Libro N° 12903. El Testamento De Un Excéntrico. Verne, Julio.
© Libro N° 12903. El Testamento De Un
Excéntrico. Verne, Julio. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
Título original: ©
El Testamento De Un Excéntrico. Julio Verne
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De Un Excéntrico. Julio Verne
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© Edición,
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL TESTAMENTO DE UN EXCÉNTRICO
Julio Verne
El
Testamento De Un Excéntrico
Julio
Verne
textos.info
Biblioteca
digital abierta
Texto
núm. 2510
Título:
El Testamento de un Excéntrico
Autor:
Julio Verne
Etiquetas:
Novela
Editor:
Edu Robsy
Fecha de
creación : 14 de marzo de 2017
Edita
textos.info
Maison
Carrée
c/ Ramal,
48
07730
Alayor - Menorca
Islas
Baleares
España
Volumen I
I. Una
ciudad en plena alegría
Un
extranjero llegado a la ciudad más importante de Illinois en la mañana del día
3 de abril de 1897 hubiera podido, con perfecta razón, considerarse como un
favorito del dios de los viajeros. Su agenda se hubiera enriquecido dicho día
con notas curiosas, propias para hilvanar artículos sensacionales. Y, de haber
prolongado su estancia en Chicago durante algunos meses, hubiera tomado parte
en las emociones, la agitación, las alternativas de esperanza y
desfallecimiento, la fiebre, en suma, de aquella gran ciudad, que parecía haber
perdido el juicio.
Desde las
ocho de la mañana, una enorme multitud, siempre en aumento, se dirigía hacia el
Barrio Veintidós. Es éste uno de los más ricos, y está situado entre la Avenida
Norte y la División Street, siguiendo la dirección de los paralelos, y,
siguiendo la dirección de los meridianos, entre North Halstedt y Lake Shore
Drive, que bañan las aguas del Michigan. Es sabido que las ciudades modernas de
los Estados Unidos orientan sus calles en relación con las longitudes y
latitudes, dándoles la regularidad de líneas de un tablero de damas.
Un agente
de la policía municipal, que se hallaba de guardia en la esquina de Beethoven
Street y North Wells Street, murmuraba:
—¿Es que
toda la ciudad va a invadir este barrio? Era este agente un individuo de alta
estatura, de origen irlandés, como la mayor parte de sus compañeros, valerosos
guardias que gastan la casi totalidad de un sueldo de mil dólares en combatir
la inextinguible sed, tan natural a los nacidos en la verde Erín.
—¡Hoy
será día de provecho para los rateros! —respondió uno de sus compañeros, no
menos robusto que el primero, ni menos sediento e irlandés.
—Sí
—afirmó el otro—; es conveniente que cada cual vigile su bolsillo si no quiere
encontrarlo vacío al llegar a casa, pues nosotros no nos bastaremos para ello.
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—Hoy
—continuó el segundo— tendremos bastante trabajo con sólo ofrecer el brazo a
las señoras para ayudarlas a cruzar la calle.
—Apostaría
a que habrá un centenar de accidentes —añadió su compañero.
En
América, afortunadamente, hay la buena costumbre de protegerse uno a sí mismo,
sin esperar de la autoridad auxilios que es incapaz de dar.
Y, sin
embargo, ¡qué tumulto amenazaba al Barrio Veintidós si solamente la mitad de la
población de Chicago se trasladaba a él!
La
metrópoli no contaba entonces menos de un millón setecientos mil habitantes,
cuya quinta parte había nacido en los Estados Unidos, quinientos mil eran
alemanes y otros tantos irlandeses. El resto se componía de ingleses y
escoceses en número de cincuenta mil, cuarenta mil canadienses, cien mil
escandinavos, bohemios y polacos en igual proporción, amén de quince mil indios
y diez mil franceses.
Por lo
demás, la ciudad, según ha hecho observar Elíseo Reclus, no ocupa aún todo el
territorio municipal que los legisladores le han asignado sobre la ribera del
Michigan, o sea, una superficie de cuatrocientos setenta y un kilómetros
cuadrados, superficie casi igual a la del departamento del Sena. La población
debe, pues, crecer bastante para poblar la totalidad de estas cuarenta y siete
mil hectáreas.
Lo cierto
es que aquel día los curiosos afluían de las tres secciones que el río Chicago
forma con sus dos ramas del Noroeste y del Sudoeste, lo mismo del North Side
que del South Side, considerados, por algunos viajeros, el primero como el
barrio de Saint-Germain y el segundo como el de Saint-Honoré de la gran ciudad
de Illinois. Tampoco faltaba gente procedente de la parte occidental del ángulo
formado por los dos brazos del río, ni los residentes en las miserables moradas
de los alrededores de Madison Street y Clark Street, en su mayoría bohemios,
polacos, italianos y chinos.
Aquella
multitud dirigíase, pues, tumultuosamente hacia el Barrio Veintidós, y las
ochenta calles que a él conducen eran insuficientes para encauzar a semejante
muchedumbre.
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Había
personas de todas las clases sociales: funcionarios de Correos y del Federal
Building; magistrados de Court House; consejeros municipales de City Hall;
personal de ese inmenso parador público del «Auditorium», cuyas habitaciones se
cuentan por millares; dependientes de almacenes y bazares, como los de
«Marshall Field», «Lehmann» y «W. Kimball»; obreros de las fábricas de
mantequilla, de excelente calidad a diez centavos la libra; trabajadores de los
talleres del célebre constructor Pullmann, llegados desde su lejano barrio del
Sur; empleados de la importante casa «Montgomery Ward y Cía»; tres mil obreros
de «MacCormick»; los de los altos hornos, donde se fábrica el acero Bessemer;
los de las fábricas de «MacGregor Adams», que trabajan el níquel, el estaño, el
cinc, el cobre y refinan el oro y la plata; los de las fábricas de calzado,
cuyas máquinas están tan perfeccionadas que en minuto y medio pueden
confeccionar una botina; y también los mil ochocientos trabajadores de la casa
Elgin, que entregan al comercio dos mil relojes por día.
Añádase a
esta larga relación el personal ocupado en los silos de Chicago, que es el
primer mercado del mundo para los negocios de cereales; y preciso es añadir
también los agentes afectos a los ferrocarriles, que, por veintisiete vías
diferentes y con más de mil trescientos trenes, dejan diariamente en la ciudad
setenta y cinco mil viajeros, y los de los coches de vapor o eléctricos,
vehículos funiculares y otros, que transportan dos millones de personas, y, en
fin, la población marinera del vasto puerto, cuyo movimiento comercial ocupa
diariamente unos sesenta navíos.
Sería
preciso estar ciego para no advertir entre la multitud a los directores,
redactores y revisteros de los quinientos periódicos diarios o semanales de la
Prensa de Chicago, y preciso fuera estar sordo para no oír los gritos de los
bolsistas, bulls o alcistas y bears o bajistas, como si estuvieran anunciando
en la Cámara de Comercio o en Wheat Pitt la cotización del trigo. Y en torno de
esta muchedumbre se agitaba el personal de los Bancos nacionales o estatales:
«Corn Exchange», «Calumet», «Mer chants -Loane Trust and Co.», «Fort Dearbom»,
«Oakland», «Prairie-State», «American Trust and Savings», «Guarantee of North
America», «Dime Savings», «Northern Trust Co.», etc.
¿Y cómo
olvidar en aquella manifestación pública a los alumnos de los colegios y
universidades, Northwestern University, Union College of Law, Chicago School, y
tantos otros, y a los artistas de los veintitrés teatros y
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casinos
de la ciudad, tanto los del Grand Opera House como los del «Jacob’s Clark
Street Theater», los del Auditorium y del Liceo, y al personal de las
veintinueve fondas principales, y a los mozos y criados de los restaurantes,
bastante espaciosos para recibir veinticinco mil comensales por hora, ni
olvidar, en fin, a los tablajeros de «Great Union Stock Yard», que por cuenta
de las casas Armour, Swift, Nelson, Morris y tantos otros, sacrifican millones
de vacas y cerdos a dos dólares por cabeza? ¿Quién se asombrará, pues, de que
la Reina del Oeste ocupe el segundo lugar, después de Nueva York, entre las
ciudades industriales y comerciales de los Estados Unidos, puesto que sus
negocios alcanzan la cifra anual de treinta milliards?
Sabido es
que en Chicago, al igual que en las grandes ciudades americanas, se goza de una
libertad tan absoluta como democrática. Allí la descentralización es completa,
y, si es permitido el juego de palabras, podemos preguntar: ¿qué movía aquel
día a la población de Chicago a centralizarse en torno de La Salle Street?
¿Era
acaso hacia City Hall adónde la población se dirigía tumultuosamente? ¿La
impulsaban ansias de especulación acerca de algunas favorables adjudicaciones
de terreno? ¿Se trataba de una de esas luchas electorales que apasionan a la
multitud, de un mitin donde contenderían los republicanos conservadores y los
demócratas liberales? ¿Se trataba de inaugurar una nueva Exposición Universal y
recomenzar, a la sombra del Lincoln Park, las solemnes ceremonias de 1893?
No. Se
preparaba un acto de distinto género, cuyo carácter hubiera sido profundamente
triste si sus organizadores no hubiesen tenido que conformarse a la voluntad
del personaje que la disponía, realizándola en medio de la alegría universal.
La Salle
Street estaba en aquel momento completamente despejada, gracias a los agentes
apostados en gran número en sus dos extremos. El cortejo que se disponía a
recorrerla podría, pues, extender sin obstáculos sus olas procesionales.
Aunque La
Salle Street no es buscada por los americanos ricos, como lo son las avenidas
de La Prairie, del Calumet y de Michigan, donde se construyen opulentas
moradas, es, no obstante, una de las calles más frecuentadas de la ciudad.
Lleva el nombre de un francés, Robert Cavelier de La Salle, que en 1679 exploró
la región de los Lagos.
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El
espectador que hubiera podido franquear la doble barrera formada por los
agentes habría visto, hacia el centro de La Salle Street y en el ángulo de
Goethe Street, una carroza tirada por seis caballos, parada ante una casa de
magnífica apariencia. Delante de la carroza y tras ella, un cortejo, en buen
orden, no esperaba más que la señal para ponerse en marcha.
La
primera mitad de este cortejo estaba compuesta de varias compañías de la
milicia, vestidas de gala, a las órdenes de sus oficiales, de una orquesta de
cien profesores, y un coro de orfeonistas en igual número, que debía mezclar
sus cantos a la orquesta.
La
carroza estaba cubierta de tela roja, bordada en oro, y en ella, formadas de
diamantes, se leían las letras W. J. H. Veíanse en gran profusión ramos y
brazadas de flores, que hubieran sido raras en cualquier otra parte que no
fuese una población generalmente llamada Ciudad Jardín. De lo alto del
vehículo, digno de figurar en una fiesta nacional, pendían hasta el suelo
algunas guirnaldas, que sostenían seis personas, tres a la derecha y tres a la
izquierda.
Algunos
pasos más atrás veíase un grupo formado por unos veinte personajes, entre ellos
James T. Davidson, Gordon S. Allen, Harry B. Andrews, John I. Dickinson, Thomas
R. Carlisle, etc., del Excentric Club de Mohawk Street, del que era presidente
Georges B. Higginbotham, por los miembros de los círculos del Calumet de
Michigan Avenue, de Hyde Park de Washington Avenue, de Columbus de Monroe
Street, de la Union League de Custom House Place, del Irish American de Dearbom
Street y de los otros catorce clubs de la ciudad.
Sabido es
que en Chicago radica el cuartel general de la división del Missouri y la
residencia habitual del comandante, y claro es que este comandante, el general
James Morris, su estado mayor y la oficialidad de sus oficinas, instaladas en
Pullman Building, formaban parte del grupo mencionado. Además, estaban allí el
gobernador, John Hamilton, el alcalde y sus adjuntos, los miembros del Consejo
municipal, los comisarios administradores del condado, llegados expresamente de
Springfield, capital oficial de Illinois, donde están establecidos los
distintos servicios, y también los magistrados del Federal Court, que, al
contrario de tantos otros funcionarios, no son nombrados por sufragio, sino por
el Presidente de la Unión.
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Al final
del cortejo se codeaban multitud de negociantes, industriales, ingenieros,
profesores, abogados, agentes, médicos, dentistas, jueces, procuradores y
magistrados.
Con
objeto de proteger este grupo final contra la invasión de la multitud, el
general James Morris había colocado fuertes destacamentos de caballería, con el
sable desenvainado, y cuyos estandartes flotaban a impulsos de una suave brisa.
La
extensa descripción de todos los cuerpos civiles o militares, de todas las
sociedades o corporaciones que tomaban parte en aquella extraordinaria
ceremonia debe completarse con un detalle muy significativo: los asistentes,
sin exceptuar uno solo, llevaban una flor en el ojal, una gardenia que les
había sido ofrecida por el mayordomo vestido de negro, apostado en la escalera
del hotel.
Este
hotel había tomado aire de fiesta. Sus bombillas eléctricas resplandecían,
luchando con los vivos rayos del sol de abril. Sus ventanas, abiertas de par en
par, lucían colgaduras multicolores. Los criados, con librea de gala, se
escalonaban en los peldaños de mármol de la escalera de honor. Los salones
habían sido dispuestos para una reunión solemne. Los comedores estaban llenos
de mesas, sobre las que brillaban los fruteros de plata maciza, la maravillosa
vajilla de los millonarios de Chicago y las copas de cristal llenas de vinos
exquisitos y de champaña de las mejores marcas.
En el
reloj de City Hall dieron las nueve. Algunas charangas sonaron en la extremidad
de La Salle Street. Tres hurras, lanzados unánimemente, llenaron el espacio. A
una señal del superintendente de policía, el cortejo se puso en marcha con
banderas desplegadas.
En primer
lugar, de los formidables instrumentos de orquesta se escaparon los compases de
la Columbus March, del profesor John K. Paine, de Cambridge. Con lentitud y
orden efectuóse el desfile, subiendo por La Salle Street. Casi en seguida la
carroza se puso en marcha al paso de seis caballos, lujosamente empenachados.
Las guirnaldas de flores se tendieron en las manos de los seis privilegiados,
cuya elección parecía deberse a los fantásticos caprichos del azar.
Después,
los clubs, las autoridades militares, civiles y municipales, y las masas que
seguían a los destacamentos de caballería avanzaron en orden
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perfecto.
Inútil es
decir que las puertas, ventanas, balcones y hasta los tejados de La Salle
Street estaban llenos de espectadores de toda edad, de los que la mayor parte
ocupaba su sitio desde la víspera.
Cuando
las primeras filas del cortejo llegaron al extremo de la calle, torcieron un
poco hacia la izquierda para tomar la avenida que conduce a Lincoln Park. ¡Qué
inverosímil hormigueo de gente sobre los doscientos cincuenta acres de aquel
admirable cercado, bañado al Este por las temblorosas aguas del Michigan, con
sus alamedas sombrías, sus bosques, su césped, su lago Winston, sus monumentos
erigidos en memoria de Grant y de Lincoln, y su departamento zoológico, donde
las fieras rugían y los monos brincaban, como si quisieran ponerse al unísono
con la popular agitación! Como el parque suele estar desierto durante los días
laborables, un extranjero hubiera podido preguntarse si aquel día era domingo…
¡No! Era un viernes, el triste y fastidioso viernes, en que aquel año caía el
día 3 de abril.
Pero esto
no preocupaba a los curiosos, que cambiaban sus impresiones al paso del
cortejo, del que sin duda sentían no formar parte.
—Ciertamente
—decía uno—, esto es tan hermoso como la ceremonia inaugural de nuestra
Exposición.
—Es
verdad —respondía otro—, y vale tanto como el desfile del veinticuatro de
octubre en Midway Plaisance.
—Y los
seis que marchan junto a la carroza… —exclamó un marinero.
—Ésos
volverán con la bolsa llena —añadió un obrero de la fábrica Cormick.
—He ahí
gente que ganará buenos lotes —murmuraba un corpulento cervecero, que sudaba
cerveza por todos sus poros—. Mil pesos de oro daría por estar en su pellejo.
—Y no
perdería usted nada —replicaba un vigoroso leñador de los Stock Yards.
—Un día
que les reportará grandes beneficios —se repetía en torno.
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—Sí… Su
fortuna está hecha…
—¡Y qué
fortuna!
—Diez
millones de dólares a cada uno.
—Veinte,
querrá usted decir…
—¡Más
cerca de los cincuenta que de los veinte!
En el
terreno a que se habían lanzado aquellas buenas gentes hubieran llegado al
milliard, palabra que, por otra parte, es pronunciada frecuentemente en los
Estados Unidos. Pero debemos advertir que todos aquellos dichos no descansaban
sólo en simples hipótesis.
Ahora
bien: ¿iba acaso el cortejo a dar la vuelta a la ciudad? Si su propósito era
éste, no sería suficiente el día entero para que fuera realizado.
Fuere lo
que fuere, siempre con las mismas demostraciones de alegría, siempre entre los
compases de la orquesta y los cantos de los orfeonistas, que acababan de
entonar el To the Son of Art entre los vítores y los hurras de la multitud, la
larga e interrumpida columna llegó a la entrada de Lincoln Park, a la que se
une Fullerton Avenue. Tomó entonces por la izquierda y caminó en dirección
Oeste, durante unas dos millas, hasta el brazo septentrional del río Chicago.
Franqueado
el puente, el cortejo siguió por Brand Street, esa magnífica arteria que lleva
el nombre de bulevar Humboldt en un recorrido de once millas, y volviendo al
Sur después de haber ido hacia el Oeste. Siguió esta dirección en el ángulo de
Logan Square, cuando los agentes, no sin trabajo, abrieron paso entre la
quíntuple hilera de curiosos.
Desde
este punto, la carroza rodó hasta Palmer Square y se detuvo ante el parque, que
lleva igualmente el nombre del ilustre sabio prusiano.
Era
mediodía. En Humboldt Park se hizo una parada de treinta minutos, muy
justificada, pues el paseo debía ser aún largo. La multitud se extendió sobre
aquellos verdes terrenos, cuya superficie excede de 200 acres.
Detenida
la carroza, orquesta y cantantes atacaron el Star Spangled Banner, que fue tan
aplaudido como lo hubiera sido en el Casino.
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A las dos
de la tarde llegóse al Garfield Park, el punto más al Oeste que el programa
marcaba. Como puede observarse, en la gran ciudad de Illinois no faltaban los
parques. Podríamos enumerar por lo menos quince de importancia; el de Jackson
no mide menos de 586 acres, y en total cubren 2000 acres de sotos, matorrales y
bosques.
Cuando
fue rebasado el ángulo que forma el bulevar Douglas al doblar hacia el Este, el
desfile tomó esta dirección a fin de alcanzar Douglas Park, y desde allí, por
el South West, franqueó la rama meridional del río Chicago, y después el canal
de Michigan. Sólo fue preciso descender al Sur, a lo largo de Western Avenue,
en una extensión de tres millas, para encontrar Gage Park.
Eran
entonces las tres, y se hizo una nueva parada antes de volver hacia los barrios
del este de la ciudad.
Esta vez
la orquesta hizo furor, tocando con extraordinario brío las más arrolladoras
piezas del repertorio de los Lecocq, los Varney, los Audran y los Offenbach.
Parece increíble que aquella gente no rompiese a bailar bajo la acción de
aquella música; en Francia nadie hubiera resistido.
El tiempo
era magnífico, aunque fresco. En los primeros días de abril el período invernal
no ha terminado en Illinois, y la navegación del lago Michigan y del río
Chicago está generalmente interrumpida desde principios de diciembre a fines de
marzo.
Pero,
aunque la temperatura fuera aún fría, la atmósfera estaba despejada, y el sol,
en un cielo sin nubes, derramaba tan vividos resplandores cual si también
estuviera de fiesta, como dicen los revisteros de la prensa oficiosa, y todo
parecía presentarse magníficamente hasta la noche.
La
multitud no disminuía. A los curiosos de los barrios del norte sustituían los
de los barrios del sur, que valían tanto como aquéllos por las muestras de
animación, por el entusiasmo y los hurras que lanzaban al paso del cortejo.
En lo que
se refiere a los diversos grupos, el cortejo se conservaba tal como el
principio ante el hotel de La Salle Street, y prometía continuar de igual forma
hasta el final de su largo itinerario.
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Al salir
de Gage Park, la carroza volvió directamente hacia el Este por el bulevar
Garfield.
En la
extremidad de este bulevar se despliega con toda su magnificencia Washington
Park, que abarca una extensión de 370 acres.
La
multitud se agolpaba como lo hiciera, años atrás, cuando la gran Exposición
organizada en su vecindad. A las cuatro el cortejo hizo una parada de media
hora, durante la cual los orfeonistas ejecutaron Alabemos a Dios, de Beethoven,
obteniendo nutridos aplausos de innumerable auditorio.
Después
continuó el paso bajo la sombra del parque, hasta la parte que, con Midway
Plaisance, comprende el conjunto de la Exposición Universal, en el vasto
espacio de Jackson Park, sobre el mismo litoral del lago Michigan.
¿Dirigíase
la carroza hacia aquel célebre lugar? ¿Tratábase, acaso, de una ceremonia de
celebración anual, cuya memoria no olvidaba ningún habitante de la ciudad?
No…
Después de haber dado la vuelta a Washington Park Club por Cottage Grove
Avenue, las primeras filas de la milicia se detuvieron ante un parque que los
ferrocarriles rodean con sus múltiples vías en aquel barrio populoso.
El
cortejo se detuvo, y antes de que se internara bajo la sombra de las magníficas
encinas, los instrumentistas interpretaron uno de los más arrebatadores valses
de Strauss.
¿Pertenecía
este parque a un casino, y un inmenso vestíbulo aguardaba a aquella multitud
concentrada para asistir a algún festival nocturno y carnavalesco?
Las
puertas acababan de abrirse de par en par y sólo a costa de grandes esfuerzos
conseguían los agentes contener a la multitud, más numerosa en aquel sitio, más
animada y más desbordante. Aquella vez, a diferencia de las otras, el gentío no
había invadido el parque, protegido por varios destacamentos de la milicia, y
la carroza penetró en aquel recinto, final de un recorrido de cerca de quince
millas a través de la inmensa ciudad.
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Este
lugar no era realmente un parque: era el Oakswoods Cemetery, el mayor de los
once cementerios de Chicago. Y aquella carroza era una carroza funeraria que
transportaba a su última morada los restos mortales de William J. Hypperbone,
uno de los miembros del Excentric Club.
14
II.
William J. Hypperbone
El hecho
de que los señores James T. Davidson, Gordon S. Allen, Harry B. Andrews, John
I. Dickinson, Georges B. Higginbotham y Thomas R. Carlisle hayan sido citados
entre los personajes que iban tras la carroza fúnebre, no hay que deducir que
fuesen los miembros más conocidos del Excentric Club.
En
realidad, lo que de más excéntrico había en su manera de vivir en este mundo,
era pertenecer al citado club de Mohawk Street.
Tal vez
estos hijos de Jonatán, enriquecidos en los múltiples y fructíferos negocios de
terrenos, salazones, petróleo, ferrocarriles, minas, cría de ganado y tala de
bosques, habían abrigado el propósito de separar a sus compatriotas de los
cincuenta Estados de la Unión, y ello por extravagancias ultraamericanas. Pero
su vida pública y privada nada ofrecía que pudiera llamar la atención de la
gente. Los mayores contribuyentes, de gran fortuna, eran irnos cincuenta; sin
relaciones continuas con la sociedad de Chicago, muy asiduos a sus salones de
lectura y de juego, para leer en los primeros gran número de periódicos y
revistas, y para jugar en los segundos. A menudo, comentando hechos de su vida,
de lo que habían hecho en el pasado o de lo que hacían en el presente,
exclamaban:
—En
verdad no puede llamársenos excéntricos.
Sin
embargo, uno de los miembros de este círculo parecía demostrar más disposición
para la originalidad que sus colegas. Aunque todavía no se había distinguido en
la realización de excentricidades, contábase con que en el porvenir acabaría
por justificar el nombre prematuramente ostentado por el célebre club.
Pero,
desgraciadamente, William J. Hypperbone acababa de morir. Cierto es que lo que
en vida no había realizado, acababa de hacerlo en cierto modo después de su
muerte, puesto que, por su expresa voluntad, sus funerales se celebraban aquel
día en medio de la general alegría.
15
En la
época en que su existencia había bruscamente terminado, William J. Hypperbone
no había pasado aún los cincuenta años. A esta edad era un buen tipo, alto,
ancho de espaldas, de tórax fuerte y complexión recia, y con elegante y noble
porte. Tenía los cabellos castaños, cortados al rape; la barba en forma de
abanico, suave y con algunos hilos de plata; los ojos, de un azul oscuro,
mostraban sus pupilas ardientes bajo espesas cejas; la boca, donde no faltaba
un diente, era de apretados labios, cuyas comisuras se levantaban ligeramente
Todos aquellos rasgos revelaban un temperamento inclinado a la burla y hasta al
desdén.
Este
soberbio tipo de americano del Norte gozaba de una salud de hierro. Jamás un
médico le había tomado el pulso, examinado la lengua, reconocido la garganta,
auscultado el pecho, escuchado los latidos del corazón ni tomado con el
termómetro la temperatura del cuerpo. Y, sin embargo, los médicos abundan en
Chicago, así como los dentistas, todos de gran habilidad en su profesión. Pero
jamás existió motivo alguno para que la ejercieran en la persona de William J.
Hypperbone.
Hubiera
podido afirmarse, pues, que ninguna máquina —aunque tuviese la fuerza de cien
doctores— sería capaz de sacarle de este mundo para trasladarle al otro; y, no
obstante, había muerto sin la ayuda de la Facultad, y la carroza fúnebre que
conducía sus restos deteníase ahora ante la puerta de Oakswoods Cemetery.
Para
completar el retrato físico del personaje con el retrato moral, conviene añadir
que William J. Hypperbone era de temperamento muy frío, contaba con lo positivo
y nunca perdía el dominio de sí mismo. Hallaba que la vida tiene algo de bueno
porque era filósofo, y la filosofía puede practicarse fácilmente cuando una
gran fortuna y la carencia de preocupaciones sobre la salud y la familia
permiten unir la benevolencia a la generosidad.
Así,
pues, ¿era lógico esperar algún acto de excentricidad de naturaleza tan
práctica y tan equilibrada? ¿Había en el pasado de este americano algún hecho
que así pudiera hacerlo creer?
Sí; había
uno, en efecto.
A la edad
de cuarenta años, William J. Hypperbone había pensado en casarse legítimamente
con una centenaria del Nuevo Continente, el nacimiento de la cual databa de
1781, el mismo día en que la capitulación
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de Lord
Comwallis obligó a Inglaterra a reconocer la independencia de los Estados
Unidos. Pero William J. Hypperbone no tuvo tiempo de realizar sus propósitos,
ya que, cuando iba a pedir su mano, la digna Miss Antonia Burgoyne murió de un
acceso de tosferina infantil. Sin embargo, fiel a la memoria de la venerable
señorita, permaneció soltero, y esto bien puede pasar por tina excentricidad.
Desde
entonces nada podía turbar su vida, pues no pertenecía a la escuela del gran
poeta que ha llegado hasta a decir en versos magníficos: Oh muerte, diosa
sombría, donde todo entra y se esfuma,
en tu
seno hecho de estrellas toma de nuevo a tus hijos; libéralos del espacio, del
tiempo y de la envoltura; devuélveles el reposo que la vida ha interrumpido.
En
verdad, ¿por qué había de pensar William J. Hypperbone en la diosa sombría? ¿Le
habían molestado, acaso, el tiempo, el espacio y la envoltura? ¿No le había
sonreído en todo la fortuna? ¿No era el gran favorito de la suerte, que siempre
y en toda ocasión le había colmado de favores? A los veinticinco años, dueño ya
de cierta fortuna, había sabido decuplicarla, centuplicarla y hacerla mil veces
mayor en felices especulaciones, al abrigo de todo contratiempo. Natural de
Chicago, no había tenido más que seguir el prodigioso crecimiento de esta
ciudad, cuyas 47 000 hectáreas, según afirma un viajero, que valían 2500
dólares en 1823, valen actualmente 8 milliards.
Comprando
terrenos a bajo precio y en buenas condiciones y revendiéndolos luego a dos mil
y tres mil dólares la yarda para construir edificios de veintiocho pisos,
añadiendo a ese beneficio lo ganado en negocios de petróleo y ferrocarriles,
William J. Hypperbone pudo enriquecerse hasta dejar a su muerte una fortuna
enorme. Miss Antonia Burgoyne había hecho ciertamente un mal negocio al no
contraer tan beneficioso enlace.
Pero, en
fin, si no es asombroso que la inexorable muerte hubiese arrebatado a la
centenaria, sí lo es que William J. Hypperbone, en la plenitud de su vida,
fuera a reunirse con ella en un mundo que él no tenía motivo para creer mejor
que éste.
Y ahora
que él había muerto, ¿quién heredaría los millones del honorable miembro del
Excentric Club?
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En primer
lugar podría preguntarse si este club no sería instituido heredero universal
del primero de sus miembros que desde su fundación abandonaba la existencia, lo
que tal vez animaría a sus colegas a seguir más tarde este ejemplo.
Es
preciso notar que William J. Hypperbone vivía en el Círculo de Mohawk Street
más que en su hotel de La Salle Street. Allí hacía sus comidas y pernoctaba;
allí tenía sus placeres, el más vivo de los cuales era el juego, no el
chaquete, ni el trictrac, ni tampoco los naipes, ni el bacará, ni el treinta y
cuarenta, ni el lansquenete, ni el póquer, ni aun el pique o el whist
, sino el que él había introducido en su
Círculo y que prefería a todos: el juego de la oca, el noble juego de los
griegos. Resultaba imposible decir hasta qué punto William J. Hypperbone se
apasionaba por él, pasión que había acabado por conquistar a sus colegas. Se
emocionaba al saltar de una a otra casilla a capricho de los dados, al cruzar
sobre «el puente», al perderse en «el laberinto», al encerrarse en «la
prisión», al tropezar con «la calavera», al visitar las casillas «del marino»,
«del pescador», «del puerto», «del molino», «del león», etc.
Obvio es
decir que no eran pequeñas las primas a pagar, según las reglas de este juego,
por los opulentos personajes del Excentric Club; alcanzaban a miles de dólares,
y el afortunado, pese a su riqueza, experimentaba vivísimo placer al embolsarse
la fuerte suma. William J. Hypperbone pasaba los días en su Círculo desde hacía
diez años, limitándose a dar algún paseo por la orilla del lago Michigan. Sin
haber tenido nunca el afán de los americanos de correr mundo, sus viajes se
habían limitado a los Estados Unidos. Así, pues, ¿por qué sus colegas, con los
que había mantenido estrechas relaciones, no habían de heredarle? ¿No eran los
únicos de sus semejantes a los que había estado unido por los lazos de la
simpatía y la amistad? ¿No habían ellos participado de su inmoderada pasión por
el noble juego de la oca y luchado con él en este terreno donde el azar
proporciona tantas sorpresas? ¿Por qué no habría de tener William J. Hypperbone
el pensamiento de fundar un premio anual en honor de aquel de sus cofrades que
hubiese ganado más partidas desde el primero de enero al 31 de diciembre?
Tiempo es
de declarar que el difunto no tenía familia, ni heredero directo o colateral,
ni pariente alguno en el grado de sucesión. De manera que, si había muerto sin
disponer de su fortuna, ésta iría, naturalmente, a la República Federal, que,
como cualquier otro Estado monárquico, la
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aceptaría
sin hacerse de rogar.
Por lo
demás, para conocer la última voluntad del difunto bastaba ir a Sheldon Street,
número 17, a casa del notario Tombrock, y preguntarle, en primer lugar, si
existía un testamento de William J. Hypperbone, y, después, cuáles eran sus
cláusulas y condiciones.
—Señores
—respondió Tombrock a Georges B. Higginbotham, el presidente, y Thomas R.
Carlisle, delegados por el Círculo para visitar al grave notario—, esperaba su
visita, que me honra.
—Y que
nos honra igualmente —respondieron, inclinándose, los dos miembros del Club.
—Pero
—añadió el notario— antes de ocuparse del testamento conviene ocuparse de los
funerales del difunto.
—Respecto
a ese punto —respondió Georges B. Higginbotham—, ¿no deben celebrarse con la
magnificencia digna de nuestro compañero?
—Sólo me
toca conformarme a las instrucciones de mi cliente, contenidas en este pliego
—dijo el notario, mostrando un sobre cuyo sello había roto.
—¿Y esos
funerales serán…? —preguntó Carlisle.
—Suntuosos
y alegres a la vez, señores, con acompañamiento de músicos y cantantes, y
también con el concurso del público, que no rehusará lanzar alegres hurras en
honor de William J. Hypperbone.
—No
esperaba menos de un miembro de nuestro Club —dijo el presidente, haciendo un
movimiento de aprobación.
Tombrock
añadió:
—William
J. Hypperbone ha manifestado también su última voluntad de que la población de
Chicago esté representada en sus exequias por una comisión de seis personas
sacadas a la suerte en circunstancias especiales. Acariciando este proyecto, él
había, desde hace algunos meses, reunido en una urna los nombres de todos sus
conciudadanos de ambos sexos comprendidos entre los veinte y los sesenta años.
Siguiendo sus instrucciones, y en presencia del alcalde y sus adjuntos, procedí
ayer al sorteo, dando después a los elegidos conocimiento por medio de una
19
carta que
contenía las disposiciones del difunto, y les he invitado a ocupar el primer
puesto a la cabeza del cortejo, suplicándoles no rechazaran el deber de
rendirle los honores póstumos.
—Se
guardarán mucho de faltar —exclamó Thomas B. Carlisle—, pues es de suponer que
serán especialmente favorecidos por el testador, y quizás instituidos sus
únicos herederos.
—Es
posible —dijo el notario—, y no me asombraría.
—¿Y qué
condiciones deben reunir esas personas elegidas al azar? —preguntó Georges B.
Higginbotham.
—Una sola
—respondió el notario—. La de haber nacido y estar domiciliados en Chicago.
—¿Y
ningún otro requisito?
—Ninguno
más.
—Comprendido —respondió Thomas B. Carlisle—. Y ahora, Mr.
Tombrock,
¿cuándo debe usted abrir el testamento?
—Quince
días después del fallecimiento.
—¿Quince
días?
—Así lo
indica esta nota que le acompaña. Por consecuencia, el día 15 de abril.
—¿Y por
qué esa espera?
—Porque
mi cliente ha querido, antes de poner al público al corriente de su última
voluntad, que se tuviese la seguridad de que había irrevocablemente pasado a
mejor vida.
—¡Era un
hombre práctico nuestro amigo Hypperbone! —afirmó Georges B. Higginbotham.
—En tales
circunstancias no se es nunca demasiado prudente —añadió Thomas B. Carlisle—, y
a menos de hacerse incinerar…
—Y aun
así —se apresuró a declarar el notario— se corre el riesgo de ser
20
quemado
vivo.
—Sin duda
—añadió el presidente—; pero, practicada la operación, tiene la seguridad de
estar muerto.
Fuera lo
que fuese, no se había procedido a la incineración del cadáver del millonario
William J. Hypperbone, que había sido encerrado en un ataúd y colocado bajo las
colgaduras de la carroza fúnebre.
No hay
que explicar el prodigioso efecto que la noticia del fallecimiento de William
J. Hypperbone causó en la ciudad.
He aquí
lo que se supo desde el primer momento:
El 30 de
marzo por la tarde el honorable miembro del Excentric Club estaba sentado con
dos de sus compañeros ante la mesa del noble juego de la oca. Acababa de hacer
una jugada, sacando un nueve que le enviaba a la casilla cincuenta y seis. De
repente, su faz se congestionó y sus miembros se pusieron rígidos. Probó de
levantarse y se tambaleó, extendiendo las manos. Y hubiera caído al suelo si
John T. Dickinson y Harry B. Andrews no le hubiesen recibido en sus brazos y
depositado en un diván.
Precipitadamente
mandóse a buscar un médico. Acudieron dos. Declararon que William J. Hypperbone
había fallecido a consecuencia de una congestión cerebral, y aquella
conclusión, en boca del célebre doctor H. Bumham, de Cleveland Avenue, y del no
menos afamado doctor S. Buchanan, de Franklin Street, significaba que todo
había terminado.
Una hora
después el difunto había sido trasladado a su hotel, donde el notario Tombrock,
avisado rápidamente, llegó sin perder un instante.
El primer
cuidado del notario fue abrir el pliego que contenía las disposiciones del
difunto relacionadas con sus exequias. Primeramente, él era invitado a sacar a
la suerte las seis personas que debían unirse al cortejo, de entre los
centenares de miles de nombres contenidos en una enorme urna colocada en el
centro del vestíbulo.
Cuando
esta extraña cláusula fue conocida, una nube de periodistas acosó al notario,
tanto los revisteros del Chicago Tribune, del Chicago Inter-Ocean, del Chicago
Evening Journal, que son republicanos o
21
conservadores,
como los del Chicago Globe, Chicago Herald, Chicago Times, Chicago Mail,
Chicago Evening Post, que son demócratas o liberales, como los del Chicago
Daily News, Daily News Record, Freie Presse y Staats Zeitung, de política
independiente. El hotel de La Salle Street no se desocupó durante el resto de
la jornada. Y lo que aquellos desenterradores de noticias, aquellos proveedores
de sueltos, aquellos redactores de crónicas sensacionales, querían arrancarse
los unos a los otros no eran los detalles relativos a la muerte de William J.
Hypperbone, ni las causas que pudieron habérsela producido. No. Eran los
nombres de los seis privilegiados que iban a salir de la urna.
El
notario Tombrock, asediado por los periodistas, salió del aprieto como hombre
eminentemente práctico, como lo son en alto grado la mayor parte de sus
compatriotas. Ofreció sacar aquellos nombres a pública subasta y facilitarlos
al periódico que pagase el precio más elevado, con la reserva de que la suma
ofrecida sería repartida entre dos de los veintiún hospitales de la ciudad.
Adjudicóse
la lista al Tribune, que pujó hasta diez mil dólares, después de encarnizada
lucha con el Chicago Inter-Ocean.
Pero,
también, ¡qué triunfo al día siguiente, para el poderoso periódico, y qué
beneficios realizó con su tirada suplementaria de 2.500 000 ejemplares! Fue
preciso enviarlo por centenares de miles a los cincuenta Estados de que la
Unión se componía en aquella época.
Los
vendedores vociferaban:
—¡Los
nombres de los felices mortales que el escrutinio ha elegido entre la población
de Chicago!
Eran los
seis favorecidos.
Por lo
demás, el Tribune tenía por costumbre estas audacias. Y ¿a qué no podía
atreverse el bien informado periódico de Madison Street, que tiene un
presupuesto de un millón de dólares, y cuyas acciones, emitidas a mil dólares,
valen hoy veinticinco mil?
Sin
hablar de este número del 1.º de abril, el Tribune publicó los seis nombres en
una lista especial, que sus agentes distribuyeron profusamente hasta en las
aldeas más lejanas de la República de los
22
Estados
Unidos.
He aquí
el orden en que la suerte había designado estos nombres, que
iban a circular por el mundo durante muchos meses, ligados a
extraordinarias
aventuras, de las que no hubiera podido formarse idea el
novelista
de mayor imaginación:
Max Real.
Tom
Crabbe.
Hermann
Titbury.
Harris T.
Kymbale.
Lissy
Wag.
Hodge
Urrican.
Como se
ve, de estos seis personajes cinco pertenecían al sexo fuerte y uno al débil,
si es que este calificativo es exacto tratándose de mujeres americanas.
Sin
embargo, la curiosidad pública no quedó enteramente satisfecha en el primer
momento. El Tribune no pudo informar con la rapidez deseada por sus
innumerables lectores acerca de la condición, clase social y domicilio de los
seis elegidos.
Además,
se imponía formular la pregunta de si vivían todavía. El hecho de colocar los
nombres en la urna databa ya de algún tiempo, de algunos meses; y admitiendo
que ninguno de los favorecidos por la suerte hubiera fallecido, podría suceder
que uno o varios de ellos no residieran ya en la ciudad.
Por lo
demás, si podían hacerlo, no había duda de que acudirían a ocupar su puesto en
torno de la carroza fúnebre. ¿Era de presumir que respondiesen con una
negativa, que no accedieran a la invitación original, pero seria, de William J.
Hypperbone —excéntrico, por lo menos, después de su muerte—, y que renunciasen
a las ventajas que indudablemente les reservaba el testamento depositado en
casa del notario Tombrock?
¡No! Allí
estarían todos, pues ellos podían con justa razón considerarse herederos de la
enorme fortuna del difunto, y la herencia escaparía ciertamente a la ambición
del Estado.
Y esto se
vio cuando, tres días después, los «Seis», que ni se conocían siquiera,
aparecieron en la escalera del hotel de La Salle Street, ante el
23
notario,
que, tras asegurarse de la identidad de cada uno de ellos, puso en sus manos
las guirnaldas de la carroza.
¡De qué
curiosidad fueron objeto y qué envidia despertaron! Por orden de William J.
Hypperbone debía ser prohibida toda señal de duelo en aquellos extraordinarios
funerales, y los «Seis», conforme a esta cláusula publicada por los periódicos,
vestían trajes de fiesta, trajes que por su calidad y corte demostraban que
aquellas personas pertenecían a distintas clases sociales.
Fueron
colocados del siguiente modo:
En primer
lugar, Max Real a la derecha y Lissy Wag a la izquierda.
En
segundo lugar, Hermann Titbury a la derecha y Hodge Urrican a la izquierda.
En
tercero, Harris T. Kymbale a la derecha y Tom Crabbe a la izquierda.
Mil
hurras les saludaron cuando tales disposiciones fueron tomadas; hurras a los
que unos respondieron con un gesto amable, y a los que otros no respondieron.
Dada la
señal por el superintendente de policía, se pusieron en marcha, y así siguieron
durante ocho horas las calles, avenidas y bulevares de la gran ciudad de
Chicago.
Seguramente
los seis invitados a las exequias de William J. Hypperbone no se conocían; pero
no tardaron en entablar relaciones. Y como la avaricia humana es incansable,
¡quién sabe si estos candidatos a la futura herencia no se consideraban ya como
rivales, temiendo que aquélla fuese entregada a un solo heredero en vez de ser
repartida entre los seis!
Se ha
visto cómo se realizaron los funerales, con qué prodigioso concurso de público
se efectuaron sus pompas fúnebres desde La Salle Street hasta Oakswoods
Cemetery, de qué piezas de música y canto, que nada tenían de fúnebre, fueron
acompañados, y qué alegres exclamaciones fueron lanzadas en honor del difunto.
24
Ahora
sólo resta penetrar en el recinto de los muertos y depositar en el fondo de su
tumba, para que duerma en ella el sueño eterno, el que fue William J.
Hypperbone, del Excentric Club.
25
III.
Oakswoods
El nombre
de Oakswoods indica que el sitio ocupado por este cementerio estuvo en otro
tiempo cubierto de un bosque de robles, el árbol por excelencia de las vastas
soledades de Illinois, antiguamente llamadas Pradera State a causa de la
exuberancia de su vegetación. De todos los monumentos funerarios que contenía
este cementerio —algunos de gran precio—, ninguno podía ser comparado al que
William J. Hypperbone había hecho construir algunos años antes para su uso
personal.
Sabido es
que los cementerios americanos, como los cementerios ingleses, son verdaderos
parques. No falta en ellos nada de lo que puede encantar la vista: ni césped,
ni sombra, ni cursos de agua corriente. No parece que el alma pueda
entristecerse en tales sitios. Los pájaros cantan allí más alegres que en otros
lugares, quizá porque su seguridad es completa en estos campos consagrados al
supremo reposo.
Cerca de
un pequeño lago de aguas tranquilas y transparentes se elevaba el mausoleo,
construido conforme a los planos y bajo la vigilancia del honorable William J.
Hypperbone.
Este
monumento, edificado al gusto de la arquitectura anglosajona, se prestaba a
todas las fantasías de ese estilo gótico próximo al Renacimiento. Tenía a la
vez algo de capilla por su fachada, con un campanario cuya veleta se movía a un
centenar de pies del suelo y tenía también algo de edificio civil por la
disposición de su tejado y de sus ventanas, en forma de miradores con vidrios
de colores.
En el
campanario, adornado de florones y sostenido por los contrafuertes de la
fachada, había una campana de gran sonoridad, que daba las horas del reloj
luminoso colocado debajo de ella. La voz metálica de esta campana se oía más
allá de Oakswoods, hasta las riberas del Michigan.
El
monumento medía 120 pies de largo por 60 de ancho. Afectaba en plano geométrico
la forma de una cruz latina terminada por un ábside en rotonda. La verja que lo
rodeaba, hermoso trabajo en aluminio, se apoyaba
26
de trecho
en trecho en columnas con lámparas. Más allá agrupábanse magníficos árboles de
perenne verdor, entre los que se encontraba el soberbio mausoleo.
La puerta
de la verja, abierta entonces, daba acceso a una alameda llena de árboles y
flores, que conducía al pie de cinco escalones de mármol blanco. En el fondo se
veía un portal con puertas de bronce, cuyos adornos representaban enlaces de
frutas y flores. Esta entrada daba acceso a una antecámara amueblada de divanes
con gruesos clavos de oro, y con una jardinera cuyos ramos se refrescaban
frecuentemente. De la bóveda pendía una araña de cristal de siete brazos, con
bombillas eléctricas. Por bocas de metal colocadas en los ángulos se evaporaba
el calor, produciendo una temperatura suave y uniforme, mantenida durante el
invierno por el conserje de Oakswoods.
Empujando
las hojas de cristal de una puerta colocada frente a la escalera, se penetraba
en la pieza principal del edificio. Consistía en una sala espaciosa, de forma
circular, donde se desplegaba el extravagante lujo permitido a un
archimillonario que quiere continuar, después de su muerte, la opulencia de su
vida. En el interior, la luz se derramaba generosamente por el techo de cristal
que cerraba la parte superior de la bóveda. En las paredes, tan finamente
dibujados y esculpidos como los de la Alhambra, había arabescos, follajes,
vermiculados y florones. Su base desaparecía tras los divanes de brillantes
telas. Aquí y allá erguíanse estatuas de bronce y de mármol representando
faunos y ninfas. Entre los pilares que sostenían la bóveda había algunos cuadros
de maestros modernos, paisajes en su mayoría enmarcados en oro. Espesas y
suaves alfombras cubrían el pavimento de mosaico.
Pasada la
sala, en el fondo del mausoleo se redondeaba el ábside, alumbrado por una gran
vidriera, cuyos espléndidos cristales resplandecían cuando el sol, al ponerse,
los hería con sus oblicuos rayos. Este ábside estaba amueblado con objetos
modernos. Sillones, sillas y canapés lo llenaban con estudiado desorden. Sobre
una mesa había libros, periódicos y revistas de la Unión y del extranjero. Un
aparador con su vajilla ofrecía las diversas variedades de un tentempié,
siempre a punto y renovado continuamente: conservas, mantequilla, emparedados,
pasteles, vinos y licores de excelentes marcas. Era, en resumen, un lugar
magníficamente dispuesto para la lectura, la siesta o el refrigerio.
En el
centro de la sala, bañada por la luz que la cúpula dejaba filtrar por
27
sus
cristales, se levantaba una tumba de mármol blanco, enriquecida con finas
esculturas, y en cuyos ángulos se reproducían las figuras de animales
heráldicos. Esta tumba, rodeada por un círculo de bombillas incandescentes,
estaba abierta. Allí iba a ser colocado el ataúd donde reposaba el cuerpo de
William J. Hypperbone.
Tal
mausoleo no podía ciertamente inspirar ideas lúgubres. Más que la tristeza
evocaba la alegría. A través del aire puro que lo llenaba, no se sentía el roce
de las alas de la muerte que palpita sobre las tumbas de un cementerio… Y, para
decirlo todo, ¿no era el monumento digno del excéntrico americano a quien se
debía el nada triste programa de sus funerales, y ante el cual iba a terminar
aquella ceremonia en que los cantos de alegría se habían mezclado a los gozosos
hurras de la multitud?
Hay que
advertir que William J. Hypperbone iba invariablemente dos veces por semana, el
martes y el viernes, a pasar algunas horas en el interior de su mausoleo.
Alguna vez le acompañaban varios de sus colegas. Era, en suma, una sala de
conversación de las más cómodas y tranquilas. Tendidos sobre los divanes del
ábside, sentados ante la mesa, aquellos personajes leían, hablaban de política,
del curso de los valores y mercancías, de los progresos del jingoísmo en las
diversas clases sociales, de las ventajas y desventajas del bill Mac-Kinley,
acerca del cual reinaba gran preocupación. Y mientras de esta manera se
entretenían, los criados les servían un piscolabis. Después, transcurrida la
tarde de modo tan agradable, los coches subían por Grove Avenue y restituían a
sus hoteles a los miembros del Excentric Club.
Es
evidente que nadie, a no ser su propietario, podía penetrar en su «quinta de
Oakswoods», como él la llamaba. Únicamente el guardián del cementerio poseía
otra llave.
Decididamente,
si William J. Hypperbone no se había distinguido gran cosa de sus semejantes en
los actos de su vida pública, por lo menos su vida privada, repartida entre el
Círculo de Mohawk Street y el mausoleo de Oakswoods, presentaba cierta
originalidad que permitía colocarle entre los excéntricos de su tiempo. Para
llevar la excentricidad a sus últimos límites, no hubiera faltado más que el
difunto no lo estuviera realmente. Pero sus herederos, fuesen los que fuesen,
podían estar seguros respecto a este particular. No se trataba de un caso de
muerte aparente, sino de muerte definitiva.
28
Además,
en aquel tiempo se aplicaban ya los rayos X del profesor Friedrich de Elbing,
Prusia, conocidos con el nombre de «Kritiskshalhen». Estos rayos poseen una
fuerza de penetración tan intensa que atraviesan el cuerpo humano y gozan de la
propiedad singular de producir imágenes fotográficas distintas, según que el
cuerpo que atraviesan esté muerto o vivo.
La prueba
se había efectuado en el cuerpo de William J. Hypperbone, y las imágenes
obtenidas no podían dejar duda en el ánimo de los médicos. La defunción era
cierta, y no tenían por qué reprocharse por una inhumación demasiado
apresurada.
Eran las
cinco y cuarenta y cinco cuando la carroza franqueó la entrada de Oakswoods. El
monumento se alzaba en el centro del cementerio, en el extremo del lago. El
cortejo, siempre en el mismo orden, acrecentado por la multitud que los agentes
apenas podían contener, se dirigió hacia el lago, bajo la cubierta de los
grandes árboles.
La
carroza se detuvo ante la verja, cuyos candelabros lanzaban la brillante
claridad de sus lámparas de arco entre las primeras sombras de la noche.
Unos cien
asistentes podían encontrar cabida en el interior del mausoleo, de modo que, si
el programa de las exequias contenía aún algunos actos, preciso era que fueran
ejecutados en el exterior.
Así iba a
suceder, efectivamente. Parada la carroza, estrecháronse las filas, siempre
respetando a los «Seis», que debían acompañar el cadáver hasta el sepulcro.
De
aquella multitud, ávida de acontecimientos, se elevaba confuso rumor. Pero no
tardó en apaciguarse el tumulto, los grupos quedaron quietos, extinguiéronse
los murmullos y el silencio reinó en torno de la verja.
Entonces
fue pronunciada la oración fúnebre por el reverendo Bingham, que había seguido
al difunto hasta su última morada. Los asistentes la escucharon con gran
recogimiento, y en este instante, sólo en este instante, las exequias tomaron
carácter religioso.
A estas
palabras, pronunciadas con voz penetrante, siguió la ejecución de la Marcha de
Chopin, de tan gran efecto en ceremonias de este género. Pero tal vez la
orquesta la interpretó con compás más vivo que el indicado
29
por el
autor, compás que correspondía a las disposiciones del auditorio y también a
las del difunto. Se estaba lejos de los dolorosos sentimientos que reinaron en
París durante los funerales de uno de los fundadores de la República, cuando La
Marsellesa, de ritmo tan enérgico, fue ejecutada en tono menor.
Después
de la Marcha de Chopin, uno de los colegas de William J. Hypperbone, aquél con
quién tenía amistad más íntima, el presidente Georges B. Higginbotham, se
destacó del grupo, situóse frente a la carroza y en brillante oración trazó en
forma de apología el curriculum vitae de su amigo.
—A los
veinticinco años, dueño ya de regular fortuna, William J. Hypperbone supo
hacerla fructificar… Y sus afortunadas adquisiciones de terrenos, de los que
cada yarda vale actualmente el oro que sería preciso para cubrirla… Y su
elevación al rango de millonario…, o, lo que es lo mismo, de gran ciudadano de
los Estados Unidos de América… Y el sagaz accionista de las poderosas compañías
de ferrocarriles de la Federación… Y el prudente especulador lanzado en
negocios que producen enormes intereses… Y el generoso donante, siempre
dispuesto a suscribir los empréstitos de su país el día en que éste tuviere
necesidad de ellos, necesidad que nunca sintió… Y el distinguido compañero que
pierde con él el Excentric Club, el miembro con quien el Club contaba para adquirir
esplendor. El hombre que hubiera asombrado al universo de haberse prolongado su
existencia más allá de los cincuenta años… Era de esos genios que no se revelan
sino cuando ya no existen… Sin hablar de sus funerales, realizados con la
asistencia de una población entera, es de creer que la suprema voluntad de
William J. Hypperbone impondrá condiciones excepcionales a sus herederos. No
hay duda de que su testamento contiene cláusulas que excitarán la admiración de
las dos Américas, que valen ellas solas tanto como las otras cuatro partes del
mundo.
Así habló
Georges B. Higginbotham, no sin causar general emoción. Parecía que el difunto
iba a aparecer ante los ojos de la multitud agitando en una mano el testamento
que debía inmortalizar su nombre, y con la otra vertiendo sobre las cabezas de
los «Seis» los millones de su fortuna.
Al
parlamento del íntimo amigo del fallecido respondió el público con
lisonjeros
murmullos, que llegaron poco a poco hasta las últimas filas. Los
que le
habían oído comunicaron su impresión a los que no le oyeron, y que
30
no
resultaron los menos conmovidos del auditorio.
Después,
orfeón y orquesta, unidos en brillante conjunto de voces e instrumentos,
ejecutaron el formidable Aleluya de El Mesías, de Haendel.
La
ceremonia tocaba a su fin, el programa había terminado, y, no obstante,
hubiérase dicho que el público esperaba algo extraordinario, tal vez
sobrenatural. ¡Sí! Era tal la excitación de los demás, que nadie hubiera
encontrado sorprendente una modificación repentina de las leyes de la
Naturaleza, la aparición en el cielo de alguna figura alegórica, como en tiempo
de Constantino la cruz del In hoc signo vinces, o la parada súbita del sol en
la época de Josué, con el fin de alumbrar durante una hora más aquella
manifestación… En fin, uno de esos hechos milagrosos cuya autenticidad no
pueden negar los más feroces librepensadores.
Pero en
aquella ocasión la inmutabilidad de las leyes naturales no se alteró, y el
universo no fue conmovido por fenómenos de orden superior. Había llegado el
momento de sacar de la carroza el ataúd y de conducirlo al interior,
depositándolo en el sepulcro. Debía ser conducido por ocho criados vestidos con
librea de gala. Aproximáronse éstos, separaron las telas que cubrían el
féretro, lo tomaron a hombros y se encaminaron hacia la entrada de la verja.
Los
«Seis» marchaban en el orden y sitio que habían conservado desde la salida
frente al hotel de La Salle Street. Los de la derecha cogieron con la mano
izquierda, y con la mano derecha los de la izquierda, las cintas plateadas del
ataúd, conforme a las indicaciones hechas por el maestro de ceremonias.
Los
miembros del Excentric Club y las autoridades civiles y militares marchaban
detrás. Después cerróse la puerta de la verja, y apenas si la cámara, la
antecámara, la sala y el ábside del mausoleo bastaban para contener a todos.
En el
exterior se amontonaron los otros individuos del cortejo, la multitud se
extendió por diversos puntos del cementerio, y grupos humanos se encaramaron en
las ramas de los árboles que rodeaban el monumento.
En este
instante las trompetas de los soldados sonaron hasta estropear los pulmones que
las llenaban con sus soplos, y hubiera podido imaginarse que se estaba en el
valle de Josafat al principio del Juicio Final.
31
Lanzáronse
gran número de pájaros adornados con cintas multicolores. Los animalitos se
dispersaron por la superficie del lago y sobre las copas de los árboles,
lanzando alegres gritos de libertad, y pareció que el alma del difunto,
arrastrada en su vuelo, se elevaba por la inmensidad del espacio.
Subida la
escalera, el ataúd franqueó la primera pieza, después la segunda y se detuvo
ante la tumba.
La voz
del reverendo Bingham se elevó nuevamente, pidiendo a Dios abriese las puertas
del cielo al difunto William J. Hypperbone y le asegurase la gloria eterna.
—¡Honor
al honorable Hypperbone! —pronunció con voz clara y tonante el maestro de
ceremonias.
—¡Honor!
¡Honor! ¡Honor! —repitieron los asistentes.
Y,
después de ellos, en el exterior, millares de bocas lanzaron al espacio este
último adiós.
Entonces
los «Seis» dieron procesionalmente la vuelta a la tumba, recibieron el saludo
de Georges B. Higginbotham en nombre de los miembros del Excentric Club y se
dispusieron a abandonar la habitación.
Ya no
restaba más que dejar caer la pesada losa de mármol donde serían grabados los
nombres y títulos del difunto.
El
notario Tombrock avanzó unos pasos, sacó de su bolsillo la nota relativa a los
funerales y leyó las siguientes líneas:
— Es mi
voluntad que mi tumba quede abierta aún durante doce días, y que, transcurrido
este plazo, en la mañana del último día de estos doce, las seis personas
designadas por la suerte que han acompañado mis restos, vengan a depositar sus
tarjetas sobre mi ataúd. Entonces se colocará la losa en su sitio, y el mismo
día el notario Tombrock, a las doce, en la sala del Auditorium, dará lectura a
mi testamento, que se halla en su poder. —WILLIAM J. HYPPERBONE.
Decididamente,
el difunto era un ser original, y ¡quién sabía si aquella excentricidad sería
la última!
32
Los
concurrentes se retiraron, y el guardián del cementerio cerró las puertas del
monumento y después las de la verja. Eran cerca de las ocho.
El tiempo
había sido magnífico, y parecía que la serenidad del cielo era aún más completa
en las primeras sombras de la noche. Innumerables estrellas resplandecían en el
firmamento, añadiendo su dulce claridad a la que esparcían las lámparas que
brillaban en torno al mausoleo.
La
multitud se alejó lentamente, deseosa de reposo tras jomada tan fatigosa.
Durante algún tiempo, un tumultuoso mido de pasos turbó las calles próximas a
aquel lugar, hasta que, finalmente, la tranquilidad reinó en el lejano barrio
de Oakswoods.
33
IV. Los
«Seis»
Al
siguiente día Chicago se entregaba a sus múltiples ocupaciones. Los diversos
barrios habían tomado su fisonomía habitual.
Si la
población no se agolpaba como la víspera en las avenidas y bulevares al paso
del fúnebre cortejo, no por eso se interesaba menos en las sorpresas que sin
duda le reservaba el testamento de William J. Hypperbone. ¿Qué cláusulas
contenía? ¿Qué condiciones, extrañas o no, imponía a los «Seis», y cómo
entrarían éstos en posesión de la cuantiosa herencia, admitiendo que todo ello
no terminara en una broma de ultratumba, digna de un miembro del Excentric
Club?
Pero
nadie quería admitir esta eventualidad. Todos rechazaban la idea de que Miss
Lissy Wag y los señores Urrican, Kymbale, Titbury, Crabbe y Real no encontrasen
en este negocio más que desengaños y ridículos.
Seguramente
hubiera habido un medio muy sencillo para satisfacer, de una parte, la
curiosidad pública, y, de otra, arrancar a los interesados de aquella
incertidumbre que amenazaba quitarles el apetito y el sueño. Bastaría con abrir
el testamento y leerlo. Pero existía la prohibición de hacerlo antes del día
15, y Tombrock no hubiese jamás consentido en faltar a las condiciones
impuestas por el testador. El día 15 de abril, exactamente a mediodía, en la
sala del Auditorium, en presencia de los numerosos espectadores que podía
contener, se daría lectura al testamento de William J. Hypperbone.
Preciso
era, pues, resignarse, lo que no haría más que aumentar la excitación de los
cerebros de Chicago a medida que la fecha fatal se aproximase. Además, los dos
mil doscientos periódicos diarios y las otras quince mil publicaciones
semanales, mensuales y bimensuales de los Estados Unidos sostendrían aquella
tensión de los ánimos. Si la Prensa no podía adivinar los secretos del difunto,
se proponía someter a cada uno de los «Seis» a las torturas de las entrevistas,
deseando, en primer lugar, establecer su condición social.
34
Los
fotógrafos, por su parte, no se dejarían vencer por los periodistas, y los
retratos de cuerpo entero, de busto, de frente o de perfil, no tardarían en ser
lanzados a la circulación por centenares de miles. Con lo dicho se comprenderá
que los «Seis» estuviesen destinados a ocupar el primer plano entre los más
notables personajes del país.
Los
periodistas del Chicago Mail que se presentaron en casa de Hodge Urrican,
Randolph Street, 73, fueron bastante mal recibidos.
—¿Qué
desean ustedes de mí? —les interpeló el interesado, con no afectada violencia—.
Yo no sé nada No tengo nada que decir. Me han invitado a seguir el cortejo, y
lo he seguido. Junto a la carroza había cinco personas más, a quienes no
conocía, que se hallaban en condiciones parecidas a las mías. No me extrañaría
que esto acabase mal para alguno de nosotros. Yo estaba allí como una chalana
arrastrada por un remolcador, y tragando bilis. ¡Ah! ¡Si ese William Hypperbone
me ha jugado una mala pasada, si me obliga a rendir mi pabellón ante esos cinco
intrusos, que tenga cuidado, pues muerto y todo…, por enterrado que esté,
aunque me sea preciso aguardar hasta el día del Juicio, yo sabré…!
—Pero —le
objetó uno de los periodistas— nada le hace suponer que esté usted expuesto a
una burla, que tenga que lamentar haber sido uno de los elegidos. Y aunque no
reciba usted más que una sexta parte de la herencia…
—¡Una
sexta parte! ¡Una sexta parte! —rugió Hodge Urrican—. ¡Estoy seguro de
recibirla íntegramente!
—Cálmese,
por favor.
—No me
calmaré. No tengo carácter para eso. Estoy acostumbrado a las tempestades, y
siempre me he mostrado tempestuoso.
—No se
trata ahora de tempestades. —Hízole observar el periodista—. El horizonte está
despejado.
—Es lo
que falta por ver —exclamó el irascible americano—. Si usted se ocupa en su
periódico de mi persona, tenga cuidado con lo que dice o se las entenderá con
el comodoro Urrican.
Hodge
Urrican era comodoro, en efecto; oficial de la marina de los Estados
35
Unidos y
retirado del servicio desde hacía seis meses, cosa de la que no podía
consolarse. Era un bravo marino que había cumplido con su deber lo mismo ante
el fuego del enemigo que ante el fuego del cielo. Pese a sus cincuenta y dos
años, nada había perdido de su irritabilidad natural. Era hombre vigoroso, de
elevada estatura, fuerte cabeza y grandes ojos que se movían bajo espesas
cejas, frente poco espaciosa, cabellos cortados al rape y barba que acariciaba
sin cesar con mano febril, brazos musculosos y piernas arqueadas que al andar
imprimían a su cuerpo un movimiento de vaivén propio de las gentes de mar. De
carácter impetuoso, incapaz de dominarse, tan desagradable como pueda serlo el
que más, tanto en su vida pública como en la privada, no se le conocía un
amigo. Sería sorprendente que un tipo de esta especie estuviera casado, y,
efectivamente, no lo era. «¡Qué suerte para su mujer!», repetían los bromistas.
Pertenecía
a ese género de arrebatados a los que la cólera hace palidecer, produciéndoles
espasmos del corazón y poniéndoles siempre al borde de un ataque; cuyas
ardientes pupilas están contraídas de continuo y en la voz de los cuales hay
dureza aun cuando estén tranquilos y rugidos cuando no lo están.
Cuando
los periodistas del Chicago Globe llamaron a la puerta del taller de South
Halstedt Street, 3997 —la calle es larga, como puede deducirse—, no encontraron
en la habitación más que un negro de diecisiete años, sirviente de Max Real.
—¿Dónde
está tu amo? —le preguntaron.
—No lo
sé.
—¿Cuándo
ha salido?
—No lo
sé.
—¿Tardará
en regresar?
—No lo
sé.
En
efecto, Tommy nada sabía, porque Max Real había salido muy temprano sin decir
nada a su criado, que solía dormir como un niño y a quien su amo no hubiera
logrado arrancar del sueño tan de mañana.
36
Pero
aunque Tommy no pudo responder a las preguntas de los periodistas, no hay que
suponer que el Chicago Globe dejaría de informar a sus lectores respecto a Max
Real. Este miembro de los «Seis» había sido ya entrevistado, costumbre muy
extendida en los Estados Unidos.
Era un
joven pintor de talento, un paisajista cuyos cuadros empezaban a venderse a
altos precios en América y a quien aguardaba un hermoso porvenir en el campo
artístico. Era natural de Chicago, aunque, por descender de una familia
canadiense, de Quebec, su apellido fuera francés. En Quebec vivía aún su madre,
viuda desde hacía algunos años, que se disponía a trasladarse a Chicago para
reunirse con su hijo.
Max Real
adoraba a su madre, que le correspondía con igual adoración. Eran, en suma, una
excelente madre y un incomparable hijo. Éste no había tardado en ponerla al
corriente de lo sucedido, de cómo había sido elegido para ocupar un sitio
especial en las exequias de William J. Hypperbone. Max asegurábale que no se
preocupaba de las consecuencias de las disposiciones testamentarias del
difunto, ya que el caso le parecía una broma.
Max Real
acababa de cumplir veinticinco años. Tenía la gracia y la elegancia del tipo
francés. Era de regular estatura, cabello y barba castaños, ojos de azul
oscuro, cabeza erguida, boca sonriente y reposado andar, indicios de ese
contento interior del que nace la confianza alegre e inalterable. Tenía esa
gran vitalidad que se traduce en la vida en valor y generosidad.
Tras
haberse dado a conocer como meritísimo pintor, habíase decidido a abandonar
Canadá por los Estados Unidos, Quebec por Chicago. Su padre, oficial del
ejército, no le dejó al morir más que un pequeño patrimonio, y si Max pretendía
hacer fortuna era más para su madre que para él.
Cuando se
supo que Max Real no se hallaba en el número 3997 de Halstedt Street, no hubo
motivo para hacer más preguntas a Tommy. El Chicago Globe sabía lo bastante
para satisfacer la curiosidad de sus lectores en lo que al joven artista
concernía. Si Max Real no estaba aquel día en Chicago, allí había estado el día
anterior, y seguramente estaría de vuelta el día 15 de abril para asistir a la
lectura del famoso testamento y completar el grupo de los «Seis» en el salón
del Auditorium.
37
De muy
distinta manera sucedió cuando los periodistas del Daily News Record se
presentaron en casa de Harris T. Kymbale. A éste no fue preciso acosarle en su
domicilio, Milwaukee Avenue, 213, ya que él mismo había ido a entregarse a sus
colegas.
Harris T.
Kymbale era periodista, redactor jefe del popular Tribune. Contaba treinta y
siete años, era de regular estatura, robusto, de rostro simpático, nariz de
hurón, ojillos vivaces, orejas finas —hechas para oírlo todo— y boca habladora
—hecha para repetir cuanto oía—. Era activo, locuaz, resistente, infatigable y
enérgico. Conocedor de su fuerza y su vigor y dotado de una enorme voluntad,
había permanecido soltero, como conviene a un hombre que franquea
cotidianamente los muros de la vida privada. Era, en resumen un valiente
compañero, muy seguro de sí mismo, muy apreciado por sus colegas y a quien no
se envidiaría la buena fortuna que le llamaba a figurar entre los «Seis»,
admitiendo que éstos debiesen disfrutar de los bienes terrenos de William J. Hypperbone.
Era
completamente inútil interrogar a Harris T. Kymbale, pues él mismo dijo, antes
de ser preguntado:
—Sí,
amigos míos. Yo, en cuerpo y alma, formo parte del grupo de los «Seis».
Pudieron verme ayer ocupando mi puesto junto a la carroza. ¿Observaron ustedes
mi actitud digna y correcta, y el cuidado que puse en ocultar mi contento,
aunque nunca hubiese asistido a tan alegres funerales? ¡Cuando pienso que a mi
lado, encerrado en su ataúd, estaba aquel excéntrico difunto! ¿Saben ustedes lo
que me decía a mí mismo? Pues pensaba que quizás aquel digno personaje no
estaba verdaderamente muerto, que quizá me llamara desde el fondo de su
féretro… Pues bien: espero que me creerán ustedes. Si esto hubiese acontecido,
si William J. Hypperbone se hubiera erguido como un nuevo Lázaro, no hubiera yo
tenido el mal pensamiento de reprocharle su intempestiva resurrección. Siempre
se tiene el derecho (¿no es cierto?) de resucitar si no se está muerto del
todo.
Era
preciso haber oído la graciosa manera con que dijo esto.
—¿Y qué
cree usted que sucederá el día quince de abril? —le preguntaron.
—Sucederá
—respondió— que, al sonar las doce, el notario Tombrock abrirá el testamento.
38
—¿Opina
usted que los «Seis» serán declarados únicos herederos del difunto?
—¡Naturalmente!
¿Por qué, si no, William J. Hypperbone nos invitó a sus exequias?
—¡Quién
sabe…!
—¡Pues no
faltaría más! ¡Después de once horas de cortejo!
—¿No cree
usted que el testamento contenga disposiciones extraordinarias?
—Es
probable. Tratándose de un excéntrico, yo espero excentricidades. Si lo que
pide es posible, se hará; y si es imposible se hará también, como dicen en
Francia. ¡En todo caso, amigos míos, cuenten con que Harris T. Kymbale no
retrocederá!
¡No! Por
el honor del periodismo, él no retrocedería. Podían estar seguros de ello los
que le conocían, y también los que no le conocían, si había alguno de éstos en
Chicago. Poco importaban las condiciones impuestas por el difunto. El redactor
jefe del Tribune las aceptaba de antemano y las cumpliría hasta el fin. Si se
trataba de partir para la Lima, hacia allí partiría; y, a menos de faltarle la
respiración a causa de la carencia de aire, no se detendría en su camino.
¡Qué
contraste existía entre este americano y su coheredero Hermann Titbury
residente en el barrio comercial cruzado de Sur a Norte por Robey Street!
Cuando
los enviados del Staats Zeitung llamaron a la puerta del número 77 de la citada
vía no consiguieron franquear el umbral.
—¿Está en
casa Mr. Hermann Titbury? —preguntaron a
través de la mirilla.
—Sí
—contestó una especie de gigante, mal peinado y mal vestido.
—¿Podría
recibimos?
—Les
responderé cuando se lo haya preguntado a Mrs.
Titbury.
39
Pues
existía Mrs. Kate Titbury, de cincuenta años de edad, o sea, dos más que su
esposo. La respuesta que ella dio fue transmitida a los periodistas por la
sirvienta.
— Mr.
Titbury no quiere recibirles, y se extraña de que se permitan molestarle.
Los
visitantes arguyeron que sólo se trataba de pedirle algunos datos acerca de su
persona.
No
obstante, la casa permaneció cerrada y los periodistas del Staats Zeitung
tuvieron que volverse tascando el freno.
Hermann
Titbury y Kate Titbury formaban el matrimonio más avaro que una pareja puede
formar en este valle de lágrimas. Eran dos corazones áridos e insensibles,
formados para latir al unísono. Felizmente, el cielo había rehusado bendecir
aquella unión, y su línea se extinguiría en ellos.
Eran
ricos, sin que su fortuna proviniese del ejercicio del comercio o de la
industria. Los dos, ya que la esposa había trabajado tanto como el marido, se
habían dedicado a la más repugnante usura: eran de esos lobos que despojan a la
gente sin salirse de la legalidad, de esa legalidad que, como ha dicho un
novelista francés, sería una gran cosa para los miserables… si Dios no
existiese.
Remontando
la escala de sus ascendientes, y casi desde los primeros escalones, hubiéramos
encontrado antepasados de origen alemán, lo que justificaba el nombre de
Hermann que llevaba el último representante de aquella tribu teutónica.
Mr.
Titbury era bajo y grueso y tenía la barba rojiza, como los cabellos de su
mujer. Una salud de hierro habíales permitido no gastar nunca ni medio dólar en
médicos o medicinas. Provistos de un estómago capaz de digerirlo todo, vivían
con casi nada, y su sirvienta se había acomodado a este régimen.
Desde que
Mr. Titbury se había retirado de los negocios, no tenía relaciones con nadie y
se dejaba gobernar por su esposa, mujer detestable, que, usando la expresión
popular, se acostaba con sus llaves.
La pareja
ocupaba una casa de ventanas estrechas como sus ideas y
40
enrejadas
como su corazón. Su puerta no se abría a los extraños, ni a los familiares
(pues no los tenían), ni a los amigos (carecían de ellos). Y en esta ocasión no
se abrió a los periodistas.
Cierto es
que, sin necesidad de someter a una entrevista al matrimonio Titbury, fue fácil
apreciar el estado de su espíritu el día en que Hermann ocupó su sitio en el
grupo de los «Seis». ¡Qué efecto le causó leer su nombre en el famoso número
del Tribune del día 1.º de abril! ¿No había, acaso, en Chicago otras personas
que llevaban el mismo nombre? Ninguno, al menos, en el número 77 de Robey
Street.
Hermann
Titbury no aceptaba ser víctima de un bromista, sino que, al contrario, se
imaginaba ya en posesión de la sexta parte de la inmensa fortuna, y su gran
disgusto, su despecho, radicaba en no ser el único heredero. Así no era envidia
lo que sentía por los restantes coherederos: era odio. Y en esto estaba de
acuerdo con el comodoro Urrican… Imagínese el lector lo que él y su esposa
pensaban de aquellos intrusos.
Ciertamente,
la suerte había cometido un gran error, como de costumbre, llamando a aquel
egoísta y antipático personaje a recibir una parte de la herencia de William J.
Hypperbone.
El día
después de los funerales, el matrimonio Titbury abandonó su casa a las cinco de
la mañana dirigiéndose a Oakswoods Cemetery. Obligaron al guardián a dejar el
lecho, y, con voz alterada por la más viva inquietud, le preguntaron:
—¿Ha
ocurrido algo nuevo esta noche?
—Nada
nuevo —respondió el guardián.
—Así,
pues, ¿está bien muerto?
—Muerto
del todo. Estén ustedes tranquilos —declaró el conserje, esperando en vano
alguna justificación por su amable respuesta.
Sí,
podían estar tranquilos. El difunto no había despertado de su eterno sueño, y
nada había turbado el reposo de los sombríos huéspedes de Oakswoods Cemetery.
El
matrimonio Titbury regresó a su hogar; pero por la tarde, por la noche y al
siguiente día volvieron al cementerio para asegurarse de que William J.
41
Hypperbone
no había resucitado.
Y ya
hemos dicho bastante acerca de tal pareja, destinada a figurar en esta singular
historia, y a la que ni un vecino fue a felicitar por su dichosa suerte.
Cuando
los periodistas del Freie Presse llegaron a Calumet Street, no lejos del lago
de este nombre, situado en la parte meridional de la ciudad, en mitad de un
barrio populoso e industrial, preguntaron cuál era la casa de Tom Crabbe.
La casa
de éste, o mejor dicho, la de su representante, era el número 7 de la citada
calle. Efectivamente, John Milner era quien le asistía en esas memorables
luchas en que los contendientes resultan a menudo con los ojos hinchados, la
mandíbula rota, las costillas hundidas o la boca con algunos dientes de menos,
todo sacrificado en el altar del boxeo.
Tom
Crabbe era actualmente campeón del Nuevo Continente a causa de su victoria
sobre el famoso Fitzsimons, quien a su vez había derrotado en 1897 al no menos
famoso Corbett.
Los
periodistas penetraron sin dificultad en casa de John Milner, y fueron
recibidos por éste en el vestíbulo.
John
Milner era hombre de regular estatura, todo músculo y nervio, de aguda mirada,
rostro enjuto y ligereza de simio.
—¿Tom
Crabbe? —preguntaron los visitantes.
—Está
terminando su primer almuerzo —contestó Milner con voz áspera.
—¿Podemos
verle?
—¿Qué
quieren de él?
—Es a
propósito del testamento de William J. Hypperbone. Quisiéramos hablar de Mr.
Crabbe en nuestro periódico.
—Tom
Crabbe está siempre visible —respondió Milner.
Los
periodistas penetraron en el comedor y se hallaron en presencia del personaje.
Devoraba la sexta lonja de jamón ahumado, su sexta rebanada
42
de pan
con mantequilla, su sexto medio cuartillo de vino, en espera del té, que hervía
en la tetera, y de las seis copitas de whisky con que solía terminar su primera
comida, la de las siete y media de la mañana, que había de ser seguida de otras
cinco durante el resto del día.
Obsérvese
el importante papel que el número seis jugaba en la existencia del famoso
boxeador, y tal vez obedecía a su misteriosa influencia el que Tom Crabbe
formase parte del grupo de herederos de William J. Hypperbone.
Tom
Crabbe era un coloso que sobrepasaba en diez pulgadas los seis pies ingleses y
que medía tres pies de hombro a hombro; su cabeza era voluminosa, de cabellos
hirsutos y negros y cortados al rape, ojos de mirada bovina, espesas cejas,
frente breve, irregulares orejas, maxilar pronunciado y recio bigote, corlado
en la comisura de los labios. Tenía la dentadura completa, pues los formidables
puñetazos recibidos no habían conseguido romper ni una pieza. Su torso era como
un barril de cerveza, sus brazos como bielas y sus piernas como pilares hechos
para sostener aquella enorme arquitectura humana.
¿Humana?
¿Es ésta la palabra adecuada? No, ya que sólo animalidad había en aquel
gigante. Cuando los ponía en juego, sus órganos actuaban como los de una
máquina, una máquina que tenía a John Milner por maquinista. Aunque célebre en
las dos Américas, no se preocupaba de su celebridad. Los actos de su existencia
se limitaban a comer, beber, boxear y dormir.
No tenía
ningún desgaste intelectual. ¿Comprendía lo que la suerte acababa de hacer por
él introduciéndole en el grupo de los «Seis»? ¿Sabía por qué el día antes había
caminado con su pesado paso junto a la carroza fúnebre, entre los aplausos de
la multitud? Tom Crabbe lo comprendía vagamente, pero John Milner lo entendía
por él y sabría hacer valer todos sus derechos.
De esto
se deduce que fue éste quien respondió a las preguntas de los periodistas. Les
dio acerca de Tom Crabbe detalles que habían de interesar a los lectores del
Freie Presse. Su peso: 533 libras antes de las comidas y 540 después; su talla:
exactamente los seis pies y diez pulgadas que se ha dicho; fuerza: medida con
el dinamómetro, 75 kilogramos (la de un caballo de vapor); su poder máximo de
contracción en las mandíbulas: 234 libras; su edad: treinta años seis meses y
diecisiete
43
días; su
padre: matarife en los establecimientos Armour; su madre: antigua luchadora en
el circo Swansea.
¿Qué más
se podía preguntar para pergeñar un artículo de cien líneas sobre Tom Crabbe?
—No le
hemos oído ni una palabra —hizo observar uno de los periodistas, refiriéndose
al boxeador.
—Habla lo
menos posible —respondió John Milner—. ¿Para qué malgastar la voz?
—Acaso
tampoco piensa.
—¿De qué
le serviría pensar?
—De
nada, Mr. Milner.
—Tom
Crabbe no es más que un puño, un puño cerrado, tan presto para el ataque como
para la defensa.
Ya en la
calle los periodistas, uno de ellos dijo:
—¡Es un
bruto!
—¡Un
grandísimo bruto! —apoyó otro.
Y en su
fuero interno no se referían precisamente a John Milner.
Yendo
hacia el Noroeste de la ciudad, después de cruzar el bulevar Humboldt, se
penetra en el Barrio Veintisiete. Aquí la animación es menor, la población está
menos atareada. El visitante puede creerse en una provincia, por más que esta
palabra carezca de significación en los Estados Unidos. Más allá de Wabansia
Avenue se encuentra el comienzo de la Sheridan Street. Llegando hasta el número
19, se halla uno ante una casa de modesta apariencia, de diecisiete pisos y
habitada por un centenar de inquilinos.
Lissy Wag
ocupaba en el piso noveno un cuartito de dos piezas, que la acogía cuando
terminaba su trabajo en el almacén de novedades de Marshall Field, donde
desempeñaba el cargo de subcajera.
44
Era Lissy
Wag el único miembro de la que había sido honrada y modestísima familia.
Educada e instruida como la mayor parte de jóvenes norteamericanas, tras
algunos reveses de fortuna y después de la prematura muerte de sus padres,
buscó colocación para cubrir sus necesidades. Su padre, en efecto, habíase
visto despojado de cuanto poseía en un desgraciado negocio de seguros
marítimos, y la liquidación perseguida para defender los intereses de su hija
no dio resultado alguno.
Lissy
Wag, dotada de enérgico carácter, seguro juicio y clara inteligencia, serena y
dueña de sí misma, no perdió el ánimo. Gracias a la intervención de algunos
amigos de su familia, fue recomendada al jefe de la casa Marshall Field, donde,
desde hacía quince meses, había conseguido una situación ventajosa.
Era una
joven encantadora, de veintiún años recién cumplidos, regular estatura,
cabellos rubios, ojos azules, hermoso color, buena salud, elegante aspecto y
rostro grave, aunque animado a menudo por una dulce sonrisa que dejaba al
descubierto sus blancos dientes. Era amable, servicial y atenta, y era muy
apreciada por sus compañeras de trabajo.
De gustos
sencillos y modestos, carente de ambición, sin abandonarse en ningún momento a
los sueños que a tantas otras jóvenes extravían, Lissy Wag fue seguramente la
menos emocionada de los «Seis» cuando supo que la suerte la llamaba a figurar
en el fúnebre cortejo.
Al
principio quiso rehusar tal honor, pues le desagradaba exhibirse; y solamente
haciendo violencia a sus sentimientos, con el corazón agitado y el rostro
ruborizado, ocupó su sitio junto a la carroza que conducía los restos de
William J. Hypperbone.
Conviene
advertir que la más íntima de sus amigas había hecho lo posible para vencer su
resistencia. Se trataba de la alegre y simpática Jovita Foley, de veinticinco
años de edad, no muy agraciada, pero de rostro malicioso y excelente carácter,
y a la que unía el más estrecho cariño con Lissy Wag.
Estas dos
jóvenes habitaban el mismo cuarto, y, tras la jomada de trabajo en los
almacenes de Marshall Field, regresaban juntas a su vivienda.
Si en
aquella ocasión Lissy Wag acabó por ceder a las irresistibles instancias de su
compañera, no consintió en recibir a los periodistas del Chicago Herald
45
que se
presentaron aquella misma noche en el número 19 de Sheridan Street. En vano
Jovita Foley procuró que su amiga se mostrase menos arisca, en vano quiso que
se prestase a ser entrevistada. Tras los periodistas acudirían los fotógrafos;
tras éstos, los curiosos de toda especie. Era mejor, pues, cerrar la puerta a
esos importunos. Esto era más prudente, aunque el Chicago Herald no pudiera
servir a sus lectores un articulo sensacional.
—Bien
—dijo Jovita Foley a su amiga, cuando los periodistas se hubieron retirado con
las orejas gachas—. Has cerrado tu puerta, pero no escaparás a la curiosidad
pública. ¡Si estuviese yo en tu lugar! Y te prevengo, Lissy, que te obligaré a
cumplir todas las condiciones impuestas en el testamento. ¡No olvides que se
trata de tu participación en una fabulosa herencia!
—No creo
en esa herencia, Jovita —respondió Lissy Wag—, y no me disgustaría saber que se
trata de una broma.
—Vamos,
Lissy —exclamó Jovita—. ¿Cómo puedes decir estas cosas?
—¿Acaso
no somos felices ahora?
—Sí, es
cierto… Pero ¡si fuese yo la afortunada!
—¿Qué
harías?
—En
primer lugar, partiría la herencia contigo.
—Lo mismo
haré yo, naturalmente —respondió Miss Wag, riéndose de las ilusorias promesas
de su entusiasta amiga.
—¡Dios
mío! ¡Ya quisiera estar al día quince de abril! ¡Cuán largo va a parecerme el
tiempo…! Voy a contar las horas, los minutos…
—¡Oh, no
cuentes los segundos, por favor! ¡Sería demasiado!
—No te
burles cuando se trata de un negocio tan importante…, de millones de dólares.
—O mejor
millones de disgustos y molestias, tales como los que he tenido durante todo el
día —dijo Lissy Wag.
46
—Eres
difícil de contentar, Lissy.
—Te
aseguro, Jovita, que siento inquietud por saber cómo acabará todo esto.
—Acabará
en el fin —respondió Jovita Foley—. Como todas las cosas de este mundo.
Tal era,
pues, el sexto de los coherederos que William J. Hypperbone había invitado a
sus funerales.
A estos
privilegiados mortales les era preciso tener paciencia durante quince días…
Al fin
transcurrieron y llegó el día 15 de abril.
En la
mañana de este día, cumpliendo la condición impuesta en el testamento, y en
presencia del presidente Georges B. Higginbotham y del notario Tombrock, Lissy
Wag, Max Real, Tom Crabbe, Hermann Titbury, Harris T. Kymbale y Hodge Urrican
fueron a dejar sus tarjetas en la tumba de William J. Hypperbone.
Después
la losa sepulcral fue colocada en su sitio. El excéntrico difunto no tenía que
recibir ya ninguna visita en el cementerio de Oakswoods.
47
V. El
testamento
Aquel
día, desde el amanecer, el Barrio Diecinueve fue invadido por la multitud. El
afán del público no parecía menor que cuando el interminable cortejo conducía a
William J. Hypperbone a su última morada.
Los mil
trescientos trenes diarios de Chicago habían, desde la víspera, vertido
millares de viajeros en la ciudad. El tiempo prometía ser espléndido. Una suave
brisa matinal había barrido el cielo de los vapores nocturnos. El sol se
remontaba sobre el lejano horizonte del lago Michigan, cuyo ligero oleaje
acariciaba el litoral.
Por
Michigan Avenue y Congress Street llegaba la multitud, que se dirigía a un
enorme edificio que en uno de sus ángulos tenía una maciza torre cuadrada de
trescientos pies de altura.
La lista
de los hoteles de la ciudad es larga. El viajero no tiene más que la
preocupación de elegir. A veinticinco centavos la milla, los cabriolés le
llevarán adonde desee, sin verse expuesto a no encontrar sitio. Tendrá una
habitación a la europea por dos o tres dólares diarios, y a la americana por
cuatro o cinco.
Entre los
principales hoteles pueden citarse el Palmer House, de State y Monroe Street;
el Continental, de Wabash Avenue y Monroe Street; el Commercial y el Fremont
House, de Dearbom y Lake Street; el Alhambra, de Archer Avenue; el Atlantic, el
Wellington y el Saratoga, y otros veinte más. Pero por la importancia, por la
comodidad, por la actividad y por el buen orden del servicio, dejando a cada
uno la discreción de alojarse a la americana o a la europea, el mejor hotel es
el que se alza en la esquina de Congress Street y Michigan Avenue, frente a
Lake Park. Se trata de un inmenso edificio, de diez pisos de altura, al que da
nombre el teatro Auditorium, que forma parte de él y que tiene cabida para ocho
mil espectadores.
El aforo
del teatro iba a ser insuficiente aquella mañana, y la taquilla prometía
llenarse de oro, pues tras la famosa idea de sacar a subasta los
48
nombres
de los «Seis», el notario Tombrock había tenido la de cobrar entrada a cuantos
quisieran oír la lectura del testamento en la sala del Auditorium. Con este
importe, calculado en irnos diez mil dólares, iban a beneficiarse los
hospitales Alexian Brothers y Maurice Porter Memorial for Children.
¿Cómo no
habían de acudir al teatro los curiosos de la ciudad? En el escenario se
hallaba el Ayuntamiento, presidido por el alcalde; algo más atrás, estaban los
socios del Excentric Club, en torno a su presidente Georges B. Higginbotham; un
poco más adelante, junto a la concha, los «Seis», en fila, cada uno en la
actitud más conveniente a su posición social.
Lissy Wag,
verdaderamente avergonzada de exhibirse de aquella manera ante miles de ávidos
ojos, manteníase en actitud modesta, en su sillón, con la cabeza baja.
Harris T.
Kymbale se arrellanaba en el suyo, y enviaba saludos a numerosos periodistas de
todo matiz que se agolpaban en los lugares estratégicos del recinto.
El
comodoro Urrican, dirigiendo en torno feroces miradas, parecía dispuesto a
buscar querella al que osase contemplarle abiertamente.
Max Real
observaba aquella agitada multitud, devorada por una curiosidad de la que él no
participaba, y, fuerza es confesarlo, pareciendo interesarle más la linda joven
que se hallaba situada cerca de él y cuya modesta actitud le conmovía.
Hermann
Titbury calculaba in petto cuánto se habría recaudado de taquillaje —una gota
de agua en comparación con los millones de la herencia—.
Tom
Crabbe ignoraba por qué estaba allí, sentado, no sobre un sillón, que no
hubiera podido contener su enorme masa, sino sobre un sofá, cuyas patas crujían
a su peso. Ocioso es decir que en la primera fila de espectadores figuraban
John Milner, Mrs. Kate Titbury, que dirigía a su marido señas totalmente
incomprensibles, y la nerviosa Jovita Foley, sin cuya intervención Lissy Wag no
hubiera consentido jamás en sentarse ante aquel terrible público.
49
Después,
en la inmensa sala, en los anfiteatros, en las últimas gradas, en todos los
sitios donde el cuerpo humano había podido introducirse, en todos los agujeros
por los que la cabeza había podido deslizarse, se apiñaban hombres y mujeres y
niños pertenecientes a las diversas clases de la población que podían pagar el
billete de entrada.
Y fuera,
a lo largo de Michigan Avenue y de Congress Street, en las ventanas de las
casas, en los balcones de los hoteles, por las aceras, en el centro de la
calle, donde el servicio de carruajes había sido interrumpido, se agolpaba una
enorme multitud, semejante al Misisipi en la época de las crecidas, y cuyas
últimas ondulaciones rebasaban los límites del barrio.
Se ha
calculado que aquel día Chicago había recibido un contingente de cincuenta mil
extranjeros, llegados de los diversos puntos de Illinois, de los Estados
limítrofes, y también de Nueva York, de Pennsylvania, de Ohio y de Maine. Un
extenso y creciente rumor flotaba sobre aquella parte de la ciudad, llenaba el
Lake Park e iba a perderse en la superficie del Michigan, que resplandecía bajo
los rayos solares.
Sonaron
las doce. Del Auditorium se escapó una exclamación.
El
notario Tombrock se puso en pie en aquel momento, y la multitud se agitó, como
la hierba al impulso de la brisa.
Después
se hizo un profundo silencio, uno de esos emocionantes silencios que suelen
producirse entre el relámpago y el trueno, cuando todos los pechos están
penosamente oprimidos.
El
notario, en pie ante la mesa que ocupaba el centro del escenario, con los
brazos cruzados y el rostro grave, esperaba que sonase la última campanada del
reloj indicando el mediodía.
Sobre la
mesa había un sobre cerrado con cinco sellos rojos, donde estaban grabadas las
iniciales del difunto.
Este
sobre contenía el testamento de William J. Hypperbone, y también, a juzgar por
su volumen, otros papeles relacionados con el asunto. En la envoltura se
indicaba que dicho sobre no debía ser abierto hasta transcurridos quince días
desde el fallecimiento, y especificaba, además, que la ceremonia de apertura se
verificaría en la sala del Auditorium, a
50
mediodía.
Con mano
temblorosa el notario Tombrock rompió los sellos del sobre, y extrajo de éste
un pergamino sobre el cual aparecía la grosera letra del testador, luego un
mapa doblado en cuatro partes, y, finalmente, una cajita de una pulgada de
longitud por media de altura.
Entonces,
con una voz potente que se extendió hasta el extremo de la sala, el notario,
tras pasear sus ojos, provistos de gafas de aluminio, por las primeras líneas
del pergamino, leyó lo siguiente:
—Éste es
mi testamento, escrito de mi puño y letra en Chicago a tres de julio de mil
ochocientos noventa y cinco.
Sano de
cuerpo y de alma, en la plenitud de mis facultades, redacto la presente acta,
donde consta mi última voluntad. El notario Mr. Tombrock, en unión de mi
compañero y amigo Georges B. Higginbotham, presidente del «Excentric Club»,
hará cumplir fielmente mi última voluntad, así como habrá hecho cuanto
concernía a mis funerales.
El
público y los interesados iban a saber finalmente a qué atenerse. Verían
resueltas todas las preguntas hechas desde hacía quince días, todas las cábalas
e hipótesis que habían circulado durante aquellas dos semanas de febril
curiosidad.
—Sin
duda, hasta el presente, ningún miembro del «Excentric Club» se ha destacado
precisamente por sus excentricidades. Quien esto escribe no ha salido de la
monotonía de la existencia. Pero lo que no se ha hecho en vida se realizará
después de su muerte.
El
auditorio dejó oír un murmullo de satisfacción. Esperó el notario a que se
extinguiese, interrumpiendo la lectura durante medio minuto. Después leyó:
—No
habrán olvidado mis queridos compañeros que la única pasión de mi vida ha sido
el juego de la oca, este noble juego tan conocido en Europa y particularmente
en Francia, considerado como ideado por los griegos, aunque la Hélade no haya
visto jugar nunca ni a Platón ni a Temístocles, ni a Aristóteles, ni a
Leónidas, ni a Sócrates, ni a ningún otro personaje de su historia. Yo
introduje este juego en nuestro Círculo. Este juego, en el
51
que sólo
el azar dirige a los que luchan sobre su campo de batalla para conseguir la
victoria, me ha proporcionado las emociones más vivas, a causa de la variedad
de sus facetas, de lo imprevisto de sus golpes y del capricho de sus
combinaciones.
¿Por qué
motivo el noble juego de la oca intervendría de modo tan inesperado en el
testamento de William J. Hypperbone? El notario continuó:
—Nadie
ignora en Chicago que este juego se compone de una serie de casillas ordenadas
y numeradas del 1 al 63. Catorce de estas casillas están ocupadas por la figura
de una oca, ese animal tan injustamente tachado de estúpido, y que debiera
haber sido rehabilitado cuando salvó al Capitolio de Breno y de sus galos.
Algunos
concurrentes, algo escépticos, comenzaron a preguntarse si el difunto William
J. Hypperbone no se burlaba del público con el intempestivo elogio de aquel
ejemplar de la tribu de los anserinos, aves palmípedas lamelirrostras. El
testamento proseguía:
—Como
consecuencia de dicha disposición, y descontando estas catorce casillas, quedan
cuarenta y nueve, de las que únicamente seis obligan al jugador a pagar primas,
o sea: una prima a la casilla 6, donde hay un puente que permite saltar a la
12; dos primas a la 19, donde debe esperar en la hostería a que sus
contrincantes hayan jugado dos veces; tres primas a la 31, donde figura un
pozo, en cuyo fondo permanece hasta que otro pasa a ocupar su sitio; dos primas
a la 42, que representa un laberinto, el cual ha de abandonar para retroceder a
la casilla 30, donde hay un ramo de flores; tres primas a la 52, donde quedará
preso mientras no sea remplazado; y, en fin, tres primas a la casilla 58, en la
que hay dibujada una calavera, que obliga al jugador a recomenzar la partida.
Cuando,
tras aquel largo período, el notario Tombrock se detuvo para tomar aliento,
oyéronse varios murmullos, prontamente reprimidos por la mayoría del auditorio,
evidentemente favorables al difunto. Y, no obstante, toda aquella gente no se
había concentrado en el Auditorium para escuchar una disertación sobre el juego
de la oca.
El
notario continuó en estos términos:
—En este
sobre se encontrará un plano y una caja. El plano es el del
52
noble
juego de la oca, compuesto conforme a una nueva colocación de sus casillas que
yo he inventado, y del que deberá darse conocimiento al público. La caja
contiene dos dados semejantes a los que yo solía servirme en el Círculo.
—El plano
y los dados serán destinados a una partida que será jugada de acuerdo con las
condiciones que se citan a continuación.
¡Cómo!
¿Se trataba de jugar una partida a la oca? Decididamente, el difunto era un
farsante, un humbug, como se dice en América.
Un fuerte
siseo se levantó contra los descontentos, y el notario prosiguió su lectura:
—He aquí
lo que he pensado hacer en honor de mi país, al que amo con el ardor de un
patriota y cuyos diversos Estados he visitado a medida que su número aumentaba
y nuevas estrellas se añadían al pabellón de la República americana.
Una
triple salva de hurras resonó en el local, a la que sucedió un intenso
silencio, pues la curiosidad había llegado a su punto culminante.
—Actualmente,
sin contar Alaska, situada fuera de su territorio, pero que se unirá a él muy
pronto, cuando el Canadá se nos incorpore, la Unión posee cincuenta Estados,
repartidos sobre una extensión de cerca de ocho millones de kilómetros
cuadrados. Pues bien, colocando estos cincuenta Estados por casillas, uno a
continuación de otro, y repitiendo catorce veces uno de ellos, he obtenido un
tablero compuesto de sesenta y tres casillas, idéntico al noble juego de la
oca, convertido por este hecho en el noble juego de los Estados Unidos.
Los
oyentes que estaban familiarizados con el juego en cuestión, comprendieron
fácilmente la idea de William J. Hypperbone. El auditorio, pues, aplaudió
calurosamente, y pronto toda la calle aclamó la ingeniosa invención del
testador.
El
notario Tombrock continuó leyendo:
—Quedaba
por determinar cuál de los cincuenta Estados debía figurar catorce veces en el
tablero. ¿Y cuál mejor que aquél cuyas soberbias
53
riberas
bañan las aguas del Michigan, aquel que se enorgullece con una ciudad como la
nuestra, la que ha arrebatado a Cincinnati desde hace más de medio siglo el
título de «Reina del Oeste», este Illinois, privilegiada región que el Michigan
limita al Norte, el Ohio al Sur, el Misisipi al Oeste y el Wabash al Este,
Estado a la vez continental y marítimo, y actualmente en primera línea en la
gran República federal?
Una nueva
tempestad de hurras hizo retemblar los muros del salón, y sus ecos, repetidos
por la excitada multitud, llegaron hasta los límites del distrito.
Aquella
vez el notario tuvo que suspender la lectura durante algunos minutos. Cuando la
calma se restableció, siguió leyendo:
—Trátase
ahora de designar los jugadores que serán llamados a jugar esta partida sobre
el inmenso territorio de los Estados Unidos, conforme al mapa encerrado en este
sobre y del que deberán hacerse millones de ejemplares a fin de que cada
ciudadano pueda seguir las peripecias del juego. Estos jugadores, en número de
seis, han sido elegidos por la suerte entre los habitantes de nuestra ciudad, y
deben estar reunidos en este momento en el escenario del Auditorium. Ellos son
los que habrán de trasladarse a cada Estado indicado de acuerdo con el número
de tantos obtenido y el sitio que les dará a conocer mi ejecutor testamentario,
según nota aquí adjunta y cuidadosamente redactada.
Éste era,
pues, el papel reservado a los «Seis». El azar de los dados iba a pasearles por
la superficie de la Unión. Serían las piezas del tablero de aquella inverosímil
partida.
Si Tom
Crabbe no comprendió nada de la idea de William J. Hypperbone, no sucedió así
al comodoro Urrican, a Harris T. Kymbale, a Hermann Titbury, a Max Real y a
Lissy Wag. Se miraban entre ellos, y por todos eran mirados como seres
extraordinarios situados fuera del común de las gentes.
Pero
quedaba por saber cuáles eran las últimas disposiciones imaginadas por el
difunto.
—Transcurridos
quince días de la lectura de mi testamento, cada dos días, en esta misma sala
del Auditorium, y a las ocho de la mañana, el notario Mr . Tombrock, en
presencia de los socios del «Excentric Club», agitará el
54
cubilete
de los dados, proclamará el resultado y comunicará esta cifra por teléfono al
punto donde cada jugador deba encontrarse, bajo pena de quedar excluido de la
partida. Dadas la facilidad y la rapidez de las comunicaciones a través del
territorio de la Confederación, de la que ninguno de los «Seis» deberá
traspasar los límites, si no quiere perder el derecho de continuar jugando,
estimo que quince días bastarán a cada cambio de sitio, por lejano que esté.
Era
evidente que si Max Real, Hodge Urrican, Harris T. Kymbale, Hermann Titbury,
Tom Crabbe y Lissy Wag aceptaban el papel de contrincantes en aquel juego,
renovado, no de los griegos, sino de los franceses, por William J. Hypperbone,
quedaban obligados a seguir estrictamente las reglas impuestas. Pero ¿en qué
condiciones se efectuaría aquella loca carrera a través de los Estados Unidos?
—Estos
«Seis» viajarán a sus expensas —prosiguió el notario—, y de su bolsillo pagarán
las primas exigibles a la llegada a determinadas casillas, o, mejor dicho, a
determinados Estados. El precio de cada prima se fija en mil dólares. Quedará
fuera de concurso el jugador que deje de efectuar un pago.
Si la
mala suerte se mezclaba en el negocio, a razón de mil dólares por prima, la
cantidad a satisfacer podía ser considerable. No es de extrañar, pues, que
Hermann Titbury hiciese un gesto, que se reprodujo instantáneamente en el
congestionado rostro de su esposa. No era dudoso que la obligación de pagar
esta prima de mil dólares molestase, si no a todos, por lo menos a algunos de
los futuros jugadores. Es cierto que se encontrarían personas dispuestas a
prestar dinero a los concursantes, especialmente a los que parecían favoritos.
¿No era aquello, acaso, un nuevo campo abierto al afán especulativo de los
ciudadanos de la libre América?
El
testamento contenía aún algunas interesantes disposiciones. Y, en primer lugar,
esta declaración relativa a la situación financiera de William J. Hypperbone:
—Mi
fortuna, en terrenos e inmuebles, en valores industriales, acciones de bancos o
ferrocarriles, cuyos títulos están depositados en el estudio del notario Mr.
Tombrock, puede valorarse en sesenta millones de dólares.
Esta
declaración fue acogida por un murmullo de aprobación.
55
Se
agradecía al difunto que hubiese dejado herencia tan importante, y aquella
cifra pareció respetable aún en el país de los Gould, los Bennett, los
Vanderbilt, los Astor, los Bradley-Martin, los Hatty Green, los Hutchinson, los
Carrol, los Prior, los Morgan Slade, los Lennox, los Rockefeller, los Schemeom,
los Richard King, los May Gaclet y otros millonarios, reyes del azúcar, del
trigo, de la harina, del petróleo, de los ferrocarriles, del cobre, de la plata
y del oro. En todo caso, aquel o aquellos de los «Seis» sobre los que recayera
esta fortuna, en todo o en parte, podrían darse por satisfechos. Pero ¿bajo qué
condiciones la recibirían?
A esta
pregunta respondía así el testamento, que seguía leyendo el notario:
—Sabido
es que en el noble juego de la oca gana el que llega primero a la casilla 63.
Pero esta casilla no es definitivamente ocupada hasta que se entra en ella
mediante los puntos exactos: si son excesivos los puntos obtenidos, el jugador
debe retroceder tantas casillas como puntos le sobren. Así, pues, conforme a
estas reglas, el heredero de toda mi fortuna será el jugador que tome posesión
de la casilla 63, o, mejor dicho, del Estado 63, que es el de Illinois.
De lo
citado se desprendía que sólo ganaba el primero que llegase al final. ¿No había
nada para sus compañeros de viaje, después de tantas fatigas, gastos y
emociones?
Sí: el
segundo debía ser premiado y rembolsado en cierta medida.
—El
segundo —decía el testamento—, es decir, aquel que al fin de la partida se
halle más próximo a la casilla 63, recibirá la totalidad de las primas de mil
dólares, que los azares del juego pueden elevar a una cantidad considerable, y
de la que sabrá hacer bueno y provechoso uso.
Esta
cláusula no fue ni bien ni mal recibida por los concursantes, ya que acerca de
ella no cabía discusión.
Después,
William J. Hypperbone añadía:
—Si por
una u otra razón uno o varios de los jugadores se retirasen antes de terminar
la partida, ésta será continuada por los restantes. Y en el caso de que todos
la abandonen, mi herencia pasará a la población de Chicago,
56
que será
mi heredera universal, para que sea empleada del modo que mejor convenga a sus
intereses.
El
testamento terminaba con estas líneas:
—Tal es
mi voluntad formal, cuya ejecución vigilarán Georges B. Higginbotham,
presidente del «Excentric Club», y mi notario, Mr. Tombrock. Debe ser observada
en todo su rigor, como entiendo que lo serán también todas las reglas del noble
juego de los Estados Unidos de América.
Y ahora,
que Dios conduzca la partida, determine las suertes y favorezca al más digno.
Un último
hurra acogió aquella invocación final a la intervención de la Providencia. Los
asistentes al acto iban a retirarse, cuando el notario, reclamando silencio con
gesto imperioso, añadió estas palabras:
—Hay un
codicilo…
¿Un
codicilo? ¿Iba, pues, a destruir todo lo ordenado en el testamento y a
descubrir la burla que algunos esperaban aún del excéntrico difunto?
He aquí
lo que leyó el notario:
—A los
seis jugadores designados por la suerte se unirá un séptimo de mi elección, que
figurará en la partida con las iniciales X. K. Z., gozará de los mismos
derechos que sus compañeros y deberá someterse a las mismas reglas. Respecto a
su nombre verdadero, no será revelado más que si gana la partida, y las jugadas
de ésta que a él se refieran le serán enviadas bajo dichas iniciales.
Tal es la
última de mis voluntades.
Aquello
pareció singular. ¿Qué ocultaba aquella cláusula del codicilo? Pero no había
razón para discutirla más que las otras; y la multitud,
57
vivamente
impresionada, como dicen los cronistas, abandonó el Auditorium.
58
VI. El
mapa puesto en circulación
Aquel
día, los periódicos de la noche, y los de la mañana al siguiente, fueron
arrebatados de manos de los vendedores a un precio doble o triple del
ordinario. Aunque ocho mil espectadores habían podido asistir al acto de la
apertura del testamento de William J. Hypperbone, centenares de miles de
americanos en Chicago, y millones de ellos en el resto de los Estados Unidos,
no habían tenido esta suerte.
Por más
que los artículos, las entrevistas y las noticias de los periódicos pudieran
satisfacer a las masas, el deseo general reclamaba imperiosamente la
publicación de una pieza que acompañaba al testamento.
Era el
mapa del juego de los Estados Unidos, ideado por William J. Hypperbone, que
presentaba idéntica disposición que el noble juego de la oca.
¿Cómo
había distribuido el honorable miembro del «Excentric Club» los cincuenta
Estados de la Unión? ¿Cuáles darían motivo a retrasos, a paradas momentáneas o
prolongadas, a recomenzar la partida, a dar saltos hacia atrás con el pago de
primas sencillas, dobles o triples?
No hay
que extrañarse si, más aún que el público, los «Seis» y sus amigos personales
deseaban saber a qué atenerse en este asunto.
Merced a
la diligencia mancomunada de Georges B. Higginbotham y del notario Tombrock, el
mapa, fielmente reproducido, fue dibujado, grabado, coloreado e impreso en
menos de veinticuatro horas, y lanzado después por millones de ejemplares a
través de toda América a dos centavos ejemplar. De este modo llegó a manos de
todos los ciudadanos, que podrían señalar en él cada jugada y seguir la marcha
de aquella memorable partida.
He aquí
en qué orden, y por casillas correlativas y numeradas, estaban dispuestos los
cincuenta Estados que en aquella época componían la
59
República
americana:
Casillas:
Rhode
Island.
Maine.
Tennessee.
Utah.
Illinois.
Nueva
York.
Massachusetts.
Kansas.
Illinois.
Colorado.
Tejas.
Nuevo
México.
Montana.
Illinois.
Misisipi.
Connecticut.
Iowa.
Illinois.
Luisiana.
Delaware.
Nuevo
Hampshire.
Carolina
del Sur.
Illinois.
Michigan.
Georgia.
Wisconsin
Illinois.
Wyoming.
Oklahoma.
Washington.
Nevada.
Illinois.
Dakota
del Norte.
Nueva
Jersey.
Ohio.
Illinois.
Virginia
Occidental.
60
Kentucky.
Dakota
del Sur.
Maryland.
Illinois.
Nebraska.
Idaho.
Virginia.
Illinois.
Distrito
de Columbia.
Pennsylvania.
Vermont.
Alabama.
Illinois.
Minnesota.
Missouri.
Florida.
Illinois.
Carolina
del Norte.
Indiana.
Arkansas.
California.
Illinois.
Arizona.
Oregón.
Territorio
Indio.
Illinois.
Tal era
el sitio asignado a cada Estado a lo largo de las sesenta y tres casillas,
estando el de Illinois repetido catorce veces.
Conviene
advertir, en primer lugar, cuáles eran los Estados elegidos por William J.
Hypperbone para el pago de prima que motivaban paradas y retrocesos a los
jugadores desafortunados.
Eran
éstos en número de seis, a saber:
1.º La
casilla número 6, Estado de Nueva York, correspondía a la del puente en el
juego de la oca, en la que el jugador, al llegar a ella, debe inmediatamente
colocarse en la 12, Estado de Nuevo México, contra pago de una prima sencilla.
2.º La
casilla 19, Luisiana, corresponde a la de la hostería, y donde el
61
jugador,
tras pagar una prima doble, ha de permanecer dos veces sin jugar.
3.º La
casilla 31, Estado de Nevada, correspondía a la del pozo, en el fondo del cual
permanece el jugador hasta que otro le remplaza, tras haber pagado una prima
triple.
4.º La
casilla 42, Estado de Nebraska, correspondía a la del laberinto, donde el
jugador, después del pago de una prima doble, debe retroceder hasta la casilla
30, reservada al Estado de Washington.
5.º La
casilla 52, Estado de Missouri, correspondía a la de la prisión, donde es
encerrado el jugador, que satisface una prima triple y de la que no puede salir
hasta que otro pasa a ocupar su sitio.
6.º La
casilla 58, Estado de California, correspondía a la de la calavera. El jugador
que cae en ella es obligado, por una cruel regla del juego, a recomenzar la
partida, tras pagar una prima triple.
Por lo
que respecta al Estado de Illinois, indicado catorce veces en el mapa,
correspondía a la oca, y figuraba en las casillas 5, 9, 14, 18, 23, 27, 32, 36,
41, 45, 50, 54, 59 y 63. Los jugadores no debían detenerse en ellas, y, según
la regla, doblarían los puntos obtenidos hasta encontrar otra casilla distinta
a aquéllas en que figuraba el simpático animal cuya rehabilitación reclamaba
William J. Hypperbone.
Cierto es
que si del primer golpe de dados el jugador obtenía nueve puntos, o sea, que se
colocaba en la casilla 9, llegaría de oca en oca directamente hasta la 63, es
decir, al final. Como la cifra 9 no puede obtenerse más que de dos maneras con
los dados, por 3 y 6 o por 5 y 4, en el primer caso el jugador iría a colocarse
en la casilla 26, Estado de Wisconsin, y en el segundo en la casilla 53, Estado
de Florida.
Esto
constituía un avance considerable sobre los demás. Pero la ventaja es más
aparente que real, puesto que es preciso llegar a la última casilla mediante un
número exacto de puntos, y el jugador está obligado a retroceder si excede de
él.
Finalmente,
y como última observación, cuando uno de los jugadores fuese alcanzado por
otro, debía cederle su casilla y situarse en la que aquél ocupaba, tras haber
pagado una prima sencilla, excepto en el caso en que él hubiera abandonado ya
dicha casilla el día en que el otro llegase
62
a ella.
Esta derogación de la regla había sido admitida por el testador, teniendo en
cuenta el tiempo necesario para estos cambios consecutivos.
Restaba
una cuestión secundaria —y de las más interesantes seguramente— que el estudio
del mapa no permitía resolver.
¿Cuál
era, dentro de cada Estado, el sitio donde tenían que situarse los jugadores?
¿Debían ir a la capital, o a otra localidad notable desde el punto de vista
histórico o geográfico? ¿No era verosímil que el difunto, aprovechándose de lo
visto en sus viajes, hubiese elegido los lugares más célebres? Una nota unida
al testamento lo indicaba; pero esta indicación debía ser hecha al interesado
en el despacho que le haría conocer el resultado del golpe de dados a él
concerniente. El notario Tombrock expediría este telegrama al lugar donde el
jugador debería encontrarse en aquel momento.
Huelga
decir que los periódicos americanos publicaron estas observaciones, recordando
que, a tenor de la voluntad formal del testador, las reglas del noble juego de
la oca debían ser seguidas en todo su rigor.
Respecto
al tiempo para trasladarse a cada lugar, era más que suficiente, por más que
cada golpe debía jugarse cada dos días. Efectivamente, como eran siete, cada
jugador dispondría de catorce días. No necesitaría tanto tiempo ni aun para
trasladarse de un extremo a otro de la Unión, por ejemplo, de Maine a Tejas o
de Oregón a la punta meridional de Florida. Los ferrocarriles cubrían en
aquella época la superficie entera del territorio, y, combinando itinerarios y
horarios, podía viajarse con gran rapidez.
Tales
eran las reglas del juego, que no admitían discusión. La cosa era, como suele
decirse, para tomarla o dejarla. Y se tomó.
Pero no
todos los seis elegidos demostraron el mismo afán. El comodoro Urrican fue en
esto igualado por Tom Crabbe, o más bien por John Milner, y por Hermann
Titbury. Respecto a Max Real y Harris T. Kymbale, miraron la cuestión desde el
punto de vista Turístico, el uno en provecho de su arte y de sus artículos
periodísticos el otro. En lo que concierne a Lissy Wag, he aquí lo que le
declaró Jovita Foley:
—Querida,
voy a solicitar de Mr. Marshall que te conceda una licencia, y a mí también,
pues pienso acompañarte hasta la casilla 63.
63
—¡Pero
esto es una locura! —exclamó la joven.
—Al
contrario, es muy de cuerdos —respondió Jovita—; y como tú has de ser la
ganadora de los sesenta millones de dólares de Mr. Hypperbone…
—¿Yo?
—Tú,
Lissy. Y me darás la mitad por mi ayuda.
—Puedes
quedarte con todo, si lo deseas.
—¡Acepto!
—contestó Jovita Foley con la mayor seriedad del mundo.
Claro
está que Mrs. Titbury seguiría a Hermann Titbury en su peregrinación, aunque
para ello fuese necesario doblar los gastos. Desde el momento en que no estaba
prohibido partir en compañía de otro, juntos partirían. Era lo mejor para
ambos.
Así lo
exigió Mrs. Titbury, como exigió también que su marido tomase parte en el
juego, pues las mudanzas y los gastos a realizar asustaban a aquel infeliz, tan
medroso como avaro.
Pero la
imperiosa Kate se impuso, y Hermann no tuvo otro remedio que obedecer.
John
Milner acompañaría asimismo a Tom Crabbe, como era natural.
Y el
comodoro Urrican, Max Real y Harris T. Kymbale, ¿viajarían solos, o se harían
acompañar de algún criado? No lo habían decidido aún. Ninguna cláusula del
testamento se lo prohibía. Además, el que lo desease era libre de acompañar a
cualquiera de los «Seis» y de apostar por él como se apuesta por caballos de
carreras.
Sería
superfluo añadir que la excentricidad pòstuma de William J. Hypperbone había
producido gran sensación en América y Europa. No cabía duda, dado el afán
especulativo de los americanos, de que en tal partida se apostarían unas sumas
importantes.
Hermann
Titbury y Hodge Urrican, en buena situación económica, y también John Milner,
que ganaba mucho dinero con las exhibiciones de Tom Crabbe, no corrían el
riesgo de verse obligados a detenerse en el camino por no poder pagar las
primas. Por lo que respecta a Harris T.
64
Kymbale,
el Tribune —¡y qué reclamo para este periódico!— estaba dispuesto a abrirle el
crédito que fuera preciso.
Max Real
no se preocupaba de estas obligaciones, pues ya vería lo que haría llegado el
caso. Y en lo relativo a Lissy Wag, Jovita Foley le había dicho:
—Nada
temas. Dedicaremos todos nuestros ahorros a los gastos de viaje.
—No
iremos muy lejos, pues.
—Te
equivocas, Lissy. Iremos muy lejos.
—Haz
números. Si la desgracia nos obliga a pagar primas…
—¡La
suerte no nos obligará más que a ganar! —declaró Jovita Foley, con tan resuelto
tono que Miss Wag se guardó bien de discutir con ella.
Sin
embargo, probablemente ni Lissy Wag ni quizá Max Real serían los favoritos de
los especuladores americanos, puesto que la falta de pago de una prima les
excluiría de la partida en provecho de los demás jugadores.
No
obstante, si algo podía influir a favor de Max Real, era que la suerte le había
designado como el primero que había de partir, de lo que el comodoro Urrican se
mostraba sumamente furioso. No, él no podía consolarse de ser el número seis,
después de Max Real, Tom Crabbe, Hermann Titbury, Harris T. Kymbale y Lissy
Wag. Y, sin embargo, bien pensado, esto carecía de importancia. ¿Acaso el
último no podía distanciarse de sus compañeros, si al primer golpe, por
ejemplo, era enviado por 5 y 4 a la casilla 53, Estado de Florida? Sí, pues tal
es el azar de estas maravillosas combinaciones, debidas, según la leyenda, al
sentido fino y poético de la ingeniosa Hélade.
Era
evidente que el público, muy interesado desde el principio, no veía ni las
dificultades ni las fatigas de aquel viaje.
No era
imposible que la partida se decidiera en algunas semanas, pero tampoco que
durase meses y aun años. No lo ignoraban los miembros del «Excentric Club», que
habían sido testigos o participantes de las interminables partidas jugadas
diariamente por William J. Hypperbone en las salas del Círculo. De prolongarse
la marcha a través de los Estados, era de temer que algunos de los jugadores se
vieran imposibilitados por la
65
enfermedad
y obligados, por tanto, a abandonar toda esperanza de llegar al fin, en
provecho del más fuerte o del más favorecido por el azar. Estas eventualidades
no preocupaban a nadie. Todos tenían prisa por verse en plena campaña, y,
cuando los «Seis» estuvieran en camino, de participar en sus emociones, de
acompañarles con su imaginación y hasta en realidad, como hacen los ciclistas
en una carrera profesional, de seguirles en sus múltiples paseos por la Unión,
cosa que colmaría de satisfacción a los fondistas de los Estados que cruzara el
itinerario.
Pero si
el público rehusaba pensar en los inconvenientes de toda clase que podían
surgir, un pensamiento muy lógico acudió al espíritu de algunos jugadores. ¿Por
qué no podían hacer un arreglo entre ellos, mediante el cual el ganador se
comprometiera a partir su fortuna con los menos favorecidos por la suerte, o
por lo menos dividirles la mitad de ella, reservándose la otra mitad? Treinta
millones de dólares para el vencedor, y el resto para los otros. Tener, en todo
caso, la seguridad de embolsarse cinco millones de dólares parecía a los
espíritus prácticos y poco amigos de aventuras muy digno de ser tomado en
consideración.
En ello
nada había que se opusiera a la voluntad del testador, puesto que la partida se
efectuaría en las condiciones prescritas, y el triunfador podría siempre
disponer de su ganancia como le pluguiera.
Así,
pues, los interesados, por iniciativa seguramente del más prudente de ellos,
fueron convocados a una reunión para tratar de esta proposición. Hermann
Titbury era de opinión de que se aceptase. Calculad: ¡más de cinco millones de
dólares asegurados a cada uno! Mrs. Titbury vacilaba, pero acabó por aceptar.
Tras madura reflexión, pues no era amigo de aventuras, Harris T. Kymbale se
unió a esta opinión, así como Lissy Wag, aconsejada por su patrón Mr. Marshall
Field y pese a la oposición de Jovita Foley, que lo quería todo. John Milner se
adhirió en nombre de Tom Crabbe; y si Max Real se hizo de rogar un poco, es
porque estos artistas llevan generalmente un punto de locura en el cerebro.
Pero al fin, aunque sólo fuera por no contrariar a Lissy Wag, cuya situación le
interesaba vivamente, se declaró dispuesto a suscribir el arreglo.
Mas para
que éste fuera definitivo era indispensable que estuviera firmado por todos; y
aunque cinco consentían, había un sexto de cuya terquedad no pudo triunfar
argumento alguno. Era Hodge Urrican, el cual se negó a escuchar razón alguna.
66
Había
sido designado por la suerte para jugar la partida, y la jugaría hasta el
final. Fue preciso romper las negociaciones, pues el comodoro se encastilló en
una obstinación irreductible, pese a que Tom Crabbe, obedeciendo a John Milner,
se disponía a darle un puñetazo que le hubiera hundido algunas costillas.
Además,
olvidaban que, según el codicilo, los jugadores eran siete. Había aquel
desconocido, X. K. Z., elegido por William J. Hypperbone. ¿Quién era? ¿Vivía en
Chicago? ¿Sabía el notario a qué atenerse respecto a este punto? El codicilo
ordenaba que el nombre de este misterioso personaje no debía ser revelado sino
en el caso de que fuera el favorecido por la suerte. Esto acentuaba la
curiosidad de la gente. Ahora bien, puesto que aquel X. K. Z. no podía ir a
aceptar el contrato propuesto, no hubiera sido posible llegar a un acuerdo
acerca del dinero aunque el comodoro Urrican hubiese prestado su
consentimiento.
Así,
pues, no quedaba más que esperar el primer golpe de dados, cuyo resultado debía
ser proclamado el día 30 de abril en el teatro Auditorium.
Seis días
faltaban para la fantástica fecha. Por lo tanto, había tiempo suficiente para
hacer los preparativos, tanto para el comodoro Urrican, que debía partir en
último lugar, como para Hermann Titbury, Harris T. Kymbale, Tom Crabbe y Lissy
Wag.
El que
menos preocupación sentía por el viaje, pese a que debía partir el primero, era
Max Real. Cuando su madre, que había abandonado Quebec y residía ahora en la
casa de South Halstedt Street, le hablaba de ello, él respondía:
—Tengo
tiempo de sobra.
—No
mucho, hijo mío.
—Además,
madre, ¿para qué he de lanzarme a tan absurda aventura?
—¡Cómo…!
¿No quieres probar fortuna?
—No he
nacido para ser millonario.
—¡No
digas tonterías! —replicaba la excelente señora, que soñaba todo lo que las
madres sueñan para sus hijos—. Es preciso que hagas los preparativos para el
viaje…
67
—Ya los
haré mañana, madre… O pasado mañana… O la víspera de la partida…
—Pero
piensa al menos lo que quieres llevar…
—Los
pinceles, la caja de colores, los lienzos… Lo llevaré al hombro, en un saco,
como los soldados.
—Piensa
que puedes ser enviado al otro extremo de América.
—De los
Estados Unidos, madre —rectificó el joven—; y sólo con una maleta daría la
vuelta al mundo.
Y volvía
a su estudio, siendo imposible obtener de él otra respuesta. Pero su madre no
dejaría que perdiese tan buena ocasión de hacer fortuna.
En cuanto
a Lissy Wag, disponía de mucho tiempo, puesto que no debía partir hasta diez
días después que Max Real. De esto se lamentaba la impaciente Jovita Foley.
—¡Qué
desgracia, mi pobre Lissy! —repetía—. ¡Qué desgracia haberte tocado el número
cinco!
—¡Cálmate,
amiga mía! —respondía la joven—. Es un número tan bueno como los otros… O tan
malo.
—No digas
eso, Lissy; no tengas esas ideas, que, pueden traemos la desgracia.
—Vamos,
Jovita, dime la verdad; ¿crees tú verdaderamente…?
—¿Qué
resultarás vencedora?
—Sí.
—Estoy
segura de ello… Tan segura como de tener aún mis treinta y dos dientes.
Y al oír
esto, lanzaba Lissy Wag tan estrepitosa carcajada que Jovita sentía deseos de
darle unos azotes.
Es inútil
insistir sobre el estado de ánimo del comodoro Urrican. Este
68
personaje
no vivía. Hallábase decidido a abandonar Chicago diez minutos después de que
los dados le hubiesen indicado el número. No se detendría ni un día, ni una
hora, aunque fuese enviado a la región de los Everglades en la península de
Florida.
El
matrimonio Titbury pensaba solamente en las primas que tendría que pagar si la
suerte les era adversa, más aún que en las probabilidades de caer en la prisión
de Missouri o en el pozo de Nevada. Confiaban que la suerte les evitaría estos
funestos lugares.
Tom
Crabbe continuaba haciendo sus seis comidas diarias, sin preocuparse del
porvenir y esperando no interrumpir tan buenas costumbres durante el viaje.
Siempre encontraría posadas bien provistas incluso en los pueblos de menor
importancia, y, además, John Milner cuidaría de que nada faltase al coloso. No
cabe duda de que esto costaría dinero, pero ¡qué reclamo para el campeón del
Nuevo Mundo! ¿Y quién sabe si durante el viaje no se presentaría ocasión de
organizar alguna velada de boxeo, de la que el célebre machacador de mandíbulas
sacaría honra y provecho?
En fin,
preciso es indicar que en Chicago y en otras muchas ciudades de la Unión se
habían establecido agencias para apuestas. Claro es que no podían funcionar
mientras la partida no hubiera empezado. Si la impaciencia del público había
sido grande desde el día 1.º al día 15 de abril, día en que se leyó el
testamento, no fue menor desde el día 15 al día 30, día en que por vez primera
los dados iban a ser lanzados sobre el mapa trazado por William J. Hypperbone.
Todos los habituales apostantes en las carreras sólo esperaban el momento de
apostar en el nuevo juego. Pero ¿qué base existía para calibrar el mérito de
los participantes? No podía hacerse, como para los caballos, teniendo en cuenta
los triunfos obtenidos, lo ilustre de su ascendencia o la habilidad del jockey.
En esta ocasión no quedaba más recurso que aquilatar las cualidades personales
de los jugadores, especialmente su aspecto moral.
De todas
maneras, preciso es confesar que la conducta de Max Real no era la más a
propósito para que el joven se captase las simpatías de los apostantes. ¿Se
creerá que el día 29 de abril, víspera del día en que los dados iban a fijar su
itinerario, había salido de Chicago? Desde hacía cuarenta y ocho horas, con sus
enseres de pintor al hombro, había partido para el campo. Su madre, preocupada,
ignoraba cuándo estaría de regreso. ¡Ah!, si por alguna causa era detenido en
algún sitio, si no estaba
69
allí al
día siguiente para asistir al golpe de dados, ¡qué satisfacción para el sexto
jugador, que pasaría a convertirse en el quinto! Y éste sería el comodoro
Urrican, que se exaltaba ante la probabilidad de avanzar un puesto y que no
tendría, por lo tanto, más que cinco adversarios para combatir.
Nadie
pudo decir si Max Real había vuelto de su excursión el día 30 de abril, ni aun
si se encontraba en la sala del Auditorium.
Al dar
las doce, ante los agitados espectadores, el notario Tombrock, acompañado por
Georges B. Higginbotham y los socios del «Excentric Club», agitó el cubilete
con mano firme e hizo rodar los dados sobre el mapa.
—Cuatro y
cuatro —gritó.
—¡Ocho!
—respondieron al unísono los concurrentes.
Esta
cifra correspondía a la casilla asignada por el testador al Estado de Kansas.
70
VII. El
primero que marcha
Al
siguiente día, la gran estación de Chicago presentaba extraordinaria animación.
¿Qué la motivaba? Evidentemente la presencia de un viajero, en traje de
turista, con sus arreos de pintor al hombro, seguido de un joven negro,
portador de un maletín y de un saco en bandolera, que se aprestaba a tomar el
tren de las ocho y diez de la mañana.
No faltan
ferrocarriles que crucen en todas direcciones el territorio de la República
Federal. En los Estados Unidos el valor de los caminos de hierro sobrepasa los
55 milliards de francos, y 700 000 individuos están empleados en su
explotación. Solamente en Chicago hay un movimiento diario de 300 000 viajeros,
sin contar las 10 000 toneladas de periódicos y cartas que los vagones
transportan anualmente.
Dedúcese
de ahí que ninguno de los siete jugadores hallaría dificultades para
trasladarse al punto que el capricho de los dados le indicara. Además hay que
añadir a estas múltiples vías férreas los steamers y los steamboats
, barcos que surcan los canales, los lagos y
los ríos. En lo que respecta concretamente a Chicago, es fácil partir y no
menos fácil regresar.
Max Real,
que había vuelto a la ciudad la víspera, se ocultaba entre la multitud que
llenaba el Auditorium cuando la suerte de los dados fue proclamada por el
notario. Nadie le había visto, y se ignoraba su regreso. Así, pues, cuando su
nombre fue pronunciado se produjo un inquietante silencio, que rompió la voz
tonante del comodoro Urrican al decir:
—¡Ausente!
—¡Presente!
—respondió otra voz.
Y Max
Real, acogido con aplausos, subió al escenario.
—¿Está
usted dispuesto a partir? —preguntó el presidente del «Excentric Club»
aproximándose al artista.
71
—Dispuesto
a partir y a vencer —respondió sonriendo el pintor.
El
comodoro Urrican, como un caníbal de la Papuasia, le hubiera devorado vivo.
El
excelente Harris T. Kymbale avanzó hacia Max Real y, sin pesadumbre, le dijo:
—Compañero,
le deseo buen viaje.
—Lo mismo
le deseo para el día de su marcha —contestó el pintor.
Y ambos
cambiaron un cordial apretón de manos.
Ni Hodge
Urrican ni Tom Crabbe, furioso el primero y embrutecido el otro como de
costumbre, se unieron a los cumplimientos del periodista.
El
matrimonio Titbury no tenía más que un deseo: que todas las malas rachas del
juego cayesen sobre la cabeza del primero que partía; que fuese a hundirse en
el pozo de Nevada, o cayese en la prisión de Missouri, permaneciendo allí hasta
el fin de su vida.
Al pasar
por delante de Lissy Wag, Max Real se inclinó respetuosamente y dijo:
—Señorita,
permítame usted que le desee buena suerte.
—Pero eso
va en contra de sus propios intereses, caballero —dijo la joven algo
sorprendida.
—No
importa, señorita; esté usted segura de que hago votos por usted.
—Se lo
agradezco mucho, caballero —respondió Lissy Wag.
Jovita
Foley deslizó esta justa observación en el oído de su amiga:
—Es
agradable ese Max Real, y lo sería aún más si, como desea, te deja llegar la
primera.
Terminado
el acto, la sala del Auditorium fue evacuada poco a poco, y el resultado de la
tirada de dados extendióse en seguida por la ciudad.
El match
Hypperbone, usando la expresión adoptada por el público, había
72
comenzado.
Por la
tarde Max Real terminó los preparativos, poco complicados, y al siguiente día
por la mañana abrazó a su madre, tras prometerle formalmente que le escribiría
con la mayor frecuencia posible. Después abandonó el número 3997 de Halstedt
Street, precedido por su fiel Tommy, y fue andando hasta la estación, adonde
llegó diez minutos antes de la salida del tren.
No
ignoraba el joven que la red de ferrocarriles se extiende en todos sentidos en
torno a Chicago, y sólo tenía que elegir entre los dos o tres que se dirigían
hacia Kansas. No es este Estado limítrofe del de Illinois, pero no está
separado de él más que por el de Missouri. Así el viaje que la suerte imponía
al pintor sólo comprendía quinientas cincuenta o seiscientas millas, siguiendo
el itinerario de su preferencia.
«No
conozco Kansas —se dijo—, y se me presenta la ocasión de visitar el “desierto
americano”, como fue llamado en otra época. Además, entre los del país no se
habla mal de los franco-canadienses. Será un viaje agradable, pues no me está
prohibido seguir el trayecto a mi gusto».
Efectivamente,
no estaba prohibido. Tal había sido la opinión del notario Tombrock cuando fue
consultado acerca de este extremo. La nota redactada por William J. Hypperbone
imponía a Max Real la obligación de ganar Fort Riley, en Kansas, y bastaría con
que se encontrase allí a los quince días de su partida, a fin de recibir por
telégrafo el número de la segunda jugada que le correspondía, o sea, la octava
de la partida. En suma, de los cincuenta Estados colocados en el mapa por el
orden que se sabe, tres eran los que le ofrecían un peligro inmediato;
Luisiana, en la casilla, 19, equivalía a la posada; Nevada, en la 30, al pozo;
y Missouri, en la 52, a la prisión.
Max Real
llegaría a su destino procurando hacer agradable el viaje, precisamente al
contrario de lo que harían el colérico Urrican o el avaricioso Titbury, que no
tendrían paciencia ni desperdiciarían su dinero en contemplar el paisaje. Éstos
irían a todo vapor, con pocos deseos de transire videndo.
He aquí
el itinerario elegido por Max Real: en vez de dirigirse a Kansas
City por
el camino más corto, atravesando Illinois y Missouri del Nordeste
al
Sudoeste, tomaría el Grand Trunk, vía férrea que, en una longitud de
73
3786
millas, va de Nueva York a San Francisco, y que en América es conocida por
«Ocean to Ocean». Un trayecto de unas 500 millas le permitiría llegar a Omaha,
en la frontera de Nebraska, y desde allí, viajando en uno de los steamers que
descienden por el Missouri, llegaría a la metrópoli de Kansas. Después, como
turista, como artista, llegaría a Fort Riley el día fijado.
Al entrar
Max Real en la estación encontró en ella gran número de curiosos. Antes de
comprometer grandes sumas en la partida, los apostantes querían ver con sus
propios ojos al primero que emprendía el viaje. Aunque las cantidades a
apostar, basadas en probabilidades más o menos seguras, no podían fijarse aún,
convenía observar al pintor en el momento de la partida. ¿Inspiraría confianza
su actitud? ¿Podría confiarse en que sería el ganador, pese a que el azar era
un factor más decisivo que el aspecto físico del jugador?
Preciso
es confesar que Max Real no tuvo la fortuna de agradar a sus conciudadanos
—cosa que a él le tenía sin cuidado— por el solo hecho de llevar sus trebejos
de pintura. Jonathan, como hombre práctico, estimaba que no se trataba de
contemplar el país ni de pintar cuadros; que se debía viajar como jugador, no
como artista. En su opinión, la partida imaginada por William J. Hypperbone
tomaba la categoría de cuestión nacional, y debía ser jugada en serio. Si
alguno de los «Siete» no ponía en ella todo el ardor de que era capaz, faltaba
a las conveniencias que debían guardarse a la inmensa mayoría de ciudadanos de
la libre América.
Así, el
resultado fue que ni uno sólo de los concurrentes se decidió a subir al tren
para acompañar a Max Real, al menos hasta la estación inmediata, y de
aconsejarle un plan de conducta. Los vagones se llenaron solamente con los
viajeros a quienes las obligaciones del comercio o de la industria llamaban
fuera de Chicago.
Max Real
pudo, pues, instalarse a gusto, y Tommy se sentó a su lado, pues había ya
pasado el tiempo en que los blancos no soportaban la vecindad de los hombres de
color.
Diose la
señal de partida. La potente locomotora lanzó torrentes de lumbre y de vapor, y
el tren se puso en marcha.
Entre la
multitud que quedó en el andén hubiera podido verse al comodoro Urrican, que
lanzó miradas terribles y amenazadoras sobre el primero de
74
los
jugadores que emprendía el camino.
Desde el
punto de vista climatológico, el viaje comenzaba mal. No hay que olvidar que en
América, en aquella latitud —aunque corresponda al paralelo de la España
septentrional—, el invierno no ha terminado aún en el mes de abril. En la
superficie de aquellos vastos territorios, que no cubre ninguna montaña, se
prolonga hasta esta época del año, y las corrientes atmosféricas, lanzadas de
las regiones polares, se desencadenan allí con toda libertad. Aunque el frío
empezaba a ceder ante la fuerza de los rayos solares, las ráfagas turbaban aún
el espacio. Algunas nubes bajas, de las que caían grandes lluvias, oscurecían
el horizonte. Aquello era un inconveniente para un pintor que va en busca de
lugares luminosos y paisajes llenos de sol. Sin embargo, era preferible
recorrer los Estados de la Unión en los primeros días de primavera. Más tarde,
el calor sería insoportable. Después de todo, podía esperarse que el mal tiempo
no se prolongaría más allá de abril.
Hablaremos
ahora de Tommy, el negro que desde hacía dos años estaba al servicio de Max
Real y que iba a acompañarle en un viaje probablemente fecundísimo en
sorpresas.
Como se
ha dicho, era un joven de diecisiete años, y, por lo tanto, nacido libre,
puesto que la emancipación de los esclavos se remontaba a la guerra de
Secesión, terminada treinta años antes, con gran honor para los americanos y
para la humanidad.
Los
padres de Tommy vivían en el tiempo de la esclavitud y eran originarios del
Estado de Kansas, donde la lucha entre los abolicionistas y los plantadores fue
muy violenta. Los padres de Tommy —y condene insistir en este punto— no habían
estado sometidos a yugo muy fuerte, y la vida les fue más fácil que a muchos de
sus iguales.
Habían
tenido un buen amo, cariñoso y justo, y se consideraban como parte de la
familia de éste; así es que, cuando se proclamó la ley de abolición, no
quisieron abandonarle.
Tommy
era, pues, libre al nacer, y, después de la muerte de sus padres y del amo de
éstos, vivía muy preocupado porque se encontraba solo frente a las necesidades
de la vida, quizá por influencia del atavismo o por el recuerdo de los felices
días de su infancia. Tal vez su joven cerebro no comprendía las ventajas que le
procuraba la emancipación, cuando sólo
75
tenía que
contar con sus propias fuerzas, él, que jamás se había preocupado del porvenir.
Son más numerosas de lo que se cree esas pobres gentes de color que lamentan
haberse convertido en servidores libres después de haber servido como esclavos.
Tommy
tuvo la fortuna de ser recomendado a Max Real. Era un muchacho inteligente, de
natural franco, buena conducta y dispuesto a amar a los que le demostraran algo
de afecto. Entró a servir al joven artista, en cuya casa iba a encontrar una
posición cómoda y asegurada.
Su único
disgusto —y él no lo ocultaba— era no pertenecerle de un modo más completo,
tanto en cuerpo como en alma, y así lo repetía con frecuencia.
—Pero
¿por qué? —preguntábale Max Real.
—Porque
si usted fuese mi dueño, si usted me hubiera comprado…, yo le pertenecería a
usted.
—¿Y qué
ganarías con ello?
—Que
usted no me podría despedir… como se hace con un criado del que no se está
satisfecho…
—¡Eh,
Tommy!, ¿quién habla de despedirte? Además, si fueras mi esclavo podría
venderte…
—No
importa… Esto sería más seguro para mí.
—De
ningún modo, Tommy.
—Sí, sí…
Y, además, yo no sería libre para irme.
—Pues
bien, tranquilízate. Si estoy satisfecho de tus servicios, algún día te
compraré.
—¿A
quién, si no soy de nadie?
—A ti, a
ti mismo…, cuando sea rico…, y al precio que quieras.
Tommy
aprobaba con la cabeza; sus ojos brillaban en el fondo de las negras órbitas, y
sus dientes mostraban su extraordinaria blancura, feliz al
76
pensamiento
de venderse un día a su amo, y no amándole menos por eso.
Inútil es
decir la satisfacción que le causaba acompañarle durante aquel viaje por los
Estados Unidos. Su corazón se hubiera dolido al verle partir solo, aunque no se
hubiera tratado más que de una separación de pocos días… ¡Y quién sabe lo que
duraría la partida empeñada en aquellas condiciones, si la suerte no decidía
rápidamente, si el ganador tardaba semanas, y tal vez meses, en llegar al
Estado 63!
Prescindiendo
de la duración del viaje, aquella primera jomada resultó muy fastidiosa, tras
los vidrios del vagón empañados por la niebla y la lluvia. Todo se perdía en
esas tonalidades grises, aborrecidas por los pintores: el cielo, los campos,
las ciudades, las aldeas, las estaciones…
El
paisaje de Illinois apareció confusamente bajo la bruma. No se vieron más que
las altas chimeneas de las fábricas de harina de Napierville y los tejados de
las fábricas de relojes de Aurora. No fue posible observar nada de Oswego, de
Yorkville, de Sandwich, de Mendoza, de Princeton, de Rock Island, con su
soberbio puente sobre el Misisipi y con sus cientos de cañones alargando sus
bocas entre la hierba y las flores, ya que esta isla era propiedad del Estado,
que la había transformado en arsenal.
Max Real
estaba sumamente disgustado, pues nada de todo aquello quedaría entre sus
recuerdos de artista. Tanto hubiera valido dormir durante aquella jornada, cosa
que Tommy hizo a conciencia.
Por la
tarde cesó la lluvia. Las nubes se aclararon y aún pudo observar la puesta del
sol tras la púrpura del horizonte; fue un regalo para los ojos del pintor.
Pero, casi en seguida, la sombra del crepúsculo invadió el espacio sobre los
límites geodésicos que separan Iowa de Illinois. Aunque la noche era bastante
clara, la travesía de este territorio no proporcionó a Max Real ninguna
satisfacción. Poco tardó en cerrar os ojos, que no abrió hasta el alba.
Quizá
tuvo razón para lamentarse de no haber descendido en Rock Island la víspera.
«Sí, he
obrado mal —se dijo, al despertar—. No me está tasado el tiempo.
El día
que tengo destinado para visitar Omaha, debí pasarlo en Rock Island. Desde ahí
a Davenport, la ciudad ribereña del Misisipi, no hay más que cruzar el gran
río, y así yo hubiera visto ese famoso “padre de las
77
aguas”
que tal vez recorreré en todo su curso, por poco que la suerte me pasee a
través de los territorios centrales».
Era
demasiado tarde para entregarse a estas reflexiones. En aquel momento, el tren
corría a todo vapor por las llanuras de Iowa.
Max Real
no pudo ver nada de Iowa City, en el valle del mismo nombre, que durante
dieciséis años fue la capital del Estado; ni de Des Moines, la capital actual,
que antiguamente había sido un fuerte construido en la confluencia del río de
este nombre y del Racoon y ahora era una ciudad de 50 000 habitantes, rodeada
de una inmensa red de vías férreas.
Salía el
sol del horizonte cuando el tren llegó a Council Bluff, casi en el límite del
Estado y sólo a tres millas de Omaha, importante ciudad de Nebraska, donde el
Missouri forma la frontera natural.
Allí se
elevó antaño «El derrumbadero del Consejo», donde se reunían las tribus indias
del Far West. De allí partían las expediciones guerreras o comerciales que
alcanzaban las regiones cruzadas por las montañas Rocosas y Nuevo México.
Pues
bien; no se diría que Max Real había pasado sin detenerse en esta primera
estación del Union Pacific, como había hecho con tantas otras desde la víspera.
—Bajemos
—dijo.
—¿Es que
hemos llegado? —preguntó Tommy, abriendo los ojos.
—Siempre
se llega… cuando se está en alguna parte.
Después
de esta respuesta, asombrosa por lo positiva, ambos saltaron al andén de la
estación.
El
steamer no partiría del muelle de Omaha hasta las diez de la mañana. Como sólo
eran las seis, no faltaría tiempo para visitar Council Bluff, sobre la ribera
izquierda del Missouri.
Esto se
hizo rápidamente, tras una breve parada para desayunar.
Después,
el futuro señor y el futuro esclavo anduvieron entre las dos vías férreas que,
cruzando el río por un doble puente, establecen comunicación
78
con la
metrópoli de Nebraska.
El cielo
se había serenado. Lanzaba el sol sus rayos matutinos a través de las nubes
desgarradas, que una ligera brisa llevaba lejos.
¡Qué
satisfacción producía caminar libremente después de veinticuatro horas de
encierro en un vagón de ferrocarril!
Max Real
no pensaba en tomar apuntes, pues ante sus ojos se extendían vastos y áridos
arenales, poco tentadores para el pincel de un artista.
Marchó
directamente hacia el Missouri, ese gran tributario del Misisipi, llamado en
otra época Mise Souri, Peti Kanui, es decir, «río de fango», en lengua india,
cuyo curso alcanza los 4800 kilómetros.
A Max
Real se le había ocurrido una idea que no hubieran tenido, indudablemente, ni
el comodoro Urrican, ni John Milner, ni aun Harris T. Kymbale: la de
sustraerse, en cuanto fuera posible, a la curiosidad pública. Por esta razón no
había dado a conocer su itinerario en Chicago. La ciudad de Omaha se interesaba
tanto como las demás en la partida del noble juego de los Estados Unidos, y, de
saber que el primer jugador se aproximaba, le hubiera recibido con los honores
debidos a personaje de tal importancia.
Omaha es
una ciudad importante; comprendido su arrabal del Sur, cuenta con 150 000
habitantes. El boom, lo que Reclus llama con justicia el «período de
especulación, y al mismo tiempo de trabajo intenso», la hizo surgir del
desierto en 1854, como a tantas otras ciudades, con todo su aparato de
industria y progreso. ¿Cómo los habitantes de Omaha, jugadores por instinto,
resistirían el deseo de apostar por alguno de los jugadores que el ciego
destino iba a esparcir por la Unión? ¡Y uno de ellos rehusaba revelar su
presencia! Efectivamente, Max Real se limitó a comer en una modesta fonda, sin
indicar su nombre ni su calidad de concursante.
Era
posible que el azar le enviase a Nebraska, o a los Estados que el Grand Trunk
pone en comunicación hacia el Oeste.
En Omaha
tiene precisamente su origen la larga vía férrea, llamada Union Pacific entre
Omaha y Ogden, y Southern Pacific entre Ogden y San Francisco. En cuanto a las
líneas que ponen a Omaha en comunicación con Nueva York, los viajeros sólo
tienen que elegir la que más les
79
convenga.
Sin ser
conocido por nadie, Max Real vagó por los principales barrios de la ciudad,
que, como su vecina Council Bluff, estaba edificada con trazos rectilíneos,
semejantes a un tablero de damas, y en sus límites englobaba cincuenta y cuatro
manzanas de casas.
Eran las
diez cuando Max Real, seguido de Tommy, volvió hacia el Missouri por el norte
de la ciudad y bajó por el muelle hasta el embarcadero del steamboat.
El Dean
Richmond, que así se denominaba éste, se hallaba presto para la marcha. Sus
calderas hervían, y su timón no esperaba más que la orden para ponerse en
movimiento. La jomada bastaría al Dean Richmond para recorrer ciento cincuenta
millas y llegar a Kansas.
Max Real
y Tommy se instalaron en la galería superior, a popa.
¡Ah! Si
los pasajeros hubieran sabido que uno de los jugadores de la famosa partida iba
a descender en su compañía por las aguas del río hasta la ciudad de Kansas,
¡qué acogida más entusiasta le hubieran dispensado! Pero Max Real continuó
guardando el incógnito, y Tommy no se hubiera permitido hacerle traición.
A las
diez largáronse las amarras, las poderosas álabes se pusieron en movimiento, y
el steamboat tomó la corriente del río, sembrado de flotantes piedras pómez
arrancadas de las montañas Rocosas.
Las
riberas del Missouri, que en Kansas son llanas y verdes, más arriba se truecan
en áridas y el río pasa entre un encajonamiento de rocas graníticas. En la
parte llana, el río no está interrumpido por cataratas ni esclusas, y su curso
no se ve turbado por saltos ni rápidos. Hinchado por los tributarios
procedentes de las lejanas regiones del Canadá, a él afluyen numerosos ríos,
entre los cuales el Yellowstone es el principal.
El Dean
Richmond navegaba rápidamente entre la flotilla de barcos de vela y de vapor
que se dirigen al Sur, pues el río no es navegable hacia el Norte a causa de
hallarse cubierto por los hielos, en invierno, o porque la sequía del verano
reduce el caudal de sus aguas.
Se llegó
a Platte City, sobre el río que da uno de sus nombres al Estado,
80
pues
lleva también el de Nebraska; pero realmente, el de Platte está más
justificado, pues su tortuoso curso se desarrolla entre dos riberas herbosas
muy llanas y que dejan poca profundidad al lecho. A veinticinco millas de allí
el steamboat hizo escala en Nebraska City, ciudad que es en realidad el puerto
de la capital del Estado, Lincoln, la cual se halla a veinte leguas al oeste
del río.
Durante
la tarde, Max Real pudo tomar algunos apuntes a la altura de Atkinson y una
vista notable cerca de Leavenworth, donde el Missouri es franqueado por uno de
los más hermosos puentes que tiene en todo su trayecto. Allí fue construido, en
1827, un fuerte destinado a defender el país contra las tribus indias.
Era cerca
de la medianoche cuando el pintor y Tommy desembarcaron en Kansas City.
Disponían de unos doce días para llegar a Fort Riley, sitio indicado en aquel
Estado por la nota de William J. Hypperbone.
Max Real
cuidó de elegir un hotel de regular aspecto, donde pasó una noche excelente
tras veinticuatro horas de ferrocarril y catorce de barco.
El día
siguiente fue destinado a visitar la ciudad, o, mejor dicho, las dos ciudades,
pues hay dos Kansas, situadas ambas en la ribera derecha del Missouri, que
forma en aquel sitio apretado lazo, pero separadas por el río Kansas; la una
pertenece al Estado de Kansas y la otra al Estado de Missouri. La segunda es la
más importante, pues cuenta 130 000 habitantes: la primera, en cambio, no
excede de 30 000. Si pertenecieran al mismo Estado no formarían más que una
sola ciudad.
Max Real
tenía el propósito de permanecer allí veinticuatro horas. Estas dos ciudades
llamadas Kansas se parecen extraordinariamente, y el que visita una puede decir
que ha visto las dos.
El día 4
de mayo por la mañana, Max Real se puso en camino para Fort Riley, haciendo
esta vez el viaje como un artista. Es cierto que tomó el tren, pero estaba
resuelto a apearse en las estaciones que le resultasen agradables, a hacer
excursiones en busca de bellos paisajes, de los que sacaría buen provecho si el
jugador que primero había partido no era el vencedor del match Hypperbone.
Aquello
distaba mucho de ser el desierto que fue antaño. La vasta planicie asciende
gradualmente hacia el Oeste hasta alcanzar una altura de 500
81
toesas en
la frontera de Colorado. Sus sucesivas ondulaciones son interrumpidas por
valles amplios y frondosos, separados por inmensas estepas que cien años antes
recorrían los indios kansas y otras tribus designadas con el nombre de pieles
rojas. Pero lo que había transformado completamente la comarca era la
desaparición de los bosques de cipreses y abetos, sustituidos por millones de
árboles frutales, y también la aparición de planteles. Áreas inmensas eran
dedicadas al cultivo del sorgo, que entra en la fabricación del azúcar, y
abundan también los campos de cebada, de maíz, de avena y de trigo; todo ello
hace de Kansas uno de los más ricos territorios de la Unión.
Había
muchas y variadas especies de flores, especialmente a lo largo de las riberas
del Kansas, siendo de destacar la abundancia de artemisas, de algodonadas
hojas, que impregnaban el aire de un aroma de trementina.
Caminando
de un lugar a otro, apartándose incluso de las líneas de comunicación,
bosquejando algunos cuadros, Max Real empleó una semana en llegar a Topeka, que
alcanzó el día 13 de mayo por la tarde.
Topeka es
la capital de Kansas. Su nombre proviene de las patatas silvestres que abundan
en las ondulaciones del valle. La ciudad se halla en la ribera meridional del
río y se completa con el arrabal de la ribera opuesta.
Allí
descansaron medio día, cosa que les era muy necesaria; y a la mañana siguiente
visitaron la capital. Sus 32 000 habitantes ignoraban que entre ellos estaba el
ya célebre Max Real. Y, sin embargo, esperaban que pasase por allí. Todos
creían que, para trasladarse a Fort Riley, había tomado la línea férrea que
atraviesa Kansas y el desierto de Topeka, y allí fue la población a esperarle.
Max Real reemprendió la marcha el día 14 sin que nadie hubiese sospechado su
presencia.
Fort
Riley, situada en la confluencia de los ríos Smoky Hill y Republican, distaba
de Topeka sólo unas sesenta millas. Max Real podía llegar a la ciudad aquella
misma tarde, si le convenía, o al día siguiente, si se entretenía algo en el
camino. Esto fue lo que hizo, abandonando el tren en la estación de Manhattan.
El artista vencía al jugador.
Por la
tarde, Max Real y Tommy se apearon en la penúltima estación, tres o cuatro
millas antes de Fort Riley, dirigiéndose hacia la ribera izquierda del Kansas.
Nada había que temer, pues aquella distancia podía ser
82
recorrida
andando en media jornada.
El
encantador paisaje que se mostraba ante sus ojos obligó a Max Real a detenerse
al borde del río. En un recodo de éste, lleno de luces y sombras, elevábase uno
de los últimos cipreses de la comarca.
Sus ramas
se extendían de una a otra orilla. Más abajo se veían los restos de una choza
de ladrillo, y más lejos se extendía una vasta pradera esmaltada de flores,
entre las que abundaban los girasoles. Más allá del Kansas divisábase un fondo
de verdor con franjas oscuras, salpicadas por los vivos rayos del sol. El
conjunto se prestaba a maravilla para que un pintor obtuviera un bonito cuadro.
—¡Qué
hermoso panorama! —exclamó Max Real—. En dos horas terminaré un bosquejo.
Como se
verá a continuación, fue él quien estuvo a punto de ser acabado.
El joven
pintor hallábase sentado a la orilla, con un pequeño lienzo sujeto a la tapa de
su caja de colores. Trabajaba sin distraerse desde hacía cuarenta minutos,
cuando un lejano ruido —el quadrupedante sonitu de Virgilio— se dejó oír en
dirección Este. Diríase que una gran cabalgata avanzaba corriendo a través de
la planicie que bordeaba la ribera izquierda.
Aquel
rumor despertó a Tommy de su semisueño, al que se entregaba con gusto, tumbado
al pie de un árbol. Como Max parecía no ver ni oír nada, el negro se levantó y
subió algunos pasos por el suave talud que moría en el río, con el propósito de
alcanzar con la mirada más extensión de terreno.
Aumentaba
el ruido, y en el horizonte se levantaban nubes de polvo que el viento,
bastante fuerte entonces, arrastraba hacia el Oeste.
Tommy dio
media vuelta rápidamente, y, dirigiéndose a Max Real, gritó con verdadero
espanto:
—¡Mi amo!
Abstraído
en su trabajo, el pintor no le contestó.
—¡Mi amo!
—repitió Tommy, con voz alterada, poniéndole una mano en el hombro.
83
—¿Eh?
¿Qué te sucede, Tommy? —respondió Max Real, muy ocupado en mezclar con la punta
de su pincel los colores siena y rojo.
—¡Mi amo!
¿No oye usted?
Preciso
hubiera sido estar sordo para no oír aquel furioso galopar.
Max Real
se levantó en seguida, depositó su paleta en tierra y miró hacia la pradera.
A
quinientos pasos se movía una enorme cabalgada, levantando una gran polvareda;
una especie de alud que avanzaba por la llanura entre furiosos relinchos.
Segundos después alcanzarían la orilla del río.
La huida
sólo era posible en dirección Norte. Así, pues, recogiendo sus trebejos, Max
Real, seguido, o, mejor dicho, precedido por Tommy, corrió hacia aquella
dirección.
La manada
que adelantaba a toda velocidad se componía de varios miles de caballos y mulos
que el Estado, en otra época, mantenía en irnos terrenos situados sobre la
ribera del Missouri. Pero desde que el automóvil y la bicicleta están de moda,
aquellos hipo-motores —justo es llamarlos así—, abandonados a sí mismos, vagan
por los campos. Ahora, enloquecidos, galopaban, sin duda, desde varias horas
antes. Como ningún obstáculo les había detenido, habían devastado a su paso
campos y cultivos, y Dios sabe hasta dónde llegarían de no oponerles el río
barrera infranqueable.
Aunque
corriesen tanto como se lo permitían sus piernas, Max Real y Tommy estaban
próximos a ser alcanzados, y hubieran resultado aplastados por el feroz alud de
no haber conseguido subirse a las ramas de un nogal, el único árbol que se
levantaba en la llanura.
Eran
entonces las cinco de la tarde.
Allí
estuvieron ambos en seguridad hasta que los últimos animales de la manada
desaparecieron por la ribera. Entonces Max Real gritó:
—¡De
prisa! ¡De prisa!
Tommy se
dispuso a abandonar la rama sobre la que se había colocado.
84
—¡De
prisa, te digo, o perderé sesenta millones de dólares y no podré hacer de ti un
vil esclavo!
Max Real
se burlaba, pues no corría el riesgo de llegar tarde a Fort Riley.
En vez de
regresar a la estación donde se habían apeado, y de la que estaban muy lejos y
en la que quizá no hallarían tren que les conviniera, decidieron caminar hasta
Fort Riley. Llegada la noche, se guiaron por las lejanas luces que brillaban en
el horizonte.
Así se
efectuó la última parte del viaje. Antes de que sonaran las ocho en el reloj de
la ciudad, Max Real y Tommy se encontraban ante el Hotel Jackson, punto elegido
por William J. Hypperbone, en la casilla número 8. ¿Por qué había elegido
precisamente aquel sitio? Quizá porque si Missouri, situado en el centro
geográfico de la Unión, ha podido ser llamado el Estado Central, Kansas merece
también este apelativo, pues ocupa el centro geométrico. Fort Riley está
situado en el mismo corazón de este Estado.
Por este
motivo, cerca de Fort Riley, y en el punto donde se unen los ríos Smoky Hill y
Republican, se ha erigido un monumento.
Así,
pues, tras varios días de viaje, Max Real se hallaba sano y salvo en Fort
Riley.
Al día
siguiente, abandonando el hotel, el pintor se dirigió al telégrafo y preguntó
si se había recibido algún despacho a su nombre.
—¿Cómo se
llama el señor? —preguntó un empleado.
—Max
Real.
—¿Max
Real…, de Chicago?
—En
persona.
—¿Uno de
los jugadores de la gran partida del noble juego de los Estados Unidos de
América?
—El
mismo.
85
Esta vez
era imposible guardar el incógnito, y la noticia de la presencia de Max Real se
esparció por toda la ciudad.
Entre estentóreos
hurras, aunque con gran disgusto por su parte, el pintor regresó al hotel. Allí
le entregarían, tan pronto fuese recibido, el telegrama indicando el segundo
golpe de dados que le concernía, y que debía enviarle…, ¿adónde? ¡Adonde
quisiera el capricho del impenetrable destino!
86
VIII.
John Milner arrastra a Tom Crabbe
Una
tirada de dados en la que se sumen once puntos no es de desdeñar.
Lo único
que podía tal vez causar disgusto era que el Estado señalado con el número 11
estuviese muy lejos de Illinois, y así sucedió a Tom Crabbe, o, por lo menos, a
John Milner.
La suerte
les enviaba a Tejas, el más vasto de los territorios de la Unión, que tiene una
superficie superior a la de Francia.
Este
Estado, situado al sudoeste de la Confederación, confina con México, del que
fue separado en 1835, tras la batalla que el general Houston ganó al general
Santa Ana.
Dos
itinerarios principales permitían a Tom Crabbe llegar a Tejas. Podía,
abandonando Chicago, o ir a San Luis y tomar los steamboats del Misisipi hasta
Nueva Orleans o seguir la vía férrea que conduce a la metrópoli de Luisiana
atravesando los Estados de Illinois, Tennessee y Misisipi. Desde allí se
estudiaría el camino más corto para llegar a Austin, capital de Tejas, lugar
indicado en la nota de Williams J. Hypperbone; como medio de locomoción podrían
escoger entre el ferrocarril y los steamers que hacen el servicio entre Nueva
Orleans y Galveston.
John
Milner creyó conveniente elegir el camino de hierro para trasladar a Tom Crabbe
a Luisiana. De todos modos, no podía perder tiempo como Max Real, puesto que
era preciso que el día 16 se hallara al término del viaje.
El día 3
de mayo, tras haberse proclamado el resultado de la jugada en la sala del
Auditorium, un periodista del Freie Presse preguntó a John Milner:
—¿Cuándo
parte usted?
—Esta
tarde.
87
—¿Tiene
preparado el equipaje?
—Mi
maleta es Crabbe —respondió John Milner—. Está lleno y cerrado, y sólo tengo
que conducirle a la estación.
—¿Qué
opina él de todo esto?
—Nada.
Cuando termine su sexta comida iremos a tomar el tren. Le pondría con los
equipajes si no temiera el exceso de peso…
—Tengo el
presentimiento —dijo el periodista— de que Tom Crabbe será favorecido por la
suerte.
—También
yo —declaró John Milner.
—Le deseo
un buen viaje.
—Muchas
gracias.
John
Milner no tenía por qué mantener en el incógnito al campeón del Nuevo Mundo.
Además, un personaje tan considerable —desde el punto de vista material— como
Tom Crabbe, no hubiera podido pasar inadvertido. Así, pues, su partida no se
efectuó en secreto. Aquella tarde el andén de la estación estaba lleno de
gente, que, entre hurras de despedida, vieron cómo el boxeador subía al vagón.
Tras él montó John Milner. Luego se puso el tren en marcha, y quizá la
locomotora acusó el aumento de peso que al convoy daba la presencia del famoso
campeón.
El tren
recorrió trescientas cincuenta millas durante la noche, y al día siguiente
llegó a Fulton, en la frontera entre Illinois y Kentucky.
Tom
Crabbe no se preocupaba de observar el país que atravesaba, Estado relegado al
puesto decimocuarto de la Unión. En su puesto, Max Real y Harris T. Kymbale no
hubieran dejado de visitar Nashville, la capital actual, y el campo de batalla
de Chattanooga, donde Sherman abrió los caminos del Sur a las armas federales.
Y después, como artista el uno y como periodista el otro, ¿por qué no habrían
recorrido un centenar de millas hasta Grand Junction, a fin de honrar a Menfis
con su presencia? Ésta es la única ciudad importante que el Estado posee en la
ribera derecha del Misisipi; presenta hermoso aspecto, y se alza sobre el
ribazo que domina al soberbio río, que en aquel punto aparece sembrado de islas
llenas de verdor.
88
Pero John
Milner no creyó conveniente apartarse de su itinerario para permitir a los
enormes pies de Tom Crabbe pisar aquella ciudad de nombre egipcio. Así, pues,
no tuvo ocasión de preguntarse por qué, sesenta años atrás, estando situada
Menfis muy lejos del mar, estableció en ella el Gobierno arsenales, actualmente
abandonados, ni tampoco, por lo tanto, pudo enterarse de la respuesta que
hubiera obtenido: en América, como en todas partes, se cometen errores.
El tren
siguió, pues, arrastrando al segundo jugador y a su indiferente compañero a
través de las llanuras del Estado de Misisipi. Pasó por Holly Springs, por
Grenada, por Jackson. Esta última ciudad es la capital, poco considerable, de
un territorio al que el exclusivo cultivo del algodón ha dejado atrás del
movimiento industrial del país. Allí, y durante la hora de parada que en la
estación efectuó el tren, Tom Crabbe produjo gran sensación. Muchos curiosos
deseaban contemplar al célebre boxeador. No tenía éste la estatura de Adán, al
que se atribuía, antes de las rectificaciones del ilustre Cuvier, noventa pies
de altura; ni la de Abraham, dieciocho pies; ni la de Moisés, con doce. Pero no
dejaba de ser un gigantesco tipo de la especie humana.
Entre los
curiosos hallábase un sabio, el honorable Kil Kimey, quien, después de haber
medido con extrema precisión al campeón del Nuevo Mundo, creyó conveniente
pronunciar un discursillo:
—Señores
—dijo—, durante las investigaciones retrospectivas a que me he entregado, me ha
sido dable encontrar los principales cálculos de las medidas referentes a los
estudios gigantográficos, conforme al sistema decimal. En el siglo XVII
apareció Walter Parson, de 2,27 metros. En el siglo XVIII existieron el alemán
Müller, de Leipzig, de 2,40 metros de altura; el inglés Bumsfield, de 2,35; el
irlandés Magrath, de 2,30; el irlandés O’Brien, de 2,55; el inglés Toller, de
2,55; y el español Elaceguín de 235. En el siglo XIX han aparecido el griego
Auvassab, de 233 metros; el inglés Hales, de Norfolk, de 2,40; el alemán
Marianne, de 2,45; y el chino Chang de 2,55 metros. Y ahora haré observar al
honorable John Milner que desde la cabeza a los pies Tom mide sólo 2,30 metros.
—¡Qué
puedo hacerle yo! —respondió, no sin acritud, el interpelado—. No me es posible
alargarle más.
—Es
evidente —respondió el sabio Kil Kimey—; ni yo lo pido. Pero, en fin,
89
es
inferior a…
—Tom
—dijo entonces John Milner—, da un puñetazo al pecho de este señor a fin de que
mida también la fuerza de tus bíceps.
Kil Kimey
no quiso prestarse a una experiencia que hubiera disminuido su número de
costillas, y se retiró con paso digno.
Tom
Crabbe fue saludado con las aclamaciones del público cuando John Milner retó en
su nombre a los aficionados al boxeo.
El
desafío no se llevó a cabo y el campeón del Nuevo Mundo volvió a su
departamento entre las manifestaciones de simpatía de la multitud.
Después
de atravesar de Norte a Sur el Estado de Misisipi la vía férrea llega a la
frontera de Luisiana, en la estación de Rocky Comfort.
Siguiendo
el curso del Tangipahoa, el tren descendió hasta el lago Pontchartrain, cuya
ribera occidental pasó por la estrecha lengua de tierra que separa este lago
del de Maurepas y sobre la que descansa el viaducto de Mauchac. En la estación
de Carrolton encuentra el Misisipi, que tiene allí una anchura de 450 toesas y
tuerce su curso para rodear Luisiana.
Tom
Crabbe y John Milner abandonaron definitivamente el ferrocarril en Nueva
Orleans, después de un recorrido de cerca de novecientas millas desde Chicago.
Allí llegaron en la tarde del 5 de mayo. Quedábanles, pues, trece días para
llegar a Austin, la capital de Tejas, tiempo suficiente aun contando posibles
retrasos, tanto si usasen la vía marítima como si tomasen el Southern Pacific.
John
Milner no cuidó de recorrer la ciudad con Tom Crabbe, mostrándole sus
curiosidades. Austin distaba aún más de cuatrocientas millas, y John Milner
sólo se ocupaba de trasladar allí a su compañero por el medio más rápido
posible.
El medio
de locomoción más breve hubiera sido el ferrocarril, pues pone a las dos
ciudades en comunicación mediante algunos transbordos. En efecto, después de
avanzar en dirección Oeste a través de Luisiana por Lafayette, Rarelant,
Terrebone, Tigerville, Ramos, Brashear y bordear el lago Grand, llega a la
frontera de Tejas, tras un recorrido de doscientas treinta millas. A pesar de
ello —y tal vez obró mal—. John Milner dio la
90
preferencia
a otro itinerario, pensando que era mejor embarcarse en Nueva Orleans para el
puerto de Galveston, que un ferrocarril une con Austin.
Precisamente
al día siguiente por la mañana el vapor Sherman debía abandonar Nueva Orleans
con destino al citado puerto. Era una circunstancia que debía aprovecharse.
Trescientas millas por mar en un barco que navegaba diez por hora, podrían
recorrerse en un día, y en dos si no era favorable el viento. John Milner no
creyó necesario consultar a Tom Crabbe acerca de este punto, como no se
consulta a la maleta preparada para el viaje. En un hotel del puerto hizo el
famoso boxeador su sexta comida, y después durmió como un tronco hasta la
mañana siguiente.
Eran las
siete cuando el capitán Curtis dio orden de largar las amarras del Sherman,
después de acoger al ilustre campeón del Nuevo Mundo en la forma debida al
segundo jugador del match Hypperbone.
—Honorable
Tom Crabbe —le dijo—, tengo a gran honor su presencia en este barco.
El
boxeador no pareció comprender las palabras del capitán Curtis, y sus ojos se
fijaron instintivamente en la puerta del comedor.
—Crea
usted —añadió el capitán del Sherman— que haré lo imposible para que llegue
usted a buen puerto en el más breve plazo. No haré economizar combustible. Seré
el alma de mis cilindros, de mi timón y de mis ruedas, que girarán a toda
velocidad para asegurarle gloria y provecho.
Abrió Tom
Crabbe la boca como si fuera a contestar, y la cerró en seguida para abrirla de
nuevo. Esto indicaba que la hora del primer almuerzo había sonado en el reloj
estomacal del campeón.
—Todo
cuanto guardamos en la despensa está a disposición de usted —declaró el capitán
Curtis—. Esté usted seguro de que llegaremos a tiempo a Tejas, aunque
estropeemos las válvulas y estalle el navío.
—Prefiero
que no lo haga estallar —respondió John Milner con el buen sentido que le
caracterizaba—. No nos interesa, ya que nos falta poco para ganar sesenta
millones de dólares.
91
El tiempo
era bueno. Aparte de esto, nada hay que temer en los estrechos de Nueva
Orleans, por más que estén sujetos a bruscos cambios que vigila el servicio
marítimo. El Sherman siguió el paso del Sur. Quizás el olfato de los pasajeros
fuera desagradablemente sorprendido por las emanaciones pestilentes que origina
la fermentación de las materias orgánicas del fondo; pero no hay peligro alguno
de zozobrar en aquel canal, que ha llegado a ser la verdadera entrada del gran
río.
Cruzaron
frente a fábricas y almacenes agrupados en las dos orillas, y dejaron atrás la
población de Algiers, la Punta del Hacha y Jump. En aquella época del año el
río va crecido. En abril, mayo y junio, el Misisipi tiene crecidas regulares, y
sus aguas no descienden al más bajo nivel hasta noviembre. El Sherman no tuvo
que disminuir su velocidad, y llegó sin obstáculos a Port Eads, nombre del
ingeniero cuyos trabajos mejoraron notablemente aquel paso del Sur.
En este
punto el Misisipi, cuyo recorrido total se calcula en cuatro mil quinientas
millas, desemboca en el golfo de México. Al llegar allí, el Sherman puso proa
al Oeste.
Tom
Crabbe había soportado excelentemente aquella parte de la travesía. Después de
haber comido a sus horas de costumbre, se acostó. Al día siguiente apareció
fresco y alegre y tomó asiento en cubierta.
El
Sherman había recorrido ya unas cincuenta millas de océano, y la costa, muy
baja en aquel lugar, apenas se dibujaba hacia el Norte.
Era la
primera vez que Tom Crabbe se arriesgaba a una navegación por mar. Así, al
principio, el cabeceo del barco pareció asombrarle. Este asombro puso sobre su
ancha cara, tan rubicunda de ordinario, una creciente palidez que Milner no
tardó en advertir.
Aproximándose
al banco donde su compañero se hallaba sentado, pensó que quizá no se
encontrara bien, y, dándole un golpe en el hombro, le dijo:
—¿Cómo va
eso?
Tom
Crabbe abrió la boca, y esta vez no fue el hambre lo que puso en funcionamiento
sus mandíbulas, por más que hubiera sonado ya la hora de su primera comida. Y
como no la pudo cerrar a tiempo, un chorro de agua salada se introdujo hasta su
garganta, en el momento en que el Sherman
92
se
inclinaba bajo un furioso golpe de mar.
Tom
Crabbe, arrojado del banco, cayó sobre el puente.
Procedía
llevarle al centro de la embarcación, donde los vaivenes son menos sensibles.
—Vamos,
Tom —dijo John Milner.
Tom
Crabbe probó de levantarse, pero sus esfuerzos fueron inútiles y cayó de nuevo.
El
capitán Curtis, advertido de lo que sucedía, se dirigió a proa.
—No es
nada —dijo—. El honorable Tom Crabbe se recobrará en seguida. No es posible que
un hombre como una montaña sufra de mareo. Esto es propio de mujercillas… Y
sería terrible que un hombre tan fuertemente constituido…
Fue
terrible, en efecto. Jamás pasajero alguno asistió a espectáculo tan
lamentable. Se convendrá que las náuseas son privativas de los débiles. El
fenómeno se produce entonces de manera normal y sin violentar la naturaleza.
¡Pero en un tipo de aquella corpulencia y de aquel vigor! ¿No ocurriría con él
lo que con esos monumentos que son más perjudicados por un temblor de tierra
que la débil cabaña de un indio? Ésta resiste, mientras aquél se derrumba.
Y Tom
Crabbe se derrumbó amenazando no formar más que un montón de ruinas.
John
Milner, muy disgustado, intervino:
—Es
preciso quitarle de aquí.
El
capitán Curtís llamó al contramaestre y a doce marineros para aquel trabajo.
Éstos, combinando sus esfuerzos, intentaron vanamente levantar al campeón del
Nuevo Mundo. Fue preciso hacerle rodar sobre cubierta como un tonel, subirlo al
puente por medio de una palanca y arrastrarle luego hasta el cuarto de
máquinas, donde quedó en completa postración.
—La culpa
ha sido de esa abominable agua salada que Tom ha recibido en pleno rostro —dijo
John Milner al capitán—. Si siquiera hubiese sido
93
aguardiente…
—Si
hubiese sido aguardiente —respondió sabiamente el capitán—, hace mucho que la
mar hubiese sido bebida hasta la última gota y no sería posible la navegación.
El
viento, que venía del Oeste, comenzó a soplar con fuerza. Esto hizo aumentar el
cabeceo del barco, y, además, por marchar el navío contra corriente, redujo
considerablemente su velocidad. Seguramente emplearían doble tiempo en la
travesía; de setenta a ochenta horas en vez de cuarenta. Así, pues, John Milner
pasó por todas las fases de la inquietud mientras su compañero atravesaba todas
las fases del mareo: retortijones de vientre, perturbaciones en el aparato
circulatorio, y vértigos como no los produce la más completa borrachera. En una
palabra, usando la expresión del capitán Curtís, Tom Crabbe se hallaba en
estado de ser recogido con una pala.
Finalmente,
el día 9 de mayo, hacia las tres de la tarde, después de un furioso vendaval,
que por fortuna fue de poca duración, aparecieron las costas de Tejas,
bordeadas de colinas de blanca arena y defendidas por un rosario de islas sobre
las que volaban bandadas de enormes pelícanos. Tom Crabbe, aunque abría la boca
con frecuencia, no había comido nada desde su cena en Port Eads, con lo que se
beneficiaron las provisiones de a bordo.
John
Milner abrigaba la esperanza de que su compañero se repondría, que dominaría el
abominable mareo, que tomaría nuevamente forma humana, que sería, en fin,
presentable cuando el Sherman, al abrigo de la alta mar, en la bahía de
Galveston, no sufriera las oscilaciones del oleaje. Pero ni aun en las aguas
tranquiléis logró mejorarse el desventurado.
La ciudad
de Galveston está situada en el extremo de una lengua arenosa. Un viaducto la
une al continente, y a través de él se efectúan las expediciones comerciales,
entre las que cabe destacar, por su considerable importancia, las del algodón.
Después
de cruzar el estrecho, el Sherman fue a colocarse junto al pontón que tenía
designado.
John
Milner no pudo contener un juramento de rabia. En el muelle aguardaban
centenares de curiosos. Advertidos por telégrafo de que Tom
94
Crabbe
había embarcado en Nueva Orleans para Galveston, esperaban allí su llegada.
¿Y qué
iba a presentarles John Milner en vez del campeón del Nuevo Mundo, segundo
jugador del match Hypperbone? Una masa informe, más parecida a un saco vacío
que a una criatura humana.
John
Milner intentó reanimar a Tom Crabbe.
—¿Vamos
mejor? —preguntó.
El saco
permaneció saco, y fue preciso transportarle en unas angarillas al hotel más
próximo.
Algunas
burlas estallaron a su paso, en vez de los hurras a que estaba acostumbrado y
que habían saludado su partida de Chicago.
Pero, en
fin, no había para desesperarse. Al día siguiente, tras una noche de reposo y
una serie de comidas hábilmente combinadas, Tom Crabbe recuperaría
indudablemente su energía vital y su vigor de costumbre. Pero John Milner se
engañó. La noche no trajo modificación alguna en el estado de su compañero, y
el aniquilamiento de sus facultades fue tan profundo al día siguiente como el
día anterior. Y, sin embargo, no se exigía de él ningún esfuerzo intelectual,
del que no hubiera sido capaz, sino un simple esfuerzo animal. Fue inútil. Su
boca permanecía herméticamente cerrada desde que se tocó tierra. No reclamaba
alimento, y el estómago no parecía necesitarlo ni en las horas habituales.
Así
transcurrieron los días 10 y 11, y el 16 era preciso estar en Austin.
John
Milner tomó entonces la única decisión que podía salvarles. Valía más llegar
demasiado pronto que demasiado tarde. Si Tom Crabbe había de salir de aquella
postración, lo mismo daba que lo hiciera en Galveston que en Austin, pero aquí
estaría por lo menos en el final de su trayecto.
Tom
Crabbe fue, pues, conducido a la estación en camión e introducido, como si
fuese una maleta, en el vagón de equipajes. A las ocho y media el tren se puso
en marcha, mientras un grupo de personas que pensaban apostar por el boxeador
optó por no arriesgar ni un centavo en favor de tan mal candidato.
Buena
suerte era que el campeón del Nuevo Mundo y John Milner no
95
tuviesen
que recorrer los setenta y cinco millones de hectáreas que comprende la
superficie de Tejas. Sólo tenían que franquear las ciento sesenta millas que
separan a Galveston de Austin.
Seguramente
hubiera sido agradable visitar las regiones regadas por el magnífico río
Grande, y tantos otros ríos, como el San Antonio, el Brazos, el Trinity (que
desemboca en la bahía de Galveston) y el Colorado; y admirar también su
caprichoso litoral, sembrado de ostras perlíferas. Tejas es un extensísimo país
que posee inmensas praderas, donde en otra época habitaban los comanches. Al
Oeste está erizado de bosques vírgenes, ricos en magnolias, sicómoros, acacias,
palmeras, encinas, cipreses y cedros; y despliega con profusión sus campos de
naranjos, nogales y cactos, los más bellos de su especie. Sus montañas del
Noroeste, que pueden considerarse como estribaciones de las montañas Rocosas,
tienen un soberbio aspecto. El Estado produce caña de azúcar superior a la de
las Antillas; tabaco, en Nocogdoches, de mayor calidad que el de Maryland o
Virginia; y algodón mejor que el de Luisiana y Misisipi. Tiene granjas de
cuarenta mil acres, que cuentan con otras tantas cabezas de ganado, y en sus
ranchos se crían por centenares de miles los más hermosos tipos de la raza
caballar.
Pero ¿qué
podía interesar todo esto a Tom Crabbe, que no miraba nada, ni a John Milner,
que sólo miraba a Tom Crabbe?
Por la
tarde, el tren se detuvo dos horas en la estación de Houston, localidad hasta
donde pueden subir los barcos de poco calado. Allí existe un almacén para las
mercancías que llegan por el Trinity, el Brazos y el Colorado.
Al día
siguiente, 13 de mayo, Tom Crabbe llegó a la estación de Austin, término de su
viaje. Este importante centro industrial está construido en una llanura al
norte del Colorado, en medio de una región donde abunda el hierro, el cobre, el
manganeso, el granito, el mármol, el yeso y la greda. Ciudad más americana que
otras de Tejas, elegida para residencia del cuerpo legislativo del Estado,
cuenta 26 000 habitantes, casi todos de origen sajón. Su construcción muestra
cierta uniformidad, mientras que las ciudades de la parte del río Grande, como
El Paso y El Presidio, son medio mexicanas, y ello las hace aparecer como
divididas, con casas de madera a un lado del río y edificios de ladrillo en el
otro.
A Austin
habían acudido por curiosidad aficionados americanos, quizá con
96
el
propósito de hacer apuestas y contemplar al segundo jugador, que un golpe de
dados les enviaba desde las lejanas regiones de Illinois.
Éstos
fueron más afortunados que los de Galveston y Houston. Al poner el pie en el
suelo de la capital de Tejas, Tom Crabbe estaba libre al fin de la inquietante
torpeza contra la cual nada habían podido las súplicas, los cuidados y hasta
las reprensiones de John Milner. Tal vez a la primera ojeada el campeón del
Nuevo Mundo pareció algo alejado y cabizbajo; pero ¿cómo asombrarse de ello, si
nada había entrado en su cuerpo, a no ser agua salada, desde que el Sherman
llegó a alta mar? El gigante habíase visto reducido a alimentarse de sí mismo.
Verdad es que, aun así, no le hubiera faltado alimento en muchos días.
¡Qué
almuerzo se propinó aquella mañana, almuerzo que duró hasta la tarde! Pedazos
de venado, carne de camero y de vaca, variedad de salchichas, legumbres,
frutas, quesos y, half and half, ginebra, whisky, té y café. John Milner se
sobresaltó al pensar en la cuenta que el hotel le presentaría al finalizar su
estancia. Y aquel apetito recomenzó al día siguiente, y al otro. Y así llegó el
16 de mayo.
Tom
Crabbe volvía a ser la prodigiosa máquina humana ante la que Corbett,
Fitzsimons y otros boxeadores no menos célebres habían mordido el polvo tantas
veces.
97
IX. Uno y
uno hacen dos
Aquella
mañana un hotel, o, más bien, una posada, y no de las mejores, la posada de
Sandy Bar, recibía dos viajeros llegados en el primer tren de Calais,
pueblecito del Estado de Maine.
Estos dos
viajeros, un hombre y una mujer, visiblemente fatigados por largo y penoso
viaje, se hicieron inscribir con el nombre de Mr, y Mrs. Field. Este apellido,
como los de Smith, Johnson y algunos otros de uso frecuente, son muy comunes
entre las familias de origen anglosajón; de modo que es preciso estar dotado de
cualidades extraordinarias, haber adquirido fama en la política, en las artes o
en las armas, ser un genio, en una palabra, para atraer la atención cuando se
lleva algún apellido tan vulgar.
Así,
pues, como el nombre de Field no revelaba nada ni indicaba que los que así se
inscribían fuesen personalidades destacadas, el posadero les anotó en su libro
sin exigir más.
En
aquella época, en los Estados Unidos, ningún nombre era más repetido que los de
los participantes en el match Hypperbone y el del original miembro del
Excentric Club.
Como
ninguno de los «Siete» se llamaba Field, en Calais no se ocuparon de los recién
llegados.
Por lo
demás, su aspecto no era muy respetable y el posadero se preguntó quizá si le
pagarían cuando llegase el momento de liquidar la cuenta.
¿Qué iba
a hacer la extraña pareja en aquel pueblo situado en el extremo de un Estado
que se halla a su vez en el extremo Noroeste de la Unión? ¿Qué les había movido
a sumarse a los 661 000 habitantes de aquel Estado, cuya superficie ocupa la
mitad del territorio comúnmente llamado Nueva Inglaterra?
La
habitación del primer piso de la posada de «Sandy Bar», en la que se
98
acomodó
el matrimonio Field, presentaba humilde aspecto: un lecho, una mesa, dos sillas
y un lavabo. La ventana se abría sobre el río Saint-Croix, cuya ribera
izquierda es canadiense. La única maleta depositada a la entrada del comedor
había sido traída por un mozo de la estación. En un rincón había dos enormes
paraguas y un viejo saco de viaje.
Cuando se
hubo marchado el posadero, que les había acompañado hasta aquella habitación,
el matrimonio Field cerró la puerta, corrió los cerrojos y aguzó el oído para
cerciorarse de que nadie les escuchaba.
—En fin
—dijo el hombre—, ya estamos al término de nuestro viaje.
—Sí
—respondió la mujer—; después de tres días y tres noches mal contados.
—Creí que
esto no acababa nunca —añadió Mr. Field, dejando caer los brazos como prueba de
fatiga.
—¡Y no ha
concluido todavía! —dijo Mrs.
Field.
—¿Cuánto
dinero crees que gastaremos?
—No se
trata de lo que gastemos, sino de lo que podemos obtener —respondió la señora
con acritud.
—Afortunadamente,
hemos tenido la buena idea de viajar con nombres supuestos.
—Fue idea
mía.
—¡Y
excelente! De lo contrario, hubiéramos estado a merced de fondistas, posaderos,
cocheros, de toda esa gente que engorda a costa de los infelices que pasan por
sus manos; y más aún si sabían que nuestra bolsa se llenará con varios millones
de dólares.
—Hemos
hecho bien —respondió Mrs. Field—, y hemos de continuar reduciendo los gastos
cuanto sea posible. No hemos dejado mucha ganancia en las fondas de las
estaciones durante estos tres días, y espero que continuaremos así.
—No
importa —dijo el hombre—. Mejor hubiera sido rehusar.
99
—¡Basta,
Hermann! —declaró imperiosamente Mrs. Field—. ¿Por ventura no tenemos tantas
probabilidades como los otros de llegar primero?
—Sin
duda, Kate; pero lo más prudente hubiera sido firmar el contrato de división de
la herencia.
—No soy
de tu opinión. Además, el comodoro Urrican se oponía a ello… Y ese X. K. Z. no
estaba presente para dar su consentimiento.
—Pues
bien, ¿quieres que te sea sincero? —respondió Mr. Field—. A ése es a quien más
temo. Nadie le conoce ni sabe dónde vive… Se llama X. K. Z. ¿Es esto un nombre?
Así se
expresó Mr. Field, que, si bien no se ocultaba bajo iniciales, había cambiado
su apellido Titbury por el de Field, como el lector habrá adivinado por las
frases cruzadas entre los dos esposos, en las que se revelaba su abominable
avaricia. Sí: era Hermann Titbury, el tercer jugador, a quien los dados, por
uno y uno, habían enviado a la segunda casilla, correspondiente al Estado de
Maine. Fue mala suerte, pues este golpe no le hacía avanzar más que dos pasos
en un total de sesenta y tres, obligándole a situarse en la extremidad Noroeste
de la Unión.
En
efecto, Maine confina con la provincia de Nuevo Brunswick, en el Canadá. Forma
parte de la Confederación desde 1820, y tiene por límite oriental la bahía de
Passamaquoddy, donde vierte sus aguas el río Saint-Croix, lo mismo que el
Estado, dividido en doce condados, envía dos senadores y cincuenta diputados al
Congreso, esa bahía nacional donde desaguan los ríos políticos de los Estados
Unidos.
El
matrimonio Titbury abandonó su mísera casa de Robey Street la tarde del día 5
de mayo, y se hospedaba ahora en aquella posada de Calais. Sábese ya por qué
motivos habían adoptado un nombre supuesto. No habiendo indicado a nadie el día
ni la hora de su marcha, el viaje se había efectuado en el más riguroso
incógnito, como el de Max Real, aunque por causas distintas.
Este
hecho contrarió a los que pensaban apostar, pues fuerza es confesar que Hermann
Titbury era un buen candidato en aquella carrera de los millones, y sin duda
llegaría a ser el favorito del match, pues era uno de esos privilegiados a los
que todo sale bien, a causa de usar pocos escrúpulos en los medios que emplean
para lograr una provechosa
100
finalidad.
Su fortuna le permitiría satisfacer las primas si la mala suerte le obligaba a
ello, y no vacilaría en pagarlas. Además, no se abandonaría a distracción o
fantasía alguna en el curso de sus viajes, como tal vez lo harían Max Real y
Harris T. Kymbale. ¿Era de temer que un jugador de sus condiciones se retrasase
en trasladarse de un Estado a otro? No; se terna la absoluta certeza de que en
el día indicado estaría en su sitio. Ciertamente, y sin contar con su suerte
personal, que nunca le había hecho traición, Hermann Titbury ofrecía serias
garantías.
La digna
pareja había combinado el itinerario más rápido y menos costoso a través del
inextricable laberinto de líneas férreas, tendido como tela de araña por los
territorios orientales de la Unión. Así, pues, sin detenerse, sin exponerse a
ser desvalijados en las cantinas de las estaciones o en los restaurantes de los
hoteles; comiendo únicamente de las provisiones que para el camino llevaban;
pasando de un tren a otro con la precisión de una bola en manos de un
prestidigitador; no interesándose por las curiosidades del país más de lo que
se interesaba Tom Crabbe; absortos siempre en las mismas reflexiones,
perseguidos siempre por las mismas inquietudes; calculando sus gastos diarios;
contando y recontando la suma que llevaban para las necesidades del viaje;
soñolientos de día, durmiendo por la noche, el matrimonio Titbury había
atravesado Illinois de Oeste a Este, y los Estados de Indiana, Ohio,
Pennsylvania, Nueva York, Vermont y Nueva Hampshire. Y así, el día 8 de mayo,
llegaron a la frontera de Maine, al pie del monte Washington, del grupo de los
Montes Blancos, cuya nevada cima, en medio de tempestades y hielos, lleva a una
altura de 5750 pies el nombre del héroe de la República americana.
Desde
allí, el matrimonio Titbury llegó a París, y luego a Lewiston, sobre el
Androseoggin, ciudad manufacturera, aumentada con el municipio de Aubura, y
rival de la importante ciudad de Portland, uno de los mejores puertos de Nueva
Inglaterra, abrigado en la bahía de Casco. El ferrocarril les transportó
prontamente a Augusta, capital oficial de Maine, cuyas elegantes villas se
esparcen por las riberas del Kennebec. Desde la estación de Bangor fue preciso,
remontando hacia el Nordeste, trasladarse a Backahogan, donde cesaba la vía
férrea, y descender hasta Princeton, que un ramal une directamente a Calais.
De esta
manera, con numerosos y desagradables cambios de tren, se había efectuado la
travesía de Maine, cuyas montañas, campos, terrenos lacustres, espesos bosques
de encinas, pinos del Canadá y arces, árboles
101
de las
regiones septentrionales que proveían de madera a los carpinteros antes de la
adopción de los cascos de hierro para las construcciones navales, son visitados
con placer por los viajeros.
Los
esposos Titbury, alias Field, llegaron a Calais el día 9 de mayo, a primera
hora y con notable anticipación, puesto que estaban obligados a permanecer allí
hasta el día 19. Habían de permanecer diez días en aquella aldea de algunos
miles de habitantes, en realidad un simple puerto de cabotaje. ¿En qué
ocuparían su tiempo hasta el momento en que un telegrama del notario Tombrock
les ordenara partir?
Y, sin
embargo, ¡cuántas encantadoras excursiones ofrece el variado territorio de
Maine! Al Noroeste se halla la magnífica comarca que domina en 3500 pies el
monte Katahdin, enorme bloque de granito que sobresale de los picos cercanos,
en la región de los terrenos lacustres. Y la ciudad de Portland, de 36 000
habitantes, que vio nacer al gran poeta Longfellow, y cuyo puerto realiza un
importante tráfico marítimo con la América del Sur y las Antillas; abundan en
ella los parques y los monumentos, que los habitantes de la población, con gran
sentido artístico, gustan mucho de conservar. Y aquella modesta Brunswick, con
su célebre colegio de Bowdoin, cuya galería de pinturas atrae a tantos
aficionados. Y más al Sur, a lo largo de las riberas del Atlántico, aquellas
estaciones balnearias, tan frecuentadas durante el verano por las familias
opulentas de los Estados vecinos, que no cumplirían con lo que a su rango deben
si no consagrasen algunas semanas, entre bellos lugares, a la maravillosa isla
de Mount-Desert y a su refugio de Bar Harbor.
Pero
hubiera sido trabajo inútil pedir que hiciesen este viaje dos moluscos
arrancados de su banco y transportados a novecientas millas de él. No; ellos no
abandonarían Calais ni un día ni una hora. Permanecerían juntos, maldiciendo
instintivamente a los demás jugadores, hablando por centésima vez del empleo
que darían a su nueva fortuna, si el azar les hacía millonarios. Y, realmente,
¿no se sentirían preocupados si tal cosa sucediese?
Esté
tranquilo el lector. Ellos sabrían colocar aquellos millones en valores que
ofrecieran toda clase de garantías; acciones de Bancos, minas, sociedades
industriales, y recibirían sus numerosos intereses y dividendos, que colocarían
nuevamente, sin emplear nada en su comodidad ni en sus placeres, viviendo como
antes, concentrando su existencia en el amor al dinero, devorados por el auri
sacra fames, sórdidos, avaros, fieles devotos
102
de la
mezquindad y miembros perpetuos de la Academia de los lloraduelos.
Realmente,
si la suerte favorecía a la antipática pareja, sus razones tendría para ello.
¿Cuáles? Difícil hubiera sido imaginarlo. Y esto sería en perjuicio de
jugadores más dignos de la fortuna de William J. Hypperbone y de la que harían
mejor uso, sin exceptuar a Tom Crabbe ni al comodoro Urrican.
Vedles en
la extremidad del territorio federal, en la población de Calais, ocultos bajo
el nombre de Field, aburridos e impacientes, mirando salir a cada pleamar los
barcos de pesca, que regresaban luego con su cargamento de arenques y salmones.
Volvían luego a confinarse en su habitación del «Sandy Bar», siempre temblando
a la idea de que fuera conocido su verdadero nombre.
Porque
Calais no está tan perdido en un rincón de Maine que no hubiesen llegado hasta
sus habitantes las noticias del famoso match. Ellos sabían que la segunda
casilla correspondía a este Estado de Nueva Inglaterra, y el telégrafo les
había anunciado que la tercera tirada de dados —uno y uno— obligaba al jugador
Hermann Titbury a permanecer en su ciudad.
Transcurrieron
de este modo los días 9, 10, 11 y 12 de mayo en aquella localidad que tan pocas
diversiones ofrecía. El mismo Max Real no hubiera soportado sin esfuerzo
aquella estancia. Vagando por las calles limitadas por casas de madera, y por
los muelles, el tiempo parecía interminable. ¡Qué paciencia se necesitaba para
esperar, durante siete días todavía, el telegrama que hasta el día 19 no debía
ser expedido y que indicaría el nuevo itinerario!
No
obstante, el matrimonio Titbury tenía entonces ocasión de efectuar un viaje al
extranjero con sólo cruzar el río Saint-Croix, cuya orilla izquierda pertenece
al Dominio del Canadá.
Esto es
lo que pensó Hermann Titbury, y en la mañana del día 13 dijo a su mujer lo
siguiente:
—¡Que el
diablo se lleve a ese Hypperbone, que ha elegido la ciudad más desagradable de
Maine para enviar a ella a los jugadores que tengan la mala suerte de obtener
el número 2 al comenzar la partida!
—¡Cuidado,
Hermann! —respondió Mrs. Titbury en voz
baja—. ¡Pueden
103
oírte…!
Ya que el azar nos ha conducido a Calais, preciso es permanecer en él de buen o
mal grado.
—¿Y no
podemos abandonar la ciudad?
—Sin
duda; pero a condición de no salir del territorio de la Unión.
—¿No
tenemos, pues, derecho a visitar el otro lado del río?
—De
ninguna manera, Hermann. El testamento prohíbe formalmente salir de los Estados
Unidos.
—¿Y quién
lo sabría, Kate? —preguntó Mr. Titbury.
—¡No te
comprendo, Hermann! —replicó la mujer, levantando la voz—. ¿Cómo puedes decir
estas cosas? ¡No te reconozco! ¿Y si luego se supiera que habíamos cruzado la
frontera? ¿Y si algún accidente nos retuviera allí? ¿Y si no estuviéramos de
vuelta el día 19? Además…, yo no lo quiero.
Y la
imperiosa Mrs. Titbury tenía razón para no quererlo. ¿Se sabe nunca lo que
puede ocurrir? Suponed que se produce un temblor de tierra; que Nuevo Brunswick
se separa del continente; que aquella parte de América se resquebraja, se
cuartea; que entre los dos países se abre un abismo… ¿Cómo personarse entonces
en las oficinas del telégrafo el día convenido? ¿No se corría el riesgo de
quedar excluido del match?
—No
podemos atravesar el río —declaró concisamente Mrs.
Titbury.
—Tienes
razón; no podemos —respondió Mr. Titbury—. No sé cómo se me ocurrió tal idea.
Desde nuestra salida de Chicago no soy el mismo. Este maldito viaje me ha
trastornado. A personas de nuestra edad, y que jamás se han movido de Robey
Street, no les conviene correr de este modo. Más sensato hubiera sido estamos
en casa… Haber renunciado a la partida.
—Sesenta
millones de dólares bien valen esta molestia —declaró Mrs.
Titbury—.
Hermann, observo que te pones muy pesado.
Y así,
finalmente, Saint Stephen, ciudad canadiense que se halla enclavada en la otra
orilla del Saint-Croix, no tuvo el honor de albergar al matrimonio Titbury.
104
Lógico
parece que individuos tan precavidos, de tan exagerada prudencia y que ofrecían
más garantías que los demás jugadores, hubieran debido estar al abrigo de toda
imprevisión, que no cometerían falta alguna y que no les sucedería nada que
pudiera comprometerles. Pero el azar gusta de jugársela a los más hábiles,
preparándoles emboscadas de las que toda su sabiduría no puede guardarles, y es
de razón contar con él.
En la
mañana del día 14, el matrimonio Titbury tuvo la idea de salir de excursión. No
pensaban alejarse mucho; sólo dos o tres millas lejos de Calais. Advertiremos,
entre paréntesis, que si esta población ha recibido nombre francés es a causa
de estar situada en la frontera de los Estados Unidos como su homónimo en la de
Francia; y en cuanto al Estado de Maine, su nombre proviene de los primeros
colonos que allí se establecieron durante el reinado de Carlos I de Inglaterra.
El tiempo
era tormentoso. Pesadas nubes se elevaban en el horizonte y hacían presagiar
que a mediodía el calor sería insoportable. Era un mal día para salir de
excursión, que se haría a pie, subiendo por la ribera derecha del Saint-Croix.
A las
nueve de la mañana el matrimonio Titbury salió de la posada y caminó a lo largo
de la orilla, y después salió de la población, a la sombra de los árboles,
entre cuyas ramas movíanse millares de ardillas.
El
posadero les había asegurado que ninguna fiera moraba por los alrededores. No;
ni lobos, ni osos; únicamente podían hallar algún zorro. Podían, pues,
aventurarse con toda confianza a través de los bosques, que, en otra época,
hacían del Estado de Maine un inmenso monte de abetos.
Los dos
excursionistas no se preocupaban de los variados paisajes que se ofrecían a sus
miradas. No hablaban más que de los otros jugadores; de los que habían partido
antes que ellos y de los que partirían después. ¿Dónde estaban actualmente Max
Real y Tom Crabbe? Y aquel X. K. Z. acababa siempre por inquietarles más que
los otros.
Después
de un paseo de dos horas y media, y aproximándose el mediodía, pensaron en
regresar a la posada de «Sandy Bar» para almorzar. Pero, devorados por ardiente
sed, efecto del terrible calor, se detuvieron en una taberna situada a media
milla del pueblo.
105
Algunos
bebedores, reunidos en una espaciosa sala, ocupaban las mesas, donde se
alineaban los vasos de cerveza.
Los
esposos Titbury se sentaron aparte y deliberaron acerca de lo que se harían
servir. No parecía convenirles la cerveza.
—Temo que
esté demasiado fría —dijo Mrs. Titbury—. Estamos sudados y podría perjudicamos.
—Tienes
razón, Kate… Una pulmonía se atrapa pronto —respondió Hermann; y, volviéndose
al tabernero, le dijo—: Tráiganos whisky.
El
tabernero preguntó con rapidez:
—¿Ha
dicho whisky?
—Sí… O
ginebra.
—¿Tiene
usted licencia?
—¿Licencia?
—exclamó Mr. Titbury, extrañado.
No se
asombrara si hubiese recordado que Maine pertenece al grupo de Estados de la
Unión donde impera la prohibición del alcohol. Efectivamente, en Kansas, en
Dakota del Norte y del Sur, en Vermont, en Nueva York y, especialmente, en
Maine, está prohibido fabricar y vender bebidas alcohólicas, destiladas o
fermentadas. En cada localidad de estos Estados, los agentes municipales,
mediante el correspondiente pago, están facultados para extender un permiso a
los que compran tales bebidas para uso médico o industrial, después de ser
examinadas por un comisario. Infringir esta ley, aunque fuese por imprudencia o
ignorancia, era exponerse a las severas penas dictadas para la supresión del
alcoholismo.
Así es
que, apenas hubo hablado Mr. Titbury, un hombre se le acercó y le dijo:
—¿No
tiene usted licencia?
—No…, no
tengo…
106
—Así,
pues, usted contraviene la ley…
—¿Contravengo
la ley? ¿Por qué?
—Por
haber pedido whisky o ginebra.
Y aquel
hombre, que resultó ser un agente, inscribió en su libreta los nombres de Mr, y
Mrs. Field, y les previno que al día siguiente comparecieran ante el juez.
La pareja
regresó cabizbaja a la posada. ¡Qué día y qué noche pasaron! Si Mrs. Titbury
había tenido la deplorable idea de entrar en una taberna, Mr. Titbury había
tenido la no menos deplorable de preferir el whisky o la ginebra a la cerveza.
¡A qué
multa se habían expuesto! De ahí se derivaron recriminaciones y disputas que
duraron hasta el día siguiente.
El juez,
un tal R. T. Ordak, era una de las personas más desagradables y susceptibles
que imaginarse pueda. A la hora fijada, cuando los infractores de la ley fueron
introducidos en su despacho y comparecieron ante él, hizo caso omiso de sus
alardes de finura y les interrogó bruscamente:
—¿Su
nombre?
— Mr, y
Mrs. Field. —¿Su domicilio?
—Harrisburg,
Pennsylvania —le indicaron al azar. —¿Su profesión?
—Rentistas.
Después
les multó con cien dólares por haber infringido las prohibiciones relativas a
las bebidas alcohólicas en el Estado de Maine.
Aquello
era demasiado. Por dueño que fuera de su voluntad, y a pesar de los esfuerzos
de su mujer, que en vano procuró calmarle, Hermann no pudo contenerse. Se dejó
llevar de su cólera, amenazó al juez R. T. Ordak, y el juez R. T. Ordak dobló
la multa por haber faltado al respeto a la justicia.
107
Esto
exacerbó aún más a Mr. Titbury. ¡Doscientos dólares que añadir al capítulo de
los gastos efectuados para trasladarse al extremo límite de aquel maldito
Estado de Maine! Exasperado, olvidó toda prudencia y llegó hasta a sacrificar
las ventajas que su incógnito le aseguraba. Y entonces, con los brazos cruzados
y el rostro encendido, rechazando a su esposa con violencia extraña en él, se
inclinó sobre la mesa del juez y dijo:
—¿Sabe
usted con quién habla?
—Con un
descortés, al que impongo trescientos dólares de multa por continuar hablándome
en tono improcedente —respondió, no menos exasperado, R. T. Ordak.
—¡Trescientos
dólares! —exclamó Hermann, cayendo medio desvanecido sobre un banco.
—Sí
—añadió el juez, acentuando cada sílaba—. Trescientos dólares de multa a Mr.
Field, de Harrisburg, Pennsylvania.
—Pues
bien —gritó Mr. Titbury, golpeando la mesa con el puño—. Sepa usted que yo no
soy Mr. Field, de Harrisburg, Pennsylvania.
—Pues,
¿quién es usted?
— Mr.
Titbury…, de Chicago…, Illinois.
—¡Es
decir, un individuo que se permite viajar con nombre supuesto! —replicó el
juez, como si dijese: «¡Un crimen más que añadir a tantos otros!».
—Sí… Mr.
Titbury, de Chicago… El tercer jugador del match Hypperbone… El futuro heredero
de su inmensa fortuna.
Esta
declaración no pareció producir efecto alguno en R. T. Ordak. Este magistrado,
tan malcarado como imparcial, no haría más caso de aquel tercer jugador que de
cualquier marinero del puerto. Así, con voz aguda, dijo:
—Pues
bien, Mr. Titbury, de Chicago, Illinois, será quien pague los trescientos
dólares. Y, además, por haberse permitido presentarse ante la justicia con
nombre supuesto, le condeno a ocho días de prisión.
108
Esto fue
el colmo; y sobre Mrs. Titbury, caída sobre el banco, Mr. Titbury cayó a su
vez.
Ocho días
de prisión, y el telegrama esperado llegaría dentro de cinco. Y el día 19 sería
preciso partir para trasladarse quizás al otro extremo de los Estados Unidos,
y, de no estar allí el día señalado, quedaría excluido de la partida.
Evidentemente,
aquello era más grave para Hermann Titbury que si hubiera sido enviado a la
casilla 52, Estado de Missouri, en la prisión de San Luis. Allí, al menos,
existía la posibilidad de ser liberado por alguno de los jugadores, mientras
que en la cárcel de Calais, y por voluntad del juez R. T. Ordak, estaría
encerrado hasta que cumpliese la pena.
109
X. Viaja
un periodista
Sí,
señores, sí… Yo considero el match Hypperbone como uno de los más asombrosos
azares nacionales, que enriquecerá la historia de nuestro glorioso país.
Después de la Guerra de la Independencia, de la Guerra de Secesión, de la
proclamación de la doctrina de Monroe, de la aplicación de la ley MacKinley,
éste es el hecho más sobresaliente, que la imaginación de un socio del
«Excentric Club» ha impuesto a la atención del mundo.
Así
hablaba Harris T. Kymbale, dirigiéndose a los viajeros del tren que aquel día,
7 de mayo, acababa de abandonar Chicago. El cronista del Tribune, desbordante
de alegría y de confianza, iba perorando de un extremo a otro del vagón, por el
corredor central, y de un vagón a otro, por el puentecillo colocado entre
ellos, y después, de la cabeza a la cola del tren, que, lanzado a todo vapor,
bordeaba entonces la ribera meridional del lago Michigan.
Harris T.
Kymbale había partido solo. Después de dar las gracias a los amigos que querían
acompañarle, no había aceptado su ofrecimiento. Ni aun criado llevaba…
Como se
ve, no pensaba guardar el incógnito como Max Real y Hermann Titbury. Hacía
confidencias a todos, y con gusto hubiera escrito en su sombrero: «Cuarto
jugador del match Hypperbone». Un numeroso cortejo le había acompañado a la
estación, honrándole con sus hurras y deseándole buen viaje. Considerándole
emprendedor y audaz, muchos habían apostado por él, aun con prima sobre los
otros, lo que le lisonjeaba y no dejaba de ser de buen agüero.
Aunque
Harris T. Kymbale había rehusado la compañía de algunos amigos durante sus
viajes a través de la Unión, no pensaba situarse en un rincón y sumirse en
hondas cavilaciones. Lejos de eso, todos los viajeros con los que se encontrase
en el camino serían sus compañeros. Pertenecía a esa especie de personas que no
piensan sino cuando hablan, y no pensaba mostrarse avaro de palabras, y tampoco
de su bolsa, en el curso de sus itinerarios.
110
La caja
del riquísimo Tribune estaba abierta para él, que sabría rembolsar los gastos
en entrevistas, descripciones, novedades y artículos de todo género, para los
que las peripecias del match le suministrarían amplia e interesante materia.
—¿No da
usted demasiada importancia al juego imaginado por William J.
Hypperbone?
—le preguntó un caballero, yanqui de los pies a la cabeza.
—No,
señor —respondió el periodista—; y creo que idea tan original no podía nacer
más que en un cerebro ultraamericano.
—Tiene
usted razón —apoyó un obeso comerciante de Chicago—. Todo el país está
intrigado por este asunto, y en el acto de sus funerales pudo comprobarse la
popularidad de que gozaba el difunto… al día siguiente de su muerte.
—Caballero,
¿formó usted parte del cortejo? —preguntó una anciana de dentadura postiza y
anteojos, hundida en su asiento bajo la manta de viaje.
—Como si
hubiera sido uno de los herederos de nuestro gran ciudadano —respondió el de
Chicago—; y me considero no menos honrado al encontrarme con uno de sus futuros
herederos en el tren de Detroit.
—¿Va
usted a Detroit? —preguntó Harris T. Kymbale, tendiéndole la mano.
—A
Detroit, Michigan.
—Pues
bien, caballero; yo tendré el placer de acompañarle hasta esa ciudad de tan
magnífico porvenir, que no conozco y deseo conocer.
—No
tendrá usted tiempo para ello, Mr. Kymbale —declaró el yanqui, con tal
vivacidad que se le hubiera podido tomar por un apostante—. Esto equivaldría a
alargar su itinerario, y, lo repito, no anda usted sobrado de tiempo.
—Hay
tiempo para todo —respondió Harris T. Kymbale en un tono tan resuelto que causó
buena impresión.
En
efecto, sus compañeros, orgullosos de viajar con una persona de tal
temperamento, lanzaron hurras cuyos ecos llegaron hasta la cola del tren.
111
—Caballero,
¿está usted satisfecho de su primer golpe de dados? —preguntó un clérigo de
edad madura, que le escrutaba a través de sus lentes.
—Sí y no,
reverendo —respondió el periodista, respetuosamente—. Sí, porque los jugadores
que han partido antes que yo no han pasado de las casillas 2, 8 y 11, y yo he
sido enviado, por dos y cuatro, a la 6, y de allí a la 12. No, porque la
casilla 6 es ocupada por el Estado de Nueva York, «donde hay un puente», según
rezan las reglas del juego, y este puente es el del Niágara… ¡El Niágara es muy
conocido! Lo he visitado veinte veces… Es cosa vista, como la catarata
americana, y la canadiense, y la isla de los Vientos, y la de la Cabra… Y,
además, está demasiado cerca de Chicago, y yo deseo ver el país, ser llevado a
los cuatro extremos de la Unión…
—A
condición —replicó el clérigo— de llegar siempre a la hora precisa.
—Naturalmente.
Y crea usted que no pienso retrasarme ni un minuto en las citas.
—Sin
embargo —observó un comerciante de conservas alimenticias, cuya tez fresca y
sonrosada abonaba sus mercancías—, me parece, Mr. Kymbale, que debe usted
felicitarse, puesto que, después de poner la planta en el Estado de Nueva York,
irá usted al de Nuevo México. Y el uno no limita con el otro.
—¡Bah!
—exclamó el periodista—. Total distan algunos centenares de millas.
—Y a
menos —añadió el yanqui— de ser enviado luego al extremo de Florida o al último
pueblo de Washington…
—He ahí
lo que me agradaría —declaró Harris T. Kymbale—; atravesar los territorios de
la Unión de Noroeste a Sudeste.
—Y el
haberle tocado a usted en suerte ir a la casilla 6, donde hay un puente, ¿no le
obliga a usted a satisfacer una prima sencilla? —preguntó el clérigo.
—¡Bah!
¡Mil dólares! El Tribune no se arruinará por eso. Desde la estación de Niágara
Falls mandaré un cheque telegráfico que el periódico se
112
apresurará
a pagar.
—Y con
tanto más gusto
—dijo el yanqui—
cuanto que el match
Hypperbone
es para él un negocio.
—Un
magnífico negocio —rectificó Harris T. Kymbale.
—Tan
cierto estoy de ello —dijo el comerciante de Chicago—, que yo, de apostar, lo
haría por usted.
—Y
obraría usted bien —respondió el periodista.
Por tales
respuestas se comprenderá que la confianza que Harris T. Kymbale tenía en sí
mismo era igual, por lo menos, a la que Jovita Foley tenía en su amiga Lissy
Wag.
—No
obstante —dijo el clérigo—, entre sus rivales hay uno que, a mi juicio, es de
temer más que los otros.
—¿Cuál,
reverendo?
—El
séptimo; el que es designado únicamente con las iniciales X. K. Z.
—¡Ese
jugador de última hora! —exclamó el periodista—. Se aprovecha del misterio que
le rodea. Es el hombre desconocido al que suelen temer los papanatas. Pero no
tardará en descubrirse su incógnito, y, aun cuando fuera el mismísimo
presidente de los Estados Unidos, no habrá motivo para temerle más que a los
otros.
Desde
luego, no era probable que el testador hubiese elegido al presidente de los
Estados Unidos para séptimo jugador, aunque, a decir verdad, en América nadie
hubiera encontrado impropio que el primer personaje de la Unión entrase en liza
para disputar a sus adversarios una fortuna de sesenta millones de dólares.
Unas
seiscientas millas separan Chicago de Nueva York, y Harris T. Kymbale no tenía
que recorrer más que los dos tercios de esta distancia para llegar al Niágara,
sin tener necesidad de llegar a la gran metrópoli americana. No tenía deseo
alguno de visitaría, pues ya la conocía, por lo menos tanto como a la famosa
catarata ante la que iba a presentarse.
Tras
abandonar Chicago, y después de rodear el golfo interior del lago
113
Michigan,
el tren penetró en Indiana, contiguo a Illinois, en la estación de Ainsworth, y
alcanzó Michigan City. No obstante su nombre, esta ciudad no pertenece a dicho
Estado, siendo uno de los principales puertos de Indiana.
Si el
confiado periodista había elegido aquella vía entre las muchas de la región; si
pasó por Nuevo Buffalo; si se detuvo algunas horas en Jackson, importante
centro manufacturero de más de 20 000 almas; si continuó subiendo hacia el
Nordeste, fue porque quería visitar Detroit, adonde llegó en la noche del día 7
al 8 de mayo.
Al día
siguiente, tras breve sueño en la cómoda habitación de un hotel de donde su
nombre se extendió por toda la ciudad, fue saludado desde el alba por
centenares de curiosos; mejor que curiosos, simpáticos partidarios que no se
apartaron de él durante toda la jomada.
Tal vez
lamentó no poder ampararse en el incógnito, puesto que sólo pretendía recorrer
la ciudad. Pero ¿cómo podía escapar a la celebridad y a sus inconvenientes un
hombre que era redactor jefe del Tribune y uno de los «Siete» del match
Hypperbone?
Así,
pues, en numerosa y agitada compañía visitó la metrópoli de Michigan, cuya
capital es la modesta Tansing. La ciudad de Detroit, nacida de un pequeño
fortín que para proteger el comercio establecieron los franceses en 1670, tomó
su nombre de la palabra «estrecho», refiriéndose al que, en una anchura de 400
toesas, une los lagos Hurón y Erie. Frente a ella se alza la ciudad canadiense
de Windsor, su arrabal, donde el periodista se abstuvo de poner el pie. Apenas
tuvo tiempo de visitar esta urbe de 200 000 habitantes, que le acogieron con
entusiasmo, deseándole el éxito que sin duda hubiese deseado a cualquiera de
los otros jugadores.
Harris T.
Kymbale partió por la noche. De serle permitido utilizar las vías férreas del
Canadá y franquear por el Sur la provincia de Ontario, hubiera podido,
atravesando el largo túnel abierto bajo el río Santa Clara en su desembocadura
en el lago Hurón, llegar más directamente a Buffalo y a Niágara Falls. Pero el
territorio del Dominio le estaba prohibido. Tuvo, pues, que penetrar en el
Estado de Ohio, bajando hasta Toledo, próspera ciudad construida al sudoeste
del lago Erie, torcer hacia Sandusky entre los más ricos viñedos de América, y
luego, a lo largo del litoral Este del lago, pasar por Cleveland. Es ésta una
magnífica ciudad de 260 000 habitantes, con calles sombreadas de árboles, con
su avenida de Euclides,
114
los
Campos Elíseos de América, y las riquezas que incesantemente vierten los
depósitos de petróleo de la región; es, en fin, una ciudad de la que Cincinnati
tiene motivos para estar celosa. Tocó luego en Erie City, en Pennsylvania, y
salió de este Estado por la estación de Northville para penetrar en el de Nueva
York. Cruzó rápidamente por Dunkirk, iluminada por el hidrógeno de sus pozos
naturales, y la noche del día 10 de mayo llegó a Buffalo, la segunda ciudad del
Estado, donde cien años antes se hubieran encontrado millares de bisontes en
lugar de los centenares de miles de habitantes que en ella moraban.
Harris T.
Kymbale obró cuerdamente no deteniéndose en esta linda ciudad y renunciando a
vagar por sus bulevares, por sus avenidas del Niágara Park, en torno de sus
almacenes y sus elevadores, y sobre la orilla del lago que abre paso a las
aguas del Niágara. Era menester que dentro de diez días estuviese en Santa Fe,
capital de Nuevo México, tras un recorrido de mil cuatrocientas millas, no
todas servidas por los ferrocarriles.
Al día
siguiente, pues, tras un corto trayecto de veinticinco millas, llegó al pueblo
de Niágara Falls.
Pese a
todo cuanto pudiera decir el periodista acerca de esta célebre catarata,
actualmente demasiado conocida e industrializada —y que lo será más en el
porvenir cuando se hayan domado sus dieciséis millones de caballos—, ni la
Puerta de los Adirondaks, maravilloso conjunto de circos, bosques y
desfiladeros de los que la Unión quiere hacer una propiedad nacional, ni las
Palissades del Hudson, ni el Central Park de la metrópoli, ni Broadway, ni el
puente de Brooklyn, que tan audazmente cruza el río Este, disputarán a los
turistas las maravillas de la Horse-Shoe-Falls.
En
efecto, nada puede compararse a ese tumultuoso transvase de las aguas del lago
Erie en el lago Ontario por el canal del Niágara. Es el San Lorenzo, que corre
herido por la espuela de la isla de la Cabra para formar a un lado la cascada
americana y la canadiense en el otro. El río da furiosos saltos al pie de las
dos cataratas, y luego, durante tres millas, desliza sus aguas tranquilas hasta
Suspensión Bridge, donde circula de nuevo con espantosa rapidez.
Antaño,
sobre las extremidades rocosas de la isla de la Cabra erguíase Terrapine Tower,
rodeada de torbellinos cuya espuma pulverizada formaba arco iris al ser
acariciada por el sol. Pero Terrapine Tower desplomóse en
115
el
abismo, ya que la catarata ha retrocedido un centenar de pies en siglo y medio.
Actualmente, un atrevido puentecillo, que cruza de una a otra ribera, permite
admirar la doble corriente en todo su esplendor.
Harris T.
Kymbale, acompañado de numerosos visitantes americanos y canadienses que le
aguardaban, fue a situarse en mitad del puente, cuidando de no pasar a la parte
perteneciente al Dominio. Después de lanzar un hurra, contestado por mil bocas
entusiastas, regresó al pueblo de Niágara Falls, cuya vecindad afea ahora un
número excesivo de fábricas; cosa muy natural, teniendo en cuenta que la
catarata representa una fuerza utilizable de cien millones de toneladas.
No se
perdió el periodista entre los verdes bosques de la isla de la Cabra, ni
descendió a la gruta de los Vientos, bajo el macizo de la isla, ni se aventuró
por Horse-Shoe-Falls, lo que sólo puede hacerse desde la ribera canadiense;
pero no se olvidó de acudir a la oficina de telégrafos del pueblo, desde donde
expidió un giro de mil dólares a la orden de Mr. Tombrock, de Chicago, que el
cajero del Tribune se apresuraría a pagar.
Por la
tarde, después de un magnífico refrigerio servido en su honor, Harris T,
Kymbale regresó a Buffalo. Aquella misma noche abandonó esta ciudad, a fin de
efectuar dentro del plazo marcado la segunda parte de su viaje.
En el
momento en que subía al vagón, el alcalde de la ciudad, el honorable
H. V.
Exulton, le dijo con tono grave:
—Por esta
vez puede perdonársele, caballero. Pero no vuelva usted a gandulear como ha
venido haciendo hasta aquí…
—Si eso
me place… —contestó Harris T. Kymbale, a quien no pareció agradar la
observación, aun viniendo de tal ilustre personaje—. Creo que tengo perfecto
derecho…
—No,
señor. Tampoco un peón puede moverse a su voluntad sobre el tablero.
—Supongo
que soy dueño de mí mismo…
—¡Está
usted en un error, caballero! Usted pertenece a los que por usted han
apostado…, y yo lo he hecho por cinco mil dólares.
116
Realmente
el honorable H. V. Exulton tenía razón. Por interés propio el periodista del
Tribune, aunque sus crónicas se resintiesen de ello, no debía tener más que una
preocupación; llegar a su puesto por las vías más cortas y rápidas.
Además,
Harris T. Kymbale nada tenía que admirar en aquel Estado de Nueva York, que
había visitado varias veces. Entre su metrópoli y Chicago eran fáciles y
numerosas las comunicaciones ferroviarias. Cuestión de una jomada para estos
americanos, cuyos trenes han recorrido las mil millas en veinticuatro horas.
En suma,
Harris T. Kymbale no tenía por qué quejarse de su comienzo. Después de su
visita al Estado de Nueva York, ¿no había sido enviado al Estado de Nuevo
México, donde su curiosidad tenía mil motivos para quedar satisfecha? Era de
suponer, además, que el capricho de los dados expediría allí a varios de los
jugadores del match que aún no lo habían visitado, como Hermann Titbury, Lissy
Wag y su inseparable Jovita Foley.
El Estado
de Nueva York es el primero del país por su población, ya que no cuenta menos
de seis millones de habitantes para una superficie de 49 000 millas cuadradas.
Es el «Empire State», dispuesto en forma de triángulo, cuyos lados están
formados por líneas rectas, elegidas arbitrariamente a falta de fronteras
naturales.
Cierto
que los jugadores que fueran a aquel sitio no tendrían más que Harris T.
Kymbale la posibilidad de permanecer allí durante las dos semanas que mediaban
entre jugada y jugada. Como él, después de asomarse sobre el Niágara, veríanse
obligados a dirigirse a Santa Fe, capital de Nuevo México. Y si llegaban hasta
Nueva York, las otras ciudades no recibirían su visita. Sin embargo, la mayor
parte de ellas merecen ser vistas; Albany, el centro legislativo, con una
población de 110 000 habitantes, orgullosa de sus museos, escuelas y parques, y
de su Palacio, que no ha costado menos de veinte millones de dólares;
Rochester, la ciudad de la harina, manufacturera por excelencia y poderosamente
auxiliada en su producción industrial por los saltos de agua del Genesee;
Siracusa, la rica ciudad de la sal, que suministran las salinas de Onondaga; y
tantas otras, que el Estado puede mostrar con justo orgullo.
Pero bien
valía el viaje una visita a la metrópoli. Es preciso haber visto
117
esta
ciudad de Nueva York, entre el Hudson y el río Este, extendida sobre la
península de Manhattan, de la que cubre 106 kilómetros cuadrados, o sea 12 000
hectáreas, y que ocupará 360 —más que Londres y que París— cuando Brooklyn y
Long Island pasen a formar parte de su municipio. Es preciso haber admirado sus
bulevares, sus monumentos, sus mil iglesias —lo que no es excesivo para 1.700
000 habitantes—; su Broadway, su Quinta Avenida —de siete millas de longitud—;
su catedral de San Patricio, construida en mármol blanco; su Central Park, de
345 hectáreas, con prados, bosques y ríos, y al que conduce el gran viaducto de
Crotón; su puente de Brooklyn sobre el río Este, en espera del que cruzará el
Hudson; su puerto, cuyo movimiento comercial se cifra en ochocientos millones
de dólares; su amplia bahía, sembrada de islas, entre otras la de Bedloe, donde
se levanta la Libertad iluminando al mundo, gigantesca estatua de Bartholdi.
Pero, lo
repetimos, tales maravillas no hubieran tenido para el redactor jefe del
Tribune el atractivo de la novedad. Después de su visita al Niágara, iba a
sujetarse estrictamente a su itinerario.
En
efecto, era el día 11 de mayo, y era preciso que estuviese en Santa Fe el día
21 a mediodía. Y dos Estados separados por mil seiscientas millas no son
precisamente vecinos. Al abandonar Buffalo, Harris T. Kymbale se había
propuesto regresar a Chicago para tomar el Grand Trunk en dirección al Oeste.
Pero este plan presentaba el inconveniente de que, por no haber ningún ramal
que le pusiera en comunicación directa con Santa Fe, se vería obligado a
efectuar un largo trayecto en coche por un territorio que deja mucho que desear
en lo que respecta a los transportes. Felizmente, sus compañeros del Tribune,
tras estudiar concienzudamente aquella parte del Far West, habían combinado un
itinerario que le fue indicado por un telegrama enviado a Buffalo.
Este
telegrama estaba redactado en los siguientes términos:
Volver de
Niágara Falls a Buffalo y descender hasta Cleveland. Atravesar oblicuamente
Ohio, por Columbus y Cincinnati; Indiana, por Laurencebourg, Madison,
Versailles y Vincennes; el Sur de Illinois; Missouri, por Salem, Belley y San
Luis. Tomar la línea de Jefferson para Kansas City. Franquear Kansas por la vía
férrea más meridional, cruzando Laurence, Emporia, Newton, Hutchinson, Plum
Buttes, Fort Zarah, Lamed, Petersburg, Dodge City, Fort Atkinson y Sherbrock;
después el Este de Colorado por Grenada y Las Arimas. Tomar el ramal de Pueblo,
y por
118
Trinidad
ganar Clifton sobre la frontera de Nuevo México. Finalmente, por Cimarrón, Las
Vegas y Galateo llegar al camino que conduce a Santa Fe. No olvidar que el
firmante de este despacho ha apostado cien dólares por usted, y que otro
itinerario podría hacérselos perder.
BRUMAN S.
BICKHORN,
Secretario
de la Redacción.
¿Cómo no
había de tener grandes probabilidades de éxito este jugador, a quien sus amigos
servían con tanto celo y precisión? Su triunfo era posible, pero a condición de
seguir el consejo del honorable H. V. Exulton, es decir, no perdiendo el tiempo
en admirar los lugares por donde pasase.
«De
acuerdo, mi bravo Bickhorn —se dijo Harris T. Kymbale—. Seguiré este
itinerario, y no pienso apartarme un punto de él… No hay que preocuparse por el
ferrocarril. Tranquilízate, amable secretario de la Redacción; si hay retrasos,
no provendrán ni de mi aturdimiento ni de mi negligencia. Tus cien dólares
serán defendidos tan enérgicamente como los cinco mil del primer magistrado de
Buffalo. No olvidaré que llevo los colores del Tribune».
Un jockey
no hubiera reflexionado mejor. Verdad que este jockey era más bien un centauro,
y corría por cuenta propia.
De este
modo, por una calculada combinación de horarios y de trenes, sin
apresuramiento, descansando de noche en los mejores hoteles, Harris T. Kymbale
atravesó en sesenta horas los Estados de Ohio, Indiana, Illinois, Missouri,
Kansas y Colorado, y se detuvo el día 19 por la noche en la estación de
Clifton, en la frontera de Nuevo México.
El
periodista cambió allí quinientos cuarenta y seis apretones de manos, por no
haber más que doscientos setenta y tres bimanos en aquella ciudad, perdida en
el fondo de las inmensas llanuras del Far West.
Contaba
con pasar una buena noche en Clifton; pero cuando descendió del vagón fue
grande su descorazonamiento al saber que, a causa de efectuarse importantes
reparaciones en la vía férrea, la circulación ferroviaria estaría interrumpida
durante varios días. ¡Y se encontraba aún a ciento veinticinco millas de Santa
Fe, y no contaba más que con treinta y
119
seis
horas para recorrerlas! El inteligente Bruman S. Bickhom no había previsto esta
eventualidad.
Felizmente,
al salir de la estación, Harris T. Kymbale se encontró en presencia de un
individuo, mitad americano, mitad español, que le esperaba. Al advertir la
presencia del periodista, aquel hombre hizo chasquear su látigo por tres veces,
seña de la que, al parecer, se servía para saludar a la gente. Luego, en lengua
que recordaba más bien la de Cervantes que la de Cooper, dijo:
—¿Harris
T. Kymbale?
—Yo soy.
—¿Quiere
usted que le conduzca a Santa Fe?
—Sí.
—De
acuerdo.
—¿Cómo te
llamas?
—Isidoro.
—Bien.
—Mi coche
está presto a partir.
—Partamos,
pues; y no te olvides de que si un coche marcha gracias a los caballos, llega
gracias al cochero.
¿Comprendió
el hispanoamericano la insinuación que la frase encerraba?
Tal vez.
Isidoro
era hombre de cuarenta y cinco a cincuenta años, de piel atezada, mirada viva y
rostro burlón. Aunque el periodista no lo sospechaba, era muy probable que se
sintiera orgulloso de conducir en su coche a un personaje que tema una
oportunidad contra seis de valer sesenta millones de dólares.
Harris T.
Kymbale era el único pasajero del carruaje. No era éste un tronco de seis
caballos, sino un sencillo carricoche, cuyo caballo se relevaría en
120
los
pueblos del trayecto. Lanzóse el vehículo por el camino de Aubey’s Trail,
cortado por numerosas sinuosidades, que aquél vadeaba. Por la noche descansaron
algunas horas.
Al
amanecer del día siguiente el coche había recorrido unas cuarenta millas por
Cimarrón, rodeando sin percance alguno la base de los Montes Bízmeos. Nada hay
que temer actualmente de los apaches, los comanches y otras tribus de pieles
rojas que antaño recorrían la comarca, y algunas de las cuales han obtenido del
Gobierno federal el derecho de conservar su independencia.
Por la
tarde, tras cruzar Fort Union y Las Vegas, el coche se aventuró por los
desfiladeros de Moro Peaks. Este camino montañoso es difícil y hasta peligroso,
y, por lo tanto, poco apropiado para ser recorrido con rapidez, pues a partir
de aquellas bajas llanuras es preciso remontarse de setecientas a ochocientas
toesas, que es la altura de Santa Fe sobre el nivel del mar.
Más allá
de la frontera de Nuevo México se extiende una zona regada por los numerosos
tributarios que hacen del río Grande del Norte una de las más caudalosas
corrientes del occidente de América. De allí parte la importante vía que,
pasando por Denver y llegando a Chicago, favorece el comercio con las
provincias de México.
Durante
la noche del día 20 al 21, la marcha del coche fue lenta y penosa. El
importante viajero, no sin razón, se sintió invadido por el temor de no llegar
a tiempo. Por ello exhortaba incesantemente al flemático Isidoro.
—Marchamos
muy lentamente…
—No puedo
hacer más, señor Kymbale. Sólo tenemos ruedas, y necesitaríamos alas.
—Recuerda
que me interesa estar en Santa Fe el día 21…
—Bien… Si
no estamos ese día, estaremos el siguiente.
—Pero ya
será tarde.
—Tanto mi
caballo como yo hacemos lo que podemos. No se puede exigir más de una bestia y
un hombre.
121
A Harris
T. Kymbale se le ocurrió entonces interesar directamente a Isidoro en la
partida que jugaba. Así, mientras el caballo se extenuaba subiendo por una de
las más ásperas cuestas del camino, entre espesos bosques de verdes árboles y
sorteando un laberinto de troncos derribados, dijo al automedonte:
—Isidoro,
tengo que hacerte una proposición.
—Hágala,
señor Kymbale.
—Te daré
mil dólares si mañana, antes del mediodía, estoy en Santa Fe.
—¿Mil
dólares? —repitió Isidoro, guiñando un ojo.
—Mil
dólares, a condición de que gane la partida.
—¡Ah!
—dijo Isidoro—. A condición de que…
—Naturalmente.
—¡Sea!
—gritó el conductor, y aplicó a su caballo unos cuantos latigazos.
A
medianoche no habían alcanzado aún el punto más alto del camino. La inquietud
del periodista se acentuó, y, sin poder contenerse, dijo, golpeando a Isidoro
en la espalda:
—Tengo
que hacerte una nueva proposición.
—Hágala,
señor Kymbale.
—Te daré
diez mil dólares… ¡Sí…! ¡Diez mil dólares si llego a tiempo!
—¿Diez
mil dólares? —repitió el conductor.
—Diez
mil.
—¿A
condición de que gane usted la partida?
—Naturalmente.
No
tardarían más de doce horas en recorrer las cincuenta millas que les
separaban
de Santa Fe. Sólo les faltaba descender de las montañas y
seguir la
orilla del río Chiquito, excluyendo desviarse hasta Galateo para
122
tomar el
ramal del ferrocarril, lo que les hubiera hecho perder mucho tiempo.
Cierto
que el camino era practicable, poco montañoso, y hubiera sido imposible
encontrar caballo mejor que el que obtuvieron en el relevo de Taos. Era, pues,
posible llegar dentro del plazo señalado, pero a condición de no retrasarse ni
un momento y en el supuesto de que el tiempo continuase siendo favorable.
La noche
era magnífica, alumbrada por la luna llena, que parecía obedecer a un telegrama
de Bickhorn; la temperatura era agradable; la brisa del Norte, refrescante; el
viento soplaba por el Norte y no obstaculizaba la marcha del vehículo. El
caballo, una fogosa bestia de raza mexicana criada en los corrales de las
provincias del Oeste, piafaba de impaciencia a la puerta de la posada.
En cuanto
al cochero, no hubiera podido encontrarse en mejor estado. Jamás, ni en sueños,
había entrevisto suma como la que se le ofrecía. Y, sin embargo, Isidoro no
parecía tan maravillado de aquel golpe de fortuna como, en opinión de Harris T.
Kymbale, debía estarlo.
«¿Acaso
—se preguntaba— este bribón desearía mayor cantidad…, quizá diez veces más?
Después de todo, ¿qué significan unos cuantos miles de dólares comparados con
los millones de William J. Hypperbone? ¡Una gota de agua en el Océano…! Bien…
Si es preciso, llegaré hasta las cien gotas».
Y en el
momento de partir, dijo al oído de Isidoro:
—No se
trata de diez mil dólares…
—¡Cómo!
¿Retira usted su oferta? —exclamó el cochero en tono seco.
—No,
amigo mío. Al contrario… Te daré cien mil dólares si antes de mediodía estamos
en Santa Fe.
—¿Dice
usted cien mil dólares? —repitió Isidoro, guiñando el ojo izquierdo; y añadió—:
—¿Siempre
con la condición de que usted gane la partida?
—Sí.
Siempre que resulte ganador.
123
—¿No
podría usted, señor Kymbale, escribirme esto en un pedazo de papel? Sólo
algunas palabras…
—¿Con mi
firma?
—Sí; con
su firma.
Claro es
que para negocio de tal importancia la palabra no era suficiente.
Sin
vacilar, Harris T. Kymbale sacó su carnet de notas y sobre una de sus hojas
redactó un pagaré de cien mil dólares a favor del señor Isidoro, de Santa Fe,
pagaré que sería fielmente cumplido si el periodista llegaba a ser el único
heredero de William J. Hypperbone. Firmó, y entregó el papel a su destinatario.
Tomólo
Isidoro, lo leyó y lo guardó en el bolsillo tras doblarlo cuidadosamente. Luego
dijo:
—En
marcha.
¡Ah, cómo
galoparon a rienda suelta por el camino que sigue la ribera del río Chiquito!
Pero a pesar de tantos esfuerzos, a riesgo de volcar el vehículo, de
precipitarse en el río, no pudieron llegar a Santa Fe hasta las doce menos
diez.
Esta
capital cuenta apenas 7000 habitantes. Aunque Nuevo México está anexionado a la
República federal desde hace varios años, su admisión como Estado de la Unión
databa sólo de algunos meses, lo que había permitido que el excéntrico difunto
lo hiciera figurar en el mapa.
Por lo
demás, ha conservado el aspecto y las costumbres españolas, y el carácter
anglosajón gana allí terreno muy lentamente. Respecto a Santa Fe, su situación
en el corazón de yacimientos argentíferos le asegura próspero porvenir. De
creer a sus habitantes, la ciudad está edificada sobre espesos cimientos de
plata, y del suelo de sus calles ha podido extraerse mineral que vale hasta
doscientos dólares por tonelada.
Sea lo
que fuere, la ciudad ofrece pocas curiosidades a los turistas, a no ser las
ruinas de un templo construido por los españoles tres siglos antes, y un
palacio de los gobernadores, construcción humildísima de un solo piso, adornado
de un pórtico con columnas de madera. Las casas,
124
españolas
e indianas, están construidas con ladrillos sin cocer, y algunas son semejantes
a las que se encuentran en los poblados indígenas.
Harris T.
Kymbale fue recibido como lo había sido en todos los puntos del trayecto. Pero
no tuvo tiempo de estrechar las siete mil manos que se tendían hacia él,
contentándose con dar las gracias a todos en general. En efecto, eran las once
y cincuenta minutos, y érale preciso estar en el telégrafo antes de que en el
reloj municipal hubiera sonado la última campanada del mediodía.
Dos
telegramas expedidos por la mañana y casi al mismo tiempo, de Chicago, le
aguardaban.
El
primero, firmado por el notario Tombrock, le notificaba el resultado de la
segunda jugada de dados que le concernía. Por diez tantos, formados por cinco y
cinco, el cuarto jugador era enviado a la casilla 22, Carolina del Sur.
El
infatigable periodista, que soñaba con recorrer itinerarios inverosímiles, veía
realizados sus deseos. ¡Tenía que recorrer mil quinientas millas, dirigiéndose
hacia el Atlántico, en la parte oriental de los Estados Unidos! Se permitió
formular la siguiente observación:
—De
haberme tocado Florida, hubiera tenido que recorrer algunos centenares de
millas más.
Los
hispanoamericanos de Santa Fe quisieron festejar la presencia de su compatriota
organizando mítines, banquetes y otras ceremonias por el estilo. Pero el
redactor jefe del Tribune rehusó, lo que les causó gran disgusto. Aleccionado
por la experiencia, estaba resuelto a seguir los consejos del honorable alcalde
de Buffalo y no retrasarse bajo ningún pretexto, viajando por el camino más
corto.
El
segundo telegrama, enviado por el previsor Bickhom, contenía un nuevo
itinerario, tan bien estudiado como el anterior, al que sus compañeros le
suplicaban se atuviera, partiendo al instante. El periodista se decidió a
abandonar aquel mismo día la capital de Nuevo México.
Los
cocheros de la ciudad no ignoraban las promesas que aquel ultrageneroso viajero
había hecho a Isidoro. No hubo, pues, más que la dificultad de elegir, pues
todos le ofrecían sus servicios con la esperanza de que no serían menos
favorecidos que su compañero.
125
Extrañará,
sin duda, que Isidoro no reclamase el honor —casi el derecho— de conducir al
periodista hasta la línea férrea más próxima, y (¿quién sabe?) tal vez con la
idea de añadir otros cien mil dólares a los que le aseguraba el pagaré de
Harris T. Kymbale. También es probable que aquel práctico hispanoamericano
estuviese tan satisfecho como fatigado. No obstante, fue a despedirse del
periodista, que, convenido con otro cochero, se disponía a partir a las tres de
la tarde.
—¿Qué
tal, Isidoro? —le preguntó Harris T. Kymbale.
—Bien,
señor.
—No creo
estar en deuda contigo, puesto que te he asociado a mi fortuna.
—Mil
gracias, señor. Yo no merezco…
—Sí, sí.
Sin tu celo hubiera llegado tarde y estaría fuera de la partida… Por diez
minutos llegué a tiempo.
Siguiendo
su costumbre, Isidoro escuchó socarronamente el elogio. Luego dijo:
—Puesto
que está usted contento, señor Kymbale, yo también lo estoy.
—Y los
dos formamos pareja, como dicen nuestros amigos los franceses.
—Exacto.
Lo mismo que los caballos de tiro.
—Conserva
cuidadosamente el papel que te he entregado. Después, cuando oigas que el mundo
entero me proclama vencedor del match Hypperbone, hazte conducir a Clifton,
toma el ferrocarril, que te dejará en Chicago, y pasa a cobrar. Puedes estar
tranquilo, pues haré el debido honor a mi firma.
Isidoro
movía la cabeza, se rascaba la frente y guiñaba los ojos, mostrándose indeciso,
como si deseara hablar y no se atreviera a hacerlo.
—Veamos
—le dijo Harris T. Kymbale—. ¿Acaso quieres cobrar más dinero?
—Su
oferta es espléndida —respondió Isidoro—. Pero esa suma vendrá a
126
mi poder
si usted gana…
—¡Claro,
hombre! ¿Podría ser de otro modo?
—¿Por qué
no?
—¿Tú
crees que me sería posible entregarte semejante cantidad si no recibiese la
herencia?
—¡Oh!
Comprendo, señor Kymbale, comprendo. Pero yo preferiría…
—¿Qué?
—Cien
dólares contantes y sonantes.
—¿Cien en
lugar de cien mil?
—Sí
—respondió plácidamente Isidoro—. ¡Qué quiere usted…! No me gusta contar con la
casualidad… Si usted me entregara cien dólares… Esto sería más seguro…
Reprochándose
quizás en el fondo su generosidad, Harris T. Kymbale sacó cien dólares de su
bolsillo y se los entregó a aquel hombre prudente, que al momento rasgó el
documento que le había entregado antes el periodista.
Partió
éste entre el rumor de las despedidas, y desapareció al galope de su caballo
por la calle Mayor de Santa Fe. Indudablemente, llegado el caso, el nuevo
conductor se mostraría menos filósofo que su compañero.
Cuando
preguntaron a Isidoro el motivo de su determinación, respondió:
—Cien
dólares son cien dólares… Además, yo desconfiaba. ¡Un hombre tan seguro de sí
mismo…! ¿Qué queréis…? Yo no apostaría veinticinco centavos por él.
127
XI. Las
inquietudes de Jovita Foley
Por su
número de orden, Lissy Wag era la quinta en partir. Transcurrirían, pues, nueve
días entre el que partió Max Real y aquél en que ella debía abandonar Chicago a
su vez.
¡Qué
impaciencia la de Jovita Foley durante aquella interminable semana! Su amiga no
lograba calmarla. Ella no comía, no dormía, no vivía… Los preparativos estaban
hechos desde el día siguiente al en que se había efectuado la primera tirada de
dados, el día 1.º de mes, a las ocho de la mañana, y dos días después Jovita
había obligado a Lissy Wag a que la acompañase a la sala del Auditorium, donde
la segunda jugada iba a realizarse en presencia de una numerosa y emocionada
multitud. La tercera y la cuarta tiradas fueron proclamadas los días 5 y 7 de
mayo. Cuarenta y ocho horas más y se decidiría la suerte de las dos jugadoras,
pues ambas componían una sola persona. Jovita Foley absorbía a Lissy Wag, pues
ésta quedaba reducida al papel de prudente y razonable mentor al que jamás se
atiende.
Inútil es
decir que la licencia concedida por Mr. Marshall Field a su cajera y a su
empleada había comenzado el día 16 de abril, el día siguiente de la lectura del
testamento. Las dos jóvenes no estaban obligadas a volver al comercio de
Madison Street. Esto no dejaba, sin embargo, de causar alguna inquietud a la
más prudente, pues, si la ausencia se prolongaba varias semanas, quizá meses,
¿se resignaría el dueño a privarse de sus servicios durante tan largo tiempo?
—No hemos
obrado con prudencia —repetía Lissy Wag.
—De
acuerdo —respondía Jovita Foley—. Y continuaremos así mientras sea preciso.
La
nerviosa e impresionable joven no cesaba de dar vueltas por el reducido
departamento de Sheridan Street. Abría la única maleta que contenía su ropa
blanca y los trajes de viaje; asegurábase de que no se había olvidado nada;
contaba y recontaba el dinero disponible: todas sus
128
economías
convertidas en papel y oro, que los hoteles, los ferrocarriles, los coches y
los imprevistos devorarían con gran desconsuelo de Lissy Wag. Hablaba de todo
esto con los vecinos, muy numerosos en aquellas inmensas casas de Chicago de
diecisiete pisos. Bajaba en el ascensor, y volvía a subir en cuanto sabía
alguna noticia por los periódicos o los vendedores callejeros.
—¡Ah,
querida! —dijo en una ocasión—. Max Real ha partido… ¿Dónde estará? No ha dado
a conocer su itinerario a través de Kansas.
Efectivamente,
los más finos sabuesos del periodismo nada sabían de esto. No se confiaba en
recibir noticias del joven pintor antes del día 15, es decir, una semana
después que Jovita Foley y Lissy Wag se lanzaran por los vastos territorios de
la Unión.
—Francamente
—dijo Lissy Wag—, ese joven es el que más me interesa de todos los jugadores.
—Porque
te ha deseado buen viaje, ¿verdad?
—Y
también porque me parece digno de todos los favores de la fortuna.
—Después
de ti, ¿no?
—No:
antes.
—Comprendo.
Si tú no formaras parte de los «Siete», tus votos serían para él.
—Lo son
igualmente.
—Pero
como tú estás interesada en este asunto, y yo también en calidad de amiga tuya,
te pido que implores al cielo por mí antes de hacerlo por Max Real. Aunque
nadie sabe dónde puede hallarse ahora… Es de suponer que no lejos de Fort
Riley, a menos que algún accidente…
—Esperemos
que todo le sonría, Jovita.
—Comprendido,
querida.
Jovita
Foley respondía casi siempre con esta palabra, que en sus labios adquiría un
tono irónico, a las observaciones de la miedosa Lissy Wag.
129
Luego,
con propósito de incitarla, le dijo:
—No me
hablas nunca de ese abominable Tom Crabbe, que se ha puesto en camino para
Tejas. ¿Es que no formulas votos por ese crustáceo?
—Hago
votos para que la suerte no nos envíe a países tan lejanos.
—¡Bah!
—Jovita,
somos mujeres, y un Estado cercano nos convendría mucho.
—De
acuerdo, Lissy. Pero si la suerte no lleva su galantería hasta tener en cuenta
nuestra debilidad; si nos manda al océano Atlántico, al Pacífico o al golfo de
México, preciso será conformarse.
—Nos
conformaremos, Jovita, puesto que tú lo quieres.
—No es
que yo lo quiera, sino que no hay otro remedio. Tú sólo piensas en la partida,
y no en la llegada, la gran llegada a la casilla 63. Yo, al contrario, pienso
en ella noche y día, y después en la vuelta a Chicago, donde los millones nos
esperan en la caja de ese excelente notario.
—Sí… Esos
famosos millones de la herencia —dijo Lissy Wag, sonriendo.
—Vamos,
Lissy, ¿acaso los demás no han aceptado sin tantas quejas?
¿Acaso el
matrimonio Titbury no está camino de Maine?
—¡Pobres!
¡Les compadezco!
—¡Ah! ¡Me
desesperas!
—Y tú,
querida mía, caerás enferma si no te calmas, si continúas enervándote como lo
haces desde una semana acá… Te advierto que me quedaré para cuidarte.
—¡Yo…,
enferma! ¡Estás loca…! Los nervios me sostienen, me dan energía, y estaré
nerviosa todo el tiempo que dure el viaje.
—Sea,
Jovita; pero si tú no caes enferma, caeré yo…
—¡Tú…!
¡Tú…! Eso te está prohibido —exclamó la excelente y expansiva joven,
arrojándose al cuello de Lissy Wag.
130
—¡Vamos,
calma! —replicó Lissy respondiendo a sus besos—. Calma, y todo irá bien.
No sin
grandes esfuerzos, Jovita consiguió dominarse, espantada ante la idea de que su
amiga pudiera estar en cama el día de la partida.
El día 7
por la mañana, al regresar del Auditorium, Jovita Foley notificó que el jugador
Harris T. Kymbale había sacado seis puntos y se dirigía al Estado de Nueva
York, al puente del Niágara, y de allí a Santa Fe, en Nuevo México.
Lissy Wag
hizo una única reflexión con tal motivo: que el periodista tendría que pagar
una prima.
—Eso no
preocupará gran cosa a su periódico —replicó su amiga.
—Es
cierto, Jovita; pero a nosotras nos causaría gran trastorno el vemos obligadas
a desembolsar mil dólares al principio o en el curso del viaje…
Como de
costumbre, la otra respondió con un movimiento de cabeza que significaba: «Esto
no sucederá… No; eso no sucederá».
En el
fondo, Jovita se preocupaba de esto más que de nada, aunque no lo aparentase, y
por la noche, durante un agitado sueño que turbaba el de Lissy, soñaba en voz
alta con el puente, la hostería, el laberinto, los pozos, la prisión, esas
funestas casillas donde los jugadores debían pagar primas sencillas, dobles o
triples para poder continuar la partida.
Llegó
finalmente el día 8 de mayo, y al día siguiente las dos jóvenes se pondrían en
camino. Con las brasas sobre las que pisaba Jovita Foley desde hacía una
semana, hubiera podido funcionar una locomotora de gran velocidad para
conducirla al extremo de América.
Jovita
Foley había adquirido una guía general de Estados Unidos, la mejor y más
completa de las Guidebooks, que ella hojeaba, leía y releía sin cesar, por más
que no pudiese aún elegir itinerario.
Por lo
demás, para estar al corriente de lo que concernía a este asunto, bastaba
consultar los periódicos de la metrópoli o los de cualquier otro punto. Se
habían establecido correspondencias entre cada Estado de los elegidos por la
suerte, y más especialmente con cada uno de los lugares
131
indicados
en la nota de William J. Hypperbone. El correo, el telégrafo y el teléfono
funcionaban constantemente. Los periódicos, tanto los de la mañana como los de
la noche, contenían columnas de informaciones, más o menos verídicas, y,
preciso es decirlo, más o menos fantásticas… Aunque, tanto el lector como el
suscriptor, están siempre de acuerdo sobre este punto: es preferible leer
falsas noticias que no leer ninguna.
Como se
comprenderá, estas informaciones dependían de la manera de proceder de los
jugadores. Así, en lo que concernía a Max Real, las noticias no podían ser
fidedignas, puesto que a nadie, excepto a su madre, había puesto al corriente
de sus proyectos. No habiendo sido señalada su presencia en Omaha, con Tommy,
ni en Kansas City al desembarcar del Dean Richmond, los periodistas habían
buscado en vano sus huellas, ignorándose lo que había sido del pintor.
Oscuridad
no menos profunda reinaba acerca de Hermann Titbury. No cabía duda de que el
día 5 había partido con su esposa, y en la casa de Robey Street no quedaba más
que la sirvienta de que se ha hablado. Pero ignoraba que viajaban bajo nombre
supuesto, y fueron inútiles los esfuerzos de los periodistas para saber qué
había sido de ellos. Era de suponer que se carecería de noticias de la pareja
hasta el día en que se presentaran en el telégrafo de Calais para retirar el
telegrama que a ellos se refería.
La
información era más completa en lo que concernía a Tom Crabbe. John Milner y su
compañero, que partieron de Chicago el día 3 de manera muy aparatosa, habían
sido vistos y saludados en las principales ciudades de su itinerario, y,
finalmente, en Nueva Orleans, donde se habían embarcado para Galveston, en
Tejas. El Freie Presse cuidó de destacar, con este motivo, que el navío
Shermart era de nacionalidad americana, es decir, un pedazo de la madre patria.
En efecto, como estaba prohibido a los jugadores abandonar el territorio
nacional, convenía no tomar pasaje en un barco extranjero, aunque este barco
permaneciera en aguas de la Unión.
No
faltaba noticias de Harris T. Kymbale, sino que, al contrario, caían como
lluvia de abril. Se había sabido su paso por Jackson y por Detroit, y los
lectores esperaban con impaciencia los detalles de las recepciones que en su
honor se organizaban en Buffalo y Niágara Falls.
Era el
día 7 de mayo. Al día siguiente, el notario Tombrock, asistido por Georges B.
Higginbotham, proclamaría en la sala del Auditorium el
132
resultado
de la quinta tirada de dados. Dentro de treinta y seis horas Lissy Wag sabría
su suerte.
Se
comprende la impaciencia que hubiera experimentado Jovita durante aquellos dos
días, a no estar bajo el peso de inquietudes de la mayor gravedad.
En
efecto; en la noche del día 7 al 8, Lissy Wag sintióse repentinamente enferma
de la garganta, enfermedad que le produjo intensa fiebre. Viose precisada a
despertar a su amiga, que dormía en la habitación inmediata.
Jovita
Foley se levantó al instante, prodigándole los primeros cuidados,
administrándole algunas bebidas calmantes y abrigándola bien, mientras, con voz
insegura, decía:
—Esto no
será nada.
—Así lo
espero —respondió Lissy—, pues esto sería caer enferma en el peor momento.
Tal era
la opinión de Jovita, que no volvió a acostarse, permaneciendo al cuidado de su
amiga, cuyo sueño fue muy agitado.
Al
amanecer, todos los habitantes del inmueble sabían que Lissy estaba lo bastante
enferma para que hubiese sido preciso enviar en busca de un médico, que a las
nueve no había llegado aún.
Enterados
los vecinos de lo que sucedía, no tardó en estarlo toda la calle, y al poco el
barrio, y no muy tarde la ciudad, pues la noticia se extendió con la rapidez
propia de las malas nuevas.
¿Por qué
asombrarse de que así sucediera? ¿No era Miss Wag la mujer del día, la persona
de más notoriedad desde la partida de Harris T. Kymbale? ¿No estaba la atención
pública fija en ella…, la única heroína entre los héroes del match Hypperbone?
¡Lissy
Wag estaba enferma, quizá de gravedad, la víspera del día en que la suerte
había de decidir su punto de destino!
Poco
después de las nueve se presentó el médico, el doctor M. P. Pughe.
Preguntó
en primer lugar sobre los ánimos de la joven.
133
—Excelentes
—respondió Jovita.
Sentóse
entonces el doctor en el lecho de la enferma, le examinó la lengua, le tomó el
pulso y la auscultó. No había afección en el hígado, ni en el corazón, ni en el
estómago.
Finalmente,
dijo:
—Esto no
será nada de importancia si no sobrevienen complicaciones.
—¿Y son
de temer esas complicaciones? —preguntó Jovita Foley, sobresaltada por la
declaración del médico.
—Sí y no
—repuso el doctor—. No, si la enfermedad es vencida desde el principio; sí, si
a pesar de nuestros cuidados adquiere un desarrollo que los medicamentos serían
impotentes para contener.
—Pero
—repuso, Jovita, inquieta cada vez más por estas evasivas—, ¿puede usted
diagnosticar la enfermedad?
—Sin
duda.
—Hable
usted, doctor.
—Pues
bien: la señorita tiene una simple bronquitis que ha atacado la base de ambos
pulmones. Lo revela la auscultación. Pero la pleura se halla en buen estado.
Hasta ahora no hay que temer una pleuresía; pero…
—¿Pero?
—Pero la
bronquitis puede derivar en neumonía, y ésta en congestión pulmonar. Esto es lo
que yo llamo complicaciones graves.
Y el
galeno prescribió los medicamentos del caso: gotas de acónito, jarabes
calmantes, tisanas calientes, reposo —sobre todo, reposo—. Después, tras
prometer que volvería por la noche, abandonó la casa, mostrando prisa por
regresar a su despacho, donde sin duda aguardaban ya los periodistas.
¿Se
producirían las posibles complicaciones? Y, si se producían, ¿qué sucedería?
134
Ante esta
eventualidad, Jovita Foley estuvo a punto de enloquecer. Durante las horas
siguientes le pareció que Lissy Wag estaba peor, más postrada. Algunos
escalofríos anunciaron otro acceso de fiebre, el pulso se hizo irregular y el
decaimiento aumentó.
Jovita
Foley, enervada en lo moral tanto por lo menos como la enferma lo estaba en lo
físico, no se apartó del lecho, sin dejar de mirarla, de enjugarle la abrasada
frente y suministrándole cucharadas de las medicinas recetadas por el
facultativo, abandonándose a las más tristes reflexiones y a las más justas
quejas contra desventura tan manifiesta.
«No
—pensaba—. Ni Tom Crabbe, ni Titbury, ni Kymbale, ni Max Real han sido atacados
de una bronquitis la víspera de su partida. Ni tampoco ese comodoro Urrican.
Tenía que ser precisamente mi pobre Lissy, que gozaba de tan buena salud. Y
mañana…, mañana se efectúa la quinta tirada de dados. Y si somos enviadas
lejos, si un retraso de cinco o seis días nos impide estar en nuestra meta en
el momento preciso… E incluso si llega el día 23 sin que hayamos podido salir
de Chicago… Si se nos excluye de la partida sin haberla comenzado…».
Sí; esta
desagradable idea se agitaba en el cerebro de Jovita Foley y hacía latir con
fuerza sus sienes.
A las
tres remitió la fiebre. Lissy Wag salió de la profunda postración en que yacía,
y la tos se hizo más continua. Al abrir los ojos vio a Jovita inclinada sobre
ella.
—¿Cómo te
encuentras? —le preguntó ésta—. ¿Te encuentras mejor?
¿Deseas
alguna cosa?
—Dame
algo de beber —respondió Lissy con voz enronquecida.
—Aquí
tienes una buena tisana de agua sulfurosa con leche caliente.
Después,
según ha dispuesto el médico, tomarás unos sellos.
—Lo que
sea preciso, mi querida Jovita.
—Pronto
estarás bien.
—Sí, muy
bien.
—Parece
que te encuentras mejor…
135
—Es
natural. Cuando cesa la fiebre el abatimiento es mayor, pero se siente una más
animada…
—Ahora a
reponerte pronto —exclamó Jovita—. Mañana ya no tendrás nada de fiebre.
—¿A
reponerme? —murmuró la enferma, esforzándose para sonreír.
—Sí.
Cuando vuelva el médico dirá si puedes levantarte.
—Como
puedes ver, mi querida Jovita, tengo poca suerte.
—¿Poca
suerte, tú?
—Debieras
haber sido elegida en mi lugar. Mañana podrías acudir al Auditorium, y partir
en seguida hacia el punto de destino.
—¿Marcharme
yo, dejándote en este estado? ¡Jamás!
—Yo
hubiera sabido obligarte a ello.
—Pero no
han ido así las cosas —respondió Jovita Foley—. Yo no soy la quinta jugadora,
no soy la futura heredera del difunto Hypperbone… El destino te ha elegido a
ti. Reflexiona: nada comprometemos por retrasar nuestra marcha cuarenta y ocho
horas. Quedarán aún trece días para realizar el viaje; y en este tiempo se
puede ir de un extremo a otro de los Estados Unidos.
Lissy Wag
no quiso recordarle que su enfermedad podía prolongarse una semana, y tal vez
más de los quince días reglamentarios. Así, pues, se contentó con decir:
—Te
prometo, Jovita, curarme lo más pronto posible.
—No te
pido más que eso… Pero, por ahora, basta de conversación. No te fatigues.
Procura dormir un poco… Me sentaré a tu lado.
—Acabarás
también por caer enferma.
—¿Yo…?
Tranquilízate. Además tenemos irnos excelentes vecinos, que me remplazarían si
fuera menester. Duerme, Lissy.
136
Tras
estrechar la mano de su amiga, la enferma volvió la cabeza y no tardó en
adormecerse.
A Jovita
le inquietó e irritó sobremanera advertir que por la tarde la calle presentaba
una animación extraordinaria en aquel tranquilo barrio. Reinaba un tumulto
propio para turbar el reposo de Lissy hasta en aquel noveno piso. Algunos
curiosos deambulaban por las aceras. La gente se detenía frente al número 19.
Algunos carruajes llegaban con gran estrépito y partían a escape con dirección
a los otros barrios de la ciudad.
—¿Cómo
está? —decían unos.
—No se
sabe —repetían otros.
—Se habla
de una fiebre catarral…
—No… De
una fiebre tifoidea.
—¡Pobre
señorita! Hay personas con poca suerte…
—Pero
tiene la fortuna de figurar entre los «Siete» del match Hypperbone.
—¡Buena
ventaja, si no puede aprovecharse de ella!
—Y
suponiendo que Lissy Wag se halle en condiciones de emprender la marcha, ¿podrá
soportar las fatigas de tantos viajes?
—Perfectamente
si la partida se acaba en algunos golpes, lo que es posible…
—Pero ¿y
si dura varios meses?
—¿Se
puede contar con el azar?
Y así a
este tenor.
Gran
número de curiosos, tal vez apostantes, y seguramente algunos periodistas, se
presentaron en el domicilio de Jovita Foley; pero, pese a sus instancias, ésta
no quiso recibirlos. De ahí se derivaron nuevas contradicciones, exageraciones
y falsedades respecto a la enfermedad de Lissy. Jovita se mantenía en sus
trece, contentándose con acercarse a la ventana y maldecir el barullo de la
calle. Sólo hizo excepción con un
137
dependiente
de la casa Marshall Field, al que dio noticias tranquilizadoras.
Se
trataba de un constipado, de un simple resfriado.
Entre
cuatro y cinco de la tarde, como el tumulto arreciase, Jovita se asomó a la
ventana y en medio de un agitado grupo reconoció…, ¿a quién? A Hodge Urrican.
Iba acompañado de un hombre de unos cuarenta años, de aspecto de marino,
vigoroso y gesticulante. Parecía aún más violento que el terrible comodoro.
No podía
ser por simpatía hacia la joven enferma por lo que Hodge Urrican se encontraba
aquel día en Sheridan Street, paseándose bajo las ventanas que devoraba con los
ojos. Jovita Foley advirtió claramente que su compañero, más atrevido, agitaba
el puño como hombre que no es dueño de sí.
Después,
como en torno a él se asegurase que la enfermedad de Lissy Wag se reducía a una
simple indisposición, exclamó:
—¿Quién
es el imbécil que dice eso?
El
personaje interpelado, temeroso de recibir un mal golpe, permaneció en el
incógnito.
—¡Esa
mujer está muy enferma! —declaró el comodoro Urrican.
—Cada vez
peor —añadió su compañero—. Y si alguien sostiene lo contrario…
—Vamos,
Turk, contente.
—¡Que me
contenga! —respondió Turk, escrutando furiosamente a su alrededor con sus ojos
de tigre—. A usted, que es el más paciente de los hombres, quizá le sea fácil…
¡Pero yo…! Cuando oigo hablar de esa manera… me pongo fuera de mí… Y cuando me
pongo fuera de mí…
—Bien…,
bien… Ya basta —ordenó Hodge Urrican, sacudiendo con fuerza el brazo de su
compañero.
Después
de tales frases, preciso era creer lo que nadie hubiera pensado; que existía un
hombre junto al cual el comodoro Urrican debía pasar por un ángel de dulzura.
138
En fin,
si ambos habían acudido allí, era porque esperaban recoger malas noticias y
asegurarse de que en el match Hypperbone no intervendrían más que seis
jugadores.
Esto
sospechaba Jovita, que tuvo que contenerse para no bajar a la calle. ¡Qué
deseos sentía de tratar a aquellos dos individuos como se merecían, aun a
riesgo de ser devorada por aquel tigre con rostro humano!
Del
concurso de todas estas circunstancias resultó que las informaciones de los
primeros periódicos, que aparecieron a las seis de la tarde, estaban llenas de
las más extrañas contradicciones.
Según
unos, la indisposición de Lissy Wag había cedido a los cuidados del doctor, y
su partida no se dilataría ni un día.
Según
otros, la enfermedad no era grave.
Sin
embargo, sería necesario cierto tiempo de reposo, y Miss Wag no podría ponerse
en camino antes de finalizar la semana.
Los
periódicos que mostraban simpatía por la joven, el Chicago Globe y el Chicago
Evening Post, fueron precisamente los más alarmistas: hablaban de consulta a
las eminencias médicas, de la necesidad de practicar una operación… Miss Wag se
había roto un brazo, según el primero; una pierna, según el otro. Incluso
Tombrock, ejecutor testamentario del difunto, recibió un anónimo comunicándole
que la quinta jugadora del match Hypperbone renunciaba a su parte eventual de
la herencia.
El
Chicago Mail, cuyos redactores parecían compartir las simpatías y antipatías
del comodoro Urrican, no vaciló en declarar que Lissy Wag había exhalado el
último suspiro entre las cuatro y cuarenta y cinco y las cuatro y cuarenta y
siete de la tarde.
Cuando
Jovita Foley tuvo conocimiento de estas noticias, se sintió indispuesta.
Felizmente, el doctor Pughe la tranquilizó algún rato durante su visita de la
noche.
No… Sólo
se trataba de una simple bronquitis; lo repetía. Hasta el presente, al menos,
no existía síntoma alguno de la terrible neumonía, ni de la no menos terrible
congestión pulmonar. Bastaría con algunos días de calma y reposo.
139
—¿Cuántos?
—Tal vez
siete u ocho.
—¡Siete u
ocho!
—Y a
condición de que la enferma no se exponga a las corrientes de aire.
—¡Siete u
ocho días! —repetía la desgraciada Jovita Foley retorciendo sus manos.
—Y esto…
si no sobrevienen complicaciones graves.
La noche
no fue muy buena. Reapareció la fiebre, que duró hasta la mañana siguiente y
provocó abundante transpiración. No obstante, la bronquitis había disminuido y
la expectoración se efectuaba sin grandes esfuerzos.
Jovita
Foley no se acostó. Pasó las interminables horas de la noche a la cabecera del
lecho de su amiga. ¿Qué enfermera había de prodigarle mayores cuidados? Además,
ella no hubiera cedido a nadie el puesto.
Al día
siguiente, tras algunos momentos de malestar y agitación, Lissy volvió a
dormirse.
Era el
día 9 de mayo, y la quinta jugada del match Hypperbone iba a efectuarse en el
salón del Auditorium.
Jovita
Foley hubiera dado diez años de su vida por estar allí… Pero era imposible
dejar a la enferma. No había ni qué pensar en ello. Mas sucedió lo siguiente:
Lissy Wag no tardó en despertarse, y, llamando a su compañera, le dijo:
—Mi buena
Jovita, suplica a nuestra vecina que venga a remplazarte.
—¿Tú
quieres que…?
—Quiero
que vayas al Auditorium… La jugada es a las ocho, ¿verdad?
—Sí, a
las ocho.
—Estarás
de vuelta veinte minutos después. Deseo que vayas, y puesto
140
que crees
en mi suerte…
«¡Sí
creo!», hubiera respondido Jovita Foley tres días antes. Pero en aquella
ocasión no contestó. Besó la frente de la enferma y avisó a la vecina, digna
señora que se instaló a la cabecera del lecho. La joven descendió a la calle,
tomó un coche y se hizo conducir al Auditorium.
Eran las
siete y cuarenta cuando Jovita Foley llegó a la puerta del local, lleno ya de
gente. Reconocida desde que entró, fue asaltada a preguntas.
—¿Cómo
está Lissy Wag?
—Perfectamente
—declaró ella, encaminándose hacia el escenario.
Como
algunos periódicos matutinos habían anunciado formalmente el fallecimiento de
la joven, varias personas extrañaron que su amiga más íntima estuviera allí y
sin vestir luto.
A las
ocho menos diez, el presidente y los socios del Excentric Club, escoltando al
notario Tombrock, hicieron su aparición y se sentaron frente a la mesa.
El mapa
se hallaba extendido ante el notario. Los dos dados, junto al cubilete de
cuero. El reloj del salón daría las ocho dentro de cinco minutos.
De
improviso, una fuerte voz rompió el silencio que no sin trabajo se consiguió
establecer en el local.
Esta voz
era la del comodoro. Pedía la palabra para hacer una observación. Le fue
concedida.
—Paréceme,
señor presidente —dijo, elevando la voz a medida que hablaba—, que, de acuerdo
con la exacta voluntad del difunto, no puede efectuarse la quinta jugada,
puesto que la interesada no se encuentra en disposición…
—¡Sí, sí!
—gritaron algunos partidarios de Urrican. Y entre aquellas voces destacó la del
colérico individuo que el día antes estaba con el comodoro bajo las ventanas de
Jovita Foley.
—¡Cállate,
Turk! —le ordenó Hodge Urrican como si se dirigiese a un perro.
141
—¡Que me
calle…!
—¡Ahora
mismo!
Resignóse
Turk al silencio bajo la fulgurante mirada del comodoro, el cual prosiguió:
—Hago
esta proposición porque tengo motivos fundados para creer que la quinta
jugadora del match no podrá partir ni hoy ni mañana…
—¡Ni
dentro de ocho días! —gritó un espectador desde el fondo del salón.
—Ni
dentro de ocho días, ni de quince, ni de treinta —afirmó el comodoro Urrican—,
porque ha muerto esta mañana a las cinco y cuarenta y siete.
Un largo
murmullo siguió a esta declaración, murmullo dominado al instante por una voz
femenina que gritó:
—¡Eso es
falso; completamente falso! Porque yo, Jovita Foley, he dejado a Lissy Wag hace
veinticinco minutos… y estaba en excelente estado.
Redoblaron
los clamores y las protestas del grupo Urrican. Tras la formal declaración del
comodoro, Lissy Wag faltaba evidentemente a todas las conveniencias. Ya que se
había publicado la noticia de su muerte debía estar muerta.
Sin
embargo, fuera lo que fuese, hubiera sido difícil tomar en cuenta la
observación de Hodge Urrican. Éste, no obstante, insistió modificando su
argumentación en los siguientes términos:
—Sea. La
jugadora número cinco no ha muerto. No importa. Sabemos en qué circunstancias
se encuentra, y teniendo en cuenta esta situación pido que la jugada que ha de
hacerse a mi favor sea adelantada cuarenta y ocho horas; y que la de hoy se
atribuya al sexto jugador, que pasará a figurar con el número cinco.
Un nuevo
griterío subrayó esta pretensión del comodoro, sostenido por partidarios dignos
de navegar bajo su pabellón.
El
notario Tombrock logró calmar el tumulto. Restablecido el silencio, dijo:
—La
proposición de Mr. Hodge Urrican se
basa en una falsa interpretación
142
de la
voluntad del testador, y es contraria a las reglas del noble juego de los
Estados Unidos de América. Cualquiera que sea el estado de salud de la jugadora
número 5, y aunque este estado se agravase hasta el punto de hacerla
desaparecer del mundo de los vivos, mi deber de ejecutor testamentario del
difunto William J. Hypperbone me obligaría a proceder a esta jugada del día 9
de mayo a favor de Miss Lissy Wag. Si dentro de quince días no está en su
puesto, viva o muerta, quedará privada de sus derechos, y la partida continuará
entre los seis jugadores restantes.
Hodge
Urrican protestó con vehemencia, sosteniendo furiosamente que por parte del
notario había una falsa interpretación del testamento, aunque esta
interpretación estuviera apoyada por los socios del Excentric Club. Al lanzar
el comodoro sus frases acusadoras, aunque rojo de cólera, resultaba pálido
comparado con su compañero, cuya tez parecía de escarlata.
Así,
pues, el comodoro tuvo que contener a Turk para evitar una desgracia. Después
de detenerle, en el momento en que se disponía a separarse de él, le dijo:
—¿Adónde
vas?
—Allí
—respondió Turk, mostrando el escenario con el puño.
—¿Para
qué?
—Para
agarrar por el pescuezo a ese Tombrock y echarle afuera.
—¡Aquí,
Turk! —ordenó Urrican.
Turk
lanzó un sordo rugido de fiera indómita que tiene deseos de devorar al domador.
Sonaron
las ocho.
El
notario —tal vez más excitado que de costumbre—, tomó el cubilete con la mano
derecha, y, después de introducir en él los dados, lo agitó. Oyóse el ruido de
los dados al chocar en el fondo del cubilete, y al salir rodando hasta el
extremo de la mesa.
Tombrock
invitó a Georges B. Higginbotham y a sus compañeros para que examinasen el
número obtenido. Una voz clara dijo:
143
—Nueve,
por seis y tres.
Cifra
afortunada, ya que de un salto trasladaba a la jugadora número 5 a la casilla
26, Estado de Wisconsin.
144
XII. La
jugadora número cinco
—¡Ah,
querida Lissy, qué feliz, qué maravillosa tirada de dados! —exclamó la
impetuosa Jovita Foley.
Acababa
de entrar en la alcoba, sin pensar que la enferma podía descansar en aquel
momento y que sus gritos turbaban su reposo.
Lissy Wag
estaba despierta, muy pálida, y conversaba con la anciana mujer que se hallaba
a su lado.
Tras la
proclamación del número por el notario, Jovita Foley había salido del
Auditorium dejando a la multitud abandonarse a sus comentarios, y al comodoro
Urrican furibundo de no haber podido aprovechar semejante jugada.
—¿Cuántos
tantos hemos obtenido? —preguntó Lissy incorporándose en el lecho.
—Nueve,
querida mía; nueve, por seis y tres…, lo que de un salto nos lleva a la casilla
26.
—¿Y esa
casilla…?
—Corresponde
al Estado de Wisconsin… Milwaukee… A dos horas solamente con el rápido…
Lo cierto
era que para comienzo de la partida no se podía esperar cosa mejor.
—No…, no…
—repetía la entusiasta joven—. ¡Oh! Ya sé que con nueve,
por cinco
y cuatro, se va a la casilla 53. Pero esta casilla, según puede verse en el
mapa, está representada por el Estado de Florida… Es decir, el fin del mundo.
Y
sofocada, anhelante, se servía del mapa como de un abanico.
145
—En
efecto, tienes razón —respondió Lissy—. Florida está algo lejos.
—Tienes
todas las probabilidades… y los otros todas las desventajas.
—Sé más
generosa.
—Si esto
te agrada, puesto que haces votos por él, excepto a Max Real.
—Gracias.
—Pero
volvamos a nuestro asunto, Lissy. El resultado conseguido nos pone en mejores
condiciones que a los demás. Actualmente iba en cabeza ese periodista Harris
Kymbale, que se halla en la casilla número 12. Mientras nosotras hemos obtenido
cuarenta puntos más… Sólo nos faltan cuarenta puntos para llegar al final.
Lissy Wag
no conseguía alegrarse, lo que decepcionaba a Jovita.
—¿No
estás contenta? —exclamó.
—Sí,
querida Jovita. Iremos a Wisconsin, a Milwaukee…
—¡Oh,
tenemos tiempo, querida! No partiremos mañana ni pasado mañana. Podemos
aguardar cinco o seis días, hasta que te encuentres bien; e incluso quince
días, si es preciso. Con tal de que estemos allí el día 23 antes de mediodía…
—Bien… Me
alegro, Jovita, puesto que tú estás contenta.
—Sí, lo
estoy… tanto como está disgustado el comodoro. Ese malvado quería dejarte fuera
de concurso, obligar al notario a que la quinta jugada se hiciese en favor
suyo, pretextando que tú no podrías aprovecharte de ella, pues estarías en cama
días y días… Y hasta se atrevió a decir que habías muerto… ¡Ah…! ¡Abominable
lobo de mar…! Ya sabes que no quiero mal a nadie…, pero a ese comodoro… le
deseo que vaya al laberinto, al pozo, a la prisión; que tenga que pagar primas
sencillas, dobles y triples… En fin, todo lo que este juego reserva de
desagradable a los que no tienen suerte ni merecen tenerla… ¡Si hubieras oído
cómo le respondió el notario Tombrock! ¡Qué hombre tan excelente! ¡De buena
gana le hubiera abrazado!
146
Aparte
sus habituales exageraciones, lo cierto era que Jovita Foley tenía razón.
Aquella tirada de nueve, por seis y tres, representaba un buen comienzo de
partida. No solamente las hacía adelantar a los demás jugadores, sino que les
daba tiempo suficiente para que Lissy Wag se restableciese por completo.
En
efecto, el Estado de Illinois es limítrofe del de Wisconsin, del que sólo se
halla separado, al Sur, por la línea del paralelo 42. Limita al Oeste por el
curso del Misisipi, al Este por el lago Michigan, y, en parte, al Norte, por el
lago Superior. Su capital es Madison, y Milwaukee su ciudad más importante.
Hállase ésta situada en la ribera del Michigan, a menos de doscientas millas de
Chicago, y está en comunicación rápida, regular y frecuente con todos los
centros comerciales de Illinois.
Así,
pues, aquel día 9, que hubiera podido ser tan triste, comenzaba admirablemente.
Cierto que la enferma se sintió ligeramente alterada por la emoción. Cuando el
doctor M. P. Pughe fue a visitarla por la mañana, la encontró algo más agitada
que la víspera. La tos, en ocasiones muy fuerte, era seguida de una gran
postración y de algunos accesos febriles. Sin embargo, sólo había que continuar
con el régimen prescrito.
—Reposo
absoluto, mucho reposo —recomendó el médico a Jovita—. Debe evitarse toda
fatiga a la enferma. Que esté sola…, que duerma…
—¿No la
encuentra usted peor? —preguntó Jovita, asaltada por nuevos temores.
—No… Lo
repito… Esto no es más que una bronquitis que sigue su curso… No hay nada en
los pulmones…, nada en el corazón. Y, sobre todo, cuidado con las corrientes de
aire… Puede tomar algún alimento… haciendo un esfuerzo, si es preciso… Leche,
caldo…
—Pero, en
fin, doctor, si no sobrevienen complicaciones…
—… que
siempre es bueno prevenir…
—Sí, ya
lo sé… Pero ¿puedo esperar que dentro de ocho días nuestra enferma esté curada?
El médico
contestó con un leve movimiento de cabeza que nada bueno hacía presagiar.
147
Jovita
Foley, bastante turbada, consintió en no permanecer en la alcoba de Lissy Wag y
se instaló en la suya, dejando la puerta entreabierta. Allí, frente a la mesa,
donde se veía el mapa del noble juego de los Estados Unidos y la Guidebook, no
cesó de estudiar el Wisconsin, informándose de sus más pequeños poblados, de su
climatología, su salubridad y sus costumbres, como si pensara instalarse en
aquel Estado durante el resto de su vida.
Los
periódicos de la Unión habían publicado ya el resultado de la quinta jugada de
dados. Algunos hablaron del incidente promovido por Urrican; los unos para
sostener las pretensiones del feroz comodoro, los otros para condenar sus
quejas. La mayoría le fue hostil. ¡No! No tenía el derecho de reclamar en
provecho suyo aquella jugada, y se aprobaba la conducta del notario Tombrock,
que había aplicado las reglas en todo su rigor.
Aparte de
esto, dijera lo que dijese Hodge Urrican, Lissy Wag no había muerto ni estaba
en trance de ello. En la opinión pública se registró un movimiento bastante
natural a favor de la joven, aunque se creyese difícil que pudiera soportar
hasta el fin las fatigas de tales viajes. Respecto a la enfermedad, tratábase
únicamente de una bronquitis —ni a laringitis llegaba—, y antes de veinticuatro
horas la joven estaría fuera de cuidado.
Como el
lector es exigente en materia de información, mañana y tarde se publicó un
extraordinario dando noticias del curso de la enfermedad, lo mismo que si se
tratase de una princesa de sangre real.
El día 9
no trajo cambio alguno en el estado de la paciente. Ésta no empeoró durante la
noche siguiente ni durante el día 10. De ahí dedujo Jovita Foley que bastarían
ocho días para la completa curación de su amiga. Y aunque para el
restablecimiento se necesitasen diez, doce, trece…, hasta quince días. Poco
importaba. Tratábase de un viaje de dos horas. Bastaba con hallarse el día 23,
antes de mediodía, en Milwaukee. Esto en nada se oponía a las condiciones
impuestas por Hypperbone en su testamento. Y después, si era preciso tomar
algún descanso, reposarían en la ciudad.
La noche
del día 10 al 11 fue bastante tranquila. Lissy Wag no sintió más que dos o tres
escalofríos, y parecía que la fiebre había remitido. No obstante, la tos
continuaba, pero el pecho se descargaba poco a poco y la respiración era más
fácil.
148
Así,
pues, no había que temer ninguna complicación.
Síguese
de ahí que cuando por la mañana, y después de una hora de ausencia, Jovita
Foley entró en la habitación de su amiga, ésta se encontraba mejor… ¿Adónde
había ido Jovita? No lo había dicho, ni aun a la anciana vecina que no pudo,
por tanto, satisfacer la curiosidad de Lissy cuando ésta se lo preguntó.
Así que
Jovita Foley entró en la estancia, sin quitarse el sombrero, depositó un fuerte
beso sobre la frente de la enferma, la que, al notar la animación del rostro y
el malicioso brillo de los ojos de su amiga, le preguntó:
—¿Qué te
sucede esta mañana?
—Nada,
querida… Que te encuentro mejor… Además, da tanta alegría el sol de mayo…
Parece que se beben, que se respiran sus rayos… ¡Ah, si pudieses permanecer en
la ventana aunque no fuera más que una hora…! Estoy segura de que una buena
dosis de sol te curaría al momento… Pero no cometamos ninguna imprudencia…
Pensemos en las complicaciones…
—¿Dónde
has estado, Jovita?
—¿Que
dónde he estado? Primero, en los almacenes de Marshall Field para dar noticias
de tu salud. Nuestros principales envían a preguntar por ti todos los días, y
he querido darles las gracias.
—Has
hecho bien, Jovita. Se han portado muy bien con nosotras concediéndonos la
licencia… Y cuando ésta termine…
—Nos
reservan la plaza.
—¿Y
adónde has ido después?
—¿Después?
—¿No has
estado en otro sitio?
—¿En otro
sitio?
Jovita
vacilaba… Pero aquello le pesaba, como suele decirse, y no podía
149
contenerse.
Además, Lissy Wag preguntó:
—¿No
estamos hoy a once de mayo?
—Sí, a
once de mayo —repuso su amiga—; y desde hace dos días deberíamos estar en el
hotel de Milwaukee, de no estar clavadas aquí por la bronquitis.
—Puesto
que estamos a once —añadió Lissy—, la sexta jugada de dados ha debido
efectuarse.
—Indudablemente…
—¿Y
bien…?
—Pues…
no… ¡Jamás he experimentado alegría más grande! ¡Jamás! Deja que te abrace… No
quería contártelo por no emocionarte… Pero no puedo contenerme…
—Habla,
Jovita.
—Ha
sacado también nueve tantos… pero por cuatro y cinco…
—¿A quién
te refieres?
—Al
comodoro Urrican.
—Pues me
parece excelente jugada.
—Sí,
porque del primer golpe va a la casilla 53, delante de todos… Pero también es
mala jugada…
Y Jovita
Foley se entregaba a un júbilo tan extraordinario como inexplicable.
—¿Por
qué? —preguntó Lissy Wag.
—Porque
el comodoro ha sido enviado al infierno.
—¿Al
infierno?
—Sí… Al
fondo de Florida.
150
Tal era,
en efecto, el resultado de la jugada de aquella mañana, proclamado con visible
satisfacción por el notario Tombrock, irritado aún contra Hodge Urrican. ¿Qué
efecto había producido al comodoro este resultado? Reaccionó ferozmente, y
quizá tuvo que mediar para impedir que Turk llegase a desdichado extremo. Pero
acerca de esto nada podía decir Jovita Foley, ya que había abandonado
inmediatamente el salón del Auditorium.
—¡Al
fondo de Florida! —repetía—. ¡Al fondo de Florida! ¡A más de dos mil millas de
aquí!
La
noticia no causó a Lissy emoción tan profunda como su amiga temía.
Su
natural bondad la llevaba más bien a compadecer al comodoro.
—¿Te da
lástima? —exclamó su impetuosa compañera.
—Sí…
¡Pobre hombre! —murmuró Lissy.
El día no
trajo novedad, aunque la convalecencia no hubiese empezado aún. Sin embargo, no
había que temer esas graves complicaciones cuya eventualidad suelen prevenir
los médicos prudentes.
A partir
del día siguiente, Lissy Wag pudo tomar algún alimento. No le fue permitido
abandonar el lecho. Mas, como la fiebre había desaparecido y el tiempo les
parecía largo a ambas —particularmente a Jovita Foley—, ésta tomó asiento en la
habitación, y, si no en forma de diálogo, de monólogo al menos, la conversación
no languideció.
¡Y de qué
había de hablar Jovita sino del Estado de Wisconsin, en su opinión el más bello
y pintoresco de los Estados Unidos! Con su Guidebook ante los ojos, ella no
callaba; y aunque Lissy Wag, a causa de su enfermedad, no fuera a dicho punto
hasta el último día y no permaneciera en él más que algunas horas, lo conocería
como si hubiese pasado allí varias semanas.
—Imagínate
—decía Jovita Foley con tono admirativo— que antiguamente se llamaba Mesconsin,
tomado del río de este nombre, y que en toda la Unión nada hay que pueda ser
comparado a ese Estado. En su parte norte vense aún los restos de los inmensos
bosques de pinos que antaño cubrían todo el territorio. Posee fuentes termales
superiores a las de Virginia, y estoy segura de que tu bronquitis…
151
—Pero
—dijo Lissy Wag—, ¿no es a Milwaukee adónde debemos ir?
—Sí, a
Milwaukee, la principal ciudad del Estado, y cuyo nombre significa «hermoso
país» en lengua indígena, una población de 200 000 almas, donde abundan los
alemanes… Se la conoce también por la Atenas germano-americana. ¡Ah, qué
encantadores paseos daremos por la costa, donde se levantan soberbias casas a
orillas del lago! Sus barrios, elegantes y limpios; sus construcciones de
ladrillo, de un blanco lechoso, le han valido el nombre de… Vamos…, ¿no
adivinas?
—No,
Jovita.
—De Cream
City, querida… ¡La ciudad crema…! ¡Ah…! ¿Por qué esa maldita bronquitis nos
impide ir allí?
Wisconsin
contaba además con otras muchas ciudades, que las dos jóvenes hubieran tenido
tiempo de visitar de haber partido el día 9. Tal era Madison, construida sobre
su istmo como sobre un puente entre el lago Mendota y el lago Monona, que
vierten sus aguas uno en otro. Y otros pueblos con nombres exóticos.
Fond-du-Lac, en la orilla del Renard, sobre un suelo sembrado de pozos
artesianos… Una verdadera espumadera. Un lindo lugar llamado Agua Clara, con un
admirable torrente que justifica este nombre… El lago Winnebago, la bahía
Verde… Los Doce Apóstoles, frente a la bahía de Ashland… El lago del Diablo,
una de las bellezas naturales de aquel maravilloso Wisconsin…
Y Jovita
Foley leía con entusiasmo las páginas de su guía, y refería las diversas
transformaciones de aquel país, recorrido antaño por las tribus indias,
explorado y colonizado por los franco-canadienses en una época en que se le
designaba aún con el nombre de Badger State, el Estado de Blaireau.
En la
mañana del día 13 aumentó la curiosidad de la población de Chicago. La Prensa
había sobrexcitado los espíritus hasta el último extremo. En el salón del
Auditorium había tantos espectadores como el día que se leyó el testamento de
William J Hypperbone. A las ocho iba a realizarse la séptima jugada de dados, a
favor del misterioso y enigmático personaje designado por las iniciales X. K.
Z.
En vano
se había procurado deshacer el incógnito de este jugador, sin que
152
lo
hubieran logrado los más hábiles periodistas de la Prensa local. En ocasiones
creyeron hallarse sobre una pista verdadera, pero siempre resultaron fallidas
sus pesquisas. Primero se supuso que, a juzgar por el codicilo añadido al
testamento, el difunto había querido designar a uno de sus compañeros del
«Excentric Club». Creyóse incluso que tras aquellas iniciales ocultábase su
presidente Georges B. Higginbotham, pero el honorable excéntrico desmintió
formalmente aquella suposición.
Cuando el
notario Tombrock fue interrogado acerca del particular, aseguró que nada sabía
y que su única misión era enviar a las oficinas del telégrafo, donde él debía
esperarlos, los resultados de las jugadas que se refiriesen al «hombre
misterioso», expresión adoptada por el pueblo.
Sin
embargo, y no sin razón, se esperaba que aquella mañana el desconocido X. K. Z.
respondería al llamamiento que en el salón del Auditorium se le hiciese. De ahí
aquella inmensa multitud, de la que solamente parte muy pequeña había logrado
sitio, aguardando ante el escenario donde aparecieron el notario y los socios
del «Excentric Club».
En las
calles vecinas, y bajo las frondas del Lake Park, había millares de
espectadores.
La
pública curiosidad quedó defraudada totalmente. Ni con máscara ni sin ella
ningún individuo se presentó cuando el notario Tombrock, después de hacer rodar
los dados sobre el mapa, proclamó en voz alta:
—Nueve,
por seis y tres. Casilla 26, Estado de Wisconsin.
Circunstancia
singular: era el mismo número obtenido por Lissy Wag, producido igualmente por
seis y tres. Pero, caso grave para la joven, según la regla establecida por el
difunto, si ella se encontraba aún en Milwaukee el día en que X. K. Z. llegase
allí, debían trocar los sitios, lo que equivalía a recomenzar la partida. ¡Y no
poder marchar! ¡Estar sujeta en Chicago!
La
multitud se resistía a abandonar el local… Esperaba… Nadie compareció, y fue
preciso resignarse. Prodújose una decepción general, que los periódicos
vespertinos tradujeron en artículos poco simpáticos para X. K. Z. ¡No era
manera de burlarse de toda una población!
Transcurrieron
varios días. Cada cuarenta y ocho horas se efectuaban las jugadas con
normalidad, y sus resultados eran enviados por telégrafo a los
153
interesados
a los lugares donde debían hallarse en los plazos marcados.
Llegó el
22 de mayo. No se recibió noticia alguna de X. K. Z. que aún no había aparecido
por Wisconsin. Cierto con que bastaría que el día 27 estuviera en las oficinas
del telégrafo de Milwaukee. ¿No podía Lissy Wag trasladarse inmediatamente a
esta ciudad y, conforme a las reglas del juego, partir de allí antes de que
llegase X. K. Z. P. ? Sí, puesto que estaba casi restablecida. Pero había
motivo para creer que Jovita Foley, víctima de violenta crisis nerviosa, cayese
enferma a su vez. Se le declaró un acceso de fiebre, y viose precisada a
guardar cama.
—¡Te lo
previne, pobre Jovita! —le dijo Lissy Wag—. No te pusiste en razón…
—Esto no
será nada, querida… Y, además, la situación no es la misma.
Yo no
formo parte del juego. Si no pudiera partir, partirías sola.
—¡Nunca,
Jovita!
—Sin
embargo, sería necesario.
—¡Nunca,
te digo…! Contigo, sí; aunque esto no tenga sentido común… ¡Sin ti, no!
Y era
cierto. Si Jovita no podía acompañarla, Lissy estaba decidida a abandonar toda
probabilidad de llegar a ser la única heredera de William J. Hypperbone.
Afortunadamente,
un día de dieta y reposo bastó para que Jovita se restableciese. El día 22 por
la tarde, pudo levantarse, y cerró definitivamente la maleta de las dos
viajeras que iban a correr por los Estados Unidos.
—¡Ah!
—exclamó—. Daría diez años de mi vida por hallarme ya en camino.
Después
de los diez años que había dado varias veces, y de los diez que daría en más de
una ocasión en el curso de su viaje, no le quedaría mucho tiempo de vida.
La
partida estaba fijada para el día siguiente, 23, a las ocho de la mañana,
en el
tren que en
dos horas llega
a Milwaukee, donde
Lissy Wag
encontraría, a
mediodía, el telegrama
del notario Tombrock.
Aquella
154
jornada
hubiera terminado sin ningún incidente si poco antes de las cinco las dos
amigas no hubiesen recibido una visita que no esperaban.
Lissy Wag
y Jovita Foley, asomadas a la ventana, observaban la calle, donde se agolpaban
algunos curiosos, cuyas miradas no cesaban de levantarse hacia ellas.
Llamaron
a la puerta.
Jovita
Foley fue a abrir.
El
ascensor acababa de dejar a un individuo en el descansillo del noveno piso.
—¿ Miss
Lissy Wag? —preguntó el recién llegado, saludando a la joven.
—Aquí es,
caballero.
—¿Podría
recibirme?
—Pero…
—respondió Jovita, vacilando—. Miss
Wag ha estado bastante
enferma…
y…
—Ya lo sé
—respondió el visitante—, y creo que está completamente restablecida.
—Completamente,
puesto que vamos a partir mañana por la mañana.
—¡Ah…!
¿Tengo el honor de hablar con Miss
Jovita Foley?
—Con la
misma… Y si en lo que le interesa a usted puedo remplazar a Lissy…
—Preferiría
verla… si es posible.
—¿Qué
desea de ella?
—No he de
ocultarle a usted el objetivo de mi visita… Tengo intención de apostar en el
match Hypperbone…, de aventurar una fuerte suma a favor de la jugadora número
5… Y usted comprenderá…, yo desearía…
Sí;
Jovita lo comprendía y estaba entusiasmada. Al fin había alguien a quien las
probabilidades de triunfo de Lissy Wag parecían bastante serias
155
para
arriesgar sobre ella algunos miles de dólares.
—Mi
visita será breve…, muy breve… —añadió el caballero inclinándose.
Era este
hombre como de cincuenta años, barba gris, ojos vivos, aun a través de los
anteojos más vivos de lo que parecía propio de su edad; tenía aspecto de
gentleman, rostro distinguido, cuerpo erguido y voz extraordinariamente dulce.
Al insistir para ver a Lissy Wag hacíalo con finura, excusándose por molestarla
en vísperas de un viaje tan importante.
En suma,
Jovita Foley no halló inconveniente alguno en que su amiga le recibiera, puesto
que su visita no debía prolongarse.
—¿Su
nombre, caballero?
—Humphrey
Weldon, de Boston, Massachusetts.
Y penetró
en la primera habitación, cuya puerta acababa de abrir Jovita Foley,
dirigiéndose luego a la estancia donde se hallaba Lissy.
Al ver al
visitante, ésta hizo ademán de ponerse en pie.
—No se
moleste usted, señorita —dijo él—. Excuse mi inoportunidad…, pero deseaba
verla… ¡Oh!, sólo un instante.
Aceptó
una silla que Jovita le acercaba.
—Un
instante, sólo un instante —repetía—. Como he dicho, tengo la intención de
apostar por usted una importante cantidad, pues creo en su triunfo. Y quería
asegurarme del estado de su salud…
—Estoy
completamente restablecida, caballero —respondió Lissy Wag—, y le agradezco su
confianza… Pero, realmente, mis probabilidades de triunfo…
—Cuestión
de presentimiento, Miss Wag —respondió Mr. Weldon con tono decidido.
—Sí…, de
presentimiento —añadió Jovita Foley.
—Esto es
indiscutible.
—Pienso
lo mismo que usted respecto a mi amiga Lissy Wag —exclamó
156
Jovita—.
¡Tengo la seguridad de que ganará!
—Yo estoy
no menos seguro de ello, puesto que nada se opone a su partida —dijo Mr.
Weldon.
—Mañana
estaremos las dos en la estación —afirmó Jovita Foley—, y antes del mediodía el
tren nos dejará en Milwaukee.
—Donde,
si es preciso, podrán ustedes descansar algunos días.
—¡Oh, no!
—respondió Jovita.
—¿Y por
qué?
—Porque
es preciso que no estemos allí el día en que llegue el jugador X.
K. Z,
pues, de lo contrario, nos veríamos obligadas a recomenzar la partida.
—Naturalmente.
—Pero
¿adónde nos llevará la segunda jugada? —dijo Lissy—. Eso me inquieta.
—¡No te
preocupes, querida! —exclamó Jovita Foley.
—Es de
esperar, señorita —replicó el visitante—, que la segunda jugada le sea a usted
tan favorable como la primera.
Y aquel
excelente caballero habló entonces de las precauciones que había que tomar
durante el viaje, de la necesidad de atenerse a los horarios, y de combinar con
extrema precisión los numerosos trenes que circulan por la inmensa red que
cubre el territorio de la Unión.
—Además
—añadió—, Miss Wag, veo con extrema satisfacción que no parte usted sola.
—No; me
acompaña mi amiga… O, por mejor decir, me lleva tras sí…
—Y tiene
razón, Miss Foley —repuso Mr. Weldon—. Es mejor viajar en compañía de otra
persona; resulta más agradable.
—Y es muy
conveniente cuando se trata de viajar en ferrocarril —dijo Jovita.
157
—Así,
pues, cuento con usted para hacer que su amiga gane.
—Cuente
conmigo, Mr. Weldon.
—Hago
votos por ustedes, ya que su triunfo asegura el mío.
La visita
había durado unos veinte minutos. Después de pedir permiso para estrechar la
mano de Lissy Wag y de su amable compañera, Mr. Humphrey Weldon volvió al
ascensor, desde donde envió su último saludo.
—¡Pobre
hombre! —dijo entonces Lissy Wag—. ¡Cuando pienso que voy a hacerle perder su
dinero!
—Recuerda
lo que te digo; ese buen señor pertenece a los que no se engañan nunca; y es
buen augurio que haya apostado a tu favor.
Estando
terminados los preparativos desde mucho tiempo antes, al llegar la noche no
había otra cosa que hacer sino acostarse, a fin de levantarse al amanecer. Sin
embargo, se esperó la última visita del médico, que había prometido volver por
la noche. El doctor M. P. Pughe, que no tardó en llegar, pudo advertir que el
estado de su cliente nada dejaba que desear, y que debía desecharse
definitivamente todo temor de complicaciones graves.
Al día
siguiente, 23 de mayo, a las cinco de la mañana, la más impaciente de las dos
viajeras estaba en pie.
Jovita,
en su última crisis de nervios, forjábase una serie de impedimentos,
desgracias, retrasos y accidentes.
El
carruaje que iba a trasladarlas a la estación podría volcar en el camino…
Cualquier obstáculo podría impedir el paso… Podía haber cambiado el horario de
los trenes… El que a las viajeras condujera podría descarrilar antes de llegar
a Milwaukee…
—Cálmate,
Jovita, cálmate… Te lo ruego —no cesaba de repetir Lissy.
—No
puedo…, no puedo, amiga mía.
—¿Vas a
continuar en ese estado durante todo el viaje?
—¡Creo
que sí!
158
—Entonces…
me quedo.
—El coche
está ahí abajo, Lissy… Vamos…, vamos…
En
efecto, el carruaje, citado para una hora antes de lo preciso, esperaba. Las
dos amigas bajaron, seguidas de los parabienes de todos los vecinos. Aunque era
muy temprano, en las ventanas de los edificios se asomaban algunos centenares
de cabezas.
El
vehículo siguió por North Avenue y North Branch, bajó por la orilla derecha del
río Chicago, cruzó el puente en dirección a Van Burén Street, y a las siete y
diez dejó a las viajeras en la estación.
Jovita
Foley experimentó quizá cierta desazón al notar que la partida de la jugadora
número 5 no había atraído a gran número de curiosos. Decididamente, Lissy Wag
no era favorita en el match Hypperbone. La modesta joven no se lamentó de ello;
al contrario, prefería dejar Chicago sin provocar la atención pública.
—¡Ni aun
ese digno Mr. Weldon ha venido! —no pudo menos de decir Jovita.
Y así era
en verdad.
—¡Ya lo
ves —dijo Lissy—; también él me abandona!
Partió el
tren, sin que fuese vitoreada la presencia de Miss Wag. ¡Ni un hurra, ni una
aclamación, a no ser los que Jovita Foley lanzó in petto en su honor!
La vía
férrea sigue la orilla del lago Michigan. Lake View, Evanston, Glenoke y otras
estaciones fueron pasadas a toda velocidad. El tiempo era excelente. Las aguas
resplandecían, animadas por los steamers y los barcos de vela; esas aguas que,
de lago a lago, desde el Superior al Hurón, y de éste al Michigan, al Erie y al
Ontario, van a verterse al vasto Atlántico por la gran arteria del río San
Lorenzo. Después de abandonar Vankegan, importante ciudad del litoral, el tren
salió de Illinois, en la estación de State Line, para entrar en Wisconsin. Un
poco más al Norte se detuvo en Racine, gran ciudad manufacturera, y no eran aún
las diez cuando se detuvo en la estación de Milwaukee.
159
—¡Ya
hemos llegado! —exclamó Jovita lanzando tal suspiro de satisfacción, que el
velo que cubría su rostro se agitó como bajo el soplo de la brisa.
—Y con
dos horas de adelanto —observó Lissy Wag mirando su reloj.
—¡No…!
¡Con catorce días de retraso! —respondió Jovita saltando al andén.
Después
se ocupó en buscar su maleta entre el montón de equipajes. La maleta, pese al
temor de Jovita Foley, no se había extraviado. Acercóse un coche. Las dos
viajeras montaron en él y se hicieron conducir a un hotel indicado en la
Guidebook. Cuando se les preguntó si permanecerían en Milwaukee, Jovita
respondió que lo diría al volver de las oficinas del telégrafo, pero que
probablemente partirían aquel mismo día.
Después
preguntó a Lissy:
—¿Tienes
apetito?
—Almorzaría
de buena gana, Jovita.
—Pues
bien; almorzaremos y daremos luego un paseíto.
—Pero ya
sabes que a mediodía…
—Sí, lo
sé, querida.
Sentáronse
en el comedor, y no permanecieron más que media hora a la mesa.
Como no
habían dado sus nombres, reservándose hacerlo al volver del telégrafo,
Milwaukee no sospechó que la jugadora número 5 del match Hypperbone se hallaba
dentro de su recinto.
A las
doce menos cuarto las dos viajeras entraban en las oficinas del telégrafo, y
Jovita preguntaba al empleado si había llegado un despacho para Miss Lissy Wag.
Al oír
este nombre, el empleado levantó la cabeza y sus ojos expresaron viva
satisfacción.
160
—¿ Miss
Lissy Wag? —preguntó.
—Sí… De
Chicago —respondió Jovita.
—Aquí
está el telegrama —añadió el empleado entregándoselo a Lissy.
—¡Dame,
dame! —dijo Jovita—. Tardarías mucho en abrirlo, y yo sufriría un ataque de
nervios.
Y con sus
dedos, que temblaban de impaciencia, rasgó el sobre y leyó estas palabras:
Lissy
Wag. Oficina de Telégrafos. Milwaukee. Wisconsin.
Veinte
por diez y diez, casilla 46, Estado de Kentucky, Gruta de Mamut.
TORNBROCK
161
XIII.
Aventuras del comodoro Urrican
A las
ocho de la mañana del día 11 de mayo, el comodoro Urrican había tenido noticia
del número de puntos de la sexta jugada, que le concernía, y a las nueve y
veinticinco había abandonado Chicago.
Como
puede verse, no había perdido el tiempo; y debía no perderlo dada la obligación
de encontrarse antes de quince días en el extremo de la península de Florida.
Nueve,
por cuatro y cinco, era uno de los mejores golpes de la partida. De un salto el
afortunado jugador era enviado a la casilla 53. Cierto que, según el mapa
confeccionado por William J. Hypperbone, esta casilla correspondía al Estado de
Florida, el más alejado en el Sudeste de la República norteamericana.
Los
amigos de Hodge Urrican —sus partidarios, mejor dicho, pues él no tenía amigos,
aunque mucha gente creía en la suerte de hombre tan mal encarado— quisieron
felicitarle a su salida del Auditorium.
—¿Y por
qué? —preguntó con aquel tono agrio que daba tanto encanto a sus palabras—.
¿Por qué felicitarme en el momento de ponerme en camino? Esto me ocasionaría un
exceso de equipaje.
—Comodoro
—se le repetía—, cinco y cuatro es un magnífico comienzo.
—Soberbio,
sí, especialmente para el que tiene que ir a Florida.
—Observe
usted que adelanta en mucho a los demás jugadores.
—Creo que
esto es justo, puesto que la suerte me hace partir el último…
—Es
cierto, Mr. Urrican; y bastaría obtener ahora el número diez para triunfar.
Habría usted ganado la partida en dos jugadas.
—Y si
obtuviera el nueve no podría ganar la jugada siguiente. Y si obtengo
162
más del
diez, sería preciso retroceder hasta sabe Dios dónde.
—No
importa, comodoro. En el lugar de usted, otro estaría satisfecho.
—Bien…
Pues yo no lo estoy.
—Calcule
usted. Sesenta millones de dólares, tal vez a la vuelta.
—Que
también me hubiera embolsado si la casilla cincuenta y tres hubiera sido la de
algún Estado vecino al nuestro.
Nada más
exacto. No obstante, aunque el comodoro no quisiera convenir en ello, su
ventaja sobre los otros jugadores era evidente. Imposible era para éstos llegar
a la última casilla a la siguiente jugada, mientras que diez puntos podían
conducir a ella al comodoro Urrican.
En fin,
puesto que Hodge Urrican cerraba los oídos al lenguaje de la razón, era
probable que, aun en el caso de haber sido enviado a algún Estado limítrofe de
Illinois, Indiana o Missouri, hubiera rehusado oírla.
Gruñendo
y de mal humor, el comodoro Urrican había regresado a su casa de Randolph
Street con Turk, cuyas quejas eran tan violentas que su amo tuvo que ordenarle
formalmente que se callara.
¿Su amo?
¿Era Hodge Urrican, pues, el amo de Turk, cuando, por una parte, América había
proclamado la abolición de la esclavitud y, por otra, el dicho Turk, aunque
algo fuerte de color, no hubiese podido pasar por un negro?
¿Era su
criado? Sí y no.
En primer
lugar, Turk, aunque estuviera al servicio del comodoro, no recibía sueldo, y
cuando tenía necesidad de dinero (siempre bien poco), lo pedía, y aquél se lo
daba. Era lo que pudiera llamarse «un hombre de compañía», como se dice de las
señoras que van tras algunas princesas. Pero, aparte de esto, la distancia
social que separaba a Hodge Urrican de Turk no permitía considerarle como su
compañero.
Turk era
un antiguo marinero de la marina federal, que no había navegado más que al
servicio del Estado; grumete, marinero, contramaestre segundo, había recorrido
toda la escala.
163
Circunstancia
digna de tenerse en cuenta: había hecho todo su servicio a bordo de los mismos
barcos que Hodge Urrican, el cual fue sucesivamente alumno, guardia marina,
segundo, capitán y comodoro. Así es que ambos se conocían bien, y Turk era la
única persona con la que el irascible oficial podía entenderse. Tal vez
dependía esto de que Turk se mostraba aún más violento que Urrican, siempre
dispuesto a jugar una mala pasada a aquellos que no le agradaban.
Durante
el curso de sus navegaciones, Turk estuvo frecuentemente al servicio particular
de Hodge Urrican, que apreciaba sus cualidades y acabó por no poderse pasar sin
él. Cuando alcanzó la edad del retiro, Turk, cuyo servicio reglamentario había
terminado, abandonó la marina, se unió al comodoro y se convirtió en su
acompañante en las condiciones que se han indicado ya. De este modo hacía tres
años desempeñaba en la casa de Randolph Street las funciones de un
administrador que nada administra, o, si se prefiere, de un intendente
honorario.
Pero
nadie sospechaba que Turk era el más dulce, el más inofensivo y el menos
bravucón de los hombres. A bordo jamás disputaba, jamás tomaba parte en las
luchas de los marineros, jamás levantaba la mano sobre nadie, ni aun cuando
había bebido sus buenas copitas de whisky o de ginebra.
¿De
dónde, pues, a él, hombre tan plácido y tranquilo, le había venido la idea de
fingirse más colérico que el hombre más airado del mundo?
A
despecho de su insociabilidad, Turk experimentaba verdadero afecto por el
comodoro. Era uno de esos perros fieles que ladran con furor cuando su amo
discute con alguien. Solamente que el perro obedece a su naturaleza, y Turk
desobedecía a la suya. La costumbre de gritar por cualquier cosa y más alto que
Urrican no había alterado la dulzura de su carácter. Su cólera era fingida, y
representaba maravillosamente su comedia.
Se
comportaba de aquella forma por puro afecto hacia su amo y con el objeto de
contener a éste espantándole por las consecuencias que su furor pudiera tener.
En efecto, cuando Turk intervenía para calmarle, Hodge Urrican acababa por
tranquilizarse.
Cuando el
uno hablaba de ir a pedir cuentas a algún desvergonzado, el otro hablaba de
abofetearle; y cuando el comodoro amenazaba con abofetearle, Turk amenazaba con
darle muerte. El comodoro procuraba
164
entonces
hacer entrar en razón a Turk; así éste conseguía poner fin, con frecuencia, a
cuestiones de las que el comodoro tal vez hubiera salido malparado.
Cuando, a
propósito de su envío a Florida, Urrican quiso discutir con el notario, como si
éste fuese culpable de lo sucedido, Turk, sosteniendo a grandes voces que aquel
odioso Tombrock había hecho trampa, juró agarrarle por las orejas en honor de
su amo.
Tal era
el original tipo —lo suficientemente diestro para no haber dejado adivinar su
juego— que aquella mañana acompañaba al comodoro Urrican a la estación central
de Chicago.
Bastante
gente asistió a la partida del jugador número 6. En esta multitud, repetimos,
si no había amigos, había por lo menos personas decididas a arriesgar su dinero
por el comodoro. ¿No parecía lógico que un hombre de tan violento carácter
sería capaz de violentar a la misma fortuna?
¿Y cuál
sería el itinerario adoptado por el comodoro? Seguramente el que ofreciera
menos peligro de retrasos y el más corto.
—Escúchame,
Turk —dijo, así que entró en su casa de Randolph Street—.
Escucha y
mira.
—Escucho
y miro, mi amo.
—Este
mapa que tienes delante es el de los Estados Unidos.
—Comprendido.
El mapa de los Estados Unidos.
—Aquí
está Illinois. Aquí, Florida.
—¡Oh, ya
lo sé! —respondió Turk, que continuaba gruñendo sordamente—. En otros tiempos
hemos navegado y luchado por esos sitios, mi comodoro.
—Tú
comprenderás, Turk, que si sólo se tratase de ir a Tallahassee, la capital de
Florida, o a Pensacola, o incluso a Jacksonville, el viaje sería fácil y rápido
combinando los diversos trenes que conducen a esos puntos.
—Fácil y
rápido —repitió Turk.
165
—¡Cuando
pienso que esa Lissy Wag se halla en disposición de trasladarse de Chicago a
Milwaukee…!
—¡La
miserable! —gruñó Turk.
—Y que
ese Hypperbone…
—¡Oh! ¡Si
no estuviera muerto, mi comodoro! —exclamó Turk, levantando el puño como si
hubiera querido acogotar al difunto.
—Cálmate,
Turk. Está muerto… Pero ¿qué idea tuvo de elegir el punto más alejado de
Florida, el final de ese rabo de la península que se baña en el golfo de
México?
—Un rabo
con el que merecía ser azotado hasta hacerle sangrar —declaró Turk.
—En fin,
el hecho es que tenemos que ir a Key West, a ese islote bueno solamente para
soportar su faro, y sobre el cual se ha construido una ciudad.
—Mal
sitio, mi comodoro —respondió Turk—. En cuanto al faro, con frecuencia lo hemos
visto antes de embocar el estrecho de Florida.
—Pues
bien: yo creo que lo mejor y lo más corto será efectuar por tierra la primera
mitad del viaje, y la segunda por mar, o sea, novecientas millas para llegar a
Mobile, y de quinientas a seiscientas para alcanzar Key West.
Turk no
hizo objeción alguna a tan razonable proyecto.
Por el
ferrocarril, Hodge Urrican llegaría a Mobile, Alabama, en treinta y seis horas;
y le quedarían doce días para efectuar la travesía de Mobile a Key West.
—Si no
llegamos en ese tiempo —declaró el comodoro— será que no navegarán los barcos.
—O que no
habrá agua en la mar —respondió Turk, con tono amenazador para el golfo de
México.
Se
convendrá en que no eran de temer estas dos eventualidades.
166
Tampoco
habría dificultad para encontrar en Mobile un buque dispuesto a zarpar para
Florida. Este puerto, muy frecuentado, tiene un gran movimiento de navegación,
y, por otra parte, gracias a su situación entre el golfo de México y el
Atlántico, Key West es el punto de escala de todos los navíos.
En suma;
aquel itinerario era, en parte, igual al de Tom Crabbe. El campeón del Nuevo
Mundo había descendido paralelamente al Misisipi hasta Nueva Orleans, en el
Estado de Luisiana. El comodoro Urrican iba a seguir también el citado río
hasta Mobile, en el Estado de Alabama. Una vez llegado al puerto, el primero se
había dirigido al Oeste, a la costa de Tejas, y el segundo se dirigiría al
Este, hacia la costa de Florida.
Provistos
de abundante equipaje, Hodge Urrican y Turk estaban en la estación desde las
nueve de la mañana. Su traje de viaje, blusa, cinturón, gorra y botas indicaban
que eran hombres de mar. Iban, además, armados de ese Derringer de seis tiros
que figura siempre en el bolsillo del pantalón del auténtico americano.
Ningún
incidente ocurrió a su partida, en la que se lanzaron los hurras de costumbre.
El
comodoro sostuvo una violenta discusión con el jefe de la estación a causa de
un retraso de tres minutos y medio en la partida del tren.
Finalmente,
partió éste a gran velocidad, y los viajeros cruzaron el Estado de Illinois. En
Cairo, casi en la frontera de Tennessee, donde Tom Crabbe había tomado la línea
que concluye en Nueva Orleans, siguieron la que continúa por la frontera de
Misisipi y Alabama y termina en Mobile. La principal ciudad que encontraron fue
Jackson, en Tennessee, que no hay que confundir con sus homónimas de Misisipi,
de Ohio, de California y de Michigan. Después de pasar por la estación de State
Line, el tren franqueó el límite de Alabama la tarde del día 12.
El
comodoro Urrican no viajaba por gusto, sino con objeto de llegar a su meta en
el más breve plazo y en la fecha fijada.
No había,
pues, en él ninguna preocupación de turista, y, aparte de esto, las
curiosidades, los sitios notables, los paisajes maravillosos, las ciudades y
las poblaciones importantes no le interesaban a un viejo hombre de mar, y
tampoco a Turk.
167
A las
diez de la noche el tren se detuvo en la estación de Mobile, tras efectuar su
largo recorrido sin accidente alguno. Conviene notar que Hodge Urrican no tuvo
ni una sola ocasión de disputar con los maquinistas, los fogoneros y los
empleados del tren, ni aun con sus compañeros de viaje.
No
ocultaba quién era, y en todo el tren se sabía que su airado carácter
correspondía al jugador número 6 del match Hypperbone.
El
comodoro se hizo conducir a un hotel situado cerca del puerto. Era demasiado
tarde para inquirir si había algún barco en disposición de partir. Al amanecer,
Hodge Urrican abandonaría su habitación, Turk la suya, y si había un barco
presto a darse a la vela en dirección al estrecho de Florida, se embarcarían
aquel mismo día.
Montgomery
es la capital oficial de Alabama, Estado al que ha dado nombre el río de igual
denominación. Comprende dos regiones, montañosa la una, y la otra formada por
extensas llanuras medio pantanosas en su parte meridional. En otra época
solamente se dedicaba al cultivo del algodón. En la actualidad, merced a sus
comunicaciones ferroviarias, explota con gran beneficio sus minas de hulla y de
hierro.
Pero ni
Montgomery, ni aun Birmingham, industriosa ciudad del interior, podían
rivalizar con Mobile, que cuenta con 32 000 habitantes. Está construida sobre
una planicie, en el fondo de la bahía cuyo nombre lleva, y de fácil acceso en
toda época a los navíos que vienen de alta mar. Esta ciudad, de casas bajas y
apretujadas en el barrio comercial, está en mala disposición hasta para sus
necesidades marítimas, sus exportaciones de cigarros, algodón y legumbres. Pero
posee arrabales que se extienden en medio de verdes bosques.
No sin
razón había pensado el comodoro Urrican que no le faltarían medios para ir por
mar a Key West. Es tal la importancia del puerto de Mobile, que recibe
anualmente más de quinientos navíos.
Pero hay
personas de mala suerte, y esta vez Hodge Urrican tuvo motivos para
encolerizarse. Había llegado a Mobile en plena huelga. Huelga general de
cargadores y descargadores, declarada el día anterior, y que amenazaba durar
varios días. Y de los barcos dispuestos para hacerse a la mar, ninguno podría
hacerlo sin previo acuerdo de los armadores,
168
resueltos
a resistir a las pretensiones de los huelguistas.
Durante
los días 13, 14 y 15 el comodoro esperó en vano que algún navío concluyera su
cargamento y partiera. Los cargamentos permanecían en el muelle, las calderas
no encendían sus fuegos, el algodón llenaba los tinglados, y la navegación no
hubiera estado más inmovilizada de estar helada la bahía de Mobile… Aquel
estado anormal podía prolongarse toda la semana, y quizá más tiempo… ¿Qué
hacer, pues?
Algunos
partidarios del comodoro Urrican le sugirieron la razonable idea de que se
dirigiera a Pensacola, importante ciudad de Florida, limítrofe con Alabama.
Viajando por el ferrocarril hasta su límite septentrional y descendiendo hasta
el litoral, podía llegar a Pensacola en doce horas.
Hodge
Urrican, preciso es reconocerlo, era hombre decidido y sabía tomar su partido
sin vacilaciones. Así, pues, el día 16 por la mañana tomó el tren con Turk, y
por la noche llegó a Pensacola.
Quedábanle
aún nueve días. Este tiempo era, en realidad, mayor que el que exige la
travesía de Pensacola a Key West, aun a bordo de un velero.
La
Florida, península proyectada sobre el golfo de México, mide unas 450 millas de
latitud por 350 de longitud. En la parte Norte, en la base de la península,
este Estado es fronterizo con Georgia y Alabama. Unida por una red de vías
férreas al centro de la Unión, Pensacola, con sus 12 000 habitantes, está en
plena prosperidad, y, lo que más importaba al comodoro, el movimiento marítimo
ocupa allí más de 1200 barcos al año.
Pues
bien… La mala suerte continuaba. En Pensacola no había huelga, pero tampoco
había ningún barco dispuesto a zarpar, al menos en dirección Sudeste, ni para
las Antillas ni para el Atlántico, y, por consiguiente, no había escala posible
en Key West.
—Decididamente,
esto va mal —dijo Urrican, mordiéndose los labios.
—¡Y no
tenemos a nadie con quien desahogamos! —respondió su compañero arrojando en
torno una feroz mirada.
—No
podemos permanecer anclados aquí durante una semana.
—No… Es
menester aparejar, cueste lo que cueste, mi comodoro —declaró Turk.
169
—De
acuerdo… Pero ¿cómo nos trasladaremos desde Pensacola a Key West?
Hodge
Urrican no perdió un momento, y fue de navío en navío, steamer o velero, no
obteniendo más que vagas promesas… Se partiría transcurrido el tiempo preciso
para embarcar las mercancías o completar el cargamento. Nada formal, a pesar
del alto precio que el comodoro ofrecía por su pasaje. Aún a riesgo de ser
encarcelado, Urrican habló destempladamente a aquellos malditos capitanes, e
incluso al jefe del puerto.
Transcurrieron
dos días, y ya no quedaba otro recurso que intentar por tierra lo que por mar
no era posible. ¡Cuántas fatigas y retrasos que temer!
Júzguese…
Era menester atravesar en ferrocarril la Florida en toda su latitud,
dirigiéndose primeramente, de Oeste a Este, desde Tallahassee hasta Live Oak, y
bajar luego al Sur para llegar a Tampa o Punta Gorda sobre el golfo de México;
en total, un recorrido de seiscientas millas viajando en ferrocarriles cuyos
horarios discrepaban. Y esto aún hubiera sido aceptable si, a partir de allí,
la red de vías férreas sirviera por completo la parte meridional de la
Península. Pero la cosa era muy distinta.
Si no se
encontraba un navío dispuesto a partir, quedaría largo camino que recorrer en
las más deplorables condiciones.
Esta
parte de Florida que bañan las aguas del Golfo desde Cedar Key, es región
triste y poco habitada. ¿Se encontrarían medios de transporte, carretas y
caballos que permitieran llegar a la meta en pocos días? Admitiendo que
pudieran encontrarse a elevado precio, ¡qué caminar más lento, más penoso y
peligroso, por medio de aquellos interminables bosques, impenetrables a veces,
medio anegados por las aguas estancadas de los pantanos, a merced de aquellas
praderas flotantes de herbosa pistia, y bajo aquellos hongos gigantescos que
estallan al contacto como fuegos artificiales, y por el dédalo de llanuras
pantanosas donde pululan los aligátores y manatíes, y hormiguean las más
temibles serpientes de la raza de los ofidios, esos trigonocéfalos cuya
mordedura es mortal! Tal es ese abominable país de los Everglades, donde se han
refugiado las últimas tribus seminólas, indígenas gallardos y feroces, que, a
las órdenes de su jefe Oiseola, han luchado intrépidamente contra la invasión
federal.
170
Únicamente
tales indígenas pueden vivir, o al menos vegetar, en este clima húmedo y
caluroso, tan propicio al desarrollo de las fiebres palúdicas, que, en algunas
horas, matan a los hombres más vigorosamente constituidos. ¡Incluso a comodoros
del temple de Hodge Urrican! ¡Ah, si aquella parte de Florida fuese semejante a
la que se extiende al Este hasta el paralelo 29; si se tratase de ir de
Fernandina a Jacksonville y a San Agustín, comarca en la que no faltan ni
pueblos, ni ciudades, ni vías de comunicación! Pero, a partir de Punta Gorda,
hundirse hasta el cabo Sable…
Era el
día 19 de mayo. No quedaban más que seis días… Y el camino por tierra era
imposible…
Aquella
mañana el comodoro fue abordado en el muelle por uno de esos patrones, mitad
americanos, mitad españoles, que hacen el cabotaje en reducida escala a lo
largo de las costas de Florida.
El
patrón, llamado Huelcar, le dirigió la palabra llevándose la mano a la gorra:
—¿No hay
barco para Florida, mi comodoro?
—No
—respondió Urrican—; y si me indica usted alguno le recompensaré con diez
piastras.
—Conozco
uno.
—¿Cuál?
—El mío.
—¿El de
usted?
—Sí… El
Chicola. Una linda goleta de cuarenta y cinco toneladas, tres hombres de
tripulación y que con buen viento navega sus seis nudos.
—¿De
nacionalidad americana?
—Americana.
—¿Y se
halla dispuesta a partir?
171
—Dispuesta
a partir…, y a las órdenes de usted.
Con una
media de cinco nudos solamente, para no olvidar las desviaciones de ruta o los
vientos desfavorables, podían recorrerse en seis días las quinientas millas que
hay de Pensacola a Key West.
Diez
minutos después, Hodge Urrican y Turk estaban a bordo del Chicola y lo
examinaban. Era un pequeño barco de cabotaje, destinado a navegar a lo largo de
la costa y bastante ancho de casco para poder soportar un fuerte velamen.
Dos
marinos tales como el comodoro y el antiguo contramaestre, no eran hombres que
se inquietaran por los peligros del mar. El patrón Huelcar recorría aquellos
parajes sobre su goleta desde hacía veinte años, de Mobile a las islas Bahamas,
a través del estrecho de Florida, y en varias ocasiones había hecho escala en
Key West.
—¿Cuánto
me llevará usted por la travesía? —preguntó el comodoro.
—Cien
piastras por día.
—¿Con
alimentación?
—Con
alimentación.
Era un
precio elevado. Huelcar abusaba de su situación; pero no importaba.
—Partiremos
al instante —ordenó Hodge Urrican.
—En
cuanto su equipaje de usted esté a bordo.
—¿A qué
hora es la marea?
—Ahora
está empezando… Antes de una hora nos hallaremos en alta mar.
Embarcarse
en el Chicola era el único medio de llegar a Key West, donde el jugador número
6 debía estar el día 25 antes de mediodía.
A las
ocho, liquidada la cuenta de la fonda, Hodge Urrican y Turk subieron a bordo.
172
Cincuenta
minutos después la goleta salía de la bahía, flanqueada por los fuertes MacRae
y Pickens, construidos antaño por franceses y españoles, y ponía proa hacia
alta mar.
173
XIV.
Continuación de las aventuras del comodoro Urrican
El tiempo
era inseguro. El viento soplaba del Este.
El mar,
resguardado por la península de Florida, no se resentía aún del movimiento del
Atlántico, y el Chicola caminaba bien.
Ni el
comodoro ni Turk temían al mareo, que tan gran efecto había causado en Tom
Crabbe. Respecto a las maniobras de la goleta, ellos estaban dispuestos a
auxiliar al patrón Huelcar y a los tres hombres de éste cuando fuera menester.
El
Chicola procuraba conservar el abrigo de la tierra. Sin duda la travesía se
prolongaría; pero las tempestades del Golfo son terribles, y un débil barco no
puede aventurarse lejos de los puertos, de las bahías, de las ensenadas, de las
embocaduras de los ríos, ni de las caletas, tan abundantes en el litoral de
Florida y accesibles a las embarcaciones de pequeño tonelaje. Además, el
Chicola hallaría siempre un agujero donde refugiarse durante algunas horas.
Cierto que esto sería tiempo perdido, y Hodge Urrican no tenía mucho tiempo que
perder.
Durante
todo el día y la noche siguiente el viento del Este se mantuvo con tendencia a
calmarse. Si cambiaba, permitiría mejor y más rápida marcha. Por desgracia
sobrevino la calma, y en la superficie de aquel mar inmóvil el Chicola, aunque
con todo su velamen desplegado, no adelantó más que unas veinte millas al
Sudeste. Era menester ayudarse de los remos para no ser llevados a alta mar.
Durante cuarenta y ocho horas la navegación fue casi nula. El comodoro,
devorado por la impaciencia, se mordía los puños sin dirigir la palabra a
nadie, ni aun a Turk.
No
obstante, el día 22, sostenido por la corriente del Golfo, el Chicola llegaba a
la altura de Tampa, puerto de 5000 a 6000 habitantes, en el que los navíos de
cierto tonelaje encuentran seguro abrigo siguiendo este litoral sembrado de
arrecifes. Pero quedaban aún cincuenta millas al Este, y la goleta no hubiera
podido, sin retraso, acortar la distancia para seguir la costa de Florida hasta
su límite.
174
Además,
tras la calma del día anterior, había motivo para sospechar, por el aspecto del
cielo, una próxima modificación en el estado atmosférico.
—El
tiempo va a cambiar —dijo aquella mañana el comodoro Urrican.
—Esto nos
favorecerá si el viento sopla del Oeste —dijo Turk.
—El mar
señala algo —afirmó el patrón Huelcar—. Reparen ustedes en esas anchas y
pesadas olas… y en la agitación de alta mar.
Tras
examinar con atención el horizonte añadió, moviendo la cabeza:
—No me
gusta cuando el viento sopla de esta parte.
—Sin
embargo, eso es bueno —dijo Turk—; y que venga un golpe de mar si ha de
llevarnos adonde queremos ir.
Hodge
Urrican permanecía silencioso, visiblemente inquieto por los síntomas que se
advertían entre el Oeste y el Sudeste. Bueno es tener viento propicio; pero aún
es más preciso contar con buena mar, sobre todo cuando se va a bordo de un
barco de cuarenta toneladas. Nunca se sabrá lo que pasaba en el alma agitada
del comodoro; si en alta mar había mal tiempo, no era peor el que reinaba en su
interior.
Por la
tarde, el viento, definitivamente fijado al Oeste empezó a soplar en forma de
huracán, con breves pausas de calma. Fue preciso quitar las velas altas, y la
goleta navegó como una pluma entre las olas.
La noche
fue mala. Hubo que disminuir el velamen. El Chicola era empujado hasta la costa
de Florida más de lo que convenía. Dado que para buscar refugio en ella faltaba
tiempo, la proa debía ser mantenida al Sudeste, costase lo que costase.
El patrón
maniobró como marino experto. Turk, al timón, sostenía el barco, en lo que era
posible, contra las olas.
El
comodoro ayudó a los tripulantes a recoger los rizos del trinquete y la vela
mayor, no dejando más que el pequeño foque. Era difícil resistir a la vez al
viento y a la corriente, que empujaba hacia tierra.
Y, en
efecto, en la mañana del día 23, la costa, muy llana en aquel sector,
175
apareció
entre los vapores del horizonte. Huelcar y sus hombres la reconocieron, no sin
alguna dificultad.
—Es la
bahía de Whitewater —dijeron.
Esta
bahía sólo está separada del estrecho de Florida por una lengua de tierra que
protege el fuerte Poinsett, al límite del cabo Sable.
Tras
recorrer unas diez millas más en tal dirección, la goleta tomaría una dirección
oblicua.
—Temo que
nos veamos obligados a hacer escala aquí —dijo el patrón Huelcar.
—¡Permanecer
aquí, condenados a no poder salir a causa de estos vientos! —dijo Turk.
—Si no
buscamos refugio aquí —repuso el patrón—, y si a la altura del cabo Sable la
corriente nos arroja en el estrecho, no es a Key West adonde iremos a parar,
sino a las Bahamas.
El
comodoro continuaba callado, quizá porque sus labios estaban tan apretados y
tan oprimida su garganta que no podía pronunciar palabra.
El
patrón, por su parte, comprendía que si el Chicola se refugiaba en la bahía de
Whitewater, estaría bloqueado allí durante varios días. Y era preciso estar en
Key West antes de cuarenta y ocho horas.
Los
tripulantes rivalizaron entonces en audacia y destreza a fin de sostener el
barco contra la borrasca procedente de alta mar, a riesgo de naufragar.
Procuróse mantenerlo a la capa con el pequeño foque y un contrafoque en la
popa. La goleta perdió aún tres o cuatro millas durante el día y la noche
siguientes. Si el viento no soplaba del Norte o del Sur, la embarcación no
podría resistir y al día siguiente estaría junto a la costa.
Así
sucedió: al alba del día 24, la tierra, erizada de rocas, mostró a cinco millas
las terribles puntas del cabo Sable. Algunas horas más, y el Chicola sería
arrastrado a través del estrecho de Florida.
Sin
embargo, con nuevos esfuerzos y aprovechando la marea ascendente, hubiera sido
posible refugiarse en la bahía de Whitewater.
176
—Es
preciso que lo hagamos así —declaró Huelcar.
—¡No!
—respondió Hodge Urrican.
—¡Vaya!
Yo no puedo arriesgarme a perder mi barco, y nosotros con él…
—Te lo
compro.
—No está
en venta.
—Un barco
está siempre en venta cuando se da por él más de lo que vale.
—¿Cuánto
da usted por él?
—Dos mil
piastras.
—Convenido
—respondió Huelcar, satisfecho de venta tan beneficiosa.
—Es el
doble de su valor —añadió el comodoro Urrican—. Mil piastras por el casco… Mil
por el tuyo y el de tus hombres.
—Y el
pago…, ¿cuándo?
—Al
contado… Te entregaré un cheque en Key West.
—Trato
hecho, mi comodoro.
—¡Y
ahora, Huelcar, proa a alta mar!
Durante
todo el día el Chicola luchó valientemente, casi sumergido a veces por las
olas, el empañetado bajo el agua, inclinado hasta estar próximo a irse a pique.
Sin embargo, Turk lo mantenía con mano firme, y la tripulación maniobraba con
tanto valor como pericia.
La goleta
logró separarse de la costa, gracias sobre todo a un ligero cambio de viento,
algo inclinado al Norte. Pero éste menguó al llegar la noche, y el espacio se
llenó de nubes opacas.
Entonces
el apuro fue extraordinario. Durante el día había sido imposible calcular la
posición. ¿Hallábase la goleta a la altura de Key West, o había rebasado el
semillero de escollos que, al sur de Florida, se prolonga hacia las islas
Tortuga?
177
A juicio
del patrón Huelcar, el Chicola debía de estar muy próximo al rosario de islotes
donde se mezclan las violentas corrientes del estrecho de Florida con las aguas
cálidas del Gulf Stream.
—De no
haber brumas, seguramente veríamos el faro de Key West —dijo—. Es menester que
tengamos cuidado de no chocar contra los arrecifes. A mi juicio, lo más
acertado sería esperar el día, y si la niebla se disipa…
—No
esperaré —respondió el comodoro.
Y,
realmente, no podía esperar, si pretendía estar en Key West al siguiente día
antes de las doce.
El
Chicola continuaba, pues, manteniendo la proa al Sur en un mar que recobraba la
calma, en medio de la niebla.
A las
cinco de la mañana se produjo un choque…, y otro después…
La goleta
había chocado contra un escollo.
Levantada
por tercera vez por un irresistible golpe de mar, con el casco hundido por la
proa, naufragó sobre el flanco de babor.
En aquel
momento se oyó un grito.
Turk
reconoció la voz del comodoro.
Le llamó
y no obtuvo respuesta.
Los
vapores eran tan espesos que no se distinguían las rocas en torno de la goleta.
El patrón
y sus tres hombres pudieron asentar el pie sobre el escollo.
Con
ellos, Turk, desesperado, seguía llamando a su amo y escrutando alrededor…
Vanos
llamamientos… Inútiles pesquisas…
¿Disiparíase
la bruma y encontraría Turk al comodoro vivo todavía? No se atrevía a
esperarlo… Gruesas lágrimas corrían por sus mejillas…
178
A las
siete los vapores comenzaron a aclararse en las zonas bajas, y el mar se
descubrió ligeramente.
El
Chicola había chocado contra un grupo de rocas blancuzcas. La canoa, hecha
pedazos por efecto del choque, estaba inservible. Al Este y al Oeste, en un
cuarto de milla, el banco se prolongaba en arrecifes, donde se sentía el
violento empuje de la resaca.
Practicáronse
nuevas pesquisas, y uno de los marineros acabó por descubrir el cuerpo del
comodoro Urrican, sujeto entre dos puntas del escollo.
Acudió
allí Turk; arrojóse sobre su amo, rodeóle con sus brazos, le levantó y le
habló, sin obtener respuesta.
Sin
embargo, escapábase aún un ligero soplo de los labios de Hodge Urrican, y su
corazón latía.
—¡Vive!
¡Vive! —exclamó Turk.
Realmente,
el comodoro estaba en lamentable situación. Al caer, su cabeza había chocado
contra una arista de la roca. Sin embargo, la sangre no corría ya. La herida
fue vendada, después de haber sido lavada con agua dulce traída de la goleta.
El comodoro, que no había recobrado el conocimiento, fue trasladado luego a una
parte elevada del islote, donde no era fácil que alcanzase el oleaje.
El cielo
estaba entonces libre de niebla, y la mirada podía abarcar gran extensión.
Eran las
nueve y veinte. Huelcar, tendido el brazo hacia el Oeste, exclamó:
—¡El faro
de Key West!
En
efecto, Key West se encontraba a cuatro millas en la dirección indicada. Si la
noche hubiera sido clara, hubiese podido distinguirse en tiempo conveniente la
luz del faro y la goleta no habría zozobrado sobre los peligrosos escollos.
Estos parajes de la Baja Florida son peligrosos para los marinos. Es de desear,
pues, que el Gobierno federal realice lo más pronto posible un proyecto ya
estudiado; la construcción de un canal que cortaría la península entre
Fernandina y Cedar Key, canal que economizaría a los navíos, entre el golfo de
México y el Atlántico, el
179
recorrido
de quinientas millas a través de los estrechos más difíciles del mundo.
En
resumen; ¿debía considerarse perdida en absoluto la partida por parte del
jugador número 6 del match Hypperbone? Carecía de medios para salir del islote
sobre el que el Chicola había naufragado. Preciso sería permanecer en aquel
lugar hasta que pasase una embarcación que recogiese a los náufragos para
trasladarlos a Key West.
¡Tristísima
situación la de aquella pobre gente, confinada en los blancuzcos arrecifes que
semejaban un osario y que no emergían más que cinco o seis pies sobre la marea
alta!
En torno
serpenteaban algunos sargazos multicolores, y pequeñas algas arrancadas del
fondo submarino por la corriente del Gulf Stream. En las ensenadas pululaban
centenares de peces de todas formas y tamaños; sardos, ángeles, labros, lobos
de mar, etc. Había también moluscos, crustáceos, cangrejos y langostas. En fin,
de todas partes, a flor de agua, olfateando el naufragio, se aproximan entre
los arrecifes, voraces tiburones, especialmente peces-martillo de seis a siete
pies de longitud y enormes fauces, monstruos de los más terribles.
Respecto
a pájaros, volaban, formando innumerables bandadas, garzotas, cangrejeros,
garzas reales, gaviotas, somormujos y cormoranes. Pelícanos de gran tamaño,
sumergidos hasta medio cuerpo, pescaban con tanta seriedad y con mayor éxito
que los pescadores de origen humano, lanzando con cavernosa voz el grito de
«¡hoenkorr!», como ha dicho un viajero francés. Esto aparte, sobre aquel islote
hubiérase hallado alimento suficiente sólo con la pesca de tortugas, ya bajo
las aguas, ya sobre la arena.
Entretanto,
transcurría el tiempo, y, a pesar de los cuidados que se le prodigaban, el
infortunado comodoro no recobraba el sentido. La prolongación de aquel estado
inspiraba a Turk vivísima inquietud. De haber podido conducir a su amo a Key
West, poniéndole en manos de un médico, tal vez le hubiera salvado, dada la
robusta constitución de aquel hombre de mar, Pero ¿cuántos días transcurrirían
antes de que los náufragos pudieran abandonar el islote, ya que les era
imposible poner a flote la goleta y reparar su casco? El primer huracán que
sobreviniera esparciría por aquellos parajes los restos del barco.
180
Obvio es
decir que Turk no se hacía ilusiones sobre el resultado del match Hypperbone.
Para Hodge Urrican, la partida estaba perdida. ¡Qué acceso de cólera si el
comodoro lograba recuperarse!
Serían
poco más de las diez cuando uno de los marineros del Chicola, de vigía en la
extremidad de las rocas, gritó:
—¡Una
barca…! ¡Una barca!
En
efecto, una chalupa de pesca, impulsada por ligera brisa, se aproximaba al
islote.
Apresuróse
Huelcar a hacer señales, que fueron advertidas por la gente de la embarcación,
y media hora después, recogidos los náufragos, la chalupa ponía proa a Key
West.
Turk
recobró entonces la esperanza, como tal vez la hubiese recobrado Hodge Urrican
de haber podido salir de la postración en que yacía y durante la cual no tenía
conciencia de las cosas exteriores.
Impulsada
por la brisa, la barca franqueó rápidamente la distancia de cuatro millas, y a
las once y quince anclaba en el puerto.
La ciudad
se ha desarrollado sobre el islote de Key West, de dos leguas de anchura por
una de longitud, como se desarrollan los productos vegetales sometidos a
intenso cultivo. Es ya una ciudad considerable, que está unida por líneas
telegráficas a los Estados del Centro, y con La Habana por un cable submarino.
Es ciudad de brillante porvenir, cuya prosperidad no cesa de aumentar, merced a
un movimiento marítimo de 300 000 toneladas; de traza semiespañola, se halla
abrigada bajo sus magnolias y otras magníficas plantas de la zona tropical.
La
chalupa arribó al fondo del puerto, y al momento centenares de habitantes. —Key
West contaba 10 000 en aquella época— rodearon a los náufragos. ¡En qué estado
se presentaba a sus ojos el comodoro Urrican! Decididamente, el mar no se
mostraba propicio a los jugadores del match Hypperbone. Crabbe llegó a Tejas
como una masa inerte, y el comodoro llega a su meta poco menos que cadáver.
Hodge Urrican fue conducido a las oficinas del puerto, adonde el médico acudió
en seguida.
El
comodoro respiraba aún, y aunque su corazón latía débilmente, no
181
parecía
que ninguno de sus órganos estuviera lesionado. No obstante, como, al ser
lanzado fuera de la goleta, su cabeza chocó con la arista de una roca, había
sufrido una abundante pérdida de sangre y siempre era de temer alguna contusión
en el cerebro.
En suma,
no obstante los cuidados y los vigorosos masajes a que fue sometido el
comodoro, aunque lanzó dos o tres suspiros no recobró el conocimiento.
El médico
propuso entonces trasladarlo a un cómodo hotel, a menos que no se creyera
preferible conducirle al hospital de Key West, donde estaría mejor atendido que
en otra parte.
—No
—respondió Turk—; ni al hospital ni al hotel.
—¿Adónde,
entonces?
—¡A las
oficinas del telégrafo!
Turk
tenía una idea, que comprendieron y apoyaron los presentes. Puesto que Hodge
Urrican había llegado a Key West antes de mediodía del día 25 de mayo —y, bien
puede afirmarse, contra viento y marea—, ¿por qué no había de personarse
oficialmente en el sitio donde para dicha fecha estaba citado?
El
comodoro fue tendido en una camilla, sobre la que se echó un colchón, y,
rodeado por una creciente multitud, fue trasladado al despacho de telégrafos.
Los
empleados, creyendo que se trataba de un error, quedaron vivamente asombrados.
¿Es que tomaban la oficina por el depósito de cadáveres?
Pero
cuando supieron que el cuerpo allí conducido era el del comodoro Urrican, uno
de los jugadores del match Hypperbone, su asombro se trocó en emoción. Estaba
allí, ante la ventanilla de telégrafos; allí, donde el golpe de dados le había
enviado… ¡y en qué estado!
Turk
avanzó y preguntó con voz fuerte:
—¿Se ha
recibido un telegrama para el comodoro Urrican?
—Todavía
no —respondió el empleado.
182
—Así,
pues, caballero —replicó Turk—, sírvase certificar que hemos llegado con
antelación…
Y el
hecho fue consignado en un registro ante numerosos testigos.
Eran las
once y cuarenta y cinco, y no había más que esperar el telegrama que, sin duda,
aquella mañana debía de haber sido expedido de Chicago.
No se
aguardó mucho tiempo.
A las
once y cincuenta y tres sonó el timbre del aparato; el mecanismo funcionó, y se
desenrolló la banda del papel…
Cuando la
retiró el empleado, leyó la dirección y dijo:
—Un
telegrama para el comodoro Hodge Urrican…
—Presente
—respondió Turk por su amo, que permanecía inconsciente y en quien el médico,
ni aun en aquel instante, pudo sorprender indicios de recuperación.
El
telegrama estaba redactado en los siguientes términos:
Chicago,
Illinois, 8 horas 13, mañana, 25 mayo.
Cinco,
por tres y dos, casilla 58, Estado de California, Valle de la Muerte.
TORNBROCK
¡El
Estado de California! ¡Al otro extremo del territorio federal, que era preciso
atravesar del Sudeste al Noroeste!
Y no
solamente una distancia de dos mil millas separa California de Florida, sino
que, además, la casilla 58 es la que en el noble juego de la oca figura con la
calavera… Y después de haber llegado a tal casilla, el jugador está obligado a
volver a la primera para recomenzar la partida.
183
«Vamos
—se dijo Turk—; ¡vale más que mi pobre amo no recobre el sentido, pues nada le
levantaría de semejante golpe!».
184
XV. La
situación del día 27 de mayo
No se
habrá olvidado que, primeramente, según el testamento de William J. Hypperbone,
el número de participantes en el noble juego de los Estados Unidos de América
era el de seis, elegidos por la suerte. Estos «Seis», siguiendo las
instrucciones del notario Tombrock, habían figurado en el cortejo fúnebre,
junto a la carroza mortuoria del excéntrico personaje.
También
se recordará que cuando en la sesión del día 15 de abril el notario dio lectura
de dicho testamento en la sala del Auditorium, un inesperado codicilo hizo
intervenir a un séptimo jugador, designado únicamente por las iniciales X. K.
Z. ¿Había salido de la urna este nuevo personaje, como los otros concurrentes,
o había sido impuesto por la voluntad del difunto? No se sabía. Fuera lo que
fuese, nadie podía pensar en eludir cláusula tan formal. X. K. Z., el hombre
misterioso, gozaba de los mismos derechos que los otros «Seis», y si ganaba la
cuantiosa herencia nadie le disputaría la posesión de ella.
Cumpliendo
con lo dispuesto en la mencionada cláusula, el día 13, a las ocho de la mañana,
el notario Tombrock había procedido a una nueva jugada de dados, y el número de
puntos obtenidos, nueve, por seis y tres, obligaba a X. K. Z. a trasladarse a
Wisconsin. Si el desconocido jugador no estaba poseído por ese inmoderado afán
de viajar, por esa pasión a cambiar de lugares que devoraba al redactor del
Tribune; si era refractario a todo frenesí locomotor, debía declararse
satisfecho. En algunas horas, y por ferrocarril, llegaría a Milwaukee, y por
poco que allí permaneciera cuando él llegara, Lissy Wag debería cederle el
puesto y recomenzar la partida.
Ignorábase
si el hombre desconocido se había dirigido rápidamente a Wisconsin tras conocer
el resultado de la séptima jugada, pese a tener quince días por delante.
El
público estaba muy intrigado por la introducción del nuevo personaje en
el match.
¿Quién era? De Chicago sin duda, puesto que el testador no
había
admitido más que naturales de esta ciudad. Pero nada más se
185
sabía, y
la curiosidad era muy viva.
Así,
pues, el día 13 del citado mes una gran muchedumbre acudió a la estación, a las
horas señaladas para la salida de los trenes de Chicago a Milwaukee.
Esperábase
conocer a aquel X. K. Z. por su manera de andar, por su actitud, por algún
detalle que le delatara. Pero todos quedaron defraudados. Sólo se vieron los
rostros habituales de viajeros pertenecientes a todas las clases de la
sociedad. Sin embargo, en el momento de partir el tren, un hombre fue tomado
por el misterioso, y, muy aturdido, viose objeto de una ovación que no merecía.
Al día
siguiente acudieron también muchos curiosos a la estación; menos, al siguiente;
muy pocos los siguientes, y no se advirtió en ningún viajero nada de extraño
que hiciera sospechar que se tratase del séptimo jugador del match Hypperbone.
Algunas
personas, deseosas de apostar grandes sumas a favor del misterioso personaje,
interrogaron al notario Tombrock. Éste se vio asediado a preguntas.
—Usted
debe saber a qué atenerse respecto a ese X. K. Z. —le decían.
—Nada sé…
—¿Le
conoce usted?
—No le
conozco; y, aunque le conociera, no tendría el derecho de descubrir su
incógnito.
—Pero
usted debe saber dónde reside. Si tiene su domicilio en Chicago o en otra
parte, puesto que le ha anunciado usted el resultado de la jugada.
—Yo no le
he anunciado nada. Él lo habrá sabido por los periódicos, o lo habrá oído
proclamar en el salón del Auditorium.
—Pero
tendrá usted que expedirle un telegrama para informarle del resultado de la
nueva jugada del día 27 de este mes, que le interesa.
—Desde
luego, se lo expediré.
186
—¿Adónde?
—A donde
él estará; o, mejor dicho, a donde debe estar: a Milwaukee, Wisconsin.
—¿A qué
señas?
—Al
telégrafo, a las iniciales X. K. Z.
—¿Y si él
no está presente?
—Si no se
halla presente, peor para él. Perderá todo derecho.
Como
puede verse, el notario Tombrock daba siempre la misma respuesta a las
objeciones que se le hacían: él no sabía nada, y nada podía decir.
El
interés por el personaje del codicilo, tan vivamente excitado al principio,
acabó finalmente por disminuir, dejando a los acontecimientos el cuidado de
descifrar el incógnito de X. K. Z. Si él ganaba, si llegaba a ser el único
heredero de los millones de William J. Hypperbone, forzosamente su nombre se
extendería por las cinco partes del mundo. Y, por el contrario, si no ganaba,
¿qué importaba saber si era joven o viejo, alto o bajo, delgado o grueso, rubio
o moreno, rico o pobre, y con qué nombre había sido inscrito en los registros
de su parroquia?
Entretanto,
las peripecias del juego eran seguidas con atención extrema en el mundo donde
se especula por los cazadores de fortuna y los adoradores de la casualidad. Los
boletines financieros daban diariamente noticias de la situación de los
jugadores, al tiempo que publicaban las cotizaciones de Bolsa. No solamente en
Chicago, bautizada por un periodista con el nombre de «Ciudad de las Apuestas»,
y en todas las importantes ciudades de la Unión, sino en los pueblos y aldeas
de menor importancia los jugadores apostaban con notable arranque.
Las
principales ciudades, Nueva York, Boston, Filadelfia, Washington, Albany, San
Luis, Baltimore, Richmond, Charleston, Cincinnati, Detroit, Omaha, Denver, Lake
City, Savannah, Mobile, Nueva Orleans, San Francisco, Sacramento, poseían
agencias especiales cuyos negocios marchaban a maravilla. Su número se
doblaría, triplicaría, cuadruplicaría, al mismo tiempo que los incidentes
provocados por el capricho de los dados, de los que Max Real, Tom Crabbe,
Hermann Titbury, Harris T.
187
Kymbale,
Lissy Wag, Hodge Urrican y X. K. Z. serían los beneficiados o las víctimas.
Habíanse establecido verdaderos mercados, con corredores y registros, donde se
hacían demandas y ofertas, donde se compraba y vendía a precios distintos la
probabilidad de triunfo de tal o cual jugador.
Esta
efervescencia no se limitaba sólo a los Estados Unidos. Había cruzado la
frontera y se ramificaba a través del Dominio, por Quebec, Montreal, Toronto y
otras importantes ciudades del Canadá. Y corría también hacia México por los
pequeños Estados bañados por las aguas del Golfo. Vertíase después por América
del Sur: Colombia, Venezuela, Brasil, República Argentina, Perú, Bolivia y
Chile. La fiebre del juego acabaría por volverse endémica en todo el Nuevo
Mundo.
Además, al
otro lado del
Atlántico, en Europa:
en Francia, Alemania,
Inglaterra
y Rusia; en Asia: las Indias inglesas, China y Japón; en Oceanía: Australia y
Nueva Zelanda, habíanse ya contagiado de la fiebre de aquel match en
considerable proporción.
Verdaderamente,
si el difunto socio del «Excentric Club» de Chicago no había hecho gran ruido
durante su vida, ¡qué alboroto levantaba después de su muerte! Los honorables
Georges B. Higginbotham y demás colegas debían de estar orgullosos de asociarse
a tanta gloria póstuma.
¿Quién
era actualmente el favorito en aquel juego de nuevo género?
Difícil
hubiera sido pronunciarse a favor de alguno de los jugadores al comienzo de una
partida de la que sólo se conocían algunas jugadas. No obstante, parecía que el
jugador número 4, Harris T. Kymbale, era el que contaba con mayor número de
partidarios. La atención pública estaba fija más particularmente en su persona.
Los periódicos hablaban de él más que de los demás jugadores, siguiéndole paso
a paso y recibiendo diariamente noticias suyas. Max Real, reservado como
siempre; Hermann Titbury, que al principio había viajado con nombre supuesto;
Lissy Wag, cuya partida se había retrasado hasta el último día, no podían
rivalizar ante el público con el redactor del Tribune.
Conviene
advertir, no obstante, que Tom Crabbe contaba con gran número de partidarios.
Parecía natural que aquella enorme fortuna fuese a aquel enorme bruto. El azar
se complace en estos contrastes o asimilaciones, o, por lo menos, tiene
caprichos de que es preciso no olvidarse.
188
Respecto
al comodoro Urrican, al principio se había cotizado con alza en el mercado. La
jugada que, con nueve, por cinco y cuatro, le llevaba a la casilla número 53
era un comienzo magnífico. Pero la segunda jugada le trasladaba a la casilla
58, a California, y, obligado a recomenzar, había perdido el favor del público.
Además, sabíase que había naufragado cerca de Key West, que su desembarco se
había efectuado en deplorables condiciones y que el día 23 por la mañana no
había recobrado aún el conocimiento. ¿Podría llegar al Valle de la Muerte? ¿No
estaba dos veces muerto, como hombre y como jugador?
Quedaba
aquel X. K. Z. Había motivo para prever que los sagaces, a los que una
disposición especial del cerebro permite olfatear los buenos golpes de fortuna,
acabarían por inclinarse a él. Poco importaba que aún fuese desconocido, que se
ignorase si había partido para Wisconsin. Esta cuestión no tardaría en quedar
resuelta cuando se presentara en las oficinas del telégrafo de Milwaukee para
recibir su telegrama.
Aquel día
no estaba lejos. Se aproximaba el día 27 de mayo, fecha de la jugada número 14,
que concernía al hombre misterioso. Dicho día, efectuada la jugada, el notario
Tombrock expediría un telegrama a la estación de Milwaukee, donde el jugador
número 7 debía estar en persona antes de mediodía. Se comprenderá que en dicha
oficina hubiera gran multitud de curiosos, ávidos de conocer al caballero de
las iniciales. Si no se llegaba a saber su nombre, al menos se observaría su
persona, y las instantáneas recogerían su imagen, que el mismo día publicarían
los periódicos.
Conviene
advertir que William J. Hypperbone había distribuido los diversos Estados de la
Unión en su mapa de un modo arbitrario. En efecto: estos Estados no estaban
distribuidos ni siguiendo el orden alfabético ni el geográfico. Así, Florida y
Georgia, que son limítrofes, ocupaban, la una la casilla 28 y la otra la 53.
Tejas y Carolina del Sur eran las 10 y 11, aunque estuviesen separadas por una
distancia de ochocientas o novecientas millas. Lo mismo sucedía con los demás
Estados. Tal distribución no parecía, pues, debida a razonada elección, y tal
vez hasta los lugares habían sido sacados a la suerte.
Fuera lo
que fuese, en Wisconsin debía el misterioso X. K. Z. esperar el telegrama que
le anunciase el resultado de la segunda jugada que a él se refería. Ahora bien;
como Lissy Wag y Jovita Foley no habían podido ir a Milwaukee sino el mismo día
23 por la mañana, habíanse apresurado a
189
partir de
dicho punto inmediatamente a fin de no encontrarse con el jugador número 7
cuando se presentara en el despacho del telégrafo de la ciudad.
Llegó, al
fin, el día 27 de mayo, y la atención pública fijóse en el personaje que se
abstenía de revelar su nombre.
La
multitud se agolpaba aquel día en el salón del Auditorium, y la afluencia de
gente hubiera sido, sin duda, mayor si gran número de curiosos no hubiera
tomado los trenes de la mañana para dirigirse a Milwaukee a fin de estar
presentes en las oficinas del telégrafo cuando X. K. Z. fuera a reclamar su
telegrama. Al fin podrían verle.
A las
ocho, con su acostumbrada solemnidad y rodeado de los socios del «Excentric
Club», el notario Tombrock agitó el cubilete, hizo rodar los dados sobre la
mesa, y, en medio del general silencio, proclamó con voz sonora:
—Jugada
14, séptimo jugador; diez, por cuatro y seis.
He aquí
las consecuencias de esta jugada:
Estando
X. K. Z. en la casilla 26, Wisconsin, los diez puntos le hubiesen enviado a la
36 de no ser dobles, pues la casilla 36 estaba ocupada por Illinois. Debía,
pues, trasladarse a la casilla 46, abandonando Wisconsin. En el mapa de William
J. Hypperbone esta casilla correspondía al distrito de Columbia.
La
fortuna favorecía singularmente al misterioso personaje. Por el primer golpe de
dados iba a un Estado limítrofe de Illinois; por el segundo sólo tenía que
atravesar tres Estados; Indiana, Ohio y Virginia Occidental, para llegar al
distrito de Columbia, y a Washington, su capital, que es también la capital de
los Estados Unidos de América. ¡Qué distinta su suerte de la de la mayor parte
de los jugadores, enviados hasta los límites del territorio federal!
Realmente,
en el supuesto de que existiera, lo mejor era apostar a favor de hombre tan
afortunado.
Pero
aquella mañana, en Milwaukee, no pudo ponerse en duda su existencia.
190
Poco
antes de mediodía, en los alrededores y en el interior de la oficina de
telégrafos, los curiosos abrieron camino a un hombre de regular estatura y
aspecto vigoroso, de barba canosa y lentes. Iba en traje de viaje y llevaba un
maletín en la mano.
—¿Ha
recibido usted un telegrama a las iniciales X. K. Z.? —preguntó al empleado.
—Aquí
está —le contestaron.
Entonces
el jugador número 7 —pues era él— tomó el telegrama, lo abrió, leyó su
contenido, lo volvió a cerrar, guardólo en su cartera sin demostrar
satisfacción ni contrariedad, y se retiró, cruzando entre la multitud
emocionada y silenciosa.
Al fin ha
aparecido el enigmático X. K. Z. ¡Existe! ¡No es un personaje imaginario!
¡Pertenece a la humanidad! Pero ¿quién es? ¿Cuál es su nombre? ¿Cuáles sus
cualidades y posición social? Se ignora. Llegó sin ruido, y sin ruido partió.
No importa. Ya que el día fijado se encontró en Milwaukee, pararía en
Washington a su debido tiempo. ¿Era preciso conocer su estado civil? No. Lo que
no ofrece duda es que cumple de modo perfecto con las condiciones impuestas por
el testador que le ha designado.
¿Para qué
intentar saber más? Háganse, sin dudar, apuestas a su favor. Puede llegar a ser
el favorito, pues, a juzgar por sus primeras jugadas, parece que el dios Éxito
le ha de acompañar en el curso de sus viajes.
En
resumen, he aquí el estado de la partida el día 27 de mayo:
Max Real
ha abandonado Fort Riley, en Kansas, el día 15 de mayo, para dirigirse a la
casilla número 28, Estado de Wyoming.
Tom
Crabbe, el día 17 del mismo mes, ha abandonado Austin, en Tejas, para
trasladarse a la casilla 35, Estado de Ohio.
Hermann
Titbury, cumplida su condena, parte de Calais, Maine, el día 19, con dirección
a la casilla número 4, Estado de Utah.
Harris T.
Kymbale dejó el día 21 Santa Fe de Nuevo México para ir a la casilla 22, Estado
de Carolina del Sur.
191
Lissy Wag
abandonó Milwaukee el día 23 del indicado mes con dirección a la casilla 38,
Estado de Kentucky.
El
comodoro Urrican, si no ha muerto, y es de desear que no, recibió hace cuarenta
y ocho horas, el día 25 de mayo, el telegrama que le expide a la casilla 58,
Estado de California, desde donde deberá volver a Chicago para recomenzar la
partida.
Y,
finalmente, X. K. Z. acaba de ser enviado a la casilla número 46, distrito de
Columbia.
El mundo
no tiene más que aguardar los incidentes ulteriores y los resultados de las
siguientes jugadas, que se efectuarán cada dos días.
Una idea
lanzada por el Tribune tuvo enorme éxito, y fue adoptada, no sólo en América,
sino en el mundo entero.
Hela
aquí:
¿Por qué,
puesto que el número de jugadores es siete, no se atribuye un color a cada uno,
como se hace con los jockeys en las carreras? ¿No está indicado elegir los
siete colores del arco iris?
Así,
pues, Max Real tendrá el color morado; Tom Crabbe, el añil; Hermann Titbury, el
azul; Harris T. Kymbale, el verde; Lissy Wag, el amarillo; Hodge Urrican, el
anaranjado; y X. K. Z., el rojo.
De este
modo, cada uno de estos colores podía ser señalado cotidianamente en el sitio
ocupado por los jugadores del match Hypperbone sobre el mapa del noble juego de
los Estados Unidos de América.
192
Volumen
II
193
I. El
Parque Nacional de Yellowstone
El día 15
de mayo, a mediodía, en la oficina de telégrafos de Fort Riley, Max Real había
recibido el telegrama enviado el mismo día desde Chicago. Diez, por cinco y
cinco, era el número de la segunda jugada del primer jugador.
Contando
desde la casilla 8, Estado de Kansas, el jugador para en una de las casillas de
Illinois. Pero la regla le obliga a doblar este número, de manera que veinte
puntos le conducen a la casilla 28, Estado de Wyoming.
—¡Feliz
suerte! —dijo Max Real, cuando Tommy y él regresaron al hotel.
—Si mi
amo está contento —respondió el joven—, también yo debo estarlo.
—Tu amo
lo está —dijo Max Real— por dos razones. La primera, porque
el viaje
no será largo, pues Kansas y Wyoming casi se tocan en uno de sus ángulos; la
segunda, porque tendremos tiempo para visitar la región más hermosa de los
Estados Unidos, ese maravilloso Parque Nacional de Yellowstone, que todavía no
conozco. ¡Esto se llama buena estrella! Sacar precisamente ese número 10, que
me hace dar un doble paso, y pone a Wyoming en mi camino. ¿Comprendes, Tommy?
—¡No, mi
amo! —respondió Tommy.
Y lo
cierto era que Tommy no estaba aún en situación de comprender las ingeniosas
combinaciones del noble juego de los Estados Unidos de América, que encantaban
al joven pintor.
Esto
importaba poco, y Max Real no podía menos de felicitarse por el resultado de la
segunda jugada, aunque le ponía tras de Lissy y del comodoro Urrican, pues,
como se sabe, este último estaba condenado a recomenzar la partida. Y
realmente, no sólo este viaje no era fatigoso, sino que permitiría al jugador
número 1 visitar aquel admirable rincón de Wyoming.
194
Así,
pues, deseando consagrar a tal visita el mayor tiempo posible, y no disponiendo
más que de quince días, del 15 al 29 de mayo, Max Real resolvió partir
inmediatamente de la pequeña ciudad de Fort Riley.
El pintor
debía encontrar en Cheyenne, capital de Wyoming, el próximo telegrama expedido
a su nombre, a menos que otro ganase antes la partida. En efecto, bastaba con
que Hodge Urrican obtuviese el número diez para llegar a la casilla 63 y
última, puesto que en la primera jugada, con gran ventaja sobre sus compañeros,
había sido enviado a la casilla número 53.
—¡Ese
terrible sujeto es capaz de ello! —había dicho Max Real al leer en los
periódicos el resultado de aquella jugada—. Y en tal caso…, ¡adiós, herencia!
¡Y tendría que renunciar a comprarte, mi pobre Tommy! ¡En fin, siempre me
quedará el placer de haber visitado la región del Yellowstone! ¡Vil esclavo,
cierra nuestras maletas! ¡En marcha hacia el Parque Nacional!
Y el vil
esclavo, muy satisfecho, hizo prontamente los preparativos de marcha.
Si Max
Real se hubiese limitado a ir desde Fort Riley a Cheyenne utilizando los trenes
que ponen en comunicación a las dos ciudades, hubiera efectuado en un solo día
este viaje de cuatrocientas cincuenta millas. Sin embargo, la distancia que
había de recorrer sería doble por lo menos, puesto que la intención del pintor
era subir hasta el ángulo Noroeste de Wyoming, ocupado por el Parque Nacional.
Así que
recibió el telegrama, Max Real estudió los diversos itinerarios ferroviarios, a
fin de elegir el más breve.
De este
estudio resultaba que las dos líneas de la Union Pacific ofrecían, poco más o
menos, las mismas garantías de rapidez.
La
primera sube de Kansas a Nebraska, y, por Marysville, Keamey City, North
Platte, Ogallalla y Antelope, llega al ángulo Sudeste de Wyoming, y conduce a
Cheyenne. La segunda, por Salina, Ellis, Oakley, Monument y Wallace, alcanza la
frontera de Colorado en Monotony, se dirige hacia Denver, capital del Estado, y
por Jersey, Brighton, La Salle y Dover cruzar el límite de Wyoming y se detiene
en Cheyenne.
El
pabellón morado —no se habrá olvidado que éste era el color que al
195
primer
jugador correspondía— dio la preferencia al segundo itinerario. Cuando llegara
a Cheyenne combinaría otro para llegar en el plazo más breve al cuadrilátero
del Parque Nacional.
Max Real
partió, pues, en la tarde del día 16, con sus utensilios de pintor, quedando
Tommy encargado de la maleta, y ambos montaron en el tren. Aquellas inmensas
planicies del Kansas occidental son regadas por el Arkansas, que desciende de
las montañas Rocosas, en Colorado. ¡Cuán fácil fue la construcción de aquel
camino de hierro! A medida que los rieles eran colocados sobre las traviesas,
la locomotora los utilizaba, y la vía quedaba así establecida, a razón de
varias millas por jomada. Nada de particular presentaban a los ojos de un
artista aquellas interminables llanuras; pero el panorama cambiaría, resultando
soberbio e imponente en la parte montañosa de Colorado.
Durante
la noche el tren franqueó la frontera geométrica de los Estados, y al amanecer
se detuvo en Denver.
Max Real
no dispuso ni de una hora para ver esta ciudad. El tren para Cheyenne iba a
partir, y no tomarlo significaría perder veinticuatro horas. El trayecto de
cien millas que el tren recorre, dejando al Oeste el magnífico panorama de los
Snowy Ranges, dominados por la cima del Long’s Peak, fue hecho rápidamente.
¿Qué es
Cheyenne? Es el nombre de un río, de una ciudad, y también el de los indios que
otrora habitaron la comarca.
La ciudad
tuvo su origen en un campamento de los primeros buscadores de oro. Las tiendas
fueron sustituidas por las cabañas, y éstas por los edificios de piedra,
formándose luego calles y plazas. En torno se extendió la vía férrea, y en la
actualidad Cheyenne cuenta más de 12 000 habitantes. A una altura de mil toesas
está construida la estación, que tiene gran importancia en el camino de hierro
de la Union Pacific.
Wyoming
no tiene límites naturales. Está comprendido dentro de los que la geodesia le
ha fijado, es decir, a las líneas rectas de un gran cuadrado. Es país de
imponentes montañas y profundos valles, donde nacen el Colorado, el Columbia y
el Missouri. Cuando se ha dado nacimiento a estos tres ríos, tan importantes en
la hidrografía americana, se tiene derecho a añadir una estrella a las que
brillan en la bandera de los Estados Unidos.
196
Siguiendo
su costumbre, Max Real guardó el mayor incógnito. Cheyenne ignoró que aquel día
contaba con uno de los jugadores del match Hypperbone, al que no esperaba tan
pronto, y que además sabría encontrarse en su puesto el día 29. Max Real evitó,
pues, las recepciones, los indigestos banquetes, las fastidiosas ceremonias con
los que sin duda le hubiera obsequiado una población dispuesta al entusiasmo,
fiestas en las que ciertamente hubieran figurado las mujeres, que tienen el
derecho de sufragio en el feliz Estado de Wyoming.
Llegada
la mañana del día 16 de mayo, Max Real tomó sus disposiciones para dirigirse
sin retraso al Parque Nacional de Yellowstone. De haber contado con más tiempo,
hubiera podido hacer el viaje en coche, deteniéndose a su gusto y vagando por
la región de los Laramie Ranges, altas planicies cuyo arcilloso fondo fue en
otra época el de un inmenso lago; vadeando los innumerables arroyos,
caprichosos afluentes del North Fort y del Piatte; visitando los circos de
aquel magnífico sistema orogràfico, los sinuosos valles, los espesos bosques y
la múltiple red de tributarios del Columbia; en una palabra, recorriendo
aquella comarca, dominada en más de dos mil toesas por el Union Peak, el Hayden
Peak, el Fremont Peak y el abrupto monte Uragans, de la cordillera Wide Water,
de donde quizá proviene el nombre de Oregón, y que, gran fragua de borrascas y
tempestades, podía rivalizar con el no menos feroz comodoro Urrican.
Sí;
caminar de este modo, en coche, a caballo, a pie, con toda libertad; detenerse
a gusto ante los panoramas más hermosos de aquel dominio; colocar la tienda
aquí o allá, sin prisas…, ¡qué seducción para un pintor!
¡Con qué
encanto hubiera Max Real realizado el viaje en tales condiciones! Pero ¿podía
olvidar que en él, además de un artista, había un jugador que no se pertenecía,
que, juguete del azar, estaba a merced de éste, que dependía de un golpe de
dados, que estaba reducido al papel de un peón de tablero de damas…? En el
fondo, esto no dejaba de humillarle.
«No soy
otra cosa que un peón que la casualidad mueve a su antojo —se decía—. Esto
significa el abandono de toda dignidad humana a cambio de una probabilidad
contra seis de embolsarme la herencia de ese excéntrico difunto. ¡Cuando Tommy
me mira, el rubor sube a mi frente! Debí enviar al diablo al notario Tombrock y
no tomar parte en esta ridícula partida, retirándome de ella con gran
satisfacción, sin duda, de Titbury, Crabbe, Kymbale y Urrican. No hablo de la
dulce y modesta Lissy Wag, porque
197
esta
joven me ha parecido poco satisfecha de figurar en el grupo de los “Siete…”.
Sí… Los mandaría al diablo al instante, quedándome a mi gusto en Wyoming, si no
fuera porque mi buena madre no me perdonaría la deserción… En fin, puesto que
estoy en este inverosímil país de Yellowstone, veamos de él cuanto se pueda ver
en diez días».
Así
razonaba acertadamente Max Real, después de haber estudiado el itinerario más
apropiado a las circunstancias. Esto aparte, viajar como él deseaba hubiera
sido exponerse no sólo a retrasos, sino a peligros. Los valles y llanuras del
Wyoming central no son muy seguros cuando se los recorre sin escolta. Es
posible un mal encuentro con las fieras, en especial osos y otros carniceros
que frecuentan tales parajes, y hay que temer algún ataque de los indios, de
esos sioux nómadas, ya que no todos están acantonados en sus territorios.
Durante
las exploraciones que en 1870 organizó el Gobierno federal a fin de reconocer
la comarca del Yellowstone, el doctor Hayden y sus ayudantes Langford y Doane
fueron acompañados por un destacamento militar para proteger su misión. Dos
años después, el 1.º de marzo de 1872, el Congreso declaró parque nacional
aquella región, por más de un motivo digna de ser llamada la octava maravilla
del mundo.
Dos
líneas transcontinentales unen Nueva York y San Francisco: la primera, la Union
Pacific, que toma el nombre de «Oregon Short Line» a partir de Granger, tiene
una longitud de 3380 millas y pasa por Ogden; la segunda, de 5300, pasa por
Topeka y Denver y llega a Cheyenne, situada en la primera línea. Desde esta
ciudad el ferrocarril cruza Wyoming, Utah, Nevada y California, y termina en el
océano Pacífico.
Desde
Utah a Ogden se extiende un ramal que une la «Union Pacific» con Pocatello, de
donde el «Oregon Short Line» sube hasta Helena, en Montana. Esta línea pasa a
corta distancia del Parque Nacional, cuyo territorio pertenece en una pequeña
parte a Idaho y Montana, y a Wyoming en su mayor parte.
De
Cheyenne a Ogden no hay más que quinientas quince millas, y de Ogden a Monida,
la estación más próxima al Parque Nacional, cuatrocientas cincuenta; en total,
menos de mil millas. Estaba, pues, indicado que Max Real, deseoso de llegar al
ángulo Noroeste de Wyoming por el camino más corto, eligiese este itinerario,
que, si le hacía dar un pequeño rodeo, le permitía visitar Ogden.
198
Aquella
misma noche, guardando a su partida el mismo riguroso incógnito que a su
llegada, Max Real y Tommy se instalaron en el tren. Atravesaron las extensas
llanuras lacustres de Laramie, y dormían profundamente cuando llegaron a la
estación de Benton City, una de esas ciudades que crecen como las setas en la
superficie del Far West. Algo venenosas quizás al nacer, pero bien pronto
transformadas por buenos procedimientos de cultivo. Después, sin que nuestros
hombres despertaran, el tren dejó atrás Laramie, Rawlins, Halville, Granger,
Separation, las Buttes-Noires y el río Green, que afluye al Colorado. Siguieron
el curso del Muddy Fork hasta la estación de Aspen, cerca de la frontera de
Utah, y penetraron al fin en el territorio de este nombre, deteniéndose en
Ogden en la mañana del día 27.
Allí es
donde, como se ha dicho, la «Union Pacific», antes de bordear el gran lago
Salado por su parte superior para dirigirse hacia el Este, extiende un ramal de
cuatrocientas cincuenta millas hasta Helena. A partir de este lugar proyecta
una desviación hacia el Sur, uniendo Ogden con Great Salt Lake City, capital
del Estado, la gran ciudad mormona de la que tanto y tan ventajosamente se ha
hablado.
Max Real
terna una excelente ocasión de visitar la famosa ciudad sin apartarse más que
treinta y seis millas. Abstúvose de ello, no obstante. ¡Quién sabe si los
azares de la partida le llevarían a la ciudad de los santos, célebre por las
hazañas matrimoniales de Brigham Young y sus polígamos compatriotas!
La
jornada del día 17 fue empleada en remontar la frontera que separa Idaho de
Wyoming, a lo largo de las montañas Bear River, cruzando Utah Hot Springs y
franqueando por Oxford el límite de Idaho.
Idaho,
que pertenece a la región de Columbia, es rico en yacimientos mineros que
atraen a una tumultuosa multitud de lavadores de oro, y del que, en un porvenir
no muy lejano, los agricultores utilizarán provechosamente los terrenos
meridionales. Boise, con sus 2500 habitantes, es la capital de este territorio,
entre cuya población blanca mézclanse gran número de chinos y buena cantidad de
indios pies negros, narices agujereadas y corazones cobardes.
Montana,
como su nombre indica, es un país montañoso. Es uno de los más vastos Estados
de la Unión, poco cultivado, pero con excelentes
199
pastos
para la cría de ganado y con ricos yacimientos de oro, plata y cobre. De todos
los Estados del Far West, Montana es el que tiene mayor extensión ocupada por
indios: los modoks, los ventrudos, los asiniboinas, los cuervos y los
cheyennes, cuya vecindad soporta difícilmente el americano.
Virginia,
capital del Estado, adquirió al principio una prosperidad y un desarrollo
semejantes a los de tantas ciudades del Oeste. Actualmente está abandonada, en
provecho de Butte y de Helena, aunque la primera haya visto disminuir su
población.
Huelga
decir que entre la estación de Monida, donde se detuvo el jugador número 1, y
el Parque Nacional, existen cómodos y rápidos medios de comunicaciones, y que
éstos se multiplican en beneficio de los turistas del Antiguo y el Nuevo Mundo
a quienes el Gobierno federal invita a visitar el territorio de Yellowstone.
Merced a
un servicio hábilmente dispuesto, Max Real pudo abandonar inmediatamente
Monida, y algunas horas después, en compañía de Tommy, llegó a su destino.
Puede
decirse que los parques nacionales son al territorio de la República lo que las
plazas a las grandes ciudades. Algunos, como el de Yellowstone, han sido
formados en poco tiempo: tal el del Lago del Cráter, al Oeste de Oregón, y el
Jardín de los Dioses, verdadera Suiza americana, establecida en la zona
montañosa de Colorado.
A fines
de febrero de 1872, ante el Senado y la Cámara de diputados, diose lectura a
una propuesta en la que se trataba de sustraer del dominio particular y poner
bajo la protección directa del Estado una parte del suelo de la Unión de
cincuenta y cinco por sesenta y cinco millas, situada hacia el nacimiento del
Yellowstone y del Missouri. Este terreno se convertiría en Parque Nacional y su
disfrute quedaría reservado por entero al pueblo americano.
Después
de declarar que el espacio comprendido en los límites indicados no era propio
para cultivos productivos, el firmante de la proposición añadía:
«El
proyecto de ley que tengo el honor de presentar a las Cámaras en nada disminuye
las rentas del Estado, y será acogido por todo el mundo
200
como
medida conforme con el espíritu de progreso y como título honroso para el
Congreso y el país».
El
proyecto de ley fue aprobado. El Parque Nacional de Yellowstone pasó a depender
de la administración del Secretario del Interior, y si el mundo entero no lo ha
visitado aún, puede esperarse que el porvenir se encargará de realizar estos
deseos del Congreso.
Nada hay
que esperar del cultivo en aquel rincón del vasto territorio de los Estados
Unidos. El clima es tan duro, que no transcurre un mes sin que se produzcan
heladas. Tampoco es terreno propicio a la crianza de ganado, que no podría
resistir los rigores de la temperatura; ni produce rendimiento mineral un suelo
en su mayor parte volcánico, sembrado de materias eruptivas, devorado por los
ardores plutónicos y encerrado entre montañas cuyas cimas se alzan a mil toesas
sobre el nivel del mar.
Resulta,
pues, el país más yermo del mundo, y es, sin embargo, uno de los más célebres.
Su importancia se debe únicamente a sus bellezas naturales, a las que nada ha
podido añadir la mano del hombre.
La mano
del hombre ha intervenido, no obstante, para atraer a los excursionistas de las
cinco partes del mundo. La circulación se ha facilitado por caminos
practicables para los carruajes a través de aquel verdadero caos. Se han
construido establecimientos cómodos y elegantes. Puede recorrerse el Parque con
completa seguridad. Puede temerse, quizá, que este lugar se convierta en
estación termal, donde acudan los enfermos atraídos por la virtud curativa de
las cálidas fuentes del Fire Hole y del Yellowstone. Además, como hace observar
Elíseo Reclus, estos parques nacionales se han convertido en inmensos cotos de
caza explotados por las compañías financieras propietarias de los ferrocarriles
y los hoteles en la zona. El establecimiento del Terrasse Mammoth, por ejemplo,
es el centro de un verdadero principado… ¡Quién lo hubiera creído! ¡Un
principado en la gran República norteamericana!
En este
sitio —y desgraciadamente en aquella época del año gran número de turistas
llenaba el hotel— Max Real permaneció durante todo el tiempo de que podía
disponer. Por fortuna, nadie sospechaba que aquel joven fuera uno de los
jugadores del «match». Hypperbone, lo que le hubiera valido ser escoltado, o,
mejor dicho, importunado por centenares de curiosos. Pudo, pues, pasear
tranquilamente, admirando aquellas curiosidades naturales, que, preciso es
confesarlo, no provocaban ningún
201
interés
en Tommy, esbozando cuadros que el joven negro encontraba infinitamente
superiores a los paisajes que representaban. No… Max Real no olvidaría nunca
las maravillas del Parque Nacional de Yellowstone.
«¡Con tal
de que acuda puntualmente a la cita del día 29 en Cheyenne! —pensaba a menudo—.
¡Dios mío! ¿Qué diría mi querida madre si llegase con retraso?».
El valle
del Yellowstone es realmente soberbio. Se halla jalonado de macizos basálticos,
en los que se podría construir un palacio, con sus picos recortados, sus
blancas cimas, por las que afluye la nieve formando ríos y arroyos a través de
los bosques de pinos, con sus paredes verticales muy juntas, formando
interminables corredores. Allí se multiplican los productos de una naturaleza
salvaje y agitada. Allí se extienden los campos de lava, donde se acumulan las
deyecciones volcánicas. Allí se levantan moles formando columnas talladas en
negruzcos derrumbaderos, cruzados por franjas amarillas y rojas, modelos dignos
de ser imitados por la arquitectura policroma. Allí se ven restos de bosques
petrificados por la acción de los cráteres, hoy fríos y apagados. Allí se
advierte el formidable trabajo subterráneo, cuya acción se manifiesta a través
del suelo en dos mil manantiales de aguas termales.
¿Y qué
decir del lago Yellowstone, con sus riberas sembradas de piedras volcánicas,
cavado en un terraplén de más de siete mil pies de altura? Esta enorme cubeta
de aguas tan límpidas como el cristal posee islas montañosas, y en algunos
puntos los penachos de vapor brotan de la arena e incluso del fondo del lago.
Es una extensión de agua profunda y tranquila, donde pululan las truchas, y que
domina un sistema orogràfico de incomparable esplendor.
Max Real,
sin ocuparse del tiempo que transcurría, hizo provisión de imperecederos
recuerdos ante el espectáculo de tales magnificencias. Visitó, como infatigable
turista, los alrededores del lago Yellowstone, los purpúreos estanques que lo
rodean, llenos de algas de resplandecientes tonalidades. Subió al Norte hasta
los Mammoth Springs; bañóse en sus piscinas basálticas, dispuestas en
semicírculo, llenas de agua tibia y coronadas de vapores. Aturdióse con el
estrépito de las dos cataratas del Yellowstone, que durante media hora se
desarrollan en tumultuosos rápidos para terminar convirtiéndose en vapor a
causa de un salto de ciento veinte pies. Vagó por los cráteres que bordean el
torrente de Fire Hole; en aquel valle, cortado por el impetuoso tributario del
Madison, hay
202
centenares
de fuentes de agua caliente con las que no pueden rivalizar los más célebres
manantiales de Islandia.
¡Qué
panorama forma a lo largo de sus riberas el sinuoso y caprichoso Fire Hole, que
brota de un lago y se desenvuelve hacia el Norte! En todos los pisos que forman
los macizos que descienden hasta el lecho del río se suceden los cráteres. Aquí
está el «Oíd Faithful», el «Viejo Fiel», géiser de notables intermitencias;
allí el «Castillo Fuerte», al borde de un estanque pantanoso, cráter en forma
de antigua fortaleza, cuyos muros se inundan con la lluvia de los vapores
condensados; allá la «Colmena», pozo monstruoso, cuyo brocal se eleva como ima
torre; el «Gran Géiser», que tiene erupciones cada treinta y dos horas; «El
Gigante», cuyos líquidos penachos alcanzan los ciento veinte pies, menos
poderoso que «La Gigante», que eleva los suyos más del doble.
En la
hondonada superior está «El Abanico», con sus chorros que presentan todos los
colores del arco iris al ser heridos por los rayos del sol. No lejos, hállase
«El Excelsior», cuya columna central, en un círculo de treinta toesas, se eleva
a sesenta, lanzando en el impulso de su formidable manga restos de piedras y
lavas arrancadas de las entrañas de la tierra; el géiser de «La Gruta», o, más
bien, de «La Fuente», coronado de enormes bloques agujereados de sombrías
cavidades donde trabajan sin cesar las fuerzas plutónicas; finalmente, el
«Géiser de Sangre», que emerge de un cráter de paredes de arcilla rojiza y
parece arrojar sangre.
Tal es el
dominio, sin rival en el mundo, del que Max Real recorrió las llanuras y los
fondos lacustres, caminando de maravilla en maravilla y de admiración en
admiración. En aquel rincón de Wyoming, regado por el Fire Hole y el
Yellowstone, cuyo suelo palpita bajo el pie humano como la cubierta de una
caldera, se mezclan, se amalgaman, se combinan las sustancias telúricas por la
acción del fuego interior, cuyos mugidos se escapan por mil bocas. Allí se
producen los fenómenos más extraños, parecidos a los efectos escénicos de una
obra de magia en medio de los prodigios del Parque Nacional de Yellowstone,
cuyo semejante no se podría encontrar en ninguna parte del mundo.
203
II.
Tomado por otro
No creo
que haya llegado.
—¿Y por
qué no?
—Porque
mi periódico nada ha dicho.
—Su
periódico debe de estar mal informado, pues el mío ha publicado la noticia hace
tiempo.
—Pues me
daré de baja.
—Obrará
usted bien.
—Así lo
creo; pues no es correcto que un periódico deje de dar a sus lectores noticias
de tal importancia.
—En
efecto, es imperdonable.
Este
diálogo era sostenido por dos ciudadanos de Cincinnati que paseaban por el
puente colgante, de ciento sesenta toesas de largo, que cruzaba el Ohio, casi
en la embocadura del Licking, entre la metrópoli y los arrabales de Newport y
Covington, construidos sobre el territorio de Kentucky.
El Ohio,
«el Río Bello», separa al Sur y al Sudeste el Estado de este nombre de los de
Kentucky y Virginia Occidental. Algunas longitudes geodésicas le son comunes al
Este con Pennsylvania, al Norte con Michigan y al Oeste con Indiana; tiene,
además, costa en el lago Erie.
Atravesando
el mencionado puente, tan elegante como atrevido, la mirada ve desarrollarse la
industriosa ciudad que se extiende a lo largo de nueve millas sobre la orilla
derecha del río y alcanza hasta las cimas de las colinas que lo limitan por
este lado. Hacia el Este, la vista abarca el Edén Park y un conjunto de
poblados y edificios aislados que se levantan entre
204
el verdor
de los bosques.
El Ohio
ha sido justamente comparado a los ríos de Europa, a causa de la botánica
europea que le circunda y de las ciudades de estilo europeo que baña.
Alimentado en su curso superior por el Allegheny y el Monowghila, en su curso
medio por el Muskingum, el Sicoto, los dos Miami y el Licking, en su curso
inferior por el Kentucky, el Green, el Wabash, el Cumberland, el Tennessee y
otros tributarios, confluye finalmente en el Misisipi.
Mientras
hablaban los dos ciudadanos, cuyos nombres y posición social no hacen al caso,
contemplaban desde el puente los ferry boats anclados en el río, las chalanas
que surcaban sus aguas y pasaban bajo el viaducto superior y los dos de la
parte inferior, que ponen en comunicación los dos Estados limítrofes.
Aquel
día, 28 de mayo, otros ciudadanos no menos desconocidos que los anteriores
entregábanse a animadas conversaciones en los barrios comerciales e
industriales, en los mataderos, en las fábricas y manufacturas, de las que se
cuentan cerca de siete mil en Cincinnati, cervecerías, refinerías, mercados y
estaciones, donde se formaban animados grupos. A decir verdad, aquellos
honrados ciudadanos no parecían pertenecer a las clases superiores, a la alta
sociedad culta y artista que frecuenta las aulas universitarias, las ricas
bibliotecas, y que visita las preciosas colecciones y museos de la metrópoli.
No; aquel interés era más perceptible en la parte baja de la ciudad, y apenas
se extendía a los barrios elegantes, ni a las calles flanqueadas por edificios
suntuosos, ni a los parques sombreados por magníficos árboles, entre otros,
esos castaños que han valido al Estado de Ohio el nombre de «País de los
Castaños».
Circulando
por entre los grupos de gente y prestando oído a las conversaciones, hubiérase
podido escuchar frases por el siguiente tenor:
—¿No le
ha visto usted?
—No… Ha
desembarcado durante la noche, ya muy tarde; ha sido metido en un carruaje
cerrado, y su compañero le ha conducido…
—¿Adónde?
—Nadie lo
sabe…, ¡y sería tan interesante saberlo!
205
—Pero, en
fin…, él no habrá venido a Cincinnati a esconderse… ¡Supongo que se exhibirá!
—Sí…
Pasado mañana, según dicen… En el gran concurso de Spring Grove.
—Habrá
mucha gente…
—¡Imagínese
usted!
No todos
juzgaban de igual manera al héroe del día. En los mataderos, donde se aprecian
más las cualidades físicas que las morales o intelectuales, la talla, el vigor
y la fuerza muscular de los individuos, gran número de aquellos robustos
matarifes se encogían de hombros.
—Tiene
fama de invencible —decía uno.
—Aquí
tenemos quien vale tanto como él —decía otro.
—Mide más
de seis pies, a creer la propaganda…
—Pies que
quizá no alcanzan las doce pulgadas…
—Será
preciso verle.
—Hasta la
fecha, nadie ha podido con él…
—¡Bah…!
Eso lo dirán para atraer a los incautos…
—Aquí no
nos dejaremos engañar.
—¿No
viene de Tejas? —preguntó un fornido mozo de anchos hombros y vigorosos brazos
manchados por la sangre del matadero.
—De
Tejas…, directamente —respondió uno de sus compañeros, no menos robusto.
—Entonces…,
esperemos.
—Sí;
esperemos. En otras ocasiones han llegado forasteros…, que mejor hubiera sido
que hubiesen permanecido en su casa…
206
—Después
de todo…, si él gana… No me asombraría.
Evidentemente,
había divergencia de opiniones, lo que no era para satisfacer a John Milner,
desembarcado la víspera en Cincinnati con el jugador número 2, Tom Crabbe, al
que la segunda jugada hecha en favor suyo había obligado a trasladarse a la
metrópoli de Ohio desde la capital de Tejas.
El día 17
de mayo, a mediodía, John Milner recibió en Austin el aviso telegráfico del
resultado de la jugada relativa al pabellón añil, que correspondía al famoso
boxeador de Chicago.
Decididamente
a Tom Crabbe le favorecía la suerte, más quizá que a Max Real, aunque éste
hubiera efectuado un gran avance merced a su punto doble. El notario había
sacado para él doce tantos, lo máximo que se puede obtener con los dados. Pero
como a este punto correspondía igualmente una de las casillas de Illinois,
había que doblar, y el número 24 hacía pasar a Tom Crabbe de la casilla 11 a la
35.
Conviene
advertir que tal jugada le llevaba a las provincias más populosas del centro de
los Estados Unidos, donde las comunicaciones son rápidas y fáciles, en vez de
enviarle a los confines del territorio federal.
Por este
motivo, John Milner fue vivamente felicitado antes de dejar Austin. El papel
Tom Crabbe subió, no solamente en Tejas, sino en otros Estados, principalmente
en Illinois, donde las agencias pudieron colocarle a uno contra cinco,
cotización superior a la de Harris T. Kymbale, favorito hasta entonces.
—¡Cuídele
usted mucho! —decían a John Milner—. Fiando de su férrea constitución y de sus
músculos de acero, no deje usted que se exponga… Es preciso que llegue sano y
salvo hasta la meta.
—Tengan
confianza en mí —declaró John Milner—. Quien está en la piel de Tom Crabbe no
es Tom Crabbe; es John Milner.
—Puesto
que el mareo le pone en tal estado de postración física y moral —añadían—,
prescinda usted de las travesías por mar, por pequeñas que sean.
—¡No
teman ustedes! —replicó John Milner—. No cruzaremos en barco
207
desde
Galveston a Nueva Orleans. Iremos a Ohio por ferrocarril a pequeñas jornadas,
puesto que disponemos de quince días para llegar a Cincinnati.
Esta
capital ocupaba, según la elección del testador, la casilla número 35. Tom
Crabbe, pues, iba a adelantar a los demás jugadores, excepción hecha del
comodoro Urrican.
Aquel
mismo día, animado, cuidado, acariciado por sus partidarios, Tom Crabbe fue
conducido a la estación, izado a un vagón y envuelto en buenas mantas, por
precaución, teniendo en cuenta la diferencia de temperatura existente entre
Ohio y Tejas. Después, el tren salió hacia la frontera de Luisiana.
Los dos
viajeros descansaron durante veinticuatro horas en Nueva Orleans, donde fueron
acogidos con mayor entusiasmo aún que la primera vez, lo que significaba que el
boxeador ganaba partidarios. En todas las agencias había demanda de Tom Crabbe.
Era delirante. Los periódicos cifraron en un millón y medio de dólares las
sumas apostadas a su favor durante el viaje que realizó desde la capital de
Tejas a la metrópoli de Ohio.
«¡Qué
éxito! —se decía John Milner—. ¡Qué recibimiento nos espera en Cincinnati! Pues
bien; es preciso que sea un verdadero triunfo… Tengo mi idea».
He aquí
cuál era la idea de John Milner —que no hubiera desdeñado el ilustre Bamum— a
fin de excitar la curiosidad y el entusiasmo del público respecto a Tom Crabbe.
No se
trataba, como puede creerse, de anunciar pomposamente, utilizando toda clase de
medios, la llegada del campeón del Nuevo Mundo, ni de desafiar a los más
afamados boxeadores de Cincinnati a un combate en el que Tom Crabbe obtendría
la victoria. Tal vez John Milner lo hiciera algún día, si la ocasión se le
presentaba. Pero ahora, al contrario, deseaba desembarcar en el mayor
incógnito, dejar a la multitud sin noticias de su favorito hasta el último día,
hacer creer que había desaparecido y que no estaría en su puesto el día 31… Y
en el último instante se presentaría de pronto, para que su aparición fuese
aclamada como la de Elías, si el profeta regresase del cielo para buscar su
manto en la tierra.
John
Milner había leído en los periódicos que el día 30 se celebraría en
208
Cincinnati
una gran exposición de ganado, certamen en el que los cornúpetas y otras
especies serían galardonados con grandes premios. ¡Qué ocasión para exhibir a
Tom Crabbe en Spring Grove, cuando ya se hubiera perdido toda esperanza de
volverle a ver, y esto la víspera del día en que debía encontrarse en las
oficinas de telégrafos de la metrópoli!
Inútil es
decir que John Milner no comunicó su idea a su compañero. En la noche del día
19 al 20 ambos partieron sin haber prevenido a nadie… ¿Qué había sido de ellos?
Esto es lo que la ciudad se preguntó al siguiente día.
John
Milner no tomó el camino que había seguido al abandonar Illinois para dirigirse
a Luisiana. La red ferroviaria es tan extensa en estas regiones del Centro y
del Este de los Estados Unidos, que parecen cubrir los mapas con una tela de
araña. Así, pues, sin apresuramientos, sin que en ninguna parte se advirtiese
la presencia de Tom Crabbe, viajando de noche y descansando de día, cuidando de
no atraer la atención, el pabellón añil y John Milner atravesaron los Estados
de Misisipi, Tennessee y Kentucky, y al alba del día 27 se detuvieron en un
modesto hotel del arrabal de Covington. Desde allí no tenían más que franquear
el Ohio para pisar el suelo de Cincinnati.
El plan
de John Milner se había, pues, realizado felizmente. Llegados a las puertas de
la metrópoli, Tom Crabbe pasó de incógnito. Los periódicos mejor informados no
sabían qué había sido de ellos. Sus huellas se habían perdido más allá de Nueva
Orleans. Así, puede preguntarse: ¿qué significan las conversaciones relativas a
esta desaparición, y que habría pensado John Milner de haberlas oído?
Razón
tenía al contar con el efecto que la aparición del coloso produciría en
Cincinnati, desesperada ya de verle en su puesto el día 31, y entre los que
habían apostado por él sumas considerables, cuando —la víspera de la jomada en
que debía presentarse en las oficinas de telégrafos, y después de haber pedido
vanamente noticias de su persona por toda la Unión—, apareciese en medio del
gentío en el concurso de Spring Grove.
Y, sin
embargo, ¿quién sabe si John Milner no hubiera aprovechado mejor las dos
semanas de que podía disponer desde su partida de Tejas, paseando su fenómeno
por los territorios de Ohio? ¿Por ventura este Estado no ocupa el cuarto lugar
en la República norteamericana, con su población de tres millones setecientas
mil almas? Tanto desde el punto de
209
vista de
su situación en el «match». Hypperbone, como en el mundo de los aficionados al
boxeo, ¿no había interés en llevarle de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo,
exhibiéndole en los principales lugares de Ohio?
Tales
poblaciones son numerosas y prósperas, y Tom Crabbe hubiera sido muy bien
recibido.
De no
pensar John Milner en el golpe teatral de que se ha hablado, seguramente
hubiera tenido interés en mostrar al soberbio boxeador en Cleveland, magnífica
ciudad situada sobre el lago Erie, paseándole por la avenida de Euclides, la
avenida más hermosa de la Unión, y haciéndole recorrer sus calles, anchas y
regulares, sombreadas por magníficos árboles. Esta ciudad está enriquecida por
la explotación de fuentes de aceite mineral, cuyos depósitos están en
comunicación con su puerto, uno de los más activos del Erie. Su movimiento
comercial pasa de doscientos millones de dólares. Desde Cleveland, Tom Crabbe
hubiera podido desplazarse a Toledo y a Sandusky, igualmente puertos lacustres,
donde se concentran las flotillas de pesca, y después a todos los centros
industriales que deben su vida al curso del Ohio, como los órganos del cuerpo
humano a la sangre de las arterias: Starbenville, Marietta, Gallípoli y tantos
otros. La capital de este Estado es Columbus, que no cuenta menos de noventa
mil habitantes, ciudad de espléndidos edificios públicos, uno de los más ricos
depósitos de productos agrícolas, al mismo tiempo que centro de industria
metalúrgica y de explotación carbonífera.
Los
trenes circulan allí en todas direcciones, a través de opulentos campos de
cereales, donde impera el maíz, de viñedos y plantaciones de tabaco; cruzan
verdes llanuras donde crecen macizos de árboles de gran belleza, acacias,
plátanos de treinta a cuarenta pies de circunferencia, comparables a las
gigantescas sequoias de los territorios del Oeste. Hay que advertir que el
viñedo, de poca importancia al principio, prosperó sobremanera al ser
remplazadas por las americanas las cepas de Europa. Se comprenderá
perfectamente que el Estado de Ohio, tan favorecido por la naturaleza y uno de
los más prósperos de la Unión, esté representado en el Congreso por dos
senadores y veinticinco diputados.
En la
comarca se efectúan importantes transacciones de ganado, que provee con
abundancia a los centros de Chicago, Omaha y Kansas City, lo que explica la
fama de sus mercados, entre los cuales cabe destacar el certamen de ganado
lanar, vacuno y de cerda que debía celebrarse el día 30.
210
Tom
Crabbe, en resumen, no fue exhibido en parte alguna. Llegó sin novedad a la
frontera de Kentucky, viajando como se ha dicho. Durante su estancia en Tejas
recobró su habitual vigor y su poder físico. Nada perdió de él durante el
viaje… ¡Qué triunfo, pues, cuando apareciera ante la concurrencia de Spring
Grove!
Al día
siguiente, John Milner quiso dar una vuelta por la ciudad; claro es que sin ir
acompañado de su famoso amigo. Al salir del hotel dijo a Tom:
—Aguárdame
aquí. No te muevas.
Como no
le formulaban ninguna pregunta, Tom Crabbe no respondió.
—No
saldrás de la habitación bajo ningún pretexto —añadió John Milner.
Tom
Crabbe hubiera salido de habérselo mandado. Se le ordenaba no salir, y no
saldría.
—Si tardo
en regresar —añadió John Milner—, ya cuidarán de subir tu primer almuerzo,
luego el segundo, después tu «lunch», y más tarde tu comida y tu cena. Voy a
dar las órdenes convenientes, y tú no tendrás que preocuparte por tu
alimentación.
No, Tom
Crabbe no se preocuparía por tal cosa, y en aquellas condiciones esperaría
pacientemente el regreso de John Milner. Dirigiendo su enorme masa a una amplia
mecedora, dejóse caer en ella, e imprimiendo a su asiento un ligero balanceo,
se abismó en la oscuridad de sus pensamientos.
John
Milner bajó al despacho del hotel, hizo la lista de las sustanciosas comidas
que habían de ser servidas a su compañero, franqueó la puerta y se dirigió
hacia el Ohio a través de las calles de Covington, cruzó el río en ferry boat,
desembarcó en la ribera derecha, y, con las manos en los bolsillos, como un
desocupado, alcanzó el barrio comercial de la ciudad.
Advirtió
que allí reinaba gran animación. Procuró también sorprender al paso algunas
palabras de las conversaciones. No sospechaba que reinara ya tan gran
impaciencia por la próxima llegada del jugador número 2. He ahí, pues, a John
Milner vagando de una a otra calle, entre gentes notoriamente preocupadas,
deteniéndose ante los grupos y tiendas y en las plazas donde la animación era
mayor. Hasta las mujeres se mezclaban
211
en las
conversaciones, y en América no son aquéllas, por cierto, menos vehementes que
en cualquier otro país del viejo continente.
John
Milner quedó sumamente satisfecho. Pero deseaba saber hasta qué punto llegaba
la impaciencia de no haber visto aún a Tom Crabbe en Cincinnati. Por esto,
viendo al chacinero Dick Wolgod con sombrero de copa alta, vestido de negro,
puesto el delantal de faena, en la puerta de su establecimiento, entró en éste
y pidió un jamón, que, como es de suponer, ya hallaría sitio donde colocarlo.
Después de pagar su importe sin haber regateado, dijo en el momento de salir:
—Mañana
es el certamen…
—Sí…
—respondió Wolgod—. Una hermosa fiesta que honrará a nuestra ciudad.
—¿Habrá
mucha gente en Spring Grove? —preguntó John Milner.
—Toda la
ciudad estará allí, caballero —contestó Dick Wolgod con la dignidad que todo
comerciante formal debe al cliente que acaba de efectuar una compra en su
establecimiento—. Calcule usted… Tratándose de tal exhibición…
John
Milner prestó atención. Estaba asombrado. ¿Quién podría sospechar que él tenía
el propósito de exhibir a Tom Crabbe en Spring Grove?
Entonces
dijo:
—¿Nadie
se preocupa, pues, de los posibles retrasos?
—No,
señor.
En aquel
momento entró en la tienda un parroquiano, y John Milner se sobresaltó. Salió a
la calle.
No había
dado cien pasos, cuando en la esquina de la quinta calle transversal detúvose
de pronto, levantó al cielo las manos y dejó caer el jamón al suelo.
En una
esquina había un cartel donde, escrito en grandes caracteres, se leía:
212
«¡HA
LLEGADO! ¡HA LLEGADO!».
Aquello
era demasiado. ¿Cómo se conocía la presencia del boxeador en Cincinnati?
Sabíase, pues, que no había que temer respecto al límite de tiempo fijado al
campeón del Nuevo Mundo. Aquello explicaba la alegría que reinaba en la ciudad
y la satisfacción que el chacinero había demostrado.
Decididamente
es difícil, si no imposible, que un hombre célebre escape a los inconvenientes
de su fama. Era preciso renunciar a mantener sobre Tom Crabbe el velo del
incógnito.
Otros
carteles, más explícitos, no se limitaban a comunicar su llegada, sino que
añadían que venía directamente de Tejas y que se mostraría en el concurso de
Spring Grove.
—¡Ah!
¡Esto es demasiado! —exclamó John Milner—. ¡Mi plan era conocido! Habré hablado
delante de Tom Crabbe, y éste, que no suele hablar nunca, habrá hablado por una
sola vez durante el camino. No puedo comprenderlo de otro modo.
John
Milner regresó al barrio de Covington, llegó al hotel cuando Tom Crabbe
devoraba el segundo almuerzo, y nada le dijo al boxeador de la indiscreción que
seguramente había cometido. Persistiendo en su idea de no mostrarle aún al
público, permaneció con él durante el resto del día.
Al
siguiente día, a las ocho, dirigiéronse ambos hacia el río, lo atravesaron por
el puente colgante y pasearon por las calles de la ciudad.
El
concurso nacional de ganado iba a celebrarse en Spring Grove, situado en la
parte noroeste de la ciudad. La población en masa encaminábase ya hacia este
sitio, sin demostrar inquietud alguna, como John Milner pudo advertir. Por
doquier acudían grupos de esa gente alegre y bulliciosa que espera ver pronto
satisfecha su curiosidad.
¿Pensaba
tal vez John Milner que, antes de llegar a Spring Grove, sería reconocido Tom
Crabbe por su estatura, su aspecto y su rostro, que la fotografía había
reproducido y popularizado hasta las más remotas aldeas de la Unión? Pues nada
de esto sucedió. Nadie se ocupó de él, nadie se volvió a su paso, nadie
advirtió que aquel coloso que acompasaba su marcha a la de John Milner fuese el
célebre boxeador y jugador del
213
«match».
Hypperbone, aquel que veinticuatro tantos acababan de enviar a la casilla
número 35, Estado de Ohio, Cincinnati.
Esperaron
en Spring Grove a que dieran las nueve. La multitud se agolpaba ya en el lugar
del concurso. Al tumulto formado por los espectadores, uníanse los berridos y
gruñidos de los animales, los más favorecidos de los cuales iban a figurar,
para gran honor suyo, en las páginas del palmarés oficial.
Allí
estaban reunidos admirables tipos de vacas, ovejas y cerdos, numerosos cameros,
terneras y bueyes, de los que América exporta anualmente a Inglaterra más de
cuatrocientos mil.
En el
centro del recinto alzábase un estrado sobre el que debían ser expuestos los
productos.
A John
Milner le acometió entonces la idea de atravesar por entre la multitud, llegar
al pie del estrado, hacer subir en él a su compañero, y gritar:
—¡He aquí
a Tom Crabbe, el campeón del Nuevo Mundo, el jugador número 2 del «match».
Hypperbone!
¿Qué
efecto causaría esta inesperada revelación en aquel público excitado?
Empujando
a Tom Crabbe hacia delante, y como arrastrado por aquel poderoso remolcador,
hendió las olas del gentío y quiso subir al estrado.
El sitio
estaba ocupado. ¿Quién lo ocupaba? Un enorme cerdo, colosal producto de las dos
razas americanas Polant China y Red Jersey, vendido en doscientos cincuenta
dólares cuando pesaba mil trescientas libras; un cerdo grandioso, de ocho pies
de largo por cuatro de alto, seis de cuello y siete y medio de cuerpo; peso
actual: 1954 libras.
Aquello
era lo que había venido directamente de Tejas. Su llegada era la que pregonaban
los anuncios. Él absorbía aquel día la atención pública. Él era a quien
presentaba a los aplausos de la multitud su feliz propietario.
214
Ante
aquel nuevo astro palidecía Tom Crabbe. John Milner, aterrado, retrocedió ante
aquel gigantesco cerdo que iba a ser premiado en el certamen de Spring Grove.
Luego, haciendo a Tom Crabbe señal para que le siguiera, tomó de nuevo el
camino de su hotel, y, descorazonado, humillado, se encerró en su habitación y
no quiso volver a salir.
215
III. A
paso de tortuga
He
recibido de Mr. Hermann Titbury, de Chicago, la cantidad de trescientos dólares
como pago de la multa a que ha sido condenado por sentencia del día 14 de mayo
actual, por infracción de la ley sobre bebidas alcohólicas.
Calais,
Maine, 19 de mayo de 1897.
El
escribano,
WALTER
HOEK.
Dedúcese
de ahí que Hermann Titbury, tras larga resistencia que duró hasta el día 15 de
mayo, viose en la necesidad de pagar la multa que se le impuso. Hecho el pago,
y establecida la identidad de los esposos Titbury que viajaban con el nombre de
Field, el juez, después de tres días de prisión, había remitido el resto de la
pena. Era tiempo.
El día
mencionado, a las ocho de la mañana, el notario Tombrock efectuó la sexta
jugada y avisó al interesado por el telégrafo de Calais.
Los
habitantes de la pequeña ciudad, ofendidos porque uno de los jugadores del
«match». Hypperbone se había ocultado bajo falso nombre, no se mostraron muy
amables, y hasta se burlaron de la desgracia de Titbury. Satisfechos al
principio de que Calais, en Maine, hubiera sido escogida como punto de llegada
por el difunto Hypperbone, no perdonaron jamás al pabellón azul el que no se
hubiera dado a conocer. Después, al ser conocido el verdadero nombre del
matrimonio Field, la población restó indiferente. Cuando el carcelero le puso
en libertad, Hermann Titbury tomó el camino de su posada. Nadie le acompañó;
nadie volvió el rostro al verle pasar. Por lo demás, la pareja no buscaba, como
Harris T. Kymbale, las aclamaciones de la multitud, y no tenía más que un deseo;
abandonar Cedáis lo más pronto posible.
216
Eran las
nueve de la mañana. Faltaban aún tres horas para que llegase el momento de
presentarse en las oficinas del telégrafo. Ante el té y el asado de su
almuerzo, los esposos Titbury se ocuparon de arreglar sus cuentas.
—¿Cuánto
hemos gastado desde que salimos de Chicago? —preguntó Hermann.
—Ochenta
y ocho dólares y treinta y siete centavos —contestó la mujer.
—¿Tanto?
—Y eso
que no hemos derrochado nuestro dinero en el camino.
A no
tener la sangre de los Titbury, cualquiera se hubiera asombrado de que los
gastos fueran tan limitados. Verdad que a ellos hay que añadir los trescientos
dólares de la multa, lo que elevaba a buena cifra la sangría producida en la
bolsa de los Titbury.
—¡Con tal
que el telegrama que hemos de recibir de Chicago no nos obligue a partir hacia
el otro extremo del país! —suspiró Hermann.
—Preciso
sería hacerlo —respondió seriamente su esposa.
—Pues yo
preferiría renunciar…
—¿Aún
hablas de eso? —exclamó la imperiosa matrona—. ¡Sea ésta la última vez que
hablas de renunciar a la probabilidad de ganar sesenta millones de dólares!
Transcurrieron
las tres horas; y a las doce menos veinte, la pareja, instalada en la sala de
la oficina telegráfica, esperaba con la impaciencia que es de suponer. Apenas
había allí media docena de curiosos.
¡Qué
diferencia con el entusiasmo de que los otros jugadores habían sido objeto en
Fort Riley, Austin, Santa Fe, Milwaukee y Key West!
—Un
telegrama para Mr. Hermann Titbury, de
Chicago —dijo el empleado.
En aquel
momento Titbury sintió que las piernas le flaqueaban. Su lengua se paralizó y
no pudo responder.
—Presente
—dijo Mrs. Titbury, sacudiendo
fuertemente a su marido.
217
—¿Es
usted el destinatario de este telegrama? —preguntó el empleado.
—Sí… Él
es… —respondió la mujer.
—Sí… Yo
soy —pudo al fin responder Hermann—. Puede usted preguntárselo al juez Ordak.
Mi identidad me ha costado muy cara para que pueda ponerse en duda.
El
telegrama fue entregado a Mrs. Titbury, que lo abrió, pues su marido no hubiera
podido hacerlo.
He aquí
lo que leyó con voz que fue disminuyendo hasta extinguirse antes de pronunciar
las últimas sílabas:
—«Hermann
Titbury. Dos, por uno y uno. Great Salt Lake City, Utah.
Firmado,
Tombrock».
La pareja
desfalleció, entre mal disimuladas cuchufletas, y les fue preciso sentarse en
uno de los bancos de la sala.
¡La
primera vez, por uno y uno, habían sido enviados a la segunda casilla, al fondo
de Maine; la segunda, también por uno y uno, enviados a la cuarta, a Utah!
¡Cuatro puntos en dos jugadas! ¡Y para colmo, después de ir de Chicago al
límite de la Unión, ir casi al otro extremo en el Oeste!
Recobrada
de aquella comprensible debilidad, Mrs. Titbury volvió a ser la dominadora de
siempre. Cogió a su marido por el brazo y lo arrastró hacia la posada de «Sandy
Bar».
La mala
suerte se les había echado encima. Los otros jugadores, Tom Crabbe, Max Real,
Harris T. Kymbale, Lissy Wag y, especialmente, el comodoro Urrican, habían
adelantado mucho. Corrían como liebres, mientras los Titbury avanzaban a paso
de tortuga… A los millares de millas recorridos desde Chicago a Calais, preciso
era ahora añadir las dos mil doscientas que separaban a Cedáis de Great Salt
Lake City.
En fin,
si los Titbury no se decidían a abandonar la partida, convenía que no se
retrasasen en Calais, porque, contando que descansaran algunos días en Chicago,
no había tiempo que perder, pues el día 2 de junio habían de estar en Utah. Y
como Mrs. Titbury no pensaba en renunciar al «match», la pareja salió de Calais
en el primer tren del mismo día…,
218
acompañados
de todos los votos que la población hacía en favor…, de los otros jugadores…
Después de aquello, el papel del jugador número 3 iba a bajar de valor, si
había tenido alguno. El pabellón azul no encontraría postores…
La
infortunada pareja no tuvo que ocuparse de su itinerario, perfectamente
indicado, y que consistía, en primer lugar, en desandar lo andado. De vuelta en
Chicago tendría a su disposición la «Union Pacific», que, por Omaha, Granger y
Ogden, llega a la capital de Utah.
Por la
tarde, la ciudad quedó libre de la presencia de aquel antipático matrimonio,
que había representado allí papel tan poco airoso. Esperábase que los azares
del noble juego de los Estados Unidos no les harían volver, esperanza de la que
participaban los mismos interesados.
A las
cuarenta y ocho horas, los Titbury desembarcaron en Chicago, algo maltrechos
después de aquellos viajes tan impropios de su edad y de sus pacíficas
costumbres. Permanecieron algunos días en su casa de Robey Street, pues Mr.
Titbury experimentó en el camino uno de estos catarros propios de la edad, que
él trataba con menosprecio de acuerdo con su reconocida avaricia.
Lo cierto
fue que sus piernas se negaron a andar, y tuvo que ser trasladado desde la
estación a su casa.
Los
periódicos anunciaron su llegada. Los periodistas del Staats Zeitung,
favorables a su causa, le visitaron; pero, viéndole en tan lamentable estado,
le abandonaron a su mala suerte, y las agencias no encontraron postores para él
ni a siete contra uno.
Sin
embargo, no se contaba con Kate Titbury. No trató ésta la enfermedad con la
indiferencia que habitualmente mostraba por los catarros de su marido, sino
que, ayudada de su sirvienta, dio a Hermann tales fricciones que casi le
arrancó la piel. Jamás asno ni caballo fueron tratados de tan horrible modo. El
enfermo mejoró prestamente, quizá porque en tal tratamiento no intervinieron
médicos ni boticarios.
La
curación se efectuó en cuatro días. El día 23 se dispuso el viaje. Sacáronse de
la caja algunos miles de dólares en billetes, y en la mañana del día 24 el
matrimonio se puso en camino con suficiente antelación para llegar a tiempo a
la capital mormona.
219
El
ferrocarril une directamente Chicago y Omaha. A partir de este punto, la «Union
Pacific» llega a Ogden, y, con el nombre de «Southern Pacific», extiende su
línea hasta San Francisco.
Y
realmente era suerte que los esposos Titbury no hubieran sido expedidos a
California, pues el viaje se hubiera alargado en mil millas.
En la
tarde del día 28 llegaron a Ogden, importante estación que un ramal pone en
comunicación con Great Salt Lake City.
En este
punto acaeció un encuentro —no entre dos trenes, apresurémonos a aclararlo—
entre dos de los jugadores del «match». Hypperbone, encuentro que debía tener
singulares consecuencias.
Por la
tarde, Max Real, de regreso de su visita al Parque Nacional de Yellowstone,
acababa de llegar a Ogden. Desde allí se dirigía a Cheyenne al día siguiente,
para saber el resultado de la tercera jugada que le correspondía. Paseábase por
el andén de la estación, cuando se encontró frente a frente con Titbury, en
compañía del cual había seguido al fúnebre cortejo de William J. Hypperbone y
figurado en el Auditorium durante la lectura del testamento del excéntrico
difunto.
Aquella
vez la pareja habíase guardado muy bien de viajar con nombre supuesto, a fin de
no exponerse de nuevo a los inconvenientes de que en Calais había sido víctima.
Si no tenían necesidad de darse a conocer durante el viaje, tendrían que
inscribirse con su nombre verdadero en un hotel de Great Salt Lake City. A nada
conduciría revelar durante el camino que eran los futuros herederos de los
sesenta millones de dólares. Bastaría con decirlo en la capital de Utah, y
allí, si alguien pretendía explotarles, Hermann sabría defenderse.
Júzguese,
pues, la sorpresa que experimentó el pabellón azul cuando, ante regular número
de personas que se habían apeado del tren, oyó que el pabellón morado le
interpelaba de la manera siguiente:
—Si no me
engaño, ¿tengo el honor de hablar con Hermann Titbury, de Chicago, mi compañero
en el «match». Hypperbone?
La pareja
se estremeció. Visiblemente disgustado por ser revelada su identidad ante la
muchedumbre, Mr. Titbury se volvió y, pese a reconocer
220
perfectamente
a quien le hablaba, fingió no haberle visto nunca.
—¿Se
dirige usted a mí, por casualidad, caballero? —preguntó a su vez.
—Perdone
usted —dijo el pintor—. No creo equivocarme… Estuvimos juntos en las exequias
de Mr. Hypperbone… Soy Max Real…
—¿Max
Real? —respondió la mujer, como si oyera pronunciar aquel nombre por vez
primera.
Max Real,
que comenzaba a impacientarse, dijo entonces:
—¿De
veras no es usted Mr. Hermann Titbury,
de Chicago?
—Caballero
—repuso éste, con tono ofendido—, ¿con qué derecho se permite usted
interrogarme?
—No se lo
tome usted así —dijo Max Real—. ¿No reconoce usted ser Mr. Titbury, uno de los
«Siete», expedido primero a Maine y a Utah después? Bien… Usted sabrá por qué…
En cuanto a mí, soy Max Real, que regresa de Kansas y de Wyoming… Y, ahora,
¡buenos días!
Y como el
tren iba a partir al instante para Cheyenne, entró en uno de los vagones, con
Tommy, dejando a la pareja sorprendida por la aventura, y maldiciendo de esos
estúpidos artistas.
En aquel
momento, un hombre que había observado con interés la escena se acercó al
matrimonio. Tendría este individuo irnos cuarenta años y un rostro franco que
inspiraba confianza aun a las gentes más recelosas.
—Jamás
había visto —dijo, inclinándose ante Mrs. Titbury— persona más impertinente que
la que acaba de dejarles. Por su incorrecto proceder se ha hecho acreedor a una
buena lección… De no haber sido por el temor de mezclarme en lo que no me
interesaba…
—Le doy a
usted las gracias, caballero —respondió Hermann, lisonjeado de que hombre tan
distinguido tomara su defensa.
—Pero…
¿era realmente Max Real?
—Sí, creo
que sí… —repuso Mr. Titbury—. Aunque, a decir verdad, apenas le conozco.
221
—¡Ah!
—añadió el viajero—. Le deseo toda la mala fortuna posible por haber hablado de
manera tan poco respetuosa a personas tan distinguidas… Y a usted, caballero,
le deseo que le venza en la partida… A él y a los demás, se comprende…
Preciso
era ser muy desagradecido para no acoger benévolamente a hombre que con tanta
galantería hablaba, a un caballero que hasta tal punto se interesaba por el
feliz éxito del matrimonio Titbury.
Pero
¿quién era aquel personaje? Mr. Robert Inglis, de Great Salt Lake City, un
corredor de comercio de los más entendidos, que conocía a fondo el Estado por
haberlo recorrido durante muchos años. Después de haber dado su nombre y
profesión, aquel caballero ofrecióse a servir de guía a los esposos Titbury,
encargándose de buscarles un hotel conveniente.
¿Cómo
rehusar los ofrecimientos de Mr. Robert Inglis, que declaró, además, haber
apostado una fuerte suma a favor del jugador número 3? Él mismo tomó los
maletines de Mrs. Titbury y los depositó en uno de los vagones del tren que iba
a partir de Ogden.
A Hermann
le resultaba extraordinariamente simpático aquel caballero, sobre todo por
haber tratado a Max Real como se merecía. Además, se felicitaba por haber
encontrado un compañero de viaje tan amable que le serviría de guía en la
capital de Utah.
Todo iba,
pues, de la mejor manera posible. Los viajeros se instalaron en un vagón, y
puede afirmarse que para ellos nunca transcurrió el tiempo con más rapidez que
durante aquel pequeño trayecto de cincuenta millas.
Mr.
Inglis resultó tan interesante como inagotable en su conversación. Lo que más
pareció agradar a la excelente señora fue saber que era el cuadragésimo tercer
hijo de un matrimonio mormón, antes de que la poligamia fuera prohibida por
decreto del Presidente de los Estados Unidos.
Esto no
era extraño, puesto que el apóstol Hebert Kimball, primer consejero de la
Iglesia, había muerto dejando trece mujeres y cincuenta y cuatro hijos. Era de
esperar que si el redactor del Tribune, Harris T.
Kymbale,
se viera obligado a trasladarse a Utah, no tomaría ejemplo de su homónimo. Pero
los dos nombres no se escriben de la misma manera, y,
222
además,
ya no está permitido en Great Salt Lake City ser polígamo, ni aun a los «fieles
del Corán».
Esta
conversación agradó a los Titbury, sobre todo porque hubiera sido imposible
hallar narrador más agradable que Mr. Inglis. No había duda de que él echaba de
menos el tiempo en que la Iglesia mormona funcionaba en todo su esplendor.
Alababa las excelencias de aquella religión, «la mejor» de las reveladas por
«el espíritu de Dios». Habló de Joe Smith, que se sintió convertido en profeta
en 1830, encontró las tablas de oro donde estaban escritas las sagradas leyes
del mormonismo y fue después asesinado. Narró el éxodo de los «santos de los
últimos días», establecidos primero en Nueva York, luego en Illinois, y
trasladados después a Ohio y más tarde a Missouri.
Al tratar
de este punto extendióse en términos ditirámbicos y conmovedores acerca de
Brigham Young, papa y presidente de la Iglesia, el cual, desafiando fatigas y
peligros, condujo a la comunidad a los territorios vecinos al Gran Lago Salado,
donde, en 1847, fundó la Nueva Jerusalén.
¿No
merecía la ciudad este nombre, como merecía el de Jordán el río sobre cuyas
riberas se eleva, a unas diez millas del lago? Entonces los tiempos eran
prósperos y el Estado no contaba menos de 145 000 fieles, que actualmente se
han refugiado, en su mayor parte, en el territorio cedido por México.
Pero las
persecuciones crecieron, y, cosa que omitió Mr. Robert Inglis, el Gobierno
federal comprendió que Utah buscaba más su independencia que vivir en las
prácticas del mormonismo. Así es que, en 1871, el general Grant capturó al papa
y a los apóstoles, puso al antiguo país de los utahs bajo el yugo
administrativo, y al mismo tiempo prohibió las uniones polígamas, y aun las
bígamas, en nombre de la moral pública.
Y hoy la
Nueva Sión está mantenida en el orden por el fuerte Douglas, que el Gobierno
hizo construir a tres millas al Este, a fin de obligarla a prestar acatamiento
a las leyes de la República norteamericana.
—¡Ah,
amigos míos! —exclamó Robert Inglis, cuya voz se enterneció hasta el punto de
arrancar lágrimas a los ojos de Mrs. Titbury—. ¡Si hubieran ustedes conocido a
Brigham Young, nuestro venerado papa, con sus cabellos largos, su barba gris, y
sus ojos de lince! ¡Si hubiesen tratado
223
a George
Smith, primo del profeta e historiador de la Iglesia, y a Hunter, presidente de
los obispos, y a Orson Hyde, presidente de los doce apóstoles, y a Daniel
Wells, consejero segundo, y a Elisa Snow, una de las esposas espirituales del
papa…!
—¿Era
bonita? —preguntó Mrs. Titbury.
—Era
abominablemente fea, señora. Pero ¿qué significa la hermosura en la mujer?
Mrs.
Titbury tuvo una sonrisita aprobadora.
—¿Qué
edad tiene ahora el célebre Brigham Young? —preguntó Hermann.
—Ninguna,
puesto que ha muerto… Pero, si viviera, tendría ciento dos años.
—Y usted,
caballero —preguntó Mrs. Titbury con alguna vacilación—, ¿está casado?
—¿Yo?
¿Para qué casarse, querida señora, desde que la poligamia está prohibida?
Soportar a una sola mujer es más difícil que soportar a cincuenta.
Y aquella
respuesta de Mr. Inglis provocó la hilaridad general.
El
terreno que atraviesa el ramal de Ogden es llano y árido, cubierto de arena y
arcilla y mezclado de sales alcalinas que lo cubren de eflorescencias
blancuzcas, como el gran desierto del oeste del lago. En él sólo crecen el
tomillo, la salvia, el romero y otras hierbas silvestres, así como una gran
cantidad de girasoles de amarillas hojas. Al Este se elevan las lejanas y
brumosas cimas de los montes Wasatch.
Eran las
siete y media cuando el tren se detuvo en la estación de Great Salt Lake City.
Robert
Inglis había dicho que era una magnífica ciudad, y ciertamente no dejaría
partir a sus nuevos amigos sin que la hubiesen visitado. Contaba con 45 000
habitantes y era una población soberbia, limitada al Este por magníficas
montañas, y a la que el río Jordán pone en comunicación con el grandioso lago
Salado; ciudad de una gran salubridad, con edificios rodeados de verdor, con
huertas plantadas de manzanos, ciruelos,
224
albaricoqueros
y perales que producen los más sabrosos frutos del mundo. Según contó Mr.
Inglis, Great Salt Lake City tiene tiendas magníficas, edificios de piedra y de
magnifico aspecto. Y monumentos magníficos de arquitectura mormona, entre ellos
la magnífica Presidencia donde en otra época residía Brigham Young, el
magnífico templo mormón, el magnífico Tabernáculo, maravilla de carpintería,
capaz para albergar a ocho mil fíeles… ¡Qué magníficas ceremonias celebrábanse
antaño en este recinto!
El papa y
los apóstoles se situaban sobre un magnífico estrado; en torno, apretujábase la
multitud de hombres, mujeres y niños, que asistían a la lectura de la biblia,
escrita por la magnífica mano del propio mormón… En fin, todo allí era
magnífico.
Lo cierto
es que, llevado por el amor que por su ciudad natal sentía, Mr. Robert Inglis
exageraba un poco. Great Salt Lake City no merece tales elogios.
Es
demasiado extensa para la población que contiene, y, aunque posee algunas
bellezas naturales, no tiene carácter artístico de ninguna clase. Respecto al
famoso Tabernáculo, sólo es, a decir verdad, una enorme tapa de caldera
colocada sobre el suelo.
De todos
modos, aquella noche no era propicia para visitar la ciudad. Era más urgente
elegir un hotel; y como Mr. Titbury no quería pagar un precio exorbitante, su
guía le propuso uno en las afueras de la ciudad, el Cheap Hotel, que significa
«Hotel Económico».
Este
nombre bastó para tranquilizar a la pareja. Después, dejando el equipaje en la
estación, para volver por él si el Cheap Hotel les convenía, los esposos
siguieron a Mr. Inglis, que se había empeñado en llevar el saco y la manta de
la señora. Descendieron hacia los barrios bajos de la ciudad, de la que los
Titbury nada pudieron ver, pues era de noche; alcanzaron el río Crescent, y
caminaron unas tres millas. Tal vez los Titbury encontraron algo largo el
paseo; pero a la idea de que el hotel sería tanto más barato cuanto más lejos
de la ciudad estuviera, no pensaron en quejarse.
Finalmente,
a las ocho y media, y entre la oscuridad más completa, pues el cielo estaba
brumoso, los viajeros llegaron ante un edificio de cuya apariencia no les fue
posible juzgar.
Algunos instantes
después, el hostelero,
hombre de rostro
feroz, les
225
introdujo
en una estancia de la planta baja, blanqueada de yeso y amueblada únicamente
con un lecho, una mesa y dos sillas. Esto les bastaría. Dieron, pues, las
gracias a Mr. Inglis, que se despidió de ellos y prometió volver al día
siguiente por la mañana.
El
matrimonio Titbury, que se hallaba muy fatigado, se acostó después de haber
comido del resto de provisiones que llevaban en el saco de viaje. Pronto
quedaron dormidos, y soñaron que se cumplían los deseos del atento Robert
Inglis y que la próxima jugada les hacía ganar veinte casillas.
A las
ocho se despertaron, tras una noche reposada y tranquila. Levantáronse sin
apresuramiento, pues nada tenían que hacer sino esperar a su guía para visitar
la ciudad con él. Y no es que ellos fuesen curiosos por naturaleza. Pero ¿cómo
rehusar los ofrecimientos de aquel cumplido caballero que quería mostrarles las
maravillas de la ciudad?
A las
nueve nadie había aparecido todavía. Los esposos Titbury, vestidos y en
disposición de salir, miraban por la ventana que se abría sobre una ancha
calle.
Su amigo
les había dicho el día antes que aquella calle era la antigua «Emigrants Road».
Extendíase ésta a lo largo del río Crescent, y por allí caminaron antaño los
furgones cargados de mercancías destinadas a los campamentos de trabajadores
del ejército, cuando se tardaba varios meses en trasladarse desde Nueva York a
los territorios del oeste del país.
El Cheap
Hotel debía de estar en paraje solitario, pues, inclinándose sobre el antepecho
de la ventana, Hermann no distinguía ninguna casa, ni en aquella orilla ni en
la opuesta. Sólo veía la sombría masa de los verdes bosques de pinos que se
agrupaban en la ladera de la cercana montaña.
A las
diez nadie había comparecido. Los Titbury empezaron a impacientarse, y, además,
sentían hambre.
—Salgamos
—dijo la mujer.
—Salgamos
—repitió el marido.
Y
empujando la puerta de la habitación, penetraron en una sala central, verdadero
local tabernario, cuya puerta de acceso daba a la calle.
Había
allí dos hombres mal vestidos, de aspecto poco tranquilizador, con
226
los ojos
enrojecidos por el abuso de la ginebra y que, al parecer, guardaban la puerta.
—¡No se
pasa!
Tal fue
la orden que en tono rudo dirigió uno de ellos a Mr. Titbury. —¿Cómo?
—No se
pasa… sin pagar.
—¿Pagar?
Esta
palabra era la que menos agradaba a Hermann cuando era dirigida a él.
—¿Pagar?
—repitió—. ¿Pagar por salir…? ¡Esto es una broma!
Mrs.
Titbury, repentinamente inquieta, no tomó así la cuestión, y preguntó:
—¿Cuánto?
—Tres mil
dólares.
Ella
reconoció la voz que había pronunciado estas palabras. Era la voz de Robert
Inglis, que se presentó de pronto en la entrada del hotel.
Mr.
Titbury, menos perspicaz que su mujer, quiso echar a broma el asunto.
—¡Hola!
—exclamó—. Aquí está nuestro amigo.
—En
persona —respondió el interpelado. —Y siempre de buen humor… —Siempre.
—Es en
verdad muy extraña esta petición de tres mil dólares…
—¿Qué
quiere usted…? Tal es el precio de una noche en el Cheap Hotel.
—¿Habla
usted en serio? —preguntó Mrs.
Hermann, palideciendo.
227
—Muy en
serio, señora.
Hermann,
en un arranque de cólera, quiso lanzarse fuera. Dos brazos vigorosos le
sujetaron.
Aquel
Robert Inglis era sencillamente uno de los muchos bandidos con que se tropieza
en aquellas lejanas comarcas de la Unión. Más de un viajero había sido ya
desvalijado por aquel supuesto cuadragésimo tercer hijo de un matrimonio
mormón, secundado por cómplices semejantes a los dos individuos de aquella
maldita posada. Max Real le puso sobre la pista con las preguntas que dirigió a
los Titbury. Ofrecióse entonces a la pareja, y sabedor después de que llevaban
consigo tres mil dólares —confesión imprudente, como se comprenderá—, les había
conducido a aquella solitaria taberna, donde estaban a merced de él.
Así lo
comprendió Hermann, aunque demasiado tarde.
—Caballero
—le dijo—. Espero que nos dejará usted salir ahora mismo… Tengo que hacer en la
ciudad.
—Nada
tiene usted que hacer en ella antes del día 2 de junio, día en que llegará el
telegrama que le interesa —respondió Mr. Inglis, sonriendo—, y estamos a 29 de
mayo…
—¿Intenta
pues, detenernos durante cinco días?
—Y más
aún —respondió el otro—, salvo que me entregue usted tres mil dólares en buenos
billetes del Banco de Chicago.
—¡Miserable!
—Observo
hacia usted extremada cortesía —dijo Mr. Inglis—. Haga el favor de portarse a
la recíproca, señor pabellón azul.
—Pero…
ese dinero… ¡es cuanto llevo!
—Al
pudiente Hermann Titbury le será fácil hacer que desde Chicago le envíen cuanto
necesite. Su caja está bien provista. Y advierta usted que lleva encima esos
tres mil dólares que le pido, y que podría quitárselos a usted fácilmente… Pero
no somos ladrones. Solamente que tal es el precio del Cheap Hotel, y usted
tendrá que conformarse con él…
228
—¡Nunca!
—Como
usted quiera.
Y,
pronunciando esta frase, volvió a cerrarles la puerta, y los esposos quedaron
presos en la sala baja.
¡Cómo
lamentaron entonces aquel maldito viaje, las tribulaciones que sufrían y los
peligros que les amenazaban! ¡Tras la multa de Calais, el robo de Great Salt
Lake City! ¡Qué mala suerte haber tropezado con aquel bandido!
—¡Y todo
por culpa de ese estúpido Max Real! —exclamó Hermann—. No queríamos hacer
conocer nuestro nombre hasta la llegada, y él lo ha gritado a pleno pulmón en
el andén. Y ese bribón lo ha oído… ¿Qué podemos hacer?
—Sacrificar
tres mil dólares —dijo Mrs. Titbury.
—¡Nunca!
¡Nunca!
—¡Hermann!
—limitóse a decir la imperiosa mujer.
Preciso
era llegar a aquel durísimo extremo. Aunque Mr. Titbury rehusase, aquellos
ladrones le obligarían a ceder. Y si le arrebataban el dinero y le arrojaban
después al río Crescent junto con su esposa, ¿quién se preocuparía por irnos
extraños cuya presencia en la ciudad nadie conocía?
Sin
embargo, Hermann resistió. Tal vez recibieran inesperado socorro… Quizás un
destacamento de soldados… o alguien que pasara por aquellos lugares, y a quien
podrían pedir auxilio… ¡Vana esperanza! Un minuto después ambos eran conducidos
a una habitación cuya ventana se abría sobre el patio interior. El feroz
posadero puso entonces algunos alimentos a su disposición. Realmente, por el
precio pedido, no era mucho exigir, a razón de mil dólares por día, no sólo
habitación, sino también alimento en el Cheap Hotel.
Transcurrieron
dos días, durante los cuales los cautivos fueron perdiendo la esperanza. No
volvieron a ver a Mr. Inglis, que, sin duda, se mantenía lejos de ellos por
discreción y para no aparentar que ejercía presión sobre sus huéspedes.
229
Llegó el
día 1.º de junio. Al siguiente, antes de las doce, el jugador número 3 debía
estar en las oficinas del telégrafo de Great Salt Lake City. De no hacerlo así
perdería todos sus derechos a proseguir una partida tan desastrosa hasta
entonces para el pabellón azul.
Pues
bien: Mr. Titbury no quería ceder. No cedería. Mas, obligada por las
circunstancias, su esposa intervino enérgicamente para imponer su voluntad.
Suponiendo que el capricho de los dados hubiese enviado a Hermann a la
hostería, al laberinto, al pozo o a la prisión, ¿no hubiera tenido que pagar
primas dobles y triples? ¿Acaso hubiera dudado en hacerlo? No. Pues no había
más remedio que aceptar las circunstancias actuales y entregar lo que se les
exigía, pues si bueno es tener dinero, vale más la vida, y ésta se encontraba
comprometida entre aquellos bandidos. En suma, era preciso pagar.
Mr.
Titbury resistió hasta las siete, con la leve esperanza de recibir un
providencial socorro, que no llegó.
A las
siete y media, Mr. Inglis, demostrando elevada educación y excelente política,
se hizo anunciar.
—Mañana
es el gran día —dijo—. Sería conveniente, mi estimado huésped, que se hallase
usted esta noche en Great Salt Lake City.
—¿Y quién
sino usted me lo impide? —exclamó Hermann, ahogado por la cólera.
—¿Yo?
—respondió Mr. Inglis, siempre sonriente—. Basta con que usted liquide la
cuenta del hotel.
—Aquí
está —dijo la mujer, tendiendo a Mr. Inglis el fajo de billetes que su marido,
con la muerte en el alma, le había entregado.
Mr.
Titbury se sintió morir al ver que aquel canalla tomaba el dinero y contaba la
suma. No halló respuesta cuando Mr. Inglis dijo:
—Es
inútil que le extienda a usted recibo, ¿verdad? Pero no tema usted… Ya se lo
abonaré en su cuenta. Y ahora sólo me resta desear a ustedes buena suerte para
ganar los millones del match Hypperbone.
Como la
puerta estaba libre, la pareja, sin escuchar más, se lanzó fuera.
230
Era casi
de noche y el lugar sería difícil de reconocer. ¿Cómo indicar, pues, a la
policía el escenario de aquella tragicomedia? Lo que más importaba era
dirigirse a Great Salt Lake City, cuyas luces se distinguían a tres millas de
allí, subiendo por el río Crescent. Una hora después, los Titbury llegaron a la
Nueva Sión, entrando en el primer hotel que hallaron. ¡Nunca les costaría tan
caro como el Cheap Hotel!
Al día
siguiente, día 2 de junio, Hermann se presentó en el despacho del sheriff, a
fin de formular su denuncia y solicitar que los agentes emprendieran la
búsqueda de Robert Inglis. Tal vez sería aún tiempo de recobrar los tres mil
dólares.
El
sheriff (un magistrado muy inteligente) recibió con interés la denuncia que el
robado formuló contra el ladrón. Desgraciadamente, Mr. Titbury sólo pudo dar
vagas noticias sobre la taberna, ya que había sido conducido a ella de noche y
de noche la había abandonado. Cuando se refirió al Cheap Hotel, el sheriff le
respondió que él no conocía ninguna casa de huéspedes que llevara tal
denominación, y que en el país no existía el río Crescent que mencionaba.
Sería, pues, difícil echar mano al bandido, que, por otra parte, debería
haberse fugado con sus cómplices. En cuanto a lanzar una brigada de policía
tras las huellas de los ladrones resultaría infructuoso en aquella comarca
llena de bosques y montañas.
—Dice
usted, Mr. Titbury —puntualizó el sheriff—, que ese hombre se llama…
—Inglis.
Robert Inglis.
—Sí; ése
es el nombre que le ha dicho a usted… Pero, reflexionando acerca de las
circunstancias del caso, no cabe duda de que se trata del famoso Bill Arrol. Lo
conozco por su manera de operar. No es precisamente su primer golpe.
—¿Y no le
ha detenido usted todavía? —exclamó, furioso, Mr.
Titbury.
—Aún no.
Estamos en la fase de vigilancia. Pero tarde o temprano daremos con él.
—¡Ya no
será tiempo para mí!
—Pero sí
para él. Y se le electrocutará, a menos que sea ahorcado.
231
—Pero ¿y
mi dinero, señor, y mi dinero?
—¡Qué
quiere usted! Sería preciso prender a ese diablo de Bill Arrol y la cosa no es
fácil. Todo lo que puedo prometer a usted es enviarle un cabo de soga, si se le
cuelga. Y si para entonces no ha finalizado el match, tendrá usted la seguridad
de ganar poseyendo tal amuleto.
Y eso fue
todo lo que Hermann pudo obtener de aquel original sheriff.
232
IV. El
pabellón verde
El
pabellón verde era el de Harris T. Kymbale; el pabellón que se colocaba en los
mapas para indicar su llegada a tal o cual Estado, y que había sido atribuido
al jugador número 4, atendiendo al lugar que este color ocupa en el espectro
solar. El redactor jefe del Tribune se mostraba muy satisfecho de este color.
¿No era el de la esperanza?
Además,
no hubiera sido justo quejarse de la suerte, que le favorecía como turista y
como jugador. Después de haber sido enviado por la primera jugada, de doce
tantos, a Nuevo México, el punto diez, por cuatro y seis, le reservaba la
casilla 22, Carolina del Sur, en los límites del territorio federal, y,
concretamente, a Charleston, su capital. No ignoraba que los postores se le
disputaban en las agencias, que era solicitado en todos los mercados del mundo,
con posturas de uno contra nueve, a lo que ninguno de los otros jugadores había
llegado, y en todas partes era proclamado favorito.
Felizmente,
al abandonar Santa Fe, el periodista no había oído al realista conductor de
coches, Isidoro, formular la declaración de que él no arriesgaría ni
veinticinco centavos por sus probabilidades de triunfo, y confiaba en su
estrella.
Disponía
desde el 21 de mayo hasta el 4 de junio para hacer el viaje a Carolina del Sur;
y como desde la estación de Clifton el viaje se efectuaría sin dificultades por
ferrocarril, el tiempo no había de faltarle.
Harris T.
Kymbale abandonó, pues, Santa Fe el día 21, y esta vez se limitó a dar al
conductor una buena propina sin necesidad de haberle hecho brillar ante los
ojos ni centenares de miles ni aun centenares de dólares. Llegó por la noche a
la estación de Clifton, desde donde la vía férrea, después de haber franqueado
el paralelo que limita al Sur el Estado de Colorado, le depositó en Denver,
capital de dicho Estado.
Veamos
ahora lo que pensó Harris T. Kymbale, el proyecto que formó sin tener en cuenta
la observación que el honorable alcalde de Buffalo le
233
había
hecho, de que él no se pertenecía, sino que debía actuar con el pensamiento
puesto en los que por él apostaban.
«Heme
aquí, trasladado a una de las regiones más hermosas de la Unión: las montañas
Rocosas al Oeste; al Este llanuras de extraordinaria fertilidad; suelo que
alberga plomo, plata y oro, y a través del cual el petróleo corre a raudales;
territorio al que afluyen los emigrantes, atraídos por sus riquezas naturales,
y los ociosos solicitados por los lujosos establecimientos de aguas, la
salubridad de su clima y la pureza de su ambiente. Desconocía este soberbio
país, y ahora se me presenta ocasión propicia de recorrerlo. ¿Puedo contar con
que el azar me vuelva a él durante el resto de la partida? Nada hay menos
seguro. De otra parte, para llegar a Carolina del Sur tengo que atravesar tres
o cuatro Estados que ya conozco y no han de ofrecerme novedad alguna. Lo mejor
es, pues, consagrar a Colorado todo el tiempo de que pueda disponer, y esto es
lo que voy a llevar a cabo. Con tal de que me encuentre en Charleston el 4 de
junio, antes de mediodía, nada tendrán que reprocharme los que por mí apuestan.
Además, yo hago lo que quiero, y el que no esté conforme…».
He aquí
por qué, en vez de proseguir el viaje por la línea que cruza Oaklay, Topeka y
Kansas, Harris T. Kymbale, el día 21, se instaló en un buen hotel de la capital
de Colorado.
No pasó
allí más que cinco días, hasta el 26 por la tarde. Pero nadie extrañará que un
periodista sea capaz de hacer en tan poco tiempo lo que otro que no lo sea no
haría en menos del doble. Esto es cuestión de entusiasmo profesional. Y para
convencerse de ello bastará echar una ojeada sobre su libro de notas, donde
Harris T. Kymbale solía redactar sus artículos para el Tribune.
22 de
mayo. —Visita a Denver. Ciudad elegante; anchas calles sombreadas; soberbias
tiendas, como en Nueva York y Filadelfia; iglesias, Bancos, teatros, sala de
conciertos, gran universidad, vasto puerto, hoteles y restaurantes de lujo.
Café Francés . Muy bueno el Café Francés .
Denver,
fundada en 1858 en la confluencia del Platte y el Cheery. En 1859 no había más
que tres mujeres. El primer niño nació aquel año. Veinte años después, 25 000
habitantes. Inmigración constante. Actualmente, cerca de 107 000 almas.
234
Ciudad
incomparable, sin rival. Aire de primera calidad; oxígeno de ídem; a 4872 pies
de altitud. Al Oeste, gran cordillera del Colorado, de 7500, verde en su base y
blanca en su cúspide. En torno de la ciudad, muchas quintas.
Si gano
la partida, me haré construir una a orillas del Cheery, lugar encantador para
veranear. Tendré coches, caballos, perros y criados blancos y negros. Acabo de
ser muy bien recibido por el senador Evans, gobernador del Estado. Entusiasmo y
cumplimientos. Ha apostado por mí una elevada suma, y yo creo que no sin
motivo.
23 de
mayo. —Paseo hasta los pueblos de menos importancia, convertidos en ciudades:
Auroria, Golden City, Golden Gate, Oro City, nombres que suenan bien, pero
menos fuertes, sin embargo, que el de Leadville, la ciudad del plomo, la
extracción del cual se calcula en 71 000 toneladas anuales. Ciudad de reciente
construcción que se halla demasiado lejos para que pueda visitarla.
24 de
mayo. —El ferrocarril me ha trasladado a Pueblo, al Sur del Estado. Importante
centro industrial, alimentado por las minas de hulla y los manantiales de
petróleo. Si gano la partida, compraré una o dos. Pasé por Colorado Springs,
llamada la Ciudad de los Millonarios, famosa por sus baños y ya muy frecuentada
por enfermos reales o supuestos. Vi el río Fontaine, que cruza Colorado Springs
y va a verterse en el Arkansas, en Pueblo. Admiré también el Parque Nacional de
Rocky, con sus rocas de formas arquitectónicas y su admirable paisaje. Colorado
ocupa el primer lugar en el país por la producción de plomo, el segundo por la
de plata y oro (más de 120 millones por año) y el tercero por extensión (más de
104 000 millas cuadradas).
25 de
mayo. —Regreso de Suiza, de la Suiza americana, se entiende, en la parte
oriental de la cordillera de Colorado. Esto es tan hermoso como el Parque
Nacional de Wyoming y tal vez más que la Suiza europea. Cierto es que hablo
como ciudadano de la Unión. Hay parques inverosímiles en el Norte, en el Centro
y en el Mediodía. ¡Qué recuerdo guardo del parque de Fair Play, rodeado de
montañas majestuosas y dominado por el monte Lincoln a una altura de 14 000
pies sobre el nivel del mar! He visto los lagos Jumeaux, en una garganta que
recorre el Arkansas, separados por terrenos rocosos de dos millas y media de
latitud por milla y media de longitud. Me agradaría pasar quince días en el
magnífico hotel de Derry. Ya que con mis futuros millones he decidido comprar
una quinta en Denver y dos minas de hulla en Colorado, ¿por qué economizar el
dinero de la
235
compra de
un chalet junto a estos lagos?
He visto
elevados picos en las Rocosas, los de Sierra Madre, esas montañas establecidas
sobre una base que no mide menos de cuatrocientas leguas. Excepto Rusia, apenas
si los países más vastos de Europa permitirían que se asentaran en ellos.
Verdadero lomo de la América del Norte, comprende la cuarta parte de los
Estados Unidos. Juntad los Alpes a los Pirineos y al Cáucaso, y no alcanzarán
la longitud de las montañas Rocosas.
No tengo
tiempo para ir al monte de la Santa Cruz, al extremo norte de la Cordillera
Nacional, llamada así por Hayden y Whitney cuando la expedición de 1873. He
penetrado por la Puerta del Jardín de los Dioses, a cuatro millas de Colorado
Junction, incomparable parque, cuyos bloques roquizos semejan gigantescos
animales antediluvianos petrificados, y he paseado al pie del Teocali, especie
de castillo de Burgraves, construido a 2500 pies de altura.
Sin
embargo, es menester no retrasarse y recordar que el gobernador de Colorado y
gran número de sus administrados han apostado a mi favor. Regresé, pues, a
Denver el día 26 y he ido a ver el lugar donde pienso edificar mi quinta, bajo
las soberbias arboledas regadas por los afluentes del Cheery.
Realmente,
Harris T. Kymbale no exageraba los elogios debidos a la capital de Colorado y
al Estado mismo. Pero ¡cuánta sangre ha regado el suelo de este hermoso país!
Antes de 1867, los gastadores tuvieron que luchar con los cheyennes, los
arapahoes, los kaysways, los comanches y los apaches, feroces tribus de pieles
rojas, con jefes como Antílope Blanco, Mano Izquierda, Pierna Rota y Búfalo
Negro . No se olvidarán jamás las terribles matanzas habidas junto al arroyo
Sand, que aseguraron en 1864 la dominación blanca sobre el país y en las que
intervino el coronel Chivington.
El
pabellón verde pasó la tarde del 26 en la espléndida capital. En el consulado
fue organizada una fiesta en honor del periodista. Sabido es que en los Estados
Unidos un hombre vale lo que su fortuna, y en el espíritu de los habitantes de
Colorado, Harris T. Kymbale valía sesenta millones de dólares. Viose, pues,
festejado según su valor por aquellos fastuosos americanos, que no tienen el
oro únicamente en sus arcas, en
236
sus
bolsillos y en su suelo, sino hasta en el nombre de sus principales ciudades.
Al día
siguiente, 27 de mayo, el jugador número 4 se despidió del gobernador, en medio
de gran multitud de partidarios que le aclamaban. El tren abandonó Denver,
alcanzó la frontera en Fort Wallace, atravesó Kansas de Oeste a Este, después
Missouri por su capital Jefferson, y en su límite oriental se detuvo la tarde
del día 28, en la estación de San Luis.
Harris T.
Kymbale no tenía intención de detenerse en esta población, que ya conocía, y
esperaba que la suerte no le enviaría nunca a ella, puesto que, por ocupar la
casilla número 52, era el lugar correspondiente a la prisión en el noble juego
de la oca. Además, los Estados que debía encontrar antes de su llegada a
Carolina del Sur (Tennessee, Alabama y Georgia), le ofrecían agradables
excursiones. Así es que se proponía elegir uno de los mejores hoteles de San
Luis, consagrar toda la noche al descanso, del que estaba bastante necesitado,
y partir al alba en el primer tren.
Parecía,
pues, que nada había de turbar su viaje, ni impedirle estar en Charleston el
día señalado… Y, sin embargo, poco faltó para que no pudiera llegar, y hasta
para que quedase imposibilitado para siempre de viajar, a causa de un incidente
del que vamos a hablar y que nadie hubiera podido prever.
A eso de
las siete y cuarto, Harris T. Kymbale vagaba por el andén de la estación con
objeto de informarse del horario de los trenes, cuando tropezó bruscamente —o
tropezaron con él— con un hombre que salía de uno de los despachos.
Se
cambiaron estas delicadas frases:
—¡Torpe!
—¡Bruto!
—¡Mire
usted hacia delante!
—¡Y usted
hacia atrás!
Dirigiéndose,
en fin, esas palabras que salen como proyectiles a poco que las gentes sean de
carácter vivo o de temperamento excitable. Así era la
237
persona
con quien el periodista había tropezado: se trataba de Hodge Urrican.
Harris T.
Kymbale le reconoció al punto.
—¡El
comodoro! —exclamó.
—¡El
periodista! —le fue contestado, con voz que parecía salir de una boca de fuego.
Era,
efectivamente, el comodoro Urrican, sin su fiel Turk esta vez; y más valía que
éste no pudiera mezclarse en aquel asunto, que hubiera llevado al extremo.
Así,
pues, Hodge Urrican había sobrevivido al naufragio del Chicola y hallado,
incluso, manera de salir de Key West. ¿Cómo se las había apañado? Preciso era
que su viaje se hubiera efectuado rápidamente, puesto que estaba aún en Florida
el día 25. Se trataba de una verdadera resurrección, pues desde su desembarco
en Key West en el estado que se sabe, sus compañeros de juego creyeron que el
match de los «Siete» no continuaría más que entre seis.
En fin,
Hodge Urrican hallábase en carne y hueso en San Luis, como su compañero acababa
de comprobar con aquel choque, pero con un humor peor que de costumbre. Esto se
comprende. ¿No estaba en camino para California, con obligación de volver a
Chicago a fin de recomenzar la partida después del pago de una triple prima?
Sin
embargo, Harris T. Kymbale creyó que debía presentarse a él, y dijo:
—Mi más
cordial enhorabuena, comodoro Urrican, pues veo que no ha muerto usted…
—No,
señor; ni aun después de tropezar con un estúpido… ¡Estoy dispuesto a enterrar
a los que se alegrarían de no volverme a ver!
—¿Dice
usted eso por mí? —preguntó el periodista, frunciendo el ceño.
—Sí,
señor —respondió Hodge Urrican, mirando fijamente a su adversario—. Sí, señor…
favorito.
Y parecía
escupir esta palabra.
238
Harris T.
Kymbale era poco sufrido y comenzó a excitarse. Respondió:
—Parece
que al pasar por California para volver a Chicago se pierde toda cortesía.
Esto era
tocar al comodoro en la llaga.
—Caballero…,
usted me insulta —exclamó.
—Tómelo
usted como guste.
—Bien… Lo
tomo en mal sentido, y le exijo una explicación por su insolencia.
—Al
instante, si usted quiere.
—Sí…, si
tuviera tiempo —gruñó el comodoro—; pero no lo tengo.
—Tómelo
usted…
—Lo que
voy a tomar es el tren que parte, y al que no puedo faltar.
En
efecto, un tren iba a ponerse en marcha. No había momento que perder. Así,
pues, el comodoro, saltando al puentecillo que unía dos vagones, exclamó con
voz terrible:
—Señor
periodista… recibirá usted noticias mías…, las recibirá…
—¿Cuándo?
—Esta
misma noche, en el «European Hotel».
—Allí
estaré aguardándolas —respondió Harris T. Kymbale.
Pero,
apenas había partido el tren, se hizo la siguiente reflexión:
«¡Bien!
Ese energúmeno se ha equivocado… No ha subido en el tren de Omaha… Se marcha
adonde nada tiene que hacer… En fin, allá él…».
Y era
cierto. El tren en cuestión iba en dirección Este, precisamente la que Harris
T. Kymbale debía seguir para llegar a Charleston.
239
Pero, no…
Hodge Urrican no se había equivocado. Volvía a la estación de Herculanum, donde
le esperaba Turk. Su equipaje había quedado atrás, y por este motivo había
mediado vivísima explicación entre el comodoro y el jefe de la estación de
Herculanum; discusión durante la cual Turk amenazó con meter a dicho jefe en la
caldera de una de las locomotoras. Su amo le había calmado; después,
aprovechando la salida de un tren, fue a hacer personalmente su reclamación en
la estación de San Luis. El asunto quedó arreglado sin dificultad: el equipaje
sería pedido por telégrafo. Conseguido esto, Hodge Urrican salía del despacho
del jefe para regresar a Herculanum, cuando tropezó con el periodista.
Al ver
partir a su adversario, Harris T. Kymbale no se ocupó de aquel incidente.
Regresó el «European Hotel», donde precisamente se albergaba. Después de comer
dio un largo paseo por la ciudad, y al regresar entregáronle una carta que
había llegado de Herculanum en el último tren.
Preciso
era tener un cerebro tan trastornado como el del comodoro para escribir la
siguiente carta:
Señor
jugador número 4: Usted tiene sin duda un revólver, como yo tengo el mío.
Mañana a las siete tomaré el tren que parte de Herculanum para San Luis. Tome
usted el que a la misma hora parte de San Luis para Herculanum. Esto no
alterará en nada ni su itinerario ni el mío.
Estos dos
trenes se cruzarán a las siete y diecisiete. Si no es usted hombre que insulta
y atropella a las gentes sin dar explicaciones, esté usted en el momento
indicado, solo, en la plataforma posterior del último vagón de su tren, que yo
estaré en la del mío, y podremos cambiar algunas balas.
HODGE
URRICAN.
¡No
dejaba de ser el hombre terrible y colérico de siempre, pese a que, por temor a
envenenar la situación, no había dicho nada a Turk del incidente!
Pero para
encontrar a un adversario digno de él, a nadie podía haberse dirigido mejor que
al redactor del Tribune. Éste se mostró a la altura de las circunstancias.
240
«¡Bien!
¡Si ese marino se imagina que voy a retroceder —pensó—, se engaña! ¡A la hora
indicada estaré en la plataforma de mi tren, ya que él estará en la del suyo!
¡El pabellón verde de un periodista no se rinde ante el pabellón anaranjado de
un comodoro!».
Nada de
esto es capaz de causar asombro en el asombroso país de América.
Así,
pues, al día siguiente, poco antes de las siete, Harris T. Kymbale se dirigió a
la estación a fin de tomar el tren que partía para Columbus pasando por
Herculanum. Después de elegir sitio en el último vagón, que comunicaba por
medio de un puentecillo con el furgón de equipajes, se instaló en él.
Diecisiete minutos debían transcurrir antes de que fuese a ocupar su puesto de
combate.
El tiempo
era fresco y el aire vivo. Seguramente nadie sentiría el deseo de salir afuera
durante la marcha del tren. En el vagón ocupado por Harris T. Kymbale no iban
más que doce viajeros.
Cuando el
periodista consultó su reloj por primera vez, señalaba las siete y cinco.
Faltaban doce minutos, y esperó con una calma que, sin duda, no poseía su
adversario.
A las
siete y catorce se levantó, se situó en la plataforma y sacó de su bolsillo el
revólver… Examinólo para ver si estaba conforme, y esperó.
A las
siete y dieciséis oyóse el ruido del tren que se acercaba a todo vapor desde
Herculanum.
Harris T.
Kymbale levantó el revólver a la altura de su cabeza, dispuesto a situarla
horizontalmente.
Cruzáronse
las locomotoras, dejando tras ellas un turbión de blancos vapores. Un segundo
después, dos detonaciones estallaron al unísono.
Harris T.
Kymbale sintió el roce de una bala junto a su rostro…, a la que él había
respondido.
Después
los dos trenes se perdieron a lo lejos.
Aunque
los viajeros oyeron los dos pistoletazos, no se impresionaron… Harris T.
Kymbale volvió a ocupar tranquilamente su puesto, sin saber si el
241
comodoro
había sido o no alcanzado.
Continuó
el viaje por Nashville, la actual capital de Tennessee, sobre el río
Cumberland, ciudad industrial de 76 000 almas, por Chattanooga, nombre que
significa «nido de cuervos» y nido estratégico de primer orden, a la entrada de
los pasos que Sherman franqueó con el ejército federal. El tren lanzóse después
a través del Estado de Georgia, al que su situación ha valido el nombre de
«clave de bóveda del Sur», como Pennsylvania es llamada «clave de bóveda del
Norte».
Desde la
guerra de Secesión, Atlanta ha llegado a ser la capital de Georgia, en recuerdo
de su larga resistencia. Situada a más de ciento cincuenta toesas de altitud,
esta ciudad, en prosperidad creciente, es la más populosa del Estado.
Después
de haber atravesado Georgia hasta la ciudad de Augusta, sobre el río Savannah,
donde funcionan importantes hilaturas de algodón, el tren cruzó el territorio
de Carolina del Sur, rebasó Hamburg, frente a Augusta, y se detuvo en
Charleston.
El 2 de
junio por la noche el periodista llegó a aquella famosa ciudad, tras un viaje
de mil quinientas millas desde Santa Fe de Nuevo México, viaje señalado por el
encuentro con Hodge Urrican.
Los
periódicos le informaron del paso de los dos inseparables, Urrican y Turk, por
Ogden el día 31, dirigiéndose a todo vapor a las lejanas regiones de
California.
«Más vale
así —se dijo el periodista—. Estoy satisfecho de no haberle acertado… Es un oso
marino…, pero, al fin y al cabo, tiene figura humana».
Por lo
demás, los periódicos no hacían alusión al duelo del ferrocarril, conocido
únicamente por los que en él habían tomado parte… y del que nunca se sabría, a
menos que alguno de los dos hablase de él. Aunque es muy difícil contar con la
discreción de un periodista.
En las
islas del litoral de Carolina del Sur se establecieron los primeros colonos
franceses. Aunque este Estado ocupa el vigésimo noveno lugar en cuanto a su
superficie, cuenta con 1.672 000 habitantes.
242
Es rico
por su comercio de sedas y por sus cosechas de arroz, de excelente calidad, y
por sus yacimientos de fosfatos.
Por
desdicha, la guerra le ha hecho pasar por durísimas pruebas. Gran número de
propietarios arruinados riéronse en la necesidad de vender sus tierras, que
cayeron en manos de usureros judíos. Encuéntranse allí bastantes franceses,
descendientes de aquellos hugonotes que se rieron obligados a expatriarse
después de la revocación del Edicto de Nantes. Pero, como hace observar Elíseo
Reclus, los nombres de la mayor parte de estas familias han sido convertidos al
inglés.
Este
Estado, del que los negros formaban las tres quintas partes, es el que proclamó
antes que los demás el acta de Secesión, no dejando a la ocupación federal en
aquella parte de la Unión más que el fuerte Sumter, cerca de Charleston.
Su
capital es Columbia, una linda ciudad de quince mil almas, cubierta de
magnolias y de encinas. Como centro principal de exportación de algodón y arroz
a la metrópoli está Beaufort, situada en una isla próxima a la costa. Columbia
es la primera ciudad del Estado, que envía al Congreso dos senadores y seis
diputados, y que posee cuarenta y seis senadores, y ciento veinticuatro
diputados en su asamblea legislativa.
Carolina
del Sur es el vigésimo noveno Estado de la Unión por la superficie y el
vigésimo segundo por su población. En su parte meridional se encuentran las
montañas Azules y disfruta de un clima de los más sanos y agradables.
Su suelo
produce en abundancia trigo, cáñamo y tabaco tan bueno como el de Virginia. El
centro es más favorable al cultivo del maíz, y el sur, al del algodón y arroz.
Además de la explotación de sus extensos bosques, la industria de Carolina se
sustenta con sus minas de hierro y plomo, sus canteras de mármol y sus
yacimientos de oro y ocre. Durante el invierno reina una temperatura templada,
pero el calor es muy intenso en junio. En febrero se renueva la vegetación y
los botones de las plantas muestran ya las puntas de sus flores.
Harris T.
Kymbale no conocía Charleston, que mereció la mala reputación de ser
considerada como la metrópoli de la esclavitud. En resumen, puede decirse que
su vitalidad es tal, que a pesar de la serie de espantosas catástrofes que ha
sufrido, producidas por el agua, el fuego, los terremotos
243
y hasta
la fiebre amarilla, ha resurgido siempre a estas múltiples causas de
destrucción.
Sobre una
llana península, entre Ashtley y Cooper, ocupando vasto territorio, están
situados los barrios comerciales de Charleston, con fachadas sombreadas por
magnolias y granados. En las afueras, sobre los islotes, se yerguen algunos
fuertes, entre ellos el de Moultrie, arsenal de la Unión.
¡Siempre
era el periodista el benjamín de la suerte!
Ninguna
inundación, ningún terremoto, ningún incendio asolaban a Charleston cuando él
llegó, ni aun la epidemia del vómito negro. Aquella ciudad, tan apreciada por
la bondad de sus costumbres y la cortesía de sus habitantes, aparecía, pues,
ante el periodista con todo su esplendor. Jamás debían borrarse de su memoria
los pocos días que su buena fortuna le permitió permanecer allí.
Sería
disminuir la verdad decir que Harris T. Kymbale fue recibido con entusiasmo.
Hubo una especie de delirio por el jugador, en el que la ciudad veía al más
calificado de los «Siete». Realmente, para ellos no había más que uno; el que
el punto 10 acababa de enviarles. Era como si ya llevara en el bolsillo los
millones del difunto Hypperbone.
Durante
cuarenta y ocho horas las invitaciones se sucedieron una tras otra, a las que
tuvo que atender el popular periodista, como también a los paseos por los
campos circundantes. Sobre todos los muros, cubiertos de carteles anunciadores,
el nombre de Harris T. Kymbale se veía en grandes letras, y por la noche en
caracteres iluminados por la electricidad.
Huésped
tan bien recibido, contraía con la ciudad una gran deuda de gratitud. Así,
declaró que si ganaba la partida fundaría en Charleston un hospicio para
huérfanos y desvalidos. Y lo notable fue que gran número de menesterosos acudió
a inscribirse en el Ayuntamiento, a fin de asegurarse las primeras plazas en
aquel establecimiento de caridad. Como puede verse, el futuro heredero del
cuantioso caudal de Hypperbone se mostraba aún más generoso en Charleston, de
Carolina del Sur, que en Denver, de Colorado.
Finalmente,
en medio de todas estas fiestas, llegó la tarde del 3 de junio. Por suscripción
había sido organizado un espléndido banquete. Se
244
efectuaría
bajo magnífica arboleda, en las afueras de la ciudad, junto a Ashtley. La
multitud de invitados se dirigió procesionalmente a este sitio, con banderas
verdes desplegadas. No hay para qué insistir en lo que fue aquella reunión.
Sería, además, tarea imposible dar una idea ni del menú ni del fasto del
servicio. Baste decir que la pieza principal fue un gigantesco pastel de ocho
mil libras de peso, cocido en un homo gigantesco, y que fue llevado al lugar
del festín en un carro tirado por doce caballos. En la confección de este
pastel entraron dos mil cuatrocientas libras de vaca, cuatrocientas de temerá,
cuatrocientas de camero, quinientas de cerdo, ciento veinte de mantequilla,
trescientas sesenta de manteca, setenta y seis conejos, ciento ochenta libras
de harina y doscientas cuarenta piezas de caza. El gigantesco comestible medía
catorce pies de anchura, veinticuatro de longitud y seis de alto. Con cuchillos
de cinco pies de largo fue partido por los jefes de comedor, a fin de
satisfacer a varios millares de personas que, además, tuvieron a su disposición
cinco mil especies de embutidos.
Sonaron
las aclamaciones…
—¡Hurra
por Harris T. Kymbale! ¡Hurra por el jugador número 4! ¡Hurra por el pabellón
verde! ¡Hurra por el favorito del match Hypperbone!
245
V. Las
grutas de Kentucky
Según la
cotización del mercado de Chicago, que las otras ciudades no tardarían en
seguir, el papel de Lissy Wag fue entusiásticamente solicitado, llegando a
situarse a tres contra siete. El temor de que la joven careciese de la fuerza
necesaria para resistir las fatigas de aquellos cambios de lugar, y por otra
parte su enfermedad, fue la causa de que anteriormente disminuyera la confianza
que inspiraba. Pero la salud de la jugadora número 5 nada dejaba ya que desear.
Además, la segunda jugada, en la que había obtenido doce tantos, era muy buena,
puesto que por un seis doble era enviada al Estado de Kentucky. Este viaje era
únicamente de unos centenares de millas, y Kentucky ocupaba en el mapa la
casilla 38. De ello resultaba que Lissy Wag había franqueado en dos saltos más
de la mitad de las sesenta y tres casillas. Así, pues, no nos extrañará que
Jovita Foley agitase triunfalmente el pabellón amarillo atribuido a su amiga, y
que se considerase ya dueña de los millones de William J. Hypperbone.
En el
supuesto de que Lissy Wag se hubiera interesado en los augurios que a su favor
se hacían, y en el entusiasmo del público, hubiera podido mostrarse orgullosa a
su regreso a Chicago.
Se
recordará que Lissy Wag y Jovita Foley se habían apresurado a abandonar
Milwaukee, el día 23, a fin de que el misterioso X. K. Z. no las hallase en
este punto, lo que las hubiera obligado, en primer lugar, a pagar una prima
sencilla, y, en segundo, a ceder el sitio al jugador número 7 y a recomenzar la
partida.
Las dos
amigas volvieron a la metrópoli de Illinois en perfecto estado de salud; y como
los periódicos dieron la noticia de su regreso, algunos periodistas se
presentaron en el piso de Sheridan Street.
La
consecuencia de la visita fue que aquella misma noche el Chicago Herald publicó
una entrevista de la que resultaba que las dos jóvenes estaban perfectamente,
pues ahora se las colocaba a ambas bajo el pabellón amarillo, lo que no
disgustaba a la toquilla de Jovita Foley. Pese a
246
las
recomendaciones de ésta, permanecieron cinco días en Chicago, pues era inútil
hacer gastos en los hoteles, y lo más económico era permanecer en casa. Quizá
lo más prudente hubiera sido no abandonar la capital hasta la víspera del día
en que el telegrama del notario Tombrock llegase a Kentucky. Pero el día 27,
Jovita Foley, sin poder contenerse, dijo:
—¿Cuándo
partimos?
—Tenemos
tiempo —respondió Lissy Wag—. Hemos de llegar el día seis de junio, y estamos a
veintisiete de mayo, o sea, que nos faltan diez días, y ya sabes que el viaje
hasta Kentucky se hace en veinticuatro horas.
—Sin
duda, Lissy. Pero no vamos únicamente a Kentucky, sino a Francfort, su capital…
La Gruta del Mamut es una de las maravillas de los Estados Unidos e incluso del
mundo. ¡Qué ocasión para visitarla, y qué excelente idea ha tenido Mr.
Hypperbone al enviamos allí!
—No ha
sido él, Jovita, sino los dados.
—¿No ha
sido él quien ha elegido la Gruta del Mamut, en el Estado de Kentucky? Le
estaré agradecida toda mi vida, y aun toda la suya…, si no reposase en
Oakswoods Cemetery. Cierto es que si viviese no correríamos tras de su
herencia… En fin, ¿cuándo partimos?
—Tan
pronto como quieras.
—Entonces…,
mañana por la mañana.
—De
acuerdo —repuso Lissy Wag—. Pero hemos de despedimos de Mr.
Marshall
Field.
—Tienes
razón, Lissy.
Durante
aquella visita ni el propietario ni el personal de sus almacenes economizaron
los plácemes a la jugadora número 5 y a su inseparable compañera.
Al
siguiente día, el expreso trasladaba a las dos viajeras a través de Illinois
hasta Danville, cerca de la frontera occidental de Indiana, en un trayecto de
ciento treinta millas. Por la tarde franquearon esta frontera y se apearon para
comer en Indianápolis, capital del Estado y ciudad de 100 000 habitantes.
247
En el
lugar de Jovita Foley y de su compañera, Harris T. Kymbale hubiera sabido
hallar tiempo para visitar este Estado, en el que el exterminio de los
indígenas fue emprendido en el siglo último, y en el que los colonos franceses
fundaron varios establecimientos. Pero Jovita Foley creyó que debían limitarse
a Indianápolis, metrópoli que cruza el río White antes de pasar por Wabash,
ciudad de las mejor cuidadas de la Unión, y cuya excesiva limpieza no pudo
menos de admirar la joven.
En el
cómodo hotel donde se hospedaron y dieron sus nombres, se las tomaba a la una
por la otra. En la gran partida que se jugaba, parecía Jovita más apropiada
para desempeñar el papel de protagonista que la modesta Lissy Wag.
El día
29, a las ocho y quince, partieron en el primer tren para Louisville, situada
en la ribera izquierda del Ohio, en la frontera de Indiana y Kentucky, Estado
que fue el gran defensor de la causa abolicionista. A las once y cincuenta y
nueve el viaje había finalizado.
Si se
hubiera dicho a Jovita Foley que Kentucky valía la pena de ser visitado, puesto
que es uno de los Estados más ricos de la Unión, desde que la cesión de
Luisiana le ha asegurado las bocas del Misisipi, ella hubiera respondido:
—¡La
Gruta del Mamut!
Si se le
hubiera dicho que su terreno es propicio a todos los cultivos, y que produce
los mejores caballos de América y la tercera parte del tabaco de la Unión,
hubiera respondido aún:
—¡La
Gruta del Mamut!
Si se
hubiera añadido que posee grandes poblaciones industriales en las riberas del
Ohio y zonas hulleras en la región de los Allegheny, aún hubiera contestado:
—¡La
Gruta del Mamut!
Evidentemente,
hipnotizada por esta famosa gruta, Jovita Foley no pensaba en Covington y en
Newport, dos arrabales de Cincinnati pertenecientes a Kentucky, visitados ya
por Crabbe y John Milner; ni en Middlesborough, población recién fundada que se
apresta a convertirse en
248
una gran
ciudad; ni en Frankfort, la capital actual del Estado, o en Lexington, la
capital antigua. Y, no obstante, Frankfort es una bella población, con
múltiples y anchas calles; con árboles a cuya sombra se siente deliciosa
frescura; con una universidad célebre en todo el Sur; con un famoso hipódromo,
donde compiten los mejores caballos del Nuevo Mundo. Pero, en realidad, ¿qué
era este hipódromo comparado con el inmenso campo de carreras de toda la
República americana, donde corrían los jugadores del match Hypperbone bajo la
enseña de los siete colores del arco iris?
No…
Durante aquella tarde las dos amigas recorrieron los principales barrios de
Louisville y cruzaron el puente de ochocientas doce toesas sobre el Ohio, que
une la ciudad con sus anejos de New Albany y de Jefferson, en territorio de
Indiana, y que, en conjunto, contienen una población de 200 000 almas. No se
aventuraron por los barrios industriales, donde abundan las fábricas, las
manufacturas de tabaco, las peleterías, hilaturas y destilerías, los talleres
de construcción de buques y maquinaria agrícola.
Louisville
domina al Ohio en un centenar de pies sobre un barranco cortado a pico. La
mirada puede abarcar desde allí el irregular curso del río, el canal de su
orilla izquierda, las islas Sand y Coose, la línea férrea que lo cruza y las
hermosas cataratas formadas por las mugidoras aguas del río.
Al fin,
muy fatigadas, Jovita Foley, que no quería admitirlo, y Lissy Wag, que lo
confesaba, regresaron al hotel a las nueve de la noche.
—Buenas
noches —dijo Jovita Foley, metiéndose en la cama.
—¿Cuándo
partimos? —preguntó Lissy Wag.
—Mañana
por la mañana.
—¡Tan
pronto, cuando bastan algunas horas para llegar al término de nuestro viaje!
Tenemos tiempo suficiente…
—¡Nunca
sobra tiempo cuando se trata de ir a la Gruta del Mamut! —respondió Jovita
Foley—. Duerme, amiga mía. Ya te despertaré.
Al día
siguiente el tren conducía a las dos jóvenes en dirección Sur hasta
249
la
célebre gruta. El país, en aquel trayecto de ciento cincuenta millas,
mostrábase poco accidentado, cubierto de espesos bosques, entre los que
aparecían campos de cereales y, sobre todo, plantaciones de tabaco.
Más allá
de la ciudad de Maufort, la única que sirve la vía férrea en esta parte del
Estado, se extiende el delicioso valle del río Green. Este afluente del Ohio
pasea sus límpidas aguas sobre una alfombra de plantas acuáticas, nelumbos
verdes, pontederias de flores amarillas y azules, colores que recordaban los de
Hermann Titbury, Harris T. Kymbale y Lissy Wag.
Antes de
mediodía las dos amigas entraban en el «Mamut Hotel», establecimiento de
primera categoría situado casi a la entrada de la gruta y en un lugar
encantador.
Pese a la
curiosidad que la devoraba, Jovita Foley tuvo que aplazar para el siguiente día
su visita a la gruta, pues a la hora indicada todos los guías habían partido
ya. Pero podía ocupar su tiempo paseando por los alrededores de aquel valle
encantador, y subiendo por las umbrosas orillas del río, que en mil cascadas va
a arrojarse al Green.
El hotel
está admirablemente dispuesto para la comodidad de los turistas que a él
afluyen. Compónese de varios chalets, afectos a los diversos servicios y
magníficamente instalados. Las dos jóvenes se albergaron en una habitación cuya
ventana daba al valle, y, lo que les agradó sobremanera, eran esperadas con
cierta impaciencia en aquella región de Kentucky.
En
aquella época del año afluían ya numerosos excursionistas, impacientes por
recorrer la Gruta del Mamut, cosa que Jovita pudo advertir a las seis de la
tarde, cuando unos tremendos golpes de gongo, tan usado en los hoteles de
América, las llamaron al comedor.
El
gobernador del Estado de Illinois, John Hamilton, que se encontraba allí en
calidad de turista, quiso que en la mesa fuesen colocadas Lissy Wag a su
derecha y Jovita Foley a su izquierda.
Es de
destacar que si el gobernador de Illinois, los que le rodeaban y los demás
visitantes recibieron con simpatía a la jugadora número 5 y a su compañera, las
señoras que habían ido a visitar las grutas de Kentucky las recibieron también
con grandes muestras de simpatía… ¿No era esto
250
indicio
del éxito final de Lissy Wag? ¿Y es de extrañar que Jovita Foley tuviera parte
en estas atenciones, y que se identifícase cada vez más con su querida Lissy…,
a quien no se le ocurrió reprochar por esto?
La
comida, bien servida y preparada por un cocinero francés, fue excelente, aunque
no se compusiera del gran número de platos que de ordinario se sirven en las
mesas americanas: sopa, truchas pescadas en el afluente de río Green, asado
dispuesto a la manera tradicional y condimentado con las salsas de costumbre,
jamón ahumado, tarta, legumbre y frutas variadas.
No hay
que olvidar las copas de champaña que fueron ofrecidas a las dos amigas. Éstas
no hacían más que mojar sus labios en ellas, respondiendo al obsequio con un
gracioso saludo. Después estallaron entusiastas hurras a favor de la
encantadora favorita del match Hypperbone. Nunca Jovita Foley se había
encontrado en fiesta semejante. Ella y Lissy Wag se mantuvieron en actitud
digna, no sin la ligera diferencia de que la una recibió las enhorabuenas con
su natural reserva, y la otra, de carácter más expansivo, las aceptó con
visible satisfacción.
A las
diez, las dos jóvenes se retiraron a su habitación.
—¿Qué
opinas de todo lo que nos sucede? —preguntó Jovita Foley.
—No opino
nada —dijo Lissy Wag.
—¿Cómo?
¿No te ha impresionado el recibimiento que se nos ha hecho, la manera como nos
ha tratado el gobernador y la amabilidad de esos turistas, que posiblemente van
a apostar a favor nuestro?
—¡Pobres
gentes!
—¿No
tienes deseos de demostrarles tu gratitud ganando la partida?
—Lo que
tengo es ganas de dormir —respondió Lissy Wag—. Voy a acostarme, y te ruego que
hagas lo mismo.
—¿Dormir?
¿Podrás hacerlo?
—Buenas
noches, Jovita.
—Buenas
noches —respondió Jovita Foley, que quizás había abusado del
251
champaña.
Y añadió entre bostezos—: ¡Quisiera que estuviéramos a mañana!
Y el día
de mañana llegó con un hermoso amanecer, que precedió en dos horas al despertar
de Jovita Foley.
No pudo
Lissy Wag resistir al imperioso llamamiento de su amiga, que la urgía para que
abandonase el lecho y se vistiese. A las ocho las dos amigas hallábanse prestas
a abandonar el hotel.
La
exploración de las grutas de Kentucky, en su parte conocida, exige de siete a
ocho días. La principal arteria mide de tres a cuatro leguas, y la inmensa
excavación tiene 11 000 millones de metros cúbicos Está escalonada en todos
sentidos por centenares de corredores, galerías y pasos, y, bueno es repetirlo,
no se trata más que de la parte actualmente descubierta.
Era el
día 31 de mayo, y el 6 de junio por la mañana Lissy Wag debía hallarse en su
puesto. Le quedaban, pues, seis días. Este tiempo, bien empleado, debía bastar
para satisfacer a la más curiosa de las viajeras, aunque fuese Jovita Foley.
Las dos
jóvenes realizaron esta expedición en numerosa compañía y en excursiones
sucesivas, organizadas bajo la dirección de los mejores guías de las grutas de
Kentucky.
Con
trajes de abrigo, pues la temperatura es fresca en el fondo de aquellas cuevas,
los turistas de ambos sexos tomaron a las nueve el sendero que serpentea por
entre las rocas y conduce a las grutas. Llegaron ante una abertura de reducidas
proporciones, conservada tal como la Naturaleza la formó, y por la que las
personas de alta estatura no pueden pasar sin inclinar la cabeza.
Iban los
guías acompañados por negros que llevaban linternas y antorchas, que
encendieron en seguida. Bajo la luminosa reverberación producida por las
facetas de las paredes, los excursionistas llegaron a una escalera tallada en
la roca. Esta escalera, a la que sigue una galería de mayor anchura, conduce
directamente a la vasta sala de la Rotonda.
En este
punto se ramifican múltiples pasos, cuyas sinuosidades es conveniente conocer
si no se quiere tomar el riesgo de extraviarse. No
252
existe
laberinto más complicado, sin exceptuar los de Lemnos y Creta.
Por un
largo corredor los turistas llegaron a una de las más espaciosas cavernas de la
Gruta del Mamut, a la que se ha dado el nombre de Iglesia Gótica.
¿Gótica?
¿Es el estilo ojival el característico de este subterráneo? Poco importa.
Aquella cavidad es maravillosa, con las pechinas de su bóveda, estalactitas y
estalagmitas que forman extrañas columnatas, rocas de variadas formas cuyas
concreciones cristalinas pone la luz de relieve… He aquí un altar donde parecen
amontonarse los ornamentos litúrgicos; he allí un órgano, cuyos tubos suben
hasta lo alto de la bóveda; más allá se adivina un púlpito, donde más de una
vez los predicadores de ocasión han hablado ante un público de cinco mil o seis
mil fieles…
No hay
que decir que aquel grupo de excursionistas participaba del entusiasmo de
Jovita Foley y tomaba parte en el concierto de admiraciones.
—Vamos,
Lissy; ¿lamentas haber hecho este viaje?
—No,
Jovita. Todo esto es muy hermoso…
—¡Pensar
que todo ello es obra de la Naturaleza, que la mano del hombre no hubiera
podido labrar estas grutas y que estamos hundidas en las entrañas de la tierra!
—Sí…, y
me asusta la idea de que pueda extraviarme aquí —respondió Lissy.
—Te creo…
Imagínate que nos perdiéramos en esta Gruta del Mamut, y dejáramos de acudir a
la llegada del telegrama de Mr. Tombrock.
Desde el
orificio de entrada hasta la Iglesia Gótica había que recorrer media legua.
Continuando la marcha, fue preciso encorvarse varias veces, y hasta gatear por
los estrechos conductos para llegar a la Sala de los Fantasmas. Allí Jovita
Foley sufrió una desilusión al no ver surgir ninguno de los espectros de los
que creía llena aquella subterránea cavidad.
En
realidad, la Sala de los Fantasmas es un lugar de descanso, alumbrado con la
luz de las antorchas, y donde se veía un mostrador donde había sido dispuesto
el almuerzo, servido por el personal del «Mamut Hotel».
253
Esta sala
merecía más bien el nombre de Sanatorio, pues a ella van los enfermos que
conceden alguna virtud terapéutica a la atmósfera de las grutas de Kentucky.
Aquel día habían asistido una veintena de ellos, que se instalaron frente a un
gigantesco esqueleto de mastodonte, al que aquellos vastos subterráneos deben
quizás el nombre de Mamut.
A esta
parte de las grutas limitóse la primera visita, que sería seguida de varias
otras, después que los viajeros hubieran hecho otro alto en una especie de
capillita, que viene a ser como una reducción de la Iglesia Gótica. Confina con
un abismo insondable, en el que los guías arrojan papeles encendidos para
iluminar el sombrío fondo. Es el Bottomless Pit, cuya pared excavada forma la
Silla del Diablo, y que tiene sus leyendas… Lo inverosímil sería que no las
tuviera.
Tras
jomada tan fatigosa, los turistas no se hicieron de rogar para seguir de nuevo
por la galería que les llevó a la entrada de la gruta, preferible a otra salida
situada en la punta del Ammath, muy cercana al hotel, pero a la que no se llega
sin grandes rodeos. Una excelente comida y una noche de reposo devolvieron a
las dos amigas las fuerzas necesarias para la exploración del siguiente día.
Por lo
demás, recorriendo estas maravillosas cavernas —un paseo por el mundo encantado
de Las mil y una noches—, aun sin encontrar demonios ni gnomos, quedaban
generosamente pagadas las fatigas, y Jovita convenía en que tal espectáculo
rebasaba los límites de la imaginación humana. Por esto, durante cinco días, la
enérgica joven, demostrando una fuerza que rindió a la mayor parte de los
excursionistas y aun a los mismos guías, se impuso la tarea de explorar todo lo
que se conocía de las célebres grutas, disgustada de no poder lanzarse a lo
desconocido. Pero su amiga no podía hacer lo mismo y tuvo que pedir gracia
después de la tercera jomada. No hay que olvidar su pasada enfermedad, y era
preciso que evitara todo cuanto podía impedirle la continuación del viaje.
Así,
pues, Lissy Wag no acompañó a Jovita Foley en las últimas excursiones. La
vehemente joven visitó la caverna de la Cúpula Gigante, que se eleva hasta una
altura de setenta toesas; la Cámara Estrellada, cuyas paredes parecen estar
sembradas de diamantes y piedras preciosas, que resplandecen a la luz de las
antorchas; la Avenida Cleveland, tapizada de encajes y flores minerales; el
Salón de Baile, de muros blancos como la nieve; las montañas Rocosas, conjunto
de bloques
254
de altura
tal que hacen creer que las cordilleras de Utah y de Colorado se ramifican
hasta el interior del globo; la Gruta de las Hadas, rica en formaciones
sedimentarias, alimentadas por fuentes subterráneas, con arcos, pilares y hasta
una especie de gigantesco árbol, una palmera de piedra que se extiende hasta la
cúpula de aquella sala, situada a cuatro leguas de la entrada principal de la
Gruta del Mamut.
¡Qué
imborrable recuerdo debía conservar la infatigable excursionista, cuando,
después de haber franqueado la portada de la Catedral de Goran, bajó en barca
por el Styx, que, como un Jordán de las entrañas terrestres, va a verterse en
un Mar Muerto! Si bajo las aguas del río bíblico no puede vivir ningún pez, no
sucede así en este lago subterráneo. Por millares nadan en él los ciprínidos,
que carecen totalmente de aparato óptico, semejantes a las especies sin ojos
que habitan ciertas aguas de México.
Tales son
las incomparables maravillas de estas cavernas que sólo han entregado parte de
sus secretos. ¿Se sabe lo que reservan a la curiosidad del universo? ¿Se
descubrirá algún día un mundo extraordinario en las entrañas del globo
terrestre?
Al fin
terminaron los cinco días de que Jovita Foley y su amiga podían disponer para
permanecer en la Gruta del Mamut. El día 6 de junio el telegrama debía llegar
al despacho mismo del hotel. Debido al interés que los muchos turistas que allí
había sentían por la jugadora número 5, la mañana del siguiente día se pasaría
en febril ansiedad, impaciencia de la que quizá Lissy Wag no participaba.
Aquella
noche, a la hora de la cena, prodigáronse las frases de ánimo con más ardor que
la víspera. ¡Qué hurras sonaron cuando John Hamilton, siguiendo la costumbre
adoptada por los gobernadores de admitir mujeres en su Estado Mayor, nombró
coronel a Lissy y teniente coronel a Jovita, en el ejército de Illinois! Si una
de estos nuevos oficiales, modesta siempre se sintió algo desasosegada por
tantos honores, la otra los recibió como si hubiera vestido siempre el
uniforme.
Cuando
estuvieron solas en su habitación, Jovita, haciendo un saludo militar, dijo a
Lissy:
—Y bien,
coronel, ¿está usted satisfecho?
—Esto es
una locura; y temo que acabe mal.
255
—¡Cállate,
u olvido que eres mi superior y te falto al respeto!
Y después
de darle un sonoro beso se acostó, no tardando en soñar que era nombrada
general.
Al día
siguiente, a partir de las ocho, los huéspedes del hotel se amontonaban ante el
despacho del telégrafo, esperando el telegrama expedido de Chicago por el
notario Tombrock.
Difícil
sería describir la emoción del simpático público que rodeaba a las dos amigas.
¿Adónde las dirigiría el azar? ¿Serían enviadas a los límites de la Unión?
¿Aventajarían a los demás jugadores?
Media
hora después sonó el timbre del aparato. Un telegrama llegaba a nombre de Lissy
Wag, Kentucky, «Hotel Mamut», Gruta del Mamut.
Un
profundo y casi religioso silencio reinó tanto dentro como fuera de la
estancia.
¡Y cuáles
no serían el estupor, el descorazonamiento y hasta la desesperación, cuando
Jovita Foley leyó con temblorosa voz!
Catorce,
por siete doble, casilla 52, San Luis, Estado de Missouri.
TORNBROCK.
Era ésta
la casilla correspondiente a la prisión, donde, después de pagar una prima
triple, la desdichada Lissy Wag tenía que permanecer hasta el momento en que un
no menos desdichado jugador fuera a libertarla, ocupando su sitio.
256
VI. El
Valle de la Muerte
El
primero de junio por la mañana, un tren, salido de Stakton, pequeña ciudad de
California situada a orillas del lago San Joaquín, corría a toda velocidad en
dirección Sudeste.
Este
tren, compuesto únicamente de una locomotora, un vagón y un furgón, había
partido, fuera de las indicaciones de los horarios, tres horas antes del que
atraviesa los territorios meridionales de California por la línea de Sacramento
a la frontera de Arizona.
El Estado
de California ocupa el segundo lugar entre los de la Confederación americana,
con una superficie de 158 000 millas cuadradas. Está limitado al Norte y al Sur
por dos grados de latitud, al Este por una línea quebrada cuyo ángulo se apoya
en el lago Tahoe y el río Colorado, y al Oeste por el océano Pacífico, que baña
su litoral en una extensión de 600 millas. En este vasto territorio viven 1.200
000 almas, de muy diversas procedencias, europeos, americanos y asiáticos,
inmigración la de estos últimos debida al descubrimiento de las minas de oro
después del Tratado de 1848, por el cual México cedió el dominio californiano a
la República federal.
El país
que atravesaba el tren especial no parecía atraer la atención de los viajeros,
conducidos con extraordinaria rapidez. Pero, antes de seguir adelante…, ¿es que
iban viajeros en aquel tren? Sí, pues de vez en cuando dos cabezas aparecían
tras los cristales de las ventanas, desapareciendo en seguida. Dos rostros de
expresión avinagrada, feroz más bien. A veces bajábase el cristal y dejaba paso
a una ancha mano que sostenía una corta pipa, cuya ceniza sacudía aquélla, y
que volvía adentro en seguida.
Tal vez
en la parte septentrional del Estado aquellos viajeros hubiesen observado con
más atención el paisaje. Al Norte y al centro, los campos, muy propios para la
cría de ganado, están bien cultivados y son muy fértiles. Producen trigo y,
sobre todo, cebada, cuyas espigas alcanzan una altura de 12 a 15 pies, maíz y
avena. Vense allí en abundancia
257
albérchigos,
perales, fresas, cerezos, verdaderos bosques de árboles frutales y viñedos de
tanto producto, que solamente California puede producir la tercera parte de la
cosecha americana. Y toda esta riqueza nace en un suelo generoso, cuya fuerza
productora sostiene un admirable sistema de riego.
No hay
que suponer, sin embargo, que el territorio regado por el San Joaquín y los
tributarios de éste fuese improductivo. El aprovechamiento de sus aguas le
aseguran buen rendimiento agrícola. Pero los viajeros no paraban en él la
atención, lo mismo que si fuera terreno estéril, como cincuenta años atrás,
cuando no era cultivado por la mano del hombre.
California
goza de un clima particular. El calor es más fuerte en setiembre que en julio.
Sus líneas isotérmicas no siguen allí las mismas paralelas que en el resto de
la Unión. Las tormentas que nacen en la inmensa área del Pacífico no se
propagan por su superficie. Unas son contenidas por las montañas; otras
tropiezan con la Sierra Nevada. Allí se resuelven en lluvias, muy favorables
para el crecimiento de las coníferas, pinos, abetos, cedros, cipreses, etc.,
que a partir de una altura de 500 a 600 toesas, erizan los flancos de la
cordillera. Hay árboles, como las sequoias y los bigtrees, llamados
wellingtonias por los ingleses y washingtonias por los americanos, que no miden
menos de 60 pies de circunferencia por una altura de 300.
¿Quiénes
eran, pues, aquellos indiferentes viajeros? ¿De dónde venían o adónde iban?
¿Eran ávidos californianos, súbitamente llamados por el descubrimiento de
nuevas bolsadas, buscadores de nuevos placeres, pues se puede suponer que los
seis milliards de francos extraídos desde hace cuarenta años no hayan agotado
los yacimientos de aquel suelo aurífero? Además, este suelo encierra otras
minas preciosas, cinabrio, sulfuro rojo de mercurio, bermellón nativo, que en
las explotaciones de Nueva Almadén, entre 1850 y 1886, han dado un rendimiento
de 100 millones de libras, o sea, 100 000 toneladas.
Después
de todo, aquellos viajeros podían ser fundadores de bonanzas farms, miembros de
los grandes sindicatos de explotaciones agrícolas, gentes muy temibles a los
pequeños cultivadores por la abundancia de los capitales que les suministra
Inglaterra. ¿Cómo no ha de acudir el dinero allí donde la viña da racimos de
varias libras y el peral peras de pie y medio de circunferencia? Como Tejas
posee granjas de un millón de hectáreas, en California se encuentran algunas
cuya superficie cubre
258
hasta
1200 kilómetros cuadrados.
Lo que no
ofrecía duda es que los referidos viajeros debían de ser gente rica y que
tenían gran prisa, puesto que se permitían el lujo de trasladarse en un tren
especial teniendo a su disposición los trenes reglamentarios del Southern
Pacific. Eso sólo les hubiera significado medio día de retraso,
economizándoles, en cambio, algunos miles de dólares.
La
locomotora corría a todo vapor, y, como los trenes no son numerosos en esta
línea, el tráfico podía ser establecido sin dificultad. Además, sólo se trataba
de un recorrido relativamente corto, en el ramal que sale de Reno, pasa por
Carson City, la capital de Nevada, penetra en el Estado de California por la
estación de Bentom y termina en la de Keeler, o sea unas 240 millas, que serían
recorridas en seis o siete horas, como efectivamente aconteció.
A las
once de la mañana la máquina lanzó sus últimos silbidos un cuarto de hora antes
de llegar a la estación de Keeler, donde se detuvo.
Dos
hombres saltaron al andén con un equipaje reducido a lo estrictamente necesario
—una maleta y una caja de provisiones, que no parecía haber sido aún tocada—.
Cada uno de ellos llevaba un saco de viaje y una carabina al hombro.
Uno de
estos hombres se acercó a la locomotora y dijo al maquinista; «Espere usted»,
como si se trabase de un cochero cuyo carruaje se abandona para hacer una
visita.
El
maquinista hizo un gesto afirmativo y cuidó de llevar su tren a un apartadero
para dejar libre la circulación.
El
viajero, seguido de su compañero, se dirigió entonces a la puerta de salida, y
se encontró en presencia de un individuo que observaba su llegada.
—¿Está el
carruaje? —preguntó con tono breve.
—Desde
ayer.
—¿En
disposición?
—En
disposición.
259
—Partamos.
Un
instante después los dos viajeros estaban instalados en el interior de un
cómodo automóvil, accionado por un poderoso mecanismo, que rodaba rápidamente
en dirección al Este.
Se habrá
reconocido en uno de los viajeros al comodoro Urrican, y a su fiel Turk en el
otro, aunque no se hayan abandonado a su irascibilidad natural, ni contra el
maquinista del tren especial, que, por lo demás, había llegado a la estación a
la hora indicada, ni contra el del automóvil, que estaba en su puesto.
¿Por qué
milagro Hodge Urrican, medio muerto en las oficinas del telégrafo de Key West
el día 25 de mayo, reaparecía ocho días después en aquella ciudad de
California, a cerca de 1500 millas de Florida? ¿En qué condiciones
verdaderamente excepcionales se había efectuado tal trayecto en tan poco
tiempo? ¿Cómo, en fin, el jugador número 6, perseguido por tan infernal suerte,
y que no parecía estar en condiciones de continuar la partida, se encontraba
allí, más decidido que nunca a jugarla hasta el fin?
No se
habrá olvidado que el náufrago del Chicola había sido trasladado, sin que
hubiera recobrado el sentido, a las oficinas del telégrafo de Key West. El
despacho expedido la misma mañana en Chicago había llegado a mediodía. ¡Y qué
resultado más deplorable anunciaba! ¡Un golpe desdichado; cinco, por dos y
tres!
Merced a
esta jugada, el comodoro iba desde la casilla 53 a la 58, de Florida a
California, teniendo que recorrer de Sudeste a Noroeste todo el territorio de
la Unión. Y, circunstancia aún más desastrosa, la citada casilla era la que
para la muerte había elegido William J. Hypperbone: el Valle de la Muerte,
adonde el jugador debía ir en persona y de donde, después de pagar una triple
prima, le sería preciso volver a Chicago. ¡Y esto después de haber empezado la
partida con un golpe maestro!
Así es
que cuando Hodge Urrican, vuelto al fin a la vida merced a enérgicas fricciones
y pociones no menos enérgicas, conoció el contenido del telegrama, sintió
emoción tal, que determinó en él el más terrible acceso de cólera que Turk
había presenciado.
260
Por dicha
para los presentes, no había ninguno en quien el comodoro puchera descargar su
rabia, y Turk no tuvo que sobrepasarle en violencia según su costumbre.
Hodge
Urrican no pronunció más que una palabra, una sola, una de esas palabras que
suelen adquirir valor histórico:
—¡Partamos!
Un
silencio glacial acogió esta palabra. Turk dijo a su amo dónde estaba. Entonces
Urrican supo lo que aún ignoraba: el naufragio de la goleta, el traslado de los
pasajeros y de la tripulación a Key West, donde no se encontraba un navío que
aparejase para algún puerto de Alabama o Luisiana.
Hodge
Urrican estaba clavado como Prometeo sobre la roca, y su corazón iba a ser
devorado por el buitre de la impaciencia y de la impotencia.
Efectivamente;
era preciso que en los quince días que se le concedían se trasladase desde
Florida a California, y de California a Illinois. Decididamente, la palabra
imposible pertenece a todas las lenguas, incluso a la americana, aunque se
suponga que ha sido borrada de su diccionario por los audaces yanquis.
El no
poder abandonar Key West aquel mismo día hizo reflexionar a Hodge Urrican
acerca de las consecuencias que la pérdida de la partida podía acarrearle, lo
que le sumió en una segunda crisis durante la cual las vociferaciones, las
imprecaciones y las amenazas hicieron temblar los cristales de la oficina. Turk
consiguió dominarle, entregándose a actos de tal furor que su amo tuvo que
calmarle. ¡Cruel necesidad, sin embargo, y también cruel herida para el amor
propio de un jugador, verse obligado a retirarse de la lucha, y, para el
pabellón anaranjado, inclinarse ante los pabellones violeta, añil, azul, verde,
amarillo y rojo!
Pero hay
razón para asegurar que las dichas y desventuras se mezclan en este bajo mundo,
sucediéndose a veces con rapidez eléctrica. Véase cómo, por intervención
verdaderamente providencial, salvóse esta situación al parecer tan desesperada.
A las
doce y treinta y siete el semáforo del puerto de Key West señaló un navío a
cinco millas. La multitud de curiosos reunida ante las oficinas del
261
telégrafo
se dirigió, con Hodge Urrican y Turk al frente, a una altura desde donde la
mirada descubría el mar en gran extensión.
Un navío
se mostraba a alguna distancia, un steamer cuya humareda desarrollaba en el
horizonte sus penachos fuliginosos.
Los
interesados se dijeron:
—¿Viene
este navío a Key West?
—Y, si
viene, ¿hará escala aquí, o partirá hoy mismo?
—Y, si
parte hoy mismo, ¿lo hará para un puerto de Alabama, de Misisipi o de Luisiana?
¿Irá a Nueva Orleans, a Mobile o a Pensacola?
—Y, en
fin, si va con destino a alguno de esos puertos, ¿correrá lo suficiente para
efectuar la travesía en cuarenta y ocho horas?
Había,
pues, cuatro condiciones indispensables.
Todas
fueron cumplidas. El President Grant sólo debía permanecer en Key West algunas
horas; la misma tarde partiría para Mobile, y era un steamer de gran velocidad,
uno de los más rápidos de la flota mercante de los Estados Unidos.
Inútil es
añadir que Hodge Urrican y Turk fueron admitidos como pasajeros, y que el
capitán Humper se interesó por el comodoro como el capitán del Sherman se había
interesado por Tom Crabbe.
Con un
mar en calma, ayudado por ligera brisa sudeste, el President Grant desplegó su
máxima velocidad, o sea, veinte millas por hora; lo que le permitió arribar a
Mobile en la noche del día 27.
Tras
pagar con generosidad el pasaje, Hodge Urrican, seguido de Turk, saltó al
primer tren, que franqueó en veinte horas las setecientas millas que separan
Mobile y San Luis.
Allí se
produjeron los incidentes que ya se conocen; dificultades con un jefe de
estación en Herculanum; viaje necesario de Hodge Urrican a San Luis, para
reclamar su equipaje; el encuentro con Harris T. Kymbale; la provocación
dirigida al periodista; el regreso a Herculanum por la noche; la partida al día
siguiente; los balazos cambiados al cruzarse los trenes; la
262
llegada a
San Luis… Desde este punto, el ferrocarril condujo al comodoro a Topeka el día
30; a Ogden por la línea delUnion Pacific, el día 31; luego, a Reno, de donde
partió a las siete de la mañana hacia la estación de Keeler.
Pero
aunque el comodoro Urrican estaba en Keeler, no había llegado al Valle de la
Muerte, punto del Estado de California adonde tema que dirigirse. Aunque
existiese algún camino que pudiera ser recorrido en carruaje, no existía
servicio de transporte. Hacerlo a caballo era imposible, pues en tan corto
espacio de tiempo no era fácil ir y volver, dadas las sinuosidades de
territorio tan quebrado.
Cuando
estaba en San Luis, Urrican había tenido la feliz idea de preguntar en
Sacramento si se podría poner a su disposición un automóvil y enviarlo a
Keeler, donde aguardaría su llegada.
La
respuesta fue afirmativa. El automóvil, de sistema perfeccionado, esperaba en
la estación de Keeler al comodoro Urrican.
Dos días
bastaban para llegar al Valle de la Muerte, y otros dos para volver; de suerte
que él estaría en Chicago antes del día 8 de junio.
Decididamente,
la suerte parecía favorecer a este viejo lobo de mar.
He aquí
la causa de que el automóvil se encontrase el día 1.º de junio en la estación
de Keeler, y abandonase aquella pequeña ciudad siguiendo el camino del Este con
dirección al Valle de la Muerte.
Teniendo
en cuenta la rapidez con que este viaje se efectuaba, comprenderá el lector que
el comodoro Urrican no experimentase la curiosidad propia de un turista. El
Union Pacific le había transportado a través de Nebraska, de Wyoming y de las
montañas Rocosas, por el paso de Truckee, a mil toesas de altura, y luego por
Utah hasta la extremidad de Nevada. No había descendido del vagón ni en Ogden,
para ver Great Salt Lake City, ni en Carson para visitar esta capital. No pensó
tampoco en admirar Sacramento, la capital del Eldorado californiano, ciudad que
fue reedificada casi por completo después de las inundaciones de Arkansas,
causa de tantos desastres. Se terraplenó su suelo en forma que rebasase el
nivel de las mayores crecidas, y se edificaron casas de 10 a 15 metros de
altura. Ahora, sólidamente asentada sobre las orillas del río que lleva su
nombre, esta ciudad de 27 000 habitantes tiene buen aspecto, con su
263
capitolio
de apariencia arquitectónica, sus calles bien dispuestas y su barrio chino, que
parece arrancado de las provincias del Celeste Imperio.
Sin
embargo, si un Max Real o un Harris T. Kymbale hubieran lamentado pasar sin
detenerse por Sacramento, más hubiera sido su disgusto obrando igual respecto a
San Francisco. Esta gran metrópoli de California, que cuenta 300 000 almas,
ocupa una situación única en el mundo, frente a la bahía, de cien kilómetros
cuadrados, tan grande como el lago Lemán, en el umbral de la Puerta de Oro
abierta sobre el Pacífico. Para comprender su importancia es preciso recorrer
sus barrios del mundo elegante, sus anchas calles siempre animadas, la de
Sacramento, la de Montgomery, donde se levanta el «Occidental Hotel», de
capacidad suficiente para albergar toda una colonia; la magnífica arteria de
Broadway, la de Piccadilly, la calle de la Paz; sus casas de resplandeciente
blancura, con balcones y miradores al estilo mejicano, festoneados de flores y
hojas; sus jardines, en los que prosperan las más admirables especies de la
flora tropical; hasta sus cementerios, que son parques que frecuentan los
paseantes, y a ocho millas el Cliff House, en toda la belleza de su naturaleza
salvaje.
Desde el
punto de vista comercial, esta metrópoli puede compararse a Yokohama, a
Shanghai, a Hong Kong, a Singapur, a Sydney, a Melburne, soberanas todas ellas
de los mares orientales.
Aun
llegando en domingo, el comodoro Urrican no hubiera encontrado una ciudad
muerta, como tantas otras de los Estados Unidos. Desde que el elemento francés
ha tomado allí cierta preponderancia, aunque, ni con mucho, tanta como el
elemento chino, Frisco ha adquirido formas más mundanas.
En este
punto de California el comodoro hubiera encontrado jugadores frenéticos del
match Hypperbone. San Francisco es por excelencia la ciudad de los
especuladores, la capital de los «trust», sociedades financieras que acaparan
las medianas industrias similares, donde la pasión del juego se manifiesta en
las formas más violentas, donde las fortunas se hacen y se deshacen en algunas
jugadas de Bolsa, lo mismo que en un golpe de dados, donde el corazón late
siempre como hace cincuenta años, en la época de la fiebre del oro. Y estos
audaces californianos, ¿no hubieran aplaudido el empleo del automóvil por el
jugador número 6, y Hodge Urrican, un hombre de «tantas agallas», no hubiera
sido su favorito, aunque tuviese que comenzar de nuevo la partida
264
en
condiciones tan desventajosas?
En
resumen: el comodoro podía excusarse en la premura del tiempo, y además, dado
su carácter, no habría pensado en visitar California ni aun someramente. Max
Real, y tal vez Harris T. Kymbale, hubieran deseado satisfacer esta curiosidad
de turista de disponer de tiempo para ello. Las múltiples vías férreas y las
numerosas embarcaciones les habrían trasladado a Mariposa, cerca del
incomparable valle de Yosemite, donde afluyen los visitantes, o a Oakland,
frente a Frisco, sobre la costa de la bahía, cuya escollera, de cerca de una
legua de extensión, acabará por desarrollarse de una orilla a otra; al estrecho
de Carquinez, a Benicia, donde las barcas de vapor sustituyen a los
ferrocarriles, transportando trenes enteros; a la encantadora Santa Clara, cuya
unión con la ciudad de San José no tardará en realizarse; al célebre
observatorio del monte Hamilton; a la española ciudad de Monterrey, convertida
en estación balnearia, muy buscada por la sombra de sus cipreses, de especie
única; a Los Ángeles, sobre la costa meridional, segunda ciudad del Estado,
donde se disfruta de clima sin igual, llena de árboles, eucaliptos, pimenteros,
higueras fosforescentes, naranjos, bananos, cafetales, árboles del caucho,
arbustos de té, con frutos durante todo el año, sanatorio muy apreciado por los
americanos del Oeste. En fin, mediante una buena combinación de horarios,
quizás el joven pintor y el periodista del Tribune hubieran podido llegar hasta
la frontera meridional del Estado, donde la linda ciudad de San Diego, de aire puro
y sano, a orillas de un estuario practicable para los navíos de gran tonelaje,
espera que la explotación de las minas de borato y de carbonato de sosa haga de
ella uno de los puertos más importantes del Pacífico.
Hodge
Urrican no había visto nada de esto, ni había pensado en verlo, y era de
suponer que no desease ver nada durante su paso por California Central. Acaso
pensase que había hecho bastante recorriendo la región comprendida entre Keeler
y el Valle de la Muerte.
El
automóvil enviado de Sacramento era un excelente vehículo de sistema
perfeccionado, el sistema Adamson, el más generalmente adoptado en América.
Funcionaba por medio del petróleo, y podía llevar cantidad de éste suficiente
para una semana. En estas condiciones, y aun en el supuesto de que no pudieran
renovar su provisión de aceite mineral, el automóvil recorrería fácilmente las
400 millas que componían el camino de ida y vuelta.
265
Hodge
Urrican y Turk iban sentados en la parte trasera de una especie de cómodo cupé,
y el conductor y su ayudante en la parte delantera, junto a los aparatos de
dirección y de marcha. Esta vez, por excepción a su costumbre, el comodoro
permanecía en silencio, absorto en sus pensamientos, y Turk no conseguía
arrancarle una palabra. Sólo pensaba en el objetivo que perseguía, hipnotizado
por aquella casilla número 63, tan lejana ahora y a la que tanto se había
aproximado al principio. Y no se trataba del dinero que la última jugada le
había costado: el gasto de un tren especial, el del automóvil, los tres mil
dólares correspondientes a la triple prima que tendría que pagar en Chicago
antes de recomenzar la partida… Lo más importante para él era la cuestión de
amor propio y la vergüenza, sí, la vergüenza de verse adelantado por los otros
seis jugadores. Y, preciso es confesarlo, el temor de que se le escapase la
herencia de William J. Hypperbone.
El
automóvil avanzaba con paso rápido y regular por un camino bastante bueno que
el conductor había ya recorrido, desde Keeler hasta el Valle de la Muerte. Este
camino atraviesa algunos pueblos solitarios más allá de las antiguas
ramificaciones de Sierra Nevada, dominada por el monte Whitney, cuya cúspide se
levanta a una altura de cerca de 14 000 pies. Después de haber vadeado varios
arroyos, el automóvil torció hacia el Sudeste y franqueó el río
Chay-o-poo-vapah, para llegar el pueblo de Indian Wells al salir de los pasos
de Walker.
La
comarca, hasta aquel punto, no estaba totalmente desierta. Algunas granjas se
sucedían, a larga distancia unas de otras. Encontrábanse a veces algunos
trabajadores del campo dirigiéndose a una u otra, y también algunos grupos de
indios mohaws, que antaño poseían el territorio. Como gentes que no se asombran
de nada, miraban sin sorpresa el vehículo automóvil.
El suelo
no estaba aún desprovisto de vegetación. Veíanse matorrales de creosotas,
bosques de yucas, cactos gigantes, algunos de ocho toesas de altura. Pero
aquella zona no podía compararse con el famoso territorio de Calaveras y de
Mariposa, el de los árboles fenómenos, «el padre del bosque y la madre de la
selva», esos gigantes de la flora, cuya altura sobrepasa los trescientos pies.
Si en
lugar de ser enviado al Valle de la Muerte, Hodge Urrican tuviera que ir al
valle de Yosemite, al este de San Francisco, hacia el centro de Sierra
266
Nevada, y
mejor aún, si su buena fortuna hubiera conducido a Max Real a este lugar, ¡qué
recuerdos conservaría, aun después de admirar las maravillas del Parque
Nacional de Wyoming, de aquel otro parque dominado por el monte Syell, de dos
mil toesas de altura, y de aquellas bellezas naturales con sus denominaciones
significativas; «La Gran Cascada», de 500 pies; «La Cascada de la Primavera»,
«El Lago del Espejo», «Las Arcas Reales», «La Catedral», «La Columna de
Washington», tan admiradas por millares de turistas!
Al fin el
automóvil llegó al desierto donde se hunden las depresiones del Valle de la
Muerte. Reinaba allí inmensa soledad. Ni hombres ni animales frecuentaban tal
punto. Un ardiente sol caía sobre la ilimitada llanura, donde apenas crecían
rastros de rudimentaria vegetación. Ni caballos ni mulas pueden encontrar en
aquel sitio con qué alimentarse, y era gran fortuna que el aparato propulsor no
tuviera necesidad más que de los vapores del petróleo para hacer andar al
vehículo.
Solamente
aquí y allá elevábanse algunas colinas de mediana altura cubiertas de mezquina
vegetación.
Al calor
enervante del día sucedían esas noches californianas, secas y frías, cuyos
rigores no dulcifica el rocío.
En estas
condiciones, el comodoro Urrican llegó el día 3 de junio a la extremidad
meridional de los Telescope Range, que limitan al Oeste el Valle de la Muerte.
Eran las
tres de la tarde. El viaje había durado cincuenta horas, sin descanso ni
accidente.
En verdad
este país desolado, de suelo arcilloso, cubierto a trechos de eflorescencias
salinas, merece su nombre de País de la Muerte. El valle en que termina, casi
en la frontera del Estado de Nevada, no es más que un cañón de 19 millas de
ancho por 120 de longitud, lleno de abismos, cuyo fondo llega a 30 toesas bajo
el nivel del mar.
En sus
orillas no crecen más que delgados álamos, sauces de palidez enfermiza, yucas
secas, artemisas infectas, y también miles de cactos, designados en California
con el nombre de petalinas, sin hojas, todo ramas, verdaderos cirios funerarios
colocados en el Campo de la Muerte.
267
Como ha
hecho observar Elíseo Reclus, el Valle de la Muerte fue, sin duda, en época
geológica anterior, el lecho del río que hoy se pierde en el lago Soda y que
riega el riachuelo de Amargosa. Sus taludes se erizan con agujas de sal, el
bórax se acumula en sus cavidades, y algunas colinas de arena mezclan su polvo
a las corrientes atmosféricas que recorren aquellos lugares con violencia
extrema.
Sí, el
Valle de la Muerte había sido bien elegido por el excéntrico testador para
enviar a él al desdichado jugador detenido en plena marcha en la casilla 58.
El
comodoro Urrican había, pues, llegado al término de su difícil viaje. Hizo alto
al pie de los montes Fúnebres, llamados así en recuerdo de las caravanas que
perecieron en tan tristísimos lugares. En aquel sitio tomó la precaución de
escribir un documento, testimonio de su presencia en el Valle de la Muerte, el
día 3 de junio, documento que enterró bajo una roca después de haber sido
firmado por Turk y también por los dos conductores del automóvil.
Hodge
Urrican no permaneció ni una hora en el Valle de la Muerte. Realmente, no le
quedaba que hacer sino abandonar lo más pronto posible aquella triste comarca
para volver a Keeler por el mismo camino.
Entonces,
abriendo por primera vez la boca, pronunció esta sola palabra:
—¡Partamos!
Y el
automóvil partió, siempre favorecido por el tiempo, a través de la región
superior del desierto de Mohaws, descendiendo nuevamente por los puertos de
Sierra Nevada y llegando, sin accidente alguno, a la estación de Keeler el día
5 de junio, a las once de la mañana.
Con tres
palabras enérgicas, el comodoro Urrican dio las gracias al conductor y a su
compañero, que tanto celo y habilidad habían mostrado en el cumplimiento de su
fatigosa tarea, y volviéndose luego a Turk:
—¡Partamos!
—dijo.
El tren
especial permanecía en la estación, aguardando el regreso del comodoro y pronto
a partir.
Hodge
Urrican se fue directamente al maquinista, y repitió:
268
—¡Partamos!
Y dada la
señal, la locomotora partió, desplegando toda su velocidad y deteniéndose en
Reno siete horas después.
El «Union
Pacific» se portó de forma excelente en aquella ocasión. Además, sometido a sus
inflexibles horarios, el tren no hubiera podido ni disminuir ni aumentar las
paradas. Atravesó, pues, las montañas Rocosas y los Estados de Wyoming,
Nebraska, Iowa e Illinois, llegando a Chicago el día 8 de junio, a las nueve y
treinta y siete de la mañana.
El
comodoro Urrican fue cordialmente recibido por los que, a despecho de todo,
habían seguido siendo sus fieles partidarios. Cierto es que la obligación de
recomenzar la partida era prueba de mala suerte. Pero con el golpe de dados del
mismo día de su llegada a Chicago pareció que la fortuna volvía a sonreír al
pabellón anaranjado.
Obtuvo
nueve, por seis y tres. Ésta era la tercera vez que se producía tal jugada
desde el comienzo de la partida: la primera para Lissy Wag, la segunda para el
desconocido X. K. Z. y la tercera para el comodoro.
Después
de haber sido enviado a Florida y a California, Hodge Urrican no tenía más que
dar un paso para llegar a la casilla 26: el Estado de Wisconsin, que confina
con el de Illinois y que no ocupaba entonces ninguno de los jugadores.
El papel
Urrican subió en las agencias y se tomó a la par con el de Tom Crabbe y Max
Real.
269
VII. En
la casa de South Halstedt Street
El día
1.º de junio la puerta de la casa número 3997, de South Halstedt Street, en
Chicago, se abría a las ocho de la mañana ante un joven que llevaba a la
espalda sus trebejos de pintor, y al que seguía un negro conduciendo una
maleta.
Calcúlese
cuál sería la sorpresa y también la alegría de la señora Real cuando su hijo
entró en la habitación de ella y pudo estrecharle entre sus brazos.
—¡Tú,
Max…! ¿Eres tú?
—En
persona, madre.
—¡Tú, en
Chicago, cuando deberías estar…!
—¿En
Richmond? —preguntó Max.
—Sí… En
Richmond.
—Tranquilízate,
madre. Tengo tiempo de sobra para ir a Richmond; y como Chicago se encontraba
en mi itinerario, tenía el derecho de detenerme aquí algunos días y pasarlos a
tu lado…
—Pero,
hijo, te expones a faltar…
—¡Bah!
Nunca será falta el haberme detenido en mi camino para abrazarte… ¡He estado
dos semanas sin verte!
—¡Ah,
Max, qué deseos tengo de que termine esta partida!
—¡También
yo!
—¡En
provecho tuyo, claro está!
270
—No estés
inquieta. Piensa que tengo la llave que ha de abrir el arca de ese digno
Hypperbone —repuso Max, riendo.
—¡Qué
alegría me causa el verte, hijo mío!
Max Real
se hallaba en Cheyenne, Wyoming, cuando el día 29 de mayo, al regresar de su
excursión por el Parque Nacional de Yellowstone, recibió el telegrama relativo
a su tercera jugada: ocho, por cinco y tres. Ocho puntos después de la casilla
28, correspondiente a Wyoming, se hallaba Illinois. Era, pues, preciso doblar
el punto ocho, lo que hacía dieciséis. Y el número dieciséis conducía al pintor
a la casilla número 44, que correspondía a Richmond, capital de Virginia
oriental.
Entre
Chicago y Richmond funcionan gran número de trenes, lo que permite franquear en
veinticuatro horas la distancia que separa las dos metrópolis. Así, pues, como
Max Real disponía de quince días —del 29 de mayo al 12 de junio— no tenía gran
prisa, y le pareció lo más conveniente descansar durante una semana en casa de
su madre.
Salió de
Cheyenne por la tarde, llegando a Omaha cuarenta y ocho horas después, y al
siguiente día a Chicago, acompañado de Tommy, preocupado éste constantemente
con su situación de ciudadano libre de la libre América, como un pobre diablo
por vestir traje holgado en exceso para su cuerpo.
Durante
su estancia en casa de su madre, Max Real se proponía terminar dos de los
cuadros que había bosquejado en el camino; un paisaje del río Kansas y una
vista de las cascadas de Fíre Hole, en el Parque Nacional. El precio de estos
dos cuadros, que estaba seguro de vender, le serviría para pagar las primas que
tal vez la mala suerte le reservaba en sus viajes sucesivos.
La señora
Real, gozosa de tener a su hijo con ella durante algunos días, aceptó las
razones que Max le daba, y estrechó a éste una vez más contra su pecho.
Contáronse
mil cosas e hicieron uno de esos almuerzos entre madre e hijo que tanto placer
producen, durante el cual el pintor refirió a su madre sus aventuras en Kansas
y Wyoming. Aunque se lo había contado por carta varias veces, tuvo que referir
su viaje desde el principio y narrar los diversos sucesos acaecidos durante el
mismo: el incidente de los caballos
271
salvajes
en las llanuras de Kansas y el encuentro con los esposos Titbury en Cheyenne.
Hízole entonces conocer su madre las tribulaciones de la pareja en Calais,
Estado de Maine, y cuando se refería a la multa impuesta a Mr. Titbury por
contravenir a lo preceptuado en la ley sobre bebidas alcohólicas, con las
consecuencias que el hecho acarreó.
—¿En qué
situación se halla ahora la partida? —preguntó Max Real.
Para
hacérselo conocer, la señora Real le condujo a su habitación y le mostró un
mapa extendido sobre una mesa, señalado con banderitas de diferentes colores.
Mientras
recorría el país, Max Real se había preocupado poco de sus contrincantes, no
leyendo los periódicos de los hoteles. Pero sólo con que examinase aquel mapa,
y conociendo los colores de los «Siete», estaría al corriente de lo que
ignoraba. Además, su madre había seguido desde el principio las peripecias del
«match». Hypperbone.
—¿A quién
pertenece el pabellón añil, que va a la cabeza de todos? —preguntó el joven.
—A Tom
Crabbe, a quien la jugada de ayer, día treinta y uno de mayo, envía a la
casilla cuarenta y siete, que corresponde al Estado de Pennsylvania.
—¡He aquí
una cosa que llenará de regocijo a John Milner! En cuanto a este estúpido
boxeador, si comprende algo de esto, que el morado de mi pabellón se transforme
en encarnado… ¿Y el pabellón rojo?
—El
pabellón de X. K. Z., se halla situado en la casilla cuarenta y seis:
Distrito
de Columbia.
En
efecto, gracias al punto diez doble, o sea veinte, el hombre misterioso había
dado un salto de veinte casillas, desde Milwaukee, en Wisconsin, a Washington,
capital de los Estados Unidos de América. Era un viaje fácil y rápido, ya que
en aquella parte del país abundaban los ferrocarriles.
—¿No se
adivina la identidad de ese desconocido? —preguntó Max Real.
—Nada se
sabe de él.
—Seguro
estoy de que tendrá muchos partidarios entre los apostantes.
272
—Sí.
Muchos creen en su buena suerte, y a mí misma no deja de inspirarme temor.
—¡He aquí
las ventajas de envolverse de misterio! —declaró Max Real.
¿Hallábase
aún en Chicago el misterioso X. K. Z., o había partido ya para el Distrito de
Columbia? Nadie podía responder a esta pregunta. Y, sin embargo, Washington,
aunque no es más que un centro administrativo sin industria ni comercio, merece
que los que le visitan le consagren algunos días.
Situada
más arriba de la confluencia del Potomac y el Anacostia, en comunicación con el
Océano por la bahía de Chesapeake, esta capital, aun fuera de la época en que
las reuniones del Congreso doblan su población, cuenta doscientas cincuenta mil
almas. Aunque el distrito federal ocupe poca extensión y se halle en última
fila entre los Estados de la República americana, la ciudad es digna de su alto
destino. Edificada sobre el antiguo territorio de los tuscaroras y los
monacans, ha absorbido ya algunas aglomeraciones vecinas.
El
jugador número 7 podría, en el supuesto de que no la conociera, admirar el
aspecto arquitectónico de su Capitolio, enclavado sobre una colina que domina
el Potomac; las tres construcciones afectas al Senado, a la Cámara de Diputados
y al Congreso, donde se concentra la representación nacional; su elevada cúpula
de hierro, sobre la que se yergue la estatua de América; su peristilo, sus
dobles columnas, los bajorrelieves que la adornan y las estatuas que la
guarnecen.
Si
deseaba visitar la Casa Blanca, podría dirigirse a ello desde el Capitolio
siguiendo la avenida de Pennsylvania; la residencia del Presidente, modesta y
democrática morada, se alza entre los edificios del Tesoro y los diversos
Ministerios.
Si no
conocía el monumento a Washington, obelisco de mármol de 157 pies de altura,
podría verlo desde lejos, entre los jardines que orlan el Potomac.
Si no
conocía la Dirección de Correos, podría admirar un edificio en mármol blanco,
de estilo antiguo, que es el más hermoso de la lujosa ciudad.
273
¡Y qué
horas más agradables e instructivas podría pasar en las ricas galerías de
historia natural y etnografía de la célebre Smithsonian Institution, y los
museos, donde abundan las estatuas, los cuadros y los bronces, y en el Arsenal,
donde se alza una columna en honor de los marinos americanos muertos en combate
naval frente a Argel y sobre la que se lee la inscripción siguiente; «Mutilada
por los ingleses»!
La
capital de los Estados Unidos disfruta actualmente de clima sano. Las aguas del
Potomac suministran abundante riego. Sus cincuenta leguas de calles, sus
jardines y sus parques están sembrados con más de setenta mil árboles, como los
que rodean el Hotel de los Inválidos y la Universidad de Howard, los del Droit
Park y los del Cementerio Nacional, donde el mausoleo de William J. Hypperbone
pudiera haber sido tan bien instalado como en el Oakswoods de Chicago.
Y,
finalmente, si X. K. Z. hubiera decidido emplear parte de su tiempo visitando
la capital de la Confederación, sin duda no abandonaría el distrito sin haber
realizado la patriótica peregrinación al monte Vernon, a cuatro leguas de
distancia, donde una asociación de damas cuida la casa en que Washington pasó
parte de su existencia y en la que murió en 1799.
Lo cierto
es que si el último jugador había llegado ya a la capital de la Unión, ningún
periódico había dado cuenta del suceso.
—¿Y este
pabellón amarillo? —preguntó Max Real señalando el que estaba colocado en el
centro de la casilla 35.
—Es el
pabellón de Lissy Wag, hijo mío.
Sí; este
pabellón flotaba aún sobre la casilla correspondiente a Kentucky, porque en
aquella fecha, día 1.º de junio, no se había efectuado aún la funesta jugada
que enviaba a Lissy Wag a la prisión de Missouri.
—¡Ah!
¡Encantadora joven! —exclamó Max Real—. Parece que la veo durante el entierro
de William Hypperbone, y luego en el estrado del Auditorium… Modesta,
ruborizada… Te aseguro que, de haberla encontrado en mi camino, le hubiera
renovado mis votos por su buen éxito final.
—¿Y el
tuyo, hijo?
274
—¡También
el mío, madre! ¡Ambos ganando la partida! Nos correspondería la mitad a cada
uno… ¿No sería estupendo?
—Pero…,
¿puede darse esta posibilidad?
—No; no
puede ser… ¡Pero suceden en este mundo cosas tan extraordinarias!
—No debes
ignorar, Max, que Lissy Wag estuvo en un tris de no ponerse en camino…
—Sí… La
infortunada joven ha estado enferma, y hubo más de uno entre los «Siete» que se
alegraba de ello… ¡Oh!, no era yo precisamente… Por suerte, tiene una amiga que
la ha cuidado bien… Jovita Foley, tan resuelta como el comodoro Urrican…
¿Cuándo ha de efectuarse la próxima jugada a favor de Lissy Wag?
—Dentro
de cinco días: el seis de junio.
—Confiemos
en que mi linda compañera sabrá evitar los peligros del camino, el laberinto de
Nebraska, la prisión de Missouri, el Valle de la Muerte californiano… ¡Sí, de
veras le deseo buena suerte!
Decididamente,
Max Real pensaba alguna vez en Lissy Wag; «con demasiada frecuencia», se dijo
la señora Real, sorprendida del entusiasmo con que su hijo hablaba de la joven.
—¿Y no me
preguntas a quién pertenece el pabellón verde? —preguntó la madre.
—¿El que
se desplaza sobre la casilla veintidós?
—Es el
pabellón de Mr. Kymbale.
—Un
simpático joven —dijo Max Real—, el cual, según he oído decir, aprovecha la
ocasión para visitar el país.
—Así es,
en efecto, y el Tribune publica casi diariamente sus crónicas.
—Pues los
lectores de este periódico deben de estar satisfechos. Y si el periodista va al
fondo de Oregón o de Washington, les contará cosas
275
interesantísimas.
—Va
bastante rezagado.
—Eso no
tiene importancia. En esta partida, un buen golpe de dados puede ponerle en
seguida delante de los demás.
—Es
cierto, hijo.
—¿Y de
quién es este pabellón situado sobre la casilla cuatro y que tan triste parece?
—Es el de
Hermann Titbury.
—¡Ah!
¡Abominable sujeto! —exclamó Max Real—. ¡Qué rabia debe de sentir al verse el
último!
—Hay para
desesperarse, Max, pues sólo ha andado cuatro pasos en dos jugadas, y desde el
extremo de Maine ha tenido que partir para Utah.
En
aquella fecha no se podía aún saber que el matrimonio Titbury había sido
despojado de todo cuanto poseía, después de su llegada a Great Salt Lake City.
—Sin
embargo, yo no lo lamento —declaró Max Real—. Esa pareja de ladrones se merece
mucho más, y siento que no hayan tenido que desembolsar alguna fuerte prima.
—No
olvides que ha tenido que pagar una multa en Calais —hizo observar la señora
Real.
—¡Tanto
mejor! Me gustaría que ahora sacase el mínimo de puntos: uno y uno. Esto les
conduciría al Niágara, lo que les costaría mil dólares.
—Eres
cruel con esos Titbury, Max.
—Son
gentes abominables, enriquecidos por la usura y que no merecen compasión… ¡Sólo
faltaría que la suerte les hiciese herederos del generoso Hypperbone!
—Todo es
posible —respondió la señora Real.
—Pero no
veo el pabellón del famoso Hodge Urrican…
276
—¿El
pabellón anaranjado? No…, no ondea en ninguna parte desde que la mala suerte ha
enviado al comodoro al Valle de la Muerte, desde donde tiene que volver a
Chicago para recomenzar la partida.
—Duro es
para un oficial de la marina arriar su pabellón —exclamó Max Real—. ¡A qué
crisis de cólera se habrá abandonado, y cómo habrá hecho temblar su barco desde
la quilla a la punta de los mástiles!
—Es
probable, Max.
—¿Cuándo
debe ser efectuada la jugada a favor de X. K. Z.?
—Dentro
de nueve días.
—¡Singular
idea la del difunto, de ocultar el nombre del último de los «Siete»!
Max Real
estaba ya al corriente de la situación. Después de la jugada que le enviaba a
Virginia, sabía que ocupaba el tercer lugar, correspondiente el primero a Tom
Crabbe y el segundo a X. K. Z., para los cuales no se había efectuado aún la
tercera jugada.
En el
fondo esto no le preocupaba en absoluto, pensaran lo que pensasen su madre y
Tommy. El tiempo que permaneció en Chicago lo pasó en su estudio, donde terminó
sus dos paisajes, cuyo valor debía aumentarse a los ojos de un aficionado
americano dadas las condiciones en las que habían sido pintados.
Así,
pues, en espera de su próxima etapa, Max no se inquietó ni por el «match» ni
por aquéllos a quienes éste hacía correr por los Estados Unidos. En realidad,
él sólo desempeñaba su papel para no disgustar a su excelente madre; lo mismo
que Lissy Wag, la cual, por su parte, se prestaba a ello por no contrariar a
Jovita Foley.
Durante
su estancia tuvo conocimiento del resultado de las tres jugadas efectuadas en
el Auditorium. La del día 2 fue deplorable para Hermann Titbury, puesto que le
obligaba a ir a la casilla número 19, Estado de Luisiana, afecto a la hostería,
donde debía permanecer sin jugar durante dos golpes. Respecto a la jugada del
día 4, fue muy bien acogida por Harris T. Kymbale, pues, aunque sólo le
conducía a la casilla número 33, Dakota del Norte, le aseguraba un curioso
viaje.
277
Finalmente,
el día 6, a las ocho, Tombrock procedió a efectuar la jugada que concernía a
Lissy Wag. Aquella mañana, Max Real, que se interesaba vivamente por la suerte
de la joven, fue al Auditorium, de donde salió muy desolado.
De la
casilla 38, Estado de Kentucky, Lissy Wag, sumando catorce tantos, producidos
por siete doble, era enviada a la casilla 52, Estado de Missouri, donde la
desdichada jugadora debía permanecer en prisión hasta que otro jugador fuera a
ocupar su plaza.
Como se
comprenderá, estas tres jugadas produjeron considerable efecto entre los
apostantes. El papel de Tom Crabbe y el de Max Real fueron solicitados más que
nunca. La suerte se pronunciaba decididamente a su favor, y era difícil elegir
entre los dos favoritos de la fortuna.
Max Real
experimentó gran disgusto cuando, de vuelta al lado de su madre, vio que ésta
colocaba el pabellón amarillo en Missouri, transformado en prisión por voluntad
del excéntrico difunto y en prisión de Lissy Wag por voluntad del destino. No
trató de ocultar su pesar. Aquella jugada de la prisión, como la del pozo, era
la más funesta que podía ocurrir en el curso de la partida. ¡Sí, aún más grave
que la del Valle de la Muerte, de la que Hodge acababa de ser víctima! La
jugada del comodoro, al fin y al cabo, no significaba más que un retraso, e iba
a continuar la lucha. En cambio, ¿quién sabe si el «match». Hypperbone
terminaría antes de que Lissy Wag pudiera salir de su prisión?
Al fin,
al siguiente día, 7 de junio, Max Real se dispuso a abandonar Chicago. Su
madre, tras renovar sus recomendaciones, le hizo prometer que no se retrasaría
en el camino.
—¡Con tal
de que el telegrama que vas a recibir en Richmond no te envíe al fin del mundo!
—¡De allí
se vuelve, madre, mientras que de la prisión…! En fin, reconoce que todo esto
es ridículo… Uno parece un vulgar caballo de carreras. ¡Es ridículo de veras!
—No, no,
hijo… ¡Parte, y que Dios te proteja!
Y la
buena señora decía esto muy seriamente, dominada por singular
278
emoción.
Claro es
que, durante su estancia en Chicago, Max Real no había podido sustraerse a las
visitas de los corredores de apuestas, periodistas y apostantes que afluían a
la casa de South Halstedt Street. ¿Cómo asombrarse de ello, si se apostaba por
él al igual que por Tom Crabbe?
Seguramente
Max Real había prometido a su madre dirigirse a Virginia por el camino más
corto. Pero, con tal de que la mañana del día 12 estuviese en Richmond, ¿quién
le hubiera reprochado de preferir un itinerario trazado en línea curva a otro
en línea recta? No obstante, él había resuelto no salir de los Estados que iba
a atravesar, Illinois, Indiana, Ohio y Virginia occidental, para llegar a
Richmond, capital de Virginia oriental.
He aquí
la carta que la señora Real recibió —carta fechada el día 11 de junio— cuatro
días después de la partida, y en la que su hijo le daba sumario conocimiento de
los incidentes del viaje. Exceptuando apreciaciones muy personales, encuentros
habidos y ciudades visitadas, contenía ciertos datos propios para hacer
reflexionar a la buena señora, y que no dejaron de causarle alguna inquietud
por lo que concernía al estado de espíritu de su hijo.
Richmond,
Virginia, 11 de junio.
Mi buena
y querida madre: He llegado al final, no de esta estúpida partida, sino del
viaje que me imponía mi tercera jugada. ¡Después de Fort Riley, en Kansas, y de
Cheyenne, en Wyoming, he llegado a Richmond, en Virginia! Pero nada temas por
el ser a quien quieres más en el mundo y que corresponde a tu cariño: está en
su punto sano y salvo.
Otro
tanto querría yo decir de esa pobre Lissy Wag, a quien en Missouri espera la
húmeda paja del calabozo. Aunque no debo ver en ella más que a una rival, me
parece tan encantadora e interesante que no te oculto lo mucho que su
desdichada suerte me aflige. Cuanto más pienso en este deplorable golpe de
dados —siete, por tres y cuatro, doble— mayor es mi pena y más lamento que el
pabellón amarillo, tan valientemente sostenido hasta aquí por la intrépida
Jovita Foley, sea izado sobre el muro de la prisión. ¿Hasta cuándo estará allí?
Partí el
día 7 por la mañana. La vía férrea sigue el litoral sur del lago Michigan y
permite ver de él lindos paisajes, aunque esta comarca no me
279
sea
totalmente desconocida. Por lo demás, en esta parte de los Estados Unidos, como
en Canadá, se suelen ponderar esos lagos y sus aguas azules y durmientes, que
no son siempre azules ni duermen de continuo. Tenemos algunos lagos que vender,
y yo me pregunto: ¿Por qué Francia, que no abunda en zonas lacustres, no nos ha
comprado uno, a su elección, como nosotros le compramos la Luisiana en 1803?
En fin,
todo lo he observado a derecha e izquierda, por el agujero de mi paleta,
mientras Tommy dormía como una marmota.
Tranquilízate,
mi buena madre, que no he despertado a tu negro. Quizás él soñara que yo ganaba
los suficientes millones de dólares para reducirle a la más dura esclavitud.
He
seguido, en parte, el mismo camino que Harris T. Kymbale cuando fue desde
Illinois a Nueva York, de Chicago al Niágara. Pero al llegar a Cleveland, en
Ohio, me dirigí hacia el Sudeste. Hay tantas vías férreas por todas partes, que
un peatón no sabría dónde poner los pies.
No me
preguntes, querida madre, que te indique las horas de llegada y partida durante
este viaje, pues esto no te interesaría. Te indicaré algunas localidades donde
la locomotora ha lanzado sus turbiones de vapor. Hay aquí tantas comarcas
industriales como celdillas contiene una colmena.
Desde
Cleveland he ido a Warren, importante centro de Ohio, tan rico en manantiales
de petróleo que un ciego lo reconocería sólo por el olfato. Da la sensación de
que va a inflamarse el aire al encender una cerilla… ¡Qué país! Sobre llanuras
ilimitadas sólo se ven torres de madera y pozos, tanto en los declives de las
colinas como en el borde de los arroyos. Cada uno de ellos es una lámpara de 15
a 20 pies de altura. ¡No falta allí más que una mecha!
Como
puedes comprender, este país no vale lo que nuestras poéticas praderas del Far
West, los abruptos valles de Wyoming o los profundos horizontes de los grandes
lagos y de los océanos… ¡Bien están las bellezas industriales, pero mucho mejor
son las bellezas artísticas y naturales!
Confieso
que si hubiera sido favorecido en la última jugada —favorecido por la elección
del país, se entiende—, hubiera querido traerte conmigo. Al Far West, por
ejemplo. Esto no significa que no haya bellos parajes en la
280
cordillera
de los Allegheny que he atravesado. ¡Pero, a fe de pintor, te aseguro que
Montana, Colorado, California y Oregón son cien veces superiores!
Hubiéramos
viajado juntos, y si nos hubiésemos encontrado a Lissy Wag en el camino —¿quién
sabe? ¡La casualidad!—, la hubieras conocido. Es cierto que ahora ella está en
la prisión, o, por lo menos, a ella va a encaminarse.
¡Ah, si
en la próxima jugada Titbury, Crabbe o Urrican tuviesen que ir a liberarla! ¿Te
imaginas a nuestro terrible comodoro, después de tantos trabajos, cayendo en la
casilla 52? Capaz sería de abandonar a su Turk a sus feroces instintos de
tigre. Realmente, madre, por muy lamentable que fuese, Lissy Wag podría ser
enviada a la hostería o al laberinto; pero a la prisión, a la horrible prisión…
Esto es más propio para los representantes del sexo fuerte. Decididamente,
aquel día el destino se olvidó de ser galante.
Pero no
divaguemos y prosigamos el viaje. Después de Warren, siguiendo el río Ring y
tras franquear la frontera de Ohio, hemos entrado en Pennsylvania. La primera
ciudad importante ha sido Pittsburgh, sobre el Ohio, con su aneja Allegheny, la
Ciudad del Hierro, la Ciudad Humosa, como se la llama, a pesar de los mil y mil
conductos subterráneos por donde actualmente se escapan sus gases naturales. La
piel humana se ensucia, se ennegrece… ¡Oh, mi ambiente fresco y claro de
Kansas!
He puesto
en mi ventana un poco de agua en el fondo de un vaso, y al día siguiente estaba
convertida en tinta. Con ella te escribo la presente carta.
Acabo de
leer en un periódico que la jugada efectuada a favor de Urrican el día 8 envía
a nuestro impetuoso comodoro a Wisconsin. Por desgracia, si en la jugada
siguiente obtiene doce tantos aun doblándole, no llegará a la casilla 52, donde
se desconsuela la joven prisionera.
He
seguido bajando hacia el Sudeste. Ante mí han desfilado numerosas estaciones,
ciudades, pueblos, aldehuelas… ¡Qué poca belleza natural! ¡Siempre la huella de
la mano del hombre! Llegará un día en que los árboles sean de metal, las
praderas de felpa y la playa de limaduras de hierro Esto es el progreso.
No
obstante, he pasado ratos deliciosos recorriendo los pasos de los
281
Allegheny.
Es una cordillera pintoresca, caprichosa, abrupta, erizada de negruzcas
coniferas, de profundas simas, sinuosos valles y tumultuosos torrentes, en los
que los industriales no han puesto aún sus pecadoras manos.
Pasamos
luego rápidamente por Maryland, que riega el alto Potomac, y llegamos a
Cumberland, más importante que su capital, la modesta Annápolis, que no puede
compararse con la arrolladora Baltimore, donde se concentra toda la vida
comercial del Estado. Aquí el campo es suave, y el país es más agrícola que
manufacturero. Descansa sobre un suelo de hierro y de hulla y con algunos
azadonazos se traspasa la tierra vegetal.
Llegamos
a Virginia occidental. La meta no está lejos. La cuestión de la esclavitud ha
dividido el antiguo Estado en forma que ha sido preciso cortarlo en dos durante
la guerra de Secesión. Mientras la parte Este se unía cada vez con más fuerza a
tas antihumanitarias doctrinas de la esclavitud —Tommy duerme y no me oye—, la
parte Oeste, al contrario, se separaba de los confederados para alistarse bajo
el pabellón federal.
Es ésta
una región accidentada, montuosa si no montañosa, limitada por la cordillera de
los Appalaches, agrícola, minera, con hierro, hulla y también sal, en cantidad
bastante para sazonar la cocina de toda la Confederación durante varios siglos.
No he ido
a Charleston, capital de Virginia occidental —no hay que confundirla con la
otra Charleston de Carolina del Sur, adonde ha ido mi compañero Kymbale, ni con
Charlestown, de la que te voy a hablar—, pero me he detenido un día en
Martinsburg.
Sí, un
día entero, y no me riñas, querida madre, puesto que en algunas horas podía
trasladarme a Richmond. ¿Por qué me he detenido en Martinsburg? Únicamente para
efectuar una peregrinación, y si no llevé conmigo a Tommy fue porque éste sólo
horror puede sentir por los héroes que yo iba a admirar.
¡John
Brown, que fue el primero que levantó la bandera abolicionista al principio de
la guerra de Secesión! Los plantadores de Virginia le trataron como a bestia
feroz. No tenía a su lado más de veinte hombres, y quería apoderarse del
arsenal de Harper’s terry, una villa situada sobre una colina entre los ríos
Potomac y Shenandoah, sitio maravilloso, pero más célebre aún por las terribles
escenas de que fue teatro.
282
Allí, en
1859, se había refugiado el heroico defensor de la santa y grande causa. La
tropa fue a atacarle. Después de hacer prodigios de valor, gravemente herido,
reducido a la impotencia, fue preso y arrastrado a la vecina villa de
Charlestown, donde fue ahorcado el día 2 de diciembre de 1859. Muerte que la
horca no pudo hacer infamante, y cuya gloriosa fama se perpetuará de edad en
edad.
¡A este
mártir de la libertad, de la emancipación humana, he querido llevar mi homenaje
de patriota!
¡Heme
finalmente en Virginia, madre, el Estado por excelencia partidario de la
esclavitud y que fue el principal teatro de la guerra de Secesión! Dejaré a los
geógrafos la tarea, si te pudiera interesar, de decirte que ocupa el número 36
entre los Estados de la Unión en razón a su superficie; que está dividido en
ciento diecinueve condados; que, a pesar de la amputación que en su parte
occidental ha sufrido, es todavía uno de los más poderosos de la República
norteamericana; que el número de mamíferos disminuye allí; que grullas,
codornices y buitres frecuentan en gran número su territorio; que éste produce
en abundancia trigo, maíz, avena y, sobre todo, algodón, de lo que me felicito,
puesto que llevo camisas, y tabaco, lo que no me importa porque no fumo.
Respecto
a Richmond, la excapital de la América separatista, es una hermosa ciudad, la
llave de Virginia, que el Gobierno federal ha acabado por meterse en el
bolsillo. Situada a orillas del río James, tiende la mano a Manchester, ciudad
doble, al ejemplo de tantas otras de los Estados Unidos, como ciertas
estrellas. Es digna de ser visitada, con su Capitolio, especie de templo griego
al que faltan el cielo del Ática y los horizontes atenienses de la Acrópolis,
como al Partenón de Edimburgo. Tiene demasiadas fábricas, al menos para mi
gusto; solamente para la preparación del tabaco hay un centenar. El barrio de
Leonard Height es un barrio del gran mundo; en él se levanta el monumento
erigido en memoria de Lee, el general de los confederados, que merece este
honor, si no por la causa que defendió, al menos por sus cualidades personales.
Hasta el
presente no he visitado las demás ciudades del Estado. Por lo demás, todas se
asemejan, como todas las ciudades americanas. No te hablaré, pues, ni de
Petersburgh, que defendía la posición de los separatistas al Sur, como Richmond
al Norte, ni de Yorktown, donde hace ochenta años se terminó la guerra de la
Independencia por la capitulación
283
de Lord
Cornwallis, ni de aquellos campos de batalla donde MacClellan fue menos dichoso
contra Lee que Grant, Sherman y Sheridan. Paso en silencio a Lynchburg,
actualmente ciudad manufacturera de notable actividad, donde se refugiaron las
tropas secesionistas, y desde donde ganaron los Appalaches, lo que trajo el fin
de la guerra en el día 9 de abril de 1865. Me olvido voluntariamente de
Norfolk, Roanoke, Alejandría, de la bahía de Chesapeake y de las numerosas
estaciones termales del Estado. Todo lo que puedo mencionar es que las dos
quintas partes de la población de Virginia las forman gente de color, de
magnífico tipo, y que junto al pueblecito de Luray existen cavernas que tal vez
son más bellas que la Gruta del Mamut, de Kentucky.
A este
propósito, pienso que en aquella gruta habrá sabido la pobre Lissy Wag la
noticia de la jugada que la situaba en Missouri, y me pregunto cómo podrá pagar
la triple prima, de tres mil dólares… Esto me causa verdadero disgusto, y tú
debes comprenderlo.
En un
periódico de Richmond acabo de leer el resultado de la jugada correspondiente
al día 10 de junio. Nuestro famoso desconocido X. K. Z. ha obtenido el número
cinco, por tres y dos. Debe, pues, ir a Minnesota. Desde la casilla 46 salta a
la 51, y queda en cabeza. Pero ¿quién diablos es ese hombre? Me parece persona
de suerte, y temo que mi jugada de mañana no me haga avanzar ante él.
Aquí
termino esta larga carta, que sólo puede interesarte por ser tu hijo quien la
escribe, y te abraza de todo corazón quien actualmente no es más que un caballo
de carreras participante en el «match». Hypperbone.
MAX REAL.
284
VIII. El
golpe del reverendo Hunter
Si alguno
parecía menos indicado que nadie para la casilla 47, Estado de Pennsylvania,
para Filadelfia, la principal ciudad del Estado, la más importante de la Unión
después de Chicago y Nueva York, era seguramente aquel Tom Crabbe, bruto por
naturaleza y boxeador por oficio. Pero la fortuna es ciega, y en vez de Max
Real, de Harris T. Kymbale o de Lissy Wag, tan capaces para admirar las
magnificencias de aquella ciudad, enviaba a ella al estúpido boxeador,
acompañado de John Milner. Jamás hubiera podido prever esto el difunto miembro
del «Excentric Club».
Además,
nada se podía contra ello. En la mañana del día 31 de mayo los dados habían
hablado. Los doce tantos, por seis y seis, habían sido transmitidos desde
Chicago a Cincinnati, y el jugador número 2 había tomado sus medidas para
abandonar inmediatamente a la antigua Porcópolis.
—¡Sí,
Porcópolis! —dijo John Milner, al partir, con acento despectivo—. ¡El mismo día
en que el célebre Tom Crabbe la honraba con su presencia, la población se ha
lanzado a ese estúpido concurso de bestias! ¡Un cerdo ha atraído la pública
atención, y no se ha lanzado un hurra en honor del campeón del Nuevo Mundo…!
¡Ah! Embolsémonos la gran fortuna de Hypperbone, y yo sabré vengarme de esta
afrenta…
No le
hubiera sido fácil a John Milner indicar en qué había de consistir tal
venganza. Pero, en fin, como lo más urgente era ganar la partida, Tom Crabbe,
conforme a las indicaciones del telegrama que había recibido, tomó el tren para
Filadelfia.
Había
tiempo de sobra para hacer diez veces este viaje. Los Estados de Ohio y de
Pennsylvania son limítrofes. Una vez franqueada la frontera oriental del uno,
se está en el territorio correspondiente al otro. Entre las dos metrópolis
apenas hay seiscientas millas, y existen varias líneas férreas a disposición de
los viajeros. Veinticuatro horas bastan para realizar este trayecto.
285
He aquí
una buena suerte que jamás conseguiría el comodoro Urrican, y que no sería
envidiada por el joven pintor ni por el cronista del Tribune, siempre deseosos
de largos viajes. Pero a John Milner no le agradaba permanecer un día más en
aquella ciudad tan aficionada a los descomunales ejemplares del ganado de
cerda. Sí, cuando pusiera el pie en la plataforma del vagón no dejaría de
sacudirse el polvo de sus zapatos. Nadie se había ocupado de la presencia de
Tom Crabbe en Cincinnati; nadie había ido a entrevistarle en su hotel del
barrio de Covington; los apostantes no habían afluido como los de Austin, en
Tejas, y la sala de telégrafos estaba desierta el día en que él se presentó
para recibir el telegrama del notario Tombrock… Pero, en fin, merced a los doce
tantos, Tom Crabbe adelantaba en tres casillas a Max Real y en una al hombre
misterioso.
John
Milner, herido en su amor propio, ultrajado por la actitud de la población de
Cincinnati, furioso por tal indiferencia, abandonó el hotel a las doce y
treinta y siete, y, seguido de Tom Crabbe, que acababa de terminar su segundo
almuerzo, se dirigió a la estación. Partió el tren, y después de haber
bifurcado en Columbus, franqueó la frontera oriental formada por el curso del
Ohio.
El Estado
de Pennsylvania debe su nombre al ilustre cuáquero inglés William Penn, que a
fines del siglo XVII adquirió los vastos territorios situados a orillas del
Delaware. He aquí en qué circunstancias:
William
Penn era acreedor de Inglaterra por una gruesa suma que se deseaba no
entregarle. A cambio, Carlos II le ofreció una porción de terrenos que el Reino
Unido poseía en aquella parte de América. Aceptó el cuáquero, y algún tiempo
después, en 1681, establecía los cimientos de Filadelfia. Como en aquella época
el suelo estaba cubierto de inmensos bosques, pareció natural llamarla
Sylvania, anteponiéndole el apellido de William Penn. De ahí Pennsylvania.
Harris T.
Kymbale hubiera seguramente referido esta historia sazonándola con otras
anécdotas referentes al país, y con vivo placer de los lectores del Tribune, si
la suerte le hubiera favorecido con quince días de estancia en la región de
Pennsylvania. Con su ágil pluma hubiera descrito el territorio, bastante
parecido al de Ohio, que la cadena de los Allegheny cruza pintorescamente del
Sudoeste al Nordeste. Hubiera hecho destacar el aspecto general, que justifica
aún la segunda parte de su nombre, sus
286
extensos
bosques de encinas, hayas, castaños, nogales y arces, sus prados donde se
alimentan gran número de bestias y donde se crían algunos caballos de hermosa
raza, que la bicicleta acabará de dispersar un día como los de Oregón o Kansas.
Hubiera celebrado con sonoras y espirituales frases aquellos campos espaciosos
donde el moral prospera con ventaja de los sericultores, y también de las
viñas, que dan buenos productos. Pues si Pennsylvania es fría en invierno, más
de lo que su latitud parece indicar, experimenta durante el verano calores
tropicales. Harris T. Kymbale hubiera hablado, en fin, manejando cifras en
apoyo de sus aserciones, de aquel suelo tan rico en hulla, en antracita, en
minerales de hierro, en fuentes de petróleo y de gas natural, y tan generoso
que da un número de toneladas de acero y de hierro superior a la producción del
resto de los Estados Unidos. Tal vez el entusiasta cronista hubiera referido
sus cacerías de gamos, antes, gatos monteses, lobos, zorros y osos, que
frecuentan los vastos bosques del Estado, puesto que era gran aficionado a las
proezas cinegéticas.
Inútil es
añadir que las principales ciudades de Pennsylvania hubieran recibido la visita
de Harris T. Kymbale, que hubiera ido a buscar en ellas la brillante acogida y
los aplausos reservados a uno de los favoritos de la excéntrica carrera. Se le
hubiera visto en las ciudades de Allegheny y de Pittsburgh, por las que su
compañero Max Real acababa de pasar para dirigirse a Richmond. Hubiera dedicado
parte de su tiempo a la capital del Estado, Harrisburg, con sus cuatro puentes
que cruzan el río Susquehanna, que nace en las vertientes de los montes Azules
y que las fábricas metalúrgicas bordean en una longitud de varias millas.
Hubiérase trasladado seguramente al cementerio de Gettysburg, escenario de las
luchas de la guerra de Secesión, donde en 1863 cayeron los soldados del
ejército confederado, el mismo día en que el Misisipi se abría al general Grant
por la rendición de la fortaleza de Vicksburg; y hubiese ido acompañado de los
numerosos peregrinos, tanto del Sur como del Norte, que van anualmente a honrar
a los muertos que yacen bajo las losas que cubren el ensangrentado suelo de la
metrópoli. Aquel territorio poseía aún otras ciudades que gozaban de gran
prosperidad: Scrauton, Reading, Erie, sobre el lago de este nombre, Lancaster,
Altoona, Wilkesbarre, cuya población pasa de treinta mil almas… En fin, el
cronista del gran periódico de Chicago no hubiera dejado de acercarse al valle
del Leight, ni al monte Ours, de cien toesas de altura, al que el primer
ferrocarril conduce desde 1827, y vecino a una mina de antracita que se explota
desde hace medio siglo.
287
Preciso
es decir igualmente que, por mucho desdén que sintiera por las poblaciones
industriales, Max Real hubiera encontrado en los territorios de Pennsylvania
más de un hermoso paisaje, tentación segura para su pincel, y pintorescos
lugares en la vertiente de los Allegheny y en los valles del macizo de los
Appalaches. Pero ni el jugador número 1 ni el número 4 habían sido enviados a
la casilla 47, lo que será una eterna desgracia para el arte y para los
lectores del Tribune.
Nada hay
que esperar de Tom Crabbe, o, por mejor decir, de John Milner. Su héroe iba
destinado a Filadelfia, y a Filadelfia iría; a ninguna parte más. Y aquella vez
la atención pública no se desviaría de él; sería el hombre del día. En caso de
necesidad, John Milner sabría ponerle a la luz y obligar a la gran ciudad a que
se ocupase de un personaje que tan importante plaza tenía en el mundo
pugilístico de América del Norte.
A las
diez de la noche del día 31 de mayo, Tom Crabbe hizo su entrada en la Ciudad
del Amor Fraternal, donde su representante y él pasaron de incógnito la primera
noche.
Al día
siguiente, John Milner quiso saber qué tales vientos corrían.
¿Soplaban
de buena dirección y habían llevado ya el nombre del ilustre boxeador hasta las
orillas del Delaware? Según su costumbre, John Milner había dejado a Tom Crabbe
en el hotel, después de dar las oportuna; órdenes para sus dos almuerzos de la
mañana.
Aquella
vez, lo mismo que en Cincinnati, no había inscrito sus nombres y profesiones en
el registro de viajeros. Un paseo por la ciudad le parecía indicado. Puesto que
el resultado de la última jugada debía ser conocido desde el día anterior, él
sabría si la población se ocupaba de la llegada de Tom Crabbe.
Una
ciudad pequeña, de tercer o cuarto orden, puede ser recorrida en algunas horas.
Pero no sucede lo mismo cuando se trata de una aglomeración urbana que,
comprendidos sus anejos de Manaynak, Gloucester, Camden y Germanstown, no
cuenta menos de 200 000 edificios y 1.100 000 almas. En su disposición oblicua
del Nordeste al Sudoeste, siguiendo el curso del Delaware, Filadelfia se
desenvuelve en una extensión de seis leguas, y su superficie está próxima a
igualar la de Londres. Esto obedece, sobre todo, a que los habitantes de
Filadelfia
288
suelen
habitar en edificios independientes, y que las enormes construcciones con
centenares de inquilinos, como en Chicago o en Nueva York, son allí raras. Es
la ciudad del home por excelencia.
Esta
capital es inmensa, soberbia, aireada, regularmente construida, con algunas
calles de cien pies de anchura. Posee casas en cuyas fachadas alternan los
ladrillos y el mármol; frescas arboledas, conservadas desde la época silvana
del territorio; jardines lujosamente cuidados, plazas, parques, entre los que
cabe destacar el Fairmount Park, el más vasto de los Estados Unidos, extensión
de 1200 hectáreas, que limita con el Schnylkill, y en el que las quebradas
conservan su salvaje aspecto.
Durante
aquel primer día John Milner no pudo visitar más que la parte de la ciudad
situada en la orilla izquierda del Delaware, y subió hacia el barrio del Oeste,
siguiendo el Schnylkill, un afluente del río, que corre del Noroeste al
Sudeste. Al otro lado del Delaware se extiende Nueva Jersey, uno de los
pequeños Estados de la Unión, al que pertenecen los anejos de Camden y de
Gloucester, que por falta de puentes comunican con la metrópoli mediante ferry
boats.
Aquel
día, pues, John Milner no consiguió llegar al centro de la ciudad, de donde
parten las principales arterias y donde se halla el Ayuntamiento, vasto
edificio de mármol blanco, construido a fuerza de millones, y cuya torre,
cuando esté acabada, elevará a seiscientos pies de altura la enorme estatua de
William Penn.
Durante
su estancia en Filadelfia, John Milner no tuvo el menor pensamiento de visitar
los monumentos de la ciudad: ni el arsenal y los astilleros situados en League
Island, isla del Delaware; ni la Aduana, construida en mármol; ni la Casa de la
Moneda, donde aún existen las piezas de la República federal; ni el Hospital de
la Marina; ni el Museo de Historia, instalado en Independence Hall, donde fue
firmada la declaración de 1776; ni el Gran Colegio, de arquitectura corintia,
donde se educan centenares de huérfanos; ni la Universidad; ni la Academia de
Ciencias Naturales y sus preciosas colecciones; ni el Observatorio; ni el
Jardín Botánico, uno de los más bellos y ricos de la Unión; ni, en fin, ninguna
de las doscientas sesenta iglesias, ni ninguno de los seis templos cuáqueros de
la antigua y célebre capital de los Estados Unidos.
Después
de todo, John Milner no había ido allí para ver Filadelfia.
289
No se
esperaba de él, como de Max Real o de Harris T. Kymbale, cuadros o artículos.
Su misión era conducir a Tom Crabbe al lugar donde las jugadas le obligaban a
ir. Pero trataba de sacar partido de aquel viaje, haciendo un reclamo del
coloso para el caso de que, al no ganar los sesenta millones de dólares, se
viera obligado a continuar en su oficio.
Los
aficionados a este deporte no debían de faltar en Filadelfia, donde los obreros
se cuentan por centenares de miles, en las minas, en los talleres de
construcción de maquinaria, en las refinerías, fábricas de productos químicos,
de tapices y telas —más de seis mil manufacturas de toda especie— y también los
trabajadores del puerto, donde se efectúan las expediciones de carbón, de
petróleo, de grano, y cuyo movimiento comercial sólo es superado por el de
Nueva York.
Sí; Tom
Crabbe tenía que ser apreciado en su justo valor entre aquellas gentes, en que
las cualidades físicas tienen más importancia que las intelectuales. Y aun en
otras clases, llamadas superiores, ¡cuántos gentlemen saben apreciar un
puñetazo aplicado en pleno rostro y la rotura de una mandíbula según las reglas
del arte!
Con
verdadera satisfacción, John Milner pudo observar que el mercado de Market
Street, que pasa por uno de los mejores de las cinco partes del mundo, no
estaba entonces afecto a ningún concurso regional de ganadería. Así es que su
compañero no tenía que temer a ningún rival, como en aquel abominable Spring
Grove de Cincinnatti, y el pabellón añil no se arriaría esta vez ante la
majestad de un cerdo fenomenal.
Así,
pues, respecto a este punto, John Milner quedó tranquilo desde el principio.
Los periódicos de Filadelfia habían anunciado aparatosamente que el Estado de
Pennsylvania debía esperar la inminente llegada del jugador número 2 en los
quince días comprendidos entre el día 31 de mayo y el 14 de junio.
Las
agencias se habían mezclado en el asunto. Los corredores de apuestas habían
inclinado a los apostantes en favor de Tom Crabbe, manifestando que era el que
iba en cabeza de los participantes y calculando que podía llegar
victoriosamente al final con dos jugadas afortunadas.
¡Cuán
satisfecho hubiera quedado Tom Crabbe, de haber sabido leer, cuando al día
siguiente su representante le paseó por la ciudad!
290
Por todas
partes se veían colosales anuncios —cierto que por el estilo de los dedicados
al cerdo de Cincinnati— con el nombre del jugador número 2 en letras de un pie
de altura, y escoltado por admiraciones como guardia de honor, sin contar los
folletos distribuidos por los corredores de las agencias.
¡TOM
CRABBE! ¡TOM CRABBE! ¡TOM CRABBE!
¡EL
ILUSTRE TOM CRABBE, CAMPEÓN DEL NUEVO MUNDO!
¡EL GRAN
FAVORITO DEL MATCH HYPPERBONE!
¡TOM
CRABBE, VENCEDOR DE FITZSIMONS Y CORBETT! ¡TOM CRABBE, QUE VENCE A REAL, A
KYMBALE, A TITBURY, A LISSY WAG, A HODGE URRICAN Y A X. K. Z.! ¡TOM CRABBE, QUE
VA EN CABEZA!
¡TOM
CRABBE, QUE ESTÁ A DIECISÉIS CASILLAS DE LA META! ¡TOM CRABBE, QUE VA A COLOCAR
EL PABELLÓN AÑIL EN LAS ALTURAS DE ILLINOIS!
¡TOM
CRABBE ESTÁ ENTRE NOSOTROS!
¡HURRA!
¡HURRA! ¡HURRA POR TOM CRABBE!
Claro es
que otras agencias contrarias al jugador número 2 respondían con otros
carteles, no menos llenos de puntos y signos de admiración, elogiando en
especial a Max Real y a Harris T. Kymbale. Los otros jugadores, Lissy Wag, el
comodoro y Hermann Titbury, estaban ya considerados fuera de concurso.
¡Compréndese,
pues, cuán orgullosamente exhibiría John Milner al coloso por las calles de
Filadelfia, por sus plazas, sus paseos, por Fairmount Park y también por Market
Street! ¡Qué desquite de la derrota de Cincinnati! ¡Qué éxito!
No
obstante, el día 7, entre aquella alegría delirante, John Milner experimentó
alguna angustia provocada por un inesperado suceso. Fue como un alfilerazo que
amenazó deshinchar el globo presto para lanzarse al espacio.
Un
cartel, no menos colosal que los otros, acababa de ser colocado por un rival.
Decía así:
291
¡¡CAVANAUGH
CONTRA CRABBE!!
¿Quién
era este Cavanaugh? ¡Oh! En la metrópoli era bien conocido: era un boxeador de
gran fama, que tres meses antes había sido vencido en memorable combate por Tom
Crabbe, sin que desde entonces hubiera podido tomar el desquite, pese a su
insistencia en conseguirlo. Ahora, puesto que Tom Crabbe se hallaba en
Filadelfia, le desafiaba; y, al efecto, al nombre de Cavanaugh seguían estas
palabras:
¡¡DESAFÍO
PARA EL CAMPEONATO!!
¡DESAFÍO!
¡DESAFÍO!
Se
comprenderá que Tom Crabbe tenía cosa mejor que hacer que responder a tal
provocación, ya que sólo debía esperar tranquilamente la fecha de la próxima
jugada. Pero Cavanaugh o, por mejor decir, los que le lanzaban contra el
campeón del Nuevo Mundo, no lo entendían de este modo. ¿Quién sabe si no se
trataba de algún ardid de una agencia rival que pensaba detener en el camino al
más destacado de los jugadores?
La
prudencia debió haber aconsejado a John Milner que se encogiera de hombros. Los
mismos partidarios de Tom Crabbe intervinieron para decirle que desdeñase
aquellos interesados retos.
Pero, por
una parte, John Milner conocía la indiscutible superioridad de Tom Crabbe sobre
Cavanaugh en materia de boxeo, y, por otra, se hizo la reflexión siguiente: si
Tom Crabbe no ganaba la partida, si no se enriquecía con los millones de
Hypperbone, le sería preciso seguir boxeando en público, y tal vez sufriría en
su reputación si rechazaba aquel desquite solicitado en tan solemnes
circunstancias.
Así es
que, tras la aparición de nuevos carteles más provocativos que tendían a
empañar el honor del campeón del Nuevo Mundo, se pudo leer al siguiente día en
todas las paredes de Filadelfia:
¡RESPUESTA
AL DESAFÍO!
¡¡CRABBE
CONTRA CAVANAUGH!!
292
¡Júzguese
del efecto!
¿Cómo?
¿Tom Crabbe aceptaba la lucha? ¿Tom Crabbe, que iba a la cabeza de los «Siete»,
arriesgaba su posición por un desquite? ¿Se olvidaba acaso de los que habían
apostado a su favor…? ¡Sí! Además, como pensaba John Milner, una mandíbula rota
o un ojo amoratado no impedirían a Tom Crabbe ponerse en camino y desempeñar
buen papel en el match Hypperbone.
Así,
pues, el combate se efectuaría, y cuanto antes mejor. Pero había una
dificultad: como los combates de este género hasta en América están prohibidos,
la policía de Filadelfia prohibió a los dos boxeadores que se enfrentasen, bajo
pena de prisión y multa. Cierto es que estar preso en la Penitenciary Western,
donde los presos están obligados a aprender a tocar un instrumento musical y a
hacerlo sonar todo el día —grotesco concierto, en el que domina el lastimero
acordeón—, no constituye pena muy severa. Pero la detención representaba la
imposibilidad de partir el día indicado, y exponerse a aquellos retrasos de los
que Hermann Titbury había sido víctima en Maine. Quedaba un medio de lograr el
objeto sin temor a la intervención del sheriff. Bastaba trasladarse a un
pueblecillo vecino, mantener el secreto del día y la hora del encuentro, y
resolver fuera de Filadelfia la gran cuestión del campeonato.
Esto es
lo que se acordó. Únicamente los padrinos de los dos boxeadores y algunos
aficionados de alta respetabilidad fueron puestos al corriente de las
disposiciones tomadas.
Las cosas
sucederían, pues, entre personas de la profesión, por así decirlo, y, cuando
estuvieran de regreso, las autoridades no tendrían que ocuparse de aquel
asunto. Esto era algo imprudente, pero… ¿qué se le iba a hacer? ¡Cuando el amor
propio está en juego…!
Terminadas
las conversaciones, como no se renovaron las provocaciones por medio de
carteles, como se extendió el rumor de que el combate quedaba aplazado hasta la
terminación del match, se creyó que no se llevaría a cabo.
Y, sin
embargo, el día 9, a las ocho de la mañana, en el pueblecito de Arondale, a
unas treinta millas de Filadelfia, cierto número de personas se encontraban
reunidas en un salón secretamente alquilado para aquel acto.
293
Algunos
fotógrafos y cameramen les acompañaban con el fin de conservar para la
posteridad todas las fases de tan interesante lucha.
Entre
estos personajes figuraban Tom Crabbe, dispuesto a extender sus brazos en
dirección a la cabeza de su adversario, y Cavanaugh, de menos estatura, pero
muy ancho de espaldas y de excepcional vigor. Dos luchadores capaces de
aguantar veinte o treinta rounds; es decir, veinte o treinta asaltos.
John
Milner acompañaba al primero, y al segundo su representante. Aficionados y
técnicos les rodeaban, ávidos de juzgar los golpes de aquellas dos máquinas.
Pero, apenas estaban en tensión sus músculos, apareció el sheriff de Arondale,
Vincent Bruck, acompañado del clérigo Hugh Hunter, ministro metodista de la
parroquia, gran vendedor de biblias, a la vez antisépticas y antiescépticas.
Prevenidos por una indiscreción, ambos corrieron al lugar de la lucha para
evitar aquel encuentro inmoral y degradante, el uno en nombre de las leyes de
Pennsylvania, y el otro en el de las leyes divinas.
No se
extrañará que fuesen mal recibidos por los dos campeones, por los padrinos y
por los espectadores, muy engolosinados con aquel deporte, sobre el resultado
del cual habían apostado sumas considerables.
El
sheriff y el clérigo quisieron dirigirles la palabra, pero rehusaron oírles.
Intentaron separar a los dos contendientes, y se les opuso resistencia. ¿Qué
podían dos personas contra aquellos hombres fuertes y musculosos, con vigor
suficiente para enviarlos de un puñetazo a veinte pies de distancia?
Sin duda
los dos recién llegados tenían para otros carácter sagrado, por representar las
autoridades terrestre y celestial; pero les faltaba el auxilio de la policía.
Tom
Crabbe y Cavanaugh iban a dar ya comienzo a la lucha.
—¡Deteneos!
—gritó Vincent Bruck.
—¡Quietos!
—añadió el reverendo Hugh Hunter.
No les
hicieron caso y fueron lanzados varios puñetazos que se perdieron en el vacío
gracias a esquivarlos los dos adversarios.
294
Entonces
ocurrió una escena digna de provocar la sorpresa y la admiración de los que
fueron testigos de ella.
Ni el
sheriff ni el clérigo eran muy altos y gruesos; pero, a falta de envergadura,
poseían, como se va a ver, ligereza, buen tino y voluntad.
Vincent
Bruck y Hugh Hunter se lanzaron sobre los dos boxeadores. Quiso John Milner
sujetar al segundo, y recibió una tremenda bofetada que le hizo caer al suelo,
donde permaneció semidesvanecido.
Un
segundo después, Cavanaugh era obsequiado con un puñetazo que el sheriff le
administró en el ojo izquierdo, mientras el reverendo aplastaba el ojo derecho
a Tom Crabbe. Los dos boxeadores se revolvieron contra los que así les
maltrataban; pero éstos, evitando el ataque mediante saltos y cabriolas dados
con ligereza de mono, esquivaron la respuesta. Y desde este momento —cosa que
no sorprenderá, ya que la escena transcurría entre entendidos en la materia—,
los aplausos y los hurras se dirigieron a Vincent Bruck y a Hugh Hunter.
El
metodista se mostró tan particularmente metódico en su manera de operar, según
todas las reglas del arte, que después de haber hecho un tuerto de Tom Crabbe,
hizo de él un ciego, hundiéndole de un puñetazo el ojo izquierdo.
Al fin
aparecieron algunos agentes de la policía.
Y como lo
mejor era escapar, esto se hizo.
Así
terminó aquel memorable combate, con ventaja y honor para el sheriff y el
clérigo, que habían luchado por la ley y la religión.
John
Milner, con una mejilla hinchada y un ojo tumefacto, arrastró a Tom Crabbe a
Filadelfia, donde ambos, encerrados en su habitación, en la que ocultaron su
vergüenza, esperaron la llegada del próximo telegrama.
295
IX.
Doscientos dólares por día
¿Un
talismán a los esposos Titbury? Ciertamente tenían necesidad de él, y sería
bien recibido, aunque fuese el cabo de la cuerda que sirviera para ahorcar a
aquel bribón de Bill Arrol.
Pero,
como había declarado el magistrado de Great Salt Lake City, era preciso
prenderle primero para ahorcarle después, cosa que no parecía fácil.
El
talismán que asegurase la partida a Titbury no hubiera sido muy caro al precio
de los tres mil dólares que le robaron en el «Cheap Hotel». Pero, entretanto,
el pabellón azul no poseía un centenar de ellos, y, furioso y descorazonado por
las irónicas respuestas del sheriff, abandonó el puesto de policía para
reunirse con su esposa.
—Y bien,
Hermann —le preguntó ésta—. ¿Qué hay de ese canalla, de ese miserable Inglis?
—No se
llama Inglis —respondió Mr. Titbury
dejándose caer en una silla—.
Se llama
Bill Arrol.
—¿Está
preso?
—Lo
estará.
—¿Cuándo?
—Cuando
se le pueda coger.
—¿Y
nuestro dinero? ¿Nuestros tres mil dólares?
—No doy
por ellos ni diez centavos.
Mrs.
Titbury dejóse caer a su vez sobre un sillón. Pero como aquella mujer se
recobraba pronto del abatimiento, levantóse, y cuando su marido, en el
296
último
punto de la postración, le dijo:
—¿Qué
hemos de hacer?
—Esperar
—respondió.
—¡Esperar!
¿Esperar qué? ¿Que ese bandido de Arrol…?
—No,
Hermann. Hemos de esperar el telegrama de Mr. Tombrock, que no puede tardar.
—¿Y el
dinero?
—Nos
sobra tiempo para recibirlo, aunque nos lo envíen del otro lado de los Estados
Unidos.
—Lo que
no me asombraría, ya que la mala suerte nos persigue de modo cruel.
—Sígueme
—respondió resueltamente Mrs.
Titbury.
Y ambos
se dirigieron a las oficinas del telégrafo.
Toda la
ciudad sabía las desventuras del matrimonio Titbury. Cierto es que Great Salt
Lake City no parecía experimentar más simpatía por ellos que el pueblo de
Calais, de donde venían; y no solamente les faltaba la simpatía, sino también
la confianza. Nadie arriesgaba nada a favor de gentes a las que ocurrían tan
desagradables peripecias; dos desdichados que en dos jugadas no habían pasado
aún de la casilla número 4; dos rezagados a los que los demás jugadores
llevaban gran ventaja, y a los que los postores no aceptaban ni aun a cincuenta
por uno.
Así,
pues, si en las oficinas de telégrafos se encontraban algunas personas, eran
más bien curiosos y burlones, dispuestos a mofarse del «farolillo rojo»,
locución con la que se designaba al infortunado Titbury.
Pero ni a
éste ni a su mujer les importaban las burlas ni les preocupaba su descrédito en
las agencias. ¿Quién podía saber si una excelente jugada no iba a mejorar su
posición? En efecto; estudiando su mapa, Mrs. Titbury había calculado que si
los dados sumaban diez tantos, por ejemplo, como sería preciso doblarlos sobre
la casilla 14, ocupada por Illinois, estos puntos les conducirían de un salto a
la casilla 24, correspondiente a
297
Michigan,
lindante con Illinois, lo que les llevaría a Chicago. ¿Tendrían la fortuna de
conseguir este golpe, el más favorable que podían esperar?
A las
nueve y cuarenta y siete, con regularidad matemática, llegó el telegrama.
La jugada
resultó desastrosa.
No se
habrá olvidado que aquel mismo día, 2 de junio, Max Real, entonces en Chicago
con su madre, había sabido el resultado de la jugada, como en los siguientes
días debía conocer las que enviaban a Harris T. Kymbale a Dakota del Norte, a
Lissy Wag a Missouri y al comodoro Urrican a Wisconsin.
En suma;
preciso era que la fatalidad se encarnizara con Titbury para que éste obtuviera
tan desfavorable resultado.
Los dados
habían indicado cinco, por dos y tres, lo que de la casilla número 4 llevaba a
la número 9. Siendo ésta la de Illinois, era preciso doblar los tantos, y como
la 14 era también de Illinois, correspondía triplicarlos. Esto daba en total
quince puntos, que conducían a la casilla 19, Luisiana, Nueva Orleans, marcada
como hostería en el mapa de William J. Hypperbone.
Realmente
era imposible ser más desventurado.
El
matrimonio Titbury regresó al hotel entre las burlas de los concurrentes como
si hubiese recibido un mazazo en el cráneo. Pero Mrs. Titbury tenía la cabeza
más sólida que su marido, y recobró pronto su energía.
—¡A
Luisiana! ¡A Nueva Orleans! —repetía Mr. Titbury mesándose los cabellos—. ¿Por
qué hemos de correr tanto?
—¡Y lo
que correremos! —declaró Mrs. Titbury,
cruzándose de brazos.
—¿Cómo?
¿Piensas…?
—Partir
para Luisiana.
—Son mil
trescientas millas…
—Las
recorreremos.
298
—Tendremos
que pagar una prima de mil dólares…
—La
pagaremos.
—Estaremos
dos tumos sin jugar…
—No los
jugaremos.
—Será
preciso permanecer cuarenta días en aquella ciudad, donde, según parece, la
vida es muy cara…
—Los
pasaremos.
—Pero no
tenemos dinero…
—Lo
pediremos.
—Pero… yo
no quiero…
—Yo, sí.
Como
puede verse, Kate Titbury tenía respuesta para todo. Se sentía fascinada,
hechizada e hipnotizada por los millones de dólares que veía en lontananza.
Hermann
Titbury no intentó resistir, pues hubiese sido tarea vana. En realidad había
deducido consecuencias muy justas de la desdichada jugada: un largo y costoso
viaje; tenía que atravesar el país del Nordeste al Sudoeste; el coste de la
vida era muy elevado en la opulenta ciudad de Nueva Orleans; era necesario
permanecer en ella mucho tiempo, puesto que las reglas del juego obligaban a
esperar dos jugadas antes de proseguir la partida… Hermann le hizo observar
todos estos inconvenientes.
—Tal vez
—respondió Mrs. Titbury— el azar envíe allí a alguno de los demás jugadores, y
en este caso seríamos remplazados…
—¿Quién
quieres que nos sustituya —exclamó Mr. Titbury—, si todos están delante de
nosotros?
—¿Y no
pueden verse obligados a recomenzar la partida, como ha sucedido al abominable
Urrican?
299
Podía
suceder así, naturalmente. ¡Pero era tan poco afortunada aquella pareja!
—Además
—añadió Hermann—, para colmo de desdichas, carecemos del derecho de elegir el
hotel que nos convenga.
En efecto,
el telegrama decía:
«Casilla 19. Nueva
Orleans, Luisiana.
“Excelsior
Hotel”».
No había
discusión posible. Fuese este hotel de primero o de vigésimo orden, era el que
ordenaba la imperiosa voluntad del difunto.
—¡Iremos
al «Excelsior Hotel»! —limitóse a responder Mrs.
Titbury.
Así era
esta mujer, tan resuelta como avariciosa. Pero mucho debía de sufrir pensando
en las pérdidas ya experimentadas, en los trescientos dólares de la multa, en
los tres mil del robo, en los gastos efectuados hasta aquel día, en los que les
imponía el presente y en los que les reservaba el porvenir… Solamente la
cegadora herencia resplandecía ante sus ojos.
Había
tiempo de sobra para que el tercer jugador se trasladara a su destino: cuarenta
y cinco días. Estaban a 2 de junio, y bastaría que el pabellón azul se
desplegase en la capital de Luisiana el día 15 de julio. Sin embargo, como
había hecho observar Mrs. Titbury, alguno de los «Siete» podía ser enviado allí
de un día a otro, y de ahí la necesidad de encontrarse en la casilla 19 a fin
de cederle el sitio. Lo mejor, pues, era no perder el tiempo en Great Salt Lake
City. Los Titbury decidieron ponerse en camino tan pronto como recibieran el
dinero que habían pedido por telégrafo al «Fint National Bank», de Chicago,
Dearborn and Monroe Streets, donde Mr. Titbury tenía cuenta corriente.
Esta
operación fue realizada en dos días. El 4 de junio por la mañana Hermann pudo
recoger en el Banco de Great Salt Lake City cinco mil dólares, que no debían
producirle interés.
El 5 de
junio el matrimonio Titbury abandonó la ciudad entre la indiferencia general y,
por desgracia, sin el cabo de cuerda que debía servir para ahorcar a Arrol, y
que tal vez les habría dado suerte.
El Union
Pacific —decididamente muy utilizado por los jugadores del match
300
Hypperbone—
les trasladó a través de Wyoming hasta Cheyenne, y a través de Nebraska hasta
Omaha.
Allí, por
economía, pues el barco resultaba más barato que el ferrocarril, los viajeros
ganaron por el río Missouri la ciudad de Kansas, como había hecho Max Real en
su primer viaje; después llegaron a San Luis, donde Lissy Wag y Jovita Foley no
tardarían en albergarse, a fin de pasar allí su tiempo de prisión.
Mediante
un sencillo transbordo se entra en las aguas del Misisipi, abandonando las del
Missouri, que es su principal tributario. Los barcos son muy numerosos en estos
ríos, y en tercera clase el viaje se efectúa con gran economía. Además,
aprovechándose de comestibles baratos, fáciles de renovar en las escalas, se
pueden disminuir los gastos de la jornada. Esto es lo que hizo el matrimonio
Titbury, economizando lo más que pudo en espera de la nota de gastos que, en un
futuro más o menos inmediato, les presentaría el «Excelsior Hotel» de Nueva
Orleans.
Así,
pues, la embarcación Black Warrior recibió a los dos esposos, a quienes debía
trasladar a la metrópoli de Luisiana, a la que el gran río proporciona una
frontera más natural que los grados de longitud y latitud correspondientes a
sus límites geodésicos.
No es de
extrañar que esta soberbia arteria, cuyo trayecto pasa de las 4500 millas, haya
recibido diversas denominaciones: Misi Sipi, es decir, Gran Río; Río del
Espíritu Santo, por los españoles; Colbert, a mitad del siglo XVII, por
Cavelier de la Salle; Buade, por el explorador Joliet; y, en fin, Meschacebé,
bajo la poética pluma de Chateaubriand.
Por lo
demás, esta serie de nombres, remplazados por el de Misisipi, sólo tiene un
interés geográfico del que no se preocupaban los Titbury, como tampoco les
importaba la extensión de su cuenca, que comprende 3.211 000 kilómetros
cuadrados. Lo esencial para ellos era que se les condujera con la mayor
economía hasta su punto de destino. Por lo demás, este trayecto no ofrecía
ningún obstáculo. El llamado Misisipi industrial, ya aumentado por numerosos
afluentes; Minnesota, Cedar, Turkey, Iowa, Santa Cruz, Chippewa y Wisconsin,
comienza más arriba de San Luis, en Minnesota, y llega hasta más abajo de las
tumultuosas cascadas de San Antonio. En el mismo San Luis se hallan los dos
últimos puentes que ponen en comunicación su ribera derecha con su ribera
izquierda, después de un curso de 1200 millas.
301
Siguiendo
la frontera de Illinois, el Black Warrior siguió frente a la alta y bravía
costa calcárea, de 60 toesas de altura, que por una parte componen las últimas
ramificaciones de los montes Ozark, y por otra las últimas colinas del campo de
Illinois.
El
paisaje cambió por completo a partir de El Cairo, convirtiéndose en una inmensa
planicie aluvial, a través de la cual uno de los grandes tributarios del
Misisipi, el Ohio, vierte en él grandes masas de agua No obstante, a pesar de
este aumento y del que suministran el Arkansas y el Rojo, el río es menos
caudaloso en Nueva Orleans, o sea, en su desembocadura en el golfo de México,
que en San Luis. Esto depende de que la mayor parte de sus aguas corren
lateralmente por las orillas bajas, inundando el llamado Sunk Country, o País
Cavado, región espaciosa situada al oeste del río, sembrada de lagunas y
pantanos y que parece estar hundida desde el terremoto del año 1812.
El Black
Warrior, diestramente dirigido, se deslizaba por entre las numerosas islas que
cambian de forma y emplazamiento según el capricho de las crecidas y las
corrientes. Así, pues, a pesar de todo, la navegación por el Misisipi no carece
por completo de dificultades, que vencen con facilidad los hábiles pilotos de
Luisiana.
Los
Titbury pasaron por Memphis, importante ciudad de Tennessee, donde los curiosos
habían podido contemplar durante algunas horas a Tom Crabbe en su primer viaje.
Después por Helena, sobre la pendiente de una colina, pueblo que seguramente se
convertiría en ciudad, pues los barcos hacen allí frecuentes paradas. Después,
por la ribera derecha, dejaron atrás la embocadura del Arkansas y avistaron una
comarca pantanosa donde desapareció un día la ciudad de Napoleón. Si después el
Black Warrior no hizo escala en Vicksburg, una de las raras ciudades
industriales del Misisipi, fue debido a que el infiel río, después de una gran
crecida, se apartó de ella algunas millas al Sur. No obstante, la embarcación
permaneció unas horas en Natchez, cuyo comercio emplea una batelería numerosa
que sirve a toda la región. El Misisipi presentóse desde entonces más
caprichoso, multiplicando sus vueltas y revueltas. Sus orillas, incultas, cada
vez más bajas, se confundían con las planicies aluviales, no presentando más
que bancos de arena roídos por la corriente.
Finalmente,
a trescientas millas del océano, el Black Warrior pasó la embocadura del río
Rojo, junto a Fort Adam, en el ángulo donde termina el
302
Estado de
Misisipi, y penetró en el de Luisiana. Allí hay rápidas corrientes, efecto del
estrechamiento del cauce del río. Pero como las aguas estaban entonces en su
altura media, el Black Warrior pudo salvarlas sin riesgo de encallar.
Después
de Natchez y antes de Nueva Orleans sólo se encuentra la ciudad de Baton Rouge,
y aun ésta no es realmente más que un gran pueblo de 10 500 habitantes. Pero
allí radica el centro de la legislatura del Estado, la capital parlamentaria de
Luisiana, de la que, como sucede en tantos Estados de la Unión, Nueva Orleans
sólo es una ciudad cualquiera. Baton Rouge está enclavada en sitio agradable y
sano, lo que no es de despreciar en regiones asoladas por la fiebre amarilla.
Después de Donaldsonville y hasta Nueva Orleans, sólo cruzaron frente a
pequeños pueblos y solitarias cabañas.
La
Luisiana, que Francia, durante el primer Imperio, vendió por 20 millones de
francos a los americanos, ocupa el trigésimo lugar entre los Estados Unidos de
la Unión. Su población, negra en su mayor parte, pasa de un millón cien mil
almas. Ha sido menester defenderla de las crecidas del Misisipi por sólidos
muros en la parte baja, donde la recolección de azúcar ocupa el primer lugar en
todo el país. Al Noroeste, regadas por el río Rojo y sus afluentes, las tierras
más altas se hallan al abrigo de las inundaciones y se prestan a todas las
exigencias de la agricultura. La Luisiana produce también hierro, carbón, ocre,
yeso; abundan en ella las plantaciones de naranjos y limoneros; posee vastos
bosques impenetrables, asilo de osos, panteras y gatos monteses, así como gran
número de arroyos frecuentados por aligátores.
El día 9
de junio por la tarde, después de un viaje de siete días desde Great Salt Lake
City, el matrimonio Titbury llegó a Nueva Orleans. Entretanto había sido
anunciado el resultado de las jugadas correspondientes a los días 4, 6 y 8 de
junio, concernientes a Harris T. Kymbale, Lissy Wag y Hodge Urrican. Ninguna de
ellas mejoraba la posición de Hermann Titbury, puesto que ninguno venía a
remplazarle en la hostería de la casilla 19.
¡Ah! Si
no tuviese la obligación de ir a la ruinosa ciudad y permanecer en ella seis
semanas, tal vez a los siete días de la fecha los dados le hubieran gratificado
con un número de tantos más favorable y hubiera podido ponerse en la misma
línea que los más avanzados de sus compañeros.
303
Al salir
del desembarcadero, los Titbury vieron un elegantísimo carruaje que esperaba,
sin duda, a alguno de los pasajeros del Black Warrior. Ellos pensaban dirigirse
a pie al «Excelsior Hotel», encargando a un mozo que les llevase el equipaje.
Imagínese,
pues, su sorpresa —sorpresa a la que se unió cierto recelo— cuando se les
acercó un lacayo negro que les dijo:
—¿Los
señores Titbury?
—Somos
nosotros —respondió Hermann.
¡Vaya!
Los periódicos habían debido de anunciar su partida de Utah, su paso por Omaha,
su viaje a bordo del Black Warrior y su próxima llegada a Nueva Orleans. Era
evidente que no podían escapar a los inconvenientes de la celebridad.
—¿Qué
desea? —preguntó Titbury, con acritud.
—Este
coche está a su disposición.
—No hemos
pedido coche.
—No se va
de otro modo al «Excelsior Hotel» —respondió el negro, haciendo una reverencia.
—¡Buen
comienzo! —murmuró Hermann, lanzando un suspiro.
En fin,
puesto que no era costumbre trasladarse al hotel de manera más modesta, lo
mejor era subir al soberbio landó. Así lo hizo la pareja, mientras un ómnibus
transportaba su equipaje. Al llegar a Canal Street, el coche se detuvo ante un
hermoso edificio, mejor dicho, un palacio, en cuya fachada principal brillaban
estas palabras: «Excelsior Hotel Company Limited». El lacayo abrió la
portezuela.
Los
Titbury, fatigados y aturdidos, apenas se dieron cuenta de la ceremoniosa
recepción que les fue hecha por el personal del hotel. Un mayordomo vestido de
etiqueta les condujo a su departamento. Completamente desvanecidos, nada vieron
de la magnificencia que les rodeaba, y dejaron para el día siguiente las
reflexiones que tan extraordinario aparato debía inspirarles.
304
Después
de una noche pasada en la calma de aquella cómoda habitación, protegida por
dobles ventanas que impedían el paso del ruido de la calle, se despertaron bajo
la claridad de una lamparilla de noche alimentada por electricidad. El
transparente cuadro de un magnífico reloj de péndulo señalaba las ocho.
Al
alcance de la mano, en la cabecera del vasto lecho donde el matrimonio había
dormido tan tranquilamente, una serie de timbres sólo esperaba la presión del
dedo para que acudiera la doncella o el ayuda de cámara. Otros botones eran
para pedir el baño, el desayuno, el periódico matutino y, lo que más que nada
debían pedir los viajeros al levantarse, la luz del día.
En este
botón se apoyó precisamente el índice de Mrs. Titbury. Al momento, las tupidas
cortinas de las ventanas se subieron mecánicamente, abriéronse las persianas y
los rayos del sol penetraron a oleadas en la habitación.
Hermann y
Kate se miraron. No osaban pronunciar una sola palabra, preguntándose si cada
una que emitiesen no iba a costarles una piastra.
El lujo
de la habitación era excesivo. Los muebles y los cortinajes eran de
incomparable riqueza, y las paredes estaban tapizadas de seda.
La pareja
se levantó y pasó a un gabinete contiguo todavía más lujoso. El lavabo tenía
grifos para agua caliente, fría y templada; los pulverizadores lanzaban agua
perfumada; había abundancia de jabones de olores y colores diversos, finísimas
esponjas y toallas blancas como la nieve. Nada faltaba.
Una vez
vestidos, los Titbury se aventuraron por las habitaciones contiguas; el
comedor, en cuya mesa resplandecían la plata y la porcelana; el recibidor, con
muebles de extraordinaria riqueza, pinturas de célebres maestros, artísticos
bronces y ricos cortinajes; el gabinete de la señora, con piano, mesa con
revistas de modas y álbumes de fotografías de Luisiana; el gabinete del señor,
donde se apilaban revistas americanas, los más importantes periódicos de la
Unión, papel de todos tamaños con el membrete del hotel y hasta una máquina de
escribir.
—¡Esto es
la cueva de Alí Babá! —exclamó Mrs. Titbury completamente fascinada.
305
—¡Y los
cuarenta ladrones no andan lejos! —añadió Hermann.
Sus ojos
se fijaron en aquel momento en un cuadro con marco dorado donde se indicaban
los diversos servicios del hotel y el horario de las comidas para los que no
preferían hacérselas servir en sus habitaciones.
La mesa
reservada a ellos estaba señalada con el número 1 con esta mención; «Reservada
a los jugadores del “match”. Hypperbone por el “Excelsior Hotel”. Company».
—Llama,
Hermann —dijo Mrs. Titbury.
Oprimido
el botón se presentó un caballero vestido de frac y con corbata blanca.
Cumplimentó
primeramente a los esposos en nombre del «Excelsior Hotel» y de su director,
los cuales se sentían muy honrados de tener por huésped a uno de los más
simpáticos jugadores de la gran partida nacional. Puesto que tenía que pasar
algún tiempo en Luisiana, y más especialmente en Nueva Orleans, con su
honorable esposa, se procuraría rodearles de todo género de comodidades,
multiplicándoles las distracciones. El régimen del hotel, por si les convenía
acomodarse a él, era el siguiente: el té a las ocho de la mañana; el almuerzo a
las once; el «lunch» a las cuatro; la comida a las siete, y el té de la noche a
las diez.
Cocina
inglesa, americana o francesa, a elección. Vinos de las mejores marcas. El gran
banquero de Chicago (sic) tendría un coche a su disposición, así como un
elegante yate para efectuar excursiones hasta la desembocadura del Misisipi o
pasear por los lagos Borne o Ponchartrain. Dispondría de palco en la Ópera,
donde en aquella época actuaba una importante compañía francesa…
—¿Y
cuánto vale todo esto? —preguntó bruscamente Mrs.
Titbury.
—Cien
dólares.
—¿Por
mes?
—Por día.
—Y por
persona, ¿no es cierto? —añadió Mrs. Titbury, en tono irónico y colérico.
306
—Sí,
señora. Este precio ha sido establecido como de favor, cuando por los
periódicos hemos sabido que el jugador número 3 y Mrs. Titbury iban a
permanecer algún tiempo en el «Excelsior Hotel».
He ahí
adonde la mala suerte había conducido a la infortunada pareja, sin que les
quedara el recurso de ir a otra parte. Era aquél el hotel impuesto por William
J. Hypperbone, lo que no es de extrañar puesto que él era uno de los
principales accionistas. Sí; doscientos dólares diarios por la pareja… Seis mil
dólares si permanecían el mes entero en aquel antro.
De buen o
mal grado, preciso era resignarse. Abandonar el «Excelsior Hotel» era abandonar
la partida, renunciar a la esperanza de resarcirse millones de veces de los
gastos sufridos, heredando la fortuna del difunto.
Y, no
obstante, cuando el mayordomo se retiró:
—¡En
camino! —exclamó Mr. Titbury—. Cojamos nuestro equipaje y regresemos a Chicago…
No permaneceré un minuto más en un sitio que cuesta a ocho dólares la hora.
—¡Permanecerás!
—respondió la imperiosa matrona.
La ciudad
del Croissant —así se llama la metrópoli luisiana fundada en 1717 en el recodo
que forma el gran río, que la limita al Sur— absorbe, por decirlo así, toda la
Luisiana. Entre otras ciudades, apenas si Baton Rouge, Donaldsonville y
Shreveport cuentan más de 12 000 almas. Situada a 574 leguas de Nueva York y a
45 de la embocadura del Misisipi, nueve líneas férreas conducen a ella y 1500
embarcaciones recorren su red fluvial. Afecta a la causa de los confederados,
el día 18 de abril de 1862 fue bombardeada seis días por el almirante Farragut
y tomada por el general Butler.
En esta
vasta ciudad de 242 000 habitantes, muy diversos por las mezclas de sangre;
donde los negros, si bien gozan de todos los derechos políticos, no tienen la
igualdad social; en este medio híbrido de franceses, españoles, ingleses y
angloamericanos; en la metrópoli de un Estado que nombra 32 senadores, 97
diputados y se hace representar por cuatro miembros en el Congreso; donde se
encuentra la silla de un obispo católico en medio de los disidentes baptistas,
metodistas y episcopalianos; en el corazón de Luisiana, la pareja Titbury iba a
llevar una existencia
307
como
nunca imaginara, arrancada por tan inverosímiles motivos de su casa de Chicago.
Pero, puesto que su mala suerte les obligaba a ello, lo mejor —de no regresar a
su casa— ¿no era aprovechar su dinero? De esta manera pensaba precisamente Kate
Titbury.
Su
magnífico carruaje les paseaba diariamente con gran pompa. Un verdadero gentío
les acompañaba con hurras burlones, pues se les conocía como avaros que no
habían inspirado ninguna simpatía en Great Salt Lake City ni en Calais, como
tampoco la inspiraban en Chicago. Pero ¿qué importaba todo eso? Ellos no se
daban cuenta de nada y nada les impedía, pese a tantos desastres, creerse los
favoritos del «match».
Así se
exhibieron por los barrios del Norte, los de Lafayette, Jefferson y Carrolton,
barrios elegantes llenos de hoteles y quintas entre el verdor de les naranjos,
magnolias y otros árboles; en la plaza de Lafayette y en la de Jackson.
Pasearon
por la sólida calzada de cincuenta toesas de anchura que protege a la ciudad
contra las inundaciones, por los muelles bordeados por cuádruple fila de
remolcadores, veleros y barcos de cabotaje, de donde se expiden anualmente
1.700 000 fardos de algodón. No hay que extrañarse de ello, puesto que el
movimiento comercial de Nueva Orleans se calcula en 200 millones de dólares.
Visitaron los anejos de Algiers, Gretna y MacDaroughville, después de hacerse
trasladar a la orilla izquierda del río, donde hay muchas fábricas y almacenes.
Pasearon
en su fastuoso carruaje por elegantes calles, entre casas de ladrillo y piedra
que han sustituido a las de madera destruidas por tantos incendios, y con mucha
frecuencia por la calle Real y la de San Luis, que cortan en cruz el barrio
francés… Vense en ellas elegantes casas de verdes persianas, con patios donde
murmura el agua de las fuentes y florecen hermosas plantas.
Honraron
con su visita el Capitolio, situado en el ángulo que forman las dos últimas
calles mencionadas, antiguo edificio transformado durante la guerra de Secesión
en palacio legislativo, donde funcionan las cámaras de los senadores y
diputados. Y para el «San Carlos Hotel», uno de los más importantes de la
ciudad, los huéspedes del incomparable «Excelsior Hotel» sólo tuvieron un bien
justificado desdén.
Visitaron
el arquitectónico palacio de la Universidad; la Catedral, de estilo
308
gótico;
el edificio de la Aduana; la Rotonda y su inmenso salón. Allí encuentra el
aficionado a la lectura una biblioteca admirablemente surtida, el paseante un
paseo bajo galerías cubiertas, los especuladores sobre valores y fondos
públicos una bolsa muy animada, en la que se agitaban febrilmente los
corredores de las agencias, gratando los cambios del «match». Hypperbone.
A bordo
de un elegante yate realizaron algunas excursiones por el tranquilo lago
Ponchartrain hasta los pasos del Misisipi.
En la
ópera, los entusiastas del arte lírico les vieron en su palco, aguzando
desesperadamente los oídos, cerrados a toda comprensión musical.
¡Así
vivieron como en un sueño! ¡Pero qué sueño, cuando cayeron en la realidad!
Ocurrió
un singular fenómeno. Aquellos miserables, aquellos mezquinos, se acostumbraron
a esta nueva vida, se aturdieron por su anormal situación, se emborracharon, en
el material sentido de la palabra, ante aquella mesa, lujosamente servida, y no
querían dejar migaja, aun a riesgo de sembrarse gastralgias o dilataciones de
estómago para su vejez. Pero era preciso aprovechar los doscientos dólares
diarios del «Excelsior Hotel».
Entretanto
pasaba el tiempo, aunque los Titbury apenas se daban cuenta de ello. Antes de
que pudieran ponerse en camino habían de efectuarse catorce jugadas en Chicago;
jugadas que eran proclamadas en la Rotonda, cada cuarenta y ocho horas. Como se
sabe, la del día 8 de junio había enviado al comodoro Urrican a Wisconsin; y,
como es también sabido, la del día 10 a Minnesota al misterioso X. K. Z.
Ninguna
jugada enviaba a alguno de los «Siete» a Luisiana; ni la del día 12, que
correspondía a Max Real, ni la del día 14, concerniente a Tom Crabbe. El día
16, fecha reservada a Hermann Titbury antes del desgraciado golpe que le
condujo a la casilla número 19, no se efectuó jugada alguna. La del día 18 fue
para el cuarto jugador, Harris T. Kymbale.
¿Estaban,
pues, condenados los dos esposos a proseguir aquella vida tan agradable como
ruinosa para la bolsa y la salud, durante las seis semanas de exclusión que
implicaba la estancia en Luisiana?
¿No
habría terminado la partida, llegando el ganador a la casilla número
309
63, antes
de que ellos pudieran reemprenderla?
Este
secreto pertenecía al porvenir. Entretanto los días transcurrían; y si,
terminado el «match», el matrimonio Titbury no tenía sino regresar a Illinois,
después de pagar la formidable cuenta del «Excelsior Hotel», unida a los
anteriores gastos, ¡calcúlese lo que les habría costado la locura de figurar
entre los «Siete» del «match». Hypperbone!
310
X. Las
peregrinaciones de Harris T. Kymbale
Si los
esposos Titbury y el comodoro Urrican se quejaban con razón de su mala suerte,
también el redactor jefe del Tribune tenía perfecto derecho a quejarse. Una
jugada le había obligado a ir al Niágara, en el Estado de Nueva York, y a pagar
una prima; después, de allí se había trasladado a Santa Fe, capital de Nuevo
México. Y ahora la nueva jugada le ponía en camino de Nebraska y Washington,
Estado este último situado en el extremo oeste del territorio de la
Confederación.
Efectivamente,
en Charleston, en el Estado de Carolina del Sur, donde acababa de ser tan
calurosamente acogido, Harris T. Kymbale recibió el día 4 de junio el telegrama
que le concernía. Diez tantos, obtenidos por seis y cuatro, doble, le enviaban
de la casilla 22 a la 42.
Correspondía
esta última a Nebraska, elegida por el difunto para situar el laberinto del
noble juego de la oca. Esto no dejaba de ser grave, pues el jugador, después de
ir al sitio indicado y pagar una doble prima, debía retroceder a la casilla 30,
ocupada por el Estado de Washington. Cierto es que el itinerario desde Carolina
del Sur a Washington pasaba por Nebraska.
Como se
comprende, al anuncio de esta jugada, sus partidarios, reunidos en gran número
en las oficinas del telégrafo de Charleston, quedaron aterrados, y el
periodista estuvo muy cerca de perder su situación de gran favorito, que la
mayor parte de agencias le atribuían, quizás algo a la ligera.
Pero
aquel hombre tan aturdido como resuelto, tranquilizó bien pronto a sus
partidarios.
—¡Eh,
amigos míos! —exclamó—. ¡No hay que desesperarse! Ya sabéis que los largos
viajes no me causan miedo. De Charleston a Nebraska y de ahí a Washington,
¡bah!, sólo es cuestión de un par de saltos; y dispongo de quince días, del día
4 al 18, para recorrer esas cuatro mil millas. Los ferrocarriles estarán a mi
disposición. En cuanto a la prima que he de pagar, esto es cosa que solamente
interesa al cajero del Tribune, y tanto
311
peor para
él si pone mala cara. Lo lamentable no es tener que ir de Nebraska a
Washington, sino tener que volver desde la casilla 42 a la 30. Pero ¡bah!,
retroceder doce puestos no es gran cosa, y pronto reconquistaré lo que el azar
me ha hecho perder.
¿Cómo no
tener absoluta confianza en hombre que tan confiado se muestra? ¿Cómo dudar en
arriesgar por él sumas considerables? ¿Cómo regatearle los aplausos que tan
justificadamente merece? No le fueron, pues, regateados, y aquella mañana se
renovó el triunfo de la víspera en aquel famoso banquete de Astley, donde había
figurado un pastel monstruo de ocho mil libras que ocasionó mil quinientas
setenta y siete indigestiones en la gran capital.
Sin
embargo, Harris T. Kymbale se engañaba al afirmar que se podía ir de Charleston
a Olympia, la capital de Washington, que indicaba el telegrama, combinando
todos los recursos de las líneas férreas federales. No; existía una solución de
continuidad y debía serle indicada por Bruman S. Bickhom, secretario de
redacción del Tribune. Pero la mitad del viaje hasta Nebraska se efectuaría
rápidamente por los ferrocarriles que van a unirse con la línea del «Union
Pacific».
Sin
embargo, teniendo en cuenta los posibles retrasos, no había tiempo que perder
ni cabía distraerse por el camino. Lo prudente era abandonar Charleston la
misma noche, y así lo hizo el pabellón verde. Sus entusiastas partidarios le
aclamaron en el momento en que el tren arrancó para lanzarse a través de las
llanuras de Carolina del Sur.
Algunos
de los «Siete» habían ya seguido esta primera parte del itinerario, y la
recorrerían más veces sin duda. Harris T. Kymbale cruzó Tennessee, y el día 5
por la tarde llegó a San Luis del Missouri, donde Lissy Wag y Jovita Foley
debían encontrar una prisión. Después, temeroso de perder mucho tiempo, subió
en barco hasta Omaha, combinó los horarios, aprovechando los trenes más
rápidos, para llegar, por Kansas City, a la citada metrópoli de Nebraska,
adonde llegó el día 6 por la noche. Noche que tuvo que pasar en Omaha, a la que
Max Real, cuando su primer viaje, había podido consagrar algunas horas.
Allí
recibió el telegrama del secretario de redacción del Tribune. En este telegrama
se le indicaban, día por día, las jornadas de viaje, de forma que pudiese estar
en Olympia el día 18, antes de mediodía. He aquí su contenido:
312
1.º
Abandonar la ciudad de Omaha en la mañana del día 7 en el tren del «Union
Pacific» de las ocho y treinta y cinco, para llegar a Julesburg Jonction, a 390
millas, a las seis y media de la tarde.
2.º Tomar
allí el coche dispuesto y provisto con postas preparadas a lo largo del camino
de cien millas que conduce a las Tierras Yermas de Nebraska. Llegar allí al día
siguiente por la mañana y hacer constar su presencia, regresando en el coche a
Julesburg.
3.º Tomar
de nuevo en Julesburg, la tarde del día 10, el tren que se dirige hacia
California por el «Union» y el «Southern Pacific», el cual dejaría a Harris T.
Kymbale en la estación de Sacramento, la noche del 12, noche que el periodista
pasaría en dicha ciudad.
4.º Al
día siguiente, 13, tomar el ferrocarril que sube hacia el Norte, y detenerse en
la estación de Shasta, en la Alta California, a trescientas millas de
Sacramento, pues los trabajos de reparación interrumpen la circulación hasta la
estación de Roseburg, en Oregón.
5.° En
este país montañoso, por el que sólo con gran lentitud pueden circular
carruajes, hacer a caballo el trayecto de doscientas cuarenta millas, a fin de
llegar lo más tarde el día 17 a la estación de Roseburg, viaje que debería
efectuarse en cuatro días, a razón de veinticinco leguas diarias, comprendido
el descanso.
6.º La
tarde del día 17 tomar en Roseburg el tren para Olympia, que llega por la
mañana a esta ciudad, después de un trayecto de trescientas cincuenta millas.
Nota. —Se
ruega a Harris T. Kymbale no pierda ni un segundo del tiempo que se le ha
medido estrictamente, y no se olvide de que el periódico tiene comprometidas
grandes sumas sobre las probabilidades de triunfo del pabellón verde.
El
telegrama era extenso, pero severo, claro y explícito. El destinatario sólo
tenía que conformarse con lo en él prescrito, y estaría en su puesto el día
indicado para recibir la noticia del resultado de su cuarta jugada.
Era de
esperar que no habría ningún retraso, pues con sólo medio día
313
bastaría
a comprometer el resultado del viaje.
Harris T.
Kymbale estaba dispuesto a hacerlo todo con la mayor diligencia posible. Si
pasó la primera noche en Omaha, fue porque el tren no partió hasta el día
siguiente. Lo tomó, y por la noche se apeaba en Julesburg Jonction, cerca del
punto donde la vía férrea roza la frontera de Colorado, no lejos del río South
Platte.
En esta
ocasión, al salir de Charleston el periodista había tenido cuidado de no armar
revuelo, a fin de evitar los agasajos y sus fastidiosas consecuencias. Sin
embargo, en Julesburg no hubiera podido conservar el incógnito, pues el coche
solicitado esperaba su llegada. Pero sus partidarios, que habían acudido a la
estación, comprendieron que bajo ningún pretexto debían hacerle retrasarse en
su viaje, pues las horas estaban contadas, y que la excursión a las Tierras
Yermas de Nebraska debía efectuarse en un breve plazo. Fueron, pues, los
primeros en aconsejar al redactor del Tribuna que partiese en seguida. E
incluso una docena de esos angloamericanos, que con los emigrantes y cierto
número de sioux, convertidos en ciudadanos de los Estados Unidos, componen la
población de Nebraska, habían tomado sus disposiciones para acompañarle.
Escolta que no era de desdeñar en aquellos territorios donde todavía se
encuentran fieras de dos pies y de cuatro patas.
—Como
ustedes gusten, señores —respondió Harris T. Kymbale, estrechando las manos que
hacia él se tendían—, siempre que quepamos todos en el carruaje…
—Sí… Hay
sitio… estrechándonos un poco… —dijo uno de aquellos entusiastas.
Por su
superficie, Nebraska ocupa el decimoquinto lugar en la Unión. El río Platte o
Nebraska lo recorre de Oeste a Este para ir a verterse en el Missouri por
Platte City, y su ribera izquierda bordea la línea del «Union Pacific» hasta
Julesburg Jonction. Estado más agrícola que industrial, en franco progreso, su
población no cesa de aumentar. Tiene por capital a Lincoln, ciudad del interior
declarada capital administrativa a partir del año siguiente a su fundación, y
cuyo puerto, Nebraska City, está situado sobre el Missouri, cincuenta millas
más allá.
Era
realmente de lamentar que Harris T. Kymbale se viese obligado a recorrer a
caballo el trayecto comprendido entre Shasta y Roseburg, en
314
vez de
hacerlo en carruaje. No faltan praderas en este Estado, reconocido por Waren en
1857 y por Colé en 1865. Una vez que el carruaje hubo franqueado el río Platte
en barca, después de Fort Grattan, rodó por aquellas extensas planicies. Era
una diligencia transcontinental de la compañía Wells y Fargo, de las que antaño
recoman el territorio federal, especie de ómnibus pintado de rojo. Constaba
solamente de un compartimiento para nueve plazas, tres en la banqueta anterior,
tres en la del centro y tres en la posterior, provistas de correas para que los
vacilantes viajeros pudieran sostenerse.
El
jugador número 4 ocupó el interior con ocho de sus partidarios, dispuestos a
remplazar cuando les llegara su turno a los otros cuatro viajeros; dos de los
cuales se habían encaramado en la trasera y otros dos estaban junto al cochero
que dirigía los seis vigorosos caballos.
No había
caminos, sino sólo los senderos trazados por las ruedas de los furgones. De vez
en cuando cruzaban algún arroyo, en los alrededores de los lagos de Raymond,
Colé y Bourdman, o en las proximidades del río Niobrara, y atravesaban algunas
aldeas donde se cambiaba el tiro del carruaje.
De este
modo, en la noche del día 8, después de un viaje de cuarenta horas, favorecido
por el tiempo, el carruaje llegó a la zona de las Tierras Yermas. Allí no se
levantaba poblado alguno; solamente se extendían inmensas praderas donde los
caballos podían pastar a gusto. Harris T. Kymbale y sus compañeros no tenían
por qué preocuparse por la comida. En el vehículo habían colocado bastantes
provisiones y licores.
Después
de pasar una noche en pleno bosque, quedó el carruaje al cuidado del conductor,
y empezaron a descender por el escabroso valle.
¡Ah, qué
razón había tenido William J. Hypperbone al elegir la región yerma de Nebraska
para hacer de ella el laberinto de la casilla 42!
Entre las
ondulaciones extremas de las montañas Rocosas, en las proximidades de los Black
Hills, erizados de coniferas, se desarrolla esa profunda depresión del suelo,
de 36 millas de anchura por 85 de longitud, que se extiende hasta el territorio
de Dakota. Por todas partes se ven circos con sus mil pirámides, pináculos y
monolitos de piedra.
La región
de las Tierras Yermas es un verdadero laberinto, y de los más
315
intrincados,
donde sobre miles de millas cuadradas, a través de arcillas y arenas
ferruginosas, elévanse columnas y pilares de rocas… Aquí y allá aparecen como
torreones y castillos cuyo color rojo de ladrillo contrasta vivamente con la
blanca superficie del suelo…
Con razón
se dijo que aquel rincón de Norteamérica forma un mundo aparte. En los tiempos
prehistóricos, ¿fue frecuentado por inmensas bandadas de elefantes y de
mastodontes, de los cuales se advierten aún las gigantescas osamentas
petrificadas o reducidas a polvo?
Una
hipótesis, admisible por cierto, supone que la mencionada depresión estuvo
antaño llena por las aguas que descendían de las montañas Rocosas y de los
Black Hills, desde largo tiempo infiltradas en el fondo, pues la región se
halla a considerable altura sobre el nivel del mar. Este largo vacío se ha
convertido en un osario donde se acumulan los fósiles.
La fauna
actual —poco numerosa, pues difícilmente encuentra con qué vivir— se reduce a
bisontes, búfalos, cameros de grandes cuernos y algunos graciosos antílopes.
Pero los
cazadores no obtendrían allí gran caza. Harris T. Kymbale y sus compañeros no
tuvieron ocasión de disparar sus escopetas. Además, si llevaban armas, era más
bien para defenderse de esas bandas de dakotas y sioux que recorren la región,
o para rechazar el ataque de los coyotes, esos lobos de la pradera, cuyos
aullidos habían oído claramente durante la noche anterior.
No era
preciso penetrar en las sinuosidades de las Tierras Yermas. Bastaba con que el
jugador número 4 se presentase en persona a la entrada del laberinto y que su
presencia se hiciese constar en un acta.
Ni aun se
tomó el trabajo de depositar allí un documento, como el comodoro Urrican lo
había hecho antes de abandonar el Valle de la Muerte.
El acta
fue redactada por Harris T. Kymbale y suscrita por los doce acompañantes. Esto
sería suficiente para probar su llegada a aquella región. Comióse a la sombra
de los árboles, y los brindis fueron tan múltiples como estruendosos.
—¡A la
salud del redactor jefe del Tribune!
316
—¡A la
salud del favorito del «match»!
—¡A la
salud del heredero de los sesenta millones de dólares de William J. Hypperbone!
Decididamente,
Harris T. Kymbale tenía motivos para mostrarse confiado. Sus partidarios no le
abandonarían nunca. Se olvidaba, o, por mejor decir, quería olvidarse, de que
ir de Nebraska a Washington era retroceder, si no en el mapa de los Estados
Unidos, sí en el mapa del difunto. En realidad, aunque volviera a la casilla
30, no tendría por entonces delante de él más que a Max Real, en la casilla 44,
a X. K. Z., en la 46, y a Tom Crabbe, en la 47.
Levantóse
el campamento a las tres de la tarde. Harris T. Kymbale y sus compañeros, muy
animados por los vasos de whisky, volvieron a ocupar sus puestos en el
carruaje. Al siguiente día, a las diez de la mañana, estaban de regreso en
Julesburg Jonction.
Una hora
después llegaba el tren del «Union Pacific», que se detuvo diez minutos en la
estación. Aunque el periodista no hubiese podido tomar este tren, no por ello
hubiera comprometido el resto del viaje, ya que por dicho punto pasan dos
trenes al día… De todos modos, no tenía una hora que perder.
Sabidos
son los Estados que atraviesa la línea férrea que va en dirección Oeste, puesto
que Max Real yendo a Cheyenne, Hermann Titbury dirigiéndose a Great Salt Lake
City, y el comodoro Urrican trasladándose al Valle de la Muerte, la habían
seguido. Harris T. Kymbale pasó, pues, por Wyoming, Utah y Nevada, y por parte
de California, hasta llegar a la capital de ésta. Allí se apeó, en la noche del
día 11 al 12 de junio, confiado, dispuesto y descansado, sin haber perdido en
el camino nada de su buen aspecto.
Un
excelente recibimiento esperaba al periodista. Sus partidarios, reunidos en
gran número, le aclamaron frenéticamente; pero no pensaron en detenerle, pues
el tren partía de Sacramento a la una de la tarde.
Entre
otras personas que por interés o simpatía habían acudido a saludar a Harris T.
Kymbale, figuraba en primera línea el corresponsal del Tribune, Will Walter,
que le dijo:
317
—Caballero:
he sabido que debía usted llegar hoy, y le felicito sinceramente por no haber
experimentado retraso alguno.
—En
efecto, querido colega. Ni el menor retraso se ha producido entre Charleston y
Sacramento, y espero que sucederá lo mismo entre Sacramento y Olympia.
—No hay
por qué temerlo —afirmó Will Walter—. Sin duda es fastidioso que la línea esté
interrumpida por el momento; pero el tren le conducirá a la estación de Shasta,
donde encontrará usted caballos dispuestos. Un guía que conoce bien el país le
acompañará por el camino más corto a Roseburg, donde tomará usted el «Southern
Pacific» para Olympia.
—Le doy
las gracias por sus atenciones, Mr.
Walter.
—No, Mr.
Kymbale. Yo soy quien le doy las gracias, puesto que he apostado a su favor.
—¿A qué
cambio? —preguntó vivamente el otro.
—A uno
contra cinco.
—Pues
bien, querido compañero, cinco apretones de mano en señal de gratitud.
—El
doble, Mr. Kymbale; y buen viaje.
Silbó la
locomotora, púsose el tren en marcha y desapareció en una vuelta de la vía en
dirección a Marysville.
Era
circunstancia fastidiosa que el tren no marchara a gran velocidad, pues se
detenía en todas las estaciones. Cierto es que la vía no cesaba de subir, a fin
de ganar la región de la Alta California, a considerable altura sobre el nivel
del mar.
El tren
se detuvo en Marysville, ciudad que, al igual que Oroville y Placerville, está
abandonada desde que los buscadores de oro han exprimido sus filones y se han
dirigido a las minas del territorio del Norte y de Alaska. Únicamente
Marysville ofrece alguna resistencia a este abandono, porque su situación en la
confluencia de los ríos Yuba y Feather le asegura un movimiento de barcos que
extiende su comercio por toda la región.
318
Más allá
existen las paradas de Gridley, Nelson, Chico y Tehama, donde las cuestas, muy
acentuadas, exigen de la locomotora los mayores esfuerzos, con perjuicio de la
rapidez.
Así,
pues, hasta las ocho de la mañana, hora reglamentaria, del día 13, no llegó el
tren a Shasta, a partir de la cual, como se recordará, la vía estaba
interrumpida. Antes de tomar el tren en Roseburg, Harris T. Kymbale terna que
recorrer unas cien leguas en dirección Norte, con el guía y los caballos que
habían sido pedidos por el corresponsal del Tribune.
Sólo
quedaban cinco días para llegar a Olympia, cuatro de los cuales debían ser
empleados en el viaje a caballo, realizando un recorrido medio de veinticinco
leguas por día. Esto no era cosa imposible, pero sí fatigosa para jinetes y
caballos.
Tres de
éstos esperaban en la estación. Uno destinado a Harris T. Kymbale, y los otros
dos al guía y a un mozo de cuadra que les acompañaba. Inútil es decir que el
periodista tenía práctica en equitación, como en todo género de deportes.
El guía,
llamado Fred Wilmot, era un hombre de cuarenta años, en toda la plenitud de su
edad.
—¿Está
usted dispuesto? —le preguntó Harris T. Kymbale.
—Dispuesto
estoy.
—¿Llegaremos?
—Sí, si
monta usted bien. En carruaje necesitaríamos doble tiempo.
—Respondo
de mí.
—Entonces…
¡a caballo!
Los
caballos partieron al trote largo. No había que preocuparse respecto a la
alimentación, pues en el camino encontrarían gran número de pueblos y aldeas.
El tiempo
prometía mantenerse bueno, con cierta frescura que se acentuaría en las
regiones montañosas. La jomada sería interrumpida
319
durante
dos horas, y se descansaría parte de la noche.
El camino
seguía la ribera derecha del Sacramento. Después de una parada para comer en
una granja, Fred Wilmot se detuvo en Butter, en plena región de fuentes
termales de las que tantas hay en América.
Siete
horas de sueño en una posada, y los viajeros volvieron a partir al alba para
almorzar en Yreka A un centenar de millas al Este se encuentra el Shasta, cuyo
cráter se abre a más de doce mil pies entre dos cúspides. Sólidamente apoyado
en su base, este monte es considerado como el más hermoso de los Estados
Unidos, «con sus lavas rosadas esmaltadas de hielo» como ha dicho un entusiasta
viajero. Harris T. Kymbale viose precisado a aplazar su admiración para otro
viaje.
Oregón,
que ocupa el noveno lugar entre los Estados de la Unión, tiene una vasta
superficie. De escasa población, posee extensos terrenos de pastoreo, y sus
principales rendimientos provienen de la pesca del salmón, muy abundante en sus
ríos. La extraordinaria fertilidad de sus tierras occidentales hace, además,
que sean muy solicitadas para el establecimiento de ranchos agrícolas.
Durante
aquel día, Harris T. Kymbale alegró sus ojos contemplando magníficos paisajes.
Con vivo disgusto no podía concederles más que una mirada al paso. En él el
turista desaparecía ante el jugador. Por la noche, después de haber franqueado
el paso de Pilot Rock, hombres y bestias descansaron en la aldea de Jackson,
que no hay que confundir con sus homónimos esparcidos por todo el país; Jackson
en Misisipi, en Michigan, en Tennessee y en Ohio; y Jacksonville en Illinois y
Florida.
Al día
siguiente, 16, después de una última jornada que los caballos recorrieron sin
gran trabajo, y cuya segunda parte se prolongó hasta cerca de medianoche, el
guía señaló las luces de Roseburg.
El viaje,
pues, se había efectuado sin accidente alguno, con la regularidad de un tren
expreso. El periodista no ahorró al guía ni las palabras de agradecimiento ni
los dólares, y al siguiente día, al alba, Harris T. Kymbale «saltó» (ésta fue
la palabra empleada por el corresponsal del Tribune) al primer tren que partió
para Olympia.
Este tren
pasa por las principales ciudades y pueblos del rico valle de la Villamette,
por Winchester, Eugene City, Harrisburg, Albany y Salem,
320
capital
del Estado y fresco canastillo de flores y verduras; por Canb y Oregón City,
que tiene grandes industrias gracias a los poderosos saltos de agua que ponen
en movimiento sus fábricas de papel, sus refinerías de azúcar y sus telares;
por Portland, ciudad de 75 000 habitantes, que se halla en cabeza del comercio
de Oregón y de la que el río Columbia hace un activo puerto de mar.
En fin,
el tren franqueó el río que separa los Estados de Oregón y Washington, y se
detuvo en la orilla derecha del mismo, más arriba del confluente del
Villamette, en Vancouver, el día 18, a las ocho de la mañana.
Harris T.
Kymbale sólo disponía de seis horas, pues le faltaban ciento veinte millas para
llegar a Olympia.
¡Ah! De
no tener medido el tiempo, ¡con cuánto placer hubiera visitado detenidamente el
Oregón, que acababa de abandonar, y Washington, donde acababa de posar la
planta!
Es este
último un Estado de 350 000 habitantes, en plena prosperidad, aunque alejado
del centro del territorio federal, al que no fue unido hasta 1859, y en el que
ocupa el decimoctavo lugar. Tiene por capital a Olympia, donde pueden llegar
los navíos por el Puget Sound; pero Seattle le adelanta por la intensidad de su
comercio, y Tacoma por su tráfico con China y Japón. Esta última hija de la
familia de Washington ofrece las más bellas esperanzas para el porvenir.
De
Vancouver —la ciudad de este nombre de Washington, no la de Columbia inglesa,
situada a unas cien millas más al Norte— partió Harris T. Kymbale a las ocho y
diez de la mañana a fin de realizar la última jomada de su viaje.
No eran
de temer obstáculos ni retrasos. El tren debía recorrer nueve estaciones más y
poco después de las once llegaría a Olympia. Holbrook, Waren, Kalama,
Stockpart, Sopenah, Chealis y Centralia quedaron atrás.
El tren
corría velozmente por aquella región regace por los numerosos afluentes del
Columbia. A las once y tres minutos se detuvo en el pueblecito de Tenino
separado de la capital por una distancia de cuarenta millas, o quince leguas.
321
Allí
—fastidiosa nueva para los viajeros y desastrosa para Harris T. Kymbale—
tuvieron noticia de un accidente que el minucioso Bickhom, del Tribune, no
había podido prever. Era imposible que el tren prosiguiese su marcha, ya que,
una hora antes, a diez millas de Tenino, se había hundido un puente y la
circulación no podía realizarse por aquel sector de la línea.
Era aquél
un golpe mortal como ninguno, del que el jugador número 4 jamás se recuperaría.
—¡Ah!
—exclamó lanzándose fuera del vagón—. ¡Naufragaré a la vista del puerto!
Pero no…
Tres jóvenes, que se habían apeado del tren, se acercaron al periodista.
— Mr.
Kymbale —le dijo uno de ellos—, ¿sabe usted montar en bicicleta? —Sí.
—Venga
con nosotros.
No hubo
más palabras. Esto era entrar pronto en materia, como conviene entre estas
gentes prácticas de los Estados Unidos.
Del
furgón de equipajes fue retirada una tripleta.
— Mr.
Kymbale —dijo el joven—, uno de nosotros cederá a usted el asiento de en medio,
el otro se pondrá en el de atrás y yo en el de delante. Tenemos la probabilidad
de llegar a Olympia a mediodía.
—¿Sus
nombres, por favor?
—Will
Stanton y Robert Flock.
—¿Y el de
usted, caballero, que me cede su sitio?
—John
Berry.
—Pues
bien, señores… Mil gracias a todos… ¡Y en camino! ¡Que San Ciclo, patrón de los
ciclistas, nos proteja!
¡Tenían
que recorrer quince leguas en menos de una hora! Este «record» no había sido
logrado por ningún ciclista.
322
Antes de
emprender la marcha, Harris T. Kymbale dijo:
—No sé
cómo demostrarles mi agradecimiento…
—Ganando
—respondió escuetamente Will Stanton.
—Hemos
apostado por usted —añadió Robert Flock.
La
tripleta era una máquina fabricada en los talleres de Cambden and Co., de Nueva
York. Iba provista de una multiplicación de veintisiete pies y dos pulgadas, y
había sido probada en un concurso internacional celebrado precisamente en el
velódromo de Chicago. Will Stanton y Robert Flock, naturales de Washington,
eran hábiles ciclistas, capaces de obtener todas las ventajas que puede
proporcionar este deporte. Harris T. Kymbale, montado en la silla de en medio,
no tenía más que dejarse llevar, aunque creyó deber ayudar con sus fuerzas y
pedalear por cuenta propia.
Will
Stanton tomó asiento en la parte anterior y Robert Flock en la de atrás.
Algunas personas que sostenían la máquina le imprimieron vigoroso impulso, y la
tripleta se lanzó al camino entre fuertes hurras.
El
comienzo fue magnífico. La máquina iba como un rayo por el bien cuidado camino,
verdadera pista de velódromo, muy llano en aquella parte de Washington próxima
al litoral. Los tres ciclistas no hablaban. Entre los labios llevaban un cañón
de pluma que, sin permitir que el aire llegase brutalmente a los pulmones,
ayudaba la respiración por la nariz.
Así es
que desde el principio emprendieron vertiginosa carrera. Las ruedas de la
tripleta se movían con la velocidad de una dínamo accionada por poderoso motor.
En esta ocasión el motor eran los tres hombres, cuyas piernas, convertidas en
bielas, lanzaban al aparato con todo su vigor. La tripleta dejaba tras ella
espesa nube de polvo, y cuando vadeaba algún arroyo levantaba una cortina de
agua. La bocina lanzaba sus agudos sones pidiendo paso libre, y la gente se
apartaba a los lados para dejárselo.
Transcurrido
un cuarto de hora, se habían recorrido las primeras cinco leguas. Bastaría
conservar esta velocidad para llegar a la capital algunos minutos antes del
mediodía.
Parecía
que no iba a surgir ningún contratiempo, cuando, poco después de
323
las once,
al cruzar la tripleta una extensa llanura, oyéronse fuertes aullidos.
Un grito
se escapó de la boca de Robert Flock, que dejó caer su cañón de pluma.
—¡Los
coyotes!
En
efecto, se trataba de una veintena de estos terribles lobos de la pradera.
Rabiosos a causa del hambre, aquellos feroces animales se aproximaban con
velocidad superior a la de los ciclistas y se arrojaron sobre sus flancos.
—¿Lleva
usted revólver? —preguntó Will Stanton, sin detener un instante la velocidad de
la tripleta.
—Sí
—respondió Harris T. Kymbale.
—Pues
dispóngase usted a hacer fuego… Y tú también, Flock. Yo no dejo la dirección.
Continuemos pedaleando los tres, y quizá dejaremos atrás a esa banda.
¿Adelantarla?
Bien pronto se vio que esto no era posible.
Los
coyotes saltaban siguiendo a la tripleta, prestos a precipitarse sobre el
periodista y sus compañeros, que estarían perdidos si eran derribados al suelo.
Sonaron
dos detonaciones, y dos lobos mortalmente heridos rodaron por el camino. Los
otros, en el colmo del furor, se lanzaron contra la máquina, que no pudo evitar
el choque y estuvo a punto de derribar a Harris T. Kymbale.
—¡Pedaleemos!
¡Pedaleemos! —gritó Will Stanton.
Y las
piernas se movieron con tal vigor, que los dientes de la multiplicación
crujieron como si fueran a romperse.
Durante
el segundo cuarto de hora otras cinco leguas habían sido franqueadas. Pero más
que nunca era entonces preciso rechazar a los lobos, que saltaban entre las
ruedas y cuyas zarpas tocaban los radios de fino acero. Se dispararon todos los
tiros de los revólveres, y la banda, reducida a la mitad, dejó atrás diez
lobos.
324
En aquel
momento Harris T. Kymbale, abandonando el guía, consiguió cargar de nuevo su
revólver cuyos seis tiros pusieron en fuga a los lobos.
Eran las
doce menos diez. A unas dos leguas aparecían los primeros edificios de Olympia.
La
tripleta devoró esta distancia con la velocidad de un expreso, y llegó a la
ciudad. Allí, sin hacer caso a las normas del tráfico y con riesgo de
atropellar a alguno de los cinco mil habitantes de la población, se detuvo ante
las oficinas del telégrafo cuando sonaban las doce.
Harris T.
Kymbale echó pie a tierra. Rendido de fatiga, jadeando, hendió la multitud de
curiosos que aguardaban la llegada del jugador número 4, y se precipitó en la
sala en el momento en que el reloj lanzaba su décima campanada.
—¡Hay un
telegrama para Harris T. Kymbale! —gritó el empleado del telégrafo.
—¡Presente!
—respondió el redactor jefe del Tribune, cayendo desvanecido sobre un banco.
El
protegido de San Ciclo había llegado a tiempo, gracias al sacrificio y energía
de sus compañeros. Respecto a Will Stanton y a Robert Flock, con quince leguas
recorridas en cuarenta y seis minutos y treinta y tres segundos, batían el
«record» de velocidad mundial en aquella clase de artilugios.
325
XI. La
prisión de Missouri
El 6 de
junio, en el «Mamut Hotel», después de los seis días pasados en las grutas de
Kentucky, Lissy Wag había recibido la fatal noticia. Los siete tantos, por
cuatro y tres, doblado, la enviaban a la casilla 52, correspondiente a
Missouri.
El viaje
no sería ni largo ni fatigoso, ya que los dos Estados confinan en el ángulo de
El Cairo. De la Gruta del Mamut a San Luis apenas hay 250 millas, que pueden
recorrerse en ocho o diez horas de ferrocarril. Pero ¡qué descorazonamiento!
¡Qué desilusión!
—¡Es una
desgracia! —exclamó Jovita Foley—. Más nos hubiera valido ser enviadas, como el
comodoro Urrican, a la extremidad de Florida, o, como Mr. Kymbale, a los
confines de Washington. ¡Al menos hubiéramos seguido tomando parte en esta
abominable partida!
—¡Sí…,
abominable! Ésta es la palabra, mi pobre Jovita —respondió Lissy Wag—. ¿Por qué
has querido tomar parte en ella?
Nada
respondió la desolada joven; y ¿quién hubiera podido responder? Aunque no
hubiera querido abandonar el «match», yendo a Missouri y esperando allí a que
alguno de los jugadores, por desgracia para él pero para felicidad de ella,
acudiese a remplazaría en la prisión, no hubiera podido hacerlo sin pagar una
triple prima que pertenecería al que llegase segundo en la partida… Pero
¿poseía ella estos tres mil dólares? No. ¿Podría procurárselos? Tampoco.
En
efecto, sólo algunos de los que apostaban fuerte a favor de Lissy Wag podía
adelantar dicha suma si la probabilidad de triunfo del pabellón amarillo no
estuviese tan comprometida. Cuando Hodge Urrican sacó el «número de la Muerte»,
tuvo que recomenzar la partida. El mismo Hermann Titbury, el día fijado,
saldría de la hostería de Luisiana y reanudaría el juego. Ni uno ni otro, en
suma, estaban excluidos de la partida por tiempo ilimitado, mientras que la
pobre Lissy Wag…
326
—¡Qué
desgracia! —repetía Jovita Foley, que no tenía más que estas fúnebres palabras
en la boca.
—Y bien…,
¿qué hacemos? —preguntó su compañera.
—Esperemos.
—¿Y qué
hemos de esperar?
—No lo
sé. Tenemos quince días para trasladamos a la prisión.
—Pero no
para pagar la prima, Jovita. Y eso es lo peor.
—Tienes
razón, Lissy… En fin, esperemos.
—¿Aquí?
—¡No!
Y este
«no», salido del corazón de Jovita Foley, respondía perfectamente al cambio de
circunstancias que rodeaban a la jugadora número 5. Desde aquella deplorable
jugada, Lissy Wag se veía abandonada. La favorita de la víspera no era la del
día siguiente. Los jugadores y corredores que habían apostado por ella se
hubieran complacido en cubrirla de maldiciones. Hallándose en prisión la
desventurada, era de suponer que la partida terminaría antes de que lograra
obtener la libertad. Así, pues, el vacío se hizo en torno a Lissy Wag desde el
primer momento. Jovita Foley había advertido esta reacción tan humana.
Aquel día
partieron casi todos los turistas; después, el gobernador de Illinois. Quizá
John Hamilton se arrepintiera en aquel momento de los grados honoríficos que
había concedido a las dos amigas. Síguese de ahí que el coronel Wag y el
teniente coronel Foley representarían un triste papel en el ejército de
Illinois.
El mismo
día por la tarde pagaron su cuenta del «Mamut Hotel» y tomaron el tren paira
Louisville, a fin de esperar allí.
—Querida
Jovita —dijo Lissy Wag en el momento de apearse del tren—, ¿sabes lo que hay
que hacer?
—No,
Lissy. Estoy desorientada por completo.
327
—Yo
continuaría el viaje hasta Chicago, regresaría tranquilamente a nuestra casa y
volvería a mis tareas en los almacenes de Mr. Marshall Field… ¿No sería esto lo
más prudente?
—Muy
prudente, querida, muy prudente… Pero esta partida es más fuerte que yo, y
preferiría quedarme sorda a escuchar la voz de la prudencia.
—Eso es
una locura.
—Sí.
Estoy loca. Lo estoy desde que la partida ha comenzado, y quiero estarlo hasta
el final.
—¡Bah!
¡Esto se ha acabado para nosotras!
—No se
sabe todavía. ¡Daría diez años de vida por ser un mes más vieja de lo que soy!
Y los
había dado ya tantas veces, que hecha la cuenta resultaban ciento treinta años
de su existencia sacrificados sin beneficio alguno.
¿Conservaba,
pues, Jovita Foley alguna esperanza? En todo caso, ella consiguió de Lissy Wag,
que tuvo la debilidad de escucharla, la promesa de que no abandonaría la
partida. Las dos jóvenes pasarían algunos días en Louisville. ¿No disponían
acaso de los días comprendidos entre el 6 y el 20 de junio para trasladarse a
Missouri?
En un
modesto hotel de Louisville ocultaron su pena; por lo menos la de Jovita Foley,
pues su compañera se había resignado con facilidad, ya que nunca había creído
obtener la victoria.
Transcurrieron
los días 7, 8 y 9. La situación no se había modificado, y tales fueron los
ruegos que Lissy Wag dirigió a su amiga que ésta, al fin, consintió en regresar
a Chicago.
Los
periódicos —hasta el Chicago Herald, tan partidario de Lissy— la abandonaban
ya. Gran furia producía a Jovita la lectura de los mismos, desgarrándolos con
mano nerviosa después de haberlos leído. Lissy Wag no contaba tampoco con las
agencias, donde su papel había bajado a cero. En la mañana del día 8 las dos
amigas supieron que el comodoro Urrican había obtenido nueve tantos, por seis y
tres, lo que le hacía llegar de un salto a Wisconsin, situado en la casilla 26.
328
—¡Buena
suerte ha tenido! —exclamó la desdichada Jovita.
El día 10
el telégrafo anunció que el hombre misterioso era enviado por diez tantos a
Minnesota, en la casilla 51.
—Decididamente,
éste es el que tiene más probabilidades de heredar los millones de ese
Hypperbone —dijo Jovita Foley.
Como se
ve, el excéntrico difunto había bajado en la estimación de la joven desde que
los dados habían convertido en prisionera a su querida Lissy Wag.
Finalmente
se acordó que las dos amigas tomarían aquella misma tarde el tren para Chicago.
Por más que los periódicos habían dado noticia del hotel en que Lissy Wag y
Jovita Foley se albergaban, ni un periodista había acudido a visitarlas; lo
que, si producía gran satisfacción en una, disgustaba sobremanera a la otra, la
que repetía apretando los dientes:
—¡Como si
no existiéramos!
Pero
estaba escrito que no partieran aún para la capital de Illinois. Una imprevista
circunstancia iba a permitirles tal vez recuperar parte de sus posibilidades de
triunfo, reincorporándose al «match», que tenían que abandonar si no pagaban la
prima de tres mil dólares.
A las
tres de la tarde, el cartero del sector se presentó en el hotel y subió a la
habitación de las jóvenes. Abierta la puerta, preguntó:
—¿La
señorita Lissy Wag?
—Yo soy
—repuso la joven.
—Traigo
una carta certificada para usted… Si quiere firmar el recibo.
—Deme
—respondió Jovita Foley, cuyo corazón latía de tal modo que parecía ir a
romperse.
Cumplidas
las formalidades, el cartero se retiró.
—¿Qué hay
en esa carta? —preguntó Lissy Wag.
—Dinero.
329
—¿Quién
puede enviárnoslo?
—¿Quién?
—respondió Jovita. Y rasgando el sobre sacó una carta que contenía un papel
doblado.
En la
carta no había más que las siguientes líneas:
Adjunto
un cheque de tres mil dólares contra el Banco de Louisville, que suplico a Miss
Lissy Wag acepte para pagar su prima, de parte de Humphry Weldon.
La
alegría de Jovita Foley estalló como una pieza de fuegos artificiales.
Saltaba,
reía hasta ahogarse y repetía:
—¡El
cheque, el cheque de tres mil dólares! ¡Es de aquel digno caballero que acudió
a visitamos cuando estabas enferma! ¡Es Mr. Weldon!
—Pero
—dijo Lissy—, yo no sé si puedo…, no sé si debo aceptar…
—¡Sí que
puedes! ¡Sí que debes! ¿No te das cuenta de que Mr. Weldon ha apostado grandes
sumas por ti? Así nos lo dijo, y desea que puedas proseguía partida. Mira, a
pesar de su edad respetable, me casaría con él si yo le gustase… Vamos a cobrar
tu cheque.
Y fueron
a cobrarlo, siéndoles pagado al momento. En cuanto a dar las gracias al digno,
excelente y respetable Humphry Weldon, era imposible, puesto que ignoraban sus
señas.
Aquella
misma tarde, Lissy Wag y Jovita Foley abandonaron Louisville, sin haber dado
noticia a nadie de la oportuna carta, y al día siguiente, 11, desembarcaban en
San Luis.
Ciertamente,
la situación de Lissy Wag en el match continuaba siendo comprometida, puesto
que no podía tomar parte en las jugadas sucesivas hasta que fuese remplazada en
la casilla 25 por alguno de los jugadores. Pero esto sucedería forzosamente
—según creía la confiada Jovita Foley—, y, en todo caso, Lissy Wag no sería
excluida de la partida por no satisfacer la prima.
Ambas se
hallaban, pues, en el Estado de Missouri, en el que ninguno de los «Siete»
pensaba sin sentir espanto. Se comprenderá, pues, que ni uno
330
sólo de
sus 2.700 000 habitantes se sentía lisonjeado de que William J. Hypperbone se
hubiera permitido establecer allí una prisión para su noble juego de los
Estados Unidos de América. Verdad que, aparte de la gente de color, los
alemanes están allí en gran mayoría, y ya se sabe lo que vale la
susceptibilidad teutona.
El Estado
de Missouri es uno de los más importantes de la República americana, el
decimoséptimo por su superficie, el quinto por su población y el primero por la
producción de cinc. Por la parte oriental y septentrional tiene los ríos
Misisipi y Missouri, cuyas aguas se confunden más arriba de San Luis, ni el
ángulo donde se levanta la pequeña ciudad de Columbia. Fácilmente se
comprenderá hasta qué punto estas dos vías fluviales deben favorecer el
comercio de la metrópoli, que exporta trigo, harina y cáñamo, en especial este
último, que es cultivado en gran escala. Abunda asimismo el ganado de cerda y
el vacuno. No faltan los metales ni los yacimientos de plomo y cinc. En el
condado de Washington se levantan las Iron Mountains, las Montañas de Hierro, y
el Pilot Kirol, enormes masas de trescientos pies de altura que los americanos
convertirán quizás algún día en dos electroimanes de gran potencia.
El Estado
de Missouri no era en otra época más que un distrito de la Luisiana; pero desde
1821 ha entrado con autonomía en la Unión. La fundación de San Luis por los
franceses data de 1764.
En este
Estado no hay menos de once ciudades dignas de ser citadas por su valor
comercial o industrial, de las que tres rebasan los 100 000 habitantes. Una de
ellas, Kansas, situada frente a Kansas City, del Estado del mismo nombre, había
ya sido, como se recordará, visitada por Max Real, cuando, en su primer viaje,
descendió por el Missouri desde Omaha hasta esta doble ciudad. Pero hay otras,
como Jefferson City, capital del Estado, que merece la atención del viajero por
su pintoresca situación sobre un parapeto que domina todo el valle.
No
obstante, el primer lugar corresponde indudablemente a San Luis, que ocupa una
extensión de diez millas en la ribera derecha del gran río. Esta metrópoli fue
antaño llamada Mount City, porque está rodeada de una serie de montículos
calcáreos de color blanco. Ocupa un área superior en un cuarto a la de París, y
a esto hay que añadir sus anejos urbanos: Éste, Brooklyn, Cahokia y Prairie du
Port, por más que se alzan sobre el territorio de Illinois.
331
Tal era
la ciudad designada por el socio del «Excentric Club» para servir de prisión a
los jugadores del match. Claro es que no se trataba de estar encarcelados entre
los muros de un calabozo. No; Lissy Wag no hubiera podido sufrir el contacto
con malhechores. Ella y Jovita Foley no estaban privadas de libertad. Podrían
pasearse a su placer por la soberbia ciudad, donde hay dieciocho parques
públicos, uno de los cuales mide quinientas cincuenta hectáreas, equivalente a
once veces el Campo de Marte, de París.
Las dos
amigas se hospedaron en una habitación del «Lincoln Hotel» la tarde del día 11
de junio.
—Ya
estamos en esta horrible prisión —exclamó Jovita Foley—; y confieso que, para
ser tal, San Luis me parece muy agradable.
—Una
prisión no es nunca agradable desde el momento en que no se puede salir de
ella.
—Tranquilízate…
Ya saldremos, querida.
Como
puede observarse, la confianza de otras veces había vuelto a Jovita Foley —al
mismo tiempo que su natural alegría— desde que recibió los tres mil dólares del
excelente Mr. Humphry Weldon, los cuales fueron expedidos el mismo día en un
cheque a la orden de Tombrock, notario de Chicago.
Pero esta
confianza no parecía haber vuelto ni a los apostantes ni a los corredores de
las agencias. Aunque los periódicos de San Luis habían dado la noticia de la
llegada de Lissy Wag al «Lincoln Hotel», ningún reportero se presentó en éste.
¿Qué se podía esperar de la desdichada prisionera de Missouri?
Y, no
obstante, tal vez la prisión acabaría más pronto de lo que se pensaba. Al día
siguiente, 12, se efectuaría otra jugada, y después se efectuaría cada dos
días.
—¿Quién
sabe? ¿Quién sabe? —repetía Jovita Foley, sin cesar.
Las dos
amigas emplearon lo que restaba de la tarde en visitar algunos barrios de la
ciudad. En los lujosos escaparates de las principales calles, ¡qué atractivo
para los femeninos ojos, no solamente por las magníficas
332
alhajas y
soberbias telas, sino por las pieles de la mayor novedad! No hay que extrañarse
de ello, pues los gamos, los zorros, los gatos monteses, etc., con cuyas pieles
hacen gran tráfico los indios de esta región, son muy abundantes.
El día,
pues, no se perdió totalmente.
Al
siguiente era grande la impaciencia de Jovita Foley, que se despertó al alba,
pues aquel día a las ocho el notario Tombrock iba a proceder a efectúen la
jugada del día 12 de junio.
Así,
pues, dejando dormir a Lissy Wag, salió del hotel en busca de noticias.
Durante
dos horas estuvo ausente. ¡Qué despertar para Lissy Wag, que saltó del lecho al
ruido de una puerta violentamente abierta por Jovita Foley, cuando ésta penetró
gritando en la habitación!
—¡Libre!
¡Estás libre, querida! —vociferaba.
—¿Qué
dices?
—Ocho
tantos, por cinco y tres… Él los tiene.
—¿Él?
—Y como
estaba en la casilla 44, he ahí que viene a la casilla 52.
—¿Quién?
—Max
Real, querida… Max Real.
—¡Ah,
pobre joven! —respondió Lissy Wag—. Hubiera preferido permanecer aquí.
—¡No
digas esas cosas! —exclamó la triunfante Jovita Foley, a la que la exclamación
de su amiga hizo dar un salto.
En
efecto, aquella jugada ponía en libertad a Lissy Wag. Ésta sería remplazada en
San Luis por Max Real, cuya plaza ocuparía ella en Richmond, en el Estado de
Virginia, a setecientas cincuenta millas, o sea, veinticuatro o treinta horas
de viaje.
Para
trasladarse al mencionado lugar Lissy Wag disponía del día 12 al 20,
333
más
tiempo del que le hacía falta. Esto no impidió que su impaciente compañera,
incapaz de contener su alegría, exclamase:
—¡En
marcha!
—No,
Jovita, no —respondió muy seria Lissy Wag.
—¿No…? Y
¿por qué?
—Porque
me parece conveniente aguardar aquí a Max Real. Debemos esta cortesía al
infortunado joven.
Jovita
Foley accedió, pero a condición de que el prisionero no había de tardar más de
tres días en llegar a la prisión.
Precisamente
al día siguiente, 13, Max Real se apeaba en la estación de San Luis. Existía,
sin duda, un misterioso lazo que unía al jugador número 1 con el jugador número
5, puesto que si Lissy Wag no quería partir antes de que Max Real llegase, éste
quería llegar antes de que aquélla partiese.
¡Pobre
señora Real! ¡En qué estado debía de encontrarse aquella excelente madre ante
la idea de que su hijo era detenido de tan desdichada manera en su camino!
Max Real
sabía por los periódicos que Lissy Wag se alojaba en el «Lincoln
Hotel».
Así que se presentó en él fue recibido por las dos amigas, mientras
Tommy
esperaba en un hotel vecino el regreso de su amo.
Lissy
Wag, más emocionada de lo que hubiera querido aparecer, avanzó hacia el joven
pintor.
—¡Ah, Mr. Real —le dijo—, cómo lamentamos…!
—¡Desde
el fondo del corazón! —añadió Jovita Foley, que no le compadecía, y cuyos ojos
no lograban expresar la lástima.
—No, Miss
Wag —respondió Max Real después de tomar aliento—. No soy digno de compasión,
o, por lo menos, no quiero serlo…, puesto que tengo la fortuna de librarla a
usted.
—¡Tiene
usted razón! —declaró Jovita Foley, que no pudo contener esta respuesta tan
franca como desagradable.
334
—Excuse
usted a Jovita —dijo entonces Lissy Wag—. Habla sin meditar sus palabras… En lo
que a mí se refiere, crea que siento verdadero disgusto.
—Sin
duda…, sin duda —terció Jovita Foley—. Además, no desespere usted, Mr. Real. Lo
que ahora nos sucede a nosotras puede sucederle a usted. Ciertamente hubiera
sido preferible que otros fueran enviados a la prisión, por ejemplo, ese Tom
Crabbe, ese comodoro Urrican, ese Hermann Titbury… Hubiéramos recibido su
visita con mucho más placer que la de usted. Es decir…, yo me entiendo. En fin,
tal vez vengan a librarle a usted…
—Es
posible, Miss Foley —respondió Max Real—, pero no conviene contar mucho con
ello. Por lo demás, crea que acepto este contratiempo con mucha filosofía.
Nunca creí que ganaría la partida.
—Ni
yo, Mr. Real —se apresuró a decir Lissy
Wag.
—Sí…, sí…
—afirmó Jovita Foley—; o por lo menos yo he tenido fe por ella…
—Yo lo
espero también —añadió el joven.
—Y yo
espero que gane usted —respondió Lissy Wag.
—¡Vamos,
vamos…! Los dos no pueden ganar —dijo Jovita.
—Eso es
imposible, en efecto —apoyó, riendo Max Real—. No puede haber más de uno que
obtenga el triunfo.
—Si Lissy
gana —dijo Jovita—, ella obtendrá los millones. Y si usted es el segundo,
cobrará las primas.
—¡Cómo
arreglas las cosas, querida Jovita! —observó Lissy Wag.
—Esperemos
—dijo entonces Max Real—, y dejemos obrar a la suerte.
Puede
favorecerla a usted, Miss Wag.
Max Real
encontraba cada vez más encantadora a la joven. Esto se veía claramente.
335
Jovita
Foley, que era muy sagaz, se dijo aparte:
«¡Estupendo!
¿Y por qué no? Esto simplificaría la situación, e importaría poco que fuese uno
u otro el ganador».
¡Ah!
¡Cómo conocía el corazón humano, y en particular el de su amiga!
Los tres
entablaron conversación sobre las peripecias del match, los incidentes
ocurridos en el curso del viaje, las bellezas naturales que podían ser
admiradas yendo de un Estado a otro, las maravillas del Parque Nacional de
Yellowstone, de las que Lissy Wag y Jovita Foley conservarían recuerdo eterno.
Después,
ellas refirieron lo sucedido con los tres mil dólares. Sin el generoso donativo
de Mr. Humphry Weldon, hecho en términos que no permitían rehusarlo, Lissy Wag
se hubiera visto precisada a retirarse de la partida.
—¿Y quién
es ese Mr. Humphry Weldon? —preguntó Max Real, algo inquieto.
—Un
excelente y digno anciano que se interesa por nosotras —respondió Jovita Foley.
—Como
jugador, sin duda —añadió Lissy Wag.
—¡Seguramente
piensa en ganar sus apuestas! —declaró levita Foley.
Max Real
omitió decir que también él había tenido la idea de poner la suma mencionada a
disposición de la prisionera. Pero ¿a título de qué podía ella aceptarla?
En fin,
Max Real y las dos amigas pasaron juntos, hablando y paseando, aquel día y el
siguiente. Lissy Wag se mostró muy disgustada por la mala suerte de Max Real, y
éste muy contento de que Lissy pudiera aprovecharse de la mala suerte de él.
Efectivamente, en veinticuatro horas en las agencias se había producido un
movimiento a favor de Lissy Wag. Los periodistas se presentaron el «Lincoln
Hotel» a fin de entrevistarla, pero ella, como siempre, se negó a recibirlos, y
los apostantes abandonaron al antiguo favorito por la nueva favorita.
En la
situación actual de la partida resultaba que, volviendo a Virginia,
336
casilla
44, abandonada por Max Real, Lissy Wag sólo sería adelantada por Tom Crabbe,
que ocupaba la casilla 47, y por X. K. Z., que ocupaba la 51.
—¿Se
sabe, por fin, quién es ese caballero de las iniciales? —preguntó Jovita Foley.
—Se
ignora —respondió el pintor—. ¡Y permanece más misterioso que nunca!
Max Real,
Lissy Wag y Jovita Foley no hablaron únicamente de las incidencias del match
Hypperbone. Hablaron también de sus respectivas familias; de la joven, que
carecía de parientes; de la señora Real, instalada entonces en Chicago, y que
tendría mucho gusto en conocer a Lissy Wag; de Sheridan Street, que no estaba
muy lejos de South Halstedt Street…
Jovita
Foley, no obstante, procuraba desviar la conversación hacia la partida y las
jugadas que podían efectuarse.
—Tal vez
—dijo— en la próxima jugada plantarás el pabellón amarillo en la última
casilla.
—Eso es
imposible, Miss Foley —dijo Max Real.
—¿Y por
qué?
—Porque Miss Wag va a ocupar mi puesto en la casilla
44.
—¿Y eso
qué implica?
—Implica
que el número más alto que Miss Wag podría obtener sería el 10, que, doblado,
formaría 20 puntos, lo que le haría rebasar la casilla 63, teniendo que
retroceder a la 62. Y entonces le sería imposible ganar a la jugada siguiente,
ya que el número 1 no puede ser sacado por los dados.
—Tiene
usted razón —reconoció Lissy—. Así pues, Jovita, tendrás que resignarte a
esperar.
—Hay una
jugada que podría ser muy funesta para Miss Wag —dijo el pintor.
—¿Cuál?
337
—Si
sacase ocho tantos, puesto que volvería a la prisión.
—¡Eso…
nunca! —exclamó Jovita Foley.
—Y en ese
caso —respondió sonriendo la joven—, tendría a mi vez la dicha de libertar a
Mr. Real.
—Con toda
sinceridad, Miss Wag —afirmó el joven—,
no lo deseo.
—¡Ni yo!
—declaró la impulsiva Jovita.
—Entonces,
Mr. Real, ¿cuál es el punto que debo desear? —preguntó Lissy Wag.
—El 12,
que la llevaría a usted a la casilla 56, correspondiente al Estado de Indiana,
y no a las lejanas regiones del Far West.
—Perfectamente
—dijo Jovita Foley—; ¿y podríamos alcanzar la meta en la jugada siguiente?
—Sí,
sacando siete tantos.
—¡Siete!
—exclamó Jovita Foley, batiendo palmas—. ¡Siete, y la primera de los «Siete»!
—De todos
modos —añadió Max Real—, no debe usted temer a la casilla 58, correspondiente
al Valle de la Muerte, adonde fue a parar el comodoro Urrican, porque sería
menester sacar catorce tantos, lo que no puede ser. Y ahora le renuevo a usted
mis sinceros votos que por usted formulé desde el principio. Deseo vivamente
que obtenga usted el triunfo.
Lissy Wag
respondió con una mirada que reflejaba intensa emoción.
«Decididamente
—pensó Jovita Foley—, este Mr. Real es un artista de talento y de porvenir… Y,
parlo que pienso, no hay que argüir con la modesta posición de Lissy Wag… Ella
es encantadora, y ciertamente vale tanto como las hijas de los millonarios que
van a Europa en busca de un título, sin importarles si los príncipes tienen
principado, los duques ducados y si los condes y marqueses están en la ruina».
Así
razonaba la juiciosa aunque levantisca joven, y en su prudencia pensó que no
había para qué prolongar aquella situación. Así es que puso sobre
338
el tapete
la cuestión de la marcha.
Naturalmente,
Max Real insistió para que las jóvenes prolongasen su estancia en San Luis.
Podían esperar hasta el día 18 de junio, y estaban a 12… Si Lissy Wag pensó que
era partir demasiado pronto, nada dijo, y se rindió al deseo de Jovita Foley.
No
disimuló Max Real el disgusto que tal separación le causaba; pero comprendió
que no debía insistir más, y llegada la noche acompañó a las dos amigas a la
estación.
Allí
repitió una vez más:
—Mis
votos la acompañan a usted, Miss Wag.
—Muchas
gracias —respondió la joven, tendiéndole la mano.
—¿Y yo?
—preguntó Jovita Foley—. ¿No hay una buena palabra para mí?
—Sí, Miss
Foley —respondió Max Real—, pues tiene usted un excelente corazón… Cuide de su
compañera…, y hasta nuestro regreso a Chicago.
El tren
se puso en marcha, y el joven permaneció en el andén hasta que la luz del
último furgón desapareció entre las sombras de la noche.
Sí… Era
cierto… Él amaba a aquella dulce y graciosa Lissy Wag, que su madre adoraría
cuando a su regreso se la presentara.
A Max
Real le importaba poco que su partida estuviese comprometida, que se viera
recluido en aquella metrópoli, sin más que la hipotética esperanza de una
próxima libertad.
Muy
triste regresó a su hotel. ¡Cuán solo se encontró…! Además, a su vez y como
consecuencia de su deplorable situación de prisionero, había sido abandonado
por sus partidarios, y su papel bajaba en las agencias como la columna del
barómetro cuando soplan vientos del Sudoeste, aunque hubiese cumplido con la
obligación de pagar la prima.
Tommy
estaba desesperado. Su amo no se embolsaría los millones del match, y no podría
comprarle para reducirle a la más cruel y a la más deseada de las servidumbres.
339
Pero se
obra mal cuando no se cuenta con el azar, que, si no tiene costumbres, no
carece de caprichos, y esto se evidenció en la mañana del día 14.
Desde las
nueve, multitud de jugadores esperaban en las oficinas del telégrafo de San
Luis, a fin de ser informados lo más pronto posible del número de tantos
obtenidos aquel día por el jugador número 2.
El
resultado, que los suplementos de los periódicos publicaron inmediatamente,
fue: cinco, por tres y dos, correspondientes a Tom Crabbe. Y como éste ocupaba
a la sazón la casilla 47, Estado de Pennsylvania, los cinco tantos le expedían
a la 52, prisión de San Luis de Missouri.
¡Júzguese
del efecto producido por la inesperada jugada! ¡Max Real, que ocupaba el puesto
de Lissy Wag, era remplazado inmediatamente por Tom Crabbe, a quien el pintor
sustituiría en Pennsylvania! De ahí el inmediato cambio en las agencias, lo que
hizo que periodistas y corredores asaltasen el hotel donde el joven se
hospedaba, que el papel Max Real subiera y que volvieran sus partidarios, ante
tan inverosímil suerte, a proclamarle gran favorito del match…
¡Cuál
debió de ser el furor de John Milner! ¡Tom Crabbe, prisionero en San Luis y
obligado a pagar una triple prima! La caja secundaria del match Hypperbone se
iba llenando, y los dólares se multiplicaban en ella para beneficio del que
llegase en segundo lugar.
Max Real
tema tiempo de ir de San Luis a Richmond, entre el día 14 y el 20 de junio.
Así, pues, no apresuró su marcha. ¿Por qué había de hacerlo? El pintor quería
conocer el resultado de la jugada del día 28 concerniente a Lissy Wag. Tal vez
la joven sería enviada a uno de los Estados vecinos, donde a él le sería muy
agradable detenerse durante algunos días…
340
XII. Una
gran noticia para el «Tribune»
Harris T.
Kymbale, como se recordará, hallábase en persona en las oficinas del Olympia,
antes de mediodía del día 18 de junio. Estaba, pues, en su sitio, rendido por
la fatiga, aniquilado moral y físicamente, lo que no es de extrañar después de
aquel recorrido en tripleta. Casi desvanecido sobre un banco de la mencionada
oficina, el periodista había podido responder: «¡Presente!», cuando el empleado
dijo: «Hay un telegrama para Harris T. Kymbale».
Algunos
minutos después, recobrado de su decaimiento gracias a una eficaz mezcla de
whisky y ginebra, pudo conocer el texto del telegrama, que rezaba así:
Chicago,
8 h. 13.
Kymbale.
Olympia, Washington.
Nueve,
por cinco y cuatro. Yankton, Dakota del Sur.
TORNBROCK.
Así,
pues, la jugada del 18 de junio había sido efectuada en aquella misma fecha,
bien que hubiera podido ser adelantada veinticuatro horas, puesto que se
refería a Hermann Titbury. Pero éste se hallaba en Nueva Orleans, y allí debía
permanecer durante el tiempo reglamentario, durante el cual el matrimonio
sobrellevaba el aturdimiento ocasionado por los doscientos dólares diarios del
«Excelsior Hotel». Al notario Tombrock y a los miembros del «Excentric Club»
les había parecido lógico no alterar las fechas de las jugadas, a fin de no
disminuir el tiempo afecto a cada cambio de lugar de los jugadores, lo que era
interpretar exactamente las intenciones de William J. Hypperbone.
El
redactor jefe del Tribune no tenía motivo para quejarse del resultado de la
jugada. No estaba obligado a volver a la parte más conocida del territorio
federal, e iba a atravesar una región nueva para él yendo a Dakota del Sur, a
menos de mil trescientas millas del Estado de
341
Washington.
Además,
conviene advertir que Harris T. Kymbale, tomando posesión de la casilla 39,
sólo tenía delante a X. K. Z., en Minnesota; a Max Real, en Pennsylvania, y a
Lissy Wag, en Virginia oriental. Ocupaba, pues, el cuarto lugar, antes que el
comodoro Urrican, que esperaba en Wisconsin su próxima salida.
Hermann
Titbury estaba inmovilizado por veinte días aún en Luisiana, y Tom Crabbe se
veía encerrado en la prisión de San Luis hasta el fin del match, si alguno de
los jugadores no le remplazaba.
Harris T.
Kymbale recobró, pues, no toda su confianza en el resultado final, puesto que
no la había perdido, pero mostróse más animado que nunca y sus partidarios
también. Tres obstáculos se encontraban en su camino; el laberinto de Nebraska,
por el que ya había pasado; la prisión de San Luis y el Valle de la Muerte. De
estos tres peligros, uno amenazaba a X. K. Z., y otros a Lissy Wag y a Max
Real. Además, ¡el azar jugaba un papel tan importante en el match Hypperbone!
Los dos únicos puntos que el periodista temía eran el doce, que le hubiera
obligado a tomar el camino de Nebraska, y el diez doble, que le obligaría a
ofrecer sus homenajes y cumplimientos a Tom Crabbe en la prisión de Missouri.
Aunque
dispusiese de los quince días comprendidos entre el día 18 de junio y el 2 de
julio para hacer el viaje a Dakota del Sur, Harris T. Kymbale no quiso perder
ni un momento. Sin esperar esta vez el itinerario que el complaciente
secretario del Tribune, Braman S. Bickhom, iba a dirigirle, sin duda, a
Olympia, él mismo lo combinó de manera satisfactoria.
El
territorio de las dos Dakotas, la del Norte y la del Sur, está separado del de
Washington por dos Estados: el de Idaho y el de Montana. En aquella época, el
Northern Pacific atravesaba Wisconsin, Minnesota, Dakota del Norte, Montana e
Idaho, y ponía a Chicago, y en consecuencia a Nueva York, en comunicación
directa con la capital de Washington. De Olympia a Fargo, sobre la frontera
oriental de Dakota, hay más de mil trescientas millas, y cuatrocientas para
trasladarse de Fargo a Yankton, al sur de Dakota meridional, o sea, una
distancia total de mil setecientas millas.
En
servicio ordinario no es raro que los trenes americanos recorran mil
trescientas millas en treinta y dos horas, y a veces se hace este trayecto en
veinticuatro. Pero era preciso contar con el paso de las montañas
342
Rocosas y
admitir la posibilidad de algunos retrasos. Aparte de ello, Harris T. Kymbale
podía descansar en Yankton, en espera de que se efectuase la jugada
correspondiente al día 2 de julio. Prudente resolución fue, pues, la que le
decidió a partir de Olympia al siguiente día.
Cuatrocientas
millas separan la capital de Washington y las primeras estribaciones de las
montañas Rocosas; después, doscientas cincuenta millas de una parte a otra del
macizo, lo que da cerca de seiscientas millas entre Olympia y Helena, capital
de Montana. Esta parte septentrional de los Estados Unidos hasta Chicago estaba
servida por el Northern Pacific, que corría casi paralelamente al Grand Trunk y
a seis grados más al Norte. Disponiendo el periodista de quince días para
llegar a Dakota del Sur, alcanzaría Yankton bastante antes que el telegrama,
que —no lo dudaba— le comunicaría una excelente jugada. La línea del Northern
Pacific tenía la ventaja de conducirle a través de Idaho, Montana y Dakota del
Norte, y él podría ofrecer al Tribune artículos del mayor agrado de los
lectores.
Al salir
de Olympia, después de haber subido al Nordeste hacia Tacoma, el tren descendió
al Sudeste franqueó la cadena de los montes Cascade por Hotspring, Ellensburg,
Toppenish y Pace Pasco, y atravesó el río Columbia.
Harris T.
Kymbale, que pasaba la mayor parte del tiempo en la plataforma de su vagón,
contemplaba la maravillosa comarca, cuyo paisaje podía decirse que cambiaba a
cada poste telegráfico, a través de las profundas gargantas donde se agitan las
tumultuosas aguas que descienden de los montes Cascade.
No quedó,
por cierto, menos maravillado cuando, rebasado el monte Stuart al Norte, el
tren pasó el Columbia, que se extiende de Norte a Sur hasta el recodo que forma
para ir a arrojarse en el Pacífico, formando la frontera meridional de
Washington.
El gran
río es poco navegable en aquella parte de su curso, alimentado por numerosas
corrientes, tales como las del Buckland, del Guaquil, del Islands y del Priest.
Siguió el tren por el gran desierto columbiano, casi sin ríos, por lugares
antaño frecuentados por los indios.
Idaho,
que pertenece a la cuenca del Columbia, limita al Norte con el Dominio del
Canadá y es rico en bosques y pastos como lo era en otra
343
época. Su
capital, Boise, sobre el río de este nombre, es una ciudad de 2300 almas, y su
metrópoli, Idaho City, sobre un afluente del Snake, domina la parte meridional
de este territorio. Allí los chinos constituyen una parte muy importante de la
población, y también los mormones, a los que se rehúsan los derechos
electorales si no juran antes haber renunciado a las costumbres de bigamia y
poligamia.
Más allá
de Idaho, en Montana, a través de la indescriptible región de las montañas
Rocosas, Harris T. Kymbale, cuyos ojos habían visto las bellezas naturales de
Nuevo México y de Washington, sintió mayor admiración. Entre los picachos y
gargantas de este territorio, al que los meridianos y los paralelos sirven de
frontera geodésica, corrían hacia el Norte millares de ríos y arroyos, regando
los pastos que, con las minas, constituyen su principal riqueza, pues el clima
es demasiado riguroso para el cultivo. El Northern Pacific sirve de enlace a
algunas ciudades importantes, como Missoula, Helena y Butte, situada esta
última en un centro minero donde abundan el oro, la plata y el cobre.
Después
de haber pasado el río Charles Forke y los altos picos de Wiessner y de
Stevens, y luego el pico Eagle, que los domina, el tren descendió hasta Helena,
capital de Idaho.
La
comarca era muy montañosa, y seguramente era preciso poseer el audaz genio de
los americanos para haber establecido una vía férrea en aquella región. El
suelo es abrupto en la parte septentrional de este territorio, como en aquél
donde fue constituida la línea del Union Pacific, a cuatrocientas millas más al
Sur. Harris T. Kymbale, después de haber seguido la segunda cuando iba de Omaha
a Sacramento, pudo establecer comparación en ventaja de la primera.
Por
desgracia, el tiempo no era bueno, y el cielo presentaba amenazador aspecto. La
tensión eléctrica de la atmósfera no había cesado de aumentar desde hacía
veinticuatro horas. Pesadas y tormentosas nubes se elevaban en el horizonte, y
Harris T. Kymbale pudo asistir al desencadenamiento de una de esas terribles
tempestades que tanta espectacularidad revisten en el país de las montañas.
La
tormenta no tardó en adquirir proporciones de espanto. Era uno de esos
temporales que bloquean a los habitantes en sus casas. Los viajeros
experimentaban natural temor, por más que los trenes en plena marcha están, por
regla general, poco expuestos, pues el fluido eléctrico encuentra
344
rápida
salida por los rieles. Sin embargo, la frecuencia de los relámpagos, que se
sucedían de segundo en segundo; los estallidos de los truenos, que los ecos
hacían repercutir incesantemente; los rayos cayendo sobre los árboles y las
rocas; las masas de piedra rodando en formidables aludes; los animales
empavorecidos, gamos, antílopes, osos negros, huyendo por doquier; todo ello
reunido formaba el incomparable espectáculo que los viajeros pudieron observar
en la tarde del día 20.
El
cronista del Tribune tuvo entonces ocasión de enviar a su periódico, no sólo un
inspirado relato de lo presenciado, sino de añadir un singular descubrimiento
enlazado con la historia zoológica de las montañas Rocosas.
Hacia las
cinco el tren ascendía lentamente por la cuesta de una montaña, en lo más
fuerte de la tempestad. Harris T. Kymbale hallábase en la plataforma del vagón,
mientras sus compañeros permanecían en el interior del mismo. En este momento
advirtió la presencia de un soberbio oso pardo, llamado grizzly, de gran
tamaño, que marchaba por la vía sobre las patas traseras, turbado sin duda por
aquella lucha de los elementos que tan vivamente impresiona a los animales. De
repente, el plantígrado, deslumbrado por un relámpago, levantó su pata derecha,
llevóla a su frente y se santiguó precipitadamente.
—¡Un oso
que hace la señal de la cruz! —exclamó Harris. T. Kymbale—. Esto no es posible…
Los ojos me habrán engañado…
No. Había
visto bien, y varias veces en medio de los terribles relámpagos observó cómo el
grizzly se santiguaba dando señales de espanto.
Una vez
en la cima de la pendiente, el tren adquirió más velocidad y dejó atrás id oso.
El
periodista escribió esta nota en su cuaderno:
« Grizzly: nueva especie de plantígrado.
Durante las tempestades hace la señal de la cruz. Se le puede inscribir en la
fauna de las montañas Rocosas con el nombre de Ursus christianus».
Y esta
nota figuró en la carta expedida desde Helena, el día siguiente, a la redacción
del Tribune.
345
Después
de pasar las estaciones de Missoula, Bonita, Drummond y Garrison, el tren,
habiendo franqueado un largo túnel bajo el monte Mullan, se detuvo en la
estación de Helena en la mañana del día 21.
Esta
ciudad, enclavada en una altura de mil toesas en la parte oriental de las
Rocosas, al borde de un riachuelo tributario del Missouri, forma un vasto lagar
de almacenamiento para los productos minero; de la región, y cuenta con unos 15
000 habitantes. El Northern Pacific se detuvo allí un par de horas, y luego
sólo tuvo que descender hacia las llanuras surcadas por el Yellowstone y sus
numerosos afluentes.
Esta
comarca era antaño frecuentada por los indios pies negros, los cuervos, los
ventrudos, los cabezas planas, los cheyennes, los moddks y los asiniboinas,
relegados actualmente a otros lugares a causa de que su vecindad es mal
soportada por la población blanca.
Después
de dirigirse al Sudeste por Lokart y Bozeman, el tren encontró nuevamente al
Yellowstone. Después de cruzar numerosas estaciones, entre ellas Livingstone y
Lauri, de donde parte un ramal para el Parque Nacional, y de atravesar Howard y
Miles City, pasó de Montana a Dakota del Norte, llegando a Beach, a los 174º de
longitud.
El
Northern Pacific cruza a Dakota septentrional entre inmensas llanuras, algo
elevadas en las inmediaciones de Heart Buttes. Al fin llegó al río Missouri en
Edwinton, capital del Estado y a la que los alemanes llaman Bismarck, ciudad no
menos solitaria que el que le dio su aborrecido nombre en su soledad de
Friedrichsruhe.
Harris T.
Kymbale hubiera podido seguir por un ramal que desde la estación de Jamestown
descendía directamente hasta Yankton. Pero su fantástica imaginación le
arrastró por Valley City, Oriska y Cassilton hasta Fargo, en la frontera
occidental de Minnesota, adonde llegó el día 23 por la mañana.
Allí,
cerca de la frontera de este Estado, se hallaba entonces, después de la jugada
correspondiente al día 10, el misterioso X. K. Z., esperando en San Pablo, la
capital, que la jugada del día 24 le enviase a una nueva casilla… ¿A cuál…? Sin
duda, cerca del final, si no a la misma meta, lo que, no obstante su confianza,
enfurecía al cronista del Tribune.
Dakota, segregada de Minnesota en 1861, está dividida en dos
346
cuadriláteros
casi iguales, uno al sur del otro. Este elevado territorio, poco montañoso,
contrasta con su vecino del Oeste. La población blanca prefiere la parte
sudoriental para el cultivo de tabaco, maíz, avena y legumbres. El suelo es
excelente en esta parte, mientras el Norte está ocupado por numerosos lagos. El
río Missouri lo atraviesa oblicuamente hasta más allá de Yankton, desde donde
se dirige a Omaha, mientras que el río Rojo lo separa de Minnesota por el Este.
El
ferrocarril que va a Fargo recorre en parte este río y llega a Yankton, antigua
capital de Dakota del Sur, que ha sido remplazada por Pierre, cuya situación
central se avenía mejor con el plan administrativo de la Confederación. Harris
T. Kymbale pasó en Fargo todo el día 23 sin darse a conocer. Tal vez, cediendo
a sus gustos de turista, hubiera visitado algunos pueblos establecidos en la
ribera izquierda del río Rojo, y aun los de la ribera derecha, si una
inesperada circunstancia no lo hubiera decidido a modificar sus proyectos.
Paseábase
por la tarde por los alrededores de la ciudad, cuando fue abordado por un
individuo, americano al parecer, de unos cincuenta años, regular estatura, ojos
pequeños y expresivos, y aspecto poco agradable.
—Caballero
—le dijo aquel hombre—, si no me engaño, se ha apeado usted esta mañana del
Northern Pacific.
—En
efecto —respondió Harris T. Kymbale.
—Mi
nombre es Horgarth —añadió el otro—. Len William Horgarth.
—Y
bien, Mr. Len William Horgarth, ¿qué
desea usted?
—¿Se
dirige usted a Yankton? —preguntó el personaje en cuestión.
—Precisamente
a Yankton.
—Así,
pues, permítame que le ofrezca mis servicios…
—¿Sus
servicios…? ¿Y con qué propósito se me ofrece usted?
—Ante
todo, permítame una simple pregunta: ¿Ha venido usted solo?
—Sí, solo
—respondió Kymbale, algo sorprendido.
347
—¿No le
acompaña a usted su esposa?
—¿Mi
esposa?
—¡Oh! No
importa. Para el divorcio no es necesaria su presencia.
—¿Para el
divorcio?
—Desde
luego. Yo me encargo de llenar todas las formalidades para su divorcio…
—Pero
para divorciarse es preciso estar casado, y yo no lo estoy.
—¿No está
usted casado, y se dirige a Yankton? —exclamó Horgarth, en el colmo de la
sorpresa.
—Pero
¿quién es usted, Mr. Horgarth?
—Yo soy
testigo para los divorcios…
—Entonces,
lo siento… Pero no le necesito.
El
periodista no tenía por qué asombrarse de las proposiciones de Len William
Horgarth. Si en Illinois los divorcios son cosa frecuente; si se puede gritar a
los viajeros: «Chicago. Diez minutos de parada: el tiempo para divorciarse», es
preciso que esta ruptura del vínculo matrimonial sea rodeada de ciertas
garantías. Pero no sucede así en Dakota del Sur. Éste es, por excelencia, el
país del divorcio, y basta que un testigo afirme que se está domiciliado en
dicho punto desde seis meses antes, para obtener lo que se desea.
De ahí el
oficio de testigo. Ellos reclutan al cliente, atestiguan a su favor y le
proporcionan un representante, si el cliente no quiere ir personalmente y
prefiere obrar por procurador; en fin, dan todas las facilidades imaginables. Y
aún más que a la ciudad de Yankton, este «record» de la demolición matrimonial
pertenece al pueblo de Sioux Falls.
—Pues
bien, caballero —añadió Horgarth—, siento que no sea usted casado; pero ya que
va usted a Yankton no deje de estar allí mañana antes de las tres, a fin de
asistir al gran mitin que va a celebrarse.
—¿Un
mitin? ¿Y por qué?
348
—Se trata
de solicitar que los seis meses de residencia sean reducidos a tres, como en el
Estado de Oklahoma, que nos hace una ruinosa competencia. Este mitin será
presidido por el honorable Mr. Heldreth.
—¿Y quién
es ese Mr. Heldreth?
—Un probo
comerciante que se ha divorciado ya diecisiete veces y, según se dice, no ha
concluido aún.
—Estaré
en Yankton a la hora indicada.
—Lo dejo
a su criterio, y quedo a sus órdenes para lo sucesivo.
—De
acuerdo. Tendré en cuenta su amable ofrecimiento.
—Nadie
sabe lo que puede venir.
—Dice
usted bien, Mr. Horgarth —respondió
Harris T. Kymbale.
Y se
despidió del digno testigo.
Restaba
saber si en Yankton, merced al mitin presidido por el honorable Mr . Heldreth,
se obtendrían los beneficios de que gozaba Oklahoma.
Al día
siguiente, 24, el periodista montaba en el tren que se dirigía hacia Dakota del
Sur.
Existe
por aquella zona una complicadísima red de vías férreas establecidas de uno a
otro Estado. Pero como sólo hay doscientas cincuenta millas entre Fargo y
Yankton, Harris T. Kymbale tenía la seguridad de llegar antes de la hora
señalada para el mitin.
Por
suerte, la última sección del ferrocarril, entre las estaciones de Medary y
Sioux Falls, acababa de ser construida, y aquel mismo día iba a quedar abierta
a la circulación. Así, pues, Harris T. Kymbale no se vería obligado a efectuar
en carruaje o a caballo una parte del trayecto, como le había acontecido
durante sus viajes a Nuevo México y a California.
Franqueó
el límite convencional que separa las dos Dakotas, y eran las once cuando el
tren se detuvo cerca del pueblecito de Medary, a orillas del río Big Sioux, y
vio apearse a todos los viajeros.
349
Dirigiéndose
entonces a un empleado de los ferrocarriles, le preguntó:
—¿Es que
el tren se detiene aquí?
—Aquí
mismo —respondió el empleado.
—¿No se
inaugura hoy la línea entre Medary y Sioux Falls?
—No,
señor.
—¿Cuándo,
pues?
—Mañana.
Este
incidente contrariaba a Harris T. Kymbale, pues las dos estaciones se hallan a
sesenta millas de distancia, y tomando un coche llegaría demasiado tarde al
mitin del honorable Mr. Heldreth.
Pero en
aquel momento divisó un tren, que se disponía a partir en dirección a Yankton.
—¿Y ese
tren? —preguntó al factor.
—¡Oh, ese
tren! —respondió el empleado, con singular entonación.
—¿No va a
partir?
—Sí, a
las doce y trece.
—¿Para
Yankton?
—¡Oh,
Yankton! —respondió el empleado, moviendo la cabeza.
Pero,
llamado en aquel momento por el jefe de estación, el hombre no pudo completar
la información solicitada por el periodista.
El tren
no era de viajeros y sólo se componía de dos furgones de equipajes unidos a una
locomotora que parecía hallarse a plena presión.
«¡Ea! —se
dijo Harris T. Kymbale—. Ésta es la mía, puesto que hasta mañana no se inaugura
la línea. Para ir de Medary a Sioux Falls, bueno es un tren de mercancías. Si
pudiera deslizarme en uno de esos furgones sin
350
ser
visto… Ya me explicaría al llegar a destino…».
El
confiado periodista no dudaba de que se recibirían cortésmente las
explicaciones dadas por uno de los jugadores del match Hypperbone, cuando
indicara su nombre y calidad y ofreciera pagar el importe de aquel transporte
antirreglamentario.
Lo que
favorecería precisamente el proyecto del periodista era que la estación se
hallaba desierta en aquel momento. Todos los viajeros parecían tener prisa por
abandonarla. Ni un empleado estaba en el andén. Únicamente el maquinista y el
fogonero se ocupaban en cargar la caldera de la locomotora. Sin ser visto,
Harris T. Kymbale pudo penetrar en un furgón, esconderse en un rincón y
aguardar el momento de la salida.
A las
doce y trece el tren partió con extraordinaria brusquedad. Transcurrieron diez
minutos, durante los cuales aumentó la velocidad del tren hasta ser excesiva.
El
viajero observó una extraña circunstancia: cuando el tren pasaba ante las
estaciones, el maquinista no hacía silbar a la locomotora.
Harris T.
Kymbale se levantó y miró por una ventanilla cubierta con un enrejado, colocada
en la parte anterior del furgón.
No había
nadie en la locomotora, que lanzaba torrentes de humo y de vapor; no estaban
allí ni el maquinista ni el fogonero…
«¿Qué
significa esto? —pensó Harris T. Kymbale—. ¿Habrán caído del tren los dos, o
esta maldita máquina se ha escapado de la estación como un caballo de la
cuadra?».
De
pronto, lanzó un grito de terror.
Por la
misma vía, a medio cuarto de milla, apareció otro tren que iba en dirección
contraria, animado también de velocidad vertiginosa.
Algunos
segundos después se produjo un espantoso choque. Las dos locomotoras se habían
empotrado la una en la otra con indescriptible violencia, astillándose los
furgones unos contra otros. Luego, tras formidable explosión, los restos de las
dos calderas volaron por el espacio.
Y
entonces, al estrépito de la explosión uniéronse los hurras y los aplausos
351
de miles
de personas, agrupadas al lado de la vía y a suficiente distancia para no tener
nada que temer del tremendo choque.
Eran los
curiosos que se habían ofrecido al estremecedor espectáculo, organizado a sus
expensas, del encuentro de dos trenes lanzados a todo vapor, espectáculo
americano como ninguno.
Y de este
modo fue inaugurada la línea férrea entre Medary y Sioux Falls, el edén de los
divorcios de América.
352
XIII. Las
últimas jugadas del «match». Hypperbone
Inútil es
describir el estado de alma de Lissy Wag cuando se separó de Max Real para ir a
ocupar su puesto en Richmond. Habiendo partido en la noche del día 13, no podía
la joven sospechar que al día siguiente la suerte haría por Max Real lo que por
ella había hecho; es decir, darle la libertad y devolverle la ocasión de
«ponerse en línea» en el extenso campo de carreras de los Estados Unidos de
América.
Llena de
tan vivas emociones, concentrada en sí misma, Lissy Wag se había hundido en un
rincón del vagón, y Jovita Foley, sentada junto a ella, no intentó molestar a
su compañera con inoportuna conversación.
De San
Luis a Richmond sólo hay setecientas millas a través de Missouri, Kentucky,
Virginia occidental y Virginia oriental. En la mañana del día 14 las dos
viajeras llegaron a Richmond, donde debían esperar el próximo telegrama del
notario Tombrock. No se olvidará que Max Real había resuelto no abandonar San
Luis hasta que fuera conocida la jugada del día 20, con la idea de que tal vez
pudiera encontrarse con Lissy Wag cuando se trasladara a Filadelfia a remplazar
a Tom Crabbe.
Fácilmente
se imaginará la alegría de las dos amigas —alegría más moderada en una,
estrepitosa y expresiva en la otra— cuando a su llegada leyeron en los
periódicos de Richmond la libertad de Max Real.
—¿Lo ves,
querida? —dijo Jovita—. ¡Hay un Dios! Están locos los que lo niegan. Si no lo
hubiera, ¿habría Tom Crabbe obtenido cinco tantos? ¡No! Dios sabe lo que se
hace, y debemos darle las gracias.
—¡Desde
el fondo del corazón! —dijo Lissy Wag.
—Después
de todo, la dicha de uno es a menudo la desgracia de otro —añadió Jovita
Foley—. Siempre he pensado que en la tierra no hay más que cierta suma de
felicidad a disposición de los humanos, y cada cual toma de ella su parte en
perjuicio de otro.
353
He aquí
los ribetes de filosofía de aquella desconcertante joven. Admitiendo que en
este mundo no haya más que cierta suma de alegría, poco dejaba Jovita a los
demás, pues tomaba gran parte.
—De modo
—continuó— que Tom Crabbe ocupará la prisión de Max Real. Tanto peor para él, a
menos que el comodoro vaya a libertarle. Pero si llegara este caso, no querría
yo tropezarme por el camino con esa tromba marina.
Ahora
sólo se trataba de esperar sin impaciencia el día 20. Durante estos seis días,
el tiempo transcurriría agradablemente visitando Richmond, capital de la que
Max Real había justamente alabado la belleza a las dos amigas. Y sin duda la
ciudad les hubiera parecido aún más hermosa si Max Real las hubiera acompañado
en aquellos paseos. Por lo menos así lo declaró Jovita Foley, y es probable que
Lissy Wag compartiera esta opinión.
No
permanecieron en el hotel más que lo preciso, lo que les permitió huir de los
redactores de los periódicos de Virginia, que con gran aparato habían anunciado
la presencia en Richmond de la jugadora número 5. Con gran disgusto de Lissy
Wag, algunos de estos periódicos habían publicado su retrato y el de Jovita
Foley, lo que a ésta no desagradaba. ¿Y cómo no responder a las señales de
simpatías con que durante sus excursiones eran acogidas?
Sí. Desde
que delante de ellas no había más que aquel misterioso X. K. Z., de cuya
existencia real dudaban muchos, en Lissy y Jovita veía el público a dos ricas
herederas. El papel de Lissy Wag era cada vez más solicitado en las agencias.
—¡Tomo
Lissy Wag!
—¡Tomo
Kymbale, contra Lissy Wag!
—¡Vendo
Titbury!
—¿Quién
quiere Titbury?
—¡Aquí
hay Titbury!
—¡Y
Crabbe por paquetes!
354
—¿Quién
tiene Real?
—¿Quién
tiene Lissy Wag?
Sólo esto
se oía, y se comprenderá que se apostaran grandes sumas a favor de Lissy Wag,
tanto en los Estados Unidos como en el extranjero. En dos golpes felices podía
convertirse finalmente, aun partiendo la herencia con su fiel compañera, en una
de las más ricas herederas del país del dólar que figuran en el Libro de Oro de
América.
Cuando
llegó el día 16 de junio, como no debía jugarse a favor de Hermann Titbury,
sumergido por un mes aún en las delicias del «Excelsior Hotel», algunos
interesados pretendieron que la jugada se efectuase a favor del jugador número
4, es decir, de Harris T. Kymbale, y que cada tumo avanzase cuarenta y ocho
horas. Pero no fue ésta la opinión de Mr. Georges B. Higginbotham, ni de los
demás socios del «Excentric Club», ni la del notario Tombrock, encargados de
interpretar la voluntad del difunto.
El día 18
el redactor del Tribune había sido enviado de Olympia a Yankton, y el día
siguiente los periódicos refirieron que había abandonado la capital de
Washington tomando la línea transcontinental del Northern Pacific.
En
resumen; por pasar de la casilla 30 a la 39, el periodista no amenazaba a Lissy
Wag, que ocupaba la 44.
Finalmente,
el día 20, antes de las ocho, Jovita Foley había obligado a su amiga a
seguirla, y se encontraban en las oficinas del telégrafo de Richmond. Allí, una
hora después, el hilo anunció doce tantos, por seis y seis, máxima puntuación
que se podía obtener. Era un avance de doce casillas que la trasladaba a la 56,
Estado de Indiana.
Las dos
amigas regresaron apresuradamente al hotel a fin de escapar a las
demostraciones demasiado vivas del público, y Jovita Foley exclamó entonces:
—¡Ah,
querida Lissy! ¡Indiana e Indianápolis, se capital! ¡Qué suerte! Nos
aproximamos a nuestro Illinois, y ahora vas tú en cabeza. Has adelantado en
cinco casillas a ese intruso, a ese X. K. Z., y el pabellón: amarillo vence al
pabellón rojo. ¡Sólo te faltan siete puntos para triunfar! ¿Por qué no has de
sacarlos en la próxima jugada? ¿No es este número el de los brazos del
candelabro bíblico, el de los días de la semana, el de las Pléyades
355
—no se
atrevió a decir el de los pecados capitales— y el de los jugadores que corren
tras la herencia? ¡Dios mío, haz que los dados nos den el número siete y que
ganemos la partida! Tú sabes, debes saber, el buen uso que haremos de esos
millones. Serán el bien de todos. Fundaremos casas de caridad, un hospital…
¡Sí! El hospital Wag-Foley, para los enfermos de Chicago. Yo haré construir un
edificio para las jóvenes menesterosas que no puedan casarse, y seré la
directora, y tú verás cómo lo administro… ¡Ah! No tendrá cabida en este
edificio la señorita archimillonaria, porque… ¡En fin, yo me entiendo! Y los
duques, marqueses y príncipes solicitarán tu mano…
Era
evidente que Jovita Foley deliraba. Abrazaba a Lissy Wag, que acogía con vaga
sonrisa todas aquellas promesas para el porvenir, y la otra volvía a su tema
una y otra vez. Tratóse de la cuestión de si Lissy Wag abandonaría Richmond
inmediatamente, puesto que disponía de los días comprendidos hasta el 4 de
julio para ir a Indianápolis. Pero como hacía ya seis días que se encontraba en
aquella ciudad, Jovita Foley afirmó que lo mejor era partir al siguiente día
para su nuevo destino.
Rindióse
Lissy Wag a sus razones, y además la indiscreción del público y las instancias
de los periodistas eran cada vez más molestas. Por otra parte, puesto que Max
Real no estaba en Richmond, ¿a qué prolongar allí la estancia? A este último
argumento, presentado por Jovita Foley, con insistencia que no la disgustaba,
¿qué hubiera podido responder Lissy Wag?
Así,
pues, el día 12 por la mañana ambas se hicieron conducir a la estación. El
tren, después de atravesar la Virginia oriental, la occidental y el Estado de
Ohio, las dejaría por la noche en la capital de Indiana. Total, un trayecto de
cuatrocientas cincuenta millas.
Pero
sucedió lo siguiente; en el andén se acercó a ellas un caballero de los más
distinguidos, y, haciendo una reverencia, les dijo:
—¿Tengo
el honor de hablar con Miss Lissy Wag y
Miss Jovita Foley?
—Con las
mismas —respondió ésta.
—Soy el
mayordomo de Mrs. Migglesy Bullen, la cual tendría a gran honor que Miss Lissy
Wag y Miss Jovita Foley aceptasen subir en un tren que las conduciría a
Indianápolis.
356
—Vamos
—dijo Jovita Foley, sin dar a Lissy Wag tiempo para reflexionar.
El
mayordomo las acompañó hasta un apartadero donde esperaba un tren compuesto de
locomotora, coche salón, coche comedor, coche cama y un furgón, tan lujosos en
su interior como en su parte externa. Era, verdaderamente, un tren principesco.
Así es
como viajaba Mrs. Migglesy Bullen, una de las más acaudaladas americanas de la
Unión. Rival de los Whitman, de los Stevens, de los Gerry, de los Bradley, de
los Sloane, de los Belmont, etc., que sólo navegan en yate de su propiedad y
viajan en trenes propios, esperando hacerlo sobre sus propias vías, Mrs.
Migglesy Bullen era una amable viuda de cincuenta años, propietaria de
importantes yacimientos de petróleo, lo que vale tanto como decir yacimientos
de dólares.
Lissy Wag
y Jovita Foley pasaron entre el numeroso personal de servicio colocado en el
andén, y fueron recibidas por dos damas de compañía que las condujeron al coche
salón, donde se encontraba la archimillonaria.
—Señoritas
—les dijo aquella señora con gran amabilidad—. Les doy las gracias por haber
aceptado mi ofrecimiento consintiendo en acompañarme durante este viaje. Lo
harán ustedes más cómodamente que utilizando el tren ordinario, y para mí es
una gran dicha probarles de esta forma el interés que me inspira la jugadora
número 5, aunque no haya apostado nada en la partida.
—Mucho
nos honra su delicadeza, Mrs. Migglesy Bullen —respondió Jovita.
—Y le
manifestamos nuestro más vivo agradecimiento —añadió Lissy Wag.
—Es
inútil —respondió, sonriendo, la excelente señora—. Espero, Miss
Wag, que
mi compañía le dará a usted suerte.
Aquel
viaje fue encantador, pues Mrs. Migglesy Bullen, pese a sus millones, era la
mejor de las mujeres. Pasáronse agradables horas en el salón, en el comedor, y
luego paseando de un extremo a otro del tren, cuyo lujoso mobiliario y rica
instalación no es posible imaginarse.
—¡Y
pensar —dijo Jovita Foley, en un momento en que se encontraron solas— que
pronto podremos viajar tan deliciosamente…!
357
—¡Sé
razonable, Jovita!
—¡El
tiempo confirmará mis palabras!
A decir
verdad, la opinión, absolutamente desinteresada, de Mrs. Migglesy Bullen era
que Lissy Wag ganaría la partida.
En fin,
por la noche, el tren se detuvo en Indianápolis, y como continuaba hasta
Chicago, las dos jóvenes se bajaron de él.
En
recuerdo de su viaje, la millonaria les rogó que aceptasen sendas sortijas de
diamantes, y después de darle las gracias, no sin alguna emoción, las dos
jóvenes se despidieron, muy conmovidas por aquella principesca hospitalidad.
Entonces,
guardando el incógnito en lo que fue posible, dirigiéronse al «Sherman Hotel»,
que les había sido recomendado.
Indianápolis,
como la mayor parte de capitales de los Estados de la Unión, está situada casi
en el centro del territorio, y desde ella las vías férreas parten en todas
direcciones. Mirando el mapa de Indiana, diríase que es una tela de araña,
cuyos hilos, en forma de líneas férreas, están tendidos entre los grados
geodésicos que le sirven de límite sobre tres lados: Ohio al Este, Illinois al
Oeste y Kentucky al Sur; al Norte limita con la extremidad meridional del lago
Michigan.
Si antaño
este Estado justificaba el nombre de Tierra Indiana, actualmente está muy
americanizado, aunque sus primeras colonias hayan sido de emigrantes franceses.
Max Real
no hubiera encontrado paisajes pintorescos en esta región. El país es llano,
con ligeras ondulaciones en sus fronteras.
Muy a
propósito para el establecimiento de caminos de hierro, se presta a gran
desarrollo comercial. El suelo es propio para todas las variedades de la
producción agrícola y es rico en minas de hulla y en yacimientos de petróleo y
de gas natural.
Indiana,
con sus dos millones de habitantes, ocupa el trigésimo séptimo lugar de la
Unión por su superficie. Además de Indianápolis, posee ciudades muy
importantes, activas y prósperas: Jeffersonville, New
358
Albany,
Louisville del Kentucky, situada en la ribera izquierda del Ohio; Evansville,
segunda población del Estado, a la entrada del delicioso valle del río Green y
unido al lago Erie por un canal de cerca de quinientas millas; Forth Wayne,
servido por la línea de Pittsburgh a Chicago; Vincennes, que fue durante algún
tiempo la capital de Indiana…
Indianápolis
merece la atención del turista; pero, aunque es una de las grandes ciudades de
la República americana, inútilmente se buscaría en ella lo inesperado y
pintoresco. Por lo demás, las dos amigas la habían ya visitado cuando fueron a
Kentucky.
En el
plazo de quince días de que disponían, hubieran tenido tiempo seguramente de
visitar los principales distritos de la ciudad y de realizar una excursión a
las grutas de Wandyott, entre Evansville y New Albany, que compiten con la
Gruta del Mamut. Pero Jovita Foley prefería conservar intacto el inolvidable
recuerdo de las maravillas de Kentucky. ¿No había sido en aquellos lugares
donde conquistó el grado de teniente coronel del ejército de Illinois? En ello
pensaba algunas veces, no sin experimentar grandes deseos de reír, y en la
obligación en que ambas estarían, a su regreso a Chicago, de ir a ofrecer sus
servicios militares al gobernador…
Cuando
veía a su compañera, si no inste, pensativa, le decía:
—Lissy,
no te comprendo… O, mejor dicho, te comprendo demasiado. Sí…, es un joven
amable y simpático… Reúne todas las cualidades, y, entre otras, la de
agradarte… Pero, puesto que no se halla aquí, puesto que ahora debe de estar en
Filadelfia, en el lugar que ocupaba Tom Crabbe, es preciso ser razonable,
querida. Si haces votos por Max Real, con más motivo has de hacerlos por ti
misma.
—No
exageres, Jovita…
—Vamos,
Lissy, sé franca. Confiesa que le amas…
La joven
no respondió, y su silencio fue, sin duda, la respuesta más elocuente.
El día 22
los periódicos publicaron la jugada relativa al comodoro Urrican.
No se
habrá olvidado que el pabellón anaranjado había tenido que recomenzar la
partida, de regreso del Valle de la Muerte, y que una jugada
359
bastante
afortunada le había enviado a la casilla número 26, correspondiente al Estado
de Wisconsin. Esto prueba que, como los días, las jugadas se suceden y no se
parecen. El notario había tenido mala mano, pues cinco tantos, por uno y
cuatro, llevaban a Hodge Urrican a la casilla 31, Estado de Nevada, donde
William J. Hypperbone había colocado el pozo, en cuyo fondo el desdichado
comodoro permanecería hasta que alguno de los jugadores fuera a sacarle.
—¡Parece
que ese Tombrock lo hace a propósito! —exclamó Hodge Urrican en el paroxismo de
espantosa cólera.
Y como
Turk declarara que en la primera ocasión que se le presentase retorcería el
pescuezo al notario, su amo no intentó calmarle esta vez. Además, veíase en la
obligación de pagar una triple prima, tres mil dólares, que debían salir de su
bolsillo.
Lissy
Wag, que tenía excelente corazón, lamentó la desgracia del infortunado lobo de
mar.
—Compadezcámosle,
si quieres —respondió Jovita Foley—; tanto más, cuanto que no veo más que
posibilidad de que Titbury vaya a libertarle si al salir de la hostería obtiene
doce tantos. Después de todo, importante es que Max Real haya salido de la
prisión y tengo el presentimiento de que más pronto o más tarde le veremos.
La
perspicaz joven no estaba equivocada.
En
efecto, al regresar del paseo que las dos amigas habían dado aquella mañana, y
al llegar ante el «Sherman Hotel», Lissy Wag no pudo contener un grito de
sorpresa.
—¿Qué
sucede? —le preguntó Jovita.
Y en
seguida gritó a su vez:
—¡Usted…, Mr. Max Real!
El pintor
se hallaba junto a la puerta, y, cerca de él, Tommy. Un poco emocionado,
buscando palabras para explicar su presencia, dijo:
—Señoritas…
Me dirigía a Filadelfia…, y como Indiana se encontraba en mi camino por
casualidad…
360
—Una
casualidad geográfica —respondió, riendo, Jovita Foley—; pero, en todo caso,
una feliz casualidad.
—Como
esto no alargaba mi viaje…
—Y aunque
lo hubiera alargado, usted hubiese llegado a su destino el día señalado.
—Tengo
tiempo hasta el día veintiocho… Faltan seis días… Y…
—Y cuando
se dispone de seis días y no se sabe qué hacer, lo mejor es dedicárselos a las
personas por las que se siente interés…, vivísimo interés.
—Jovita…
—dijo Lissy Wag en voz baja.
—Y la
casualidad —continuó Jovita—, siempre esa feliz casualidad, ha hecho que usted
eligiera precisamente el «Sherman Hotel»…
—Como los
periódicos habían informado que la jugadora número cinco y su fiel compañera se
albergaban en él…
—Y
—respondió la fiel compañera— si la jugadora número cinco se albergaba en el
«Sherman Hotel», justo era que el jugador número uno hiciera lo mismo… ¡Oh, si
se hubiese tratado del jugador número dos o del número tres…!, Pero, no… Era
precisamente el número cinco… ¡Siempre la casualidad en todo!
—Para
nada ha intervenido en esto la casualidad —confesó Max Real, estrechando la
mano que le tendía la joven.
—¡Esto es
hablar francamente! —exclamó Jo vita Foley—. Y, franqueza por franqueza, sepa
que su visita nos causa gran placer, Max Real. Pero le prevengo que no
permanecerá aquí ni una hora más de lo preciso y que no consentiremos que
pierda el tren de Filadelfia.
Inútil es
decir que Max Real había esperado en San Luis que los periódicos anunciasen la
llegada de Lissy Wag y de Jovita Foley a la capital de Indiana y que contaba
dedicarles todo el tiempo de que disponía.
Hablaron
como antiguos amigos y se concertaron paseos por la ciudad; la
361
cual,
gracias a la presencia de Max Real, sería infinitamente más interesante de
visitar.
A
instancias de la fiel compañera fue preciso hablar algo de la partida. Lissy
Wag iba ahora en cabeza, y X. K. Z. no la relegaría a segundo lugar. Para
alcanzar la meta era preciso que el misterioso personaje obtuviese doce tantos,
y éstos sólo se pueden lograr por seis y seis, mientras que los siete tantos
que permitirían colocar el pabellón amarillo de Lissy Wag en la casilla 63 se
podían obtener de tres maneras; por tres y cuatro, por dos y cinco y por uno y
seis. Tres probabilidades contra una, según afirmaba Jovita Foley.
Fuese o
no justo este razonamiento, poco le importaba a Max Real. Éste y Lissy Wag no
hablaban del match. Hablaban de Chicago, del próximo regreso y del placer con
que la señora Real recibiría a las dos amigas; una carta escrita por esta digna
señora —escrita sin duda después de haberse informado— lo afirmaba en los más
agradables términos.
—Tiene
usted una madre muy buena, Max Real —dijo Lissy Wag, cuyos ojos se humedecieron
al tener noticia de esta carta.
—La mejor
de las madres, Miss Wag, y que no puede menos de amar todo lo que yo amo…
—¡Y que
haría una suegra no menos buena! —exclamó Jovita Foley riendo a carcajadas.
El resto
del día lo pasaron dando paseos por los hermosos barrios de la ciudad,
principalmente por las orillas del río White. Huir de los importunos que se
albergaban en el «Sherman Hotel» (a creer a Jovita Foley, todos aspiraban a
obtener la mano de la futura heredera de William J. Hypperbone) había llegado a
ser una verdadera necesidad. En la calle donde residían había siempre cierto
número de curiosos. Por prudencia, Max Real, con buen acuerdo, había ocultado
su personalidad, a fin de evitar las molestias que sus partidarios podían
causarle.
Max Real
esperó que llegase la noche para regresar al hotel, y terminada la cena no hubo
más que descansar de las fatigas de día tan bien empleado.
A las
diez, Lissy Wag y Jovita Foley se encerraron en su habitación; Max
362
Real se
retiró a la suya, y Tommy a un cuarto contiguo. Y mientras la una se abandonaba
a sus sueños dorados, quizá los otros dos coincidían en los mismos pensamientos
sin encontrar el sueño… Sí, ambos no pensaban más que en su regreso a Chicago y
en la realización de sus más caros deseos. Se decían que aquella partida duraba
ya más de siete semanas, que pasados unos días sería menester preparar de nuevo
las maletas, que centenares de millas volverían a separarles… y que lo mejor
sería renunciar. Felizmente, ni Jovita Foley ni la señora Real podían oírles.
Max Real,
estudiando el mapa del match, había hecho esta inquietante observación; de los
siete Estados, tal como estaban situados en el mapa Hypperbone, situados entre
Indiana e Illinois, cinco se encontraban en la región oriental de la Unión, a
gran distancia, en terrenos mal servidos por las líneas férreas: Arkansas,
Arizona, Oregón, el Territorio Indio y el Valle de la Muerte. Bastaría con que
Lissy Wag sacase dos tantos para verse obligada a recomenzar la partida, tras
largo y penoso viaje hasta California. Así, pues, si no ganaba en la siguiente
jugada sacando siete tantos, corría el riesgo de ser enviada muy lejos de
Indiana, exponiéndose a múltiples riesgos.
Lissy Wag
no pensaba en estas amenazadoras complicaciones. No pensaba en el porvenir,
sino en el presente. Pensaba únicamente en que Max Real estaba entonces cerca
de ella, aunque algunos días después la suerte iba a separarles.
Transcurrieron
las últimas horas, y al siguiente día, al despertar, se esfumaron las malas
impresiones de la noche.
—¿Qué
vamos a hacer hoy? —preguntó Jovita Foley cuando Lissy Wag y ella se
encontraron con Max Real ante la mesa para desayunarse—. El día promete ser
magnífico… El aire y el sol convidan a pasear… ¿Es que no vamos a salir de
Indianápolis? Ciertamente es ésta una ciudad muy agradable y muy limpia, pero
tengo entendido que los alrededores son muy hermosos… ¿No podríamos tomar un
tren…?
La
proposición merecía ser estudiada. Max Real consultó una guía y las cosas se
arreglaron a gusto de todos. Se convino en que se iría por la línea que sube
por el río White hasta la estación de Spring Valley, a unas veinte millas de
Indianápolis, reservándose regresar por diferente camino. El alegre terceto
partió, pues, dejando esta vez a Tommy en el hotel.
363
Aunque
Max Real y Lissy Wag estaban demasiado entretenidos para darse cuenta de nada,
Jovita Foley debió haber advertido a cinco individuos que les habían seguido
desde la partida. Estos individuos no solamente les acompañaron hasta la
estación, sino que subieron en el mismo tren que ellos; y cuando Max Real y sus
dos amigas se apearon en la estación de Spring Valley, dichos sujetos hicieron
lo mismo.
Esto no
atrajo la atención de Jovita Foley, que miraba a través de los cristales del
vagón, cuando no a Max Real y a Lissy Wag.
Verdad es
que, temiendo ser observados, aquellos individuos mostraron gran prudencia y se
separaron al salir de la estación.
Max Real,
Lissy Wag y Jovita Foley tomaron el camino que conduce a la orilla del río
White. Indudablemente, no corrían el riesgo de extraviarse.
Caminaron
así durante una hora, a través de la fértil campiña regada por la corriente de
agua. Aquí, campos bien cultivados; allí, espesas arboledas; más allá, restos
de los antiguos bosques que abatió el hacha civilizadora del leñador.
La
temperatura era agradable y el paseo resultó delicioso. Jovita Foley
correteaba, llena de alegría, vigilando a la joven pareja, que no se preocupaba
de ella… Tal vez Jovita creía deber suyo desempeñar en aquella ocasión el papel
de madre.
A las
tres de la tarde una barca les trasladó a la otra orilla del río White. Más
allá, bajo grandes bosques, se extendía un camino que conducía a la estación de
uno de los numerosos ferrocarriles que se dirigen a Indianápolis. Max Real y
sus compañeras se prometían hacer nuevas excursiones por los alrededores de la
capital hasta la víspera del día 28. El día 27 por la noche, con gran disgusto
por parte de todos, Max Real montaría en el tren que le conduciría a
Filadelfia. Después… Pero mejor era no pensar en ello.
Tras
recorrer media milla por un camino bordeado de hermosos árboles, desierto a la
hora en que se efectúa el trabajo en los campos, Jovita Foley, fatigada de
tantas idas y venidas, propuso un descanso de algunos minutos. Había tiempo
suficiente para estar de regreso en el «Sherman Hotel» antes de la comida. El
camino se extendía entre dos hileras de árboles, lleno de sombra y frescor.
364
En aquel
instante, cinco hombres se lanzaron sobre ellos. Eran los mismos que se habían
apeado del tren en la estación de Spring Valley.
¿Qué
querían aquellos individuos? A juzgar por las apariencias, no se trataba de
bandidos. Querían, sencillamente, apoderarse de Lissy Wag, conducirla a algún
secreto lugar y retenerla allí para impedir que la joven se encontrara en las
oficinas del telégrafo de Indianápolis el día 4 de julio, a la llegada del
telegrama que le concernía. De ahí resultaría su exclusión de la partida en la
que figuraba en cabeza.
A esta
acción conducía el apasionamiento de aquellos jugadores, que habían apostado en
el «match» sumas enormes, centenares de miles de dólares. Sí, aquellos
malhechores, pues así se les debe llamar, no retrocedían ante semejantes actos.
Tres de
los cinco intrusos se precipitaron sobre Max Real a fin de impedirle que
pudiera defender a sus compañeras. El cuarto sujetó a Jovita Foley, mientras el
último se esforzaba en arrastrar a Lissy Wag al fondo del bosque, donde sería
imposible encontrar sus huellas.
Max Real
se defendía valientemente, y, sacando el revólver, que todo buen americano
lleva siempre consigo, hizo fuego. Uno de los asaltantes se desplomó, herido al
parecer.
Jovita
Foley y Lissy Wag pedían socorro, sin esperanza de que sus voces fueran oídas.
Lo
fueron, sin embargo, pues una docena de colonos de los alrededores hallábanse
cazando por el bosque y un providencial azar les condujo hasta el escenario de
la agresión.
Los cinco
hombres intentaron entonces un esfuerzo supremo. Max Real disparó contra el
raptor de Lissy Wag, el cual tuvo que abandonar a la joven. En el tumulto de la
lucha, el pintor recibió una puñalada en el pecho, y cayó exánime a tierra
lanzando un grito.
Aparecieron
los cazadores, y los agresores, dos de los cuales estaban heridos,
comprendieron que el golpe había fallado y huyeron por el bosque.
Más
urgente que lanzarse en su persecución era trasladar a Max a la estación más
próxima y enviar en busca de un médico, llevando después
365
al herido
a Indianápolis, si su estado lo permitía.
Lissy
Wag, con los ojos cubiertos de lágrimas, se arrodilló junto al joven.
Max Real
respiraba; abriéronse sus ojos y pudo pronunciar estas palabras:
—Lissy…,
querida Lissy… Esto no será nada… ¿Cómo está usted…?
Sus
párpados se cerraron de nuevo… Pero vivía, había reconocido a la joven y le
había hablado.
Media
hora más tarde los cazadores le depositaban en la estación, donde casi al
momento se presentó un médico, que, tras examinar la herida, afirmó que no era
mortal. Le practicó la primera cura, y aseguró que el joven soportaría sin
peligro el traslado a Indianápolis.
Max Real
fue, pues, colocado en un vagón del tren que pasó a las cinco y media. Lissy
Wag y Jovita Foley se colocaron a su lado. El pintor no había perdido el
conocimiento, la herida era leve y a las seis descansaba en su habitación del
«Sherman Hotel».
¿Cuánto
tiempo tardaría en poder abandonarla? ¿Podría estar el día 28 en las oficinas
del telégrafo de Filadelfia?
Lissy Wag
no abandonaría al que por defenderla había resultado herido. ¡No!, permanecería
a su lado y le prodigaría los más exquisitos cuidados. Jovita Foley —y
confesémoslo en honor suyo, pues ello significaba el desvanecimiento de todas
sus esperanzas— aprobó la conducta de su pobre amiga.
Un
segundo médico que acudió a visitar a Max Real confirmó lo dicho por su colega.
El pulmón no había sido más que ligeramente rozado por la punta del cuchillo,
aunque poco faltó para que la herida fuese mortal. Este médico declaró que Max
Real no estaría en disposición de levantarse antes de quince días.
¡Qué
importaba! Ni él pensaba ahora en la fortuna de William J. Hypperbone, ni Lissy
Wag dudaba en sacrificar a su amigo sus posibilidades de triunfo. Ambos soñaban
con otro porvenir; un porvenir de dicha, para el que no necesitaban los
millones del «match».
Tras
largas y maduras reflexiones, Jovita Foley se dijo:
366
«En
resumen: puesto que este pobre Real va a permanecer quince días en
Indianápolis, Lissy estará aún aquí el día 4 de julio, fecha de la próxima
jugada. Y si por fortuna saliera el siete (¡Dios mío, haz que salga!), ella
ganaría la partida. Esto sería justo, pues después de tantas pruebas como ha
sufrido la jugadora número 5, el cielo le debería esta indemnización».
Conviene
decir que fue muy tenida en cuenta la recomendación hecha por Max Real de que
no se comunicara a su madre lo sucedido. No había dado su nombre en el hotel,
como se sabe, y cuando los periódicos refirieron el atentado, indicando sus
móviles, mencionaron sólo a Lissy Wag.
Calcúlese
el efecto que la noticia produjo entre los especuladores. No se extrañará que
el pabellón amarillo fuese aclamado en toda América.
Las
cosas, como se va a ver, iban a desenlazarse muy pronto y de modo distinto al
esperado por la mayoría del público.
El día
siguiente, 24, a las ocho y media, los vendedores de periódicos recorrían las
calles de Indianápolis y proclamaban, o, mejor dicho, vociferaban el resultado
de la jugada efectuada aquella mañana en Chicago, concerniente al jugador
número 7.
Éste
había obtenido doce tantos, mediante el seis doble, y como el jugador ocupaba
la casilla número 51, Estado de Minnesota, ganaba la partida.
El
ganador no era otro que el enigmático personaje designado con las iniciales X.
K. Z.
Y ahora
el pabellón rojo flotaba sobre Illinois, repetido catorce veces sobre el mapa
del noble juego de los Estados Unidos de América.
367
XIV. La
campana de Oakswoods
Un trueno
que se extendiera por todo el globo no produciría más efecto que aquel golpe de
dados salido del cubilete del notario Tombrock, al dar las ocho, el día 24 de
junio, en la sala del Auditorium. Los millares de espectadores que asistieron a
esta jugada (con el pensamiento de que podría ser la última del «match».
Hypperbone) la proclamaron por todos los barrios de Chicago, y miles de
telegramas extendieron la noticia por el Viejo y Nuevo Mundo.
Resultaba,
pues, que el hombre misterioso, el personaje agregado a última hora, el intruso
del codicilo, en una palabra, o, mejor dicho, en tres letras, aquel X. K. Z.,
ganaba la partida y con ella los sesenta millones de dólares.
¿Y no era
natural observar cómo se había realizado la marcha de aquel favorecido por la
suerte? Mientras tantas desgracias caían sobre los demás jugadores, éste
confinado en la hostería, aquél obligado a pagar una prima al ir al puente del
Niágara, el uno perdido en el laberinto, precipitado el otro en el fondo del
pozo, tres condenados a prisión, todos teniendo primas que satisfacer, X. K. Z.
había avanzado siempre con seguro paso, yendo de Illinois a Wisconsin, de aquí
al Distrito de Columbia, de éste a Minnesota y de Minnesota al final, sin haber
tenido que desembolsar una sola prima, y viajando por un círculo limitado, con
gran economía de fatigas y gastos en el transcurso de sus fáciles
desplazamientos.
¿No era
esto prueba de una suerte poco común y hasta maravillosa, la suerte de esos
privilegiados a quienes todo sale bien en la vida?
Restaba
saber quién era aquel X. K. Z., y, sin duda, no tardaría en darse a conocer,
aunque no fuera más que para entrar en posesión de la enorme herencia.
En las
fechas indicadas para las jugadas que le concernían, cuando se había presentado
en las oficinas del telégrafo de Milwaukee, en Wisconsin, de Washington, en el
Distrito de Columbia y de Minneápolis, en Minnesota,
368
los
curiosos habían acudido en gran número. Pero sólo pudieron contemplar tan
pronto a un hombre de edad regular, como un hombre que había ya pasado de los
sesenta años; el cual desaparecía en seguida, sin que fuera posible encontrar
sus huellas. En fin, bien pronto se sabría a qué atenerse sobre su nombre y
demás circunstancias, y, establecida su identidad, la Unión contaría con un
nuevo nabab en sustitución de William J. Hypperbone.
Hablemos
ahora de la situación de los otros seis jugadores el día 3 de julio, o sea,
nueve después de la jugada final; pero antes conviene advertir que todos
estaban de regreso en Chicago, desesperados los unos, furiosos los otros
(fácilmente se adivina cuáles) y dos indiferentes al resultado del «match»
(tampoco es necesario nombrarlos).
Al
finalizar la semana, Max Real, apenas repuesto de su herida, había regresado a
su ciudad natal en compañía de Lissy Wag y de Jovita Foley, dirigiéndose a su
casa de South Halstedt Street, mientras las dos amigas iban a la suya de
Sheridan Street.
La señora
Real, ya al corriente del atentado contra Lissy Wag, supo, como todo el mundo,
el nombre del joven a quien Lissy debía su salvación.
—¡Ah,
hijo mío, hijo mío! —exclamó la madre, estrechando a Max Real entre sus
brazos—. ¡Eras tú!
—No
llores más, querida madre, puesto que ya estoy curado. Lo he hecho… por ella…,
a la que tú vas a conocer y a la que amarás tanto como ya te ama y como la amo
yo.
Aquel
mismo día, Lissy Wag, acompañada de Jovita Foley, fue a visitar a la señora
Real. La joven agradó mucho a la anciana, y ésta a la joven. La señora Real
colmóla de atenciones, de las que hizo partícipe también a Jovita Foley, tan
distinta de su amiga y, sin embargo, tan excelente dentro de su manera de ser.
Respecto
a lo que después sucedió, bastará que esperemos algunos días para conocerlo.
Después
de la partida de Max Real, Tom Crabbe llegó a San Luis. Inútil es insistir en
el estado de furor y de vergüenza en que John Milner se encontraba. ¡Tanto
dinero perdido! ¡No solamente el importe de los viajes,
369
sino la
triple prima que tuvo que pagar en la prisión de Missouri! Además, la fama del
campeón del Nuevo Mundo había palidecido seriamente en el encuentro con el no
menos despechado Cavanaugh, encuentro en el que el verdadero vencedor había
sido el reverendo Hugh Hunter, de Arondale. Respecto a Tom Crabbe, seguía sin
comprender nada del papel que representaba. Aquel coloso se sentía satisfecho
desde el instante en que se le garantizasen sus seis comidas diarias. ¿Cuántas
semanas estaría John Milner encerrado en aquella metrópoli? Lo supo al día
siguiente, y, pues la partida había terminado, no le quedó más remedio que
regresar a su casa de Calumet Street, en Chicago.
Esto es
lo que hizo también Hermann Titbury. Hacía ya catorce días que el matrimonio
ocupaba en el «Excelsior Hotel» el departamento reservado al jugador del
«match»; catorce días durante los cuales había comido y bebido estupendamente,
disponiendo de coche, de yate y de palco en la Ópera, y, en fin, llevando el
rumbo de gentes que disfrutan de pingües rentas y saben dilapidarlas. Cierto es
que tal género de vida les costaba doscientos dólares diarios. ¡Qué golpe
recibieron cuando les fue presentada la cuenta! Ascendía ésta a dos mil
ochocientos dólares; y añadiendo a esta suma las primas satisfechas en
Luisiana, la multa que les impusieron en Maine y el robo de que fueron víctimas
en Utah, más los gastos inherentes a tan largos desplazamientos, el total se
elevaba a ocho mil dólares. Heridos en el corazón, es decir, en la bolsa, el
golpe despertó de su borrachera a los dos avaros, y de regreso a su casa de
Robey Street, mediaron entre ellos violentísimas escenas, durante las cuales
Kate acusaba a su esposo de haberse lanzado a tan desatinada aventura, pese a
haber sido ella la instigadora, y Hermann acabó por considerarse culpable,
siguiendo su costumbre, tanto más cuanto que la terrible sirvienta tomó el
partido de su ama, siguiendo también su costumbre. Convinieron en hacer nuevas
economías, lo que no impidió que el matrimonio recordase los días transcurridos
en las delicias del «Excelsior Hotel». ¡Qué decepción cuando desde estos sueños
se hundían en el abismo de la realidad!
—¡Ese
Hypperbone era un monstruo! ¡Un verdadero monstruo! —exclamaba a menudo Mrs.
Titbury.
—¡Era
preciso triunfar y conseguir sus millones… o no tomar parte en el «match»!
—opinaba la sirvienta.
—Sí… No
tomar parte en esta maldita partida —añadía la matrona—. ¡Eso
370
es lo que
no cesaba de repetir a Hermann! Pero es imposible hacer entrar en razón a
semejante…
¡Jamás se
sabrá el calificativo que Kate Titbury aplicó aquel día a su esposo!
¿Y Harris
T. Kymbale? Harris T. Kymbale había salido sano y salvo del choque premeditado
con que se celebró la inauguración de la línea férrea entre Medary y Sioux
Falls. Antes de producirse el encuentro entre los dos trenes, pudo saltar a la
vía, rebotando contra el suelo como si hubiera sido de goma y quedando
desvanecido al pie de un talud y al abrigo de la explosión que seguidamente se
produjo. Aun en América no es raro que dos trenes choquen, pero sí que se
conozca anticipadamente; pero en aquella ocasión los espectadores, colocados a
buena distancia a cada lado de la vía, habían podido prepararse adrede aquel
espectáculo. Por desgracia, a causa de su desvanecimiento, Harris T. Kymbale no
había podido presenciarlo.
Tres
horas después, cuando los obreros del ferrocarril fueron a desobstruir la vía,
encontraron a un hombre, sin sentido, al pie del talud. Conducido a la casa más
próxima, se avisó a un médico, el cual manifestó que el desconocido no se
hallaba herido de gravedad… Al volver en sí, y a las preguntas que le hicieron,
se supo que era el jugador número 4 del «match». Hypperbone, así como la
maniobra mediante la cual había ocupado plaza en aquel tren destinado a la
destrucción. Dirigiéronle los oportunos reproches, y sólo se le condenó a
satisfacer el importe del viaje, puesto que en los ferrocarriles americanos se
puede pagar en camino o a la llegada. Después se telegrafió la noticia del
incidente al director del Tribune, y se expidió al imprudente periodista por el
camino más directo a Chicago, donde el día 25 se hallaba ya en su casa de
Milwaukee Avenue. Naturalmente, el intrépido Harris T. Kymbale se declaró
dispuesto a continuar su viaje, a correr, si era preciso, de un extremo a otro
de los Estados Unidos. Pero, enterado de que la partida había concluido la
víspera con el triunfo de X. K. Z., tuvo que permanecer en su hogar,
dedicándose a escribir jugosas crónicas sobre los últimos incidentes en los que
se había visto mezclado. En resumen: no había perdido ni el tiempo ni la
práctica de su profesión, y le quedaban imborrables recuerdos de sus viajes a
través de Nuevo México, Carolina del Sur, Nebraska, Washington, Dakota del Sur
y la original forma de inaugurar la línea férrea de Medary a Sioux Falls.
371
Su amor
propio de periodista consciente sintióse, no obstante, herido por una
revelación que le valió bromas y pullas por parte de la prensa de segunda
categoría. Sucedió esto a propósito de aquel grizzly que había visto en el
camino de Idaho, y que, según el periodista, se santiguaba a cada relámpago, el
Ursus christianus, nombre con el que lo había bautizado. Se trataba simplemente
de un buen hombre del país que llevaba a casa de un curtidor la piel de un
magnífico plantígrado. Como la lluvia caía a torrentes se había cubierto con la
piel, y como sentía miedo se santiguaba como buen cristiano a cada resplandor.
Harris T.
Kymbale acabó por reírse de su aventura; pero su risa era del color de aquel
pabellón que Jovita Foley no había podido desplegar triunfalmente sobre la
casilla número 63.
Respecto
a Lissy Wag, se sabe ya en qué condiciones había regresado a Chicago con su
fiel amigo Max Real y con Tommy, no menos desesperado éste por la desgracia de
su amo que Jovita Foley por la de Lissy Wag.
—¡Ten
resignación, mi pobre Jovita! —le repetía Lissy Wag—. Demasiado sabes que yo
nunca confié en ganar la partida.
—¡Pero yo
sí contaba con ello!
—Hacías
mal…
—Además,
tú no tienes por qué quejarte.
—Y no me
quejo —respondió, sonriendo, Lissy Wag.
—Si la
herencia de Hypperbone se te ha escapado, al menos no eres una pobre joven sin
fortuna.
—¿A qué
te refieres?
—Claro,
Lissy. El ganador ha sido X. K. Z. Pero tú figuras en segundo lugar, y tuyo es
el producto de las primas.
—A fe
mía, Jovita, que no había pensado en ello…
—Pero yo
pienso por ti, mi descuidada Lissy, y te embolsarás una suma considerable.
372
En
efecto, los mil dólares del puente del Niágara, los dos mil de la hostería de
Nueva Orleans, los dos mil del laberinto de Nebraska, los tres mil del Valle de
la Muerte, en California, y los nueve mil sucesivamente pagados en la prisión
de Missouri, formaban un total de diecisiete mil dólares que pertenecían, sin
duda alguna, según disponía el testamento, al que llegase en segundo lugar, o
sea a Lissy Wag. Sin embargo, ésta, como acababa de decir a Jovita Foley, no
había pensado en ello; pensaba en otra cosa…
Había, no
obstante, una persona de la que Max Real no debía estar celoso, pero la cual
ocupaba a menudo el pensamiento de la novia del pintor, pues creemos superfluo
decir que el matrimonio de ambos era cosa convenida. Esta persona era el
honorable Humphry Weldon, que había honrado con su visita la casa de Sheridan
Street durante la enfermedad de Lissy Wag, y que había remitido a ésta los tres
mil dólares que necesitaba para pagar la triple prima afecta a la prisión de
Missouri. Aunque el tal señor no fuese más que un apostante que defendía su
dinero, merecía por su generosidad el agradecimiento de Lissy, la cual esperaba
reembolsarle ahora el préstamo. Pero al buen señor no se le había vuelto a ver.
¿Qué
había sucedido entretanto a Hodge Urrican?
El día 22
de junio se había efectuado la jugada que le concernía, hallándose el comodoro
en Wisconsin. Se recordará que cinco tantos, por uno y cuatro, le enviaban a la
casilla 31, Estado de Nevada. Debía realizar un nuevo viaje de mil doscientas
millas; pero el «Union Pacific» le conduciría a su destino, puesto que Nevada,
uno de los Estados menos poblados de la Confederación, aunque ocupa el sexto
lugar por su superficie, está situado entre Oregón, Idaho, Utah, Arizona y
California. Pero, para colmo de desgracia, William J. Hypperbone había colocado
en dicho Estado el pozo en cuyo fondo había de caer el infortunado jugador.
El furor
del comodoro llegó al límite. Echó las culpas de todo al notario Tombrock, y
prometió ajustarle las cuentas cuando terminase la partida. Turk declaró que
estrangularía al notario, le abriría el vientre y le devoraría el hígado…
Con el
apresuramiento que en todos sus negocios ponía, Hodge Urrican partió de
Milwaukee el día 22; tomó el tren con su inseparable compañero, después de
remitir al notario los tres mil dólares que le costaba su última jugada, y a
todo vapor se dirigió hacia Nevada.
373
Conviene
advertir que el testador había escogido tal Estado como enclave del pozo, a
causa de los muchos que en él abundan, y que, en forma de mina, son abiertos
para la extracción de oro y plata, en cuya producción Nevada ocupa el cuarto
lugar entre los Estados de la Unión. Impropiamente designado con tal nombre,
pues la Sierra Nevada está fuera de su territorio, tiene por ciudades
principales a Virginia City, Gold Hill y Silver City, denominaciones fáciles de
explicar. Estas ciudades están, por así decirlo, edificadas sobre filones de
plata, como el de Comstock Lode, y de ahí esos pozos que se hunden hasta más de
2700 pies en las entrañas de la tierra. Pozos de plata, si se quiere, pero
pozos que justifican la elección del testador y también la justa cólera de
aquél a quien la mala suerte enviaba a ellos.
¡No tuvo
tiempo de llegar a su destino! En Great Salt Lake City, la mañana del día 24,
recibió la gran noticia: X. K. Z. había ganado la partida.
El
comodoro Urrican regresó, pues, a Chicago, en un estado más fácil de imaginar
que de describir.
No es
exagerado afirmar que tanto en una como en otra parte del Atlántico se
respiraba al fin. Las agencias iban a descansar y los corredores a tomar
aliento. Las apuestas serían arregladas con regularidad que haría honor al
mundo de la especulación.
Para
todos los que se habían interesado, aunque fuese platónicamente, en la partida,
había una curiosidad que satisfacer.
¿Quién
era aquel X. K. Z.? ¿Se daría a conocer? Nadie dudaba de ello. Cuando se trata
de embolsarse sesenta millones de dólares, sobra el incógnito, el nombre deja
de ocultarse bajo iniciales. El afortunado jugador debía presentarse
personalmente, y se presentaría. Pero ¿cuándo, y en qué circunstancias? El
testamento no señalaba plazo, pero se creía que el suceso ocurriría pronto… El
misterioso X. K. Z. estaba en Minnesota, en Minneápolis, cuando el último
telegrama le había sido expedido, y medio día era suficiente para regresar de
aquella ciudad a Chicago.
Pero
transcurrió una semana. Y otra. Y no había noticias del desconocido.
Una de
las personas más impacientes era Jovita Foley. La nerviosa joven quería que Max
Real fuese diez veces al día a informarse, que estuviese
374
de
continuo en el Auditorium, donde el más afortunado de los «Siete» haría
seguramente su primera aparición. Pero Max Real tenía el alma llena de cosas
bien distintas.
Jovita
Foley exclamaba:
—¡Ah,
cuando yo le eche la vista encima a ese individuo…!
—¡Cálmate,
querida! —repetía Lissy Wag.
—No me
calmaré, Lissy. Y si le veo le preguntaré con qué derecho se permite ganar la
partida un señor de quien ni el nombre se sabe.
—Pero,
Jovita —respondió Max Real—, si usted se lo pregunta será porque se habrá
presentado y dado a conocer.
Las dos
amigas no habían vuelto a sus tareas en los almacenes de Mr. Marshall Field. En
primer lugar, Lissy Wag sería remplazada; y en cuanto a Jovita Foley, esperaba
a que todo terminase antes de reanudar sus funciones, para el desempeño de las
cuales no se sentía dispuesta todavía.
A decir
verdad, con su impaciencia, la joven simbolizaba exactamente el estado de la
opinión pública. Conforme transcurría el tiempo excitábanse las imaginaciones.
La prensa parecía haber enloquecido. Gran número de personas acudían al
domicilio del notario Tombrock, que daba siempre la misma respuesta, afirmando
que nada sabía respecto al portador del pabellón rojo. No le conocía; ignoraba
adonde había ido al salir de Minneápolis, donde el telegrama le había sido
entregado en propia mano. Y cuando insistían mucho, se limitaba a responder:
—Hará su
aparición cuando guste.
Entonces,
los demás jugadores —excepto Lissy Wag y Max Real— creyeron conveniente
intervenir, no sin algún derecho. Si el vencedor no se presentaba, ¿no tenían
razón para pretender que la partida no había terminado y que debía proseguirse?
El
comodoro Urrican, Hermann Titbury y John Milner (este último representando a
Tom Crabbe), aconsejados por sus partidarios, anunciaron su intención de acudir
a la Justicia demandando al ejecutor testamentario del difunto. Los periódicos
que les sostuvieron durante el «match» no les abandonarían.
375
En el
Tribune, Harris T. Kymbale publicó un violento artículo contra X. K. Z., cuya
existencia negaba, y el Chicago Herald, el Chicago Inter-Ocean, el Daily New
Record, el Chicago Mail y el Freie Presse defendieron con increíble energía la
causa de los jugadores. Toda América se apasionó por el nuevo asunto. Por otra
parte, era imposible arreglar las apuestas en tanto que no se probase la
identidad del vencedor y no se tuviese la seguridad de que el «match» había
definitivamente terminado. La opinión general se manifestó claramente en un mitin
celebrado en el Auditorium. Si X. K. Z. no se presentaba en un plazo
determinado, se obligaría al notario Tombrock a proseguir las jugadas. Tom
Crabbe, Hermann Titbury, Harris T. Kymbale, el comodoro Urrican, e incluso
Jovita Foley, si se le permitía sustituir a Lissy Wag, estaban dispuestos a
partir hacia cualquiera de los Estados de la Confederación adonde la suerte les
enviase.
La
agitación pública llegó a tal punto, que las autoridades tuvieron que
intervenir, en Chicago especialmente, siendo preciso proteger a los socios del
«Excentric Club» y al notario, a los que se achacaba cuanto acontecía.
El día 15
de julio, tres semanas después de la última jugada, que había hecho vencer al
hombre misterioso, se produjo un suceso de lo más inesperado:
A las
diez y diecisiete de la mañana se propagó la noticia de que repicaba
insistentemente la campana del monumento funerario de William J. Hypperbone, en
Oakswoods Cemetery.
376
XV.
Última excentricidad
No es
fácil imaginarse la rapidez con que se extendió la noticia. Si en cada casa de
Chicago hubiera habido un teléfono en comunicación con un aparato instalado en
la del guardián de Oakswoods, los habitantes de la metrópoli de Illinois no
hubieran recibido dicha noticia más pronto y simultáneamente.
En
algunos minutos fue invadido por la población de los barrios cercanos. Después
afluyeron multitudes de todas partes. Media hora más tarde la circulación
estaba interrumpida por completo desde Washington Park. El gobernador del
Estado, John Hamilton, prevenido a toda prisa, envió nutridos batallones
militares, que no sin trabajo penetraron en el cementerio e hicieron salir de
él a gran número de curiosos, de manera que el acceso quedase libre.
Y la
campana sonaba continuamente en el campanario del soberbio monumento de William
J. Hypperbone.
Como es
natural, Georges B. Higginbotham, presidente del «Excentric Club», sus
compañeros y el notario Tombrock fueron los primeros en llegar al cementerio.
Pero ¿cómo habían podido adelantarse a aquella inmensa y tumultuosa multitud a
no estar prevenidos de antemano? En fin, lo cierto era que allí estaban desde
que empezó a tocar la campana.
Media
hora después se presentaban los seis jugadores del «match». Hypperbone. Nada de
extraño tema que el comodoro Urrican, Tom Crabbe, remolcado por John Milner,
Hermann Titbury, arrastrado por su esposa, y Harris T. Kymbale, se hubieran
apresurado a acudir. Pero si Lissy Wag y Max Real se encontraban allí, y con
ellos Jovita Foley, era porque ésta lo había exigido tan imperiosamente que fue
preciso obedecerla.
Todos los
jugadores estaban, pues, ante el monumento, guardado por triple fila de
soldados de aquella milicia que las dos amigas hubieran tenido el derecho de
mandar, la una como coronel y como teniente coronel
377
la otra,
puesto que tales grados les fueron conferidos por el gobernador del Estado.
Cesó al
fin el toque de la campana, y la puerta del monumento se abrió de par en par.
El vestíbulo resplandecía con la intensa luz de las lámparas eléctricas. Entre
las lámparas apareció el magnífico catafalco, tal como estaba tres meses y
medio antes, cuando se cerraron las puertas, terminadas las exequias, en las
que toda la ciudad tomó parte.
El
«Excentric Club», con su presidente a la cabeza, penetró en el vestíbulo. Tras
los socios entró el notario Tombrock, vestido de etiqueta. Los seis jugadores
le siguieron, acompañados de cuantos espectadores podía contener el vestíbulo.
Tanto
dentro como fuera del edificio reinaba profundo silencio, prueba de no menos
profunda emoción. Jovita Foley no era de las personas menos conmovidas de la
concurrencia. Se advertía vagamente que la solución del enigma, inútilmente
buscada desde la jugada del día 24, iba a ser al fin revelada. Y que esta
respuesta sería un nombre; el nombre del vencedor del «match». Hypperbone.
Eran las
once y treinta y tres minutos cuando en el interior del vestíbulo sonó cierto
ruido. Procedía éste del catafalco, cuyo paño mortuorio cayó al suelo como si
de él hubiera tirado invisible mano.
Y
entonces, ¡oh, prodigio!, mientras Lissy Wag apretaba el brazo de Max Real,
levantóse la tapa del ataúd, irguióse el cuerpo que éste encerraba, y apareció
de pie un hombre vivo, bien vivo… ¡Y este hombre era el difunto William J.
Hypperbone!
—¡Gran
Dios! —exclamó Jo vita Foley, cuyo grito sólo fue oído por Max Real y Lissy
Wag, entre el rumor que la estupefacción elevaba por doquier.
Y añadió,
con las manos extendidas:
—¡Es el
venerable Mr. Humphry Weldon!
Sí: el
venerable Mr. Humphry Weldon, pero de una edad menos venerable que cuando su
visita a Lissy Wag. Aquel caballero y William J. Hypperbone eran una misma
persona.
He aquí,
en breves palabras, la historia que publicaron los periódicos de
378
todo el
mundo, y que explicaba lo que parecía inexplicable en esta prodigiosa aventura:
El día
1.º de abril, en el hotel de Mohawk Street, y durante una partida del noble
juego de la oca, William J. Hypperbone fue acometido por una congestión.
Trasladado a su hotel de La Salle Street, estaba muerto algunas horas después,
o, al menos, así lo declararon los médicos. Pero a despecho de los doctores, y
también de los famosos rayos del profesor Frederick d’Elbing, que corroboraron
tal afirmación William J. Hypperbone era víctima de una catalepsia, que le daba
toda la apariencia de un cadáver. Por suerte no había dispuesto en su
testamento que le embalsamaran, pues seguramente, practicada tal operación, no
hubiera vuelto a la vida.
Celebráronse
sus exequias con la suntuosidad que se sabe. Después, el día 3 de abril, las
puertas del monumento se cerraron sobre el socio más renombrado del «Excentric
Club».
Pero, por
la noche, el guardián ocupado en apagar las últimas luces del vestíbulo oyó
ruido en el interior del ataúd. Algunos gemidos se escapaban de éste. Una voz
ahogada llamaba.
El
guardián no perdió la serenidad. Corrió en busca de herramientas y levantó la
tapa del ataúd. La primera frase que William J. Hypperbone pronunció al
despertar de su letargo fue ésta:
—Ni una
palabra a nadie, y tu fortuna está hecha.
Y con una
presencia de espíritu extraordinaria en hombre que se encontraba en sus
circunstancias, añadió:
—Sólo tú
sabrás que continúo con vida. Tú y mi notario Tombrock, a quien vas a decir que
se presente aquí al momento.
El
guardián, sin otras explicaciones, salió del cementerio y corrió en busca del
notario. Calcúlese la agradable sorpresa que recibió Tombrock cuando, media
hora después, se encontró en presencia de su cliente, gozando de tan buena
salud como nunca.
He aquí
lo que William J. Hypperbone había pensado desde su resurrección, y el partido
que había tomado; lo que no es de extrañar en
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semejante
persona.
Puesto
que había establecido por testamento la famosa partida que debía dar motivo a
tantas agitaciones, desengaños y sorpresas, él quería que esta partida se
llevase a efecto entre los jugadores designados por la suerte.
—Pero,
entonces —replicó el notario—, usted quedará arruinado, porque alguno de los
seis ganará. Puesto que usted no está muerto, y por ello le felicito muy
sinceramente, ese testamento es nulo. ¿Por qué, pues, dejar que esa partida sea
jugada?
—Porque
yo tomaré parte en ella.
—¿Usted?
—Yo.
—¿Cómo?
—Añadiré
un codicilo a mi testamento, introduciendo en la partida un séptimo jugador,
que será William J. Hypperbone, bajo las iniciales X. K. Z.
—¿Y
jugará usted?
—Como los
demás.
—¿Y si
pierde?
—Perderé,
y toda mi fortuna irá al vencedor.
—¿Está
usted decidido a ello?
—Decidido.
Puesto que hasta la fecha no me he distinguido por ninguna excentricidad, al
menos voy a mostrarme excéntrico, aprovechando mi falsa muerte.
Se
adivina lo que siguió. El guardián de Oakswoods, bien recompensado y con
promesa de serlo aún más si guardaba el secreto hasta el desenlace de aquella
aventura, no habló palabra de lo acontecido.
William
J. Hypperbone salió del cementerio (antes del día del Juicio Final) y se
dirigió a casa del notario Tombrock, donde añadió a su testamento el
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codicilo
que se conoce, indicando el lugar donde iba a retirarse para el caso de que el
notario tuviese algo que comunicarle. Después se despidió del digno caballero,
confiando en la extraordinaria suerte que no le había abandonado en el curso de
su existencia, y que podría decirse le siguió siendo fiel hasta después de su
muerte.
Lo demás
es ya sabido.
Comenzada
la partida, William J. Hypperbone pudo formar opinión respecto de cada uno de
los «Seis». Ni Hodge Urrican, ni Hermann Titbury, ni aquel bruto de Tom Crabbe
le interesaron, ni podían interesarle. Tal vez Harris T. Kymbale le inspiró
alguna simpatía; pero, de hacer votos por alguno, en defecto de sí mismo, los
hubiera hecho por Max Real, Lissy Wag y la fiel compañera de ésta, Jovita
Foley. De ahí su visita a la enferma bajo el nombre de Humphry Weldon y el
envío de los tres mil dólares a la prisión de Missouri. Y también, ¡qué
satisfacción sintió aquel generoso excéntrico cuando la joven fue libertada por
Max Real, y qué nueva satisfacción cuando éste lo fue a su vez por Tom Crabbe!
En cuanto
a él, había seguido con paso seguro y regular las diversas peripecias del
«match», ayudado de la poderosa suerte, con la que contaba, con razón, y que le
hizo llegar el primero a la meta.
Esto es
lo que había sucedido y lo que corrió de boca en boca entre los concurrentes. Y
he ahí por qué los compañeros del excéntrico personaje le estrecharon
afectuosamente la mano, por qué Max Real hizo lo mismo y por qué recibió
palabras de gratitud de Lissy Wag y de Jovita Foley, la que le pidió y obtuvo
permiso para abrazarle. La multitud le paseó por Chicago tan triunfalmente como
había sido conducido a Oakswoods Cemetery tres meses y medio antes. Ahora ya no
había nadie en la metrópoli que no supiera a qué atenerse sobre el desenlace
del asunto que tanto había apasionado a todos.
Pero ¿se
habían resignado los jugadores? No todos; mas, en suma, era preciso aceptar
aquel inesperado desenlace.
Hermann
Titbury, no obstante, no se conformaba con haber gastado inútilmente tanto
dinero, corriendo de un extremo a otro de la Confederación. Así, pues, sólo
pensaba en reembolsarse. De acuerdo con su esposa resolvió reanudar sus
negocios, es decir, volver a su oficio de abominable usurero. ¡Infelices los
pobres diablos que cayeran en las
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garras de
aquel lobo!
Tom
Crabbe no había comprendido nunca nada de aquellas aventuras, y John Milner
esperaba que en fecha próxima se enfrentaría con boxeadores que le harían
olvidar los famosos puñetazos del reverendo Hugh Hunter.
Harris T.
Kymbale tomó filosóficamente su derrota, pues guardaba el recuerdo de sus
interesantes viajes. No había alcanzado, sin embargo, el «record» de la
distancia, pues sólo había recorrido unas diez mil millas, mientras que Hodge
Urrican había pasado de las once mil. Nada impidió, pues, al periodista
escribir en el Tribune un encendido artículo elogiando al resucitado del
«Excentric Club».
En cuanto
al comodoro, fue en busca de William J. Hypperbone, y, con su ímpetu habitual,
le dijo:
—¡Esto no
es correcto, señor mío! ¡Esto no está permitido! Cuando uno se muere, muerto
está; y no se deja a las gentes correr tras su herencia…
—¡Lo
siento, comodoro! —respondió William J. Hypperbone con amabilidad—. Usted
comprenderá que yo no podía…
—Podía y
debía usted. Además, si en vez de encerrarle en un ataúd se le hubiera puesto
en el crematorio, esto no hubiera sucedido.
—¿Quién
sabe, comodoro? ¡Tengo tanta suerte!
—Y como
usted me ha engañado —añadió Hodge Urrican—, y yo no tolero que me engañen, me
dará usted una satisfacción.
—Donde y
cuando usted quiera.
Y aunque
Turk juró por San Jonatás que devoraría el hígado de Hypperbone, su amo no
procuró contenerle esta vez, y le envió al exdifunto para fijar el día y la
hora del duelo.
Pero en
cuanto entró Turk se contentó con decir a William J. Hypperbone:
—Mire
usted, caballero: el comodoro Urrican no es tan feroz como parece.
En el
fondo es un buen hombre, al que se lleva por donde uno quiere.
—¿Y usted
viene de su parte?
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—A
decirle a usted que lamenta sus palabras de ayer y a rogarle que acepte sus
excusas.
El asunto
quedó así zanjado, pues Hodge Urrican acabó por reconocer que se cubriría de
ridículo. Felizmente para Turk, el terrible lobo de mar no supo jamás la forma
en que había cumplido su mandato.
En fin,
la víspera del día en que iba a celebrarse el matrimonio de Max Real y Lissy
Wag, día 29 de julio, los novios recibieron la visita, no del venerable Humphry
Weldon, algo encorvado por la edad, sino la de William J. Hypperbone, más joven
que nunca, como observó muy bien Jovita Foley. El caballero, después de
presentar sus excusas a Lissy Wag por no haberla dejado ganar la partida,
declaró que, estuviese ella conforme o no, protestase o no su marido, acababa
de depositar un nuevo testamento en casa del notario Tombrock, por el cual
ordenaba hacer dos partes de su fortuna, dejando una de ellas a Lissy.
Inútil es
decir el agradecimiento que mostraron a aquel hombre tan generoso como
original. ¡Al fin Tommy estaba seguro de ser comprado por su amo a buen precio!
Quedaba
Jovita Foley. Esta vivaz, elocuente y fiel joven no sentía envidia de la
fortuna de su compañera. ¡Qué dicha para su amiga casarse con el que adoraba y
encontrar en William J. Hypperbone un tío a quien heredar! En cuanto a ella,
después de la boda volvería a reincorporarse a la casa de Mr. Marshall Field.
La boda
se celebró al día siguiente, se puede decir que en presencia de toda la ciudad.
El gobernador John Hamilton y William J. Hypperbone acompañaron a los esposos
en aquella magnífica ceremonia.
Después,
cuando los recién casados y sus amigos estuvieron de vuelta en casa de la
señora Real, William J. Hypperbone, dirigiéndose a Jovita Foley, le dijo:
— Miss
Foley, sepa que tengo cincuenta años.
—Usted se
alaba, Mr. Hypperbone —respondió ella, riendo como sabía hacerlo.
—Tengo
cincuenta años, y usted veinticinco.
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—Veinticinco,
en efecto.
—Bien,
pues si yo no he olvidado los rudimentos de la aritmética, veinticinco es la
mitad de cincuenta.
¿Adónde
quería ir a parar aquel caballero tan enigmático como matemático?
—Pues
bien, Miss Foley: puesto que usted tiene la mitad de mi edad, si la aritmética
no es una ciencia inexacta, ¿por qué no se convierte usted en la mitad de mí
mismo?
¿Qué
podía responder Jovita Foley a aquella proposición, tan originalmente
formulada, sino lo que cualquiera otra hubiera respondido en su lugar?
Casándose
con aquella amable joven, ¿se mostraba William J. Hypperbone tan excéntrico
como lo exigía su condición de socio del «Excentric Club»? ¿No ejecutaba, por
el contrario, un acto de buen gusto y sabiduría?
Y, para
terminar, ante los sucesos tal vez inverosímiles que este relato contiene, no
olvide el lector la circunstancia atenuante de que todo esto ha pasado en
América.
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Julio
Verne
Jules
Gabriel Verne, conocido en los países hispanohablantes como Julio Verne
(Nantes, 8 de febrero de 1828 – Amiens, 24 de marzo de 1905), fue un escritor,
poeta y dramaturgo francés célebre por sus novelas de aventuras y por su
profunda influencia en el género literario de la ciencia ficción.
Nacido en
el seno de una familia burguesa en la ciudad portuaria de Nantes, Verne estudió
para continuar los pasos de su padre como abogado, pero muy joven decidió
abandonar ese camino para dedicarse a escribir. Su colaboración con el editor
Pierre-Jules Hetzel dio como fruto la creación de Viajes extraordinarios, una
popular serie de novelas de aventuras escrupulosamente documentadas y
visionarias entre las que se incluían las famosas Viaje al centro de la Tierra
(1864), Veinte mil leguas de viaje submarino (1870) y La vuelta al mundo en
ochenta días (1873).
Julio
Verne es uno de los escritores más importantes de Francia y de toda Europa
gracias a la evidente influencia de sus libros en la literatura vanguardista y
el surrealismo, y desde 1979 es el segundo autor más traducido en el mundo,
después de Agatha Christie. Es considerado, junto con H. G. Wells, el «padre de
la ciencia ficción». Fue condecorado con la Legión de Honor por sus aportes a
la educación y a la ciencia.

