Libro N° 12908. Robespierre. La Razón Del Pueblo.
© Libro N° 12908. Robespierre. La Razón Del
Pueblo. Emancipación. Agosto 24 de 2024
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Robespierre. La Razón Del Pueblo
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reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
ROBESPIERRE
La Razón Del Pueblo
Robespierre
La Razón
Del Pueblo
Robespierre. La razón del pueblo
Estudio
preliminar, selección,
traducción
y notas
Horacio
Sanguinetti
Fuente:
Eudeba.
Universidad de Buenos Aires
2003
©®
Creative Commons
© 2003
Editorial
Universitaria de Buenos Aires
- 2 -
Maximiliano Robespierre, uno de
los mayores políticos revo-lucionarios de la historia, murió guillotinado en
1794. Con-taba con treinta y seis años de edad y con poco tiempo en el
ejercicio del poder; sin embargo, esto no le impidió cambiar el mundo. Pero,
como afectó intereses poderosos, fue conde-nado históricamente por sus
enemigos, quienes —en buena medida— lograron hacer prevalecer una imagen
demoniaca. Por lo tanto, creemos conveniente dar a conocer sus ideas en forma
directa y profunda. Este libro —de difícil acceso en cas-tellano— recoge
algunos de sus artículos, discursos, cartas y proclamas, y procura mostrar otra
imagen, despojada de fá-bulas y mitos.
Aquí advertirá el
lector—probablemente sorprendido— la ap-titud doctrinaria de Robespierre y su
brillante abordaje de te-mas de interés permanente, como las formas de
gobierno, la legitimidad política, las clases sociales, la economía, la guerra
y sus horrores, el militarismo, los primitivos partidos, las dis-criminaciones
—de actores, judíos y negros—, los deberes de la inteligencia, las técnicas de
propaganda, la prensa, el agio. Robespierre y otros gestores de la Revolución
Francesa, con todas sus caídas y crueldades, liquidaron un antiguo régimen
intrínsecamente injusto y perverso, y alumbraron el mundo contemporáneo. Por
eso, estos trabajos ofrecen un hálito per-manente de modernidad.
- 3 -
ÍNDICE
ADVERTENCIA 5
ROBESPIERRE Y El. SOCIALISMO
MODERNO 7
Robespierre LA RAZÓN DEL PUEBLO 55
Cana a Buissart sobre el sufragio
calificado 56
La inviolabilidad del rey 59
Los derechos de los negros 63
Contra la guerra 65
Sobre el abastecimiento de los
artículos de primera
necesidad 76
Sobre la competencia de la
Convención para
sentenciar a Luis XVI 86
La propaganda y el carácter
liberador del
Ejército revolucionario 90
Contra el militarismo 96
El derecho de propiedad y sus
limitaciones 99
Caracteres y legitimidad de un
gobierno revoluc. 102
Llamamiento a la insurrección 112
CUADRO CRONOLÓGICO 113
BIBLIOGRAFÍA 114
- 4 -
ADVERTENCIA
HACE treinta años -con la
complicidad del ahora recién fa-llecido Héctor Grossi—, emprendí la aventura de
poner al alcance del público “hispanoparlante” una antología del
pensamiento político de
Maximiliano Robespierre, antología que faltaba entonces, notoriamente, en
nuestro idioma y en buena medida hoy sigue faltando.
Utilicé los Textes choisis de
Jean Poperen, realicé la selección, traducción, anotaciones y prólogo. Ahora
los reedita genero-samente Eudeba y, tras alguna perplejidad, preferí que se
pu-blique todo, sin corrección alguna. Cierto, la dura travesía cumplida por el
país -y por el mundo- en estas tres décadas, mis experiencias cívicas
personales, nuevas lecturas y medita-ciones y la natural maduración que da el
vivir me hacen reco-nocer expresamente que ahora no escribiría un Prefacio
exac-tamente igual, pues disiento conmigo mismo en ciertas afir-maciones y
concepciones. Entre otras razones, porque hoy profeso un tremendo respeto por
todos los revolucionarios franceses, inclusive por los que en mi prólogo
maltrato: Dan-ton, Desmoulins, Miranda, La Fayette, Paine, los girondinos,
etc., pues todos ellos, no obstante sus errores, crueldades y debilidades,
hicieron juntos la Revolución que cambió al mundo, y a la cual tanto debemos.
Lo advertí claramente esa mañana,
en que, caminando por la acera norte del Boulevard Saint-Germain, dejé en ella
a mi mujer y a mi hijo y crucé solo, para admirar por enésima vez la estatua de
Danton. Ellos me observaban y debatían si yo, simplemente, me acomodaba el
sombrero o lo había levan-tado de intento; y así era, porque sentí el impulso
de descu-brirme frente al gran revolucionario.
- 5 -
Hechas tales salvedades, obviadas
otras que podría formular en aras de la fraternidad, la tolerancia, la caridad
y el respeto por la condición humana, mi admiración por Robespierre no cede.
Sinceramente, prólogo y notas tienen poco valor, salvo alguno docente o
aclaratorio. Lo que vale de este libro es el pensamiento político del autor, su
lucidez casi inverosímil más de dos siglos atrás y la sorprendente actualidad
de los diagnósticos. Leerlo provoca un alarmante escalofrío e invita a la
reflexión profunda sobre las cumbres y precipicios de las sociedades y los
hombres.
Horacio Sanguinetti
Unquillo, 2003
- 6 -
ROBESPIERRE Y EL
SOCIALISMO MODERNO
Horacio Sanguinetti
TODO análisis de historia
política contiene elementos lite-rarios y resabios de gesta que relativizan su
objetividad, porque la simple selección y exposición de hechos es siempre
arbitraria. Sin embargo, no debe confundirse la existencia ne-cesaria de tales
ingredientes polémicos con su exageración
adrede para servir intereses
concretos.
Desde la muerte de Maximiliano
Robespierre, y salvo perío-dos circunstanciales, la derecha ha gobernado
Francia, acu-mulando calumnias sobre su memoria. La historia oficial lo
presenta como una suerte de antihéroe, un monstruo sombrío y ebrio de sangre. El
Olimpo destinado al uso de turistas me-diocres recoge, en cambio, los
padecimientos de María Anto-nieta o, a lo sumo, la gloria imperial.
Ninguna estatua ni calle del
nomenclador de París -abrumado por generales y burócratas- recuerda a este
político que la re-dime de sus mariscales y sus reyes-sol,1 a este hombre cuya
1 Mientras
los empleados de la Conserjería ensayan, por instigación o tole-rancia de las
autoridades, ironías sobre los excesos revolucionarios y piadosas reflexiones
acerca de la familia real, sólo en los suburbios pa-risinos de Bagnolet y
Montreuil una avenida lleva el nombre de Robes-pierre. Ninguna en París. Arras,
su ciudad natal, lo ignora parejamente: apenas existen una calleja con su
nombre, una placa inaugurada por
- 7
-
significación universal recobra,
a través del tiempo y la dis-tancia, inesperadas resonancias en el mundo
contemporáneo.
Sus antepasados, comerciantes y
profesionales afincados en Arras, al norte de Francia, eran adversarios
naturales de la de-sigualdad y el privilegio. Esa extracción social conformó
las inclinaciones de Maximiliano, tanto como su precoz orfandad inspiró un
sentido de responsabilidad,2 manifestado en su vo-cación por el estudio y en la
actitud paternalista que observó hacia sus hermanos.
Desde los doce años cursó el
Colegio Luis el Grande, de París, alternando con la mocedad aristocrática y
burguesa. Su cali-dad de becario, indicio de menguada condición económica,
probablemente contribuyó al endurecimiento de un carácter ya entonces reconcentrado
y orgulloso. Fue alumno brillante; “el estudio era su Dios” según el abate
Proyart, entonces pre-fecto del Colegio; también le atribuye lecturas
clandestinas de autores disolventes y prohibidos, pero ello no parece
verosí-mil dada la severidad del internado y la parcialidad del testi-monio de
Proyart, que odiaba a su ex discípulo.
Robespierre obtuvo numerosas
distinciones, hasta fue esco-gido para pronunciar un elogio de Luis XVI en
presencia de éste: y difícilmente hubiera recibido tales honores un
icono-clasta o sospechoso de serlo.
Por cierto, en el Colegio
adquirió información clásica y, ya abogado,3 abordó metódicamente la lectura de
sus
Mathiez hacia 1923, en la casa
donde Robespierre atendía su estudio de abogado, y un medallón en el museo
municipal.
2 La
madre murió cuando Maximiliano tenía cinco años y tres hermanos menores:
Carlota, Enriqueta y Agustín. El padre abandonó desde enton-ces la atención de
sus hijos y probablemente falleció en Chile. Muy se-mejante es el drama filial
de Rousseau.
3 Presumiblemente,
la misma profesión del abogado le revela injusticias
- 8 -
contemporáneos.
Aunque todavía la nobleza y el
alto clero usurpaban rentas y funciones, una avanzada de la burguesía
-artesanos y comer-ciantes que lentamente habían alcanzado poderío
económico-estaba en condiciones, al promediar el siglo XVIII, de impug-nar las
desigualdades y privilegios institucionalizados e impo-ner su empuje creador en
la evolución política. Esta vanguar-dia burguesa, a la que se sumaban algunos
nobles disconfor-mes, repudiaba la inmunidad impositiva de la aristocracia, el
poder absoluto del monarca -que comprometía la seguridad de todos-, y la
censura agazapada contra cualquier iniciativa disidente, fuese comercial,
artística o religiosa.
Dos líneas intelectuales
acompañaban e ilustraban esa ofen-siva reformista; la vertiente liberal del
enciclopedismo -Mon-tesquieu y Voltaire- correspondía a la alta burguesía o
tercer estado; y la democrática, desgajada con Rousseau de la ante-rior, tendía
a la nivelación de las fortunas y encarnaba tímida-mente los intereses del
“pobre”, del cuarto estado, sin otra re-presentación ostensible. La elocuencia
russoniana impre-sionó al joven Robespierre y es casi seguro que conoció
perso-nalmente al maestro, de cuya relectura y meditación adquirió el hábito de
“reflexionar sobre los grandes principios del or-den social”.
Aunque se lo haya presentado como
un adepto incondicional o un pedestre sacerdote de utopías, Robespierre jamás
aceptó dogmáticamente opinión alguna. Consagró su vida pública a Rousseau en
una célebre invocación, y era russoniano como todos los actores de la
Revolución, desde Danton a Hébert, desde Roland a Carnot. Pero fue un político
práctico antes que
sociales que influyen sobre su
ideología. Abogados son también Lenin y Castro; y entre nosotros, los más
definidos revolucionarios de Mayo: Moreno, Belgrano, Paso, Castelli.
- 9 -
teórico, con un claro y elástico
sentido de conveniencia. Así, condicionó empíricamente todos sus preconceptos
y, al pos-tular el impuesto sucesorio, tolerar el ateísmo, defender los
progresos técnicos o aun vestir como los aristócratas, contra-dijo explícitamente
opiniones de Rousseau. 4
Reintegrado a la apacible
mediocridad de Arras, Maximiliano participó, como la generalidad de los jóvenes
de su condición, de la anémica vida cultural provinciana. Fue iniciado en los
ingenuos ritos del Círculo de los Rosatis, una especie de club dionisíaco con
pretensiones artísticas; integró la Academia y exploró sin mayor fortuna la
aventura literaria. No se nace re-volucionario. Se llega a serlo por una larga
paciencia y expe-riencia. Sin embargo, animó su actividad profesional de
inten-ción social, ajena a réditos y honorarios. No perdía ocasión de
pontificar sobre la inmoralidad de los privilegiados, y en dife-rentes
oportunidades se pronunció contra la pena de muerte, contra la extensión de la
infamia del reo a sus allegados, con-tra las lettres de cachet -arbitrarias
órdenes reales de arresto o exilio-, contra la disipación que envilecía a
ciertas congrega-ciones religiosas. Y en la resonante causa “del pararrayos”
ob-tuvo amparo, porque algunos medrosos vecinos pretendían retirar uno de esos
aparatos. Robespierre defendió allí el pro-greso científico, e imprimió y
distribuyó el victorioso alegato. Hasta Franklin recibió su ejemplar.
Mientras tanto, la situación
financiera del reino era catastró-fica. Los ministros se sucedían sin conjurar
la crisis; el ham-bre amenazaba al pueblo, agotado por impuestos que no
al-canzaban a cubrir los gastos suntuarios de una Corte corrupta. El débil
monarca aceptó, por fin, en agosto de 1788, convocar los Estados Generales,
asamblea donde estaban
4 También
Saint-Just criticó a Rousseau su justificación de la pena de muerte, El
espíritu de la Revolución, p. 105.
-10-
representados los tres órdenes
feudales: aristocracia, clero y estado llano. Tal era la presión de este último
-presumible víc-tima, por otra parte, de los incrementos impositivos- que se le
acordó doble representación.
Las elecciones en Artois fueron
indirectas y estuvieron rodea-das de tensa expectativa. Robespierre solía
reunirse con gen-tes distinguidas en casa del abogado Beaumetz. Discutían las
reformas a proponer y la conducta a seguir. Empero, Maximi-liano pronto
abandonó esa sociedad de notables, resuelto a postular su candidatura como
representante del tercer estado. Era el tiempo de los panfletos. Como Sieyés y
Mirabeau, Ro-bespierre editó el suyo. Dirigiéndose “a la nación artesiana”
demostraba temprana lucidez para interpretar la realidad desde el ángulo de la
lucha de clases. Allí denuncia el estado de postración material y moral en que
se debaten los “pobres, incapaces de reflexionar sobre las causas de sus
desdichas y conocer los derechos que la naturaleza les otorga”. Confía en
convertirse en vanguardia esclarecedora de ese pobrerío, que todavía no es
proletariado porque le falta unidad y conciencia, y que carece de
representación porque no pertenece en rigor al tercer estado sino a un estrato
más desamparado y some-tido. Robespierre también aboga por el bajo clero, cuya
opi-nión usurpaban los altos dignatarios. La defensa del meneste-roso sería una
constante en su riesgosa vida pública. Él mismo fue siempre pobre, a diferencia
de la mayor parte de sus cole-gas, quienes se enriquecían en la política. Hizo
un culto de esa pobreza. Parecía desconocer -como observó maravillado
Mi-rabeau- las necesidades materiales.
En los preliminares de la
elección, bastante tempestuosos, Maximiliano mantuvo una actitud independiente,
distanciado de las autoridades locales. El 26 de abril fue designado entre los
ocho diputados del tercer estado de Artois a los Estados Generales, que se
inauguraron en Versalles la víspera de que
-11-
cumpliese treinta y un años.
Los cinco restantes de su vida
fueron consagrados a la política revolucionaria. Su actividad privada carece de
importancia. Era estoico y sobrio, en medio de la depravación común de la
época. No se le conoce ninguna estridente aventura donjua-nesca, aunque tampoco
odiaba a las mujeres. Amó y estuvo comprometido con Eleonora Duplay, hermosa
hija de su huésped. Pero fue parco en pasiones particulares. Su gran pa-sión,
es decir, su deleite y crucifixión, fue la política, el servi-cio, la pública
militancia.
Enemigos tenaces acumularon sobre
Robespierre los supues-tos más extraordinarios, basados en presunciones, en
testi-monios sospechables, en ademanes, parpadeos, fruncimien-tos de labios. Lo
mismo le imputan una enfermiza atracción por el estudio como una mediocre
cultura. Lo mismo desbor-des de sátiro como impotencia u homosexualidad;
crueldad innata, debilidad y cobardía; veleidades tiránicas e incapaci-dad de
mando; histeria, epilepsia, facultades hipnóticas, tiña, várices... Explican el
Terror sobre la base de la miopía de Ro-bespierre o del amor que cuando niño
profesaba por los pája-ros.5
Ningún diagnóstico serio puede
aventurarse a tantos años de distancia, cuando para colmo se escogen mal las
fuentes del conocimiento histórico y se prescinde del contorno político que
condicionaba las actitudes de Robespierre. Por ejemplo, el absoluto silencio
con que recibe a Barras no es consecuencia de una desviación epileptoide, sobre
la cual no existen otros indicios, sino de la intención de agraviar al
despreciable
5 Von
Henting, en su diatriba contra Robespierre, ejemplifica esta gárrula y colorida
corriente de “fantasía psiquiátrica”. Contrariamente, el ar-gentino Jorge
Thénon ha demostrado que el análisis psicológico del hé-roe no siempre está
reñido con la verdad histórica.
-12-
procónsul. Cuando Robespierre
desconfía de la Corte belicista no lo hace por temperamento neurótico, sino
porque intuye la traición en ciernes. Y cuando elimina a Danton no actúa
envi-dioso de su poderosa virilidad, sino acuciado por un impera-tivo de supervivencia
política.
Añádanse las craneometrías
-imposibles de efectuar sobre elementos directos, porque los restos del
revolucionario tri-butaron a la fosa común-, las conclusiones intrépidas sobre
su frente huidiza o la longitud del lóbulo de sus orejas, y adverti-remos con
Chesterton “la cómica diferencia existente entre el conocimiento y la
ignorancia científica”.6
Tampoco existe, acaso por exceso
de iconografía y variedad de testimonios, certeza absoluta sobre el aspecto
físico de Robes-pierre. Parece que era delgado, de estatura regular y facciones
correctas. Vestía con decoro, fiel a la antigua usanza; nunca, ni en vísperas
de las peores contiendas, dejó de afeitarse y em-polvarse.
Lucía peluca blanca. Al revés de
Dumouriez y otros tránsfu-gas, rechazó el uso demagógico del gorro frigio. Sin
duda, creía que el atuendo era un elemento exterior, que en modo alguno
identificaba la virtud revolucionaria.
Tampoco practicaba el atletismo
oratorio frecuente entonces, y rehuía los efectos demasiado artificiales. Por
eso su elocuen-cia no ha envejecido; elocuencia de estilo reflexivo, lógico,
im-placable, seguía rigurosamente el hilo conductor de su razo-namiento y era
irrefutable. Con la densidad argumental
6 “Entonces
supe" -agrega Chesterton- “que los criminalistas pueden ser más malos que
el peor, por causa de esa alarmante ignorancia del mate-rial humano del que se
supone que nos están hablando. El hombre que pudo decir que Robespierre tenía
una deficiencia de instintos morales es un hombre que debe ser totalmente
desdeñado en todos los cálculos
éticos.”
-13-
compensaba la deficiencia de su
voz, demasiado aguda pero que sobrellevó la fatiga de casi cien discursos por
año.
Cada uno era una batalla. Cuidó
mucho la propaganda y la fundamentación racional y teórica de su praxis. Alguna
vez aconsejó “utilizar las armas contra los tiranos y los libros con-tra los
intrigantes”. En la tribuna no le interesaba el divismo, sino la posibilidad de
convencer. Por eso derrotó hasta el ex-terminio intelectual a oradores más
frondosos y exuberantes, como Vergniaud, Brissot, Hébert, Cloots o Desmoulins.
Prefería leer, y preparaba
honestamente sus intervenciones importantes, aunque también improvisaba y era
certero en re-plicar y polemizar.
La política conserva, aún hoy,
algo de espectáculo. El político es actor de un drama histórico que otros, de
la misma genera-ción o de las venideras, contemplan como espectadores. Los
revolucionarios franceses sabían moverse por su escenario, sabían dominar al
público y cenar la representación con una frase rotunda, mientras caía el
telón. Sabían inclusive morir perfilados en el ángulo más favorable.7
Robespierre no
7 Desmoulins,
por ejemplo, perdió el sostén de Robespierre -y la cabeza-por no guardar
silencio, una buena réplica. Mientras los jacobinos juz-gaban su conducta, lo
irritó con una inoportuna cita de Rousseau. No olvidemos que Collot d’Herbois,
Rosa Lacombe y otros fueron actores profesionales. Fabre había escrito dramas,
era “hábil para desembrollar tramas en el escenario”, como le enrostró
Robespierre, quien también gustaba del teatro moralizante y politizado de su
época.
El Comité de Salud Pública fundó
el Teatro del Pueblo en marzo de 1794, y estimuló las manifestaciones
artísticas a través de la Comisión de Instrucción Pública, integrada por Payan,
que tenía claras ideas sobre la función social del arte. Pero si contaron con
pintores como David y músicos de la talla de Méhul y Cherubini, no existieron,
salvo los her-manos Chénier, dramaturgos ni poetas aceptables. Esa mediocridad
alarmó a Robespierre: “Los hombres de letras, en general” -afirmó el 7 de mayo
de 1794— “se han deshonrado en la Revolución y, para su
-14-
ignoraba que se exhibía a la faz
del mundo y de la posteridad. Que la historia de Francia se universalizaba,
confundida con la del hombre; tenía conciencia jubilosa de cumplir una em-presa
y de vivir en tiempos trascendentales.
Sin duda la circunstancia
condiciona al hombre, pero éste también hace la circunstancia. Existe entre
ambos una inter-acción recíproca e indivisible. Si Robespierre hubiese vivido
en otra época, conformista y cumulativa, habría quizá alcan-zado edad provecta
entre alegatos y ejercicios retóricos. Pero estas conjeturas, seductoras para
algunos ensayistas, carecen de sentido frente a la realidad de que fue como fue
y vivió como lo hizo, y no de otro modo; en cierta y determinada
cir-cunstancia, que él impulsó y modificó a la medida de su genio.
Robespierre fue el revolucionario
más lúcido de su época. Con él terminó la Revolución. Su fracaso estuvo
condicionado por la lógica de un proceso que previo, pero no pudo controlar
to-talmente. Fue el adalid de los “comunes”, los descamisados, los ciudadanos
pasivos.
Perteneciente él mismo a una
pequeña burguesía zozobrante, participó de la revolución deseada por la gran
burguesía -la clase audaz que concentraba la riqueza de Francia- contra los
viejos estratos parasitarios.8 Esta era la revolución que había
eterna vergüenza, la razón del
pueblo ha hecho todo por sí sola”.
8 Sólo
la impermeabilidad suicida del feudalismo encendió la violencia, porque el
mismo resultado se obtuvo por grados en Inglaterra y Estados Unidos, donde el
poder era compartido por nobles y burgueses tan ra-zonablemente como para
seducir a Montesquieu. Pero no a Rousseau, ni a Robespierre. Éste situaba a
Pitt entre sus peores enemigos; parece que en una oportunidad reaccionó contra
quien le atribuía el credo de Montesquieu; y refiriéndose al equilibrio de
poderes, reconoció el 10 de mayo de 1793 que “nosotros mismos estuvimos a punto
de ser víctimas de esta ilusión en época en que la moda parecía exigir este
homenaje a nuestros vecinos, en época en que nuestra propia degradación nos
-15-
alcanzado madurez, y sólo fue
eclipsada brevemente por el Te-rror con que los jacobinos buscaron precipitar
una segunda revolución más honda y extensa, aprovechando los peligros bélicos y
la resistencia aristocrática. Éste es el aspecto real-mente inédito y creador
de la Revolución Francesa, precisa-mente el que no pasó. Mientras la alianza
con los descamisa-dos sirvió a la burguesía para detener al feudalismo, pactó y
dejó hacer. Pero la organización y esclarecimiento de estos descamisados -cuya
realidad sociológica permanece un tanto inasible-, no bastaron para doblegar a
una burguesía aunada ya con todas sus armas. Perdieron la ocasión en Thermidor,
y así la Revolución se detuvo a mitad de camino.
Robespierre repudiaba a Cromwell;
sus modelos se remonta-ban a la antigüedad idealizada. Es decir, no tenía
modelos, operaba sobre terra incógnita. Todo debía improvisarlo: ideología,
acción, táctica. “El reinado del pueblo es de un día” -explicó- “el de los
tiranos abarca la totalidad de los siglos.”
El orden constituido se defendía
calumniando a sus enemigos con fáciles adjetivos: anarquistas, facciosos,
agitadores. Ro-bespierre refutó incansablemente esa típica estrategia
contra-rrevolucionaria. “¿Cómo difamar la libertad?”, planteó el 28 de octubre
de 1792; y señalaba estos medios: “llamar doctri-nas destructoras del orden
público a las máximas filosóficas aplicadas a la organización de las sociedades
políticas: deno-minar anarquía a la caída de la tiranía, y facciones a los
movi-mientos revolucionarios... en fin, difamar las cosas honradas
invitaba a admirar cualquier
institución extranjera que ofreciese una dé-bil imagen de la libertad”.
Aunque respetaba a Washington, se
cuidó de no caer en el culto “ameri-canista” de personajes como La Fayette y
Paine, cuyas defecciones acreditan el juicio negativo de Robespierre, “La
Constitución de Esta-dos Unidos de América” -manifestó cierta vez- “fundada en
la aristo-cracia de la riqueza, ya declina hacia el despotismo”.
-16-
con palabras odiosas y prestigiar
la intriga y la aristocracia bajo honorables rótulos”.
La libertad era joven. También
era temida, “desde el próspero tendero hasta el patricio vanidoso” -afirmaba
poniendo en descubierto la honda vocación burguesa por la desigualdad-“desde el
abogado hasta el viejo duque, casi todos desean el privilegio de despreciar a
la humanidad, encarnada en el pue-blo. Todos ellos se resignan a sufrir amos,
antes que ver mul-tiplicarse el número de sus iguales. A condición de poder
opri-mir a otros, la propia servidumbre les parece más deseable que la libertad
compartida. Parecen imaginar que Dios, desde un comienzo, encorvó las espaldas
de algunos para soportar cargas y penurias y aligeró los hombros de otros para
lucir charreteras”.
Reunidos los Estados Generales,
el derrumbe aristocrático se desencadenó vertiginosamente. Los diputados de los
comu-nes -denominación que Robespierre prefería a “tercer es-tado”, por ser
éste un “monumento de la antigua servidum-bre”- autoproclamados Asamblea
Nacional, “detonaron” la Revolución. El joven diputado documentó sus primeras
im-presiones en la correspondencia con Buissart, amigo de Arras. Entusiasmado
por los acontecimientos, gozoso de su visita a la Bastilla en plena demolición,
desconfía sin embargo de los avances superficiales y juzga con punzante
reticencia a los hé-roes del momento. “Mirabeau es nulo” -escribe el 24 de
mayo-“porque su carácter moral lo hace indigno de toda confianza”. Entre los
aristócratas distingue muy pocas personas “razona-bles”, acaso La Fayette y el
duque de Orleáns, pero ninguno “totalmente exento de los prejuicios de la
nobleza”.
Sus primeras intervenciones lo
destacan, imponiéndolo sobre un coro de burlones detractores. “¿Por qué no
seguís el ejem-plo de vuestro Divino Maestro” -apostrofó al arzobispo de Aix-
-17-
“y abandonáis ese lujo ostentoso
que es un agravio al pobre?”.
En la Asamblea burguesa, que
comenzaba a temer una revo-lución cuyo control se le escapaba, había asumido la
procura-ción de los ausentes.
“En naciones constituidas como lo
están casi todas las de Eu-ropa” -historió más tarde- “existen tres fuerzas:
monarca, aristocracia y pueblo. Este último no tiene medios de presión. En
tales circunstancias, una revolución sólo puede estallar a consecuencia de un
proceso progresivo. Comienza por los no-bles, el clero, los ricos, a quienes
apoya el pueblo contra el po-der dominante del monarca, porque su interés
propio coin-cide con el de aquéllos. Así ocurrió en nuestro país. El impulso
primero de la Revolución lo dieron los magistrados, los no-bles, el clero, los
ricos. Sólo más tarde apareció el pueblo en escena. Entonces, quienes dieron el
primer impulso se arre-pintieron, o por lo menos quisieron detener la
Revolución, desde que asomó la posibilidad de una transferencia de poder al
pueblo. Pero ellos la iniciaron; sin su impulso, la nación se-guiría aún bajo
el despotismo”.
Los conflictos entre
conservadores y radicales siempre han sido, en Francia, muy tumultuosos. Las
manifestaciones, ba-rricadas, frondas y marsellesas tienen un carácter tan
francés como la pasión por la liberté. Aunque ya existían anteceden-tes, el
origen inmediato de estas expresiones proviene de las jornadas de la
Revolución. En octubre, el pueblo miserable arrastró hacia París al rey, bajo
vigilancia de sus cañones. Tras él, también a la Asamblea.
La burguesía moderada estaba
incómoda. Le hubiera bastado, para sanear las finanzas, que los nobles
renunciaran a privile-gios fiscales, que la reina redujera sus gastos, que el
rey esco-giese ministros discretos. El hambre del populacho no la alte-raba.
Por eso, cuando ese desesperado populacho colgó a un
-18-
panadero acaparador, la Asamblea
fulminó con la ley marcial. Entre seiscientos pares, Robespierre fue el único
en protestar y advertir. El único voto en contra.
Los nobles lo zaherían con
frecuencia; la prensa oficialista, también. Pero su prestigio crecía hacia
afuera. Obstinada-mente, impulsaba la Revolución, ampliando la base operativa
de la burguesía con sucesivas alianzas populares. “¿Habláis de disturbios? Esos
disturbios sólo son manifestaciones del espí-ritu de libertad. No os engañéis”
-advirtió proféticamente- “La lucha no ha terminado aún. Mañana quizá veamos
renovarse los aviesos designios de la Corte. Y, ¿quién los frustraría si
co-menzáramos nosotros mismos por declarar en rebeldía a los que se arman para
salvarnos?”
Aprendía a desconfiar de los
alardes oratorios y las promesas seductoras. No porque la desconfianza fuese
una tara patoló-gica de su carácter, como pretenden ciertos psiquiatras
desen-tendidos de la historia, sino porque la realidad asumía una cortante dureza
que no podía ignorarse. La Corte contramar-chaba estratégicamente. Acariciaba,
acataba, distraía, mien-tras urgía la ayuda de Europa feudal para una
restauración sin apelaciones.9 Confiar en la Corte equivalía al suicidio.
Durante los dos años que sesionó
la Asamblea, Robespierre defendió la libertad y la igualdad, doblemente
amenazadas cuando se trata de minorías perseguidas: actores, judíos,
9 La
correspondencia secreta de María Antonieta con su hermano, y la del propio rey,
no dejan dudas sobre el plan que Robespierre intuía. En di-ciembre de 1791, por
ejemplo, Luis se dirigió a los monarcas de Rusia,
España, Suecia y Prusia,
sugiriendo la convocatoria de “un Congreso de las principales potencias de
Europa, como la mejor manera de dete-ner aquí a los facciosos, disponer los
medios para restablecer un orden de cosas más aceptable e impedir que el mal que
soporto pueda ganar otros estados”. Es -intacta- la idea restauradora del
Congreso de Viena de 1815.
-19-
negros.10 En agosto de 1790
estuvo entre los pocos que denun-ciaron a la oligarquía militar, que sofocaba
en Nancy un motín de soldados, previamente despojados de sus sueldos. En abril
de 1791 protestaba contra el “marco de plata” -cifra equiva-lente a unos diez
dólares actuales-, que era preciso pagar para ejercer derechos electorales; y
en multitud de ocasiones im-pugnó el veto real, propuso la democratización de
la Guardia, exigió libertad de reunión, asociación y portación de armas, y
otras iniciativas coincidentes.
Los parlamentos democráticos nada
han agregado al pro-grama defendido por Robespierre desde 1789: referéndum,
sufragio universal y directo, revocación popular de mandatos, juicio por
jurados, supresión de la pena de muerte y la cen-sura, educación popular.11 Sus
reformas comprendían la crea-ción de impuestos progresivos a los réditos y
herencias, dere-chos al trabajo y previsión social.
10 Cuando el abate Mauri, primera espada de la reacción, censuró la
in-moralidad de los actores y el oscuro sistema de vida judío, Robespierre
replicó: “¿De quién es la culpa? ¿No es una vergüenza de los que opri-men a los
judíos si ellos deben resignarse a vivir así? En cuanto a moral,
¿la del clero es irreprochable?”.
Defendió la situación de los
hombres de color en colonias, e ingresó a la Sociedad de Amigos de los Negros.
En cambio, nunca alentó el sufra-gismo femenino.
11 Robespierre comprendió que el sistema educativo es una pieza
capital en toda organización política. La cultura había sido hasta entonces
privile-gio de unos pocos, y él aspiraba a universalizarla. A mediados de 1793
presentó ante la Convención el Plan de Educación Nacional de Lepelle-tier,
mártir revolucionario que planteaba la urgencia de ampliar la edu-cación, es
decir, la formación de hombres, para que comprendiese a to-dos por igual. En
cuanto a la instrucción, entendiendo por eso la espe-cialización profesional,
debía también “ofrecerse a todos” como posibi-lidad, aunque en definitiva
alcanzara a los más capaces. Los niños desde los cinco a los doce años
recibirían, por cuenta del estado, enseñanza, alimentación y cuidados comunes y
gratuitos.
-20-
Al amparo de aquellas precarias
libertades, comenzaron a prosperar en gran escala algunos modernos métodos
políticos de difusión, confrontación y propaganda ideológica. Dos,
principalmente, tuvieron arraigo entonces: los periódicos y los clubes.
Robespierre no fue un periodista profesional, 12 al estilo Marat.
Desmoulins, aunque publicó entre
1792 y 1793 hojas como “El defensor de la Constitución” y “Cartas de
Robespierre a sus mandantes”. En cambio, fue un político práctico, un hombre de
club. Allí residía el secreto de su raro prestigio. Los clubes proliferaron en
Francia a partir de 1790. Se supone que reco-nocen como antecedente las
sociedades secretas del siglo XVIII y esos círculos pseudoliterarios, dedicados
a pasatiem-pos, concursos y discusiones, como los Rosatis, que gradual-mente se
politizaron. Sin embargo, el club es un fenómeno distinto y nuevo; es un
comité, específica y desembozada-mente político.
Inaugurados los Estados
Generales, un grupo de diputados extremistas tomó por costumbre reunirse antes
de las sesio-nes para unificar la acción parlamentaria. Fue el primitivo Club
de los Bretones -génesis de los jacobinos- que Maximili-ano integró, y cuyas
bases de participación se ampliaron por exigencias de la lucha dentro de una
Asamblea de más de un millar de miembros, entre quienes los radicales casi no
conta-ban. Así comenzaron a incorporarse simples ciudadanos, que
12 Objetó, inclusive, el inmenso poder de la prensa venal: “Los
escritor-zuelos” -afirmó en su ataque a La Eayette, el 26 de octubre de 1792-
“tienen en sus manos el destino
de los pueblos. Crean o destruyen hé-roes del mismo modo que aquel Warwick
creaba o destruía reyes. Tal como los príncipes calculan sus fuerzas por la
cantidad de soldados o de disponibilidades financieras, los jefes de facciones
antagónicas, en-tre nosotros, calculan las suyas por su número de escritores y
de recur-sos especiales para alimentarlos”.
-21-
no eran diputados, y criando la
Asamblea marchó a París, el Club pasó a reunirse en un viejo convento de
jacobinos -mon-jes dominicos- en la calle Saint Honoré, muy cerca del recinto
de Asamblea. De allí tomó su nombre habitual, porque oficial-mente se lo llamó
Asociación de Amigos de la Constitución. Muy pronto comenzaron a crearse
filiales en provincia.
Llegaron a pasar de mil en el
auge de la Revolución, con unos doscientos mil afiliados. El Club de los
Jacobinos se fue radi-calizando y resultó al fin el más importante, pero no el
único; existieron otros como los Cordeleros, donde ganaron prestigio Danton y
Marat, y los Fuldenses, surgido por escisión del ala derecha jacobina, en julio
de 1791.
Los clubes constituían el
laboratorio cívico de la Revolución. Su poder era inmenso, respetado y temido
por los que formal-mente ejercían el mando. Manejaban las masas y podían
or-ganizar, muy rápidamente, “jornadas” de agitación cuyos efectos eran incalculables.
En los clubes se discutía y planifi-caba, generalmente en un ambiente de
entusiasmo y desor-den. Eran el engranaje fundamental de la maquinaria política
de la Revolución. También brindaban protección y apoyo con-creto al afiliado, y
solían pagarle su devoción y asiduidad en dinero contante. Selectores de los
cuadros de elite revolucio-naria, inspiran a los partidos políticos modernos;
especial-mente a los partidos revolucionarios, que se les asemejan por las
dificultades para ingresar, las frecuentes “purgas” y la exi-gencia de
militancia consecuente.
Hacia mediados de 1791, los
moderados controlaban la Cons-tituyente: a la derecha se sentaban los
monárquicos, que dis-ponían de organismos intermedios, como el Salón Francés y
el Club de Amigos de la Constitución Monárquica, y periódi-cos al estilo de Las
actas de los apóstoles. Los fayetistas, ávi-dos de acompañar y asesorar a una
monarquía temperada,
-22-
buscaban la alianza del
“triunvirato” de Lameth, Du Fort y Barnave, quienes aparecían como los jefes
parlamentarios de la Revolución. Ni siquiera el tercer estado se apasionaba por
los cambios: el conde de Mirabeau, tránsfuga de la nobleza, monárquico y contradictorio,
se vendía al mejor postor.13 El populacho podía reconocerse en unos pocos
diputados, tal vez sólo en Robespierre y Petion, a los que ovacionó cálidamente
el día de la disolución de la Asamblea. Los grandes valores re-volucionarios se
iban gestando desde el llano, los clubes y los periódicos.
Las reformas legales se plasmaron
en la Declaración de Dere-chos del Hombre y el Ciudadano, del 26 de agosto de
1789, y en la Constitución de 1791 que, aparte de su retórico libera-lismo y de
consagrar la autonomía de los poderes judicial y legislativo, según el modelo
tripartito de Montesquieu, con-servaba al rey como cabeza ejecutiva.
Ciertamente los nobles habían
renunciado privilegios y el clero secular sustituyó al regular, cuya supresión
generó resis-tencias de muchos sacerdotes que no juraron la Constitución Civil
ni comentaron los decretos de la Asamblea. Pío VI con-denó la Declaración; y el
conflicto religioso, que Robespierre procuraría aplacar con todo el peso de su
influencia, consti-tuyó uno de los grandes pretextos contrarrevolucionarios.
Pero las medidas económicas y sociales beneficiaban primor-dialmente a la gran
burguesía: el asignado, especie de papel moneda garantizado por bienes de la
Iglesia, estimuló la infla-ción; y la venta de fundos nacionales se resolvió en
favor de unos pocos especuladores de tierras. Todo ello completado
13 La correspondencia de Mirabeau
con el conde de Lamarck prueba su extremada venalidad; y su defensa
parlamentaria del rey y los emigra-dos revela la estrechez de su programa
“revolucionario” (c/1 Rousse, Mirabeau, pp. 182, 210, 218 y cctes.).
-23-
con una absoluta libertad de
comercio y la prohibición de huelgas y asociaciones sindicales. Los
desposeídos, como en-tendió
Robespierre, poco ganaban con
semejantes mutaciones. “La sangre de trescientos mil franceses ha corrido ya”
-dijo- “to-davía puede correr la sangre de otros tantos para que un sim-ple
obrero no se pueda sentar en el Senado junto a un rico mercader de granos, para
que el artesano no pueda votar junto al ilustre negociante o al presuntuoso
abogado en asam-bleas populares, y para que el pobre inteligente y virtuoso no
pueda conservar, ante un rico imbécil y corrupto, la actitud de un hombre.
¡Recurrís a los poderosos para no tener iguales!”.
La frustrada fuga real, en el
verano de 1791, obró como reac-tivo. La indignación popular adquirió contornos
amenazan-tes. Robespierre, que nunca fue generoso para evaluar los mó-viles de
sus enemigos y se adelantaba siempre a imputarles lo peor, intuyó la
complicidad de La Fayette y de la Asamblea, que adoptaba una actitud sumisa. Un
revolucionario no puede permitirse ser ingenuo, y ese instinto cauteloso le
valió de mu-cho. Discutió el tema con sus amigos Brissot, Petion, Roland, los
futuros girondinos de quienes se disociaba lentamente. No tuvo mucho éxito.
Brissot insinuó que La Fayette habría favo-recido la fuga para desenmascarar al
rey e instaurar la repú-blica. “¿Y qué es una República?”, preguntó
irónicamente Ro-bespierre.
No asignaba importancia salvadora
al sistema republicano si el mecanismo gubernativo quedaba en manos de la
burguesía y la aristocracia militar. “Las palabras monarquía y república
carecen en sí mismas de sentido” -dijo en los jacobinos. 14
14 Sin embargo, supo hacer y justificar la república democrática.
“Este ré-gimen monárquico” -dijo el 10 de abril de 1793- “interesa a Pitt, a
los ambiciosos, agrada a los aristócratas burgueses que temen la igualdad,
-24-
Su carta a los franceses, de
1791, insistía en que “no es en estas palabras, monarquía o república, donde
reside la solución del problema social’’. Y en octubre de 1792, todavía:
“Murmurar de La Fayette significaba destruir la disciplina militar, favo-recer
a Coblenza, predicarla ‘anarquía’ y atentar contra el Estado... Suprimid la
palabra República; no veo que haya cambiado nada”.
Los sectores moderados
procuraban, consternados, justificar la defección del monarca, expandir rumores
y estrechar filas. Impedido de hablar en la Asamblea, donde Bailly propaló la
tesis del “rapto” del rey, Robespierre se dirigió a los jacobinos. En un discurso
dramático reveló los peligros inminentes, de-nunció a la Corte y a la
claudicante Asamblea, y copó al inde-ciso auditorio por la fuerza de su
argumentación. “¡Todos mo-riremos contigo!” -rugió de pronto Camilo Desmoulins,
desatando un delirio de aplausos, lágrimas y juramentos.
Cuando llegaron La Fayette y los
suyos, tarde como siempre, el Club estaba definido por Robespierre, y al
general sólo le quedó retirarse para intentar la disidencia fuldense.
Pero la Asamblea mantuvo al rey,
y en los difíciles días suce-sivos especuló con los temores e intereses más
bajos. “Respe-temos a Luis, no por su conveniencia, sino por la nuestra”,
su-gería La correspondencia nacional del 25 de junio, en una transparente
amenaza de intervención extranjera. Y a pesar de la carta del rey, donde
explicaba sus intenciones de fuga, se insistió en la comedia del rapto,
mientras maduraba la oca-sión de un escarmiento.
Robespierre lo sospechó y, aunque había reclamado la
y a quienes inclusive se ha hecho
temer por sus propiedades; agrada también a los nobles, felices de hallar en la
representación aristocrática y en una nueva corte las prebendas que se les
escapaban. La República no interesa más que al pueblo.”
-25-
destitución de Luis, el 16 de
julio impugnó un petitorio popu-lar en el mismo sentido que, puesto para su
firma en el Campo de Marte, congregaría mucho pueblo. Robespierre obraba
tác-ticamente, para eludir la provocación y el juego paralelo del oportunismo
orleanista. Retirado el petitorio por los jacobi-nos, los indignados cordeleros
decidieron hacerlo suyo. Bajo presión de Lameth, presidente de la Asamblea, el
alcalde Bai-lly declaró la ley marcial y La Fayette ametralló a mansalva a la
muchedumbre, en un ensayo represivo que pudo desatar el terror blanco.
Robespierre, presente en el Club,
no volvió esa noche a su casa. Aceptó la prudente hospitalidad de un
correligionario, el carpintero Duplay, artesano acomodado, cuyo hogar fue,
desde entonces, su residencia definitiva.
Pero la matanza del Campo de
Marte dio nuevo pulso a la in-dignación popular. Desde los jacobinos,
“purgados” por el ale-jamiento de unos doscientos fayetistas, se orquestaría
inme-diatamente la contraofensiva. Las filiales de provincia mantu-vieron su fidelidad
a los radicales. Sólo cuatro, entre cuatro-cientas, acompañaron a los
fuldenses, que también perdieron la documentación y el local. Este golpe
decidió el futuro inme-diato. Dueño del Club, Robespierre se aseguró tribuna
para el año en que no sería legislador, porque él mismo había obte-nido que
ningún diputado de la Constituyente fuera elegible a la Legislativa. Ese
sacrificio personal suyo debilité) al mode-rantismo y a la aristocracia, cuyos
mejores talentos perdieron sus bancas y, con ellas, influencia. Ante la
Asamblea sentada y cubierta, el rey juró la Constitución descubierto y de pie,
en la sesión final que fue también la apoteosis de Petion y Robes-pierre.
Un breve viaje por Artois lo
expuso a la ruidosa adhesión po-pular, tanto como a cierta frialdad de las
autoridades. En
-26-
noviembre volvía a París, para
comenzar una nueva instancia de su carrera hacia el poder. “No creo” -afirmó
entonces- “que la Revolución haya terminado”.
Por supuesto; apenas comenzaba.
El problema inmediato era la guerra, alentada por la Corte y sus aliados
brisotinos para salvarse, y que, sin embargo, desviada de sus objetivos
origi-narios por la destreza política de Robespierre, habría de pre-cipitar la
Revolución y llevarla hasta aperturas extremas.
La auténtica corriente de
izquierda militaba en los clubes bajo el aliento de Robespierre, Marat y
Danton, sumergida en la Asamblea Legislativa que dominaban los fuldenses y
fayetis-tas, y donde un grupo moderado que respondía a Brissot pre-tendía
encarnarla. Se lo conoció como girondinos, porque los más notorios provenían
del departamento de la Gironda. Juventud brillante y algo frívola, contaba con
graneles valores individuales como Guadet y Vergniaud, y por la noche asistía
al salón de los Roland, un hombre maduro y su esposa, con ambiciones
intelectuales y políticas. Aún eran amigos de Ro-bespierre, pero el devenir
histórico habría de separarlos irre-ductiblemente. En verdad, los girondinos
resultaban epígonos de la Enciclopedia, “secta materialista, que prevaleció
entre grandes y bellos espíritus” -como le imputó Robespierre-, “a la cual
debemos en buena medida esta especie de filosofía práctica que erige el egoísmo
en método, el éxito en medida de justicia”. Los girondinos eran la inteligencia
del sistema constitucional, típicos intelectuales prestos a impugnar
su-perficialmente un orden de cosas con el cual están comprome-tidos y al cual,
en consecuencia, nunca renuncian totalmente.
La salida bélica era una sabia
“construcción” de la Corte. Gru-pos de nobles emigrados, radicados en Coblenza
sobre la fron-tera francesa, hostilizaban a los patriotas; ciertamente, más con
estrepitosas amenazas que con hechos, y sin esperanza
-27-
inmediata de obtener apoyo
oficial de estados extranjeros. Luis XVI mantenía correspondencia secreta con
varios sobe-ranos a los que solicitó auxilios, pero como aquéllos, ocupados por
cuestiones domésticas, demoraban en definirse, resolvió tomar la iniciativa. La
mentalidad patriotera de los franceses ofrecía vena propicia para esta
aventura, y fue explotada al máximo. Cualquiera fuese el resultado, la Corte
ganaba: una victoria obtenida bajo el signo de Luis XVI afianzaría su débil
posición interna. Y la derrota misma, previsible por la desor-ganización del
ejército, nunca sería una derrota para el rey, porque el invasor correría en su
auxilio. Las propias manifes-taciones confidenciales, y aun públicas, de sus
presuntos ad-versarios, investían a esa guerra del carácter de una cruzada
legitimista.
El partido girondino, vocero de
los armadores y comerciantes de Burdeos y Marsella, auguraba que el conflicto
movilizaría sus negocios y abriría nuevas zonas de explotación; algunos soñaban
con la expansión económica, con el equilibrio del asignado sobre la base del
pillaje y la conquista. Así, acaso los brisotinos pudieran desempeñarse
decorosamente como mi-nistros y consejeros del razonable monarca. Otros,
satisfechos con los alcances locales de su revolución, confiaban en des-truir
las reservas absolutistas de Europa. Anacharsis Cloots, utopista prusiano
incorporado a los jacobinos, fantaseaba so-bre el advenimiento de la revolución
mundial. El pueblo fran-cés, henchido de patriotismo y siempre dispuesto a
saborear la gloire, dirigió la propaganda descontando que aquello sería un
paseo triunfal, donde la soldadesca confraternizaría ante el asombro impotente
de los tiranos.15 Solamente Marat y
15 Una revolución en marcha debe adecuar la táctica de afianzamiento
o expansión a sus posibilidades concretas, sin equivocar la oportunidad. La
universalización de sus conquistas resulta una estrategia difícil, acaso el
mayor dilema revolucionario. I.as divergencias entre Saavedra
-28-
Billaud-Varenne expresaron
reservas sobre tamaña improvi-sación. Hasta que Robespierre, silencioso durante
varios días, maduró sus planes y atacó resueltamente. Su primer discurso causó
estupor entre los jacobinos, ebrios de frenesí bélico. En-frentado a Brissot en
la tribuna del Club, a lo largo de varias densas jornadas de polémica, refutó
los dialécticos escarceos del girondino. Señaló que los mandos carecían de
eficiencia y entusiasmo para conducir una guerra de liberación, que la
Re-volución no estaba afianzada interiormente, y que la vocación guerrera de
una Corte dispuesta a la fuga y la represión era sospechosa hasta la evidencia.
“Tenemos necesidad de gran-des traiciones” declamó Brissot, cuyo plan no podía,
en ver-dad, ofrecer nada mejor.
Robespierre no consiguió aliados
poderosos en esta campaña. Danton y Prudhomme, que lo sostuvieron al comienzo,
pronto se neutralizaron. Tampoco tuvo éxito porque el 20 de abril, a propuesta
del rey y de su ministerio girondino, la Asamblea declaró la guerra a Bohemia y
Hungría, lo cual significaba de-clararla a toda Europa. Pero el prestigio del
tribuno se multi-plicó, a medida que los primeros desastres lo justificaron e
im-pulsaron desesperadamente la Revolución hacia la izquierda. Acaso Brissot
acertaba en su paradoja, y las traiciones irrita-sen un patriotismo pronto a
obrar de contragolpe. Lo que no advirtió es que ese contragolpe acabaría con su
partido. La Re-volución se radicalizó en los peligros extremos y conjuró,
gra-cias a esta alianza de burguesía y “proletariado” excitada por los
jacobinos, todo riesgo interior o exterior de una restaura-ción incondicional.
A un mes de iniciadas las
operaciones, los jefes militares
y Moreno, Stalin y Trotsky,
Castro y Guevara, tuvieron en gran medida origen en sus opiniones distintas
acerca del momento de intentar la ex-pansión.
-29-
aconsejaban negociar la paz, y La
Fayette amagaba retornar sobre París con sus tropas para disolver a los
jacobinos.
“¿Hemos perdido ya nuestra
libertad?” -se exaltó Robespie-rre- “o vos habéis perdido la razón? La
Constitución declara que las fuerzas armadas son esencialmente obedientes, ¿y
osáis dar lecciones a la representación nacional?”.
Fue entonces que el espíritu
popular mostró su entraña he-roica. La Asamblea, presionada por los clubes y
secciones, adoptó algunas elementales medidas defensivas: disolver la guardia
real, reunir veinte mil hombres que defendieran París del enemigo y la traición
de los militares profesionales, depor-tar a los sacerdotes refractarios,
proclamar “la patria en peli-gro”. Pero el rey opuso su veto y despidió al
gabinete giron-dino.
“¿Existe aún la Asamblea?”
-bramaba Robespierre- “la ultra-jan y no se venga”. Y en seguida, a los
jacobinos: “Los reme-dios ordinarios no bastan. ¡Franceses, salvaos a vosotros
mis-mos!”, lo que era invitar a la rebelión... y anticipar un precepto marxista;
la liberación de los trabajadores sólo será obra de los mismos trabajadores.
El 10 de agosto entraron en
acción las reservas populares, mo-vilizadas por un secreto directorio que
dirigía Robespierre.
En respuesta al manifiesto del
jefe prusiano, Brunswick, que amenazaba con la muerte a quien defendiera
París o tomara represalias sobre
la familia real, el pueblo des-trozó, junto con las rejas de las Tullerías,
toda perspectiva de monarquía constitucional. Mientras, un joven teniente
jaco-bino, Napoleón Bonaparte, contemplaba y aprobaba los acon-tecimientos,
porque “otra vez somos libres”.
A través de la Comuna insurrecta,
el programa robespierrista se cumpliría inexorable: supresión de la monarquía,
-30-
liquidación de la Corte y los
fuldenses, sustitución de la Legis-lativa por una Convención elegida por
sufragio universal.
La caída y prisión del rey,
finalidad mínima del plan, quedó cumplida el 10 de agosto. Pero Robespierre
tenía la rara virtud de no envanecerse de sus éxitos, ni extraviarse en
escaramu-zas que confundiesen sus objetivos últimos. Siguió atento las confusas
contramarchas de la Asamblea, que designó un eje-cutivo provisorio, un Consejo
girondino, inmediatamente dis-puesto a “trasladarse”, es decir, a escapar de
París. Aunque estos nuevos ministros respondían a Roland, la cartera de
Justicia la ocupaba Danton, hombre nuevo, pleno de capaci-dad revolucionaria.
“Antes que los prusianos entren en París” -manifestó apasionadamente- “prefiero
que mi familia pe-rezca conmigo y que París sea un montón de ceniza. ¡Roland,
guárdate de hablar de fuga! Teme que el pueblo te escuche.”
Danton fue el protagonista de
esos duros días de setiembre.16 Con los enemigos a una jornada de la capital, y
una dirección girondina que no vacilaría en coronar a Brunswick o York como
reyes de Francia, Danton organizó) febrilmente la resis-tencia y la victoria.
No desdeñó medidas muy enérgicas: re-quisa de armas, vigilancia especial en los
ejércitos, levas, de-tenciones. Tres mil sospechosos fueron juzgados
sumaria-mente, y algo más de un millar, ejecutados. La victoria de Valmy, donde
un ejército harapiento contuvo a los guerreros más arrogantes de Fu ropa, fue
el coherente resultado de esta
16 Por la energía desplegada entonces, Danton eclipsó inclusive a
Robes-pierre. Algunos han elaborado, en consecuencia, la tesis de la
“cobar-día” de éste. Pero el coraje de un dirigente revolucionario rara vez se
manifiesta físicamente, sino en la responsabilidad moral que asume. La valentía
ética de Robespierre fue inmensa. Más: no sólo era civilmente valeroso, sino
agresivo; su coraje fue esencialmente activo, ofensivo.
De haber sido más “cobarde”
probablemente hubiera logrado evitar el suplicio.
-31-
temperatura revolucionaria, de
este “pequeño” y primer te-rror indispensable para sostener la Revolución
jaqueada desde frentes diversos. “Hoy he visto nacer un mundo nuevo” -dijo
Goethe, que asistió) a la batalla.
Pero el general Dumouriez no
explotó a fondo aquella victoria. Probablemente temía a su propio ejército, y
la solidaridad de clase era en él más robusta -como luego se demostró- que la
vocación patriótica.
Las elecciones para la Convención
significaron en París un ro-tundo triunfo de la izquierda. Robespierre el
primero, Dan-ton, Marat, Billaud-Varenne fueron elegidos fácilmente. El teatro
revolucionario siempre está en la ciudad. Las provin-cias alejadas, sometidas a
prejuicios y criterios aldeanos, per-mitieron que Brissot, Petion y sus amigos,
repudiados por el suburbio, ingresaran a la Convención y capitanearan
inicial-mente una inestable mayoría con respaldo del Llano o Pan-tano, es
decir, del centro versátil y acomodaticio.
Apenas reunida la Convención, en
ariscas escaramuzas, Ose-llín, Barbaroux y Vergniaud acusaron a Robespierre de
aspi-rar a la dictadura en las jornadas de agosto. El asalto fue re-matado por
Louvet y Roland. Sin conciliación posible, Robes-pierre imputó a la Gi- ronda
entendimientos con la aristocra-cia, en el afán que la guiaba de nivelar y
compensar los extre-mos revolucionarios. Hasta el léxico girondino era ya la
jerga típica de las derechas, que invoca el orden y la legalidad como
jerarquías permanentes. Pero ningún orden podían postular estos
semi-revolucionarios, si todo lo hecho el 10 de agosto - aceptó Robespierre-
“era ilegal, tan ilegal como la Revolución, como la caída del trono y de la
Bastilla, tan ilegal como la misma libertad. Ciudadanos, ¿queréis acaso una
revolución sin revolución?”.
En cuanto a la represión y al
pequeño terror, no imputables a
-32-
Robespierre, porque el terror
revolucionario siempre es algo difuso y colectivo, aquél asumió sin embargo la
responsabili-dad de justificarlos: “Conservemos algunas lágrimas para los cien
mil patriotas inmolados por la tiranía; la sensibilidad que gime exclusivamente
por los enemigos de la libertad me re-sulta sospechosa”.17
17 Robespierre poseía sentido y mesura para conocer los límites,
mínimos y máximos, hasta donde convenía que llegara el 'terror. Por eso trató
de controlarlo, sin rehusar su empleo y justificación. En el discurso del 5 de
febrero de 1794, concibió perfectamente que se equiparase adrede la violencia
revolucionaria con el asesinato sólo porque aquélla no es vio-lencia
institucionalizada. “Si la tiranía volviese a reinar un día, al otro no
quedaría ningún patriota. ¿Hasta cuándo se seguirá llamando justicia a la
violencia de los tiranos, y a la del pueblo barbarie o rebelión? ¡Cuánta piedad
para los opresores, cuánta dureza para los oprimidos! Sólo puede amar la virtud
quien odie el crimen; nada más lógico. La opción, sin embargo, es irreductible.
¡Indulgencia para los realistas!, gritan unos, ¡Piedad para los infames! No.
Piedad para la inocencia, piedad para los débiles, piedad para los desdichados,
piedad para la hu-manidad. ”No se debe protección social más que a los
ciudadanos pací-ficos, y los únicos ciudadanos de la República son los
republicanos. Los realistas y los conspiradores sólo son extraños o, mejor
dicho, enemi-gos. La tremenda guerra que sostiene la libertad contra la tiranía
es in-divisible. Los enemigos de adentro son aliados de los enemigos de afuera,
tan culpables y peligrosos como los tiranos a quien sirven. To-dos cuantos
interponen su dulzura fratricida entre aquellos infames y la espada de la
justicia, veamos, ¡de quiénes habrán de apiadarse! ¿Acaso de los doscientos mil
héroes, la flor y nata de la nación, segada por los enemigos de la libertad?
No, sólo eran plebeyos, sólo eran patriotas. Para merecer su tierna solicitud
hay que ser, por lo menos, la viuda de un general que ha traicionado veinte
veces a la patria.”
Las víctimas del Terror no
pasaron de 10.000, incluyendo las 1.200 del pequeño terror, y las 1.677 que se
imputan a las célebres carnicerías de Lyon. Por otra parte, la Revolución
suprimió los prolijos tormentos de antaño y simplificó el suplicio con la guillotina,
que “iguala” la muerte y se supone indolora. Saint-Just señaló, sin que nadie
lo refutase, que bajo el antiguo régimen francés hubo hasta 400.000 presos, la
mayor
-33-
Esta defensa propia fue un gran
triunfo. El Llano se sumó a la ovación de la Montaña. Los acusadores fueron
silenciados. Su ruta hacia el exilio o el patíbulo quedaba abierta.
La actitud de los girondinos
durante el proceso al rey, que se-ría juzgado por la Convención, confirmó esa
política previa. Arguyeron todas las dilaciones posibles para salvarle por lo
menos la vida, atendiendo a su inviolabilidad o proponiendo la pena de exilio,
que resultaba una ironía porque oficializaba la fuga. En tumultuosos alardes,
sucesivamente pretendieron que la condena a muerte requiriese los dos tercios
de votos, como en juicios ordinarios, o fuera apelable ante el pueblo.
Robespierre y su discípulo
Saint-Just, el convencional más jo-ven, sostuvieron la responsabilidad directa
del regicidio. No se trataba, según aclaró aquel último, de juzgar según
normas, sino según principios. Tampoco procesaban a una persona, sino al sistema,
ya que es “imposible reinar inocentemente”.
Las grandes voces de Vergniaud,
Petion, Condorcet, Brissot invocaban la generosidad del vencedor, repudiaban
los senti-mientos de venganza, distinguían entre hombre y rey... y amenazaban
con la destrucción de París, sus riquezas y fuen-tes de trabajo. Pero
Robespierre fue implacable. Eludió fáciles sentimentalismos y politizó el
proceso, señalando al rey como traidor al interés nacional, cómplice del ataque
exterior y la
parte sin proceso; y unos 18.000
ahorcados o enrodados por año. Las víctimas europeas de las guerras y
persecuciones, en los siglos feudales, se calculan en 100.000.000. La represión
del movimiento irlandés que contaba con apoyo de Francia, en 1797, sumó 30.000
víctimas. Más tarde, la batalla de Moscowa causó más muertes que todo el
Terror; y Thiers, tan severo para juzgar las “masacres” revolucionarias,
ejecutó a unos 17.000 comuneros en 1871. Las bajas de las guerras modernas se
cuentan por millones. Sin embargo, el patrimonio exclusivo de la cruel-dad
parece reservado históricamente sólo a los jacobinos (cf. Korngold, p. 191 y
cctes.).
-34-
guerra civil.
Contemporáneamente, el hallazgo
del armario de hierro donde Luis escondía documentos privados descubrió su
juego secreto y arrojó sospechas de connivencia con Roland. Presio-nada por las
cuarenta y ocho secciones, la Convención votó la pena de muerte, que
significaba también la del feudalismo. Los propios girondinos que habían
defendido al rey revelaron su desorientación y oportunismo al votar, en fin,
por la muerte. Vergniaud, Brissot, Petion, Buzot y otros creyeron mitigar su
confusión espiritual pidiendo vanamente un apla-zamiento del suplicio. Empero,
tras esas contradicciones y desconciertos, propios de intelectuales
pequeño-burgueses, los girondinos actuaban con lógica de clase.
El problema económico no podía
soslayarse. Inglaterra, Es-paña y Holanda entraron en la contienda. La
inflación dete-rioraba el status de los asalariados. Escasez y malas cosechas
entorpecían los abastecimientos y operaciones bélicas. El ga-binete girondino
nada dejaba hacer. Resistía caprichosa-mente cualquier solución activa: ni
comité de salvación pú-blica, ni tribunales revolucionarios, ni reclutamiento o
em-préstito forzosos, ni venta de las propiedades de los emigra-dos. Sin
embargo, era muy capaz de reprimir a los hambrien-tos, y sus amenazas de muerte
contra la Montaña dejan pre-sumir que no desdeñaría la violencia cuando pudiera
ejer-cerla.
Los desastres militares
proseguían. Dumouriez demoró la in-vasión a Holanda, mientras su lugarteniente
Miranda, el hé-roe criollo a quien Robespierre persiguió, sufrió varios reveses
en Bélgica. Los comisarios destacados por la Convención ante Dumouriez eran sus
amigos, y tal vez actuaron como agentes provocadores. El general, fiel al
modelo fayetista, envió a la Convención una carta insolente, que los girondinos
y el propio
-35-
Danton -ya aplacado su extremismo
de septiembre- procura-ron ocultar y excusar.
Robespierre solicitó la
destitución de Dumouriez y, aunque de inmediato no lo consiguió, logró por fin
arrastrar a Danton hacia una definición más enérgica, lo que comprometía la
neutralidad del Pantano.
La traición de Dumouriez, que el
13 de abril se pasó al enemigo, a ejemplo de La Fayette, fue otro descalabro de
los girondinos que lo habían protegido.
Vista su incapacidad para
conducir la guerra, su quehacer se agotó en el frente interno. Lograron
enjuiciar a Marat, pero salió absuelto y robustecido. Entonces estos brillantes
jóvenes perdieron toda cautela. Fomentaron las insurrecciones de provincias,
explotando prejuicios monárquicos y religiosos, a riesgo de comprometer la
unidad nacional indispensable para el triunfo exterior. Esta experiencia
demuestra que el federa-lismo no es un valor en sí y que muchas veces puede
retardar los progresos de una revolución en marcha.
Con clarísima solidaridad
clasista, Petion apeló a los ricos: “¡Vuestra propiedad está en peligro! Los
desposeídos han sido incitados contra los poseedores, ¿nada haréis para
evitarlo?”. Pero Robespierre propuso expulsar a los aristócratas de las secciones,
o por lo menos expoliarlos para que pagasen la po-litización de los
descamisados.
La Convención intentó un último
esfuerzo: engendró todavía un Comité de los Doce, íntegramente girondino, que
ordenó a las asambleas seccionales clausurarse a las diez, para impedir la
normal concurrencia de trabajadores; y detuvo a Hébert y sus “comunardos” en
trance de conspirar. Cuando la Comuna protestó, el girondino Isnard, presidente
de la Convención, amenazó con el aniquilamiento. “¡Vendrán a observar las
márgenes del Sena, para saber si París existió alguna vez!”
-36-
Estos presuntuosos desahogos
sellaron su destino.
El 26 de mayo, Robespierre invitó
abiertamente a “la insu-rrección contra los diputados corruptos”. La Convención
di-solvió a los Doce, pero luego los repuso. Y cuando Robespierre apabulló a
Vergniaud en la sesión del 31, la Convención toda-vía dudaba. Nuevas
calamidades se sumaron entonces, fruto directo de la inercia y el desgobierno;
simultáneamente, los insurgentes vendeanos tomaban Eontenay, los realistas
su-blevaban Lyon -la segunda ciudad del país-, los ingleses nave-gaban sobre
Dunquerque; mientras Saboya se alzaba, un ejér-cito patriota retrocedía en
Valenciennes, otro quedaba copado en Maguncia... A lo largo de varias jornadas
decisivas, con ayuda de los cañones de Henriot, comandante de la guardia
nacional, las secciones impusieron la política jacobina y los diputados
girondinos quedaron arrestados.
De momento no se tomó contra
ellos otra medida, como si los radicales hubiesen vacilado antes de eliminar
definitivamente a sus antiguos camaradas. Muchos lograron escapar, para alentar
la guerra civil; equiparon un ejército en Caen y arma-ron el brazo de Carlota
Corday contra Marat.18 Derrotados en
18 La reverencia por esta fanática, que asesinó alevosa y
premeditadamente al amigo del pueblo, es representativa de cieno enfoque
tendencioso que guarda su sensiblería para los culpables. Klopstock la
inmortalizó en este poema:
“Es la tumba de Carlota.
Tomaremos flores para deshojarlas sobre sus cenizas, pues murió por la patria.
¡No, no toméis nada! Busquemos un
sauce para plantarlo sobre el cés-ped, pues murió por la patria.
¡No, no plantéis nada! Pero
llorad, y que vuestro llanto sea de sangre, porque ha muerto en vano por la
libertad”.
La Revolución Francesa ha
inspirado una copiosa literatura, superficial, reaccionaria y de dudoso gusto,
al estilo de Pimpinela escarlata. Sin embargo, durante el presente siglo el
arte se ha politizado hacia la iz-quierda, hasta el punto de no existir ninguna
manifestación válida que
-37-
todas
partes fueron exterminados, se
suicidaron o murieron du-rante la fuga -como Petion y Buzot, devorados por los
lobos-. Los que permanecían presos en París subieron al patíbulo unos días
después que la reina. A partir de la caída de los gi-rondinos comienza la
hegemonía de Robespierre: el 27 de ju-lio de 1793 ingresó al Comité de
Salvación Pública, el “Gran” Comité, que ejercía funciones ejecutivas.
Simultáneamente fue sancionado su
proyecto de Constitu-ción. Aunque derogada inmediatamente de abatido su autor,
documenta un fervor democrático que se anticipaba a su tiempo. El preámbulo no
reproduce simplemente la Declara-ción de Derechos de 1789, sino que avanza
vertiginosamente sobre los límites del liberalismo burgués; desconoce la
“do-mesticidad” de los servicios, a los que inviste de carácter con-tractual, y
establece deberes sociales, como proporcionar so-corro, subsistencia y trabajo
a ciudadanos que lo necesiten. Proclama además el derecho a la insurrección.
La soberanía
radica en el
pueblo, no en
la nación. La
pueda considerarse derechista,
por lo menos en sentido activo y mili-tante.
Los episodios revolucionarios
fueron recogidos también en poemas, no-velas y dramas de autores serios. Así,
Emmanuel des Essarts, Los lobos; Víctor Hugo, El 93; Anatole France, Los dioses
tienen sed; Marc Alda-nov, .9 Thermidor, Alejo Carpentier, El siglo de las
luces; Georges Büchner, La muerte de Daritan; Romain Rolland, El 14 de julio,
El triunfo de la razón, etcétera.
EL cine sólo ha enfocado estos
temas pasajeramente, sin alumbrar nin-guna obra perdurable. Algo parecido puede
decirse de la lírica verista, que si bien prefirió asuntos históricos en los
argumentos de sus óperas, apenas rescata un Andrea Chénier de Giordano,
espectacular y exterior. Autores más modernos -Gargiulo, von Kinem- han
insistido en óperas de temática revolucionaria.
-38-
diferencia es trascendental,
porque en el lenguaje de Robes-pierre pueblo significa, aproximadamente,
proletariado, y el enunciado adquiere así contenido de clase. “El pueblo debe
aliarse a la Convención, y la Convención debe servirse del pue-blo”, dijo el
tribuno. Esperaba mucho de esa interacción recí-proca, de ese régimen tan
cercano como fuera posible a la de-mocracia pura.19 En la Constitución de 1793,
el sufragio es di-recto y universal; los mandatos, brevísimos, y los
mandatarios carecen de fueros e inviolabilidades. Las leyes están sometidas a
una suerte de veto popular, según procedimientos bastante ágiles y posibles. La
iniciativa de reforma constitucional tam-bién parte del pueblo, aunque una
asamblea especial decide en definitiva.
Pero además de sus proyectos para
institucionalizar la Revo-lución, Robespierre atendía otras preocupaciones
inmediatas. La ejecución de María Antonieta y los girondinos fue exigida por la
extrema izquierda, y su inspirador, Hébert, sostenía un programa cuyo amplio
espectro abarcaba desde el anar-quismo político hasta el intervencionismo
económico. Hábil demagogo, había previsto la disolución de la Convención y el
recrudecimiento de requisiciones y castigos. La “escalada” he-bertista del 5 de
setiembre obtuvo que se decretara “el terror a la orden del día”. Una “ley de
sospechosos” apresuró la re-presión, mientras la fijación del máximum general
de precios y pena de muerte contra los acaparadores evitaron, por lo me-nos, el
hambre y contuvieron momentáneamente la inflación.
19 “La democracia” -definió Robespierre el 5 de febrero de 1784- “es
un estado en el cual el pueblo soberano, guiado por leyes que son su obra,
realiza por sí mismo cuanto puede, y por medio de delegados cuanto no puede
realizar él mismo... En los estados aristocráticos la palabra patria sólo
significa algo para los patricios que usurpan la soberanía. Sólo bajo un
régimen democrático la nación es realmente la patria de todos los individuos
que la componen”.
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Sin embargo, los planteamientos
de Hébert no lo condujeron al poder ni desmontaron el aparato jacobino,
proclive también a las medidas extraordinarias. En cambio, provocaron un
si-métrico desafío de los moderados, amparados bajo el enorme nombre de Danton.
Briez, que acababa de entregar Valencien-nes al enemigo, arriesgó una crítica
al Gran Comité que, según su entender, era arbitrario e incompetente en materia
logís-tica y tenía planes militares descabellados. Luego de un bo-rroso intento
defensivo de Barére, Billaud y otros, Briez fue incorporado ipso facto al
Comité que había fustigado. La suerte del mismo parecía sellada, cuando
Robespierre echó su prestigio a la balanza. Muchas veces esperaba hasta último
momento, quizá para estudiar las actitudes de sus adversarios o presuntos
amigos, quizá para demostrar su inmenso poder modificando radicalmente una
situación que parecía definida.
“Este día equivale” -aseguró- “a
tres victorias de Pitt. Si noso-tros somos torpes y traidores, ¿por qué nos
habéis elegido? ¿Nos acusáis de inercia? Dirigir once ejércitos. Enfrentar a
Europa entera. Desenmascarar a los traidores. Desbaratar las maniobras de
emisarios pagos con el oro enemigo. Mantener la vigilancia sobre los
funcionarios desleales. Combatir a los tiranos, acobardar a los conquistadores,
vencer infinitos obs-táculos. ¡Ésa es nuestra tarea!”. En un efecto teatral,
ofreció la renuncia del Comité.
Los convencionales, aterrados,
negaron. Necesitaban a aquel hombre, el único con energía y equilibrio para
sacarlos del atolladero. Briez se batió en retirada. Renunció. Quiso
excu-sarse. Robespierre pasó a la ofensiva y lo remató humillante-mente: “Os digo
que quien se hallaba en Valenciennes cuando el enemigo llegó ante las puertas
nada tiene que hacer en el Comité de Salvación Pública. Nunca podrá responder
adecua-damente a esta pregunta: ¿habéis muerto?”.
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Danton obtuvo licencia y se
retiró a su finca de Arcis-sur-Aube. Seguramente quiso alejarse por un tiempo
del escena-rio de esta derrota.
Robespierre, aunque enfermo,
quedó en París. No descansó. Ni siquiera fue, como Saint-Just, en comisión al
ejército. Si-guió y condujo los acontecimientos, fiel a París, a la potencia
revolucionaría urbana que movía el mundo.
Nunca antes, y pocas veces
después, se ensayó con semejante magnitud y eficiencia dosificar las energías
creadoras de una revolución jaqueada tanto por un cerco extranjero como por
resistencias internas, que convergían desde sectores muy di-versos.
La dictadura de Robespierre sólo
fue, por otra parte, una dic-tadura de opinión y de prestigio, porque nunca
ejerció funcio-nes absolutas. Integró y eventualmente presidió la Conven-ción,
de cuyo seno se había desprendido el Gran Comité, or-ganismo ejecutivo que él
componía con otros once convencio-nales. Existía además un Pequeño Comité de
Seguridad Gene-ral, cuyo influjo era menor. Ciertamente, el Gran Comité
dis-ponía de agentes en todos los departamentos y de facultades muy vastas,
pero Robespierre necesitaba ganar su puesto con-ductivo en cada debate. Y los
hubo muy difíciles, porque den-tro del Comité sólo Saint-Just20 y Couthon le
eran adictos. Sin duda se trataba de una dictadura de clase, un original
20 Son muchos los historiadores que consideran a Saint-Just un
revolucio-nario todavía más riguroso e implacable que Robespierre. Un aspecto
poco conocido de su múltiple personalidad es la aptitud jurídica. Ade-más de su
proyecto de Constitución, redactó un ensayo de ‘'ley funda-mental” que regula
minuciosamente aspectos de derecho privado: pro-cura, por ejemplo,
institucionalizar la amistad dándole efectos legales, y establece un régimen
matrimonial muy semejante al que actualmente rige en Cuba y la Unión Soviética
(cf Horacio Sanguinetti: “Saint-Just, privatista”, en La Ley, t. 142, p. 848).
-41-
experimento de dictadura
proletaria. Robespierre confiaba en una dictadura salvadora, porque entendía
que los intereses de clases distintas no coinciden sino accidentalmente, y
tarde o temprano entran en conflicto.
“¿Qué obstáculo se opone a la
capacitación popular?” -anota en su cuaderno personal-. “La pobreza. ¿Cuándo
conocerá el pueblo la verdad? Cuando tenga pan, y el rico y el gobierno hayan
dejado de alquilar plumas y lenguas para alienarlo; y los intereses del rico y
los del gobierno coincidan con los del pueblo. ¿Y cuándo será eso? NUNCA”.
Aunque Saint-Just detectó, en los
últimos meses, signos de “congelamiento”, la conducción del proceso no se
endureció. Bullía, estaba viva, acaso demasiado fluida, en constante fric-ción
con los clubes, la prensa y el ejército. Robespierre vigi-laba, sobre todo, a
los militares afortunados. Les exigía total sometimiento y, además, el éxito.
No toleraría un nuevo La Fayette ni un nuevo Dumouriez. Houchard, Custine,
Beauhar-nais pagaron con la vida un asomo de altivez o simplemente la derrota y
aun la inactividad. Asumía los riesgos que para la república representaba esa
nueva casta dueña de la fuerza. “Abandonad por un momento las riendas de la
Revolución” - dijo en su clarividente discurso final-21 “y veréis como el
des-potismo militar se apodera de ellas, veréis como un jefe fac-cioso derriba
a una corrupta representación nacional. Una centuria de guerra civil y
calamidades desolará a nuestra pa-tria, y pereceremos por no haber querido
aprovechar este mo-mento de la historia propicio para fundar la libertad.
21 Napoleón, que habría de cumplir exactamente los vaticinios de
Robes-pierre, lo admiraba y justificaba. Sólo censuró su aversión por los
mili-tares profesionales, a lo que atribuía la caída, entendiendo que otro
hu-biese sido el resultado de la lucha final si Maximiliano hubiera confiado su
defensa a uno de aquéllos y no a Henriot, improvisado y mediocre.
-42-
Entregaremos la patria a un siglo
de calamidades y las maldi-ciones del pueblo oscurecerán nuestra memoria, que
debiera ser sagrada para el género humano”.
Una revolución necesita
imperiosamente conducción centra-lizada. Los procónsules y los comités locales,
poseídos por una verdadera furia homicida, resultaban muchas veces
incontro-lables. Robespierre había repudiado en su primera juventud la pena de
muerte, y por inclinación natural era benevolente. Empleó la violencia
revolucionaria cuando le resultó indis-pensable, pero trató de contener sus
excesos. El 3 de octubre de 1793 salvó a los girondinos menos comprometidos.
Sos-tuvo que la muerte de Madame Royal no interesaba a Francia. Defendió hasta
el límite de su elasticidad a Danton y Des-moulins; mitigó el terror en Lyon
por intermedio de Couthon; y censuró tan agresivamente a los responsables de
las matan-zas en provincias, que Barras, Eouché, Collot d’Herbois temie-ron el
castigo de sus crímenes y se sumaron a sus enemigos.
El ateísmo militante respondía a
esta misma facción terro-rista, e inició por entonces una campaña de
descristianiza-ción. Obtuvo la pusilánime abdicación del obispo de París y,
bajo el estro delirante de Cloots, el 10 de noviembre de 1793 celebró la Fiesta
de la Diosa Razón, encarnada en la oportuni-dad por la mujer del hebertista
Momoro, que concluyó en un escándalo con participación de varios sacerdotes
católicos.
Para Robespierre, la cuestión
religiosa era filosófica y táctica. En principio, manejó los argumentos
tácticos, explicando, por ejemplo, que mal podría Francia despertar adhesión en
los belgas “hiriendo sus prejuicios religiosos”. Pero además des-cendió al
fondo del problema para defender la libertad de con-ciencia: “¿Con qué derecho
hombres desconocidos hasta ahora en la marcha de la Revolución, [...] vienen a
turbar la libertad en nombre de la libertad, y a atacar el fanatismo por
-43-
medio de un fanatismo nuevo?
[...] Se ha supuesto que la Con-vención proscribe el culto católico al aceptar
ofrendas cívicas. No; la Convención no ha efectuado esa temeraria
contramar-cha, ni la hará jamás. Su intención es mantener la libertad de cultos
que ha proclamado, reprimiendo al mismo tiempo a to-dos los que abusen de ella
para alterar el orden público. No permitirá que se persiga a los ministros del
culto católico, aunque los castigará con severidad cuantas veces osen
apro-vechar sus funciones para engañar a los ciudadanos o armar los prejuicios
o el realismo contra la República.
Se ha denunciado a curas por
decir misa; más las dirán si se les impide hacerlo. Quien quiera prohibir la
misa es más fa-nático que quien la dice”.
Cloots, que presidía, fue
expulsado. Hébert se replegó con di-ligencia: finalmente, también Cristo era un
descamisado.
Pero la extrema izquierda
continuó hostigando al gobierno. Robespierre muchas veces oficiaba de árbitro
en las querellas de citras y ultras, y cuando se intentó expulsar de los
jacobi-nos a Camilo Desmoulins, redactor del Viejo Cordelero, cobi-jado ahora
bajo el ala de Danton, aquél no lo permitió. Acaso los rabiosos temieron que
ésta y otras actitudes condescen-dientes redujeran a Robespierre a la
impotencia para conte-ner cualquier amenaza contrarrevolucionaria. También es
po-sible que su radicalismo equilibrado, sin detonancias, le atra-jera
progresivamente la opinión popular y dejara a Hébert huérfano de clientela.
“Si fuese preciso escoger”
-expresó, en efecto- “entre un ex-ceso de fervor patriótico y la nada del
moderantismo, no cabe dudar”. “El falso revolucionario” -agregó el 5 de
febrero- “se encuentra más fácilmente entre los citra que entre los ultra”. Y
todavía, más tarde: “Nos interesa menos defendernos de los excesos de energía
que de los de debilidad. Los escollos más
-44-
difíciles de evitar no consisten
en el fervor del celo, sino en la blandura y el temor a nuestro mismo coraje”.
Hébert, comprometido en terreno
propio, debía optar entre someterse o golpear. En ocasión de una enfermedad de
Ro-bespierre, ausente cada vez con más frecuencia, ensayó des-bordarlo. Pero
Robespierre regresó a tiempo y envió a Saint-Just a la Convención para acusar a
Hébert, Momoro, Ronsin, Cloots y otros rabiosos, quienes, amenazando la
estabilidad del ejecutivo, eran cómplices objetivos de la reacción. No
obs-tante su indujo sobre los seccionarlos, todos fueron guilloti-nados ante la
frialdad popular.
Sin embargo, ese triunfo
deterioró imperceptiblemente el po-derío jacobino. De inmediato, el equilibrio
revolucionario exi-gió eliminar a los moderados; y Dan- ton era demasiado
grande. Antítesis de Robespierre en muchos aspectos -pues era sanguíneo, apasionado,
venal-, ambos fueron, sin em-bargo, amigos leales durante mucho tiempo. Su
condena no parecía fácil; pero cayó, junto con Desmoulins, Fabre, Chabot y
otros reos de delitos tanto financieros como políticos. Ro-bespierre habló con
amargura del “ídolo putrefacto”, impu-tándole -otra constante en el juego
interno de la dinámica re-volucionaria- haberse vendido al extranjero.
El proceso a Danton no resultó de
odios particulares. Hom-bres así no mueren por celos personales. Su eliminación
res-pondía a una estricta necesidad dialéctica.22 Pero muerto
22 La condena de Danton impresionó a muchos convencionales, quienes
sin embargo no se alzaron para defenderlo a tiempo, según les reprochó
Robespierre en Thermidor. A lo sumo, deslizaron amenazas anónimas como las que
encierran estos versos:
“Llegados a las torvas márgenes
del Flegeton, Camilo Desmoulins, d’Eglantine y Danton pagaron por cruzar el río
detestable.
-45-
Danton, el moderantismo lo
sobrevivía.
Ganaba espacio a medida que podía
obrar impunemente, por-que el terror ya no era condición de victoria. Contenido
el enemigo y aseguradas las “fronteras naturales”, la concepción robespierrista
de la “guerra de liberación” cedía paso, en mu-chos espíritus, a una guerra de
conquista.
“La victoria de caza a
Robespierre” pudo afirmarse. A medida que la restauración feudal parecía más
imposible y el cerco ex-terior cedía, Robespierre era cada vez menos necesario
a la burguesía ascendente. Comprendía que el Terror no podía ser un sistema
permanente de gobierno. Debía cesar, pero antes era preciso afianzar la
infraestructura económica de la repú-blica jacobina. Si no había una
transferencia de poder econó-mico, si no se quebrantaba a la burguesía, el
terror blanco y la dictadura militar devastarían Francia.23
Robespierre no era solamente un
crítico. Esbozó un plan rea-lizable y trazó los lineamientos para establecer,
en la práctica, una república libre, de pequeños propietarios, donde se
corri-gieran los extremos de riqueza y de miseria, donde todos
El barquero Caronte, ciudadano
honorable, a los tres pasajeros quiso poner en manos el vuelto de la tasa
impuesta a los humanos. Danton le dijo: Nada tenéis que devolver;
ya pago por Couthon, Saint-Just y
Robespierre”.
De todos modos la Convención,
luego de Thermidor, y casi por unani-midad, se negó a rehabilitar la memoria de
Danton.
23 Lo ocurrido después de Thermidor prueba que los temores de
Robes-pierre eran fundados, tanto como su desprecio por los “bribones” que lo
abatieron. La orgiástica república burguesa desató una represión más sangrienta
que la de los jacobinos, y alcanzó por fin a muchos thermi-dorianos que, como
los griegos después de Troya, tuvieron un “regreso” calamitoso: el patíbulo, el
destierro a la "guillotina seca” de las colonias, o simplemente la
oscuridad y la capitulación ante Bonaparte.
-46-
recogieran su parte de felicidad,
ya que “la felicidad” -como afirmó Saint- Just- “es una idea nueva en Europa”.
Probablemente el proceso
económico general se orientaba ha-cia la concentración de capitales y la
afirmación de la alta bur-guesía. Pero un fuerte capitalismo de estado pudo
haber su-plido esa instancia, oficiando como factor de expansión. No debe
olvidarse que la ortodoxia comunista tolera la propiedad privada de los bienes
de consumo.
Los decretos de Ventoso,
propuestos por Saint- Just a la Con-vención en marzo de 1794, implican un audaz
traspaso de ri-queza de una clase a otra. El más importante decía así:
“Art. 1o- Todas las comunas de la
República elevarán un pa-drón de los patriotas indigentes que las habiten, con
sus nom-bres, edad, profesión, número y edad de sus hijos. Los direc-tores de
distrito harán llegar, a la mayor brevedad, esos pa-drones al Comité de
Salvación Pública.
"Art. 2°- Cuando el Comité
de Salvación Pública los haya re-cibido, hará un informe sobre el modo de
indemnizar a todos los desdichados, con los bienes de los enemigos de la
Revolu-ción, según el cuadro que el Comité de Seguridad General le presentará y
que será publicado.
"Art. 3o- En consecuencia,
el Comité de Seguridad General im-partirá órdenes precisas a lodos los Comités
de Vigilancia de la República, para que en un plazo que lijará a cada distrito
según su proximidad, estos Comités le hagan llegar, respecti-vamente, los
nombres y la conducta de todos los detenidos desde el 1o de mayo de 1789, así
como de quienes sean deteni-dos en el futuro.”
Los errores cometidos en ocasión
de la venta de bienes ecle-siásticos no se reiterarían. La transferencia era
ahora gra-tuita, y evitaba cuidadosamente favorecer a especuladores o
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incrementar fortunas ya sólidas.
Los pobres comenzarían a gozar de bienes, no sólo de nominales derechos. “¡Qué
im-porta” -había dicho Robespierre el 10 de mayo de 1793, mar-cando las
limitaciones del verbalismo burgués- “que la ley rinda hipócritamente homenaje
a la igualdad de derechos, si la ley más imperiosa, la necesidad, obliga a los
sectores mejo-res y más numerosos del pueblo a renunciar a ella!”.
Otras medidas preparaban, en
tanto, el fin del Terror. El 14 de abril se concentraron las causas en París.
Allí existían mayores garantías, sustrayendo víctimas a las matanzas
indiscrimina-das de provincias; y poco después se abrevió el procedimiento, para
atender la afluencia extraordinaria de sospechosos a las cárceles de la
capital. Esa afluencia, resultado de la centrali-zación, aparentó incrementar
el Terror; y la publicidad de las ejecuciones, lejos de edificar, desmoralizó a
un pueblo habi-tuado a ese salvaje exhibicionismo.
Robespierre había amenazado
seriamente a varios procónsu-les arribistas como Carrier y Fouché, su viejo
amigo de Artois. Conocía las debilidades de esos hombres, tanto como las de una
mayoría de convencionales, que después de Thermidor mostraron cuán poco valían.
Los despreciaba, abroquelado en su virtud incorruptible.
Frecuentemente se lo presenta
como un fanático de la ética, dispuesto a moralizar por fuerza la vida pública
y privada de sus semejantes. Nada más erróneo.
“No querernos una república
espartana; no queremos ni la austeridad ni la corrupción de los claustros”,
dijo el 5 de fe-brero de 1794. Su prédica de la virtud aludía a la virtud
pú-blica preconizada por Montesquieu, “que no es otra que el amor a la patria y
sus leyes, porque en el sistema de la Revo-lución lo que es inmoral es
impolítico, lo que es corruptor es contrarrevolucionario”.
-48-
La virtud tenía, en suma,
contenido cívico. En Robespierre era un factor considerable de su prestigio
personal. Jefe de un partido revolucionario, intransigente, definido, no se
vendía, no tenía precio. Todos podían confiar en él.
La apetencia de riquezas y goces
malogró a numerosos revo-lucionarios. En muchos casos, no entraban en ese juego
de-plorable aceptando un vulgar toma y daca. La corrupción asu-mía formas mucho
más sinuosas, sutiles y elegantes. Cuántas buenas intenciones naufragaron, por
ejemplo, en los boudoirs y los salones parisinos de ese siglo XVIII donde las
mujeres ejercieron un influjo irresistible sobre grandes talentos. Por eso Robespierre
rechazó las tentaciones de la tertulia de Ro-land, que entre finezas y
galanteos ablandaba los caracteres más recios. “La tisana del champagne es el
veneno de la liber-tad”, dijo una vez excusándose de asistir, lo que Madame
Ro-land nunca habría de perdonarle.
Toda revolución parece verse
constreñida, en cierto mo-mento, a encarar un programa moralizador. La moral
es, en la etapa de la estabilización, tan indispensable como la violencia. “Si
en la paz, la fuerza del gobierno popular reside en la vir-tud” -afirmó
Robespierre el 5 de febrero- “la fuerza del go-bierno popular en la revolución
es, a la vez, la virtud y el te-rror. La virtud, porque sin ella el terror es
funesto. El terror, porque sin él la virtud es impotente. El terror no es otra
cosa que la justicia actuando con rapidez e inflexibilidad; es, en de-finitiva,
una emanación de la virtud”.
Sin integridad moral un dirigente
carece de integridad polí-tica. Descuida un flanco muy importante, sometido
impune-mente al descrédito, y raramente podrá conducir un proceso tan estricto
y difícil. Por eso Robespierre jugaba políticamente su prestigio personal y
sacrificaba ostentosamente lo coti-diano de su existencia.
-49-
“Esa clase media entre la
aristocracia rebelde y el pueblo” - dijo enjuiciando a la burguesía, el 28 de
octubre de 1792- “pre-tende ser la gente honesta, la gente bien de la
República. No-sotros somos los descamisados y la canalla. Nos acusan de
en-caminarnos a la dictadura; a nosotros que no tenemos ejér-cito, ni dinero,
ni cargos, ni partido; a nosotros, que somos severos como la verdad,
inflexibles, invariables, casi me atre-vería a decir insoportables como los
principios”.
Aunque desde joven perdió la fe
católica, Robespierre no era ateo. Profesaba una especie de panteísmo de
estirpe ruso-niana, condicionado por ingredientes filosóficos pero también
políticos. La descristianización despertaba resistencias arrai-gadas en viejas
tradiciones, intereses y prejuicios, imposibles de extirpar súbitamente.
Procónsules como Fouché, que sir-vieron luego a todos los regímenes y murieron
“reconciliados con Dios”, incendiaban y destruían iglesias y hacían gala de una
intolerancia militante que suscitaba, hasta el martirio, la indignación de
muchos.
Robespierre había sostenido la
libertad de conciencia, sin de-jar de censurar la perversión del clero. “¿Qué
relación existe entre los curas y Dios?” -interrogaba el 10 de mayo de 1794—.
“Los curas son a la moral lo que los charlatanes a la medicina. ¡Es tan
diferente el Dios de la Naturaleza al de los curas! Nada hay tan semejante al
ateísmo, como las religiones fundadas por los curas. A fuerza de desfigurar al
Ser Supremo, aniqui-laron cuanto de Él contenían; tan pronto lo han
transformado en globo de fuego, como en buey, como en árbol, como en hombre,
como en rey. Los curas han creado un Dios a su ima-gen: celoso, arbitrario,
cruel, implacable. Lo han encerrado en el cielo como en un palacio, y sólo lo
han llamado a la tierra para pedir diezmos, riquezas, honores, placeres y poder
con que beneficiarse. El verdadero ministro del Ser Supremo es la Naturaleza;
su templo, el universo; su culto, la virtud; sus
-50-
fiestas, el júbilo de un gran
pueblo reunido ante sus ojos.”
Aspiraba a una religión
fraternal, sincera, informal. Confiaba hacer servir revolucionariamente ese
instinto, natural en mu-cha gente, de buscar consuelo, fuerza y respuesta en
una causa sobrehumana. No creía, como Marx, que la religión fuese el opio del
pueblo: “La idea del Ser Supremo y de la inmortalidad del alma es un llamado
continuo a la justicia; es, por lo tanto, social y republicana. Si Dios no
existiese, habría que inven-tarlo”.
Acaso Robespierre intentara
fortalecer la unidad política de Francia a través de la unidad religiosa,
asentada sobre una teología racional y civil.
Pero su siglo había osado
demasiado, para soportar el adveni-miento de una gran religión. El instinto
religioso aún podía amoldarse a los viejos ritos, pero no podía crear nada
nuevo.
Lejos de obtener el resultado
querido, marcaba rumbos con-trarios; cuando la Convención reconoció “la
existencia del Ser Supremo y la inmortalidad del alma”, y al poco tiempo
Robes-pierre las proclamó en una fiesta solemne,24 abría brechas a la suspicacia
y al ridículo.
La burguesía no dejaría ya
escapar su presa. Conocía la in-fluencia política del grotesco, y le dio pábulo
a raíz del asunto
24 Estas fiestas tan ridiculizadas constituían uno de los pocos
motivos de alegría para el pueblo generoso y sufriente. Su inspirador era
Rousseau, y la del Ser Supremo -una entre muchas- alcanzó cierta grandiosidad
porque la régie de David convertía al pueblo en principal protagonista. De
cualquier modo, no parecen peores que un desfile militar moderno. En ellas
radica el origen de las concentraciones populares hoy frecuen-tes. “Reunid a
los hombres” -dijo Robespierre el 7 de mayo de 1794-
“los haréis mejores”.
Los cánticos y marchas
patrióticas también afloraron durante la Revolu-ción, como otra forma de
expansión y propaganda.
-51-
de Caterine Teot, una enloquecida
“visionaria” que anunciaba el advenimiento del “Hijo del Ser Supremo” y
“Redentor de la Humanidad”: no otro que Robespierre. Sus enemigos extraje-ron
todo el partido posible de ese episodio minúsculo. Y algu-nas tentativas de
asesinato, como la de Cecilia Renault -mini-mizadas por los mismos
historiadores que exaltan a Carlota Corday- aumentaron la fatiga y el pesimismo
del tribuno. Pese al constante aguijoneo de Saint- Just -un discípulo que
exigía cada vez más y parecía insinuar disidencias- en sus últimas
intervenciones públicas la resignación al destino fatal es ex-plícita.
“Hace tiempo, prometí dejar un
testamento temible a los opresores del pueblo” -dijo la víspera de su caída-
“ahora voy a publicarlo, con la absoluta independencia que me da la si-tuación
en que me he colocado: les entrego mi terrible verdad y mi muerte”.
En ese discurso del 8 Thermidor,
pronunciado al reaparecer tras una larga ausencia, y cuando sus enemigos -desde
Barras a Carnot, desde Fouché a Tallien, toda una maraña de intere-ses y
temores- se coaligaban para destruirlo, Robespierre co-metió el error de pedir
sanciones contra la “horda de traido-res”, sin nombrar apenas a ninguno en
particular. El miedo y la expectativa unificaron a los convencionales. Nadie se
sintió seguro. Tal vez nadie era inocente. Ordenaron sorpresiva-mente el
arresto de Robespierre, su hermano Agustín, Saint-Just, Couthon y otros amigos,
poco después declarados fuera de la ley. La Comuna y la guardia de Henriot
intentaron resis-tir, pero fracasaron y todos murieron guillotinados sin
pro-ceso en la mañana del 10 Thermidor, 28 de julio de 1794. Casi un centenar
de “comuneros” frieron ejecutados al día si-guiente.
Mucho se ha discutido sobre estos
episodios finales. Acaso si
-52-
Robespierre hubiera mencionado
con precisión a sus enemi-gos, si Henriot hubiera sido un jefe idóneo, si
Saint-Just hu-biera podido pronunciar su discurso conciliatorio... Inclusive se
pretende que Saint- Just hubiera podido desembarazarse de Robespierre,
despojándose de su adhesión al mismo como de un trágico prejuicio y, de esta
manera, hubiera gobernado Francia revolucionaria.
Imposible trazar seriamente
semejantes conjeturas. Cada cir-cunstancia histórica es definitiva e
irreversible. Obtenida la victoria militar, las buenas cosechas y otros éxitos
jacobinos que paradójicamente precipitaron su fin, jamás los “factores de poder”
burgueses podían aceptar la vía jacobina, una vez que no precisaban su energía
y su violencia. Nunca podían to-lerar la aplicación de las leyes de Ventoso.
Resultaba ineludi-ble un enfrentamiento. El pueblo no logró entonces controlar
la situación, pese a su esclarecimiento, admirable para la época. Seguramente
la burguesía contaba con demasiados re-cursos, mientras la conducción jacobina
estaba desgastada por el prolongado ejercicio del poder y las bases, aunque
res-pondieron en buena medida, fueron arrasadas por la acción militar
fulminante de Barras, acompañado, para colmo, por sectores ultraizquierdistas
que buscaban desquite. Los futu-ros desastres, la inflación incontrolada, la
depravación direc-torial y más tárele las guerras napoleónicas revelaron cuánto
se había perdido. Un informe policial de noviembre de 1795 consigna: “la
miseria ha llegado a su extremo; las calles de Pa-rís ofrecen el doloroso
espectáculo de estar llenas de mujeres y niños extenuados de hambre. Los
hospitales se verán pronto sin espacio para acoger a la multitud de enfermos y
desgracia-dos. No se oye en los grupos otra cosa que añoranzas del régi-men de
Robespierre. Se habla de la abundancia reinante bajo la tiranía de entonces y
de la miseria bajo el gobierno actual. La especulación parece alzarse ahora en
formas más horribles
-53-
que la guillotina erigida hace
dos años por el régimen de san-gre”.
Mucho tiempo después, con la
perspectiva de tantas miserias, caídas y retrocesos, Barras confiaba a
Alejandro Dumas su pe-sar por haber derribado al último revolucionario. Y
Cambon comprendió que “creyendo decapitar a Robespierre, decapita-mos la
Revolución”. Sobre la mentira y el odio de clase, el mo-vimiento
reivindicatorío iniciado con el libro de Béraud se afirmó victoriosamente.
Babeuf, los revolucionarios del 48, los comuneros de 1871, invocaron a
Robespierre como mo-delo, renacido y despojado de su contorno demoníaco. Ya en
este siglo, la obra revisionaria de Albert Mathiez y su Sociedad de Estudios
Robespierristas desvaneció equívocos y reveló de-finitivamente la verdad del
movimiento jacobino.
Aquel abogadito provinciano,
tenaz, presuntuoso, “casi inso-portable como los principios”, rodeado por otros
jóvenes igualmente disconformistas e intransigentes con la maldad y el
privilegio, acometió en su corta vida pública una de las ta-reas más enormes
reservadas a la humanidad. No llegó a con-cluirla, acaso porque estaba
demasiado impaciente y quiso forzar el tiempo y acelerar el porvenir. Por eso
pagó con la vida y con la execración de su memoria. Pero marcó, y eso es lo que
caracteriza las revoluciones auténticas, una frontera, un lí-mite, una
consecuencia. Nada fue, después de Robespierre, exacta ni aproximadamente como
antes. Y de él puede decirse que hoy cada hombre le adeuda por lo menos algo de
su dig-nidad cívica y de su sitio sobre la tierra.
-54-
Robespierre
La razón del pueblo
-55-
CARTA A BUISSART
SOBRE EL SUFRAGIO CALIFICADO *
Querido amigo, sé que estás
disgustado contra mí, y no puedo reprobarte. Porque pese a todas las buenas
razo-nes que podrían justificar mi silencio respecto a todos
mis amigos, debo admitir que
mereces una excepción y que debo hacer lo imposible para encontrar tiempo de
escribirte. Por eso invoco tu benevolencia y reparo la falta.
¿Qué se piensa, qué se dice, qué
se hace en Artois? ¿Qué haces tú mismo? ¿Perteneces al Comité permanente?
¿Quiénes son los que están actuando en plano principal? Acabo de recibir una
carta de un patriota que se queja de la impermeabilidad de la aristocracia y de
que nuestros decretos sólo se conozcan en Artois por las publicaciones
oficiales. Te ruego me infor-mes cuanto antes ele esos hechos, y también si los
decretos de la Asamblea, especialmente la reforma provisoria del procedi-miento
penal, se han registrado y cumplido en los tribunales.
El poderío del clero queda
abatido por el decreto que acaba de declarar sus bienes a disposición de la
nación. Los
* Michon:
Correspondence, p. 57. Las reformas electorales aprobadas por la Constituyente
excluían a unos tres millones de electores, no con-tribuyentes calificados
como: “pasivos”, y establecían sucesivas instan-cias: la elección de los
diputados se decidía en asambleas departamen-tales, que no congregaban más de
trescientos a ochocientos sufragios.
Robespierre atacó tan irritante
escamoteo de la voluntad popular. El 4 de noviembre de 1789, en esta carta a
Buissart, amigo suyo y de su pa-dre, ya afloran reservas sobre los limitados
progresos obtenidos. Su campaña contra la “inmensa minoría” usurpadora y
censitaria culminó con el discurso sobre el “marco de plata”, leído en los
clubes y publi-cado por los cordeleros en abril de 1791.
-56-
parlamentos han recibido en la
víspera un anticipo de su ruina, por la ley que los condena a permanecer en
vacaciones. La aristocracia feudal está casi agonizante; los abusos más gruesos
han desaparecido por acción de los representantes nacionales. ¿Seremos libres?
Creo que todavía es lícito pre-guntarlo. Me parece que la nueva Constitución
aún contiene vicios esenciales que pueden impedir a los buenos ciudadanos
entregarse a la dicha.
La parte más importante de la
Constitución es la peor; me re-fiero a la organización de las municipalidades,
asambleas pro-vinciales y asambleas nacionales. Sabes, sin duda, que para
permitir a los ciudadanos el ejercicio de sus derechos se les exige el pago de
cierta suma; tres jornales obreros para asistir a las asambleas primarias; diez
jornales para ser miembro de las secundarias, que llaman departamentos; en fin,
una con-tribución de 54 luises y una propiedad inmueble para ser ele-gido
miembro de la Asamblea Nacional. Estas disposiciones son obra del sector
aristocrático de la Asamblea, que ni si-quiera ha permitido a los demás
defender los derechos del pueblo y constantemente ha ahogado sus voces con
clamores; de modo que nuestra deliberación más importante se aprobó sin
discusión, impuesta por la violencia y el tumulto.
Ahora se pretende modificar la
antigua división de las provin-cias y formar noventa departamentos,
subdivididos en asam-bleas primarias y secundarias.
Esta operación, que en el momento
actual me parece más fa-vorable a la aristocracia y al despotismo que a la
libertad, da lugar a grandes debates. Me parece que una representación fundada
sobre las bases antes indicadas podría fácilmente consagrar a la aristocracia
de los ricos sobre las ruinas de la aristocracia feudal; y no veo que el
pueblo, que debe ser me-dida y fin de toda institución, gane demasiado en el
cambio.
-57-
Por otra parte, no entiendo cómo
representantes que recibie-ron poderes de sus mandantes, es decir de todos los
ciudada-nos sin distinción de fortuna, tienen derecho de despojar a la mayor
parte de esos mismos mandantes del poder que éstos les han confiado. Te ruego,
mi querido amigo, me informes sobre el efecto que este proyecto puede causar en
Artois.
No te digo más por ahora, pero te
escribiré pronto. Extraño tu compañía y la de tu mujer. Uníos todos los buenos
ciudadanos para sostener y animar el patriotismo e inspirar, en estas
cir-cunstancias, los sentimientos y resoluciones más útiles al bien público.
Sabes cuánto te estimo. Espero
tus noticias con impaciencia.
Mi dirección, calle Saintonge au
Marais, N° 30.
-58-
LA INVIOLABILIDAD DEL REY 4
NO he de responder a ciertos
reproches de republicanismo que algunos formulan contra la causa de la justicia
y de la verdad; tampoco quiero provocar una decisión severa con-
tra un individuo; pero he de
combatir opiniones duras y crue-les para sustituirlas por medidas saludables a
la causa pública; vengo a defender, primordialmente, los principios sagrados de
la libertad, no contra vanas calumnias que me honran sino contra una doctrina
maquiavélica, cuyo progreso amenaza a aquélla de una total subversión. No
entraré, por lo tanto, a examinar si es cierto que la huida de Luis XVI es
imputable al señor Bouillé, a algunos ayudas de campo, a algunos guardias de
corps, a la gobernanta del hijo del rey... No entraré a exa-minar si el rey
escapó voluntariamente y por sus propios me-dios, o si desde la extremidad de
nuestras fronteras un ciuda-dano 25 logró secuestrarlo a fuerza de buenos
consejos. No en-traré a examinar si los pueblos todavía se hallan en estado de
creer que puede raptarse a los reyes como a mujeres (murmu-llos)-, tampoco
examinaré si, como cree el señor miembro in-formante, la partida del rey no fue
sino un viaje de placer, una ausencia indiferente, sin objeto especial, o si
debe vincularse a todos los sucesos que la precedieron; si fue resultado o
25 Textes cboisís, tomo 1, p. 83.
Luego de la fuga real frustrada en Varen-nes, Bailly y otros diputados
moderados propalaron la versión del “rapto" y reivindicaron la
inviolabilidad del monarca, consagrada cons-titucionalmente. Robespierre, en su
discurso ante la Asamblea Nacio-nal, el 14 de julio de 1791, fijó los límites jurídicos
de la inviolabilidad, sólo concebible cuando el rey representa un papel
decorativo, sin facul-tades de gobierno; y que, por otra parte, cede ante el
crimen. Un año y medio más tarde, esta tesis influirá decisivamente en la
condena de Luis XVI.
-59-
complemento de conspiraciones
impunes, y en consecuencia siempre renacientes, contra la libertad pública. Ni
siquiera examinaré si la declaración firmada de puño y letra del rey ex-plica
suficientemente sus intenciones, o por ventura no es sino una prueba más del
celo reiterado y enérgico de Luis XVI por la causa revolucionaria... Quiero
examinar simplemente la conducta del rey, y hablar de él como hablaría de un
rey de la China. Y quiero examinar, ante todo, cuáles son los límites del
principio de la inviolabilidad.
El crimen impune legalmente es en
sí una monstruosidad su-blevante en el orden social, o mejor dicho es la
alteración ab-soluta del orden social. Si el crimen es cometido por el primer
magistrado público, por el funcionario supremo, sólo encuen-tro agravantes:
primero, porque el culpable está ligado a la pa-tria por un deber más sagrado;
segundo, porque está armado de un gran poder y es peligroso tolerar sus
atentados. Es cierto que habéis decretado la inviolabilidad; pero asimismo,
seño-res, ¿habéis tenido alguna vez eludas sobre la intención de ese decreto?
¿Habéis podido ocultaros alguna vez a vosotros mis-mos que la inviolabilidad
del rey está íntimamente ligada a la responsabilidad de los ministros; que
habéis decretado una y otra porque, en los hechos, habéis transferido del rey a
los mi-nistros el verdadero ejercicio del poder ejecutivo, y que los
prevaricatos en que pueda incurrir dicho poder ejecutivo re-caen sobre los
ministros, porque son los verdaderos culpa-bles? De tal sistema resulta que el
rey no puede cometer nin-gún mal en la administración, puesto que ningún acto
del go-bierno puede emanar de él, y los que pueda emitir son nulos y sin
efecto; y, por otra parte, la ley conserva todo su poder con-tra él. Pero
señores, ¿si se trata de un acto personal de un in-dividuo revestido con el
título de rey? ¿Si se trata, por ejem-plo, de un homicidio cometido por ese
individuo, es un acto nulo y sin efecto, o acaso habrá un ministro que firme y
se
-60-
responsabilice?
Se nos dice que si el rey cometió
un crimen es preciso buscar la mano que movió su brazo. Y si el rey, en su
calidad de hom-bre, habiendo recibido de la naturaleza la facultad del
movi-miento espontáneo, agita su brazo sin estímulos extraños ¿quién será culpable?
Pero, se nos dice todavía, si el
rey se propasa le nombraremos un regente. Mas si le nombramos un regente,
todavía será rey; todavía estará investido del privilegio de la inviolabilidad.
Que los informantes nos expliquen claramente si en tal caso el rey será siempre
inviolable. Entonces es a vosotros a quienes pre-gunto, vosotros que sostenéis
ese sistema tan enérgicamente: si un rey degollase a vuestro hijo en vuestra
presencia (mur-mullos), si ultrajase a vuestra mujer o a vuestra hija, ¿le
diríais acaso: Sire, estáis en vuestro derecho; os hemos permitido todo? ¿O
permitiríais al ofendido vengarse? Entonces susti-tuís la violencia particular,
la justicia privada de cada indivi-duo, a la justicia majestuosa e imparcial de
la ley. ¡Y llamáis a eso establecer el orden público, y tenéis la audacia de
decir que la inviolabilidad absoluta es el sostén, la base inamovible del orden
social!
Señores: ¿qué son estas hipótesis
particulares, qué esas fecho-rías, frente a las que amenazan la salvación y la
felicidad del pueblo? Si un rey atrae sobre su patria todo el horror de la
guerra civil y la guerra internacional; si a la cabeza de un ejér-cito de
extranjeros y proscriptos viniese a destrozar su propio país y a sepultar bajo
sus ruinas la libertad y la felicidad del mundo entero, ¿sería acaso
inviolable? ¡El rey es inviolable! También vosotros lo sois, vosotros. ¿Pero
tenéis por ello la fa-cultad de cometer un crimen? ¿Y osaréis decir que los
repre-sentantes del soberano tienen, para su seguridad individual, menor
derecho que aquél cuyo poder vienen a restringir,
-61-
aquél a quien han delegado, a
nombre de la nación, el poder de que está revestido?
¡El rey es inviolable! ¿Pero los
pueblos no lo son también? El rey es inviolable por una ficción; los pueblos
por el derecho sagrado de la naturaleza. ¿Y qué hacéis, cubriendo al rey con la
égida de la inviolabilidad, sino inmolar la inviolabilidad po-pular a la real?
(aplausos al fondo, a la izquierda). Fuerza es convenir que sólo se razona así
cuando se trata de reyes...
-62-
LOS DERECHOS DE LOS NEGROS 26
NO puedo excusarme de contestar
cierta observación for-mulada para debilitar la causa de los hombres de color.
Observad que no se trata de
acordarles sus derechos, observad que no se trata de reconocérselos; observad
que se trata de arrebatárselos luego de que vosotros mismos los habéis
reco-nocido. ¿Y quién, dotado de cierto sentido de justicia, puede llegar a decir,
tan ligeramente, a varios miles de hombres: he-mos reconocido que tenéis
derechos, os hemos aceptado como ciudadanos activos; pero ahora vamos a
sepultaros otra vez en la miseria y el envilecimiento; vamos a precipitaros
nueva-mente a los pies de esos amos imperiosos cuyo yugo os ayuda-mos a
sacudir? (aplausos al fondo, a la izquierda).
Aquí se afirma que no es tan
grave la cosa, que su importancia es mínima para estos negros, pues sólo se
cuestionan sus de-rechos políticos, les dejamos los civiles.
¿Pero qué son, sin embargo -y
sobre todo en colonias-, los de-rechos civiles que les dejamos, sin los
derechos políticos? ¿Qué significa un hombre privado de los derechos del
ciuda-dano activo en las colonias, bajo la dominación de los blancos? Es un hombre
que no puede deliberar en modo alguno, que no puede influir directa ni
indirectamente sobre los intereses
26 Textes choisis, tomo I. p. 87.
En varias intervenciones que datan de mayo de 1791. Robespierre intentó
concretar ciertos derechos políticos a fa-vor de los negros de las colonias
antillanas. Sólo obtuvo reconocimiento para los hombres de color “nacidos de
padres libres”. Pero los planta-dores, representados por Lameth y Barnave,
presionaron para revocar esa concesión mínima, y el 25 de setiembre lo
consiguieron, a pesar de la abrupta oposición de Robespierre, que llegó a
gritar: “¡Que perezcan las colonias si hemos de sacrificarles nuestra gloria y
nuestro honor!”.
-63-
más primordiales y sagrados de la
sociedad que integra; es un hombre gobernado por funcionarios a cuya elección
no puede concurrir de ninguna manera, abrumado permanentemente por leyes,
reglamentos y actos administrativos, sin poder usar el derecho que pertenece a
todo ciudadano de influir sobre las decisiones sociales, en aquello que
concierne a su particular interés.
Es un hombre sumergido, cuyo
destino está a merced de los caprichos, pasiones e intereses de una casta
superior. ¡Ved los valores a los que se atribuye una mediocre importancia!
Que así piense quien considere la
libertad -el bien más sa-grado del hombre, el bien soberano de todo hombre no
em-brutecido- que así piense, digo, quien considere la libertad como algo
superfluo, algo que el pueblo francés puede decli-nar mientras le dejen orden y
pan, que entonces se razone así con tales argumentos no me asombra. Pero yo,
para quien la libertad es y será un ídolo, que no conozco alegría ni
prospe-ridad ni moralidad para los hombres ni para las naciones sin libertad,
declaro que abomino de semejante sistema, y que re-clamo vuestra justicia, la
humanidad, la justicia y el interés nacional a favor de los hombres libres de
color (aplausos).
-64-
CONTRA LA GUERRA 27
¿PERO cómo es posible reconocer
que la Corte conspira contra la libertad, aliada a los enemigos exteriores, y
lan-zarse entre sus brazos e invitar al pueblo para confiar en ella y creer en
la buena fe de sus agentes? ¡Qué digo! ¡Borrar
toda posibilidad de advertir sus
perfidias, dando un ejemplo de idolatría, credulidad y aplausos serviles! ¿Con
esas armas pensamos vencer la tiranía? Personalmente, cuanto más lo medito más
me abismo en las profundas tinieblas de tal sis-tema. ¿Existe acaso otro
sentido común, además del que co-nocemos habitualmente? ¿Hay otra razón,
superior a la razón humana, que deba presidir nuestras deliberaciones? ¿La
pru-dencia ordinaria permite acaso tomar como medida de la sa-biduría y
utilidad de una resolución importante solamente la suposición arbitraria de
ventajas eventuales, y descartar
27 Textos choisis, tomo I, p.
143. La propaganda bélica de los girondinos fue desarticulada por una serie de
discursos que pronunció Robespierre en el Club de los Jacobinos, especialmente
los del 18 de diciembre de 1791 y 2 de enero de 1792. Billaud-Varenne y Carra
habían abierto el debate, que se redujo finalmente a un tenso duelo entre
Brissot y Ro-bespierre. A iniciativa de Dusaux, ambos se abrazaron en la
reunión del 20, y los moderados interpretaron ese rasgo de cordialidad personal
como una claudicación de “M. de Robespierre, quien” -según El correo de los
ochenta y tres departamentos- “ha abierto esperanzas de que con-ciliará
fácilmente con M. Brissot la cuestión de la guerra”.
Robespierre, que por saludar no
imaginaba declinar principio alguno, reaccionó aclarando que “estaba lejos de
entender como querellas par-ticulares los debates que interesan al destino del
pueblo”, y que comba-tía “como hombre libre, con franqueza y acaso energía,
pero con res-peto”. En este agudo balance de los motivos de la guerra, el 25 de
enero, deterioró definitivamente la tesis de Brissot, que había reclamado
“grandes traiciones”.
-65-
absolutamente todas las
consideraciones y presunciones mo-rales y políticas que evidencian que es
impracticable? ¿Basta, para justificarla, suponer que todo se ejecutará como se
debe desear, sin calcular obstáculos ni inconvenientes?
Testimoniad alguna inquietud
sobre el poderío y posibilida-des de las potencias extranjeras: atacadlas -os
responden- y nosotros garantizamos todo; serán pulverizadas o correrán a
reunírsenos. ¿El poder ejecutivo os apoyará u os traicio-nará? Poco importa,
¿lodos los jefes, de cualquier graduación, son más fieles al pueblo que a la
corte? ¿Qué importa? ¿Acaso hay algo más indiferente, en una guerra, que los
jefes? ¿Cuáles son, por tanto, los recursos inmensos y sobrenaturales que os
envalentonan para desafiar peligros de que hombres norma-les quisieran
preservar a su patria?
¡Pues qué, si afirmáis que
nuestra posición mejorará con cada traición! Pero si la traición, que
normalmente pasa por ser un gran peligro y una gran desgracia, es lo único que
vuestro sis-tema puede ofrecer como ventaja ¡entonces vuestro sistema es bien fecundo
en calamidades! ¡Estaremos perdidos si no nos traicionan! Pero si nuestro
interés está en ser traicionados, ¿qué pasaría si nuestros pérfidos enemigos
tuvieran la cruel-dad de no traicionarnos, y cometieran la bribonada de
vencer-nos? Comprendéis perfectamente lo que yo entiendo por vic-toria y por
traición. No, la Corte jamás os traicionará en el sen-tido grosero y vulgar, es
decir tan torpemente como para que podáis advertirlo, ni tan pronto como para
que todavía tengáis tiempo de reparar el daño recibido. Pero os engañará, os
ador-mecerá, os agotará; os conducirá gradualmente a la última instancia de
vuestra agonía política; os traicionará con arte, con moderación, con
patriotismo; os traicionará lentamente, constitucionalmente, como ha hecho hasta
ahora; acaso, si fuera necesario, inclusive vencerá en la guerra, para
traicio-naros con mayor éxito.
-66-
¿Cuántas especies de traición no
habrá inventado el genio de la tiranía, en un siglo ilustrado? ¿Cómo no
reconocéis sino uno solo? Por ejemplo, sacrificar al sector más patriótico del
ejército, y con el otro marchar al triunfo; mantener el sus-penso con una
sucesión de victorias y derrotas igualmente fu-nestas, derrotar a enemigos
bienamados sin debilitar su po-derío y sin apagar la hoguera de la rebelión y
de la guerra; pre-gonar hazañas por mil trompetas y regresar triunfante,
prece-dido de los ladridos de la intriga que aclaman al libertador de Francia y
héroe de todos los mundos posibles; ved algunas de las innumerables
posibilidades que puede ofrecer semejante sistema bélico, las más felices en
apariencia y acaso las más peligrosas. En tal sentido, todo lo que hemos tenido
hasta ahora ¿es otra cosa que una traición? El nombramiento de un general con
esas aptitudes ¿es otra cosa que una traición? ¡Ah, cómo sospecho, en una
revolución odiosa a la Corte, una re-volución hecha contra la Corte, de las victorias
de los genera-les elegidos por la Corte! ¡Qué ascendiente adquieren sobre el
ejército que ha compartido su éxito y que asocia su gloria a la de sus jefes!
¡Qué ascendiente adquieren éstos sobre la na-ción, cuyo pensamiento sólo se ha
dirigido a las hazañas gue-rreras, y cuya necesidad parece ser forjarse ídolos!
¡Qué in-fluencia no ejerce un general victorioso en medio de mil par-tidos que
dividen la nación! ¡Cuál no será el ascendiente de un monarca a cuyo nombre se
ha combatido y triunfado! ¿Cómo podría la Asamblea, en medio del entusiasmo
general, tener otro espíritu que el del general victorioso y el del monarca de
quien será órgano de apoyo? ¿Cómo podrá disputarle las em-presas que a cada
momento intentará contra los principios constitucionales? En los disturbios
civiles, bajo el imperio de un rey todopoderoso, jefe supremo de los ejércitos,
dueño de distribuir los cargos más importantes, amo de cuarenta millo-nes que
le pertenecen en propiedad, depositario de la fortuna pública, centro de
convergencia para todos los descontentos,
-67-
todos los hombres más poderosos y
ricos, casi todos los fun-cionarios, jueces y administradores, en medio de un
pueblo desarmado, dividido, fatigado, hambriento ¿no creéis que un general de
un ejército vencedor, ebrio de entusiasmo por ese general, podrá inclinar
fácilmente la balanza hacia el lado de la facción ministerial, moderada y
antipopular, de la que será jefe e instrumento?
Tenemos buenos soldados. La
mayoría es buena, sin duda, y yo el primero en hacerles justicia. Pero serían
mucho mejores si la primera Legislatura no hubiera permitido que, en los días
iniciales de la libertad, los más esclarecidos y celosos defenso-res de la
causa pública fueran perseguidos, castigados y opri-midos por la aristocracia
militar, que sobrevive a la ruina del antiguo régimen para preparar su
resurrección bajo nuevas apariencias. Y desde luego aclaro que sería tan
injusto como inútil pretender que mis opiniones agravien a los soldados
franceses; porque ellos saben que yo fui el primero, y casi el único, en
defender a los soldados sublevados en Nancy contra el general que hoy comanda
sobre el Mosela, enfrentando a casi la totalidad de la Asamblea Nacional; y
saben que sólo yo denuncié a Bouillé en medio de su gloria y poderío y a
despe-cho de los charlatanes políticos que le votaron una corona cí-vica. Si
saben que nunca dejé pasar la ocasión de elevar mi voz en favor de esa
innumerable multitud de ciudadanos cuyo pa-triotismo ha sido castigado por
vejaciones de todo género; si saben que esa conducta me ha significado el honor
de haber sido denunciado por coroneles y cortesanos militares como faccioso y
perturbador de la disciplina militar, denuncia que me valió el repudio de la
mayoría de la primera Legislatura, cuyo favor siempre me pareció menos precioso
que la estima de la nación; si han sabido todo eso, no creerán en las
incul-paciones de que hablo, y en consecuencia seguiré diciendo cuanto me parezca
útil al bien público.
-68-
La mayoría de los soldados es
buena; por eso mismo debemos conservarla. El legislador no debe contar
ciegamente con la virtud de los hombres, porque esa virtud hace inútil su
minis-terio, y su sola misión es defenderlos contra sus propias debi-lidades. Además
de bendecir la inspiración de los soldados que, sufrientes y oprimidos como el
resto del pueblo, tuvieron la noble audacia de desobedecer a los tiranos en los
primeros días de la Revolución; al admirar y recompensar su civismo, al vengar
a quienes son todavía víctimas del despotismo, el le-gislador precisa todavía
mantener ese espíritu patriótico que todas las maniobras del gobierno tienden a
alterar. No se puede juzgar a todos los siglos por un momento; es preciso saber
que no todos los días transcurridos desde el comienzo de la Revolución son el
14 de julio; el legislador debe descon-fiar del espíritu de cuerpo y admitir
que un gran organismo armado y permanente siempre ha sido mirado, en general,
como la institución más peligrosa a la libertad. Debe saber que las fuerzas
armadas no están más exentas de errores y flaque-zas humanas que los cuerpos
pacíficos y políticos. Y para citar el más aleccionador ejemplo, si la
Constituyente, cuya mayo-ría quería de buena fe la libertad, ha sido tan débil
y tan im-potente para movilizar su propia obra, ¿por qué las institucio-nes
armadas, con idéntica buena fe, no podrían perder, a la larga, algo de ese
fervor que señaló los tiempos felices en que los ciudadanos, hoy divididos,
estaban todos unidos contra el enemigo común? ¿Por qué querría ignorar que la
disciplina militar exige que los soldados sean sumisos ante sus jefes y que ese
hábito de sumisión pasiva, a la que una política astuta asocia la idea del
honor militar, los dispone al entusiasmo por un general afortunado y por el rey
a quien la Constitución de-clara su jefe supremo? ¿Por qué ignorará que un
sector del ejército ya ha inspirado inquietudes a los patriotas, y que el
pueblo desea retener cerca de sí a los ciudadanos armados cuyo espíritu popular
se alimenta por la comunicación
-69-
habitual con el pueblo, y puede
ceder al antiguo espíritu mili-tar desde que, aislados en un cuartel, los
soldados quedan en-teramente librados a todas las seducciones que jefes
hábiles, y una corte dueña de toda la riqueza y todo el poder activo del
estado, pueden desarrollar?
La mayoría de los soldados es
patriota, lo sé. ¿Pero lo es la mayoría de los jefes y oficiales? ¿No está
consagrada a la corte, por prejuicio e interés? ¿No forma parte de esa fracción
patri-cia que sólo se arma contra el pueblo?
Ya sé que el ejército no
secundará una contrarrevolución pro-piamente dicha, sé que no alterará la
Constitución a designio; pero la corte no necesita recurrir a esos extremos
para ahogar la libertad. A favor de la diversidad de opiniones y partidos que dividen
a los franceses, a favor de la ignorancia de los ver-daderos principios de
gobierno, extraños a la meditación de la mayoría de los hombres, ¿es por
ventura imposible que un ge-neral triunfante arme, en nombre de la ley, a sus
soldados en-gañados, contra los mejores ciudadanos a los que designe como una
facción? Porque lo que tratan los enemigos de la li-bertad es de armar a
ciudadanos contra ciudadanos, destruir las sociedades patrióticas y acabar con
los mejores, que lu-chan por sus derechos. Y el sistema de guerra nos expone a
semejante peligro.
Nada de esto parecerá quimérico a
quienes recuerden que to-davía muchos honran como amigo de la libertad a un
general que la ha herido vivamente; y no quiero, más que otros, suble-var a los
soldados contra su general, sino que exijo un general a quien los soldados
puedan obedecer sin comprometer a su patria. Exijo, a quienes pretenden hacer
la guerra para liberar al mundo, un general digno de tal empresa, un hombre
cuya alma esté preñada de antiguas virtudes, un Catón, un Bruto, un Washington,
y por esos nombres quiero designar un héroe
-70-
virtuoso, amigo intrépido de la
libertad y de la humanidad. Y es muy difícil que un hombre que ha dicho mis
tierras, mi na-cimiento, mi rey, pronuncie desde el fondo del corazón las
pa-labras libertad o igualdad, no por un momento para mejor esconder sus
ambiciones sino de buena fe y con el propósito sincero de rehusarse a los
riesgos de la idolatría. ¡Dadme un general capaz, después de haber vencido a
nuestros enemigos, de llegar al altar de la patria y jurar, ante los manes de
los ciu-dadanos sacrificados, un odio inmortal al despotismo y a la perfidia!
Si ésa fuera nuestra feliz
situación, si el pueblo conservase ante nosotros su justa y poderosa autoridad,
alabadme por an-ticipado todos los milagros y provechos de la guerra; pero si
los hombres honrados son excluidos de todos los empleos, si el pueblo está bajo
la tutela o las cadenas de sus naturales enemigos, si la imagen de felicidad
que os he descripto sólo sirve para despertaros el sentimiento de vuestros
males, y si alguien, olvidando sus cadenas, quiere echarse a correr para verse
frenado al primer paso, todo cuanto de brillante pueda sostenerse en aquel
sentido no tiene sino el valor de un sueño agradable.
Una gran nación, afirmáis, debe
olvidar sus inconvenientes y no consultar sino sus principios y su vigor. Una
gran nación debe consultar, en todas sus empresas, los principios elemen-tales
de la razón y la prudencia, y sopesar maduramente las ventajas y desventajas de
las distintas posiciones que pueda adoptar. Su vigor es nulo si no se lo
orienta conveniente-mente. Y tampoco esa gran nación de que habláis es, en este
caso, quien delibera o discute. Es su poder ejecutivo quien in-tenta
extraviarla, son sus diputados quienes pueden equivo-carse: pruebas al canto,
la Constituyente. Ella probó) bien a la nación que veinticinco millones de
hombres pueden ser con-ducidos insensiblemente a los últimos grados de
extenuación
-71-
y debilidad, por la división, la
intriga y la opresión sistemática y gradual. La nación no despliega
verdaderamente sus fuerzas sino en los momentos de insurrección; y no se trata
aquí de un sistema insurreccional. Desde el 14 de julio los tiempos han cambiado.
Entonces el pueblo era soberano de hecho; hoy lo es de nombre. El despotismo
temblaba, hoy amenaza. La aris-tocracia huía, hoy insulta. El patriotismo, y no
la intriga, san-cionaba la ley. La corte arruinada tendía sus manos
suplican-tes a los representantes del pueblo. Hoy dispone de la fortuna y del
poder. La unión y la fraternidad reinaban, y la expresión guerra civil movía a
risa: hoy ya distinguimos su rostro terri-ble.
¡Pero es preciso obedecer a los
generales designados por el po-der ejecutivo, y dejarse guiar por el ministro!
Ya lo sé: por eso no quiero esta guerra, por eso quisiera reunir toda nuestra
energía y nuestros recursos contra los enemigos interiores. ¿Os resulta más
fácil probar la necesidad de obedecer a la corte que explicar cómo un sistema
de guerra, conducido por ella, puede liberarnos?, ¿y cómo lo haríais, ya que
convenís que el resultado más feliz que puede significarnos serían la traición
y sus calamidades y que ni siquiera podemos contar con esta felicidad tan
particular?
Pero es preciso salir del estado
en que estamos. Sí, hay dos medios para salir del estado de enfermedad: una
crisis natural y saludable, o la muerte. ¿Es acaso una crisis saludable reunir
y fortalecer a nuestros enemigos? Es para librarnos de enemi-gos interiores
-afirmáis- que iremos a combatir a los exterio-res. ¡Qué extraña inferencia!
¡Pero si esos enemigos exteriores no son sino una distracción que os
proporcionan los otros, si todos actúan de común acuerdo, si son vuestros
enemigos ex-tranjeros los que os comandan! Entonces está probado que unos y
otros forman el mismo partido, y vosotros sois juguetes de ambos. ¿Cuál es el
único medio de asegurar la libertad si
-72-
los enemigos interiores continúan
tramando su ruina? El único recurso que resta es que la nación, fatigada por
tantos atentados, decida terminar de sufrir; en dos palabras, el espí-ritu
público. Si ese fuego sagrado, esa fuerza secreta existe en el alma de Francia,
la guerra es inútil; si no existe, la guerra es una calamidad. ¿Cómo habría la
guerra de suscitarlo? Por el movimiento, decís, por el movimiento. Pero no es a
brazos y piernas que es preciso comunicar movimientos inspirados por el señor
de La Fayette, ¡son las almas que deben conmoverse!, son los espíritus que
debemos esclarecer por medio de leyes dignas de un pueblo libre; es por la
propaganda y el ejemplo que haremos capaces a los franceses de las acciones más
su-blimes. ¿Qué digo? Bastará con remover las trabas que conti-nuamente
encadenan los ímpetus del patriotismo y reprimen el desarrollo del espíritu
público.
Y el pueblo ¿estará más libre de
seguir su vocación por la li-bertad si los soldados se alejan?
Mientras la corte levanta
ejércitos ¿el resto de la nación saldrá de su pasividad? Desde que se hace
retumbar en nuestros oí-dos la trompa guerrera ¿acaso la aristocracia es menos
dili-gente; los conspiradores son menos audaces; el gobierno es más fiel a la
Constitución; la causa de la igualdad, más victo-riosa? ¿Estaremos mejor cuando
nuestros patricios sean ma-riscales de Francia; cuando nuestros ministros vayan
a discur-sear a las fronteras, para instruir a nuestros soldados en la ciencia
del honor y la docilidad; cuando erijan en crimen de lesa patria las faltas de
disciplina, porque el crimen de no ser-vir ciegamente a la tiranía fue siempre,
a los ojos del despo-tismo, el más grande de todos los crímenes; cuando vengan
a asegurar a la Asamblea que nuestros soldados están orgullo-sos de obedecer a
los mariscales de Francia? Río de pena cuando veo a ciertos ministros obtener
confianza al agitar el fantasma de Leopoldo, cuya bizarría e impenetrabilidad
son
-73-
los pretextos para impulsar a la
Asamblea a una conducta bé-lica. Pero si abandonamos nuestro hilo conductor,
nos perde-mos en un laberinto de intrigas. Ya he dicho bastante para de-nunciar
los recursos que el sistema que impugno puede ofre-cer a los enemigos de la
libertad. Pero hay una circunstancia excepcional que merece atención. Si es
cierto, como se rumo-rea, que está por estallar una gran conjura, esa conjura
está ligada al proyecto de guerra que la Corte ha planificado.
Y bien, el jefe de dicha
coalición encabeza vuestros ejércitos. El rey puede abandonar París legalmente,
constitucional-mente; la Asamblea no puede censurárselo; ninguna ley le im-pide
ponerse al frente del ejército. Puede salir en visita de ins-pección. Os dejo
meditar sobre las consecuencias de esa par-tida. El rey no actúa para privarnos
de libertad; quiere asegu-rar la disciplina, la Constitución, inflamar a todos
de amor por la patria. Entonces se advierte, según las circunstancias, qué
posición debemos asumir; y según se quiera emplear la vio-lencia y la
corrupción, según se quiera apresurar o suspender el gran proyecto, mirad qué
ventajas podemos extraer de tal situación. Subrayad reiteradamente que la
Asamblea Nacio-nal no puede tomar medidas contra esta especie de peligro, que
la Constitución no estorba; comprended por una vez que todos los tesoros del
estado se encuentran en manos de la corte; pesad su enorme poder; recordad el
espíritu que anima a la mayor parte de la burocracia pública; advertid las
tramo-yas preparadas a distancia, que sólo nuestros enemigos cono-cen
perfectamente; ved, bajo las cenizas, el fuego de las disen-siones civiles;
pensad que el propio París encierra un ejército realista, inmenso, cada día
acrecentado. Y olvidad todo eso para no soñar sino en la guerra contra los
alemanes, para pi-sotear los cetros de todos los potentados europeos; azotad a
los monarcas extranjeros con vuestras rotas cadenas y ento-nad por anticipado
el himno de la victoria y de la libertad
-74-
universal.
Personalmente, creo ver a un
pueblo inmenso que danza so-bre un vasto espacio cubierto de flores y hierbas,
jugando con sus armas, haciendo retumbar el aire con gritos de alegría y
cánticos guerreros; de pronto el terreno cede, las flores, los hombres y las
armas desaparecen; sólo veo una fosa repleta de víctimas. Ah, huid, huid, aún
es tiempo, antes de que el te-rreno que pisáis se hunda bajo las flores con que
lo han cu-bierto. He dicho y repetido qué principios y qué conducta pue-den
salvarnos. El sistema guerrero es la peor trampa; con sólo constituirnos en
estado de guerra nuestros enemigos ya han cumplido su finalidad; toda otra
argumentación que deseche ese punto esencial resulta ajena a la cuestión.
Si es preciso decirlo, mis
opiniones me parecen fortificadas por el empeño que se pone en desplazar la
cuestión y en apelar a medios independientes de la razón y la experiencia, para
ha-cer prevalecer la opinión contraria. Y quiera Dios que yo estu-viese tan
seguro de ver a mi patria escapar de sus desgracias como lo estoy de ver muy
pronto el sistema que expongo con-vertirse demasiado tarde en opinión
universal. Y todavía in-tentaré más para justificarlo: pronto indicaré los
medios para prevenir la guerra internacional, ahogando la guerra civil y
dominando a los enemigos interiores. Entreveo algunos reme-dios simples y
poderosos, al mismo tiempo que constituciona-les; su único vicio sería el no
ser adoptados; pero al menos, en tal caso, la nación verá claramente a quién
debe imputar sus desgracias.
-75-
SOBRE EL ABASTECIMIENTO DE LOS
ARTÍCULOS DE PRIMERA NECESIDAD 28
HABLAR a los representantes del
pueblo de los medios para atender su subsistencia no es solamente hablarles del
más sagrado de sus intereses; porque, sin duda, éstos se
confunden con él. Pero no es
especialmente por la causa de los ciudadanos indigentes por la que quiero
abogar, sino inclusive por la de propietarios y comerciantes.
Me limitaré a recordar principios
evidentes, pero que parecen olvidados. No indicaré sino medidas simples que ya
han sido propuestas; porque no se trata de crear brillantes teorías sino de
retornar a las primeras nociones del sentido común.
En todo país donde la naturaleza
cubre con prodigalidad las necesidades humanas, la escasez no puede imputarse
sino a vicios de la administración o de las leyes; y las malas leyes y la mala
administración tienen origen en falsos principios y en costumbres corruptas.
Se reconoce unánimemente que el
suelo de Francia produce más de lo necesario para nutrir a sus habitantes y que
la
28 Textes cboisis, tomo II, p.
82. Hacia fines de 1792 la escasez y encareci-miento de los productos
alimenticios hizo crisis. En su discurso del 2 de diciembre, Robespierre abordó
temas económicos, propugnando un in-tervencionismo estadual a favor de los
sectores sociales más débiles. Las ideas, tomadas probablemente de Rousseau y
otros autores, no son utópicas, como pretenden inclusive ciertos escritores de
izquierda como Poperen. El dirigismo contemporáneo, aun en países capitalistas,
se funda en similares principios. Admirables resultan, por otra parte, el
coraje con que apostrofa a la Convención girondina y la interpretación
dialéctica de la historia, en función de lucha de clases, que encierra la
síntesis final.
-76-
escasez actual es ficticia. La
consecuencia de ese hecho y del principio expuesto puede resultar desagradable,
pero no es el momento de lisonjearnos. Ciudadanos, a vosotros está reser-vado
hacer triunfar leyes justas. No estáis hechos para arras-traros por las huellas
de los prejuicios tiránicos transitadas por vuestros antecesores, sino que
iniciáis una ruta nueva donde nadie se os anticipa. Al menos, debéis someter a
un se-vero examen todas las leyes concebidas bajo el despotismo real y bajo los
auspicios de la aristocracia nobiliaria, eclesiás-tica o burguesa; y hasta el
momento no habéis tenido otras leyes. La mayor autoridad que se nos cita es la
de un ministro de Luis XVI,29 combatida por otro ministro del mismo tirano. He
visto nacer la legislación de la Asamblea Constituyente acerca del comercio de
granos; es igual a la anterior, nada ha cambiado hasta hoy, porque tampoco han
cambiado los in-tereses y prejuicios que la fundamentan. En tiempos de la misma
Asamblea vi producirse los mismos episodios que ahora se renuevan; vi a la
aristocracia acusar al pueblo; a los intrigantes hipócritas imputar sus propios
crímenes a los de-fensores de la libertad, a quienes llamaban agitadores y
anar-quistas; vi a un impúdico ministro, de cuya virtud no estaba permitido
dudar, exigir la adoración de Francia mientras la arruinaba, y salir la
tiranía, desde el seno de tan criminales intrigas, armada de la ley marcial
para bañarse legalmente en la sangre de los ciudadanos hambrientos.30 Millones
para el ministro, de los cuales estaba prohibido pedir cuentas, primas para las
sanguijuelas del pueblo, libertad indefinida para el
29 Los principales ministros de
Luis XVI fueron, sucesivamente, Turgot, Necker, Calonne, Brienne y nuevamente
Necker. Éste, ginebrino como Rousseau y padre de Madame de Stael, fue resistido
porque su política de “austeridad" deterioraba la condición económica del
pueblo.
30 Alude a las matanzas del Campo
de Marte, en julio de 1791. Sus respon-sables no fueron tanto los aristócratas,
sino la burguesía temerosa del pueblo, especialmente Bailly y La Fayette.
-77-
comercio y bayonetas para calmar
las alarmas y apaciguar el hambre; tal fue la política seguida por nuestros
primeros le-gisladores.
Las primas pueden discutirse; la
libertad de comercio es ne-cesaria hasta el límite donde la codicia homicida
comienza a abusar de ella; el uso de las bayonetas es una atrocidad; el
sis-tema, esencialmente incompleto, porque nada agrega al ver-dadero principio.
Los errores cometidos provienen
de dos causas principales:
1o Los autores de la teoría han
considerado los artículos de primera necesidad como mercaderías comunes, y no
han for-mulado diferencia alguna, por ejemplo, entre el comercio de trigo y el
de índigo; les ha interesado más el comercio de gra-nos que la subsistencia del
pueblo; y omitiendo en sus cálculos estos datos elementales han aplicado
falsamente principios correctos; es esta mezcla de verdad y error lo que ha
teñido de verídico un sistema equivocado.
2o Más aún, han sido incapaces de
adaptarlo a las tempestuo-sas circunstancias revolucionarias; y aunque sus
vagas teorías resultaran eficaces en tiempos ordinarios, no encontrarían
ninguna aplicación a las medidas instantáneas que los mo-mentos de crisis
pueden exigir de nosotros. Mucho ha preo-cupado el provecho de los
especuladores y los propietarios, y casi nada la vida de los hombres. Porque
eran los grandes, los ministros, los ricos, quienes legislaban y gobernaban;
¡si hu-biese sido el pueblo, es probable que semejante sistema su-friera
modificaciones!
El sentido común, por ejemplo,
aconseja que los artículos que no son de primera necesidad puedan abandonarse a
las más ilimitadas especulaciones de los comerciantes; la escasez mo-mentánea
que pueda sobrevenir es un inconveniente soporta-ble; y, generalmente, basta
con que la libertad indefinida de
-78-
ese negocio redunde en el mayor
provecho posible para el es-tado y para los individuos. Pero la vida humana no
puede so-meterse a la misma suerte. No es indispensable que yo pueda comprar un
brillante brocato, pero sí pan para mí y para mis hijos. El negociante puede
acaparar en sus depósitos las mer-caderías que el lujo y la vanidad codician,
hasta que llegue el momento de venderlas al mayor precio posible, pero nadie
puede amontonar trigo junto a su semejante que muere de hambre.
¿Cuál es el fin primordial de la
sociedad? Mantener los dere-chos imprescriptibles del hombre. ¿Cuál es el
primero de esos derechos? El de existir.
La primera ley social es, por lo
tanto, la que asegura a todos los miembros de la sociedad los medios de
existir; todas las otras están subordinadas a ella. La propiedad no se ha
insti-tuido o garantizado sino para cimentarla. Desde luego, es para vivir que
se tienen propiedades. No es cierto que la propiedad nunca pueda oponerse a la
subsistencia humana.
Los alimentos necesarios al
hombre son tan sagrados como la misma vida. Cuanto sea indispensable para
conservar la vida es propiedad común de la sociedad entera. Sólo el excedente
puede abandonarse a la propiedad individual y a la industria de los comerciantes.
Toda especulación mercantil que yo haga a expensas de la vida de mi semejante
no es comercio, sino latrocinio y fratricidio.
Según este principio, ¿cuál es el
problema, en materia de le-gislación sobre subsistencias? Asegurar a todos los
miembros de la sociedad el goce de la porción de productos de la tierra que sea
necesaria para su existencia; a los propietarios o pro-ductores el precio de su
trabajo; y abandonar lo superfluo a la libertad de comercio.
Desafío al más escrupuloso
defensor de la propiedad a negar
-79-
estos principios, a menos que
confiese entender por derecho de propiedad el de despojar y asesinar a su
prójimo. ¿Cómo entonces se puede pretender que cualquier limitación o, me-jor,
que cualquier reglamentación de la venta de trigo sea un atentado a la propiedad,
y disfrazar este sistema bárbaro bajo la denominación hipócrita de libertad de
comercio? Los auto-res de semejante doctrina ¿no advierten que están en
irreduc-tible contradicción con ellos mismos?
¿Por qué os veis forzados a
prohibir la exportación de granos cuantas veces no pueda asegurarse la
abundancia en el inte-rior? Fijáis el precio del pan ¿pero fijáis acaso el de
las espe-cies o el de los artículos suntuarios provenientes de la India? ¿Cuál
es la causa de estas excepciones sino la evidencia misma de los postulados que
acabo de desarrollar? Qué digo, los go-biernos someten muchas veces el comercio
de objetos de lujo a las reglamentaciones que una sana política impone; ¿por
qué habría de estar necesariamente exento de limitaciones el que afecta a la
subsistencia del pueblo?
Indudablemente, si todos los
hombres fueran justos y virtuo-sos, si la codicia nunca tentara devorar la
substancia del pue-blo, si dóciles a la voz de la razón y la naturaleza los
ricos se sintieran ecónomos de la sociedad y hermanos del pobre, no cabría
admitir otra ley que la libertad más ilimitada. Pero si es verdad que la
avaricia especula con la miseria, y la misma ti-ranía con la desesperación del
pueblo, si es verdad que todas las pasiones declaran la guerra a la humanidad
sufriente, ¿por qué las leyes no han de reprimir tales abusos? ¿Por qué no han
de detener la mano homicida del monopolista, como la de un asesino vulgar? ¿Por
qué no han de ocuparse de la existencia del pueblo, así como largo tiempo se
han ocupado del goce de los poderosos y de los déspotas?
¿Y cuáles son los medios para
reprimir estos abusos? Se
-80-
pretende que son impracticables,
y yo afirmo que son tan sim-ples como infalibles. Se pretende que plantean
enigmas inso-lubles hasta para un genio, y yo afirmo que ni siquiera hieren los
intereses comerciales ni el derecho de propiedad.
Que se proteja la circulación a
todo lo largo de la república, pero que se tomen precauciones para que la
circulación tenga lugar. Es precisamente por la falta de circulación que
pro-testo. Porque el azote del pueblo y la causa de la escasez son los obstáculos
a la circulación bajo pretexto de asegurarla ili-mitadamente. ¿Circulan acaso
las subsistencias públicas cuando ávidos especuladores las acaparan en sus
graneros? ¿Circulan cuando se acumulan en manos de un pequeño nú-mero de
millonarios que las sustraen al comercio para hacer-las más preciosas y raras,
que calculan fríamente cuántas fa-milias deben perecer antes que las
mercaderías hayan espe-rado el tiempo fijado por su avaricia? ¿Circulan cuando
no ha-cen sino atravesar las comarcas que las producen, ante los ojos de
ciudadanos indigentes que padecen el suplicio de Tán-talo, para ir a sumirse en
la guarida de algún empresario de la escasez pública? ¿Circulan, mientras los
ciudadanos necesita-dos languidecen en medio de abundantes cosechas, por care-cer
de un trozo de oro o de papel lo bastante preciosos como para obtener una
porción?
Circulación es aquello que pone
los artículos de primera nece-sidad al alcance de todos, y que lleva a las
chozas la abundan-cia y la vida. ¿Acaso circula la sangre, atorada en el
cerebro o en el pecho? Circula cuando corre libremente por todo el cuerpo; las
subsistencias son la sangre del pueblo, y su libre circulación no es menos
necesaria a la salud del cuerpo social que la sangre al cuerpo humano.
Favoreced, entonces, la libre circulación de granos, impidiendo toda
obstrucción funesta. ¿Cuál es el medio para obtener tal fin? Privar a la
codicia de las tres causas que la favorecen: el secreto, la libertad sin freno
-81-
y la certidumbre de su impunidad.
El secreto, ya que cualquiera
puede ocultar la cantidad de sub-sistencias de que priva a la sociedad entera y
puede, fraudu-lentamente, hacerla desaparecer y transportarla a países
ex-tranjeros o a almacenes del interior. Propongo, en consecuen-cia, dos medidas
concretas: primera, tomar las precauciones necesarias para comprobar la
cantidad de grano que produce cada región y la que cada propietario o productor
ha recogido. Segunda, obligar a los comerciantes en grano a vender en el
mercado y prohibir todo transporte nocturno del grano ven-dido. No es preciso
probar ni la posibilidad ni la utilidad de estas precauciones, que están fuera
de dudas. ¿Lo está su le-gitimidad? ¿Pero cómo pueden entenderse atentatorias a
la propiedad las reglas de policía general ordenadas por el inte-rés social?
¿Cuál será el buen ciudadano que proteste por verse obligado a actuar con
lealtad y a plena luz del día? ¿Quiénes necesitan de las tinieblas sino los
conspiradores y los canallas? Por otra parte ¿no he probado que la sociedad
tiene derecho a reclamar la porción necesaria a la subsistencia de los
ciudadanos? ¡Qué digo!: es el más sagrado de sus debe-res. ¡Cómo podrían ser
injustas las leyes necesarias para ase-gurar su ejercicio!
Afirmo que las otras causas de la
acción desastrosa del mono-polio son la libertad indefinida y la impunidad.
¿Qué medio más seguro para envalentonar la codicia y librarla de todo freno que
sostener que las leyes carecen de la facultad de vigi-larla o de imponerle las
más mínimas trabas? ¿Que la única norma que admite es la de atreverse
impunemente a todo? ¡Qué digo! Tal es el grado de perfección a que ha sido
llevada esta teoría que casi está reconocido que los acaparadores son
intachables, que los monopolistas son benefactores de la hu-manidad; que en las
querellas que surjan entre ellos y el pue-blo, el pueblo está siempre
equivocado.
-82-
El crimen de monopolio o es
imposible o es real. Si es una qui-mera, ¿cómo hemos podido creer siempre en
ella? ¿Por qué hemos sufrido sus estragos desde los primeros tiempos de nuestra
revolución? ¿Cómo informes insospechables, y he-chos incontestables, nos
denuncian sus culpables maniobras? Si es real, ¿por qué extraño privilegio
obtiene protección? ¿Qué límites pondrán a sus atentados los despiadados
vampi-ros que especulan con la miseria pública, si a toda especie de
reclamación se oponen sin cesar las bayonetas y la orden ab-soluta de creer en
la pureza y caridad de los acaparadores? La libertad indefinida sólo excusa,
salvaguarda y motiva este abuso. ¿Cómo puede creerse que lo remedia? ¿Qué, se
deplo-ran los males del sistema actual, o al menos los males que no ha podido
prevenir? Y como remedio se propone... el sistema actual. Os denuncio los
asesinos del pueblo, y me respondéis: “dejad hacer”. En semejante sistema, todo
está contra la so-ciedad, y todo a favor del mercader en granos.
Es aquí, legisladores, necesaria
toda vuestra prudencia y vues-tra circunspección. Esta materia es siempre
delicada de tratar; parece peligroso redoblar las alarmas populares o inclusive
autorizar el descontento. Pero más peligroso todavía es callar la verdad y
disimular los principios. Si vosotros los seguís todo inconveniente desaparece,
porque sólo los principios pueden agotar la fuente del mal.
Bien sé que cuando se examinan
las circunstancias de un de-terminado disturbio, impulsado por la escasez real
o ficticia de trigo, suele señalarse la influencia de otras causas. La
am-bición y la intriga necesitan a veces suscitar disturbios; a ve-ces, son los
mismos que excitan al pueblo, con el fin de hallar pretexto para degollarlo y
exhibir la libertad ante hombres dé-biles y egoístas como algo terrible. Pero
no es menos cierto que el pueblo es naturalmente recto y pacífico, siempre
guiado por una intención pura. Los malvados no pueden alborotarlo
-83-
si no le muestran un motivo
poderoso y legítimo a sus ojos. Aprovechan más de su descontento cuando éste ya
existe; y cuando lo arrastran a excesos, so pretexto de su abasteci-miento, es
porque lo encuentran predispuesto por la opresión y la miseria. Jamás un pueblo
feliz ha sido turbulento. Quien conozca al pueblo francés, especialmente, sabe
que no está en poder de ningún ciudadano insensato o malvado sublevarlo sin
razón contra leyes que ama, mandatarios que ha elegido o libertad que ha
conquistado. Corresponde a sus representan-tes testimoniar la confianza
recibida, desconcertando la ma-levolencia aristocrática, aliviando sus
necesidades y calmando sus alarmas.
Esos mismos temores merecen
respeto. ¿Cómo calmarlos, si permanecéis inactivos? Las mismas medidas que se
propo-nen, si no fueran tan necesarias como pensamos, bastaría que el pueblo
las desease, que ellas probaran a sus ojos vuestra adhesión a sus intereses,
para determinaros a adoptarlas. Ya he indicado cuál es la naturaleza y el
espíritu de esas leyes, y me contentaré aquí con reclamaros prioridad para los
proyec-tos contra el monopolio, reservándome la propuesta de modi-ficaciones si
se adoptan en general.
Ya he probado que estas medidas y
los principios en que se fundan son necesarios al pueblo. Probaré que también
son útiles a los ricos y a todos los propietarios. Ricos egoístas, sa-bed
prever y prevenir por anticipado los resultados terribles de la lucha del
orgullo y las bajas pasiones contra la justicia y la humanidad.
Instruíos del ejemplo de los
nobles y los reyes. Aprended a go-zar de la igualdad y la virtud; o al menos
contentaos con las ventajas que os da vuestra fortuna, y dejad al pueblo pan,
tra-bajo y honradez. En vano los enemigos de la libertad se agita-rán para
desgarrar el seno de la patria; el curso de la razón
-84-
humana, como el del sol, no puede
detenerse; corresponde al genio de la intriga huir ante el genio de la
libertad.
Y vosotros, legisladores,
acordaos que no representáis a una casta privilegiada, sino al pueblo francés;
no olvidéis que la fuente del orden es la justicia; que la garantía más segura
de la tranquilidad pública es la felicidad de los ciudadanos, y que las largas
convulsiones que destrozan a los estados no son sino el combate de los
prejuicios contra los principios, del egoísmo contra el interés general, del
orgullo y las pasiones de los po-derosos contra los derechos y necesidades de
los débiles.
-85-
SOBRE LA COMPETENCIA
DE LA CONVENCIÓN PARA
SENTENCIAR A LUIS XVI 31
EL pueblo ya se pronunció dos
veces sobre Luis: 1o cuando tomó las armas para destronarlo y vosotros lo
sustrajisteis de su justa cólera, prometiendo una solemne venganza; 2o
cuando os impuso el deber sagrado
de condenarlo ruidosa-mente, para salvación de la patria y ejemplo al mundo.
Derro-char tanto ingenio en hallar medios de apelación y revisión significa por
lo menos que estáis descontentos del juicio. ¿Acaso el más ilustre picapleitos
ha sido nunca tan fértil, como vosotros en este proceso, para encontrar
excepciones declinatorias, dilatorias, perentorias o rescisorias?
Deberíais, señores, ser más
circunspectos. Porque se recuerda vuestra conducta tortuosa durante la
Legislatura, vuestras sospechosas alianzas, vuestras eternas intrigas; se
recuerda el papel que asumisteis cuando la discusión sobre la destitución; se
recuerda el cobarde abandono en que dejasteis al ejército federado. Se sabe que
toda vuestra ambición era reinar bajo el nombre de Luis, como ministros suyos.
Sois vehementemente
31 Textes choisis, tomo II, p.
91. El proceso a Luis XVI señala la culmina-ción del desconcierto de los
girondinos, que a toda costa procuraron salvarlo. Allí perfeccionaron su
política antipopular. Robespierre sos-tuvo en varios discursos la competencia
de la Convención, soberana y electiva, para condenar al rey sin necesidad de
apelar a las asambleas primarias. Vergniaud. Gensonné, Brissot y Guadet, entre
otros, recu-rrían a esa apelación para ganar tiempo. Esta epístola abierta,
dirigida a ellos y publicada en Cartas de Robespierre a sus mandantes (enero de
1793), recapitula las culpas girondinas. Destacamos su elogio al pueblo de
París, constituyendo uno de los primeros escritos que señalan la con-centración
urbana como decisivo factor revolucionario.
-86-
sospechados de preferir los
vicios de la monarquía a las cos-tumbres republicanas.
No, señores, no amáis la
República; se recuerda vuestro silen-cio, vuestro embarazo, vuestra inquietud,
cuando la Asamblea abolió la monarquía, y vosotros no pudisteis oponeros. Es
ex-cusable, por lo tanto, creer que vuestra intención no era sola-mente apelar
la condenación del monarca, sino la de la propia monarquía; se pretende que ésa
es la finalidad de los distur-bios que excitáis y de los esfuerzos que hacéis
para presentar la República, a todos los espíritus débiles, bajo formas
horri-bles y peligrosas.
Queréis la futura sentencia ante
el pueblo de la Asamblea Na-cional. Señores, si estuvierais en condiciones de
dictar voso-tros esa sentencia, no la apelaríais, como no apelasteis nin-guno
de los decretos desastrosos engendrados por vuestras intrigas. No habríais
concebido la idea audaz de apelar de la nación unificada en sus representantes
para condenar a Ca-peto, a la nación dispersa sobre un territorio de
veinticuatro mil leguas cuadradas, sin posibilidades de reunirse para ins-truir
un proceso y formar opinión común. Admitamos que aceptado por la nación el
pacto social, los representantes no hacen sino proponer, sin decretar nunca.
Pero un juicio no puede considerarse como una simple propuesta; es un acto de
poder público; es preciso que sea ejercido o por mandatarios o por el soberano.
La superposición de estas dos formas es monstruosa. Repugna a la naturaleza de
las cosas que repre-sentantes y representados concurran a un acto de justicia o
de seguridad general. Es preciso que sólo el pueblo juzgue a Luis, o que lo
hagan solamente los representantes. Más aún: con-vocado el pueblo en asamblea,
expira la representación, desa-parece el poder de la Convención; ya no hay ley
ni gobierno, sino la voluntad dominante en cada asamblea. Y bien, exponer el
estado a estos riesgos, en plena crisis de un gobierno por
-87-
nacer, ante la proximidad de los
enemigos coaligados contra nosotros, ¿es otra cosa que resucitar la monarquía
por la anar-quía y la discordia?
En definitiva, señores, todas mis
objeciones no conducen sino a la naturaleza de la causa que defendéis; porque
estoy satis-fecho de vuestros alegatos. Se equivocará quien os reproche las
diatribas furibundas que los componen. Porque ¿quién puede exigir de vosotros
razones o principios? La libertad con que habéis exhalado la hiel de vuestras
almas os ha aliviado, sin dañar a nadie. Nada impide, tampoco, que las gentes
de bien consideren vuestras injurias como elogios. No os moles-téis, señores:
repetid, junto con todos los ciudadanos impuros y despreciables que aún existen
en la República, que son los defensores de la libertad quienes mataron a los
prisioneros contrarrevolucionarios inmolados por la proximidad de los prusianos
y la cólera popular; ni el más torpe dejará de reír de vuestra impudicia, y
menos se os creerá cuanto más lo afir-méis. Llevad un largo luto por los
tiranos, para atraer el odio sobre la cabeza de los buenos ciudadanos y sobre
la cuna de la República. Prodigad el nombre de asesinos y monstruos a la parte
más pura de la Asamblea Nacional; no por eso dejará de ser cierto que los
defensores de la causa popular son los ami-gos de la humanidad, mientras los
abogados de la tiranía son tan cobardes como crueles. Declamad bien alto para
que os oiga toda Francia, representad vuestra comedia y emplead to-das las
tretas que La Fayette os ha legado, para arrancar al pueblo de París de la
profunda tranquilidad que se obstina en conservar, pese a vuestros esfuerzos y
a su miseria. La nación permanecerá unida para triunfar y para gozar del
triunfo. Pa-rís no será deshonrado ni destruido. Los Gensonné, los Verg-niaud,
los Brissot, los Guadet pasarán. París quedará. París será todavía la muralla
de la libertad, el azote de los tiranos, la desesperación de los intrigantes,
la gloria de la República y
-88-
el ornamento del mundo, mucho
tiempo después que voso-tros todos seáis emigrados.
Y no sólo el pueblo de París os
aborrece, sino cualquier buen ciudadano. Los ojos de Marsella, de Montpellier,
de Burdeos y de todos los países del mundo aquí reunidos os molestan
in-finitamente, y estáis arrepentidos de haberlos atraído a este sitio. Por
todas partes, señores, la clase popular tiene los mis-mos intereses y los
mismos principios. París es como un sitio de reunión general, una federación
continua y natural, que se renueva sin cesar, de ciudadanos de esa clase; no es
ya una ciudad de seiscientos mil habitantes que os acusa: es el pueblo francés,
la especie humana, la opinión pública y el ascendiente invencible de la razón
universal.
-89-
LA PROPAGANDA Y EL CARÁCTER
LIBERADOR DEL EJÉRCITO REVOLUCIONARIO 32
EL verdadero objeto de nuestra
política debe ser arrancar a los pueblos de la causa de los tiranos coaligados
contra nosotros. Porque si los pueblos compartieran su animosidad contra la
Revolución, si el fanatismo de la servidumbre o de la superstición se uniese al
fanatismo de la aristocracia y al or-gullo del despotismo, tendríamos que
sostener una clase de guerra mucho más terrible que la que todos los reyes del
mundo pudieron hacer antaño a un monarca francés. Es pre-ciso comenzar por dar
a los pueblos tina alta idea de nuestros principios y nuestro carácter. Y para
ello disponemos de dos
medios: la propaganda y la
acción.
Es necesario oponer la propaganda
a las calumnias extendidas por los gobiernos extranjeros para desacreditar
nuestra Revo-lución. Indudablemente, la naturaleza ha grabado en todos los
corazones las verdades que le sirven de fundamento, pero los prejuicios y la
servidumbre los han borrado; y los escritores mercenarios, cuya bajeza
subvenciona el despotismo, han despertado contra nosotros todos los prejuicios
y pasiones de
32 Textos choisís, tomo II, p.
97. La lucha ideológica ocupó siempre a Ro-bespierre. Como los éxitos militares
de fines de 1792 habían despertado la tentación de tina guerra de conquista,
esta nota publicada en Cartas de Robespierre ti sus mandantes (febrero de 1793)
objetiva el concepto de guerra de liberación, postulando magnanimidad y respeto
por la idio-sincrasia de los países ocupados. Sólo la “propaganda por los
hechos” anulará los efectos de la calumnia y alumbrará racionalmente, sin
exa-gerados optimismos, una revolución internacional, posible, bien distinta a
la de Brissot o Cloots. De paso, Robespierre anticipa aquí su defensa de la
libertad de cultos, que en principio insinúa como necesidad táctica.
-90-
los esclavos, al mismo tiempo que
tomaban las precauciones más rigurosas para arrancar de manos del pueblo los
escritos franceses que podían esclarecerlo.
La misión de instruir a los
extranjeros exige mayor celo e in-teligencia, por cuanto es preciso adaptarse a
las características y situaciones de los diferentes pueblos. Por ejemplo, no
debe hablarse el mismo idioma en los países donde los prejuicios supersticiosos
y el predominio clerical agonizan que en aque-llos donde todavía conservan todo
su vigor. No es necesario comprometer los grandes intereses comunes a todos los
hom-bres, hiriendo demasiado vivamente preferencias populares que por el
momento es imposible desarraigar. Es indispensa-ble, sin embargo, hacer los
mayores esfuerzos para ilustrar a ese sector de ciudadanos llamado pueblo, que
es el que tiene menor acceso a la instrucción por la lectura, pues se la
impi-den los ricos, amigos naturales de la monarquía y la aristocra-cia. El
propio carácter de igualdad y popularidad que distin-gue a nuestra Revolución
ha debido multiplicar la oposición entre los miembros de esa última clase
social. Cuanto más aquélla se aproxima a los principios de justicia y razón,
más levantan contra ella los vicios y las pasiones. Será más viva-mente
combatida por la razón, precisamente porque hace que valga la pena combatir por
ella.
Existe algún país donde la
aristocracia misma comenzó una revolución contra el despotismo real, pero en
vez de llegar hasta la igualdad constitucional que nosotros consagramos se ha
aferrado al trono para rechazar las máximas francesas y re-tener al pueblo en
la ignorancia y la alienación. Existe algún pueblo que puede partir del
despotismo para llegar a una constitución aristocrática semejante a la de
Inglaterra o Esta-dos Unidos. Inglaterra o Estados Unidos no podrían sufrir una
revolución, sino para elevarse de repente a la perfección de los principios
sobre los cuales debe fundarse la nuestra. En
-91-
consecuencia, el interés del
gobierno inglés coincide con el de todos los aristócratas, todos los
intrigantes ambiciosos, todos los ricos del mundo, sin exceptuar los de
Francia. El gabinete de Londres es el centro de las intrigas que agitan a
Europa contra nosotros, y perturban inclusive a Francia. Tal es la ver-dadera
causa de la falsa neutralidad anunciada primero y de la brusca y premeditada
declaración de guerra que ahora nos hace. ¿Habría osado proclamarla si el
pueblo inglés estuviese esclarecido sobre los principios y verdaderas
circunstancias de nuestra Revolución? ¿Existe en nuestra Revolución un solo
postulado, un solo triunfo memorable que el pueblo inglés, bien informado, no
habría adoptado con entusiasmo?
Es deber del gobierno francés
utilizar por lo menos tanta as-tucia en propagar la luz entre el pueblo como la
que utilizan los representantes de nuestros déspotas en conspirar ante las
cortes extranjeras. Nuestros enviados en países extranjeros debieran ocuparse
constantemente de esta especie de sagrada conspiración contra la mentira y la
tiranía. Pero nuestro pro-pio gobierno ha sido, durante largo tiempo, demasiado
enemigo de nuestra Revolución como para no calumniarla en todo el universo; y
jamás ha sido lo suficientemente puro como para adoptar las medidas conducentes
a extender el culto revolucionario. Sería casi ridículo ocuparnos hoy de las
faltas cometidas por un tirano que ya no existe, pero, en cam-bio, interesa
examinar la conducta de los agentes de la Repú-blica. ¿Qué medidas han tomado
en las cortes extranjeras para realizar el plan del cual informo? ¿Qué han
hecho para estimular la insurrección de los pueblos o al menos para con-tener y
estorbar a los déspotas?
Ojeando los escritos que el
ministerio inglés subvenciona para extraviar a la opinión ¿cuál no sería mi
sorpresa al encontrar el mismo lenguaje que el ministerio francés derramaba
gene-rosamente sobre nosotros? ¿Qué digo? ¡Encontré el lenguaje
-92-
de numerosos representantes del
pueblo francés! Todos se han conjurado para deshonrar esta Revolución que
ama-manta a la República. Los veo, desde hace un tiempo, ocupa-dos en calumniar
a la ciudad inmortal donde aquélla se ha operado, punto de reunión de todos los
federados, de todos los franceses, cuna y ruta de nuestra libertad. Los veo
insinuar que aquélla es obra de una facción ambiciosa que intenta ele-var a
algunos ciudadanos sobre las ruinas de la monarquía. Los veo aturdir al
universo con el tema de la muerte de algu-nos cómplices del tirano inmolados
por el pueblo; y pintar Pa-rís como el reinado del crimen y la carnicería, como
el domi-nio de una banda de asaltantes y asesinos que imperan en el seno mismo
de la Convención Nacional. ¿Qué medios son és-tos de hacer respetable la
Revolución naciente a los ojos de los pueblos, manchando su cuna por
asesinatos, trastornos y fac-ciones? ¿Quién ha intentado inclusive
desprestigiar esta época inmortal de nuestra Revolución, consolidada por la
condena solemne del tirano? ¿Quién ha querido enrostrarnos como un crimen y un
título de oprobio ese gran acto de justicia y virtud republicana? ¿Quién ha
pintado la Convención Na-cional como una horda de caníbales? ¿Quién ha
despertado con toda su potencia los prejuicios más serviles? ¿Quién ha
pronunciado en la tribuna de la Convención, para demorar el castigo de Luis,
discursos que parecen anticipaciones de los manifiestos de las cortes
extranjeras...?
Estas reflexiones deben llevarnos
a un riguroso examen de conciencia. Jamás perdamos de vista el hecho de que
consti-tuimos un espectáculo para todos los pueblos, que delibera-mos en
presencia del universo. Intentemos que cada discurso nuestro resuene desde un
polo hasta el otro, que los amigos de la humanidad los recojan con diligencia y
los partidarios del despotismo los espiguen de mala fe, para calumniar la causa
de la libertad; todo aquel que aquí blasfeme contra los
-93-
derechos del pueblo o que
prostituya su voz a los prejuicios o a la intriga es cómplice de los tiranos y
se confiesa enemigo del género humano. Debemos mantenernos en guardia,
inclu-sive contra los desplantes del celo más sincero. Expreso aquí, de pasada,
una idea que aún no he elaborado totalmente, pero que con frecuencia me
angustia: sí, debemos abstenernos de llamar la atención pública sobre ideas
religiosas, y de hacer creer a los extranjeros que no adopten ciertas máximas
filosó-ficas en toda su amplitud, que su causa está ligada con la de la
libertad que defendemos. Y si es preciso decirlo, temo que ciertas
proposiciones, inclusive exageradas por el pueblo fran-cés o por lo menos
prematuras, que se nos hicieron desde esta tribuna, hayan provisto a nuestros
enemigos de argumentos para desprestigiarnos ante ciertos pueblos cuyo grado de
ma-durez no ha alcanzado el nuestro.
Pero el medio más seguro de
atraernos la opinión extranjera es nuestra conducta a la vista de los pueblos a
los cuales nos hemos visto obligados a hacer la guerra.
Ya la Convención Nacional ha
declarado a la faz del universo, en nombre de la nación francesa, que no hace
guerra a los pue-blos oprimidos, sino a los gobiernos opresores. Hizo más:
aplicó ese gran principio mediante un decreto inmortal que consagra la soberanía
de las naciones y que prohíbe a los ge-nerales y ciudadanos franceses atentar
contra ella. Ha llegado el momento de renovar esa declaración y, sobre todo, de
ha-cerla ejecutar religiosamente; pues, ¿para qué sirven las leyes más sabias,
si no se las observa, como no sea para comprome-ter la prudencia y la lealtad
de quienes las promulgaron?
Ya ese decreto, dictado en
tiempos de la invasión de Niza y Saboya, produjo en ambas el más feliz efecto.
Honra a Francia y a la humanidad.
Es probablemente la obra maestra de la política magnánima que debe asegurar el
éxito
-94-
de nuestra empresa. Los
diferentes pueblos de Europa no tie-nen las mismas costumbres, ni el mismo
grado de cultura, ni la misma predisposición para recibir actualmente la
constitu-ción que el pueblo francés desea. Pero aquel principio es apli-cable a
todos, porque todos estarán poco a poco dispuestos a sacudir el yugo.
Ofreciéndoles y garantizándoles el ejercicio de su soberanía y el derecho de
darse libremente una consti-tución cumplimos todos sus anhelos; no herimos ni
sus dere-chos ni su orgullo ni sus prejuicios. Nos agradecerán haberlos librado
de sus tiranos y estarán dispuestos naturalmente a unirse contra el enemigo
común. Al contrario, si violamos ese principio bajo pretexto de acelerar el
proceso revolucionario, corremos el riesgo de alienarlos, de fortificar el
partido aris-tocrático y dividir a los ciudadanos.
Es posible auxiliar la libertad,
pero jamás fundarla sobre las bayonetas de un ejército de ocupación. Los
prejuicios que la combaten ceden a la razón y se tonifican con la violencia.
So-bre todo, existen algunos que gozan de tal ascendiente sobre el corazón
humano que atacarlos frontalmente es santificarlos y hacerlos invencibles.
Quienes quieran hacer la ley con las armas en la mano nunca parecerán sino
extranjeros y con-quistadores, especialmente ante aquellos hombres a los cuales
se debe convencer y desalienar por medio de la república y la filosofía. Todo
cuanto nos cabe hacer, por el momento, es ful-minar a los tiranos que nos hacen
la guerra, y unirnos a los pueblos contra ellos; el tiempo, la razón, nuestro
ejemplo y la paz harán el resto para la perfección de los gobiernos y de la
especie humana.
-95-
CONTRA EL MILITARISMO 33
¡PERO alzarse contra un general,
y contra un general tan necesario...! Conozco hombres que tiemblan ante ese
pensamiento, y otros que suplican que el ejército no esté desorganizado ni la
República perdida. Sé muy bien a qué me expongo con esta actitud, pero sé
también a qué riesgos ma-yores la cobardía y el olvido de los principios
exponen a la Re-pública. O mejor dicho, sólo conozco un riesgo para ella: la
prolongación de este sistema de pusilanimidad o perfidia que hasta ahora nos ha
causado todos nuestros males. El único pe-ligro de la patria es que los
representantes del pueblo pierdan, a la vez, la energía y la autoridad, es que
el mismo pueblo pierda su carácter y su coraje. Yo acuso, yo, a quienes confían
el destino de la nación no a la nación misma sino a la cabeza de tal individuo,
de desorganizar la República y reorganizar la tiranía; imputo los peligros de
la patria a quienes, en cualquier evento, han afirmado sucesivamente de todos
los generales surgidos luego de la República -y comenzando por La Fayette-que
el estado estaba perdido si ellos lo abandonaban; a quie-nes acusan
permanentemente a los que desde hace tres años denunciamos las traiciones y
exigimos que la aristocracia sea reemplazada por el patriotismo; a quienes,
bajo tal pretexto,
33 Textes choisis, tomo II, p.
106. Robespierre fue severo para controlar a los jefes militares, en quienes
veía una amenaza aristocratizante. Por eso contribuyó a demoler el prestigio de
La Fayette, que se pasó al enemigo temiendo las represalias jacobinas. En este
artículo, publicado el 8 de marzo de 1793 en Cartas de Robespierre a sus
mandantes, se adelantaba a las intenciones del general Dumouriez que, ya
insubordi-nado, poco después también emigraba. Promediando 1793, Robespierre
volvió a la carga y logró depurar los cuadros del estado mayor, cuya
consecuencia fue el inmediato vuelco favorable de la guerra.
-96-
han arraigado la perfidia y la
falta de civismo en el estado ma-yor de nuestros ejércitos.
Gozaríamos desde hace tres años
de paz, libertad y felicidad si hubiéramos sabido tomar las medidas sabias y
vigorosas que la salvación publica ordenaba. Y vosotros, que dejáis gangre-nar
las úlceras de la República porque no os atrevéis a sondar-las; vosotros, a
quienes la voz de la libertad aterra, conoced vuestra debilidad y vuestra
fuerza; imaginad que una nación todopoderosa os sigue y espera vuestra señal
para destrozar al enemigo; ved a un pueblo, animado de justicia y verdad, que
os urge a estimular el ímpetu de patriotismo que lo inspira; imaginad que no
tenéis más apoyo que ese pueblo, ni más enemigos que sus enemigos; imaginad que
estáis atrapados entre la desesperación de los ciudadanos desposeídos y la
ven-ganza de los tiranos; escoged al pueblo, y la patria estará a salvo y todos
los tiranos volverán a morder el polvo de donde proceden. Pero si ya los
representantes del pueblo no pueden atacar a un ciudadano culpable, si la
patria ya no tiene ciuda-danos que sepan defenderla, en lugar de sospechosos
que la traicionan, la República no existe y yo quiero sepultarme con ella,
reclamando sus derechos desconocidos y su majestad violada. Pereceré, al menos,
sin remordimientos, y vosotros, si acariciáis la tiranía, si nutrís en vuestros
corazones senti-mientos pusilánimes y funestos, también moriréis, y moriréis
culpables.
Tiemblo al observar con qué
rapidez hemos caído, de golpe, en un grado de debilidad desconocido inclusive
bajo los reyes y bajo el dominio de La Fayette.
Un general ha pisoteado vuestros
decretos y la autoridad del gobierno francés. Ha detenido a sus agentes,
paralizado las sociedades populares, resucitado la aristocracia, vendido
Bél-gica, bajo el pretexto de ciertos abusos fáciles de evitar y más
-97-
fáciles aún de reparar; ya obra
como dictador y os habla en tono superior; se ha apoderado del tesoro público,
despre-ciando a sus guardianes; ha cerrado la entrada a Bélgica de vuestros
asignados, y si no adoptáis un remedio rápido Bél-gica se perderá. ¡Y ni
siquiera osáis examinar su conducta: no habéis querido que os leyeran las
órdenes arbitrarias que ha dictado, ni la carta insolente que os ha dirigido,
por temor a veros obligados a reaccionar contra él! ¿Pero dónde estamos; acaso
cada día no aportará nuevos motivos de mostrar idén-tica debilidad y dejar
cimentar el poder de este nuevo dicta-dor? ¡Apresuraos a salir de esta
situación insostenible; reto-mad con mano vigorosa las riendas de la
Revolución, servíos de la nación que se os ofrece!
Concluyo de ahí que debéis
destituir a los generales sospecho-sos de poco patriotismo o de traición, y
reemplazarlos por ciu-dadanos fieles escogidos por la opinión pública. Recorred
la lista del estado mayor, sustituid a los miembros sospechosos, por orden de
antigüedad, y por hombres que no sean nobles ni paniaguados del antiguo tirano.
Haced un escarmiento te-rrible con los culpables. Esa justa severidad es
imprescindible para salvar a la patria. Y entonces veréis a los franceses,
abra-sados por un nuevo celo, correr confiadamente bajo la ban-dera de la
libertad, y el pueblo entero se movilizará tras el ejér-cito, ¡un ejército
invencible!
Sólo esas medidas pueden asegurar
la libertad y la victoria. En todo caso, mejor es perder una batalla que perder
la patria. Los pueblos libres han podido perder batallas, pero sólo han
olvidado las máximas republicanas para recaer en la esclavi-tud.
-98-
EL DERECHO DE PROPIEDAD
Y SUS LIMITACIONES 34
PEDÍ la palabra, en la última
sesión, para proponer el agre-gado de ciertos artículos importantes, referidos
a la Decla-ración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. En primer término,
algunos conceptos necesarios para completar vues-tra teoría de la propiedad.
Que nadie se alarme. ¡Almas de ba-rro, que sólo amáis el oro! No quiero tocar
vuestras riquezas, por impuro que sea su origen. Debéis saber que esta reforma
agraria de que tanto habláis no es sino un fantasma creado por algunos bribones
para asustar a los imbéciles; no es necesaria sin duda una revolución para
enseñar al mundo que la ex-trema desproporción de las fortunas es fuente de
muchos ma-les y muchos crímenes, pero también estoy convencido de que la
igualación absoluta de bienes es imposible. Y, personal-mente, la creo menos
necesaria aún para la felicidad privada que para el bien público; por lo menos
en cuanto a mí respecta prefiero una choza a un palacio que esté adornado con
el en-vilecimiento de los pueblos y deslumbrante por la miseria pú-
blica.
34 Textes cboisis, tomo II, p.
132. La Convención debía reemplazar el en-sayo constitucional monárquico de
1791, derogado luego del 10 de agosto. El proyecto girondino, sostenido por
Condorcet y Paine, postu-laba una república censitaria y propietaria y sufrió
vivas críticas de Ro-bespierre, quien pronunció este discurso capital el 24 de
abril de 1793. El debate abarcó el primer semestre del año hasta que, caídos
los giron-dinos, pudo sancionarse el proyecto robespierrista. Aunque su vida
fue corta, conservó interés teórico, y los babuvistas fundamentaron sus
re-vueltas con el lema “pan y Constitución de 1793”.
-99-
Establezcamos pues, de buena fe,
los principios del derecho de propiedad; es necesario hacerlo, tanto más cuanto
no existe otro al que los prejuicios y vicios humanos hayan inten-tado esconder
tras nubes más espesas.
Preguntad a aquel mercader de
carne humana qué es la pro-piedad; os dirá, señalando ese largo féretro que
denomina na-vío donde ha encajonado y aherrojado a unos hombres apa-rentemente
vivos, “ved mis propiedades, los he comprado a tanto por cabeza”. Interrogad al
noble, dueño de tierras y va-sallos, o que cree llegado el fin del mundo porque
ya no los tiene, y os dará una idea semejante.
Interrogad a los augustos
miembros de la dinastía Capeto; os dirán que la más sagrada de todas las
propiedades es, sin dis-cusión posible, el derecho hereditario que gozan de
antiguo para oprimir, envilecer y exprimir legalmente y monárquica-mente, y a su
talante, a los veinticinco millones de franceses.
Para toda esa ralea, la propiedad
no se apoya en ningún prin-cipio moral. ¿Por qué vuestra Declaración de
Derechos parece presentar el mismo error? Al definir la libertad, el bien
pri-mero del hombre, el más sagrado de los derechos que recibe de la naturaleza,
habéis dicho con razón que tiene por límites los derechos ajenos. ¿Por qué no
habéis aplicado el mismo principio a la propiedad, que es una institución
social? Como si las leyes eternas de la naturaleza fuesen menos inviolables que
las convenciones humanas. Habéis multiplicado los ar-tículos para asegurar la
mayor libertad al ejercicio de la pro-piedad, y no habéis dicho una sola
palabra para determinar su carácter legítimo; de manera que vuestra Declaración
no pa-rece hecha para los hombres, sino para los ricos, los acapara-dores, los
agiotistas y los tiranos. Os propongo corregir esos vicios, consagrando las
siguientes verdades:
“1o La propiedad es el derecho de
cada ciudadano de gozar y
-100-
disponer de la porción de bienes
que le sea garantizada por la ley.
”2° El derecho de propiedad está
limitado, como todos los otros, por la obligación de respetar los derechos
ajenos.
”3° No puede perjudicar a la
seguridad, libertad, existencia ni propiedad de nuestros semejantes.
”4° Toda posesión o tráfico que
viole ese principio es ilícito e inmoral”.
Habláis también del impuesto,
para establecer el indiscutible principio de que no puede emanar sino de la
voluntad del pue-blo o de sus representantes; pero habéis olvidado una
dispo-sición que el interés de la humanidad reclama: olvidasteis consagrar el
principio del impuesto progresivo. Porque en materia tributaria es un principio
evidente el que impone a los ciudadanos la obligación de contribuir a los
gastos públicos proporcionalmente a la magnitud de su fortuna, es decir, se-gún
lo que reciben de la sociedad. Os propongo consagrarlo en un artículo así
redactado:
“Los ciudadanos cuyas rentas no
excedan lo necesario a su subsistencia deben ser dispensados de contribuir a
los gastos públicos; los otros deben soportarlos pro-gresivamente, según la
magnitud de su fortuna”.
-101-
CARACTERES Y LEGITIMIDAD DE
UN GOBIERNO REVOLUCIONARIO 35
EL éxito adormece a las almas
débiles, pero aguijonea a los fuertes. Dejemos que Europa y la historia admiren
las hazañas de Tolón, y preparemos nuevos triunfos a la
libertad. Sus defensores adoptan
la fórmula de César: “nada se ha hecho mientras quede algo por hacer”.
Desarrollaremos, ahora, los principios y la necesidad del gobierno
revoluciona-rio; y luego señalaremos la causa que tiende a paralizarlo en su
nacimiento.
La teoría del gobierno
revolucionario es tan nueva como la Re-volución que lo ha planteado. No se la
busque en los libros de política, que no han podido prever esta Revolución, ni
en las leyes de los tiranos, que satisfechos con abusar de su poder poco se
ocupan en indagar su legalidad. Asimismo, este nom-bre es para la aristocracia
un motivo de terror o un pretexto de calumnias; para los tiranos, un escándalo;
para muchos, un enigma; es preciso explicarlo a todos, aunque sea para
35 Textes choisís, tomo III, p. 98. El 4 de diciembre de 1793, sobre
informe de Billaud-Varenne, la Convención legalizó el Terror. El activo ritmo
revolucionario rindió frutos poco desptiés, cuando Bonapaite recon-quistó Tolón
de manos inglesas. El 25, y en nombre del Comité, Robes-pierre denunció a las
facciones citra y ultra, aparentemente adversarias pero cómplices efectivas en
la tarea de jaquear a su gobierno. Atacó especialmente a los moderados, que El
viejo cordelero movilizaba. Este notable ensayo configura el primer esfuerzo
científico moderno para formular una teoría del gobierno revolucionario,
analizando la legitimi-dad, condiciones y facultades de una ruptura política
que aspira a insti-tucionalizarse.
-102-
incorporar los buenos ciudadanos
a la causa del interés pú-blico.
La función del gobierno es
dirigir las fuerzas morales y físicas de la nación hacia el fin de sus
instituciones. El fin del go-bierno constitucional es conservar la República;
el del go-bierno revolucionario, fundarla.
La revolución es la guerra de la
libertad contra sus enemigos; la constitución es el régimen de la libertad
victoriosa y pací-fica.
El gobierno revolucionario
necesita desplegar una actividad extraordinaria, justamente porque está en
guerra. Queda so-metido a reglas menos uniformes y rigurosas, porque las
cir-cunstancias en que se halla son tormentosas y cambiantes y, sobre todo, porque
está obligado a emplear, sin cesar, recur-sos nuevos y rápidos, frente a nuevos
y acuciosos peligros.
El gobierno constitucional se
ocupa primordialmente de la li-bertad civil: el revolucionario, de la libertad
pública. Bajo el régimen constitucional se debe proteger al individuo contra
los abusos del poder público; bajo el régimen revolucionario, el poder público
mismo debe ser obligado a defenderse contra las facciones que lo acosan.
El gobierno revolucionario debe a
los buenos ciudadanos toda la protección nacional; no debe a los enemigos del
pueblo sino la muerte.
Estas nociones bastan para
explicar el origen y la naturaleza de las leyes que denominamos
revolucionarias. Aquéllos que las llaman arbitrarias y tiránicas son sofistas
estúpidos o per-versos que buscan confundirnos; que someten al mismo régi-men
la paz y la guerra, la salud y la enfermedad o, mejor dicho, sólo quieren la
resurrección de la tiranía y la muerte de la pa-tria. Si invocan la ejecución
literal de cláusulas constitu-
-103-
cionales no es más que para
violarlas impunemente.
El navío constitucional no ha
sido construido para permane-cer siempre en el astillero, ¿pero es
indispensable acaso lan-zarlo al mar en medio de la tempestad? Eso quisieran
los tira-nos y sus lacayos que se opusieron a su construcción, pero el pueblo
francés ha ordenado esperar la calma. Su vocerío uná-nime, cubriendo el clamor
de la aristocracia y del federalismo, os impone librarlo de enemigos. Los
templos no están hechos para asilar a los sacrílegos que los han profanado, ni
la Cons-titución para proteger conjuras de tiranos que quieren des-truirla.
Si el gobierno revolucionario
debe ser más activo en su mar-cha y más libre en sus movimientos que el
gobierno ordinario, ¿es por eso menos justo y menos legítimo? No. Se apoya en
la más sagrada de las leyes: la salvación del pueblo; en el más irrefutable de
los títulos, la necesidad.
También reconoce reglas, todas
apoyadas en la justicia y el or-den público. Nada tiene de común con la
anarquía ni el desor-den; su propósito, por el contrario, es reprimirlos, para
ase-gurar el imperio de la ley. Nada tiene de común con lo arbitra-rio; no son
pasiones particulares las que lo rigen, sino el inte-rés colectivo.
Debe acercarse a los principios
ordinarios y generales, en to-dos los casos en que se puedan aplicar
rigurosamente sin com-prometer la libertad pública. La medida de su energía
pro-viene de la audacia y perfidia de los conspiradores. Es más te-rrible para
los canallas cuanto más favorable a los probos. Más las circunstancias le
imponen rigores necesarios, así también deberá abstenerse de medidas que
lesionen la libertad o per-judiquen intereses privados sin ninguna ventaja
pública.
Debe bogar entre dos escollos: la
debilidad y la temeridad, el moderantismo y el exceso; el moderantismo, que es
a la
-104-
moderación lo que la impotencia
es a la castidad, y el exceso, que se asemeja a la energía tanto como la
hidropesía a la sa-lud.
Los tiranos han intentado
constantemente hacernos retroce-der hasta la servidumbre por las rutas del
moderantismo; a veces han querido lanzarnos al extremo opuesto. Porque am-bos
polos se tocan. Cuando se da arriba o abajo del blanco, se ha errado igualmente
el blanco. Nada semeja más a un apóstol del federalismo que un predicador
intempestivo de la Repú-blica una y universal. El amigo de los reyes y el
procurador general del género humano se entienden a maravilla. El faná-tico
cubierto de escapularios y el fanático que predica el ateísmo tienen muchos
puntos de contacto. Los barones de-mocráticos son hermanos del marqués de
Coblenza, y a veces los gorros rojos están más cerca de los “talones rojos”36
de lo que podría pensarse.
Porque es ahí donde el gobierno
necesita extrema circunspec-ción, pues todos los enemigos de la libertad velan
para volver contra él no solamente sus faltas sino sus aciertos. ¿Golpea al
extremismo? Ellos apoyarán al moderantismo y a la aristocra-cia. Si golpea a
esos dos monstruos, impulsarán con todo su vigor a los extremistas. Es
peligroso dejarles medios de extra-viar el celo de los buenos ciudadanos; y más
peligroso aún acobardar y perseguir a los buenos ciudadanos que ellos han
extraviado. Por uno de estos abusos la República corre peligro de expirar en un
movimiento convulsivo; por el otro, morirá infaliblemente de languidez.
¿Qué es, entonces, lo que debe
hacerse? Perseguir a los profe-tas culpables de sistemas pérfidos, proteger al
patriotismo in-clusive en sus errores, esclarecer a los patriotas y elevar sin
pausa al pueblo a la altura de su destino. Si no adoptáis esa
36 Así se llamaba a los
aristócratas.
-105-
regla, perderéis todo.
Si fuese preciso escoger entre un
exceso de fervor patriótico y la nada del antipatriotismo o el marasmo del
moderantismo, no cabe dudar. Un cuerpo vigoroso, atormentado por exceso de
humores, dispone de más recursos que un cadáver. Guar-démonos sobre todo de
matar el patriotismo al pretender sua-vizarlo.
El patriotismo es ardiente por
naturaleza. ¿Quién puede amar fríamente a la patria? Particularmente, aquello
es patriotismo de hombres simples, poco capaces de calcular las consecuen-cias
políticas de su actitud cívica. ¿Cuál es el patriota, inclu-sive esclarecido,
que nunca se equivocó? Y si admitimos que existen moderados y cobardes de buena
fe, ¿por qué no exis-tirán patriotas de buena fe, a los que un sentimiento
loable lleva a veces un poco lejos? Si en un proceso revolucionario se mira
como criminales a todos aquellos que pasan la línea exacta delimitada por la
prudencia, se envolverá en una pros-cripción general, junto con los malos
ciudadanos, a nuestros amigos naturales.
¿Quién trazará la línea de
demarcación entre los excesos con-trarios? El amor a la patria y a la verdad.
Los bribones siempre tratarán de borrarla, nada quieren saber con la razón ni
con la verdad.
Al indicar los deberes del
gobierno revolucionario, también señalamos sus dificultades. Cuanto mayor es su
poder y más libre su accionar, más debe estar regido por la buena fe. El día
que caiga en manos impuras o pérfidas, la libertad estará per-dida; su nombre
será excusa y pretexto contrarrevolucionario; su energía será la de un violento
veneno. Por eso la confianza del pueblo francés se dirige más al carácter que
la Convención ha mostrado, que a la institución en sí.
Al depositar en vuestras manos
todo su poder, ha entendido
-106-
que vuestro gobierno será
beneficioso para los patriotas y desastroso para los enemigos de la patria.
La fundación de la República
Francesa no es juego de niños. No puede ser obra del capricho, ni resultado
fortuito del cho-que de todas las pretensiones particulares y de todos los
ele-mentos revolucionarios.
Y la virtud ¿es menos necesaria
para fundar una república que para gobernarla en paz? ¿Qué digo? Si entre
nosotros las fun-ciones de la administración revolucionaria dejan de ser
peno-sos deberes para convertirse en objetos de ambición, ya esta-mos perdidos.
Es necesario que la autoridad de
la Convención Nacional sea respetada en toda Europa; para degradarla los
tiranos em-plean todos sus recursos políticos y prodigan sus tesoros. Es
preciso que la Convención asuma el propósito firme de prefe-rir su propio gobierno
al del gabinete de Londres y las cortes europeas; porque si ella no gobierna
reinarán los tiranos.
Y ¿qué ventajas no tendrán éstos
en la guerra de astucia y co-rrupción que hacen contra la República? Los vicios
combaten por ellos; la República sólo cuenta con las virtudes. Y las vir-tudes
son simples, modestas, pobres, con frecuencia ignoran-tes, a veces groseras;
son la dote de los desposeídos y el patri-monio del pueblo. Los vicios vienen
adornados de todos los tesoros, armados de todos los encantos de la
voluptuosidad y todos los artificios de la perfidia; los escoltan todos los
talen-tos peligrosos, ejercitados en el crimen.
Gracias a cinco años de
traiciones, imprevisión y credulidad, Austria, Inglaterra, Rusia, Prusia,
Italia han tenido tiempo de establecer en Francia un gobierno secreto y
paralelo, rival del gobierno francés. Tiene sus comités, sus tesoreros, sus
agen-tes; deliberan en nuestra administración, se introducen en nuestros
clubes, se sientan inclusive en el santuario de la
-107-
representación nacional, dirigen
la contrarrevolución en el mismo plano.
Un día asesinan a los defensores
de la libertad; al otro, se mez-clan en sus funerales solicitando para ellos
honores divinos, mientras esperan la ocasión de asesinar a sus pares. ¿Es
pre-ciso alumbrar la guerra civil?: agitan todas las locuras de la
superstición. ¿Está a punto de extinguirse en una marejada de sangre francesa?:
abjuran su sacerdocio y sus dioses, para re-animarla.
Hemos visto ingleses y prusianos
expandirse por nuestras ciu-dades y campos anunciando, en nombre de la
Convención, una teoría absurda. Hemos visto a curas perjuros encabezar bandas
sediciosas bajo pretextos religiosos.
Los extranjeros han parecido
durante un tiempo los árbitros de la tranquilidad pública. El dinero, el
hambre, los tropeles en las puertas de las panaderías surgían y desaparecían a
su voluntad. Aún hoy es más difícil castigar a un conspirador im-portante que
arrancar a un amigo de la libertad de las garras de la calumnia.
Apenas hemos denunciado excesos
falsamente filosóficos, apenas el patriotismo ha pronunciado en esta tribuna la
pala-bra ultra-revolucionarios, de inmediato los traidores de Lyon y todos los
partidarios de la tiranía se apresuraron a explicar que sólo han vengado al
pueblo y a las leyes.
¡Los pérfidos emisarios que nos
hablan y nos acarician son hermanos y cómplices de nuestros feroces satélites
que des-truyen cosechas, toman posesión de nuestras ciudades y na-víos,
masacran a nuestros hermanos, degüellan sin piedad a prisioneros, mujeres,
niños... y los representantes del pueblo francés -¿qué digo?- los monstruos que
cometen estas fecho-rías son, sin embargo, mil veces menos atroces que los
mise-rables que destrozan impune y secretamente nuestras
-108-
entrañas!
Se hallan entre nosotros, sólo
esperan jefes para reunirse y confían lanzarnos a unos contra otros. Esta lucha
funesta des-pertará las esperanzas aristocráticas, reanimará las tramas de los
girondinos justamente castigados y herirá a la Montaña, porque es a ella, o
mejor dicho a la Convención, a la que se quiere destruir dividiéndola.
Si por nosotros fuera, sólo
combatiríamos contra los ingleses, prusianos, austríacos y sus cómplices.
Porque no es en el co-razón de los patriotas o de los desdichados donde hay que
lle-var el terror.
El Comité ha destacado que no
está aún lista la ley para casti-gar a los culpables. Extranjeros, agentes
monárquicos, gene-rales teñidos en sangre francesa, viejos cómplices de
Du-mouriez y Custine están arrestados desde hace tiempo y aún no se los juzga.
El castigo de cien culpables oscuros y subal-ternos es menos útil a la libertad
que el suplicio de un solo jefe de conspiración.
Los miembros del Tribunal
Revolucionario, de quienes en ge-neral puede elogiarse el patriotismo y
equilibrio, han indicado al Comité de Salvación Pública las causas que a veces
retardan su marcha sin hacerla por ello más segura, y han reclamado la reforma
de una ley que hará la justicia más propicia al inocente y al mismo tiempo más
inevitable al criminal.
No basta, sin embargo, aterrar a
los enemigos de la patria, sino también socorrer a sus defensores.
Solicitaremos enton-ces, de vuestra equidad, algunas disposiciones en favor de
los soldados que combaten y sufren por la libertad, que marchan a la victoria y
a la muerte gritando “¡viva la República!”.
Las pensiones acordadas a ellos y
sus familias nos parecen exi-guas. Creo que, sin inconveniente, pueden
aumentarse un
-109-
tercio. Los inmensos recursos de
la República financiarán esta medida que la patria reclama.
También nos ha parecido que los
inválidos, viudas y huérfa-nos encuentran, en las formalidades legales y aun en
la mala voluntad de algunos administradores subalternos, dificulta-des que
retardan el goce de las ventajas que la ley les concede. Creemos que el remedio
a tal inconveniente es dotarlos de de-fensores oficiales que les faciliten los
medios para hacer valer sus derechos. Por todo ello, proponemos el siguiente
decreto:
“La Convención Nacional decreta:
”I. El acusador público del
Tribunal Revolucionario hará juzgar inmediatamente a Diétrich, Cusline -hijo
del general ya castigado legalmente-, Debrullis, Biron, Barthélemy y a todos
los generales y oficiales sospecho-sos de complicidad con Dumouriez, Custine,
Lamor-liére, Houchard; y hará juzgar del mismo modo a los extranjeros,
banqueros y demás individuos sospecho-sos de traición y de connivencia con los
reyes coaliga-dos contra la República.
”II. El Comité de Salvación
Pública informará, con el mayor detalle, sobre los medios de perfeccionar la
or-ganización del tribunal revolucionario.
”III. Los socorros y recompensas
acordados por decre-tos precedentes a los defensores de la patria heridos en
combate, a sus viudas y a sus huérfanos, se aumentan un tercio.
”IV. Se crea una comisión
encargada de facilitarles los medios para gozar de las ventajas que la ley les
otorga.
”V. Los miembros de la misma
serán designados por la Convención Nacional, a propuesta del Comité de
Sal-vación Pública”.
-110-
LLAMAMIENTO A LA INSURRECCIÓN 37
Comuna de París.
Comité Ejecutivo. 9 Thermidor.
¡Coraje, patriotas de la sección
de Picques, la libertad triunfa! Aquellos cuya firmeza los ha hecho formidables
ante los trai-dores ya están en libertad. El punto de reunión es la Comuna,
donde el valiente Henriot ejecutará las órdenes del Comité Ejecutivo creado
para salvar a la patria.
(Firmado): Louvet, Payan,
Lerebours, R(obespierre).
37 Thenon: Robespierre, p. 252.
Este documento que Robespierre, tal como acostumbraba, solamente iniciara, fue
uno de los que la Comuna dirigió a las secciones, convocándolas para la lucha
final del 9 Thermidor. El gendarme Menda se atribuyó, ante la Convención, haber
herido de un pistoletazo a Robespierre, después de cruzar por entre los
jacobinos que rodeaban al tribuno y que propinaron a Menda un duro castigo a
puñe-tazos. Sin embargo, las investigaciones más serias parecen demostrar que
Maximiliano se hirió a sí mismo, en un intento de suicidio. Lebas se suicidó
efectivamente, y Agustín Robespierre saltó por una ventana.
-111-
CUADRO CRONOLÓGICO
1755 Muere Montesquieu.
1758 6 de mayo, nace Robespierre en Arras (Artois).
1762 Aparece El contrato social de Rousseau.
1769 Nace Cuvier.
1770 Nace Beethoven.
1771 Goya y David se conocen estudiando en Roma.
1775 Goethe se traslada a Weimar.
1776 Independencia de los Estados Unidos.
1778 Mueren Voltaire y Rousseau.
1785 Última representación en el Teatro del Trianón: Las bodas de Fígaro
de Beaumarchais.
1787 Mozart: Don Giovanni.
1789 Enero-mayo: Estados Generales. Robespierre, diputado por Artois.
17 de junio: el Tercer Estado se
proclama en Asamblea Na-cional.
9 de julio: Asamblea
Constituyente.
12 de julio: Constitución del
clero.
14 de julio: toma de la Bastilla.
1791 2 de abril: muere Mirabeau.
21 de junio: fuga del rey.
14 de septiembre: el rey jura la
Constitución.
1 de octubre: Asamblea
Legislativa.
1792 20 de abril: guerra con Austria.
-112-
11 de julio: la “patria en
peligro”.
10 de agosto: asalto a las
Tullerías. Comuna insurreccional.
20 de septiembre: Valmy.
Convención girondina.
21 de septiembre: proclamación de
la República.
1793 21 de enero: ejecución de Luis XVI.
2 de junio: golpe jacobino, grupo
que predomina en la Convención.
10 de julio: Robespierre ingresa
al poder ejecutivo (Comi sión de Salvación Pública).
13 de julio: asesinato de Marat.
16 de octubre: ejecución de María
Antonieta.
31 de octubre: ejecución de los
girondinos.
1794 24 de marzo: ejecución de Hébert y los “rabiosos”.
5 de abril: ejecución de Danton y
los moderados.
8 de junio: fiesta del Ser
Supremo.
28 de junio: ejecución de
Robespierre, Saint-Just y sus amigos.
1797 Conspiración de los “Iguales”.
1799 Napoleón, primer cónsul.
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