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Libro N° 12908. Robespierre. La Razón Del Pueblo.

Guillermo Molina Miranda marzo 18, 2026

 


© Libro N° 12908. Robespierre. La Razón Del Pueblo. Emancipación. Agosto 24 de 2024

 

Título original: © Robespierre. La Razón Del Pueblo

 

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ROBESPIERRE

La Razón Del Pueblo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Robespierre

La Razón Del Pueblo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Robespierre. La razón del pueblo

 

Estudio preliminar, selección,

 

traducción y notas

 

Horacio Sanguinetti

 

 

 

 

Fuente:

 

Eudeba. Universidad de Buenos Aires

 

2003

 

 

 

©® Creative Commons

 

© 2003

 

Editorial Universitaria de Buenos Aires

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Maximiliano Robespierre, uno de los mayores políticos revo-lucionarios de la historia, murió guillotinado en 1794. Con-taba con treinta y seis años de edad y con poco tiempo en el ejercicio del poder; sin embargo, esto no le impidió cambiar el mundo. Pero, como afectó intereses poderosos, fue conde-nado históricamente por sus enemigos, quienes —en buena medida— lograron hacer prevalecer una imagen demoniaca. Por lo tanto, creemos conveniente dar a conocer sus ideas en forma directa y profunda. Este libro —de difícil acceso en cas-tellano— recoge algunos de sus artículos, discursos, cartas y proclamas, y procura mostrar otra imagen, despojada de fá-bulas y mitos.

 

Aquí advertirá el lector—probablemente sorprendido— la ap-titud doctrinaria de Robespierre y su brillante abordaje de te-mas de interés permanente, como las formas de gobierno, la legitimidad política, las clases sociales, la economía, la guerra y sus horrores, el militarismo, los primitivos partidos, las dis-criminaciones —de actores, judíos y negros—, los deberes de la inteligencia, las técnicas de propaganda, la prensa, el agio. Robespierre y otros gestores de la Revolución Francesa, con todas sus caídas y crueldades, liquidaron un antiguo régimen intrínsecamente injusto y perverso, y alumbraron el mundo contemporáneo. Por eso, estos trabajos ofrecen un hálito per-manente de modernidad.

 

 

 

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ÍNDICE   

ADVERTENCIA         5

ROBESPIERRE Y El. SOCIALISMO MODERNO     7

Robespierre LA RAZÓN DEL PUEBLO  55

Cana a Buissart sobre el sufragio calificado        56

La inviolabilidad del rey        59

Los derechos de los negros    63

Contra la guerra  65

Sobre el abastecimiento de los artículos de primera     

necesidad  76

Sobre la competencia de la Convención para     

sentenciar a Luis XVI   86

La propaganda y el carácter liberador del  

Ejército revolucionario 90

Contra el militarismo   96

El derecho de propiedad y sus limitaciones 99

Caracteres y legitimidad de un gobierno revoluc. 102

Llamamiento a la insurrección         112

CUADRO CRONOLÓGICO 113

BIBLIOGRAFÍA 114

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ADVERTENCIA

 

 

 

 

HACE treinta años -con la complicidad del ahora recién fa-llecido Héctor Grossi—, emprendí la aventura de poner al alcance del público “hispanoparlante” una antología del

 

pensamiento político de Maximiliano Robespierre, antología que faltaba entonces, notoriamente, en nuestro idioma y en buena medida hoy sigue faltando.

 

Utilicé los Textes choisis de Jean Poperen, realicé la selección, traducción, anotaciones y prólogo. Ahora los reedita genero-samente Eudeba y, tras alguna perplejidad, preferí que se pu-blique todo, sin corrección alguna. Cierto, la dura travesía cumplida por el país -y por el mundo- en estas tres décadas, mis experiencias cívicas personales, nuevas lecturas y medita-ciones y la natural maduración que da el vivir me hacen reco-nocer expresamente que ahora no escribiría un Prefacio exac-tamente igual, pues disiento conmigo mismo en ciertas afir-maciones y concepciones. Entre otras razones, porque hoy profeso un tremendo respeto por todos los revolucionarios franceses, inclusive por los que en mi prólogo maltrato: Dan-ton, Desmoulins, Miranda, La Fayette, Paine, los girondinos, etc., pues todos ellos, no obstante sus errores, crueldades y debilidades, hicieron juntos la Revolución que cambió al mundo, y a la cual tanto debemos.

 

Lo advertí claramente esa mañana, en que, caminando por la acera norte del Boulevard Saint-Germain, dejé en ella a mi mujer y a mi hijo y crucé solo, para admirar por enésima vez la estatua de Danton. Ellos me observaban y debatían si yo, simplemente, me acomodaba el sombrero o lo había levan-tado de intento; y así era, porque sentí el impulso de descu-brirme frente al gran revolucionario.

 

 

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Hechas tales salvedades, obviadas otras que podría formular en aras de la fraternidad, la tolerancia, la caridad y el respeto por la condición humana, mi admiración por Robespierre no cede. Sinceramente, prólogo y notas tienen poco valor, salvo alguno docente o aclaratorio. Lo que vale de este libro es el pensamiento político del autor, su lucidez casi inverosímil más de dos siglos atrás y la sorprendente actualidad de los diagnósticos. Leerlo provoca un alarmante escalofrío e invita a la reflexión profunda sobre las cumbres y precipicios de las sociedades y los hombres.

 

 

Horacio Sanguinetti

 

Unquillo, 2003

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ROBESPIERRE Y EL

 

SOCIALISMO MODERNO

 

 

 

Horacio Sanguinetti

 

 

 

 

 

 

TODO análisis de historia política contiene elementos lite-rarios y resabios de gesta que relativizan su objetividad, porque la simple selección y exposición de hechos es siempre arbitraria. Sin embargo, no debe confundirse la existencia ne-cesaria de tales ingredientes polémicos con su exageración

 

adrede para servir intereses concretos.

 

Desde la muerte de Maximiliano Robespierre, y salvo perío-dos circunstanciales, la derecha ha gobernado Francia, acu-mulando calumnias sobre su memoria. La historia oficial lo presenta como una suerte de antihéroe, un monstruo sombrío y ebrio de sangre. El Olimpo destinado al uso de turistas me-diocres recoge, en cambio, los padecimientos de María Anto-nieta o, a lo sumo, la gloria imperial.

 

Ninguna estatua ni calle del nomenclador de París -abrumado por generales y burócratas- recuerda a este político que la re-dime de sus mariscales y sus reyes-sol,1 a este hombre cuya

 

 

1     Mientras los empleados de la Conserjería ensayan, por instigación o tole-rancia de las autoridades, ironías sobre los excesos revolucionarios y piadosas reflexiones acerca de la familia real, sólo en los suburbios pa-risinos de Bagnolet y Montreuil una avenida lleva el nombre de Robes-pierre. Ninguna en París. Arras, su ciudad natal, lo ignora parejamente: apenas existen una calleja con su nombre, una placa inaugurada por

 

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significación universal recobra, a través del tiempo y la dis-tancia, inesperadas resonancias en el mundo contemporáneo.

 

Sus antepasados, comerciantes y profesionales afincados en Arras, al norte de Francia, eran adversarios naturales de la de-sigualdad y el privilegio. Esa extracción social conformó las inclinaciones de Maximiliano, tanto como su precoz orfandad inspiró un sentido de responsabilidad,2 manifestado en su vo-cación por el estudio y en la actitud paternalista que observó hacia sus hermanos.

 

Desde los doce años cursó el Colegio Luis el Grande, de París, alternando con la mocedad aristocrática y burguesa. Su cali-dad de becario, indicio de menguada condición económica, probablemente contribuyó al endurecimiento de un carácter ya entonces reconcentrado y orgulloso. Fue alumno brillante; “el estudio era su Dios” según el abate Proyart, entonces pre-fecto del Colegio; también le atribuye lecturas clandestinas de autores disolventes y prohibidos, pero ello no parece verosí-mil dada la severidad del internado y la parcialidad del testi-monio de Proyart, que odiaba a su ex discípulo.

 

Robespierre obtuvo numerosas distinciones, hasta fue esco-gido para pronunciar un elogio de Luis XVI en presencia de éste: y difícilmente hubiera recibido tales honores un icono-clasta o sospechoso de serlo.

 

Por cierto, en el Colegio adquirió información clásica y, ya abogado,3 abordó metódicamente la lectura de sus

 

 

Mathiez hacia 1923, en la casa donde Robespierre atendía su estudio de abogado, y un medallón en el museo municipal.

 

2     La madre murió cuando Maximiliano tenía cinco años y tres hermanos menores: Carlota, Enriqueta y Agustín. El padre abandonó desde enton-ces la atención de sus hijos y probablemente falleció en Chile. Muy se-mejante es el drama filial de Rousseau.

 

3     Presumiblemente, la misma profesión del abogado le revela injusticias

 

 

 

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contemporáneos.

 

Aunque todavía la nobleza y el alto clero usurpaban rentas y funciones, una avanzada de la burguesía -artesanos y comer-ciantes que lentamente habían alcanzado poderío económico-estaba en condiciones, al promediar el siglo XVIII, de impug-nar las desigualdades y privilegios institucionalizados e impo-ner su empuje creador en la evolución política. Esta vanguar-dia burguesa, a la que se sumaban algunos nobles disconfor-mes, repudiaba la inmunidad impositiva de la aristocracia, el poder absoluto del monarca -que comprometía la seguridad de todos-, y la censura agazapada contra cualquier iniciativa disidente, fuese comercial, artística o religiosa.

 

Dos líneas intelectuales acompañaban e ilustraban esa ofen-siva reformista; la vertiente liberal del enciclopedismo -Mon-tesquieu y Voltaire- correspondía a la alta burguesía o tercer estado; y la democrática, desgajada con Rousseau de la ante-rior, tendía a la nivelación de las fortunas y encarnaba tímida-mente los intereses del “pobre”, del cuarto estado, sin otra re-presentación ostensible. La elocuencia russoniana impre-sionó al joven Robespierre y es casi seguro que conoció perso-nalmente al maestro, de cuya relectura y meditación adquirió el hábito de “reflexionar sobre los grandes principios del or-den social”.

 

Aunque se lo haya presentado como un adepto incondicional o un pedestre sacerdote de utopías, Robespierre jamás aceptó dogmáticamente opinión alguna. Consagró su vida pública a Rousseau en una célebre invocación, y era russoniano como todos los actores de la Revolución, desde Danton a Hébert, desde Roland a Carnot. Pero fue un político práctico antes que

 

 

sociales que influyen sobre su ideología. Abogados son también Lenin y Castro; y entre nosotros, los más definidos revolucionarios de Mayo: Moreno, Belgrano, Paso, Castelli.

 

 

 

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teórico, con un claro y elástico sentido de conveniencia. Así, condicionó empíricamente todos sus preconceptos y, al pos-tular el impuesto sucesorio, tolerar el ateísmo, defender los progresos técnicos o aun vestir como los aristócratas, contra-dijo explícitamente opiniones de Rousseau. 4

 

Reintegrado a la apacible mediocridad de Arras, Maximiliano participó, como la generalidad de los jóvenes de su condición, de la anémica vida cultural provinciana. Fue iniciado en los ingenuos ritos del Círculo de los Rosatis, una especie de club dionisíaco con pretensiones artísticas; integró la Academia y exploró sin mayor fortuna la aventura literaria. No se nace re-volucionario. Se llega a serlo por una larga paciencia y expe-riencia. Sin embargo, animó su actividad profesional de inten-ción social, ajena a réditos y honorarios. No perdía ocasión de pontificar sobre la inmoralidad de los privilegiados, y en dife-rentes oportunidades se pronunció contra la pena de muerte, contra la extensión de la infamia del reo a sus allegados, con-tra las lettres de cachet -arbitrarias órdenes reales de arresto o exilio-, contra la disipación que envilecía a ciertas congrega-ciones religiosas. Y en la resonante causa “del pararrayos” ob-tuvo amparo, porque algunos medrosos vecinos pretendían retirar uno de esos aparatos. Robespierre defendió allí el pro-greso científico, e imprimió y distribuyó el victorioso alegato. Hasta Franklin recibió su ejemplar.

 

Mientras tanto, la situación financiera del reino era catastró-fica. Los ministros se sucedían sin conjurar la crisis; el ham-bre amenazaba al pueblo, agotado por impuestos que no al-canzaban a cubrir los gastos suntuarios de una Corte corrupta. El débil monarca aceptó, por fin, en agosto de 1788, convocar los Estados Generales, asamblea donde estaban

 

 

 

4     También Saint-Just criticó a Rousseau su justificación de la pena de muerte, El espíritu de la Revolución, p. 105.

 

 

 

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representados los tres órdenes feudales: aristocracia, clero y estado llano. Tal era la presión de este último -presumible víc-tima, por otra parte, de los incrementos impositivos- que se le acordó doble representación.

 

Las elecciones en Artois fueron indirectas y estuvieron rodea-das de tensa expectativa. Robespierre solía reunirse con gen-tes distinguidas en casa del abogado Beaumetz. Discutían las reformas a proponer y la conducta a seguir. Empero, Maximi-liano pronto abandonó esa sociedad de notables, resuelto a postular su candidatura como representante del tercer estado. Era el tiempo de los panfletos. Como Sieyés y Mirabeau, Ro-bespierre editó el suyo. Dirigiéndose “a la nación artesiana” demostraba temprana lucidez para interpretar la realidad desde el ángulo de la lucha de clases. Allí denuncia el estado de postración material y moral en que se debaten los “pobres, incapaces de reflexionar sobre las causas de sus desdichas y conocer los derechos que la naturaleza les otorga”. Confía en convertirse en vanguardia esclarecedora de ese pobrerío, que todavía no es proletariado porque le falta unidad y conciencia, y que carece de representación porque no pertenece en rigor al tercer estado sino a un estrato más desamparado y some-tido. Robespierre también aboga por el bajo clero, cuya opi-nión usurpaban los altos dignatarios. La defensa del meneste-roso sería una constante en su riesgosa vida pública. Él mismo fue siempre pobre, a diferencia de la mayor parte de sus cole-gas, quienes se enriquecían en la política. Hizo un culto de esa pobreza. Parecía desconocer -como observó maravillado Mi-rabeau- las necesidades materiales.

 

En los preliminares de la elección, bastante tempestuosos, Maximiliano mantuvo una actitud independiente, distanciado de las autoridades locales. El 26 de abril fue designado entre los ocho diputados del tercer estado de Artois a los Estados Generales, que se inauguraron en Versalles la víspera de que

 

 

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cumpliese treinta y un años.

 

Los cinco restantes de su vida fueron consagrados a la política revolucionaria. Su actividad privada carece de importancia. Era estoico y sobrio, en medio de la depravación común de la época. No se le conoce ninguna estridente aventura donjua-nesca, aunque tampoco odiaba a las mujeres. Amó y estuvo comprometido con Eleonora Duplay, hermosa hija de su huésped. Pero fue parco en pasiones particulares. Su gran pa-sión, es decir, su deleite y crucifixión, fue la política, el servi-cio, la pública militancia.

 

Enemigos tenaces acumularon sobre Robespierre los supues-tos más extraordinarios, basados en presunciones, en testi-monios sospechables, en ademanes, parpadeos, fruncimien-tos de labios. Lo mismo le imputan una enfermiza atracción por el estudio como una mediocre cultura. Lo mismo desbor-des de sátiro como impotencia u homosexualidad; crueldad innata, debilidad y cobardía; veleidades tiránicas e incapaci-dad de mando; histeria, epilepsia, facultades hipnóticas, tiña, várices... Explican el Terror sobre la base de la miopía de Ro-bespierre o del amor que cuando niño profesaba por los pája-ros.5

 

Ningún diagnóstico serio puede aventurarse a tantos años de distancia, cuando para colmo se escogen mal las fuentes del conocimiento histórico y se prescinde del contorno político que condicionaba las actitudes de Robespierre. Por ejemplo, el absoluto silencio con que recibe a Barras no es consecuencia de una desviación epileptoide, sobre la cual no existen otros indicios, sino de la intención de agraviar al despreciable

 

 

5     Von Henting, en su diatriba contra Robespierre, ejemplifica esta gárrula y colorida corriente de “fantasía psiquiátrica”. Contrariamente, el ar-gentino Jorge Thénon ha demostrado que el análisis psicológico del hé-roe no siempre está reñido con la verdad histórica.

 

 

 

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procónsul. Cuando Robespierre desconfía de la Corte belicista no lo hace por temperamento neurótico, sino porque intuye la traición en ciernes. Y cuando elimina a Danton no actúa envi-dioso de su poderosa virilidad, sino acuciado por un impera-tivo de supervivencia política.

 

Añádanse las craneometrías -imposibles de efectuar sobre elementos directos, porque los restos del revolucionario tri-butaron a la fosa común-, las conclusiones intrépidas sobre su frente huidiza o la longitud del lóbulo de sus orejas, y adverti-remos con Chesterton “la cómica diferencia existente entre el conocimiento y la ignorancia científica”.6

 

Tampoco existe, acaso por exceso de iconografía y variedad de testimonios, certeza absoluta sobre el aspecto físico de Robes-pierre. Parece que era delgado, de estatura regular y facciones correctas. Vestía con decoro, fiel a la antigua usanza; nunca, ni en vísperas de las peores contiendas, dejó de afeitarse y em-polvarse.

 

Lucía peluca blanca. Al revés de Dumouriez y otros tránsfu-gas, rechazó el uso demagógico del gorro frigio. Sin duda, creía que el atuendo era un elemento exterior, que en modo alguno identificaba la virtud revolucionaria.

 

Tampoco practicaba el atletismo oratorio frecuente entonces, y rehuía los efectos demasiado artificiales. Por eso su elocuen-cia no ha envejecido; elocuencia de estilo reflexivo, lógico, im-placable, seguía rigurosamente el hilo conductor de su razo-namiento y era irrefutable. Con la densidad argumental

 

 

6     “Entonces supe" -agrega Chesterton- “que los criminalistas pueden ser más malos que el peor, por causa de esa alarmante ignorancia del mate-rial humano del que se supone que nos están hablando. El hombre que pudo decir que Robespierre tenía una deficiencia de instintos morales es un hombre que debe ser totalmente desdeñado en todos los cálculos

éticos.”

 

 

 

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compensaba la deficiencia de su voz, demasiado aguda pero que sobrellevó la fatiga de casi cien discursos por año.

 

Cada uno era una batalla. Cuidó mucho la propaganda y la fundamentación racional y teórica de su praxis. Alguna vez aconsejó “utilizar las armas contra los tiranos y los libros con-tra los intrigantes”. En la tribuna no le interesaba el divismo, sino la posibilidad de convencer. Por eso derrotó hasta el ex-terminio intelectual a oradores más frondosos y exuberantes, como Vergniaud, Brissot, Hébert, Cloots o Desmoulins.

 

Prefería leer, y preparaba honestamente sus intervenciones importantes, aunque también improvisaba y era certero en re-plicar y polemizar.

 

La política conserva, aún hoy, algo de espectáculo. El político es actor de un drama histórico que otros, de la misma genera-ción o de las venideras, contemplan como espectadores. Los revolucionarios franceses sabían moverse por su escenario, sabían dominar al público y cenar la representación con una frase rotunda, mientras caía el telón. Sabían inclusive morir perfilados en el ángulo más favorable.7 Robespierre no

 

 

7     Desmoulins, por ejemplo, perdió el sostén de Robespierre -y la cabeza-por no guardar silencio, una buena réplica. Mientras los jacobinos juz-gaban su conducta, lo irritó con una inoportuna cita de Rousseau. No olvidemos que Collot d’Herbois, Rosa Lacombe y otros fueron actores profesionales. Fabre había escrito dramas, era “hábil para desembrollar tramas en el escenario”, como le enrostró Robespierre, quien también gustaba del teatro moralizante y politizado de su época.

 

El Comité de Salud Pública fundó el Teatro del Pueblo en marzo de 1794, y estimuló las manifestaciones artísticas a través de la Comisión de Instrucción Pública, integrada por Payan, que tenía claras ideas sobre la función social del arte. Pero si contaron con pintores como David y músicos de la talla de Méhul y Cherubini, no existieron, salvo los her-manos Chénier, dramaturgos ni poetas aceptables. Esa mediocridad alarmó a Robespierre: “Los hombres de letras, en general” -afirmó el 7 de mayo de 1794— “se han deshonrado en la Revolución y, para su

 

 

 

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ignoraba que se exhibía a la faz del mundo y de la posteridad. Que la historia de Francia se universalizaba, confundida con la del hombre; tenía conciencia jubilosa de cumplir una em-presa y de vivir en tiempos trascendentales.

 

Sin duda la circunstancia condiciona al hombre, pero éste también hace la circunstancia. Existe entre ambos una inter-acción recíproca e indivisible. Si Robespierre hubiese vivido en otra época, conformista y cumulativa, habría quizá alcan-zado edad provecta entre alegatos y ejercicios retóricos. Pero estas conjeturas, seductoras para algunos ensayistas, carecen de sentido frente a la realidad de que fue como fue y vivió como lo hizo, y no de otro modo; en cierta y determinada cir-cunstancia, que él impulsó y modificó a la medida de su genio.

 

Robespierre fue el revolucionario más lúcido de su época. Con él terminó la Revolución. Su fracaso estuvo condicionado por la lógica de un proceso que previo, pero no pudo controlar to-talmente. Fue el adalid de los “comunes”, los descamisados, los ciudadanos pasivos.

 

Perteneciente él mismo a una pequeña burguesía zozobrante, participó de la revolución deseada por la gran burguesía -la clase audaz que concentraba la riqueza de Francia- contra los viejos estratos parasitarios.8 Esta era la revolución que había

 

 

 

eterna vergüenza, la razón del pueblo ha hecho todo por sí sola”.

 

8     Sólo la impermeabilidad suicida del feudalismo encendió la violencia, porque el mismo resultado se obtuvo por grados en Inglaterra y Estados Unidos, donde el poder era compartido por nobles y burgueses tan ra-zonablemente como para seducir a Montesquieu. Pero no a Rousseau, ni a Robespierre. Éste situaba a Pitt entre sus peores enemigos; parece que en una oportunidad reaccionó contra quien le atribuía el credo de Montesquieu; y refiriéndose al equilibrio de poderes, reconoció el 10 de mayo de 1793 que “nosotros mismos estuvimos a punto de ser víctimas de esta ilusión en época en que la moda parecía exigir este homenaje a nuestros vecinos, en época en que nuestra propia degradación nos

 

 

 

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alcanzado madurez, y sólo fue eclipsada brevemente por el Te-rror con que los jacobinos buscaron precipitar una segunda revolución más honda y extensa, aprovechando los peligros bélicos y la resistencia aristocrática. Éste es el aspecto real-mente inédito y creador de la Revolución Francesa, precisa-mente el que no pasó. Mientras la alianza con los descamisa-dos sirvió a la burguesía para detener al feudalismo, pactó y dejó hacer. Pero la organización y esclarecimiento de estos descamisados -cuya realidad sociológica permanece un tanto inasible-, no bastaron para doblegar a una burguesía aunada ya con todas sus armas. Perdieron la ocasión en Thermidor, y así la Revolución se detuvo a mitad de camino.

 

Robespierre repudiaba a Cromwell; sus modelos se remonta-ban a la antigüedad idealizada. Es decir, no tenía modelos, operaba sobre terra incógnita. Todo debía improvisarlo: ideología, acción, táctica. “El reinado del pueblo es de un día” -explicó- “el de los tiranos abarca la totalidad de los siglos.”

 

El orden constituido se defendía calumniando a sus enemigos con fáciles adjetivos: anarquistas, facciosos, agitadores. Ro-bespierre refutó incansablemente esa típica estrategia contra-rrevolucionaria. “¿Cómo difamar la libertad?”, planteó el 28 de octubre de 1792; y señalaba estos medios: “llamar doctri-nas destructoras del orden público a las máximas filosóficas aplicadas a la organización de las sociedades políticas: deno-minar anarquía a la caída de la tiranía, y facciones a los movi-mientos revolucionarios... en fin, difamar las cosas honradas

 

 

invitaba a admirar cualquier institución extranjera que ofreciese una dé-bil imagen de la libertad”.

 

Aunque respetaba a Washington, se cuidó de no caer en el culto “ameri-canista” de personajes como La Fayette y Paine, cuyas defecciones acreditan el juicio negativo de Robespierre, “La Constitución de Esta-dos Unidos de América” -manifestó cierta vez- “fundada en la aristo-cracia de la riqueza, ya declina hacia el despotismo”.

 

 

 

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con palabras odiosas y prestigiar la intriga y la aristocracia bajo honorables rótulos”.

 

La libertad era joven. También era temida, “desde el próspero tendero hasta el patricio vanidoso” -afirmaba poniendo en descubierto la honda vocación burguesa por la desigualdad-“desde el abogado hasta el viejo duque, casi todos desean el privilegio de despreciar a la humanidad, encarnada en el pue-blo. Todos ellos se resignan a sufrir amos, antes que ver mul-tiplicarse el número de sus iguales. A condición de poder opri-mir a otros, la propia servidumbre les parece más deseable que la libertad compartida. Parecen imaginar que Dios, desde un comienzo, encorvó las espaldas de algunos para soportar cargas y penurias y aligeró los hombros de otros para lucir charreteras”.

 

Reunidos los Estados Generales, el derrumbe aristocrático se desencadenó vertiginosamente. Los diputados de los comu-nes -denominación que Robespierre prefería a “tercer es-tado”, por ser éste un “monumento de la antigua servidum-bre”- autoproclamados Asamblea Nacional, “detonaron” la Revolución. El joven diputado documentó sus primeras im-presiones en la correspondencia con Buissart, amigo de Arras. Entusiasmado por los acontecimientos, gozoso de su visita a la Bastilla en plena demolición, desconfía sin embargo de los avances superficiales y juzga con punzante reticencia a los hé-roes del momento. “Mirabeau es nulo” -escribe el 24 de mayo-“porque su carácter moral lo hace indigno de toda confianza”. Entre los aristócratas distingue muy pocas personas “razona-bles”, acaso La Fayette y el duque de Orleáns, pero ninguno “totalmente exento de los prejuicios de la nobleza”.

 

Sus primeras intervenciones lo destacan, imponiéndolo sobre un coro de burlones detractores. “¿Por qué no seguís el ejem-plo de vuestro Divino Maestro” -apostrofó al arzobispo de Aix-

 

 

 

 

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“y abandonáis ese lujo ostentoso que es un agravio al pobre?”.

 

En la Asamblea burguesa, que comenzaba a temer una revo-lución cuyo control se le escapaba, había asumido la procura-ción de los ausentes.

 

“En naciones constituidas como lo están casi todas las de Eu-ropa” -historió más tarde- “existen tres fuerzas: monarca, aristocracia y pueblo. Este último no tiene medios de presión. En tales circunstancias, una revolución sólo puede estallar a consecuencia de un proceso progresivo. Comienza por los no-bles, el clero, los ricos, a quienes apoya el pueblo contra el po-der dominante del monarca, porque su interés propio coin-cide con el de aquéllos. Así ocurrió en nuestro país. El impulso primero de la Revolución lo dieron los magistrados, los no-bles, el clero, los ricos. Sólo más tarde apareció el pueblo en escena. Entonces, quienes dieron el primer impulso se arre-pintieron, o por lo menos quisieron detener la Revolución, desde que asomó la posibilidad de una transferencia de poder al pueblo. Pero ellos la iniciaron; sin su impulso, la nación se-guiría aún bajo el despotismo”.

 

Los conflictos entre conservadores y radicales siempre han sido, en Francia, muy tumultuosos. Las manifestaciones, ba-rricadas, frondas y marsellesas tienen un carácter tan francés como la pasión por la liberté. Aunque ya existían anteceden-tes, el origen inmediato de estas expresiones proviene de las jornadas de la Revolución. En octubre, el pueblo miserable arrastró hacia París al rey, bajo vigilancia de sus cañones. Tras él, también a la Asamblea.

 

La burguesía moderada estaba incómoda. Le hubiera bastado, para sanear las finanzas, que los nobles renunciaran a privile-gios fiscales, que la reina redujera sus gastos, que el rey esco-giese ministros discretos. El hambre del populacho no la alte-raba. Por eso, cuando ese desesperado populacho colgó a un

 

 

 

 

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panadero acaparador, la Asamblea fulminó con la ley marcial. Entre seiscientos pares, Robespierre fue el único en protestar y advertir. El único voto en contra.

 

Los nobles lo zaherían con frecuencia; la prensa oficialista, también. Pero su prestigio crecía hacia afuera. Obstinada-mente, impulsaba la Revolución, ampliando la base operativa de la burguesía con sucesivas alianzas populares. “¿Habláis de disturbios? Esos disturbios sólo son manifestaciones del espí-ritu de libertad. No os engañéis” -advirtió proféticamente- “La lucha no ha terminado aún. Mañana quizá veamos renovarse los aviesos designios de la Corte. Y, ¿quién los frustraría si co-menzáramos nosotros mismos por declarar en rebeldía a los que se arman para salvarnos?”

 

Aprendía a desconfiar de los alardes oratorios y las promesas seductoras. No porque la desconfianza fuese una tara patoló-gica de su carácter, como pretenden ciertos psiquiatras desen-tendidos de la historia, sino porque la realidad asumía una cortante dureza que no podía ignorarse. La Corte contramar-chaba estratégicamente. Acariciaba, acataba, distraía, mien-tras urgía la ayuda de Europa feudal para una restauración sin apelaciones.9 Confiar en la Corte equivalía al suicidio.

 

Durante los dos años que sesionó la Asamblea, Robespierre defendió la libertad y la igualdad, doblemente amenazadas cuando se trata de minorías perseguidas: actores, judíos,

 

 

9     La correspondencia secreta de María Antonieta con su hermano, y la del propio rey, no dejan dudas sobre el plan que Robespierre intuía. En di-ciembre de 1791, por ejemplo, Luis se dirigió a los monarcas de Rusia,

España, Suecia y Prusia, sugiriendo la convocatoria de “un Congreso de las principales potencias de Europa, como la mejor manera de dete-ner aquí a los facciosos, disponer los medios para restablecer un orden de cosas más aceptable e impedir que el mal que soporto pueda ganar otros estados”. Es -intacta- la idea restauradora del Congreso de Viena de 1815.

 

 

 

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negros.10 En agosto de 1790 estuvo entre los pocos que denun-ciaron a la oligarquía militar, que sofocaba en Nancy un motín de soldados, previamente despojados de sus sueldos. En abril de 1791 protestaba contra el “marco de plata” -cifra equiva-lente a unos diez dólares actuales-, que era preciso pagar para ejercer derechos electorales; y en multitud de ocasiones im-pugnó el veto real, propuso la democratización de la Guardia, exigió libertad de reunión, asociación y portación de armas, y otras iniciativas coincidentes.

 

Los parlamentos democráticos nada han agregado al pro-grama defendido por Robespierre desde 1789: referéndum, sufragio universal y directo, revocación popular de mandatos, juicio por jurados, supresión de la pena de muerte y la cen-sura, educación popular.11 Sus reformas comprendían la crea-ción de impuestos progresivos a los réditos y herencias, dere-chos al trabajo y previsión social.

 

 

10   Cuando el abate Mauri, primera espada de la reacción, censuró la in-moralidad de los actores y el oscuro sistema de vida judío, Robespierre replicó: “¿De quién es la culpa? ¿No es una vergüenza de los que opri-men a los judíos si ellos deben resignarse a vivir así? En cuanto a moral,

¿la del clero es irreprochable?”.

 

Defendió la situación de los hombres de color en colonias, e ingresó a la Sociedad de Amigos de los Negros. En cambio, nunca alentó el sufra-gismo femenino.

 

11   Robespierre comprendió que el sistema educativo es una pieza capital en toda organización política. La cultura había sido hasta entonces privile-gio de unos pocos, y él aspiraba a universalizarla. A mediados de 1793 presentó ante la Convención el Plan de Educación Nacional de Lepelle-tier, mártir revolucionario que planteaba la urgencia de ampliar la edu-cación, es decir, la formación de hombres, para que comprendiese a to-dos por igual. En cuanto a la instrucción, entendiendo por eso la espe-cialización profesional, debía también “ofrecerse a todos” como posibi-lidad, aunque en definitiva alcanzara a los más capaces. Los niños desde los cinco a los doce años recibirían, por cuenta del estado, enseñanza, alimentación y cuidados comunes y gratuitos.

 

 

 

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Al amparo de aquellas precarias libertades, comenzaron a prosperar en gran escala algunos modernos métodos políticos de difusión, confrontación y propaganda ideológica. Dos, principalmente, tuvieron arraigo entonces: los periódicos y los clubes. Robespierre no fue un periodista profesional, 12 al estilo Marat.

 

Desmoulins, aunque publicó entre 1792 y 1793 hojas como “El defensor de la Constitución” y “Cartas de Robespierre a sus mandantes”. En cambio, fue un político práctico, un hombre de club. Allí residía el secreto de su raro prestigio. Los clubes proliferaron en Francia a partir de 1790. Se supone que reco-nocen como antecedente las sociedades secretas del siglo XVIII y esos círculos pseudoliterarios, dedicados a pasatiem-pos, concursos y discusiones, como los Rosatis, que gradual-mente se politizaron. Sin embargo, el club es un fenómeno distinto y nuevo; es un comité, específica y desembozada-mente político.

 

Inaugurados los Estados Generales, un grupo de diputados extremistas tomó por costumbre reunirse antes de las sesio-nes para unificar la acción parlamentaria. Fue el primitivo Club de los Bretones -génesis de los jacobinos- que Maximili-ano integró, y cuyas bases de participación se ampliaron por exigencias de la lucha dentro de una Asamblea de más de un millar de miembros, entre quienes los radicales casi no conta-ban. Así comenzaron a incorporarse simples ciudadanos, que

 

 

 

12   Objetó, inclusive, el inmenso poder de la prensa venal: “Los escritor-zuelos” -afirmó en su ataque a La Eayette, el 26 de octubre de 1792-

 

“tienen en sus manos el destino de los pueblos. Crean o destruyen hé-roes del mismo modo que aquel Warwick creaba o destruía reyes. Tal como los príncipes calculan sus fuerzas por la cantidad de soldados o de disponibilidades financieras, los jefes de facciones antagónicas, en-tre nosotros, calculan las suyas por su número de escritores y de recur-sos especiales para alimentarlos”.

 

 

 

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no eran diputados, y criando la Asamblea marchó a París, el Club pasó a reunirse en un viejo convento de jacobinos -mon-jes dominicos- en la calle Saint Honoré, muy cerca del recinto de Asamblea. De allí tomó su nombre habitual, porque oficial-mente se lo llamó Asociación de Amigos de la Constitución. Muy pronto comenzaron a crearse filiales en provincia.

 

Llegaron a pasar de mil en el auge de la Revolución, con unos doscientos mil afiliados. El Club de los Jacobinos se fue radi-calizando y resultó al fin el más importante, pero no el único; existieron otros como los Cordeleros, donde ganaron prestigio Danton y Marat, y los Fuldenses, surgido por escisión del ala derecha jacobina, en julio de 1791.

 

Los clubes constituían el laboratorio cívico de la Revolución. Su poder era inmenso, respetado y temido por los que formal-mente ejercían el mando. Manejaban las masas y podían or-ganizar, muy rápidamente, “jornadas” de agitación cuyos efectos eran incalculables. En los clubes se discutía y planifi-caba, generalmente en un ambiente de entusiasmo y desor-den. Eran el engranaje fundamental de la maquinaria política de la Revolución. También brindaban protección y apoyo con-creto al afiliado, y solían pagarle su devoción y asiduidad en dinero contante. Selectores de los cuadros de elite revolucio-naria, inspiran a los partidos políticos modernos; especial-mente a los partidos revolucionarios, que se les asemejan por las dificultades para ingresar, las frecuentes “purgas” y la exi-gencia de militancia consecuente.

 

Hacia mediados de 1791, los moderados controlaban la Cons-tituyente: a la derecha se sentaban los monárquicos, que dis-ponían de organismos intermedios, como el Salón Francés y el Club de Amigos de la Constitución Monárquica, y periódi-cos al estilo de Las actas de los apóstoles. Los fayetistas, ávi-dos de acompañar y asesorar a una monarquía temperada,

 

 

 

 

 

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buscaban la alianza del “triunvirato” de Lameth, Du Fort y Barnave, quienes aparecían como los jefes parlamentarios de la Revolución. Ni siquiera el tercer estado se apasionaba por los cambios: el conde de Mirabeau, tránsfuga de la nobleza, monárquico y contradictorio, se vendía al mejor postor.13 El populacho podía reconocerse en unos pocos diputados, tal vez sólo en Robespierre y Petion, a los que ovacionó cálidamente el día de la disolución de la Asamblea. Los grandes valores re-volucionarios se iban gestando desde el llano, los clubes y los periódicos.

 

Las reformas legales se plasmaron en la Declaración de Dere-chos del Hombre y el Ciudadano, del 26 de agosto de 1789, y en la Constitución de 1791 que, aparte de su retórico libera-lismo y de consagrar la autonomía de los poderes judicial y legislativo, según el modelo tripartito de Montesquieu, con-servaba al rey como cabeza ejecutiva.

 

Ciertamente los nobles habían renunciado privilegios y el clero secular sustituyó al regular, cuya supresión generó resis-tencias de muchos sacerdotes que no juraron la Constitución Civil ni comentaron los decretos de la Asamblea. Pío VI con-denó la Declaración; y el conflicto religioso, que Robespierre procuraría aplacar con todo el peso de su influencia, consti-tuyó uno de los grandes pretextos contrarrevolucionarios. Pero las medidas económicas y sociales beneficiaban primor-dialmente a la gran burguesía: el asignado, especie de papel moneda garantizado por bienes de la Iglesia, estimuló la infla-ción; y la venta de fundos nacionales se resolvió en favor de unos pocos especuladores de tierras. Todo ello completado

 

 

 

13 La correspondencia de Mirabeau con el conde de Lamarck prueba su extremada venalidad; y su defensa parlamentaria del rey y los emigra-dos revela la estrechez de su programa “revolucionario” (c/1 Rousse, Mirabeau, pp. 182, 210, 218 y cctes.).

 

 

 

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con una absoluta libertad de comercio y la prohibición de huelgas y asociaciones sindicales. Los desposeídos, como en-tendió

 

Robespierre, poco ganaban con semejantes mutaciones. “La sangre de trescientos mil franceses ha corrido ya” -dijo- “to-davía puede correr la sangre de otros tantos para que un sim-ple obrero no se pueda sentar en el Senado junto a un rico mercader de granos, para que el artesano no pueda votar junto al ilustre negociante o al presuntuoso abogado en asam-bleas populares, y para que el pobre inteligente y virtuoso no pueda conservar, ante un rico imbécil y corrupto, la actitud de un hombre. ¡Recurrís a los poderosos para no tener iguales!”.

 

La frustrada fuga real, en el verano de 1791, obró como reac-tivo. La indignación popular adquirió contornos amenazan-tes. Robespierre, que nunca fue generoso para evaluar los mó-viles de sus enemigos y se adelantaba siempre a imputarles lo peor, intuyó la complicidad de La Fayette y de la Asamblea, que adoptaba una actitud sumisa. Un revolucionario no puede permitirse ser ingenuo, y ese instinto cauteloso le valió de mu-cho. Discutió el tema con sus amigos Brissot, Petion, Roland, los futuros girondinos de quienes se disociaba lentamente. No tuvo mucho éxito. Brissot insinuó que La Fayette habría favo-recido la fuga para desenmascarar al rey e instaurar la repú-blica. “¿Y qué es una República?”, preguntó irónicamente Ro-bespierre.

 

No asignaba importancia salvadora al sistema republicano si el mecanismo gubernativo quedaba en manos de la burguesía y la aristocracia militar. “Las palabras monarquía y república carecen en sí mismas de sentido” -dijo en los jacobinos. 14

 

 

14   Sin embargo, supo hacer y justificar la república democrática. “Este ré-gimen monárquico” -dijo el 10 de abril de 1793- “interesa a Pitt, a los ambiciosos, agrada a los aristócratas burgueses que temen la igualdad,

 

 

 

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Su carta a los franceses, de 1791, insistía en que “no es en estas palabras, monarquía o república, donde reside la solución del problema social’’. Y en octubre de 1792, todavía: “Murmurar de La Fayette significaba destruir la disciplina militar, favo-recer a Coblenza, predicarla ‘anarquía’ y atentar contra el Estado... Suprimid la palabra República; no veo que haya cambiado nada”.

 

Los sectores moderados procuraban, consternados, justificar la defección del monarca, expandir rumores y estrechar filas. Impedido de hablar en la Asamblea, donde Bailly propaló la tesis del “rapto” del rey, Robespierre se dirigió a los jacobinos. En un discurso dramático reveló los peligros inminentes, de-nunció a la Corte y a la claudicante Asamblea, y copó al inde-ciso auditorio por la fuerza de su argumentación. “¡Todos mo-riremos contigo!” -rugió de pronto Camilo Desmoulins, desatando un delirio de aplausos, lágrimas y juramentos.

 

Cuando llegaron La Fayette y los suyos, tarde como siempre, el Club estaba definido por Robespierre, y al general sólo le quedó retirarse para intentar la disidencia fuldense.

 

Pero la Asamblea mantuvo al rey, y en los difíciles días suce-sivos especuló con los temores e intereses más bajos. “Respe-temos a Luis, no por su conveniencia, sino por la nuestra”, su-gería La correspondencia nacional del 25 de junio, en una transparente amenaza de intervención extranjera. Y a pesar de la carta del rey, donde explicaba sus intenciones de fuga, se insistió en la comedia del rapto, mientras maduraba la oca-sión de un escarmiento.

 

Robespierre        lo      sospechó     y,       aunque       había reclamado   la

 

 

y a quienes inclusive se ha hecho temer por sus propiedades; agrada también a los nobles, felices de hallar en la representación aristocrática y en una nueva corte las prebendas que se les escapaban. La República no interesa más que al pueblo.”

 

 

 

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destitución de Luis, el 16 de julio impugnó un petitorio popu-lar en el mismo sentido que, puesto para su firma en el Campo de Marte, congregaría mucho pueblo. Robespierre obraba tác-ticamente, para eludir la provocación y el juego paralelo del oportunismo orleanista. Retirado el petitorio por los jacobi-nos, los indignados cordeleros decidieron hacerlo suyo. Bajo presión de Lameth, presidente de la Asamblea, el alcalde Bai-lly declaró la ley marcial y La Fayette ametralló a mansalva a la muchedumbre, en un ensayo represivo que pudo desatar el terror blanco.

 

Robespierre, presente en el Club, no volvió esa noche a su casa. Aceptó la prudente hospitalidad de un correligionario, el carpintero Duplay, artesano acomodado, cuyo hogar fue, desde entonces, su residencia definitiva.

 

Pero la matanza del Campo de Marte dio nuevo pulso a la in-dignación popular. Desde los jacobinos, “purgados” por el ale-jamiento de unos doscientos fayetistas, se orquestaría inme-diatamente la contraofensiva. Las filiales de provincia mantu-vieron su fidelidad a los radicales. Sólo cuatro, entre cuatro-cientas, acompañaron a los fuldenses, que también perdieron la documentación y el local. Este golpe decidió el futuro inme-diato. Dueño del Club, Robespierre se aseguró tribuna para el año en que no sería legislador, porque él mismo había obte-nido que ningún diputado de la Constituyente fuera elegible a la Legislativa. Ese sacrificio personal suyo debilité) al mode-rantismo y a la aristocracia, cuyos mejores talentos perdieron sus bancas y, con ellas, influencia. Ante la Asamblea sentada y cubierta, el rey juró la Constitución descubierto y de pie, en la sesión final que fue también la apoteosis de Petion y Robes-pierre.

 

Un breve viaje por Artois lo expuso a la ruidosa adhesión po-pular, tanto como a cierta frialdad de las autoridades. En

 

 

 

 

 

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noviembre volvía a París, para comenzar una nueva instancia de su carrera hacia el poder. “No creo” -afirmó entonces- “que la Revolución haya terminado”.

 

Por supuesto; apenas comenzaba. El problema inmediato era la guerra, alentada por la Corte y sus aliados brisotinos para salvarse, y que, sin embargo, desviada de sus objetivos origi-narios por la destreza política de Robespierre, habría de pre-cipitar la Revolución y llevarla hasta aperturas extremas.

 

La auténtica corriente de izquierda militaba en los clubes bajo el aliento de Robespierre, Marat y Danton, sumergida en la Asamblea Legislativa que dominaban los fuldenses y fayetis-tas, y donde un grupo moderado que respondía a Brissot pre-tendía encarnarla. Se lo conoció como girondinos, porque los más notorios provenían del departamento de la Gironda. Juventud brillante y algo frívola, contaba con graneles valores individuales como Guadet y Vergniaud, y por la noche asistía al salón de los Roland, un hombre maduro y su esposa, con ambiciones intelectuales y políticas. Aún eran amigos de Ro-bespierre, pero el devenir histórico habría de separarlos irre-ductiblemente. En verdad, los girondinos resultaban epígonos de la Enciclopedia, “secta materialista, que prevaleció entre grandes y bellos espíritus” -como le imputó Robespierre-, “a la cual debemos en buena medida esta especie de filosofía práctica que erige el egoísmo en método, el éxito en medida de justicia”. Los girondinos eran la inteligencia del sistema constitucional, típicos intelectuales prestos a impugnar su-perficialmente un orden de cosas con el cual están comprome-tidos y al cual, en consecuencia, nunca renuncian totalmente.

 

La salida bélica era una sabia “construcción” de la Corte. Gru-pos de nobles emigrados, radicados en Coblenza sobre la fron-tera francesa, hostilizaban a los patriotas; ciertamente, más con estrepitosas amenazas que con hechos, y sin esperanza

 

 

 

 

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inmediata de obtener apoyo oficial de estados extranjeros. Luis XVI mantenía correspondencia secreta con varios sobe-ranos a los que solicitó auxilios, pero como aquéllos, ocupados por cuestiones domésticas, demoraban en definirse, resolvió tomar la iniciativa. La mentalidad patriotera de los franceses ofrecía vena propicia para esta aventura, y fue explotada al máximo. Cualquiera fuese el resultado, la Corte ganaba: una victoria obtenida bajo el signo de Luis XVI afianzaría su débil posición interna. Y la derrota misma, previsible por la desor-ganización del ejército, nunca sería una derrota para el rey, porque el invasor correría en su auxilio. Las propias manifes-taciones confidenciales, y aun públicas, de sus presuntos ad-versarios, investían a esa guerra del carácter de una cruzada legitimista.

 

 

El partido girondino, vocero de los armadores y comerciantes de Burdeos y Marsella, auguraba que el conflicto movilizaría sus negocios y abriría nuevas zonas de explotación; algunos soñaban con la expansión económica, con el equilibrio del asignado sobre la base del pillaje y la conquista. Así, acaso los brisotinos pudieran desempeñarse decorosamente como mi-nistros y consejeros del razonable monarca. Otros, satisfechos con los alcances locales de su revolución, confiaban en des-truir las reservas absolutistas de Europa. Anacharsis Cloots, utopista prusiano incorporado a los jacobinos, fantaseaba so-bre el advenimiento de la revolución mundial. El pueblo fran-cés, henchido de patriotismo y siempre dispuesto a saborear la gloire, dirigió la propaganda descontando que aquello sería un paseo triunfal, donde la soldadesca confraternizaría ante el asombro impotente de los tiranos.15 Solamente Marat y

 

 

15   Una revolución en marcha debe adecuar la táctica de afianzamiento o expansión a sus posibilidades concretas, sin equivocar la oportunidad. La universalización de sus conquistas resulta una estrategia difícil, acaso el mayor dilema revolucionario. I.as divergencias entre Saavedra

 

 

 

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Billaud-Varenne expresaron reservas sobre tamaña improvi-sación. Hasta que Robespierre, silencioso durante varios días, maduró sus planes y atacó resueltamente. Su primer discurso causó estupor entre los jacobinos, ebrios de frenesí bélico. En-frentado a Brissot en la tribuna del Club, a lo largo de varias densas jornadas de polémica, refutó los dialécticos escarceos del girondino. Señaló que los mandos carecían de eficiencia y entusiasmo para conducir una guerra de liberación, que la Re-volución no estaba afianzada interiormente, y que la vocación guerrera de una Corte dispuesta a la fuga y la represión era sospechosa hasta la evidencia. “Tenemos necesidad de gran-des traiciones” declamó Brissot, cuyo plan no podía, en ver-dad, ofrecer nada mejor.

 

Robespierre no consiguió aliados poderosos en esta campaña. Danton y Prudhomme, que lo sostuvieron al comienzo, pronto se neutralizaron. Tampoco tuvo éxito porque el 20 de abril, a propuesta del rey y de su ministerio girondino, la Asamblea declaró la guerra a Bohemia y Hungría, lo cual significaba de-clararla a toda Europa. Pero el prestigio del tribuno se multi-plicó, a medida que los primeros desastres lo justificaron e im-pulsaron desesperadamente la Revolución hacia la izquierda. Acaso Brissot acertaba en su paradoja, y las traiciones irrita-sen un patriotismo pronto a obrar de contragolpe. Lo que no advirtió es que ese contragolpe acabaría con su partido. La Re-volución se radicalizó en los peligros extremos y conjuró, gra-cias a esta alianza de burguesía y “proletariado” excitada por los jacobinos, todo riesgo interior o exterior de una restaura-ción incondicional.

 

A un mes de iniciadas las operaciones, los jefes militares

 

 

 

y Moreno, Stalin y Trotsky, Castro y Guevara, tuvieron en gran medida origen en sus opiniones distintas acerca del momento de intentar la ex-pansión.

 

 

 

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aconsejaban negociar la paz, y La Fayette amagaba retornar sobre París con sus tropas para disolver a los jacobinos.

 

“¿Hemos perdido ya nuestra libertad?” -se exaltó Robespie-rre- “o vos habéis perdido la razón? La Constitución declara que las fuerzas armadas son esencialmente obedientes, ¿y osáis dar lecciones a la representación nacional?”.

 

Fue entonces que el espíritu popular mostró su entraña he-roica. La Asamblea, presionada por los clubes y secciones, adoptó algunas elementales medidas defensivas: disolver la guardia real, reunir veinte mil hombres que defendieran París del enemigo y la traición de los militares profesionales, depor-tar a los sacerdotes refractarios, proclamar “la patria en peli-gro”. Pero el rey opuso su veto y despidió al gabinete giron-dino.

 

“¿Existe aún la Asamblea?” -bramaba Robespierre- “la ultra-jan y no se venga”. Y en seguida, a los jacobinos: “Los reme-dios ordinarios no bastan. ¡Franceses, salvaos a vosotros mis-mos!”, lo que era invitar a la rebelión... y anticipar un precepto marxista; la liberación de los trabajadores sólo será obra de los mismos trabajadores.

 

El 10 de agosto entraron en acción las reservas populares, mo-vilizadas por un secreto directorio que dirigía Robespierre.

 

En respuesta al manifiesto del jefe prusiano, Brunswick, que amenazaba con la muerte a quien defendiera

 

París o tomara represalias sobre la familia real, el pueblo des-trozó, junto con las rejas de las Tullerías, toda perspectiva de monarquía constitucional. Mientras, un joven teniente jaco-bino, Napoleón Bonaparte, contemplaba y aprobaba los acon-tecimientos, porque “otra vez somos libres”.

 

A través de la Comuna insurrecta, el programa robespierrista se cumpliría inexorable: supresión de la monarquía,

 

 

 

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liquidación de la Corte y los fuldenses, sustitución de la Legis-lativa por una Convención elegida por sufragio universal.

 

La caída y prisión del rey, finalidad mínima del plan, quedó cumplida el 10 de agosto. Pero Robespierre tenía la rara virtud de no envanecerse de sus éxitos, ni extraviarse en escaramu-zas que confundiesen sus objetivos últimos. Siguió atento las confusas contramarchas de la Asamblea, que designó un eje-cutivo provisorio, un Consejo girondino, inmediatamente dis-puesto a “trasladarse”, es decir, a escapar de París. Aunque estos nuevos ministros respondían a Roland, la cartera de Justicia la ocupaba Danton, hombre nuevo, pleno de capaci-dad revolucionaria. “Antes que los prusianos entren en París” -manifestó apasionadamente- “prefiero que mi familia pe-rezca conmigo y que París sea un montón de ceniza. ¡Roland, guárdate de hablar de fuga! Teme que el pueblo te escuche.”

 

Danton fue el protagonista de esos duros días de setiembre.16 Con los enemigos a una jornada de la capital, y una dirección girondina que no vacilaría en coronar a Brunswick o York como reyes de Francia, Danton organizó) febrilmente la resis-tencia y la victoria. No desdeñó medidas muy enérgicas: re-quisa de armas, vigilancia especial en los ejércitos, levas, de-tenciones. Tres mil sospechosos fueron juzgados sumaria-mente, y algo más de un millar, ejecutados. La victoria de Valmy, donde un ejército harapiento contuvo a los guerreros más arrogantes de Fu ropa, fue el coherente resultado de esta

 

 

 

16   Por la energía desplegada entonces, Danton eclipsó inclusive a Robes-pierre. Algunos han elaborado, en consecuencia, la tesis de la “cobar-día” de éste. Pero el coraje de un dirigente revolucionario rara vez se manifiesta físicamente, sino en la responsabilidad moral que asume. La valentía ética de Robespierre fue inmensa. Más: no sólo era civilmente valeroso, sino agresivo; su coraje fue esencialmente activo, ofensivo.

 

De haber sido más “cobarde” probablemente hubiera logrado evitar el suplicio.

 

 

 

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temperatura revolucionaria, de este “pequeño” y primer te-rror indispensable para sostener la Revolución jaqueada desde frentes diversos. “Hoy he visto nacer un mundo nuevo” -dijo Goethe, que asistió) a la batalla.

 

Pero el general Dumouriez no explotó a fondo aquella victoria. Probablemente temía a su propio ejército, y la solidaridad de clase era en él más robusta -como luego se demostró- que la vocación patriótica.

 

Las elecciones para la Convención significaron en París un ro-tundo triunfo de la izquierda. Robespierre el primero, Dan-ton, Marat, Billaud-Varenne fueron elegidos fácilmente. El teatro revolucionario siempre está en la ciudad. Las provin-cias alejadas, sometidas a prejuicios y criterios aldeanos, per-mitieron que Brissot, Petion y sus amigos, repudiados por el suburbio, ingresaran a la Convención y capitanearan inicial-mente una inestable mayoría con respaldo del Llano o Pan-tano, es decir, del centro versátil y acomodaticio.

 

Apenas reunida la Convención, en ariscas escaramuzas, Ose-llín, Barbaroux y Vergniaud acusaron a Robespierre de aspi-rar a la dictadura en las jornadas de agosto. El asalto fue re-matado por Louvet y Roland. Sin conciliación posible, Robes-pierre imputó a la Gi- ronda entendimientos con la aristocra-cia, en el afán que la guiaba de nivelar y compensar los extre-mos revolucionarios. Hasta el léxico girondino era ya la jerga típica de las derechas, que invoca el orden y la legalidad como jerarquías permanentes. Pero ningún orden podían postular estos semi-revolucionarios, si todo lo hecho el 10 de agosto - aceptó Robespierre- “era ilegal, tan ilegal como la Revolución, como la caída del trono y de la Bastilla, tan ilegal como la misma libertad. Ciudadanos, ¿queréis acaso una revolución sin revolución?”.

 

En cuanto a la represión y al pequeño terror, no imputables a

 

 

 

 

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Robespierre, porque el terror revolucionario siempre es algo difuso y colectivo, aquél asumió sin embargo la responsabili-dad de justificarlos: “Conservemos algunas lágrimas para los cien mil patriotas inmolados por la tiranía; la sensibilidad que gime exclusivamente por los enemigos de la libertad me re-sulta sospechosa”.17

 

 

 

17   Robespierre poseía sentido y mesura para conocer los límites, mínimos y máximos, hasta donde convenía que llegara el 'terror. Por eso trató de controlarlo, sin rehusar su empleo y justificación. En el discurso del 5 de febrero de 1794, concibió perfectamente que se equiparase adrede la violencia revolucionaria con el asesinato sólo porque aquélla no es vio-lencia institucionalizada. “Si la tiranía volviese a reinar un día, al otro no quedaría ningún patriota. ¿Hasta cuándo se seguirá llamando justicia a la violencia de los tiranos, y a la del pueblo barbarie o rebelión? ¡Cuánta piedad para los opresores, cuánta dureza para los oprimidos! Sólo puede amar la virtud quien odie el crimen; nada más lógico. La opción, sin embargo, es irreductible. ¡Indulgencia para los realistas!, gritan unos, ¡Piedad para los infames! No. Piedad para la inocencia, piedad para los débiles, piedad para los desdichados, piedad para la hu-manidad. ”No se debe protección social más que a los ciudadanos pací-ficos, y los únicos ciudadanos de la República son los republicanos. Los realistas y los conspiradores sólo son extraños o, mejor dicho, enemi-gos. La tremenda guerra que sostiene la libertad contra la tiranía es in-divisible. Los enemigos de adentro son aliados de los enemigos de afuera, tan culpables y peligrosos como los tiranos a quien sirven. To-dos cuantos interponen su dulzura fratricida entre aquellos infames y la espada de la justicia, veamos, ¡de quiénes habrán de apiadarse! ¿Acaso de los doscientos mil héroes, la flor y nata de la nación, segada por los enemigos de la libertad? No, sólo eran plebeyos, sólo eran patriotas. Para merecer su tierna solicitud hay que ser, por lo menos, la viuda de un general que ha traicionado veinte veces a la patria.”

 

Las víctimas del Terror no pasaron de 10.000, incluyendo las 1.200 del pequeño terror, y las 1.677 que se imputan a las célebres carnicerías de Lyon. Por otra parte, la Revolución suprimió los prolijos tormentos de antaño y simplificó el suplicio con la guillotina, que “iguala” la muerte y se supone indolora. Saint-Just señaló, sin que nadie lo refutase, que bajo el antiguo régimen francés hubo hasta 400.000 presos, la mayor

 

 

 

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Esta defensa propia fue un gran triunfo. El Llano se sumó a la ovación de la Montaña. Los acusadores fueron silenciados. Su ruta hacia el exilio o el patíbulo quedaba abierta.

 

La actitud de los girondinos durante el proceso al rey, que se-ría juzgado por la Convención, confirmó esa política previa. Arguyeron todas las dilaciones posibles para salvarle por lo menos la vida, atendiendo a su inviolabilidad o proponiendo la pena de exilio, que resultaba una ironía porque oficializaba la fuga. En tumultuosos alardes, sucesivamente pretendieron que la condena a muerte requiriese los dos tercios de votos, como en juicios ordinarios, o fuera apelable ante el pueblo.

 

Robespierre y su discípulo Saint-Just, el convencional más jo-ven, sostuvieron la responsabilidad directa del regicidio. No se trataba, según aclaró aquel último, de juzgar según normas, sino según principios. Tampoco procesaban a una persona, sino al sistema, ya que es “imposible reinar inocentemente”.

 

Las grandes voces de Vergniaud, Petion, Condorcet, Brissot invocaban la generosidad del vencedor, repudiaban los senti-mientos de venganza, distinguían entre hombre y rey... y amenazaban con la destrucción de París, sus riquezas y fuen-tes de trabajo. Pero Robespierre fue implacable. Eludió fáciles sentimentalismos y politizó el proceso, señalando al rey como traidor al interés nacional, cómplice del ataque exterior y la

 

 

parte sin proceso; y unos 18.000 ahorcados o enrodados por año. Las víctimas europeas de las guerras y persecuciones, en los siglos feudales, se calculan en 100.000.000. La represión del movimiento irlandés que contaba con apoyo de Francia, en 1797, sumó 30.000 víctimas. Más tarde, la batalla de Moscowa causó más muertes que todo el Terror; y Thiers, tan severo para juzgar las “masacres” revolucionarias, ejecutó a unos 17.000 comuneros en 1871. Las bajas de las guerras modernas se cuentan por millones. Sin embargo, el patrimonio exclusivo de la cruel-dad parece reservado históricamente sólo a los jacobinos (cf. Korngold, p. 191 y cctes.).

 

 

 

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guerra civil.

 

Contemporáneamente, el hallazgo del armario de hierro donde Luis escondía documentos privados descubrió su juego secreto y arrojó sospechas de connivencia con Roland. Presio-nada por las cuarenta y ocho secciones, la Convención votó la pena de muerte, que significaba también la del feudalismo. Los propios girondinos que habían defendido al rey revelaron su desorientación y oportunismo al votar, en fin, por la muerte. Vergniaud, Brissot, Petion, Buzot y otros creyeron mitigar su confusión espiritual pidiendo vanamente un apla-zamiento del suplicio. Empero, tras esas contradicciones y desconciertos, propios de intelectuales pequeño-burgueses, los girondinos actuaban con lógica de clase.

 

El problema económico no podía soslayarse. Inglaterra, Es-paña y Holanda entraron en la contienda. La inflación dete-rioraba el status de los asalariados. Escasez y malas cosechas entorpecían los abastecimientos y operaciones bélicas. El ga-binete girondino nada dejaba hacer. Resistía caprichosa-mente cualquier solución activa: ni comité de salvación pú-blica, ni tribunales revolucionarios, ni reclutamiento o em-préstito forzosos, ni venta de las propiedades de los emigra-dos. Sin embargo, era muy capaz de reprimir a los hambrien-tos, y sus amenazas de muerte contra la Montaña dejan pre-sumir que no desdeñaría la violencia cuando pudiera ejer-cerla.

 

Los desastres militares proseguían. Dumouriez demoró la in-vasión a Holanda, mientras su lugarteniente Miranda, el hé-roe criollo a quien Robespierre persiguió, sufrió varios reveses en Bélgica. Los comisarios destacados por la Convención ante Dumouriez eran sus amigos, y tal vez actuaron como agentes provocadores. El general, fiel al modelo fayetista, envió a la Convención una carta insolente, que los girondinos y el propio

 

 

 

 

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Danton -ya aplacado su extremismo de septiembre- procura-ron ocultar y excusar.

 

Robespierre solicitó la destitución de Dumouriez y, aunque de inmediato no lo consiguió, logró por fin arrastrar a Danton hacia una definición más enérgica, lo que comprometía la neutralidad del Pantano.

 

La traición de Dumouriez, que el 13 de abril se pasó al enemigo, a ejemplo de La Fayette, fue otro descalabro de los girondinos que lo habían protegido.

 

Vista su incapacidad para conducir la guerra, su quehacer se agotó en el frente interno. Lograron enjuiciar a Marat, pero salió absuelto y robustecido. Entonces estos brillantes jóvenes perdieron toda cautela. Fomentaron las insurrecciones de provincias, explotando prejuicios monárquicos y religiosos, a riesgo de comprometer la unidad nacional indispensable para el triunfo exterior. Esta experiencia demuestra que el federa-lismo no es un valor en sí y que muchas veces puede retardar los progresos de una revolución en marcha.

 

Con clarísima solidaridad clasista, Petion apeló a los ricos: “¡Vuestra propiedad está en peligro! Los desposeídos han sido incitados contra los poseedores, ¿nada haréis para evitarlo?”. Pero Robespierre propuso expulsar a los aristócratas de las secciones, o por lo menos expoliarlos para que pagasen la po-litización de los descamisados.

 

La Convención intentó un último esfuerzo: engendró todavía un Comité de los Doce, íntegramente girondino, que ordenó a las asambleas seccionales clausurarse a las diez, para impedir la normal concurrencia de trabajadores; y detuvo a Hébert y sus “comunardos” en trance de conspirar. Cuando la Comuna protestó, el girondino Isnard, presidente de la Convención, amenazó con el aniquilamiento. “¡Vendrán a observar las márgenes del Sena, para saber si París existió alguna vez!”

 

 

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Estos presuntuosos desahogos sellaron su destino.

 

El 26 de mayo, Robespierre invitó abiertamente a “la insu-rrección contra los diputados corruptos”. La Convención di-solvió a los Doce, pero luego los repuso. Y cuando Robespierre apabulló a Vergniaud en la sesión del 31, la Convención toda-vía dudaba. Nuevas calamidades se sumaron entonces, fruto directo de la inercia y el desgobierno; simultáneamente, los insurgentes vendeanos tomaban Eontenay, los realistas su-blevaban Lyon -la segunda ciudad del país-, los ingleses nave-gaban sobre Dunquerque; mientras Saboya se alzaba, un ejér-cito patriota retrocedía en Valenciennes, otro quedaba copado en Maguncia... A lo largo de varias jornadas decisivas, con ayuda de los cañones de Henriot, comandante de la guardia nacional, las secciones impusieron la política jacobina y los diputados girondinos quedaron arrestados.

 

De momento no se tomó contra ellos otra medida, como si los radicales hubiesen vacilado antes de eliminar definitivamente a sus antiguos camaradas. Muchos lograron escapar, para alentar la guerra civil; equiparon un ejército en Caen y arma-ron el brazo de Carlota Corday contra Marat.18 Derrotados en

 

 

18   La reverencia por esta fanática, que asesinó alevosa y premeditadamente al amigo del pueblo, es representativa de cieno enfoque tendencioso que guarda su sensiblería para los culpables. Klopstock la inmortalizó en este poema:

 

“Es la tumba de Carlota. Tomaremos flores para deshojarlas sobre sus cenizas, pues murió por la patria.

 

¡No, no toméis nada! Busquemos un sauce para plantarlo sobre el cés-ped, pues murió por la patria.

 

¡No, no plantéis nada! Pero llorad, y que vuestro llanto sea de sangre, porque ha muerto en vano por la libertad”.

 

La Revolución Francesa ha inspirado una copiosa literatura, superficial, reaccionaria y de dudoso gusto, al estilo de Pimpinela escarlata. Sin embargo, durante el presente siglo el arte se ha politizado hacia la iz-quierda, hasta el punto de no existir ninguna manifestación válida que

 

 

 

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todas

 

partes fueron exterminados, se suicidaron o murieron du-rante la fuga -como Petion y Buzot, devorados por los lobos-. Los que permanecían presos en París subieron al patíbulo unos días después que la reina. A partir de la caída de los gi-rondinos comienza la hegemonía de Robespierre: el 27 de ju-lio de 1793 ingresó al Comité de Salvación Pública, el “Gran” Comité, que ejercía funciones ejecutivas.

 

Simultáneamente fue sancionado su proyecto de Constitu-ción. Aunque derogada inmediatamente de abatido su autor, documenta un fervor democrático que se anticipaba a su tiempo. El preámbulo no reproduce simplemente la Declara-ción de Derechos de 1789, sino que avanza vertiginosamente sobre los límites del liberalismo burgués; desconoce la “do-mesticidad” de los servicios, a los que inviste de carácter con-tractual, y establece deberes sociales, como proporcionar so-corro, subsistencia y trabajo a ciudadanos que lo necesiten. Proclama además el derecho a la insurrección.

 

La  soberanía  radica  en  el  pueblo,  no  en  la  nación.  La

 

 

 

pueda considerarse derechista, por lo menos en sentido activo y mili-tante.

 

Los episodios revolucionarios fueron recogidos también en poemas, no-velas y dramas de autores serios. Así, Emmanuel des Essarts, Los lobos; Víctor Hugo, El 93; Anatole France, Los dioses tienen sed; Marc Alda-nov, .9 Thermidor, Alejo Carpentier, El siglo de las luces; Georges Büchner, La muerte de Daritan; Romain Rolland, El 14 de julio, El triunfo de la razón, etcétera.

 

EL cine sólo ha enfocado estos temas pasajeramente, sin alumbrar nin-guna obra perdurable. Algo parecido puede decirse de la lírica verista, que si bien prefirió asuntos históricos en los argumentos de sus óperas, apenas rescata un Andrea Chénier de Giordano, espectacular y exterior. Autores más modernos -Gargiulo, von Kinem- han insistido en óperas de temática revolucionaria.

 

 

 

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diferencia es trascendental, porque en el lenguaje de Robes-pierre pueblo significa, aproximadamente, proletariado, y el enunciado adquiere así contenido de clase. “El pueblo debe aliarse a la Convención, y la Convención debe servirse del pue-blo”, dijo el tribuno. Esperaba mucho de esa interacción recí-proca, de ese régimen tan cercano como fuera posible a la de-mocracia pura.19 En la Constitución de 1793, el sufragio es di-recto y universal; los mandatos, brevísimos, y los mandatarios carecen de fueros e inviolabilidades. Las leyes están sometidas a una suerte de veto popular, según procedimientos bastante ágiles y posibles. La iniciativa de reforma constitucional tam-bién parte del pueblo, aunque una asamblea especial decide en definitiva.

 

Pero además de sus proyectos para institucionalizar la Revo-lución, Robespierre atendía otras preocupaciones inmediatas. La ejecución de María Antonieta y los girondinos fue exigida por la extrema izquierda, y su inspirador, Hébert, sostenía un programa cuyo amplio espectro abarcaba desde el anar-quismo político hasta el intervencionismo económico. Hábil demagogo, había previsto la disolución de la Convención y el recrudecimiento de requisiciones y castigos. La “escalada” he-bertista del 5 de setiembre obtuvo que se decretara “el terror a la orden del día”. Una “ley de sospechosos” apresuró la re-presión, mientras la fijación del máximum general de precios y pena de muerte contra los acaparadores evitaron, por lo me-nos, el hambre y contuvieron momentáneamente la inflación.

 

 

 

19   “La democracia” -definió Robespierre el 5 de febrero de 1784- “es un estado en el cual el pueblo soberano, guiado por leyes que son su obra, realiza por sí mismo cuanto puede, y por medio de delegados cuanto no puede realizar él mismo... En los estados aristocráticos la palabra patria sólo significa algo para los patricios que usurpan la soberanía. Sólo bajo un régimen democrático la nación es realmente la patria de todos los individuos que la componen”.

 

 

 

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Sin embargo, los planteamientos de Hébert no lo condujeron al poder ni desmontaron el aparato jacobino, proclive también a las medidas extraordinarias. En cambio, provocaron un si-métrico desafío de los moderados, amparados bajo el enorme nombre de Danton. Briez, que acababa de entregar Valencien-nes al enemigo, arriesgó una crítica al Gran Comité que, según su entender, era arbitrario e incompetente en materia logís-tica y tenía planes militares descabellados. Luego de un bo-rroso intento defensivo de Barére, Billaud y otros, Briez fue incorporado ipso facto al Comité que había fustigado. La suerte del mismo parecía sellada, cuando Robespierre echó su prestigio a la balanza. Muchas veces esperaba hasta último momento, quizá para estudiar las actitudes de sus adversarios o presuntos amigos, quizá para demostrar su inmenso poder modificando radicalmente una situación que parecía definida.

 

“Este día equivale” -aseguró- “a tres victorias de Pitt. Si noso-tros somos torpes y traidores, ¿por qué nos habéis elegido? ¿Nos acusáis de inercia? Dirigir once ejércitos. Enfrentar a Europa entera. Desenmascarar a los traidores. Desbaratar las maniobras de emisarios pagos con el oro enemigo. Mantener la vigilancia sobre los funcionarios desleales. Combatir a los tiranos, acobardar a los conquistadores, vencer infinitos obs-táculos. ¡Ésa es nuestra tarea!”. En un efecto teatral, ofreció la renuncia del Comité.

 

Los convencionales, aterrados, negaron. Necesitaban a aquel hombre, el único con energía y equilibrio para sacarlos del atolladero. Briez se batió en retirada. Renunció. Quiso excu-sarse. Robespierre pasó a la ofensiva y lo remató humillante-mente: “Os digo que quien se hallaba en Valenciennes cuando el enemigo llegó ante las puertas nada tiene que hacer en el Comité de Salvación Pública. Nunca podrá responder adecua-damente a esta pregunta: ¿habéis muerto?”.

 

 

 

 

 

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Danton obtuvo licencia y se retiró a su finca de Arcis-sur-Aube. Seguramente quiso alejarse por un tiempo del escena-rio de esta derrota.

 

Robespierre, aunque enfermo, quedó en París. No descansó. Ni siquiera fue, como Saint-Just, en comisión al ejército. Si-guió y condujo los acontecimientos, fiel a París, a la potencia revolucionaría urbana que movía el mundo.

 

Nunca antes, y pocas veces después, se ensayó con semejante magnitud y eficiencia dosificar las energías creadoras de una revolución jaqueada tanto por un cerco extranjero como por resistencias internas, que convergían desde sectores muy di-versos.

 

La dictadura de Robespierre sólo fue, por otra parte, una dic-tadura de opinión y de prestigio, porque nunca ejerció funcio-nes absolutas. Integró y eventualmente presidió la Conven-ción, de cuyo seno se había desprendido el Gran Comité, or-ganismo ejecutivo que él componía con otros once convencio-nales. Existía además un Pequeño Comité de Seguridad Gene-ral, cuyo influjo era menor. Ciertamente, el Gran Comité dis-ponía de agentes en todos los departamentos y de facultades muy vastas, pero Robespierre necesitaba ganar su puesto con-ductivo en cada debate. Y los hubo muy difíciles, porque den-tro del Comité sólo Saint-Just20 y Couthon le eran adictos. Sin duda se trataba de una dictadura de clase, un original

 

 

20   Son muchos los historiadores que consideran a Saint-Just un revolucio-nario todavía más riguroso e implacable que Robespierre. Un aspecto poco conocido de su múltiple personalidad es la aptitud jurídica. Ade-más de su proyecto de Constitución, redactó un ensayo de ‘'ley funda-mental” que regula minuciosamente aspectos de derecho privado: pro-cura, por ejemplo, institucionalizar la amistad dándole efectos legales, y establece un régimen matrimonial muy semejante al que actualmente rige en Cuba y la Unión Soviética (cf Horacio Sanguinetti: “Saint-Just, privatista”, en La Ley, t. 142, p. 848).

 

 

 

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experimento de dictadura proletaria. Robespierre confiaba en una dictadura salvadora, porque entendía que los intereses de clases distintas no coinciden sino accidentalmente, y tarde o temprano entran en conflicto.

 

“¿Qué obstáculo se opone a la capacitación popular?” -anota en su cuaderno personal-. “La pobreza. ¿Cuándo conocerá el pueblo la verdad? Cuando tenga pan, y el rico y el gobierno hayan dejado de alquilar plumas y lenguas para alienarlo; y los intereses del rico y los del gobierno coincidan con los del pueblo. ¿Y cuándo será eso? NUNCA”.

 

Aunque Saint-Just detectó, en los últimos meses, signos de “congelamiento”, la conducción del proceso no se endureció. Bullía, estaba viva, acaso demasiado fluida, en constante fric-ción con los clubes, la prensa y el ejército. Robespierre vigi-laba, sobre todo, a los militares afortunados. Les exigía total sometimiento y, además, el éxito. No toleraría un nuevo La Fayette ni un nuevo Dumouriez. Houchard, Custine, Beauhar-nais pagaron con la vida un asomo de altivez o simplemente la derrota y aun la inactividad. Asumía los riesgos que para la república representaba esa nueva casta dueña de la fuerza. “Abandonad por un momento las riendas de la Revolución” - dijo en su clarividente discurso final-21 “y veréis como el des-potismo militar se apodera de ellas, veréis como un jefe fac-cioso derriba a una corrupta representación nacional. Una centuria de guerra civil y calamidades desolará a nuestra pa-tria, y pereceremos por no haber querido aprovechar este mo-mento de la historia propicio para fundar la libertad.

 

 

 

21   Napoleón, que habría de cumplir exactamente los vaticinios de Robes-pierre, lo admiraba y justificaba. Sólo censuró su aversión por los mili-tares profesionales, a lo que atribuía la caída, entendiendo que otro hu-biese sido el resultado de la lucha final si Maximiliano hubiera confiado su defensa a uno de aquéllos y no a Henriot, improvisado y mediocre.

 

 

 

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Entregaremos la patria a un siglo de calamidades y las maldi-ciones del pueblo oscurecerán nuestra memoria, que debiera ser sagrada para el género humano”.

 

Una revolución necesita imperiosamente conducción centra-lizada. Los procónsules y los comités locales, poseídos por una verdadera furia homicida, resultaban muchas veces incontro-lables. Robespierre había repudiado en su primera juventud la pena de muerte, y por inclinación natural era benevolente. Empleó la violencia revolucionaria cuando le resultó indis-pensable, pero trató de contener sus excesos. El 3 de octubre de 1793 salvó a los girondinos menos comprometidos. Sos-tuvo que la muerte de Madame Royal no interesaba a Francia. Defendió hasta el límite de su elasticidad a Danton y Des-moulins; mitigó el terror en Lyon por intermedio de Couthon; y censuró tan agresivamente a los responsables de las matan-zas en provincias, que Barras, Eouché, Collot d’Herbois temie-ron el castigo de sus crímenes y se sumaron a sus enemigos.

 

El ateísmo militante respondía a esta misma facción terro-rista, e inició por entonces una campaña de descristianiza-ción. Obtuvo la pusilánime abdicación del obispo de París y, bajo el estro delirante de Cloots, el 10 de noviembre de 1793 celebró la Fiesta de la Diosa Razón, encarnada en la oportuni-dad por la mujer del hebertista Momoro, que concluyó en un escándalo con participación de varios sacerdotes católicos.

 

Para Robespierre, la cuestión religiosa era filosófica y táctica. En principio, manejó los argumentos tácticos, explicando, por ejemplo, que mal podría Francia despertar adhesión en los belgas “hiriendo sus prejuicios religiosos”. Pero además des-cendió al fondo del problema para defender la libertad de con-ciencia: “¿Con qué derecho hombres desconocidos hasta ahora en la marcha de la Revolución, [...] vienen a turbar la libertad en nombre de la libertad, y a atacar el fanatismo por

 

 

 

 

 

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medio de un fanatismo nuevo? [...] Se ha supuesto que la Con-vención proscribe el culto católico al aceptar ofrendas cívicas. No; la Convención no ha efectuado esa temeraria contramar-cha, ni la hará jamás. Su intención es mantener la libertad de cultos que ha proclamado, reprimiendo al mismo tiempo a to-dos los que abusen de ella para alterar el orden público. No permitirá que se persiga a los ministros del culto católico, aunque los castigará con severidad cuantas veces osen apro-vechar sus funciones para engañar a los ciudadanos o armar los prejuicios o el realismo contra la República.

 

Se ha denunciado a curas por decir misa; más las dirán si se les impide hacerlo. Quien quiera prohibir la misa es más fa-nático que quien la dice”.

 

Cloots, que presidía, fue expulsado. Hébert se replegó con di-ligencia: finalmente, también Cristo era un descamisado.

 

Pero la extrema izquierda continuó hostigando al gobierno. Robespierre muchas veces oficiaba de árbitro en las querellas de citras y ultras, y cuando se intentó expulsar de los jacobi-nos a Camilo Desmoulins, redactor del Viejo Cordelero, cobi-jado ahora bajo el ala de Danton, aquél no lo permitió. Acaso los rabiosos temieron que ésta y otras actitudes condescen-dientes redujeran a Robespierre a la impotencia para conte-ner cualquier amenaza contrarrevolucionaria. También es po-sible que su radicalismo equilibrado, sin detonancias, le atra-jera progresivamente la opinión popular y dejara a Hébert huérfano de clientela.

 

“Si fuese preciso escoger” -expresó, en efecto- “entre un ex-ceso de fervor patriótico y la nada del moderantismo, no cabe dudar”. “El falso revolucionario” -agregó el 5 de febrero- “se encuentra más fácilmente entre los citra que entre los ultra”. Y todavía, más tarde: “Nos interesa menos defendernos de los excesos de energía que de los de debilidad. Los escollos más

 

 

 

 

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difíciles de evitar no consisten en el fervor del celo, sino en la blandura y el temor a nuestro mismo coraje”.

 

Hébert, comprometido en terreno propio, debía optar entre someterse o golpear. En ocasión de una enfermedad de Ro-bespierre, ausente cada vez con más frecuencia, ensayó des-bordarlo. Pero Robespierre regresó a tiempo y envió a Saint-Just a la Convención para acusar a Hébert, Momoro, Ronsin, Cloots y otros rabiosos, quienes, amenazando la estabilidad del ejecutivo, eran cómplices objetivos de la reacción. No obs-tante su indujo sobre los seccionarlos, todos fueron guilloti-nados ante la frialdad popular.

 

Sin embargo, ese triunfo deterioró imperceptiblemente el po-derío jacobino. De inmediato, el equilibrio revolucionario exi-gió eliminar a los moderados; y Dan- ton era demasiado grande. Antítesis de Robespierre en muchos aspectos -pues era sanguíneo, apasionado, venal-, ambos fueron, sin em-bargo, amigos leales durante mucho tiempo. Su condena no parecía fácil; pero cayó, junto con Desmoulins, Fabre, Chabot y otros reos de delitos tanto financieros como políticos. Ro-bespierre habló con amargura del “ídolo putrefacto”, impu-tándole -otra constante en el juego interno de la dinámica re-volucionaria- haberse vendido al extranjero.

 

El proceso a Danton no resultó de odios particulares. Hom-bres así no mueren por celos personales. Su eliminación res-pondía a una estricta necesidad dialéctica.22 Pero muerto

 

 

 

22   La condena de Danton impresionó a muchos convencionales, quienes sin embargo no se alzaron para defenderlo a tiempo, según les reprochó Robespierre en Thermidor. A lo sumo, deslizaron amenazas anónimas como las que encierran estos versos:

 

“Llegados a las torvas márgenes del Flegeton, Camilo Desmoulins, d’Eglantine y Danton pagaron por cruzar el río detestable.

 

 

 

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Danton, el moderantismo lo sobrevivía.

 

Ganaba espacio a medida que podía obrar impunemente, por-que el terror ya no era condición de victoria. Contenido el enemigo y aseguradas las “fronteras naturales”, la concepción robespierrista de la “guerra de liberación” cedía paso, en mu-chos espíritus, a una guerra de conquista.

 

“La victoria de caza a Robespierre” pudo afirmarse. A medida que la restauración feudal parecía más imposible y el cerco ex-terior cedía, Robespierre era cada vez menos necesario a la burguesía ascendente. Comprendía que el Terror no podía ser un sistema permanente de gobierno. Debía cesar, pero antes era preciso afianzar la infraestructura económica de la repú-blica jacobina. Si no había una transferencia de poder econó-mico, si no se quebrantaba a la burguesía, el terror blanco y la dictadura militar devastarían Francia.23

 

Robespierre no era solamente un crítico. Esbozó un plan rea-lizable y trazó los lineamientos para establecer, en la práctica, una república libre, de pequeños propietarios, donde se corri-gieran los extremos de riqueza y de miseria, donde todos

 

 

El barquero Caronte, ciudadano honorable, a los tres pasajeros quiso poner en manos el vuelto de la tasa impuesta a los humanos. Danton le dijo: Nada tenéis que devolver;

ya pago por Couthon, Saint-Just y Robespierre”.

 

De todos modos la Convención, luego de Thermidor, y casi por unani-midad, se negó a rehabilitar la memoria de Danton.

 

23   Lo ocurrido después de Thermidor prueba que los temores de Robes-pierre eran fundados, tanto como su desprecio por los “bribones” que lo abatieron. La orgiástica república burguesa desató una represión más sangrienta que la de los jacobinos, y alcanzó por fin a muchos thermi-dorianos que, como los griegos después de Troya, tuvieron un “regreso” calamitoso: el patíbulo, el destierro a la "guillotina seca” de las colonias, o simplemente la oscuridad y la capitulación ante Bonaparte.

 

 

 

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recogieran su parte de felicidad, ya que “la felicidad” -como afirmó Saint- Just- “es una idea nueva en Europa”.

 

Probablemente el proceso económico general se orientaba ha-cia la concentración de capitales y la afirmación de la alta bur-guesía. Pero un fuerte capitalismo de estado pudo haber su-plido esa instancia, oficiando como factor de expansión. No debe olvidarse que la ortodoxia comunista tolera la propiedad privada de los bienes de consumo.

 

Los decretos de Ventoso, propuestos por Saint- Just a la Con-vención en marzo de 1794, implican un audaz traspaso de ri-queza de una clase a otra. El más importante decía así:

 

“Art. 1o- Todas las comunas de la República elevarán un pa-drón de los patriotas indigentes que las habiten, con sus nom-bres, edad, profesión, número y edad de sus hijos. Los direc-tores de distrito harán llegar, a la mayor brevedad, esos pa-drones al Comité de Salvación Pública.

 

"Art. 2°- Cuando el Comité de Salvación Pública los haya re-cibido, hará un informe sobre el modo de indemnizar a todos los desdichados, con los bienes de los enemigos de la Revolu-ción, según el cuadro que el Comité de Seguridad General le presentará y que será publicado.

 

"Art. 3o- En consecuencia, el Comité de Seguridad General im-partirá órdenes precisas a lodos los Comités de Vigilancia de la República, para que en un plazo que lijará a cada distrito según su proximidad, estos Comités le hagan llegar, respecti-vamente, los nombres y la conducta de todos los detenidos desde el 1o de mayo de 1789, así como de quienes sean deteni-dos en el futuro.”

 

Los errores cometidos en ocasión de la venta de bienes ecle-siásticos no se reiterarían. La transferencia era ahora gra-tuita, y evitaba cuidadosamente favorecer a especuladores o

 

 

 

 

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incrementar fortunas ya sólidas. Los pobres comenzarían a gozar de bienes, no sólo de nominales derechos. “¡Qué im-porta” -había dicho Robespierre el 10 de mayo de 1793, mar-cando las limitaciones del verbalismo burgués- “que la ley rinda hipócritamente homenaje a la igualdad de derechos, si la ley más imperiosa, la necesidad, obliga a los sectores mejo-res y más numerosos del pueblo a renunciar a ella!”.

 

Otras medidas preparaban, en tanto, el fin del Terror. El 14 de abril se concentraron las causas en París. Allí existían mayores garantías, sustrayendo víctimas a las matanzas indiscrimina-das de provincias; y poco después se abrevió el procedimiento, para atender la afluencia extraordinaria de sospechosos a las cárceles de la capital. Esa afluencia, resultado de la centrali-zación, aparentó incrementar el Terror; y la publicidad de las ejecuciones, lejos de edificar, desmoralizó a un pueblo habi-tuado a ese salvaje exhibicionismo.

 

Robespierre había amenazado seriamente a varios procónsu-les arribistas como Carrier y Fouché, su viejo amigo de Artois. Conocía las debilidades de esos hombres, tanto como las de una mayoría de convencionales, que después de Thermidor mostraron cuán poco valían. Los despreciaba, abroquelado en su virtud incorruptible.

 

Frecuentemente se lo presenta como un fanático de la ética, dispuesto a moralizar por fuerza la vida pública y privada de sus semejantes. Nada más erróneo.

 

“No querernos una república espartana; no queremos ni la austeridad ni la corrupción de los claustros”, dijo el 5 de fe-brero de 1794. Su prédica de la virtud aludía a la virtud pú-blica preconizada por Montesquieu, “que no es otra que el amor a la patria y sus leyes, porque en el sistema de la Revo-lución lo que es inmoral es impolítico, lo que es corruptor es contrarrevolucionario”.

 

 

 

 

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La virtud tenía, en suma, contenido cívico. En Robespierre era un factor considerable de su prestigio personal. Jefe de un partido revolucionario, intransigente, definido, no se vendía, no tenía precio. Todos podían confiar en él.

 

La apetencia de riquezas y goces malogró a numerosos revo-lucionarios. En muchos casos, no entraban en ese juego de-plorable aceptando un vulgar toma y daca. La corrupción asu-mía formas mucho más sinuosas, sutiles y elegantes. Cuántas buenas intenciones naufragaron, por ejemplo, en los boudoirs y los salones parisinos de ese siglo XVIII donde las mujeres ejercieron un influjo irresistible sobre grandes talentos. Por eso Robespierre rechazó las tentaciones de la tertulia de Ro-land, que entre finezas y galanteos ablandaba los caracteres más recios. “La tisana del champagne es el veneno de la liber-tad”, dijo una vez excusándose de asistir, lo que Madame Ro-land nunca habría de perdonarle.

 

Toda revolución parece verse constreñida, en cierto mo-mento, a encarar un programa moralizador. La moral es, en la etapa de la estabilización, tan indispensable como la violencia. “Si en la paz, la fuerza del gobierno popular reside en la vir-tud” -afirmó Robespierre el 5 de febrero- “la fuerza del go-bierno popular en la revolución es, a la vez, la virtud y el te-rror. La virtud, porque sin ella el terror es funesto. El terror, porque sin él la virtud es impotente. El terror no es otra cosa que la justicia actuando con rapidez e inflexibilidad; es, en de-finitiva, una emanación de la virtud”.

 

Sin integridad moral un dirigente carece de integridad polí-tica. Descuida un flanco muy importante, sometido impune-mente al descrédito, y raramente podrá conducir un proceso tan estricto y difícil. Por eso Robespierre jugaba políticamente su prestigio personal y sacrificaba ostentosamente lo coti-diano de su existencia.

 

 

 

 

 

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“Esa clase media entre la aristocracia rebelde y el pueblo” - dijo enjuiciando a la burguesía, el 28 de octubre de 1792- “pre-tende ser la gente honesta, la gente bien de la República. No-sotros somos los descamisados y la canalla. Nos acusan de en-caminarnos a la dictadura; a nosotros que no tenemos ejér-cito, ni dinero, ni cargos, ni partido; a nosotros, que somos severos como la verdad, inflexibles, invariables, casi me atre-vería a decir insoportables como los principios”.

 

Aunque desde joven perdió la fe católica, Robespierre no era ateo. Profesaba una especie de panteísmo de estirpe ruso-niana, condicionado por ingredientes filosóficos pero también políticos. La descristianización despertaba resistencias arrai-gadas en viejas tradiciones, intereses y prejuicios, imposibles de extirpar súbitamente. Procónsules como Fouché, que sir-vieron luego a todos los regímenes y murieron “reconciliados con Dios”, incendiaban y destruían iglesias y hacían gala de una intolerancia militante que suscitaba, hasta el martirio, la indignación de muchos.

 

Robespierre había sostenido la libertad de conciencia, sin de-jar de censurar la perversión del clero. “¿Qué relación existe entre los curas y Dios?” -interrogaba el 10 de mayo de 1794—. “Los curas son a la moral lo que los charlatanes a la medicina. ¡Es tan diferente el Dios de la Naturaleza al de los curas! Nada hay tan semejante al ateísmo, como las religiones fundadas por los curas. A fuerza de desfigurar al Ser Supremo, aniqui-laron cuanto de Él contenían; tan pronto lo han transformado en globo de fuego, como en buey, como en árbol, como en hombre, como en rey. Los curas han creado un Dios a su ima-gen: celoso, arbitrario, cruel, implacable. Lo han encerrado en el cielo como en un palacio, y sólo lo han llamado a la tierra para pedir diezmos, riquezas, honores, placeres y poder con que beneficiarse. El verdadero ministro del Ser Supremo es la Naturaleza; su templo, el universo; su culto, la virtud; sus

 

 

 

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fiestas, el júbilo de un gran pueblo reunido ante sus ojos.”

 

Aspiraba a una religión fraternal, sincera, informal. Confiaba hacer servir revolucionariamente ese instinto, natural en mu-cha gente, de buscar consuelo, fuerza y respuesta en una causa sobrehumana. No creía, como Marx, que la religión fuese el opio del pueblo: “La idea del Ser Supremo y de la inmortalidad del alma es un llamado continuo a la justicia; es, por lo tanto, social y republicana. Si Dios no existiese, habría que inven-tarlo”.

 

Acaso Robespierre intentara fortalecer la unidad política de Francia a través de la unidad religiosa, asentada sobre una teología racional y civil.

 

Pero su siglo había osado demasiado, para soportar el adveni-miento de una gran religión. El instinto religioso aún podía amoldarse a los viejos ritos, pero no podía crear nada nuevo.

 

Lejos de obtener el resultado querido, marcaba rumbos con-trarios; cuando la Convención reconoció “la existencia del Ser Supremo y la inmortalidad del alma”, y al poco tiempo Robes-pierre las proclamó en una fiesta solemne,24 abría brechas a la suspicacia y al ridículo.

 

La burguesía no dejaría ya escapar su presa. Conocía la in-fluencia política del grotesco, y le dio pábulo a raíz del asunto

 

 

 

24   Estas fiestas tan ridiculizadas constituían uno de los pocos motivos de alegría para el pueblo generoso y sufriente. Su inspirador era Rousseau, y la del Ser Supremo -una entre muchas- alcanzó cierta grandiosidad porque la régie de David convertía al pueblo en principal protagonista. De cualquier modo, no parecen peores que un desfile militar moderno. En ellas radica el origen de las concentraciones populares hoy frecuen-tes. “Reunid a los hombres” -dijo Robespierre el 7 de mayo de 1794-

 

“los haréis mejores”.

 

Los cánticos y marchas patrióticas también afloraron durante la Revolu-ción, como otra forma de expansión y propaganda.

 

 

 

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de Caterine Teot, una enloquecida “visionaria” que anunciaba el advenimiento del “Hijo del Ser Supremo” y “Redentor de la Humanidad”: no otro que Robespierre. Sus enemigos extraje-ron todo el partido posible de ese episodio minúsculo. Y algu-nas tentativas de asesinato, como la de Cecilia Renault -mini-mizadas por los mismos historiadores que exaltan a Carlota Corday- aumentaron la fatiga y el pesimismo del tribuno. Pese al constante aguijoneo de Saint- Just -un discípulo que exigía cada vez más y parecía insinuar disidencias- en sus últimas intervenciones públicas la resignación al destino fatal es ex-plícita.

 

“Hace tiempo, prometí dejar un testamento temible a los opresores del pueblo” -dijo la víspera de su caída- “ahora voy a publicarlo, con la absoluta independencia que me da la si-tuación en que me he colocado: les entrego mi terrible verdad y mi muerte”.

 

En ese discurso del 8 Thermidor, pronunciado al reaparecer tras una larga ausencia, y cuando sus enemigos -desde Barras a Carnot, desde Fouché a Tallien, toda una maraña de intere-ses y temores- se coaligaban para destruirlo, Robespierre co-metió el error de pedir sanciones contra la “horda de traido-res”, sin nombrar apenas a ninguno en particular. El miedo y la expectativa unificaron a los convencionales. Nadie se sintió seguro. Tal vez nadie era inocente. Ordenaron sorpresiva-mente el arresto de Robespierre, su hermano Agustín, Saint-Just, Couthon y otros amigos, poco después declarados fuera de la ley. La Comuna y la guardia de Henriot intentaron resis-tir, pero fracasaron y todos murieron guillotinados sin pro-ceso en la mañana del 10 Thermidor, 28 de julio de 1794. Casi un centenar de “comuneros” frieron ejecutados al día si-guiente.

 

Mucho se ha discutido sobre estos episodios finales. Acaso si

 

 

 

 

 

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Robespierre hubiera mencionado con precisión a sus enemi-gos, si Henriot hubiera sido un jefe idóneo, si Saint-Just hu-biera podido pronunciar su discurso conciliatorio... Inclusive se pretende que Saint- Just hubiera podido desembarazarse de Robespierre, despojándose de su adhesión al mismo como de un trágico prejuicio y, de esta manera, hubiera gobernado Francia revolucionaria.

 

Imposible trazar seriamente semejantes conjeturas. Cada cir-cunstancia histórica es definitiva e irreversible. Obtenida la victoria militar, las buenas cosechas y otros éxitos jacobinos que paradójicamente precipitaron su fin, jamás los “factores de poder” burgueses podían aceptar la vía jacobina, una vez que no precisaban su energía y su violencia. Nunca podían to-lerar la aplicación de las leyes de Ventoso. Resultaba ineludi-ble un enfrentamiento. El pueblo no logró entonces controlar la situación, pese a su esclarecimiento, admirable para la época. Seguramente la burguesía contaba con demasiados re-cursos, mientras la conducción jacobina estaba desgastada por el prolongado ejercicio del poder y las bases, aunque res-pondieron en buena medida, fueron arrasadas por la acción militar fulminante de Barras, acompañado, para colmo, por sectores ultraizquierdistas que buscaban desquite. Los futu-ros desastres, la inflación incontrolada, la depravación direc-torial y más tárele las guerras napoleónicas revelaron cuánto se había perdido. Un informe policial de noviembre de 1795 consigna: “la miseria ha llegado a su extremo; las calles de Pa-rís ofrecen el doloroso espectáculo de estar llenas de mujeres y niños extenuados de hambre. Los hospitales se verán pronto sin espacio para acoger a la multitud de enfermos y desgracia-dos. No se oye en los grupos otra cosa que añoranzas del régi-men de Robespierre. Se habla de la abundancia reinante bajo la tiranía de entonces y de la miseria bajo el gobierno actual. La especulación parece alzarse ahora en formas más horribles

 

 

 

 

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que la guillotina erigida hace dos años por el régimen de san-gre”.

 

Mucho tiempo después, con la perspectiva de tantas miserias, caídas y retrocesos, Barras confiaba a Alejandro Dumas su pe-sar por haber derribado al último revolucionario. Y Cambon comprendió que “creyendo decapitar a Robespierre, decapita-mos la Revolución”. Sobre la mentira y el odio de clase, el mo-vimiento reivindicatorío iniciado con el libro de Béraud se afirmó victoriosamente. Babeuf, los revolucionarios del 48, los comuneros de 1871, invocaron a Robespierre como mo-delo, renacido y despojado de su contorno demoníaco. Ya en este siglo, la obra revisionaria de Albert Mathiez y su Sociedad de Estudios Robespierristas desvaneció equívocos y reveló de-finitivamente la verdad del movimiento jacobino.

 

Aquel abogadito provinciano, tenaz, presuntuoso, “casi inso-portable como los principios”, rodeado por otros jóvenes igualmente disconformistas e intransigentes con la maldad y el privilegio, acometió en su corta vida pública una de las ta-reas más enormes reservadas a la humanidad. No llegó a con-cluirla, acaso porque estaba demasiado impaciente y quiso forzar el tiempo y acelerar el porvenir. Por eso pagó con la vida y con la execración de su memoria. Pero marcó, y eso es lo que caracteriza las revoluciones auténticas, una frontera, un lí-mite, una consecuencia. Nada fue, después de Robespierre, exacta ni aproximadamente como antes. Y de él puede decirse que hoy cada hombre le adeuda por lo menos algo de su dig-nidad cívica y de su sitio sobre la tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Robespierre

 

La razón del pueblo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CARTA A BUISSART

 

SOBRE EL SUFRAGIO CALIFICADO *

 

 

 

Querido amigo, sé que estás disgustado contra mí, y no puedo reprobarte. Porque pese a todas las buenas razo-nes que podrían justificar mi silencio respecto a todos

 

mis amigos, debo admitir que mereces una excepción y que debo hacer lo imposible para encontrar tiempo de escribirte. Por eso invoco tu benevolencia y reparo la falta.

 

¿Qué se piensa, qué se dice, qué se hace en Artois? ¿Qué haces tú mismo? ¿Perteneces al Comité permanente? ¿Quiénes son los que están actuando en plano principal? Acabo de recibir una carta de un patriota que se queja de la impermeabilidad de la aristocracia y de que nuestros decretos sólo se conozcan en Artois por las publicaciones oficiales. Te ruego me infor-mes cuanto antes ele esos hechos, y también si los decretos de la Asamblea, especialmente la reforma provisoria del procedi-miento penal, se han registrado y cumplido en los tribunales.

 

El poderío del clero queda abatido por el decreto que acaba de declarar sus bienes a disposición de la nación. Los

 

 

*      Michon: Correspondence, p. 57. Las reformas electorales aprobadas por la Constituyente excluían a unos tres millones de electores, no con-tribuyentes calificados como: “pasivos”, y establecían sucesivas instan-cias: la elección de los diputados se decidía en asambleas departamen-tales, que no congregaban más de trescientos a ochocientos sufragios.

 

Robespierre atacó tan irritante escamoteo de la voluntad popular. El 4 de noviembre de 1789, en esta carta a Buissart, amigo suyo y de su pa-dre, ya afloran reservas sobre los limitados progresos obtenidos. Su campaña contra la “inmensa minoría” usurpadora y censitaria culminó con el discurso sobre el “marco de plata”, leído en los clubes y publi-cado por los cordeleros en abril de 1791.

 

 

 

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parlamentos han recibido en la víspera un anticipo de su ruina, por la ley que los condena a permanecer en vacaciones. La aristocracia feudal está casi agonizante; los abusos más gruesos han desaparecido por acción de los representantes nacionales. ¿Seremos libres? Creo que todavía es lícito pre-guntarlo. Me parece que la nueva Constitución aún contiene vicios esenciales que pueden impedir a los buenos ciudadanos entregarse a la dicha.

 

La parte más importante de la Constitución es la peor; me re-fiero a la organización de las municipalidades, asambleas pro-vinciales y asambleas nacionales. Sabes, sin duda, que para permitir a los ciudadanos el ejercicio de sus derechos se les exige el pago de cierta suma; tres jornales obreros para asistir a las asambleas primarias; diez jornales para ser miembro de las secundarias, que llaman departamentos; en fin, una con-tribución de 54 luises y una propiedad inmueble para ser ele-gido miembro de la Asamblea Nacional. Estas disposiciones son obra del sector aristocrático de la Asamblea, que ni si-quiera ha permitido a los demás defender los derechos del pueblo y constantemente ha ahogado sus voces con clamores; de modo que nuestra deliberación más importante se aprobó sin discusión, impuesta por la violencia y el tumulto.

 

Ahora se pretende modificar la antigua división de las provin-cias y formar noventa departamentos, subdivididos en asam-bleas primarias y secundarias.

 

Esta operación, que en el momento actual me parece más fa-vorable a la aristocracia y al despotismo que a la libertad, da lugar a grandes debates. Me parece que una representación fundada sobre las bases antes indicadas podría fácilmente consagrar a la aristocracia de los ricos sobre las ruinas de la aristocracia feudal; y no veo que el pueblo, que debe ser me-dida y fin de toda institución, gane demasiado en el cambio.

 

 

 

 

 

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Por otra parte, no entiendo cómo representantes que recibie-ron poderes de sus mandantes, es decir de todos los ciudada-nos sin distinción de fortuna, tienen derecho de despojar a la mayor parte de esos mismos mandantes del poder que éstos les han confiado. Te ruego, mi querido amigo, me informes sobre el efecto que este proyecto puede causar en Artois.

 

No te digo más por ahora, pero te escribiré pronto. Extraño tu compañía y la de tu mujer. Uníos todos los buenos ciudadanos para sostener y animar el patriotismo e inspirar, en estas cir-cunstancias, los sentimientos y resoluciones más útiles al bien público.

 

Sabes cuánto te estimo. Espero tus noticias con impaciencia.

 

Mi dirección, calle Saintonge au Marais, N° 30.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA INVIOLABILIDAD DEL REY 4

 

 

 

 

NO he de responder a ciertos reproches de republicanismo que algunos formulan contra la causa de la justicia y de la verdad; tampoco quiero provocar una decisión severa con-

 

tra un individuo; pero he de combatir opiniones duras y crue-les para sustituirlas por medidas saludables a la causa pública; vengo a defender, primordialmente, los principios sagrados de la libertad, no contra vanas calumnias que me honran sino contra una doctrina maquiavélica, cuyo progreso amenaza a aquélla de una total subversión. No entraré, por lo tanto, a examinar si es cierto que la huida de Luis XVI es imputable al señor Bouillé, a algunos ayudas de campo, a algunos guardias de corps, a la gobernanta del hijo del rey... No entraré a exa-minar si el rey escapó voluntariamente y por sus propios me-dios, o si desde la extremidad de nuestras fronteras un ciuda-dano 25 logró secuestrarlo a fuerza de buenos consejos. No en-traré a examinar si los pueblos todavía se hallan en estado de creer que puede raptarse a los reyes como a mujeres (murmu-llos)-, tampoco examinaré si, como cree el señor miembro in-formante, la partida del rey no fue sino un viaje de placer, una ausencia indiferente, sin objeto especial, o si debe vincularse a todos los sucesos que la precedieron; si fue resultado o

 

 

25 Textes cboisís, tomo 1, p. 83. Luego de la fuga real frustrada en Varen-nes, Bailly y otros diputados moderados propalaron la versión del “rapto" y reivindicaron la inviolabilidad del monarca, consagrada cons-titucionalmente. Robespierre, en su discurso ante la Asamblea Nacio-nal, el 14 de julio de 1791, fijó los límites jurídicos de la inviolabilidad, sólo concebible cuando el rey representa un papel decorativo, sin facul-tades de gobierno; y que, por otra parte, cede ante el crimen. Un año y medio más tarde, esta tesis influirá decisivamente en la condena de Luis XVI.

 

 

 

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complemento de conspiraciones impunes, y en consecuencia siempre renacientes, contra la libertad pública. Ni siquiera examinaré si la declaración firmada de puño y letra del rey ex-plica suficientemente sus intenciones, o por ventura no es sino una prueba más del celo reiterado y enérgico de Luis XVI por la causa revolucionaria... Quiero examinar simplemente la conducta del rey, y hablar de él como hablaría de un rey de la China. Y quiero examinar, ante todo, cuáles son los límites del principio de la inviolabilidad.

 

El crimen impune legalmente es en sí una monstruosidad su-blevante en el orden social, o mejor dicho es la alteración ab-soluta del orden social. Si el crimen es cometido por el primer magistrado público, por el funcionario supremo, sólo encuen-tro agravantes: primero, porque el culpable está ligado a la pa-tria por un deber más sagrado; segundo, porque está armado de un gran poder y es peligroso tolerar sus atentados. Es cierto que habéis decretado la inviolabilidad; pero asimismo, seño-res, ¿habéis tenido alguna vez eludas sobre la intención de ese decreto? ¿Habéis podido ocultaros alguna vez a vosotros mis-mos que la inviolabilidad del rey está íntimamente ligada a la responsabilidad de los ministros; que habéis decretado una y otra porque, en los hechos, habéis transferido del rey a los mi-nistros el verdadero ejercicio del poder ejecutivo, y que los prevaricatos en que pueda incurrir dicho poder ejecutivo re-caen sobre los ministros, porque son los verdaderos culpa-bles? De tal sistema resulta que el rey no puede cometer nin-gún mal en la administración, puesto que ningún acto del go-bierno puede emanar de él, y los que pueda emitir son nulos y sin efecto; y, por otra parte, la ley conserva todo su poder con-tra él. Pero señores, ¿si se trata de un acto personal de un in-dividuo revestido con el título de rey? ¿Si se trata, por ejem-plo, de un homicidio cometido por ese individuo, es un acto nulo y sin efecto, o acaso habrá un ministro que firme y se

 

 

 

 

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responsabilice?

 

Se nos dice que si el rey cometió un crimen es preciso buscar la mano que movió su brazo. Y si el rey, en su calidad de hom-bre, habiendo recibido de la naturaleza la facultad del movi-miento espontáneo, agita su brazo sin estímulos extraños ¿quién será culpable?

 

Pero, se nos dice todavía, si el rey se propasa le nombraremos un regente. Mas si le nombramos un regente, todavía será rey; todavía estará investido del privilegio de la inviolabilidad. Que los informantes nos expliquen claramente si en tal caso el rey será siempre inviolable. Entonces es a vosotros a quienes pre-gunto, vosotros que sostenéis ese sistema tan enérgicamente: si un rey degollase a vuestro hijo en vuestra presencia (mur-mullos), si ultrajase a vuestra mujer o a vuestra hija, ¿le diríais acaso: Sire, estáis en vuestro derecho; os hemos permitido todo? ¿O permitiríais al ofendido vengarse? Entonces susti-tuís la violencia particular, la justicia privada de cada indivi-duo, a la justicia majestuosa e imparcial de la ley. ¡Y llamáis a eso establecer el orden público, y tenéis la audacia de decir que la inviolabilidad absoluta es el sostén, la base inamovible del orden social!

 

Señores: ¿qué son estas hipótesis particulares, qué esas fecho-rías, frente a las que amenazan la salvación y la felicidad del pueblo? Si un rey atrae sobre su patria todo el horror de la guerra civil y la guerra internacional; si a la cabeza de un ejér-cito de extranjeros y proscriptos viniese a destrozar su propio país y a sepultar bajo sus ruinas la libertad y la felicidad del mundo entero, ¿sería acaso inviolable? ¡El rey es inviolable! También vosotros lo sois, vosotros. ¿Pero tenéis por ello la fa-cultad de cometer un crimen? ¿Y osaréis decir que los repre-sentantes del soberano tienen, para su seguridad individual, menor derecho que aquél cuyo poder vienen a restringir,

 

 

 

 

 

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aquél a quien han delegado, a nombre de la nación, el poder de que está revestido?

 

¡El rey es inviolable! ¿Pero los pueblos no lo son también? El rey es inviolable por una ficción; los pueblos por el derecho sagrado de la naturaleza. ¿Y qué hacéis, cubriendo al rey con la égida de la inviolabilidad, sino inmolar la inviolabilidad po-pular a la real? (aplausos al fondo, a la izquierda). Fuerza es convenir que sólo se razona así cuando se trata de reyes...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LOS DERECHOS DE LOS NEGROS 26

 

 

 

 

NO puedo excusarme de contestar cierta observación for-mulada para debilitar la causa de los hombres de color.

 

Observad que no se trata de acordarles sus derechos, observad que no se trata de reconocérselos; observad que se trata de arrebatárselos luego de que vosotros mismos los habéis reco-nocido. ¿Y quién, dotado de cierto sentido de justicia, puede llegar a decir, tan ligeramente, a varios miles de hombres: he-mos reconocido que tenéis derechos, os hemos aceptado como ciudadanos activos; pero ahora vamos a sepultaros otra vez en la miseria y el envilecimiento; vamos a precipitaros nueva-mente a los pies de esos amos imperiosos cuyo yugo os ayuda-mos a sacudir? (aplausos al fondo, a la izquierda).

 

Aquí se afirma que no es tan grave la cosa, que su importancia es mínima para estos negros, pues sólo se cuestionan sus de-rechos políticos, les dejamos los civiles.

 

¿Pero qué son, sin embargo -y sobre todo en colonias-, los de-rechos civiles que les dejamos, sin los derechos políticos? ¿Qué significa un hombre privado de los derechos del ciuda-dano activo en las colonias, bajo la dominación de los blancos? Es un hombre que no puede deliberar en modo alguno, que no puede influir directa ni indirectamente sobre los intereses

 

 

26 Textes choisis, tomo I. p. 87. En varias intervenciones que datan de mayo de 1791. Robespierre intentó concretar ciertos derechos políticos a fa-vor de los negros de las colonias antillanas. Sólo obtuvo reconocimiento para los hombres de color “nacidos de padres libres”. Pero los planta-dores, representados por Lameth y Barnave, presionaron para revocar esa concesión mínima, y el 25 de setiembre lo consiguieron, a pesar de la abrupta oposición de Robespierre, que llegó a gritar: “¡Que perezcan las colonias si hemos de sacrificarles nuestra gloria y nuestro honor!”.

 

 

 

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más primordiales y sagrados de la sociedad que integra; es un hombre gobernado por funcionarios a cuya elección no puede concurrir de ninguna manera, abrumado permanentemente por leyes, reglamentos y actos administrativos, sin poder usar el derecho que pertenece a todo ciudadano de influir sobre las decisiones sociales, en aquello que concierne a su particular interés.

 

Es un hombre sumergido, cuyo destino está a merced de los caprichos, pasiones e intereses de una casta superior. ¡Ved los valores a los que se atribuye una mediocre importancia!

 

Que así piense quien considere la libertad -el bien más sa-grado del hombre, el bien soberano de todo hombre no em-brutecido- que así piense, digo, quien considere la libertad como algo superfluo, algo que el pueblo francés puede decli-nar mientras le dejen orden y pan, que entonces se razone así con tales argumentos no me asombra. Pero yo, para quien la libertad es y será un ídolo, que no conozco alegría ni prospe-ridad ni moralidad para los hombres ni para las naciones sin libertad, declaro que abomino de semejante sistema, y que re-clamo vuestra justicia, la humanidad, la justicia y el interés nacional a favor de los hombres libres de color (aplausos).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CONTRA LA GUERRA 27

 

 

 

 

¿PERO cómo es posible reconocer que la Corte conspira contra la libertad, aliada a los enemigos exteriores, y lan-zarse entre sus brazos e invitar al pueblo para confiar en ella y creer en la buena fe de sus agentes? ¡Qué digo! ¡Borrar

 

toda posibilidad de advertir sus perfidias, dando un ejemplo de idolatría, credulidad y aplausos serviles! ¿Con esas armas pensamos vencer la tiranía? Personalmente, cuanto más lo medito más me abismo en las profundas tinieblas de tal sis-tema. ¿Existe acaso otro sentido común, además del que co-nocemos habitualmente? ¿Hay otra razón, superior a la razón humana, que deba presidir nuestras deliberaciones? ¿La pru-dencia ordinaria permite acaso tomar como medida de la sa-biduría y utilidad de una resolución importante solamente la suposición arbitraria de ventajas eventuales, y descartar

 

 

27 Textos choisis, tomo I, p. 143. La propaganda bélica de los girondinos fue desarticulada por una serie de discursos que pronunció Robespierre en el Club de los Jacobinos, especialmente los del 18 de diciembre de 1791 y 2 de enero de 1792. Billaud-Varenne y Carra habían abierto el debate, que se redujo finalmente a un tenso duelo entre Brissot y Ro-bespierre. A iniciativa de Dusaux, ambos se abrazaron en la reunión del 20, y los moderados interpretaron ese rasgo de cordialidad personal como una claudicación de “M. de Robespierre, quien” -según El correo de los ochenta y tres departamentos- “ha abierto esperanzas de que con-ciliará fácilmente con M. Brissot la cuestión de la guerra”.

 

Robespierre, que por saludar no imaginaba declinar principio alguno, reaccionó aclarando que “estaba lejos de entender como querellas par-ticulares los debates que interesan al destino del pueblo”, y que comba-tía “como hombre libre, con franqueza y acaso energía, pero con res-peto”. En este agudo balance de los motivos de la guerra, el 25 de enero, deterioró definitivamente la tesis de Brissot, que había reclamado “grandes traiciones”.

 

 

 

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absolutamente todas las consideraciones y presunciones mo-rales y políticas que evidencian que es impracticable? ¿Basta, para justificarla, suponer que todo se ejecutará como se debe desear, sin calcular obstáculos ni inconvenientes?

 

Testimoniad alguna inquietud sobre el poderío y posibilida-des de las potencias extranjeras: atacadlas -os responden- y nosotros garantizamos todo; serán pulverizadas o correrán a reunírsenos. ¿El poder ejecutivo os apoyará u os traicio-nará? Poco importa, ¿lodos los jefes, de cualquier graduación, son más fieles al pueblo que a la corte? ¿Qué importa? ¿Acaso hay algo más indiferente, en una guerra, que los jefes? ¿Cuáles son, por tanto, los recursos inmensos y sobrenaturales que os envalentonan para desafiar peligros de que hombres norma-les quisieran preservar a su patria?

 

¡Pues qué, si afirmáis que nuestra posición mejorará con cada traición! Pero si la traición, que normalmente pasa por ser un gran peligro y una gran desgracia, es lo único que vuestro sis-tema puede ofrecer como ventaja ¡entonces vuestro sistema es bien fecundo en calamidades! ¡Estaremos perdidos si no nos traicionan! Pero si nuestro interés está en ser traicionados, ¿qué pasaría si nuestros pérfidos enemigos tuvieran la cruel-dad de no traicionarnos, y cometieran la bribonada de vencer-nos? Comprendéis perfectamente lo que yo entiendo por vic-toria y por traición. No, la Corte jamás os traicionará en el sen-tido grosero y vulgar, es decir tan torpemente como para que podáis advertirlo, ni tan pronto como para que todavía tengáis tiempo de reparar el daño recibido. Pero os engañará, os ador-mecerá, os agotará; os conducirá gradualmente a la última instancia de vuestra agonía política; os traicionará con arte, con moderación, con patriotismo; os traicionará lentamente, constitucionalmente, como ha hecho hasta ahora; acaso, si fuera necesario, inclusive vencerá en la guerra, para traicio-naros con mayor éxito.

 

 

 

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¿Cuántas especies de traición no habrá inventado el genio de la tiranía, en un siglo ilustrado? ¿Cómo no reconocéis sino uno solo? Por ejemplo, sacrificar al sector más patriótico del ejército, y con el otro marchar al triunfo; mantener el sus-penso con una sucesión de victorias y derrotas igualmente fu-nestas, derrotar a enemigos bienamados sin debilitar su po-derío y sin apagar la hoguera de la rebelión y de la guerra; pre-gonar hazañas por mil trompetas y regresar triunfante, prece-dido de los ladridos de la intriga que aclaman al libertador de Francia y héroe de todos los mundos posibles; ved algunas de las innumerables posibilidades que puede ofrecer semejante sistema bélico, las más felices en apariencia y acaso las más peligrosas. En tal sentido, todo lo que hemos tenido hasta ahora ¿es otra cosa que una traición? El nombramiento de un general con esas aptitudes ¿es otra cosa que una traición? ¡Ah, cómo sospecho, en una revolución odiosa a la Corte, una re-volución hecha contra la Corte, de las victorias de los genera-les elegidos por la Corte! ¡Qué ascendiente adquieren sobre el ejército que ha compartido su éxito y que asocia su gloria a la de sus jefes! ¡Qué ascendiente adquieren éstos sobre la na-ción, cuyo pensamiento sólo se ha dirigido a las hazañas gue-rreras, y cuya necesidad parece ser forjarse ídolos! ¡Qué in-fluencia no ejerce un general victorioso en medio de mil par-tidos que dividen la nación! ¡Cuál no será el ascendiente de un monarca a cuyo nombre se ha combatido y triunfado! ¿Cómo podría la Asamblea, en medio del entusiasmo general, tener otro espíritu que el del general victorioso y el del monarca de quien será órgano de apoyo? ¿Cómo podrá disputarle las em-presas que a cada momento intentará contra los principios constitucionales? En los disturbios civiles, bajo el imperio de un rey todopoderoso, jefe supremo de los ejércitos, dueño de distribuir los cargos más importantes, amo de cuarenta millo-nes que le pertenecen en propiedad, depositario de la fortuna pública, centro de convergencia para todos los descontentos,

 

 

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todos los hombres más poderosos y ricos, casi todos los fun-cionarios, jueces y administradores, en medio de un pueblo desarmado, dividido, fatigado, hambriento ¿no creéis que un general de un ejército vencedor, ebrio de entusiasmo por ese general, podrá inclinar fácilmente la balanza hacia el lado de la facción ministerial, moderada y antipopular, de la que será jefe e instrumento?

 

Tenemos buenos soldados. La mayoría es buena, sin duda, y yo el primero en hacerles justicia. Pero serían mucho mejores si la primera Legislatura no hubiera permitido que, en los días iniciales de la libertad, los más esclarecidos y celosos defenso-res de la causa pública fueran perseguidos, castigados y opri-midos por la aristocracia militar, que sobrevive a la ruina del antiguo régimen para preparar su resurrección bajo nuevas apariencias. Y desde luego aclaro que sería tan injusto como inútil pretender que mis opiniones agravien a los soldados franceses; porque ellos saben que yo fui el primero, y casi el único, en defender a los soldados sublevados en Nancy contra el general que hoy comanda sobre el Mosela, enfrentando a casi la totalidad de la Asamblea Nacional; y saben que sólo yo denuncié a Bouillé en medio de su gloria y poderío y a despe-cho de los charlatanes políticos que le votaron una corona cí-vica. Si saben que nunca dejé pasar la ocasión de elevar mi voz en favor de esa innumerable multitud de ciudadanos cuyo pa-triotismo ha sido castigado por vejaciones de todo género; si saben que esa conducta me ha significado el honor de haber sido denunciado por coroneles y cortesanos militares como faccioso y perturbador de la disciplina militar, denuncia que me valió el repudio de la mayoría de la primera Legislatura, cuyo favor siempre me pareció menos precioso que la estima de la nación; si han sabido todo eso, no creerán en las incul-paciones de que hablo, y en consecuencia seguiré diciendo cuanto me parezca útil al bien público.

 

 

 

 

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La mayoría de los soldados es buena; por eso mismo debemos conservarla. El legislador no debe contar ciegamente con la virtud de los hombres, porque esa virtud hace inútil su minis-terio, y su sola misión es defenderlos contra sus propias debi-lidades. Además de bendecir la inspiración de los soldados que, sufrientes y oprimidos como el resto del pueblo, tuvieron la noble audacia de desobedecer a los tiranos en los primeros días de la Revolución; al admirar y recompensar su civismo, al vengar a quienes son todavía víctimas del despotismo, el le-gislador precisa todavía mantener ese espíritu patriótico que todas las maniobras del gobierno tienden a alterar. No se puede juzgar a todos los siglos por un momento; es preciso saber que no todos los días transcurridos desde el comienzo de la Revolución son el 14 de julio; el legislador debe descon-fiar del espíritu de cuerpo y admitir que un gran organismo armado y permanente siempre ha sido mirado, en general, como la institución más peligrosa a la libertad. Debe saber que las fuerzas armadas no están más exentas de errores y flaque-zas humanas que los cuerpos pacíficos y políticos. Y para citar el más aleccionador ejemplo, si la Constituyente, cuya mayo-ría quería de buena fe la libertad, ha sido tan débil y tan im-potente para movilizar su propia obra, ¿por qué las institucio-nes armadas, con idéntica buena fe, no podrían perder, a la larga, algo de ese fervor que señaló los tiempos felices en que los ciudadanos, hoy divididos, estaban todos unidos contra el enemigo común? ¿Por qué querría ignorar que la disciplina militar exige que los soldados sean sumisos ante sus jefes y que ese hábito de sumisión pasiva, a la que una política astuta asocia la idea del honor militar, los dispone al entusiasmo por un general afortunado y por el rey a quien la Constitución de-clara su jefe supremo? ¿Por qué ignorará que un sector del ejército ya ha inspirado inquietudes a los patriotas, y que el pueblo desea retener cerca de sí a los ciudadanos armados cuyo espíritu popular se alimenta por la comunicación

 

 

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habitual con el pueblo, y puede ceder al antiguo espíritu mili-tar desde que, aislados en un cuartel, los soldados quedan en-teramente librados a todas las seducciones que jefes hábiles, y una corte dueña de toda la riqueza y todo el poder activo del estado, pueden desarrollar?

 

La mayoría de los soldados es patriota, lo sé. ¿Pero lo es la mayoría de los jefes y oficiales? ¿No está consagrada a la corte, por prejuicio e interés? ¿No forma parte de esa fracción patri-cia que sólo se arma contra el pueblo?

 

Ya sé que el ejército no secundará una contrarrevolución pro-piamente dicha, sé que no alterará la Constitución a designio; pero la corte no necesita recurrir a esos extremos para ahogar la libertad. A favor de la diversidad de opiniones y partidos que dividen a los franceses, a favor de la ignorancia de los ver-daderos principios de gobierno, extraños a la meditación de la mayoría de los hombres, ¿es por ventura imposible que un ge-neral triunfante arme, en nombre de la ley, a sus soldados en-gañados, contra los mejores ciudadanos a los que designe como una facción? Porque lo que tratan los enemigos de la li-bertad es de armar a ciudadanos contra ciudadanos, destruir las sociedades patrióticas y acabar con los mejores, que lu-chan por sus derechos. Y el sistema de guerra nos expone a semejante peligro.

 

Nada de esto parecerá quimérico a quienes recuerden que to-davía muchos honran como amigo de la libertad a un general que la ha herido vivamente; y no quiero, más que otros, suble-var a los soldados contra su general, sino que exijo un general a quien los soldados puedan obedecer sin comprometer a su patria. Exijo, a quienes pretenden hacer la guerra para liberar al mundo, un general digno de tal empresa, un hombre cuya alma esté preñada de antiguas virtudes, un Catón, un Bruto, un Washington, y por esos nombres quiero designar un héroe

 

 

 

 

 

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virtuoso, amigo intrépido de la libertad y de la humanidad. Y es muy difícil que un hombre que ha dicho mis tierras, mi na-cimiento, mi rey, pronuncie desde el fondo del corazón las pa-labras libertad o igualdad, no por un momento para mejor esconder sus ambiciones sino de buena fe y con el propósito sincero de rehusarse a los riesgos de la idolatría. ¡Dadme un general capaz, después de haber vencido a nuestros enemigos, de llegar al altar de la patria y jurar, ante los manes de los ciu-dadanos sacrificados, un odio inmortal al despotismo y a la perfidia!

 

Si ésa fuera nuestra feliz situación, si el pueblo conservase ante nosotros su justa y poderosa autoridad, alabadme por an-ticipado todos los milagros y provechos de la guerra; pero si los hombres honrados son excluidos de todos los empleos, si el pueblo está bajo la tutela o las cadenas de sus naturales enemigos, si la imagen de felicidad que os he descripto sólo sirve para despertaros el sentimiento de vuestros males, y si alguien, olvidando sus cadenas, quiere echarse a correr para verse frenado al primer paso, todo cuanto de brillante pueda sostenerse en aquel sentido no tiene sino el valor de un sueño agradable.

 

Una gran nación, afirmáis, debe olvidar sus inconvenientes y no consultar sino sus principios y su vigor. Una gran nación debe consultar, en todas sus empresas, los principios elemen-tales de la razón y la prudencia, y sopesar maduramente las ventajas y desventajas de las distintas posiciones que pueda adoptar. Su vigor es nulo si no se lo orienta conveniente-mente. Y tampoco esa gran nación de que habláis es, en este caso, quien delibera o discute. Es su poder ejecutivo quien in-tenta extraviarla, son sus diputados quienes pueden equivo-carse: pruebas al canto, la Constituyente. Ella probó) bien a la nación que veinticinco millones de hombres pueden ser con-ducidos insensiblemente a los últimos grados de extenuación

 

 

 

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y debilidad, por la división, la intriga y la opresión sistemática y gradual. La nación no despliega verdaderamente sus fuerzas sino en los momentos de insurrección; y no se trata aquí de un sistema insurreccional. Desde el 14 de julio los tiempos han cambiado. Entonces el pueblo era soberano de hecho; hoy lo es de nombre. El despotismo temblaba, hoy amenaza. La aris-tocracia huía, hoy insulta. El patriotismo, y no la intriga, san-cionaba la ley. La corte arruinada tendía sus manos suplican-tes a los representantes del pueblo. Hoy dispone de la fortuna y del poder. La unión y la fraternidad reinaban, y la expresión guerra civil movía a risa: hoy ya distinguimos su rostro terri-ble.

 

 

¡Pero es preciso obedecer a los generales designados por el po-der ejecutivo, y dejarse guiar por el ministro! Ya lo sé: por eso no quiero esta guerra, por eso quisiera reunir toda nuestra energía y nuestros recursos contra los enemigos interiores. ¿Os resulta más fácil probar la necesidad de obedecer a la corte que explicar cómo un sistema de guerra, conducido por ella, puede liberarnos?, ¿y cómo lo haríais, ya que convenís que el resultado más feliz que puede significarnos serían la traición y sus calamidades y que ni siquiera podemos contar con esta felicidad tan particular?

 

Pero es preciso salir del estado en que estamos. Sí, hay dos medios para salir del estado de enfermedad: una crisis natural y saludable, o la muerte. ¿Es acaso una crisis saludable reunir y fortalecer a nuestros enemigos? Es para librarnos de enemi-gos interiores -afirmáis- que iremos a combatir a los exterio-res. ¡Qué extraña inferencia! ¡Pero si esos enemigos exteriores no son sino una distracción que os proporcionan los otros, si todos actúan de común acuerdo, si son vuestros enemigos ex-tranjeros los que os comandan! Entonces está probado que unos y otros forman el mismo partido, y vosotros sois juguetes de ambos. ¿Cuál es el único medio de asegurar la libertad si

 

 

 

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los enemigos interiores continúan tramando su ruina? El único recurso que resta es que la nación, fatigada por tantos atentados, decida terminar de sufrir; en dos palabras, el espí-ritu público. Si ese fuego sagrado, esa fuerza secreta existe en el alma de Francia, la guerra es inútil; si no existe, la guerra es una calamidad. ¿Cómo habría la guerra de suscitarlo? Por el movimiento, decís, por el movimiento. Pero no es a brazos y piernas que es preciso comunicar movimientos inspirados por el señor de La Fayette, ¡son las almas que deben conmoverse!, son los espíritus que debemos esclarecer por medio de leyes dignas de un pueblo libre; es por la propaganda y el ejemplo que haremos capaces a los franceses de las acciones más su-blimes. ¿Qué digo? Bastará con remover las trabas que conti-nuamente encadenan los ímpetus del patriotismo y reprimen el desarrollo del espíritu público.

 

Y el pueblo ¿estará más libre de seguir su vocación por la li-bertad si los soldados se alejan?

 

Mientras la corte levanta ejércitos ¿el resto de la nación saldrá de su pasividad? Desde que se hace retumbar en nuestros oí-dos la trompa guerrera ¿acaso la aristocracia es menos dili-gente; los conspiradores son menos audaces; el gobierno es más fiel a la Constitución; la causa de la igualdad, más victo-riosa? ¿Estaremos mejor cuando nuestros patricios sean ma-riscales de Francia; cuando nuestros ministros vayan a discur-sear a las fronteras, para instruir a nuestros soldados en la ciencia del honor y la docilidad; cuando erijan en crimen de lesa patria las faltas de disciplina, porque el crimen de no ser-vir ciegamente a la tiranía fue siempre, a los ojos del despo-tismo, el más grande de todos los crímenes; cuando vengan a asegurar a la Asamblea que nuestros soldados están orgullo-sos de obedecer a los mariscales de Francia? Río de pena cuando veo a ciertos ministros obtener confianza al agitar el fantasma de Leopoldo, cuya bizarría e impenetrabilidad son

 

 

 

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los pretextos para impulsar a la Asamblea a una conducta bé-lica. Pero si abandonamos nuestro hilo conductor, nos perde-mos en un laberinto de intrigas. Ya he dicho bastante para de-nunciar los recursos que el sistema que impugno puede ofre-cer a los enemigos de la libertad. Pero hay una circunstancia excepcional que merece atención. Si es cierto, como se rumo-rea, que está por estallar una gran conjura, esa conjura está ligada al proyecto de guerra que la Corte ha planificado.

 

Y bien, el jefe de dicha coalición encabeza vuestros ejércitos. El rey puede abandonar París legalmente, constitucional-mente; la Asamblea no puede censurárselo; ninguna ley le im-pide ponerse al frente del ejército. Puede salir en visita de ins-pección. Os dejo meditar sobre las consecuencias de esa par-tida. El rey no actúa para privarnos de libertad; quiere asegu-rar la disciplina, la Constitución, inflamar a todos de amor por la patria. Entonces se advierte, según las circunstancias, qué posición debemos asumir; y según se quiera emplear la vio-lencia y la corrupción, según se quiera apresurar o suspender el gran proyecto, mirad qué ventajas podemos extraer de tal situación. Subrayad reiteradamente que la Asamblea Nacio-nal no puede tomar medidas contra esta especie de peligro, que la Constitución no estorba; comprended por una vez que todos los tesoros del estado se encuentran en manos de la corte; pesad su enorme poder; recordad el espíritu que anima a la mayor parte de la burocracia pública; advertid las tramo-yas preparadas a distancia, que sólo nuestros enemigos cono-cen perfectamente; ved, bajo las cenizas, el fuego de las disen-siones civiles; pensad que el propio París encierra un ejército realista, inmenso, cada día acrecentado. Y olvidad todo eso para no soñar sino en la guerra contra los alemanes, para pi-sotear los cetros de todos los potentados europeos; azotad a los monarcas extranjeros con vuestras rotas cadenas y ento-nad por anticipado el himno de la victoria y de la libertad

 

 

 

 

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universal.

 

Personalmente, creo ver a un pueblo inmenso que danza so-bre un vasto espacio cubierto de flores y hierbas, jugando con sus armas, haciendo retumbar el aire con gritos de alegría y cánticos guerreros; de pronto el terreno cede, las flores, los hombres y las armas desaparecen; sólo veo una fosa repleta de víctimas. Ah, huid, huid, aún es tiempo, antes de que el te-rreno que pisáis se hunda bajo las flores con que lo han cu-bierto. He dicho y repetido qué principios y qué conducta pue-den salvarnos. El sistema guerrero es la peor trampa; con sólo constituirnos en estado de guerra nuestros enemigos ya han cumplido su finalidad; toda otra argumentación que deseche ese punto esencial resulta ajena a la cuestión.

 

Si es preciso decirlo, mis opiniones me parecen fortificadas por el empeño que se pone en desplazar la cuestión y en apelar a medios independientes de la razón y la experiencia, para ha-cer prevalecer la opinión contraria. Y quiera Dios que yo estu-viese tan seguro de ver a mi patria escapar de sus desgracias como lo estoy de ver muy pronto el sistema que expongo con-vertirse demasiado tarde en opinión universal. Y todavía in-tentaré más para justificarlo: pronto indicaré los medios para prevenir la guerra internacional, ahogando la guerra civil y dominando a los enemigos interiores. Entreveo algunos reme-dios simples y poderosos, al mismo tiempo que constituciona-les; su único vicio sería el no ser adoptados; pero al menos, en tal caso, la nación verá claramente a quién debe imputar sus desgracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SOBRE EL ABASTECIMIENTO DE LOS

 

ARTÍCULOS DE PRIMERA NECESIDAD 28

 

 

 

 

HABLAR a los representantes del pueblo de los medios para atender su subsistencia no es solamente hablarles del más sagrado de sus intereses; porque, sin duda, éstos se

 

confunden con él. Pero no es especialmente por la causa de los ciudadanos indigentes por la que quiero abogar, sino inclusive por la de propietarios y comerciantes.

 

Me limitaré a recordar principios evidentes, pero que parecen olvidados. No indicaré sino medidas simples que ya han sido propuestas; porque no se trata de crear brillantes teorías sino de retornar a las primeras nociones del sentido común.

 

En todo país donde la naturaleza cubre con prodigalidad las necesidades humanas, la escasez no puede imputarse sino a vicios de la administración o de las leyes; y las malas leyes y la mala administración tienen origen en falsos principios y en costumbres corruptas.

 

Se reconoce unánimemente que el suelo de Francia produce más de lo necesario para nutrir a sus habitantes y que la

 

 

28 Textes cboisis, tomo II, p. 82. Hacia fines de 1792 la escasez y encareci-miento de los productos alimenticios hizo crisis. En su discurso del 2 de diciembre, Robespierre abordó temas económicos, propugnando un in-tervencionismo estadual a favor de los sectores sociales más débiles. Las ideas, tomadas probablemente de Rousseau y otros autores, no son utópicas, como pretenden inclusive ciertos escritores de izquierda como Poperen. El dirigismo contemporáneo, aun en países capitalistas, se funda en similares principios. Admirables resultan, por otra parte, el coraje con que apostrofa a la Convención girondina y la interpretación dialéctica de la historia, en función de lucha de clases, que encierra la síntesis final.

 

 

 

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escasez actual es ficticia. La consecuencia de ese hecho y del principio expuesto puede resultar desagradable, pero no es el momento de lisonjearnos. Ciudadanos, a vosotros está reser-vado hacer triunfar leyes justas. No estáis hechos para arras-traros por las huellas de los prejuicios tiránicos transitadas por vuestros antecesores, sino que iniciáis una ruta nueva donde nadie se os anticipa. Al menos, debéis someter a un se-vero examen todas las leyes concebidas bajo el despotismo real y bajo los auspicios de la aristocracia nobiliaria, eclesiás-tica o burguesa; y hasta el momento no habéis tenido otras leyes. La mayor autoridad que se nos cita es la de un ministro de Luis XVI,29 combatida por otro ministro del mismo tirano. He visto nacer la legislación de la Asamblea Constituyente acerca del comercio de granos; es igual a la anterior, nada ha cambiado hasta hoy, porque tampoco han cambiado los in-tereses y prejuicios que la fundamentan. En tiempos de la misma Asamblea vi producirse los mismos episodios que ahora se renuevan; vi a la aristocracia acusar al pueblo; a los intrigantes hipócritas imputar sus propios crímenes a los de-fensores de la libertad, a quienes llamaban agitadores y anar-quistas; vi a un impúdico ministro, de cuya virtud no estaba permitido dudar, exigir la adoración de Francia mientras la arruinaba, y salir la tiranía, desde el seno de tan criminales intrigas, armada de la ley marcial para bañarse legalmente en la sangre de los ciudadanos hambrientos.30 Millones para el ministro, de los cuales estaba prohibido pedir cuentas, primas para las sanguijuelas del pueblo, libertad indefinida para el

 

 

29 Los principales ministros de Luis XVI fueron, sucesivamente, Turgot, Necker, Calonne, Brienne y nuevamente Necker. Éste, ginebrino como Rousseau y padre de Madame de Stael, fue resistido porque su política de “austeridad" deterioraba la condición económica del pueblo.

 

30 Alude a las matanzas del Campo de Marte, en julio de 1791. Sus respon-sables no fueron tanto los aristócratas, sino la burguesía temerosa del pueblo, especialmente Bailly y La Fayette.

 

 

 

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comercio y bayonetas para calmar las alarmas y apaciguar el hambre; tal fue la política seguida por nuestros primeros le-gisladores.

 

Las primas pueden discutirse; la libertad de comercio es ne-cesaria hasta el límite donde la codicia homicida comienza a abusar de ella; el uso de las bayonetas es una atrocidad; el sis-tema, esencialmente incompleto, porque nada agrega al ver-dadero principio.

 

Los errores cometidos provienen de dos causas principales:

 

1o Los autores de la teoría han considerado los artículos de primera necesidad como mercaderías comunes, y no han for-mulado diferencia alguna, por ejemplo, entre el comercio de trigo y el de índigo; les ha interesado más el comercio de gra-nos que la subsistencia del pueblo; y omitiendo en sus cálculos estos datos elementales han aplicado falsamente principios correctos; es esta mezcla de verdad y error lo que ha teñido de verídico un sistema equivocado.

 

2o Más aún, han sido incapaces de adaptarlo a las tempestuo-sas circunstancias revolucionarias; y aunque sus vagas teorías resultaran eficaces en tiempos ordinarios, no encontrarían ninguna aplicación a las medidas instantáneas que los mo-mentos de crisis pueden exigir de nosotros. Mucho ha preo-cupado el provecho de los especuladores y los propietarios, y casi nada la vida de los hombres. Porque eran los grandes, los ministros, los ricos, quienes legislaban y gobernaban; ¡si hu-biese sido el pueblo, es probable que semejante sistema su-friera modificaciones!

 

El sentido común, por ejemplo, aconseja que los artículos que no son de primera necesidad puedan abandonarse a las más ilimitadas especulaciones de los comerciantes; la escasez mo-mentánea que pueda sobrevenir es un inconveniente soporta-ble; y, generalmente, basta con que la libertad indefinida de

 

 

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ese negocio redunde en el mayor provecho posible para el es-tado y para los individuos. Pero la vida humana no puede so-meterse a la misma suerte. No es indispensable que yo pueda comprar un brillante brocato, pero sí pan para mí y para mis hijos. El negociante puede acaparar en sus depósitos las mer-caderías que el lujo y la vanidad codician, hasta que llegue el momento de venderlas al mayor precio posible, pero nadie puede amontonar trigo junto a su semejante que muere de hambre.

 

¿Cuál es el fin primordial de la sociedad? Mantener los dere-chos imprescriptibles del hombre. ¿Cuál es el primero de esos derechos? El de existir.

 

La primera ley social es, por lo tanto, la que asegura a todos los miembros de la sociedad los medios de existir; todas las otras están subordinadas a ella. La propiedad no se ha insti-tuido o garantizado sino para cimentarla. Desde luego, es para vivir que se tienen propiedades. No es cierto que la propiedad nunca pueda oponerse a la subsistencia humana.

 

Los alimentos necesarios al hombre son tan sagrados como la misma vida. Cuanto sea indispensable para conservar la vida es propiedad común de la sociedad entera. Sólo el excedente puede abandonarse a la propiedad individual y a la industria de los comerciantes. Toda especulación mercantil que yo haga a expensas de la vida de mi semejante no es comercio, sino latrocinio y fratricidio.

 

Según este principio, ¿cuál es el problema, en materia de le-gislación sobre subsistencias? Asegurar a todos los miembros de la sociedad el goce de la porción de productos de la tierra que sea necesaria para su existencia; a los propietarios o pro-ductores el precio de su trabajo; y abandonar lo superfluo a la libertad de comercio.

 

Desafío al más escrupuloso defensor de la propiedad a negar

 

 

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estos principios, a menos que confiese entender por derecho de propiedad el de despojar y asesinar a su prójimo. ¿Cómo entonces se puede pretender que cualquier limitación o, me-jor, que cualquier reglamentación de la venta de trigo sea un atentado a la propiedad, y disfrazar este sistema bárbaro bajo la denominación hipócrita de libertad de comercio? Los auto-res de semejante doctrina ¿no advierten que están en irreduc-tible contradicción con ellos mismos?

 

¿Por qué os veis forzados a prohibir la exportación de granos cuantas veces no pueda asegurarse la abundancia en el inte-rior? Fijáis el precio del pan ¿pero fijáis acaso el de las espe-cies o el de los artículos suntuarios provenientes de la India? ¿Cuál es la causa de estas excepciones sino la evidencia misma de los postulados que acabo de desarrollar? Qué digo, los go-biernos someten muchas veces el comercio de objetos de lujo a las reglamentaciones que una sana política impone; ¿por qué habría de estar necesariamente exento de limitaciones el que afecta a la subsistencia del pueblo?

 

Indudablemente, si todos los hombres fueran justos y virtuo-sos, si la codicia nunca tentara devorar la substancia del pue-blo, si dóciles a la voz de la razón y la naturaleza los ricos se sintieran ecónomos de la sociedad y hermanos del pobre, no cabría admitir otra ley que la libertad más ilimitada. Pero si es verdad que la avaricia especula con la miseria, y la misma ti-ranía con la desesperación del pueblo, si es verdad que todas las pasiones declaran la guerra a la humanidad sufriente, ¿por qué las leyes no han de reprimir tales abusos? ¿Por qué no han de detener la mano homicida del monopolista, como la de un asesino vulgar? ¿Por qué no han de ocuparse de la existencia del pueblo, así como largo tiempo se han ocupado del goce de los poderosos y de los déspotas?

 

¿Y cuáles son los medios para reprimir estos abusos? Se

 

 

 

 

 

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pretende que son impracticables, y yo afirmo que son tan sim-ples como infalibles. Se pretende que plantean enigmas inso-lubles hasta para un genio, y yo afirmo que ni siquiera hieren los intereses comerciales ni el derecho de propiedad.

 

Que se proteja la circulación a todo lo largo de la república, pero que se tomen precauciones para que la circulación tenga lugar. Es precisamente por la falta de circulación que pro-testo. Porque el azote del pueblo y la causa de la escasez son los obstáculos a la circulación bajo pretexto de asegurarla ili-mitadamente. ¿Circulan acaso las subsistencias públicas cuando ávidos especuladores las acaparan en sus graneros? ¿Circulan cuando se acumulan en manos de un pequeño nú-mero de millonarios que las sustraen al comercio para hacer-las más preciosas y raras, que calculan fríamente cuántas fa-milias deben perecer antes que las mercaderías hayan espe-rado el tiempo fijado por su avaricia? ¿Circulan cuando no ha-cen sino atravesar las comarcas que las producen, ante los ojos de ciudadanos indigentes que padecen el suplicio de Tán-talo, para ir a sumirse en la guarida de algún empresario de la escasez pública? ¿Circulan, mientras los ciudadanos necesita-dos languidecen en medio de abundantes cosechas, por care-cer de un trozo de oro o de papel lo bastante preciosos como para obtener una porción?

 

Circulación es aquello que pone los artículos de primera nece-sidad al alcance de todos, y que lleva a las chozas la abundan-cia y la vida. ¿Acaso circula la sangre, atorada en el cerebro o en el pecho? Circula cuando corre libremente por todo el cuerpo; las subsistencias son la sangre del pueblo, y su libre circulación no es menos necesaria a la salud del cuerpo social que la sangre al cuerpo humano. Favoreced, entonces, la libre circulación de granos, impidiendo toda obstrucción funesta. ¿Cuál es el medio para obtener tal fin? Privar a la codicia de las tres causas que la favorecen: el secreto, la libertad sin freno

 

 

 

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y la certidumbre de su impunidad.

 

El secreto, ya que cualquiera puede ocultar la cantidad de sub-sistencias de que priva a la sociedad entera y puede, fraudu-lentamente, hacerla desaparecer y transportarla a países ex-tranjeros o a almacenes del interior. Propongo, en consecuen-cia, dos medidas concretas: primera, tomar las precauciones necesarias para comprobar la cantidad de grano que produce cada región y la que cada propietario o productor ha recogido. Segunda, obligar a los comerciantes en grano a vender en el mercado y prohibir todo transporte nocturno del grano ven-dido. No es preciso probar ni la posibilidad ni la utilidad de estas precauciones, que están fuera de dudas. ¿Lo está su le-gitimidad? ¿Pero cómo pueden entenderse atentatorias a la propiedad las reglas de policía general ordenadas por el inte-rés social? ¿Cuál será el buen ciudadano que proteste por verse obligado a actuar con lealtad y a plena luz del día? ¿Quiénes necesitan de las tinieblas sino los conspiradores y los canallas? Por otra parte ¿no he probado que la sociedad tiene derecho a reclamar la porción necesaria a la subsistencia de los ciudadanos? ¡Qué digo!: es el más sagrado de sus debe-res. ¡Cómo podrían ser injustas las leyes necesarias para ase-gurar su ejercicio!

 

Afirmo que las otras causas de la acción desastrosa del mono-polio son la libertad indefinida y la impunidad. ¿Qué medio más seguro para envalentonar la codicia y librarla de todo freno que sostener que las leyes carecen de la facultad de vigi-larla o de imponerle las más mínimas trabas? ¿Que la única norma que admite es la de atreverse impunemente a todo? ¡Qué digo! Tal es el grado de perfección a que ha sido llevada esta teoría que casi está reconocido que los acaparadores son intachables, que los monopolistas son benefactores de la hu-manidad; que en las querellas que surjan entre ellos y el pue-blo, el pueblo está siempre equivocado.

 

 

 

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El crimen de monopolio o es imposible o es real. Si es una qui-mera, ¿cómo hemos podido creer siempre en ella? ¿Por qué hemos sufrido sus estragos desde los primeros tiempos de nuestra revolución? ¿Cómo informes insospechables, y he-chos incontestables, nos denuncian sus culpables maniobras? Si es real, ¿por qué extraño privilegio obtiene protección? ¿Qué límites pondrán a sus atentados los despiadados vampi-ros que especulan con la miseria pública, si a toda especie de reclamación se oponen sin cesar las bayonetas y la orden ab-soluta de creer en la pureza y caridad de los acaparadores? La libertad indefinida sólo excusa, salvaguarda y motiva este abuso. ¿Cómo puede creerse que lo remedia? ¿Qué, se deplo-ran los males del sistema actual, o al menos los males que no ha podido prevenir? Y como remedio se propone... el sistema actual. Os denuncio los asesinos del pueblo, y me respondéis: “dejad hacer”. En semejante sistema, todo está contra la so-ciedad, y todo a favor del mercader en granos.

 

Es aquí, legisladores, necesaria toda vuestra prudencia y vues-tra circunspección. Esta materia es siempre delicada de tratar; parece peligroso redoblar las alarmas populares o inclusive autorizar el descontento. Pero más peligroso todavía es callar la verdad y disimular los principios. Si vosotros los seguís todo inconveniente desaparece, porque sólo los principios pueden agotar la fuente del mal.

 

Bien sé que cuando se examinan las circunstancias de un de-terminado disturbio, impulsado por la escasez real o ficticia de trigo, suele señalarse la influencia de otras causas. La am-bición y la intriga necesitan a veces suscitar disturbios; a ve-ces, son los mismos que excitan al pueblo, con el fin de hallar pretexto para degollarlo y exhibir la libertad ante hombres dé-biles y egoístas como algo terrible. Pero no es menos cierto que el pueblo es naturalmente recto y pacífico, siempre guiado por una intención pura. Los malvados no pueden alborotarlo

 

 

 

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si no le muestran un motivo poderoso y legítimo a sus ojos. Aprovechan más de su descontento cuando éste ya existe; y cuando lo arrastran a excesos, so pretexto de su abasteci-miento, es porque lo encuentran predispuesto por la opresión y la miseria. Jamás un pueblo feliz ha sido turbulento. Quien conozca al pueblo francés, especialmente, sabe que no está en poder de ningún ciudadano insensato o malvado sublevarlo sin razón contra leyes que ama, mandatarios que ha elegido o libertad que ha conquistado. Corresponde a sus representan-tes testimoniar la confianza recibida, desconcertando la ma-levolencia aristocrática, aliviando sus necesidades y calmando sus alarmas.

 

Esos mismos temores merecen respeto. ¿Cómo calmarlos, si permanecéis inactivos? Las mismas medidas que se propo-nen, si no fueran tan necesarias como pensamos, bastaría que el pueblo las desease, que ellas probaran a sus ojos vuestra adhesión a sus intereses, para determinaros a adoptarlas. Ya he indicado cuál es la naturaleza y el espíritu de esas leyes, y me contentaré aquí con reclamaros prioridad para los proyec-tos contra el monopolio, reservándome la propuesta de modi-ficaciones si se adoptan en general.

 

Ya he probado que estas medidas y los principios en que se fundan son necesarios al pueblo. Probaré que también son útiles a los ricos y a todos los propietarios. Ricos egoístas, sa-bed prever y prevenir por anticipado los resultados terribles de la lucha del orgullo y las bajas pasiones contra la justicia y la humanidad.

 

Instruíos del ejemplo de los nobles y los reyes. Aprended a go-zar de la igualdad y la virtud; o al menos contentaos con las ventajas que os da vuestra fortuna, y dejad al pueblo pan, tra-bajo y honradez. En vano los enemigos de la libertad se agita-rán para desgarrar el seno de la patria; el curso de la razón

 

 

 

 

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humana, como el del sol, no puede detenerse; corresponde al genio de la intriga huir ante el genio de la libertad.

 

Y vosotros, legisladores, acordaos que no representáis a una casta privilegiada, sino al pueblo francés; no olvidéis que la fuente del orden es la justicia; que la garantía más segura de la tranquilidad pública es la felicidad de los ciudadanos, y que las largas convulsiones que destrozan a los estados no son sino el combate de los prejuicios contra los principios, del egoísmo contra el interés general, del orgullo y las pasiones de los po-derosos contra los derechos y necesidades de los débiles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SOBRE LA COMPETENCIA

 

DE LA CONVENCIÓN PARA

 

SENTENCIAR A LUIS XVI 31

 

 

 

EL pueblo ya se pronunció dos veces sobre Luis: 1o cuando tomó las armas para destronarlo y vosotros lo sustrajisteis de su justa cólera, prometiendo una solemne venganza; 2o

 

cuando os impuso el deber sagrado de condenarlo ruidosa-mente, para salvación de la patria y ejemplo al mundo. Derro-char tanto ingenio en hallar medios de apelación y revisión significa por lo menos que estáis descontentos del juicio. ¿Acaso el más ilustre picapleitos ha sido nunca tan fértil, como vosotros en este proceso, para encontrar excepciones declinatorias, dilatorias, perentorias o rescisorias?

 

Deberíais, señores, ser más circunspectos. Porque se recuerda vuestra conducta tortuosa durante la Legislatura, vuestras sospechosas alianzas, vuestras eternas intrigas; se recuerda el papel que asumisteis cuando la discusión sobre la destitución; se recuerda el cobarde abandono en que dejasteis al ejército federado. Se sabe que toda vuestra ambición era reinar bajo el nombre de Luis, como ministros suyos. Sois vehementemente

 

 

 

31 Textes choisis, tomo II, p. 91. El proceso a Luis XVI señala la culmina-ción del desconcierto de los girondinos, que a toda costa procuraron salvarlo. Allí perfeccionaron su política antipopular. Robespierre sos-tuvo en varios discursos la competencia de la Convención, soberana y electiva, para condenar al rey sin necesidad de apelar a las asambleas primarias. Vergniaud. Gensonné, Brissot y Guadet, entre otros, recu-rrían a esa apelación para ganar tiempo. Esta epístola abierta, dirigida a ellos y publicada en Cartas de Robespierre a sus mandantes (enero de 1793), recapitula las culpas girondinas. Destacamos su elogio al pueblo de París, constituyendo uno de los primeros escritos que señalan la con-centración urbana como decisivo factor revolucionario.

 

 

 

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sospechados de preferir los vicios de la monarquía a las cos-tumbres republicanas.

 

No, señores, no amáis la República; se recuerda vuestro silen-cio, vuestro embarazo, vuestra inquietud, cuando la Asamblea abolió la monarquía, y vosotros no pudisteis oponeros. Es ex-cusable, por lo tanto, creer que vuestra intención no era sola-mente apelar la condenación del monarca, sino la de la propia monarquía; se pretende que ésa es la finalidad de los distur-bios que excitáis y de los esfuerzos que hacéis para presentar la República, a todos los espíritus débiles, bajo formas horri-bles y peligrosas.

 

Queréis la futura sentencia ante el pueblo de la Asamblea Na-cional. Señores, si estuvierais en condiciones de dictar voso-tros esa sentencia, no la apelaríais, como no apelasteis nin-guno de los decretos desastrosos engendrados por vuestras intrigas. No habríais concebido la idea audaz de apelar de la nación unificada en sus representantes para condenar a Ca-peto, a la nación dispersa sobre un territorio de veinticuatro mil leguas cuadradas, sin posibilidades de reunirse para ins-truir un proceso y formar opinión común. Admitamos que aceptado por la nación el pacto social, los representantes no hacen sino proponer, sin decretar nunca. Pero un juicio no puede considerarse como una simple propuesta; es un acto de poder público; es preciso que sea ejercido o por mandatarios o por el soberano. La superposición de estas dos formas es monstruosa. Repugna a la naturaleza de las cosas que repre-sentantes y representados concurran a un acto de justicia o de seguridad general. Es preciso que sólo el pueblo juzgue a Luis, o que lo hagan solamente los representantes. Más aún: con-vocado el pueblo en asamblea, expira la representación, desa-parece el poder de la Convención; ya no hay ley ni gobierno, sino la voluntad dominante en cada asamblea. Y bien, exponer el estado a estos riesgos, en plena crisis de un gobierno por

 

 

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nacer, ante la proximidad de los enemigos coaligados contra nosotros, ¿es otra cosa que resucitar la monarquía por la anar-quía y la discordia?

 

En definitiva, señores, todas mis objeciones no conducen sino a la naturaleza de la causa que defendéis; porque estoy satis-fecho de vuestros alegatos. Se equivocará quien os reproche las diatribas furibundas que los componen. Porque ¿quién puede exigir de vosotros razones o principios? La libertad con que habéis exhalado la hiel de vuestras almas os ha aliviado, sin dañar a nadie. Nada impide, tampoco, que las gentes de bien consideren vuestras injurias como elogios. No os moles-téis, señores: repetid, junto con todos los ciudadanos impuros y despreciables que aún existen en la República, que son los defensores de la libertad quienes mataron a los prisioneros contrarrevolucionarios inmolados por la proximidad de los prusianos y la cólera popular; ni el más torpe dejará de reír de vuestra impudicia, y menos se os creerá cuanto más lo afir-méis. Llevad un largo luto por los tiranos, para atraer el odio sobre la cabeza de los buenos ciudadanos y sobre la cuna de la República. Prodigad el nombre de asesinos y monstruos a la parte más pura de la Asamblea Nacional; no por eso dejará de ser cierto que los defensores de la causa popular son los ami-gos de la humanidad, mientras los abogados de la tiranía son tan cobardes como crueles. Declamad bien alto para que os oiga toda Francia, representad vuestra comedia y emplead to-das las tretas que La Fayette os ha legado, para arrancar al pueblo de París de la profunda tranquilidad que se obstina en conservar, pese a vuestros esfuerzos y a su miseria. La nación permanecerá unida para triunfar y para gozar del triunfo. Pa-rís no será deshonrado ni destruido. Los Gensonné, los Verg-niaud, los Brissot, los Guadet pasarán. París quedará. París será todavía la muralla de la libertad, el azote de los tiranos, la desesperación de los intrigantes, la gloria de la República y

 

 

 

 

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el ornamento del mundo, mucho tiempo después que voso-tros todos seáis emigrados.

 

Y no sólo el pueblo de París os aborrece, sino cualquier buen ciudadano. Los ojos de Marsella, de Montpellier, de Burdeos y de todos los países del mundo aquí reunidos os molestan in-finitamente, y estáis arrepentidos de haberlos atraído a este sitio. Por todas partes, señores, la clase popular tiene los mis-mos intereses y los mismos principios. París es como un sitio de reunión general, una federación continua y natural, que se renueva sin cesar, de ciudadanos de esa clase; no es ya una ciudad de seiscientos mil habitantes que os acusa: es el pueblo francés, la especie humana, la opinión pública y el ascendiente invencible de la razón universal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PROPAGANDA Y EL CARÁCTER LIBERADOR DEL EJÉRCITO REVOLUCIONARIO 32

 

 

 

EL verdadero objeto de nuestra política debe ser arrancar a los pueblos de la causa de los tiranos coaligados contra nosotros. Porque si los pueblos compartieran su animosidad contra la Revolución, si el fanatismo de la servidumbre o de la superstición se uniese al fanatismo de la aristocracia y al or-gullo del despotismo, tendríamos que sostener una clase de guerra mucho más terrible que la que todos los reyes del mundo pudieron hacer antaño a un monarca francés. Es pre-ciso comenzar por dar a los pueblos tina alta idea de nuestros principios y nuestro carácter. Y para ello disponemos de dos

 

medios: la propaganda y la acción.

 

Es necesario oponer la propaganda a las calumnias extendidas por los gobiernos extranjeros para desacreditar nuestra Revo-lución. Indudablemente, la naturaleza ha grabado en todos los corazones las verdades que le sirven de fundamento, pero los prejuicios y la servidumbre los han borrado; y los escritores mercenarios, cuya bajeza subvenciona el despotismo, han despertado contra nosotros todos los prejuicios y pasiones de

 

 

32 Textos choisís, tomo II, p. 97. La lucha ideológica ocupó siempre a Ro-bespierre. Como los éxitos militares de fines de 1792 habían despertado la tentación de tina guerra de conquista, esta nota publicada en Cartas de Robespierre ti sus mandantes (febrero de 1793) objetiva el concepto de guerra de liberación, postulando magnanimidad y respeto por la idio-sincrasia de los países ocupados. Sólo la “propaganda por los hechos” anulará los efectos de la calumnia y alumbrará racionalmente, sin exa-gerados optimismos, una revolución internacional, posible, bien distinta a la de Brissot o Cloots. De paso, Robespierre anticipa aquí su defensa de la libertad de cultos, que en principio insinúa como necesidad táctica.

 

 

 

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los esclavos, al mismo tiempo que tomaban las precauciones más rigurosas para arrancar de manos del pueblo los escritos franceses que podían esclarecerlo.

 

La misión de instruir a los extranjeros exige mayor celo e in-teligencia, por cuanto es preciso adaptarse a las características y situaciones de los diferentes pueblos. Por ejemplo, no debe hablarse el mismo idioma en los países donde los prejuicios supersticiosos y el predominio clerical agonizan que en aque-llos donde todavía conservan todo su vigor. No es necesario comprometer los grandes intereses comunes a todos los hom-bres, hiriendo demasiado vivamente preferencias populares que por el momento es imposible desarraigar. Es indispensa-ble, sin embargo, hacer los mayores esfuerzos para ilustrar a ese sector de ciudadanos llamado pueblo, que es el que tiene menor acceso a la instrucción por la lectura, pues se la impi-den los ricos, amigos naturales de la monarquía y la aristocra-cia. El propio carácter de igualdad y popularidad que distin-gue a nuestra Revolución ha debido multiplicar la oposición entre los miembros de esa última clase social. Cuanto más aquélla se aproxima a los principios de justicia y razón, más levantan contra ella los vicios y las pasiones. Será más viva-mente combatida por la razón, precisamente porque hace que valga la pena combatir por ella.

 

Existe algún país donde la aristocracia misma comenzó una revolución contra el despotismo real, pero en vez de llegar hasta la igualdad constitucional que nosotros consagramos se ha aferrado al trono para rechazar las máximas francesas y re-tener al pueblo en la ignorancia y la alienación. Existe algún pueblo que puede partir del despotismo para llegar a una constitución aristocrática semejante a la de Inglaterra o Esta-dos Unidos. Inglaterra o Estados Unidos no podrían sufrir una revolución, sino para elevarse de repente a la perfección de los principios sobre los cuales debe fundarse la nuestra. En

 

 

 

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consecuencia, el interés del gobierno inglés coincide con el de todos los aristócratas, todos los intrigantes ambiciosos, todos los ricos del mundo, sin exceptuar los de Francia. El gabinete de Londres es el centro de las intrigas que agitan a Europa contra nosotros, y perturban inclusive a Francia. Tal es la ver-dadera causa de la falsa neutralidad anunciada primero y de la brusca y premeditada declaración de guerra que ahora nos hace. ¿Habría osado proclamarla si el pueblo inglés estuviese esclarecido sobre los principios y verdaderas circunstancias de nuestra Revolución? ¿Existe en nuestra Revolución un solo postulado, un solo triunfo memorable que el pueblo inglés, bien informado, no habría adoptado con entusiasmo?

 

Es deber del gobierno francés utilizar por lo menos tanta as-tucia en propagar la luz entre el pueblo como la que utilizan los representantes de nuestros déspotas en conspirar ante las cortes extranjeras. Nuestros enviados en países extranjeros debieran ocuparse constantemente de esta especie de sagrada conspiración contra la mentira y la tiranía. Pero nuestro pro-pio gobierno ha sido, durante largo tiempo, demasiado enemigo de nuestra Revolución como para no calumniarla en todo el universo; y jamás ha sido lo suficientemente puro como para adoptar las medidas conducentes a extender el culto revolucionario. Sería casi ridículo ocuparnos hoy de las faltas cometidas por un tirano que ya no existe, pero, en cam-bio, interesa examinar la conducta de los agentes de la Repú-blica. ¿Qué medidas han tomado en las cortes extranjeras para realizar el plan del cual informo? ¿Qué han hecho para estimular la insurrección de los pueblos o al menos para con-tener y estorbar a los déspotas?

 

Ojeando los escritos que el ministerio inglés subvenciona para extraviar a la opinión ¿cuál no sería mi sorpresa al encontrar el mismo lenguaje que el ministerio francés derramaba gene-rosamente sobre nosotros? ¿Qué digo? ¡Encontré el lenguaje

 

 

 

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de numerosos representantes del pueblo francés! Todos se han conjurado para deshonrar esta Revolución que ama-manta a la República. Los veo, desde hace un tiempo, ocupa-dos en calumniar a la ciudad inmortal donde aquélla se ha operado, punto de reunión de todos los federados, de todos los franceses, cuna y ruta de nuestra libertad. Los veo insinuar que aquélla es obra de una facción ambiciosa que intenta ele-var a algunos ciudadanos sobre las ruinas de la monarquía. Los veo aturdir al universo con el tema de la muerte de algu-nos cómplices del tirano inmolados por el pueblo; y pintar Pa-rís como el reinado del crimen y la carnicería, como el domi-nio de una banda de asaltantes y asesinos que imperan en el seno mismo de la Convención Nacional. ¿Qué medios son és-tos de hacer respetable la Revolución naciente a los ojos de los pueblos, manchando su cuna por asesinatos, trastornos y fac-ciones? ¿Quién ha intentado inclusive desprestigiar esta época inmortal de nuestra Revolución, consolidada por la condena solemne del tirano? ¿Quién ha querido enrostrarnos como un crimen y un título de oprobio ese gran acto de justicia y virtud republicana? ¿Quién ha pintado la Convención Na-cional como una horda de caníbales? ¿Quién ha despertado con toda su potencia los prejuicios más serviles? ¿Quién ha pronunciado en la tribuna de la Convención, para demorar el castigo de Luis, discursos que parecen anticipaciones de los manifiestos de las cortes extranjeras...?

 

Estas reflexiones deben llevarnos a un riguroso examen de conciencia. Jamás perdamos de vista el hecho de que consti-tuimos un espectáculo para todos los pueblos, que delibera-mos en presencia del universo. Intentemos que cada discurso nuestro resuene desde un polo hasta el otro, que los amigos de la humanidad los recojan con diligencia y los partidarios del despotismo los espiguen de mala fe, para calumniar la causa de la libertad; todo aquel que aquí blasfeme contra los

 

 

 

 

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derechos del pueblo o que prostituya su voz a los prejuicios o a la intriga es cómplice de los tiranos y se confiesa enemigo del género humano. Debemos mantenernos en guardia, inclu-sive contra los desplantes del celo más sincero. Expreso aquí, de pasada, una idea que aún no he elaborado totalmente, pero que con frecuencia me angustia: sí, debemos abstenernos de llamar la atención pública sobre ideas religiosas, y de hacer creer a los extranjeros que no adopten ciertas máximas filosó-ficas en toda su amplitud, que su causa está ligada con la de la libertad que defendemos. Y si es preciso decirlo, temo que ciertas proposiciones, inclusive exageradas por el pueblo fran-cés o por lo menos prematuras, que se nos hicieron desde esta tribuna, hayan provisto a nuestros enemigos de argumentos para desprestigiarnos ante ciertos pueblos cuyo grado de ma-durez no ha alcanzado el nuestro.

 

Pero el medio más seguro de atraernos la opinión extranjera es nuestra conducta a la vista de los pueblos a los cuales nos hemos visto obligados a hacer la guerra.

 

Ya la Convención Nacional ha declarado a la faz del universo, en nombre de la nación francesa, que no hace guerra a los pue-blos oprimidos, sino a los gobiernos opresores. Hizo más: aplicó ese gran principio mediante un decreto inmortal que consagra la soberanía de las naciones y que prohíbe a los ge-nerales y ciudadanos franceses atentar contra ella. Ha llegado el momento de renovar esa declaración y, sobre todo, de ha-cerla ejecutar religiosamente; pues, ¿para qué sirven las leyes más sabias, si no se las observa, como no sea para comprome-ter la prudencia y la lealtad de quienes las promulgaron?

 

Ya ese decreto, dictado en tiempos de la invasión de Niza y Saboya, produjo en ambas el más feliz efecto.

 

Honra a Francia y a la humanidad. Es probablemente la obra maestra de la política magnánima que debe asegurar el éxito

 

 

 

 

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de nuestra empresa. Los diferentes pueblos de Europa no tie-nen las mismas costumbres, ni el mismo grado de cultura, ni la misma predisposición para recibir actualmente la constitu-ción que el pueblo francés desea. Pero aquel principio es apli-cable a todos, porque todos estarán poco a poco dispuestos a sacudir el yugo. Ofreciéndoles y garantizándoles el ejercicio de su soberanía y el derecho de darse libremente una consti-tución cumplimos todos sus anhelos; no herimos ni sus dere-chos ni su orgullo ni sus prejuicios. Nos agradecerán haberlos librado de sus tiranos y estarán dispuestos naturalmente a unirse contra el enemigo común. Al contrario, si violamos ese principio bajo pretexto de acelerar el proceso revolucionario, corremos el riesgo de alienarlos, de fortificar el partido aris-tocrático y dividir a los ciudadanos.

 

Es posible auxiliar la libertad, pero jamás fundarla sobre las bayonetas de un ejército de ocupación. Los prejuicios que la combaten ceden a la razón y se tonifican con la violencia. So-bre todo, existen algunos que gozan de tal ascendiente sobre el corazón humano que atacarlos frontalmente es santificarlos y hacerlos invencibles. Quienes quieran hacer la ley con las armas en la mano nunca parecerán sino extranjeros y con-quistadores, especialmente ante aquellos hombres a los cuales se debe convencer y desalienar por medio de la república y la filosofía. Todo cuanto nos cabe hacer, por el momento, es ful-minar a los tiranos que nos hacen la guerra, y unirnos a los pueblos contra ellos; el tiempo, la razón, nuestro ejemplo y la paz harán el resto para la perfección de los gobiernos y de la especie humana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CONTRA EL MILITARISMO 33

 

 

 

 

¡PERO alzarse contra un general, y contra un general tan necesario...! Conozco hombres que tiemblan ante ese pensamiento, y otros que suplican que el ejército no esté desorganizado ni la República perdida. Sé muy bien a qué me expongo con esta actitud, pero sé también a qué riesgos ma-yores la cobardía y el olvido de los principios exponen a la Re-pública. O mejor dicho, sólo conozco un riesgo para ella: la prolongación de este sistema de pusilanimidad o perfidia que hasta ahora nos ha causado todos nuestros males. El único pe-ligro de la patria es que los representantes del pueblo pierdan, a la vez, la energía y la autoridad, es que el mismo pueblo pierda su carácter y su coraje. Yo acuso, yo, a quienes confían el destino de la nación no a la nación misma sino a la cabeza de tal individuo, de desorganizar la República y reorganizar la tiranía; imputo los peligros de la patria a quienes, en cualquier evento, han afirmado sucesivamente de todos los generales surgidos luego de la República -y comenzando por La Fayette-que el estado estaba perdido si ellos lo abandonaban; a quie-nes acusan permanentemente a los que desde hace tres años denunciamos las traiciones y exigimos que la aristocracia sea reemplazada por el patriotismo; a quienes, bajo tal pretexto,

 

 

33 Textes choisis, tomo II, p. 106. Robespierre fue severo para controlar a los jefes militares, en quienes veía una amenaza aristocratizante. Por eso contribuyó a demoler el prestigio de La Fayette, que se pasó al enemigo temiendo las represalias jacobinas. En este artículo, publicado el 8 de marzo de 1793 en Cartas de Robespierre a sus mandantes, se adelantaba a las intenciones del general Dumouriez que, ya insubordi-nado, poco después también emigraba. Promediando 1793, Robespierre volvió a la carga y logró depurar los cuadros del estado mayor, cuya consecuencia fue el inmediato vuelco favorable de la guerra.

 

 

 

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han arraigado la perfidia y la falta de civismo en el estado ma-yor de nuestros ejércitos.

 

Gozaríamos desde hace tres años de paz, libertad y felicidad si hubiéramos sabido tomar las medidas sabias y vigorosas que la salvación publica ordenaba. Y vosotros, que dejáis gangre-nar las úlceras de la República porque no os atrevéis a sondar-las; vosotros, a quienes la voz de la libertad aterra, conoced vuestra debilidad y vuestra fuerza; imaginad que una nación todopoderosa os sigue y espera vuestra señal para destrozar al enemigo; ved a un pueblo, animado de justicia y verdad, que os urge a estimular el ímpetu de patriotismo que lo inspira; imaginad que no tenéis más apoyo que ese pueblo, ni más enemigos que sus enemigos; imaginad que estáis atrapados entre la desesperación de los ciudadanos desposeídos y la ven-ganza de los tiranos; escoged al pueblo, y la patria estará a salvo y todos los tiranos volverán a morder el polvo de donde proceden. Pero si ya los representantes del pueblo no pueden atacar a un ciudadano culpable, si la patria ya no tiene ciuda-danos que sepan defenderla, en lugar de sospechosos que la traicionan, la República no existe y yo quiero sepultarme con ella, reclamando sus derechos desconocidos y su majestad violada. Pereceré, al menos, sin remordimientos, y vosotros, si acariciáis la tiranía, si nutrís en vuestros corazones senti-mientos pusilánimes y funestos, también moriréis, y moriréis culpables.

 

Tiemblo al observar con qué rapidez hemos caído, de golpe, en un grado de debilidad desconocido inclusive bajo los reyes y bajo el dominio de La Fayette.

 

Un general ha pisoteado vuestros decretos y la autoridad del gobierno francés. Ha detenido a sus agentes, paralizado las sociedades populares, resucitado la aristocracia, vendido Bél-gica, bajo el pretexto de ciertos abusos fáciles de evitar y más

 

 

 

 

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fáciles aún de reparar; ya obra como dictador y os habla en tono superior; se ha apoderado del tesoro público, despre-ciando a sus guardianes; ha cerrado la entrada a Bélgica de vuestros asignados, y si no adoptáis un remedio rápido Bél-gica se perderá. ¡Y ni siquiera osáis examinar su conducta: no habéis querido que os leyeran las órdenes arbitrarias que ha dictado, ni la carta insolente que os ha dirigido, por temor a veros obligados a reaccionar contra él! ¿Pero dónde estamos; acaso cada día no aportará nuevos motivos de mostrar idén-tica debilidad y dejar cimentar el poder de este nuevo dicta-dor? ¡Apresuraos a salir de esta situación insostenible; reto-mad con mano vigorosa las riendas de la Revolución, servíos de la nación que se os ofrece!

 

Concluyo de ahí que debéis destituir a los generales sospecho-sos de poco patriotismo o de traición, y reemplazarlos por ciu-dadanos fieles escogidos por la opinión pública. Recorred la lista del estado mayor, sustituid a los miembros sospechosos, por orden de antigüedad, y por hombres que no sean nobles ni paniaguados del antiguo tirano. Haced un escarmiento te-rrible con los culpables. Esa justa severidad es imprescindible para salvar a la patria. Y entonces veréis a los franceses, abra-sados por un nuevo celo, correr confiadamente bajo la ban-dera de la libertad, y el pueblo entero se movilizará tras el ejér-cito, ¡un ejército invencible!

 

Sólo esas medidas pueden asegurar la libertad y la victoria. En todo caso, mejor es perder una batalla que perder la patria. Los pueblos libres han podido perder batallas, pero sólo han olvidado las máximas republicanas para recaer en la esclavi-tud.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL DERECHO DE PROPIEDAD

 

Y SUS LIMITACIONES 34

 

 

 

 

 

 

PEDÍ la palabra, en la última sesión, para proponer el agre-gado de ciertos artículos importantes, referidos a la Decla-ración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. En primer término, algunos conceptos necesarios para completar vues-tra teoría de la propiedad. Que nadie se alarme. ¡Almas de ba-rro, que sólo amáis el oro! No quiero tocar vuestras riquezas, por impuro que sea su origen. Debéis saber que esta reforma agraria de que tanto habláis no es sino un fantasma creado por algunos bribones para asustar a los imbéciles; no es necesaria sin duda una revolución para enseñar al mundo que la ex-trema desproporción de las fortunas es fuente de muchos ma-les y muchos crímenes, pero también estoy convencido de que la igualación absoluta de bienes es imposible. Y, personal-mente, la creo menos necesaria aún para la felicidad privada que para el bien público; por lo menos en cuanto a mí respecta prefiero una choza a un palacio que esté adornado con el en-vilecimiento de los pueblos y deslumbrante por la miseria pú-

 

blica.

 

 

 

34 Textes cboisis, tomo II, p. 132. La Convención debía reemplazar el en-sayo constitucional monárquico de 1791, derogado luego del 10 de agosto. El proyecto girondino, sostenido por Condorcet y Paine, postu-laba una república censitaria y propietaria y sufrió vivas críticas de Ro-bespierre, quien pronunció este discurso capital el 24 de abril de 1793. El debate abarcó el primer semestre del año hasta que, caídos los giron-dinos, pudo sancionarse el proyecto robespierrista. Aunque su vida fue corta, conservó interés teórico, y los babuvistas fundamentaron sus re-vueltas con el lema “pan y Constitución de 1793”.

 

 

 

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Establezcamos pues, de buena fe, los principios del derecho de propiedad; es necesario hacerlo, tanto más cuanto no existe otro al que los prejuicios y vicios humanos hayan inten-tado esconder tras nubes más espesas.

 

Preguntad a aquel mercader de carne humana qué es la pro-piedad; os dirá, señalando ese largo féretro que denomina na-vío donde ha encajonado y aherrojado a unos hombres apa-rentemente vivos, “ved mis propiedades, los he comprado a tanto por cabeza”. Interrogad al noble, dueño de tierras y va-sallos, o que cree llegado el fin del mundo porque ya no los tiene, y os dará una idea semejante.

 

Interrogad a los augustos miembros de la dinastía Capeto; os dirán que la más sagrada de todas las propiedades es, sin dis-cusión posible, el derecho hereditario que gozan de antiguo para oprimir, envilecer y exprimir legalmente y monárquica-mente, y a su talante, a los veinticinco millones de franceses.

 

Para toda esa ralea, la propiedad no se apoya en ningún prin-cipio moral. ¿Por qué vuestra Declaración de Derechos parece presentar el mismo error? Al definir la libertad, el bien pri-mero del hombre, el más sagrado de los derechos que recibe de la naturaleza, habéis dicho con razón que tiene por límites los derechos ajenos. ¿Por qué no habéis aplicado el mismo principio a la propiedad, que es una institución social? Como si las leyes eternas de la naturaleza fuesen menos inviolables que las convenciones humanas. Habéis multiplicado los ar-tículos para asegurar la mayor libertad al ejercicio de la pro-piedad, y no habéis dicho una sola palabra para determinar su carácter legítimo; de manera que vuestra Declaración no pa-rece hecha para los hombres, sino para los ricos, los acapara-dores, los agiotistas y los tiranos. Os propongo corregir esos vicios, consagrando las siguientes verdades:

 

“1o La propiedad es el derecho de cada ciudadano de gozar y

 

 

 

 

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disponer de la porción de bienes que le sea garantizada por la ley.

 

”2° El derecho de propiedad está limitado, como todos los otros, por la obligación de respetar los derechos ajenos.

 

”3° No puede perjudicar a la seguridad, libertad, existencia ni propiedad de nuestros semejantes.

 

”4° Toda posesión o tráfico que viole ese principio es ilícito e inmoral”.

 

Habláis también del impuesto, para establecer el indiscutible principio de que no puede emanar sino de la voluntad del pue-blo o de sus representantes; pero habéis olvidado una dispo-sición que el interés de la humanidad reclama: olvidasteis consagrar el principio del impuesto progresivo. Porque en materia tributaria es un principio evidente el que impone a los ciudadanos la obligación de contribuir a los gastos públicos proporcionalmente a la magnitud de su fortuna, es decir, se-gún lo que reciben de la sociedad. Os propongo consagrarlo en un artículo así redactado:

 

“Los ciudadanos cuyas rentas no excedan lo necesario a su subsistencia deben ser dispensados de contribuir a los gastos públicos; los otros deben soportarlos pro-gresivamente, según la magnitud de su fortuna”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CARACTERES Y LEGITIMIDAD DE

 

UN GOBIERNO REVOLUCIONARIO 35

 

 

 

 

 

 

EL éxito adormece a las almas débiles, pero aguijonea a los fuertes. Dejemos que Europa y la historia admiren las hazañas de Tolón, y preparemos nuevos triunfos a la

 

libertad. Sus defensores adoptan la fórmula de César: “nada se ha hecho mientras quede algo por hacer”. Desarrollaremos, ahora, los principios y la necesidad del gobierno revoluciona-rio; y luego señalaremos la causa que tiende a paralizarlo en su nacimiento.

 

La teoría del gobierno revolucionario es tan nueva como la Re-volución que lo ha planteado. No se la busque en los libros de política, que no han podido prever esta Revolución, ni en las leyes de los tiranos, que satisfechos con abusar de su poder poco se ocupan en indagar su legalidad. Asimismo, este nom-bre es para la aristocracia un motivo de terror o un pretexto de calumnias; para los tiranos, un escándalo; para muchos, un enigma; es preciso explicarlo a todos, aunque sea para

 

 

35   Textes choisís, tomo III, p. 98. El 4 de diciembre de 1793, sobre informe de Billaud-Varenne, la Convención legalizó el Terror. El activo ritmo revolucionario rindió frutos poco desptiés, cuando Bonapaite recon-quistó Tolón de manos inglesas. El 25, y en nombre del Comité, Robes-pierre denunció a las facciones citra y ultra, aparentemente adversarias pero cómplices efectivas en la tarea de jaquear a su gobierno. Atacó especialmente a los moderados, que El viejo cordelero movilizaba. Este notable ensayo configura el primer esfuerzo científico moderno para formular una teoría del gobierno revolucionario, analizando la legitimi-dad, condiciones y facultades de una ruptura política que aspira a insti-tucionalizarse.

 

 

 

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incorporar los buenos ciudadanos a la causa del interés pú-blico.

 

La función del gobierno es dirigir las fuerzas morales y físicas de la nación hacia el fin de sus instituciones. El fin del go-bierno constitucional es conservar la República; el del go-bierno revolucionario, fundarla.

 

La revolución es la guerra de la libertad contra sus enemigos; la constitución es el régimen de la libertad victoriosa y pací-fica.

 

El gobierno revolucionario necesita desplegar una actividad extraordinaria, justamente porque está en guerra. Queda so-metido a reglas menos uniformes y rigurosas, porque las cir-cunstancias en que se halla son tormentosas y cambiantes y, sobre todo, porque está obligado a emplear, sin cesar, recur-sos nuevos y rápidos, frente a nuevos y acuciosos peligros.

 

El gobierno constitucional se ocupa primordialmente de la li-bertad civil: el revolucionario, de la libertad pública. Bajo el régimen constitucional se debe proteger al individuo contra los abusos del poder público; bajo el régimen revolucionario, el poder público mismo debe ser obligado a defenderse contra las facciones que lo acosan.

 

El gobierno revolucionario debe a los buenos ciudadanos toda la protección nacional; no debe a los enemigos del pueblo sino la muerte.

 

Estas nociones bastan para explicar el origen y la naturaleza de las leyes que denominamos revolucionarias. Aquéllos que las llaman arbitrarias y tiránicas son sofistas estúpidos o per-versos que buscan confundirnos; que someten al mismo régi-men la paz y la guerra, la salud y la enfermedad o, mejor dicho, sólo quieren la resurrección de la tiranía y la muerte de la pa-tria. Si invocan la ejecución literal de cláusulas constitu-

 

 

 

 

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cionales no es más que para violarlas impunemente.

 

El navío constitucional no ha sido construido para permane-cer siempre en el astillero, ¿pero es indispensable acaso lan-zarlo al mar en medio de la tempestad? Eso quisieran los tira-nos y sus lacayos que se opusieron a su construcción, pero el pueblo francés ha ordenado esperar la calma. Su vocerío uná-nime, cubriendo el clamor de la aristocracia y del federalismo, os impone librarlo de enemigos. Los templos no están hechos para asilar a los sacrílegos que los han profanado, ni la Cons-titución para proteger conjuras de tiranos que quieren des-truirla.

 

Si el gobierno revolucionario debe ser más activo en su mar-cha y más libre en sus movimientos que el gobierno ordinario, ¿es por eso menos justo y menos legítimo? No. Se apoya en la más sagrada de las leyes: la salvación del pueblo; en el más irrefutable de los títulos, la necesidad.

 

También reconoce reglas, todas apoyadas en la justicia y el or-den público. Nada tiene de común con la anarquía ni el desor-den; su propósito, por el contrario, es reprimirlos, para ase-gurar el imperio de la ley. Nada tiene de común con lo arbitra-rio; no son pasiones particulares las que lo rigen, sino el inte-rés colectivo.

 

Debe acercarse a los principios ordinarios y generales, en to-dos los casos en que se puedan aplicar rigurosamente sin com-prometer la libertad pública. La medida de su energía pro-viene de la audacia y perfidia de los conspiradores. Es más te-rrible para los canallas cuanto más favorable a los probos. Más las circunstancias le imponen rigores necesarios, así también deberá abstenerse de medidas que lesionen la libertad o per-judiquen intereses privados sin ninguna ventaja pública.

 

Debe bogar entre dos escollos: la debilidad y la temeridad, el moderantismo y el exceso; el moderantismo, que es a la

 

 

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moderación lo que la impotencia es a la castidad, y el exceso, que se asemeja a la energía tanto como la hidropesía a la sa-lud.

 

Los tiranos han intentado constantemente hacernos retroce-der hasta la servidumbre por las rutas del moderantismo; a veces han querido lanzarnos al extremo opuesto. Porque am-bos polos se tocan. Cuando se da arriba o abajo del blanco, se ha errado igualmente el blanco. Nada semeja más a un apóstol del federalismo que un predicador intempestivo de la Repú-blica una y universal. El amigo de los reyes y el procurador general del género humano se entienden a maravilla. El faná-tico cubierto de escapularios y el fanático que predica el ateísmo tienen muchos puntos de contacto. Los barones de-mocráticos son hermanos del marqués de Coblenza, y a veces los gorros rojos están más cerca de los “talones rojos”36 de lo que podría pensarse.

 

Porque es ahí donde el gobierno necesita extrema circunspec-ción, pues todos los enemigos de la libertad velan para volver contra él no solamente sus faltas sino sus aciertos. ¿Golpea al extremismo? Ellos apoyarán al moderantismo y a la aristocra-cia. Si golpea a esos dos monstruos, impulsarán con todo su vigor a los extremistas. Es peligroso dejarles medios de extra-viar el celo de los buenos ciudadanos; y más peligroso aún acobardar y perseguir a los buenos ciudadanos que ellos han extraviado. Por uno de estos abusos la República corre peligro de expirar en un movimiento convulsivo; por el otro, morirá infaliblemente de languidez.

 

¿Qué es, entonces, lo que debe hacerse? Perseguir a los profe-tas culpables de sistemas pérfidos, proteger al patriotismo in-clusive en sus errores, esclarecer a los patriotas y elevar sin pausa al pueblo a la altura de su destino. Si no adoptáis esa

 

 

36 Así se llamaba a los aristócratas.

 

 

 

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regla, perderéis todo.

 

Si fuese preciso escoger entre un exceso de fervor patriótico y la nada del antipatriotismo o el marasmo del moderantismo, no cabe dudar. Un cuerpo vigoroso, atormentado por exceso de humores, dispone de más recursos que un cadáver. Guar-démonos sobre todo de matar el patriotismo al pretender sua-vizarlo.

 

El patriotismo es ardiente por naturaleza. ¿Quién puede amar fríamente a la patria? Particularmente, aquello es patriotismo de hombres simples, poco capaces de calcular las consecuen-cias políticas de su actitud cívica. ¿Cuál es el patriota, inclu-sive esclarecido, que nunca se equivocó? Y si admitimos que existen moderados y cobardes de buena fe, ¿por qué no exis-tirán patriotas de buena fe, a los que un sentimiento loable lleva a veces un poco lejos? Si en un proceso revolucionario se mira como criminales a todos aquellos que pasan la línea exacta delimitada por la prudencia, se envolverá en una pros-cripción general, junto con los malos ciudadanos, a nuestros amigos naturales.

 

¿Quién trazará la línea de demarcación entre los excesos con-trarios? El amor a la patria y a la verdad. Los bribones siempre tratarán de borrarla, nada quieren saber con la razón ni con la verdad.

 

Al indicar los deberes del gobierno revolucionario, también señalamos sus dificultades. Cuanto mayor es su poder y más libre su accionar, más debe estar regido por la buena fe. El día que caiga en manos impuras o pérfidas, la libertad estará per-dida; su nombre será excusa y pretexto contrarrevolucionario; su energía será la de un violento veneno. Por eso la confianza del pueblo francés se dirige más al carácter que la Convención ha mostrado, que a la institución en sí.

 

Al depositar en vuestras manos todo su poder, ha entendido

 

 

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que vuestro gobierno será beneficioso para los patriotas y desastroso para los enemigos de la patria.

 

La fundación de la República Francesa no es juego de niños. No puede ser obra del capricho, ni resultado fortuito del cho-que de todas las pretensiones particulares y de todos los ele-mentos revolucionarios.

 

Y la virtud ¿es menos necesaria para fundar una república que para gobernarla en paz? ¿Qué digo? Si entre nosotros las fun-ciones de la administración revolucionaria dejan de ser peno-sos deberes para convertirse en objetos de ambición, ya esta-mos perdidos.

 

Es necesario que la autoridad de la Convención Nacional sea respetada en toda Europa; para degradarla los tiranos em-plean todos sus recursos políticos y prodigan sus tesoros. Es preciso que la Convención asuma el propósito firme de prefe-rir su propio gobierno al del gabinete de Londres y las cortes europeas; porque si ella no gobierna reinarán los tiranos.

 

Y ¿qué ventajas no tendrán éstos en la guerra de astucia y co-rrupción que hacen contra la República? Los vicios combaten por ellos; la República sólo cuenta con las virtudes. Y las vir-tudes son simples, modestas, pobres, con frecuencia ignoran-tes, a veces groseras; son la dote de los desposeídos y el patri-monio del pueblo. Los vicios vienen adornados de todos los tesoros, armados de todos los encantos de la voluptuosidad y todos los artificios de la perfidia; los escoltan todos los talen-tos peligrosos, ejercitados en el crimen.

 

Gracias a cinco años de traiciones, imprevisión y credulidad, Austria, Inglaterra, Rusia, Prusia, Italia han tenido tiempo de establecer en Francia un gobierno secreto y paralelo, rival del gobierno francés. Tiene sus comités, sus tesoreros, sus agen-tes; deliberan en nuestra administración, se introducen en nuestros clubes, se sientan inclusive en el santuario de la

 

 

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representación nacional, dirigen la contrarrevolución en el mismo plano.

 

Un día asesinan a los defensores de la libertad; al otro, se mez-clan en sus funerales solicitando para ellos honores divinos, mientras esperan la ocasión de asesinar a sus pares. ¿Es pre-ciso alumbrar la guerra civil?: agitan todas las locuras de la superstición. ¿Está a punto de extinguirse en una marejada de sangre francesa?: abjuran su sacerdocio y sus dioses, para re-animarla.

 

Hemos visto ingleses y prusianos expandirse por nuestras ciu-dades y campos anunciando, en nombre de la Convención, una teoría absurda. Hemos visto a curas perjuros encabezar bandas sediciosas bajo pretextos religiosos.

 

Los extranjeros han parecido durante un tiempo los árbitros de la tranquilidad pública. El dinero, el hambre, los tropeles en las puertas de las panaderías surgían y desaparecían a su voluntad. Aún hoy es más difícil castigar a un conspirador im-portante que arrancar a un amigo de la libertad de las garras de la calumnia.

 

Apenas hemos denunciado excesos falsamente filosóficos, apenas el patriotismo ha pronunciado en esta tribuna la pala-bra ultra-revolucionarios, de inmediato los traidores de Lyon y todos los partidarios de la tiranía se apresuraron a explicar que sólo han vengado al pueblo y a las leyes.

 

¡Los pérfidos emisarios que nos hablan y nos acarician son hermanos y cómplices de nuestros feroces satélites que des-truyen cosechas, toman posesión de nuestras ciudades y na-víos, masacran a nuestros hermanos, degüellan sin piedad a prisioneros, mujeres, niños... y los representantes del pueblo francés -¿qué digo?- los monstruos que cometen estas fecho-rías son, sin embargo, mil veces menos atroces que los mise-rables que destrozan impune y secretamente nuestras

 

 

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entrañas!

 

Se hallan entre nosotros, sólo esperan jefes para reunirse y confían lanzarnos a unos contra otros. Esta lucha funesta des-pertará las esperanzas aristocráticas, reanimará las tramas de los girondinos justamente castigados y herirá a la Montaña, porque es a ella, o mejor dicho a la Convención, a la que se quiere destruir dividiéndola.

 

Si por nosotros fuera, sólo combatiríamos contra los ingleses, prusianos, austríacos y sus cómplices. Porque no es en el co-razón de los patriotas o de los desdichados donde hay que lle-var el terror.

 

El Comité ha destacado que no está aún lista la ley para casti-gar a los culpables. Extranjeros, agentes monárquicos, gene-rales teñidos en sangre francesa, viejos cómplices de Du-mouriez y Custine están arrestados desde hace tiempo y aún no se los juzga. El castigo de cien culpables oscuros y subal-ternos es menos útil a la libertad que el suplicio de un solo jefe de conspiración.

 

Los miembros del Tribunal Revolucionario, de quienes en ge-neral puede elogiarse el patriotismo y equilibrio, han indicado al Comité de Salvación Pública las causas que a veces retardan su marcha sin hacerla por ello más segura, y han reclamado la reforma de una ley que hará la justicia más propicia al inocente y al mismo tiempo más inevitable al criminal.

 

No basta, sin embargo, aterrar a los enemigos de la patria, sino también socorrer a sus defensores. Solicitaremos enton-ces, de vuestra equidad, algunas disposiciones en favor de los soldados que combaten y sufren por la libertad, que marchan a la victoria y a la muerte gritando “¡viva la República!”.

 

Las pensiones acordadas a ellos y sus familias nos parecen exi-guas. Creo que, sin inconveniente, pueden aumentarse un

 

 

 

 

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tercio. Los inmensos recursos de la República financiarán esta medida que la patria reclama.

 

También nos ha parecido que los inválidos, viudas y huérfa-nos encuentran, en las formalidades legales y aun en la mala voluntad de algunos administradores subalternos, dificulta-des que retardan el goce de las ventajas que la ley les concede. Creemos que el remedio a tal inconveniente es dotarlos de de-fensores oficiales que les faciliten los medios para hacer valer sus derechos. Por todo ello, proponemos el siguiente decreto:

 

“La Convención Nacional decreta:

 

”I. El acusador público del Tribunal Revolucionario hará juzgar inmediatamente a Diétrich, Cusline -hijo del general ya castigado legalmente-, Debrullis, Biron, Barthélemy y a todos los generales y oficiales sospecho-sos de complicidad con Dumouriez, Custine, Lamor-liére, Houchard; y hará juzgar del mismo modo a los extranjeros, banqueros y demás individuos sospecho-sos de traición y de connivencia con los reyes coaliga-dos contra la República.

 

”II. El Comité de Salvación Pública informará, con el mayor detalle, sobre los medios de perfeccionar la or-ganización del tribunal revolucionario.

 

”III. Los socorros y recompensas acordados por decre-tos precedentes a los defensores de la patria heridos en combate, a sus viudas y a sus huérfanos, se aumentan un tercio.

 

”IV. Se crea una comisión encargada de facilitarles los medios para gozar de las ventajas que la ley les otorga.

 

”V. Los miembros de la misma serán designados por la Convención Nacional, a propuesta del Comité de Sal-vación Pública”.

 

 

 

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LLAMAMIENTO A LA INSURRECCIÓN 37

 

 

Comuna de París.

 

Comité Ejecutivo. 9 Thermidor.

 

 

¡Coraje, patriotas de la sección de Picques, la libertad triunfa! Aquellos cuya firmeza los ha hecho formidables ante los trai-dores ya están en libertad. El punto de reunión es la Comuna, donde el valiente Henriot ejecutará las órdenes del Comité Ejecutivo creado para salvar a la patria.

 

(Firmado): Louvet, Payan, Lerebours, R(obespierre).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

37 Thenon: Robespierre, p. 252. Este documento que Robespierre, tal como acostumbraba, solamente iniciara, fue uno de los que la Comuna dirigió a las secciones, convocándolas para la lucha final del 9 Thermidor. El gendarme Menda se atribuyó, ante la Convención, haber herido de un pistoletazo a Robespierre, después de cruzar por entre los jacobinos que rodeaban al tribuno y que propinaron a Menda un duro castigo a puñe-tazos. Sin embargo, las investigaciones más serias parecen demostrar que Maximiliano se hirió a sí mismo, en un intento de suicidio. Lebas se suicidó efectivamente, y Agustín Robespierre saltó por una ventana.

 

 

 

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CUADRO CRONOLÓGICO

 

 

1755 Muere Montesquieu.

 

1758 6 de mayo, nace Robespierre en Arras (Artois).

 

1762 Aparece El contrato social de Rousseau.

 

1769 Nace Cuvier.

 

1770 Nace Beethoven.

 

1771 Goya y David se conocen estudiando en Roma.

 

1775 Goethe se traslada a Weimar.

 

1776 Independencia de los Estados Unidos.

 

1778 Mueren Voltaire y Rousseau.

 

1785 Última representación en el Teatro del Trianón: Las bodas de Fígaro de Beaumarchais.

 

1787 Mozart: Don Giovanni.

 

1789 Enero-mayo: Estados Generales. Robespierre, diputado por Artois.

 

17 de junio: el Tercer Estado se proclama en Asamblea Na-cional.

 

9 de julio: Asamblea Constituyente.

 

12 de julio: Constitución del clero.

 

14 de julio: toma de la Bastilla.

 

1791 2 de abril: muere Mirabeau.

 

21 de junio: fuga del rey.

 

14 de septiembre: el rey jura la Constitución.

 

1 de octubre: Asamblea Legislativa.

 

1792 20 de abril: guerra con Austria.

 

 

 

 

 

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11 de julio: la “patria en peligro”.

 

10 de agosto: asalto a las Tullerías. Comuna insurreccional.

 

20 de septiembre: Valmy. Convención girondina.

 

21 de septiembre: proclamación de la República.

 

1793 21 de enero: ejecución de Luis XVI.

 

2 de junio: golpe jacobino, grupo que predomina en la Convención.

 

10 de julio: Robespierre ingresa al poder ejecutivo (Comi sión de Salvación Pública).

 

13 de julio: asesinato de Marat.

 

16 de octubre: ejecución de María Antonieta.

 

31 de octubre: ejecución de los girondinos.

 

1794 24 de marzo: ejecución de Hébert y los “rabiosos”.

 

5 de abril: ejecución de Danton y los moderados.

 

8 de junio: fiesta del Ser Supremo.

 

28 de junio: ejecución de Robespierre, Saint-Just y sus amigos.

 

1797 Conspiración de los “Iguales”.

 

1799 Napoleón, primer cónsul.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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