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Libro N° 12903. El Testamento De Un Excéntrico. Verne, Julio.

Guillermo Molina Miranda marzo 17, 2026

 


© Libro N° 12903. El Testamento De Un Excéntrico. Verne, Julio. Emancipación. Agosto 24 de 2024

 

Título original: © El Testamento De Un Excéntrico. Julio Verne

 

Versión Original: ©  El Testamento De Un Excéntrico. Julio Verne

 

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EL TESTAMENTO DE UN EXCÉNTRICO

Julio Verne

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Testamento De Un Excéntrico

Julio Verne

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

textos.info

 

Biblioteca digital abierta

 

 

Texto núm. 2510

 

 

Título: El Testamento de un Excéntrico

Autor: Julio Verne

Etiquetas: Novela

 

 

 

Editor: Edu Robsy

Fecha de creación : 14 de marzo de 2017

 

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España

 

 

 

 

 

 

Volumen I

 

 

 

 

 

 

 

I. Una ciudad en plena alegría

 

Un extranjero llegado a la ciudad más importante de Illinois en la mañana del día 3 de abril de 1897 hubiera podido, con perfecta razón, considerarse como un favorito del dios de los viajeros. Su agenda se hubiera enriquecido dicho día con notas curiosas, propias para hilvanar artículos sensacionales. Y, de haber prolongado su estancia en Chicago durante algunos meses, hubiera tomado parte en las emociones, la agitación, las alternativas de esperanza y desfallecimiento, la fiebre, en suma, de aquella gran ciudad, que parecía haber perdido el juicio.

 

Desde las ocho de la mañana, una enorme multitud, siempre en aumento, se dirigía hacia el Barrio Veintidós. Es éste uno de los más ricos, y está situado entre la Avenida Norte y la División Street, siguiendo la dirección de los paralelos, y, siguiendo la dirección de los meridianos, entre North Halstedt y Lake Shore Drive, que bañan las aguas del Michigan. Es sabido que las ciudades modernas de los Estados Unidos orientan sus calles en relación con las longitudes y latitudes, dándoles la regularidad de líneas de un tablero de damas.

 

Un agente de la policía municipal, que se hallaba de guardia en la esquina de Beethoven Street y North Wells Street, murmuraba:

 

—¿Es que toda la ciudad va a invadir este barrio? Era este agente un individuo de alta estatura, de origen irlandés, como la mayor parte de sus compañeros, valerosos guardias que gastan la casi totalidad de un sueldo de mil dólares en combatir la inextinguible sed, tan natural a los nacidos en la verde Erín.

 

—¡Hoy será día de provecho para los rateros! —respondió uno de sus compañeros, no menos robusto que el primero, ni menos sediento e irlandés.

 

—Sí —afirmó el otro—; es conveniente que cada cual vigile su bolsillo si no quiere encontrarlo vacío al llegar a casa, pues nosotros no nos bastaremos para ello.

 

 

 

 

 

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—Hoy —continuó el segundo— tendremos bastante trabajo con sólo ofrecer el brazo a las señoras para ayudarlas a cruzar la calle.

 

—Apostaría a que habrá un centenar de accidentes —añadió su compañero.

 

En América, afortunadamente, hay la buena costumbre de protegerse uno a sí mismo, sin esperar de la autoridad auxilios que es incapaz de dar.

 

Y, sin embargo, ¡qué tumulto amenazaba al Barrio Veintidós si solamente la mitad de la población de Chicago se trasladaba a él!

 

La metrópoli no contaba entonces menos de un millón setecientos mil habitantes, cuya quinta parte había nacido en los Estados Unidos, quinientos mil eran alemanes y otros tantos irlandeses. El resto se componía de ingleses y escoceses en número de cincuenta mil, cuarenta mil canadienses, cien mil escandinavos, bohemios y polacos en igual proporción, amén de quince mil indios y diez mil franceses.

 

Por lo demás, la ciudad, según ha hecho observar Elíseo Reclus, no ocupa aún todo el territorio municipal que los legisladores le han asignado sobre la ribera del Michigan, o sea, una superficie de cuatrocientos setenta y un kilómetros cuadrados, superficie casi igual a la del departamento del Sena. La población debe, pues, crecer bastante para poblar la totalidad de estas cuarenta y siete mil hectáreas.

 

Lo cierto es que aquel día los curiosos afluían de las tres secciones que el río Chicago forma con sus dos ramas del Noroeste y del Sudoeste, lo mismo del North Side que del South Side, considerados, por algunos viajeros, el primero como el barrio de Saint-Germain y el segundo como el de Saint-Honoré de la gran ciudad de Illinois. Tampoco faltaba gente procedente de la parte occidental del ángulo formado por los dos brazos del río, ni los residentes en las miserables moradas de los alrededores de Madison Street y Clark Street, en su mayoría bohemios, polacos, italianos y chinos.

 

 

 

Aquella multitud dirigíase, pues, tumultuosamente hacia el Barrio Veintidós, y las ochenta calles que a él conducen eran insuficientes para encauzar a semejante muchedumbre.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Había personas de todas las clases sociales: funcionarios de Correos y del Federal Building; magistrados de Court House; consejeros municipales de City Hall; personal de ese inmenso parador público del «Auditorium», cuyas habitaciones se cuentan por millares; dependientes de almacenes y bazares, como los de «Marshall Field», «Lehmann» y «W. Kimball»; obreros de las fábricas de mantequilla, de excelente calidad a diez centavos la libra; trabajadores de los talleres del célebre constructor Pullmann, llegados desde su lejano barrio del Sur; empleados de la importante casa «Montgomery Ward y Cía»; tres mil obreros de «MacCormick»; los de los altos hornos, donde se fábrica el acero Bessemer; los de las fábricas de «MacGregor Adams», que trabajan el níquel, el estaño, el cinc, el cobre y refinan el oro y la plata; los de las fábricas de calzado, cuyas máquinas están tan perfeccionadas que en minuto y medio pueden confeccionar una botina; y también los mil ochocientos trabajadores de la casa Elgin, que entregan al comercio dos mil relojes por día.

 

 

 

Añádase a esta larga relación el personal ocupado en los silos de Chicago, que es el primer mercado del mundo para los negocios de cereales; y preciso es añadir también los agentes afectos a los ferrocarriles, que, por veintisiete vías diferentes y con más de mil trescientos trenes, dejan diariamente en la ciudad setenta y cinco mil viajeros, y los de los coches de vapor o eléctricos, vehículos funiculares y otros, que transportan dos millones de personas, y, en fin, la población marinera del vasto puerto, cuyo movimiento comercial ocupa diariamente unos sesenta navíos.

 

Sería preciso estar ciego para no advertir entre la multitud a los directores, redactores y revisteros de los quinientos periódicos diarios o semanales de la Prensa de Chicago, y preciso fuera estar sordo para no oír los gritos de los bolsistas, bulls o alcistas y bears o bajistas, como si estuvieran anunciando en la Cámara de Comercio o en Wheat Pitt la cotización del trigo. Y en torno de esta muchedumbre se agitaba el personal de los Bancos nacionales o estatales: «Corn Exchange», «Calumet», «Mer chants -Loane Trust and Co.», «Fort Dearbom», «Oakland», «Prairie-State», «American Trust and Savings», «Guarantee of North America», «Dime Savings», «Northern Trust Co.», etc.

 

¿Y cómo olvidar en aquella manifestación pública a los alumnos de los colegios y universidades, Northwestern University, Union College of Law, Chicago School, y tantos otros, y a los artistas de los veintitrés teatros y

 

 

 

 

 

 

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casinos de la ciudad, tanto los del Grand Opera House como los del «Jacob’s Clark Street Theater», los del Auditorium y del Liceo, y al personal de las veintinueve fondas principales, y a los mozos y criados de los restaurantes, bastante espaciosos para recibir veinticinco mil comensales por hora, ni olvidar, en fin, a los tablajeros de «Great Union Stock Yard», que por cuenta de las casas Armour, Swift, Nelson, Morris y tantos otros, sacrifican millones de vacas y cerdos a dos dólares por cabeza? ¿Quién se asombrará, pues, de que la Reina del Oeste ocupe el segundo lugar, después de Nueva York, entre las ciudades industriales y comerciales de los Estados Unidos, puesto que sus negocios alcanzan la cifra anual de treinta milliards?

 

Sabido es que en Chicago, al igual que en las grandes ciudades americanas, se goza de una libertad tan absoluta como democrática. Allí la descentralización es completa, y, si es permitido el juego de palabras, podemos preguntar: ¿qué movía aquel día a la población de Chicago a centralizarse en torno de La Salle Street?

 

¿Era acaso hacia City Hall adónde la población se dirigía tumultuosamente? ¿La impulsaban ansias de especulación acerca de algunas favorables adjudicaciones de terreno? ¿Se trataba de una de esas luchas electorales que apasionan a la multitud, de un mitin donde contenderían los republicanos conservadores y los demócratas liberales? ¿Se trataba de inaugurar una nueva Exposición Universal y recomenzar, a la sombra del Lincoln Park, las solemnes ceremonias de 1893?

 

No. Se preparaba un acto de distinto género, cuyo carácter hubiera sido profundamente triste si sus organizadores no hubiesen tenido que conformarse a la voluntad del personaje que la disponía, realizándola en medio de la alegría universal.

 

La Salle Street estaba en aquel momento completamente despejada, gracias a los agentes apostados en gran número en sus dos extremos. El cortejo que se disponía a recorrerla podría, pues, extender sin obstáculos sus olas procesionales.

 

Aunque La Salle Street no es buscada por los americanos ricos, como lo son las avenidas de La Prairie, del Calumet y de Michigan, donde se construyen opulentas moradas, es, no obstante, una de las calles más frecuentadas de la ciudad. Lleva el nombre de un francés, Robert Cavelier de La Salle, que en 1679 exploró la región de los Lagos.

 

 

 

 

 

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El espectador que hubiera podido franquear la doble barrera formada por los agentes habría visto, hacia el centro de La Salle Street y en el ángulo de Goethe Street, una carroza tirada por seis caballos, parada ante una casa de magnífica apariencia. Delante de la carroza y tras ella, un cortejo, en buen orden, no esperaba más que la señal para ponerse en marcha.

 

La primera mitad de este cortejo estaba compuesta de varias compañías de la milicia, vestidas de gala, a las órdenes de sus oficiales, de una orquesta de cien profesores, y un coro de orfeonistas en igual número, que debía mezclar sus cantos a la orquesta.

 

La carroza estaba cubierta de tela roja, bordada en oro, y en ella, formadas de diamantes, se leían las letras W. J. H. Veíanse en gran profusión ramos y brazadas de flores, que hubieran sido raras en cualquier otra parte que no fuese una población generalmente llamada Ciudad Jardín. De lo alto del vehículo, digno de figurar en una fiesta nacional, pendían hasta el suelo algunas guirnaldas, que sostenían seis personas, tres a la derecha y tres a la izquierda.

 

Algunos pasos más atrás veíase un grupo formado por unos veinte personajes, entre ellos James T. Davidson, Gordon S. Allen, Harry B. Andrews, John I. Dickinson, Thomas R. Carlisle, etc., del Excentric Club de Mohawk Street, del que era presidente Georges B. Higginbotham, por los miembros de los círculos del Calumet de Michigan Avenue, de Hyde Park de Washington Avenue, de Columbus de Monroe Street, de la Union League de Custom House Place, del Irish American de Dearbom Street y de los otros catorce clubs de la ciudad.

 

Sabido es que en Chicago radica el cuartel general de la división del Missouri y la residencia habitual del comandante, y claro es que este comandante, el general James Morris, su estado mayor y la oficialidad de sus oficinas, instaladas en Pullman Building, formaban parte del grupo mencionado. Además, estaban allí el gobernador, John Hamilton, el alcalde y sus adjuntos, los miembros del Consejo municipal, los comisarios administradores del condado, llegados expresamente de Springfield, capital oficial de Illinois, donde están establecidos los distintos servicios, y también los magistrados del Federal Court, que, al contrario de tantos otros funcionarios, no son nombrados por sufragio, sino por el Presidente de la Unión.

 

 

 

 

 

 

 

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Al final del cortejo se codeaban multitud de negociantes, industriales, ingenieros, profesores, abogados, agentes, médicos, dentistas, jueces, procuradores y magistrados.

 

Con objeto de proteger este grupo final contra la invasión de la multitud, el general James Morris había colocado fuertes destacamentos de caballería, con el sable desenvainado, y cuyos estandartes flotaban a impulsos de una suave brisa.

 

La extensa descripción de todos los cuerpos civiles o militares, de todas las sociedades o corporaciones que tomaban parte en aquella extraordinaria ceremonia debe completarse con un detalle muy significativo: los asistentes, sin exceptuar uno solo, llevaban una flor en el ojal, una gardenia que les había sido ofrecida por el mayordomo vestido de negro, apostado en la escalera del hotel.

 

Este hotel había tomado aire de fiesta. Sus bombillas eléctricas resplandecían, luchando con los vivos rayos del sol de abril. Sus ventanas, abiertas de par en par, lucían colgaduras multicolores. Los criados, con librea de gala, se escalonaban en los peldaños de mármol de la escalera de honor. Los salones habían sido dispuestos para una reunión solemne. Los comedores estaban llenos de mesas, sobre las que brillaban los fruteros de plata maciza, la maravillosa vajilla de los millonarios de Chicago y las copas de cristal llenas de vinos exquisitos y de champaña de las mejores marcas.

 

 

 

En el reloj de City Hall dieron las nueve. Algunas charangas sonaron en la extremidad de La Salle Street. Tres hurras, lanzados unánimemente, llenaron el espacio. A una señal del superintendente de policía, el cortejo se puso en marcha con banderas desplegadas.

 

En primer lugar, de los formidables instrumentos de orquesta se escaparon los compases de la Columbus March, del profesor John K. Paine, de Cambridge. Con lentitud y orden efectuóse el desfile, subiendo por La Salle Street. Casi en seguida la carroza se puso en marcha al paso de seis caballos, lujosamente empenachados. Las guirnaldas de flores se tendieron en las manos de los seis privilegiados, cuya elección parecía deberse a los fantásticos caprichos del azar.

 

Después, los clubs, las autoridades militares, civiles y municipales, y las masas que seguían a los destacamentos de caballería avanzaron en orden

 

 

 

 

 

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perfecto.

 

Inútil es decir que las puertas, ventanas, balcones y hasta los tejados de La Salle Street estaban llenos de espectadores de toda edad, de los que la mayor parte ocupaba su sitio desde la víspera.

 

Cuando las primeras filas del cortejo llegaron al extremo de la calle, torcieron un poco hacia la izquierda para tomar la avenida que conduce a Lincoln Park. ¡Qué inverosímil hormigueo de gente sobre los doscientos cincuenta acres de aquel admirable cercado, bañado al Este por las temblorosas aguas del Michigan, con sus alamedas sombrías, sus bosques, su césped, su lago Winston, sus monumentos erigidos en memoria de Grant y de Lincoln, y su departamento zoológico, donde las fieras rugían y los monos brincaban, como si quisieran ponerse al unísono con la popular agitación! Como el parque suele estar desierto durante los días laborables, un extranjero hubiera podido preguntarse si aquel día era domingo… ¡No! Era un viernes, el triste y fastidioso viernes, en que aquel año caía el día 3 de abril.

 

Pero esto no preocupaba a los curiosos, que cambiaban sus impresiones al paso del cortejo, del que sin duda sentían no formar parte.

 

—Ciertamente —decía uno—, esto es tan hermoso como la ceremonia inaugural de nuestra Exposición.

 

—Es verdad —respondía otro—, y vale tanto como el desfile del veinticuatro de octubre en Midway Plaisance.

 

—Y los seis que marchan junto a la carroza… —exclamó un marinero.

 

—Ésos volverán con la bolsa llena —añadió un obrero de la fábrica Cormick.

 

—He ahí gente que ganará buenos lotes —murmuraba un corpulento cervecero, que sudaba cerveza por todos sus poros—. Mil pesos de oro daría por estar en su pellejo.

 

—Y no perdería usted nada —replicaba un vigoroso leñador de los Stock Yards.

 

—Un día que les reportará grandes beneficios —se repetía en torno.

 

 

 

 

 

 

 

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—Sí… Su fortuna está hecha…

 

—¡Y qué fortuna!

 

—Diez millones de dólares a cada uno.

 

—Veinte, querrá usted decir…

 

—¡Más cerca de los cincuenta que de los veinte!

 

En el terreno a que se habían lanzado aquellas buenas gentes hubieran llegado al milliard, palabra que, por otra parte, es pronunciada frecuentemente en los Estados Unidos. Pero debemos advertir que todos aquellos dichos no descansaban sólo en simples hipótesis.

 

Ahora bien: ¿iba acaso el cortejo a dar la vuelta a la ciudad? Si su propósito era éste, no sería suficiente el día entero para que fuera realizado.

 

 

 

Fuere lo que fuere, siempre con las mismas demostraciones de alegría, siempre entre los compases de la orquesta y los cantos de los orfeonistas, que acababan de entonar el To the Son of Art entre los vítores y los hurras de la multitud, la larga e interrumpida columna llegó a la entrada de Lincoln Park, a la que se une Fullerton Avenue. Tomó entonces por la izquierda y caminó en dirección Oeste, durante unas dos millas, hasta el brazo septentrional del río Chicago.

 

Franqueado el puente, el cortejo siguió por Brand Street, esa magnífica arteria que lleva el nombre de bulevar Humboldt en un recorrido de once millas, y volviendo al Sur después de haber ido hacia el Oeste. Siguió esta dirección en el ángulo de Logan Square, cuando los agentes, no sin trabajo, abrieron paso entre la quíntuple hilera de curiosos.

 

Desde este punto, la carroza rodó hasta Palmer Square y se detuvo ante el parque, que lleva igualmente el nombre del ilustre sabio prusiano.

 

Era mediodía. En Humboldt Park se hizo una parada de treinta minutos, muy justificada, pues el paseo debía ser aún largo. La multitud se extendió sobre aquellos verdes terrenos, cuya superficie excede de 200 acres.

 

Detenida la carroza, orquesta y cantantes atacaron el Star Spangled Banner, que fue tan aplaudido como lo hubiera sido en el Casino.

 

 

 

 

 

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A las dos de la tarde llegóse al Garfield Park, el punto más al Oeste que el programa marcaba. Como puede observarse, en la gran ciudad de Illinois no faltaban los parques. Podríamos enumerar por lo menos quince de importancia; el de Jackson no mide menos de 586 acres, y en total cubren 2000 acres de sotos, matorrales y bosques.

 

Cuando fue rebasado el ángulo que forma el bulevar Douglas al doblar hacia el Este, el desfile tomó esta dirección a fin de alcanzar Douglas Park, y desde allí, por el South West, franqueó la rama meridional del río Chicago, y después el canal de Michigan. Sólo fue preciso descender al Sur, a lo largo de Western Avenue, en una extensión de tres millas, para encontrar Gage Park.

 

Eran entonces las tres, y se hizo una nueva parada antes de volver hacia los barrios del este de la ciudad.

 

Esta vez la orquesta hizo furor, tocando con extraordinario brío las más arrolladoras piezas del repertorio de los Lecocq, los Varney, los Audran y los Offenbach. Parece increíble que aquella gente no rompiese a bailar bajo la acción de aquella música; en Francia nadie hubiera resistido.

 

El tiempo era magnífico, aunque fresco. En los primeros días de abril el período invernal no ha terminado en Illinois, y la navegación del lago Michigan y del río Chicago está generalmente interrumpida desde principios de diciembre a fines de marzo.

 

Pero, aunque la temperatura fuera aún fría, la atmósfera estaba despejada, y el sol, en un cielo sin nubes, derramaba tan vividos resplandores cual si también estuviera de fiesta, como dicen los revisteros de la prensa oficiosa, y todo parecía presentarse magníficamente hasta la noche.

 

 

 

La multitud no disminuía. A los curiosos de los barrios del norte sustituían los de los barrios del sur, que valían tanto como aquéllos por las muestras de animación, por el entusiasmo y los hurras que lanzaban al paso del cortejo.

 

En lo que se refiere a los diversos grupos, el cortejo se conservaba tal como el principio ante el hotel de La Salle Street, y prometía continuar de igual forma hasta el final de su largo itinerario.

 

 

 

 

 

 

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Al salir de Gage Park, la carroza volvió directamente hacia el Este por el bulevar Garfield.

 

En la extremidad de este bulevar se despliega con toda su magnificencia Washington Park, que abarca una extensión de 370 acres.

 

La multitud se agolpaba como lo hiciera, años atrás, cuando la gran Exposición organizada en su vecindad. A las cuatro el cortejo hizo una parada de media hora, durante la cual los orfeonistas ejecutaron Alabemos a Dios, de Beethoven, obteniendo nutridos aplausos de innumerable auditorio.

 

Después continuó el paso bajo la sombra del parque, hasta la parte que, con Midway Plaisance, comprende el conjunto de la Exposición Universal, en el vasto espacio de Jackson Park, sobre el mismo litoral del lago Michigan.

 

¿Dirigíase la carroza hacia aquel célebre lugar? ¿Tratábase, acaso, de una ceremonia de celebración anual, cuya memoria no olvidaba ningún habitante de la ciudad?

 

No… Después de haber dado la vuelta a Washington Park Club por Cottage Grove Avenue, las primeras filas de la milicia se detuvieron ante un parque que los ferrocarriles rodean con sus múltiples vías en aquel barrio populoso.

 

El cortejo se detuvo, y antes de que se internara bajo la sombra de las magníficas encinas, los instrumentistas interpretaron uno de los más arrebatadores valses de Strauss.

 

¿Pertenecía este parque a un casino, y un inmenso vestíbulo aguardaba a aquella multitud concentrada para asistir a algún festival nocturno y carnavalesco?

 

Las puertas acababan de abrirse de par en par y sólo a costa de grandes esfuerzos conseguían los agentes contener a la multitud, más numerosa en aquel sitio, más animada y más desbordante. Aquella vez, a diferencia de las otras, el gentío no había invadido el parque, protegido por varios destacamentos de la milicia, y la carroza penetró en aquel recinto, final de un recorrido de cerca de quince millas a través de la inmensa ciudad.

 

 

 

 

 

 

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Este lugar no era realmente un parque: era el Oakswoods Cemetery, el mayor de los once cementerios de Chicago. Y aquella carroza era una carroza funeraria que transportaba a su última morada los restos mortales de William J. Hypperbone, uno de los miembros del Excentric Club.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II. William J. Hypperbone

 

El hecho de que los señores James T. Davidson, Gordon S. Allen, Harry B. Andrews, John I. Dickinson, Georges B. Higginbotham y Thomas R. Carlisle hayan sido citados entre los personajes que iban tras la carroza fúnebre, no hay que deducir que fuesen los miembros más conocidos del Excentric Club.

 

En realidad, lo que de más excéntrico había en su manera de vivir en este mundo, era pertenecer al citado club de Mohawk Street.

 

Tal vez estos hijos de Jonatán, enriquecidos en los múltiples y fructíferos negocios de terrenos, salazones, petróleo, ferrocarriles, minas, cría de ganado y tala de bosques, habían abrigado el propósito de separar a sus compatriotas de los cincuenta Estados de la Unión, y ello por extravagancias ultraamericanas. Pero su vida pública y privada nada ofrecía que pudiera llamar la atención de la gente. Los mayores contribuyentes, de gran fortuna, eran irnos cincuenta; sin relaciones continuas con la sociedad de Chicago, muy asiduos a sus salones de lectura y de juego, para leer en los primeros gran número de periódicos y revistas, y para jugar en los segundos. A menudo, comentando hechos de su vida, de lo que habían hecho en el pasado o de lo que hacían en el presente, exclamaban:

 

 

 

—En verdad no puede llamársenos excéntricos.

 

Sin embargo, uno de los miembros de este círculo parecía demostrar más disposición para la originalidad que sus colegas. Aunque todavía no se había distinguido en la realización de excentricidades, contábase con que en el porvenir acabaría por justificar el nombre prematuramente ostentado por el célebre club.

 

Pero, desgraciadamente, William J. Hypperbone acababa de morir. Cierto es que lo que en vida no había realizado, acababa de hacerlo en cierto modo después de su muerte, puesto que, por su expresa voluntad, sus funerales se celebraban aquel día en medio de la general alegría.

 

 

 

 

 

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En la época en que su existencia había bruscamente terminado, William J. Hypperbone no había pasado aún los cincuenta años. A esta edad era un buen tipo, alto, ancho de espaldas, de tórax fuerte y complexión recia, y con elegante y noble porte. Tenía los cabellos castaños, cortados al rape; la barba en forma de abanico, suave y con algunos hilos de plata; los ojos, de un azul oscuro, mostraban sus pupilas ardientes bajo espesas cejas; la boca, donde no faltaba un diente, era de apretados labios, cuyas comisuras se levantaban ligeramente Todos aquellos rasgos revelaban un temperamento inclinado a la burla y hasta al desdén.

 

Este soberbio tipo de americano del Norte gozaba de una salud de hierro. Jamás un médico le había tomado el pulso, examinado la lengua, reconocido la garganta, auscultado el pecho, escuchado los latidos del corazón ni tomado con el termómetro la temperatura del cuerpo. Y, sin embargo, los médicos abundan en Chicago, así como los dentistas, todos de gran habilidad en su profesión. Pero jamás existió motivo alguno para que la ejercieran en la persona de William J. Hypperbone.

 

Hubiera podido afirmarse, pues, que ninguna máquina —aunque tuviese la fuerza de cien doctores— sería capaz de sacarle de este mundo para trasladarle al otro; y, no obstante, había muerto sin la ayuda de la Facultad, y la carroza fúnebre que conducía sus restos deteníase ahora ante la puerta de Oakswoods Cemetery.

 

Para completar el retrato físico del personaje con el retrato moral, conviene añadir que William J. Hypperbone era de temperamento muy frío, contaba con lo positivo y nunca perdía el dominio de sí mismo. Hallaba que la vida tiene algo de bueno porque era filósofo, y la filosofía puede practicarse fácilmente cuando una gran fortuna y la carencia de preocupaciones sobre la salud y la familia permiten unir la benevolencia a la generosidad.

 

Así, pues, ¿era lógico esperar algún acto de excentricidad de naturaleza tan práctica y tan equilibrada? ¿Había en el pasado de este americano algún hecho que así pudiera hacerlo creer?

 

Sí; había uno, en efecto.

 

A la edad de cuarenta años, William J. Hypperbone había pensado en casarse legítimamente con una centenaria del Nuevo Continente, el nacimiento de la cual databa de 1781, el mismo día en que la capitulación

 

 

 

 

 

 

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de Lord Comwallis obligó a Inglaterra a reconocer la independencia de los Estados Unidos. Pero William J. Hypperbone no tuvo tiempo de realizar sus propósitos, ya que, cuando iba a pedir su mano, la digna Miss Antonia Burgoyne murió de un acceso de tosferina infantil. Sin embargo, fiel a la memoria de la venerable señorita, permaneció soltero, y esto bien puede pasar por tina excentricidad.

 

Desde entonces nada podía turbar su vida, pues no pertenecía a la escuela del gran poeta que ha llegado hasta a decir en versos magníficos: Oh muerte, diosa sombría, donde todo entra y se esfuma,

 

en tu seno hecho de estrellas toma de nuevo a tus hijos; libéralos del espacio, del tiempo y de la envoltura; devuélveles el reposo que la vida ha interrumpido.

 

En verdad, ¿por qué había de pensar William J. Hypperbone en la diosa sombría? ¿Le habían molestado, acaso, el tiempo, el espacio y la envoltura? ¿No le había sonreído en todo la fortuna? ¿No era el gran favorito de la suerte, que siempre y en toda ocasión le había colmado de favores? A los veinticinco años, dueño ya de cierta fortuna, había sabido decuplicarla, centuplicarla y hacerla mil veces mayor en felices especulaciones, al abrigo de todo contratiempo. Natural de Chicago, no había tenido más que seguir el prodigioso crecimiento de esta ciudad, cuyas 47 000 hectáreas, según afirma un viajero, que valían 2500 dólares en 1823, valen actualmente 8 milliards.

 

Comprando terrenos a bajo precio y en buenas condiciones y revendiéndolos luego a dos mil y tres mil dólares la yarda para construir edificios de veintiocho pisos, añadiendo a ese beneficio lo ganado en negocios de petróleo y ferrocarriles, William J. Hypperbone pudo enriquecerse hasta dejar a su muerte una fortuna enorme. Miss Antonia Burgoyne había hecho ciertamente un mal negocio al no contraer tan beneficioso enlace.

 

Pero, en fin, si no es asombroso que la inexorable muerte hubiese arrebatado a la centenaria, sí lo es que William J. Hypperbone, en la plenitud de su vida, fuera a reunirse con ella en un mundo que él no tenía motivo para creer mejor que éste.

 

Y ahora que él había muerto, ¿quién heredaría los millones del honorable miembro del Excentric Club?

 

 

 

 

 

 

 

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En primer lugar podría preguntarse si este club no sería instituido heredero universal del primero de sus miembros que desde su fundación abandonaba la existencia, lo que tal vez animaría a sus colegas a seguir más tarde este ejemplo.

 

Es preciso notar que William J. Hypperbone vivía en el Círculo de Mohawk Street más que en su hotel de La Salle Street. Allí hacía sus comidas y pernoctaba; allí tenía sus placeres, el más vivo de los cuales era el juego, no el chaquete, ni el trictrac, ni tampoco los naipes, ni el bacará, ni el treinta y cuarenta, ni el lansquenete, ni el póquer, ni aun el pique o el whist

 

,      sino el que él había introducido en su Círculo y que prefería a todos: el juego de la oca, el noble juego de los griegos. Resultaba imposible decir hasta qué punto William J. Hypperbone se apasionaba por él, pasión que había acabado por conquistar a sus colegas. Se emocionaba al saltar de una a otra casilla a capricho de los dados, al cruzar sobre «el puente», al perderse en «el laberinto», al encerrarse en «la prisión», al tropezar con «la calavera», al visitar las casillas «del marino», «del pescador», «del puerto», «del molino», «del león», etc.

 

Obvio es decir que no eran pequeñas las primas a pagar, según las reglas de este juego, por los opulentos personajes del Excentric Club; alcanzaban a miles de dólares, y el afortunado, pese a su riqueza, experimentaba vivísimo placer al embolsarse la fuerte suma. William J. Hypperbone pasaba los días en su Círculo desde hacía diez años, limitándose a dar algún paseo por la orilla del lago Michigan. Sin haber tenido nunca el afán de los americanos de correr mundo, sus viajes se habían limitado a los Estados Unidos. Así, pues, ¿por qué sus colegas, con los que había mantenido estrechas relaciones, no habían de heredarle? ¿No eran los únicos de sus semejantes a los que había estado unido por los lazos de la simpatía y la amistad? ¿No habían ellos participado de su inmoderada pasión por el noble juego de la oca y luchado con él en este terreno donde el azar proporciona tantas sorpresas? ¿Por qué no habría de tener William J. Hypperbone el pensamiento de fundar un premio anual en honor de aquel de sus cofrades que hubiese ganado más partidas desde el primero de enero al 31 de diciembre?

 

Tiempo es de declarar que el difunto no tenía familia, ni heredero directo o colateral, ni pariente alguno en el grado de sucesión. De manera que, si había muerto sin disponer de su fortuna, ésta iría, naturalmente, a la República Federal, que, como cualquier otro Estado monárquico, la

 

 

 

 

 

 

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aceptaría sin hacerse de rogar.

 

Por lo demás, para conocer la última voluntad del difunto bastaba ir a Sheldon Street, número 17, a casa del notario Tombrock, y preguntarle, en primer lugar, si existía un testamento de William J. Hypperbone, y, después, cuáles eran sus cláusulas y condiciones.

 

—Señores —respondió Tombrock a Georges B. Higginbotham, el presidente, y Thomas R. Carlisle, delegados por el Círculo para visitar al grave notario—, esperaba su visita, que me honra.

 

—Y que nos honra igualmente —respondieron, inclinándose, los dos miembros del Club.

 

—Pero —añadió el notario— antes de ocuparse del testamento conviene ocuparse de los funerales del difunto.

 

—Respecto a ese punto —respondió Georges B. Higginbotham—, ¿no deben celebrarse con la magnificencia digna de nuestro compañero?

 

—Sólo me toca conformarme a las instrucciones de mi cliente, contenidas en este pliego —dijo el notario, mostrando un sobre cuyo sello había roto.

 

—¿Y esos funerales serán…? —preguntó Carlisle.

 

—Suntuosos y alegres a la vez, señores, con acompañamiento de músicos y cantantes, y también con el concurso del público, que no rehusará lanzar alegres hurras en honor de William J. Hypperbone.

 

—No esperaba menos de un miembro de nuestro Club —dijo el presidente, haciendo un movimiento de aprobación.

 

Tombrock añadió:

 

—William J. Hypperbone ha manifestado también su última voluntad de que la población de Chicago esté representada en sus exequias por una comisión de seis personas sacadas a la suerte en circunstancias especiales. Acariciando este proyecto, él había, desde hace algunos meses, reunido en una urna los nombres de todos sus conciudadanos de ambos sexos comprendidos entre los veinte y los sesenta años. Siguiendo sus instrucciones, y en presencia del alcalde y sus adjuntos, procedí ayer al sorteo, dando después a los elegidos conocimiento por medio de una

 

 

 

 

 

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carta que contenía las disposiciones del difunto, y les he invitado a ocupar el primer puesto a la cabeza del cortejo, suplicándoles no rechazaran el deber de rendirle los honores póstumos.

 

—Se guardarán mucho de faltar —exclamó Thomas B. Carlisle—, pues es de suponer que serán especialmente favorecidos por el testador, y quizás instituidos sus únicos herederos.

 

—Es posible —dijo el notario—, y no me asombraría.

 

—¿Y qué condiciones deben reunir esas personas elegidas al azar? —preguntó Georges B. Higginbotham.

 

—Una sola —respondió el notario—. La de haber nacido y estar domiciliados en Chicago.

 

—¿Y ningún otro requisito?

 

—Ninguno más.

 

—Comprendido  —respondió Thomas      B.      Carlisle—.  Y       ahora, Mr.

 

Tombrock, ¿cuándo debe usted abrir el testamento?

 

—Quince días después del fallecimiento.

 

—¿Quince días?

 

—Así lo indica esta nota que le acompaña. Por consecuencia, el día 15 de abril.

 

—¿Y por qué esa espera?

 

—Porque mi cliente ha querido, antes de poner al público al corriente de su última voluntad, que se tuviese la seguridad de que había irrevocablemente pasado a mejor vida.

 

—¡Era un hombre práctico nuestro amigo Hypperbone! —afirmó Georges B. Higginbotham.

 

—En tales circunstancias no se es nunca demasiado prudente —añadió Thomas B. Carlisle—, y a menos de hacerse incinerar…

 

—Y aun así —se apresuró a declarar el notario— se corre el riesgo de ser

 

 

 

 

 

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quemado vivo.

 

—Sin duda —añadió el presidente—; pero, practicada la operación, tiene la seguridad de estar muerto.

 

Fuera lo que fuese, no se había procedido a la incineración del cadáver del millonario William J. Hypperbone, que había sido encerrado en un ataúd y colocado bajo las colgaduras de la carroza fúnebre.

 

No hay que explicar el prodigioso efecto que la noticia del fallecimiento de William J. Hypperbone causó en la ciudad.

 

He aquí lo que se supo desde el primer momento:

 

El 30 de marzo por la tarde el honorable miembro del Excentric Club estaba sentado con dos de sus compañeros ante la mesa del noble juego de la oca. Acababa de hacer una jugada, sacando un nueve que le enviaba a la casilla cincuenta y seis. De repente, su faz se congestionó y sus miembros se pusieron rígidos. Probó de levantarse y se tambaleó, extendiendo las manos. Y hubiera caído al suelo si John T. Dickinson y Harry B. Andrews no le hubiesen recibido en sus brazos y depositado en un diván.

 

 

 

Precipitadamente mandóse a buscar un médico. Acudieron dos. Declararon que William J. Hypperbone había fallecido a consecuencia de una congestión cerebral, y aquella conclusión, en boca del célebre doctor H. Bumham, de Cleveland Avenue, y del no menos afamado doctor S. Buchanan, de Franklin Street, significaba que todo había terminado.

 

Una hora después el difunto había sido trasladado a su hotel, donde el notario Tombrock, avisado rápidamente, llegó sin perder un instante.

 

El primer cuidado del notario fue abrir el pliego que contenía las disposiciones del difunto relacionadas con sus exequias. Primeramente, él era invitado a sacar a la suerte las seis personas que debían unirse al cortejo, de entre los centenares de miles de nombres contenidos en una enorme urna colocada en el centro del vestíbulo.

 

Cuando esta extraña cláusula fue conocida, una nube de periodistas acosó al notario, tanto los revisteros del Chicago Tribune, del Chicago Inter-Ocean, del Chicago Evening Journal, que son republicanos o

 

 

 

 

 

 

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conservadores, como los del Chicago Globe, Chicago Herald, Chicago Times, Chicago Mail, Chicago Evening Post, que son demócratas o liberales, como los del Chicago Daily News, Daily News Record, Freie Presse y Staats Zeitung, de política independiente. El hotel de La Salle Street no se desocupó durante el resto de la jornada. Y lo que aquellos desenterradores de noticias, aquellos proveedores de sueltos, aquellos redactores de crónicas sensacionales, querían arrancarse los unos a los otros no eran los detalles relativos a la muerte de William J. Hypperbone, ni las causas que pudieron habérsela producido. No. Eran los nombres de los seis privilegiados que iban a salir de la urna.

 

El notario Tombrock, asediado por los periodistas, salió del aprieto como hombre eminentemente práctico, como lo son en alto grado la mayor parte de sus compatriotas. Ofreció sacar aquellos nombres a pública subasta y facilitarlos al periódico que pagase el precio más elevado, con la reserva de que la suma ofrecida sería repartida entre dos de los veintiún hospitales de la ciudad.

 

Adjudicóse la lista al Tribune, que pujó hasta diez mil dólares, después de encarnizada lucha con el Chicago Inter-Ocean.

 

Pero, también, ¡qué triunfo al día siguiente, para el poderoso periódico, y qué beneficios realizó con su tirada suplementaria de 2.500 000 ejemplares! Fue preciso enviarlo por centenares de miles a los cincuenta Estados de que la Unión se componía en aquella época.

 

Los vendedores vociferaban:

 

—¡Los nombres de los felices mortales que el escrutinio ha elegido entre la población de Chicago!

 

Eran los seis favorecidos.

 

Por lo demás, el Tribune tenía por costumbre estas audacias. Y ¿a qué no podía atreverse el bien informado periódico de Madison Street, que tiene un presupuesto de un millón de dólares, y cuyas acciones, emitidas a mil dólares, valen hoy veinticinco mil?

 

Sin hablar de este número del 1.º de abril, el Tribune publicó los seis nombres en una lista especial, que sus agentes distribuyeron profusamente hasta en las aldeas más lejanas de la República de los

 

 

 

 

 

 

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Estados Unidos.

 

He aquí el orden en que la suerte había designado estos nombres, que

 

iban a        circular       por    el       mundo        durante       muchos       meses,       ligados        a

 

extraordinarias aventuras, de las que no hubiera podido formarse idea el

 

novelista de mayor imaginación:

 

Max Real.

 

Tom Crabbe.

 

Hermann Titbury.

 

Harris T. Kymbale.

 

Lissy Wag.

 

Hodge Urrican.

 

Como se ve, de estos seis personajes cinco pertenecían al sexo fuerte y uno al débil, si es que este calificativo es exacto tratándose de mujeres americanas.

 

Sin embargo, la curiosidad pública no quedó enteramente satisfecha en el primer momento. El Tribune no pudo informar con la rapidez deseada por sus innumerables lectores acerca de la condición, clase social y domicilio de los seis elegidos.

 

Además, se imponía formular la pregunta de si vivían todavía. El hecho de colocar los nombres en la urna databa ya de algún tiempo, de algunos meses; y admitiendo que ninguno de los favorecidos por la suerte hubiera fallecido, podría suceder que uno o varios de ellos no residieran ya en la ciudad.

 

Por lo demás, si podían hacerlo, no había duda de que acudirían a ocupar su puesto en torno de la carroza fúnebre. ¿Era de presumir que respondiesen con una negativa, que no accedieran a la invitación original, pero seria, de William J. Hypperbone —excéntrico, por lo menos, después de su muerte—, y que renunciasen a las ventajas que indudablemente les reservaba el testamento depositado en casa del notario Tombrock?

 

¡No! Allí estarían todos, pues ellos podían con justa razón considerarse herederos de la enorme fortuna del difunto, y la herencia escaparía ciertamente a la ambición del Estado.

 

Y esto se vio cuando, tres días después, los «Seis», que ni se conocían siquiera, aparecieron en la escalera del hotel de La Salle Street, ante el

 

 

 

 

 

 

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notario, que, tras asegurarse de la identidad de cada uno de ellos, puso en sus manos las guirnaldas de la carroza.

 

¡De qué curiosidad fueron objeto y qué envidia despertaron! Por orden de William J. Hypperbone debía ser prohibida toda señal de duelo en aquellos extraordinarios funerales, y los «Seis», conforme a esta cláusula publicada por los periódicos, vestían trajes de fiesta, trajes que por su calidad y corte demostraban que aquellas personas pertenecían a distintas clases sociales.

 

 

 

Fueron colocados del siguiente modo:

 

En primer lugar, Max Real a la derecha y Lissy Wag a la izquierda.

 

En segundo lugar, Hermann Titbury a la derecha y Hodge Urrican a la izquierda.

 

En tercero, Harris T. Kymbale a la derecha y Tom Crabbe a la izquierda.

 

Mil hurras les saludaron cuando tales disposiciones fueron tomadas; hurras a los que unos respondieron con un gesto amable, y a los que otros no respondieron.

 

Dada la señal por el superintendente de policía, se pusieron en marcha, y así siguieron durante ocho horas las calles, avenidas y bulevares de la gran ciudad de Chicago.

 

Seguramente los seis invitados a las exequias de William J. Hypperbone no se conocían; pero no tardaron en entablar relaciones. Y como la avaricia humana es incansable, ¡quién sabe si estos candidatos a la futura herencia no se consideraban ya como rivales, temiendo que aquélla fuese entregada a un solo heredero en vez de ser repartida entre los seis!

 

Se ha visto cómo se realizaron los funerales, con qué prodigioso concurso de público se efectuaron sus pompas fúnebres desde La Salle Street hasta Oakswoods Cemetery, de qué piezas de música y canto, que nada tenían de fúnebre, fueron acompañados, y qué alegres exclamaciones fueron lanzadas en honor del difunto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ahora sólo resta penetrar en el recinto de los muertos y depositar en el fondo de su tumba, para que duerma en ella el sueño eterno, el que fue William J. Hypperbone, del Excentric Club.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III. Oakswoods

 

El nombre de Oakswoods indica que el sitio ocupado por este cementerio estuvo en otro tiempo cubierto de un bosque de robles, el árbol por excelencia de las vastas soledades de Illinois, antiguamente llamadas Pradera State a causa de la exuberancia de su vegetación. De todos los monumentos funerarios que contenía este cementerio —algunos de gran precio—, ninguno podía ser comparado al que William J. Hypperbone había hecho construir algunos años antes para su uso personal.

 

Sabido es que los cementerios americanos, como los cementerios ingleses, son verdaderos parques. No falta en ellos nada de lo que puede encantar la vista: ni césped, ni sombra, ni cursos de agua corriente. No parece que el alma pueda entristecerse en tales sitios. Los pájaros cantan allí más alegres que en otros lugares, quizá porque su seguridad es completa en estos campos consagrados al supremo reposo.

 

Cerca de un pequeño lago de aguas tranquilas y transparentes se elevaba el mausoleo, construido conforme a los planos y bajo la vigilancia del honorable William J. Hypperbone.

 

Este monumento, edificado al gusto de la arquitectura anglosajona, se prestaba a todas las fantasías de ese estilo gótico próximo al Renacimiento. Tenía a la vez algo de capilla por su fachada, con un campanario cuya veleta se movía a un centenar de pies del suelo y tenía también algo de edificio civil por la disposición de su tejado y de sus ventanas, en forma de miradores con vidrios de colores.

 

En el campanario, adornado de florones y sostenido por los contrafuertes de la fachada, había una campana de gran sonoridad, que daba las horas del reloj luminoso colocado debajo de ella. La voz metálica de esta campana se oía más allá de Oakswoods, hasta las riberas del Michigan.

 

El monumento medía 120 pies de largo por 60 de ancho. Afectaba en plano geométrico la forma de una cruz latina terminada por un ábside en rotonda. La verja que lo rodeaba, hermoso trabajo en aluminio, se apoyaba

 

 

 

 

 

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de trecho en trecho en columnas con lámparas. Más allá agrupábanse magníficos árboles de perenne verdor, entre los que se encontraba el soberbio mausoleo.

 

La puerta de la verja, abierta entonces, daba acceso a una alameda llena de árboles y flores, que conducía al pie de cinco escalones de mármol blanco. En el fondo se veía un portal con puertas de bronce, cuyos adornos representaban enlaces de frutas y flores. Esta entrada daba acceso a una antecámara amueblada de divanes con gruesos clavos de oro, y con una jardinera cuyos ramos se refrescaban frecuentemente. De la bóveda pendía una araña de cristal de siete brazos, con bombillas eléctricas. Por bocas de metal colocadas en los ángulos se evaporaba el calor, produciendo una temperatura suave y uniforme, mantenida durante el invierno por el conserje de Oakswoods.

 

Empujando las hojas de cristal de una puerta colocada frente a la escalera, se penetraba en la pieza principal del edificio. Consistía en una sala espaciosa, de forma circular, donde se desplegaba el extravagante lujo permitido a un archimillonario que quiere continuar, después de su muerte, la opulencia de su vida. En el interior, la luz se derramaba generosamente por el techo de cristal que cerraba la parte superior de la bóveda. En las paredes, tan finamente dibujados y esculpidos como los de la Alhambra, había arabescos, follajes, vermiculados y florones. Su base desaparecía tras los divanes de brillantes telas. Aquí y allá erguíanse estatuas de bronce y de mármol representando faunos y ninfas. Entre los pilares que sostenían la bóveda había algunos cuadros de maestros modernos, paisajes en su mayoría enmarcados en oro. Espesas y suaves alfombras cubrían el pavimento de mosaico.

 

Pasada la sala, en el fondo del mausoleo se redondeaba el ábside, alumbrado por una gran vidriera, cuyos espléndidos cristales resplandecían cuando el sol, al ponerse, los hería con sus oblicuos rayos. Este ábside estaba amueblado con objetos modernos. Sillones, sillas y canapés lo llenaban con estudiado desorden. Sobre una mesa había libros, periódicos y revistas de la Unión y del extranjero. Un aparador con su vajilla ofrecía las diversas variedades de un tentempié, siempre a punto y renovado continuamente: conservas, mantequilla, emparedados, pasteles, vinos y licores de excelentes marcas. Era, en resumen, un lugar magníficamente dispuesto para la lectura, la siesta o el refrigerio.

 

En el centro de la sala, bañada por la luz que la cúpula dejaba filtrar por

 

 

 

 

 

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sus cristales, se levantaba una tumba de mármol blanco, enriquecida con finas esculturas, y en cuyos ángulos se reproducían las figuras de animales heráldicos. Esta tumba, rodeada por un círculo de bombillas incandescentes, estaba abierta. Allí iba a ser colocado el ataúd donde reposaba el cuerpo de William J. Hypperbone.

 

Tal mausoleo no podía ciertamente inspirar ideas lúgubres. Más que la tristeza evocaba la alegría. A través del aire puro que lo llenaba, no se sentía el roce de las alas de la muerte que palpita sobre las tumbas de un cementerio… Y, para decirlo todo, ¿no era el monumento digno del excéntrico americano a quien se debía el nada triste programa de sus funerales, y ante el cual iba a terminar aquella ceremonia en que los cantos de alegría se habían mezclado a los gozosos hurras de la multitud?

 

Hay que advertir que William J. Hypperbone iba invariablemente dos veces por semana, el martes y el viernes, a pasar algunas horas en el interior de su mausoleo. Alguna vez le acompañaban varios de sus colegas. Era, en suma, una sala de conversación de las más cómodas y tranquilas. Tendidos sobre los divanes del ábside, sentados ante la mesa, aquellos personajes leían, hablaban de política, del curso de los valores y mercancías, de los progresos del jingoísmo en las diversas clases sociales, de las ventajas y desventajas del bill Mac-Kinley, acerca del cual reinaba gran preocupación. Y mientras de esta manera se entretenían, los criados les servían un piscolabis. Después, transcurrida la tarde de modo tan agradable, los coches subían por Grove Avenue y restituían a sus hoteles a los miembros del Excentric Club.

 

Es evidente que nadie, a no ser su propietario, podía penetrar en su «quinta de Oakswoods», como él la llamaba. Únicamente el guardián del cementerio poseía otra llave.

 

Decididamente, si William J. Hypperbone no se había distinguido gran cosa de sus semejantes en los actos de su vida pública, por lo menos su vida privada, repartida entre el Círculo de Mohawk Street y el mausoleo de Oakswoods, presentaba cierta originalidad que permitía colocarle entre los excéntricos de su tiempo. Para llevar la excentricidad a sus últimos límites, no hubiera faltado más que el difunto no lo estuviera realmente. Pero sus herederos, fuesen los que fuesen, podían estar seguros respecto a este particular. No se trataba de un caso de muerte aparente, sino de muerte definitiva.

 

 

 

 

 

 

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Además, en aquel tiempo se aplicaban ya los rayos X del profesor Friedrich de Elbing, Prusia, conocidos con el nombre de «Kritiskshalhen». Estos rayos poseen una fuerza de penetración tan intensa que atraviesan el cuerpo humano y gozan de la propiedad singular de producir imágenes fotográficas distintas, según que el cuerpo que atraviesan esté muerto o vivo.

 

La prueba se había efectuado en el cuerpo de William J. Hypperbone, y las imágenes obtenidas no podían dejar duda en el ánimo de los médicos. La defunción era cierta, y no tenían por qué reprocharse por una inhumación demasiado apresurada.

 

Eran las cinco y cuarenta y cinco cuando la carroza franqueó la entrada de Oakswoods. El monumento se alzaba en el centro del cementerio, en el extremo del lago. El cortejo, siempre en el mismo orden, acrecentado por la multitud que los agentes apenas podían contener, se dirigió hacia el lago, bajo la cubierta de los grandes árboles.

 

La carroza se detuvo ante la verja, cuyos candelabros lanzaban la brillante claridad de sus lámparas de arco entre las primeras sombras de la noche.

 

Unos cien asistentes podían encontrar cabida en el interior del mausoleo, de modo que, si el programa de las exequias contenía aún algunos actos, preciso era que fueran ejecutados en el exterior.

 

Así iba a suceder, efectivamente. Parada la carroza, estrecháronse las filas, siempre respetando a los «Seis», que debían acompañar el cadáver hasta el sepulcro.

 

De aquella multitud, ávida de acontecimientos, se elevaba confuso rumor. Pero no tardó en apaciguarse el tumulto, los grupos quedaron quietos, extinguiéronse los murmullos y el silencio reinó en torno de la verja.

 

Entonces fue pronunciada la oración fúnebre por el reverendo Bingham, que había seguido al difunto hasta su última morada. Los asistentes la escucharon con gran recogimiento, y en este instante, sólo en este instante, las exequias tomaron carácter religioso.

 

A estas palabras, pronunciadas con voz penetrante, siguió la ejecución de la Marcha de Chopin, de tan gran efecto en ceremonias de este género. Pero tal vez la orquesta la interpretó con compás más vivo que el indicado

 

 

 

 

 

 

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por el autor, compás que correspondía a las disposiciones del auditorio y también a las del difunto. Se estaba lejos de los dolorosos sentimientos que reinaron en París durante los funerales de uno de los fundadores de la República, cuando La Marsellesa, de ritmo tan enérgico, fue ejecutada en tono menor.

 

Después de la Marcha de Chopin, uno de los colegas de William J. Hypperbone, aquél con quién tenía amistad más íntima, el presidente Georges B. Higginbotham, se destacó del grupo, situóse frente a la carroza y en brillante oración trazó en forma de apología el curriculum vitae de su amigo.

 

—A los veinticinco años, dueño ya de regular fortuna, William J. Hypperbone supo hacerla fructificar… Y sus afortunadas adquisiciones de terrenos, de los que cada yarda vale actualmente el oro que sería preciso para cubrirla… Y su elevación al rango de millonario…, o, lo que es lo mismo, de gran ciudadano de los Estados Unidos de América… Y el sagaz accionista de las poderosas compañías de ferrocarriles de la Federación… Y el prudente especulador lanzado en negocios que producen enormes intereses… Y el generoso donante, siempre dispuesto a suscribir los empréstitos de su país el día en que éste tuviere necesidad de ellos, necesidad que nunca sintió… Y el distinguido compañero que pierde con él el Excentric Club, el miembro con quien el Club contaba para adquirir esplendor. El hombre que hubiera asombrado al universo de haberse prolongado su existencia más allá de los cincuenta años… Era de esos genios que no se revelan sino cuando ya no existen… Sin hablar de sus funerales, realizados con la asistencia de una población entera, es de creer que la suprema voluntad de William J. Hypperbone impondrá condiciones excepcionales a sus herederos. No hay duda de que su testamento contiene cláusulas que excitarán la admiración de las dos Américas, que valen ellas solas tanto como las otras cuatro partes del mundo.

 

 

 

Así habló Georges B. Higginbotham, no sin causar general emoción. Parecía que el difunto iba a aparecer ante los ojos de la multitud agitando en una mano el testamento que debía inmortalizar su nombre, y con la otra vertiendo sobre las cabezas de los «Seis» los millones de su fortuna.

 

Al parlamento del íntimo amigo del fallecido respondió el público con

 

lisonjeros murmullos, que llegaron poco a poco hasta las últimas filas. Los

 

que le habían oído comunicaron su impresión a los que no le oyeron, y que

 

 

 

 

 

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no resultaron los menos conmovidos del auditorio.

 

Después, orfeón y orquesta, unidos en brillante conjunto de voces e instrumentos, ejecutaron el formidable Aleluya de El Mesías, de Haendel.

 

La ceremonia tocaba a su fin, el programa había terminado, y, no obstante, hubiérase dicho que el público esperaba algo extraordinario, tal vez sobrenatural. ¡Sí! Era tal la excitación de los demás, que nadie hubiera encontrado sorprendente una modificación repentina de las leyes de la Naturaleza, la aparición en el cielo de alguna figura alegórica, como en tiempo de Constantino la cruz del In hoc signo vinces, o la parada súbita del sol en la época de Josué, con el fin de alumbrar durante una hora más aquella manifestación… En fin, uno de esos hechos milagrosos cuya autenticidad no pueden negar los más feroces librepensadores.

 

Pero en aquella ocasión la inmutabilidad de las leyes naturales no se alteró, y el universo no fue conmovido por fenómenos de orden superior. Había llegado el momento de sacar de la carroza el ataúd y de conducirlo al interior, depositándolo en el sepulcro. Debía ser conducido por ocho criados vestidos con librea de gala. Aproximáronse éstos, separaron las telas que cubrían el féretro, lo tomaron a hombros y se encaminaron hacia la entrada de la verja.

 

Los «Seis» marchaban en el orden y sitio que habían conservado desde la salida frente al hotel de La Salle Street. Los de la derecha cogieron con la mano izquierda, y con la mano derecha los de la izquierda, las cintas plateadas del ataúd, conforme a las indicaciones hechas por el maestro de ceremonias.

 

Los miembros del Excentric Club y las autoridades civiles y militares marchaban detrás. Después cerróse la puerta de la verja, y apenas si la cámara, la antecámara, la sala y el ábside del mausoleo bastaban para contener a todos.

 

En el exterior se amontonaron los otros individuos del cortejo, la multitud se extendió por diversos puntos del cementerio, y grupos humanos se encaramaron en las ramas de los árboles que rodeaban el monumento.

 

En este instante las trompetas de los soldados sonaron hasta estropear los pulmones que las llenaban con sus soplos, y hubiera podido imaginarse que se estaba en el valle de Josafat al principio del Juicio Final.

 

 

 

 

 

 

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Lanzáronse gran número de pájaros adornados con cintas multicolores. Los animalitos se dispersaron por la superficie del lago y sobre las copas de los árboles, lanzando alegres gritos de libertad, y pareció que el alma del difunto, arrastrada en su vuelo, se elevaba por la inmensidad del espacio.

 

Subida la escalera, el ataúd franqueó la primera pieza, después la segunda y se detuvo ante la tumba.

 

La voz del reverendo Bingham se elevó nuevamente, pidiendo a Dios abriese las puertas del cielo al difunto William J. Hypperbone y le asegurase la gloria eterna.

 

—¡Honor al honorable Hypperbone! —pronunció con voz clara y tonante el maestro de ceremonias.

 

—¡Honor! ¡Honor! ¡Honor! —repitieron los asistentes.

 

Y, después de ellos, en el exterior, millares de bocas lanzaron al espacio este último adiós.

 

Entonces los «Seis» dieron procesionalmente la vuelta a la tumba, recibieron el saludo de Georges B. Higginbotham en nombre de los miembros del Excentric Club y se dispusieron a abandonar la habitación.

 

Ya no restaba más que dejar caer la pesada losa de mármol donde serían grabados los nombres y títulos del difunto.

 

El notario Tombrock avanzó unos pasos, sacó de su bolsillo la nota relativa a los funerales y leyó las siguientes líneas:

 

— Es mi voluntad que mi tumba quede abierta aún durante doce días, y que, transcurrido este plazo, en la mañana del último día de estos doce, las seis personas designadas por la suerte que han acompañado mis restos, vengan a depositar sus tarjetas sobre mi ataúd. Entonces se colocará la losa en su sitio, y el mismo día el notario Tombrock, a las doce, en la sala del Auditorium, dará lectura a mi testamento, que se halla en su poder. —WILLIAM J. HYPPERBONE.

 

Decididamente, el difunto era un ser original, y ¡quién sabía si aquella excentricidad sería la última!

 

 

 

 

 

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Los concurrentes se retiraron, y el guardián del cementerio cerró las puertas del monumento y después las de la verja. Eran cerca de las ocho.

 

El tiempo había sido magnífico, y parecía que la serenidad del cielo era aún más completa en las primeras sombras de la noche. Innumerables estrellas resplandecían en el firmamento, añadiendo su dulce claridad a la que esparcían las lámparas que brillaban en torno al mausoleo.

 

La multitud se alejó lentamente, deseosa de reposo tras jomada tan fatigosa. Durante algún tiempo, un tumultuoso mido de pasos turbó las calles próximas a aquel lugar, hasta que, finalmente, la tranquilidad reinó en el lejano barrio de Oakswoods.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV. Los «Seis»

 

Al siguiente día Chicago se entregaba a sus múltiples ocupaciones. Los diversos barrios habían tomado su fisonomía habitual.

 

Si la población no se agolpaba como la víspera en las avenidas y bulevares al paso del fúnebre cortejo, no por eso se interesaba menos en las sorpresas que sin duda le reservaba el testamento de William J. Hypperbone. ¿Qué cláusulas contenía? ¿Qué condiciones, extrañas o no, imponía a los «Seis», y cómo entrarían éstos en posesión de la cuantiosa herencia, admitiendo que todo ello no terminara en una broma de ultratumba, digna de un miembro del Excentric Club?

 

Pero nadie quería admitir esta eventualidad. Todos rechazaban la idea de que Miss Lissy Wag y los señores Urrican, Kymbale, Titbury, Crabbe y Real no encontrasen en este negocio más que desengaños y ridículos.

 

Seguramente hubiera habido un medio muy sencillo para satisfacer, de una parte, la curiosidad pública, y, de otra, arrancar a los interesados de aquella incertidumbre que amenazaba quitarles el apetito y el sueño. Bastaría con abrir el testamento y leerlo. Pero existía la prohibición de hacerlo antes del día 15, y Tombrock no hubiese jamás consentido en faltar a las condiciones impuestas por el testador. El día 15 de abril, exactamente a mediodía, en la sala del Auditorium, en presencia de los numerosos espectadores que podía contener, se daría lectura al testamento de William J. Hypperbone.

 

 

 

Preciso era, pues, resignarse, lo que no haría más que aumentar la excitación de los cerebros de Chicago a medida que la fecha fatal se aproximase. Además, los dos mil doscientos periódicos diarios y las otras quince mil publicaciones semanales, mensuales y bimensuales de los Estados Unidos sostendrían aquella tensión de los ánimos. Si la Prensa no podía adivinar los secretos del difunto, se proponía someter a cada uno de los «Seis» a las torturas de las entrevistas, deseando, en primer lugar, establecer su condición social.

 

 

 

 

 

 

 

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Los fotógrafos, por su parte, no se dejarían vencer por los periodistas, y los retratos de cuerpo entero, de busto, de frente o de perfil, no tardarían en ser lanzados a la circulación por centenares de miles. Con lo dicho se comprenderá que los «Seis» estuviesen destinados a ocupar el primer plano entre los más notables personajes del país.

 

Los periodistas del Chicago Mail que se presentaron en casa de Hodge Urrican, Randolph Street, 73, fueron bastante mal recibidos.

 

—¿Qué desean ustedes de mí? —les interpeló el interesado, con no afectada violencia—. Yo no sé nada No tengo nada que decir. Me han invitado a seguir el cortejo, y lo he seguido. Junto a la carroza había cinco personas más, a quienes no conocía, que se hallaban en condiciones parecidas a las mías. No me extrañaría que esto acabase mal para alguno de nosotros. Yo estaba allí como una chalana arrastrada por un remolcador, y tragando bilis. ¡Ah! ¡Si ese William Hypperbone me ha jugado una mala pasada, si me obliga a rendir mi pabellón ante esos cinco intrusos, que tenga cuidado, pues muerto y todo…, por enterrado que esté, aunque me sea preciso aguardar hasta el día del Juicio, yo sabré…!

 

—Pero —le objetó uno de los periodistas— nada le hace suponer que esté usted expuesto a una burla, que tenga que lamentar haber sido uno de los elegidos. Y aunque no reciba usted más que una sexta parte de la herencia…

 

—¡Una sexta parte! ¡Una sexta parte! —rugió Hodge Urrican—. ¡Estoy seguro de recibirla íntegramente!

 

—Cálmese, por favor.

 

—No me calmaré. No tengo carácter para eso. Estoy acostumbrado a las tempestades, y siempre me he mostrado tempestuoso.

 

—No se trata ahora de tempestades. —Hízole observar el periodista—. El horizonte está despejado.

 

—Es lo que falta por ver —exclamó el irascible americano—. Si usted se ocupa en su periódico de mi persona, tenga cuidado con lo que dice o se las entenderá con el comodoro Urrican.

 

Hodge Urrican era comodoro, en efecto; oficial de la marina de los Estados

 

 

 

 

 

 

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Unidos y retirado del servicio desde hacía seis meses, cosa de la que no podía consolarse. Era un bravo marino que había cumplido con su deber lo mismo ante el fuego del enemigo que ante el fuego del cielo. Pese a sus cincuenta y dos años, nada había perdido de su irritabilidad natural. Era hombre vigoroso, de elevada estatura, fuerte cabeza y grandes ojos que se movían bajo espesas cejas, frente poco espaciosa, cabellos cortados al rape y barba que acariciaba sin cesar con mano febril, brazos musculosos y piernas arqueadas que al andar imprimían a su cuerpo un movimiento de vaivén propio de las gentes de mar. De carácter impetuoso, incapaz de dominarse, tan desagradable como pueda serlo el que más, tanto en su vida pública como en la privada, no se le conocía un amigo. Sería sorprendente que un tipo de esta especie estuviera casado, y, efectivamente, no lo era. «¡Qué suerte para su mujer!», repetían los bromistas.

 

 

 

Pertenecía a ese género de arrebatados a los que la cólera hace palidecer, produciéndoles espasmos del corazón y poniéndoles siempre al borde de un ataque; cuyas ardientes pupilas están contraídas de continuo y en la voz de los cuales hay dureza aun cuando estén tranquilos y rugidos cuando no lo están.

 

Cuando los periodistas del Chicago Globe llamaron a la puerta del taller de South Halstedt Street, 3997 —la calle es larga, como puede deducirse—, no encontraron en la habitación más que un negro de diecisiete años, sirviente de Max Real.

 

—¿Dónde está tu amo? —le preguntaron.

 

—No lo sé.

 

—¿Cuándo ha salido?

 

—No lo sé.

 

—¿Tardará en regresar?

 

—No lo sé.

 

En efecto, Tommy nada sabía, porque Max Real había salido muy temprano sin decir nada a su criado, que solía dormir como un niño y a quien su amo no hubiera logrado arrancar del sueño tan de mañana.

 

 

 

 

 

 

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Pero aunque Tommy no pudo responder a las preguntas de los periodistas, no hay que suponer que el Chicago Globe dejaría de informar a sus lectores respecto a Max Real. Este miembro de los «Seis» había sido ya entrevistado, costumbre muy extendida en los Estados Unidos.

 

Era un joven pintor de talento, un paisajista cuyos cuadros empezaban a venderse a altos precios en América y a quien aguardaba un hermoso porvenir en el campo artístico. Era natural de Chicago, aunque, por descender de una familia canadiense, de Quebec, su apellido fuera francés. En Quebec vivía aún su madre, viuda desde hacía algunos años, que se disponía a trasladarse a Chicago para reunirse con su hijo.

 

Max Real adoraba a su madre, que le correspondía con igual adoración. Eran, en suma, una excelente madre y un incomparable hijo. Éste no había tardado en ponerla al corriente de lo sucedido, de cómo había sido elegido para ocupar un sitio especial en las exequias de William J. Hypperbone. Max asegurábale que no se preocupaba de las consecuencias de las disposiciones testamentarias del difunto, ya que el caso le parecía una broma.

 

Max Real acababa de cumplir veinticinco años. Tenía la gracia y la elegancia del tipo francés. Era de regular estatura, cabello y barba castaños, ojos de azul oscuro, cabeza erguida, boca sonriente y reposado andar, indicios de ese contento interior del que nace la confianza alegre e inalterable. Tenía esa gran vitalidad que se traduce en la vida en valor y generosidad.

 

Tras haberse dado a conocer como meritísimo pintor, habíase decidido a abandonar Canadá por los Estados Unidos, Quebec por Chicago. Su padre, oficial del ejército, no le dejó al morir más que un pequeño patrimonio, y si Max pretendía hacer fortuna era más para su madre que para él.

 

 

 

Cuando se supo que Max Real no se hallaba en el número 3997 de Halstedt Street, no hubo motivo para hacer más preguntas a Tommy. El Chicago Globe sabía lo bastante para satisfacer la curiosidad de sus lectores en lo que al joven artista concernía. Si Max Real no estaba aquel día en Chicago, allí había estado el día anterior, y seguramente estaría de vuelta el día 15 de abril para asistir a la lectura del famoso testamento y completar el grupo de los «Seis» en el salón del Auditorium.

 

 

 

 

 

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De muy distinta manera sucedió cuando los periodistas del Daily News Record se presentaron en casa de Harris T. Kymbale. A éste no fue preciso acosarle en su domicilio, Milwaukee Avenue, 213, ya que él mismo había ido a entregarse a sus colegas.

 

Harris T. Kymbale era periodista, redactor jefe del popular Tribune. Contaba treinta y siete años, era de regular estatura, robusto, de rostro simpático, nariz de hurón, ojillos vivaces, orejas finas —hechas para oírlo todo— y boca habladora —hecha para repetir cuanto oía—. Era activo, locuaz, resistente, infatigable y enérgico. Conocedor de su fuerza y su vigor y dotado de una enorme voluntad, había permanecido soltero, como conviene a un hombre que franquea cotidianamente los muros de la vida privada. Era, en resumen un valiente compañero, muy seguro de sí mismo, muy apreciado por sus colegas y a quien no se envidiaría la buena fortuna que le llamaba a figurar entre los «Seis», admitiendo que éstos debiesen disfrutar de los bienes terrenos de William J. Hypperbone.

 

Era completamente inútil interrogar a Harris T. Kymbale, pues él mismo dijo, antes de ser preguntado:

 

—Sí, amigos míos. Yo, en cuerpo y alma, formo parte del grupo de los «Seis». Pudieron verme ayer ocupando mi puesto junto a la carroza. ¿Observaron ustedes mi actitud digna y correcta, y el cuidado que puse en ocultar mi contento, aunque nunca hubiese asistido a tan alegres funerales? ¡Cuando pienso que a mi lado, encerrado en su ataúd, estaba aquel excéntrico difunto! ¿Saben ustedes lo que me decía a mí mismo? Pues pensaba que quizás aquel digno personaje no estaba verdaderamente muerto, que quizá me llamara desde el fondo de su féretro… Pues bien: espero que me creerán ustedes. Si esto hubiese acontecido, si William J. Hypperbone se hubiera erguido como un nuevo Lázaro, no hubiera yo tenido el mal pensamiento de reprocharle su intempestiva resurrección. Siempre se tiene el derecho (¿no es cierto?) de resucitar si no se está muerto del todo.

 

Era preciso haber oído la graciosa manera con que dijo esto.

 

—¿Y qué cree usted que sucederá el día quince de abril? —le preguntaron.

 

—Sucederá —respondió— que, al sonar las doce, el notario Tombrock abrirá el testamento.

 

 

 

 

 

 

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—¿Opina usted que los «Seis» serán declarados únicos herederos del difunto?

 

—¡Naturalmente! ¿Por qué, si no, William J. Hypperbone nos invitó a sus exequias?

 

—¡Quién sabe…!

 

—¡Pues no faltaría más! ¡Después de once horas de cortejo!

 

—¿No cree usted que el testamento contenga disposiciones extraordinarias?

 

—Es probable. Tratándose de un excéntrico, yo espero excentricidades. Si lo que pide es posible, se hará; y si es imposible se hará también, como dicen en Francia. ¡En todo caso, amigos míos, cuenten con que Harris T. Kymbale no retrocederá!

 

¡No! Por el honor del periodismo, él no retrocedería. Podían estar seguros de ello los que le conocían, y también los que no le conocían, si había alguno de éstos en Chicago. Poco importaban las condiciones impuestas por el difunto. El redactor jefe del Tribune las aceptaba de antemano y las cumpliría hasta el fin. Si se trataba de partir para la Lima, hacia allí partiría; y, a menos de faltarle la respiración a causa de la carencia de aire, no se detendría en su camino.

 

¡Qué contraste existía entre este americano y su coheredero Hermann Titbury residente en el barrio comercial cruzado de Sur a Norte por Robey Street!

 

Cuando los enviados del Staats Zeitung llamaron a la puerta del número 77 de la citada vía no consiguieron franquear el umbral.

 

—¿Está en casa  Mr. Hermann Titbury? —preguntaron a través de la mirilla.

 

—Sí —contestó una especie de gigante, mal peinado y mal vestido.

 

—¿Podría recibimos?

 

—Les responderé cuando se lo haya preguntado a        Mrs. Titbury.

 

 

 

 

 

 

 

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Pues existía Mrs. Kate Titbury, de cincuenta años de edad, o sea, dos más que su esposo. La respuesta que ella dio fue transmitida a los periodistas por la sirvienta.

 

— Mr. Titbury no quiere recibirles, y se extraña de que se permitan molestarle.

 

Los visitantes arguyeron que sólo se trataba de pedirle algunos datos acerca de su persona.

 

No obstante, la casa permaneció cerrada y los periodistas del Staats Zeitung tuvieron que volverse tascando el freno.

 

Hermann Titbury y Kate Titbury formaban el matrimonio más avaro que una pareja puede formar en este valle de lágrimas. Eran dos corazones áridos e insensibles, formados para latir al unísono. Felizmente, el cielo había rehusado bendecir aquella unión, y su línea se extinguiría en ellos.

 

Eran ricos, sin que su fortuna proviniese del ejercicio del comercio o de la industria. Los dos, ya que la esposa había trabajado tanto como el marido, se habían dedicado a la más repugnante usura: eran de esos lobos que despojan a la gente sin salirse de la legalidad, de esa legalidad que, como ha dicho un novelista francés, sería una gran cosa para los miserables… si Dios no existiese.

 

Remontando la escala de sus ascendientes, y casi desde los primeros escalones, hubiéramos encontrado antepasados de origen alemán, lo que justificaba el nombre de Hermann que llevaba el último representante de aquella tribu teutónica.

 

Mr. Titbury era bajo y grueso y tenía la barba rojiza, como los cabellos de su mujer. Una salud de hierro habíales permitido no gastar nunca ni medio dólar en médicos o medicinas. Provistos de un estómago capaz de digerirlo todo, vivían con casi nada, y su sirvienta se había acomodado a este régimen.

 

Desde que Mr. Titbury se había retirado de los negocios, no tenía relaciones con nadie y se dejaba gobernar por su esposa, mujer detestable, que, usando la expresión popular, se acostaba con sus llaves.

 

La pareja ocupaba una casa de ventanas estrechas como sus ideas y

 

 

 

 

 

 

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enrejadas como su corazón. Su puerta no se abría a los extraños, ni a los familiares (pues no los tenían), ni a los amigos (carecían de ellos). Y en esta ocasión no se abrió a los periodistas.

 

Cierto es que, sin necesidad de someter a una entrevista al matrimonio Titbury, fue fácil apreciar el estado de su espíritu el día en que Hermann ocupó su sitio en el grupo de los «Seis». ¡Qué efecto le causó leer su nombre en el famoso número del Tribune del día 1.º de abril! ¿No había, acaso, en Chicago otras personas que llevaban el mismo nombre? Ninguno, al menos, en el número 77 de Robey Street.

 

Hermann Titbury no aceptaba ser víctima de un bromista, sino que, al contrario, se imaginaba ya en posesión de la sexta parte de la inmensa fortuna, y su gran disgusto, su despecho, radicaba en no ser el único heredero. Así no era envidia lo que sentía por los restantes coherederos: era odio. Y en esto estaba de acuerdo con el comodoro Urrican… Imagínese el lector lo que él y su esposa pensaban de aquellos intrusos.

 

Ciertamente, la suerte había cometido un gran error, como de costumbre, llamando a aquel egoísta y antipático personaje a recibir una parte de la herencia de William J. Hypperbone.

 

El día después de los funerales, el matrimonio Titbury abandonó su casa a las cinco de la mañana dirigiéndose a Oakswoods Cemetery. Obligaron al guardián a dejar el lecho, y, con voz alterada por la más viva inquietud, le preguntaron:

 

—¿Ha ocurrido algo nuevo esta noche?

 

—Nada nuevo —respondió el guardián.

 

—Así, pues, ¿está bien muerto?

 

—Muerto del todo. Estén ustedes tranquilos —declaró el conserje, esperando en vano alguna justificación por su amable respuesta.

 

Sí, podían estar tranquilos. El difunto no había despertado de su eterno sueño, y nada había turbado el reposo de los sombríos huéspedes de Oakswoods Cemetery.

 

El matrimonio Titbury regresó a su hogar; pero por la tarde, por la noche y al siguiente día volvieron al cementerio para asegurarse de que William J.

 

 

 

 

 

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Hypperbone no había resucitado.

 

Y ya hemos dicho bastante acerca de tal pareja, destinada a figurar en esta singular historia, y a la que ni un vecino fue a felicitar por su dichosa suerte.

 

 

 

Cuando los periodistas del Freie Presse llegaron a Calumet Street, no lejos del lago de este nombre, situado en la parte meridional de la ciudad, en mitad de un barrio populoso e industrial, preguntaron cuál era la casa de Tom Crabbe.

 

La casa de éste, o mejor dicho, la de su representante, era el número 7 de la citada calle. Efectivamente, John Milner era quien le asistía en esas memorables luchas en que los contendientes resultan a menudo con los ojos hinchados, la mandíbula rota, las costillas hundidas o la boca con algunos dientes de menos, todo sacrificado en el altar del boxeo.

 

Tom Crabbe era actualmente campeón del Nuevo Continente a causa de su victoria sobre el famoso Fitzsimons, quien a su vez había derrotado en 1897 al no menos famoso Corbett.

 

Los periodistas penetraron sin dificultad en casa de John Milner, y fueron recibidos por éste en el vestíbulo.

 

John Milner era hombre de regular estatura, todo músculo y nervio, de aguda mirada, rostro enjuto y ligereza de simio.

 

—¿Tom Crabbe? —preguntaron los visitantes.

 

—Está terminando su primer almuerzo —contestó Milner con voz áspera.

 

—¿Podemos verle?

 

—¿Qué quieren de él?

 

—Es a propósito del testamento de William J. Hypperbone. Quisiéramos hablar de Mr. Crabbe en nuestro periódico.

 

—Tom Crabbe está siempre visible —respondió Milner.

 

Los periodistas penetraron en el comedor y se hallaron en presencia del personaje. Devoraba la sexta lonja de jamón ahumado, su sexta rebanada

 

 

 

 

 

 

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de pan con mantequilla, su sexto medio cuartillo de vino, en espera del té, que hervía en la tetera, y de las seis copitas de whisky con que solía terminar su primera comida, la de las siete y media de la mañana, que había de ser seguida de otras cinco durante el resto del día.

 

Obsérvese el importante papel que el número seis jugaba en la existencia del famoso boxeador, y tal vez obedecía a su misteriosa influencia el que Tom Crabbe formase parte del grupo de herederos de William J. Hypperbone.

 

Tom Crabbe era un coloso que sobrepasaba en diez pulgadas los seis pies ingleses y que medía tres pies de hombro a hombro; su cabeza era voluminosa, de cabellos hirsutos y negros y cortados al rape, ojos de mirada bovina, espesas cejas, frente breve, irregulares orejas, maxilar pronunciado y recio bigote, corlado en la comisura de los labios. Tenía la dentadura completa, pues los formidables puñetazos recibidos no habían conseguido romper ni una pieza. Su torso era como un barril de cerveza, sus brazos como bielas y sus piernas como pilares hechos para sostener aquella enorme arquitectura humana.

 

¿Humana? ¿Es ésta la palabra adecuada? No, ya que sólo animalidad había en aquel gigante. Cuando los ponía en juego, sus órganos actuaban como los de una máquina, una máquina que tenía a John Milner por maquinista. Aunque célebre en las dos Américas, no se preocupaba de su celebridad. Los actos de su existencia se limitaban a comer, beber, boxear y dormir.

 

No tenía ningún desgaste intelectual. ¿Comprendía lo que la suerte acababa de hacer por él introduciéndole en el grupo de los «Seis»? ¿Sabía por qué el día antes había caminado con su pesado paso junto a la carroza fúnebre, entre los aplausos de la multitud? Tom Crabbe lo comprendía vagamente, pero John Milner lo entendía por él y sabría hacer valer todos sus derechos.

 

 

 

De esto se deduce que fue éste quien respondió a las preguntas de los periodistas. Les dio acerca de Tom Crabbe detalles que habían de interesar a los lectores del Freie Presse. Su peso: 533 libras antes de las comidas y 540 después; su talla: exactamente los seis pies y diez pulgadas que se ha dicho; fuerza: medida con el dinamómetro, 75 kilogramos (la de un caballo de vapor); su poder máximo de contracción en las mandíbulas: 234 libras; su edad: treinta años seis meses y diecisiete

 

 

 

 

 

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días; su padre: matarife en los establecimientos Armour; su madre: antigua luchadora en el circo Swansea.

 

¿Qué más se podía preguntar para pergeñar un artículo de cien líneas sobre Tom Crabbe?

 

—No le hemos oído ni una palabra —hizo observar uno de los periodistas, refiriéndose al boxeador.

 

—Habla lo menos posible —respondió John Milner—. ¿Para qué malgastar la voz?

 

—Acaso tampoco piensa.

 

—¿De qué le serviría pensar?

 

—De nada,  Mr. Milner.

 

—Tom Crabbe no es más que un puño, un puño cerrado, tan presto para el ataque como para la defensa.

 

Ya en la calle los periodistas, uno de ellos dijo:

 

—¡Es un bruto!

 

—¡Un grandísimo bruto! —apoyó otro.

 

Y en su fuero interno no se referían precisamente a John Milner.

 

Yendo hacia el Noroeste de la ciudad, después de cruzar el bulevar Humboldt, se penetra en el Barrio Veintisiete. Aquí la animación es menor, la población está menos atareada. El visitante puede creerse en una provincia, por más que esta palabra carezca de significación en los Estados Unidos. Más allá de Wabansia Avenue se encuentra el comienzo de la Sheridan Street. Llegando hasta el número 19, se halla uno ante una casa de modesta apariencia, de diecisiete pisos y habitada por un centenar de inquilinos.

 

Lissy Wag ocupaba en el piso noveno un cuartito de dos piezas, que la acogía cuando terminaba su trabajo en el almacén de novedades de Marshall Field, donde desempeñaba el cargo de subcajera.

 

 

 

 

 

 

 

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Era Lissy Wag el único miembro de la que había sido honrada y modestísima familia. Educada e instruida como la mayor parte de jóvenes norteamericanas, tras algunos reveses de fortuna y después de la prematura muerte de sus padres, buscó colocación para cubrir sus necesidades. Su padre, en efecto, habíase visto despojado de cuanto poseía en un desgraciado negocio de seguros marítimos, y la liquidación perseguida para defender los intereses de su hija no dio resultado alguno.

 

Lissy Wag, dotada de enérgico carácter, seguro juicio y clara inteligencia, serena y dueña de sí misma, no perdió el ánimo. Gracias a la intervención de algunos amigos de su familia, fue recomendada al jefe de la casa Marshall Field, donde, desde hacía quince meses, había conseguido una situación ventajosa.

 

Era una joven encantadora, de veintiún años recién cumplidos, regular estatura, cabellos rubios, ojos azules, hermoso color, buena salud, elegante aspecto y rostro grave, aunque animado a menudo por una dulce sonrisa que dejaba al descubierto sus blancos dientes. Era amable, servicial y atenta, y era muy apreciada por sus compañeras de trabajo.

 

De gustos sencillos y modestos, carente de ambición, sin abandonarse en ningún momento a los sueños que a tantas otras jóvenes extravían, Lissy Wag fue seguramente la menos emocionada de los «Seis» cuando supo que la suerte la llamaba a figurar en el fúnebre cortejo.

 

Al principio quiso rehusar tal honor, pues le desagradaba exhibirse; y solamente haciendo violencia a sus sentimientos, con el corazón agitado y el rostro ruborizado, ocupó su sitio junto a la carroza que conducía los restos de William J. Hypperbone.

 

Conviene advertir que la más íntima de sus amigas había hecho lo posible para vencer su resistencia. Se trataba de la alegre y simpática Jovita Foley, de veinticinco años de edad, no muy agraciada, pero de rostro malicioso y excelente carácter, y a la que unía el más estrecho cariño con Lissy Wag.

 

 

 

Estas dos jóvenes habitaban el mismo cuarto, y, tras la jomada de trabajo en los almacenes de Marshall Field, regresaban juntas a su vivienda.

 

Si en aquella ocasión Lissy Wag acabó por ceder a las irresistibles instancias de su compañera, no consintió en recibir a los periodistas del Chicago Herald

 

 

 

 

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que se presentaron aquella misma noche en el número 19 de Sheridan Street. En vano Jovita Foley procuró que su amiga se mostrase menos arisca, en vano quiso que se prestase a ser entrevistada. Tras los periodistas acudirían los fotógrafos; tras éstos, los curiosos de toda especie. Era mejor, pues, cerrar la puerta a esos importunos. Esto era más prudente, aunque el Chicago Herald no pudiera servir a sus lectores un articulo sensacional.

 

—Bien —dijo Jovita Foley a su amiga, cuando los periodistas se hubieron retirado con las orejas gachas—. Has cerrado tu puerta, pero no escaparás a la curiosidad pública. ¡Si estuviese yo en tu lugar! Y te prevengo, Lissy, que te obligaré a cumplir todas las condiciones impuestas en el testamento. ¡No olvides que se trata de tu participación en una fabulosa herencia!

 

 

 

—No creo en esa herencia, Jovita —respondió Lissy Wag—, y no me disgustaría saber que se trata de una broma.

 

—Vamos, Lissy —exclamó Jovita—. ¿Cómo puedes decir estas cosas?

 

—¿Acaso no somos felices ahora?

 

—Sí, es cierto… Pero ¡si fuese yo la afortunada!

 

—¿Qué harías?

 

—En primer lugar, partiría la herencia contigo.

 

—Lo mismo haré yo, naturalmente —respondió Miss Wag, riéndose de las ilusorias promesas de su entusiasta amiga.

 

—¡Dios mío! ¡Ya quisiera estar al día quince de abril! ¡Cuán largo va a parecerme el tiempo…! Voy a contar las horas, los minutos…

 

—¡Oh, no cuentes los segundos, por favor! ¡Sería demasiado!

 

—No te burles cuando se trata de un negocio tan importante…, de millones de dólares.

 

—O mejor millones de disgustos y molestias, tales como los que he tenido durante todo el día —dijo Lissy Wag.

 

 

 

 

 

 

 

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—Eres difícil de contentar, Lissy.

 

—Te aseguro, Jovita, que siento inquietud por saber cómo acabará todo esto.

 

—Acabará en el fin —respondió Jovita Foley—. Como todas las cosas de este mundo.

 

Tal era, pues, el sexto de los coherederos que William J. Hypperbone había invitado a sus funerales.

 

A estos privilegiados mortales les era preciso tener paciencia durante quince días…

 

Al fin transcurrieron y llegó el día 15 de abril.

 

En la mañana de este día, cumpliendo la condición impuesta en el testamento, y en presencia del presidente Georges B. Higginbotham y del notario Tombrock, Lissy Wag, Max Real, Tom Crabbe, Hermann Titbury, Harris T. Kymbale y Hodge Urrican fueron a dejar sus tarjetas en la tumba de William J. Hypperbone.

 

Después la losa sepulcral fue colocada en su sitio. El excéntrico difunto no tenía que recibir ya ninguna visita en el cementerio de Oakswoods.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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V. El testamento

 

Aquel día, desde el amanecer, el Barrio Diecinueve fue invadido por la multitud. El afán del público no parecía menor que cuando el interminable cortejo conducía a William J. Hypperbone a su última morada.

 

Los mil trescientos trenes diarios de Chicago habían, desde la víspera, vertido millares de viajeros en la ciudad. El tiempo prometía ser espléndido. Una suave brisa matinal había barrido el cielo de los vapores nocturnos. El sol se remontaba sobre el lejano horizonte del lago Michigan, cuyo ligero oleaje acariciaba el litoral.

 

Por Michigan Avenue y Congress Street llegaba la multitud, que se dirigía a un enorme edificio que en uno de sus ángulos tenía una maciza torre cuadrada de trescientos pies de altura.

 

La lista de los hoteles de la ciudad es larga. El viajero no tiene más que la preocupación de elegir. A veinticinco centavos la milla, los cabriolés le llevarán adonde desee, sin verse expuesto a no encontrar sitio. Tendrá una habitación a la europea por dos o tres dólares diarios, y a la americana por cuatro o cinco.

 

Entre los principales hoteles pueden citarse el Palmer House, de State y Monroe Street; el Continental, de Wabash Avenue y Monroe Street; el Commercial y el Fremont House, de Dearbom y Lake Street; el Alhambra, de Archer Avenue; el Atlantic, el Wellington y el Saratoga, y otros veinte más. Pero por la importancia, por la comodidad, por la actividad y por el buen orden del servicio, dejando a cada uno la discreción de alojarse a la americana o a la europea, el mejor hotel es el que se alza en la esquina de Congress Street y Michigan Avenue, frente a Lake Park. Se trata de un inmenso edificio, de diez pisos de altura, al que da nombre el teatro Auditorium, que forma parte de él y que tiene cabida para ocho mil espectadores.

 

El aforo del teatro iba a ser insuficiente aquella mañana, y la taquilla prometía llenarse de oro, pues tras la famosa idea de sacar a subasta los

 

 

 

 

 

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nombres de los «Seis», el notario Tombrock había tenido la de cobrar entrada a cuantos quisieran oír la lectura del testamento en la sala del Auditorium. Con este importe, calculado en irnos diez mil dólares, iban a beneficiarse los hospitales Alexian Brothers y Maurice Porter Memorial for Children.

 

¿Cómo no habían de acudir al teatro los curiosos de la ciudad? En el escenario se hallaba el Ayuntamiento, presidido por el alcalde; algo más atrás, estaban los socios del Excentric Club, en torno a su presidente Georges B. Higginbotham; un poco más adelante, junto a la concha, los «Seis», en fila, cada uno en la actitud más conveniente a su posición social.

 

 

 

Lissy Wag, verdaderamente avergonzada de exhibirse de aquella manera ante miles de ávidos ojos, manteníase en actitud modesta, en su sillón, con la cabeza baja.

 

Harris T. Kymbale se arrellanaba en el suyo, y enviaba saludos a numerosos periodistas de todo matiz que se agolpaban en los lugares estratégicos del recinto.

 

El comodoro Urrican, dirigiendo en torno feroces miradas, parecía dispuesto a buscar querella al que osase contemplarle abiertamente.

 

Max Real observaba aquella agitada multitud, devorada por una curiosidad de la que él no participaba, y, fuerza es confesarlo, pareciendo interesarle más la linda joven que se hallaba situada cerca de él y cuya modesta actitud le conmovía.

 

Hermann Titbury calculaba in petto cuánto se habría recaudado de taquillaje —una gota de agua en comparación con los millones de la herencia—.

 

Tom Crabbe ignoraba por qué estaba allí, sentado, no sobre un sillón, que no hubiera podido contener su enorme masa, sino sobre un sofá, cuyas patas crujían a su peso. Ocioso es decir que en la primera fila de espectadores figuraban John Milner, Mrs. Kate Titbury, que dirigía a su marido señas totalmente incomprensibles, y la nerviosa Jovita Foley, sin cuya intervención Lissy Wag no hubiera consentido jamás en sentarse ante aquel terrible público.

 

 

 

 

 

 

 

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Después, en la inmensa sala, en los anfiteatros, en las últimas gradas, en todos los sitios donde el cuerpo humano había podido introducirse, en todos los agujeros por los que la cabeza había podido deslizarse, se apiñaban hombres y mujeres y niños pertenecientes a las diversas clases de la población que podían pagar el billete de entrada.

 

Y fuera, a lo largo de Michigan Avenue y de Congress Street, en las ventanas de las casas, en los balcones de los hoteles, por las aceras, en el centro de la calle, donde el servicio de carruajes había sido interrumpido, se agolpaba una enorme multitud, semejante al Misisipi en la época de las crecidas, y cuyas últimas ondulaciones rebasaban los límites del barrio.

 

 

 

Se ha calculado que aquel día Chicago había recibido un contingente de cincuenta mil extranjeros, llegados de los diversos puntos de Illinois, de los Estados limítrofes, y también de Nueva York, de Pennsylvania, de Ohio y de Maine. Un extenso y creciente rumor flotaba sobre aquella parte de la ciudad, llenaba el Lake Park e iba a perderse en la superficie del Michigan, que resplandecía bajo los rayos solares.

 

Sonaron las doce. Del Auditorium se escapó una exclamación.

 

El notario Tombrock se puso en pie en aquel momento, y la multitud se agitó, como la hierba al impulso de la brisa.

 

Después se hizo un profundo silencio, uno de esos emocionantes silencios que suelen producirse entre el relámpago y el trueno, cuando todos los pechos están penosamente oprimidos.

 

El notario, en pie ante la mesa que ocupaba el centro del escenario, con los brazos cruzados y el rostro grave, esperaba que sonase la última campanada del reloj indicando el mediodía.

 

Sobre la mesa había un sobre cerrado con cinco sellos rojos, donde estaban grabadas las iniciales del difunto.

 

Este sobre contenía el testamento de William J. Hypperbone, y también, a juzgar por su volumen, otros papeles relacionados con el asunto. En la envoltura se indicaba que dicho sobre no debía ser abierto hasta transcurridos quince días desde el fallecimiento, y especificaba, además, que la ceremonia de apertura se verificaría en la sala del Auditorium, a

 

 

 

 

 

 

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mediodía.

 

Con mano temblorosa el notario Tombrock rompió los sellos del sobre, y extrajo de éste un pergamino sobre el cual aparecía la grosera letra del testador, luego un mapa doblado en cuatro partes, y, finalmente, una cajita de una pulgada de longitud por media de altura.

 

Entonces, con una voz potente que se extendió hasta el extremo de la sala, el notario, tras pasear sus ojos, provistos de gafas de aluminio, por las primeras líneas del pergamino, leyó lo siguiente:

 

—Éste es mi testamento, escrito de mi puño y letra en Chicago a tres de julio de mil ochocientos noventa y cinco.

 

Sano de cuerpo y de alma, en la plenitud de mis facultades, redacto la presente acta, donde consta mi última voluntad. El notario Mr. Tombrock, en unión de mi compañero y amigo Georges B. Higginbotham, presidente del «Excentric Club», hará cumplir fielmente mi última voluntad, así como habrá hecho cuanto concernía a mis funerales.

 

 

 

El público y los interesados iban a saber finalmente a qué atenerse. Verían resueltas todas las preguntas hechas desde hacía quince días, todas las cábalas e hipótesis que habían circulado durante aquellas dos semanas de febril curiosidad.

 

—Sin duda, hasta el presente, ningún miembro del «Excentric Club» se ha destacado precisamente por sus excentricidades. Quien esto escribe no ha salido de la monotonía de la existencia. Pero lo que no se ha hecho en vida se realizará después de su muerte.

 

El auditorio dejó oír un murmullo de satisfacción. Esperó el notario a que se extinguiese, interrumpiendo la lectura durante medio minuto. Después leyó:

 

 

 

—No habrán olvidado mis queridos compañeros que la única pasión de mi vida ha sido el juego de la oca, este noble juego tan conocido en Europa y particularmente en Francia, considerado como ideado por los griegos, aunque la Hélade no haya visto jugar nunca ni a Platón ni a Temístocles, ni a Aristóteles, ni a Leónidas, ni a Sócrates, ni a ningún otro personaje de su historia. Yo introduje este juego en nuestro Círculo. Este juego, en el

 

 

 

 

 

 

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que sólo el azar dirige a los que luchan sobre su campo de batalla para conseguir la victoria, me ha proporcionado las emociones más vivas, a causa de la variedad de sus facetas, de lo imprevisto de sus golpes y del capricho de sus combinaciones.

 

¿Por qué motivo el noble juego de la oca intervendría de modo tan inesperado en el testamento de William J. Hypperbone? El notario continuó:

 

 

 

—Nadie ignora en Chicago que este juego se compone de una serie de casillas ordenadas y numeradas del 1 al 63. Catorce de estas casillas están ocupadas por la figura de una oca, ese animal tan injustamente tachado de estúpido, y que debiera haber sido rehabilitado cuando salvó al Capitolio de Breno y de sus galos.

 

Algunos concurrentes, algo escépticos, comenzaron a preguntarse si el difunto William J. Hypperbone no se burlaba del público con el intempestivo elogio de aquel ejemplar de la tribu de los anserinos, aves palmípedas lamelirrostras. El testamento proseguía:

 

—Como consecuencia de dicha disposición, y descontando estas catorce casillas, quedan cuarenta y nueve, de las que únicamente seis obligan al jugador a pagar primas, o sea: una prima a la casilla 6, donde hay un puente que permite saltar a la 12; dos primas a la 19, donde debe esperar en la hostería a que sus contrincantes hayan jugado dos veces; tres primas a la 31, donde figura un pozo, en cuyo fondo permanece hasta que otro pasa a ocupar su sitio; dos primas a la 42, que representa un laberinto, el cual ha de abandonar para retroceder a la casilla 30, donde hay un ramo de flores; tres primas a la 52, donde quedará preso mientras no sea remplazado; y, en fin, tres primas a la casilla 58, en la que hay dibujada una calavera, que obliga al jugador a recomenzar la partida.

 

Cuando, tras aquel largo período, el notario Tombrock se detuvo para tomar aliento, oyéronse varios murmullos, prontamente reprimidos por la mayoría del auditorio, evidentemente favorables al difunto. Y, no obstante, toda aquella gente no se había concentrado en el Auditorium para escuchar una disertación sobre el juego de la oca.

 

El notario continuó en estos términos:

 

—En este sobre se encontrará un plano y una caja. El plano es el del

 

 

 

 

 

 

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noble juego de la oca, compuesto conforme a una nueva colocación de sus casillas que yo he inventado, y del que deberá darse conocimiento al público. La caja contiene dos dados semejantes a los que yo solía servirme en el Círculo.

 

—El plano y los dados serán destinados a una partida que será jugada de acuerdo con las condiciones que se citan a continuación.

 

 

 

¡Cómo! ¿Se trataba de jugar una partida a la oca? Decididamente, el difunto era un farsante, un humbug, como se dice en América.

 

Un fuerte siseo se levantó contra los descontentos, y el notario prosiguió su lectura:

 

—He aquí lo que he pensado hacer en honor de mi país, al que amo con el ardor de un patriota y cuyos diversos Estados he visitado a medida que su número aumentaba y nuevas estrellas se añadían al pabellón de la República americana.

 

Una triple salva de hurras resonó en el local, a la que sucedió un intenso silencio, pues la curiosidad había llegado a su punto culminante.

 

—Actualmente, sin contar Alaska, situada fuera de su territorio, pero que se unirá a él muy pronto, cuando el Canadá se nos incorpore, la Unión posee cincuenta Estados, repartidos sobre una extensión de cerca de ocho millones de kilómetros cuadrados. Pues bien, colocando estos cincuenta Estados por casillas, uno a continuación de otro, y repitiendo catorce veces uno de ellos, he obtenido un tablero compuesto de sesenta y tres casillas, idéntico al noble juego de la oca, convertido por este hecho en el noble juego de los Estados Unidos.

 

Los oyentes que estaban familiarizados con el juego en cuestión, comprendieron fácilmente la idea de William J. Hypperbone. El auditorio, pues, aplaudió calurosamente, y pronto toda la calle aclamó la ingeniosa invención del testador.

 

El notario Tombrock continuó leyendo:

 

—Quedaba por determinar cuál de los cincuenta Estados debía figurar catorce veces en el tablero. ¿Y cuál mejor que aquél cuyas soberbias

 

 

 

 

 

 

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riberas bañan las aguas del Michigan, aquel que se enorgullece con una ciudad como la nuestra, la que ha arrebatado a Cincinnati desde hace más de medio siglo el título de «Reina del Oeste», este Illinois, privilegiada región que el Michigan limita al Norte, el Ohio al Sur, el Misisipi al Oeste y el Wabash al Este, Estado a la vez continental y marítimo, y actualmente en primera línea en la gran República federal?

 

Una nueva tempestad de hurras hizo retemblar los muros del salón, y sus ecos, repetidos por la excitada multitud, llegaron hasta los límites del distrito.

 

Aquella vez el notario tuvo que suspender la lectura durante algunos minutos. Cuando la calma se restableció, siguió leyendo:

 

—Trátase ahora de designar los jugadores que serán llamados a jugar esta partida sobre el inmenso territorio de los Estados Unidos, conforme al mapa encerrado en este sobre y del que deberán hacerse millones de ejemplares a fin de que cada ciudadano pueda seguir las peripecias del juego. Estos jugadores, en número de seis, han sido elegidos por la suerte entre los habitantes de nuestra ciudad, y deben estar reunidos en este momento en el escenario del Auditorium. Ellos son los que habrán de trasladarse a cada Estado indicado de acuerdo con el número de tantos obtenido y el sitio que les dará a conocer mi ejecutor testamentario, según nota aquí adjunta y cuidadosamente redactada.

 

Éste era, pues, el papel reservado a los «Seis». El azar de los dados iba a pasearles por la superficie de la Unión. Serían las piezas del tablero de aquella inverosímil partida.

 

Si Tom Crabbe no comprendió nada de la idea de William J. Hypperbone, no sucedió así al comodoro Urrican, a Harris T. Kymbale, a Hermann Titbury, a Max Real y a Lissy Wag. Se miraban entre ellos, y por todos eran mirados como seres extraordinarios situados fuera del común de las gentes.

 

Pero quedaba por saber cuáles eran las últimas disposiciones imaginadas por el difunto.

 

—Transcurridos quince días de la lectura de mi testamento, cada dos días, en esta misma sala del Auditorium, y a las ocho de la mañana, el notario Mr . Tombrock, en presencia de los socios del «Excentric Club», agitará el

 

 

 

 

 

 

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cubilete de los dados, proclamará el resultado y comunicará esta cifra por teléfono al punto donde cada jugador deba encontrarse, bajo pena de quedar excluido de la partida. Dadas la facilidad y la rapidez de las comunicaciones a través del territorio de la Confederación, de la que ninguno de los «Seis» deberá traspasar los límites, si no quiere perder el derecho de continuar jugando, estimo que quince días bastarán a cada cambio de sitio, por lejano que esté.

 

Era evidente que si Max Real, Hodge Urrican, Harris T. Kymbale, Hermann Titbury, Tom Crabbe y Lissy Wag aceptaban el papel de contrincantes en aquel juego, renovado, no de los griegos, sino de los franceses, por William J. Hypperbone, quedaban obligados a seguir estrictamente las reglas impuestas. Pero ¿en qué condiciones se efectuaría aquella loca carrera a través de los Estados Unidos?

 

—Estos «Seis» viajarán a sus expensas —prosiguió el notario—, y de su bolsillo pagarán las primas exigibles a la llegada a determinadas casillas, o, mejor dicho, a determinados Estados. El precio de cada prima se fija en mil dólares. Quedará fuera de concurso el jugador que deje de efectuar un pago.

 

Si la mala suerte se mezclaba en el negocio, a razón de mil dólares por prima, la cantidad a satisfacer podía ser considerable. No es de extrañar, pues, que Hermann Titbury hiciese un gesto, que se reprodujo instantáneamente en el congestionado rostro de su esposa. No era dudoso que la obligación de pagar esta prima de mil dólares molestase, si no a todos, por lo menos a algunos de los futuros jugadores. Es cierto que se encontrarían personas dispuestas a prestar dinero a los concursantes, especialmente a los que parecían favoritos. ¿No era aquello, acaso, un nuevo campo abierto al afán especulativo de los ciudadanos de la libre América?

 

El testamento contenía aún algunas interesantes disposiciones. Y, en primer lugar, esta declaración relativa a la situación financiera de William J. Hypperbone:

 

—Mi fortuna, en terrenos e inmuebles, en valores industriales, acciones de bancos o ferrocarriles, cuyos títulos están depositados en el estudio del notario Mr. Tombrock, puede valorarse en sesenta millones de dólares.

 

Esta declaración fue acogida por un murmullo de aprobación.

 

 

 

 

 

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Se agradecía al difunto que hubiese dejado herencia tan importante, y aquella cifra pareció respetable aún en el país de los Gould, los Bennett, los Vanderbilt, los Astor, los Bradley-Martin, los Hatty Green, los Hutchinson, los Carrol, los Prior, los Morgan Slade, los Lennox, los Rockefeller, los Schemeom, los Richard King, los May Gaclet y otros millonarios, reyes del azúcar, del trigo, de la harina, del petróleo, de los ferrocarriles, del cobre, de la plata y del oro. En todo caso, aquel o aquellos de los «Seis» sobre los que recayera esta fortuna, en todo o en parte, podrían darse por satisfechos. Pero ¿bajo qué condiciones la recibirían?

 

 

 

A esta pregunta respondía así el testamento, que seguía leyendo el notario:

 

—Sabido es que en el noble juego de la oca gana el que llega primero a la casilla 63. Pero esta casilla no es definitivamente ocupada hasta que se entra en ella mediante los puntos exactos: si son excesivos los puntos obtenidos, el jugador debe retroceder tantas casillas como puntos le sobren. Así, pues, conforme a estas reglas, el heredero de toda mi fortuna será el jugador que tome posesión de la casilla 63, o, mejor dicho, del Estado 63, que es el de Illinois.

 

De lo citado se desprendía que sólo ganaba el primero que llegase al final. ¿No había nada para sus compañeros de viaje, después de tantas fatigas, gastos y emociones?

 

Sí: el segundo debía ser premiado y rembolsado en cierta medida.

 

—El segundo —decía el testamento—, es decir, aquel que al fin de la partida se halle más próximo a la casilla 63, recibirá la totalidad de las primas de mil dólares, que los azares del juego pueden elevar a una cantidad considerable, y de la que sabrá hacer bueno y provechoso uso.

 

Esta cláusula no fue ni bien ni mal recibida por los concursantes, ya que acerca de ella no cabía discusión.

 

Después, William J. Hypperbone añadía:

 

—Si por una u otra razón uno o varios de los jugadores se retirasen antes de terminar la partida, ésta será continuada por los restantes. Y en el caso de que todos la abandonen, mi herencia pasará a la población de Chicago,

 

 

 

 

 

 

56

 

que será mi heredera universal, para que sea empleada del modo que mejor convenga a sus intereses.

 

El testamento terminaba con estas líneas:

 

—Tal es mi voluntad formal, cuya ejecución vigilarán Georges B. Higginbotham, presidente del «Excentric Club», y mi notario, Mr. Tombrock. Debe ser observada en todo su rigor, como entiendo que lo serán también todas las reglas del noble juego de los Estados Unidos de América.

 

 

 

Y ahora, que Dios conduzca la partida, determine las suertes y favorezca al más digno.

 

 

 

Un último hurra acogió aquella invocación final a la intervención de la Providencia. Los asistentes al acto iban a retirarse, cuando el notario, reclamando silencio con gesto imperioso, añadió estas palabras:

 

—Hay un codicilo…

 

¿Un codicilo? ¿Iba, pues, a destruir todo lo ordenado en el testamento y a descubrir la burla que algunos esperaban aún del excéntrico difunto?

 

He aquí lo que leyó el notario:

 

—A los seis jugadores designados por la suerte se unirá un séptimo de mi elección, que figurará en la partida con las iniciales X. K. Z., gozará de los mismos derechos que sus compañeros y deberá someterse a las mismas reglas. Respecto a su nombre verdadero, no será revelado más que si gana la partida, y las jugadas de ésta que a él se refieran le serán enviadas bajo dichas iniciales.

 

Tal es la última de mis voluntades.

 

 

 

Aquello pareció singular. ¿Qué ocultaba aquella cláusula del codicilo? Pero no había razón para discutirla más que las otras; y la multitud,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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vivamente impresionada, como dicen los cronistas, abandonó el Auditorium.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VI. El mapa puesto en circulación

 

Aquel día, los periódicos de la noche, y los de la mañana al siguiente, fueron arrebatados de manos de los vendedores a un precio doble o triple del ordinario. Aunque ocho mil espectadores habían podido asistir al acto de la apertura del testamento de William J. Hypperbone, centenares de miles de americanos en Chicago, y millones de ellos en el resto de los Estados Unidos, no habían tenido esta suerte.

 

Por más que los artículos, las entrevistas y las noticias de los periódicos pudieran satisfacer a las masas, el deseo general reclamaba imperiosamente la publicación de una pieza que acompañaba al testamento.

 

Era el mapa del juego de los Estados Unidos, ideado por William J. Hypperbone, que presentaba idéntica disposición que el noble juego de la oca.

 

¿Cómo había distribuido el honorable miembro del «Excentric Club» los cincuenta Estados de la Unión? ¿Cuáles darían motivo a retrasos, a paradas momentáneas o prolongadas, a recomenzar la partida, a dar saltos hacia atrás con el pago de primas sencillas, dobles o triples?

 

No hay que extrañarse si, más aún que el público, los «Seis» y sus amigos personales deseaban saber a qué atenerse en este asunto.

 

Merced a la diligencia mancomunada de Georges B. Higginbotham y del notario Tombrock, el mapa, fielmente reproducido, fue dibujado, grabado, coloreado e impreso en menos de veinticuatro horas, y lanzado después por millones de ejemplares a través de toda América a dos centavos ejemplar. De este modo llegó a manos de todos los ciudadanos, que podrían señalar en él cada jugada y seguir la marcha de aquella memorable partida.

 

He aquí en qué orden, y por casillas correlativas y numeradas, estaban dispuestos los cincuenta Estados que en aquella época componían la

 

 

 

 

 

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República americana:

 

Casillas:

 

Rhode Island.

 

Maine.

 

Tennessee.

 

Utah.

 

Illinois.

 

Nueva York.

 

Massachusetts.

 

Kansas.

 

Illinois.

 

Colorado.

 

Tejas.

 

Nuevo México.

 

Montana.

 

Illinois.

 

Misisipi.

 

Connecticut.

 

Iowa.

 

Illinois.

 

Luisiana.

 

Delaware.

 

Nuevo Hampshire.

 

Carolina del Sur.

 

Illinois.

 

Michigan.

 

Georgia.

 

Wisconsin

 

Illinois.

 

Wyoming.

 

Oklahoma.

 

Washington.

 

Nevada.

 

Illinois.

 

Dakota del Norte.

 

Nueva Jersey.

 

Ohio.

 

Illinois.

 

Virginia Occidental.

 

 

 

 

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Kentucky.

 

Dakota del Sur.

 

Maryland.

 

Illinois.

 

Nebraska.

 

Idaho.

 

Virginia.

 

Illinois.

 

Distrito de Columbia.

 

Pennsylvania.

 

Vermont.

 

Alabama.

 

Illinois.

 

Minnesota.

 

Missouri.

 

Florida.

 

Illinois.

 

Carolina del Norte.

 

Indiana.

 

Arkansas.

 

California.

 

Illinois.

 

Arizona.

 

Oregón.

 

Territorio Indio.

 

Illinois.

 

Tal era el sitio asignado a cada Estado a lo largo de las sesenta y tres casillas, estando el de Illinois repetido catorce veces.

 

Conviene advertir, en primer lugar, cuáles eran los Estados elegidos por William J. Hypperbone para el pago de prima que motivaban paradas y retrocesos a los jugadores desafortunados.

 

Eran éstos en número de seis, a saber:

 

1.º La casilla número 6, Estado de Nueva York, correspondía a la del puente en el juego de la oca, en la que el jugador, al llegar a ella, debe inmediatamente colocarse en la 12, Estado de Nuevo México, contra pago de una prima sencilla.

 

2.º La casilla 19, Luisiana, corresponde a la de la hostería, y donde el

 

 

 

 

 

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jugador, tras pagar una prima doble, ha de permanecer dos veces sin jugar.

 

3.º La casilla 31, Estado de Nevada, correspondía a la del pozo, en el fondo del cual permanece el jugador hasta que otro le remplaza, tras haber pagado una prima triple.

 

4.º La casilla 42, Estado de Nebraska, correspondía a la del laberinto, donde el jugador, después del pago de una prima doble, debe retroceder hasta la casilla 30, reservada al Estado de Washington.

 

5.º La casilla 52, Estado de Missouri, correspondía a la de la prisión, donde es encerrado el jugador, que satisface una prima triple y de la que no puede salir hasta que otro pasa a ocupar su sitio.

 

6.º La casilla 58, Estado de California, correspondía a la de la calavera. El jugador que cae en ella es obligado, por una cruel regla del juego, a recomenzar la partida, tras pagar una prima triple.

 

Por lo que respecta al Estado de Illinois, indicado catorce veces en el mapa, correspondía a la oca, y figuraba en las casillas 5, 9, 14, 18, 23, 27, 32, 36, 41, 45, 50, 54, 59 y 63. Los jugadores no debían detenerse en ellas, y, según la regla, doblarían los puntos obtenidos hasta encontrar otra casilla distinta a aquéllas en que figuraba el simpático animal cuya rehabilitación reclamaba William J. Hypperbone.

 

Cierto es que si del primer golpe de dados el jugador obtenía nueve puntos, o sea, que se colocaba en la casilla 9, llegaría de oca en oca directamente hasta la 63, es decir, al final. Como la cifra 9 no puede obtenerse más que de dos maneras con los dados, por 3 y 6 o por 5 y 4, en el primer caso el jugador iría a colocarse en la casilla 26, Estado de Wisconsin, y en el segundo en la casilla 53, Estado de Florida.

 

Esto constituía un avance considerable sobre los demás. Pero la ventaja es más aparente que real, puesto que es preciso llegar a la última casilla mediante un número exacto de puntos, y el jugador está obligado a retroceder si excede de él.

 

Finalmente, y como última observación, cuando uno de los jugadores fuese alcanzado por otro, debía cederle su casilla y situarse en la que aquél ocupaba, tras haber pagado una prima sencilla, excepto en el caso en que él hubiera abandonado ya dicha casilla el día en que el otro llegase

 

 

 

 

 

 

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a ella. Esta derogación de la regla había sido admitida por el testador, teniendo en cuenta el tiempo necesario para estos cambios consecutivos.

 

Restaba una cuestión secundaria —y de las más interesantes seguramente— que el estudio del mapa no permitía resolver.

 

¿Cuál era, dentro de cada Estado, el sitio donde tenían que situarse los jugadores? ¿Debían ir a la capital, o a otra localidad notable desde el punto de vista histórico o geográfico? ¿No era verosímil que el difunto, aprovechándose de lo visto en sus viajes, hubiese elegido los lugares más célebres? Una nota unida al testamento lo indicaba; pero esta indicación debía ser hecha al interesado en el despacho que le haría conocer el resultado del golpe de dados a él concerniente. El notario Tombrock expediría este telegrama al lugar donde el jugador debería encontrarse en aquel momento.

 

Huelga decir que los periódicos americanos publicaron estas observaciones, recordando que, a tenor de la voluntad formal del testador, las reglas del noble juego de la oca debían ser seguidas en todo su rigor.

 

Respecto al tiempo para trasladarse a cada lugar, era más que suficiente, por más que cada golpe debía jugarse cada dos días. Efectivamente, como eran siete, cada jugador dispondría de catorce días. No necesitaría tanto tiempo ni aun para trasladarse de un extremo a otro de la Unión, por ejemplo, de Maine a Tejas o de Oregón a la punta meridional de Florida. Los ferrocarriles cubrían en aquella época la superficie entera del territorio, y, combinando itinerarios y horarios, podía viajarse con gran rapidez.

 

Tales eran las reglas del juego, que no admitían discusión. La cosa era, como suele decirse, para tomarla o dejarla. Y se tomó.

 

Pero no todos los seis elegidos demostraron el mismo afán. El comodoro Urrican fue en esto igualado por Tom Crabbe, o más bien por John Milner, y por Hermann Titbury. Respecto a Max Real y Harris T. Kymbale, miraron la cuestión desde el punto de vista Turístico, el uno en provecho de su arte y de sus artículos periodísticos el otro. En lo que concierne a Lissy Wag, he aquí lo que le declaró Jovita Foley:

 

—Querida, voy a solicitar de Mr. Marshall que te conceda una licencia, y a mí también, pues pienso acompañarte hasta la casilla 63.

 

 

 

 

 

 

 

63

 

—¡Pero esto es una locura! —exclamó la joven.

 

—Al contrario, es muy de cuerdos —respondió Jovita—; y como tú has de ser la ganadora de los sesenta millones de dólares de Mr. Hypperbone…

 

—¿Yo?

 

—Tú, Lissy. Y me darás la mitad por mi ayuda.

 

—Puedes quedarte con todo, si lo deseas.

 

—¡Acepto! —contestó Jovita Foley con la mayor seriedad del mundo.

 

Claro está que Mrs. Titbury seguiría a Hermann Titbury en su peregrinación, aunque para ello fuese necesario doblar los gastos. Desde el momento en que no estaba prohibido partir en compañía de otro, juntos partirían. Era lo mejor para ambos.

 

Así lo exigió Mrs. Titbury, como exigió también que su marido tomase parte en el juego, pues las mudanzas y los gastos a realizar asustaban a aquel infeliz, tan medroso como avaro.

 

Pero la imperiosa Kate se impuso, y Hermann no tuvo otro remedio que obedecer.

 

John Milner acompañaría asimismo a Tom Crabbe, como era natural.

 

Y el comodoro Urrican, Max Real y Harris T. Kymbale, ¿viajarían solos, o se harían acompañar de algún criado? No lo habían decidido aún. Ninguna cláusula del testamento se lo prohibía. Además, el que lo desease era libre de acompañar a cualquiera de los «Seis» y de apostar por él como se apuesta por caballos de carreras.

 

Sería superfluo añadir que la excentricidad pòstuma de William J. Hypperbone había producido gran sensación en América y Europa. No cabía duda, dado el afán especulativo de los americanos, de que en tal partida se apostarían unas sumas importantes.

 

Hermann Titbury y Hodge Urrican, en buena situación económica, y también John Milner, que ganaba mucho dinero con las exhibiciones de Tom Crabbe, no corrían el riesgo de verse obligados a detenerse en el camino por no poder pagar las primas. Por lo que respecta a Harris T.

 

 

 

 

 

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Kymbale, el Tribune —¡y qué reclamo para este periódico!— estaba dispuesto a abrirle el crédito que fuera preciso.

 

Max Real no se preocupaba de estas obligaciones, pues ya vería lo que haría llegado el caso. Y en lo relativo a Lissy Wag, Jovita Foley le había dicho:

 

—Nada temas. Dedicaremos todos nuestros ahorros a los gastos de viaje.

 

—No iremos muy lejos, pues.

 

—Te equivocas, Lissy. Iremos muy lejos.

 

—Haz números. Si la desgracia nos obliga a pagar primas…

 

—¡La suerte no nos obligará más que a ganar! —declaró Jovita Foley, con tan resuelto tono que Miss Wag se guardó bien de discutir con ella.

 

Sin embargo, probablemente ni Lissy Wag ni quizá Max Real serían los favoritos de los especuladores americanos, puesto que la falta de pago de una prima les excluiría de la partida en provecho de los demás jugadores.

 

No obstante, si algo podía influir a favor de Max Real, era que la suerte le había designado como el primero que había de partir, de lo que el comodoro Urrican se mostraba sumamente furioso. No, él no podía consolarse de ser el número seis, después de Max Real, Tom Crabbe, Hermann Titbury, Harris T. Kymbale y Lissy Wag. Y, sin embargo, bien pensado, esto carecía de importancia. ¿Acaso el último no podía distanciarse de sus compañeros, si al primer golpe, por ejemplo, era enviado por 5 y 4 a la casilla 53, Estado de Florida? Sí, pues tal es el azar de estas maravillosas combinaciones, debidas, según la leyenda, al sentido fino y poético de la ingeniosa Hélade.

 

 

 

Era evidente que el público, muy interesado desde el principio, no veía ni las dificultades ni las fatigas de aquel viaje.

 

No era imposible que la partida se decidiera en algunas semanas, pero tampoco que durase meses y aun años. No lo ignoraban los miembros del «Excentric Club», que habían sido testigos o participantes de las interminables partidas jugadas diariamente por William J. Hypperbone en las salas del Círculo. De prolongarse la marcha a través de los Estados, era de temer que algunos de los jugadores se vieran imposibilitados por la

 

 

 

 

 

65

 

enfermedad y obligados, por tanto, a abandonar toda esperanza de llegar al fin, en provecho del más fuerte o del más favorecido por el azar. Estas eventualidades no preocupaban a nadie. Todos tenían prisa por verse en plena campaña, y, cuando los «Seis» estuvieran en camino, de participar en sus emociones, de acompañarles con su imaginación y hasta en realidad, como hacen los ciclistas en una carrera profesional, de seguirles en sus múltiples paseos por la Unión, cosa que colmaría de satisfacción a los fondistas de los Estados que cruzara el itinerario.

 

Pero si el público rehusaba pensar en los inconvenientes de toda clase que podían surgir, un pensamiento muy lógico acudió al espíritu de algunos jugadores. ¿Por qué no podían hacer un arreglo entre ellos, mediante el cual el ganador se comprometiera a partir su fortuna con los menos favorecidos por la suerte, o por lo menos dividirles la mitad de ella, reservándose la otra mitad? Treinta millones de dólares para el vencedor, y el resto para los otros. Tener, en todo caso, la seguridad de embolsarse cinco millones de dólares parecía a los espíritus prácticos y poco amigos de aventuras muy digno de ser tomado en consideración.

 

En ello nada había que se opusiera a la voluntad del testador, puesto que la partida se efectuaría en las condiciones prescritas, y el triunfador podría siempre disponer de su ganancia como le pluguiera.

 

Así, pues, los interesados, por iniciativa seguramente del más prudente de ellos, fueron convocados a una reunión para tratar de esta proposición. Hermann Titbury era de opinión de que se aceptase. Calculad: ¡más de cinco millones de dólares asegurados a cada uno! Mrs. Titbury vacilaba, pero acabó por aceptar. Tras madura reflexión, pues no era amigo de aventuras, Harris T. Kymbale se unió a esta opinión, así como Lissy Wag, aconsejada por su patrón Mr. Marshall Field y pese a la oposición de Jovita Foley, que lo quería todo. John Milner se adhirió en nombre de Tom Crabbe; y si Max Real se hizo de rogar un poco, es porque estos artistas llevan generalmente un punto de locura en el cerebro. Pero al fin, aunque sólo fuera por no contrariar a Lissy Wag, cuya situación le interesaba vivamente, se declaró dispuesto a suscribir el arreglo.

 

Mas para que éste fuera definitivo era indispensable que estuviera firmado por todos; y aunque cinco consentían, había un sexto de cuya terquedad no pudo triunfar argumento alguno. Era Hodge Urrican, el cual se negó a escuchar razón alguna.

 

 

 

 

 

 

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Había sido designado por la suerte para jugar la partida, y la jugaría hasta el final. Fue preciso romper las negociaciones, pues el comodoro se encastilló en una obstinación irreductible, pese a que Tom Crabbe, obedeciendo a John Milner, se disponía a darle un puñetazo que le hubiera hundido algunas costillas.

 

Además, olvidaban que, según el codicilo, los jugadores eran siete. Había aquel desconocido, X. K. Z., elegido por William J. Hypperbone. ¿Quién era? ¿Vivía en Chicago? ¿Sabía el notario a qué atenerse respecto a este punto? El codicilo ordenaba que el nombre de este misterioso personaje no debía ser revelado sino en el caso de que fuera el favorecido por la suerte. Esto acentuaba la curiosidad de la gente. Ahora bien, puesto que aquel X. K. Z. no podía ir a aceptar el contrato propuesto, no hubiera sido posible llegar a un acuerdo acerca del dinero aunque el comodoro Urrican hubiese prestado su consentimiento.

 

Así, pues, no quedaba más que esperar el primer golpe de dados, cuyo resultado debía ser proclamado el día 30 de abril en el teatro Auditorium.

 

Seis días faltaban para la fantástica fecha. Por lo tanto, había tiempo suficiente para hacer los preparativos, tanto para el comodoro Urrican, que debía partir en último lugar, como para Hermann Titbury, Harris T. Kymbale, Tom Crabbe y Lissy Wag.

 

El que menos preocupación sentía por el viaje, pese a que debía partir el primero, era Max Real. Cuando su madre, que había abandonado Quebec y residía ahora en la casa de South Halstedt Street, le hablaba de ello, él respondía:

 

—Tengo tiempo de sobra.

 

—No mucho, hijo mío.

 

—Además, madre, ¿para qué he de lanzarme a tan absurda aventura?

 

—¡Cómo…! ¿No quieres probar fortuna?

 

—No he nacido para ser millonario.

 

—¡No digas tonterías! —replicaba la excelente señora, que soñaba todo lo que las madres sueñan para sus hijos—. Es preciso que hagas los preparativos para el viaje…

 

 

 

 

 

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—Ya los haré mañana, madre… O pasado mañana… O la víspera de la partida…

 

—Pero piensa al menos lo que quieres llevar…

 

—Los pinceles, la caja de colores, los lienzos… Lo llevaré al hombro, en un saco, como los soldados.

 

—Piensa que puedes ser enviado al otro extremo de América.

 

—De los Estados Unidos, madre —rectificó el joven—; y sólo con una maleta daría la vuelta al mundo.

 

Y volvía a su estudio, siendo imposible obtener de él otra respuesta. Pero su madre no dejaría que perdiese tan buena ocasión de hacer fortuna.

 

En cuanto a Lissy Wag, disponía de mucho tiempo, puesto que no debía partir hasta diez días después que Max Real. De esto se lamentaba la impaciente Jovita Foley.

 

—¡Qué desgracia, mi pobre Lissy! —repetía—. ¡Qué desgracia haberte tocado el número cinco!

 

—¡Cálmate, amiga mía! —respondía la joven—. Es un número tan bueno como los otros… O tan malo.

 

—No digas eso, Lissy; no tengas esas ideas, que, pueden traemos la desgracia.

 

—Vamos, Jovita, dime la verdad; ¿crees tú verdaderamente…?

 

—¿Qué resultarás vencedora?

 

—Sí.

 

—Estoy segura de ello… Tan segura como de tener aún mis treinta y dos dientes.

 

Y al oír esto, lanzaba Lissy Wag tan estrepitosa carcajada que Jovita sentía deseos de darle unos azotes.

 

Es inútil insistir sobre el estado de ánimo del comodoro Urrican. Este

 

 

 

 

 

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personaje no vivía. Hallábase decidido a abandonar Chicago diez minutos después de que los dados le hubiesen indicado el número. No se detendría ni un día, ni una hora, aunque fuese enviado a la región de los Everglades en la península de Florida.

 

El matrimonio Titbury pensaba solamente en las primas que tendría que pagar si la suerte les era adversa, más aún que en las probabilidades de caer en la prisión de Missouri o en el pozo de Nevada. Confiaban que la suerte les evitaría estos funestos lugares.

 

Tom Crabbe continuaba haciendo sus seis comidas diarias, sin preocuparse del porvenir y esperando no interrumpir tan buenas costumbres durante el viaje. Siempre encontraría posadas bien provistas incluso en los pueblos de menor importancia, y, además, John Milner cuidaría de que nada faltase al coloso. No cabe duda de que esto costaría dinero, pero ¡qué reclamo para el campeón del Nuevo Mundo! ¿Y quién sabe si durante el viaje no se presentaría ocasión de organizar alguna velada de boxeo, de la que el célebre machacador de mandíbulas sacaría honra y provecho?

 

 

 

En fin, preciso es indicar que en Chicago y en otras muchas ciudades de la Unión se habían establecido agencias para apuestas. Claro es que no podían funcionar mientras la partida no hubiera empezado. Si la impaciencia del público había sido grande desde el día 1.º al día 15 de abril, día en que se leyó el testamento, no fue menor desde el día 15 al día 30, día en que por vez primera los dados iban a ser lanzados sobre el mapa trazado por William J. Hypperbone. Todos los habituales apostantes en las carreras sólo esperaban el momento de apostar en el nuevo juego. Pero ¿qué base existía para calibrar el mérito de los participantes? No podía hacerse, como para los caballos, teniendo en cuenta los triunfos obtenidos, lo ilustre de su ascendencia o la habilidad del jockey. En esta ocasión no quedaba más recurso que aquilatar las cualidades personales de los jugadores, especialmente su aspecto moral.

 

De todas maneras, preciso es confesar que la conducta de Max Real no era la más a propósito para que el joven se captase las simpatías de los apostantes. ¿Se creerá que el día 29 de abril, víspera del día en que los dados iban a fijar su itinerario, había salido de Chicago? Desde hacía cuarenta y ocho horas, con sus enseres de pintor al hombro, había partido para el campo. Su madre, preocupada, ignoraba cuándo estaría de regreso. ¡Ah!, si por alguna causa era detenido en algún sitio, si no estaba

 

 

 

 

 

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allí al día siguiente para asistir al golpe de dados, ¡qué satisfacción para el sexto jugador, que pasaría a convertirse en el quinto! Y éste sería el comodoro Urrican, que se exaltaba ante la probabilidad de avanzar un puesto y que no tendría, por lo tanto, más que cinco adversarios para combatir.

 

Nadie pudo decir si Max Real había vuelto de su excursión el día 30 de abril, ni aun si se encontraba en la sala del Auditorium.

 

Al dar las doce, ante los agitados espectadores, el notario Tombrock, acompañado por Georges B. Higginbotham y los socios del «Excentric Club», agitó el cubilete con mano firme e hizo rodar los dados sobre el mapa.

 

—Cuatro y cuatro —gritó.

 

—¡Ocho! —respondieron al unísono los concurrentes.

 

Esta cifra correspondía a la casilla asignada por el testador al Estado de Kansas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VII. El primero que marcha

 

Al siguiente día, la gran estación de Chicago presentaba extraordinaria animación. ¿Qué la motivaba? Evidentemente la presencia de un viajero, en traje de turista, con sus arreos de pintor al hombro, seguido de un joven negro, portador de un maletín y de un saco en bandolera, que se aprestaba a tomar el tren de las ocho y diez de la mañana.

 

No faltan ferrocarriles que crucen en todas direcciones el territorio de la República Federal. En los Estados Unidos el valor de los caminos de hierro sobrepasa los 55 milliards de francos, y 700 000 individuos están empleados en su explotación. Solamente en Chicago hay un movimiento diario de 300 000 viajeros, sin contar las 10 000 toneladas de periódicos y cartas que los vagones transportan anualmente.

 

Dedúcese de ahí que ninguno de los siete jugadores hallaría dificultades para trasladarse al punto que el capricho de los dados le indicara. Además hay que añadir a estas múltiples vías férreas los steamers y los steamboats

 

,      barcos que surcan los canales, los lagos y los ríos. En lo que respecta concretamente a Chicago, es fácil partir y no menos fácil regresar.

 

Max Real, que había vuelto a la ciudad la víspera, se ocultaba entre la multitud que llenaba el Auditorium cuando la suerte de los dados fue proclamada por el notario. Nadie le había visto, y se ignoraba su regreso. Así, pues, cuando su nombre fue pronunciado se produjo un inquietante silencio, que rompió la voz tonante del comodoro Urrican al decir:

 

—¡Ausente!

 

—¡Presente! —respondió otra voz.

 

Y Max Real, acogido con aplausos, subió al escenario.

 

—¿Está usted dispuesto a partir? —preguntó el presidente del «Excentric Club» aproximándose al artista.

 

 

 

 

 

 

 

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—Dispuesto a partir y a vencer —respondió sonriendo el pintor.

 

El comodoro Urrican, como un caníbal de la Papuasia, le hubiera devorado vivo.

 

El excelente Harris T. Kymbale avanzó hacia Max Real y, sin pesadumbre, le dijo:

 

—Compañero, le deseo buen viaje.

 

—Lo mismo le deseo para el día de su marcha —contestó el pintor.

 

Y ambos cambiaron un cordial apretón de manos.

 

Ni Hodge Urrican ni Tom Crabbe, furioso el primero y embrutecido el otro como de costumbre, se unieron a los cumplimientos del periodista.

 

El matrimonio Titbury no tenía más que un deseo: que todas las malas rachas del juego cayesen sobre la cabeza del primero que partía; que fuese a hundirse en el pozo de Nevada, o cayese en la prisión de Missouri, permaneciendo allí hasta el fin de su vida.

 

Al pasar por delante de Lissy Wag, Max Real se inclinó respetuosamente y dijo:

 

—Señorita, permítame usted que le desee buena suerte.

 

—Pero eso va en contra de sus propios intereses, caballero —dijo la joven algo sorprendida.

 

—No importa, señorita; esté usted segura de que hago votos por usted.

 

—Se lo agradezco mucho, caballero —respondió Lissy Wag.

 

Jovita Foley deslizó esta justa observación en el oído de su amiga:

 

—Es agradable ese Max Real, y lo sería aún más si, como desea, te deja llegar la primera.

 

Terminado el acto, la sala del Auditorium fue evacuada poco a poco, y el resultado de la tirada de dados extendióse en seguida por la ciudad.

 

El match Hypperbone, usando la expresión adoptada por el público, había

 

 

 

 

 

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comenzado.

 

Por la tarde Max Real terminó los preparativos, poco complicados, y al siguiente día por la mañana abrazó a su madre, tras prometerle formalmente que le escribiría con la mayor frecuencia posible. Después abandonó el número 3997 de Halstedt Street, precedido por su fiel Tommy, y fue andando hasta la estación, adonde llegó diez minutos antes de la salida del tren.

 

No ignoraba el joven que la red de ferrocarriles se extiende en todos sentidos en torno a Chicago, y sólo tenía que elegir entre los dos o tres que se dirigían hacia Kansas. No es este Estado limítrofe del de Illinois, pero no está separado de él más que por el de Missouri. Así el viaje que la suerte imponía al pintor sólo comprendía quinientas cincuenta o seiscientas millas, siguiendo el itinerario de su preferencia.

 

«No conozco Kansas —se dijo—, y se me presenta la ocasión de visitar el “desierto americano”, como fue llamado en otra época. Además, entre los del país no se habla mal de los franco-canadienses. Será un viaje agradable, pues no me está prohibido seguir el trayecto a mi gusto».

 

Efectivamente, no estaba prohibido. Tal había sido la opinión del notario Tombrock cuando fue consultado acerca de este extremo. La nota redactada por William J. Hypperbone imponía a Max Real la obligación de ganar Fort Riley, en Kansas, y bastaría con que se encontrase allí a los quince días de su partida, a fin de recibir por telégrafo el número de la segunda jugada que le correspondía, o sea, la octava de la partida. En suma, de los cincuenta Estados colocados en el mapa por el orden que se sabe, tres eran los que le ofrecían un peligro inmediato; Luisiana, en la casilla, 19, equivalía a la posada; Nevada, en la 30, al pozo; y Missouri, en la 52, a la prisión.

 

Max Real llegaría a su destino procurando hacer agradable el viaje, precisamente al contrario de lo que harían el colérico Urrican o el avaricioso Titbury, que no tendrían paciencia ni desperdiciarían su dinero en contemplar el paisaje. Éstos irían a todo vapor, con pocos deseos de transire videndo.

 

He aquí el itinerario elegido por Max Real: en vez de dirigirse a Kansas

 

City por el camino más corto, atravesando Illinois y Missouri del Nordeste

 

al Sudoeste, tomaría el Grand Trunk, vía férrea que, en una longitud de

 

 

 

 

 

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3786 millas, va de Nueva York a San Francisco, y que en América es conocida por «Ocean to Ocean». Un trayecto de unas 500 millas le permitiría llegar a Omaha, en la frontera de Nebraska, y desde allí, viajando en uno de los steamers que descienden por el Missouri, llegaría a la metrópoli de Kansas. Después, como turista, como artista, llegaría a Fort Riley el día fijado.

 

Al entrar Max Real en la estación encontró en ella gran número de curiosos. Antes de comprometer grandes sumas en la partida, los apostantes querían ver con sus propios ojos al primero que emprendía el viaje. Aunque las cantidades a apostar, basadas en probabilidades más o menos seguras, no podían fijarse aún, convenía observar al pintor en el momento de la partida. ¿Inspiraría confianza su actitud? ¿Podría confiarse en que sería el ganador, pese a que el azar era un factor más decisivo que el aspecto físico del jugador?

 

Preciso es confesar que Max Real no tuvo la fortuna de agradar a sus conciudadanos —cosa que a él le tenía sin cuidado— por el solo hecho de llevar sus trebejos de pintura. Jonathan, como hombre práctico, estimaba que no se trataba de contemplar el país ni de pintar cuadros; que se debía viajar como jugador, no como artista. En su opinión, la partida imaginada por William J. Hypperbone tomaba la categoría de cuestión nacional, y debía ser jugada en serio. Si alguno de los «Siete» no ponía en ella todo el ardor de que era capaz, faltaba a las conveniencias que debían guardarse a la inmensa mayoría de ciudadanos de la libre América.

 

Así, el resultado fue que ni uno sólo de los concurrentes se decidió a subir al tren para acompañar a Max Real, al menos hasta la estación inmediata, y de aconsejarle un plan de conducta. Los vagones se llenaron solamente con los viajeros a quienes las obligaciones del comercio o de la industria llamaban fuera de Chicago.

 

Max Real pudo, pues, instalarse a gusto, y Tommy se sentó a su lado, pues había ya pasado el tiempo en que los blancos no soportaban la vecindad de los hombres de color.

 

Diose la señal de partida. La potente locomotora lanzó torrentes de lumbre y de vapor, y el tren se puso en marcha.

 

Entre la multitud que quedó en el andén hubiera podido verse al comodoro Urrican, que lanzó miradas terribles y amenazadoras sobre el primero de

 

 

 

 

 

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los jugadores que emprendía el camino.

 

Desde el punto de vista climatológico, el viaje comenzaba mal. No hay que olvidar que en América, en aquella latitud —aunque corresponda al paralelo de la España septentrional—, el invierno no ha terminado aún en el mes de abril. En la superficie de aquellos vastos territorios, que no cubre ninguna montaña, se prolonga hasta esta época del año, y las corrientes atmosféricas, lanzadas de las regiones polares, se desencadenan allí con toda libertad. Aunque el frío empezaba a ceder ante la fuerza de los rayos solares, las ráfagas turbaban aún el espacio. Algunas nubes bajas, de las que caían grandes lluvias, oscurecían el horizonte. Aquello era un inconveniente para un pintor que va en busca de lugares luminosos y paisajes llenos de sol. Sin embargo, era preferible recorrer los Estados de la Unión en los primeros días de primavera. Más tarde, el calor sería insoportable. Después de todo, podía esperarse que el mal tiempo no se prolongaría más allá de abril.

 

Hablaremos ahora de Tommy, el negro que desde hacía dos años estaba al servicio de Max Real y que iba a acompañarle en un viaje probablemente fecundísimo en sorpresas.

 

Como se ha dicho, era un joven de diecisiete años, y, por lo tanto, nacido libre, puesto que la emancipación de los esclavos se remontaba a la guerra de Secesión, terminada treinta años antes, con gran honor para los americanos y para la humanidad.

 

Los padres de Tommy vivían en el tiempo de la esclavitud y eran originarios del Estado de Kansas, donde la lucha entre los abolicionistas y los plantadores fue muy violenta. Los padres de Tommy —y condene insistir en este punto— no habían estado sometidos a yugo muy fuerte, y la vida les fue más fácil que a muchos de sus iguales.

 

Habían tenido un buen amo, cariñoso y justo, y se consideraban como parte de la familia de éste; así es que, cuando se proclamó la ley de abolición, no quisieron abandonarle.

 

Tommy era, pues, libre al nacer, y, después de la muerte de sus padres y del amo de éstos, vivía muy preocupado porque se encontraba solo frente a las necesidades de la vida, quizá por influencia del atavismo o por el recuerdo de los felices días de su infancia. Tal vez su joven cerebro no comprendía las ventajas que le procuraba la emancipación, cuando sólo

 

 

 

 

 

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tenía que contar con sus propias fuerzas, él, que jamás se había preocupado del porvenir. Son más numerosas de lo que se cree esas pobres gentes de color que lamentan haberse convertido en servidores libres después de haber servido como esclavos.

 

Tommy tuvo la fortuna de ser recomendado a Max Real. Era un muchacho inteligente, de natural franco, buena conducta y dispuesto a amar a los que le demostraran algo de afecto. Entró a servir al joven artista, en cuya casa iba a encontrar una posición cómoda y asegurada.

 

Su único disgusto —y él no lo ocultaba— era no pertenecerle de un modo más completo, tanto en cuerpo como en alma, y así lo repetía con frecuencia.

 

—Pero ¿por qué? —preguntábale Max Real.

 

—Porque si usted fuese mi dueño, si usted me hubiera comprado…, yo le pertenecería a usted.

 

—¿Y qué ganarías con ello?

 

—Que usted no me podría despedir… como se hace con un criado del que no se está satisfecho…

 

—¡Eh, Tommy!, ¿quién habla de despedirte? Además, si fueras mi esclavo podría venderte…

 

—No importa… Esto sería más seguro para mí.

 

—De ningún modo, Tommy.

 

—Sí, sí… Y, además, yo no sería libre para irme.

 

—Pues bien, tranquilízate. Si estoy satisfecho de tus servicios, algún día te compraré.

 

—¿A quién, si no soy de nadie?

 

—A ti, a ti mismo…, cuando sea rico…, y al precio que quieras.

 

Tommy aprobaba con la cabeza; sus ojos brillaban en el fondo de las negras órbitas, y sus dientes mostraban su extraordinaria blancura, feliz al

 

 

 

 

 

 

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pensamiento de venderse un día a su amo, y no amándole menos por eso.

 

Inútil es decir la satisfacción que le causaba acompañarle durante aquel viaje por los Estados Unidos. Su corazón se hubiera dolido al verle partir solo, aunque no se hubiera tratado más que de una separación de pocos días… ¡Y quién sabe lo que duraría la partida empeñada en aquellas condiciones, si la suerte no decidía rápidamente, si el ganador tardaba semanas, y tal vez meses, en llegar al Estado 63!

 

Prescindiendo de la duración del viaje, aquella primera jomada resultó muy fastidiosa, tras los vidrios del vagón empañados por la niebla y la lluvia. Todo se perdía en esas tonalidades grises, aborrecidas por los pintores: el cielo, los campos, las ciudades, las aldeas, las estaciones…

 

El paisaje de Illinois apareció confusamente bajo la bruma. No se vieron más que las altas chimeneas de las fábricas de harina de Napierville y los tejados de las fábricas de relojes de Aurora. No fue posible observar nada de Oswego, de Yorkville, de Sandwich, de Mendoza, de Princeton, de Rock Island, con su soberbio puente sobre el Misisipi y con sus cientos de cañones alargando sus bocas entre la hierba y las flores, ya que esta isla era propiedad del Estado, que la había transformado en arsenal.

 

Max Real estaba sumamente disgustado, pues nada de todo aquello quedaría entre sus recuerdos de artista. Tanto hubiera valido dormir durante aquella jornada, cosa que Tommy hizo a conciencia.

 

Por la tarde cesó la lluvia. Las nubes se aclararon y aún pudo observar la puesta del sol tras la púrpura del horizonte; fue un regalo para los ojos del pintor. Pero, casi en seguida, la sombra del crepúsculo invadió el espacio sobre los límites geodésicos que separan Iowa de Illinois. Aunque la noche era bastante clara, la travesía de este territorio no proporcionó a Max Real ninguna satisfacción. Poco tardó en cerrar os ojos, que no abrió hasta el alba.

 

Quizá tuvo razón para lamentarse de no haber descendido en Rock Island la víspera.

 

«Sí, he obrado mal —se dijo, al despertar—. No me está tasado el tiempo.

 

El día que tengo destinado para visitar Omaha, debí pasarlo en Rock Island. Desde ahí a Davenport, la ciudad ribereña del Misisipi, no hay más que cruzar el gran río, y así yo hubiera visto ese famoso “padre de las

 

 

 

 

 

 

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aguas” que tal vez recorreré en todo su curso, por poco que la suerte me pasee a través de los territorios centrales».

 

Era demasiado tarde para entregarse a estas reflexiones. En aquel momento, el tren corría a todo vapor por las llanuras de Iowa.

 

Max Real no pudo ver nada de Iowa City, en el valle del mismo nombre, que durante dieciséis años fue la capital del Estado; ni de Des Moines, la capital actual, que antiguamente había sido un fuerte construido en la confluencia del río de este nombre y del Racoon y ahora era una ciudad de 50 000 habitantes, rodeada de una inmensa red de vías férreas.

 

Salía el sol del horizonte cuando el tren llegó a Council Bluff, casi en el límite del Estado y sólo a tres millas de Omaha, importante ciudad de Nebraska, donde el Missouri forma la frontera natural.

 

Allí se elevó antaño «El derrumbadero del Consejo», donde se reunían las tribus indias del Far West. De allí partían las expediciones guerreras o comerciales que alcanzaban las regiones cruzadas por las montañas Rocosas y Nuevo México.

 

Pues bien; no se diría que Max Real había pasado sin detenerse en esta primera estación del Union Pacific, como había hecho con tantas otras desde la víspera.

 

—Bajemos —dijo.

 

—¿Es que hemos llegado? —preguntó Tommy, abriendo los ojos.

 

—Siempre se llega… cuando se está en alguna parte.

 

Después de esta respuesta, asombrosa por lo positiva, ambos saltaron al andén de la estación.

 

El steamer no partiría del muelle de Omaha hasta las diez de la mañana. Como sólo eran las seis, no faltaría tiempo para visitar Council Bluff, sobre la ribera izquierda del Missouri.

 

Esto se hizo rápidamente, tras una breve parada para desayunar.

 

Después, el futuro señor y el futuro esclavo anduvieron entre las dos vías férreas que, cruzando el río por un doble puente, establecen comunicación

 

 

 

 

 

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con la metrópoli de Nebraska.

 

El cielo se había serenado. Lanzaba el sol sus rayos matutinos a través de las nubes desgarradas, que una ligera brisa llevaba lejos.

 

¡Qué satisfacción producía caminar libremente después de veinticuatro horas de encierro en un vagón de ferrocarril!

 

Max Real no pensaba en tomar apuntes, pues ante sus ojos se extendían vastos y áridos arenales, poco tentadores para el pincel de un artista.

 

Marchó directamente hacia el Missouri, ese gran tributario del Misisipi, llamado en otra época Mise Souri, Peti Kanui, es decir, «río de fango», en lengua india, cuyo curso alcanza los 4800 kilómetros.

 

A Max Real se le había ocurrido una idea que no hubieran tenido, indudablemente, ni el comodoro Urrican, ni John Milner, ni aun Harris T. Kymbale: la de sustraerse, en cuanto fuera posible, a la curiosidad pública. Por esta razón no había dado a conocer su itinerario en Chicago. La ciudad de Omaha se interesaba tanto como las demás en la partida del noble juego de los Estados Unidos, y, de saber que el primer jugador se aproximaba, le hubiera recibido con los honores debidos a personaje de tal importancia.

 

 

 

Omaha es una ciudad importante; comprendido su arrabal del Sur, cuenta con 150 000 habitantes. El boom, lo que Reclus llama con justicia el «período de especulación, y al mismo tiempo de trabajo intenso», la hizo surgir del desierto en 1854, como a tantas otras ciudades, con todo su aparato de industria y progreso. ¿Cómo los habitantes de Omaha, jugadores por instinto, resistirían el deseo de apostar por alguno de los jugadores que el ciego destino iba a esparcir por la Unión? ¡Y uno de ellos rehusaba revelar su presencia! Efectivamente, Max Real se limitó a comer en una modesta fonda, sin indicar su nombre ni su calidad de concursante.

 

Era posible que el azar le enviase a Nebraska, o a los Estados que el Grand Trunk pone en comunicación hacia el Oeste.

 

En Omaha tiene precisamente su origen la larga vía férrea, llamada Union Pacific entre Omaha y Ogden, y Southern Pacific entre Ogden y San Francisco. En cuanto a las líneas que ponen a Omaha en comunicación con Nueva York, los viajeros sólo tienen que elegir la que más les

 

 

 

 

 

 

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convenga.

 

Sin ser conocido por nadie, Max Real vagó por los principales barrios de la ciudad, que, como su vecina Council Bluff, estaba edificada con trazos rectilíneos, semejantes a un tablero de damas, y en sus límites englobaba cincuenta y cuatro manzanas de casas.

 

Eran las diez cuando Max Real, seguido de Tommy, volvió hacia el Missouri por el norte de la ciudad y bajó por el muelle hasta el embarcadero del steamboat.

 

El Dean Richmond, que así se denominaba éste, se hallaba presto para la marcha. Sus calderas hervían, y su timón no esperaba más que la orden para ponerse en movimiento. La jomada bastaría al Dean Richmond para recorrer ciento cincuenta millas y llegar a Kansas.

 

Max Real y Tommy se instalaron en la galería superior, a popa.

 

¡Ah! Si los pasajeros hubieran sabido que uno de los jugadores de la famosa partida iba a descender en su compañía por las aguas del río hasta la ciudad de Kansas, ¡qué acogida más entusiasta le hubieran dispensado! Pero Max Real continuó guardando el incógnito, y Tommy no se hubiera permitido hacerle traición.

 

A las diez largáronse las amarras, las poderosas álabes se pusieron en movimiento, y el steamboat tomó la corriente del río, sembrado de flotantes piedras pómez arrancadas de las montañas Rocosas.

 

Las riberas del Missouri, que en Kansas son llanas y verdes, más arriba se truecan en áridas y el río pasa entre un encajonamiento de rocas graníticas. En la parte llana, el río no está interrumpido por cataratas ni esclusas, y su curso no se ve turbado por saltos ni rápidos. Hinchado por los tributarios procedentes de las lejanas regiones del Canadá, a él afluyen numerosos ríos, entre los cuales el Yellowstone es el principal.

 

El Dean Richmond navegaba rápidamente entre la flotilla de barcos de vela y de vapor que se dirigen al Sur, pues el río no es navegable hacia el Norte a causa de hallarse cubierto por los hielos, en invierno, o porque la sequía del verano reduce el caudal de sus aguas.

 

Se llegó a Platte City, sobre el río que da uno de sus nombres al Estado,

 

 

 

 

 

 

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pues lleva también el de Nebraska; pero realmente, el de Platte está más justificado, pues su tortuoso curso se desarrolla entre dos riberas herbosas muy llanas y que dejan poca profundidad al lecho. A veinticinco millas de allí el steamboat hizo escala en Nebraska City, ciudad que es en realidad el puerto de la capital del Estado, Lincoln, la cual se halla a veinte leguas al oeste del río.

 

Durante la tarde, Max Real pudo tomar algunos apuntes a la altura de Atkinson y una vista notable cerca de Leavenworth, donde el Missouri es franqueado por uno de los más hermosos puentes que tiene en todo su trayecto. Allí fue construido, en 1827, un fuerte destinado a defender el país contra las tribus indias.

 

Era cerca de la medianoche cuando el pintor y Tommy desembarcaron en Kansas City. Disponían de unos doce días para llegar a Fort Riley, sitio indicado en aquel Estado por la nota de William J. Hypperbone.

 

Max Real cuidó de elegir un hotel de regular aspecto, donde pasó una noche excelente tras veinticuatro horas de ferrocarril y catorce de barco.

 

El día siguiente fue destinado a visitar la ciudad, o, mejor dicho, las dos ciudades, pues hay dos Kansas, situadas ambas en la ribera derecha del Missouri, que forma en aquel sitio apretado lazo, pero separadas por el río Kansas; la una pertenece al Estado de Kansas y la otra al Estado de Missouri. La segunda es la más importante, pues cuenta 130 000 habitantes: la primera, en cambio, no excede de 30 000. Si pertenecieran al mismo Estado no formarían más que una sola ciudad.

 

Max Real tenía el propósito de permanecer allí veinticuatro horas. Estas dos ciudades llamadas Kansas se parecen extraordinariamente, y el que visita una puede decir que ha visto las dos.

 

El día 4 de mayo por la mañana, Max Real se puso en camino para Fort Riley, haciendo esta vez el viaje como un artista. Es cierto que tomó el tren, pero estaba resuelto a apearse en las estaciones que le resultasen agradables, a hacer excursiones en busca de bellos paisajes, de los que sacaría buen provecho si el jugador que primero había partido no era el vencedor del match Hypperbone.

 

Aquello distaba mucho de ser el desierto que fue antaño. La vasta planicie asciende gradualmente hacia el Oeste hasta alcanzar una altura de 500

 

 

 

 

 

 

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toesas en la frontera de Colorado. Sus sucesivas ondulaciones son interrumpidas por valles amplios y frondosos, separados por inmensas estepas que cien años antes recorrían los indios kansas y otras tribus designadas con el nombre de pieles rojas. Pero lo que había transformado completamente la comarca era la desaparición de los bosques de cipreses y abetos, sustituidos por millones de árboles frutales, y también la aparición de planteles. Áreas inmensas eran dedicadas al cultivo del sorgo, que entra en la fabricación del azúcar, y abundan también los campos de cebada, de maíz, de avena y de trigo; todo ello hace de Kansas uno de los más ricos territorios de la Unión.

 

Había muchas y variadas especies de flores, especialmente a lo largo de las riberas del Kansas, siendo de destacar la abundancia de artemisas, de algodonadas hojas, que impregnaban el aire de un aroma de trementina.

 

Caminando de un lugar a otro, apartándose incluso de las líneas de comunicación, bosquejando algunos cuadros, Max Real empleó una semana en llegar a Topeka, que alcanzó el día 13 de mayo por la tarde.

 

Topeka es la capital de Kansas. Su nombre proviene de las patatas silvestres que abundan en las ondulaciones del valle. La ciudad se halla en la ribera meridional del río y se completa con el arrabal de la ribera opuesta.

 

 

 

Allí descansaron medio día, cosa que les era muy necesaria; y a la mañana siguiente visitaron la capital. Sus 32 000 habitantes ignoraban que entre ellos estaba el ya célebre Max Real. Y, sin embargo, esperaban que pasase por allí. Todos creían que, para trasladarse a Fort Riley, había tomado la línea férrea que atraviesa Kansas y el desierto de Topeka, y allí fue la población a esperarle. Max Real reemprendió la marcha el día 14 sin que nadie hubiese sospechado su presencia.

 

Fort Riley, situada en la confluencia de los ríos Smoky Hill y Republican, distaba de Topeka sólo unas sesenta millas. Max Real podía llegar a la ciudad aquella misma tarde, si le convenía, o al día siguiente, si se entretenía algo en el camino. Esto fue lo que hizo, abandonando el tren en la estación de Manhattan. El artista vencía al jugador.

 

Por la tarde, Max Real y Tommy se apearon en la penúltima estación, tres o cuatro millas antes de Fort Riley, dirigiéndose hacia la ribera izquierda del Kansas. Nada había que temer, pues aquella distancia podía ser

 

 

 

 

 

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recorrida andando en media jornada.

 

El encantador paisaje que se mostraba ante sus ojos obligó a Max Real a detenerse al borde del río. En un recodo de éste, lleno de luces y sombras, elevábase uno de los últimos cipreses de la comarca.

 

Sus ramas se extendían de una a otra orilla. Más abajo se veían los restos de una choza de ladrillo, y más lejos se extendía una vasta pradera esmaltada de flores, entre las que abundaban los girasoles. Más allá del Kansas divisábase un fondo de verdor con franjas oscuras, salpicadas por los vivos rayos del sol. El conjunto se prestaba a maravilla para que un pintor obtuviera un bonito cuadro.

 

—¡Qué hermoso panorama! —exclamó Max Real—. En dos horas terminaré un bosquejo.

 

Como se verá a continuación, fue él quien estuvo a punto de ser acabado.

 

El joven pintor hallábase sentado a la orilla, con un pequeño lienzo sujeto a la tapa de su caja de colores. Trabajaba sin distraerse desde hacía cuarenta minutos, cuando un lejano ruido —el quadrupedante sonitu de Virgilio— se dejó oír en dirección Este. Diríase que una gran cabalgata avanzaba corriendo a través de la planicie que bordeaba la ribera izquierda.

 

 

 

Aquel rumor despertó a Tommy de su semisueño, al que se entregaba con gusto, tumbado al pie de un árbol. Como Max parecía no ver ni oír nada, el negro se levantó y subió algunos pasos por el suave talud que moría en el río, con el propósito de alcanzar con la mirada más extensión de terreno.

 

Aumentaba el ruido, y en el horizonte se levantaban nubes de polvo que el viento, bastante fuerte entonces, arrastraba hacia el Oeste.

 

Tommy dio media vuelta rápidamente, y, dirigiéndose a Max Real, gritó con verdadero espanto:

 

—¡Mi amo!

 

Abstraído en su trabajo, el pintor no le contestó.

 

—¡Mi amo! —repitió Tommy, con voz alterada, poniéndole una mano en el hombro.

 

 

 

 

 

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—¿Eh? ¿Qué te sucede, Tommy? —respondió Max Real, muy ocupado en mezclar con la punta de su pincel los colores siena y rojo.

 

—¡Mi amo! ¿No oye usted?

 

Preciso hubiera sido estar sordo para no oír aquel furioso galopar.

 

Max Real se levantó en seguida, depositó su paleta en tierra y miró hacia la pradera.

 

A quinientos pasos se movía una enorme cabalgada, levantando una gran polvareda; una especie de alud que avanzaba por la llanura entre furiosos relinchos. Segundos después alcanzarían la orilla del río.

 

La huida sólo era posible en dirección Norte. Así, pues, recogiendo sus trebejos, Max Real, seguido, o, mejor dicho, precedido por Tommy, corrió hacia aquella dirección.

 

La manada que adelantaba a toda velocidad se componía de varios miles de caballos y mulos que el Estado, en otra época, mantenía en irnos terrenos situados sobre la ribera del Missouri. Pero desde que el automóvil y la bicicleta están de moda, aquellos hipo-motores —justo es llamarlos así—, abandonados a sí mismos, vagan por los campos. Ahora, enloquecidos, galopaban, sin duda, desde varias horas antes. Como ningún obstáculo les había detenido, habían devastado a su paso campos y cultivos, y Dios sabe hasta dónde llegarían de no oponerles el río barrera infranqueable.

 

 

 

Aunque corriesen tanto como se lo permitían sus piernas, Max Real y Tommy estaban próximos a ser alcanzados, y hubieran resultado aplastados por el feroz alud de no haber conseguido subirse a las ramas de un nogal, el único árbol que se levantaba en la llanura.

 

Eran entonces las cinco de la tarde.

 

Allí estuvieron ambos en seguridad hasta que los últimos animales de la manada desaparecieron por la ribera. Entonces Max Real gritó:

 

—¡De prisa! ¡De prisa!

 

Tommy se dispuso a abandonar la rama sobre la que se había colocado.

 

 

 

 

 

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—¡De prisa, te digo, o perderé sesenta millones de dólares y no podré hacer de ti un vil esclavo!

 

Max Real se burlaba, pues no corría el riesgo de llegar tarde a Fort Riley.

 

En vez de regresar a la estación donde se habían apeado, y de la que estaban muy lejos y en la que quizá no hallarían tren que les conviniera, decidieron caminar hasta Fort Riley. Llegada la noche, se guiaron por las lejanas luces que brillaban en el horizonte.

 

Así se efectuó la última parte del viaje. Antes de que sonaran las ocho en el reloj de la ciudad, Max Real y Tommy se encontraban ante el Hotel Jackson, punto elegido por William J. Hypperbone, en la casilla número 8. ¿Por qué había elegido precisamente aquel sitio? Quizá porque si Missouri, situado en el centro geográfico de la Unión, ha podido ser llamado el Estado Central, Kansas merece también este apelativo, pues ocupa el centro geométrico. Fort Riley está situado en el mismo corazón de este Estado.

 

Por este motivo, cerca de Fort Riley, y en el punto donde se unen los ríos Smoky Hill y Republican, se ha erigido un monumento.

 

Así, pues, tras varios días de viaje, Max Real se hallaba sano y salvo en Fort Riley.

 

Al día siguiente, abandonando el hotel, el pintor se dirigió al telégrafo y preguntó si se había recibido algún despacho a su nombre.

 

—¿Cómo se llama el señor? —preguntó un empleado.

 

—Max Real.

 

—¿Max Real…, de Chicago?

 

—En persona.

 

—¿Uno de los jugadores de la gran partida del noble juego de los Estados Unidos de América?

 

—El mismo.

 

 

 

 

 

 

 

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Esta vez era imposible guardar el incógnito, y la noticia de la presencia de Max Real se esparció por toda la ciudad.

 

Entre estentóreos hurras, aunque con gran disgusto por su parte, el pintor regresó al hotel. Allí le entregarían, tan pronto fuese recibido, el telegrama indicando el segundo golpe de dados que le concernía, y que debía enviarle…, ¿adónde? ¡Adonde quisiera el capricho del impenetrable destino!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VIII. John Milner arrastra a Tom Crabbe

 

Una tirada de dados en la que se sumen once puntos no es de desdeñar.

 

Lo único que podía tal vez causar disgusto era que el Estado señalado con el número 11 estuviese muy lejos de Illinois, y así sucedió a Tom Crabbe, o, por lo menos, a John Milner.

 

La suerte les enviaba a Tejas, el más vasto de los territorios de la Unión, que tiene una superficie superior a la de Francia.

 

Este Estado, situado al sudoeste de la Confederación, confina con México, del que fue separado en 1835, tras la batalla que el general Houston ganó al general Santa Ana.

 

Dos itinerarios principales permitían a Tom Crabbe llegar a Tejas. Podía, abandonando Chicago, o ir a San Luis y tomar los steamboats del Misisipi hasta Nueva Orleans o seguir la vía férrea que conduce a la metrópoli de Luisiana atravesando los Estados de Illinois, Tennessee y Misisipi. Desde allí se estudiaría el camino más corto para llegar a Austin, capital de Tejas, lugar indicado en la nota de Williams J. Hypperbone; como medio de locomoción podrían escoger entre el ferrocarril y los steamers que hacen el servicio entre Nueva Orleans y Galveston.

 

John Milner creyó conveniente elegir el camino de hierro para trasladar a Tom Crabbe a Luisiana. De todos modos, no podía perder tiempo como Max Real, puesto que era preciso que el día 16 se hallara al término del viaje.

 

El día 3 de mayo, tras haberse proclamado el resultado de la jugada en la sala del Auditorium, un periodista del Freie Presse preguntó a John Milner:

 

—¿Cuándo parte usted?

 

—Esta tarde.

 

 

 

 

 

 

 

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—¿Tiene preparado el equipaje?

 

—Mi maleta es Crabbe —respondió John Milner—. Está lleno y cerrado, y sólo tengo que conducirle a la estación.

 

—¿Qué opina él de todo esto?

 

—Nada. Cuando termine su sexta comida iremos a tomar el tren. Le pondría con los equipajes si no temiera el exceso de peso…

 

—Tengo el presentimiento —dijo el periodista— de que Tom Crabbe será favorecido por la suerte.

 

—También yo —declaró John Milner.

 

—Le deseo un buen viaje.

 

—Muchas gracias.

 

John Milner no tenía por qué mantener en el incógnito al campeón del Nuevo Mundo. Además, un personaje tan considerable —desde el punto de vista material— como Tom Crabbe, no hubiera podido pasar inadvertido. Así, pues, su partida no se efectuó en secreto. Aquella tarde el andén de la estación estaba lleno de gente, que, entre hurras de despedida, vieron cómo el boxeador subía al vagón. Tras él montó John Milner. Luego se puso el tren en marcha, y quizá la locomotora acusó el aumento de peso que al convoy daba la presencia del famoso campeón.

 

El tren recorrió trescientas cincuenta millas durante la noche, y al día siguiente llegó a Fulton, en la frontera entre Illinois y Kentucky.

 

Tom Crabbe no se preocupaba de observar el país que atravesaba, Estado relegado al puesto decimocuarto de la Unión. En su puesto, Max Real y Harris T. Kymbale no hubieran dejado de visitar Nashville, la capital actual, y el campo de batalla de Chattanooga, donde Sherman abrió los caminos del Sur a las armas federales. Y después, como artista el uno y como periodista el otro, ¿por qué no habrían recorrido un centenar de millas hasta Grand Junction, a fin de honrar a Menfis con su presencia? Ésta es la única ciudad importante que el Estado posee en la ribera derecha del Misisipi; presenta hermoso aspecto, y se alza sobre el ribazo que domina al soberbio río, que en aquel punto aparece sembrado de islas llenas de verdor.

 

 

 

 

 

 

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Pero John Milner no creyó conveniente apartarse de su itinerario para permitir a los enormes pies de Tom Crabbe pisar aquella ciudad de nombre egipcio. Así, pues, no tuvo ocasión de preguntarse por qué, sesenta años atrás, estando situada Menfis muy lejos del mar, estableció en ella el Gobierno arsenales, actualmente abandonados, ni tampoco, por lo tanto, pudo enterarse de la respuesta que hubiera obtenido: en América, como en todas partes, se cometen errores.

 

El tren siguió, pues, arrastrando al segundo jugador y a su indiferente compañero a través de las llanuras del Estado de Misisipi. Pasó por Holly Springs, por Grenada, por Jackson. Esta última ciudad es la capital, poco considerable, de un territorio al que el exclusivo cultivo del algodón ha dejado atrás del movimiento industrial del país. Allí, y durante la hora de parada que en la estación efectuó el tren, Tom Crabbe produjo gran sensación. Muchos curiosos deseaban contemplar al célebre boxeador. No tenía éste la estatura de Adán, al que se atribuía, antes de las rectificaciones del ilustre Cuvier, noventa pies de altura; ni la de Abraham, dieciocho pies; ni la de Moisés, con doce. Pero no dejaba de ser un gigantesco tipo de la especie humana.

 

Entre los curiosos hallábase un sabio, el honorable Kil Kimey, quien, después de haber medido con extrema precisión al campeón del Nuevo Mundo, creyó conveniente pronunciar un discursillo:

 

—Señores —dijo—, durante las investigaciones retrospectivas a que me he entregado, me ha sido dable encontrar los principales cálculos de las medidas referentes a los estudios gigantográficos, conforme al sistema decimal. En el siglo XVII apareció Walter Parson, de 2,27 metros. En el siglo XVIII existieron el alemán Müller, de Leipzig, de 2,40 metros de altura; el inglés Bumsfield, de 2,35; el irlandés Magrath, de 2,30; el irlandés O’Brien, de 2,55; el inglés Toller, de 2,55; y el español Elaceguín de 235. En el siglo XIX han aparecido el griego Auvassab, de 233 metros; el inglés Hales, de Norfolk, de 2,40; el alemán Marianne, de 2,45; y el chino Chang de 2,55 metros. Y ahora haré observar al honorable John Milner que desde la cabeza a los pies Tom mide sólo 2,30 metros.

 

—¡Qué puedo hacerle yo! —respondió, no sin acritud, el interpelado—. No me es posible alargarle más.

 

—Es evidente —respondió el sabio Kil Kimey—; ni yo lo pido. Pero, en fin,

 

 

 

 

 

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es inferior a…

 

—Tom —dijo entonces John Milner—, da un puñetazo al pecho de este señor a fin de que mida también la fuerza de tus bíceps.

 

Kil Kimey no quiso prestarse a una experiencia que hubiera disminuido su número de costillas, y se retiró con paso digno.

 

Tom Crabbe fue saludado con las aclamaciones del público cuando John Milner retó en su nombre a los aficionados al boxeo.

 

El desafío no se llevó a cabo y el campeón del Nuevo Mundo volvió a su departamento entre las manifestaciones de simpatía de la multitud.

 

Después de atravesar de Norte a Sur el Estado de Misisipi la vía férrea llega a la frontera de Luisiana, en la estación de Rocky Comfort.

 

Siguiendo el curso del Tangipahoa, el tren descendió hasta el lago Pontchartrain, cuya ribera occidental pasó por la estrecha lengua de tierra que separa este lago del de Maurepas y sobre la que descansa el viaducto de Mauchac. En la estación de Carrolton encuentra el Misisipi, que tiene allí una anchura de 450 toesas y tuerce su curso para rodear Luisiana.

 

Tom Crabbe y John Milner abandonaron definitivamente el ferrocarril en Nueva Orleans, después de un recorrido de cerca de novecientas millas desde Chicago. Allí llegaron en la tarde del 5 de mayo. Quedábanles, pues, trece días para llegar a Austin, la capital de Tejas, tiempo suficiente aun contando posibles retrasos, tanto si usasen la vía marítima como si tomasen el Southern Pacific.

 

John Milner no cuidó de recorrer la ciudad con Tom Crabbe, mostrándole sus curiosidades. Austin distaba aún más de cuatrocientas millas, y John Milner sólo se ocupaba de trasladar allí a su compañero por el medio más rápido posible.

 

El medio de locomoción más breve hubiera sido el ferrocarril, pues pone a las dos ciudades en comunicación mediante algunos transbordos. En efecto, después de avanzar en dirección Oeste a través de Luisiana por Lafayette, Rarelant, Terrebone, Tigerville, Ramos, Brashear y bordear el lago Grand, llega a la frontera de Tejas, tras un recorrido de doscientas treinta millas. A pesar de ello —y tal vez obró mal—. John Milner dio la

 

 

 

 

 

 

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preferencia a otro itinerario, pensando que era mejor embarcarse en Nueva Orleans para el puerto de Galveston, que un ferrocarril une con Austin.

 

 

 

Precisamente al día siguiente por la mañana el vapor Sherman debía abandonar Nueva Orleans con destino al citado puerto. Era una circunstancia que debía aprovecharse. Trescientas millas por mar en un barco que navegaba diez por hora, podrían recorrerse en un día, y en dos si no era favorable el viento. John Milner no creyó necesario consultar a Tom Crabbe acerca de este punto, como no se consulta a la maleta preparada para el viaje. En un hotel del puerto hizo el famoso boxeador su sexta comida, y después durmió como un tronco hasta la mañana siguiente.

 

 

 

Eran las siete cuando el capitán Curtis dio orden de largar las amarras del Sherman, después de acoger al ilustre campeón del Nuevo Mundo en la forma debida al segundo jugador del match Hypperbone.

 

—Honorable Tom Crabbe —le dijo—, tengo a gran honor su presencia en este barco.

 

El boxeador no pareció comprender las palabras del capitán Curtis, y sus ojos se fijaron instintivamente en la puerta del comedor.

 

—Crea usted —añadió el capitán del Sherman— que haré lo imposible para que llegue usted a buen puerto en el más breve plazo. No haré economizar combustible. Seré el alma de mis cilindros, de mi timón y de mis ruedas, que girarán a toda velocidad para asegurarle gloria y provecho.

 

Abrió Tom Crabbe la boca como si fuera a contestar, y la cerró en seguida para abrirla de nuevo. Esto indicaba que la hora del primer almuerzo había sonado en el reloj estomacal del campeón.

 

—Todo cuanto guardamos en la despensa está a disposición de usted —declaró el capitán Curtis—. Esté usted seguro de que llegaremos a tiempo a Tejas, aunque estropeemos las válvulas y estalle el navío.

 

—Prefiero que no lo haga estallar —respondió John Milner con el buen sentido que le caracterizaba—. No nos interesa, ya que nos falta poco para ganar sesenta millones de dólares.

 

 

 

 

 

 

 

 

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El tiempo era bueno. Aparte de esto, nada hay que temer en los estrechos de Nueva Orleans, por más que estén sujetos a bruscos cambios que vigila el servicio marítimo. El Sherman siguió el paso del Sur. Quizás el olfato de los pasajeros fuera desagradablemente sorprendido por las emanaciones pestilentes que origina la fermentación de las materias orgánicas del fondo; pero no hay peligro alguno de zozobrar en aquel canal, que ha llegado a ser la verdadera entrada del gran río.

 

Cruzaron frente a fábricas y almacenes agrupados en las dos orillas, y dejaron atrás la población de Algiers, la Punta del Hacha y Jump. En aquella época del año el río va crecido. En abril, mayo y junio, el Misisipi tiene crecidas regulares, y sus aguas no descienden al más bajo nivel hasta noviembre. El Sherman no tuvo que disminuir su velocidad, y llegó sin obstáculos a Port Eads, nombre del ingeniero cuyos trabajos mejoraron notablemente aquel paso del Sur.

 

En este punto el Misisipi, cuyo recorrido total se calcula en cuatro mil quinientas millas, desemboca en el golfo de México. Al llegar allí, el Sherman puso proa al Oeste.

 

Tom Crabbe había soportado excelentemente aquella parte de la travesía. Después de haber comido a sus horas de costumbre, se acostó. Al día siguiente apareció fresco y alegre y tomó asiento en cubierta.

 

El Sherman había recorrido ya unas cincuenta millas de océano, y la costa, muy baja en aquel lugar, apenas se dibujaba hacia el Norte.

 

Era la primera vez que Tom Crabbe se arriesgaba a una navegación por mar. Así, al principio, el cabeceo del barco pareció asombrarle. Este asombro puso sobre su ancha cara, tan rubicunda de ordinario, una creciente palidez que Milner no tardó en advertir.

 

Aproximándose al banco donde su compañero se hallaba sentado, pensó que quizá no se encontrara bien, y, dándole un golpe en el hombro, le dijo:

 

—¿Cómo va eso?

 

Tom Crabbe abrió la boca, y esta vez no fue el hambre lo que puso en funcionamiento sus mandíbulas, por más que hubiera sonado ya la hora de su primera comida. Y como no la pudo cerrar a tiempo, un chorro de agua salada se introdujo hasta su garganta, en el momento en que el Sherman

 

 

 

 

 

 

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se inclinaba bajo un furioso golpe de mar.

 

Tom Crabbe, arrojado del banco, cayó sobre el puente.

 

Procedía llevarle al centro de la embarcación, donde los vaivenes son menos sensibles.

 

—Vamos, Tom —dijo John Milner.

 

Tom Crabbe probó de levantarse, pero sus esfuerzos fueron inútiles y cayó de nuevo.

 

El capitán Curtis, advertido de lo que sucedía, se dirigió a proa.

 

—No es nada —dijo—. El honorable Tom Crabbe se recobrará en seguida. No es posible que un hombre como una montaña sufra de mareo. Esto es propio de mujercillas… Y sería terrible que un hombre tan fuertemente constituido…

 

Fue terrible, en efecto. Jamás pasajero alguno asistió a espectáculo tan lamentable. Se convendrá que las náuseas son privativas de los débiles. El fenómeno se produce entonces de manera normal y sin violentar la naturaleza. ¡Pero en un tipo de aquella corpulencia y de aquel vigor! ¿No ocurriría con él lo que con esos monumentos que son más perjudicados por un temblor de tierra que la débil cabaña de un indio? Ésta resiste, mientras aquél se derrumba.

 

Y Tom Crabbe se derrumbó amenazando no formar más que un montón de ruinas.

 

John Milner, muy disgustado, intervino:

 

—Es preciso quitarle de aquí.

 

El capitán Curtís llamó al contramaestre y a doce marineros para aquel trabajo. Éstos, combinando sus esfuerzos, intentaron vanamente levantar al campeón del Nuevo Mundo. Fue preciso hacerle rodar sobre cubierta como un tonel, subirlo al puente por medio de una palanca y arrastrarle luego hasta el cuarto de máquinas, donde quedó en completa postración.

 

—La culpa ha sido de esa abominable agua salada que Tom ha recibido en pleno rostro —dijo John Milner al capitán—. Si siquiera hubiese sido

 

 

 

 

 

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aguardiente…

 

—Si hubiese sido aguardiente —respondió sabiamente el capitán—, hace mucho que la mar hubiese sido bebida hasta la última gota y no sería posible la navegación.

 

El viento, que venía del Oeste, comenzó a soplar con fuerza. Esto hizo aumentar el cabeceo del barco, y, además, por marchar el navío contra corriente, redujo considerablemente su velocidad. Seguramente emplearían doble tiempo en la travesía; de setenta a ochenta horas en vez de cuarenta. Así, pues, John Milner pasó por todas las fases de la inquietud mientras su compañero atravesaba todas las fases del mareo: retortijones de vientre, perturbaciones en el aparato circulatorio, y vértigos como no los produce la más completa borrachera. En una palabra, usando la expresión del capitán Curtís, Tom Crabbe se hallaba en estado de ser recogido con una pala.

 

 

 

Finalmente, el día 9 de mayo, hacia las tres de la tarde, después de un furioso vendaval, que por fortuna fue de poca duración, aparecieron las costas de Tejas, bordeadas de colinas de blanca arena y defendidas por un rosario de islas sobre las que volaban bandadas de enormes pelícanos. Tom Crabbe, aunque abría la boca con frecuencia, no había comido nada desde su cena en Port Eads, con lo que se beneficiaron las provisiones de a bordo.

 

John Milner abrigaba la esperanza de que su compañero se repondría, que dominaría el abominable mareo, que tomaría nuevamente forma humana, que sería, en fin, presentable cuando el Sherman, al abrigo de la alta mar, en la bahía de Galveston, no sufriera las oscilaciones del oleaje. Pero ni aun en las aguas tranquiléis logró mejorarse el desventurado.

 

La ciudad de Galveston está situada en el extremo de una lengua arenosa. Un viaducto la une al continente, y a través de él se efectúan las expediciones comerciales, entre las que cabe destacar, por su considerable importancia, las del algodón.

 

Después de cruzar el estrecho, el Sherman fue a colocarse junto al pontón que tenía designado.

 

John Milner no pudo contener un juramento de rabia. En el muelle aguardaban centenares de curiosos. Advertidos por telégrafo de que Tom

 

 

 

 

 

 

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Crabbe había embarcado en Nueva Orleans para Galveston, esperaban allí su llegada.

 

¿Y qué iba a presentarles John Milner en vez del campeón del Nuevo Mundo, segundo jugador del match Hypperbone? Una masa informe, más parecida a un saco vacío que a una criatura humana.

 

John Milner intentó reanimar a Tom Crabbe.

 

—¿Vamos mejor? —preguntó.

 

El saco permaneció saco, y fue preciso transportarle en unas angarillas al hotel más próximo.

 

Algunas burlas estallaron a su paso, en vez de los hurras a que estaba acostumbrado y que habían saludado su partida de Chicago.

 

Pero, en fin, no había para desesperarse. Al día siguiente, tras una noche de reposo y una serie de comidas hábilmente combinadas, Tom Crabbe recuperaría indudablemente su energía vital y su vigor de costumbre. Pero John Milner se engañó. La noche no trajo modificación alguna en el estado de su compañero, y el aniquilamiento de sus facultades fue tan profundo al día siguiente como el día anterior. Y, sin embargo, no se exigía de él ningún esfuerzo intelectual, del que no hubiera sido capaz, sino un simple esfuerzo animal. Fue inútil. Su boca permanecía herméticamente cerrada desde que se tocó tierra. No reclamaba alimento, y el estómago no parecía necesitarlo ni en las horas habituales.

 

Así transcurrieron los días 10 y 11, y el 16 era preciso estar en Austin.

 

John Milner tomó entonces la única decisión que podía salvarles. Valía más llegar demasiado pronto que demasiado tarde. Si Tom Crabbe había de salir de aquella postración, lo mismo daba que lo hiciera en Galveston que en Austin, pero aquí estaría por lo menos en el final de su trayecto.

 

Tom Crabbe fue, pues, conducido a la estación en camión e introducido, como si fuese una maleta, en el vagón de equipajes. A las ocho y media el tren se puso en marcha, mientras un grupo de personas que pensaban apostar por el boxeador optó por no arriesgar ni un centavo en favor de tan mal candidato.

 

Buena suerte era que el campeón del Nuevo Mundo y John Milner no

 

 

 

 

 

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tuviesen que recorrer los setenta y cinco millones de hectáreas que comprende la superficie de Tejas. Sólo tenían que franquear las ciento sesenta millas que separan a Galveston de Austin.

 

Seguramente hubiera sido agradable visitar las regiones regadas por el magnífico río Grande, y tantos otros ríos, como el San Antonio, el Brazos, el Trinity (que desemboca en la bahía de Galveston) y el Colorado; y admirar también su caprichoso litoral, sembrado de ostras perlíferas. Tejas es un extensísimo país que posee inmensas praderas, donde en otra época habitaban los comanches. Al Oeste está erizado de bosques vírgenes, ricos en magnolias, sicómoros, acacias, palmeras, encinas, cipreses y cedros; y despliega con profusión sus campos de naranjos, nogales y cactos, los más bellos de su especie. Sus montañas del Noroeste, que pueden considerarse como estribaciones de las montañas Rocosas, tienen un soberbio aspecto. El Estado produce caña de azúcar superior a la de las Antillas; tabaco, en Nocogdoches, de mayor calidad que el de Maryland o Virginia; y algodón mejor que el de Luisiana y Misisipi. Tiene granjas de cuarenta mil acres, que cuentan con otras tantas cabezas de ganado, y en sus ranchos se crían por centenares de miles los más hermosos tipos de la raza caballar.

 

 

 

Pero ¿qué podía interesar todo esto a Tom Crabbe, que no miraba nada, ni a John Milner, que sólo miraba a Tom Crabbe?

 

Por la tarde, el tren se detuvo dos horas en la estación de Houston, localidad hasta donde pueden subir los barcos de poco calado. Allí existe un almacén para las mercancías que llegan por el Trinity, el Brazos y el Colorado.

 

Al día siguiente, 13 de mayo, Tom Crabbe llegó a la estación de Austin, término de su viaje. Este importante centro industrial está construido en una llanura al norte del Colorado, en medio de una región donde abunda el hierro, el cobre, el manganeso, el granito, el mármol, el yeso y la greda. Ciudad más americana que otras de Tejas, elegida para residencia del cuerpo legislativo del Estado, cuenta 26 000 habitantes, casi todos de origen sajón. Su construcción muestra cierta uniformidad, mientras que las ciudades de la parte del río Grande, como El Paso y El Presidio, son medio mexicanas, y ello las hace aparecer como divididas, con casas de madera a un lado del río y edificios de ladrillo en el otro.

 

A Austin habían acudido por curiosidad aficionados americanos, quizá con

 

 

 

 

 

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el propósito de hacer apuestas y contemplar al segundo jugador, que un golpe de dados les enviaba desde las lejanas regiones de Illinois.

 

Éstos fueron más afortunados que los de Galveston y Houston. Al poner el pie en el suelo de la capital de Tejas, Tom Crabbe estaba libre al fin de la inquietante torpeza contra la cual nada habían podido las súplicas, los cuidados y hasta las reprensiones de John Milner. Tal vez a la primera ojeada el campeón del Nuevo Mundo pareció algo alejado y cabizbajo; pero ¿cómo asombrarse de ello, si nada había entrado en su cuerpo, a no ser agua salada, desde que el Sherman llegó a alta mar? El gigante habíase visto reducido a alimentarse de sí mismo. Verdad es que, aun así, no le hubiera faltado alimento en muchos días.

 

¡Qué almuerzo se propinó aquella mañana, almuerzo que duró hasta la tarde! Pedazos de venado, carne de camero y de vaca, variedad de salchichas, legumbres, frutas, quesos y, half and half, ginebra, whisky, té y café. John Milner se sobresaltó al pensar en la cuenta que el hotel le presentaría al finalizar su estancia. Y aquel apetito recomenzó al día siguiente, y al otro. Y así llegó el 16 de mayo.

 

Tom Crabbe volvía a ser la prodigiosa máquina humana ante la que Corbett, Fitzsimons y otros boxeadores no menos célebres habían mordido el polvo tantas veces.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IX. Uno y uno hacen dos

 

Aquella mañana un hotel, o, más bien, una posada, y no de las mejores, la posada de Sandy Bar, recibía dos viajeros llegados en el primer tren de Calais, pueblecito del Estado de Maine.

 

Estos dos viajeros, un hombre y una mujer, visiblemente fatigados por largo y penoso viaje, se hicieron inscribir con el nombre de Mr, y Mrs. Field. Este apellido, como los de Smith, Johnson y algunos otros de uso frecuente, son muy comunes entre las familias de origen anglosajón; de modo que es preciso estar dotado de cualidades extraordinarias, haber adquirido fama en la política, en las artes o en las armas, ser un genio, en una palabra, para atraer la atención cuando se lleva algún apellido tan vulgar.

 

 

 

Así, pues, como el nombre de Field no revelaba nada ni indicaba que los que así se inscribían fuesen personalidades destacadas, el posadero les anotó en su libro sin exigir más.

 

En aquella época, en los Estados Unidos, ningún nombre era más repetido que los de los participantes en el match Hypperbone y el del original miembro del Excentric Club.

 

Como ninguno de los «Siete» se llamaba Field, en Calais no se ocuparon de los recién llegados.

 

Por lo demás, su aspecto no era muy respetable y el posadero se preguntó quizá si le pagarían cuando llegase el momento de liquidar la cuenta.

 

¿Qué iba a hacer la extraña pareja en aquel pueblo situado en el extremo de un Estado que se halla a su vez en el extremo Noroeste de la Unión? ¿Qué les había movido a sumarse a los 661 000 habitantes de aquel Estado, cuya superficie ocupa la mitad del territorio comúnmente llamado Nueva Inglaterra?

 

La habitación del primer piso de la posada de «Sandy Bar», en la que se

 

 

 

 

 

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acomodó el matrimonio Field, presentaba humilde aspecto: un lecho, una mesa, dos sillas y un lavabo. La ventana se abría sobre el río Saint-Croix, cuya ribera izquierda es canadiense. La única maleta depositada a la entrada del comedor había sido traída por un mozo de la estación. En un rincón había dos enormes paraguas y un viejo saco de viaje.

 

Cuando se hubo marchado el posadero, que les había acompañado hasta aquella habitación, el matrimonio Field cerró la puerta, corrió los cerrojos y aguzó el oído para cerciorarse de que nadie les escuchaba.

 

—En fin —dijo el hombre—, ya estamos al término de nuestro viaje.

 

—Sí —respondió la mujer—; después de tres días y tres noches mal contados.

 

—Creí que esto no acababa nunca —añadió Mr. Field, dejando caer los brazos como prueba de fatiga.

 

—¡Y no ha concluido todavía! —dijo        Mrs. Field.

 

—¿Cuánto dinero crees que gastaremos?

 

—No se trata de lo que gastemos, sino de lo que podemos obtener —respondió la señora con acritud.

 

—Afortunadamente, hemos tenido la buena idea de viajar con nombres supuestos.

 

—Fue idea mía.

 

—¡Y excelente! De lo contrario, hubiéramos estado a merced de fondistas, posaderos, cocheros, de toda esa gente que engorda a costa de los infelices que pasan por sus manos; y más aún si sabían que nuestra bolsa se llenará con varios millones de dólares.

 

—Hemos hecho bien —respondió Mrs. Field—, y hemos de continuar reduciendo los gastos cuanto sea posible. No hemos dejado mucha ganancia en las fondas de las estaciones durante estos tres días, y espero que continuaremos así.

 

—No importa —dijo el hombre—. Mejor hubiera sido rehusar.

 

 

 

 

 

 

 

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—¡Basta, Hermann! —declaró imperiosamente Mrs. Field—. ¿Por ventura no tenemos tantas probabilidades como los otros de llegar primero?

 

—Sin duda, Kate; pero lo más prudente hubiera sido firmar el contrato de división de la herencia.

 

—No soy de tu opinión. Además, el comodoro Urrican se oponía a ello… Y ese X. K. Z. no estaba presente para dar su consentimiento.

 

—Pues bien, ¿quieres que te sea sincero? —respondió Mr. Field—. A ése es a quien más temo. Nadie le conoce ni sabe dónde vive… Se llama X. K. Z. ¿Es esto un nombre?

 

Así se expresó Mr. Field, que, si bien no se ocultaba bajo iniciales, había cambiado su apellido Titbury por el de Field, como el lector habrá adivinado por las frases cruzadas entre los dos esposos, en las que se revelaba su abominable avaricia. Sí: era Hermann Titbury, el tercer jugador, a quien los dados, por uno y uno, habían enviado a la segunda casilla, correspondiente al Estado de Maine. Fue mala suerte, pues este golpe no le hacía avanzar más que dos pasos en un total de sesenta y tres, obligándole a situarse en la extremidad Noroeste de la Unión.

 

En efecto, Maine confina con la provincia de Nuevo Brunswick, en el Canadá. Forma parte de la Confederación desde 1820, y tiene por límite oriental la bahía de Passamaquoddy, donde vierte sus aguas el río Saint-Croix, lo mismo que el Estado, dividido en doce condados, envía dos senadores y cincuenta diputados al Congreso, esa bahía nacional donde desaguan los ríos políticos de los Estados Unidos.

 

El matrimonio Titbury abandonó su mísera casa de Robey Street la tarde del día 5 de mayo, y se hospedaba ahora en aquella posada de Calais. Sábese ya por qué motivos habían adoptado un nombre supuesto. No habiendo indicado a nadie el día ni la hora de su marcha, el viaje se había efectuado en el más riguroso incógnito, como el de Max Real, aunque por causas distintas.

 

Este hecho contrarió a los que pensaban apostar, pues fuerza es confesar que Hermann Titbury era un buen candidato en aquella carrera de los millones, y sin duda llegaría a ser el favorito del match, pues era uno de esos privilegiados a los que todo sale bien, a causa de usar pocos escrúpulos en los medios que emplean para lograr una provechosa

 

 

 

 

 

 

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finalidad. Su fortuna le permitiría satisfacer las primas si la mala suerte le obligaba a ello, y no vacilaría en pagarlas. Además, no se abandonaría a distracción o fantasía alguna en el curso de sus viajes, como tal vez lo harían Max Real y Harris T. Kymbale. ¿Era de temer que un jugador de sus condiciones se retrasase en trasladarse de un Estado a otro? No; se terna la absoluta certeza de que en el día indicado estaría en su sitio. Ciertamente, y sin contar con su suerte personal, que nunca le había hecho traición, Hermann Titbury ofrecía serias garantías.

 

La digna pareja había combinado el itinerario más rápido y menos costoso a través del inextricable laberinto de líneas férreas, tendido como tela de araña por los territorios orientales de la Unión. Así, pues, sin detenerse, sin exponerse a ser desvalijados en las cantinas de las estaciones o en los restaurantes de los hoteles; comiendo únicamente de las provisiones que para el camino llevaban; pasando de un tren a otro con la precisión de una bola en manos de un prestidigitador; no interesándose por las curiosidades del país más de lo que se interesaba Tom Crabbe; absortos siempre en las mismas reflexiones, perseguidos siempre por las mismas inquietudes; calculando sus gastos diarios; contando y recontando la suma que llevaban para las necesidades del viaje; soñolientos de día, durmiendo por la noche, el matrimonio Titbury había atravesado Illinois de Oeste a Este, y los Estados de Indiana, Ohio, Pennsylvania, Nueva York, Vermont y Nueva Hampshire. Y así, el día 8 de mayo, llegaron a la frontera de Maine, al pie del monte Washington, del grupo de los Montes Blancos, cuya nevada cima, en medio de tempestades y hielos, lleva a una altura de 5750 pies el nombre del héroe de la República americana.

 

Desde allí, el matrimonio Titbury llegó a París, y luego a Lewiston, sobre el Androseoggin, ciudad manufacturera, aumentada con el municipio de Aubura, y rival de la importante ciudad de Portland, uno de los mejores puertos de Nueva Inglaterra, abrigado en la bahía de Casco. El ferrocarril les transportó prontamente a Augusta, capital oficial de Maine, cuyas elegantes villas se esparcen por las riberas del Kennebec. Desde la estación de Bangor fue preciso, remontando hacia el Nordeste, trasladarse a Backahogan, donde cesaba la vía férrea, y descender hasta Princeton, que un ramal une directamente a Calais.

 

De esta manera, con numerosos y desagradables cambios de tren, se había efectuado la travesía de Maine, cuyas montañas, campos, terrenos lacustres, espesos bosques de encinas, pinos del Canadá y arces, árboles

 

 

 

 

 

 

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de las regiones septentrionales que proveían de madera a los carpinteros antes de la adopción de los cascos de hierro para las construcciones navales, son visitados con placer por los viajeros.

 

Los esposos Titbury, alias Field, llegaron a Calais el día 9 de mayo, a primera hora y con notable anticipación, puesto que estaban obligados a permanecer allí hasta el día 19. Habían de permanecer diez días en aquella aldea de algunos miles de habitantes, en realidad un simple puerto de cabotaje. ¿En qué ocuparían su tiempo hasta el momento en que un telegrama del notario Tombrock les ordenara partir?

 

Y, sin embargo, ¡cuántas encantadoras excursiones ofrece el variado territorio de Maine! Al Noroeste se halla la magnífica comarca que domina en 3500 pies el monte Katahdin, enorme bloque de granito que sobresale de los picos cercanos, en la región de los terrenos lacustres. Y la ciudad de Portland, de 36 000 habitantes, que vio nacer al gran poeta Longfellow, y cuyo puerto realiza un importante tráfico marítimo con la América del Sur y las Antillas; abundan en ella los parques y los monumentos, que los habitantes de la población, con gran sentido artístico, gustan mucho de conservar. Y aquella modesta Brunswick, con su célebre colegio de Bowdoin, cuya galería de pinturas atrae a tantos aficionados. Y más al Sur, a lo largo de las riberas del Atlántico, aquellas estaciones balnearias, tan frecuentadas durante el verano por las familias opulentas de los Estados vecinos, que no cumplirían con lo que a su rango deben si no consagrasen algunas semanas, entre bellos lugares, a la maravillosa isla de Mount-Desert y a su refugio de Bar Harbor.

 

Pero hubiera sido trabajo inútil pedir que hiciesen este viaje dos moluscos arrancados de su banco y transportados a novecientas millas de él. No; ellos no abandonarían Calais ni un día ni una hora. Permanecerían juntos, maldiciendo instintivamente a los demás jugadores, hablando por centésima vez del empleo que darían a su nueva fortuna, si el azar les hacía millonarios. Y, realmente, ¿no se sentirían preocupados si tal cosa sucediese?

 

Esté tranquilo el lector. Ellos sabrían colocar aquellos millones en valores que ofrecieran toda clase de garantías; acciones de Bancos, minas, sociedades industriales, y recibirían sus numerosos intereses y dividendos, que colocarían nuevamente, sin emplear nada en su comodidad ni en sus placeres, viviendo como antes, concentrando su existencia en el amor al dinero, devorados por el auri sacra fames, sórdidos, avaros, fieles devotos

 

 

 

 

 

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de la mezquindad y miembros perpetuos de la Academia de los lloraduelos.

 

Realmente, si la suerte favorecía a la antipática pareja, sus razones tendría para ello. ¿Cuáles? Difícil hubiera sido imaginarlo. Y esto sería en perjuicio de jugadores más dignos de la fortuna de William J. Hypperbone y de la que harían mejor uso, sin exceptuar a Tom Crabbe ni al comodoro Urrican.

 

 

 

Vedles en la extremidad del territorio federal, en la población de Calais, ocultos bajo el nombre de Field, aburridos e impacientes, mirando salir a cada pleamar los barcos de pesca, que regresaban luego con su cargamento de arenques y salmones. Volvían luego a confinarse en su habitación del «Sandy Bar», siempre temblando a la idea de que fuera conocido su verdadero nombre.

 

Porque Calais no está tan perdido en un rincón de Maine que no hubiesen llegado hasta sus habitantes las noticias del famoso match. Ellos sabían que la segunda casilla correspondía a este Estado de Nueva Inglaterra, y el telégrafo les había anunciado que la tercera tirada de dados —uno y uno— obligaba al jugador Hermann Titbury a permanecer en su ciudad.

 

Transcurrieron de este modo los días 9, 10, 11 y 12 de mayo en aquella localidad que tan pocas diversiones ofrecía. El mismo Max Real no hubiera soportado sin esfuerzo aquella estancia. Vagando por las calles limitadas por casas de madera, y por los muelles, el tiempo parecía interminable. ¡Qué paciencia se necesitaba para esperar, durante siete días todavía, el telegrama que hasta el día 19 no debía ser expedido y que indicaría el nuevo itinerario!

 

No obstante, el matrimonio Titbury tenía entonces ocasión de efectuar un viaje al extranjero con sólo cruzar el río Saint-Croix, cuya orilla izquierda pertenece al Dominio del Canadá.

 

Esto es lo que pensó Hermann Titbury, y en la mañana del día 13 dijo a su mujer lo siguiente:

 

—¡Que el diablo se lleve a ese Hypperbone, que ha elegido la ciudad más desagradable de Maine para enviar a ella a los jugadores que tengan la mala suerte de obtener el número 2 al comenzar la partida!

 

—¡Cuidado, Hermann! —respondió Mrs. Titbury en voz baja—. ¡Pueden

 

 

 

 

 

 

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oírte…! Ya que el azar nos ha conducido a Calais, preciso es permanecer en él de buen o mal grado.

 

—¿Y no podemos abandonar la ciudad?

 

—Sin duda; pero a condición de no salir del territorio de la Unión.

 

—¿No tenemos, pues, derecho a visitar el otro lado del río?

 

—De ninguna manera, Hermann. El testamento prohíbe formalmente salir de los Estados Unidos.

 

—¿Y quién lo sabría, Kate? —preguntó    Mr. Titbury.

 

—¡No te comprendo, Hermann! —replicó la mujer, levantando la voz—. ¿Cómo puedes decir estas cosas? ¡No te reconozco! ¿Y si luego se supiera que habíamos cruzado la frontera? ¿Y si algún accidente nos retuviera allí? ¿Y si no estuviéramos de vuelta el día 19? Además…, yo no lo quiero.

 

 

 

Y la imperiosa Mrs. Titbury tenía razón para no quererlo. ¿Se sabe nunca lo que puede ocurrir? Suponed que se produce un temblor de tierra; que Nuevo Brunswick se separa del continente; que aquella parte de América se resquebraja, se cuartea; que entre los dos países se abre un abismo… ¿Cómo personarse entonces en las oficinas del telégrafo el día convenido? ¿No se corría el riesgo de quedar excluido del match?

 

—No podemos atravesar el río —declaró concisamente Mrs. Titbury.

 

—Tienes razón; no podemos —respondió Mr. Titbury—. No sé cómo se me ocurrió tal idea. Desde nuestra salida de Chicago no soy el mismo. Este maldito viaje me ha trastornado. A personas de nuestra edad, y que jamás se han movido de Robey Street, no les conviene correr de este modo. Más sensato hubiera sido estamos en casa… Haber renunciado a la partida.

 

 

 

—Sesenta millones de dólares bien valen esta molestia —declaró    Mrs.

 

Titbury—. Hermann, observo que te pones muy pesado.

 

Y así, finalmente, Saint Stephen, ciudad canadiense que se halla enclavada en la otra orilla del Saint-Croix, no tuvo el honor de albergar al matrimonio Titbury.

 

 

 

 

 

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Lógico parece que individuos tan precavidos, de tan exagerada prudencia y que ofrecían más garantías que los demás jugadores, hubieran debido estar al abrigo de toda imprevisión, que no cometerían falta alguna y que no les sucedería nada que pudiera comprometerles. Pero el azar gusta de jugársela a los más hábiles, preparándoles emboscadas de las que toda su sabiduría no puede guardarles, y es de razón contar con él.

 

En la mañana del día 14, el matrimonio Titbury tuvo la idea de salir de excursión. No pensaban alejarse mucho; sólo dos o tres millas lejos de Calais. Advertiremos, entre paréntesis, que si esta población ha recibido nombre francés es a causa de estar situada en la frontera de los Estados Unidos como su homónimo en la de Francia; y en cuanto al Estado de Maine, su nombre proviene de los primeros colonos que allí se establecieron durante el reinado de Carlos I de Inglaterra.

 

El tiempo era tormentoso. Pesadas nubes se elevaban en el horizonte y hacían presagiar que a mediodía el calor sería insoportable. Era un mal día para salir de excursión, que se haría a pie, subiendo por la ribera derecha del Saint-Croix.

 

A las nueve de la mañana el matrimonio Titbury salió de la posada y caminó a lo largo de la orilla, y después salió de la población, a la sombra de los árboles, entre cuyas ramas movíanse millares de ardillas.

 

El posadero les había asegurado que ninguna fiera moraba por los alrededores. No; ni lobos, ni osos; únicamente podían hallar algún zorro. Podían, pues, aventurarse con toda confianza a través de los bosques, que, en otra época, hacían del Estado de Maine un inmenso monte de abetos.

 

 

 

Los dos excursionistas no se preocupaban de los variados paisajes que se ofrecían a sus miradas. No hablaban más que de los otros jugadores; de los que habían partido antes que ellos y de los que partirían después. ¿Dónde estaban actualmente Max Real y Tom Crabbe? Y aquel X. K. Z. acababa siempre por inquietarles más que los otros.

 

Después de un paseo de dos horas y media, y aproximándose el mediodía, pensaron en regresar a la posada de «Sandy Bar» para almorzar. Pero, devorados por ardiente sed, efecto del terrible calor, se detuvieron en una taberna situada a media milla del pueblo.

 

 

 

 

 

 

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Algunos bebedores, reunidos en una espaciosa sala, ocupaban las mesas, donde se alineaban los vasos de cerveza.

 

Los esposos Titbury se sentaron aparte y deliberaron acerca de lo que se harían servir. No parecía convenirles la cerveza.

 

—Temo que esté demasiado fría —dijo Mrs. Titbury—. Estamos sudados y podría perjudicamos.

 

—Tienes razón, Kate… Una pulmonía se atrapa pronto —respondió Hermann; y, volviéndose al tabernero, le dijo—: Tráiganos whisky.

 

El tabernero preguntó con rapidez:

 

—¿Ha dicho  whisky?

 

—Sí… O ginebra.

 

—¿Tiene usted licencia?

 

—¿Licencia? —exclamó        Mr. Titbury, extrañado.

 

No se asombrara si hubiese recordado que Maine pertenece al grupo de Estados de la Unión donde impera la prohibición del alcohol. Efectivamente, en Kansas, en Dakota del Norte y del Sur, en Vermont, en Nueva York y, especialmente, en Maine, está prohibido fabricar y vender bebidas alcohólicas, destiladas o fermentadas. En cada localidad de estos Estados, los agentes municipales, mediante el correspondiente pago, están facultados para extender un permiso a los que compran tales bebidas para uso médico o industrial, después de ser examinadas por un comisario. Infringir esta ley, aunque fuese por imprudencia o ignorancia, era exponerse a las severas penas dictadas para la supresión del alcoholismo.

 

 

 

Así es que, apenas hubo hablado Mr. Titbury, un hombre se le acercó y le dijo:

 

—¿No tiene usted licencia?

 

—No…, no tengo…

 

 

 

 

 

 

 

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—Así, pues, usted contraviene la ley…

 

—¿Contravengo la ley? ¿Por qué?

 

—Por haber pedido  whisky o ginebra.

 

Y aquel hombre, que resultó ser un agente, inscribió en su libreta los nombres de Mr, y Mrs. Field, y les previno que al día siguiente comparecieran ante el juez.

 

La pareja regresó cabizbaja a la posada. ¡Qué día y qué noche pasaron! Si Mrs. Titbury había tenido la deplorable idea de entrar en una taberna, Mr. Titbury había tenido la no menos deplorable de preferir el whisky o la ginebra a la cerveza.

 

¡A qué multa se habían expuesto! De ahí se derivaron recriminaciones y disputas que duraron hasta el día siguiente.

 

El juez, un tal R. T. Ordak, era una de las personas más desagradables y susceptibles que imaginarse pueda. A la hora fijada, cuando los infractores de la ley fueron introducidos en su despacho y comparecieron ante él, hizo caso omiso de sus alardes de finura y les interrogó bruscamente:

 

—¿Su nombre?

 

— Mr, y Mrs. Field. —¿Su domicilio?

—Harrisburg, Pennsylvania —le indicaron al azar. —¿Su profesión?

 

—Rentistas.

 

Después les multó con cien dólares por haber infringido las prohibiciones relativas a las bebidas alcohólicas en el Estado de Maine.

 

Aquello era demasiado. Por dueño que fuera de su voluntad, y a pesar de los esfuerzos de su mujer, que en vano procuró calmarle, Hermann no pudo contenerse. Se dejó llevar de su cólera, amenazó al juez R. T. Ordak, y el juez R. T. Ordak dobló la multa por haber faltado al respeto a la justicia.

 

 

 

 

 

 

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Esto exacerbó aún más a Mr. Titbury. ¡Doscientos dólares que añadir al capítulo de los gastos efectuados para trasladarse al extremo límite de aquel maldito Estado de Maine! Exasperado, olvidó toda prudencia y llegó hasta a sacrificar las ventajas que su incógnito le aseguraba. Y entonces, con los brazos cruzados y el rostro encendido, rechazando a su esposa con violencia extraña en él, se inclinó sobre la mesa del juez y dijo:

 

—¿Sabe usted con quién habla?

 

—Con un descortés, al que impongo trescientos dólares de multa por continuar hablándome en tono improcedente —respondió, no menos exasperado, R. T. Ordak.

 

—¡Trescientos dólares! —exclamó Hermann, cayendo medio desvanecido sobre un banco.

 

—Sí —añadió el juez, acentuando cada sílaba—. Trescientos dólares de multa a Mr. Field, de Harrisburg, Pennsylvania.

 

—Pues bien —gritó Mr. Titbury, golpeando la mesa con el puño—. Sepa usted que yo no soy Mr. Field, de Harrisburg, Pennsylvania.

 

—Pues, ¿quién es usted?

 

— Mr. Titbury…, de Chicago…, Illinois.

 

—¡Es decir, un individuo que se permite viajar con nombre supuesto! —replicó el juez, como si dijese: «¡Un crimen más que añadir a tantos otros!».

 

—Sí… Mr. Titbury, de Chicago… El tercer jugador del match Hypperbone… El futuro heredero de su inmensa fortuna.

 

Esta declaración no pareció producir efecto alguno en R. T. Ordak. Este magistrado, tan malcarado como imparcial, no haría más caso de aquel tercer jugador que de cualquier marinero del puerto. Así, con voz aguda, dijo:

 

—Pues bien, Mr. Titbury, de Chicago, Illinois, será quien pague los trescientos dólares. Y, además, por haberse permitido presentarse ante la justicia con nombre supuesto, le condeno a ocho días de prisión.

 

 

 

 

 

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Esto fue el colmo; y sobre Mrs. Titbury, caída sobre el banco, Mr. Titbury cayó a su vez.

 

Ocho días de prisión, y el telegrama esperado llegaría dentro de cinco. Y el día 19 sería preciso partir para trasladarse quizás al otro extremo de los Estados Unidos, y, de no estar allí el día señalado, quedaría excluido de la partida.

 

Evidentemente, aquello era más grave para Hermann Titbury que si hubiera sido enviado a la casilla 52, Estado de Missouri, en la prisión de San Luis. Allí, al menos, existía la posibilidad de ser liberado por alguno de los jugadores, mientras que en la cárcel de Calais, y por voluntad del juez R. T. Ordak, estaría encerrado hasta que cumpliese la pena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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X. Viaja un periodista

 

Sí, señores, sí… Yo considero el match Hypperbone como uno de los más asombrosos azares nacionales, que enriquecerá la historia de nuestro glorioso país. Después de la Guerra de la Independencia, de la Guerra de Secesión, de la proclamación de la doctrina de Monroe, de la aplicación de la ley MacKinley, éste es el hecho más sobresaliente, que la imaginación de un socio del «Excentric Club» ha impuesto a la atención del mundo.

 

Así hablaba Harris T. Kymbale, dirigiéndose a los viajeros del tren que aquel día, 7 de mayo, acababa de abandonar Chicago. El cronista del Tribune, desbordante de alegría y de confianza, iba perorando de un extremo a otro del vagón, por el corredor central, y de un vagón a otro, por el puentecillo colocado entre ellos, y después, de la cabeza a la cola del tren, que, lanzado a todo vapor, bordeaba entonces la ribera meridional del lago Michigan.

 

Harris T. Kymbale había partido solo. Después de dar las gracias a los amigos que querían acompañarle, no había aceptado su ofrecimiento. Ni aun criado llevaba…

 

Como se ve, no pensaba guardar el incógnito como Max Real y Hermann Titbury. Hacía confidencias a todos, y con gusto hubiera escrito en su sombrero: «Cuarto jugador del match Hypperbone». Un numeroso cortejo le había acompañado a la estación, honrándole con sus hurras y deseándole buen viaje. Considerándole emprendedor y audaz, muchos habían apostado por él, aun con prima sobre los otros, lo que le lisonjeaba y no dejaba de ser de buen agüero.

 

Aunque Harris T. Kymbale había rehusado la compañía de algunos amigos durante sus viajes a través de la Unión, no pensaba situarse en un rincón y sumirse en hondas cavilaciones. Lejos de eso, todos los viajeros con los que se encontrase en el camino serían sus compañeros. Pertenecía a esa especie de personas que no piensan sino cuando hablan, y no pensaba mostrarse avaro de palabras, y tampoco de su bolsa, en el curso de sus itinerarios.

 

 

 

 

 

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La caja del riquísimo Tribune estaba abierta para él, que sabría rembolsar los gastos en entrevistas, descripciones, novedades y artículos de todo género, para los que las peripecias del match le suministrarían amplia e interesante materia.

 

—¿No da usted demasiada importancia al juego imaginado por William J.

 

Hypperbone? —le preguntó un caballero, yanqui de los pies a la cabeza.

 

—No, señor —respondió el periodista—; y creo que idea tan original no podía nacer más que en un cerebro ultraamericano.

 

—Tiene usted razón —apoyó un obeso comerciante de Chicago—. Todo el país está intrigado por este asunto, y en el acto de sus funerales pudo comprobarse la popularidad de que gozaba el difunto… al día siguiente de su muerte.

 

—Caballero, ¿formó usted parte del cortejo? —preguntó una anciana de dentadura postiza y anteojos, hundida en su asiento bajo la manta de viaje.

 

—Como si hubiera sido uno de los herederos de nuestro gran ciudadano —respondió el de Chicago—; y me considero no menos honrado al encontrarme con uno de sus futuros herederos en el tren de Detroit.

 

—¿Va usted a Detroit? —preguntó Harris T. Kymbale, tendiéndole la mano.

 

—A Detroit, Michigan.

 

—Pues bien, caballero; yo tendré el placer de acompañarle hasta esa ciudad de tan magnífico porvenir, que no conozco y deseo conocer.

 

—No tendrá usted tiempo para ello, Mr. Kymbale —declaró el yanqui, con tal vivacidad que se le hubiera podido tomar por un apostante—. Esto equivaldría a alargar su itinerario, y, lo repito, no anda usted sobrado de tiempo.

 

—Hay tiempo para todo —respondió Harris T. Kymbale en un tono tan resuelto que causó buena impresión.

 

En efecto, sus compañeros, orgullosos de viajar con una persona de tal temperamento, lanzaron hurras cuyos ecos llegaron hasta la cola del tren.

 

 

 

 

 

 

 

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—Caballero, ¿está usted satisfecho de su primer golpe de dados? —preguntó un clérigo de edad madura, que le escrutaba a través de sus lentes.

 

—Sí y no, reverendo —respondió el periodista, respetuosamente—. Sí, porque los jugadores que han partido antes que yo no han pasado de las casillas 2, 8 y 11, y yo he sido enviado, por dos y cuatro, a la 6, y de allí a la 12. No, porque la casilla 6 es ocupada por el Estado de Nueva York, «donde hay un puente», según rezan las reglas del juego, y este puente es el del Niágara… ¡El Niágara es muy conocido! Lo he visitado veinte veces… Es cosa vista, como la catarata americana, y la canadiense, y la isla de los Vientos, y la de la Cabra… Y, además, está demasiado cerca de Chicago, y yo deseo ver el país, ser llevado a los cuatro extremos de la Unión…

 

 

 

—A condición —replicó el clérigo— de llegar siempre a la hora precisa.

 

—Naturalmente. Y crea usted que no pienso retrasarme ni un minuto en las citas.

 

—Sin embargo —observó un comerciante de conservas alimenticias, cuya tez fresca y sonrosada abonaba sus mercancías—, me parece, Mr. Kymbale, que debe usted felicitarse, puesto que, después de poner la planta en el Estado de Nueva York, irá usted al de Nuevo México. Y el uno no limita con el otro.

 

—¡Bah! —exclamó el periodista—. Total distan algunos centenares de millas.

 

—Y a menos —añadió el yanqui— de ser enviado luego al extremo de Florida o al último pueblo de Washington…

 

—He ahí lo que me agradaría —declaró Harris T. Kymbale—; atravesar los territorios de la Unión de Noroeste a Sudeste.

 

—Y el haberle tocado a usted en suerte ir a la casilla 6, donde hay un puente, ¿no le obliga a usted a satisfacer una prima sencilla? —preguntó el clérigo.

 

—¡Bah! ¡Mil dólares! El Tribune no se arruinará por eso. Desde la estación de Niágara Falls mandaré un cheque telegráfico que el periódico se

 

 

 

 

 

 

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apresurará a pagar.

 

—Y  con  tanto  más  gusto  —dijo  el  yanqui—  cuanto  que  el     match

 

Hypperbone es para él un negocio.

 

—Un magnífico negocio —rectificó Harris T. Kymbale.

 

—Tan cierto estoy de ello —dijo el comerciante de Chicago—, que yo, de apostar, lo haría por usted.

 

—Y obraría usted bien —respondió el periodista.

 

Por tales respuestas se comprenderá que la confianza que Harris T. Kymbale tenía en sí mismo era igual, por lo menos, a la que Jovita Foley tenía en su amiga Lissy Wag.

 

—No obstante —dijo el clérigo—, entre sus rivales hay uno que, a mi juicio, es de temer más que los otros.

 

—¿Cuál, reverendo?

 

—El séptimo; el que es designado únicamente con las iniciales X. K. Z.

 

—¡Ese jugador de última hora! —exclamó el periodista—. Se aprovecha del misterio que le rodea. Es el hombre desconocido al que suelen temer los papanatas. Pero no tardará en descubrirse su incógnito, y, aun cuando fuera el mismísimo presidente de los Estados Unidos, no habrá motivo para temerle más que a los otros.

 

Desde luego, no era probable que el testador hubiese elegido al presidente de los Estados Unidos para séptimo jugador, aunque, a decir verdad, en América nadie hubiera encontrado impropio que el primer personaje de la Unión entrase en liza para disputar a sus adversarios una fortuna de sesenta millones de dólares.

 

Unas seiscientas millas separan Chicago de Nueva York, y Harris T. Kymbale no tenía que recorrer más que los dos tercios de esta distancia para llegar al Niágara, sin tener necesidad de llegar a la gran metrópoli americana. No tenía deseo alguno de visitaría, pues ya la conocía, por lo menos tanto como a la famosa catarata ante la que iba a presentarse.

 

Tras abandonar Chicago, y después de rodear el golfo interior del lago

 

 

 

 

 

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Michigan, el tren penetró en Indiana, contiguo a Illinois, en la estación de Ainsworth, y alcanzó Michigan City. No obstante su nombre, esta ciudad no pertenece a dicho Estado, siendo uno de los principales puertos de Indiana.

 

 

 

Si el confiado periodista había elegido aquella vía entre las muchas de la región; si pasó por Nuevo Buffalo; si se detuvo algunas horas en Jackson, importante centro manufacturero de más de 20 000 almas; si continuó subiendo hacia el Nordeste, fue porque quería visitar Detroit, adonde llegó en la noche del día 7 al 8 de mayo.

 

Al día siguiente, tras breve sueño en la cómoda habitación de un hotel de donde su nombre se extendió por toda la ciudad, fue saludado desde el alba por centenares de curiosos; mejor que curiosos, simpáticos partidarios que no se apartaron de él durante toda la jomada.

 

Tal vez lamentó no poder ampararse en el incógnito, puesto que sólo pretendía recorrer la ciudad. Pero ¿cómo podía escapar a la celebridad y a sus inconvenientes un hombre que era redactor jefe del Tribune y uno de los «Siete» del match Hypperbone?

 

Así, pues, en numerosa y agitada compañía visitó la metrópoli de Michigan, cuya capital es la modesta Tansing. La ciudad de Detroit, nacida de un pequeño fortín que para proteger el comercio establecieron los franceses en 1670, tomó su nombre de la palabra «estrecho», refiriéndose al que, en una anchura de 400 toesas, une los lagos Hurón y Erie. Frente a ella se alza la ciudad canadiense de Windsor, su arrabal, donde el periodista se abstuvo de poner el pie. Apenas tuvo tiempo de visitar esta urbe de 200 000 habitantes, que le acogieron con entusiasmo, deseándole el éxito que sin duda hubiese deseado a cualquiera de los otros jugadores.

 

Harris T. Kymbale partió por la noche. De serle permitido utilizar las vías férreas del Canadá y franquear por el Sur la provincia de Ontario, hubiera podido, atravesando el largo túnel abierto bajo el río Santa Clara en su desembocadura en el lago Hurón, llegar más directamente a Buffalo y a Niágara Falls. Pero el territorio del Dominio le estaba prohibido. Tuvo, pues, que penetrar en el Estado de Ohio, bajando hasta Toledo, próspera ciudad construida al sudoeste del lago Erie, torcer hacia Sandusky entre los más ricos viñedos de América, y luego, a lo largo del litoral Este del lago, pasar por Cleveland. Es ésta una magnífica ciudad de 260 000 habitantes, con calles sombreadas de árboles, con su avenida de Euclides,

 

 

 

 

 

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los Campos Elíseos de América, y las riquezas que incesantemente vierten los depósitos de petróleo de la región; es, en fin, una ciudad de la que Cincinnati tiene motivos para estar celosa. Tocó luego en Erie City, en Pennsylvania, y salió de este Estado por la estación de Northville para penetrar en el de Nueva York. Cruzó rápidamente por Dunkirk, iluminada por el hidrógeno de sus pozos naturales, y la noche del día 10 de mayo llegó a Buffalo, la segunda ciudad del Estado, donde cien años antes se hubieran encontrado millares de bisontes en lugar de los centenares de miles de habitantes que en ella moraban.

 

Harris T. Kymbale obró cuerdamente no deteniéndose en esta linda ciudad y renunciando a vagar por sus bulevares, por sus avenidas del Niágara Park, en torno de sus almacenes y sus elevadores, y sobre la orilla del lago que abre paso a las aguas del Niágara. Era menester que dentro de diez días estuviese en Santa Fe, capital de Nuevo México, tras un recorrido de mil cuatrocientas millas, no todas servidas por los ferrocarriles.

 

Al día siguiente, pues, tras un corto trayecto de veinticinco millas, llegó al pueblo de Niágara Falls.

 

Pese a todo cuanto pudiera decir el periodista acerca de esta célebre catarata, actualmente demasiado conocida e industrializada —y que lo será más en el porvenir cuando se hayan domado sus dieciséis millones de caballos—, ni la Puerta de los Adirondaks, maravilloso conjunto de circos, bosques y desfiladeros de los que la Unión quiere hacer una propiedad nacional, ni las Palissades del Hudson, ni el Central Park de la metrópoli, ni Broadway, ni el puente de Brooklyn, que tan audazmente cruza el río Este, disputarán a los turistas las maravillas de la Horse-Shoe-Falls.

 

 

 

En efecto, nada puede compararse a ese tumultuoso transvase de las aguas del lago Erie en el lago Ontario por el canal del Niágara. Es el San Lorenzo, que corre herido por la espuela de la isla de la Cabra para formar a un lado la cascada americana y la canadiense en el otro. El río da furiosos saltos al pie de las dos cataratas, y luego, durante tres millas, desliza sus aguas tranquilas hasta Suspensión Bridge, donde circula de nuevo con espantosa rapidez.

 

Antaño, sobre las extremidades rocosas de la isla de la Cabra erguíase Terrapine Tower, rodeada de torbellinos cuya espuma pulverizada formaba arco iris al ser acariciada por el sol. Pero Terrapine Tower desplomóse en

 

 

 

 

 

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el abismo, ya que la catarata ha retrocedido un centenar de pies en siglo y medio. Actualmente, un atrevido puentecillo, que cruza de una a otra ribera, permite admirar la doble corriente en todo su esplendor.

 

Harris T. Kymbale, acompañado de numerosos visitantes americanos y canadienses que le aguardaban, fue a situarse en mitad del puente, cuidando de no pasar a la parte perteneciente al Dominio. Después de lanzar un hurra, contestado por mil bocas entusiastas, regresó al pueblo de Niágara Falls, cuya vecindad afea ahora un número excesivo de fábricas; cosa muy natural, teniendo en cuenta que la catarata representa una fuerza utilizable de cien millones de toneladas.

 

No se perdió el periodista entre los verdes bosques de la isla de la Cabra, ni descendió a la gruta de los Vientos, bajo el macizo de la isla, ni se aventuró por Horse-Shoe-Falls, lo que sólo puede hacerse desde la ribera canadiense; pero no se olvidó de acudir a la oficina de telégrafos del pueblo, desde donde expidió un giro de mil dólares a la orden de Mr. Tombrock, de Chicago, que el cajero del Tribune se apresuraría a pagar.

 

Por la tarde, después de un magnífico refrigerio servido en su honor, Harris T, Kymbale regresó a Buffalo. Aquella misma noche abandonó esta ciudad, a fin de efectuar dentro del plazo marcado la segunda parte de su viaje.

 

 

 

En el momento en que subía al vagón, el alcalde de la ciudad, el honorable

 

H. V. Exulton, le dijo con tono grave:

 

—Por esta vez puede perdonársele, caballero. Pero no vuelva usted a gandulear como ha venido haciendo hasta aquí…

 

—Si eso me place… —contestó Harris T. Kymbale, a quien no pareció agradar la observación, aun viniendo de tal ilustre personaje—. Creo que tengo perfecto derecho…

 

—No, señor. Tampoco un peón puede moverse a su voluntad sobre el tablero.

 

—Supongo que soy dueño de mí mismo…

 

—¡Está usted en un error, caballero! Usted pertenece a los que por usted han apostado…, y yo lo he hecho por cinco mil dólares.

 

 

 

 

 

 

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Realmente el honorable H. V. Exulton tenía razón. Por interés propio el periodista del Tribune, aunque sus crónicas se resintiesen de ello, no debía tener más que una preocupación; llegar a su puesto por las vías más cortas y rápidas.

 

Además, Harris T. Kymbale nada tenía que admirar en aquel Estado de Nueva York, que había visitado varias veces. Entre su metrópoli y Chicago eran fáciles y numerosas las comunicaciones ferroviarias. Cuestión de una jomada para estos americanos, cuyos trenes han recorrido las mil millas en veinticuatro horas.

 

En suma, Harris T. Kymbale no tenía por qué quejarse de su comienzo. Después de su visita al Estado de Nueva York, ¿no había sido enviado al Estado de Nuevo México, donde su curiosidad tenía mil motivos para quedar satisfecha? Era de suponer, además, que el capricho de los dados expediría allí a varios de los jugadores del match que aún no lo habían visitado, como Hermann Titbury, Lissy Wag y su inseparable Jovita Foley.

 

El Estado de Nueva York es el primero del país por su población, ya que no cuenta menos de seis millones de habitantes para una superficie de 49 000 millas cuadradas. Es el «Empire State», dispuesto en forma de triángulo, cuyos lados están formados por líneas rectas, elegidas arbitrariamente a falta de fronteras naturales.

 

Cierto que los jugadores que fueran a aquel sitio no tendrían más que Harris T. Kymbale la posibilidad de permanecer allí durante las dos semanas que mediaban entre jugada y jugada. Como él, después de asomarse sobre el Niágara, veríanse obligados a dirigirse a Santa Fe, capital de Nuevo México. Y si llegaban hasta Nueva York, las otras ciudades no recibirían su visita. Sin embargo, la mayor parte de ellas merecen ser vistas; Albany, el centro legislativo, con una población de 110 000 habitantes, orgullosa de sus museos, escuelas y parques, y de su Palacio, que no ha costado menos de veinte millones de dólares; Rochester, la ciudad de la harina, manufacturera por excelencia y poderosamente auxiliada en su producción industrial por los saltos de agua del Genesee; Siracusa, la rica ciudad de la sal, que suministran las salinas de Onondaga; y tantas otras, que el Estado puede mostrar con justo orgullo.

 

 

 

Pero bien valía el viaje una visita a la metrópoli. Es preciso haber visto

 

 

 

 

 

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esta ciudad de Nueva York, entre el Hudson y el río Este, extendida sobre la península de Manhattan, de la que cubre 106 kilómetros cuadrados, o sea 12 000 hectáreas, y que ocupará 360 —más que Londres y que París— cuando Brooklyn y Long Island pasen a formar parte de su municipio. Es preciso haber admirado sus bulevares, sus monumentos, sus mil iglesias —lo que no es excesivo para 1.700 000 habitantes—; su Broadway, su Quinta Avenida —de siete millas de longitud—; su catedral de San Patricio, construida en mármol blanco; su Central Park, de 345 hectáreas, con prados, bosques y ríos, y al que conduce el gran viaducto de Crotón; su puente de Brooklyn sobre el río Este, en espera del que cruzará el Hudson; su puerto, cuyo movimiento comercial se cifra en ochocientos millones de dólares; su amplia bahía, sembrada de islas, entre otras la de Bedloe, donde se levanta la Libertad iluminando al mundo, gigantesca estatua de Bartholdi.

 

Pero, lo repetimos, tales maravillas no hubieran tenido para el redactor jefe del Tribune el atractivo de la novedad. Después de su visita al Niágara, iba a sujetarse estrictamente a su itinerario.

 

En efecto, era el día 11 de mayo, y era preciso que estuviese en Santa Fe el día 21 a mediodía. Y dos Estados separados por mil seiscientas millas no son precisamente vecinos. Al abandonar Buffalo, Harris T. Kymbale se había propuesto regresar a Chicago para tomar el Grand Trunk en dirección al Oeste. Pero este plan presentaba el inconveniente de que, por no haber ningún ramal que le pusiera en comunicación directa con Santa Fe, se vería obligado a efectuar un largo trayecto en coche por un territorio que deja mucho que desear en lo que respecta a los transportes. Felizmente, sus compañeros del Tribune, tras estudiar concienzudamente aquella parte del Far West, habían combinado un itinerario que le fue indicado por un telegrama enviado a Buffalo.

 

Este telegrama estaba redactado en los siguientes términos:

 

Volver de Niágara Falls a Buffalo y descender hasta Cleveland. Atravesar oblicuamente Ohio, por Columbus y Cincinnati; Indiana, por Laurencebourg, Madison, Versailles y Vincennes; el Sur de Illinois; Missouri, por Salem, Belley y San Luis. Tomar la línea de Jefferson para Kansas City. Franquear Kansas por la vía férrea más meridional, cruzando Laurence, Emporia, Newton, Hutchinson, Plum Buttes, Fort Zarah, Lamed, Petersburg, Dodge City, Fort Atkinson y Sherbrock; después el Este de Colorado por Grenada y Las Arimas. Tomar el ramal de Pueblo, y por

 

 

 

 

 

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Trinidad ganar Clifton sobre la frontera de Nuevo México. Finalmente, por Cimarrón, Las Vegas y Galateo llegar al camino que conduce a Santa Fe. No olvidar que el firmante de este despacho ha apostado cien dólares por usted, y que otro itinerario podría hacérselos perder.

 

BRUMAN S. BICKHORN,

 

Secretario de la Redacción.

 

 

 

¿Cómo no había de tener grandes probabilidades de éxito este jugador, a quien sus amigos servían con tanto celo y precisión? Su triunfo era posible, pero a condición de seguir el consejo del honorable H. V. Exulton, es decir, no perdiendo el tiempo en admirar los lugares por donde pasase.

 

«De acuerdo, mi bravo Bickhorn —se dijo Harris T. Kymbale—. Seguiré este itinerario, y no pienso apartarme un punto de él… No hay que preocuparse por el ferrocarril. Tranquilízate, amable secretario de la Redacción; si hay retrasos, no provendrán ni de mi aturdimiento ni de mi negligencia. Tus cien dólares serán defendidos tan enérgicamente como los cinco mil del primer magistrado de Buffalo. No olvidaré que llevo los colores del Tribune».

 

Un jockey no hubiera reflexionado mejor. Verdad que este jockey era más bien un centauro, y corría por cuenta propia.

 

De este modo, por una calculada combinación de horarios y de trenes, sin apresuramiento, descansando de noche en los mejores hoteles, Harris T. Kymbale atravesó en sesenta horas los Estados de Ohio, Indiana, Illinois, Missouri, Kansas y Colorado, y se detuvo el día 19 por la noche en la estación de Clifton, en la frontera de Nuevo México.

 

El periodista cambió allí quinientos cuarenta y seis apretones de manos, por no haber más que doscientos setenta y tres bimanos en aquella ciudad, perdida en el fondo de las inmensas llanuras del Far West.

 

Contaba con pasar una buena noche en Clifton; pero cuando descendió del vagón fue grande su descorazonamiento al saber que, a causa de efectuarse importantes reparaciones en la vía férrea, la circulación ferroviaria estaría interrumpida durante varios días. ¡Y se encontraba aún a ciento veinticinco millas de Santa Fe, y no contaba más que con treinta y

 

 

 

 

 

 

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seis horas para recorrerlas! El inteligente Bruman S. Bickhom no había previsto esta eventualidad.

 

Felizmente, al salir de la estación, Harris T. Kymbale se encontró en presencia de un individuo, mitad americano, mitad español, que le esperaba. Al advertir la presencia del periodista, aquel hombre hizo chasquear su látigo por tres veces, seña de la que, al parecer, se servía para saludar a la gente. Luego, en lengua que recordaba más bien la de Cervantes que la de Cooper, dijo:

 

—¿Harris T. Kymbale?

 

—Yo soy.

 

—¿Quiere usted que le conduzca a Santa Fe?

 

—Sí.

 

—De acuerdo.

 

—¿Cómo te llamas?

 

—Isidoro.

 

—Bien.

 

—Mi coche está presto a partir.

 

—Partamos, pues; y no te olvides de que si un coche marcha gracias a los caballos, llega gracias al cochero.

 

¿Comprendió el hispanoamericano la insinuación que la frase encerraba?

 

Tal vez.

 

Isidoro era hombre de cuarenta y cinco a cincuenta años, de piel atezada, mirada viva y rostro burlón. Aunque el periodista no lo sospechaba, era muy probable que se sintiera orgulloso de conducir en su coche a un personaje que tema una oportunidad contra seis de valer sesenta millones de dólares.

 

Harris T. Kymbale era el único pasajero del carruaje. No era éste un tronco de seis caballos, sino un sencillo carricoche, cuyo caballo se relevaría en

 

 

 

 

 

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los pueblos del trayecto. Lanzóse el vehículo por el camino de Aubey’s Trail, cortado por numerosas sinuosidades, que aquél vadeaba. Por la noche descansaron algunas horas.

 

Al amanecer del día siguiente el coche había recorrido unas cuarenta millas por Cimarrón, rodeando sin percance alguno la base de los Montes Bízmeos. Nada hay que temer actualmente de los apaches, los comanches y otras tribus de pieles rojas que antaño recorrían la comarca, y algunas de las cuales han obtenido del Gobierno federal el derecho de conservar su independencia.

 

Por la tarde, tras cruzar Fort Union y Las Vegas, el coche se aventuró por los desfiladeros de Moro Peaks. Este camino montañoso es difícil y hasta peligroso, y, por lo tanto, poco apropiado para ser recorrido con rapidez, pues a partir de aquellas bajas llanuras es preciso remontarse de setecientas a ochocientas toesas, que es la altura de Santa Fe sobre el nivel del mar.

 

Más allá de la frontera de Nuevo México se extiende una zona regada por los numerosos tributarios que hacen del río Grande del Norte una de las más caudalosas corrientes del occidente de América. De allí parte la importante vía que, pasando por Denver y llegando a Chicago, favorece el comercio con las provincias de México.

 

Durante la noche del día 20 al 21, la marcha del coche fue lenta y penosa. El importante viajero, no sin razón, se sintió invadido por el temor de no llegar a tiempo. Por ello exhortaba incesantemente al flemático Isidoro.

 

—Marchamos muy lentamente…

 

—No puedo hacer más, señor Kymbale. Sólo tenemos ruedas, y necesitaríamos alas.

 

—Recuerda que me interesa estar en Santa Fe el día 21…

 

—Bien… Si no estamos ese día, estaremos el siguiente.

 

—Pero ya será tarde.

 

—Tanto mi caballo como yo hacemos lo que podemos. No se puede exigir más de una bestia y un hombre.

 

 

 

 

 

 

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A Harris T. Kymbale se le ocurrió entonces interesar directamente a Isidoro en la partida que jugaba. Así, mientras el caballo se extenuaba subiendo por una de las más ásperas cuestas del camino, entre espesos bosques de verdes árboles y sorteando un laberinto de troncos derribados, dijo al automedonte:

 

—Isidoro, tengo que hacerte una proposición.

 

—Hágala, señor Kymbale.

 

—Te daré mil dólares si mañana, antes del mediodía, estoy en Santa Fe.

 

—¿Mil dólares? —repitió Isidoro, guiñando un ojo.

 

—Mil dólares, a condición de que gane la partida.

 

—¡Ah! —dijo Isidoro—. A condición de que…

 

—Naturalmente.

 

—¡Sea! —gritó el conductor, y aplicó a su caballo unos cuantos latigazos.

 

A medianoche no habían alcanzado aún el punto más alto del camino. La inquietud del periodista se acentuó, y, sin poder contenerse, dijo, golpeando a Isidoro en la espalda:

 

—Tengo que hacerte una nueva proposición.

 

—Hágala, señor Kymbale.

 

—Te daré diez mil dólares… ¡Sí…! ¡Diez mil dólares si llego a tiempo!

 

—¿Diez mil dólares? —repitió el conductor.

 

—Diez mil.

 

—¿A condición de que gane usted la partida?

 

—Naturalmente.

 

No tardarían más de doce horas en recorrer las cincuenta millas que les

 

separaban de Santa Fe. Sólo les faltaba descender de las montañas y

 

seguir la orilla del río Chiquito, excluyendo desviarse hasta Galateo para

 

 

 

 

 

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tomar el ramal del ferrocarril, lo que les hubiera hecho perder mucho tiempo.

 

Cierto que el camino era practicable, poco montañoso, y hubiera sido imposible encontrar caballo mejor que el que obtuvieron en el relevo de Taos. Era, pues, posible llegar dentro del plazo señalado, pero a condición de no retrasarse ni un momento y en el supuesto de que el tiempo continuase siendo favorable.

 

La noche era magnífica, alumbrada por la luna llena, que parecía obedecer a un telegrama de Bickhorn; la temperatura era agradable; la brisa del Norte, refrescante; el viento soplaba por el Norte y no obstaculizaba la marcha del vehículo. El caballo, una fogosa bestia de raza mexicana criada en los corrales de las provincias del Oeste, piafaba de impaciencia a la puerta de la posada.

 

En cuanto al cochero, no hubiera podido encontrarse en mejor estado. Jamás, ni en sueños, había entrevisto suma como la que se le ofrecía. Y, sin embargo, Isidoro no parecía tan maravillado de aquel golpe de fortuna como, en opinión de Harris T. Kymbale, debía estarlo.

 

«¿Acaso —se preguntaba— este bribón desearía mayor cantidad…, quizá diez veces más? Después de todo, ¿qué significan unos cuantos miles de dólares comparados con los millones de William J. Hypperbone? ¡Una gota de agua en el Océano…! Bien… Si es preciso, llegaré hasta las cien gotas».

 

Y en el momento de partir, dijo al oído de Isidoro:

 

—No se trata de diez mil dólares…

 

—¡Cómo! ¿Retira usted su oferta? —exclamó el cochero en tono seco.

 

—No, amigo mío. Al contrario… Te daré cien mil dólares si antes de mediodía estamos en Santa Fe.

 

—¿Dice usted cien mil dólares? —repitió Isidoro, guiñando el ojo izquierdo; y añadió—:

 

—¿Siempre con la condición de que usted gane la partida?

 

—Sí. Siempre que resulte ganador.

 

 

 

 

 

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—¿No podría usted, señor Kymbale, escribirme esto en un pedazo de papel? Sólo algunas palabras…

 

—¿Con mi firma?

 

—Sí; con su firma.

 

Claro es que para negocio de tal importancia la palabra no era suficiente.

 

Sin vacilar, Harris T. Kymbale sacó su carnet de notas y sobre una de sus hojas redactó un pagaré de cien mil dólares a favor del señor Isidoro, de Santa Fe, pagaré que sería fielmente cumplido si el periodista llegaba a ser el único heredero de William J. Hypperbone. Firmó, y entregó el papel a su destinatario.

 

Tomólo Isidoro, lo leyó y lo guardó en el bolsillo tras doblarlo cuidadosamente. Luego dijo:

 

—En marcha.

 

¡Ah, cómo galoparon a rienda suelta por el camino que sigue la ribera del río Chiquito! Pero a pesar de tantos esfuerzos, a riesgo de volcar el vehículo, de precipitarse en el río, no pudieron llegar a Santa Fe hasta las doce menos diez.

 

Esta capital cuenta apenas 7000 habitantes. Aunque Nuevo México está anexionado a la República federal desde hace varios años, su admisión como Estado de la Unión databa sólo de algunos meses, lo que había permitido que el excéntrico difunto lo hiciera figurar en el mapa.

 

Por lo demás, ha conservado el aspecto y las costumbres españolas, y el carácter anglosajón gana allí terreno muy lentamente. Respecto a Santa Fe, su situación en el corazón de yacimientos argentíferos le asegura próspero porvenir. De creer a sus habitantes, la ciudad está edificada sobre espesos cimientos de plata, y del suelo de sus calles ha podido extraerse mineral que vale hasta doscientos dólares por tonelada.

 

Sea lo que fuere, la ciudad ofrece pocas curiosidades a los turistas, a no ser las ruinas de un templo construido por los españoles tres siglos antes, y un palacio de los gobernadores, construcción humildísima de un solo piso, adornado de un pórtico con columnas de madera. Las casas,

 

 

 

 

 

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españolas e indianas, están construidas con ladrillos sin cocer, y algunas son semejantes a las que se encuentran en los poblados indígenas.

 

Harris T. Kymbale fue recibido como lo había sido en todos los puntos del trayecto. Pero no tuvo tiempo de estrechar las siete mil manos que se tendían hacia él, contentándose con dar las gracias a todos en general. En efecto, eran las once y cincuenta minutos, y érale preciso estar en el telégrafo antes de que en el reloj municipal hubiera sonado la última campanada del mediodía.

 

Dos telegramas expedidos por la mañana y casi al mismo tiempo, de Chicago, le aguardaban.

 

El primero, firmado por el notario Tombrock, le notificaba el resultado de la segunda jugada de dados que le concernía. Por diez tantos, formados por cinco y cinco, el cuarto jugador era enviado a la casilla 22, Carolina del Sur.

 

El infatigable periodista, que soñaba con recorrer itinerarios inverosímiles, veía realizados sus deseos. ¡Tenía que recorrer mil quinientas millas, dirigiéndose hacia el Atlántico, en la parte oriental de los Estados Unidos! Se permitió formular la siguiente observación:

 

—De haberme tocado Florida, hubiera tenido que recorrer algunos centenares de millas más.

 

Los hispanoamericanos de Santa Fe quisieron festejar la presencia de su compatriota organizando mítines, banquetes y otras ceremonias por el estilo. Pero el redactor jefe del Tribune rehusó, lo que les causó gran disgusto. Aleccionado por la experiencia, estaba resuelto a seguir los consejos del honorable alcalde de Buffalo y no retrasarse bajo ningún pretexto, viajando por el camino más corto.

 

El segundo telegrama, enviado por el previsor Bickhom, contenía un nuevo itinerario, tan bien estudiado como el anterior, al que sus compañeros le suplicaban se atuviera, partiendo al instante. El periodista se decidió a abandonar aquel mismo día la capital de Nuevo México.

 

Los cocheros de la ciudad no ignoraban las promesas que aquel ultrageneroso viajero había hecho a Isidoro. No hubo, pues, más que la dificultad de elegir, pues todos le ofrecían sus servicios con la esperanza de que no serían menos favorecidos que su compañero.

 

 

 

 

 

 

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Extrañará, sin duda, que Isidoro no reclamase el honor —casi el derecho— de conducir al periodista hasta la línea férrea más próxima, y (¿quién sabe?) tal vez con la idea de añadir otros cien mil dólares a los que le aseguraba el pagaré de Harris T. Kymbale. También es probable que aquel práctico hispanoamericano estuviese tan satisfecho como fatigado. No obstante, fue a despedirse del periodista, que, convenido con otro cochero, se disponía a partir a las tres de la tarde.

 

—¿Qué tal, Isidoro? —le preguntó Harris T. Kymbale.

 

—Bien, señor.

 

—No creo estar en deuda contigo, puesto que te he asociado a mi fortuna.

 

—Mil gracias, señor. Yo no merezco…

 

—Sí, sí. Sin tu celo hubiera llegado tarde y estaría fuera de la partida… Por diez minutos llegué a tiempo.

 

Siguiendo su costumbre, Isidoro escuchó socarronamente el elogio. Luego dijo:

 

—Puesto que está usted contento, señor Kymbale, yo también lo estoy.

 

—Y los dos formamos pareja, como dicen nuestros amigos los franceses.

 

—Exacto. Lo mismo que los caballos de tiro.

 

—Conserva cuidadosamente el papel que te he entregado. Después, cuando oigas que el mundo entero me proclama vencedor del match Hypperbone, hazte conducir a Clifton, toma el ferrocarril, que te dejará en Chicago, y pasa a cobrar. Puedes estar tranquilo, pues haré el debido honor a mi firma.

 

Isidoro movía la cabeza, se rascaba la frente y guiñaba los ojos, mostrándose indeciso, como si deseara hablar y no se atreviera a hacerlo.

 

—Veamos —le dijo Harris T. Kymbale—. ¿Acaso quieres cobrar más dinero?

 

—Su oferta es espléndida —respondió Isidoro—. Pero esa suma vendrá a

 

 

 

 

 

 

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mi poder si usted gana…

 

—¡Claro, hombre! ¿Podría ser de otro modo?

 

—¿Por qué no?

 

—¿Tú crees que me sería posible entregarte semejante cantidad si no recibiese la herencia?

 

—¡Oh! Comprendo, señor Kymbale, comprendo. Pero yo preferiría…

 

—¿Qué?

 

—Cien dólares contantes y sonantes.

 

—¿Cien en lugar de cien mil?

 

—Sí —respondió plácidamente Isidoro—. ¡Qué quiere usted…! No me gusta contar con la casualidad… Si usted me entregara cien dólares… Esto sería más seguro…

 

Reprochándose quizás en el fondo su generosidad, Harris T. Kymbale sacó cien dólares de su bolsillo y se los entregó a aquel hombre prudente, que al momento rasgó el documento que le había entregado antes el periodista.

 

 

 

Partió éste entre el rumor de las despedidas, y desapareció al galope de su caballo por la calle Mayor de Santa Fe. Indudablemente, llegado el caso, el nuevo conductor se mostraría menos filósofo que su compañero.

 

Cuando preguntaron a Isidoro el motivo de su determinación, respondió:

 

—Cien dólares son cien dólares… Además, yo desconfiaba. ¡Un hombre tan seguro de sí mismo…! ¿Qué queréis…? Yo no apostaría veinticinco centavos por él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XI. Las inquietudes de Jovita Foley

 

Por su número de orden, Lissy Wag era la quinta en partir. Transcurrirían, pues, nueve días entre el que partió Max Real y aquél en que ella debía abandonar Chicago a su vez.

 

¡Qué impaciencia la de Jovita Foley durante aquella interminable semana! Su amiga no lograba calmarla. Ella no comía, no dormía, no vivía… Los preparativos estaban hechos desde el día siguiente al en que se había efectuado la primera tirada de dados, el día 1.º de mes, a las ocho de la mañana, y dos días después Jovita había obligado a Lissy Wag a que la acompañase a la sala del Auditorium, donde la segunda jugada iba a realizarse en presencia de una numerosa y emocionada multitud. La tercera y la cuarta tiradas fueron proclamadas los días 5 y 7 de mayo. Cuarenta y ocho horas más y se decidiría la suerte de las dos jugadoras, pues ambas componían una sola persona. Jovita Foley absorbía a Lissy Wag, pues ésta quedaba reducida al papel de prudente y razonable mentor al que jamás se atiende.

 

Inútil es decir que la licencia concedida por Mr. Marshall Field a su cajera y a su empleada había comenzado el día 16 de abril, el día siguiente de la lectura del testamento. Las dos jóvenes no estaban obligadas a volver al comercio de Madison Street. Esto no dejaba, sin embargo, de causar alguna inquietud a la más prudente, pues, si la ausencia se prolongaba varias semanas, quizá meses, ¿se resignaría el dueño a privarse de sus servicios durante tan largo tiempo?

 

—No hemos obrado con prudencia —repetía Lissy Wag.

 

—De acuerdo —respondía Jovita Foley—. Y continuaremos así mientras sea preciso.

 

La nerviosa e impresionable joven no cesaba de dar vueltas por el reducido departamento de Sheridan Street. Abría la única maleta que contenía su ropa blanca y los trajes de viaje; asegurábase de que no se había olvidado nada; contaba y recontaba el dinero disponible: todas sus

 

 

 

 

 

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economías convertidas en papel y oro, que los hoteles, los ferrocarriles, los coches y los imprevistos devorarían con gran desconsuelo de Lissy Wag. Hablaba de todo esto con los vecinos, muy numerosos en aquellas inmensas casas de Chicago de diecisiete pisos. Bajaba en el ascensor, y volvía a subir en cuanto sabía alguna noticia por los periódicos o los vendedores callejeros.

 

—¡Ah, querida! —dijo en una ocasión—. Max Real ha partido… ¿Dónde estará? No ha dado a conocer su itinerario a través de Kansas.

 

Efectivamente, los más finos sabuesos del periodismo nada sabían de esto. No se confiaba en recibir noticias del joven pintor antes del día 15, es decir, una semana después que Jovita Foley y Lissy Wag se lanzaran por los vastos territorios de la Unión.

 

—Francamente —dijo Lissy Wag—, ese joven es el que más me interesa de todos los jugadores.

 

—Porque te ha deseado buen viaje, ¿verdad?

 

—Y también porque me parece digno de todos los favores de la fortuna.

 

—Después de ti, ¿no?

 

—No: antes.

 

—Comprendo. Si tú no formaras parte de los «Siete», tus votos serían para él.

 

—Lo son igualmente.

 

—Pero como tú estás interesada en este asunto, y yo también en calidad de amiga tuya, te pido que implores al cielo por mí antes de hacerlo por Max Real. Aunque nadie sabe dónde puede hallarse ahora… Es de suponer que no lejos de Fort Riley, a menos que algún accidente…

 

—Esperemos que todo le sonría, Jovita.

 

—Comprendido, querida.

 

Jovita Foley respondía casi siempre con esta palabra, que en sus labios adquiría un tono irónico, a las observaciones de la miedosa Lissy Wag.

 

 

 

 

 

 

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Luego, con propósito de incitarla, le dijo:

 

—No me hablas nunca de ese abominable Tom Crabbe, que se ha puesto en camino para Tejas. ¿Es que no formulas votos por ese crustáceo?

 

—Hago votos para que la suerte no nos envíe a países tan lejanos.

 

—¡Bah!

 

—Jovita, somos mujeres, y un Estado cercano nos convendría mucho.

 

—De acuerdo, Lissy. Pero si la suerte no lleva su galantería hasta tener en cuenta nuestra debilidad; si nos manda al océano Atlántico, al Pacífico o al golfo de México, preciso será conformarse.

 

—Nos conformaremos, Jovita, puesto que tú lo quieres.

 

—No es que yo lo quiera, sino que no hay otro remedio. Tú sólo piensas en la partida, y no en la llegada, la gran llegada a la casilla 63. Yo, al contrario, pienso en ella noche y día, y después en la vuelta a Chicago, donde los millones nos esperan en la caja de ese excelente notario.

 

—Sí… Esos famosos millones de la herencia —dijo Lissy Wag, sonriendo.

 

—Vamos, Lissy, ¿acaso los demás no han aceptado sin tantas quejas?

 

¿Acaso el matrimonio Titbury no está camino de Maine?

 

—¡Pobres! ¡Les compadezco!

 

—¡Ah! ¡Me desesperas!

 

—Y tú, querida mía, caerás enferma si no te calmas, si continúas enervándote como lo haces desde una semana acá… Te advierto que me quedaré para cuidarte.

 

—¡Yo…, enferma! ¡Estás loca…! Los nervios me sostienen, me dan energía, y estaré nerviosa todo el tiempo que dure el viaje.

 

—Sea, Jovita; pero si tú no caes enferma, caeré yo…

 

—¡Tú…! ¡Tú…! Eso te está prohibido —exclamó la excelente y expansiva joven, arrojándose al cuello de Lissy Wag.

 

 

 

 

 

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—¡Vamos, calma! —replicó Lissy respondiendo a sus besos—. Calma, y todo irá bien.

 

No sin grandes esfuerzos, Jovita consiguió dominarse, espantada ante la idea de que su amiga pudiera estar en cama el día de la partida.

 

El día 7 por la mañana, al regresar del Auditorium, Jovita Foley notificó que el jugador Harris T. Kymbale había sacado seis puntos y se dirigía al Estado de Nueva York, al puente del Niágara, y de allí a Santa Fe, en Nuevo México.

 

Lissy Wag hizo una única reflexión con tal motivo: que el periodista tendría que pagar una prima.

 

—Eso no preocupará gran cosa a su periódico —replicó su amiga.

 

—Es cierto, Jovita; pero a nosotras nos causaría gran trastorno el vemos obligadas a desembolsar mil dólares al principio o en el curso del viaje…

 

Como de costumbre, la otra respondió con un movimiento de cabeza que significaba: «Esto no sucederá… No; eso no sucederá».

 

En el fondo, Jovita se preocupaba de esto más que de nada, aunque no lo aparentase, y por la noche, durante un agitado sueño que turbaba el de Lissy, soñaba en voz alta con el puente, la hostería, el laberinto, los pozos, la prisión, esas funestas casillas donde los jugadores debían pagar primas sencillas, dobles o triples para poder continuar la partida.

 

Llegó finalmente el día 8 de mayo, y al día siguiente las dos jóvenes se pondrían en camino. Con las brasas sobre las que pisaba Jovita Foley desde hacía una semana, hubiera podido funcionar una locomotora de gran velocidad para conducirla al extremo de América.

 

Jovita Foley había adquirido una guía general de Estados Unidos, la mejor y más completa de las Guidebooks, que ella hojeaba, leía y releía sin cesar, por más que no pudiese aún elegir itinerario.

 

Por lo demás, para estar al corriente de lo que concernía a este asunto, bastaba consultar los periódicos de la metrópoli o los de cualquier otro punto. Se habían establecido correspondencias entre cada Estado de los elegidos por la suerte, y más especialmente con cada uno de los lugares

 

 

 

 

 

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indicados en la nota de William J. Hypperbone. El correo, el telégrafo y el teléfono funcionaban constantemente. Los periódicos, tanto los de la mañana como los de la noche, contenían columnas de informaciones, más o menos verídicas, y, preciso es decirlo, más o menos fantásticas… Aunque, tanto el lector como el suscriptor, están siempre de acuerdo sobre este punto: es preferible leer falsas noticias que no leer ninguna.

 

Como se comprenderá, estas informaciones dependían de la manera de proceder de los jugadores. Así, en lo que concernía a Max Real, las noticias no podían ser fidedignas, puesto que a nadie, excepto a su madre, había puesto al corriente de sus proyectos. No habiendo sido señalada su presencia en Omaha, con Tommy, ni en Kansas City al desembarcar del Dean Richmond, los periodistas habían buscado en vano sus huellas, ignorándose lo que había sido del pintor.

 

Oscuridad no menos profunda reinaba acerca de Hermann Titbury. No cabía duda de que el día 5 había partido con su esposa, y en la casa de Robey Street no quedaba más que la sirvienta de que se ha hablado. Pero ignoraba que viajaban bajo nombre supuesto, y fueron inútiles los esfuerzos de los periodistas para saber qué había sido de ellos. Era de suponer que se carecería de noticias de la pareja hasta el día en que se presentaran en el telégrafo de Calais para retirar el telegrama que a ellos se refería.

 

 

 

La información era más completa en lo que concernía a Tom Crabbe. John Milner y su compañero, que partieron de Chicago el día 3 de manera muy aparatosa, habían sido vistos y saludados en las principales ciudades de su itinerario, y, finalmente, en Nueva Orleans, donde se habían embarcado para Galveston, en Tejas. El Freie Presse cuidó de destacar, con este motivo, que el navío Shermart era de nacionalidad americana, es decir, un pedazo de la madre patria. En efecto, como estaba prohibido a los jugadores abandonar el territorio nacional, convenía no tomar pasaje en un barco extranjero, aunque este barco permaneciera en aguas de la Unión.

 

No faltaba noticias de Harris T. Kymbale, sino que, al contrario, caían como lluvia de abril. Se había sabido su paso por Jackson y por Detroit, y los lectores esperaban con impaciencia los detalles de las recepciones que en su honor se organizaban en Buffalo y Niágara Falls.

 

Era el día 7 de mayo. Al día siguiente, el notario Tombrock, asistido por Georges B. Higginbotham, proclamaría en la sala del Auditorium el

 

 

 

 

 

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resultado de la quinta tirada de dados. Dentro de treinta y seis horas Lissy Wag sabría su suerte.

 

Se comprende la impaciencia que hubiera experimentado Jovita durante aquellos dos días, a no estar bajo el peso de inquietudes de la mayor gravedad.

 

En efecto; en la noche del día 7 al 8, Lissy Wag sintióse repentinamente enferma de la garganta, enfermedad que le produjo intensa fiebre. Viose precisada a despertar a su amiga, que dormía en la habitación inmediata.

 

Jovita Foley se levantó al instante, prodigándole los primeros cuidados, administrándole algunas bebidas calmantes y abrigándola bien, mientras, con voz insegura, decía:

 

—Esto no será nada.

 

—Así lo espero —respondió Lissy—, pues esto sería caer enferma en el peor momento.

 

Tal era la opinión de Jovita, que no volvió a acostarse, permaneciendo al cuidado de su amiga, cuyo sueño fue muy agitado.

 

Al amanecer, todos los habitantes del inmueble sabían que Lissy estaba lo bastante enferma para que hubiese sido preciso enviar en busca de un médico, que a las nueve no había llegado aún.

 

Enterados los vecinos de lo que sucedía, no tardó en estarlo toda la calle, y al poco el barrio, y no muy tarde la ciudad, pues la noticia se extendió con la rapidez propia de las malas nuevas.

 

¿Por qué asombrarse de que así sucediera? ¿No era Miss Wag la mujer del día, la persona de más notoriedad desde la partida de Harris T. Kymbale? ¿No estaba la atención pública fija en ella…, la única heroína entre los héroes del match Hypperbone?

 

¡Lissy Wag estaba enferma, quizá de gravedad, la víspera del día en que la suerte había de decidir su punto de destino!

 

Poco después de las nueve se presentó el médico, el doctor M. P. Pughe.

 

Preguntó en primer lugar sobre los ánimos de la joven.

 

 

 

 

 

 

 

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—Excelentes —respondió Jovita.

 

Sentóse entonces el doctor en el lecho de la enferma, le examinó la lengua, le tomó el pulso y la auscultó. No había afección en el hígado, ni en el corazón, ni en el estómago.

 

Finalmente, dijo:

 

—Esto no será nada de importancia si no sobrevienen complicaciones.

 

—¿Y son de temer esas complicaciones? —preguntó Jovita Foley, sobresaltada por la declaración del médico.

 

—Sí y no —repuso el doctor—. No, si la enfermedad es vencida desde el principio; sí, si a pesar de nuestros cuidados adquiere un desarrollo que los medicamentos serían impotentes para contener.

 

—Pero —repuso, Jovita, inquieta cada vez más por estas evasivas—, ¿puede usted diagnosticar la enfermedad?

 

—Sin duda.

 

—Hable usted, doctor.

 

—Pues bien: la señorita tiene una simple bronquitis que ha atacado la base de ambos pulmones. Lo revela la auscultación. Pero la pleura se halla en buen estado. Hasta ahora no hay que temer una pleuresía; pero…

 

—¿Pero?

 

—Pero la bronquitis puede derivar en neumonía, y ésta en congestión pulmonar. Esto es lo que yo llamo complicaciones graves.

 

Y el galeno prescribió los medicamentos del caso: gotas de acónito, jarabes calmantes, tisanas calientes, reposo —sobre todo, reposo—. Después, tras prometer que volvería por la noche, abandonó la casa, mostrando prisa por regresar a su despacho, donde sin duda aguardaban ya los periodistas.

 

 

 

¿Se producirían las posibles complicaciones? Y, si se producían, ¿qué sucedería?

 

 

 

 

 

 

 

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Ante esta eventualidad, Jovita Foley estuvo a punto de enloquecer. Durante las horas siguientes le pareció que Lissy Wag estaba peor, más postrada. Algunos escalofríos anunciaron otro acceso de fiebre, el pulso se hizo irregular y el decaimiento aumentó.

 

Jovita Foley, enervada en lo moral tanto por lo menos como la enferma lo estaba en lo físico, no se apartó del lecho, sin dejar de mirarla, de enjugarle la abrasada frente y suministrándole cucharadas de las medicinas recetadas por el facultativo, abandonándose a las más tristes reflexiones y a las más justas quejas contra desventura tan manifiesta.

 

«No —pensaba—. Ni Tom Crabbe, ni Titbury, ni Kymbale, ni Max Real han sido atacados de una bronquitis la víspera de su partida. Ni tampoco ese comodoro Urrican. Tenía que ser precisamente mi pobre Lissy, que gozaba de tan buena salud. Y mañana…, mañana se efectúa la quinta tirada de dados. Y si somos enviadas lejos, si un retraso de cinco o seis días nos impide estar en nuestra meta en el momento preciso… E incluso si llega el día 23 sin que hayamos podido salir de Chicago… Si se nos excluye de la partida sin haberla comenzado…».

 

Sí; esta desagradable idea se agitaba en el cerebro de Jovita Foley y hacía latir con fuerza sus sienes.

 

A las tres remitió la fiebre. Lissy Wag salió de la profunda postración en que yacía, y la tos se hizo más continua. Al abrir los ojos vio a Jovita inclinada sobre ella.

 

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó ésta—. ¿Te encuentras mejor?

 

¿Deseas alguna cosa?

 

—Dame algo de beber —respondió Lissy con voz enronquecida.

 

—Aquí tienes una buena tisana de agua sulfurosa con leche caliente.

 

Después, según ha dispuesto el médico, tomarás unos sellos.

 

—Lo que sea preciso, mi querida Jovita.

 

—Pronto estarás bien.

 

—Sí, muy bien.

 

—Parece que te encuentras mejor…

 

 

 

 

 

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—Es natural. Cuando cesa la fiebre el abatimiento es mayor, pero se siente una más animada…

 

—Ahora a reponerte pronto —exclamó Jovita—. Mañana ya no tendrás nada de fiebre.

 

—¿A reponerme? —murmuró la enferma, esforzándose para sonreír.

 

—Sí. Cuando vuelva el médico dirá si puedes levantarte.

 

—Como puedes ver, mi querida Jovita, tengo poca suerte.

 

—¿Poca suerte, tú?

 

—Debieras haber sido elegida en mi lugar. Mañana podrías acudir al Auditorium, y partir en seguida hacia el punto de destino.

 

—¿Marcharme yo, dejándote en este estado? ¡Jamás!

 

—Yo hubiera sabido obligarte a ello.

 

—Pero no han ido así las cosas —respondió Jovita Foley—. Yo no soy la quinta jugadora, no soy la futura heredera del difunto Hypperbone… El destino te ha elegido a ti. Reflexiona: nada comprometemos por retrasar nuestra marcha cuarenta y ocho horas. Quedarán aún trece días para realizar el viaje; y en este tiempo se puede ir de un extremo a otro de los Estados Unidos.

 

Lissy Wag no quiso recordarle que su enfermedad podía prolongarse una semana, y tal vez más de los quince días reglamentarios. Así, pues, se contentó con decir:

 

—Te prometo, Jovita, curarme lo más pronto posible.

 

—No te pido más que eso… Pero, por ahora, basta de conversación. No te fatigues. Procura dormir un poco… Me sentaré a tu lado.

 

—Acabarás también por caer enferma.

 

—¿Yo…? Tranquilízate. Además tenemos irnos excelentes vecinos, que me remplazarían si fuera menester. Duerme, Lissy.

 

 

 

 

 

 

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Tras estrechar la mano de su amiga, la enferma volvió la cabeza y no tardó en adormecerse.

 

A Jovita le inquietó e irritó sobremanera advertir que por la tarde la calle presentaba una animación extraordinaria en aquel tranquilo barrio. Reinaba un tumulto propio para turbar el reposo de Lissy hasta en aquel noveno piso. Algunos curiosos deambulaban por las aceras. La gente se detenía frente al número 19. Algunos carruajes llegaban con gran estrépito y partían a escape con dirección a los otros barrios de la ciudad.

 

—¿Cómo está? —decían unos.

 

—No se sabe —repetían otros.

 

—Se habla de una fiebre catarral…

 

—No… De una fiebre tifoidea.

 

—¡Pobre señorita! Hay personas con poca suerte…

 

—Pero tiene la fortuna de figurar entre los «Siete» del  match Hypperbone.

 

—¡Buena ventaja, si no puede aprovecharse de ella!

 

—Y suponiendo que Lissy Wag se halle en condiciones de emprender la marcha, ¿podrá soportar las fatigas de tantos viajes?

 

—Perfectamente si la partida se acaba en algunos golpes, lo que es posible…

 

—Pero ¿y si dura varios meses?

 

—¿Se puede contar con el azar?

 

Y así a este tenor.

 

Gran número de curiosos, tal vez apostantes, y seguramente algunos periodistas, se presentaron en el domicilio de Jovita Foley; pero, pese a sus instancias, ésta no quiso recibirlos. De ahí se derivaron nuevas contradicciones, exageraciones y falsedades respecto a la enfermedad de Lissy. Jovita se mantenía en sus trece, contentándose con acercarse a la ventana y maldecir el barullo de la calle. Sólo hizo excepción con un

 

 

 

 

 

 

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dependiente de la casa Marshall Field, al que dio noticias tranquilizadoras.

 

Se trataba de un constipado, de un simple resfriado.

 

Entre cuatro y cinco de la tarde, como el tumulto arreciase, Jovita se asomó a la ventana y en medio de un agitado grupo reconoció…, ¿a quién? A Hodge Urrican. Iba acompañado de un hombre de unos cuarenta años, de aspecto de marino, vigoroso y gesticulante. Parecía aún más violento que el terrible comodoro.

 

No podía ser por simpatía hacia la joven enferma por lo que Hodge Urrican se encontraba aquel día en Sheridan Street, paseándose bajo las ventanas que devoraba con los ojos. Jovita Foley advirtió claramente que su compañero, más atrevido, agitaba el puño como hombre que no es dueño de sí.

 

Después, como en torno a él se asegurase que la enfermedad de Lissy Wag se reducía a una simple indisposición, exclamó:

 

—¿Quién es el imbécil que dice eso?

 

El personaje interpelado, temeroso de recibir un mal golpe, permaneció en el incógnito.

 

—¡Esa mujer está muy enferma! —declaró el comodoro Urrican.

 

—Cada vez peor —añadió su compañero—. Y si alguien sostiene lo contrario…

 

—Vamos, Turk, contente.

 

—¡Que me contenga! —respondió Turk, escrutando furiosamente a su alrededor con sus ojos de tigre—. A usted, que es el más paciente de los hombres, quizá le sea fácil… ¡Pero yo…! Cuando oigo hablar de esa manera… me pongo fuera de mí… Y cuando me pongo fuera de mí…

 

—Bien…, bien… Ya basta —ordenó Hodge Urrican, sacudiendo con fuerza el brazo de su compañero.

 

Después de tales frases, preciso era creer lo que nadie hubiera pensado; que existía un hombre junto al cual el comodoro Urrican debía pasar por un ángel de dulzura.

 

 

 

 

 

 

 

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En fin, si ambos habían acudido allí, era porque esperaban recoger malas noticias y asegurarse de que en el match Hypperbone no intervendrían más que seis jugadores.

 

Esto sospechaba Jovita, que tuvo que contenerse para no bajar a la calle. ¡Qué deseos sentía de tratar a aquellos dos individuos como se merecían, aun a riesgo de ser devorada por aquel tigre con rostro humano!

 

Del concurso de todas estas circunstancias resultó que las informaciones de los primeros periódicos, que aparecieron a las seis de la tarde, estaban llenas de las más extrañas contradicciones.

 

Según unos, la indisposición de Lissy Wag había cedido a los cuidados del doctor, y su partida no se dilataría ni un día.

 

Según otros, la enfermedad no era grave.

 

Sin embargo, sería necesario cierto tiempo de reposo, y Miss Wag no podría ponerse en camino antes de finalizar la semana.

 

Los periódicos que mostraban simpatía por la joven, el Chicago Globe y el Chicago Evening Post, fueron precisamente los más alarmistas: hablaban de consulta a las eminencias médicas, de la necesidad de practicar una operación… Miss Wag se había roto un brazo, según el primero; una pierna, según el otro. Incluso Tombrock, ejecutor testamentario del difunto, recibió un anónimo comunicándole que la quinta jugadora del match Hypperbone renunciaba a su parte eventual de la herencia.

 

El Chicago Mail, cuyos redactores parecían compartir las simpatías y antipatías del comodoro Urrican, no vaciló en declarar que Lissy Wag había exhalado el último suspiro entre las cuatro y cuarenta y cinco y las cuatro y cuarenta y siete de la tarde.

 

Cuando Jovita Foley tuvo conocimiento de estas noticias, se sintió indispuesta. Felizmente, el doctor Pughe la tranquilizó algún rato durante su visita de la noche.

 

No… Sólo se trataba de una simple bronquitis; lo repetía. Hasta el presente, al menos, no existía síntoma alguno de la terrible neumonía, ni de la no menos terrible congestión pulmonar. Bastaría con algunos días de calma y reposo.

 

 

 

 

 

 

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—¿Cuántos?

 

—Tal vez siete u ocho.

 

—¡Siete u ocho!

 

—Y a condición de que la enferma no se exponga a las corrientes de aire.

 

—¡Siete u ocho días! —repetía la desgraciada Jovita Foley retorciendo sus manos.

 

—Y esto… si no sobrevienen complicaciones graves.

 

La noche no fue muy buena. Reapareció la fiebre, que duró hasta la mañana siguiente y provocó abundante transpiración. No obstante, la bronquitis había disminuido y la expectoración se efectuaba sin grandes esfuerzos.

 

Jovita Foley no se acostó. Pasó las interminables horas de la noche a la cabecera del lecho de su amiga. ¿Qué enfermera había de prodigarle mayores cuidados? Además, ella no hubiera cedido a nadie el puesto.

 

Al día siguiente, tras algunos momentos de malestar y agitación, Lissy volvió a dormirse.

 

Era el día 9 de mayo, y la quinta jugada del match Hypperbone iba a efectuarse en el salón del Auditorium.

 

Jovita Foley hubiera dado diez años de su vida por estar allí… Pero era imposible dejar a la enferma. No había ni qué pensar en ello. Mas sucedió lo siguiente: Lissy Wag no tardó en despertarse, y, llamando a su compañera, le dijo:

 

—Mi buena Jovita, suplica a nuestra vecina que venga a remplazarte.

 

—¿Tú quieres que…?

 

—Quiero que vayas al Auditorium… La jugada es a las ocho, ¿verdad?

 

—Sí, a las ocho.

 

—Estarás de vuelta veinte minutos después. Deseo que vayas, y puesto

 

 

 

 

 

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que crees en mi suerte…

 

«¡Sí creo!», hubiera respondido Jovita Foley tres días antes. Pero en aquella ocasión no contestó. Besó la frente de la enferma y avisó a la vecina, digna señora que se instaló a la cabecera del lecho. La joven descendió a la calle, tomó un coche y se hizo conducir al Auditorium.

 

Eran las siete y cuarenta cuando Jovita Foley llegó a la puerta del local, lleno ya de gente. Reconocida desde que entró, fue asaltada a preguntas.

 

—¿Cómo está Lissy Wag?

 

—Perfectamente —declaró ella, encaminándose hacia el escenario.

 

Como algunos periódicos matutinos habían anunciado formalmente el fallecimiento de la joven, varias personas extrañaron que su amiga más íntima estuviera allí y sin vestir luto.

 

A las ocho menos diez, el presidente y los socios del Excentric Club, escoltando al notario Tombrock, hicieron su aparición y se sentaron frente a la mesa.

 

El mapa se hallaba extendido ante el notario. Los dos dados, junto al cubilete de cuero. El reloj del salón daría las ocho dentro de cinco minutos.

 

De improviso, una fuerte voz rompió el silencio que no sin trabajo se consiguió establecer en el local.

 

Esta voz era la del comodoro. Pedía la palabra para hacer una observación. Le fue concedida.

 

—Paréceme, señor presidente —dijo, elevando la voz a medida que hablaba—, que, de acuerdo con la exacta voluntad del difunto, no puede efectuarse la quinta jugada, puesto que la interesada no se encuentra en disposición…

 

—¡Sí, sí! —gritaron algunos partidarios de Urrican. Y entre aquellas voces destacó la del colérico individuo que el día antes estaba con el comodoro bajo las ventanas de Jovita Foley.

 

—¡Cállate, Turk! —le ordenó Hodge Urrican como si se dirigiese a un perro.

 

 

 

 

 

 

 

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—¡Que me calle…!

 

—¡Ahora mismo!

 

Resignóse Turk al silencio bajo la fulgurante mirada del comodoro, el cual prosiguió:

 

—Hago esta proposición porque tengo motivos fundados para creer que la quinta jugadora del match no podrá partir ni hoy ni mañana…

 

—¡Ni dentro de ocho días! —gritó un espectador desde el fondo del salón.

 

—Ni dentro de ocho días, ni de quince, ni de treinta —afirmó el comodoro Urrican—, porque ha muerto esta mañana a las cinco y cuarenta y siete.

 

Un largo murmullo siguió a esta declaración, murmullo dominado al instante por una voz femenina que gritó:

 

—¡Eso es falso; completamente falso! Porque yo, Jovita Foley, he dejado a Lissy Wag hace veinticinco minutos… y estaba en excelente estado.

 

Redoblaron los clamores y las protestas del grupo Urrican. Tras la formal declaración del comodoro, Lissy Wag faltaba evidentemente a todas las conveniencias. Ya que se había publicado la noticia de su muerte debía estar muerta.

 

Sin embargo, fuera lo que fuese, hubiera sido difícil tomar en cuenta la observación de Hodge Urrican. Éste, no obstante, insistió modificando su argumentación en los siguientes términos:

 

—Sea. La jugadora número cinco no ha muerto. No importa. Sabemos en qué circunstancias se encuentra, y teniendo en cuenta esta situación pido que la jugada que ha de hacerse a mi favor sea adelantada cuarenta y ocho horas; y que la de hoy se atribuya al sexto jugador, que pasará a figurar con el número cinco.

 

Un nuevo griterío subrayó esta pretensión del comodoro, sostenido por partidarios dignos de navegar bajo su pabellón.

 

El notario Tombrock logró calmar el tumulto. Restablecido el silencio, dijo:

 

—La proposición de     Mr. Hodge Urrican se basa en una falsa interpretación

 

 

 

 

 

 

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de la voluntad del testador, y es contraria a las reglas del noble juego de los Estados Unidos de América. Cualquiera que sea el estado de salud de la jugadora número 5, y aunque este estado se agravase hasta el punto de hacerla desaparecer del mundo de los vivos, mi deber de ejecutor testamentario del difunto William J. Hypperbone me obligaría a proceder a esta jugada del día 9 de mayo a favor de Miss Lissy Wag. Si dentro de quince días no está en su puesto, viva o muerta, quedará privada de sus derechos, y la partida continuará entre los seis jugadores restantes.

 

Hodge Urrican protestó con vehemencia, sosteniendo furiosamente que por parte del notario había una falsa interpretación del testamento, aunque esta interpretación estuviera apoyada por los socios del Excentric Club. Al lanzar el comodoro sus frases acusadoras, aunque rojo de cólera, resultaba pálido comparado con su compañero, cuya tez parecía de escarlata.

 

 

 

Así, pues, el comodoro tuvo que contener a Turk para evitar una desgracia. Después de detenerle, en el momento en que se disponía a separarse de él, le dijo:

 

—¿Adónde vas?

 

—Allí —respondió Turk, mostrando el escenario con el puño.

 

—¿Para qué?

 

—Para agarrar por el pescuezo a ese Tombrock y echarle afuera.

 

—¡Aquí, Turk! —ordenó Urrican.

 

Turk lanzó un sordo rugido de fiera indómita que tiene deseos de devorar al domador.

 

Sonaron las ocho.

 

El notario —tal vez más excitado que de costumbre—, tomó el cubilete con la mano derecha, y, después de introducir en él los dados, lo agitó. Oyóse el ruido de los dados al chocar en el fondo del cubilete, y al salir rodando hasta el extremo de la mesa.

 

Tombrock invitó a Georges B. Higginbotham y a sus compañeros para que examinasen el número obtenido. Una voz clara dijo:

 

 

 

 

 

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—Nueve, por seis y tres.

 

Cifra afortunada, ya que de un salto trasladaba a la jugadora número 5 a la casilla 26, Estado de Wisconsin.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XII. La jugadora número cinco

 

—¡Ah, querida Lissy, qué feliz, qué maravillosa tirada de dados! —exclamó la impetuosa Jovita Foley.

 

Acababa de entrar en la alcoba, sin pensar que la enferma podía descansar en aquel momento y que sus gritos turbaban su reposo.

 

Lissy Wag estaba despierta, muy pálida, y conversaba con la anciana mujer que se hallaba a su lado.

 

Tras la proclamación del número por el notario, Jovita Foley había salido del Auditorium dejando a la multitud abandonarse a sus comentarios, y al comodoro Urrican furibundo de no haber podido aprovechar semejante jugada.

 

—¿Cuántos tantos hemos obtenido? —preguntó Lissy incorporándose en el lecho.

 

—Nueve, querida mía; nueve, por seis y tres…, lo que de un salto nos lleva a la casilla 26.

 

—¿Y esa casilla…?

 

—Corresponde al Estado de Wisconsin… Milwaukee… A dos horas solamente con el rápido…

 

Lo cierto era que para comienzo de la partida no se podía esperar cosa mejor.

 

—No…, no… —repetía la entusiasta joven—. ¡Oh! Ya sé que con nueve,

 

por cinco y cuatro, se va a la casilla 53. Pero esta casilla, según puede verse en el mapa, está representada por el Estado de Florida… Es decir, el fin del mundo.

 

Y sofocada, anhelante, se servía del mapa como de un abanico.

 

 

 

 

 

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—En efecto, tienes razón —respondió Lissy—. Florida está algo lejos.

 

—Tienes todas las probabilidades… y los otros todas las desventajas.

 

—Sé más generosa.

 

—Si esto te agrada, puesto que haces votos por él, excepto a Max Real.

 

—Gracias.

 

—Pero volvamos a nuestro asunto, Lissy. El resultado conseguido nos pone en mejores condiciones que a los demás. Actualmente iba en cabeza ese periodista Harris Kymbale, que se halla en la casilla número 12. Mientras nosotras hemos obtenido cuarenta puntos más… Sólo nos faltan cuarenta puntos para llegar al final.

 

Lissy Wag no conseguía alegrarse, lo que decepcionaba a Jovita.

 

—¿No estás contenta? —exclamó.

 

—Sí, querida Jovita. Iremos a Wisconsin, a Milwaukee…

 

—¡Oh, tenemos tiempo, querida! No partiremos mañana ni pasado mañana. Podemos aguardar cinco o seis días, hasta que te encuentres bien; e incluso quince días, si es preciso. Con tal de que estemos allí el día 23 antes de mediodía…

 

—Bien… Me alegro, Jovita, puesto que tú estás contenta.

 

—Sí, lo estoy… tanto como está disgustado el comodoro. Ese malvado quería dejarte fuera de concurso, obligar al notario a que la quinta jugada se hiciese en favor suyo, pretextando que tú no podrías aprovecharte de ella, pues estarías en cama días y días… Y hasta se atrevió a decir que habías muerto… ¡Ah…! ¡Abominable lobo de mar…! Ya sabes que no quiero mal a nadie…, pero a ese comodoro… le deseo que vaya al laberinto, al pozo, a la prisión; que tenga que pagar primas sencillas, dobles y triples… En fin, todo lo que este juego reserva de desagradable a los que no tienen suerte ni merecen tenerla… ¡Si hubieras oído cómo le respondió el notario Tombrock! ¡Qué hombre tan excelente! ¡De buena gana le hubiera abrazado!

 

 

 

 

 

 

 

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Aparte sus habituales exageraciones, lo cierto era que Jovita Foley tenía razón. Aquella tirada de nueve, por seis y tres, representaba un buen comienzo de partida. No solamente las hacía adelantar a los demás jugadores, sino que les daba tiempo suficiente para que Lissy Wag se restableciese por completo.

 

En efecto, el Estado de Illinois es limítrofe del de Wisconsin, del que sólo se halla separado, al Sur, por la línea del paralelo 42. Limita al Oeste por el curso del Misisipi, al Este por el lago Michigan, y, en parte, al Norte, por el lago Superior. Su capital es Madison, y Milwaukee su ciudad más importante. Hállase ésta situada en la ribera del Michigan, a menos de doscientas millas de Chicago, y está en comunicación rápida, regular y frecuente con todos los centros comerciales de Illinois.

 

Así, pues, aquel día 9, que hubiera podido ser tan triste, comenzaba admirablemente. Cierto que la enferma se sintió ligeramente alterada por la emoción. Cuando el doctor M. P. Pughe fue a visitarla por la mañana, la encontró algo más agitada que la víspera. La tos, en ocasiones muy fuerte, era seguida de una gran postración y de algunos accesos febriles. Sin embargo, sólo había que continuar con el régimen prescrito.

 

—Reposo absoluto, mucho reposo —recomendó el médico a Jovita—. Debe evitarse toda fatiga a la enferma. Que esté sola…, que duerma…

 

—¿No la encuentra usted peor? —preguntó Jovita, asaltada por nuevos temores.

 

—No… Lo repito… Esto no es más que una bronquitis que sigue su curso… No hay nada en los pulmones…, nada en el corazón. Y, sobre todo, cuidado con las corrientes de aire… Puede tomar algún alimento… haciendo un esfuerzo, si es preciso… Leche, caldo…

 

—Pero, en fin, doctor, si no sobrevienen complicaciones…

 

—… que siempre es bueno prevenir…

 

—Sí, ya lo sé… Pero ¿puedo esperar que dentro de ocho días nuestra enferma esté curada?

 

El médico contestó con un leve movimiento de cabeza que nada bueno hacía presagiar.

 

 

 

 

 

 

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Jovita Foley, bastante turbada, consintió en no permanecer en la alcoba de Lissy Wag y se instaló en la suya, dejando la puerta entreabierta. Allí, frente a la mesa, donde se veía el mapa del noble juego de los Estados Unidos y la Guidebook, no cesó de estudiar el Wisconsin, informándose de sus más pequeños poblados, de su climatología, su salubridad y sus costumbres, como si pensara instalarse en aquel Estado durante el resto de su vida.

 

 

 

Los periódicos de la Unión habían publicado ya el resultado de la quinta jugada de dados. Algunos hablaron del incidente promovido por Urrican; los unos para sostener las pretensiones del feroz comodoro, los otros para condenar sus quejas. La mayoría le fue hostil. ¡No! No tenía el derecho de reclamar en provecho suyo aquella jugada, y se aprobaba la conducta del notario Tombrock, que había aplicado las reglas en todo su rigor.

 

Aparte de esto, dijera lo que dijese Hodge Urrican, Lissy Wag no había muerto ni estaba en trance de ello. En la opinión pública se registró un movimiento bastante natural a favor de la joven, aunque se creyese difícil que pudiera soportar hasta el fin las fatigas de tales viajes. Respecto a la enfermedad, tratábase únicamente de una bronquitis —ni a laringitis llegaba—, y antes de veinticuatro horas la joven estaría fuera de cuidado.

 

Como el lector es exigente en materia de información, mañana y tarde se publicó un extraordinario dando noticias del curso de la enfermedad, lo mismo que si se tratase de una princesa de sangre real.

 

El día 9 no trajo cambio alguno en el estado de la paciente. Ésta no empeoró durante la noche siguiente ni durante el día 10. De ahí dedujo Jovita Foley que bastarían ocho días para la completa curación de su amiga. Y aunque para el restablecimiento se necesitasen diez, doce, trece…, hasta quince días. Poco importaba. Tratábase de un viaje de dos horas. Bastaba con hallarse el día 23, antes de mediodía, en Milwaukee. Esto en nada se oponía a las condiciones impuestas por Hypperbone en su testamento. Y después, si era preciso tomar algún descanso, reposarían en la ciudad.

 

La noche del día 10 al 11 fue bastante tranquila. Lissy Wag no sintió más que dos o tres escalofríos, y parecía que la fiebre había remitido. No obstante, la tos continuaba, pero el pecho se descargaba poco a poco y la respiración era más fácil.

 

 

 

 

 

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Así, pues, no había que temer ninguna complicación.

 

Síguese de ahí que cuando por la mañana, y después de una hora de ausencia, Jovita Foley entró en la habitación de su amiga, ésta se encontraba mejor… ¿Adónde había ido Jovita? No lo había dicho, ni aun a la anciana vecina que no pudo, por tanto, satisfacer la curiosidad de Lissy cuando ésta se lo preguntó.

 

Así que Jovita Foley entró en la estancia, sin quitarse el sombrero, depositó un fuerte beso sobre la frente de la enferma, la que, al notar la animación del rostro y el malicioso brillo de los ojos de su amiga, le preguntó:

 

 

 

—¿Qué te sucede esta mañana?

 

—Nada, querida… Que te encuentro mejor… Además, da tanta alegría el sol de mayo… Parece que se beben, que se respiran sus rayos… ¡Ah, si pudieses permanecer en la ventana aunque no fuera más que una hora…! Estoy segura de que una buena dosis de sol te curaría al momento… Pero no cometamos ninguna imprudencia… Pensemos en las complicaciones…

 

—¿Dónde has estado, Jovita?

 

—¿Que dónde he estado? Primero, en los almacenes de Marshall Field para dar noticias de tu salud. Nuestros principales envían a preguntar por ti todos los días, y he querido darles las gracias.

 

—Has hecho bien, Jovita. Se han portado muy bien con nosotras concediéndonos la licencia… Y cuando ésta termine…

 

—Nos reservan la plaza.

 

—¿Y adónde has ido después?

 

—¿Después?

 

—¿No has estado en otro sitio?

 

—¿En otro sitio?

 

Jovita vacilaba… Pero aquello le pesaba, como suele decirse, y no podía

 

 

 

 

 

 

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contenerse. Además, Lissy Wag preguntó:

 

—¿No estamos hoy a once de mayo?

 

—Sí, a once de mayo —repuso su amiga—; y desde hace dos días deberíamos estar en el hotel de Milwaukee, de no estar clavadas aquí por la bronquitis.

 

—Puesto que estamos a once —añadió Lissy—, la sexta jugada de dados ha debido efectuarse.

 

—Indudablemente…

 

—¿Y bien…?

 

—Pues… no… ¡Jamás he experimentado alegría más grande! ¡Jamás! Deja que te abrace… No quería contártelo por no emocionarte… Pero no puedo contenerme…

 

—Habla, Jovita.

 

—Ha sacado también nueve tantos… pero por cuatro y cinco…

 

—¿A quién te refieres?

 

—Al comodoro Urrican.

 

—Pues me parece excelente jugada.

 

—Sí, porque del primer golpe va a la casilla 53, delante de todos… Pero también es mala jugada…

 

Y Jovita Foley se entregaba a un júbilo tan extraordinario como inexplicable.

 

—¿Por qué? —preguntó Lissy Wag.

 

—Porque el comodoro ha sido enviado al infierno.

 

—¿Al infierno?

 

—Sí… Al fondo de Florida.

 

 

 

 

 

 

 

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Tal era, en efecto, el resultado de la jugada de aquella mañana, proclamado con visible satisfacción por el notario Tombrock, irritado aún contra Hodge Urrican. ¿Qué efecto había producido al comodoro este resultado? Reaccionó ferozmente, y quizá tuvo que mediar para impedir que Turk llegase a desdichado extremo. Pero acerca de esto nada podía decir Jovita Foley, ya que había abandonado inmediatamente el salón del Auditorium.

 

 

 

—¡Al fondo de Florida! —repetía—. ¡Al fondo de Florida! ¡A más de dos mil millas de aquí!

 

La noticia no causó a Lissy emoción tan profunda como su amiga temía.

 

Su natural bondad la llevaba más bien a compadecer al comodoro.

 

—¿Te da lástima? —exclamó su impetuosa compañera.

 

—Sí… ¡Pobre hombre! —murmuró Lissy.

 

El día no trajo novedad, aunque la convalecencia no hubiese empezado aún. Sin embargo, no había que temer esas graves complicaciones cuya eventualidad suelen prevenir los médicos prudentes.

 

A partir del día siguiente, Lissy Wag pudo tomar algún alimento. No le fue permitido abandonar el lecho. Mas, como la fiebre había desaparecido y el tiempo les parecía largo a ambas —particularmente a Jovita Foley—, ésta tomó asiento en la habitación, y, si no en forma de diálogo, de monólogo al menos, la conversación no languideció.

 

¡Y de qué había de hablar Jovita sino del Estado de Wisconsin, en su opinión el más bello y pintoresco de los Estados Unidos! Con su Guidebook ante los ojos, ella no callaba; y aunque Lissy Wag, a causa de su enfermedad, no fuera a dicho punto hasta el último día y no permaneciera en él más que algunas horas, lo conocería como si hubiese pasado allí varias semanas.

 

—Imagínate —decía Jovita Foley con tono admirativo— que antiguamente se llamaba Mesconsin, tomado del río de este nombre, y que en toda la Unión nada hay que pueda ser comparado a ese Estado. En su parte norte vense aún los restos de los inmensos bosques de pinos que antaño cubrían todo el territorio. Posee fuentes termales superiores a las de Virginia, y estoy segura de que tu bronquitis…

 

 

 

 

 

 

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—Pero —dijo Lissy Wag—, ¿no es a Milwaukee adónde debemos ir?

 

—Sí, a Milwaukee, la principal ciudad del Estado, y cuyo nombre significa «hermoso país» en lengua indígena, una población de 200 000 almas, donde abundan los alemanes… Se la conoce también por la Atenas germano-americana. ¡Ah, qué encantadores paseos daremos por la costa, donde se levantan soberbias casas a orillas del lago! Sus barrios, elegantes y limpios; sus construcciones de ladrillo, de un blanco lechoso, le han valido el nombre de… Vamos…, ¿no adivinas?

 

—No, Jovita.

 

—De Cream City, querida… ¡La ciudad crema…! ¡Ah…! ¿Por qué esa maldita bronquitis nos impide ir allí?

 

Wisconsin contaba además con otras muchas ciudades, que las dos jóvenes hubieran tenido tiempo de visitar de haber partido el día 9. Tal era Madison, construida sobre su istmo como sobre un puente entre el lago Mendota y el lago Monona, que vierten sus aguas uno en otro. Y otros pueblos con nombres exóticos. Fond-du-Lac, en la orilla del Renard, sobre un suelo sembrado de pozos artesianos… Una verdadera espumadera. Un lindo lugar llamado Agua Clara, con un admirable torrente que justifica este nombre… El lago Winnebago, la bahía Verde… Los Doce Apóstoles, frente a la bahía de Ashland… El lago del Diablo, una de las bellezas naturales de aquel maravilloso Wisconsin…

 

Y Jovita Foley leía con entusiasmo las páginas de su guía, y refería las diversas transformaciones de aquel país, recorrido antaño por las tribus indias, explorado y colonizado por los franco-canadienses en una época en que se le designaba aún con el nombre de Badger State, el Estado de Blaireau.

 

En la mañana del día 13 aumentó la curiosidad de la población de Chicago. La Prensa había sobrexcitado los espíritus hasta el último extremo. En el salón del Auditorium había tantos espectadores como el día que se leyó el testamento de William J Hypperbone. A las ocho iba a realizarse la séptima jugada de dados, a favor del misterioso y enigmático personaje designado por las iniciales X. K. Z.

 

En vano se había procurado deshacer el incógnito de este jugador, sin que

 

 

 

 

 

 

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lo hubieran logrado los más hábiles periodistas de la Prensa local. En ocasiones creyeron hallarse sobre una pista verdadera, pero siempre resultaron fallidas sus pesquisas. Primero se supuso que, a juzgar por el codicilo añadido al testamento, el difunto había querido designar a uno de sus compañeros del «Excentric Club». Creyóse incluso que tras aquellas iniciales ocultábase su presidente Georges B. Higginbotham, pero el honorable excéntrico desmintió formalmente aquella suposición.

 

Cuando el notario Tombrock fue interrogado acerca del particular, aseguró que nada sabía y que su única misión era enviar a las oficinas del telégrafo, donde él debía esperarlos, los resultados de las jugadas que se refiriesen al «hombre misterioso», expresión adoptada por el pueblo.

 

Sin embargo, y no sin razón, se esperaba que aquella mañana el desconocido X. K. Z. respondería al llamamiento que en el salón del Auditorium se le hiciese. De ahí aquella inmensa multitud, de la que solamente parte muy pequeña había logrado sitio, aguardando ante el escenario donde aparecieron el notario y los socios del «Excentric Club».

 

En las calles vecinas, y bajo las frondas del Lake Park, había millares de espectadores.

 

La pública curiosidad quedó defraudada totalmente. Ni con máscara ni sin ella ningún individuo se presentó cuando el notario Tombrock, después de hacer rodar los dados sobre el mapa, proclamó en voz alta:

 

—Nueve, por seis y tres. Casilla 26, Estado de Wisconsin.

 

Circunstancia singular: era el mismo número obtenido por Lissy Wag, producido igualmente por seis y tres. Pero, caso grave para la joven, según la regla establecida por el difunto, si ella se encontraba aún en Milwaukee el día en que X. K. Z. llegase allí, debían trocar los sitios, lo que equivalía a recomenzar la partida. ¡Y no poder marchar! ¡Estar sujeta en Chicago!

 

 

 

La multitud se resistía a abandonar el local… Esperaba… Nadie compareció, y fue preciso resignarse. Prodújose una decepción general, que los periódicos vespertinos tradujeron en artículos poco simpáticos para X. K. Z. ¡No era manera de burlarse de toda una población!

 

Transcurrieron varios días. Cada cuarenta y ocho horas se efectuaban las jugadas con normalidad, y sus resultados eran enviados por telégrafo a los

 

 

 

 

 

 

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interesados a los lugares donde debían hallarse en los plazos marcados.

 

Llegó el 22 de mayo. No se recibió noticia alguna de X. K. Z. que aún no había aparecido por Wisconsin. Cierto con que bastaría que el día 27 estuviera en las oficinas del telégrafo de Milwaukee. ¿No podía Lissy Wag trasladarse inmediatamente a esta ciudad y, conforme a las reglas del juego, partir de allí antes de que llegase X. K. Z. P. ? Sí, puesto que estaba casi restablecida. Pero había motivo para creer que Jovita Foley, víctima de violenta crisis nerviosa, cayese enferma a su vez. Se le declaró un acceso de fiebre, y viose precisada a guardar cama.

 

—¡Te lo previne, pobre Jovita! —le dijo Lissy Wag—. No te pusiste en razón…

 

—Esto no será nada, querida… Y, además, la situación no es la misma.

 

Yo no formo parte del juego. Si no pudiera partir, partirías sola.

 

—¡Nunca, Jovita!

 

—Sin embargo, sería necesario.

 

—¡Nunca, te digo…! Contigo, sí; aunque esto no tenga sentido común… ¡Sin ti, no!

 

Y era cierto. Si Jovita no podía acompañarla, Lissy estaba decidida a abandonar toda probabilidad de llegar a ser la única heredera de William J. Hypperbone.

 

Afortunadamente, un día de dieta y reposo bastó para que Jovita se restableciese. El día 22 por la tarde, pudo levantarse, y cerró definitivamente la maleta de las dos viajeras que iban a correr por los Estados Unidos.

 

—¡Ah! —exclamó—. Daría diez años de mi vida por hallarme ya en camino.

 

Después de los diez años que había dado varias veces, y de los diez que daría en más de una ocasión en el curso de su viaje, no le quedaría mucho tiempo de vida.

 

La partida estaba fijada para el día siguiente, 23, a las ocho de la mañana,

 

en  el  tren  que  en  dos  horas  llega  a  Milwaukee,  donde  Lissy  Wag

 

encontraría,  a  mediodía,  el  telegrama  del  notario  Tombrock.  Aquella

 

 

 

 

 

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jornada hubiera terminado sin ningún incidente si poco antes de las cinco las dos amigas no hubiesen recibido una visita que no esperaban.

 

Lissy Wag y Jovita Foley, asomadas a la ventana, observaban la calle, donde se agolpaban algunos curiosos, cuyas miradas no cesaban de levantarse hacia ellas.

 

Llamaron a la puerta.

 

Jovita Foley fue a abrir.

 

El ascensor acababa de dejar a un individuo en el descansillo del noveno piso.

 

—¿ Miss Lissy Wag? —preguntó el recién llegado, saludando a la joven.

 

—Aquí es, caballero.

 

—¿Podría recibirme?

 

—Pero… —respondió Jovita, vacilando—.        Miss Wag ha estado bastante

 

enferma… y…

 

—Ya lo sé —respondió el visitante—, y creo que está completamente restablecida.

 

—Completamente, puesto que vamos a partir mañana por la mañana.

 

—¡Ah…! ¿Tengo el honor de hablar con   Miss Jovita Foley?

 

—Con la misma… Y si en lo que le interesa a usted puedo remplazar a Lissy…

 

—Preferiría verla… si es posible.

 

—¿Qué desea de ella?

 

—No he de ocultarle a usted el objetivo de mi visita… Tengo intención de apostar en el match Hypperbone…, de aventurar una fuerte suma a favor de la jugadora número 5… Y usted comprenderá…, yo desearía…

 

Sí; Jovita lo comprendía y estaba entusiasmada. Al fin había alguien a quien las probabilidades de triunfo de Lissy Wag parecían bastante serias

 

 

 

 

 

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para arriesgar sobre ella algunos miles de dólares.

 

—Mi visita será breve…, muy breve… —añadió el caballero inclinándose.

 

Era este hombre como de cincuenta años, barba gris, ojos vivos, aun a través de los anteojos más vivos de lo que parecía propio de su edad; tenía aspecto de gentleman, rostro distinguido, cuerpo erguido y voz extraordinariamente dulce. Al insistir para ver a Lissy Wag hacíalo con finura, excusándose por molestarla en vísperas de un viaje tan importante.

 

En suma, Jovita Foley no halló inconveniente alguno en que su amiga le recibiera, puesto que su visita no debía prolongarse.

 

—¿Su nombre, caballero?

 

—Humphrey Weldon, de Boston, Massachusetts.

 

Y penetró en la primera habitación, cuya puerta acababa de abrir Jovita Foley, dirigiéndose luego a la estancia donde se hallaba Lissy.

 

Al ver al visitante, ésta hizo ademán de ponerse en pie.

 

—No se moleste usted, señorita —dijo él—. Excuse mi inoportunidad…, pero deseaba verla… ¡Oh!, sólo un instante.

 

Aceptó una silla que Jovita le acercaba.

 

—Un instante, sólo un instante —repetía—. Como he dicho, tengo la intención de apostar por usted una importante cantidad, pues creo en su triunfo. Y quería asegurarme del estado de su salud…

 

—Estoy completamente restablecida, caballero —respondió Lissy Wag—, y le agradezco su confianza… Pero, realmente, mis probabilidades de triunfo…

 

—Cuestión de presentimiento, Miss Wag —respondió Mr. Weldon con tono decidido.

 

—Sí…, de presentimiento —añadió Jovita Foley.

 

—Esto es indiscutible.

 

—Pienso lo mismo que usted respecto a mi amiga Lissy Wag —exclamó

 

 

 

 

 

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Jovita—. ¡Tengo la seguridad de que ganará!

 

—Yo estoy no menos seguro de ello, puesto que nada se opone a su partida —dijo Mr. Weldon.

 

—Mañana estaremos las dos en la estación —afirmó Jovita Foley—, y antes del mediodía el tren nos dejará en Milwaukee.

 

—Donde, si es preciso, podrán ustedes descansar algunos días.

 

—¡Oh, no! —respondió Jovita.

 

—¿Y por qué?

 

—Porque es preciso que no estemos allí el día en que llegue el jugador X.

 

K. Z, pues, de lo contrario, nos veríamos obligadas a recomenzar la partida.

 

—Naturalmente.

 

—Pero ¿adónde nos llevará la segunda jugada? —dijo Lissy—. Eso me inquieta.

 

—¡No te preocupes, querida! —exclamó Jovita Foley.

 

—Es de esperar, señorita —replicó el visitante—, que la segunda jugada le sea a usted tan favorable como la primera.

 

Y aquel excelente caballero habló entonces de las precauciones que había que tomar durante el viaje, de la necesidad de atenerse a los horarios, y de combinar con extrema precisión los numerosos trenes que circulan por la inmensa red que cubre el territorio de la Unión.

 

—Además —añadió—, Miss Wag, veo con extrema satisfacción que no parte usted sola.

 

—No; me acompaña mi amiga… O, por mejor decir, me lleva tras sí…

 

—Y tiene razón, Miss Foley —repuso Mr. Weldon—. Es mejor viajar en compañía de otra persona; resulta más agradable.

 

—Y es muy conveniente cuando se trata de viajar en ferrocarril —dijo Jovita.

 

 

 

 

 

 

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—Así, pues, cuento con usted para hacer que su amiga gane.

 

—Cuente conmigo,  Mr. Weldon.

 

—Hago votos por ustedes, ya que su triunfo asegura el mío.

 

La visita había durado unos veinte minutos. Después de pedir permiso para estrechar la mano de Lissy Wag y de su amable compañera, Mr. Humphrey Weldon volvió al ascensor, desde donde envió su último saludo.

 

—¡Pobre hombre! —dijo entonces Lissy Wag—. ¡Cuando pienso que voy a hacerle perder su dinero!

 

—Recuerda lo que te digo; ese buen señor pertenece a los que no se engañan nunca; y es buen augurio que haya apostado a tu favor.

 

Estando terminados los preparativos desde mucho tiempo antes, al llegar la noche no había otra cosa que hacer sino acostarse, a fin de levantarse al amanecer. Sin embargo, se esperó la última visita del médico, que había prometido volver por la noche. El doctor M. P. Pughe, que no tardó en llegar, pudo advertir que el estado de su cliente nada dejaba que desear, y que debía desecharse definitivamente todo temor de complicaciones graves.

 

Al día siguiente, 23 de mayo, a las cinco de la mañana, la más impaciente de las dos viajeras estaba en pie.

 

Jovita, en su última crisis de nervios, forjábase una serie de impedimentos, desgracias, retrasos y accidentes.

 

El carruaje que iba a trasladarlas a la estación podría volcar en el camino… Cualquier obstáculo podría impedir el paso… Podía haber cambiado el horario de los trenes… El que a las viajeras condujera podría descarrilar antes de llegar a Milwaukee…

 

—Cálmate, Jovita, cálmate… Te lo ruego —no cesaba de repetir Lissy.

 

—No puedo…, no puedo, amiga mía.

 

—¿Vas a continuar en ese estado durante todo el viaje?

 

—¡Creo que sí!

 

 

 

 

 

 

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—Entonces… me quedo.

 

—El coche está ahí abajo, Lissy… Vamos…, vamos…

 

En efecto, el carruaje, citado para una hora antes de lo preciso, esperaba. Las dos amigas bajaron, seguidas de los parabienes de todos los vecinos. Aunque era muy temprano, en las ventanas de los edificios se asomaban algunos centenares de cabezas.

 

El vehículo siguió por North Avenue y North Branch, bajó por la orilla derecha del río Chicago, cruzó el puente en dirección a Van Burén Street, y a las siete y diez dejó a las viajeras en la estación.

 

Jovita Foley experimentó quizá cierta desazón al notar que la partida de la jugadora número 5 no había atraído a gran número de curiosos. Decididamente, Lissy Wag no era favorita en el match Hypperbone. La modesta joven no se lamentó de ello; al contrario, prefería dejar Chicago sin provocar la atención pública.

 

—¡Ni aun ese digno Mr. Weldon ha venido! —no pudo menos de decir Jovita.

 

Y así era en verdad.

 

—¡Ya lo ves —dijo Lissy—; también él me abandona!

 

Partió el tren, sin que fuese vitoreada la presencia de Miss Wag. ¡Ni un hurra, ni una aclamación, a no ser los que Jovita Foley lanzó in petto en su honor!

 

La vía férrea sigue la orilla del lago Michigan. Lake View, Evanston, Glenoke y otras estaciones fueron pasadas a toda velocidad. El tiempo era excelente. Las aguas resplandecían, animadas por los steamers y los barcos de vela; esas aguas que, de lago a lago, desde el Superior al Hurón, y de éste al Michigan, al Erie y al Ontario, van a verterse al vasto Atlántico por la gran arteria del río San Lorenzo. Después de abandonar Vankegan, importante ciudad del litoral, el tren salió de Illinois, en la estación de State Line, para entrar en Wisconsin. Un poco más al Norte se detuvo en Racine, gran ciudad manufacturera, y no eran aún las diez cuando se detuvo en la estación de Milwaukee.

 

 

 

 

 

 

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—¡Ya hemos llegado! —exclamó Jovita lanzando tal suspiro de satisfacción, que el velo que cubría su rostro se agitó como bajo el soplo de la brisa.

 

—Y con dos horas de adelanto —observó Lissy Wag mirando su reloj.

 

—¡No…! ¡Con catorce días de retraso! —respondió Jovita saltando al andén.

 

Después se ocupó en buscar su maleta entre el montón de equipajes. La maleta, pese al temor de Jovita Foley, no se había extraviado. Acercóse un coche. Las dos viajeras montaron en él y se hicieron conducir a un hotel indicado en la Guidebook. Cuando se les preguntó si permanecerían en Milwaukee, Jovita respondió que lo diría al volver de las oficinas del telégrafo, pero que probablemente partirían aquel mismo día.

 

Después preguntó a Lissy:

 

—¿Tienes apetito?

 

—Almorzaría de buena gana, Jovita.

 

—Pues bien; almorzaremos y daremos luego un paseíto.

 

—Pero ya sabes que a mediodía…

 

—Sí, lo sé, querida.

 

Sentáronse en el comedor, y no permanecieron más que media hora a la mesa.

 

Como no habían dado sus nombres, reservándose hacerlo al volver del telégrafo, Milwaukee no sospechó que la jugadora número 5 del match Hypperbone se hallaba dentro de su recinto.

 

A las doce menos cuarto las dos viajeras entraban en las oficinas del telégrafo, y Jovita preguntaba al empleado si había llegado un despacho para Miss Lissy Wag.

 

Al oír este nombre, el empleado levantó la cabeza y sus ojos expresaron viva satisfacción.

 

 

 

 

 

 

 

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—¿ Miss Lissy Wag? —preguntó.

 

—Sí… De Chicago —respondió Jovita.

 

—Aquí está el telegrama —añadió el empleado entregándoselo a Lissy.

 

—¡Dame, dame! —dijo Jovita—. Tardarías mucho en abrirlo, y yo sufriría un ataque de nervios.

 

Y con sus dedos, que temblaban de impaciencia, rasgó el sobre y leyó estas palabras:

 

Lissy Wag. Oficina de Telégrafos. Milwaukee. Wisconsin.

 

Veinte por diez y diez, casilla 46, Estado de Kentucky, Gruta de Mamut.

 

TORNBROCK

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIII. Aventuras del comodoro Urrican

 

A las ocho de la mañana del día 11 de mayo, el comodoro Urrican había tenido noticia del número de puntos de la sexta jugada, que le concernía, y a las nueve y veinticinco había abandonado Chicago.

 

Como puede verse, no había perdido el tiempo; y debía no perderlo dada la obligación de encontrarse antes de quince días en el extremo de la península de Florida.

 

Nueve, por cuatro y cinco, era uno de los mejores golpes de la partida. De un salto el afortunado jugador era enviado a la casilla 53. Cierto que, según el mapa confeccionado por William J. Hypperbone, esta casilla correspondía al Estado de Florida, el más alejado en el Sudeste de la República norteamericana.

 

Los amigos de Hodge Urrican —sus partidarios, mejor dicho, pues él no tenía amigos, aunque mucha gente creía en la suerte de hombre tan mal encarado— quisieron felicitarle a su salida del Auditorium.

 

—¿Y por qué? —preguntó con aquel tono agrio que daba tanto encanto a sus palabras—. ¿Por qué felicitarme en el momento de ponerme en camino? Esto me ocasionaría un exceso de equipaje.

 

—Comodoro —se le repetía—, cinco y cuatro es un magnífico comienzo.

 

—Soberbio, sí, especialmente para el que tiene que ir a Florida.

 

—Observe usted que adelanta en mucho a los demás jugadores.

 

—Creo que esto es justo, puesto que la suerte me hace partir el último…

 

—Es cierto, Mr. Urrican; y bastaría obtener ahora el número diez para triunfar. Habría usted ganado la partida en dos jugadas.

 

—Y si obtuviera el nueve no podría ganar la jugada siguiente. Y si obtengo

 

 

 

 

 

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más del diez, sería preciso retroceder hasta sabe Dios dónde.

 

—No importa, comodoro. En el lugar de usted, otro estaría satisfecho.

 

—Bien… Pues yo no lo estoy.

 

—Calcule usted. Sesenta millones de dólares, tal vez a la vuelta.

 

—Que también me hubiera embolsado si la casilla cincuenta y tres hubiera sido la de algún Estado vecino al nuestro.

 

Nada más exacto. No obstante, aunque el comodoro no quisiera convenir en ello, su ventaja sobre los otros jugadores era evidente. Imposible era para éstos llegar a la última casilla a la siguiente jugada, mientras que diez puntos podían conducir a ella al comodoro Urrican.

 

En fin, puesto que Hodge Urrican cerraba los oídos al lenguaje de la razón, era probable que, aun en el caso de haber sido enviado a algún Estado limítrofe de Illinois, Indiana o Missouri, hubiera rehusado oírla.

 

Gruñendo y de mal humor, el comodoro Urrican había regresado a su casa de Randolph Street con Turk, cuyas quejas eran tan violentas que su amo tuvo que ordenarle formalmente que se callara.

 

¿Su amo? ¿Era Hodge Urrican, pues, el amo de Turk, cuando, por una parte, América había proclamado la abolición de la esclavitud y, por otra, el dicho Turk, aunque algo fuerte de color, no hubiese podido pasar por un negro?

 

¿Era su criado? Sí y no.

 

En primer lugar, Turk, aunque estuviera al servicio del comodoro, no recibía sueldo, y cuando tenía necesidad de dinero (siempre bien poco), lo pedía, y aquél se lo daba. Era lo que pudiera llamarse «un hombre de compañía», como se dice de las señoras que van tras algunas princesas. Pero, aparte de esto, la distancia social que separaba a Hodge Urrican de Turk no permitía considerarle como su compañero.

 

Turk era un antiguo marinero de la marina federal, que no había navegado más que al servicio del Estado; grumete, marinero, contramaestre segundo, había recorrido toda la escala.

 

 

 

 

 

 

 

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Circunstancia digna de tenerse en cuenta: había hecho todo su servicio a bordo de los mismos barcos que Hodge Urrican, el cual fue sucesivamente alumno, guardia marina, segundo, capitán y comodoro. Así es que ambos se conocían bien, y Turk era la única persona con la que el irascible oficial podía entenderse. Tal vez dependía esto de que Turk se mostraba aún más violento que Urrican, siempre dispuesto a jugar una mala pasada a aquellos que no le agradaban.

 

Durante el curso de sus navegaciones, Turk estuvo frecuentemente al servicio particular de Hodge Urrican, que apreciaba sus cualidades y acabó por no poderse pasar sin él. Cuando alcanzó la edad del retiro, Turk, cuyo servicio reglamentario había terminado, abandonó la marina, se unió al comodoro y se convirtió en su acompañante en las condiciones que se han indicado ya. De este modo hacía tres años desempeñaba en la casa de Randolph Street las funciones de un administrador que nada administra, o, si se prefiere, de un intendente honorario.

 

Pero nadie sospechaba que Turk era el más dulce, el más inofensivo y el menos bravucón de los hombres. A bordo jamás disputaba, jamás tomaba parte en las luchas de los marineros, jamás levantaba la mano sobre nadie, ni aun cuando había bebido sus buenas copitas de whisky o de ginebra.

 

 

 

¿De dónde, pues, a él, hombre tan plácido y tranquilo, le había venido la idea de fingirse más colérico que el hombre más airado del mundo?

 

A despecho de su insociabilidad, Turk experimentaba verdadero afecto por el comodoro. Era uno de esos perros fieles que ladran con furor cuando su amo discute con alguien. Solamente que el perro obedece a su naturaleza, y Turk desobedecía a la suya. La costumbre de gritar por cualquier cosa y más alto que Urrican no había alterado la dulzura de su carácter. Su cólera era fingida, y representaba maravillosamente su comedia.

 

Se comportaba de aquella forma por puro afecto hacia su amo y con el objeto de contener a éste espantándole por las consecuencias que su furor pudiera tener. En efecto, cuando Turk intervenía para calmarle, Hodge Urrican acababa por tranquilizarse.

 

Cuando el uno hablaba de ir a pedir cuentas a algún desvergonzado, el otro hablaba de abofetearle; y cuando el comodoro amenazaba con abofetearle, Turk amenazaba con darle muerte. El comodoro procuraba

 

 

 

 

 

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entonces hacer entrar en razón a Turk; así éste conseguía poner fin, con frecuencia, a cuestiones de las que el comodoro tal vez hubiera salido malparado.

 

Cuando, a propósito de su envío a Florida, Urrican quiso discutir con el notario, como si éste fuese culpable de lo sucedido, Turk, sosteniendo a grandes voces que aquel odioso Tombrock había hecho trampa, juró agarrarle por las orejas en honor de su amo.

 

Tal era el original tipo —lo suficientemente diestro para no haber dejado adivinar su juego— que aquella mañana acompañaba al comodoro Urrican a la estación central de Chicago.

 

Bastante gente asistió a la partida del jugador número 6. En esta multitud, repetimos, si no había amigos, había por lo menos personas decididas a arriesgar su dinero por el comodoro. ¿No parecía lógico que un hombre de tan violento carácter sería capaz de violentar a la misma fortuna?

 

¿Y cuál sería el itinerario adoptado por el comodoro? Seguramente el que ofreciera menos peligro de retrasos y el más corto.

 

—Escúchame, Turk —dijo, así que entró en su casa de Randolph Street—.

 

Escucha y mira.

 

—Escucho y miro, mi amo.

 

—Este mapa que tienes delante es el de los Estados Unidos.

 

—Comprendido. El mapa de los Estados Unidos.

 

—Aquí está Illinois. Aquí, Florida.

 

—¡Oh, ya lo sé! —respondió Turk, que continuaba gruñendo sordamente—. En otros tiempos hemos navegado y luchado por esos sitios, mi comodoro.

 

—Tú comprenderás, Turk, que si sólo se tratase de ir a Tallahassee, la capital de Florida, o a Pensacola, o incluso a Jacksonville, el viaje sería fácil y rápido combinando los diversos trenes que conducen a esos puntos.

 

—Fácil y rápido —repitió Turk.

 

 

 

 

 

 

 

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—¡Cuando pienso que esa Lissy Wag se halla en disposición de trasladarse de Chicago a Milwaukee…!

 

—¡La miserable! —gruñó Turk.

 

—Y que ese Hypperbone…

 

—¡Oh! ¡Si no estuviera muerto, mi comodoro! —exclamó Turk, levantando el puño como si hubiera querido acogotar al difunto.

 

—Cálmate, Turk. Está muerto… Pero ¿qué idea tuvo de elegir el punto más alejado de Florida, el final de ese rabo de la península que se baña en el golfo de México?

 

—Un rabo con el que merecía ser azotado hasta hacerle sangrar —declaró Turk.

 

—En fin, el hecho es que tenemos que ir a Key West, a ese islote bueno solamente para soportar su faro, y sobre el cual se ha construido una ciudad.

 

—Mal sitio, mi comodoro —respondió Turk—. En cuanto al faro, con frecuencia lo hemos visto antes de embocar el estrecho de Florida.

 

—Pues bien: yo creo que lo mejor y lo más corto será efectuar por tierra la primera mitad del viaje, y la segunda por mar, o sea, novecientas millas para llegar a Mobile, y de quinientas a seiscientas para alcanzar Key West.

 

Turk no hizo objeción alguna a tan razonable proyecto.

 

Por el ferrocarril, Hodge Urrican llegaría a Mobile, Alabama, en treinta y seis horas; y le quedarían doce días para efectuar la travesía de Mobile a Key West.

 

—Si no llegamos en ese tiempo —declaró el comodoro— será que no navegarán los barcos.

 

—O que no habrá agua en la mar —respondió Turk, con tono amenazador para el golfo de México.

 

Se convendrá en que no eran de temer estas dos eventualidades.

 

 

 

 

 

 

 

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Tampoco habría dificultad para encontrar en Mobile un buque dispuesto a zarpar para Florida. Este puerto, muy frecuentado, tiene un gran movimiento de navegación, y, por otra parte, gracias a su situación entre el golfo de México y el Atlántico, Key West es el punto de escala de todos los navíos.

 

En suma; aquel itinerario era, en parte, igual al de Tom Crabbe. El campeón del Nuevo Mundo había descendido paralelamente al Misisipi hasta Nueva Orleans, en el Estado de Luisiana. El comodoro Urrican iba a seguir también el citado río hasta Mobile, en el Estado de Alabama. Una vez llegado al puerto, el primero se había dirigido al Oeste, a la costa de Tejas, y el segundo se dirigiría al Este, hacia la costa de Florida.

 

Provistos de abundante equipaje, Hodge Urrican y Turk estaban en la estación desde las nueve de la mañana. Su traje de viaje, blusa, cinturón, gorra y botas indicaban que eran hombres de mar. Iban, además, armados de ese Derringer de seis tiros que figura siempre en el bolsillo del pantalón del auténtico americano.

 

Ningún incidente ocurrió a su partida, en la que se lanzaron los hurras de costumbre.

 

El comodoro sostuvo una violenta discusión con el jefe de la estación a causa de un retraso de tres minutos y medio en la partida del tren.

 

Finalmente, partió éste a gran velocidad, y los viajeros cruzaron el Estado de Illinois. En Cairo, casi en la frontera de Tennessee, donde Tom Crabbe había tomado la línea que concluye en Nueva Orleans, siguieron la que continúa por la frontera de Misisipi y Alabama y termina en Mobile. La principal ciudad que encontraron fue Jackson, en Tennessee, que no hay que confundir con sus homónimas de Misisipi, de Ohio, de California y de Michigan. Después de pasar por la estación de State Line, el tren franqueó el límite de Alabama la tarde del día 12.

 

El comodoro Urrican no viajaba por gusto, sino con objeto de llegar a su meta en el más breve plazo y en la fecha fijada.

 

No había, pues, en él ninguna preocupación de turista, y, aparte de esto, las curiosidades, los sitios notables, los paisajes maravillosos, las ciudades y las poblaciones importantes no le interesaban a un viejo hombre de mar, y tampoco a Turk.

 

 

 

 

 

 

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A las diez de la noche el tren se detuvo en la estación de Mobile, tras efectuar su largo recorrido sin accidente alguno. Conviene notar que Hodge Urrican no tuvo ni una sola ocasión de disputar con los maquinistas, los fogoneros y los empleados del tren, ni aun con sus compañeros de viaje.

 

 

 

No ocultaba quién era, y en todo el tren se sabía que su airado carácter correspondía al jugador número 6 del match Hypperbone.

 

El comodoro se hizo conducir a un hotel situado cerca del puerto. Era demasiado tarde para inquirir si había algún barco en disposición de partir. Al amanecer, Hodge Urrican abandonaría su habitación, Turk la suya, y si había un barco presto a darse a la vela en dirección al estrecho de Florida, se embarcarían aquel mismo día.

 

Montgomery es la capital oficial de Alabama, Estado al que ha dado nombre el río de igual denominación. Comprende dos regiones, montañosa la una, y la otra formada por extensas llanuras medio pantanosas en su parte meridional. En otra época solamente se dedicaba al cultivo del algodón. En la actualidad, merced a sus comunicaciones ferroviarias, explota con gran beneficio sus minas de hulla y de hierro.

 

Pero ni Montgomery, ni aun Birmingham, industriosa ciudad del interior, podían rivalizar con Mobile, que cuenta con 32 000 habitantes. Está construida sobre una planicie, en el fondo de la bahía cuyo nombre lleva, y de fácil acceso en toda época a los navíos que vienen de alta mar. Esta ciudad, de casas bajas y apretujadas en el barrio comercial, está en mala disposición hasta para sus necesidades marítimas, sus exportaciones de cigarros, algodón y legumbres. Pero posee arrabales que se extienden en medio de verdes bosques.

 

No sin razón había pensado el comodoro Urrican que no le faltarían medios para ir por mar a Key West. Es tal la importancia del puerto de Mobile, que recibe anualmente más de quinientos navíos.

 

Pero hay personas de mala suerte, y esta vez Hodge Urrican tuvo motivos para encolerizarse. Había llegado a Mobile en plena huelga. Huelga general de cargadores y descargadores, declarada el día anterior, y que amenazaba durar varios días. Y de los barcos dispuestos para hacerse a la mar, ninguno podría hacerlo sin previo acuerdo de los armadores,

 

 

 

 

 

 

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resueltos a resistir a las pretensiones de los huelguistas.

 

Durante los días 13, 14 y 15 el comodoro esperó en vano que algún navío concluyera su cargamento y partiera. Los cargamentos permanecían en el muelle, las calderas no encendían sus fuegos, el algodón llenaba los tinglados, y la navegación no hubiera estado más inmovilizada de estar helada la bahía de Mobile… Aquel estado anormal podía prolongarse toda la semana, y quizá más tiempo… ¿Qué hacer, pues?

 

Algunos partidarios del comodoro Urrican le sugirieron la razonable idea de que se dirigiera a Pensacola, importante ciudad de Florida, limítrofe con Alabama. Viajando por el ferrocarril hasta su límite septentrional y descendiendo hasta el litoral, podía llegar a Pensacola en doce horas.

 

Hodge Urrican, preciso es reconocerlo, era hombre decidido y sabía tomar su partido sin vacilaciones. Así, pues, el día 16 por la mañana tomó el tren con Turk, y por la noche llegó a Pensacola.

 

Quedábanle aún nueve días. Este tiempo era, en realidad, mayor que el que exige la travesía de Pensacola a Key West, aun a bordo de un velero.

 

La Florida, península proyectada sobre el golfo de México, mide unas 450 millas de latitud por 350 de longitud. En la parte Norte, en la base de la península, este Estado es fronterizo con Georgia y Alabama. Unida por una red de vías férreas al centro de la Unión, Pensacola, con sus 12 000 habitantes, está en plena prosperidad, y, lo que más importaba al comodoro, el movimiento marítimo ocupa allí más de 1200 barcos al año.

 

Pues bien… La mala suerte continuaba. En Pensacola no había huelga, pero tampoco había ningún barco dispuesto a zarpar, al menos en dirección Sudeste, ni para las Antillas ni para el Atlántico, y, por consiguiente, no había escala posible en Key West.

 

—Decididamente, esto va mal —dijo Urrican, mordiéndose los labios.

 

—¡Y no tenemos a nadie con quien desahogamos! —respondió su compañero arrojando en torno una feroz mirada.

 

—No podemos permanecer anclados aquí durante una semana.

 

—No… Es menester aparejar, cueste lo que cueste, mi comodoro —declaró Turk.

 

 

 

 

 

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—De acuerdo… Pero ¿cómo nos trasladaremos desde Pensacola a Key West?

 

Hodge Urrican no perdió un momento, y fue de navío en navío, steamer o velero, no obteniendo más que vagas promesas… Se partiría transcurrido el tiempo preciso para embarcar las mercancías o completar el cargamento. Nada formal, a pesar del alto precio que el comodoro ofrecía por su pasaje. Aún a riesgo de ser encarcelado, Urrican habló destempladamente a aquellos malditos capitanes, e incluso al jefe del puerto.

 

 

 

Transcurrieron dos días, y ya no quedaba otro recurso que intentar por tierra lo que por mar no era posible. ¡Cuántas fatigas y retrasos que temer!

 

Júzguese… Era menester atravesar en ferrocarril la Florida en toda su latitud, dirigiéndose primeramente, de Oeste a Este, desde Tallahassee hasta Live Oak, y bajar luego al Sur para llegar a Tampa o Punta Gorda sobre el golfo de México; en total, un recorrido de seiscientas millas viajando en ferrocarriles cuyos horarios discrepaban. Y esto aún hubiera sido aceptable si, a partir de allí, la red de vías férreas sirviera por completo la parte meridional de la Península. Pero la cosa era muy distinta.

 

Si no se encontraba un navío dispuesto a partir, quedaría largo camino que recorrer en las más deplorables condiciones.

 

Esta parte de Florida que bañan las aguas del Golfo desde Cedar Key, es región triste y poco habitada. ¿Se encontrarían medios de transporte, carretas y caballos que permitieran llegar a la meta en pocos días? Admitiendo que pudieran encontrarse a elevado precio, ¡qué caminar más lento, más penoso y peligroso, por medio de aquellos interminables bosques, impenetrables a veces, medio anegados por las aguas estancadas de los pantanos, a merced de aquellas praderas flotantes de herbosa pistia, y bajo aquellos hongos gigantescos que estallan al contacto como fuegos artificiales, y por el dédalo de llanuras pantanosas donde pululan los aligátores y manatíes, y hormiguean las más temibles serpientes de la raza de los ofidios, esos trigonocéfalos cuya mordedura es mortal! Tal es ese abominable país de los Everglades, donde se han refugiado las últimas tribus seminólas, indígenas gallardos y feroces, que, a las órdenes de su jefe Oiseola, han luchado intrépidamente contra la invasión federal.

 

 

 

 

 

 

 

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Únicamente tales indígenas pueden vivir, o al menos vegetar, en este clima húmedo y caluroso, tan propicio al desarrollo de las fiebres palúdicas, que, en algunas horas, matan a los hombres más vigorosamente constituidos. ¡Incluso a comodoros del temple de Hodge Urrican! ¡Ah, si aquella parte de Florida fuese semejante a la que se extiende al Este hasta el paralelo 29; si se tratase de ir de Fernandina a Jacksonville y a San Agustín, comarca en la que no faltan ni pueblos, ni ciudades, ni vías de comunicación! Pero, a partir de Punta Gorda, hundirse hasta el cabo Sable…

 

 

 

Era el día 19 de mayo. No quedaban más que seis días… Y el camino por tierra era imposible…

 

Aquella mañana el comodoro fue abordado en el muelle por uno de esos patrones, mitad americanos, mitad españoles, que hacen el cabotaje en reducida escala a lo largo de las costas de Florida.

 

El patrón, llamado Huelcar, le dirigió la palabra llevándose la mano a la gorra:

 

—¿No hay barco para Florida, mi comodoro?

 

—No —respondió Urrican—; y si me indica usted alguno le recompensaré con diez piastras.

 

—Conozco uno.

 

—¿Cuál?

 

—El mío.

 

—¿El de usted?

 

—Sí… El Chicola. Una linda goleta de cuarenta y cinco toneladas, tres hombres de tripulación y que con buen viento navega sus seis nudos.

 

—¿De nacionalidad americana?

 

—Americana.

 

—¿Y se halla dispuesta a partir?

 

 

 

 

 

 

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—Dispuesta a partir…, y a las órdenes de usted.

 

Con una media de cinco nudos solamente, para no olvidar las desviaciones de ruta o los vientos desfavorables, podían recorrerse en seis días las quinientas millas que hay de Pensacola a Key West.

 

Diez minutos después, Hodge Urrican y Turk estaban a bordo del Chicola y lo examinaban. Era un pequeño barco de cabotaje, destinado a navegar a lo largo de la costa y bastante ancho de casco para poder soportar un fuerte velamen.

 

Dos marinos tales como el comodoro y el antiguo contramaestre, no eran hombres que se inquietaran por los peligros del mar. El patrón Huelcar recorría aquellos parajes sobre su goleta desde hacía veinte años, de Mobile a las islas Bahamas, a través del estrecho de Florida, y en varias ocasiones había hecho escala en Key West.

 

—¿Cuánto me llevará usted por la travesía? —preguntó el comodoro.

 

—Cien piastras por día.

 

—¿Con alimentación?

 

—Con alimentación.

 

Era un precio elevado. Huelcar abusaba de su situación; pero no importaba.

 

—Partiremos al instante —ordenó Hodge Urrican.

 

—En cuanto su equipaje de usted esté a bordo.

 

—¿A qué hora es la marea?

 

—Ahora está empezando… Antes de una hora nos hallaremos en alta mar.

 

Embarcarse en el Chicola era el único medio de llegar a Key West, donde el jugador número 6 debía estar el día 25 antes de mediodía.

 

A las ocho, liquidada la cuenta de la fonda, Hodge Urrican y Turk subieron a bordo.

 

 

 

 

 

 

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Cincuenta minutos después la goleta salía de la bahía, flanqueada por los fuertes MacRae y Pickens, construidos antaño por franceses y españoles, y ponía proa hacia alta mar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIV. Continuación de las aventuras del comodoro Urrican

 

El tiempo era inseguro. El viento soplaba del Este.

 

El mar, resguardado por la península de Florida, no se resentía aún del movimiento del Atlántico, y el Chicola caminaba bien.

 

Ni el comodoro ni Turk temían al mareo, que tan gran efecto había causado en Tom Crabbe. Respecto a las maniobras de la goleta, ellos estaban dispuestos a auxiliar al patrón Huelcar y a los tres hombres de éste cuando fuera menester.

 

El Chicola procuraba conservar el abrigo de la tierra. Sin duda la travesía se prolongaría; pero las tempestades del Golfo son terribles, y un débil barco no puede aventurarse lejos de los puertos, de las bahías, de las ensenadas, de las embocaduras de los ríos, ni de las caletas, tan abundantes en el litoral de Florida y accesibles a las embarcaciones de pequeño tonelaje. Además, el Chicola hallaría siempre un agujero donde refugiarse durante algunas horas. Cierto que esto sería tiempo perdido, y Hodge Urrican no tenía mucho tiempo que perder.

 

Durante todo el día y la noche siguiente el viento del Este se mantuvo con tendencia a calmarse. Si cambiaba, permitiría mejor y más rápida marcha. Por desgracia sobrevino la calma, y en la superficie de aquel mar inmóvil el Chicola, aunque con todo su velamen desplegado, no adelantó más que unas veinte millas al Sudeste. Era menester ayudarse de los remos para no ser llevados a alta mar. Durante cuarenta y ocho horas la navegación fue casi nula. El comodoro, devorado por la impaciencia, se mordía los puños sin dirigir la palabra a nadie, ni aun a Turk.

 

No obstante, el día 22, sostenido por la corriente del Golfo, el Chicola llegaba a la altura de Tampa, puerto de 5000 a 6000 habitantes, en el que los navíos de cierto tonelaje encuentran seguro abrigo siguiendo este litoral sembrado de arrecifes. Pero quedaban aún cincuenta millas al Este, y la goleta no hubiera podido, sin retraso, acortar la distancia para seguir la costa de Florida hasta su límite.

 

 

 

 

 

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Además, tras la calma del día anterior, había motivo para sospechar, por el aspecto del cielo, una próxima modificación en el estado atmosférico.

 

—El tiempo va a cambiar —dijo aquella mañana el comodoro Urrican.

 

—Esto nos favorecerá si el viento sopla del Oeste —dijo Turk.

 

—El mar señala algo —afirmó el patrón Huelcar—. Reparen ustedes en esas anchas y pesadas olas… y en la agitación de alta mar.

 

Tras examinar con atención el horizonte añadió, moviendo la cabeza:

 

—No me gusta cuando el viento sopla de esta parte.

 

—Sin embargo, eso es bueno —dijo Turk—; y que venga un golpe de mar si ha de llevarnos adonde queremos ir.

 

Hodge Urrican permanecía silencioso, visiblemente inquieto por los síntomas que se advertían entre el Oeste y el Sudeste. Bueno es tener viento propicio; pero aún es más preciso contar con buena mar, sobre todo cuando se va a bordo de un barco de cuarenta toneladas. Nunca se sabrá lo que pasaba en el alma agitada del comodoro; si en alta mar había mal tiempo, no era peor el que reinaba en su interior.

 

Por la tarde, el viento, definitivamente fijado al Oeste empezó a soplar en forma de huracán, con breves pausas de calma. Fue preciso quitar las velas altas, y la goleta navegó como una pluma entre las olas.

 

La noche fue mala. Hubo que disminuir el velamen. El Chicola era empujado hasta la costa de Florida más de lo que convenía. Dado que para buscar refugio en ella faltaba tiempo, la proa debía ser mantenida al Sudeste, costase lo que costase.

 

El patrón maniobró como marino experto. Turk, al timón, sostenía el barco, en lo que era posible, contra las olas.

 

El comodoro ayudó a los tripulantes a recoger los rizos del trinquete y la vela mayor, no dejando más que el pequeño foque. Era difícil resistir a la vez al viento y a la corriente, que empujaba hacia tierra.

 

Y, en efecto, en la mañana del día 23, la costa, muy llana en aquel sector,

 

 

 

 

 

 

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apareció entre los vapores del horizonte. Huelcar y sus hombres la reconocieron, no sin alguna dificultad.

 

—Es la bahía de Whitewater —dijeron.

 

Esta bahía sólo está separada del estrecho de Florida por una lengua de tierra que protege el fuerte Poinsett, al límite del cabo Sable.

 

Tras recorrer unas diez millas más en tal dirección, la goleta tomaría una dirección oblicua.

 

—Temo que nos veamos obligados a hacer escala aquí —dijo el patrón Huelcar.

 

—¡Permanecer aquí, condenados a no poder salir a causa de estos vientos! —dijo Turk.

 

—Si no buscamos refugio aquí —repuso el patrón—, y si a la altura del cabo Sable la corriente nos arroja en el estrecho, no es a Key West adonde iremos a parar, sino a las Bahamas.

 

El comodoro continuaba callado, quizá porque sus labios estaban tan apretados y tan oprimida su garganta que no podía pronunciar palabra.

 

El patrón, por su parte, comprendía que si el Chicola se refugiaba en la bahía de Whitewater, estaría bloqueado allí durante varios días. Y era preciso estar en Key West antes de cuarenta y ocho horas.

 

Los tripulantes rivalizaron entonces en audacia y destreza a fin de sostener el barco contra la borrasca procedente de alta mar, a riesgo de naufragar. Procuróse mantenerlo a la capa con el pequeño foque y un contrafoque en la popa. La goleta perdió aún tres o cuatro millas durante el día y la noche siguientes. Si el viento no soplaba del Norte o del Sur, la embarcación no podría resistir y al día siguiente estaría junto a la costa.

 

Así sucedió: al alba del día 24, la tierra, erizada de rocas, mostró a cinco millas las terribles puntas del cabo Sable. Algunas horas más, y el Chicola sería arrastrado a través del estrecho de Florida.

 

Sin embargo, con nuevos esfuerzos y aprovechando la marea ascendente, hubiera sido posible refugiarse en la bahía de Whitewater.

 

 

 

 

 

 

 

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—Es preciso que lo hagamos así —declaró Huelcar.

 

—¡No! —respondió Hodge Urrican.

 

—¡Vaya! Yo no puedo arriesgarme a perder mi barco, y nosotros con él…

 

—Te lo compro.

 

—No está en venta.

 

—Un barco está siempre en venta cuando se da por él más de lo que vale.

 

—¿Cuánto da usted por él?

 

—Dos mil piastras.

 

—Convenido —respondió Huelcar, satisfecho de venta tan beneficiosa.

 

—Es el doble de su valor —añadió el comodoro Urrican—. Mil piastras por el casco… Mil por el tuyo y el de tus hombres.

 

—Y el pago…, ¿cuándo?

 

—Al contado… Te entregaré un cheque en Key West.

 

—Trato hecho, mi comodoro.

 

—¡Y ahora, Huelcar, proa a alta mar!

 

Durante todo el día el Chicola luchó valientemente, casi sumergido a veces por las olas, el empañetado bajo el agua, inclinado hasta estar próximo a irse a pique. Sin embargo, Turk lo mantenía con mano firme, y la tripulación maniobraba con tanto valor como pericia.

 

La goleta logró separarse de la costa, gracias sobre todo a un ligero cambio de viento, algo inclinado al Norte. Pero éste menguó al llegar la noche, y el espacio se llenó de nubes opacas.

 

Entonces el apuro fue extraordinario. Durante el día había sido imposible calcular la posición. ¿Hallábase la goleta a la altura de Key West, o había rebasado el semillero de escollos que, al sur de Florida, se prolonga hacia las islas Tortuga?

 

 

 

 

 

 

 

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A juicio del patrón Huelcar, el Chicola debía de estar muy próximo al rosario de islotes donde se mezclan las violentas corrientes del estrecho de Florida con las aguas cálidas del Gulf Stream.

 

—De no haber brumas, seguramente veríamos el faro de Key West —dijo—. Es menester que tengamos cuidado de no chocar contra los arrecifes. A mi juicio, lo más acertado sería esperar el día, y si la niebla se disipa…

 

—No esperaré —respondió el comodoro.

 

Y, realmente, no podía esperar, si pretendía estar en Key West al siguiente día antes de las doce.

 

El Chicola continuaba, pues, manteniendo la proa al Sur en un mar que recobraba la calma, en medio de la niebla.

 

A las cinco de la mañana se produjo un choque…, y otro después…

 

La goleta había chocado contra un escollo.

 

Levantada por tercera vez por un irresistible golpe de mar, con el casco hundido por la proa, naufragó sobre el flanco de babor.

 

En aquel momento se oyó un grito.

 

Turk reconoció la voz del comodoro.

 

Le llamó y no obtuvo respuesta.

 

Los vapores eran tan espesos que no se distinguían las rocas en torno de la goleta.

 

El patrón y sus tres hombres pudieron asentar el pie sobre el escollo.

 

Con ellos, Turk, desesperado, seguía llamando a su amo y escrutando alrededor…

 

Vanos llamamientos… Inútiles pesquisas…

 

¿Disiparíase la bruma y encontraría Turk al comodoro vivo todavía? No se atrevía a esperarlo… Gruesas lágrimas corrían por sus mejillas…

 

 

 

 

 

 

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A las siete los vapores comenzaron a aclararse en las zonas bajas, y el mar se descubrió ligeramente.

 

El Chicola había chocado contra un grupo de rocas blancuzcas. La canoa, hecha pedazos por efecto del choque, estaba inservible. Al Este y al Oeste, en un cuarto de milla, el banco se prolongaba en arrecifes, donde se sentía el violento empuje de la resaca.

 

Practicáronse nuevas pesquisas, y uno de los marineros acabó por descubrir el cuerpo del comodoro Urrican, sujeto entre dos puntas del escollo.

 

Acudió allí Turk; arrojóse sobre su amo, rodeóle con sus brazos, le levantó y le habló, sin obtener respuesta.

 

Sin embargo, escapábase aún un ligero soplo de los labios de Hodge Urrican, y su corazón latía.

 

—¡Vive! ¡Vive! —exclamó Turk.

 

Realmente, el comodoro estaba en lamentable situación. Al caer, su cabeza había chocado contra una arista de la roca. Sin embargo, la sangre no corría ya. La herida fue vendada, después de haber sido lavada con agua dulce traída de la goleta. El comodoro, que no había recobrado el conocimiento, fue trasladado luego a una parte elevada del islote, donde no era fácil que alcanzase el oleaje.

 

El cielo estaba entonces libre de niebla, y la mirada podía abarcar gran extensión.

 

Eran las nueve y veinte. Huelcar, tendido el brazo hacia el Oeste, exclamó:

 

—¡El faro de Key West!

 

En efecto, Key West se encontraba a cuatro millas en la dirección indicada. Si la noche hubiera sido clara, hubiese podido distinguirse en tiempo conveniente la luz del faro y la goleta no habría zozobrado sobre los peligrosos escollos. Estos parajes de la Baja Florida son peligrosos para los marinos. Es de desear, pues, que el Gobierno federal realice lo más pronto posible un proyecto ya estudiado; la construcción de un canal que cortaría la península entre Fernandina y Cedar Key, canal que economizaría a los navíos, entre el golfo de México y el Atlántico, el

 

 

 

 

 

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recorrido de quinientas millas a través de los estrechos más difíciles del mundo.

 

En resumen; ¿debía considerarse perdida en absoluto la partida por parte del jugador número 6 del match Hypperbone? Carecía de medios para salir del islote sobre el que el Chicola había naufragado. Preciso sería permanecer en aquel lugar hasta que pasase una embarcación que recogiese a los náufragos para trasladarlos a Key West.

 

¡Tristísima situación la de aquella pobre gente, confinada en los blancuzcos arrecifes que semejaban un osario y que no emergían más que cinco o seis pies sobre la marea alta!

 

En torno serpenteaban algunos sargazos multicolores, y pequeñas algas arrancadas del fondo submarino por la corriente del Gulf Stream. En las ensenadas pululaban centenares de peces de todas formas y tamaños; sardos, ángeles, labros, lobos de mar, etc. Había también moluscos, crustáceos, cangrejos y langostas. En fin, de todas partes, a flor de agua, olfateando el naufragio, se aproximan entre los arrecifes, voraces tiburones, especialmente peces-martillo de seis a siete pies de longitud y enormes fauces, monstruos de los más terribles.

 

Respecto a pájaros, volaban, formando innumerables bandadas, garzotas, cangrejeros, garzas reales, gaviotas, somormujos y cormoranes. Pelícanos de gran tamaño, sumergidos hasta medio cuerpo, pescaban con tanta seriedad y con mayor éxito que los pescadores de origen humano, lanzando con cavernosa voz el grito de «¡hoenkorr!», como ha dicho un viajero francés. Esto aparte, sobre aquel islote hubiérase hallado alimento suficiente sólo con la pesca de tortugas, ya bajo las aguas, ya sobre la arena.

 

Entretanto, transcurría el tiempo, y, a pesar de los cuidados que se le prodigaban, el infortunado comodoro no recobraba el sentido. La prolongación de aquel estado inspiraba a Turk vivísima inquietud. De haber podido conducir a su amo a Key West, poniéndole en manos de un médico, tal vez le hubiera salvado, dada la robusta constitución de aquel hombre de mar, Pero ¿cuántos días transcurrirían antes de que los náufragos pudieran abandonar el islote, ya que les era imposible poner a flote la goleta y reparar su casco? El primer huracán que sobreviniera esparciría por aquellos parajes los restos del barco.

 

 

 

 

 

 

 

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Obvio es decir que Turk no se hacía ilusiones sobre el resultado del match Hypperbone. Para Hodge Urrican, la partida estaba perdida. ¡Qué acceso de cólera si el comodoro lograba recuperarse!

 

Serían poco más de las diez cuando uno de los marineros del Chicola, de vigía en la extremidad de las rocas, gritó:

 

—¡Una barca…! ¡Una barca!

 

En efecto, una chalupa de pesca, impulsada por ligera brisa, se aproximaba al islote.

 

Apresuróse Huelcar a hacer señales, que fueron advertidas por la gente de la embarcación, y media hora después, recogidos los náufragos, la chalupa ponía proa a Key West.

 

Turk recobró entonces la esperanza, como tal vez la hubiese recobrado Hodge Urrican de haber podido salir de la postración en que yacía y durante la cual no tenía conciencia de las cosas exteriores.

 

Impulsada por la brisa, la barca franqueó rápidamente la distancia de cuatro millas, y a las once y quince anclaba en el puerto.

 

La ciudad se ha desarrollado sobre el islote de Key West, de dos leguas de anchura por una de longitud, como se desarrollan los productos vegetales sometidos a intenso cultivo. Es ya una ciudad considerable, que está unida por líneas telegráficas a los Estados del Centro, y con La Habana por un cable submarino. Es ciudad de brillante porvenir, cuya prosperidad no cesa de aumentar, merced a un movimiento marítimo de 300 000 toneladas; de traza semiespañola, se halla abrigada bajo sus magnolias y otras magníficas plantas de la zona tropical.

 

La chalupa arribó al fondo del puerto, y al momento centenares de habitantes. —Key West contaba 10 000 en aquella época— rodearon a los náufragos. ¡En qué estado se presentaba a sus ojos el comodoro Urrican! Decididamente, el mar no se mostraba propicio a los jugadores del match Hypperbone. Crabbe llegó a Tejas como una masa inerte, y el comodoro llega a su meta poco menos que cadáver. Hodge Urrican fue conducido a las oficinas del puerto, adonde el médico acudió en seguida.

 

El comodoro respiraba aún, y aunque su corazón latía débilmente, no

 

 

 

 

 

 

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parecía que ninguno de sus órganos estuviera lesionado. No obstante, como, al ser lanzado fuera de la goleta, su cabeza chocó con la arista de una roca, había sufrido una abundante pérdida de sangre y siempre era de temer alguna contusión en el cerebro.

 

En suma, no obstante los cuidados y los vigorosos masajes a que fue sometido el comodoro, aunque lanzó dos o tres suspiros no recobró el conocimiento.

 

El médico propuso entonces trasladarlo a un cómodo hotel, a menos que no se creyera preferible conducirle al hospital de Key West, donde estaría mejor atendido que en otra parte.

 

—No —respondió Turk—; ni al hospital ni al hotel.

 

—¿Adónde, entonces?

 

—¡A las oficinas del telégrafo!

 

Turk tenía una idea, que comprendieron y apoyaron los presentes. Puesto que Hodge Urrican había llegado a Key West antes de mediodía del día 25 de mayo —y, bien puede afirmarse, contra viento y marea—, ¿por qué no había de personarse oficialmente en el sitio donde para dicha fecha estaba citado?

 

El comodoro fue tendido en una camilla, sobre la que se echó un colchón, y, rodeado por una creciente multitud, fue trasladado al despacho de telégrafos.

 

Los empleados, creyendo que se trataba de un error, quedaron vivamente asombrados. ¿Es que tomaban la oficina por el depósito de cadáveres?

 

Pero cuando supieron que el cuerpo allí conducido era el del comodoro Urrican, uno de los jugadores del match Hypperbone, su asombro se trocó en emoción. Estaba allí, ante la ventanilla de telégrafos; allí, donde el golpe de dados le había enviado… ¡y en qué estado!

 

Turk avanzó y preguntó con voz fuerte:

 

—¿Se ha recibido un telegrama para el comodoro Urrican?

 

—Todavía no —respondió el empleado.

 

 

 

 

 

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—Así, pues, caballero —replicó Turk—, sírvase certificar que hemos llegado con antelación…

 

Y el hecho fue consignado en un registro ante numerosos testigos.

 

Eran las once y cuarenta y cinco, y no había más que esperar el telegrama que, sin duda, aquella mañana debía de haber sido expedido de Chicago.

 

No se aguardó mucho tiempo.

 

A las once y cincuenta y tres sonó el timbre del aparato; el mecanismo funcionó, y se desenrolló la banda del papel…

 

Cuando la retiró el empleado, leyó la dirección y dijo:

 

—Un telegrama para el comodoro Hodge Urrican…

 

—Presente —respondió Turk por su amo, que permanecía inconsciente y en quien el médico, ni aun en aquel instante, pudo sorprender indicios de recuperación.

 

El telegrama estaba redactado en los siguientes términos:

 

Chicago, Illinois, 8 horas 13, mañana, 25 mayo.

 

Cinco, por tres y dos, casilla 58, Estado de California, Valle de la Muerte.

 

TORNBROCK

 

 

 

¡El Estado de California! ¡Al otro extremo del territorio federal, que era preciso atravesar del Sudeste al Noroeste!

 

Y no solamente una distancia de dos mil millas separa California de Florida, sino que, además, la casilla 58 es la que en el noble juego de la oca figura con la calavera… Y después de haber llegado a tal casilla, el jugador está obligado a volver a la primera para recomenzar la partida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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«Vamos —se dijo Turk—; ¡vale más que mi pobre amo no recobre el sentido, pues nada le levantaría de semejante golpe!».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XV. La situación del día 27 de mayo

 

No se habrá olvidado que, primeramente, según el testamento de William J. Hypperbone, el número de participantes en el noble juego de los Estados Unidos de América era el de seis, elegidos por la suerte. Estos «Seis», siguiendo las instrucciones del notario Tombrock, habían figurado en el cortejo fúnebre, junto a la carroza mortuoria del excéntrico personaje.

 

También se recordará que cuando en la sesión del día 15 de abril el notario dio lectura de dicho testamento en la sala del Auditorium, un inesperado codicilo hizo intervenir a un séptimo jugador, designado únicamente por las iniciales X. K. Z. ¿Había salido de la urna este nuevo personaje, como los otros concurrentes, o había sido impuesto por la voluntad del difunto? No se sabía. Fuera lo que fuese, nadie podía pensar en eludir cláusula tan formal. X. K. Z., el hombre misterioso, gozaba de los mismos derechos que los otros «Seis», y si ganaba la cuantiosa herencia nadie le disputaría la posesión de ella.

 

Cumpliendo con lo dispuesto en la mencionada cláusula, el día 13, a las ocho de la mañana, el notario Tombrock había procedido a una nueva jugada de dados, y el número de puntos obtenidos, nueve, por seis y tres, obligaba a X. K. Z. a trasladarse a Wisconsin. Si el desconocido jugador no estaba poseído por ese inmoderado afán de viajar, por esa pasión a cambiar de lugares que devoraba al redactor del Tribune; si era refractario a todo frenesí locomotor, debía declararse satisfecho. En algunas horas, y por ferrocarril, llegaría a Milwaukee, y por poco que allí permaneciera cuando él llegara, Lissy Wag debería cederle el puesto y recomenzar la partida.

 

 

 

Ignorábase si el hombre desconocido se había dirigido rápidamente a Wisconsin tras conocer el resultado de la séptima jugada, pese a tener quince días por delante.

 

El público estaba muy intrigado por la introducción del nuevo personaje en

 

el match. ¿Quién era? De Chicago sin duda, puesto que el testador no

 

había admitido más que naturales de esta ciudad. Pero nada más se

 

 

 

 

 

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sabía, y la curiosidad era muy viva.

 

Así, pues, el día 13 del citado mes una gran muchedumbre acudió a la estación, a las horas señaladas para la salida de los trenes de Chicago a Milwaukee.

 

Esperábase conocer a aquel X. K. Z. por su manera de andar, por su actitud, por algún detalle que le delatara. Pero todos quedaron defraudados. Sólo se vieron los rostros habituales de viajeros pertenecientes a todas las clases de la sociedad. Sin embargo, en el momento de partir el tren, un hombre fue tomado por el misterioso, y, muy aturdido, viose objeto de una ovación que no merecía.

 

Al día siguiente acudieron también muchos curiosos a la estación; menos, al siguiente; muy pocos los siguientes, y no se advirtió en ningún viajero nada de extraño que hiciera sospechar que se tratase del séptimo jugador del match Hypperbone.

 

Algunas personas, deseosas de apostar grandes sumas a favor del misterioso personaje, interrogaron al notario Tombrock. Éste se vio asediado a preguntas.

 

—Usted debe saber a qué atenerse respecto a ese X. K. Z. —le decían.

 

—Nada sé…

 

—¿Le conoce usted?

 

—No le conozco; y, aunque le conociera, no tendría el derecho de descubrir su incógnito.

 

—Pero usted debe saber dónde reside. Si tiene su domicilio en Chicago o en otra parte, puesto que le ha anunciado usted el resultado de la jugada.

 

—Yo no le he anunciado nada. Él lo habrá sabido por los periódicos, o lo habrá oído proclamar en el salón del Auditorium.

 

—Pero tendrá usted que expedirle un telegrama para informarle del resultado de la nueva jugada del día 27 de este mes, que le interesa.

 

—Desde luego, se lo expediré.

 

 

 

 

 

 

 

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—¿Adónde?

 

—A donde él estará; o, mejor dicho, a donde debe estar: a Milwaukee, Wisconsin.

 

—¿A qué señas?

 

—Al telégrafo, a las iniciales X. K. Z.

 

—¿Y si él no está presente?

 

—Si no se halla presente, peor para él. Perderá todo derecho.

 

Como puede verse, el notario Tombrock daba siempre la misma respuesta a las objeciones que se le hacían: él no sabía nada, y nada podía decir.

 

El interés por el personaje del codicilo, tan vivamente excitado al principio, acabó finalmente por disminuir, dejando a los acontecimientos el cuidado de descifrar el incógnito de X. K. Z. Si él ganaba, si llegaba a ser el único heredero de los millones de William J. Hypperbone, forzosamente su nombre se extendería por las cinco partes del mundo. Y, por el contrario, si no ganaba, ¿qué importaba saber si era joven o viejo, alto o bajo, delgado o grueso, rubio o moreno, rico o pobre, y con qué nombre había sido inscrito en los registros de su parroquia?

 

Entretanto, las peripecias del juego eran seguidas con atención extrema en el mundo donde se especula por los cazadores de fortuna y los adoradores de la casualidad. Los boletines financieros daban diariamente noticias de la situación de los jugadores, al tiempo que publicaban las cotizaciones de Bolsa. No solamente en Chicago, bautizada por un periodista con el nombre de «Ciudad de las Apuestas», y en todas las importantes ciudades de la Unión, sino en los pueblos y aldeas de menor importancia los jugadores apostaban con notable arranque.

 

Las principales ciudades, Nueva York, Boston, Filadelfia, Washington, Albany, San Luis, Baltimore, Richmond, Charleston, Cincinnati, Detroit, Omaha, Denver, Lake City, Savannah, Mobile, Nueva Orleans, San Francisco, Sacramento, poseían agencias especiales cuyos negocios marchaban a maravilla. Su número se doblaría, triplicaría, cuadruplicaría, al mismo tiempo que los incidentes provocados por el capricho de los dados, de los que Max Real, Tom Crabbe, Hermann Titbury, Harris T.

 

 

 

 

 

 

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Kymbale, Lissy Wag, Hodge Urrican y X. K. Z. serían los beneficiados o las víctimas. Habíanse establecido verdaderos mercados, con corredores y registros, donde se hacían demandas y ofertas, donde se compraba y vendía a precios distintos la probabilidad de triunfo de tal o cual jugador.

 

Esta efervescencia no se limitaba sólo a los Estados Unidos. Había cruzado la frontera y se ramificaba a través del Dominio, por Quebec, Montreal, Toronto y otras importantes ciudades del Canadá. Y corría también hacia México por los pequeños Estados bañados por las aguas del Golfo. Vertíase después por América del Sur: Colombia, Venezuela, Brasil, República Argentina, Perú, Bolivia y Chile. La fiebre del juego acabaría por volverse endémica en todo el Nuevo Mundo.

 

Además,  al  otro  lado  del  Atlántico,  en  Europa:  en  Francia,  Alemania,

 

Inglaterra y Rusia; en Asia: las Indias inglesas, China y Japón; en Oceanía: Australia y Nueva Zelanda, habíanse ya contagiado de la fiebre de aquel match en considerable proporción.

 

Verdaderamente, si el difunto socio del «Excentric Club» de Chicago no había hecho gran ruido durante su vida, ¡qué alboroto levantaba después de su muerte! Los honorables Georges B. Higginbotham y demás colegas debían de estar orgullosos de asociarse a tanta gloria póstuma.

 

¿Quién era actualmente el favorito en aquel juego de nuevo género?

 

Difícil hubiera sido pronunciarse a favor de alguno de los jugadores al comienzo de una partida de la que sólo se conocían algunas jugadas. No obstante, parecía que el jugador número 4, Harris T. Kymbale, era el que contaba con mayor número de partidarios. La atención pública estaba fija más particularmente en su persona. Los periódicos hablaban de él más que de los demás jugadores, siguiéndole paso a paso y recibiendo diariamente noticias suyas. Max Real, reservado como siempre; Hermann Titbury, que al principio había viajado con nombre supuesto; Lissy Wag, cuya partida se había retrasado hasta el último día, no podían rivalizar ante el público con el redactor del Tribune.

 

Conviene advertir, no obstante, que Tom Crabbe contaba con gran número de partidarios. Parecía natural que aquella enorme fortuna fuese a aquel enorme bruto. El azar se complace en estos contrastes o asimilaciones, o, por lo menos, tiene caprichos de que es preciso no olvidarse.

 

 

 

 

 

 

 

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Respecto al comodoro Urrican, al principio se había cotizado con alza en el mercado. La jugada que, con nueve, por cinco y cuatro, le llevaba a la casilla número 53 era un comienzo magnífico. Pero la segunda jugada le trasladaba a la casilla 58, a California, y, obligado a recomenzar, había perdido el favor del público. Además, sabíase que había naufragado cerca de Key West, que su desembarco se había efectuado en deplorables condiciones y que el día 23 por la mañana no había recobrado aún el conocimiento. ¿Podría llegar al Valle de la Muerte? ¿No estaba dos veces muerto, como hombre y como jugador?

 

Quedaba aquel X. K. Z. Había motivo para prever que los sagaces, a los que una disposición especial del cerebro permite olfatear los buenos golpes de fortuna, acabarían por inclinarse a él. Poco importaba que aún fuese desconocido, que se ignorase si había partido para Wisconsin. Esta cuestión no tardaría en quedar resuelta cuando se presentara en las oficinas del telégrafo de Milwaukee para recibir su telegrama.

 

Aquel día no estaba lejos. Se aproximaba el día 27 de mayo, fecha de la jugada número 14, que concernía al hombre misterioso. Dicho día, efectuada la jugada, el notario Tombrock expediría un telegrama a la estación de Milwaukee, donde el jugador número 7 debía estar en persona antes de mediodía. Se comprenderá que en dicha oficina hubiera gran multitud de curiosos, ávidos de conocer al caballero de las iniciales. Si no se llegaba a saber su nombre, al menos se observaría su persona, y las instantáneas recogerían su imagen, que el mismo día publicarían los periódicos.

 

Conviene advertir que William J. Hypperbone había distribuido los diversos Estados de la Unión en su mapa de un modo arbitrario. En efecto: estos Estados no estaban distribuidos ni siguiendo el orden alfabético ni el geográfico. Así, Florida y Georgia, que son limítrofes, ocupaban, la una la casilla 28 y la otra la 53. Tejas y Carolina del Sur eran las 10 y 11, aunque estuviesen separadas por una distancia de ochocientas o novecientas millas. Lo mismo sucedía con los demás Estados. Tal distribución no parecía, pues, debida a razonada elección, y tal vez hasta los lugares habían sido sacados a la suerte.

 

Fuera lo que fuese, en Wisconsin debía el misterioso X. K. Z. esperar el telegrama que le anunciase el resultado de la segunda jugada que a él se refería. Ahora bien; como Lissy Wag y Jovita Foley no habían podido ir a Milwaukee sino el mismo día 23 por la mañana, habíanse apresurado a

 

 

 

 

 

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partir de dicho punto inmediatamente a fin de no encontrarse con el jugador número 7 cuando se presentara en el despacho del telégrafo de la ciudad.

 

 

 

Llegó, al fin, el día 27 de mayo, y la atención pública fijóse en el personaje que se abstenía de revelar su nombre.

 

La multitud se agolpaba aquel día en el salón del Auditorium, y la afluencia de gente hubiera sido, sin duda, mayor si gran número de curiosos no hubiera tomado los trenes de la mañana para dirigirse a Milwaukee a fin de estar presentes en las oficinas del telégrafo cuando X. K. Z. fuera a reclamar su telegrama. Al fin podrían verle.

 

A las ocho, con su acostumbrada solemnidad y rodeado de los socios del «Excentric Club», el notario Tombrock agitó el cubilete, hizo rodar los dados sobre la mesa, y, en medio del general silencio, proclamó con voz sonora:

 

—Jugada 14, séptimo jugador; diez, por cuatro y seis.

 

He aquí las consecuencias de esta jugada:

 

Estando X. K. Z. en la casilla 26, Wisconsin, los diez puntos le hubiesen enviado a la 36 de no ser dobles, pues la casilla 36 estaba ocupada por Illinois. Debía, pues, trasladarse a la casilla 46, abandonando Wisconsin. En el mapa de William J. Hypperbone esta casilla correspondía al distrito de Columbia.

 

La fortuna favorecía singularmente al misterioso personaje. Por el primer golpe de dados iba a un Estado limítrofe de Illinois; por el segundo sólo tenía que atravesar tres Estados; Indiana, Ohio y Virginia Occidental, para llegar al distrito de Columbia, y a Washington, su capital, que es también la capital de los Estados Unidos de América. ¡Qué distinta su suerte de la de la mayor parte de los jugadores, enviados hasta los límites del territorio federal!

 

Realmente, en el supuesto de que existiera, lo mejor era apostar a favor de hombre tan afortunado.

 

Pero aquella mañana, en Milwaukee, no pudo ponerse en duda su existencia.

 

 

 

 

 

 

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Poco antes de mediodía, en los alrededores y en el interior de la oficina de telégrafos, los curiosos abrieron camino a un hombre de regular estatura y aspecto vigoroso, de barba canosa y lentes. Iba en traje de viaje y llevaba un maletín en la mano.

 

—¿Ha recibido usted un telegrama a las iniciales X. K. Z.? —preguntó al empleado.

 

—Aquí está —le contestaron.

 

Entonces el jugador número 7 —pues era él— tomó el telegrama, lo abrió, leyó su contenido, lo volvió a cerrar, guardólo en su cartera sin demostrar satisfacción ni contrariedad, y se retiró, cruzando entre la multitud emocionada y silenciosa.

 

Al fin ha aparecido el enigmático X. K. Z. ¡Existe! ¡No es un personaje imaginario! ¡Pertenece a la humanidad! Pero ¿quién es? ¿Cuál es su nombre? ¿Cuáles sus cualidades y posición social? Se ignora. Llegó sin ruido, y sin ruido partió. No importa. Ya que el día fijado se encontró en Milwaukee, pararía en Washington a su debido tiempo. ¿Era preciso conocer su estado civil? No. Lo que no ofrece duda es que cumple de modo perfecto con las condiciones impuestas por el testador que le ha designado.

 

 

 

¿Para qué intentar saber más? Háganse, sin dudar, apuestas a su favor. Puede llegar a ser el favorito, pues, a juzgar por sus primeras jugadas, parece que el dios Éxito le ha de acompañar en el curso de sus viajes.

 

En resumen, he aquí el estado de la partida el día 27 de mayo:

 

Max Real ha abandonado Fort Riley, en Kansas, el día 15 de mayo, para dirigirse a la casilla número 28, Estado de Wyoming.

 

Tom Crabbe, el día 17 del mismo mes, ha abandonado Austin, en Tejas, para trasladarse a la casilla 35, Estado de Ohio.

 

Hermann Titbury, cumplida su condena, parte de Calais, Maine, el día 19, con dirección a la casilla número 4, Estado de Utah.

 

Harris T. Kymbale dejó el día 21 Santa Fe de Nuevo México para ir a la casilla 22, Estado de Carolina del Sur.

 

 

 

 

 

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Lissy Wag abandonó Milwaukee el día 23 del indicado mes con dirección a la casilla 38, Estado de Kentucky.

 

El comodoro Urrican, si no ha muerto, y es de desear que no, recibió hace cuarenta y ocho horas, el día 25 de mayo, el telegrama que le expide a la casilla 58, Estado de California, desde donde deberá volver a Chicago para recomenzar la partida.

 

Y, finalmente, X. K. Z. acaba de ser enviado a la casilla número 46, distrito de Columbia.

 

El mundo no tiene más que aguardar los incidentes ulteriores y los resultados de las siguientes jugadas, que se efectuarán cada dos días.

 

Una idea lanzada por el Tribune tuvo enorme éxito, y fue adoptada, no sólo en América, sino en el mundo entero.

 

Hela aquí:

 

¿Por qué, puesto que el número de jugadores es siete, no se atribuye un color a cada uno, como se hace con los jockeys en las carreras? ¿No está indicado elegir los siete colores del arco iris?

 

Así, pues, Max Real tendrá el color morado; Tom Crabbe, el añil; Hermann Titbury, el azul; Harris T. Kymbale, el verde; Lissy Wag, el amarillo; Hodge Urrican, el anaranjado; y X. K. Z., el rojo.

 

De este modo, cada uno de estos colores podía ser señalado cotidianamente en el sitio ocupado por los jugadores del match Hypperbone sobre el mapa del noble juego de los Estados Unidos de América.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Volumen II

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. El Parque Nacional de Yellowstone

 

El día 15 de mayo, a mediodía, en la oficina de telégrafos de Fort Riley, Max Real había recibido el telegrama enviado el mismo día desde Chicago. Diez, por cinco y cinco, era el número de la segunda jugada del primer jugador.

 

 

 

Contando desde la casilla 8, Estado de Kansas, el jugador para en una de las casillas de Illinois. Pero la regla le obliga a doblar este número, de manera que veinte puntos le conducen a la casilla 28, Estado de Wyoming.

 

—¡Feliz suerte! —dijo Max Real, cuando Tommy y él regresaron al hotel.

 

—Si mi amo está contento —respondió el joven—, también yo debo estarlo.

 

—Tu amo lo está —dijo Max Real— por dos razones. La primera, porque

 

el viaje no será largo, pues Kansas y Wyoming casi se tocan en uno de sus ángulos; la segunda, porque tendremos tiempo para visitar la región más hermosa de los Estados Unidos, ese maravilloso Parque Nacional de Yellowstone, que todavía no conozco. ¡Esto se llama buena estrella! Sacar precisamente ese número 10, que me hace dar un doble paso, y pone a Wyoming en mi camino. ¿Comprendes, Tommy?

 

—¡No, mi amo! —respondió Tommy.

 

Y lo cierto era que Tommy no estaba aún en situación de comprender las ingeniosas combinaciones del noble juego de los Estados Unidos de América, que encantaban al joven pintor.

 

Esto importaba poco, y Max Real no podía menos de felicitarse por el resultado de la segunda jugada, aunque le ponía tras de Lissy y del comodoro Urrican, pues, como se sabe, este último estaba condenado a recomenzar la partida. Y realmente, no sólo este viaje no era fatigoso, sino que permitiría al jugador número 1 visitar aquel admirable rincón de Wyoming.

 

 

 

 

 

 

 

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Así, pues, deseando consagrar a tal visita el mayor tiempo posible, y no disponiendo más que de quince días, del 15 al 29 de mayo, Max Real resolvió partir inmediatamente de la pequeña ciudad de Fort Riley.

 

El pintor debía encontrar en Cheyenne, capital de Wyoming, el próximo telegrama expedido a su nombre, a menos que otro ganase antes la partida. En efecto, bastaba con que Hodge Urrican obtuviese el número diez para llegar a la casilla 63 y última, puesto que en la primera jugada, con gran ventaja sobre sus compañeros, había sido enviado a la casilla número 53.

 

—¡Ese terrible sujeto es capaz de ello! —había dicho Max Real al leer en los periódicos el resultado de aquella jugada—. Y en tal caso…, ¡adiós, herencia! ¡Y tendría que renunciar a comprarte, mi pobre Tommy! ¡En fin, siempre me quedará el placer de haber visitado la región del Yellowstone! ¡Vil esclavo, cierra nuestras maletas! ¡En marcha hacia el Parque Nacional!

 

Y el vil esclavo, muy satisfecho, hizo prontamente los preparativos de marcha.

 

Si Max Real se hubiese limitado a ir desde Fort Riley a Cheyenne utilizando los trenes que ponen en comunicación a las dos ciudades, hubiera efectuado en un solo día este viaje de cuatrocientas cincuenta millas. Sin embargo, la distancia que había de recorrer sería doble por lo menos, puesto que la intención del pintor era subir hasta el ángulo Noroeste de Wyoming, ocupado por el Parque Nacional.

 

Así que recibió el telegrama, Max Real estudió los diversos itinerarios ferroviarios, a fin de elegir el más breve.

 

De este estudio resultaba que las dos líneas de la Union Pacific ofrecían, poco más o menos, las mismas garantías de rapidez.

 

La primera sube de Kansas a Nebraska, y, por Marysville, Keamey City, North Platte, Ogallalla y Antelope, llega al ángulo Sudeste de Wyoming, y conduce a Cheyenne. La segunda, por Salina, Ellis, Oakley, Monument y Wallace, alcanza la frontera de Colorado en Monotony, se dirige hacia Denver, capital del Estado, y por Jersey, Brighton, La Salle y Dover cruzar el límite de Wyoming y se detiene en Cheyenne.

 

El pabellón morado —no se habrá olvidado que éste era el color que al

 

 

 

 

 

 

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primer jugador correspondía— dio la preferencia al segundo itinerario. Cuando llegara a Cheyenne combinaría otro para llegar en el plazo más breve al cuadrilátero del Parque Nacional.

 

Max Real partió, pues, en la tarde del día 16, con sus utensilios de pintor, quedando Tommy encargado de la maleta, y ambos montaron en el tren. Aquellas inmensas planicies del Kansas occidental son regadas por el Arkansas, que desciende de las montañas Rocosas, en Colorado. ¡Cuán fácil fue la construcción de aquel camino de hierro! A medida que los rieles eran colocados sobre las traviesas, la locomotora los utilizaba, y la vía quedaba así establecida, a razón de varias millas por jomada. Nada de particular presentaban a los ojos de un artista aquellas interminables llanuras; pero el panorama cambiaría, resultando soberbio e imponente en la parte montañosa de Colorado.

 

Durante la noche el tren franqueó la frontera geométrica de los Estados, y al amanecer se detuvo en Denver.

 

Max Real no dispuso ni de una hora para ver esta ciudad. El tren para Cheyenne iba a partir, y no tomarlo significaría perder veinticuatro horas. El trayecto de cien millas que el tren recorre, dejando al Oeste el magnífico panorama de los Snowy Ranges, dominados por la cima del Long’s Peak, fue hecho rápidamente.

 

¿Qué es Cheyenne? Es el nombre de un río, de una ciudad, y también el de los indios que otrora habitaron la comarca.

 

La ciudad tuvo su origen en un campamento de los primeros buscadores de oro. Las tiendas fueron sustituidas por las cabañas, y éstas por los edificios de piedra, formándose luego calles y plazas. En torno se extendió la vía férrea, y en la actualidad Cheyenne cuenta más de 12 000 habitantes. A una altura de mil toesas está construida la estación, que tiene gran importancia en el camino de hierro de la Union Pacific.

 

Wyoming no tiene límites naturales. Está comprendido dentro de los que la geodesia le ha fijado, es decir, a las líneas rectas de un gran cuadrado. Es país de imponentes montañas y profundos valles, donde nacen el Colorado, el Columbia y el Missouri. Cuando se ha dado nacimiento a estos tres ríos, tan importantes en la hidrografía americana, se tiene derecho a añadir una estrella a las que brillan en la bandera de los Estados Unidos.

 

 

 

 

 

 

 

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Siguiendo su costumbre, Max Real guardó el mayor incógnito. Cheyenne ignoró que aquel día contaba con uno de los jugadores del match Hypperbone, al que no esperaba tan pronto, y que además sabría encontrarse en su puesto el día 29. Max Real evitó, pues, las recepciones, los indigestos banquetes, las fastidiosas ceremonias con los que sin duda le hubiera obsequiado una población dispuesta al entusiasmo, fiestas en las que ciertamente hubieran figurado las mujeres, que tienen el derecho de sufragio en el feliz Estado de Wyoming.

 

Llegada la mañana del día 16 de mayo, Max Real tomó sus disposiciones para dirigirse sin retraso al Parque Nacional de Yellowstone. De haber contado con más tiempo, hubiera podido hacer el viaje en coche, deteniéndose a su gusto y vagando por la región de los Laramie Ranges, altas planicies cuyo arcilloso fondo fue en otra época el de un inmenso lago; vadeando los innumerables arroyos, caprichosos afluentes del North Fort y del Piatte; visitando los circos de aquel magnífico sistema orogràfico, los sinuosos valles, los espesos bosques y la múltiple red de tributarios del Columbia; en una palabra, recorriendo aquella comarca, dominada en más de dos mil toesas por el Union Peak, el Hayden Peak, el Fremont Peak y el abrupto monte Uragans, de la cordillera Wide Water, de donde quizá proviene el nombre de Oregón, y que, gran fragua de borrascas y tempestades, podía rivalizar con el no menos feroz comodoro Urrican.

 

 

 

Sí; caminar de este modo, en coche, a caballo, a pie, con toda libertad; detenerse a gusto ante los panoramas más hermosos de aquel dominio; colocar la tienda aquí o allá, sin prisas…, ¡qué seducción para un pintor!

 

¡Con qué encanto hubiera Max Real realizado el viaje en tales condiciones! Pero ¿podía olvidar que en él, además de un artista, había un jugador que no se pertenecía, que, juguete del azar, estaba a merced de éste, que dependía de un golpe de dados, que estaba reducido al papel de un peón de tablero de damas…? En el fondo, esto no dejaba de humillarle.

 

«No soy otra cosa que un peón que la casualidad mueve a su antojo —se decía—. Esto significa el abandono de toda dignidad humana a cambio de una probabilidad contra seis de embolsarme la herencia de ese excéntrico difunto. ¡Cuando Tommy me mira, el rubor sube a mi frente! Debí enviar al diablo al notario Tombrock y no tomar parte en esta ridícula partida, retirándome de ella con gran satisfacción, sin duda, de Titbury, Crabbe, Kymbale y Urrican. No hablo de la dulce y modesta Lissy Wag, porque

 

 

 

 

 

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esta joven me ha parecido poco satisfecha de figurar en el grupo de los “Siete…”. Sí… Los mandaría al diablo al instante, quedándome a mi gusto en Wyoming, si no fuera porque mi buena madre no me perdonaría la deserción… En fin, puesto que estoy en este inverosímil país de Yellowstone, veamos de él cuanto se pueda ver en diez días».

 

Así razonaba acertadamente Max Real, después de haber estudiado el itinerario más apropiado a las circunstancias. Esto aparte, viajar como él deseaba hubiera sido exponerse no sólo a retrasos, sino a peligros. Los valles y llanuras del Wyoming central no son muy seguros cuando se los recorre sin escolta. Es posible un mal encuentro con las fieras, en especial osos y otros carniceros que frecuentan tales parajes, y hay que temer algún ataque de los indios, de esos sioux nómadas, ya que no todos están acantonados en sus territorios.

 

Durante las exploraciones que en 1870 organizó el Gobierno federal a fin de reconocer la comarca del Yellowstone, el doctor Hayden y sus ayudantes Langford y Doane fueron acompañados por un destacamento militar para proteger su misión. Dos años después, el 1.º de marzo de 1872, el Congreso declaró parque nacional aquella región, por más de un motivo digna de ser llamada la octava maravilla del mundo.

 

Dos líneas transcontinentales unen Nueva York y San Francisco: la primera, la Union Pacific, que toma el nombre de «Oregon Short Line» a partir de Granger, tiene una longitud de 3380 millas y pasa por Ogden; la segunda, de 5300, pasa por Topeka y Denver y llega a Cheyenne, situada en la primera línea. Desde esta ciudad el ferrocarril cruza Wyoming, Utah, Nevada y California, y termina en el océano Pacífico.

 

Desde Utah a Ogden se extiende un ramal que une la «Union Pacific» con Pocatello, de donde el «Oregon Short Line» sube hasta Helena, en Montana. Esta línea pasa a corta distancia del Parque Nacional, cuyo territorio pertenece en una pequeña parte a Idaho y Montana, y a Wyoming en su mayor parte.

 

De Cheyenne a Ogden no hay más que quinientas quince millas, y de Ogden a Monida, la estación más próxima al Parque Nacional, cuatrocientas cincuenta; en total, menos de mil millas. Estaba, pues, indicado que Max Real, deseoso de llegar al ángulo Noroeste de Wyoming por el camino más corto, eligiese este itinerario, que, si le hacía dar un pequeño rodeo, le permitía visitar Ogden.

 

 

 

 

 

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Aquella misma noche, guardando a su partida el mismo riguroso incógnito que a su llegada, Max Real y Tommy se instalaron en el tren. Atravesaron las extensas llanuras lacustres de Laramie, y dormían profundamente cuando llegaron a la estación de Benton City, una de esas ciudades que crecen como las setas en la superficie del Far West. Algo venenosas quizás al nacer, pero bien pronto transformadas por buenos procedimientos de cultivo. Después, sin que nuestros hombres despertaran, el tren dejó atrás Laramie, Rawlins, Halville, Granger, Separation, las Buttes-Noires y el río Green, que afluye al Colorado. Siguieron el curso del Muddy Fork hasta la estación de Aspen, cerca de la frontera de Utah, y penetraron al fin en el territorio de este nombre, deteniéndose en Ogden en la mañana del día 27.

 

 

 

Allí es donde, como se ha dicho, la «Union Pacific», antes de bordear el gran lago Salado por su parte superior para dirigirse hacia el Este, extiende un ramal de cuatrocientas cincuenta millas hasta Helena. A partir de este lugar proyecta una desviación hacia el Sur, uniendo Ogden con Great Salt Lake City, capital del Estado, la gran ciudad mormona de la que tanto y tan ventajosamente se ha hablado.

 

Max Real terna una excelente ocasión de visitar la famosa ciudad sin apartarse más que treinta y seis millas. Abstúvose de ello, no obstante. ¡Quién sabe si los azares de la partida le llevarían a la ciudad de los santos, célebre por las hazañas matrimoniales de Brigham Young y sus polígamos compatriotas!

 

La jornada del día 17 fue empleada en remontar la frontera que separa Idaho de Wyoming, a lo largo de las montañas Bear River, cruzando Utah Hot Springs y franqueando por Oxford el límite de Idaho.

 

Idaho, que pertenece a la región de Columbia, es rico en yacimientos mineros que atraen a una tumultuosa multitud de lavadores de oro, y del que, en un porvenir no muy lejano, los agricultores utilizarán provechosamente los terrenos meridionales. Boise, con sus 2500 habitantes, es la capital de este territorio, entre cuya población blanca mézclanse gran número de chinos y buena cantidad de indios pies negros, narices agujereadas y corazones cobardes.

 

Montana, como su nombre indica, es un país montañoso. Es uno de los más vastos Estados de la Unión, poco cultivado, pero con excelentes

 

 

 

 

 

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pastos para la cría de ganado y con ricos yacimientos de oro, plata y cobre. De todos los Estados del Far West, Montana es el que tiene mayor extensión ocupada por indios: los modoks, los ventrudos, los asiniboinas, los cuervos y los cheyennes, cuya vecindad soporta difícilmente el americano.

 

Virginia, capital del Estado, adquirió al principio una prosperidad y un desarrollo semejantes a los de tantas ciudades del Oeste. Actualmente está abandonada, en provecho de Butte y de Helena, aunque la primera haya visto disminuir su población.

 

Huelga decir que entre la estación de Monida, donde se detuvo el jugador número 1, y el Parque Nacional, existen cómodos y rápidos medios de comunicaciones, y que éstos se multiplican en beneficio de los turistas del Antiguo y el Nuevo Mundo a quienes el Gobierno federal invita a visitar el territorio de Yellowstone.

 

Merced a un servicio hábilmente dispuesto, Max Real pudo abandonar inmediatamente Monida, y algunas horas después, en compañía de Tommy, llegó a su destino.

 

Puede decirse que los parques nacionales son al territorio de la República lo que las plazas a las grandes ciudades. Algunos, como el de Yellowstone, han sido formados en poco tiempo: tal el del Lago del Cráter, al Oeste de Oregón, y el Jardín de los Dioses, verdadera Suiza americana, establecida en la zona montañosa de Colorado.

 

A fines de febrero de 1872, ante el Senado y la Cámara de diputados, diose lectura a una propuesta en la que se trataba de sustraer del dominio particular y poner bajo la protección directa del Estado una parte del suelo de la Unión de cincuenta y cinco por sesenta y cinco millas, situada hacia el nacimiento del Yellowstone y del Missouri. Este terreno se convertiría en Parque Nacional y su disfrute quedaría reservado por entero al pueblo americano.

 

Después de declarar que el espacio comprendido en los límites indicados no era propio para cultivos productivos, el firmante de la proposición añadía:

 

«El proyecto de ley que tengo el honor de presentar a las Cámaras en nada disminuye las rentas del Estado, y será acogido por todo el mundo

 

 

 

 

 

 

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como medida conforme con el espíritu de progreso y como título honroso para el Congreso y el país».

 

El proyecto de ley fue aprobado. El Parque Nacional de Yellowstone pasó a depender de la administración del Secretario del Interior, y si el mundo entero no lo ha visitado aún, puede esperarse que el porvenir se encargará de realizar estos deseos del Congreso.

 

Nada hay que esperar del cultivo en aquel rincón del vasto territorio de los Estados Unidos. El clima es tan duro, que no transcurre un mes sin que se produzcan heladas. Tampoco es terreno propicio a la crianza de ganado, que no podría resistir los rigores de la temperatura; ni produce rendimiento mineral un suelo en su mayor parte volcánico, sembrado de materias eruptivas, devorado por los ardores plutónicos y encerrado entre montañas cuyas cimas se alzan a mil toesas sobre el nivel del mar.

 

Resulta, pues, el país más yermo del mundo, y es, sin embargo, uno de los más célebres. Su importancia se debe únicamente a sus bellezas naturales, a las que nada ha podido añadir la mano del hombre.

 

La mano del hombre ha intervenido, no obstante, para atraer a los excursionistas de las cinco partes del mundo. La circulación se ha facilitado por caminos practicables para los carruajes a través de aquel verdadero caos. Se han construido establecimientos cómodos y elegantes. Puede recorrerse el Parque con completa seguridad. Puede temerse, quizá, que este lugar se convierta en estación termal, donde acudan los enfermos atraídos por la virtud curativa de las cálidas fuentes del Fire Hole y del Yellowstone. Además, como hace observar Elíseo Reclus, estos parques nacionales se han convertido en inmensos cotos de caza explotados por las compañías financieras propietarias de los ferrocarriles y los hoteles en la zona. El establecimiento del Terrasse Mammoth, por ejemplo, es el centro de un verdadero principado… ¡Quién lo hubiera creído! ¡Un principado en la gran República norteamericana!

 

En este sitio —y desgraciadamente en aquella época del año gran número de turistas llenaba el hotel— Max Real permaneció durante todo el tiempo de que podía disponer. Por fortuna, nadie sospechaba que aquel joven fuera uno de los jugadores del «match». Hypperbone, lo que le hubiera valido ser escoltado, o, mejor dicho, importunado por centenares de curiosos. Pudo, pues, pasear tranquilamente, admirando aquellas curiosidades naturales, que, preciso es confesarlo, no provocaban ningún

 

 

 

 

 

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interés en Tommy, esbozando cuadros que el joven negro encontraba infinitamente superiores a los paisajes que representaban. No… Max Real no olvidaría nunca las maravillas del Parque Nacional de Yellowstone.

 

«¡Con tal de que acuda puntualmente a la cita del día 29 en Cheyenne! —pensaba a menudo—. ¡Dios mío! ¿Qué diría mi querida madre si llegase con retraso?».

 

El valle del Yellowstone es realmente soberbio. Se halla jalonado de macizos basálticos, en los que se podría construir un palacio, con sus picos recortados, sus blancas cimas, por las que afluye la nieve formando ríos y arroyos a través de los bosques de pinos, con sus paredes verticales muy juntas, formando interminables corredores. Allí se multiplican los productos de una naturaleza salvaje y agitada. Allí se extienden los campos de lava, donde se acumulan las deyecciones volcánicas. Allí se levantan moles formando columnas talladas en negruzcos derrumbaderos, cruzados por franjas amarillas y rojas, modelos dignos de ser imitados por la arquitectura policroma. Allí se ven restos de bosques petrificados por la acción de los cráteres, hoy fríos y apagados. Allí se advierte el formidable trabajo subterráneo, cuya acción se manifiesta a través del suelo en dos mil manantiales de aguas termales.

 

¿Y qué decir del lago Yellowstone, con sus riberas sembradas de piedras volcánicas, cavado en un terraplén de más de siete mil pies de altura? Esta enorme cubeta de aguas tan límpidas como el cristal posee islas montañosas, y en algunos puntos los penachos de vapor brotan de la arena e incluso del fondo del lago. Es una extensión de agua profunda y tranquila, donde pululan las truchas, y que domina un sistema orogràfico de incomparable esplendor.

 

Max Real, sin ocuparse del tiempo que transcurría, hizo provisión de imperecederos recuerdos ante el espectáculo de tales magnificencias. Visitó, como infatigable turista, los alrededores del lago Yellowstone, los purpúreos estanques que lo rodean, llenos de algas de resplandecientes tonalidades. Subió al Norte hasta los Mammoth Springs; bañóse en sus piscinas basálticas, dispuestas en semicírculo, llenas de agua tibia y coronadas de vapores. Aturdióse con el estrépito de las dos cataratas del Yellowstone, que durante media hora se desarrollan en tumultuosos rápidos para terminar convirtiéndose en vapor a causa de un salto de ciento veinte pies. Vagó por los cráteres que bordean el torrente de Fire Hole; en aquel valle, cortado por el impetuoso tributario del Madison, hay

 

 

 

 

 

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centenares de fuentes de agua caliente con las que no pueden rivalizar los más célebres manantiales de Islandia.

 

¡Qué panorama forma a lo largo de sus riberas el sinuoso y caprichoso Fire Hole, que brota de un lago y se desenvuelve hacia el Norte! En todos los pisos que forman los macizos que descienden hasta el lecho del río se suceden los cráteres. Aquí está el «Oíd Faithful», el «Viejo Fiel», géiser de notables intermitencias; allí el «Castillo Fuerte», al borde de un estanque pantanoso, cráter en forma de antigua fortaleza, cuyos muros se inundan con la lluvia de los vapores condensados; allá la «Colmena», pozo monstruoso, cuyo brocal se eleva como ima torre; el «Gran Géiser», que tiene erupciones cada treinta y dos horas; «El Gigante», cuyos líquidos penachos alcanzan los ciento veinte pies, menos poderoso que «La Gigante», que eleva los suyos más del doble.

 

En la hondonada superior está «El Abanico», con sus chorros que presentan todos los colores del arco iris al ser heridos por los rayos del sol. No lejos, hállase «El Excelsior», cuya columna central, en un círculo de treinta toesas, se eleva a sesenta, lanzando en el impulso de su formidable manga restos de piedras y lavas arrancadas de las entrañas de la tierra; el géiser de «La Gruta», o, más bien, de «La Fuente», coronado de enormes bloques agujereados de sombrías cavidades donde trabajan sin cesar las fuerzas plutónicas; finalmente, el «Géiser de Sangre», que emerge de un cráter de paredes de arcilla rojiza y parece arrojar sangre.

 

Tal es el dominio, sin rival en el mundo, del que Max Real recorrió las llanuras y los fondos lacustres, caminando de maravilla en maravilla y de admiración en admiración. En aquel rincón de Wyoming, regado por el Fire Hole y el Yellowstone, cuyo suelo palpita bajo el pie humano como la cubierta de una caldera, se mezclan, se amalgaman, se combinan las sustancias telúricas por la acción del fuego interior, cuyos mugidos se escapan por mil bocas. Allí se producen los fenómenos más extraños, parecidos a los efectos escénicos de una obra de magia en medio de los prodigios del Parque Nacional de Yellowstone, cuyo semejante no se podría encontrar en ninguna parte del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II. Tomado por otro

 

No creo que haya llegado.

 

—¿Y por qué no?

 

—Porque mi periódico nada ha dicho.

 

—Su periódico debe de estar mal informado, pues el mío ha publicado la noticia hace tiempo.

 

—Pues me daré de baja.

 

—Obrará usted bien.

 

—Así lo creo; pues no es correcto que un periódico deje de dar a sus lectores noticias de tal importancia.

 

—En efecto, es imperdonable.

 

Este diálogo era sostenido por dos ciudadanos de Cincinnati que paseaban por el puente colgante, de ciento sesenta toesas de largo, que cruzaba el Ohio, casi en la embocadura del Licking, entre la metrópoli y los arrabales de Newport y Covington, construidos sobre el territorio de Kentucky.

 

 

 

El Ohio, «el Río Bello», separa al Sur y al Sudeste el Estado de este nombre de los de Kentucky y Virginia Occidental. Algunas longitudes geodésicas le son comunes al Este con Pennsylvania, al Norte con Michigan y al Oeste con Indiana; tiene, además, costa en el lago Erie.

 

Atravesando el mencionado puente, tan elegante como atrevido, la mirada ve desarrollarse la industriosa ciudad que se extiende a lo largo de nueve millas sobre la orilla derecha del río y alcanza hasta las cimas de las colinas que lo limitan por este lado. Hacia el Este, la vista abarca el Edén Park y un conjunto de poblados y edificios aislados que se levantan entre

 

 

 

 

 

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el verdor de los bosques.

 

El Ohio ha sido justamente comparado a los ríos de Europa, a causa de la botánica europea que le circunda y de las ciudades de estilo europeo que baña. Alimentado en su curso superior por el Allegheny y el Monowghila, en su curso medio por el Muskingum, el Sicoto, los dos Miami y el Licking, en su curso inferior por el Kentucky, el Green, el Wabash, el Cumberland, el Tennessee y otros tributarios, confluye finalmente en el Misisipi.

 

Mientras hablaban los dos ciudadanos, cuyos nombres y posición social no hacen al caso, contemplaban desde el puente los ferry boats anclados en el río, las chalanas que surcaban sus aguas y pasaban bajo el viaducto superior y los dos de la parte inferior, que ponen en comunicación los dos Estados limítrofes.

 

Aquel día, 28 de mayo, otros ciudadanos no menos desconocidos que los anteriores entregábanse a animadas conversaciones en los barrios comerciales e industriales, en los mataderos, en las fábricas y manufacturas, de las que se cuentan cerca de siete mil en Cincinnati, cervecerías, refinerías, mercados y estaciones, donde se formaban animados grupos. A decir verdad, aquellos honrados ciudadanos no parecían pertenecer a las clases superiores, a la alta sociedad culta y artista que frecuenta las aulas universitarias, las ricas bibliotecas, y que visita las preciosas colecciones y museos de la metrópoli. No; aquel interés era más perceptible en la parte baja de la ciudad, y apenas se extendía a los barrios elegantes, ni a las calles flanqueadas por edificios suntuosos, ni a los parques sombreados por magníficos árboles, entre otros, esos castaños que han valido al Estado de Ohio el nombre de «País de los Castaños».

 

 

 

Circulando por entre los grupos de gente y prestando oído a las conversaciones, hubiérase podido escuchar frases por el siguiente tenor:

 

—¿No le ha visto usted?

 

—No… Ha desembarcado durante la noche, ya muy tarde; ha sido metido en un carruaje cerrado, y su compañero le ha conducido…

 

—¿Adónde?

 

—Nadie lo sabe…, ¡y sería tan interesante saberlo!

 

 

 

 

 

 

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—Pero, en fin…, él no habrá venido a Cincinnati a esconderse… ¡Supongo que se exhibirá!

 

—Sí… Pasado mañana, según dicen… En el gran concurso de Spring Grove.

 

—Habrá mucha gente…

 

—¡Imagínese usted!

 

No todos juzgaban de igual manera al héroe del día. En los mataderos, donde se aprecian más las cualidades físicas que las morales o intelectuales, la talla, el vigor y la fuerza muscular de los individuos, gran número de aquellos robustos matarifes se encogían de hombros.

 

—Tiene fama de invencible —decía uno.

 

—Aquí tenemos quien vale tanto como él —decía otro.

 

—Mide más de seis pies, a creer la propaganda…

 

—Pies que quizá no alcanzan las doce pulgadas…

 

—Será preciso verle.

 

—Hasta la fecha, nadie ha podido con él…

 

—¡Bah…! Eso lo dirán para atraer a los incautos…

 

—Aquí no nos dejaremos engañar.

 

—¿No viene de Tejas? —preguntó un fornido mozo de anchos hombros y vigorosos brazos manchados por la sangre del matadero.

 

—De Tejas…, directamente —respondió uno de sus compañeros, no menos robusto.

 

—Entonces…, esperemos.

 

—Sí; esperemos. En otras ocasiones han llegado forasteros…, que mejor hubiera sido que hubiesen permanecido en su casa…

 

 

 

 

 

 

 

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—Después de todo…, si él gana… No me asombraría.

 

Evidentemente, había divergencia de opiniones, lo que no era para satisfacer a John Milner, desembarcado la víspera en Cincinnati con el jugador número 2, Tom Crabbe, al que la segunda jugada hecha en favor suyo había obligado a trasladarse a la metrópoli de Ohio desde la capital de Tejas.

 

El día 17 de mayo, a mediodía, John Milner recibió en Austin el aviso telegráfico del resultado de la jugada relativa al pabellón añil, que correspondía al famoso boxeador de Chicago.

 

Decididamente a Tom Crabbe le favorecía la suerte, más quizá que a Max Real, aunque éste hubiera efectuado un gran avance merced a su punto doble. El notario había sacado para él doce tantos, lo máximo que se puede obtener con los dados. Pero como a este punto correspondía igualmente una de las casillas de Illinois, había que doblar, y el número 24 hacía pasar a Tom Crabbe de la casilla 11 a la 35.

 

Conviene advertir que tal jugada le llevaba a las provincias más populosas del centro de los Estados Unidos, donde las comunicaciones son rápidas y fáciles, en vez de enviarle a los confines del territorio federal.

 

Por este motivo, John Milner fue vivamente felicitado antes de dejar Austin. El papel Tom Crabbe subió, no solamente en Tejas, sino en otros Estados, principalmente en Illinois, donde las agencias pudieron colocarle a uno contra cinco, cotización superior a la de Harris T. Kymbale, favorito hasta entonces.

 

—¡Cuídele usted mucho! —decían a John Milner—. Fiando de su férrea constitución y de sus músculos de acero, no deje usted que se exponga… Es preciso que llegue sano y salvo hasta la meta.

 

—Tengan confianza en mí —declaró John Milner—. Quien está en la piel de Tom Crabbe no es Tom Crabbe; es John Milner.

 

—Puesto que el mareo le pone en tal estado de postración física y moral —añadían—, prescinda usted de las travesías por mar, por pequeñas que sean.

 

—¡No teman ustedes! —replicó John Milner—. No cruzaremos en barco

 

 

 

 

 

 

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desde Galveston a Nueva Orleans. Iremos a Ohio por ferrocarril a pequeñas jornadas, puesto que disponemos de quince días para llegar a Cincinnati.

 

Esta capital ocupaba, según la elección del testador, la casilla número 35. Tom Crabbe, pues, iba a adelantar a los demás jugadores, excepción hecha del comodoro Urrican.

 

Aquel mismo día, animado, cuidado, acariciado por sus partidarios, Tom Crabbe fue conducido a la estación, izado a un vagón y envuelto en buenas mantas, por precaución, teniendo en cuenta la diferencia de temperatura existente entre Ohio y Tejas. Después, el tren salió hacia la frontera de Luisiana.

 

Los dos viajeros descansaron durante veinticuatro horas en Nueva Orleans, donde fueron acogidos con mayor entusiasmo aún que la primera vez, lo que significaba que el boxeador ganaba partidarios. En todas las agencias había demanda de Tom Crabbe. Era delirante. Los periódicos cifraron en un millón y medio de dólares las sumas apostadas a su favor durante el viaje que realizó desde la capital de Tejas a la metrópoli de Ohio.

 

«¡Qué éxito! —se decía John Milner—. ¡Qué recibimiento nos espera en Cincinnati! Pues bien; es preciso que sea un verdadero triunfo… Tengo mi idea».

 

He aquí cuál era la idea de John Milner —que no hubiera desdeñado el ilustre Bamum— a fin de excitar la curiosidad y el entusiasmo del público respecto a Tom Crabbe.

 

No se trataba, como puede creerse, de anunciar pomposamente, utilizando toda clase de medios, la llegada del campeón del Nuevo Mundo, ni de desafiar a los más afamados boxeadores de Cincinnati a un combate en el que Tom Crabbe obtendría la victoria. Tal vez John Milner lo hiciera algún día, si la ocasión se le presentaba. Pero ahora, al contrario, deseaba desembarcar en el mayor incógnito, dejar a la multitud sin noticias de su favorito hasta el último día, hacer creer que había desaparecido y que no estaría en su puesto el día 31… Y en el último instante se presentaría de pronto, para que su aparición fuese aclamada como la de Elías, si el profeta regresase del cielo para buscar su manto en la tierra.

 

John Milner había leído en los periódicos que el día 30 se celebraría en

 

 

 

 

 

 

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Cincinnati una gran exposición de ganado, certamen en el que los cornúpetas y otras especies serían galardonados con grandes premios. ¡Qué ocasión para exhibir a Tom Crabbe en Spring Grove, cuando ya se hubiera perdido toda esperanza de volverle a ver, y esto la víspera del día en que debía encontrarse en las oficinas de telégrafos de la metrópoli!

 

Inútil es decir que John Milner no comunicó su idea a su compañero. En la noche del día 19 al 20 ambos partieron sin haber prevenido a nadie… ¿Qué había sido de ellos? Esto es lo que la ciudad se preguntó al siguiente día.

 

John Milner no tomó el camino que había seguido al abandonar Illinois para dirigirse a Luisiana. La red ferroviaria es tan extensa en estas regiones del Centro y del Este de los Estados Unidos, que parecen cubrir los mapas con una tela de araña. Así, pues, sin apresuramientos, sin que en ninguna parte se advirtiese la presencia de Tom Crabbe, viajando de noche y descansando de día, cuidando de no atraer la atención, el pabellón añil y John Milner atravesaron los Estados de Misisipi, Tennessee y Kentucky, y al alba del día 27 se detuvieron en un modesto hotel del arrabal de Covington. Desde allí no tenían más que franquear el Ohio para pisar el suelo de Cincinnati.

 

El plan de John Milner se había, pues, realizado felizmente. Llegados a las puertas de la metrópoli, Tom Crabbe pasó de incógnito. Los periódicos mejor informados no sabían qué había sido de ellos. Sus huellas se habían perdido más allá de Nueva Orleans. Así, puede preguntarse: ¿qué significan las conversaciones relativas a esta desaparición, y que habría pensado John Milner de haberlas oído?

 

Razón tenía al contar con el efecto que la aparición del coloso produciría en Cincinnati, desesperada ya de verle en su puesto el día 31, y entre los que habían apostado por él sumas considerables, cuando —la víspera de la jomada en que debía presentarse en las oficinas de telégrafos, y después de haber pedido vanamente noticias de su persona por toda la Unión—, apareciese en medio del gentío en el concurso de Spring Grove.

 

Y, sin embargo, ¿quién sabe si John Milner no hubiera aprovechado mejor las dos semanas de que podía disponer desde su partida de Tejas, paseando su fenómeno por los territorios de Ohio? ¿Por ventura este Estado no ocupa el cuarto lugar en la República norteamericana, con su población de tres millones setecientas mil almas? Tanto desde el punto de

 

 

 

 

 

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vista de su situación en el «match». Hypperbone, como en el mundo de los aficionados al boxeo, ¿no había interés en llevarle de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, exhibiéndole en los principales lugares de Ohio?

 

Tales poblaciones son numerosas y prósperas, y Tom Crabbe hubiera sido muy bien recibido.

 

De no pensar John Milner en el golpe teatral de que se ha hablado, seguramente hubiera tenido interés en mostrar al soberbio boxeador en Cleveland, magnífica ciudad situada sobre el lago Erie, paseándole por la avenida de Euclides, la avenida más hermosa de la Unión, y haciéndole recorrer sus calles, anchas y regulares, sombreadas por magníficos árboles. Esta ciudad está enriquecida por la explotación de fuentes de aceite mineral, cuyos depósitos están en comunicación con su puerto, uno de los más activos del Erie. Su movimiento comercial pasa de doscientos millones de dólares. Desde Cleveland, Tom Crabbe hubiera podido desplazarse a Toledo y a Sandusky, igualmente puertos lacustres, donde se concentran las flotillas de pesca, y después a todos los centros industriales que deben su vida al curso del Ohio, como los órganos del cuerpo humano a la sangre de las arterias: Starbenville, Marietta, Gallípoli y tantos otros. La capital de este Estado es Columbus, que no cuenta menos de noventa mil habitantes, ciudad de espléndidos edificios públicos, uno de los más ricos depósitos de productos agrícolas, al mismo tiempo que centro de industria metalúrgica y de explotación carbonífera.

 

Los trenes circulan allí en todas direcciones, a través de opulentos campos de cereales, donde impera el maíz, de viñedos y plantaciones de tabaco; cruzan verdes llanuras donde crecen macizos de árboles de gran belleza, acacias, plátanos de treinta a cuarenta pies de circunferencia, comparables a las gigantescas sequoias de los territorios del Oeste. Hay que advertir que el viñedo, de poca importancia al principio, prosperó sobremanera al ser remplazadas por las americanas las cepas de Europa. Se comprenderá perfectamente que el Estado de Ohio, tan favorecido por la naturaleza y uno de los más prósperos de la Unión, esté representado en el Congreso por dos senadores y veinticinco diputados.

 

En la comarca se efectúan importantes transacciones de ganado, que provee con abundancia a los centros de Chicago, Omaha y Kansas City, lo que explica la fama de sus mercados, entre los cuales cabe destacar el certamen de ganado lanar, vacuno y de cerda que debía celebrarse el día 30.

 

 

 

 

 

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Tom Crabbe, en resumen, no fue exhibido en parte alguna. Llegó sin novedad a la frontera de Kentucky, viajando como se ha dicho. Durante su estancia en Tejas recobró su habitual vigor y su poder físico. Nada perdió de él durante el viaje… ¡Qué triunfo, pues, cuando apareciera ante la concurrencia de Spring Grove!

 

Al día siguiente, John Milner quiso dar una vuelta por la ciudad; claro es que sin ir acompañado de su famoso amigo. Al salir del hotel dijo a Tom:

 

—Aguárdame aquí. No te muevas.

 

Como no le formulaban ninguna pregunta, Tom Crabbe no respondió.

 

—No saldrás de la habitación bajo ningún pretexto —añadió John Milner.

 

Tom Crabbe hubiera salido de habérselo mandado. Se le ordenaba no salir, y no saldría.

 

—Si tardo en regresar —añadió John Milner—, ya cuidarán de subir tu primer almuerzo, luego el segundo, después tu «lunch», y más tarde tu comida y tu cena. Voy a dar las órdenes convenientes, y tú no tendrás que preocuparte por tu alimentación.

 

No, Tom Crabbe no se preocuparía por tal cosa, y en aquellas condiciones esperaría pacientemente el regreso de John Milner. Dirigiendo su enorme masa a una amplia mecedora, dejóse caer en ella, e imprimiendo a su asiento un ligero balanceo, se abismó en la oscuridad de sus pensamientos.

 

 

 

John Milner bajó al despacho del hotel, hizo la lista de las sustanciosas comidas que habían de ser servidas a su compañero, franqueó la puerta y se dirigió hacia el Ohio a través de las calles de Covington, cruzó el río en ferry boat, desembarcó en la ribera derecha, y, con las manos en los bolsillos, como un desocupado, alcanzó el barrio comercial de la ciudad.

 

Advirtió que allí reinaba gran animación. Procuró también sorprender al paso algunas palabras de las conversaciones. No sospechaba que reinara ya tan gran impaciencia por la próxima llegada del jugador número 2. He ahí, pues, a John Milner vagando de una a otra calle, entre gentes notoriamente preocupadas, deteniéndose ante los grupos y tiendas y en las plazas donde la animación era mayor. Hasta las mujeres se mezclaban

 

 

 

 

 

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en las conversaciones, y en América no son aquéllas, por cierto, menos vehementes que en cualquier otro país del viejo continente.

 

John Milner quedó sumamente satisfecho. Pero deseaba saber hasta qué punto llegaba la impaciencia de no haber visto aún a Tom Crabbe en Cincinnati. Por esto, viendo al chacinero Dick Wolgod con sombrero de copa alta, vestido de negro, puesto el delantal de faena, en la puerta de su establecimiento, entró en éste y pidió un jamón, que, como es de suponer, ya hallaría sitio donde colocarlo. Después de pagar su importe sin haber regateado, dijo en el momento de salir:

 

—Mañana es el certamen…

 

—Sí… —respondió Wolgod—. Una hermosa fiesta que honrará a nuestra ciudad.

 

—¿Habrá mucha gente en Spring Grove? —preguntó John Milner.

 

—Toda la ciudad estará allí, caballero —contestó Dick Wolgod con la dignidad que todo comerciante formal debe al cliente que acaba de efectuar una compra en su establecimiento—. Calcule usted… Tratándose de tal exhibición…

 

John Milner prestó atención. Estaba asombrado. ¿Quién podría sospechar que él tenía el propósito de exhibir a Tom Crabbe en Spring Grove?

 

Entonces dijo:

 

—¿Nadie se preocupa, pues, de los posibles retrasos?

 

—No, señor.

 

En aquel momento entró en la tienda un parroquiano, y John Milner se sobresaltó. Salió a la calle.

 

No había dado cien pasos, cuando en la esquina de la quinta calle transversal detúvose de pronto, levantó al cielo las manos y dejó caer el jamón al suelo.

 

En una esquina había un cartel donde, escrito en grandes caracteres, se leía:

 

 

 

 

 

 

 

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«¡HA LLEGADO! ¡HA LLEGADO!».

 

Aquello era demasiado. ¿Cómo se conocía la presencia del boxeador en Cincinnati? Sabíase, pues, que no había que temer respecto al límite de tiempo fijado al campeón del Nuevo Mundo. Aquello explicaba la alegría que reinaba en la ciudad y la satisfacción que el chacinero había demostrado.

 

 

 

Decididamente es difícil, si no imposible, que un hombre célebre escape a los inconvenientes de su fama. Era preciso renunciar a mantener sobre Tom Crabbe el velo del incógnito.

 

Otros carteles, más explícitos, no se limitaban a comunicar su llegada, sino que añadían que venía directamente de Tejas y que se mostraría en el concurso de Spring Grove.

 

—¡Ah! ¡Esto es demasiado! —exclamó John Milner—. ¡Mi plan era conocido! Habré hablado delante de Tom Crabbe, y éste, que no suele hablar nunca, habrá hablado por una sola vez durante el camino. No puedo comprenderlo de otro modo.

 

John Milner regresó al barrio de Covington, llegó al hotel cuando Tom Crabbe devoraba el segundo almuerzo, y nada le dijo al boxeador de la indiscreción que seguramente había cometido. Persistiendo en su idea de no mostrarle aún al público, permaneció con él durante el resto del día.

 

Al siguiente día, a las ocho, dirigiéronse ambos hacia el río, lo atravesaron por el puente colgante y pasearon por las calles de la ciudad.

 

El concurso nacional de ganado iba a celebrarse en Spring Grove, situado en la parte noroeste de la ciudad. La población en masa encaminábase ya hacia este sitio, sin demostrar inquietud alguna, como John Milner pudo advertir. Por doquier acudían grupos de esa gente alegre y bulliciosa que espera ver pronto satisfecha su curiosidad.

 

¿Pensaba tal vez John Milner que, antes de llegar a Spring Grove, sería reconocido Tom Crabbe por su estatura, su aspecto y su rostro, que la fotografía había reproducido y popularizado hasta las más remotas aldeas de la Unión? Pues nada de esto sucedió. Nadie se ocupó de él, nadie se volvió a su paso, nadie advirtió que aquel coloso que acompasaba su marcha a la de John Milner fuese el célebre boxeador y jugador del

 

 

 

 

 

 

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«match». Hypperbone, aquel que veinticuatro tantos acababan de enviar a la casilla número 35, Estado de Ohio, Cincinnati.

 

Esperaron en Spring Grove a que dieran las nueve. La multitud se agolpaba ya en el lugar del concurso. Al tumulto formado por los espectadores, uníanse los berridos y gruñidos de los animales, los más favorecidos de los cuales iban a figurar, para gran honor suyo, en las páginas del palmarés oficial.

 

Allí estaban reunidos admirables tipos de vacas, ovejas y cerdos, numerosos cameros, terneras y bueyes, de los que América exporta anualmente a Inglaterra más de cuatrocientos mil.

 

En el centro del recinto alzábase un estrado sobre el que debían ser expuestos los productos.

 

A John Milner le acometió entonces la idea de atravesar por entre la multitud, llegar al pie del estrado, hacer subir en él a su compañero, y gritar:

 

—¡He aquí a Tom Crabbe, el campeón del Nuevo Mundo, el jugador número 2 del «match». Hypperbone!

 

¿Qué efecto causaría esta inesperada revelación en aquel público excitado?

 

Empujando a Tom Crabbe hacia delante, y como arrastrado por aquel poderoso remolcador, hendió las olas del gentío y quiso subir al estrado.

 

El sitio estaba ocupado. ¿Quién lo ocupaba? Un enorme cerdo, colosal producto de las dos razas americanas Polant China y Red Jersey, vendido en doscientos cincuenta dólares cuando pesaba mil trescientas libras; un cerdo grandioso, de ocho pies de largo por cuatro de alto, seis de cuello y siete y medio de cuerpo; peso actual: 1954 libras.

 

Aquello era lo que había venido directamente de Tejas. Su llegada era la que pregonaban los anuncios. Él absorbía aquel día la atención pública. Él era a quien presentaba a los aplausos de la multitud su feliz propietario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ante aquel nuevo astro palidecía Tom Crabbe. John Milner, aterrado, retrocedió ante aquel gigantesco cerdo que iba a ser premiado en el certamen de Spring Grove. Luego, haciendo a Tom Crabbe señal para que le siguiera, tomó de nuevo el camino de su hotel, y, descorazonado, humillado, se encerró en su habitación y no quiso volver a salir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III. A paso de tortuga

 

He recibido de Mr. Hermann Titbury, de Chicago, la cantidad de trescientos dólares como pago de la multa a que ha sido condenado por sentencia del día 14 de mayo actual, por infracción de la ley sobre bebidas alcohólicas.

 

 

 

Calais, Maine, 19 de mayo de 1897.

 

El escribano,

 

WALTER HOEK.

 

 

 

Dedúcese de ahí que Hermann Titbury, tras larga resistencia que duró hasta el día 15 de mayo, viose en la necesidad de pagar la multa que se le impuso. Hecho el pago, y establecida la identidad de los esposos Titbury que viajaban con el nombre de Field, el juez, después de tres días de prisión, había remitido el resto de la pena. Era tiempo.

 

El día mencionado, a las ocho de la mañana, el notario Tombrock efectuó la sexta jugada y avisó al interesado por el telégrafo de Calais.

 

Los habitantes de la pequeña ciudad, ofendidos porque uno de los jugadores del «match». Hypperbone se había ocultado bajo falso nombre, no se mostraron muy amables, y hasta se burlaron de la desgracia de Titbury. Satisfechos al principio de que Calais, en Maine, hubiera sido escogida como punto de llegada por el difunto Hypperbone, no perdonaron jamás al pabellón azul el que no se hubiera dado a conocer. Después, al ser conocido el verdadero nombre del matrimonio Field, la población restó indiferente. Cuando el carcelero le puso en libertad, Hermann Titbury tomó el camino de su posada. Nadie le acompañó; nadie volvió el rostro al verle pasar. Por lo demás, la pareja no buscaba, como Harris T. Kymbale, las aclamaciones de la multitud, y no tenía más que un deseo; abandonar Cedáis lo más pronto posible.

 

 

 

 

 

 

 

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Eran las nueve de la mañana. Faltaban aún tres horas para que llegase el momento de presentarse en las oficinas del telégrafo. Ante el té y el asado de su almuerzo, los esposos Titbury se ocuparon de arreglar sus cuentas.

 

—¿Cuánto hemos gastado desde que salimos de Chicago? —preguntó Hermann.

 

—Ochenta y ocho dólares y treinta y siete centavos —contestó la mujer.

 

—¿Tanto?

 

—Y eso que no hemos derrochado nuestro dinero en el camino.

 

A no tener la sangre de los Titbury, cualquiera se hubiera asombrado de que los gastos fueran tan limitados. Verdad que a ellos hay que añadir los trescientos dólares de la multa, lo que elevaba a buena cifra la sangría producida en la bolsa de los Titbury.

 

—¡Con tal que el telegrama que hemos de recibir de Chicago no nos obligue a partir hacia el otro extremo del país! —suspiró Hermann.

 

—Preciso sería hacerlo —respondió seriamente su esposa.

 

—Pues yo preferiría renunciar…

 

—¿Aún hablas de eso? —exclamó la imperiosa matrona—. ¡Sea ésta la última vez que hablas de renunciar a la probabilidad de ganar sesenta millones de dólares!

 

Transcurrieron las tres horas; y a las doce menos veinte, la pareja, instalada en la sala de la oficina telegráfica, esperaba con la impaciencia que es de suponer. Apenas había allí media docena de curiosos.

 

¡Qué diferencia con el entusiasmo de que los otros jugadores habían sido objeto en Fort Riley, Austin, Santa Fe, Milwaukee y Key West!

 

—Un telegrama para  Mr. Hermann Titbury, de Chicago —dijo el empleado.

 

En aquel momento Titbury sintió que las piernas le flaqueaban. Su lengua se paralizó y no pudo responder.

 

—Presente —dijo        Mrs. Titbury, sacudiendo fuertemente a su marido.

 

 

 

 

 

 

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—¿Es usted el destinatario de este telegrama? —preguntó el empleado.

 

—Sí… Él es… —respondió la mujer.

 

—Sí… Yo soy —pudo al fin responder Hermann—. Puede usted preguntárselo al juez Ordak. Mi identidad me ha costado muy cara para que pueda ponerse en duda.

 

El telegrama fue entregado a Mrs. Titbury, que lo abrió, pues su marido no hubiera podido hacerlo.

 

He aquí lo que leyó con voz que fue disminuyendo hasta extinguirse antes de pronunciar las últimas sílabas:

 

—«Hermann Titbury. Dos, por uno y uno. Great Salt Lake City, Utah.

 

Firmado, Tombrock».

 

La pareja desfalleció, entre mal disimuladas cuchufletas, y les fue preciso sentarse en uno de los bancos de la sala.

 

¡La primera vez, por uno y uno, habían sido enviados a la segunda casilla, al fondo de Maine; la segunda, también por uno y uno, enviados a la cuarta, a Utah! ¡Cuatro puntos en dos jugadas! ¡Y para colmo, después de ir de Chicago al límite de la Unión, ir casi al otro extremo en el Oeste!

 

Recobrada de aquella comprensible debilidad, Mrs. Titbury volvió a ser la dominadora de siempre. Cogió a su marido por el brazo y lo arrastró hacia la posada de «Sandy Bar».

 

La mala suerte se les había echado encima. Los otros jugadores, Tom Crabbe, Max Real, Harris T. Kymbale, Lissy Wag y, especialmente, el comodoro Urrican, habían adelantado mucho. Corrían como liebres, mientras los Titbury avanzaban a paso de tortuga… A los millares de millas recorridos desde Chicago a Calais, preciso era ahora añadir las dos mil doscientas que separaban a Cedáis de Great Salt Lake City.

 

En fin, si los Titbury no se decidían a abandonar la partida, convenía que no se retrasasen en Calais, porque, contando que descansaran algunos días en Chicago, no había tiempo que perder, pues el día 2 de junio habían de estar en Utah. Y como Mrs. Titbury no pensaba en renunciar al «match», la pareja salió de Calais en el primer tren del mismo día…,

 

 

 

 

 

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acompañados de todos los votos que la población hacía en favor…, de los otros jugadores… Después de aquello, el papel del jugador número 3 iba a bajar de valor, si había tenido alguno. El pabellón azul no encontraría postores…

 

La infortunada pareja no tuvo que ocuparse de su itinerario, perfectamente indicado, y que consistía, en primer lugar, en desandar lo andado. De vuelta en Chicago tendría a su disposición la «Union Pacific», que, por Omaha, Granger y Ogden, llega a la capital de Utah.

 

Por la tarde, la ciudad quedó libre de la presencia de aquel antipático matrimonio, que había representado allí papel tan poco airoso. Esperábase que los azares del noble juego de los Estados Unidos no les harían volver, esperanza de la que participaban los mismos interesados.

 

A las cuarenta y ocho horas, los Titbury desembarcaron en Chicago, algo maltrechos después de aquellos viajes tan impropios de su edad y de sus pacíficas costumbres. Permanecieron algunos días en su casa de Robey Street, pues Mr. Titbury experimentó en el camino uno de estos catarros propios de la edad, que él trataba con menosprecio de acuerdo con su reconocida avaricia.

 

Lo cierto fue que sus piernas se negaron a andar, y tuvo que ser trasladado desde la estación a su casa.

 

Los periódicos anunciaron su llegada. Los periodistas del Staats Zeitung, favorables a su causa, le visitaron; pero, viéndole en tan lamentable estado, le abandonaron a su mala suerte, y las agencias no encontraron postores para él ni a siete contra uno.

 

Sin embargo, no se contaba con Kate Titbury. No trató ésta la enfermedad con la indiferencia que habitualmente mostraba por los catarros de su marido, sino que, ayudada de su sirvienta, dio a Hermann tales fricciones que casi le arrancó la piel. Jamás asno ni caballo fueron tratados de tan horrible modo. El enfermo mejoró prestamente, quizá porque en tal tratamiento no intervinieron médicos ni boticarios.

 

La curación se efectuó en cuatro días. El día 23 se dispuso el viaje. Sacáronse de la caja algunos miles de dólares en billetes, y en la mañana del día 24 el matrimonio se puso en camino con suficiente antelación para llegar a tiempo a la capital mormona.

 

 

 

 

 

 

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El ferrocarril une directamente Chicago y Omaha. A partir de este punto, la «Union Pacific» llega a Ogden, y, con el nombre de «Southern Pacific», extiende su línea hasta San Francisco.

 

Y realmente era suerte que los esposos Titbury no hubieran sido expedidos a California, pues el viaje se hubiera alargado en mil millas.

 

En la tarde del día 28 llegaron a Ogden, importante estación que un ramal pone en comunicación con Great Salt Lake City.

 

En este punto acaeció un encuentro —no entre dos trenes, apresurémonos a aclararlo— entre dos de los jugadores del «match». Hypperbone, encuentro que debía tener singulares consecuencias.

 

Por la tarde, Max Real, de regreso de su visita al Parque Nacional de Yellowstone, acababa de llegar a Ogden. Desde allí se dirigía a Cheyenne al día siguiente, para saber el resultado de la tercera jugada que le correspondía. Paseábase por el andén de la estación, cuando se encontró frente a frente con Titbury, en compañía del cual había seguido al fúnebre cortejo de William J. Hypperbone y figurado en el Auditorium durante la lectura del testamento del excéntrico difunto.

 

Aquella vez la pareja habíase guardado muy bien de viajar con nombre supuesto, a fin de no exponerse de nuevo a los inconvenientes de que en Calais había sido víctima. Si no tenían necesidad de darse a conocer durante el viaje, tendrían que inscribirse con su nombre verdadero en un hotel de Great Salt Lake City. A nada conduciría revelar durante el camino que eran los futuros herederos de los sesenta millones de dólares. Bastaría con decirlo en la capital de Utah, y allí, si alguien pretendía explotarles, Hermann sabría defenderse.

 

Júzguese, pues, la sorpresa que experimentó el pabellón azul cuando, ante regular número de personas que se habían apeado del tren, oyó que el pabellón morado le interpelaba de la manera siguiente:

 

—Si no me engaño, ¿tengo el honor de hablar con Hermann Titbury, de Chicago, mi compañero en el «match». Hypperbone?

 

La pareja se estremeció. Visiblemente disgustado por ser revelada su identidad ante la muchedumbre, Mr. Titbury se volvió y, pese a reconocer

 

 

 

 

 

 

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perfectamente a quien le hablaba, fingió no haberle visto nunca.

 

—¿Se dirige usted a mí, por casualidad, caballero? —preguntó a su vez.

 

—Perdone usted —dijo el pintor—. No creo equivocarme… Estuvimos juntos en las exequias de Mr. Hypperbone… Soy Max Real…

 

—¿Max Real? —respondió la mujer, como si oyera pronunciar aquel nombre por vez primera.

 

Max Real, que comenzaba a impacientarse, dijo entonces:

 

—¿De veras no es usted  Mr. Hermann Titbury, de Chicago?

 

—Caballero —repuso éste, con tono ofendido—, ¿con qué derecho se permite usted interrogarme?

 

—No se lo tome usted así —dijo Max Real—. ¿No reconoce usted ser Mr. Titbury, uno de los «Siete», expedido primero a Maine y a Utah después? Bien… Usted sabrá por qué… En cuanto a mí, soy Max Real, que regresa de Kansas y de Wyoming… Y, ahora, ¡buenos días!

 

Y como el tren iba a partir al instante para Cheyenne, entró en uno de los vagones, con Tommy, dejando a la pareja sorprendida por la aventura, y maldiciendo de esos estúpidos artistas.

 

En aquel momento, un hombre que había observado con interés la escena se acercó al matrimonio. Tendría este individuo irnos cuarenta años y un rostro franco que inspiraba confianza aun a las gentes más recelosas.

 

—Jamás había visto —dijo, inclinándose ante Mrs. Titbury— persona más impertinente que la que acaba de dejarles. Por su incorrecto proceder se ha hecho acreedor a una buena lección… De no haber sido por el temor de mezclarme en lo que no me interesaba…

 

—Le doy a usted las gracias, caballero —respondió Hermann, lisonjeado de que hombre tan distinguido tomara su defensa.

 

—Pero… ¿era realmente Max Real?

 

—Sí, creo que sí… —repuso Mr. Titbury—. Aunque, a decir verdad, apenas le conozco.

 

 

 

 

 

 

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—¡Ah! —añadió el viajero—. Le deseo toda la mala fortuna posible por haber hablado de manera tan poco respetuosa a personas tan distinguidas… Y a usted, caballero, le deseo que le venza en la partida… A él y a los demás, se comprende…

 

Preciso era ser muy desagradecido para no acoger benévolamente a hombre que con tanta galantería hablaba, a un caballero que hasta tal punto se interesaba por el feliz éxito del matrimonio Titbury.

 

Pero ¿quién era aquel personaje? Mr. Robert Inglis, de Great Salt Lake City, un corredor de comercio de los más entendidos, que conocía a fondo el Estado por haberlo recorrido durante muchos años. Después de haber dado su nombre y profesión, aquel caballero ofrecióse a servir de guía a los esposos Titbury, encargándose de buscarles un hotel conveniente.

 

¿Cómo rehusar los ofrecimientos de Mr. Robert Inglis, que declaró, además, haber apostado una fuerte suma a favor del jugador número 3? Él mismo tomó los maletines de Mrs. Titbury y los depositó en uno de los vagones del tren que iba a partir de Ogden.

 

A Hermann le resultaba extraordinariamente simpático aquel caballero, sobre todo por haber tratado a Max Real como se merecía. Además, se felicitaba por haber encontrado un compañero de viaje tan amable que le serviría de guía en la capital de Utah.

 

Todo iba, pues, de la mejor manera posible. Los viajeros se instalaron en un vagón, y puede afirmarse que para ellos nunca transcurrió el tiempo con más rapidez que durante aquel pequeño trayecto de cincuenta millas.

 

Mr. Inglis resultó tan interesante como inagotable en su conversación. Lo que más pareció agradar a la excelente señora fue saber que era el cuadragésimo tercer hijo de un matrimonio mormón, antes de que la poligamia fuera prohibida por decreto del Presidente de los Estados Unidos.

 

Esto no era extraño, puesto que el apóstol Hebert Kimball, primer consejero de la Iglesia, había muerto dejando trece mujeres y cincuenta y cuatro hijos. Era de esperar que si el redactor del Tribune, Harris T.

 

Kymbale, se viera obligado a trasladarse a Utah, no tomaría ejemplo de su homónimo. Pero los dos nombres no se escriben de la misma manera, y,

 

 

 

 

 

 

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además, ya no está permitido en Great Salt Lake City ser polígamo, ni aun a los «fieles del Corán».

 

Esta conversación agradó a los Titbury, sobre todo porque hubiera sido imposible hallar narrador más agradable que Mr. Inglis. No había duda de que él echaba de menos el tiempo en que la Iglesia mormona funcionaba en todo su esplendor. Alababa las excelencias de aquella religión, «la mejor» de las reveladas por «el espíritu de Dios». Habló de Joe Smith, que se sintió convertido en profeta en 1830, encontró las tablas de oro donde estaban escritas las sagradas leyes del mormonismo y fue después asesinado. Narró el éxodo de los «santos de los últimos días», establecidos primero en Nueva York, luego en Illinois, y trasladados después a Ohio y más tarde a Missouri.

 

Al tratar de este punto extendióse en términos ditirámbicos y conmovedores acerca de Brigham Young, papa y presidente de la Iglesia, el cual, desafiando fatigas y peligros, condujo a la comunidad a los territorios vecinos al Gran Lago Salado, donde, en 1847, fundó la Nueva Jerusalén.

 

¿No merecía la ciudad este nombre, como merecía el de Jordán el río sobre cuyas riberas se eleva, a unas diez millas del lago? Entonces los tiempos eran prósperos y el Estado no contaba menos de 145 000 fieles, que actualmente se han refugiado, en su mayor parte, en el territorio cedido por México.

 

Pero las persecuciones crecieron, y, cosa que omitió Mr. Robert Inglis, el Gobierno federal comprendió que Utah buscaba más su independencia que vivir en las prácticas del mormonismo. Así es que, en 1871, el general Grant capturó al papa y a los apóstoles, puso al antiguo país de los utahs bajo el yugo administrativo, y al mismo tiempo prohibió las uniones polígamas, y aun las bígamas, en nombre de la moral pública.

 

Y hoy la Nueva Sión está mantenida en el orden por el fuerte Douglas, que el Gobierno hizo construir a tres millas al Este, a fin de obligarla a prestar acatamiento a las leyes de la República norteamericana.

 

—¡Ah, amigos míos! —exclamó Robert Inglis, cuya voz se enterneció hasta el punto de arrancar lágrimas a los ojos de Mrs. Titbury—. ¡Si hubieran ustedes conocido a Brigham Young, nuestro venerado papa, con sus cabellos largos, su barba gris, y sus ojos de lince! ¡Si hubiesen tratado

 

 

 

 

 

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a George Smith, primo del profeta e historiador de la Iglesia, y a Hunter, presidente de los obispos, y a Orson Hyde, presidente de los doce apóstoles, y a Daniel Wells, consejero segundo, y a Elisa Snow, una de las esposas espirituales del papa…!

 

—¿Era bonita? —preguntó    Mrs. Titbury.

 

—Era abominablemente fea, señora. Pero ¿qué significa la hermosura en la mujer?

 

Mrs. Titbury tuvo una sonrisita aprobadora.

 

—¿Qué edad tiene ahora el célebre Brigham Young? —preguntó Hermann.

 

—Ninguna, puesto que ha muerto… Pero, si viviera, tendría ciento dos años.

 

—Y usted, caballero —preguntó Mrs. Titbury con alguna vacilación—, ¿está casado?

 

—¿Yo? ¿Para qué casarse, querida señora, desde que la poligamia está prohibida? Soportar a una sola mujer es más difícil que soportar a cincuenta.

 

Y aquella respuesta de Mr. Inglis provocó la hilaridad general.

 

El terreno que atraviesa el ramal de Ogden es llano y árido, cubierto de arena y arcilla y mezclado de sales alcalinas que lo cubren de eflorescencias blancuzcas, como el gran desierto del oeste del lago. En él sólo crecen el tomillo, la salvia, el romero y otras hierbas silvestres, así como una gran cantidad de girasoles de amarillas hojas. Al Este se elevan las lejanas y brumosas cimas de los montes Wasatch.

 

Eran las siete y media cuando el tren se detuvo en la estación de Great Salt Lake City.

 

Robert Inglis había dicho que era una magnífica ciudad, y ciertamente no dejaría partir a sus nuevos amigos sin que la hubiesen visitado. Contaba con 45 000 habitantes y era una población soberbia, limitada al Este por magníficas montañas, y a la que el río Jordán pone en comunicación con el grandioso lago Salado; ciudad de una gran salubridad, con edificios rodeados de verdor, con huertas plantadas de manzanos, ciruelos,

 

 

 

 

 

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albaricoqueros y perales que producen los más sabrosos frutos del mundo. Según contó Mr. Inglis, Great Salt Lake City tiene tiendas magníficas, edificios de piedra y de magnifico aspecto. Y monumentos magníficos de arquitectura mormona, entre ellos la magnífica Presidencia donde en otra época residía Brigham Young, el magnífico templo mormón, el magnífico Tabernáculo, maravilla de carpintería, capaz para albergar a ocho mil fíeles… ¡Qué magníficas ceremonias celebrábanse antaño en este recinto!

 

El papa y los apóstoles se situaban sobre un magnífico estrado; en torno, apretujábase la multitud de hombres, mujeres y niños, que asistían a la lectura de la biblia, escrita por la magnífica mano del propio mormón… En fin, todo allí era magnífico.

 

Lo cierto es que, llevado por el amor que por su ciudad natal sentía, Mr. Robert Inglis exageraba un poco. Great Salt Lake City no merece tales elogios.

 

Es demasiado extensa para la población que contiene, y, aunque posee algunas bellezas naturales, no tiene carácter artístico de ninguna clase. Respecto al famoso Tabernáculo, sólo es, a decir verdad, una enorme tapa de caldera colocada sobre el suelo.

 

De todos modos, aquella noche no era propicia para visitar la ciudad. Era más urgente elegir un hotel; y como Mr. Titbury no quería pagar un precio exorbitante, su guía le propuso uno en las afueras de la ciudad, el Cheap Hotel, que significa «Hotel Económico».

 

Este nombre bastó para tranquilizar a la pareja. Después, dejando el equipaje en la estación, para volver por él si el Cheap Hotel les convenía, los esposos siguieron a Mr. Inglis, que se había empeñado en llevar el saco y la manta de la señora. Descendieron hacia los barrios bajos de la ciudad, de la que los Titbury nada pudieron ver, pues era de noche; alcanzaron el río Crescent, y caminaron unas tres millas. Tal vez los Titbury encontraron algo largo el paseo; pero a la idea de que el hotel sería tanto más barato cuanto más lejos de la ciudad estuviera, no pensaron en quejarse.

 

 

 

Finalmente, a las ocho y media, y entre la oscuridad más completa, pues el cielo estaba brumoso, los viajeros llegaron ante un edificio de cuya apariencia no les fue posible juzgar.

 

Algunos  instantes  después,  el  hostelero,  hombre  de  rostro  feroz,  les

 

 

 

 

 

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introdujo en una estancia de la planta baja, blanqueada de yeso y amueblada únicamente con un lecho, una mesa y dos sillas. Esto les bastaría. Dieron, pues, las gracias a Mr. Inglis, que se despidió de ellos y prometió volver al día siguiente por la mañana.

 

El matrimonio Titbury, que se hallaba muy fatigado, se acostó después de haber comido del resto de provisiones que llevaban en el saco de viaje. Pronto quedaron dormidos, y soñaron que se cumplían los deseos del atento Robert Inglis y que la próxima jugada les hacía ganar veinte casillas.

 

A las ocho se despertaron, tras una noche reposada y tranquila. Levantáronse sin apresuramiento, pues nada tenían que hacer sino esperar a su guía para visitar la ciudad con él. Y no es que ellos fuesen curiosos por naturaleza. Pero ¿cómo rehusar los ofrecimientos de aquel cumplido caballero que quería mostrarles las maravillas de la ciudad?

 

A las nueve nadie había aparecido todavía. Los esposos Titbury, vestidos y en disposición de salir, miraban por la ventana que se abría sobre una ancha calle.

 

Su amigo les había dicho el día antes que aquella calle era la antigua «Emigrants Road». Extendíase ésta a lo largo del río Crescent, y por allí caminaron antaño los furgones cargados de mercancías destinadas a los campamentos de trabajadores del ejército, cuando se tardaba varios meses en trasladarse desde Nueva York a los territorios del oeste del país.

 

El Cheap Hotel debía de estar en paraje solitario, pues, inclinándose sobre el antepecho de la ventana, Hermann no distinguía ninguna casa, ni en aquella orilla ni en la opuesta. Sólo veía la sombría masa de los verdes bosques de pinos que se agrupaban en la ladera de la cercana montaña.

 

A las diez nadie había comparecido. Los Titbury empezaron a impacientarse, y, además, sentían hambre.

 

—Salgamos —dijo la mujer.

 

—Salgamos —repitió el marido.

 

Y empujando la puerta de la habitación, penetraron en una sala central, verdadero local tabernario, cuya puerta de acceso daba a la calle.

 

Había allí dos hombres mal vestidos, de aspecto poco tranquilizador, con

 

 

 

 

 

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los ojos enrojecidos por el abuso de la ginebra y que, al parecer, guardaban la puerta.

 

—¡No se pasa!

 

Tal fue la orden que en tono rudo dirigió uno de ellos a Mr. Titbury. —¿Cómo?

 

—No se pasa… sin pagar.

 

—¿Pagar?

 

Esta palabra era la que menos agradaba a Hermann cuando era dirigida a él.

 

—¿Pagar? —repitió—. ¿Pagar por salir…? ¡Esto es una broma!

 

Mrs. Titbury, repentinamente inquieta, no tomó así la cuestión, y preguntó:

 

—¿Cuánto?

 

—Tres mil dólares.

 

Ella reconoció la voz que había pronunciado estas palabras. Era la voz de Robert Inglis, que se presentó de pronto en la entrada del hotel.

 

Mr. Titbury, menos perspicaz que su mujer, quiso echar a broma el asunto.

 

—¡Hola! —exclamó—. Aquí está nuestro amigo.

 

—En persona —respondió el interpelado. —Y siempre de buen humor… —Siempre.

 

—Es en verdad muy extraña esta petición de tres mil dólares…

 

—¿Qué quiere usted…? Tal es el precio de una noche en el    Cheap Hotel.

 

—¿Habla usted en serio? —preguntó        Mrs. Hermann, palideciendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Muy en serio, señora.

 

Hermann, en un arranque de cólera, quiso lanzarse fuera. Dos brazos vigorosos le sujetaron.

 

Aquel Robert Inglis era sencillamente uno de los muchos bandidos con que se tropieza en aquellas lejanas comarcas de la Unión. Más de un viajero había sido ya desvalijado por aquel supuesto cuadragésimo tercer hijo de un matrimonio mormón, secundado por cómplices semejantes a los dos individuos de aquella maldita posada. Max Real le puso sobre la pista con las preguntas que dirigió a los Titbury. Ofrecióse entonces a la pareja, y sabedor después de que llevaban consigo tres mil dólares —confesión imprudente, como se comprenderá—, les había conducido a aquella solitaria taberna, donde estaban a merced de él.

 

Así lo comprendió Hermann, aunque demasiado tarde.

 

—Caballero —le dijo—. Espero que nos dejará usted salir ahora mismo… Tengo que hacer en la ciudad.

 

—Nada tiene usted que hacer en ella antes del día 2 de junio, día en que llegará el telegrama que le interesa —respondió Mr. Inglis, sonriendo—, y estamos a 29 de mayo…

 

—¿Intenta pues, detenernos durante cinco días?

 

—Y más aún —respondió el otro—, salvo que me entregue usted tres mil dólares en buenos billetes del Banco de Chicago.

 

—¡Miserable!

 

—Observo hacia usted extremada cortesía —dijo Mr. Inglis—. Haga el favor de portarse a la recíproca, señor pabellón azul.

 

—Pero… ese dinero… ¡es cuanto llevo!

 

—Al pudiente Hermann Titbury le será fácil hacer que desde Chicago le envíen cuanto necesite. Su caja está bien provista. Y advierta usted que lleva encima esos tres mil dólares que le pido, y que podría quitárselos a usted fácilmente… Pero no somos ladrones. Solamente que tal es el precio del Cheap Hotel, y usted tendrá que conformarse con él…

 

 

 

 

 

 

 

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—¡Nunca!

 

—Como usted quiera.

 

Y, pronunciando esta frase, volvió a cerrarles la puerta, y los esposos quedaron presos en la sala baja.

 

¡Cómo lamentaron entonces aquel maldito viaje, las tribulaciones que sufrían y los peligros que les amenazaban! ¡Tras la multa de Calais, el robo de Great Salt Lake City! ¡Qué mala suerte haber tropezado con aquel bandido!

 

—¡Y todo por culpa de ese estúpido Max Real! —exclamó Hermann—. No queríamos hacer conocer nuestro nombre hasta la llegada, y él lo ha gritado a pleno pulmón en el andén. Y ese bribón lo ha oído… ¿Qué podemos hacer?

 

—Sacrificar tres mil dólares —dijo Mrs. Titbury.

 

—¡Nunca! ¡Nunca!

 

—¡Hermann! —limitóse a decir la imperiosa mujer.

 

Preciso era llegar a aquel durísimo extremo. Aunque Mr. Titbury rehusase, aquellos ladrones le obligarían a ceder. Y si le arrebataban el dinero y le arrojaban después al río Crescent junto con su esposa, ¿quién se preocuparía por irnos extraños cuya presencia en la ciudad nadie conocía?

 

Sin embargo, Hermann resistió. Tal vez recibieran inesperado socorro… Quizás un destacamento de soldados… o alguien que pasara por aquellos lugares, y a quien podrían pedir auxilio… ¡Vana esperanza! Un minuto después ambos eran conducidos a una habitación cuya ventana se abría sobre el patio interior. El feroz posadero puso entonces algunos alimentos a su disposición. Realmente, por el precio pedido, no era mucho exigir, a razón de mil dólares por día, no sólo habitación, sino también alimento en el Cheap Hotel.

 

Transcurrieron dos días, durante los cuales los cautivos fueron perdiendo la esperanza. No volvieron a ver a Mr. Inglis, que, sin duda, se mantenía lejos de ellos por discreción y para no aparentar que ejercía presión sobre sus huéspedes.

 

 

 

 

 

 

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Llegó el día 1.º de junio. Al siguiente, antes de las doce, el jugador número 3 debía estar en las oficinas del telégrafo de Great Salt Lake City. De no hacerlo así perdería todos sus derechos a proseguir una partida tan desastrosa hasta entonces para el pabellón azul.

 

Pues bien: Mr. Titbury no quería ceder. No cedería. Mas, obligada por las circunstancias, su esposa intervino enérgicamente para imponer su voluntad. Suponiendo que el capricho de los dados hubiese enviado a Hermann a la hostería, al laberinto, al pozo o a la prisión, ¿no hubiera tenido que pagar primas dobles y triples? ¿Acaso hubiera dudado en hacerlo? No. Pues no había más remedio que aceptar las circunstancias actuales y entregar lo que se les exigía, pues si bueno es tener dinero, vale más la vida, y ésta se encontraba comprometida entre aquellos bandidos. En suma, era preciso pagar.

 

Mr. Titbury resistió hasta las siete, con la leve esperanza de recibir un providencial socorro, que no llegó.

 

A las siete y media, Mr. Inglis, demostrando elevada educación y excelente política, se hizo anunciar.

 

—Mañana es el gran día —dijo—. Sería conveniente, mi estimado huésped, que se hallase usted esta noche en Great Salt Lake City.

 

—¿Y quién sino usted me lo impide? —exclamó Hermann, ahogado por la cólera.

 

—¿Yo? —respondió Mr. Inglis, siempre sonriente—. Basta con que usted liquide la cuenta del hotel.

 

—Aquí está —dijo la mujer, tendiendo a Mr. Inglis el fajo de billetes que su marido, con la muerte en el alma, le había entregado.

 

Mr. Titbury se sintió morir al ver que aquel canalla tomaba el dinero y contaba la suma. No halló respuesta cuando Mr. Inglis dijo:

 

—Es inútil que le extienda a usted recibo, ¿verdad? Pero no tema usted… Ya se lo abonaré en su cuenta. Y ahora sólo me resta desear a ustedes buena suerte para ganar los millones del match Hypperbone.

 

Como la puerta estaba libre, la pareja, sin escuchar más, se lanzó fuera.

 

 

 

 

 

 

 

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Era casi de noche y el lugar sería difícil de reconocer. ¿Cómo indicar, pues, a la policía el escenario de aquella tragicomedia? Lo que más importaba era dirigirse a Great Salt Lake City, cuyas luces se distinguían a tres millas de allí, subiendo por el río Crescent. Una hora después, los Titbury llegaron a la Nueva Sión, entrando en el primer hotel que hallaron. ¡Nunca les costaría tan caro como el Cheap Hotel!

 

Al día siguiente, día 2 de junio, Hermann se presentó en el despacho del sheriff, a fin de formular su denuncia y solicitar que los agentes emprendieran la búsqueda de Robert Inglis. Tal vez sería aún tiempo de recobrar los tres mil dólares.

 

El sheriff (un magistrado muy inteligente) recibió con interés la denuncia que el robado formuló contra el ladrón. Desgraciadamente, Mr. Titbury sólo pudo dar vagas noticias sobre la taberna, ya que había sido conducido a ella de noche y de noche la había abandonado. Cuando se refirió al Cheap Hotel, el sheriff le respondió que él no conocía ninguna casa de huéspedes que llevara tal denominación, y que en el país no existía el río Crescent que mencionaba. Sería, pues, difícil echar mano al bandido, que, por otra parte, debería haberse fugado con sus cómplices. En cuanto a lanzar una brigada de policía tras las huellas de los ladrones resultaría infructuoso en aquella comarca llena de bosques y montañas.

 

—Dice usted, Mr. Titbury —puntualizó el sheriff—, que ese hombre se llama…

 

—Inglis. Robert Inglis.

 

—Sí; ése es el nombre que le ha dicho a usted… Pero, reflexionando acerca de las circunstancias del caso, no cabe duda de que se trata del famoso Bill Arrol. Lo conozco por su manera de operar. No es precisamente su primer golpe.

 

—¿Y no le ha detenido usted todavía? —exclamó, furioso,    Mr. Titbury.

 

—Aún no. Estamos en la fase de vigilancia. Pero tarde o temprano daremos con él.

 

—¡Ya no será tiempo para mí!

 

—Pero sí para él. Y se le electrocutará, a menos que sea ahorcado.

 

 

 

 

 

 

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—Pero ¿y mi dinero, señor, y mi dinero?

 

—¡Qué quiere usted! Sería preciso prender a ese diablo de Bill Arrol y la cosa no es fácil. Todo lo que puedo prometer a usted es enviarle un cabo de soga, si se le cuelga. Y si para entonces no ha finalizado el match, tendrá usted la seguridad de ganar poseyendo tal amuleto.

 

Y eso fue todo lo que Hermann pudo obtener de aquel original sheriff.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV. El pabellón verde

 

El pabellón verde era el de Harris T. Kymbale; el pabellón que se colocaba en los mapas para indicar su llegada a tal o cual Estado, y que había sido atribuido al jugador número 4, atendiendo al lugar que este color ocupa en el espectro solar. El redactor jefe del Tribune se mostraba muy satisfecho de este color. ¿No era el de la esperanza?

 

Además, no hubiera sido justo quejarse de la suerte, que le favorecía como turista y como jugador. Después de haber sido enviado por la primera jugada, de doce tantos, a Nuevo México, el punto diez, por cuatro y seis, le reservaba la casilla 22, Carolina del Sur, en los límites del territorio federal, y, concretamente, a Charleston, su capital. No ignoraba que los postores se le disputaban en las agencias, que era solicitado en todos los mercados del mundo, con posturas de uno contra nueve, a lo que ninguno de los otros jugadores había llegado, y en todas partes era proclamado favorito.

 

 

 

Felizmente, al abandonar Santa Fe, el periodista no había oído al realista conductor de coches, Isidoro, formular la declaración de que él no arriesgaría ni veinticinco centavos por sus probabilidades de triunfo, y confiaba en su estrella.

 

Disponía desde el 21 de mayo hasta el 4 de junio para hacer el viaje a Carolina del Sur; y como desde la estación de Clifton el viaje se efectuaría sin dificultades por ferrocarril, el tiempo no había de faltarle.

 

Harris T. Kymbale abandonó, pues, Santa Fe el día 21, y esta vez se limitó a dar al conductor una buena propina sin necesidad de haberle hecho brillar ante los ojos ni centenares de miles ni aun centenares de dólares. Llegó por la noche a la estación de Clifton, desde donde la vía férrea, después de haber franqueado el paralelo que limita al Sur el Estado de Colorado, le depositó en Denver, capital de dicho Estado.

 

Veamos ahora lo que pensó Harris T. Kymbale, el proyecto que formó sin tener en cuenta la observación que el honorable alcalde de Buffalo le

 

 

 

 

 

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había hecho, de que él no se pertenecía, sino que debía actuar con el pensamiento puesto en los que por él apostaban.

 

«Heme aquí, trasladado a una de las regiones más hermosas de la Unión: las montañas Rocosas al Oeste; al Este llanuras de extraordinaria fertilidad; suelo que alberga plomo, plata y oro, y a través del cual el petróleo corre a raudales; territorio al que afluyen los emigrantes, atraídos por sus riquezas naturales, y los ociosos solicitados por los lujosos establecimientos de aguas, la salubridad de su clima y la pureza de su ambiente. Desconocía este soberbio país, y ahora se me presenta ocasión propicia de recorrerlo. ¿Puedo contar con que el azar me vuelva a él durante el resto de la partida? Nada hay menos seguro. De otra parte, para llegar a Carolina del Sur tengo que atravesar tres o cuatro Estados que ya conozco y no han de ofrecerme novedad alguna. Lo mejor es, pues, consagrar a Colorado todo el tiempo de que pueda disponer, y esto es lo que voy a llevar a cabo. Con tal de que me encuentre en Charleston el 4 de junio, antes de mediodía, nada tendrán que reprocharme los que por mí apuestan. Además, yo hago lo que quiero, y el que no esté conforme…».

 

 

 

He aquí por qué, en vez de proseguir el viaje por la línea que cruza Oaklay, Topeka y Kansas, Harris T. Kymbale, el día 21, se instaló en un buen hotel de la capital de Colorado.

 

No pasó allí más que cinco días, hasta el 26 por la tarde. Pero nadie extrañará que un periodista sea capaz de hacer en tan poco tiempo lo que otro que no lo sea no haría en menos del doble. Esto es cuestión de entusiasmo profesional. Y para convencerse de ello bastará echar una ojeada sobre su libro de notas, donde Harris T. Kymbale solía redactar sus artículos para el Tribune.

 

22 de mayo. —Visita a Denver. Ciudad elegante; anchas calles sombreadas; soberbias tiendas, como en Nueva York y Filadelfia; iglesias, Bancos, teatros, sala de conciertos, gran universidad, vasto puerto, hoteles y restaurantes de lujo. Café Francés . Muy bueno el Café Francés .

 

Denver, fundada en 1858 en la confluencia del Platte y el Cheery. En 1859 no había más que tres mujeres. El primer niño nació aquel año. Veinte años después, 25 000 habitantes. Inmigración constante. Actualmente, cerca de 107 000 almas.

 

 

 

 

 

 

 

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Ciudad incomparable, sin rival. Aire de primera calidad; oxígeno de ídem; a 4872 pies de altitud. Al Oeste, gran cordillera del Colorado, de 7500, verde en su base y blanca en su cúspide. En torno de la ciudad, muchas quintas.

 

Si gano la partida, me haré construir una a orillas del Cheery, lugar encantador para veranear. Tendré coches, caballos, perros y criados blancos y negros. Acabo de ser muy bien recibido por el senador Evans, gobernador del Estado. Entusiasmo y cumplimientos. Ha apostado por mí una elevada suma, y yo creo que no sin motivo.

 

23 de mayo. —Paseo hasta los pueblos de menos importancia, convertidos en ciudades: Auroria, Golden City, Golden Gate, Oro City, nombres que suenan bien, pero menos fuertes, sin embargo, que el de Leadville, la ciudad del plomo, la extracción del cual se calcula en 71 000 toneladas anuales. Ciudad de reciente construcción que se halla demasiado lejos para que pueda visitarla.

 

24 de mayo. —El ferrocarril me ha trasladado a Pueblo, al Sur del Estado. Importante centro industrial, alimentado por las minas de hulla y los manantiales de petróleo. Si gano la partida, compraré una o dos. Pasé por Colorado Springs, llamada la Ciudad de los Millonarios, famosa por sus baños y ya muy frecuentada por enfermos reales o supuestos. Vi el río Fontaine, que cruza Colorado Springs y va a verterse en el Arkansas, en Pueblo. Admiré también el Parque Nacional de Rocky, con sus rocas de formas arquitectónicas y su admirable paisaje. Colorado ocupa el primer lugar en el país por la producción de plomo, el segundo por la de plata y oro (más de 120 millones por año) y el tercero por extensión (más de 104 000 millas cuadradas).

 

25 de mayo. —Regreso de Suiza, de la Suiza americana, se entiende, en la parte oriental de la cordillera de Colorado. Esto es tan hermoso como el Parque Nacional de Wyoming y tal vez más que la Suiza europea. Cierto es que hablo como ciudadano de la Unión. Hay parques inverosímiles en el Norte, en el Centro y en el Mediodía. ¡Qué recuerdo guardo del parque de Fair Play, rodeado de montañas majestuosas y dominado por el monte Lincoln a una altura de 14 000 pies sobre el nivel del mar! He visto los lagos Jumeaux, en una garganta que recorre el Arkansas, separados por terrenos rocosos de dos millas y media de latitud por milla y media de longitud. Me agradaría pasar quince días en el magnífico hotel de Derry. Ya que con mis futuros millones he decidido comprar una quinta en Denver y dos minas de hulla en Colorado, ¿por qué economizar el dinero de la

 

 

 

 

 

 

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compra de un chalet junto a estos lagos?

 

He visto elevados picos en las Rocosas, los de Sierra Madre, esas montañas establecidas sobre una base que no mide menos de cuatrocientas leguas. Excepto Rusia, apenas si los países más vastos de Europa permitirían que se asentaran en ellos. Verdadero lomo de la América del Norte, comprende la cuarta parte de los Estados Unidos. Juntad los Alpes a los Pirineos y al Cáucaso, y no alcanzarán la longitud de las montañas Rocosas.

 

No tengo tiempo para ir al monte de la Santa Cruz, al extremo norte de la Cordillera Nacional, llamada así por Hayden y Whitney cuando la expedición de 1873. He penetrado por la Puerta del Jardín de los Dioses, a cuatro millas de Colorado Junction, incomparable parque, cuyos bloques roquizos semejan gigantescos animales antediluvianos petrificados, y he paseado al pie del Teocali, especie de castillo de Burgraves, construido a 2500 pies de altura.

 

Sin embargo, es menester no retrasarse y recordar que el gobernador de Colorado y gran número de sus administrados han apostado a mi favor. Regresé, pues, a Denver el día 26 y he ido a ver el lugar donde pienso edificar mi quinta, bajo las soberbias arboledas regadas por los afluentes del Cheery.

 

 

 

Realmente, Harris T. Kymbale no exageraba los elogios debidos a la capital de Colorado y al Estado mismo. Pero ¡cuánta sangre ha regado el suelo de este hermoso país! Antes de 1867, los gastadores tuvieron que luchar con los cheyennes, los arapahoes, los kaysways, los comanches y los apaches, feroces tribus de pieles rojas, con jefes como Antílope Blanco, Mano Izquierda, Pierna Rota y Búfalo Negro . No se olvidarán jamás las terribles matanzas habidas junto al arroyo Sand, que aseguraron en 1864 la dominación blanca sobre el país y en las que intervino el coronel Chivington.

 

El pabellón verde pasó la tarde del 26 en la espléndida capital. En el consulado fue organizada una fiesta en honor del periodista. Sabido es que en los Estados Unidos un hombre vale lo que su fortuna, y en el espíritu de los habitantes de Colorado, Harris T. Kymbale valía sesenta millones de dólares. Viose, pues, festejado según su valor por aquellos fastuosos americanos, que no tienen el oro únicamente en sus arcas, en

 

 

 

 

 

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sus bolsillos y en su suelo, sino hasta en el nombre de sus principales ciudades.

 

Al día siguiente, 27 de mayo, el jugador número 4 se despidió del gobernador, en medio de gran multitud de partidarios que le aclamaban. El tren abandonó Denver, alcanzó la frontera en Fort Wallace, atravesó Kansas de Oeste a Este, después Missouri por su capital Jefferson, y en su límite oriental se detuvo la tarde del día 28, en la estación de San Luis.

 

Harris T. Kymbale no tenía intención de detenerse en esta población, que ya conocía, y esperaba que la suerte no le enviaría nunca a ella, puesto que, por ocupar la casilla número 52, era el lugar correspondiente a la prisión en el noble juego de la oca. Además, los Estados que debía encontrar antes de su llegada a Carolina del Sur (Tennessee, Alabama y Georgia), le ofrecían agradables excursiones. Así es que se proponía elegir uno de los mejores hoteles de San Luis, consagrar toda la noche al descanso, del que estaba bastante necesitado, y partir al alba en el primer tren.

 

 

 

Parecía, pues, que nada había de turbar su viaje, ni impedirle estar en Charleston el día señalado… Y, sin embargo, poco faltó para que no pudiera llegar, y hasta para que quedase imposibilitado para siempre de viajar, a causa de un incidente del que vamos a hablar y que nadie hubiera podido prever.

 

A eso de las siete y cuarto, Harris T. Kymbale vagaba por el andén de la estación con objeto de informarse del horario de los trenes, cuando tropezó bruscamente —o tropezaron con él— con un hombre que salía de uno de los despachos.

 

Se cambiaron estas delicadas frases:

 

—¡Torpe!

 

—¡Bruto!

 

—¡Mire usted hacia delante!

 

—¡Y usted hacia atrás!

 

Dirigiéndose, en fin, esas palabras que salen como proyectiles a poco que las gentes sean de carácter vivo o de temperamento excitable. Así era la

 

 

 

 

 

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persona con quien el periodista había tropezado: se trataba de Hodge Urrican.

 

Harris T. Kymbale le reconoció al punto.

 

—¡El comodoro! —exclamó.

 

—¡El periodista! —le fue contestado, con voz que parecía salir de una boca de fuego.

 

Era, efectivamente, el comodoro Urrican, sin su fiel Turk esta vez; y más valía que éste no pudiera mezclarse en aquel asunto, que hubiera llevado al extremo.

 

Así, pues, Hodge Urrican había sobrevivido al naufragio del Chicola y hallado, incluso, manera de salir de Key West. ¿Cómo se las había apañado? Preciso era que su viaje se hubiera efectuado rápidamente, puesto que estaba aún en Florida el día 25. Se trataba de una verdadera resurrección, pues desde su desembarco en Key West en el estado que se sabe, sus compañeros de juego creyeron que el match de los «Siete» no continuaría más que entre seis.

 

En fin, Hodge Urrican hallábase en carne y hueso en San Luis, como su compañero acababa de comprobar con aquel choque, pero con un humor peor que de costumbre. Esto se comprende. ¿No estaba en camino para California, con obligación de volver a Chicago a fin de recomenzar la partida después del pago de una triple prima?

 

Sin embargo, Harris T. Kymbale creyó que debía presentarse a él, y dijo:

 

—Mi más cordial enhorabuena, comodoro Urrican, pues veo que no ha muerto usted…

 

—No, señor; ni aun después de tropezar con un estúpido… ¡Estoy dispuesto a enterrar a los que se alegrarían de no volverme a ver!

 

—¿Dice usted eso por mí? —preguntó el periodista, frunciendo el ceño.

 

—Sí, señor —respondió Hodge Urrican, mirando fijamente a su adversario—. Sí, señor… favorito.

 

Y parecía escupir esta palabra.

 

 

 

 

 

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Harris T. Kymbale era poco sufrido y comenzó a excitarse. Respondió:

 

—Parece que al pasar por California para volver a Chicago se pierde toda cortesía.

 

Esto era tocar al comodoro en la llaga.

 

—Caballero…, usted me insulta —exclamó.

 

—Tómelo usted como guste.

 

—Bien… Lo tomo en mal sentido, y le exijo una explicación por su insolencia.

 

—Al instante, si usted quiere.

 

—Sí…, si tuviera tiempo —gruñó el comodoro—; pero no lo tengo.

 

—Tómelo usted…

 

—Lo que voy a tomar es el tren que parte, y al que no puedo faltar.

 

En efecto, un tren iba a ponerse en marcha. No había momento que perder. Así, pues, el comodoro, saltando al puentecillo que unía dos vagones, exclamó con voz terrible:

 

—Señor periodista… recibirá usted noticias mías…, las recibirá…

 

—¿Cuándo?

 

—Esta misma noche, en el «European Hotel».

 

—Allí estaré aguardándolas —respondió Harris T. Kymbale.

 

Pero, apenas había partido el tren, se hizo la siguiente reflexión:

 

«¡Bien! Ese energúmeno se ha equivocado… No ha subido en el tren de Omaha… Se marcha adonde nada tiene que hacer… En fin, allá él…».

 

Y era cierto. El tren en cuestión iba en dirección Este, precisamente la que Harris T. Kymbale debía seguir para llegar a Charleston.

 

 

 

 

 

 

 

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Pero, no… Hodge Urrican no se había equivocado. Volvía a la estación de Herculanum, donde le esperaba Turk. Su equipaje había quedado atrás, y por este motivo había mediado vivísima explicación entre el comodoro y el jefe de la estación de Herculanum; discusión durante la cual Turk amenazó con meter a dicho jefe en la caldera de una de las locomotoras. Su amo le había calmado; después, aprovechando la salida de un tren, fue a hacer personalmente su reclamación en la estación de San Luis. El asunto quedó arreglado sin dificultad: el equipaje sería pedido por telégrafo. Conseguido esto, Hodge Urrican salía del despacho del jefe para regresar a Herculanum, cuando tropezó con el periodista.

 

Al ver partir a su adversario, Harris T. Kymbale no se ocupó de aquel incidente. Regresó el «European Hotel», donde precisamente se albergaba. Después de comer dio un largo paseo por la ciudad, y al regresar entregáronle una carta que había llegado de Herculanum en el último tren.

 

 

 

Preciso era tener un cerebro tan trastornado como el del comodoro para escribir la siguiente carta:

 

Señor jugador número 4: Usted tiene sin duda un revólver, como yo tengo el mío. Mañana a las siete tomaré el tren que parte de Herculanum para San Luis. Tome usted el que a la misma hora parte de San Luis para Herculanum. Esto no alterará en nada ni su itinerario ni el mío.

 

Estos dos trenes se cruzarán a las siete y diecisiete. Si no es usted hombre que insulta y atropella a las gentes sin dar explicaciones, esté usted en el momento indicado, solo, en la plataforma posterior del último vagón de su tren, que yo estaré en la del mío, y podremos cambiar algunas balas.

 

 

 

HODGE URRICAN.

 

 

 

¡No dejaba de ser el hombre terrible y colérico de siempre, pese a que, por temor a envenenar la situación, no había dicho nada a Turk del incidente!

 

Pero para encontrar a un adversario digno de él, a nadie podía haberse dirigido mejor que al redactor del Tribune. Éste se mostró a la altura de las circunstancias.

 

 

 

 

 

 

 

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«¡Bien! ¡Si ese marino se imagina que voy a retroceder —pensó—, se engaña! ¡A la hora indicada estaré en la plataforma de mi tren, ya que él estará en la del suyo! ¡El pabellón verde de un periodista no se rinde ante el pabellón anaranjado de un comodoro!».

 

Nada de esto es capaz de causar asombro en el asombroso país de América.

 

Así, pues, al día siguiente, poco antes de las siete, Harris T. Kymbale se dirigió a la estación a fin de tomar el tren que partía para Columbus pasando por Herculanum. Después de elegir sitio en el último vagón, que comunicaba por medio de un puentecillo con el furgón de equipajes, se instaló en él. Diecisiete minutos debían transcurrir antes de que fuese a ocupar su puesto de combate.

 

El tiempo era fresco y el aire vivo. Seguramente nadie sentiría el deseo de salir afuera durante la marcha del tren. En el vagón ocupado por Harris T. Kymbale no iban más que doce viajeros.

 

Cuando el periodista consultó su reloj por primera vez, señalaba las siete y cinco. Faltaban doce minutos, y esperó con una calma que, sin duda, no poseía su adversario.

 

A las siete y catorce se levantó, se situó en la plataforma y sacó de su bolsillo el revólver… Examinólo para ver si estaba conforme, y esperó.

 

A las siete y dieciséis oyóse el ruido del tren que se acercaba a todo vapor desde Herculanum.

 

Harris T. Kymbale levantó el revólver a la altura de su cabeza, dispuesto a situarla horizontalmente.

 

Cruzáronse las locomotoras, dejando tras ellas un turbión de blancos vapores. Un segundo después, dos detonaciones estallaron al unísono.

 

Harris T. Kymbale sintió el roce de una bala junto a su rostro…, a la que él había respondido.

 

Después los dos trenes se perdieron a lo lejos.

 

Aunque los viajeros oyeron los dos pistoletazos, no se impresionaron… Harris T. Kymbale volvió a ocupar tranquilamente su puesto, sin saber si el

 

 

 

 

 

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comodoro había sido o no alcanzado.

 

Continuó el viaje por Nashville, la actual capital de Tennessee, sobre el río Cumberland, ciudad industrial de 76 000 almas, por Chattanooga, nombre que significa «nido de cuervos» y nido estratégico de primer orden, a la entrada de los pasos que Sherman franqueó con el ejército federal. El tren lanzóse después a través del Estado de Georgia, al que su situación ha valido el nombre de «clave de bóveda del Sur», como Pennsylvania es llamada «clave de bóveda del Norte».

 

Desde la guerra de Secesión, Atlanta ha llegado a ser la capital de Georgia, en recuerdo de su larga resistencia. Situada a más de ciento cincuenta toesas de altitud, esta ciudad, en prosperidad creciente, es la más populosa del Estado.

 

Después de haber atravesado Georgia hasta la ciudad de Augusta, sobre el río Savannah, donde funcionan importantes hilaturas de algodón, el tren cruzó el territorio de Carolina del Sur, rebasó Hamburg, frente a Augusta, y se detuvo en Charleston.

 

El 2 de junio por la noche el periodista llegó a aquella famosa ciudad, tras un viaje de mil quinientas millas desde Santa Fe de Nuevo México, viaje señalado por el encuentro con Hodge Urrican.

 

Los periódicos le informaron del paso de los dos inseparables, Urrican y Turk, por Ogden el día 31, dirigiéndose a todo vapor a las lejanas regiones de California.

 

«Más vale así —se dijo el periodista—. Estoy satisfecho de no haberle acertado… Es un oso marino…, pero, al fin y al cabo, tiene figura humana».

 

Por lo demás, los periódicos no hacían alusión al duelo del ferrocarril, conocido únicamente por los que en él habían tomado parte… y del que nunca se sabría, a menos que alguno de los dos hablase de él. Aunque es muy difícil contar con la discreción de un periodista.

 

En las islas del litoral de Carolina del Sur se establecieron los primeros colonos franceses. Aunque este Estado ocupa el vigésimo noveno lugar en cuanto a su superficie, cuenta con 1.672 000 habitantes.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Es rico por su comercio de sedas y por sus cosechas de arroz, de excelente calidad, y por sus yacimientos de fosfatos.

 

Por desdicha, la guerra le ha hecho pasar por durísimas pruebas. Gran número de propietarios arruinados riéronse en la necesidad de vender sus tierras, que cayeron en manos de usureros judíos. Encuéntranse allí bastantes franceses, descendientes de aquellos hugonotes que se rieron obligados a expatriarse después de la revocación del Edicto de Nantes. Pero, como hace observar Elíseo Reclus, los nombres de la mayor parte de estas familias han sido convertidos al inglés.

 

Este Estado, del que los negros formaban las tres quintas partes, es el que proclamó antes que los demás el acta de Secesión, no dejando a la ocupación federal en aquella parte de la Unión más que el fuerte Sumter, cerca de Charleston.

 

Su capital es Columbia, una linda ciudad de quince mil almas, cubierta de magnolias y de encinas. Como centro principal de exportación de algodón y arroz a la metrópoli está Beaufort, situada en una isla próxima a la costa. Columbia es la primera ciudad del Estado, que envía al Congreso dos senadores y seis diputados, y que posee cuarenta y seis senadores, y ciento veinticuatro diputados en su asamblea legislativa.

 

Carolina del Sur es el vigésimo noveno Estado de la Unión por la superficie y el vigésimo segundo por su población. En su parte meridional se encuentran las montañas Azules y disfruta de un clima de los más sanos y agradables.

 

Su suelo produce en abundancia trigo, cáñamo y tabaco tan bueno como el de Virginia. El centro es más favorable al cultivo del maíz, y el sur, al del algodón y arroz. Además de la explotación de sus extensos bosques, la industria de Carolina se sustenta con sus minas de hierro y plomo, sus canteras de mármol y sus yacimientos de oro y ocre. Durante el invierno reina una temperatura templada, pero el calor es muy intenso en junio. En febrero se renueva la vegetación y los botones de las plantas muestran ya las puntas de sus flores.

 

Harris T. Kymbale no conocía Charleston, que mereció la mala reputación de ser considerada como la metrópoli de la esclavitud. En resumen, puede decirse que su vitalidad es tal, que a pesar de la serie de espantosas catástrofes que ha sufrido, producidas por el agua, el fuego, los terremotos

 

 

 

 

 

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y hasta la fiebre amarilla, ha resurgido siempre a estas múltiples causas de destrucción.

 

Sobre una llana península, entre Ashtley y Cooper, ocupando vasto territorio, están situados los barrios comerciales de Charleston, con fachadas sombreadas por magnolias y granados. En las afueras, sobre los islotes, se yerguen algunos fuertes, entre ellos el de Moultrie, arsenal de la Unión.

 

¡Siempre era el periodista el benjamín de la suerte!

 

Ninguna inundación, ningún terremoto, ningún incendio asolaban a Charleston cuando él llegó, ni aun la epidemia del vómito negro. Aquella ciudad, tan apreciada por la bondad de sus costumbres y la cortesía de sus habitantes, aparecía, pues, ante el periodista con todo su esplendor. Jamás debían borrarse de su memoria los pocos días que su buena fortuna le permitió permanecer allí.

 

Sería disminuir la verdad decir que Harris T. Kymbale fue recibido con entusiasmo. Hubo una especie de delirio por el jugador, en el que la ciudad veía al más calificado de los «Siete». Realmente, para ellos no había más que uno; el que el punto 10 acababa de enviarles. Era como si ya llevara en el bolsillo los millones del difunto Hypperbone.

 

Durante cuarenta y ocho horas las invitaciones se sucedieron una tras otra, a las que tuvo que atender el popular periodista, como también a los paseos por los campos circundantes. Sobre todos los muros, cubiertos de carteles anunciadores, el nombre de Harris T. Kymbale se veía en grandes letras, y por la noche en caracteres iluminados por la electricidad.

 

Huésped tan bien recibido, contraía con la ciudad una gran deuda de gratitud. Así, declaró que si ganaba la partida fundaría en Charleston un hospicio para huérfanos y desvalidos. Y lo notable fue que gran número de menesterosos acudió a inscribirse en el Ayuntamiento, a fin de asegurarse las primeras plazas en aquel establecimiento de caridad. Como puede verse, el futuro heredero del cuantioso caudal de Hypperbone se mostraba aún más generoso en Charleston, de Carolina del Sur, que en Denver, de Colorado.

 

Finalmente, en medio de todas estas fiestas, llegó la tarde del 3 de junio. Por suscripción había sido organizado un espléndido banquete. Se

 

 

 

 

 

 

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efectuaría bajo magnífica arboleda, en las afueras de la ciudad, junto a Ashtley. La multitud de invitados se dirigió procesionalmente a este sitio, con banderas verdes desplegadas. No hay para qué insistir en lo que fue aquella reunión. Sería, además, tarea imposible dar una idea ni del menú ni del fasto del servicio. Baste decir que la pieza principal fue un gigantesco pastel de ocho mil libras de peso, cocido en un homo gigantesco, y que fue llevado al lugar del festín en un carro tirado por doce caballos. En la confección de este pastel entraron dos mil cuatrocientas libras de vaca, cuatrocientas de temerá, cuatrocientas de camero, quinientas de cerdo, ciento veinte de mantequilla, trescientas sesenta de manteca, setenta y seis conejos, ciento ochenta libras de harina y doscientas cuarenta piezas de caza. El gigantesco comestible medía catorce pies de anchura, veinticuatro de longitud y seis de alto. Con cuchillos de cinco pies de largo fue partido por los jefes de comedor, a fin de satisfacer a varios millares de personas que, además, tuvieron a su disposición cinco mil especies de embutidos.

 

 

 

Sonaron las aclamaciones…

 

—¡Hurra por Harris T. Kymbale! ¡Hurra por el jugador número 4! ¡Hurra por el pabellón verde! ¡Hurra por el favorito del match Hypperbone!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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V. Las grutas de Kentucky

 

Según la cotización del mercado de Chicago, que las otras ciudades no tardarían en seguir, el papel de Lissy Wag fue entusiásticamente solicitado, llegando a situarse a tres contra siete. El temor de que la joven careciese de la fuerza necesaria para resistir las fatigas de aquellos cambios de lugar, y por otra parte su enfermedad, fue la causa de que anteriormente disminuyera la confianza que inspiraba. Pero la salud de la jugadora número 5 nada dejaba ya que desear. Además, la segunda jugada, en la que había obtenido doce tantos, era muy buena, puesto que por un seis doble era enviada al Estado de Kentucky. Este viaje era únicamente de unos centenares de millas, y Kentucky ocupaba en el mapa la casilla 38. De ello resultaba que Lissy Wag había franqueado en dos saltos más de la mitad de las sesenta y tres casillas. Así, pues, no nos extrañará que Jovita Foley agitase triunfalmente el pabellón amarillo atribuido a su amiga, y que se considerase ya dueña de los millones de William J. Hypperbone.

 

 

 

En el supuesto de que Lissy Wag se hubiera interesado en los augurios que a su favor se hacían, y en el entusiasmo del público, hubiera podido mostrarse orgullosa a su regreso a Chicago.

 

Se recordará que Lissy Wag y Jovita Foley se habían apresurado a abandonar Milwaukee, el día 23, a fin de que el misterioso X. K. Z. no las hallase en este punto, lo que las hubiera obligado, en primer lugar, a pagar una prima sencilla, y, en segundo, a ceder el sitio al jugador número 7 y a recomenzar la partida.

 

Las dos amigas volvieron a la metrópoli de Illinois en perfecto estado de salud; y como los periódicos dieron la noticia de su regreso, algunos periodistas se presentaron en el piso de Sheridan Street.

 

La consecuencia de la visita fue que aquella misma noche el Chicago Herald publicó una entrevista de la que resultaba que las dos jóvenes estaban perfectamente, pues ahora se las colocaba a ambas bajo el pabellón amarillo, lo que no disgustaba a la toquilla de Jovita Foley. Pese a

 

 

 

 

 

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las recomendaciones de ésta, permanecieron cinco días en Chicago, pues era inútil hacer gastos en los hoteles, y lo más económico era permanecer en casa. Quizá lo más prudente hubiera sido no abandonar la capital hasta la víspera del día en que el telegrama del notario Tombrock llegase a Kentucky. Pero el día 27, Jovita Foley, sin poder contenerse, dijo:

 

—¿Cuándo partimos?

 

—Tenemos tiempo —respondió Lissy Wag—. Hemos de llegar el día seis de junio, y estamos a veintisiete de mayo, o sea, que nos faltan diez días, y ya sabes que el viaje hasta Kentucky se hace en veinticuatro horas.

 

—Sin duda, Lissy. Pero no vamos únicamente a Kentucky, sino a Francfort, su capital… La Gruta del Mamut es una de las maravillas de los Estados Unidos e incluso del mundo. ¡Qué ocasión para visitarla, y qué excelente idea ha tenido Mr. Hypperbone al enviamos allí!

 

—No ha sido él, Jovita, sino los dados.

 

—¿No ha sido él quien ha elegido la Gruta del Mamut, en el Estado de Kentucky? Le estaré agradecida toda mi vida, y aun toda la suya…, si no reposase en Oakswoods Cemetery. Cierto es que si viviese no correríamos tras de su herencia… En fin, ¿cuándo partimos?

 

—Tan pronto como quieras.

 

—Entonces…, mañana por la mañana.

 

—De acuerdo —repuso Lissy Wag—. Pero hemos de despedimos de        Mr.

 

Marshall Field.

 

—Tienes razón, Lissy.

 

Durante aquella visita ni el propietario ni el personal de sus almacenes economizaron los plácemes a la jugadora número 5 y a su inseparable compañera.

 

Al siguiente día, el expreso trasladaba a las dos viajeras a través de Illinois hasta Danville, cerca de la frontera occidental de Indiana, en un trayecto de ciento treinta millas. Por la tarde franquearon esta frontera y se apearon para comer en Indianápolis, capital del Estado y ciudad de 100 000 habitantes.

 

 

 

 

 

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En el lugar de Jovita Foley y de su compañera, Harris T. Kymbale hubiera sabido hallar tiempo para visitar este Estado, en el que el exterminio de los indígenas fue emprendido en el siglo último, y en el que los colonos franceses fundaron varios establecimientos. Pero Jovita Foley creyó que debían limitarse a Indianápolis, metrópoli que cruza el río White antes de pasar por Wabash, ciudad de las mejor cuidadas de la Unión, y cuya excesiva limpieza no pudo menos de admirar la joven.

 

En el cómodo hotel donde se hospedaron y dieron sus nombres, se las tomaba a la una por la otra. En la gran partida que se jugaba, parecía Jovita más apropiada para desempeñar el papel de protagonista que la modesta Lissy Wag.

 

El día 29, a las ocho y quince, partieron en el primer tren para Louisville, situada en la ribera izquierda del Ohio, en la frontera de Indiana y Kentucky, Estado que fue el gran defensor de la causa abolicionista. A las once y cincuenta y nueve el viaje había finalizado.

 

Si se hubiera dicho a Jovita Foley que Kentucky valía la pena de ser visitado, puesto que es uno de los Estados más ricos de la Unión, desde que la cesión de Luisiana le ha asegurado las bocas del Misisipi, ella hubiera respondido:

 

—¡La Gruta del Mamut!

 

Si se le hubiera dicho que su terreno es propicio a todos los cultivos, y que produce los mejores caballos de América y la tercera parte del tabaco de la Unión, hubiera respondido aún:

 

—¡La Gruta del Mamut!

 

Si se hubiera añadido que posee grandes poblaciones industriales en las riberas del Ohio y zonas hulleras en la región de los Allegheny, aún hubiera contestado:

 

—¡La Gruta del Mamut!

 

Evidentemente, hipnotizada por esta famosa gruta, Jovita Foley no pensaba en Covington y en Newport, dos arrabales de Cincinnati pertenecientes a Kentucky, visitados ya por Crabbe y John Milner; ni en Middlesborough, población recién fundada que se apresta a convertirse en

 

 

 

 

 

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una gran ciudad; ni en Frankfort, la capital actual del Estado, o en Lexington, la capital antigua. Y, no obstante, Frankfort es una bella población, con múltiples y anchas calles; con árboles a cuya sombra se siente deliciosa frescura; con una universidad célebre en todo el Sur; con un famoso hipódromo, donde compiten los mejores caballos del Nuevo Mundo. Pero, en realidad, ¿qué era este hipódromo comparado con el inmenso campo de carreras de toda la República americana, donde corrían los jugadores del match Hypperbone bajo la enseña de los siete colores del arco iris?

 

No… Durante aquella tarde las dos amigas recorrieron los principales barrios de Louisville y cruzaron el puente de ochocientas doce toesas sobre el Ohio, que une la ciudad con sus anejos de New Albany y de Jefferson, en territorio de Indiana, y que, en conjunto, contienen una población de 200 000 almas. No se aventuraron por los barrios industriales, donde abundan las fábricas, las manufacturas de tabaco, las peleterías, hilaturas y destilerías, los talleres de construcción de buques y maquinaria agrícola.

 

 

 

Louisville domina al Ohio en un centenar de pies sobre un barranco cortado a pico. La mirada puede abarcar desde allí el irregular curso del río, el canal de su orilla izquierda, las islas Sand y Coose, la línea férrea que lo cruza y las hermosas cataratas formadas por las mugidoras aguas del río.

 

 

 

Al fin, muy fatigadas, Jovita Foley, que no quería admitirlo, y Lissy Wag, que lo confesaba, regresaron al hotel a las nueve de la noche.

 

—Buenas noches —dijo Jovita Foley, metiéndose en la cama.

 

—¿Cuándo partimos? —preguntó Lissy Wag.

 

—Mañana por la mañana.

 

—¡Tan pronto, cuando bastan algunas horas para llegar al término de nuestro viaje! Tenemos tiempo suficiente…

 

—¡Nunca sobra tiempo cuando se trata de ir a la Gruta del Mamut! —respondió Jovita Foley—. Duerme, amiga mía. Ya te despertaré.

 

Al día siguiente el tren conducía a las dos jóvenes en dirección Sur hasta

 

 

 

 

 

 

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la célebre gruta. El país, en aquel trayecto de ciento cincuenta millas, mostrábase poco accidentado, cubierto de espesos bosques, entre los que aparecían campos de cereales y, sobre todo, plantaciones de tabaco.

 

Más allá de la ciudad de Maufort, la única que sirve la vía férrea en esta parte del Estado, se extiende el delicioso valle del río Green. Este afluente del Ohio pasea sus límpidas aguas sobre una alfombra de plantas acuáticas, nelumbos verdes, pontederias de flores amarillas y azules, colores que recordaban los de Hermann Titbury, Harris T. Kymbale y Lissy Wag.

 

Antes de mediodía las dos amigas entraban en el «Mamut Hotel», establecimiento de primera categoría situado casi a la entrada de la gruta y en un lugar encantador.

 

Pese a la curiosidad que la devoraba, Jovita Foley tuvo que aplazar para el siguiente día su visita a la gruta, pues a la hora indicada todos los guías habían partido ya. Pero podía ocupar su tiempo paseando por los alrededores de aquel valle encantador, y subiendo por las umbrosas orillas del río, que en mil cascadas va a arrojarse al Green.

 

El hotel está admirablemente dispuesto para la comodidad de los turistas que a él afluyen. Compónese de varios chalets, afectos a los diversos servicios y magníficamente instalados. Las dos jóvenes se albergaron en una habitación cuya ventana daba al valle, y, lo que les agradó sobremanera, eran esperadas con cierta impaciencia en aquella región de Kentucky.

 

En aquella época del año afluían ya numerosos excursionistas, impacientes por recorrer la Gruta del Mamut, cosa que Jovita pudo advertir a las seis de la tarde, cuando unos tremendos golpes de gongo, tan usado en los hoteles de América, las llamaron al comedor.

 

El gobernador del Estado de Illinois, John Hamilton, que se encontraba allí en calidad de turista, quiso que en la mesa fuesen colocadas Lissy Wag a su derecha y Jovita Foley a su izquierda.

 

Es de destacar que si el gobernador de Illinois, los que le rodeaban y los demás visitantes recibieron con simpatía a la jugadora número 5 y a su compañera, las señoras que habían ido a visitar las grutas de Kentucky las recibieron también con grandes muestras de simpatía… ¿No era esto

 

 

 

 

 

 

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indicio del éxito final de Lissy Wag? ¿Y es de extrañar que Jovita Foley tuviera parte en estas atenciones, y que se identifícase cada vez más con su querida Lissy…, a quien no se le ocurrió reprochar por esto?

 

La comida, bien servida y preparada por un cocinero francés, fue excelente, aunque no se compusiera del gran número de platos que de ordinario se sirven en las mesas americanas: sopa, truchas pescadas en el afluente de río Green, asado dispuesto a la manera tradicional y condimentado con las salsas de costumbre, jamón ahumado, tarta, legumbre y frutas variadas.

 

 

 

No hay que olvidar las copas de champaña que fueron ofrecidas a las dos amigas. Éstas no hacían más que mojar sus labios en ellas, respondiendo al obsequio con un gracioso saludo. Después estallaron entusiastas hurras a favor de la encantadora favorita del match Hypperbone. Nunca Jovita Foley se había encontrado en fiesta semejante. Ella y Lissy Wag se mantuvieron en actitud digna, no sin la ligera diferencia de que la una recibió las enhorabuenas con su natural reserva, y la otra, de carácter más expansivo, las aceptó con visible satisfacción.

 

A las diez, las dos jóvenes se retiraron a su habitación.

 

—¿Qué opinas de todo lo que nos sucede? —preguntó Jovita Foley.

 

—No opino nada —dijo Lissy Wag.

 

—¿Cómo? ¿No te ha impresionado el recibimiento que se nos ha hecho, la manera como nos ha tratado el gobernador y la amabilidad de esos turistas, que posiblemente van a apostar a favor nuestro?

 

—¡Pobres gentes!

 

—¿No tienes deseos de demostrarles tu gratitud ganando la partida?

 

—Lo que tengo es ganas de dormir —respondió Lissy Wag—. Voy a acostarme, y te ruego que hagas lo mismo.

 

—¿Dormir? ¿Podrás hacerlo?

 

—Buenas noches, Jovita.

 

—Buenas noches —respondió Jovita Foley, que quizás había abusado del

 

 

 

 

 

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champaña. Y añadió entre bostezos—: ¡Quisiera que estuviéramos a mañana!

 

Y el día de mañana llegó con un hermoso amanecer, que precedió en dos horas al despertar de Jovita Foley.

 

No pudo Lissy Wag resistir al imperioso llamamiento de su amiga, que la urgía para que abandonase el lecho y se vistiese. A las ocho las dos amigas hallábanse prestas a abandonar el hotel.

 

La exploración de las grutas de Kentucky, en su parte conocida, exige de siete a ocho días. La principal arteria mide de tres a cuatro leguas, y la inmensa excavación tiene 11 000 millones de metros cúbicos Está escalonada en todos sentidos por centenares de corredores, galerías y pasos, y, bueno es repetirlo, no se trata más que de la parte actualmente descubierta.

 

Era el día 31 de mayo, y el 6 de junio por la mañana Lissy Wag debía hallarse en su puesto. Le quedaban, pues, seis días. Este tiempo, bien empleado, debía bastar para satisfacer a la más curiosa de las viajeras, aunque fuese Jovita Foley.

 

Las dos jóvenes realizaron esta expedición en numerosa compañía y en excursiones sucesivas, organizadas bajo la dirección de los mejores guías de las grutas de Kentucky.

 

Con trajes de abrigo, pues la temperatura es fresca en el fondo de aquellas cuevas, los turistas de ambos sexos tomaron a las nueve el sendero que serpentea por entre las rocas y conduce a las grutas. Llegaron ante una abertura de reducidas proporciones, conservada tal como la Naturaleza la formó, y por la que las personas de alta estatura no pueden pasar sin inclinar la cabeza.

 

Iban los guías acompañados por negros que llevaban linternas y antorchas, que encendieron en seguida. Bajo la luminosa reverberación producida por las facetas de las paredes, los excursionistas llegaron a una escalera tallada en la roca. Esta escalera, a la que sigue una galería de mayor anchura, conduce directamente a la vasta sala de la Rotonda.

 

En este punto se ramifican múltiples pasos, cuyas sinuosidades es conveniente conocer si no se quiere tomar el riesgo de extraviarse. No

 

 

 

 

 

 

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existe laberinto más complicado, sin exceptuar los de Lemnos y Creta.

 

Por un largo corredor los turistas llegaron a una de las más espaciosas cavernas de la Gruta del Mamut, a la que se ha dado el nombre de Iglesia Gótica.

 

¿Gótica? ¿Es el estilo ojival el característico de este subterráneo? Poco importa. Aquella cavidad es maravillosa, con las pechinas de su bóveda, estalactitas y estalagmitas que forman extrañas columnatas, rocas de variadas formas cuyas concreciones cristalinas pone la luz de relieve… He aquí un altar donde parecen amontonarse los ornamentos litúrgicos; he allí un órgano, cuyos tubos suben hasta lo alto de la bóveda; más allá se adivina un púlpito, donde más de una vez los predicadores de ocasión han hablado ante un público de cinco mil o seis mil fieles…

 

No hay que decir que aquel grupo de excursionistas participaba del entusiasmo de Jovita Foley y tomaba parte en el concierto de admiraciones.

 

—Vamos, Lissy; ¿lamentas haber hecho este viaje?

 

—No, Jovita. Todo esto es muy hermoso…

 

—¡Pensar que todo ello es obra de la Naturaleza, que la mano del hombre no hubiera podido labrar estas grutas y que estamos hundidas en las entrañas de la tierra!

 

—Sí…, y me asusta la idea de que pueda extraviarme aquí —respondió Lissy.

 

—Te creo… Imagínate que nos perdiéramos en esta Gruta del Mamut, y dejáramos de acudir a la llegada del telegrama de Mr. Tombrock.

 

Desde el orificio de entrada hasta la Iglesia Gótica había que recorrer media legua. Continuando la marcha, fue preciso encorvarse varias veces, y hasta gatear por los estrechos conductos para llegar a la Sala de los Fantasmas. Allí Jovita Foley sufrió una desilusión al no ver surgir ninguno de los espectros de los que creía llena aquella subterránea cavidad.

 

En realidad, la Sala de los Fantasmas es un lugar de descanso, alumbrado con la luz de las antorchas, y donde se veía un mostrador donde había sido dispuesto el almuerzo, servido por el personal del «Mamut Hotel».

 

 

 

 

 

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Esta sala merecía más bien el nombre de Sanatorio, pues a ella van los enfermos que conceden alguna virtud terapéutica a la atmósfera de las grutas de Kentucky. Aquel día habían asistido una veintena de ellos, que se instalaron frente a un gigantesco esqueleto de mastodonte, al que aquellos vastos subterráneos deben quizás el nombre de Mamut.

 

A esta parte de las grutas limitóse la primera visita, que sería seguida de varias otras, después que los viajeros hubieran hecho otro alto en una especie de capillita, que viene a ser como una reducción de la Iglesia Gótica. Confina con un abismo insondable, en el que los guías arrojan papeles encendidos para iluminar el sombrío fondo. Es el Bottomless Pit, cuya pared excavada forma la Silla del Diablo, y que tiene sus leyendas… Lo inverosímil sería que no las tuviera.

 

Tras jomada tan fatigosa, los turistas no se hicieron de rogar para seguir de nuevo por la galería que les llevó a la entrada de la gruta, preferible a otra salida situada en la punta del Ammath, muy cercana al hotel, pero a la que no se llega sin grandes rodeos. Una excelente comida y una noche de reposo devolvieron a las dos amigas las fuerzas necesarias para la exploración del siguiente día.

 

Por lo demás, recorriendo estas maravillosas cavernas —un paseo por el mundo encantado de Las mil y una noches—, aun sin encontrar demonios ni gnomos, quedaban generosamente pagadas las fatigas, y Jovita convenía en que tal espectáculo rebasaba los límites de la imaginación humana. Por esto, durante cinco días, la enérgica joven, demostrando una fuerza que rindió a la mayor parte de los excursionistas y aun a los mismos guías, se impuso la tarea de explorar todo lo que se conocía de las célebres grutas, disgustada de no poder lanzarse a lo desconocido. Pero su amiga no podía hacer lo mismo y tuvo que pedir gracia después de la tercera jomada. No hay que olvidar su pasada enfermedad, y era preciso que evitara todo cuanto podía impedirle la continuación del viaje.

 

Así, pues, Lissy Wag no acompañó a Jovita Foley en las últimas excursiones. La vehemente joven visitó la caverna de la Cúpula Gigante, que se eleva hasta una altura de setenta toesas; la Cámara Estrellada, cuyas paredes parecen estar sembradas de diamantes y piedras preciosas, que resplandecen a la luz de las antorchas; la Avenida Cleveland, tapizada de encajes y flores minerales; el Salón de Baile, de muros blancos como la nieve; las montañas Rocosas, conjunto de bloques

 

 

 

 

 

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de altura tal que hacen creer que las cordilleras de Utah y de Colorado se ramifican hasta el interior del globo; la Gruta de las Hadas, rica en formaciones sedimentarias, alimentadas por fuentes subterráneas, con arcos, pilares y hasta una especie de gigantesco árbol, una palmera de piedra que se extiende hasta la cúpula de aquella sala, situada a cuatro leguas de la entrada principal de la Gruta del Mamut.

 

¡Qué imborrable recuerdo debía conservar la infatigable excursionista, cuando, después de haber franqueado la portada de la Catedral de Goran, bajó en barca por el Styx, que, como un Jordán de las entrañas terrestres, va a verterse en un Mar Muerto! Si bajo las aguas del río bíblico no puede vivir ningún pez, no sucede así en este lago subterráneo. Por millares nadan en él los ciprínidos, que carecen totalmente de aparato óptico, semejantes a las especies sin ojos que habitan ciertas aguas de México.

 

Tales son las incomparables maravillas de estas cavernas que sólo han entregado parte de sus secretos. ¿Se sabe lo que reservan a la curiosidad del universo? ¿Se descubrirá algún día un mundo extraordinario en las entrañas del globo terrestre?

 

Al fin terminaron los cinco días de que Jovita Foley y su amiga podían disponer para permanecer en la Gruta del Mamut. El día 6 de junio el telegrama debía llegar al despacho mismo del hotel. Debido al interés que los muchos turistas que allí había sentían por la jugadora número 5, la mañana del siguiente día se pasaría en febril ansiedad, impaciencia de la que quizá Lissy Wag no participaba.

 

Aquella noche, a la hora de la cena, prodigáronse las frases de ánimo con más ardor que la víspera. ¡Qué hurras sonaron cuando John Hamilton, siguiendo la costumbre adoptada por los gobernadores de admitir mujeres en su Estado Mayor, nombró coronel a Lissy y teniente coronel a Jovita, en el ejército de Illinois! Si una de estos nuevos oficiales, modesta siempre se sintió algo desasosegada por tantos honores, la otra los recibió como si hubiera vestido siempre el uniforme.

 

Cuando estuvieron solas en su habitación, Jovita, haciendo un saludo militar, dijo a Lissy:

 

—Y bien, coronel, ¿está usted satisfecho?

 

—Esto es una locura; y temo que acabe mal.

 

 

 

 

 

 

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—¡Cállate, u olvido que eres mi superior y te falto al respeto!

 

Y después de darle un sonoro beso se acostó, no tardando en soñar que era nombrada general.

 

Al día siguiente, a partir de las ocho, los huéspedes del hotel se amontonaban ante el despacho del telégrafo, esperando el telegrama expedido de Chicago por el notario Tombrock.

 

Difícil sería describir la emoción del simpático público que rodeaba a las dos amigas. ¿Adónde las dirigiría el azar? ¿Serían enviadas a los límites de la Unión? ¿Aventajarían a los demás jugadores?

 

Media hora después sonó el timbre del aparato. Un telegrama llegaba a nombre de Lissy Wag, Kentucky, «Hotel Mamut», Gruta del Mamut.

 

Un profundo y casi religioso silencio reinó tanto dentro como fuera de la estancia.

 

¡Y cuáles no serían el estupor, el descorazonamiento y hasta la desesperación, cuando Jovita Foley leyó con temblorosa voz!

 

Catorce, por siete doble, casilla 52, San Luis, Estado de Missouri.

 

TORNBROCK.

 

 

 

Era ésta la casilla correspondiente a la prisión, donde, después de pagar una prima triple, la desdichada Lissy Wag tenía que permanecer hasta el momento en que un no menos desdichado jugador fuera a libertarla, ocupando su sitio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VI. El Valle de la Muerte

 

El primero de junio por la mañana, un tren, salido de Stakton, pequeña ciudad de California situada a orillas del lago San Joaquín, corría a toda velocidad en dirección Sudeste.

 

Este tren, compuesto únicamente de una locomotora, un vagón y un furgón, había partido, fuera de las indicaciones de los horarios, tres horas antes del que atraviesa los territorios meridionales de California por la línea de Sacramento a la frontera de Arizona.

 

El Estado de California ocupa el segundo lugar entre los de la Confederación americana, con una superficie de 158 000 millas cuadradas. Está limitado al Norte y al Sur por dos grados de latitud, al Este por una línea quebrada cuyo ángulo se apoya en el lago Tahoe y el río Colorado, y al Oeste por el océano Pacífico, que baña su litoral en una extensión de 600 millas. En este vasto territorio viven 1.200 000 almas, de muy diversas procedencias, europeos, americanos y asiáticos, inmigración la de estos últimos debida al descubrimiento de las minas de oro después del Tratado de 1848, por el cual México cedió el dominio californiano a la República federal.

 

El país que atravesaba el tren especial no parecía atraer la atención de los viajeros, conducidos con extraordinaria rapidez. Pero, antes de seguir adelante…, ¿es que iban viajeros en aquel tren? Sí, pues de vez en cuando dos cabezas aparecían tras los cristales de las ventanas, desapareciendo en seguida. Dos rostros de expresión avinagrada, feroz más bien. A veces bajábase el cristal y dejaba paso a una ancha mano que sostenía una corta pipa, cuya ceniza sacudía aquélla, y que volvía adentro en seguida.

 

 

 

Tal vez en la parte septentrional del Estado aquellos viajeros hubiesen observado con más atención el paisaje. Al Norte y al centro, los campos, muy propios para la cría de ganado, están bien cultivados y son muy fértiles. Producen trigo y, sobre todo, cebada, cuyas espigas alcanzan una altura de 12 a 15 pies, maíz y avena. Vense allí en abundancia

 

 

 

 

 

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albérchigos, perales, fresas, cerezos, verdaderos bosques de árboles frutales y viñedos de tanto producto, que solamente California puede producir la tercera parte de la cosecha americana. Y toda esta riqueza nace en un suelo generoso, cuya fuerza productora sostiene un admirable sistema de riego.

 

No hay que suponer, sin embargo, que el territorio regado por el San Joaquín y los tributarios de éste fuese improductivo. El aprovechamiento de sus aguas le aseguran buen rendimiento agrícola. Pero los viajeros no paraban en él la atención, lo mismo que si fuera terreno estéril, como cincuenta años atrás, cuando no era cultivado por la mano del hombre.

 

California goza de un clima particular. El calor es más fuerte en setiembre que en julio. Sus líneas isotérmicas no siguen allí las mismas paralelas que en el resto de la Unión. Las tormentas que nacen en la inmensa área del Pacífico no se propagan por su superficie. Unas son contenidas por las montañas; otras tropiezan con la Sierra Nevada. Allí se resuelven en lluvias, muy favorables para el crecimiento de las coníferas, pinos, abetos, cedros, cipreses, etc., que a partir de una altura de 500 a 600 toesas, erizan los flancos de la cordillera. Hay árboles, como las sequoias y los bigtrees, llamados wellingtonias por los ingleses y washingtonias por los americanos, que no miden menos de 60 pies de circunferencia por una altura de 300.

 

 

 

¿Quiénes eran, pues, aquellos indiferentes viajeros? ¿De dónde venían o adónde iban? ¿Eran ávidos californianos, súbitamente llamados por el descubrimiento de nuevas bolsadas, buscadores de nuevos placeres, pues se puede suponer que los seis milliards de francos extraídos desde hace cuarenta años no hayan agotado los yacimientos de aquel suelo aurífero? Además, este suelo encierra otras minas preciosas, cinabrio, sulfuro rojo de mercurio, bermellón nativo, que en las explotaciones de Nueva Almadén, entre 1850 y 1886, han dado un rendimiento de 100 millones de libras, o sea, 100 000 toneladas.

 

Después de todo, aquellos viajeros podían ser fundadores de bonanzas farms, miembros de los grandes sindicatos de explotaciones agrícolas, gentes muy temibles a los pequeños cultivadores por la abundancia de los capitales que les suministra Inglaterra. ¿Cómo no ha de acudir el dinero allí donde la viña da racimos de varias libras y el peral peras de pie y medio de circunferencia? Como Tejas posee granjas de un millón de hectáreas, en California se encuentran algunas cuya superficie cubre

 

 

 

 

 

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hasta 1200 kilómetros cuadrados.

 

Lo que no ofrecía duda es que los referidos viajeros debían de ser gente rica y que tenían gran prisa, puesto que se permitían el lujo de trasladarse en un tren especial teniendo a su disposición los trenes reglamentarios del Southern Pacific. Eso sólo les hubiera significado medio día de retraso, economizándoles, en cambio, algunos miles de dólares.

 

La locomotora corría a todo vapor, y, como los trenes no son numerosos en esta línea, el tráfico podía ser establecido sin dificultad. Además, sólo se trataba de un recorrido relativamente corto, en el ramal que sale de Reno, pasa por Carson City, la capital de Nevada, penetra en el Estado de California por la estación de Bentom y termina en la de Keeler, o sea unas 240 millas, que serían recorridas en seis o siete horas, como efectivamente aconteció.

 

A las once de la mañana la máquina lanzó sus últimos silbidos un cuarto de hora antes de llegar a la estación de Keeler, donde se detuvo.

 

Dos hombres saltaron al andén con un equipaje reducido a lo estrictamente necesario —una maleta y una caja de provisiones, que no parecía haber sido aún tocada—. Cada uno de ellos llevaba un saco de viaje y una carabina al hombro.

 

Uno de estos hombres se acercó a la locomotora y dijo al maquinista; «Espere usted», como si se trabase de un cochero cuyo carruaje se abandona para hacer una visita.

 

El maquinista hizo un gesto afirmativo y cuidó de llevar su tren a un apartadero para dejar libre la circulación.

 

El viajero, seguido de su compañero, se dirigió entonces a la puerta de salida, y se encontró en presencia de un individuo que observaba su llegada.

 

—¿Está el carruaje? —preguntó con tono breve.

 

—Desde ayer.

 

—¿En disposición?

 

—En disposición.

 

 

 

 

 

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—Partamos.

 

Un instante después los dos viajeros estaban instalados en el interior de un cómodo automóvil, accionado por un poderoso mecanismo, que rodaba rápidamente en dirección al Este.

 

Se habrá reconocido en uno de los viajeros al comodoro Urrican, y a su fiel Turk en el otro, aunque no se hayan abandonado a su irascibilidad natural, ni contra el maquinista del tren especial, que, por lo demás, había llegado a la estación a la hora indicada, ni contra el del automóvil, que estaba en su puesto.

 

¿Por qué milagro Hodge Urrican, medio muerto en las oficinas del telégrafo de Key West el día 25 de mayo, reaparecía ocho días después en aquella ciudad de California, a cerca de 1500 millas de Florida? ¿En qué condiciones verdaderamente excepcionales se había efectuado tal trayecto en tan poco tiempo? ¿Cómo, en fin, el jugador número 6, perseguido por tan infernal suerte, y que no parecía estar en condiciones de continuar la partida, se encontraba allí, más decidido que nunca a jugarla hasta el fin?

 

 

 

No se habrá olvidado que el náufrago del Chicola había sido trasladado, sin que hubiera recobrado el sentido, a las oficinas del telégrafo de Key West. El despacho expedido la misma mañana en Chicago había llegado a mediodía. ¡Y qué resultado más deplorable anunciaba! ¡Un golpe desdichado; cinco, por dos y tres!

 

Merced a esta jugada, el comodoro iba desde la casilla 53 a la 58, de Florida a California, teniendo que recorrer de Sudeste a Noroeste todo el territorio de la Unión. Y, circunstancia aún más desastrosa, la citada casilla era la que para la muerte había elegido William J. Hypperbone: el Valle de la Muerte, adonde el jugador debía ir en persona y de donde, después de pagar una triple prima, le sería preciso volver a Chicago. ¡Y esto después de haber empezado la partida con un golpe maestro!

 

Así es que cuando Hodge Urrican, vuelto al fin a la vida merced a enérgicas fricciones y pociones no menos enérgicas, conoció el contenido del telegrama, sintió emoción tal, que determinó en él el más terrible acceso de cólera que Turk había presenciado.

 

 

 

 

 

 

 

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Por dicha para los presentes, no había ninguno en quien el comodoro puchera descargar su rabia, y Turk no tuvo que sobrepasarle en violencia según su costumbre.

 

Hodge Urrican no pronunció más que una palabra, una sola, una de esas palabras que suelen adquirir valor histórico:

 

—¡Partamos!

 

Un silencio glacial acogió esta palabra. Turk dijo a su amo dónde estaba. Entonces Urrican supo lo que aún ignoraba: el naufragio de la goleta, el traslado de los pasajeros y de la tripulación a Key West, donde no se encontraba un navío que aparejase para algún puerto de Alabama o Luisiana.

 

Hodge Urrican estaba clavado como Prometeo sobre la roca, y su corazón iba a ser devorado por el buitre de la impaciencia y de la impotencia.

 

Efectivamente; era preciso que en los quince días que se le concedían se trasladase desde Florida a California, y de California a Illinois. Decididamente, la palabra imposible pertenece a todas las lenguas, incluso a la americana, aunque se suponga que ha sido borrada de su diccionario por los audaces yanquis.

 

El no poder abandonar Key West aquel mismo día hizo reflexionar a Hodge Urrican acerca de las consecuencias que la pérdida de la partida podía acarrearle, lo que le sumió en una segunda crisis durante la cual las vociferaciones, las imprecaciones y las amenazas hicieron temblar los cristales de la oficina. Turk consiguió dominarle, entregándose a actos de tal furor que su amo tuvo que calmarle. ¡Cruel necesidad, sin embargo, y también cruel herida para el amor propio de un jugador, verse obligado a retirarse de la lucha, y, para el pabellón anaranjado, inclinarse ante los pabellones violeta, añil, azul, verde, amarillo y rojo!

 

Pero hay razón para asegurar que las dichas y desventuras se mezclan en este bajo mundo, sucediéndose a veces con rapidez eléctrica. Véase cómo, por intervención verdaderamente providencial, salvóse esta situación al parecer tan desesperada.

 

A las doce y treinta y siete el semáforo del puerto de Key West señaló un navío a cinco millas. La multitud de curiosos reunida ante las oficinas del

 

 

 

 

 

 

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telégrafo se dirigió, con Hodge Urrican y Turk al frente, a una altura desde donde la mirada descubría el mar en gran extensión.

 

Un navío se mostraba a alguna distancia, un steamer cuya humareda desarrollaba en el horizonte sus penachos fuliginosos.

 

Los interesados se dijeron:

 

—¿Viene este navío a Key West?

 

—Y, si viene, ¿hará escala aquí, o partirá hoy mismo?

 

—Y, si parte hoy mismo, ¿lo hará para un puerto de Alabama, de Misisipi o de Luisiana? ¿Irá a Nueva Orleans, a Mobile o a Pensacola?

 

—Y, en fin, si va con destino a alguno de esos puertos, ¿correrá lo suficiente para efectuar la travesía en cuarenta y ocho horas?

 

Había, pues, cuatro condiciones indispensables.

 

Todas fueron cumplidas. El President Grant sólo debía permanecer en Key West algunas horas; la misma tarde partiría para Mobile, y era un steamer de gran velocidad, uno de los más rápidos de la flota mercante de los Estados Unidos.

 

Inútil es añadir que Hodge Urrican y Turk fueron admitidos como pasajeros, y que el capitán Humper se interesó por el comodoro como el capitán del Sherman se había interesado por Tom Crabbe.

 

Con un mar en calma, ayudado por ligera brisa sudeste, el President Grant desplegó su máxima velocidad, o sea, veinte millas por hora; lo que le permitió arribar a Mobile en la noche del día 27.

 

Tras pagar con generosidad el pasaje, Hodge Urrican, seguido de Turk, saltó al primer tren, que franqueó en veinte horas las setecientas millas que separan Mobile y San Luis.

 

Allí se produjeron los incidentes que ya se conocen; dificultades con un jefe de estación en Herculanum; viaje necesario de Hodge Urrican a San Luis, para reclamar su equipaje; el encuentro con Harris T. Kymbale; la provocación dirigida al periodista; el regreso a Herculanum por la noche; la partida al día siguiente; los balazos cambiados al cruzarse los trenes; la

 

 

 

 

 

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llegada a San Luis… Desde este punto, el ferrocarril condujo al comodoro a Topeka el día 30; a Ogden por la línea delUnion Pacific, el día 31; luego, a Reno, de donde partió a las siete de la mañana hacia la estación de Keeler.

 

 

 

Pero aunque el comodoro Urrican estaba en Keeler, no había llegado al Valle de la Muerte, punto del Estado de California adonde tema que dirigirse. Aunque existiese algún camino que pudiera ser recorrido en carruaje, no existía servicio de transporte. Hacerlo a caballo era imposible, pues en tan corto espacio de tiempo no era fácil ir y volver, dadas las sinuosidades de territorio tan quebrado.

 

Cuando estaba en San Luis, Urrican había tenido la feliz idea de preguntar en Sacramento si se podría poner a su disposición un automóvil y enviarlo a Keeler, donde aguardaría su llegada.

 

La respuesta fue afirmativa. El automóvil, de sistema perfeccionado, esperaba en la estación de Keeler al comodoro Urrican.

 

Dos días bastaban para llegar al Valle de la Muerte, y otros dos para volver; de suerte que él estaría en Chicago antes del día 8 de junio.

 

Decididamente, la suerte parecía favorecer a este viejo lobo de mar.

 

He aquí la causa de que el automóvil se encontrase el día 1.º de junio en la estación de Keeler, y abandonase aquella pequeña ciudad siguiendo el camino del Este con dirección al Valle de la Muerte.

 

Teniendo en cuenta la rapidez con que este viaje se efectuaba, comprenderá el lector que el comodoro Urrican no experimentase la curiosidad propia de un turista. El Union Pacific le había transportado a través de Nebraska, de Wyoming y de las montañas Rocosas, por el paso de Truckee, a mil toesas de altura, y luego por Utah hasta la extremidad de Nevada. No había descendido del vagón ni en Ogden, para ver Great Salt Lake City, ni en Carson para visitar esta capital. No pensó tampoco en admirar Sacramento, la capital del Eldorado californiano, ciudad que fue reedificada casi por completo después de las inundaciones de Arkansas, causa de tantos desastres. Se terraplenó su suelo en forma que rebasase el nivel de las mayores crecidas, y se edificaron casas de 10 a 15 metros de altura. Ahora, sólidamente asentada sobre las orillas del río que lleva su nombre, esta ciudad de 27 000 habitantes tiene buen aspecto, con su

 

 

 

 

 

 

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capitolio de apariencia arquitectónica, sus calles bien dispuestas y su barrio chino, que parece arrancado de las provincias del Celeste Imperio.

 

Sin embargo, si un Max Real o un Harris T. Kymbale hubieran lamentado pasar sin detenerse por Sacramento, más hubiera sido su disgusto obrando igual respecto a San Francisco. Esta gran metrópoli de California, que cuenta 300 000 almas, ocupa una situación única en el mundo, frente a la bahía, de cien kilómetros cuadrados, tan grande como el lago Lemán, en el umbral de la Puerta de Oro abierta sobre el Pacífico. Para comprender su importancia es preciso recorrer sus barrios del mundo elegante, sus anchas calles siempre animadas, la de Sacramento, la de Montgomery, donde se levanta el «Occidental Hotel», de capacidad suficiente para albergar toda una colonia; la magnífica arteria de Broadway, la de Piccadilly, la calle de la Paz; sus casas de resplandeciente blancura, con balcones y miradores al estilo mejicano, festoneados de flores y hojas; sus jardines, en los que prosperan las más admirables especies de la flora tropical; hasta sus cementerios, que son parques que frecuentan los paseantes, y a ocho millas el Cliff House, en toda la belleza de su naturaleza salvaje.

 

 

 

Desde el punto de vista comercial, esta metrópoli puede compararse a Yokohama, a Shanghai, a Hong Kong, a Singapur, a Sydney, a Melburne, soberanas todas ellas de los mares orientales.

 

Aun llegando en domingo, el comodoro Urrican no hubiera encontrado una ciudad muerta, como tantas otras de los Estados Unidos. Desde que el elemento francés ha tomado allí cierta preponderancia, aunque, ni con mucho, tanta como el elemento chino, Frisco ha adquirido formas más mundanas.

 

En este punto de California el comodoro hubiera encontrado jugadores frenéticos del match Hypperbone. San Francisco es por excelencia la ciudad de los especuladores, la capital de los «trust», sociedades financieras que acaparan las medianas industrias similares, donde la pasión del juego se manifiesta en las formas más violentas, donde las fortunas se hacen y se deshacen en algunas jugadas de Bolsa, lo mismo que en un golpe de dados, donde el corazón late siempre como hace cincuenta años, en la época de la fiebre del oro. Y estos audaces californianos, ¿no hubieran aplaudido el empleo del automóvil por el jugador número 6, y Hodge Urrican, un hombre de «tantas agallas», no hubiera sido su favorito, aunque tuviese que comenzar de nuevo la partida

 

 

 

 

 

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en condiciones tan desventajosas?

 

En resumen: el comodoro podía excusarse en la premura del tiempo, y además, dado su carácter, no habría pensado en visitar California ni aun someramente. Max Real, y tal vez Harris T. Kymbale, hubieran deseado satisfacer esta curiosidad de turista de disponer de tiempo para ello. Las múltiples vías férreas y las numerosas embarcaciones les habrían trasladado a Mariposa, cerca del incomparable valle de Yosemite, donde afluyen los visitantes, o a Oakland, frente a Frisco, sobre la costa de la bahía, cuya escollera, de cerca de una legua de extensión, acabará por desarrollarse de una orilla a otra; al estrecho de Carquinez, a Benicia, donde las barcas de vapor sustituyen a los ferrocarriles, transportando trenes enteros; a la encantadora Santa Clara, cuya unión con la ciudad de San José no tardará en realizarse; al célebre observatorio del monte Hamilton; a la española ciudad de Monterrey, convertida en estación balnearia, muy buscada por la sombra de sus cipreses, de especie única; a Los Ángeles, sobre la costa meridional, segunda ciudad del Estado, donde se disfruta de clima sin igual, llena de árboles, eucaliptos, pimenteros, higueras fosforescentes, naranjos, bananos, cafetales, árboles del caucho, arbustos de té, con frutos durante todo el año, sanatorio muy apreciado por los americanos del Oeste. En fin, mediante una buena combinación de horarios, quizás el joven pintor y el periodista del Tribune hubieran podido llegar hasta la frontera meridional del Estado, donde la linda ciudad de San Diego, de aire puro y sano, a orillas de un estuario practicable para los navíos de gran tonelaje, espera que la explotación de las minas de borato y de carbonato de sosa haga de ella uno de los puertos más importantes del Pacífico.

 

Hodge Urrican no había visto nada de esto, ni había pensado en verlo, y era de suponer que no desease ver nada durante su paso por California Central. Acaso pensase que había hecho bastante recorriendo la región comprendida entre Keeler y el Valle de la Muerte.

 

El automóvil enviado de Sacramento era un excelente vehículo de sistema perfeccionado, el sistema Adamson, el más generalmente adoptado en América. Funcionaba por medio del petróleo, y podía llevar cantidad de éste suficiente para una semana. En estas condiciones, y aun en el supuesto de que no pudieran renovar su provisión de aceite mineral, el automóvil recorrería fácilmente las 400 millas que componían el camino de ida y vuelta.

 

 

 

 

 

 

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Hodge Urrican y Turk iban sentados en la parte trasera de una especie de cómodo cupé, y el conductor y su ayudante en la parte delantera, junto a los aparatos de dirección y de marcha. Esta vez, por excepción a su costumbre, el comodoro permanecía en silencio, absorto en sus pensamientos, y Turk no conseguía arrancarle una palabra. Sólo pensaba en el objetivo que perseguía, hipnotizado por aquella casilla número 63, tan lejana ahora y a la que tanto se había aproximado al principio. Y no se trataba del dinero que la última jugada le había costado: el gasto de un tren especial, el del automóvil, los tres mil dólares correspondientes a la triple prima que tendría que pagar en Chicago antes de recomenzar la partida… Lo más importante para él era la cuestión de amor propio y la vergüenza, sí, la vergüenza de verse adelantado por los otros seis jugadores. Y, preciso es confesarlo, el temor de que se le escapase la herencia de William J. Hypperbone.

 

El automóvil avanzaba con paso rápido y regular por un camino bastante bueno que el conductor había ya recorrido, desde Keeler hasta el Valle de la Muerte. Este camino atraviesa algunos pueblos solitarios más allá de las antiguas ramificaciones de Sierra Nevada, dominada por el monte Whitney, cuya cúspide se levanta a una altura de cerca de 14 000 pies. Después de haber vadeado varios arroyos, el automóvil torció hacia el Sudeste y franqueó el río Chay-o-poo-vapah, para llegar el pueblo de Indian Wells al salir de los pasos de Walker.

 

La comarca, hasta aquel punto, no estaba totalmente desierta. Algunas granjas se sucedían, a larga distancia unas de otras. Encontrábanse a veces algunos trabajadores del campo dirigiéndose a una u otra, y también algunos grupos de indios mohaws, que antaño poseían el territorio. Como gentes que no se asombran de nada, miraban sin sorpresa el vehículo automóvil.

 

El suelo no estaba aún desprovisto de vegetación. Veíanse matorrales de creosotas, bosques de yucas, cactos gigantes, algunos de ocho toesas de altura. Pero aquella zona no podía compararse con el famoso territorio de Calaveras y de Mariposa, el de los árboles fenómenos, «el padre del bosque y la madre de la selva», esos gigantes de la flora, cuya altura sobrepasa los trescientos pies.

 

Si en lugar de ser enviado al Valle de la Muerte, Hodge Urrican tuviera que ir al valle de Yosemite, al este de San Francisco, hacia el centro de Sierra

 

 

 

 

 

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Nevada, y mejor aún, si su buena fortuna hubiera conducido a Max Real a este lugar, ¡qué recuerdos conservaría, aun después de admirar las maravillas del Parque Nacional de Wyoming, de aquel otro parque dominado por el monte Syell, de dos mil toesas de altura, y de aquellas bellezas naturales con sus denominaciones significativas; «La Gran Cascada», de 500 pies; «La Cascada de la Primavera», «El Lago del Espejo», «Las Arcas Reales», «La Catedral», «La Columna de Washington», tan admiradas por millares de turistas!

 

Al fin el automóvil llegó al desierto donde se hunden las depresiones del Valle de la Muerte. Reinaba allí inmensa soledad. Ni hombres ni animales frecuentaban tal punto. Un ardiente sol caía sobre la ilimitada llanura, donde apenas crecían rastros de rudimentaria vegetación. Ni caballos ni mulas pueden encontrar en aquel sitio con qué alimentarse, y era gran fortuna que el aparato propulsor no tuviera necesidad más que de los vapores del petróleo para hacer andar al vehículo.

 

Solamente aquí y allá elevábanse algunas colinas de mediana altura cubiertas de mezquina vegetación.

 

Al calor enervante del día sucedían esas noches californianas, secas y frías, cuyos rigores no dulcifica el rocío.

 

En estas condiciones, el comodoro Urrican llegó el día 3 de junio a la extremidad meridional de los Telescope Range, que limitan al Oeste el Valle de la Muerte.

 

Eran las tres de la tarde. El viaje había durado cincuenta horas, sin descanso ni accidente.

 

En verdad este país desolado, de suelo arcilloso, cubierto a trechos de eflorescencias salinas, merece su nombre de País de la Muerte. El valle en que termina, casi en la frontera del Estado de Nevada, no es más que un cañón de 19 millas de ancho por 120 de longitud, lleno de abismos, cuyo fondo llega a 30 toesas bajo el nivel del mar.

 

En sus orillas no crecen más que delgados álamos, sauces de palidez enfermiza, yucas secas, artemisas infectas, y también miles de cactos, designados en California con el nombre de petalinas, sin hojas, todo ramas, verdaderos cirios funerarios colocados en el Campo de la Muerte.

 

 

 

 

 

 

 

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Como ha hecho observar Elíseo Reclus, el Valle de la Muerte fue, sin duda, en época geológica anterior, el lecho del río que hoy se pierde en el lago Soda y que riega el riachuelo de Amargosa. Sus taludes se erizan con agujas de sal, el bórax se acumula en sus cavidades, y algunas colinas de arena mezclan su polvo a las corrientes atmosféricas que recorren aquellos lugares con violencia extrema.

 

Sí, el Valle de la Muerte había sido bien elegido por el excéntrico testador para enviar a él al desdichado jugador detenido en plena marcha en la casilla 58.

 

El comodoro Urrican había, pues, llegado al término de su difícil viaje. Hizo alto al pie de los montes Fúnebres, llamados así en recuerdo de las caravanas que perecieron en tan tristísimos lugares. En aquel sitio tomó la precaución de escribir un documento, testimonio de su presencia en el Valle de la Muerte, el día 3 de junio, documento que enterró bajo una roca después de haber sido firmado por Turk y también por los dos conductores del automóvil.

 

Hodge Urrican no permaneció ni una hora en el Valle de la Muerte. Realmente, no le quedaba que hacer sino abandonar lo más pronto posible aquella triste comarca para volver a Keeler por el mismo camino.

 

Entonces, abriendo por primera vez la boca, pronunció esta sola palabra:

 

—¡Partamos!

 

Y el automóvil partió, siempre favorecido por el tiempo, a través de la región superior del desierto de Mohaws, descendiendo nuevamente por los puertos de Sierra Nevada y llegando, sin accidente alguno, a la estación de Keeler el día 5 de junio, a las once de la mañana.

 

Con tres palabras enérgicas, el comodoro Urrican dio las gracias al conductor y a su compañero, que tanto celo y habilidad habían mostrado en el cumplimiento de su fatigosa tarea, y volviéndose luego a Turk:

 

—¡Partamos! —dijo.

 

El tren especial permanecía en la estación, aguardando el regreso del comodoro y pronto a partir.

 

Hodge Urrican se fue directamente al maquinista, y repitió:

 

 

 

 

 

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—¡Partamos!

 

Y dada la señal, la locomotora partió, desplegando toda su velocidad y deteniéndose en Reno siete horas después.

 

El «Union Pacific» se portó de forma excelente en aquella ocasión. Además, sometido a sus inflexibles horarios, el tren no hubiera podido ni disminuir ni aumentar las paradas. Atravesó, pues, las montañas Rocosas y los Estados de Wyoming, Nebraska, Iowa e Illinois, llegando a Chicago el día 8 de junio, a las nueve y treinta y siete de la mañana.

 

El comodoro Urrican fue cordialmente recibido por los que, a despecho de todo, habían seguido siendo sus fieles partidarios. Cierto es que la obligación de recomenzar la partida era prueba de mala suerte. Pero con el golpe de dados del mismo día de su llegada a Chicago pareció que la fortuna volvía a sonreír al pabellón anaranjado.

 

Obtuvo nueve, por seis y tres. Ésta era la tercera vez que se producía tal jugada desde el comienzo de la partida: la primera para Lissy Wag, la segunda para el desconocido X. K. Z. y la tercera para el comodoro.

 

Después de haber sido enviado a Florida y a California, Hodge Urrican no tenía más que dar un paso para llegar a la casilla 26: el Estado de Wisconsin, que confina con el de Illinois y que no ocupaba entonces ninguno de los jugadores.

 

El papel Urrican subió en las agencias y se tomó a la par con el de Tom Crabbe y Max Real.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VII. En la casa de South Halstedt Street

 

El día 1.º de junio la puerta de la casa número 3997, de South Halstedt Street, en Chicago, se abría a las ocho de la mañana ante un joven que llevaba a la espalda sus trebejos de pintor, y al que seguía un negro conduciendo una maleta.

 

Calcúlese cuál sería la sorpresa y también la alegría de la señora Real cuando su hijo entró en la habitación de ella y pudo estrecharle entre sus brazos.

 

—¡Tú, Max…! ¿Eres tú?

 

—En persona, madre.

 

—¡Tú, en Chicago, cuando deberías estar…!

 

—¿En Richmond? —preguntó Max.

 

—Sí… En Richmond.

 

—Tranquilízate, madre. Tengo tiempo de sobra para ir a Richmond; y como Chicago se encontraba en mi itinerario, tenía el derecho de detenerme aquí algunos días y pasarlos a tu lado…

 

—Pero, hijo, te expones a faltar…

 

—¡Bah! Nunca será falta el haberme detenido en mi camino para abrazarte… ¡He estado dos semanas sin verte!

 

—¡Ah, Max, qué deseos tengo de que termine esta partida!

 

—¡También yo!

 

—¡En provecho tuyo, claro está!

 

 

 

 

 

 

 

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—No estés inquieta. Piensa que tengo la llave que ha de abrir el arca de ese digno Hypperbone —repuso Max, riendo.

 

—¡Qué alegría me causa el verte, hijo mío!

 

Max Real se hallaba en Cheyenne, Wyoming, cuando el día 29 de mayo, al regresar de su excursión por el Parque Nacional de Yellowstone, recibió el telegrama relativo a su tercera jugada: ocho, por cinco y tres. Ocho puntos después de la casilla 28, correspondiente a Wyoming, se hallaba Illinois. Era, pues, preciso doblar el punto ocho, lo que hacía dieciséis. Y el número dieciséis conducía al pintor a la casilla número 44, que correspondía a Richmond, capital de Virginia oriental.

 

Entre Chicago y Richmond funcionan gran número de trenes, lo que permite franquear en veinticuatro horas la distancia que separa las dos metrópolis. Así, pues, como Max Real disponía de quince días —del 29 de mayo al 12 de junio— no tenía gran prisa, y le pareció lo más conveniente descansar durante una semana en casa de su madre.

 

Salió de Cheyenne por la tarde, llegando a Omaha cuarenta y ocho horas después, y al siguiente día a Chicago, acompañado de Tommy, preocupado éste constantemente con su situación de ciudadano libre de la libre América, como un pobre diablo por vestir traje holgado en exceso para su cuerpo.

 

Durante su estancia en casa de su madre, Max Real se proponía terminar dos de los cuadros que había bosquejado en el camino; un paisaje del río Kansas y una vista de las cascadas de Fíre Hole, en el Parque Nacional. El precio de estos dos cuadros, que estaba seguro de vender, le serviría para pagar las primas que tal vez la mala suerte le reservaba en sus viajes sucesivos.

 

La señora Real, gozosa de tener a su hijo con ella durante algunos días, aceptó las razones que Max le daba, y estrechó a éste una vez más contra su pecho.

 

Contáronse mil cosas e hicieron uno de esos almuerzos entre madre e hijo que tanto placer producen, durante el cual el pintor refirió a su madre sus aventuras en Kansas y Wyoming. Aunque se lo había contado por carta varias veces, tuvo que referir su viaje desde el principio y narrar los diversos sucesos acaecidos durante el mismo: el incidente de los caballos

 

 

 

 

 

 

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salvajes en las llanuras de Kansas y el encuentro con los esposos Titbury en Cheyenne. Hízole entonces conocer su madre las tribulaciones de la pareja en Calais, Estado de Maine, y cuando se refería a la multa impuesta a Mr. Titbury por contravenir a lo preceptuado en la ley sobre bebidas alcohólicas, con las consecuencias que el hecho acarreó.

 

—¿En qué situación se halla ahora la partida? —preguntó Max Real.

 

Para hacérselo conocer, la señora Real le condujo a su habitación y le mostró un mapa extendido sobre una mesa, señalado con banderitas de diferentes colores.

 

Mientras recorría el país, Max Real se había preocupado poco de sus contrincantes, no leyendo los periódicos de los hoteles. Pero sólo con que examinase aquel mapa, y conociendo los colores de los «Siete», estaría al corriente de lo que ignoraba. Además, su madre había seguido desde el principio las peripecias del «match». Hypperbone.

 

—¿A quién pertenece el pabellón añil, que va a la cabeza de todos? —preguntó el joven.

 

—A Tom Crabbe, a quien la jugada de ayer, día treinta y uno de mayo, envía a la casilla cuarenta y siete, que corresponde al Estado de Pennsylvania.

 

—¡He aquí una cosa que llenará de regocijo a John Milner! En cuanto a este estúpido boxeador, si comprende algo de esto, que el morado de mi pabellón se transforme en encarnado… ¿Y el pabellón rojo?

 

—El pabellón de X. K. Z., se halla situado en la casilla cuarenta y seis:

 

Distrito de Columbia.

 

En efecto, gracias al punto diez doble, o sea veinte, el hombre misterioso había dado un salto de veinte casillas, desde Milwaukee, en Wisconsin, a Washington, capital de los Estados Unidos de América. Era un viaje fácil y rápido, ya que en aquella parte del país abundaban los ferrocarriles.

 

—¿No se adivina la identidad de ese desconocido? —preguntó Max Real.

 

—Nada se sabe de él.

 

—Seguro estoy de que tendrá muchos partidarios entre los apostantes.

 

 

 

 

 

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—Sí. Muchos creen en su buena suerte, y a mí misma no deja de inspirarme temor.

 

—¡He aquí las ventajas de envolverse de misterio! —declaró Max Real.

 

¿Hallábase aún en Chicago el misterioso X. K. Z., o había partido ya para el Distrito de Columbia? Nadie podía responder a esta pregunta. Y, sin embargo, Washington, aunque no es más que un centro administrativo sin industria ni comercio, merece que los que le visitan le consagren algunos días.

 

Situada más arriba de la confluencia del Potomac y el Anacostia, en comunicación con el Océano por la bahía de Chesapeake, esta capital, aun fuera de la época en que las reuniones del Congreso doblan su población, cuenta doscientas cincuenta mil almas. Aunque el distrito federal ocupe poca extensión y se halle en última fila entre los Estados de la República americana, la ciudad es digna de su alto destino. Edificada sobre el antiguo territorio de los tuscaroras y los monacans, ha absorbido ya algunas aglomeraciones vecinas.

 

El jugador número 7 podría, en el supuesto de que no la conociera, admirar el aspecto arquitectónico de su Capitolio, enclavado sobre una colina que domina el Potomac; las tres construcciones afectas al Senado, a la Cámara de Diputados y al Congreso, donde se concentra la representación nacional; su elevada cúpula de hierro, sobre la que se yergue la estatua de América; su peristilo, sus dobles columnas, los bajorrelieves que la adornan y las estatuas que la guarnecen.

 

Si deseaba visitar la Casa Blanca, podría dirigirse a ello desde el Capitolio siguiendo la avenida de Pennsylvania; la residencia del Presidente, modesta y democrática morada, se alza entre los edificios del Tesoro y los diversos Ministerios.

 

Si no conocía el monumento a Washington, obelisco de mármol de 157 pies de altura, podría verlo desde lejos, entre los jardines que orlan el Potomac.

 

 

 

Si no conocía la Dirección de Correos, podría admirar un edificio en mármol blanco, de estilo antiguo, que es el más hermoso de la lujosa ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

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¡Y qué horas más agradables e instructivas podría pasar en las ricas galerías de historia natural y etnografía de la célebre Smithsonian Institution, y los museos, donde abundan las estatuas, los cuadros y los bronces, y en el Arsenal, donde se alza una columna en honor de los marinos americanos muertos en combate naval frente a Argel y sobre la que se lee la inscripción siguiente; «Mutilada por los ingleses»!

 

La capital de los Estados Unidos disfruta actualmente de clima sano. Las aguas del Potomac suministran abundante riego. Sus cincuenta leguas de calles, sus jardines y sus parques están sembrados con más de setenta mil árboles, como los que rodean el Hotel de los Inválidos y la Universidad de Howard, los del Droit Park y los del Cementerio Nacional, donde el mausoleo de William J. Hypperbone pudiera haber sido tan bien instalado como en el Oakswoods de Chicago.

 

Y, finalmente, si X. K. Z. hubiera decidido emplear parte de su tiempo visitando la capital de la Confederación, sin duda no abandonaría el distrito sin haber realizado la patriótica peregrinación al monte Vernon, a cuatro leguas de distancia, donde una asociación de damas cuida la casa en que Washington pasó parte de su existencia y en la que murió en 1799.

 

Lo cierto es que si el último jugador había llegado ya a la capital de la Unión, ningún periódico había dado cuenta del suceso.

 

—¿Y este pabellón amarillo? —preguntó Max Real señalando el que estaba colocado en el centro de la casilla 35.

 

—Es el pabellón de Lissy Wag, hijo mío.

 

Sí; este pabellón flotaba aún sobre la casilla correspondiente a Kentucky, porque en aquella fecha, día 1.º de junio, no se había efectuado aún la funesta jugada que enviaba a Lissy Wag a la prisión de Missouri.

 

—¡Ah! ¡Encantadora joven! —exclamó Max Real—. Parece que la veo durante el entierro de William Hypperbone, y luego en el estrado del Auditorium… Modesta, ruborizada… Te aseguro que, de haberla encontrado en mi camino, le hubiera renovado mis votos por su buen éxito final.

 

—¿Y el tuyo, hijo?

 

 

 

 

 

 

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—¡También el mío, madre! ¡Ambos ganando la partida! Nos correspondería la mitad a cada uno… ¿No sería estupendo?

 

—Pero…, ¿puede darse esta posibilidad?

 

—No; no puede ser… ¡Pero suceden en este mundo cosas tan extraordinarias!

 

—No debes ignorar, Max, que Lissy Wag estuvo en un tris de no ponerse en camino…

 

—Sí… La infortunada joven ha estado enferma, y hubo más de uno entre los «Siete» que se alegraba de ello… ¡Oh!, no era yo precisamente… Por suerte, tiene una amiga que la ha cuidado bien… Jovita Foley, tan resuelta como el comodoro Urrican… ¿Cuándo ha de efectuarse la próxima jugada a favor de Lissy Wag?

 

—Dentro de cinco días: el seis de junio.

 

—Confiemos en que mi linda compañera sabrá evitar los peligros del camino, el laberinto de Nebraska, la prisión de Missouri, el Valle de la Muerte californiano… ¡Sí, de veras le deseo buena suerte!

 

Decididamente, Max Real pensaba alguna vez en Lissy Wag; «con demasiada frecuencia», se dijo la señora Real, sorprendida del entusiasmo con que su hijo hablaba de la joven.

 

—¿Y no me preguntas a quién pertenece el pabellón verde? —preguntó la madre.

 

—¿El que se desplaza sobre la casilla veintidós?

 

—Es el pabellón de      Mr. Kymbale.

 

—Un simpático joven —dijo Max Real—, el cual, según he oído decir, aprovecha la ocasión para visitar el país.

 

—Así es, en efecto, y el Tribune publica casi diariamente sus crónicas.

 

—Pues los lectores de este periódico deben de estar satisfechos. Y si el periodista va al fondo de Oregón o de Washington, les contará cosas

 

 

 

 

 

 

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interesantísimas.

 

—Va bastante rezagado.

 

—Eso no tiene importancia. En esta partida, un buen golpe de dados puede ponerle en seguida delante de los demás.

 

—Es cierto, hijo.

 

—¿Y de quién es este pabellón situado sobre la casilla cuatro y que tan triste parece?

 

—Es el de Hermann Titbury.

 

—¡Ah! ¡Abominable sujeto! —exclamó Max Real—. ¡Qué rabia debe de sentir al verse el último!

 

—Hay para desesperarse, Max, pues sólo ha andado cuatro pasos en dos jugadas, y desde el extremo de Maine ha tenido que partir para Utah.

 

En aquella fecha no se podía aún saber que el matrimonio Titbury había sido despojado de todo cuanto poseía, después de su llegada a Great Salt Lake City.

 

—Sin embargo, yo no lo lamento —declaró Max Real—. Esa pareja de ladrones se merece mucho más, y siento que no hayan tenido que desembolsar alguna fuerte prima.

 

—No olvides que ha tenido que pagar una multa en Calais —hizo observar la señora Real.

 

—¡Tanto mejor! Me gustaría que ahora sacase el mínimo de puntos: uno y uno. Esto les conduciría al Niágara, lo que les costaría mil dólares.

 

—Eres cruel con esos Titbury, Max.

 

—Son gentes abominables, enriquecidos por la usura y que no merecen compasión… ¡Sólo faltaría que la suerte les hiciese herederos del generoso Hypperbone!

 

—Todo es posible —respondió la señora Real.

 

—Pero no veo el pabellón del famoso Hodge Urrican…

 

 

 

 

 

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—¿El pabellón anaranjado? No…, no ondea en ninguna parte desde que la mala suerte ha enviado al comodoro al Valle de la Muerte, desde donde tiene que volver a Chicago para recomenzar la partida.

 

—Duro es para un oficial de la marina arriar su pabellón —exclamó Max Real—. ¡A qué crisis de cólera se habrá abandonado, y cómo habrá hecho temblar su barco desde la quilla a la punta de los mástiles!

 

—Es probable, Max.

 

—¿Cuándo debe ser efectuada la jugada a favor de X. K. Z.?

 

—Dentro de nueve días.

 

—¡Singular idea la del difunto, de ocultar el nombre del último de los «Siete»!

 

Max Real estaba ya al corriente de la situación. Después de la jugada que le enviaba a Virginia, sabía que ocupaba el tercer lugar, correspondiente el primero a Tom Crabbe y el segundo a X. K. Z., para los cuales no se había efectuado aún la tercera jugada.

 

En el fondo esto no le preocupaba en absoluto, pensaran lo que pensasen su madre y Tommy. El tiempo que permaneció en Chicago lo pasó en su estudio, donde terminó sus dos paisajes, cuyo valor debía aumentarse a los ojos de un aficionado americano dadas las condiciones en las que habían sido pintados.

 

Así, pues, en espera de su próxima etapa, Max no se inquietó ni por el «match» ni por aquéllos a quienes éste hacía correr por los Estados Unidos. En realidad, él sólo desempeñaba su papel para no disgustar a su excelente madre; lo mismo que Lissy Wag, la cual, por su parte, se prestaba a ello por no contrariar a Jovita Foley.

 

Durante su estancia tuvo conocimiento del resultado de las tres jugadas efectuadas en el Auditorium. La del día 2 fue deplorable para Hermann Titbury, puesto que le obligaba a ir a la casilla número 19, Estado de Luisiana, afecto a la hostería, donde debía permanecer sin jugar durante dos golpes. Respecto a la jugada del día 4, fue muy bien acogida por Harris T. Kymbale, pues, aunque sólo le conducía a la casilla número 33, Dakota del Norte, le aseguraba un curioso viaje.

 

 

 

 

 

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Finalmente, el día 6, a las ocho, Tombrock procedió a efectuar la jugada que concernía a Lissy Wag. Aquella mañana, Max Real, que se interesaba vivamente por la suerte de la joven, fue al Auditorium, de donde salió muy desolado.

 

De la casilla 38, Estado de Kentucky, Lissy Wag, sumando catorce tantos, producidos por siete doble, era enviada a la casilla 52, Estado de Missouri, donde la desdichada jugadora debía permanecer en prisión hasta que otro jugador fuera a ocupar su plaza.

 

Como se comprenderá, estas tres jugadas produjeron considerable efecto entre los apostantes. El papel de Tom Crabbe y el de Max Real fueron solicitados más que nunca. La suerte se pronunciaba decididamente a su favor, y era difícil elegir entre los dos favoritos de la fortuna.

 

Max Real experimentó gran disgusto cuando, de vuelta al lado de su madre, vio que ésta colocaba el pabellón amarillo en Missouri, transformado en prisión por voluntad del excéntrico difunto y en prisión de Lissy Wag por voluntad del destino. No trató de ocultar su pesar. Aquella jugada de la prisión, como la del pozo, era la más funesta que podía ocurrir en el curso de la partida. ¡Sí, aún más grave que la del Valle de la Muerte, de la que Hodge acababa de ser víctima! La jugada del comodoro, al fin y al cabo, no significaba más que un retraso, e iba a continuar la lucha. En cambio, ¿quién sabe si el «match». Hypperbone terminaría antes de que Lissy Wag pudiera salir de su prisión?

 

Al fin, al siguiente día, 7 de junio, Max Real se dispuso a abandonar Chicago. Su madre, tras renovar sus recomendaciones, le hizo prometer que no se retrasaría en el camino.

 

—¡Con tal de que el telegrama que vas a recibir en Richmond no te envíe al fin del mundo!

 

—¡De allí se vuelve, madre, mientras que de la prisión…! En fin, reconoce que todo esto es ridículo… Uno parece un vulgar caballo de carreras. ¡Es ridículo de veras!

 

—No, no, hijo… ¡Parte, y que Dios te proteja!

 

Y la buena señora decía esto muy seriamente, dominada por singular

 

 

 

 

 

 

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emoción.

 

Claro es que, durante su estancia en Chicago, Max Real no había podido sustraerse a las visitas de los corredores de apuestas, periodistas y apostantes que afluían a la casa de South Halstedt Street. ¿Cómo asombrarse de ello, si se apostaba por él al igual que por Tom Crabbe?

 

Seguramente Max Real había prometido a su madre dirigirse a Virginia por el camino más corto. Pero, con tal de que la mañana del día 12 estuviese en Richmond, ¿quién le hubiera reprochado de preferir un itinerario trazado en línea curva a otro en línea recta? No obstante, él había resuelto no salir de los Estados que iba a atravesar, Illinois, Indiana, Ohio y Virginia occidental, para llegar a Richmond, capital de Virginia oriental.

 

He aquí la carta que la señora Real recibió —carta fechada el día 11 de junio— cuatro días después de la partida, y en la que su hijo le daba sumario conocimiento de los incidentes del viaje. Exceptuando apreciaciones muy personales, encuentros habidos y ciudades visitadas, contenía ciertos datos propios para hacer reflexionar a la buena señora, y que no dejaron de causarle alguna inquietud por lo que concernía al estado de espíritu de su hijo.

 

Richmond, Virginia, 11 de junio.

 

Mi buena y querida madre: He llegado al final, no de esta estúpida partida, sino del viaje que me imponía mi tercera jugada. ¡Después de Fort Riley, en Kansas, y de Cheyenne, en Wyoming, he llegado a Richmond, en Virginia! Pero nada temas por el ser a quien quieres más en el mundo y que corresponde a tu cariño: está en su punto sano y salvo.

 

Otro tanto querría yo decir de esa pobre Lissy Wag, a quien en Missouri espera la húmeda paja del calabozo. Aunque no debo ver en ella más que a una rival, me parece tan encantadora e interesante que no te oculto lo mucho que su desdichada suerte me aflige. Cuanto más pienso en este deplorable golpe de dados —siete, por tres y cuatro, doble— mayor es mi pena y más lamento que el pabellón amarillo, tan valientemente sostenido hasta aquí por la intrépida Jovita Foley, sea izado sobre el muro de la prisión. ¿Hasta cuándo estará allí?

 

Partí el día 7 por la mañana. La vía férrea sigue el litoral sur del lago Michigan y permite ver de él lindos paisajes, aunque esta comarca no me

 

 

 

 

 

 

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sea totalmente desconocida. Por lo demás, en esta parte de los Estados Unidos, como en Canadá, se suelen ponderar esos lagos y sus aguas azules y durmientes, que no son siempre azules ni duermen de continuo. Tenemos algunos lagos que vender, y yo me pregunto: ¿Por qué Francia, que no abunda en zonas lacustres, no nos ha comprado uno, a su elección, como nosotros le compramos la Luisiana en 1803?

 

En fin, todo lo he observado a derecha e izquierda, por el agujero de mi paleta, mientras Tommy dormía como una marmota.

 

Tranquilízate, mi buena madre, que no he despertado a tu negro. Quizás él soñara que yo ganaba los suficientes millones de dólares para reducirle a la más dura esclavitud.

 

He seguido, en parte, el mismo camino que Harris T. Kymbale cuando fue desde Illinois a Nueva York, de Chicago al Niágara. Pero al llegar a Cleveland, en Ohio, me dirigí hacia el Sudeste. Hay tantas vías férreas por todas partes, que un peatón no sabría dónde poner los pies.

 

No me preguntes, querida madre, que te indique las horas de llegada y partida durante este viaje, pues esto no te interesaría. Te indicaré algunas localidades donde la locomotora ha lanzado sus turbiones de vapor. Hay aquí tantas comarcas industriales como celdillas contiene una colmena.

 

Desde Cleveland he ido a Warren, importante centro de Ohio, tan rico en manantiales de petróleo que un ciego lo reconocería sólo por el olfato. Da la sensación de que va a inflamarse el aire al encender una cerilla… ¡Qué país! Sobre llanuras ilimitadas sólo se ven torres de madera y pozos, tanto en los declives de las colinas como en el borde de los arroyos. Cada uno de ellos es una lámpara de 15 a 20 pies de altura. ¡No falta allí más que una mecha!

 

Como puedes comprender, este país no vale lo que nuestras poéticas praderas del Far West, los abruptos valles de Wyoming o los profundos horizontes de los grandes lagos y de los océanos… ¡Bien están las bellezas industriales, pero mucho mejor son las bellezas artísticas y naturales!

 

 

 

Confieso que si hubiera sido favorecido en la última jugada —favorecido por la elección del país, se entiende—, hubiera querido traerte conmigo. Al Far West, por ejemplo. Esto no significa que no haya bellos parajes en la

 

 

 

 

 

 

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cordillera de los Allegheny que he atravesado. ¡Pero, a fe de pintor, te aseguro que Montana, Colorado, California y Oregón son cien veces superiores!

 

Hubiéramos viajado juntos, y si nos hubiésemos encontrado a Lissy Wag en el camino —¿quién sabe? ¡La casualidad!—, la hubieras conocido. Es cierto que ahora ella está en la prisión, o, por lo menos, a ella va a encaminarse.

 

¡Ah, si en la próxima jugada Titbury, Crabbe o Urrican tuviesen que ir a liberarla! ¿Te imaginas a nuestro terrible comodoro, después de tantos trabajos, cayendo en la casilla 52? Capaz sería de abandonar a su Turk a sus feroces instintos de tigre. Realmente, madre, por muy lamentable que fuese, Lissy Wag podría ser enviada a la hostería o al laberinto; pero a la prisión, a la horrible prisión… Esto es más propio para los representantes del sexo fuerte. Decididamente, aquel día el destino se olvidó de ser galante.

 

Pero no divaguemos y prosigamos el viaje. Después de Warren, siguiendo el río Ring y tras franquear la frontera de Ohio, hemos entrado en Pennsylvania. La primera ciudad importante ha sido Pittsburgh, sobre el Ohio, con su aneja Allegheny, la Ciudad del Hierro, la Ciudad Humosa, como se la llama, a pesar de los mil y mil conductos subterráneos por donde actualmente se escapan sus gases naturales. La piel humana se ensucia, se ennegrece… ¡Oh, mi ambiente fresco y claro de Kansas!

 

He puesto en mi ventana un poco de agua en el fondo de un vaso, y al día siguiente estaba convertida en tinta. Con ella te escribo la presente carta.

 

Acabo de leer en un periódico que la jugada efectuada a favor de Urrican el día 8 envía a nuestro impetuoso comodoro a Wisconsin. Por desgracia, si en la jugada siguiente obtiene doce tantos aun doblándole, no llegará a la casilla 52, donde se desconsuela la joven prisionera.

 

He seguido bajando hacia el Sudeste. Ante mí han desfilado numerosas estaciones, ciudades, pueblos, aldehuelas… ¡Qué poca belleza natural! ¡Siempre la huella de la mano del hombre! Llegará un día en que los árboles sean de metal, las praderas de felpa y la playa de limaduras de hierro Esto es el progreso.

 

No obstante, he pasado ratos deliciosos recorriendo los pasos de los

 

 

 

 

 

 

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Allegheny. Es una cordillera pintoresca, caprichosa, abrupta, erizada de negruzcas coniferas, de profundas simas, sinuosos valles y tumultuosos torrentes, en los que los industriales no han puesto aún sus pecadoras manos.

 

Pasamos luego rápidamente por Maryland, que riega el alto Potomac, y llegamos a Cumberland, más importante que su capital, la modesta Annápolis, que no puede compararse con la arrolladora Baltimore, donde se concentra toda la vida comercial del Estado. Aquí el campo es suave, y el país es más agrícola que manufacturero. Descansa sobre un suelo de hierro y de hulla y con algunos azadonazos se traspasa la tierra vegetal.

 

Llegamos a Virginia occidental. La meta no está lejos. La cuestión de la esclavitud ha dividido el antiguo Estado en forma que ha sido preciso cortarlo en dos durante la guerra de Secesión. Mientras la parte Este se unía cada vez con más fuerza a tas antihumanitarias doctrinas de la esclavitud —Tommy duerme y no me oye—, la parte Oeste, al contrario, se separaba de los confederados para alistarse bajo el pabellón federal.

 

Es ésta una región accidentada, montuosa si no montañosa, limitada por la cordillera de los Appalaches, agrícola, minera, con hierro, hulla y también sal, en cantidad bastante para sazonar la cocina de toda la Confederación durante varios siglos.

 

No he ido a Charleston, capital de Virginia occidental —no hay que confundirla con la otra Charleston de Carolina del Sur, adonde ha ido mi compañero Kymbale, ni con Charlestown, de la que te voy a hablar—, pero me he detenido un día en Martinsburg.

 

Sí, un día entero, y no me riñas, querida madre, puesto que en algunas horas podía trasladarme a Richmond. ¿Por qué me he detenido en Martinsburg? Únicamente para efectuar una peregrinación, y si no llevé conmigo a Tommy fue porque éste sólo horror puede sentir por los héroes que yo iba a admirar.

 

¡John Brown, que fue el primero que levantó la bandera abolicionista al principio de la guerra de Secesión! Los plantadores de Virginia le trataron como a bestia feroz. No tenía a su lado más de veinte hombres, y quería apoderarse del arsenal de Harper’s terry, una villa situada sobre una colina entre los ríos Potomac y Shenandoah, sitio maravilloso, pero más célebre aún por las terribles escenas de que fue teatro.

 

 

 

 

 

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Allí, en 1859, se había refugiado el heroico defensor de la santa y grande causa. La tropa fue a atacarle. Después de hacer prodigios de valor, gravemente herido, reducido a la impotencia, fue preso y arrastrado a la vecina villa de Charlestown, donde fue ahorcado el día 2 de diciembre de 1859. Muerte que la horca no pudo hacer infamante, y cuya gloriosa fama se perpetuará de edad en edad.

 

¡A este mártir de la libertad, de la emancipación humana, he querido llevar mi homenaje de patriota!

 

¡Heme finalmente en Virginia, madre, el Estado por excelencia partidario de la esclavitud y que fue el principal teatro de la guerra de Secesión! Dejaré a los geógrafos la tarea, si te pudiera interesar, de decirte que ocupa el número 36 entre los Estados de la Unión en razón a su superficie; que está dividido en ciento diecinueve condados; que, a pesar de la amputación que en su parte occidental ha sufrido, es todavía uno de los más poderosos de la República norteamericana; que el número de mamíferos disminuye allí; que grullas, codornices y buitres frecuentan en gran número su territorio; que éste produce en abundancia trigo, maíz, avena y, sobre todo, algodón, de lo que me felicito, puesto que llevo camisas, y tabaco, lo que no me importa porque no fumo.

 

Respecto a Richmond, la excapital de la América separatista, es una hermosa ciudad, la llave de Virginia, que el Gobierno federal ha acabado por meterse en el bolsillo. Situada a orillas del río James, tiende la mano a Manchester, ciudad doble, al ejemplo de tantas otras de los Estados Unidos, como ciertas estrellas. Es digna de ser visitada, con su Capitolio, especie de templo griego al que faltan el cielo del Ática y los horizontes atenienses de la Acrópolis, como al Partenón de Edimburgo. Tiene demasiadas fábricas, al menos para mi gusto; solamente para la preparación del tabaco hay un centenar. El barrio de Leonard Height es un barrio del gran mundo; en él se levanta el monumento erigido en memoria de Lee, el general de los confederados, que merece este honor, si no por la causa que defendió, al menos por sus cualidades personales.

 

Hasta el presente no he visitado las demás ciudades del Estado. Por lo demás, todas se asemejan, como todas las ciudades americanas. No te hablaré, pues, ni de Petersburgh, que defendía la posición de los separatistas al Sur, como Richmond al Norte, ni de Yorktown, donde hace ochenta años se terminó la guerra de la Independencia por la capitulación

 

 

 

 

 

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de Lord Cornwallis, ni de aquellos campos de batalla donde MacClellan fue menos dichoso contra Lee que Grant, Sherman y Sheridan. Paso en silencio a Lynchburg, actualmente ciudad manufacturera de notable actividad, donde se refugiaron las tropas secesionistas, y desde donde ganaron los Appalaches, lo que trajo el fin de la guerra en el día 9 de abril de 1865. Me olvido voluntariamente de Norfolk, Roanoke, Alejandría, de la bahía de Chesapeake y de las numerosas estaciones termales del Estado. Todo lo que puedo mencionar es que las dos quintas partes de la población de Virginia las forman gente de color, de magnífico tipo, y que junto al pueblecito de Luray existen cavernas que tal vez son más bellas que la Gruta del Mamut, de Kentucky.

 

A este propósito, pienso que en aquella gruta habrá sabido la pobre Lissy Wag la noticia de la jugada que la situaba en Missouri, y me pregunto cómo podrá pagar la triple prima, de tres mil dólares… Esto me causa verdadero disgusto, y tú debes comprenderlo.

 

En un periódico de Richmond acabo de leer el resultado de la jugada correspondiente al día 10 de junio. Nuestro famoso desconocido X. K. Z. ha obtenido el número cinco, por tres y dos. Debe, pues, ir a Minnesota. Desde la casilla 46 salta a la 51, y queda en cabeza. Pero ¿quién diablos es ese hombre? Me parece persona de suerte, y temo que mi jugada de mañana no me haga avanzar ante él.

 

Aquí termino esta larga carta, que sólo puede interesarte por ser tu hijo quien la escribe, y te abraza de todo corazón quien actualmente no es más que un caballo de carreras participante en el «match». Hypperbone.

 

MAX REAL.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VIII. El golpe del reverendo Hunter

 

Si alguno parecía menos indicado que nadie para la casilla 47, Estado de Pennsylvania, para Filadelfia, la principal ciudad del Estado, la más importante de la Unión después de Chicago y Nueva York, era seguramente aquel Tom Crabbe, bruto por naturaleza y boxeador por oficio. Pero la fortuna es ciega, y en vez de Max Real, de Harris T. Kymbale o de Lissy Wag, tan capaces para admirar las magnificencias de aquella ciudad, enviaba a ella al estúpido boxeador, acompañado de John Milner. Jamás hubiera podido prever esto el difunto miembro del «Excentric Club».

 

 

 

Además, nada se podía contra ello. En la mañana del día 31 de mayo los dados habían hablado. Los doce tantos, por seis y seis, habían sido transmitidos desde Chicago a Cincinnati, y el jugador número 2 había tomado sus medidas para abandonar inmediatamente a la antigua Porcópolis.

 

—¡Sí, Porcópolis! —dijo John Milner, al partir, con acento despectivo—. ¡El mismo día en que el célebre Tom Crabbe la honraba con su presencia, la población se ha lanzado a ese estúpido concurso de bestias! ¡Un cerdo ha atraído la pública atención, y no se ha lanzado un hurra en honor del campeón del Nuevo Mundo…! ¡Ah! Embolsémonos la gran fortuna de Hypperbone, y yo sabré vengarme de esta afrenta…

 

No le hubiera sido fácil a John Milner indicar en qué había de consistir tal venganza. Pero, en fin, como lo más urgente era ganar la partida, Tom Crabbe, conforme a las indicaciones del telegrama que había recibido, tomó el tren para Filadelfia.

 

Había tiempo de sobra para hacer diez veces este viaje. Los Estados de Ohio y de Pennsylvania son limítrofes. Una vez franqueada la frontera oriental del uno, se está en el territorio correspondiente al otro. Entre las dos metrópolis apenas hay seiscientas millas, y existen varias líneas férreas a disposición de los viajeros. Veinticuatro horas bastan para realizar este trayecto.

 

 

 

 

 

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He aquí una buena suerte que jamás conseguiría el comodoro Urrican, y que no sería envidiada por el joven pintor ni por el cronista del Tribune, siempre deseosos de largos viajes. Pero a John Milner no le agradaba permanecer un día más en aquella ciudad tan aficionada a los descomunales ejemplares del ganado de cerda. Sí, cuando pusiera el pie en la plataforma del vagón no dejaría de sacudirse el polvo de sus zapatos. Nadie se había ocupado de la presencia de Tom Crabbe en Cincinnati; nadie había ido a entrevistarle en su hotel del barrio de Covington; los apostantes no habían afluido como los de Austin, en Tejas, y la sala de telégrafos estaba desierta el día en que él se presentó para recibir el telegrama del notario Tombrock… Pero, en fin, merced a los doce tantos, Tom Crabbe adelantaba en tres casillas a Max Real y en una al hombre misterioso.

 

John Milner, herido en su amor propio, ultrajado por la actitud de la población de Cincinnati, furioso por tal indiferencia, abandonó el hotel a las doce y treinta y siete, y, seguido de Tom Crabbe, que acababa de terminar su segundo almuerzo, se dirigió a la estación. Partió el tren, y después de haber bifurcado en Columbus, franqueó la frontera oriental formada por el curso del Ohio.

 

El Estado de Pennsylvania debe su nombre al ilustre cuáquero inglés William Penn, que a fines del siglo XVII adquirió los vastos territorios situados a orillas del Delaware. He aquí en qué circunstancias:

 

William Penn era acreedor de Inglaterra por una gruesa suma que se deseaba no entregarle. A cambio, Carlos II le ofreció una porción de terrenos que el Reino Unido poseía en aquella parte de América. Aceptó el cuáquero, y algún tiempo después, en 1681, establecía los cimientos de Filadelfia. Como en aquella época el suelo estaba cubierto de inmensos bosques, pareció natural llamarla Sylvania, anteponiéndole el apellido de William Penn. De ahí Pennsylvania.

 

Harris T. Kymbale hubiera seguramente referido esta historia sazonándola con otras anécdotas referentes al país, y con vivo placer de los lectores del Tribune, si la suerte le hubiera favorecido con quince días de estancia en la región de Pennsylvania. Con su ágil pluma hubiera descrito el territorio, bastante parecido al de Ohio, que la cadena de los Allegheny cruza pintorescamente del Sudoeste al Nordeste. Hubiera hecho destacar el aspecto general, que justifica aún la segunda parte de su nombre, sus

 

 

 

 

 

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extensos bosques de encinas, hayas, castaños, nogales y arces, sus prados donde se alimentan gran número de bestias y donde se crían algunos caballos de hermosa raza, que la bicicleta acabará de dispersar un día como los de Oregón o Kansas. Hubiera celebrado con sonoras y espirituales frases aquellos campos espaciosos donde el moral prospera con ventaja de los sericultores, y también de las viñas, que dan buenos productos. Pues si Pennsylvania es fría en invierno, más de lo que su latitud parece indicar, experimenta durante el verano calores tropicales. Harris T. Kymbale hubiera hablado, en fin, manejando cifras en apoyo de sus aserciones, de aquel suelo tan rico en hulla, en antracita, en minerales de hierro, en fuentes de petróleo y de gas natural, y tan generoso que da un número de toneladas de acero y de hierro superior a la producción del resto de los Estados Unidos. Tal vez el entusiasta cronista hubiera referido sus cacerías de gamos, antes, gatos monteses, lobos, zorros y osos, que frecuentan los vastos bosques del Estado, puesto que era gran aficionado a las proezas cinegéticas.

 

Inútil es añadir que las principales ciudades de Pennsylvania hubieran recibido la visita de Harris T. Kymbale, que hubiera ido a buscar en ellas la brillante acogida y los aplausos reservados a uno de los favoritos de la excéntrica carrera. Se le hubiera visto en las ciudades de Allegheny y de Pittsburgh, por las que su compañero Max Real acababa de pasar para dirigirse a Richmond. Hubiera dedicado parte de su tiempo a la capital del Estado, Harrisburg, con sus cuatro puentes que cruzan el río Susquehanna, que nace en las vertientes de los montes Azules y que las fábricas metalúrgicas bordean en una longitud de varias millas. Hubiérase trasladado seguramente al cementerio de Gettysburg, escenario de las luchas de la guerra de Secesión, donde en 1863 cayeron los soldados del ejército confederado, el mismo día en que el Misisipi se abría al general Grant por la rendición de la fortaleza de Vicksburg; y hubiese ido acompañado de los numerosos peregrinos, tanto del Sur como del Norte, que van anualmente a honrar a los muertos que yacen bajo las losas que cubren el ensangrentado suelo de la metrópoli. Aquel territorio poseía aún otras ciudades que gozaban de gran prosperidad: Scrauton, Reading, Erie, sobre el lago de este nombre, Lancaster, Altoona, Wilkesbarre, cuya población pasa de treinta mil almas… En fin, el cronista del gran periódico de Chicago no hubiera dejado de acercarse al valle del Leight, ni al monte Ours, de cien toesas de altura, al que el primer ferrocarril conduce desde 1827, y vecino a una mina de antracita que se explota desde hace medio siglo.

 

 

 

 

 

 

 

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Preciso es decir igualmente que, por mucho desdén que sintiera por las poblaciones industriales, Max Real hubiera encontrado en los territorios de Pennsylvania más de un hermoso paisaje, tentación segura para su pincel, y pintorescos lugares en la vertiente de los Allegheny y en los valles del macizo de los Appalaches. Pero ni el jugador número 1 ni el número 4 habían sido enviados a la casilla 47, lo que será una eterna desgracia para el arte y para los lectores del Tribune.

 

Nada hay que esperar de Tom Crabbe, o, por mejor decir, de John Milner. Su héroe iba destinado a Filadelfia, y a Filadelfia iría; a ninguna parte más. Y aquella vez la atención pública no se desviaría de él; sería el hombre del día. En caso de necesidad, John Milner sabría ponerle a la luz y obligar a la gran ciudad a que se ocupase de un personaje que tan importante plaza tenía en el mundo pugilístico de América del Norte.

 

A las diez de la noche del día 31 de mayo, Tom Crabbe hizo su entrada en la Ciudad del Amor Fraternal, donde su representante y él pasaron de incógnito la primera noche.

 

Al día siguiente, John Milner quiso saber qué tales vientos corrían.

 

¿Soplaban de buena dirección y habían llevado ya el nombre del ilustre boxeador hasta las orillas del Delaware? Según su costumbre, John Milner había dejado a Tom Crabbe en el hotel, después de dar las oportuna; órdenes para sus dos almuerzos de la mañana.

 

Aquella vez, lo mismo que en Cincinnati, no había inscrito sus nombres y profesiones en el registro de viajeros. Un paseo por la ciudad le parecía indicado. Puesto que el resultado de la última jugada debía ser conocido desde el día anterior, él sabría si la población se ocupaba de la llegada de Tom Crabbe.

 

Una ciudad pequeña, de tercer o cuarto orden, puede ser recorrida en algunas horas. Pero no sucede lo mismo cuando se trata de una aglomeración urbana que, comprendidos sus anejos de Manaynak, Gloucester, Camden y Germanstown, no cuenta menos de 200 000 edificios y 1.100 000 almas. En su disposición oblicua del Nordeste al Sudoeste, siguiendo el curso del Delaware, Filadelfia se desenvuelve en una extensión de seis leguas, y su superficie está próxima a igualar la de Londres. Esto obedece, sobre todo, a que los habitantes de Filadelfia

 

 

 

 

 

 

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suelen habitar en edificios independientes, y que las enormes construcciones con centenares de inquilinos, como en Chicago o en Nueva York, son allí raras. Es la ciudad del home por excelencia.

 

Esta capital es inmensa, soberbia, aireada, regularmente construida, con algunas calles de cien pies de anchura. Posee casas en cuyas fachadas alternan los ladrillos y el mármol; frescas arboledas, conservadas desde la época silvana del territorio; jardines lujosamente cuidados, plazas, parques, entre los que cabe destacar el Fairmount Park, el más vasto de los Estados Unidos, extensión de 1200 hectáreas, que limita con el Schnylkill, y en el que las quebradas conservan su salvaje aspecto.

 

Durante aquel primer día John Milner no pudo visitar más que la parte de la ciudad situada en la orilla izquierda del Delaware, y subió hacia el barrio del Oeste, siguiendo el Schnylkill, un afluente del río, que corre del Noroeste al Sudeste. Al otro lado del Delaware se extiende Nueva Jersey, uno de los pequeños Estados de la Unión, al que pertenecen los anejos de Camden y de Gloucester, que por falta de puentes comunican con la metrópoli mediante ferry boats.

 

Aquel día, pues, John Milner no consiguió llegar al centro de la ciudad, de donde parten las principales arterias y donde se halla el Ayuntamiento, vasto edificio de mármol blanco, construido a fuerza de millones, y cuya torre, cuando esté acabada, elevará a seiscientos pies de altura la enorme estatua de William Penn.

 

Durante su estancia en Filadelfia, John Milner no tuvo el menor pensamiento de visitar los monumentos de la ciudad: ni el arsenal y los astilleros situados en League Island, isla del Delaware; ni la Aduana, construida en mármol; ni la Casa de la Moneda, donde aún existen las piezas de la República federal; ni el Hospital de la Marina; ni el Museo de Historia, instalado en Independence Hall, donde fue firmada la declaración de 1776; ni el Gran Colegio, de arquitectura corintia, donde se educan centenares de huérfanos; ni la Universidad; ni la Academia de Ciencias Naturales y sus preciosas colecciones; ni el Observatorio; ni el Jardín Botánico, uno de los más bellos y ricos de la Unión; ni, en fin, ninguna de las doscientas sesenta iglesias, ni ninguno de los seis templos cuáqueros de la antigua y célebre capital de los Estados Unidos.

 

Después de todo, John Milner no había ido allí para ver Filadelfia.

 

 

 

 

 

 

 

289

 

No se esperaba de él, como de Max Real o de Harris T. Kymbale, cuadros o artículos. Su misión era conducir a Tom Crabbe al lugar donde las jugadas le obligaban a ir. Pero trataba de sacar partido de aquel viaje, haciendo un reclamo del coloso para el caso de que, al no ganar los sesenta millones de dólares, se viera obligado a continuar en su oficio.

 

Los aficionados a este deporte no debían de faltar en Filadelfia, donde los obreros se cuentan por centenares de miles, en las minas, en los talleres de construcción de maquinaria, en las refinerías, fábricas de productos químicos, de tapices y telas —más de seis mil manufacturas de toda especie— y también los trabajadores del puerto, donde se efectúan las expediciones de carbón, de petróleo, de grano, y cuyo movimiento comercial sólo es superado por el de Nueva York.

 

Sí; Tom Crabbe tenía que ser apreciado en su justo valor entre aquellas gentes, en que las cualidades físicas tienen más importancia que las intelectuales. Y aun en otras clases, llamadas superiores, ¡cuántos gentlemen saben apreciar un puñetazo aplicado en pleno rostro y la rotura de una mandíbula según las reglas del arte!

 

Con verdadera satisfacción, John Milner pudo observar que el mercado de Market Street, que pasa por uno de los mejores de las cinco partes del mundo, no estaba entonces afecto a ningún concurso regional de ganadería. Así es que su compañero no tenía que temer a ningún rival, como en aquel abominable Spring Grove de Cincinnatti, y el pabellón añil no se arriaría esta vez ante la majestad de un cerdo fenomenal.

 

Así, pues, respecto a este punto, John Milner quedó tranquilo desde el principio. Los periódicos de Filadelfia habían anunciado aparatosamente que el Estado de Pennsylvania debía esperar la inminente llegada del jugador número 2 en los quince días comprendidos entre el día 31 de mayo y el 14 de junio.

 

Las agencias se habían mezclado en el asunto. Los corredores de apuestas habían inclinado a los apostantes en favor de Tom Crabbe, manifestando que era el que iba en cabeza de los participantes y calculando que podía llegar victoriosamente al final con dos jugadas afortunadas.

 

 

 

¡Cuán satisfecho hubiera quedado Tom Crabbe, de haber sabido leer, cuando al día siguiente su representante le paseó por la ciudad!

 

 

 

 

 

290

 

 

Por todas partes se veían colosales anuncios —cierto que por el estilo de los dedicados al cerdo de Cincinnati— con el nombre del jugador número 2 en letras de un pie de altura, y escoltado por admiraciones como guardia de honor, sin contar los folletos distribuidos por los corredores de las agencias.

 

¡TOM CRABBE! ¡TOM CRABBE! ¡TOM CRABBE!

 

¡EL ILUSTRE TOM CRABBE, CAMPEÓN DEL NUEVO MUNDO!

 

¡EL GRAN FAVORITO DEL MATCH HYPPERBONE!

 

¡TOM CRABBE, VENCEDOR DE FITZSIMONS Y CORBETT! ¡TOM CRABBE, QUE VENCE A REAL, A KYMBALE, A TITBURY, A LISSY WAG, A HODGE URRICAN Y A X. K. Z.! ¡TOM CRABBE, QUE VA EN CABEZA!

 

¡TOM CRABBE, QUE ESTÁ A DIECISÉIS CASILLAS DE LA META! ¡TOM CRABBE, QUE VA A COLOCAR EL PABELLÓN AÑIL EN LAS ALTURAS DE ILLINOIS!

 

¡TOM CRABBE ESTÁ ENTRE NOSOTROS!

 

¡HURRA! ¡HURRA! ¡HURRA POR TOM CRABBE!

 

 

 

Claro es que otras agencias contrarias al jugador número 2 respondían con otros carteles, no menos llenos de puntos y signos de admiración, elogiando en especial a Max Real y a Harris T. Kymbale. Los otros jugadores, Lissy Wag, el comodoro y Hermann Titbury, estaban ya considerados fuera de concurso.

 

¡Compréndese, pues, cuán orgullosamente exhibiría John Milner al coloso por las calles de Filadelfia, por sus plazas, sus paseos, por Fairmount Park y también por Market Street! ¡Qué desquite de la derrota de Cincinnati! ¡Qué éxito!

 

No obstante, el día 7, entre aquella alegría delirante, John Milner experimentó alguna angustia provocada por un inesperado suceso. Fue como un alfilerazo que amenazó deshinchar el globo presto para lanzarse al espacio.

 

Un cartel, no menos colosal que los otros, acababa de ser colocado por un rival. Decía así:

 

 

 

 

 

 

 

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¡¡CAVANAUGH CONTRA CRABBE!!

 

¿Quién era este Cavanaugh? ¡Oh! En la metrópoli era bien conocido: era un boxeador de gran fama, que tres meses antes había sido vencido en memorable combate por Tom Crabbe, sin que desde entonces hubiera podido tomar el desquite, pese a su insistencia en conseguirlo. Ahora, puesto que Tom Crabbe se hallaba en Filadelfia, le desafiaba; y, al efecto, al nombre de Cavanaugh seguían estas palabras:

 

¡¡DESAFÍO PARA EL CAMPEONATO!!

 

¡DESAFÍO!

 

¡DESAFÍO!

 

 

 

Se comprenderá que Tom Crabbe tenía cosa mejor que hacer que responder a tal provocación, ya que sólo debía esperar tranquilamente la fecha de la próxima jugada. Pero Cavanaugh o, por mejor decir, los que le lanzaban contra el campeón del Nuevo Mundo, no lo entendían de este modo. ¿Quién sabe si no se trataba de algún ardid de una agencia rival que pensaba detener en el camino al más destacado de los jugadores?

 

La prudencia debió haber aconsejado a John Milner que se encogiera de hombros. Los mismos partidarios de Tom Crabbe intervinieron para decirle que desdeñase aquellos interesados retos.

 

Pero, por una parte, John Milner conocía la indiscutible superioridad de Tom Crabbe sobre Cavanaugh en materia de boxeo, y, por otra, se hizo la reflexión siguiente: si Tom Crabbe no ganaba la partida, si no se enriquecía con los millones de Hypperbone, le sería preciso seguir boxeando en público, y tal vez sufriría en su reputación si rechazaba aquel desquite solicitado en tan solemnes circunstancias.

 

Así es que, tras la aparición de nuevos carteles más provocativos que tendían a empañar el honor del campeón del Nuevo Mundo, se pudo leer al siguiente día en todas las paredes de Filadelfia:

 

¡RESPUESTA AL DESAFÍO!

 

¡¡CRABBE CONTRA CAVANAUGH!!

 

 

 

 

 

 

 

 

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¡Júzguese del efecto!

 

¿Cómo? ¿Tom Crabbe aceptaba la lucha? ¿Tom Crabbe, que iba a la cabeza de los «Siete», arriesgaba su posición por un desquite? ¿Se olvidaba acaso de los que habían apostado a su favor…? ¡Sí! Además, como pensaba John Milner, una mandíbula rota o un ojo amoratado no impedirían a Tom Crabbe ponerse en camino y desempeñar buen papel en el match Hypperbone.

 

Así, pues, el combate se efectuaría, y cuanto antes mejor. Pero había una dificultad: como los combates de este género hasta en América están prohibidos, la policía de Filadelfia prohibió a los dos boxeadores que se enfrentasen, bajo pena de prisión y multa. Cierto es que estar preso en la Penitenciary Western, donde los presos están obligados a aprender a tocar un instrumento musical y a hacerlo sonar todo el día —grotesco concierto, en el que domina el lastimero acordeón—, no constituye pena muy severa. Pero la detención representaba la imposibilidad de partir el día indicado, y exponerse a aquellos retrasos de los que Hermann Titbury había sido víctima en Maine. Quedaba un medio de lograr el objeto sin temor a la intervención del sheriff. Bastaba trasladarse a un pueblecillo vecino, mantener el secreto del día y la hora del encuentro, y resolver fuera de Filadelfia la gran cuestión del campeonato.

 

Esto es lo que se acordó. Únicamente los padrinos de los dos boxeadores y algunos aficionados de alta respetabilidad fueron puestos al corriente de las disposiciones tomadas.

 

Las cosas sucederían, pues, entre personas de la profesión, por así decirlo, y, cuando estuvieran de regreso, las autoridades no tendrían que ocuparse de aquel asunto. Esto era algo imprudente, pero… ¿qué se le iba a hacer? ¡Cuando el amor propio está en juego…!

 

Terminadas las conversaciones, como no se renovaron las provocaciones por medio de carteles, como se extendió el rumor de que el combate quedaba aplazado hasta la terminación del match, se creyó que no se llevaría a cabo.

 

Y, sin embargo, el día 9, a las ocho de la mañana, en el pueblecito de Arondale, a unas treinta millas de Filadelfia, cierto número de personas se encontraban reunidas en un salón secretamente alquilado para aquel acto.

 

 

 

 

 

 

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Algunos fotógrafos y cameramen les acompañaban con el fin de conservar para la posteridad todas las fases de tan interesante lucha.

 

Entre estos personajes figuraban Tom Crabbe, dispuesto a extender sus brazos en dirección a la cabeza de su adversario, y Cavanaugh, de menos estatura, pero muy ancho de espaldas y de excepcional vigor. Dos luchadores capaces de aguantar veinte o treinta rounds; es decir, veinte o treinta asaltos.

 

John Milner acompañaba al primero, y al segundo su representante. Aficionados y técnicos les rodeaban, ávidos de juzgar los golpes de aquellas dos máquinas. Pero, apenas estaban en tensión sus músculos, apareció el sheriff de Arondale, Vincent Bruck, acompañado del clérigo Hugh Hunter, ministro metodista de la parroquia, gran vendedor de biblias, a la vez antisépticas y antiescépticas. Prevenidos por una indiscreción, ambos corrieron al lugar de la lucha para evitar aquel encuentro inmoral y degradante, el uno en nombre de las leyes de Pennsylvania, y el otro en el de las leyes divinas.

 

No se extrañará que fuesen mal recibidos por los dos campeones, por los padrinos y por los espectadores, muy engolosinados con aquel deporte, sobre el resultado del cual habían apostado sumas considerables.

 

El sheriff y el clérigo quisieron dirigirles la palabra, pero rehusaron oírles. Intentaron separar a los dos contendientes, y se les opuso resistencia. ¿Qué podían dos personas contra aquellos hombres fuertes y musculosos, con vigor suficiente para enviarlos de un puñetazo a veinte pies de distancia?

 

Sin duda los dos recién llegados tenían para otros carácter sagrado, por representar las autoridades terrestre y celestial; pero les faltaba el auxilio de la policía.

 

Tom Crabbe y Cavanaugh iban a dar ya comienzo a la lucha.

 

—¡Deteneos! —gritó Vincent Bruck.

 

—¡Quietos! —añadió el reverendo Hugh Hunter.

 

No les hicieron caso y fueron lanzados varios puñetazos que se perdieron en el vacío gracias a esquivarlos los dos adversarios.

 

 

 

 

 

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Entonces ocurrió una escena digna de provocar la sorpresa y la admiración de los que fueron testigos de ella.

 

Ni el sheriff ni el clérigo eran muy altos y gruesos; pero, a falta de envergadura, poseían, como se va a ver, ligereza, buen tino y voluntad.

 

Vincent Bruck y Hugh Hunter se lanzaron sobre los dos boxeadores. Quiso John Milner sujetar al segundo, y recibió una tremenda bofetada que le hizo caer al suelo, donde permaneció semidesvanecido.

 

Un segundo después, Cavanaugh era obsequiado con un puñetazo que el sheriff le administró en el ojo izquierdo, mientras el reverendo aplastaba el ojo derecho a Tom Crabbe. Los dos boxeadores se revolvieron contra los que así les maltrataban; pero éstos, evitando el ataque mediante saltos y cabriolas dados con ligereza de mono, esquivaron la respuesta. Y desde este momento —cosa que no sorprenderá, ya que la escena transcurría entre entendidos en la materia—, los aplausos y los hurras se dirigieron a Vincent Bruck y a Hugh Hunter.

 

El metodista se mostró tan particularmente metódico en su manera de operar, según todas las reglas del arte, que después de haber hecho un tuerto de Tom Crabbe, hizo de él un ciego, hundiéndole de un puñetazo el ojo izquierdo.

 

Al fin aparecieron algunos agentes de la policía.

 

Y como lo mejor era escapar, esto se hizo.

 

Así terminó aquel memorable combate, con ventaja y honor para el sheriff y el clérigo, que habían luchado por la ley y la religión.

 

John Milner, con una mejilla hinchada y un ojo tumefacto, arrastró a Tom Crabbe a Filadelfia, donde ambos, encerrados en su habitación, en la que ocultaron su vergüenza, esperaron la llegada del próximo telegrama.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IX. Doscientos dólares por día

 

¿Un talismán a los esposos Titbury? Ciertamente tenían necesidad de él, y sería bien recibido, aunque fuese el cabo de la cuerda que sirviera para ahorcar a aquel bribón de Bill Arrol.

 

Pero, como había declarado el magistrado de Great Salt Lake City, era preciso prenderle primero para ahorcarle después, cosa que no parecía fácil.

 

El talismán que asegurase la partida a Titbury no hubiera sido muy caro al precio de los tres mil dólares que le robaron en el «Cheap Hotel». Pero, entretanto, el pabellón azul no poseía un centenar de ellos, y, furioso y descorazonado por las irónicas respuestas del sheriff, abandonó el puesto de policía para reunirse con su esposa.

 

—Y bien, Hermann —le preguntó ésta—. ¿Qué hay de ese canalla, de ese miserable Inglis?

 

—No se llama Inglis —respondió    Mr. Titbury dejándose caer en una silla—.

 

Se llama Bill Arrol.

 

—¿Está preso?

 

—Lo estará.

 

—¿Cuándo?

 

—Cuando se le pueda coger.

 

—¿Y nuestro dinero? ¿Nuestros tres mil dólares?

 

—No doy por ellos ni diez centavos.

 

Mrs. Titbury dejóse caer a su vez sobre un sillón. Pero como aquella mujer se recobraba pronto del abatimiento, levantóse, y cuando su marido, en el

 

 

 

 

 

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último punto de la postración, le dijo:

 

—¿Qué hemos de hacer?

 

—Esperar —respondió.

 

—¡Esperar! ¿Esperar qué? ¿Que ese bandido de Arrol…?

 

—No, Hermann. Hemos de esperar el telegrama de Mr. Tombrock, que no puede tardar.

 

—¿Y el dinero?

 

—Nos sobra tiempo para recibirlo, aunque nos lo envíen del otro lado de los Estados Unidos.

 

—Lo que no me asombraría, ya que la mala suerte nos persigue de modo cruel.

 

—Sígueme —respondió resueltamente      Mrs. Titbury.

 

Y ambos se dirigieron a las oficinas del telégrafo.

 

Toda la ciudad sabía las desventuras del matrimonio Titbury. Cierto es que Great Salt Lake City no parecía experimentar más simpatía por ellos que el pueblo de Calais, de donde venían; y no solamente les faltaba la simpatía, sino también la confianza. Nadie arriesgaba nada a favor de gentes a las que ocurrían tan desagradables peripecias; dos desdichados que en dos jugadas no habían pasado aún de la casilla número 4; dos rezagados a los que los demás jugadores llevaban gran ventaja, y a los que los postores no aceptaban ni aun a cincuenta por uno.

 

Así, pues, si en las oficinas de telégrafos se encontraban algunas personas, eran más bien curiosos y burlones, dispuestos a mofarse del «farolillo rojo», locución con la que se designaba al infortunado Titbury.

 

Pero ni a éste ni a su mujer les importaban las burlas ni les preocupaba su descrédito en las agencias. ¿Quién podía saber si una excelente jugada no iba a mejorar su posición? En efecto; estudiando su mapa, Mrs. Titbury había calculado que si los dados sumaban diez tantos, por ejemplo, como sería preciso doblarlos sobre la casilla 14, ocupada por Illinois, estos puntos les conducirían de un salto a la casilla 24, correspondiente a

 

 

 

 

 

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Michigan, lindante con Illinois, lo que les llevaría a Chicago. ¿Tendrían la fortuna de conseguir este golpe, el más favorable que podían esperar?

 

A las nueve y cuarenta y siete, con regularidad matemática, llegó el telegrama.

 

La jugada resultó desastrosa.

 

No se habrá olvidado que aquel mismo día, 2 de junio, Max Real, entonces en Chicago con su madre, había sabido el resultado de la jugada, como en los siguientes días debía conocer las que enviaban a Harris T. Kymbale a Dakota del Norte, a Lissy Wag a Missouri y al comodoro Urrican a Wisconsin.

 

En suma; preciso era que la fatalidad se encarnizara con Titbury para que éste obtuviera tan desfavorable resultado.

 

Los dados habían indicado cinco, por dos y tres, lo que de la casilla número 4 llevaba a la número 9. Siendo ésta la de Illinois, era preciso doblar los tantos, y como la 14 era también de Illinois, correspondía triplicarlos. Esto daba en total quince puntos, que conducían a la casilla 19, Luisiana, Nueva Orleans, marcada como hostería en el mapa de William J. Hypperbone.

 

 

 

Realmente era imposible ser más desventurado.

 

El matrimonio Titbury regresó al hotel entre las burlas de los concurrentes como si hubiese recibido un mazazo en el cráneo. Pero Mrs. Titbury tenía la cabeza más sólida que su marido, y recobró pronto su energía.

 

—¡A Luisiana! ¡A Nueva Orleans! —repetía Mr. Titbury mesándose los cabellos—. ¿Por qué hemos de correr tanto?

 

—¡Y lo que correremos! —declaró  Mrs. Titbury, cruzándose de brazos.

 

—¿Cómo? ¿Piensas…?

 

—Partir para Luisiana.

 

—Son mil trescientas millas…

 

—Las recorreremos.

 

 

 

 

 

 

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—Tendremos que pagar una prima de mil dólares…

 

—La pagaremos.

 

—Estaremos dos tumos sin jugar…

 

—No los jugaremos.

 

—Será preciso permanecer cuarenta días en aquella ciudad, donde, según parece, la vida es muy cara…

 

—Los pasaremos.

 

—Pero no tenemos dinero…

 

—Lo pediremos.

 

—Pero… yo no quiero…

 

—Yo, sí.

 

Como puede verse, Kate Titbury tenía respuesta para todo. Se sentía fascinada, hechizada e hipnotizada por los millones de dólares que veía en lontananza.

 

Hermann Titbury no intentó resistir, pues hubiese sido tarea vana. En realidad había deducido consecuencias muy justas de la desdichada jugada: un largo y costoso viaje; tenía que atravesar el país del Nordeste al Sudoeste; el coste de la vida era muy elevado en la opulenta ciudad de Nueva Orleans; era necesario permanecer en ella mucho tiempo, puesto que las reglas del juego obligaban a esperar dos jugadas antes de proseguir la partida… Hermann le hizo observar todos estos inconvenientes.

 

 

 

—Tal vez —respondió Mrs. Titbury— el azar envíe allí a alguno de los demás jugadores, y en este caso seríamos remplazados…

 

—¿Quién quieres que nos sustituya —exclamó Mr. Titbury—, si todos están delante de nosotros?

 

—¿Y no pueden verse obligados a recomenzar la partida, como ha sucedido al abominable Urrican?

 

 

 

 

 

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Podía suceder así, naturalmente. ¡Pero era tan poco afortunada aquella pareja!

 

—Además —añadió Hermann—, para colmo de desdichas, carecemos del derecho de elegir el hotel que nos convenga.

 

En  efecto,  el  telegrama  decía:  «Casilla  19.  Nueva  Orleans,  Luisiana.

 

“Excelsior Hotel”».

 

No había discusión posible. Fuese este hotel de primero o de vigésimo orden, era el que ordenaba la imperiosa voluntad del difunto.

 

—¡Iremos al «Excelsior Hotel»! —limitóse a responder         Mrs. Titbury.

 

Así era esta mujer, tan resuelta como avariciosa. Pero mucho debía de sufrir pensando en las pérdidas ya experimentadas, en los trescientos dólares de la multa, en los tres mil del robo, en los gastos efectuados hasta aquel día, en los que les imponía el presente y en los que les reservaba el porvenir… Solamente la cegadora herencia resplandecía ante sus ojos.

 

 

 

Había tiempo de sobra para que el tercer jugador se trasladara a su destino: cuarenta y cinco días. Estaban a 2 de junio, y bastaría que el pabellón azul se desplegase en la capital de Luisiana el día 15 de julio. Sin embargo, como había hecho observar Mrs. Titbury, alguno de los «Siete» podía ser enviado allí de un día a otro, y de ahí la necesidad de encontrarse en la casilla 19 a fin de cederle el sitio. Lo mejor, pues, era no perder el tiempo en Great Salt Lake City. Los Titbury decidieron ponerse en camino tan pronto como recibieran el dinero que habían pedido por telégrafo al «Fint National Bank», de Chicago, Dearborn and Monroe Streets, donde Mr. Titbury tenía cuenta corriente.

 

Esta operación fue realizada en dos días. El 4 de junio por la mañana Hermann pudo recoger en el Banco de Great Salt Lake City cinco mil dólares, que no debían producirle interés.

 

El 5 de junio el matrimonio Titbury abandonó la ciudad entre la indiferencia general y, por desgracia, sin el cabo de cuerda que debía servir para ahorcar a Arrol, y que tal vez les habría dado suerte.

 

El Union Pacific —decididamente muy utilizado por los jugadores del      match

 

 

 

 

 

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Hypperbone— les trasladó a través de Wyoming hasta Cheyenne, y a través de Nebraska hasta Omaha.

 

Allí, por economía, pues el barco resultaba más barato que el ferrocarril, los viajeros ganaron por el río Missouri la ciudad de Kansas, como había hecho Max Real en su primer viaje; después llegaron a San Luis, donde Lissy Wag y Jovita Foley no tardarían en albergarse, a fin de pasar allí su tiempo de prisión.

 

Mediante un sencillo transbordo se entra en las aguas del Misisipi, abandonando las del Missouri, que es su principal tributario. Los barcos son muy numerosos en estos ríos, y en tercera clase el viaje se efectúa con gran economía. Además, aprovechándose de comestibles baratos, fáciles de renovar en las escalas, se pueden disminuir los gastos de la jornada. Esto es lo que hizo el matrimonio Titbury, economizando lo más que pudo en espera de la nota de gastos que, en un futuro más o menos inmediato, les presentaría el «Excelsior Hotel» de Nueva Orleans.

 

Así, pues, la embarcación Black Warrior recibió a los dos esposos, a quienes debía trasladar a la metrópoli de Luisiana, a la que el gran río proporciona una frontera más natural que los grados de longitud y latitud correspondientes a sus límites geodésicos.

 

No es de extrañar que esta soberbia arteria, cuyo trayecto pasa de las 4500 millas, haya recibido diversas denominaciones: Misi Sipi, es decir, Gran Río; Río del Espíritu Santo, por los españoles; Colbert, a mitad del siglo XVII, por Cavelier de la Salle; Buade, por el explorador Joliet; y, en fin, Meschacebé, bajo la poética pluma de Chateaubriand.

 

Por lo demás, esta serie de nombres, remplazados por el de Misisipi, sólo tiene un interés geográfico del que no se preocupaban los Titbury, como tampoco les importaba la extensión de su cuenca, que comprende 3.211 000 kilómetros cuadrados. Lo esencial para ellos era que se les condujera con la mayor economía hasta su punto de destino. Por lo demás, este trayecto no ofrecía ningún obstáculo. El llamado Misisipi industrial, ya aumentado por numerosos afluentes; Minnesota, Cedar, Turkey, Iowa, Santa Cruz, Chippewa y Wisconsin, comienza más arriba de San Luis, en Minnesota, y llega hasta más abajo de las tumultuosas cascadas de San Antonio. En el mismo San Luis se hallan los dos últimos puentes que ponen en comunicación su ribera derecha con su ribera izquierda, después de un curso de 1200 millas.

 

 

 

 

 

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Siguiendo la frontera de Illinois, el Black Warrior siguió frente a la alta y bravía costa calcárea, de 60 toesas de altura, que por una parte componen las últimas ramificaciones de los montes Ozark, y por otra las últimas colinas del campo de Illinois.

 

El paisaje cambió por completo a partir de El Cairo, convirtiéndose en una inmensa planicie aluvial, a través de la cual uno de los grandes tributarios del Misisipi, el Ohio, vierte en él grandes masas de agua No obstante, a pesar de este aumento y del que suministran el Arkansas y el Rojo, el río es menos caudaloso en Nueva Orleans, o sea, en su desembocadura en el golfo de México, que en San Luis. Esto depende de que la mayor parte de sus aguas corren lateralmente por las orillas bajas, inundando el llamado Sunk Country, o País Cavado, región espaciosa situada al oeste del río, sembrada de lagunas y pantanos y que parece estar hundida desde el terremoto del año 1812.

 

El Black Warrior, diestramente dirigido, se deslizaba por entre las numerosas islas que cambian de forma y emplazamiento según el capricho de las crecidas y las corrientes. Así, pues, a pesar de todo, la navegación por el Misisipi no carece por completo de dificultades, que vencen con facilidad los hábiles pilotos de Luisiana.

 

Los Titbury pasaron por Memphis, importante ciudad de Tennessee, donde los curiosos habían podido contemplar durante algunas horas a Tom Crabbe en su primer viaje. Después por Helena, sobre la pendiente de una colina, pueblo que seguramente se convertiría en ciudad, pues los barcos hacen allí frecuentes paradas. Después, por la ribera derecha, dejaron atrás la embocadura del Arkansas y avistaron una comarca pantanosa donde desapareció un día la ciudad de Napoleón. Si después el Black Warrior no hizo escala en Vicksburg, una de las raras ciudades industriales del Misisipi, fue debido a que el infiel río, después de una gran crecida, se apartó de ella algunas millas al Sur. No obstante, la embarcación permaneció unas horas en Natchez, cuyo comercio emplea una batelería numerosa que sirve a toda la región. El Misisipi presentóse desde entonces más caprichoso, multiplicando sus vueltas y revueltas. Sus orillas, incultas, cada vez más bajas, se confundían con las planicies aluviales, no presentando más que bancos de arena roídos por la corriente.

 

Finalmente, a trescientas millas del océano, el Black Warrior pasó la embocadura del río Rojo, junto a Fort Adam, en el ángulo donde termina el

 

 

 

 

 

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Estado de Misisipi, y penetró en el de Luisiana. Allí hay rápidas corrientes, efecto del estrechamiento del cauce del río. Pero como las aguas estaban entonces en su altura media, el Black Warrior pudo salvarlas sin riesgo de encallar.

 

Después de Natchez y antes de Nueva Orleans sólo se encuentra la ciudad de Baton Rouge, y aun ésta no es realmente más que un gran pueblo de 10 500 habitantes. Pero allí radica el centro de la legislatura del Estado, la capital parlamentaria de Luisiana, de la que, como sucede en tantos Estados de la Unión, Nueva Orleans sólo es una ciudad cualquiera. Baton Rouge está enclavada en sitio agradable y sano, lo que no es de despreciar en regiones asoladas por la fiebre amarilla. Después de Donaldsonville y hasta Nueva Orleans, sólo cruzaron frente a pequeños pueblos y solitarias cabañas.

 

La Luisiana, que Francia, durante el primer Imperio, vendió por 20 millones de francos a los americanos, ocupa el trigésimo lugar entre los Estados Unidos de la Unión. Su población, negra en su mayor parte, pasa de un millón cien mil almas. Ha sido menester defenderla de las crecidas del Misisipi por sólidos muros en la parte baja, donde la recolección de azúcar ocupa el primer lugar en todo el país. Al Noroeste, regadas por el río Rojo y sus afluentes, las tierras más altas se hallan al abrigo de las inundaciones y se prestan a todas las exigencias de la agricultura. La Luisiana produce también hierro, carbón, ocre, yeso; abundan en ella las plantaciones de naranjos y limoneros; posee vastos bosques impenetrables, asilo de osos, panteras y gatos monteses, así como gran número de arroyos frecuentados por aligátores.

 

El día 9 de junio por la tarde, después de un viaje de siete días desde Great Salt Lake City, el matrimonio Titbury llegó a Nueva Orleans. Entretanto había sido anunciado el resultado de las jugadas correspondientes a los días 4, 6 y 8 de junio, concernientes a Harris T. Kymbale, Lissy Wag y Hodge Urrican. Ninguna de ellas mejoraba la posición de Hermann Titbury, puesto que ninguno venía a remplazarle en la hostería de la casilla 19.

 

 

 

¡Ah! Si no tuviese la obligación de ir a la ruinosa ciudad y permanecer en ella seis semanas, tal vez a los siete días de la fecha los dados le hubieran gratificado con un número de tantos más favorable y hubiera podido ponerse en la misma línea que los más avanzados de sus compañeros.

 

 

 

 

 

 

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Al salir del desembarcadero, los Titbury vieron un elegantísimo carruaje que esperaba, sin duda, a alguno de los pasajeros del Black Warrior. Ellos pensaban dirigirse a pie al «Excelsior Hotel», encargando a un mozo que les llevase el equipaje.

 

Imagínese, pues, su sorpresa —sorpresa a la que se unió cierto recelo— cuando se les acercó un lacayo negro que les dijo:

 

—¿Los señores Titbury?

 

—Somos nosotros —respondió Hermann.

 

¡Vaya! Los periódicos habían debido de anunciar su partida de Utah, su paso por Omaha, su viaje a bordo del Black Warrior y su próxima llegada a Nueva Orleans. Era evidente que no podían escapar a los inconvenientes de la celebridad.

 

—¿Qué desea? —preguntó Titbury, con acritud.

 

—Este coche está a su disposición.

 

—No hemos pedido coche.

 

—No se va de otro modo al «Excelsior Hotel» —respondió el negro, haciendo una reverencia.

 

—¡Buen comienzo! —murmuró Hermann, lanzando un suspiro.

 

En fin, puesto que no era costumbre trasladarse al hotel de manera más modesta, lo mejor era subir al soberbio landó. Así lo hizo la pareja, mientras un ómnibus transportaba su equipaje. Al llegar a Canal Street, el coche se detuvo ante un hermoso edificio, mejor dicho, un palacio, en cuya fachada principal brillaban estas palabras: «Excelsior Hotel Company Limited». El lacayo abrió la portezuela.

 

Los Titbury, fatigados y aturdidos, apenas se dieron cuenta de la ceremoniosa recepción que les fue hecha por el personal del hotel. Un mayordomo vestido de etiqueta les condujo a su departamento. Completamente desvanecidos, nada vieron de la magnificencia que les rodeaba, y dejaron para el día siguiente las reflexiones que tan extraordinario aparato debía inspirarles.

 

 

 

 

 

 

 

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Después de una noche pasada en la calma de aquella cómoda habitación, protegida por dobles ventanas que impedían el paso del ruido de la calle, se despertaron bajo la claridad de una lamparilla de noche alimentada por electricidad. El transparente cuadro de un magnífico reloj de péndulo señalaba las ocho.

 

Al alcance de la mano, en la cabecera del vasto lecho donde el matrimonio había dormido tan tranquilamente, una serie de timbres sólo esperaba la presión del dedo para que acudiera la doncella o el ayuda de cámara. Otros botones eran para pedir el baño, el desayuno, el periódico matutino y, lo que más que nada debían pedir los viajeros al levantarse, la luz del día.

 

 

 

En este botón se apoyó precisamente el índice de Mrs. Titbury. Al momento, las tupidas cortinas de las ventanas se subieron mecánicamente, abriéronse las persianas y los rayos del sol penetraron a oleadas en la habitación.

 

Hermann y Kate se miraron. No osaban pronunciar una sola palabra, preguntándose si cada una que emitiesen no iba a costarles una piastra.

 

El lujo de la habitación era excesivo. Los muebles y los cortinajes eran de incomparable riqueza, y las paredes estaban tapizadas de seda.

 

La pareja se levantó y pasó a un gabinete contiguo todavía más lujoso. El lavabo tenía grifos para agua caliente, fría y templada; los pulverizadores lanzaban agua perfumada; había abundancia de jabones de olores y colores diversos, finísimas esponjas y toallas blancas como la nieve. Nada faltaba.

 

 

 

Una vez vestidos, los Titbury se aventuraron por las habitaciones contiguas; el comedor, en cuya mesa resplandecían la plata y la porcelana; el recibidor, con muebles de extraordinaria riqueza, pinturas de célebres maestros, artísticos bronces y ricos cortinajes; el gabinete de la señora, con piano, mesa con revistas de modas y álbumes de fotografías de Luisiana; el gabinete del señor, donde se apilaban revistas americanas, los más importantes periódicos de la Unión, papel de todos tamaños con el membrete del hotel y hasta una máquina de escribir.

 

—¡Esto es la cueva de Alí Babá! —exclamó Mrs. Titbury completamente fascinada.

 

 

 

 

 

 

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—¡Y los cuarenta ladrones no andan lejos! —añadió Hermann.

 

Sus ojos se fijaron en aquel momento en un cuadro con marco dorado donde se indicaban los diversos servicios del hotel y el horario de las comidas para los que no preferían hacérselas servir en sus habitaciones.

 

La mesa reservada a ellos estaba señalada con el número 1 con esta mención; «Reservada a los jugadores del “match”. Hypperbone por el “Excelsior Hotel”. Company».

 

—Llama, Hermann —dijo     Mrs. Titbury.

 

Oprimido el botón se presentó un caballero vestido de frac y con corbata blanca.

 

Cumplimentó primeramente a los esposos en nombre del «Excelsior Hotel» y de su director, los cuales se sentían muy honrados de tener por huésped a uno de los más simpáticos jugadores de la gran partida nacional. Puesto que tenía que pasar algún tiempo en Luisiana, y más especialmente en Nueva Orleans, con su honorable esposa, se procuraría rodearles de todo género de comodidades, multiplicándoles las distracciones. El régimen del hotel, por si les convenía acomodarse a él, era el siguiente: el té a las ocho de la mañana; el almuerzo a las once; el «lunch» a las cuatro; la comida a las siete, y el té de la noche a las diez.

 

Cocina inglesa, americana o francesa, a elección. Vinos de las mejores marcas. El gran banquero de Chicago (sic) tendría un coche a su disposición, así como un elegante yate para efectuar excursiones hasta la desembocadura del Misisipi o pasear por los lagos Borne o Ponchartrain. Dispondría de palco en la Ópera, donde en aquella época actuaba una importante compañía francesa…

 

—¿Y cuánto vale todo esto? —preguntó bruscamente  Mrs. Titbury.

 

—Cien dólares.

 

—¿Por mes?

 

—Por día.

 

—Y por persona, ¿no es cierto? —añadió Mrs. Titbury, en tono irónico y colérico.

 

 

 

 

 

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—Sí, señora. Este precio ha sido establecido como de favor, cuando por los periódicos hemos sabido que el jugador número 3 y Mrs. Titbury iban a permanecer algún tiempo en el «Excelsior Hotel».

 

He ahí adonde la mala suerte había conducido a la infortunada pareja, sin que les quedara el recurso de ir a otra parte. Era aquél el hotel impuesto por William J. Hypperbone, lo que no es de extrañar puesto que él era uno de los principales accionistas. Sí; doscientos dólares diarios por la pareja… Seis mil dólares si permanecían el mes entero en aquel antro.

 

De buen o mal grado, preciso era resignarse. Abandonar el «Excelsior Hotel» era abandonar la partida, renunciar a la esperanza de resarcirse millones de veces de los gastos sufridos, heredando la fortuna del difunto.

 

Y, no obstante, cuando el mayordomo se retiró:

 

—¡En camino! —exclamó Mr. Titbury—. Cojamos nuestro equipaje y regresemos a Chicago… No permaneceré un minuto más en un sitio que cuesta a ocho dólares la hora.

 

—¡Permanecerás! —respondió la imperiosa matrona.

 

La ciudad del Croissant —así se llama la metrópoli luisiana fundada en 1717 en el recodo que forma el gran río, que la limita al Sur— absorbe, por decirlo así, toda la Luisiana. Entre otras ciudades, apenas si Baton Rouge, Donaldsonville y Shreveport cuentan más de 12 000 almas. Situada a 574 leguas de Nueva York y a 45 de la embocadura del Misisipi, nueve líneas férreas conducen a ella y 1500 embarcaciones recorren su red fluvial. Afecta a la causa de los confederados, el día 18 de abril de 1862 fue bombardeada seis días por el almirante Farragut y tomada por el general Butler.

 

En esta vasta ciudad de 242 000 habitantes, muy diversos por las mezclas de sangre; donde los negros, si bien gozan de todos los derechos políticos, no tienen la igualdad social; en este medio híbrido de franceses, españoles, ingleses y angloamericanos; en la metrópoli de un Estado que nombra 32 senadores, 97 diputados y se hace representar por cuatro miembros en el Congreso; donde se encuentra la silla de un obispo católico en medio de los disidentes baptistas, metodistas y episcopalianos; en el corazón de Luisiana, la pareja Titbury iba a llevar una existencia

 

 

 

 

 

 

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como nunca imaginara, arrancada por tan inverosímiles motivos de su casa de Chicago. Pero, puesto que su mala suerte les obligaba a ello, lo mejor —de no regresar a su casa— ¿no era aprovechar su dinero? De esta manera pensaba precisamente Kate Titbury.

 

Su magnífico carruaje les paseaba diariamente con gran pompa. Un verdadero gentío les acompañaba con hurras burlones, pues se les conocía como avaros que no habían inspirado ninguna simpatía en Great Salt Lake City ni en Calais, como tampoco la inspiraban en Chicago. Pero ¿qué importaba todo eso? Ellos no se daban cuenta de nada y nada les impedía, pese a tantos desastres, creerse los favoritos del «match».

 

Así se exhibieron por los barrios del Norte, los de Lafayette, Jefferson y Carrolton, barrios elegantes llenos de hoteles y quintas entre el verdor de les naranjos, magnolias y otros árboles; en la plaza de Lafayette y en la de Jackson.

 

Pasearon por la sólida calzada de cincuenta toesas de anchura que protege a la ciudad contra las inundaciones, por los muelles bordeados por cuádruple fila de remolcadores, veleros y barcos de cabotaje, de donde se expiden anualmente 1.700 000 fardos de algodón. No hay que extrañarse de ello, puesto que el movimiento comercial de Nueva Orleans se calcula en 200 millones de dólares. Visitaron los anejos de Algiers, Gretna y MacDaroughville, después de hacerse trasladar a la orilla izquierda del río, donde hay muchas fábricas y almacenes.

 

Pasearon en su fastuoso carruaje por elegantes calles, entre casas de ladrillo y piedra que han sustituido a las de madera destruidas por tantos incendios, y con mucha frecuencia por la calle Real y la de San Luis, que cortan en cruz el barrio francés… Vense en ellas elegantes casas de verdes persianas, con patios donde murmura el agua de las fuentes y florecen hermosas plantas.

 

Honraron con su visita el Capitolio, situado en el ángulo que forman las dos últimas calles mencionadas, antiguo edificio transformado durante la guerra de Secesión en palacio legislativo, donde funcionan las cámaras de los senadores y diputados. Y para el «San Carlos Hotel», uno de los más importantes de la ciudad, los huéspedes del incomparable «Excelsior Hotel» sólo tuvieron un bien justificado desdén.

 

Visitaron el arquitectónico palacio de la Universidad; la Catedral, de estilo

 

 

 

 

 

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gótico; el edificio de la Aduana; la Rotonda y su inmenso salón. Allí encuentra el aficionado a la lectura una biblioteca admirablemente surtida, el paseante un paseo bajo galerías cubiertas, los especuladores sobre valores y fondos públicos una bolsa muy animada, en la que se agitaban febrilmente los corredores de las agencias, gratando los cambios del «match». Hypperbone.

 

A bordo de un elegante yate realizaron algunas excursiones por el tranquilo lago Ponchartrain hasta los pasos del Misisipi.

 

En la ópera, los entusiastas del arte lírico les vieron en su palco, aguzando desesperadamente los oídos, cerrados a toda comprensión musical.

 

¡Así vivieron como en un sueño! ¡Pero qué sueño, cuando cayeron en la realidad!

 

Ocurrió un singular fenómeno. Aquellos miserables, aquellos mezquinos, se acostumbraron a esta nueva vida, se aturdieron por su anormal situación, se emborracharon, en el material sentido de la palabra, ante aquella mesa, lujosamente servida, y no querían dejar migaja, aun a riesgo de sembrarse gastralgias o dilataciones de estómago para su vejez. Pero era preciso aprovechar los doscientos dólares diarios del «Excelsior Hotel».

 

Entretanto pasaba el tiempo, aunque los Titbury apenas se daban cuenta de ello. Antes de que pudieran ponerse en camino habían de efectuarse catorce jugadas en Chicago; jugadas que eran proclamadas en la Rotonda, cada cuarenta y ocho horas. Como se sabe, la del día 8 de junio había enviado al comodoro Urrican a Wisconsin; y, como es también sabido, la del día 10 a Minnesota al misterioso X. K. Z.

 

Ninguna jugada enviaba a alguno de los «Siete» a Luisiana; ni la del día 12, que correspondía a Max Real, ni la del día 14, concerniente a Tom Crabbe. El día 16, fecha reservada a Hermann Titbury antes del desgraciado golpe que le condujo a la casilla número 19, no se efectuó jugada alguna. La del día 18 fue para el cuarto jugador, Harris T. Kymbale.

 

¿Estaban, pues, condenados los dos esposos a proseguir aquella vida tan agradable como ruinosa para la bolsa y la salud, durante las seis semanas de exclusión que implicaba la estancia en Luisiana?

 

¿No habría terminado la partida, llegando el ganador a la casilla número

 

 

 

 

 

 

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63, antes de que ellos pudieran reemprenderla?

 

Este secreto pertenecía al porvenir. Entretanto los días transcurrían; y si, terminado el «match», el matrimonio Titbury no tenía sino regresar a Illinois, después de pagar la formidable cuenta del «Excelsior Hotel», unida a los anteriores gastos, ¡calcúlese lo que les habría costado la locura de figurar entre los «Siete» del «match». Hypperbone!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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X. Las peregrinaciones de Harris T. Kymbale

 

Si los esposos Titbury y el comodoro Urrican se quejaban con razón de su mala suerte, también el redactor jefe del Tribune tenía perfecto derecho a quejarse. Una jugada le había obligado a ir al Niágara, en el Estado de Nueva York, y a pagar una prima; después, de allí se había trasladado a Santa Fe, capital de Nuevo México. Y ahora la nueva jugada le ponía en camino de Nebraska y Washington, Estado este último situado en el extremo oeste del territorio de la Confederación.

 

Efectivamente, en Charleston, en el Estado de Carolina del Sur, donde acababa de ser tan calurosamente acogido, Harris T. Kymbale recibió el día 4 de junio el telegrama que le concernía. Diez tantos, obtenidos por seis y cuatro, doble, le enviaban de la casilla 22 a la 42.

 

Correspondía esta última a Nebraska, elegida por el difunto para situar el laberinto del noble juego de la oca. Esto no dejaba de ser grave, pues el jugador, después de ir al sitio indicado y pagar una doble prima, debía retroceder a la casilla 30, ocupada por el Estado de Washington. Cierto es que el itinerario desde Carolina del Sur a Washington pasaba por Nebraska.

 

Como se comprende, al anuncio de esta jugada, sus partidarios, reunidos en gran número en las oficinas del telégrafo de Charleston, quedaron aterrados, y el periodista estuvo muy cerca de perder su situación de gran favorito, que la mayor parte de agencias le atribuían, quizás algo a la ligera.

 

Pero aquel hombre tan aturdido como resuelto, tranquilizó bien pronto a sus partidarios.

 

—¡Eh, amigos míos! —exclamó—. ¡No hay que desesperarse! Ya sabéis que los largos viajes no me causan miedo. De Charleston a Nebraska y de ahí a Washington, ¡bah!, sólo es cuestión de un par de saltos; y dispongo de quince días, del día 4 al 18, para recorrer esas cuatro mil millas. Los ferrocarriles estarán a mi disposición. En cuanto a la prima que he de pagar, esto es cosa que solamente interesa al cajero del Tribune, y tanto

 

 

 

 

 

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peor para él si pone mala cara. Lo lamentable no es tener que ir de Nebraska a Washington, sino tener que volver desde la casilla 42 a la 30. Pero ¡bah!, retroceder doce puestos no es gran cosa, y pronto reconquistaré lo que el azar me ha hecho perder.

 

¿Cómo no tener absoluta confianza en hombre que tan confiado se muestra? ¿Cómo dudar en arriesgar por él sumas considerables? ¿Cómo regatearle los aplausos que tan justificadamente merece? No le fueron, pues, regateados, y aquella mañana se renovó el triunfo de la víspera en aquel famoso banquete de Astley, donde había figurado un pastel monstruo de ocho mil libras que ocasionó mil quinientas setenta y siete indigestiones en la gran capital.

 

Sin embargo, Harris T. Kymbale se engañaba al afirmar que se podía ir de Charleston a Olympia, la capital de Washington, que indicaba el telegrama, combinando todos los recursos de las líneas férreas federales. No; existía una solución de continuidad y debía serle indicada por Bruman S. Bickhom, secretario de redacción del Tribune. Pero la mitad del viaje hasta Nebraska se efectuaría rápidamente por los ferrocarriles que van a unirse con la línea del «Union Pacific».

 

Sin embargo, teniendo en cuenta los posibles retrasos, no había tiempo que perder ni cabía distraerse por el camino. Lo prudente era abandonar Charleston la misma noche, y así lo hizo el pabellón verde. Sus entusiastas partidarios le aclamaron en el momento en que el tren arrancó para lanzarse a través de las llanuras de Carolina del Sur.

 

Algunos de los «Siete» habían ya seguido esta primera parte del itinerario, y la recorrerían más veces sin duda. Harris T. Kymbale cruzó Tennessee, y el día 5 por la tarde llegó a San Luis del Missouri, donde Lissy Wag y Jovita Foley debían encontrar una prisión. Después, temeroso de perder mucho tiempo, subió en barco hasta Omaha, combinó los horarios, aprovechando los trenes más rápidos, para llegar, por Kansas City, a la citada metrópoli de Nebraska, adonde llegó el día 6 por la noche. Noche que tuvo que pasar en Omaha, a la que Max Real, cuando su primer viaje, había podido consagrar algunas horas.

 

Allí recibió el telegrama del secretario de redacción del Tribune. En este telegrama se le indicaban, día por día, las jornadas de viaje, de forma que pudiese estar en Olympia el día 18, antes de mediodía. He aquí su contenido:

 

 

 

 

 

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1.º Abandonar la ciudad de Omaha en la mañana del día 7 en el tren del «Union Pacific» de las ocho y treinta y cinco, para llegar a Julesburg Jonction, a 390 millas, a las seis y media de la tarde.

 

2.º Tomar allí el coche dispuesto y provisto con postas preparadas a lo largo del camino de cien millas que conduce a las Tierras Yermas de Nebraska. Llegar allí al día siguiente por la mañana y hacer constar su presencia, regresando en el coche a Julesburg.

 

3.º Tomar de nuevo en Julesburg, la tarde del día 10, el tren que se dirige hacia California por el «Union» y el «Southern Pacific», el cual dejaría a Harris T. Kymbale en la estación de Sacramento, la noche del 12, noche que el periodista pasaría en dicha ciudad.

 

4.º Al día siguiente, 13, tomar el ferrocarril que sube hacia el Norte, y detenerse en la estación de Shasta, en la Alta California, a trescientas millas de Sacramento, pues los trabajos de reparación interrumpen la circulación hasta la estación de Roseburg, en Oregón.

 

5.° En este país montañoso, por el que sólo con gran lentitud pueden circular carruajes, hacer a caballo el trayecto de doscientas cuarenta millas, a fin de llegar lo más tarde el día 17 a la estación de Roseburg, viaje que debería efectuarse en cuatro días, a razón de veinticinco leguas diarias, comprendido el descanso.

 

6.º La tarde del día 17 tomar en Roseburg el tren para Olympia, que llega por la mañana a esta ciudad, después de un trayecto de trescientas cincuenta millas.

 

Nota. —Se ruega a Harris T. Kymbale no pierda ni un segundo del tiempo que se le ha medido estrictamente, y no se olvide de que el periódico tiene comprometidas grandes sumas sobre las probabilidades de triunfo del pabellón verde.

 

 

 

El telegrama era extenso, pero severo, claro y explícito. El destinatario sólo tenía que conformarse con lo en él prescrito, y estaría en su puesto el día indicado para recibir la noticia del resultado de su cuarta jugada.

 

Era de esperar que no habría ningún retraso, pues con sólo medio día

 

 

 

 

 

 

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bastaría a comprometer el resultado del viaje.

 

Harris T. Kymbale estaba dispuesto a hacerlo todo con la mayor diligencia posible. Si pasó la primera noche en Omaha, fue porque el tren no partió hasta el día siguiente. Lo tomó, y por la noche se apeaba en Julesburg Jonction, cerca del punto donde la vía férrea roza la frontera de Colorado, no lejos del río South Platte.

 

En esta ocasión, al salir de Charleston el periodista había tenido cuidado de no armar revuelo, a fin de evitar los agasajos y sus fastidiosas consecuencias. Sin embargo, en Julesburg no hubiera podido conservar el incógnito, pues el coche solicitado esperaba su llegada. Pero sus partidarios, que habían acudido a la estación, comprendieron que bajo ningún pretexto debían hacerle retrasarse en su viaje, pues las horas estaban contadas, y que la excursión a las Tierras Yermas de Nebraska debía efectuarse en un breve plazo. Fueron, pues, los primeros en aconsejar al redactor del Tribuna que partiese en seguida. E incluso una docena de esos angloamericanos, que con los emigrantes y cierto número de sioux, convertidos en ciudadanos de los Estados Unidos, componen la población de Nebraska, habían tomado sus disposiciones para acompañarle. Escolta que no era de desdeñar en aquellos territorios donde todavía se encuentran fieras de dos pies y de cuatro patas.

 

—Como ustedes gusten, señores —respondió Harris T. Kymbale, estrechando las manos que hacia él se tendían—, siempre que quepamos todos en el carruaje…

 

—Sí… Hay sitio… estrechándonos un poco… —dijo uno de aquellos entusiastas.

 

Por su superficie, Nebraska ocupa el decimoquinto lugar en la Unión. El río Platte o Nebraska lo recorre de Oeste a Este para ir a verterse en el Missouri por Platte City, y su ribera izquierda bordea la línea del «Union Pacific» hasta Julesburg Jonction. Estado más agrícola que industrial, en franco progreso, su población no cesa de aumentar. Tiene por capital a Lincoln, ciudad del interior declarada capital administrativa a partir del año siguiente a su fundación, y cuyo puerto, Nebraska City, está situado sobre el Missouri, cincuenta millas más allá.

 

Era realmente de lamentar que Harris T. Kymbale se viese obligado a recorrer a caballo el trayecto comprendido entre Shasta y Roseburg, en

 

 

 

 

 

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vez de hacerlo en carruaje. No faltan praderas en este Estado, reconocido por Waren en 1857 y por Colé en 1865. Una vez que el carruaje hubo franqueado el río Platte en barca, después de Fort Grattan, rodó por aquellas extensas planicies. Era una diligencia transcontinental de la compañía Wells y Fargo, de las que antaño recoman el territorio federal, especie de ómnibus pintado de rojo. Constaba solamente de un compartimiento para nueve plazas, tres en la banqueta anterior, tres en la del centro y tres en la posterior, provistas de correas para que los vacilantes viajeros pudieran sostenerse.

 

El jugador número 4 ocupó el interior con ocho de sus partidarios, dispuestos a remplazar cuando les llegara su turno a los otros cuatro viajeros; dos de los cuales se habían encaramado en la trasera y otros dos estaban junto al cochero que dirigía los seis vigorosos caballos.

 

No había caminos, sino sólo los senderos trazados por las ruedas de los furgones. De vez en cuando cruzaban algún arroyo, en los alrededores de los lagos de Raymond, Colé y Bourdman, o en las proximidades del río Niobrara, y atravesaban algunas aldeas donde se cambiaba el tiro del carruaje.

 

De este modo, en la noche del día 8, después de un viaje de cuarenta horas, favorecido por el tiempo, el carruaje llegó a la zona de las Tierras Yermas. Allí no se levantaba poblado alguno; solamente se extendían inmensas praderas donde los caballos podían pastar a gusto. Harris T. Kymbale y sus compañeros no tenían por qué preocuparse por la comida. En el vehículo habían colocado bastantes provisiones y licores.

 

Después de pasar una noche en pleno bosque, quedó el carruaje al cuidado del conductor, y empezaron a descender por el escabroso valle.

 

¡Ah, qué razón había tenido William J. Hypperbone al elegir la región yerma de Nebraska para hacer de ella el laberinto de la casilla 42!

 

Entre las ondulaciones extremas de las montañas Rocosas, en las proximidades de los Black Hills, erizados de coniferas, se desarrolla esa profunda depresión del suelo, de 36 millas de anchura por 85 de longitud, que se extiende hasta el territorio de Dakota. Por todas partes se ven circos con sus mil pirámides, pináculos y monolitos de piedra.

 

La región de las Tierras Yermas es un verdadero laberinto, y de los más

 

 

 

 

 

 

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intrincados, donde sobre miles de millas cuadradas, a través de arcillas y arenas ferruginosas, elévanse columnas y pilares de rocas… Aquí y allá aparecen como torreones y castillos cuyo color rojo de ladrillo contrasta vivamente con la blanca superficie del suelo…

 

Con razón se dijo que aquel rincón de Norteamérica forma un mundo aparte. En los tiempos prehistóricos, ¿fue frecuentado por inmensas bandadas de elefantes y de mastodontes, de los cuales se advierten aún las gigantescas osamentas petrificadas o reducidas a polvo?

 

Una hipótesis, admisible por cierto, supone que la mencionada depresión estuvo antaño llena por las aguas que descendían de las montañas Rocosas y de los Black Hills, desde largo tiempo infiltradas en el fondo, pues la región se halla a considerable altura sobre el nivel del mar. Este largo vacío se ha convertido en un osario donde se acumulan los fósiles.

 

La fauna actual —poco numerosa, pues difícilmente encuentra con qué vivir— se reduce a bisontes, búfalos, cameros de grandes cuernos y algunos graciosos antílopes.

 

Pero los cazadores no obtendrían allí gran caza. Harris T. Kymbale y sus compañeros no tuvieron ocasión de disparar sus escopetas. Además, si llevaban armas, era más bien para defenderse de esas bandas de dakotas y sioux que recorren la región, o para rechazar el ataque de los coyotes, esos lobos de la pradera, cuyos aullidos habían oído claramente durante la noche anterior.

 

No era preciso penetrar en las sinuosidades de las Tierras Yermas. Bastaba con que el jugador número 4 se presentase en persona a la entrada del laberinto y que su presencia se hiciese constar en un acta.

 

Ni aun se tomó el trabajo de depositar allí un documento, como el comodoro Urrican lo había hecho antes de abandonar el Valle de la Muerte.

 

El acta fue redactada por Harris T. Kymbale y suscrita por los doce acompañantes. Esto sería suficiente para probar su llegada a aquella región. Comióse a la sombra de los árboles, y los brindis fueron tan múltiples como estruendosos.

 

—¡A la salud del redactor jefe del  Tribune!

 

 

 

 

 

 

 

 

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—¡A la salud del favorito del «match»!

 

—¡A la salud del heredero de los sesenta millones de dólares de William J. Hypperbone!

 

Decididamente, Harris T. Kymbale tenía motivos para mostrarse confiado. Sus partidarios no le abandonarían nunca. Se olvidaba, o, por mejor decir, quería olvidarse, de que ir de Nebraska a Washington era retroceder, si no en el mapa de los Estados Unidos, sí en el mapa del difunto. En realidad, aunque volviera a la casilla 30, no tendría por entonces delante de él más que a Max Real, en la casilla 44, a X. K. Z., en la 46, y a Tom Crabbe, en la 47.

 

Levantóse el campamento a las tres de la tarde. Harris T. Kymbale y sus compañeros, muy animados por los vasos de whisky, volvieron a ocupar sus puestos en el carruaje. Al siguiente día, a las diez de la mañana, estaban de regreso en Julesburg Jonction.

 

Una hora después llegaba el tren del «Union Pacific», que se detuvo diez minutos en la estación. Aunque el periodista no hubiese podido tomar este tren, no por ello hubiera comprometido el resto del viaje, ya que por dicho punto pasan dos trenes al día… De todos modos, no tenía una hora que perder.

 

Sabidos son los Estados que atraviesa la línea férrea que va en dirección Oeste, puesto que Max Real yendo a Cheyenne, Hermann Titbury dirigiéndose a Great Salt Lake City, y el comodoro Urrican trasladándose al Valle de la Muerte, la habían seguido. Harris T. Kymbale pasó, pues, por Wyoming, Utah y Nevada, y por parte de California, hasta llegar a la capital de ésta. Allí se apeó, en la noche del día 11 al 12 de junio, confiado, dispuesto y descansado, sin haber perdido en el camino nada de su buen aspecto.

 

Un excelente recibimiento esperaba al periodista. Sus partidarios, reunidos en gran número, le aclamaron frenéticamente; pero no pensaron en detenerle, pues el tren partía de Sacramento a la una de la tarde.

 

Entre otras personas que por interés o simpatía habían acudido a saludar a Harris T. Kymbale, figuraba en primera línea el corresponsal del Tribune, Will Walter, que le dijo:

 

 

 

 

 

 

 

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—Caballero: he sabido que debía usted llegar hoy, y le felicito sinceramente por no haber experimentado retraso alguno.

 

—En efecto, querido colega. Ni el menor retraso se ha producido entre Charleston y Sacramento, y espero que sucederá lo mismo entre Sacramento y Olympia.

 

—No hay por qué temerlo —afirmó Will Walter—. Sin duda es fastidioso que la línea esté interrumpida por el momento; pero el tren le conducirá a la estación de Shasta, donde encontrará usted caballos dispuestos. Un guía que conoce bien el país le acompañará por el camino más corto a Roseburg, donde tomará usted el «Southern Pacific» para Olympia.

 

—Le doy las gracias por sus atenciones,  Mr. Walter.

 

—No, Mr. Kymbale. Yo soy quien le doy las gracias, puesto que he apostado a su favor.

 

—¿A qué cambio? —preguntó vivamente el otro.

 

—A uno contra cinco.

 

—Pues bien, querido compañero, cinco apretones de mano en señal de gratitud.

 

—El doble,  Mr. Kymbale; y buen viaje.

 

Silbó la locomotora, púsose el tren en marcha y desapareció en una vuelta de la vía en dirección a Marysville.

 

Era circunstancia fastidiosa que el tren no marchara a gran velocidad, pues se detenía en todas las estaciones. Cierto es que la vía no cesaba de subir, a fin de ganar la región de la Alta California, a considerable altura sobre el nivel del mar.

 

El tren se detuvo en Marysville, ciudad que, al igual que Oroville y Placerville, está abandonada desde que los buscadores de oro han exprimido sus filones y se han dirigido a las minas del territorio del Norte y de Alaska. Únicamente Marysville ofrece alguna resistencia a este abandono, porque su situación en la confluencia de los ríos Yuba y Feather le asegura un movimiento de barcos que extiende su comercio por toda la región.

 

 

 

 

 

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Más allá existen las paradas de Gridley, Nelson, Chico y Tehama, donde las cuestas, muy acentuadas, exigen de la locomotora los mayores esfuerzos, con perjuicio de la rapidez.

 

Así, pues, hasta las ocho de la mañana, hora reglamentaria, del día 13, no llegó el tren a Shasta, a partir de la cual, como se recordará, la vía estaba interrumpida. Antes de tomar el tren en Roseburg, Harris T. Kymbale terna que recorrer unas cien leguas en dirección Norte, con el guía y los caballos que habían sido pedidos por el corresponsal del Tribune.

 

Sólo quedaban cinco días para llegar a Olympia, cuatro de los cuales debían ser empleados en el viaje a caballo, realizando un recorrido medio de veinticinco leguas por día. Esto no era cosa imposible, pero sí fatigosa para jinetes y caballos.

 

Tres de éstos esperaban en la estación. Uno destinado a Harris T. Kymbale, y los otros dos al guía y a un mozo de cuadra que les acompañaba. Inútil es decir que el periodista tenía práctica en equitación, como en todo género de deportes.

 

El guía, llamado Fred Wilmot, era un hombre de cuarenta años, en toda la plenitud de su edad.

 

—¿Está usted dispuesto? —le preguntó Harris T. Kymbale.

 

—Dispuesto estoy.

 

—¿Llegaremos?

 

—Sí, si monta usted bien. En carruaje necesitaríamos doble tiempo.

 

—Respondo de mí.

 

—Entonces… ¡a caballo!

 

Los caballos partieron al trote largo. No había que preocuparse respecto a la alimentación, pues en el camino encontrarían gran número de pueblos y aldeas.

 

El tiempo prometía mantenerse bueno, con cierta frescura que se acentuaría en las regiones montañosas. La jomada sería interrumpida

 

 

 

 

 

 

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durante dos horas, y se descansaría parte de la noche.

 

El camino seguía la ribera derecha del Sacramento. Después de una parada para comer en una granja, Fred Wilmot se detuvo en Butter, en plena región de fuentes termales de las que tantas hay en América.

 

Siete horas de sueño en una posada, y los viajeros volvieron a partir al alba para almorzar en Yreka A un centenar de millas al Este se encuentra el Shasta, cuyo cráter se abre a más de doce mil pies entre dos cúspides. Sólidamente apoyado en su base, este monte es considerado como el más hermoso de los Estados Unidos, «con sus lavas rosadas esmaltadas de hielo» como ha dicho un entusiasta viajero. Harris T. Kymbale viose precisado a aplazar su admiración para otro viaje.

 

Oregón, que ocupa el noveno lugar entre los Estados de la Unión, tiene una vasta superficie. De escasa población, posee extensos terrenos de pastoreo, y sus principales rendimientos provienen de la pesca del salmón, muy abundante en sus ríos. La extraordinaria fertilidad de sus tierras occidentales hace, además, que sean muy solicitadas para el establecimiento de ranchos agrícolas.

 

Durante aquel día, Harris T. Kymbale alegró sus ojos contemplando magníficos paisajes. Con vivo disgusto no podía concederles más que una mirada al paso. En él el turista desaparecía ante el jugador. Por la noche, después de haber franqueado el paso de Pilot Rock, hombres y bestias descansaron en la aldea de Jackson, que no hay que confundir con sus homónimos esparcidos por todo el país; Jackson en Misisipi, en Michigan, en Tennessee y en Ohio; y Jacksonville en Illinois y Florida.

 

Al día siguiente, 16, después de una última jornada que los caballos recorrieron sin gran trabajo, y cuya segunda parte se prolongó hasta cerca de medianoche, el guía señaló las luces de Roseburg.

 

El viaje, pues, se había efectuado sin accidente alguno, con la regularidad de un tren expreso. El periodista no ahorró al guía ni las palabras de agradecimiento ni los dólares, y al siguiente día, al alba, Harris T. Kymbale «saltó» (ésta fue la palabra empleada por el corresponsal del Tribune) al primer tren que partió para Olympia.

 

Este tren pasa por las principales ciudades y pueblos del rico valle de la Villamette, por Winchester, Eugene City, Harrisburg, Albany y Salem,

 

 

 

 

 

 

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capital del Estado y fresco canastillo de flores y verduras; por Canb y Oregón City, que tiene grandes industrias gracias a los poderosos saltos de agua que ponen en movimiento sus fábricas de papel, sus refinerías de azúcar y sus telares; por Portland, ciudad de 75 000 habitantes, que se halla en cabeza del comercio de Oregón y de la que el río Columbia hace un activo puerto de mar.

 

En fin, el tren franqueó el río que separa los Estados de Oregón y Washington, y se detuvo en la orilla derecha del mismo, más arriba del confluente del Villamette, en Vancouver, el día 18, a las ocho de la mañana.

 

 

 

Harris T. Kymbale sólo disponía de seis horas, pues le faltaban ciento veinte millas para llegar a Olympia.

 

¡Ah! De no tener medido el tiempo, ¡con cuánto placer hubiera visitado detenidamente el Oregón, que acababa de abandonar, y Washington, donde acababa de posar la planta!

 

Es este último un Estado de 350 000 habitantes, en plena prosperidad, aunque alejado del centro del territorio federal, al que no fue unido hasta 1859, y en el que ocupa el decimoctavo lugar. Tiene por capital a Olympia, donde pueden llegar los navíos por el Puget Sound; pero Seattle le adelanta por la intensidad de su comercio, y Tacoma por su tráfico con China y Japón. Esta última hija de la familia de Washington ofrece las más bellas esperanzas para el porvenir.

 

De Vancouver —la ciudad de este nombre de Washington, no la de Columbia inglesa, situada a unas cien millas más al Norte— partió Harris T. Kymbale a las ocho y diez de la mañana a fin de realizar la última jomada de su viaje.

 

No eran de temer obstáculos ni retrasos. El tren debía recorrer nueve estaciones más y poco después de las once llegaría a Olympia. Holbrook, Waren, Kalama, Stockpart, Sopenah, Chealis y Centralia quedaron atrás.

 

El tren corría velozmente por aquella región regace por los numerosos afluentes del Columbia. A las once y tres minutos se detuvo en el pueblecito de Tenino separado de la capital por una distancia de cuarenta millas, o quince leguas.

 

 

 

 

 

 

 

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Allí —fastidiosa nueva para los viajeros y desastrosa para Harris T. Kymbale— tuvieron noticia de un accidente que el minucioso Bickhom, del Tribune, no había podido prever. Era imposible que el tren prosiguiese su marcha, ya que, una hora antes, a diez millas de Tenino, se había hundido un puente y la circulación no podía realizarse por aquel sector de la línea.

 

Era aquél un golpe mortal como ninguno, del que el jugador número 4 jamás se recuperaría.

 

—¡Ah! —exclamó lanzándose fuera del vagón—. ¡Naufragaré a la vista del puerto!

 

Pero no… Tres jóvenes, que se habían apeado del tren, se acercaron al periodista.

 

— Mr. Kymbale —le dijo uno de ellos—, ¿sabe usted montar en bicicleta? —Sí.

 

—Venga con nosotros.

 

No hubo más palabras. Esto era entrar pronto en materia, como conviene entre estas gentes prácticas de los Estados Unidos.

 

Del furgón de equipajes fue retirada una tripleta.

 

— Mr. Kymbale —dijo el joven—, uno de nosotros cederá a usted el asiento de en medio, el otro se pondrá en el de atrás y yo en el de delante. Tenemos la probabilidad de llegar a Olympia a mediodía.

 

—¿Sus nombres, por favor?

 

—Will Stanton y Robert Flock.

 

—¿Y el de usted, caballero, que me cede su sitio?

 

—John Berry.

 

—Pues bien, señores… Mil gracias a todos… ¡Y en camino! ¡Que San Ciclo, patrón de los ciclistas, nos proteja!

 

¡Tenían que recorrer quince leguas en menos de una hora! Este «record» no había sido logrado por ningún ciclista.

 

 

 

 

 

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Antes de emprender la marcha, Harris T. Kymbale dijo:

 

—No sé cómo demostrarles mi agradecimiento…

 

—Ganando —respondió escuetamente Will Stanton.

 

—Hemos apostado por usted —añadió Robert Flock.

 

La tripleta era una máquina fabricada en los talleres de Cambden and Co., de Nueva York. Iba provista de una multiplicación de veintisiete pies y dos pulgadas, y había sido probada en un concurso internacional celebrado precisamente en el velódromo de Chicago. Will Stanton y Robert Flock, naturales de Washington, eran hábiles ciclistas, capaces de obtener todas las ventajas que puede proporcionar este deporte. Harris T. Kymbale, montado en la silla de en medio, no tenía más que dejarse llevar, aunque creyó deber ayudar con sus fuerzas y pedalear por cuenta propia.

 

Will Stanton tomó asiento en la parte anterior y Robert Flock en la de atrás. Algunas personas que sostenían la máquina le imprimieron vigoroso impulso, y la tripleta se lanzó al camino entre fuertes hurras.

 

El comienzo fue magnífico. La máquina iba como un rayo por el bien cuidado camino, verdadera pista de velódromo, muy llano en aquella parte de Washington próxima al litoral. Los tres ciclistas no hablaban. Entre los labios llevaban un cañón de pluma que, sin permitir que el aire llegase brutalmente a los pulmones, ayudaba la respiración por la nariz.

 

Así es que desde el principio emprendieron vertiginosa carrera. Las ruedas de la tripleta se movían con la velocidad de una dínamo accionada por poderoso motor. En esta ocasión el motor eran los tres hombres, cuyas piernas, convertidas en bielas, lanzaban al aparato con todo su vigor. La tripleta dejaba tras ella espesa nube de polvo, y cuando vadeaba algún arroyo levantaba una cortina de agua. La bocina lanzaba sus agudos sones pidiendo paso libre, y la gente se apartaba a los lados para dejárselo.

 

 

 

Transcurrido un cuarto de hora, se habían recorrido las primeras cinco leguas. Bastaría conservar esta velocidad para llegar a la capital algunos minutos antes del mediodía.

 

Parecía que no iba a surgir ningún contratiempo, cuando, poco después de

 

 

 

 

 

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las once, al cruzar la tripleta una extensa llanura, oyéronse fuertes aullidos.

 

Un grito se escapó de la boca de Robert Flock, que dejó caer su cañón de pluma.

 

—¡Los coyotes!

 

En efecto, se trataba de una veintena de estos terribles lobos de la pradera. Rabiosos a causa del hambre, aquellos feroces animales se aproximaban con velocidad superior a la de los ciclistas y se arrojaron sobre sus flancos.

 

 

 

—¿Lleva usted revólver? —preguntó Will Stanton, sin detener un instante la velocidad de la tripleta.

 

—Sí —respondió Harris T. Kymbale.

 

—Pues dispóngase usted a hacer fuego… Y tú también, Flock. Yo no dejo la dirección. Continuemos pedaleando los tres, y quizá dejaremos atrás a esa banda.

 

¿Adelantarla? Bien pronto se vio que esto no era posible.

 

Los coyotes saltaban siguiendo a la tripleta, prestos a precipitarse sobre el periodista y sus compañeros, que estarían perdidos si eran derribados al suelo.

 

Sonaron dos detonaciones, y dos lobos mortalmente heridos rodaron por el camino. Los otros, en el colmo del furor, se lanzaron contra la máquina, que no pudo evitar el choque y estuvo a punto de derribar a Harris T. Kymbale.

 

—¡Pedaleemos! ¡Pedaleemos! —gritó Will Stanton.

 

Y las piernas se movieron con tal vigor, que los dientes de la multiplicación crujieron como si fueran a romperse.

 

Durante el segundo cuarto de hora otras cinco leguas habían sido franqueadas. Pero más que nunca era entonces preciso rechazar a los lobos, que saltaban entre las ruedas y cuyas zarpas tocaban los radios de fino acero. Se dispararon todos los tiros de los revólveres, y la banda, reducida a la mitad, dejó atrás diez lobos.

 

 

 

 

 

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En aquel momento Harris T. Kymbale, abandonando el guía, consiguió cargar de nuevo su revólver cuyos seis tiros pusieron en fuga a los lobos.

 

Eran las doce menos diez. A unas dos leguas aparecían los primeros edificios de Olympia.

 

La tripleta devoró esta distancia con la velocidad de un expreso, y llegó a la ciudad. Allí, sin hacer caso a las normas del tráfico y con riesgo de atropellar a alguno de los cinco mil habitantes de la población, se detuvo ante las oficinas del telégrafo cuando sonaban las doce.

 

Harris T. Kymbale echó pie a tierra. Rendido de fatiga, jadeando, hendió la multitud de curiosos que aguardaban la llegada del jugador número 4, y se precipitó en la sala en el momento en que el reloj lanzaba su décima campanada.

 

—¡Hay un telegrama para Harris T. Kymbale! —gritó el empleado del telégrafo.

 

—¡Presente! —respondió el redactor jefe del Tribune, cayendo desvanecido sobre un banco.

 

El protegido de San Ciclo había llegado a tiempo, gracias al sacrificio y energía de sus compañeros. Respecto a Will Stanton y a Robert Flock, con quince leguas recorridas en cuarenta y seis minutos y treinta y tres segundos, batían el «record» de velocidad mundial en aquella clase de artilugios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XI. La prisión de Missouri

 

El 6 de junio, en el «Mamut Hotel», después de los seis días pasados en las grutas de Kentucky, Lissy Wag había recibido la fatal noticia. Los siete tantos, por cuatro y tres, doblado, la enviaban a la casilla 52, correspondiente a Missouri.

 

El viaje no sería ni largo ni fatigoso, ya que los dos Estados confinan en el ángulo de El Cairo. De la Gruta del Mamut a San Luis apenas hay 250 millas, que pueden recorrerse en ocho o diez horas de ferrocarril. Pero ¡qué descorazonamiento! ¡Qué desilusión!

 

—¡Es una desgracia! —exclamó Jovita Foley—. Más nos hubiera valido ser enviadas, como el comodoro Urrican, a la extremidad de Florida, o, como Mr. Kymbale, a los confines de Washington. ¡Al menos hubiéramos seguido tomando parte en esta abominable partida!

 

—¡Sí…, abominable! Ésta es la palabra, mi pobre Jovita —respondió Lissy Wag—. ¿Por qué has querido tomar parte en ella?

 

Nada respondió la desolada joven; y ¿quién hubiera podido responder? Aunque no hubiera querido abandonar el «match», yendo a Missouri y esperando allí a que alguno de los jugadores, por desgracia para él pero para felicidad de ella, acudiese a remplazaría en la prisión, no hubiera podido hacerlo sin pagar una triple prima que pertenecería al que llegase segundo en la partida… Pero ¿poseía ella estos tres mil dólares? No. ¿Podría procurárselos? Tampoco.

 

En efecto, sólo algunos de los que apostaban fuerte a favor de Lissy Wag podía adelantar dicha suma si la probabilidad de triunfo del pabellón amarillo no estuviese tan comprometida. Cuando Hodge Urrican sacó el «número de la Muerte», tuvo que recomenzar la partida. El mismo Hermann Titbury, el día fijado, saldría de la hostería de Luisiana y reanudaría el juego. Ni uno ni otro, en suma, estaban excluidos de la partida por tiempo ilimitado, mientras que la pobre Lissy Wag…

 

 

 

 

 

 

 

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—¡Qué desgracia! —repetía Jovita Foley, que no tenía más que estas fúnebres palabras en la boca.

 

—Y bien…, ¿qué hacemos? —preguntó su compañera.

 

—Esperemos.

 

—¿Y qué hemos de esperar?

 

—No lo sé. Tenemos quince días para trasladamos a la prisión.

 

—Pero no para pagar la prima, Jovita. Y eso es lo peor.

 

—Tienes razón, Lissy… En fin, esperemos.

 

—¿Aquí?

 

—¡No!

 

Y este «no», salido del corazón de Jovita Foley, respondía perfectamente al cambio de circunstancias que rodeaban a la jugadora número 5. Desde aquella deplorable jugada, Lissy Wag se veía abandonada. La favorita de la víspera no era la del día siguiente. Los jugadores y corredores que habían apostado por ella se hubieran complacido en cubrirla de maldiciones. Hallándose en prisión la desventurada, era de suponer que la partida terminaría antes de que lograra obtener la libertad. Así, pues, el vacío se hizo en torno a Lissy Wag desde el primer momento. Jovita Foley había advertido esta reacción tan humana.

 

Aquel día partieron casi todos los turistas; después, el gobernador de Illinois. Quizá John Hamilton se arrepintiera en aquel momento de los grados honoríficos que había concedido a las dos amigas. Síguese de ahí que el coronel Wag y el teniente coronel Foley representarían un triste papel en el ejército de Illinois.

 

El mismo día por la tarde pagaron su cuenta del «Mamut Hotel» y tomaron el tren paira Louisville, a fin de esperar allí.

 

—Querida Jovita —dijo Lissy Wag en el momento de apearse del tren—, ¿sabes lo que hay que hacer?

 

—No, Lissy. Estoy desorientada por completo.

 

 

 

 

 

 

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—Yo continuaría el viaje hasta Chicago, regresaría tranquilamente a nuestra casa y volvería a mis tareas en los almacenes de Mr. Marshall Field… ¿No sería esto lo más prudente?

 

—Muy prudente, querida, muy prudente… Pero esta partida es más fuerte que yo, y preferiría quedarme sorda a escuchar la voz de la prudencia.

 

—Eso es una locura.

 

—Sí. Estoy loca. Lo estoy desde que la partida ha comenzado, y quiero estarlo hasta el final.

 

—¡Bah! ¡Esto se ha acabado para nosotras!

 

—No se sabe todavía. ¡Daría diez años de vida por ser un mes más vieja de lo que soy!

 

Y los había dado ya tantas veces, que hecha la cuenta resultaban ciento treinta años de su existencia sacrificados sin beneficio alguno.

 

¿Conservaba, pues, Jovita Foley alguna esperanza? En todo caso, ella consiguió de Lissy Wag, que tuvo la debilidad de escucharla, la promesa de que no abandonaría la partida. Las dos jóvenes pasarían algunos días en Louisville. ¿No disponían acaso de los días comprendidos entre el 6 y el 20 de junio para trasladarse a Missouri?

 

En un modesto hotel de Louisville ocultaron su pena; por lo menos la de Jovita Foley, pues su compañera se había resignado con facilidad, ya que nunca había creído obtener la victoria.

 

Transcurrieron los días 7, 8 y 9. La situación no se había modificado, y tales fueron los ruegos que Lissy Wag dirigió a su amiga que ésta, al fin, consintió en regresar a Chicago.

 

Los periódicos —hasta el Chicago Herald, tan partidario de Lissy— la abandonaban ya. Gran furia producía a Jovita la lectura de los mismos, desgarrándolos con mano nerviosa después de haberlos leído. Lissy Wag no contaba tampoco con las agencias, donde su papel había bajado a cero. En la mañana del día 8 las dos amigas supieron que el comodoro Urrican había obtenido nueve tantos, por seis y tres, lo que le hacía llegar de un salto a Wisconsin, situado en la casilla 26.

 

 

 

 

 

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—¡Buena suerte ha tenido! —exclamó la desdichada Jovita.

 

El día 10 el telégrafo anunció que el hombre misterioso era enviado por diez tantos a Minnesota, en la casilla 51.

 

—Decididamente, éste es el que tiene más probabilidades de heredar los millones de ese Hypperbone —dijo Jovita Foley.

 

Como se ve, el excéntrico difunto había bajado en la estimación de la joven desde que los dados habían convertido en prisionera a su querida Lissy Wag.

 

Finalmente se acordó que las dos amigas tomarían aquella misma tarde el tren para Chicago. Por más que los periódicos habían dado noticia del hotel en que Lissy Wag y Jovita Foley se albergaban, ni un periodista había acudido a visitarlas; lo que, si producía gran satisfacción en una, disgustaba sobremanera a la otra, la que repetía apretando los dientes:

 

—¡Como si no existiéramos!

 

Pero estaba escrito que no partieran aún para la capital de Illinois. Una imprevista circunstancia iba a permitirles tal vez recuperar parte de sus posibilidades de triunfo, reincorporándose al «match», que tenían que abandonar si no pagaban la prima de tres mil dólares.

 

A las tres de la tarde, el cartero del sector se presentó en el hotel y subió a la habitación de las jóvenes. Abierta la puerta, preguntó:

 

—¿La señorita Lissy Wag?

 

—Yo soy —repuso la joven.

 

—Traigo una carta certificada para usted… Si quiere firmar el recibo.

 

—Deme —respondió Jovita Foley, cuyo corazón latía de tal modo que parecía ir a romperse.

 

Cumplidas las formalidades, el cartero se retiró.

 

—¿Qué hay en esa carta? —preguntó Lissy Wag.

 

—Dinero.

 

 

 

 

 

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—¿Quién puede enviárnoslo?

 

—¿Quién? —respondió Jovita. Y rasgando el sobre sacó una carta que contenía un papel doblado.

 

En la carta no había más que las siguientes líneas:

 

Adjunto un cheque de tres mil dólares contra el Banco de Louisville, que suplico a Miss Lissy Wag acepte para pagar su prima, de parte de Humphry Weldon.

 

La alegría de Jovita Foley estalló como una pieza de fuegos artificiales.

 

Saltaba, reía hasta ahogarse y repetía:

 

—¡El cheque, el cheque de tres mil dólares! ¡Es de aquel digno caballero que acudió a visitamos cuando estabas enferma! ¡Es Mr. Weldon!

 

—Pero —dijo Lissy—, yo no sé si puedo…, no sé si debo aceptar…

 

—¡Sí que puedes! ¡Sí que debes! ¿No te das cuenta de que Mr. Weldon ha apostado grandes sumas por ti? Así nos lo dijo, y desea que puedas proseguía partida. Mira, a pesar de su edad respetable, me casaría con él si yo le gustase… Vamos a cobrar tu cheque.

 

Y fueron a cobrarlo, siéndoles pagado al momento. En cuanto a dar las gracias al digno, excelente y respetable Humphry Weldon, era imposible, puesto que ignoraban sus señas.

 

Aquella misma tarde, Lissy Wag y Jovita Foley abandonaron Louisville, sin haber dado noticia a nadie de la oportuna carta, y al día siguiente, 11, desembarcaban en San Luis.

 

Ciertamente, la situación de Lissy Wag en el match continuaba siendo comprometida, puesto que no podía tomar parte en las jugadas sucesivas hasta que fuese remplazada en la casilla 25 por alguno de los jugadores. Pero esto sucedería forzosamente —según creía la confiada Jovita Foley—, y, en todo caso, Lissy Wag no sería excluida de la partida por no satisfacer la prima.

 

Ambas se hallaban, pues, en el Estado de Missouri, en el que ninguno de los «Siete» pensaba sin sentir espanto. Se comprenderá, pues, que ni uno

 

 

 

 

 

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sólo de sus 2.700 000 habitantes se sentía lisonjeado de que William J. Hypperbone se hubiera permitido establecer allí una prisión para su noble juego de los Estados Unidos de América. Verdad que, aparte de la gente de color, los alemanes están allí en gran mayoría, y ya se sabe lo que vale la susceptibilidad teutona.

 

El Estado de Missouri es uno de los más importantes de la República americana, el decimoséptimo por su superficie, el quinto por su población y el primero por la producción de cinc. Por la parte oriental y septentrional tiene los ríos Misisipi y Missouri, cuyas aguas se confunden más arriba de San Luis, ni el ángulo donde se levanta la pequeña ciudad de Columbia. Fácilmente se comprenderá hasta qué punto estas dos vías fluviales deben favorecer el comercio de la metrópoli, que exporta trigo, harina y cáñamo, en especial este último, que es cultivado en gran escala. Abunda asimismo el ganado de cerda y el vacuno. No faltan los metales ni los yacimientos de plomo y cinc. En el condado de Washington se levantan las Iron Mountains, las Montañas de Hierro, y el Pilot Kirol, enormes masas de trescientos pies de altura que los americanos convertirán quizás algún día en dos electroimanes de gran potencia.

 

El Estado de Missouri no era en otra época más que un distrito de la Luisiana; pero desde 1821 ha entrado con autonomía en la Unión. La fundación de San Luis por los franceses data de 1764.

 

En este Estado no hay menos de once ciudades dignas de ser citadas por su valor comercial o industrial, de las que tres rebasan los 100 000 habitantes. Una de ellas, Kansas, situada frente a Kansas City, del Estado del mismo nombre, había ya sido, como se recordará, visitada por Max Real, cuando, en su primer viaje, descendió por el Missouri desde Omaha hasta esta doble ciudad. Pero hay otras, como Jefferson City, capital del Estado, que merece la atención del viajero por su pintoresca situación sobre un parapeto que domina todo el valle.

 

No obstante, el primer lugar corresponde indudablemente a San Luis, que ocupa una extensión de diez millas en la ribera derecha del gran río. Esta metrópoli fue antaño llamada Mount City, porque está rodeada de una serie de montículos calcáreos de color blanco. Ocupa un área superior en un cuarto a la de París, y a esto hay que añadir sus anejos urbanos: Éste, Brooklyn, Cahokia y Prairie du Port, por más que se alzan sobre el territorio de Illinois.

 

 

 

 

 

 

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Tal era la ciudad designada por el socio del «Excentric Club» para servir de prisión a los jugadores del match. Claro es que no se trataba de estar encarcelados entre los muros de un calabozo. No; Lissy Wag no hubiera podido sufrir el contacto con malhechores. Ella y Jovita Foley no estaban privadas de libertad. Podrían pasearse a su placer por la soberbia ciudad, donde hay dieciocho parques públicos, uno de los cuales mide quinientas cincuenta hectáreas, equivalente a once veces el Campo de Marte, de París.

 

Las dos amigas se hospedaron en una habitación del «Lincoln Hotel» la tarde del día 11 de junio.

 

—Ya estamos en esta horrible prisión —exclamó Jovita Foley—; y confieso que, para ser tal, San Luis me parece muy agradable.

 

—Una prisión no es nunca agradable desde el momento en que no se puede salir de ella.

 

—Tranquilízate… Ya saldremos, querida.

 

Como puede observarse, la confianza de otras veces había vuelto a Jovita Foley —al mismo tiempo que su natural alegría— desde que recibió los tres mil dólares del excelente Mr. Humphry Weldon, los cuales fueron expedidos el mismo día en un cheque a la orden de Tombrock, notario de Chicago.

 

 

 

Pero esta confianza no parecía haber vuelto ni a los apostantes ni a los corredores de las agencias. Aunque los periódicos de San Luis habían dado la noticia de la llegada de Lissy Wag al «Lincoln Hotel», ningún reportero se presentó en éste. ¿Qué se podía esperar de la desdichada prisionera de Missouri?

 

Y, no obstante, tal vez la prisión acabaría más pronto de lo que se pensaba. Al día siguiente, 12, se efectuaría otra jugada, y después se efectuaría cada dos días.

 

—¿Quién sabe? ¿Quién sabe? —repetía Jovita Foley, sin cesar.

 

Las dos amigas emplearon lo que restaba de la tarde en visitar algunos barrios de la ciudad. En los lujosos escaparates de las principales calles, ¡qué atractivo para los femeninos ojos, no solamente por las magníficas

 

 

 

 

 

 

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alhajas y soberbias telas, sino por las pieles de la mayor novedad! No hay que extrañarse de ello, pues los gamos, los zorros, los gatos monteses, etc., con cuyas pieles hacen gran tráfico los indios de esta región, son muy abundantes.

 

El día, pues, no se perdió totalmente.

 

Al siguiente era grande la impaciencia de Jovita Foley, que se despertó al alba, pues aquel día a las ocho el notario Tombrock iba a proceder a efectúen la jugada del día 12 de junio.

 

Así, pues, dejando dormir a Lissy Wag, salió del hotel en busca de noticias.

 

Durante dos horas estuvo ausente. ¡Qué despertar para Lissy Wag, que saltó del lecho al ruido de una puerta violentamente abierta por Jovita Foley, cuando ésta penetró gritando en la habitación!

 

—¡Libre! ¡Estás libre, querida! —vociferaba.

 

—¿Qué dices?

 

—Ocho tantos, por cinco y tres… Él los tiene.

 

—¿Él?

 

—Y como estaba en la casilla 44, he ahí que viene a la casilla 52.

 

—¿Quién?

 

—Max Real, querida… Max Real.

 

—¡Ah, pobre joven! —respondió Lissy Wag—. Hubiera preferido permanecer aquí.

 

—¡No digas esas cosas! —exclamó la triunfante Jovita Foley, a la que la exclamación de su amiga hizo dar un salto.

 

En efecto, aquella jugada ponía en libertad a Lissy Wag. Ésta sería remplazada en San Luis por Max Real, cuya plaza ocuparía ella en Richmond, en el Estado de Virginia, a setecientas cincuenta millas, o sea, veinticuatro o treinta horas de viaje.

 

Para trasladarse al mencionado lugar Lissy Wag disponía del día 12 al 20,

 

 

 

 

 

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más tiempo del que le hacía falta. Esto no impidió que su impaciente compañera, incapaz de contener su alegría, exclamase:

 

—¡En marcha!

 

—No, Jovita, no —respondió muy seria Lissy Wag.

 

—¿No…? Y ¿por qué?

 

—Porque me parece conveniente aguardar aquí a Max Real. Debemos esta cortesía al infortunado joven.

 

Jovita Foley accedió, pero a condición de que el prisionero no había de tardar más de tres días en llegar a la prisión.

 

Precisamente al día siguiente, 13, Max Real se apeaba en la estación de San Luis. Existía, sin duda, un misterioso lazo que unía al jugador número 1 con el jugador número 5, puesto que si Lissy Wag no quería partir antes de que Max Real llegase, éste quería llegar antes de que aquélla partiese.

 

¡Pobre señora Real! ¡En qué estado debía de encontrarse aquella excelente madre ante la idea de que su hijo era detenido de tan desdichada manera en su camino!

 

Max Real sabía por los periódicos que Lissy Wag se alojaba en el «Lincoln

 

Hotel». Así que se presentó en él fue recibido por las dos amigas, mientras

 

Tommy esperaba en un hotel vecino el regreso de su amo.

 

Lissy Wag, más emocionada de lo que hubiera querido aparecer, avanzó hacia el joven pintor.

 

—¡Ah,  Mr. Real —le dijo—, cómo lamentamos…!

 

—¡Desde el fondo del corazón! —añadió Jovita Foley, que no le compadecía, y cuyos ojos no lograban expresar la lástima.

 

—No, Miss Wag —respondió Max Real después de tomar aliento—. No soy digno de compasión, o, por lo menos, no quiero serlo…, puesto que tengo la fortuna de librarla a usted.

 

—¡Tiene usted razón! —declaró Jovita Foley, que no pudo contener esta respuesta tan franca como desagradable.

 

 

 

 

 

 

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—Excuse usted a Jovita —dijo entonces Lissy Wag—. Habla sin meditar sus palabras… En lo que a mí se refiere, crea que siento verdadero disgusto.

 

—Sin duda…, sin duda —terció Jovita Foley—. Además, no desespere usted, Mr. Real. Lo que ahora nos sucede a nosotras puede sucederle a usted. Ciertamente hubiera sido preferible que otros fueran enviados a la prisión, por ejemplo, ese Tom Crabbe, ese comodoro Urrican, ese Hermann Titbury… Hubiéramos recibido su visita con mucho más placer que la de usted. Es decir…, yo me entiendo. En fin, tal vez vengan a librarle a usted…

 

—Es posible, Miss Foley —respondió Max Real—, pero no conviene contar mucho con ello. Por lo demás, crea que acepto este contratiempo con mucha filosofía. Nunca creí que ganaría la partida.

 

—Ni yo,  Mr. Real —se apresuró a decir Lissy Wag.

 

—Sí…, sí… —afirmó Jovita Foley—; o por lo menos yo he tenido fe por ella…

 

—Yo lo espero también —añadió el joven.

 

—Y yo espero que gane usted —respondió Lissy Wag.

 

—¡Vamos, vamos…! Los dos no pueden ganar —dijo Jovita.

 

—Eso es imposible, en efecto —apoyó, riendo Max Real—. No puede haber más de uno que obtenga el triunfo.

 

—Si Lissy gana —dijo Jovita—, ella obtendrá los millones. Y si usted es el segundo, cobrará las primas.

 

—¡Cómo arreglas las cosas, querida Jovita! —observó Lissy Wag.

 

—Esperemos —dijo entonces Max Real—, y dejemos obrar a la suerte.

 

Puede favorecerla a usted, Miss Wag.

 

Max Real encontraba cada vez más encantadora a la joven. Esto se veía claramente.

 

 

 

 

 

 

 

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Jovita Foley, que era muy sagaz, se dijo aparte:

 

«¡Estupendo! ¿Y por qué no? Esto simplificaría la situación, e importaría poco que fuese uno u otro el ganador».

 

¡Ah! ¡Cómo conocía el corazón humano, y en particular el de su amiga!

 

Los tres entablaron conversación sobre las peripecias del match, los incidentes ocurridos en el curso del viaje, las bellezas naturales que podían ser admiradas yendo de un Estado a otro, las maravillas del Parque Nacional de Yellowstone, de las que Lissy Wag y Jovita Foley conservarían recuerdo eterno.

 

Después, ellas refirieron lo sucedido con los tres mil dólares. Sin el generoso donativo de Mr. Humphry Weldon, hecho en términos que no permitían rehusarlo, Lissy Wag se hubiera visto precisada a retirarse de la partida.

 

—¿Y quién es ese Mr. Humphry Weldon? —preguntó Max Real, algo inquieto.

 

—Un excelente y digno anciano que se interesa por nosotras —respondió Jovita Foley.

 

—Como jugador, sin duda —añadió Lissy Wag.

 

—¡Seguramente piensa en ganar sus apuestas! —declaró levita Foley.

 

Max Real omitió decir que también él había tenido la idea de poner la suma mencionada a disposición de la prisionera. Pero ¿a título de qué podía ella aceptarla?

 

En fin, Max Real y las dos amigas pasaron juntos, hablando y paseando, aquel día y el siguiente. Lissy Wag se mostró muy disgustada por la mala suerte de Max Real, y éste muy contento de que Lissy pudiera aprovecharse de la mala suerte de él. Efectivamente, en veinticuatro horas en las agencias se había producido un movimiento a favor de Lissy Wag. Los periodistas se presentaron el «Lincoln Hotel» a fin de entrevistarla, pero ella, como siempre, se negó a recibirlos, y los apostantes abandonaron al antiguo favorito por la nueva favorita.

 

En la situación actual de la partida resultaba que, volviendo a Virginia,

 

 

 

 

 

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casilla 44, abandonada por Max Real, Lissy Wag sólo sería adelantada por Tom Crabbe, que ocupaba la casilla 47, y por X. K. Z., que ocupaba la 51.

 

—¿Se sabe, por fin, quién es ese caballero de las iniciales? —preguntó Jovita Foley.

 

—Se ignora —respondió el pintor—. ¡Y permanece más misterioso que nunca!

 

Max Real, Lissy Wag y Jovita Foley no hablaron únicamente de las incidencias del match Hypperbone. Hablaron también de sus respectivas familias; de la joven, que carecía de parientes; de la señora Real, instalada entonces en Chicago, y que tendría mucho gusto en conocer a Lissy Wag; de Sheridan Street, que no estaba muy lejos de South Halstedt Street…

 

Jovita Foley, no obstante, procuraba desviar la conversación hacia la partida y las jugadas que podían efectuarse.

 

—Tal vez —dijo— en la próxima jugada plantarás el pabellón amarillo en la última casilla.

 

—Eso es imposible,  Miss Foley —dijo Max Real.

 

—¿Y por qué?

 

—Porque  Miss Wag va a ocupar mi puesto en la casilla 44.

 

—¿Y eso qué implica?

 

—Implica que el número más alto que Miss Wag podría obtener sería el 10, que, doblado, formaría 20 puntos, lo que le haría rebasar la casilla 63, teniendo que retroceder a la 62. Y entonces le sería imposible ganar a la jugada siguiente, ya que el número 1 no puede ser sacado por los dados.

 

—Tiene usted razón —reconoció Lissy—. Así pues, Jovita, tendrás que resignarte a esperar.

 

—Hay una jugada que podría ser muy funesta para Miss Wag —dijo el pintor.

 

—¿Cuál?

 

 

 

 

 

 

 

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—Si sacase ocho tantos, puesto que volvería a la prisión.

 

—¡Eso… nunca! —exclamó Jovita Foley.

 

—Y en ese caso —respondió sonriendo la joven—, tendría a mi vez la dicha de libertar a Mr. Real.

 

—Con toda sinceridad,  Miss Wag —afirmó el joven—, no lo deseo.

 

—¡Ni yo! —declaró la impulsiva Jovita.

 

—Entonces, Mr. Real, ¿cuál es el punto que debo desear? —preguntó Lissy Wag.

 

—El 12, que la llevaría a usted a la casilla 56, correspondiente al Estado de Indiana, y no a las lejanas regiones del Far West.

 

—Perfectamente —dijo Jovita Foley—; ¿y podríamos alcanzar la meta en la jugada siguiente?

 

—Sí, sacando siete tantos.

 

—¡Siete! —exclamó Jovita Foley, batiendo palmas—. ¡Siete, y la primera de los «Siete»!

 

—De todos modos —añadió Max Real—, no debe usted temer a la casilla 58, correspondiente al Valle de la Muerte, adonde fue a parar el comodoro Urrican, porque sería menester sacar catorce tantos, lo que no puede ser. Y ahora le renuevo a usted mis sinceros votos que por usted formulé desde el principio. Deseo vivamente que obtenga usted el triunfo.

 

Lissy Wag respondió con una mirada que reflejaba intensa emoción.

 

«Decididamente —pensó Jovita Foley—, este Mr. Real es un artista de talento y de porvenir… Y, parlo que pienso, no hay que argüir con la modesta posición de Lissy Wag… Ella es encantadora, y ciertamente vale tanto como las hijas de los millonarios que van a Europa en busca de un título, sin importarles si los príncipes tienen principado, los duques ducados y si los condes y marqueses están en la ruina».

 

Así razonaba la juiciosa aunque levantisca joven, y en su prudencia pensó que no había para qué prolongar aquella situación. Así es que puso sobre

 

 

 

 

 

 

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el tapete la cuestión de la marcha.

 

Naturalmente, Max Real insistió para que las jóvenes prolongasen su estancia en San Luis. Podían esperar hasta el día 18 de junio, y estaban a 12… Si Lissy Wag pensó que era partir demasiado pronto, nada dijo, y se rindió al deseo de Jovita Foley.

 

No disimuló Max Real el disgusto que tal separación le causaba; pero comprendió que no debía insistir más, y llegada la noche acompañó a las dos amigas a la estación.

 

Allí repitió una vez más:

 

—Mis votos la acompañan a usted,  Miss Wag.

 

—Muchas gracias —respondió la joven, tendiéndole la mano.

 

—¿Y yo? —preguntó Jovita Foley—. ¿No hay una buena palabra para mí?

 

—Sí, Miss Foley —respondió Max Real—, pues tiene usted un excelente corazón… Cuide de su compañera…, y hasta nuestro regreso a Chicago.

 

El tren se puso en marcha, y el joven permaneció en el andén hasta que la luz del último furgón desapareció entre las sombras de la noche.

 

Sí… Era cierto… Él amaba a aquella dulce y graciosa Lissy Wag, que su madre adoraría cuando a su regreso se la presentara.

 

A Max Real le importaba poco que su partida estuviese comprometida, que se viera recluido en aquella metrópoli, sin más que la hipotética esperanza de una próxima libertad.

 

Muy triste regresó a su hotel. ¡Cuán solo se encontró…! Además, a su vez y como consecuencia de su deplorable situación de prisionero, había sido abandonado por sus partidarios, y su papel bajaba en las agencias como la columna del barómetro cuando soplan vientos del Sudoeste, aunque hubiese cumplido con la obligación de pagar la prima.

 

Tommy estaba desesperado. Su amo no se embolsaría los millones del match, y no podría comprarle para reducirle a la más cruel y a la más deseada de las servidumbres.

 

 

 

 

 

 

 

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Pero se obra mal cuando no se cuenta con el azar, que, si no tiene costumbres, no carece de caprichos, y esto se evidenció en la mañana del día 14.

 

Desde las nueve, multitud de jugadores esperaban en las oficinas del telégrafo de San Luis, a fin de ser informados lo más pronto posible del número de tantos obtenidos aquel día por el jugador número 2.

 

El resultado, que los suplementos de los periódicos publicaron inmediatamente, fue: cinco, por tres y dos, correspondientes a Tom Crabbe. Y como éste ocupaba a la sazón la casilla 47, Estado de Pennsylvania, los cinco tantos le expedían a la 52, prisión de San Luis de Missouri.

 

 

 

¡Júzguese del efecto producido por la inesperada jugada! ¡Max Real, que ocupaba el puesto de Lissy Wag, era remplazado inmediatamente por Tom Crabbe, a quien el pintor sustituiría en Pennsylvania! De ahí el inmediato cambio en las agencias, lo que hizo que periodistas y corredores asaltasen el hotel donde el joven se hospedaba, que el papel Max Real subiera y que volvieran sus partidarios, ante tan inverosímil suerte, a proclamarle gran favorito del match…

 

¡Cuál debió de ser el furor de John Milner! ¡Tom Crabbe, prisionero en San Luis y obligado a pagar una triple prima! La caja secundaria del match Hypperbone se iba llenando, y los dólares se multiplicaban en ella para beneficio del que llegase en segundo lugar.

 

Max Real tema tiempo de ir de San Luis a Richmond, entre el día 14 y el 20 de junio. Así, pues, no apresuró su marcha. ¿Por qué había de hacerlo? El pintor quería conocer el resultado de la jugada del día 28 concerniente a Lissy Wag. Tal vez la joven sería enviada a uno de los Estados vecinos, donde a él le sería muy agradable detenerse durante algunos días…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XII. Una gran noticia para el «Tribune»

 

Harris T. Kymbale, como se recordará, hallábase en persona en las oficinas del Olympia, antes de mediodía del día 18 de junio. Estaba, pues, en su sitio, rendido por la fatiga, aniquilado moral y físicamente, lo que no es de extrañar después de aquel recorrido en tripleta. Casi desvanecido sobre un banco de la mencionada oficina, el periodista había podido responder: «¡Presente!», cuando el empleado dijo: «Hay un telegrama para Harris T. Kymbale».

 

Algunos minutos después, recobrado de su decaimiento gracias a una eficaz mezcla de whisky y ginebra, pudo conocer el texto del telegrama, que rezaba así:

 

Chicago, 8 h. 13.

 

Kymbale. Olympia, Washington.

 

Nueve, por cinco y cuatro. Yankton, Dakota del Sur.

 

TORNBROCK.

 

 

 

Así, pues, la jugada del 18 de junio había sido efectuada en aquella misma fecha, bien que hubiera podido ser adelantada veinticuatro horas, puesto que se refería a Hermann Titbury. Pero éste se hallaba en Nueva Orleans, y allí debía permanecer durante el tiempo reglamentario, durante el cual el matrimonio sobrellevaba el aturdimiento ocasionado por los doscientos dólares diarios del «Excelsior Hotel». Al notario Tombrock y a los miembros del «Excentric Club» les había parecido lógico no alterar las fechas de las jugadas, a fin de no disminuir el tiempo afecto a cada cambio de lugar de los jugadores, lo que era interpretar exactamente las intenciones de William J. Hypperbone.

 

El redactor jefe del Tribune no tenía motivo para quejarse del resultado de la jugada. No estaba obligado a volver a la parte más conocida del territorio federal, e iba a atravesar una región nueva para él yendo a Dakota del Sur, a menos de mil trescientas millas del Estado de

 

 

 

 

 

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Washington.

 

Además, conviene advertir que Harris T. Kymbale, tomando posesión de la casilla 39, sólo tenía delante a X. K. Z., en Minnesota; a Max Real, en Pennsylvania, y a Lissy Wag, en Virginia oriental. Ocupaba, pues, el cuarto lugar, antes que el comodoro Urrican, que esperaba en Wisconsin su próxima salida.

 

Hermann Titbury estaba inmovilizado por veinte días aún en Luisiana, y Tom Crabbe se veía encerrado en la prisión de San Luis hasta el fin del match, si alguno de los jugadores no le remplazaba.

 

Harris T. Kymbale recobró, pues, no toda su confianza en el resultado final, puesto que no la había perdido, pero mostróse más animado que nunca y sus partidarios también. Tres obstáculos se encontraban en su camino; el laberinto de Nebraska, por el que ya había pasado; la prisión de San Luis y el Valle de la Muerte. De estos tres peligros, uno amenazaba a X. K. Z., y otros a Lissy Wag y a Max Real. Además, ¡el azar jugaba un papel tan importante en el match Hypperbone! Los dos únicos puntos que el periodista temía eran el doce, que le hubiera obligado a tomar el camino de Nebraska, y el diez doble, que le obligaría a ofrecer sus homenajes y cumplimientos a Tom Crabbe en la prisión de Missouri.

 

Aunque dispusiese de los quince días comprendidos entre el día 18 de junio y el 2 de julio para hacer el viaje a Dakota del Sur, Harris T. Kymbale no quiso perder ni un momento. Sin esperar esta vez el itinerario que el complaciente secretario del Tribune, Braman S. Bickhom, iba a dirigirle, sin duda, a Olympia, él mismo lo combinó de manera satisfactoria.

 

El territorio de las dos Dakotas, la del Norte y la del Sur, está separado del de Washington por dos Estados: el de Idaho y el de Montana. En aquella época, el Northern Pacific atravesaba Wisconsin, Minnesota, Dakota del Norte, Montana e Idaho, y ponía a Chicago, y en consecuencia a Nueva York, en comunicación directa con la capital de Washington. De Olympia a Fargo, sobre la frontera oriental de Dakota, hay más de mil trescientas millas, y cuatrocientas para trasladarse de Fargo a Yankton, al sur de Dakota meridional, o sea, una distancia total de mil setecientas millas.

 

En servicio ordinario no es raro que los trenes americanos recorran mil trescientas millas en treinta y dos horas, y a veces se hace este trayecto en veinticuatro. Pero era preciso contar con el paso de las montañas

 

 

 

 

 

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Rocosas y admitir la posibilidad de algunos retrasos. Aparte de ello, Harris T. Kymbale podía descansar en Yankton, en espera de que se efectuase la jugada correspondiente al día 2 de julio. Prudente resolución fue, pues, la que le decidió a partir de Olympia al siguiente día.

 

Cuatrocientas millas separan la capital de Washington y las primeras estribaciones de las montañas Rocosas; después, doscientas cincuenta millas de una parte a otra del macizo, lo que da cerca de seiscientas millas entre Olympia y Helena, capital de Montana. Esta parte septentrional de los Estados Unidos hasta Chicago estaba servida por el Northern Pacific, que corría casi paralelamente al Grand Trunk y a seis grados más al Norte. Disponiendo el periodista de quince días para llegar a Dakota del Sur, alcanzaría Yankton bastante antes que el telegrama, que —no lo dudaba— le comunicaría una excelente jugada. La línea del Northern Pacific tenía la ventaja de conducirle a través de Idaho, Montana y Dakota del Norte, y él podría ofrecer al Tribune artículos del mayor agrado de los lectores.

 

 

 

Al salir de Olympia, después de haber subido al Nordeste hacia Tacoma, el tren descendió al Sudeste franqueó la cadena de los montes Cascade por Hotspring, Ellensburg, Toppenish y Pace Pasco, y atravesó el río Columbia.

 

 

 

Harris T. Kymbale, que pasaba la mayor parte del tiempo en la plataforma de su vagón, contemplaba la maravillosa comarca, cuyo paisaje podía decirse que cambiaba a cada poste telegráfico, a través de las profundas gargantas donde se agitan las tumultuosas aguas que descienden de los montes Cascade.

 

No quedó, por cierto, menos maravillado cuando, rebasado el monte Stuart al Norte, el tren pasó el Columbia, que se extiende de Norte a Sur hasta el recodo que forma para ir a arrojarse en el Pacífico, formando la frontera meridional de Washington.

 

El gran río es poco navegable en aquella parte de su curso, alimentado por numerosas corrientes, tales como las del Buckland, del Guaquil, del Islands y del Priest. Siguió el tren por el gran desierto columbiano, casi sin ríos, por lugares antaño frecuentados por los indios.

 

Idaho, que pertenece a la cuenca del Columbia, limita al Norte con el Dominio del Canadá y es rico en bosques y pastos como lo era en otra

 

 

 

 

 

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época. Su capital, Boise, sobre el río de este nombre, es una ciudad de 2300 almas, y su metrópoli, Idaho City, sobre un afluente del Snake, domina la parte meridional de este territorio. Allí los chinos constituyen una parte muy importante de la población, y también los mormones, a los que se rehúsan los derechos electorales si no juran antes haber renunciado a las costumbres de bigamia y poligamia.

 

Más allá de Idaho, en Montana, a través de la indescriptible región de las montañas Rocosas, Harris T. Kymbale, cuyos ojos habían visto las bellezas naturales de Nuevo México y de Washington, sintió mayor admiración. Entre los picachos y gargantas de este territorio, al que los meridianos y los paralelos sirven de frontera geodésica, corrían hacia el Norte millares de ríos y arroyos, regando los pastos que, con las minas, constituyen su principal riqueza, pues el clima es demasiado riguroso para el cultivo. El Northern Pacific sirve de enlace a algunas ciudades importantes, como Missoula, Helena y Butte, situada esta última en un centro minero donde abundan el oro, la plata y el cobre.

 

Después de haber pasado el río Charles Forke y los altos picos de Wiessner y de Stevens, y luego el pico Eagle, que los domina, el tren descendió hasta Helena, capital de Idaho.

 

La comarca era muy montañosa, y seguramente era preciso poseer el audaz genio de los americanos para haber establecido una vía férrea en aquella región. El suelo es abrupto en la parte septentrional de este territorio, como en aquél donde fue constituida la línea del Union Pacific, a cuatrocientas millas más al Sur. Harris T. Kymbale, después de haber seguido la segunda cuando iba de Omaha a Sacramento, pudo establecer comparación en ventaja de la primera.

 

Por desgracia, el tiempo no era bueno, y el cielo presentaba amenazador aspecto. La tensión eléctrica de la atmósfera no había cesado de aumentar desde hacía veinticuatro horas. Pesadas y tormentosas nubes se elevaban en el horizonte, y Harris T. Kymbale pudo asistir al desencadenamiento de una de esas terribles tempestades que tanta espectacularidad revisten en el país de las montañas.

 

La tormenta no tardó en adquirir proporciones de espanto. Era uno de esos temporales que bloquean a los habitantes en sus casas. Los viajeros experimentaban natural temor, por más que los trenes en plena marcha están, por regla general, poco expuestos, pues el fluido eléctrico encuentra

 

 

 

 

 

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rápida salida por los rieles. Sin embargo, la frecuencia de los relámpagos, que se sucedían de segundo en segundo; los estallidos de los truenos, que los ecos hacían repercutir incesantemente; los rayos cayendo sobre los árboles y las rocas; las masas de piedra rodando en formidables aludes; los animales empavorecidos, gamos, antílopes, osos negros, huyendo por doquier; todo ello reunido formaba el incomparable espectáculo que los viajeros pudieron observar en la tarde del día 20.

 

El cronista del Tribune tuvo entonces ocasión de enviar a su periódico, no sólo un inspirado relato de lo presenciado, sino de añadir un singular descubrimiento enlazado con la historia zoológica de las montañas Rocosas.

 

Hacia las cinco el tren ascendía lentamente por la cuesta de una montaña, en lo más fuerte de la tempestad. Harris T. Kymbale hallábase en la plataforma del vagón, mientras sus compañeros permanecían en el interior del mismo. En este momento advirtió la presencia de un soberbio oso pardo, llamado grizzly, de gran tamaño, que marchaba por la vía sobre las patas traseras, turbado sin duda por aquella lucha de los elementos que tan vivamente impresiona a los animales. De repente, el plantígrado, deslumbrado por un relámpago, levantó su pata derecha, llevóla a su frente y se santiguó precipitadamente.

 

—¡Un oso que hace la señal de la cruz! —exclamó Harris. T. Kymbale—. Esto no es posible… Los ojos me habrán engañado…

 

No. Había visto bien, y varias veces en medio de los terribles relámpagos observó cómo el grizzly se santiguaba dando señales de espanto.

 

Una vez en la cima de la pendiente, el tren adquirió más velocidad y dejó atrás id oso.

 

El periodista escribió esta nota en su cuaderno:

 

«     Grizzly: nueva especie de plantígrado. Durante las tempestades hace la señal de la cruz. Se le puede inscribir en la fauna de las montañas Rocosas con el nombre de Ursus christianus».

 

Y esta nota figuró en la carta expedida desde Helena, el día siguiente, a la redacción del Tribune.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Después de pasar las estaciones de Missoula, Bonita, Drummond y Garrison, el tren, habiendo franqueado un largo túnel bajo el monte Mullan, se detuvo en la estación de Helena en la mañana del día 21.

 

Esta ciudad, enclavada en una altura de mil toesas en la parte oriental de las Rocosas, al borde de un riachuelo tributario del Missouri, forma un vasto lagar de almacenamiento para los productos minero; de la región, y cuenta con unos 15 000 habitantes. El Northern Pacific se detuvo allí un par de horas, y luego sólo tuvo que descender hacia las llanuras surcadas por el Yellowstone y sus numerosos afluentes.

 

Esta comarca era antaño frecuentada por los indios pies negros, los cuervos, los ventrudos, los cabezas planas, los cheyennes, los moddks y los asiniboinas, relegados actualmente a otros lugares a causa de que su vecindad es mal soportada por la población blanca.

 

Después de dirigirse al Sudeste por Lokart y Bozeman, el tren encontró nuevamente al Yellowstone. Después de cruzar numerosas estaciones, entre ellas Livingstone y Lauri, de donde parte un ramal para el Parque Nacional, y de atravesar Howard y Miles City, pasó de Montana a Dakota del Norte, llegando a Beach, a los 174º de longitud.

 

El Northern Pacific cruza a Dakota septentrional entre inmensas llanuras, algo elevadas en las inmediaciones de Heart Buttes. Al fin llegó al río Missouri en Edwinton, capital del Estado y a la que los alemanes llaman Bismarck, ciudad no menos solitaria que el que le dio su aborrecido nombre en su soledad de Friedrichsruhe.

 

Harris T. Kymbale hubiera podido seguir por un ramal que desde la estación de Jamestown descendía directamente hasta Yankton. Pero su fantástica imaginación le arrastró por Valley City, Oriska y Cassilton hasta Fargo, en la frontera occidental de Minnesota, adonde llegó el día 23 por la mañana.

 

Allí, cerca de la frontera de este Estado, se hallaba entonces, después de la jugada correspondiente al día 10, el misterioso X. K. Z., esperando en San Pablo, la capital, que la jugada del día 24 le enviase a una nueva casilla… ¿A cuál…? Sin duda, cerca del final, si no a la misma meta, lo que, no obstante su confianza, enfurecía al cronista del Tribune.

 

Dakota,     segregada   de      Minnesota   en      1861, está   dividida      en       dos

 

 

 

 

 

 

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cuadriláteros casi iguales, uno al sur del otro. Este elevado territorio, poco montañoso, contrasta con su vecino del Oeste. La población blanca prefiere la parte sudoriental para el cultivo de tabaco, maíz, avena y legumbres. El suelo es excelente en esta parte, mientras el Norte está ocupado por numerosos lagos. El río Missouri lo atraviesa oblicuamente hasta más allá de Yankton, desde donde se dirige a Omaha, mientras que el río Rojo lo separa de Minnesota por el Este.

 

El ferrocarril que va a Fargo recorre en parte este río y llega a Yankton, antigua capital de Dakota del Sur, que ha sido remplazada por Pierre, cuya situación central se avenía mejor con el plan administrativo de la Confederación. Harris T. Kymbale pasó en Fargo todo el día 23 sin darse a conocer. Tal vez, cediendo a sus gustos de turista, hubiera visitado algunos pueblos establecidos en la ribera izquierda del río Rojo, y aun los de la ribera derecha, si una inesperada circunstancia no lo hubiera decidido a modificar sus proyectos.

 

Paseábase por la tarde por los alrededores de la ciudad, cuando fue abordado por un individuo, americano al parecer, de unos cincuenta años, regular estatura, ojos pequeños y expresivos, y aspecto poco agradable.

 

—Caballero —le dijo aquel hombre—, si no me engaño, se ha apeado usted esta mañana del Northern Pacific.

 

—En efecto —respondió Harris T. Kymbale.

 

—Mi nombre es Horgarth —añadió el otro—. Len William Horgarth.

 

—Y bien,  Mr. Len William Horgarth, ¿qué desea usted?

 

—¿Se dirige usted a Yankton? —preguntó el personaje en cuestión.

 

—Precisamente a Yankton.

 

—Así, pues, permítame que le ofrezca mis servicios…

 

—¿Sus servicios…? ¿Y con qué propósito se me ofrece usted?

 

—Ante todo, permítame una simple pregunta: ¿Ha venido usted solo?

 

—Sí, solo —respondió Kymbale, algo sorprendido.

 

 

 

 

 

 

 

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—¿No le acompaña a usted su esposa?

 

—¿Mi esposa?

 

—¡Oh! No importa. Para el divorcio no es necesaria su presencia.

 

—¿Para el divorcio?

 

—Desde luego. Yo me encargo de llenar todas las formalidades para su divorcio…

 

—Pero para divorciarse es preciso estar casado, y yo no lo estoy.

 

—¿No está usted casado, y se dirige a Yankton? —exclamó Horgarth, en el colmo de la sorpresa.

 

—Pero ¿quién es usted, Mr. Horgarth?

 

—Yo soy testigo para los divorcios…

 

—Entonces, lo siento… Pero no le necesito.

 

El periodista no tenía por qué asombrarse de las proposiciones de Len William Horgarth. Si en Illinois los divorcios son cosa frecuente; si se puede gritar a los viajeros: «Chicago. Diez minutos de parada: el tiempo para divorciarse», es preciso que esta ruptura del vínculo matrimonial sea rodeada de ciertas garantías. Pero no sucede así en Dakota del Sur. Éste es, por excelencia, el país del divorcio, y basta que un testigo afirme que se está domiciliado en dicho punto desde seis meses antes, para obtener lo que se desea.

 

De ahí el oficio de testigo. Ellos reclutan al cliente, atestiguan a su favor y le proporcionan un representante, si el cliente no quiere ir personalmente y prefiere obrar por procurador; en fin, dan todas las facilidades imaginables. Y aún más que a la ciudad de Yankton, este «record» de la demolición matrimonial pertenece al pueblo de Sioux Falls.

 

—Pues bien, caballero —añadió Horgarth—, siento que no sea usted casado; pero ya que va usted a Yankton no deje de estar allí mañana antes de las tres, a fin de asistir al gran mitin que va a celebrarse.

 

—¿Un mitin? ¿Y por qué?

 

 

 

 

 

 

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—Se trata de solicitar que los seis meses de residencia sean reducidos a tres, como en el Estado de Oklahoma, que nos hace una ruinosa competencia. Este mitin será presidido por el honorable Mr. Heldreth.

 

—¿Y quién es ese         Mr. Heldreth?

 

—Un probo comerciante que se ha divorciado ya diecisiete veces y, según se dice, no ha concluido aún.

 

—Estaré en Yankton a la hora indicada.

 

—Lo dejo a su criterio, y quedo a sus órdenes para lo sucesivo.

 

—De acuerdo. Tendré en cuenta su amable ofrecimiento.

 

—Nadie sabe lo que puede venir.

 

—Dice usted bien,  Mr. Horgarth —respondió Harris T. Kymbale.

 

Y se despidió del digno testigo.

 

Restaba saber si en Yankton, merced al mitin presidido por el honorable Mr . Heldreth, se obtendrían los beneficios de que gozaba Oklahoma.

 

Al día siguiente, 24, el periodista montaba en el tren que se dirigía hacia Dakota del Sur.

 

Existe por aquella zona una complicadísima red de vías férreas establecidas de uno a otro Estado. Pero como sólo hay doscientas cincuenta millas entre Fargo y Yankton, Harris T. Kymbale tenía la seguridad de llegar antes de la hora señalada para el mitin.

 

Por suerte, la última sección del ferrocarril, entre las estaciones de Medary y Sioux Falls, acababa de ser construida, y aquel mismo día iba a quedar abierta a la circulación. Así, pues, Harris T. Kymbale no se vería obligado a efectuar en carruaje o a caballo una parte del trayecto, como le había acontecido durante sus viajes a Nuevo México y a California.

 

Franqueó el límite convencional que separa las dos Dakotas, y eran las once cuando el tren se detuvo cerca del pueblecito de Medary, a orillas del río Big Sioux, y vio apearse a todos los viajeros.

 

 

 

 

 

 

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Dirigiéndose entonces a un empleado de los ferrocarriles, le preguntó:

 

—¿Es que el tren se detiene aquí?

 

—Aquí mismo —respondió el empleado.

 

—¿No se inaugura hoy la línea entre Medary y Sioux Falls?

 

—No, señor.

 

—¿Cuándo, pues?

 

—Mañana.

 

Este incidente contrariaba a Harris T. Kymbale, pues las dos estaciones se hallan a sesenta millas de distancia, y tomando un coche llegaría demasiado tarde al mitin del honorable Mr. Heldreth.

 

Pero en aquel momento divisó un tren, que se disponía a partir en dirección a Yankton.

 

—¿Y ese tren? —preguntó al factor.

 

—¡Oh, ese tren! —respondió el empleado, con singular entonación.

 

—¿No va a partir?

 

—Sí, a las doce y trece.

 

—¿Para Yankton?

 

—¡Oh, Yankton! —respondió el empleado, moviendo la cabeza.

 

Pero, llamado en aquel momento por el jefe de estación, el hombre no pudo completar la información solicitada por el periodista.

 

El tren no era de viajeros y sólo se componía de dos furgones de equipajes unidos a una locomotora que parecía hallarse a plena presión.

 

«¡Ea! —se dijo Harris T. Kymbale—. Ésta es la mía, puesto que hasta mañana no se inaugura la línea. Para ir de Medary a Sioux Falls, bueno es un tren de mercancías. Si pudiera deslizarme en uno de esos furgones sin

 

 

 

 

 

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ser visto… Ya me explicaría al llegar a destino…».

 

El confiado periodista no dudaba de que se recibirían cortésmente las explicaciones dadas por uno de los jugadores del match Hypperbone, cuando indicara su nombre y calidad y ofreciera pagar el importe de aquel transporte antirreglamentario.

 

Lo que favorecería precisamente el proyecto del periodista era que la estación se hallaba desierta en aquel momento. Todos los viajeros parecían tener prisa por abandonarla. Ni un empleado estaba en el andén. Únicamente el maquinista y el fogonero se ocupaban en cargar la caldera de la locomotora. Sin ser visto, Harris T. Kymbale pudo penetrar en un furgón, esconderse en un rincón y aguardar el momento de la salida.

 

A las doce y trece el tren partió con extraordinaria brusquedad. Transcurrieron diez minutos, durante los cuales aumentó la velocidad del tren hasta ser excesiva.

 

El viajero observó una extraña circunstancia: cuando el tren pasaba ante las estaciones, el maquinista no hacía silbar a la locomotora.

 

Harris T. Kymbale se levantó y miró por una ventanilla cubierta con un enrejado, colocada en la parte anterior del furgón.

 

No había nadie en la locomotora, que lanzaba torrentes de humo y de vapor; no estaban allí ni el maquinista ni el fogonero…

 

«¿Qué significa esto? —pensó Harris T. Kymbale—. ¿Habrán caído del tren los dos, o esta maldita máquina se ha escapado de la estación como un caballo de la cuadra?».

 

De pronto, lanzó un grito de terror.

 

Por la misma vía, a medio cuarto de milla, apareció otro tren que iba en dirección contraria, animado también de velocidad vertiginosa.

 

Algunos segundos después se produjo un espantoso choque. Las dos locomotoras se habían empotrado la una en la otra con indescriptible violencia, astillándose los furgones unos contra otros. Luego, tras formidable explosión, los restos de las dos calderas volaron por el espacio.

 

Y entonces, al estrépito de la explosión uniéronse los hurras y los aplausos

 

 

 

 

 

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de miles de personas, agrupadas al lado de la vía y a suficiente distancia para no tener nada que temer del tremendo choque.

 

Eran los curiosos que se habían ofrecido al estremecedor espectáculo, organizado a sus expensas, del encuentro de dos trenes lanzados a todo vapor, espectáculo americano como ninguno.

 

Y de este modo fue inaugurada la línea férrea entre Medary y Sioux Falls, el edén de los divorcios de América.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIII. Las últimas jugadas del «match». Hypperbone

 

Inútil es describir el estado de alma de Lissy Wag cuando se separó de Max Real para ir a ocupar su puesto en Richmond. Habiendo partido en la noche del día 13, no podía la joven sospechar que al día siguiente la suerte haría por Max Real lo que por ella había hecho; es decir, darle la libertad y devolverle la ocasión de «ponerse en línea» en el extenso campo de carreras de los Estados Unidos de América.

 

Llena de tan vivas emociones, concentrada en sí misma, Lissy Wag se había hundido en un rincón del vagón, y Jovita Foley, sentada junto a ella, no intentó molestar a su compañera con inoportuna conversación.

 

De San Luis a Richmond sólo hay setecientas millas a través de Missouri, Kentucky, Virginia occidental y Virginia oriental. En la mañana del día 14 las dos viajeras llegaron a Richmond, donde debían esperar el próximo telegrama del notario Tombrock. No se olvidará que Max Real había resuelto no abandonar San Luis hasta que fuera conocida la jugada del día 20, con la idea de que tal vez pudiera encontrarse con Lissy Wag cuando se trasladara a Filadelfia a remplazar a Tom Crabbe.

 

Fácilmente se imaginará la alegría de las dos amigas —alegría más moderada en una, estrepitosa y expresiva en la otra— cuando a su llegada leyeron en los periódicos de Richmond la libertad de Max Real.

 

—¿Lo ves, querida? —dijo Jovita—. ¡Hay un Dios! Están locos los que lo niegan. Si no lo hubiera, ¿habría Tom Crabbe obtenido cinco tantos? ¡No! Dios sabe lo que se hace, y debemos darle las gracias.

 

—¡Desde el fondo del corazón! —dijo Lissy Wag.

 

—Después de todo, la dicha de uno es a menudo la desgracia de otro —añadió Jovita Foley—. Siempre he pensado que en la tierra no hay más que cierta suma de felicidad a disposición de los humanos, y cada cual toma de ella su parte en perjuicio de otro.

 

 

 

 

 

 

 

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He aquí los ribetes de filosofía de aquella desconcertante joven. Admitiendo que en este mundo no haya más que cierta suma de alegría, poco dejaba Jovita a los demás, pues tomaba gran parte.

 

—De modo —continuó— que Tom Crabbe ocupará la prisión de Max Real. Tanto peor para él, a menos que el comodoro vaya a libertarle. Pero si llegara este caso, no querría yo tropezarme por el camino con esa tromba marina.

 

Ahora sólo se trataba de esperar sin impaciencia el día 20. Durante estos seis días, el tiempo transcurriría agradablemente visitando Richmond, capital de la que Max Real había justamente alabado la belleza a las dos amigas. Y sin duda la ciudad les hubiera parecido aún más hermosa si Max Real las hubiera acompañado en aquellos paseos. Por lo menos así lo declaró Jovita Foley, y es probable que Lissy Wag compartiera esta opinión.

 

 

 

No permanecieron en el hotel más que lo preciso, lo que les permitió huir de los redactores de los periódicos de Virginia, que con gran aparato habían anunciado la presencia en Richmond de la jugadora número 5. Con gran disgusto de Lissy Wag, algunos de estos periódicos habían publicado su retrato y el de Jovita Foley, lo que a ésta no desagradaba. ¿Y cómo no responder a las señales de simpatías con que durante sus excursiones eran acogidas?

 

Sí. Desde que delante de ellas no había más que aquel misterioso X. K. Z., de cuya existencia real dudaban muchos, en Lissy y Jovita veía el público a dos ricas herederas. El papel de Lissy Wag era cada vez más solicitado en las agencias.

 

—¡Tomo Lissy Wag!

 

—¡Tomo Kymbale, contra Lissy Wag!

 

—¡Vendo Titbury!

 

—¿Quién quiere Titbury?

 

—¡Aquí hay Titbury!

 

—¡Y Crabbe por paquetes!

 

 

 

 

 

 

 

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—¿Quién tiene Real?

 

—¿Quién tiene Lissy Wag?

 

Sólo esto se oía, y se comprenderá que se apostaran grandes sumas a favor de Lissy Wag, tanto en los Estados Unidos como en el extranjero. En dos golpes felices podía convertirse finalmente, aun partiendo la herencia con su fiel compañera, en una de las más ricas herederas del país del dólar que figuran en el Libro de Oro de América.

 

Cuando llegó el día 16 de junio, como no debía jugarse a favor de Hermann Titbury, sumergido por un mes aún en las delicias del «Excelsior Hotel», algunos interesados pretendieron que la jugada se efectuase a favor del jugador número 4, es decir, de Harris T. Kymbale, y que cada tumo avanzase cuarenta y ocho horas. Pero no fue ésta la opinión de Mr. Georges B. Higginbotham, ni de los demás socios del «Excentric Club», ni la del notario Tombrock, encargados de interpretar la voluntad del difunto.

 

El día 18 el redactor del Tribune había sido enviado de Olympia a Yankton, y el día siguiente los periódicos refirieron que había abandonado la capital de Washington tomando la línea transcontinental del Northern Pacific.

 

En resumen; por pasar de la casilla 30 a la 39, el periodista no amenazaba a Lissy Wag, que ocupaba la 44.

 

Finalmente, el día 20, antes de las ocho, Jovita Foley había obligado a su amiga a seguirla, y se encontraban en las oficinas del telégrafo de Richmond. Allí, una hora después, el hilo anunció doce tantos, por seis y seis, máxima puntuación que se podía obtener. Era un avance de doce casillas que la trasladaba a la 56, Estado de Indiana.

 

Las dos amigas regresaron apresuradamente al hotel a fin de escapar a las demostraciones demasiado vivas del público, y Jovita Foley exclamó entonces:

 

—¡Ah, querida Lissy! ¡Indiana e Indianápolis, se capital! ¡Qué suerte! Nos aproximamos a nuestro Illinois, y ahora vas tú en cabeza. Has adelantado en cinco casillas a ese intruso, a ese X. K. Z., y el pabellón: amarillo vence al pabellón rojo. ¡Sólo te faltan siete puntos para triunfar! ¿Por qué no has de sacarlos en la próxima jugada? ¿No es este número el de los brazos del candelabro bíblico, el de los días de la semana, el de las Pléyades

 

 

 

 

 

 

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—no se atrevió a decir el de los pecados capitales— y el de los jugadores que corren tras la herencia? ¡Dios mío, haz que los dados nos den el número siete y que ganemos la partida! Tú sabes, debes saber, el buen uso que haremos de esos millones. Serán el bien de todos. Fundaremos casas de caridad, un hospital… ¡Sí! El hospital Wag-Foley, para los enfermos de Chicago. Yo haré construir un edificio para las jóvenes menesterosas que no puedan casarse, y seré la directora, y tú verás cómo lo administro… ¡Ah! No tendrá cabida en este edificio la señorita archimillonaria, porque… ¡En fin, yo me entiendo! Y los duques, marqueses y príncipes solicitarán tu mano…

 

Era evidente que Jovita Foley deliraba. Abrazaba a Lissy Wag, que acogía con vaga sonrisa todas aquellas promesas para el porvenir, y la otra volvía a su tema una y otra vez. Tratóse de la cuestión de si Lissy Wag abandonaría Richmond inmediatamente, puesto que disponía de los días comprendidos hasta el 4 de julio para ir a Indianápolis. Pero como hacía ya seis días que se encontraba en aquella ciudad, Jovita Foley afirmó que lo mejor era partir al siguiente día para su nuevo destino.

 

Rindióse Lissy Wag a sus razones, y además la indiscreción del público y las instancias de los periodistas eran cada vez más molestas. Por otra parte, puesto que Max Real no estaba en Richmond, ¿a qué prolongar allí la estancia? A este último argumento, presentado por Jovita Foley, con insistencia que no la disgustaba, ¿qué hubiera podido responder Lissy Wag?

 

Así, pues, el día 12 por la mañana ambas se hicieron conducir a la estación. El tren, después de atravesar la Virginia oriental, la occidental y el Estado de Ohio, las dejaría por la noche en la capital de Indiana. Total, un trayecto de cuatrocientas cincuenta millas.

 

Pero sucedió lo siguiente; en el andén se acercó a ellas un caballero de los más distinguidos, y, haciendo una reverencia, les dijo:

 

—¿Tengo el honor de hablar con  Miss Lissy Wag y Miss Jovita Foley?

 

—Con las mismas —respondió ésta.

 

—Soy el mayordomo de Mrs. Migglesy Bullen, la cual tendría a gran honor que Miss Lissy Wag y Miss Jovita Foley aceptasen subir en un tren que las conduciría a Indianápolis.

 

 

 

 

 

 

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—Vamos —dijo Jovita Foley, sin dar a Lissy Wag tiempo para reflexionar.

 

El mayordomo las acompañó hasta un apartadero donde esperaba un tren compuesto de locomotora, coche salón, coche comedor, coche cama y un furgón, tan lujosos en su interior como en su parte externa. Era, verdaderamente, un tren principesco.

 

Así es como viajaba Mrs. Migglesy Bullen, una de las más acaudaladas americanas de la Unión. Rival de los Whitman, de los Stevens, de los Gerry, de los Bradley, de los Sloane, de los Belmont, etc., que sólo navegan en yate de su propiedad y viajan en trenes propios, esperando hacerlo sobre sus propias vías, Mrs. Migglesy Bullen era una amable viuda de cincuenta años, propietaria de importantes yacimientos de petróleo, lo que vale tanto como decir yacimientos de dólares.

 

Lissy Wag y Jovita Foley pasaron entre el numeroso personal de servicio colocado en el andén, y fueron recibidas por dos damas de compañía que las condujeron al coche salón, donde se encontraba la archimillonaria.

 

—Señoritas —les dijo aquella señora con gran amabilidad—. Les doy las gracias por haber aceptado mi ofrecimiento consintiendo en acompañarme durante este viaje. Lo harán ustedes más cómodamente que utilizando el tren ordinario, y para mí es una gran dicha probarles de esta forma el interés que me inspira la jugadora número 5, aunque no haya apostado nada en la partida.

 

—Mucho nos honra su delicadeza, Mrs. Migglesy Bullen —respondió Jovita.

 

—Y le manifestamos nuestro más vivo agradecimiento —añadió Lissy Wag.

 

—Es inútil —respondió, sonriendo, la excelente señora—. Espero,  Miss

 

Wag, que mi compañía le dará a usted suerte.

 

Aquel viaje fue encantador, pues Mrs. Migglesy Bullen, pese a sus millones, era la mejor de las mujeres. Pasáronse agradables horas en el salón, en el comedor, y luego paseando de un extremo a otro del tren, cuyo lujoso mobiliario y rica instalación no es posible imaginarse.

 

—¡Y pensar —dijo Jovita Foley, en un momento en que se encontraron solas— que pronto podremos viajar tan deliciosamente…!

 

 

 

 

 

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—¡Sé razonable, Jovita!

 

—¡El tiempo confirmará mis palabras!

 

A decir verdad, la opinión, absolutamente desinteresada, de Mrs. Migglesy Bullen era que Lissy Wag ganaría la partida.

 

En fin, por la noche, el tren se detuvo en Indianápolis, y como continuaba hasta Chicago, las dos jóvenes se bajaron de él.

 

En recuerdo de su viaje, la millonaria les rogó que aceptasen sendas sortijas de diamantes, y después de darle las gracias, no sin alguna emoción, las dos jóvenes se despidieron, muy conmovidas por aquella principesca hospitalidad.

 

Entonces, guardando el incógnito en lo que fue posible, dirigiéronse al «Sherman Hotel», que les había sido recomendado.

 

Indianápolis, como la mayor parte de capitales de los Estados de la Unión, está situada casi en el centro del territorio, y desde ella las vías férreas parten en todas direcciones. Mirando el mapa de Indiana, diríase que es una tela de araña, cuyos hilos, en forma de líneas férreas, están tendidos entre los grados geodésicos que le sirven de límite sobre tres lados: Ohio al Este, Illinois al Oeste y Kentucky al Sur; al Norte limita con la extremidad meridional del lago Michigan.

 

Si antaño este Estado justificaba el nombre de Tierra Indiana, actualmente está muy americanizado, aunque sus primeras colonias hayan sido de emigrantes franceses.

 

Max Real no hubiera encontrado paisajes pintorescos en esta región. El país es llano, con ligeras ondulaciones en sus fronteras.

 

Muy a propósito para el establecimiento de caminos de hierro, se presta a gran desarrollo comercial. El suelo es propio para todas las variedades de la producción agrícola y es rico en minas de hulla y en yacimientos de petróleo y de gas natural.

 

Indiana, con sus dos millones de habitantes, ocupa el trigésimo séptimo lugar de la Unión por su superficie. Además de Indianápolis, posee ciudades muy importantes, activas y prósperas: Jeffersonville, New

 

 

 

 

 

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Albany, Louisville del Kentucky, situada en la ribera izquierda del Ohio; Evansville, segunda población del Estado, a la entrada del delicioso valle del río Green y unido al lago Erie por un canal de cerca de quinientas millas; Forth Wayne, servido por la línea de Pittsburgh a Chicago; Vincennes, que fue durante algún tiempo la capital de Indiana…

 

Indianápolis merece la atención del turista; pero, aunque es una de las grandes ciudades de la República americana, inútilmente se buscaría en ella lo inesperado y pintoresco. Por lo demás, las dos amigas la habían ya visitado cuando fueron a Kentucky.

 

En el plazo de quince días de que disponían, hubieran tenido tiempo seguramente de visitar los principales distritos de la ciudad y de realizar una excursión a las grutas de Wandyott, entre Evansville y New Albany, que compiten con la Gruta del Mamut. Pero Jovita Foley prefería conservar intacto el inolvidable recuerdo de las maravillas de Kentucky. ¿No había sido en aquellos lugares donde conquistó el grado de teniente coronel del ejército de Illinois? En ello pensaba algunas veces, no sin experimentar grandes deseos de reír, y en la obligación en que ambas estarían, a su regreso a Chicago, de ir a ofrecer sus servicios militares al gobernador…

 

Cuando veía a su compañera, si no inste, pensativa, le decía:

 

—Lissy, no te comprendo… O, mejor dicho, te comprendo demasiado. Sí…, es un joven amable y simpático… Reúne todas las cualidades, y, entre otras, la de agradarte… Pero, puesto que no se halla aquí, puesto que ahora debe de estar en Filadelfia, en el lugar que ocupaba Tom Crabbe, es preciso ser razonable, querida. Si haces votos por Max Real, con más motivo has de hacerlos por ti misma.

 

—No exageres, Jovita…

 

—Vamos, Lissy, sé franca. Confiesa que le amas…

 

La joven no respondió, y su silencio fue, sin duda, la respuesta más elocuente.

 

El día 22 los periódicos publicaron la jugada relativa al comodoro Urrican.

 

No se habrá olvidado que el pabellón anaranjado había tenido que recomenzar la partida, de regreso del Valle de la Muerte, y que una jugada

 

 

 

 

 

 

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bastante afortunada le había enviado a la casilla número 26, correspondiente al Estado de Wisconsin. Esto prueba que, como los días, las jugadas se suceden y no se parecen. El notario había tenido mala mano, pues cinco tantos, por uno y cuatro, llevaban a Hodge Urrican a la casilla 31, Estado de Nevada, donde William J. Hypperbone había colocado el pozo, en cuyo fondo el desdichado comodoro permanecería hasta que alguno de los jugadores fuera a sacarle.

 

—¡Parece que ese Tombrock lo hace a propósito! —exclamó Hodge Urrican en el paroxismo de espantosa cólera.

 

Y como Turk declarara que en la primera ocasión que se le presentase retorcería el pescuezo al notario, su amo no intentó calmarle esta vez. Además, veíase en la obligación de pagar una triple prima, tres mil dólares, que debían salir de su bolsillo.

 

Lissy Wag, que tenía excelente corazón, lamentó la desgracia del infortunado lobo de mar.

 

—Compadezcámosle, si quieres —respondió Jovita Foley—; tanto más, cuanto que no veo más que posibilidad de que Titbury vaya a libertarle si al salir de la hostería obtiene doce tantos. Después de todo, importante es que Max Real haya salido de la prisión y tengo el presentimiento de que más pronto o más tarde le veremos.

 

La perspicaz joven no estaba equivocada.

 

En efecto, al regresar del paseo que las dos amigas habían dado aquella mañana, y al llegar ante el «Sherman Hotel», Lissy Wag no pudo contener un grito de sorpresa.

 

—¿Qué sucede? —le preguntó Jovita.

 

Y en seguida gritó a su vez:

 

—¡Usted…,       Mr. Max Real!

 

El pintor se hallaba junto a la puerta, y, cerca de él, Tommy. Un poco emocionado, buscando palabras para explicar su presencia, dijo:

 

—Señoritas… Me dirigía a Filadelfia…, y como Indiana se encontraba en mi camino por casualidad…

 

 

 

 

 

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—Una casualidad geográfica —respondió, riendo, Jovita Foley—; pero, en todo caso, una feliz casualidad.

 

—Como esto no alargaba mi viaje…

 

—Y aunque lo hubiera alargado, usted hubiese llegado a su destino el día señalado.

 

—Tengo tiempo hasta el día veintiocho… Faltan seis días… Y…

 

—Y cuando se dispone de seis días y no se sabe qué hacer, lo mejor es dedicárselos a las personas por las que se siente interés…, vivísimo interés.

 

—Jovita… —dijo Lissy Wag en voz baja.

 

—Y la casualidad —continuó Jovita—, siempre esa feliz casualidad, ha hecho que usted eligiera precisamente el «Sherman Hotel»…

 

—Como los periódicos habían informado que la jugadora número cinco y su fiel compañera se albergaban en él…

 

—Y —respondió la fiel compañera— si la jugadora número cinco se albergaba en el «Sherman Hotel», justo era que el jugador número uno hiciera lo mismo… ¡Oh, si se hubiese tratado del jugador número dos o del número tres…!, Pero, no… Era precisamente el número cinco… ¡Siempre la casualidad en todo!

 

—Para nada ha intervenido en esto la casualidad —confesó Max Real, estrechando la mano que le tendía la joven.

 

—¡Esto es hablar francamente! —exclamó Jo vita Foley—. Y, franqueza por franqueza, sepa que su visita nos causa gran placer, Max Real. Pero le prevengo que no permanecerá aquí ni una hora más de lo preciso y que no consentiremos que pierda el tren de Filadelfia.

 

Inútil es decir que Max Real había esperado en San Luis que los periódicos anunciasen la llegada de Lissy Wag y de Jovita Foley a la capital de Indiana y que contaba dedicarles todo el tiempo de que disponía.

 

Hablaron como antiguos amigos y se concertaron paseos por la ciudad; la

 

 

 

 

 

 

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cual, gracias a la presencia de Max Real, sería infinitamente más interesante de visitar.

 

A instancias de la fiel compañera fue preciso hablar algo de la partida. Lissy Wag iba ahora en cabeza, y X. K. Z. no la relegaría a segundo lugar. Para alcanzar la meta era preciso que el misterioso personaje obtuviese doce tantos, y éstos sólo se pueden lograr por seis y seis, mientras que los siete tantos que permitirían colocar el pabellón amarillo de Lissy Wag en la casilla 63 se podían obtener de tres maneras; por tres y cuatro, por dos y cinco y por uno y seis. Tres probabilidades contra una, según afirmaba Jovita Foley.

 

Fuese o no justo este razonamiento, poco le importaba a Max Real. Éste y Lissy Wag no hablaban del match. Hablaban de Chicago, del próximo regreso y del placer con que la señora Real recibiría a las dos amigas; una carta escrita por esta digna señora —escrita sin duda después de haberse informado— lo afirmaba en los más agradables términos.

 

—Tiene usted una madre muy buena, Max Real —dijo Lissy Wag, cuyos ojos se humedecieron al tener noticia de esta carta.

 

—La mejor de las madres, Miss Wag, y que no puede menos de amar todo lo que yo amo…

 

—¡Y que haría una suegra no menos buena! —exclamó Jovita Foley riendo a carcajadas.

 

El resto del día lo pasaron dando paseos por los hermosos barrios de la ciudad, principalmente por las orillas del río White. Huir de los importunos que se albergaban en el «Sherman Hotel» (a creer a Jovita Foley, todos aspiraban a obtener la mano de la futura heredera de William J. Hypperbone) había llegado a ser una verdadera necesidad. En la calle donde residían había siempre cierto número de curiosos. Por prudencia, Max Real, con buen acuerdo, había ocultado su personalidad, a fin de evitar las molestias que sus partidarios podían causarle.

 

Max Real esperó que llegase la noche para regresar al hotel, y terminada la cena no hubo más que descansar de las fatigas de día tan bien empleado.

 

 

 

A las diez, Lissy Wag y Jovita Foley se encerraron en su habitación; Max

 

 

 

 

 

 

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Real se retiró a la suya, y Tommy a un cuarto contiguo. Y mientras la una se abandonaba a sus sueños dorados, quizá los otros dos coincidían en los mismos pensamientos sin encontrar el sueño… Sí, ambos no pensaban más que en su regreso a Chicago y en la realización de sus más caros deseos. Se decían que aquella partida duraba ya más de siete semanas, que pasados unos días sería menester preparar de nuevo las maletas, que centenares de millas volverían a separarles… y que lo mejor sería renunciar. Felizmente, ni Jovita Foley ni la señora Real podían oírles.

 

Max Real, estudiando el mapa del match, había hecho esta inquietante observación; de los siete Estados, tal como estaban situados en el mapa Hypperbone, situados entre Indiana e Illinois, cinco se encontraban en la región oriental de la Unión, a gran distancia, en terrenos mal servidos por las líneas férreas: Arkansas, Arizona, Oregón, el Territorio Indio y el Valle de la Muerte. Bastaría con que Lissy Wag sacase dos tantos para verse obligada a recomenzar la partida, tras largo y penoso viaje hasta California. Así, pues, si no ganaba en la siguiente jugada sacando siete tantos, corría el riesgo de ser enviada muy lejos de Indiana, exponiéndose a múltiples riesgos.

 

Lissy Wag no pensaba en estas amenazadoras complicaciones. No pensaba en el porvenir, sino en el presente. Pensaba únicamente en que Max Real estaba entonces cerca de ella, aunque algunos días después la suerte iba a separarles.

 

Transcurrieron las últimas horas, y al siguiente día, al despertar, se esfumaron las malas impresiones de la noche.

 

—¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó Jovita Foley cuando Lissy Wag y ella se encontraron con Max Real ante la mesa para desayunarse—. El día promete ser magnífico… El aire y el sol convidan a pasear… ¿Es que no vamos a salir de Indianápolis? Ciertamente es ésta una ciudad muy agradable y muy limpia, pero tengo entendido que los alrededores son muy hermosos… ¿No podríamos tomar un tren…?

 

La proposición merecía ser estudiada. Max Real consultó una guía y las cosas se arreglaron a gusto de todos. Se convino en que se iría por la línea que sube por el río White hasta la estación de Spring Valley, a unas veinte millas de Indianápolis, reservándose regresar por diferente camino. El alegre terceto partió, pues, dejando esta vez a Tommy en el hotel.

 

 

 

 

 

 

 

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Aunque Max Real y Lissy Wag estaban demasiado entretenidos para darse cuenta de nada, Jovita Foley debió haber advertido a cinco individuos que les habían seguido desde la partida. Estos individuos no solamente les acompañaron hasta la estación, sino que subieron en el mismo tren que ellos; y cuando Max Real y sus dos amigas se apearon en la estación de Spring Valley, dichos sujetos hicieron lo mismo.

 

Esto no atrajo la atención de Jovita Foley, que miraba a través de los cristales del vagón, cuando no a Max Real y a Lissy Wag.

 

Verdad es que, temiendo ser observados, aquellos individuos mostraron gran prudencia y se separaron al salir de la estación.

 

Max Real, Lissy Wag y Jovita Foley tomaron el camino que conduce a la orilla del río White. Indudablemente, no corrían el riesgo de extraviarse.

 

Caminaron así durante una hora, a través de la fértil campiña regada por la corriente de agua. Aquí, campos bien cultivados; allí, espesas arboledas; más allá, restos de los antiguos bosques que abatió el hacha civilizadora del leñador.

 

La temperatura era agradable y el paseo resultó delicioso. Jovita Foley correteaba, llena de alegría, vigilando a la joven pareja, que no se preocupaba de ella… Tal vez Jovita creía deber suyo desempeñar en aquella ocasión el papel de madre.

 

A las tres de la tarde una barca les trasladó a la otra orilla del río White. Más allá, bajo grandes bosques, se extendía un camino que conducía a la estación de uno de los numerosos ferrocarriles que se dirigen a Indianápolis. Max Real y sus compañeras se prometían hacer nuevas excursiones por los alrededores de la capital hasta la víspera del día 28. El día 27 por la noche, con gran disgusto por parte de todos, Max Real montaría en el tren que le conduciría a Filadelfia. Después… Pero mejor era no pensar en ello.

 

Tras recorrer media milla por un camino bordeado de hermosos árboles, desierto a la hora en que se efectúa el trabajo en los campos, Jovita Foley, fatigada de tantas idas y venidas, propuso un descanso de algunos minutos. Había tiempo suficiente para estar de regreso en el «Sherman Hotel» antes de la comida. El camino se extendía entre dos hileras de árboles, lleno de sombra y frescor.

 

 

 

 

 

 

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En aquel instante, cinco hombres se lanzaron sobre ellos. Eran los mismos que se habían apeado del tren en la estación de Spring Valley.

 

¿Qué querían aquellos individuos? A juzgar por las apariencias, no se trataba de bandidos. Querían, sencillamente, apoderarse de Lissy Wag, conducirla a algún secreto lugar y retenerla allí para impedir que la joven se encontrara en las oficinas del telégrafo de Indianápolis el día 4 de julio, a la llegada del telegrama que le concernía. De ahí resultaría su exclusión de la partida en la que figuraba en cabeza.

 

A esta acción conducía el apasionamiento de aquellos jugadores, que habían apostado en el «match» sumas enormes, centenares de miles de dólares. Sí, aquellos malhechores, pues así se les debe llamar, no retrocedían ante semejantes actos.

 

Tres de los cinco intrusos se precipitaron sobre Max Real a fin de impedirle que pudiera defender a sus compañeras. El cuarto sujetó a Jovita Foley, mientras el último se esforzaba en arrastrar a Lissy Wag al fondo del bosque, donde sería imposible encontrar sus huellas.

 

Max Real se defendía valientemente, y, sacando el revólver, que todo buen americano lleva siempre consigo, hizo fuego. Uno de los asaltantes se desplomó, herido al parecer.

 

Jovita Foley y Lissy Wag pedían socorro, sin esperanza de que sus voces fueran oídas.

 

Lo fueron, sin embargo, pues una docena de colonos de los alrededores hallábanse cazando por el bosque y un providencial azar les condujo hasta el escenario de la agresión.

 

Los cinco hombres intentaron entonces un esfuerzo supremo. Max Real disparó contra el raptor de Lissy Wag, el cual tuvo que abandonar a la joven. En el tumulto de la lucha, el pintor recibió una puñalada en el pecho, y cayó exánime a tierra lanzando un grito.

 

Aparecieron los cazadores, y los agresores, dos de los cuales estaban heridos, comprendieron que el golpe había fallado y huyeron por el bosque.

 

Más urgente que lanzarse en su persecución era trasladar a Max a la estación más próxima y enviar en busca de un médico, llevando después

 

 

 

 

 

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al herido a Indianápolis, si su estado lo permitía.

 

Lissy Wag, con los ojos cubiertos de lágrimas, se arrodilló junto al joven.

 

Max Real respiraba; abriéronse sus ojos y pudo pronunciar estas palabras:

 

—Lissy…, querida Lissy… Esto no será nada… ¿Cómo está usted…?

 

Sus párpados se cerraron de nuevo… Pero vivía, había reconocido a la joven y le había hablado.

 

Media hora más tarde los cazadores le depositaban en la estación, donde casi al momento se presentó un médico, que, tras examinar la herida, afirmó que no era mortal. Le practicó la primera cura, y aseguró que el joven soportaría sin peligro el traslado a Indianápolis.

 

Max Real fue, pues, colocado en un vagón del tren que pasó a las cinco y media. Lissy Wag y Jovita Foley se colocaron a su lado. El pintor no había perdido el conocimiento, la herida era leve y a las seis descansaba en su habitación del «Sherman Hotel».

 

¿Cuánto tiempo tardaría en poder abandonarla? ¿Podría estar el día 28 en las oficinas del telégrafo de Filadelfia?

 

Lissy Wag no abandonaría al que por defenderla había resultado herido. ¡No!, permanecería a su lado y le prodigaría los más exquisitos cuidados. Jovita Foley —y confesémoslo en honor suyo, pues ello significaba el desvanecimiento de todas sus esperanzas— aprobó la conducta de su pobre amiga.

 

Un segundo médico que acudió a visitar a Max Real confirmó lo dicho por su colega. El pulmón no había sido más que ligeramente rozado por la punta del cuchillo, aunque poco faltó para que la herida fuese mortal. Este médico declaró que Max Real no estaría en disposición de levantarse antes de quince días.

 

¡Qué importaba! Ni él pensaba ahora en la fortuna de William J. Hypperbone, ni Lissy Wag dudaba en sacrificar a su amigo sus posibilidades de triunfo. Ambos soñaban con otro porvenir; un porvenir de dicha, para el que no necesitaban los millones del «match».

 

Tras largas y maduras reflexiones, Jovita Foley se dijo:

 

 

 

 

 

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«En resumen: puesto que este pobre Real va a permanecer quince días en Indianápolis, Lissy estará aún aquí el día 4 de julio, fecha de la próxima jugada. Y si por fortuna saliera el siete (¡Dios mío, haz que salga!), ella ganaría la partida. Esto sería justo, pues después de tantas pruebas como ha sufrido la jugadora número 5, el cielo le debería esta indemnización».

 

Conviene decir que fue muy tenida en cuenta la recomendación hecha por Max Real de que no se comunicara a su madre lo sucedido. No había dado su nombre en el hotel, como se sabe, y cuando los periódicos refirieron el atentado, indicando sus móviles, mencionaron sólo a Lissy Wag.

 

 

 

Calcúlese el efecto que la noticia produjo entre los especuladores. No se extrañará que el pabellón amarillo fuese aclamado en toda América.

 

Las cosas, como se va a ver, iban a desenlazarse muy pronto y de modo distinto al esperado por la mayoría del público.

 

El día siguiente, 24, a las ocho y media, los vendedores de periódicos recorrían las calles de Indianápolis y proclamaban, o, mejor dicho, vociferaban el resultado de la jugada efectuada aquella mañana en Chicago, concerniente al jugador número 7.

 

Éste había obtenido doce tantos, mediante el seis doble, y como el jugador ocupaba la casilla número 51, Estado de Minnesota, ganaba la partida.

 

El ganador no era otro que el enigmático personaje designado con las iniciales X. K. Z.

 

Y ahora el pabellón rojo flotaba sobre Illinois, repetido catorce veces sobre el mapa del noble juego de los Estados Unidos de América.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIV. La campana de Oakswoods

 

Un trueno que se extendiera por todo el globo no produciría más efecto que aquel golpe de dados salido del cubilete del notario Tombrock, al dar las ocho, el día 24 de junio, en la sala del Auditorium. Los millares de espectadores que asistieron a esta jugada (con el pensamiento de que podría ser la última del «match». Hypperbone) la proclamaron por todos los barrios de Chicago, y miles de telegramas extendieron la noticia por el Viejo y Nuevo Mundo.

 

Resultaba, pues, que el hombre misterioso, el personaje agregado a última hora, el intruso del codicilo, en una palabra, o, mejor dicho, en tres letras, aquel X. K. Z., ganaba la partida y con ella los sesenta millones de dólares.

 

¿Y no era natural observar cómo se había realizado la marcha de aquel favorecido por la suerte? Mientras tantas desgracias caían sobre los demás jugadores, éste confinado en la hostería, aquél obligado a pagar una prima al ir al puente del Niágara, el uno perdido en el laberinto, precipitado el otro en el fondo del pozo, tres condenados a prisión, todos teniendo primas que satisfacer, X. K. Z. había avanzado siempre con seguro paso, yendo de Illinois a Wisconsin, de aquí al Distrito de Columbia, de éste a Minnesota y de Minnesota al final, sin haber tenido que desembolsar una sola prima, y viajando por un círculo limitado, con gran economía de fatigas y gastos en el transcurso de sus fáciles desplazamientos.

 

 

 

¿No era esto prueba de una suerte poco común y hasta maravillosa, la suerte de esos privilegiados a quienes todo sale bien en la vida?

 

Restaba saber quién era aquel X. K. Z., y, sin duda, no tardaría en darse a conocer, aunque no fuera más que para entrar en posesión de la enorme herencia.

 

En las fechas indicadas para las jugadas que le concernían, cuando se había presentado en las oficinas del telégrafo de Milwaukee, en Wisconsin, de Washington, en el Distrito de Columbia y de Minneápolis, en Minnesota,

 

 

 

 

 

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los curiosos habían acudido en gran número. Pero sólo pudieron contemplar tan pronto a un hombre de edad regular, como un hombre que había ya pasado de los sesenta años; el cual desaparecía en seguida, sin que fuera posible encontrar sus huellas. En fin, bien pronto se sabría a qué atenerse sobre su nombre y demás circunstancias, y, establecida su identidad, la Unión contaría con un nuevo nabab en sustitución de William J. Hypperbone.

 

Hablemos ahora de la situación de los otros seis jugadores el día 3 de julio, o sea, nueve después de la jugada final; pero antes conviene advertir que todos estaban de regreso en Chicago, desesperados los unos, furiosos los otros (fácilmente se adivina cuáles) y dos indiferentes al resultado del «match» (tampoco es necesario nombrarlos).

 

Al finalizar la semana, Max Real, apenas repuesto de su herida, había regresado a su ciudad natal en compañía de Lissy Wag y de Jovita Foley, dirigiéndose a su casa de South Halstedt Street, mientras las dos amigas iban a la suya de Sheridan Street.

 

La señora Real, ya al corriente del atentado contra Lissy Wag, supo, como todo el mundo, el nombre del joven a quien Lissy debía su salvación.

 

—¡Ah, hijo mío, hijo mío! —exclamó la madre, estrechando a Max Real entre sus brazos—. ¡Eras tú!

 

—No llores más, querida madre, puesto que ya estoy curado. Lo he hecho… por ella…, a la que tú vas a conocer y a la que amarás tanto como ya te ama y como la amo yo.

 

Aquel mismo día, Lissy Wag, acompañada de Jovita Foley, fue a visitar a la señora Real. La joven agradó mucho a la anciana, y ésta a la joven. La señora Real colmóla de atenciones, de las que hizo partícipe también a Jovita Foley, tan distinta de su amiga y, sin embargo, tan excelente dentro de su manera de ser.

 

Respecto a lo que después sucedió, bastará que esperemos algunos días para conocerlo.

 

Después de la partida de Max Real, Tom Crabbe llegó a San Luis. Inútil es insistir en el estado de furor y de vergüenza en que John Milner se encontraba. ¡Tanto dinero perdido! ¡No solamente el importe de los viajes,

 

 

 

 

 

 

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sino la triple prima que tuvo que pagar en la prisión de Missouri! Además, la fama del campeón del Nuevo Mundo había palidecido seriamente en el encuentro con el no menos despechado Cavanaugh, encuentro en el que el verdadero vencedor había sido el reverendo Hugh Hunter, de Arondale. Respecto a Tom Crabbe, seguía sin comprender nada del papel que representaba. Aquel coloso se sentía satisfecho desde el instante en que se le garantizasen sus seis comidas diarias. ¿Cuántas semanas estaría John Milner encerrado en aquella metrópoli? Lo supo al día siguiente, y, pues la partida había terminado, no le quedó más remedio que regresar a su casa de Calumet Street, en Chicago.

 

Esto es lo que hizo también Hermann Titbury. Hacía ya catorce días que el matrimonio ocupaba en el «Excelsior Hotel» el departamento reservado al jugador del «match»; catorce días durante los cuales había comido y bebido estupendamente, disponiendo de coche, de yate y de palco en la Ópera, y, en fin, llevando el rumbo de gentes que disfrutan de pingües rentas y saben dilapidarlas. Cierto es que tal género de vida les costaba doscientos dólares diarios. ¡Qué golpe recibieron cuando les fue presentada la cuenta! Ascendía ésta a dos mil ochocientos dólares; y añadiendo a esta suma las primas satisfechas en Luisiana, la multa que les impusieron en Maine y el robo de que fueron víctimas en Utah, más los gastos inherentes a tan largos desplazamientos, el total se elevaba a ocho mil dólares. Heridos en el corazón, es decir, en la bolsa, el golpe despertó de su borrachera a los dos avaros, y de regreso a su casa de Robey Street, mediaron entre ellos violentísimas escenas, durante las cuales Kate acusaba a su esposo de haberse lanzado a tan desatinada aventura, pese a haber sido ella la instigadora, y Hermann acabó por considerarse culpable, siguiendo su costumbre, tanto más cuanto que la terrible sirvienta tomó el partido de su ama, siguiendo también su costumbre. Convinieron en hacer nuevas economías, lo que no impidió que el matrimonio recordase los días transcurridos en las delicias del «Excelsior Hotel». ¡Qué decepción cuando desde estos sueños se hundían en el abismo de la realidad!

 

 

 

—¡Ese Hypperbone era un monstruo! ¡Un verdadero monstruo! —exclamaba a menudo Mrs. Titbury.

 

—¡Era preciso triunfar y conseguir sus millones… o no tomar parte en el «match»! —opinaba la sirvienta.

 

—Sí… No tomar parte en esta maldita partida —añadía la matrona—. ¡Eso

 

 

 

 

 

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es lo que no cesaba de repetir a Hermann! Pero es imposible hacer entrar en razón a semejante…

 

¡Jamás se sabrá el calificativo que Kate Titbury aplicó aquel día a su esposo!

 

¿Y Harris T. Kymbale? Harris T. Kymbale había salido sano y salvo del choque premeditado con que se celebró la inauguración de la línea férrea entre Medary y Sioux Falls. Antes de producirse el encuentro entre los dos trenes, pudo saltar a la vía, rebotando contra el suelo como si hubiera sido de goma y quedando desvanecido al pie de un talud y al abrigo de la explosión que seguidamente se produjo. Aun en América no es raro que dos trenes choquen, pero sí que se conozca anticipadamente; pero en aquella ocasión los espectadores, colocados a buena distancia a cada lado de la vía, habían podido prepararse adrede aquel espectáculo. Por desgracia, a causa de su desvanecimiento, Harris T. Kymbale no había podido presenciarlo.

 

Tres horas después, cuando los obreros del ferrocarril fueron a desobstruir la vía, encontraron a un hombre, sin sentido, al pie del talud. Conducido a la casa más próxima, se avisó a un médico, el cual manifestó que el desconocido no se hallaba herido de gravedad… Al volver en sí, y a las preguntas que le hicieron, se supo que era el jugador número 4 del «match». Hypperbone, así como la maniobra mediante la cual había ocupado plaza en aquel tren destinado a la destrucción. Dirigiéronle los oportunos reproches, y sólo se le condenó a satisfacer el importe del viaje, puesto que en los ferrocarriles americanos se puede pagar en camino o a la llegada. Después se telegrafió la noticia del incidente al director del Tribune, y se expidió al imprudente periodista por el camino más directo a Chicago, donde el día 25 se hallaba ya en su casa de Milwaukee Avenue. Naturalmente, el intrépido Harris T. Kymbale se declaró dispuesto a continuar su viaje, a correr, si era preciso, de un extremo a otro de los Estados Unidos. Pero, enterado de que la partida había concluido la víspera con el triunfo de X. K. Z., tuvo que permanecer en su hogar, dedicándose a escribir jugosas crónicas sobre los últimos incidentes en los que se había visto mezclado. En resumen: no había perdido ni el tiempo ni la práctica de su profesión, y le quedaban imborrables recuerdos de sus viajes a través de Nuevo México, Carolina del Sur, Nebraska, Washington, Dakota del Sur y la original forma de inaugurar la línea férrea de Medary a Sioux Falls.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Su amor propio de periodista consciente sintióse, no obstante, herido por una revelación que le valió bromas y pullas por parte de la prensa de segunda categoría. Sucedió esto a propósito de aquel grizzly que había visto en el camino de Idaho, y que, según el periodista, se santiguaba a cada relámpago, el Ursus christianus, nombre con el que lo había bautizado. Se trataba simplemente de un buen hombre del país que llevaba a casa de un curtidor la piel de un magnífico plantígrado. Como la lluvia caía a torrentes se había cubierto con la piel, y como sentía miedo se santiguaba como buen cristiano a cada resplandor.

 

Harris T. Kymbale acabó por reírse de su aventura; pero su risa era del color de aquel pabellón que Jovita Foley no había podido desplegar triunfalmente sobre la casilla número 63.

 

Respecto a Lissy Wag, se sabe ya en qué condiciones había regresado a Chicago con su fiel amigo Max Real y con Tommy, no menos desesperado éste por la desgracia de su amo que Jovita Foley por la de Lissy Wag.

 

—¡Ten resignación, mi pobre Jovita! —le repetía Lissy Wag—. Demasiado sabes que yo nunca confié en ganar la partida.

 

—¡Pero yo sí contaba con ello!

 

—Hacías mal…

 

—Además, tú no tienes por qué quejarte.

 

—Y no me quejo —respondió, sonriendo, Lissy Wag.

 

—Si la herencia de Hypperbone se te ha escapado, al menos no eres una pobre joven sin fortuna.

 

—¿A qué te refieres?

 

—Claro, Lissy. El ganador ha sido X. K. Z. Pero tú figuras en segundo lugar, y tuyo es el producto de las primas.

 

—A fe mía, Jovita, que no había pensado en ello…

 

—Pero yo pienso por ti, mi descuidada Lissy, y te embolsarás una suma considerable.

 

 

 

 

 

 

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En efecto, los mil dólares del puente del Niágara, los dos mil de la hostería de Nueva Orleans, los dos mil del laberinto de Nebraska, los tres mil del Valle de la Muerte, en California, y los nueve mil sucesivamente pagados en la prisión de Missouri, formaban un total de diecisiete mil dólares que pertenecían, sin duda alguna, según disponía el testamento, al que llegase en segundo lugar, o sea a Lissy Wag. Sin embargo, ésta, como acababa de decir a Jovita Foley, no había pensado en ello; pensaba en otra cosa…

 

Había, no obstante, una persona de la que Max Real no debía estar celoso, pero la cual ocupaba a menudo el pensamiento de la novia del pintor, pues creemos superfluo decir que el matrimonio de ambos era cosa convenida. Esta persona era el honorable Humphry Weldon, que había honrado con su visita la casa de Sheridan Street durante la enfermedad de Lissy Wag, y que había remitido a ésta los tres mil dólares que necesitaba para pagar la triple prima afecta a la prisión de Missouri. Aunque el tal señor no fuese más que un apostante que defendía su dinero, merecía por su generosidad el agradecimiento de Lissy, la cual esperaba reembolsarle ahora el préstamo. Pero al buen señor no se le había vuelto a ver.

 

¿Qué había sucedido entretanto a Hodge Urrican?

 

El día 22 de junio se había efectuado la jugada que le concernía, hallándose el comodoro en Wisconsin. Se recordará que cinco tantos, por uno y cuatro, le enviaban a la casilla 31, Estado de Nevada. Debía realizar un nuevo viaje de mil doscientas millas; pero el «Union Pacific» le conduciría a su destino, puesto que Nevada, uno de los Estados menos poblados de la Confederación, aunque ocupa el sexto lugar por su superficie, está situado entre Oregón, Idaho, Utah, Arizona y California. Pero, para colmo de desgracia, William J. Hypperbone había colocado en dicho Estado el pozo en cuyo fondo había de caer el infortunado jugador.

 

El furor del comodoro llegó al límite. Echó las culpas de todo al notario Tombrock, y prometió ajustarle las cuentas cuando terminase la partida. Turk declaró que estrangularía al notario, le abriría el vientre y le devoraría el hígado…

 

Con el apresuramiento que en todos sus negocios ponía, Hodge Urrican partió de Milwaukee el día 22; tomó el tren con su inseparable compañero, después de remitir al notario los tres mil dólares que le costaba su última jugada, y a todo vapor se dirigió hacia Nevada.

 

 

 

 

 

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Conviene advertir que el testador había escogido tal Estado como enclave del pozo, a causa de los muchos que en él abundan, y que, en forma de mina, son abiertos para la extracción de oro y plata, en cuya producción Nevada ocupa el cuarto lugar entre los Estados de la Unión. Impropiamente designado con tal nombre, pues la Sierra Nevada está fuera de su territorio, tiene por ciudades principales a Virginia City, Gold Hill y Silver City, denominaciones fáciles de explicar. Estas ciudades están, por así decirlo, edificadas sobre filones de plata, como el de Comstock Lode, y de ahí esos pozos que se hunden hasta más de 2700 pies en las entrañas de la tierra. Pozos de plata, si se quiere, pero pozos que justifican la elección del testador y también la justa cólera de aquél a quien la mala suerte enviaba a ellos.

 

¡No tuvo tiempo de llegar a su destino! En Great Salt Lake City, la mañana del día 24, recibió la gran noticia: X. K. Z. había ganado la partida.

 

El comodoro Urrican regresó, pues, a Chicago, en un estado más fácil de imaginar que de describir.

 

No es exagerado afirmar que tanto en una como en otra parte del Atlántico se respiraba al fin. Las agencias iban a descansar y los corredores a tomar aliento. Las apuestas serían arregladas con regularidad que haría honor al mundo de la especulación.

 

Para todos los que se habían interesado, aunque fuese platónicamente, en la partida, había una curiosidad que satisfacer.

 

¿Quién era aquel X. K. Z.? ¿Se daría a conocer? Nadie dudaba de ello. Cuando se trata de embolsarse sesenta millones de dólares, sobra el incógnito, el nombre deja de ocultarse bajo iniciales. El afortunado jugador debía presentarse personalmente, y se presentaría. Pero ¿cuándo, y en qué circunstancias? El testamento no señalaba plazo, pero se creía que el suceso ocurriría pronto… El misterioso X. K. Z. estaba en Minnesota, en Minneápolis, cuando el último telegrama le había sido expedido, y medio día era suficiente para regresar de aquella ciudad a Chicago.

 

Pero transcurrió una semana. Y otra. Y no había noticias del desconocido.

 

Una de las personas más impacientes era Jovita Foley. La nerviosa joven quería que Max Real fuese diez veces al día a informarse, que estuviese

 

 

 

 

 

 

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de continuo en el Auditorium, donde el más afortunado de los «Siete» haría seguramente su primera aparición. Pero Max Real tenía el alma llena de cosas bien distintas.

 

Jovita Foley exclamaba:

 

—¡Ah, cuando yo le eche la vista encima a ese individuo…!

 

—¡Cálmate, querida! —repetía Lissy Wag.

 

—No me calmaré, Lissy. Y si le veo le preguntaré con qué derecho se permite ganar la partida un señor de quien ni el nombre se sabe.

 

—Pero, Jovita —respondió Max Real—, si usted se lo pregunta será porque se habrá presentado y dado a conocer.

 

Las dos amigas no habían vuelto a sus tareas en los almacenes de Mr. Marshall Field. En primer lugar, Lissy Wag sería remplazada; y en cuanto a Jovita Foley, esperaba a que todo terminase antes de reanudar sus funciones, para el desempeño de las cuales no se sentía dispuesta todavía.

 

A decir verdad, con su impaciencia, la joven simbolizaba exactamente el estado de la opinión pública. Conforme transcurría el tiempo excitábanse las imaginaciones. La prensa parecía haber enloquecido. Gran número de personas acudían al domicilio del notario Tombrock, que daba siempre la misma respuesta, afirmando que nada sabía respecto al portador del pabellón rojo. No le conocía; ignoraba adonde había ido al salir de Minneápolis, donde el telegrama le había sido entregado en propia mano. Y cuando insistían mucho, se limitaba a responder:

 

—Hará su aparición cuando guste.

 

Entonces, los demás jugadores —excepto Lissy Wag y Max Real— creyeron conveniente intervenir, no sin algún derecho. Si el vencedor no se presentaba, ¿no tenían razón para pretender que la partida no había terminado y que debía proseguirse?

 

El comodoro Urrican, Hermann Titbury y John Milner (este último representando a Tom Crabbe), aconsejados por sus partidarios, anunciaron su intención de acudir a la Justicia demandando al ejecutor testamentario del difunto. Los periódicos que les sostuvieron durante el «match» no les abandonarían.

 

 

 

 

 

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En el Tribune, Harris T. Kymbale publicó un violento artículo contra X. K. Z., cuya existencia negaba, y el Chicago Herald, el Chicago Inter-Ocean, el Daily New Record, el Chicago Mail y el Freie Presse defendieron con increíble energía la causa de los jugadores. Toda América se apasionó por el nuevo asunto. Por otra parte, era imposible arreglar las apuestas en tanto que no se probase la identidad del vencedor y no se tuviese la seguridad de que el «match» había definitivamente terminado. La opinión general se manifestó claramente en un mitin celebrado en el Auditorium. Si X. K. Z. no se presentaba en un plazo determinado, se obligaría al notario Tombrock a proseguir las jugadas. Tom Crabbe, Hermann Titbury, Harris T. Kymbale, el comodoro Urrican, e incluso Jovita Foley, si se le permitía sustituir a Lissy Wag, estaban dispuestos a partir hacia cualquiera de los Estados de la Confederación adonde la suerte les enviase.

 

La agitación pública llegó a tal punto, que las autoridades tuvieron que intervenir, en Chicago especialmente, siendo preciso proteger a los socios del «Excentric Club» y al notario, a los que se achacaba cuanto acontecía.

 

El día 15 de julio, tres semanas después de la última jugada, que había hecho vencer al hombre misterioso, se produjo un suceso de lo más inesperado:

 

A las diez y diecisiete de la mañana se propagó la noticia de que repicaba insistentemente la campana del monumento funerario de William J. Hypperbone, en Oakswoods Cemetery.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XV. Última excentricidad

 

No es fácil imaginarse la rapidez con que se extendió la noticia. Si en cada casa de Chicago hubiera habido un teléfono en comunicación con un aparato instalado en la del guardián de Oakswoods, los habitantes de la metrópoli de Illinois no hubieran recibido dicha noticia más pronto y simultáneamente.

 

En algunos minutos fue invadido por la población de los barrios cercanos. Después afluyeron multitudes de todas partes. Media hora más tarde la circulación estaba interrumpida por completo desde Washington Park. El gobernador del Estado, John Hamilton, prevenido a toda prisa, envió nutridos batallones militares, que no sin trabajo penetraron en el cementerio e hicieron salir de él a gran número de curiosos, de manera que el acceso quedase libre.

 

Y la campana sonaba continuamente en el campanario del soberbio monumento de William J. Hypperbone.

 

Como es natural, Georges B. Higginbotham, presidente del «Excentric Club», sus compañeros y el notario Tombrock fueron los primeros en llegar al cementerio. Pero ¿cómo habían podido adelantarse a aquella inmensa y tumultuosa multitud a no estar prevenidos de antemano? En fin, lo cierto era que allí estaban desde que empezó a tocar la campana.

 

Media hora después se presentaban los seis jugadores del «match». Hypperbone. Nada de extraño tema que el comodoro Urrican, Tom Crabbe, remolcado por John Milner, Hermann Titbury, arrastrado por su esposa, y Harris T. Kymbale, se hubieran apresurado a acudir. Pero si Lissy Wag y Max Real se encontraban allí, y con ellos Jovita Foley, era porque ésta lo había exigido tan imperiosamente que fue preciso obedecerla.

 

 

 

Todos los jugadores estaban, pues, ante el monumento, guardado por triple fila de soldados de aquella milicia que las dos amigas hubieran tenido el derecho de mandar, la una como coronel y como teniente coronel

 

 

 

 

 

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la otra, puesto que tales grados les fueron conferidos por el gobernador del Estado.

 

Cesó al fin el toque de la campana, y la puerta del monumento se abrió de par en par. El vestíbulo resplandecía con la intensa luz de las lámparas eléctricas. Entre las lámparas apareció el magnífico catafalco, tal como estaba tres meses y medio antes, cuando se cerraron las puertas, terminadas las exequias, en las que toda la ciudad tomó parte.

 

El «Excentric Club», con su presidente a la cabeza, penetró en el vestíbulo. Tras los socios entró el notario Tombrock, vestido de etiqueta. Los seis jugadores le siguieron, acompañados de cuantos espectadores podía contener el vestíbulo.

 

Tanto dentro como fuera del edificio reinaba profundo silencio, prueba de no menos profunda emoción. Jovita Foley no era de las personas menos conmovidas de la concurrencia. Se advertía vagamente que la solución del enigma, inútilmente buscada desde la jugada del día 24, iba a ser al fin revelada. Y que esta respuesta sería un nombre; el nombre del vencedor del «match». Hypperbone.

 

Eran las once y treinta y tres minutos cuando en el interior del vestíbulo sonó cierto ruido. Procedía éste del catafalco, cuyo paño mortuorio cayó al suelo como si de él hubiera tirado invisible mano.

 

Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras Lissy Wag apretaba el brazo de Max Real, levantóse la tapa del ataúd, irguióse el cuerpo que éste encerraba, y apareció de pie un hombre vivo, bien vivo… ¡Y este hombre era el difunto William J. Hypperbone!

 

—¡Gran Dios! —exclamó Jo vita Foley, cuyo grito sólo fue oído por Max Real y Lissy Wag, entre el rumor que la estupefacción elevaba por doquier.

 

Y añadió, con las manos extendidas:

 

—¡Es el venerable  Mr. Humphry Weldon!

 

Sí: el venerable Mr. Humphry Weldon, pero de una edad menos venerable que cuando su visita a Lissy Wag. Aquel caballero y William J. Hypperbone eran una misma persona.

 

He aquí, en breves palabras, la historia que publicaron los periódicos de

 

 

 

 

 

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todo el mundo, y que explicaba lo que parecía inexplicable en esta prodigiosa aventura:

 

El día 1.º de abril, en el hotel de Mohawk Street, y durante una partida del noble juego de la oca, William J. Hypperbone fue acometido por una congestión. Trasladado a su hotel de La Salle Street, estaba muerto algunas horas después, o, al menos, así lo declararon los médicos. Pero a despecho de los doctores, y también de los famosos rayos del profesor Frederick d’Elbing, que corroboraron tal afirmación William J. Hypperbone era víctima de una catalepsia, que le daba toda la apariencia de un cadáver. Por suerte no había dispuesto en su testamento que le embalsamaran, pues seguramente, practicada tal operación, no hubiera vuelto a la vida.

 

 

 

Celebráronse sus exequias con la suntuosidad que se sabe. Después, el día 3 de abril, las puertas del monumento se cerraron sobre el socio más renombrado del «Excentric Club».

 

Pero, por la noche, el guardián ocupado en apagar las últimas luces del vestíbulo oyó ruido en el interior del ataúd. Algunos gemidos se escapaban de éste. Una voz ahogada llamaba.

 

El guardián no perdió la serenidad. Corrió en busca de herramientas y levantó la tapa del ataúd. La primera frase que William J. Hypperbone pronunció al despertar de su letargo fue ésta:

 

—Ni una palabra a nadie, y tu fortuna está hecha.

 

Y con una presencia de espíritu extraordinaria en hombre que se encontraba en sus circunstancias, añadió:

 

—Sólo tú sabrás que continúo con vida. Tú y mi notario Tombrock, a quien vas a decir que se presente aquí al momento.

 

El guardián, sin otras explicaciones, salió del cementerio y corrió en busca del notario. Calcúlese la agradable sorpresa que recibió Tombrock cuando, media hora después, se encontró en presencia de su cliente, gozando de tan buena salud como nunca.

 

He aquí lo que William J. Hypperbone había pensado desde su resurrección, y el partido que había tomado; lo que no es de extrañar en

 

 

 

 

 

 

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semejante persona.

 

Puesto que había establecido por testamento la famosa partida que debía dar motivo a tantas agitaciones, desengaños y sorpresas, él quería que esta partida se llevase a efecto entre los jugadores designados por la suerte.

 

 

 

—Pero, entonces —replicó el notario—, usted quedará arruinado, porque alguno de los seis ganará. Puesto que usted no está muerto, y por ello le felicito muy sinceramente, ese testamento es nulo. ¿Por qué, pues, dejar que esa partida sea jugada?

 

—Porque yo tomaré parte en ella.

 

—¿Usted?

 

—Yo.

 

—¿Cómo?

 

—Añadiré un codicilo a mi testamento, introduciendo en la partida un séptimo jugador, que será William J. Hypperbone, bajo las iniciales X. K. Z.

 

—¿Y jugará usted?

 

—Como los demás.

 

—¿Y si pierde?

 

—Perderé, y toda mi fortuna irá al vencedor.

 

—¿Está usted decidido a ello?

 

—Decidido. Puesto que hasta la fecha no me he distinguido por ninguna excentricidad, al menos voy a mostrarme excéntrico, aprovechando mi falsa muerte.

 

Se adivina lo que siguió. El guardián de Oakswoods, bien recompensado y con promesa de serlo aún más si guardaba el secreto hasta el desenlace de aquella aventura, no habló palabra de lo acontecido.

 

William J. Hypperbone salió del cementerio (antes del día del Juicio Final) y se dirigió a casa del notario Tombrock, donde añadió a su testamento el

 

 

 

 

 

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codicilo que se conoce, indicando el lugar donde iba a retirarse para el caso de que el notario tuviese algo que comunicarle. Después se despidió del digno caballero, confiando en la extraordinaria suerte que no le había abandonado en el curso de su existencia, y que podría decirse le siguió siendo fiel hasta después de su muerte.

 

Lo demás es ya sabido.

 

Comenzada la partida, William J. Hypperbone pudo formar opinión respecto de cada uno de los «Seis». Ni Hodge Urrican, ni Hermann Titbury, ni aquel bruto de Tom Crabbe le interesaron, ni podían interesarle. Tal vez Harris T. Kymbale le inspiró alguna simpatía; pero, de hacer votos por alguno, en defecto de sí mismo, los hubiera hecho por Max Real, Lissy Wag y la fiel compañera de ésta, Jovita Foley. De ahí su visita a la enferma bajo el nombre de Humphry Weldon y el envío de los tres mil dólares a la prisión de Missouri. Y también, ¡qué satisfacción sintió aquel generoso excéntrico cuando la joven fue libertada por Max Real, y qué nueva satisfacción cuando éste lo fue a su vez por Tom Crabbe!

 

En cuanto a él, había seguido con paso seguro y regular las diversas peripecias del «match», ayudado de la poderosa suerte, con la que contaba, con razón, y que le hizo llegar el primero a la meta.

 

Esto es lo que había sucedido y lo que corrió de boca en boca entre los concurrentes. Y he ahí por qué los compañeros del excéntrico personaje le estrecharon afectuosamente la mano, por qué Max Real hizo lo mismo y por qué recibió palabras de gratitud de Lissy Wag y de Jovita Foley, la que le pidió y obtuvo permiso para abrazarle. La multitud le paseó por Chicago tan triunfalmente como había sido conducido a Oakswoods Cemetery tres meses y medio antes. Ahora ya no había nadie en la metrópoli que no supiera a qué atenerse sobre el desenlace del asunto que tanto había apasionado a todos.

 

Pero ¿se habían resignado los jugadores? No todos; mas, en suma, era preciso aceptar aquel inesperado desenlace.

 

Hermann Titbury, no obstante, no se conformaba con haber gastado inútilmente tanto dinero, corriendo de un extremo a otro de la Confederación. Así, pues, sólo pensaba en reembolsarse. De acuerdo con su esposa resolvió reanudar sus negocios, es decir, volver a su oficio de abominable usurero. ¡Infelices los pobres diablos que cayeran en las

 

 

 

 

 

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garras de aquel lobo!

 

Tom Crabbe no había comprendido nunca nada de aquellas aventuras, y John Milner esperaba que en fecha próxima se enfrentaría con boxeadores que le harían olvidar los famosos puñetazos del reverendo Hugh Hunter.

 

Harris T. Kymbale tomó filosóficamente su derrota, pues guardaba el recuerdo de sus interesantes viajes. No había alcanzado, sin embargo, el «record» de la distancia, pues sólo había recorrido unas diez mil millas, mientras que Hodge Urrican había pasado de las once mil. Nada impidió, pues, al periodista escribir en el Tribune un encendido artículo elogiando al resucitado del «Excentric Club».

 

En cuanto al comodoro, fue en busca de William J. Hypperbone, y, con su ímpetu habitual, le dijo:

 

—¡Esto no es correcto, señor mío! ¡Esto no está permitido! Cuando uno se muere, muerto está; y no se deja a las gentes correr tras su herencia…

 

—¡Lo siento, comodoro! —respondió William J. Hypperbone con amabilidad—. Usted comprenderá que yo no podía…

 

—Podía y debía usted. Además, si en vez de encerrarle en un ataúd se le hubiera puesto en el crematorio, esto no hubiera sucedido.

 

—¿Quién sabe, comodoro? ¡Tengo tanta suerte!

 

—Y como usted me ha engañado —añadió Hodge Urrican—, y yo no tolero que me engañen, me dará usted una satisfacción.

 

—Donde y cuando usted quiera.

 

Y aunque Turk juró por San Jonatás que devoraría el hígado de Hypperbone, su amo no procuró contenerle esta vez, y le envió al exdifunto para fijar el día y la hora del duelo.

 

Pero en cuanto entró Turk se contentó con decir a William J. Hypperbone:

 

—Mire usted, caballero: el comodoro Urrican no es tan feroz como parece.

 

En el fondo es un buen hombre, al que se lleva por donde uno quiere.

 

—¿Y usted viene de su parte?

 

 

 

 

 

 

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—A decirle a usted que lamenta sus palabras de ayer y a rogarle que acepte sus excusas.

 

El asunto quedó así zanjado, pues Hodge Urrican acabó por reconocer que se cubriría de ridículo. Felizmente para Turk, el terrible lobo de mar no supo jamás la forma en que había cumplido su mandato.

 

En fin, la víspera del día en que iba a celebrarse el matrimonio de Max Real y Lissy Wag, día 29 de julio, los novios recibieron la visita, no del venerable Humphry Weldon, algo encorvado por la edad, sino la de William J. Hypperbone, más joven que nunca, como observó muy bien Jovita Foley. El caballero, después de presentar sus excusas a Lissy Wag por no haberla dejado ganar la partida, declaró que, estuviese ella conforme o no, protestase o no su marido, acababa de depositar un nuevo testamento en casa del notario Tombrock, por el cual ordenaba hacer dos partes de su fortuna, dejando una de ellas a Lissy.

 

Inútil es decir el agradecimiento que mostraron a aquel hombre tan generoso como original. ¡Al fin Tommy estaba seguro de ser comprado por su amo a buen precio!

 

Quedaba Jovita Foley. Esta vivaz, elocuente y fiel joven no sentía envidia de la fortuna de su compañera. ¡Qué dicha para su amiga casarse con el que adoraba y encontrar en William J. Hypperbone un tío a quien heredar! En cuanto a ella, después de la boda volvería a reincorporarse a la casa de Mr. Marshall Field.

 

La boda se celebró al día siguiente, se puede decir que en presencia de toda la ciudad. El gobernador John Hamilton y William J. Hypperbone acompañaron a los esposos en aquella magnífica ceremonia.

 

Después, cuando los recién casados y sus amigos estuvieron de vuelta en casa de la señora Real, William J. Hypperbone, dirigiéndose a Jovita Foley, le dijo:

 

— Miss Foley, sepa que tengo cincuenta años.

 

—Usted se alaba, Mr. Hypperbone —respondió ella, riendo como sabía hacerlo.

 

—Tengo cincuenta años, y usted veinticinco.

 

 

 

 

 

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—Veinticinco, en efecto.

 

—Bien, pues si yo no he olvidado los rudimentos de la aritmética, veinticinco es la mitad de cincuenta.

 

¿Adónde quería ir a parar aquel caballero tan enigmático como matemático?

 

—Pues bien, Miss Foley: puesto que usted tiene la mitad de mi edad, si la aritmética no es una ciencia inexacta, ¿por qué no se convierte usted en la mitad de mí mismo?

 

¿Qué podía responder Jovita Foley a aquella proposición, tan originalmente formulada, sino lo que cualquiera otra hubiera respondido en su lugar?

 

 

 

Casándose con aquella amable joven, ¿se mostraba William J. Hypperbone tan excéntrico como lo exigía su condición de socio del «Excentric Club»? ¿No ejecutaba, por el contrario, un acto de buen gusto y sabiduría?

 

 

 

Y, para terminar, ante los sucesos tal vez inverosímiles que este relato contiene, no olvide el lector la circunstancia atenuante de que todo esto ha pasado en América.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Julio Verne

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jules Gabriel Verne, conocido en los países hispanohablantes como Julio Verne (Nantes, 8 de febrero de 1828 – Amiens, 24 de marzo de 1905), fue un escritor, poeta y dramaturgo francés célebre por sus novelas de aventuras y por su profunda influencia en el género literario de la ciencia ficción.

 

Nacido en el seno de una familia burguesa en la ciudad portuaria de Nantes, Verne estudió para continuar los pasos de su padre como abogado, pero muy joven decidió abandonar ese camino para dedicarse a escribir. Su colaboración con el editor Pierre-Jules Hetzel dio como fruto la creación de Viajes extraordinarios, una popular serie de novelas de aventuras escrupulosamente documentadas y visionarias entre las que se incluían las famosas Viaje al centro de la Tierra (1864), Veinte mil leguas de viaje submarino (1870) y La vuelta al mundo en ochenta días (1873).

 

Julio Verne es uno de los escritores más importantes de Francia y de toda Europa gracias a la evidente influencia de sus libros en la literatura vanguardista y el surrealismo, y desde 1979 es el segundo autor más traducido en el mundo, después de Agatha Christie. Es considerado, junto con H. G. Wells, el «padre de la ciencia ficción». Fue condecorado con la Legión de Honor por sus aportes a la educación y a la ciencia.

 

 

 

 

 

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