Libro N° 12907. El Tungsteno. Vallejo, César.
© Libro N° 12907. El Tungsteno. Vallejo, César. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
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El Tungsteno. César Vallejo
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Original: © El Tungsteno.
César Vallejo
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL TUNGSTENO
César Vallejo
El
Tungsteno
César
Vallejo
El Tungsteno
(1931)
César Vallejo
Digitalización y maquetación:
Demófilo, 2020.
Ilustración de la portada:
http://oroplatamaurus.blogspot.com/2014/08/epoca-colonial.html
Edición digital no comercial
Realizada sin ánimo de lucro.
Libros Libres
para una Cultura Libre
___________________________
Biblioteca Omegalfa
2020
Ω
El tungsteno es una novela social
de César Vallejo que se publicó por primera vez en Madrid en 1931 (Edito-rial
Cenit, colección "La novela proletaria").
La importancia de El tungsteno en
la producción na-rrativa de Vallejo es enorme y ha sido reconocida por la
crítica desde su aparición. Tuvo influencia funda-mental en el desarrollo de la
narrativa indigenista en el Perú.
Es una obra de denuncia contra
los peligros de la pe-netración imperialista en el Perú que se realiza por
in-termedio de las grandes transnacionales mineras, las cuales son apoyadas por
la oligarquía local, así como por otros oportunistas, cuyo único interés es el
mayor lucro posible, para lo cual no tienen escrúpulos en ex-propiar a precio
irrisorio las tierras de los nativos, pa-gar a los obreros salarios ínfimos y
cometer una serie de crímenes, abusos y tropelías contra la población lo-cal,
todo a nombre de la «modernidad» y el «progreso». Sin embargo, para el autor,
una luz de esperanza se ilu-mina a través de idealistas que se proponen luchar
por la justicia social.
Fuente: Wikipedia: El Tungsteno
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César Vallejo
EL TUNGSTENO
(NOVELA)
DUEÑA, por fin, la empresa
norteamericana “Mi-ning Society”, de las minas de tungsteno de Qui-vilca, en el
departamento del Cuzco, la gerencia
de Nueva York dispuso dar
comienzo inmediatamente a la extracción del mineral.
Una avalancha de peones y
empleados salió de Coica y de los lugares del tránsito, con rumbo a las minas.
A esa ava-lancha siguió otra y otra, todas contratadas para la coloni-zación y
labores de minería. La circunstancia de no encon-trar en los alrededores y
comarcas vecinas de los yaci-mientos, ni en quince leguas a la redonda, la mano
de obra necesaria, obligaba a la empresa a llevar, desde lejanas al-deas y
poblaciones rurales, una vasta indiada, destinada al trabajo de las minas.
El dinero empezó a correr
aceleradamente y en abundancia nunca vista en Coica, capital de la provincia en
que se ha-llaban situadas las minas. Las transacciones comerciales adquirieron
proporciones inauditas. Se observaba por to-das partes, en las bodegas y
mercados, en las calles y pla-zas, personas ajustando compras y operaciones
económi-cas. Cambiaban de dueños gran número de fincas urbanas y rurales, y
bullían constantes ajetreos en las notarías pú-blicas y en los juzgados. Los
dólares de la “Mining So-ciety” habían comunicado a la vida provinciana, antes
tan apacible, un movimiento inusitado.
Todos mostraban aire de viaje.
Hasta el modo de andar,
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antes lento y dejativo, se hizo
rápido e impaciente. Tran-sitaban los hombres, vestidos de caqui, polainas y
panta-lón de montar, hablando con voz que también había cam-biado de timbre,
sobre dólares, documentos, cheques, se-llos fiscales, minutas, cancelaciones,
toneladas, herra-mientas. Las mozas de los arrabales salían a verlos pasar, y
una dulce zozobra las estremecía, pensando en los leja-nos minerales, cuyo
exótico encanto las atraía de modo irresistible. Sonreían y se ponían
coloradas, preguntando:
—¿Se va usted a Quivilca? —Sí.
Mañana muy temprano.
—¡Quién como los que se van! ¡A
hacerse ricos en las mi-nas!
Así venían los idilios y los
amores, que habrían de ir luego a anidar en las bóvedas sombrías de las vetas
fabulosas.
En la primera avanzada de peones
y mineros marcharon a Quivilca los gerentes, directores y altos empleados de la
empresa. Iban allí, en primer lugar, místers Taik y Weiss, gerente y subgerente
de la “Mining Society”; el cajero de la empresa, Javier Machuca; el ingeniero
peruano Baldo-mero Rubio, -el comerciante José Marino, que había to-mado la
exclusiva del bazar y de la contrata de peones para la “Mining Society”; el
comisario del asiento minero, Bal-dazari, y el agrimensor Leónidas Benites,
ayudante de Ru-bio. Este traía a su mujer y dos hijos pequeños, Marino no llevaba
más parientes que un sobrino de unos diez años, a quien le pegaba a menudo. Los
demás iban sin familia.
El paraje donde se establecieron
era una despoblada falda de la vertiente oriental de los Andes, que mira a la
región de los bosques. Allí encontraron, por todo signo de vida humana, una
pequeña cabaña de indígenas, los soras. Esta circunstancia, que les permitiría
servirse de los indios
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como guías en la región solitaria
y desconocida, unida a la de ser ese el punto que, según la topografía del
lugar, debía servir de centro de acción de la empresa, hizo que las bases de la
población minera fuesen echadas en torno a la cabaña de los soras.
Azarosos y grandes esfuerzos hubo
de desplegarse para poder establecer definitiva y normalmente la vida en
aque-llas punas y el trabajo en las minas. La ausencia de vías de comunicación
con los pueblos civilizados, a los que aquel paraje se hallaba apenas unido por
una abrupta ruta para llamas, constituyó, en los comienzos, una dificultad casi
invencible. Varias veces se suspendió el trabajo por falta de herramientas y no
pocas por hambre e intemperie de la gente, sometida bruscamente a la acción de
un clima gla-cial e implacable.
Los soras, en quienes los mineros
hallaron todo género de apoyo y una candorosa y alegre mansedumbre, jugaron
allí un rol cuya importancia llegó a adquirir tan vastas propor-ciones, que en
más de una ocasión habría fracasado para siempre la empresa, sin su oportuna
intervención. Cuando se acababan los víveres y no venían otros de Coica, los
soras cedían sus granos, sus ganados, artefactos y servicios personales, sin
tasa ni reserva, y, lo que es más, sin remu-neración alguna. Se contentaban con
vivir en armoniosa y desinteresada amistad con los mineros, a los que los soras
miraban con cierta curiosidad infantil, agitarse día y no-che, en un forcejeo
sistemático de aparatos fantásticos y misteriosos. .Por su parte, la “Mining
Society” no nece-sitó, al comienzo, de la mano de obra que podían prestarle los
soras en los trabajos de las minas, en razón de haber traído de Coica y de los
lugares del tránsito una peonada numerosa y suficiente. La “Mining Society”
dejó, a este
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respecto, tranquilos a los soras,
hasta el día en que las mi-nas reclamasen más fuerzas y más hombres. ¿Llegaría
ese día? Por el instante, los soras seguían viviendo fuera de las labores de
las minas.
—¿Por qué haces siempre así? —le
preguntó un sora a un obrero que tenía el oficio de aceitar grúas.
—Es para levantar la cangalla.
—¿Y para qué levantas la
cangalla?
—Para limpiar la veta y dejar
libre el metal.
—¿Y qué vas a hacer con metal?
—¿A ti no te gusta tener dinero?
¡Qué indio tan bruto!
El sora vio sonreír al obrero y
él también sonrió maquinal-mente, sin motivo. Le siguió observando todo el día
y du-rante muchos días más, tentado de ver en qué paraba esa maniobra de
aceitar grúas. Y otro día, el sora volvió a pre-guntar al obrero, por cuyas sienes
corría el sudor:
—¿Ya tienes dinero? ¿Qué es
dinero?
El obrero respondió
paternalmente, haciendo sonar los bolsillos de su blusa:
—Esto es dinero. Fíjate. Esto es
dinero. ¿Lo oyes? ...
Dijo el obrero esto y sacó a
enseñarle varias monedas de níquel. El sora las vio, como una criatura que no
acaba de entender una cosa:
—¿Y qué haces con dinero?
—Se compra lo que se quiere. ¡Qué
bruto eres, muchacho!
* * *
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Volvió el obrero a reírse. El
sora se alejó saltando y sil-bando.
En otra ocasión, otro de los
soras, que contemplaba absor-tamente y como hechizado a un obrero que
martillaba en el yunque de la forja, se puso a reír con alegría clara y
re-tozona. El herrero le dijo:
—¿De qué te ríes, cholito?
¿Quieres trabajar conmigo?
—Sí. Yo quiero hacer así.
—No. Tú no sabes, hombre. Esto es
muy difícil.
Pero el sora se empecinó en
trabajar en la forja. Al fin, le consintieron y trabajó allí cuatro días
seguidos, llegando a prestar efectiva ayuda a los mecánicos. Al quinto, al
me-diodía, el sora puso repentinamente a un lado los lingotes y se fue.
—Oye —le observaron—, ¿por qué te
vas? Sigue traba-jando.
—No —dijo el sora—. Ya no me
gusta.
—Te van a pagar. Te van a pagar
por tu trabajo. Sigue no más trabajando.
—No. Ya no quiero.
A los pocos días, vieron al mismo
sora echando agua con un mate a una batea, donde lavaba trigo una muchacha.
Después se ofreció a llevar la punta de un cordel en los socavones. Más tarde,
cuando se empezó a cargar el mine-ral de la bocamina a la oficina de ensayos,
el mismo sora estuvo llevando las parihuelas. El comerciante Marino,
contratista de peones, le dijo un día:
—Ya veo que tú también estás
trabajando. Muy bien, cho-lito, muy bien. ¿Quieres que te “socorra”? ¿Cuánto
quie-res?
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El sora no entendía este lenguaje
de “socorro” ni de “cuánto quieres”. Sólo quería agitarse y obrar y
entrete-nerse, y nada más. Porque no podían los soras estarse quie-tos. Iban,
venían, alegres, acezando, tensas las venas y erecto el músculo en la acción,
en los pastoreos, en la siembra, en el aporque, en la caza de vicuñas y
guanacos salvajes, o trepando las rocas y precipicios, en un trabajo incesante
y, diríase, desinteresado. Carecían en absoluto del sentido de la utilidad. Sin
cálculo ni preocupación so-bre sea cual fuese el resultado económico de sus
actos, pa-recían vivir la vida como un juego expansivo y generoso. Demostraban
tal confianza en los otros, que en ocasiones inspiraban lástima. Desconocían la
operación de compra-venta. De aquí que se veían escenas divertidas al respecto.
—Véndeme una llama para charqui.
Entregado era el animal, sin que
se diese y ni siquiera fuese reclamado su valor. Algunas veces les daba por la
llama una o dos monedas, que ellos recibían para volverlas a entregar al primer
venido y a la menor solicitud.
* * *
Apenas instalada, en la comarca
la población minera, em-pleados y peones fueron prestando atención a la
necesidad de rodearse de los elementos de vida que, aparte de los que venían de
fuera, podía ofrecerles el lugar, tales como ani-males de trabajo, llamas para
carne, granos alimenticios y otros. Sólo que había que llevar a cabo un
paciente trabajo de exploración y desmonte en las tierras incultas, para
con-vertirlas en predios labrantíos y fecundos.
El primero en operar sobre las
tierras, con miras no sólo de obtener productos para su propia subsistencia,
sino de
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enriquecerse a base de la cría y
del cultivo, fue el dueño del bazar y contratista exclusivo de peones de
Quivilca, José Marino. Al efecto, formó una sociedad secreta con el ingeniero
Rubio y el agrimensor Benites. Marino tomó a su cargo la gerencia de esta
sociedad, dado que él, desde el bazar, podía manejar el negocio con facilidades
y ven-tajas especiales. Además, Marino poseía un sentido eco-nómico
extraordinario. Gordo y pequeño, de carácter so-carrón y muy avaro, di
comerciante sabía envolver en sus negocios a las gentes, como el zorro a las
gallinas. En cam-bio, Baldomero Rubio era un manso, pese a su talle alto y un
poco encorvado en los hombros, que le daba un asom-broso parecido de cóndor en
acecho de un cordero. En cuanto a Leónidas Benites, no pasaba de un asustadizo
es-tudiante de la Escuela de Ingenieros de Lima, débil y mo-jigato, cualidades
completamente nulas y hasta contrapro-ducentes en materia comercial
José Marino puso el ojo, desde el
primer momento, en los terrenos, ya sembrados, de los soras, y resolvió hacerse
de ellos, Aunque tuvo que vérselas en apretada competencia con Machuca,
Baldazari y otros, que también empezaron a despojar de sus bienes a los soras,
el comerciante Marino salió ganando en esta justa. Dos armas le sirvieron para
el caso: el bazar y su cinismo excepcional.
Los soras andaban seducidos por
las cosas, raras para sus mentes burdas y salvajes, que veían en el bazar:
franelas en colores, botellas pintorescas, paquetes polícromos, fós-foros,
caramelos, baldes brillantes, transparentes vasos, etc. Los soras se sentían
atraídos al bazar, como ciertos insectos a la luz. José Marino hizo el resto
con su malicia de usurero.
—Véndeme tu chacra del lado de tu
choza —les dijo un
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día en el bazar, aprovechando de
la fascinación en que es-taban sumidos los soras ante las cosas del bazar,
—¿Qué dices, taita?
—Que me des tu chacra de ocas y
yo te doy lo que quieras de mi tienda,
Bueno, taita.
La venta, o, mejor dicho, el
cambio, quedó hecho. En pago del valor del terreno de ocas, José Marino le dio
al sora una pequeña garrafa azul, con flores rojas.
— ¡Cuidado que la quiebres! —le
dijo paternalmente Ma-rino,
Después le enseñó cómo debía
llevar la garrafa el sora, con mucho tiento, para no quebrarla. El indio,
rodeado de otros dos soras, llevó la vasija lentamente a su choza, paso a paso,
como una custodia sagrada. Recorrieron la distancia
—que era de un kilómetro— en dos
horas y media. La gente salía a verlos y se moría de risa.
El sora no se había dado cuenta
de si esa operación de cambiar su terreno de ocas con una garrafa, era justa o
in-justa. Sabía en sustancia que Marino quería su terreno y se lo cedió. La
otra parte de la operación —el recibo de la garrafa—- la imaginaba el sora como
separada e indepen-diente de la primera. Al sora le había gustado ese objeto y
creía que Marino se lo había cedido, únicamente porque la garrafa le gustó a
él, al sora.
Y en esta misma forma siguió el
comerciante apropián-dose de los sembríos de los soras, que ellos seguían, a su
vez, cediendo a cambio de pequeños objetos pintorescos del bazar y con la mayor
inocencia imaginable, como ni-ños que ignoran lo que hacen.
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Los soras, mientras por una parte
se deshacían de sus po-sesiones y ganados en favor de Marino, Machuca,
Balda-zari y otros altos empleados de la “Mining Society”, no cesaban, por otro
lado, de bregar con la vasta y virgen na-turaleza, asaltando en las punas y en
los bajíos, en la espe-sura y en los acantilados, nuevos oasis que surcar y
nuevos animales para amansar y criar. El despojo de sus intereses no parecía
infligirles el más remoto perjuicio. Antes bien, les ofrecía ocasión para ser
más expansivos y dinámicos, ya que su ingénita movilidad hallaba así más
jubiloso y efectivo empleo. La conciencia económica de los soras era muy
simple: mientras pudiesen trabajar y tuviesen cómo y dónde trabajar, para
obtener lo justo y necesario para vivir, el resto no les importaba. Solamente
el día en que les fal-tase dónde y cómo trabajar para subsistir, sólo entonces
abrirían acaso más los ojos y opondrían a sus explotadores una resistencia
seguramente encarnizada. Su lucha con los mineros, sería entonces a vida o muerte,
¿Llegaría ese día? Por el momento, los soras vivían en una especie de
perma-nente retirada, ante la invasión, astuta e irresistible, de Ma-rino y
compañía.
Los peones, por su parte,
censuraban estos robos a los so-ras, con lástima y piedad,
—-¡Qué temeridad! —exclamaban los
peones, echándose cruces—. ¡Quitarles sus sembríos y hasta su barraca! ¡Y
botarlos de lo que les pertenece! ¡Qué pillería!
Alguno de los obreros observaba:
—Pero si los mismos soras tienen
la culpa. Son unos zon-zos^ Si les dan el precio, bien: si no les dan, también.
Si les piden sus chacras, se ríen como una gracia y se la re-galan en el acto.
Son unos animales. ¡Unos estúpidos! ¡Y más pagados de su suerte!... ¡Que se
frieguen!
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Los peones veían a los soras como
si estuviesen locos o fuera de la realidad. Una vieja, la madre de un
carbonero, tomó a uno de los soras por la chaqueta, refunfuñando muy en cólera:
— ¡Oye, animal! ¿Por qué regalas
tus cosas? ¿No te cues-tan tu trabajo? ¿Y ya te vas a reír?... ¿No ves?
Ya te vas a reír.
La señora se puso colorada de
ira, y por poco no le da un tirón de orejas. El sora, por toda respuesta, fue a
traerle un montón de ollucos, que la vieja rechazó, diciendo:
-—Pero si yo no te digo para que
me des nada. Llévate tus ollucos.
Luego la asaltó un repentino
remordimiento, poniéndose en el caso de que fuesen aceptados por ella los
ollucos, y puso en el sora una mirada llena de ternura y de piedad.
En otra ocasión, la mujer de un
picapedrero derramó lágri-mas, de verles tan desprendidos y desarmados de
cálculo y malicia.
Les había comprado una cosecha de
zapallos ya recolecta-dos, por los que, en vez de darles el valor prometido,
les había dicho a última hora, poniendo en la mano del sora unas monedas:
—Toma cuatro reales. No tengo
más. ¿Quieres? —Bueno, mama —dijo el sora.
Pero como la mujer necesitase
dinero para remedios de su marido, cuya mano fue volada con un dinamitazo en
las vetas, y viese que todavía podía apartar de los cuatro reales algo más para
sí, le volvió a decir, suplicante:
—Toma mejor tres reales
solamente, El otro lo necesito.
—Bueno, mama.
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La pobre mujer cayó aún en la
cuenta de que podía apartar un real más. Le abrió la mano al sora y le sacó
otra mo-neda, diciéndole, vacilante y temerosa:
-—Toma mejor dos reales. Lo demás
te lo daré otro día.
—Bueno, mama —volvió a contestar,
impasible, el sora.
Fue entonces que aquella mujer
bajó los ojos, enternecida por el gesto de bondad inocente del sora. Apretó en
la mano los dos reales que habrían de servir para el remedio del marido y la
estremeció una desconocida y entrañable emoción, que la hizo llorar toda la
tarde.
* * *
En el bazar de José Marino solían
reunirse, después de las horas de trabajo, a charlar y a beber coñac —todos
trajea-dos y forrados de gruesas telas y cueros contra el frío—, místersTaik y
Weiss, el ingeniero Rubio, el cajero Ma-chuca, el comisario Baidazari y el
preceptor Zavala. que acababa de llegar a hacerse cargo de la escuela. A veces,
acudía también Leónidas Benites, pero no bebía casi y so-lía irse muy temprano.
Allí se jugaba también a los dados, y, si era domingo, había borrachera,
disparos de revólver y una crápula bestial.
Al principio de la tertulia, se
hablaba de cosas de Coica y de Lima. Después, sobre la guerra europea. Luego se
pa-saba a tópicos relativos a la empresa y a la exportación de tungsteno, cuyas
cotizaciones aumentaban diariamente. Por fin se departía sobre los chismes de
las minas, las do-mésticas murmuraciones vinculadas a la vida privada. Al
llegar al caso de los soras, Leónidas Benites decía, con aire de filósofo y en
tono redentor y dolorido:
—¡Pobres soras! Son unos cobardes
y unos estúpidos.
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Todo lo hacen porque no tienen
coraje para defender sus intereses. Son incapaces de decir no. Raza endeble,
servil, humilde hasta lo increíble. ¡Me dan pena y me dan rabia!
Marino, que ya estaba en sus
copas, le salía al encuentro:
—Pero no crea usted. No crea
usted. Los indios saben muy bien lo que hacen. Además, esa es la vida: una
disputa y un continuo combate entre los hombres. La ley de la se-lección. Uno
sale perdiendo, para que otro salga ganando. Mi amigo: usted, menos que nadie...
Estas últimas palabras eran
dichas con marcado retintín. Y todo, por la manía de socarronear y acallar a
los demás, que era rasgo dominante en el carácter de Marino. Benites comprendía
la alusión y se turbaba visiblemente, sin poder replicar a un hombre fanfarrón,
y que, además, estaba bo-rracho. Pero los contertulios sorprendían el detalle,
gri-tando a una voz y con burla:
—¡Ah! ¡Claro! ¡Natural, natural!
El ingeniero Rubio, rayando con
la uña, según su costum-bre, el zinc del mostrador, argumentaba con su voz
tarta-muda y lejana:
—No, señor. A mí me parece que a
estos indios les gusta la vida activa, el trabajo, abrir brechas en las tierras
vírge-nes, ir tras de los animales salvajes. Esa es su costumbre y su manera de
ser. Se deshacen de sus cosas, sólo por lan-zarse de nuevo en busca de otros
ganados y otras chozas. Y así viven contentos y felices. Ignoran lo que es el
dere-cho de propiedad y creen que todos pueden agarrar indis-tintamente las
cosas. ¿Recuerdan ustedes lo de la puerta?..
—¿Lo de la puerta de la oficina?
—interrogó el cajero, to-siendo.
—Exactamente. El sora, de buenas
a primeras, echó la
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puerta al hombro y se la llevó a
colocar en su corral, con el mismo desenfado y seguridad del que toma una cosa
que es suya.
Una carcajada resonó en el bazar.
—¿Y qué hicieron con él? Es
divertido.
—Cuando le preguntaron adonde
llevaba la puerta, “A mi cabaña”, contestó sonriendo con un candor cómico e
in-fantil. Naturalmente, se la quitaron. Creía que cualquiera podía apropiarse
de la puerta, si necesitaba de ella. Son divertidos.
Marino dijo, guiñando el ojo y
echando toda la barriga:
—Se hacen los tontos. ¡Son unas
balas!
A cuyo concepto se opuso Benites,
poniendo una cara de asco y piedad:
-¡Nada, señor! Son unos débiles.
Se dejan despojar de lo que les pertenece, por pura debilidad.
Rubio se exasperó:
—Llama usted débiles a quienes se
enfrentan a los bos-ques y jaleas, entre animales feroces y toda clase de
peli-gros, a buscarse la vida? ¿A que no lo hace usted, ni nin-guno de los que
estamos aquí?
—Eso no es valor, amigo mío.
Valor es luchar de hombre a hombre: el que echa abajo al otro, ése es el
valiente. Lo demás es cosa muy distinta.
-¿Así es que usted cree que la
fuerza de un hombre. su va-lor, ha sido creada para invertirla en echar abajo a
otro hombre?... ¡Magnífico! A mí me parecía que el valor de un individuo debe
servirle para trabajar y hacer la riqueza colectiva, y no para usarlo como arma
ofensiva contra los demás. ¡Su teoría es maravillosa!...
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—Ni más ni menos. Yo soy una
persona incapaz de hacer daño a nadie. Todos me conocen. Pero yo me creo
obli-gado a defender mi vida e intereses, si se me ataca y me despojan de
ellos.
Marino terció:
—Yo no digo nada. En boca cerrada
no entran moscas... ¿Qué, se bebe? ¿Quién manda? ¡Vamos! ¡Déjense de zon-ceras!
El agrimensor no le hizo caso:
—Aquí, por ejemplo, he venido a
trabajar, no para dejarme quitar lo que yo gane, sino para reunir dineros que
me fal-tan. Por lo demás, yo no quito a nadie nada, ni quiero echar a tierra a
ningún hijo de vecino.
Marino se cansaba de preguntar
quién pedía las copas, y como Benites, su socio en lo de la cría y los
cultivos, no le hiciese caso, embebecido como estaba en la discusión, el
comerciante dijo, con una risa de cortante ironía, para ha-cerle callar:
—Yo no digo nada. ¡Benites!
¡Benites! ¡Benites!... Acuér-dese de que en boca cerrada no entran moscas...
El cajero Machuca tuvo un acceso
de tos, pasado el cual dijo, congestionadas por el esfuerzo las mantecas de su
cuello:
—Yo sé decir...
Le volvió la tos.
—Yo sé decir que...
No podía continuar. Tosió durante
algún tiempo, y al fin, pudo desahogarse:
—Los soras son unos indios duros,
insensibles al dolor ajeno y que no se dan cuenta de nada. He visto el otro día
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a uno de ellos suspenderse a una
cuerda, que sujetaba por el otro extremo un muchacho, arrollada a la cintura.
El sora, con el peso de su cuerpo, templó la soga y la ajustó de tal manera,
que iba a cortarle la cintura al otro, que no tenía cómo deshacerse y pataleaba
de dolor, poniendo mo-rada la cara y echando la lengua. El sora le veía, y, sin
embargo, seguía en su maroma riéndose como un idiota. Son unos crueles y
despiadados. Unos fríos de corazón. Les falta ser cristianos y practicar las
virtudes de la Iglesia.
—¡Bravo! ¡Bien dicho! ¿Pide usted
las copas? —-dijo Ma-rino.
—Déjeme, que estoy hablando...
—Pero pide usted...
—¡Maldito sea! Sírva usted no
más...
Leónidas Benites no hacía más que
expresar por medio de palabras lo que practicaba en la realidad de su conducta
cotidiana. Benites era la economía personificada y defen-día el más pequeño
centavo, con un celo edificante. Ven-drían días mejores, cuando se haya hecho
un capitalito y se pueda salir de Quivilca, para emprender un negocio
in-dependiente en otra parte. Por ahora, había que trabajar y ahorrar, sin otro
punto de vista que el porvenir. Benites no ignoraba que en este mundo, el que
tiene dinero es el más feliz, y que, en consecuencia, las mejores virtudes son
el trabajo y el ahorro, que procuran una existencia tranquila y justa, sin
ataques a lo ajeno, sin vituperables manejos de codicia y despecho y otras
bajas inclinaciones, que produ-cen la corrupción y la ruina de personas y
sociedades. Leó-nidas Benites solía decir a Julio Zavala, maestro de la
es-cuela:
—Debía usted enseñar a los niños
dos únicas cosas: tra-bajo y ahorro. Debía usted resumir la doctrina cristiana
en
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esos dos apotegmas supremos, que,
en mi concepto, sinte-tizan la moral de todos los tiempos. Sin trabajo y sin
aho-rro, no es posible tranquilidad de conciencia, caridad, jus-ticia, nada.
Esa es la experiencia de la historia. ¡Lo demás son pamplinas!
Después, emocionándose y dando
una inflexión de since-ridad a sus palabras, añadía:
—A mí me crió una mujer y vivo
agradecido a ella, por haberme dado la educación que tengo. Por ella puedo
ma-nejarme de la manera que todos conocen: trabajando día y noche y
esforzándome en hacerme una posición econó-mica, bien humilde por cierto, pero
libre y honrada.
Y su crónica mueca de angustia se
desembarazaba. Le bri-llaban los ojos. Como si se acordase de algo, explicaba a
Julio Zavala:
—Y no crea usted... Una cosa es
el ahorro y otra cosa es la avaricia. De Marino a mí, por ejemplo, hay esa
distan-cia: de la avaricia al ahorro. Usted ya me comprende, mi querido
amigo...
El preceptor daba señal de que le
comprendía, y luego pa-recía reflexionar hondamente en las ideas de Benites.
El agrimensor tenía, en general,
íntima y sólida convicción de que era un joven de bien, laborioso, ordenado,
honora-ble y de gran porvenir. Siempre estaba aludiendo a su per-sona,
señalándose como un paradigma de vida, que todos debían imitar. Esto último no
lo expresaba claramente, pero fluía de sus propias palabras, pronunciadas con
dig-nidad apostólica y ejemplar, en ocasiones en que se perfi-laban problemas
de moral y de destino entre sus amistades. Peroraba entonces extensamente sobre
el bien y el mal, la verdad y la mentira, la sinceridad y el tartufismo y otros
temas importantes.
19
* * *
Debido a la vida ordenada que
llevaba Leónidas Benites, jamás sufrió quebranto alguno su salud.
—¡Pero el día en que se enferme
usted!... —vociferaba José Marino, que en Quivilca se las echaba de médico
em-pírico—ya no levanta nunca!
Leónidas Benites, ante estas
palabras sombrías, cuidaba aún más de su conservación. La higiene de su cuarto
y de su persona era de una pulcritud esmerada, no dejando nada que tachársela.
Andaba siempre buscando el bienestar fí-sico, valiéndose de una serie de actos
que nadie sino él. con su paciente meticulosidad de anciano desconfiado, po-día
realizar. Por la mañana, ensayaba, antes de salir a su trabajo, distintas ropas
interiores, para ver cuál se confor-maba mejor al tiempo reinante y al estado
de su salud, no escaseando ocasiones en que volvía de mitad del camino, a
ponerse otra camiseta o calzoncillo, porque había mucho frío o porque los que
llevó le daban un abrigo excesivo. Lo mismo ocurría con el uso de las medias;
calzado, som-brero, chompa y aun con los guantes y su cartera de tra-bajo. Si
caía nieve, no sólo cargaba con el mayor número de papeles, reglas y cuerdas,
sino que, para ejercitarse más, sacaba sus niveles, trípodes y teodolitos,
aunque no tu-viese nada que hacer con ellos. Se le veía otras veces agi-tarse y
saltar y correr como un loco, hasta ya no poder. Otras veces, no salía de su
cuarto por nada y si alguien venía, abría con sigilo y lentamente la puerta, a
fin de que no entrase de golpe el ventisquero. Pero si había sol, abría todas
las puertas y ventanas de par en par y no quería ce-rrarlas. Así es como un
día, estando Benites en la oficina del cajero, el muchacho a quien dejó
cuidando la puerta
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abierta de su cuarto, se distrajo
y entraron a robarle el anafe y el azúcar.
Mas no era esto todo. Tratándose
de medidas previsoras contra el contagio de los males, su pulcritud era mayor.
De nadie recibía así no más un bocado o bebida, sino exor-cisándola previamente
y echando sobre las cosas cinco cruces, ni una más ni una menos. El cajero vino
a verle un domingo en la mañana, en que la cocinera le acababa de traer de
regalo un plato de humitas calientes. Entró el ca-jero en el preciso momento en
que Leónidas Benites echaba la tercera cruz sobre las humitas. Olvidó la cuenta
de las cruces y este fue el motivo por el cual ya no se atre-vió a probar del
regalo y se lo dio al perro. Poco afecto a tender la mano era. Cuando se veía
obligado a hacerlo, to-caba apenas con la punta de los dedos la mano del otro,
y luego permanecía preocupado, con una mueca de asco, hasta que podía ir a
lavarse con dos clases de jabón desin-fectante, que nunca le faltaba. Todo en
su habitación es-taba siempre en su lugar, y él mismo, Benites, estaba siem-pre
en su lugar trabajando, meditando, durmiendo, co-miendo o leyendo Ayúdate, de
Smiles, que consideraba la mejor obra moderna. En los días feriados de la
Iglesia, ho-jeaba el Evangelio según San Mateo, librito fileteado de oro, que
su madre le enseñó a amar y a comprender en todo lo que él vale para los verdaderos
cristianos.
Con el correr del tiempo, su voz
se había apagado mucho, a consecuencia de las nieves de la cordillera. Esta
circuns-tancia aparecía como un defecto de los peores a los ojos de José
Marino, su socio, con quien frecuentemente dispu-taba por esta causa.
—¡No se haga usted! ¡No se haga
usted! —le decía Ma-rino, en tono socarrón y en presencia de los parroquianos
del bazar—. ¡Hable usted fuerte, como hombre! ¡Déjese
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de humildades y santurronerías!
Ya está usted viejo, para hacerse el tonto. Beba bien, coma bien, enamore y ya
verá usted cómo se le aclara la voz...
Algo respondía Leónidas Benites,
que en medio de las ri-sas provocadas por las frases picantes de Marino, no se
podía oír. Su socio, entonces, le gritaba con mofa;
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué dice? ¿Qué
cosa? ¡Pero si no se le oye nada!... Las risas redoblaban. Leónidas Benites,
he-rido en lo profundo por la burla y el escarnio de los otros, se ponía más
colorado y acababa por irse.
En general, Leónidas Benites no
era muy querido en Qui-vilca. ¿Por qué? ¿Por su género de vida? ¿Por su manía
moralista? ¿Por su debilidad física? ¿Por su retraimiento y desconfianza de los
otros? La única persona que seguía de cerca y con afecto la vida del agrimensor
era una señora, madre de un tornero, medio sorda y ya entrada en años, que
tenía fama de beata y, por ende, de amiga de las bue-nas costumbres y de la
vida austera y ejemplar. En ninguna parte se complacía de estar Leónidas
Benites, descontado el rancho de la beata, con quien sostenía extensas
tertulias, jugando a las cartas, comentando la vida de Quivilca, y, muy a
menudo, echando alguna plática sobre graves asun-tos de moral.
Una tarde vinieron a decirle a la
señora que Benites estaba enfermo, en cama. La señora fue al punto a verle,
hallán-dole, en efecto, atacado de una fiebre elevada, que le hacía delirar y
debatirse de angustia en el lecho. Le preparó una infusión de eucalipto, bien
cargada, con dos copas de al-cohol y dispuso lo conveniente para darle un baño
de mos-taza. Se produciría así una copiosa transpiración, signo se-guro de
haber cedido mal, que no parecía consistir sino en un fuerte resfrío. Pero,
efectuados los dos remedios, y aun cuando el enfermo empezó a sudar, la fiebre
persistía y
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hasta crecía por momentos.
La noche había llegado y empezó a
nevar. La habitación de Benites tenía la puerta de entrada y la ventanilla
hermé-ticamente cerradas. La señora tapó las rendijas con trapos, para evitar
las rachas de aire. Una vela de esperma ardía y ponía toques tristes y
amarillos en los ángulos de los obje-tos y en la cama del paciente. Según éste
se moviese o cambiase de postura, movido por la fiebre, las sombras palpitaban
ya breves, largas, truncas o encontradas, en los planos de su rostro cejijunto
y entre las almohadas y las sábanas.
Acezaba Benites y daba voces
confusas de pesadilla. La señora, abatida por la gravedad creciente del
enfermo, se puso a rezar, arrodillada ante un cuadro del Corazón de Jesús, que
había a la cabecera de la cama. Dobló la cabeza pálida e inexpresiva, como la
mascarilla de yeso de un ca-dáver, y se puso a orar y gemir. Después se levantó
reani-mada. Dijo, junto al lecho:
—¿Benites?
Se oía ahora más baja y pausada
su respiración. La señora se acercó de puntillas, inclinóse sobre la cama y
observó largo rato. Habiendo meditado un momento, volvió a lla-mar, aparentando
tranquilidad:
—¿Benites?
El enfermo lanzó un quejido
oscuro y cargado de orfan-dad, que vino a darle en todas sus entrañas de mujer.
—¿Benites? ¿Cómo se siente usted?
¿Le haré otro reme-dio?
Benites hizo un movimiento brusco
y pesado, agitó ambas manos en el aire, como si apartase invisibles insectos, y
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abrió los ojos que estaban
enrojecidos y parecían inunda-dos de sangre. Su mirada era vaga y, sin embargo,
amena-zadora. Hizo chasquear los labios amoratados y secos, murmurando sin
sentido:
—¡Nada! ¡Aquella curva es más
grande! ¡Déjeme! ¡Yo sé lo que hago! ¡Déjeme!...
Y se volvió de un tirón hacia la
pared, doblando las rodi-llas y metiendo los brazos en el lecho.
En Quivilca no había médico. Lo
habían reclamado a la empresa, sin resultado. Se combatía las enfermedades cada
uno según su entendimiento, salvo en el caso de neu-monía, en cuyo tratamiento
se había especializado José Marino, el empírico del bazar. La señora que
asistía a Be-nites no sabía si acudir al comerciante, por si fuese neu-monía, o
procurarse otra receta por cuenta propia, sin pér-dida de tiempo. Daba mil
vueltas por el cuarto, desespe-rada. De cuando en cuando, observaba al paciente
o ponía oído a la puerta, atenta a la caída de la nieve. Podría ser que su hijo
acertase a acudir en su busca o que cualquiera otro pasase, para pedirle
consejo o ayuda.
A veces, el enfermo se sumía en
un silencio absoluto, del que la señora no se apercibía por su sordera, pero,
en ge-neral, la noche avanzaba poblándose de los gritos doloro-sos y palabras
del delirio. Contiguo había, por toda vecin-dad, un extenso depósito de
mineral. El resto de los ran-chos quedaba lejos, en plena falda del cerro, y
había que llamar a gritos para hacerse escuchar.
La señora decidió hacerle otro
remedio. Entre las cosas útiles que por precaución guardaba Benites en su
mesita, encontró un poco de glicerina, sustancia que le sugirió de golpe la
nueva receta. Encendió otra vez el anafe. Habién-
24
dose luego acercado de puntillas
a la cama, examinó al pa-ciente, que hacía rato permanecía en calma, y se
percató de que dormía. Decidió entonces dejarle reposar, poster-gando el
remedio para más tarde y para el caso de que la fiebre continuase. Fue a arrodillarse
ante el lienzo sagrado y masculló, con vehemencia dolorosa y durante mucho
tiempo, largas oraciones mezcladas de suspiros y sollozos. Después se levantó y
llegóse de nuevo a la cama del en-fermo, enjugándose las lágrimas con un canto
de su blusa de percal. Benites continuaba tranquilo.
—jDios es muy grande! —exclamó la
señora, enternecida y con voz apenas perceptible—. ¡Ay, divino Corazón de
Jesús! —añadió, levantando los ojos a la efigie y juntando las manos, henchida
de inefable frenesí—. ¡Tú lo puedes todo! ¡Vela por tu criatura! ¡Ampárale y no
le abandones! ¡Por tu santísima llaga! ¡Padre mío, protégenos en este va-lle de
lágrimas!...
No pudo contener su emoción y se
puso a llorar. Dio algu-nos pasos y se sentó en un banco. Allí se quedó
adorme-cida.
Despertó de súbito. La vela
estaba para acabarse y se había chorreado de una manera extraña, practicando un
portillo hondo y ancho, por el que corría la esperma derretida, yendo a
amontonarse y enfriarse en un solo punto de la palmatoria, en forma de un puño
cerrado, con el índice al-zado hacia la llama. Acomodó la vela, y como notase
que Benites no había cambiado de postura y que seguía dur-miendo, se inclinó a
verle el rostro. “Duerme”, se dijo, y resolvió no despertarle.
Leónidas Benites, en medio de las
visiones de la fiebre, había mirado a menudo el cuadro del Corazón de Jesús,
que pendía en su cabecera. La divina imagen se mezclaba a las imágenes del
delirio, envuelta en el blanco arrebol de
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la caliche del muro. Las
alucinaciones se relacionaban con lo que más preocupaba a Benites en el mundo
tangible, tales como el desempeño de su puesto en las minas, su ne-gocio en
sociedad con Marino y Rubio y el deseo de un capital suficiente para ir a Lima
a terminar lo más pronto sus estudios de ingeniero y emprender luego un negocio
por su cuenta y relacionado con su profesión. En el delirio vio que el
comerciante Marino se quedaba con su dinero y le amenazaba pegarle, ayudado por
todos los pobladores de Quivilca. Benites protestaba enérgicamente, pero tenía
que batirse en retirada, en razón del inmenso número de sus atacantes. Caía en
la fuga por escarpadas rocas, y, al doblar de golpe un recodo del terreno
fragoso, se daba con otra parte de sus enemigos. El susto le hacía entonces dar
un salto. El Corazón de Jesús entraba inmediatamente en el conflicto y
espantaba con su sola presencia a los agre-sores y ladrones, para luego
desaparecer súbitamente, de-jándole desamparado, en el preciso momento en que
mís-ter Taik, muy enojado, le decía a Benites:
— ¡Fuera de aquí! ¡La “Mining
Society” le cancela el nombramiento, en razón de su pésima conducta! ¡Fuera de
aquí, zamarro!
Benites le rogaba, cruzando las
manos lastimeramente. Míster Taik ordenó a dos criados que le sacasen de la
ofi-cina. Venían dos soras sonriendo, como si escarneciesen su desgracia. Le
cogían por los brazos, arrastrándole y le propinaban un empellón brutal.
Entonces, el Corazón de Jesús acudía con tal oportunidad, que todo volvía a
quedar arreglado. El Señor se esfumaba después en un relámpago.
Benites, poco después, sorprendía
a un sora robándole un fajo de billetes de su caja. Se lanzaba sobre el bribón,
per-siguiéndole, impulsado no tanto por la suma que le lle-vaba, cuanto por la
cínica risa con que el indio se burlaba
26
de Benites, montado sobre el lomo
de un caimán, en medio de un gran río. Benites llegó a la misma orilla del río,
y ya iba a penetrar en la corriente, cuando se sintió de pronto entorpecido y
privado de todo movimiento voluntario. Je-sús, aureolado esta vez de un halo
fulgurante, apareció ante Benites. El río se dilató de golpe, abrazando todo el
espacio visible, hasta los más remotos confines. Una in-mensa multitud rodeaba
al Señor, atenta a sus designios, y un aire de tremenda encrucijada llenó el
horizonte. A Be-nites le poseyó un pavor repentino, dándose cuenta, de modo
oscuro, pero cierto, de que asistía a la hora del juicio final.
Benites intentó entonces hacer un
examen de conciencia, que le permitiera entrever cuál sería el lugar de su
eterno destino. Trató de recordar sus buenas y malas acciones de la tierra.
Recordó, en primer lugar, sus buenos actos. Los recogió ávidamente y los colocó
en sitio preferente y visi-ble de su pensamiento, por riguroso orden de
importancia: abajo, los relativos a procederes de bondad más o menos discutible
o insignificante, y arriba, a la mano, sobre todos, los relativos a grandes
rasgos de virtud, cuyo mérito se de-nunciaba a la distancia, sin dejar duda de
su autenticidad y trascendencia. Luego pidió a su memoria los recuerdos
amargos, y su memoria no le dio ninguno. Ni un solo re-cuerdo roedor. A veces,
se insinuaba alguno, tímido y bo-rroso, que bien examinado, a la luz de la
razón, acababa por desvanecerse en las neutras comisuras de la clasifica-ción
de valores, o mejor sopesado aún, llegaba a despo-jarse del todo de su tinte
culpable, reemplazado éste, no ya sólo por otro indefinible, sino por el tinte
contrario: tal re-cuerdo resultaba ser, en el fondo, el de una acción
merito-ria, que Benites reconocía entonces con verdadera fruición paternal.
Felizmente, Benites era inteligente y había culti-vado con esmero su facultad
discursiva y crítica, con la
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cual podía ahora profundizar las
cosas y darles su sentido verdadero y exacto.
Muy poco le faltaba a Benites,
según lo intuía, para pre-sentarse ante el Salvador. Al razonarlo, un gran
miedo le hizo arrebujarse en su propio pensamiento. De allí vino a sacarle un
alfalfero de Accoya, al que no veía muchos años, y a quien la madre del
agrimensor solía comprarle hierba para sus cuyes, echándole maldiciones por su
codi-cia y avaricia. Por rápida asociación de ideas, recordó que él mismo,
Benites, amó también, a veces, el dinero, y qui-zás con exceso. Recordó que en
Coica, una noche, había oído en una vasta estancia desolada, donde dormía a
solas, ruido de almas en pena. Empezaron en la oscuridad a em-pujar la puerta,
Benites tuvo miedo y guardó silencio. ‘Como se repitiesen después los ruidos
nocturnos, el ansia de oro tentó, al fin, a Benites. Y una media noche, cuando
fueron a empujar la puerta sumida en tinieblas, el agrimen-sor invocó a las
penas.
—¿Quién es? —interrogó,
incorporándose en la cama, y dándose diente con diente de miedo.
No contestaron. Siguieron
empujando, Benites volvió a preguntar, anheloso y sudando frío:
—¿Quién es? Si es una alma en
pena, que diga lo que desea.
Una voz gangosa, que parecía
venir de otro mundo, res-pondió con lastimero acento:
—Soy un alma en pena.
Benites sabía que era malo correr
de las penas, y argu-mentó al punto:
-¿Qué le pasa? ¿Por qué pena?
A lo que le replicaron casi
llorando:
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—En el rincón de la cocina dejé
enterrados cinco centavos. No me puedo salvar a causa de ellos. Agrega noventa
y cinco centavos más de tu parte y paga con eso una misa al cura, para mi
salvación...
Indignado Benites por el sesgo
inesperado y oneroso que tomaba la- aventura, gruñó, agarrando un palo contra
el alma en pena:
—He visto muertos sinvergüenzas,
pero como éste, nunca!...
Al siguiente día, Benites
abandonó la posada.
Recordando ahora todo esto, ya
lejos de la vida terrenal, juzgó pecaminosa su conducta y digna de castigo. Sin
em-bargo, estimó tras de largas reflexiones, que sus palabras injuriosas para
el alma en pena fueron dictadas por un es-tado anormal de espíritu y sin
intención malévola. No ol-vidaba que, en materia de moral, las acciones tienen
la fi-sonomía que les dé la intención y sólo la intención. Res-pecto a que no
pagase la misa solicitada por el alma en pena, suya no había sido la culpa,
sino más bien del pá-rroco, a quien una fuerte dispepsia impedía por aquellos
días ir al templo. A Benites no se le ocultaba, dicho sea de paso, que la
enfermedad del sacerdote no era mayor que alcanzase a sustraerle del todo del
cumplimiento de sus sa-grados deberes. Por último, en un análisis más juicioso
y serio, quizás no fue, en realidad, una alma en pena, sino una broma pesada de
alguno de sus amigos, sabedores de sus cuitas en pos del supuesto tesoro.
Puesto en este caso, y de haberse oficiado la misa, la broma habría tenido una
repercusión de burla y de impiedad, con Benites de por medio, como uno de sus
promotores. Indudablemente, ha-bía, pues, hecho bien en proceder como procedió,
defen-diendo subconscientemente los fueros de seriedad de la Iglesia, y su
conducta podía, en consecuencia, aparejar
29
mérito suficiente para un premio
del Señor. Benites puso este recuerdo en medio, exactamente en medio, de todos
sus recuerdos, movido de una dialéctica singular e inextri-cable.
Un sentimiento de algo jamás
registrado en su sensibili-dad, y que le nacía del fondo mismo de su ser, le
anunció de pronto que se hallaba en presencia de Jesús. Tuvo en-tonces tal
cantidad de luz en su pensamiento, que le po-seyó la visión entera de cuanto
fue, es y será, la conciencia integral del tiempo y del espacio, la imagen
plena y una de las cosas, el sentido eterno y esencial de las lindes. Un
chispazo de sabiduría le envolvió, dándole servida en una sola plana, la noción
sentimental y sensitiva, abstracta y material, nocturna y solar, par e impar,
fraccionaria y sin-tética, de su rol permanente en los destinos de Dios. Y fue
entonces que nada pudo hacer, pensar, querer ni sentir por sí mismo ni en sí
mismo exclusivamente. Su personalidad, como yo de egoísmo, no pudo sustraerse
al corte cordial y solidario de sus flancos. En su ser se había posado una nota
orquestal del infinito, a causa del paso de Jesús y su divina oriflama por la
antena mayor de su corazón. Después, vol-vió en sí, y, al sentirse apartado del
Señor y condenado a errar al acaso, como número disperso, zafado de la armo-nía
universal, por una gris e incierta inmensidad, sin alba ni ocaso, un dolor
indescriptible y jamás experimentado, le llenó el alma hasta la boca,
ahogándole, como si mas-case amargos vellones de tinieblas, sin poderlas
siquiera ni pasar. Su tormento interior, la funesta desventura de su espíritu,
no era a causa del perdido paraíso, sino a causa de la expresión de tristeza
infinita que vio o sintió dibu-jarse en la divina faz del Nazareno, al llegar
ante sus pies. ¡Oh, qué mortal tristeza la suya, y cómo no la pudo conte-ner ni
el vaso de dos bocas del Enigma! Por aquella gran tristeza, Benites sufría un
dolor incurable y sin orillas.
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—¡Señor! —murmuró Benites
suplicante—. ¡Al menos, que no sea tanta tu tristeza! ¡Al menos, que un poco de
ella pase a mi corazón! ¡Al menos, que las piedrecillas vengan a ayudarme a
reflejar tu gran tristeza!
El silencio imperó en la
extensión trascendental.
—¡Señor! ¡Apaga la lámpara de tu
tristeza, que me falta corazón para reflejarla! ¿Qué he hecho de mi sangre?
¿Dónde está mi sangre? ¡Ay, Señor! ¡Tú me la diste y he aquí que yo, sin saber
cómo, la dejé coagulada en los abis-mos de la vida, avaro de ella y pobre de
ella!
Benites lloró hasta la muerte.
—¡Señor! ¡Yo fui el pecador y tu
pobre oveja descarriada! ¡Cuando estuvo en mis manos ser el Adán sin tiempo,
sin mediodía, sin tarde, sin noche y sin segundo día! ¡Cuando estuvo en mis
manos embridar y sujetar los rumores edé-nicos para toda eternidad y salvar lo
Absoluto en lo Cam-biante! ¡Cuando estuvo en mis manos realizar mis fronte-ras
homogéneamente, como en los cuerpos simples, garra a garra, pico a pico, guija
a guija, manzana a manzana! ¡Cuando estuvo en mis manos desgajar los senderos a
lo largo y al través, por diámetros y alturas, a ver si así salía yo al
encuentro de la Verdad! ...
Empezó a callar el silencio por
el lado de la nada.
— ¡Señor! ¡Yo fui el delincuente
y tu ingrato gusano sin perdón! ¡Cuando hasta pude no haber nacido! ¡Cuando
pude, al menos, eternizarme en los capullos y en las vís-peras! ¡Felices los
capullos, porque ellos son las joyas na-tas de los paraísos, aunque duerman, en
sus selladas entra-ñas, estambres escabrosos! ¡Felices las vísperas, porque
ellas no han llegado y no han de llegar jamás a la hora de los días definibles!
¡Yo pude ser solamente el óvulo, la ne-bulosa, el ritmo latente e inmanente:
Dios!...
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Estalló Benites en un grito de
desolación infinita, que luego de apagado, dejó al silencio mudo para siempre.
* * *
Benites despertó bruscamente. La
luz de la mañana inun-daba la habitación. Junto a la cama de Benites, estaba
José Marino.
—¡Qué buena vida, socio!
—exclamaba Marino, cruzán-dose los brazos—. ¡Las once del día y todavía en
cama! ¡Vamos, vamos! ¡Levántese! Me voy esta tarde a Coica.
Benites dio un salto:
—¿Usted a Coica? ¿Hoy se va usted
a Coica? Marino se paseaba a lo largo de la pieza, apurado.
—¡Sí, hombre! ¡Levántese! ¡Vamos
a arreglarnos de cuen-tas! Ya Rubio nos espera en el bazar...
Benites, sentado en su cama, tuvo
un calofrío:
—Bueno. Me levanto en seguida.
Tengo todavía un poco de fiebre, pero no importa.
—¿Fiebre, usted? ¡No friegue,
hombre! ¡Levántese! ¡Le-vántese! Lo espero en el bazar.
Marino salió y Benites empezó a
vestirse, tomando sus precauciones de costumbre: medias, calzoncillo, camiseta,
camisa, todo debía adaptarse y servir al momento particu-lar por el que
atravesaba su salud. Ni mucho abrigo ni poca ropa.
A la una de la tarde, el caballo
en que debía montar José Marino esperaba ensillado a la puerta del bazar. Lo
suje-taba por una soga el sobrino del comerciante. Dentro del
32
bazar se discutía a grandes voces
y entre carcajadas. Arre-gladas las cuentas entre Marino, Rubio y Benites,
daban la despedida al comerciante, sus dos socios, el cajero Ma-chuca, el
profesor Zavala, el comisario Baldazari y místers Taik y Weiss. Las copas
menudeaban. Machuca, ya un tanto bebido, preguntaba zumbonamente a Marino:
—¿Y con quién deja usted a la
Rosada?
La Rosada era una de las queridas
de Marino. Muchacha de dieciocho años, hermoso tipo de mujer serrana, ojos
grandes y negros y empurpuradas mejillas candorosas, la trajo de Coica como
querida un apuntador de las minas. Sus hermanas, Teresa y Albina, la siguieron,
atraídas por el misterio de la vida en las minas, que ejercía sobre los
aldeanos, ingenuos y alucinados, una seducción extraña e irresistible. Las tres
vinieron a Quivilca huidas de su casa. Sus padres —unos viejos campesinos
miserables— las llo-raron mucho tiempo. En Quivilca, las muchachas se pu-sieron
a trabajar, haciendo y vendiendo chicha, obligándo-las este oficio a beber y
embriagarse frecuentemente con los consumidores. El apuntador se disgustó
pronto de este género de trabajo de la Graciela y la dejó. A las pocas
se-manas, José Marino la hizo suya. En cuanto a Albina y a Teresa, corrían en
Quivilca muchos rumores.
Marino, a las preguntas repetidas
de Machuca, respondió con desparpajo:
Juguémosla al cachito, si usted
quiere.
— ¡Eso es! ¡Al cacho! ¡Al cacho!
¡Pero juguémosla entre todos! —argumentó Baldazari.
En torno al mostrador se formó un
círculo. Todos, y hasta el mismo Benites, estaban borrachos. Marino agitaba el
cacho ruidosamente, gritando:
—¿Quién manda?
33
Tiró los dados y contó, señalando
con el dedo y sucesiva-mente a todos los contertulios:
-—¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Usted
manda!
Fue Leónidas Benites a quien tocó
jugar el primero.
—¿Pero qué jugamos? —preguntaba
Benites, cacho en mano.
—¡Tire no más! —decía Baldazari—.
¿No está usted oyendo que vamos a jugar a la Rosada?
Benites respondió turbado, a
pesar de su borrachera:
—¡No, hombre! ¡Jugar al cacho a
una mujer! ¡Eso no se hace! ¡Juguemos una copa!
Unánimes reproches, injurias y
zumbas ahogaron los tími-dos escrúpulos de Leónidas Benites, y se jugó la
partida.
—¡Bravo! ¡Que pague una copa! ¡El
remojo de la suce-sión!
El comisario Baldazari se ganó al
cacho a la Rosada y mandó servir champaña. Machuca se le acercó, dicién-dole:
—¡Qué buena chola se va a usted a
comer, comisario! ¡Tiene unas ancas así!...
EL cajero, diciendo esto, abrió
en círculo los brazos e hizo una mueca golosa y repugnante. Los ojos del
comisario también chispearon, recordando a la Rosada, y preguntó a Machuca:
—¿Pero dónde vive ahora? Hace
tiempo que no la veo. —Por la Poza. ¡Mándela traer ahora mismo!
—¡No, hombre! Ahora, no. Es de
día. La gente puede ver-nos.
34
—¡Qué gente ni gente! ¡Todos los
indios están trabajando!
¡Mándela traer! ¡Ande!
—Además, no. Ha sido una broma.
¿Usted cree que Ma-rino va a soltar a la chola? Si se fuera para no volver, sí.
Pero sólo se va a Coica por unos días...
—¿Y eso qué importa? Lo ganado es
ganado. ¡Hágase us-ted el cojudo! ¡Es una hembra que da el opio! ¡A mí me gusta
que es una barbaridad! ¡Mándela traer! ¡Además, us-ted es el comisario y usted
manda! ¡Qué vainas! ¡Lo demás son cojudeces! ¡Ande, comisario!
—¿Y cree usted que va a venir?
—¡Pero es claro! —¿Con quién vive?
—Sola, con sus hermanas, que son
también estupendas.
Baldazari se quedó pensando y
moviendo su foete..
Unos minutos más tarde, José
Marino y el comisario Bal-dazari salieron a la puerta.
—Anda, Cucho —dijo Marino a su
sobrino—, anda a la casa de las Rosadas y dile a la Graciela que venga aquí, al
bazar, que la estoy esperando, porque ya me voy. Si te pre-gunta con quién
estoy, no le digas quiénes están aquí. Dile que estoy solo, completamente solo.
¿Me has oído?
—Sí, tío.
—¡Cuidado con que te olvides!
Dile que estoy solo, que no hay nadie más en el bazar. Deja el caballo.
Amárralo a la pata del mostrador. ¡Anda! ¡Pero volando! ¡Ya estás de vuelta!...
Cucho amarró la punta de la soga
del caballo a una pata del mostrador y partió a hacer el mandado.
35
—¡Volando, volando! —le decían
Marino y Baldazari.
José Marino adulaba a todo el
que, de una u otra manera, podía serle útil. Su servilismo al comisario no
tenía lími-tes. Marino le servía hasta en sus aventuras amorosas. Sa-lían de
noche a recorrer los campamentos obreros y los trabajos en las minas, acompañados
de un gendarme. A veces, Baldazari se quedaba a dormir, de madrugada, en alguna
choza o vivienda de peones, con la mujer, la her-mana o la madre de un
jornalero. El gendarme volvía en-tonces sólo a la Comisaría, y Marino,
igualmente solo, a su bazar. ¿Por qué las adulaciones del comerciante al
co-misario? Las causas eran múltiples. Por el momento, el co-merciante iba a
ausentarse y le había pedido al comisario el favor de supervigilar la marcha
del bazar, que quedaba a cargo del profesor Zavala, que estaba de vacaciones.
De otro lado, el comisario le estaba consumiendo ahora en gran escala en el
bazar, al propio tiempo que entrenaba a los otros a hacer lo mismo. Las tres de
la tarde y ya José Marino había vendido muchas botellas de champaña, de cinzano,
de coñac y de whisky... Pero todas éstas no eran sino razones del momento, y
muy nimias. Otras eran las de siempre y las más serias. El comisario Baldazari
era el brazo derecho del contratista José Marino, en punto a la peonada y en
punto a los gerentes de la “Mining Society’5. Cuando Marino no podía con un
peón, que se negaba a reconocerle una cuenta, a aceptar un salario muy bajo o a
trabajar a ciertas horas de la noche o de un día feriado, Marino acudía al
comisario, y éste hacía ceder al peón con un carcelazo, con la “barra”
(suplicio original de las cár-celes peruanas) o a foetazos, Asimismo, cuando
Marino no podía obtener directamente de misters Taik y Weiss ta-les o cuales
ventajas, facilidades o, en general, cualquier favor o granjeria, Marino acudía
a Baldazari y éste inter-
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venía, con la influencia y
ascendiente de su autoridad, ob-teniendo de los patrones todo cuando quería
José Marino. Nada, pues, de extraño que el comerciante estuviese ahora
dispuesto a entregar a su querida al comisario, ipso facto y en público.
Al poco rato, la Graciela
aparecía en la esquina, acompa-ñada de Cucho. Los del bazar se escondieron.
Solamente José Marino apareció a la puerta, tratando de disimular su
embriaguez.
—Pasa —dijo afectuosamente Marino
a la Graciela—. Ya me voy. Pasa. Te he hecho llamar porque ya me voy.
La Graciela decía tímidamente:
—Yo creía que se iba usted a ir
así no más, sin decirme ni siquiera hasta luego.
Una repentina carcajada estalló
en el bazar, y todos los contertulios aparecieron de golpe ante Graciela.
Colorada, estupefacta, dio un traspiés contra el muro. La rodearon, unos
estrechándole la mano, otros acariciándola por el mentón, Marino le decía, desternillándose
de risa:
—Siéntate. Siéntate. Es la
despedida. ¡Qué quieres! ¡Los amigos! ¡Nuestros patrones! ¡Nuestro grande y
querido comisario! ¡Siéntate! ¡Siéntate! ¿Y qué tomas?...
Cerraron a medias la puerta y
Cucho jaló de afuera la soga del caballo, sentándose en el quicio a esperar.
Cayó nieve. Varias veces vino
gente a hacer compras en el bazar y se iban sin atreverse a entrar. Una india
de aire doloroso y apurada, llegó corriendo.
—¿Ahí está tu tío? —le preguntó
jadeante a Cucho. —Sí; ahí está. ¿Para qué?
37
-—Para que me venda láudano.
Estoy muy apurada, por-que ya se muere mi mama.
—Pase usted, si quiere.
—¿Pero quién sabe, está con
gente?
—Está con muchos señores. Pero
entre usted, si quiere..,
La mujer vaciló y se quedó a la
puerta, esperando. Una angustia creciente se pintaba en su cara. Cucho, sin
soltar la soga del caballo, se entretenía en dibujar con el cabo de un lápiz
rojo, y en un pedazo de su cuaderno de la escuela, las armas de la patria. La
mujer iba y venía, desesperada y sin atreverse a entrar al bazar. Aguaitaba lo
que adentro sucedía, se ponía a escuchar y volvía a pasearse. Le pre-guntaba a
Cucho:
-—¿Quién está ahí?
-—El comisario,
—¿Quién más?
—El cajero, el ingeniero, el
profesor, los gringos... Están bien borrachos. Están tomando champaña.
—¡Pero oigo una mujer!...
—La Graciela.
—¿La Rosada?
—Sí. Mi tío la ha mandado llaman
porque ya se va.
—¡Ay, Dios mío! ¿A qué hora se
irán? ¿A qué hora se irán? ...
La mujer empezó a gemir.
—¿Por qué llora usted? —le
preguntó Cucho.
—Ya se muere mi mama y don José
está con gente...
—Si quiere usted. lo llamaré a mi
tío, para que le venda...
38
—Quién sabe se va a enojar...
Cucho aguaitó hacia adentro y
llamó tímidamente:
—¡Tío Pepe!.. .
La orgía estaba en su colmo. De
la tienda salía un vocerío confuso, mezclado de risas y gritos y un tufo
nauseante. Cucho llamó varias veces. Al fin, salió José Marino.
—¿Qué, quieres, carajo? —le dijo,
irritado, a su sobrino.
Cucho, al verle borracho y
colérico, dió un salto atrás, amedrentado. La mujer se hizo también a un lado.
—Para que venda usted láudano
—murmuró Cucho, de le-jos.
—¡Qué láudano ni la puta que te
parió! —rugió José Ma-rino, lanzándose furibundo sobre su sobrino. Le dio un
bo-fetón brutal en la cabeza y le derribó.
—¡Carajo! —vociferaba el
comerciante, dándole de pun-tapiés—. ¡Cojudo! ¡Me estás jodiendo siempre!
Algunos transeúntes se acercaron
a defender a Cucho. La mujer del láudano le rogaba a Marino, acodillada:
—¡No le pegue usted, taita! Si lo
ha hecho por mí. Porque yo le dije. ¡Pégueme a mí, si quiere! ¡Pegúeme a mí, si
quiere!...
Algunas patadas cayeron sobre la
mujer. José Marino, ciego de ira y de alcohol, siguió golpeando al azar,
durante unos segundos, hasta que salió el comisario y lo contuvo.
—¿Qué es esto, mi querido Marino?
—le dijo, sujetándole por las solapas.
—¡Perdone, comisario! —respondía
Marino, humilde-mente— ¡Le pido mil perdones!
Ambos penetraron al bazar. Cucho
yacía sobre la nieve,
39
llorando y ensangrentado. La
india, de pie, junto a Cucho, sollozaba dolorosamente:
—Sólo porque lo llama, le pega.
¡Sólo por eso! ¡Y a mí también, sólo porque vengo por un remedio!...
Apareció un indio mocetón
llorando y a la carrera:
—¡Chana! ¡Chana! ¡Ya murió mama!
¡Ven! ¡Ven! ¡Ya murió!...
Y Chana, la india del láudano, se
echó a correr, seguida del indio y llorando.
El caballo de José Marino,
espantado, había huido. Cucho, secándose las lágrimas y la sangre, lo fue a
buscar. Sabía muy bien que, de irse el caballo, “las nalgas ya no serían
suyas", como solía decir su tío, cuando le amenazaba azo-tarle. Volvió, felizmente,
con el animal, y se sentó de nuevo a la puerta del bazar, que continuaba
entreabierta. Se agachó y aguaitó a hurtadillas. ¿Qué sucedía ahora en el
bazar?
José Marino conversaba tras de la
puerta, en secreto y copa en mano, con míster Taik, el gerente de la “Mining
So-ciety”. le decía en tono insinuante y adulador:
—Pero, míster Taik: yo mismo, con
mis propios ojos, lo he visto...
—Usted es muy amable, pero eso es
peligroso —replicaba muy colorado y sonriendo el gerente.
—Sí, sí, sí. Míster Taik,
decídase no más. Yo sé por qué le digo. Rubio es un enfermo. Ella (hablaban de
la mujer de Rubio) no lo quiere. Además, se muere por usted. Yo la he visto.
El gerente sonreía siempre:
—Pero, señor Marino, puede
saberlo Rubio.
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—Yo le aseguro que no lo sabrá,
míster Taík. Yo se lo aseguro con mi cuello.
Marino bebió su copa y añadió,
decidido:
—¿Quiere usted que yo me lleve a
Rubio un día fuera de Quivilca, para que usted aproveche?
—Bueno, ya veremos. Ya veremos.
Muchas gracias. Us-ted es muy amable…
—Tratándose de usted, míster
Taik, ya sabe que yo no re-paro en nada. Soy su amigo, muy modesto, sin duda,
muy humilde y muy pobre, el último, quién sabe, pero amigo de veras y dispuesto
a servirle hasta con mi vida. Su pobre servidor míster Taik, ¡Su pobre amigo!
Marino se inclinó largamente.
En ese momento, míster Weiss, del
otro extremo del bazar, llama al comerciante:
—¡Señor Marino! ¡Otra tanda de
champaña!...
José Marino voló a servir las
copas.
Entretanto, la Graciela estaba ya
borracha. José Marino, su amante, la había dado a beber un licor extraño y
miste-rioso, preparado por él en secreto. Una sola copa de este licor la había
embriagado. El comisario le decía en voz baja y aparte a Marino:
—¡Formidable! ¡Formidable! Es
usted un portento. Ya está más para la otra que para ésta...
—Y eso —respondía Marino,
jactancioso—, y eso que no le he puesto mucho de lo verde. De otro modo, ya
habría doblado el pico hace rato...
Abrazaba a Baidazari, añadiendo:
—Usted se lo merece todo,
comisario. Por usted todo. ¡No
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digo un “tabacazo”! ¡No digo una
mujer! ¡Por usted, mi vida! Créalo.
La Graciela, en los espasmos
producidos por el “tabacazo” cantaba y lloraba, sin causa. Se paraba de pronto
y bailaba sola. Todos hacían palmas, entre risas y requiebros, La Graciela, con
una copa en la mano, decía, bamboleándose y sin pañolón:
—¡Yo soy una pobre desgraciada!
¡Don José! ¡Venga us-ted! ¿Quién es usted para mí? ¡Hágame el favor! Yo sólo
soy una pobre, y nada más
Las risas y los gritos
aumentaban. José Marino, del brazo del comisario, le dijo entonces a la
Graciela, como a una ciega, y ante todos los contertulios:
—¿Ves? Aquí está el señor
comisario, la autoridad, el más grande personaje de Quivilca, después de
nuestros patro-nes, místers Taik y Weiss. ¿Lo ves aquí, con nosotros?
La Graciela, los ojos velados por
la embriaguez, trataba de ver al comisario.
—Sí, Lo veo. Sí, El señor
comisario. Sí...
—Bueno. Pues el señor comisario
va a encargarse de ti mientras mi ausencia. ¿Me entiendes? Él verá por ti. Él
hará mis veces en todo y para todo…
Marino, diciendo esto, hacía
muecas de burla y añadía:
-—Obedécele como a mí mismo, ¿Me
oyes? ¿Me oyes, Graciela?...
La Graciela respondía, la voz
arrastrada y casi cerrando los ojos:
—Sí.., Muy bien... Muy bien...
Después vaciló su cuerpo y estuvo
a punto de caer. El ca-jero Machuca soltó una risotada. José Marino le hizo
señas
42
de callarse y guiñó el ojo a
Baldazari, significándole que la melaza estaba en punto. Los demás, en coro, le
decían a media voz a Baldazari:
—¡Ya, comisario! ¡Entre nomás!
¡Éntrele!...
El comisario se limitaba a reír y
a beber.
Graciela, agarrándose del
mostrador para no caer, fue a sentarse, llamando a grandes voces:
—¡Don José! ¡Venga usted a mi
lado! ¡Venga usted!...
José Marino insinuó de nuevo a
Baldazari que se acercase a la Rosada. Baldazari volvió, por toda respuesta, a
beber otra copa. A los pocos instantes, Baldazari se encontraba completamente
borracho. Hizo servir varias veces cham-paña. Los demás estaban, asimismo,
ebrios, y en una in-consciencia absoluta. Rubio hablaba de política
interna-cional a gritos con míster Taik, y, de otro lado, el profesor Zavala,
Leónidas Benites y míster Weiss, se abrazaban en grupo. José Marino y el
comisario Baldazari rodeaban siempre a la Graciela. Un momento, la Rosada
abrazó a Marino, pero éste se escabulló suavemente, poniendo en su lugar a
Baldazari en los brazos de Graciela. La mucha-cha se dio cuenta y apartó
bruscamente al comisario:
—¡Besa al señor comisario! —le
ordenó entonces Marino, irritado.
—¡No! —respondió Graciela
enérgicamente y como des-pertando.
—¡Déjela! —dijo Baldazari a
Marino.
Pero el contratista de peones
estaba ya colérico, e insistió;
—¡Besa al señor comisario te he
dicho, Graciela!
—¡No! ¡Eso, nunca! ¡Nunca, don
José!
43
—¿No le besas? ¿No cumples lo que
yo te ordeno? ¡Espé-rate! —gruñó el comerciante, y se fue a preparar otro
“ta-bacazo”.
Al venir la noche, cerraron
herméticamente la puerta y el bazar quedó sumido en las tinieblas. Todos los
contertu-lios —menos Benites, que se había quedado dormido— conocieron
entonces, uno por uno, el cuerpo de Graciela. José Marino primero, y Baldazari
después, habían brin-dado a la muchacha a sus amigos, generosamente. Los
pri-meros en gustar de la presa fueron, naturalmente, los pa-trones misters
Taik y Weiss. Los otros personajes entraron luego a escena, por orden de
jerarquía social y económica: el comisario Baldazari, el cajero Machuca, el
ingeniero Rubio y el profesor Zavala. José Marino, por modestia, galantería o
refinamiento, fue el último. Lo hizo en medio de una batahola demoníaca. Marino
pronunciaba en la os-curidad palabras, interjecciones y gritos de una abyección
y un vicio espeluznantes. Un diálogo espantoso. Un ron-quido, sordo y ahogado,
era la única seña de vida de Gra-ciela. José Marino lanzó, al fin, una
carcajada viscosa v macabra.
Y, cuando encendieron luz en el
bazar, vióse botellas y vasos rotos sobre el mostrador, champaña derramado por
el suelo, piezas de tejido deshechas al azar, y las caras, macilentas y
sudorosas. Una que otra mancha de sangre negreaba en los puños y cuellos de las
camisas. Marino trajo agua en un lavador, para lavarse las manos. Mientras se
estaban lavando, todos en círculo, sonó un tiro de revól-ver, volando el
lavador por el techo. Una carcajada partió de la boca del comisario, que era
quien había tirado.
—¡Para probar mis hombres! —dijo
Baldazari. guardando su revólver—. Pero veo que todos han temblado.
Leónidas Benites despertó.
44
—¿Y la Graciela? —interrogó,
restregándose los ojos—. ¿Ya se fue?
Míster Taik, limpiando sus
lentes, dijo:
—Señor Baldazari: hay que
despertarla. Me parece que debe irse ya a su rancho. Ya es de noche.
—Sí, sí, sí —dijo el comisario,
poniéndose serio—. ¡Hay que despertarla; usted, Marino, que es siempre el
hombre!
—¡Ah! —exclamó el comerciante—.
Eso va a ser difícil.
Contra el “tabacazo” no hay otro
remedio sino el sueño.
—Pero, de todos modos —argumentó
Rubio—. no es po-sible dejarla botada así, en el suelo... ¿No le parece, míster
Taik?
—¡Oh, sí, sí! —decía el gerente,
fumando su pipa.
Leónidas Benites se acercó a
Graciela, seguido de los de-más. La Rosada yacía en el suelo, inmóvil,
desgreñada, con las polleras en desorden y aun medio remangadas. La llamaron,
agitándola fuertemente y no dio señales de des-pertar. Trajeron una vela. Volvieron
a llamarla y a mo-verla. Nada. Seguía siempre inmóvil. José Marino puso la
oreja sobre el pecho de la moza y los otros esperaron en silencio.
—¡Carajo! —exclamó el
comerciante, levantándose— ¡Está muerta!...
—¿Muerta? —preguntaron todos,
estupefactos—. ¡No diga usted disparates! ¡Imposible!
—Sí —repuso en tono despreocupado
el amante de Gra-ciela—. Está muerta. Nos hemos divertido.
Míster Taik dijo entonces en voz
baja y severa:
—Bueno. Que nadie diga esta boca
es mía. ¿Me han oído? ¡Ni una palabra! Ahora hay que llevarla a su casa. Hay
que
45
decir a sus hermanas que le ha
dado un ataque y que la dejen reposar y dormir. Y, mañana, cuando la hallen
muerta, todo estará arreglado...
Los demás asintieron, y así se
hizo.
A las diez de la noche, José
Marino montó a caballo y par-tió a Coica. Y, al día subsiguiente, se enterró a
Graciela. En primera fila del cortejo fúnebre iba el comisario de Quivilca,
acompañado de Zavala, de Rubio, de Machuca y de Benites. De lejos, seguía el
cortejo Cucho, el sobrino del amante de la muerta.
Todos los del bazar volvieron del
cementerio tranquilos y conversando indiferentemente. Sólo Leónidas Benites
es-taba muy pensativo. El agrimensor era el único de los del bazar, en quien la
muerte de Graciela dejó cierto pesar y hasta cierto remordimiento. En
conciencia, sabía Benites que la Rosada no había fallecido de muerte natural.
Ver-dad es que él no vio nada de lo que ocurrió con Graciela en la oscuridad,
por haberse quedado profundamente dor-mido; pero lo sospechaba todo, aunque
sólo fuese de modo oscuro y dudoso. Benites, de regreso del entierro, se
ence-rró en su cuarto, arrepentido de la escena del bazar, cosa a la que no
estaba acostumbrado y que, en principio, le re-pugnaba, y se tendió en su cama
a meditar. Después, se quedó dormido.
Por la tarde de ese mismo día. se
presentaron de pronto en el escritorio del gerente de la ‘‘Mining Societv”,
míster Taik, las dos hermanas de la muerta, Teresa y Albina. Ve-nían llorando.
Otras dos indias, chicheras también, como las Rosadas, las acompañaban. Albina
y Teresa pidieron audiencia al patrón, y, tras de una breve espera, fueron
in-troducidas ante el yanqui, a quien acompañaba a la sazón su compatriota, el
subgerente, míster Weiss. Ambos chu-paban sus pipas.
46
—; Qué se les ofrece? —preguntó
secamente míster Taik.
—Aquí, patrón —dijo Teresa
llorando—. venimos porque todos dicen en Quivilca que a la Graciela la han
matado y que no se ha muerto ella. Nos dicen que es porque la em-borracharon en
el bazar. Por eso. Y que usted, patroncito. debe hacernos justicia. Cómo ha de
ser, pues, que maten así a una pobre mujer y que todo se quede así nomás...
El llanto no la dejó continuar.
Míster Taik se apresuró a
contestar, enojado:
—¿Pero quién dice eso?
—Todos, señor, todos...
—¿Han ido ustedes a quejarse al
comisario?
—Sí, patrón. Pero él nos dice que
son habladurías y nada más, y que no es cierto.
¿Entonces? Si así les ha
contestado el señor comisario, ¿a qué vienen ustedes aquí y por qué siguen
creyendo tonte-rías y chismes imbéciles? Déjense de zonceras y váyanse a su
casa tranquilas. La muerte es la muerte y el resto son necedades y lloriqueos inútiles…
¡Váyanse! ¡Váyanse! — añadió paternalmente míster Taik, disponiéndose él
tam-bién a salir. —¡Váyanse! —repitió, también en tono pro-tector, míster
Weiss, chupando su pipa y paseándose—. No hagan caso de tonterías. -Váyanse. No
estamos para cantaletas y majaderías. Hagan el favor...
Los dos patrones, llenos de
dignidad y despotismo, indi-caron la puerta a las Rosadas, pero Teresa y
Albina, ce-sando de llorar, exclamaron, a la vez, airadas:
—¡Sólo porque son patrones! ¡Por
eso hacen lo que quie-ren y nos botan así, sólo porque venimos a quejarnos!
47
¡Han matado a mi Graciela! ¡La
han matado! ¡La han ma-tado!...
Vino un sirviente y las hizo
salir de un empellón. Las dos muchachas se alejaron protestando y llorando,
seguidas de las otras chicheras, que también protestaban y lloraban.
48
JOSÉ Marino fue a Coica por
urgentes negocios. En Coica tenía otro bazar, que corría de ordinario a cargo
de su hermano menor, Mateo. Los hermanos Marino
tenían, además, en Coica, la
agencia de enganche de peo-nes para los trabajos de las minas de Quivilca. En
suma, la firma “Marino Hermanos” consistía, de una parte, en los bazares de
Coica y de Quivilca, y, de otra, en el enganche de peones para la “Mining
Society”.
La “Mining Society” celebró un
contrato con “Marino Hermanos”, cuyas estipulaciones principales eran las
si-guientes: “Marino Hermanos” tomaban la exclusiva de proporcionar a la
empresa yanqui toda la mano de obra necesaria para la explotación minera de Quivilca,
y, en se-gundo lugar, tomaban, asimismo, la exclusiva del abaste-cimiento y
venta de víveres y mercaderías a la población minera de Quivilca, como medio de
facilitar el enganche y reenganche de la peonada. “Marino Hermanos”, de este
modo, se constituían en intermediarios, de un lado, como verdaderos patrones de
los obreros, y, de otro lado, como agentes o instrumentos al servicio de la
empresa norteame-ricana.
Este contrato con la “Mining
Society” estaba enrique-ciendo a los hermanos Marino con una rapidez pasmosa.
De simples comerciantes en pequeño, que eran en Coica, antes de descubrirse las
minas de Quivilca, se habían con-vertido en grandes hombres de finanza cuyo
nombre em-pezaba a ser conocido en todo el centro del Perú. El solo
49
movimiento de mercaderías de sus
bazares de Coica y Quivilca, representaba respetables capitales. En el mo-mento
en que José Marino venía a Coica, después de la jarana y la muerte de Graciela,
en el bazar de Quivilca, “Marino Hermanos” iban a decidir de la compra de unos
yacimientos auríferos en una hoya del Huataca. Tal era el principal motivo del
viaje de José Marino a Coica.
Pero, el mismo día de su llegada,
por la noche, después de comer, la atención de los hermanos Marino, en el curso
de una larga conferencia, fue de pronto y preferen-temente atraída hacia
diversas cuestiones relativas al en-ganche de peones para Quivilca. Antes de su
partida de Quivilca. José Marino había tenido acerca de este asunto una extensa
conversación con míster Taik. La oficina de la “Mining Society” en Nueva York
exigía un aumento en la extracción de tungsteno de todas sus explotaciones del
Perú y Bolivia. El sindicato minero hacía notar la in-minencia en que se
encontraban los Estados Luidos, de entrar en la guerra europea y la necesidad
consiguiente para la empresa, de acumular en el día un fuerte stock de metal,
listo para ser transportado, a una orden telegráfica de Nueva York, a los
astilleros y fábricas de armas de los Estados Unidos. Míster Taik le había
dicho secamente a José Marino:
—Usted me pone, antes de un mes.
cien peones más en las minas...
—Haré, míster Taik. lo que yo
pueda —respondió Marino.
—¡Ah, no! No me diga usted eso.
Usted tiene que hacerlo.
Para los hombres de negocio, no
hay nada imposible ...
—Pero, míster Taik, fíjese que
ahora es muy difícil traer peones desde Coica. Los indios ya no quieren venir.
Dicen
50
que es muy lejos. Quieren mejores
salarios. Quieren ve-nirse con sus familias. El entusiasmo de los primeros
tiem-pos ha pasado...
Míster Taik, sentado rígidamente
ante su escritorio, y des-pués de chupar su pipa, puso fin a los alegatos de
José Ma-rino diciendo con implacable decisión:
—Bueno. Bueno. Cien peones más
dentro de un mes. Sin falta.
Y míster Taik salió solemnemente
de su oficina. José Ma-rino, caviloso y vencido, lo siguió a pocos pasos. Pero
un diálogo tal —-dicho sea de paso— lejos de enfriar la amis-tad —si amistad
era eso—, entre ambos hombres, la afianzó más. José Marino volvió al bazar, y
en lo primero que pensó fue en hacer venir por medio de un amigo, el cajero
Machuca, a míster Taik, a la reunión de despedida al comerciante.
—Tráigame a míster Taik y a
míster Weiss.
—Va a ser difícil.
—No, hombre. Vaya usted a
traerlos. Hágalo como cosa suya, y que no se den cuenta que yo se lo he dicho.
Dígales que sólo van a estar unos minutos.
—Va a ser imposible. Están los
gringos trabajando. Usted sabe que sólo vienen al bazar en la tarde.
—No, hombre. Vaya usted nomás.
Ande, querido cajero.
Además, ya va a ser hora de
almuerzo...
Machuca fue y logró hacer venir a
los dos yanquis. Enton-ces José Marino se deshizo en reverencias y atenciones
para míster Taik, lo que, naturalmente, no modificó en nada las exigencias de
la “Mining Society”, en orden al tungsteno destinado a los Estados Unidos y a
la guerra mundial.
51
—Una vez en el bazar —refería
José Marino a su hermano en Coica—. volví a hablarle al gringo sobre el asunto
y volvió a decirme que no eran cosas suyas, y que él tenía que cumplir las
órdenes del sindicato, muy a su pesar.
—Pero, entonces —argumentaba
Mateo—. ¿qué vamos a hacer ahora? En Quivilca mismo, o en los alrededores, no
será posible encontrar indios salvajes. ¿Y los soras?
—¡Los soras! —dijo José,
burlándose--. Hace tiempo que metimos a los soras a las minas y hace tiempo
también que desaparecieron. ¡Indios brutos y salvajes! Todos ellos han muerto
en los socavones, por estúpidos, por no saber andar entre las máquinas...
—¿Entonces? —volvió a preguntarse
con angustia Ma-teo—. ¿Qué se puede hacer? ¿Qué podernos hacer?
—¿Cuántos peones hay socorridos?
—preguntó, a su vez.
José.
Mateo, hojeando los libros y los
talonarios de los contra-tos, decía:
—Hay 23 que debían haber partido
a Quivilca este mes.
antes del 20.
—¿Los has hecho llamar? ¿Qué
dicen?
—He visto a algunos, a nueve de
ellos, hace quince días, más o menos, y me prometieron salir para Quivilca a
fines de la semana pasada. Si no lo han hecho, habría que ir a verlos de nuevo
y obligarlos a salir.
—¿Está aquí el subprefecto? —Sí,
aquí está, precisamente.
—Bueno. Entonces, no hay más que
pedirle dos soldados mañana mismo, para ir por los cholos inmediatamente.
¿Dónde viven? Mira en el talonario...
52
Mateo hojeó de nuevo el talonario
de los contratos, reci-tando, uno par uno, los nombres de los peones
contratados y sus domicilios. Luego, dijo:
—Al Cruz, al Pío, al viejo Grados
y al cholo Laurencio, se les puede ir a ver mañana juntos. De Chocoda se puede
pasar a Conra y después a Cunguay, de un solo tiro...
José replicó de prisa:
—No, no, no. Hay que verlos a
todos mañana mismo, a los nueve que tú dices, aunque sea de noche o a la
madru-gada...
—Bueno. Sí. Naturalmente. Claro
que se les puede ver. A los gendarmes les damos su sol a cada uno, su buen
ca-ñazo, su coca y sus cigarros, y ya está...
—¡Claro! ¡Claro! —exclamaba José,
en tono decidido.
Ambos se paseaban en el cuarto,
calzados de botas amari-llas, un enorme pañuelo de seda al cuello y vestidos de
“diablo-fuerte”. Los hermanos Marino eran originarios de Moliendo. Hacía unos
doce años que fueron a establecerse a la sierra, empezando a trabajar en Coica,
en una tiendu-cha, situada en la calle del Comercio, donde ambos vivían y
vendían unos cuantos artículos de primera necesidad: azúcar, jabón, fósforos,
keroseno, sal, ají, chancaca, arroz, velas, fideos, té, chocolate y ron. ¿Con
qué dinero empe-zaron a trabajar? Nadie, en verdad, lo sabía a ciencia cierta.
Se decía solamente que en Moliendo trabajaron como cargadores en la estación
del ferrocarril y que allí reunieron cuatrocientos soles, que fue todo el
capital que llevaron a la sierra. ¿Cómo y cuándo pasaron de la con-ducta o
contextura moral de proletarios, a la de comercian-tes o burgueses? ¿Siguieron,
acaso —una vez de propieta-rios de la tienda de Coica—, siendo en los
basamentos so-ciales de su espíritu, los antiguos obreros de Moliendo?
53
Los hermanos Marino saltaron de
clase social una noche de junio de 1909. La metamorfosis fue patética. El
brinco de la historia fue cruento, coloreado y casi geométrico, a semejanza de
ciertos números de fondo de los circos.
Era el santo del alcalde de Coica
y los Marino fueron in-vitados, entre otros personajes, a comer con el alcalde.
Era la primera vez que se veían solicitados para alternar con la buena sociedad
de Coica. La invitación les cayó tan de lo alto y en forma tan inesperada, que
los Marino, en el pri-mer momento, reían en un éxtasis medio animal y
dramá-tico, a la vez. Porque era el caso que ni uno ni otro tenía el valor de
hacer frente a tamaña empresa, Ni José ni Mateo querían ir al banquete, de
vergüenza de sentirse en medio de aristócratas. Sus pulmones proletarios no
soportarían un aire semejante. Y tuvieron, a causa de esto, una disputa. José
le decía a Mateo que fuese él a la fiesta, y viceversa. Lo decidieron por medio
de la suerte en un centavo: cruz o cara. Mateo fue a la comida del alcalde. Se
puso su ves-tido de casimir, su sombrero de paño, camisa con cuello y puños de
celuloide, corbata y zapatos nuevos de charol. Mateo se sintió elegante y aún
estuvo a punto de sentirse ya burgués, de no empezar a ajustarle y dolerle
mucho los zapatos. Primera vez que se los ponía y no tenía otro par, digno de
aquella noche. Mateo dijo entonces, sentándose y con una terrible mueca de
dolor:
—Yo no voy. Me duelen mucho. No
puedo casi dar paso…
José le rogó:
—Pero fíjate que es el alcalde!
¡Fíjate el honor que vas a tener de comer con su familia y el subprefecto, los
docto-res y lo mejor de Coica! ¡Anda! ¡No seas zonzo! Ya verás que si vas al
banquete, nos van a invitar siempre, a todas partes, el juez, el médico y hasta
el diputado, cuando
54
venga. Y seremos nosotros también
considerados después como personas decentes de Coica. De esta noche depende
todo. Y vas a ver. Todo está en entrar en la sociedad, y el resto ya vendrá: la
fortuna, los honores. Con buenas rela-ciones, conseguiremos todo. ¿Hasta cuándo
vamos a ser obreros y mal considerados? ...
Ya se hacía tarde y se acercaba
la hora del banquete. Tras de muchos ruegos de José, Mateo, sobreponiéndose al
do-lor de sus zapatos, afrontó el heroísmo de ir a la fiesta. Mateo sufría lo
indecible. Iba cojeando, sin poderlo evitar. Al entrar a los salones del
alcalde, entre la multitud de cu-riosos del pueblo, con algo tropezó el pie que
más le apre-taba y le dolía. Casi da un salto de dolor, en el preciso ins-tante
en que la mujer del alcalde aparecía a recibirle a la puerta. Mateo Marino
transformó entonces y sin darse cuenta cómo, su salto de dolor, en un
genuflexión mun-dana, improvisada e irreprochable. Mateo saludó con per-fecta
corrección:
—¡Señora, tanto honor!...
Estrechó la mano de la alcaldesa
y fue a tomar asiento, con paso firme, desenvuelto y casi flexible. El puente
de la his-toria, el arco entre clase y clase, había sido salvado. La mujer del
alcalde le decía, días después, a su marido:
—¡Pero resulta que Marino es un
encanto! Hay que invi-tarle siempre.
En Coica no tenían los Marino más
familia que Cucho, hijo de Mateo y de una chichera que huyó a la costa con otro
amante.
Mateo vivía ahora en una gran
casa, que comunicaba con el bazar, ambos —casa y establecimiento— de propiedad
de la firma “Marino Hermanos”. Allí, en una de las habi-taciones de esa casa,
estaban ahora conferenciando acerca
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de sus negocios y proyectos.
—¿Y cómo dejas los asuntos en
Quivilca? —preguntó más tarde Mateo a su hermano.
—Así, así... Los gringos son
terribles. Míster Taik, sobre todo, no se casa ni con su abuela. ¡Qué hombre!
Me tiene hasta las orejas.
—Pero, hermano, hay que saber
agarrarlo...
—¡Agarrarlo! ¡Agarrarlo!
—-repitió José con sorna y es-cepticismo—. ¿Tú piensas que yo no he ensayado ya
mil formas de agarrarlo?... Los dos gringos son unos pendejos. Casi todos los
días los hago venir a los dos al bazar, va-liéndome de Machuca, de Rubio, de
Baldazari. Vienen. Se bebe. Yo les invito casi siempre. Con frecuencia, los
meto con mujeres. Nos vamos de juerga al campamento de peo-nes. Muchas veces,
los invito a comer. En fin... Hasta de alcahuete les sirvo...
—¡Eso es! ¡Así hay que hacerlo!
—¿Sabes la que le he metido en la
cabeza a míster Taik? —le dijo José riendo—. Como yo sé que es un mujerero
endemoniado, le he dicho que la mujer de Rubio se muere por él. Se lo he dicho
el día de mi viaje, porque como aca-baba de joderme con la cuestión de los
peones, yo quise engatusármelo así, para que se ablandara y retirase su
exi-gencia de los cien peones para este mes...
—¿Y qué resultó?
—Nada. El gringo sólo se reía
como un idiota. Más a más, casi me oye y se da cuenta Rubio. Después, quise
embo-rracharlo y tampoco se ablandó. Por último, llamé a Bal-dazari y le dije
que viese la manera de tocarle el punto a lo disimulado. Pero tampoco hubo
manera de agarrarlo. Con Baldazari se hacía el cojudo. ¡Total, nada!
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—¿Pero, en verdad, está la mujer
de Rubio enamorada de él, o tú le sacaste ésa?
—¡Qué va a estar enamorada,
hombre! Yo se le saqué ésa sólo por halagarlo y por ver qué resultaba. Si el
gringo se hubiera entusiasmado, la mujer de Rubio y Rubio mismo se habrían
hecho de la vista gorda. Tú conoces ya lo que es Rubio: con tal de sacar algo,
vende hasta a su mujer...
—Bueno —dijo Mateo—. Hay que
dormir ya. Tú estás rendido y mañana tenemos mucho que hacer... ¡Laura! —
gritó, parándose en la puerta del cuarto.
—¡Ahí voy, señor! —respondió
Laura desde la cocina.
Laura, una india rosada y fresca,
bajada de la puna a los ocho años y vendida por su padre, un mísero aparcero,
al cura de Coica, fue traspasada, a su vez, por el párroco a una vieja
hacendada de Sonta, y luego, seducida y raptada, hacía dos años, por Mateo
Marino. Laura desempeñaba en casa de “Marino Hermanos” el múltiple rol de
cocinera, lavandera, ama de llaves, sirvienta de mano y querida de Mateo.
Cuando José venía de Quivilca, por pocos días a Coica, Laura solía acostarse
también con él, a escondidas de Mateo. Este, sin embargo, lo había sospechado
y, más aún, últimamente, de la sospecha, pasó a la certidumbre. Pero el juego
de Laura no parecía incomodar a “Marino Hermanos”. Al contrario, los brazos de
la criada parecían unirlos y estrecharlos más hondamente. Lo que en otros
habría encendido celos, en “Marino Hermanos” avivó la fraternidad.
Cuando Laura entró al cuarto
donde estaban los Marino, éstos la observaron de reojo y largamente: José, con
ape-tito, y Mateo, un tanto receloso. Mientras Laura sirvió la comida, los dos
hermanos no la habían hecho caso, absor-
57
bidos como estaban por los
negocios, Pero ahora, que ve-nía el sueño, y se acercaba el instante de la
cama, Laura despertó de pronto una viva atención en “Marino Herma-nos”.
—¿Ya está lista la cama de José?
—le preguntó Mateo.
—Ya, señor —respondió Laura.
—Bueno. ¿Has dado de comer al
caballo?
—Sí, señor. Le he echado un
tercio de alfalfa.
—Bueno. Ahora, más tarde, cuando
se enfríe más, le qui-tas la montura y le echas otro tercio.
—Muy bien, señor.
—Y bien de mañana, anda donde el
tuerto Lucas y dile que vaya a traerme la mula negra. Dile que esté aquí, a lo
más, a las nueve de la mañana. Sin falta. Porque tengo que ir a la chacra...
—Muy bien, señor. ¿No necesitan
otra cosa?
—No, Puedes ir a acostarte.
Laura hizo un gesto de sumisión.
—Buenas noches, señores —dijo, y
salió inclinada.
Los hermanos Marino miraron
largamente el esbelto y ro-busto cuerpo de Laura, que se alejaba a paso tímido,
las polleras granates cubriéndole hasta los tobillos, la cintura cadenciosa y
ceñida, los hombros altos, el pelo negro y en trenzas lacias, el porte
seductor.
Las camas de José y de Mateo
estaban en un mismo cuarto. Una vez los dos acostados y apagada la vela, reinó
en toda la casa un silencio completo. Ni uno ni otro tenían sueño, pero los dos
fingieron quedar dormidos. ¿Cavilaban en los
58
negocios? No. Cavilaban en Laura,
que estaba ahora ha-ciendo su cama en la cocina. Se oyó de pronto unos pasos de
la muchacha. Después, un leve ruido del colchón de paja, al ser desdoblado.
Luego, Laura, poniéndose a re-mendar un zapato, se compuso el pecho. ¿En qué
pensaba, por su parte, Laura? ¿En ir a desensillar el caballo y echarle el otro
tercio? No. Laura pensaba en “Marino Her-manos”.
Laura, por haber vivido, desde su
niñez, la vida de provin-cia, se había afinado un poco, tomando muchos hábitos
y preocupaciones de señorita aldeana. Sabía leer y escribir. Con lo poco que le
daba Mateo, se compraba secretamente aretes y vinchas, pañuelos blancos y
medias de algodón. También se compró un día una sortija de cobre y unos
za-patos con taco. Uno que otro domingo iba a misa, bien temprano, antes que se
levantase su patrón y amante. Y Laura, sobre todo, se había impregnado de un
erotismo vago y soñador. Tenía veinte años. ¿Quiso alguna vez a un hombre?
Nunca. Pero habría deseado querer. Por su patrón sentía más bien odio, aunque
este odio anduviese disfra-zado, dorado o amordazado por un sentimiento de
vanidad de aparecer como la querida del señor Mateo Marino, uno de los más
altos personajes de Golea. Pero el odio existía. Íntimamente, Laura
experimentaba repugnancia por su pa-trón, cuarentón colorado, medio legañoso,
redrojo, gro-sero, sucio, tan avaro como su hermano y que, por su parte, tampoco
sentía el menor afecto por su cocinera. Cuando había gente en casa de “Marino
Hermanos5’, Mateo osten-taba un desprecio encarnizado e insultante por Laura, a
fin de que nadie creyese lo que todo el mundo creía: que era su querida. Y esto
le dolía profundamente a Laura.
Con José, otras eran sus
relaciones. Como José no podía
59
poseerla por la fuerza y a la
descubierta, puesto que su her-mano estaba con ella, la venció y la retenía con
la astucia y el engaño. José la hizo entender que Mateo era un tonto, que no la
quería y que haría con ella, a la larga, lo que hizo con la madre de Cucho:
someterla a la miseria, obligán-dola a escaparse con el primer venido. Le dijo,
de otro lado, que él, José, en cambio, la amaba mucho y la haría su “querida de
asiento” el día en que Mateo la abandonase. Además, José, contrariamente a lo
que hacía Mateo —que nunca prometió a Laura nada—, le prometía siempre darle
dinero, aunque nunca, en realidad, le dio nada. En resu-men, José sabía
engañarla, halagándola y mostrándose apasionado, cosa ésta que Laura no
advirtió nunca en Ma-teo. El propio género de relaciones culpables que los
unía, azuzaba, de una parte, a José a no ser seco y brutal como su hermano, y
de otra parte, a Laura —mujer, al fin—, a sostener y prolongar indefinidamente
este juego con “Ma-rino Hermanos”. En ello había también en Laura mucho de
venganza a los desprecios de Mateo. Con todo, y exa-minando las cosas en
conjunto, tampoco amaba Laura a José Marino, ni mucho menos. Ella no sabía, de
otro lado, si, en el fondo, le detestaba tanto como a su hermano. Pero, en todo
caso, sentía que lo que había entre ella y José era algo muy inconsistente,
difuso, frágil, insípido. Muchas veces, pensándolo, Laura se daba cuenta que no
sentía nada por este hombre. Y, si más lo pensaba, llegaba a aper-cibirse, en
fin, de que le odiaba....
En esto meditaba Laura,
remendando su zapato.
Los hermanos Marino, en sus
camas, meditaban, el uno, José, ansiosamente, en Laura, y el otro, Mateo, con
cierto malestar, en Laura y en José. Este quería ir a la cocina. Mateo no
quería que José pudiera ir a la cocina. José es-peraba que Mateo se quedase
dormido. Aun cuando estaba
60
convencido de que Mateo lo sabía
todo, estaba también ahora convencido de que Mateo se haría el desentendido y
de que tendría que quedarse, tarde o temprano, dormido. Sin embargo, las
suposiciones de José no correspondían del todo a la realidad del pensamiento y
la voluntad de Mateo. Por primera vez, esta noche, Mateo sentía una es-pecie de
celos vagos e imprecisos. A Mateo, en verdad, le dolía que José fuese a la
cocina. ¿Por qué? ¿Por qué está noche tales reparos y no las otras veces?...
Pasó largo rato, las cosas así en
la cabeza de Laura y en la doble cabeza de “Marino Hermanos”. Estos oyeron
luego que Laura salía a desensillar el caballo y a echarle el otro tercio de
alfalfa. El ruido de sus pasos era blando, casi ater-ciopelado y voluptuoso,
pues Laura llevaba zapatos llanos. Oyéndola, el deseo se avivó en José. Le vino
entonces ga-nas de tragar saliva y no lo pudo evitar. Mateo, oyendo la
deglución salival de su hermano, se aseguró entonces de que éste desvelaba y
sus resquemores se avivaron.
Laura volvió a la cocina y cerró
de golpe la puerta. Los hermanos Marino se estremecieron. ¿Qué quería decir
esta manera brusca de cerrar la puerta? José se dijo que se tra-taba de un
signo tácito, con el cual Laura quería indicarle que pensaba en él y que la
noche era propicia a los idilios. Mateo dudaba entre esto que se decía José y
la idea de que, con aquel portazo, Laura trataba, por el contrario, de
sig-nificarle a él, Mateo, su decisión resuelta e inalterable de guardarle
fidelidad. Pero José ya no podía contener sus instintos. Se dio una vuelta
violenta en la cama. Después se oyó el ruido del colchón de paja, cuando el
joven cuerpo de la cocinera cayó y se alargó sobre él. El deseo poseyó entonces
por igual a ambos hombres. Los lechos se hacían llamas. Las sábanas se
atravesaban caprichosamente. La atmósfera del cuarto se llenó de imágenes ...
José y Mateo
61
Marino se hallaron, un instante,
de espaldas uno al otro, sin saberlo...
Mateo saltó de repente de su
cama, y José, al oírle, sintió que le subía la sangre de golpe a la cabeza.
¿Dónde iba Mateo? Un celo violento de animal poseyó a José. Mateo tiró
suavemente de la puerta y salió descalzo al corredor. Mateo sabía que su hermano
lo estaba oyendo todo, pero él era, al fin y al cabo, el dueño oficial de esa
mujer, y el deseo le tenía trastornado. José oyó luego que Mateo ras-guñaba la
puerta de la cocina, rasguño en el que Laura re-conoció a su amante de todos
los días. La rabia le hacía a José castañetear los dientes, de pie y pegada la
oreja a la puerta del dormitorio fraternal. ¿Abriría Laura? Esta misma vaciló
un instante en abrir. Hasta el propio Mateo dudó de si Laura le recibiría. Mas,
al fin, habló y triunfó en la cocinera el sentimiento de esclavitud al patrón
de “asiento”. Cuando ya Laura empezó a deslizarse lenta-mente del colchón de
paja, de puntillas y en la oscuridad, Mateo, a quien la demora de Laura
enardecía hasta hacerle perder la conciencia, volvió a rasguñar la puerta, esta
vez ruidosamente. Laura tropezó, por la prisa, en el batán de la cocina, y se
oyó un porrazo en el suelo. Después se abrió la puerta y Mateo, temblando de
ansiedad, entró. José se había apercibido de toda esta escena en sus menores
deta-lles y tornó a su cama. El dolor de su carne sedienta y la idea que se
hacía de lo que pasaba en esos momentos entre Laura y su hermano, le hacían
retorcerse angustiosamente entre las sábanas y le arrancaban ahogados rugidos
de bes-tia envenenada.
Lo que sucedió en la cocina fue
en el suelo. Laura acababa de caer junto al batán y se luxó la muñeca de una
mano, un hombro y una cadera. Gemía en silencio y la muñeca le sangraba. Pero
nada pudo embridar los instintos de Mateo,
62
al comienzo, la tomó la mano,
acariciándola y lamiendo la sangre. Un momento después, apartó brutalmente la
mu-ñeca herida de Laura, y, según su costumbre, lanzó unos bufidos de animal
ahíto. Ni Laura ni Mateo habían pro-nunciado palabra en esta escena. Mateo se
puso de pie, y, con sumo tiento, ganó la puerta, salió y volvió a cerrarla
despacio. Se paró al borde del corredor y orinó largo rato. José sintió que una
ola de bochorno recorría sus miembros, jaló las frazadas y se tapó hasta la
cabeza. Al entrar Mateo al cuarto, por las amplias espaldas de José descendió
un sudor caliente y casi cáustico.
Laura quedó tendida en el suelo,
llorando. Probó de levan-tarse y no pudo. La cadera le dolía como quebrada.
Una vez en su cama, Mateo sintió
frío. Según sus cálculos, y aunque José daba señas de dormir, estaba Mateo
cierto de que no dormía. ¿Insistiría José en ir a la cocina? Era muy probable.
Sí. José quería siempre ir a la cocina. Pero Mateo ya no sentía ahora celos de
su hermano. Imagi-nando a José en brazos de Laura, ya no se incomodaba. Un
sopor espeso e irresistible empezó a invadirle, y, cuando, unos minutos
después, José abrió a su turno y de golpe la puerta y salía Mateo no lo oyó,
pues roncaba profunda-mente.
José empujó violentamente la
puerta de la cocina y entró, Laura se incorporó vivamente, a pesar de sus
dolores.
Al tanteo, la buscó José en la
oscuridad. La tocó al fin. Su mano, ávida y sudorosa, cayendo como una araña
gorda en los senos medio desnudos de la cocinera, la quitó el aliento. Un beso
apretado y largó unió los labios humede-cidos aún de lágrimas de Laura, a la
callosa boca encres-pada de José. Laura cesó de llorar y su cuerpo cimbróse,
templándose. Laura deseaba, pues, a José, ¿y precisamente a José? No. Cualquier
otro hombre, que no fuese Mateo,
63
habría provocado en ella idéntica
reacción. Lo que bastaba a Laura para reaccionar así, era un otro contacto que
no fuese el conocido y estúpido del patrón cotidiano. Y si este nuevo contacto
venía, además, apasionado, mimoso y, lo que es más importante, envuelto en las
sombras de lo prohibido, se explica aún mejor por qué Laura acogía a José
Marino de una manera distinta que a Mateo Marino. Laura, la campesina —lo hemos
dicho ya—, había adqui-rido muchos modos de conducta de señorita aldeana, y,
entre éstos, el gusto del pecado.
Al entrar José en los brazos de
la cocinera, del cuerpo de ésta salió una brusca y turbadora emanación. José
sintió una extraña impresión y permaneció inmóvil un momento. ¿Qué olor era ese
—mitad de mujer y otra mitad descono-cida—, que le daba así en el olfato,
desconcertándole? ¿De dónde salía? ¿Era el olor de Laura? ¿Y solamente de
Laura? José pensó instantáneamente en su hermano. Un calofrío de pudor —de un
pudor profundamente humano y tormentoso— le sobrecogió. Sí. Mateo acababa de
pasar por allí. Sus instintos viriles retrocedieron, como retrocede o resbala
un potro desbocado, al borde de un precipicio. Mas eso duró un segundo. El
animal caído volvió a pararse y, desatentado y ciego, siguió su camino.
Si no olvidamos que José no hacía
más que engañar a Laura y que la caricia y la promesa terminaban una vez
saciados sus instintos, se comprenderá fácilmente por qué José se alejase, unos
minutos más tarde, de Laura, dicién-dole desdeñosamente y en voz baja:
—Y para esto he esperado horas
enteras...
—¡Pero, oiga usted, don José! —le
decía Laura, supli-cante—. No se aleje usted, que voy a decirle una cosa.
64
José, incomodándose y sin
acercarse a la cocinera, respon-dió :
—¿Qué cosa?
—Yo creo que estoy preñada...
—¿Preñada? ¡No friegues, hombre!
—dijo José con una risa de burla.
—Sí, don José, sí. Yo sé que
estoy preñada.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque tengo vómitos todas las
mañanas...
—¿Y desde cuándo crees que estás
preñada?
—Yo no sé. Pero estoy casi
segura.
—¡Ah! —gruñó José Marino,
malhumorado—. ¡Eso es una vaina! ¿Y qué dice Mateo?
—Yo no le he dicho nada.
—¿No le has dicho nada? ¿Y por
qué no le has dicho?
Laura guardó silencio. José
volvió a decirle:
—Responde. ¿Por qué no se lo has
dicho a él?
Este él sonó y se irguió entre
José y Laura como una pared divisoria entre dos lechos. Laura y José conocían
muy bien el contenido de esa palabra. Este él era el padre presunto, y José
decía él por Mateo, mientras que Laura pensaba que él no era precisamente
Mateo, sino José. Y la cocinera vol-vió, por eso, a guardar silencio.
— ¡Eso va a ser una vaina!
—repitió José, disponiéndose a partir.
Laura trató de retenerlo con un
gemido:
—¡Sí, sí! Porque yo no estoy
preñada de su hermano, sino de usted...
65
José rio en la oscuridad,
mofándose:
—¿De mí? ¿Preñada de mí? ¿Quieres
echarme a mí la pe-lota de mi hermano?
—¡Sí! ¡Sí, don José! ¡Yo estoy
preñada de usted! ¡Yo lo sé! ¡Yo lo sé! ¡Yo lo sé!...
Un sollozo la ahogó, José
argumentaba:
-—Pero si yo no he estado contigo
hace ya más de un mes...
—¡Sí, sí, sí, sí!... Fue la
última vez. La última vez...
—¡Pero tú no puedes saber
nada!... ¿Cómo vas a saberlo, cuando, muchas veces, en una misma noche, has
dormido conmigo y con Mateo? ...
Laura, en ese momento, sintió
algo que la incomodaba. ¿Era el sudor? ¿Era la posición en que esta su cuerpo?
¿Eran sus luxaciones? Cambió de posición y algo resbaló por el surco más
profundo de su carne... Instantáneamente, cruzó por el corazón de Laura una
duda compacta, tene-brosa, inmensa. En efecto. ¿Cómo iba a saber cuál de los
dos Marino era el padre de su hijo? Ahora mismo, en ese momento, ella sentía
oscuramente gravitar y agitarse en sus entrañas de mujer las dos sangres de
esos hombres, confundidas e indistintas. ¿Cómo diferenciarlas?
—¿Pero cómo vas a saberlo?
—repetía José imperiosa-mente.
Laura iba a responder un
disparate, pero se contuvo. No. El hijo no podía ser de los dos hermanos
Marino. Un hijo tiene siempre un solo padre. La cocinera, sintiéndose en el
colmo de su terrible incertidumbre, lanzó un sollozo entra-ñable y desgarrador.
José salió y cerró la puerta silencio-samente.
66
* * *
Al otro día, a las diez de la
mañana, los hermanos Marino fueron a ver al subprefecto Luna, por el asunto de
los peo-nes. Cuando llegaron a la subprefectura, Luna acababa de afeitarse.
—Antes que nada —dijo el viejo subprefecto, en tono campechano— van a probar
ustedes lo que es rico.
Sacó de la otra pieza una botella
y unas copas, añadiendo alborozado:
—Adivinen ustedes de dónde
viene...
—¿Del chino Chank?
—No, señor —exclamaba Luna,
sirviendo él mismo el pisco.
—¿De la vieja Mónica?
—Tampoco.
—¿De casa del juez?
—Menos.
José tomó la primera copa y dijo,
saboreándose:
—¿Del cura Velarde?
—¡Eso es!
—¡Pero es estupendo!
—¡Formidable!
—¡Cojonudo!
A la tercera copa, Mateo le dijo
al subprefecto:
—Necesitamos, querido
subprefecto, dos gendarmes.
—¿Para qué, hombre?... —respondió
en broma y ya algo chispo, el viejo Luna—. ¿A quién van a echar bala?...
67
José alegó:
—Es para ir a ver a unos peones
prófugos. ¡Qué quiere usted! La “Mining Society” nos obliga a poner en las
mi-nas cien peones de aquí a un mes. La oficina. de Nueva York exige más
tungsteno. Y los cholos que tenemos “so-corridos”, se resisten a cumplir sus
contratos y a salir para Quivilca...
El subprefecto se puso serio,
argumentando:
—Pero es el caso que yo no
dispongo ahora de gendarmes. Los pocos que tengo, faltan para tomar a mis
conscriptos. Yo también, como ustedes saben, estoy en apuros. El pre-fecto me
obliga a enviarle para el primero del mes pró-ximo, lo menos cinco conscriptos.
¡Y los cholos se han vuelto humo!... No tengo sino dos en la cárcel.
Precisa-mente... —dijo, volviéndose a la puerta de su despacho, que daba sobre
la plaza, y llamando en voz alta:
—¡Anticona!...
—¡Su señoría! —respondió un
gendarme, apareciendo al instante, cuadrándose y saludando militarmente desde
la puerta.
—¿Salieron los gendarmes por los
conscriptos?
—Sí, su señoría,
—¿A qué hora?
—A la una de la mañana, su
señoría.
—¿Cuántos han salido?
—El sargento y tres soldados, su
señoría.
—¿Y cuántos gendarmes hay en el
cuartel?
—Dos, su señoría.
—¡Ya ven ustedes! —dijo el
subprefecto, volviéndose a
68
“Marino Hermanos”—. Tengo los
justos para el servicio. Nada más que los justos. ¡Esto es una broma! Porque
los mismos gendarmes se hacen los rengos. No quieren secun-darme. Son unos
borrachos. Unos haraganes. Con tal de que me traigan los conscriptos, les he
prometido ascender-los y premiarlos, y les he dado su pisco, su coca, sus
ciga-rros y, en fin, les he autorizado a que hagan lo que quieran con los
indios. ¡Látigo o sable, no me importa! A mí lo que me importa es que me
traigan gente, sin pararse en mientes ni en contemplaciones...
Luna tomó una expresión de
crueldad escalofriante. El or-denanza Anticona volvió a saludar y se retiró con
la venia del subprefecto. Este se paseaba, pensativo y ceñudo, y “Marino
Hermanos” estaban de pie, muy preocupados.
—¿A qué hora volverán los
gendarmes con los conscrip-tos? —preguntó José a la autoridad,
—Supongo que en la tarde, a eso
de las cuatro o cinco. — Bueno. Entonces los gendarmes pueden ir con nosotros
por los peones, en la noche, entre ocho y nueve, por ejem-plo.
—Allí veremos. Porque como se han
levantado tan tem-prano, los gendarmes van a querer descansar esta noche.
—¿Entonces? —dijo José
contrariado—. Porque la “Mi-ning Society” nos exige...
—De otra manera —agregó Mateo—,
si no se nos propor-ciona los gendarmes que necesitamos, nos será
completa-mente imposible cumplir con la empresa.
Porque en el Perú, y
particularmente en la sierra, a los obreros les hacen cumplir los patrones sus
contratos civi-les, valiéndose de la Policía. La deuda del obrero es coer-cible
por la fuerza armada, como si se tratara de un delito. Más todavía. Cuando un
obrero se “socorre”, es decir,
69
cuando vende su trabajo,
comprometiéndose a darlo en una fecha más o menos fija a las empresas
industriales, nacionales o extranjeras, y no llega a darlo en la fecha
es-tipulada, es perseguido por las autoridades como un crimi-nal. Una vez
capturado, y sin oír defensa alguna de su parte, se le obliga, por la fuerza, a
prestar los servicios pro-metidos. Es, en pocas palabras, el sistema de los
trabajos forzados.
—En fin —repuso el subprefecto,
en tono conciliador—, Ya veremos el modo de arreglarnos y conciliar intereses.
Ya veremos. Tenemos tiempo...
Los hermanos Marino, despechados,
refunfuñaron a una voz:
—Muy bien. Perfectamente...
El subprefecto sacó su reloj:
—¡Las once menos cuarto!
exclamó—. A las once tene-mos sesión de la Junta Conscriptora Militar...
Y, precisamente, al instante,
empezaron a llegar al despa-cho subprefectural los miembros de la Junta. El
primero en llegar fue el alcalde Parga, un antiguo montonero de Cáceres, muy
viejo y encorvado, astuto y ladrón empeder-nido. Después llegaron juntos el
juez de primera instancia, doctor Ortega, el médico provincial, doctor Riaño, y
el ve-cino notable de Coica, Iglesias, el más rico propietario de la provincia.
El doctor Ortega sufría de una furunculosis permanente y, originario de Lima,
llevaba ya en Coica unos diez años de juez. Una historia macabra se contaba de
él. Había tenido una querida, Domitila, a quien parece llegó a querer con
frenesí. Pero Domitila murió hacía un año. La gente refería que el doctor
Ortega no podía olvidar a Domitila y que una noche, pocas semanas después del
entierro, fue el juez en secreto, y disfrazado, al cementerio
70
y exhumó el cadáver. Al doctor
Ortega le acompañaron en este acto dos hombres de toda su confianza. Eran éstos
dos litigantes de un grave proceso criminal, a favor de los cua-les falló
después el juez, en pago a sus servicios de esa noche. Mas, ¿para qué hizo el
doctor Ortega semejante ex-humación? Se refería que, una vez sacado el cadáver,
el juez ordenó a los dos hombres que se alejasen, y se quedó a solas con
Domitila. Se refería también que el acto solita-rio—qua nadie vio, pero del que
todos hablaban—, que el doctor Ortega practicara con el cuerpo de la muerta,
era una cosa horrible, espantosa... ¿Era esto cierto? ¿Era, al menos
presumible? El juez, a partir de la muerte de Domi-tila, tomó un aire
taciturno, misterioso y, más aún, extraño e inquietante. Salía poco a la calle.
Se decía, asimismo, que vivía ahora con Genoveva, una hermana menor de
Do-mitila. ¿Qué complejo freudiano y qué morbosa realidad se ocultaban en la
vida de este hombre? Barbudo, medio cojo, con un algodón o venda siempre en el
cuello, empon-chado y recogido, cuando pasaba por la calle o asistía a un acto
oficial, miraba, vagamente a través de sus anteojos. La gente experimentaba, al
verle, un malestar sutil e inso-portable. Algunos se tapaban las narices.
El médico Riaño era nuevo en
Coica. Joven de unos treinta años, y según se decía, de familia decente de lca,
vestía con elegancia y tenía una palabra fácil y florida. Se decla-raba con
frecuencia un idealista, un patriota ardiente, aun-que, en el fondo, no podía
esconder un arribismo exacer-bado. Soltero y bailarín, tenía locas por él a las
muchachas del lugar.
En cuanto al viejo Iglesias, su
biografía era muy simple: las cuatro quintas partes de las fincas urbanas de
Coica, eran de su exclusiva pertenencia. Tenía, además, una rica hacienda de
cereales y cría, “Tobal”, cuya extensión era
71
tan grande, su población de
siervos tan numerosa y sus ga-nados tan inmensos, que él mismo ignoraba lo que,
a cien-cia cierta, poseía. ¿Cómo adquirió Iglesias tamaña for-tuna? Con la
usura y a expensas de los pobres, Sus robos fueron tan ignominiosos, que
llegaron a ser temas de ya-ravíes, marineras y danzas populares. Una de éstas
rezaba así:
Ahora sí que te conozco
que eres dueño de Tobal
con el sudor de los pobres
que les quitaste su pan…
con el sudor de los pobres
que les quitaste su pan...
Una numerosa familia rodeaba al
gamonal. Uno de sus hi-jos, el mayor, estaba terminando sus estudios para
médico en Lima, y ya se anunciaba su candidatura a la diputación de la
provincia,
El subprefecto Luna poseía una
ejecutoría administrativa larga y borrascosa. Capitán de gendarmes retirado,
seduc-tor y jugador, disponía de un ingenio para la intriga extra-ordinario.
Nunca, desde hacía diez años, le faltó puesto público. Con todos los diputados,
ministros, prefectos y senadores, estuvo siempre bien. Sin embargo, a causa de
su crueldad y falta de tino, no duraba en los puestos. Es así como había
recorrido casi toda la república de subpre-fecto, comisario, mayor de guardias,
jefe militar, etc., etc. Una sola cosa daba unidad a su vida administrativa:
los disturbios, motines y sucesos sangrientos que en todas par-tes provocaba,
en razón de sus intrigas, intemperancias y vicios.
Una vez que los hermanos Marino
salieron de la subpre-fectura, la sesión de la Junta Conscriptora Militar quedó
72
abierta. Leyó el acta anterior el
secretario del subprefecto, Boado, un joven lleno de barros en la cara, ronco,
de buena letra y muy enamorado. Nadie formuló observación al-guna al acta. Luna
dijo luego a su secretario:
—Dé usted lectura al despacho.
Boado abrió varios pliegos y
empezó a leer en voz alta:
—Un telegrama del señor prefecto
del Departamento, que dice así: “Subprefecto. Coica. Requiérole contingente
san-gre fin mes indefectiblemente. (Firmado). Prefecto Le-desma”.
En ese momento llenó la plaza un
ruido de caballería, acompañado de un murmullo de muchedumbre. El subpre-fecto
interrumpió a su secretario vivamente:
—¡Espérese! Allí vienen los
conscriptos...
El secretario se asomó a la
puerta.
—Sí. Son los conscriptos —dijo—.
Pero viene con ellos mucha gente....
La Junta Conscriptora suspendió
la sesión y todos sus miembros se asomaron a la puerta. Una gran muchedum-bre
venía con los gendarmes y los conscriptos. Eran, en su mayoría, curiosos,
hombres, mujeres y niños. Observaban a cierta distancia y con ojos absortos, a
dos indios jóvenes
—los conscriptos— que avanzaban a
pie, amarrados por la cintura al pescuezo de las cabalgaduras de los gendar-mes
montados. Tras de cada conscripto, venía su familia llorando. El sargento se
detuvo ante la puerta de la supre-fectura, bajó de su caballo, se cuadró ante
la Junta Cons-criptora y saludó militarmente:
—¡Traemos dos, su señoría! —dijo
en voz alta y dirigién-dose al subprefecto.
73
—¿Son conscriptos? —preguntó
Luna, muy severo.
—No, su señoría. Los dos son
“enrolados”.
Algo volvió a preguntar el
subprefecto, que nadie oyó a causa del vocerío de la multitud. El subprefecto
levantó más la voz, golpeándola imperiosamente:
—¿Quiénes son? ¿Cómo se llaman?
—Isidoro Yépez y Braulio
Conchucos, su señoría.
Un viejo muy flaco, cubierto
hasta las orejas con un enorme sombrero de junco, doblado el poncho al hombro,
la chaqueta y el pantalón en harapos, uno de los llanques en la mano, se abrió
camino entre la multitud y llegó hasta el subprefecto.
—¡Patroncito! ¡Taita! —dijo
juntando las manos lastimo-samente—. ¡Suéltalo a mi Braulio! ¡Suéltalo! ¡Yo te
lo pido, taita!
Otros dos indios cincuentones,
emponchados y llorosos, y tres mujeres descalzas, la liclla prendida al pecho
con una espina de penca, vinieron a arrodillarse bruscamente ante los miembros
de la Junta Conscriptora:
— ¡Por qué, pues, taitas! ¡Por
qué, pues, al Isidoro! ¡Pa-troncitos! ¡Suéltalo! ¡Suéltalo! ¡Suéltalo!
Las tres indias —abuela, madre y
hermana de Isidoro Yé-pez— gemían y suplicaban arrodilladas. El padre de
Brau-lio Conchucos se acercó y besó la mano al subprefecto. Los otros dos
indios —padre y tío de Isidoro Yépez—vol-vieron hacia éste y le pusieron su
sombrero.
A los pocos instantes había ante
la Subprefectura nume-roso pueblo. Bajó de su cabalgadura uno de los
gendar-mes. Los otros dos seguían montados, y junto a ellos esta-ban de pie los
dos “enrolados”, cada uno atado a la mula
74
de cada soldado. Braulio
Conchucos tendría unos veinti-trés años; Isidoro Yépez, unos dieciocho. Ambos
eran ya-naconas de Guacapongo. Ahora era la primera vez que ve-nían a Coica.
Analfabetos v desconectados totalmente del fenómeno civil, económico y político
de Coica, vivían, por así decirlo, fuera del Estado peruano y fuera de la vida
na-cional. Su sola relación con ésta y con aquél se reducía a unos cuantos
servicios o trabajos forzados que los yanaco-nas prestaban de ordinario a
entidades o personas invisi-bles para ellos: abrir acequias de regadío,
desmontar terre-nos salvajes, cargar a las espaldas sacos de granos, piedras o
árboles con destino ignorado, arrear recuas de burros o de mulas con fardos y
cajones de contenido misterioso, conducir las yuntas en los barbechos y las
cuadrigas de las trillas en parvas piramidales y abundantes, cuidar noches
enteras una toma de agua, ensillar y desensillar bestias, se-gar alfalfa y
alcacel, pastear enormes porcadas, caballadas o boyadas, llevar al hombro literas
de personajes extraños, muy ricos y muy crueles; descender a las minas, recibir
trompadas en las narices y patadas en los riñones, entrar a la cárcel, trenzar
sogas o pelar montones de papas, ama-rrados a un brazadero, tener siempre
hambre y sed, andar casi desnudos, ser arrebatados de sus mujeres, para el
pla-cer y la cama de los mandones, y mascar una bola de coca, humedecida de un
poco de cañazo o de chicha... Y, luego, ser conscriptos o ‘"enrolados”, es
decir, ser traídos a la fuerza a Coica, para prestar su servicio militar
obligatorio. ¿Qué sabían estos dos yanaconas de servicio militar obli-gatorio?
¿Qué sabían de patria, de gobierno, de orden pú-blico ni de seguridad y
garantía nacionales? ¡Garantías na-cionales! ¿Qué era eso? ¿Quiénes debían prestarlas
y quie-nes podían disfrutarlas? Lo único que sabían los indígenas era que eran
desgraciados. Y en cuanto a ser conscriptos, o “enrolados”, no sabían sino que,
de cuando en cuando
75
solían pasar por las jalcas y las
chozas los gendarmes, muy enojados, amarraban a los indios más jóvenes a la
baticola de sus mulas y se los llevaban, pegándoles y arrastrándoles al trote.
¿Adónde se los llevaban así? Nadie lo sabía tam-poco. ¿Y hasta cuándo se los
llevaban? Ningún indio cons-cripto o “enrolado” volvió ya nunca a su tierra.
¿Morían en países lejanos, de males desconocidos? ¿Los mataban, quién sabe,
otros gendarmes o sargentos misteriosos? ¿Se perdían tal vez por el mundo,
abandonados en unos cami-nos solitarios? ¿Eran, quién sabe, felices? No. Era
muy di-fícil ser felices. Los yanaconas no podían nunca ser feli-ces. Los
jóvenes conscriptos o “enrolados”, que se iban para no volver, eran seguramente
desgraciados.
Braulio Conchucos, por toda
familia, tenía su padre viejo y dos hermanos pequeños, una mujercita de diez y
un va-rón de ocho. Su madre murió de tifoidea. Dos hermanos mayores también
murieron de tifoidea, epidemia que arrasó mucha gente hacía cuatro o cinco años
en Cannas y sus alrededores. Pero el Braulio quería a la Bárbara, hija de unos
vecinos vaqueros de Guacapongo, y a quien pen-saba hacerla su mujer. Cuando
cayeron los soldados en la choza de Braulio, a las cinco de la mañana, y
todavía os-curo, los chicos se asustaron y se echaron a llorar. El pa-dre, al
partir, siguiendo al “enrolado”, les decía:
— ¡Váyanse onde la Bárbara!
¡Váyanse onde la Bárbara! ¡Que les den de almorzar ahí! ¡Váyanse! No se queden
aquí! ¡Váyanse! ¡Yo vuelvo pronto!¡Vuelvo con el Brau-lio! ¡Vuelvo! ¡Vuelvo!
Los chicos se agarraron
fuertemente a las piernas de Brau-lio y del viejo, llorando:
-¡No, no, taita! ¡No te vayas!
¡No nos dejes! ¡No te vayas!..
.
76
Uno de los gendarmes los tomó por
los brazos y los apartó de un tirón. Pero, al soltarlos para ir a montar, los
chicos se precipitaron de nuevo hacia el viejo y hacía Braulio, llorando
desesperadamente e impidiéndolos moverse. El padre los apartaba, consolándolos:
—¡Bueno! ¡Bueno! ¡Ya está! ¡Ya
está! ¡Cállense! ¡Vá-yanse! ¡Váyanse onde la Bárbara!
Braulio habría querido
abrazarlos, pero le habían ama-rrado los brazos a la espalda.
El sargento, ya a caballo,
vociferó con cólera:
—¡Arza, carajo, viejo cojudo!
¡Camina y no nos jodas más!. . ,
La comitiva arrancó. Tomó la
delantera el sargento al trote. Luego, un gendarme, con el otro conscripto,
Isidoro Yépez, a pie y atado a su mula. Y luego, otro gendarme, y, junto a él,
Braulio Conchucos, también a pie y atado a su cabalgadura. Un jalón repentino y
brutal tiró de la cintura a Braulio, que habría caído al suelo de no ir
amarrado es-trechamente al pescuezo de la bestia, y Braulio empezó a correr al
paso acelerado de las mulas. Cerraba la comitiva, a retaguardia, un tercer
gendarme, fumando su cigarro. Detrás, seguían las familias de los “enrolados”.
En el momento de ponerse en
camino la mula del gen-darme que llevaba a Braulio, éste, tirado por sus
amarras, dio el primer paso atropellando a sus hermanos, que caye-ron al suelo.
Braulio pisó sobre el vientre de la mujercita. Esta permaneció sin resuello
unos segundos, tendida. El chico volvió a levantarse, medio ciego y tonteado, y
siguió un trecho a Braulio y a su padre. Tropezó varias veces, a causa de la
oscuridad, en las piedras del angosto camino, hincándose en las pencas y en las
zarzamoras. El tumulto se alejó rápidamente. El chico se detuvo y cesó de
llorar,
77
para oír. Un silencio absoluto
imperó en torno de la choza. Luego sopló el viento unos segundos en los
guirnales plan-tados junto al pozo, La chica, al volver en sí, empezó a llorar,
llamando a gritos: —¡Taita! ¡Taita! ¡Taita! ¡Taita! ¡Braulio! ¡Juan!
Entonces Juan, el chico, volvió
corriendo a la choza. Los dos subieron a la barbacoa, se taparon con unas
jergas y se pusieron a llorar. Las siluetas de los gendarmes, pegándole al
viejo y al Braulio y amarrándolo a éste, entre gritos y vociferaciones, estaban
fijas en la retina de Juan y de su hermana. ¿Quiénes eran esos monstruos
vestidos con tan-tos botones brillantes y que llevaban escopetas? ¿De dónde
vinieron? ¿A qué hora cayeron en La choza? ¿Y por qué venían por el Braulio y
por el taita? ¡Y les habían pe-gado! ¡Les habían dado muchos golpes y patadas!
¿Por qué? ¿Serían hombres también como los demás? Juan lo dudaba, pero su
hermana, tragando sus lágrimas, le decía:
—Sí. Son como todos. Como taita y
como el Braulio. Yo les vi sus caras. Sus brazos también, y también sus manos.
Uno me tiró las orejas, sin que yo le haga nada...
La chica volvió a gemir, y Juan,
un poco sofocado y ner-vioso, le dijo:
—-¡Cállate! ¡Ya no llores, porque
van a volver otra vez a llevarnos!.., ¡Cállate! ¡Son los diablos! Tienen en la
cin-tura unas monturas. Tienen cabezas redondas y picudas. ¡Vas a ver, que van
a volver!
—Hablan como todos. Dijeron:
“¡Carajo! ¡No te escapa-rás!” “¡Viejo e mierda!” “¡Camina!” “¡Jijoputa!”...
Están vestidos como el burro mojino. Andan muy fuerte. ¿Has visto por onde se
fueron?
—Se fueron por la cueva, a la
carrera. ¡Van a volver! ¡Vas
78
a ver! ¡Han salido de la cueva!
¡Así decía mama! ¡Que sa-len de la cueva con espuelas y con látigos y en mulas
re-linchando y con patas con candelas!
— ¡Mientes! Mama no decía así.
¡Estos son cristianos, como nosotros! ¡Vas a ver que mañana volverán otra vez y
los verás que son cristianos! ¡Ahí verás! ¡Ahí verás!
Juan y su hermana guardaron
silencio. Seguían preguntán-dose a sí mismos por qué se llevaban al Braulio y
al taita. ¿Adonde se los llevaban? ¿Los volverán a soltar? ¿Cuándo los
soltarán? ¿Qué les harán?... Y la mujercita dijo, tran-quilizándose:
—¿Y los otros? ¿Y los hombres y
las mujeres que iban con ellos? ¿No ves? ¡Son cristianos! ¡Son cristianos! ¡Yo
sé lo que te digo!
—Los otros —argumentaba en tono
siempre febril y teme-roso Juan—, los otros sí son cristianos. Pero no son sus
compañeros. Los habrán sacado de sus chozas como al taita y al Braulio. Vas a
ver que a todos los van a meter en la cueva. ¡Vas a ver! ¡Antes que amanezca!
Ahí adentro tienen su palacio con unos diablos de reyes. Y hacen sus fiestas.
Mandan por gente para que sirvan a los reyes y vivan allí siempre. Unos se
escapan, pero casi todos mue-ren adentro. Cuando están ya viejos, los echan a
las can-delas para achicharrarlos vivos. Uno salió una vez y contó a su familia
todo...
La hermana de Juan se había
quedado dormida. Juan si-guió pensando mucho rato en los gendarmes, y cuando
asomaba el día, empezó a tener frío y se durmió.
Guacapongo estaba lejos de Coica.
Los gendarmes, para poder llegar a Coica a las once del día, tuvieron que andar
79
rápido, y, con frecuencia, al
trote. Las familias de los “en-rolados” se quedaban a menudo rezagadas. Pero
los dos “enrolados”, quieran o no quieran, iban al paso de las bes-tias. Al
principio caminaron con cierta facilidad. Luego, a los pocos kilómetros
recorridos, empezaron a flaquear. Les faltaba fuerzas para avanzar pareja con
las bestias. Eran diestros y resistentes para correr los yanaconas, mas esta
vez la prueba fue excesiva.
El camino, desde Guacapongo hasta
Coica, cambiaba a menudo de terreno, de anchura y de curso; pero, en gene-ral,
era angosto, pedregoso, cercado de pencas y de rocas y, en su mayor parte, en
zig-zags, en agudos meandros, cerradas curvas, cuestas a pico y barrancos
imprevistos.
Dos ríos, el Patarati y el
Huayal. atravesaron sin puente. La primavera venía parca en aguas, pero las del
Huayal arrastraban todo el año, en esa parte, un volumen encajo-nado y siempre
difícil y arriesgado de pasar.
Un metido de velocidad tremendo
tuvo lugar entre las bes-tias y los “enrolados”. Los gendarmes picaban sus
espue-las sin cesar y azotaban a contrapunto sus mulas. El galope fue continuo,
pese a la tortuosidad y abruptos accidentes de la ruta. Las bestias, mientras
fue de noche, se encabri-taron muchas veces, resistiéndose a salvar un
precipicio, un lodazal, un riachuelo, o una valía. El sargento, furi-bundo,
enterraba entonces sus espuelas hasta los talones en los ijares de su caballo y
lo cruzaba de riendazos por las orejas y en las ancas, destapándose en ajos y
cebollas. Se desmontaba. Sacaba de su alforja de cuero una botella de pisco,
bebía un gran trago y ordenaba a los otros gen-darmes que hicieran lo propio.
Luego llamaba a los deudos de los “enrolados” y les obligaba a empujar al
animal. Al fin, las bestias eran empujadas. Tras de un pataleo angus-tioso en
el lodazal, hundidos hasta el pecho, volvían a salir
80
al otro lado del camino. ¿Y los
“enrolados”? ¿Cómo sal-vaban éstos los malos pasos? Como las bestias. Sólo que,
a diferencia de ellas, los “enrolados” no ofrecían la menor resistencia. La
primera vez que estuvieron ante las gradas de un acantilado a pico y en el que
no había la menor traza de camino, Isidoro Yépez osó decir al gendarme que le
llevaba:
-¡Cuidado, taita! ¡Nos vamos a
rodar!
-¡Calla, animal! —le contestó el
gendarme, dándole un bo-fetón en las narices.
Un poco de sangre le salió a
Isidoro Yépez. A partir de ese momento, los dos “enrolados” se sumieron en un
silencio completo. Los gendarmes pronto se emborracharon. El sargento quería
llegar a Coica cuanto antes, porque a las once tenía una partida de dados en el
cuartel con unos ami-gos. Las indias y los indios que seguían a Yépez y a
Con-chucos, desaparecían por momentos de la comitiva, por-que conocedores del
terreno, y como iban a pie, abando-naban el camino real para salir más pronto
por otro lado, cortando la vía o a campo traviesa. Lo hacían arañando los
peñascos, rodando las lajas, bordeando como cabras las cejas de las hondonadas
o atravesando un río a saltos de pedrón en pedrón o a prueba de equilibrio
sobre un árbol caído.
Al cruzar el Huayal, ya de día.
Braulio Conchucos estuvo a punto de encontrar la muerte. Pasó tras una tenaz
resis-tencia de su caballo, el sargento. Pasó después el gen-darme que conducía
a Isidoro Yépez, y cuando la mula del segundo gendarme se vio en medio de la
corriente, sus miembros vacilaron y fue arrastrada un trecho por las aguas.
Estaba hundida hasta la mitad de la barriga. Las piernas del gendarme no se
veían. La angustia de éste fue inmensa. Azuzaba al animal, gritándole y
azotándole. El
81
“enrolado”, sumergido hasta medio
pecho en el río. se mostró por su parte, impasible y tranquilo ante el peligro.
— ¡Sal, carajo! —le decía,
poseído de horror, el gen-darme!—. ¡Párate bien! ¡Avanza! ¡Sal del agua! ¡Tira
la mula! ¡Tira! ¡Avanza! ¡Avanza! ¡No te dejes arrastrar! ...
A una y otra orilla, los otros
gendarmes lanzaban gritos de espanto y corrían enloquecidos, viendo cómo la
corriente empezaba a derribar a la mula y a llevársela rio abajo, con el
gendarme y con el “enrolado”. Sólo éste, en medio del peligro, e Isidoro Yépez,
al otro lado del Huayal, perma-necían mudos, serenos, inalterables. El guardia
de Con-chucos, en el colmo de su terror y fuera de sí, sólo atinó a abofetear a
Braulio ferozmente. Conchucos, amarrado, empezó a sangrar, pero no hizo nada
por salir del peligro ni pronunció palabra alguna de protesta. A Isidoro Yépez
le habían dado de trompadas sólo por haberlos advertido contra un riesgo de la
ruta. ¿Para qué entonces hablar ni hacer nada? Los yanaconas comprendían muy
bien su si-tuación y su destino. Ellos no podían nada ni eran nada por sí
mismos. Los gendarmes, en cambio, eran todo y lo po-dían todo. Por lo demás,
Braulio Conchucos perdió aque-lla mañana, de golpe, todo interés y todo
sentimiento de la vida. Ver llegar a su choza a los soldados, de noche, ser por
ellos golpeado y amarrado y sentirse perdido para siempre, todo no fue sino
uno. Le llevarían no se sabe dónde, como a otros yanaconas mozos, y para no
soltarlos nunca. ¿Qué más daba entonces perecer ahogado o de cualquier otra
suerte? Además, Braulio Conchucos e Isi-doro Yépez concibieron bruscamente por
los gendarmes un rencor sordo y tempestuoso. De modo oscuro se daban cuenta
que, cualquiera que fuese su condición de simples instrumentos o ejecutores de
una voluntad que ellos des-conocían y no alcanzaban a figurarse, algo suyo
ponían los
82
gendarmes en su crueldad y
alevosía. Braulio Conchucos experimentaba ante el miedo del gendarme, una
satisfac-ción recóndita. ¡Y si el agua se los habría llevado, en buena hora!
¿No estaba ya viendo Braulio que la sangre que co-rría de su boca, se la
llevaba el agua? Sintió luego un chi-cotazo que le cruzó varias veces la cara y
ya no vió más. Un ojo se le tapó. Entonces vaciló todo su cuerpo. Durante un
instante la mula y el “enrolado” temblaron como arran-cados tallos, a merced de
la corriente. Pero el gendarme, loco de espanto y por todo esfuerzo, para
escapar de la muerte, siguió azotando con todas sus fuerzas al animal y al
yanacón. Los chicotazos llovieron sobre las cabezas de Braulio y de la mula.
— ¡Carajo! —vociferaba aterrado
el gendarme—. ¡Mula! ¡Mula! ¡Anda, indio e mierda! ¡Anda! ¡Anda!...
Un postrero esfuerzo de la bestia
y ésta alcanzó a ganar el otro borde del Huayal, con su doble carga del
gendarme y de Conchucos. Reanudóse la marcha. El sol empezó a que-mar. Pasado
el Huayal, el camino se paró en una cuesta larga, interminable. Pero el
sargento picó más espuelas y blandió más su látigo. Paso a paso subían, aunque
sin de-tenerse, los animales, y junto a ellos, los dos “enrolados”. Una que
otra vez solamente se paró la comitiva. ¿Por qué? ¿Eran las mulas que ya no
podían? ¿Eran los yanaconas, que ya no podían? ¿Eran mulas y “enrolados” que ya
no podían?
—¡Te haces el cojudo por no
caminar! —decían los gen-darmes a los yanaconas—. ¡Anda, carajo! ¡Anda no más!
¡Avanza y no te cuelgues de la mula! ¡Anda o te muelo a riendazos!...
Los “enrolados” y las bestias
sudaban y jadeaban. El pe-lambre de las mulas se encrespó, arremolinándose en
mil rizos y flechas. Por el pecho y por los ijares corría el sudor
83
y goteaba. Mascaban el freno las
bestias, arrojando abun-dante espuma. Los cascos delanteros resbalaban en las
la-jas o, inmovilizados un instante, se cimbraban arqueán-dose y doblándose. La
cabeza del animal se alargaba en-tonces, echando las orejas atrás, hasta rozar
los belfos el suelo. Las narices se abrían desmesuradas, rojas, resecas. Pero
el cansancio era mayor en Yépez y en Conchucos. Lampiños ambos, la camisa de
cotón negra de mugre, sin sombrero bajo el sol abrasador, los encallecidos pies
en el suelo, los brazos atados hacía atrás, amarrados por la cin-tura con un
lazo de cuero al pescuezo de las mulas, ensan-grentados —Conchucos, con un ojo
hinchado y varias ron-chas en la cara—, los “enrolados” subían la cuesta
ca-yendo y levantando. ¿Cayendo y levantando? ¡No podían ni siquiera caer! Al
final de la cuesta, sus cuerpos, exáni-mes, agotados, perdieron todas las
fuerzas y se dejaban arrastrar inertes, como palos o piedras, por las mulas. La
voluntad vencida por la inmensa fatiga, los nervios sin mo-tor, los músculos
laxos, demolidas las articulaciones y el corazón amodorrado por el calor y el
esfuerzo de cuatro horas seguidas de carrera, Braulio Conchucos e Isidoro Yépez
no eran más que dos retazos de carne humana, más muertos que vivos, colgados y
arrastrados casi en peso y al azar. Un sudor frío los bañaba. De sus bocas
abiertas salían espumarajos y sangre mezclados. Yépez empezó a despedir un olor
nauseabundo y pestilente. Por sus tobillos descendía una sustancia líquida y
amarilla. Relajadas por la mortal fatiga y en desgobierno todas sus funciones,
es-taba defecando y orinándose el conscripto.
— ¡Se está cagando este carajo!
—vociferó el gendarme que le llevaba, y se tapó las narices.
Los gendarmes se echaron a reír y
picaron más espuelas. Cuando los curiosos se acercaron a Isidoro Yépez, ante 1a
84
Subprefectura de Coica, también
se reían y se alejaban al punto, sacando sus pañuelos. Pero cuando se acercaron
a Braulio Conchucos, se quedaban viendo largamente su rostro doloroso y
desfigurado. Algunas mujeres del pueblo se indignaron y murmuraban palabras de
protesta. Un re-vuelo tempestuoso se produjo inmediatamente entre la multitud.
Los gendarmes le habían lavado la cara a Con-chucos en una acequia, antes de
entrar a Coica, pero las contusiones y la hinchazón del ojo resaltaron más.
Tam-bién los soldados reanimaron a los “enrolados”, metiéndo-les la cabeza
largo tiempo en el agua fría. Así pudieron Yépez y Conchucos despertar de su
coma y penetrar al pueblo andando.
—¡Les han pegado los gendarmes!
—gritaba la muche-dumbre—. ¡Veánlos cómo tienen las caras! ¡Están
ensan-grentados! ¡Están ensangrentados! ¡Qué lisura! ¡Bandi-dos! ¡Criminales!
¡Asesinos!...
Muchos vecinos de Coica se
mostraban quemados de có-lera. Una piedad unánime cundió en el pueblo. La ola
de indignación colectiva llegó hasta los pies de la Junta Cons-criptora
Militar. El subprefecto Luna, dando un paso hacia la vereda, lanzó un grito colérico
sobre la multitud: ¡Silen-cio! ¿Qué quieren? ¿Qué dicen? ¿Por qué alegan? ...
Se le acercó el alcalde Parga.
—¡No haga usted caso, señor
subprefecto! —le dijo, to-mándolo del brazo—. ¡Venga usted! ¡Venga usted con
no-sotros!...
—¡No, no! —gruñó violentamente el
subprefecto, en quien las copas de pisco apuradas con “Marino Hermanos” habían
producido una embriaguez furiosa.
Luna se irguió todo lo que pudo
al borde de la acera y dijo al sargento, que estaba frente a él, esperando sus
órdenes:
85
—¡Tráigame a los “enrolados”!
¡Hágalos entrar!
—¡Muy bien, su señoría!
—respondió el sargento, y trans-mitió la orden a los gendarmes.
Los “enrolados” fueron desatados
de los pescuezos de las mulas e introducidos al despacho de la Junta
Conscrip-tora Militar. Siempre amarrados los brazos atrás y sujetos por la
cintura con el lazo de cuero, Yépez y Conchucos avanzaron penosamente, empujados
y sacudidos por sus guardias. La muchedumbre, al verlos cárdenos, silencio-sos,
las cabezas caídas, los cuerpos desfallecientes, casi agónicos, se agitó en un
solo movimiento de protesta.
—¡Asesinos! —gruñían hombres y
mujeres—. ¡Ahí van casi muertos! ¡Casi muertos! ¡Bandidos! ¡Asesinos!...
Las familias de los yanaconas
quisieron entrar al despacho del subprefecto, tras de los “enrolados”, pero los
gendar-mes se lo impidieron.
—¡Atrás! —gritó con sorda ira el
sargento, desenvainando amenazadoramente su espada.
Una vez que Yépez y Conchucos
penetraron, un cordón de gendarmes, rifle en mano, cerraron la entrada a todo
el mundo. Algunas amenazas, improperios e insultos dirigie-ron los gendarmes al
pueblo.
—¡Animales! ¡Bestias! i No saben
ustedes lo que dicen! ¡Ni lo que hacen! ¡Imbéciles! Todos ustedes no son sino
unas mulas!... ¡Qué saben nada de nada! ¡Serranos sucios! ¡Ignorantes!...
La mayoría de los gendarmes eran
costeños. De aquí que se expresasen así de los serranos. Los de la costa del
Perú sienten un desprecio tremendo e insultante por los de la sierra y la
montaña, y éstos devuelven el desprecio con un odio subterráneo, exacerbado.
86
Agolpada a la puerta de la
Subprefectura, y detenida por los rifles de los gendarmes, bullía en creciente
indignación la multitud. Un diálogo huracanado se produjo entre la fuerza
armada y el pueblo.
—¿Por qué les pegan así? ¿Por
qué?
—Porque quisieron escaparse.
Porque nos atacaron a pie-dras de sus chozas... ¡Indios salvajes! ¡Criminales!
—¡No, no! ¡Mienten!
—¡Pues, entonces, porque se me da
la gana!...
—¡Asesinos! ¿Por qué los traen
presos?
—¡Porque se me da la “gana!
—¡Qué conscriptos ni conscriptos!
¡Cuando después se los llevan a trabajar a las haciendas y a las minas y les
sacan su platita y les quitan sus terrenitos y sus animalitos! ... ¡Ladrones!
¡Ladrones! ¡Ladrones!...
Un gendarme lanzó un grito
furibundo:
—¡Bueno, carajo! ¡Silencio! ¡0
les meto bala!...
Levantó su rifle e hizo ademán de
apuntar al azar sobre la muchedumbre, la cual respondió a la amenaza con un
cla-mor inmenso. Apareció a la puerta del despacho subpre-fectural, el alcalde
Parga.
—¡Señores! —dijo con un respeto
protocolar, que escon-día sus temores—. ¿Qué pasa! ¿Qué sucede? ¡Calma! ¡Calma!
¡Serenidad, señores! ...
Un hombre del pueblo emergió
entonces de entre la mu-chedumbre y, abalanzándose sobre el alcalde Parga, le
dijo muy emocionado, pero con energía:
—¡Señor alcalde! ¡Señor alcalde!
El pueblo quiere ver en qué queda todo esto, y pide...
87
Los gendarmes lo agarraron por
los brazos y le taparon la boca para impedirle que continuase hablando. Pero el
viejo y astuto alcalde de Coica ordenó que le dejasen ha-blar.
—¡El pueblo, señor, pide que se
haga justicia!
—¡Sí!... ¡Sí!, . . ¡Sí!. .,
—coreó la multitud—. ¡Justicia! ¡Justicia contra los que Ies han pegado!
¡Justicia contra los asesinos!
El alcalde palideció.
—¿Quién es usted? —se agachó a
preguntar al audaz que así le habló—. ¡Pase usted! ¡Pase usted al despacho!
Entre usted y ya hablaremos.
El hombre del pueblo penetró al
despacho subprefectu-ral. Pero para hacer valer los derechos ciudadanos, ¿quién
era este hombre de audacia extraordinaria? La acción po-pular ante las
autoridades no era fenómeno frecuente en Coica. El subprefecto, el alcalde, el
juez, el médico, el cura, los gendarmes, gozaban de una libertad sin límites en
el ejercicio de sus funciones. Ni vindicta pública ni con-trol social se
practicaba nunca en Coica respecto de esos funcionarios. Más todavía. El más
abominable y escanda-loso abuso de la autoridad, no despertaba en el pueblo
sino un oscuro, vago y difuso malestar sentimental. La impuni-dad era en la
historia de los delitos administrativos y co-munales cosa tradicional y
corriente en la provincia. Pero he aquí que ahora ocurría algo nuevo y jamás
visto. El caso de Yépez y Conchucos sacudió violentamente a la masa popular, y
un hombre salido de ésta se atrevía a levantar la voz, pidiendo justicia y
desafiando la ira y la venganza de las autoridades. ¿Quién era, pues, ese hombre?
Era Servando Huanca, el herrero.
Nacido en las montañas del Norte, a las orillas del Marañón, vivía en Coica
desde
88
hacía unos dos años solamente.
Una singular existencia llevaba. Ni mujer ni parientes. Ni diversiones ni
muchos amigos. Solitario más bien, se encerraba todo el tiempo en torno a su
forja, cocinándose él mismo. Era un tipo de in-dio puro: salientes pómulos,
cobrizo, ojos pequeños, hun-didos y brillantes, pelo lacio y negro, talla
mediana y una expresión recogida y casi taciturna. Tenía unos treinta años. Fue
uno de los primeros entre los curiosos que ha-bían rodeado a los gendarmes y a
los yanaconas. Fue el primero asimismo que gritó a favor de estos últimos ante
la Subprefectura. Los demás habían tenido miedo de inter-venir contra ese
abuso. Servando Huanca los alentó, ha-ciéndose él guía y animador del
movimiento. Otras veces ya, cuando vivió en el valle azucarero de Chicama,
traba-jando como mecánico, fue testigo y actor de parecidas jor-nadas del
pueblo contra los crímenes de los mandones. Es-tos antecedentes y una dura
experiencia que, como obrero, había recogido en los diversos centros
industriales por los que, para ganarse la vida, hubo pasado, encendieron en él
un dolor y una cólera crecientes contra la injusticia de los hombres. Huanca
sentía que en ese dolor y en esa cólera no entraban sus intereses personales
sino en poca medida. Personalmente, él, Huanca, había sufrido muy raras veces
los abusos de los de arriba. En cambio, los que él vio co-meterse diariamente
contra otros trabajadores y otros in-dios miserables, fueron inauditos e
innumerables. Ser-vando Huanca se dolía, pues, y rabiaba, más por solidari-dad
o, si se quiere, por humanidad, contra los mandones
—autoridades o patrones— que por
causa propia y perso-nal. También se dio cuenta de esta esencia solidaria y
co-lectiva de su dolor contra la injusticia, por haberla descu-bierto también
en los otros trabajadores cuando se trataba de abusos y delitos perpetrados en
la persona de los demás. Por último, Servando Huanca llegó a unirse algunas
veces
89
con sus compañeros de trabajo y
de dolor, en pequeñas asociaciones o sindicatos rudimentarios, y allí le dieron
periódicos y folletos en que leyó tópicos y cuestiones re-lacionadas con esa
injusticia que él conocía y con los mo-dos que deben emplear los que la sufren,
para luchar con-tra ella y hacerla desaparecer del mundo. Era un conven-cido de
que había que protestar siempre y con energía con-tra la injusticia,
dondequiera que ésta se manifieste. Desde entonces, su espíritu, reconcentrado
y herido, rumiaba día y noche estas ideas y esta voluntad de rebelión. ¿Poseía
ya Servando Huanca una conciencia clasista? ¿Se daba cuenta de ello? Su sola
táctica de lucha se reducía a dos cosas muy simples: unión de los que sufren
las injusticias sociales y acción práctica de masas.
—¿Quién es usted? —le preguntó
enfadado el subprefecto Luna a Huanca, al verle entrar a su despacho,
introducido por el alcalde Parga.
—Es el herrero Huanca —respondió
Parga, calmando al subprefecto—. ¡Déjelo! ¡Déjelo! ¡No importa! Quiere ver a
los conscriptos, que dice que están muertos, y que es un abuso...
Luna le interrumpió,
dirigiéndose, exasperado, a Huanca:
—¡Qué abuso ni abuso, miserable!
¡Cholo bruto! ¡Fuera de aquí!
—¡No importa, señor subprefecto!
—volvió a interceder el alcalde—. ¡Déjelo! ¡Le ruego que le deje! ¡Quiere ver
lo que tienen los conscriptos! ¡Que los vea! ¡Ahí están! ¡Que los vea!
—¡Sí, señor subprefecto! —añadió
con serenidad el he-rrero—. ¡El pueblo lo pide! Yo vengo enviado por la gente
que está afuera.
El médico Riaño, tocado en su
liberalismo, intervino:
90
—Muy bien —dijo a Huanca
ceremoniosamente—. Está usted en su derecho, desde que el pueblo lo pide.
¡Señor subprefecto! —dijo, volviéndose a Luna en tono protoco-lar—. Yo creo que
este hombre puede seguir aquí. No nos incomoda de ninguna manera. La sesión de
la Junta Cons-criptora puede, a mi juicio, continuar. Vamos a examinar el caso
de estos “enrolados”...
—Así me parece —dijo el alcalde—.
Vamos, señor sub-prefecto, ganando tiempo. Yo tengo que hacer...
El subprefecto meditó un instante
y volvió a mirar al juez y al gamonal Iglesias, y, luego, asintió.
—Bueno —dijo—. La sesión de la
Junta Conscriptora Mi-litar, continúa.
Cada cual volvió a ocupar su
puesto. A un extremo del despacho, estaban Isidoro Yépez y Braulio Conchucos,
es-coltados por dos gendarmes y sujetos siempre de la cintura por un lazo. Los
dos conscriptos mostraban una lividez mortal. Miraban con ojos lejanos y con
una indiferencia escalofriante y vecina de la muerte, cuanto sucedía en torno
de ellos. Braulio Conchucos estaba muy agotado. Respiraba con dificultad. Sus
miembros le temblaban. La cabeza se le doblaba como la de un moribundo. Por
mo-mentos se desplomaba, y habría caído, de no estar soste-nido casi en peso
por el guardia.
Junto a los yanaconas pasó
Servando Huanca, el sombrero en la mano, conmovido, pero firme y tranquilo.
Al sentarse todos los miembros de
la Junta Conscriptora Militar, llegó de la plaza un vocerío ensordecedor. El
cor-dón de gendarmes, apostado a la puerta, respondió a la multitud con una
tempestad de insultos y amenazas. El sar-gento saltó a la vereda y esgrimió su
espada con todas sus fuerzas sobre las primeras filas de la muchedumbre.
91
—¡Carajo! —aullaba de rabia—.
¡Atrás! ¡Atrás! ¡Atrás!
El subprefecto Luna ordenó en un
gruñido:
—¡Sargento! ¡Imponga usted el
orden, cueste lo que cueste! ¡Yo se lo autorizo!...
Un largo sollozo estalló a la
puerta. Eran las tres indias, abuela, madre y hermana de Isidoro Yépez, que
pedían de rodillas, con las manos juntas, se las dejase entrar. Los gendarmes
las rechazaban con los pies y las culatas de sus rifles.
El subprefecto Luna, que presidía
la sesión, dijo:
—Y bien, señores. Como ustedes
ven, la fuerza acaba de traer a dos “enrolados” de Guacapongo. Vamos, pues, a
proceder, conforme a la ley, a examinar el caso de estos hombres, a fin de
declararlos expeditos para marchar a la capital del departamento, en el próximo
contingente de sangre de la provincia. En primer lugar, lea usted, señor
secretario, lo que dice la Ley de Servicio Militar Obliga-torio, acerca de los
“enrolados”.
El secretario Boado leyó en un
folleto verde:
—“Título Cuarto.—De los
“enrolados”.—Artículo 46: Los peruanos comprendidos entre la edad de diecinueve
y veintidós años, y que no cumplieran el deber de inscribirse en el registro
del Servicio Militar Obligatorio de la zona respectiva, serán considerados como
“enrolados”.—Ar-tículo 47: Los “enrolados” serán perseguidos y obligados por la
fuerza a prestar su servicio militar, inmediatamente de ser capturados y sin
que puedan interponer o hacer valer ninguno de los derechos, excepciones o
circunstancias ate-nuantes acordadas a los conscriptos en general y conteni-das
en el artículo 29, título segundo de esta Ley.—Artículo 48:.
92
—Basta —interrumpió con énfasis
el juez Ortega—. Yo opino que es inútil la lectura del resto la Ley, puesto que
todos los señores miembros de la Junta la conocen perfec-tamente. Pido al señor
secretario abra el registro militar, a fin de ver si allí figuran los nombres
de estos hombres.
—Un momento, doctor Ortega
—argumentó el alcalde Parga—. Convendrá saber antes la edad de los
“enrola-dos”.
—Sí —asintió el subprefecto—. A
ver... —añadió, diri-giéndose paternalmente a Isidoro Yépez—. ¿Cuántos años
tienes, tú? ¿Cómo te llamas, en primer lugar?
Isidoro Yépez pareció volver de
un sueño, y respondió con voz débil y amedrentada:
-—Me llamo Isidoro Yépez, taita.
—¿Cuántos años tienes?
—Yo no sé, pues, taita. Veinte o
veinticuatro, quién sabe, taita...
—¿Cómo “no sé”? ¿Qué es eso de
“no sé”? ¡Vamos! ¿Di, cuántos años tienes? ¡Habla! ¡Di la verdad!
—No lo sabe ni él mismo —dijo con
piedad y asqueado el doctor Riaño—. Son unos ignorantes. No insista usted,
se-ñor subprefecto.
—Bueno —continuó Luna,
dirigiéndose a Yépez— ¿Estás inscrito en el Registro Militar?
El yanacón abrió más los ojos,
tratando de comprender lo que le decía Luna, y respondió maquinalmente:
—Escriptu, pues, taita, en tus
escritus.
El subprefecto renovó su
pregunta, golpeando la voz:
—¡Animal! ¿No entiendes lo que te
digo? Dime si estás
93
inscrito en el Registro Militar.
Entonces Servando Huanca
intervino:
-—¡Señores! —dijo el herrero con
calma y energía—. Este hombre (se refería a Yépez) es un pobre indígena
igno-rante. Ustedes están viéndolo. Es un analfabeto. Un in-consciente. Un
desgraciado. Ignora cuántos años tiene. Ig-nora si está o no inscrito en el
Registro Militar. Ignora todo, todo. ¿Cómo, pues, se le va a tomar como
“enro-lado”, cuando nadie le ha dicho nunca que debía inscri-birse, ni tiene
noticia de nada, ni sabe lo que es registro ni servicio militar obligatorio, ni
patria, ni Estado, ni Go-bierno?...
—¡Silencio! —gritó colérico el
juez Ortega, interrum-piendo a Huanca y poniéndose de pie violentamente—.
¡Basta de tolerancias!
En ese momento, Braulio Conchucos
estiró el cuerpo, y tras de unas convulsiones y de un breve colapso,
súbita-mente se quedó inmóvil en los brazos del gendarme. El doctor Riaño
acudió, le animó ligeramente y dijo con un gran desparpajo profesional:
—Está muerto. Está muerto.
Braulio Conchucos cayó lentamente
al suelo.
Servando Huanca dio entonces un
salto a la calle entre los gendarmes, lanzando gritos salvajes, roncos de ira,
sobre la multitud:
—¡Un muerto! ¡Un muerto!¡Un
muerto! ¡Lo han matado los soldados! ¡Abajo el subprefecto! ¡Abajo las
autorida-des! ¡Viva el pueblo! ¡Viva el pueblo!
Un espasmo de unánime ira
atravesó de golpe a la muche-dumbre.
94
—¡Abajo los asesinos! ¡Mueran los
criminales— aullaba el pueblo—. ¡Un muerto! ¡Un muerto! ¡Un muerto!
La confusión, el espanto y la
refriega fueron instantáneos. Un choque inmenso se produjo entre el pueblo y la
gen-darmería. Se oyó claramente la voz del subprefecto, que ordenaba a los
gendarmes:
—¡Fuego! ¡Sargento! ¡Fuego!
¡Fuego!...
La descarga de fusilería sobre el
pueblo fue cerrada, larga, encarnizada. El pueblo, desarmado y sorprendido,
con-testó y se defendió a pedradas e invadió el despacho de la Suprefectura. La
mayoría huyó, despavorida. Aquí y allí cayeron muchos muertos y heridos. Una
gran polvareda se produjo. El cierre de las puertas fue instantáneo. Luego, la
descarga se hizo rala, y luego, más espaciada.
Todo no duró sino unos cuantos
segundos. Al fin de la bo-rrasca, los gendarmes quedaron dueños de la ciudad,
Re-corrían enfurecidos la plaza, echando siempre bala al azar. Aparte de ellos,
la plaza quedó abandonada y como unde-sierto. Sólo la sembraban de trecho en
trecho los heridos y los cadáveres. Bajo el radiante y alegre sol de mediodía,
el aire de Coica, diáfano y azul, se saturó de sangre y de tra-gedia. Unos
gallinazos revolotearon sobre el techo de la Iglesia.
El médico Riaño y el gamonal
Iglesias salieron de una bo-dega de licores. Poco a poco fue poblándose de
nuevo la plaza de curiosos. José Marino buscaba a su hermano an-gustiosamente.
Otros indagaban por la suerte de distintas personas. Se preguntó con ansiedad
por el subprefecto, por el juez y por el alcalde. Un instante después, los
tres, Luna, Ortega y Parga, surgían entre la multitud. Las puertas de las casas
y las tiendas, volvieron a abrirse. Un murmullo doloroso llenaba la plaza. En
torno a cada herido y a cada
95
cadáver se formó un tumulto.
Aunque el choque había ya terminado, los gendarmes y, señaladamente, el
sargento, seguían disparando sus rifles. Autoridades y soldados se mostraban
poseídos de una ira desenfrenada y furiosa, dando voces y gritos vengativos. De
entre la multitud, se destacaban algunos comerciantes, pequeños propietarios,
artesanos, funcionarios y gamonales —el viejo Iglesias a la cabeza de éstos—, y
se dirigían al subprefecto y demás autoridades, protestando en voz alta contra
el levanta-miento del populacho y ofreciéndoles una adhesión y un apoyo
decididos e incondicionales para restablecer el or-den público.
—Han sido los indios, de puro
brutos, de puro salvajes — exclamaba indignada la pequeña burguesía de Coica.
—Pero alguien los ha empujado
—replicaban otros—. La plebe es estúpida, y no se mueve nunca por sí sola.
El subprefecto dispuso que se
recogiese a los muertos y a los heridos y que se formase inmediatamente una
guardia urbana nacional de todos los ciudadanos conscientes de sus deberes
cívicos, a fin de recorrer la población en com-pañía de la fuerza armada y
restablecer las garantías ciu-dadanas. Así fue. A la cabeza de este doble
ejército iban el subprefecto Luna, el alcalde Parga, el juez Ortega, el médico
Riaño, el hacendado Iglesias, los hermanos Ma-rino, el secretario
subprefectural Boado, el párroco Ve-larde, los jueces de paz, el preceptor, los
concejales, el go-bernador y el sargento de la gendarmería.
En esta incursión por todas las
calles y arrabales de Coica, la gendarmería realizó numerosos prisioneros de
hombres y mujeres del pueblo. El subprefecto y su comitiva pene-traban en las
viviendas populares, de grado o a la fuerza, y, según los casos, apresaban a
quienes se suponía haber participado, en tal o cual forma, en el levantamiento.
Las
96
autoridades y la pequeña
burguesía hacían responsable de lo sucedido al bajo pueblo, es decir, a los
indios. Una re-presión feroz e implacable se inició contra las clases
po-pulares. Además de los gendarmes, se armó de rifles y ca-rabinas un
considerable sector de ciudadanos y, en gene-ral, todos los acompañantes del
subprefecto, llevaban, con razón o sin ella, sus revólveres. De esta manera,
ningún indio sindicado en el levantamiento pudo escapar al cas-tigo. Se
desfondaba de un culatazo una puerta, cuyos ha-bitantes huían despavoridos. Los
buscaban y perseguían entonces revólver en mano, por los techos, bajo las
barba-coas y cuyeros, en los terrados, bajo los albañales. Los al-canzaban, al
fin, muertos o vivos. Desde la una de la tarde, en que se produjo el tiroteo,
hasta media noche, se siguió disparando sobre el pueblo sin cesar. Los más
encarniza-dos en la represión fueron el juez Ortega y el cura Velarde.
—Aquí, señor subprefecto
—rezongaba rencorosamente el párroco—; aquí no cabe sino mano de hierro. Si
usted no lo hace así, la indiada puede volver a reunirse esta no-che y
apoderarse de Coica, saqueando, robando, matando.
A las doce de la noche, el Estado
Mayor de la guardia ur-bana, y, a la cabeza de él el subprefecto Luna, estaba
con-centrado en los salones del Concejo Municipal. Después de un cambio de
ideas entre los principales personajes allí reunidos, se acordó comunicar por
telégrafo lo sucedido a la Prefectura del Departamento. El comunicado fue así
concebido y redactado:
“Prefecto. Cuzco.— Hoy una tarde,
durante sesión Junta Conscriptora Militar provincia, fue asaltada bala y
piedras Subprefectura por populacho amotinado y armado. Gen-darmería
restableció orden respetando vida intereses ciu-dadanos. Doce muertos y dieciocho
heridos y dos gendar-mes con lesiones graves. Investigo causas y fines asonada.
97
Acompáñanme todas clases
sociales, autoridades, pueblo entero. Tranquilidad completa. Comunicaré
resultado in-vestigaciones proceso judicial sanción y castigo responsa-bles
triste acontecimiento. Pormenores correo. (Firmado.) Subprefecto Luna”.
Después, el alcalde Parga ofreció
una copa de coñac a los circunstantes, pronunciando un breve discurso.
— ¡Señores! —dijo, con su copa en
la mano—. En nombre del Concejo Municipal, que tengo el honor de presidir,
la-mento los desgraciados acontecimientos de esta tarde y fe-licito al señor
subprefecto de la provincia por la correc-ción, justicia y energía con que ha
devuelto a Coica el or-den, la libertad y las garantías ciudadanas. Asimismo,
in-terpretando los sentimientos e ideas de todos los señores presentes -dignos
representantes del comercio, la agricul-tura y administración pública—, pido al
señor Luna re-prima con toda severidad a los autores y responsables del
levantamiento, seguro de que así le seremos más agrade-cidos y de que lo
acompaña lo mejor de la sociedad de Coica. ¡Señores: por nuestro libertador, el
subprefecto se-ñor Luna, salud!
Una salva de aplausos premio el
discurso del viejo Parga y se apuró el coñac. El subprefecto contestó en estos
tér-minos:
—Señor alcalde: Muy emocionado
por los inmerecidos elogios que me habéis brindado, yo no tengo sino que
agradeceros. Verdaderamente, yo no he hecho sino cum-plir con mi deber. He
salvado a la provincia de los desma-nes y crímenes del populacho enfurecido,
ignorante e in-consciente. Eso es todo lo que he hecho por vosotros. Nada más,
señores. Yo también lamento lo sucedido. Pero estoy resuelto a castigar sin
miramiento y sin compasión a los culpables. Lo que ha hecho la gendarmería no
es nada. Yo
98
les haré comprender a estos
indios brutos y salvajes que así nomás no se falta a las autoridades. Yo os
prometo cas-tigarlos, hasta el último. ¡Salud!
La ovación a Luna fue resonante y
viril, como su propio discurso. Muchos abrazaron al alcalde y al subprefecto,
fe-licitándolos emocionados. Se sirvió otra copa. Pronuncia-ron otros discursos
el juez Ortega, el cura Velarde y el doc-tor Riaño, todos condenando al bajo
pueblo y reclamando contra él un castigo ejemplar. Los hermanos Marino y el
hacendado Iglesias, expresándose mitad en discurso y mi-tad en diálogo, pedían
con insistencia una represión sin piedad contra la indiada. Iglesias dijo en
tono vengativo:
—Hay que agarrar al herrero, que
era el más listo, y el que empujó a los otros. Debe de haber huido. Pero hay
que perseguirlo y darle una gran paliza al hijo de puta...
José Marino argumentaba:
—¡Qué paliza ni paliza! ¡Hay que
meterle un plomo en la barriga! ¡Es un cangrejo! ¡Un loco de mierda!
—Yo creo que ha caído muerto en
la plaza —apuntó tími-damente el secretario Boado.
El Subprefecto rectificó:
—No. Fue el primero en escapar,
al primer tiro. Pero hay que agarrarlo. ¡Sargento! —llamó en alta voz.
El sargento acudió y saludó,
cuadrándose:
—¡Su señoría!
—¡Hay que buscar al herrero
Huanca sin descanso! Hay que encontrarlo a cualquier precio. Dondequiera que se
halle, hay que “comérselo”. ¡Un tiro en las tripas y arre-glado! ¡Sí! ¡Haga
usted lo posible por traerme su cadáver! ¡Yo ya le he dicho que su ascenso a
alférez es un hecho!
99
—Muy bien, su señoría —respondió
con entusiasmo el sargento—. Yo cumpliré sus órdenes. ¡Pierda usted cui-dado!
De cuando en cuando se oían a lo
lejos, y en el silencio de la noche, disparos de revólver y de carabinas,
hechos por los grupos de la guardia urbana que rondaba la ciudad. En los
salones municipales, las copas de coñac se repetían, y el cura Velarde, el
subprefecto Luna y José Marino empe-zaron a dar signos de embriaguez. Una
espesa humareda de cigarros llenaba la atmósfera. La reunión se hacía cada vez
más alegre. Al tema del tiroteo, sucedieron muy pronto otros rientes y
picarescos. En un grupo formado por el sargento, un gendarme y un juez de paz,
éste exclamaba un poco borracho ya y muy colorado:
— ¡Pero que indios tan idiotas!
El sargento decía jactancioso:
—¡Ah! ¡Pero yo los he jodido!
Apenas vi al herrero saltar a la plaza gritando “¡Un muerto!” “¡Un muerto!”, le
di a un viejo que estaba a mi lado un soberbio culatazo en la frente y lo dejé
tieso. Después me retiré un poco atrás y empecé a disparar mi rifle sobre la
indiada, como una ame-tralladora: ¡ran!, ¡ran!, ¡ran! ¡Carajo! Yo no sé cuántos
ca-yeron con mis tiros. Pero lo que yo sé es que no vi sino una polvareda de
los diablos y vacié toda mi canana... ¡Ah! ¡Carajo! ¡Yo me he “comido”, yo
solamente, lo menos siete, sin contar los heridos!...
—¡Y yo! —exclamó con orgullo el
gendarme—. ¡Y yo! ¡Carajo! Yo no les dejé a los indios ni siquiera menearse.
Antes que tirasen ni una sola piedra, yo me había “co-mido” ya dos, a boca de
jarro, ahí nomás, junto a mí. Uno de ellos fue una india que desde hacía rato
me estaba jo-diendo con “¡patroncito, patroncito!” De un culatazo en la
100
panza, la dejé seca... El otro se
me arrodilló a pedirme per-dón y a llorar, pero le quebré las costillas de un
solo cula-tazo...
El juez de paz les oía poseído de
un horror que no podía ocultar. Sin embargo, decía entusiasmado a los soldados:
—¡Bien hecho! ¡Bien hecho!
¡Indios brutos! ¡Animales!
¡Lo que debía haber hecho es
“tirarse” al cholo Huanca!
¡Qué lástima de haberlo dejado
vivo! ¡Caramba!
— ¡Ah! —juraba el sargento,
moviendo las manos—. ¡Ah! ¿Ese? ¡Ya verán ustedes! ¡Ya verán ustedes cómo me lo
“como”! ¡Déjenlo a mi cargo! El
subprefecto me ha dicho que si yo le traigo el cadáver del herrero, que cuente
con mi ascenso a oficial...
Pero una conversación más
importante aún se desarrollaba en ese momento entre los hermanos Marino y el
subpre-fecto Luna. José Marino había llamado aparte a Luna, to-mándole
afectuosamente por un brazo:
—¡Permítame, querido subprefecto!
—le dijo—. Quiero tomar una copa con usted.
Mateo Marino sirvió tres copas y
los tres hombres se fue-ron a un rincón, copa en mano.
—¡Mire usted! —dijo José Marino
en voz baja al subpre-fecto—. Yo, ya lo sabe usted, soy su verdadero amigo, su
amigo de siempre. Yo se lo he probado varias veces. Mi simpatía por usted ha
sido siempre grande y sincera. Mu-chas veces, sin que usted lo sepa —a mí no me
gusta decir
a nadie
lo que yo hago por él—, muchas veces he conver-sado con misters Taik y Weiss en
Quivilca sobre usted. Ellos le tienen mucho aprecio. ¡Ah! ¡Sí! A mí me consta.
A mí me consta que están muy contentos con usted. ¡Muy contentos! Algunos de
aquí —dijo, aludiendo con un gesto a los personajes allí reunidos— le han
escrito a míster Taik
101
repetidas veces contra usted...
—¡Sí! ¡Sí! —dijo sonriendo con
suficiencia Luna—. Ya me lo han dicho. Ya lo sabía...
—Le han escrito chismeándolo y
poniéndolo mal y dicién-dole que usted no es más que un agente del diputado
doc-tor Urteaga y que aquí no hace usted más que servir a Ur-teaga en contra de
la “Mining Society”...
El subprefecto sonreía con
despecho y con rabia. José Ma-rino añadió, irguiéndose y en tono protector:
—Yo, naturalmente, lo he
defendido a usted a capa y es-pada. Hay más todavía, Míster Taik estaba ya
creyendo esos chismes y un día me hizo llamar a su escritorio y me dijo: “Señor
Marino: Lo he hecho llamar a mi escritorio para hablar con usted sobre un asunto
muy grave y muy secreto. “Siéntese y contésteme lo que voy a preguntarle. ¿Cómo
se porta con ustedes en Coica el subprefecto Luna? Hágame el favor de
contestarme con entera franqueza. Porque me escriben de Coica tantas cosas
contra Luna, que, francamente, no sé lo que hay en todo esto de cierto. Por eso
quiero que usted me diga sinceramente cómo se conduce Luna con ustedes. ¿Les
presta toda clase de faci-lidades para el enganche de peones? ¿Los apoya y está
con ustedes? Porque la “Mining Society” hizo nombrar a Luna subprefecto con el
único fin de tener la gendarmería a nuestro servicio para lo que toca a la
peonada. Usted lo sabe muy bien. El resto es de menor importancia: que Luna
está siempre con los correligionarios políticos de Ur-teaga; que se emborracha
con quien quiere, eso no signi-fica nada”. Así me dijo el gringo. Estaba muy
enojado. Yo le dije entonces que usted se portaba correctamente con nosotros y
que no teníamos nada de qué quejamos. “Por-que —me dijo el gringo—, si Luna no
se porta bien con
102
ustedes, yo comunico esto
inmediatamente a nuestro es-critorio de Lima, para hacerlo destituir en el día.
Usted comprende que nuestra empresa representa intereses muy serios en el Perú
y no estamos dispuestos a ponerlos a mer-ced de nadie. Así me dijo el gringo.
Pero yo le contesté que esos chismes no eran ciertos y que usted era nuestro,
completamente nuestro...
—Yo sé—dijo Mateo Marino—, yo sé
quiénes le escriben eso a los yanquis..
—¡Bueno! ¡Bueno! —añadió
vivamente José Marino—. Pero, en resumen, lo que hay es que los yanquis ya
tienen la pulga en la oreja y hay que tener mucho cuidado...
—¡Pero si todo eso es mentira!
—exclamaba Luna—. Us-tedes, más que nadie, son testigos de mi lealtad absoluta
y de mi devoción incondicional a míster Taik.".
—¡Naturalmente! —decía José
Marino, echando la ba-rriga triunfalmente—. Por eso, precisamente, lo defendí a
usted en toda la línea, y míster Taik me dijo: “Bueno, se-ñor Marino: su
respuesta, que yo la creo franca, me basta”.
—¡Muy bien! ¡Muy bien! —exclamó
Mateo Marino.
El subprefecto Luna, emocionado,
respondió a José Ma-rino:
—Yo le agradezco muy de veras, mi
querido don José. Y ya sabe usted que soy su amigo sincero, decidido a hacer
por ustedes todo lo que pueda. Díganme solamente lo que quieren y yo lo haré en
el acto. ¡En el acto! ¡Sí! ¡Como ustedes lo oyen!
—¡Muy bien! ¡Pero muy bien!
—volvió a decir Mateo Marino—. ¡Y, por eso, señor subprefecto, bebamos esta
copa!
—¡Sí, por usted! —brindó José
Marino, dirigiéndose a
103
Luna—. ¡Por nuestra grande y
noble alistad! ¡Salud!
—¡Por eso! ¡Por “Marino
Hermanos”! —decía el subpre-fecto—. ¡Salud! ¡Y por misters Taik y Weiss! ¡Y por
la “Mining Society”! ¡Y por los Estados Unidos! ¡Salud!
Varias copas más tomaron los tres
hombres. En una de és-tas, José Marino le preguntó al subprefecto Luna, siempre
aparte y en secreto:
—¿Cuántos indios han caído hoy
presos?
—Alrededor de unos cuarenta.
José Marino iba a añadir algo,
pero se contuvo. Al fin, ha-bló así a Luna:
—¿Recuerda usted lo que le
dijimos esta mañana sobre los peones?...
—Sí. Que necesitan cien peones
para las minas...
—Exactamente. Pero hay una cosa:
yo creo que podríamos hacer una cosa. Mire usted: como usted no tiene aún
gen-darmes suficientes para perseguir en el día a nuestros peo-nes prófugos, y
como usted no va a saber qué hacer con todos esos indios que están ahora presos
en la cárcel, ¿por qué no nos da usted unos cuantos, para enviarlos a Qui-vílca
inmediatamente?
—¡Ah! ¡Eso!... —exclamó el
subprefecto—. Usted com-prende. La cosa es un poco difícil. Porque... Espere
usted! ¡Espere usted!
Luna se agarró el mentón,
pensativo, y terminó diciendo a
José Marino en voz baja y
cómplice:
—No hablemos más. Entendidos. Se
lo prometo.
Mateo Marino corrió y trajo tres
copas.
—[Señores! —exclamó copa en mano
y en alta voz José
104
Marino, dirigiéndose a todos los
concurrentes—. Yo les invito a beber una copa por el señor Roberto Luna,
nuestro grande subprefecto, que acaba de salvamos de la indiada. Yo, señores,
puedo asegurarles que el Gobierno sabrá pre-miar lo que ha hecho hoy el señor
Luna en favor de Coica. Y yo propongo firmar aquí mismo todos los presentes un
memorial al Ministro de Gobierno, expresándole la grati-tud de la provincia al
señor Luna. Además, propongo que se nombre una Comisión que se encargue de
organizar un homenaje al señor Luna, con un gran banquete y con una medalla de
oro, obsequio de los hijos de Coica...
—[Bravo! [Bravo! ¡Hip, hip, hip!
¡Hurra!...
Hubo un revuelo intenso en los
salones municipales. El juez, doctor Ortega, ya muy borracho, llamó a uno de
los gendarmes y le dijo:
—Vaya usted a traer la banda de
músicos. Despiértelos a los cholos cueste lo que cueste y dígales que el
subpre-fecto, el juez, el alcalde, el cura, el médico y todo lo mejor de
Cannas, está aquí, y que vengan inmediatamente.
El médico Riaño opuso un
escrúpulo:
— ¡Doctor Ortega! ¿Cree usted que
debe traer la música?
—¡Pero es claro! ¿Por qué no?
—Porque como ha habido muertos
hoy, la gente va a de-cir...
—¿Pero qué gente? ¿Los indios?
¡Qué ocurrencia? ¡Vaya usted, vaya nomás! —volvió a decir el juez al gendarme.
Y el gendarme fue a traer la
música corriendo.
A la madrugada, los salones
municipales estaban conver-tidos en un local de fiestas. La banda de músicos
tocaba valses y marineras entusiastas, y una jarana delirante se
105
produjo. Muchos se habían
retirado ya a dormir, pero los que quedaron —una quincena de personas— se
encontra-ban completamente ebrios. Bailaban entre hombres. Los más dados a la
marinera eran el cura Velarde y el juez Or-tega. El cura se quitó la sotana y
se hizo el protagonista de la fiesta. Bailaba y cantaba en medio de todos y a
voz en cuello. Después propuso ir a casa de una familia de chi-cheras en la que
el cura y el doctor Riaño tenían pretensio-nes escabrosas respecto de dos
indias buenas mozas. Pero alguien aseguró que no se podía ir, porque el padre
de las indias había caído herido en la plaza.
Tomados del brazo, el alcalde
Parga, el subprefecto Luna y los hermanos Marino, discutían acaloradamente. El
al-calde balbuceaba, bamboleándose de borracho:
—¡Yo soy todo de los yanquis! ¡Yo
se lo debo todo! ¡La alcaldía! ¡Todo! ¡Son mis patrones! ¡Son los hombres de
Coica!
¡No sólo de Coica —argumentaba
Mateo Marino—, sino del Departamento! ¡Ellos mandan! ¡Qué carajo! ¡Viva míster
Taik, señores!... El subprefecto Luna, hombre ver-sado en temas
internacionales, explicaba entusiastamente a sus amigos:
—¡Ah, señores! ¡Los Estados
Unidos es el pueblo más grande de la tierra! ¡Qué progreso formidable! ¡Qué
ri-queza! ¡Qué grandes hombres, los yanquis! ¡Fíjense que casi toda la América
del Sur está en manos de las finanzas norteamericanas! ¡Las mejores empresas
mineras, los fe-rrocarriles, las explotaciones caucheras y azucareras, todo se
está haciendo con dólares de Nueva York! ¡Ah! ¡Eso es una cosa formidable! ¡Y
van a ver ustedes que la guerra europea no terminará, mientras no entren en
ella los Esta-dos Unidos! ¡Acuérdense de lo que les digo! ¡Pero es
106
claro! ¡Ese Wilson es cojonudo!
¡Qué talento! ¡Qué dis-cursos que pronuncia! ¡El otro día leí uno!... ¡Carajo!
¡No hay que dudarlo! ...
José Marino adujo enérgicamente:
—¡Pero, sobre todo, la “Mining
Society”! ¡Es el más grande Sindicato minero en el Perú! ¡Tiene minas de cobre
en el Norte, minas de oro y plata en el Centro y en el Sur! ¡Por todas partes!
¡Míster Weiss me decía en Quivilca lo que es la “Mining Society”! ¡Qué enorme
empresa! ¡Oh! ¡Sólo les digo que los socios de la “Mining” son los más grandes
millonarios de los Estados Unidos! ¡Muchos de ellos son banqueros y son socios
de otros mil Sindicatos de minas, de azúcar, de automóviles, de petróleo!
¡Místers Taik y Weiss solamente disponen de fortunas colosales!...
—¡Bueno, señores! —dijo,
acercándose el cura Velarde del brazo del juez Ortega—. ¿De qué se trata?
—¡Aquí —respondió con orgullo
Mateo Marino—, aquí, hablando de los yanquis!
—¡Ah! —exclamó el cura—. ¡Los
gringos son los hom-bres! Bebamos una copa por los norteamericanos. ¡Ellos son
los que mandan! ¡Qué caracoles! Yo he visto al mismo obispo agacharse ante
míster Taik la vez pasada que fui al Cuzco. ¡El obispo quería cambiar al cura
de Canta, y mís-ter Taik se opuso y, claro, monseñor tuvo que agachársele!
Mateo Marino ordenó a los músicos
en alta voz:
—¡Un “ataque”! ¡Un “ataque”! ¡Un
“ataque”!
Los músicos, que estaban en el
corredor e ignoraban de lo que se hablaba dentro de los salones, tocaron un
“ataque” fogoso, rítmico y algo monótono. Un vocerío confuso" y
ensordecedor se produjo en los salones. Todos tenían una copa en la mano y todos
hablaban a gritos y a la vez:
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— ¡Vivan los Estados Unidos!
¡Viva la “Mining Society”! ¡Vivan los norteamericanos! ¡Viva Wilson! ¡Viva
míster Taik! ¡Viva míster Weiss! ¡Viva Quivilca! ¡Viva, señores, el subprefecto
de la provincia! ¡Viva el alcalde! ¡Viva el juez de primera instancia! ¡Viva el
señor Iglesias !¡Viva
“Marino Hermanos”! ¡Abajo los
indios! ¡Abajo!...
En medio de la bulla, y entre las
notas entusiastas del “ata-que”, sonaron varios tiros de revólver. El juez
Ortega y el cura Velarde sacaron sus pañuelos y se pusieron a bailar. Los
músicos, al verlos, pasaron a tocar, sin solución de continuidad, la fuga de
una marinera irresistible. Los de-más rodearon al cura y al juez, haciendo
palmas y dando gritos estridentes y frenéticos.
El día empezó a rayar tras de los
cerros nevados y lejanos de los Andes.
* * *
AI día siguiente, el doctor Riaño
hizo la autopsia de los cadáveres. Tres de los heridos habían muerto a la
madru-gada. Algunos de los cadáveres fueron enterrados por la tarde.
El subprefecto Luna, a eso de la
una del día, y todavía en su cama, recibió, entre su correo matinal, la
respuesta te-legráfica del prefecto. El telegrama decía así:
“Subprefeeto Luna. Coica.—
Deplorando sucesos, felicí-tolo actitud ante atentado indiada y
restablecimiento orden público. (Firmado.) Prefecto Ledesma". Luna empezó
luego a leer sus cartas y periódicos. Súbitamente, con una sonrisa de
satisfacción, llamó a su ordenanza Ánticona:
—Anticona!
108
—Su señoría.
—Vaya usted a llamar al señor
José Marino. Dígale que le estoy esperando y que venga inmediatamente.
-—Muy bien, su señoría.
A los pocos momentos, José Marino
entraba al dormitorio del subprefecto, contento y sonriente:
—¿Qué tal? ¿El sueño, ha sido
bueno?
—Sí —dijo Luna con gesto de
fatiga-—. Pase usted. Sién-tese. Las copas a mí me hacen siempre mucho daño. La
vejez. ¡Qué quiere usted!
—¡Yo, no! ¡Yo he dormido como un
chancho!
—Bueno, mi querido Marino. ¡Acabo
de recibir telegrama del prefecto! Mire usted! ...
El subprefecto le tendió el
telegrama y José Marino leyó mentalmente.
—¡Estupendo! —exclamaba Marino
[Estupendo! ¡Ya ve usted, ya se lo decía yo ayer! ¡Naturalmente! El prefecto y
el Ministro tienen que aprobar lo que usted ha hecho. Ade-más, yo voy a
escribirle en seguida a míster Taik contán-dole lo que ha pasado y diciéndole
que lo recomiende a usted inmediatamente al Cuzco y a Lima, a fin de que se
apruebe lo de ayer y no lo muevan a usted de Cannas.
—¡Eso es! ¡Eso es! ¡Bueno!
¡Bueno! Esto lo dejo al cui-dado suyo. En cuanto a los indios que están presos,
me parece que usted puede tomar unos quince para las minas.
Ahí también acabo de leer en el
periódico la entrada de los Estados Unidos a la guerra europea.
—¿Sí? —preguntó José Marino,
alborotado.
—¡Sí, sí, sí! Acabo de leerlo en
el periódico.
109
—Entonces, míster Taik ya debe
también saberlo a estas horas y habrá redoblado los trabajos de las minas.
Tiene que enviar inmediatamente a Mollendo, para ser embar-cado a Nueva York,
un gran lote de tungsteno.
—Por eso, justamente, lo he
llamado, para decirle que, en vista del apuro de peones en que está la “Mining
Society”, disponga usted, hoy mismo, si lo quiere, de quince indios de los que
tengo ahora en la cárcel.
—¿No es posible tomar de ahí unos
veinte?
—Por mi parte, yo lo haría con
mucho gusto. Ya sabe us-ted que yo estoy aquí para servirles a ustedes, y eso
es lo único que me interesa. Yo sé que mientras míster Taik esté contento y
satisfecho de mí, no tengo nada que temer. Pero ya les he dicho ayer que yo
necesito también lo menos cinco “conscriptos” antes de fin de mes. De los
indios que hay en la cárcel, tengo que tomar también tres que me fal-tan para
completar mi contingente. Yo no puedo quedar mal con el prefecto. Póngase usted
en mi lugar. Además, no conviene ir muy lejos en esto de los indios para
Qui-vilca. Hay que desconfiar de Riaño y del viejo Iglesias. Si el viejo
Iglesias llega a saber que yo les he dado a ustedes veinte indios para
Quivilca, él va a querer también otros tantos para su hacienda, y, como siempre
está escribién-dose con Urteaga, puede indisponerme con el Gobierno ...
—Pero si tenemos a míster Taik
con nosotros...
—Sí, sí; pero siempre es bueno
estar bien con el diputado.
—¡No, no, no! Yo le aseguro,
además, que el viejo Iglesias no tiene por qué saberlo. Quivilca está lejos.
Una vez que los indios estén en las minas, nadie sabrá de ellos nada, ni dónde
están ni qué es lo que hacen, ni nada.
—¿Y las familias de los indios?
¿Y si van a Quivilca?
110
—Muy bien; pero si usted se lo
impide, no se moverán ni harán nada. Además, a todo el mundo hay que decirle
que se les ha puesto en libertad y que los indios han huido des-pués de miedo.
Haciéndolo así, si se llega a saber que al-gunos de ellos están en las minas,
se puede decir que ellos mismos se habían ido a Quivilca, de miedo al juicio
por los sucesos de ayer...
Así quedó acordado entre José
Marino y el subprefecto Luna. En la noche de ese mismo día, y previa una
selec-ción de los más humildes e ignorantes, fueron sacados, en la madrugada,
veinte indios de la cárcel, de tres en tres. La ciudad estaba sumida en un
silencio absoluto. Las calles estaban desiertas. Los indios iban acompañados de
dos gendarmes, bala en boca y conducidos a las afueras de Coica, sobre el
camino a Quivilca. Allí se formó el grupo completo de los veinte indios
prometidos por Luna a “Ma-rino Hermanos”, y a las cuatro de la mañana fue la
partida para las minas de tungsteno. Los veinte indios iban ama-rrados los
brazos a la espalda y todos ligados entre sí por un sólido cable, formando una
fila en cadena, de uno en fondo. Custodiaban el desfile, a caballo, José y
Mateo Ma-rino, un gendarme y cuatro hombres de confianza, pagados por los
hermanos Marino. Los Siete guardias de los indios iban armados de revólveres,
de carabinas y de abundante munición.
La marcha de estos forzados, para
evitar encuentros aza-rosos en la ruta, se hizo en gran parte por pequeños
sende-ros apartados.
Nadie dijo a estos indios nada.
Ni adonde se les llevaba ni por cuánto tiempo ni en qué condiciones. Ellos
obedecie-ron sin proferir palabra. Se miraban entre sí. sin compren-der nada, y
avanzaban a pie, lentamente, la cabeza baja y
111
sumidos en un silencio trágico.
¿Adónde se les estaba lle-vando? Quién sabe si a Cuzco, para comparecer ante
los jueces por los muertos de Colca. ¡Pero si ellos no habían hecho nada! ¡Pero
quién sabe! ¡Quién sabe! 0 tal vez los estaban llevando a ser conscriptos.
¿Pero también los vie-jos podían ser conscriptos? ¡Quién sabe! Y, entonces,
¿por qué iban con ellos los Marino y otros hombres particula-res, sin vestido
militar? ¿Serían que estaban ayudando al subprefecto? ¿0 acaso se los estaban
llevando a botarlos lejos, en algún sitio espantoso, por haberlos agarrado en
la plaza, a la hora de los tiros? ¿Pero dónde estaría ese sitio y por qué esa
idea de castigarlos botándolos así, tan lejos? ¡Quién sabe! ¡Quién sabe! ¡Quién
sabe! ¡Pero ni un poco de cancha! ¡Ni un puñado de trigo o de harina de cebada!
¡Y ni siquiera una bola de coca! Cuando ya fue de mañana y el sol empezó a
quemar, muchos de ellos tuvieron sed ¡Pero ni siquiera un poquito de chicha!
¡Ni un poco de ca-ñazo! ¡Ni un poco de agua! ¿Y las familias? ¡La pobre Paula,
embarazada! ¡El Santos, todavía tan chiquito! ¡El taita Nico, que se quedó
almorzando en el corral! ¡La mama Dolores, tan flacuchita la pobre y tan buena!
¡Y los rocotos amarillos, grandes ya! ¡El tingo de maíz, verde, verde! ¡Y el
gallo cenizo, para llevarlo a Chuca!... ¡Ya todo iba quedando Jejos!... ¿Hasta
cuándo? ¡Quién sabe! ¡Quién sabe!
112
POCAS semanas después, el herrero
Huanca con-versaba en Quivilca con Leónidas
Benites y el apuntador y
ex-amante de la finada Graciela. Era de noche. Estaban en el rancho del
apuntador, situado en
el campamento obrero, pero muy a
las afueras de Quivilca, cerca ya de las quebradas de “Sal si puedes”. En el
único cuarto del rancho miserable, donde el apuntador vivía solo, ardía, junto
a la cama, un candil de keroseno. Por todo mueble, un burdo banco de palo y dos
troncos de al-canfor para sentarse. En los muros de cercha, empapelados de
periódicos, había pegadas con goma unas fotografías arrancadas de Vanidades, de
Lima. Los tres hombres ha-blaban misteriosamente y en voz baja. Con frecuencia,
ca-llaban y aguaitaban con cautela entre los magueyes de la puerta, hacia la
rúa desierta y hundida en el silencio de la puna. ¿Qué insólito motivo había
podido juntar en un am-biente semejante a estos hombres tan distintos unos de
otros? ¿Qué inaudito acontecimiento había sacudido a Be-nites, al punto de
agitarlo y arrastrarlo hasta el humilde apuntador y, lo que era más extraño,
hasta Servando Huanca, el herrero rebelde y taciturno? ¿Y cómo, de otra parte,
había ido a parar Huanca a Quivilca, después de los sucesos sangrientos de
Coica?
—¿Estamos, entonces, de acuerdo?
—preguntó vivamente Huanca a Benites y al apuntador..
Benites parecía vacilar, pero el
apuntador, en tono de plena convicción, respondía:
113
—¡Ya lo creo! ¡Yo estoy
completamente convencido! Servando Huanca volvió a la carga sobre Benites.
—Pero, vamos a ver, señor
Benites. ¿Usted no está con-vencido de que los gringos y los Marino son unos
ladrones y unos criminales, y que viven y se enriquecen a costa de la vida y la
sangre de los indios?
—Completamente convencido —dijo
Benites.
—¿Entonces? Lo mismo, exactamente
lo mismo sucede en todas las minas y en todos los países del mundo: en el Perú,
en la China, en la India, en África, en Rusia...
—Pero no en los Estados Unidos,
ni en Inglaterra, ni en Francia, ni en Alemania, porque allí los obreros y la
gente pobre están muy bien...
—“¿La gente pobre está muy bien”?
¿Qué es eso de que “la gente pobre está muy bien”? Si es pobre, no puede
en-tonces estar bien...
—Es decir, que los patrones de
Francia, de Inglaterra, de Alemania y de los Estados Unidos no son tan malos ni
ex-plotan tanto a sus compatriotas como hacen con los indí-genas de los otros
países...
—Muy bien, muy bien. Los patrones
y millonarios france-ses, yanquis, alemanes, ingleses, son más ladrones y
cri-minales con los peones de la India, de Rusia, de la China, del Perú, de
Bolivia, pero son también muy ladrones y ase-sinos con los peones de las
patrias de ellos. En todas par-tes, en todas, pero en todas, hay unos que son
patronos y otros que son peones, unos que son ricos y otros pobres. Y la
revolución, lo que busca es echar abajo a todos los grin-gos y explotadores del
mundo, para liberar a los indios y trabajadores de todas partes. ¿Han leído
ustedes en los pe-riódicos lo que dicen que en Rusia se han levantado los
114
peones y campesinos? Se han
levantado contra los patro-
nes, y los ricos, y los grandes
hacendados, y contra el Go-
bierno, y los han botado, y ahora
hay otro Gobierno...
—Sí. Sí. Sí he leído en El
Comercio —decía Benites—.
Pero se han levantado sólo contra
el zar. No contra los pa-
trones y ricos hacendados, porque
hay siempre patrones y
millonarios... Sólo han botado al
zar.
—¡Sí; pero ya van a ver
ustedes!...
—¡Claro! —dijo Benites
entusiasmándose—. Hay en el
nuevo Gobierno de Rusia un gran
hombre, que se llama ...
Que se llama...
— ¡Kerensky! —dijo Huanca.
—Ese, ése, Kerensky. Y ése dicen
que es muy inteligente, un gran orador y muy patriota, y que va a hacer
justicia a los obreros y a los pobres.
Servando Huanca se echó a reír,
repitiendo con zumba:
—¡Qué va a hacer justicia! ¡Qué
va a hacer justicia!...
—Sí; porque es muy inteligente y
honrado y muy patriota
—¡Será otro zar, y nada más!
—dijo enérgicamente el he-rrero—. Los inteligentes nunca hacen nada de bueno.
Los que son inteligentes y no
están con los obreros y con los pobres, sólo saben subir y sentarse en el
Gobierno y hacerse, ellos también, ricos y no se acuerdan más de los
necesitados y de los trabajadores. Yo he leído, cuando tra-bajaba en los valles
azucareros de Lima, que sólo hay ahora un sólo hombre en todo el mundo que se
llaman Le-nin, y que ése es el único inteligente que está siempre con los
obreros y los pobres y que trabaja para hacerles justicia contra los patrones y
hacendados criminales. ¡Ese sí que es un gran hombre! ¡Y van a ver! Dicen que
es ruso y que
115
los patrones de todas partes no
le pueden ver ni pintado, y han hecho que los gobiernos lo persigan para
fusilarlo...
El agrimensor decía incrédulo:
—No hará tampoco nada. ¿Qué va a
hacer, si lo persiguen para fusilarle?
—¡Ya verán ustedes! ¡Ya verán!
Ahí tengo un periódico que me han enviado de Lima, escondido. Ahí dicen que
Lenin va a ir a Rusia y va a levantar las masas contra ese Kerensky y lo va a
botar y va a poner en el Gobierno a los obreros y a los pobres. Allí también
dicen que lo mismo hay que hacer en todas partes: aquí en el Perú, en Chile, en
el extranjero, en todos los países, para botar a los grin-gos y patrones, y
ponernos nosotros, los obreros y los po-bres, en el Gobierno!
Benítes sonreía con escepticismo.
El apuntador, en cam-bio, oía con profunda unción al herrero.
—Eso —dijo Benites muy
preocupado—, eso es muy di-fícil. Los indios y los peones no pueden ser
Gobierno. No saben ni leer. Son aún ignorantes. Además, hay dos cosas que no
hay que olvidar: primero, que los obreros sin los intelectuales —abogados,
médicos, ingenieros, sacerdo-tes, profesores— no pueden hacer nada y no podrán,
no podrán, y no podrán nunca! Segundo, que los obreros, así estuviesen
preparados para gobernar, tienen que ceder siempre los primeros puestos a los
que ponen el capital, porque los obreros sólo ponen su trabajo...
—Muy bien. ¡Pero entendámonos,
señor Benites! ¡Ya les he dicho que...
—Sí. De acuerdo. Estamos acordes
en que deben gobernar sólo los que...
—¡No, no, no! ¡Espéreme un
instante! ¡Hágame el favor!
116
Déjeme hablar. Vamos por orden:
dice usted que los obre-ros no pueden hacer nada sin los abogados, profesores,
médicos, sacerdotes, ingenieros. Bueno. Pero lo que pasa es que los curas,
profesores, abogados y demás, son los primeros ladrones y explotadores del
indio y del peón.
Benites protestó:
—¡No, señor! ¡No, señor! .. .
—¡Sí, señor! ¡Sí! —decía el
herrero enardecido.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —decía también
con ímpetu el apunta-dor—. Los médicos, los ingenieros y todos esos que se las
dan de señoritos inteligentes, son unos ladrones y esquil-man a los indios y a
los pobres. ¡Sí! ¡Sí! ¡Usted mismo — añadió irritado el apuntador, dirigiéndose
a boca de jarro al agrimensor—, usted mismo y el profesor Zavala y el ingeniero
Rubio tomaron parte en la muerte de la Graciela en el bazar!...
—¡No, señor! ¡Está usted
equivocado! —argumentaba en tono amedrentado Benites.
—¡Sí! ¡Sí! —decía el apuntador,
desafiando al agrimen-sor—. Usted es un hipócrita, que sólo vino a ver a Ruanca
para vengarse de los gringos y de Marino, porque le han quitado el puesto y
porque le han robado sus socios, y nada más. Usted y Rubio fueron los primeros,
con el coche Ma-rino, en quitarles sus chacras, sus animales y sus granos a los
soras, robándoles y metiéndoles después en las minas, para hacerlos morir entre
las máquinas y la dinamita como perros. Usted quiere ahora engañarnos y decir
que quiere ponerse con nosotros, cuando no es cierto. Usted se irá con los
gringos y con los Marino, apenas le vuelvan a llamar y a dar un puesto. Y
entonces, usted será el primero en trai-cionarnos y decir a los patrones lo que
estamos haciendo
117
y lo que estamos diciendo aquí.
¡Sí! ¡Sí! ¡Así son los in-genieros y todos los profesores, y doctores, y curas,
y to-dos, todos! ¡No hay que creerles a ustedes nada! ¡Nada! ¡Ladrones!
¡Criminales! ¡Traidores! ¡Hipócritas! ¡Sinver-güenzas! ...
—¡Basta! ¡Basta! ¡Calle! —le dijo
afectuosamente Huanca al apuntador, interponiéndose entre éste y Leóni-das
Benites—. ¡Ya está! ¡Ya está! No se gana nada con ponerse así. Hay que ser
serenos. ¡Nada de alborotos ni de atolondramientos! El revolucionario debe ser
tranquilo...
—¡Además -—decía Benites, pálido
y suplicante—, yo no he hecho nada de eso! Yo les juro por mi madre que yo no
me metí en nada para la muerte de la Rosada.
—¡Bueno, bueno! —dijo serenamente
Huanca—. ¡Deje-mos eso ya! ¡Vamos al grano! Yo le decía a usted —aña-dió
dirigiéndose a Benites— que los curas y los doctores también son enemigos de
los indios y los trabajadores. ¿Qué es lo que pasó aquella vez en Coica? ¡Entre
el sub-prefecto, el médico, el juez de primera instancia, el alcalde y el
sargento, y el gamonal Iglesias, y los soldados dieron muerte a más de quince
pobres indios! ¡El tuerto Ortega fue el más malo y el más cruel! ¿Y el cura
Velarde? ¿No estuvo con todos ellos recorriendo el pueblo, revólver en mano, y
persiguiendo a balazos a los indios inocentes? ... ¿Y el profesor García? ...
El apuntador, con la cara
encendida por el rencor, se pa-seaba nerviosamente en el rancho. Leónidas
Benites oía a Huanca, cabizbajo y como presa de hondas luchas interio-res. Una
aguda incertidumbre suscitaban en su espíritu los alegatos del herrero. Benites,
en el fondo, tenía fe absoluta en la doctrina, según la cual, son los
intelectuales los que deben dirigir y gobernar a los indios y a los obreros.
Eso lo había aprendido en el colegio y en la Universidad y lo
118
seguía leyendo en libros,
revistas y periódicos, nacionales y extranjeros. Sin embargo, Benites acogía
esta noche la opinión en contrario de Servando Huanca, con extraña atención,
con respeto y hasta con simpatía. ¿Por qué? Ver-dad es que misters Taik y Weiss
le habían arrojado de su puesto de agrimensor y que José Marino rompió también
con él la sociedad de cultivo y cría. Verdad es que Benites odiaba ahora, a
causa de estos daños, a los patrones yan-quis tanto como a los patrones
peruanos —encarnados es-tos últimos en las personas de “Marino Hermanos”—. Pero
—se decía en conciencia—, de aquí
a ponerse en tratos con Huanca, para mover a los peones contra la “Mining
Society” y —lo que era más grave— para provocar así no-más un levantamiento de
las masas contra el orden social y económico reinante, media, en realidad, un
gran abismo... ¡Y si las pretensiones del herrero no fuesen más que ésas! ¡Si
el herrero quisiese únicamente el aumento de los salarios a la peonada, buenos
ranchos, disminución de las horas de trabajo, descanso por las noches y los
domin-gos, asistencia medical y farmacéutica, remuneración por accidentes del
trabajo, escuelas para los hijos de los obre-ros, dignificación moral de los
indios, el libre ejercicio de sus derechos y, por último, la justicia igual
para grandes y pequeños, para patrones y jornaleros, poderosos y desva-lidos!..
Mas eso no era todo; Servando Huanca osaba ir hasta hablar de revolución y de
botar a los millonarios y grandes caciques que están en el Gobierno, para
ponerlo a éste en manos de los obreros y campesinos, pasando por sobre las
cabezas de la gente culta e ilustrada, como los abogados, ingenieros, médicos,
hombres de ciencia y sa-cerdotes!... No podía el agrimensor concebir a un
herrero de ministro y a un obispo, un catedrático o un sabio, pi-diendo
audiencia a aquél y guardándole antesala. ¡Ah, no! Eso pasaba todo límite y
toda seriedad. Pongamos por caso
119
que muchos intelectuales fuesen
picaros y explotadores del pueblo. Pero, juzgando las cosas en el terreno
estricta-mente científico y técnico, para Benites, la idea y los hom-bres de
ideas constituyen la base y el punto de partida del progreso, ¿qué podrán hacer
los pobres campesinos y jor-naleros él día en que se pusieran a la cabeza del
Gobierno? ¡Sin ideas, sin noción de nada, sin conciencia de nada! ¡Reventarían!
De esto estaba completamente convencido Leónidas Benites. Y justamente, por
estarlo, no podía ex-plicarse el agrimensor por qué seguía oyendo y
discutién-dole a Huanca, un hombre chiflado y ante quien él, Beni-tes, aparecía
nada menos que como enemigo y explotador de la clase obrera y campesina.
—Pero, Huanca —le argumentó
Benites—, no diga usted disparates. Nosotros, los intelectuales, estamos lejos
de ser enemigos de la clase obrera. Todo lo contrario: yo, por ejemplo, soy el
primero en venir a hablar con ustedes es-pontáneamente y sin que nadie me
obligue y hasta con pe-ligro de que la sepan los gringos y me boten de
Quivilca.
El apuntador le respondió
violentamente:
—Pero yo le apuesto que si mañana
le vuelven a dar su puesto los gringos, usted no vuelve más a buscamos y. si
hay una huelga, será usted el primero en echarles bala a los peones.
— ¡Sí! ¡Sí! —dijo Servando
Huanca—. Los obreros no debemos confiarnos de nadie, porque nos traicionan. Ni
de doctores, ni de ingenieros, ni menos de curas. Los obreros estamos solos
contra los yanquis, contra los millonarios y gamonales del país, y contra el
Gobierno, y contra los co-merciantes, y contra todos ustedes, los
intelectuales...
Leónidas Benites se sintió
profundamente herido por estas palabras del herrero. Herido, humillado y hasta
triste.
120
Aunque rechazaba la mayor parte
de las ideas de Huanca, una misteriosa e irrefrenable simpatía sentía crecer en
su espíritu, por la causa en globo de los pobres jornaleros de las minas.
Benites había también visto muchos atropellos, robos, crímenes e ignominias
practicados contra los indios por los yanquis, las autoridades y los grandes
hacendados del Cuzco, de Coica, de Accoya, de Lima y de Arequipa. Sí. Ahora los
recordaba Benites. Una vez, en una hacienda de azúcar de los valles de Lima,
Leónidas Benites se ha-llaba de paseo, invitado por un colega universitario,
hijo del propietario de ese fundo, senador de la República éste y profesor de
la Facultad de Derecho en la Universidad Nacional. Este hombre, célebre en la
región por su despo-tismo sanguinario con los trabajadores, solía levantarse de
madrugada para vigilar y sorprender en falta a los obreros. En una de sus
incursiones nocturnas a la fábrica, le acom-pañaron su hijo y Leónidas Benites.
La fábrica estaba en plena molienda y eran las dos de la mañana. El patrón y
sus acompañantes se deslizaron con gran sigilo junto al trapiche y a las
turbinas, dieron la vuelta por las máquinas wrae y descendieron por una angosta
escalera a la sección de las centrífugas. En un ángulo del local, se detuvieron
a observar, sin ser vistos, a los obreros. Benites vio entonces una multitud de
hombres totalmente desnudos, con un pe-queño taparrabo por toda vestimenta,
agitarse febrilmente y en diversas direcciones delante de enormes cilindros que
despedían estampidos isócronos y ensordecedores. Los cuerpos de los obreros
estaban, a causa del sofocante ca-lor, bañados de sudor, y sus ojos y sus caras
tenían una expresión angustiosa y lívida de pesadilla.
—¿Qué temperatura hace aquí?
—preguntó Benites.
—Unos 48 a 50 grados —dijo el
patrón.
—¿Y cuántas horas seguidas
trabajan estos hombres?
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—De seis de la tarde a seis de la
mañana. Pero ganan una prima.
El patrón dijo esto y añadió,
alejándose en puntillas en di-rección a los obreros desnudos, pero sin que
éstos pudie-sen verlo:
-—Un momento. Espéreme aquí. Un
momento...
El patrón avanzó a paso rápido,
agarró un balde que en-contró en su camino y lo llenó de agua fría en una
bomba. ¿Qué iba a hacer ese hombre? Uno de los obreros, desnu-dos y sudorosos,
estaba sentado, un poco lejos, en el borde del rectángulo de acero. Acodado en
sus rodillas, apoyaba en sus manos la cabeza inundada de sudor. Dormía.
Algu-nos de los otros obreros advirtieron al patrón y, como de ordinario,
temblaron de miedo. Y fue entonces que Leóni-das Benites vio con sus propios
ojos estupefactos una es-cena salvaje, diabólica, increíble. El patrón se
acercó en puntillas al obrero dormido y le vació de golpe el balde de agua fría
en la cabeza.
—¡Animal! —vociferó el patrón,
haciendo esto—-. ¡Ha-ragán! ¡Sinvergüenza! ¡Ladrón! ¡Robándome el tiempo!... ¡A
trabajar! ¡A trabajar!...
El cuerpo del obrero dio un salto
y se contrajo luego por el suelo, en un temblor largo y convulsivo, como un
pollo en agonía. Después se incorporó de golpe, lanzando una mirada larga, fija
y sanguinolenta en el vacío. Vuelto en sí, y aún atontado un poco, reanudó su
trabajo.
Aquella misma madrugada murió el
obrero.
Benites recordó esta escena, como
en un relámpago, mien-tras Servando Huanca le decía a él y al apuntador:
—Hay una sola manera de que
ustedes, los intelectuales, hagan algo por los pobres peones, si es que
quieren, en
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verdad, probarnos que no son ya
nuestros enemigos, sino nuestros compañeros. Lo único que pueden hacer ustedes
por nosotros es hacer lo que nosotros les digamos y oírnos y ponerse a nuestras
órdenes y al servicio de nuestros in-tereses. Nada más. Hoy por hoy, ésta es la
única manera como podemos entendernos. Más tarde ya veremos. Allí trabajaremos,
más tarde, juntos y en armonía, como ver-daderos hermanos... ¡Escoja usted,
señor Benites!... ¡Es-coja usted!...
Un silencio profundo guardaron
los tres hombres. El he-rrero y el apuntador miraban fijamente a Benites,
espe-rando su respuesta. El agrimensor seguía meditabundo y agachado. El peso
de los argumentos de Huanca le estaban trayendo por tierra. Ya no podía. Ya se
sentía casi vencido, por mucho que no alcanzaba a explicarse esa su testaruda
inclinación de ahora hacia la causa de los indios y peones. No se daba cuenta
Benites, o no quería darse cuenta, de que si ahora estaba con esos dos obreros
en el rancho, era sólo porque había caído en desgracia con los yanquis y con
“Marino Hermanos”. ¿Cómo no tuvo antes lástima de los obreros y yanaconas,
cuando era agrimensor de la “Mining Society” y alternaba, en calidad de amigo,
con misters Taik y Weiss? Tipo clásico del pequeño burgués criollo y del
estudiante peruano, dispuesto a todas las complacen-cias con los grandes y
potentados y a todos los arribismos y cobardías de su clase. Leónidas Benites,
al perder su puesto en las minas y verse arrojado de los pies de sus pa-trones
y cómplices, cayó en el abatimiento moral inmenso. Su infortunio era tan
completo, que se sentía el más pe-queño y desgraciado de los hombres. Vagaba
ahora sólo y como un sonámbulo, cada día más escuálido y timorato, por los
campamentos obreros y por los roquedales de Qui-vilca. Por las noches, no podía
dormir y, con frecuencia, lloraba en su cama. Una gran crisis nerviosa le
devoraba.
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Alguna vez, le vinieron muy
negros pensamientos y, entre éstos, la idea del suicidio. Para Benites, la vida
sin un puesto y sin una situación social, no valía la pena de ser vivida. Su
temple moral, su temperatura religiosa, en fin, todo su instinto vital cabía a
las justas entre un sueldo y un apretón de manos de un magnate. Perdidos o
desplazados estos dos polos fundamentales de su vida, la caída fue au-tomática,
tremenda, casi mortal. Cuando tuvo noticias de quién era Huanca y de su llegada
oculta a Quivilca, tuvo el agrimensor un súbito sacudimiento moral. Antes de
bus-car a Huanca, sus reflexiones fueron muchas y desgarra-doras. Vaciló varios
días entre suplicar y esperar de los yanquis la piedad, o ir a ver a Huanca.
Hasta que, una no-che, su desesperación fue tan grande que ya no pudo más y fue
a buscar al herrero.
Por su parte, Servando Huanca no
quiso, al comienzo, des-cubrirle sus secretos propósitos. El apuntador había
puesto a Huanca al corriente de toda la situación de los obreros, patrones y
altos empleados de la “Miniftg Society” y le había hablado muy mal de Leónidas
Benites. Sin embargo, la insistencia dramática y angustiosa del agrimensor por
ponerse al lado de los peones y, en particular, la circuns-tancia de haber sido
Benites despedido de la empresa, pe-saron en el ánimo y la táctica de Huanca, y
se puso en in-teligencia con el agrimensor. Quizás éste —pensaba para sí el
herrero— le traía un secreto, una confidencia, un do-cumento o cualquiera otra
arma estratégica de combate, sorprendida y agarrada a los manejos íntimos de la
em-presa y de sus directores.
—¿Pero en qué puede usted
ayudarnos? —le había pre-guntado Huanca a Benites, desde el primer momento.
—¡Ah! —había respondido
gravemente el agrimensor—.
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Ya le diré después... ¡Yo tengo
en mis manos una cosa for-midable! ... ¡Ya se lo diré otro día!...
Servando Huanca aguardaba con
ansiedad esta revelación del agrimensor, y de aquí su campaña tenaz y ardiente
por ganarlo totalmente a la causa de los peones. Además, el herrero tenía prisa
en ver claro y orientarse cuanto antes en lo tocante a los lados flacos de la
“Mining Society” y de los gringos, para iniciar inmediatamente sus trabajos de
propaganda y agitación entre las masas. Ya por impulso propio, los obreros
empezaban a dar signos prácticos de descontento y de protesta. No había
entonces tiempo que perder. Huanca volvió a decir ahora al agrimensor, con un
calor creciente:
—¡Escoja usted! ¡Y escoja usted
con sinceridad, con fran-queza y sin engañarse a usted mismo! ¡Abra bien los
ojos! ¡Piénselo! ¡Usted mismo me dice que le dan asco y pena y rabia los
crímenes y robos de los “Marino”! ¡Usted mismo está convencido de que, en buena
cuenta, la “Mining So-ciety” no hace más que venir al Perú a saquear nuestros
metales, para llevárselos al extranjero! ¿Entonces? ... ¿Y a usted mismo, por
qué lo han botado de su puesto? ¿Por qué? ¿Usted cumplía con su deber? ¿Usted
trabajaba? ¿Entonces?
—¡Porque Taik se deja llevar de
los chismes de Marino! —respondió en una queja infinita Benites—. ¡Por eso!
¡Porque Marino me detesta! ¡Sólo por eso! ¡Pero yo sabré vengarme! ¡Por esta
luz que nos alumbra! ¡Yo me ven-garé!...
Huanca y el apuntador,
impresionados por el juramento rencoroso de Benites, se lo quedaron mirando.
—¡Eso es! —dijo después Huanca a
Benites—. ¡Hay que vengarse! ¡Hay que vengarse de las injusticias de los ricos!
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¡Pero que esto no se quede en
simples palabras! ¡Hay que hacerlo!
El apuntador dijo, por su parte,
con rabia:
—¡Y yo!... ¡Y yo!... ¡A mí me han
de pagar lo que hicieron con la Graciela! ¡Ah! ¡Por estas!... ¡Gringos, hijos
de puta!...
Los tres hombres estaban
caldeados. Una atmósfera dra-mática, sombría y de conspiración, reinó en el
rancho. Leónidas Benites se acercó a la puerta, miró afuera por las rendijas y
se volvió a los otros.
—¡Yo tengo cómo fregar a la
“Mining Society”! —les dijo en voz baja—. Míster Taik no es yanqui. ¡Es alemán:
¡Yo tengo las pruebas: una carta de su padre, escrita de Han-nóver! Se le cayó
del bolsillo una noche en el bazar, es-tando borracho...
—Muy bien! —dijo a Benites el
herrero—. Muy bien. Lo que importa es que usted esté decidido a ponerse a
nuestro lado y a luchar contra los gringos. ¡Hay mil maneras de joderlos!...
¡Las huelgas, por ejemplo! Ya que usted quiere ayudarnos y usted mismo me ha
buscado para hablar sobre estas cosas, yo quisiera saber si usted puede o no
ayu-darme a mover a los peones...
Tras de un largo silencio de los
tres, cargado de una gran tensión nerviosa, Benites, abrumado por las verdades,
cla-ras y sencillas, del herrero dijo enérgicamente:
—¡Bueno! ¡Yo estoy con los
peones! ¡Cuenten con-migo!... ¡La carta de míster Taik está a disposición de
us-tedes!...
—Muy bien! —dijo con firmeza
Huanca—. Entonces, ma-ñana, en la noche, hay que traer con engaños aquí al
arriero García, al mecánico Sánchez y al sirviente de los gringos.
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Usted —añadió, dirigiéndose a
Benites—, usted me trae también mañana la carta de míster Taik. Y creo que
ma-ñana seremos seis. Hoy empezamos ya entre tres. ¡Buen número!...
Unos instantes después, salió del
rancho Leónidas Benites, cuidando de no ser visto. Minutos más tarde, salió,
to-mando idénticas precauciones, Servando Huanca. Se des-lizó a la derecha, a
paso lento y tranquilo, y se alejó, per-diéndose ladera abajo, por “Sal si
puedes5’. Sus pisadas se apagaron de golpe a la distancia.
Dentro del rancho, el apuntador
trancó su puerta, apagó el candil y se acostó. No acostumbraba desvestirse, a
causa del frío y de la miseria del camastro. No podía dormir. En-tre los
pensamientos y las imágenes que guardaba de las admoniciones del herrero, sobre
“trabajo”, “salario”, “jor-nada”, “patrones”, “obreros”, “máquinas”,
“explotación”, “industria”, “productos”, “reivindicaciones”, “conciencia de
clase”, “revolución”, “justicia”, “Estados Unidos”, “política”, “pequeña
burguesía”, “capital”, “Marx”, y otras, cruzaba esta noche por su mente el
recuerdo de Gra-ciela, la difunta. La había querido mucho. La mataron los
gringos, José Marino y el comisario. Recordándola ahora, el apuntador se echó a
llorar.
El viento soplaba, afuera,
anunciando tempestad.
F I N

