Libro N° 12906. El Tren Volador. Salgari, Emilio.
© Libro N° 12906. El Tren Volador. Salgari, Emilio. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
Título original: ©
El Tren Volador. Emilio Salgari
Versión
Original: © El Tren
Volador. Emilio Salgari
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.textos.info/emilio-salgari/el-tren-volador/pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://cdn.pixabay.com/photo/2016/11/21/18/12/wall-1846946_1280.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://cdn.marcosbl.com/libreria/libros/4923_libro.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL TREN VOLADOR
Emilio Salgari
El Tren
Volador
Emilio
Salgari
El Tren
Volador
Emilio
Salgari
textos.info
Biblioteca digital abierta
Texto núm. 4202
Título: El Tren Volador
Autor: Emilio Salgari
Etiquetas: Novela
Editor: Edu Robsy
Fecha de creación : 3 de febrero
de 2019
Fecha de modificación : 3 de
febrero de 2019
Edita textos.info
Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España
1. RUMBO A ZANZÍBAR
En la mañana del 15 de agosto del
año 1900, un pequeño vapor de dos mástiles surcaba velozmente las aguas del
Océano Índico,, en dirección a la isla de Zanzíbar.
A pesar de la ligera neblina que
aún flotaba sobre el mar, se alcanzaban a divisar las costas de esa tierra de
promisión. Poco a poco fueron perfilándose las colinas rocosas, aunque
cubiertas de vegetación, y hacia un costado el esplendor de una gran ciudad
oriental, con sus torres macizas y sus típicos minaretes.
Cerca del puerto podía apreciarse
el palacio del sultán, con sus sólidas murallas, y, un poco más lejos, el
barrio comercial, verdadero emporio donde se acumulan y negocian los productos
de la India, África y Europa, y donde viven, en una armonía relativa,
mercaderes pertenecientes a las razas más diversas y heterogéneas.
Dos europeos, ubicados en la proa
del barco, observaban con sumo interés el aspecto de la ciudad. Si bien ambos
conversaban en francés, su porte y su acento permitían deducir que pertenecían
a razas distintas.
El de más edad, que aparentaba
tener unos cuarenta o cuarenta y cinco años, era alto, delgado, de bigotes y
cabellos rubios; por la blancura de su piel parecía dinamarqués o alemán.
El otro, en cambio, bajo y
macizo, de tez oscura y cabellos renegridos, aparentaba diez o doce años menos.
Mientras el primero accionaba con la flema característica de los sajones, el
segundo demostraba la extraordinaria vivacidad típica de las razas meridionales.
—¡Por fin! —exclamó el rubio al
ver delinearse el contorno de la ciudad—.
Me estaba cansando de este viaje.
—Tú siempre has preferido volar
entre las nubes, Otto —le contestó el más joven.
3
—Sí, Mateo. Yo he nacido para
navegar entre las nubes, y no para ser un marinero como tú.
—Nosotros los griegos somos todos
marinos, mientras que ustedes los alemanes son hombres de ciencia —le contestó
riendo su compañero.
—Veremos, sin embargo, cómo nos
sentiremos cuando estemos en el centro del África” — añadió el griego.
—Cuando estoy en mi dirigible no
temo a nada y me siento como en mi casa.
—Encontraremos indígenas feroces.
—Estaremos fuera de su alcance.
—Tendremos que enfrentarnos con
leones, elefantes y rinocerontes.
—A pesar de que soy un hombre de
ciencia, sé manejar el fusil como un viejo explorador —repuso el alemán—. Por
otra parte, ya te he asegurarlo que ninguna de estas fieras podrá acercársenos.
—Pero alguna vez tendremos que
aterrizar.
—Cierto. Pero mi dirigible está
construido de tal modo que permite ascender instantáneamente, al menor indicio
de peligro.
—Estoy ansioso por ver tu
dirigible —dijo el griego.
—Es una verdadera maravilla.
—Que nos será sumamente útil para
conquistar la Montaña de Oro. ¿No es cierto, Otto?
—Sí, siempre que lo que me
contaste sea cierto.
—Yo no habría invertido mis
únicas veinticinco mil liras de no haber tenido plena confianza en las palabras
de aquel árabe.
—Por mi parte, yo no me habría
asociado en una empresa tan temeraria de no estar seguro de que eres una
persona muy difícil de engañar —contestó riendo el alemán.
—Por otra parte, tú verás el
documento y podrás escuchar personalmente
4
la historia del árabe.
—Si tenemos éxito nos volveremos
inmensamente ricos, Mateo.
—Seremos ricos corno sultanes
—dijo el griego.
—Por otra parte, si logramos
rescatar a ese desdichado explorador haremos una obra de caridad.
En esos momentos el barco entraba
en la amplia bahía de Zanzíbar; siendo rodeado en seguida por una serie de
pequeñas lanchas y botes, cuyos tripulantes se ofrecían para llevar a tierra a
los pasajeros y sus equipajes.
—¿Podemos va bajar a tierra?
—preguntó el germano.
—Sí —repuso su amigo—. Esta noche
estaremos por fin en mi casa de campo.
—¿Está en un lugar
suficientemente aislado?
—Sí —contestó su amigo—. Podrás
inflar tranquilamente tu dirigible sin que nadie te moleste.
Ambos amigos descendieron del
vapor y subieron a una barca tripulada por un negro de estatura gigantesca.
—¿Conoces a un árabe llamado
El-Kabir? —le preguntó el griego, que hablaba correctamente el dialecto de la
zona.
—Sí. Tiene un negocio cerca del
palacio del sultán.
—Condúcenos allí.
El negro empuñó los remos y;
después de esquivar los numerosos botes que lo rodeaban, comenzó a remar con
tal velocidad que en pocos minutos atravesaron la bahía.
—Aprovecharemos el viaje para ver
el harén —dijo el germano, mirando con curiosidad las altas murallas que
bordeaban el palacio del sultán.
—Podrás verlo desde el dirigible,
si te dejan.
5
—¿Es que está prohibido?
—A su alteza no le agrada que los
“perros cristianos” se aproximen demasiado al lugar donde habitan sus esposas.
—¿Es muy celoso?
—Mantiene alrededor de su palacio
una guardia encargada de alejar a los curiosos. Si se trata de europeos, les
ruegan que se retiren; si en cambio son indígenas, los muelen a palos.
—¿Qué es lo que más teme? ¿Que le
roben sus esposas o sus tesoros?
—Ambas cosas, pero especialmente
a sus mujeres. Desde luego, no le faltan motivos para proceder así.
—¿Es que le han raptado alguna?
—Nada menos que a su hermana
—dijo Mateo—. Hace aproximadamente veinte años la princesa Solima se fugó con
un comerciante alemán, que la llevó a su país, casándose con ella. Sin embargo
la felicidad fue de corta duración, ya que su esposo falleció poco tiempo
después, dejándola en la miseria.
“La viuda imploró en vano la
clemencia del sultán —continuó diciendo el griego—, pero éste se mostró
inflexible y ni siquiera le contestó. Desde ese momento ningún extranjero puede
acercarse a su palacio”.
—¿Qué hace ahora la princesa?
—Da lecciones de lengua árabe en
tu país.
Mientras conversaban, la barca
pasaba delante del palacio del sultán, custodiado celosamente por varios
pelotones de soldados, poderosamente armados; cuyo fiero aspecto no era por
cierto tranquilizador.
El negro, para evitar encontrarse
con la guardia, pasó de largo, desembarcando a sus pasajeros en las afueras del
barrio comercial.
—¿Es allí donde habita el árabe?
—preguntó Otto, señalando una casa cuadrada, desprovista de ventanas.
6
—Sí —respondió Mateo. Luego, volviéndose al negro le dijo—:
Alquilaremos tu barca para todo
el día. Espéranos aquí.
Mateo y su compañero se abrieron
paso fatigosamente a través de la muchedumbre que tramitaba por las calles,
llegando hasta la casa que el negro les indicara.
Como ya hemos dicho, la casa
tenía forma cuadrada; estaba provista de macizas murallas cuyas estrechas
troneras le daban un aspecto de fortaleza.
Sobre la parte delantera existía
un gran almacén, pobremente iluminado, en cuyo interior se encontraban
amontonados los objetos más dispares.
Al lado de una caja ele cedro, o
de un cuerno de rinoceronte, se veían paquetes de jabón francés o pañuelos
ingleses. Un poco más lejos se exhibían ropas europeas, turcas e indígenas,
junto a una heterogénea colección de armas integrada por las más modernas armas
europeas, arcos y flechas de origen africano, y escudos construidos con piel de
elefante o de hipopótamo.
En medio de aquel pandemonio de
objetos tan dispares, una indígena de piel amarillenta estaba de cuclillas
sobre un hermoso tapiz.
Sus ojos eran negros como
carbones y de su cuerpo, recubierto de ungüentos, emanaba un fuerte olor a
incienso. Se mantenía tan inmóvil que se la hubiera podido tomar por una momia
indígena. Luego de observarlos con desconfianza, la mujer dio tres golpes seguidos
en un gong cíe bronce.
A su sonido se abrió una pequeña
puerta, y apareció un negro armado con un luciente yatagán y una pistola de
cachas adornadas con perlas.
—Heggia —dijo la indígena—. Estos
extranjeros preguntan por el patrón.
El negro reconoció en seguida al
griego y lo saludó con una, sonrisa.
—Bienvenido, señor Kopeki.
—¿Dónele está tu patrón?
—preguntó Mateo.
—En el corral.
7
—¿Por qué estás tan armado?
—¿Es que no lo saben aún?
—¿Qué cosa?
—El secreto del oro ha
trascendido.
—¿Quién lo ha revelado?
—Un esclavo infiel, fugado de
esta casa, ha vendido la información, y por eso el patrón desconfía ahora de
todo el mundo.
—¿Qué es lo que teme?
—Parece que el esclavo conocía
sólo una parte del secreto, y ahora tratan de raptar a mi patrón para sacarle
toda la información.
—¿Quiénes son esos enemigos?
—Los árabes de Taborah.
—¡Ah! Condúceme rápido a
presencia de tu patrón.
—¿También al hombre que lo
acompaña?
—Es el que he ido a buscar a
Europa.
—En ese caso sígame, señor
Kopeki. Sus amigos son también los amigos de mi patrón.
Los amigos fueron conducidos a un
patio bellísimo circundado por una galería del más puro estilo oriental. En un
costado del mismo, sentado sobre almohadones de seda, estaba un árabe muy
anciano, cuya larga barba blanca contrastaba con el tono oscuro de su piel.
Cuando llegaron nuestros amigos
estaba fumando plácidamente con una larga pipa adornada con plata y perlas.
Ese hombre era El-Kabir, uno de
los más poderosos comerciantes de Zanzíbar, poseedor de inmensas riquezas, y de
quien se contaban extrañas historias. En su aventurera juventud había recorrido
gran parte de
8
África, dedicado a la trata de
esclavos, lo que le permitió acumular grandes riquezas, que multiplicó al
llegar a la edad madura con el comercio del marfil.
Al verlos llegar el árabe dejó su
pipa y se levantó con una agilidad extraordinaria para sus sesenta años.
—Te esperaba con impaciencia
—dijo extendiendo su mano al griego—.
Aquí han pasado cosas muy graves.
—Tú sabes que Europa no está
cerca —repuso Mateo—. Por otra parte, había que hacer grandes preparativos.
—¿Has conseguido el dirigible?
—Sí, y también he traído a mi
amigo, Otto Stecker, un verdadero sabio en aeronavegación.
El árabe tendió su mano al
germano, que se la estrechó vigorosamente.
—¿Conoce nuestros planes? —le
preguntó.
—Mi amigo Mateo me ha contado
todo.
—Sin embargo, él desearía oír de
tus labios esa historia maravillosa de la Montaña de Oro —dijo el griego.
—Y ver también los planos —añadió
el germano.
El árabe hizo una señal a Heggia.
—Pon cuatro hombres armados de
guardia alrededor de la casa —le dijo—. Luego haz que nos traigan refrescos.
Mientras el negro se alejaba
rápidamente, el árabe se sentó nuevamente sobre los almohadones, e invitó a sus
visitantes a que se pusieran cómodos.
Un momento después dos negras
trajeron grandes bandejas de plata con pocillos de café y vasos con cremas
heladas. Al mismo tiempo un negro traía finísimas pipas, y una caja de sándalo
llena de aromático tabaco.
—Antes que nada quería
preguntarles una cosa —dijo el árabe—. ¿Habéis traído con vosotros el
dirigible?
9
—Sí —contestó Mateo.
—Se trata de competir en
velocidad con los hombres que ya han partido en busca de la Montaña de Oro.
—¡Cómo! —exclamaron nuestros
amigos—. ¿Ellos ya iniciaron la expedición?
—Sí. Los árabes de Taborah han
organizado una caravana que partió para el continente hace tres semanas.
—Entonces es cierto que alguien
nos traicionó y reveló nuestro secreto.
—Sí —le contestó el árabe—. Uno
de mis esclavos ha vendido nuestro secreto a Altarik, un árabe riquísimo de
Taborah.
—¿Dónde se ha formado la
caravana?
—En Bagamoyo, y en estos momentos
deben haber avanzado bastante; casi seguramente deben estar cerca del Ngura.
—No importa —dijo el germano—,
nuestro dirigible es mucho más rápido,
y cuando ellos lleguen a la
Montaña de Oro, nosotros ya estaremos de regreso en Zanzíbar.
—¿Podrá el aparato transportar la
carga de oro? —preguntó el árabe con voz inquieta.
—Supongo que no se tratará de una
verdadera montaña —dijo riendo el germano—. Pero puedo asegurarle que nosotros
podremos transportar dieciocho toneladas de carga.
—Partiremos mañana.
—¿Tan pronto?
—Es necesario, para no despertar
sospechas en el sultán, que no se muestra bien dispuesto con los extranjeros
que emprenden expediciones al interior del continente. Por otra parte, debemos
proceder con extrema prudencia.
—¿Por qué motivo? —preguntó el
griego.
10
—Estoy siendo atentamente
vigilado por los hombres de Altarik.
—¿Sospechan acaso que tú piensas
partir para el continente?
—Con toda seguridad —repuso el
árabe.
—No importa, los engañaremos a
todos —dijo el germano.
—¿En qué forma?
—Lo vendremos a buscar durante la
noche.
—¿Con el dirigible?
—Sí —repuso el germano.
—¿Aquí?
—Si, en esta misma casa.
—Entonces vuestro dirigible debe
ser una cosa maravillosa. ¿Podremos volar contra el viento?
—Con toda facilidad.
El árabe lo miró asombrado.
—Tienen razón los que afirman que
los europeos son brujos —dijo.
—Olvidad a los europeos y
contadme la historia de la Montaña de Oro y sus tesoros —dijo el germano—. Ardo
en deseos de sentirla de vuestros propios labios.
—Encended vuestras pipas y
escuchadme —dijo el árabe.
11
2. UN DOCUMENTO VALIOSO
El Kabir se acomodó en los
cojines, cargó la pipa, tomó unos sorbos del excelente café, comenzó a fumar, e
inició su relato con esa voz nasal típica de los árabes.
—Hace tres meses me dirigí a
Bagamoyo, en el continente, para recibir una caravana que venía desde el Ugogo,
donde me llegaba una valiosa partida de colmillos de elefante que había
comprado a los súbditos de Nurambo, el gran rey africano que domina la región
de los grandes lagos. Había terminado ya mi tarea, cuando el jefe de la
caravana, que era amigo mío, me llevó aparte, enseñándome un trozo de papel
sobre el cual había escritas algunas líneas en un idioma que él desconocía.
—¿Podrías traducirme lo que dice
en esta carta? —me preguntó.
—¿De dónde la has sacado?
—Es una historia muy curiosa
—respondió mi amigo—. Atravesábamos el territorio de Nsagaco, y como nos
escaseaban los víveres salí de caza para conseguir un poco de carne fresca para
la caravana.
—Como sabes —continuó—, se trata
de tierras donde la caza abunda, de modo que me resultó fácil matar numerosos
antílopes, y además algunos avestruces. Cuando me disponía a regresar, observé
colgado del cuerno de un antílope una especie de bolsita atada con una cuerda
rústica. Al abrirla, cuidadosamente envuelta, encontré esta carta, pero no
puedo saber lo que dice porque está escrita en un idioma desconocido para mí.
Presintiendo que podría tratarse
de algo muy importante, leí la carta con displicencia, para que ni remotamente
mi amigo pudiera adivinar de qué se trataba.
La carta había sido escrita por
un explorador inglés, de apellido Kambert, que había partido de Zanzíbar años
atrás para explorar la margen occidental del gran lago Tanganyka. En ella
contaba el explorador que
12
desde hacía un año estaba en
poder de una tribu de indígenas feroces que lo habían llevado prisionero a
Kilembo, en el Kassongo, y lo martirizaban en tal forma que todos los días
deseaba le llegara la muerte como una liberación. Al final de la misiva solicitaba
auxilio, prometiendo indicar al que lo rescatase, como recompensa, la ubicación
de una montaña que contenía riquezas incalculables, acumuladas durante siglos,
por los indígenas de Kassongo.
“Como mi amigo el árabe me miraba
atentamente, sospechando también él que se trataba de un documento de gran
valor, le dije, mostrando poco interés; que se trataba de una simple
información geográfica, que rogaba transmitir al cónsul inglés en Zanzíbar, prometiendo
una recompensa de veinte libras esterlinas.
El árabe cayó en la trampa, y
sabiendo que yo estaba por embarcarme para Zanzíbar, me encargó llevar el
documento, previo pago de la recompensa ofrecida por el explorador.
Las discretas averiguaciones que
realicé al regresar a Zanzíbar demostraron que, efectivamente, dos años atrás,
un viajero inglés, con una escolta de quince hombres, había salido de la ciudad
para ir a explorar la margen occidental del lago Tanganyka.
Aclarado este punto, que parecía
confirmar la veracidad del contenido de la carta, pensé seriamente en
conquistar esa riqueza fabulosa. Mi primer pensamiento fue organizar una
caravana y dirigirme hasta el lago, pero en esos días me llegó la noticia de que
había estallado la guerra en la región de Tanganyka, lo que significaba la
muerte segura para cualquier caravana que se internase en esos parajes.
Fue entonces que conversé con mi
amigo Mateo, quien me sugirió la idea de buscar en Europa alguna especie de
globo o dirigible que me facilitase la llegada hasta el Kassongo.”
—Y de inmediato pensamos en ti,
Otto —dijo el griego—, sabiendo que eres uno de los más grandes expertos en
aeronavegación.
—Por lo que estoy muy contento
—repuso el germano.
—¿Aceptáis intervenir en la
empresa? —preguntó el árabe.
13
—De mil amores —respondió Otto.
—Yo soy muy rico, y anticiparé
los gastos de la expedición.
—Es una oferta magnífica que
aceptamos complacidos, porque nuestros bolsillos están casi vacíos —dijo el
griego—. La compra del dirigible y los gastos de viaje han concluido
prácticamente con nuestros recursos.
—Es necesario proceder muy
rápidamente —continuó el árabe—. Ya les conté que nuestro secreto ha sido
vendido a Altarik.
—Cuéntenos cómo ha ocurrido eso
—dijo Mateo.
—Al principio, cuando todavía
pensaba en organizar la caravana, conversé con algunos de mis sirvientes y
esclavos, preguntándoles si querían acompañarme, y prometiéndoles una
participación en el tesoro. Seguramente alguno de ellos repitió la historia, porque
a los pocos días llegó Altarik hasta mi casa, proponiéndome que nos asociáramos
en la empresa.
Como desconfío de ese hombre, que
tiene fama de ser más rapaz que un beduino, y más cruel que un cazador de
esclavos, me lo saqué de encima diciéndole que se habían burlado de él
haciéndole creer una historia falsa.
Altarik no ha quedado convencido,
y desde ese día me vigila en forma permanente para impedir que salga en busca
del tesoro. Por su parte, él ha enviado una fuerte caravana encargada de
rescatar al explorador y ubicar la Montaña de Oro.
—¿Es por eso que tú y tus
sirvientes estáis tan armados?
—Altarik es capaz de todo, y
estoy seguro de que ha ordenado a sus hombres que me maten a traición, para
impedir mi partida.
—Entonces los espías de Altarik
deben saber nuestra llegada.
—Seguramente, y por eso les
recomiendo que tengan cuidado al salir.
—Tenemos buenos revólveres —dijo
el griego.
—¿Cuándo partiremos? —preguntó el
árabe.
14
—Mañana por la noche —contestó el
germano—. Esta noche sería demasiado aventurado, porque quiero revisar el
dirigible para ver si no ha sufrido deterioros en el viaje.
—¿Cómo conseguirás el gas
necesario para inflarlo?
—Lo he traído conmigo, envasado a
gran presión dentro de cilindros de acero de resistencia incalculable
—respondió Otto—. No necesitaré más de tres o cuatro horas para inflar mis
globos.
—¿Tus globos? —exclamó Mateo—.
¿No se trata acaso de uno solo?
—Son dieciocho —repuso Otto
riéndose.
—¿Qué clase de dirigible has
traído?
—Un dirigible que en realidad es
un verdadero tren volante.
—Estoy ansioso por verlo.
—En estos momentos nuestro
equipaje debe haber sido ya transportado a tu casa.
—¿Cuántos hombres podrá llevar
ese aparato? —preguntó el árabe.
—Hasta cien
—dijo el germano—,
pero no seremos
más que cinco:
nosotros y dos sirvientes.
—Llevaré conmigo a Heggia y a
Sokol —dijo el dueño de casa.
—¿Quién es ese Sokol? —preguntó
el griego.
—Un negro que conoce bien los
parajes que debemos recorrer y habla todos los dialectos del Uganda.
—Ya es hora de que nos vayamos a
casa —dijo Mateo.
—¿Cuándo vendréis a buscarme?
—Mañana a la noche, entre la una
y las dos de la madrugada.
—¿Vendréis con el dirigible?
15
—Volaremos sobre vuestra terraza
—dijo el germano—. Tendréis que trepar por una escala de cuerdas. —¡Qué aparato
maravilloso! ¿Tendré que preparar las armas y los víveres?
—No se preocupe por nada
—contestó el germano—. Únicamente convendría que preparara dos cajones de
cincuenta kilos llenos de regalos para las tribus indígenas.
—Sería bueno que me dejaran
llevar cuatro cajones, para estar seguros de tener regalos suficientes para los
sultanes.
—Por mí no hay ningún
inconveniente —dijo Otto.
—Mañana a la noche los esperaré
sobre la terraza, con los cajones y mis dos sirvientes.
—¿Queréis que envíe a Heggia para
acompañaros?
—No es necesario, tenemos muy
buenos revólveres —respondió Mateo.
Cuando se disponían a salir, la
indígena que estaba en el negocio les hizo una seña.
—¿Qué deseas? —preguntó el
griego.
—Hay espías vigilando la entrada.
—¿Los has visto?
—Sí, son cuatro: dos negros y dos
árabes.
—¿Cómo sabes que son espías?
—Entraron para averiguar quiénes
eran ustedes.
—¿Que les dijiste tú?
—Que querían venderle al patrón
mercaderías europeas.
—Ya nos cuidaremos de esos
bribones —dijo el griego. Con muchas precauciones y los revólveres listos para
disparar, nuestros amigos salieron a la calle. Los alrededores estaban llenos
de negros y de árabes, de manera que era imposible identificar a los espías.
16
Mateo y Otto se abrieron paso
entre la muchedumbre, escrutando los ojos de las personas que encontraban en su
camino, llegando sin inconvenientes a la pequeña península donde los esperaba
la barca alquilada.
Cuando se disponían a subir a la
embarcación, el griego divisó a un negro que, subido sobre una terraza, hacía
señales a un pequeño velero que se encontraba anclado en la bahía.
—¿Lo ves? —preguntó el griego.
—Sí —contestó Otto, a quien no
habían pasado inadvertidas esas señales.
—¿Esas señales serán para
pedirles que se acerquen a la costa o para indicarles que ya hemos salido de la
casa del árabe?
—No lo sé, pero sospecho que se
refieren a nosotros.
—Nos mantendremos en guardia. ¿Tu
casa está rodeada de murallas?
—Sí, y son altísimas.
—¿Tienes sirvientes?
—Cuatro y muy fieles.
—Los pondremos a vigilar.
Los amigos saltaron dentro de la
barca y dieron orden al negro de dirigirse hacia el sur.
Mientras tanto, el velero que les
llamara la atención había comenzado a moverse. El griego, que no lo perdía de
vista, se dio cuenta de que en lugar de dirigirse hacia la costa enfilaba hacia
ellos como si pretendiese cortarles el paso.
—Ten cuidado —dijo el griego al
negro que manejaba el bote—; parecería que aquel velero quisiera embestirnos y
mandarnos a pique.
—Lo mismo me parece a mí —dijo el
negro, que había advertido las sospechosas maniobras de aquel velero.
17
—¡Apura la marcha de tu barca!
—Estén tranquilos. Esos hombres
desconocen mi habilidad y la fuerza de mis músculos.
Con poderosos golpes de remo, el
negro cambió la dirección del bote, dirigiéndolo hacia la costa, que en ese
lugar estaba desierta.
El velero, sin embargo, no se dio
por vencido y, mediante una hábil maniobra se colocó delante de la barca,
impidiéndole el paso. Un hombre, que por el tinte de su piel parecía árabe,
apareció en la proa.
—¿Quiénes sois?
—Europeos —respondió el griego
esgrimiendo su revólver.
—¿A dónde vais?
—No tenemos obligación de daros
cuenta de nuestros actos.
—Aquí manda el sultán. ¿Tenéis
permiso de libre circulación?
—No lo tenemos porque no es
necesario —respondió Mateo.
—Me veo obligado a deteneros y
conduciros de regreso a Zanzíbar.
—¿Quién eres tú?
—Un oficial del sultán.
—¡Mientes! —exclamó el griego—.
Tú eres un sirviente de Altarik.
El árabe, al verse descubierto,
miró al griego un poco desconcertado.
—Te engañas —dijo luego—. Soy
verdaderamente un oficial del sultán.
—Yo te digo que si no nos dejas
paso te mataremos —exclamó Mateo apuntándole con el revólver, mientras el
germano hacía otro tanto.
El árabe, asustado, retrocedió un
poco.
—Contaré esto al sultán —dijo.
18
—Y nosotros a nuestros cónsules.
¡Rápido! ¡Déjanos paso o haremos fuego!
Ante esa amenaza, formulada de
modo enérgico, toda la bravuconería del árabe desapareció como por encanto.
Temiendo recibir en cualquier momento una bala en la cabeza, el árabe, mirando
con ojos asustados a los europeos, retrocedió hasta el timón y dio orden a su
tripulación de virar en redondo.
El velero comenzó a moverse
lentamente, dirigiéndose a Zanzíbar, mientras la barca continuaba su recorrido
impulsada por las vigorosas remadas del negro.
—Así hay que tratar a estos
árabes insolentes —dijo el griego—. Si un blanco se deja intimidar está
perdido. Si no hubiéramos sacado los revólveres nos hubieran apresado y
conducido a Zanzíbar.
—¿A presencia del sultán?
—El sultán no interviene en estas
cuestiones. Ha sido Altarik que ha dado orden de capturarnos.
—¿Qué hubiera hecho con nosotros?
—Nos hubiera tenido prisioneros
durante un tiempo, para envenenarnos más tarde.
—¿Estará todavía Altarik por
estos parajes? Comienza a fastidiarme.
—A lo mejor el negro lo sabe
—dijo el griego, que dirigiéndose al botero le pidió informes.
—No lo sé —contestó el negro—.
Altarik para poco en Zanzíbar, ya que sus negocios más importantes están en
Bagamoyo. Es posible, sin embargo, que haya salido para el continente.
—Aunque hubiera partido,
igualmente lo dejaremos atrás. Nadie puede competir con un globo, y menos con
un tren aéreo.
Mientras tanto la barca,
impulsada velozmente por el remero negro, continuaba alejándose de Zanzíbar.
19
Ya comenzaba a distinguirse
enteramente la península triangular donde estaba ubicada la ciudad, y que,
bordeada de lujuriosa vegetación, emergía en el centro de la rada.
Sobre la playa se observaban aún
numerosas casas blancas, con amplias terrazas, rodeadas de cocoteros que
elevaban al cielo sus altos penachos. No obstante, cada vez la edificación
estaba más espaciada y ya comenzaban a perderse los perfiles del viejo fuerte
portugués.
Al poco rato los viajeros
llegaron a una costa desierta, casi desprovista de vegetación, cerca de la cual
se observaba una casa blanca, rodeada de un muro altísimo.
—¿La ves? —dijo el griego—. Es mi
casa.
—No podías haber elegido un lugar
más salvaje.
—Aquí vivo tranquilo, lejos del
bullicio de la ciudad.
—El lugar es a propósito para
inflar los globos de nuestro dirigible sin ser molestados.
—Por otra parte, como se
encuentra apartada, permite vigilar bien los alrededores.
Un cuarto de hora después, los
dos europeos desembarcaban en el pequeño muelle de la aislada villa de Mateo.
20
3. EL DIRIGIBLE
La villa del griego consistía en
una casita minúscula, de forma cuadrada como son todas las de Zanzíbar, pero
que, a diferencia de éstas, tenía grandes ventanas. Lo más cómodo de todo era
la soberbia terraza, indispensable en ese clima para poder gozar del fresco de
la noche.
En el patio interior, sumamente
amplio, había algunas palmeras y un enorme sicomoro que proporcionaba una
fresca sombra a la casa.
Fuera del muro que la circundaba,
podían apreciarse algunos campos cultivados con zapallos, melones y maíz. Pero
en realidad las tierras cultivables eran pocas, siendo en su mayoría
completamente áridas.
—Esta es mi famosa casa —dijo el
griego riendo, al tiempo que saludaba a sus cuatro ancianos servidores—. Como
ves, es un tugurio que vale pocos centenares de rupias, pero que servirá para
inflar tu dirigible.
—Tenemos espacio suficiente —dijo
el germano después de recorrer con la vista el amplio patio interior. —Tu
equipaje ya ha llegado.
—Lo hemos colocado en la galería
central —dijo uno de los servidores.
—Vamos a ver si está todo.
Ambos se aproximaron a la galería
donde estaba acomodado el equipaje, que se componía de veintidós cajones
grandes, cuadrados en su mayoría, todos numerados e identificados mediante
marcas especiales.
—¿Están todos?
—Sí —respondió el germano.
—¿Comenzaremos en seguida a
trabajar?
—Es necesario empezar de
inmediato. La tarea será larga y pesada.
21
—Los sirvientes pueden ayudarnos.
—¿Quién vigilara entonces?
—Bastará con que uno observe
desde la terraza —repuso el griego—. Desde allí se dominan todos los
alrededores. Ardo en deseos de ver completamente montado a tu famoso dirigible.
—Es una obra maestra.
—¿Qué forma tiene?
—Te daré ahora una explicación
—dijo el germano sentándose a la sombra del sicomoro, mientras los sirvientes,
a una orden suya, comenzaban a desclavar los cajones del equipaje.
“Como ya te he dicho —comenzó a
explicar Ottomás que un globo es un tren volante, capaz de transportar
numerosas personas y una carga considerable. Tú no ignoras que en los últimos
años se ha venido estudiando la posibilidad de construir un globo que pueda ser
dirigido. El conde Zeppelín, un gran experto en navegación aérea, se dedicó a
esa tarea, trabajando asiduamente durante dos años, hasta que por fin logró
construir un verdadero tren volante.
“Este aparato, en cuya
construcción he colaborado, está dividido en diecisiete compartimientos, en
cada uno de los cuales se coloca un globo. Para su desplazamiento, la máquina
posee una gran hélice de aluminio, accionada por dos motores a explosión. La dirección
se controla mediante grandes alerones construidos con marcos de madera
recubiertos de tela de seda, que se manejan desde la cabina con suma facilidad.
Esta nave, que algunos llaman dirigible, o tren volante del conde Zeppelín, ha
sido probada con excelentes resultados en julio de este año, en las márgenes
del lago Constanza.
—Sobre esa base —continuó Otto—
construí mi dirigible, introduciéndole algunas modificaciones que permitieron
perfeccionarlo.
—Por su aspecto mi dirigible es
igual al del conde, pero para accionarlo le he colocado dos motores de mi
invención, con calderas de hornallas muy anchas, que permitirán, en caso
necesario, quemar leña como combustible. Por otra parte, su fuerza es tres veces
superior a la del
22
modelo ensayado en el lago
Constanza. Tenía intenciones de probarlo en alguna isla desierta del Báltico,
cuando llegaste tú con la propuesta de experimentarlo en el centro de África.”
—¿Dará los resultados que tú
esperas? —preguntó el griego con alguna inquietud.
—Tengo la plena seguridad.
—¿Cuál es su forma definitiva?
—Se parece a un grueso cigarro, o
mejor aún, a un cilindro alargado, con las dos extremidades redondeadas.
—¿Dónde está situada la
plataforma?
—En la parte inferior, sostenida
por sólidos cables de acero.
—¿Qué tamaño tiene?
—Mide diez metros de largo por
cuatro de ancho, y está provista de una sólida barandilla, para impedir
cualquier caída. Podremos movernos cómodamente en ella, y aún pasear como si
estuviéramos en el puente de una pequeña nave.
—¿Con qué llenarás los globos?
—Con hidrógeno envasado a alta
presión en cilindros de acero. Llevaremos con nosotros, además, algunos
cilindros de repuesto, para reemplazar las pérdidas que eventualmente se
produzcan.
—¿Con qué velocidad avanzaremos?
—Con la del viento.
—;Y si éste fuese contrario?
—Si no es demasiado fuerte
podremos avanzar a razón de unas doce a quince millas por hora.
—Es bastante, y ninguna caravana
podrá competir con nosotros.
—A trabajar —dijo el germano—.
Tendremos mucho que hacer para armar
23
por completo el aparato.
De inmediato comenzaron a vaciar
los cajones, ayudados por tres negros, mientras el cuarto sirviente fue
destacado como vigía en la terraza. Paulatinamente fueron extrayendo los
globos, el esqueleto del aparato, construido en madera desmontable, y la plataforma,
que también era desarmable.
De otro grupo de cajones
desembalaron los motores, el eje de propulsión, la hélice, y unas cajas
especiales donde se guardarían las armas, las municiones y los alimentos
envasados. Cuando terminaron de desarmar los cajones el patio y las galerías
estaban llenos de los materiales más heterogéneos.
Esta tarea les llevó gran parte
del día, pero el germano, trabajando en forma metódica pero acelerada,
consiguió tener montado el esqueleto del dirigible antes de la puesta del sol.
Cansados del largo y fatigoso
trabajo estaban por sentarse a cenar bajo la fresca sombra del sicomoro, cuando
el vigía de la terraza dio la voz de alarma.
Los dos amigos se levantaron de
inmediato.
—¿Qué es lo que has visto, Meopo?
—Un velero se acerca lentamente
hacia la costa.
—¿Será el del árabe?
—Es posible. Conviene vigilar.
Vamos a la terraza. Aunque ya se había puesto el sol, existía suficiente luz
como para poder observar un velero que navegaba sobre la plácida superficie del
océano.
Les bastó una sola mirada para
darse cuenta de que no se habían engañado; la nave que en esos momentos pasaba
frente a la casa del griego muy cerca de la costa era la misma que había
tratado de abordarlos a la salida de Zanzíbar. En esos momentos navegaba muy
lentamente, fingiendo dirigirse hacia el sur.
—Nos están espiando.
24
—¿Es el velero de Altarik?
—Sí, Otto. Un marinero de mi
experiencia no puede equivocarse.
—¿Qué es lo que se propondrán?
—Deben tener algunas sospechas, y
han de haber venido a averiguar qué es lo que estamos haciendo y si preparamos
alguna expedición.
—Si mi dirigible estuviera ya
listo, les daría un buen susto.
—¿Qué es lo que harías?
—Les arrojaría una bomba de
dinamita sobre la cubierta de la nave.
—¿Has traído esas armas tan
poderosas?
—Pensé que nos resultarían muy
útiles para asustar a las tribus africanas.
—¡Qué suerte que eres un hombre
tan previsor!
—Mira, el velero ha cambiado de
dirección.
—Se ve que no quiere alejarse de
estos lugares.
—No me gustaría que aprovechando
la oscuridad nos atacaran y dañaran el dirigible.
—Mis servidores vigilarán
cuidadosamente durante toda la noche.
Esa noche los dos amigos
durmieron sin inconvenientes, confiados en la vigilancia de los negros. A la
medianoche el velero se aproximó al desembarcadero, pero al sentir el “¡Alto!”
de los centinelas, viró y siguió de largo.
Los dos europeos se levantaron al
alba del día siguiente y de inmediato continuaron con el trabajo. Al atardecer
estaba todo listo, faltando únicamente inflar los globos.
Prolijamente acomodadas sobre la
plataforma del dirigible estaban las cajas con alimentos, las armas y
municiones.
El germano comenzó entonces a
llenar con gas los globos del dirigible,
25
para lo cual lo colgó mediante
sólidas cuerdas de cuatro palmeras. Los cilindros con hidrógeno a presión
fueron conectados a las válvulas de entrada de cada uno de los globos, y al
cabo de cinco horas de intenso trabajo había terminado la operación. Faltaba
únicamente subir, poner los motores en movimiento y cortar las amarras.
—¿Qué te parece? —preguntó el
germano, volviéndose hacía el griego que contemplaba admirado aquel inmenso
globo, listo a llevarlos por los espacios infinitos del cielo.
—¡Es maravilloso! Nunca creí que
fuera una cosa tan gigantesca. ¿Será seguro?
—Como si navegáramos sobre el
agua.
—Haremos un viaje espléndido.
—Y además muy veloz.
—¿Con qué harás funcionar los
motores?
—Por ahora con petróleo; luego,
cuando éste se termine, quemaremos leña.
—¿No se prenderá fuego?
—Es muy difícil, porque la
envoltura de los globos es incombustible.
—Subamos. Ya es la una y el árabe
nos espera.
—Faltan unos pocos minutos.
¿Todavía se observa el velero?
—Ha vuelto —dijo uno de los
negros—. Está a tres kilómetros de la playa.
—Los dejaremos atrás —dijo Otto.
El germano puso en marcha los
motores, y a los diez minutos ya tenían la presión necesaria.
—¿Está todo listo? —preguntó el
griego.
—He revisado la carga y no falta
nada.
26
—¿Cargaron las armas y las
municiones?
—Todo está en las cajas.
—¿Son suficientes?
—Doce mil cartuchos y seis
rifles, aparte de las hachas y los cuchillos.
—Estoy listo —dijo el griego con
un leve temblor en la voz.
—¿No tienes miedo?
—No —contestó Mateo.
—¡Listos para cortar las amarras!
—dijo el germano subiendo a la plataforma.
—Cuiden la casa —gritó el
griego—. Tardaremos unos dos meses en regresar.
—¡Corten las amarras!
—¡Buen viaje! —gritaron los
sirvientes.
A1 ser cortadas las cuatro sogas,
el aparato se elevó majestuosamente, en medio de los gritos de estupor de los
sirvientes.
El dirigible ascendió hasta los
ciento cincuenta metros, fue arrastrado al principio por el viento, pero luego,
al ser puestas en marcha las hélices, inició su marcha hacia Zanzíbar.
Durante la ascensión Mateo no
había pronunciado una sola palabra; apoyado sobre la barandilla contemplaba
asombrado el inmenso dirigible.
—¿Qué me dices, Mateo?
—Tu dirigible es maravilloso y
desde ya podemos considerar como nuestro el tesoro ofrecido por el inglés.
—¿Te sientes seguro?
—Completamente.
27
—¿No tienes temor de precipitarte
a tierra?
—Ninguno.
—Ahora iremos a buscar al árabe.
—¿Podrás hacerlo aterrizar sobre
la terraza?
—¿No ves cómo obedece al timón?
—¡Es maravilloso! Nunca imaginé
que pudieras construir un dirigible tan grande y al mismo tiempo tan fácil de
manejar.
—Como ves, es una cosa muy
simple.
—¿Cuándo llegaremos al
continente?
—Mañana al mediodía si el viento
nos ayuda.
—¡Mira! ¡E1 velero de Altarik!
El germano se puso a observar
desde la plataforma. El velero se dirigía a toda marcha hacia Zanzíbar, pero
cada vez perdía más terreno, ante la velocidad muy superior del dirigible.
—Dejémoslo correr —dijo el
germano—. Cuando él llegue a Zanzíbar nosotros ya habremos partido con El-Kabir
y sus sirvientes.
—Nos hemos olvidado de dar un
nombre al dirigible”.
—Si te parece lo llamaremos
“Germania” —dijo Mateo. —De acuerdo.
—Ya estamos sobre los suburbios
de Zanzíbar.
—¿Conoces algo de motores, Mateo?
—Tengo bastante práctica.
—Serás entonces nuestro
maquinista.
—Tú, Otto, dirigirás como
capitán.
—¿Qué función le daremos al
árabe?
28
—Lo nombraremos cocinero, y si no
le gusta se encargará de encender las pipas.
El dirigible se deslizaba tan
tranquilamente que el griego se había serenado por completo. Para controlar su
perfecto funcionamiento, el germano le hacía realizar las más diversas
maniobras, las que se efectuaban perfectamente, con gran satisfacción del constructor.
—Funciona estupendamente —dijo
Otto—. Ha superado todas mis previsiones.
—¿No esperabas tanto?
—Nunca imaginé que fuera tan
obediente al timón. Claro está que ahora el viento es débil.
—¿Y si soplara con fuerza?
—Podríamos manejarlo también con
bastante facilidad. ¡Mira! Ya estamos volando sobre Zanzíbar.
El griego se inclinó sobre la
barandilla; como apenas eran las dos de la mañana, la ciudad estaba a oscuras y
desierta. A lo lejos se veía una luz sobre una terraza.
—Es la casa de El-Kabir —dijo—.
El árabe nos espera.
—Preparen la escala de cuerdas.
—¿Y si arrojáramos un ancla?
—No es necesario, porque puedo
frenar perfectamente el dirigible. ¡Apúrense! Ya estamos casi sobre la casa. El
germano detuvo los motores, dejando que el dirigible avanzase por su solo
impulso.
—¡Arroja la escala!
Mientras el “Germania” se
detenía, la escala de cuerdas cayó exactamente sobre la terraza iluminada.
—¿Son ustedes, amigos? —gritó una voz temblorosa.
—Sube, El-Kabir.
29
—¿Hay algún riesgo?
—Ninguno.
—Sube rápido con tus esclavos,
que tenemos prisa.
—Ya voy —dijo el árabe,
comenzando a trepar por la escala.
30
4. LA COSTA AFRICA
Cinco minutos después El-Kabir
llegaba a la plataforma, ayudado por Heggia y otro negro de formas atlética:.
El árabe desconfiaba de las diabólicas invenciones de los europeos, y al verse
suspendido entre el cielo y la tierra sintió que se le paralizaban las piernas.
Todo su coraje —que no era mucho—
lo había abandonado, y sus facciones estaban casi blancas de miedo. —Siento que
me da vueltas la cabeza —dijo apoyándose sobre sus sirvientes que, por otra
parte, no se sentían mejor que el patrón.
—Ten coraje, amigo —le dijo
Mateo, haciéndolo sentar sobre un cajón—.
Tu conmoción es natural y pasará
en seguida.
—No tengas ningún temor, El-Kabir
—dijo el germano—. Ya verás cómo manejo mi dirigible.
—Les creo, sólo que me parece que
de un momento a otro nos vamos a caer.
Mientras conversaban, Mateo había
levantado la escale: de cuerdas.
—¿Estamos listos?
—Sí.
Las dos hélices se pusieron en
movimiento y el dirigible reinició su marcha, pero esta vez a una velocidad
mucho mayor, por cuanto tenía el viento a su favor.
En menos de tres minutos
atravesaron la ciudad de Zanzíbar, v el “Germania” comenzó a volar sobre el
mar.
El árabe comenzó a recobrar su
sangre fría, una vez que se le fue pasando el susto del primer momento. Había
dado grandes muestras de coraje durante sus aventuras en el centro de África,
de manera que el
31
temor no podía durarle mucho
tiempo.
Al cabo de un rato se levantó
como si estuviera avergonzado de haber dado muestras de temor, y comenzó a
observar el dirigible.
—Permíteme que te felicite —le
dijo al germano—. Estoy muy contento de que estés asociado a mi empresa.
—Yo estoy contento de ver que ya
estás tranquilo.
—Vuestro dirigible es un
prodigio.
—¿Ya se te ha pasado el temor?
—Sí —respondió el árabe
sonriendo—. Al principio no me sentía seguro, pero ahora estoy tan tranquilo
como si estuviera en mi casa. ¡Qué linda sorpresa para los espías de Altarik!
—¿Vigilaban vuestra casa?
—Había ocho hombres.
—¿Vieron el dirigible?
—Sí, y al ver que semejante
monstruo se acercaba a mi casa se asustaron tanto que salieron corriendo como
enloquecidos.
—Mañana se comentará en Zanzíbar
que un terrible monstruo ha aparecido sobre la ciudad.
—Con seguridad que el sultán
movilizará todas sus guardias para darle caza.
—Durante mucho tiempo se hablará
del misterioso monstruo que ha raptado a El-Kabir.
—A lo mejor me considerarán un
santo —dijo el árabe—. Pero no creo que estas leyendas convenzan a Altarik.
—¿Crees que pueda sospechar algo?
—Más de una vez ha estado en
Europa, e imaginará de qué se trata. Por otra parte, sus espías no dejarán de
darle un informe detallado.
32
—Pero si él está ya en el
continente…
—Sus correos lo alcanzarán. No
debe estar mucho más allá de Bagamoyo.
—El viento nos lleva hacia esa
ciudad —dijo el germano.
—Seria preferible evitarlo.
—¿Por qué?
—Es una plaza fortificada con
cañones, y los árabes podrían dispararlos contra nosotros creyendo atacar
realmente a un monstruo.
—En ese caso nos mantendremos
lejos de esa ciudad.
—Veamos si aún se distingue el
velero.
Los tres hombres se dirigieron a
proa y comenzaron a vigilar el horizonte.
El “Germania” volaba sobre el
mar, a una altura de aproximadamente doscientos metros. En aquellos momentos el
estrecho de Zanzíbar estaba desierto. Cerca de la isla se veían sin embargo dos
débiles luces, que indicaban que una embarcación iniciaba la travesía. De la
misma se desprendían de tanto en tanto señales luminosas, que volvían a caer al
mar, después de describir una larga parábola.
—Debe ser el velero de Altarik.
—Sí. Tiene la esperanza de poder
seguirnos, y mientras tanto hace señales a sus compañeros; pero no importa,
perderá el tiempo inútilmente.
—¡Qué constancia tienen!
—Se dan cuenta de que hemos
iniciado la expedición a pesar de todas sus precauciones.
La vigilancia que establecieron
en torno a mi casa les ha valido de poco. —¿Sabes una cosa, Otto?
—¿Qué?
—Tengo un apetito extraordinario.
33
—Como el tiempo está tranquilo, y
la brisa es suave, podríamos aprovechar para comer algo. Trae unas latas de
carne conservada, bizcochos y una botella de ginebra.
—El Profeta prohíbe las bebidas
fermentadas —dijo el árabe.
—Te perdonará en vista de las
circunstancias especiales. Lo ha prohibido a los hombres que viven sobre la
tierra, pero no a aquellos que vuelan.
—Cierto. El Corán no habla de
hombres que vuelen.
—Como ves, puedes gustar nuestro
licor.
—Tú eres el más fuerte. Me someto
y cumplo tus órdenes.
Los dos negros habían colocado un
cajón en el centro de la plataforma, lo cubrieron con un mantel y pusieron
encima las provisiones, mientras Mateo abría las latas y destapaba la botella.
Todos comieron con mucho apetito,
e incluso el árabe gustó mucho de la ginebra, a pesar de los preceptos del
Corán.
Terminaron de comer al alba. A
medida que el sol aparecía sobre el horizonte, se diluían las tinieblas y se
apagaban las estrellas, mientras el mar comenzaba a brillar con reflejos
dorados.
La isla de Zanzíbar había
desaparecido cubierta por la niebla matutina, mientras comenzaba a delinearse
la costa africana que ya estaba muy próxima.
Los pájaros marinos volaban en
torno al dirigible, saludando su paso con gritos estridentes, y tratando en
vano de seguirlo en su rápida marcha.
Nuestros amigos, a los que la
comida había puesto de buen humor, se disponían a encender las pipas cuando de
entre la niebla que cubría el mar vieron surgir una nave a vapor que se dirigía
hacia Zanzíbar. Era un barco de dos mástiles, de vieja apariencia, en cuyo tope
flameaba la bandera del sultán.
Al ver al dirigible la nave se
detuvo; sobre su cubierta la tripulación contemplaba con estupor y miedo aquel
monstruo misterioso que volaba
34
junto a los pájaros marinos.
—¡Allah! ¡Allah! —se sentía
gritar.
En su ignorancia, esos hombres
supersticiosos rogaban a su dios que los librase de ese monstruo
extraordinario, que se les ocurría pronto a arrojarse sobre la nave para
hundirla.
Mientras tanto el “Germania”,
empujado por la brisa matutina, pasó rápidamente, continuando su derrotero
hacia la costa africana.
—¡Qué susto se llevaron! —exclamó
el griego riendo a carcajadas—. ¡Las historias que contarán cuando lleguen a
Zanzíbar!
—Dirán que combatieron contra un
monstruo marino. ¿No sintieron los cañonazos?
—¿Constituye este barco toda la
flota del sultán?
—En efecto, y su majestad está
orgulloso de poseerlo. Es una nave que ha costado muy cara, casi tanto como uno
de vuestros cruceros.
—¿A qué se debe eso?
—¿Es que no conocéis la historia?
La voy a contar, porque es graciosa e interesante.
El árabe se sentó sobre un cajón,
tomó otro vasito de ginebra, encendió la pipa e inició su relato.
—Cuando el sultán llegó al trono
estaba obsesionado por la idea de poseer un barco a vapor. Se sentía sumamente
afectado en su orgullo al ver que los barcos europeos llegaban hasta su estado,
mientras que él no poseía más que míseras naves a vela, incapaces de luchar
hasta con una simple cañonera. Decidido a procurarse una de esas rápidas naves,
un día llamó a uno de sus más fieles ministros, Assim Abdellah, diciéndole:
—He hecho marchar a tu hijo a
Francia para que estudie todas las brujerías de los blancos y las maravillas de
los infieles. Yo deseo tener un barco a vapor para surcar el mar como ellos.
—Eso os costará caro —observó el
ministro.
35
—Pondré mis tesoros a tu
disposición, pero exijo que guardes el secreto.
—El hijo del ministro —continuó
el árabe— había estudiado ingeniería en París por encargo del sultán y, como
era de suponer, accedió al instante al deseo de su patrón, partiendo en seguida
para Europa, portador de cuantiosas sumas para efectuar esa adquisición.
Desgraciadamente era muy joven y
amante del lujo y los placeres, de manera que, en lugar de concretarse a
cumplir al instante su cometido, regresó a París, iniciando una vida
desorbitada.
“Como era de esperar —dijo
sonriendo el narrador—, en menos de tres meses habían desaparecido los fondos
destinados a la compra del barco. Mientras tanto, el pobre sultán, confinado en
su isla, soñaba imaginando la llegada de su nave. Cada vez que el vigía
anunciaba la llegada de una embarcación corría hacia la terraza de su palacio
para ver si era la suya, sufriendo como es de suponer amargas desilusiones.
Pero, como todo se sabe, un día recibió la noticia de que el barco tanto tiempo
esperado había desaparecido en las orgías parisinas de su delegado, y que éste
regresaba a Zanzíbar en una nave inglesa, solicitando de antemano el perdón del
sultán.”
—Lo habrá hecho empalar en
seguida.
—Al principio pensó hacerlo;
luego, teniendo en cuenta los fieles servicios prestados por el padre, proyectó
desterrarlo para siempre, y por último terminó perdonándolo y enviándolo
nuevamente a Europa con fondos para comprar la dichosa embarcación.
—Ese sultán era muy bueno. Yo lo
hubiera hecho decapitar.
—E1 joven Mohamed partió
nuevamente, recibiendo en el momento de partir una buena filípica. Sin embargo
la dura lección recibida no había sido suficiente y, en su fuero interno, ya
había decidido que la segunda nave de su majestad debía consumirse también en
la vida alegre de París. Pero sus planes sufrieron una modificación: al llegar
a Adén encontró una de sus antiguas conocidas de Francia y la pareja partió
alegremente para El Cairo, consumiendo en alegres francachelas el dinero del
sultán.
“Cuando el
joven se encontró
nuevamente sin fondos
—prosiguió el
36
árabe— no se animó a regresar a
Zanzíbar, donde era indudable que lo esperaba la muerte, y cuando estaba
desesperado, sin saber qué rumbo tomar, lo salvó una idea genial. Vestido con
sus ropas más espléndidas se apersonó a un rico armador de Alejandría, y
presentándose como enviado del sultán compró una soberbia nave que debía
pagarse en Zanzíbar. Mientras tanto ya habían llegado a esa isla las noticias
de que la segunda nave de su majestad había naufragado a la vista de las
pirámides.
“Como podéis imaginar —siguió
diciendo—, la cólera del sultán fue terrible, y ordenó apresar a su delegado
apenas pisara la isla, con instrucciones de decapitarlo en seguida.
Podéis imaginaros entonces cuál
sería su asombro al divisar un día, desde su terraza, la llegada de un soberbio
barco en cuyos mástiles flameaba airosamente la bandera de su casa. Quedó como
fulminado; al principio creyó haberse engañado, pero no, la nave llevaba
verdaderamente los colores de Zanzíbar: fondo rosa con una media luna de plata,
y además, sobre el puente de mando, con un brillante uniforme de almirante, se
distinguía al joven Mohamed.
“El sultán estuvo a punto de
volverse loco —continuó el narrador—. Corrió precipitadamente al puerto como
enloquecido, abrazó al hijo de su fiel ministro, y no sólo lo perdonó
nuevamente sino que, después de pagar por tercera vez la nave, nombró al joven
gran almirante de la flota de Zanzíbar.”
37
5. LA CARAVANA
Tres horas después el “Germania”
llegaba a las costas africanas. El viento lo había desviado un poco al norte de
Bagamoyo, cosa que en su fuero íntimo los amigos lamentaron, por cuanto éste
era una de las más interesantes ciudades de la costa oriental de África.
El sol había recalentado el gas
del dirigible, que navegaba ahora a una altura de seiscientos metros, lo que
les permitía divisar una enorme porción del territorio.
En aquel lugar la costa aparecía
deshabitada, pero se divisaban en cambio inmensas llanuras verdes, alternadas
con frondosos bosques. Hacia el Oeste se alcanzaba a ver el Wami, un río muy
largo, que tiene sus fuentes en el Usagara y desemboca en el océano, mediante
dos brazos muy profundos, casi frente a la isla de Zanzíbar.
—Este territorio que se extiende
ante nosotros es la provincia de Ussengua, muy bella y fértil; antiguamente
pertenecía al sultán, pero ahora es un protectorado alemán.
—¿Es peligrosa para recorrer?
—No —contestó el árabe—; yo he
estado muchas veces durante mi juventud y nunca tuve problemas. Los peligros
los encontraremos más adelante, en el país de los Ruga-Ruga.
—¿Quiénes son ésos?
—Bandidos audaces y de suma
ferocidad, que se dedican a asaltar las caravanas que atraviesan su territorio.
Gozan de cierta impunidad porque
son protegidos de Nurambo.
—¿Qué poder ejerce Nurambo?
—En su juventud fue un guía al
servicio de las caravanas, y ahora es uno
38
de los monarcas más poderosos de
África, al punto que se hace llamar el “Napoleón Africano”.
—¡Casi nada!
—Es un gran conquistador, que ha
sometido y maneja un reino de varios millones de negros.
—¿Será amigo de Altarik?
—Así se dice.
—Entonces es un enemigo poderoso.
—En efecto, pero gracias a
nuestro dirigible nos causará pocas molestias y podremos desafiar impunemente a
sus huestes.
—Sin embargo, alguna vez
tendremos que descender a tierra —dijo Mateo.
—Lo haremos casi todas las
tardes, para aprovisionarnos de agua y de combustible para nuestros motores.
Desde luego que elegiremos lugares desiertos, alejados de las ciudades y de la
ruta de las caravanas.
—También alguna vez podremos
darnos el lujo de procurarnos carne fresca. Me han dicho que el Usagara es muy
bueno para cazar.
—Existen animales de todas
clases.
—¿También leones y elefantes?
—En efecto.
—Quizá tengamos la suerte de
cazar alguno.
—Heggia fue en un tiempo un
famoso cazador de elefantes.
—Entonces pondremos a prueba sus
habilidades. Mientras tanto el dirigible había penetrado en el continente,
atravesando llanuras, bosques y campos cultivados, a una velocidad de treinta a
treinta y cinco millas por hora.
De tanto en tanto se observaban
algunos campos de cultivo, donde los negros se encontraban ocupados en la
cosecha del mijo y la mandioca. Al
39
ver el inmenso monstruo que
cruzaba los aires, abandonaban precipitadamente sus tareas y huían lanzando
gritos desesperados.
Lo más notable ocurría cuando el
dirigible volaba sobre algún poblado. Apenas era divisada la sombra gigantesca
que la nave proyectaba sobre el suelo, un estupor indescriptible se apoderaba
de los habitantes. Interrumpiendo sus conversaciones, miraban hacia arriba y al
observar al dirigible se dispersaban corriendo como desesperados.
Alaridos, llantos y chillidos de
mujeres y niños se escuchaban por doquier, como si aquel terrible monstruo
fuera a caer sobre el poblado y hacerlo desaparecer de un bocado junto con sus
habitantes.
A veces, sin embargo, se
encontraban algunos negros más valerosos, que armaban sus arcos y disparaban
algunas flechas al monstruo, las que, claro está, resultaban completamente
inofensivas.
Nuestros amigos se divertían en
grande al ver aquellas escenas cómicas y, cuando el susto llegaba al máximo,
para recompensar de alguna manera a aquellos pobres diablos, dejaban caer latas
con víveres, o collares con perlas de fantasía.
Mientras conversaban y reían, el
“Germania” continuaba su trayectoria, manteniendo una dirección constante, si
bien se habían parado las hélices por no ser necesario su empuje adicional.
En ese momento los arrastraba la
gran corriente de los vientos Alisos que sopla constantemente del Este hacia el
Oeste, de manera que no había que efectuar ninguna maniobra con el dirigible.
El territorio que atravesaban
aparecía siempre como de una feracidad prodigiosa, si bien los poblados eran
cada vez más raros y rarísimas las cabañas aisladas.
En cambio, eran cada vez más
frecuentes los bosques majestuosos, que desde lo alto se veían como masas de
color verde oscuro, formadas por las especies más heterogéneas.
Se apreciaban perfectamente los
macizos de caña bambú, prolongados hacia arriba por sus largos penachos
encorvados y oscilantes, de un color verde claro; los fantásticos helechos
arborescentes, las palmeras salvajes,
40
y miles de otras especies
desconocidas para nuestros amigos.
De vez en cuando se alzaba
solitaria en medio de la llanura una inmensa cúpula vegetal, constituida por la
llamada “Higuera de las Pagodas”, cuyas ramas poseen la característica de
emitir raíces adventicias, que al llegar a tierra se transforman en otros
tantos troncos.
De esta forma, una sola planta
puede constituir un bosque entero. Como es lógico, ninguna otra especie puede
crecer a la sombra de estos gigantes, capaces de servir de refugio a una tribu
íntegra.
Gracias a sus largavistas,
nuestros amigos podían apreciar bandadas de gacelas y de antílopes, excelente
caza para 1—os europeos. También se divisaban tropas de jirafas, de largo
cuello y piernas veloces, y algunas especies de cebras, parecidas a asnos, pero
con la piel curiosamente pigmentada a rayas blancas y negras.
—¡Cómo me gustaría encontrarme en
medio de esa selva! —dijo el germano, que era un cazador apasionado—. Me tienta
la vista de tantos animales.
—¿Qué te impide ir a cazarlos?
—Podría hacerlo soltando gas de
los globos.
—¿Sería riesgoso hacerlo?
—Tengo una reserva igual en los
cilindros, pero de todas maneras ese gas es demasiado precioso para una
expedición que va muy lejos, hacia el corazón de África, y luego debe regresar
hasta la costa.
—¿Cómo harás entonces para
descender?
—Hay que esperar que desaparezca
el sol. En esas condiciones, al enfriarse el aire, el gas se condensa y el
dirigible desciende. Cuando esto ocurre es posible arrojar un ancla que sujete
al dirigible, que es forzado después a bajar a tierra mediante el empleo de
aparejos.
—¿Cuándo lo harás?
—No me atrevo a descender de día.
Los negros podrían atacarnos y averiar el dirigible.
41
—Tienes razón. La prudencia es
una cosa muy buena en este país. ¿Bajaremos esta noche?
—Será necesario. Tenemos que
renovar la provisión de agua para consumo y para los motores.
—Cazaremos a la luz de la luna.
Aquí estamos todavía en una región tranquila —dijo el árabe—. Cuando lleguemos
a la zona de Ugogo será otra cosa, y todas las precauciones serán pocas.
Al mediodía almorzaron cuando
pasaban sobre el Wami, tortuoso río al que cruzaban por tercera vez.
Se encontraban saboreando una
sabrosa taza de café preparada por Heggia, cuando sintieron que Sokol, el otro
negro, los llamaba.
—¡Se ve una caravana atravesando
el río! Nuestros amigos se asomaron a la barandilla.
Quinientos metros más abajo, una
larga caravana de árabes, fácilmente reconocibles por sus albornoces, y unos
cincuenta cargadores negros de los que es fácil contratar en Zanzíbar, estaba
cruzando el río sobre un rústico puente colgante construido con cañas de bambú
entrelazadas y atadas entre sí por medio de lianas. Ambos extremos de este
conjunto estaban amarrados en las barrancas de las orillas a los troncos de
gigantescos sicomoros.
Al ver al dirigible los árabes se
habían detenido blandiendo sus fusiles, mientras los negros más supersticiosos
se arrojaban al agua, abandonando sus cargas sobre el puente.
—Están por atacarnos con los
fusiles —dijo el griego.
—No nos harán nada. Sus armas son
pésimas.
—¿Será alguna de las caravanas de
Altarik? —preguntó el germano que por precaución había puesto en marcha los
motores, dirigiendo el aparato hacia un bosque cercano.
—Es posible. Altarik manda
numerosas caravanas hasta Taborah, y a veces más lejos aún.
42
En ese momento, justo cuando el
dirigible volaba sobre un grupo de árabes, un objeto cayó desde la plataforma
del aparato, sumergiéndose rápidamente en el río.
—¿Qué es lo que ha caído?
—preguntó El-Kabir dándose vuelta rápidamente.
—Se me cayó la botella de ginebra
—dijo Sokol, retrocediendo asustado.
—No, la botella de ginebra está
aquí —dijo Heggia. —Entonces debió ser una botella llena de ron —contestó Sokol
turbadísimo.
—Tienes que ser más prudente.
Podría haber originado una descarga por parte de los árabes —lo retó El-Kabir.
Afortunadamente el dirigible pudo
pasar sin inconvenientes. Toda la atención de los árabes se había concentrado
en la botella, e incluso algunos se arrojaron al agua para recogerla.
—Que se la beban a nuestra salud
—dijo simplemente Mateo—. Nosotros tenemos aún una buena reserva. Pocos
instantes después el “Germania” dejaba atrás el río; pasando sobre bosques
inmensos y pantanos llenos de pájaros.
Algunas águilas, viendo pasar el
dirigible, alzaron vuelo y comenzaron a volar alrededor de la plataforma,
mostrando un aspecto muy belicoso.
Afortunadamente un tiro certero
disparado por el griego mató a una y decidió a las demás a emprender una veloz
retirada.
Al atardecer, el “Germania”
llegaba a los confines del Useoma, marcados por una cadena de colinas y una
serie de afluentes del río Wami.
Viendo que el lugar estaba
desierto, y que se aproximaba la puesta del sol, el germano les propuso
descender a tierra.
—Cerca de aquí veo un río que
aprovecharemos para renovar nuestra provisión de agua.
—Aún estamos muy alto —dijo el
griego.
43
—Volamos a unos doscientos
cincuenta metros.
—El gas no ha comenzado aún a
condensarse.
—Probaremos a descender forzando
las hélices. Larga un ancla, Mateo.
—¿Tendremos cuerda suficiente?
—La del ancla mide trescientos
metros.
—Arrojémosla —dijo el árabe.
Los dos negros arrojaron el ancla
y comenzaron a desenrollar rápidamente la soga de la misma, hasta que ésta tocó
el suelo.
En ese momento el dirigible
atravesaba una inmensa llanura, salpicada cada tanto por pequeños grupos de
árboles.
—¡Cuidado con el tirón! —dijo el
germano.
El ancla resbalaba por el suelo,
hasta que, de pronto, al tropezar con unas raíces, se enterró profundamente. El
dirigible, frenado de golpe, se sacudió con violencia, girando sobre sí mismo;
luego permaneció inmóvil, meciéndose suavemente por la acción del viento.
Pronto las hélices, que eran de
paso reversible, comenzaron a funcionar, y esta maniobra tuvo un éxito
inesperado. Pronto el dirigible comenzó a descender lentamente, mientras los
negros recogían la cuerda del ancla.
Al cabo de diez minutos el
“Germania” se encontraba a unos cuarenta metros del suelo, y cuando nuestros
amigos arrojaron la escala de cuerdas la extremidad de ésta quedó arrastrando
por la pradera.
—Listo —dijo el germano parando
los motores—. Ya podemos descender.
—¿Dejaremos a Sokol de guardia en
el dirigible? —preguntó el griego.
—Preferiría que fuera Heggia
—contestó el árabe—. Tengo mayor confianza en él.
—¿Iremos de cacería?
—¿Desdeñarías tú un buen trozo de
antílope asado?
44
—Confieso que se me hace agua la
boca. —Entonces vamos a cazarlo.
—¿Y la provisión de agua?
—Será lo primero que haremos.
—Tú permanecerás aquí —dijo el
árabe a Heggia—. Cualquiera que aparezca y trate de dañar al dirigible,
avísanos disparando tres tiros seguidos de fusil.
—De acuerdo, patrón —respondió el
negro.
—Tú, Sokol, toma un barrilito y
sígueme —ordenó Otto.
Nuestros amigos se armaron de
fusiles y de machetes e iniciaron el descenso por la larga escala de cuerdas,
llegando felizmente a tierra.
Habían aterrizado sobre una
pradera ligeramente ondulada, interrumpida cada tanto por pequeños grupos de
datileros salvajes. Bellísimas flores silvestres formaban matas multicolores.
Primero que nada decidieron
dirigirse al río que corría a unos ciento cincuenta metros del lugar del
descenso, bordeando un frondoso bosque. Su paso por la pradera hacía levantar
vuelo a bandadas de pájaros que huían gritando asustados.
Sin embargo nuestros cazadores
desdeñaron esas piezas pequeñas. Estaban ilusionados por conseguir una presa
grande, que les permitiera preparar un pantagruélico asado.
Al llegar a las márgenes del río
llenaron el barril y ordenaron al negro que regresara con él hasta la escala y,
mientras los esperaba, preparase una gran hoguera para asar la presa que
confiaban cazar.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó el
griego.
—Yo aconsejaría que nos
escondiéramos entre los matorrales que bordean el río —dijo el árabe—. Al
anochecer las fieras se acercan a estos sitios para beber.
—¿Vendrán algunos antílopes?
—dijo el germano, que se había propuesto
45
cazar uno de esos animales.
—Sí, y probablemente también
gacelas, cuya carne es más delicada.
—¿Y leones? —preguntó Mateo
haciendo una mueca.
—No me asombraría mucho si
apareciera alguno.
—Sería un buen principio —dijo
Otto—. Por mi parte haré lo posible para que no se escape.
—¡No nos metamos con esos
animales! —exclamó el árabe—. En mi juventud he matado unos cuantos y sé lo
peligrosos que son. Una vez me dieron un zarpazo que me arrancó media espalda.
—Tienes que contarnos esa
historia, El-Kabir.
—Primero busquemos un escondite
seguro.
Costeando las márgenes del río
durante unos doscientos metros, llegaron a un bosque sombrío, formado por una
enorme “Higuera de las Pagodas”, cuyos innumerables troncos parecían las
columnas de una inmensa catedral.
El árabe, que además de prudente
era un primeramente los alrededores y luego condujo tronco principal, cuyas
raíces, al sobresalir del cómodos asientos.
hábil cazador, recorrió a sus
amigos hacia el terreno, formaban unos
—Quedémonos aquí —dijo—. Desde
este lugar podemos vigilar la selva y las márgenes del río.
—¡Qué silencio!
—¡Y qué frescura deliciosa!
—Esta tranquilidad no durará
mucho —dijo El-Kabir—. Dentro de poco la selva se llenará de aullidos y ruidos
extraños.
—Por ahora todo está tranquilo.
—Es que todavía hay un poco de
luz. La función no comenzará hasta que reine la oscuridad.
46
—¿Tendremos que esperar mucho?
—Algunas horas.
—El tiempo necesario para que nos
cuentes tu aventura —dijo Mateo. —¿Tienes interés en conocerla?
—Quizá pueda servirnos de
experiencia.
—Sí, así sabréis cómo me he hecho
triturar tontamente la espalda. —Con los leones no hay que bromear. ¡Lo has
dicho tú!
—Cierto, pero a veces el ardor
juvenil y el placer de la aventura superan la voz de la prudencia, y uno comete
tonterías.
—Bien. Comienza tu historia.
—Déjenme encender primero la
pipa.
47
6. CACERÍA DE LEONES
Una vez cargados los fusiles,
nuestros amigos se sentaron cómodamente, y el árabe, encendida la pipa, tomó la
palabra.
—La aventura que voy a contarles
ocurrió doce años atrás, y por lo tanto no es muy vieja, al punto que hay días
en que mi pobre espalda me duele todavía como si las zarpas de la fiera
estuvieran aún triturándomela. Regresaba de Taborah conduciendo una caravana
compuesta de unos cincuenta negros cargadores y unos veinte asnos. En esos
momentos atravesábamos el Ugogo, que es el paraíso de los cazadores. Varias
veces habíamos tropezado con jirafas, cebras, antílopes y búfalos, pero siempre
lograban escapar sin que pudiéramos cazar ninguno.
“Como estábamos escasos de
víveres —prosiguió el narrador—, un día decidí dar un poco de descanso a la
caravana y dedicarme a la caza. Formaban la partida, además. Heggia y dos
negros zanzibareses, de un coraje indomable. Como habíamos rastreado algunos animales
hasta un monte boscoso, decidí internarme en él con mis servidores.
Alegremente iniciamos la marcha
al amanecer, atravesando los bosques que cubrían las laderas del mismo, y
llegamos hasta la cima. Ya nos disponíamos a descender por el lado opuesto
cuando Heggia me señaló una cueva que se abría sobre una enorme roca.
—Es posible que allí esté
refugiado algún animal —me dijo—. ¿Quiere que vaya a ver?
—No —respondí—; ese riesgo quiero
afrontarlo yo—. Ordenando a Heggia que se colocara detrás mío, y a los otros
dos negros que se escondieran entre las rocas, penetré resueltamente en la
cueva.
“Había avanzado apenas unos pocos
pasos cuando observé en el suelo una masa oscura que por la penumbra no
distinguí bien al principio, pero que no tardé en reconocer: era un enorme león
que descansaba tranquilamente en su cueva. No había un momento que perder; se
trataba
48
de actuar prontamente o de
abandonar la piel, y a la mía yo todavía le tenía cariño. La fiera se agazapó;
con los músculos en tensión, la cabeza erguida y la melena erizada, lista para
abalanzarse sobre mí.
“Yo permanecí inmóvil —siguió
contando el árabe—, pero no por valentía sino debido a que mis piernas estaban
paralizadas por el temor. Afortunadamente el miedo me duró sólo unos instantes,
y en seguida, dándome cuenta de lo desesperante de la situación, avancé un
paso, levantando el fusil. El león se irguió un poco sobre sus patas y lanzó un
terrible rugido, amplificado por la sonoridad de la cueva. La fiera se
encontraba a unos seis o siete metros, lista para saltar y matar.
Instintivamente adopté una resolución desesperada: descargué mi fusil y,
aprovechando la nube de humo que me cubría, salí corriendo al exterior al
tiempo que gritaba a mis hombres:
—¡Cuidado!… —Sentí un rugido
terrible que me hizo helar la sangre en las venas, seguido de un grito humano.
El león se había arrojado sobre Heggia, que sin tiempo para huir había quedado
aterrado. El negro era valeroso; viendo que la fiera se le venía encima, arrojó
el fusil, que de poco le servía en esa ocasión, y empuñó su cuchillo.
—La situación era desesperada
—prosiguió Al-Kabir—. Los otros dos negros hablan fugado, de manera que quedaba
yo solo, pero viendo a mi pobre sirviente en las garras del león no quise
abandonarlo a su triste suerte. Cargué mi arma y apunté a la fiera, sin tomar
la precaución de refugiarme detrás de una roca. El animal, al ver mi actitud,
dejó a Heggia y con un salto terrible se me abalanzó. Yo hice fuego, alcanzando
a herirlo en el aire, pero el impacto de la bala no lo detuvo; cayó sobre mí y
de un solo zarpazo me desgarró la espalda. El dolor que sentí fue tan intenso
que perdí el sentido en el mismo momento que Heggia, que había tenido la suerte
de salir casi ileso, mataba a la fiera de un balazo en la cabeza. Cuando…
—Continúa —dijo el griego al ver
que el árabe había interrumpido su narración.
—Me pareció sentir un ruido
—contestó El-Kabir levantándose y tomando su fusil.
—¿Qué es lo que escuchas?
—preguntó Otto.
49
—Miren lo que se acerca hacia
nosotros, camino del río. —Parece un buey gigantesco.
—Capaz de atravesarnos a los tres
juntos con su cuerno —les advirtió el árabe—. ¡En lugar de gacelas y antílopes
tendremos que luchar contra un rinoceronte!
—Son bestias sanguinarias y de
piel durísima.
—Pongámonos en guardia. Tengo la
impresión de que viene a atacarnos.
—Subámonos sobre estas raíces.
Allí estaremos fuera del alcance de su cuerno.
La propuesta era buena, de manera
que la aceptaron en seguida. Los tres cazadores treparon sobre las raíces, las
que no sólo eran muy gruesas sino que también tenían bastante altura, al punto
de que casi tocaban las primeras hojas del árbol.
En ese momento salió la luna, lo
que permitió ver perfectamente al animal. Era una bestia de casi cuatro metros
de largo, de formas pesadas y macizas, cubierta de una piel seca y rugosa, que
formaba grandes repliegues a los costados.
La piel de estos animales es tan
gruesa que no puede ser atravesada por los puñales y las lanzas; aun las balas
de las armas de modelo antiguo son inofensivas para ellos y se estrellan
inútilmente contra esta especie de coraza.
Sus únicos puntos vulnerables son
el vientre y los ojos, de manera que los cazadores, si desean tener alguna
probabilidad de matarlo, tienen que esperar el momento en que muestran su
flanco.
Los rinocerontes tienen fama de
ser estúpidos, brutales y sumamente feroces. Cuando están irritados no se
detienen ante nada y cargan enloquecidos, con la cabeza baja y el cuerno hacia
adelante.
Su cuerno, sumamente peligroso,
llega a medir hasta ochenta centímetros y es de un marfil tan duro que resiste
a cualquier proyectil. Algunos animales llegan a tener un segundo cuerno, pero
éste es muy chico y no sirve para el ataque.
50
El-Kabir, que conocía bien a
estos animales, sabía que una vez irritados no se detienen ante nada. Por ello
recomendó a sus amigos no hacer fuego más que en último caso y cuando existiera
alguna posibilidad de éxito.
—Aún matándolo no ganaríamos nada
—dijo—. Su carne es durísima y no sirve para comer.
Nos conviene más dejar que se
vaya.
Sin embargo la fiera no pensaba
así; había visto a los cazadores y estaba dispuesta a aproximarse para verlos
de cerca. Aún lo retenía un poco de desconfianza, pero ésta no duraría mucho en
un animal de tanto coraje y de fuerza apenas un poco inferior a la del elefante.
Ya comenzaba a mostrar síntomas
de impaciencia, moviendo la cabeza y golpeando el suelo con sus patas
delanteras.
—Ya está por iniciar su ataque
—les avisó el árabe—. Avanzará como enloquecido y causará bastantes destrozos
en el árbol.
p-Lo detendremos con nuestras
armas —dijo el germano—. Nuestros fusiles son muy poderosos y sus balas
perforarán la piel del animal, cualquiera sea su espesor. El animal ya bajaba
la cabeza, listo para iniciar su ataque, cuando un rugido formidable que partió
de unos matorrales próximos lo frenó de golpe.
—¡Un león! —exclamó El-Kabir.
—Pues sí que estamos en buena
compañía.
—¿Lucharán entre ellos?
—Asistiremos a una pelea
tremenda.
Al oír el rugido, el rinoceronte
se había dado vuelta con una velocidad sorprendente para su peso, dispuesto a
enfrentar a su nuevo enemigo.
—¿Lo atacará el león?
—No es un animal cobarde y
aceptará el combate.
51
—¿Quién resultará ganador?
—Es posible que ni uno ni otro;
el león es demasiado ágil para dejarse atravesar por el cuerno, y la piel del
rinoceronte demasiado dura para ser desgarrada por las zarpas del león.
De repente se sintió un segundo
rugido, y una forma confusa, atravesó velozmente el espacio, cayendo sobre la
grupa del rinoceronte.
—¡Buen salto! —dijo el germano.
—No quisiera encontrarme yo en la
piel de ese coloso —contestó Mateo.
El rinoceronte había lanzado un
aullido de rabia y de dolor. El león había caído sobre sus espaldas, y del
primer zarpazo le había destrozado una de las orejas y parte del hocico.
La bestia herida realizaba toda
clase de esfuerzos para desprenderse de su enemigo, pero éstos eran vanos; el
león continuaba encaramado sobre sus espaldas y con sus garras le estaba
destrozando un lado de la cabeza.
De repente adoptó una resolución
desesperada, y se arrojó bruscamente al suelo, tratando de aplastar a su
enemigo, pero éste, con un magnífico salto, se desprendió a tiempo del
rinoceronte, perdiéndose al instante entre la maleza.
—¡Qué maniobra! —exclamó el
germano entusiasmado.
—Veremos ahora cómo el
rinoceronte trata de tomarse la revancha.
—No lo dejará en paz. Comenzará
por destrozar el matorral, hasta que el león tenga que combatir nuevamente. La
lucha apenas ha comenzado.
—Con tal que el vencedor no la
emprenda luego con nosotros.
—No tienen tiempo para ocuparse
de los hombres.
El rinoceronte gruñía como un
endemoniado y saltaba como si el dolor de las heridas lo hubiera enloquecido;
por último, con la velocidad de un tren expreso, arremetió contra los
matorrales donde estaba escondido su enemigo.
52
El león, sorprendido por ese
asalto imprevisto, pudo subir sin embargo por segunda vez a la grupa del
rinoceronte que, con él a cuestas, emprendió una fuga desesperada. En pocos
segundos ambos se habían perdido de vista, pero, durante largo tiempo, se sintieron,
a la distancia, los rugidos de esta pelea.
—Por suerte se fueron.
—¿No regresarán?
—Es difícil, a esta hora deben
estar ya muy lejos.
—Y nosotros no hemos podido
disparar aún un tiro.
—Recién comienza la noche; pronto
vendrán los animales a beber.
—¿Sintieron la risa de una hiena?
—Sí —dijo Mateo—, y me pareció
que estaba muy cerca.
—Detrás de ella vendrán los
antílopes y las gacelas. No tengan miedo que la cena nos la ganaremos.
—Silencio —ordenó el griego—.
Siento un leve ruido entre la hojarasca.
—¿Será el león que vuelve?
—Difícil, no creo que se haya
detenido tan cerca.
Al cabo de unos instantes el
árabe bajó lentamente a tierra, y tomando su fusil les dijo:
—Es la caza que esperábamos, no
la dejemos escapar.
—¿Es un antílope? —preguntó el
griego.
—Sí, y tiene una carne muy rica
para comer.
—Excelente noticia.
Los tres amigos comenzaron a
deslizarse entre los troncos, tratando de hacer el menor ruido posible.
53
El animal venía de las orillas
del río, donde había ido para beber; pero al sentir la risa de la hiena había
cambiado su rumbo, buscando esconderse en la selva.
Los tres cazadores con una hábil
maniobra le cerraron el paso, y cuando lo tuvieron a cincuenta metros le
hicieron una descarga cerrada.
La pobre bestia, herida en varias
partes, cayó al suelo.
—¡Es nuestra! —gritó el germano
corriendo hacia ella. Era un pequeño antílope de poco más de sesenta
centímetros de altura, piel de un color dorado pálido y garganta blanca. Su
cabeza estaba armada con dos pequeños cuernos negros.
—Bueno, ya que tenemos la cena,
regresaremos al lado del “Germania”.
—Los sirvientes estarán inquietos
por nuestra tardanza.
—Al escuchar nuestros disparos
habrán invocado a sus dioses arrojando nueve ramitas secas al fuego —dijo
El-Kabir.
El germano, que era el más
robusto, cargó el antílope sobre sus espaldas, y todos iniciaron el regreso al
campamento.
Durante la vuelta no tuvieron
ningún inconveniente, y en seguida descubrieron la hoguera que habían preparado
los sirvientes.
El “Germania” continuaba
amarrado, y como el frío no había provocado aún la condensación de parte del
gas, ejercía una fuerte presión sobre la soga del ancla. Sobre la plataforma
iluminada por la luna se veía a Heggia que vigilaba fusil en mano, mientras al
pie de la escala Sokol se encargaba de avivar el fuego.
—¿Ninguna novedad? —preguntó el
árabe al negro.
—Ninguna, patrón —respondió
éste—. Sólo que vimos pasar a un rinoceronte que huía con un león sobre su
grupa.
—Encárgate de desollar y asar
este antílope.
Los tres amigos se tendieron a
descansar sobre las hierbas perfumadas de la pradera, mientras Heggia descendía
del dirigible para ayudar a su
54
compañero.
La noche era bellísima; la luna
brillaba en todo su esplendor en un cielo sin nubes, en el que centelleaban
millares de estrellas.
Una suave y fresca brisa,
impregnada del perfume de las flores silvestres, atemperaba el calor que
todavía se desprendía del suelo.
Un silencio profundo reinaba
sobre la llanura, interrumpido de tanto en tanto por los gritos del chacal o la
risa de una hiena que se aproximaba al sentir el olor del asado.
Los amigos conversaban
tranquilamente, observando encima de ellos al dirigible que se mecía suavemente
ante el empuje de la brisa.
—Qué calma reina aquí —dijo el
griego—. Parece imposible que estemos en África.
—Desconfíen de la calma africana
—respondió El-Kabir—. El continente negro es el más peligroso de los lugares.
Mientras nosotros estamos aquí conversando en la mayor tranquilidad, puede
estar acechándonos un grave peligro entre las sombras de la noche.
Las fieras sanguinarias abundan
—continuó—, y sus habitantes no son menos peligrosos que ellas. Esta
tranquilidad puede ser interrumpida de golpe por gritos de guerra y de muerte.
—Por otra parte —siguió diciendo
el árabe—, cuando lleguemos a la zona del Ugogo debemos efectuar una rigurosa
vigilancia.
—¿Por qué?
—Han llegado a Zanzíbar versiones
de que Nurambo Niungu se han aliado para derrotar a Karema y apoderarse de la
región del Tanganyka.
—¿Quién es Niungu?
—El jefe supremo de los
Ruga-Ruga, ladrones feroces que viven del saqueo. Habitan los bosques del
Migonda-Naoli y de cuando en cuando abandonan su refugio para invadir los
estados vecinos, donde causan terribles tragos.
55
—¿Y Karema?
—Es un poderoso jefe que domina
las tierras situadas sur del lago Tanganyka, muy amigo de los europeos. Para
nosotros no es de temer, pero en cambio, deberemos estar en guardia contra
Nurambo y Niungu.
—Bueno —los interrumpió el
germano—. Por ahora vámonos a dormir, y mañana al alba reiniciaremos nuestro
viaje, atravesando la zona del Ngura.
56
7. EL SULTÁN DE MHONDA
Nuestros amigos pasaron una noche
relativamente tranquila, sin que apareciera ningún indígena. En cambio las
fieras, especialmente hienas y chacales, se juntaron cerca del dirigible,
haciendo un concierto ensordecedor que despertó muchas veces a los europeos,
poco acostumbrados a dormir en esas condiciones.
Al salir el sol, Heggia soltó el
ancla y el dirigible reinició su marcha hacia el Oeste, con sus hélices a toda
velocidad, por cuanto el viento era muy débil e irregular.
Atravesando el río, en cuyas
márgenes se observaban ahora numerosos animales, especialmente antílopes y
gacelas, el “Germania” se dirigió hacia una cadena de colinas que aparecía
sobre el horizonte.
Las mismas indicaban el comienzo
de la zona del Ngura, antiguamente muy próspera y llena de habitantes, pero
despoblada en la actualidad por las continuas correrías de los traficantes de
esclavos.
Posiblemente los que más habían
contribuido a esa ruina eran los árabes de Taborah, grandes traficantes de
carne humana, que en bandas numerosas invadieron la región sometiendo o matando
a sus pobladores.
Bosques inmensos se extendían
bajo el dirigible, interrumpidos de tanto en tanto por pequeñas fracciones de
terrenos cultivados con maíz, arroz, mandioca y tabaco.
Algunos negros, viendo pasar al
“Germania”, salían corriendo presurosos, mientras otros, más valientes, les
disparaban algunas flechas que, como es de suponer, no causaban el menor daño.
De pronto, una bala de fusil se
aplastó bajo la plataforma de aluminio; había sido disparada por un cazador de
elefantes y fue un verdadero milagro que no hiriera a nadie.
El griego, justamente irritado
por esa agresión injustificada, respondió con
57
dos tiros de máuser que hicieron
huir rápidamente al atacante.
—De ahora en adelante debemos
cuidarnos también de las armas de fuego —dijo el germano.
—Los negros de esta región poseen
bastantes fusiles —contestó El-Kabir—. En realidad se trata de armas antiguas,
pero las balas son siempre peligrosas.
—¿Quién ha armado a estos
indígenas?
—Los árabes de Taborah pagan los
esclavos y las mercaderías que compran con armas y municiones que hacen llegar
de Zanzíbar.
—¿También los Ruga-Ruga están
armados?
—Tienen cierta cantidad de
fusiles, y Nurambo ha conseguido algunos de los más modernos.
—En ese caso debemos adoptar
precauciones para no perder nuestro dirigible.
Al mediodía el “Germania” llegó a
una cadena de colinas cuya altura obligó al germano a arrojar doscientos kilos
de lastre, con lo que el aparato se elevó a los setecientos cincuenta metros.
Superado ese inconveniente,
llegaron a una inmensa llanura cubierta de baobabs, enorme planta que forma por
si sola un pequeño bosque, y cuyos troncos alcanzan tal grosor que cuarenta
hombres, unidos por las manos, no son suficientes para rodear su perímetro.
En medio de esa llanura se veía
un poblado de importancia, constituido por unas trescientas chozas, en el
centro de las cuales estaba ubicada una construcción de mayor tamaño,
indudablemente la sede del jefe.
—¿Qué poblado será éste?
—preguntó el germano.
—Es Mhonda, un pequeño reino
independiente gobernado por un sultán usagaro.
—¿Es salvaje?
58
—Todo lo contrario, y además
siempre ha sido amigo de los blancos.
—Entonces podríamos hacerle una
visita.
—No habría ningún peligro, porque
además lo conozco personalmente. Tendremos una buena acogida, y aprovecharemos
para pedir informes sobre la caravana de Altarik.
—De acuerdo —dijo Mateo—. ¿Dónde
descenderemos?
—Preferiría hacerlo a cierta
distancia del pueblo. Dispondremos de más libertad, y en caso de peligro
podremos defendernos mejor.
A unos trescientos metros de las
primeras chozas se veía un grupo de grandes sicomoros, cuyos gruesos troncos
servirían para amarrar el dirigible. En consecuencia, el germano maniobró el
aparato para dirigirlo hacia ese lugar.
—¿Descendemos aquí, patrón?
—preguntó Sokol lleno de impaciencia.
—¿Te interesa? —le contestó
El-Kabir sorprendido por su tono.
—Tengo un amigo en ese poblado
—respondió el negro cambiando de tono, como si estuviera arrepentido de haber
hecho esa pregunta.
—¿Quién es?
—Un jefe.
—Trataremos de que tengas tiempo
para ir a verlo. Mientras el “Germania” efectuaba las maniobras necesarias para
el amarre, en el poblado se registraba un movimiento extraordinario.
Los indígenas, habiendo
descubierto lo que les parecía un monstruo de nueva especie, se preparaban para
organizar la resistencia.
Patrullas armadas con lanzas y
viejos mosquetes se aprestaban para dirigirse al encuentro del dirigible.
—Despleguemos alguna bandera —dijo el árabe—. Eso los tranquilizará.
—Tengo una de Zanzíbar.
—Reconociendo los colores del
sultán se mostrarán menos desconfiados.
59
La bandera zanzibaresa, de fondo
rosado con una media luna plateada, fue desplegada sobre la plataforma, de
manera que pudiera ser vista fácilmente desde abajo.
Momentos después, alrededor de un
centenar de indígenas a caballo partían al encuentro del dirigible, que
maniobraba para amarrar sobre los sicomoros.
Los indígenas ofrecían un aspecto
sumamente pintoresco, al aproximarse gritando, agitando sus armas y disparando
salvas al aire.
—Han reconocido la bandera —dijo
El-Kabir—. Vienen al encuentro de amigos.
—¿Nos tomarán por divinidades
celestes?
—A lo mejor piensan que somos
hijos del sol o de la luna.
—Cuando me vean se convencerán de
que somos hombres como ellos —dijo el árabe—.
Conozco al jefe de ese pelotón.
Sokol y su compañero habían
arrojado dos anclas, y una de ellas se enganchó entre las ramas de un sicomoro;
al instante las hélices comenzaron a trabajar en forma invertida y el dirigible
empezó a descender.
Cuando el “Germania” se
encontraba a unos treinta metros del suelo llegaron los indígenas: eran todos
negros, de torsos robustos y brazos musculosos.
El jefe, un aborigen de gran
tamaño que montaba un soberbio caballo de pura raza árabe, se volvió hacia los
viajeros gritando:
—¿Quiénes son ustedes? ¿Hijos del
cielo o del infierno?
Respondan en seguida o les
haremos fuego, persiguiéndolos a través de todo nuestro territorio.
—¿Es que Ben-Zuf no conoce más a
su amigo El-Kabir? —gritó el árabe
60
asomándose por la barandilla.
—¡Por Allah nuestro Señor! —dijo
el jefe de los recién llegados—. ¿Es realidad lo que veo o estoy soñando?
—Ben-Zuf ve y oye bien.
—¿Eres tú, verdaderamente,
El-Kabir? —Tanto como tú eres el propio Ben-Zuf.
—¿Quiénes son los hombres blancos
que te acompañan?
—Europeos amigos míos.
—¿Qué animal es ése que tú
montas?
—No es un animal; es un
dirigible, otra de las maravillosas invenciones de los blancos.
¿Cómo está el sultán?
—Muy bien.
—¿Podremos saludarlo?
—No habrá inconveniente. Ya me
había ordenado que llevara a su presencia a los hombres que montaban en esta
rara bestia.
—Descendamos, amigos —dijo el
árabe—. De este sultán no debemos desconfiar.
—¿Bajaremos armados?
—Sí, y también con regalos.
—¿Quién quedará de guardia en el
dirigible?
—Dejaremos a nuestros dos negros.
—Patrón —dijo Sokol—. Yo quisiera
saludar a un amigo.
—Lo verás más tarde si tenemos
tiempo.
—Tengo una comunicación urgente
que hacerle de parte de un pariente suyo de Zanzíbar.
61
—Se la harás en otra oportunidad.
—No, patrón —contestó el negro en
tono decidido.
—¿Qué es lo que dices? —exclamó
el árabe alzando la voz—. ¡Esclavo, obedece o te haré comprender que el amo soy
yo!
Sokol, viendo que el árabe se
disponía a empuñar la pistola, bajó la cabeza y se tornó humilde.
—¿Me has entendido? —gritó
El-Kabir. —Sí, patrón.
—¿Permanecerás aquí?
—Sí, patrón.
—Si no me obedeces te mataré.
—Déjalo bajar —dijo Mateo.
—No, permanecerá aquí. El patrón
soy yo.
—¡Bajen! —gritó el jefe de los
nativos que comenzaba a perder la paciencia.
—En seguida lo haremos.
Los amigos tomaron sus máuseres,
se pusieron los revólveres a la cintura y, llevando una caja que contenía
regalos para el sultán, comenzaron el descenso.
El jefe de los nativos les dio la
bienvenida y luego estrechó la mano de El-
Kabir diciéndole:
—Has hecho muy bien en darte a
conocer, porque había recibido órdenes de destruir al monstruo volante y matar
a los que en él venían. No sé qué clase de pájaro es el que os lleva, pero
puedo asegurarte que ha asustado mucho a mi pueblo, que temía ser devorado por
esa bestia gigante.
—Ya te he dicho que no es un
pájaro; es simplemente un dirigible.
—No sé qué cosa es un dirigible;
para mí es un monstruo terrible y nada
62
me hará cambiar de opinión.
—No pretenderé cambiar tus ideas,
Ben-Zuf.
—¿Saben montar tus amigos?
—Sí —respondió Mateo, que
entendía el árabe.
El jefe ordenó que se
proporcionaran caballos a los recién llegados, y la tropa inició la marcha de
regreso al poblado.
Antes de partir, Otto y Mateo
vieron con inquietud que diez hombres quedaban de guardia alrededor de la
escala y las amarras del dirigible.
—¿Qué me dices de esta maniobra
sospechosa? —dijo el germano—. No tengo mucha confianza en esta gente, a pesar
de que el jefe sea amigo de El-Kabir.
—Hubiera preferido que no dejaran
esa guardia.
—¿Querrán quitarnos el dirigible?
—No confío mucho en esta gente.
—Me arrepiento de haber seguido
los consejos de El-Kabir.
—Sin embargo hay una cosa que me
tranquiliza.
—¿Cuál?
—Que estos negros tienen miedo de
nuestro dirigible, y lo creen un monstruo voraz.
—Podrían atacarlo a tiros y
arruinar los globos —dijo el germano, cuya inquietud crecía a cada instante.
—Según la acogida que nos haga el sultán sobremos si podemos estar tranquilos o
si, por el contrario, existe algún peligro.
Mientras el griego y el germano
sostenían esta conversación, El-Kabir discutía animadamente con el jefe de la
escolta, esforzándose para explicarle en qué consistía ese monstruo y los
motivos del viaje, cuidando eso sí, de hablarle del tesoro.
63
—Lo hacemos por simple espíritu
de humanidad —decía—. Mis amigos se han propuesto rescatar al pobre explorador
y lo conseguirán.
—Yo lo hubiera dejado entre los
negros de Kassongo —dijo el jefe—. El explorador debió haberse quedado en su
casa.
—Además, no somos los únicos que
vamos en su busca.
—¿Hay más monstruos en viaje?
—No, Ben-Zuf. Se trata de una
caravana guiada por un árabe que tú conoces y que debe haber dejado la costa el
mes pasado.
—¿Quién estaba al frente de la
misma?
—El árabe Altarik.
—Pasó por aquí hace cerca de tres
semanas.
—¿Estaba Altarik? —Sí.
—¿Era muy grande la caravana?
—Tenia alrededor de cien hombres.
—¿Dónde crees que estará en estos
momentos?
—Debe encontrarse entre el
Usagara y el Ugogo. Esa caravana avanza a marcha forzada, y no hace nada más
que breves paradas.
—¿Escucharon? —preguntó el árabe
volviéndose hacia sus amigos, que cabalgaban a su lado.
—Sí —contestó Mateo en francés,
lengua que con casi toda seguridad ignoraba Ben-Zuf—.
La ventaja que nos lleva no me
importa, porque podemos descontarla fácilmente. Otra cosa es la que me
preocupa.
—¿Cuál?
—Tengo una sospecha.
64
—Explícate mejor.
—Es posible que Altarik haya
azuzado a las poblaciones contra nosotros, o mejor dicho contra ti.
—¿En qué te basas? —preguntó el
árabe sorprendido.
—Por ahora no es más que una
sospecha. Tú sabes que ese hombre es capaz de todo.
—Es cierto —respondió
pensativamente El-Kabir.
En ese momento llegaron al
poblado. Una muchedumbre, en la que predominaban las mujeres y los niños, se
había aglomerado para ver a los hombres que volaban como las aves.
El jefe de la escolta los condujo
rápidamente hasta “el palacio real”, situado en la plaza principal.
Dicho palacio consistía en una
inmensa cabaña de troncos rústicos, revocada internamente con barro. Hacia los
lados se prolongaba en una serie de tinglados que servían como depósitos y de
dormitorios para los esclavos.
Una empalizada rodeaba esas
dependencias, en las que había gran cantidad de ovejas, gallinas y numerosos
esclavos casi desnudos, con los torsos recubiertos de aceite de coco y manteca
rancia, cuyo olor resultaba muy poco agradable para los europeos.
El sultán recibió a los hombres
caídos del cielo en sus propias habitaciones.
Era un negro muy gordo, ya
entrado en años; su cabeza estaba cubierta con un casco de bombero, muy
deteriorado, pero con los bronces relucientes, y lucía además una levita de
almirante inglés, que parece ser el uniforme preferido de los tiranuelos africanos.
No usaba pantalones, pero en
cambio lucía cuello y una corbata cuyo color era imposible de definir.
—Bienvenidos a mi reino los
hombres que han caído del cielo —les dijo mirándolos con viva curiosidad—.
Deben ser muy valientes para haberse
65
atrevido a domar un pájaro tan
grande.
—¿Su alteza no me conoce más?
—preguntó el árabe adelantándose.
—¡El-Kabir! —exclamó el monarca
sorprendido.
—En persona, majestad.
—Te esperaba, pero no pensé que
vinieses a caballo de esa bestia voladora.
—¿Quién te había anunciado mi
visita?
—Altarik —respondió el sultán con
una sonrisa maliciosa.
—Me lo había imaginado.
El sultán los hizo sentar, ordenó
que les sirvieran sendos vasos de “pombé”, una especie de cerveza obtenida del
sorgo fermentado, sumamente alcohólica, y que embriaga muy fácilmente.
Mientras tanto el árabe,
conocedor de la psicología de esos reyezuelos, trató de conquistar la simpatía
del monarca y comenzó a extraer los regalos que traía: dos docenas de pañuelos
rosados, un bicornio de capitán de marina, lleno de galones; un viejo revólver
con algunas docenas de cartuchos, y un surtido de collares de cuentas de vidrio
para las esposas del monarca.
El negro, curioso como todos los
de su raza, se mostró muy contento con los regalos recibidos, pero rapaz como
todos ellos, terminó pidiéndoles tabaco, jabón perfumado, uno de los tres
cuchillos de caza que los amigos llevaban a la cintura, sus corbatas, y un
pañuelo rosa que el griego tenía en el cuello.
Se puso además muy contento al
ver que los viajeros habían tenido la precaución de llenarse los bolsillos con
objetos que pidieron al monarca distribuyera entre sus ministros y los jefes
del ejército.
A cambio de estos regalos, el
sultán hizo traer dos pollos tísicos y un carnero casi moribundo, a lo que
agregó luego dos panes de manteca y un vaso de cerveza, pidiendo disculpas por
tan pobres obsequios, que eran debidos —dijo— a la miseria que asolaba su
reino.
66
Luego de conversar un rato sobre
las características del dirigible, el monarca les preguntó de pronto:
—¿Por qué queréis ir al Kassongo?
—Para rescatar a un explorador
inglés, prisionero de los indígenas.
—Sí, ya lo he escuchado —dijo el
sultán mirando fijo al árabe, mientras ostentaba en sus labios una sonrisa
maliciosa.
—¿Por qué dudas de lo que te he
contado? —preguntó inquieto El-Kabir.
—Porque sé que te diriges al
encuentro de Niungu, el rey de los Ruga-Ruga, para asociarte con él en la
empresa de conquistar mi país. Sé también que no has venido como amigo, sino
para ver personalmente cuáles son mis fuerzas y cómo están distribuidas.
Ante esa gravísima acusación el
árabe quedó sorprendido, mientras los dos europeos palidecían.
—¿Quién ha podido inventar
semejante mentira?
—Me lo ha dicho Altarik.
—¡Ese miserable te ha engañado!
—¿Qué pruebas tienes?
—Nosotros nos dirigimos al
Kassongo, y no hemos tenido ninguna relación con el feroz rey de los Ruga-Ruga.
—Dame la prueba de que Altarik ha
mentido —insistió el monarca.
—¿Cómo podría demostrártelo?
—Permaneciendo aquí y ayudándome
a defender mi tribu contra los Ruga-Ruga.
—¡Eso es imposible! Hemos
prometido al cónsul inglés acreditado ante el sultán de Zanzíbar ir al Kassongo
para rescatar a ese explorador.
—Altarik es mi amigo y no me
hubiera mentido —dijo el monarca—.
67
Además, ¿para qué hubiera
inventado esa historia?
—Porque quiere ser él quien
rescate al explorador y cobrar así la recompensa ofrecida.
—El no tiene necesidad de esa
recompensa. Además, me ha dicho que se dirigía a Taborah para defenderlo de los
Ruga-Ruga.
—En cambio, estoy seguro de que
se dirige al Kassongo.
—Bueno, esperaremos su regreso
para ver quién tiene razón —dijo el monarca en tono decidido—. Vosotros me sois
necesarios para defenderme de esos piratas. Vuestra sola presencia los asustará
y los pondrá en fuga.
—Bueno, nosotros aceptamos
vuestros deseos —dijo el germano haciendo una rápida seña a sus compañeros. “Si
el germano dice eso —pensó para sus adentros Mateo—, es que tiene un plan para
salir de esta situación.
—¿Aceptáis entonces defenderme?
—exclamó el monarca.
—No solamente eso, sino que
daremos tal escarmiento a los invasores que no aparecerán más por aquí —le
contestó Otto—. Ya les haremos ver la terrible potencia del monstruo.
“¿Qué estará por hacer mi
amigo?”, se preguntaba el pobre Mateo cada vez más sorprendido.
También el árabe estaba
asombrado; el sultán, en cambio, estaba radiante, ya que no había esperado
convencer tan fácilmente a los viajeros.
—¿Lo dicen en serio? —preguntó
nuevamente—. ¿Me ayudarán a luchar contra los guerreros de Niungu? —Los haremos
pedazos —contestó Otto—. ¿Sabéis si ya se han puesto en marcha?
—Mis espías me lo han confirmado.
—Nosotros verificaremos sus
informes.
—¿De qué modo?
68
—Con nuestro dirigible podemos
ver cualquier parte de África —respondió audazmente el germano.
—¡Cómo me gustaría ver ese
espectáculo! —exclamó el sultán.
—No tenéis más que pedirlo.
—¿Me harán subir con ustedes?
—Sí —respondieron los amigos.
—¿Podré ver todo el Usagara?
—También el Ugogo y el lago
Tanganyka.
—Desearía ver en seguida ese
panorama maravilloso.
—¿No tendréis miedo?
—Un sultán nunca tiene miedo.
—Vamos entonces —dijo el germano.
El monarca ordenó que trajeran
cuatro caballos y prepararan una escolta de cincuenta guerreros.
Pocos momentos más tarde la
cabalgata salía del palacio del sultán y se dirigía al lugar donde estaba
amarrado el “Germania”.
69
8. MOMENTO CRÍTICO
Mientras cabalgaban en busca de
la guardia dejada Ben-Zuf en torno del dirigible, Mateo se había colocado al
lado del germano, interrogándolo con la mirada.
—Te comprendo —le dijo éste—.
Pero quédate tranquilo, que he ideado una estratagema para librarnos de esta
guijuela.
—¿Lo llevarás con nosotros sobre
el “Germania”?
—No podemos hacer de otra forma.
—¿Y después?
—Verás lo que sucederá luego. Te
aseguro que nos divertiremos.
A medida que el sultán se
acercaba al dirigible daba mayores muestras de estupor. En vano se esforzaba en
encontrar el pico, las alas y las garras de ese pájaro mecánico.
—¡Estos blancos son verdaderos
magos! —exclamaba la sincera admiración—. ¿Obedecerá dócilmente esta bestia?
—Como obedece el caballo que
montáis.
—¡Es maravilloso! … ¿Iremos muy
alto?
—Hasta cerca de la luna si lo
deseáis.
—Una noche podremos robarla del
cielo y llevarla a pueblo, donde nos servirá de linterna.
—Si lo queréis, podremos robarla
—contestó el griego, que apenas podía contener la risa.
Al llegar
junto al “Germania”,
el sultán desmontó
junto con nuestros
70
amigos, mientras los guerreros,
con las armas listas, formaban un círculo alrededor.
—¿No tendréis temor de subir por
esa escala de cuerdas? —preguntó el germano al sultán.
—No —respondió éste
resueltamente.
—Cuando estemos arriba daréis
orden a vuestros hombres de que suelten el ancla, que está enganchada en las
ramas de ese sicomoro.
—Me gustaría, sin embargo, que
Ben-Zuf subiera con nosotros.
—No es posible —respondió de
inmediato el germano—. Mi pájaro sólo puede llevar seis personas.
—Deja en tierra alguno de los
negros.
—Los necesito para manejar la
máquina.
—¿No podría reemplazarlos
Ben-Zuf?
—No porque desconoce el manejo,
que es bastante complicado.
—Tienes razón —respondió el
monarca.
El sultán ordenó a dos de sus
guerreros que se subieran al sicomoro para poner en libertad el ancla cuando se
les diera la señal; luego, sin demostrar el menor temor, comenzó el ascenso por
la escala de cuerdas. Tras él, subieron nuestros amigos.
—Mateo —dijo el germano en vez
baja al griego—. Prepárate para arrojar un quintal de lastre.
—¿Será suficiente para ponernos
fuera del alcance de las descargas?
—Sí —respondió el germano—. El
gas está muy dilatado.
—¡Larguen el ancla! —gritó el
sultán a los negros subidos sobre el sicomoro.
Liberado de sus amarras, el
“Germania” se elevó majestuosamente en medio de los gritos de estupor de la
escolta.
71
—¡Arroja el lastre! —ordenó Otto.
Heggia y Sokol tomaron una bolsa
llena de arena y la arrojaron sobre la borda, con tanta suerte que cayó sobre
la cabeza de los guerreros que contemplaban la partida, mientras el dirigible,
aligerado de peso, subió de golpe hasta alcanzar alrededor de los cuatrocientos
metros.
El sultán, al verse lejos ele sus
guerreros, que vistos desde lo alto parecían cada vez más pequeños, se volvió
hacia los europeos; había perdido toda su arrogancia y los miraba con un poco
de temor.
—Vamos a ver el Ugogo —dijo Otto
con maravillosa sangre fría, al tiempo que, empuñando su revólver, apuntaba
hacia el pecho del monarca exclamando:
—¡Déjate atar sin oponer
resistencia o te hará arrojar por la borda!
El pobre sultán, terriblemente
asustado, se dejó caer sobre unos cajones al tiempo que decía con voz
temblorosa:
—Me habéis traicionado. Tenía
razón Altarik al decirme que érais aliados de los Ruga-Ruga.
—No deseamos hacerte ningún mal
—contestó Otto, mientras los dos negros ataban cuidadosamente al monarca y lo
despojaban de sus dos pistolas y de la cimitarra—. Te haremos hacer un pequeño
viaje y luego te llevaremos a tierra. Dentro de tres horas podrás estar
nuevamente en tu palacio.
—¿No me entregarán a los
Ruga-Ruga?
—Altarik te ha mentido. Nosotros
no somos amigos de Niungu.
—¿No me matarán?
—Ya te hemos dicho que dentro de
poco estarás en tierra. Quédate tranquilo que no te pasará nada malo. “Mateo,
sírvele un vaso de ginebra al sultán” —pidió el germano.
Pero El-Kabir, sabiendo lo
borracho que era el monarca, ordenó que le entregaran una botella entera, ya
que con un vaso apenas si le alcanzaría
72
para mojarse la garganta.
Mientras el monarca, bebiendo a
grandes sorbos el contenido de la botella se consolaba de la mala pasada que le
había jugado el destino, el dirigible sobrevolaba la población, empujado por un
viento favorable.
La población entera estaba
congregada en la plaza del mercado, aclamando al monarca y a sus amigos, pero
el “Germania” avanzaba tan velozmente que al poco rato el poblado había
desaparecido por completo y en su lugar se veían frondosos bosques.
—Descendamos —dijo el germano—.
No quiero asustar demasiado a este pobre hombre que, por otra parte, ya debe
estar casi borracho.
—La botella está casi vacía.
—¡Qué borrachín! No sé cómo
resiste con toda la ginebra que tiene en el cuerpo.
—Todavía nos pide más.
—Le regalaremos un par de
botellas para que beba junto a sus ministros.
Como habían arrojado lastre, fue
necesario dejar escapar un poco de gas para que el dirigible descendiera hasta
unos cincuenta metros de altura, que era el largo de la escala de cuerdas.
Al poco tiempo el “Germania”
comenzaba a descender sobre una pradera, salpicada cada tanto de pequeños
bosquecillos de palmeras silvestres.
El lugar parecía desierto, y no
era de temer ninguna sorpresa, ya que el poblado quedaba bastante lejos,
alrededor de unas quince millas.
Arrojada el ancla, se enganchó
entre las ramas de una euforbia.
—Puedes descender —dijo el
germano al sultán.
El monarca, al que ya se le
habían quitado las ataduras, se levantó trastabillando.
—Este viaje era delicioso, y me
hubiera gustado llegar hasta el Kassongo —dijo.
73
—¿No estás más enojado con
nosotros? —preguntó riendo El-Kabir.
—No —respondió el sultán.
—¿Sabrás retornar a tu palacio?
—Conozco mi país.
—Te devolveremos la cimitarra y
un par de botellas para que las bebas mientras retornas a tu palacio.
—¿Y mis pistolas?
—Por ahora no podemos
devolvértelas; en un momento de mal humor podrías descargarlas sobre nosotros.
—Hacen mal en dudar de mí.
—Te las devolveremos a nuestro
regreso.
—¿Volverán?
—Te lo prometemos.
El sultán, que parecía no
guardarles rencor, tomó la cimitarra y las dos botellas e inició el descenso
por la escala de cuerdas, seguido de Sokol, que debía desprender el ancla.
Nuestros amigos, apoyados sobre
la barandilla, los seguían con la mirada.
A1 descender a tierra, el monarca
hizo un saludo con las manos y se alejó algunos pasos; sin embargo, retrocedió
de improviso y, esgrimiendo la cimitarra, cortó de un solo golpe la cuerda del
ancla y luego quiso atacar al negro, que le daba la espalda.
—¡Cuidado, Sokol! —gritó el
árabe, mientras los europeos tomaban rápidamente sus fusiles.
Al sentir los gritos, el negro se
dio vuelta y, viendo al sultán con la cimitarra alzada, pegó un poderoso salto
que le permitió esquivar el golpe y aferrar al mismo tiempo la escala de cuerda
que comenzaba a elevarse, ya que el dirigible, libre de sus amarras, ascendía
rápidamente.
74
El monarca, que parecía haber
enloquecido de repente, quiso repetir su ataque, pero afortunadamente llegó
tarde; Sokol, afirmado en la escala, estaba ya fuera de su alcance.
—¡Miserable! —gritó Mateo
apuntando con su fusil al sultán, que había emprendido una fuga precipitada.
Ya estaba por hacer fuego cuando
vio, horrorizado, que de unos matorrales cercanos salía una fiera que de un
solo salto cayó sobre el monarca.
Era un gran leopardo, la bestia
salvaje más común del África Central. Bajo el peso del animal, la víctima cayó
al suelo, mientras la fiera le desgarraba el pecho y la garganta.
Al ver este espectáculo, nuestros
amigos dispararon contra el leopardo que, herido de muerte, cayó fulminado
sobre el cuerpo de su víctima.
—¡Descendamos! —gritó Mateo.
—Es inútil —contestó Otto, que
observaba con el largavista—. Ambos están muertos.
—Por lo menos deberíamos
asegurarnos.
—Para descender sería necesario
sacrificar más gas, y es demasiado precioso para derrocharlo.
—¡Qué fin tan trágico ha tenido
ese pobre sultán!
—No importa. Nombrarán otro en
seguida —dijo filosóficamente El-Kabir.
Sokol, mientras tanto, había
llegado hasta la plataforma. El negro estaba aún asustado, más por el ataque
del sultán que por su subida de la escala, colgado en el vacío a una altura tan
extraordinaria.
Sin embargo, un buen vaso de
ginebra le permitió recuperarse rápidamente de los momentos pasados.
El “Germania”, luego de haber
alcanzado una altura de trescientos metros, continuó su viaje, atravesando
sobre exuberantes selvas tropicales.
75
Habían dejado atrás la región de
Usghera y atravesaban el Usagara, uno de los más vastos distritos de la costa
oriental africana, y de los más fértiles aunque, desgraciadamente, muy poco
habitado.
Desde esa altura los aeronautas
podían ver el Muscendo, uno de los ríos más importantes de la región, y también
algunos poblados, escalonados sobre los flancos de una cadena de cerros.
Fuera de esas pequeñas
poblaciones, el país que atravesaban parecía completamente desierto, sin que
apareciera ni una sola cabaña, ni campos cultivados por el hombre.
Al mediodía, mientras se
preparaban para almorzar, el dirigible se encontraba atravesando algunas
pequeñas colinas, tras de las cuales se extienden las vastas praderas que
ocupan gran parte del Usagara.
En medio de aquellas opulentas
llanuras, interrumpidas cada tanto por grupos aislados de bananos y de
sicomoros, se veían pastar tranquilamente numerosos animales.
Tropas de cebras y bandadas de
jirafas galopaban airosamente por los pastizales.
Tampoco faltaban los antílopes,
los búfalos, terribles animales estos últimos, ya que no temen a los cazadores,
son más vigorosos que nuestros toros y están armados de cuernos terribles.
Al ver pasar tantos animales el
germano no pudo contenerse y les efectuó varios disparos, los que no dieron en
el blanco dada la gran velocidad que desarrollaba el dirigible.
—¡Éste es el paraíso de los
cazadores! —exclamó—. Esta noche descenderemos en algún lugar apropiado y
aprovecharemos para hacer una buena cacería.
—Tendremos que detenernos cerca de algún río —dijo el árabe—.
Después de la puesta del sol los
animales se acercan al agua.
—¿Hay algún río cerca? —preguntó
Mateo.
—Sí, un afluente del Wami, muy
largo y de orillas boscosas.
76
—¿Estará muy lejos?
—¿Qué velocidad llevamos
actualmente?
—Unas veinticinco millas por
hora.
—Entonces llegaremos dentro de
tres o cuatro horas.
—¿Encontraremos buena caza?
—Sí, especialmente elefantes y
jirafas.
—¡Mi sueño dorado, poder cazar
elefantes! —exclamó Otto.
—Te prometo que cazaremos alguno.
Una hora más tarde comenzaron a
verse algunas cabañas aisladas, cada vez más numerosas, hasta que por fin
apareció un poblado importante; era Kondu, una de las principales poblaciones
del Usagara, donde aún se hacía un activo comercio de esclavos, los que no
llegaban hasta Zanzíbar por la activa vigilancia de la flota inglesa.
Al llegar las siete de la tarde
recorrían nuevamente una zona de aspecto salvaje; alternaban las llanuras
cubiertas de pastizales con los bosques de sicomoros gigantescos.
Media hora más tarde Otto, que
observaba atentamente el horizonte, les indicó un largo río que se veía hacia
el Norte.
—¿Es ése el que buscamos?
—preguntó.
—Sí —respondió el árabe—. Allí
podremos descender. Las orillas de ese río estaban cubiertas de gigantescos
baobabs, cada uno de los cuales formaba por sí solo un pequeño monte, bajo el
cual encontraban seguro refugio numerosos animales.
Otto, que estaba impaciente por
tomar su fusil e iniciar la cacería, abrió las válvulas para que saliera un
poco de gas, lo que facilitó el descenso del dirigible.
El “Germania” comenzó a descender
bastante rápido, y pronto se encontró sobre el río, que tenía unos trescientos
metros de ancho y estaba cubierto
77
de islas llenas de helechos
arborescentes y bambúes gigantescos.
Sokol había arrojado el ancla
pero, como calculara mal la distancia, ésta se había sumergido en el agua.
—El ancla se clavará en el lecho
del río —dijo el griego. El negro estaba por recoger nuevamente la soga del
ancla, cuando el dirigible pegó una tremenda sacudida, al tiempo que se sentía
un sordo rugido que procedía del río.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Otto
con inquietud—. ¿Habremos anclado sobre el lecho del río?
—Me parece más fácil que lo
hayamos hecho sobre el cuerpo de algún animal —contestó el árabe—. Me pareció
sentir el rugido de un hipopótamo.
Todos se habían inclinado sobre
la barandilla, mientras el dirigible sufría unos terribles tirones, sin avanzar
un solo metro.
La cuerda del ancla estaba
sumamente tensa y en el lugar donde ésta se sumergía el agua se agitaba
terriblemente y comenzaba a teñirse de rojo.
Se escuchaban una serie de
rugidos cada vez más rabiosos; parecía que una tropa de toros se encontrase
debajo del río.
—¡Hemos arrojado el ancla sobre
un hipopótamo!
—¿Cómo haremos ahora para
desembarazarnos de este animal?
—Esperaremos a que aparezca sobre
la superficie del río y entonces lo mataremos a tiros.
Una vez seguros de su muerte
mandaremos dos hombres a soltar el ancla. —¿Y si cortáramos la cuerda?
—No —dijo el germano—. Nuestras
anclas son demasiado preciosas para perderlas.
Preparemos nuestras armas para
fusilar a ese monstruo.
—No será
cosa fácil, porque
tiene la piel
muy gruesa. Es
necesario
78
pegarle en la frente, entre los
ojos.
El hipopótamo continuaba
debatiéndose debajo del agua, lanzando espuma sanguinolenta y dando rabiosos
mugidos. El ancla había penetrado profundamente en su cuerpo, causándole
dolores atroces: en vista de la inutilidad de sus esfuerzos para desprenderse de
ese objeto, el animal se dirigió a un islote que se veía en el medio del río,
lo que logró en unos minutos.
La fiera, que salió rápidamente
del agua, era un verdadero coloso. Como se sabe, este anfibio es el animal más
grande después del elefante; sus piernas son cortas y macizas y su cuerpo tiene
formas intermedias entre un cerdo y un toro gigantesco, sin cuernos.
El cuerpo, que alcanza entre
cuatro y cinco metros de largo, es sumamente grueso; está revestido por una
enorme capa de grasa, mientras la piel es tan resistente que no puede ser
atravesada por las balas de los fusiles.
La cabeza es enorme, y las
mandíbulas poseen dientes de hasta medio metro de largo, revestidos de un
marfil cuya dureza supera a la de los colmillos del elefante.
Comúnmente vive en el agua, donde
es frecuente verlo sacando fuera de la superficie sólo las narices; pero al
atardecer regresa a tierra, en busca de las raíces que le sirven de alimento,
ya que es exclusivamente vegetariano.
Cuando el animal estuvo en
tierra, los viajeros pudieron ver que el ancla se le había clavado debajo del
vientre, produciéndole una profunda herida de la cual manaba la sangre en
abundancia.
—¡Disparémosle! —gritó el
germano.
—No te ilusiones de matarlo al
primer tiro —dijo el árabe.
—¿Debo apuntarle a la cabeza?
—Sí, entre los ojos.
El germano disparó, pero la bala
pegó en el cuello del animal.
79
—Es un proyectil perdido —dijo el
árabe—. Se ha enterrado en medio de la capa de grasa.
—El dirigible se mueve tanto que
es difícil hacer puntería —exclamó Mateo—. Nos dará mucho trabajo matar esta
bestia.
El-Kabir disparó a su vez, pero
la bala, al dar en la espalda del animal, rebotó como si fuera de goma.
—¡Qué piel tan dura!
—¡Hagámosle fuego graneado!
Los tres cazadores, decididos a
desembarazarse de la bestia, comenzaron a disparar sin tregua.
Sin embargo, pese a los continuos
disparos, los resultados eran nulos; la fiera continuaba dando saltos, que a
vez hacían temblar el dirigible.
Por fin el germano consiguió
acertarle un tiro en el derecho, que le causó una grave herida, haciéndolo caer
de rodillas; sin embargo, pese a eso el animal continuaba viviendo.
—Será necesario otro disparo
certero para que muera —dijo el árabe.
Por fin, un disparo de El-Kabir
dio en el lugar adecuado; la bestia dio un rabioso rugido, abrió su enorme boca
aspirando afanosamente el aire y luego se desplomó el suelo.
—¡Por fin ha muerto!
—¡Arrojen la escala! —ordenó el
germano. Sokol obedeció.
—Bajaré yo —dijo Mateo,
preparándose a iniciar el descenso.
—Lleva tu fusil.
—Está muerto; nos será más útil
un hacha.
—Conviene estar precavido. Nunca
se sabe lo que puede suceder.
80
El griego tomó su máuser y
comenzó el descenso, seguido por el germano y Sokol, que llevaba una pesada
hacha.
81
9. EL ASALTO DE LOS CHIMPANCÉS
La fiera estaba muerta; siete de
las balas no le habían causado más que heridas insignificantes, pero dos que le
atravesaron el ojo derecho, penetrando en el cerebro, eran las que habían
puesto fin a su existencia.
Los cazadores miraban asombrados
aquella enorme masa de carne, suficiente para alimentar más de trescientos
hombres. Caminando a su alrededor, contemplaron asombrados los grandes dientes,
y la boca, capaz de engullir un hombre de un solo bocado.
—¿Qué haremos con tanta carne? Es
un pecado dejarla podrir.
—Me han dicho que es muy buena
—dijo el germano.
—Es parecida a la de los bueyes.
—Nos daremos un banquete.
—Podemos llevar algo para la
comida de mañana.
—Sokol, comienza a trabajar.
El negro, en lugar de obedecer,
miraba el agua de la orilla.
—¿Qué es lo que buscas? —preguntó
el árabe.
—¡Corran! —gritó Sokol, huyendo
hacia el centro del islote.
Los dos europeos, sin saber de
qué se trataba, lo imitaron sin tener tiempo de trepar por la escala de
cuerdas, que se encontraba del otro lado del hipopótamo.
Unos instantes después dos
grandes cocodrilos, con las fauces provistas de agudos dientes, salían del agua
y se aproximaban al animal.
—¡Cocodrilos! —exclamaron
sobresaltados nuestros amigos.
82
—Por poco les comen las piernas
—dijo Sokol—. Se estaban acercando silenciosamente para atacarlos por sorpresa.
—¿Qué buscarán por aquí?
—Reclaman su parte del hipopótamo
—dijo el negro—. No los dejen acercar porque son ferocísimos. —¡Cuidado con los
cocodrilos! —gritó en ese momento el árabe, que los observaba desde la
plataforma del dirigible.
—No te preocupes, no dejaremos el
islote.
—¿No pueden alcanzar la escala?
—Está muy lejos.
—¿Si cortara la cuerda del ancla
y tratara de acercarme?
—¡No lo hagas! —gritó el germano
asustado—. El dirigible se elevaría de golpe y sería arrastrado por el viento.
—¿Qué es lo que puedo hacer
entonces?
—Por el momento nada.
Los cocodrilos se habían detenido
a cierta distancia, mirando con sus ojos amarillentos a ese grupo de hombres,
al tiempo que abrían y cerraban sus mandíbulas provistas de agudísimos dientes.
La actitud resuelta de los tres
aeronautas, y el brillo de sus armas, habían desconcertado a los dos animales.
—Parecemos gladiadores
midiéndonos con la mirada antes de comenzar la lucha —dijo Mateo.
—Me parece que ya los hemos
mirado bastante y que ya ha llegado el momento de luchar —dijo el germano—. Yo
me encargaré del cocodrilo de la derecha y tú del de la izquierda.
—Apúntale a la garganta. Estos
animales están acorazados.
Los europeos levantaron sus
armas, dispuestos a tomar puntería y hacer fuego, cuando los cocodrilos, de
común acuerdo, se sumergieron en el
83
agua, sin dejar fuera más que los
orificios para poder respirar.
—No creía que fueran tan astutos.
—Ya aparecerán de nuevo.
—Probemos a dispararles a la
extremidad de las trompas.
—Gastarás balas inútilmente.
—De todas maneras lo probaré. A
lo mejor se espantan y emprenden la fuga.
El germano tomó cuidadosamente
puntería y disparó. El animal, herido justo en la extremidad de la trompa, pegó
un salto fuera del agua dejando al descubierto su vientre amarillento.
El griego, que se encontraba a la
expectativa, le disparó un tiro que lo hirió en pleno pecho.
El animal cayó sobre el
hipopótamo, dando terribles coletazos y abriendo y cerrando las mandíbulas como
si estuviera enloquecido.
Los cazadores, que en el ínterin
habían recargado sus armas, aprovecharon la oportunidad para meterle otras dos
balas en los flancos.
El cocodrilo quedó tendido a lo
largo; su cuerpo fue recorrido por un temblor convulsivo, abrió por última vez
sus mandíbulas y luego se puso rígido. Estaba muerto.
Su compañero, asustado, se había
sumergido en el agua, alejándose hacia un banco de arena que se encontraba unos
cincuenta metros más adelante.
—Ya nos desembarazamos de esos
dos inoportunos —dijo el germano flemáticamente—.
Pensemos ahora en nuestro
hipopótamo.
—¿Cuál es la parte mejor?
—La de las piernas. —Encárgate tú
de ese trabajo, Sokol.
84
El negro, trabajando con el
hacha, separó un trozo de carne de casi unos diez kilos.
Luego extrajo los dientes del
animal, cuyo valor era muy elevado.
—Llévalos al dirigible —ordenó el
germano.
Cuando vieron que el negro había
llegado a la plataforma, los dos amigos se sujetaron fuertemente de la cuerda
del ancla y con hábiles golpes de hacha cortaron parte de la carne del
hipopótamo para que ésta quedara en libertad.
El “Germania”, libre de sus
amarras, empujado por la suave brisa que soplaba hacia el Oeste, cruzó el río
sin necesidad de ninguna maniobra.
Al llegar a la otra orilla, los
dos europeos, sin soltarse de la soga, aseguraron fuertemente el ancla entre
las raíces de un inmenso tamarindo.
—Acamparemos aquí —dijo el
germano—. El lugar me parece desierto.
El árabe y los dos negros
descendieran del dirigible, trayendo botellas, bizcochos, la carne del
hipopótamo, algunas latas de conserva y los cubiertos.
—¿Dormiremos en tierra? —preguntó
el árabe.
—Creo que no ha de haber
inconvenientes —contestó el germano—. El “Germania” está fuertemente amarrado.
—Entonces podríamos aprovechar la noche para hacer una cacería.
—Completamente de acuerdo. Ya
saben que la caza es mi pasión.
A continuación los negros
encendieron un buen fuego y pusieron a asar la carne del hipopótamo.
Mientras los sirvientes estaban
ocupados en esa tarea, los amigos se deslizaron entre los árboles para explorar
los contornos.
Árboles enormes se extendían a
todo lo largo de las orillas del río, mientras una gran variedad de pájaros de
brillantes colores anidaban en sus ramas.
85
—Creo que podemos acampar sin
ningún temor. Este lugar está deshabitado.
Los restantes monos atacaron al
árabe y a los negros; el mercader, de un tiro mató a un chimpancé, que cayó en
el río con el pecho perforado.
Los negros, en cambio, asustados,
corrieron a refugiarse detrás del enorme tronco del tamarindo.
Los dos monos restantes se
lanzaron detrás de ellos, dando grandes saltos para alcanzarlos.
Al ver el peligro que corrían los
negros, Mateo y el germano cargaron sus armas, y de la primera descarga
derribaron a uno de los simios; el otro, pensó en principio hacer frente a sus
enemigos, pero luego pudo más en él el temor y, dando un gran salto, desapareció
en medio de la vegetación.
—¡Qué lucha! —exclamó Mateo—. No
creí que pudiéramos triunfar tan fácilmente.
—Aún no hemos triunfado —dijo el
germano—. Hay tres monos refugiados en la plataforma del dirigible.
—Esas bestias tienen dientes muy
fuertes y son capaces de cortar la soga del ancla o la escala de cuerdas. Son
capaces de tirarnos a la cabeza las cajas que hay sobre la plataforma; estos
animales son muy inteligentes.
—De todas maneras tendremos que
sacarlos de allí —dijo el germano—.
No podemos quedarnos aquí sin
hacer nada.
En ese momento cayó cerca de
ellos una botella de ginebra, arrojada desde el dirigible.
—¡Los monos han abierto una
botella de ginebra y están emborrachándose!
—¿Y si tratáramos de
sorprenderlos? —sugirió Mateo—. Como están tan ocupados con las botellas a lo
mejor descuidan la escala.
—Yo, por mi parte, no me
arriesgaré —dijo el germano—. Son capaces de tirarnos cualquier cosa por la
cabeza y hacernos caer desde cincuenta metros de altura.
86
—Yo, sin embargo, voy a probar
—exclamó el árabe—. Veremos qué hacen esos monos.
—Yo también creo lo mismo.
Llegaron al campamento justo en
el momento en que los negros colocaban el asado sobre una hoja de banano.
—¡Qué aroma más exquisito!
—exclamó el árabe—. Éstas son comidas inolvidables.
Terminado el almuerzo, blancos y
negros se tendieron sobre la hierba y se durmieron plácidamente bajo la fresca
sombra del colosal tamarindo.
Habrían descansado alrededor de
un par de horas cuando fueron despertados bruscamente por unos rugidos
cercanos.
Los cinco se levantaron al
instante, tomando sus armas; ocho enormes monos, de aspecto feroz, rodeaban la
escala que pendía del dirigible.
El árabe los reconoció en
seguida: eran chimpancés, monos dotados de una fuerza extraordinaria que no se
asustan de los cazadores.
Tres de ellos habían comenzado a
trepar por la escala de cuerdas, mientras los restantes, rugiendo
amenazadoramente, se dirigieron hacia los viajeros.
—¡Huyamos! —gritó el árabe.
—¡Nunca! —le contestó el
germano—. Yo no tengo miedo de los monos.
—Son cinco contra nosotros, y
cada uno de ellos puede vencer fácilmente a dos hombres.
—Con una descarga emparejaremos
el número.
El germano levantó resueltamente
su fusil y lo descargó sobre el animal más próximo, que cayó con la frente
atravesada, emitiendo al morir quejidos que parecían humanos.
Los cuatro monos restantes, en
lugar de huir atacaron resueltamente a los aeronautas.
87
Uno de ellos se abalanzó sobre el
germano, al que arrojó al suelo del primer golpe, y ya se disponía a
desgarrarle la espalda cuando cayó fulminado por un certero disparo del griego.
El-Kabir empuñó el revólver que
tenía en la cintura y comenzó a ascender por la escala de cuerdas, mientras sus
compañeros tenían los fusiles listos para defenderlo en caso necesario.
Aperas había iniciado la
ascensión el árabe cuando los monos comenzaron a rugir espantosamente; doblados
sobre la barandilla del aparato mostraban los puños al imprudente que osaba
molestarlos.
El-Kabir había logrado subir unos
diez metros cuando una botella rota cayó sobre sus espaldas.
—¡Desciende rápido! —gritaron los
europeos.
Los monos, viendo que el intruso
persistía en subir, comenzaron a descargar sobre su cabeza las cacerolas, las
botellas y cuanto proyectil menudo encontraron a mano.
El árabe, asustado ante semejante
ataque, descendió con rapidez.
Apenas se había refugiado junto a
sus compañeros, cuando un barril lleno de bizcochos cayó desde lo alto
haciéndose pedazos en el suelo.
—¡Estas bestias nos van a
arruinar! —exclamó Mateo. Uno de los monos se asomó sobre la barandilla,
dispuesto a arrojar un cajón que contenía cincuenta kilos de latas de conserva,
y esto puso tan furioso al germano, que tomó puntería y, aun a riesgo de perforar
uno de los globos del dirigible, hizo fuego.
El animal, herido en el vientre,
pegó un alarido espantoso y, luego, perdido el equilibrio cayó por encima de la
barandilla estrellándose en el suelo.
Sus compañeros, al verlo caer al
suelo, comenzaron a reír a carcajadas.
—Están completamente borrachos.
—No resistirán mucho. La ginebra
no tardará en hacerles efecto.
88
La risa y los rugidos de las
fieras se hicieron cada vez más débiles, hasta que al fin cesaron por completo.
—Creo que ha llegado el momento
de que asaltemos nuestro dirigible.
—Yo subiré primero —dijo el
griego—. No me parece prudente que nos expongamos los tres a recibir algún
cajón sobre la cabeza.
—Nosotros te seguiremos en
seguida.
—Tengan listos los fusiles.
Con el revólver en la mano, el
griego comenzó lentamente la ascensión, procurando no agitar demasiado la
escala.
Cuando estuvo a pocos metros del
dirigible sintió unos sonoros ronquidos.
—Duermen —dijo—. No hay ningún
peligro. Silenciosamente trepó por la barandilla y, empuñando el revólver,
avanzó por la plataforma.
Los dos monos, completamente
borrachos, dormían tirados sobre los cajones; tenían un terrible olor a
ginebra, ya que este líquido les había chorreado a lo largo del cuerpo.
—¡Qué borrachera! —exclamó el
griego riéndose. Acercándose a los animales los mató con un tiro en la sien a
cada uno.
La muerte de las bestias fue
instantánea.
—¡Cuidado! —gritó Mateo
acercándose a la barandilla. Tomando a los animales, de a uno por vez, los
acercó hasta la barandilla, y luego los arrojó al vacío.
Pocos minutos después, reparado
el desorden que había en la plataforma, el “Germania” reiniciaba su travesía.
10. LA TRAICIÓN DE SOKOL
Ya se había puesto el sol y la
luna aparecía lentamente en un cielo completamente limpio de nubes y tachonado
de estrellas.
Con la esperanza de poder cazar
desde el dirigible, el germano no había hecho tomar altura al “Germania”, que
se deslizaba lentamente.
89
—En estos parajes debe haber una
caza abundante; nos daremos el placer de dispararles sin bajar a tierra.
Mientras los negros dormían tirados sobre sus colchonetas, nuestros amigos,
acomodados junto a la barandilla, atisbaban con las armas listas.
Para pasar el tiempo habían
encendido sus pipas, alternándolas de cuando en cuando con algún vasito de
vino. Aun el árabe, a pesar de las leyes del profeta, saboreaba con gusto el
licor.
—Veo un río muy largo en el
horizonte —dijo el germano.
—Y yo una población importante,
algo más al Sur —añadió el árabe.
—Entonces entramos ya en el
territorio de los Ruga-Ruga, los feroces bandidos de Niungu. Debemos ser muy
prudentes, amigos.
—¡Miren!
—¿Qué es lo que ves?
—Unos animales enormes que
avanzan hacia el río.
—¡Son elefantes!
Seis o siete animales
gigantescos, de grandes orejas y largas trompas, salían de la selva en
dirección al río, conducidos por un macho de enorme tamaño.
Como el viento era muy débil, el
“Germania” no llegaría al lugar donde estaban los paquidermos en menos de
quince minutos. Cuando el “Germania” llegó a la costa del río, Heggia arrojó el
ancla, enganchándola en las ramas de un baobab.
Los elefantes se habían metido en
el agua y jugaban entre ellos; se perseguían unos a otros arrojándose agua con
las trompas, como si fueran chicos traviesos.
—¿Podremos dispararles desde
aquí? —preguntó el germano a Sokol, que en un tiempo había sido cazador de esos
animales.
—No haríamos otra cosa que
espantarlos —contestó éste.
90
—¿Qué nos aconsejas hacer?
—¿Quieren hacer una cacería
emocionante?
—Desde luego.
—Entonces desciendan y vengan
conmigo, pero de a uno por vez.
—¿Por qué quieres que bajemos
solamente de a uno?
—Porque si fuera más de uno sería
contraproducente.
—De acuerdo. Así lo haremos.
Una vez arrojada la escala, el
germano y Sokol tomaron sus armas e iniciaron el descenso.
—Sígame, patrón —dijo el negro
una vez que estuvieron en tierra—. Lo llevaré a un lugar desde el cual podrá
disparar sin correr ningún riesgo.
Sokol hizo un largo recorrido por
el bosque, tratando de tomar un desvío para no llamar la atención de los
animales, hasta que por último llegaron a una gigantesca higuera de las
pagodas.
—Permanezca aquí, patrón —dijo el
negro.
—¿Dónde están los elefantes?
—A unos doscientos metros.
—¿Por qué quieres que me quede
aquí?
—Yo los haré venir para este
lado.
—Trata de no exponerte demasiado.
—No tema por mí —respondió el
negro.
Se alejó corriendo, pero en lugar
de dirigirse al río, donde estaban los animales, tomó hacia el norte.
Diez minutos después se detenía
delante de una empalizada formada
91
alrededor del tronco de un
gigantesco baobab.
—No me había equivocado —dijo—.
Ahora el germano es mío.
Saltando la empalizada se
encontró junto a un grupo de carpas que, por estar ocultas bajo los árboles,
habían escapado a la mirada de los aeronautas.
Al instante aparecieron dos
negros y un árabe armado con fusil, que apuntando con su arma a Sokol le
preguntó:
—¿Quién eres?
—Un hombre de Altarik —respondió
éste—. Guío la expedición de El-Kabir.
El árabe hizo un gesto de
asombro.
—¿El-Kabir ya está aquí?
—A pocos metros.
—¡Eso es imposible!
—Hemos venido en dirigible.
—No sé qué es eso.
—Luego lo verás.
—¿Qué es lo que deseas?
—Ayudarte a capturar al jefe de
la expedición.
—¿Quién es?
—Un germano. ¿No te ha dado
ninguna orden Altarik?
—Sí. Me ha encargado de vigilar
las rutas y tratar de detener la caravana de El-Kabir.
—El jefe de la expedición está a
quinientos metros de nosotros.
—Lo tomaremos prisionero y nos
dividiremos la recompensa ofrecida por
92
Altarik.
¿Cómo te encuentras tú con ellos?
—Altarik me ha dado dinero para
impedir que El-Kabir llegue al Kassongo.
—¿Cómo has podido unirte a la
expedición?
—Yo soy un sirviente de El-Kabir.
—Comprendo —dijo el árabe—. Me
gustaría capturar a todos los que venían en el dirigible.
—Lo probaremos, aunque me parece
difícil conseguirlo. De todas maneras, capturado el jefe sus compañeros lo
buscarán y, al hacerlo, perderán tanto tiempo que Altarik podrá llegar
cómodamente hasta el Kassongo. ¿Dónde se encuentra él ahora?
—Pasó por aquí hace tres semanas,
de manera que debe estar cerca del lago Tanganyka.
—Ya está muy lejos.
—Avanza a marcha forzada. Además
todos sus hombres van montados.
—Bueno, vamos a capturar al
germano, o se impacientará y regresará al dirigible. Altarik ha prometido mil
rupias por cada prisionero, y yo no quiero perderlas.
El árabe golpeó la manos y al
instante numerosos hombres salieron de las carpas.
—Tomen sus armas y síganme —dijo
el árabe—. Vamos a efectuar un ataque.
Diez minutos después Sokol y el
árabe se ponían en camino seguidos de doce negros armados hasta los dientes.
93
11. LA CARGA DE LOS ELEFANTES
El germano esperaba ansiosamente
la llegada de los elefantes. Como estaba cerca del río oía el ruido que hacían
estos animales, pero sin el menor indicio de que los mismos pensaran ponerse en
movimiento.
—¿Le habrá faltado coraje para
atacarlos? —se preguntó—. Si demora otros cinco minutos más me aproximaré hasta
el río.
Transcurrido ese tiempo, y
convencido de que al negro le había faltado valor para enfrentarse a esos
animales, abandonó su refugio bajo la higuera de las pagodas y se dirigió en
busca de los elefantes.
Avanzaba con precaución, tratando
de no hacer el menor ruido que pudiera alarmar a los paquidermos.
Le bastaron cinco minutos para
llegar a las orillas del río.
Los elefantes se encontraban a
unos cincuenta metros de distancia, comiendo tranquilamente las hojas de unos
pequeños arbustos.
Desde su posición, el germano
podía distinguir cómodamente al dirigible, en cuya barandilla, y con las armas
listas, se encontraban sus amigos.
Inquieto por la misteriosa
desaparición del negro, recorrió un trecho sobre el río para ver si estaba
escondido; luego, convencido de que había sido devorado por algún animal o que
había regresado al “Germania”, resolvió iniciar el ataque a los paquidermos.
—Yo haré lo que pueda —se dijo—.
El griego y el árabe harán el resto.
Se apostó entre las raíces de un
nopal y esperó que los animales se pusieran a tiro.
Los paquidermos, calmada la sed,
se disponían a regresar a la selva; encabezaba la fila un viejo macho
gigantesco, de enormes colmillos.
94
El animal había avanzado unos
treinta metros cuando se detuvo de improviso y, dando muestras de
intranquilidad, comenzó a olfatear el aire ruidosamente, agitando nerviosamente
su larga trompa.
—Está inquieto —murmuró el
cazador—. Debe haberme olfateado; no lo dejaré escapar.
Levantando el fusil, el germano
apuntó cuidadosamente hacia uno de los flancos del animal, en el lugar donde se
articula la pata delantera derecha, uno de los pocos sitios en que la piel de
esos colosos puede ser atravesada por las balas.
Unos instantes después, el
germano hacía fuego.
Al sentir el disparo, las
hembras, asustadas, dieron vuelta y comenzaron a correr desenfrenadamente hacia
el río.
El viejo guía, en cambio, lanzó
un barito espantoso, agitando la trompa como enloquecido. El tiro del alemán
había sido certero, causándole una herida, si no mortal por lo menos
dolorosísima.
Con rapidez increíble atravesó la
distancia que lo separaba del árbol donde se refugiaba el cazador.
El germano, que había cargado
nuevamente su arma, le disparó otro tiro cuando se encontraba a una distancia
de cinco o seis metros.
El animal, herido en la garganta
y un poco asustado de esa llama que casi le había quemado los ojos, se detuvo
un instante.
Otto aprovechó esa circunstancia
para deslizarse por entre las raíces y esconderse detrás del tronco del nopal,
lo que le permitía estar a salvo de la trompa de su enemigo.
En ese momento se sintió la voz
de Mateo que gritaba:
—¡Cuidado, Otto! ¡Los elefantes
se escapan!
El germano se disponía a
contestarle, cuando vio que el paquidermo se desplomaba en el suelo.
—¡Ha muerto! —exclamó.
95
El coloso estaba caído sobre su
costado izquierdo, pero todavía no había muerto; respiraba ruidosamente y
agitaba lentamente la trompa por la cual había perdido mucha sangre.
El cazador se acercó lentamente y
con un certero disparo puso fin a la dolorosa agonía de la pobre bestia.
—¡Mateo! —gritó Otto—. ¡He matado
al elefante!
—¿Está muerto?
—Sí.
—¡Cuidado! Las hembras vuelven,
no te dejes sorprender.
El germano entusiasmado por el
éxito obtenido se disponía a regresar al río para proseguir la cacería cuando
se vio atacado de improviso por ocho o diez negros que se le habían acercado
silenciosamente deslizándose por entre las altas hierbas que rodeaban al nopal.
El ataque fue tan repentino que
Otto no pudo ofrecer la más mínima resistencia ni siquiera hacer uso de su
fusil.
Lo único que pudo hacer antes de
que lo amordazaran fue lanzar un grito de alarma:
—¡Mateo! ¡Los negros me han
capturado! ¡Corta la cuerda!
No pudo decir nada más. Con
increíble rapidez fue atado y amordazado y luego conducido por sus captores
hasta una chalupa que se encontraba oculta entre los cañaverales del río.
Dos negros, armados con fusiles,
quedaron de guardia a su lado, mientras los restantes, guiados por Sokol, que
se había mantenido apartado para que el germano no lo reconociera, regresaron a
la selva para atacar al dirigible.
El griego y el árabe, ayudados
por Heggia, habían levantado rápidamente la escala y se inclinaban sobre la
plataforma observando los contornos.
Desde esa altura, alcanzaron a distinguir algunas sombras que se
96
deslizaban a lo largo de la costa
del río.
—¡Los negros! —gritó El-Kabir—.
¡Cortemos la cuerda del ancla!
—¿Y Otto? —preguntó el griego
lleno de angustia.
—No perdamos tiempo, Mateo. Están
armados con fusiles y pueden arruinarnos el dirigible.
Efectivamente, en esos momentos
un disparo partió de la costa del río y la bala pasó a pocos centímetros de la
cabeza del griego.
Heggia, con un rápido movimiento
de su cuchillo, cortó la cuerda del ancla, y el “Germania” aligerado de peso
por la falta de dos personas, se elevó rápidamente, quedando fuera del alcance
de los negros.
Al ver esto Sokol lanzó un grito
de rabia.
—¡Se escapan!
—¿Dónde irán?
—No lo sé.
—No creo que abandonen a su
compañero.
—Tampoco lo creo yo.
—Volvamos al campamento.
—Sí, creo que será lo mejor. Al
amanecer veremos si el dirigible está todavía por estos lugares.
—¿Qué haremos con el germano?
—Lo mantendremos prisionero hasta
el regreso de Alkarik.
—Me hubiera gustado llevarlo a
Taborah.
—Los Ruga-Ruga están en guerra.
—Por el momento son nuestros
aliados.
97
—No me parece conveniente. Esa
gente no es de fiar.
Cuando al llegar al campamento el
germano pudo ver a sus captores, un grito de asombro brotó de sus labios.
¡Sokol, apoyado en su fusil, estaba delante de él, riéndose silenciosamente!
—¡Canalla! —exclamó el alemán
indignado—. ¡Me has traicionado!
—Cierto —respondió fríamente el
negro—. Yo preparé la emboscada.
—¿Por qué lo has hecho,
miserable?
—Porque soy un hombre de Altarik.
—¡Tú! —exclamó Otto con estupor.
—¿Recuerda la botella que dejé
caer?
—Sí, la recuerdo.
—La he arrojado a la caravana que
pasaba, y en ella puse una carta con la dirección que seguíamos. Esos hombres
eran negreros de Altarik y yo los había reconocido.
—¡Canalla!
—¿Recordáis cuando quise
descender en el poblado del sultán? Si hubiera podido hacerlo el viaje habría
terminado allí.
—Has traicionado a tu patrón.
—Un esclavo se vende al que le
paga mejor.
—¿Qué piensan hacer conmigo?
—Tenerlo prisionero hasta que
regrese Altarik.
—¡Te mataré! —gritó el germano en
el colmo de la desesperación.
—Buenas noches, patrón —dijo el
negro en tono de burla—. Voy a vigilar al dirigible.
Al alejarse el traidor quedó de
guardia el árabe, comandante de aquel
98
pequeño campamento.
—¿Tú no tienes nada que decirme?
—preguntó el germano exasperado.
—Sólo puedo darte un consejo.
—¿Cuál?
—No hagas la menor tentativa de
fuga si no quieres perder la vida.
Dicho esto, el árabe hizo una
seña a cuatro robustos negros que, tomando al prisionero, lo llevaron a una
sólida cabaña de troncos, llena de cajones, botellas y fardos de mercaderías.
—Que dos hombres se queden de
guardia en la puerta —dijo el árabe en voz alta para que pudiera sentirlo el
prisionero—. Si intenta fugar, tiren a matar.
Una vez que se retiraron los
captores, el prisionero miró a su alrededor. Un rayo de luna que penetraba por
una ventana existente en el techo iluminaba el interior de la cabaña.
—¿Si tratara de fugar? —se dijo
el prisionero—. No deben haber quedado muchos negros de guardia, ya que el
grueso de las fuerzas ha de haber salido en busca del dirigible.
Como solamente le habían atado
las manos, el germano se puso de pie y comenzó a recorrer su prisión.
—Si pudiera soltarme las manos
—pensó—, haría una pila con los cajones hasta una altura tal que me permitiera
salir por la ventana.
Viendo una barrica con los
sunchos de hierro muy sobresalientes, el germano, a fuerza de paciencia, logró
levantar sus manos atadas y comenzó a frotar las sogas contra ese borde
afilado.
La empresa era difícil, pero el
germano, paciente como todos los de su raza, continuó en la empresa, y al cabo
de un tiempo observó que la cuerda comenzaba a cortarse.
—Dentro de una hora estaré libre
—murmuró—. Mi querido Sokol, escaparé a despecho de los dos guardias que has
dejado afuera.
99
Por fin las cuerdas cayeron,
dejando libres las manos del prisionero.
—Ahora comencemos a apilar los
cajones.
El germano era robusto y poseía
músculos de acero; sin hacer el menor ruido acomodó varios fardos y cajones de
manera que formaran una pirámide de altura suficiente como para permitirle
subir hasta el techo.
Una vez que pudo tomarse de la
ventana, trepó a fuerza de brazos. El orificio era estrecho, pero como esa
parte estaba construida con cañas y hojas, el germano, haciendo esfuerzos,
logró pasar a través del mismo y se encontró sobre el techo.
—La parte más difícil está hecha
—murmuró. Tendiéndose sobre el piso para no ser visto por los centinelas,
observó los alrededores.
La cabaña estaba adosada a un
vasto tinglado que se prolongaba hasta la orilla del río.
Como los techos estaban a un
mismo nivel, el fugitivo podía pasar fácilmente del uno al otro.
—Si nadie me ve —se dijo— podré
burlarme de Sokol. Moviéndose con suma cautela, para impedir que crujieran las
hojas secas, pasó al techo del tinglado, y continuó avanzando sobre el mismo,
en dirección al río.
Ya le faltaban pocos metros
cuando, junto a la empalizada que rodeaba el campamento, se sintió un fuerte
ruido de voces.
El germano se detuvo,
escondiéndose tras las ramas de un sicomoro que se curvaba sobre el techo, y
desde ese lugar pudo oír cómodamente la conversación.
Entre las voces sobresalía la de
Sokol, que, sumamente enojado, discutía con sus compañeros.
—Están furiosos porque el
“Germania” no ha regresado —pensó Otto—.
Conviene que me aleje antes de
que se den cuenta de mi fuga.
Recorrió rápidamente la distancia
que lo separaba del río, y luego se dejó caer a tierra deslizándose por uno de
los tirantes que sostenía el techo del
100
tinglado.
Ya estaba por arrojarse al agua
cuando se sintió tomado por la cintura al tiempo que una voz amenazadora le
gritaba:
—¡Deténgase!
El germano se volvió rápidamente
y vio que el que lo detenía era un negro. Sin decir palabra le dio un terrible
golpe en la mandíbula, tan bien asestado que el indígena cayó el suelo
desmayado, sin poder lanzar un solo grito de alarma.
El germano le sacó de la cintura
un largo cuchillo y se arrojó resueltamente al agua.
Apenas había avanzado unas pocas
brazadas cuando un pensamiento horrible le hizo congelar la sangre en las
venas, —¡Los cocodrilos! —se dijo asustado—. El río está lleno de ellos.
Ya estaba por retroceder cuando
alcanzó a sentir fuertes gritos que venían del campamento.
—¡Se ha fugado! —gritaban.
—¡Persigámoslo!
—¡Que cuatro hombres recorran el
bosque!
—¡Armen la chalupa!
—¡Cien rupias al que lo detenga!
El tudesco no titubeó más. Entre
afrontar a los tiburones y los indígenas se decidió por los primeros, de manera
que se puso a nadar rápidamente hacia la orilla opuesta.
Se había puesto el cuchillo entre
los dientes, y al nadar lanzaba miradas desesperadas hacia todos lados,
esperando ver surgir de repente la cabeza de uno de esos monstruos.
Afortunadamente la suerte lo
ayudó y pudo cruzar el río sin tener ningún inconveniente.
101
—La empresa comienza bien
—murmuró, ocultándose para descansar un rato entre los pajonales.
Una vez recuperado el aliento,
tomó el cuchillo en las manos y reinició su marcha, alejándose del río.
La selva era sumamente tupida, de
manera que su avance era lento y dificultoso.
Había caminado alrededor de una
hora cuando sintió un agudo silbido junto a sus oídos.
Lanzó un grito de horror y de
angustia.
¡Una enorme serpiente se
encontraba enrollada en un árbol a pocos centímetros de su cabeza!
De pronto se sintió apretado por
una especie de cilindro viscoso y frío que lo levantaba en el aire. ¡El animal
se había apoderado de él!
El pobre germano sintió su pecho
oprimido hasta tal punto que no podía respirar.
—¡Auxilio! —alcanzó a gritar con
los últimos restos de energía que le quedaban.
El cuchillo se le había escapado
de las manos, de manera que no tenía ninguna defensa contra el enorme reptil,
cuyos anillos comenzaban a estrecharse para reventarle el pecho.
Ya se consideraba perdido, y
estaba por renunciar a la lucha, cuando vio una cosa brillante que atravesaba
el aire y caía con sordo rumor sobre la cabeza del reptil.
Un chorro de sangre le cubrió la
cara; luego no vio ni sintió nada más. ¡Se había desmayado!
102
12. EL SALVADOR
Cuando el germano volvió en sí no
estaba en medio de la selva; se encontraba en el interior de un rústico refugio
hecho con ramas, acostado en un buen lecho de hierbas frescas y perfumadas.
Un trozo de trapo impregnado en
grasa que ardía en un costado, a modo de vela, le permitió ver a un negro
gigantesco, de cabellos enteramente blancos.
El africano, que estaba
enteramente desnudo, se encontraba arrodillado a su lado, observándolo
ansiosamente.
—¿Tú eres mi salvador? —preguntó
el germano en árabe.
—Sí —respondió el negro—. Llegué
justo cuando la serpiente estaba por triturarlo. ¡Nunca había visto un animal
tan grande!
—Gracias, amigo —exclamó el
germano tendiéndole la mano—. No esperaba encontrar hombres generosos en el
país de los Ruga-Ruga.
—Yo no soy un Ruga-Ruga —dijo el
negro riéndose.
—¿Serás entonces un hombre de
Altarik?
—Tampoco. Yo soy de Zanzíbar.
—¿Qué haces aquí?
—Me encuentro en este paraje
desde hace varios años. Formaba parte de la expedición de Penrose, y al ocurrir
su muerte no tuve coraje para emprender solo el camino de regreso.
—¿Tú has estado con Penrose?
—preguntó asombrado el germano.
—Sí.
103
—¿Es cierto que ha muerto?
—Los Ruga-Ruga masacraron a todos
los integrantes de la caravana.
—¿Por qué no te has refugiado en
el campamento de Altarik?
—Esos árabes malvados me hubieran
convertido en esclavo.
—Tienes razón; gozan fama de ser
terribles negreros. Dime —exclamó de pronto el germano—. ¿No has visto volar un
pájaro inmenso?
—No. señor.
—¿Qué hacías en la selva?
—Estaba cazando antílopes. ¿Y
usted?
—Huía del campamento de Altarik,
donde me tenían prisionero.
—Es gente muy mala. ¿Cómo se
siente, señor? Ahora estoy muy bien, y todo lo que deseo es salir a buscar mi
dirigible.
—¿Es una especie de globo?
—¿Sabes tú lo que es eso?
—Hace muchos años he visto uno en
Zanzíbar.
—Ello me evita darte mayores
explicaciones. Debes saber que un negro me traicionó mientras cazaba elefantes,
y que mis compañeros tuvieron que partir en el dirigible para evitar el ataque.
No deben haber ido muy lejos, y espero su regreso.
—¿Quiere que salgamos a ver si lo
descubrimos?
—Es lo que pensaba proponerte.
¿Tienes armas?
—Un fusil y un hacha, y además
vuestro cuchillo.
—Vayamos entonces.
Tomando las armas, los amigos
salieron del refugio. El negro, luego de orientarse por las estrellas, se
dirigió hacia una colina boscosa que se
104
encontraba a unos quinientos
metros.
—Desde allí dominaremos un vasto
panorama, y si el dirigible regresa podremos hacerle señas sin que se enteren
los árabes de Altarik.
Si bien la colina no era muy
alta, su ascensión fue muy cansadora debido a lo tupido de la vegetación, que
hacia necesario abrirse camino a fuerza de cuchillo.
Comenzaba el amanecer cuando
llegaron a la cima. La colina terminaba en una gran roca aislada, en forma de
pirámide, desprovista de vegetación.
El germano y el negro la
escalaron ayudándose mutuamente, y llegaron a la cúspide desde la cual se
observaba una vasta porción del territorio, cubierto en su mayor parte de
selvas impenetrables, con las que alternaban pequeñas llanuras cubiertas de
altos pastizales.
A unas cinco millas de distancia
se veía el río, y sobre la orilla opuesta podía divisarse el campamento de la
gente de Altarik.
Sin embargo, por más que
revisaron minuciosamente todo el horizonte, no vieron el menor rastro del
dirigible.
—No se ve nada —dijo el germano
con inquietud—. ¿Habrán descendido muy lejos?
—¿Qué opinión le merecen sus
compañeros? —preguntó el negro.
—No dudo de su retorno —respondió
Otto—. Quizá el viento los haya arrastrado lejos, pero estoy seguro de que en
cualquier momento los veré regresar.
—¿Qué es lo que piensa hacer?
—Sería de opinión de acampar en
esta colina, que nos permite divisar una gran parte del horizonte. —Entonces
quedémonos aquí. ¿Tiene hambre, señor?
—El apetito no me ha abandonado.
El negro entonces se levantó
sonriendo y, de un paquete envuelto con hojas que había traído del refugio,
sacó un buen trozo de antílope asado, y
105
bananas maduras, deliciosamente
perfumadas.
—¿Nunca te han descubierto?
—No, señor. Todos ignoran mi
existencia. Muchas veces he visto pasar a los Ruga-Ruga y a los árabes de
Altarik, pero ellos nunca me han encontrado.
—¿Hace mucho que estás aquí?
—Catorce años, desde que
masacraron la expedición.
—Cuéntame lo sucedido.
—Como usted sabe —dijo el negro
con voz triste—, Penrose abandonó Zanzíbar al frente de una numerosa caravana,
y su principal objetivo era explorar el lago Tanganyka. Llegamos sin
inconvenientes hasta el lago Ciaia, situado en el corazón del territorio de los
Ruga-Ruga; pero una noche, al prepararnos para acampar, fuimos sorprendidos por
unos terribles alaridos, seguidos de descargas de fusiles. Los Ruga-Ruga habían
caído sobre nosotros.
“Comenzó una terrible carnicería
—continuó el narrador—. Los cargadores indígenas arrojaron las cargas, pero
todo fue en vano; fueron masacrados sin piedad. Penrose se había refugiado
junto a un árbol y, rodeado de sus fieles zanzibareses, entre los cuales me
encontraba yo, hacía frente a sus atacantes descargando continuamente sus
fusiles. Sin embargo la lucha era muy despareja y poco a poco disminuía el
número de los sobrevivientes. Yo mismo, herido en la espalda, caí al suelo, y
tuve la presencia de espíritu de fingirme muerto.
“Por último Penrose quedó solo
—prosiguió el indígena con lágrimas en los ojos—. Pero su valentía resultó
inútil. Herido en un brazo tuvo que arrojar la carabina, y los atacantes se le
vinieron encima.”
—¿Y tú cómo has podido escapar a
la muerte? —Sufría unos dolores tan fuertes que me desmayé, y los Ruga-Ruga,
creyéndome muerto, me dejaron tranquilo. Al cabo de unos días, no bien lo
permitió mi herida, inicié el regreso, temeroso del retorno de esos bandidos.
“Al llegar a estos parajes la
herida se me había reabierto y me molestaba en tal forma que apenas podía dar
un paso. Decidí entonces construir mi
106
refugio y quedarme en estos
lugares, que hoy amo, después de recorrerlos durante tantos años…”
En ese momento el negro se detuvo
bruscamente y, poniéndose de pie, comenzó a mirar en dirección a la costa del
río.
—¿Qué es lo que ves? —preguntó el
germano.
—Me parece que los árabes han
cruzado el río y se disponen a revisar los bosques de este lado.
—Vienen a buscarme.
—Antes de que ellos lleguen hasta
aquí nosotros estaremos lejos.
—Sin embargo, no debíamos
abandonar este lugar. Mis compañeros vendrán a buscarme y sería una imprudencia
alejarnos.
—Entonces nos quedaremos aquí.
—La forma de esta roca nos
permite una larga defensa.
—Antes de que ellos lleguen me
haré una escapada hasta mi refugio.
—¿Qué vas a hacer allí?
—Es necesario que tengamos agua y
víveres para soportar un asedio.
—Vuelve pronto.
—Esté tranquilo. Le dejo el
cuchillo y el fusil.
—¿Y tú?
—Me basta con el hacha.
Mientras el negro se dirigía
hasta el refugio, el germano organizó una especie de cerca al pie de la roca
que les servía de refugio. Empleó para ello grandes piedras, que luego recubrió
con arbustos espinosos, para hacer más penosa la subida.
Apenas había terminado esa tarea
cuando reapareció el negro. Venía tan cargado que apenas podía caminar. Traía
cuatro grandes calabazas, una
107
de ellas llena de cerveza y las
otras de agua. Además, acarreaba papas, sorgos, bananas y, lo más interesante,
un trozo de casi diez kilos de carne de antílope.
—Racionándonos un poco, tendremos
víveres para una semana —dijo el negro.
—¿No has visto a los árabes?
—No, pero estoy seguro de que se
acercan.
—¿Cómo lo sabes?
—He visto huir a las gacelas de
aquella parte del río. Al cabo de un rato el negro exclamó:
—Veo una mancha blanca entre las
ramas de un árbol alto.
—¿Qué puede ser?
—Un árabe que ha subido a una
planta para observar los contornos. —¿Crees que nos descubrirán?
—Esos árabes son sumamente
testarudos. No abandonarán la búsqueda hasta encontrarnos.
—Debemos resistir hasta el
regreso de mis compañeros.
—¿Y si no regresaran? —preguntó
el negro.
—Te aseguro que vendrán.
En ese momento, un disparo de
fusil retumbó en medio de la selva. —Los árabes han hecho fuego contra mi
refugio —dijo el indígena. Al cabo de una corta espera se sintieron unos gritos
y el negro dijo: —¿Ve cómo se mueven los arbustos al pie de la colina?
—Sí; es indudable que se mueven
rápido. ¿Está cargado el fusil?
108
—Sí, y además tenemos ciento
cuarenta cartuchos.
—Son más que suficientes para
poner fuera de combate a todos esos bribones. Dame el fusil y déjame hacer a
mí.
Otto se refugió detrás de la
defensa que había preparado y apuntó a sus enemigos a través de unos pequeños
orificios que había dejado a propósito.
Los árabes avanzaban siguiendo
las huellas dejadas por el germano, fácilmente visibles en ese suelo húmedo.
Otto, con el fusil preparado, esperaba; a su lado estaba el negro, listo para
alcanzarle los cartuchos.
Al cabo de un rato de espera se
movieron unos matorrales situados a casi cincuenta metros y de ellos salió un
negro. ¡Era Sokol!
El bribón tenía en la mano el
fusil del germano y se aprestaba para emplearlo contra su propietario.
—¡Canalla! —murmuró el germano.
El negro, tranquilizado por el
silencio reinante, salió de entre los matorrales, haciendo señas a sus
compañeros de que lo siguieran.
En ese momento Otto hizo fuego.
Sokol dio un salto, luego dejó caer su fusil y, por último, cayó al suelo. ¡La
bala le había atravesado la cabeza!
109
13. LA DERROTA DE LOS ÁRABES
Viendo caer a Sokol, sus
compañeros, asustados por la certera puntería de su ex prisionero, no se
animaron a salir de entre los matorrales.
Descargaron sus fusiles sin
efectuar daño alguno, y luego retrocedieron corriendo entre las plantas.
—¡Qué fuga! —exclamó el germano—.
Se ve que no son muy valientes estos árabes.
—No se fíe, señor —dijo el
negro—. Con seguridad que están emboscados al pie de la colina.
—Sir embargo, quisiera efectuar
una pequeña salida para recoger mi fusil, que ha quedado abandonado sobre el
pasto.
—Podría recibir una descarga.
—Esa gente tiene muy mala
puntería.
—Deje que sea yo el que vaya en
busca de su fusil. —Correrás el mismo peligro —dijo Otto.
—Quizás no. Usted protéjame con
el fusil.
—No dejaré que se te acerque
ninguno.
Mientras el germano se encargaba
de vigilar los alrededores, el negro tomó el hacha y se deslizó fuera de las
defensas, arrastrándose por el suelo en dirección a los matorrales donde había
caído Sokol.
Sus movimientos eran tan
silenciosos que escaparon a la vista de los sitiadores, y en diez minutos llegó
junto al cadáver del traidor.
Rápidamente le sacó la
cartuchera, y tomando el fusil estaba Por iniciar el regreso, cuando sintió que
Otto le gritaba:
110
—¡No te muevas! ¡Veo algunos
fusiles que te apuntan! El negro se tiró al suelo, cubriéndose con el cadáver.
En ese momento, dos balas de fusil pasaron silbando junto a él. El germano
respondió al fuego, pero también debió haber errado porque no se sintió ningún
grito de dolor.
El negro hubiera querido disparar
también él contra los asaltantes, pero no podía hacerlo porque desconocía el
manejo del fusil; por otra parte, no podía permanecer mucho tiempo en ese
lugar, expuesto al fuego de sus enemigos.
De pronto se le ocurrió una idea.
Levantando al muerto lo cargó
sobre sus espaldas para que le sirviera de escudo, y salió corriendo hacia el
refugio, mientras gritaba a su compañero que hiciera fuego graneado.
Al verlo correr los atacantes
hicieron varios disparos, uno de los cuales dio en el muerto, pero no alcanzó a
herir al valeroso negro.
—Gracias, amigo —dijo Otto cuando
el negro le entregaba el fusil—. ¡Tú eres un valiente!
“Toma ahora tu fusil y dame el
mío. Si intentan atacarnos les daremos mucho qué hacer”.
—Nos sitiarán.
—Resistiremos el asedio. A
propósito, ¿cómo te llamas?
—Riondo, señor —repuso el negro.
—Bueno, mi valiente Riondo, te
aseguro que haremos frente al ataque.
—¿Y después?
—Mi dirigible vendrá a
socorrernos.
—¿Por qué está tan seguro, señor?
—Porque conozco demasiado bien a
mis amigos.
Luego de una espera que parecía
interminable, el germano exclamó de
111
pronto:
—¡Mira, Riondo!
—¿Qué cosa, señor?
—¿No ves allá un punto negro que
avanza en el cielo?
—Sí.
—¡Es el dirigible!
—Puede ser un águila. Por estos
parajes hay algunas muy grandes.
—Te aseguro que es el “Germania”,
mi dirigible.
En ese momento los árabes, que
también habían visto al dirigible, avanzaron resueltos a capturar a los
sitiados antes de que recibieran refuerzos.
—¡Qué ataquen! —exclamó el
germano furioso—. ¡Tanto peor para ellos!
Los árabes avanzaban a través de
los matorrales y, de pronto, efectuaron una descarga cerrada, que
afortunadamente no causó daños porque los sitiadores estaban seguros en su
refugio de piedra.
—Patrón —dijo el negro—, no
economicemos proyectiles.
—Estoy listo.
Dando una última mirada al
dirigible, que en ese momento se encontraba a unas seis millas, el germano
empuñó el fusil y comenzó un fuego cerrado contra los invasores.
Las balas silbaban por doquier, y
muchas penetraban al recinto a través de los espacios que había entre las
piedras de la muralla.
—¡A tierra! —gritó Otto—. Esos
bribones no tiran mal. En ese momento se escuchó claramente al jefe de los
hombres de Altarik que gritaba:
—¡Adelante! ¡Tenemos que
capturarlos antes de que llegue el dirigible!
Sin embargo, esta arenga no dio
mayor resultado; los negros no tenían
112
mayor deseo de correr la misma
suerte de Sokol.
En ese momento el dirigible había
llegado al río, y el germano tomó una decisión:
—Es necesario que les hagamos
alguna señal —dijo. —Podemos incendiar los pajonales de la colina.
—Me parece una buena idea.
¡Pongamos manos a la obra!
El negro juntó un montón de hojas
sueltas; las ató con fibras silvestres y, luego de prenderles fuego, las arrojó
hacia unos pastos secos que había allí cerca.
Al instante se incendiaron los
pastos de la colina, desprendiendo una alta nube de humo.
Pero esta medida, si bien útil
para atraer la atención de los tripulantes del dirigible, facilitó en cambio el
avance de los atacantes, que podían acercarse sin ser vistos por los sitiados.
Los bandidos eran doce, armados
todos con fusiles y yagatanes. El germano y Riondo hicieron fuego sobre los dos
más próximos, hiriéndolos a ambos.
Al sentir sus gritos de dolor,
los demás se detuvieron; luego se arrojaron al suelo y, desde allí, comenzaron
a disparar en forma continua.
Parecían decididos a tomar por
asalto la pequeña fortaleza y vengar a los compañeros que gemían en el suelo.
Justo en el momento en que el germano y el negro habían resuelto huir,
abandonando su reducto, para refugiarse en la selva, sintieron dos disparos de
fusil sobre sus cabezas, al tiempo que una voz les gritaba:
—¡Animo, Otto! ¡En seguida
largamos la escala!
El germano alzó los ojos y con
gran alegría vio que el dirigible se encontraba sobre ellos, a una altura de
treinta metros.
Mientras tanto, los árabes, al
ver la llegada de ese monstruo, habían retrocedido, ocultándose entre los
pajonales cercanos.
113
Otto se aferró a la escala, que
había caído dentro del reducto, y comenzó a subir, ordenándole a Riondo que lo
siguiera.
Cuando el fiel negro se preparaba
a obedecerlo, una descarga cerrada que partió de un matorral próximo lo alcanzó
en el pecho.
—¡Riondo! —gritó Otto.
Pero el buen amigo no pudo
responderle; se había caldo de la escala y, al golpear contra las piedras, se
había fracturado el cráneo.
—¡Pobre amigo mío! —exclamó el
germano.
—¡Agárrate fuerte! —gritó en ese
momento Mateo. Heggia había arrojado en ese momento cien kilos de lastre y el
dirigible se elevaba rápidamente.
Otto apenas tuvo tiempo de
aferrarse de la escala, que se bamboleaba terriblemente.
Los árabes, al ver que se fugaba,
salieron de sus escondites y efectuaron una serie de descargas; pero era
demasiado tarde, porque el dirigible ya había subido a una altura de quinientos
metros.
—¿Podrás subir?
—Creo que sí, la altura no me
marea.
—¿No quieres que bajemos?
—No. El gas es demasiado
precioso.
—Cierra los ojos y sube.
La tarea no era fácil, dadas las
grandes oscilaciones que sufría la escala.
El germano comenzó a subir
lentamente, manteniendo los ojos cerrados para no ser atraído por el abismo que
se abría a sus pies.
De tanto en tanto se detenía,
para dar tiempo a que se normalizara su respiración, daba una ojeada al
dirigible y reiniciaba su ascenso.
Mateo y sus compañeros lo miraban
asustados; a cada momento les parecía que se caería de la escala precipitándose
en el vacío.
114
Cuando, por fin, el bravo
aeronauta llegó hasta la barandilla de la plataforma, lo alzaron entre todos,
acomodándolo sobre unos cajones para que se repusiera un poco.
—¡Mis queridos amigos! ¡Muchas
gracias! ¡No podían haber llegado más a tiempo!
—¡Te creíamos perdido! —dijo
Mateo estrechándolo entre sus brazos.
—Poco faltó. Pero, por favor,
denme algo de beber. Esta subida me ha cansado.
El germano se acomodó mejor sobre
un cajón; pero a pesar de ello le temblaban las piernas y estaba muy pálido. El
griego le alcanzó una botella de ginebra.
—Parece imposible —dijo el
germano después de haber bebido algunos sorbos—, pero el miedo lo siento ahora.
—¿Qué ha sido de Sokol? —le
preguntó el árabe. —Lo he matado.
—¿Qué es lo que dices?
—Era un traidor vendido a
Altarik.
—¿Mi esclavo un traidor? —gritó
El-Kabir.
El germano, que ya se sentía algo
mejor, narró con lujo de detalles todo lo sucedido a partir del momento en que
partió para iniciar la cacería de elefantes.
—Y a ustedes, ¿qué les sucedió?
—Verdaderamente, al principio nos
vimos un poco en apuros —dijo Mateo—. Al cortar la soga del ancla el dirigible
subió rápidamente hasta una altura de dos mil metros, donde encontramos una
fuerte corriente que nos arrastró hacia el norte.
“Después de muchas tentativas
—continuó el griego—, logramos descender un poco abriendo las válvulas de los
globos. Afortunadamente logramos ubicar nuevamente el río y, como ves, hemos
llegado a punto
115
para librarte del ataque de los
árabes.”
—¿Inflaron nuevamente los globos?
—No.
—Con razón noté que el “Germania”
tiende a descender. Déjenme descansar un par de horas y luego abriremos algunos
cilindros de gas.
El germano, que estaba
verdaderamente agotado, se tiró sobre una colchoneta y a los pocos minutos
roncaba como el hombre más tranquilo del mundo.
116
14. LOS BANDIDOS DEL UGOGO
Mientras el germano descansaba,
el dirigible continuaba su recorrido atravesando el Ugogo, el territorio de los
Ruga-Ruga.
El panorama había cambiado; ya no
se veían más las selvas impenetrables tan comunes en el Usagara, siendo
reemplazadas por llanuras inmensas, cubiertas de pastos secos.
Solamente de cuando en cuando se
veían algunos grupos de acacias y palmeras casi secas, o algunos bananales
raquíticos.
Lo que abundaba por todas partes
eran los rastros de la guerra.
Frecuentemente se veían caseríos
humeantes, cabañas destrozadas y esqueletos de hombres y animales.
—¡Qué país salvaje! —dijo Mateo
al árabe, que estaba a su lado.
—Un país de salvajes y de
ladrones —le contestó éste.
—¿Son éstos los dominios de
Niungu?
—Sí.
—¿Quién es ese personaje? Todo el
mundo habla de él con terror.
—Es el sultán de los Ruga-Ruga,
un hombre terriblemente feroz, que ha acumulado riquezas inmensas y comparte
con Nurambo el dominio de estas regiones.
—Tendremos mucho cuidado en no
descender en estos parajes.
—Haríamos bien en subir a mayor
altura —dijo Heggia, que se aproximaba en esos momentos—. Me parece que están
siguiéndonos.
—¿Quiénes? —preguntó El-Kabir.
117
—Los Ruga-Ruga.
—¿Dónde los ves?
—Mire allí, hacia el Norte. En
medio de esas plantas florecidas hay una partida de salvajes emboscados.
El árabe y el griego miraron en
la dirección indicada, viendo a unos cien metros más adelante una partida de
negros escondidos en medio de altos pastizales: Muchos de ellos estaban armados
con arcos, y algunos con fusiles.
—Nos están esperando-dijo el
griego.
—Eso es peligroso, porque nuestro
dirigible continúa descendiendo.
—¿No tenemos más lastre para
arrojar?
—Las últimas dos bolsas las hemos
arrojado hace poco.
—Tendremos que despertar a Otto
para que infle un poco los globos —dijo el griego—.
Estamos a cien metros de altura y
las balas pueden alcanzarnos.
El germano fue despertado al
instante y advertido del peligro que corría el dirigible.
—¡Los Ruga-Ruga! —exclamó Otto—.
El asunto puede ponerse peligroso.
Es necesario poner más gas en los
globos.
Tomó una gruesa manguera, uniendo
uno de sus extremos al caño de salida de uno de los globos centrales y el otro
a uno de los cilindros que tenían gas comprimido.
—Por ahora nos contentaremos con
reforzar tres o cuatro globos —dijo—. Para llenar los otros es necesario
descender a tierra, y eso no nos conviene en estos momentos.
—¿Podremos elevarnos lo
suficiente antes de llegar al lugar donde están los negros? — preguntó Mateo.
118
—Así lo espero.
El germano abrió las válvulas
para que el gas corriese libremente.
Mientras tanto, los Ruga-Ruga
corrían al encuentro del dirigible, saltando y agitando sus armas.
A todo esto el germano veía con
sorpresa que el dirigible, en lugar de elevarse, descendía en forma cada vez
más pronunciada.
—¿Qué es lo que pasa? —exclamó
presa de una vaga inquietud—. No veo que salga gas.
—¡Otto! —exclamó asustado el
griego—. ¡Estamos descendiendo tanto que caeremos en manos de esos asaltantes!
—¡El cilindro no tiene nada de
gas! —le contestó éste lleno de desesperación.
—¡Eso es imposible!
—¡Te aseguro que este cilindro ha
sido vaciado!
—¿Quién puede haberlo hecho?
—Tiene que haber sido una
maniobra de Sokol.
—¿Cuándo pudo haberlo hecho?
—De noche, aprovechando nuestro
sueño.
—¡Miserable! —exclamó el árabe
furioso.
—Si los otros cilindros también
están vacíos estamos perdidos.
—Eso lo veremos más tarde. Por
ahora tenemos que pensar en los Ruga-Ruga.
En ese momento resonaron feroces
alaridos; los enemigos se encontraban a unos ochenta metros de distancia del
dirigible, que volaba a unos cincuenta metros de altura.
Los atacantes dispararon algunos
tiros de fusil, que pasaron silbando junto
119
a la plataforma.
—¡Contesten el fuego!
El árabe y el griego empuñaron
las armas y a la primera descarga derribaron a los dos guerreros más próximos.
Los Ruga-Ruga, al ver caer a sus
compañeros, en lugar de huir reiniciaron su ataque con más vigor. Mientras
tanto Otto, ayudado por Heggia, tomó el cilindro de acero, que pesaba cerca de
cuarenta kilos, y lo arrojó por la barandilla. Otro tanto hizo con un cajón que
contenía botellas y con toda la reserva de agua.
El “Germania”, aliviado en casi
cien kilos de peso, pegó un salto, subiendo hasta los cuatrocientos metros,
altura suficiente para alejarlos del alcance de los viejos fusiles que tenían
los atacantes.
Los Ruga-Ruga, al ver que se les
escapaba la presa que tenían al alcance de las manos, prorrumpieron en
terribles alaridos y efectuaron una serie de descargas contra ellos.
—Tenemos que proceder con rapidez
—dijo el germano—. Los globos centrales están casi desinflados, y el viento es
tan débil que esos salvajes pueden seguirnos fácilmente.
Sin preocuparse por los gritos de
los bandidos y de sus continuas descargas, el germano probó un nuevo cilindro.
—¡Éste también está vacío! —dijo
con voz alterada.
—¿Ése también? —preguntaron
angustiosamente sus compañeros.
—Sí; y tengo la sospecha de que
no será el único.
—¡Estamos perdidos! —exclamó el
griego—. El “Germania” comienza a descender nuevamente.
—Ustedes encárguense de contestar
el fuego de los Ruga-Ruga.
—¿Cuántos cilindros tenemos
todavía?
—Seis.
120
—¿Y si todos estuvieran vacíos?
—Ése sería nuestro fin.
El germano arrojó por la borda el
cilindro vacío, con lo que el dirigible ascendió unos cien metros. Dos
cilindros más, igualmente vacíos, siguieron el mismo camino. El hidrógeno
faltaba en todos ellos.
—No nos quedan más que dos —dijo,
secándose el sudor que le bañaba la frente.
Afortunadamente, el séptimo no
habla sido tocado por el traidor. Apenas abierta la válvula, la goma se infló y
se expandió por el aire un fuerte olor a gas.
—¡Estamos salvados! —exclamó.
Mientras el griego y el árabe
efectuaban algunas descargas contra los Ruga-Ruga, que seguían el recorrido del
dirigible, Otto, ayudado por el negro, llenó los cuatro globos del centro.
Como los restantes globos estaban
demasiado alejados de la plataforma, para llenarlos era necesario que el
dirigible estuviera en tierra.
El “Germania” ascendió hasta los
novecientos metros, pero a esta altura la calma del viento era tan completa que
apenas si avanzaban a razón de seis kilómetros por hora, lo que permitía a los
bandidos perseguirlos por tierra.
—¿Está lleno también el último
cilindro? —preguntó el griego inquieto.
—Afortunadamente, sí. Se ve que
el traidor no tuvo tiempo de vaciar los dos últimos cilindros.
—¿Alcanzará el hidrógeno para
inflar bien todos los globos?
—Sí, pero nos conviene economizar
gas.
—¿Podremos transportar el tesoro?
—Así lo espero.
Mientras tanto, en el horizonte
comenzaba a dibujarse el contorno de un gran río.
121
—Si conseguimos cruzar ese río
nos salvaremos de los Ruga-Ruga, porque marca el fin de su territorio —dijo el
árabe.
—¿Cómo se llama el estado que
comienza del otro lado del río?
—Es el Ukonongo, una posesión del
sultán Karema.
—¿Otro bárbaro?
—No; se dice que protege a las
caravanas y que no molesta a los hombres blancos que cruzan su territorio.
—¿Está muy lejos aún el lago Tanganyka?
—No mucho. Si tuviéramos vientos
favorables llegaríamos en un par de días.
A las cinco de la tarde el
dirigible llegaba al río Makasamb, de gran caudal de agua y casi quinientos
metros de ancho.
En sus orillas tomaban el sol,
tranquilamente, gran cantidad de hipopótamos.
Al llegar a sus márgenes, los
Ruga-Ruga se detuvieron, efectuaron una última descarga contra el dirigible, y
luego, lentamente, retornaron a sus campamentos.
—Es una suerte que pudimos
desembarazarnos de esos bandidos —dijo el griego—.
Confieso que me tenían
preocupado.
—¿Bajaremos a tierra para inflar
los otros globos?
—Por ahora no es necesario.
Reservaremos el gas para cuando embarquemos al inglés y su tesoro. —¿Pasaremos
la noche volando?
—Sí, mientras tengamos suficiente
altura. Por esta noche tendremos que contentarnos con algunas conservas. Mañana
al amanecer, cuando el frío haya hecho condensar el gas de los globos,
trataremos de descender y de efectuar alguna pequeña cacería.
Después de una magra cena, los
aeronautas, persuadidos de que todo estaba en calma, se tiraron a descansar
tranquilamente en sus
122
colchonetas, encargando a Heggia
de la primera guardia.
Llevaban nuestros amigos varias
horas de sueño cuando fueron despertados por Heggia.
—Patrón —dijo el negro al árabe,
que era el primero que se había despertado—. Veo una enorme hoguera delante de
nosotros.
—¿Será un incendio de bosques?
—No lo sé, pero me parece
difícil.
Los tres aeronautas se dirigieron
hacia la barandilla para observar.
Hacia el Oeste, en la misma
dirección que llevaba el dirigible, el cielo estaba teñido de rojo, mientras en
tierra, detrás de las selvas, se observaba una gran humareda atravesada por
inmensas lenguas de fuego.
—Es un incendio terrible.
—Parece como si fuera una ciudad
—dijo el árabe—. En esa dirección debe encontrarse Mongo.
—¿Es una población muy grande?
—Es una de las más populosas y
ricas del Ukonongo, habitada por árabes cazadores de esclavos y de elefantes.
—¿Habrá sido asaltada?
—No me sorprendería; me dijeron
que Nurambo estaba en guerra contra Karema.
—Sí —dijo Heggia—, todavía se
lucha; he escuchado algunas descargas.
—Asistiremos a la batalla; el
viento nos lleva en esa dirección.
—¿El incendio no será peligroso
para nuestro dirigible?
—No lo creo. Por lo demás, en
caso necesario nos elevaremos.
Kilómetro a kilómetro, a medida
que el “Germania” avanzaba, el incendio era más visible. Los viajeros podían
ver inmensas lenguas de fuego,
123
bordeadas por una negra humareda,
y millones de chispas.
Desde aquella hoguera infernal se
escuchaban gritos humanos y descargas de mosquetes.
—Los guerreros de Nurambo deben
haber asaltado a los árabes de Mongo.
—¿Crees que tus compatriotas
serán derrotados? —preguntó el griego al árabe.
—Desgraciadamente sí —contestó
éste—. Los negros de Nurambo están muy bien organizados y poseen un armamento
muy superior.
—¿Te gustaría que los ayudáramos?
—Me sentiría sumamente feliz.
—Entonces déjame hacer a mí.
El griego se dirigió hacia un
cajón y sacó cuidadosamente un objeto redondo de casi cuatro kilos de peso.
—¿Una bomba? —preguntó el árabe.
—Cargada con algodón pólvora
—respondió éste—, Hará estragos entre les negros de Nurambo.
—¿Dónde la arrojarás?
—Cuando estemos bien encima del
ejército atacante. Los guerreros de Nurambo, pese a la resistencia de los
sitiados, habían comenzado el asalto de la ciudad.
El espectáculo era terrible; en
medio del humo y de las llamas se veía al ganado que huía enloquecido, mientras
los árabes, pese a su tenaz resistencia, tenían que ceder terreno, palmo a
palmo, a los asaltantes.
En ese momento volaban sobre la
ciudad, precisamente en la parte ocupada por los negros.
—Descarguen sus armas para atraer
sobre nosotros la atención de los combatientes —dijo Mateo.
124
Mientras sus compañeros
obedecían, éste arrojó una bomba que cayó justo en medio de las tropas de
Nurambo, haciendo terribles estragos. Unos segundos después el griego lanzó
otra, que ocasionó daños similares.
Un terror irresistible se apoderó
de los asaltantes. Ese pájaro monstruoso que volaba sobre sus cabezas y
arrojaba tremendos instrumentos de destrucción era más que suficiente para
asustar a esos negros supersticiosos.
Instantáneamente se produjo una
confusión indescriptible entre los atacantes; los negros huían
desesperadamente, empujándose los unos a los otros.
Los árabes, que también habían
visto el dirigible, fueron presa de un pánico similar.
—Escaparon todos —dijo Mateo.
—Los árabes volverán —dijo
El-Kabir—. Alguno de ellos debe conocer la existencia de este tipo de aparatos.
¿Descenderemos? —preguntó el árabe.
—Sí —contestó el germano—,
siempre que esta gente no sea amiga de Altarik.
—Todo lo contrario, ya que éste
es un fuerte competidor en el comercio del marfil.
En ese momento comenzaron a
aparecer grupos de árabes que se congregaban en la plaza del mercado.
—¡Somos amigos! —gritó El-Kabir
en árabe—. ¡Que la salud sea con vosotros y que Mahoma os proteja!
Un jefe, fácilmente reconocible
por el turbante verde que le cubría la cabeza, se adelantó, solo, hacia el
centro de la plaza; se arrodilló tocando el suelo con la frente y luego,
levantando los brazos hacia los aeronautas, gritó:
—¡Quienquiera que seáis,
descended que os mostraremos nuestro agradecimiento!
125
Mientras Otto, bastante a pesar
suyo, sacrificaba un poco de gas para que el dirigible descendiera, los árabes,
animados por el ejemplo del jefe, se estaban congregando en la plaza.
El “Germania”, ayudado por las
hélices, bajaba lentamente; cuando estuvo a unos cincuenta metros de altura,
Mateo arrojó el ancla y luego la escala de cuerdas.
Los árabes, que habían
comprendido para qué servían esas cosas, se apoderaron rápidamente de ambas.
Dejando a Heggia de guardia, nuestros amigos tomaron sus armas y comenzaron a
descender por la escala. Apenas llegaron a tierra la muchedumbre se puso de rodillas,
mientras el jefe, dirigiéndose a ellos, les tendió la mano al tiempo que decía:
—A ustedes debemos la vida y la
salvación de nuestra ciudad.
—He conseguido que estos
generosos europeos ayudaron a mis compatriotas —dijo El-Kabir.
—¡Tú eres árabe! —exclamó el
jefe.
—Sí, y quizás me conozcas.
—¿Cómo te llamas?
—El-Kabir.
—¿El traficante de Zanzíbar?
—El mismo.
—Hace muchos años estuviste por
aquí.
—Sí, pasé varias veces
conduciendo caravanas de esclavos.
—¿Quiénes son tus amigos?
—Unos europeos.
—¿Y la bestia que montan?
126
—No es una bestia, es una máquina
que vuela como los pájaros.
—¡Oh, estos europeos!… —exclamó
el jefe, mirando con admiración a Otto y Mateo.
—Señores —dijo a continuación—:
Los habitantes de Mongo se sienten honrados de brindar hospitalidad a sus
salvadores”.
Con un gesto hizo alejar a los
habitantes que se apretujaban por contemplar de cerca a los extranjeros, los
condujo hacia una espaciosa cabaña ubicada frente a su morada, diciéndoles:
—Pueden quedarse todo el tiempo
que quieran que no les faltará nada.
Luego de esto, el jefe se retiró,
ordenando a la población que dejara a los huéspedes en plena libertad.
Una escolta de diez guerreros
armados fue colocada en torno a la cabaña para mantener alejados a los
curiosos.
127
15. UNA CACERÍA PELIGROSA
Apenas Otto y sus compañeros se
habían acomodado en la cabaña cuando llegó una serie de esclavos portadores de
regalos.
Los mismos eran enviados por el
jefe, e incluían dos carneros bien gordos, una cabra y numerosos cestos que
contenían mandioca, mazorcas de maíz, batatas, bananas y tabaco.
Además, en recipientes de barro
cocido había manteca fresca y una bebida fermentada parecida a la cerveza.
—Aquí hay alimentos para treinta
personas —dijo Mateo—. Estos árabes son muy generosos.
—No te olvides que gracias a
nuestra intervención han salvado la ciudad.
—De todas maneras, estos regalos
vienen bien, porque tengo mucho apetito —dijo el griego.
Mientras ellos conversaban, los
negros habían matado uno de los carneros, poniendo a asar grandes trozos del
mismo sobre una hoguera encendida al lado de la cabaña.
Apenas habían terminado su
opípara comida cuando el jefe de la ciudad se hizo anunciar; 1o acompañaban dos
viejos dignatarios de barbas blancas y un esclavo que traía los utensilios para
preparar café, tabaco y sendas pipas.
—Salud a los hombres blancos y a
El-Kabir —dijo sentándose sobre una estera que había hecho colocar en el suelo.
—Salud a ti —respondieron los
tres aeronautas.
El jefe hizo servir el café,
distribuyó las pipas, y cuando todos hubieron comenzado a fumar les dijo:
128
—Vengo a traerles el
agradecimiento de la población y a preguntarles qué desean en recompensa.
—Deseamos únicamente que nos
suministren unos informes —contestó el germano.
—¿Qué es lo que desean saber?
—Si Altarik ha pasado por aquí.
—Sí, hace unos veinte días.
—¿Llevaba una caravana grande?
—Sí. Lo seguían cien negros
armados de fusiles y montados en asnos y caballos. Parecía llevar mucha prisa,
porque paró solamente dos horas para aprovisionarse de víveres, y en seguida
partió hacia el Oeste.
—¿Dónde crees que se encontrará
en estos momentos?
—Debe estar sobre las márgenes
del Tanganyka.
—¿Tiene establecimientos en la
zona?
—Sí, tiene dos. Uno en Kirando, y
el otro, más al Sur, en Mokaria.
—¿No te ha dicho a dónde se
dirigía?
—Sí, al Kassongo a comprar
dientes de elefante.
—¿Podrías decirme si es cierto
que en el Kassongo se encuentra prisionero un hombre blanco?
—¿Un hombre blanco? —preguntó con
asombro el jefe, pero, luego de pensar un rato, dijo:
—Sí, pudiera ser.
—¿Cómo lo sabes?
—El año pasado se detuvo aquí,
por pocos días, una pequeña caravana mandada por un hombre blanco, de cabellos
rubios, que decía ser inglés. Durante su estada me contó que pensaba explorar
la costa occidental del
129
lago Tanganyka, y posiblemente
internarse en el Kassongo.
—Algunos meses más tarde
—continuó el jefe—, una caravana que venía de la región del lago me contó que
toda la escolta de ese hombre había sido asesinada.
—¿Y cuál había sido la suerte del
inglés?
—No me dijeron nada.
—Eso es todo lo que queríamos
saber.
—¿Piensan irse pronto?
—Esta tarde.
—Es una lástima, porque deseaba
pedirles un nuevo favor.
—¿De qué se trata?
—Desde hace unos meses, dos
feroces leones se han establecido en el bosque que existe al Sur de la ciudad,
y matan la hacienda de nuestros pastores. Como ya han matado a siete cazadores
nadie osa luchar contra ellos.
—¿Quieres que te libremos de esos
incómodos vecinos?
—Sí. Me harían un gran favor.
—Bueno, entonces lo haremos.
—Yo los guiaré —añadió el jefe—.
Ahora díganme cuántos colmillos de elefante desean como recompensa.
—Nosotros no queremos ninguna
recompensa material —contestó el germano—. Nos basta con vuestro reconocimiento
y amistad.
—¿Cuándo iniciaremos la cacería?
—preguntó el griego.
—Esta noche al salir la luna —le
contestó el jefe—. Durante el día esas fieras están escondidas en sus guaridas,
a las que es casi imposible llegar.
—Bueno, entonces será hasta la
noche —dijeron los aeronautas.
130
Al caer la tarde los cazadores
iniciaron los preparativos para ir al encuentro de las terribles fieras.
Examinaron las armas, cambiaron los cartuchos e hicieron traer del dirigible
sus cuchillos de caza; luego, a las ocho de la noche, abandonaron la ciudad,
precedidos del jefe, que conducía una cabra destinada a usarse de cebo.
El bosque que servia de refugio a
los leones era muy grande, y estaba formado especialmente por inmensos baobabs
y sicomoros, entre los cuales se extendía una densa vegetación de arbustos
espinosos, que hacían el avance sumamente difícil.
Algunos cazadores habían
penetrado anteriormente en ese bosque decididos a poner fin a esas bestias
sanguinarias, pero ninguno de ellos había regresado y las fieras continuaban
sus terribles estragos.
Los cazadores llegaron al borde
de la selva, justo en el momento en que estaba por salir la luna.
Dentro del bosque la oscuridad
era tan profunda que casi no se veía desde un árbol al otro.
—¿Conoces el lugar donde suelen
esconderse los leones? —preguntó el germano al jefe.
—Sí —contestó éste—. Por lo común
suelen emboscarse cerca de una fuente donde van a tomar agua los animales de la
selva.
—¿Dónde se encuentra?
—A unos cuatrocientos metros,
cerca de un pequeño palmar.
—Vamos entonces —dijo el
germano—, y por si acaso hayan llegado ya los leones, marchemos con los ojos
bien abiertos.
Escucharon primero unos instantes
y luego, convencidos por el silencio que reinaba, se pusieron en camino,
buscando no hacer ningún ruido que pudiera alarmar a las fieras.
Rápidamente llegaron a un hermoso
palmar, cerca del cual había una fuente cuyas aguas se deslizaban formando un
pequeño arroyuelo.
131
—¿Es éste el lugar? preguntó el
germano.
—Sí —respondió el jefe.
—¿Nos emboscaremos aquí?
—No sería prudente. Allí veo un
baobab que puede servirnos de refugio. Nos subiremos a sus ramas y esperaremos
que los leones se pongan a tiro.
—¿Y la cabra?
—La ataremos al tronco de una de
estas palmeras. Examinaron primero los alrededores para asegurarse de que no
había ninguna hiena capaz de devorar a la cabra antes de que llegaran los
leones, y luego se dirigieron hacia el baobab, en cuyas ramas se treparon,
procurando quedar escondidos por el follaje.
Para ganar tiempo encendieron sus
pipas y luego esperaron con ansias cualquier rumor que rompiese el profundo
silencio de la selva.
Pasó cerca de media hora. La
cabra, consciente del peligro que corría, no había dejado de balar
lastimeramente, al tiempo que daba fuertes tirones a la cuerda que la sujetaba.
De repente se sintió el rugido de
un leopardo.
—¿Lo dejaremos escapar?
—No nos conviene hacer fuego
ahora. Los leones podrían desconfiar y no acercarse a este lugar.
El leopardo se acercó a la fuente
y comenzó a beber. Era un hermoso animal, apenas más chico que un tigre de
bengala, y con la piel salpicada de manchas negras.
De repente el animal se irguió
bruscamente, y luego, de un gran salto, se trepó a las ramas de un árbol
cercano, escondiéndose entre el follaje.
—¿Se habrá dado cuenta de nuestra
presencia? —preguntó en voz baja el germano al jefe.
132
—No lo creo —contestó éste—. Más
bien me parece que ha sentido llegar a otro animal.
En ese momento salió, con grandes
precauciones, de un grupo de plantas espinosas, un extraño animal, cuyo cuerpo
semejaba al de un caballo pero que tenía una cabeza de buey, armada de dos
gruesos cuernos.
—¿Cómo se llama este animal tan
raro?
—Es un gnu, una bestia parecida
al caballo y al buey.
—¿Su carne es buena para comer?
—Excelente.
—Entonces le dispararé un tiro.
—No lo haga,— ahuyentaría a los
leones.
—¿Tendremos que dejar que se la
coma el leopardo?
—Es necesario.
—Veremos entonces esa lucha.
El gnu parecía haber advertido la
presencia peligroso adversario. Se había detenido a unos veinte metros de la
fuente, con la cabeza baja y los cuernos bien hacia adelante.
Se detuvo en esa postura durante
unos instantes; luego olfateó repetidamente el aire y reinició su camino pero
mirando siempre con inquietud hacia los matorrales vecinos.
Al aproximarse al árbol que
servía de escondite a su enemigo debió haber percibido el olor del leopardo,
porque se detuvo nuevamente en actitud de lucha.
En ese momento el felino, con un
artero salto, cayó sobre el lomo del pobre animal.
Se escuchó un aullido breve y
luego un mugido sofocado.
El gnu cayó sobre las rodillas;
las garras de la fiera le habían destrozado el
133
cuello y los flancos.
Cuando la víctima dejó de
agitarse, el leopardo la tomó con los dientes y la arrastró hacia unos
matorrales, como si sólo se tratase de un corderito.
Durante esa lucha la pobre cabra
había quedado enmudecida por el terror, lo que seguramente le permitió escapar
de una muerte segura.
Sin embargo, al ver que se
alejaba la bestia, comenzó de nuevo sus balidos, ahora en un tono más agudo que
antes.
—¡Pobre cabra! —dijo el germano—.
Debe haber pasado momentos terribles.
— Fue una suerte para ella que
haya llegado el gnu, porque si no no estaría viva.
—Me parece que siento aproximarse
otro animal —dijo en ese momento Mateo.
En ese instante, a la luz de la
luna, pudieron ver un animal grande que, saliendo de los matorrales, se dirigía
a la fuente.
—¡Una jirafa!
Se trataba, efectivamente, de uno
de esos raros animales, uno de los más extraños de la creación, caracterizados
por su enorme cuello.
Su altura era extraordinaria, ya
que su cabeza estaba a unos cinco metros del suelo; avanzaba con precaución,
como si supiera que cerca de esa fuente abundaban las bestias feroces.
En aquel momento se sintió un
rugido tan fuerte y pavoroso que produjo escalofríos a los cuatro cazadores.
—¡El león! —exclamaron todos a un
tiempo.
La pobre jirafa, al sentir el
rugido del rey de la selva, se había escondido rápidamente en medio de unos
matorrales, pero su cabeza era tan alta que sobresalía entre la vegetación, de
manera que se la veía fácilmente.
—Estemos atentos —dijo El-Kabir—.
El león ha encontrado el rastro de la
134
jirafa.
—¿La atacará?
—Sí, si le damos tiempo.
—¿Dónde conviene apuntarle?
—En la cabeza.
—No le erraré, a pesar de que
tengo los nervios excitados. Ese rugido me ha trastornado.
—Siempre pasa así la primera vez
—dijo El-Kabir.
Al rugido había sucedido un
profundo silencio; luego los cazadores oyeron un leve crujido de ramitas secas.
El león avanzaba, abriéndose paso
a través de los matorrales; consciente de su fuerza y coraje se aproximaba sin
adoptar mayores precauciones.
De pronto, y lanzando un rugido
terrible, la fiera hizo su entrada en el claro que rodeaba la fuente de agua.
135
16. HACIA A EL TANGANYKA
Por su coraje y majestuosidad el
león tiene bien ganado su título de rey de la selva.
Si bien no es el más grande de
los animales, es en cambio uno de los más fuertes y peligrosos, ya que de un
solo zarpazo puede matar a un hombre.
El animal que se disponían a
cazar nuestros amigos era uno de los más grandes de la especie; como si se
hubiera dado cuenta de la presencia de sus enemigos, se dio, vuelta hacia el
baobab, golpeándose nerviosamente los flancos con la cola y erizando su soberbia
melena.
—¿Nos habrá visto? —preguntó el
germano.
—No lo creo —contestó el jefe con
voz temblorosa—. Creo más fácil que haya sentido nuestro olor.
—¿Puedo tirarle ya?
—No. Conviene que se acerque
todavía un poco más. El león estaba por avanzar hacia el árbol cuando se sintió
un leve crujido de ramas aplastadas. La pobre jirafa trataba de abrirse camino
entre los matorrales y confiar su salvación a la velocidad de sus patas.
E‘1 león se dio vuelta
rápidamente, y al ver al pobre animal se encogió, adoptando la típica postura
de los felinos que se aprestan para saltar.
La jirafa, que lo había visto,
sintiéndose perdida salió corriendo a toda velocidad. Su enemigo pegó un enorme
salto y cayó sobre su grupa.
En ese momento sonaron cuatro
disparos. La jirafa cayó al suelo, arrastrando en la caída a su atacante; luego
se levantó, desapareciendo rápidamente en medio de los árboles.
El león también se levantó,
rugiendo furiosamente. Debía tener varias heridas, porque tenía una pierna rota
y la melena llena de sangre.
136
En vez de huir se dio vuelta
hacia el baobab, mostrando los dientes y rugiendo amenazadoramente.
—¡Otra descarga! —gritó el
germano, apuntándole con el fusil.
La fiera, sintiéndose amenazada,
saltó hacia adelante. Los amigos dispararon nuevamente; el animal cayó al suelo
y luego, reuniendo sus últimas fuerzas, saltó de nuevo hacia el árbol.
En ese momento El-Kabir efectuó
un nuevo disparo que lo alcanzó en el aire; la fiera cayó como fulminada,
quedando inmóvil en el suelo.
En ese instante, desde unos
matorrales cercanos, se escuchó otro rugido.
—¡Es el segundo león! —exclamó el
jefe con voz temblorosa.
—Le daremos la bienvenida que se
merece —contestó el germano.
Súbitamente apareció el segundo
león; rugía poderosamente, al tiempo que daba grandes saltos.
Viendo muerto a su compañero se
abalanzó contra el baobab y de un tremendo salto se trepó a una de las ramas, a
sólo cuatro metros del jefe.
Éste, loco de terror, se dejó
caer al suelo; sus compañeros, en cambio, hicieron una descarga cerrada.
El león cayó muerto
instantáneamente; tenía tres balazos en el pecho.
—¡Lo matamos! —gritaron al
unísono nuestros amigos, dejándose caer al suelo.
El jefe, mientras tanto, daba
grandes saltos alrededor de la fiera, como si se hubiera enloquecido.
—¿Estás contento? —le preguntó
Otto.
—¡Como para no estarlo! ¡Por fin
nuestro ganado podrá venir a pastar libremente a este lado de la selva!
—Volvamos —dijo el germano—.
Ahora que la cacería ha terminado tenemos que partir.
137
—Me hubiera gustado dar una
fiesta en vuestro honor —dijo el jefe.
—La harás a nuestro regreso —le
sugirió el griego. Como los leones eran demasiado pesados para llevarlos, los
dejaron en la selva y emprendieron el regreso hacia la ciudad.
Llegaron cerca de la una de la
madrugada. La mayoría de la población estaba durmiendo, y sólo los esperaban
algunos de los guerreros de la guardia del jefe.
Nuestros amigos aceptaron una
cena de despedida ofrecida por el jefe, y al despuntar la aurora subieron al
dirigible, siendo despedidos por éste y un grupo numeroso de altos dignatarios.
Los aeronautas hicieron liberar
el ancla, saludaron al jefe y a sus dignatarios con una descarga de fusilería,
y luego se elevaron lentamente, volando sobre la ciudad aún adormecida.
—En marcha para el Tanganyka
—dijo Otto alegremente.
—Tendremos que tener los ojos
bien abiertos —le previno El-Kabir.
—¿Por qué dices esto?
—No creo que los guerreros de
Nurambo se hayan alejado mucho. Mira hacia el Oeste.
¿No ves nada?
Mateo y el germano miraron en la
dirección indicada, y en la lejanía alcanzaron a ver una gran cantidad de
pequeños puntos luminosos.
—¿Qué puede ser eso? —preguntó el
germano.
—Con toda seguridad que es un
campamento —le contestó el árabe.
—La noticia de la aparición de
nuestra máquina volante debe haberse desparramado por todas partes. Ustedes no
tienen idea de la rapidez con que se propagan las noticias en África.
En ese momento, en el silencio
del amanecer, se sintió claramente el grave sonido de los tambores de madera
usados por las poblaciones del
138
África central.
—¿Nos habrán descubierto?
—Con toda seguridad, y ahora
avisan nuestra presencia a todas partes.
Mientras tanto el “Germania”,
arrastrado por una brisa muy suave, avanzaba lentamente a una altura de ciento
cincuenta metros, seguido desde tierra por las numerosas tribus del Ukonongo,
que ayudadas por los guerreros de Nurambo se preparaban para darles caza.
El dirigible sobrevolaba en esos
momentos un bosque formado por enormes baobabs, cuyas ramas rozaban a veces la
extremidad de la plataforma, debido a que por la condensación del gas el
aparato, que había continuado su lento descenso, apenas si estaba a unos
cincuenta metros de altura.
Justo en el momento en que el
germano se disponía ordenar a Heggia que arrojara algunos cilindros vacíos,
para aligerar el peso y lograr que el “Germania” se elevara, se sintió un
fuerte golpe en la plataforma, acompañado por una serie de terribles aullidos,
al tiempo que la misma chocaba contra las ramas de un enorme baobab.
—¡Nos asaltan! —gritó Heggia—.
¡Los negros están por trepar a la plataforma!
—Espera —dijo el germano.
Aferrado a una soga se descolgó
por la barandilla y descargó los seis tiros de su pistola sobre los asaltantes.
En ese intervalo, Mateo y el árabe dejaban caer una caja pesadísima, lo que
facilitó la rápida ascensión del dirigible, que pronto alcanzó los mil
quinientos metros de altura, donde una rápida corriente de aire lo hizo
desplazar rápidamente, alejando así por completo todo peligro.
Los aeronautas, que estaban
sumamente cansados, seguros de no tener más inconvenientes, se tiraron a dormir
sobre sus colchonetas, mientras Heggia, que había dormido durante casi toda el
día, se encargaba de la guardia.
Cuando despertaron era casi la
medianoche; el “Germania” navegaba a unos dos mil metros de altura, y desde
allí se podía apreciar un amplio
139
panorama.
Sin embargo, el lago Tanganyka, a
pesar de su extraordinaria superficie, no alcanzaba a divisarse aún en el
horizonte.
A pesar de la altura llegaba
hasta ellos, incesante, el sonido de los tambores negros.
—Siguen vigilándonos —dijo
El-Kabir.
—Continuaremos sintiéndolos hasta
que atravesemos el lago —añadió—.
El imperio de Nurambo termina en
esta orilla del Tanganyka.
Después del almuerzo, el germano
determinó con el sextante la situación del dirigible.
—Estamos a unos setenta
kilómetros del lago —dijo—; si continúa esta brisa favorable llegaremos dentro
de unas tres horas.
—¿No has notado que hemos
descendido quinientos metros en una hora? —dijo el griego.
El germano, sumamente preocupado,
corrió hacia el barómetro.
Efectivamente, el aparato
indicaba un pronunciado descenso.
—¿Los negros no habrán logrado
perforar alguno de los globos con sus flechas? — preguntó en ese momento el
griego.
Todos se pusieron a revisar con
la vista la envoltura externa del dirigible, y entonces alcanzaron a divisar
tres pequeños agujeros en la parte delantera, que parecían producidos por
golpes de lanza.
—Nos han perforado algunos de los
globos —dije el germano palideciendo—. ¿No sienten el olor a gas?
—Sí —exclamaron sus compañeros—.
Estamos perdiendo hidrógeno.
—¿Es grave la situación?
—preguntó inquieto El-Kabir.
—No demasiado —replicó Otto—. El
verdadero inconveniente reside en que tendremos que descender a tierra para
poder inflar los globos de proa y de popa.
140
—Pero todas las tribus del país
nos buscan —dijo inquieto Mateo.
—Lo sé —contestó serenamente el
germano—. Mi plan consiste en tratar de llegar hasta el lago y descender en
alguna de sus islas desiertas.
—¿Podremos mantenernos hasta
llegar allí?
—Sacrificaremos todo lo que sea
necesario, con tal de mantenernos en el aire.
—¿Nos quedará aún suficiente gas
como para volver llevando al cautivo y el tesoro?
—Tenemos aún dos cilindros
completamente llenos, y uno con la mitad de la carga.
—¿Qué es esa niebla que se ve en
el horizonte? —preguntó en ese momento el griego.
—Es el Tanganyka —le contestó el
árabe.
Media hora después el “Germania”
llegaba a las márgenes del lago, en un paraje situado a unos siete kilómetros
al Sur de la ciudad de Karema.
141
17. SOBRE EL LAGO TANGANYKA
Por sus dimensiones, el Tanganyka
es el segundo lago del África ecuatorial, siendo superado únicamente por el
Victoria.
Tiene trescientos kilómetros de
largo y un ancho máximo de cuarenta y cinco, atravesando durante su recorrido
regiones absolutamente salvajes.
Últimamente se han establecido en
la zona algunas misiones inglesas, expuestas a serios peligros por estar
rodeadas de tribus sumamente belicosas.
El griego y el germano,
inclinados sobre la barandilla, contemplaban tan absortos aquella enorme
superficie de agua que no advirtieron que el dirigible descendía casi
vertiginosamente.
—¡Nos caemos! —gritó el árabe
advirtiéndoles el peligro.
El germano, siempre sereno,
observó cuidadosamente la superficie del lago y luego dijo:
—Allá veo una isla boscosa que
parece deshabitada. Descenderemos sobre ella.
Unos doscientos metros antes de
llegar a la isla los aeronautas arrojaron el ancla, que se internó
profundamente en el agua y luego se desplazó siguiendo la marcha del dirigible.
De improviso el “Germania” se
detuvo tan violentamente que nuestros amigos fueron arrojados unos contra
otros.
—¿Qué ha pasado? —preguntó
inquieto el germano.
Los viajeros se inclinaron sobre
el parapeto para observar. Algo debía ocurrir debajo del agua, en el lugar
donde se sumergía la cuerda del ancla, porque en ese lugar el lago se agitaba
furiosamente.
142
—Me parece que hemos pescado algo
con el ancla —dijo el griego.
En aquel momento apareció sobre
la superficie del agua una enorme cabeza, provista de dos grandes mandíbulas
bordeadas de agudos dientes, las que se abrían y cerraban con un sordo rumor.
—¡Pescamos un cocodrilo!
En efecto, el animal, creyendo
que se trataba de algo comestible, se había tragado el ancla, la que, al
clavársele en la garganta, lo mantenía prisionero.
El enorme saurio, loco de dolor,
había subido a la superficie, debatiéndose desesperadamente. Su cuerpo medía
más de cuatro metros y estaba recubierto de placas óseas tan duras que
desafiaban las balas de los mejores fusiles.
—¿Cómo nos desembarazaremos de
este intruso?
—Esperemos que muera.
—La espera será larga. Estos
animales tienen una vitalidad extraordinaria.
—¿Y si le disparamos con nuestros
fusiles?
—Sería inútil. El único punto
vulnerable que tienen es el vientre.
—Cortemos la soga del ancla —dijo
Mateo.
—¡De ninguna manera! —contestó
rápidamente Otto—. Es la única que nos queda.
—Me parece que encontré la
solución —exclamó el griego de pronto—. ¿Cuánto crees que pese ese animal?
—Alrededor de los doscientos
kilos.
—Arrojemos el cajón que tiene el
alambre de cobre, y pesa más o menos lo mismo. Eso nos permitirá elevarnos,
levantando al mismo tiempo el cocodrilo.
—¡Excelente idea! ¡Pongamos manos
a la obra!
143
Mientras Heggia vigilaba la
cuerda del ancla, los tres amigos levantaron el pesado cajón, arrojándolo por
la borda.
El “Germania”, desembarazado de
ese peso considerable, se elevó lentamente, levantando por el aire al
cocodrilo.
El animal, al sentirse elevar, se
debatió furiosamente, retorciéndose como una serpiente y dando fuertes tirones
a la soga.
A todo esto, el dirigible había
logrado ascender penosamente unos treinta metros, dejándose arrastrar por la
débil corriente de aire que lo conducía hacia la isla.
—Tratemos de matarlo ahora —dijo
Otto.
Los aeronautas tomaron sus
fusiles y comenzaron a disparar contra la garganta del animal.
A cada disparo que recibía, la
fiera redoblaba sus contorsiones, hasta que, finalmente, al séptimo tiro, que
le penetró por la boca, quedó rígido.
—¿Lo habremos matado? —preguntó
el griego.
—Eso lo sabremos cuando lleguemos
a tierra —le contestó el árabe—.
Personalmente, tengo mis dudas.
Al llegar a la isla el cocodrilo,
que continuaba colgando de la soga del ancla, rozó los pajonales con su cola.
Ante ese contacto, y como si hubiera recobrado nuevamente su vigor, el animal
comenzó a retorcerse de nuevo.
Afortunadamente, el germano, que
contemplaba la escena con el rifle listo, le disparó el tiro de gracia.
El cuerpo inmóvil del animal,
atrapado entre unos arbustos, reemplazó al ancla, y el dirigible se detuvo,
balanceándose suavemente.
Rápidamente fue arrojada la
escala y Otto y Mateo descendieron con precaución, aproximándose a los árboles
donde estaba el cocodrilo.
Ataron sólidamente la extremidad
de la escala al tronco de un árbol y luego, con un hacha, despedazaron la
garganta del animal para recuperar el ancla, que acomodaron fuertemente entre
las ramas de un árbol.
144
Una vez asegurados de que el
dirigible estaba fuerte— ; mente amarrado, invitaron a descender al árabe y al
negro.
—Me parece un lugar deshabitado y
adecuado para inflar los globos de nuestro dirigible — dijo Otto.
—¿Tendremos que hacerlo descender
a tierra?
—Sí. Es absolutamente necesario.
—¿Cómo vamos a hacer?
—En este lugar hay muchas
piedras. Cargaremos con ellas la plataforma, y con el peso el “Germania”
descenderá.
—Me parece una excelente idea.
¡Manos a la obra! Todos se pusieron a trabajar en seguida, ascendiendo la
escala con grandes piedras, y media hora después el dirigible comenzaba a
descender lentamente. A cada nueva piedra que se le cargaba el aparato descendía
unos tres o cuatro metros.
A mediodía la plataforma tocaba
el suelo, aplastando con su peso los matorrales que se encontraban debajo. El
germano, a pesar de ello, les hizo cargar unos quinientos kilos de más, para
que les sirvieran de lastre, y luego, ayudado por sus compañeros, quitó la tela
que envolvía el esqueleto del aparato, con lo que los globos quedaron a la
vista.
De inmediato pudieron ver que
tres de los globos estaban completamente desinflados; uno de ellos todavía
tenía clavadas dos flechas, mientras que sobre los otros se veían grandes
desgarraduras producidas seguramente por las lanzas de los indígenas.
—Éstos vamos a sacarlos —dijo
Otto—. Así nos evitaremos llevar un peso inútil.
—¿Serán suficientes los otros?
—preguntó Mateo con inquietud.
—Alcanzarán para cargar todavía
unos setecientos kilos y todo el lastre que llevamos — aclaró
tranquilizadoramente el germano.
Como lo había dicho, Otto eliminó
los tres globos, ya enteramente inútiles,
145
y, colocando la manguera de goma
a uno de los cilindros, comenzó a llenar los otros.
Todos los restantes tenían en la
parte inferior una serie de pliegues, que indicaban que se había perdido una
cantidad considerable de gas. Afortunadamente estos pliegues desaparecían de
inmediato, al cargarlos nuevamente.
Al cabo de cuatro horas de ardua
labor la tarea estaba terminada y el dirigible, así reforzado, se encontraba en
condiciones de volar directamente hasta el Kassongo, a una altura considerable,
y llevando asimismo media tonelada de lastre.
—¿Nos queda aún hidrógeno?
—preguntó Mateo.
—Tenemos todavía un cilindro
completamente lleno que conservaremos para el regreso — dijo Otto. —Comamos un
poco y luego partiremos.
—¿Sin visitar la isla?
—No tenemos tiempo que perder
—aconsejó el árabe—. Altarik ya atravesó el lago y debe encontrarse bastante
lejos.
Los aeronautas, que estaban
hambrientos, se tiraron sobre la hierba e hicieron los honores a una suculenta
porción de cabra asada que había preparado Heggia, que completaron luego con
bananas y dátiles frescos.
Habían encendido ya sus pipas
cuando les llamó la atención el hecho de que los pájaros abandonaban
rápidamente la costa del lago.
—¿Qué es lo que puede haber
asustado así a los pájaros? —dijo el germano.
—¿No será que ha desembarcado
alguna partida de negros? —preguntó El-Kabir.
Ante esa suposición, todos se
levantaron ele repente, tomando sus fusiles.
—No te expongas —dijo el árabe
viendo que el germano se disponía a marchar hacia la orilla por medio de los
cañaverales—. Los negros de esta región son muy astutos y además tienen muy
buenas armas de fuego.
146
En ese momento se escuchó una
aguda gritería proveniente de la orilla, acompañada por el monótono tam-tam de
los tambores.
—Vayamos a ver —dijo Otto que no
podía quedarse tranquilo—. El dirigible está escondido entre las plantas, y
nosotros tenemos nuestros fusiles con abundantes municiones.
Atravesando con cuidado los
cañaverales, se acercaron hasta la orilla, y al llegar pudieron ver un curioso
espectáculo.
A unos cien metros de distancia
se encontraba varada en la costa una gran canoa rústica, hecha con el tronco
excavado de un árbol gigantesco.
Sentados sobre ella, treinta
indígenas cantaban a voz en cuello, llevando al mismo tiempo el compás mediante
golpes dados con las manos en la embarcación.
Delante de ellos, un negro que
parecía un sacerdote, bailaba una danza macabra, moviéndose como si estuviera
enloquecido.
—¿Qué es lo que hacen? —preguntó
el germano asombrado.
—Saludan a la tierra —le contestó
El-Kabir.
—No comprendo.
—Saludan a la tierra, es decir
gritan y saltan para llamar la atención de los habitantes.
—Patrón —dijo Heggia en ese
momento—. Veo otras canoas que se acercan a la costa.
—¿No tendrán intenciones de
atacarnos? —dijo Mateo—. No me fío mucho de estos indígenas.
—Conviene que nos vayamos y
pronto —dijo entonces el germano, ya convencido.
Rápidamente retornaron al
campamento y se pusieron a descargar las piedras que habían cargado de más en
reemplazo de su propio peso.
Una vez levantada el ancla, el “Germania” comenzó a elevarse
147
lentamente, atravesando la
cortina de árboles que lo ocultaban.
En ese instante se sintió una
terrible gritería. Sobre la orilla del lago, los tripulantes de cinco canoas,
que los habían visto, gritaban desaforadamente, al tiempo que disparaban sus
mosquetes y sus flechas.
Pero era tarde; el dirigible, que
fue aliviado de casi cien kilos de lastre, se elevaba rápidamente, alejándose
hacia el Oeste.
Los indígenas no se desanimaron,
y se lanzaron a las canoas para perseguirlos, pero lógicamente sin ningún
resultado, ya que la velocidad del aparato aéreo era muy superior.
—Nos buscaban a nosotros —dijo el
germano al cabo de un rato, cuando ya hubo pasado por completo el peligro.
—Posiblemente nos hayan visto
descender, y trataron de asaltarnos antes de que pudiéramos levantar vuelo
nuevamente —contestó el árabe.
Considerando que por el momento
no había mayores inconvenientes, nuestros amigos se dispusieron a descansar
tranquilamente.
148
18. EL PRISIONERO
La travesía del lago, en esa
parte relativamente estrecha, ya que no superaba los treinta kilómetros, fue
cumplida sin ningún inconveniente.
A las cinco de la tarde el
“Germania” llegaba a la ribera opuesta, pasando sobre Kapampa, una de las más
importantes ciudades del Tanganyka.
El paisaje no cambiaba; se veían
siempre las grandes llanuras, alternadas con algunos bosques aislados, en los
cuales se podía distinguir gran cantidad de animales salvajes.
El germano, viendo una caza tan
abundante se desesperaba de no poder descender para iniciar una gran cacería
contra todos esos animales.
—Déjalos en paz, y tratemos más
bien de llegar lo antes posible al Kassongo —le dijo el griego—. No olvides que
también Altarik se dirige hacia ese punto.
—¿El prisionero está en Kilemba?
—preguntó Otto al árabe.
—Sí —respondió éste.
—¿Es una ciudad muy grande?
—Cuando estuve, hace treinta
años, tenía cerca de diez mil habitantes.
—¿Qué clase de gente es?
—Muy mala. Algunos incluso son
antropófagos.
—¿Corremos entonces peligro de
que nos devoren?
—Afortunadamente no, porque en
ese sentido respetan al hombre blanco.
—¿Cómo haremos para rescatar al
prisionero?
—Nos presentaremos como hijos de
la luna —dijo El-Kabir—. Viéndonos
149
descender del cielo será fácil
que nos crean.
—La idea me parece buena —dijo el
germano.
—¿Cuánto nos falta todavía para
llegar?
—Si el viento se mantiene
llegaremos mañana al mediodía.
Durante la noche el dirigible
continuó su recorrido, y a la mañana siguiente cruzaron el río Liralabo, uno de
los afluentes del Congo.
—Ya estamos cerca de Kilemba
—dijo El-Kabir.
—¿Cuánto falta aún?
—Alrededor de treinta kilómetros.
—Entonces llegaremos pronto. El
dirigible avanza a razón de veinte kilómetros por hora.
—¿Habrá llegado ya Altarik?
—preguntó Mateo.
—No lo creo —repuso El-Kabir—.
Por más que haya apurado su marcha es imposible que haya llegado.
El paisaje mostraba cada vez
mayores signos de estar habitado. Se veían muchos campos cultivados y gran
cantidad de chozas.
Los negros, al ver al dirigible,
huían gritando y se escondían en los bosques. Otros en cambio, más valerosos,
disparaban sus flechas, que llegaban muy lejos del blanco.
A eso de las diez de la mañana,
Heggia, que estaba de guardia en la plataforma, les señaló una que se divisaba
en el horizonte.
—Es Kilemba —dijo el árabe.
—Preparemos nuestras armas
—ordenó el germano—. No podemos saber la acogida que nos harán sus habitantes.
A medida que el dirigible se
aproximaba se veía mayor animación en las calles de la ciudad. Los negros
llegaban corriendo de todas partes y se concentraban en la plaza del mercado.
Asimismo se escucharon algunos
150
disparos de fusil, demasiado
prematuros.
Cuando por fin llegaron sobre la
ciudad la plaza estaba repleta.
Centenares de negros semidesnudos
se movían desesperadamente, levantando los brazos al cielo, y luego se
inclinaban hasta tocar el suelo con sus cabezas.
En medio de ellos, un negro
viejo, de estatura gigantesca, con el cuerpo adornado de brazaletes de cobre,
con adornos de marfil, gritaba como un condenado, alzando ambas manos hacia el
dirigible que descendía lentamente.
En ese momento el germano,
inclinándose sobre la barandilla; gritó:
—Pueblo de Kilemba, deja lugar
para que desciendan los enviados del cielo.
Los negros al sentirlo, y ver que
el monstruo descendía, huyeron en todas direcciones.
Hasta el viejo jefe había corrido
a encerrarse en su palacio.
Cuando el “Germania” estuvo a una
altura de veinte metros, Heggia lanzó el ancla, que se afirmó en las ramas de
un árbol gigantesco que había en la plaza. A continuación largó la escala de
cuerdas.
Otto, Mateo y el árabe
descendieron, llevando sus armas y algunas cajitas con regalos para el sultán.
Al verlos aparecer, la
muchedumbre se arrodilló, continuando sus lamentos.
—¡Habitantes de Kilemba! —gritó
entonces el germano en árabe—. ¡Traigo la bendición del sol y de la luna!
Al sentirlo, el anciano jefe se
adelantó lentamente y se arrodilló delante de ellos, diciendo también en árabe:
—Pembo, sultán de Kilemba, saluda
a los hijos del sol y de la luna.
En ese momento Otto tomó las
cajitas con obsequios y las entregó el
151
negro diciendo:
—Toma. El Sol y la Luna te envían
estos regalos.
—¿Entonces sois amigos? —preguntó
el negro.
—Nosotros no queremos hacerte
ningún mal —contestó el germano—. La luna nos ha encargado de buscar uno de sus
hijos que ha desaparecido hace algunos años.
—Uno de sus hijos —exclamó el
negro con terror.
—Sí, y que se encuentra en tu
casa.
—¿Un hombre blanco como ustedes?
—Sí.
—¿También él es hijo de la luna?
—El primogénito.
—¡Oh! ¡Desgraciado de mí!
—¿Lo has matado?
—¡No! —se apresuró a decir el
negro—. No lo he matado, pero tampoco lo he tratado con el respeto que se
merece un hijo de la luna.
—Si en algo aprecias tu vida,
condúceme hasta él. Con un gesto el negro apartó a la gente de la plaza y
condujo a los tres aeronautas hacia el palacio real.
El entrar al palacio vieron en un
rincón a un hombre blanco, de cabellos rojizos y cuerpo macilento, cubierto
apenas por unos harapos.
Inclinado delante de una piedra,
estaba moliendo maíz, custodiado por dos negros armados de garrotes.
Al ver entrar a nuestros amigos,
el desgraciado se había puesto de pie, lanzando un grito de alegría.
—¡Señores! —exclamó con la voz
temblorosa por la emoción.
152
Otto y Mateo corrieron hacia él,
tendiéndole las manos.
—Estamos muy contentos de verlo
—dijeron luego abrazándolo—. Ahora que llegamos nosotros no tiene nada más que
temer.
—Señores, ¿no es un sueño su
presencia aquí?
—Lo conduciremos con nosotros
—dijo el griego—. Hemos venido de Zanzíbar para salvarlo.
El inglés los miró con asombro.
—¿Habéis venido aquí
expresamente?
—Sí.
—¿Cómo supieron que estaba
prisionero?
—Por el mensaje que ató a los
cuernos de un antílope.
—¡Verdaderamente Dios ha velado
por mí! Nunca creí que ese mensaje hubiera podido llegar hasta la costa. ¿Cómo
han llegado hasta aquí?
—En, un dirigible.
—¿Entonces cómo harán para
transportar el tesoro que he prometido a mis salvadores?
—¿En qué consiste ese tesoro?
—preguntó el germano. —En una tonelada y media de polvo de oro que estos
indígenas creen no tiene valor.
—¡Son millones de libras!
—exclamó Otto—. ¡Un verdadero tesoro!
—¿Podrá transportar el dirigible
esa carga?
—Con toda seguridad.
—¿El sultán me dejará partir?
—Le hemos dicho que somos hijos
de la luna, y que si no nos obedece nuestro monstruo devorará a todos los
habitantes de la ciudad. A todo esto, ¿el tesoro está muy lejos?
153
—A sólo cinco kilómetros en la
ladera de una montaña.
—Entonces conviene que marchemos
rápido.
El sultán se había retirado con
sus ministros a uno de los aposentos privados, y allí contemplaba, con el
alborozo de un niño, los regalos que le habían traído los viajeros.
El germano, que llevaba su fusil
en la mano, se le acercó diciéndole en tono severo:
—Has maltratado a un hijo de la
luna y merecerías que el monstruo que montamos te devorase junto con toda tu
tribu.
—No sabía que fuese un hijo de la
luna —exclamó temblando el sultán.
—Por eso no te hago devorar; pero
si te perdono la vida es con la condición de que hagas una cosa.
—¿Qué es lo que quieres de mí?
—Que hagas recoger el polvo
amarillo que se encuentra en la ladera de esa montaña.
—¿Para qué lo necesitas?
—Sirve para hacer más brillantes
los rayos del sol.
—¿Eso no nos traerá más sequía?
Hace mucho que no llueve en nuestros campos.
—Encargaré a la luna que mande
nubes que hagan llover abundantemente en tus tierras.
—¿Me lo prometes?
—Prometido.
—Entonces el polvo amarillo es
tuyo.
—Me harán falta hombres para
transportarlo hasta aquí.
154
—Todos mis esclavos están a tu
disposición.
—Los necesito en seguida —ordenó
el germano con tono imperioso.
El sultán habló con uno de sus
ministros, y al poco rato se presentaron veinte negros robustísimos, cada uno
de los cuales estaba provisto de una gran cesta.
Al verlos, el germano ordenó
partir en seguida, pero antes de hacerlo se volvió hacia el sultán diciéndole:
—Que nadie se acerque a la bestia
que nos ha conducido hasta aquí si no quieres que ésta se enoje y devore tu
ciudad.
—Ninguno de mis súbditos se
aproximará a ella —contestó el monarca.
—Partamos —dijo entonces Otto—.
Heggia permanecerá de guardia junto al dirigible.
Al salir de la ciudad atravesaron
primero unos campos cultivados con sorgo, y luego penetraron en un bosque que
se extendía por las laderas de una montaña aislada.
—Allí está el tesoro.
La ascensión no fue difícil,
porque encontraron un sendero que antiguamente debía haber sido muy frecuentado
por los indígenas.
Casi al llegar a la cima, el
inglés se detuvo ante lo que parecía la entrada de una caverna.
—Es aquí —dijo.
El inglés penetró en la caverna
llevando en la mano la rama de un arbusto resinoso a la que había prendido
fuego para que sirviera de antorcha.
La comitiva avanzó alrededor de
cien metros por un pasaje oscuro y estrecho, que de golpe desembocó en una
amplia caverna cubierta de estalactitas.
El inglés señaló entonces un
montón de polvo amarillento con reflejos dorados que había en un rincón.
155
—¡Éste es el tesoro! —dijo.
Dando gritos de alegría los tres
aeronautas se precipitaron hacia allí.
El inglés había dicho la verdad.
¡Era casi una tonelada y media de oro en polvo mezclado con pepitas del mismo
material!
—Aquí hay por lo menos veinte
millones de francos —dijo Mateo.
—No —intervino Otto en ese
momento—. Nosotros lo aceptamos únicamente con la condición de que lo
repartamos en partes iguales para todos.
—Bueno. Hagan como quieran —dijo
el inglés sonriendo.
Llamó entonces a los esclavos y
les ordenó cargar en los cestos todo el polvo de oro, cuidando de no dejar caer
nada.
Ya se habían cargado
aproximadamente la mitad de los canastos cuando se sintieron algunos disparos
lejanos. Todos se precipitaron corriendo hacia la salida, y, al llegar al aire
libre, vieron una caravana compuesta por unos cincuenta negros, a cuyo frente
marchaba un árabe.
La caravana se disponía a entrar
en la ciudad, y, de acuerdo a la costumbre, efectuaba disparos al aire para
saludar a los pobladores.
—¡Altarik! —gritó el árabe
palideciendo.
—¡Estamos perdidos! —exclamó
Mateo.
—¿Es un enemigo vuestro?
—preguntó flemáticamente el inglés.
—Sí —contestó Otto, que parecía
aniquilado.
—La cosa es grave —dijo entonces
el inglés—. Ese hombre dirá al sultán que lo han engañado y, como lo conozco,
sé cómo reaccionará. Se pondrá furioso y os hará azotar por eso.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó el
germano indeciso.
De inmediato tomó la palabra el
inglés.
156
—Yo opino que debemos quedarnos
aquí custodiando el tesoro —dijo.
—Altarik vendrá a asaltarnos
—contestó el griego. —Nosotros nos defenderemos ayudados por los negros.
—La idea me parece buena —dijo
finalmente el germano—. Este tesoro vale mucho más que nuestro dirigible.
Atrincherémonos y esperemos el ataque de Altarik.
—¿Y Heggia? —preguntó el árabe.
—Más tarde trataremos de
salvarlo.
Mientras los aeronautas discutían
la situación, el inglés conversaba animadamente con los veinte esclavos. Luego
de unos minutos regresó junto al germano diciendo:
—Estos negros están dispuestos a
ayudarnos, con la condición de que luego los dejemos en libertad.
—De acuerdo —dijo Otto—.
Comencemos a atrincherarnos.
En ese momento el inglés tomó
nuevamente la palabra:
—Déjenme esa tarea a mí —dijo—.
Fui especialista de fortificaciones en el ejército de la India. Ustedes
adelántense por el sendero y traten de retardar en lo posible el avance del
enemigo.
—¿Cuántos cartuchos tienen?
—Alrededor de cien cada uno.
—Creo que son suficientes.
Mientras los veinte esclavos,
dirigidos por el inglés, iniciaban los trabajos para construir un pequeño
fortín, los tres aeronautas descendieron un trecho por el sendero, hasta llegar
a una roca aislada, tras de la cual se apostaron.
157
En ese momento pudieron ver que
una columna numerosa salía de la ciudad dirigiéndose hacia la montaña. Se
componía de alrededor de trescientos negros, algunos armados con fusiles y la
mayoría con arcos y lanzas.
158
19. EL ATAQUE DE ALTARIK
La columna, que había salido de
la ciudad acompañada por el tam-tam de los tambores, se dirigió rápidamente
hacia la montaña.
La encabezaban Altarik y el
sultán, y este último, que azuzaba constantemente a sus hombres, parecía estar
terriblemente enfurecido.
Los tres aeronautas, una vez que
hubieron visto el rumbo que seguía la caravana, se replegaron hacia la cima de
la montaña para evitar ser copados.
El inglés, ayudado por los
negros, había hecho verdaderos milagros.
Empleando enormes piedras había
construido una muralla, protegida a su vez por un impenetrable cerco de
arbustos sumamente espinosos, que constituían un obstáculo insalvable para los
pies desnudos de los negros.
—Dentro de esta trinchera
podremos resistir largamente —dijo el inglés.
—Se aproximan —gritó Mateo, que
en ese momento estaba de vigía en la cima—. Ya entraron en el bosque.
—Bueno, arrojaremos nuestros
proyectiles.
—¿Cuáles?
—He hecho preparar unas cincuenta
piedras muy grandes, que tiraremos por la ladera, y que debido a la gran
pendiente bajarán a enorme velocidad arrollando todo a su paso.
Los negros, instruidos por el
inglés, comenzaron a hacer rodar gran cantidad de peñascos.
Estos enormes proyectiles, al
adquirir cada vez mayor velocidad, arrasaban todo lo que encontraban a su paso,
derribando los árboles como si fueran de papel.
159
Algunas, al encontrar otras
piedras en su camino, las hacían rodar a su vez, de manera que terminaban
formando una verdadera avalancha.
Pronto comenzaron a sentirse
gritos de terror que venían del bosque, seguidos de algunos disparos de fusil.
—Parece que nuestros proyectiles han alcanzado a la columna — dijo el inglés.
—Sin embargo, dudo que sean
suficientes para detenerla —contestó el germano.
—No importa. Tenemos otras de
reserva.
—¿Y si a pesar de todo no
pudiéramos dispersarlos?
—En ese caso opondremos una
primera resistencia detrás de esta muralla, y en último caso nos refugiaremos
en la caverna.
—¡Las plantas comienzan a moverse
en la mitad de la ladera! —gritó Mateo.
—¡Arrojen más piedras! —ordenó el
inglés.
Los negros se disponían a arrojar
más piedras cuando Mateo alcanzó a divisar una bandera blanca que se dirigía
hacia ellos.
—¡Alto! —ordenó—. Altarik envía
un hombre para negociar.
—Dejémoslo llegar —dijo el
germano—. Escucharemos la propuesta que nos hace su patrón.
Un negro zanzibarés, que llevaba
un trapo blanco ata—‘ do a su lanza, se acercaba hacia ellos gritando:
—¡No disparen! ¡Vengo como amigo!
El zanzibarés se había detenido a
unos cincuenta metros de la muralla, agitando su bandera blanca.
—Voy a ver qué quiere —dijo el
germano—. ¿Quién me acompaña?
—Yo —contestó el inglés—. Que los
otros se queden de guardia, listos para protegernos.
160
Mientras ellos marchaban al
encuentro del parlamentario, Mateo y el árabe, subidos a la muralla, tenían
apuntadas sus armas, listos para disparar.
—¿Qué es lo que quieres?
—preguntó el inglés cuando llegó junto al parlamentario.
—Vengo a tratar con los hombres
blancos en nombre de mi patrón —contestó éste.
—¿Quién es tu patrón?
—El árabe Altarik, el comerciante
más rico del África Ecuatorial.
—¿Qué es lo que quiere de
nosotros?
—Que le entreguen el polvo de oro
y le devuelvan el prisionero del sultán.
—¿Y si el prisionero no quisiera
ir con tu patrón?
—¿Quién lo dice?
—Yo.
—¿Y quién eres tú?
—E1 prisionero inglés.
Al sentir esas palabras el
zanzibarés hizo una mueca de disgusto.
—¿Por qué no quieres venir con
nosotros? —dijo—. Mi patrón ha viajado expresamente para liberarte y conducirte
hasta la costa.
—¿Ha venido por mí o por el
tesoro?
—Por ambas cosas.
—Vuelve al lado de tu patrón y
dile que prefiero quedarme al lado de los hombres blancos y repartirme el
tesoro junto con ellos.
El parlamentario hizo un gesto de
rabia.
161
—¿Te opones a los deseos de mi
patrón? —dijo.
—No tengo patrón —respondió el
inglés—, y siendo un hombre libre hago lo que deseo.
—Mi patrón se apoderará de
ustedes.
—Que haga la prueba.
—Lo hará de inmediato.
—¡Si no vuelves en seguida junto
a tu gente te romperé la cabeza! —gritó en ese momento el germano.
El parlamentario, al ver que Otto
levantaba el fusil, arrojó la bandera y salió corriendo al tiempo que gritaba:
—¡Al ataque! ¡Al ataque!
En seguida se sintieron algunos
disparos, cuyas balas pasaron muy cerca de los dos europeos.
—Corramos —dijo el inglés.
Rápidamente se guarecieron dentro
de la fortaleza, mientras los esclavos comenzaron a arrojar en seguida grandes
piedras.
A pesar de ello los atacantes
continuaron su ascensión, reparándose detrás de los troncos de los árboles. De
tanto en tanto hacían una descarga que se perdía contra la muralla.
Los aeronautas, arrodillados
detrás de las defensas, hacían fuego sobre los enemigos que tenían a la vista,
y, a pesar de la distancia, sus balas no eran todas perdidas.
De improviso, los asaltantes
llegaron al claro que rodeaba la cima y con una descarga mataron a cuatro de
los negros, que estaban por hacer rodar una gruesa piedra. Luego se lanzaron al
asalto, aullando como bestias feroces.
Los sitiados iniciaron entonces
un tiroteo tan intenso que los obligaron a retroceder hasta el bosque, dejando
en el suelo cuatro muertos y tres
162
heridos.
—No tardarán en volver a
atacarnos —dijo el germano. Sin embargo, transcurrió un largo rato sin que los
asaltantes se hicieran presentes.
—¿Qué estarán haciendo esos
bribones? —preguntó Otto, inquieto al cabo de algún tiempo.
—Están haciendo un trabajo
misterioso —contestó el inglés—. Veo que están cortando algunos árboles.
—¡Cuidado! ¡Ya vienen! —gritó en
ese momento El-Kabir.
Los asaltantes salieron del
bosque e iniciaron su ataque, protegidos detrás de pequeños trozos de troncos
de árboles, que utilizaban como defensas móviles.
Los sitiados reabrieron el fuego,
derribando a numerosos atacantes, pero esto no fue suficiente para detener la
avalancha y pronto la gente de Altarik llegó hasta la muralla.
—Estamos a punto de caer
prisioneros —dijo flemáticamente el inglés al tiempo que mataba de un balazo a
un negro que había trepado sobre la muralla.
—¡Corramos a refugiarnos a la
caverna! —gritó el germano.
Los sitiados hicieron una última
descarga, y luego se replegaron hacia la gruta, internándose en el túnel de la
misma.
Algunos de los negros,
ensoberbecidos por la victoria, trataron de seguirlos, pero cayeron muertos en
seguida ante los certeros disparos del germano.
En ese momento se escuchó una voz
estentórea que gritaba:
—¡Escúchenme, hombres blancos!
—¡Es Altarik! —dijo El-Kabir.
—¡Te escuchamos, Altarik! —gritó
el germano con voz tonante.
—Ahora están en mis manos.
163
—No lo creo. Todavía nos quedan
muchas municiones.
—Ya lo verán dentro de poco.
—¿Qué es lo que nos propones?
—La libertad a cambio del polvo
de oro y el dirigible.
—No tendrás ni una cosa ni otra.
—¡Entonces esperaré vuestra
muerte! —dijo Altarik amenazadoramente mientras se alejaba.
—¡Escuchen! —dijo el árabe al
cabo de un rato—. Me parece que están golpeando contra una roca.
—¿Qué estarán por hacer estos
salvajes? —dijo Otto—. Me siento bastante intranquilo.
Repentinamente se escuchó la voz
de Altarik que gritaba:
—¡Fuego!
Casi instantáneamente se sintió
una formidable detonación, y la galería quedó a oscuras.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Otto.
—Han hecho saltar una gran roca,
que al caer cerré la salida de la caverna, de modo que estamos sepultados en
vida —le explicó el inglés sin perder nada de su flema.
—¡Sepultados! —exclamaron sus
compañeros.
—Sí. No podremos salir de aquí, a
menos que recibamos ayuda de afuera renunciando al tesoro y a vuestro
dirigible.
—Al tesoro, pase —dijo el
germano—, pero al dirigible, ¡nunca!
Al cabo de un rato, en que los
prisioneros quedaron silenciosos entregados a sus pensamientos, el germano se
levantó diciendo:
164
—Tenemos que buscar aluna forma
para salir de aquí.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó
Mateo.
—Vamos a tratar de mover la roca
entre todos.
—Examinemos esa roca —dijo el
inglés—. Puede que sea menos grande de lo que creemos.
Todo es posible, y a lo mejor
todavía hay alguna esperanza.
La enorme piedra que tapaba la
salida dejaba algunas pequeñas fisuras, a través de las cuales penetraba un
poco de luz.
Guiados por esa vislumbre,
nuestros amigos se acercaron hasta la salida, observando cuidadosamente el
obstáculo que les cerraba el paso.
—¿Qué dices tú? —preguntó Otto al
inglés, que era el más competente en esas cuestiones.
—Es una roca enorme, que pesa por
lo menos veinte toneladas. Me temo señores, que no podremos hacer nada.
165
20. LA FUGA
—Vamos a explorar la caverna
—dijo el germano al cabo de un rato—. Tenemos aún algunas ramas de arbustos
espinosos que nos permitirán alumbrarnos.
Todos retornaron a la caverna que
contenía el tesoro, en la cual los dieciséis negros, tirados en el suelo,
esperaban resignados la llegada de la muerte.
—¿Alguno de ustedes conoce esta
caverna? —preguntó el inglés.
—Es la primera vez que la vemos
—respondió un esclavo en nombre de todos.
—La exploraremos nosotros —dijo
el inglés.
En el centro de la caverna había
cuatro ramos resinosos ardiendo, que alumbraban el ambiente. El inglés tomó uno
de ellos y se dirigió hacia uno de los ángulos, donde parecía existir otra
galería.
—Aquí sale otro pasaje —dijo—.
Veamos a dónde nos lleva.
—¿No estará cerrado? —preguntó el
griego.
—En seguida lo sabremos.
Alzando la antorcha, el inglés
observó la llama. De inmediato ésta se inclinó hacia la nueva galería.
—¡Existe una corriente de aire!
—exclamó lleno de alegría el inglés—. Eso quiere decir que hay una comunicación
con el exterior.
Todos se introdujeron en la nueva
galería, que era sumamente estrecha, con un largo de aproximadamente doscientos
metros, y que desembocaba en una pequeña caverna circular.
166
Por la parte superior, en un
lugar bastante alto, entraba la luz.
La abertura que se veía en la
parte superior era casi circular, y su diámetro parecía suficiente para
permitir el paso de un hombre. Toda la dificultad residía en llegar hasta esa
altura.
—¡Estamos salvados! —exclamó
Mateo.
—No estemos tan seguros —le
contestó el germano—. Ese agujero está por lo menos a unos seis metros de
altura, y no se cómo vamos a llegar hasta allí.
El inglés, mientras tanto se
había quedado meditando en silencio, hasta que por último exclamó:
—¡Ya encontré la forma en que
saldremos de aquí!
—Explícate —le pidió ansiosamente
el griego.
—Las cestas de nuestros negros
—replicó el cautivo—. Poniéndolas unas sobre otras, llegaremos a formar una
columna de cuatro o cinco metros.
—¿No se caerán?
—Es difícil. Son muy anchas, y
cargadas de polvo de oro, tendrán la estabilidad necesaria.
—¿Qué hora es?
—Son la siete y media.
—Saldremos cuando sean las diez.
—¿Por qué esa espera?
—Para impedir que nos vea la
gente que Altarik debe haber dejado de guardia.
—¿Qué haremos una vez que estemos
libres?
—Entraremos silenciosamente en la
ciudad para apoderarnos del dirigible y volveremos aquí para cargar el tesoro.
167
Todos retrocedieron para
comunicar a los esclavos el afortunado descubrimiento, ordenándoles que
llenaran todas las cestas y las acumularan en la última caverna.
Cuando esta tarea estuvo
concluida, el inglés comenzó a levantar la columna.
Los negros, robustos y ágiles, no
tuvieron el menor inconveniente en construirla, dándole la mayor firmeza
posible.
Cuando terminaron de apilar los
cestos, la columna tenía unos cinco metros de altura, y de allí era posible
salir por la abertura.
—Sube —ordenó el inglés a uno de
los negros más ágiles—. Sal por la abertura y observa si se ven centinelas por
los alrededores.
El negro trepó por la columna con
muchas precauciones, y aunque ésta osciló algunas veces, pudo llegar hasta la
cima, y salir por el agujero. Su ausencia duró cinco minutos.
Al regresar, se aproximó a la
abertura y dijo en voz baja:
—Patrón, hay dos árabes armados
de guardia en la entrada de la galería.
—¿No se ve a nadie más?
—No.
—¿Alcanzaste a ver el dirigible?
—Sí. Está en el mismo sitio.
—¿Puedes llegar hasta el bosque y
traer unas lianas sin que te vean?
—En seguida, patrón —dijo el
negro, y se retiró a cumplir el encargo.
—¿Para qué quieres las lianas?
—preguntó Otto al inglés.
—Facilitará nuestra huida. Por la
columna sólo pueden trepar los negros que son más ágiles. —¿Mataremos a los
centinelas?
—Me parece innecesario.
Descenderemos por el otro lado de la montaña y no se darán cuenta de nuestra
fuga.
168
—¿Cómo haremos para entrar en la
ciudad sin ser vistos?
—Conozco un pasaje que nunca es
vigilado y que nos permitirá llegar hasta la plaza.
—¿Es una galería subterránea?
—Si, y desemboca en el palacio
del Sultán.
En ese momento regresó el negro
con las lianas, uno de cuyos extremos ató a una roca, y el otro lo arrojó por
el agujero.
Trepando por esa soga improvisada
subió primero el inglés, que luego fue seguido por sus compañeros.
El inglés y Otto treparon en
seguida sobre unas rocas para observar los alrededores.
Junto a la roca que Altarik había
hecho caer para encerrar a los prisioneros, montaban guardia dos árabes armados
de fusiles y de lanzas.
A lo lejos, e iluminado por los
rayos de la luna, se alcanzaba a ver al “Germania”.
—Partamos —dijo resueltamente el
inglés—. Cuando tengamos al dirigible en nuestro poder, regresaremos para
cargar el tesoro.
Todos se pusieron en marcha
silenciosamente, procurando no hacer ningún ruido que pudiera llamar la
atención de los guardias.
Al llegar al bosque, el inglés se
volvió hacia los negros diciéndoles:
—Ustedes escóndanse y esperen
aquí nuestro regreso. Si son leales les daremos armas y los dejaremos en
libertad.
Luego de recomendar nuevamente a
los negros que no hicieran el menor ruido que pudiera denotar su presencia, los
aeronautas, acompañados por el prisionero, iniciaron el camino de regreso.
169
Les llevó dos horas para
descender hasta la llanura, pero afortunadamente pudieron hacerlo sin tener
ningún inconveniente.
170
21. LA MUERTE DE ALTARIK
Un silencio profundo reinaba en
los campos, interrumpido únicamente por los débiles chillidos de los pájaros
nocturnos que huían al paso de nuestros amigos.
En la ciudad todos debían dormir,
convencidos de que no tenían nada que temer de parte de los encerrados “Hijos
de la luna”.
El inglés los guió hasta una
especie de terraplén de tierra apisonada que se extendía un poco más allá de
los muros de la ciudad.
Detrás de este terraplén crecían
densos matorrales, entre los cuales comenzó a buscar el inglés, hasta que por
fin descubrió una gruesa tabla, apenas cubierta de tierra.
Ayudado por sus compañeros la
levantó, dejando al descubierto una negra abertura.
—Este es el pasaje —dijo.
—¿Hasta dónde llega? —preguntó
Otto.
—Atraviesa las murallas y gran
parte de la ciudad. Encendiendo unas ramas para que los alumbraran, el inglés
penetró en la galería, seguido por sus compañeros. Ésta era muy húmeda, pero lo
suficiente ancha como para que pasaran tres hombres a la vez. En ella no se
sentía el menor rumor.
Luego de caminar durante casi
media hora recorriendo esa galería, se encontraron con que ésta terminaba
bruscamente. Al buscar una salida, vieron sobre el piso una especie de tapa, de
madera dura, que parecía conducir a un pasaje inferior.
—Ayúdenme —dijo el inglés.
Entre todos levantaron la tapa de
madera, y se encontraron ante una
171
escalera rústica, excavada
directamente en la tierra.
Al recorrerla, fueron a dar a una
pequeña cabaña.
—Estamos detrás del palacio del
Sultán —dijo el inglés.
—¿No habrá alguna guardia?
—preguntó el germano.
—No lo creo, pero voy a
averiguarlo.
Con suma precaución el inglés
abrió la puerta y observó cautelosamente los alrededores.
—No se ve a nadie —dijo.
Salieron sigilosamente, y se
dirigieron a la plaza del mercado, observando al llegar, al “Germania”, que
suavemente flotaba encima de ellos.
Sin embargo sufrieron una aguda
decepción al ver que la escala de cuerdas había sido retirada.
—¿Cómo haremos para advertir a
Heggia? —preguntó el germano.
—Esperen —dijo entonces el
árabe—. Déjenme hacer a mí.
El-Kabir revisó cuidadosamente
los contornos con la mirada, y una vez que estuvo convencido de que no había
nadie por los alrededores, se acercó las dos manos a la boca, y emitió un
silbido extraño, que hubiera podido pasar fácilmente por el canto de un pájaro.
De inmediato un silbido igual les
respondió desde la plataforma del dirigible.
—¡Es Heggia que nos contesta!
—exclamó el árabe lleno de contento.
Una forma humana había aparecido
sobre la barandilla de la plataforma.
—¿Es usted patrón? —preguntó la
voz del fiel criado.
—Sí. Baja la escala —respondió el
árabe.
Los amigos treparon rápidamente,
luego de liberar la soga del ancla. El dirigible comenzó a ascender muy
despacio.
172
—¡Rápido! ¡Arrojen lastre!
—ordenó el germano. Rápidamente fueron arrojadas dos gruesas piedras; luego una
caja llena de regalos, y por último dos cilindros de acero vacíos.
El “Germania”, así alivianado, se
elevó rápidamente hasta los quinientos metros de altura, y empujado por una
brisa favorable comenzó a aproximarse a la montaña del tesoro.
Cuando todo estuvo en marcha, el
germano preguntó a Heggia cómo había hecho para librarse de caer en manos del
Sultán o de Altarik.
—De manera muy fácil —contestó
éste—. Cuando vi entrar la caravana comprendí que era la de Altarik, de manera
que subí a la plataforma y levanté la escala. Casi en seguida éste se acercó y
me gritó que le entregara el dirigible, pero yo le contesté que cortaría la
soga del ancla e incendiaría la ciudad. Para hacerle comprender la verdad de
mis afirmaciones, arrojé una bomba sobre un grupo de cabañas deshabitadas.
“El efecto fue extraordinario
—continuó el negro—. Se produjo una fuga general, y una hora más tarde el
Sultán mandaba a uno de sus ministros para pedirme que no destruyera la ciudad,
comprometiéndose por su parte a no acercarse al “Germania”. Y hasta ahora lo
han cumplido.”
A todo esto el dirigible había
llegado hasta la cima de la montaña, y cuando el germano abrió las válvulas de
gas de los globos centrales, comenzó a descender lentamente.
Los europeos buscaron en vano a
los dos hombres que Altarik había dejado de guardia a la entrada de la caverna.
—¿Habrán huido? —preguntó Mateo.
—No lo creo —contestó el árabe—.
Es más fácil que estén escondidos entre las piedras.
En ese momento se sintieron dos
disparos: una bala perforó el turbante de El-Kabir, y la otro pasó silbando
junto a las orejas de Heggia.
Mateo, el inglés y Otto hicieron
fuego simultáneamente. Uno de los árabes cayó, el otro, en cambio, salió
corriendo hacia el bosque.
173
El-Kabir le disparó un tiro, pero
sin dar en el blanco.
—Dejémoslo ir —dijo el inglés—.
Cuando Altarik llegue hasta aquí, nosotros habremos terminado de cargar el
tesoro y de completar la carga de gas del dirigible.
Arrojaron el ancla, que
rápidamente se afirmó entre unas rocas; luego lanzaron la escala.
Descendieron, y en seguida
comenzaron a tirar de la soga del “Germania” hasta que su plataforma se asentó
en el suelo. De inmediato cargaron sobre éstas unas piedras, cuyo peso mantuvo
fijo al dirigible.
—Usted vaya a buscar a los negros
—ordenó el inglés al árabe—. Los haremos penetrar en la caverna y sacar los
cestos por la galería.
—Pero la entrada está cerrada
—observó éste.
—La haremos volar fácilmente con
una de las bombas —contestó el germano.
Otto y el inglés comenzaron en
seguida a examinar la piedra que Altarik había hecho caer para tapar la salida
de la cueva, y una vez encontrado el lugar adecuado, colocaron dentro una de
las granadas.
Accionada la espoleta, corrieron
rápidamente para refugiarse detrás de unas piedras, esperando la explosión. Un
minuto después un violento estallido sacudió la montaña, y centenares de trozos
de roca volaron por el aire, cayendo luego al suelo con un estrépito
ensordecedor.
La roca había saltado en pedazos,
y la entrada a la caverna estaba despejada.
—Tú, Mateo, permanecerás aquí con
Heggia, preparando los cilindros de gas —ordenó el germano—, mientras nosotros
vamos al encuentro de los negros.
Rápidamente los fieles negros
comenzaron su trabajo, y al cabo de un cuarto de hora todas las cestas estaban
sobre la plataforma del dirigible.
—Apúrense —decía el inglés—.
Dentro de poco tendremos que luchar contra las tropas del Sultán y de Altarik
174
—¡Ya vienen! —exclamó en ese
momento el griego que estaba vigilando.
En efecto, sobre la llanura se
veía avanzar una larga columna.
—Primero dejemos ir a estos
pobres negros —dijo el germano—. Si llegan a caer en manos del Sultán, éste los
hará matar.
Otto tomó entonces un cajón lleno
de baratijas muy apreciadas por los negros, y se las dio. Les facilitó asimismo
algunas carabinas con abundantes municiones, y hachas y cuchillos en cantidad
suficiente como para defenderse en caso de ser atacados.
—Ahora huyan y póngase a salvo
—les dijo.
Los negros, llenos de
agradecimiento le besaron las manos y luego desaparecieron rápidamente en el
bosque.
—Hay que inflar rápido los globos
—dijo el inglés—. Los guerreros del Sultán avanzan con una rapidez prodigiosa.
—Ustedes vayan a emboscarse para
demorar su llegada —ordenó el germano—. Mientras tanto yo y Heggia terminaremos
de preparar el dirigible.
El inglés, el griego y el árabe
tomaron sus armas, y fueron a emboscarse sobre la ladera de la montaña. Los
negros de Kilemba avanzaban a la carrera, precedidos por los árabes y los
zanzibareses de Altarik. Habían visto al “Germania” y trataban de capturarlo
antes de que pudiera levantar vuelo.
Eran más de trescientos hombres,
armados unos con fusiles; y otros con lanzas y flechas. Al llegar a la base de
la montaña se dividieron en dos columnas que avanzaron en forma paralela.
Los aeronautas los dejaron
acercar hasta unos ciento cincuenta metros y desde esa distancia hicieron
fuego, matando a tres de los atacantes.
Los negros, asustados, empezaron
a retroceder, pero los guerreros de Altarik, mucho más valientes, los
detuvieron, impidiendo así una huida general.
175
Los aeronautas, impotentes para
hacer frente a un enemigo tan numeroso, retrocedieron hasta un lugar más alto,
y desde allí hicieron una segunda descarga.
En ese momento se sintió la voz
apremiante de Heggia que decía:
—¡Vengan! ¡El dirigible está
listo!
Mateo, El-Kabir y el inglés
corrieron hacia el “Germania”, subiendo rápidamente a la plataforma, mientras
Heggia arrojaba el lastre.
Entonces soltaron el ancla, y el
dirigible comenzó a ascender rápidamente.
En ese momento un árabe
gigantesco llegó hasta el lugar donde había estado el dirigible y comenzó a
gritar ferozmente:
—¡Ladrones! ¡Desciendan!
—¡Es Altarik! —exclamó El-Kabir
con rabia—. ¡Toma! Resonó un tiro, y el árabe cayó lanzando una fuerte gemido.
—¡Me he vengado! —exclamó
El-Kabir, agitando su fusil aún humeante.
Algunas descargas partieron desde
los matorrales, pero las balas no podían llegar hasta el “Germania”, que se
elevaba con creciente velocidad.
Los negros, no obstante no se
descorazonaron, y treparon a la cima de la montaña para continuar su ataque.
—¡Tomen para ustedes! —exclamó
Otto, tirándoles una granada. El proyectil cayó en medio de los asaltantes,
haciendo estragos entre ellos.
Los sobrevivientes, espantados,
huyeron en todas direcciones.
Mientras tanto el “Germania”
iniciaba airosamente su viaje de regreso; pasó lentamente sobre la ciudad de
Kilamba, y luego enfiló resueltamente rumbo a Zanzíbar.
EPILOGO
El viaje de regreso sin mayores
inconvenientes.
Hicieron una primera etapa en
Makovir, sobre la margen occidental del lago Tanganyka, donde existe una misión
inglesa.
La travesía del Ukonongo
Solamente en el Ugongo, belicosas, que seguían el capturarlo.
y del Ugongo se efectuó con
felicidad. tuvieron algunas escaramuzas con tribus trayecto del dirigible con
la esperanza de
Quince días después el
“Germania”, casi exhausto, llegó por fin a Bagamoyo entre los ¡hurra! de la
población de origen germano.
Luego de descansar algunos días,
durante los cuales desarmaron el dirigible, los aeronautas se embarcaron para
Zanzíbar, donde se repartieron el tesoro encontrado en la caverna.
Al efectuar el reparto no se
olvidaron de Heggia, entregando al fiel esclavo una parte suficiente como para
comprarse una pequeña granja.
Ahora el germano, con Mateo y el
inglés, están estudiando la posibilidad de efectuar la travesía del África con
el “Germania”.
177
Emilio
Salgari
Emilio
Carlo Giuseppe Maria Salgarin 1 (Verona, 21 de agosto de 1862-Turín, 25 de
abril de 1911) fue un escritor, marino y periodista italiano. Escribió
principalmente novelas de aventuras ambientadas en los más variados lugares
—como Malasia, el Océano Pacífico, el mar de las Antillas, la selva india, el
desierto y la selva de África, el oeste de Estados Unidos, las selvas de
Australia e incluso los mares árticos—. Creó personajes, tal vez el más
conocido de ellos sea el pirata Sandokán, que alimentaron la imaginación de
millones de lectores. En los países de habla
hispana
su obra fue particularmente popular, por lo menos hasta las décadas de 1970 y
1980.
Emilio
Salgari nació en el seno de una familia de pequeños comerciantes, hijo de
Luigia Gradara y Luigi Salgari. En 1878 comenzó sus estudios en el Real
Instituto Técnico Naval «Paolo Sarpi», en Venecia, pero no llegó a obtener el
título de capitán de gran cabotaje. Su experiencia como marino parece haberse
limitado a unos pocos viajes de aprendizaje en un navío escuela y un viaje
posterior, probablemente como pasajero, en el barco mercante Italia Una, que
navegó durante tres meses por el Mar Adriático, hasta atracar en el puerto de
Brindisi. No hay evidencia alguna de que realizase más viajes, aunque el propio
autor así lo afirma en su autobiografía, declarando que muchos de sus
personajes están basados en personas reales que conoció en su vida como marino.
Salgari se daba a sí mismo el título de «capitán» e incluso firmó con él
algunas de sus obras.

