, en ciertos puntos, pueden tener perspectivas diferentes
de las mías. 189
No discutiréis que hoy el sistema social es malo, y
la prueba de ello es que todo el mundo le sufre.
Desde el desgraciado errante sin pan y sin mitrada,
que conoce el hambre constantemente, hasta el multimillonario que teme siempre
una revuelta de los muertos de hambre que pudiera cortar su digestión, toda la
humanidad padece angujas.
Y bien, ¿sobre qué bases reposa la sociedad
burguesa? Abstracción hecha de los principios de familia, de patria y de
religión, que no son más que sus corolarios, podemos afirmar
Falta
aquí un pasaje (nota de Jean Maitron).
que las dos piedras básicas, los dos principios
fundamentales del Estado actual son la autoridad y la propiedad.
No quiero extenderme más sobre este punto. Me sería
fácil demostrar que todos los males que sufrimos proceden de la propiedad y de
la autoridad:
La miseria, el robo, el crimen, la prostitución,
las guerras, las revoluciones, no son más que resultados de estos dos
principios.
Así pues, siendo malas las dos bases de la
sociedad, no hay que dudar.
No se pueden ensayar paliativos (lo que hace el
socialismo) que sólo sirven para desplazar el mal; hay que destruir los dos
gérmenes viciosos y extirparles de la vida social. Por eso, como anarquistas,
queremos reemplazar la propiedad individual por el comunismo y la autoridad por
la libertad.
En suma: nada de títulos de posesión ni de
dominación:
igualdad absoluta.
Cuando decimos igualdad absoluta, no pretendemos
que todos los hombres tengan un mismo cerebro, una misma organización física;
sabemos muy bien que siempre habrá la mayor diversidad entre las aptitudes
cerebrales y corporales. Es justamente esta variedad de capacidades la que
realizará la producción de todo lo que es necesario a la humanidad, y sobre
ella también esperamos cuidar la emulación en una sociedad anarquista.
Habrá ingenieros y jornaleros, eso es evidente,
pero sin que el uno tenga ninguna superioridad sobre los otros, pues el trabajo
del ingeniero no servirá de nada sin el concurso del jornalero, y viceversa.
Siendo cada uno libre de elegir el oficio que
ejerza, no habrá ya sino seres que obedecen sin compulsión a las aptitudes que
la naturaleza ha puesto en ellos (garantía de buena producción).
Una cuestión se plantea aquí: ¿y los perezosos?
¿Todo el mundo querrá trabajar?
Respondemos: sí, cada cual querrá trabajar, y he
aquí por qué.
Hoy, la media de la jornada laboral es de diez
horas.
Muchos obreros están ocupados en trabajos
absolutamente inútiles para la sociedad, en particular en los armamentos
militares de tierra y de mar. Muchos también están sometidos al paro. Añadid a
eso que un número considerable de hombres válidos no producen nada: soldados,
curas, magistrados, policías, funcionarios, etc.
Puede, pues, afirmarse sin exageración que de cada
cien individuos capaces de producir un trabajo, sólo cincuenta realizan un
trabajo útil para la sociedad. Son estos cincuenta quienes producen toda la
riqueza social.
De ahí la deducción de que, si todo el mundo
trabajase, la jornada de trabajo, en lugar de ser de diez horas, descendería a
cinco horas solamente.
Consideremos además que, en el Estado actual, el
total de los productos manufacturados es cuatro veces más considerable, y el
total de los productos agrícolas tres veces más considerable que la suma
necesaria para las necesidades de la humanidad; es decir, que una humanidad
tres veces más numerosa sería vestida, alojada, calentada, alimentada, en una
palabra, tendría la satisfacción de todas sus
necesidades si el despilfarro y otras múltiples
causas no viniesen a destruir esta superproducción.
(Encontraréis esta estadística de los productos en
el pequeño folleto Los productos de la tierra y los productos de la industria).
De lo que precede podemos, pues, sacar la
conclusión si-guiente:
Una sociedad en que todos colaborasen en el trabajo
común y que se contentara con una producción que no sobrepasara enormemente su
consumo, debiendo constituir una pequeña reserva el exceso de la primera sobre
la segunda, no tendría que pedir a cada uno de sus miembros válidos más que un
esfuerzo de dos a tres horas, y acaso aún menos.
¿Quién se negaría entonces a realizar una tan
pequeña cantidad de trabajo? ¿Quién querría vivir con la deshonrra de ser
despreciado por todos y de ser considerado un parásito?
(...) La propiedad y la autoridad, marchando
siempre a la par, se sostienen una a otra para mantener en la esclavitud a la
humanidad.
¿Qué es el derecho de propiedad? ¿Es un derecho
natural? ¿Es legítimo que el uno coma mientras el otro ayuna? No. La
naturaleza, al crearnos, nos dio organismos similares, y un estómago de mano de
obra exige las mismas satisfacciones que un estómago de financiero.
Y sin embargo, hoy una clase ha acaparado todo,
robando a la otra clase no sólo el pan del cuerpo, sino también el pan del
espíritu.
Sí; en un siglo en que nos reclamamos del progreso
y de la ciencia ¿no es doloroso pensar que millones de inteligencias, ávidas de
saber, se encuentren en la imposibilidad de crecer?, ¿qué hijos del pueblo, que
podrían acaso llegar a ser hombres de valer, útiles a la humanidad, no sepan
jamás otra cosa que las pocas nociones indispensables que les inculca la
escuela primaria?
La propiedad: he ahí el enemigo de la felicidad
humana, pues crea la desigualdad, y por consiguiente el odio, la envidia, la
revuelta sangrienta.
La autoridad no es más que la sanción de la
propiedad.
Viene a poner la fuerza al servicio de la
expoliación.
Y bien, siendo el trabajo una necesidad natural,
convenid conmigo, señor, que nadie se negará a la solicitud de un esfuerzo tan
mínimo como el que hemos mencionado más arriba.
(El trabajo es una necesidad tan natural, que la
historia nos muestra hombres de Estado apartándose con gozo de las
preocupaciones de la política para trabajar como simples obreros. Por no citar
más que dos ejemplos bien conocidos, Luis XVI practicaba la serrería; en
nuestros días, Gladstone, «the great old man», aprovecha sus vacaciones para
abatir algunas de las encinas de sus bosques, como un vulgar leñador.)
Veis bien, señor, que de este modo no será precisa
ninguna ley para evitar los perezosos.
Si, por casualidad, alguien quisiera sin embargo
negarse a dar su concurso a sus hermanos, sería con todo menos costoso mantener
a estos desgraciados, que sólo pueden ser
enfermos, que mantener legisladores, magistrados,
policías y guardachusmas para darle mate.
Muchas otras cuestiones surgen, pero son de orden
secundario; lo importante era que, al abolir la propiedad, no se llegaría a
colapsar la producción como consecuencia necesaria de la pereza, y que la
sociedad anarquista sabría mantenerse y satisfacer todas sus necesidades.
Las demás objeciones posibles serán fácilmente
refutadas si tenemos en cuenta que un ambiente anarquista desarrollará en cada
uno de sus miembros la solidaridad y el amor por sus semejantes, pues el hombre
sabrá que al trabajar por los demás trabaja a la vez para sí mismo.
Una objeción aparentemente más fundada es esta:
Si no hay autoridad, si no hay el menor gendarme
para parar el brazo del criminal, ¿no nos arriesgamos a ver multiplicarse los
delitos y los crímenes en espantosa proporción?
La respuesta es fácil:
Podemos clasificar los crímenes cometidos hoy en
dos categorías principales: los crímenes de interés y los crímenes pasionales.
Los primeros desaparecerán por sí mismos, pues, no
habrá ya materia para cometerles, no habrá atentados contra la propiedad en un
medio donde se suprime la propiedad.
En cuanto a los segundos, ninguna legislación puede
evitarles. Lejos de ello, la ley actual, que absuelve al marido que asesina a
la mujer adúltera no hace más que favorecer la frecuencia de estos crímenes.
Por el contrario, un ambiente anarquista elevará el
nivel
moral de la humanidad. El hombre comprenderá que no
hay ningún derecho sobre una mujer que se da a otro, pues esta mujer no hace
más que obedecer a su naturaleza.
Por tanto, los crímenes, en la futura sociedad,
serán cada vez más raros, hasta que desaparezcan completamente.
Voy a resumiros, señor, mi ideal de una sociedad
anarquista.
No más autoridad, mucho más contraria a la
felicidad de la humanidad, que los posibles excesos que podrían producirse en
los comienzos de una sociedad libre.
En lugar de la organización autoritaria actual,
agrupación de individuos por simpatías y afinidades, sin leyes ni jefes.
No más propiedad individual; puesta en común de los
pro-ductos; trabajo de cada uno según sus necesidades, consumo de cada uno
según sus necesidades, es decir, a su gusto.
No más familia egoísta y burguesa que hace del
hombre la propiedad de la mujer, y de la mujer la propiedad del hombre; no más
exigencia de dos seres que se han amado un momento a permanecer ligados uno al
otro hasta el fin de sus días.
La naturaleza es caprichosa, pide siempre nuevas
sensaciones. Quiere el amor libre. Por esto defendemos la unión libre.
Nada de patrias, nada de odios entre hermanos, que
lanzan a unos hombres contra otros sin haberse visto nunca jamás.
Sustitución de la ligazón estrecha y mezquina del
chauvín a su patria, por el amor largo y fecundo de la humanidad toda entera,
sin distinción de razas ni de colores.
Nada de religiones, forjadas por los curas para
bastardear a las masas y darles la esperanza de una vida mejor mientras ellos
mismos gozan de la vida terrestre.
Por el contrario, desarrollo continuo de las
ciencias, puestas a disposición de cada ser, que se sentirá atraído hacia su
estudio llevando poco a poco a todos los hombres a la conciencia del
materialismo.
Estudio particular de los fenómenos hipnóticos que
la ciencia comienza a constatar hoy, a fin de desenmascarar a los charlatanes
que presentan a los ignorantes, bajo un día maravilloso y sobrenatural, hechos
de orden puramente físico.
En una palabra, no más trabas al libre desarrollo
de la naturaleza humana.
Libre eclosión de todas las facultades físicas,
cerebrales y mentales.
No soy tan optimista como para esperar que una
sociedad tan perfecta llegue al primer golpe a realizar su armonía. Pero tengo
la profunda convicción de que bastarán dos o tres generaciones para arrancar al
hombre a la influencia de la civilización artificial que hoy padece, y para
llevarle al estado de naturaleza, que es el estado de bondad y de amor.
Pero para hacer triunfar este ideal, para fundar
una sociedad anarquista sobre bases sólidas, hay que comenzar por el trabajo de
construcción. Hay que abatir el viejo edificio apolillado.
Es lo que hacemos.
El burgués pretende que no llegaremos nunca a
conseguirlo.
El porvenir, cosa muy próxima, le desmentirá.
¡Viva la Anarquía!
LOS ANARQUISTAS FRANCESES EN LOS SINDICATOS
Vamos a asistir ahora a la penetración de los
anarquistas, o, más exactamente, de ciertos anarquistas, en los sindicatos
obreros, La actitud de los libertarios respecto a los sindicatos, en efecto, no
ha sido homogénea. Los unos, sectarios, afectos a la pureza de la doctrina, han
examinado con desconfianza no disimulada el riesgo de absorción de los
anarquistas por un movimiento proletario de masas, preocupado poco a poco
exclusivamente por reivindicaciones inmediatas; otros, los anarcosindicalistas,
no se han negado a insertarse en los
sindicatos, pero con el deseo, interesado y
deliberado de «crear células dentro de él»; pero otros aún han entrado en el
sindicato con un desinterés total, preocupados únicamente por ponerse al
servicio de la clase obrera, siendo los creadores de lo que se llama el
sindicalismo revolucionario, simbiosis de la idea federalista libertaria y del
corporativismo reivindicativo a través de la práctica de la lucha de clases
diaria,
¿Por qué esta entrada de los anarquistas en los
sindicatos?
Hacia 1880, el anarquismo, en Francia, estaba en un
punto muerto. Se había aislado de un mundo obrero en pleno desarrollo y cada
vez más bajo el influjo de los políticos reformistas socialdemócratas. Estaba
encerrado en una especie de torre de marfil ideológica, o bien había predicado
una acción minoritaria: la «propaganda por el hecho», eufemismo para designar
el terrorismo, el uso de la bomba.
Kropotkin debía de ser uno de los primeros en
enderezar el timón e incitar al anarquismo a sacudirse su impotente
insularidad:
«Hay que estar con el pueblo, que no pide ya el
acto aislado, sino hombres de acción en sus filas», escribía en un artículo.
Igualmente, predicaba la resurrección de un sindica-lismo de masas, del tipo
del existente en la Primera Internacional, pero decuplicado: «Uniones monstruos
englobando a millones de proletarios».
Bajo la huella de Kropotkin, un joven periodista
anarquista, Fernand Pelloutier, que venía de Saint-Nazaire, publicó en 1898, en
la revista libertaria Los Tiempos Nuevos el artículo «El anarquismo y los
sindicatos obreros», cuyo texto veremos
luego. El sindicato, según el, debía ser una
«escuela práctica de anarquismo», como más tarde será, para los comunistas de
la escuela bolchevique, la antecámara del comunismo.
Pero otro anarquista, Emile Poget, no era de la
misma opi-nión. No dudó en sostener que el sindicalismo se bastaba a si mismo,
sin necesidad de protección por teóricos libertarios, y que el sindicato debía
ser considerado como la agrupación social «por excelencia». Tras el artículo de
Pelloutier, veremos también un texto significativo de Pouget.
La entrada de los anarquistas en los sindicatos fue
un acon-tecimiento de importancia. Regeneró el movimiento, le dio una base de
masas, y, lejos de perderse en lo que Lenin llamará el «economicismo», le dará
ocasión para volver a templarse y reencontrarse en una nueva y viva síntesis.
El sindicalismo revolucionario implicaba también un
riesgo, contra el que los anarquistas intransigentes ponían en guardia. La
acción corporativa para fines inmediatos ¿no segregaría a la larga una
burocracia obrera, susceptible de esterilizar la lucha social y de hacerla caer
en un conservadurismo análogo al que los anarquistas denunciaban en los
reformistas socialdemócratas?
Veremos que Fernand Pelloutier tuvo el mérito de no
des-cartar de su demostración esta hipótesis. Con clarividencia admitió desde
1895 que las administraciones de los sindicatos podían «hacerse poderes», es
decir engendrar una burocracia. Y, más tarde, Malatesta, llevando a su extremo
la objeción, lanzará un grito de alarma en el congreso anarquista internacional
de Ámsterdam, en 1907: «El funcionario es en el movimiento obrero un peligro
que no es comparable más que con el parlamentarismo.»
Pero Pierre Monatte, partiendo con demasiado
optimismo del sindicalismo «puro», redargüiría que el burocratismo sindical no
carecía de peligros, pero que tenía dentro de sí suficientes antídotos
democráticos como para evitar el peligro del funcionariado 190. Hoy se sabe que
esto no se ha logrado.
Cf. J.
Maitron, Ravachol et les anarchistes, citada.
FERNAND PELLOUTIER
Fernand Pelloutier (1867-1901), alumno de las
escuelas religiosas, luego del Colegio de Saint-Nazaire, había abandonado la
burguesía para unirse al pueblo. Muy joven, se lanzó al periodismo. Llegó a ser
miembro del partido obrero francés; luego, en 1892, fue delegado de las Bolsas
de Trabajo de Saint-Nazaire y de Nantes en un congreso socialista donde logró
se votara lo que parecía insólito en este ambiente: el principio de la huelga
general.
A comienzos de 1893, fue a residir a París. No
tardó en separarse de los marxistas para abrazar las ideas libertarias. En una
«Carta a los anarquistas», escribió: «Nosotros somos (...) lo que los políticos
no son, revolucionarios a todas las horas, hombres realmente sin dios, sin amo
y sin patria, irreconciliables enemigos de todo despotismo, moral o colectivo,
es decir, dé las leyes y de las dictaduras, incluida la dictadura del
proletariado.»
Pero a la vez Pelloutier incitaba a los anarquistas
a militar en el movimiento sindical. En 1895 fue nombrado secretario de la
Federación de las Bolsas de Trabajo, en donde trabajó sin límite. En 1897 fundó
una revista mensual de economía social, El Obrero de los Dos Mundos, asegurando
el mismo la composición tipográfica.
Pelloutier consideró a las Bolsas de Trabajo como
el tipo más perfecto que se pueda adoptar para la organización obrera, el más
próximo a la base popular. Veía en ellas «el
embrión de la asociación libre de productores»
prevista por Bakunin, a la vez que de la comuna obrera, resorte esencial de la
sociedad futura. Muerto prematuramente de resultas de una enfermedad incurable,
dejó un libro póstumo, clásico del sindicalismo revolucionario: La historia de
las bolsas de trabajo.
El anarquismo y los sindicatos obreros 191
Así como obreros de mi conocimiento dudan —aunque
desengañados del socialismo parlamentario— en hacer profesión de socialismo
libertario, porque, en su opinión, toda la anarquía consiste en el empleo
individual de la dinamita, así también conozco numerosos anarquistas que, por
un prejuicio acaso fundado en otro tiempo, se apartan de los sindicatos y,
llegado el caso, les combaten, porque durante un tiempo esta institución ha
sido verdadero caldo de cultivo de los aspirantes a diputados. En Saint Etienne,
por ejemplo, y lo sé de buena tinta, los miembros de los sindicatos veneran a
Ravachol; ninguno de ellos, sin embargo, osa decirse anarquista, por temor a
aparecer como quienes abandonan la revuelta colectiva en favor de la revuelta
aislada. Por el contrario, en París, en Amiens, en Marsella, en Roanne y en
otras muchas ciudades, los anarquistas admiran el nuevo espíritu de que están
animados
Escrito
el 20 de octubre de 1895; aparecido en Les Temps Nouveaux, 2-8 de noviembre de
1895.
los sindicatos desde hace unos dos años, sin osar,
sin embargo, penetrar en este campo revolucionario para hacer germinar allí el
buen grano sembrado por la experiencia. Y, entre estos hombres, emancipados
casi en el mismo grado, intelectualmente ligados por un fin común y, aquí por
percepción, allá por la convicción de la necesidad de un movimiento violento,
subsiste una desconfianza que separa a los primeros de los camaradas
supuestamente hostiles a toda acción concertada, y a los segundos de una forma
de agrupación en que aún creen obligatoria la alienación de la libertad
individual.
Empero, el acercamiento iniciado en algunos grandes
centros industriales o manufactureros no cesa de extenderse. Un camarada de
Roanne ha indicado hace poco a los lectores de Temps Nouveaux que no sólo los
anarquistas de esta ciudad han entrado por fin en los grupos corporativos, sino
que, por su energía y por el ardor de su proselitismo, han adquirido allí una
autoridad moral realmente aprovechable para la propaganda. Lo que hemos sabido
de los sindicatos de Roanne podría decirlo también de los de Alger, Toulouse,
París, Beauvais, Toulon, etc., que, afectados por la propaganda libertaria,
estudian hoy las B
doctrinas que ayer rechazaban oír, bajo la
influencia marxista.
Analizar las causas de este acercamiento que otrora
hubiera parecido imposible, exponer las fases que ha atravesado, es hacer
desaparecer el resto de desconfianza que impide la unión revolucionaria y
arruinar al socialismo estatalizador que ha llegado a ser la forma doctrinal de
los apetitos inconfesables. Ha habido un momento en que los
sindicatos se han encontrado preparados (y, lo que
es una garantía contra toda reacción, preparados por su propio juicio, sin oír
siquiera los consejos que antes escuchaban con tanto respeto) para abandonar
toda participación en las leyes llamadas sociales; este momento ha coincidido
con la aplicación de las primeras reformas que desde hace cuarenta años
prometían tantas maravillas.
Se les había dicho con frecuencia: «Paciencia:
obtendremos la reglamentación de la duración de vuestro trabajo de manera que
os podamos dar horas de reposo y estudio, sin lo que seréis perpetuamente
esclavos.» La espera de esta reforma les hipnotizó, por decirlo así, durante
varios años, desviándoles del objetivo revolucionario. Pero cuando se les dio
la ley de protección del trabajo de las mujeres y de los niños, ¿qué
contestaron? Una reducción del salario de sus mujeres, de sus hijos, y de los
suyos propios, proporcional a la disminución de la duración del trabajo, de las
huelgas o de los lock-outs en París, Amiens, Ardéche, una extensión del trabajo
a domicilio o sweating system, o bien el empleo por los industriales de
combinaciones ingeniosas (equipos giratorios, relés), que, a la vez, hacían
inaplicable la ley y agravaban las condiciones de trabajo. La aplicación de la
ley del 2 de noviembre de 1892 tuvo, en fin, tales resultados, que obreras y
obreros reclamaron y reclaman aún su abro-gación.
¿De dónde venía tal desencanto? Los sindicatos se
dieron a la conquista de la ley, pero, demasiado crédulos en su fe en las
legislaciones, demasiado ignorantes en economía social para investigar más allá
de las causas tangibles (habiendo
determinado la reducción de la duración del trabajo
la reducción del salario), creyeron que la ley sería perfecta si a la
reglamentación de la duración se añadía la reglamentación del precio de este
trabajo.
Pero llegó la hora de los fiascos. A las promesas
que habían supuesto el poder del socialismo reformista iban a suceder las
realizaciones, que serían su ruina. Surgieron nuevas leyes cuyo fin era el
remunerar mejor al productor y asegurar su vejez. Pero entonces los sindicatos
se apercibieron (y el honor de esta observación, capital en la evolución
socialista, se debe sobre todo a las mujeres) que los objetos que les eran
mejor pagados a ellos como productores, les eran vendidos más caros a ellos
como consumidores, que a medida que aumentaban las tasas de salario se elevaba
el precio del pan, del vino, de la carne, de los alquileres, de los muebles, de
todas las cosas, en una palabra, que son la condición inmediata de la
existencia; se dieron cuenta aún de que en último análisis (y esto ha sido
formalmente dicho en el reciente Congreso de Limoges) las pensiones son siempre
el producto de la detracción sobre los salarios. Y esta lección experimental,
más elocuente para ellos que la magistral analítica de la repercusión de los
impuestos hecha por Proudhon 192 , enseñada por la Internacional, admitida
también y profesada por los programas colectivistas de hace trece años, si bien
no les persuadió aún de que pretender disminuir el pauperismo en un estado
económico donde todo está concitado para extenderle, sería querer contener un
líquido en una superficie plana, al menos gravó en su
Trátase
verosímilmente del capítulo Vil del Sistema de las contradicciones económicas
(1846), y acaso también del capítulo III de Teoría del impuesto (1861).
espíritu la idea, preñada de consecuencias, de que
las legislaciones sociales no son la panacea que se había dicho.
Sin embargo, esta lección no hubiera bastado para
determinar en ellos la evolución rápida que constatamos, si las escuelas
socialistas no se hubiesen dedicado a inspirarles el descrédito de la política.
Durante mucho tiempo los sindicatos pensaron que la
debilidad del partido socialista, o mejor, del proletariado, te-nía por causa
principal la división de los políticos. Al surgir un desacuerdo entre el
ciudadano X y el ciudadano Z, entre el «Torquemada con binóculo», estigmatizado
ya por Glovis Hugues 193 y Ferroul, y tal corifeo de la «Federación de
traidores socialistas», según la expresión de Lafargue 194 , los sindicatos se
dividían en dos, y si se trataba de operar una acción común, como la manifestación
del Primero de Mayo, por ejemplo, veían a sus miembros divididos en cinco,
seis, diez fracciones, que iban los unos para acá, los otros para allá,
siguiendo la consigna de los jefes. Esto les hizo reflexionar y, tomando aún el
efecto por la causa, gastaron una energía que puede conceptuarse de
inconmensurable, tratando de resolver el insoluble problema de la unión
socialista 195. Ahora bien, quien no ha vivido en los medios
Clovis
Hugues (1851-1907), hombre político y poeta francés; Emest Ferroul (1853-1921),
médico, alcalde socialista y diputado de Narbona.
Paul
Lafargue (1842-1911), nacido en Cuba de padres franceses, estudiante de
medicina, primero libertario proudhoniano, luego discípulo y yerno de Karl
Marx, al casar con su hija Laura; miembro de la Internacional; participó
activamente en la Comuna; delegado de Karl Marx en España, para combatir allí a
los partidarios de Bakunin; amnistiado en 1880; elegido diputado en 1891, con
Jules Guesde fundó el Partido Obrero francés; autor del Derecho a la pereza,
panfleto de un verbo en parte libertario. Se suicidó con su mujer el 26 de
noviembre de 1911, «ante la implacable vejez».
Sobre la
unidad socialista, véase la introducción de Daniel Guérin a Rosa Luxemburgo, El
socialismo en Francia (1898-1912); Edouard Vaillant (1840-1915), uno de los más
grandes
corporativos no puede hacerse siquiera una idea de
los esfuerzos hechos para llegar a esta quimera. Ordenes del día,
deliberaciones, manifiestos, todo fue tratado, pero en vano; en el momento
mismo en que el acuerdo parecía sellado, o en que, más por laxitud que por
convicción, las discusiones disminuían, una palabra reavivaba el rescoldo:
guardistas, blanquistas, intransigentes, broussistas se lanzaban furiosos
intercambiando injurias, lanzándose a la cabeza que si Guesde, que si Vaillant
196, que si Brousse, y la nueva batalla duraba semanas para recomenzar apenas
terminada.
En este mundo, todo tiene un fin. Fatigados por su
creciente debilidad y por sus inútiles esfuerzos por conciliar la política, que
es sobre todo de interés individual, con la economía, que es de interés social,
los sindicatos acabaron por comprender (más vale tarde que nunca) que su propia
división tenía una causa más elevada que la división de los políticos y que una
y otra resultaban... de la política. Enardecidos entonces por la ineficacia
manifiesta de las leyes «sociales», por las traiciones de ciertos socialistas
electos, por los deplorables resultados de a 'inmixtión de los diputados o de
los consejeros municipales en las huelgas, especialmente la de autobuses, por
la hostilidad a la huelga general de los periódicos y de hombres cuya política
consiste en escalar para conseguir los 25 francos y el echarpe, los sindicatos
decidieron que en lo sucesivo las agitaciones po-líticas les resultarían
extrañas, que toda discusión distinta a la económica sería implacablemente
proscrita de su
revolucionarios franceses, primero blanquista,
miembro de la Comuna de 1871, condenado a muerte y más tarde amnistiado. Acabó
en la «unión sagrada».
Por esta
palabra, Pelloutier entiende el «socialismo de Estado».
programa de estudios y que se consagrarían por
entero a la resistencia contra el capital. Recientes ejemplos han mostrado que
los sindicatos se deslizan rápidamente por esta pendiente.
Mientras, el ruido de esta revolución había
transpirado. El nuevo lema «¡Nada de política!» se había propagado a los
ta-lleres. Muchos sindicatos abandonaban las iglesias consagradas al culto
electoral. El terreno sindical pareció entonces a algunos anarquistas
suficientemente preparado para recibir y fecundar la doctrina, y vinieron en
ayuda de quienes, finalmente emancipados de la tutela parlamentaria, se
esforzaron ahora por consagrar su atención y la de sus camaradas al estudio de
las leyes económicas.
Esta entrada de los libertarios en el sindicato
tuvo un resul-tado considerable. En primer lugar, enseñó a la masa el
signi-ficado real del anarquismo, doctrina que, para implantarse, puede muy
bien, repitámoslo, prescindir de la dinamita individual; y, por un
encadenamiento natural de ideas, enseñó a los sindicatos lo que es y lo que
puede llegar a ser esta organización corporativa de la que hasta entonces no
tenían más que una estrecha concepción.
Nadie cree ni espera que la próxima revolución, por
formi-dable que sea, realice el comunismo anarquista puro. Respecto al
estallido que sin duda tendrá lugar antes de que esté acabada la educación
anarquista, los hombres no estarán bastante maduros para poder ordenarse
absolutamente a sí mismos, y durante mucho tiempo aún las exigencias de los
caprichos apagarán en ellos la voz de la razón. Por consiguiente (la ocasión es
buena para decirlo), si predicamos el comunismo perfecto no es ni con la
certeza ni
con el espíritu de que el comunismo sea la forma
social del mañana, sino para avanzar, para acercar lo más posible a la
perfección a la educación humana, para, en una palabra alcanzar, llegado el día
de la conflagración, el máximo de liberación. ¿Pero el estado transitorio por
el que habrá que pasar ha de ser necesariamente la cárcel colectivista? ¿No
puede consistir exclusivamente en una organización liber-taria limitada a las
necesidades de la producción y del consumo, una vez desaparecidas todas las instituciones
políticas? Tal es el problema que desde hace muchos años preocupa con razón a
muchos espíritus.
Pero ¿qué es el sindicato? Una asociación, a la que
se llega y que se abandona libremente, que tiene por todo funcionario un
secretario y un tesorero revocables en el instante, hombres que estudian y
debaten intereses profesionales parecidos. ¿Qué son estos hombres? Productores,
los cuales crean toda la riqueza pública. ¿Esperan para reunirse, concertarse,
actuar, la presencia de las leyes? No; su constitución legal no es para ellos
más que un medio para hacer propaganda revolucionaria con la garantía del gobierno.
Además, ¿cuántos de ellos no figuran ni figurarán nunca en el anuario oficial
de los sindicatos? ¿Usan el mecanismo parlamentario para tomar sus
resoluciones? No; discuten, y la opinión mayoritaria hace la ley, pero una ley
sin sanciones, ejecutada precisamente por estar subordinada a la aceptación
individual, salvo el caso, bien entendido, de que se trate de resistir al
patrón. Si, en fin, nombran un presidente para cada sesión, un delegado de
orden, no es más que por efecto de la costumbre, y olvida
frecuentemente el mismo la función con que sus
camaradas le han investido.
Laboratorio de luchas económicas, separado de las
competiciones electorales, favorable a la huelga general con todas sus
consecuencias, administrándose anárquicamente, el sindicato es a la vez la
organización revolucionaria y libertaria, que podrá contrabalancear y reducir
la nefasta influencia de los políticos colectivistas. Supongamos ahora que el
día en que estalle la revolución, la casi totalidad de los productores se
agrupe en los sindicatos: ¿no habrá allí, presta a suceder a la organización
cuasilibertaria, suprimiendo de hecho todo poder político y donde cada parte,
dueña de los instrumentos de producción, regularía por sí misma todos sus
asuntos, soberanamente y por el libre consentimiento de sus miembros? ¿Y no
sería esto la «aso-ciación libre de los productores libres»?
Seguramente las objeciones son numerosas: las
administraciones federales pueden llegar a ser burocracias; gentes hábiles
pueden llegar a gobernar los sindicatos como los socialistas parlamentarios
gobiernan los grupos políticos; pero estas objeciones no son válidas más que en
parte. Los consejos federales no son, en el espíritu mismo de los sindicatos,
más que instituciones transitorias nacidas por la necesidad de generalizar y de
hacer cada vez más formidables las luchas económicas, pero que el éxito revolucionario
haría superfluas, y que, por otra parte, los grupos emanados de ellas vigilan
con demasiado celo, como para que lleguen nunca a conquistar una autoridad
directiva. Por otra parte, la revocabilidad permanente de los funcionarios
reduce su función y su persona a bien poca
cosa, y con mucha frecuencia no les basta con haber
cumplido su deber para conservar la confianza de sus camaradas. Además, la
organización corporativa no está aún más que en un estado embrionario. Apenas
zafada de la tiranía política, camina extraviada, y, como el niño en sus
primeros pasos, vacila por la ruta de la independencia. Pero ¿quién sabe a
dónde la conducirán durante diez años la dulzura y, sobre todo, los frutos de
la libertad? Es pre-cisamente éste el camino al que deben consagrar sus esfuerzos
los socialistas libertarios.
«El Comité Federal de las Bolsas de Trabajo —dice
un proceso verbal oficial publicado en el Bulletin de la Bourse de Narbonne —
tiene por misión instruir al proletariado sobre la inutilidad de una revolución
que se contentara con subsistir a un Estado por otro, aunque fuese un Estado
socialista.» Este comité, dice otro informe que aparecerá en el Bulletin de la
Bourse de Perpignan, «debe esforzarse por preparar una organización que, en
caso de una transformación social, pueda asegurar el funcionamiento económico
por la libre agrupación, y hacer superflua toda institución política. Siendo su
fin la supresión de la autoridad en todas sus formas, su tarea es el habituar a
los trabajadores a liberarse de tutelas».
Así, por un lado, los «sindicatos» están comenzando
a entenderse hoy, estudiando y recibiendo doctrinas libertarias; por otro lado,
los anarquistas no han de temer, al participar en el movimiento corporativo,
quedar obligados a abdicar de su independencia. Los primeros están dispuestos a
admitir y los segundos a fortalecer una organización cuyas resoluciones
resultan del libre acuerdo, y que, siguiendo las
palabras de Grave (La Société future, pág. 202),
«no tenga ni leyes, ni estatutos, ni reglamentos a los que cada individuo deba
someterse forzosamente so pena de un castigo previamente determinado»; que los
individuos tengan la facultad de abandonar cuando les guste, salvo, repito, en
el caso en que la lucha contra el enemigo esté en marcha; que, por decirlo
todo, sea una escuela práctica de anarquismo.
Que los hombres libres entren, pues, en el
sindicato, y que la propagación de sus ideas allí prepare al trabajador, que es
el artesano de la riqueza, a comprender que los trabajadores deben solucionar
sus asuntos por sí mismos, y a romper, a continuación, una vez llegado el
momento, no sólo las formas políticas existentes, sino cualquier tentativa de
reconstrucción de un poder nuevo. Esto mostrará a los autoritarios cuán fundado
estaba su temor, disfrazado de desdén, frente al «sindicalismo», y cuán efímera
era su doctrina, desaparecida antes incluso de haber podido afirmarse.
EMILE POUGET (1860-1931)
LA VIDA MILITANTE DE EMILE POUGET, POR PAUL
DELESALLE 197
La juventud
Emile Pouget había nacido en 1960, cerca de Rodez,
en el departamento de Aveyron. Su padre, que era notario, murió temprano. Su
madre volvió a casarse, y por esto su vida se vio en cierto modo
desequilibrada. Empero, su padrastro, buen republicano de la época, batallador
como su hijastro, perdió pronto su puesto de pequeño funcionario por haber
escrito en un periodiquillo de combate que por lo demás había también fundado.
En el liceo de Rodez comenzó sus estudios, y allí
nació su pasión por el periodismo. A los quince años fundó su primer periódico,
Le Lycéen républicain. No necesito decir cómo sentó esto a sus maestros.
En 1875, su padrastro murió. Hubo de abandonar el
liceo para ganar su vida. París le atrajo (...). Empleado en un comercio de
novedades, frecuentó las reuniones públicas, los grupos avanzados y rápidamente
se dio por completo a la propaganda revolucionaria.
Paul
Delesalle (1870-1948), antiguo obrero metalúrgico, anarquista y sindicalista
revolucionario; colaboró en Temps Nouveaux, siendo luego elegido secretario de
la Federación de las Bolsas de Trabajo, donde sucedió a Fernand Pelloutier
hasta 1907; luego, editor y librero revolucionario. Texto extraído del Cri du
Peuple, 29 de julio y 5 de agosto del año 1931.
Pero ya el anarquismo puramente especulativo e
idealista no podía satisfacer su pronunciado sentido social, y desde 1879
participó en París en la fundación del primer sindicato de empleados. Hay una
unidad tal de vida militante en Pouget, que pronto llevó a su sindicato a
publicar el primero de los folletos antimilitaristas. Inútil decir que fue
nuestro sindicalista quien lo editó, y añado que hoy sería impublicable, tanto
por la vehemencia de su texto como por los consejos abundantes que contenía.
Hacia los años 1882-1883, el paro azotaba a París
con una cierta intensidad, si bien el 8 de marzo de 1833 la cámara sindical de
ebanistas convocaba a los parados a un mitin al aire libre en la explanada de
los Inválidos.
El mitin fue rápidamente disuelto por la policía,
pero se formaron dos grupos importantes de manifestantes: uno tomó el camino
del Elíseo y fue rápidamente dispersado; el otro, con Louise Michel y Pouget,
descendió hacia el bulevard Saint-Germain. En la calle du Four, una panadería
fue más o menos desvalijada.
Con todo, la manifestación continuó, y al llegar a
la plaza Maubert se encontró en presencia de una fuerza de policía importante.
Los agentes se precipitaron para detener a Louise Michel 198, y Pouget trató de
liberarla, siendo a su vez detenido y conducido a prisión.
Algunos días después, su acusación, inexacta, de
robo a mano armada, le llevó a la sala de lo criminal. Louise quedaba condenada
a doce años de reclusión y Pouget a
Sobre
Louise Michel, véase más adelante. Henri Rochefort (marqués de Rochefort-Luzay)
(1830-1913), periodista y panfletario; hizo en su
semanario La Lanterne una viva oposición al segundo Imperio. Diputado de la
Comuna en 187L
ocho, pena que hubo de purgar en la prisión de
delitos comunes de Melun. Allí estuvo tres años, hasta que una amnistía con
ocasión de una acción de Rochefort 199 le sacó de allí. La prisión, empero, no
hizo mella en el militante.
El padre Peinard
El 24 de febrero de 1889 apareció el primer número
del Pére Peinard en folleto, recordando a la Lanteme de Rochefort, escrito al
modo de Pére Duchéne de Hébert, pero con un estilo más proletario.
(...) Los pequeños panfletos de Pouget tuvieron un
éxito que hoy sería difícil comprender. Mientras duró el Pére Peinard —luego La
Sociale— alentó en algunos centros obreros una real agitación proletaria, y
podría citar diez, veinte localidades obreras, como Trelazé o Fourchambault, en
que todo movimiento se esfumó tras la desaparición de sus panfletos.
En París, sobre todo entre los ebanistas del
distrito de Saint-Antoine, el movimiento reivindicativo duró tanto como vivió
el Pére Peinará. Un pequeño folleto, Le Pot-á-Colle, escrito en el mismo
estilo, apareció allí también hacia los años 1891-1893.
(...) El anarquismo de Pouget es ante todo y sobre
todo
Joseph
Foullon (1717-1789), controlador general de finanzas, decapitado luego tras la
toma de la Bastilla.
proletario. Desde los primeros números del Pére
Peinard, exalta los movimientos de huelga, los números del Primero de Mayo
están destinados a animar a los «compañeros», a participar: «El Primero de Mayo
es una ocasión que puede irnos bien. Para ello bastará que nuestros hermanos
los soldados de infantería levanten el fusil al aire como en febrero de 1848,
como el 18 de marzo de 1871, y el golpe no será difícil.»
Pionero, siente todo lo que se puede sacar de la
idea de huelga general, y desde 1889 escribe:
«Sí; hay algo mejor que el nombre de Dios hoy: la
huelga general.
»Ved lo que pasaría si en quince días no hubiese
carbón. Las industrias pararían, las grandes ciudades no tendrían gas, los
ferrocarriles dormitarían.
»De golpe, el pueblo casi todo entero reposaría.
Esto le daría tiempo para reflexionar; comprendería que es suciamente robado
por los patronos, sacudiéndose las pulgas rápidamente.»
Y más lejos:
«Así, pues, una vez los mineros en danza, una vez
que la huelga es casi general, sería preciso que se pusieran a trabajar por su
propia cuenta; la mina sería para ellos, tras haberles sido robada por los
ricos; que retomen sus bienes, pardiez. Y el día en que, hartos de tanto
cachondeo, comience la lucha y el alboroto sea llevado a cabo por buenos
sujetos, pues entonces, os lo dice el Pére Peinard, el comienzo del fin habrá
llegado.»
Un gran panfletario proletario
Pero si el movimiento obrero tiene aquí una
importancia muy grande, los demás aspectos de la cuestión social los pasa
también Pouget por la criba de su implacable censura; ninguna de las taras de
la sociedad burguesa las pasa por alto; un gran banco, la Oficina de Descuento,
acaba de saltar a la palestra: su artículo «Los acaparadores» ha de ser citado
por entero:
«Gobernantes, imbéciles bufos y financieros, eso
son Canalla y Compañía. No han decidido una investigación. Yo prefiero
—escribe— el sistema del 89; era mejor. Así, por lo menos, en julio del 89
Berthier de Sauvigny quedaba colgado de una farola, y otro de sus compañeros,
Foullon 200 era masacrado. ¿Cuándo, pues, nos decidiremos a aplicar de nuevo
este sistema, para enseñar lo que vale un peine a toda la camarilla de los
Rothschild y de los Schneider?»
La agitación del exterior no le deja jamás
indiferente.
Así se lee en «Entre los compañeros de al lado»:
«Además de las estaciones de Alemania que se agitan gallardamente, los
Macaronis rompen la cara a sus grandes dueños, los campesinos serbios y
búlgaros golpean fuertemente desde sus legumbres... Incluso se mueven los
inglesitos, que, pese a su flema y a su aire cachazudo, están haciendo su
huelguecilla.»
Muchos
pasquines y affiches, bajo el título Le Pere Peinard au Populo se han editado
con tiradas de más de 20.000 ejemplares, y yo podría citar más de treinta de
ellos (nota de Paul Delesalle).
Luego vienen las «jodiendas militares», crítica del
ejército, de los «cerdos de cuartel», que es una carga a fondo —¡y qué carga!—
contra el ejército y el militarismo.
En su folleto «El palacio de injusticia», es la
magistratura y la justicia de clase —no os digo más que eso— quien a su vez
resulta juzgada como se merece.
Y esto no es todo. A cada preocupación de la
opinión pú-blica responde un artículo, incluso un número especial, pues Pouget
tiene por encima de todo el sentido exacto de la propaganda, de lo que hay que
decir a las masas.
La llamada a filas es para él un buen pretexto, lo
mismo que el aniversario de la Comuna o el 14 de julio, y frecuentemente un
cartel acompaña al número del Pére Peinard. No hay un sólo hecho que afecte a
la opinión pública y que le deje indiferente. Es porque Pouget es ante todo un
periodista nato.
Pero donde la polémica reviste una forma más
personal, aunque esto no es único y exclusivo de él, sino de todos los
anarquistas de esta época, es en su crítica al parlamentarismo y a toda
institución estatal.
Lo que resucitaban Pouget y los anarquistas de esta
época eran en realidad las antiguas luchas de la Primera Internacio-nal, el
socialismo libertario por una parte, representado por Bakunin y la Federación
llamada Jurasiana, y el socialismo autoritario de Marx.
Guesde, el mejor de los representantes del
socialismo autoritario de la época, la bestia negra de Pouget, iba clamando por
doquier: «Enviad al parlamento, vosotros la clase obrera, a la mitad de los
diputados más uno, y la
revolución no tardará en ser un hecho consumado.» A
lo que Pouget y sus amigos respondían: «Agrupaos en vuestras sociedades
obreras, en vuestros sindicatos, y tomad los talleres.»
Dos métodos que enfrentaban y aún enfrentan hoy, y
de forma a veces violenta, a socialistas libertarios y autoritarios.
Pouget ilustraba su tesis, con lo que la polémica
se exacer-baba: «Es domingo; por ello, tienen lugar las sagradas elecciones.
Naturalmente, no faltan candidatos, los hay de todos los gustos y colores: una
cerda no encontraría allí a sus hijos. Pero si bien el color y la etiqueta de
los candidatos cambia, hay una cosa que no varía: las soflamas. Republicanos,
panaderos, socialisteros, etc., todos prometen al pueblo dejarse morir de
fatiga.»
Y un violento pasquín apoyaba esta su demostración.
Represión
Pero semejante propaganda, con tanto vigor, no
carecía de inconvenientes. Las persecuciones arreciaban fuerte, y si eran
víctimas de ellas sus gerentes, Pouget también iba de cuando en cuando a dar
con sus huesos en la cárcel de Sainte-Pelagie, la prisión política de la época,
lo que no impedía que apareciese el Pére Peinard, yendo sus compañeros, uno
tras otro, a buscar la copia a la prisión misma.
Un período de agitación tan intenso había
exasperado a ciertas individualidades. Hubo una serie de atentados, con el
coronamiento del asesinato en Lyon del presidente Carnot201.
La burguesía, excitada por la prensa a su servicio,
fue presa de tal pavor, que no creyó encontrar su salvación sino en el voto por
los parlamentarios de una serie de leyes de represión calificadas justamente,
pasado el terror, de leyes infamantes 202.
Los arrestos sucedieron a las pesquisas que
tuvieron lugar por centenares en el país, y un gran proceso, el llamado
«proceso de los Treinta» tuvo lugar.
Pouget y otros muchos camaradas pusieron tierra por
me-dio entre ellos y sus pretendidos jueces. El exilio comenzó para él, y el 21
de febrero de 1894, el 253 y el último número de la primera serie del Pére
Peinard aparecía.
Refugiado en Londres, donde encontró a Louise
Michel 203, sería conocer mal a nuestro camarada al creer que había de
aquietarse allí, y en septiembre del mismo año aparecía el primer número de la
serie londinense del Pére Peinard. Ocho números vieron la luz hasta enero de
1895. Pero el exilio no era una solución, y como la burguesía se sentía un poco
Sadi
Camot (1837-1894), presidente de la República, asesinado en Lyon por el
anarquista italiano Caserio.
Leyes «de
excepción» destinadas a reprimir la actividad terrorista anarquista y que
fueron votadas tras el asesinato de Auguste Vaillant en 1894. Auguste Vaillant
(1861-1894), anarquista, ejerció, como su padre, veinte oficios, siendo
guillotinado tras haber lanzado una bomba en el hemiciclo de la Cámara de
Diputados el 9 de diciembre de 1893.
Luise
Michel (1830-1905), institutriz y militante anarquista indómita, participó en
la Comuna de 1871, siendo deportada y luego indultada.
calmada. Pouget volvió a Francia para purgar su
contumacia, que fue satisfecha, como lo habían sido, por lo demás, todos los
miembros coacusados en el «Proceso de los Treinta».
Todas estas peripecias no alteraron en nada el
ardor del militante, que no pasó; el 11 de mayo del mismo año aparecía La
Sociale, que sucedía al Pére Peinard, cuyo fundador, por múltiples razones, no
había podido retomar momentáneamente el título (lo que logró en octubre de
1896).
¿Qué decir de estos dos nuevos partos de Pouget,
sino que fueron iguales, por la intensidad de su propaganda, a su her-mano
mayor? El mismo valor, mayor aún, pues las «leyes in-famantes» aumentaban las
dificultades, y la misma valentía. De esta época datan los famosos Almanach du
Pére Peinard, numerosos folletos de propaganda, uno de los cuales, firmado
Pouget, Les Variations guesdistes, hizo algún ruido en el círculo del
socialismo político.
Vino el asunto Dreyfus, y Pouget no pudo quedar
ante el indiferente. Lanzóse a la batalla para reclamar la justicia tam-bién
para los anarquistas enviados a presidio y que morían en las Iles du Salut,
donde eran especialmente castigados en esta época. Por múltiples artículos, por
su folleto Les Lois scelérates, escrito en colaboración con Francis de
Pressensé, logró alcanzar la atención de las masas, y los gobernantes de la
época hubieron de poner en libertad a algunos de los que quedaban de una
pretendida revuelta hábilmente maquinada anteriormente por la administración
del presidio.
«La Voz del Pueblo»
El Congreso de Toulouse (1897), bajo el impulso de
Pouget, había adoptado un importante informe sobre Le Boycottage et le
Sabotage, que aportaba a la clase obrera una nueva forma de lucha.
En fin, y ésta era su idea más querida, había
avistado dar a la clase obrera un órgano de combate exclusivamente editado por
los interesados. Ya un primer paso en este sentido había sido dado en el
Congreso de Toulouse, y luego retomado en el Congreso de Rennes. Tratábase
entonces, en el espíritu de los camaradas, de un periódico diario, proyecto al
cual hubo que renunciar a continuación, debido a la presencia de dificultades
financieras de toda índole.
Lo importante es que la idea estaba lanzada, y
gracias a la tenacidad de Pouget apareció el primer número de La Voix du Peuple
el primero de diciembre de 1900.
Pouget, nombrado secretario adjunto de la C. G. T.,
Sección de Federaciones, estaba encargado de hacer aparecer semanalmente el
periódico. Gracias a su esfuerzo perseverante y a la ayuda, de Fernand
Pelloutier, la clase obrera fue dotada por primera vez de un órgano afecto a
ella.
(...) Me sería fácil, sirviéndome de La Voix du
Peuple, el re-cordar una a una las campañas de todas las clases, la lucha
contra los burós de colocación, reposo semanal, jornada de ocho horas, lucha
contra las iniquidades más diversas a las que el nombre de Emile Pouget está
constantemente mezclado y siempre en primer plano de la batalla.
Toda la clase obrera luchaba por su pluma.
Debo recordar esos bellos e inolvidables números
especiales sobre «El sorteo militar», sobre «El Primero de Mayo», concebidos y
realizados de tal forma, que no es exagerado decir que nunca se ha sobrepasado
la intensidad de semejante propaganda.
¿Habré de recordar también la campaña por la
jornada de ocho horas, con su culmen en el Primero de Mayo de 1906? Hay que
haber vivido esta época al lado de Pouget para saber cuánta ciencia —el
sustantivo no me parece exagerado— de la propaganda desplegó entonces.
Secundado por su alter ego Victor Griffuelhes 204 durante casi dos años,
supieron renovarse y animar a la masa de trabajadores, que a veces tiene
demasiada tendencia a dudar de sí misma. No es, pues, exagerado decir que si,
allá donde supo imponerla integralmente, la clase obrera gozó de la jornada de
ocho horas, lo debe en una parte bastante apreciable a Emile Pouget.
Basta con repasar la colección de los congresos de
la C. G. T. entre 1896 y 1907 para cerciorarse de la influencia profunda que
ejerció sobre estas bases de trabajo. Sus informes, sus intervenciones y sobre
todo su trabajo efectivo en el seno de las comisiones, son aún los garantes más
sólidos de lo que le debe el sindicalismo. ¿Recordaré que en Amiens fue él
quien redactó la carta, y que la moción que aún hoy sigue siendo la carta del
verdadero sindicalismo es en parte su obra? 205.
Victor
Griffuelhes (1874-1923), antiguo obrero zapatero; primeramente, blanquista,
luego sindicalista revolucionario y secretario general de la C.G.T. de 1902 a
1909.
La Carta
de Amiens (1906),
por la cual
el sindicalismo revolucionario proclamaba
su
Hay que mencionar también, además de los numerosos
fo-lletos que firmó, su colaboración en muchos pequeños periódicos obreros, así
como sus grandes artículos aparecidos en Le Mouvement socialiste, de Hubert
Lagardelle 206, estudios tan sustanciales que será imposible ignorarles cuando
se quiera en el futuro estudiar en profundidad los orígenes y los métodos del
movimiento sindicalista en Francia.
«La revolución», Villeneuve-Saint-Georges, la
retirada
(... ) Pouget tuvo durante toda su vida una especie
de obse-sión por un diario, pero un diario proletario que reflejase
ex-clusivamente las aspiraciones de la clase obrera. Es lo que in-tentó al
fundar con otros camaradas La Révolution. Griffuelhes pertenecía a él; Monatte
207 , también. Desgraciadamente, hace falta mucho dinero para hacer vivir un
diario, y no habiendo llegado la ayuda prevista, La Révolution hubo de dejar de
aparecer a los pocos meses. Fue uno de los mayores disgustos de su vida el ver
fracasar la obra que tan ardientemente había deseado.
independencia respecto a los partidos políticos.
Hubert
Legardelle (1875-1958), abogado primero guesdista, luego fundador del Mouvement
Socialiste (1899-1914), revista teórica del sindicalismo revolucionario; autor
de un libro importante, Le socialisme frangais. Acabó siendo ministro del
mariscal Pétain.
Pierre
Monatte (1881-1960), corrector de imprenta, colaboró en la revista anarquista
Les Temps Nouveaux más tarde; como sindicalista revolucionario formó parte del
comité confederal de la C. G. T. de antes de 1914. Se adhirió al P.C. F. en
1923 y llegó a ser redactor de la página social de L’Humanité, de donde fue
excluido en noviembre de 1924. Fundó entonces La Révolution Prolétarienne,
órgano de la Liga Sondicalista. Véase Syndicalisme révolutionnaire et
communisme, les archives de Pierre Monatte, 1969.
Casi podría detenerme aquí, pero debo recordar el
asunto Draveil-Villeneuve-Saint-Georges. Con los años parece, en efecto, que
esta miserable y triste jornada fue querida por Clemenceau. Era también la
opinión de Griffuelhes y de Pouget. Hubo persecuciones contra bastante
militantes, y naturalmente también contra Pouget. Pero tras dos meses de cárcel
en Corbeil, la acusación hubo de retirarse y no es exagerado decir que si
hubiese habido proceso el banco de infamia no hubiera sido el de los acusados.
208
Pero ya la salud de Pouget, que era más de diez
años mayor que nosotros, comenzaba a resentirse.
A la larga, la lucha, con la intensidad con que el
la concebía, gasta al hombre. El descanso consistió para el entonces en
trabajar para ganar su vida, y hasta el día en que la enfermedad le atenazó, no
paró de trabajar, con setenta y un años 209.
Emite Pouget: ¿Qué es el sindicato? 210
Propiedad, autoridad, no son más que la
manifestación y la expresión divergente de un solo y único principio, que se
En 1908,
las huelgas fueron reprimidas en sangre por el gobierno de Georges Clemenceau
(1841-1929) en Draveil y Villeneuve-Saint-Georges,
a consecuencia de lo cual los dirigentes de la C. G. T. fueron arrestados.
En 1931,
en la localidad de Lozére (Palaiseau), una carroza fúnebre de pobre conducía a
Emile Pouget a su última morada, seguido de Pierre Monatte, Maurice Chambelland
y algunos otros, entre los cuales me encontraba yo (Daniel Guérin).
Extraído
de Le Syndicat, 1905.
concreta en la realización y la consagración de la
servidumbre humana. No hay, pues, más que una diferencia de ángulo visual.
Visto desde un ángulo, la esclavitud aparece como un crimen de propiedad; visto
desde otro, se constata como un crimen de autoridad.
En la vida, estos «principios», bozales de los
pueblos, se concretan en instituciones opresoras donde sólo la fachada ha
variado a lo largo de los años. Actualmente, pese a todas las transformaciones
operadas en el régimen de la propiedad y las modificaciones aportadas en el
ejercicio de la autoridad, transformaciones y modificaciones todas ellas
superficiales, la sumisión, la construcción, el trabajo forzado, el hambre,
etc., son el lote de la clase obrera.
Por ello el infierno del asalariado es un infierno
lúgubre: la gran mayoría de los seres humanos vegetan allí, privados de
bienestar y de libertad. Y en este infierno, pese a la decoración democrática
de su máscara, florecen a montones miseria y dolores.
La agrupación esencial
El grupo corporativo es, en efecto, el único centro
que, por su constitución, responde a las aspiraciones que impulsan al
asalariado; es la única agregación de seres humanos resultante de la identidad
absoluta de los intereses, puesto que tiene su razón de ser en la forma de
producción sobre la que se modela y de la que no es más que una prolongación.
¿Qué es, en efecto, el sindicato? Una asociación de
trabaja-dores unida por el lazo corporativo. Esta coordinación corpo-
rativa puede manifestarse, según los ambientes,
tanto por el vínculo más circunscrito de su oficio, o, en la enorme
industrialización del siglo XX, englobar a los proletarios de oficios diversos,
pero cuyo esfuerzo concurre a una obra común.
Sin embargo, cualquiera que sea la forma preferida
por los militantes o impuesta por las circunstancias, o sea, que el aglomerado
sindical se limite al «oficio» o se extienda a la «industria», la identidad del
fin perseguido es:
Luchar constantemente frente al explotador;
forzarle a respetar las mejoras conseguidas; frenar toda tentativa de
regresión; luego, también, tender a atenuar la explotación exigiendo mejoras
fragmentarias, tales como disminución de horas de trabajo, aumento de salarios,
mejoras higiénicas, etc., modifica¬ciones que, aun cuando sólo afectan a los
detalles, no por ello son menos eficaces logros frente a los privilegios
capitalistas, que así se atenúan.
1° El sindicato tiende a preparar una coordinación
creciente de las relaciones de solidaridad, de manera que haga posible en el
menor plazo la expropiación capitalista, única base que puede servir como punto
de partida para una transformación integral de la sociedad. Sólo tras esta
legítima restitución social podrá ser aniquilada toda posibilidad de
parasitismo. Sólo entonces, no estando ya obligado a trabajar al servicio de
otro, y siendo abolido el salario, llegará a ser la producción social en su destino
como lo es en su fuente; en este momento, siendo la vida económica una amalgama
real de esfuerzos recíprocos, toda explotación social será no solamente
abolida, sino que resultará imposible.
Así, gracias al sindicato, la cuestión social se
manifiesta con una nitidez y agudeza tales, que su evidencia se impone a los
menos clarividentes; el grupo corporativo traza, sin equívoco posible, la
demarcación entre los asalariados y los amos. Gracias a él, la sociedad aparece
tal como es: por un lado, los trabajadores, los robados; por otro, los
explotadores, los ladrones.
Autonomía sindical
Por superior a cualquier otra forma de agrupación
que sea el sindicato, no se sigue de ahí que tenga una vida intrínseca e
independiente de la que le comunican sus adherentes. Por esto, esos adherentes,
a fin de dar muestras de que son sindicatos conscientes, deben participar en la
obra del sindicato. Y por su parte sería no tener la menor noción de lo que
hace la fuerza del grupo el creerse perfectos sindicatos sólo por estar
financieramente en regla con el sindicato.
Ciertamente, es bueno cotizar regularmente, pero
esto no es sino la parte más pequeña de lo que un sindicato está obligado para
consigo mismo y para con el sindicato; debe, en efecto, saber que el valor del
sindicato es menos el resultado de su situación monetaria que la multiplicación
de la energía coherente de sus adherentes.
El individuo es la célula constitutiva del
sindicato. Para el sindicato, no se produce el fenómeno depresivo que se
mani-fiesta en los medios democráticos, donde, ensalzado el sufragio universal,
se tiende a la compresión y a la
disminución de la personalidad humana. En un
ambiente democrático, el elector no puede usar su voluntad más que para un acto
de abdicación, es llamado a «dar» su «voto» al candidato que desee tener por
«representante».
La adhesión al sindicato no implica nada parecido y
ni si-quiera el más puntilloso podría descubrir la menor ofensa a la
personalidad humana; antes como después, el sindicato es lo que era, antes era
autónomo, después lo sigue siendo.
Al entrar en un sindicato, el trabajador se limita
a firmar un contrato, siempre revocable, con camaradas que son sus iguales en
querer y en poder, y en cada momento las opiniones que pueda emitir, los actos
en los que llegue a participar, no tendrán los caracteres suspensivos o
abdicativos, de la personalidad que distinguen y cualifican a los votos
políticos.
En el sindicato, por ejemplo, si hay que nombrar un
consejo sindical encargado de la labor administrativa, no hay que comparar esta
«selección» con una «elección»; el modo de votación, habitualmente empleado en
tal circunstancia, no es sino un procedimiento para lograr la división del
trabajo, y no implica ninguna delegación de autoridad. Las funciones del
consejo sindical, estrictamente delimitadas, son sólo administrativas. El
consejo hace la tarea que le incumbe, sin neutralizar nunca sus mandatos, sin sustituir
a nadie ni actuar por nadie.
Lo mismo puede decirse de todas las funciones del
sindicato; todas se restringen a un acto definitivo y particular, mientras que,
en el dominio democrático, la elección implica que el elegido ha recibido del
elector un cheque en blanco que le permite decidir y actuar a su guisa,
sobre todo y por todo, sin ser frenado por la
voluntad posiblemente contraria de sus mandantes, en los cuales, en tal caso,
la oposición, por caracterizada que sea, es ineficaz mientras dura el mandato
de su elegido.
No hay, pues, paralelo posible, y menos confusión,
entre la acción sindical y la participación en las engañosas mentiras de la
política.
El sindicato, escuela de voluntad
El «Conócete a ti mismo» de Sócrates es completado
en el sindicato con la máxima «Actúa por ti mismo».
Así, el sindicato se erige como escuela de
voluntad: su papel preponderante resulta del querer de sus miembros, y, si es
la forma superior de asociación, es porque es la condensación de las fuerzas
obreras, que resultan eficaces por su acción directa, forma sublime de la
actividad consciente de las voluntades de la clase proletaria.
La burguesía ha maniobrado para predicar la
moderación y la paciencia al pueblo, haciéndole esperar que el progreso se
daría por milagro, sin esfuerzo por su parte, gracias a la intervención
exterior del Estado. Esto era la perpetuación, en forma menos beata, de las
creencias milenarias y religiosas. Pero mientras que los dirigentes trataban de
sustituir tan decepcionante ilusión frente al no menos desilusionador milagro
religioso, los trabajadores realizaban en la sombra, con una tenacidad
indomable y nunca desanimada, el organismo de emancipación que es el sindicato.
Este organismo, verdadera escuela de voluntad, se
ha cons-
tituido y desarrollado en el siglo XIX. Gracias a
él, gracias a su constitución económica, los trabajadores han podido resistir a
la inoculación del virus político y desafiar toda tentativa de división.
Es en la primera mitad del siglo XIX cuando los
grupos cor-porativos se constituyeron pese a la prohibición que les amenazaba.
La persecución fue implacable contra quienes tuvieron la audacia de sindicarse,
de modo que hubo que ingeniarse para evitar la represión. Así, para agruparse
sin demasiados riesgos, los trabajadores enmascararon sus asociaciones de
resistencia bajo aspectos anodinos, como el de la mutualidad.
Las agrupaciones de caridad no han hecho nunca
sombra a la burguesía, que sabe muy bien que al ser simples calmantes no pueden
en ningún sentido significar un remedio para el mal de la miseria. La esperanza
en la caridad es una cataplasma somnífera muy buena para evitar a los
explotados reflexionar sobre su triste suerte y para buscar una solución. Por
esto las asociaciones mutualistas han sido siempre toleradas, y hasta apoyadas
por los dirigentes.
Los trabajadores supieron aprovechar la tolerancia
concedida a estas instituciones; se reunieron, so pretexto de ayudarse en caso
de enfermedad, de constituir pensiones, etc., pero persiguieron un fin mucho
más viril: se preocuparon por mejorar sus condiciones de existencia y trataron
de resistir a las exigencias patronales. Su táctica, empero, no logró siempre
engañar a la autoridad, que, prevenida por las denuncias patronales, acorraló
frecuentemente a estas dudosas sociedades de socorros mutuos.
Más tarde, cuando, a fuerza de aguerrirse, de
actuar por ellos mismos, los trabajadores se sintieron bastante fuertes como
para desafiar la ley, arrojaron la máscara mutualista, e, intrépidamente,
titularon a sus agrupaciones sociedades de resistencia.
¡Bello título!, expresivo y claro. El solo ya
contiene un pro-grama de acción. Demuestra que, aunque fuesen embrionarios los
grupos corporativos, los trabajadores sentían la necesidad de no marchar a
remolque de los políticos y de no combinar sus intereses con los de la
burguesía, sino, por el contrario, de ponerse frente a ella.
Instintivamente, era en el balbuceo de la lucha de
clases, donde la Asociación Internacional de Trabajadores iba a dar la fórmula
neta y definitiva, al proclamar que «la emancipación de los trabajadores debe
ser obra de los trabajadores mismos».
Esta fórmula, luminosa afirmación de fuerza obrera,
depu-rada de todas las escorias del democratismo, iba a servir de idea
directriz a todo el movimiento proletario. No era, por lo demás, más que la
afirmación grande y categórica de las tendencias en germinación en el pueblo.
Ello prueba abundantemente la concordancia teórica y táctica entre el
movimiento «sindicalista», hasta entonces subterráneo e impreciso, y la
declaración inicial de la Internacional.
Tras haber comenzado por afirmar que los
trabajadores no tienen que contar más que con sus propias fuerzas, la
declaración de la Internacional completaba la proclamación de la autoridad
necesaria del proletariado; indicando que únicamente por su acción directa
puede obtener resultados tangibles, añadía:
« Considerando:
»Que el sometimiento económico del trabajador ante
los detentadores de los medios de trabajo, es decir, de las fuentes de la vida,
es la causa primera de su servidumbre política, moral y material;
»Que la emancipación económica de los trabajadores
es consecuentemente el gran fin al que todo movimiento político debe
subordinarse como medio
Así, pues, la Internacional no se limita a
proclamar neta-mente la autonomía obrera, sino que completa su declaración
afirmando que las agitaciones políticas, las modificaciones a la forma
gubernamental no debían impresionar a los trabajadores hasta el punto de
hacerles olvidar las realidades económicas.
El movimiento sindicalista actual no es más que la
continuación lógica de la Internacional; la concordancia es absoluta, y en el
mismo plano continuamos la obra de nuestros predecesores.
Sólo que cuando la Internacional ponía sus premisas
la voluntad obrera era aún poco clarividente, la conciencia de clase del
proletariado estaba muy poco desarrollada como para que la orientación
económica predominase sin desviación posible.
La clase obrera hubo de padecer la influencia
divergente de políticos desafortunados, que, no viendo en el pueblo más que un
medio para su actuación, le alaban, le hipnotizan y le traicionan. Por otra
parte, la clase obrera se dejó también arrastrar por los hombres de lealtad y
desinterés, que,
imbuidos de democratismo, daban demasiada
importancia a la superfetación estatal.
Gracias a la doble influencia de estos elementos,
en el período actual (que comienza con la hecatombe de 1871) el movimiento
sindical vegetó largo tiempo, importunado en diversos sentidos. Por un lado,
los políticos crápulas se esforzaban por domesticar a los sindicatos, tratando
de llevarles a remolque del gobierno; por otro, los socialistas de las diversas
escuelas trataban de hacer predominar allí sus tendencias. Así, pues, unos y
otros trataban de transformar los sindicatos de «grupos de interés» en «grupos
de afinidades».
El movimiento sindical tenía raíces demasiado
vigorosas, es una necesidad demasiado ineluctable para que estos esfuerzos
divergentes puedan frenar su desarrollo. Hoy, continúa la obra de la
Internacional, la de los pioneros de las «sociedades de resistencia» y de las
primeras agrupaciones. Ciertamente, las tendencias se han precisado, las
teorías se han clarificado; pero hay una absoluta concordancia entre el
movimiento sindical del siglo XIX y el del siglo XX: uno deriva del otro.
Existe el crecimiento lógico, ascensión hacia una voluntad siempre más
consciente y manifestación de la fuerza cada vez más coordinada del
proletariado, que se expande en una unidad creciente de aspiraciones y de
acción.
La tarea sindical tiene un doble objeto: debe
perseguir, con un rigor máximo, la mejora de las condiciones presentes de la
clase obrera. Pero, sin dejarse obsesionar por esta obra transitoria, los
trabajadores deben preocuparse por hacer
posible y próximo el acto primordial de
emancipación integral: la expropiación capitalista.
En el presente, la acción sindicalista trata de la
conquista de mejoras parciales, graduales, que, lejos de ser un fin, no pueden
ser consideradas más que como un medio para exigir de antemano y arranca al
capitalismo mejoras nuevas.
El sindicato ofrece a los patronos una superficie
de resistencia que está en proporciones geométricas a la resistencia de sus
adherentes: refrena los apetitos del explotador, le impone el respeto de
condiciones de trabajo menos draconianas que las resultantes del contrato
individual firmado por el asalariado aislado. A este contrato leonino entre el
patrón forrado de capital y el proletariado desnudo de todo le sustituye el
contrato colectivo.
Así, frente al empleador, se levanta el sindicato,
que atenúa el odioso «mercado de trabajo» de la oferta de brazos, frenando en
cierta medida las consecuencias desastrosas de la abundancia de los que no
tienen trabajo, y que impone al capitalismo el respeto de los trabajadores, así
como, en proporción relativa, a su fuerza, exige de él, el abandono de las
migajas de los privilegios.
Esta cuestión de las mejoras parciales ha servido
de pretexto para tratar de introducir la discordia en las organizaciones
corporativas. Los políticos, que no viven más que de la confusión de las ideas
y a quienes mortifica la repulsión creciente que sienten los sindicatos por sus
personalidades y su peligro de intervención, han tratado de llevar a los medios
económicos las querellas verbales con que torean a los electores. Han tratado
de encizañar y dividir a los sindicatos en dos campos, clasificando a los
trabajadores en reformistas y revolucionarios. Para
des-acreditar mejor a estos últimos, les han bautizado como «los partidarios de
todo o nada», y les han supuesto ladinamente adversarios de las mejoras
actualmente posibles.
Estas bobadas no tienen de superior más que su
estupidez. No hay un trabajador, cualquiera que sea su mentalidad o sus
aspiraciones, que por principio o por práctica quiera obstinarse en trabajar
diez horas para un patrón, en lugar de ocho, ganando seis francos en lugar de
siete.
Sin embargo, al poner en circulación estas idiotas
chorradas, los políticos esperan alejar a la clase obrera de la organización
económica, y disuadirla de hacer por sí misma sus propios asuntos, y de
trabajar ella misma para conquistar cada vez más bienestar y mayor libertad.
Cuentan con el veneno de las calumnias para desintegrar a los sindicatos
haciendo renacer en su seno las disputas odiosas y disolventes que han
desaparecido desde que la política ha sido eliminada.
Lo que da una apariencia de pretexto a estas
maniobras es que los sindicatos, curados, gracias a las crueles lecciones de la
experiencia, de las esperanzas en la intervención gubernamental, tienen hacia
ella una legítima desconfianza. Saben que el Estado, cuya función reside en ser
gendarme del capital, tiene por naturaleza tendencia a hacer inclinar la
balanza del lado patronal. Así, cuando una reforma le viene por vía legal, no
se lanzan sobre ella con la voracidad de una rana sobre el trapo rojo que oculta
el anzuelo, sino que la aceptan con la mayor prudencia posible, tanto más
cuanto que esa reforma no se realiza más que si los trabajadores
están suficientemente organizados para imponer por
la fuerza su aplicación.
Los sindicatos desconfían de los regalos
gubernamentales tanto más cuanto más frecuentemente han constatado sus
perjuicios. Así consideran «regalos» ruines al Consejo Superior del Trabajo y
los Consejos del Trabajo, instituciones inventadas únicamente para
contrabalancear y frenar la obra de las agrupaciones corporativas. Por lo
mismo, no se entusiasman con el arbitraje obligatorio y la reglamentación de
las huelgas cuya más clara consecuencia sería enervar la capacidad de
resistencia obrera. Por lo mismo, también, la capacidad jurídica y la
comercialidad otorgadas a las organizaciones obreras no les dicen nada que
merezca la pena, pues ven en ellas el deseo de hacerles abandonar el terreno de
la lucha social, para llevarles al terreno capitalista donde el antagonismo de
la lucha de clases cedería el paso a embrollos de dinero.
Pero del hecho de que los sindicatos tengan una
ruda des-confianza hacia la buena voluntad del gobierno con respecto a ellos no
se sigue que repugnen la conquista de mejoras fragmentarias. Sólo que las
desean reales. Por ello, en lugar de esperarlas de la magnanimidad del poder,
las arrancan con dura lucha, por la acción directa.
Si, llegado esto, la mejora que persiguen está
subordinada a la ley, los sindicatos persiguen la obtención de todo ello por la
presión exterior sobre los poderes públicos, y no tratando de hacer penetrar en
los parlamentos diputados especialmente mandados, pequeño juego infantil que
podría continuar durante siglos sin que hubiese una mejora favorable a la
reforma soñada.
La mejora deseada debe ser arrancada directamente
al ca-pitalismo, por una vigorosa presión donde las agrupaciones manifiesten su
voluntad. Sus medios son variados, aunque siempre emanan del principio de la
acción directa; según el caso, usan la huelga, el sabotaje, el label.
Pero cualquiera que sea la mejora conseguida, debe
siempre implicar una disminución de los privilegios capitalistas, ser una
expropiación parcial.
Así, cuando no se satisface la logomaquia política,
cuando se analizan los procedimientos y el valor de la acción sindical, se
desvanece la sutil distinción entre «reformistas» y «revolucionarios» y hay que
concluir que los únicos trabajadores realmente reformistas son los
sindicalistas revolucionarios.
Elaboración del porvenir
Además de la obra de defensa cotidiana, los
sindicalistas tienen la tarea de preparar el porvenir.
El grupo productor deberá ser la célula de la
sociedad nueva. Es imposible concebir una transformación social real sobre
otras bases. Así, pues, es indispensable que los productores se preparen para
la toma de posesión y de reorganización que les debe incumbir y que sólo ellos
podrán realizar con éxito.
Es una revolución social, y no una revolución
política, la que queremos hacer. Ambos son fenómenos distintos y las tácticas
que conducen a una divergen de la otra.
LAS COLECTIVIDADES ESPAÑOLAS
Como la mayoría de los textos precedentes
planifican la sociedad anarquista, ha parecido útil añadir, a título a la vez
de contraste y de complemento, documentos que relatan una experiencia concreta
de edificación libertaria: la de las colectividades españolas de 1936. Sin
duda, el papel político y militar jugado por los anarquistas en la revolución y
la guerra civil española se relatará más adelante. Pero hemos creído útil,
desde ahora, dar un salto en el tiempo: tras las anticipaciones, la práctica de
la autogestión. Por lo demás, es directo el vínculo que existe entre los
anticipadores y los
prácticos; los segundos recogieron de la manera más
precisa las enseñanzas de los primeros. Así, el lector podrá apreciar mejor las
actitudes constructivas, y no destructivas, del anarquismo.
LA COLECTIVIZACION EN ESPAÑA, por Agustín Souchy
211
Los acontecimientos ocurridos tras el 19 de julio
de 1936 en España representaban algo enteramente nuevo; en efecto, las
ocupaciones de tierras e industrias por los trabajadores españoles no tendían a
tomar simple posesión sobre los propietarios, los cuadros y los poderes
públicos, para obtener una mejora de las condiciones de trabajo y de salario,
sino a la gestión directa de los medios de producción y de cambio por todos sus
actores, y en el caso de las tierras dejadas en baldío o de empresas deficientes,
la «toma» tenía el carácter de una verdadera medida de salud social.
Handicapada en el mercado mundial tanto en productos agrícolas como en
industriales por una administración parasitaria y por la competencia de los
países nuevos, la España burguesa no era capaz de evitar el paro, ni de sacar
fruto a su propio suelo, ni de extraer alimentos de él.
Ante esto, la réplica de la España obrera y
campesina era un acto de justicia y de responsabilidad, operado por la base,
fuera de toda burocracia y de toda dictadura de partido, por el que el país
debía alimentar al país.
Augustin
Souchy, anarcosindicalista alemán que se puso al servicio de la revolución
española. Extractos de Colectivización, la obra constructiva de la revolución
española, abril de 1937, reeditada en 1965; abreviaturas: CNT significa
Confederación Nacional del Trabajo (anarco-sindicalista); FAI, Federación
Anarquista Ibérica; UGT, Unión General de Trabajadores.
El 19 de julio y los días siguientes, todas las
grandes empresas fueron abandonadas por sus dirigentes. Los directores de las
compañías de ferrocarriles, de las compañías de transporte urbano, de
transporte marítimo, de la gran metalurgia, de la industria textil, los
presidentes y delegados de las asociaciones patronales, todos habían
desaparecido. La huelga general, decretada por la clase obrera, medida de
defensa contra la rebelión, paralizó durante ocho días toda la vida económica.
Rota la rebelión, las organizaciones obreras
decidieron poner fin a la huelga. Los sindicatos de CNT, en Barcelona, se
convencieron de que la vuelta al trabajo no podía hacerse en las mismas
condiciones que antes. La huelga general no fue una huelga que tuviese por meta
la defensa o la mejora de los salarios. No se trata, en efecto, de obtener
salarios más elevados o mejores condiciones de trabajo. Ningún empresario había
allí. Los trabajadores no debían sólo retomar su puesto en la locomotora, o el
tranvía, o las oficinas. Debían también encargarse de la dirección general de
las fábricas, de los talleres, de las empresas, etc. En otras palabras, la
dirección de la industria y de toda la vida económica incumbía ya a los obreros
y empleados ocupados en todas las secciones de la economía del país.
En España, en particular en Cataluña, el proceso de
sociali-zación comenzó por la colectivización. Esta no debe ser considerada
como la realización de un plan preconcebido. Fue espontánea. De cualquier modo,
la influencia de la doctrina anarquista en esta transformación es indudable.
Tras largos años, los anarquistas y los sindicalistas de España consideraban su
fin supremo la transformación social de la
sociedad. En sus asambleas de sindicatos y de
grupo, en sus periódicos, folletos y libros, discutióse sin cesar el problema
de la revolución social, y de forma sistemática. ¿Qué pasaría tras la victoria
del proletariado? Debía romperse el aparato gubernativo.
Los trabajadores deben ocuparse por sí mismo del
funcionamiento de su empresa, administrarla ellos mismos, controlar los
sindicatos toda la vida económica. Las asociaciones de ramas de industria deben
dirigir la producción; las federaciones locales, el consumo. Tales eran las
ideas de los anarcosindicalistas, ideas que también la FAI adoptó. En sus
conferencias y congresos, ésta declaró constantemente que la vida económica
debe regirse por los sindicatos.
(...) Tras el 19 de julio de 1936, los sindicatos
de CNT se encargaron de la producción y abastecimiento. Primero los sindicatos
se esforzaron por resolver la cuestión más urgente: asegurar el abastecimiento
a la población. Se instalaron cocinas en cada barrio, en los locales de los
sindicatos. Comités de avituallamiento se encargaron de buscar los víveres en
los depósitos centrales de la ciudad o el campo, víveres pagados con bonos cuyo
valor estaba garantizado por los sindicatos. Los miembros de los sindicatos,
las mujeres e hijos de los milicianos, y la población en general, todos fueron
alimentados gratuitamente. En los días de huelga, los obreros no recibieron
salario. El Comité de milicias antifascistas decidió dar a los obreros y
empleados la suma correspondiente a lo que les habría correspondido si hubieran
trabajado esos días.
Colectivización de la industria 212
(...) La primera fase de la colectivización comenzó
cuando los trabajadores tomaron a su cargo la explotación de las empresas. En
cada taller, fábrica, buró, comercio de venta, fueron nombrados delegados
sindicales que se ocuparon de la dirección. Frecuentemente, estos nuevos
dirigentes no tenían preparación teórica, ni muchos conocimientos de economía.
Sin embargo, tenían un profundo conocimiento de sus necesidades personales y de
las necesidades del momento.
(...) Conocían su oficio, el proceso de producción
de su in-dustria, sabían aconsejar. Su espíritu de iniciativa y de inven-ción
suplía a la falta de preparación.
En algunas fábricas de industria textil se
confeccionaron paños de seda para el cuello de color rojo y negro, con un texto
antifascista impreso, que fueron puestos a la venta. «¿Cómo habéis calculado el
precio? ¿Cómo habéis establecido el margen de beneficio?», preguntó un
periodista extranjero y marxista.
«No sé nada en lo relativo al margen de beneficio,
respondió el obrero a quien se preguntaba. Hemos buscado en los libros el
precio de la materia prima, calculado los gastos corrientes, añadido un
suplemento en provisión de fondos de reserva», añadido el montante de los
salarios, más
Los
subtítulos son nuestros.
un suplemento del 10 por 100 para el Comité de
Milicias Antifascistas, y así se estableció el precio.» Los pañuelos fueron
vendidos a un precio inferior al que hubiera tenido en un régimen precedente.
Los salarios fueron aumentados, y el margen de beneficio, noción sagrada en la
economía burguesa, fue utilizado en favor de la lucha contra el fascismo.
De este modo se efectuó en la mayoría de las
empresas la dirección de la producción por los obreros. Los patronos que se
oponían a la nueva gestión económica fueron echados a la calle. Fueron
admitidos como trabajadores si aceptaban el nuevo estado de cosas. En este
caso, se ocuparon como técnicos, directores comerciales o incluso como simples
obreros. Ganaban un salario como un obrero o un técnico, según su profesión.
Este comienzo y este cambio fueron relativamente
bastante simples. Las dificultades aparecieron más tarde. En breve, no hubo
materias primas a voluntad. En los primeros días que siguieron a la revolución,
fueron requisadas las materias primas. Luego hubo de pagarlas, hacerlas entrar
en cuenta. Del extranjero llegaban muy pocas materias primas, hubo un aumento
de precios de las materias primas y de los productos terminados. Se aumentaron
los salarios, pero el aumento no fue general. En algunas industrias fue
considerable. En la primera fase de la colectivización, los salarios de los
obreros o de los empleados eran diferentes incluso en el marco de la misma
industria.
(...) Los sindicatos decidieron ocuparse por sí
mismos del control de las empresas. Los sindicatos de empresa se transformaron
en empresas industriales. El sindicato de la
construcción de Barcelona se encargó de los
trabajos de las diferentes empresas que construían en la ciudad. Fueron
colectivizadas las peluquerías. En cada peluquería hubo un delegado sindical.
Cada semana llevaba al comité económico del sindicato todos los ingresos. Los
gastos de la peluquería, como los salarios, fueron pagados por el sindicato.
(...) Empero, ciertas ramas económicas marcharon
mejor que otras. Hubo industrias ricas y pobres, salarios elevados y salarios
bajos. El proceso de colectivización no podía (...) pararse en esta fase. En la
Federación local de los sindicatos de Barcelona (CNT) se discutió la creación
de un comité de enlace. Este debía extenderse a todos los comités económicos de
los diversos sindicatos, el dinero debía ser concentrado en un solo lugar, una
caja de compensación debía velar por un reparto legítimo de los fondos. En
ciertas industrias existía desde el comienzo este comité de enlace y esta caja
de compensación. La compañía de autobuses de Barcelona, empresa rentable,
administrada por los obreros, tiene excelentes ingresos. Una parte de esos
excedentes se da al fondo de reserva para comprar material al extranjero. Otra
parte se destina a mantener a la compañía de tranvías, cuyo rendimiento
financiero es inferior al de la compañía de autobuses.
Cuando hubo escasez de gasolina, 4.000 taxistas
quedaron en paro. La totalidad de su salario hubo de ser pagada por el
sindicato. Fue una pesada carga para el sindicato de transportes. Hubo que
pedir ayuda a los otros dos sindicatos y a la comuna de Barcelona.
En la industria textil, a causa de la penuria de
materias pri-mas, hubo que disminuir las horas de trabajo. En ciertas
fábricas no se trabajó más que tres días por
semana. Sin embargo, hubo que pagar a los obreros. Como el sindicato textil no
tenía medios a su disposición, la Generalidad hubo de pagar a los obreros.
El proceso de colectivización no podía pararse
aquí. Los sin-dicalistas reclamaron la socialización. Pero socialización no es
para ellos nacionalización, dirección de la economía por el Es-tado. La
socialización debe ser una generalización de la colectivización. Es la unión
del dinero de los diversos sindicatos en una caja central; la concentración en
el cuadro de la federación local se transforma en una especie de empresa
económica comunal. Se trata de una socialización por la base de las actividades
obreras en el cuadro de la comuna.
Colectividades en la agricultura
No sólo en Cataluña, sino también en todas las
demás partes de España, las tradiciones del colectivismo tenían raíces. Cuando
el poder de los generales fue abatido se constató en el país la aspiración
general en favor de la colectivización de las grandes propiedades existentes.
Las organizaciones sindicales y los grupos anarquistas se pusieron a la cabeza
de este movimiento por la colectivización. Fueron fieles a sus tradiciones.
La colectivización del suelo adoptó en España
formas distintas a las de Rusia. La propiedad agrícola, en el marco de
una comuna, fue colectivizada, si perteneció antes
a un gran propietario de bienes raíces colocado del lado del clan
clero-militarista y contra el pueblo. Los propietarios que aceptaron el cambio
económico pudieron continuar trabajando en el cuadro del sindicato, que se
colocó a la cabeza de la colectivización. También los exportadores se unieron
al sindicato, así como, en varios lugares, también los pequeños propietarios.
El suelo y la propiedad son trabajados en común por
los trabajadores del campo, todos los productos son llevados al sindicato, que
proporciona los salarios y vende la producción. Los pequeños propietarios que
no quisieron adherirse al sindicato, trabajan al margen de la colectivización.
Han de trabajar penosamente para asegurar sus medios de existencia. Sobre ellos
no se ha operado ninguna presión, pero tampoco se les permite participar en las
ventajas de la producción colectiva. En el sindicato, por el contrario, el
trabajo está organizado racionalmente. Allí, reina realmente el principio
«todos para uno, uno para todos». El pequeño propietario vive, pues, al margen
de la comunidad o comuna. Respecto al reparto, las máquinas agrícolas, los
productos alimenticios, etc., el pequeño propietario es servido el último213.
Los sindicatos de trabajadores agrícolas
constituyen hoy una empresa económica. La limpieza y embalado de los
He
asistido en la provincia de Valencia a una asamblea del sindicato de
trabajadores agrícolas, en que los pequeños propietarios estaban igualmente
representados. Pudieron también tomar parte en la discusión. Al lamentarse de
que les faltaba esto o lo otro, se les invitó a entrar en el sindicato. Una
comisión presentó un informe sobre las mejoras a introducir en el trabajo del
suelo. Fue muy instructivo observar de qué manera los trabajadores presentes
completaron con sus experiencias personales las propuestas de la comisión (nota
de Augustin Souchy).
diferentes frutos destinados al transporte están
bajo la dirección del sindicato. En ciertas comunas, el conjunto de la vida
económica está en manos de los sindicatos. El sindicato ha nombrado diversos
comités para la organización del trabajo, para el consumo, para el reparto, y
para la lucha contra el fascismo. Cafés y cines, donde los hay, están bajo
control sindical. En las pequeñas localidades no hay diferencias entre los
sindicatos de las diversas profesiones o ramas artesanales. Todos se reúnen en
la federación local, qué constituye el nervio vital de la economía y a la vez
el centro político y cultural de la comuna.
En una rama no hubo colectivización: en los bancos.
¿Por qué no se organizaron los bancos? Los
empleados de banca estaban débilmente organizados. Estaban afiliados no a los
sindicatos de la CNT, sino a los de la UGT, que es opues-ta a la
colectivización. La UGT, en efecto, tiene otras tradicio-nes. Su ideología es
socialdemócrata, quiere la estatalización. La socialización, según esta
doctrina, debe ser aplicada por el Estado por medio de decretos. El Gobierno no
decretó la colectivización de los bancos (...). La confiscación de los bienes
de los bancos hubiera permitido un reparto central, único, de los medios
financieros, y el establecimiento de un plan financiero. Una central reguladora
hubiera podido ser levantada. Bajo el impulso de los sindicatos de industria,
los sindicatos de banca hubieran podido establecer un plan de financiación de
los sectores vitales para la economía del país. El instituto financiero hubiera
podido inmediatamente poner al servicio de la colectivización la potencia
financiera del país. La colectivización no hubiera sido parcial, hubiera podido
extenderse a toda la vida económica.
Tras siete meses de colectivización, los
sindicatos, a la luz de sus experiencias, constataron que era preciso coordinar
todas las empresas colectivizadas de las diversas industrias. Se basaron, pues,
sobre las experiencias hechas. La dirección central hoy creada no necesita
ocuparse con la creación de órganos subordinados ya existentes. La cumbre de la
colectivización descansa en una base sólida, el sindicato de industria, sus
secciones de oficio en las empresas y talleres.
Los sindicatos tuvieron así la pretensión de
regular el avituallamiento, sin querer, sin embargo, formar un monopolio. El
sindicato de la alimentación tomó a su cargo el funcionamiento de las
panaderías (no hay en Barcelona grandes fábricas de pan).
Al lado de éstas, existen aún pequeños despachos de
pan, que trabajan como antes. El transporte de leche de los campos a las
ciudades está asegurado también por los sindicatos, que además se ocupan del
funcionamiento de la mayoría de las lecherías. El sindicato de la alimentación
controla las empresas agrícolas, y trabaja en colaboración con las granjas
colectivizadas.
(...) En Rusia, durante los primeros tiempos de la
revolución, los comercios estaban cerrados. No fue así en España. El gran
comercio pasó a manos de los sindicatos. El pequeño comercio recibió sus
mercancías del sindicato. Para el pequeño comercio, los precios fueron fijados
de modo general. El comercio interior organizado fue controlado. A la cabeza
del monopolio de avituallamiento está el consejo de avituallamiento, cuyo fin
fue organizar y unificar el conjunto del avituallamiento en Cataluña para que
toda localidad fuese servida según sus necesidades. Se estableció un precio
único para las comunas colectivizadas, los
sindicatos de pesca y otras ramas de la alimentación, de acuerdo con la oferta
de avituallamiento. Evitar un aumento de los precios de los géneros
alimenticios era el fin de esta política eco-nómica. Especuladores y
acaparadores debían así ser eliminados.
A mediados de diciembre, esta política fue
suspendida. El 16 de diciembre se formó un nuevo gobierno catalán. Los
comunistas obtuvieron la exclusión del P.O.U.M. (Partido Obrero de Unificación
Marxista) del Gobierno. En la formación de éste, se nombró ministro de
avituallamiento a Comorera 214 , miembro del partido socialista unificado
(afiliado a la III Internacional). Otro ministerio fue dado a Domenech,
representante de los sindicalistas de la CNT. Comorera abolió el monopolio de
avituallamiento. La libertad de comercio fue reintroducida, quedando así
abierta la vía al aumento de los precios. En este sector, la colectivi-zación
fue suspendida.
En la rama de los transportes, la feliz influencia
de la colec-tivización salta a la vista. Pese al aumento general de los
pre-cios, las tarifas de las compañías de transporte de Barcelona no
aumentaron. En las calles de Barcelona se ven nuevos tranvías con pinturas
totalmente frescas, así como nuevos autobuses. Numerosos taxis han sido
reparados.
La situación no es tan buena en la industria
textil. A causa de la falta de materias primas, no se trabaja ya sino dos o
tres días por semana en muchas fábricas, pero los salarios se
Juan
Comorera, socialista catalán, más tarde convertido en comunista en 1936 y
consejero de la Generalidad de Catalunya; más tarde expulsado del Partido;
temiendo ser liquidado físicamente, entró clandestinamente en España, siendo
condenado allí a una gran pena; murió en prisión.
pagan por cuatro días. La prolongación de esta
situación debilita a estas empresas. El salario obrero de cuatro días es
insuficiente. No es ello consecuencia de la colectivización, sino de la guerra.
La industria textil de Cataluña ha perdido sus principales salidas. Una parte
de Andalucía, Extremadura, Castilla la Vieja y todo el norte de España, con la
populosa e industrial región de Asturias, están en manos fascistas. No hay modo
de hallar nuevas salidas.
(...) Durante el primer mes de 1937, la situación
ha mejorado un poco. Se trabaja para el ejército. En Sabadell, ciudad textil de
60.000 habitantes, todos los obreros están ocupados. En Barcelona, en algunas
hilaturas, persiste el trabajo reducido.
(...) La colectivización abre nuevas perspectivas,
conduce a nuevas vías. En Rusia, la revolución ha llevado a la estatalización
(...). En España (...) el pueblo mismo, los campesinos en el campo, los obreros
en las ciudades, han tomado a su cargo la explotación del suelo y de los medios
de producción. Entre grandes dificultades, por tanteo y error, van siempre
adelante, esforzándose por edificar un sistema económico equitativo donde los
trabajadores mismos sean los beneficiarios de los frutos de su trabajo.
PROGRAMA DE LA FEDERACION DE COLECTIVOS DE ARAGON
215
(14 DE MARZO DE 1937)
I. Estructura de la federación regional de
colectivos agrícolas
Constituir
la federación regional de colectivos, para coor-dinar el poder económico de la
región y para dar seguridad solidaria a esta federación, de acuerdo con los
principios de autonomía y de federalismo que son nuestros.
Para
constituir esta federación, observar las reglas si-guientes:
a) Los colectivos deben federarse por comarcas.
Para
mantener la cohesión y el control de los comités cantonales entre sí, se creará
el Comité regional de colectivos.
Los
colectivos establecerán una estadística exacta de su producción y de su
consumo, que enviarán a su comité comarcal respectivo, el cual la transmitirá
al comité regional.
La
supresión de la moneda en los colectivos, y su reemplazamiento por la cartilla
de aprovisionamiento, permitirán poner a disposición de cada colectivo las
cantidades de subsistencias necesarias.
Para que
el comité regional pueda proceder al aprovisio-namiento de los colectivos con
productos provenientes de importaciones, los colectivos o los comités
comarcales proporcionarán al comité regional una cantidad de productos
Extractos
sacados del Diario de Barcelona.
en relación con la riqueza de cada localidad o
comarca, a fin de crear el fondo regional de cambios exteriores.
Nueva
forma orgánica de administración de la tierra
Aceptamos el municipio o comuna como órgano futuro
de control de administración de las propiedades del pueblo. Empero, en tanto
que colectivistas federados cantonalmente proponemos abolir los límites locales
de la propiedad que cultivamos y, en nuestra opinión, será necesario que el
congreso estudie los puntos siguientes:
Estando
los colectivos constituidos en federaciones comarcales, se entenderá que las
tierras locales administradas por esas federaciones no constituyen ya más que
un solo terreno, sin límites interiores; y por lo que concierne a los campos
cultivados, instrumentos de trabajo, máquinas agrícolas, así como materias
primas a ellos destinadas, serán puestos a disposición de los colectivos que lo
necesiten.
Se hará
un llamamiento a los colectivos con excedente de mano de obra o que, en ciertas
épocas del año, no utilizan a todos sus productores porque no es el momento
adecuado para sus trabajos, y los equipos disponibles podrán ser utilizados,
bajo control del comité comarcal, para reforzar a los colectivos donde faltan
brazos.
Conducta
respecto a los consejos locales y los pequeños propietarios
Relaciones con los consejos locales:
Los
consejos locales, compuestos por representantes de las diversas organizaciones
antifascistas, tienen una función particular enteramente legal, que les ha sido
reconocida por
el comité regional de defensa de Aragón.
Los
consejos administrativos de los colectivos ejercen una función netamente
distinta a la de los consejos locales y comarcales.
Pero como
los sindicatos están llamados a nombrar y controlar los delegados por medio de
las dos funciones ya citadas, éstas pueden ser ejercidas por el mismo camarada,
bien entendido que no deberá mezclarlas.
Relaciones
con los pequeños propietarios:
Queda
bien entendido que los pequeños propietarios que, por su propia voluntad,
quedan al margen de los colectivos, no tienen ningún derecho a exigir servicios
en trabajo o en especies, porque se consideran capaces de bastarse a sí mismos.
Todas las
propiedades raíces, rurales y urbanas y los res-tantes bienes que hayan
pertenecido a elementos facciosos en el momento de la expropiación y que sean
aceptados en el colectivo, pasan a manos del colectivo.
Ningún
pequeño propietario que quede fuera del colectivo podrá poseer más tierra de la
que pueda trabajar el mismo, bien entendido que esta posesión no le dará
derecho a percibir ningún beneficio de la nueva sociedad.
Será
considerado libre y responsable, entre los trabajadores asociados, en la medida
en que su persona o su bien no causen ninguna perturbación al orden colectivo.
EJEMPLOS LOCALES DE COLECTIVIZACION 216
Lecera (Aragón)
Lecera es el primer pueblo de la provincia de
Zaragoza, del distrito judicial de Belchite, de donde dista doce kilómetros.
Tiene 2.400 habitantes y posee algunas industrias,
especialmente del yeso. El resto es agricultura, cuyas fuentes más importantes
son el trigo, el vino, el azafrán y algunos otros cereales, pero en pequeñas
cantidades.
Al llegar a estas localidades, convertidas hoy en
campamentos al servicio de las milicias, lo primero que hacemos es averiguar
dónde está el comité del pueblo. Aquí, le encontramos en el antiguo
ayuntamiento.
Es el camarada Pedro Navarro Jarque, maestro
nacional na-tivo de Lecera, quien responde a nuestras preguntas:
—El comité fue denominado Revolucionario
Antifascista y se compuso de siete miembros, todos del sindicato de trabajos
varios, afiliado a la CNT Hay una completa libertad de acción, y no padece ni
los frenazos ni las influencias de ningún partido político. Hemos sido elegidos
en asamblea, y representamos las aspiraciones de todo el pueblo. Tenemos las
mismas facultades que un alcalde en todo lo relativo a la administración y la
vida de la población. Hay un consejo de administración local compuesto por cinco
miembros que pertenecen también al sindicato de la CNT, que se ocupa de
organizar el trabajo en los campos y las industrias de Lecera. Hemos nombrado
un delegado de trabajo que, en
Extractos
de documentos C. N T.
colaboración con doce subdelegados, se ocupa de las
necesidades de la columna que lucha en este frente y del trabajo colectivo.
Todos están, naturalmente, de acuerdo con el comité Revolucionario.
—¿Habéis colectivizado las tierras?
—Eso ha sido un problema muy difícil, o, más
exactamente, este problema existe aún, pues nosotros deseamos que los hombres
vengan a nosotros convencidos de la excelencia y la ventaja de nuestras ideas.
Hemos colectivizado las grandes propiedades, y hemos respetado hasta el
presente las pequeñas. Si las circunstancias nos son favorables, tenemos la
esperanza de ver al pequeño propietario venir por sí mismo a la
colectivización, porque los habitantes de Lecera son comprensivos, como nos lo
han demostrado aportando a la colectividad buen número de los productos que
recogen.
Actualmente, se recoge el azafrán en todas las
pequeñas propiedades, se las colectiviza y se las almacena para el consumo y
para el cambio.
Los pequeños propietarios que antes apenas tenían
de qué comer, porque la recolección estaba casi totalmente importada por los
grandes propietarios, que se cobraban así deudas contraídas, desean, en
principio, conservar las tierras; pero, en asamblea general, han hecho
comprender la necesidad de poner en común las cosechas, y la adhesión fue
unánime. Hay que respetar la voluntad de los hombres y, sin presión, ganarles
por el ejemplo. El comité Revolucionario desea que se conozca el trabajo
inmenso del camarada Manuel Martínez, subdelegado social del frente de Lecera.
Toda la ciudad le está reconocida.
—¿Hace mucho que trabaja el en el comité?
—Casi tres meses. El veinticinco de agosto tomó
posesión de sus funciones, estableciendo a partir de esa fecha el régimen del
comunismo libertario, y aboliendo la moneda en el pueblo.
Se han intercambiado productos con Tortosa y Reus.
Las milicias de este frente han matado cinco mil corderos, y se han dado al
consumo doscientos ochenta mil kilos de trigo. El comité encargado del
avituallamiento proporciona, a cambio, toda clase de artículos para la
población civil.
—Sin circulación de moneda, ¿cómo se arreglan los
pequeños propietarios para satisfacer sus diferentes necesidades?
—Ya hemos dicho que predicamos con el ejemplo. No
hay aquí ni clases ni categorías. Para nosotros, el pequeño propietario que
mañana, sin duda, habrá dejado de serlo, es un productor.
Por mediación de los subdelegados de trabajo, que
son también delegados de barrios, se conoce perfectamente a los obreros que
trabajan, y el delegado de avituallamiento, que tiene en el depósito de
comestibles una cartilla familiar, da a cada familia lo que necesita. El
reparto se hace de la manera más justa —nos dice al terminar Navarro, el
presidente del comité— y llegaremos a demostrar la superioridad de nuestro
sistema en todos los dominios.
(... ) A poca distancia del local del comité
Revolucionario está el depósito de Lecera. Ocupa una gran sala y las
habitaciones particulares de un edificio que debía ser inaugurado como sala de
baile. Las tiendas están llenas de
géneros comestibles, lecheras, sacos de legumbres,
bidones de aceite, pilas de cajas de alimentos en conserva, etc., y en el piso
superior está el depósito de vestidos e instrumentos para el arado. Las
provisiones son, pues, abundantes.
Amposta (Cataluña)
(...) Amposta es una ciudad de 10.000 habitantes,
cuya economía descansa en la agricultura. El principal cultivo es el del arroz,
que ocupa el primer lugar de Cataluña.
En la última recolección de arroz, en el mes de
septiembre, se recogieron 36 millones de kilos. Hay que notar que 100 kilos de
arroz bruto significan para el consumo 60 kilos de arroz blanco.
Las tierras colectivizadas por los trabajadores
darán un me-jor rendimiento gracias a las buenas condiciones en que serán
trabajadas. Y, regadas por las aguas fecundantes del Ebro, darán una gran
riqueza de productos a un pueblo laborioso y libre como es el de Amposta.
Hay en la localidad 1.200 trabajadores de la
tierra. Para poder intensificar la agricultura, se han arrancado viejos
olivares y algarrobos improductivos, a fin de poner en su lugar un arrozal que
tanto se necesita. La granja avícola que ha sido montada por los camaradas con
todos los adelantos modernos merece atención. Se estima que representa un valor
de 200.000 pesetas. Para este año, en que la instalación estará terminada,
cabrán allí 5.000 gallinas, y se estima que,
para el año que viene, con ayuda de incubadoras, se
podrán producir 2.000 pollos por semana.
Aparte los trabajos relativos a la avicultura, los
demás trabajos están colectivizados; se ha creado una importante granja donde
se hará la cría de raza bovina, porcina y ovina; en esta granja hay ya 70 vacas
lecheras cuyo rendimiento permitirá la creación de una lechería moderna.
La colectividad puede realizar perfectamente su
trabajo, pues cuenta ya con 14 tractores, 15 trilladoras y 70 caballos. Las
tierras están municipalizadas, y quienes, no perteneciendo a la colectividad
agrícola, desean adquirir algunas parcelas para trabajarlas por su cuenta,
deben pedirlo a la municipalidad que lo concede; así se suprimirá el odioso
salario, vestigio de la esclavitud que ha sobrevivido hasta nuestros días. Los
obreros de la construcción están colectivizados; en su sección está incluida una
fábrica de mosaico y un horno de yeso. Los espectáculos públicos y otras ramas
de oficio están igualmente colectivizados.
En lo que concierne a la enseñanza, Amposta estaba
muy retrasada; en este momento hay en la ciudad 38 escuelas, cifra que
representa 15 escuelas más que antes de la revolución. Los cursos son
obligatorios (...).
Para instalar las nuevas escuelas, la municipalidad
ha toma-do igualmente cierto número de locales. Posee igualmente el material
necesario, sin necesidad de recurrir a la Generalidad de Cataluña (... ). Se
han creado seis escuelas de adultos. En breve plazo va a fundarse una Escuela
de Artes y Oficios, y una cantina escolar.
La municipalidad tiene ya una biblioteca, que va a
ir en au-
mento, para satisfacer el deseo del pueblo, ávido,
en general, de instruirse.
En el plano educativo, se han dado algunas
conferencias sociales, y se va a crear una coral y un grupo escénico con el fin
de desarrollar entre los niños el gusto de las artes. Ya se han encontrado
profesores.
(...) No se conocen las privaciones en Amposta,
gracias al intercambio del arroz por otros productos. Y aún quedan muchas
toneladas de este alimento nutritivo. Se ha establecido una cartilla de víveres
familiares para la distribución de productos de primera necesidad, cuya ración
es dada para tres días.
En la antigua iglesia ha sido establecida la
cooperativa de consumidores, y es curioso observar el uso que se ha hecho de
estas diversas dependencias. Una gran parte de la población se abastece en esta
cooperativa, que vende en cada semana 11 ó 12.000 pesetas de mercancías.
Hay en la ciudad unas 45 familias que no pueden
trabajar por razón de edad o de salud. La municipalidad ha hecho lo posible por
que nada les falte.
En suma, todo el avituallamiento de la comuna está
asegurado.
—Sólo nos falta —nos dice sonriendo el secretario
de la municipalidad— vino y alcohol, pero es porque tenemos interés en que
entre lo menos posible en Amposta.
La municipalidad desea realizar importantes
mejoras, y so-bre todo demoler las viejas casuchas que hay a la entrada de la
ciudad, acabar las cloacas y ampliar el servicio de aguas.
En Amposta funciona una central de aguas, una de
las pri-meras y más importantes de España. El agua que sirve a las necesidades
de la ciudad y que viene del Ebro está purificada con cloro líquido.
Gracias a los trabajos de saneamiento realizados,
se han hecho desaparecer epidemias como la fiebre tifoidea y ciertas
enfermedades de que habían sufrido mucho los trabajadores.
Se ha creado un hospital que responde a las
necesidades de la población. Y como anejo se ha añadido un dispensario, que
faltaba totalmente. Ahora se puede atender a todos los que lo deseen. En fin,
se ha edificado un sanatorio fuera de la localidad, para atender eficazmente a
los tuberculosos.
Aunque la Confederación domina en Amposta, los
diversos cargos de la municipalidad han sido repartidos entre los elementos de
la CNT y de la UGT, reinando la más perfecta armonía.
(...) Toda la propiedad urbana ha sido
colectivizada, los al-quileres han disminuido, y su montante sirve a las
necesidades de la municipalidad. La municipalidad ha ocupado salinas que pueden
producir alrededor de 500.000 pesetas por año, y se desea montar una fábrica de
lejías.
(...) Existe el proyecto de fijar un salario
familiar, se estudia el mejor medio para ponerlo en práctica, y la
municipalidad convocará al pueblo una vez por año para estudiar la mejor manera
de emplear los beneficios, una vez deducidos todos los gastos (...).
En la provincia de Levante, por Gastón Leval 217
La Federación regional de Levante, constituida por
nuestros camaradas de la CNT, que ha servido de base para la constitución de la
federación paralela de las colectividades agrarias, englobaba cinco provincias:
Castellón de la Plana, Valencia, Alicante, Murcia y Albacete. La importancia de
la agricultura en las cuatro primeras, todas mediterráneas, entre las más ricas
de España, y la de la población, casi 3.300.000 habitantes, dan un gran relieve
a las realizaciones sociales allí efectuadas. En nuestra opinión, fue en
Levante, gracias a sus riquezas naturales y al espíritu creador de nuestros
camaradas, donde la obra de las colectivizaciones agrarias fue la más amplia y
la mejor realizada.
(...) De las cinco provincias, es en la de Valencia
donde el movimiento se ha desarrollado más.
Esto se explica en primer lugar por su gran
importancia:
1.650.000 habitantes en el momento de la
revolución. Luego, por orden decreciente, venía la provincia de Murcia, con
622.000 habitantes; Alicante, con 470.000; Castellón de la Plana, con 312.000,
y por fin Albacete, con 238.000. El número de colectividades estaba en
proporción al de habitantes. Pero es en la provincia de Valencia donde las
socializaciones tomaron desde el comienzo el ritmo más decisivo y acelerado.
(...) En el Congreso de la Federación de campesinos
de Le-
Gastón
Leval, anarcosindicalista francés, estrechamente ligado, mucho antes de la
revolución de 1936, al anarcosindicalismo español. Extraído de Ni Franco ni
Stalin.
vante, los 21-23 de noviembre de 1937, había 430
colectividades organizadas. Cinco meses más tarde había
Para
poder apreciar estas cifras, señalemos que las cinco provincias totalizaban,
desde la ciudad más grande hasta la más pequeña, 1.172 municipalidades. Por
tanto, en el 43 por 100 de las localidades de la región agrícola más rica de
España, en la huerta de Valencia, donde la densidad de población es la más
elevada del mundo, con 450 habitantes por kilómetro cuadrado, aparecieron en
veinte meses 500 colectividades agrarias.
En general, tales colectividades no tuvieron el
mismo carácter que las de Aragón. En esta región, el predominio más o menos
exclusivo de las tropas de CNT y FAI impidieron durante mucho tiempo, ya sea a
la Administración del Estado, a la Policía Municipal o Nacional, al Ejército, a
los partidos apoyados por las autoridades gubernamentales, por los guardias de
asalto y por los carabineros, poner obstáculos a los cambios de estructura
social.
En Levante, como por lo demás en todas las
restantes regiones de España, las autoridades habían permanecido en su puesto
con los guardias de asalto, los carabineros, y las tropas mandadas por
oficiales que no tenían del todo espíritu revolucionario.
Era, pues, difícil colectivizar desde el comienzo,
con la misma rapidez obstinada que en Aragón. Por otra parte, en la región de
Levante la estructura de los pueblos, muy frecuentemente pequeños, hacía
difícil la adhesión unánime de la población: las divisiones sociales y
políticas estaban allí más netamente marcadas, las diferentes tendencias mejor
organizadas.
Casi siempre, en Levante, las colectividades
nacieron de la iniciativa de los sindicatos de campesinos del lugar, pero no
tardaron en constituir una organización autónoma. Se mantenía sólo un contacto
externo con el sindicato, que constituía la unión necesaria entre colectivistas
e individualistas.
De hecho, estos últimos aportaban sus productos
para intercambiarlos por otra cosa. Así, en la práctica, su aislacionismo se
diluía enteramente por la obra mediadora del sindicato, que se había organizado
con una estructura que respondía a su nuevo fin. En su seno habían sido creadas
comisiones —para el arroz, para las naranjas, la horticultura, las patatas,
etc.—, a las que correspondía un almacén de recogida y de distribución. La
colectividad misma tenía su almacén y sus comisiones. Más tarde, este inútil
desdo-blamiento fue suprimido. Los almacenes fueron unificados; las comisiones
se compusieron de colectivistas e individualistas inscritos en el sindicato.
Otras comisiones fueron mixtas, como por ejemplo las encargadas de la compra de
máquinas, de semillas seleccionadas, de insecticidas, de productos
veterinarios, etc. Se utilizaron los mismos camiones. La solidaridad se
extendió. Y el espíritu colectivista alcanzó incluso a los más recalcitrantes.
(...) Rápidamente, esta organización tendió a
unificar y racionalizar todo. El racionamiento y el salario familiar fueron
establecidos a escala comarcal, ayudando las localidades más ricas a las más
pobres a través de los comités comarcales intermedios. En cada capital de
comarca se constituyó un núcleo de técnicos compuesto por contables, por un
experto en agricultura, un veterinario, un especialista
en la lucha contra las enfermedades de las plantas,
un ingeniero, un arquitecto y un experto en cuestiones comerciales.
(...) Cada colectividad tenía un veterinario. La
mayoría de los ingenieros y veterinarios pertenecían al sindicato de la CNT.
Había también allí gran número de técnicos en
agricultura. Los especialistas en el cultivo de la viña y en la fabricación de
vino, estaban casi todos. Los ingenieros y los veterinarios empleados por las
otras empresas, y no por la colectividad, trabajaban también para ésta, y casi
de forma desinteresada, aplicándose a la elaboración de planes y a la
realización de proyectos. El espíritu creador de la revolución había
conquistado a los espíritus progresistas.
Los agrónomos proponían las empresas necesarias y
posibles: planificación de la agricultura, trasplante de cultivos que la
propiedad individual no siempre permitía adaptar a las condiciones geológicas y
climáticas más favorables. El veterinario organizaba científicamente la cría de
ganado. Eventualmente, consultaba al agrónomo sobre los recursos alimenticios
de que podía disponer. Y, con las comisiones campesinas, este último adaptaba
los cultivos en la medida de lo posible.
Pero el veterinario consultaba también al
arquitecto y al in-geniero para la construcción de porquerizas, establos,
granjas colectivas. El trabajo se planificaba espontáneamente. Se planificaba
en la base y partiendo de la base, según los principios libertarios.
Merced a los ingenieros, gran número de acequias y
pozos
han sido construidos, permitiendo irrigar mejor las
tierras, y hacer incluso de regadío las que eran de secano. Por medio de
motores eléctricos se procedió al alumbramiento y distribución del agua. No era
esto una novedad técnica, aunque sí lo era para muchas localidades de esta
región. La naturaleza del suelo, demasiado porosa, y la rareza de las
precipitaciones atmosféricas —400 milímetros de media— habían dificultado mucho
la necesaria extracción de agua, que había que buscar a 50, 100 ó 200 metros de
profundidad. En la región de Murcia y Cartagena, se hicieron tal vez los
mayores esfuerzos. Cerca de Villajoyosa, la construcción de un pantano permitió
irrigar un millón de almendros que hasta entonces habían sufrido la sequía
per-manente.
Los arquitectos no se ocupaban sólo de edificios
para animales. Recorriendo la región, aconsejaron formas de alojamiento humano
en cuanto a arquitectura, materiales, suelos, situación, higiene, etc.; (...)
El vecindario de las localidades, mucho menos diseminadas que en Aragón,
facilitaba esta solidaridad activa. El trabajo era incluso intercomunal. Tal
grupo se constituye para combatir las enfermedades de las plantas, sulfatar,
talar los árboles, trabajar en los campos y huertas. Tal otro se consagra a la reparación
o a la construcción de caminos.
(...) Las 500 colectividades y secciones de la
región de Levante estaban subdivididas en 54 federaciones comarcales, que se
unían en cinco federaciones provinciales, que se agrupaban finalmente en el
Comité regional.
Este Comité, nombrado en congresos anuales y
responsable ante ellos —campesinos de blusa y alpargatas—
se componía de 26 secciones técnicas: cultivo de
los frutos en general, agrios, viñas, olivares, horticultura, arroz, ganado
ovino y caprino, porcino y bovino; venían a continuación las secciones
industriales: vinificación, fabricación de alcoholes, de licores, de conservas,
de aceite, de azúcar, de frutos, de esencias y perfumes, así como de otros
productos derivados; además se crearon secciones de de productos diversos, de
importación-exportación, de maquinarias, transportes, pastos; luego, la sección
de la construcción, orientando y estimulando la construcción local de edificios
de todas las clases; en fin, la sección de higiene y de enseñanza.
(...) La mitad de la producción de naranjas —casi
cuatro mi-llones de quintales— estaba en manos de la federación campesina de
Levante, y el 70 por 100 de la recolección total era transportado y vendido por
su organización comercial, gracias a sus almacenes de depósito, a sus camiones,
a sus barcos, y a su sección de exportaciones, que a comienzo de 1938 había
establecido en Francia secciones de venta (en Marsella, Perpiñán, Burdeos,
Séte, Cherbourg y París).
Lo mismo ocurría con el arroz —30.000 hectáreas
sólo en la provincia de Valencia de las 47.000 de toda España— y con las
legumbres, de las que la huerta de Valencia y los jardines de Murcia daban dos
o tres cosechas anuales.
(...) Cuando las colectividades de una localidad
creían útil crear una fábrica de licores, azúcares, frutas, conservas, etc.,
comunicaban la idea a la sección correspondiente del comité central de
Valencia. Este examinaba la propuesta y, siguiendo el curso, invitaba a una
delegación de los que habían hecho la propuesta. Si, habida cuenta de las
materias primas
utilizables, existían ya bastantes fábricas, se
respondía negativamente explicando la razón. Si la instalación convenía, la
proposición se aceptaba. Pero la tarea no debía incumbir sólo a las
colectividades locales que hacían la propuesta. Por mediación del comité
regiones, las 500 colectividades debían contribuir a ese esfuerzo.
(...) Hasta entonces, se perdían inmensas
cantidades de frutas que se pudrían en el lugar de origen, al faltar mercados
nacionales e internacionales. Esto pasaba sobre todo con las naranjas
consumidas integralmente en su estado natural y que, en el mercado inglés,
tropezaban con la competencia de Palestina y de África del Sur, lo que obligaba
a bajar el precio y a disminuir la producción. El cierre de una gran parte de
los mercados de Europa, el del mercado interior ocupado o cortado por las
tropas de Franco, y los obstáculos puestos a la obra de la socialización por el
Gobierno, agravaron el problema. Y esto no causó perjuicio solamente a las
naranjas, sino también a las patatas y los tomates. Una vez más, la iniciativa
de las colectividades se hacía necesaria.
Estas organizaron secaderos para las patatas,
tomates y na-ranjas. Se empezó así a utilizar durante todo el año estas
legumbres. De las patatas se sacaba la fécula y la harina. Pero la innovación
resultó especialmente importante con las naranjas. De ellas se obtenía: perfume
extraído de la corteza en mayor cantidad que antes, miel de la naranja, pulpa
para la conservación de la sangre de los mataderos con el fin de hacer un
alimento nuevo para las gallinas, vino de naranja del que se extraía el alcohol
para las curas medicinales.
Fábricas
de los concentrados
muy importantes fueron
organizadas en Oliva y en Burriana. Las fábricas de
conservas de legumbres, cuyos principales centros estaban en Murcia, Alfasar,
Castellón y Paterna, estaban también en manos de la federación.
La sede de las federaciones comarcales era lo más
frecuentemente elegida cerca de las vías férreas o de las carreteras, lo que
facilitaba el transporte de las mercancías. Las colectividades de cada comarca
enviaban a ellas los excedentes de sus productos. Estos eran contabilizados,
clasificados, almacenados, y las cifras correspondientes enviadas a las
diferentes secciones del comité regional de Valencia, de tal manera que la
federación sabía siempre exactamente de qué reserva podía disponer para los inter-cambios,
las exportaciones y las distribuciones.
El espíritu creador se mostró también en la
intensificación de la cría de animales de corral. Los gallineros, las
conejeras, las porquerizas se multiplicaban diariamente. Nuevas razas,
desconocidas por el simple campesino, conejos y gallinas se extendían cada vez
más, y las colectividades que habían dado los primeros pasos ayudaban a las
otras. En fin, los esfuerzos de organización de orden económico no eran los
únicos motivos de acción. Cada colectividad creó una o dos escuelas. Se pudo
escolarizar a todos los niños. Tras la revolución, las colectividades de
Levante, Aragón, Castilla, Andalucía y Extremadura dieron el golpe de gracia al
analfabetismo. Y no olvidemos que en los campos españoles había un 70 por 100
de gente inculta.
Para completar este esfuerzo, y con un fin práctico
inmediato, se abrió una escuela de secretarias y contables a la que fueron
enviados por la colectividad más de 100
alumnos. La última creación fue la Universidad de
Moneada. Obra de la federación regional de Levante, ésta la puso a disposición
de la federación nacional de campesinos de España. Se enseñaba allí la cría de
animales, de aves de corral, métodos de selección, características de las
razas, agricultura, silvicultura, etc. Había 300 alumnos enviados por las
colectividades.
EL DECRETO DE COLECTIVIZACION DE LA ECONOMIA
CATALANA
Encontraremos en lo que sigue la casi totalidad del
decreto de colectivización de las industrias en Cataluña que, como se diría
hoy, institucionalizaba una autogestión operada, antes de toda ley, por los
trabajadores mismos cuando, al día siguiente de la revolución del 19 de julio,
tomaron posesión de las empresas y eligieron sus consejos obreros.
El decreto, en el mismo momento en que vio la luz,
fue ya considerado por uno de sus redactores, Tarradellas, como un «texto
histórico». Se le puede considerar, en efecto, como el prototipo de los textos
legislativos que han codificado en nuestros días, de manera más o menos
satisfactoria, la autogestión en Yugoslavia, luego en Argelia. Tenía, desde un
punto de vista estrictamente libertario, a la vez las virtudes y los defectos
de lo que serían los textos ulteriores en esa línea. Efectivamente, la autogestión
no era allí total. Había sido el efecto de un compromiso entre Tarradellas,
pequeño burgués
de izquierda que representaba a la izquierda
republicana de Cataluña, y el representante de la CNT, José Xena. Este
compromiso no fue logrado más que tras una áspera discusión de varios días
entre los dos hombres. Es otro anarquista, Juan P. Fábregas, consejero de
Economía de la Generalidad de Cataluña, quien firmó el documento en nombre de
la CNT.
Por este decreto, la autogestión quedaba
instaurada. Se insertaba en el marco de un Estado, y el poder en la industria
estaba allí compartido entre el consejo elegido por los trabajadores, el
director designado por este consejo obrero, pero cuyo nombramiento, en las
grandes empresas, debía ser aprobado por el Consejo (ministerio) de Economía de
la Generalidad de Cataluña, y, en fin, un controlador de la Generalidad
nombrado por el consejero de Economía.
El decreto, por otra parte, tenía la preocupación
de asociar el consejo obrero, por una parte, y la organización sindical por
otra, dos instancias que ciertos partidarios del «socialismo de los consejos»,
en nuestros días, creen deber oponer recíprocamente. En efecto, el artículo
diez estipulaba que, en el consejo, «estarán igualmente representadas, si ha
lugar, las diversas tendencias sindicales a las cuales pertenecen los obreros,
y ello proporcionalmente a su número», y el artículo 24 que «ocho representantes
de las diversas centrales sindicales, designados proporcionalmente, formarán
parte de los consejos naturales de la industria».
La colectivización así definida no era integral,
pues no estaba instituida más que para una categoría de empresas, en especie
las más importantes, y porque, para las otras, subsistía un sector privado. De
hecho, la colectivización iba
sensiblemente más lejos que la letra del decreto,
pues muchas empresas endeudadas, aunque no presentaban los criterios de
colectivización enunciados en el artículo 2, fueron sin embargo socializadas.
Las reglas enunciadas en lo que concierne al
funcionamiento del consejo obrero en el sector privado, tenían un espíritu
singularmente favorable respecto a los pequeños patrones, pues el comité de
control obrero tenía, entre otras atribuciones, la de velar por la estricta
disciplina en el trabajo.
El decreto del 24 de octubre de 1936, y sobre todo
esta últi-ma disposición, han sido bastante vivamente comentados por ciertos
escritores anarquistas como Vernon Richards en sus Enseñanzas de la Revolución
española 218. Pero el decreto era la consecuencia ineluctable de la elección
deliberada de los anarquistas, al día siguiente del putsch franquista, de
renunciar, en un espíritu de unidad de acción antifascista, a instaurar de
inmediato el comunismo libertario y a participar en el mecanismo de un Estado republicano
pequeñoburgués que creía ejercer su derecho de control a la vez que de
salvaguardar la pequeña propiedad.
En cuanto a la injerencia del «Estado» en el poder
económico de los trabajadores, ella era evidente, pero la Confederación
Nacional del Trabajo ejercía ella misma una fuerte influencia sobre la
Generalidad de Cataluña, y el decreto había sido, en parte, la obra de
anarquistas. Conviene añadir que estaba animado por una preocupación de
integración económica, y por un notable sentido de la
En
Francia, en las Ed. Belibaste. Traducción castellana en esta misma editorial.
planificación socialista. En cada industria estaba
previsto un consejo de industria compuesto por obreros, sindicalistas y
técnicos, con la tarea de «determinar los planes de trabajo de la industria y
regularizar la producción de su rama» (art. 25). En cada empresa, la producción
debía «adaptarse al plan general establecido por el consejo de la industria»
(art. 12).
Tal como es, pese a sus deficiencias y límites, el
decreto del 24 de octubre de 1936 constituye el primer documento legislativo
desde la Revolución rusa de octubre de 1911, que ha tratado de definir con el
cuidado de una planificación socialista, el ejercicio democrático del poder
obrero en las grandes empresas y del control obrero en los pequeños talleres o
empresas artesanales. Este decreto suscita críticas, pero no merece todos los
ataques de los anarquistas rigurosos y de los «consejistas» (partidarios de los
consejos obreros) de hoy.
El decreto
Artículo 1.— De acuerdo con las reglas establecidas
por el presente decreto, las empresas comerciales e industriales de Cataluña se
clasifican en:
Empresas
colectivizadas en las que la responsabilidad de la dirección recae sobre los
obreros que componen la empresa y están representados por un consejo de
empresa.
Empresas
privadas en las que la dirección está a cargo del propietario o gerente, con la
colaboración y el control del comité obrero de control.
Empresas
colectivizadas
Artículo 2.— Serán obligatoriamente colectivizadas
todas las empresas industriales o comerciales que, en fecha 30 de junio de
1936, ocupaban a más de 100 asalariados, así como las que tenían un número
inferior de obreros, pero cuyos patronos han sido declarados facciosos o han
abandonado la explotación. Excepcionalmente, las empresas de menos de 100
obreros podrán ser colectivizadas tras acuerdo entre la mayoría de los obreros
y el o los propietarios. Las empresas de más de 50 obreros y de menos de 100 podrán
ser colectivizadas tras el acuerdo de las tres cuartas partes de los obreros.
El Consejo de Economía podrá decidir también la
colectivi-zación de las otras industrias que, por su importancia en la vida
nacional o por otras razones, deberán ser retiradas a la explotación privada.
Artículo 3.— Como complemento del precedente
artículo, la designación de los patronos declarados facciosos será hecha
únicamente por los tribunales populares.
Artículo 4.—Será considerado como parte de los
obreros, y comprendido en el número total de los trabajadores que forman la
empresa, todo individuo en nómina, sea cual fuere su opinión, realice un
trabajo intelectual o manual.
Artículo 5.— El activo y el pasivo atribuidos a la
empresa antes de la puesta en vigor del presente decreto pasarán íntegramente a
la empresa colectivizada.
Artículo 6.— Las empresas constituidas por
organismos autónomos de producción y de venta y las que agrupan, en una misma
firma, a varios almacenes o fábricas, continuarán funcionando bajo la forma de
una misma organización
colectivizada. Ellas no pueden subdividirse más que
con la autorización expresa del consejero de Economía, tras haber informado al
Consejo de Economía de Cataluña.
Artículo 7.— En el cuadro de la empresa
colectivizada, los antiguos propietarios o gerentes actuarán en los puestos en
que sus aptitudes de técnicos o de administradores hayan sido reconocidas como
indispensables.
Artículo 8.— En el período transitorio en que se
efectúa la colectivización, ningún obrero podrá ser expulsado de la empresa,
pero podrá ser desplazado de la misma categoría si las circunstancias lo
exigen.
Artículo 9.— En todos los casos en que los
intereses de los asociados extranjeros estén representados en las empresas, los
consejos de estas empresas o los comités obreros de control habrán de
comunicarlo al Consejo de Economía. Este convocará a los miembros interesados o
a sus representantes, para discutir el caso litigioso y asegurar la
salvaguardia de los intereses en cuestión.
Los
consejos de empresa
Artículo 10.— La gestión de las empresas
colectivizadas será asegurada por un consejo de empresa nombrado por los
trabajadores, elegido en su seno en asamblea general. Esta asamblea determinará
el número de los miembros del consejo de empresa, número que no será nunca
inferior a cinco, ni superior a quince. En su constitución, estarán
representados los diversos servicios: producción, administración, servicios
técnicos y servicio comercial. Estarán igualmente representadas, si ha lugar,
las diversas
tendencias sindicales a las que pertenezcan los
obreros, y ello proporcionalmente a su número.
La duración del mandato se fija en dos años, siendo
revoca-ble cada año la mitad del Consejo. Los consejeros de empresa serán
reelegibles.
Artículo 11.— Los Consejos de empresa tendrán las
mismas responsabilidades que los antiguos consejos de administración en las
sociedades anónimas y las empresas colocadas bajo el control de un consejo de
gerencia.
Serán responsables de su gestión ante los obreros
de su propia empresa y ante el Consejo general de la industria interesada.
Artículo 12.— Los Consejos de empresa tendrán en
cuenta, en la ejecución de su cometido, que el proceso de producción se adapte
al plan general establecido por el Consejo general de Industria, coordinando
sus esfuerzos con los principios que regulen el desenvolvimiento del ramo a que
pertenezcan, considerado en su totalidad. Para el establecimiento del margen de
beneficios, fijación de las condiciones generales de venta, obtención de
materias primas, y en lo que afecta a las normas de amortización de material,
formación de capital circulante, fondo de reserva y reparto de beneficios, se
atenderá, asimismo, a las disposiciones de los Consejos generales de Industria.
En el orden social, actuarán para que se cumplan
estrictamente las normas establecidas sobre esta materia, sugiriendo aquellas
otras que crean convenientes. Tomarán las medidas necesarias para garantizar la
salud física y moral de los obreros; se consagrarán a una intensa obra cultural
y
educativa, fomentando la creación de clubs, centros
de recreo, de deportes, de cultura, etc.
Artículo 13.— Los Consejos de empresa de las
industrias incautadas antes de la publicación del presente decreto, y los de
las que se colectivicen posteriormente, mandarán, en el término de quince días,
a la Secretaría general del Consejo de Economía, el acta de su constitución,
según modelo que se facilitará en las oficinas correspondientes.
Artículo 14.— Para atender de una manera permanente
la marcha de la empresa, el Consejo de ésta nombrará un director, en el cual
delegará, total o parcialmente, las funciones que incumben al mencionado
Consejo.
En las empresas donde se ocupen a más de 500
obreros, o donde su capital sea superior a un millón de pesetas, o donde
elaboren o intervengan materiales relacionados con la defensa nacional, el
nombramiento del director deberá ser aprobado por el Consejo de Economía.
Artículo 15.— En todas las empresas colectivizadas
habrá obligatoriamente un interventor de la Generalidad, que formará parte del
Consejo de empresa y que será nombrado por el Consejo de Economía, de acuerdo
con los trabajadores.
Artículo 16.— La representación legal de la empresa
la ejercerá el director, acompañando su firma las de los dos miembros del
Consejo de empresa, elegidos por ésta. Los nombramientos serán comunicados a la
Consejería de Economía, la cual los legitimará ante los Bancos y otros
organismos.
Artículo 17.— Los Consejos de empresa levantarán
acta de sus reuniones, y mandarán copia certificada de los acuerdos que adopten
a los Consejos generales de la industria respectiva. Cuando estos acuerdos lo
requieran, intervendrá el Consejo general de Industria en la forma que
corresponda.
Artículo 18.— Los Consejos tendrán la obligación de
atender las reclamaciones y sugerencias que les formulen los obreros, y harán
constar en acta las manifestaciones que les sean hechas, para que éstas
lleguen, si hay lugar, a conocimiento del Consejo general de Industria.
Artículo 19.— Los Consejos de empresa estarán
obligados, al final de cada ejercicio, a dar cuenta de su gestión a sus
obreros, reunidos en asamblea general.
Asimismo, los Consejos de empresa librarán copia
del ba-lance y de una memoria semestral o anual al Consejo general de
Industria, memoria que detallará la situación del negocio o de los planes que
se proyecten.
Artículo 20.— Los Consejos de empresa podrán ser
separados, parcial o totalmente, de sus cargos por los trabajadores reunidos en
asamblea general y por el Consejo general de la industria respectiva, en caso
de manifiesta incompetencia o de resistencia a las normas dictadas por éste.
Cuando la reparación haya sido acordada por el
Consejo general de la industria respectiva, si los obreros de la empresa lo
acuerdan en asamblea general, podrán recurrir contra esta decisión al Consejo
de Economía, el fallo del cual, previo informe del Consejo de Economía, sería
inapelable.
Los
comités de control de las industrias privadas.
Artículo 21.— En las industrias o comercios no
colectivizados será obligatoria la creación del Comité obrero de control, en el
que tendrán representación todos los servicios —productores, técnicos y
administrativos— que formen la empresa. El número de elementos para la
composición del Comité será decidido libremente por los obreros y la
representación de cada sindicato deberá ser proporcional al censo respectivo de
afiliados dentro de la empresa.
Será misión del Comité de control:
El
control de las condiciones de trabajo, o sea el cum-plimiento estricto de las
condiciones vigentes en cuanto a sueldos, horarios, seguros sociales, higiene y
seguridad, etc., así como también de la estricta disciplina en el trabajo.
Todas las advertencias y notificaciones que tenga que hacer el gerente de la
empresa al personal serán dirigidas por medio del Comité.
El
control administrativo, en el sentido de fiscalizar los ingresos y los pagos,
tanto en efectivo como por conducto de bancos, procurando que respondan a las
necesidades del negocio, interviniendo a la vez todas las demás operaciones de
carácter comercial.
Control
de la producción consistente en la estrecha cola-boración con el patrono a fin
de perfeccionar el proceso de producción. Los Comités obreros de control
procurarán mantener las mejores relaciones posibles con los elementos técnicos,
a fin de asegurar la buena marcha del trabajo.
Artículo 23.— Los patronos estarán obligados a
presentar a los Comités obreros de control los balances y memorias anuales, que
mandarán informados al Consejo general de la industria respectiva.
De los
Consejos generales de Industria.
Artículo 24.— Los Consejos generales de Industria
estarán formados de la manera siguiente:
Cuatro representantes del Consejo de empresa de
esta in-dustria.
Ocho representantes de las diversas centrales
sindicales, en número proporcional al de los afiliados en cada una de ellas.
Cuatro técnicos nombrados por el Consejo de Economía.
Estos Consejos estarán presididos por el vocal
respectivo del Consejo de Economía de Cataluña.
Artículo 25.— Los Consejos generales de Industria
formularán los planes de la industria respectiva, fijarán la producción de su
rama, y regularán cuantas cuestiones les conciernan.
Artículo 26.— Los acuerdos que adopten los Consejos
generales de Industria serán ejecutivos, tendrán fuerza de obligar, y ningún
Consejo de Empresa ni empresa privada podrá desatender su cumplimiento, bajo
ningún pretexto que no sea plenamente justificado. Solamente podrá recurrir
contra ellos ante el Consejo de Economía, la decisión del cual, previo informe
del Consejo de Economía, será inapelable.
Artículo 27.— Los Consejos generales de Industria
mantendrán constantemente contacto con el Consejo de
Economía de Cataluña, a las normas del cual se
ajustarán en todo momento y entre ellas, cuanto se les planteen asuntos que
requieran una acción mancomunada.
Artículo 28.— Los Consejos generales de Industria
deberán remitir al Consejo de Economía de Cataluña, dentro de los períodos que
para cada caso se establezcan, un documento circunstanciado donde se analice y
se exponga la marcha global de la industria respectiva y en el que se propongan
planes de actuación.
De las
agrupaciones de industria.
Artículo 29.— A fin y efecto de promover la
constitución de los Consejos generales de Industria, el Consejo de Economía
formulará dentro de los quince días siguientes a la promulgación de este
decreto, una propuesta que comprenda la clasificación de las diferentes industrias
y su agrupación debidamente estructurada, de acuerdo con la respectiva
especialidad y coordinación de secciones en que cada una de ellas se divida.
Artículo 30.— Se tendrá en cuenta para la
mencionada agrupación la materia prima, la totalidad de las operaciones
industriales hasta llegar a la venta o compensación industrial del producto, la
unidad técnica y, en aquello que sea posible, la de gestión comercial,
procurando la concentración integral, a fin de suprimir interferencias
perturbadoras.
Artículo 31.— Al mismo tiempo que la clasificación
para las concentraciones industriales, el Consejo de Economía propondrá la
reglamentación por la cual habrá de regirse la
constitución y funcionamiento de las mismas (...).
Barcelona, 24 de octubre de 1936.
El primer consejero: José Tarradellas.
El consejero de Economía: Juan P. Fábregas.
ESCRITO DE DIEGO ABAD DE SANTILLAN
UN ESQUEMA DE PLANIFICACION LIBERTARIA 219
Organización
del trabajo. Del
Consejo de Industria
al
Consejo de Economía:
Los sindicatos son organizaciones encargadas del
funciona-miento de base de la economía.
Podemos resumir sus funciones en 18 Consejos, a
saber:
Necesidades fundamentales: Consejo de alimentación,
de vivienda, de vestimenta.
Materias primas: Consejos de producción agrícola,
ganadera, forestal, minera y pesquera.
Consejo de relación: Consejos de transportes,
comunicacio-nes, prensa y libros, de crédito y de cambios.
Industria de elaboración: Consejo de industrias
metalúrgica y química, del vidrio y de la cerámica.
Diego
Abad de Santillán, que habría de resultar ministro de Economía de la
Generalidad de Catalunya, publicó este esquema antes de la revolución del 18 de
julio de 1936 extraído de su libro El organismo económico de la revolución,
1936.
Consejo de la electricidad, fuerza motriz y agua.
Consejo de la sanidad.
Consejo de cultura.
Los diferentes Consejos forman cada Consejo local
de Economía.
Estos mismos Consejos servirán de base a la
formación de Consejos regionales, y, en el plano nacional, al del Consejo
federal de la Economía.
Con este organismo económico ya esquematizado en la
organización obrera existente se llega al máximo de coordinación. Ni el
capitalismo, ni el Estado llamado socialista pueden alcanzar esta uniformidad.
Hay además la ventaja de no diluir la autonomía del
indivi-duo en el grupo, del grupo en el sindicato y del sindicato en cada
Consejo.
Es un mecanismo federativo quien puede
ocasionalmente presionar sobre el individuo según su desarrollo libertario,
pero que puede igualmente ser la garantía de la libertad y favorecer la
comunicación entre individuos, lo que es imposible con un organismo
esencialmente autoritario.
Consejos regionales de Economía:
Los Consejos locales de Economía en las ciudades y
los Consejos municipales o de distrito en el campo se coaligan para formar
Consejos regionales de economía que cumplen las mismas funciones, aunque más
extensas, que los Consejos locales. Cada zona tendrá su autonomía política. No
hay en España regiones independientes que puedan
bastarse a sí mismas aunque hay regiones más ricas que otras.
El Consejo regional de Economía establece, a través
de su Consejo de crédito y de cambio, la estadística de la producción, de la
población, del consumo de su propia zona, de la mano de obra y de las materias
primas, los Consejos regionales de economía tienen regularmente su Congreso, en
el curso del cual reeligen sus miembros y trazar su programa a realizar. Las
delegaciones de los Consejos regionales son elegidas, ya por mediación de los
Consejos locales, ya a través de los Congresos tendentes a formar el Consejo
federal de economía, que es el organismo económico más importante del país.
Consejo federativo de la Economía:
Se llega finalmente al Consejo federativo de la
Economía, el mayor centro de coordinación del país.
El Consejo federativo de la Economía, elegido de
abajo arriba por los trabajadores, coordina toda la economía del país con el
mismo fin: producir más y distribuir mejor.
Con ayuda de las estadísticas que le son
comunicadas, el Consejo sabrá en todo momento cuál es la situación económica
exacta de todo el país.
Conocerá la región más aventajada, la que tiene un
excedente, y constatará dónde hay deficiencia de transportes y de
comunicaciones, dónde serán necesarios nuevos caminos, nuevos cultivos y nuevas
industrias. Las regiones dotadas de pocos medios serán ayudadas por el país
para que las obras de utilidad sean realizadas.
Dos concepciones del «comunismo libertario»:
Utopía o integración económica220:
Buenos Aires, 10 de julio de 1965.
Mi libro El organismo económico de la revolución se
remonta a la propaganda que yo había hecho en nuestras revistas y periódicos
desde hacía años. Quería yo mostrar una vía práctica de realización inmediata,
y no un utopismo paradisíaco. El mecanismo de las interconexiones sindicales
permitía, según creo, reemplazar ventajosamente al propietario capitalista de
la industria y de la tierra, y quería contribuir a sobrepasar el infantilismo
del comunismo libertario basado en las pretendidas comunas libres e independientes,
propagadas por Kropotkin y otros, y presentadas como más perfectas que el
colectivismo de Bakunin o el mutualismo de Proudhon, a las que efectivamente
estimo más próximas a la verdadera naturaleza humana, pues el hombre es
generoso, pero es igualmente egoísta.
Yo comprendo y defiendo la autonomía local para la
gestión de una multitud de asuntos particulares, pero una comuna es un centro
de vida en común, y el trabajo es un deber que obliga a crear vínculos, sean o
no de afinidad, en el plano local, regional, nacional o internacional. En el
Carta
inédita de Diego Abad de Santillán.
trabajo, por consiguiente, y en la economía, no
busco afinidades familiares o la camaradería íntima, sino eficiencia. No puedo
predicar la independencia, sino más bien la interdependencia, por encima de
todas las fronteras. Las organizaciones sindicales, las federaciones locales de
industria y las federaciones nacionales tenían en España entre sus manos
posibilidades concretas para mejorar el sistema de producción y de
distribución, mejor de lo que podían hacer las empresas privadas, rivales y
anacrónicas. En 1936 podíamos dar un fuerte impulso al desarrollo económico de
España, porque añadíamos al utillaje existente el fervor de la fe y la
intensificación de los esfuerzos. Y de lo que se trataba era de elevar, en una
primera etapa, el nivel industrial y agrícola del país. Nosotros nos sentíamos
capaces de dar este impulso, pero a través del instrumento de que disponíamos,
la organización sindical, y no a través de las idílicas comunas libertarias de
nudistas y de practicantes del amor libre 221.
Yo estaba inquieto, además, por la tendencia
general a considerar que la propiedad de los instrumentos de trabajo y de la
tierra revirtiese en los obreros y campesinos, y lanzaba advertencias contra
esa tendencia, es decir, contra la nueva clase en perspectiva, la de los
administradores y los dirigentes de esas empresas. La tierra, las industrias,
los medios de transporte pertenecen a la comunidad y deben cumplir funciones
sociales. Si en nuestras manos no los cumplía, la nueva forma de propiedad
sería tan poco aceptable como la precedente. El eslogan «la tierra para los
Alusiones
a ciertos artículos utópicos del programa adoptado en el Congreso de la CNT de
Zaragoza en mayo de 1936.
campesinos, las industrias para los obreros» me
parecía legítimo, a condición de que no condujese a la concepción de una nueva
propiedad privada, la de un gran número en lugar de una minoría. La sociedad,
la comunidad, pasan por encima de los intereses de las minorías y de las
mayorías. La propiedad de la tierra es un bien social, como deben serlo los
otros instrumentos de producción. No creo que sea necesario pasar por una etapa
de nuevos propietarios antes de llegar a un mundo nuevo que no sea capitalista
ni monopolista.
En el Congreso de Zaragoza, al que no asistí
personalmente, se aprobó un esbozo de organización futura que correspondía a la
concepción kropotkiniana. Un proyecto inspirado en las ideas de mi libro fue
presentado al Congreso de la federación de artes gráficas y del papel, a
iniciativa mía. Pero como yo no estaba presente en Zaragoza, se adoptó el que
había preparado Federica Montseny, a base de un folleto de Isaac Puente que yo
había publicado en Tierra y Libetad. Contra esta concepción simplista sostuve
entonces en la revista Tiempos nuevos las ideas de El organismo económico. Y
ocurrió que poco tiempo después hubo que poner en práctica nuestras previsiones
y anticipaciones, como en general yo lo había previsto, ya que teníamos como
base un instrumento de acción y de realización tal como el sindicato, la
federación de industria, etc.
VOLIN
(1882-1945)
Vsévolod Mikhailovitch Eichenbaum 222, más conocido
con el pseudónimo de Volin, nació el 11 de agosto de 1882. Se inscribió en la
facultad de Derecho de San Petersburgo, que pronto abandonó, preocupado como
estaba ya por las ideas
Esta
presentación de Voline se inspira en la biografía publicada por «Les Amis de
Voline» en el periódico a La revolución desconocida.
del partido Social-Revolucionario, lo que le hizo
participar activamente en la revolución de 1905. Participó en la marcha de los
obreros sobre el Palacio de Invierno, conducida por el pope Gapón. Pocos
después, contribuyó al nacimiento del primer soviet de San Petersburgo.
Detenido por la policía zarista, encarcelado, y luego finalmente deportado a
Siberia, logró en 1907 evadirse y alcanzar Francia.
En París, Volin se hizo anarquista. Desde 1913
miembro del comité de acción internacional contra la guerra, su actividad en
1915 le costó la detención. Amenazado con ser internado en un campo de
concentración, logró embarcarse como pañolero a bordo de un paquebote que le
llevó a Estados Unidos. Tras varios meses, envió a América, a un semanario
anarcosindicalista ruso, Golos Truda («La Voz del Pueblo»), una correspondencia
desde París. En 1917, la redacción, y con ella Volin, llegó a la Rusia
revolucionaria, a la vista de la transferencia de ese semanario a San
Petersburgo.
En esta época se estableció entre los anarquistas
rusos que permanecían en Europa (bajo la influencia de las ideas de Pedro
Kropotkin) y los que habían permanecido en América, un trabajo de unificación
que se traducía en una declaración, y luego en una organización que tomó
entonces el nombre de Unión de Propaganda Anarcosindicalista de Petrogrado, y
que decidió la publicación de Golos Truda, considerada como la prolongación de
la edición americana. Volin fue elegido como su redactor. Tras la revolución de
Octubre, Golos Truda llegó a ser diario, y Volin fue asistido por un comité de
redacción en el que figuraba, entre otros, Alexandre Schapiro.
Cuando la revolución proletaria aún no tenía sino
unos me-ses, Volin, en ese periódico, lanzó ya advertencias
terriblemente proféticas: «Una vez consolidado y
legalizado su poder, los bolcheviques (...) comenzarán a manejar la vida del
país y del pueblo con medios gubernamentales y dictatoriales (...). Vuestros
soviets irán siendo poco a poco órganos ejecutivos de la voluntad del gobierno
central. Se asistirá al nacimiento de un aparato autoritario político y estatal
que actuará desde arriba y que aplastará todo con su puño de hierro (...)
¡Desgraciado el que no esté de acuerdo con el poder central!»
Más tarde, habiendo abandonado este periódico,
Volin fue a Bobrov, donde trabajó en la sección del soviet de la ciudad. Poco
después pasó al periódico Nabat, uniéndose a los animadores de una conferencia
anarquista de Ucrania en Koursk el 18 de noviembre de 1918. En esta conferencia
se encargó de editar las resoluciones adoptadas y elaborar una declaración
aceptable para todas las tendencias del anarquismo, a fin de permitir a todos
trabajar en un cartel único. Esta redacción de un programa llevó a Volin a formular
la idea de una «síntesis anarquista» que había de unir las tres corrientes del
anarquismo:
Un segundo congreso de Nabat fue tenido en
marzo-abril de 1919. Sus participantes se pronunciaron «categórica y
definitivamente contra toda participación en los soviets, que resultan ser
organismos puramente políticos, organizados sobre una base autoritaria,
centralista, estabilizador a». Esta declaración fue muy mal acogida por el
poder bolchevique.
Tras el congreso, Volin abandonó Moscú y volvió a
trabajar en el Nabat de Koursk, en el órgano central (pues éste también tenía
ediciones regionales). Se estaba aún en un período de relativa tolerancia
política, pero que no debía
durar demasiado. Pronto el poder bolchevique
suprimió la prensa libre, purgó y detuvo a los anarquistas. En este momento,
julio, Volin contactó con el cuartel general del guerrillero anarquista
ucraniano Néstor Makhno. El intelectual de pluma alerta y el campesino
-guerrero, con profundas discrepancias, se completaron uno al otro, no sin
chocar más de una vez.
Como la makhnovstchina había creado una sección de
cultura y de educación, Volin, de acuerdo con un antiguo compañero de
cautividad de Makhno, Pierre Archinoff, tomó la cabeza, y se encargó de
organizar los mítines, conferencias, charlas, consejos a las poblaciones,
edición de opúsculos, afiches y demás publicaciones makhnovistas. Presidió un
congreso del movimiento insurreccional, tenido en octubre de 1919 en
Alexandrovsk. Allí fueron adoptadas las Tesis generales, que precisaban la
doctrina de los «soviets libres» 223.
En el seno del consejo militar, Volin, durante seis
meses, se entregó a fondo. Pero fue detenido por el 14 Ejército Rojo, lle-vado
a Moscú y puesto en manos de la policía política (Checa). Sólo sería liberado
en octubre de 1920, tras un acuerdo militar entre el gobierno bolchevique y
Makhno. Fue entonces a Kharkov, donde, con la Confederación Nabat, preparó un
congreso anarquista para el 25 de diciembre. En la víspera de este congreso,
los bolcheviques hicieron detener, de nuevo, a Volin, así como a los anarquistas
que habían militado con Makhno.
Los prisioneros de Kharkov fueron transferidos a
Moscú, en-
Este
precioso documento que fue impreso y que Volin tuvo la intención al traducirlo
seguidamente al francés, no ha sido nunca encontrado; no se conocen de él más
que breves citas.
carcelados en la prisión de Boutirky. Allí hicieron
una huelga de hambre que cesó a consecuencia de una intervención inesperada:
delegados del sindicalismo revolucionario europeo, llegados para asistir al
primer congreso de la Internacional sindical roja, obtuvieron la liberación de
diez de ellos, Volin incluido, a condición de destierro perpetuo (con amenaza
de condena a muerte en caso de ruptura del acuerdo).
Llegado a Alemania, donde fue socorrido por la
Unión Obrera Libre, con sede en Berlín, Volin trabajó en favor de esta Unión, y
publicó un folleto contundente: La persecución contra el anarquismo en Rusia
soviética, y tradujo al francés el libro de Pierre Archinoff Historia del
movimiento makhnovista, creando y reeditando el importante semanario de lengua
rusa El Obrero anarquista, revista de síntesis anarquista.
Por sugerencia de Sebastián Faure, que le invitó a
ir a Fran-cia, Volin colaboró en la Enciclopedia anarquista. Allí escribió
estudios frecuentemente reproducidos en folletos de propaganda e incluso en la
prensa extranjera, sobre todo en España. La CNT española le propuso editar para
ella su periódico en lengua francesa España antifascista.
En 1938, Volin abandonó París hacia Nimes, en donde
su amigo André Prouhommeaux224 , que dirigía allí una imprenta cooperativa, le
había invitado. Allí participó durante algún tiempo en la revista semanal
Tierra libre y, sobre todo, pudo escribir, con la madurez que le daba el paso
de los años, La revolución desconocida 225, clásico libertario de la revolución
Cf. más
adelante.
Lo mismo.
rusa y uno de los más importantes escritos del
anarquismo. En Marsella, luego, a partir de 1940, Volin pudo terminar su libro.
Atacado de tuberculosis, murió el 18 de septiembre de 1945 en París. La
revolución desconocida fue publicada en 1941, a expensas de los amigos de
Volin. Libro ignorado durante mucho tiempo, ha sido puesto en cuarentena por
los revolucionarios «autoritarios». Hasta 1969, en que se reeditó, no pudo
llegar a lo que se llama el gran público.
LA REVOLUCIÓN DESCONOCIDA 226
VOLIN Y TROTSKY 227
En abril de 1917, me encontré con Trotsky en Nueva
York228, en una imprenta que trabajaba sobre todo para los diversos organismos
rusos de izquierda. Estaba el entonces a la cabeza de un periódico marxista de
izquierda, Novy Mir. En cuanto a mí, la federación de las uniones rusas me
confió la redacción en los últimos números, suites de partir para Rusia, de su
semanario Golos Truda, de tendencia anarcosindicalista. Pasaba en la imprenta
una noche por semana, la víspera de la salida del periódico. Fue así como
encontré a Trotsky la primera noche de mi servicio.
Extractos
de La revolución desconocida, 1917-1921, 1947, reeditado en 1969 en Pierre
Belfond, con autorización graciosa del editor y la familia Volin.
Testimonio
de Volin, extraído de las «Conclusiones» inéditas en la Revolución desconocida.
Nos
habíamos conocido en Rusia, y, más tarde, en Francia, de donde él fue
expulsado, como yo, en 1916» (nota de Volin).
Naturalmente, hablamos de la revolución. Los dos
nos dis-poníamos a abandonar América próximamente para ir «allá abajo».
Una vez le dije a Trotsky: «Considerando todo,
estoy absolutamente seguro de que vosotros, los marxistas de izquierda,
acabaréis por tomar el poder en Rusia. Esto es fatal, pues los soviets,
resucitados, entrarán infaliblemente en conflicto con el gobierno burgués. Esto
no alcanzará a destruirles, pues todos los trabajadores del país, obreros,
campesinos, etc., y poco a poco también todo el ejército, acabarán,
naturalmente, por ponerse del lado de los soviets contra la burguesía y su
gobierno. Ahora bien, desde el momento en que el pueblo y el ejército sostengan
a los soviets, éstos vencerán en la lucha. Y desde el momento en que venzan,
vosotros, los marxistas de izquierda, llegaréis inevitablemente al poder, pues
los trabajadores perseguirán la revolución, ciertamente, hasta su expresión más
avanzada. Como los sindicalistas y los anarquistas son demasiado débiles en
Rusia para alcanzar rápidamente la atención de los trabajadores sobre sus
ideas, las masas os darán la confianza y seréis los «dueños del país». Y
entonces, ¡atención a nosotros los anarquistas! El conflicto entre vosotros y
nosotros es ineluctable. Comenzaréis a perseguirnos desde el momento en que
vuestro poder se consolide. Y acabaréis por fusilamos como a perdices...
«Vamos, vamos, camarada, replicó Trotsky, vosotros
sois fantasiosos, testarudos e incorregibles. Veamos: ¿qué es lo que nos separa
actualmente? Una pequeña cuestión de método, totalmente secundaria. Como
vosotros, nosotros somos revolucionarios. Como vosotros, somos anarquistas a
fin de cuentas. Sólo que vosotros queréis instaurar
vuestro anarquismo en seguida, sin transición ni preparación, mientras que
nosotros los marxistas no creemos posible “saltar" de un golpe al reino
libertario. Nosotros prevemos una época transitoria en que se desescombrará el
terreno para la sociedad anarquista, con la ayuda de un poder político
antiburgués: la dictadura del proletariado ejercida por el partido proletario
en el poder. En suma, no se trata más que de una diferencia “de matiz",
sin más. En el fondo, estamos muy cerca unos de otros. Somos hermanos de armas.
Pensad, pues, que tenemos un enemigo común a combatir. ¿Cómo podremos nunca
pensar en combatirnos entre nosotros? Y por otra parte yo no dudo de que
vosotros os convenceréis rápidamente de la necesidad de una dictadura
socialista, proletaria y provisional. No veo, pues, verdaderamente, razón para
una guerra entre vosotros y nosotros. Marcharemos, ciertamente, hombro con
hombro. Y luego, incluso si no estamos de acuerdo, vosotros vais demasiado
lejos suponiendo que nosotros, los socialistas, emplearemos la fuerza bruta
contra los anarquistas. La vida misma y la inteligencia de las masas bastarán
para resolver el problema y ponemos de acuerdo. ¡No! ¿Cómo podéis admitir,
siquiera por un instante, el absurdo de que los socialistas de izquierda en el
poder fusilan a los anarquistas? Vamos, vamos, ¿por quién nos tomáis? En
cualquier caso somos socialistas, camarada Volin. No somos vuestros
enemigos...»
En diciembre de 1919, gravemente enfermo, fui
detenido por las autoridades militares bolcheviques en la región makhnovista.
Considerándome como un militante «de
marca», las autoridades avisaron a Trotsky de mi
arresto por un telegrama especial preguntándole su actitud hacia mí. La
respuesta por telegrama llegó también rápida, lacónica, neta: Fusilar
inmediatamente. Trotsky. No fui fusilado únicamente gracias a un concurso de
circunstancias particularmente felices y completamente fortuitas.
PROCESO DEL BOLCHEVISMO 229
La clase obrera desasida
(...) La clase obrera era débil. No organizada (en
el verdadero sentido del término), inexperta y en el fondo inconsciente de su
verdadera tarea, no supo actuar por sí misma, por cuenta propia. Remitióse al
partido bolchevique, que dominó la acción.
(...) En lugar de apoyar simplemente a los
trabajadores en sus esfuerzos por acabar la revolución y emanciparse; en lugar
de ayudarles en su lucha, papel que en su pensamiento le asignaban los obreros,
papel que, normalmente, debía ser el de todos los ideólogos revolucionarios y
que no exige en modo alguno la toma ni el ejercicio del «poder político», en
lugar de cumplir este papel, el partido bolchevique, una vez en el poder, se
instaló en él como dueño absoluto; allí se corrompió enseguida; se organizó en
casta privilegiada y, por
Los
títulos son nuestros.
tanto, aplastó y subyugó a la clase obrera para
explotarla bajo formas nuevas, en sus intereses propios.
Por esto, toda la revolución será falseada,
desviada, enaje-nada. Pues cuando las masas populares se den cuenta del error y
del peligro será demasiado tarde: tras una lucha entre ellos y los nuevos amos,
sólidamente organizados y en posesión de fuerzas materiales, administrativas,
militares y policiales suficientes, lucha áspera pero desigual que durará unos
tres años y que durante mucho tiempo será ignorada fuera de Rusia, el pueblo
sucumbirá. La verdadera revolución emancipadora será aplastada una vez más por
los «revolucionarios» mismos.
(...) A partir de octubre de 1917, la revolución
rusa marcha por un terreno completamente nuevo, el de la gran revolución
social. Avanza también por un camino completamente particular, totalmente
inexplorado. También la marcha de la revolución tiene un carácter igualmente
nuevo, original.
(...) En el curso de las crisis y las caídas que se
sucedieron hasta la revolución de Octubre de 1917, no hubo sino el bol-chevismo
como concepción de la revolución social a cumplir. Sin hablar de la doctrina
socialista revolucionaria (de izquier-da), emparentada al bolchevismo por su
carácter político, autoritario, estatalizador y centralista, ni de algunas
otras pequeñas corrientes similares, una segunda idea fundamental, que buscaba
una franca e integral revolución social, se precisó y expandió en los ambientes
revolucionarios, y también en el seno de las masas trabajadoras: fue la idea
anarquista.
Su influencia, muy débil al comienzo, aumentó a
medida
que los acontecimientos tomaron amplitud. Hasta el
fin de 1918, esta influencia fue tal, que los bolcheviques, que no admitían
ninguna crítica y menos aún una contradicción o una oposición, se inquietaron
seriamente. A partir de 1919, y hasta el fin de 1921 hubieron de sostener una
lucha muy severa contra los progresos de esta idea: lucha al menos tan larga y
dura como lo fue la lucha contra la reacción.
Subrayemos, a este propósito, un tercer hecho, que
no es bastante conocido: el bolchevismo en el poder combatió la idea y el
movimiento anarquista y anarcosindicalista, no sobre el terreno de las
experiencias ideológicas o concretas, no por medio de una lucha franca y leal,
sino con los mismos métodos de represión que empleó contra la reacción, métodos
de pura violencia. Comenzó por cerrar brutalmente las sedes de las
organizaciones libertarias, por prohibir a los anarquistas toda propaganda o
actividad. Condenó a las masas a no oír la voz anarquista, a desconocerla. Y
como, pese a tal constricción, la idea ganaba terreno, los bolcheviques pasaron
rápidamente a medidas más violentas: la prisión, la puesta fuera de la ley, la
muerte. Entonces, la desigual lucha entre las dos tendencias, una en el poder,
otra frente al poder, se agravó, se amplió, y en ciertas regiones condujo a una
verdadera guerra civil. En Ucrania, espe-cialmente, este estado de guerra duró
más de dos años, obligando a los bolcheviques a movilizar todas sus fuerzas
para aplastar las ideas anarquistas y los movimientos populares en ella
inspirados.
Así, la lucha entre las dos concepciones de la
revolución social y, a la vez, entre el poder bolchevique y ciertos movimientos
de masas trabajadoras, tuvo un lugar muy
importante en los acontecimientos del período de
1919-1921.
Dos concepciones opuestas
(...) La idea bolchevique era edificar sobre las
ruinas del Estado burgués un nuevo «Estado obrero», constituir un «go-bierno
obrero y campesino», establecer la «dictadura del proletariado».
La idea anarquista era transformar las bases
económicas y sociales de la sociedad sin recurrir a un Estado político, a un
gobierno, a una «dictadura», viniera de donde viniera, es decir, realizar la
revolución y resolver sus problemas, no por el medio político y estatal, sino
por el de una actividad natural y libre, económica y social, de las
asociaciones de los trabajadores mismos, tras haber echado abajo al último
gobierno capitalista.
Para coordinar la acción, la primera concepción
buscaba un poder político central, organizando la vida del Estado con ayuda del
gobierno y de sus agentes, y según las directrices formales del «centro».
La otra concepción suponía el abandono definitivo
de la organización política y estatal, una entente y una colaboración directas
y federativas de los organismos económicos, sociales, técnicos u otros
(sindicales, cooperativos, asociaciones diversas, etc.), localmente,
regionalmente, nacionalmente, internacionalmente; así
pues, una centralización, no política y
estatalizadora que fuera del centro gubernamental a la periferia mandada por
ese centro, sino económica y técnica, siguiendo las necesidades y los intereses
reales, yendo de la periferia a los centros, establecida de una manera natural
y lógica, según las necesidades concretas, sin dominación ni mando.
Hay que notar cuán absurdo o interesado es el
reproche hecho a los anarquistas de no saber «más que destruir», no tener
ninguna idea «positiva» (...), sobre todo cuando este reproche les viene de los
«izquierdistas». Las discusiones entre los partidos políticos de extrema
izquierda y los anarquistas tenían siempre como objetivo el papel (...) que
habría que asumir tras la destrucción del Estado burgués, cuestión esta última
en que todo el mundo estaba de acuerdo. ¿Cuál debía ser entonces el modo de
edificación de la sociedad nueva: estatal, centralista y político, o
federalista, apolítico y simplemente social? Tal fue siempre el tema de las
controversias entre unos y otros: prueba irrefutable de que la preocupación
esencial de los anarquistas fue siempre precisamente la construcción del
futuro.
A la tesis de los partidos de Estado «transitorio»,
político y centralizado, los anarquistas oponen la suya: paso progresivo, pero
inmediato, a la verdadera comunidad, económica y federativa. Los partidos
políticos se apoyan en la estructura social legada por los siglos y los
regímenes en revolución, y pretenden que este modelo comporte ideas
constructivas. Los anarquistas estiman que una construcción nueva exige, desde
el comienzo, métodos nuevos, y preconizan esos métodos. Sea su tesis justa o
falsa, lo que
importa es que saben perfectamente lo que quieren y
que tienen ideas constructivas netas.
De manera general, una interpretación errónea o, lo
más frecuentemente, intencionadamente inexacta, pretende que la concepción
libertaria significa ausencia de toda organización. Nada más falso. No se trata
de «organización» o de «no organización», sino de dos principios diferentes de
organización.
Toda revolución comienza, necesariamente, de una
manera más o menos espontánea, confusa, caótica. Se sabe, y los libertarios lo
saben tan bien como los demás, que si una revolución se queda ahí, en ese
estadio primitivo, fracasa. Así que inmediatamente después del impulso
espontáneo, el principio de organización debe intervenir en una revolución,
como en cualquier otra actividad humana. Y es entonces cuando surge la grave
cuestión: ¿cuáles deben ser el modo y la base de esta organización?
Unos pretenden que un grupo dirigente central,
grupo de «elite», debe formarse para tomar en su mano la obra entera,
realizarla según su concepción, imponer esta última a toda la colectividad,
establecer un gobierno y organizar un Estado, dictar su voluntad a la
población, imponer sus «leyes» por la fuerza y la violencia, combatir, eliminar
y hasta suprimir a quienes no están de acuerdo con él.
Otros estiman que semejante concepción es absurda,
contraria a las tendencias fundamentales de la evolución humana, y, a fin de
cuentas, más que estéril, nefasta. Naturalmente, dicen los anarquistas, es
preciso que la sociedad esté organizada. Pero esta organización nueva, normal y
posible, debe hacerse libremente, socialmente, y
ante todo desde la base. El principio de
organización debe salir no de un centro creado de antemano para acaparar el
conjunto e imponerse a él, sino, lo que es exactamente lo contrario desde todos
los puntos de vista, para llegar a nudos de coordinación, centros naturales
destinados a poner en comunicación estos puntos.
Bien entendido, es preciso que el espíritu
organizador, que los hombres capaces de organizar, las «elites» intervengan.
Pero, en todo lugar y circunstancia, todos los valores humanos deben participar
libremente en la obra común, como verdaderos colaboradores y no como
dictadores. Es preciso que siempre den ejemplo y se dediquen a agrupar,
coordinar, organizar las buenas voluntades, las iniciativas, los conocimientos,
las capacidades y las aptitudes, sin dominarles, subyugarles u oprimirles.
Hombres semejantes serían buenos organizadores, y su obra constituiría la
verdadera organización, fecunda y sólida, por ser natural, humana,
efectivamente progresiva. Por el contrario, la otra «organización», calcada de
la de una vieja sociedad de opre-sión y de explotación, y por tanto adaptada a
estos dos fines, sería estéril e inestable por no conforme a los fines nuevos,
no sería en modo alguno progresiva. En efecto, no comportaría ningún elemento
de una sociedad nueva; por el contrario, llevaría a su paroxismo todas las
taras de la vieja sociedad, no habiendo modificado sino su aspecto.
Perteneciendo a sociedad periclitada, sobrepasada
en todos los terrenos, imposible por tanto en su calidad de institución
natural, libre y verdaderamente humana, no podría ella mantenerse sino con
ayuda de un nuevo artificio, de un nuevo engaño, de una nueva violencia, de
nuevas
opresiones y explotaciones, lo que fatalmente
involucionaría, falsearía y pondría en peligro a toda la revolución. Es
evidente que una organización semejante quedaría improductiva en tanto que
motor de la revolución social. No podría en modo alguno servir como «sociedad
de transición», lo que pretenden los «comunistas», pues una sociedad tal
debería poseer necesariamente al menos algunos de los gérmenes de la sociedad
hacia la que evolucionaría; ahora bien, toda sociedad autoritaria y estatal no
poseería más que los residuos de la sociedad decaída.
Según la tesis libertaria, eran las masas
trabajadoras mis-mas las que, por medio de sus diversos organismos de clase
(comités de industria, sindicatos industriales y agrícolas, cooperativas,
etc.), federadas y centralizadas según las necesidades reales, debían darse por
doquier a la solución de los problemas (...) de la revolución. Por su acción
poderosa y fecunda, libre y consciente, debían coordinar sus esfuerzos en toda
la extensión del país. Y en cuanto a las «elites», su papel, tal como lo
concebían los libertarios, era ayudar a las masas, esclarecerlas, instruirlas,
darlas los consejos necesarios, empujarlas hacia tal o cual iniciativa, darlas
ejemplo, sostenerlas en su acción, pero no dirigirlas gubernamentalmente.
Según los libertarios, la solución feliz de los
problemas de la revolución social no podía resultar más que de la obra libre y
conscientemente colectiva y solidaria de millones de hombres aportando y
armonizando toda la variedad de sus necesidades y de sus intereses, así como de
sus ideas, fuerzas y capacidades, dotes, aptitudes, disposiciones,
conocimientos profesionales, etc. Por el juego natural de sus
organismos económicos, técnicos y sociales, con
ayuda de las «elites» y, según la necesidad, bajo la protección de sus fuerzas
armadas libremente organizadas, las masas trabajadoras debían, según los
libertarios, poder efecti-vamente impulsar hacia adelante la revolución social
y llegar progresivamente a la realización práctica de todas sus tareas.
La tesis bolchevique era diametralmente opuesta.
Según los bolcheviques, era la elite —su elite— la que, formando un gobierno
(llamado «obrero», y ejerciendo la «dictadura del proletariado») debía
perseguir la transformación social y resolver sus inmensos problemas. Las masas
debían ayudar a esta elite (tesis inversa a la de los libertarios donde la
elite debía ayudar a las masas) ejecutando fielmente, ciegamente,
«mecánicamente» sus designios, decisiones, órdenes y «leyes». Y la fuerza
armada, igualmente calcada de la de los países capitalistas, debía obedecer
ciegamente a la «elite».
Tal fue y tal es la diferencia esencial entre las
dos ideas.
Tales fueron también las dos concepciones opuestas
de la revolución social en el momento de la revolución rusa de 1917.
Como hemos dicho, los bolcheviques ni siquiera
quisieron escuchar a los anarquistas, y menos aún dejarles exponer sus tesis
ante las masas. Creyéndose en posesión de una verdad absoluta e indiscutible,
«científica», que pretendían deber imponer y aplicar con urgencia, combatieron
y eliminaron al movimiento libertario por la violencia, desde el momento en que
éste comenzó a interesar a las masas: procedimiento habitual de todos los
dominadores, explotadores e inquisidores.
(...) El Estado bolchevique, montado en sus grandes
líneas en 1918-1921, existe desde hace veinte años.
¿Qué es exactamente este Estado?
Se llama Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas
(URSS). Pretende ser un Estado «proletario», o incluso «obrero y campesino».
Afirma ejercer una «dictadura del proletariado». Se vanagloria de ser «la
patria de los trabajadores», la vanguardia de la revolución y del socialismo.
¿Qué hay de verdad en todo eso? ¿Justifican los
hechos y los actos estas declaraciones y estas pretensiones?
(...) La preocupación principal del partido
bolchevique en el poder era la de estatalizar toda actividad, toda la vida del
país, todo lo que podía ser estatalizado. Se trataba de crear ese régimen que
la terminología moderna denomina «totalitario».
Una vez en posesión de una fuerza coercitiva
suficiente, el partido y el gobierno bolcheviques se dieron totalmente a esta
tarea.
Al realizarla, el poder comunista creó su inmenso
aparato burocrático. Acabó por segregar una numerosa y potente casta de
funcionarios «responsables», que es hoy una capa altamente privilegiada de unos
dos millones de individuos. Dueña efectiva del país, del ejército y de la
policía, esta casta sostiene, protege, venera y vanagloria a Stalin, su ídolo,
su «zar», único hombre reputado capaz de mantener «el orden» y de salvaguardar
sus privilegios.
Poco a poco, los bolcheviques estatalizaron,
monopolizaron, «totalizaron» activa y rápidamente toda la
administración, las organizaciones obreras,
campesinas y demás, las finanzas, los medios de transporte y comunicación, el
subsuelo y la producción minera, el comercio exterior y el gran comercio
interior, la gran industria, el suelo y la agricultura, la cultura, la
enseñanza y la educación, la prensa y la literatura, el arte, la ciencia, los
deportes, la misma distracción, incluso el pensamiento, o al menos todas sus
manifestaciones.
La estatalización de los organismos obreros,
soviets, sindi-catos, comités de industrias, etc., fue la más fácil y la más
rápida. Su independencia quedó abolida. Llegaron a quedar reducidos a simples
engranajes administrativos y ejecutivos del partido y del gobierno.
El partido actuó con habilidad. Los mismos obreros
no se dieron cuenta de que iban siendo trincados. Como el gobierno y el Estado
eran ahora «los suyos», les pareció todo natural. Encontraron normal que sus
organizaciones tuvieran funciones en el Estado «obrero» ejecutando las
decisiones de los «camaradas comisarios».
Pronto, no se permitió a estas organizaciones
ningún acto autónomo, ningún gesto libre.
Acabaron dándose cuenta de su error. Pero era
demasiado tarde. Cuando ciertos organismos obreros, molestados en su acción e
inquietos, sintiendo que «algo no marchaba en el reino de los soviets»,
manifestaron algún descontento y quisieron reconquistar un poco de
independencia, el gobierno se opuso con toda su energía y toda su astucia. Por
una parte, tomó inmediatamente medidas y sanciones. Por otra, trató de razonar:
«Porque —decía a los obreros con el aire más natural del mundo— tenemos ahora
un Estado
obrero en que los trabajadores ejercen la dictadura
y en donde todo les pertenece, este Estado y sus órganos son los vuestros. Así
pues, ¿de qué «independencia» habláis? Tales reclamaciones son ahora un
sinsentido. ¿Independencia de quién? ¿De qué? ¿De vosotros mismos? Porque el
Estado ahora sois vosotros. No comprenderlo significa no com-prender la
revolución realizada. Actuar contra este estado de cosas significa volverse
contra la revolución misma. Ideas y movimientos parecidos no deberían
tolerarse, pues no pueden ser inspirados más que por los enemigos de la
revolución, de la clase obrera, de su Estado, de su dictadura y del poder
obrero. Aquellos que de entre vosotros son aún lo suficientemente inconscientes
como para escuchar los susurros de estos enemigos y de prestar oídos a sus
nefastas sugestiones porque todo no marche a la maravilla aún en vuestro joven
Estado, esos cometen un verdadero acto contrarrevolucionario.
El sistema bolchevique
(...) El sistema bolchevique quiere que el
Estado-patrón sea también, para cada ciudadano, el furriel, el guía moral, el
juez, el distribuidor de premios y castigos.
El Estado da a este ciudadano trabajo y empleo; el
Estado le nutre y paga; el Estado vela por él; el Estado le manipula y maneja a
su guisa; el Estado le educa y modela; el Estado le juzga; el Estado le
recompensa o castiga; empleador,
nutridor, protector, vigilante, educador,
instructor, juez, carcelero, verdugo, todo, absolutamente todo en la misma
persona: la de un Estado que, con ayuda de sus funcionarios, quiere ser
omnipresente, omnisciente, omnipotente. ¡Desgracia para quien pretenda escapar
de él!
Subrayamos que el Estado (el gobierno) bolchevique
ha tomado no solamente todos los bienes materiales y morales existentes, sino
que, lo que acaso es más grave, se ha hecho también el detentador perpetuo de
toda verdad, en todos los dominios: verdad histórica, económica, política,
social, científica, filosófica, u otra. En todos los dominios, el gobierno
bolchevique se considera infalible y llamado a dirigir a la humanidad. El sólo
posee la verdad, el sólo sabe dónde y cómo dirigirse. El solo es capaz de llevar
a buen puerto la revolución. Y así, lógicamente, fatalmente, pretende que los
175 millones de hombres que pueblan el país también le consideren como el único
portador de la verdad: portador infalible, inatacable, sagrado. Y lógi-camente,
inevitablemente, todo hombre o grupo que ose no ya combatir a este gobierno,
sino simplemente dudar de su infalibilidad, criticarle, contradecirle,
oponérsele en lo que sea, es considerado su enemigo y por tanto como enemigo de
la verdad, de la revolución: el «contrarrevolucionario».
Se trata de un verdadero monopolio de la opinión y
del pensamiento. Toda opinión, todo pensamiento distinto al del Estado (o
gobierno) es considerado como una herejía, herejía peligrosa, inadmisible,
criminal. Y lógicamente, sin falta, interviene el castigo de los heréticos: la
prisión, el exilio, la ejecución.
Los sindicalistas y los anarquistas, ferozmente
perseguidos
únicamente porque osan tomar una opinión
independiente sobre la revolución, sobre algo de todo esto.
Como aprecia el lector, el sistema es el de una
esclavitud completa, absoluta, del pueblo, esclavitud física y moral. Si se
quiere, es una nueva y terrible Inquisición en el plano social. Tal es la obra
realizada por el partido bolchevique.
¿Busca el partido este resultado? ¿Va hacia el
consciente-mente?
Ciertamente, no. Indudablemente, sus mejores
representantes aspiraban a un sistema que hubiera permitido la construcción del
verdadero socialismo y que hubiera abierto el camino a la revolución integral.
Estaban convencidos de que los métodos preconizados por sus grandes ideólogos
iban a conducir allí infaliblemente. Por otra parte, creían que todos los
medios eran buenos y estaban justificados si conducían a ese fin.
Estos hombres sinceros estaban equivocados. Se han
equi-vocado de camino.
Por esto, algunos de entre ellos que comprendieron
su error irreparable y que no quisieron sobrevivir a sus esperanzas frustradas,
se suicidaron.
Naturalmente, los conformistas y los arribistas se
adaptaron.
He de mencionar aquí una confesión que me fue hecha
hace algunos años por un bolchevique eminente y sincero, tras una discusión
aguda y apasionada: «Ciertamente, me dijo, nosotros nos hemos desviado y
engolfado en un camino por el que no ni siquiera transitar. Pero trataremos de
rectificar nuestros errores, salir del punto muerto,
reencontrar el buen camino. Y lo conseguiremos.»
Por el contrario, hay que estar absolutamente
seguros de que no lo lograrán ni saldrán de ese camino. Pues la fuerza lógica
de las cosas, la psicología humana general, el encadenamiento de los hechos
materiales, la secuencia determinada de causas y efectos son, a fin de cuentas,
más poderosas que la voluntad de algunos individuos, por fuertes y sinceros que
sean.
¡Ah!, si millones de hombres libres se hubiesen
equivocado, si se tratase de poderosas colectividades actuando con toda
libertad, con toda franqueza y de completo acuerdo, se hubiera podido, por un
esfuerzo común de voluntad, reparar las faltas y enderezar el entuerto. Pero
una tarea parecida es imposible por un grupo de individualidades colocadas
fuera y por encima de una masa humana subyugada y pasiva, frente a las fuerzas
gigantescas que la dominan.
El partido bolchevique trata de construir el
socialismo por medio de un Estado, de un gobierno, de una acción política,
centralizada y autoritaria. Sólo llegará a un capitalismo de Es-tado
monstruoso, homicida, basado en una odiosa explotación de las masas
«mecanizadas», ciegas, inconscientes.
Cuanto más se demuestre que los jefes del partido
fueron sinceros, enérgicos, capaces, y que fueron seguidos por amplias masas,
tanto más clara será la conclusión histórica que se deduce de sus obras. Esta
conclusión es la siguiente:
Toda tentativa de realizar la revolución social por
medio de un Estado, de un gobierno y de una acción política, aun
cuando esa tentativa fuera sincera, muy enérgica,
favorecida por las circunstancias y respaldada por las masas, conducirá
fatalmente a un capitalismo de Estado, el peor de los capitalismos, y que no
tiene absolutamente ninguna relación con la marcha de la humanidad hacia la
sociedad socialista.
Tal es la lección mundial de la formidable y
decisiva expe-riencia bolchevique, lección que da un poderoso apoyo a la tesis
libertaria y que pronto, a la luz de los acontecimientos, será comprendida por
todos los que penan, sufren, piensan y luchan.
LAS BASES DEL «NABAT»
He aquí ahora tres documentos concernientes a las
conferencias o al congreso del movimiento anarquista ukraniano «Nabat», del que
Volin fue uno de los inspiradores. Estos textos están sacados y traducidos de
la importante obra del historiador anarquista Ugo Fedeli 230 titulada Dalla
insurrezione dei contadini im Ucrania alia Rivolta de Cronstadt, Milán, 1950.
Primera Conferencia de las organizaciones
anarquistas de Ukrania (Nabat), el 18 de noviembre de 1918.
Ugo
Fedelli (1898-1964), anarquista italiano que se firmaba también Ugo Treni;
discípulo de Malatesta, exiliado de Italia hasta 1945, compatriota y
colaborador de Camilo Bemeri; se puso al servicio de la España antifascista en
1936 y editó con Berneri el diario Guerre di Classe. De regreso a Italia,
publicó obras históricas.
La conferencia que se reunió y que fue muy
importante, fijó como su primer deber «organizar todas las fuerzas vivas del
anarquismo; unir a las diferentes corrientes anarquistas; unir por un trabajo
común a todos los anarquistas que quieran tomar seriamente parte activa en la
revolución social, definida como un proceso creador (más o menos largo) de una
nueva forma de vida social por las masas organizadas».
Otro punto entre los más importantes en el orden
del día de esta reunión era el tercero, que se refería al «movimiento
insurreccional» (makhnovista). La declaración era clara y neta.
Precisaba:
La
necesidad de activar la lucha contra las fuerzas reaccionarias de toda especie,
contra todos los que se han apoderado de Ukrania y la utilizan como punto de
apoyo.
La
necesidad de introducir el espíritu anarquista en esta lucha, fortaleciendo así
el poder anarquista para una próxima victoria y para la organización de las
fuerzas de la revolución. La conferencia reconocía la necesidad de una
participación larga y activa en el movimiento insurreccional de Ukrania.
Dado el fracaso y el resultado negativo de las
formaciones puramente anarquistas, demostrado por la experiencia, la
conferencia constata la inutilidad de éstas.
En cuanto a la participación de los anarquistas en
todas las clases de formaciones insurgidas y en las organizaciones no
anarquistas, la conferencia precisa:
La
participación de los anarquistas en las formaciones insurgidas de todas clases,
y particularmente en las formaciones de los insurgentes sin partido (obreros y
campesinos) organizada por los anarquistas, es indispensable.
La
participación de los anarquistas en toda clase de organizaciones insurgentes
(comités revolucionarios de guerra, estados mayores, etc.), es posible en las
condiciones siguientes:
a) Los comités revolucionarios de guerra y
organizaciones similares deben ser considerados por los anarquistas únicamente
como órganos técnico-ejecutivos (que dirigen una actividad operacional
puramente militar), pero bajo ningún pretexto deben ser considerados como
órganos administrativos o ejecutivos que impliquen, bajo cualquier forma, el
problema de la autoridad, o que la ejecuten.
Los
anarquistas no deben participar en organizaciones (comités revolucionarios de
guerra, estados mayores, etc.) que tengan un carácter de instituciones de
partidos políticos o autoritarios. Allí donde se presenta el caso, los
anarquistas deben hacer todo lo posible por crear organizaciones análogas,
fuera de los partidos.
Los
anarquistas pueden colaborar con las organizaciones que no tienen un carácter
político o de partido, ni un carácter autoritario. En el caso en que las
organizaciones con las que los anarquistas colaboran se transformarán en
organizaciones políticas y de partido, los anarquistas deberán abandonarlas y
crear organizaciones análogas separadas.
Los
anarquistas crearán comités revolucionarios de guerra, allí donde no los haya.
En casos excepcionales, como por ejemplo en
momentos críticos de una lucha decisiva, y cuando de ello pueda depender la
salvación de la revolución, la participación provisional de los anarquistas en
las organizaciones revolucionarias militares estará permitida, incluso si éstas
tienen un carácter de partidos políticos; sin embargo, está permitido solamente
con fines pura mente informativos.
La conferencia llama la atención de los militantes
particu-larmente sobre la necesidad ineluctable de:
No
concentrarse en organizaciones de formación militar y no contentarse con ser
simples combatientes, sino consagrar todo su tiempo disponible a la actividad
de propaganda, tratando de desarrollar y de fortalecer las ideas y los hábitos
de carácter anarquista entre los miembros de estas organizaciones y
formaciones. Es necesario despertar el espíritu de iniciativa y una actividad
propia de ellos, inculcar principios morales, culturales y las ideas
fundamentales del anarquismo.
2.
No
encerrarse en el círculo estrecho de formaciones y organizaciones a la vida de
la población, haciendo lo posible por cultivar, tanto por la palabra como por
los actos, la simpatía de la población por los insurgentes, desarrollando un
trabajo revolucionario, activo y consciente, llevando así a la población a
apoyar eficazmente a los insurgentes.
Tercer congreso de las organizaciones anarquistas
de Ucrania
(Nabat), del 3 al 8 de septiembre de 1920.
El tercer congreso de los miembros efectivos de la
confede-ración de Nabat tuvo lugar en circunstancias particularmente difíciles.
Hubiera debido tenerse tras el segundo congreso de marzo-abril de 1919 otro en
agosto del mismo año, pero no pudo tener lugar a causa de la gran ofensiva
declarada en junio por el general blanco Denikin 231.
Esta ofensiva y el avance de las tropas de Denikin,
iban a romper cualquier vínculo posible entre las organizaciones. En fin, el
secretariado de Nabat mismo fue dispersado y sus miembros puestos en fuga. Uno
de ellos fue hecho prisionero por los guardias blancos en el otoño de 1919,
otros alcanzaron los rangos de makhnovitsi y combatieron con ellos contra
Denikin, el cuarto (Volin) fue detenido en Moscú.
En tales condiciones, el trabajo debía ser
reemprendido clandestinamente, en medio de dificultades enormes, con resultados
muy limitados.
El tercer congreso se reunió, pues, un año y medio
más tarde y después de que numerosos acontecimientos hubieran modificado las
situaciones y las posiciones anteriores.
En este congreso, reunido bajo el control y en
presencia de la checa (policía bolchevique) se discutieron sobre todo tres
puntos: 1: principios, 2: organización, 3: táctica.
Se tomaron resoluciones importantes y graves.
Sobre
Denikin, véase el tomo anterior.
En lo que concierne a los principios, uno de los
participantes en el congreso pidió que se diese una respuesta precisa a esta
cuestión: «Las ideas fundamentales del anarquismo ¿no serían susceptibles de
una cierta revisión, a consecuencia de las enseñanzas de la revolución?»
El solo hecho de que tales cuestiones fueran
planteadas demostraba que era preciso dar explicaciones. La preocupación de
algunos por llevar al anarquismo por un camino más cercano del recorrido por
los bolcheviques, así como por profundizar y defender la revolución, hicieron
de este congreso uno de los más importantes tenidos hasta entonces. Entre los
problemas de los que se ocupó primó el del «período transitorio», con todas sus
consecuencias, así como el de la «dictadura del trabajo». Estas cuestiones llevaron
a una discusión tan animada y violenta, que en un momento pareció que las
diversas tendencias no llegarían nunca a un acuerdo y que sería inevitable la
escisión.
Pero la decisión final en que estuvo de acuerdo la
mayoría precisó el punto de vista anarquista en todas estas múltiples
cuestiones. He aquí el texto de lo más esencial:
Resolución adoptada por el Congreso de la
Federación Nabat de los anarquistas ukranianos reunidos del 3 al 8 de
septiembre de 1920:
Apenas hay necesidad de subrayar la importancia de
la resolución que sigue, en que están muy clara y firmemente expuestas las
graves divergencias ideológicas que separan a
los anarquistas rusos de los bolcheviques. Esta
resolución fue adoptada en ausencia de Volin, aún detenido en Moscú por
entonces.
Si los
desertores de la anarquía afirman que la revolución ha demostrado la debilidad
de la teoría anarquista, no hay en ello ningún fundamento. Por el contrario,
los principios fundamentales de la enseñanza anarquista siguen increíblemente
sólidos y han sido aún confirmados por la experiencia de la revolución rusa.
Estos hechos demuestran la necesidad de permanecer
firmes en la lucha contra toda fórmula de autoridad.
Los
anarquistas niegan que entre las primeras jornadas de la revolución con
tendencia libertaria y la meta final de la anarquía, la Comuna anarquista, haya
de intercalarse un lapso de tiempo en que los restos de la antigua servidumbre
se reabsorberían y nuevas formas de libre asociación serían efectivamente
elaboradas. Este período, lleno de incertidumbre, de errores, pero también de
un perfeccionamiento constante, puede ser denominado de modo diverso: «período
de acumulación de experiencias antiautoritarias» o «período de profundización
de la revolución social», o aún «puesta en marcha de la Comuna anárquica».
3.
También se le puede, para definir este período
transitorio de manera convencional, denominar «paso a la forma perfecta de la
vida social». Pero no recomendamos el empleo de esta fórmula, porque tiene en
el movimiento socialista de los últimos cincuenta años un significado muy
especial.
De la idea del «período transitorio» nace la de
algo definitivo, fijo, rígido.
La expresión «período transitorio» está de tal modo
incluida en el programa socialdemócrata internacional y de tal modo impregnada
del espíritu marxista histórico, que ha resultado inaceptable para un
anarquista.
Nos
negamos también a emplear la palabra «dictadura del trabajo» pese a los
esfuerzos de algunos camaradas por adoptarla. Esta «dictadura del trabajo» no
es otra cosa que la «dictadura del proletariado», que ha tenido un resultado
tan fracasado y prolongado; en definitiva, ello conduce a la dictadura de una
fracción del proletariado, y muy particularmente del partido, de los
funcionarios y de algunos condottieri sobre la masa de los partidos.
La anarquía es inconciliable con cualquier
dictadura, incluso con la de los trabajadores con conciencia de clase, sobre
otros trabajadores, aun cuando se diese en interés de estos últimos.
(...) Una vez afirmada la concepción de la
«dictadura» se aceptaría en consecuencia (...) la dominación brutal y
desenfrenada de la fuerza del Estado. La introducción de la idea de dictadura
en el programa anarquista llevaría a una confusión imperdonable en los
espíritus.
La
revolución preconizada por el anarquismo, aquella en donde predomina el
espíritu del comunismo y el de no uso de la autoridad, encuentra en su
desarrollo numerosas dificultades. Las fuerzas de la resistencia activa,
interesadas en la conservación del régimen capitalista autoritario, en la
pasividad y la ignorancia de las masas trabajadoras, pueden
crear circunstancias que obligarían a la Comuna
anarquista, libre y organizada, a alejarse de su ideal. Definir concretamente
las diversas formas sociales del porvenir es una cosa imposible, por el hecho
de que ignoramos el contenido cualitativo y cuantitativo de las diversas
fuerzas, a partir de cuya adición resultaría la realidad. Por esta razón
estimamos inútil establecer un plan para un porvenir des-conocido.
Nosotros no elaboramos un «programa mínimo».
Nosotros actuamos directamente, en los acontecimientos actuales, con una fe
total y abierta delante de las masas trabajadoras, para mostrarlas claramente y
enteramente el ideal del anarquismo y del comunismo.
Tras esta primera parte, que contiene lo esencial
de las resoluciones adoptadas, se examinaron aún otros puntos, como el de «la
situación en Rusia en general y en Ukrania en particular», y, en fin, para
terminar, «las relaciones con el poder soviético».
De estas últimas deliberaciones, es importante
subrayar los puntos siguientes:
En su lucha constante contra toda forma de Estado,
los anarquistas de la confederación Nabat no admiten ningún compromiso, ninguna
concesión.
Durante algún tiempo nos hemos comportado de manera
diferente con el «poder soviético».
El impulso vigoroso de la revolución de Octubre
(...), la fra-seología anarquista de los «líderes» bolcheviques y la urgencia
de la lucha contra el imperialismo mundial, el
encerrar a la revolución nacida de la tormenta en
un círculo de fuego, todo eso ha frenado nuestra oposición al poder soviético.
Invitábamos a las masas campesinas y obreras a
consolidar la revolución, aconsejábamos a nuestros nuevos dominadores
sometiéndoles las críticas de los camaradas.
Pero cuando el poder soviético nacido de la
revolución llegó a ser en tres años una poderosa máquina de dominación, la
revolución fue estrangulada.
La «dictadura del proletariado» (Sin la burguesía)
ha susti-tuido a la de la burguesía mediante la dictadura de un partido y de
una fracción ínfima del proletariado sobre todo el pueblo trabajador. Esta
dictadura ha ahogado la voluntad de las grandes masas de trabajadores. Así se
ha dispersado la fuerza creadora, la cual, y sólo la cual, hubiera podido
resolver los diversos problemas de la revolución.
NESTOR MAKHNO
(1885-1935)
NESTOR MAKHNO, GUERRILLERO ANARQUISTA
Al día siguiente de la revolución de Octubre un
joven anar-quista, hijo de pobres campesinos, llamado Nestor Makhno, tomó la
iniciativa de organizar, de manera autónoma, a la
vez social y militarmente, a las masas campesinas
del sur de Ukrania, Todo había comenzado con el establecimiento, en Italia, de
un régimen de derechas, impuesto por las armas de ocupación alemana y
austríaca, empeñado en devolver a sus antiguos propietarios las tierras que los
campesinos revolucionarios acababan de quitarles. Los trabajadores del suelo
defendieron todas sus recientes conquistas con las armas en la mano. Las
defendieron tanto contra la reacción como contra la intrusión intempestiva, en el
campo, de los comisarios bolcheviques y de sus demasiado graves requisitorias.
Esta gigantesca sublevación popular seguida de una
guerrilla fue protagonizada por un justiciero, una especie de Robín de los
Bosques anarquista, llamado por los campesinos Bakto (padre) Makhno. El
armisticio del 11 de noviembre significó la retirada de las fuerzas de
ocupación germano-austríacas, a la vez que ofreció a Makhno una ocasión única
para constituir reservas de armas y de stocks.
Los congresos de makhnovstchina agrupaban a la vez
a delegados campesinos y guerreros. Efectivamente, la organización civil era la
prolongación de un ejército insurreccional campesino que practicaba la táctica
de la guerrilla, que era notablemente móvil, capaz de recorrer hasta 100
kilómetros por día, no sólo por su caballería, sino gracias también a su
infantería, que se desplazaba en ligeros coches movidos por caballos. Este
ejército estaba organizado sobre las bases, específicamente libertarias, de voluntariedad,
del principio electivo, en vigor en todos los grados, y de la disciplina
libremente consentida: las reglas de esta última, elaboradas por la comisión de
guerrilleros, luego
validadas por asambleas generales, eran
rigurosamente observadas por todos.
«El honor de haber derrotado, en otoño del año
1919, a la contrarrevolución de Denikin, se debe principalmente a los
in-surgentes anarquistas», escribe Pedro Archinoff, el memorialista de la
makhnovstchina.
Pero Makhno no aceptó con gusto el poner su
ejército bajo el mando supremo de Trotsky, jefe del Ejército Rojo. Inaugu-rando
un proceso que imitarán dieciocho años más tarde los estalinistas españoles
contra las brigadas anarquistas, los bolcheviques negaron las armas a los
partidarios de Makhno. Faltaron al deber de darles asistencia para acusarles
luego de «traicionar» y dejarse batir por las tropas blancas.
Sin embargo, los dos ejércitos estuvieron por dos
veces de acuerdo, cuando la gravedad del peligro intervencionista exigió la
acción común, lo que se produjo, primero, en marzo de 1919, contra Denikin,
luego durante el verano y el otoño de 1920, cuando amenazaron las fuerzas
blancas de Wrángel que, finalmente, Makhno derrotó. Pero, una vez conjurado el
peligro extremo, el Ejército Rojo reemprendió las operaciones militares contra
los guerrilleros de Makhno, que le devolvían golpe por golpe.
Al final de noviembre de 1920, el poder bolchevique
no dudó en organizar una celada. Los oficiales del ejército makhnovista de
Crimea fueron invitados a participar en un consejo militar. Tan pronto como
llegaron fueron detenidos por la policía política, la cheka, y fusilados sin
otra forma de proceso, o desarmados. A la vez, una ofensiva en regla se lanzó
contra los guerrilleros. La lucha —una lucha cada vez más desigual— entre
libertarios y «autoritarios», entre
ejército clásico y guerrilla, duró nueve meses. Al
final, puesto fuera de combate por fuerzas muy superiores en número y mejor
equipadas, Makhno hubo de abandonar la partida. Logró refugiarse en Rumania en
agosto de 1921, luego en París, donde murió, mucho más tarde, en julio de 1935,
enfermo e indigente.
Con Pedro Archinoff se puede ver en la
makhnostchina el prototipo de un movimiento independiente de las masas
campesinas, a la vez que se le puede considerar como una anticipación de la
guerra revolucionaria de guerrilla, la del siglo XX, la de los chinos, cubanos,
argelinos y del heroico Vietnam.
En junio de 1918, Makhno se presentó en Moscú para
con-sultar a algunos militantes anarquistas sobre los métodos y las tendencias
del trabajo libertario revolucionario a realizar entre los campesinos
ukranianos. Aprovechó para presentarse al Kremlin y encontrar a Iacov
Mikhdilovitch Sverdlov, entonces secretario del Comité Central del partido
bolchevique, luego a Lenin mismo. He aquí estas dos entrevistas contadas por
Makhno en sus Memorias, aún inéditas. 232
Mi conversación con Sverdlov
La
colección «Changer la Vie», editada por Pierre Belfond, publica además de una
reimpresión del primer volumen de las Memorias de Makhno, bajo el título La
Révolution russe en Ukranie, que había aparecido en francés en 1927, una
traducción francesa de los volúmenes II y III, impresos más tarde en ruso, pero
no traducidos. Los extractos que publicamos están sacados del tomo II, con la
autorización graciosa de las Editions Belfond.
Llegué a las puertas del Kremlin con la idea bien
fija de ver a Lenin y, de ser posible, a Sverdlov, y tener una entrevista con
ellos. Tras una ventanilla, estaba sentado un bedel. Le enseñé la credencial
que me había proporcionado el soviet de Moscú. Tras leerla atentamente,
escribió el mismo una autorización sobre mi credencial y atravesé la puerta que
daba acceso al interior del Kremlin. Allí, un fusilero letón hacía la guardia.
Pasé a su lado, llegando a un patio donde me topé con un centinela a quien podía
preguntársele donde estaba el edificio que buscaba. Por encima, podía pasearse,
mirar los cañones y las balas de diferentes calibres, anteriores o posteriores
a Pedro el Grande, detenerse ante el Zar-Bourdon (una campana monumental) y
otras curiosidades, o indirectamente a uno de los palacios.
Giré a la izquierda, y me metí en uno de esos
sitios cuyo nombre no recuerdo; subí una escalera, creo que hasta el segundo
piso, busqué sin encontrar a nadie en un largo pasillo donde, en los carteles
fijados a las puertas, se leía: «Comité Central del Partido», o bien:
«Biblioteca», pero al no necesitar ni de una cosa ni de otra, continué mi
camino, no estando por lo demás seguro de que hubiese alguien tras esas
puertas.
Los otros carteles no siempre ponían algo, por eso
volví sobre mis pasos parándome ante el que rezaba «Comité Central del
Partido». Llamé a la puerta. «Entre», respondió una voz. En su interior, tres
personas estaban sentadas. Entre ellas me pareció reconocer a Zagorski, a quien
había visto dos o tres días antes en uno de los clubs del partido bolchevique.
Me dirigí a estas personas que, en medio de un
silencio sepulcral estaban ocupadas en algo, para
que me dijeran dónde estaba el buró del Comité Centra Ejecutivo.
Uno de los tres (Bukharin 233, si no me equivoco)
se levantó, y tomando su cartera bajo el brazo, dijo a sus colegas lo bastante
alto como para que yo escuchara: «Os dejo; indicaré a este camarada
—designándome con un gesto de mentón— dónde está el buró del Comité Central
Ejecutivo», y se dirigió hacia la puerta. Di las gracias a las personas
presentes y salí con la que me pareció ser Bukharin. Un silencio sepulcral
continuaba reinando en el pasillo.
Mi guía me preguntó de dónde venía. «De Ukrania»,
respondí. Me preguntó entonces varias cosas sobre el terror a que estaba
sometida Ukrania, y quiso saber cómo había podido llegar a Moscú. Una vez en la
escalera, nos paramos para continuar la conversación. Finalmente, mi guía
ocasional me indicó una puerta a la derecha de la entrada en el corredor,
donde, según él, se me darían las indicaciones que necesitaba. Y tras haberme
estrechado la mano, volvió a bajar la escalera y salió del palacio.
Fui a una puerta, golpeé y entré. Una joven me
preguntó qué deseaba.
—Quisiera ver al presidente del Comité Ejecutivo
del Soviet de los diputados obreros, campesinos, soldados y cosacos, el
camarada Sverdlov, respondí.
Sin decirme nada, la joven se sentó tras una mesa,
tomó mi
Nicolás
Bukharin (1883-1938), bolchevique en 1906, miembro del Comité Central del
Partido desde 1917 hasta su muerte, jefe de fila de los «derechistas» a partir
de 1928, brillante economista y teórico, ejecutado por Stalin.
credencial y mi autorización de entrada, los
releyó, volvió a copiar algunas palabras y me dio otra autorización indicándome
el número de oficina a la que debía dirigirme.
En la oficina a donde me enviara la joven, encontré
al secretario del C. C. E., un hombre bien plantado, de faz cuidada, pero de
rasgos cansados. Me preguntó qué quería. Se lo expliqué. Me pidió mis pápeles.
Se los di. Estos le interesaron. Me preguntó:
—Así, camarada, que llegáis del sur de Rusia.
—Sí, vengo de Ukrania, respondí.
—¿Ya erais presidente del Comité de defensa de la
revolución en tiempos de Kerensky?
—Sí.
—¿Sois, pues, Socialista Revolucionario?
—No.
—¿Qué lazos tenéis o habéis tenido con el partido
comunista de vuestra región?
—Tengo relaciones personales con varios militantes
del partido bolchevique, respondí. Y cité el nombre del presidente del Comité
Revolucionario de Alexandrovsk, el camarada Kikhaílevitch, y de algunos otros
militantes de Ekaterinoslav.
El secretario calló un instante, luego me interrogó
sobre el estado de espíritu de los campesinos del «Sur de Rusia», sobre su
comportamiento respecto a las tropas alemanas y a
los soldados de la Rada central 234, sobre su
actitud hacia el poder de los soviets, etc.
Le di algunas breves respuestas que manifiestamente
le contentaron; personalmente, sentía no poder extenderme más.
Luego telefoneó a no sé dónde, e inmediatamente me
invitó a ir al gabinete del presidente del C. C. E., el camarada Sverdlov.
Al entrar allí pensé en las fábulas urdidas por los
contrarrevolucionarios, así como por los revolucionarios, incluso por mis
propios amigos, adversarios de la política de Lenin, Sverdlov y Trotsky, a
saber, de que era imposible introducirse ante esas divinidades terrestres.
Decían que estaban rodeados de guardaespaldas y que el jefe de ellos no dejaba
entrar más que a quien quisiera.
Ahora, acompañado del único secretario del C. C.
E., me daba cuenta de lo absurdo de esos rumores. Sverdlov mismo nos abrió la
puerta con una buena sonrisa, llena, me parece, de camaradería, me tendió la
mano y me condujo a un sillón. Después de ello, el secretario del C. C. E.
volvió a su oficina.
El camarada Sverdlov me pareció estar en mucha
mejor forma que su secretario. Me dio también la impresión de que
La Rada
central era, desde noviembre de 1917, una especie de parlamento de la nueva
«República Democrática Ucraniana». El tratado de paz de Brest-Litovsk, firmado
por los bolcheviques con el gobierno imperial alemán a comienzos de 1918, había
abierto las puertas de Ukrania a los austro-alemanes. Estos instalaron allí un
gobierno reaccionario presidido por el «atamán» (título entonces del jefe
elegido por los cosacos de Ukrania) Skoropadsky. Pero la derrota de los
imperios centrales, a finales de 1918, obligó a las tropas alemanas y
austríacas a evacuar Ukrania, mientras Skoropadsky emprendía la huida. Le
sucedió un «directorio», teniendo a su cabeza a un antiguo miembro de la Rada,
burgués, separatista, un tal Petlioura.
se interesaba más que el por lo que pasaba en
Ukrania en los dos o tres últimos meses. Me dijo de entrada:
—Así que llegáis, camarada, de nuestro Sur en plena
tormenta; ¿qué trabajo hacéis allá abajo?
—Lo mismo que hacen las grandes masas de
trabajadores revolucionarios del campo ukraniano, que, tras haber participado
activamente en la revolución, trataron de obtener su emancipación total. Entre
sus filas, marché siempre el primero en esta dirección. Hoy, como consecuencia
del retroceso del frente revolucionario ukraniano, he recalado momentáneamente
en Moscú.
—¿Qué decís, camarada —me interrumpió el camarada
Sverdlov—? ¡Los campesinos del Sur son en su mayoría kulaks o partidarios de la
Rada central!
Me eché a reír, y sin extenderme demasiado, pero
recalcando bien lo esencial, le describí la acción de los campesinos
organizados por los anarquistas en la región de Goulai-Polé contra las tropas
de ocupación austro-alemanas y contra los soldados de la Rada central.
Aparentemente desarmado, el camarada Sverdlov no
cesaba, sin embargo, de repetir: «¿Por qué, entonces, no han apoyado a nuestros
guardias rojos? Según nuestras noticias, los campesinos del Sur se han
contagiado del peor chovinismo ukraniano y, por doquier, han acogido a las
tropas alemanas y los soldados de la Rada con alegría, como liberadores.»
Sintiendo que el nerviosismo me ganaba, me puse a
refutar vigorosamente las informaciones de Sverdlov sobre el campo ukraniano.
Le dije que yo mismo era el organizador y jefe de
varios batallones de voluntarios campesinos que
luchaban revolucionariamente contra los alemanes y la Rada, y que estaba seguro
de que los campesinos podían reclutar en su seno un poderoso ejército para
combatirles, pero que no veían netamente el frente de guerra de la revolución.
Las unidades de guardias rojos que, con sus trenes blindados, se habían batido
a lo largo de las vías férreas sin jamás alejarse, reculando al primer fracaso
sin preocuparse frecuentemente de reembarcar a sus propios combatientes y
abandonando al enemigo decenas de verstas que éste ocupaba o no, estas
unidades, decía yo, no inspiraban confianza a los campesinos que se daban
cuenta de que, aislados en sus pueblos y sin armas, estaban a merced de los
verdugos de la revolución. En efecto, los trenes blindados de los guardias
rojos no enviaban nunca destacamentos a los pueblos situados en un radio de 10
ó 20 Km no sólo para darles armas, sino tampoco para estimular a los campesinos
y hacerles dar golpes de mano audaces contra los enemigos de la revolución
participando ellos mismos en la acción.
Sverdlov me escuchaba atentamente y de cuando en
cuando exclamaba: «¿Es posible?» Le cite varias unidades de guardias rojos
pertenecientes a los grupos de Bogdanov, Svirski, Sabline y otros; le señalé
con más calma que los guardias rojos encargados de defender las vías férreas
por medio de trenes blindados con los que era posible tomar rápidamente la
ofensiva, pero también batirse lo más frecuentemente en retirada, no podían
inspirar confianza a las masas campesinas. Pero estas masas veían en la
re-volución el medio de zafarse de la opresión no sólo de los grandes
propietarios y los ricos kulaks, sino también de sus
hombres de seguridad, sustrayéndose al poder
político y administrativo del funcionario del Estado, estando por ello prestos
a defenderse y defender sus conquistas contra las ejecuciones sumarias y las
destrucciones masivas, tanto de junkers 235 prusianos como de las tropas del
alemán Skoropadsky.
—Sí —decía Sverdlov—, creo que tenéis razón
respecto a los guardias rojos..., pero ahora los hemos reorganizado en el
Ejército Rojo, que está refortaleciéndose, y si, como decís, los campesinos del
Sur están animados de tan gran espíritu revolucionario, hay grandes
posibilidades de que los alemanes sean batidos completamente y de que el alemán
muerda el polvo en breve; entonces el poder de los soviets triunfará en Ukrania
igualmente.
—Esto depende de la acción clandestina que se lleve
en Ukrania. Creo por mi parte que esta acción es hoy más necesaria que nunca, a
condición de que se organice, de que se le dé una forma combativa, lo que
incitaría a las masas a insurgir abiertamente en los pueblos y en los campos
contra los alemanes y el atamán. Sin levantamiento de carácter esencialmente
revolucionario en Ukrania, no se obligará a austríacos y alemanes a abandonar
el país, ni se podrá poner la mano sobre el atamán ni sobre quienes le sostienen,
ni forzarles a huir con sus protectores. No olvidéis que, en razón del tratado
de Brest-Litovsk y de los factores políticos con que nuestra revolución debe
contar en el exterior, una ofensiva del Ejército Rojo es inconcebible.
Junkers,
palabra alemana que significa «halcones»; el cuerpo de los oficiales alemanes
era de composición aristocrática y reclutado en las familias de los grandes
terratenientes del este del Elba.
Mientras le decía esto, el camarada Sverdlov tomaba
notas.
—Comparto enteramente vuestros puntos de vista —me
dijo—. Pero ¿quién es usted? ¿Es comunista o socialista-revolucionario de
izquierda236? Por el lenguaje que usáis se ve bien que sois ukraniano, pero no
comprendo a cuál de los dos partidos pertenecéis.
Esta cuestión, sin turbarme (el secretario del C.
C. E. ya me la había planteado), me embarazó. ¿Qué hacer? Decir llanamente a
Sverdlov que yo era anarquista-comunista, el camarada y el amigo de aquellos a
quienes su partido y el sistema estatal creado por el habían aplastado dos
meses antes en Moscú y en otras varias ciudades, o bien ocultarme bajo otra
bandera?
Estaba perplejo, y Sverdlov se dio cuenta. Explicar
durante nuestra entrevista mi concepción de la revolución social y mi
pertenencia política, no quería hacerlo. Disimularlo, me repudiaba igualmente.
Por ello, tras algunos segundos de reflexión, dije a Sverdlov:
—¿Por qué os interesáis tanto en mi pertenencia
política? ¿Es que mis documentos, que os muestran quién soy, de dónde vengo y
la función que he cumplido en una cierta región para organizar a los
trabajadores de pueblos y campos a la vez que grupos de revolucionarios y de
batallones de voluntarios de Ukrania, no os bastan?
El camarada Sverdlov se excusó, y me pidió que no
dudase de su honor revolucionario ni creyera que carecía de
Sólo el
ala izquierda del Partido Social-Revolucionario colaboraba en esta época con
los bolcheviques.
confianza respecto a mí. Sus excusas me parecieron
tan sinceras, que me avergoncé, y sin dudar más, le declaré que era
anarco-comunista de la tendencia de Bakunin-Kropotkin.
—¿Qué clase de anarco- comunista es usted,
camarada, que admite la organización de las masas trabajadoras y la dirección
de éstas en la lucha contra el poder del capital? —dijo Sverdlov con una
sonrisa de camaradería.
Ante su asombro, respondí al presidente del C. E.
E.:
—El anarquismo es un ideal demasiado realista como
para no comprender el mundo moderno y los acontecimientos actuales, y la
participación de sus defensores en ese mundo es evidente, teniendo en cuenta el
sentido que han de dar a sus acciones y los medios que hay que emplear en
ellas...
—Así me parece, pero en todo caso usted no se
parece del todo a esos anarquistas que instalaron en Moscú su sede en Malaia
Dmitrovka —me dijo Sverdlov, y quiso añadir algo a este respecto, pero yo le
interrumpí:
—El aplastamiento por vuestra parte de los
anarquistas de la Malaia Dmitrovka 237 debe ser considerado como algo penoso
que habrá que evitar en el futuro en interés de la revolución...
Sverdlov murmuró algo por lo bajo y, levantándose
de su sillón, se acercó a mí, puso sus manos sobre mis hombros, y me dijo:
—Veo que está usted muy al corriente de lo que ha
pasado
En la
noche del 12 de abril de 1918, so pretexto especioso, el poder bolchevique
había hecho atacar y saquear por sus fuerzas policiales y militares la sede de
la federación de grupos anarquistas de Moscú, una casa particular de Malaia
Dmitrovka.
en nuestra retirada de Ukrania y, sobre todo, del
espíritu de los campesinos. Ilich, nuestro camarada Lenin, se alegrará de
escucharle. ¿Queréis que le telefonee?
Respondí que no podía decirle mucho más al camarada
Lenin, pero Sverdlov tenía ya el teléfono en la mano, y avisó a Lenin de que a
su lado había un camarada con noticias muy importantes sobre los campesinos del
Sur de Rusia y sobre sus sentimientos respecto a las tropas de invasión
alemanas. Y sobre la marcha preguntó a Lenin cuándo podría recibirme.
Un instante después, Sverdlov colgó el teléfono, y
con su propia firma me dio un salvoconducto para volver a verle. Al dármelo, me
dijo:
—Mañana, a la una del mediodía, venga directamente
aquí; iremos juntos a ver al camarada Lenin... ¿Cuento con usted?
—Cuente conmigo —fue mi respuesta.
Al día siguiente, a la una, estaba yo de nuevo en
el Kremlin, donde volví a ver al camarada Sverdlov, que me condujo en seguida a
Lenin. Este me acogió fraternalmente. Me tomó por el brazo y, golpeándome
suavemente la espalda con la otra mano, me hizo sentar en un sillón. Tras haber
rogado a Sverdlov instalarse en otro sillón, dijo a su secretario:
—Tenga la bondad de interrumpir este trabajo
durante dos horas.
Luego se sentó frente a mí, preguntándome.
Su primera pregunta fue: «¿De qué región es usted?»
Luego: «¿Cómo han acogido los campesinos de la comarca la consigna Todo el
poder para los soviets en los campos, y cuál ha sido su reacción de los
enemigos de esta consigna y la de
la Rada central en particular?» Luego: «¿Se han
levantado los campesinos de su región contra los invasores austro-alemanes? Si
es así, qué ha faltado para que las revoluciones campesinas se transformaran en
levantamiento general y se asociaran a la acción de las unidades de guardias
rojos, que con tanto valor han defendido nuestras conquistas revolucionarias?»
A todas estas cuestiones di a Lenin respuestas
breves. Este, con su talento, se esforzaba por plantear las preguntas de forma
que yo pudiese responder punto por punto. Por ejemplo, la pregunta: «¿Cómo han
acogido los campesinos de la región la consigna Todo el poder para los soviets
en los pueblos?», Lenin me la planteó en tres partes, y se asombró de que yo le
respondiera:
—Los campesinos la han acogido a su manera, lo que
quiere decir que, en su entendimiento, todo el poder debe, en todos los
dominios, identificarse con la conciencia y la voluntad de los trabajadores;
que los soviets de diputados obrero-campesinos de pueblo, comarca y de distrito
no son ni más ni menos que engranajes de la organización revolucionaria y de la
autogestión económica de los trabajadores en lucha contra la burguesía y sus
lacayos, los socialistas de derechas y el gobierno de coalición.
—¿Creéis justa esta manera de comprender nuestra
consigna? —preguntó Lenin.
—Sí —respondí.
—En ese caso, los campesinos de vuestra región han
padecido el contagio del anarquismo —me dijo.
—¿Es eso un mal? —pregunté yo.
—No quiero decir eso. Al contrario, hay que
alegrarse, pues eso aceleraría la victoria del comunismo sobre el capitalismo y
su poder.
—Es lisonjero para mí —respondí a Lenin,
conteniéndome para no reír.
—No, no; yo creo muy seriamente que este fenómeno
social en la vida de las masas campesinas aceleraría la victoria del comunismo
sobre el capitalismo —repitió Lenin, añadiendo—: Pero pienso que este fenómeno
no ha sido espontáneo; es un efecto de la propaganda anarquista, y no tardará
en desaparecer. Creo incluso que este estado de espíritu, batido por la
contrarrevolución triunfante antes de haber tenido tiempo de engendrar una
organización, ya ha desaparecido.
Hice notar a Lenin que un líder político no debe
nunca mos-trarse pesimista o escéptico.
—Así que, según usted —dijo Sverdlov
interrumpiéndome—, ¿habría que favorecer estas tendencias anarquistas en la
vida de las masas campesinas?
—¡Oh!, vuestro partido no lo hará —respondí yo.
Lenin tomó la ocasión por los pelos:
—¿Y por qué habría de favorecerlas? ¿Para dividir a
las fuerzas revolucionarias del proletariado, abrir la vía a la
contrarrevolución y, a fin de cuentas, subir nosotros mismos con el
proletariado al patíbulo?
—Ya no pude dominarme, y con un tono de nerviosismo
en la voz, hice notar a Lenin que el anarquismo y los anarquistas no aspiraban
a la contrarrevolución ni llevaban al proletariado a ella.
—¿He dicho yo eso? —preguntó Lenin. Y añadió—: He
querido decir que los anarquistas, al carecer de organizaciones de masas, no
pueden organizar al proletariado ni a los campesinos pobres, y, por tanto,
tampoco levantarles para defender, en el sentido amplio del término, lo que ha
sido conquistado por todos nosotros y que nos es tan querido.
La entrevista versó luego sobre las demás
cuestiones planteadas por Lenin. A una de ellas, «las unidades de guardias
rojos y el valor revolucionario con que defendieron nuestras conquistas
comunes», Lenin me obligó a responder lo más completamente posible.
Manifiestamente, la cuestión le atormentaba o bien le recordaba lo que las
formaciones de guardias rojos habían realizado recientemente en Ukrania,
alcanzando con éxito, según ellos, las metas que Lenin y su partido se habían
fijado, y en nombre de los cuales les habían enviado desde Petrogrado y otras
grandes ciudades lejanas de Rusia. Recuerdo la emoción de Lenin, emoción que
sólo podía manifestarse en un hombre que vivía profundamente la lucha contra el
orden social al que odiaba y quería vencer, cuando le dije:
—Habiendo participado en el desarme de decenas de
cosacos retirados del frente alemán a finales de diciembre de 1917 y comienzos
de 1918, conozco muy bien la «bravura revolucionaria» de las unidades del
Ejército Rojo y en particular de sus jefes. Pero me parece, camarada Lenin,
que, al basamos en enseñanzas de segunda o tercera mano, exageráis.
—¿Cómo? ¿Negáis ese valor? —me preguntó Lenin.
—Las unidades de guardias rojos han dado muestras
de
espíritu revolucionario y de valor, pero no tanto
como decís. La lucha de los guardias rojos contra los haidamarks 238 de la Rada
central y, sobre todo, contra las tropas alemanas, ha conocido momentos en que
el espíritu revolucionario y la bravura, así como la acción de los guardias
rojos y de sus jefes, se han mostrado muy débiles. Sin duda, en muchos casos,
esto, creo yo, debe atribuirse al hecho de que los destacamentos de guardias
rojos fueron formados apre-suradamente y empleaban contra el enemigo una
táctica que no se parecía ni a la de los grupos revolucionarios, ni a la de las
unidades regulares. Debéis saber que los guardias rojos, numerosos o no,
atacaban al enemigo desplazándose por las vías férreas. A diez o doce verstas
de una línea de ferrocarril, el terreno no estaba ocupado, pudiendo circular
por el libremente los defensores de la contrarrevolución o los de la
revolución. Por esta razón, los ataques por sorpresa casi siempre tenían éxito.
Sólo en los bordes de los nudos ferroviarios, de las ciudades o de los pueblos
sin ferrocarriles, organizaban un frente y se lanzaban al ataque las
formaciones de guardias rojos.
Pero la retaguardia y las cercanías inmediatas de
la localidad amenazada por el enemigo estaban sin defensores. La acción
defensiva de la revolución padecía el contragolpe. Las unidades de guardias
rojos apenas habían terminado de difundir sus llamadas en una región, cuando ya
las fuerzas contrarrevolucionarias pasaban a la contraofensiva, obligando muy
frecuentemente a los guardias rojos a batirse en retirada, otra vez en sus
trenes blindados. Y aunque la
Fuerzas
militares del gobierno reaccionario ukraniano que llevaban el nombre de los
héroes de un levantamiento popular ukraniano en el siglo XVIII contra las
tropas del zar y del rey de Polonia.
población campesina no les quería, tampoco podía
ayudarles.
—¿Qué hacen los propagandistas revolucionarios en
los campos? ¿No pueden preparar a los proletarios rurales a completar con
tropas frescas las unidades de guardias rojos o a formar nuevos cuerpos francos
de guardias rojos y ocupar posiciones para combatir la contrarrevolución? —me
preguntó Lenin.
—No nos apasionemos. Los propagandistas
revolucionarios son poco numerosos en los campos y no pueden hacer gran cosa.
Además, todos los días llegan a los campos centenares de propagandistas y de
enemigos secretos de la revolución. En muchas localidades no se puede esperar
que los propagandistas revolucionarios hagan surgir nuevas fuerzas de la
revolución y las organicen para oponerlas a la contrarrevolución. Nuestra época
—dije a Lenin— reclama acciones decisivas de todos los revolucionarios, y esto
en todos los terrenos de la vida y de la lucha de los trabajadores. No tener
esto en cuenta, sobre todo entre nosotros, en Ukrania, es permitir a la
contrarrevolución agrupada tras el atamán desarrollarse a su antojo y reforzar
su poder.
Svedlov nos miraba alternativamente a Lenin y a mí,
sonriendo de satisfacción. Lenin tenía sus dedos entrelazados e, inclinando la
cabeza, reflexionaba. Mirándome, dijo:
—Cuanto acabáis de decirme es muy penoso —y
volviéndose hacia Sverdlov, añadió—: Refundiendo las unidades de guardias rojos
en el Ejército Rojo, estamos en el buen camino, el que lleva a la victoria
definitiva del proletariado sobre la burguesía.
—Sí, sí —respondió vivamente Sverdlov.
—Luego me dijo Lenin:
—¿Qué pensáis hacer en Moscú?
Respondí que no estaría allí mucho tiempo. Conforme
a la decisión de la Conferencia de los grupos revolucionarios tenida en
Tagarong, debía estar de vuelta a Ukrania en los primeros días de julio.
— ¿Clandestinamente? —me preguntó Lenin. —Sí
—respondí.
Dirigiéndose entonces a Sverdlov, Lenin hizo esta
reflexión:
—Los anarquistas están siempre llenos de
abnegación, prestos a todos los sacrificios; pero son ciegos fanáticos que
ignoran el presente para no pensar más que en el porvenir futuro.
Y rogándome no pensara que esto iba por mí —añadió:
—Os considero, camarada, un hombre con sentido de
las realidades y necesidades de nuestra época. Si hubiese en Rusia aunque sólo
fuera un tercio de los anarquistas como usted, nosotros, los comunistas,
estaríamos prestos a marchar con ellos en ciertas condiciones y a trabajar en
común en interés de la organización libre de los productores.
En este instante sentí nacer en mí un sentimiento
de profunda estima hacia Lenin, cuando aún recientemente tenía la convicción de
que él era el responsable de la aniquilación de las organizaciones anarquistas
de Moscú, lo que había sido la señal del aplastamiento de éstas en otras muchas
localidades. Y en mi fuero interno sentí vergüenza de
mí mismo. Buscando la respuesta que debía dar a
Lenin, le dije:
—La revolución y sus conquistas son caras a los
anarquistas- comunistas, y en eso se parecen todos.
—¡Oh!, no me diga eso —dijo Lenin riendo—.
Conocemos a los anarquistas tan bien como usted. En su mayoría, no tienen
ninguna noción del presente o, en todo caso, no se preocupan por él; pero el
presente es tan grave, que no pensar o no tomar postura de manera positiva ante
él es para un revolucionario más que vergonzoso. La mayoría de los anarquistas
tienen su pensamiento vuelto hacia el porvenir, y a él consagran sus escritos,
sin tratar de comprender el presente; y eso también nos separa de ellos.
Tras estas palabras, Lenin se levantó de su sillón,
y yendo de derecha a izquierda, añadió:
—Sí, sí; los anarquistas son fuertes encías ideas
que se hacen del porvenir; en el presente, no tienen los lúes en la tierra; su
actitud es lamentable, y ello porque su fanatismo desprovisto de contenido hace
que carezcan de vínculos reales con este porvenir.
Sverdlov tuvo una sonrisa maliciosa, y volviéndose
hacia mí, me dijo:
—No podéis negarlo. Las reflexiones de Vladimir
Ilich son justas.
—¿Los anarquistas nunca han reconocido su falta de
realismo en la vida «presente»? Ni siquiera les preocupa —añadió Lenin.
Respondiendo a ello, dije a Lenin y a Sverdlov que
yo era un campesino semianalfabeto y que no quería discutir la
opinión para mí tan erudita que Lenin acababa de
emitir sobre los anarquistas.
—Pero debo deciros, camarada Lenin, que vuestra
afirmación de que los anarquistas no comprenden el «presente», que no tienen
vínculos reales con él, etc., es totalmente errónea. Los anarquistas
-comunistas de Ukrania (o del Sur de Rusia, ya que vosotros, camaradas
bolcheviques, os esforzáis por evitar la palabra Ukrania), los
anarco-comunistas, digo, han dado ya un gran número de pruebas de que están
implantados en «el presente». Toda la lucha del campo revolucionario ukraniano
contra la Rada central ha sido llevaba bajo la dirección ideológica de los
anarquistas comunistas y, en parte, por los S. R.239, que, a decir verdad,
tenían objetivos completamente distintos a los nuestros, anarco-comunistas, en
su lucha contra la Rada.
Vuestros bolcheviques no existen, por decirlo así,
en nuestros campos, y, si los hay, su influencia es ínfima. Casi todas las
comunas o asociaciones campesinas de Ukrania han sido formadas a instigación de
los anarco-comunistas. Y la lucha a mano armada de la población trabajadora
contra la contrarrevolución en general y la encarnada en los ejércitos de
invasión austrohúngaros y alemanes, ha sido llevada bajo la dirección
ideológica y orgánica exclusiva de los anarco-comunistas.
Ciertamente, no os interesa a vuestro partido poner
todo esto en nuestro activo, pero son hechos que no podéis negar. Conocéis
perfectamente, supongo, los efectivos y la capacidad combativa de los cuerpos
francos revolucionarios
Socialistas
revolucionarios.
de Ukrania. No sin razón habéis evocado el valor
con que ellos han defendido nuestras conquistas revolucionarias comunes.
»Entre ellos, más de la mitad bajo la bandera
anarquista. Mokrooussov, M. Nikiforova, Tchéredniak, Garin, Tchemiak, Lounev y
muchos otros comandantes de cuerpos francos que sería demasiado largo enumerar,
son todos anarco-comunistas. No hablo de mí, del grupo al que pertenezco, sino
de todos los demás grupos de revolucionarios y «batallones de voluntarios» para
la defensa de la revolución que hemos formado y que no han podido ser ignorados
por el mando de los guardias rojos. Todo ello muestra con fuerte suficiencia
hasta qué punto, camarada Lenin, es europeo vuestro alegato de que nosotros,
los anarco-comunistas no tengamos los pies en tierra y de que nuestra actitud
en «el presente» es lamentable porque nos gusta mucho pensar en «el porvenir».
Lo que he dicho en esta entrevista no puede negarse porque es verdad. Lo que os
acabo de decir contradice las conclusiones que proclamáis sobre nosotros y todo
el mundo, usted también, pueden tener pruebas de que estamos plenamente
implantados en «el presente», que trabajamos en él y buscamos en el lo que nos
acerca al porvenir, en el que, efectivamente, pensamos muy seriamente.
En este momento miré a Sverdlov. Estaba rojo, pero
continuaba sonriéndome. En cuanto a Lenin, dijo moviendo los brazos:
—Puede que me equivoque.
—Sí, sí, camarada Lenin; habéis sido demasiado duro
para nosotros, anarco-comunistas, porque, simplemente, creo que estáis mal
informado de la realidad ukraniana y del papel que tenemos allí.
—Tal vez, no lo dudo. ¿Quién, por lo demás, está
exento de error, sobre todo en la situación en que estamos? —respondió Lenin.
Dándose cuenta de que yo estaba algo nervioso, se
esforzó paternalmente por tranquilizarme haciendo desviar muy hábilmente la
conversación sobre otro tema. Pero mi mal carácter, si puedo expresarme así, no
me permitió, pese a todo el respeto que me inspiró Lenin en el curso de nuestra
conversación, interesarme por ello. Me sentía ofendido. Y pese al sentimiento
que experimentaba de tener frente a mí a un hombre con el que habría de
discutir muchos temas o del que habría mucho que aprender, mi estado de ánimo
se alteró. Mis respuestas eran ya tensas; algo en mí se había roto y un penoso
sentimiento me invadía.
Lenin no pudo dejar de darse cuenta de este cambio
de mis sentimientos. Se esforzó por paliarlo hablando de otra cosa. Y dándose
cuenta de que volvía a estar en mejor disposición y de que me dejaba ganar por
su elocuencia, me preguntó:
—¿Así que pensáis volver clandestinamente a
Ukrania?
—Sí —respondí.
—¿Os puedo ayudar?
—De buena gana —dije.
Dirigiéndose entonces a Sverdlov, Lenin preguntó:
—¿Quién de nosotros está ahora a la cabeza del
servicio encargado de hacer pasar a nuestros muchachos al Sur?
—El camarada Karpenko o Zatonski, respondió
Sverdlov.
Voy a asegurarme.
Mientras Sverdlov telefoneaba para saber si
Zatonski o Kar-penko estaban a la cabeza del servicio encargado de pasar
militarmente a Ukrania para trabajar allí clandestinamente, Lenin trató de
persuadirme de que yo debía deponer mi actitud, pues el Partido Comunista no
era tan hostil a los anarquistas como yo parecía creerlo.
—Si nos hemos visto obligados —me dijo Lenin— a
tomar medidas enérgicas para desalojar a los anarquistas de la casa particular
que ocupaban en la Malaia Dmitrovka y donde ocultaban a algunos bandidos,
locales o de paso, la responsabilidad no es nuestra, sino de los anarquistas
allí instalados. Por otra parte, no les importunemos. Debéis saber que han sido
autorizados a ocupar otro inmueble no lejos de la Malaia Dmitrovka y que son
libres de trabajar como quieran.
—¿Tenéis indicios —pregunté al camarada Lenin— de
que los anarquistas de la Malaia Dmitrovka hayan dado asilo a bandidos?
—Sí; la Comisión extraordinaria (Checa) los ha
recogido y verificado. Si no, nuestro partido no les hubiera autorizado a tomar
esas medidas —respondió Lenin.
Mientras, Sverdlov había vuelto a sentarse con
nosotros y anunciaba que el camarada Karpenko estaba a la cabeza del servicio
encargado del paso, pero que también el camarada Zatonski estaba al corriente
de todo.
Entonces Lenin dijo:
—Bien, camarada, mañana, pasado o cuando quiera, id
a
ver al camarada Karpenko y preguntadle por lo que
necesitáis para volver clandestinamente a Ukrania. Os dará un itinerario seguro
para atravesar la frontera.
—¿Qué frontera? —pregunté.
—¿No estáis al corriente? Se ha establecido una
frontera entre Rusia y Ukrania. La guardan las tropas alemanas —dijo Lenin
enervado.
—¿Consideráis, pues, a Ukrania como el «sur de
Rusia»? —le dije.
—Considerar es una cosa, camarada, y tener los ojos
abiertos en la vida es otra —añadió Lenin.
Y antes de que tuviera tiempo para responder,
añadió:
—Diréis al camarada Karpenko que os envío yo. Si
tiene du-das, no tendrá que hacer más que telefonearme. Esta es la dirección en
que podréis verle.
Una vez en pie los tres, nos apretamos las manos, y
tras un intercambio de agradecimientos, aparentemente calurosos, salí del
despacho de
EL MOVIMIMENTO MAKHNOVISTA
Los siguientes Textos proceden del libro de Pedro
Archinoff, amigo y compañero de armas de Makhno, Histoire du mouvement
makhnoviste, 1928, reeditado en París (Ed. Belibaste) en 1969.
Las primeras «comunas libres»
(En la Ukrania del sur, tras la expulsión de los
grandes pro-pietarios de tierras) la tierra cayó en manos de los campesinos.
Estos comprendían bien que no todo estaba hecho aún, que no bastaba con tomar
un pedazo de tierra y contentarse con ella. La ruda vida les decía que los
enemigos acechaban por doquier enseñándoles a permanecer unidos. En varios
lugares hubo tentativas para organizar la vida en común. Pese a la hostilidad
de los campesinos respecto a las comunas oficiales (gubernamentales), en muchos
lugares de la región de Goulai-Polé surgieron comunas campesinas llamadas
«comunas de trabajo» o «comunas libres». Así, cerca de Pokrovskoié se organizó
la primera comuna libre llamada Rosa Luxemburg. Todos sus miembros eran
indigentes. Al comienzo, esta comuna comprendía sólo varias decenas de
miembros; luego, su número aumentó hasta más de trescientos.
(...) Con una simplicidad y magnanimidad propias
del pueblo, los campesinos habían honrado la memoria de una de las heroínas de
la revolución, una desconocida para ellos, pero que había muerto mártir en la
lucha revolucionaria. Pero la vida interior de la comuna no tenía nada en común
con la doctrina por la que Rosa Luxemburg había luchado. La comuna estaba
basada en el principio antiautoritario. Al desarrollarse, comenzó a ejercer una
gran influencia sobre los campesinos de toda la comarca. Las autoridades
«comunistas» trataron de ingerirse en la vida interior de la comuna, pero no se
las admitió.
(...) A siete kilómetros de Goulai-Polé, en una
antigua pro-
piedad, se formó otra comuna que reunió campesinos
pobres de Goulai-Polé. Se llamaba simplemente «Comuna núm. 1 de los campesinos
de Goulai-Polé». A una veintena de kilómetros de ella se encontraban las
comunas núms. 2 y 3. Había también en otros lugares. En total, las comunas no
eran numerosas y sólo abarcaban una minoría de la población, sobre todo los que
no poseían bienes rurales sólidamente establecidos v cultivados. Pero estas
comunas se habían formado según la iniciativa de los campesinos pobres mismos.
La obra de los makhnovistas no les influyó sino en tanto que estos últimos
propagaban en la región la idea de las comunas libres.
Las comunas no se crearon por una fantasía o
ejemplo cualquiera, sino exclusivamente a consecuencia de las necesidades
vitales de los campesinos que nada poseían antes de la revolución y que, tras
la victoria, se pusieron a organizar su vida económica sobre la base comunal.
No eran, pues, las comunas artificiales del Partido Comunista, donde se reúnen
habitualmente elementos cogidos al azar que no hacen sino depredar los granos y
destruir la tierra, que gozan del apoyo del Estado, del gobierno y, en consecuencia,
viven del trabajo del pueblo al que tienen la pretensión de enseñar a trabajar.
Eran verdaderas comunas laboriosas de campesinos
acostumbrados desde su infancia al trabajo que apreciaban en sí mismos y en los
demás. Los campesinos trabajaban allí en primer lugar para asegurar su pan
diario. Además, cada uno encontraba allí el apoyo moral y material que
necesitara. El principio de fraternidad e igualdad se mantenía en las comunas.
Todos, hombres, mujeres y niños, debían trabajar
allí en la medida de sus fuerzas. Las funciones
organizativas estaban confiadas a uno o dos camaradas, que, tras haberlas
cumplido, volvían al trabajo habitual hombro con hombro con los demás miembros
de la comuna. Es evidente que estos caracteres sanos y sabios eran debidos a
que las comunas surgieron en un ambiente laborioso y que su desarrollo seguía
el camino natural.
Empero, estos gérmenes de comunismo libre estaban
lejos de representar toda la actividad creadora y constructiva, económica y
social de los campesinos. Por el contrario, estos gérmenes sólo se forjaban
lenta y gradualmente, mientras que el lío político exigía de los campesinos
esfuerzos comunes inmediatos y de gran envergadura, una tensión y una actividad
generales. Era indispensable llegar a una organización unida, no sólo en los
límites de tal o cual lugar o pueblo, sino también de distritos e incluso en áreas
enteras formando parte de la región liberada. Era preciso encontrar en común
soluciones a diferentes cuestiones que afectaban a la región entera. Había que
crear los órganos correspondientes; los campesinos no faltaron. Estos órganos
eran los congresos regionales de campesinos, obreros y revolucionarios. En el
período en que la región estuvo libre, hubo tres de esos congresos. Los
campesinos lograron vincularse estrechamente, orientarse y determinar las
tareas económicas y políticas que tenían ante sí.
(...) En lo concerniente a los órganos de
autodirección social, los obreros y campesinos eran partidarios de la idea de
los soviets de trabajo libre. Contrariamente a los soviets de carácter político
de los bolcheviques y de otros socialistas, los soviets libres de campesinos y
obreros debían ser los
órganos de su «autogobierno» social y económico.
Cada soviet no era sino el ejecutor de la voluntad de los trabajadores de la
localidad y cié sus organizaciones. Los soviets locales establecían entre ellos
el enlace necesario y formaban así organizaciones más grandes, económicas y
territoriales.
Sin embargo, la guerra hacía muy difíciles la
creación y el funcionamiento de estos órganos, por esto su organización
completa nunca se dio.
El ejército insurreccional de Makhno integrado en
el Ejército Rojo
(comienzos de 1919)
A comienzos de 1919, los insurgentes makhnovistas
recha-zaron, tras una serie de combates, a las tropas de Denikin hacia el mar
Azov, tomándoles irnos cien vagones de trigo. El primer pensamiento de Makhno y
del estado mayor del ejército insurreccional fue enviar estos trofeos como
víveres para los obreros hambrientos de Moscú y Petrogrado. Esta idea fue
acogida con entusiasmo por las grandes masas de insurgentes. Los cien vagones
de trigo fueron llevados a Petrogrado y Moscú acompañados por una delegación makhnovista
que fue recibida muy calurosamente por el soviet de Moscú.
Los bolcheviques llegaron a la región de la
makhnovstchina mucho más tarde que Denikin. Ya hacía tres meses que los
insurgentes makhnovistas le combatían; ya le habían
expulsado de su región y establecían su línea defensiva al este de Marioupol,
cuando la primera división bolchevique, con Dybenko a la cabeza 240, llegó a
Sinelnikovo.
Kakhno mismo, así como todo el movimiento
insurreccional revolucionario, eran en este momento aún desconocidos por los
bolcheviques. En la prensa comunista de Moscú y provincia, se había hablado
hasta entonces de Makhno como de un rebelde audaz y muy prometedor para el
futuro. Su lucha contra Skoropadsky, luego contra Petlioura y Denikin, le valió
la bienvenida de los jefes bolcheviques. Les parecía fuera de duda que los
destacamentos revolucionarios de los makhnovistas que habían combatido tantas
contrarrevoluciones diferentes en Ukrania, se fundirían con el Ejército Rojo.
Así, cantaban de antemano las alabanzas de Makhno, sin haberle conocido, y le
consagraban columnas enteras en sus periódicos.
El primer encuentro de los combatientes
bolcheviques con Makhno se produjo bajo los mismos auspicios de bienvenida y
loa, en marzo de 1919. Makhno fue inmediatamente invitado a unirse, con todos
sus destacamentos, al Ejército Rojo, con el fin de vencer a Denikin uniendo
todas las fuerzas. Las particularidades políticas e ideológicas de la
insurrección revolucionaria eran consideradas naturales, no pudiendo
obstaculizar la unión sobre la base de una causa común. Estas particularidades
debían ser inviolables.
Veremos luego cómo los guías de la makhnovstchina
se equivocaron esperando no hallar en los bolcheviques más
Hablaremos
de Dybenko más adelante. Makhno no era completamente un desconocido de los
bolcheviques, pues Lenin, como hemos visto, le había recibido en junio de 1918.
que adversarios de ideas. No habían contado con
toparse con estatistas y adeptos de la violencia autoritaria más acabada. Las
faltas cometidas, cuando no entrañan peligro, son útiles. Ellas sirvieron a los
makhnovistas de buena lección.
El ejército insurreccional se hizo parte
constituyente del
Ejército Rojo, con las siguientes condiciones:
El
ejército insurreccional mantiene su antiguo orden in-terior.
Recibe
comisarios políticos nombrados por la autoridad comunista.
No está
subordinado al mando rojo superior más que en lo concerniente a las operaciones
militares estrictamente dichas.
No puede
ser desplazado del frente de Denikin.
Obtiene
las municiones y el aprovisionamiento del mismo modo que el Ejército Rojo.
Mantiene
su nombre de Ejército Revolucionario Insurreccional, y sus banderas negras.
El ejército revolucionario makhnovista estaba
organizado según tres principios fundamentales: la voluntariedad, el principio
electivo y la autodisciplina.
El voluntariado significaba que el ejército no se
componía más que de combatientes revolucionarios que habían ido allí de buena
voluntad.
El principio electivo consistía en que los
comandantes de todas las partes del ejército, los miembros del estado mayor y
del consejo, así como todas las personas que ocupaban en el ejército puestos
importantes en general, debían ser
elegidos o aceptados por los revolucionarios de los
partidos respectivos o por el conjunto del ejército.
La autodisciplina significaba que todas las reglas
de la dis-ciplina del ejército estaban elaboradas por comisiones de
revolucionarios validadas luego por las reuniones generales de los partidos del
ejército, siendo rigurosamente observadas bajo la responsabilidad de cada
revolucionario y de cada comandante.
Todos estos principios fueron mantenidos por el
ejército makhnovista en su unión con el Ejército Rojo. Recibió, en principio,
el nombre de «tercera brigada», que luego fue cambiado por el de «primera
división revolucionaria insurreccional ukraniana». Más tarde, adoptó el nombre
definitivo de «Ejército Revolucionario Insurreccional de Ukrania
(makhnovista)».
¿«Contrarrevolucionario»?
Respuesta a Dybenko (comandante de las fuerzas
bolchevi-ques) en abril de 1919.
El «camarada» Dybenko241 declaró
contrarrevolucionario el congreso convocado en Goulai-Polé el 10 de abril de
1919, y puso fuera de la ley a sus organizadores, a los que, según él, las
medidas represivas más rigurosas debían ser aplicadas. Publicamos aquí
literalmente su telegrama:
Paul
Dybenko (1889-1938), hijo de campesino, marinero, bolchevique en 1906, uno de
los oradores favoritos de Kronstadt en el momento de la Revolución rusa, mandó
en Ukrania las primeras unidades rojas, probablemente ejecutado en 1938.
«De Novo-Alexéievka, núm. 283. Día 10, a las 22
horas, 45 minutos. Hacer seguir al camarada Batko Makhno, estado mayor de la
división Alexandrovosk. Copia Volnovakha, Marioupol; hacer seguir al camarada
Makhno. Copia al soviet de Goulai-Polé:
«Todo congreso convocado en nombre del estado mayor
revolucionario militar, disuelto por orden mía, es considerado manifiestamente
contrarrevolucionario y sus organizadores quedarán sometidos a las más
rigurosas medidas represivas hasta la proclamación de fuera de la ley. Ordeno
tomar medidas para que cosas semejantes no vuelvan a pasar nunca más.
Comandante de la división, Dybenko.»
Antes de declarar contrarrevolucionario al
congreso, el «camarada» Dybenko no se ha molestado siquiera en informarse en
nombre de qué y con qué objeto fue convocado este congreso por el estado mayor
revolucionario militar «disuelto» de Goulai-Polé, mientras que en realidad lo
fue por el comité ejecutivo del consejo revolucionario militar. Así, pues, este
último, habiendo convocado el congreso, no sabe si es el mismo considerado por
el «camarada» Dybenko como fuera de la ley.
Si es así, permitid que informemos a Vuestra
Excelencia por quién y con qué fin fue convocado este congreso (en vuestra
opinión, manifiestamente contrarrevolucionario), y entonces no os parecerá tan
espantoso como os lo representáis.
El congreso, como ha quedado dicho, fue convocado
por el comité ejecutivo del consejo revolucionario militar de la región de
Goulai-Polé mismo (como lugar situado en el centro). Fue designado como tercer
congreso regional de
Goulai-Polé. Fue convocado con el fin de determinar
la línea de conducta ulterior del consejo revolucionario militar (ya veis,
«camarada» Dybenko, que ha habido tres de estos congresos
«contrarrevolucionarios»). Pero surgió la cuestión de saber de dónde viene y
con qué fin se creó el consejo revolucionario militar regional mismo. Si no lo
sabéis aún, «camarada» Dybenko, vamos a enseñároslo.
El consejo revolucionario militar regional se formó
conforme a la resolución del segundo congreso habido en Goulai- Polé, el 12 de
febrero del año en curso (hace, pues, mucho tiempo, tanto que aún no estaba
usted ahí).
Se formó entonces el consejo para organizar a los
combatientes y para ejecutar la movilización voluntaria, pues la región estaba
rodeada de blancos, y los destacamentos insurreccionales compuestos por los
primeros voluntarios no bastaban ya para sostener un frente extenso. No había
en este momento tropas soviéticas en nuestra región; y además, la población no
esperaba demasiada ayuda, considerando la defensa de su región como su propio
deber. Con este fin se formó el consejo revolucionario militar de la región de
Goulai-Polé, el cual consejo se componía, según la resolución del segundo
congreso, por un delegado de cada distrito, con 32 miembros representando los
distritos de los gobiernos de Ekaterinoslav y de la Taurida.
Pero vamos a partir de más abajo para daros
explicaciones sobre el consejo revolucionario militar. La cuestión es: ¿de
dónde vino el segundo congreso regional? ¿Quién lo convocó? ¿Quién dio el
permiso? ¿Está fuera de la ley quien lo convocó, y, si no, entonces por qué? El
segundo congreso regional fue convocado en Goulai-Polé por un comité de
iniciativa compuesto por cinco personas elegidas
por el primer congreso. El segundo congreso tuvo lugar el 12 de febrero del año
en curso y, para nuestro gran asombro, las personas que lo convocaron no fueron
puestas fuera de la ley, pues aún no existían esos «héroes» que osarían atentar
contra los derechos del pueblo, conquistados por su propia sangre. Una nueva
cuestión se plantea, pues: ¿de dónde vino el primer congreso regional? ¿Quién
lo convocó? ¿Está fuera de la ley quien lo convocó, y si no por qué? «Camarada»
Dy-benko, es usted aún, a lo que parece, muy nuevo en el movi-miento
revolucionario de Ukrania, y hay que enseñaros aún estos comienzos. Vamos a
hacerlo; y, tras haber tomado conocimiento de ellos, acaso se corrija usted un
poco.
El primer congreso regional tuvo lugar el 23 de
enero del año en curso en el primer campo insurreccional, en la Gran
Mikhailova. Estaba compuesto por los delegados de los distritos situados cerca
del frente. Las tropas soviéticas estaban entonces lejos, muy lejos. La región
estaba separada del mundo entero; por un lado, por los denikinianos; por otro,
por los petliourianos; sólo los destacamentos insurreccionales, con Makhno y
Stchouss a la cabeza daban golpes a unos y otros. Los organizadores y las instituciones
sociales en las ciudades y pueblos no siempre llevaban los mismos nombres. En
tal ciudad era un «soviet», en tal otra una «regencia popular», en una tercera,
un «estado mayor revolucionario militar», en una cuarta, una «regencia
pro-vincial», etc., pero el espíritu era por doquier igualmente revolucionario.
Para consolidar el frente, así como para crear una cierta uniformidad de
organización y de acción en la región entera tuvo lugar el primer congreso.
Nadie lo había convocado, se produjo
espontáneamente, siguiendo el deseo y la aprobación de la población. En el
congreso, se propuso arrancar del ejército petliouriano a nuestros hermanos
movilizados por constricción. Al comienzo, una delegación compuesta por cinco
personas fue elegida, recibiendo la instrucción de pasar por el estado mayor de
Makhno y por otros donde hiciera falta, y penetrar hasta en el ejército del
directorio ukraniano (de Petlioura) para anunciar a nuestros hermanos
movilizados que se habían equivocado y que debían abandonar este ejército.
Además, se encargó a la delegación el convocar a su vuelta un segundo congreso
más amplio, con el fin de organizar a toda la región liberada de las bandas
contrarrevolucionarias y de crear un frente de defensa más poderoso.
Los delegados convocaron así, a su vuelta, este
segundo congreso regional, fuera de todo «partido», de todo «poder», de toda
«ley», pues usted, «camarada» Dybenko, y otros amantes y guardianes de la ley
como usted, estaban muy lejos; y como los guías heroicos del movimiento
insurreccional no aspiraban al poder sobre el pueblo que acababa de romper con
sus propias manos las cadenas de la esclavitud, el congreso no fue proclamado
contrarrevolucionario, y quienes lo convocaron no fueron declarados fuera de la
ley.
Volvamos al consejo regional. En el momento mismo
de la creación del consejo revolucionario militar de la región de Goulai-Polé,
el poder soviético apareció en la región. Conforme a la resolución votada en el
segundo congreso, el consejo regional no dejó los asuntos en suspenso con la
aparición de las autoridades soviéticas. Debía ejecutar las
instrucciones del consejo, sin desviarse. El
consejo no era un órgano de mando, sino ejecutivo. Continuó operando en la
medida de sus fuerzas, y persiguió su tarea en la obra revolucionaria. Poco a
poco, el poder soviético comenzó a poner obstáculos a la actividad del consejo;
los comisarios y otros altos funcionarios del gobierno de los soviets
comenzaron a considerar el consejo como una organización contrarrevolucionaria.
Entonces los miembros del consejo decidieron convocar el tercer congreso
regional para el 10 de abril en Goulai-Polé, para determinar la línea de
conducta ulterior del consejo, o bien para liquidarle, si el congreso lo
juzgaba necesario. Y el consejo se reunió.
No vinieron a él contrarrevolucionarios, sino los
primeros que habían alzado en Ukrania el estandarte de la revolución. Vinieron
para ayudar a coordinar la lucha general contra los opresores. Los
representantes de 72 circunscripciones de diferentes distritos y gobiernos, así
como varias unidades militares llegaron al congreso, y todos ellos creyeron
necesario el consejo revolucionario militar de la región de Goulai-Polé;
incluso completaron su comité ejecutivo y encargaron a este último el realizar
en la región una movilización voluntaria e igualitaria. El congreso quedó
asombrado por el telegrama del «camarada» Dybenko que declaraba a ese congreso
«contrarrevolucionario», siendo así que ésta había sido la primera región en
alzar el estandarte de la insurrección. Por esto, el congreso votó una viva
protesta contra este telegrama.
Tal es el cuadro que debería abriros los ojos,
«camarada» Dybenko. ¡Cambie de ideas! ¡Reflexione! ¿Sólo usted tiene todo el
derecho de declarar contrarrevolucionaria a toda una
población de un millón de trabajadores, la cual,
con sus manos callosas, ha echado abajo las cadenas de la esclavitud y
construido ahora su vida por sí misma y a su guisa?
¡No! Si es usted verdaderamente revolucionario,
debe apoyarla en su lucha contra los opresores y en su obra de construcción de
una nueva vida libre.
¿Puede haber leyes hechas por personas que se
autotitulan revolucionarias que puedan poner a todo un pueblo revolucionario
fuera de la ley? (Pues el comité ejecutivo del consejo representa a toda la
masa del pueblo.)
¿Está permitido, es razonable establecer leyes de
violencia para esclavizar a un pueblo que acaba de echar abajo a todos los
legistas y a todas las leyes?
¿Existe una ley gracias a la cual un revolucionario
esté en el derecho de aplicar los castigos más rigurosos a la masa
revolucionaria de la que se dice defensor, por el simple hecho de que la masa
en cuestión, sin esperar permiso, ha tomado los bienes que ese revolucionario
le había prometido, libertad e igualdad?
¿Puede callarse la masa de un pueblo revolucionario
cuando el revolucionario le arranca la libertad que acaba de conseguir?
¿Ordenan las leyes de la revolución fusilar a un
delegado por creer que debe ejercer el mandato a él conferido por la masa
revolucionaria que le ha elegido?
¿Qué intereses debe defender un revolucionario?
¿Los del partido, o los del pueblo que, con su sangre, pone en marcha a la
revolución?
El consejo revolucionario militar de la región de
Goulai-Polé se mantiene fuera de la dependencia y
la influencia de los partidos; no reconoce más que al pueblo que le ha elegido.
Su deber es realizar lo que le ha encomendado el
pueblo y no obstaculizar a ningún partido socialista de izquierdas el propagar
sus ideas. Por tanto, si un día la idea bolchevique tiene éxito entre los
trabajadores, el consejo revolucionario-militar, esa organización
manifiestamente contrarrevolucionaria desde el punto de vista de los
bolcheviques, será reemplazada por otra organización «más» revolucionaria y
bolchevique. Pero, mientras tanto, no tratéis de ahogarnos.
Si usted, «camarada» Dybenko, y sus semejantes,
continúa con la misma política, si la creéis buena y consciente, llevad
entonces hasta el fin vuestros sucios pequeños asuntos.
Poned fuera de la ley a todos los iniciadores de
los congresos regionales y a todos los que fueron convocados mientras que usted
y su partido estaban en Koursk.
Proclamad contrarrevolucionarios a todos los que
fueron los primeros en izar el estandarte de la revolución, de la insurrección
social en Ukrania y actuaron por todas partes sin esperar a vuestro permiso y
sin seguir a la letra vuestro programa, aunque estuvieron más a la izquierda.
Poned también fuera de la ley a todos los que enviaron sus delegados a los
congresos declarados por usted contrarrevolucionarios. Proclamad, en fin, fuera
de la ley a todos los combatientes desaparecidos que, sin vuestro permiso,
participaron en el movimiento insurreccional para la liberación de todo el
pueblo trabajador.
Proclamad siempre ilegales y contrarrevolucionarios
a todos los congresos reunidos sin vuestro permiso. Pero sabed bien que la
verdad acaba siempre por vencer a la fuerza.
El consejo no desaparecerá, pese a todas vuestras
amenazas, ni abandonará los deberes de los que se hizo cargo, pues no tiene
usted derecho ni hay derecho a usurpar los derechos del pueblo.
El consejo revolucionario militar de la región de
Goulai-Polé
(siguen las firmas).
Trotsky y la «Makhnovstchina»
(31 de mayo al 4 de junio del año 1919):
(Pese a todo el respeto que se debe a la memoria
del gran revolucionario que ha sido León Trotsky, el penoso episodio que sigue
no podría silenciarse dentro de su prestigiosa carrera política y militar. Sólo
la verdad es revolucionaria.)
La propaganda antimakhnovista de los bolcheviques
arreció.
Fue Trotsky, mientras tanto llegado a Ukrania,
quien dio el tono de esta campaña: el movimiento insurreccional no era, según
el, más que un movimiento de ricos terratenientes («kulaks») que buscaban
establecer su poder en la comarca.
Todos los discursos de los makhnovistas y de los
anarquistas sobre la comuna libertaria de los trabajadores no eran más que una
astucia de guerra, pero en realidad makhnovistas y anarquistas aspiraban a
establecer su propia autoridad anarquista, que a fin de cuentas sería la de los
ricos kulaks (periódico En Chemin, núm. 51, artículo de Trotsky «La
makhnovstchine»).
A la vez que esta campaña de agitación sabidamente
embustera, también la supervigilancia, o mejor el bloqueo, de la región
insurreccional, fue llevada al extremo. Sólo al precio de las mayores
dificultades, los obreros revolucionarios, llevados por sus simpatías, lograban
penetrar desde las regiones lejanas de Rusia, Moscú, Petrogrado,
Ivanovo-Voznessensk, Volga, Ural y Siberia hacía la región fiera e
independiente.
El avituallamiento de municiones, cartuchos y otro
material indispensable, gastado diariamente en el frente, cesó completamente
(...) y la situación devino catastrófica en un momento en que las tropas de
Denikin recibían un refuerzo considerable justamente en el sector en cuestión,
con la llegada de los cosacos de Kouban y de los destacamentos formados en el
Cáucaso.
¿Se daban cuenta los bolcheviques de lo que hacían
y de las consecuencias que su línea de conducta tendría para la situación ya
tan complicada en Ukrania?
Ciertamente, se daban perfecta cuenta de sus actos.
Adoptaron la táctica del bloqueo con el fin de destruir y aniquilar la potencia
militar de la región. Es muy fácil luchar contra adversarios desarmados. Sería
más fácil subordinar a los rebeldes sin municiones y frente al sólido frente de
Denikin, que a los mismos rebeldes con todo el
avituallamiento necesario.
Pero a la vez los bolcheviques no se daban cuenta
de la si-tuación general en toda la región del Donetz. No tenían ninguna noción
del frente y de las fuerzas de que disponía Denikin; ignoraban incluso sus
planes inmediatos. Y sin embargo, se habían reclutado contingentes
considerables de militares, bien instruidos y organizados, en el Cáucaso, en
las regiones del Don y del Kouban, en vista de una campaña general contra la
revolución.
La resistencia obstinada de antes, durante cuatro
meses, en la región de Goulai-Polé, había impedido a las tropas de Denikin
desarrollar seriamente su ofensiva hacia el norte, pues los rebeldes de
Goulai-Polé constituían un peligro permanente para su ala derecha.
(...) Los Blancos prepararon con mayor energía su
segunda campaña, que comenzó en el mes de mayo de 1919 con una enorme amplitud,
inesperada incluso por los makhnovistas. Los bolcheviques no sabían nada de
ella, o mejor no querían saber nada, preocupados como estaban por la lucha a
sostener contra la makhnovstchina.
De esta manera la región libre, y la Ukrania entera
con ella, estaban amenazadas por dos lados a la vez. Entonces, el consejo
revolucionario militar de Goulai-Polé, teniendo en cuenta la gravedad de la
situación, decidió convocar un congreso extraordinario de campesinos, obreros,
revolucionarios y soldados rojos de varias regiones, especialmente de los
gobiernos de Ekaterinoslav, Kharkov, Tauride, Kherson y Donetz. Este congreso
debía tomar conciencia de la situación general, visto el peligro mortal
representado por las tropas contrarrevolucionarias
de Deni-kin, y la ineptitud de las autoridades soviéticas para emprender nada
que lo evitara. El congreso debía determinar las tareas inmediatas y las
medidas prácticas a adoptar por los trabajadores en orden a remediar este
estado de cosas.
He aquí el texto del llamamiento realizado a este
efecto por el consejo revolucionario militar a los trabajadores de Ukrania:
Convocatoria del Cuarto Congreso extraordinario de
los de-legados de los campesinos, obreros y revolucionarios (Telegrama número
416):
A todos los comités ejecutivos de los distritos,
cantones, comunas y pueblos de los gobiernos de Ekaterinoslav, Tauride, y
regiones vecinas; a todas las unidades de la primera división insurreccional de
Ukrania, llamada del Padre Makhno; a todas las tropas del Ejército Rojo de las
mismas regiones. A todos, a todos, a todos.
En su sesión del 30 de mayo, el comité ejecutivo
del consejo revolucionario militar, habiendo examinado la situación del frente
determinado por la ofensiva de las bandas de los Blancos, y considerado la
situación general política y económica del poder soviético, se llegó a la
conclusión de que, solas, las masas trabajadoras, sin personas ni partidos,
podrían encontrar una salida. Por esto, el comité ejecutivo del consejo
revolucionario militar de la región de Goulai-Polé, ha decidido convocar un
congreso extraordinario para el 15 de junio en Goulai-Polé.
Modo de elección: 1. Los campesinos y obreros
elegirán un
delegado por cada 3.000 habitantes. 2. Los
revolucionarios y los soldados rojos delegarán un representante por unidad de
tropa (regimiento, división, etc.). 3. Estados mayores: el de la división del
Padre Mahkno, dos delegados; los de las brigadas, un delegado por brigada. 4.
Los comités ejecutivos de los distritos enviarán un delegado por fracción
(representación de partido). 5. Las organizaciones de los partidos en los
distritos —las que admiten los fundamentos del régimen «soviético»— enviarán un
delegado por organización.
Notas: a) Las elecciones de los delegados de los
obreros y campesinos trabajadores tendrán lugar en las asambleas generales de
pueblo, distrito, fábrica o industria; las asambleas separadas de miembros de
los soviets o de los comités de estas unidades no podrán proceder a estas
elecciones; c) como el suceso revolucionario militar no dispone del número
necesario, los delegados, deberán ser provistos de víveres y de dinero en su
sitio respectivo.
Orden del día: a) informe del comité ejecutivo del
consejo Revolucionario militar e informes de los delegados; b) la actualidad;
c) el fin, el papel y las tareas del soviet de los delegados de campesinos,
obreros, Revolucionarios y soldados rojos de la región Goulai-Polé; d)
reorganización del consejo revolucionario militar de la región; e) disposición
militar de la región; f) cuestiones de avituallamiento; g) cuestión agraria; h)
cuestiones financieras; i) uniones de campesinos trabajadores y de obreros; j)
cuestiones de seguridad pública; k) cuestiones del ejercicio de la justicia en
la región; l) asuntos en curso.
Firmado: El comité ejecutivo del consejo
revolucionario militar.
En Goulai-Polé, el 31 de mayo de 1919.
Tan pronto como se lanzó este llamamiento, los
bolcheviques comenzaron una campaña militar en regla (...). Mientras que los
grupos de rebeldes marchaban hacia la muerte resistiendo al asalto furioso de
los cosacos de Denikin, los bolcheviques, a la cabeza de varios regimientos,
irrumpieron en los pueblos de la región insurgente por el lado norte, es decir,
por la espalda. Allí, si apresaban militantes, les ejecutaban sobre la marcha,
destruían las comunas establecidas en la región, o las organizaciones aná-logas.
Está fuera de duda que la orden decisiva de esta invasión la dio Trotsky
llegado mientras tanto a Ukrania.
Con una desenvoltura sin límites, Trotsky se
dispuso a «li-quidar» el movimiento makhnovista.
De entrada, publicó la orden siguiente, en
respuesta a la nota del consejo revolucionario militar de Goulai-Polé:
Orden número 1824 del consejo revolucionario
militar de la República, 4 de junio de 1919, Kharkov:
A todos los comisarios militares y a todos los
comités ejecutivos de los distritos de Alexandrovsk, de Marioupol, Berdiansk,
Bakhmout, Pavlograd y Kherson.
El comité ejecutivo de Goulai-Polé, de acuerdo con
el estado mayor de la brigada de Makhno, trata de convocar para el quince del
presente mes un congreso de soviets y de insurgentes de los distritos de
Alexandrovsk, de Marioupol, Berdiansk, Melitopol, Bakhmout y Pavlogrand.
Semejante
congreso va enteramente contra el poder de los
soviets de Ukrania y contra la organización del frente sur al que pertenece la
brigada de Makhno. Tal congreso no tendría otro resultado que (...) dejar el
frente a los Blancos, ante los que la brigada de Makhno no hace más que recular
sin parar, gracias a la incapacidad, a las tendencias criminales y a la
traición de sus jefes.
Se
prohíbe tal congreso, que no se celebrará en ningún
caso.
Toda la
población campesina y obrera deberá estar pre-venida oralmente y por escrito de
que la participación en tal congreso será considerada como un acto de alta
traición a la república de los soviets y del frente.
Todos los
delegados de dicho congreso deberán ser inexcusablemente arrestados y
trasladados ante el tribunal militar revolucionario del 14 (antiguamente
segundo) ejército de Ukrania.
Las
personas que expandan los llamamientos de Makhno y del comité ejecutivo de
Goulai-Polé deberá ser arrestadas.
La
presente orden adquiere fuerza de ley por vía telegráfica y debe ser
abundantemente divulgada por todos los lados, fijada a todos los lugares
públicos y dada a los representantes de los comités ejecutivos de los cantones
y pueblos, así como a todos los representantes de las autoridades soviéticas, a
los comandantes y comisarios de las unidades de tropas.
El presidente del consejo revolucionario militar de
la Repú-blica: Trotsky.
(Siguen otras firmas.)
Sin pararse a estudiar la cuestión con alguna
atención, y retomando la versión habitual, Trotsky consideró a Makhno como el
autor responsable de cuanto ocurría en Goulai-Polé, de todas las disposiciones
revolucionarias de la región. Incluso había olvidado observar que el congreso
no estaba convocado por el estado mayor de la brigada de Makhno, ni siquiera
por el comité ejecutivo de Goulai- Polé, sino por un órgano perfectamente
independiente de los dos: por el consejo revolucionario militar de la región.
Hecho significativo: en su orden número 1824,
Trotsky insi-núa ya la traición de los jefes makhnovistas que, dice, «reculan
sin cesar ante los Blancos». Algunos días después, el y toda la prensa
comunista encarecerán la pretendida abertura del frente a las tropas de
Denikin.
(...) Este frente se había formado exclusivamente
gracias a los esfuerzos y sacrificios de los campesinos rebeldes mismos. Había
nacido en un momento particularmente heroico de su epopeya, en el instante en
que la comarca estaba liberada de toda especie de autoridades. Se instaló en el
sudeste, como centinela vigilante, defensor de la libertad conquistada. Durante
más de seis meses, los rebeldes revolucionarios habían opuesto de este lado una
barrera a una de las corrientes más vigorosas de la contrarrevolución
monárquica; habían sacrificado a varios miles de millares de entre ellos,
impulsado todas las fuentes de la región, y se preparaban a defender a ultranza
su libertad, resistiendo a la
contrarrevolución que preparaba a su vez una
ofensiva general.
La orden de Trotsky que acabamos de citar no fue
comunicada por las autoridades soviéticas al estado mayor de los makhnovistas
que sólo la conoció, fortuitamente, dos o tres días más tarde. Makhno respondió
sobre la marcha por vía telegráfica, declarando que quería abandonar su puesto
de mando, vista la situación creada, incapaz e imposible. Lamentamos no
disponer del texto de este telegrama.
Como dijimos, la orden de Trotsky adquirió fuerza
de ley por vía telegráfica. Los bolcheviques se pusieron a ejecutar manu
militari todos sus puntos. Las asambleas de obreros de las fábricas de
Alexandrovsk, sede del llamamiento lanzado por el consejo revolucionario
militar de la región de Goulai-Polé fueron dispersados por la fuerza, y
prohibidas so pena de muerte. En cuanto a los campesinos, se les amenazó
simplemente con pasarles por las armas y ahorcarles. En diferentes lugares de
la región, varias personas, Kostin, Polounin, Dobroluboff, etc., fueron
apresadas, inculpadas de haber dado a conocer el llamamiento del consejo, y
ejecutadas sin más.
Además de la orden número 1824, Trotsky publicó
otras varias órdenes dirigidas a las unidades del Ejército Rojo, animando a
este último a destruir la makhnovstchina en sus mismas fuentes. Además, dio
órdenes secretas invitando a apoderarse a cualquier precio de Makhno, a
miembros del estado mayo, así como a simples militantes que se ocupaban del
lado cultural del movimiento, para formarles a todos consejo de guerra, es
decir, para ejecutarles.
Makhno ofrece desaparecer
(6 al 9 de junio de 1919)
Makhno hizo saber al estado mayor y al consejo que
los bolcheviques habían desguarnecido el frente en la sección de Grichino y que
así ofrecían ellos a las tropas de Denikin el acceso libre a la región de
Goulai-Polé por el flanco del lado noreste. Y, en efecto, las hordas de cosacos
hicieron irrupción en la región, no del lado del frente insurreccional, sino
desde la izquierda, donde estaban dispuestas las fuerzas del Ejército Rojo. En
consecuencia, el ejército makhnovista que defendía el frente Mariou-poul-Koutéinikovo-Taganrog
se encontró envuelto por las tropas de Denikin. Estas últimas invadieron con
fuerzas enormes el corazón mismo de la región.
(...) Los campesinos de toda la comarca se
esperaban tanto un ataque general de Denikin, que estaban preparados y habían
resuelto frenarle con una leva de tropas voluntarias. Desde el mes de abril,
los campesinos de muchos pueblos habían enviado a Goulai-Polé muchos
combatientes de refresco. Pero faltaban armas y municiones. Las mismas antiguas
unidades del frente carecían de municiones y emprendían frecuentemente ataques
contra los Blancos con el único fin de arrebatárselas. Los bolcheviques, que en
virtud del acuerdo concluido se habían comprometido a proporcionar a los
insurgentes el avituallamiento necesario,
comenzaron desde el mes de abril su obra de
sabotaje y bloqueo. Por ello fue imposible formar a tiempo nuevas tro-pas pese
a la llegada de voluntarios, y los resultados se hacían ya sentir.
En una sola jornada, los campesinos de Goulai-Polé
formaron un régimen para tratar de salvar su pueblo. A este fin, hubieron de
armarse con utensilios primitivos: hachas, picos, viejas carabinas, fusiles de
caza, etc. Se pusieron en marcha, a la búsqueda de cosacos, tratando de frenar
su marcha. A 15 kilómetros aproximadamente de Goulai- Polé, cerca de la villa
de Sviatodoukhovka, tropezaron con importantes fuerzas de cosacos del Don y de
Kouban. Sostuvieron con ellos una lucha encarnizada, heroica y mártir, en el
curso de la cual sucumbieron casi todos, con su comandante B. Veretelnikoff,
obrero de las industrias Poutiloff 242 de Petrogrado, originario de
Goulai-Polé. Entonces una verdadera avalancha de cosacos cayó sobre Goulai-
Polé y la ocupó el 6 de junio de 1919. Makhno, con el estado mayor del ejército
y un destacamento de una sola batería, reculó hasta la estación de Goulai-Polé,
a unos siete kilómetros de esta ciudad, pero hacia la tarde se vio obligado
igualmente a abandonar la estación. Habiendo organizado todas las fuerzas de
que podía aún disponer, Makhno logró al día siguiente emprender una ofensiva
sobre Goulai-Polé llegando a desalojar al enemigo. Pero sólo fue dueño de la
ciudad poco tiempo: una nueva ola de cosacos le obligó a abandonar de nuevo.
Hay que señalar que los bolcheviques, aunque ya
habían
Las
mayores industrias metalúrgicas de Petrogrado (hoy Lenin- grado) de esta época.
dado varias órdenes dirigidas contra los
makhnovistas, continuaron, durante los primeros días, poniendo buena cara como
si de nada se tratara. Era una maniobra para tomar las riendas del movimiento.
El 7 de junio enviaron a Makhno un tren blindado, recomendándole resistir hasta
el fin y prometiéndole hacer llegar otros refuerzos. Efectivamente, algunos
destacamentos del Ejército Rojo vinieron dos días después del lado de
Tchaplino, en la estación de Gaitchour, distante una veintena de kilómetros de
Goulai-Polé; con ellos llegaron el comisario de los ejércitos Mejlaouk,
Vorochiloff, y otros.
Se estableció un contacto entre los mandos del
Ejército Rojo y los rebeldes; una especie de estado mayor común a los dos
campos fue creado. Mejlaouk y Vorochiloff se encontraron con Makhno en el mismo
tren blindado, y dirigieron conjuntamente las operaciones militares.
Pero, a la vez, Vorochiloff tenía en la mano una
orden firmada por Trotsky donde le ordenaba apresar a Makhno y a todos los
demás jefes responsables de la makhnovtschina, desarmar a las tropas de los
insurgentes, y fusilar sin miramientos a quienes intentaran alguna resistencia.
Vorochiloff sólo esperaba el momento propicio para cumplir su misión. Makhno
fue advertido a tiempo, y comprendió lo que tenía que hacer. Comprendió la
situación que se avecinaba, vio que sangrantes acontecimientos podían ocurrir
de un día para otro, y buscó una salida satisfactoria. Lo declaró al estado
mayor de los ejércitos insurgentes, añadiendo que su trabajo en filas en
calidad de simple militante sería más útil por el momento. Así lo hizo. Sometió
al mando superior soviético una declaración
motivada escrita. Hela aquí:
Estado mayor del catorce ejército,
Vorochiloff.—Kharkov, presidente del consejo revolucionario militar,
Trotsky.—Moscú, Lenin, Kameneff:
A continuación de la orden número 1284 del consejo
revolucionario militar de la República, expedí al estado mayor del segundo
ejército y a Trotsky un despacho con la súplica de que se me relevase del
puesto que actualmente ocupo. En el presente reitero mi declaración, y he aquí
las razones que creo la apoyan. Pese a que he hecho la guerra con los
insurgentes, solamente contra los bandos Blancos de Denikin, no predicando al
pueblo más que el amor de la libertad y de la autoacción, toda la prensa
soviética oficial, así como la del partido de los comunistas bolcheviques
escribe sobre mí cosas indignas de un revolucionario. (... ) En un artículo
titulado «La makhnovtschina» (periódico En Chemin, número 51), Trotsky plantea
la cuestión «¿Contra quién se levantan los insurgentes makhnovistas?» Y a lo
largo de su artículo trata de demostrar que la makhnovtschina no sería otra
cosa que un frente de batalla contra el poder de los soviets. No dice ni
palabra del frente efectivo contra los Blancos, con una extensión de más de 100
verstas (algo más de 100 kilómetros) donde los insurgentes han padecido desde
hace seis meses, y aún padecen hoy, pérdidas innumerables. La orden número 1824
declara que soy un conspirador contra la república de los soviets (...).
Considero un derecho inviolable de los obreros y
campesinos, derecho conquistado por la revolución, que ellos mismos convoquen
congresos para debatir y decidir sus
asuntos privados o generales. Por ello, la
prohibición hecha por la autoridad central de convocar tales congresos, la
declaración que les proclama ilícitos (orden número 1824) es una violación
directa, insolente, de los derechos de las masas trabajadoras.
Me doy perfectamente cuenta de la actitud de las
autoridades centrales hacia mí. Estoy absolutamente convencido de que estas
autoridades consideran el movimiento insurreccional en su conjunto como algo
incompatible con su actividad estatal. A la vez, las autoridades centrales
creen que este movimiento está estrechamente ligado a mi persona y me honran
con todo su resentimiento y todo su odio hacia el movimiento insurreccional.
Nada lo demostraría mejor que el artículo mencionado de Trotsky, donde, echando
por delante calumnias y mentiras, da muestra de una animosidad dirigida contra
mis personalmente.
Esta actitud hostil, y que actualmente es incluso
agresiva, de las autoridades centrales contra el movimiento insurreccional
lleva ineluctablemente a la creación de un frente interior particular, a ambos
lados del cual se hallarán las masas trabajadoras que tienen fe en la
revolución. Considero esta eventualidad como un inmenso crimen, imperdonable,
respecto al pueblo trabajador, y creo mi deber hacer todo lo que pueda por
evitarlo. El medio más seguro para evitar que las autoridades no cometan este
crimen consiste, en mi opinión, en que yo abandone el pues-to que ocupo.
Supongo que, una vez hecho esto, las autoridades
centrales cesarán de suponer que yo, así como los
insurgentes revolucionarios, colaboro en
conspiraciones antisoviéticas, y que esas autoridades acabarán por considerar
la insurrección de Ukrania desde un punto de vista revolucionario serio, como
una manifestación viviente y activa de la revolución social, de las masas, y no
como un clan hostil con el que se han tenido hasta el presente relaciones
ambiguas y llenas de desconfianza, mercadeando cada objeto de munición, y a
veces incluso saboteando sim-plemente el avituallamiento, por culpa de lo cual
los insurgentes hubieron de padecer a veces pérdidas innumerables en hombres y
en territorio ganado a la revolución, lo que hubiera podido ser evitado
fácilmente si las autoridades centrales hubiesen adoptado otra táctica. Pido
que se haga entrega de mis informes y de mis cosas.
Estación de Gaitchour, 9 de junio de 1919. Firmado,
Padre Makhno.
Congreso regional de campesinos y obreros (20 de
octubre de 1919)
Un congreso regional de campesinos y de obreros
tuvo lugar en Alexandrovsk el 20 de octubre de 1919. Más de 200 delegados
participaron en el, de los cuales 180 eran campesinos, y dos o tres docenas
obreras. El congreso deliberó tanto sobre cuestiones de orden militar (lucha
contra Denikin, aumento del ejército insurreccional y de su avituallamiento),
como sobre otras que afectaban a la vida civil.
Los trabajos del congreso duraron casi una semana y
estu-vieron marcados por un impulso extraordinario entre quienes participaron
en el. El ambiente mismo del congreso contribuyó a esto fuertemente.
Primeramente la vuelta del ejército makhnovista victorioso a su región natal
era un acontecimiento de la mayor importancia para la población campesina,
donde cada familia tenía uno o dos miembros entre los insurgentes.
Pero lo que era aún más significativo era que el
congreso se había reunido bajo los auspicios de una libertad verdadera y
absoluta; ninguna influencia de arriba se hacía sentir en el. Y, para completar
todo, el congreso tenía un colaborador excelente en la persona de Volin, que
traducía, para gran asombro de los campesinos, el fondo mismo de sus
pensamientos y de sus voces. La idea de soviets libres, trabajando de acuerdo
con los deseos de la población laboriosa; las relaciones entre campesinos y
obreros de los pueblos, basadas sobre el cambio mutuo de productos de su
trabajo; la idea de una organización igualitaria y libertaria de la vida, todas
estas tesis que Volin desarrollaba en sus informes, representaban las ideas
mismas de la población campesina, que no concebía la revolución y el trabajo
crea - tivo revolucionario más que en este sentido y en esta forma.
Durante la primera jornada de los debates, los
representantes de los partidos políticos trataron de meter un espíritu de
discordia pero pronto fueron desaprobados por la asamblea del congreso y los
trabajos de ésta se desarrollaron con una unanimidad perfecta.
(...) El espíritu de libertad verdadera, tan raro,
estaba pre-sente en la sala. Cada cual veía ante sí, sentía una obra
grande en verdad, a la que valía la pena consagrar
todas las fuerzas y morir por ella. Los campesinos, entre quienes había muchos
adultos y hasta viejos, decían que era el primer congreso donde se sentían no
sólo perfectamente libres, sino incluso hermanos, lo que no olvidarían nunca.
Y, en efecto, es poco probable que quien haya participado en este congreso
pueda nunca olvidarle.
MANIFIESTO DEL EJERCITO INSURGENTE DE UKRANIA
(primero de enero de 1920)
¡A todos los campesinos y obreros de Ukrania! ¡A
transmitir por telegrama, por teléfono, o por correo ambulante, a todos los
pueblos de Ukrania! ¡Para leer en las reuniones de campesinos, en las fábricas
y en las empresas!
¡Hermanos trabajadores!
El ejército insurreccional de Ukrania fue creado
para alzarse contra la opresión de los obreros y campesinos por la burguesía y
por la dictadura bolchevique-comunista. Se ha puesto como meta la lucha por la
liberación total de los trabajadores ukranianos del yugo de tal o cual otra
tiranía y por la creación de una verdadera constitución socialista entre
nosotros. El ejército insurreccional de revolucionarios makhnovitsi ha
combatido con fervor en numerosos frentes para alcanzar este fin. Termina
actualmente y victoriosamente la lucha contra el ejército de Denikin, liberando
una región tras otra allí donde existía la tiranía y la
opresión.
Muchos trabajadores campesinos se han planteado qué
hacer, qué se puede y qué debe hacerse, cómo comportarse frente a las leyes del
poder y de sus organizadores, etc.
A estas cuestiones, la Unión ukraniana de
trabajadores y campesinos responderá más adelante, pues debe reunirse muy
pronto y convocar a todos los campesinos y obreros. Dándose cuenta de que no se
conoce la fecha precisa de esta asamblea de campesinos y obreros ni dónde
tendrán la posibilidad de reunirse para discutir y resolver los problemas más
importantes, el ejército de makhnovitsi considera útil publicar el manifiesto
siguiente:
Quedan
anuladas todas las disposiciones del gobierno Denikin (...). Quedan anuladas
también las disposiciones del gobierno comunista que se oponen a los intereses
de campesinos y obreros. Los trabajadores deberán resolver por sí mismos la
cuestión sobre cuáles son las disposiciones del gobierno comunista nefastas
para los intereses de los trabajadores.
Todas las
tierras pertenecientes a los monasterios, a los grandes propietarios y otros
enemigos, pasan a manos de los campesinos que viven sólo del trabajo de sus
brazos. Esta transferencia debe ser definida en reuniones y por discusiones de
campesinos. Los campesinos deberán tener en cuenta no sólo sus intereses
personales, sino también los comunes del pueblo trabajador, oprimido bajo el
yugo de los explotadores.
Las fábricas,
empresas, minas de
carbón y otros
medios de producción son propiedad de la clase
obrera entera, que asume la posibilidad de su dirección y administración, e
incita y desarrolla con su experiencia el avance, tratando de reunir a toda la
población del país en una sola organización.
Todos los
campesinos y obreros quedan invitados a constituir consejos libres de
campesinos y obreros. Serán elegidos solamente en estos consejos los obreros y
campesinos que participen activamente en una rama útil de la economía popular.
Los representantes de las organizaciones políticas no podrán participar en los
consejos obreros y campesinos, porque ello podría ir contra los intereses de
los trabajadores mismos.
No se
admite la existencia de organizaciones tiránicas, militarizadas, que van contra
el espíritu de los trabajadores libres:
La
libertad de palabra, prensa y reunión es el derecho de todo trabajador, y
cualquier manifestación contraria a esta libertad representa un acto
contrarrevolucionario.
Quedan
anuladas las organizaciones de la policía; en su lugar se organizarán
formaciones de autodefensa que pueden ser creadas por obreros y campesinos.
Los
consejos obreros y campesinos representan la autodefensa de los trabajadores;
cada uno de ellos debe, pues, luchar contra cualquier manifestación de la
burguesía y de los militares. Es necesario combatir los actos de bandidismo,
fusilar en el acto a los bandidos y contrarrevolucionarios.
Han de
aceptarse por igual la moneda soviética y la
ukraniana: se castigarán todas las contravenciones
de esta orden.
Es libre
el intercambio de los productos del trabajo o del comercio de lujo, siempre que
no esté administrado por organizaciones campesinas y obreras. Se propone que
tal cambio se haga entre todos los trabajadores.
Todas las
personas que se opongan a la difusión de
este manifiesto serán consideradas como
contrarrevolucionarias.
Los consejos revolucionarios del ejército ukraniano
(makh-novitsi), primero de enero de 1920.
PROGRAMA-MANIFIESTO
(ABRIL DE 1920) 243
Quiénes
son los «makhnovitsi» y cuál es la causa por la que luchan:
Los makhnovitsi son campesinos y obreros alzadas
tras 1918 frente a la brutalidad del poder burgués, alemán, húngaro, austríaco,
y contra el del atamán de Ukrania.
Los makhnovitsi son trabajadores que han blandido
la bandera de la lucha contra Denikin y contra toda forma de opresión, de
violencia y de mentira, venga de donde viniera.
Los makhnovitsi son esos mismos trabajadores, que
con el
Editado
por la sección cultural y educativa del ejército insurreccional makhnovista.
trabajo de toda su vida han enriquecido y engordado
a la burguesía en general y hoy a los soviets en particular.
Por qué
se les llama makhnovitsi:
Porque durante las jornadas más penosas y graves de
la reacción en Ukrania, tuvimos en nuestras filas al infatigable amigo y
condottiere 244 Makhno, cuya voz se dejó oír en toda Ukrania protestando contra
toda violencia ejercida contra los trabajadores, llamando a todos a la lucha
contra los opresores, ladrones, usurpadores y charlatanes políticos que engañan
a los trabajadores. Esta voz resuena aún hoy entre nosotros, en nuestras filas,
no deja de llamar a la lucha por la meta final: la liberación y la emancipación
de los trabajadores de cualquier opresión.
Cómo
obtener esta liberación:
Echando abajo al gobierno de coalición monárquica,
republicana y socialdemócrata, comunista y bolchevique. En su lugar deben
elegirse por elecciones libres consejos de trabajadores, que no serán un
gobierno con leyes escritas y arbitrarias, pues el sistema soviético (frente al
de los socialdemócratas y comunistas bolcheviques que se definen hoy como
autoridades soviéticas) no es autoritario. Es la más pura forma de socialismo
antiautoritario y antiestatal que se expresa por una libre organización de la vida
social de los trabajadores, independiente de las autoridades, una vida donde
cada trabajador, aislado o asociado, podrá con toda independencia construir su
propia felicidad y su propio bienestar integral, según los principios de la
solidaridad, la amistad y la igualdad.
Se decía,
en Italia, de un jefe de partisanos.
Cómo
interpretan los «makhnovitsi» el régimen soviético:
Los trabajadores mismos deben elegir sus propios
consejos (soviets) que ejecutarán las voluntades y órdenes de estos mismos
trabajadores; serán, pues, consejos ejecutivos y no de autoridad. La tierra,
las fábricas, las empresas, las minas, los transportes, etc., las riquezas del
pueblo deben pertenecer a los trabajadores que trabajan, deben, pues, ser
socializadas.
Cuáles
son loé caminos que llevan al fin de los «makh-novitsi»:
Una lucha revolucionaria consecuente e implacable
contra todas las mentiras, contra la arbitrariedad y la violencia, viniere de
donde viniere, una lucha a muerte; la libre palabra, acciones justas, una lucha
con las armas en la mano.
Sólo suprimiendo todo gobierno, todo representante
de la autoridad, destruyendo en su base cualquier mentira política, económica y
estatal, destruyendo el Estado por una revolución social, podrá darse un
verdadero sistema de soviets de obreros y campesinos, y avanzar hacia el
socialismo.
ANARQUISMO Y «MAKHNOVISTCHINA» 245
Extraído
de La vía hacia la libertad (órgano makhnovista).
El ejército makhnovista no es un ejército
anarquista, no está formado por anarquistas. El ideal anarquista de felicidad e
igualdad general no puede lograrse mediante un ejército, aunque estuviese
formado exclusivamente por anarquistas. El ejército revolucionario, en el mejor
de los casos, podría servir para la destrucción del viejo régimen aborrecido,
pero sería completamente impotente y hasta nefasto para el trabajo
constructivo, para la edificación y creación, por estar basado todo ejército
sobre la fuerza y la compulsión. Para que la sociedad anarquista resulte
posible, es preciso que los obreros mismos, en fábricas y empresas, los
campesinos mismos, en sus campos y pueblos, se den a la construcción de la
sociedad antiautoritaria, no esperando de ninguna parte decretos-leyes.
Ni los ejércitos anarquistas, ni los héroes
aislados, ni los grupos, ni la Confederación anarquista, crearán una vida libre
para los obreros y campesinos. Sólo los trabajadores mismos, por esfuerzos
conscientes, podrán construir su bienestar, sin Estados ni señores.
LLAMADA DE LOS «MAKHNOVITSI» A SUS HERMANOS DEL
EJERCITO ROJO
¡Detente! ¡Lee! ¡Medita!
¡Camarada del Ejército Rojo!
Has sido enviado por tus comisarios-comandantes
para combatir a los insurgentes y revolucionarios makhnovitsi.
Por orden de tu mando, llevarás la ruina a campos
pacíficos, harás de inquisidor, detendrás, asesinarás a gentes que te son
personalmente desconocidas, pero que te han sido marcadas como enemigos del
pueblo. Se te dirá que los makhnovitsi son bandidos o contrarrevolucionarios.
Se te ordenará, sin preguntarse, se te hará marchar como un humilde esclavo de
tu mando. ¡Detendrás y matarás! ¿A quién? ¿Por qué? ¿Para qué?
¡Reflexiona, camarada del Ejército Rojo!
¡Reflexionad, trabajadores, campesinos y obreros sometidos forzosamente a los
nuevos señores que llevan el nombre sonoro de «poder campesino-obrero»!
¡Nosotros somos los insurgentes revolucionarios
makhnovitsi, los mismos campesinos y obreros que vosotros, hermanos del
Ejército Rojo!
Nos hemos alzado contra la opresión y el
envilecimiento; luchamos por una vida mejor y más luminosa. Nuestro ideal es
llegar a una comunidad de trabajadores sin autoridad, sin parásitos y sin
comisarios.
Nuestra meta inmediata es establecer un régimen
libre so-viético, sin la autoridad de los bolcheviques, sin la presión de
ningún partido.
El gobierno de los bolcheviques-comunistas os envía
para hacer expediciones punitivas. Se apresura a hacer la paz con Denikin y con
los ricos poloneses y otros canallas del ejército blanco, para poder así
machacar más fácilmente al movimiento popular de los insurgentes
revolucionarios, los oprimidos, rebelados contra el yugo de un poder,
cualquiera que fuere.
¡Pero las amenazas del mando blanco y rojo no nos
dan miedo! ¡A la violencia responderemos con la violencia!
Si fuera preciso, nosotros, un puñado de hombres,
pondremos en fuga a las divisiones del Ejército Rojo gubernamental. ¡Porque
somos libres y amantes de la libertad! Somos revolucionarios insurgentes, y la
causa que defendemos es una causa justa.
¡Camarada! Reflexiona con quién estás y contra
quién com-bates.
¡No seas esclavo, sé un hombre!
Los insurgentes revolucionarios makhnovitsi.
KRONSTADT
(1921)
La autogestión de la ciudad de Kronstadt es
aplastada por el Ejército Rojo capitaneado por Trotski
La revolución de Kronstadt merece su lugar, un
extenso lu-gar, en una antología del anarquismo. Aunque espontánea, no fue
específicamente libertaria, y los anarquistas no tuvieron en ella, por decirlo
así, un papel mayor. Ida Metí, que ha escrito un libro sobre La Révolte de
Cronstadt (1938, nueva edición en 1948), reconoce que la influencia anarquista
no se ejerció allí «más que en la medida en que el anarquismo también propagaba
la idea de una democracia
obrera». Sin embargo, el Comité revolucionario de
Konstadt había invitado a dos anarquistas a tomar un lugar entre ellos: E.
Yartchouk, que después escribió un Cronstadt, y Voline, que en La revolución
desconocida consagró largas páginas a Kronstadt, «primera tentativa popular
enteramente independiente de revolución social (...) hecha directamente por las
clases laboriosas mismas». Pero ni Yartchouk ni Volin pudieron responder a la
invitación del comité revolucionario de Kronstadt, porque en ese momento estaban
en las cárceles bolcheviques.
Vamos a reproducir tal cual, en su desnudez brutal,
las im-precaciones de los insurgentes, marinos y obreros. Nuestro objeto no es
atacar con ellas a Lenin y Trotsky, ni poner en nuestra boca contra estos
últimos injurias y sarcasmos. La cólera hacía que el lenguaje de la
insurrección fuese excesivo e injusto en parte. Los errores acumulados por el
poder bolchevique entre 1918 y 1921, cuya exacerbación debía ser Kronstadt, no
quitan nada a la convicción ni al genio revolucionario de los autores de la revolución
de Octubre. Pero ¿cómo esos marinos y trabajadores que habían de morir bajo las
balas de los alumnos - oficiales rojos y de los soldados mongoles, tras haber
sido en la base los artífices del levantamiento de masas de 1917, cómo hubieran
podido poseer la objetividad de la historia y hacer la loa de sus verdugos?
La represión de la revuelta de Kronstadt no ha
sido, contra la posible opinión que sugiere la lectura de los diarios Izvestia
de la insurrección, el fruto de una perversión de un engranaje fatal en que se
aliaban implacables contingencias objetivas: guerra civil, desorganización de
la economía, hambre, y
terribles errores subjetivos, duración de un
régimen autocrático que se aislaba cada vez más de las fuerzas populares que le
habían llevado al porvenir.
Así comprendida, la lección de Kronstadt aparece
como una llamada al orden y una premonición a todos los revolucionarios que
desde lo alto no entienden y que, en nombre del proletariado, acabarán, trágica
paradoja, por volver sus armas contra ese proletariado.
Encuentro con Trotsky (Marzo de 1971)
por Emma Goldmann 246
(...) Tras algún tiempo supe que (...) León Trotsky
estaba en Nueva York (...). Nunca le había visto aún, pero yo estaba en la
ciudad cuando se anunció un mitin de adiós en que debía hablar antes de partir
para Rusia 247. Asistí al mitin. Tras algunos oradores muy tediosos, se
presentó a Trotsky. De estatura mediana, pómulos salientes, cabello rojo y
barba rala, fue vivaz. Su discurso, pronunciado primero en ruso y luego en
alemán, era poderoso, electrizante. Yo no estaba de acuerdo con su posición
política, el era menchevique (socialdemócrata), y como tal muy lejos de
nosotros. Pero brillante era su análisis de las causas de la guerra, aplastante
su denuncia de la ineficacia del gobierno provisional de
Extractos
de Emma Goldman, Living my lije, 1934.
Trotsky,
con su familia, embarcó en Nueva York hacia Rusia el 27 de marzo de 1917.
Rusia, y luminosa su presentación de las
condiciones en que se desarrollaría la revolución. Terminó su discurso de dos
horas haciendo un elocuente homenaje a las masas obreras de su país. El
entusiasmo del público estaba en el límite, y Sacha (Alexandre Berkman) y yo
nos unimos con alegría a la ovación que saludó al orador. Participamos con todo
nuestro corazón en su fe profunda en el porvenir de Rusia.
Tras el mitin, encontramos a Trotsky para decirle
adiós. Ha-bía oído hablar de nosotros, y nos pregunto cuándo pensábamos ir a
Rusia para ayudar a la reconstrucción: «Nos encontraremos ciertamente allá
abajo», dijo.
Discutí con Sacha esta vertiente imprevista de los
aconteci-mientos que hacía que nos sintiésemos más cerca de Trotsky, el
menchevique, que de Pedro Kropotkin, nuestro camarada, nuestro maestro y
nuestro amigo. La guerra creó extraños casos de compañía, y nos preguntábamos
si seguiríamos sintiendo lo misma cercanía por Trotsky cuando estuviésemos en
Rusia (...).
RECUERDOS DE KRONSTADT
POR EMMA GOLDMANN 248
(Emma Goldman fue la gran anarquista americana de
origen ruso. Deportada de los Estados Unidos a Rusia en 1919, se encontró en
Petrogrado en el momento mismo en
Extraído
de allí mismo.
que los bolcheviques decidieron reprimir el
levantamiento de Kronstadt. Es este episodio trágico el que ha relatado en
Living my Life, sus Memorias, aún inéditas en francés.)
(...) En mi período anterior en Rusia, la cuestión
de las huel-gas me había intrigado frecuentemente. La gente me había contado
que la menor tentativa en este sentido era aplastada, y sus autores
encarcelados. No lo creía, y, como siempre en estos casos, me dirigí a Zorin
249 para obtener una información. Exclamó: «¡Huelgas bajo la dictadura del
proletariado! Tales cosas no existen.» Me reprochó incluso dar crédito a tales
historias insensatas e imposibles. ¿Contra quién iban a hacer la huelga los
obreros de Rusia soviética? ¿Contra ellos mismos? Eran ellos los dueños del
país, lo mismo política que industrialmente. Naturalmente, entre los obreros
había aún algunos que no tenían plena conciencia de clase y que no conocían sus
verdaderos intereses. Estos graznaban de tiempo en tiempo, pero eran elementos
in-citados (...) por egoístas y enemigos de la revolución. Eran pelados,
parásitos que muy a propósito inducían a error a las gentes ignorantes (...).
Evidentemente, las autoridades soviéticas debían proteger al país contra esta
especie de saboteadores. La mayoría de ellos estaba, por lo demás, en prisión.
Luego supe, por observadores personales y por la
experiencia, que los verdaderos «saboteadores» contrarrevolucionarios y
bandidos de las prisiones de Rusia soviética no eran sino una minoría
despreciable. La gran
Este
Zorine, de origen obrero y en su época secretario del Comité de Petrogrado del
Partido Bolchevique, no tiene ninguna relación con el actual Valerian Zorine,
embajador de la U. R. S. S. en Francia; aquél acabó en los hornos crematorios
de la Checa.
masa de la población penitenciaria se componía de
herejes sociales culpables del pecado fundamental contra la iglesia comunista,
pues ninguna ofensa era más odiada que el tener perspectivas políticas
diferentes a las del partido y el protestar contra las maldades y crímenes del
bolchevismo. Me di cuenta de que la mayoría eran prisioneros políticos
campesinos y obreros, culpables de haber pedido tratamiento y condiciones de
vida mejores. Estos hechos, rigurosamente ocultados al pueblo, eran, sin
embargo, rigurosamente conocidos por todos, como por lo demás casi todo lo que
era secreto en la superficie soviética. ¿Cómo se filtrarían pese a todo las
informaciones prohibidas? Era un misterio para mí, pero de hecho se filtraban
con la rapidez y la intensidad de un incendio forestal.
Menos de veinticuatro horas después de nuestra
vuelta a Petrogrado, supimos que la ciudad bullía en descontento y en rumores
de huelga. La causa eran los sufrimientos acumulados debido a un invierno
extraordinariamente riguroso, así como a la habitual miopía de los soviets.
Tempestades de nieve habían retrasado el envío de víveres y combustible para la
ciudad. Además, el Petro-Soviet había cometido el error estúpido de cerrar
varías fábricas y de disminuir a la mitad la ración de sus empleados. A la vez,
se sabía que los almacenes habían distribuido a los miembros del partido una
nueva entrega de zapatos y vestidos, mientras que los restantes obreros estaban
miserablemente vestidos y calzados. Y, para colmo de errores, las autoridades
habían prohibido el mitin convocado por los obreros para discutir los medios de
mejorar esta situación.
Entre
los elementos no
comunistas de Petrogrado
se
pensaba generalmente que la situación era muy
grave. La atmósfera estaba tensa, pronta a explotar. Decidimos naturalmente
quedarnos en el pueblo. No estaba en el espíritu del poder evitar la catástrofe
que se amenazaba, pero nosotros queríamos estar allí, para poder ser útiles a
las gentes.
La tempestad se desencadenó antes incluso de lo
previsto. Comenzó con la huelga de obreros de los molinos de Troubetskoy. Sus
reivindicaciones eran muy modestas: aumento de las raciones alimenticias como
se les había prometido hace mucho, y distribución de los zapatos disponibles.
El Petro- Soviet no quiso discutir con los huelguistas hasta tanto no volvieran
a su trabajo.
Compañías de «kursanty» 250 armadas, compuestas por
jóvenes comunistas en servicio militar, eran enviadas a dispersar a los obreros
unidos alrededor de los molinos. Trataban de provocar a la masa disparando al
aire, pero felizmente los obreros habían venido desarmados y no hubo
derramamiento de sangre. Los huelguistas recurrieron a un arma mucho más
poderosa: la solidaridad de sus camaradas obreros. El resultado fue que cinco
fábricas depusieron sus herramientas y se unieron al movimiento de huelga. Llegaban,
como un solo hombre, de los diques de Galernaya, de los almacenes del
almirantazgo, de los molinos de Patronny, de las fábricas de Baltysky y de
Laferm. Su mani-festación callejera fue inmediatamente rota por los soldados.
De las informaciones recibidas concluí que el tratamiento re-servado a los
obreros no era en modo alguno fraterno.
Alumnos
oficiales seleccionados que, con los mongoles, fueron utilizados para reprimir
la insurrección de Kronstadt.
Una comunista tan ardiente como Lisa Zorin misma,
estaba alarmada y protestaba contra los métodos empleados. Lisa y yo nos
habíamos distanciado una y otra hacía tiempo, y me sorprendió que ella
necesitase descargar en mí su corazón. Nunca hubiera creído ella que los
hombres del Ejército Rojo castigaran a los obreros de tal forma. Protestó.
Varias mujeres se habían desvanecido, otras eran presa de la histeria ante el
espectáculo. Una mujer que estaba al lado de Lisa la reconoció como miembro
activo del Partido y pensó que era la responsable de esta escena brutal. Se
lanzó a ella como una furia, golpeándola en pleno rostro y haciéndola sangrar
abundantemente.
¡Querida Lisa! ¡Ella, que siempre me había
reprochado mi sentimentalismo! Aún aturdida por el golpe, declaró a su agresor
que «eso no tenía ninguna importancia». «Para tranquilizar a la mujer desolada,
la rogué que me dejara acompañarla a su casa», me contaba Lisa. «Su casa era un
tugurio infecto, tal como yo no imaginaba posible su existencia a estas alturas
en nuestro país. Una habitación sombría, fría y desnuda, ocupada por la mujer,
el marido y sus seis hijos. ¡Y pensar que durante todo este tiempo viví en el
hotel Astoria!», suspiraba ella. Siguió diciéndome que no era culpa de su
Partido que tales espantosas condiciones predominasen aún en la Rusia
soviética. No era tampoco la obstinación de los comunistas lo que estaba en el
origen de la huelga. El bloqueo y la conspiración del mundo imperialista contra
la República de obreros eran los responsables de la pobreza y los sufrimientos
de su país. Pese a todo, ella ya no podría continuar en su apartamento
confortable. La habitación de la mujer desesperada y la
imagen de sus hijos paralizados de frío, la
atormentaría por la noche. ¡Pobre Lisa! Era leal, devota y de carácter entero.
¡Pero tan ciega políticamente!
La solicitud de los obreros de más pan y
combustible se transformó pronto en reivindicación política, por la actitud
arbitraria e implacable de las autoridades. Un manifiesto adosado a las
paredes, no se supo nunca por quién, apelaba a «un cambio total de la política
del gobierno». Decía: «¡Obreros y campesinos necesitan libertad! No quieren
vivir de los decretos de los bolcheviques, quieren controlar su propia suerte.»
Cada.día la situación se hacía más tensa, y nuevas reivindicaciones circulaban
pegadas a las paredes de los edificios. Finalmente, apareció una llamada a la
asamblea constituyente, de modo especial detestada y denunciada por el Partido
en el poder.
Se declaró la ley marcial y se dio orden a los
obreros de vol-ver a sus fábricas, a falta de lo cual serían privados de sus
raciones. Esto quedó, sin embargo, sin efecto, pero un cierto número de
sindicatos fue liquidado y sus dirigentes y los huelguistas más recalcitrantes,
arrojados a la cárcel.
Impotentes, veíamos pasar bajo nuestras ventanas a
grupos de hombres, soldados y chequistas armados. Con la esperanza de convencer
a los dirigentes soviéticos de la locura y el peligro de su táctica, Sacha 251
trató de hallar a Zinoviev, y yo, a Ravich, Zorin y Zipperovitch, jefe éste del
soviet de sindicatos de retrogrado. Pero todos se negaron a recibirnos, so
pretexto de que estaban demasiado ocupados defendiendo la ciudad contra los
complots
Véase más
adelante lo relativo a Alexandre Berkman.
contrarrevolucionarios tramados por mencheviques y
social-revolucionarios. Esta fórmula estaba ya más que usada, tras su
repetición durante tres largos años, pero era aún buena para arrojar pólvora a
los ojos de los militantes comunistas.
La huelga se extendía pese a todas las medidas
extremas. Los arrestos seguían, pero la estupidez con que las autoridades
reaccionaban encorajinó a los elementos ignorantes.
Proclamas contrarrevolucionarias y antisemitas
comenzaron a aparecer, rumores locos de represión militar y brutalidades de la
Checa contra los huelguistas corrían por la ciudad.
Los obreros estaban decididos, pero pronto se vio
claro que se rendirían por hambre; no había medios para ayudar a los
huelguistas, aun cuando se les hubiese podido dar algo. Todas las avenidas por
las que podía haber acceso a los distritos industriales estaban cortadas por
las tropas. Además, la población misma estaba en una situación espantosa. Lo
poco que podíamos reunir en alimentos y vestidos era una gota de agua en el
océano. Todos comprendimos la desigualdad de medios de la dictadura y los
trabajadores, respectivamente. Era una dictadura demasiado grande como para
permitir a los huelguistas mantener su actitud durante más tiempo.
En esta situación tensa y desesperada apareció de
repente, sin embargo, un nuevo factor que dio alguna esperanza. Eran los
marineros de Kronstadt. Fieles a sus tradiciones revolucionarias y a la
solidaridad con los trabajadores, tan lealmente demostradas durante la
revolución de 1905, y más
tarde en los levantamientos de marzo y octubre de
1917, tomaban de nuevo parte en favor de los proletarios
hambrientos de Petrogrado. No ciegamente.
Tranquilamente, y sin que nadie supiese nada, enviaron una comisión para
informarse de las reivindicaciones de los huelguistas. El informe de esta
comisión llevó a los marinos de los barcos de guerra Petropavlosk y Sebastopol
a adoptar una resolución en favor de sus hermanos obreros en huelga. Se
declararon favorables a la revolución y a los soviets, así como fíeles al
Partido Comunista. No protestaron menos contra la actitud arbitraría de ciertos
comisarios e insistían fuertemente en la necesidad de mayor autodeterminación
por los grupos organizados de obreros. Reclamaban además la libertad de reunión
para los sindicatos y las organizaciones de campesinos, así como la liberación
de todos los presos políticos y sindicales de las prisiones soviéticas y de los
campos de concentración.
El ejemplo de estas brigadas fue seguido por la
primera y la segunda escuadra de la flota báltica, estacionada en Kronstadt.
Con ocasión de un mitin callejero, el 1 de marzo, al que asistían 16.000
marinos, soldados del Ejército Rojo y obreros de Kronstadt, se adoptaron
soluciones similares por unanimidad, con excepción de tres votos. Los tres
oponentes eran Vassiliev, presidente del soviet de Kronstadt, que presidía el
mitin; Kuzmin, comisario de la flota báltica, y Kalinin, presidente de la
República socialista soviética federada.
Dos anarquistas que habían asistido al mitin
volvieron para contamos el orden, el entusiasmo y el buen espíritu que había
reinado allí. Tras las primeras jornadas de octubre, no
habían contemplado demostración tan espontánea de
solidaridad y de camaradería ferviente. Sólo deploraban que no hubiésemos
asistido a esta manifestación. La presencia de Sachan quien los marinos de
Kronstadt defendieron tan valientemente cuando estaba en peligro de extradición
hacia California en 1917, y de mí misma, cuya reputación conocían los marinos,
hubiera dado peso a la resolución, decían. Estábamos de acuerdo con ellos en
que hubiese sido una experiencia maravillosa el participar en territorio soviético
en el primer gran mitin de masas no organizado por órdenes. Gorki me había
asegurado hacía tiempo que los hombres de la flota báltica eran todos
anarquistas natos, y que mi lugar estaba entre ellos. Yo había deseado
frecuentemente ir a Kronstadt para encontrarme con las tripulaciones y para
ha-blarlas, pero tenía la convicción de que en mi estado de espí-ritu confuso y
desencajado de entonces, no habría podido ofrecerles nada constructivo. Ahora
iría a ocupar mi sitio entre ellos, sabiendo que los bolcheviques harían correr
la especie de que yo excitaba a los marinos contra el régimen. Sacha dijo que
poco le importaba lo que dijeran los comunistas. Se uniría a los marinos en su
protesta contra el trato dado a los huelguistas de Petrogrado.
Nuestros camaradas insistieron en el hecho de que
las ex-presiones de simpatía por parte de Kronstadt respecto a los huelguistas
no podrían en modo alguno ser consideradas como una acción antisoviética. De
hecho, el espíritu de los marinos y las soluciones adoptadas en su mitin de
masas eran netamente pro-soviéticas. Protestaban enérgicamente contra la
actitud autocrática frente a los huelguistas hambrientos, pero el mitin no dejó
en ningún momento
traslucir la menor oposición a los comunistas. De
hecho, por el contrario, este gran mitin había sido auspiciado por el soviet de
Kronstadt. Para demostrar su lealtad, los marinos fueron a buscar a Kalinin con
cantos y música desde su llegada a la ciudad, y su discurso había sido
escuchado con atención y el mayor respeto. Incluso después de que él y sus
camaradas hubieran desaprobado a los marinos y condenado su moción, éstos
escoltaron a Kalinin hasta la estación con la mayor amistad, como pudieron constatar
nuestros informadores.
Habíamos oído rumores según los cuales Kouzmin y
Vassilev habían sido detenidos por los marinos en un mitin de trescientos
delegados de la flota, de la guarnición y del soviet de sindicatos. Preguntamos
a nuestros camaradas qué sabían de ello. Confirmaron que estos dos hombres
habían sido efectivamente detenidos. La razón era que Kuzmin había denunciado
en el mitin a los marinos y huelguistas de Petrogrado como traidores (...),
declarando que en adelante el Partido Comunista les combatiría como contrarrevolucionarios.
Los delegados habían sabido igualmente que Kuzmin había dado orden de evacuar
todo el avituallamiento y las municiones de Kronstadt, dejando así a la ciudad
en la inanición. Por esta razón, los marinos y la guarnición de Kronstadt
habían decidido detener a los dos hombres y tomar precauciones para que las
provisiones no fueran sacadas de la ciudad. Pero esto no era en modo alguno
signo de una eventual intención de rebelión, ni de que los hombres de Kronstadt
hubiesen dejado de creer en la integridad revolucionaria de los comunistas. Por
el contrario, se permitió a los delegados comunistas hablar tanto como a
los demás. Otra prueba de confianza en el régimen
fue dada por el envío de un comité de treinta hombres para hablar con el
Petro-Soviet en orden a un arreglo amigable de la huelga.
Nos sentimos orgullosos de esta magnífica
solidaridad de los marinos y soldados de Kronstadt con sus hermanos en huelga
de Petrogrado, y esperábamos el cese del conflicto rápidamente, gracias a la
mediación de los marinos.
Pero ¡ay! Nuestras esperanzas estaban ya perdidas
una hora después de haber recibido noticias de los acontecimientos de
Kronstadt. Una orden firmada por Lenin y Trotstky llenaba de estupor
Petrogrado. La orden decía que Kronstadt se había municionado contra el
gobierno soviético y denunciaba a los marinos como «instrumentos de antiguos
generales zaristas, que de acuerdo con los social-revolucionarios traidores
habían montado una conspiración contrarrevolucionaria contra la República
pro-letaria».
«¡Absurdo, esto es la locura pura!», grito Sacha al
leer una copia de esta orden. «Lenin y Trotsky deben haber sido mal informados
por algunos. ¡No pueden creer que los marinos sean culpables de
contrarrevolución! ¡El Petropavlosk y el Sebastopol habían sido sólidos
bastiones bolcheviques en octubre y aun después! ¿Acaso Trotsky mismo no les
había saludado como “orgullo y flor de la revolución"?»
«Debemos ir inmediatamente a Moscú», decía Sacha.
Era absolutamente necesario ver a Lenin y Trotsky, y explicarles que todo era
un horrible malentendido, un error que podía ser fatal para la revolución
misma. Era muy duro para Sacha renunciar a su fe en la integridad
revolucionaria de hombres
que para millones de personas en el mundo eran los
apóstoles del proletariado. Yo comulgaba con él en que Lenin y Trotsky habían
sido inducidos a error por Zinoviev, que todas las noches telegrafiaba con
informes detallados sobre Kronstadt. Ni siquiera entre sus camaradas tuvo nunca
Zinoviev la reputación de poseer valor personal. Había sido presa del pánico
desde los primeros síntomas de descontento de los obreros de Petrogrado. Cuando
supo que la guarnición local había expresado su simpatía por los huelguistas,
perdió completamente la cabeza y ordenó instalar una ametralladora en el hotel
Astoria, para su protección personal. El asunto de Kronstadt había llenado de
terror su corazón, y le impulsaba a dar versiones a Moscú de historias para no
dormir. Sacha y yo sabíamos todo eso, pero no podíamos creer que Lenin y
Trotsky pensaran verdaderamente que los hombres de Kronstadt fueran culpables
de una contrarrevolución, o capaces de cooperar con generales blancos, como se
les acusaba en la orden de Lenin.
Se decretó en toda la provincia de Petrogrado una
ley mar-cial extraordinaria, y nadie que no fueran oficiales con autorizaciones
especiales pudo abandonar ya la ciudad. La prensa bolchevique lanzó una campaña
de calumnias y vituperios contra Kronstadt, proclamando que los marinos y
soldados habían hecho causa común con el «general zarista Kozlovsky»; así
declaraban a las gentes de Kronstadt fuera de la ley. Sacha comenzó a darse
cuenta del origen mucho más profundo de la situación, algo más que una mala información
de Lenin y Trotsky. Este último tenía que asistir a la sesión
especial del Petro-Soviet donde debía decidirse el
destino de Kronstadt. Decidimos asistir a ella.
Era mi primera ocasión para verme en Rusia con
Trotsky. Pensé que podría recordarle sus palabras de despedida de Nueva York
252 : la esperanza por el expresada de encontrarnos pronto en Rusia para ayudar
en la tarea de abatir al zarismo. Íbamos a pedirle nos dejara resolver los
problemas de Kronstadt con espíritu fraterno, a disponer de nuestra energía,
nuestro tiempo y hasta nuestras vidas en este test supremo que la revolución
planteaba al Partido Comunista.
Desgraciadamente, el tren de Trotsky llegó con
retraso y no apareció en la sesión. Los hombres que hablaron en esa asamblea
eran inaccesibles a la razón. Un fanatismo ciego animaba sus palabras, y un
miedo ciego dominaba sus corazones.
La calle era severamente guardada por los
«krusanty»; sol-dados de la Checa, con bayoneta calada, estaban entre ella y el
auditorio. Zinoviev, que presidía, parecía estar en el límite de una crisis de
nervios. Se levantó para hablar varias veces, sentándose inmediatamente. Cuando
finalmente comenzó a hablar, volvió la cabeza a izquierda y derecha, como si
temiese un ataque súbito. Su voz, siempre tan infantilmente débil, adquiría un
tono agudo, extremadamente desagradable y en modo alguno convincente.
Denunció al «general Kozlovsky» como el genio
maligno de los hombres de Kronstadt, aunque la mayoría de los asistentes sabían
que ese general había sido destinado en
Consúltense
las páginas de atrás.
Kronstadt como especialista en artillería por
Trotsky mismo. Kozlovsky era viejo y decrépito, no tenía ninguna influencia en
los marinos ni en la guarnición. Esto impidió a Zinoviev, presidente del comité
de defensa, creado especialmente para esta ocasión, propalar que Kronstadt se
había levantado contra la revolución y que trataba de realizar los planes de
Kozlovsky y de sus aliados zaristas.
Kalinin se apartó de su habitual actitud
paternalista y atacó a los marineros con términos violentos, olvidando los
home-najes recibidos en Kronstadt sólo unos días antes. «Ninguna medida puede
ser demasiado severa para los contrarrevolucionarios que osan levantar la mano
contra nuestra gloriosa revolución», declaró. Los oradores de segundo orden
continuaron en el mismo tono, avivando su fanatismo comunista, ignorando los
hechos reales y apelando a un frenesí vengador contra los hombres aclamados la
víspera misma como héroes y hermanos.
Por encima de la batahola del populacho aullante y
pataleador, sólo una voz trató de hacerse entender: la voz tensa y grave de un
hombre de las primeras filas. Era el delegado de los empleados huelguistas del
Arsenal. Se veía forzado a protestar, decía, contra las acusaciones falsas
lanzadas desde el estrado contra los hombres de Kronstadt, tan valerosos y
leales. Mirando a Zinoviev y señalándole con el dedo, el hombre afirmaba: «Es
su cruel indiferencia y la de su Partido la que nos ha empujado a la huelga y
la que ha despertado la simpatía de nuestros hermanos marinos, que han luchado
codo con codo en la revolución a nuestro lado. ¡Ellos no son culpables de
ningún crimen, y usted lo sabe! Usted les calumnia voluntariamente y apela a su
exterminio.» Gritos de «¡contrarrevolucionario,
traidor!», «¡menchevique, bandido!», hicieron de la reunión una verdadera casa
de locos.
El viejo obrero siguió en pie, su voz se elevaba
por encima del tumulto: «Hace apenas tres años que Lenin, Trotsky, Zinoviev y
todos vosotros habéis sido denunciados como traidores y espías alemanes»,
gritó. «Nosotros los trabajadores y marinos hemos venido en vuestra ayuda y os
hemos salvado del gobierno de Kerenski. ¡Somos nosotros quienes os hemos
llevado al poder! ¿Habéis olvidado eso? Ahora nos amenazáis con la espada.
¡Daos cuenta de que estáis jugando con fuego! Repetís los errores y los
crímenes del gobierno Kerensky. ¡Cuidad que su destino no sea el vuestro!»
Zinoviev se estremeció ante este desafío. Sobre el
estrado, los demás, muy embarazados, se agitaban en sus sillones. La asistencia
comunista pareció aterrada por esta advertencia siniestra.
En este momento, otra voz se elevó. Un hombre
gallardo y con uniforme de marino se irguió desde el fondo de la sala. Nada
había cambiado el espíritu revolucionario de sus hermanos del mar, declaró.
Hasta el último hombre estaba presto a defender la revolución con cada gota de
su sangre. Y se puso a leer la resolución de Kronstadt, adoptada en el mitin de
masas del 1 de marzo 253 . El tumulto que se elevó frente a esta audacia evitó
que se le entendiera, salvo a los que estaban próximos a él. Pero él se mantuvo,
y continuó leyendo hasta el fin.
Véanse
unas páginas más adelante.
La única respuesta que recibieron estos valientes
hijos de la revolución fue la resolución de Zinoviev exigiendo la total e
inmediata rendición de Kronstadt, so pena de exterminio. Fue votada
apresuradamente en un pandemónium de confusión, y las voces de oposición fueron
ahogadas.
Pero el silencio frente a la masacre amenazaba con
ser intolerable. Yo debía hacerme escuchar. No por obsesos que ahogaran mi voz
como ahogaron la de los demás. Yo daría a conocer mi postura por un informe
realizado esa misma noche y dirigido al poder supremo de Defensa soviético.
Una vez solos, hablé a Sacha de esta idea, y me
alegré de que mi viejo camarada la compartiese. Sugería el que nuestra carta
debía ser una protesta común y referirse únicamente a la resolución criminal
adoptada por el Petro-Soviet. Dos camaradas que estaban con nosotros en esta
reunión compartieron nuestro punto de vista y se ofrecieron a firmar con
nosotros la apelación común a las autoridades. No tenía yo ninguna esperanza de
que nuestro mensaje tuviera alguna influencia dulcificadora o amortiguadora de
las medidas dictadas contra los marinos. Pero estaba decidida a dar a conocer
mi actitud, como testimonio ante el porvenir que probara que yo no había
enmudecido ante la más negra traición a la revolución por el Partido Comunista.
A las dos de la mañana, Sacha telefoneó a Zinoviev
para de-cirle que tenía algo importante que comunicarle respecto a Kronstadt.
Acaso Zinoviev creyó que sería algo que podría ayudar a la conspiración contra
Kronstadt; de otro modo, no se hubiera molestado en que nos avisara la señora
Ravich a esa hora de la noche, diez minutos después de que Sacha le hubiese
telefoneado. Estaba absolutamente seguro, decía la
nota de Zinoviev, de que había que confiarle el
mensaje. Le dimos el comunicado siguiente:
«Al Soviet de los Sindicatos y de la Defensa de
Petrogrado.
«Presidente Zinoviev.
»Es imposible guardar silencio. ¡Sería criminal!
Los aconte-cimientos recientes nos impulsan a nosotros, anarquistas, a hablar y
definir nuestra postura ante la situación actual.
«El espíritu de fermento y de descontento que se
manifiesta entre los trabajadores y marinos es el resultado de causas que
exigen nuestra atención seria. El frío y el hambre han producido el
descontento, y la ausencia de posibilidades de discusión y de crítica fuerzan a
los obreros y marinos a exponer públicamente sus quejas.
«Bandas de guardias blancos desean, y pueden tratar
de ensayar y explotar este descontento en interés de su propia clase.
Camuflados detrás de los trabajadores y marinos, lanzan slogans, reclamando la
asamblea constituyente, el comercio libre y cuestiones semejantes.
«Nosotros los anarquistas hemos denunciado desde
hace mucho tiempo el error de estos slogans , y nos declaramos ante el mundo
entero combatientes, con armas en mano, de toda tentativa
contrarrevolucionaria, en cooperación con todos los amigos de la revolución
socialista y mano a mano con los bolcheviques.
«En lo que concierne al conflicto entre el gobierno
soviético V los trabajadores y marinos, pensamos que debe arreglarse no por la
fuerza de las armas, sino por los medios de la camaradería, con un acuerdo
revolucionario y fraterno.
«La decisión de derramar sangre tomada por el
gobierno soviético no tranquilizará a los trabajadores en la situación actual.
Por el contrario, sólo servirá para agravar las cosas y reforzará el juego de
la Entente y de la contrarrevolución en el interior.
«Más grave es aún el que el uso de la fuerza por el
gobierno de trabajadores y campesinos contra los obreros y marinos tenga un
efecto reaccionario sobre el movimiento revolucionario internacional y haga el
mayor daño a la revolución socialista.
«¡Camaradas bolcheviques, reflexionad antes de que
sea tarde! No juguéis con fuego; estáis a punto de dar un paso decisivo y muy
grave.
«Así, pues, os hacemos la siguiente propuesta:
permitid la elección de una comisión de cinco personas, incluidas dos
anarquistas. Esta comisión irá a Kronstadt para arreglar el conflicto por
medios pacíficos. En la presente situación, es el método más radical. Será de
una importancia revolucionaria internacional.
«Petrogrado, 5 de marzo de 1921. «Alexandre
Berkman, Emma Goldman (y otras dos firmas).»
La prueba de que este escrito nuestro no encontró
más que oídos sordos, la tuvimos el mismo día, a la llegada de Trotsky, por su
ultimátum a Kronstadt. Por orden del gobierno de obreros y campesinos, declaró
a los marinos y soldados de Kronstadt que iba a «disparar como a los faisanes»
a todos los que habían osado «levantar la mano
contra la patria socialista». A los navíos y
equipos en rebelión se les conminaba a ponerse inmediatamente a las órdenes del
gobierno soviético, so pena de ser reducidos por las armas. Sólo quienes se
rindieran incondicionalmente podrían contar con la misericordia de la República
soviética.
Esta última advertencia estaba firmada por Trotsky
como presidente del soviet militar revolucionario, y por Kamenev, comandante en
jefe del Ejército Rojo. Osar dudar del derecho divino de los gobiernos, era de
nuevo castigado con la muerte.
Trotsky mantuvo su palabra. Habiendo tomado el
poder gracias a los hombres de Kronstadt, estaba ahora en situación de pagar su
deuda plenamente al «orgullo y gloria de la revolución rusa». Los mejores
expertos militares y estrategas del régimen zarista estaban entonces bajo su
mando, entre ellos el famoso Toukhatchevsky 254, a quien Trotsky nombró
comandante general en el ataque contra Kronstadt. Además, tenía a su
disposición las hordas de chequistas, entrenadas desde hacía tres años en el
arte de matar, kursanty y comunistas, especialmente elegidos por su ciega
obediencia a las órdenes recibidas, así como a las tropas más seguras de los
diversos frentes. Con una fuerza semejante frente a la ciudad condenada, se
esperaba sofocar fácilmente el «motín». Sobre todo, después de que los marinos
y soldados de la guarnición de Petrogrado hubieran sido desarmados y se hubiera
evacuado de la zona peligrosa a cuantos habían expresado su solidaridad con los
camaradas asediados. Desde mi ventana del hotel internacional veía en
Mikhail
Toukhatchévsky (1893-1937), antiguo oficial zarista, futuro mariscal soviético,
ejecutado finalmente por orden de Stalin, sobre obras de convicción fabricadas
por Hitler.
pequeños grupos a los poderosos destacamentos de
tropas chequistas. Su paso había perdido toda alegría, sus brazos caían a lo
largo del cuerpo, las cabezas estaban tristemente inclinadas.
Las autoridades tampoco temían ya a los huelguistas
de Pe-trogrado. Estaban debilitados y reducidos por el hambre, su energía había
decaído.
Estaban desmoralizados por las mentiras que se
hacían correr sobre ellos y sus hermanos de Kronstadt, su espíritu roto por el
veneno de la duda que se infiltraba gracias a la propaganda bolchevique. Ya no
tenían espíritu de lucha, ni esperanza alguna de poder ayudar a sus camaradas
de Kronstadt, que, sin pensar en sí mismos, habían hecho causa común con ellos,
lo que iban a pagar manifiestamente con su vida.
Kronstadt estaba abandonada por Petrogrado y
cortada del resto de Rusia. Estaba sola, y casi no podía ofrecer resistencia.
«Se vendrá abajo al primer tiro», proclamaba la prensa soviética.
Se equivocaba. Kronstadt no había pensado en modo
alguno en un «motín» ni en resistir al gobierno soviético. Hasta el último
momento estaba decidida a no derramar sangre. Todo el tiempo apeló a un arreglo
comprensivo y amigable. Pero, obligada a defenderse contra la provocación
militar, se batió como un león. Durante diez días y diez noches extremadamente
fatigadoras, los marinos y soldados de la ciudad asediada resistieron un fuego
de artillería continuo desde tres costados, y contra las bombas lanzadas por la
aviación sobre una población no combatiente. Rechazaron heroicamente las
tentativas repetidas de los
bolcheviques de asaltar las fortalezas con las
tropas es-pecializadas llegadas de Moscú. Trotsky y Toukhatchevsky te-nían
todas las ventajas sobre los hombres de Kronstadt. Toda la maquinaria del
Estado comunista les sostenía, y la prensa centralizada continuaba extendiendo
su veneno contra los pretendidos «amotinados y contrarrevolucionarios». Tenían
refuerzos ilimitados, así como hombres enmascarados con trapos blancos que se
confundían con la nieve del golfo helado de Finlandia, camuflando así el ataque
por la noche contra los hombres de Kronstadt, que no se lo esperaban. Estos
últimos sólo tenían su coraje indómito y su fe inmutable en la justicia de su
causa y en los soviets libres que preconizaban como los únicos capaces de
salvar a Rusia de la dictadura.
Carecían incluso de un rompehielos para parar el
asalto del enemigo comunista. Estaban extenuados por el hambre, el frío, las
noches de vigilia sin sueño. Empero, estaban en pie, luchando desesperadamente
en una correlación de fuerzas aplastante.
Ni una sola voz amiga se oyó durante tan espantoso
suspense. Durante los días y noches que duró el tronar de la artillería pesada
y los cañones, no hubo nadie que protestara o llamase a la tregua en ese
terrible baño de sangre. Gorki... ¿Dónde estaba... Máximo Gorki? Se escucharía
su voz.
«Lo veremos.» Intervine ante algunos miembros de la
intelligentsia. Gorki, me decían, jamás había protestado, ni siquiera en casos
graves individuales, ni en lo concerniente a miembros de su propia profesión,
ni siquiera cuando conocía la inocencia de los hombres condenados. Tampoco
protestaría ahora. No había esperanza.
La intelligentsia, los hombres y mujeres que antaño
fueran portavoces revolucionarios, los dueños del pensamiento, escritores y
poetas estaban tan impotentes como nosotros, paralizados por la futilidad de
todo esfuerzo individual. La mayoría de sus camaradas o amigos estaban ya en
prisión o en el exilio, algunos habían sido ejecutados. Se sentían rotos por el
aniquilamiento de todos los valores humanos.
Me dirigí a los comunistas conocidos. Les supliqué
hicieran cualquier cosa. Algunos comprendían el crimen monstruoso que su
partido estaba a punto de cometer contra Kronstadt. Admitían que la acusación
de contrarrevolución estaba totalmente fabricada. El pretendido dirigente
Kozlovsky era una nulidad, demasiado preocupado por su propia suerte, como para
tener algo que ver con cualquier protesta de los marinos. Estos últimos tenían
gran calidad, y su único cuidado era el bienestar de Rusia. Lejos de hacer causa
común con los generales zaristas, rechazaron incluso la ayuda que les ofrecía
Tchemov, el dirigente de los social-revolucionarios. No querían ayuda del
exterior, sino el derecho a elegir a sus propios diputados en las próximas
elecciones para el soviet de Kronstadt, así como justicia para los huelguistas
de Petrogrado.
Los amigos comunistas pasaban con nosotros noches
ente-ras..., hablando..., hablando...; pero ninguno de ellos osaba elevar su
voz en protesta abierta. No comprendíamos las consecuencias que eso tendría
para ellos, decían. Serían excluidos del Partido, serían privados ellos y sus
familiares de trabajo y de raciones, y serían literalmente condenados a morir
de hambre. O desaparecerían pura y simplemente y nadie sabría nunca qué se hizo
de ellos. Y, sin embargo, nos
aseguraban que no era el miedo lo que paralizaba su
voluntad. Era inútil completamente una protesta o una llamada al orden. Nada,
absolutamente nada, podía parar el engranaje del Estado comunista. Ellos mismos
habían sido aplastados, y no tenían fuerza ni para protestar.
Yo estaba obsesionado por la terrible aprensión que
podríamos tener nosotros, Sacha y yo, en semejante estado moral, sin resortes y
resignados como ellos. Todo era preferible antes que eso. ¡La prisión, el
exilio y hasta la muerte! ¡O la huida! Huir, esa horrible impostura, ese falso
semblante de revolución.
La idea de querer abandonar Rusia no la había
acariciado nunca. Estaba turbada y conmovida sólo por tenerla ahora. ¡Abandonar
Rusia a su calvario! Pero sentía que antes daría ese paso, que participar en el
engranaje de esa maquinaria llegando a ser una cosa inanimada a la que se
manipula a voluntad.
El bombardeo de Kronstadt continuó sin cesar
durante diez días y diez noches, parando de repente el 17 de marzo. El silencio
que cubría Petrogrado era más terrible que los tiros incesantes de la noche
anterior. La agonía de la espera se apoderó de todos nosotros. Era imposible
saber lo que pasaba y por qué habían cesado bruscamente los bombardeos. Por la
tarde, la tensión cedió ante un horror mudo. Kronstadt había sido subyugada.
Decenas de millares de hombres asesinados, la ciudad bañada en sangre. La Neva,
a la que la artillería pesada había roto el hielo, fue la tumba de una multitud
de hombres, kursantys y jóvenes comunistas. Los heroicos soldados y marinos
habían defendido sus posiciones hasta el último aliento. Los que no
habían muerto en combate caían en las manos del
enemigo para ser ejecutados o enviados a la lenta tortura de las regiones
heladas del norte de Rusia.
Estábamos abatidos. Sacha, habiendo perdido el
último hilo de su fe en los bolcheviques, erraba desesperado por las calles. Yo
tenía plomo en los miembros, una fatiga inmensa en cada nervio. Sentada,
inerte, miraba la noche (...).
Al día siguiente, 18 de marzo, aún medio dormida
por la falta de sueño durante diecisiete jornadas de angustia, fui despertada
por el ruido de numerosos pasos. Los comunistas pasaban desfilando, tocando
marchas militares y cantando La Internacional.
Estos acentos, en otras ocasiones tan jubilosos
para mis oídos, sonaban ahora como un canto fúnebre para la espe-ranza de la
humanidad.
¡Dieciocho de marzo: aniversario de la Comuna de
París de 1871, aplastada dos meses más tarde por Thiers y Gallifet, los
carniceros de treinta mil comuneros! Imitados en Kronstadt el 18 de marzo de
1921.
El verdadero significado de esta «liquidación» de
Kronstadt fue revelado por Lenin mismo tres días después de la tragedia. En el
décimo congreso del Partido Comunista, tenido en Moscú durante el asedio de
Kronstadt, Lenin cambió inopinadamente su cántico comunista inspirado, como en
un salmo, en la Nueva Política Económica. Comercio libre, concesiones al
capitalismo, contrato libre para el trabajo en el campo y en las fábricas, todo
ello condenado durante más de tres años como expresivo de la contrarrevolución
y castigado con prisión e incluso con la
muerte, ahora inscrito por Lenin en la gloriosa
bandera de la dictadura.
Descaradamente, como siempre, admitió lo que gentes
sinceras del Partido y del exterior del Partido habían sabido durante dieciséis
días, o sea, «que los hombres de Kronstadt no querían contrarrevolucionarios,
aunque tampoco querían saber nada de nosotros». Los ingenuos marinos habían
tomado en serio la divisa de la revolución «Todo el poder para los soviets», al
que Lenin y su Partido habían prometido solemnemente permanecer fieles. ¡Tal
había sido el pecado imperdonable de los hombres de Kronstadt! Por ello
debieron morir. Debían pasar a ser mártires para fecundar la tierra hasta la
nueva colección de slogans de Lenin, que anulara completamente a las
anteriores. La obra maestra era la Nueva Política Económica, N. E. P. 255.
La confesión pública de Lenin respecto a Kronstadt
no evitó, sin embargo, la caza de los marinos, soldados y obreros de la ciudad
vencida. Fueron detenidos a cientos, y la Checa se ocupó de «tirar al blanco».
Era curioso constatar que los anarquistas no fueron
mencionados con ocasión del «amotinamiento» de Kronstadt. Pero en el décimo
congreso Lenin había manifestado que se había declarado una guerra sin cuartel
contra «la pequeña burguesía», incluyendo allí a los elementos anarquistas. La
tendencia anarcosindicalista de la Oposición Obrera 256 demostraba que esta
tendencia se
N. E. P.:
Nueva Política Económica decidida por Lenin tras el fracaso del «comunismo de
guerra» y que, en cierta medida, trataba de restaurar la iniciativa privada.
Tendencia del
Partido Bolchevique dirigida
por Chliapnikoff y
Alexandra Kollontai,
había desarrollado en el Partido Comunista mismo,
precisó. La llamada a la lucha contra los anarquistas, lanzada por Lenin, halló
eco inmediato. Los grupos de Petrogrado fueron atacados y un gran número de sus
miembros arrestados. Además, la Checa cerró la imprenta y fas oficinas donde se
publicaba Golos Truda, que era nuestra rama anarcosindicalista.
Habíamos comprado billetes para ir a Moscú antes de
que eso pasara. Cuando tuvimos noticias de los arrestos en masa, decidimos
quedarnos aún un poco más tiempo, por si éramos buscados. No ocurrió, sin
embargo, acaso porque era necesario tener algunas celebridades anarquistas en
libertad, para demostrar al mundo que sólo los «bandidos» llenaban las cárceles
soviéticas.
En Moscú, todos los anarquistas, salvo una media
docena, estaban detenidos. Sin embargo, no se había hecho ninguna acusación
contra nuestros camaradas; no habían sido escuchados ni juzgados. Pese a ello,
algunos ya habían sido enviados a la penitenciaría de Samara. Los que aún se
hallaban en las prisiones de Boutirky o de Taganka estaban sometidos a la peor
persecución o incluso a la violencia. Así, uno de nuestros jóvenes, Kashirin,
había sido abatido por un chequista en presencia de guardias de la cárcel.
Maximoff257 y otros anarquistas que habían combatido en los frentes
condenada en el X Congreso del Partido.
Gregori
Petrovich Maximoff (1893-1950), que se hizo anarquista en Rusia, tras la
lectura de Kropotkin; colaboró en Golos Truda; portavoz de la tendencia
anarcosindicalista durante la Revolución rusa, hubo de abandonar su país natal
en 1922 hacia Berlín, en donde militó en la Asociación internacional de
trabajadores, luego en París; emigró después a Estados Unidos, en 1925, donde
editó diarios anarquistas en ruso y publicó en inglés uno de los mejores libros
sobre la Revolución rusa desde el punto de vista anarquista: Twenty years of
Terror in Russia, 1940; Le Mythe bolchevique (1920*1921) será el título de un
folleto publicado por Berkman en inglés en 1922.
revolucionarios, y que eran conocidos y estimados
por numerosos comunistas, habían sido obligados a realizar una huelga de hambre
para protestar contra las terribles condiciones de detención.
Lo primero que se nos pidió hiciéramos, a nuestra
vuelta a Moscú, fue firmar un manifiesto dirigido a las autoridades so-viéticas
denunciando las tácticas concertadas para exterminar a nuestros camaradas.
Lo hicimos con gusto. Sacha estaba ahora tan
convencido como yo de que las protestas por parte de un puñado de po-líticos
aún en libertad en el interior de Rusia eran completamente vanas e inútiles.
Por otra parte, ninguna acción eficaz podía esperarse de las masas rusas,
aunque nos hubiera sido posible entrar en contacto con ellas. Años de guerra,
luchas civiles, sufrimientos, habían arrancado de ellas la vitalidad, y el
terror las había hecho mudas y sumisas.
Nuestra esperanza eran Europa y los Estados Unidos,
decía Sacha. Había llegado el tiempo de hacer conocer a los trabajadores del
extranjero la traición deshonrosa de Octubre. La conciencia despierta del
proletariado y de otros elementos liberales y radicales en cada país debía
implicar una poderosa protesta contra esta implacable persecución. Sólo ello
podría detener la mano de la dictadura. Nada más.
El martirio de Kronstadt había hecho tal efecto en
mi ami-go; había destruido los últimos vestigios del mito bolchevique. No sólo
Sacha, sino también los demás camaradas que habían defendido anteriormente los
métodos comunistas como inevitables en un período revolucionario, habían sido
forzados a destruir el abismo existente entre Octubre y la dictadura.
RESOLUCIÓN DE LA REUNIÓN GENERAL DE LA PRIMERA Y
SEGUNDA ESCUADRA DE LA FLOTA DEL BÁLTICO, TENIDA EN KRONSTADT
(1 de marzo de 1921.)
Tras haber escuchado los informes de los
representantes enviados a Petrogrado, la reunión general de las tripulaciones,
examinada la situación, ha decidido en asamblea lo que sigue:
Como los soviets actuales no expresan la voluntad
de los obreros y campesinos:
Proceder
inmediatamente a la reelección de los soviets mediante voto secreto. La campaña
electoral entre los obreros y campesinos deberá desarrollarse en plena libertad
de palabra y de acción.
Establecer
la libertad de palabra y de prensa para todos los obreros y campesinos, para
los anarquistas y para los so-cialistas de izquierda 258.
Hay que
haber conocido Kronstadt para comprender el verdadero sentido de esta cláusula.
En efecto, pretende querer limitar la libertad de palabra y de prensa, al no
exigirla más que para las corrientes de extrema izquierda. La resolución es
únicamente para evitar de antemano toda posibilidad de engañarse sobre el
verdadero sentido y carácter del movimiento.
Desde el comienzo de la revolución, tras haber
corrido la sangre, en los primeros días, de los oficiales más llenos de celo,
Kronstadt realizó las libertades más amplias. Los ciudadanos no eran reprimidos
en nada, cualesquiera que fuesen sus diversas convicciones. Sólo algunos
zaristas inveterados quedaron en prisión. Pero una vez que hubo pasado el
acceso de cólera espontánea, una vez que la razón se unió al instinto de
conservación, se suscitó en las reuniones la cuestión de la excarcelación de
todos los presos, tanto era el odio que el pueblo de Kronstadt sentía por las
Acordar
la libertad de reunión para los sindicatos y organizaciones campesinas.
Convocar
fuera de los partidos políticos una conferencia de obreros, soldados rojos y
marinos de Petrogrado, Kronstadt y la provincia de Petrogrado, para el 10 de
marzo de 1921 a más tardar.
Liberar a
todos los prisioneros políticos socialistas y a todos los obreros, campesinos,
soldados rojos y marinos apresados a continuación de los movimientos obreros y
campesinos.
Elegir
una comisión para examinar los casos de los que están en las cárceles y los
campos de concentración.
Abolir
los «oficios políticos», pues ningún partido político debe tener privilegios en
la propaganda de sus ideas, ni recibir del Estado medios pecuniarios para ese
fin. Hay que instituir en su lugar comisiones de educación y de cultura,
elegidas en cada localidad y financiadas por el gobierno.
Abolir
inmediatamente todas las barreras 259.
Uniformizar
las raciones para todos los trabajadores, excepto para los que ejercen
profesiones peligrosas para la salud.
cárceles. Decidióse liberar a todos los
encarcelados, pero en el recinto de la ciudad solamente: en Kronstadt los
reaccionarios no podían tener ningún éxito, pero los marinos no se consideraban
con el derecho de suministrar contrarrevolucionarios a otras localidades. Las
actuaciones de Kerensky provocaron una nueva ola de cólera, y el proyecto fue
abandonado. Pero este sobresalto de mal humor fue el último. A partir de este
momento, Kronstadt no conoció un solo caso de persecución por ideas. Todas las
tesis podían circular allí libremente. La tribuna de la plaza del Ancla estaba
abierta a todo el mundo (nota de Volin).
Trátase
de los destacamentos armados alrededor de las ciudades. Su finalidad principal
era la de suprimir el comercio ilícito y confiscar los víveres y otros
productos. La irresponsabilidad y las arbitrariedades de estas «represas»
llegaron a ser proverbiales en el país. Hecho chistoso: el Gobierno suprimió
estos destacamentos la víspera de su ataque contra Kronstadt. Se buscaba así
enseñar y adormecer al proletariado de Petrogrado (nota de Volin).
Abolir
los destacamentos comunistas de choque en todas las unidades del ejército, así
como la guardia comunista en fábricas e industrias. En caso de necesidad, los
cuerpos de guardia podrán ser designados en el ejército por las compañías y en
las industrias y fábricas por los obreros mismos.
Dar a los
campesinos la plena libertad de acción en lo que concierne a sus tierras, así
como el derecho a poseer ganado, a condición de que lo hagan con su trabajo,
sin re-currir al trabajo ajeno.
Designar
una comisión ambulante de control.
Autorizar
el libre ejercicio del artesanado, sin emplear trabajo asalariado.
Pedimos a
todas las unidades del ejército y a los camaradas kursanty militares unirse a
nuestra resolución.
La resolución se adoptó por unanimidad en las
tripulaciones de la escuadra. Dos personas se abstuvieron.
Firmado: Petrichenko, presidente de la reunión;
Perepelkin, secretario.
EL PERIÓDICO OFICIAL DE LA INSURRECCIÓN
Extractos de la Izvestia de Kronstad. 260
Este
periódico había existido mucho antes de la insurrección de marzo de 1921. La
traducción
He aquí algunos de sus titulares:
«Todo el poder a los soviets, no a los partidos.»
«El poder de los soviets liberará a los
trabajadores de los campos del yugo de los comunistas.»
«Lenin dice: el comunismo es el poder de los
soviets más la electrificación; pero el pueblo ha constatado que el comunismo
bolchevique era el absolutismo de los comisarios más los fusiles.»
«Los soviets, y no la Constituyente, son la fuerza
de los trabajadores.»
«Viva Kronstadt roja con el poder de los soviets
libres.»
«El primer disparo de Trotsky es la señal de la
angustia de los comunistas.»
(Número 1, 3 de marzo de 1921.)
A la población de la fortaleza y la ciudad de
Kronstadt:
Camaradas y ciudadanos, nuestro país atraviesa un
momento difícil. Hace ya tres años que el hambre, el frío y el caos económico
nos dejan en un estado terrible. El Partido Comunista, que gobierna al país, se
ha separado de las masas y mostrado impotente para sacarlas de un estado de
debacle general. El Partido no ha considerado las tribulaciones habidas
últimamente en Petrogrado y Moscú, que han
completa de los números del periódico aparecidos
durante la insurrección ha sido publicada por las Ediciones Belibaste (La
Comuna de Cronstadt, 1969).
demostrado claramente que ese Partido ha perdido la
confianza de las masas obreras. Ha desconsiderado igualmente las
reivindicaciones formuladas por los obreros. Considera que todo esto está
llevado por la contrarre-volución. Se equivoca profundamente.
Estas tribulaciones, estas reivindicaciones son la
voz del pueblo entero, de todos los que trabajan. Todos los obreros, marinos y
soldados rojos ven claramente hoy que sólo los esfuerzos comunes, sólo la
voluntad común de los trabajadores, podrá dar al país pan, madera y carbón,
podrá vestir y calzar al pueblo, podrá sacar a la República del punto muerto en
que está.
Esta voluntad de todos los trabajadores, soldados
rojos y marinos se manifiesta netamente en el gran mitin de nuestra ciudad del
martes 1 de marzo. El mitin votó por unanimidad una resolución de las
tripulaciones de la primera y segunda escuadra.
Una de las decisiones adoptadas fue la de proceder
inmediatamente a la reelección de los soviets.
A fin de establecer bases más justas para estas
reelecciones, de suerte que la participación de los trabajadores sea efectiva y
que la vida sea un órgano activo y enérgico, los delegados de todas las
organizaciones de la marina, guarnición y obreros, se reunieron el 2 de marzo
en la Casa de la Educación. Esta reunión debía elaborar las bases de nuevas
elecciones y comenzar luego un trabajo positivo y pacífico, trabajo de
reorganización del sistema soviético.
Pero como había razones para temer una represión, a
con-tinuación de los discursos amenazantes de los
representantes del poder la reunión decidió crear
un comité revolucionario provisional y darle plenos poderes en cuanto a la
administración de la ciudad y de la fortaleza.
El Comité provisional tiene su sede en el navío
Petropavlosk.
¡Camaradas y ciudadanos! El Comité provisional se
preocu-pa sobre todo porque no haya efusión de sangre. Ha empleado todos los
esfuerzos para mantener el orden revolucionario en la ciudad, en la fortaleza y
en los fuertes.
¡Camaradas y ciudadanos! No dejéis vuestro trabajo.
Obreros, seguid en vuestras máquinas. Marinos y soldados, no abandonéis
vuestros puestos. Todos los empleados, todas las instituciones deben continuar
trabajando.
El Comité Revolucionario provisional exhorta a
todas las organizaciones obreras, a todos los sindicatos marítimos y demás, a
todas las unidades de mar y de tierra, así como a todos los ciudadanos
individualmente, a prestarle su ayuda.
Su misión es asegurar, en cooperación fraterna con
nosotros, las condiciones necesarias para las elecciones justas y honestas del
nuevo soviet.
Así, pues, camaradas, orden, calma y sangre fría.
¡Todos al trabajo socialista honrado por el bien de
todos los trabajadores!
Kronstadt, 2 de marzo de 1921.
Firmado: Petrichenko, presidente del Comité
Revolucionario provisional;
Tukin, secretario.
Publicamos el radiograma siguiente, lanzado por la
agencia «Rosta», de Moscú, e interceptado por la estación T. S. F. del
Petropavlosk:
«¡A la lucha contra la conspiración de blancos!
»EL amotinamiento del ex general Kozlovsky y del
navío Pe-tropavlosk ha sido organizado por los espías de la Entente, como en
otros numerosos complots anteriores. Esto se aprecia en la lectura del
periódico burgués francés Le Matin, que, dos semanas antes de la revuelta de
Kozlovsky, publicó el siguiente telegrama desde Helsingfors: «Se pide a
Petrogrado que, tras la rebelión de Kronstadt, las autoridades militares
bolcheviques tomen medidas para aislar a Kronstadt, y evitar que los marinos y
soldados de Kronstadt se acerquen a Petrogrado. El avituallamiento de Kronstadt
queda prohibido hasta nueva orden.»
»Está claro que la sedición de Kronstadt ha sido
dirigida por París, que el contraespionaje francés está allí mezclado. Siempre
la misma historia. Los socialistas revolucionarios, dirigidos desde París,
tramaron la rebelión contra el gobierno soviético y, apenas terminados sus
preparativos, el verdadero instigador, un general zarista, hizo su aparición.
La historia de Koltchak, que trató de restablecer el poder con la ayuda de los
socialistas revolucionarios, se repite una vez más. Todos los enemigos de los
trabajadores, desde los generales zaristas hasta los socialistas
revolucionarios incluidos, tratan de especular con el hambre y el frío.
Naturalmente, esta rebelión de los generales y de los so-cialistas
revolucionarios será reprimirá rápidamente, y el general Kozlovsky y sus
acólitos seguirán la suerte de Koltchak.
»Pero está fuera de duda que el hilo de espionaje
de la En-tente no se ha lanzado sólo sobre Kronstadt. ¡Obreros y soldados
rojos, romped ese hilo! ¡Desenmascarad a los insinuadores y provocadores!
Necesitáis sangre fría, dominio de vosotros mismos, vigilancia. No olvidéis que
el verdadero medio de salir de las dificultades alimenticias y demás,
momentáneas aunque penosas, es un trabajo intenso y en buena armonía, y no
excesos insensatos que sólo pueden aumentar la miseria, para mayor alegría de
los enemigos malditos de los trabajadores.»
Damos a conocimiento de todos el texto de una
proclama lanzada sobre Kronstadt desde un avión comunista. Los ciudadanos sólo
experimentaron desprecio por esta calumnia provocadora:
«A los equivocados de Kronstadt:
»¿Veis ahora a dónde os han llevado los holgazanes
de bi-gotes retorcidos? ¡Ved dónde estáis! Los antiguos generales zaristas
aparecen ya tras la espalda de los socialistas revolucionarios y de los
mencheviques. Todos los Petrichenko y Tukin son manejados como marionetas por
el general zarista Kozlovsky, los capitanes Borkser, Kostromitinoff,
Chirmanovsky y otros guardias blancos probados. ¡Os engañan! Os dicen que
lucháis por la democracia. Apenas han pasado dos días y ya veis que, en
realidad, no lucháis para la democracia, sino para los generales zaristas.»
(Número 2, 4 de marzo de 1921.)
A la población de la ciudad de Kronstadt:
¡Ciudadanos! Kronstadt ha comenzado una dura lucha
por la libertad. En todo momento puede verse una ofensiva de los comunistas
para tomar Kronstadt e imponemos de nuevo su poder, que nos ha conducido al
hambre, al frío y al caos económico.
Todos, hasta el último, defenderemos con fuerza y
firmeza la libertad conquistada. Nos opondremos al deseo de ocupar Kronstadt. Y
si los comunistas tratan de hacerlo por la fuerza de las armas, responderemos
con una digna resistencia.
El Comité Revolucionario provisional pide a la
población que no se asuste en caso de que oiga disparos.
La calma y la sangre fría nos darán la victoria.
El Comité Revolucionario provisional.
Nota:
El Comité Revolucionario provisional desmiente los
bulos de que los comunistas detenidos hayan padecido violencias. Los comunistas
detenidos gozan de completa seguridad.
Además, una parte de los comunistas detenidos ha
sido puesta en libertad. Un representante del Partido Comunista participará en
la comisión encargada de investigar los motivos de los arrestos.
Los camaradas comunistas Liline, Kabanoff y
Pervouchin se han dirigido al Comité Revolucionario y han sido autorizados a
visitar a los detenidos en el navío Petropavlosk, lo que los camaradas
confirman estampando aquí sus firmas.
Firmado: Liline, Kabanoff, Pervouchin. En la copia
firma el conforme N. Archipoff, miembro del Comité Revolucionario.
Por el secretario, firmado, P. Bogdanoff. (Número
3, 5 de marzo de 1921.)
Vencer o morir.
Una reunión de delegados.— Ayer, 4 de marzo, a las
seis de la tarde, tuvo lugar en el club de la guarnición una reunión de los
delegados, de las unidades militares y de los sindicatos, convocada para
completar el Comité Revolucionario provisional para la elección de otros
miembros y para escuchar informes sobre los acontecimientos en curso.
Asistieron a la reunión 220 delegados, venidos en
su mayoría directamente del lugar de trabajo.
El marino Petritchenko, presidente, declaró que el
Comité Revolucionario provisional, sobrecargado de trabajo, debía ser
completado al menos con diez nuevos miembros.
De entre veinte camaradas candidatos propuestos, la
reunión eligió por aplastante mayoría de votos a Verchinis, Perepelkin,
Koupoloff, Ossossoff, Valk, Romanenko, Pavloff, Baikoff, Patroucheff y Kilgast.
Los nuevos miembros ocuparon su lugar en el buró.
Luego, Petritchenko, presidente del Comité
Revolucionario provisional, presentó un informe detallado sobre la actividad
del Comité desde su elección hasta entonces.
El camarada Petritchenko subrayó que la guarnición
entera de la fortaleza y de los navíos estaba presta al combate,
llegado el caso. Constató el gran entusiasmo que
animaba a toda la población trabajadora de la ciudad, obreros, marinos y
soldados rojos.
Aplausos frenéticos acogieron a los nuevos elegidos
y el in-forme del presidente.
La reunión pasó luego a los asuntos en curso.
Se dio a conocer que la guarnición y la ciudad
estaban sufi-cientemente provistas de víveres y combustibles.
Se examinó la cuestión del armamento de los
obreros.
Se decidió que todos los obreros sin excepción
serían armados y encargados de la guardia en el interior de la ciudad, pues
todos los marinos y soldados deseaban tomar su puesto en los destacamentos de
combate. Esta decisión levantó una aprobación entusiasta a los gritos de
«¡Victoria o muerte!».
Se decidió luego elegir, en el plazo de tres días,
a las comisiones administrativas de todos los sindicatos y al consejo de
sindicatos. Este último debía ser el órgano obrero dirigente, en contacto
permanente con el Comité Revolucionario provisional.
Luego, los camaradas marinos que con mucho riesgo
lograron escapar de Petrogrado, Strelna, Peterhof y Oraniembaum, informaron.
Constataron que la población y los obreros de todas
las localidades estaban mantenidos por los comunistas en una ignorancia total
de cuanto pasaba en Kronstadt. Por doquier se extendían rumores de que guardias
blancos y generales operaban en Kronstadt.
Este informe levantó la hilaridad general.
Lo que enervó más la reunión fue la lectura de una
especie de «Manifiesto» difundido en Kronstadt por un avión comunista.
«¡Sí! —gritaban—. Tenemos aquí a un general, el
comisario de la flota báltica, Kuzmin. ¡Y está arrestado!»
La reunión terminó con voces y manifestaciones de
entusiasmo demostrando la decisión unánime y firme de vencer o morir.
Editorial:
Las manos callosas de los marinos y obreros de
Kronstadt han arrancado el gobierno de las manos de los comunistas y han tomado
el timón.
El navío del poder soviético será conducido de
forma atenta y segura hacia Petrogrado, desde donde este poder de manos
callosas deberá extenderse sobre la Rusia desventurada.
¡Pero atención, camaradas!
Duplicad vuestra vigilancia, pues el camino está
sembrado de escollos. Un bandazo imprudente, y vuestro navío, con su carga tan
preciosa para vosotros, la de la construcción social, puede chocar con una
roca.
Camaradas, vigilad de cerca los abordajes del
timón: los enemigos tratan ya de tomarle. Un solo fallo, y os le arrebatarán, y
el navío soviético podrá caer bajo la risa triunfal de los lacayos zaristas y
de los criados de la burguesía.
Camaradas, en este momento gozáis de la grande y
pacífica
victoria sobre la dictadura de los comunistas. Pero
vuestros enemigos también gozan.
Las razones de esta alegría, en vosotros y en
ellos, son opuestas.
Estáis animados de un deseo ardiente de restablecer
el ver-dadero poder de los soviets, de una noble esperanza por ver al obrero
ejercer un trabajo libre y al campesino gozar del derecho a disponer, en la
tierra, de los productos de su trabajo. Ellos sueñan con establecer el knut del
zarismo y los privilegios de los generales.
Vuestros intereses son diferentes; ellos no son
compañeros de camino.
Vosotros necesitáis desembarazaros del poder de los
comunistas para entregaros al trabajo creador y a la construcción pacífica.
Ellos quieren destruir ese poder para que obreros y campesinos sean sus
esclavos.
Vosotros buscáis la libertad; ellos quieren
encadenaros.
¡Vigilad! No permitáis que el lobo con piel de
cordero tome el timón.
Llamada por radio:
A todos..., a todos..., a todos...
¡Camaradas obreros, soldados rojos y marinos!
Aquí en Kronstadt sabemos cuánto sufrís vosotros,
vuestras mujeres y vuestros hijos hambrientos, bajo el yugo de la dictadura
comunista.
Nosotros hemos abolido el soviet comunista. En
breves días, nuestro Comité Revolucionario provisional procederá a las
elecciones del nuevo soviet, que, elegido libremente,
reflejará la voluntad de la población trabajadora y
la guarnición, y no la de un puñado de locos «comunistas».
Nuestra causa es justa. Estamos por el poder de los
soviets y no de los partidos. Estamos por la elección libre de los
representantes de las clases trabajadoras. Los soviets falsificados, acaparados
y manipulados por el Partido Comunista han sido siempre sordos a nuestras
necesidades y peticiones; la única respuesta obtenida fue la bala asesina.
Actualmente, en que la paciencia de los
trabajadores llega al límite, se os cierra la boca con limosnas; por orden de
Zinoviev, ciertos impuestos son suprimidos en la provincia de Petrogrado, y
Moscú asigna diez millones de rublos oro para la compra al extranjero de
víveres y objetos de primera necesidad. Pero sabemos que el proletariado de
Petrogrado no se dejará comprar con esas limosnas. Por encima de las cabezas de
los comunistas, Kronstadt revolucionaria os tiende la mano y os ofrece su ayuda
fraternal.
¡Camaradas! No sólo se os engaña, sino que se os
desnaturaliza impunemente la verdad, hasta la disimulación más vil. ¡Camaradas,
no lo toleréis!
En Kronstadt, el poder está exclusivamente en manos
de los marinos, soldados y obreros revolucionarios, y no en las de
«contrarrevolucionarios dirigidos por un Kozlovsky», como trata de haceros
creer la radio embustera de Moscú.
¡No tardéis, camaradas! ¡Uníos a nosotros! ¡Entrad
en con-tacto con nosotros!
Exigid que vuestros delegados sin partidos sean
autorizados a venir a Kronstadt.
Sólo ellos podrán deciros la verdad y desenmascarar
la
abyecta calumnia sobre el «pan finlandés» y los
amaños de la Entente.
¡Viva el proletariado revolucionario de las
ciudades y los campos!
¡Viva el poder de los soviets libremente elegidos!
Una carta
¡Camaradas comunistas de base! Mirad a vuestro
alrededor y veréis que estamos atascados en una horrible ciénaga. Hemos sido
metidos en ella por un puñado de «comunistas» burócratas que, bajo la máscara
de comunistas, se han adueñado de los nidos más cálidos de nuestra República.
Como comunista, os suplico: desembarazaos de estos
falsos «comunistas» que os llevan al fratricidio.
Gracias a ellos, nosotros, comunistas de base, que
no somos responsables de nada, padecemos los reproches de nuestros camaradas
obreros y campesinos sin partido.
Estoy indignado con la situación actual.
¿Es posible que la sangre de nuestros hermanos
corra por culpa de los intereses de estos «comunistas burocráticos»?
¡Camaradas, recuperad el buen sentido! No os dejéis
llevar por esos «comunistas» burócratas que os provocan y os lanzan a la
carnicería.
¡Ponedles lejos de vosotros! Un verdadero comunista
no debe imponer su idea, sino marchar junto con toda la masa trabajadora, en
sus mismas filas.
Rojkali, miembro del Partido Comunista Ruso
(Bolchevique).
(Número 5, 7 de marzo de 1921.)
Editorial:
El «mariscal de campo» Trotsky amenaza a Kronstadt
en-tera, libre y revolucionaria, alzada contra el absolutismo de los comisarios
comunistas.
Los trabajadores, que se han sacudido el yugo de la
vergonzosa dictadura del Partido Comunista, están amenazados por este nuevo
Trepoff 261 con un ataque militar. Promete bombardear la población pacífica de
Kronstadt. Repite la orden del otro: «¡No economicéis balas!» Debe tener
cantidad de ellas para los obreros, marinos y soldados rojos revolucionarios.
Las conferencias sobre una delegación:
El Comité Revolucionario provisional ha recibido de
Petrogrado el radiotelegrama siguiente:
«Haced saber por radio a Petrogrado si se pueden
enviar de Petrogrado a Kronstadt algunos delegados del soviet entre los sin
partido y miembros del Partido, para saber de qué se trata.»
F.
Trepoff, uno de los más feroces generales del zar Nicolás II, célebre por su
orden a las tropas frente a las masas en el 1905: «¡No economicéis balas!»
(nota de Volin).
El Comité Revolucionario provisional respondió
inmediata-mente por radio:
Radiotelegrama al soviet de Petrogrado.—Habiendo
recibido la radio del soviet de Petrogrado una nota preguntando «si se pueden
enviar de Petrogrado a Kronstadt algunos delegados del soviet elegidos entre
los sin partido y los miembros del Partido para saber de qué se trata», os
informamos que:
No tenemos confianza en la independencia de
vuestros sin partido.
Proponemos elegir, en presencia de una delegación
de los nuestros, a delegados sin partido de fábricas, unidades rojas y marinos.
A ellos podéis añadir un 15 por 100 de comunistas. Es deseable tener la
respuesta indicando la fecha de envío de los representantes de Kronstadt a
Petrogrado y de los delegados de Petrogrado a Kronstadt el 6 de marzo a las 18
horas. En caso de imposibilidad de respuesta en ese plazo, pedimos que se
indique vuestra fecha y los motivos del retraso.
Los medios de desplazamiento deberán estar a cargo
de la delegación de Kronstadt.
El Comité Revolucionario provisional.
Nosotros no ejercitamos la venganza
La opresión de las masas trabajadoras por la
dictadura co-munista ha producido una indignación y un resentimiento
perfectamente naturales entre la población. Como consecuencia de este estado de
cosas, algunas personas
pertenecientes a los comunistas fueron boicoteadas
o expulsadas. Nosotros no buscamos la venganza; defendemos nuestros intereses
obreros. Hay que actuar con sangre fría y eliminar únicamente a los que, por el
sabotaje o por una campaña calumniadora, impiden la restauración del poder y de
los derechos de los trabajadores.
Un fuerte es solidario
Nosotros, soldados del Ejército Rojo del fuerte de
Krasnoarmeietz, somos cuerpo y alma del Comité Revolucionario. Defenderemos
hasta el último momento el Comité, los obreros y los campesinos.
Que nadie crea en las mentiras de las proclamas
comunistas lanzadas por los aviones. No tenemos aquí ni generales ni señores.
Kronstadt ha sido siempre la ciudad de los obreros
y campesinos, y continuará siéndolo.
Los comunistas dicen que estamos manejados por
espías. Es una mentira crasa. Siempre hemos defendido las libertades
conquistadas por la revolución, y las defenderemos siempre.
Si quieren persuadirse de ello, que nos envían una
delegación. Y en cuanto a los generales, están al servicio de los comunistas.
En el momento actual, cuando la suerte de los
campesinos está en juego, nosotros, que hemos tomado todo el poder en la mano,
y puesto el mando supremo bajo el Comité Revolucionario, declaramos a la
guarnición entera y a todos
los trabajadores que estamos dispuestos a morir por
la libertad del pueblo laborioso.
Liberados del yugo comunista y del terror de estos
tres años, preferimos morir antes que retroceder un solo paso.
El destacamento del fuerte de Krasnoarmeietz.
(Número 6, 8 de marzo de 1921.)
Primer comunicado:
A las 6,45 de la tarde, las baterías de Sestroretsk
y Lissy Noss han comenzado abriendo el fuego contra Kronstadt.
Los fuertes de esta ciudad afrontaron el desafío y
rápidamente redujeron al silencio a las baterías.
Luego abrió el fuego la Krasnaia Gorka. Recibió
digna res-puesta del navío Sebastopol.
Siguió un cañoneo continuo.
De los nuestros, dos soldados rojos han sido
heridos e internados en el hospital.
No hubo daños materiales.
Kronstadt, 7 de marzo de 1921.
El primer bombardeo
Han comenzado a bombardear Kronstadt. Bien; estamos
preparados. ¡Mediremos nuestras fuerzas!
Tienen prisa en actuar. Se comprende. Pese a todas
las mentiras de los comunistas, los trabajadores rusos comienzan a comprender
la grandeza de la obra de liberación entablada por Kronstadt revolucionaria
luego de tres años de esclavitud.
Los verdugos están inquietos. La Rusia soviética,
víctima de su terrible aberración, se escapa de su prisión. Está obligada a
renunciar a su dominación sobre el pueblo trabajador. El gobierno comunista da
señales de angustia. Los ocho días de existencia de Kronstadt libre prueban su
impotencia.
Un poco más, y una digna respuesta de nuestros
navíos hará zozobrar el barco de los piratas soviéticos forzados a luchar con
la Kronstadt revolucionaria en cuyo pabellón campea la divisa «¡Todo el poder
para los soviets, y no para los partidos!».
Que lo sepa el mundo
A todos..., a todos..., a todos...
Acaba de dispararse el primer cañonazo. El
«mariscal de campo» Trotsky, manchado con la sangre de los obreros, fue el
primero en disparar sobre la Kronstadt revolucionaria que se alzó contra la
autocracia comunista para restablecer el verdadero poder de los soviets.
Sin haber vertido una sola gota de sangre,
nosotros, los soldados rojos, marinos y obreros de Kronstadt, nos hemos
liberado del yugo de los comunistas, permitiendo incluso a aquellos que se
encontraban entre nosotros vivir. Pero ellos quieren imponemos ahora de nuevo
su poder con la amenaza de sus cañones.
No queriendo ninguna efusión de sangre, hemos
pedido que se enviaran aquí delegados de los sin partido del proletariado de
Petrogrado para que comprendieran que Kronstadt lucha por el poder de los
soviets. Pero los comunistas ocultaron nuestra respuesta a los obreros de
Petrogrado y abrieron fuego: respuesta habitual del pretendido gobierno obrero
y campesino a las peticiones de las masas trabajadoras.
Que los obreros del mundo entero sepan que
nosotros, defensores del poder de los soviets, velaremos por las conquistas de
la revolución social.
Venceremos o moriremos sobre las ruinas de
Kronstadt, lu-chando por la justa causa de las masas obreras.
Los trabajadores del mundo entero serán nuestros
jueces. La sangre de los inocentes recaerá sobre la cabeza de los comunistas,
locos furiosos enervados por el poder.
¡Viva el poder de los soviets!
El Comité provisional Revolucionario.
Kronstadt liberada, a los obreros del mundo
Hoy es un día de fiesta universal: el día del
trabajador. Nos-otros, desde Kronstadt, en medio del estruendo de los cañones y
las explosiones de obuses lanzados por los comunistas enemigos del pueblo
trabajador, mandamos nuestros fraternales saludos a los obreros del mundo:
saludos de Kronstadt rojo, revolucionario y libre.
Deseamos que pronto realicéis vuestra emancipación,
libre de toda forma de violencia y de opresión.
¡Vivan los libres obreros revolucionarios!
¡Viva la revolución social mundial!
El Comité Revolucionario provisional.
Kronstadt está tranquila
Ayer, 7 de marzo, los enemigos de los trabajadores,
los co-munistas, han abierto el fuego contra Kronstadt.
La población acoge el bombardeo valientemente. Los
obreros corrieron a las armas con valentía. Estaba claro que la población
trabajadora de la ciudad estaba de perfecto acuerdo con su Comité
Revolucionario provisional.
Pese a la apertura de las hostilidades, el Comité
creyó inútil proclamar el estado de sitio. En efecto, ¿qué habría de temer? ¡No
a sus soldados rojos, ni a sus marinos, ni a sus obreros, ni a sus
intelectuales! Contrariamente, en Petrogrado, en razón del estado de sitio
proclamado, no se puede salir a la calle a partir de las siete de la tarde. Es
comprensible: los impostores temen a su propia población trabajadora.
Los fines por los que combatimos
Al hacer la revolución de Octubre, la clase obrera
había
esperado obtener su emancipación. Pero resultó una
esclavitud aún mayor de la individualidad humana.
El poder de la monarquía policial pasó a manos de
los usur-padores comunistas, que en lugar de liberar al pueblo le encarcelaron
en la Checa, cuyos horrores sobrepasan en mucho los métodos de los zares.
Tras largos años de lucha y sufrimiento, el
trabajador de la Rusia soviética no ha obtenido más que órdenes impertinentes,
golpes de bayoneta y el silbido de las balas de los cosacos de la Checa. De
hecho, el poder comunista ha sustituido el emblema glorioso de los
trabajadores, la hoz y el martillo; en su lugar, está el símbolo de la bayoneta
y los barrotes, lo que ha permitido a la nueva burocracia, a los comisarios y
funcionarios comunistas, asegurarse una vía tranquila y sin sobresaltos.
Pero lo más abyecto y criminal es la esclavitud
espiritual instaurada por los comunistas: leen incluso el pensamiento y las
intenciones morales de los trabajadores, obligando a cada cual a pensar
únicamente según su fórmula.
Con ayuda de los sindicatos estatalizados, ataron
al obrero a la máquina y transformaron el trabajo en una nueva esclavitud, en
lugar de hacerlo placentero.
A las protestas de campesinos, que se traducían en
revueltas espontáneas; a las reclamaciones de los obreros, obligados por las
mismas condiciones de su vida a recurrir a la huelgas, responden con
fusilamientos en masa y con una ferocidad que deja pálida la de los generales
zaristas.
La Rusia de los trabajadores, la primera que alzó
la bandera roja de la emancipación del trabajo, es contradicha por la
sangre de los mártires, para mayor gloria de la
dominación comunista. Los comunistas ahogan en este mar de sangre todas las
grandes y bellas promesas y posibilidades de la revolución proletaria.
Cada vez estaba más claro, y ahora es evidente, no
es como fingía serlo el defensor de los trabajadores. Los intereses de la clase
obrera le son extraños. Tras haber obtenido el poder, sólo tiene una
preocupación: no perderle. Así, considera que todos los medios son buenos:
difamación, engaño, violencia, asesinato, venganza sobre las familias de los
rebeldes.
Pero la paciencia de los trabajadores mártires está
en el lí-mite.
El país se ilumina aquí y allí por el incendio de
las rebe-liones en la lucha contra la opresión y la violencia. Las huelgas
obreras se multiplican.
Los sabuesos bolcheviques vigilan. Se toman todas
las me-didas para atajar y sofocar la inevitable tercera revolución.
Pese a todo, ésta ha llegado. Está realizada por
las masas trabajadoras mismas. Los generales del comunismo saben bien que es el
pueblo el que se ha levantado, convencido de que es suya la traición a las
ideas de la revolución. Temiendo por su piel, y sabiendo que no podrán
ocultarse en ninguna parte para escapar a la cólera de los trabajadores, los
comunistas tratan de aterrorizar a los rebeldes, con ayuda de sus «cosacos»,
con la cárcel, la ejecución y otras atrocidades. Bajo el yugo de la dictadura comunista,
la misma vida es peor que la muerte.
El pueblo trabajador rebelde ha comprendido que en
la lucha contra los comunistas y contra el régimen de la
servidumbre establecida, no puede uno pararse a
medio comino. Hay que ir hasta el fin. Los comunistas temen hacer concesiones:
quitan impuestos en la provincia de Petrogrado, asignan diez millones de rublos
oro para la compra de productos en el extranjero. Pero nadie se engañe: es el
puño de hierro del amo, del dictador, del que se oculta tras el cebo, del amo
que, una vez llegada la calma, hará pagar la factura.
¡No nos detengamos a medio camino! ¡Hay que vencer
o morir!
Kronstadt roja, terror de la contrarrevolución de
izquierda y de derecha, da ejemplo.
Aquí se dio el gran nuevo impulso hacia la
revolución. Aquí fue izada la bandera de la revolución contra la tiranía de los
tres últimos años, contra la opresión de la autocracia comunista que hiciera
palidecer los tres siglos del yugo monárquico.
Aquí, en Kronstadt, ha sido puesta la primera
piedra de la tercera revolución que romperá las últimas cadenas del trabajador
y le abrirá la nueva y larga marcha de la edificación socialista.
Esta nueva revolución sacudirá a las masas
trabajadoras de oriente y de occidente, pues mostrará el ejemplo de una nueva
construcción socialista en oposición a la «construcción» comunista, mecánica y
gubernamental. Las masas laboriosas del otro lado de nuestras fronteras se
convencerán entonces por los hechos de que cuanto se ha fabricado entre
nosotros hasta el presente en nombre de los obreros y campesinos no era el
socialismo.
El primer paso en este sentido se ha dado sin un
solo dis-paro, sin verter una gota de sangre. Los trabajadores no necesitan
sangre. Pese a todos los actos revolucionarios de los comunistas, tendremos
suficiente autodominio como para aislarles de la vida social, a fin de
evitarles perjudicar el trabajo Revolucionario con su falsa y desventurada
agitación.
Los obreros y campesinos marchan adelante
irresistiblemente. Dejan tras ellos la Constituyente con su régimen burgués y
la dictadura del Partido Comunista con su Checa y su capitalismo de Estado, que
aprieta el nudo en torno al cuello de los trabajadores amenazando con
estrangularles. El cambio que acaba de producirse ofrece, en fin, a las masas
trabajadoras la posibilidad de asegurarse de que los soviets libremente
elegidos funcionarán sin ninguna presión violenta de partido. Este cambio les
permitirá también reorganizar a los sindicatos estatalizados, por aso-ciaciones
libres, campesinos y trabajadores intelectuales.
La máquina policial de la autocracia comunista
queda por fin rota.
(Número 7, 9 de marzo de 1921.)
¡Escucha, Trotsky!:
En sus informes de radio, los comunistas han echado
carre-tas de basura sobre los animadores de la tercera revolución, que defiende
el verdadero poder de los soviets contra la usurpación y lo arbitrario de los
comisarios.
Nunca lo hemos ocultado a la población de
Kronstadt.
Siempre, en nuestros Izvestia, hemos publicado
estos ataques calumniosos.
No teníamos nada que temer. Los ciudadanos sabían
cómo se había producido la revuelta y por quién había sido hecha.
Los obreros y soldados rojos saben que no existen
en la guarnición ni generales ni guardias blancos.
Por su parte, el Comité Revolucionario provisional
ha enviado a Petrogrado un mensaje exigiendo la liberación de los rehenes
detenidos por los comunistas en prisiones superpobladas: obreros, marinos y sus
familias, así como la puesta en libertad de los detenidos políticos.
Nuestro segundo mensaje proponía hacer venir a
Kronstadt delegados sin partido que, habiendo visto sobre el terreno lo que
pasaba entre nosotros, pudieran decir la verdad a las masas trabajadoras de
Petrogrado.
Pues bien, ¿qué han hecho los comunistas? Han
ocultado este mensaje a los obreros y a los soldados rojos.
Algunas unidades de tropa del «mariscal de campo»
Trotsky, que se han pasado a nuestro lado, nos han enviado periódicos de
Petrogrado. En ellos, ni una sola palabra de nuestras emisiones de radio.
Y, sin embargo, no ha mucho, estos tramposos,
acostum-brados a jugar con las cartas marcadas, gritaban que no hay que tener
secretos ante el pueblo, ni siquiera secretos diplomáticos.
Escucha, Trotsky. En tanto logres escapar al juicio
del pue-blo, podrás fusilar inocentes por paquetes. Pero es imposible fusilar
la verdad. Acabará por abrirse paso. Tú y tus
«cosacos» os veréis obligados entonces a rendir
cuentas.
Bajo la dictadura de los comunistas, las tareas de
los sindi-catos y sus comisiones administrativas están reducidas al mí-nimo.
Durante los cuatro años del movimiento sindical
revolucionario en Rusia «socialista», nuestros sindicatos no tenían ninguna
posibilidad de ser organismos de clase.
No por culpa propia, sino como consecuencia de la
política del partido dirigente, que buscaba educar a las masas por el método
centralista, «comunista».
A fin de cuentas el trabajo de los sindicatos se
reducía a es-critos y correspondencias absolutamente inútiles, cuyo fin era
establecer el número de los miembros de tal o cual sindicato, y fijar, luego,
la especialidad de cada adherente, su situación en relación con el partido,
etc.
En cuanto a la actividad económica de carácter
cooperativo, así como a la educación cultural de los obreros miembros del
sindicato, nada se ha emprendido en este sentido. Es lo normal. Pues si se
hubiese dado a los sindicatos el derecho a una amplia actividad independiente,
todo el sistema centralista de la construcción emprendida por los comunistas
hubiese debido desplomarse fatalmente, lo que hubiese conducido a la
demostración de la inutilidad de los comisarios y de las «secciones políticas».
Fueron estos defectos los que separaron a las masas
de los sindicatos, los que se transformaron finalmente en núcleos de
gendarmería que impedían la actividad verdaderamente sindicalista de la clase
trabajadora. Una vez echada abajo la
dictadura del Partido Comunista, el papel de los
sindicatos deberá cambiar radicalmente. Los sindicatos y sus comisiones
administrativas, una vez reelegidos, deberán cumplir una tarea de educación de
masas grande y urgente, por una renovación económica y cultural del país.
Deberán animar su actividad con un soplo nuevo, purificador. Tendrán que ser
verdaderas emanaciones de los intereses del pueblo.
La República soviética no podrá ser fuerte más que
cuando su administración sea ejercida por las clases trabajadoras, con ayuda de
los sindicatos renovados.
¡Al trabajo, pues, camaradas obreros! Construyamos
los nuevos sindicatos, libres de toda empresa; allí está nuestra fuerza.
(Número 9, 11 de marzo de 1921.)
A los camaradas obreros y campesinos
Kronstadt ha comenzado una lucha heroica contra los
poderes odiosos de los comunistas, por la emancipación de los obreros y
campesinos.
Todo lo que ocurre actualmente fue preparado por
los co-munistas mismos, por su obra de sangre y ruinas que dura ya tres años.
Las cartas que nos llegan del campo están llenas de odio y de maldiciones
contra los comunistas. Nuestros camaradas, llenos de cólera y de indignación,
nos han contado los horrores perpetrados por los bolcheviques en toda la
extensión del país. Por otra parte, nosotros mismos hemos visto, escuchado y
palpado todo lo que pasa a nuestro alrededor. Un inmenso y desgarrador clamor nos
llega del
campo y de las ciudades de la enorme Rusia, que
encendió en nuestros corazones la indignación y que armó nuestros brazos.
No queremos el retorno al pasado. No somos ni
criados de la burguesía, ni mercenarios de la Entente. Estamos por el poder
obrero, pero no por la autoridad desencadenada y tiránica de un solo partido
cualquiera.
No son Koltchak, ni Denikin, ni Youdenitch 262
quienes actúan en Kronstadt: Kronstadt está en manos de los trabajadores. El
buen sentido y la conciencia de los simples marinos, soldados y obreros de
Kronstadt han encontrado al fin las palabras y el camino que nos permitirán
salir del atasco.
Al comienzo, queríamos ir por la vía pacífica. Pero
los co-munistas no han querido ceder. Más agarrados al poder que Nicolás II,
estaban dispuestos a ahogar al país en sangre, como auténticos autócratas que
son.
Y he aquí que incluso Trotsky, ese genio maligno de
Rusia, lanza sobre nosotros a nuestros hermanos. Centenas de sus cadáveres
cubren ya el hielo alrededor de la fortaleza. Desde hace cuatro días se
encarniza la lucha, truena el cañón, corre la sangre fraterna. Desde hace
cuatro días los héroes de Kronstadt rechazan victoriosamente todos los ataques
de nuestros enemigos. Como un gavilán, Trotsky planea sobre nuestra heroica
ciudad. Pero Kronstadt sigue firme. Todos nosotros estamos dispuestos a morir
antes que a capitular.
El
almirante Alexis Koltchak (1874-1920), hizo la guerra en la Rusia
revolucionaría en Sibería
(1918-1919) y fue fusilado en 1920. El general
Nicolás Youdenitch (1862-1933) dirigió igualmente un ejército blanco en
1918-1919, una especie de cuerpo de cosacos, para caer finalmente en un combate
contra los bolcheviques.
Nuestros enemigos trabajan con kursanty, guardias
comunistas especiales y tropas venidas de lejos, engañadas y amenazadas con el
plomo por la espalda. ¡Camaradas obreros! Kronstadt lucha por vosotros, por los
hambrientos, por los andrajosos y sin abrigo.
Mientras los bolcheviques estén en el poder, no
habrá una vida mejor.
Vosotros soportáis todo eso.
¿En nombre de quién? ¿Únicamente para que los
comunistas vivan gozosos y los comisarios engorden? ¿Les daréis vuestra
confianza?
Al informar el soviet de Petrogrado de que el
gobierno había asignado millones de rublos-oro para la compra de diversos
productos, Zinoviev calculó que a cada obrero le tocarían 50 rublos. He ahí,
camaradas, el precio por cabeza con que la camarilla bolchevique espera
compraros.
¡Camaradas campesinos! Es a vosotros a quien el
poder bolchevique ha equivocado y despojado más. ¿Dónde está la tierra que
habíais quitado a los propietarios, tras haber soñado con ella desde hace
siglos? Entre las manos de los comunistas, o explotada por los sovhkozes. Y
vosotros no tenéis sino mirarla y callar la boca.
Se os ha quitado todo cuanto era posible. Estáis
llamados al pillaje, a la ruina completa. Estáis agotados por la esclavitud
bolchevique. Se os ha obligado a hacer dócilmente la voluntad de vuestros
nuevos dueños llenándoos de hambre, cerrándoos la boca, dejándoos en la más
pura miseria.
¡Camaradas! Los de Kronstadt han levantado la
bandera de
la revolución con la esperanza de que decenas de
millones de obreros y campesinos responderán a su llamada.
Es preciso que el alba que comienza a salir en
Kronstadt se troque en sol brillante sobre toda Rusia.
Es preciso que la explosión de Kronstadt reanime a
Rusia entera y, en primer lugar, a Petrogrado.
Nuestros enemigos han llenado las cárceles de
obreros. Pero otros muchos sinceros y audaces están aún en libertad. Camaradas,
¡levantaos contra el absolutismo de los comunistas!
(Número 10, 12 de marzo de 1921.)
Nuestros generales
Los comunistas insinúan que generales, oficiales de
la guardia blanca y un cura se hallan entre los miembros del Comité
Revolucionario provisional.
A fin de acabar de una vez por todas con estas
mentiras, ponemos en su conocimiento que el Comité está compuesto por los
quince miembros siguientes:
Petritchenko,
primer escritor a bordo del Petropavlovsk.
Yakovenko,
telefonista del distrito de Kronstadt.
Ossossoff,
mecánico del Sebastopol.
Archipoff,
maestro mecánico.
Perepelkin,
mecánico del Sebastopol.
Patrouchev,
mecánico del Petropavlosk.
Koupoloff,
primer ayudante de médico.
Verchinin,
marinero del Sebastopol.
Toukin,
obrero eléctrico.
Romanenko,
guardia de talleres de reparación de
navíos.
Orechin,
empleado de la tercera escuela técnica.
Valk,
obrero carpintero.
Pavloff,
obrero de los talleres de minas marinas.
Bcükoff,
carretero.
Kilgast,
timonel.
(Núm. 12, 14 de marzo de 1921.)
Hay que aullar con los lobos
Debería esperarse que Lenin, en el momento de la
lucha de los trabajadores por sus derechos pisoteados, no fuese hipócrita y
dijera la verdad.
Es lo que obreros y campesinos creían que separaba
a Lenin de Trotsky y Zinoviev.
De Trotsky o Zinoviev no se creía una palabra; pero
en cuanto a Lenin, la confianza aún no estaba perdida.
Pero...
El 8 de marzo comenzó el X Congreso del Partido
Comunista ruso. Allí repitió Lenin todas las calumnias sobre
la rebelde Kronstadt. Declaró que la consigna del
movimiento era «la libertad de comercio». Añadió además que «el movimiento era
en favor de los soviets, pero contra la dictadura de los bolcheviques», no
omitiendo mezclar a «los generales blancos y los elementos anarquistas
pequeño-burgueses».
Así, mintiendo, Lenin se embrolló a sí mismo. Dejó
escapar de sus labios la confesión de que la base del movimiento era la lucha
por el poder de los soviets, contra la dictadura del partido. Pero, turbado,
añadió:
«Es una contrarrevolución de otro género. Es
extremadamente peligrosa por insignificantes que puedan parecer a primera vista
las correcciones que se piensan hacer a nuestra política.»
Hay de qué turbarse. El golpe dado por Kronstadt
revolucionario es duro. Los dirigentes del partido sienten que el fin de su
autocracia se aproxima.
El gran temor de Lenin está presente a lo largo de
todo su discurso sobre Kronstadt. La palabra «peligro» vuelve una y otra vez en
el.
Dice, por ejemplo, textualmente esto:
«Hay que acabar con el peligro pequeño-burgués, muy
peligroso para todos nosotros, pues, en lugar de unir al proletario, le desune,
necesitando nosotros el máximo de unidad.»
Sí, el jefe de los comunistas está obligado a
temblar y a apelar al «máximo de unidad». Pues la dictadura de los comunistas y
el partido mismo acusan una grave fisura.
De manera general, ¿podía Lenin decir la verdad?
Recientemente, en una reunión comunista
contradictoria sobre los sindicatos, dijo:
«Todo esto me mata. Estoy hasta más allá de la
cabeza. In-dependientemente de mi enfermedad, sería feliz dejando todo y
huyendo no importa a dónde.»
Pero sus partidarios no le dejarán huir. Es su
prisionero. Debe calumniar como ellos. Y, por otra parte, toda la política del
partido está angustiada por la acción de Kronstadt. Pues Kronstadt exige no.la
libertad de comercio», sino el verdadero poder de los soviets.
(Núm. 13, 15 de marzo de 1921.)
Casa de comercio Lenin, Trotsky y compañía
La casa comercial Lenin, Trotsky y Cía. ha
trabajado bien.
La criminal política absolutista del partido
comunista ha lle-vado a Rusia al abismo de la miseria y de la ruina. Tras eso,
debería emprender la retirada. Pero ¡ay!, las lágrimas y la sangre derramadas
por los trabajadores parecen aún insuficientes.
En el momento mismo de la lucha histórica,
audazmente llevada por Kronstadt, revolucionaria en favor de los derechos del
pueblo trabajador, burlados y pisoteados por los comunistas, una bandada de
cuervos ha decidido tener su X Congreso del partido. Trama allí los medios para
continuar, con más malicia y éxito, su obra fratricida.
«Comenzamos a realizar el principio de las
concesiones. El
éxito de esta empresa no depende de nosotros. Pero
debemos hacer lo posible.» Y, a continuación, se ve cómo han puesto a Rusia en
un buen aprieto: «Pues —añade— no podemos reconstruir el país sin recurrir a la
técnica extranjera, no sólo de las máquinas, sino también del carbón, que, sin
embargo, abunda entre nosotros. En el porvenir —añade— tendremos que seguir
haciendo nuevos sacrificios para tener objetos de consumo corriente, así como
lo necesario para la economía agraria.»
¿Dónde están, pues, las famosas realizaciones
económicas en nombre de las cuales se transformó al obrero en esclavo de la
industria del Estado y al campesino trabajador en siervo de los sovkhozes?
Esto no es todo. Hablando de la agricultura, Lenin
promete incluso «bienestar» si los comunistas continúan su «funcionarismo
económico» (tal fue su expresión).
«Y si un día logramos reconstituir acá y allá las
grandes economías rurales y la gran industria continúa, ello sólo será posible
imponiendo nuevos sacrificios a todo productor, sin darle nada a cambio.»
Tal es el «bienestar» que hace esperar el jefe de
los bolcheviques a todos los que quieran llevar dócilmente el yugo del
absolutismo de los comisarios.
Tenía rudamente razón ese campesino que declaró en
el
VIII Congreso de los Soviets:
«Todo va muy bien. Sólo que si la tierra es
nuestra, el pan es vuestro; el agua es nuestra, pero el pescado es vuestro; los
bosques son nuestros, pero la madera es vuestra.»
Aparte de eso, el trabajador no es nada.
Lenin promete «conceder algunos favores a los
pequeños patronos, alargar algo los cuadros de la economía libre». Como el
«buen señor viejo», prepara «algunos favores» para apretar el cuello de los
trabajadores ahora, y luego para atornillarles con la dictadura del partido. Se
ve bien en esta confesión: «Ciertamente, no se podrá salir de la situación,
pues el país está fatigado y en una miseria terrible.»
Está claro: habrá que quitar su última camisa al
miserable.
Así concibe Lenin el papel de la construcción:
concesiones comerciales por lo alto, impuestos por lo bajo.
Los beneficios de la «Comuna»
«¡Camaradas! Vamos a construir una vida nueva y
bella.» Así hablaban, así escribían los comunistas.
«Vamos a destruir el mundo de la violencia y
construiremos un nuevo mundo, socialista, con total belleza.» Así cantaban al
pueblo.
Veamos cuál es la realidad.
Las mejores casas, los mejores apartamentos están
requisados por los burós y sub-burós de las instituciones comunistas. Así sólo
los burócratas se ven instalados de una manera agradable, confortable,
espaciosa. El número de las viviendas habitables ha disminuido. Los obreros han
quedado donde estaban. Viven allí ahora llevados al límite, en unas condiciones
peores que antes.
Las casas, no estando mantenidas, se vienen abajo.
La cale-facción se descompone. Los cristales rotos no son reemplazados. Los
techos se agrietan, y el agua comienza a correr a su través. Las tapias se
caen. Las cañerías están medio reventadas. Los servicios no funcionan y su
contenido
invade los apartamentos, lo que obliga a los
ciudadanos a ir a satisfacer sus necesidades al patio o a casa de los vecinos.
Las escaleras carecen de luz, están llenas de mugre. Los patios están llenos de
inmundicia, por el hecho de que los fosos asépticos, los cubos de basura, las
letrinas y los canalones no son reparados ni vaciados. Las calles están sucias.
Las aceras, jamás reparadas, son defectuosas y resbaladizas. Hay peligro al
caminar por las calles.
Para obtener un alojamiento hay, que tener un buen
«clavo» en la oficina de alojamientos, sin lo cual no se puede soñar en el.
Sólo los favorecidos poseen apartamentos convenientes.
La cuestión de los víveres es aún peor.
Funcionarios irresponsables e ignorantes han dejado perderse millares de
toneladas de productos. Las patatas distribuidas están siempre heladas; la
carne, en primavera como en verano, podrida siempre. Antiguamente se echaba a
los cerdos lo que hoy los ciudadanos obtienen de los «constructores de la bella
vida nueva».
Fue «el honrado pescado soviético», el arenque, el
que salvó la situación durante bastante tiempo. Pero incluso el comienza ya a
escasear.
Los almacenes soviéticos están por debajo aún de
las industrias, de triste memoria, en que los industriales patronos vendían
cualquier bazofia, y donde los obreros esclavos no podían decir nada.
Para destruir la vida de la familia, nuestros
gobernantes han inventado restaurantes colectivos.
¿Cuál es el resultado?
Allí, el alimento es aún peor. Los productos son
robados de mil formas antes de llegar a los ciudadanos, que no reciben más que
los restos. La nutrición de los niños es un poco mejor, pero aún insuficiente.
La leche, sobre todo, falta. Para sus propios sovkhozes, los comunistas han
requisado a la población campesina todas las vacas lecheras. Por lo demás, la
mitad de los animales mueren antes de llegar al lugar de destino. La leche de
las vacas sobrevivientes va en primer lugar a los gobernantes, y luego a los
funcionarios. Sólo los restos llegan a los niños.
Pero lo más duro es vestirse y calzarse. Se llevan
o se cam-bian las ropas llevadas otras veces. Casi nada se distribuye (por
ejemplo, uno de los sindicatos distribuye actualmente botones: un botón y medio
por cabeza. ¿No es esto burlarse del mundo?). En cuanto al calzado, no hay.
El camino del paraíso comunista es bello. ¿Pero se
le puede recorrer sin suelas? Sin embargo, hay muchas fisuras por donde se
escapa todo lo necesario. Las gentes que rodean a las sedicentes «cooperativas»
y los gobernantes poseen de todo. Tienen sus propios restaurantes y raciones
especiales. Tienen también a su disposición los «burós de bonos» que
distribuyen bonos según quieren los propios comisarios.
Se ha acabado por comprender que esta «comuna» ha
zapado y desorganizado completamente el trabajo productivo. Y así, todo deseo
de trabajar, todo interés por el trabajo ha desaparecido. Zapateros, sastres,
fontaneros, etc., han abandonado todo y se han dispersado. Sirven como
guardias, correos, etc.
Tal es el paraíso que los bolcheviques han tratado
de construir.
En lugar del antiguo, se establece un nuevo régimen
de arbitrariedad, de insolencia, de «amistades», de favoritismo, de robo y de
especulación, régimen terrible en que uno queda obligado a tender la mano hacia
la autoridad para cada pedazo de pan, para cada botón: régimen en que uno no se
pertenece a sí mismo, donde no puede disponer/de sí mismo; régimen de
esclavitud y de envilecimiento.
(Núm. 14, 16 de marzo de 1921.)
El sedicente «socialismo»
Haciendo la revolución de Octubre, los marinos, los
soldados rojos, los obreros y campesinos derramaron su sangre por el poder de
los soviets, por la edificación de una república de trabajadores.
El Partido Comunista ha tomado buena nota de las
aspira-ciones de las masas. Habiendo inscrito sobre su bandera eslogans que
alentaban y entusiasmaban a los trabajadores, les ha llevado a la lucha y les
ha prometido conducirles al bello reino del socialismo que sólo los
bolcheviques sabrían edificar.
Naturalmente una alegría infinita se apoderó de los
obreros y campesinos. «En fin, la esclavitud bajo el yugo de los terratenientes
y de los capitalistas va a entrar en el terreno de la leyenda», pensaban.
Parecía que había llegado el tiempo de un libre trabajo en los campos, en las
industrias, en las fábricas. Parecía que el poder iba a pasar a manos de los
trabajadores.
Por una propaganda inteligente, hijos del pueblo
trabajador fueron llevados a las filas del partido, en donde se les sometía a
una disciplina rigurosa.
A continuación, sintiéndose fuertes, los
comunistas, progresivamente, eliminaron del poder primero a los socialistas de
otras tendencias; después de ello, negaron numerosos puestos estatales a los
obreros y campesinos mismos, continuando el gobierno nombre de ellos.
Los comunistas substituyeron así el poder que ellos
usurpa-ron por la tutela de los comisarios con todo el arbitrio de su poder
personal. Contra toda razón, y contrariamente a la voluntad de los
trabajadores, comenzaron entonces obstinadamente a construir un socialismo
estatal, con esclavos, en lugar de construir una sociedad basada en el trabajo
libre.
Estando la industria totalmente desorganizada, pese
al «control obrero», los bolcheviques realizaron la «nacionalización de las
industrias y las fábricas». De esclavo del capitalista, el obrero fue
transformado en escavo de las empresas del Estado. Pronto, eso no bastó. Se
proyectó la aplicación del sistema Taylor263.
Toda la masa de trabajadores fue declarada enemiga
del pueblo y asimilada a los «kulaks». Muy emprendedores, los comunistas se
dedicaron entonces a arrumar a los campesinos y a instaurar explotaciones
soviéticas, es decir, propiedades del nuevo dueño agrario, el Estado. Es todo
lo que los campesinos obtuvieron del socialismo bolchevique,
Del
nombre del americano Frederic Winslow Taylor (1856-1915), sistema de
superexplotación del obrero que pretende instaurar una organización «más
racional» del trabajo cronometrado el trabajo a fin de evitar la «pérdida de
tiempo».
en lugar del trabajo libre en la tierra liberada
que habían esperado.
A cambio de pan y carne, casi enteramente
requisados, ob-tuvieron las razzias de chequistas y los fusilamientos en masa.
Bonito sistema de cambio para un Estado de trabajadores: ¡plomo y bayoneta en
lugar de pan!
La vida del ciudadano se hizo monótona y banal
hasta la muerte, regulada según las prescripciones de las autoridades. En lugar
de una vida animada por el trabajo libre y por la libre evolución de los
individuos, nació una esclavitud inaudita, increíble. Todo pensamiento
independiente, toda crítica justa de los actos de los gobernantes criminales
fueron considerados crímenes, cas-tigados con la prisión y frecuentemente con
la muerte.
La pena de muerte, esa vergüenza de la humanidad,
se expandió por la «patria socialista».
Tal es el bello reino del socialismo a donde nos ha
conducido la dictadura del Partido Comunista.
Hemos obtenido el socialismo de Estado, con soviets
de funcionarios que votan dócilmente lo que la autoridad y los comisarios
infalibles les dictan.
La consigna «quien no trabaja no come», ha sido
modificada bajo este régimen de los «soviets» por «¡todo para los comisarios!»
Y en cuanto a los obreros, campesinos y trabajadores intelectuales, pues bien,
¡sólo tienen que cumplir su trabajo en el ambiente de una prisión!
Esto es insoportable. Kronstadt revolucionaria ha
sido la primera en romper las cadenas y los grilletes de la prisión. Lucha por
la verdadera república soviética de trabajadores
donde el productor mismo será dueño de los
productos de su trabajo y dispondrá de ellos como quiera.
El testimonio de Petritchenko
He leído la correspondencia intercambiada entre la
organización de los socialistas-revolucionarios de izquierda por una parte, y
los comunistas ingleses por otra. En esta correspondencia se alude también a la
cuestión de la insurrección de Kronstadt en el 1921. En tanto que presidente
del alzamiento de Kronstadt, estimo mi deber moral aclarar este acontecimiento
ante el buró político del Partido Comunista Ingles. Sé que ustedes están
informados por Moscú, y sé también que estas informaciones son unilaterales y
partidistas. No estaña mal que escucharan también el otro sonido de la campana.
Ustedes mismos han reconocido que la insurrección
de Kronstadt de 1921 no fue inspirada desde fuera; dicho de otro modo,
significa que la paciencia de las masas trabajadoras, marinos, soldados rojos,
obreros y campesinos, había llegado a su último límite.
La cólera popular contra la dictadura del Partido
Comunista, o mejor contra su burocracia, tomó la forma de una insurrección; así
comenzó la efusión de sangre preciosa; no era cuestión de diferencias de clase
o de casta; de los dos lados de la barricada se alzaban los trabajadores. La
diferencia consistía solamente en que los de Kronstadt luchaban conscientemente
y sin constricción, mientras que los asaltantes estaban engañados por los
dirigentes del
Partido Comunista y forzados. Les diré más: los de
Kronstadt no deseaban tomar las armas y verter sangre.
Pues bien: ¿qué pasó para que los de Kronstadt
fueran for-zados a hablar la lengua de los cañones con los dictadores del
Partido Comunista, que se denomina «gobierno obrero y campesino»?
Los marinos de Kronstadt tomaron parte activa en la
crea-ción de este gobierno, lo protegieron contra los ataques de la
contrarrevolución, defendieron no sólo las puertas de Petrogrado, corazón de la
revolución mundial, sino que incluso formaron destacamentos militares en
frentes innúmeros contra los guardias blancos, comenzando por Komilov, y
finalizando por los generales Youdenitch y Neklioudov. Pero estos mismos
habitantes de Kronstadt llegarían a ser de golpe los enemigos de la revolución,
al presentarles el gobierno «obrero y campesino» como agentes de la Entente,
espías franceses, guardianes de la burguesía, socialistas revolucionarios,
mencheviques, etc.
Es asombroso que Kronstadt resultara bruscamente
enemiga peligrosa en el momento en que todo peligro había desaparecido por
parte de los generales de la contrarrevolución, justamente cuando había que
comenzar la reconstrucción del país, recoger los frutos de las conquistas de
Octubre, justamente cuando había que mostrar la mercancía en su verdadero
aspecto, exponer su bagaje político (pues no bastaba con prometer, había que
cumplir las promesas), cuando había que establecer el balance de las conquistas
revolucionarias, en las que nadie osó ni siquiera soñar durante el período de
la guerra civil. ¿Es justo que en este momento Kronstadt aparezca como enemiga?
¿Qué
crimen cometió Kronstadt contra la revolución?
Tras la liquidación de los frentes efe la guerra
civil, los obreros de Petrogrado creyeron poder recordar al soviet de esta
ciudad que había llegado el tiempo de pensar en su situación económica y pasar
del régimen de guerra al lie paz.
El soviet de Petrogrado estimó que esta
reivindicación a la vez inofensiva e indispensable de los obreros era
contrarrevolucionaria. Fue sordo y mudo a las reivindicaciones, comenzando
persecuciones y arrestos entre los obreros, lek declaró espías y agentes de la
Entente. Esos burócratas se corrompieron durante la guerra civil, cuando nadie
osaba resistir.
Pero no vieron que la situación había cambiado. La
respuesta de los obreros fue la huelga. El furor del soviet de Petrogrado fue
entonces el de un animal feroz. Ayudado por sus opritchniks 264, mantenía a los
obreros hambrientos y agotados en un círculo de hierro, compulsándoles por
todos los medios a trabajar.
Las formaciones militares (soldados rojos y
marinos), pese a su simpatía por los obreros, no osaban defenderles, pues los
gobernantes les advertían de que Kronstadt atacaría a todos los que osaran
oponerse al gobierno de los soviets. Pero esta vez el gobierno «obrero y
campesino» no logró especular sobre Kronstadt.
Gracias a su situación geográfica, a la proximidad
de Petrogrado, Kronstadt supo, aunque con cierto retraso, la
Opritchniks,
guardia personal del zar Iván el Terrible, que fue al mismo tiempo la policía
superior política. Durante los siete años de su existencia (1565-1572) sus
miembros se distinguieron por una actividad feroz (nota de Ida Mett).
verdadera situación de la ciudad.
Así que, camaradas ingleses, tienen ustedes razón
al decir que la revolución de Kronstadt no fue inspirada por nadie.
Aún me gustaría saber en qué se concretaba el apoyo
de las organizaciones contrarrevolucionarias rusas y extranjeras a Kronstadt.
Repito una vez más que el alzamiento no se dio por la voluntad de una
organización política cualquiera, que ni siquiera existía en Kronstadt.
La revuelta estalló espontánea por voluntad de las
masas mismas, tanto de la población civil como de la guarnición. Lo vemos por
la decisión adoptada y por la composición del Comité Revolucionario
provisional. No hay allí expresión preponderante de la voluntad de un partido
político an-tisoviético cualquiera.
En Kronstadt, cuanto se hacía era dictado por las
circunstancias del momento. Los alzados no pusieron sus esperanzas en nadie. Ni
en el Comité Revolucionario provisional, ni en las asambleas de delegados, ni
en los mítines. El Comité Revolucionario provisional, además, no emprendió nada
en esta dirección, aunque existiese la posibilidad de hacerlo. El Comité
trataba estrictamente de cumplir la voluntad del pueblo. ¿Era esto un bien o un
mal? No puedo juzgarlo yo, pero la realidad es que la masa dirigía al Comité, y
no el Comité a la masa. Entre nosotros no había militantes políticos
renombrados que vieran a todos desde la altura de tres arquines 265 sobre
nosotros, y que supiesen todo lo que había que emprender para sacar toda la
utilidad. Kronstadt y actuó sin plan ni programa, únicamente
Arquín,
medida de longitud rusa (nota de Ida Mett).
tanteando en los límites las resoluciones y según
las circunstancias. Aislados del mundo externo, ignorábamos lo que pasaba fuera
de Kronstadt y tanto en la Rusia soviética como en el extranjero. Es posible
que algunos hayan podido establecer perspectivas para nuestra insurrección,
como pasa a veces, pero entre nosotros era causa perdida. No podíamos hacer
hipótesis a propósito de lo que se hubiera producido si los acontecimientos
hubieran tomado otro giro, pues el acontecimiento hubiera podido ser todo lo contrario
de lo que pensábamos. Pero Kronstadt no tenía la intención de que el hecho de
la iniciativa se le escapase de las manos.
Los comunistas nos han acusado en su prensa de
haber aceptado la oferta de víveres y medicamentos por parte de la Cruz Roja
rusa residente en Finlandia. Debemos decir que no nos pareció nada mal
semejante oferta. Estuvimos en esto de acuerdo no solamente con el Comité
Revolucionario en su totalidad, sino también con la asamblea de delegados.
Hemos considerado puramente filantrópica a esta
organización que nos proponía una ayuda inofensiva y sin trasfondo. Cuando
decidimos dejar entrar en Kronstadt a la delegación de la Cruz Roja la
condujimos al estado mayor con los ojos vendados.
Desde el primer momento, les dijimos que
aceptábamos con reconocimiento su ayuda en tanto que proveniente de una
organización filantrópica, pero que nos considerábamos libres de todo
compromiso respecto a ellos. Satisficimos su deseo de dejar en Kronstadt un
representante permanente para vigilar la distribución regular de los víveres
que su organización se proponía enviamos y que habrían sido destinados sobre
todo a las mujeres y los niños. Fue el
capitán Vilken 266 quien se quedó en Kronstadt,
siendo su sede un apartamento permanentemente custodiado para que no pudiera
entrar ni salir sin autorización. ¿Qué peligro representaba Vilken? Solamente
podía ver el estado de espíritu de la guarnición y de la población civil de
Kronstadt.
¿Consistía en esto el apoyo de la burguesía
internacional? ¿O en el hecho de que Víctor Tchemov enviara su salutación a la
Kronstadt rebelde? ¿Era esto el sostén de la contrarrevolución rusa e
internacional? ¿Puede creerse verdaderamente que Kronstadt se arrojó en los
brazos de todo partido político antisoviético? Cuando en Kronstadt se supo qué
la derecha hacía planes concernientes a su insurrección, no se dudó en prevenir
a sus camaradas, como lo prueba el editorial del 6 de marzo de los Izvestia de
Kronstadt.
Vilken
sería un antiguo oficial de la marina rusa (nota de Ida Mett).
LOS ANARQUISTAS EN PRISIÓN (Verano de 1921) Por
Gastón Leval
Un soviet de fábrica. Según Volin, los soviets
fueron creados por los anarquistas. Tras la toma del poder por los
bolcheviques,
serían sistemáticamente encarcelados y exterminados
Gastón Leval, nacido en 1895, hijo de un comunero,
militante anarcosindicalista francés, participó en el congreso constituyente de
la Internacional sindical roja que siguió al tercer congreso de la
Internacional comunista de junio a agosto de 1921, en tanto que delegado de la
CNT española. Durante su estancia en Moscú, su atención estuvo pendiente de la
suerte de los anarquistas rusos encarcelados.
Desde que supe que tantos camaradas nuestros
estaban en
la cárcel, me puse de acuerdo con los delegados
sindicalistas franceses para ver a Dzerzhinsky, comisario del pueblo para el
Interior, e instrumento ciego de Lenin. Desconfiando de mí, mis codelegados
nombraron a Joaquín Maurín 267 para representar a la delegación de la CNT, que
hizo el informe de la primera entrevista. Tras haber leído la lista de los
prisioneros cuya libertad se pedía, Dzerzhinsky 268 palideció, luego enrojeció
afirmando que esos hombres eran contrarrevolucionarios aliados a los generales
blancos; les acusó también de haber causado el descarrilamiento de trenes
cargados de tropas del Ejército Rojo y de ser respon-sables de la muerte de
millares de soldados, particularmente en Ukrania.
Nosotros no podíamos ir tan lejos para ver lo que
pasaba, y en el seno de nuestra delegación Maurín y sus amigos triunfaron. Pero
yo no cedí, como tampoco algunos delegados de otras delegaciones, y continuamos
nuestras pesquisas. Las afirmaciones de Dzerzhinsky carecían de elementos de
pruebas, y hasta de acusación legal. Ni instrucciones, ni procesos, ni juicios;
no hablemos de abogados, eso no existía. Por mucho que dijera el «comisario del
pueblo» encargado de la defensa del régimen, se trataba de un encarcelamiento
arbitrario.
Insistimos. Mis codelegados, considerando imposible
el
Joaquín
Maurín (nacido en 1897), fundador sucesivamente de la Federación Comunista de
Cataluña, luego, tras su ruptura con Moscú, del Bloque Obrero y Campesino
(1931), después del Partido Obrero de Unificación Marxista (P.O.U.M.) en 1935;
al mismo tiempo, instructor y militante sindicalista en la CNT; pasó quince
años en prisión bajo la dictadura de Primo de Rivera y luego de Franco; vive en
los Estados Unidos.
Félix
Dszerzhinsky (1877-1926), de origen aristocrático, socialdemócrata lituano
desde 1895, varias veces detenido y condenado, liberado del penal por la
revolución de 1917; fundador de la policía política, Tcheka, luego GPU; muerto
de una crisis cardíaca.
éxito y desinteresándose del asunto, dejaron por
fin que yo me ocupase de él oficialmente. El comisario para el pueblo de
instrucción pública, Lunatcharsky269, visiblemente molesto por el papel a que
se veía sometido a actuar en nombre de la disciplina del partido, nos fue
enviado dos veces pero, no pudiendo tomar decisiones, se limitaba a servir de
intermediario, recibiendo y transmitiendo preguntas y respuestas. Tras él, nos
recibió Ulrich 270 , personaje importante y misterioso de la instrucción policíaca.
La misma pérdida de tiempo mientras pasaban las semanas. Ciertamente, se quería
echar tierra encima.
Fui frecuentemente a ver a Emma Goldman y Alexandre
Berkman. Por sus dos habitaciones desfilaban camaradas mujeres cuyos compañeros
estaban presos. Inquietas, angustiadas, a veces lloraban. Me contaban la
odisea, la vida de estos hombres víctimas del Estado sedicente socialista.
Víctor Serge mismo, que por momentos jugaba sinceramente el doble juego, y que
seguía escribiendo sus artículos en favor del régimen en la prensa occidental,
me instruía sobre el tema. Maximoff era un teórico anarcosindicalista serio,
incapaz de un acto de sabotaje antisoviético. Yartchouk era el antiguo
secretario del soviet de Kronstadt donde Zinoviev se refugiara cuando Kerensky
ordenó su arresto. Volin, la bestia negra del mundo oficial, teórico
anarcosindicalista, conferenciante, escritor de talento, vivía en el exilio en
el momento de la revolución contra el zarismo. Tal se encontraba entonces en
prisión, y tal otro deportado en
Anatol
Lunatcharsky (1873-1933), escritor y crítico literario, social- demócrata desde
1898, bolchevique en 1903, comisario de educación de 1917 a 1929.
Ulrich
habría de ser fusilado durante las purgas estalinianas.
Siberia. Y todos estos auténticos revolucionarios
se pudrían ahora en las cárceles que una parte de entre ellos había poblado,
como María Spiridonova 271 algunos años antes.
Pedimos permiso para visitarles y, aunque éramos
delegados de organizaciones sindicales a las que se quería atraer, nos fue
negado. Me acordaba de que en la España de Alfonso XIII, de donde yo venía, y
durante el período de una de las represiones más espantosas que aparte del
período franquista conociera el país, se podía siempre visitar a los
prisioneros, a menos que lo fueran secretos. A la prisión Modelo de Valencia y
a la de Barcelona, mis amigos venían a verme sin dificultades. Les bastaba con
preguntar por mí en las horas de visita, y los carceleros me hacían bajar al
locutorio. En las ciudades de España por la que pasé a continuación, siempre
visité a mis camaradas encarcelados. En la Rusia de Lenin y de Trotsky,
imposible. La mayoría de los delegados no insistieron. Tampoco sabían qué
hacer. Pero yo no abandonaba la partida. No bastaba con acusar. No se nos daban
pruebas, y demasiados mentís válidos contradecían las afirmaciones de las
autoridades. Yo iba a tener pruebas de ello.
Entre las mujeres camaradas que encontré en casa de
Emma Goldmann figuraba Olga Maximoff 272, de treinta años, pequeña, menuda, de
tez oscura, agotada por los sufrimientos. Había conocido a su compañero cuando
estaba
María
Spiridonova (nacida en 1889), militante terrorista, condenada a muerte por
haber ejecutado a un gobernador de provincia, conmutada su pena por cadena
perpetua; violada y torturada durante su transferencia a Siberia; desde febrero
de 1917, líder de los socialistas revolucionarios de izquierdas; participa en
su rebelión en julio de 1918; encarcelada en 1919 ó 1920, no fue nunca jamás
liberada.
Olga
Maximoff, compañera de G. P. Maximoff.
deportada como él en Siberia, bajo el zarismo. Me
propuso entrar a la prisión de Boutirky al día siguiente, para hablar con
nuestros camaradas. Yo pasaría con ella y con otras mujeres de encarcelados, me
darían documentos rusos para engañar al cuerpo de guardia. Podía fracasar, pero
aceptaba el riesgo posible. Al día siguiente, voy con cuatro compañeros. Sus
pies desnudos se tuercen sobre los viejos pequeños cantos y los guijarros de
las calles de la ciudad. Dos de ellos llevan, sobre su espalda, un gran saco de
tela con algunos víveres difícilmente obtenidos. La más joven, la compañera de
Yartchouk, se batió en las barricadas de Petrogrado y de Moscú para abatir
primero el zarismo, y luego el gobierno de Kerensky.
Un centinela está de servicio a la entrada de la
Cárcel. Conoce a mis amigas y apenas mira su autorización de entrada. La
presento mi credencial sin decir nada, y ella me la devuelve diciéndome un da,
al que respondo con una sonrisa. Dos de las mujeres la hablan de no sé qué
mientras me alejo con las otras.
Atravesamos un patio, penetramos en el locutorio.
Los ca-maradas dan el nombre de los prisioneros a los que desean ver, entre
ellos Volin. La separación entre los visitantes y los detenidos no impide un
contacto casi directo, y ningún empleado o policía escucha la conversación, lo
que me confirma que se trata de un encarcelamiento administrativo, sin juicio
ni causa judicial.
Los prisioneros llegan. «Es Gastón Leval», dice una
de las mujeres a Volin, hombre de unos cuarenta y cinco años, de talla mediana,
con barba negra y una bella cabeza de intelectual judío.
El sabe mi nombre, pues ya le han hablado de mí. Me
estrecha la mano con efusión, me habla un francés muy puro. Luego, a riesgo de
sorprenderle y parecer un poco ridículo, pero deseando encuestarle de manera
completamente imparcial, le pido me informe muy exactamente de su actividad
tras su vuelta de Rusia.
Durante una hora u hora y media, con una precisión
minuciosa, y mientras tomo notas, Volin me explica su obra de propagandista y
de combatiente. De cárcel en cárcel, Volin acabó por llegar a Boutirky. Me
contaba esta odisea de forma muy precisa, enumeraba hechos, datos, nombres,
ciudades y pueblos. Y, con los demás presos, pedía ser juzgado públicamente.
(...) Volví al hotel Lux, decidido a continuar la
lucha por la liberación de mis camaradas. Pero el Congreso de la Internacional
Sindical Roja comenzó, y no habíamos logrado una concesión, una promesa o una
esperanza. Nos habíamos visto ya cinco o seis veces con delegados del poder
soviético, y siempre las relaciones se habían interrumpido o roto sin
resultados. Seguía la táctica de echar tierra encima.
En el ínterin, los camaradas encarcelados en
Boutirky comenzaron la huelga de hambre. Hicieron pasar un manifiesto editado
en francés, en que pedían a los delegados sindicalistas intervenir ante las
autoridades rusas para exigir la liberación y la libertad de expresión de
pensamiento para todos los revolucionarios. Pero, descorazonados, los delegados
a los que se dirigían no hicieron más que lamentar esa huelga que les hacía
padecer moralmente. Tres, cuatro, cinco días pasaron. En el congreso yo no podía
hacer nada. Puesto en minoría por mis codelegados, no teniendo, por la
acción clandestina a la que hasta el momento había
sido condenado, el hábito de las maniobras y las contramaniobras, de las
comisiones y las bambalinas, me encontré reducido a la inacción y a la
impotencia. Aunque más coherente y mayoritariamente en la oposición, la
delegación francesa no podía hacer mucho más. Nuestros camaradas continuaban la
huelga de hambre. Se nos dijo que en Orel y en otros pueblos cuyo nombre he
olvidado, habían ocurrido huelgas similares, y que dos o tres huelguistas
habían muerto.
No era imposible, pues todas las cárceles de Rusia
rebosaban de prisioneros; los congresos internacionales debían incitar a
protestar con la esperanza de que su voz saliese fuera de la Rusia soviética.
¿Qué otra cosa podían hacer? Cinco días, seis días, siete días. Uno o dos
delegados intentaron acciones aisladas, pero infructuosas. En casa de Emma
Goldman y Alexandre Bergman continué viendo a las mujeres de nuestros
camaradas, crispadas, torturadas, a veces llorosas, pues la ejecución podía ser
de un día para otro. Olga Maximoff venía al congreso a relanzarme, y no
sabiendo francés, tiraba de mi chaqueta diciéndome con un tono y una mirada
suplicantes que todavía parece estoy viendo y escuchando: «Camarada Leval,
camarada Leval!»
¡Siete días, ocho días, nueve días, diez días!
Estábamos an-gustiados, no sabíamos ya a dónde dirigirnos. Y me topaba con la
impotencia y el abatimiento de los delegados de la oposición. Otros, no
pudiendo hacer nada, llegaban casi a reprochar a nuestros camaradas el haber
aprovechado su presencia y ponerles en una situación difícil.
En fin, el onceavo día, a una última súplica muda
de la
buena y querida Olga Maximoff conseguí decidir, en
pleno congreso, a dos o tres delegaciones para que hiciesen una investigación
suprema. Otros siguieron. Poco después, una quincena de hombres partimos hacia
el Kremlin. Íbamos a hablar con el dueño de Rusia, Lenin.
Llegados a una de las puertas que permitían
franquear el recinto del Kremlin, nos topamos con el cuerpo de guardia. Uno de
entre nosotros, Michel Kneller273, que habla ruso, expone nuestro deseo de ver
al «tovaritch» Lenin. Anotan nuestros nombres, los de las delegaciones
extranjeras representadas. Telefonazos, espera. Tras un cuarto de hora,
respuesta favorable. Dos soldados, sin duda chequistas, nos acompañan por el
dédalo de las calles. Pasamos ante palacios, residencias suntuosas, capillas de
la antigua mansión de los Ruriks 274. Ante el edificio en que se encuen-tra
Lenin, nos topamos con otro cuerpo de guardia que no nos deja pasar. Nos
explicamos. No ha recibido la orden. Hay que escribir de nuevo otra nota
volviendo a pedir una entrevista con el camarada Lenin, que nos responde con
otra nota, escrita en francés bastante defectuoso, donde nos pide especificar
el objeto de nuestro visita, pero se excusa de no podernos recibir porque está
sobrecargado de trabajo. Escribimos otra vez una nueva nota, también firmada
por todos. Representamos a una decena de organizaciones sindicales extranjeras,
lo que debe pesar en el espíritu del táctico que cuenta sus posibilidades. Y el
soldado chequista
Michel
Kneller, activista francés que hacia 1919 disparó su revólver sobre el palacio
del Elyseo para protestar contra el bloqueo de Rusia soviética; delegado de la
C. G. T. francesa en el congreso constituyente de la Internacional Sindicalista
Roja. Simpatizante comunista con veleidades sindicalistas; luego «abundancista»
de izquierda.
Rurik,
fundador del imperio ruso, muerto en 879.
vuelve, finalmente, con una última nota de Lenin,
que acepta vemos.
Se nos hace subir al primer piso, a una sala en que
espera-mos, de pie, bastante tiempo, curiosos y tensos. Luego, una puerta se
abre tras nosotros, y Lenin aparece, más bien pequeño, con el rostro
mongoloide, ojos que se pliegan al sonreír con una fría ironía.
Uno tras otro nos estrecha la mano, nos pregunta
nuestro nombre, a qué delegación pertenecemos. Y mientras interroga, y mientras
se le responde, fija sobre nosotros una mirada divertida y escrutadora, nos
mira con una falta de discreción desconcertante.
Luego nos invita a pasar a una sala vecina, a
sentarnos alre-dedor de una gran mesa rectangular. Se sienta. Tom Mann275,
delegado sindicalista inglés y la personalidad más destacada de entre nosotros,
se sienta cerca de él, y expone, en su lengua, el objeto de nuestra visita. No
sólo hemos decidido pedir la libertad de nuestros camaradas presos en Boutirky,
sino la de todos los revolucionarios de izquierda. Lenin responde en inglés a
nuestro portavoz, que escucha con atención, con toda su buena cara inteligente,
sonriente y rojiza, y que, al fin, parece convencido, haciendo con la cabeza
señales de asentimiento. Luego, el dueño del Kremlin traduce su respuesta en
francés.
Renueva las acusaciones de Dzerzhinsky, nos declara
que nuestra petición no se justifica. Los encarcelados no son verdaderos
anarquistas, ni idealistas, sino bandidos que
Tomm Mann
(1856-1941), obrero mecánico inglés, secretario del Independent Labour Party en
1894; se unió a los Industrial Workers on the World (sindicalistas
revolucionarios americanos); participó en la fundación del partido comunista
inglés en 1921.
abusan de nuestra buena fe. La prueba es que hay
anarquistas, auténticos, que colaboran con los bolcheviques y que ocupan
puestos oficiales. Se refiere entonces a Volin, «quien con Makhno ha hecho
descarrilar trenes en Ukrania, y masacrado a millares de soldados del Ejército
Rojo, que se ha aliado con el general blanco Denikin contra los bolcheviques».
A tal efecto, yo poseo informaciones precisas.
Entre otros, el testimonio de un general del Ejército Rojo que se hallaba en
Ukrania en el momento en que se produjeron los hechos y que tuvo, con nuestra
delegación, una larga entrevista en una de las habitaciones del hotel Lux. Fue
serio: «Jamás Makhno se alió con los Blancos contra nosotros. En ciertos
momentos, luchó a la vez contra los Blancos y contra nosotros, pero no puede
decirse que haya hecho el juego a los Blancos». Por otra parte, yo recordaba que
Volin estaba encargado, en los sectores reconquistados a los ejércitos
austrohúngaros y a los generales contrarrevolucionarios, de la propaganda y de
la organización cultural, pero no de la dirección de las operaciones militares.
Y si Makhno luchó contra el Ejército Rojo, es porque Trotsky atacó a las
fuerzas revolucionarias ukranianas que no querían someterse al despotismo
bolchevique. Pues, a fin de cuentas, el Partido Comunista era uno de los
partidos revolucionarios, y los demás tenían el derecho a defenderse contra su
voluntad de imponerse a todos.
Así que, sin brusquedad, interrumpí a Lenin, aunque
con claridad y firmeza. Yo —le dije— he hablado con Volin en la cárcel de
Boutirky «donde por lo demás entré con medios perfectamente legales» (Lenin
hace un gesto que significa
«muy bien, no lo dudo»). Y repito, punto por punto,
todo lo que sé sobre la actividad de mi camarada encarcelado. Hablo durante un
cuarto de hora, doy datos, cito hechos, nombres. Lenin me escucha con atención,
entornando sus ojillos y alargando su rostro, lo que le da un poco el aire de
un ratón, mirándome curiosamente. Cuando termino, está visiblemente desazonado.
Pero demasiado astuto como para mostrar que está batido, acumula palabras,
construye frases y perífrasis a fin de tener tiempo para reponerse:
—...Sí, evidentemente... si las cosas son como
usted dice, la cuestión es diferente... Será preciso que pida una información
suplementaria sobre Volin... Ignoraba estos detalles que son tan importantes...
Continúa patinando, pues el asunto es, para él, no
ceder terreno. ¡Veo venir al buen hombre! Por fin, improvisa:
—Ya comprendéis, hoy nos encontramos en una
situación muy especial. Gentes ayer revolucionarias han pasado a ser
contrarrevolucionarias, y nosotros estamos obligados a combatirlas. Pensad en
Plekhanoff, el fundador del socialismo en Rusia. Dijo a uno de nuestro
camaradas que marchaba de Suiza a Rusia: «¡Hay que aplastar esa plaga de
piojos!» El Estado bolchevique debe luchar contra estos nuevos enemigos. El
Estado es una máquina cuya responsabilidad nos corresponde, y no podemos
impedir que se evite su funcionamiento. Volin es muy inteligente, por ello es
más peligroso y hemos de tomar medidas más enérgicas contra él. Pues, junto con
Makhno, ha hecho descarrillar los trenes cargados de soldados del Ejército
Rojo, y ha hecho el juego de los generales blancos, de Denikin y de Koltchak.
Los otros delegados saben menos que yo y no
discuten.
Están al corriente de ciertos hechos, y han oído
que no se puede elevar la voz sin peligro de ser asesinado por los «guardias
blancos» de la frontera. En todo caso intervienen para discutir el problema de
la libertad de expresión para todas las tendencias revolucionarias y la
liberación de los prisioneros políticos en general.
Mientras hablan, Lenin, como ha hecho con Ton Mann,
como hizo mientras yo hablaba, los mira, siempre irónico, como divertido,
moviendo su cabeza calva y su pequeña barba, de abajo arriba, de arriba abajo.
O bien, apoyando la mejilla derecha en la mano, parece absorto en la
contemplación del techo. Aunque desconcertado y comprendiendo la inutilidad de
su insistencia, el defensor de la libertad y de la humanidad acaba por
interrumpirse, o abrevia. La entrevista ha durado casi dos horas, al final de
las cuales declara que no es cuestión eso de los derechos de la oposición
revolucionaria.
Esto sería ciertamente rechazado por sus camaradas
del Politburó. No puede sino examinar el caso de los huelguistas de hambre,
pero él no puede, por lo demás, imponer su manera de ver, pues es la mayoría la
que decide democráticamente.
Lenin miente, y nosotros fingimos creer sus
mentiras para no romper brutalmente. Por ambas partes, representamos la
comedia. Y, a petición suya, escribo una nota por la cual encargamos «al
camarada Lenin» presentar al Politburó nuestra petición de liberación de
quienes, en la cárcel de Boutirky, siguen la huelga de hambre. No más. Lenin
nos promete hacemos llegar la respuesta al día siguiente a las
diez a la habitación del delegado francés Sirolle
276. Y nos separamos tras un último apretón de manos, acompañado de una última
mirada escrutadora e irónica.
Al día siguiente la respuesta no llegó hasta medio
día, lo que no presagiaba nada bueno. Firmada no por Lenin, sino por Trotsky,
bastante franco para tomar sus responsabilidades. Rechazo categórico de liberar
a los huelguistas de hambre. La única propuesta firme: su expulsión de Rusia.
Seguía una lección sobre la necesidad de enseñar a darse cuenta de las
posibilidades revolucionarias, y a no ceder a los sentimientos superficiales
cuando el interés superior de la revolución está en juego.
¿Qué hacer, sino aceptar? No podíamos volver a
comenzar nuestras peticiones a los altos personajes ya visitados, que sin
ninguna duda no nos habrían recibido. Incluso, eso podía volverse contra
nuestros camaradas, a los que fuimos a comunicar la solución propuesta.
Saldrían de prisión: resultado positivo. Serían expulsados de su propio país:
todo un símbolo.
Por los otros presos, por los otros partidos, no
podíamos hacer nada.
El congreso se terminó algunos días más tarde. Los
delegados iban y venían por las calles de Moscú. Éramos invitados a
representaciones teatrales. Chaliapine cantó ópera para nosotros, se nos llevó
a presenciar espectáculos
Henri
Sirolle (nacido en 1886), cosecretario de la federación de ferroviarios en
1920; anarcosindicalista versátil; en el primer congreso de la C. G. T. U. de
Saint-Etienne, julio de 1922, dando cuenta de su delegación a Moscú en 1921,
contó que, recibido por Lenin, éste le mostró algunos dossiers de anarquistas y
que él, Sirolle, había concluido... i que ellos merecían la muerte! Acabó a la
cabeza del Socorro Nacional del mariscal Pétain.
de ballet, espectáculos gimnásticos magníficos al
borde de la Moskova. Pocos delegados tomaban notas. Pero habían pasado dos
semanas y nuestros compañeros continuaban en prisión, pese al acuerdo firmado
entre las delegaciones y Lunatcharsky especificando que serían puestos en
libertad y expulsados de Rusia. De esa Rusia donde algunos habían debido huir
en la época zarista, y a donde habían entrado tan llenos de esperanza cuando
había estallado la revolución. Nosotros no teníamos confianza en la palabra de
los jefes bolcheviques, cuya deshonestidad conocíamos, y nos preguntábamos si
no esperaban nuestra marcha para mantener en la cárcel a nuestros camaradas,
que también se impacientaban.
Pero Trotsky anunció a la delegación francesa que,
una tarde, les visitaría amistosamente en la habitación de Sirolle. Los
sindicatos italianos y españoles fueron prevenidos, y decidimos aprovechar la
ocasión para pedir precisiones sobre la aplicación del acuerdo firmado.
Hombre muy agradable, enérgico y altivo, Trotsky
llegó, se sentó en medio de nosotros, habló en francés sobre los diferentes
aspectos de la lucha llevada contra los generales Blancos, las dificultades
económicas por las que atravesaba la Rusia nueva. De la burocracia, que nos
parecía un peligro terrible, dijo que, si pudiera, cargaría barcos enteros de
burócratas y los echaría al mar sin dudar. Pero el problema no era tan fácil.
Lo lamentaba y no podía evitarlo.
Otras cuestiones fueron abordadas, como por ejemplo
el movimiento revolucionario en Francia, la orientación de la C. G. T., la
traición de los jefes sindicalistas de Occidente. El acuerdo era casi completo,
pues Trotsky sabía ser
encantador con su argumentación convincente y el
sesgo dado a sus explicaciones. Pero, en el fondo, todos nosotros deseábamos el
momento de abordar lo que más nos preocupaba, y parecía que él lo adivinaba,
pues hablaba sin parar sobre las cuestiones más diversas. Como ya iba a
reti-rarse, abordamos lo que él quería evitar ciertamente.
Entonces frunció el ceño y, semicolérico,
semisonriente, comenzó por responder que más valía no enturbiar esta entrevista
tratando de nuestra intervención en favor de los anarquistas rusos apresados,
lo que no era la mejor cosa que habíamos hecho en Rusia, que tendríamos que
alabarla a nuestro regreso ante los obreros de nuestro país, que habíamos sido
engañados, y que nuestro primer deber habría debido consistir en dar un voto de
confianza al Gobierno soviético. Luego, cambiando su tono y conteniendo su cólera
ante los delegados, que sonreían con un aire visiblemente forzado, aseguró que
su promesa sería cumplida.
Esto parecía demasiado vago. Y, apoyado por
Arlandis, pregunté cuándo sería, cuándo saldrían de la prisión nuestros
camaradas.
Entonces vi a Trotsky erguirse en toda su alta
estatura, abombando su pecho al máximo, levantando los brazos y cerrando los
puños, y, en una posición de furor, me preguntó casi aullando:
—¿Quién es usted para preguntarme, a mí, a quien
usted no conoce, cuándo pondré en ejecución las decisiones que he tomado?
Luego, cogiéndome por la solapa de mi chaqueta,
añadió,
siempre en el mismo tono:
—Nosotros hemos hecho la revolución, nosotros los
bolcheviques. ¿Y qué han hecho ustedes? ¡No es usted quien tiene que darnos
órdenes, nosotros no debemos recibir órdenes de ustedes!
Ya no sé qué otras frases profirió. Yo me quedé
totalmente sorprendido, anonadado por esta irrupción que de momento no podía
comprender. Confieso que incluso sentí palidecer. Luego, con más calma, le
contesté:
—¡Usted no tiene derecho a responder en este tono,
camarada Trotsky, nosotros tenemos derecho a plantearle a usted una pregunta!
Los otros delegados intervinieron, esforzándose por
calmarle. Trotsky repitió que mantendría su palabra.
Al partir, me despedí de muchos camaradas aún en
libertad, que habían de morir luego en las cárceles o en los aisladores,
preludios de los campos de concentración. Estreché la mano de Volin y sus
amigos, al fin salidos de la prisión de Boutirky, y partí, vía Riga, hacia
Berlín.
Esta revolución, que, tras la carnicería mundial,
nos había aparecido como la autora de la liberación del proletariado
in-ternacional y de la humanidad, nos parecía ahora uno de los mayores peligros
en orden al porvenir de los pueblos. El terror policial sistematizado, el
embargo creciente por el partido de toda la vida social, el aniquilamiento
metódico de todas las tendencias, de todos los partidos, de todas las
corrientes no bolcheviques, el exterminio no menos metódico de todos los
revolucionarios que tenían un pensamiento diferente del de los nuevos amos, y
la
supresión misma de cualquier veleidad no
conformista en el seno del partido, todo probaba que íbamos hacia un nuevo
despotismo no solamente político, sino intelectual, mental, moral, que hacía
evocar los períodos peores de la Edad Media.
EL ANARQUISMO EN LA GUERRA DE ESPAÑA
La entonces anarquista Simone Weil durante la
guerra/revolución española
Ya hemos hablado atrás de la revolución española de
1936 desde el punto de vista de las experiencias de construcción social, lo que
entonces se llamaban colectividades, y que hoy denominamos autogestión.
Añadiremos un cierto número de textos concernientes
a la participación política y militar de los anarquistas españoles en la guerra
civil. Algunos de estos documentos conciernen al período que va desde 1919 a la
victoria revolucionaria del 19 de julio de 1936. Allí aparece ya el conflicto
entre el anarcosindicalismo español y el bolchevismo.
Luego
presentaremos al gran
guerrillero Buenaventura
Durruti, que según su propia expresión, «hacía la
revolución y la guerra a la vez». El lector podrá iniciarse de este modo a la
concepción demasiado poco conocida de la autodisciplina y de la guerra
revolucionaria de los libertarios españoles. Durruti era otro Makhno. Por otra
parte, había conocido al guerrillero ruso en el exilio de París, y pudo recoger
de su viva voz las enseñanzas de aquel.
Por fin, traeremos a colación la participación de
los anarquistas en el gobierno, de hecho en dos gobiernos, el autónomo de la
Generalitat de Catalunya y el gobierno central instalado primero en Madrid y
luego en Valencia. Esta participación, no hay que decirlo por sabido,
contradecía los principios fundamentales del anarquismo «apolítico» y ha sido
objeto, en el seno mismo de los medios libertarios, de vivas discusiones que
hoy no están enteramente apagadas.
EL ANARQUISMO EN ESPAÑA DE 1919 A 1936
La CNT y la Tercera Internacional
Los textos que siguen nos enseñan que no hubo
siempre entre la concepción bolchevique y la anarcosindicalista de la
revolución social una fosa infranqueable. En el momento en que el prestigio de
la joven revolución de Octubre, victoriosa pero asendereada por doquier por la
Reacción mundial, estaba en su apogeo, la Confederación Nacional del Trabajo
(CNT) de España, atraída como una mariposa por la luz,
decidió, al menos a título particular, participar,
en Moscú, en los trabajos de la Internacional comunista. Pero, muy rápidamente,
las divergencias fundamentales de perspectiva aparecieron, al dejarse llevar el
bolchevismo ruso cada vez más hacia un carácter sectario y dominador, y la
ruptura no tardó en producirse.
Hay que notar que esta evolución ha sido paralela a
la de un cierto número de sindicalistas revolucionarios franceses, del tipo de
Pierre Monatte, que, tras haberse aliado a Moscú, estimaron, muy pronto, que se
habían equivocado, y pusieron tierra por medio tanto respecto al Kremlin como
al Partido Comunista Francés 277.
El Congreso de la CNT de diciembre de 1919 278
El Congreso nacional de la CNT tuvo lugar en Madrid
del 10 al 18 de diciembre de 1919. Tres problemas capitales se trataron allí:
una fusión de las centrales sindicales del proletariado español (rechazada por
325.955 votos contra 169.125 y 10.192 abstenciones), una nueva estructura
orgánica sobre la base de federaciones nacionales de industria (rechazada por
651.472 contra 14.008), una declaración de principios comunistas libertarios
(adoptada unánimemente por aclamación).
Cfr.
Syndicalisme révolutionnaire et communisme, Les archives de Pierre Monatte,
1969.
Extractos
de José Peirats: La CNT en la revolución española 3, vol., 1958.
Pero el debate más importante tuvo lugar respecto a
la actitud a adoptar ante la revolución rusa. Varias ideas fueron sugeridas:
«¿Qué medio podemos adoptar para apoyar a la
revolución rusa y evitar el bloqueo (...) por parte de los Estados
capitalistas?
¿Era necesario adherirse a la Tercera Internacional
sindical?
¿Debía adherirse la Confederación inmediatamente a
la Internacional, y a cuál?
¿Sería útil tener en España un congreso de la
Internacional?» « Varias mociones fueron aprobadas, entre ellas la siguiente:
«La Confederación Nacional de Trabajo se declara
firme de-fensora de los principios defendidos por Bakunin en la Primera
Internacional. Declara además que se adhiere provisionalmente a la Tercera
Internacional por su carácter revolucionario predominante, esperando que tenga
lugar el Congreso Internacional en España, que debe establecer las bases que
deben regir la verdadera Internacional de trabajadores.»
(...) Ángel Pestaña 279 fue encargado de viajar a
Rusia para asistir al III Congreso de la Tercera Internacional y participar
allí en las decisiones adoptadas por el congreso federal.
Ángel
Pestaña (1886-1937), obrero relojero, pasa del secretariado del sindicato de
metalúrgicos al secretariado nacional de la CNT en 1914: con Salvador Seguí, ha
sido la base del crecimiento del anarcosindicalismo español entre 1916 y 1923;
después de 1931, animador en la CNT de la corriente reformista llamada de los
«Treinta», y excluido de CNT Fundó en 1934 un Partido Sindicalista del que fue
diputado en 1936; murió de enfermedad.
El II Congreso de la Internacional Comunista (junio
de 1920)280
El II Congreso de la Tercera Internacional comenzó
el 28 de junio de 1920 en su sede social de Moscú. Primeramente, Zinoviev
propuso que la Confederación española fuera admitida como miembro del Comité
ejecutivo de la Tercera Internacional, lo que fue acordado.
El camarada Lozvsky 281 propuso a su vez organizar
una Internacional sindical revolucionaria. A tal efecto, leyó un documento que
declaraba: «En la mayoría de los países beligerantes, la mayor parte de los
sindicatos, durante los dolorosos años de guerra, habían sido partidarios del
neutralismo (apoliticismo); habían sido los siervos del capitalismo’
imperialista, y habían tenido un papel nefasto retardando la emancipación de
los trabajadores (...); a la dictadura de la burguesía había que oponer, como único
medio decisivo y transitorio, la dictadura del proletariado, la única capaz de
acabar con la resistencia de los explotadores y de asegurar, así como de
consolidar, la conquista del poder por el proletariado.»
El congreso decidió en consecuencia:
«Condenar
toda táctica destinada
a hacer salir
a los
Relato de
Ángel Pestaña.
Salomón
Lozovsky (1878-1952), obrero, bolchevique en 1903; emigró en 1909 y militó en
el movimiento obrero francés hasta 1917. Dirigente del sindicato de obreros
textiles, donde tuvo una acción sindicalista de oposición. A partir de 1919,
será de un conformismo servil. Presidente de la Internacional Sindical Roja de
1921 a 1937.
elementos de vanguardia de las organizaciones
sindicales existentes y eliminar, por el contrario, de forma radical, de la
dirección del movimiento sindical a los oportunistas que habían colaborado con
la burguesía aceptando la guerra;
(...) Sostener en el seno de las organizaciones
sindicales del mundo entero una propaganda metódica creando en cada una de
ellas un núcleo comunista que acabaría por imponer su punto de vista;
(...) Crear un comité de acción y de lucha
internacional para la transformación del movimiento sindical. Este comité
funcionará, en tanto que consejo internacional de los sindicatos obreros, de
acuerdo con el comité ejecutivo de la Tercera Internacional en las condiciones
que serán establecidas por el congreso. Este consejo se compondrá de
representantes de todas las organizaciones nacionales obreras adherentes.»
(...) Cuando yo tomé la palabra, declaré: «Tres
puntos del documento van a ser objeto de un examen rápido y concreto, pues las
organizaciones a las que represento han tomado una postura que las separa
completamente de este documento, y estos tres puntos son:
El apoliticismo, la conquista del poder y la
dictadura del proletariado.
(...) En efecto, el apoliticismo es condenado en
este documento por algunas organizaciones sindicales, mientras que casi todas
las organizaciones sindicales que intervinieron en la guerra imperialista
estaban politizadas, lo que es contrario a lo que afirma este documento (...).
¿Dónde está, pues, la lógica de este documento? (...). Respecto a los dos
puntos restantes concernientes a la conquista del
poder político y la dictadura del proletariado (...) pocas palabras bastarán
para exponer lo que piensa la Confederación que yo represento aquí en estas dos
cuestiones. Os recordaré a tal efecto que en el primer congreso de la
Confederación, que tuvo lugar en Madrid durante la segunda quincena de
diciembre pasado, se decidió la unanimidad de quinientos delegados presentes
diciendo que la meta final era la implantación del comunismo libertario.
(...) Añadiré aún dos palabras respecto al artículo
que preconiza la colaboración estrecha con el proletariado comunista
politizado.
La Confederación acepta cooperar con todas las
organizaciones revolucionarias que luchen contra el régimen capitalista, aunque
se reserva el derecho a hacerlo cuando le parezca oportuno. Yo no pienso, en
efecto, que la Confederación aceptaría actuar si su libertad de acción fuera
puesta en cuestión (...).»
El primero y el segundo párrafos no fueron objeto
de ninguna discusión. En el curso de la discusión sobre el tercero, volví a
decir que éramos apolíticos y que teníamos que combatir la guerra por todos los
medios, y que sería paradójico firmar un documento que condena nuestra acción y
nuestros principios. Se acordó la modificación de la redacción de este
parágrafo finalmente.
El cuarto parágrafo fue el origen de una larga
discusión, pues éramos varios los que sosteníamos el principio de una completa
autonomía sindical. Por fin, tras interminables
discusiones, el documento fue firmado por cinco de
los siete delegados presentes.
Mi posición era muy delicada, puesto que la
Confederación se había adherido a la Tercera Internacional. No podía rechazar
un documento aceptado por ella. Debía, pues, seguir a la mayoría.
(...) Sin embargo, al firmar el documento, escribí:
Ángel Pestaña, «de la» Confederación Nacional del Trabajo, en lugar de indicar,
como hubiera sido lo natural, «por la» Confederación Nacional del Trabajo,
Ángel Pestaña. Así separaba mi responsabilidad. Cuando se me dio la palabra,
recordé que los delegados conocían ya mis ideas contrarias en lo que concernía
a la conquista del poder y la dictadura del proletariado, y que estas tomas de
postura no expresaban mi punto de vista personal, sino el de la Confederación.
Declaré en consecuencia que, si la mayoría me
obligara a aceptar el documento tal como estaba, lo firmaría, pero advirtiendo
lo siguiente:
«Todo lo que se refiere a la conquista del poder
político, a la dictadura del proletariado y a la cooperación con el
proletariado político comunista está subordinado a las decisiones ulteriores
que tome la Confederación una vez que vuelva a España y que el Comité
confederal tenga conocimiento de todo lo que se ha decidido en esta reunión.»
Lo mismo había que decir respecto a la convocatoria
que había de dirigirse a las organizaciones sindicales del mundo entero.
Respecto a esta convocatoria, se indicaba que las
organizaciones sindicales, nacionales e
internacionales de los oficios, las uniones locales y regionales que aceptaran
la lucha de clases revolucionaria estaban invitados a asistir a la conferencia.
Yo tampoco estaba de acuerdo con (...) esta
convocatoria que (...) impedía el acceso a muchas organizaciones que hubieran
deseado asistir a la conferencia, pero que no estaban de acuerdo con la
dictadura ni con la toma del poder. Esto era, a mi juicio, un error (...).
Un congreso «pantomima» 282
Pestaña afirma que los comunistas estaban de
acuerdo en mejorar la redacción del documento en lo que concierne a la
dictadura del proletariado, pero, en ausencia momentánea del delegado español,
el documento fue publicado en su texto original con la firma de Pestaña. Sobre
el desarrollo del congreso mismo, Pestaña dijo que la lucha que se produjo por
el nombramiento para el puesto de presidente captó toda su atención. Pero se
dio cuenta pronto de que el congreso mismo era una pantomima. La presidencia hacía
el reglamento, modificaba a su gusto las propuestas, no respetaba el orden del
día y presentaba propuestas por su propia iniciativa. Su forma de manipular el
congreso era perfectamente abusiva. Por ejemplo, Zinoviev pronunció un
Extraído
de José Peirats, op. cit.
discurso de una hora y media pese a que cada
intervención no debía sobrepasar los diez minutos.
Pestaña quiso replicar a este discurso, pero la
presidencia, reloj en mano, le retiró la palabra a los diez minutos. El mismo
Pestaña fue criticado por Trotsky en otro discurso de más de tres cuartos de
hora y, cuando Pestaña se propuso responder a los ataques de Trotsky, la
presidencia declaró cerrado el debate. Hubo de protestar también contra la
manera de nombrar a los ponentes. Teóricamente, cada delegación podía tener una
ponencia, pero la misma presidencia elegía las «interesantes». Los votos proporcionales
(por delegación o delegado) estaban previs-tos, pero no aplicados. El Partido
Comunista ruso se aseguraba para sí una mayoría confortable.
El colmo era que algunas decisiones importantes no
se tomaban en la sala de congresos, sino entre bastidores. De esta manera se
adoptó el texto siguiente: «En los próximos congresos mundiales de la Tercera
Internacional, los organismos sindicales nacionales adherentes estarán
representados por los delegados del Partido Comunista de cada país.»
La propuesta contra esta decisión fue simplemente
ignorada. Pestaña abandonó Rusia el 6 de septiembre de 1920, tras haber tenido
un breve cambio de impresiones con Armando Borghi 283 (...), delegado de la
unión sindical italiana, que volvió a Italia decepcionado por esta experiencia
desgraciada. Pero antes de abandonar Moscú, los dos
Armando
Borghi (1882-1968), secretario general de la Unión sindical italiana, central
anarcosindicalista, visitó Rusia en 1920, donde encontró a Lenin; su libro más
importante es Mezzo secolo di Anarchia (1898-1945).
tuvieron conocimiento de la circular para la
organización de la Internacional Sindical Roja. Si en el futuro congreso de la
Tercera Internacional se quiso asegurar el predominio de los partidos
comunistas sobre las organizaciones sindicales, hubiera podido suponerse que,
en una Internacional sindical, la luz verde se abriría para las centrales
obreras afiliadas. Pero este desventurado proyecto de la Internacional Sindical
Roja demostraba todo lo contrario. Este proyecto decía:
«1. Deberá organizarse en cada país un comité
especial por el Partido Comunista.
Este
comité se encargará de recibir y distribuir a todas las organizaciones
sindicales las circulares y las publicaciones de la organización internacional
Roja.
El comité
nombrará los redactores de los periódicos profesionales y revolucionarios,
inculcándoles el punto de vista de la Internacional contra la Internacional
adversa.
El comité
intervendrá con sus propios medios de intervención y de polémica.
El comité
trabajará en relación estrecha con el Partido Comunista, aunque sea un órgano
diferente.
El comité
contribuirá a convocar conferencias en que se discutirán cuestiones de
organización internacional y se elegirá a los oradores aptos para la
propaganda.
El comité
se compondrá de camaradas preferentemente comunistas. Las elecciones serán
supervisadas por el Partido Comunista.
En los
países en que no pueda adoptarse este método, se enviarán emisarios del Partido
Comunista, a fin de crear una organización similar.»
LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA (1936)
¡Ante el fascismo, huelga general!
(19 de julio de 1936)
¡Pueblo de Cataluña! ¡Alerta! ¡Estás en pie de
guerra! Ha llegado el momento de actuar. Hemos pasado meses y meses criticando
al fascismo, denunciando sus taras, lanzando consignas a fin de que el pueblo
se levante llegado el momento contra la reacción nefasta de España que tratara
de imponer su repugnante dictadura. Pueblo de Cataluña, ese momento ha llegado.
La reacción (militares, civiles, curas y grandes bancos), todos de la mano, se
proponen la implantación del fascismo en España con ayuda de una dictadura
militar. Nosotros, verdaderos representantes de la CNT en Cataluña,
consecuentes con nuestra línea de conducta revolucionaria y antifascista, no
podemos dudar en estos momentos graves, y ordenamos a todos de una manera
formal que sigan la consigna de huelga general desde el instante en que alguien
se subleve, y ello en cualquier parte de España, ateniéndose sin embargo a las
consignas del Comité nacional. Nuestra postura está bien establecida y os
prevenimos de que nuestra consigna será dada muy rápidamente. Recordamos que
nadie debe seguir ninguna consigna que no provenga del Comité, única forma de
evitar lo irreparable. Atravesamos momentos llenos de gravedad. Debemos actuar
con energía, firmeza, y todos
juntos. ¡Que nadie se aislé! ¡Que todos tengan
contacto entre sí!
Es la hora de estar alerta y dispuestos a actuar.
El fascismo se ha apoderado de la ciudad de Sevilla. En Córdoba se ha producido
un levantamiento. El Norte de África está dominado por el fascismo. Nosotros,
pueblo de Cataluña, estamos en pie de guerra, dispuestos a actuar; que cada
cual ocupe su puesto de combate ahora que estamos frente al enemigo.
¡Que no haya gastos inútiles de energía ni de
luchas fratricidas! ¡Luchemos con todo nuestro corazón y tengamos el arma bajo
el brazo, dispuesta al combate! Quien se abstiene traiciona la causa liberadora
del pueblo. ¡Viva la CNT! ¡Ante el fascismo, huelga general revolucionaria!
El Comité regional de la CNT
El antifascismo al poder (julio de 1936) 284
La rebelión militar del 19 de julio de 1936 tuvo
consecuen-cias profundas para la vida económica de España. La lucha contra el
clan clero-militarista no fue posible sino con la ayuda de la clase obrera.
Dejada a sus solas fuerzas, la burguesía republicana hubiera sido aplastada.
Esta alianza no podía limitarse sólo al terreno
político. Los
Extraído
de A. Souchy, Colectivizaciones, la obra constructiva de la revolución
española, abril de 1937; reedición de 1965.
sindicalistas y los anarquistas tenían malas
experiencias en la República burguesa. No se podía, pues, pensar sólo en matar
la rebelión clero-militarista. Había que buscar el cambio del sistema
económico. En efecto, no podían continuar tolerando la explotación económica,
base, a sus ojos, de la opresión política.
Estos hechos eran conocidos del clero, de la
camarilla mili-tar y de lo& grandes capitalistas ligados a los dos primeros
clanes. Conocían bien la postura del partido y sus consecuencias.
(...) Por este motivo, la clase privilegiada se
puso de parte de los jefes militares rebeldes.
Mientras los generales eran los actores, los
grandes capitalistas fueron los que movían los hilos. Una parte de ellos, ni
siquiera estaba en el campo de operaciones. Juan March, Francisco Cambó y otros
parecidos no estaban en España en el momento en que estalló la rebelión.
Conocían el desarrollo de los acontecimientos desde el extranjero. Si los jefes
rebeldes vencían, sus comanditarios volverían inmediatamente. Pero en Cataluña,
como en la mayor parte de España, la rebelión militar fue evitada. Y los que movían
los hilos siguieron en el extranjero.
(...) La elección era ahora, o bien refugiarse tras
la facción militar, clericalista, y fascistas, que sabría defender los viejos
privilegios por el terror, o bien ponerse bajo la protección de los
trabajadores armados dejándoles organizar los sectores inmovilizados de la
economía y de los servicios públicos. No hay que decir que la duda era grande
en el sector liberal y
socialista, de nuevo en el poder con las elecciones
de febrero de 1936 tras un bienio de negra reacción; pero la conducta dudosa de
los burgueses republicanos, más o menos ávidos de reformas, fue en última
instancia rota por la audacia de los elementos extremos.
Era algo enteramente nuevo en España y en el mundo,
y que abría una era nueva en la historia. Por vez primera, un pueblo entero se
había levantado contra el fascismo. En Alemania y en otros países, el
cretinismo parlamentario y la fosilización burocrática del movimiento obrero
había favorecido la llegada de la dictadura; en España, la ruptura de los
trabajadores con los métodos parlamentarios y la política burguesa, permitió al
pueblo entero oponer una resistencia a los generales. Segunda constatación importante:
la revolución española tenía como carácter específico la entrada del país en un
período de convulsiones sociales sin que tales innovaciones se hiciesen bajo el
signo de la dictadura de un partido. Por el contrario, la transformación
comenzó con la participación directa de las grandes masas en el proceso
económico, y el peso de las expropiaciones necesarias corrió a cargo de los
sindicatos obreros, que determinaron de una manera decisiva la construcción
socialista. Desde el punto de vista político, el nuevo orden, elaborado en
primera línea en el marco de las posibilidades y de las necesidades de la
guerra, tampoco descansaba en la monopolización del poder por un Estado. Estaba
basado en la colaboración democrática de grupos antifascistas muy diferentes,
frecuentemente incluso diametralmente opuestos entre sí.
Manifiesto de la FAI
El 26 de julio de 1936, el Comité peninsular de la
F.A. I. pu-blicó por radio este manifiesto:
¡Pueblo de Barcelona! ¡Trabajadores de todas las
organiza-ciones obreras, de todos los partidos de izquierda unidos en la lucha
contra el fascismo! En estos momentos decisivos, en estas horas históricas que
viven Barcelona y España entera, la Federación Anarquista Ibérica, que ha
derramado su sangre generosamente y que ha sido la fuerza motriz del heroísmo
suprahumano que decidió la victoria gracias a los sacrificios de muchas vidas,
necesita de nuevo hacer escuchar su voz a las masas que la oyen por radio.
¡Camaradas! Un nuevo esfuerzo y la victoria será
nuestra. Debemos mantener esta tensión histórica en que vivimos desde hace
siete días. Siendo más fuertes por el furor y el entusiasmo, somos invencibles.
La primera columna antifascista marcha victoriosamente sobre Zaragoza. Gritos
delirantes de entusiasmo la acogen. Los hombres de los pueblos liberados se
unen a los valientes de Barcelona que van a tomar Zaragoza. El fascismo batido
en Zaragoza recibirá un golpe mortal.
La voluntad soberana de las masas que pueden todo
cuando, deseosas de triunfar, marchan juntas, debe ser a los ojos del mundo un
gran ejemplo. Debe mostrar lo que somos
capaces de hacer, lo que queremos, y dar a conocer
nuestra resolución y nuestra resistencia, tendrá así una influencia en los
destinos del mundo. Comprendemos el instante decisivo que vivimos, y combatimos
con serenidad y lealtad al lado de nuestros aliados a los que exigimos la misma
lealtad, el mismo sentido de la responsabilidad y la misma voluntad heroica de
triunfo, voluntad que nos ha sostenido siempre en las grandes e inolvidables
jornadas de Barcelona.
Vosotros que habéis tomado las armas, hombres y
mujeres, vosotras, milicias populares animadas del mayor y más ferviente
entusiasmo, y vosotros, héroes oscuros que trabajáis en la sombra para asegurar
el pan y el material de guerra a los combatientes, vosotros no debéis olvidar
que, como dijo Napoleón ante las pirámides, en su frase célebre, «veinte siglos
nos contemplan». El mundo entero vigila nuestros actos. Sepamos ser todos una
fuerza coordenada, invencible. Seamos a la vez ejemplo de bravura sin igual y
de honestidad en todos los planos. ¡Compañeros, a la lucha! ¡Destrocemos
completamente a la hidra fascista! El 19 de julio marca el comienzo de una
nueva era; la paz del pasado ya no existe. Construiremos en mares de sangre una
España nueva. ¡Viva la FAI, símbolo de la revolución y emblema del deseo
ferviente de libertad! ¡Viva el frente de lucha antifascista!»
El Comité peninsular de la FAI
DURRUTI (1896-1936)
Y LA GUERRA LIBERTARIA
BUENAVENTURA DURRUTI 285
Buenaventura Durruti y Domingo, hijo de Santiago,
un
Extraído
de una biografía inédita de Durruti, por Abel Paz, con ia generosa autorización
del autor.
ferroviario, y de Anastasia, nació el 14 de julio
de 1896, en León.
A los cinco años, frecuentó la escuela primaria, y
a los nueve el instituto de la calle Misericordia, que dirigía el profesor
Ricardo Fanjul. La apreciación que el profesor dio de Durruti al final de sus
estudios fue: «Alumno dotado para las letras, disipado, pero de sentimientos
nobles.»
A los catorce años, entró como aprendiz en un
taller de mecánica, que abandonó a los dieciocho años, tras haber recibido una
buena formación que demostró en su primer trabajo en Matallana de Torio,
montando lavaderos para la mina. Entró luego en la compañía de ferrocarriles
del Norte como mecánico montador. Esto ocurría en 1914, cerca del
desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial.
Aunque León era un centro de dominación clerical y
aristo-crática, existía ya en esa ciudad un núcleo obrero del Partido
Socialista Español y de la Unión General de Trabajadores. Durruti perteneció a
esta última Unión desde el día en que fue asalariado. Su naturaleza rebelde,
que le aprestaba siempre a afrontar la injusticia, le valió el ser apreciado
siempre por sus compañeros de trabajo y le hizo popular en los centros mineros.
Participaba en las reuniones sindicales, hablaba en
los tajos, donde se formó su actividad militante y combativa. En este momento
se produjo la huelga revolucionaria del mes de agosto de 1917, que acabó en
León con el licenciamiento de los obreros y la represión de los dirigentes. La
sección de León de la Confederación Nacional del Trabajo se manifestó
igualmente en esta huelga. Durruti fue ganado por la combatividad de estos
hombres y entró en esta central
sindical, a la que habría de pertenecer en adelante
durante toda su vida. Despedido de los talleres de los ferrocarriles,
boicoteado por los patronos de León, hubo de exiliarse para residir en Gijón,
centro de atracción revolucionaria del norte de España y núcleo de influencia
anarcosindicalista de la región de Asturias. Allí, se hizo amigo de Manuel
Buenacasa286, que le hizo conocer las teorías anarquistas. Tras dos meses de
estancia en Gijón, hubo de marchar a Francia, pues, por una parte, le era imposible
encontrar trabajo, y, por otra, no se había presentado a hacer el servicio
militar, aunque ya tenía los veintiún años.
En París le influyeron tres hombres: Sébastien
Faure, Louis Lecoin y Emile Cottin 287. Estos hombres quedaron para siempre
unidos a su vida.
Los amigos le enviaban noticias de España. El soplo
revolucionario que sacudía Europa le incitó a volver a España a comienzos de
1920. En San Sebastián encontró a Manuel Buenacasa, que era secretario general
del sindicato de la construcción de la CNT de esta ciudad. Algunos días después
de su llegada, comenzó a trabajar como mecánico, lo que le permitió estrechar
su amistad con otros militantes obreros
Manuel
Buenacasa (1886-1964), antiguo seminarista luego obrero, primer secretario
general de la CNT, director del periódico Solidaridad obrera; en 1936, director
de la escuela de militantes de la CNT en Barcelona; autor de una Historia del
movimiento obrero español, 1886-1926.
Louis
Lecoin (nacido en 1888), anarquista pacifista y anarcosindicalista francés;
secretario de la Federación anarquista francesa en 1912; tuvo un papel en la
escisión sindical de 1921; volvió, y abandonó de nuevo la C.G.T.U.; organizó la
campaña para tratar de salvar a los anarquistas italianos Sacco y Vanzetti,
condenados a muerte y finalmente electrocutados; tomó la defensa de los
activistas españoles Durruti y Ascaso; purgó más de doce años de prisión por
insumisión y propaganda antimilitarista; en 1939 editó el manifiesto «Paz
inmediata»; en el ocaso de su vida, luchó por los derechos de los objetores de
conciencia; editor del mensual Liberté. Louis-Emile Cottin (1896- 1936),
anarquista; siendo muy joven trató de asesinar al presidente del Consejo Georges
Clemenceau en 1919. Condenado a muerte, su pena fue conmutada por diez años de
reclusión. Cayó durante la revolución española en las filas de las milicias
libertarias.
provenientes de Barcelona, Madrid y Zaragoza. Las
bases de un grupo anarquista se habían establecido en San Sebastián, y Durruti
se adhirió primero al grupo llamado Los justicieros. Pero la población de San
Sebastián era una población a la que «jamás la pasaba nada», y Durruti decidió
cambiar de residencia. Buenacasa le dio una carta de recomendación para Ángel
Pestaña, por entonces secretario general del Comité nacional de la CNT que
estaba en Barcelona.
Se detuvo en Zaragoza, donde reinaba una atmósfera
preñada de luchas sociales. El cardenal Soldevilla, con el gobernador de
Zaragoza, había hecho venir desde Barcelona a un grupo de asesinos
profesionales (los pistoleros) para hacer asesinar a los militantes
confederales y acabar con la CNT de Zaragoza. La reacción fue violenta, y un
grupo de militantes de la CNT, entre los que se encontraba Francisco Ascaso 288
, fueron encarcelados en la prisión de los Predicadores, esperando severas
condenas. Los obreros de Zaragoza se pusieron en huelga general para pedir la
puesta en libertad de los prisioneros. Este acontecimiento coincidió con la
llegada a Zaragoza de Durruti y sus amigos. Los prisioneros fueron liberados,
mientras que la lucha tomaba nuevas proporciones. En este clima, Durruti, amigo
íntimo de Ascaso y de Torres Escartín 289, decidió en el curso del mes de enero
de 1922 ir a vivir a Barcelona.
Barcelona, como Zaragoza, eran en este momento la
punta
Francisco
Ascaso Abadía (1900-1936), activista libertario, amigo y compañero inseparable
de Durruti, muerto en el asalto a la fortaleza de Atarazanas el 20 de julio de
1936.
José
Torres Escartín (1900-1939), activista libertario al que se atribuyó el
asesinato del arzobispo Carlos Soldevilla, en Zaragoza, en represalia por el
asesinato del gran líder libertario Salvador Seguí por los verdugos del
gobierno Martínez Anido. Enloqueció a causa de las torturas de la policía;
liberado por la revolución de 1931; fusilado pese a su estado mental por los
franquistas.
de lanza de la lucha. El «pistolerismo» se dirigía
contra los dirigentes obreros y los abatía en las calles. Frente a este ataque
apoyado por los patronos y la policía, los sindicalistas no podían responder
más que con los mismos métodos.
La lucha seleccionó a los mejores, y así se creó el
nuevo grupo de Durruti que fue llamado esta vez Los solidarios. Hombres como
García Oliver, Gregorio Suberviela 290, etc., se adhirieron a este grupo, que
pronto se convirtió en el eje de la lucha contra el gangsterismo y los
patronos, gracias a la temeridad de sus miembros. El 10 de marzo de 1923,
Salvador Seguí 291, militante muy conocido, gran orador y excelente
organizador, fue asesinado. En este tiempo, el anarquismo militante quiso darse
una organización más homogénea, y el grupo anarquista Libre Acuerdo , de
Zaragoza, convocó una conferencia anarquista para el mes de abril en Madrid.
Durruti se presentó en Madrid con la doble misión
de asistir a la conferencia y de entrevistarse con los apresados como
consecuencia del atentado contra Eduardo Dato 292 en 1921. Puesto precio a su
cabeza, visitó bajo nombre falso al periodista Mauro Bajatierra, que estaba
prisionero,
Juan
García Oliver (nacido en 1897), uno de los líderes activistas de la Federación
Anarquista Ibérica; purgó desde 1923 una pena de prisión hasta ser liberado por
la revolución de 1931 y la amnistía; se batió en las barricadas del 19 de julio
de 1936; organizó en Cataluña las primeras columnas de milicianos y las
industrias de guerra; fue ministro de Justicia en el gobierno de Largo
Caballero hasta mayo de 1937. Gregorio Suberviela, obrero metalúrgico,
sindicalista anarquista, buscado por la policía a continuación de varios golpes
de mano y atentados, asesinado en febrero de 1924.
Salvador
Seguí (1890-1923), catalán, brillante orador, organizador sindicalista y
animador cultural; protagonista del «sindicato único» en lugar del sindicato de
oficio. Asesinado por los verdugos del gobernador de Cataluña, Martínez Anido,
el 10 de marzo de 1923.
Eduardo
Dato, presidente ultrarreaccionario del gobierno español, asesinado por
metalúrgicos de la CNT el 8 de marzo de 1921, en Madrid, en represalia por el
terror blanco que hacía reinar, en Barcelona, mediando su consentimiento, el
gobernador Martínez Anido.
inculpado en el sumario Dato. Asistió a la
conferencia y fue detenido a la salida, por supuesta actividad ilegal, pero
liberado unos días más tarde. El comisario que procedió a su arresto (sin saber
su verdadero nombre) recibió una censura del Ministerio del Interior. A
continuación de este acto, el jefe de policía de Barcelona hizo observar que
«la inexperiencia del comisario madrileño había permitido al terrible individuo
Durruti equivocar a la justicia».
Un Comité nacional revolucionario para la acción
insurrec-cional, se constituyó en Barcelona. Sobrevida fue uno de los miembros
de ese comité. Era la época en que la CNT había de hacer frente a innumerables
problemas: no tenía dinero, y sus mejores militantes estaban en prisión o eran
buscados. El gangsterismo hizo estragos tras la muerte de Seguí, tanto en la
capital catalana como en otras. En ese momento, el grupo Los Solidarios envió
emisarios a varios puntos de la península: Zaragoza, Bilbao, Sevilla, Madrid.
Entre los meses de mayo y junio de 1923, hubo una gran agitación nacional. El
cardenal Soldevilla fue ejecutado en Zaragoza. A continuación de esta ejecución
se abrió proceso contra Francisco Ascaso y Torres Escartín. Sólo el primero
pudo huir.
Fernando González Regueral, ex gobernador de
Bilbao, el hombre fuerte del gangsterismo patronal, fue ejecutado en León una
noche de feria.
La insurrección se preparaba, los hombres estaban
dispues-tos, pero faltaban armas. El Comité nacional revolucionario había
comprado algunas en Bruselas y las había embarcado hacia Marsella, pero eran
insuficientes, y por eso, en junio de 1923, Durruti y Ascaso partieron con
destino a Bilbao para adquirir una buena cantidad. Lo hicieron en una fábrica
de
Eibar, por mediación de un ingeniero. La carga
estaba destinada a México, pero una vez en alta mar, el capitán del barco debía
recibir orden de desviarse hacia el estrecho de Gibraltar y desembarcar las
armas en Barcelona, sin llegar a atracar. El tiempo pasó muy deprisa. La
fábrica tardaba en enviar lo acordado, y desgraciadamente las armas no llegaron
a Barcelona hasta después del golpe de Estado del general Primo de Rivera
(septiembre de 1923). Ante la imposibilidad de desembarcar en cargamento, el barco
hubo de volver a Bilbao, a fin de devolver las armas a la fábrica.
Gregorio Sobrevida había sido asesinado (...)
Ricardo Sanz 293 estaba en la cárcel con García Oliver. El grupo estaba
desmantelado. Gregorio Jover 294, Segundo García, Durruti y Ascaso estaban en
libertad, pero era muy peligroso para ellos permanecer en España, y por esto
decidieron exiliarse.
Su estancia en Francia no fue demasiado larga,
justo el tiempo necesario para poner a punto un plan de propaganda con los
militantes italianos, franceses y exiliados rusos, que llegó a producir la
Librería Internacional, cuyo papel primordial era el de divulgar obras
ideológicas y de combate, así como en tres lenguas (italiano, francés,
español). Hacia finales del año 1924, Durruti y Ascaso partieron hacia Cuba
(...) Allí comenzaron una campaña de agitación en favor del movimiento
revolucionario español. Era la primera vez que
Ricardo
Sanz (nacido en 1900), obrero de la construcción, organizó en 1922 el grupo
activista anarquista «Los Solidarios»; refugiado en Francia, entró en España en
1926, y conspiró contra la dictadura del general Primo de Rivera; aprisionado
muchas veces entre 1931 y 1936; en julio de 1936 formó parte del Comité de
guerra en el Comité central de milicias; tras la muerte de Durruti, le
reemplaza a la cabeza de su columna; autor de diversos libros.
Gregorio
Jover (nacido en 1892), organizador sindicalista y activista libertario que
tomó parte con Durruti y Ascaso en la tentativa de atentado contra el rey
Alfonso XIII en Francia el 14 de julio de 1926; durante la guerra civil,
dirigió una columna libertaria en el frente de Aragón.
Durruti y Ascaso tomaban la palabra en público.
Durruti apareció como un tribuno popular. Pronto hubieron de abandonar el país,
perseguidos por la policía como agitadores peligrosos, y comenzaron a llevar
una vida agi-tada. Viajaron sin parar, se detuvieron más o menos brevemente en
México, Perú, Santiago de Chile, antes de detenerse un poco más en Buenos
Aires, donde, pese a todo, estaban en peligro. Partieron para Montevideo
(Uruguay), desde donde pudieron enmarcarse hacia Cherburgo. Pero una vez en alta
mar, el barco fue obligado a cambiar de ruta reiteradas veces. Se le llamó más
tarde «el barco fantasma». En definitiva, llegaron a las islas Canarias, donde
desembarcaron para tomar otro navío que debía llevarles a Inglaterra. Llegaron
clandestinamente a Cherburgo en abril de 1926. Desde allí, a París, donde
habitaron en un hotel de la calle Legendre. Una mañana, al salir de este hotel
fueron detenidos por la policía francesa. Razón oficial de este arresto: «Haber
montado un complot contra el rey de España Alfonso XIII, que había de visitar
la capital francesa el 14 de julio.»
En octubre del mismo año, comparecieron ante la
Cámara correccional encargada de quienes llevaban armas clandestinamente,
rebelión e infracción a la ley para los extranjeros. En el curso de su proceso,
declararon otorgarse «el derecho a trabajar con todas sus fuerzas para combatir
el régimen dictatorial que reinaba en España y que, por eso, se proponían
apoderarse del rey Alfonso XIII, a fin de provocar la caída de la monarquía en
su país.»
La Argentina pidió la extradición de Durruti,
Ascaso y Gre-gorio Jover. Por su parte, España hizo lo mismo, haciéndoles
responsables del asesinato del cardenal Soldevilla.
El gobierno francés estaba dispuesto a satisfacer a Argentina y a España. La
Unión anarquista francesa llevaba entonces una campaña por la liberación de
Sacco y Vanzetti, a los que amenazaba la silla eléctrica en los Estados Unidos.
Otra campaña cuyos animadores eran Louis Lecoin, Ferandel 295 y Sébastien
Faure, se ocupó también de liberar a los tres anarquistas españoles, que
durante este proceso fueron defendidos con ardor por Louis Lecoin. Este último,
en efecto, movilizó al mundo político e intelectual francés, así como a la
clase obrera. La agitación en París era grande. Varios periódicos mantuvieron
la campaña, y en el mes de julio de 1927 los tres anarquistas españoles fueron
liberados.
Expulsados de Francia, prohibida su estancia en
Bélgica, en Luxemburgo, en Suiza y en Alemania, las fronteras de Italia y de
España estaban abiertas para ellos, lo que representaba una muerte cierta, la
U. R. S. S. les ofreció asilo, pero en unas condiciones tales, que un
anarquista no podía aceptar. No les quedaba más que una solución: engañar a la
policía y seguir en Francia. Volvieron, pues, clandestinamente a las cercanías
de París. En la clandestinidad, Durruti trabó amistad con el revolucionario ruso
Néstor Makhno. Llevaban una vida imposible y trataron en vano de pasar a
Alemania; hubieron de permanecer en Francia, más exactamente en Lyon, donde
trabajaron con nombre falso. Descubiertos por la policía, fueron arrestados de
nuevo durante seis meses. A un periodista que les preguntó qué pensaba hacer el
día de su
Femandel,
amigo de Lecoin, era el tesorero de los dos comités que llevaban las campañas
de opinión anteriormente mencionadas.
liberación, Durruti le respondió no sin humor:
«¡Volveremos a comenzar!»
En otoño de 1928, lograron por fin pasar
clandestinamente a Alemania, donde trabaron contacto con Rudolf Rocker y Erich
Mühsam 296, que trataron de legalizar su situación en tanto que refugiados
políticos. Aunque tenían acceso a personas muy influyentes en el medio
político, fracasaron. Estaba claro que si Durruti, Ascaso y Jover caían en
manos de la policía, serían pronto devueltos a España. En consecuencia, los dos
primeros decidieron ir a Bélgica, donde pensaban poder obtener un falso
pasaporte y embarcar para México, pero tenían dificultades económicas que
confesaron al célebre actor alemán Alexander Granach, gran amigo del poeta
Mühsam. Puso a su disposición todo el dinero que tenía. Gracias a esta ayuda,
pasaron la frontera, pero no embarcaron hacia México, pues un emisario del
Comité na-cional de la CNT que vino de España les informó de la caída del
régimen.
Los dos amigos tomaron entonces la decisión de
permanecer en Bélgica tras haber obtenido documentos falsos. Siguieron en
Bruselas hasta el 13 de abril de 1931. Fue la época, en su vida de militantes,
en que conocieron una relativa tranquilidad. Aprovecharon para mejorar su
formación intelectual y revolucionaria, y para colaborar con el Comité Pro
Libertad en que había militantes
Erich
Mühsam (1878-1934), poeta revolucionario y anarquista alemán, autor de una
«Marsellesa de los consejos obreros»; participó en el gobierno de la República
bávara de los Consejos que no duró más que seis días en Munich (7 al 13 de
abril de 1919) con Gustav Lan- dauer (1870-1919), escritor anarquista
salvajemente asesinado; fue condenado por un tribunal marcial a quince años de
arresto, luego amnistiado a finales de laño 1924. Detenido por los nazis el 28
de febrero de 1933 y asesinado por las S. S. en un campo de concentración, en
la noche del 9 al 10 de julio de 1934 (cfr. Roland Lewin, Erich Mühsam,
suplemento del Monde Libertaire, junio de 1968).
internacionales como Hugo Treni, Camillo Berneri y
Hem Day 297. A la llegada de la República, Durruti volvió a España. Esta
República decepcionó rápidamente las esperanzas. Tuvo lugar un mitin de
afirmación revolucionaria el primero de mayo de 1931 en los salones de Bellas
Artes de Barcelona. Una manifestación de 100.000 personas desfiló por las
calles de Barcelona, llegando hasta el Palacio de la Generalidad, al que
querían comunicar sus reivindicaciones: «Libertad para los detenidos y reformas
sociales urgentes.» El ejército y la guardia civil disolvieron esta
manifestación. Hubo muertos y heridos, pero Durruti convenció a los soldados a
que volvieran sus armas contra la guardia civil.
La popularidad de Durruti era muy grande en la
península, y su solo nombre aseguraba el éxito de un mitin de la CNT No era,
propiamente hablando, un buen orador, pero sabía subyugar a las masas y
evidenciar, con ayuda de ejemplos, la injusticia social.
De abril de 1931 al 19 de julio de 1936, participó
en todos los grandes conflictos sociales habidos en España. Fue famoso en los
acontecimientos de Figols, y fue deportado a las islas Canarias, a Puerto
Cabrera, en la isla de Fuerteventura, donde hubo de permanecer de febrero a
septiembre de 1932. Tomó igualmente parte activa en los movimientos
revolucionarios de enero de 1933 y fue de nuevo apresado de enero a agosto de
ese mismo año. En diciembre de 1933, Durruti participó en el Comité nacional
revolucionario, pero, de diciembre de 1933 a julio de 1934, fue de nuevo
condenado a la cárcel, en Burgos y Zaragoza,
Ugo
Treni, pseudónimo de Ugo Fedeli. Hem Day, pseudónimo de Marcel Dieu
(1902-1969), periodista anarquista y antifascista belga, fundador de los
Cuadernos Pensée et Action.
para ser de nuevo enviado a la cárcel del 5 de
octubre de 1934 a mediados de 1935. De nuevo fue encarcelado en septiembre de
ese mismo año para ser liberado unos días antes de las elecciones de febrero de
1936.
Los trabajos del tercer Congreso de Zaragoza de la
CNT, congreso al que asistieron setecientos delegados aproximadamente,
comenzaron el primero de mayo de 1936. Durruti, así como García Oliver y
Francisco Ascaso, pertenecían a la delegación del sindicato del sector textil.
Este último congreso fue constructivo: la revolución se acercaba. El Comité
nacional de la CNT denunció la conspiración fascista, pero el gobierno elegido
por el Frente Popular no supo poner fin al complot de los militares.
Durruti provocó una gigantesca agitación entre los
militantes revolucionarios y la clase obrera, de tal modo que el presidente de
la Generalitat, Companys298, solicitó una entrevista con la CNT, entrevista en
la que se decidió establecer una comisión de enlace entre la CNT y el gobierno
de la Generalitat. Durruti y Ascaso participaron en esa comisión, que insistió
en armar al pueblo, pero que no obtuvo del gobierno más que buenas palabras.
Ante la actitud de los dirigentes, decidióse el asalto a los barcos con
mercancías anclados en el puerto de Barcelona, con el fin de tomar algunas
docenas de fusiles que se añadieron a las pocas armas que la CNT tenía ya, así
como a las que fueron recuperadas en las armerías. Era la única forma de hacer
Luis
Companys, abogado y animador de un partido pequeño- burgués catalán, la
Esquerra Republicana; fue abogado de la CNT a la vez que se apoyaba en los
pequeños propietarios agrícolas y los aparceros; llegó a ser presidente de la
Generalitat de Cataluña en 1936; refugiado en Francia en 1939; fue entregado a
Franco por el gobierno de Vichy, y fusilado en Barcelona por los franquistas.
frente a la guarnición de Barcelona, formada por
35.000 soldados.
Las fuerzas facciosas salieron a la calle el 19 de
julio a las cinco de la madrugada, y el lunes a medio día, a las cinco de la
tarde, García Oliver anunció por Radio Barcelona que el pueblo había vencido al
fascismo en el curso de una lucha desigual.
No se había visto nunca desaparecer el poder del
Estado con tanta rapidez. En menos de setenta y dos horas, el Estado no existía
más que de nombre. Las pocas fuerzas representativas que le quedaban se habían
fundido en el pueblo. La CNT y la FAI eran dueñas absolutas de la situación,
tanto en Barcelona como en la provincia.
Companys, presidente de una Generalitat
inexistente, hubo de reconocer el hecho y solicitó una entrevista con la CNT y
la FAI para la transmisión de poderes (es exactamente la palabra transmisión la
que hay que utilizar). De esta entrevista histórica ha quedado un escrito de
García Oliver que explica la situación exacta y muestra cómo nació el nuevo
órgano de poder llamado Comité central de Milicias.
Una de las primeras medidas tomadas por este Comité
fue el organizar una columna que debía ir inmediatamente a la región de Aragón.
Esta columna se llamó Durruti-Farras, pues el comandante Pérez-Farras era el
delegado militar, y Durruti el delegado político. El 23 de julio, la columna
partió para Lérida con menos hombres de lo que había esperado, pues contaba en
principio con 10.000 hombres. Una vez establecido el poder revolucionario de
Lérida, la columna se dirigió hacia Caspe antes de llegar a Bujaraloz, lugar
estratégico distante unos 30 kilómetros de Zaragoza, donde
se instaló. Tomó varios pueblos e hizo retroceder
al enemigo.
La «choza» de Bujaraloz donde Durruti instaló su
cuartel general llegó a ser un foco de atracción para las personalidades y los
periodistas; periodistas, militantes obreros, intelectuales y hombres
políticos, tales como Sébastien Faure, Emma Goldman fueron a visitarle allí.
El grupo internacional al que la columna había
denominado «Sébastien Faure» contaba en sus filas con personalidades tales como
Emile Cottin, muerto en el combate, y Simone Weil 299.
A medida que avanzaba la guerra, el frente de
Aragón, por su espíritu libertario, fue cada vez más boicoteado por el gobierno
central. Durruti se entrevistó con el Comité central de Milicias que, tras
haber sido puesto al corriente de la situación en que se hallaba, le aconsejó
ir a Madrid a solicitar armas o divisas. Hacia mediados de septiembre, Durruti
se presentó en Madrid para entrevistarse con el socialista Largo Caballero 300,
que era a la vez presidente del Consejo de ministros y ministro de la Guerra, y
le aseguró un crédito de 1.800 millones de pesetas para comprar armas y poner
en marcha la industria de guerra catalana. Pero el gobierno central no mantuvo
su palabra, y el frente de Aragón hubo de luchar contra el enemigo con medios
pobres, sin poder tomar Zaragoza, conquista que hubiese sido muy importante.
Ante la ofensiva franquista sobre Madrid, en
Simone
Weil (1909-1943), militante y filósofo francesa, trabajó en la casa Renault;
combatió en España durante la guerra civil; acabó siendo cristiana y mística, y
muerta prematuramente.
Francisco
Largo Caballero (1869-1946), de origen obrero, socialista reformista,
secretario de la Unión General de Trabajadores; se radicalizó durante la huelga
general de Asturias en 1934; presidente del Consejo y ministro de Guerra del 5
de septiembre de 1936 a 15 de mayo de 1937; se le ha denominado, con
exageración, el «Lenin español».
octubre-noviembre de 1936, el miedo se apoderó de
las altas esferas gubernamentales y del alto mando; se creía en la caída de la
capital. El gobierno llamó a Durruti, pensando que su prestigio elevaría el
nivel de los combatientes. Su columna fue llamada para defender Madrid. Así,
para alegría de los habitantes de la capital, Durruti llegó el 12 de noviembre
a la cabeza de sus hombres y, sin darle tiempo para descansar siquiera, se le
asignó el sector más peligroso. Desde el 12 de noviembre hasta el día de su
muerte, no tuvo un momento de reposo.
Hacia las dos del medio día del 19 de noviembre,
Durruti recibió en pleno pulmón una «bala perdida» estando frente al hospital
Clínico, bastión que dominaba la ciudad universitaria y donde los fascistas se
habían atrincherado. Se le llevó con urgencia al hospital de las milicias
catalanas instalado en el hotel Ritz. Allí padeció varias intervenciones
quirúrgicas antes de morir el día siguiente, 20 de noviembre, a las seis de la
mañana.
Para no desmoralizar a los combatientes
republicanos ante Madrid, comprometidos en una lucha encarnizada y frontal con
los blindados del adversario, en principio se mantuvo en secreto la muerte de
quien había llegado a ser el símbolo de la resistencia al fascismo, y su cuerpo
fue trasladado clandestinamente a Barcelona. A sus funerales, que tuvieron
lugar el 23 de noviembre en la capital catalana, asistieren más de medio millón
de personas.
Igualmente, para no elevar la moral de los
antifranquistas, el gobierno republicano y la CNT se creyeron obligados a
des-mentir categóricamente los rumores que comenzaron a
correr sobre las oscuras circunstancias de la
desaparición de Durruti, y a afirmar que había caído frente al enemigo.
Con el paso de los años, es difícil atenerse a la
versión oficial, y el enigma concerniente a esta muerte sigue en pie. Otras
tres versiones han corrido:
Durruti
habría sido matado por militantes anarquistas, pues obligado a combatir en
Madrid al lado de los comunistas, habría tenido la tendencia a acercarse más a
ellos. Es la hipótesis menos verosímil.
Durruti
habría sido suprimido por miembros del ala derecha y reformista de la CNT, que
habrían querido acentuar el compromiso político con las otras fuerzas
republicanas para quitar a la lucha todo carácter revolucionario, esto contra
la voluntad de Durruti, partidario de la lucha revolucionaria a ultranza.
En fin,
Durruti habría sido ejecutado por la GPU por orden de Stalin, pues su inmensa
popularidad era un obstáculo para las siniestras maquinaciones del Partido
Comunista Español.
Es imposible hoy optar objetivamente en favor de
tal o cual de estas versiones. Sin embargo, como en todo enigma policial, hay
derecho a preguntar, a tratar de encontrar la verdad a partir de la pregunta:
¿a quién podría aprovechar la muerte de Durruti?
El espíritu de Durruti 301
La columna Durruti conoció la muerte de Durruti
durante la noche, sin muchas palabras. Sacrificar la vida es cosa co-rriente
entre los camaradas de Durruti. Una frase murmurada: «Fue el mejor entre
nosotros.» Un grito simultáneamente lanzado en la noche: «Le vengaremos.» He
aquí lo que los compañeros experimentaron. La consigna del día fue: «Venganza.»
Durruti había comprendido profundamente la fuerza
del trabajo anónimo. Anonimato y comunismo son todo uno. El camarada Durruti
actuaba al margen de toda la vanidad de las vedettes de izquierda. Vivía con
sus camaradas, luchaba como compañero a su lado. Ejemplo luminoso, nos llenaba
de entusiasmo. Nosotros no teníamos general,, pero la pasión por la lucha, la
modestia profunda, la entrega entera ante la gran causa de la revolución que
brillaban en sus buenos ojos, inundaban nuestros corazones haciéndoles latir al
unísono con el suyo, que para nosotros continúa vivo en la montaña. Siempre
escucharemos su voz: ¡Adelante, adelante! Durruti no era un general, era
nuestro camarada. Esto no tiene pompa, pero en nuestra columna proletaria no se
explota la revolución, no se hace publicidad. No se busca más que una cosa: la
victoria y la revolución.
Las camaradas se reunían en su tienda. El les
explicaba la significación de sus medidas y discutía con ellos. Durruti no
mandaba, convocaba. Sólo la convicción de lo bien fundado de una medida
garantizaba una acción clara y decidida. Entre
Por Karl
Einstein, de la columna Durruti.
nosotros, cada cual conocía las razones de su
actitud y se identificaba con ella. Y, a causa de ello, cada cual buscará a
todo precio el éxito de esta acción. El camarada Durruti nos da ejemplo.
El soldado obedece por un sentimiento de miedo y de
inferioridad social, lucha por falta de conciencia. Así lucharon siempre por
los intereses de sus adversarios sociales, los capitalistas. Los pobres diablos
que luchan en las filas fascistas son un ejemplo de ello. El miliciano lucha
ante todo por el proletariado, quiere realizar la victoria de las clases
trabajadoras. Los soldados fascistas combaten en favor de una minoría
decadente, sus enemigos;, el miliciano, por el porvenir de su propia clase. Este
último parece ser, pues, más inteligente que el soldado. La columna Durruti es
disciplinada por su ideal, y no por la marcha al paso de la oca.
Donde penetra la columna, llega la colectivización.
La tierra es dada a la colectividad. De siervos de los caciques que eran, los
proletarios agrícolas pasan a ser hombres libres. Se pasa del feudalismo del
campo al comunismo libertario. La población es abastecida por la columna en
alimentos y vestidos. Dicha columna se incorpora a la comunidad campesina
durante su estancia en una localidad.
La revolución impone a la columna una disciplina
más severa que podría hacerlo la militarización. Todos se sienten responsables
del éxito de la revolución social, que está en el centro de nuestra lucha, y
que la determinará tanto en el porvenir como en el pasado. Yo no creo que los
generales o el saludo militar nos inculcaran una actitud más conforme con las
necesidades actuales. Al decir esto, estoy convencido
de que interpreto el pensamiento de Durruti y de
los camaradas.
No renegamos de nuestro viejo antimilitarismo, de
nuestra sana desconfianza contra el militarismo esquemático que sólo ha
proporcionado ventajas a los capitalistas. Es precisamente por favorecer a este
esquematismo militarista por lo que se ha impedido la educación de los
proletarios, por lo que se les ha mantenido en una inferioridad social; el
esquematismo militar debería romper la voluntad y la inteligencia de los
proletarios. En fin de cuentas, luchamos contra los generales rebeldes. Esto
demuestra por sí mismo el valor dudoso de la disciplina militar.
Nosotros no obedecemos a ningún general,
perseguimos la realización de un ideal social que permitirá, al lado de muchas
otras innovaciones, precisamente esta educación máxima de la personalidad
proletaria. La militarización, por el contrario, fue y sigue siendo un medio
favorito de disminución de esta personalidad. Es conocido el espíritu de la
columna Durruti, y seguirá siendo la continuadora y defensora de la revolución
proletaria. La columna encarna el espíritu de Durruti y de la CNT Durruti
continúa viviendo por ella; la columna conservará fielmente su herencia,
combatiendo en común con todos los proletarios para la victoria de la
revolución. Así es como honramos la memoria de nuestro camarada muerto,
Durruti.
La defensa de Madrid (noviembre-diciembre de 1936)
302
La marcha del Gobierno hacia Valencia fue una cura
de verdad para uso de inquietos y apáticos; reemplazó la frase sobre la unidad
y la disciplina por un impulso real de responsabilidad y de iniciativa
respondiendo a la llamada del Comité de defensa de Madrid. Todos comprendían
que había algo que hacer, para lo cual se contaba con cada cual. Cada uno
contaba con que se podía contar con el otro para una resistencia sincera, y en
lugar de algunos asaltos de heroísmo oratorio, terminados con brindis de confianza
al Gobierno, se dio al trabajo efectivo, el contagio del ejemplo, la entrada en
juego de las masas. La marcha de los ministros fue un asesinato.
La llegada de Durruti con cinco mis combatientes
catalanes; la proclamación ruda y viril que lanzó por radio, abroncando
fuertemente a los ociosos, a los farsantes y a los falsos revolucionarios; la
oferta que hizo a cada madrileño de un fusil o de una azada, y la invitación a
todos a cavar trincheras y elevar las barricadas, todo ello contribuyó a crear
una especie de euforia ardiente y alegre que los comunicados y los discursos
mentirosos del Gobierno habrían sido incapaces de suscitar. Hasta entonces, no
se había organizado ni la defensa, ni la evacuación de las bocas inútiles por
miedo a quebrar la moral. Durruti y el Comité de defensa trataron a los
madrileños como hombres, y éstos se
Extraído
de A. Prudhommeaux, Catalogne 36-37. Sobre Prudhommeaux hablaremos más
adelante.
condujeron como hombres. La CNT, que significaba en
Ma-drid el elemento extremista de la clase obrera, dio ejemplo, movilizando a
todos sus miembros para crear una brigada de fortificaciones y otras
formaciones análogas.
La proclama siguiente fue publicada por el diario
madrileño
CNT:
«La Federación local de los sindicatos únicos de
Madrid, cuya responsabilidad está ligada a la suerte de la causa anti-fascista,
ha movilizado ayer lunes a todos los trabajadores controlados por ella a fin de
contribuir de forma decisiva a la lucha contra los rebeldes en los alrededores
de la capital de la República. Todos los trabajos que no tienen relación
directa con la guerra han sido declarado suspendidos, y hoy cuarenta mil
trabajadores confederados están en armas en Madrid para prestar ayuda al Gobierno.
»La tentativa fascista se romperá contra una
muralla de carne proletaria, si antes no es destrozada por nuestras armas, cada
día más poderosas y eficaces. Nuestras filas están ahora limpias de todos los
traidores. Es el pueblo quien, en las jornadas de julio, asaltó las madrigueras
fascistas por su espontaneidad combativa y su ardor revolucionario. Este
espíritu debe permanecer también hoy, esta vez fortalecido por tres meses de
lucha, que acabará definitivamente con los traidores. ¡Energía, camaradas, y venceremos!»
La defensa de Madrid llevó a una confrontación de
los mé-todos de lucha federalista y libertarios, con los métodos
gubernamentales y estalinistas. Por experiencia, se demostró que el régimen
humano practicado en las filas anarquistas no perjudicaba en nada al valor
combativo y a la buena
organización de los servicios. Esto llevó a un
número bastante grande de proletarios internacionales militarizados a abandonar
sus formaciones para ir con Durruti. El deseo de ser tratado como ciudadano
consciente, y no como «carne de asar», hizo de las milicias CNT - FAI un polo
de atracción para todas las tendencias. Conscientes de su papel de educadores,
y sintiéndose los depositarios del alma y del honor revolucionario, los
organizadores cenetistas se formaron en buena parte de sus posiciones en lo concerniente
al antimilitarismo y la autodisciplina. Su propa-ganda, inspirada por el deseo
de consolidar las conquistas milicianas en el cuadro del ejército popular, tomó
un tinte más libre y revolucionario. Así, una proclama de noviembre dice:
«Conociendo la psicología de nuestro pueblo sabemos
que el soldado de la revolución no luchará de manera eficaz si se le convierte
en un mecanismo desalmado bajo la rígida disciplina de un código que no habla
de derecho ni de deber, sino de obediencia y castigo. Las viejas fórmulas son
aquí inaceptables, porque no fueron dictadas por un pueblo que se defiende.
Estaban destinadas a dominar al pueblo, a defender a las clases explotadoras
que utilizan la fuerza armada para la protección de sus intereses y privilegios.
»El desaparecido ejército español del 19 de julio,
cualquiera que haya sido la rigidez de su código militar, no brillaba en modo
alguno por su disciplina ni por su valor, ni por su organización. La república
burguesa no debe elegir a sus gobernantes ni reconstruir un nuevo ejército,
sino que hay que romper con las viejas ideas y las fórmulas sobrepasadas. La
revolución proletaria que estamos
construyendo no tiene que ir a buscar materiales en
los residuos nacionales, políticos, militares o sociales que se oponen a su
desarrollo.
»La disciplina revolucionaria ha nacido sobre la
base del deber consciente y no de la construcción El más severo castigo que
puede merecer un camarada que se niega a cumplir su tarea en la sociedad
revolucionaria proletaria, en el terreno militar o económico es el recibir el
desprecio, el aislamiento y, finalmente, la eliminación de una sociedad donde
los parásitos no tienen sitio.»
Para terminar, creemos nuestro deber poner ante el
lector un documento que resume bastante bien las conclusiones prácticas
esperables, tras la discusión de que nos hemos hecho eco. Procede de
combatientes alemanes unidos alrededor de la bandera roja y negra de la columna
Durruti y representa un programa reivindicativo mínimo para todo revolucionario
en los cuadros de una organización militar que está llamada a ser controlada
por sus miembros en interés del pueblo:
El ejército popular y los consejos de soldados
«Los camaradas alemanes del grupo internacional de
la co-lumna Durruti han tomado postura sobre la cuestión de la militarización
en general, y particularmente en el seno de la columna. Los camaradas reprochan
a las realizaciones actuales de los principios de militarización el haber sido
elaboradas en ausencia de todo contacto estrecho con los
elementos del frente. Consideran provisionales las
medidas tomadas hasta el presente, y las aceptan en ese sentido hasta la
creación de un nuevo «código militar» cuyo establecimiento reclaman lo antes
posible para poner fin al estado actual de confusión permanente. Los camaradas
ale-manes proponen la toma en consideración de las siguientes reivindicaciones
en la redacción de este nuevo código:
»1. Supresión del saludo.
»2. Sueldo igual para todos.
»3. Libertad de prensa (periódicos en el frente).
»4. Libertad de discusión.
»5. Consejo de batallón (tres delegados elegidos
por com-pañía).
»6. Ningún delegado ejercerá funciones de mando.
»7. El Consejo de batallón convocará una reunión
general de soldados, si están de acuerdo los dos tercios de la compañía.
»8. Los soldados de cada unidad (regimiento)
elegirán una delegación de tres hombres de confianza de la unidad. Estos
hombres de confianza podrán convocar en todo momento una asamblea general.
»9. Uno de ellos será destacado al Estado Mayor (de
la bri-gada) a título de observador.
»10. Esta estructura debe prolongarse hasta la
representa-ción general de los consejos de soldados para el conjunto del
ejército.
»11. El Estado Mayor General debe tener igualmente
un re-presentante del consejo general de soldados.
»12. Consejos de guerra de campaña compuestos
exclusivamente por soldados. En caso de acusación contra suboficiales, un
oficial estará presente en el consejo de guerra.»
No, Durruti no ha muerto
por Emma Goldman
Durruti, a quien vi hace un mes por última vez, ha
muerto luchando en las calles de Madrid.
Conocí a este gran combatiente del movimiento
anarquista y revolucionario en España por lo que había leído de él.
Cuando llegué a Barcelona oí muchas anécdotas sobre
Durruti y su columna, lo que hizo que yo deseara vivamente ir al frente de
Aragón, donde él era el espíritu dirigente de las valientes milicias que
luchaban contra el fascismo.
A la caída de la noche, llegué al Estado mayor de
Durruti, completamente agotada por el largo viaje efectuado en coche por un
camino accidentado. Algunos minutos con Durruti me sirvieron de gran
reconfortamiento, refresco y valor. Hombre musculoso, como cincelado en piedra
a martillazos, Durruti representaba netamente la figura más dominante entre los
anarquistas que encontré desde mi llegada a España. Su enorme energía me
impresionó, y el mismo efecto parecía producir en cuantos le visitaban.
Encontré a Durruti en medio de una verdadera
actividad de colmena. Hombres iban y venían, el teléfono sonaba
continuamente llamando a Durruti, y a la vez no se
interrumpía un formidable ruido que producían los obreros ocupados en la
construcción de una armazón de madera para su Estado Mayor.
Al través de esta actividad ruidosa y continua,
Durruti estaba sereno y paciente. Me recibió como si me hubiese conocido de
toda la vida. La entrevista cordial y calurosa de este hombre resuelto a una
lucha a vida o muerte contra el fascismo era para mí algo inesperado.
Había oído hablar mucho de la fuerte personalidad y
del prestigio de Durruti en la columna que llevaba su nombre. Tuve la
curiosidad de saber por algunos medios, no militares, que había llegado a
concentrar diez mil voluntarios sin ninguna experiencia ni entrenamiento.
Durruti pareció sorprendido de que yo, vieja militante anarquista, preguntase
por ello:
«He sido anarquista toda la vida, me respondió, y
espero continuar siéndolo. Por ello considero sería muy desagradable
convertirme en general y mandar a mis hombres con la disciplina estúpida del
espíritu militar. Estos hombres han llegado a mí por su propia voluntad,
dispuestos a dar su vida por nuestra lucha antifascista. Creo, como siempre he
creído, en la libertad. La libertad entendida como responsabilidad. Considero
indispensable la disciplina, pero ésta debe ser una autodisciplina movida por
un ideal común y un fuerte sentimiento de camaradería.» Durruti había captado
la confianza y el sentimiento de sus hombres, porque nunca se había considerado
superior a ellos. Era uno entre ellos. Comía, dormía, como ellos.
Frecuentemente renunciaba a su parte en beneficio de un enfermo o un débil
más necesitado que el. Compartía el peligro con
ellos en todas las batallas. Este no era más que uno de los secretos del éxito
de Durruti con su columna. Sus hombres le adoraban. No sólo obedecían todas sus
órdenes, sino que siempre estaban dispuestos a seguirle en la acción más
peligrosa para tomar las posiciones fascistas.
Yo llegué la víspera de un ataque que Durruti había
planeado para el día siguiente. A la hora indicada, Durruti, como el resto de
sus milicianos, con el fusil a la espalda, abrió la marcha, haciendo retroceder
cuatro kilómetros al enemigo y logrando también tomar un número considerable de
armas que el enemigo abandonó en su huida. El ejemplo de la simple igualdad
moral no era sin duda la única explicación de la influencia de Durruti. Había
otra: su gran capacidad para hacer entender a los milicianos la profunda
significación de la guerra antifascista, significación que había dominado su
vida y que había transmitido al más pobre y al más incapaz.
Durruti me habló de los difíciles problemas que le
plantea-ban sus hombres cuando le pedían un permiso en el momento en que eran
más necesarios en el frente. Es evidente que conocían a su dirigente, sus
decisiones, su voluntad de hierro. Pero también conocían la simpatía y la
gentileza ocultas en su fondo. ¿Cómo resistir cuando los hombres le hablaban de
enfermedades y sufrimientos en su hogar, de su padre, de su esposa, de sus
hijos?
(...) Nunca quedó indiferente a las necesidades de
sus com-pañeros. Ahora, había entrado en una lucha desesperada contra el
fascismo por la defensa de la revolución. Era preciso que todos ocupasen sus
puestos. Papel
verdaderamente difícil. Escuchaba pacientemente los
sufrimientos, buscaba sus causas y proponía los remedios en los casos todos en
que un mal moral o un mal físico se apoderaban de su sufriente. Exceso de
trabajo, alimentación insuficiente, falta de aire puro, falta de alegría de
vivir.
—¿No ves, camarada, que la guerra que tú, que yo y
que nosotros sostenemos, es para salvar la revolución, y que la revolución se
hace para poner fin a las miserias, a los sufrimientos de los hombres? Debemos
batir a nuestro enemigo fascista. Debemos ganar la guerra. Tú eres parte
esencial de ella. ¿No lo ves, camarada?
A veces, un camarada se negaba a escuchar tales
razones.
Insistía en abandonar el frente.
—Muy bien, le decía Durruti, pero te irás a pie, y
cuando llegues a tu pueblo todo el mundo sabrá que te ha faltado valor, que has
desertado del cumplimiento del deber que tú mismo te habías impuesto.
Estas palabras producían magníficos resultados. El
hombre pedía seguir. Nada de severidad militar, nada de constricción, nada de
castigo militar para sostener la columna Durruti en el frente. Sólo la gran
energía del hombre les empujaba y hacía sentir al unísono con él.
Un gran hombre, el anarquista Durruti. Un
predestinado para dirigir, para enseñar. Un afable y cordial camarada. Todo en
uno. Y ahora Durruti ha muerto. Su corazón ya no late. Su imponente cuerpo se
ha abatido como un árbol gigante. Sin embargo Durruti no ha muerto. Los cientos
de miles de personas que el domingo 22 de noviembre de 1936 dieron su último
homenaje a Durruti son testigos.
No. Durruti no ha muerto. El fuego de su espíritu
ardiente ilumina a cuantos le conocieron y le amaron. Jamás se apagará. Las
masas han tomado ya la antorcha que cayó de las manos de Durruti. La están
llevando triunfalmente por el sendero que Durruti iluminó durante muchos años.
El sendero que conduce a la cumbre del ideal de Durruti. Este ideal es el
anarquismo, la gran pasión de la vida de Durruti, a la que se consagró por
entero. A la que fue fiel hasta su último suspiro. ¡No, Durruti no ha muerto!
DURRUTI HABLA 303
Estoy satisfecho de mi columna. Mis camaradas están
bien equipados, y llegado el momento todo funciona como una buena máquina. Con
esto no quiero decir que dejen de ser hombres. No; nuestros camaradas en el
frente saben por qué y para qué luchan. Se sienten revolucionarios, no luchan
por la defensa de nuevas leyes más o menos prometidas, sino por la conquista
del mundo, de las fábricas, de los talleres, de los medios de transporte, de su
pan, de la nueva cultura. Saben que su vida depende de ese triunfo.
Mi opinión es que nosotros, porque así lo exigen
las
Texto
extraído de los Cahiers de ierre libre de André Prudhom- meaux y de Catalogne
36-37, del mismo, 1937. André Prudhommeaux (1902-1968), escritor y periodista
libertario, animador de una librería obrera en París, luego de una imprenta
cooperativa en Nimes, ligado al movimiento del comunismo de los consejos
alemán, así como al anarcosindicalismo español; ha publicado el periódico Terre
libre, colección de folletos bajo el título «Cahiers de Terre libre», los
primeros números de L'Espagne antifasciste (1936), luego L´Espagne nouvelle
(1937).
circunstancias, hacemos la revolución y la guerra
al mismo tiempo. Las medidas revolucionarias no se toman únicamente en
Barcelona, sino también en las líneas de fuego. En todos los pueblos que
tomamos, comenzamos a desarrollar la revolución. Es lo mejor de nuestra guerra,
y cuando pienso en ello me doy más cuenta de mi responsabilidad. Desde las
primeras líneas de fuego, hasta Barcelona, no hay más que combatientes por
nuestra causa. Todos trabajan por la guerra y la revolución.
Una de las consignas más importantes reclamadas por
la actualidad es la disciplina. Mucho se habla de ella, pero pocos trabajan por
ella. Para mí, la disciplina no tiene otra significación que el concepto que se
tenga de la responsabilidad. Soy enemigo de la disciplina de cuartel, la que
conduce a la brutalidad, al horror y a la acción mecánica. Tampoco reconozco la
consigna errónea de la libertad que no conviene en los momentos actuales de la
guerra, y que es el recurso de los blandengues. En nuestra organización, la CNT
impone la mejor de las disciplinas. Los confederados admiten y cumplen las
decisiones tomadas por los comités, que son propuestas por los camaradas
elegidos para aceptar estas cargas de responsabilidad. Durante la guerra, hay
que someterse a los delegados que han sido elegidos. Ninguna operación puede
hacerse de otro modo. Si sabemos que estamos ante titubeantes, entonces le
hablamos a sus conciencias y a su amor propio. De esta manera, sabremos hacer
de ellos buenos camaradas.
Estoy satisfecho de los camaradas que me siguen.
Espero que también ellos estén contentos de mí. No carecen de nada. Tienen qué
comer, qué leer, tienen discusiones
revolucionarias. La holgazanería está ausente de
nuestras columnas. Se construyen continuamente trincheras.
¡Ganaremos la guerra, camaradas!
A los obreros rusos 304
Numerosos revolucionarios internacionales, que nos
son próximos por el corazón y el pensamiento, viven en Rusia, no en libertad,
sino en los aisladores políticos y en las cárceles. Varios de ellos han
solicitado venir a combatir al enemigo común en España, en la primera línea de
fuego. El proletariado internacional no comprendería que no fueran puestos en
libertad; tampoco comprendería que los refuerzos en armas o en hombres que
Rusia se dispone, según parece, a enviar a España, sean objeto de un mercadeo que
implique una abdicación cualquiera de la libertad de acción de los
revolucionarios españoles.
La revolución española debe seguir un curso
distinto al de la revolución rusa. No debe desarrollarse según la fórmula «Un
partido al poder, los otros a la cárcel», sino que debe hacer triunfar la única
fórmula que permita que la unidad del frente no sea un engaño: «Todas las
tendencias al trabajo, todas las tendencias al combate, contra el enemigo
común. Y el pueblo elegirá el régimen que más le convenga.»
Extraído
de A. Prudhommeaux, op. cit.
Ultima alocución 305
Si la militarización por la Generalidad se hace
para intimi-damos e imponemos una disciplina de hierro, se equivoca, e
invitamos a los autores del decreto a venir al frente para que se den cuenta de
nuestra moral y de nuestra coherencia; luego, las compararemos con la moral y
la disciplina de la retaguardia.
MILICIANOS, SÍ. ¡SOLDADOS, JAMÁS! 306
Las milicias obreras han tenido un papel
determinante en lo que concierne a la acción guerrera antifascista. Han llevado
todo el peso de las operaciones. Habrían podido imponer su carácter a la
naturaleza misma de las operaciones. La lógica exigía que los cuerpos militares
leales se fundaran en la milicia, pero no en la milicia integrada en el
ejército. Es esto sin embargo lo que desconocieron las «autoridades» madrileñas
y barcelonesas procediendo a tentativas de movilización que iban a inclinar la
balanza hacia la indiferencia política y a significar la militarización de las
milicias. En Cataluña, esta tentativa de movilización fracasó.
(...) Las calles de Barcelona han sido invadidas
por los reclu-tas de las clases 33-34-35 que, no teniendo ninguna
Extraído
del mismo lugar.
Ibidem.
confianza en los oficiales, y estimándose liberadas
de la vieja concepción militar del acuartelamiento, se negaban a integrarse en
sus cuerpos. Muchos de estos jóvenes se inscribían en las milicias, pero
ninguno quería partir ya para Zaragoza. Para exponer su punto de vista,
organizaron una gran asamblea que reunía 10.000 entre ellos, en el curso de la
cual votaron el siguiente orden del día:
«Nosotros no nos negamos a cumplir nuestro deber
cívico y revolucionario. Queremos ir a liberar a nuestros hermanos de Zaragoza.
Queremos ser milicianos de la libertad, pero no soldados de uniforme. El
ejército se ha erigido en un peligro para el pueblo; sólo las milicias
populares protegen las libertades públicas. ¡Milicianos, sí! ¡Soldados jamás!
La CNT hizo suya la causa en Madrid y en la
Generalidad catalana. Las declaraciones de los nuevos reclutas se tradujeron
pronto en actos: millares vinieron a inscribirse espontáneamente en las
milicias. Y la movilización sin distinción de clase o de voluntad
revolucionaria fue abandonada en lo concerniente a la lucha «contra los
facciosos».
Por otra parte, es preciso que Madrid y Barcelona
salgan de su error: no se trata de la simple represión de un movi-miento
«faccioso». Estamos frente a un fenómeno social, cuya aparición no ha hecho la
tentativa fascista más que precipitar. Todos los que quieran oponerse a él
serán barridos. Por el contrario, si las esferas dirigentes comprenden su poder
y le dejan las manos libres, evitarán males irreparables.
La CNT ha dicho a estos reclutas: «Como no se trata
de quitaros el cumplimiento de un deber, nosotros
sostendremos vuestro derecho: combatiréis como
milicianos, no como soldados.» Solución que aplaudieron los soldados.
Queremos pensar que los gobiernos españoles no les
negarán este derecho, que es preciso mantener. Deben saber que un ejército que
combate bajo la constricción padece finalmente la derrota, como testimonian los
ejércitos de Napoleón, que no evitaron Waterloo, ni la caída del imperio. Los
ejércitos de voluntarios tienen tras de sí toda una epopeya, como la de los
combatientes de la revolución francesa.
La CNT sabe que llamando a las armas a los
milicianos, nadie desertará, pues la deserción en la lucha sería traición.
¿Ejército regular o milicias libertarias?
Las calles estaban llenas de carteles, banderolas e
insignias a finales de agosto, y las improvisadas oficinas de enrolamiento
funcionaban a pleno rendimiento. ¿Qué iba a hacerse con estas masas de reclutas
de refresco, en el momento en que el fascismo y el antifascismo formaban
islotes, zonas neutras, entrelazamientos inextricables de fuerzas, sin ningún
frente constituido? ¿Masas compactas para oponerlas a los moros y a los
requetés 307 reunidos a toda prisa por Franco? ¿O bien combatientes a la manera
Requetés,
grupos armados de tradicionalistas navarros, organizados y entrenados para la
guerra civil bajo el lema de «Dios, patria y rey».
revolucionaria de los propagandistas por el hecho
insu-rreccional, guerrilleros, francotiradores?
Los expertos militares estaban divididos. Pero,
cosa extraña, los políticos civiles se inclinaban todos por el ejército de
masas, temiendo probablemente aparecer insuficientemente imbuidos del espíritu
guerrero y demasiado poco conscientes de las «necesidades del momento».
(...) Parecía 308 cada vez más necesario
preguntarse si el militarismo de los generales facciosos llegaría a imponer sus
propias formas de lucha a los revolucionarios españoles o si inversamente
nuestros camaradas llegarían a romper el militarismo oponiéndole métodos de
acción para la liquidación del frente militar y la extensión a toda España de
la revolución social.
Los elementos de éxito de que disponían los
fascistas son los siguientes: abundancia de material, rigidez draconiana de la
disciplina, organización militar completa y terror ejercido sobre la población
con ayuda de las formaciones policiales del fascismo.
Estos elementos de éxito se encuentran valorizados
por la táctica de la guerra de posición, de frente continuo, con transporte de
fuerzas masivas hacia los puntos en que se quiere obtener la decisión. Del lado
popular, los elementos de éxito son de orden absolutamente contrario:
abundancia de hombres, iniciativa y agresividad apasionada de los individuos y
los grupos, simpatía activa del conjunto de las masas trabajadoras de todo el
país, arma económica de la
Extraído
de L´Espagne antifasciste, número 4, reproducido en los Cahiers de Terre libre,
1937.
huelga y el sabotaje en las regiones ocupadas por
los fascistas.
La plena utilización de estas fuerzas morales y
físicas, en sí mismas muy superiores a las que disponía el adversario, no puede
realizarse más que por una lucha generalizada de golpes de mano, emboscadas y
guerrillas por todo el país.
La voluntad decidida de ciertos elementos políticos
del Frente Popular español es la de combatir el militarismo, oponiéndole una
técnica militar del mismo orden, haciendo una guerra «en regla» con grandes
cuerpos y ejércitos y concentración de material, decretando la movilización
obligatoria, aplicando un plan estratégico bajo un mando único, en suma,
copiando más o menos perfectamente al fascismo.
Aquí mismo hemos publicado la opinión de camaradas
que se han dejado influir por el bolchevismo hasta el punto de reivindicar la
creación de un «Ejército Rojo».
Esta actitud nos parece peligrosa desde más de un
punto de vista. No hay que olvidar que el Ejército Rojo de los bolcheviques es
una creación del tiempo de paz, habiendo sido ante todo la victoria sobre la
reacción la obra de los grupos de «revolucionarios» con métodos de lucha
análogos a los de la guerrilla española.
En la hora actual, el problema esencial no es el de
transfor-mar la milicia, conjunto de revolucionarios aptos para la gue-rrilla,
en un ejército regular con las características de un ejército de oficio. El
problema es el de elevar la tecnicidad propia de las formaciones milicianas
inspirándose en las concepciones tácticas del grupo de combate y de la escuela
de sección, en vigor en los principales ejércitos
europeos, y dando a los grupos de combate material apropiado (arma automática,
granada de mano y de fusil, etc.). Actuar de otro modo sería esperar la
decisión de una batalla napoleónica, cuyos instrumentos en su totalidad están
aún por crear en lo que concierne al campo antifascista español. Sería aplazar
esta decisión para las calendas griegas, eternizar la posición actual, y en ese
caso dejar al azar una victoria que de antemano sería nuestra, si supiéramos
utilizar plenamente nuestras armas propias.
Todo parece indicar que la decisión en la lucha que
se da en los cuatro rincones de España será de orden moral y no de orden
estratégico.
Guardémonos de las maniobras interesadas de los
temporizadores y de los compromisarios, que guardan el momento de traicionar al
pueblo y reconciliarse con la burguesía, con el solo fin de aniquilar y apagar
para siempre el impulso revolucionario del proletariado.
(...) Diariamente, nuevas levas populares se
producen en Barcelona. Los contingentes, tras algunos días de sumaria
preparación, reciben su equipaje y dicen adiós a la capital con un desfile en
la calle. Durante esta marcha de los voluntarios, se rinden honores en la sede
de todas las organizaciones adherentes al Comité de milicias antifascistas y se
intercambian vítores entre los camaradas que van a partir y las masas en las
ventanas y los balcones.
Cada columna tiene su fisonomía particular, más
distinta aún que los emblemas que porta. Los destacamentos comunistas y
socialistas se distinguen por una cierta rigidez militar, la presencia de
pelotones de caballería y de armas
especiales, una formación más masiva, el paso
cadencioso, los puños en alto. Las fuerzas del P.O.U.M., las de la policía y
las de los catalanistas309 se caracterizan por la belleza y la riqueza de los
equipos. Los camaradas de la FAI y de la CNT desfilan sin coros hablados y sin
orquesta.
Helos aquí en tres filas separadas, esparcidas,
irregulares, agitadas, hombre a hombre, entrecortadas por bruscos remolinos, de
longitud interminable. A la cabeza, es una sola línea, el estado mayor de
obreros. Se compone de militantes sindicalistas conocidos: en la CNT cada
organizador o propagandista se desdobla en un guerrero, un hombre de acción y
un combatiente. En Barcelona mismo, los hombres que durante el día controlan la
economía del país y se sientan en los sillones dejados vacantes por los banqueros,
empuñan por la tarde la pistola o el fusil de miliciano para proceder con sus
propias manos a la liquidación de elementos fascistas, numerosos aún en
territorio catalán. Ninguna barrera separa, pues, en las filas anarquistas, a
los que manejan las ametralladoras y las máquinas de escribir, los de la
retaguardia y los del frente. No hay «jefes» profesio-nales, sino preparadores
de hombres que han pagado y pagan cada día con su persona. No hay
especialización burocrática, sino militantes completos, revolucionarios de la
cabeza a los pies.
Por las largas avenidas, los tres delgados
torrentes humanos son acompañados por toda una masa. Al lado de los milicianos
con gorro rojo y negro, arma en suspensión,
P.O.U.M.:
Partido Obrero de Unificación Marxista, de tendencia marxista antiestalinista.
Catalanistas, miembros de un partido autonomista catalán. P.S.U.C.: Partido
Socialisa Unificado de Cataluña, estalinista.
marcha un amigo, un niño, una madre, una hermana, a
veces toda una familia de parientes y amigos. Se intercambian saludos, brotan
los nombres, las manos se estrechan, los compañeros de taller intercambian un
abrazo fraterno, y todo un pueblo invade la columna, llena los intervalos, y la
envuelve con el calor de su corazón ardiente.
En el camino de la fila de en medio, una vieja de
cabellos grises se ha parado, y cada hombre que pasa, cada uno de ellos sin
distinción, recibirá al pasar el adiós maternal de esta mujer. Cientos y
cientos de hombres reciben así el abrazo enérgico y breve, el abrazo torpe y
apasionado, el abrazo supremo de una madre desconocida, que reconoce a todos
los mozos de la FAI como sus hijos, se entrega un instante a sus brazos,
repitiendo un millar de veces el desgarrador segundo de la partida. Entonces,
un grito se levanta de estas masas, chasqueando al viento como las alas de las
gaviotas:
«¡Viva la FAI! ¡Viva la Anarquía!»
Y quien escucha este grito comprende entonces que
la UGT, la CNT, el P.S.U.C., todos los nombres de partidos y de grupos no son
sino cosas, consignas, iniciales, pero que la FAI es una mujer: novia,
compañera, hermana, hija y madre ideal de todos los que sienten latir su
corazón por amor a la libertad.
(...) ¡Lógica de los sentimientos!, se dirá. ¿Pero
no es esta la lógica de las revoluciones?
La sección italiana de la columna Ascaso contra la
movilización
(Monte Pelato, 30 de octubre de 1936)
Los miembros de la «sección italiana» de la columna
Ascaso son voluntarios llegados de diversas naciones para contribuir a la causa
de la libertad española y universal. Habiendo conocido el decreto promulgado
por el Consejo de la Generalidad relativo a la transformación de la
constitución de las milicias, reafirman su devoción por la causa que les lleva
al frente de combate antifascista y declaran lo que sigue:
El
decreto en cuestión sólo puede referirse a los que están sometidos a las
obligaciones de una movilización emanada de las autoridades que la han
promulgado, medida sobre la que nos abstenemos de toda apreciación de
principio.
Esto nos
confirma en la convicción de que el decreto en cuestión no es aplicable a
todos. Sin embargo, nos vemos obligados a afirmar con la debida claridad que,
en caso de que las autoridades nos consideren como susceptibles de padecer su
aplicación, no podríamos sino consideramos desligados de toda obligación moral
y reivindicar nuestra plena libertad de acción, al hallarse disuelto de pleno
derecho el pacto constitutivo de la sección misma.
Intervención de un delegado de la Columna de Hierro
en el pleno regional de Valencia (aprobada por la columna y repro-
ducida por su órgano Línea de Fuego el 17 de
noviembre de 1936, en el frente de Teruel):
La Columna de Hierro pide que la comisión de
informadores no se ocupe de la estructura de las milicias de la CNT
La Columna de Hierro debe exponer su estructura, su
orga-nización interna. A este efecto, la discusión debe versar sobre diversos
puntos. Primero, sobre el de la militarización, pues hay un decreto del
Gobierno que prevé la militarización de todas las columnas, y hay camaradas que
creen que la militarización lo arregla todo.
Nosotros decimos que no arregla nada.
Frente a los caporales, sargentos y oficiales
salidos de las academias, totalmente ignorantes a veces de los problemas de la
guerra, presentamos nuestra organización, no aceptamos la estructura militar.
La Columna de Hierro y todas las columnas de la CNT y de la FAI, y lo mismo
otras que no son confederales, no han aceptado la disciplina militar.
¿Mando único o coordinación?
En una moción presentada y aprobada en una reunión
de Valencia por la CNT, la FAI, la Columna de Hierro, etc., y en la que se
consideró necesaria la creación de un organismo de
enlace entre las fuerzas que luchan en Teruel y en
otros sitios, se pidió la constitución de comités de guerra y de comités de
columna, para formar por vía de delegación el comité de operaciones, compuesto
por dos delegados civiles y un técnico general militar como asesor, por cada
columna, y por el delegado de guerra del comité ejecutivo popular, que debe
servir de enlace entre las columnas de Teruel y las de otros frentes.
Es decir, que nosotros, que estamos contra lo que
se llama mando único, propagamos con el ejemplo y la práctica la coordinación
de todas las fuerzas que luchan. No podemos aceptar un estado mayor, un
ministro que no conozca prácticamente la situación del terreno, que jamás haya
ido al campo de batalla, que ignore todo de la mentalidad de los hombres que
manda (ignorancia a veces extensible también a la técnica militar), nos dirige
desde un despacho, y nos da órdenes, la mayoría de las veces insensatas. Y como
nosotros nos hemos tenido que someter casi siempre a las órdenes del mando
militar, de las delegaciones de guerra y del estado mayor, debemos protestar y
pedir la destitución del ya mentado estado mayor de Valencia. Mientras le hemos
obedecido, la desorientación era tan grande que no sabíamos nada de la
situación de los otros frentes, ni de la actividad de las otras columnas,
padecíamos bombardeos sin poder saber de dónde venían. Por esto proponemos la
creación de un comité de operaciones, compuesto por representantes directos de
las columnas, y no, como quieren los marxistas, de representantes de cada
central de organización; queremos representantes que conozcan bien el terreno y
sepan dónde ir.
La comisión de comités de guerra es aceptada por
todas las milicias confederales. Partimos del individuo y formamos grupos de
diez, que entre sí realizan las pequeñas operaciones. La reunión de diez grupos
forma una centuria, que nombra un delegado para representarla. Treinta
centurias forman una columna, que está dirigida por el comité de guerra en que
los delegados de centurias tienen voz.
Otro punto es el de la coordinación de todos los
frentes. Esta se realizará por los comités constituidos por dos delegados
civiles, un delegado militar como asesor, además de la delegación del comité
ejecutivo popular. Así, aunque cada columna conserva su libertad de acción,
llegamos a la coordinación de fuerzas, que no es lo mismo que la unidad de
mando.
Los marxistas y los republicanos no querían eso,
porque decían que las columnas no tienen que discutir y que todos deben
respetar lo que ordena el estado mayor. De este modo, más vale un fracaso con
el estado mayor, que cincuenta victorias con cincuenta comités.
¿Jerarquía militar o federalismo?
En cuanto a la militarización, queremos admitir que
los militares, toda su vida dados al estudio de las tácticas guerreras, están
más preparados que nosotros. Por consiguiente, aceptamos sus consejos, su
colaboración. En nuestra columna por ejemplo, el elemento militar en que
confiamos trabaja de concierto con nosotros, y
juntos coordinamos nuestros esfuerzos; pero si se nos militariza lo único que
ocurrirá será el pasar de una estructura federalista a una disciplina
cuartelaria, lo que nosotros precisamente no queremos.
Se habla igualmente de milicias amalgamadas.
Pensamos que la agrupación por afinidades deberá prevalecer mañana como hoy.
Que los individuos se agrupen siguiendo sus ideas y su temperamento. Que los
que piensan de tal o cual manera unan sus esfuerzos para realizar la meta
común. Si se forman columnas de forma heterogénea, no se llegará a ningún
resultado práctico.
Es decir, que no renunciamos en modo alguno a la
independencia de las columnas y no queremos sujetamos a ningún mando
gubernamental. Luchamos para abatir primero el fascismo, luego por nuestro
ideal, que es la anarquía. Nuestra acción no debe tender a reforzar el Estado,
sino a destruirle progresivamente, a hacer inútil el gobierno.
No aceptamos nada que vaya contra nuestras ideas
anarquistas, que son una realidad, dado que no se puede actuar de modo distinto
a como se piensa.
Proponemos, pues, que se acepte nuestra
organización de grupos, centurias o comités de columna y comités de guerra,
formados por elementos militares y civiles, para establecer la coordinación de
todas las milicias que luchan en los diversos frentes, con el estado mayor
central.
La falta de material
Ultimo punto de la discusión es la falta de
material bélico. Hasta ahora nuestras columnas han sido abastecidas débilmente
por el Estado. Por ejemplo, en la columna que yo represento, de los tres mil
hombres que la componen, podemos decir que sólo unos mil fusiles han sido
proporcionados por el Estado, habiendo debido procuramos los demás por nosotros
mismos, de los que el 80 por 100 han sido tomados al enemigo. Es decir, que el
Estado, el gobierno, los organismos oficiales se desinteresan de la cuestión de
armar y dotar a estas columnas del material necesario. Es un problema que debió
resolver la orga-nización, pero del que en Valencia310 se han preocupado muy
poco. La organización debe velar para que nada falte.
Se ha dicho también que la disciplina evita la
desmoralización, la deserción. Esto no es cierto. El valor y el miedo dependen
de numerosas circunstancias, pues el mismo individuo puede tener miedo en una
situación y comportarse como un verdadero héroe en otra. Da igual con
disciplina o sin ella, pues está comprobado que los que son militarizados son
los primeros en huir; y cuando se presenta el peligro, el individuo, sea
anarquista, marxista o republicano, es presa del mismo instinto de conservación
y huye o avanza.
El problema del sueldo
He aquí ahora otro problema, cuya solución,
creemos,
Valencia,
entonces sede del gobierno central republicano, que había tenido que abandonar
Madrid.
incumbe a la organización. La comisión de
informadores dice que los milicianos deben depender económicamente del Estado.
A esto debemos responder que al comienzo las columnas de la Confederación se
formaron de manera espontánea y partieron hacia el frente. Nadie se ocupaba del
sueldo, porque los pueblos donde residían estos combatientes asistían a las
familias, que así tenían su existencia asegurada; pero llegó un momento en que
los pueblos dejaron de abastecer a las familias y las reclamaciones comenzaron.
Siempre hemos sido hostiles al sueldo de diez pesetas, porque el individuo se
habituaba a vivir de las armas, y a hacer de ellas una profesión. Este temor
estaba justificado, pues muchos de nuestros camaradas han sido, por decirlo
así, corrompidos. Nosotros decimos que si los sindicatos pueden subvenir a las
necesidades de las familias, renunciamos a las diez pesetas y no queremos tocar
nada; en caso contrario, seguiremos reci-biéndolas como hasta ahora.
El sindicato único de Segorbe debe deciros que,
como aceptamos las conclusiones adoptadas por el, está completamente de acuerdo
con la estructura de las Columnas de Hierro, Torres-Benedito y número 23.
Segorbe, que es la zona de concentración y de movilización, reconoce que ésta
estructura de las milicias es necesaria, pues puede juzgar de ella mejor que la
mayoría de las delegaciones que asisten al pleno, pues, además, tiene como
delegado en nuestro pleno a una camarada que ha pasado más de un mes en la Columna
de Hierro, colaborando con la organización de los puestos de avanzada.
Y, en este sentido, nos reímos de esa unidad de
mando, de
esa militarización que se pretende realizar en
nuestras columnas confederales, y nos reímos porque, como decía muy bien un
camarada de la Columna de Hierro, nosotros tenemos ya nuestra estructura y
nuestra unidad de mando, sin recurrir a la militarización. Y la tenemos porque
somos los primeros y los mejores de la región de Levante que nos hemos alzado
contra el fascismo, habiendo sabido evitar que el fascismo tomara (primero en
Segorbe, luego en Valencia) esta región; y como somos los primeros, tenemos el derecho
a hablar y a informar al pleno de cómo funciona la Columna de Hierro.
El miliciano, individuo consciente
Mi predecesor en esta tribuna ha hablado de la
estructura. Yo quiero desarrollar ahora la cuestión. ¿Será más eficaz una
unidad de mando absoluto que decide de la función que el individuo debe asumir
en la guerra, que las convicciones de este individuo?
Yo os digo: quienes insurgen contra la Columna de
Hierro porque dicen hacer la revolución que vosotros no sabéis hacer, no saben
lo que dicen.
El simple miliciano viene a la Columna porque sabe
hallar en ella una unidad moral, revolucionaria e intelectual. Por esto
nosotros, que hemos sido los primeros en ir al campo de batalla, no podemos
permitir que ahora el marxismo y la democracia burguesa, como ayer la reacción,
traten de aniquilar lo mejor del campo revolucionario, es decir, la mies
anarquista y revolucionaria.
Por ello tampoco podemos aceptar el mando único,
porque los militares no han sabido más que permanecer en la retaguardia. Y
nosotros, que hemos admirado la moral de nuestros hermanos confederados, que
sabemos que hay entre ellos elementos que valen cien veces más que los
militarizados, no queremos trabas, no queremos que se invoque aquí esa mentira
de que sin unidad de mando no puede ganarse la guerra.
Las prácticas de los partidos políticos del antiguo
régimen que quieren crear la unidad de mando para darla a sus ejércitos rojos,
para crear una dictadura tan fatal como la precedente, ponen la revolución en
peligro. No podemos consentir esto, y debo decir, a tal efecto, que este pleno
en su totalidad, desgraciadamente mal orientado por el comité regional, está
desarrollándose en un ambiente netamente reformista y político, y por esto
tienen que escuchar nuestra débil voz, porque, si no, más tarde pagaremos todos
las consecuencias de nuestro planteamiento.
EL ANARCOSINDICALISMO EN EL GOBIERNO
Para terminar, abordamos un problema espinoso y
ardiente, que en su época hizo correr olas de palabras y de tinta, y que aún
hoy suscita duras discusiones.
La participación de los anarquistas en los dos
gobiernos republicanos, el gobierno central republicano y el gobierno regional
autónomo de Cataluña, en el marco del «frente único antifascista», es, en
efecto, uno de los talones de Aquiles del anarquismo ibérico.
A la vez, los anarquistas «puros» y los marxistas
no estalinistas hicieron, y siguen haciendo retrospectivamente, duras críticas
a los anarcosindicalistas por haber lanzado por la borda sus principios. ¿Pero
no se coloca esta crítica un poco en la pura abstracción? ¿No abstrae demasiado
del contexto de la guerra civil que, a cualquier precio, debía ganar la
revolución española si quería sobrevivir?
—¡No! Era precisamente —rearguyen los
intransigentes— la integración en los mecanismos gubernamentales republicanos,
cada vez más copados por los estalinistas, lo que comprometió la supervivencia
de la revolución española.
Hay ahí mucho tema para debate.
En primer lugar, la posición de principio rigurosa
enunciada por los libertarios españoles en el umbral de la revolución, y que
parte de una implacable acusación de los gobiernos «antifascistas» de
coalición.
Luego, la laboriosa tentativa de justificar un
brusco y sorprendente giro.
Más adelante, la violenta diatriba de Camilo
Berneri, el anarquista italiano llegado para unirse a las filas de la
revolución española, poco antes de ser asesinado, dirigida a Federica Montseny,
entonces ministro del gobierno central.
Por fin, y para concluir, la autocrítica realizada
casi treinta años después del acontecimiento por parte de Federica Montseny,
especialmente escrita para la presente antología.
La inutilidad del gobierno 311 (Manifiesto adoptado
por la CNT)
«Los países ricos son aquellos en donde se es
extraordina-riamente pobre.» Esta frase de un economista burgués expresa bien
los contrastes de nuestra sociedad, en la cual la fuerza de las naciones está
hecha de la debilidad y de la miseria de la mayoría. Del mismo modo podría
decirse: son los pueblos débiles los que hacen fuertes a los gobiernos.
La existencia de un gobierno de Frente Popular, muy
lejos de ser un elemento imprescindible en la lucha antifascista, corresponde
en realidad a una limitación voluntaria de esta misma lucha. Es inútil recordar
que frente a los preparativos del putsch fascista, los gobiernos de la
Generalidad y de Madrid no han hecho absolutamente nada, utilizando toda su
actividad en cubrir los apaños de los que estaban destinados a ser, tarde o
temprano, el instrumento, inconsciente o no.
La guerra de España es una guerra social. El papel
de un Estado moderador, basado sobre el equilibrio y la conservación de las
clases, no podría ser un papel activo en esta lucha en que los fundamentos
mismos del Estado se encuentran cada día zapados. Es, pues, exacto decir que la
existencia del gobierno del Frente Popular en España no es otra cosa que el
reflejo de un compromiso entre las masas populares y el capitalismo
internacional.
Por la fuerza misma de las cosas, este compromiso,
que no
Solidaridad
obrera, verano de 1936.
tiene más que un valor transitorio, tendrá que
ceder su puesto a las reivindicaciones y al programa completo de la revolución
social. Entonces desaparecerá el papel de negociadores que realizan actualmente
los republicanos y liberales de Barcelona, Valencia y Madrid.
La idea de reemplazar estos gobiernos débiles,
guardianes de los bancos y de las propiedades de la finanza extranjera en
España, por un gobierno fuerte basado en una ideología y una organización
política «revolucionaria», sólo podría de hecho suspender y liquidar la
actividad autónoma de las masas trabajadoras en armas, suspender y liquidar la
revolución.
Se trataría, si el marxismo tomase el poder, más
que de una autolimitación de la acción popular por astuto oportunismo. El
«Estado» «obrero», creado para durar, se propone como tarea inmediata el
canalizar y absorber la totalidad de las fuerzas hoy en libertad en el campo
del proletariado y el campesinado. El Estado «obrero» es el punto final de todo
progreso revolucionario, el comienzo de una nueva esclavitud política.
Coordinar las fuerzas del frente antifascista,
organizar el aprovisionamiento en municiones y víveres a gran escala,
colectivizar a este fin todas las empresas de interés vital para e] pueblo,
tales son evidentemente las tareas de hoy. Han sido realizadas hasta aquí por
una vía no gubernamental, no centralista, no militarista. Hay que continuar por
ella. Los sindicatos de la CNT y de la UGT encuentran en ello el empleo de sus
fuerzas, la mejor utilización de sus competencias. Por el contrario, la instalación
de un gobierno de coalición, con sus luchas de mayoría y minoría, su
burocratización de las elites, la guerra fratricida
entre las tendencias rivales, todo ello es más que inútil para nuestra tarea
liberadora en España. Sería el desfondamiento rápido de nuestra capacidad de
acción, de nuestra voluntad de unión, el comienzo de una ruina fatal frente al
enemigo omnipresente.
Esperamos que los trabajadores españoles y
extranjeros comprenderán la justeza de las decisiones tomadas en este sentido
por la CNT y por la FAI. La aniquilación del Estado es el objeto final del
socialismo. Los hechos han demostrado que a ello se llega prácticamente por la
liquidación del Estado burgués, reducido a la asfixia gracias a la expropiación
económica y no por la disolución espontánea de una burocracia «socialista».
Los ejemplos español y ruso son testigos de ello.
Una tentativa de justificación
(Empero, unas semanas después, a mediados de
septiembre, la CNT invertía su posición. En nombre de la «lucha antifascista»,
creyó deber reclamar del presidente del consejo de gobierno central español,
Largo Caballero, la constitución de un «consejo nacional de defensa» de quince
miembros, de los que cinco iban a ser suyos. De ahí a la participación
ministerial no había más que un paso, que los anarcosindicalistas dieron
aceptando a fin de cuentas
carteras ministeriales en los dos gobiernos, el de
la Generalidad de Cataluña, primero, y luego el poder central. Vamos a ver cómo
la CNT trató de justificar más adelante este cambio.)
Han pasado dos meses desde que la CNT reivindicara
su participación en la dirección de los asuntos de España. Consideramos que era
necesario crear un nuevo organismo, y en vista de ello sugerimos la creación de
un consejo nacional de defensa. Hemos renunciado a nuestra idea, con el sincero
deseo de limpiar de obstáculos el camino, obstáculos que motivaban nuestra
oposición. Una vez más, transigimos, no por cálculo político, sino para
realizar la unidad necesaria para vencer.
No es hora de darse a especulaciones, ni de pararse
en me-nudencias Hay que resaltar sobre todo que las tareas del nuevo gobierno
no son las mismas del gobierno de ayer. Y, aunque las carteras obtenidas por la
CNT carezcan de importancia, su sola presencia en el Ministerio debe modificar
su actitud y su acción. Hay que dirigir la atención a los dos grandes problemas
actuales: vencer en la guerra y consolidar la reconstrucción económica, de tal
suerte que la nueva España sea provista de todo lo necesario para vivir. No hay
gobierno viable que no cuide alcanzar ambos objetivos.
Se habló del gobierno precedente como del gobierno
de la victoria. La realidad demostró que no fue así. Al contrario, las cosas
fueron de mal en peor. Hoy, la experiencia no debe repetirse. Allí donde los
ministros que asumieron el 19 de julio la dirección fracasaron, allí deben
vencer los de hoy. Y para eso es necesario que cuantos figuren en el nuevo
gobierno se despojen de sus preferencias o concepciones de
partido, para actuar movidos por un solo
pensamiento: vencer. Si esta colaboración franca y desinteresada se realiza, si
sólo las necesidades de la guerra y la satisfacción de las necesidades de la
población civil dictan toda la acción de cada uno, entonces, pronto, la
victoria nos sonreirá.
Hay dos problemas: vencer al fascismo y evitar
privaciones a la España revolucionaria. Tales son los objetivos. Para
ven-cerlos, que todos obren en colaboración leal y desinteresada.
La CNT, el gobierno y el Estado
La entrada de la CNT en el gobierno central es uno
de los hechos más trascendentales que registra la historia política de nuestro
país. Desde siempre, por principio y convicción, la CNT ha sido antiestatal y
enemiga de toda forma de gobierno. Pero las circunstancias, casi siempre más
fuertes que la voluntad humana, que ésta determina, sin embargo, han
desfigurado la naturaleza del gobierno y del Estado español.
Actualmente, el gobierno, como instrumento
regulador de los órganos del Estado, ha dejado de ser una fuerza de opresión
contra la clase obrera, así como el Estado, que no representa ya al organismo
que divide la sociedad en clases. Y con la intervención en éstos de elementos
de la CNT, el Estado y el gobierno dejarán aún más de oprimir al pueblo.
Se reducirán las funciones del Estado, de acuerdo
con las organizaciones obreras, a la de regularizar la marcha de la vida social
y económica del país. Y el gobierno sólo se preocupará de llevar bien la guerra
y de coordinar la obra revolucionaria siguiendo un plan conjunto.
Nuestros camaradas llevarán al gobierno la voluntad
colec-tiva o mayoritaria de las masas obreras, reunidas previamente en grandes
asambleas generales. No serán abogados de criterios personales, sino sólo de
las decisiones tomadas libremente por cientos de miles de obreros organizados
en la CNT Una fatalidad histórica pesa sobre todas las cosas, y esta fatalidad
la acepta la CNT para servir al país, ganando rápidamente la guerra e
impidiendo toda desviación de la revolución popular.
Tenemos la certeza absoluta de que nuestros
camaradas, elegidos para representar a la CNT en el gobierno, sabrán cumplir su
deber y la misión que se les ha encomendado. En ellos no se deben ver
individuos, sino a la organización que representan. No son gobernantes ni
estadistas, sino combatientes y revolucionarios al servicio del triunfo
antifascista. Y ese triunfo será tanto más pronto y completo cuanto mayor sea
el apoyo que nosotros le prestemos.
La entrada de la CNT en el gobierno
Los sindicalistas españoles están llamados a tomar
parte en la dirección del país. Esta nueva fase de la lucha contra el fas-
cismo, y el desarrollo del movimiento sindicalista
y anarquista español, no debe ser considerada solamente desde el punto de vista
doctrinal. Son los anarquistas y los sindicalistas quienes el 19 de julio, a la
cabeza del movimiento revolucionario, marcharon al encuentro de los generales
fascistas. La creación de las milicias antifascistas y la colectivización de la
industria de Cataluña 312 son principalmente obra de la CNT-FAI
Durante algún tiempo hubo dos clases de gobierno;
por un lado, la Generalidad; por otro, el Comité de las milicias anti-fascistas
y el Consejo económico. Pronto se vio que esta dualidad no podía subsistir.
Entonces surgió el Consejo General de la Generalidad, compuesto por todas las
organizaciones antifascistas. En Cataluña, Levante y Aragón, donde los
sindicalistas y los anarquistas representan más de la mitad de las fuerzas
antifascistas, el fascismo fue completamente barrido, mientras que en los distritos
donde predominaban los socialistas demócratas y otros partidos, la lucha no fue
tan feliz.
En Madrid, los sindicalistas son minoría. Sin
embargo, su in-fluencia ha aumentado en este último tiempo. Desde hace más de
dos meses, la CNT ha exigido la disolución del gobierno y la creación de un
consejo nacional de defensa, con una participación igual de la CNT y de la UGT
Largo Caballero no quería dejarse quitar el poder. Quería ser el Lenin de
España. Su política tendía al debilitamiento del frente de lucha antifascista.
El reparto de armas a los diferentes partidos y organizaciones se efectuó con
Ya hemos
hablado de las colectivizaciones catalanas.
parcialidad, y la necesidad de unidad en la
conducta ante la guerra se hacía sentir cada vez con mayor necesidad.
No ser más que soldados de la revolución, dejar
actuar como generales a los comunistas y socialistas, tal proceder no podía
satisfacer a los sindicalistas y los anarquistas. También ellos tenían el
derecho a hacerse escuchar en las deliberaciones nacionales sobre la
prosecución de la guerra. Era esto lo que significaba la petición de la CNT
respecto a la creación de un consejo nacional de defensa. Caballero no quería
abdicar nada de su poder. Sin embargo, la situación militar en Madrid era cada
día más crítica. La unidad en la dirección de la lucha no era posible más que
si la CNT era llamada a compartir esa dirección.
En carteles pegados por la CNT en toda España podía
leerse: «Dos millones de asociados; 50.000 soldados en el frente; más de 2.000
organizaciones locales; Cataluña, Levante y Aragón en manos de la CNT» Esta
poderosa participación pedía la participación en la lucha antifascista. Un
consejo regional de defensa, compuesto en gran medida por partidarios de la
CNT, se formó en Aragón. Entonces, el gobierno de Madrid se vio obligado a
atender la petición de la CNT Cuatro sindicalistas entraron en el Consejo de Ministros.
Es un comienzo. La CNT tiene derecho a un número mayor, pero no es hora para
que luchen los partidos.
La opinión contraria
(carta abierta a Federica Montseny, por Cantillo
Berneri 313, abril de 1937)
Querida camarada:
Tenía la intención de dirigirme a todos vosotros,
camaradas ministros, pero una vez la pluma en la mano, me he dirigido
espontáneamente a ti sola, y no he querido contrariar este impulso instintivo.
No te asombre ni te irrite que no esté siempre de
acuerdo contigo; tú misma te has mostrado siempre cordialmente olvidadiza de
críticas que hubiera sido casi siempre equitativo, por humano, el considerar
como injustas y excesivas.
No es ello una pequeña cualidad a mis ojos, y da
prueba de la naturaleza anarquista de tu espíritu. Es una certidumbre que
compensa eficazmente, por mi amistad bien entendida, las particularidades
ideológicas que has manifestado frecuentemente en tus artículos de un estilo
tan personal y en tus discursos de una elocuencia admirable.
No he podido aceptar con calma la identidad por ti
estable-cida entre el anarquismo bakuninista y el republicanismo
Camillo
Berneri (1897-1937), nativo de Lodi, Italia, debutó en las Juventudes
socialistas que abandonó públicamente hacia 1915 para pasar al movimiento
anarquista. Exilado bajo el régimen mussoliniano, fue expulsado de numerosos
países, y conoció las cárceles de media Europa. En Alemania, contactó con los
anarcosindicalistas. Ante la noticia de la revolución española, partió
inmediatamente para ella, en la que participó en primera línea. Fundó en
Barcelona el diario Guerra di clasi, algunos de cuyos artículos han sido
reeditados bajo el título «Guerre de classes en Espagne», en los Cahiers de
Terre libre de abril-mayo de 1938. No escatimó sus críticas contra la
participación gubernamental de los anarquistas. Detenido por la policía a las
órdenes de los estalinistas el 5 de mayo de 1937 en el curso de las sangrientas
jornadas de Barcelona. Fue sacado de la prisión y abatido a tiros de pistola.
federalista de Pi i Margall 314. No te perdono
haber escrito que «en Rusia no fue Lenin el verdadero constructor de Rusia,
sino Stalin, espíritu realizador, etc.». Y he aplaudido la respuesta de Volin
en Terre Libre a tus afirmaciones completamente inexactas sobre el movimiento
anarquista ruso.
Pero no quiero hablarte de esto. De eso y otras
cosas espero hablarte un día directamente. Si me dirijo a ti públicamente es a
propósito de cosas infinitamente más graves, para recordarte responsabilidades
enormes, de las que acaso no te das cuenta a causa de tu modestia.
En tu discurso del 3 de enero (1937), decías: «Los
anarquistas han entrado en el gobierno para evitar que la revolución se desvíe
y para proseguirla más allá de la guerra, e incluso para oponerse a toda
eventualidad de tentativa dictatorial, viniese de donde viniese.»
Pues bien, camarada, en abril, después de tres
meses de experiencia colaboracionista, nos encontramos en presencia de una
situación en el curso de la cual se producen hechos graves, mientras que otros
peores aún se apuntan ya.
Allí donde, como en el País Vasco, Levante y
Castilla, nues-tro movimiento no está impuesto por fuerzas de base, dicho de
otro modo, por grandes cuadros sindicales y por la adhesión preponderante de
las masas, la contrarrevolución oprime y amenaza con aplastarlo todo. El
gobierno está en Valencia, y de allí parten los guardias de asalto destinados a
desarmar los núcleos revolucionarios formados para la
En enero
de 1937, en una conferencia pública en Barcelona, Federica Montseny había hecho
el elogio del regionalismo de Francisco Pi i Margall (1821-1901), discípulo de
Proudhon, lo que le valió los reproches de Gastón Leval, análogos a los de
Camilo Berneri.
defensa. Se evoca a Casas Viejas315, pensando en
Vilanesa 316. Son los guardias civiles y los guardias de asalto quienes
conservan las armas; son aún ellos quienes, en retaguardia, deben controlar a
los «incontrolables», dicho de otro modo, desarmar a los núcleos
revolucionarios provistos de algunos fusiles y de algunos revólveres. Esto pasa
mientras que el frente interior no está liquidado. Esto se produce en el curso
de una guerra civil en la cual todas las sorpresas son posibles, y en regiones
donde el frente más próximo, extremadamente disperso, no es matemáticamente
cierto. Eso, mientras aparece con evidencia una distribución política de las
armas tendente a no armar sino lo estrictamente necesario («estrictamente
necesario» que, deseamos, sea suficiente) del frente de Aragón, escolta armada
de la colectivización agraria en Aragón y contrafuerte de Cataluña, esta
Ukrania ibérica. Estás en un gobierno que ha ofrecido a Francia e Inglaterra
preeminencias respecto a Marruecos, mientras que, desde julio de 1936, hubiera
sido necesario proclamar oficialmente la autonomía política marroquí 317. Me
imagino que tú, anarquista, debes pensar en este asunto tan innoble como
estúpido, pero creo que ha llegado la hora de hacer saber que tú y los otros
ministros anarquistas no estáis de acuerdo en cuanto a la naturaleza y el tenor
de semejantes proposiciones.
En 1933
los obreros de Casas Viejas se apoderaron de esta ciudad, y proclamaron en ella
el comunismo libertario. Los guardias civiles reprimieron salvajemente esta
insurrección.
Vilanesa,
pequeña localidad española donde varios militantes de la CNT fueron masacrados
después de que su local sindical fuera saqueado.
El
gobierno republicano había adoptado una posición imperialista al negarse a
descolonizar el Marruecos español, lo que permitió a Franco utilizar los
soldados marroquíes contra la República española.
El 24 de octubre de 1936 escribí yo en Guerra di
Classe: «La base de la operación del ejército fascista es Marruecos. Hay que
intensificar la propaganda en favor de la autonomía marroquí en todo el sector
de influencia panislámica. Hay que imponer a Madrid declaraciones sin equívoco
anunciando el abandono de Marruecos y la protección de la autonomía marroquí.
Francia mira con preocupación la posibilidad de repercusiones insurreccionales
en África del Norte y Siria; Inglaterra ye reforzarse las agitaciones autonomistas
egipcias y las de los árabes de Palestina. Hay que explotar semejantes asuntos
a través de una política que amenaza con desencadenar la revuelta en el mundo
islámico. Para una política semejante, hace falta dinero, y la urgencia de
enviar emisarios agitadores y organizadores a todos los centros de la
emigración árabe, a todas las zonas fronterizas del Marruecos francés. En los
frentes de Aragón, del Centro, de Asturias y de Andalucía, algunos marroquíes
bastan para funcionar como propagandistas (por radio, octavillas, etc.).»
No hay que decir que no pueden garantizarse
simultánea-mente los intereses ingleses y franceses en Marruecos, y hacer labor
de insurrección. Valencia continúa la política de Madrid. Esto debe cambiar. Y
para cambiarlo, hay que decir clara y fuertemente todo el pensamiento propio,
pues en Valencia hay tendencia a pactar con Franco.
Jean Zyromski 318 escribió en Le Populaire del 3 de
marzo: «Son visibles las maniobras tendentes a la conclusión de una paz que en
realidad bastaría no sólo para detener la revolución española, sino incluso la
anulación de las
Jean
Zyromski (nacido en 1890), líder de la izquierda del partido socialista S. F.
I. O., hoy miembro del P. C. F.
conquistas sociales realizadas. «Ni Caballero ni
Franco», tal sería formulada sumariamente una concepción que existe, y que no
estoy seguro de que no cuente con el apoyo de ciertos ambientes políticos,
diplomáticos e incluso gubernamentales en Inglaterra y en Francia.»
Estas tendencias, estas maniobras, explican
diferentes pun-tos oscuros; por ejemplo, la inactividad de la flota de guerra
lealista. La concentración de fuerzas pro viniente de Marruecos, la piratería
del Canarias y del Baleares 319 la toma de Málaga, son las consecuencias de
esta inactividad. ¡Y la guerra no se ha terminado! Si Prieto 320 está ligado
por una política que le hace paralizar la flota, ¿por qué no denunciar esta
política?
Vosotros, anarquistas ministros, tenéis discursos
elocuentes y escribís artículos brillantes, pero la guerra no se gana con
discursos y artículos, ni se defiende así la revolución. Esta se gana y aquella
se defiende, permitiendo pasar de la defensiva a la ofensiva. La estrategia de
posición no puede eternizarse. El problema no puede resolverse lanzando
consignas como movilización general, armas para el pueblo, mando único,
ejército popular, etc. El problema se resuelve realizando inmediatamente lo que
puede ser realizado.
La Dépéche de Toulouse del 17 de enero de 1937,
escribía:
«La gran preocupación del Ministerio del Interior es
Se trata
de dos cruceros franquistas que bombardearon Málaga a comienzos de febrero de
1937. El Baleares fue echado a pique por la flota republicana el 6 de marzo. El
Canarias, que ya había bombardeado Gerona y Tarragona, hizo numerosas víctimas
tras la caída de Málaga, al abrir fuego sobre el camino de la costa por el que
los fugitivos trataban de ganar la España republicana.
Indalecio
Prieto (1883-1962), ministro socialista de la República española, muerto en
México.
restablecer la autoridad del Estado sobre la de los
grupos y sobre la de los incontrolables de toda proveniencia.»
Aunque durante meses se trate de «aniquilar» los
«incontrolables» no se puede resolver el problema de la liquidación de la
«quinta columna». La supresión del frente interior tiene como condición primera
una actividad de investigación y de represión que sólo pueden realizar probados
revolucionarios. Una política interior de colaboración entre las clases y de
dulzarronería con las clases medias conduce inevitablemente a la tolerancia con
los elementos políticamente equivocados. La «quinta columna» 321 está constituida
no sólo por los elementos pertenecientes a formaciones fascistas, sino también
por todos los descontentos que deseen una república moderada. Ahora bien, son
estos últimos elementos los que aprovechan la tolerancia de los cazadores de
«incontrolables».
La liquidación del frente interior estaba
condicionada por una actividad amplia y radical de los comités de defensa
constituidos por la CNT y la UGT.
Asistimos a la penetración en los cuadros
dirigentes del ejército popular de elementos equívocos que no ofrecen garantías
de una organización política y sindical. Los comités y los delegados políticos
de las milicias ejercían un control salutífero que, hoy, se ha debilitado por
el predominio de los sistemas de promoción y ascenso estrictamente militares.
Hay que renunciar a la autoridad de estos comités y estos delegados.
Quinta
Columna, nombre dado por la prensa española al conjunto de las organizaciones
fascistas que existían a espaldas del frente republicano.
Asistimos al hecho nuevo, y de posibles
consecuencias desastrosas, de que batallones enteros son mandados por oficiales
que no gozan de la estima y del afecto de los milicianos. Esto es grave, pues
el valor de la mayoría de estos milicianos es directamente proporcional a la
confianza de que goza su propio mando. Es, por tanto, necesario restablecer la
elegibilidad directa y el derecho de destitución por parte de la base.
Se ha cometido un grave error al aceptar las
fórmulas au-toritarias, no por serlo desde el punto de vista de la forma, sino
por encerrar enormes errores y fines políticos que no tenían nada que ver con
las necesidades de la guerra.
He tenido ocasión de hablar a oficiales superiores
italianos, franceses y belgas y he constatado que éstos muestran tener de las
necesidades reales de la disciplina una concepción mucho más moderna y racional
que la de ciertos neogenerales que pretenden ser realistas.
Creo que ha llegado la hora de constituir el
ejército confederal, como el partido socialista ha constituido su propia tropa,
el quinto regimiento de milicias populares. Creo que ha llegado la hora de
resolver el problema del mando realizado efectivamente la unidad de mando que
permita pasar a la ofensiva en el frente de Aragón. Creo que ha llegado la hora
de acabar con los millares de guardias civiles y de guardias de asalto que no
van al frente porque sirven para controlar a los «incontrolables». Creo que ha
llegado la hora de crear una seria industria de guerra. Y creo que ha llegado
la hora de acabar con ciertas bizarrerías flagrantes, como las del respeto al
descanso dominical y ciertos «derechos obreros» que sabotean la defensa de la
revolución.
Ante todo, hay que mantener elevado el espíritu de
los combatientes. Luigi Bertoni 322 , interpretando los sentimientos expresados
por diferentes camaradas italianos combatientes en el frente de Huesca,
escribía no hace mucho: «La guerra de España, despojada así de toda fe nueva,
de toda idea de transformación social, de toda grandeza revolucionaria, de todo
sentido universal, no es más que una vulgar guerra de independencia nacional
para evitar el exterminio que se propone la plutocracia mundial. Es una terrible
cuestión de vida o muerte, pero no una guerra de afirmación de un nuevo régimen
y de una nueva humanidad. Se dirá que todo no está aún perdido, pero en
realidad todo está amenazado; los nuestros hablan un lenguaje de perdedores, lo
mismo que el socialismo italiano ante el avance del fascismo: «¡Cuidado con las
provocaciones! ¡Calma y serenidad! ¡Orden y disciplina!» Todas estas cosas se
reducen prácticamente al dejar-hacer, Y así como en Italia el fascismo acabó
por triunfar, el antisocialismo con hábito republicano no podrá sino vencer, a
menos que se produzcan acontecimientos que escapan a nuestras presiones. Es
inútil añadir que estas cosas las constatamos, sin condenar a los nuestros,
pues no sabríamos cómo habría de ser diferente y eficaz su conducta mientras la
presión italo-alemana arrecia sobre el frente y la de los bolchevico-burgueses
crece en retaguardia.»
Yo no tengo la modestia de Luis Bertoni. Tengo la
preten-sión de afirmar que los anarquistas españoles podrían tener
Luigi
Bertoni (1872-1947), anarquista italiano que se había puesto al servicio de la
revolución española.
una línea política diferente de la prevalente;
capitalizando lo que sé de las diversas grandes revoluciones recientes y lo que
leo en la prensa libertaria española misma, pretendo poder aconsejar algunas
líneas de conducta.
Creo que tú debes plantear el problema de saber si
de-fiendes mejor la revolución, si contribuyes más a la lucha contra el
fascismo, participando en el gobierno, o si no serías infinitamente más útil
llevando la antorcha de tu palabra magnífica entre los combatientes y la
retaguardia.
Ha llegado también la hora de aclarar el
significado unitario que puede tener nuestra participación en el gobierno. Hay
que hablar a las masas, preguntarlas si Marcel Cachin 323 tiene razón cuando
declara en L´Humanité del 23 de marzo: «Los responsables anarquistas
multiplican sus esfuerzos unitarios y sus llamamientos son cada vez más
entendidos.»
O si tienen razón Pravda y las Izvestia cuando
calumnian a los anarquistas españoles tratándoles de saboteadores de la unidad.
Hay que llamar a la masa a juzgar la complicidad
moral y política de la prensa anarquista española en cuanto a los delitos
dictatoriales de Stalin, a las persecuciones contra los anarquistas rusos, a
los monstruosos juicios contra la oposición leninista y trotskista, silencio
compensado con mérito por las difamaciones de los Izvestia contra Solidaridad
Obrera.
Hay que dejar que las masas juzguen si ciertas
maniobras de sabotaje del avituallamiento no entran en el plan
Marcel
Cachin (1896-1958), ex socialdemócrata, uno de los fundadores del P. C. F.,
estalinista hasta el final de su vida.
anunciado el 17 de diciembre de 1936 por Pravda,
cuando decía: «En cuanto a Cataluña, ha comenzado la depuración de elementos
sindicalistas anarquistas y trotskistas, obra que será conducida con la misma
energía que en la U. R. S. S.»
Ha llegado la hora de saber si los anarquistas
están en el gobierno como vestales de un fuego a punto de extinguirse, o sólo
para servir de gorro frigio a políticos que flirtean con el enemigo o con las
fuerzas de restauración de la «república de todas las clases». El problema se
plantea en la evidencia de una crisis que sobrepasa a los hombres que son sus
personajes representativos.
El dilema guerra o revolución no tiene sentido. El
único dilema es éste: o la victoria sobre Franco gracias a la guerra
revolucionaria, o el desastre.
El problema para ti y los demás camaradas es el de
elegir entre el Versalles de Thiers y el París de la Comuna, antes de que
Thiers y Bismarck hagan la unión sagrada. A ti te toca responder, pues tú eres
«la luz bajo el celemín».
Camillo Berneri.
La CNT, censurada a escala internacional 324
(París, 11 al 13 de junio de 1937)
Tras haber escuchado los informes de la A.I.T.325
de la de-
Editado
por Pierre Besnard, secretario de la A.I.T.
Asociación
Internacional de Trabajadores, internacional anarcosindicalista, aún existente.
legación de la CNT y las explicaciones y notas de
los delega-dos de las centrales sobre los últimos acontecimientos de Es-paña y
sobre sus consecuencias, el pleno extraordinario de la A.I.T., reunido en París
los días 11, 12 y 13 de junio, constata:
Que los
recientes acontecimientos de Barcelona buscaban quitar a la CNT el control de
las empresas y de las fronteras y expulsarla de sus locales y de los puestos
importantes que ocupa, exterminar a sus militantes e impedir la revolución
social, estrangulándola.
2. Que esta acción concertada desde hacía largos
meses en-tre ciertos miembros del gobierno de Valencia y de Barcelona, en los
que la CNT participaba por el canal de sus representantes, forma parte de un
plan concebido por los partidos políticos inspirados por el Partido Comunista
español ejecutando las órdenes del gobierno soviético.
3. Que este plan tiene carácter internacional y
sirve a los intereses capitalistas angloamericanos de los que la diplomacia
franco-anglo-rusa se ha adueñado desde el comienzo de la revolución y,
sucesivamente, por medio de la no-intervención, el bloqueo, el control
terrestre y naval y la mediación.
4. Que la mediación hoy rechazada por el gobierno
de Va-lencia por razones de oportunidad tiende a una paz blanca, a un
entendimiento de las fuerzas políticas adversas bajo la égida de Francia y de
Inglaterra en orden a la restauración oficialmente aceptada por ese mismo
gobierno de Valencia de una república «democrática y parlamentaria» que todos
coinciden en considerar como profundamente sobrepasada por los hechos.
El pleno declara, en consecuencia:
Que la
guerra desencadenada por una contrarrevolución militar y fascista debe tener
cada vez más el carácter de una empresa de liberación total del proletariado
español y, por lo mismo, sólo puede ser revolucionaria.
Que la
salvación de la revolución social debe ser más que nunca la preocupación
dominante y esencial de la CNT
Que la
admiración por el valor invencible de las masas obreras y campesinas de España
y particularmente de las or-ganizadas bajo las banderas de la CNT sigue intacta
pese a todas las vicisitudes de la lucha desigual.
Que la
solidaridad del proletariado revolucionario de todos los países, unida en el
seno de la A.I.T., hostil al mar-xismo bajo todas sus formas, sigue siendo la
misma que en el pasado, pues la socialdemocracia reformista, así como el
bolchevismo dictatorial de la escuela estalinista o de la trotskista con todas
sus ramificaciones o subdivisiones, tales como el P.S.U.C. o el P.O.U.M., son
igualmente nefastos y peligrosos para la realización de la revolución.
Que la
guerra revolucionaria, junto con la transformación social, debería excluir por
parte de la CNT toda participación directa o todo entendimiento indirecto con
el gobierno de Valencia y de Barcelona exigiría el abandono por la CNT de todas
las concesiones políticas, económicas y doctrinales he-chas a estos gobiernos
con el fin de mantener intacto un frente supuestamente antifascista compuesto
por sectores que a) negocian con el enemigo de clase, a fin de liquidar la
guerra y estrangular la revolución; considera que la retirada oficial de la CNT
del frente antifascista se impone
cada vez más, dejándola, sin embargo, el derecho a
aceptar o. proponer acuerdos circunstanciales con los elementos sinceramente
antifascistas de ese frente, deseosos de ver acabar la guerra por una
revolución emancipadora del proletariado español dirigida contra el fascismo,
así como contra la supuesta democracia republicana.
Sin querer imponer a la CNT una línea de conducta
que pudiera resultar para ella momentáneamente inaceptable, el pleno
extraordinario está convencido de que la CNT seguirá fiel a los principios y
doctrinas enunciadas por la A.I.T. y efectuará, tan pronto como lo permita el
ambiente, el giro que imponen los acontecimientos, estrechamente ligado a la
existencia misma de la CNT y a la salvación de la revolución social en España y
en otros países.
La A.I.T., por su parte, adopta el compromiso de
continuar apoyando con más fuerza y cohesión que nunca, materialmente y por
medio de la acción, a la revolución española. El pleno da en consecuencia
mandato al secretariado de la A.I.T. para que estudie con toda urgencia y de
común acuerdo con las centrales afiliadas y simpatizantes, los medios para
intensificar la propaganda de la revolución española, aumentar la ayuda a
nuestros camaradas de la CNT y preparar la eventualidad, en todo el país, de
huelgas generales de solidaridad con el proletariado español en revolución. Los
deberes más inmediatos de la A.I.T. son:
La
organización de una campaña sistemática contra los Estados fascistas y
democráticos que intervienen directa o indirectamente en la lucha de España con
el fin de estrangular la revolución proletaria.
La puesta
en práctica de decisiones anteriores del Con-
greso de la A.I.T., a fin de elaborar, en el más
breve plazo posible, un plan internacional de reconstrucción económica al que
la experiencia española daría indicaciones muy preciosas.
El pleno pide a la vez al secretariado de la A.I.T.
que co-munique a la CNT, en cada ocasión propicia, el sentir de la A.I.T. en
todo acontecimiento importante que pudiera desarrollarse en España.
Una puesta a punto de Federica Montseny
(No damos, ciertamente, la palabra a Federica
Montseny para tratar de justificar sus posiciones pasadas, sino por escrúpulo
democrático y porque le es debido el derecho de réplica.)
Es algo controvertible la participación de la CNT
durante la guerra y la revolución en España. Cuando se vuelve a hablar de ella
después de más de treinta años, es siempre para dar los juicios más
implacables, sin tratar de informarse, de comprender, de explicar, por nada del
mundo. Se enarbola la crítica, y se lapida a los hombres, y sobre todo a la
mujer, que fueron llevados, por la fuerza de las cosas, a ocuparse de los
puestos gubernamentales.
En 1937, Camillo Bemeri, Emma Goldman y Sébastien
Faure plantearon ya el problema. Otros, como Rudolf Rocker y Max Nettlau, se
abstuvieron de juzgar, confiando en nosotros. Acaso hay que aclarar ciertos
puntos para que cada cual comprenda y juzgue a continuación.
Ante todo, hay que colocarse en el contexto de la
época, ver las cosas, no desde el punto de vista de unos anteojos que duran ya
treinta años, sino pensando en la situación de la CNT y del movimiento
libertario en 1936.
Todo comienza el día en que hay que transformar los
comi-tés de milicias antifascistas de Barcelona, primer organismo de la
revolución, en el que se hallan reunidas todas las fuerzas, políticas y
sindicales, en el Consejo de la Generalidad (de Cataluña). ¿Era esto realmente
necesario? El problema en todo caso se plantea en el seno mismo del Comité. Se
discute durante noches enteras en reuniones y plenos. Todos los hombres, la
mayoría en representación de los sindicatos y de los grupos anarquistas, están
presentes. Decidir continuar solos el Comité de las milicias es elegir romper
el frente antifascista y hacer frente a la situación solos. ¿Era eso lo que
había que hacer? Acaso. En aquel momento, sin embargo, la mayoría, consciente
de las consecuencias que el aislamiento y esa especie de golpe de Estado
implicarían para el porvenir, decide lo contrario. La participación en los
organismos que van a reconstituir el Estado comienza a partir de aquel momento.
Para comprender aún esto, habría que recordar el
abandono en que nos dejaron las organizaciones del mundo entero, las maniobras
de las demás fuerzas políticas, el chantaje que ya ejercía el Partido
Comunista, fuerte por la ayuda rusa, la única, junto con la de México, que
llegó a una España desarmada ante una Junta de Burgos que recibía armas,
hombres y dinero de Italia y de Alemania.
Se camufló esta primera participación
gubernamental, transformando el gobierno catalán en un «Consejo de la
Generalidad», y llamando consejeros a los que, en
verdad, eran ministros. Se buscaron excusas, delegando allí como representantes
de la CNT, a hombres poco conocidos, miembros recientemente afiliados a la
Confederación, como Fábregas. Pero el primer paso ya estaba dado.
Luego, cuando Largo Caballero constituyó su primer
gobierno «de guerra», haciendo entrar a dos comunistas e invitando a la CNT a
unírseles, fue el drama y el pánico. La sombra de Kronstadt, de la Ukrania
libertaria aplastada, se perfilaba. Se tergiversó el asunto, inventando un
«Consejo nacional de defensa». Largo caballero no quería escuchar nada. Según
él, frente a la Junta de Burgos, no se podían perder los triunfos que
representaba internacionalmente, la existencia de un gobierno legal de una
República que el pueblo español se había dado democráticamente.
Se convocó un nuevo pleno. Pese a la posición
favorable a la entrada en el gobierno Caballero, de quien era en la época
secretario general de la CNT, Horacio Martínez Prieto, no se hizo nada sin
reunir de nuevo a la organización en un pleno de ramas regionales. Se decidió
insistir para contentarse con participar en el Consejo nacional de defensa.
Pero Largo Caballero se obstinó.
Si la CNT y la FAI eran mayoritarias en Cataluña,
en Valencia, en Andalucía, las fuerzas, por el contrario, estaban bastante
repartidas en el Centro, en Asturias, en el País Vasco. Los socialistas
disponían de sólidas organizaciones, y los comunistas, gracias siempre al apoyo
ruso y a la apertura hacia las fuerzas de derecha, aparecían como punta de
flecha.
Usando el voto de confianza que el pleno le había
dado, y
convencido de que no había otra solución, Horacio
Martínez Prieto comenzó entonces conversaciones con Caballero en orden a la
entrada de la CNT en un gobierno que ya estaba constituido.
Se buscaron hombres que representaran las dos
tendencias de la CNT: López y Peiró. Discutimos fuerte. Acabamos por aceptar.
En el punto en que estábamos, todo escrúpulo parecía una «cabriola», era
tratado como «deserción»: creímos que no había que endosar a los otros
solamente responsabilidades que debían ser compartidas por todos.
El resto es conocido. Hubimos de aceptar puestos de
jefes de cuerpo de ejército, de jefes de policía, de directores de prisión, de
comisarios políticos, etc. ¿Estábamos llevados por la ambición, por la sed de
poder? No. Nadie en aquel momento se preocupaba por su porvenir personal. Pero
se buscaban apariencias de justificación. No se puede hoy ojear sin desazón ni
arrobamiento las colecciones de Solidaridad Obrera y de CNT en favor de la
militarización.
Pese a todo lo que hicieron los hombres de la
CNT-FAI, multiplicándose, estando presentes por doquier, la cosa se deterioraba
día a día. Entonces dije: «No se puede estar a la vez en la calle y en el
gobierno.» Nosotros estábamos en el gobierno, pero la calle se nos escapaba.
Habíamos perdido la confianza de los trabajadores y la unidad del movimiento se
había desmoronado.
El día en que, tras los acontecimientos de mayo de
1937 en Barcelona, golpe montado en todos sus extremos por los agentes rusos
que buscaban un pretexto para exterminar el movimiento anarquista en España
como lo había sido en
Rusia, abandonamos el gobierno Caballero, ese día
mi alivio personal y, supongo, el de los otros, fue inmenso.
Sin embargo, la guerra estaba virtualmente perdida;
la revolución, también. Respecto a la línea a seguir en el curso de los últimos
meses, las discusiones nos dividían. Había camaradas que eran de la misma
opinión que los republicanos, y que creían que había que encontrar una salida
ante la catástrofe final. Otros, por el contrario, pedían combatir hasta el
fin, incluso sin esperanza. Juan Negrín animaba este espíritu de ir hasta el
final, afirmando que estallaría una guerra mundial antes de fin de año. ¿Era
sincero? En todo caso, Mariano R. Vázquez, entonces secretario general de la
CNT, tenía el mismo propósito. Y con él, la mayoría de los camaradas. Aunque
hubiésemos per-manecido en pie hasta el mes de septiembre de 1939, la guerra,
de todas maneras, estaba allí. ¿Hubieran cambiado las cosas para nosotros?
Considerando la manera en que Hitler ganó los primeros combates, teniendo en
cuenta la fulminante invasión de Francia, que llegó hasta los Pirineos en
algunos días, puede dudarse de ello.
A partir del momento en que se perdió la guerra, y
que se exilió la mayoría de los militantes, el enderezamiento moral de la CNT
comenzó. Un gran número de camaradas, en la Francia ocupada y algunos meses
después en África del Norte liberada, denunciaron con fuerza el desviacionismo
político de los que pensaban que había que continuar la colaboración con todas
las fuerzas antifascistas, e incluso en los gobiernos que pudieran crearse en
el exilio. Eran numerosos los colaboracionistas; en el pleno de Muret, en 1944,
fue incluso adoptada una moción en semejante sentido.
Sin embargo, al permitir la Liberación las
discusiones libres, así como la organización de grupos de la CNT en toda
Francia, pronto los que eran partidarios de cerrar un período juzgado
desventurado, en el curso del cual los principios y las tácticas que habían
inspirado a la CNT desde su creación se habían lastimado seriamente, se
hicieron cada vez más numerosos.
En el congreso de las federaciones locales de
París, el 1 de mayo de 1945, tras ocho horas de debates apasionados, una
primera batalla se ganó por parte de los adversarios de la participación
política. Nosotros hicimos nuestra autocrítica. Yo misma, delegada por las
federaciones locales de Bessiéres, hablé largamente de lo que había sido mi
experiencia personal, de la inutilidad de nuestra participación gubernamental,
declarando que de esta prueba mis convicciones habían salido fortalecidas. El
hecho de haber sido ministro y de tomar netamente una posición los años de
exilio. Cuando el comité nacional de la CNT de España (clandestino) decidió a
finales de 1945, contra la opinión mayoritaria del exilio, enviar dos ministros
al gobierno Giral, Leiva, que venía de España, y Horacio Martínez Prieto,
presidente de Orleans, el ala reformista se separó del movimiento
libertario-CNT en el exilio. Los partidarios de la colaboración, minoritarios
en Francia, eran tal vez por entonces aún mayoritarios en el interior de nuestro
país. Pero con el curso del tiempo y con las desilusiones que abrían los ojos
de quienes creían aún en la posibilidad de actuar en el marco de un gobierno en
el exilio, nuestra causa ganó adeptos cada día. Nuestro movimiento definió con
claridad su pensamiento. En el Congreso de
Tolouse de 1947 se adoptó una moción por
unanimidad, pues los «reformistas» de la oposición habían consumado ya la
escisión. Esto cerraba definitivamente la puerta a la participación política en
cualquier gobierno posible.
He aquí algunos extractos:
Declaración de principios:
El Congreso (...), reunido en Toulouse el 20 de
octubre de 1947 y días siguientes:
Considera que todas las experiencias vividas y
todos los acontecimientos que se han producido en el mundo en el curso de los
últimos años no hacen más que confirmar la vía seguida desde 1870 por el
proletariado organizado bajo las consignas de la Primera Internacional.
Considera que todas las concesiones hechas al
Estado no han significado más que una consolidación de éste, y que toda
aceptación, incluso provisional, del principio de autoridad, representa una
pérdida efectiva de posiciones, c implica la renuncia a fines integralmente
liberadores.
(...) Considera que las experiencias de la guerra y
de la revolución en España han confirmado el valor permanente de los esfuerzos
emprendidos bajo el impulso popular y la revalorización, por la fuerza de las
cosas, de las tácticas de acción directa, antiestatal y revolucionaria.
(...) En razón de todo lo que precede, el Congreso
declara:
Que ratifica los principios y las tácticas de
acción directa antiestatal y revolucionaria, consustanciales al anarquismo y al
anarcosindicalismo.
(...) Que todo poder constituido sobre el principio
del Estado político y económico, cualquiera que sea su nombre y cualesquiera
que sean los partidos y organizaciones que le apoyen, no es más que uno de los
múltiples rostros de la autoridad.
(...) Que nuestro movimiento tiene como meta final
la im-plantación del comunismo libertario, sin ninguna etapa de transición, y
con las tácticas conformes a nuestros principios (...).
Creo sinceramente que el caso de la CNT española es
un caso único en la historia de todos los movimientos obreros y políticos
mundiales. Tras un corrimiento hacia la política, tras una experiencia
gubernamental, en la que algunos se embarcaron, y hasta se perdieron para
siempre, una aplastante mayoría ha vuelto a las fuentes, vacunada para siempre
contra toda veleidad política, convencida de que solamente la acción directa de
los trabajadores puede conducir a la transformación social que libera al hombre
y que suprime la sociedad de clases. Honestamente, sinceramente, todos los que
pasaron por puestos de dirección militar, administrativa, política, salieron de
ellos descorazonados y más opuestos que nunca al Estado.
Alguien se preguntará tal vez:
—¿Hubiera sido lo mismo si hubiéramos ganado la
guerra? Si la República hubiese triunfado sobre el franquismo, ¿cuál hubiera
sido el efecto de nuestra participación en el gobierno?
—Si nosotros hubiéramos ganado la guerra, la
revolución hubiera seguido su curso. Nada ni nadie hubiera impedido
que lo que había comenzado el 19 de julio por la
mayoría del pueblo se desarrollase y llegase a su fin. Probablemente, es ésta
la razón por la cual la guerra debía perderse y la revolución ser asesinada.
DANIEL GUERIN (19 de mayo de 1904-14 de abril de
1988) historiador, ideólogo marxista libertario y anarquista francés.
Militante del sindicalismo revolucionario francés y
prolífico escritor, Daniel Guerin (1904-1988) nació en el seno de una
importante familia burguesa parisina. Su ruptura con el medio familiar lo llevó
a ganarse la vida como tipógrafo y ocasional escritor.
Antimilitarista convencido, es internado durante la
segunda guerra mundial en un campo de concentración alemán, del cual escapa
poco después para unirse a la “resistencia”. Es también conocido por su apoyo
hacia la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) durante la Guerra Civil
Española, y su defensa revolucionaria del amor libre y la homosexualidad (él
era bisexual).
Entre sus numerosos libros puede mencionarse La
peste brune (1932), Fascismo y gran capital (Fundamentos, 1974), La
concentración económica en los Estados Unidos (Amorrortu, 1974), El movimiento
obrero en los Estados Unidos (CEAL, 1972), La lutte de classes dans la Premiere
Republique (1946) - versión abrevidada: La lucha de clases en el apogeo de la
revolución francesa (Alianza, 1974)-, De l´oncle Tom aux Pantheres (1973), La
Revolución française et nous (1976).
Además de El anarquismo (primer capítulo), Guerín
escribió otras obras específicamente libertarias: Ni Dieu ni Maitre, Antologie
de L´Anarchisme (1970), Por un marxismo libertario (Proyección, 1968) y
Marxismo y socialismo libertario (Proyección, 1969). Merece destacarse su
autobiografía, Le feu du sang (1977), y su estudio Kinsey y la sexualidad
(1984).
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