Libro N° 12904. El Testimonio De Randolph Carter. Lovecraft, H. P.
© Libro N° 12904. El Testimonio De Randolph
Carter. Lovecraft, H. P. Emancipación. Agosto 24 de
2024
Título original: ©
El Testimonio De Randolph Carter. H. P. Lovecraft
Versión
Original: © El Testimonio
De Randolph Carter. H. P. Lovecraft
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.elejandria.com/libro/descargar/el-testimonio-de-randolph-carter/h-p-lovecraft/1972/4879
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://cdn.pixabay.com/photo/2016/11/21/18/12/wall-1846946_1280.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://pics.filmaffinity.com/the_testimony_of_randolph_carter-170982301-large.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL TESTIMONIO DE RANDOLPH CARTER
H. P. Lovecraft
El
Testimonio De Randolph Carter
H. P.
Lovecraft
EL
TESTIMONIO DE RANDOLPH CARTER
H. P.
LOVECRAFT
PUBLICADO:
1920
FUENTE:
EN.WIKISOURCE.ORG
TRADUCCIÓN
PROPIA DE ELEJANDRÍA
EL
TESTIMONIO DE RANDOLPH CARTER
También
conocido como La declaración de Randolph Carter
Os
repito, señores, que vuestra inquisición es infructuosa. Detenedme aquí para
siempre si queréis; confinadme o ejecutadme si debéis tener una víctima para
propiciar la ilusión que llamáis justicia; pero no puedo decir más de lo que ya
he dicho. Todo lo que puedo recordar, lo he contado con perfecta franqueza.
Nada ha sido distorsionado u ocultado, y si algo perma-nece vago, es sólo a
causa de la oscura nube que se ha apoderado de mi mente, esa nube y la
naturaleza nebulosa de los horrores que la trajeron so-bre mí.
Vuelvo a
decir que no sé qué ha sido de Harley Warren, aunque creo -casi lo espero- que
se encuentra en un pacífico olvido, si es que en alguna parte existe algo tan
bendito. Es cierto que durante cinco años he sido su amigo más íntimo y he
compartido parcialmente sus terribles investigaciones sobre lo desconocido. No
negaré, aunque mi memoria es incierta e indistinta, que este testigo suyo puede
habernos visto juntos, como él dice, en el pike de Gainsville, caminando hacia
Big Cypress Swamp, a las once y media de aquella horrible noche. Que llevábamos
linternas eléctricas, palas y una cu-riosa bobina de alambre con instrumentos
adjuntos, incluso lo afirmaré; por-que todas estas cosas desempeñaron un papel
en la horrible escena que per-manece grabada a fuego en mi agitado recuerdo.
Pero de lo que siguió, y de la razón por la que me encontraron solo y aturdido
en la orilla del pantano a la mañana siguiente, debo insistir en que no sé nada
salvo lo que le he con-tado una y otra vez. Usted me dice que no hay nada en el
pantano ni cerca de él que pueda servir de escenario a aquel espantoso
episodio. Le respondo
que no sé
nada más de lo que vi. Puede que fuera una visión o una pesadilla -espero
fervientemente que fuera una visión o una pesadilla-, pero es todo lo que mi
mente retiene de lo que ocurrió en aquellas espantosas horas des-pués de que
nos alejáramos de la vista de los hombres. Y por qué Harley Warren no regresó,
sólo él o su sombra -o alguna cosa sin nombre que no puedo describir- pueden
decirlo.
Como he
dicho antes, los extraños estudios de Harley Warren me eran bien conocidos, y
hasta cierto punto compartidos por mí. De su vasta colec-ción de libros
extraños y raros sobre temas prohibidos he leído todos los que están escritos
en los idiomas que domino; pero son pocos en compara-ción con los que están en
lenguas que no puedo entender. La mayoría, creo, están en árabe; y el libro
inspirado por el diablo que provocó el fin -el libro que llevaba en el bolsillo
fuera del mundo- estaba escrito en caracteres que no he visto en ningún otro
lugar. Warren nunca me dijo qué contenía ese li-bro. En cuanto a la naturaleza
de nuestros estudios, ¿debo decir una vez más que ya no los comprendo del todo?
Me parece más bien piadoso que no sea así, porque eran estudios terribles, que
yo seguía más por fascinación a re-gañadientes que por verdadera inclinación.
Warren siempre me dominó, y a veces le temía. Recuerdo cómo me estremecí ante
la expresión de su rostro la noche anterior al terrible suceso, cuando hablaba
sin cesar de su teoría de por qué ciertos cadáveres nunca se descomponen, sino
que descansan firmes y gordos en sus tumbas durante mil años. Pero ahora no le
temo, porque sospecho que ha conocido horrores más allá de mi conocimiento.
Ahora temo por él.
Una vez
más digo que no tengo una idea clara de nuestro objetivo aquella noche.
Ciertamente, tenía mucho que ver con algo que había en el libro que Warren
llevaba consigo -ese antiguo libro de caracteres indescifrables que le había
llegado de la India un mes antes-, pero juro que no sé qué era lo que
esperábamos encontrar. Su testigo dice que nos vio a las once y media en la
carretera de Gainsville, en dirección a Big Cypress Swamp. Probable-mente sea
cierto, pero no lo recuerdo con claridad. La imagen grabada en mi alma es de
una sola escena, y la hora debe haber sido mucho después de la medianoche,
porque una luna creciente menguante estaba en lo alto de los cielos vaporosos.
EL LUGAR
era un antiguo cementerio; tan antiguo que me estremecí ante los múltiples
signos de años inmemoriales. Se hallaba en una hondona-
da
profunda y húmeda, cubierta de hierba rala, musgo y curiosas malezas rastreras,
y llena de un vago hedor que mi ociosa fantasía asociaba absurda-mente con la
piedra podrida. Por todas partes se veían los signos del aban-dono y la
decrepitud, y yo parecía atormentado por la idea de que Warren y yo éramos los
primeros seres vivos que invadíamos un silencio letal de si-glos. Sobre el
borde del valle, una luna menguante se asomaba a través de los ruidosos vapores
que parecían emanar de catacumbas inauditas, y por sus débiles y vacilantes
rayos pude distinguir una repelente variedad de an-tiguas losas, urnas,
cenotafios y fachadas mausoleosas; todo ello desmoro-nado, cubierto de musgo y
manchado por la humedad, y parcialmente ocul-to por la exuberancia de la
malsana vegetación.
La
primera impresión vívida que tuve de mi presencia en esta terrible ne-crópolis
fue la de detenerme con Warren ante cierto sepulcro semiobliterado y arrojar
algunas cargas que parecíamos llevar. Observé que yo llevaba una linterna
eléctrica y dos palas, mientras que mi compañero llevaba una lin-terna similar
y un teléfono portátil. No pronunciamos palabra, pues el lugar y la tarea nos
parecían conocidos; y sin demora cogimos nuestras palas y empezamos a quitar la
hierba, la maleza y la tierra removida del plano y ar-caico tanatorio. Después
de destapar toda la superficie, que consistía en tres inmensas losas de
granito, retrocedimos cierta distancia para contemplar la escena funeraria, y
Warren pareció hacer algunos cálculos mentales. Luego regresó al sepulcro y,
utilizando la pala como palanca, trató de levantar la losa que estaba más cerca
de una ruina pétrea que pudo haber sido un mo-numento en su día. No lo
consiguió, y me pidió que le ayudara. Finalmente, nuestra fuerza combinada
aflojó la piedra, que levantamos e inclinamos ha-cia un lado.
Al
retirar la losa se descubrió una abertura negra, de la que salía un eflu-vio de
miasma y gases tan nauseabundos que retrocedimos horrorizados. Sin embargo,
después de un intervalo, nos acercamos de nuevo a la fosa y las exhalaciones
nos parecieron menos insoportables. Nuestras linternas re-velaron la parte
superior de un tramo de escalones de piedra, goteando al-gún detestable ichor
de la tierra interior, y bordeado por húmedas paredes incrustadas de salitre. Y
ahora, por primera vez, mi memoria registra un dis-curso verbal, Warren
dirigiéndose a mí con su suave voz de tenor; una voz singularmente
imperturbable por nuestro impresionante entorno.
"Siento
tener que pedirte que te quedes en la superficie", dijo, "pero sería
un crimen dejar que alguien con tus frágiles nervios bajara allí. No puedes
imaginarte, ni siquiera por lo que has leído y por lo que te he contado, las
cosas que tendré que ver y hacer. Es un trabajo diabólico, Carter, y dudo que
un hombre sin una sensibilidad a toda prueba pueda superarlo y salir vivo y
sano. No deseo ofenderte, y Dios sabe que me alegraría mucho tener-te conmigo;
pero la responsabilidad es en cierto modo mía, y no podría arrastrar a un
manojo de nervios como tú a una muerte probable o a la locu-ra. Te digo que no
puedes imaginarte cómo es la cosa en realidad. Pero te prometo que te mantendré
informado por teléfono de cada movimiento; ¡ya ves que tengo aquí cable
suficiente para llegar al centro de la tierra y volver!".
Todavía
puedo oír, en mi memoria, aquellas frías palabras; y todavía pue-do recordar
mis protestas. Yo parecía desesperadamente ansioso por acom-pañar a mi amigo a
aquellas profundidades sepulcrales, pero él se mostró inflexiblemente
obstinado. En cierta ocasión amenazó con abandonar la ex-pedición si yo seguía
insistiendo; amenaza que resultó eficaz, ya que sólo él tenía la llave del
asunto. Aún recuerdo todo esto, aunque ya no sé qué clase de cosa buscábamos.
Después de obtener mi renuente aquiescencia a su de-signio, Warren tomó el
carrete de alambre y ajustó los instrumentos. A su señal, tomé uno de ellos y
me senté sobre una lápida vieja y descolorida, cerca de la abertura recién
descubierta. Luego me estrechó la mano, se echó al hombro la bobina de alambre
y desapareció dentro de aquel indescriptible osario.
Durante
un minuto no perdí de vista el resplandor de su linterna, y oí el crujido del
alambre cuando lo dejó en el suelo tras él; pero el resplandor desapareció
bruscamente, como si se hubiera producido un giro en la esca-lera de piedra, y
el sonido se desvaneció casi con la misma rapidez. Yo esta-ba solo, pero atado
a las profundidades desconocidas por aquellos hilos má-gicos cuya superficie
aislada yacía verde bajo los rayos de aquella luna cre-ciente menguante.
EN EL
SOLITARIO silencio de aquella vieja y desierta ciudad de los muertos, mi mente
concebía las más espantosas fantasías e ilusiones; y los grotescos santuarios y
monolitos parecían asumir una horrible personalidad, una media conciencia.
Sombras amorfas parecían acechar en los recovecos más oscuros de la hondonada
llena de maleza y revolotear como en una
blasfema
procesión ceremonial ante los portales de las tumbas derruidas de la ladera;
sombras que no podían haber sido proyectadas por aquella luna creciente, pálida
y escudriñadora.
Consulté
constantemente mi reloj a la luz de mi linterna eléctrica, y escu-ché con
febril ansiedad el auricular del teléfono; pero durante más de un cuarto de
hora no oí nada. Entonces oí un débil chasquido y llamé a mi ami-go con voz
tensa. A pesar de mi aprensión, no estaba preparado para las pa-labras que
salieron de aquella extraña bóveda con acentos más alarmados y temblorosos que
los que había oído antes en boca de Harley Warren. Aquel que tan tranquilamente
me había abandonado poco antes, gritaba ahora des-de abajo con un tembloroso
susurro más portentoso que el grito más fuerte:
"¡Dios!
¡Si pudieras ver lo que estoy viendo!"
No pude
responder. Sin palabras, sólo podía esperar. Entonces volvieron los tonos
frenéticos:
"¡Carter,
es terrible, monstruoso, increíble!"
Esta vez
no me falló la voz y vertí en el transmisor un torrente de pregun-tas
excitadas. Aterrorizada, continué repitiendo: "Warren, ¿qué es? ¿Qué
es?"
Una vez
más llegó la voz de mi amigo, aún ronca por el miedo, y ahora aparentemente
teñida de desesperación:
"¡No
puedo decírtelo, Carter! Es demasiado inconcebible, no me atrevo a decírtelo,
ningún hombre podría saberlo y vivir, ¡Dios mío! Nunca soñé con esto".
De nuevo
la quietud, salvo por mi torrente incoherente de estremecedoras preguntas.
Luego la voz de Warren en un tono de salvaje consternación:
"¡Carter!
¡Por el amor de Dios, retira la losa y sal de aquí si puedes! Rá-pido, deja
todo lo demás y sal al exterior, es tu única oportunidad. Haz lo que te digo y
no me pidas explicaciones".
Escuché,
pero sólo pude repetir mis frenéticas preguntas. A mi alrededor estaban las
tumbas, la oscuridad y las sombras; debajo de mí, algún peligro más allá del
radio de la imaginación humana. Pero mi amigo estaba en ma-yor peligro que yo,
y a través de mi miedo sentí un vago resentimiento de
que me
considerara capaz de abandonarle en tales circunstancias. Más chas-quidos, y
tras una pausa un grito lastimero de Warren:
"¡Largo!
Por el amor de Dios, ¡vuelve a poner la losa y lárgate, Carter!".
Algo en
la jerga infantil de mi evidentemente afectado compañero desató mis facultades.
Formé y grité una resolución: "¡Warren, prepárate! Voy a bajar!" Pero
ante este ofrecimiento el tono de mi auditor cambió a un grito de absoluta
desesperación:
"¡No
lo hagas! ¡No puedes entenderlo! Es demasiado tarde y es culpa mía. Vuelve a
colocar la losa y corre, ¡no hay nada más que tú o alguien pueda hacer
ahora!".
El tono
volvió a cambiar, esta vez adquiriendo una cualidad más suave, como de
desesperada resignación. Sin embargo, seguía tenso por la ansie-dad que me
producía.
"¡Rápido,
antes de que sea demasiado tarde!"
Intenté
no hacerle caso; intenté romper la parálisis que me atenazaba y cumplir mi
promesa de bajar corriendo en su ayuda. Pero su siguiente susu-rro me encontró
todavía inerte entre las cadenas del horror.
"¡Carter,
date prisa! Es inútil, debes irte, mejor uno que dos, la losa..."
Una
pausa, más chasquidos, luego la débil voz de Warren:
"Ya
casi ha terminado-no lo hagas más difícil-cubre esos malditos escalo-nes y
corre por tu vida-estás perdiendo tiempo-hasta pronto, Carter-no te volveré a
ver."
Aquí el
susurro de Warren se convirtió en un grito; un grito que gradual-mente se elevó
a un chillido cargado con todo el horror de los siglos-.
"¡Malditas
sean estas cosas infernales, legiones, Dios mío! ¡Largo! ¡Gol-péalo!
¡GOLPEADLOS!"
Después
se hizo el silencio. No sé cuántos eones interminables pasé sen-tado,
estupefacto, susurrando, murmurando, llamando, gritando a aquel telé-fono. Una
y otra vez durante esos eones susurré y murmuré, llamé, grité y chillé:
"¡Warren! ¡Warren! Contéstame, ¿estás ahí?"
Y
entonces vino a mí el mayor horror de todos: lo increíble, lo impensa-ble, casi
lo innombrable. He dicho que parecieron transcurrir eones después de que Warren
gritara su última desesperada advertencia, y que sólo mis propios gritos
rompían ahora el espantoso silencio. Pero al cabo de un rato se oyó otro
chasquido en el auricular, y agucé los oídos para escuchar. Volví a gritar:
"Warren, ¿estás ahí?", y como respuesta oí lo que ha traído esta nube
sobre mi mente. No pretendo, caballeros, dar cuenta de esa cosa -esa voz- ni
puedo aventurarme a describirla en detalle, ya que las primeras pala-bras me
arrebataron la conciencia y crearon un vacío mental que llega hasta el momento
de mi despertar en el hospital. ¿Debo decir que la voz era pro-funda, hueca, gelatinosa,
remota, sobrenatural, inhumana, incorpórea? ¿Qué debo decir? Fue el final de mi
experiencia, y es el final de mi historia. Lo oí y no supe más; lo oí mientras
estaba sentado, petrificado, en aquel cemente-rio desconocido de la hondonada,
entre las piedras que se desmoronaban y las tumbas que se caían, la vegetación
viciada y los vapores miasmáticos; lo oí brotar de las profundidades más
recónditas de aquel maldito sepulcro abierto, mientras veía bailar sombras
amorfas y necrófagas bajo una maldita luna menguante.
Y esto es
lo que decía:
"¡Idiota,
Warren está MUERTO!"

