Libro N° 12902. El Terror De 1824. Pérez Galdós, Benito.
© Libro N° 12902. El Terror De 1824. Pérez Galdós, Benito. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
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El Terror De 1824. Benito Pérez Galdós
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1824. Benito Pérez Galdós
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL TERROR DE 1824
Benito Pérez Galdós
El Terror
De 1824
Benito
Pérez Galdós
El terror
de 1824
- I -
- II -
- III -
- IV -
- V -
- VI -
- VII -
- VIII -
- IX -
- X -
- XI -
- XII -
- XIII -
- XIV -
- XV -
- XVI -
- XVII -
- XVIII -
- XIX -
- XX -
- XXI -
- XXII -
- XXIII -
- XXIV -
- XXV -
- XXVI -
- XXVII -
- XXVIII -
- XXIX -
Portada de la edición de 1885
- I -
En la
tarde del 2 de octubre de 1823 un anciano bajaba con paso tan precipitado como
inseguro por las afueras de la puerta de Toledo en dirección al puente del
mismo nombre. Llovía menudamente, pero sin cesar, según la usanza del hermoso
cielo de Madrid cuando se enturbia, y la ronda podía competir en lodos con su
vecino Manzanares, el cual hinchándose como la madera cuando se moja, extendía
su saliva fangosa por gran parte del cauce que le permiten los inviernos. El
anciano transeúnte marchaba con pie resuelto, sin que le causara estorbo la
lluvia, con el pantalón recogido hacia la pantorrilla y chapoteando sin
embarazo en el lodo con las desfiguradas botas. Iba estrechamente forrado, como
tizona en vaina, en añoso gabán oscuro, cuyo borde y solapa se sujetaban con
alfileres allí donde no había botones, —6→ y con los agarrotados
dedos en la parte del pecho, como la más necesitada de defensa contra la
humedad y el frío. Hundía la barba y media cara en el alzacuello, tieso como
una pared, cubriéndose con él las orejas y el ala posterior del sombrero, que
destilaba agua como cabeza de tritón en fuente de Reales Sitios. No llevaba
paraguas ni bastón. Mirando sin cesar al suelo, daba unos suspiros que
competían con las ráfagas de aire revuelto. ¡Infelicísimo varón! ¡Cuán
claramente pregonaban su desdichada suerte el roto vestido, las horadadas
botas, el casquete húmedo, la aterida cabeza y aquel continuo suspirar casi al
compás de los pasos! Parecía un desesperado que iba derecho a descargar sobre
el río el fardo de una vida harto pesada para llevarla más tiempo. Y sin
embargo, pasó por el puente sin mirar al agua y no se detuvo hasta el parador
situado en la divisoria de los caminos de Toledo y Andalucía.
Bajo el
cobertizo destinado a los alcabaleros y gente del fisco1, había
hasta dos docenas de hombres de tropa, entre ellos algunos oficiales de línea y
voluntarios realistas de nuevo cuño en tales días. Los paradores cercanos
albergaban una fuerza considerable cuya misión era guardar aquella
principalísima entrada de la Corte, ignorante aún de los sucesos que en
el —7→ último confín de la Península habían cambiado el Gobierno de
constitucional dudoso en absoluto verídico y puro, poniendo fin entre bombas
certeras y falaces manifiestos, a los tres llamados años. En aquel
cuerpo de guardia se examinaban los pasaportes, vigilando con exquisito esmero
las entradas y salidas, mayormente estas últimas, a fin de que no escurriesen
el bulto los sospechosos ni se pusieran en cobro los revolucionarios, cuya
última cuenta se ajustaría en el tremendo Josafat del despotismo.
El vejete
se acercó al grupo de oficiales y reconociendo prontamente al que sin duda
buscaba, que era joven, adusto y morenote, bastante adelantado en su marcial
carrera como proclamaban las insignias, díjole con mucho respeto:
-Aquí
estoy otra vez, señor coronel Garrote. ¿Tiene vuecencia alguna buena noticia
para mí?
-Ni buena
ni mala, señor... ¿cómo se llama usted? -repuso el militar.
-Patricio
Sarmiento, para servir a vuecencia y a la compañía; Patricio Sarmiento, el
mismo que viste y calza, si esto se puede decir de mi traje y de mis botas.
Patricio Sarmiento, el...
—8→
-Pase
usted adentro -díjole bruscamente el militar, tomándole por un brazo y
llevándole bajo el cobertizo-. Está usted como una sopa.
Un rumor,
del cual podía dudarse si era de burla o de lástima, y quizás provenía de las
dos cosas juntamente, acogió la entrada del infeliz preceptor en la compañía de
los militares.
-Sí,
señor Garrote -añadió Sarmiento-; soy, como decía, el hombre más desgraciado de
todo el globo terráqueo. Ese cielo que nos moja no llora más que lloro en estos
días, desde que me han anunciado como probable, como casi cierta la muerte de
mi querido hijo Lucas, de mi niño adorado, de aquel que era manso cordero en el
hogar paterno y león indómito en los combates... ¡ah! señores. ¡Ustedes no
saben lo que es tener un hijo único y perderlo en una escaramuza de Andalucía,
por descuidos de un general, o por intrepidez imprudente de un oficialete!...
¿Pero hay esperanzas todavía de que tan horrible noticia no sea cierta? ¿Se ha
sabido algo? Por Dios, señor Garrote, ¿ha sabido vuecencia si mi idolatrado
unigénito vive aún o si feneció en esas tremendas batallas?... ¿Hay algún parte
que lo mencione?... porque Lucas no podía morir como cualquiera, no: había de
morir ruidosa y gloriosísimamente, de una manera tal, que dé gusto y juego a
los historiadores... —9→ ¿Ha sabido algo vuecencia de ayer acá?
-Nada
-repuso Garrote fríamente.
-Ha seis
días que vengo todas las tardes y siempre me dice vuecencia lo mismo -murmuró
Sarmiento con angustia-. ¡Nada!
-Desde el
primer día manifesté a usted que nada podía saber.
-Pero a
todas horas entran heridos, soldados dispersos, paisanos, correos que vienen de
las Andalucías. ¿Se ha olvidado usted de preguntar?
-No me he
olvidado -indicó el coronel con semblante y tono más compasivos-, pero nadie,
absolutamente nadie tiene noticia del miliciano Lucas Sarmiento.
-¡Todo
sea por Dios! -exclamó el preceptor mirando al cielo-. ¡Qué agonía! Unos me
dicen que sucumbió, otros que está herido gravemente... ¿Han entrado hoy muchos
milicianos prisioneros?
-Algunos.
-¿No
venía Pujitos?
-¿Y quién
es Pujitos?
-¡Oh!
Vuecencia no conoce a nuestra gente.
-Soy
forastero en Madrid.
-¡Oh!
Pasaron aquellos tiempos de gloria -exclamó D. Patricio con lágrimas en los
ojos y declamando con cierto énfasis que no cuadraba —10→ mal a su
hueca voz y alta figura-. ¡Todo ha caído, todo es desolación, muerte y ruinas!
Aquellos adalides de la libertad, que arrancaron a la madre España de las
garras del despotismo, aquellos fieros leones matritenses, que con sólo un
resoplido de su augusta cólera desbarataron a la Guardia Real ¿qué se hicieron?
¿Qué se hizo de la elocuencia que relampagueaba tronando en los cafés, con luz
y estruendo sorprendentes? ¿Qué se hizo de aquellas ideas de emancipación que
inundaban de gozo nuestros corazones? Todo cayó, todo se desvaneció en
tinieblas, como lumbre extinguida por la inundación. La oleada de fango
frailesco ha venido arrasándolo todo. ¿Quién la detendrá volviéndola a su
inmundo cauce? ¡Estamos perdidos! La patria muere ahogada en lodazal repugnante
y fétido. Los que vimos sus días gloriosos, cuando al son de patrióticos himnos
eran consagradas públicamente las ideas de libertad y nos hacíamos todos
libres, todos igualmente soberanos, lo recordamos como un sueño placentero que
no volverá. Despertamos en la abnegación, y el peso y el rechinar de nuestras
cadenas nos indican que vivimos aún. Las iracundas patas del déspota nos
pisotean, y los frailes nos...
-Basta
-gritó una formidable voz interrumpiendo —11→ bruscamente al infeliz
dómine-. Para sainete basta ya, señor Sarmiento. Si abusa usted de la
benignidad con que se le toleran sus peroratas en atención al estado de su
cabeza, nos veremos obligados a retirarle las licencias. Esto no se puede
resistir. Si los desocupados de Madrid le consienten a usted que vaya de
esquina en esquina y de grupo en grupo, divirtiéndoles con sus necedades y
reuniendo tras de sí a los chicos, yo no permito que con pretexto de locura o
idiotismo se insulte al orden político que felizmente nos rige...
-¡Ah!
señor Garrote, señor Garrote -dijo Sarmiento moviendo tristemente la cabeza y
sacudiendo menudas gotas de agua sobre los circunstantes-. Vuecencia me tapa la
boca que es el único desahogo de mi alma abrasada... Callaré: pero deme
vuecencia nuevas de mi hijo, aunque sean nuevas de su muerte.
Garrote
encogió los hombros y ofreció una silla al pobre hombre, que despreciando el
asiento, juzgó más eficaz contra la humedad y el fresco pasearse de un rincón a
otro del cobertizo, dando fuertes patadas y girando rápidamente, como veleta,
al dar las vueltas. Los demás militares y paisanos armados no ocultaban su
regocijo ante la grotesca figura y ditirámbico estilo del anciano, y cada cual
imaginaba —12→ un tema de burla con que zaherirle, mortificándole
también en su persona. Este le decía que Su Majestad pensaba nombrarle ministro
de Estado y llavero del Reino, aquel que un ejército de carbonarios venía por
la frontera derecho a restablecer la Constitución, uno le ponía una banqueta
delante para que al pasar tropezase y cayese, otro le disparaba con cerbatana
un garbanzo haciendo blanco en el cogote o la nariz. Pero Sarmiento, atento a
cosas más graves que aquel juego importuno, hijo de un sentimiento grosero y
vil, no hacía caso de nada, y sólo contestaba con monosílabos o llevándose la
mano a la parte dolorida.
Había
pasado más de un cuarto de hora en este indigno ejercicio, cuando de la venta
salió un hombre pequeño, doblado, de maciza arquitectura, semejante a la de
esos edificios bajos y sólidos que no tienen por objeto la gallarda expresión
de un ideal, sino simplemente servir para cualquier objeto terrestre y
positivo. Siendo posible la comparación de las personas con las obras de
arquitectura, y habiendo quien se asemeja a una torre gótica, a un palacio
señorial, a un minarete árabe, puede decirse de aquel hombre que parecía una
cárcel. Con su musculatura de cal y canto se avenía maravillosamente una como
falta de luces, rasgo —13→ misterioso e inexplicable de su semblante,
que a pesar de tener cuanto corresponde al humano frontispicio, parecía una
fachada sin ventanas. Y no eran pequeños sus ojos ciertamente, ni dejaban de
ver con claridad cuanto enfrente tenían; pero ello es que mirándole no se podía
menos de decir: «¡qué casa tan oscura!».
Su
fisonomía no expresaba cosa alguna, como no fuera una calma torva, una especie
de acecho pacienzudo. Y a pesar de esto no era feo, ni sus correctas facciones
habrían formado mal conjunto si estuvieran de otra manera combinadas. Tales o
cuales cejas, boca o narices más o menos distantes de la perfección, pueden ser
de agradable visualidad o de horrible aspecto, según cual sea la misteriosa
conexión que forma con ellas una cara. La de aquel hombre que allí se apareció
era ferozmente antipática. Siempre que vemos por primera vez a una persona,
tratamos, sin darnos cuenta de nuestra investigación, de escudriñar su espíritu
y conocer por el mirar, por la actitud, por la palabra lo que piensa y desea.
Rara vez dejamos de enriquecer nuestro archivo psicológico con una averiguación
preciosa. Pero enfrente de aquel sótano humano el observador se aturdía
diciendo: «Está tan lóbrego que no veo nada».
Vestía de
paisano con cierto esmero, y todas —14→ cuantas armas portátiles se
conocen llevábalas él sobre sí, lo cual indicaba que era voluntario realista.
Fusil sostenido a la espalda con tirante, sable, machete, bayoneta, pistolas en
el cinto hacían de él una armería en toda regla. Calzaba botas marciales con
espuelas a pesar de no ser de a caballo; mas este accesorio solían adoptarlo
cariñosamente todos los militares improvisados de uno y otro bando. Chupaba un
cigarrillo y a ratos se pasaba la mano por la cara, afeitada como la de un
fraile; pero su habitual resabio nervioso (estos resabios son muy comunes en el
organismo humano) consistía en estar casi siempre moviendo las mandíbulas como
si rumiara o mascullase alguna cosa. Su nombre de pila era Francisco Romo.
D.
Patricio, luego que le vio, llegose a él y le dijo:
-¡Ah! Sr.
Romo, ¡cuánto me alegro de verle! Aquí estoy por sexta vez buscando noticias de
mi hijo.
-¿Qué
sabemos nosotros de tu hijo, ni del hijo del Zancarrón? Papá Sarmiento, tú
estás en Babia... No tardarás mucho en ir al Nuncio de Toledo... Ven acá,
estafermo -al decir esto le tomaba por un brazo y le llevaba al interior de la
venta que servía de cuerpo de guardia -, ven acá y sirve de algo.
—15→
-¿En qué
puedo servir al Sr. Romo? Diga lo que quiera con tal que no me pida nada de que
resulte un bien al absolutismo.
-Es cosa
mía -dijo Romo hablando en voz baja y retirándose con Sarmiento a un rincón
donde no pudieran ser oídos-. Tú, aunque loco, eres hombre capaz de llevar un
recado y ser discreto.
-Un
recado... ¿a quién?
-A
Elenita, la hija de D. Benigno Cordero, que vive en tu misma casa, ¿eh? Me
parece que no te vendrán mal tres o cuatro reales... Este saco de huesos está
pidiendo carne. ¿Cuántas horas hace que no has comido?
-Ya he
perdido la cuenta -repuso el preceptor con afligidísimo semblante, mientras un
lagrimón como garbanzo corría por su mejilla.
-Pues
bien, carcamal: aquí tienes una peseta. Es para ti si llevas a la señorita doña
Elena...
-¿Qué?
-Esta
carta -dijo Romo mostrando una esquela doblada en pico.
-¡Una
carta amorosa! -exclamó Sarmiento ruborizándose-. Sr. Romo de mis pecados. ¿por
quién me toma usted?
El tono
de dignidad ofendida con que hablara —16→ Sarmiento, irritó de tal
modo al voluntario realista, que empujando brutalmente al anciano le vituperó
de este modo:
-¡Dromedario!
¿qué tienes que decir?... Sí, una carta amorosa. ¿Y qué?
-Que es
usted un simple si me toma por alcahuete -dijo D. Patricio con severo acento-.
Guarde usted su peseta y yo me guardaré mi gana de comer. ¡Por vida de la
chilindraina! No faltan almas caritativas que hagan limosna sin humillarnos...
Inflamado
en vivísima cólera el voluntario y sin hallar otras razones para expresarla que
un furibundo terno, descargó sobre el pobre maestro aburrido uno de esos
pescozones de catapulta que abaten de un golpe las más poderosas naturalezas, y
dejándole tendido en tierra, magullados y acardenalados el hocico y la frente,
salió del cuerpo de guardia.
A D.
Patricio le levantaron casi exánime, y su destartalado cuerpo se fue estirando
poco a poco en la postura vertical, restallándole las coyunturas como clavijas
mohosas. Se pasó la mano por la cara, y dando un gran suspiro y elevando al
cielo los ojos llorosos, exclamó así con dolorido acento:
-¡Indigno
abuso de la fuerza bruta, y de la impunidad que protege a estos
capigorrones!... —17→ Si otros fueran los tiempos, otras serían las
nueces... Pero los yunques se han vuelto martillos y los martillos de ayer son
yunques ahora. ¡Rechilindrona! ¡Malditos sean los instantes que he vivido
después que murió aquella preciosa libertad!...
Y
sucediendo la rabia al dolor, se aporreó la cabeza y se mordió los puños.
Habíanle abandonado los que antes le prestaran socorro, porque fuera se sentía
gran ruido y salieron todos corriendo al camino. D. Patricio, coronándose
dignamente con su sombrero, al cual se empeñó en devolver su primitiva forma,
salió también arrastrado por la curiosidad.
- II -
Era que
venían por el camino de Andalucía varias carretas precedidas y seguidas de
gente de armas a pie y a caballo, y aunque no se veían sino confusos bultos a
lo lejos, oíase un son a manera de quejido, el cual si al principio pareció
lamentaciones de seres humanos, luego se comprendió provenía del eje de un
carro, que chillaba por falta de unto. Aquel —18→ áspero lamento
unido a la algazara que hizo de súbito la mucha gente salida de los paradores y
ventas, formaba lúgubre concierto, más lúgubre a causa de la tristeza de la
noche. Cuando los carros estuvieron cerca, una voz acatarrada y becerril
gritó: ¡Vivan las caenas! ¡viva el Rey absoluto y muera la Nación! Respondiole
un bramido infernal como si a una rompieran a gritar todas las cóleras del
averno, y al mismo tiempo la luz de las hachas prontamente encendidas permitió
ver las terribles figuras que formaban procesión tan espantosa. D. Patricio,
quizás el único espectador enemigo de semejante espectáculo, sintió los
escalofríos del terror y una angustia mortal que le retuvo sin movimiento y
casi sin respiración por algún tiempo.
Los que
custodiaban el convoy y los paisanos que le seguían por entusiasmo absolutista
estaban manchados de fango hasta los ojos. Algunos traían pañizuelo en la
cabeza, otros sombrero ancho, y muchos, con el desgreñado cabello al aire,
roncos, mojados de pies a cabeza, frenéticos, tocados de una borrachera
singular que no se sabe si era de vino o de venganza, brincaban sobre los
baches, agitando un jirón con letras, una bota escuálida o un guitarrillo sin
cuerdas. Era una horrenda —19→ mezcla de bacanal, entierro y marcha
de triunfo. Oíanse bandurrias desacordes, carcajada, panderetazos, votos,
ternos, kirieleisones, vivas y mueras, todo mezclado con el
lenguaje carreteril, con patadas de animales (no todos cuadrúpedos) y con el
cascabeleo de las colleras. Cuando la caravana se detuvo ante el cuerpo de
guardia, y entonces aumentó el ruido. La tropa formó al punto, y una nueva
aclamación al Rey neto alborotó los caseríos. Salieron mujeres a las ventanas,
candil en mano, y la multitud se precipitó sobre los carros.
Eran
estos galeras comunes con cobertizo de cañas y cama hecha de pellejos y sacos
vacíos. En el delantero venían tres hombres, dos de ellos armados, sanos y
alegres, el tercero enfermo y herido, reclinado doloridamente sobre el
camastrón, con grillos en los pies y una larga cadena que, prendida en la
cintura y en una de las muñecas, se enroscaba junto al cuerpo como una culebra.
Tenía vendada la cabeza con un lienzo teñido de sangre, y era su rostro
amarillo como vela de entierro. Le temblaban las carnes, a pesar de disfrutar
del abrigo de una manta, y sus ojos extraviados así como su anhelante
respiración anunciaban un estado febril y congojoso. Cuando el coronel Garrote
se acercó al carro y alzando la linterna —20→ que en la mano traía,
miró con vivísima curiosidad al preso, este dijo a media voz:
-¿Estamos
ya en Madrid?
Sin hacer
caso de la pregunta, Garrote, cuyo semblante expresaba el goce de una gran
curiosidad satisfecha, dijo:
-¿Con que
es usted...?
Uno de
los hombres armados que custodiaban al preso en el carro, añadió:
-El héroe
de las Cabezas.
Y junto
al carro sonó este grito de horrible mofa:
-¡Viva
Riego!
Garrote
se empeñó en apartar a la gente que rodeaba el carro, apiñándose para ver mejor
al preso e insultarle más de cerca.
Un hombre
alargó el brazo negro y tocando con su puño cerrado el cuello del enfermo,
gritó:
-¡Ladrón,
ahora la pagarás!
El
desgraciado general se recostó en su lecho de sacos, y callaba, aunque harto
claramente imploraban compasión sus ojos.
-Fuera de
aquí, señores, a un lado -dijo Garrote, aclarando con suavidad el grupo de
curiosos-. Ya tendrán tiempo de verle a sus anchas...
—21→
-Dicen
que la horca será la más alta que se ha visto en Madrid -indicó uno.
-Y que se
venderán los asientos en la plaza, como en la de toros -dijo otro.
-Pero
déjennoslo ver... por amor de Dios. Si no nos lo comemos, señor coronel -gruñó
una dama del parador cercano.
-Si no
puede con su alma... ¿Y ese hombre ha revuelto medio mundo? Que me lo vengan a
decir...
-¡Qué
facha! ¿Y dicen que este es Riego?... ¡qué bobería!... Si parece un sacristán
que se ha caído de la torre cuando estaba tocando a muerto...
-Este es
tan Riego como yo.
-Os digo
que es el mismo. Le vi yo en el teatro, cantando el himno.
-El mismo
es. Tiene el mismo parecido del retrato que paseaban por Platerías.
Hasta
aquí las mortificaciones fueron de palabra. Pero un grupo de hombres que habían
salido al encuentro de los carros, una gavilla mitad armada, mitad desnuda,
desarrapada, borracha, tan llena de rabia y cieno que parecía creación
espantosa del lodo de los caminos, de la hez de las tinajas y de la nauseabunda
atmósfera de los presidios, un pedazo de populacho, de esos que desgarrándose
se separan —22→ del cuerpo de la Nación soberana para correr solo
manchando y envileciendo cuanto toca, empezó a gritar con el gruñido de la
cobardía que se finge valiente fiando en la impunidad:
-¡Que nos
lo den; que nos entreguen a ese pillo, y nosotros le ajustaremos la cuenta!
-Señores
-dijo Garrote con energía-, atrás; atrás todo el mundo. El preso va a entrar en
Madrid.
-Nosotros
le llevaremos.
-Atrás
todo el mundo.
Y los
pocos soldados que allí había, auxiliados con tibieza por los voluntarios
realistas, empezaron a separar la gente.
Unos
corrieron a curiosear en los carros que venían detrás y otros se metieron en la
venta, donde sonaban seguidillas, castañuelas y desaforados gritos y chillidos.
Un cuero de vino, roto por los golpes y patadas que recibiera, dejaba salir el
rojo líquido, y el suelo de la venta parecía inundado de sangre. Algunos
carreteros sedientos se habían arrojado al suelo y bebían en el arroyo tinto;
los que llegaron más tarde apuraban lo que había en los huecos del empedrado, y
los chicos lamían las piedras fuera de la venta, a riesgo de ser atropellados
por las mulas desenganchadas que iban de la calle a la cuadra, o del tiro al
abrevadero. —23→ Poco después veíanse hombres que parecían degollados
con vida, carniceros o verdugos que se hubieran bañado en la sangre de sus
víctimas. El vino mezclado al barro y tiñendo las ropas que ya no tenían color,
acababa de dar al cuadro en cada una de sus figuras un tono crudo de matadero,
horriblemente repulsivo a la vista.
Y a la
luz de las hachas de viento y de las linternas, las caras aumentaban en
ferocidad, dibujándose más claramente en ellas la risa entre carnavalesca y
fúnebre que formaba el sentido, digámoslo así, de tan extraño cuadro. Como no
había cesado de llover, el piso inundado era como un turbio espejo de lodo y
basura, en cuyo cristal se reflejaban los hombres rojos, las rojas teas, los
rostros ensangrentados, las bayonetas bruñidas, las ruedas cubiertas de tierra,
los carros, las flacas mulas, las haraposas mujeres, el movimiento, el ir y
venir, la oscilación de las linternas y hasta el barullo, los relinchos de
brutos y hombres, la embriaguez inmunda, y por último, aquella atmósfera
encendida, espesa, suciamente brumosa, formada por los alientos de la venganza,
de la rusticidad y de la miseria.
En el
segundo carro estaban presos también y heridos los compañeros de Riego, a
saber: el —24→ capitán D. Mariano Bayo, el teniente coronel piamontés
Virginio Vicenti y el inglés Jorge Matías. D. Patricio Sarmiento, que no se
atrevió a acercarse al primer carro, se detuvo breve rato junto al segundo,
pasó indiferente por el tercero, donde sólo venían sacos y un guerrillero con
su mujer, y se dirigió al cuarto, llamado por una voz débil que claramente
dijo:
-Sr. D.
Patricio de mi alma... ¡Bendito sea Dios que me permite verle!
-¡Pujitos!...
¡Pujitos mío!... -exclamó Sarmiento extendiendo sus brazos dentro del carro-.
¿Eres tú?... Sí, tú mismo... Dime, ¿estás también herido? Por lo visto, también
vienes preso.
-Sí señor
-repuso el maestro de obra prima-, herido y preso estoy... Diga usted ¿nos
ahorcarán?
-¿Pues
eso quién lo duda?
-¡Infeliz
de mí!... Vea usted los lodos en que han venido a parar aquellos polvos. Bien
me lo decía mi mujer... Sr. D. Patricio, al que está como yo medio muerto de un
bayonetazo en la barriga, le deberían dejarle en manos de Dios para que se lo
llevase cuando a su Divina Majestad le diese la gana ¿no es verdad?
-Sí,
Pujitos mío -repuso Sarmiento estrechándole la mano-. ¿Sabes que tiemblo y
tengo —25→ frío? más frío y más miedo que tú, porque voy a
preguntarte por mi hijo en cuya compañía has vivido por esas tierras, y según
lo que me contestes, así moriré o viviré... Hace seis días que estoy en la
incertidumbre más horrible; hace seis días que bajo a este camino para
interrogar a todos los que llegan... ¡Ah! por fin encuentro quien me diga la
verdad. Pujitos de mi alma, tú me la dirás, aunque sea terrible.
-Sí
señor, sí señor, yo se la diré -repuso Pujitos, cubriéndose con ambas manos el
rostro y rompiendo a llorar como un chicuelo.
-¡Conque
es cierto, amigo, conque es verdad que mi pobre Lucas!... -gimió el preceptor
con la voz entrecortada por el llanto-. ¡Pobre hijo de mi alma!
-¡Pobre
amigo mío! -añadió Pujitos, secando sus lágrimas-. ¡Y era tan cariñoso, tan
bueno, tan leal!... Sin cesar estaba nombrándole a usted y cavilando sobre lo
que haría usted en Madrid o lo que no haría... «Si tendrá discípulos, decía; si
pasará trabajos. Ahora estará barriendo la escuela»... No nos separábamos
nunca, partíamos nuestra ración y éramos en todo como hermanos. En las batallas
siempre nos escondíamos juntos.
-¡Os
escondíais! -exclamó D. Patricio levantando el rostro con dignidad, pues esta
era —26→ tan grande en él, que ni el dolor podía vencerla.
-¡Ah!
señor... el pobre Lucas era el mejor chico del mundo... ¡Pobrecito!...
-Ha
tiempo que el dardo estaba clavado en mi corazón... Yo le tenía por muerto;
pero la falta de noticias ciertas me daba alguna esperanza. Me agarraba con
desesperación a las conjeturas. Pero tú has disipado mis dudas. Más vale la
desgracia verdadera y declarada que una vacilación desgarradora.
-Aquí
está todo lo que resta del pobre Lucas -dijo el herido mostrando un pequeño lío
de ropa.
D.
Patricio se abalanzó a aquel objeto mudo, testimonio tristísimo de su última
esperanza muerta y lo besó con ardiente cariño. Breve rato le vio Pujitos con
la cabeza apoyada en el borde del carro, oprimiendo con ella el lío de ropa y
regándolo con sus lágrimas. Respetuoso con el dolor del padre, el maestro de
obra prima no decía nada.
-Esto es
hecho -exclamó al fin D. Patricio irguiendo la frente caduca, mas bastante
fuerte para soportar, mediante la energía de su espíritu, el peso de una gran
pena-. El Autor de todas las cosas lo quiere así. Ya no tengo hijo... Toda
esperanza acabó y con ella la vida —27→ mía... Ahora leal amigo,
ahora excelente joven que has sido el Pílades de aquel noble Orestes, cuéntame
sin omitir nada los pormenores de la muerte de mi hijo; dime cómo se extinguió
aquella vida preciosa, porque siendo Lucas de ánimo tan esforzado e intrépido,
no podía morir como los demás milicianos, sino de una manera grande... ¿me
entiendes? de una manera gloriosa, y en un momento de sublime heroísmo.
-Precisamente
heroísmo no, Sr. D. Patricio -dijo Pujitos con embarazo-. Yo le contaré a
usted... Lucas...
-Heroísmo
ha habido: no me lo niegues, porque yo conozco muy bien la raza de leones de
que viene mi hijo, yo sé qué casta de bromas gastamos los Sarmientos con el
enemigo en un campo de batalla. Si por modestia callas las acciones homéricas
en que tú has tomado parte, haces mal, que al fin y al cabo todo se ha de
saber, y si no ahí están los historiadores que en un abrir cerrar de ojos
desentrañarán lo más escondido.
-Si no ha
habido acciones heroicas ni cosa que lo valga, hombre de Dios -objetó Pujitos
con pena-. Nosotros estábamos en Málaga con el general Zayas, cuando este
representó a las Cortes al tenor de lo que dijo Ballesteros al
capitular; —28→ ¿usted me entiende? Vino entonces Riego mandado por
las Cortes, tomó el mando y nos llevó contra Ballesteros; ¿usted me entiende?
-Y
entonces se trabaron esas crueles batallas que yo imagino.
-No hubo
más sino que el general llevaba el encargo de inflamarnos... Sí señor, de
inflamarnos, porque todos estábamos muy abatidos y sin ganas de guerra, porque
la veíamos muy negra.
-¿Y os
inflamó?
¿Cómo se
puede inflamar la nieve? Fuimos en busca de Ballesteros y le hallamos en
Priego. Allí se armó una...
-¡Corrieron
mares de sangre!
-No
señor. Todo era ¡Viva Ballesteros! por un lado, y por
otro ¡Viva Riego! Nos abrazamos y los generales
conferenciaron. Como no se pudieron avenir, Riego arrestó a Ballesteros.
-Bien
hecho, muy bien... ¿Y Lucas?
-Lucas
tan bueno y tan sano... Era aquella la mejor vida del mundo, porque como no
había balas sino conferencias... Pero un día se presentó delante de nosotros
Balanzat y tiros van tiros vienen... Desde entonces perdió la salud el pobre
Lucas, porque le entró como —29→ un súpito y se quedó frío y yerto,
temblando y quejándose de que le dolía esto y lo otro.
-¡Desgraciado
hijo mío! Su principal pena consistiría en no poder batirse en primera fila.
-Puede
que así fuera. Lo cierto es que empezó a decaer, a decaer, y la calentura
seguía en aumento, y deliraba con los tiros. Riego abandonó el campo; nos
fuimos con él y el pobre Lucas parecía que recobraba la vida según nos íbamos
alejando de las tropas de Balanzat. El general fue perdiendo su gente porque
oficiales y soldados desertaban a cada hora. ¡Qué tristeza, Sr. D. Patricio!
Pero el pobre Lucas se alegraba y decía: «Amigo Pujos, esto parece que acabará
pronto». Había mejorado bastante, y estaba limpio de calentura... Pero de
repente cuando íbamos cerca de Jaén, aparecen los franceses...
-¡Oh! ¡Me
tiemblan las carnes al oírte! ¡Cómo correría la sangre en ese glorioso cuanto
infausto día!
-Más
corrieron los pies, Sr. Sarmiento. Yo, la verdad sea dicha, no fuí de los que
más corrieron, porque no podía abandonar al pobre Lucas, que se descompuso
todo, y se quedó en un hilo. Arrojamos los fusiles que nos pesaban mucho y nos
refugiamos en una casa de labor. ¡Ay, pobre amigo mío! Le entró tal
calenturón —30→ que su cuerpo parecía un volcán, perdió el
conocimiento, y a las treinta horas...
-No sigas
que se me parte el corazón -dijo D. Patricio con voz entrecortada por los
sollozos-. ¡Cuánto padecería al ver que su mísero estado corporal no le
permitía batirse! ¡Qué lucha tan horrenda la de aquella alma de león, al
sentirse sin cuerpo que la ayudara!
-El
pobrecito en su delirio nombraba a los franceses y se metía debajo del jergón.
Serían las doce y media de la noche cuando entregó su alma al Señor...
-¡Ay,
parece que me arrancan las entrañas! Calla ya.
-Yo caí
prisionero, fuí herido de un bayonetazo, y después de tenerme algunos días en
un calabozo de la Carolina me metieron en este carro. Por el camino se nos unió
el general preso y herido también, y juntos hemos llegado aquí. Dicen que nos
van a ahorcar a todos.
-Eso es
indudable -contestó Sarmiento en tono que más era de satisfacción y orgullo que
de lástima-. ¡Fin lamentable, pero glorioso! ¿Qué mayor honra que morir por la
libertad y ser mártires de tan sublime idea?
Pujitos,
que sin duda no había dado hospedaje en su pecho a tan elevados sentimientos,
suspiró acongojadamente.
—31→
-Bendice
tu muerte, hijo mío -añadió Sarmiento, extendiendo hacia él sus venerables
manos, en la actitud de un sacerdote antiguo-, bendice tus nobles heridas,
pregoneras de tu indomable valor en los combates. Has sido atravesado de un
bayonetazo, y además tienes heridos la cabeza y el brazo.
-Esto que
tengo en el arca del estómago es fechoría de un francés a quien vea yo comido
de perros. Lo de la cabeza es una pedrada, y lo del brazo un mordisco. En los
pueblos por donde hemos pasado nos han recibido lindamente, señor. Como los
curas salían diciendo que estábamos todos condenados y que ya nos tenían hecha
la cama de rescoldo en el infierno, no había para nosotros más que palos,
amenazas y pedradas. En Santa Cruz de Mudela nos dieron una rociada buena. El
general y yo salimos descalabrados, y gracias a que los carros echaron a andar;
que si no, allí nos quedamos como San Esteban. En Tembleque nos quisieron
matar, y si la tropa no nos defiende a culatazos, allí perecemos todos. Hombres
y mujeres salían al camino aullando como lobos. Uno que debía de ser pariente
de caníbales, después de molerme a coces y puñadas me clavó los dientes en este
brazo y me partió las carnes... ¿Qué ganará el Rey absoluto
con —32→ esto? Mala peste le dé Dios... Pero dicen que todo esto es
por obra y gracia de los condenados frailes... ¿Es verdad, Sr. D. Patricio?
-Hijo
mío, mucho me temo que esos bribones se venguen ahora de lo que les hicimos con
razón. Y no serán como nosotros, generosos y templados en el condenar, sino
fieros, vengativos y sanguinarios cual líbicas hienas... Hemos de ver lo que
nadie ha visto, ¡por vida de la ch...!
No pudo
seguir su frase el buen preceptor, porque un voluntario realista se acercó al
carro y brutalmente gritó:
-Atrás,
D. Camello, o le parto... ¡fuera de aquí, estantigua!
Sarmiento
corrió dando zancajos hacia el parador. Con su gran levitón, cuyos faldones se
agitaban en la carrera, parecía una colosal ave flaca que volaba rastreando el
suelo. Después de recoger del fango su sombrero que había perdido en la huida,
confundiose entre la multitud para estar más seguro. Entonces oyó al coronel
Garrote dar esta orden al capitán Romo.
-Siga
adelante el convoy. Custódielo usted con su media compañía. Tengo orden de que
no entre en las calles de Madrid. Pase el río; tome la ronda a la izquierda
hacia la Virgen —33→ del Puerto; adelante siempre, y subiendo por la
cuesta de Areneros, diríjase al Seminario de Nobles, donde esperan a los
presos. En marcha, pues. Guárdense los curiosos de seguir al convoy porque haré
fuego sobre ellos. Marche cada cual a su casa y buenas noches.
El convoy
se puso en movimiento, carro tras carro, oyéndose de nuevo el rechinar áspero y
melancólico de los ejes, que aun desde muy lejos se percibía clarísimo en el
tétrico silencio de la noche. Los farolillos recogíanse poco a poco en el
cuerpo de guardia como luciérnagas que corren a sus agujeros; se apagaron las
hachas y se extinguieron los graznidos, cayendo todo en una especie de letargo,
precursor del profundo sueño en que termina la embriaguez.
Sarmiento
se alejó de allí, y antes de tomar el camino de los Ocho Hilos para subir a la
puerta de Toledo, parose para ver los carros que ya a mediana distancia iban
por el paseo Imperial. Bien pronto dejó de verlos, a causa de la oscuridad, mas
conocía su situación por el farolillo que el vehículo delantero llevaba. Con
voz sorda habló así el viejo patriota:
-¡Oh! tú,
el héroe más grande que han producido las edades todas, insigne campeón de la
libertad española, soldado ilustre, Riego, amigo —34→ mío, si ahora
vas conducido entre sayones en ignominioso carro, mañana tendrás un trono en el
corazón de todos los españoles. Si te arrastran a suplicio afrentoso los
infames verdugos a quienes perdonamos cuando éramos fuertes, tu nombre, que
tanto repugna a despóticos oídos, será un símbolo de libertad y una palabra
bendita cuando humillada la tiranía se restablezca tu santa obra. Subirás a la
morada de los justos entre coros de patrióticos ángeles que entonen tu himno
sonoro, mientras tu patria se revuelve en el lodo de la reacción domeñada por
tus verdugos. ¡Oh, feliz tú, feliz cuanto grande y sublime! ¡Varón excelso, el
más precioso que Dios ha concedido a la tierra, si fuera dable a este humilde
mortal participar de tu gloria!... ¡Si al menos pudiera yo compartir tu
martirio y entrar contigo en la cárcel, y oír juntos la misma sentencia, y
subir juntos a la misma horca!... Este honor, yo lo ambiciono y lo deseo con
todas las fuerzas de mi alma. Vacío y desierto está el mundo para mí, después
que he perdido al lucero de mi existencia, a aquel preciosísimo mancebo
inmolado como tú al numen sanguinario de la reacción... Quiero morir, sí, y
moriré.
Inflamado
en furor que no tenía nada de risible, añadió corriendo con agitación:
—35→
-Quiero
morir gloriosamente; quiero ser víctima sublime; quiero ser mártir de la
libertad; quiero subir al patíbulo... ¡Sicarios, venid por mí!
Tropezando
en un árbol, estuvo a punto de caer en tierra. Entonces añadió hablando consigo
mismo:
-¡Ah,
Patricio, tu noble arranque me causa la más viva admiración!... Mañana has de
hacer algo digno de pasar a las más remotas edades. Sí, mañana. Vámonos a casa.
Echó a
andar, y al poco rato dijo:
-¿Pero en
dónde está mi casa? Pues no se me ha olvidado dónde está mi casa...
Miraba a
la tierra como quien ha perdido el sombrero.
-¡Ah! Ya
me acuerdo -exclamó sonriendo-. Tu casa está en la calle de la Emancipación
Social, ¿no es verdad Patricio?
Meditaba
con el índice puesto en la punta de la nariz.
-No...
-dijo después de una pausa, en el tono gozoso del que hace un descubrimiento
útil-. Es que yo solicité del Ayuntamiento que llamase calle de la Emancipación
Social a la de Coloreros; pero no accedió y sigue llamándosecalle
de Coloreros. Allí vivo, pues.
—36→
Entró en
Madrid resueltamente. Subiendo por la calle de Toledo, dijo:
-Tengo
hambre.
Pero
después de registrar todos los bolsillos de su ropa que no bajaban de ocho,
adquirió una certidumbre aterradora, que expresó en angustiosos suspiros.
-Parece
que se me doblan las piernas y que voy a caer desfallecido... ¡Comer! ¡que esto
sea indispensable!... Miserable carne, ¿por qué eres así?... ¿A dónde iré?...
Mi casa está vacía: no hay en ella ni una miga de pan... ¿Pediré limosna?
Jamás. Los hombres de mi temple sucumben, pero no se humillan. A casa, Sr. D.
Patricio; si es preciso se comerá usted el palo de una silla; ¡a casa!
Al entrar
en la calle de Coloreros encontrola oscura y desierta por ser muy avanzada la
noche. Como su extenuación era grande, se habían debilitado sus sentidos,
particularmente el de la vista, y necesitó palpar las paredes para encontrar la
puerta. Sin saber por qué vino entonces a su mente un recuerdo muy triste, que
ya otras veces había turbado profundamente su espíritu. Parecíale estar viendo
delante de sí, en una noche oscura como aquella, al sin ventura Gil de la
Cuadra arrojado en el suelo, arrastrando ignominiosa
cadena, —37→ insultado por los polizontes. De todos los incidentes de
aquella lúgubre escena, el más presente en la memoria de D. Patricio y el que
le causaba más dolor era el ocurrido cuando su infeliz vecino preso pidió agua
y Sarmiento, inspirándose en el más cruel fanatismo, se la negó.
-Ya, ya
lo sé -dijo D. Patricio cerrando los ojos para dominar mejor su terror-, ya sé
que aquello fue una gran bellaquería.
Y
abriendo, no sin trabajo, la puerta, entró, apresurándose a cerrar tras sí
porque le parecía que feos espectros y sombras iban en su seguimiento y que oía
el lamentable son de la cadena de Gil de la Cuadra, arrastrando por las
baldosas. Buscó en sus bolsillos eslabón y yesca para encender luz, mas nada
halló de que pudiera sacarse lumbre. Sin desanimarse por esto, acometió la
escalera con mucho cuidado y empezó a subir, deteniéndose en cada escalón para
tomar fuerzas. Pero no había subido ocho cuando le fue preciso andar a gatas
porque las piernas no podían con el peso del desmayado cuerpo.
-Si me
iré a morir aquí -dijo con angustia bañado en sudor frío-. ¡Oh! Dios mío. ¿Me
estará reservada una muerte oscura, en mísera escalera, aquí, olvidado de todo
el mundo...? Piedad, Señor...
—38→
Sus
fuerzas, a causa de la inacción, se extinguían rápidamente. Llegó a no poder
mover brazo ni pierna. Entonces dio un ronquido y entregose a su malhadado
destino.
-¡Oh! no,
Señor -pensó allá en lo más hondo de su pensar-; no era así como yo quería
morir.
Sus
sentidos se aletargaron; pero antes de perder el conocimiento, vio un espectro
que hacia él avanzaba.
Era un
hermoso y brillante espectro que tenía una luz en la mano.
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- III -
Cuando
volvió en su acuerdo, el buen anciano se encontró en un lugar que era
indudablemente su casa y que sin embargo bien podía no serlo. Llena de
confusión su mente, miraba en derredor y decía:
-Indudablemente
es mi casa; pero mi casa no es así.
Se
incorporó en el canapé donde yacía, tocó la pared cercana, midió con la vista
las distancias, y a medida que se aclaraba su entendimiento, —39→ más
grande era su confusión. La semejanza entre su casa y aquella en que estaba era
muy grande, pero también había diferencias, siendo las principales el aseo, los
muebles y el orden perfecto de todo. Pero lo que más sorprendió al maestro de
escuela fue ver en mitad de la encantada pieza una mesa puesta como para cenar,
alumbrada por lámpara de pantalla, y que en la blancura de sus manteles y en el
brillo de los platos revelaba las hacendosas manos que habían andado por allí.
Como la mesa puesta, y puesta de aquel modo era el más grande fenómeno que
podía presentarse ante los ojos de Sarmiento en su propia casa, creyose juguete
de duendes o artes demoníacas. Probó a levantarse y pudo sostenerse en pie
aunque apoyándose en la silla. Junto a la mesa había un sillón, y como
Sarmiento lo creyese destinado a su persona, no vaciló en ocuparlo. En el mismo
instante llegaron a su nariz olores de comida muy picantes y aperitivos. El
anciano exclamó con mayor confusión:
-No, esta
no es mi casa.
Decíalo
por aquellos olores que hacía mucho tiempo habían dejado de acompañarle en su
domicilio. A pesar de no ser supersticioso afirmose en la idea de hallarse bajo
la acción —40→ de una magia o bromazo de Satanás. Y sin embargo, era
la cosa más sencilla del mundo. Pronto se convenció de ello nuestro amigo
viendo entrar a una joven vestida de negro, la cual se llegó a él sonriendo y
le dijo:
-Buenas
noches, Sr. D. Patricio. ¿Ya se le pasó a usted el desmayo? Bien decía yo que
no era nada. Sin embargo, mandamos llamar un médico.
-¡Por
vida de cien mil chilindrones! -repuso Sarmiento, saliendo poco a poco del
estupor en que había caído-. Pues no me queda duda de que estoy hablando con
Solita en persona.
-La misma
-dijo la joven acercándose a la mesa y apoyando ambas manos en ella para
contemplar más de cerca al viejo.
¿Y cómo
es que estoy en mi casa y no estoy en ella?
-Está
usted en la mía.
-¡Ah!
bien lo decía yo, bien lo decía. Estos platos, estos ricos olores, este arreglo
no pueden existir en la casa de un pobre maestro de escuela sin discípulos.
Como todos los cuartos de la casa son iguales, de aquí que... Pues con permiso
de usted... me retiro a mi vivienda...
-Antes
cenará usted -dijo la muchacha —41→ sonriendo con bondad-. Me han
dicho que no hay gran abundancia por allá arriba.
-¿Cómo ha
de haber abundancia donde reina con imperio absoluto la desgracia? He caído,
señorita D.ª Sola, a los más profundos abismos de la miseria. Vea usted en mí
una imagen del santo patriarca Job. ¡Dios me ha quitado todo, me ha quitado a
mi hijo!
-Cómo ha
de ser... Es preciso aceptar con resignación esos golpes y todos los que vengan
detrás. Ahora cene usted, que Dios manda a los desgraciados no abandonarse al
dolor y dar al cuerpo todo lo que el cuerpo necesita.
-Usted me
invita a cenar...
-No
invito, sino que obligo -afirmó Sola poniendo en la mesa pan y vino-. Aguarde
usted un momento, que no le haré esperar.
Al poco
rato volvió con una cazuela de sopas, cuyo gratísimo olor despertó en Sarmiento
las más dulces sensaciones y una generosa reconciliación con la vida.
-Debe
usted recordar, Srta. D.ª Sola -dijo el preceptor, cuando la joven le ataba las
dos puntas de la servilleta detrás del cogote-, que yo fuí encarnizado enemigo
de su padre de usted, porque jamás he transigido ni podré transigir con las
perras ideas absolutistas.
-Lo
recuerdo, sí; pero eso no hace al caso.
—42→
-Es que
mi delicadeza -añadió Sarmiento tomando la cuchara-, no me permite aceptar un
banquete... Con usted personalmente no hay resentimiento... pero ¿a qué
negarlo? Usted y yo no podemos ser amigos hoy ni nunca... dígolo para que no se
crea que adulo, que me dejo seducir y sobornar por este fino obsequio, que
agradezco.
-Cene
usted, cene usted... -dijo Solita llenándole el vaso-. La mucha conversación
podrá ser perjudicial a su cabeza, que según me han dicho, no está del todo
buena.
-Cenaré,
señora, puesto que usted lo toma tan a pechos... Conste que yo no he mendigado
esta cena; conste que me han traído aquí por fuerza; que no he solicitado esta
amistad, conste, en fin, que no podemos ser amigos.
-Aunque
no quiera serlo mío, yo me empeño en serlo de usted y lo he de conseguir -dijo
Soledad sonriendo, y hablando al viejo en el tono que se emplea con los
chiquillos.
-Dale,
dale -repuso Sarmiento engullendo aprisa-. Conque amiguitos, ¿eh?
¡Chilindrón!... Como si no hubiera pasado nada...Usted no tiene memoria, sin
duda.
-Verdaderamente
no tengo mucha para el daño recibido.
-Su
dichosito papaíto de usted y yo éramos —43→ como el agua y el
fuego... Mi deber era perseguirle, denunciarle, no dejarle respirar... Yo
siempre cumplo mi deber, yo soy esclavo de mi deber. Pertenezco a mi patria,
una idea, ¿me entiende usted?
-Entiendo.
-Con nada
transijo. El enemigo de la patria es mi enemigo, y la hija del enemigo de mi
patria es mi enemiga. ¿Qué dice usted a eso?
-Que no
ha tratado a las sopas como enemigas de la patria.
-No
ciertamente, porque hace mucho tiempo que no las había comido tan buenas.
-Ahora
voy por la perdiz.
-¿Perdiz?...
Vamos, esto parece un cuento de brujas... Si se empeña usted... pero conste que
yo no he pedido la perdiz; que yo no he mendigado nada, que...
Un
momento después Sola partía la perdiz, ofreciéndola pedazo tras pedazo al
hambriento anciano.
-Está
sabrosísima... Pero con la sorpresa de esta cena había olvidado... ¿Cuándo ha
llegado usted, Sra. D.ª Solita? ¿Qué tal le ha ido en su viaje?
-He
llegado esta mañana. Los de Cordero me hablaron de usted... Dijéronme que
estaba usted loco...
—44→
-¡Loco
yo!
-O poco
menos. Que andaba usted mal de fondos.
-Eso sí
que es como el Evangelio.
-Que
había perdido usted a su hijo Lucas.
-También
¡ay! es verdad.
-Esperé
verle a usted y ofrecerle algo de lo poco que yo tengo.
-Gracias...
-Pero
usted había salido antes que yo llegara. Había ido, según me dijeron, a correr
por las calles divirtiendo a los chicos, y sirviendo de entretenimiento, con
sus discursos, a los desocupados de los cafés y de la Puerta del Sol.
-¡Yo!
-Descansé
un poco. Todo el día lo he empleado en arreglar mi casa. He buscado una
sirviente, he hecho parte de lo mucho que hay que hacer cuando se ha tenido
todo abandonado a causa de una ausencia de cinco meses. Ya muy entrada la noche
sentí pasos en la escalera y después lamentos y quejidos como de una persona
enferma. Salimos y hallamos al gran D. Patricio tendido boca abajo. Los vecinos
salieron, y unos decían: «¡Buena turca ha cogido!» otros: «¡Ya las pagó todas
juntas!». ¡Cómo reían algunos!... «El maldito viejo ya echó su último
discurso...». «¡Qué feísimo —45→ está!». Don Juan de Pipaón dijo: «No
tiene sino hambre. Denle a oler sopas y verán cómo resucita...». Me pareció que
esta opinión era la más razonable. Entre el mancebo de los Corderos, mi criada
y yo entramos el cuerpo desmayado en mi casa, que estaba seis escalones más
arriba, le tendimos en ese sofá...
-Conste
que yo no entré por mi pie, que no pedí... -dijo Sarmiento con viveza arqueando
las cejas.
-Le
abrigamos bien, vino el veterinario del sotabanco y dijo que usted padecía
estos desvanecimientos desde que había dado en el hito de hablar mucho y no
comer... Yo había cenado ya: al momento dispuse otra cena para el nuevo
huésped.
-Traído
por fuerza; es decir, acogido, secuestrado, usurpado durante su desmayo.
-Mandé
venir un médico, mientras hacía la cena -añadió Sola observando con la mayor
complacencia el buen apetito de Sarmiento-. Yo creí que al pobre hombre no le
vendrían mal estos cuidados. Yo dije para mí: «Cuando se ponga bueno y se le
despeje la cabeza, abrirá de nuevo la escuela, se llenarán sus bolsillos, y
podrá vivir otra vez solo y holgado en su casa. Entretanto le conservaré en la
mía, si quiere, y partiré con él lo poco que tengo».
—46→
-¡Cuidarme,
conservarme aquí, darme asilo!... -murmuró D. Patricio con cierto aturdimiento.
-Me han
dicho que el casero le va a plantar a usted en la calle esta semana.
-Ese
troglodita será capaz de hacerlo como lo dice.
-En aquel
cuarto le he preparado a usted una cama -manifestó Soledad, señalando una
alcoba cercana.
D.
Patricio miró y vio un lecho, cuyas cortinas blancas le deslumbraron más que si
fueran rayos de sol.
-¡Una
cama!... ¡para mí!... ¡para mí que hace cinco meses duermo en el suelo!...
-Aquí
podrá usted vivir. Yo estoy sola, quizás lo esté por mucho tiempo -añadió la
joven poniendo delante del anciano un plato de uvas-. La casa es demasiado
grande para mí... No tendrá usted que ocuparse de nada... le cuidaré, le
alimentaré.
-¡Me
cuidará, me alimentará!... Repito que esto es magia.
-Es
caridad... ¿Por ventura no entienden de caridad los patriotas?
-Sí
entendemos, sí -replicó Sarmiento tan aturdido ya que no sabía qué decir-. ¡La
caridad! sublime sentimiento. Pero no ha de sobreponerse —47→ al
tesón ni a la fijeza de ideas. La caridad puede llegar a ser un mal muy grande
si se emplea en los enemigos de la patria, en los ministros del error... ¿Qué
le parece a usted?
-Que las
uvas no deben de ser ministros del error, según las ha cogido usted.
-Están
riquísimas... Yo ¿cómo negarlo? agradezco a usted sus obsequios... Quizás pueda
algún día corresponder a tantas finezas con otras igualmente delicadas...
Conque dice que me dará una cama...
-Aquella...
-Y
desayuno...
-También.
-Y
comida...
-Y cena.
Soy pobre; pero tengo para vivir algún tiempo. Después Dios nos dará más. Ya ve
usted que si a veces quita, también da cuando menos se espera.
-Es
cierto, sí, es cierto -dijo Sarmiento con viva emoción que se apresuró a
disimular-. Pero me asombra una cosa.
-¿Qué?
-La poca
memoria de usted.
-¿Poca
memoria? En verdad no es mucha -dijo Sola ofreciéndole un vaso de agua-. A
veces no sirve la memoria sino de estorbo.
—48→
-Pues sí
-añadió Sarmiento mascullando las palabras y algo cortado-. Usted no se
acuerda... de que yo... no era santo de la devoción de su papá de usted...
Porque que digan arriba, que digan abajo, su papá de usted conspiraba. Así es
que yo... Mire usted, siempre que me acuerdo de esto, tengo una congoja...
Cierta noche, cuando llevaron preso al Sr. Gil de la Cuadra, yo... Repito que
él conspiraba y que hacían bien en prenderle... ¿Usted recuerda...?
Soledad,
pálida y abatida, miraba fijamente el mantel.
-Usted
recuerda que su papá... cuando le pusieron las cadenas, ¿eh?... pues sí, parece
que tenía sed. Me pidió agua, y yo no se la quise dar. Hice mal, mal, mal;
aquello fue una bellaquería, una brutalidad... una infamia: seamos claros. Más
adelante, cuando vivían ustedes en casa de Naranjo... que, entre paréntesis,
era un gran bribón, yo... en fin, recordará usted que la noche en que murió el
señor Gil de la Cuadra, me metí en la casa con otros milicianos para
registrarla... Confiese usted que teníamos razón, porque su papá de usted
conspiraba, es decir, nones, ya no conspiraba por causa de estar muerto;
pero...
La
confesión de sus brutales actos de fanatismo —49→ costaba al
preceptor sudores y congojas; pero sentía la necesidad imperiosa de echar de sí
aquel tremendo peso, y como con tenazas iba sacándose las palabras.
-Ello es
que yo me porté mal aquella noche... Verdad que éramos enemigos; que él
conspiraba contra la libertad; que yo tenía una misión que cumplir... el
Gobierno descansaba en mi vigilancia... Pero de todos modos, Sra. D.ª Solita,
usted no obra cuerdamente al tratarme como me trata.
-¿Por
qué? -dijo la joven alzando sus ojos llenos de lágrimas.
-Porque
somos enemigos políticos.
Bañado el
rostro en lágrimas, Sola se echó a reír, lo que producía singular contraste.
-Porque
somos enemigos encarnizados... porque me porté mal, y si ahora salimos con que
usted me da cama y mesa... Además mi dignidad no me permite aceptarlo, no
señora. Parecerá que he cedido en mis opiniones... que transijo con ciertas
ideas.
Sola reía
más.
-Usted se
burla de mí. Bien: no hablemos más del asunto. Se me figura que usted me
perdona aquellos desmanes. Bien, muy bien. Reconozco que es un proceder
admirable; —50→ pero yo... póngase usted en mi lugar...
-Me
parece -dijo Sola-, que ya es hora de que se acueste usted.
-¿En esa
cama? -dijo Sarmiento con incredulidad y abriendo mucho los ojos.
-En esa.
-¡Y tiene
colchones!
-Y
manta... Ya que tiene usted repugnancia de aceptar lo que le ofrezco, no
insistiré -dijo la muchacha con malicia-; pero valga mi hospitalidad por esta
noche. Mañana se volverá usted a su casa.
-Bien,
bien -exclamó Sarmiento-. Por vida de la chilindraina, que es una excelente
idea. Mañana lo decidiremos, y esta noche como estoy tan cansado... En verdad,
¿para qué necesito yo colchones ni platos exquisitos si están contados mis
días?... ¡Ay! La pérdida de mi hijo me ha secado el corazón. Para mí ha
concluido el mundo. Conozco que estoy de más y me apresuro a emprender el
viaje. Pero ha de saber usted que mi idea es morir gloriosamente, mi plan tener
un fin que corresponda a la grandeza de las doctrinas que he sustentado en
vida. Yo no puedo morir como otro cualquiera, Sra. D.ª Solita, y aquí me tiene
usted en camino de llenar una página de la historia.
—51→
Sola
parecía inquieta oyendo los disparates de su huésped.
-Sí
señora -añadió Sarmiento exaltándose y echando lumbre por los ojos-. Voy a
morir por la patria, voy a morir por la libertad, por esa luz que ilumina al
mundo; voy a ser mártir; voy a elevar mi frente como los héroes, conquistando
con un fin heroico la inmortalidad.
-Lo que
yo veo es que era cierto lo que me habían dicho.
D.
Patricio se levantó y tomando una actitud de estatua, prosiguió de este modo:
-¿A qué
arrastrar una vejez oscura y miserable, cuando las circunstancias me brindan
con la inmortalidad? El ejemplo de ese héroe a quien he visto conducido como
los criminales y que subirá al Calvario dentro de poco, me sirve de guía. ¡Oh
luz de mi inteligencia, bendita seas por haberme inspirado esta idea!
Tomando
luego bruscamente el tono familiar, dijo a Solita:
-Pocos
días me restan de vida. Quizás tres, quizás dos, quizás uno solo. Como he de
molestar por tan poco tiempo, apreciable señora, me quedaré aquí.
-Está muy
bien pensado. Ahora a dormir.
Vino el
médico que habían llamado, y Sarmiento —52→ le despidió de mal
talante, diciendo que no necesitaba medicinas, porque para él, el cuerpo no era
nada y el alma todo. El médico que ya le conocía, encargole mucho cuidado con
la cabeza, advirtiendo reservadamente a Sola que le encerrara si tenía empeño
en que tal enfermo viviese. Después de la partida del Galeno, D. Patricio
mostró deseos de acostarse.
-Buenas
noches, señora -dijo el preceptor entrando en la alcoba-. ¿Mañana tomaré
chocolate?
-¿Eso
había de faltar? Si no fuera por esa dichosa muerte heroica que le espera, le
tomaría usted muchos días. ¡Qué necedad privarse de ese gusto por la gloria que
no es más que humo!
-Usted
habla en broma -dijo D. Patricio, cuya voz se oía débilmente desde la sala,
porque había cerrado la puerta para acostarse-. No puedo comprender que su
claro entendimiento compare unas cuantas onzas de soconusco con la inmortalidad
y la gloria... ¡Ah! señora mía, lo único que me consuela de la pérdida que
acabo de experimentar, es el saber que mi adorado hijo está gozando de esa
inextinguible luz de la gloria, premio justo de los que han muerto defendiendo
la libertad. —53→ ¡Mártir sublime, que Dios te bendiga como te
bendigo yo! ¡Yo que me apresuro a imitarte!... ¿Solita, se ha marchado usted?
-No
señor, aquí estoy oyéndole con mucho gusto. ¡Cuánto siento la muerte del pobre
Lucas!... ¡Era tan buen muchacho!...
-¡Válgame
Dios lo que he perdido! Era un dechado de virtudes -dijo Sarmiento dando un
gran suspiro- y de amor filial. Su inteligencia superior se remontaba a las más
altas concepciones. Su valor indomable no tenía igual, y creeríase al verle que
en él había resucitado un héroe antiguo. Vamos, que en aquel famoso 7 de Julio,
dejó bien puesto el pabellón... ¡Pobre hijo mío! Sus nobles facciones eran
idénticas a las de su madre. ¡Si supiera usted cuán hermosa era mi Refugio!...
¿Está usted ahí, Solita?
-Aquí
estoy. Sí, debía de ser muy hermosa D.ª Refugio.
¡Ah! ¡Si
usted la hubiera visto!... ¡Qué boca!... ¡qué ojos!... ¡qué pie!... Me parece
que la estoy mirando. La llamaban la diosa de Calabazar del Buey por ser este
el lugar de su nacimiento... ¡Oh dulces memorias! ¿por qué venís a atormentarme
en estas aflictivas horas?... Yo me enamoré de Refugio como un insensato,
porque siempre he sido así, un fuego —54→ vivo. ¡Cuánto me costó
sacarla de la casa paterna!... en fin, nos unimos en dulce lazo el día de la
Encarnación... Por Noche-Buena nació nuestro pobre Lucas, que parecía una bola
de oro y manteca... ¡Oh tiempos!... señora doña Solita.
-¿Qué?
-¿Se ha
marchado usted?
-No
señor, aquí estoy.
-Parece
que se ríe usted.
-De
ningún modo.
-Hágame
usted el favor de abrir la puerta, porque deseo verla a usted antes de dormir.
Es una necesidad de mi pobre espíritu.
Soledad
abrió. Completamente arrebujado en las sábanas, D. Patricio no mostraba más que
la cabeza.
-Está
usted mucho más guapa que cuando vivía el Sr. Gil de la Cuadra -insinuó el
viejo.
-Podrá
ser.
-¿Se
acuesta usted ya?
-Antes
tengo que hacer.
- Pues
buenas noches, porque a causa del mucho cansancio... Perdone usted mi
descortesía; pero no lo puedo remediar; me duermo como un animal. ¡Oh gloria,
oh lauros inmortales, oh libertad!... Esta cama... es tan... buena...
—55→
· Anterior
- IV -
Pasando
sobre treinta y cinco días, nos trasladamos con el lector al 6 de Noviembre.
La
plazuela de la Cebada, prescindiendo del mercado que hoy la ocupa
desfigurándola y escondiendo su fealdad, no ha variado cosa alguna desde 1823.
Entonces, como hoy, tenía aquel aire villanesco y zafio que la hace tan
antipática, el mismo ambiente malsano, la misma arquitectura irregular y
ramplona. Aunque parezca extraño, entonces las casas eran tan vetustas como
ahora, pues indudablemente aquel amasijo de tapias agujereadas no ha sido nuevo
nunca. La iglesia de Nuestra Señora de Gracia, viuda de San Millán desde 1868,
tenía el mismo aspecto de almacén abandonado, mientras su consorte, arrinconado
entre las callejuelas de las Maldonadas y San Millán, parecía pedir con
suplicante modo que le quitaran de en medio. La fundación de D.ª Beatriz
Galindo no daba a la plaza sino podridos aleros, tuertos y llorosos
ventanuchos, medianerías cojas y covachas miserables. La elegante
cúpula —56→ de la capilla de San Isidro, elevándose en segundo
término, era el único placer de los ojos en tan feo y triste sitio.
Esta
plazuela había recibido de la Plaza Mayor, por donación graciosa, el privilegio
de despachar a los reos de muerte, por cuya razón era más lúgubre y repugnante.
Aquella boca monstruosa y fétida se había tragado ya muchas víctimas, y
¡cuántas le quedaban aún por tragar desde aquella célebre fecha de Noviembre de
1823, que ennobleció la plaza-cadalso, dándole nombre más decoroso que el que
siempre ha llevado!
En la
mañana del 6 estaba llena de curiosos que por las calles afluyentes entraban
para ver los dos palos largos plantados en medio de tal plaza, y asistir con
curiosidad afanosa a la tarea de seis hombres que se ocupaban en unir los topes
de dichos árboles con un tercer madero horizontal. Los corrillos eran muchos y
la gente iba y venía paseando como en los preliminares de una fiesta. Veíanse
hombres uniformados, otros con armas y sin uniforme, mucha gente del populacho
que por aquellos barrios abajo tiene sus albergues, y no pocas personas de la
clase acomodada. Un hombre alto, seco, moreno, de ojos muy saltones, de rostro
fiero y ademán amenazador, mirar insolente, —57→ boca bravía, como de
quien no muerde por no menoscabar la dignidad humana; un hombre que francamente
mostraba en todo su condición perversa, y en cuyo enjuto esqueleto el uniforme
de brigadier parecía una librea de verdugo, avanzó resueltamente por entre el
gentío, abriéndose calle bastón en mano; y dirigiéndose después con airada voz
y gesto a los que trabajaban en el cadalso, les dijo:
-¡Malditos!...
Mal haya el pan que se os da... ¿No he mandado que se pusieran los palos más
grandes que hay en los almacenes de la Villa?
Uno que
parecía jefe de los aparejadores balbució algunas excusas que no debieron de
satisfacer al vestiglo, porque al punto soltó por su abominable boca nueva
andanada de denuestos:
-¡Ahora
mismo, ahora mismo, canallas!... quitarme de ahí ese juguete, si no quieren que
los cuelgue en él... Traigan los palos grandes, los más grandes, aquellos que
estaban la semana pasada en el Canal... ¿Entienden lo que digo?... ¿Hablo yo en
castellano?... Los palos grandes.
Otra vez
se disculparon los aparejadores, pero el del bastón repitió sus órdenes.
-Si hace
falta más gente, venga más gente... —58→ Estos holgazanes no
comprenden la gravedad de las circunstancias, ni están a la altura de un suceso
como este... Por vida del Santísimo Sacramento que yo les haré andar a todos
derechos... Sr. Cuadrado, lleve usted al Canal a todos los operarios de la
Villa para transportar esos leños, y si no iré yo mismo, que lo mismo sirvo
para un fregado que para un barrido.
Tres
horas más tarde, el deseo de aquel hombre tan atroz se empezaba a cumplir, y la
gente allí reunida (porque había más gente) vio que se elevaban con majestad
dos maderos como mástiles de barco, gruesos, lisos, hermosos, gallardos.
-¡Ah, muy
bien! -dijo el endriago, observando desde lejos el golpe de vista-. Esto es
otra cosa. Así es como el Gobierno quiere que se haga. ¡Magnífico efecto!
Sus
miradas de satisfacción recorrieron toda la plaza, por encima del mar de
cabezas, y parecía decir: «¡Feliz el pueblo que tiene al frente de su policía
un hombre como yo!».
Clavados
los altos maderos, los aparejadores se ocuparon en atar la traviesa horizontal.
El efecto era soberbio.
Daba
nuevas órdenes para perfeccionar tan bella obra el formidable polizonte, cuando
se —59→ llegó a él un hombre cuadrado y de semblante oscuro e
indescifrable, que le saludó cortésmente.
-¿Qué te
parece Romo lo que hemos hecho? -dijo el del bastón, cruzando atrás las manos
con el emborlado instrumento de su autoridad.
-¡Oh! es
la mayor que se ha elevado en Madrid -repuso contemplando la horca-. Y si
hubiera maderos de más talla, a mayor altura la pondríamos. Esto debiera verse
de toda España.
-Desde
todo el mundo; que fuera de aquí también hay pillos a quienes escarmentar... Yo
traería mañana a esta plaza a todos los españoles para que aprendieran cómo
acaban las porquerías revolucionarias... No hay enseñanza más eficaz que
esta... Como el nuevo Gobierno no se empeñe en ir por el camino de la tibieza,
habrá buenos ejemplos, amigo Romo.
-Es que
si se empeña en ir por el camino de la tibieza -dijo Romo dando un golpe en el
puño de su sable-, nosotros no le dejaremos ir...
-Bien,
bien, me gustan esos bríos -afirmó un tercer personaje, casi tan parecido a un
gato como a un hombre, y que de improviso se unió a los dos anteriores-. No ha
salido el —60→ Rey de manos de los liberales para caer en las de los
tibios.
-Sr.
Regato -dijo el del bastón-, ha hablado usted como los cuatro Evangelios
juntos.
-Sr.
Chaperón -añadió Regato-, bien conocidas son mis ideas... ¿Ve usted esa horca?
Pues todavía me parece pequeña.
-Se puede
hacer mayor -dijo el que respondía al nombre de Chaperón-. Por vida del
Santísimo Sacramento, que no se quejará el Cabezudo... y su bailoteo será bien
visto.
-¿Conoce
usted la sentencia? -preguntó Regato.
-Será
conducido a la horca arrastrado por las calles -dijo Romo-. Si hubieran omitido
esto los jueces habría sido una gran falta.
-Es
claro: hay que distinguir... Según pedía el fiscal, la cabeza se colocará en el
pueblo donde dio el grito nefando el año 20, y el cuerpo se dividirá en cuatro
cuartos.
-Para
poner uno en Madrid, otro en Sevilla, otro en Málaga y otro en la isla de León
-añadió Chaperón dando gran importancia a tan horribles detalles.
-Pues
ayer se dijo... yo mismo lo oí... -afirmó Regato-, que los dos cuartos
delanteros quedarían en Madrid. Yo no lo aseguro: pero así se dijo.
—61→
-En
puridad -dijo Chaperón-, esto no es lo más importante. En vez de perder el
tiempo descuartizando buscaremos nueva fruta de cuelga, que no faltará en
Madrid... ¿Pero qué alboroto es ese?... ¿Por qué corre mi gente?
Volvió
los saltones ojos hacia Nuestra Señora de Gracia, donde los grupos se
arremolinaban y se oía murmullo de vivas. El fiero jefe de la Comisión Militar
frunció el ceño al ver que el buen pueblo confiado a su vigilancia relinchaba
sin permiso de la policía.
-No es
nada, Sr. Chaperón -dijo Regato-. Es que tenemos ahí a nuestro famoso Trapense.
-Hace un
rato -añadió Romo-, venía por Puerta de Moros con su escolta. Entró a rezar en
Nuestra Señora de Gracia y ya sale otra vez. Viene hacia acá.
En
efecto, avanzaba hacia el centro de la plaza la más estrambótica figura que
puede ofrecerse a humanos ojos en esos días de revueltas políticas, en que todo
se transfigura, y sale a la superficie confundido con la clara linfa el légamo
social. Era un hombre a caballo, mejor dicho, a mulo. Vestía hábitos de fraile
y traía un Crucifijo en la mano, y pendientes del cinto sable, pistolas y un
látigo. Seguíanle cuatro lanceros a caballo y rodeábale
escolta —62→ de gritonas mujeres, pilluelos y otra ralea de gente de
esa que forma el vil espumarajo de las revoluciones.
Era el
Trapense joven, de color cetrina, ojos grandes y negros, barba espesa, con un
airecillo más que de feroz guerrero, de truhán redomado. Había sido lego en un
convento, en el cual dio mucho que hacer a los frailes con su mala conducta,
hasta que se metió a guerrillero, teniendo la suerte de acaudillar con buen
éxito las partidas de Cataluña. Conocedor de la patria en cuyo seno había
tenido la dicha de nacer, creyó que sus frailunas vestiduras eran el uniforme
más seductor para acaudillar aventureros, y al igual de las cortantes armas
puso la imagen de Crucificado. En los campos de batalla, fuera de alguna
ocasión solemne, llevaba el látigo en la mano y la cruz en el cinto; pero al
entrar en las poblaciones colgaba el látigo y blandía la cruz, incitando a
todos a que la besaran. Esto hacía en el momento en que le vemos por la
plazuela adelante. Su mulo no podía romper sino a fuerza de cabezadas y
tropezones la muralla de devotos patriotas, y él afectando una seriedad más
propia de mascarón que de fraile, echaba bendiciones. El demonio metido a
evangelista no hubiera hecho su papel con más donaire.
Viéndole —63→ fluctuaba el ánimo entre la risa y un horror más grande
que todos los horrores. Los tiempos presentes no pueden tener idea de ello, aunque
hayan visto pasar fúnebre y sanguinosa una sombra de aquellas espantables
figuras. Sus reproducciones posteriores han sido descoloridas, y ninguna ha
tenido popularidad, sino antes bien, el odio y las burlas del país.
Cuando el
bestial fraile, retrato fiel de Satanás a caballo, llegó junto al grupo de que
hemos hablado, recibió las felicitaciones de las tres personas que lo formaban
y él les hizo saludo marcial alzando el Crucifijo hasta tocar la sien.
-Bienvenido
sea el padre Marañón -dijo el jefe de la Comisión Militar acariciando las
crines del mulo, que aprovechó tal coyuntura para detenerse-. ¿A dónde va tanto
bueno?
-Hombre...
también uno ha de querer ver las cosas buenas -replicó el fraile-. ¿A qué hora
será eso mañana?
-A las
diez en punto -contestó Regato-. Es la hora mejor.
-¡Cuánta
gente curiosa!... No me han dejado rezar, Sr. Chaperón -añadió el fraile
inclinándose como para decir una cosa que no debía oír el vulgo-. Usted, que lo
sabe todo, —64→ dígame ¿conque es cierto que se nos marcha el
Príncipe?
-¿Angulema?
Ya va muy lejos camino de Francia. ¿Verdad, padre Marañón, que no nos hace
falta maldita?
-¿Pues no
nos ha de hacer falta, hombre de Dios? -dijo el fraile andante soltando una
carcajada que asemejó su rostro al de una gárgola de catedral despidiendo el
agua por la boca-. ¿Qué va a ser de nosotros sin figurines? Averigüe usted
ahora cómo se han de hacer los chalecos y cómo se han de poner las corbatas.
-Los tres
y otros intrusos que oían rompieron a reír, celebrando el donaire del Trapense.
-Queda de
general en jefe el general Bourmont.
-Por
falta de hombres buenos a mi padre hicieron alcalde -dijo Chaperón-. Si
Bourmont se ocupara en otra cosa que en coger moscas, y se metiera en lo que no
le importa, ya sabríamos tenerle a raya.
-Me
parece que no nos mamamos el dedo -repuso el fraile-. Y me consta que Su
Majestad viene dispuesto a que las cosas se hagan al derecho, arrancando de
cuajo la raíz de las revoluciones. Dígame usted, ¿es cierto que se ha
retractado en la capilla?
-¿Quién,
Su Majestad?
—65→
-No,
hombre, Rieguillo.
-De eso
se trata. El hombre está más maduro que una breva. ¿No va usted por allá?
-¿Por la
capilla?... No me quedaré sin meter mi cucharada... Ahora no puedo detenerme:
tengo que ver al obispo para un negocio de bulas y al ministro de la Guerra
para hablarle del mal estado en que están las armas de mi gente... Con Dios,
señores... ¡arre!
Y echó a
andar hacia la calle de Toledo, seguido del entusiasta cortejo que le
vitoreaba. Chaperón, después de dar las últimas órdenes a los aparejadores y de
volver a observar el efecto de la bella obra que se estaba ejecutando, marchó
con sus amigos hacia la calle Imperial, por donde se dirigieron todos a la
cárcel de Corte. En la plazuela había también gente, de esa que la curiosidad,
no la compasión, reúne frente a un muro detrás del cual hay un reo en capilla.
No veían nada, y sin embargo, miraban la negra pared, como si en ella pudiera
descubrirse la sombra, o si no la sombra, misterioso reflejo del espíritu del
condenado a muerte.
Los tres
amigos tropezaron con un individuo que apresuradamente salía de la Sala de
Alcaldes.
-¡Eh! no
corra usted tanto, Sr. Pipaón - —66→ gritole el de la Comisión
militar-. ¿A dónde tan a prisa?
-Hola,
señores; salud y pesetas -dijo el digno varón deteniéndose-. ¿Van ustedes a la
capilla?...
-No hemos
de ser los últimos, hombre de Dios. ¿Qué tal está mi hombre?
-Va a
comer... Una mesa espléndida, como se acostumbra en estos casos. Conque Sr.
Chaperón, Sr. Regato...
-¡A dónde
va usted que más valga! -dijo Chaperón deteniéndole por un brazo-. ¿Hay
trabajillo en la oficina?
-Yo no
trabajo en la oficina, porque estoy encargado de los festejos para recibir al
Rey -repuso Bragas con orgullo.
-¡Ah! no
hay que apurarse todavía.
-Pero no
es cosa de dejarlo para el último día. No preparamos una chabacanería como las
del tiempo constitucional, sino una verdadera solemnidad regia como lo merecen
el caso y la persona de Su Majestad. El carro en que ha de verificar su entrada
se está construyendo. Es digno de un Emperador romano. Aún no se sabe si
tirarán de él caballos o mancebos vistosamente engalanados. Es indudable que
llevarán las cintas los voluntarios realistas.
-Pues se
ha dicho que nosotros tiraríamos —67→ del carro -dijo Romo con
énfasis, como si reclamara un derecho.
-Ahí
tiene usted un asunto sobre el cual no disputaría yo -insinuó Regato
blandamente-. Yo dejaría que tiraran los caballos.
-Ya se
decidirá, señores, ya se decidirá a gusto de todos -dijo Bragas con aires de
transacción-. Lo que me trae muy preocupado es que... verán ustedes... me he
propuesto presentar ese día doscientas o trescientas majas lujosamente
vestidas. ¡Oh! ¡qué bonito espectáculo! Costará mucho dinero ciertamente; pero
¡qué precioso efecto! Ya estoy escogiendo mi cuadrilla. Doscientas muchachas
bonitas no son un grano de anís. Pero yo las tomo donde las encuentro... ¿eh?
De los trajes se encarga el Ayuntamiento... Me han dado fondos. ¡Caracoles! es
una cuestión peliaguda... espero lucirme.
-Este
Pipaón es de la piel de Satanás... ¿De dónde van a sacar ese mujerío?
-Yo daría
la preferencia a los arcos de triunfo -dijo Romo-. Es mucho más serio.
-¿Arcos?...
Si ha de haber cuatro. Por cierto que el Sr. Chaperón nos ha hecho un flaco
servicio llevándose para la horca los grandes mástiles que sirven para armar
arcos de triunfo.
—68→
-Hombre,
por vida del Santísimo Sacramento -dijo Chaperón mostrando un sentimiento que
en otro pudiera haber sido bondad-, ya servirán para todo. Pues qué, ¿vamos a
ahorcar a media España?
-Entre
paréntesis, no sería malo... Conque ahora sí que me voy de veras.
Estrechó
Pipaón sucesivamente la mano de cada uno de sus tres amigos.
-Ya nos
veremos luego en las oficinas de la Comisión.
-Pues
qué, ¿hay algo nuevo?
-Hombre
no se puede desamparar a los amigos.
-¡Recomendaciones!
-vociferó el brigadier mostrando su fiereza-. Por vida del Santísimo, que eso
de las recomendaciones y las amistades me incomoda más que la evasión de un
prisionero. Así no hay justicia posible, señor Pipaón, así la justicia, los
castigos y las purificaciones no son más que una farsa.
El
terrible funcionario se cruzó de brazos, conservando fuertemente empuñado el
símbolo de su autoridad.
-Es claro
-añadió Romo por espíritu de adulación -, así no hay justicia posible.
-No hay
justicia posible -repitió Regato como un eco del cadalso.
—69→
-Amigo
Chaperón -dijo el astuto Bragas con afabilidad y desviando un poco del grupo al
Comisario para hablarle en secreto-, cuando hablo de amigos me refiero a
personas que no han hecho nada contra el régimen absoluto.
-Sí,
buenos pillos son sus amigos de usted.
-No es
más sino que al pobre D. Benigno Cordero le está molestando la policía de
Zaragoza y es posible que lo pase mal. Ya recordará usted que D. Benigno dio
cien onzas bien contadas porque se le comprendiera en el Decreto del 2 de
Octubre fechado en Jerez. Acogiéndose a la proscripción se libraba de la cárcel
y quizás de la horca... Pues en Zaragoza me le han puesto en un calabozo. Eso
no está bien...
-Bueno,
bueno -dijo Chaperón disgustado de aquel asunto-. También Romo me ha
recomendado a ese Cordero.
Romo no
dijo una palabra, ni abandonó aquella seriedad que era en él como su mismo
rostro.
-Por
última vez, señores, adiós -chilló Bragas-, ahora sí que me voy de veras.
-Abur.
Dirigiéronse
a la puerta de la cárcel por la calle del Salvador; pero les fue preciso
detenerse porque en aquel momento entraba una —70→ cuerda de presos.
Iban atados como criminales que recogiera en los caminos la antigua Hermandad
de Cuadrilleros, y por su traje, ademanes, y más aún por el modo de expresar su
pena, debían de pertenecer a distintas clases sociales. Los unos iban serenos y
con la frente erguida, los otros abatidos y llorosos. Eran veinte y dos entre
varones y hembras, a saber: tres patriotas de los antiguos clubs, dos ancianos
que habían desempeñado durante el régimen caído el cargo de vocales del Supremo
Tribunal de Justicia, un eclesiástico, dos toreros, cuatro cómicos, un chico de
siete años, descalzo y roto, tres militares, un indefinido, como no se
clasificara entre los pordioseros, una señora anciana que apenas podía andar,
dos de buena edad y noble continente, que pertenecían a clase acomodada, y dos
mujeres públicas.
Chaperón
echó sobre aquella infeliz gente una mirada que bien podía llamarse amorosa
pues era semejante a las del artista contemplando su obra, y cuando el último
preso (que era una de las damas de equívoca conducta) se perdió en el oscuro
zaguán de la prisión, rompió por entre la multitud curiosa y entró también con
sus amigos.
—71→
· Anterior
- V -
Lo más
cruel y repugnante que existe después de la pena de muerte es el ceremonial que
la precede y la lúgubre antesala del cadalso con sus cuarenta y ocho mortales
horas de capilla. Casi es más horrendo que la horca misma aquella larga espera
y agonía entre la vida y la muerte, durante la cual la víctima es expuesta a la
compasión pública como son expuestos a la pública curiosidad los animales
raros. La ley, que hasta entonces se ha mostrado severa, muéstrase ahora
ferozmente burlona, permitiendole la compañía de parientes y amigos y dándole
de comer a qué quieres boca. Algún condenado de clase humilde prueba en esos
dos días platos y delicadas confituras, cuyo sabor no conocía. Señores,
sacerdotes y altos personajes le dan la mano, le dirigen vulgares palabrillas
de consuelo, y todos se empeñan en hacerle creer que es el hombre más feliz de
la creación, que no debe envidiar a los que incurren en la tontería de seguir
viviendo, y que estar en capilla con el implacable verdugo a la
puerta —72→ es una delicia. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido
solicitar expresamente tanta felicidad, ni contar a Nerón, Luis XI, D. Pedro de
Castilla, Felipe II, Robespierre y Fernando VII entre los bienhechores de la
humanidad.
Desde el
5 de Noviembre a las diez de la mañana gustaba D. Rafael del Riego las dulzuras
de la capilla. Aquel hombre famoso, el más pequeño de los que aparecen
injeridos sin saber cómo en las filas de los grandes, mediano militar y pésimo
político, prueba viva de las locuras de la fama y usurpador de una celebridad
que habría cuadrado mejor a otros caracteres y nombres condenados hoy al
olvido, acabó su breve carrera sin decoro ni grandeza. Un noble martirio habría
dado a su figura el realce heroico que no pudo alcanzar en tres años de
impaciente agitación y bullanga; pero tan desgraciada era la libertad en
nuestro país, que ni al morir bajo las soeces uñas del absolutismo, pudo
alcanzar aquel hombre la dignidad y el prestigio de la idea que se avalora sucumbiendo.
Pereció como la pobre alimaña que expira chillando entre los dientes del gato.
La causa
del revolucionario más célebre de su tiempo fue un tejido de iniquidades y de
absurdos jurídicos. Lo que importaba era condenarle emborronando poco papel, y
así fue. —73→ Desde que le leyeron la sentencia el preso cayó en un
abatimiento lúgubre, hijo según algunos, de sus dolencias físicas. Creeríase
que confiaba hasta entonces en la clemencia de los llamados jueces o del Rey,
que es todo el caudal de inocencia que puede caber en espíritu de hombre
nacido. A diferencia de otros que en horas tan tremendas se atracan de los
ricos manjares con que engorda el verdugo a sus víctimas, no quiso comer o
comió muy poco. Ningún amigo pudo visitarle porque la visita hubiera sido
quizás el primer paso para compañía perpetua hasta la eternidad; pero le vieron
muchos individuos particulares de categoría, deseosos de hartar sus ojos con la
vista de aquel hombre que conmovió con su nombre a toda España; sacerdotes que
solícitamente se prestaban a encaminarle al cielo; hermanos de diversas
hermandades; personas varias, en fin, compungidas las unas, indiferentes otras,
curiosas las más: pero en tal número que no dejaban al preso un momento de
descanso.
Estaba
frío, caduco, con los ojos fijos en el suelo, amarillo como las velas que
ardían junto al Crucifijo del altar. A ratos suspiraba, parecía vagar en sus
labios la palabraperdón, acometíanle desmayos y hacía preguntas
triviales. Ni mostró apego a las ideas políticas que le —74→ habían
dado tanto nombre, ni dio alas a su espíritu con la unción religiosa, sino que
se abatía más y más a cada instante, apareciendo quieto sin estoicismo, humilde
su resignación. Chaperón y otros de igual talla gozaban viendo llorar como un
alumno castigado al general de la Libertad, al pastor que con la magia de su
nombre arrastraba tras sí rebaño de los pueblos. En el delirio de su triunfo no
habían ellos soñado con una caída semejante que les desembarazara no sólo de su
enemigo mayor, sino del prestigio de todos los demás.
La
retractación del héroe de las Cabezas fue una de las más ruidosas victorias del
bando absolutista. ¡Qué mayor triunfo que mostrar a los pueblos un papel en que
de su puño y letra había escrito el hombre diminuto estas palabras: «Asimismo
publico el sentimiento que me asiste por la parte que he tenido en el Sistema
llamado constitucional, en la revolución y en sus fatales consecuencias, por
todo lo cual pido perdón a Dios de mis crímenes...». Han quedado en el misterio
las circunstancias que acompañaron a este arrepentimiento escrito, y aunque el
carácter de Riego y su pusilanimidad en las tremendas horas justifican hasta
cierto punto aquella genuflexión de su espíritu, puede asegurarse que
no —75→ hubo completa espontaneidad en ella. El fraile que le
asistía, Chaperón y el escribano Huerta sabrían acerca de este suceso cosas
dignas de pasar a la posteridad, porque a ellos debieron los absolutistas el
envilecimiento del personaje más culminante, si no el más valioso de la segunda
época constitucional. Ahora, cuando ha pasado tanto tiempo y la losa del
sepulcro los guarda a todos, ahorcadores y ahorcados, no podemos menos de
deplorar que los que acompañaron en la capilla a D. Rafael del Riego en la
noche del 6 al 7 de Noviembre no hubieran hecho públicos después los argumentos
empleados para arrancar una abdicación tan humillante.
El 7 a
las diez de la mañana le condujeron al suplicio. De seguro no ha brillado en
toda nuestra historia un día más ignominioso. Es tal que ni aun parece digno de
ser conocido, y el narrador se siente inclinado a volver, sin leerla, esa
página sombría, y a correr tras de una ficción verosímil que embellezca la
descarnada verdad histórica. Una víctima sin nobleza, arrastrada al suplicio
por verdugos sin entrañas es el espectáculo más triste que pueden ofrecer las
miserias humanas; es el mal puro sin porción ninguna de bien, de ese bien moral
que aparece más o menos claro aun en —76→ los más horrendos excesos
del furor político y en los suplicios a que es sometida la inocencia. Una
víctima cobarde parece que enaltece al verdugo, y al hablar de cobardía no es
que echemos de menos la arrogancia fanfarrona con que algunos desgraciados han
querido dar realce teatral a su postrer instante, sino la dignidad personal que
unida a la resignación religiosa rodean al mártir jurídico de una brillante
aureola de simpatías y compasión. Ninguna de aquellas especies de valor tuvo en
su desastroso fin el general Riego, y creeríase al verle que víctima y jueces
se habían confabulado para cubrir de vilipendio el último día de la libertad y
hacer más negro y triste su crepúsculo. La grosería patibularia y el
refinamiento en las fórmulas de degradación empleadas por los unos, parece que
guardaban repugnante armonía con la abjuración del otro.
Sacáronle
de la cárcel por el callejón del Verdugo, y condujéronle por la calle de la
Concepción Jerónima, que era la carrera oficial. Como si montarle en borrico
hubiera sido signo de nobleza, llevábanle en un serón que arrastraba el mismo
animal. Los hermanos de la Paz y Caridad le sostuvieron durante todo el
tránsito para que con la sacudida no padeciese; pero él, cubierta la cabeza con
su gorrete negro, —77→ lloraba como un niño, sin dejar de besar a
cada instante la estampa que sostenía entre sus atadas manos.
Un gentío
alborotador cubría la carrera. La plaza era un amasijo de carne humana.
¿Participaremos de esta vil curiosidad, atendiendo prolijamente a los
accidentes todos de tan repugnante cuadro? De ninguna manera. ¡Un hombre que
sube a gatas la escalera del patíbulo, besando uno a uno todos los escalones,
un verdugo que le suspende y se arroja con él, dándole un bofetón después que
ha expirado, una ruin canalla que al verle en el aire grita: «Viva el Rey
absoluto»...! ¿acaso esto merece ser mencionado? ¿Qué interés ni qué enseñanza
ni qué ejemplo ofrecen estas muestras de la perversidad humana? Si toda la
historia fuese así, si no sirviera más que de afrenta, ¡cuán horrible sería!
Felizmente aun en aquellos días tan desfavorecidos, contiene páginas honrosas
aunque algo oscuras, y entre los miles de víctimas del absolutismo húbolas
nobilísimas y altamente merecedoras de cordial compasión. Si el historiador
acaso no las nombrase, peor para él; el novelador las nombrará, y
conceptuándose dichoso al llenar con ellas su lienzo, se atreve a asegurar que
la ficción verosímil ajustada a la realidad documentada,
puede —78→ ser en ciertos casos más histórica y seguramente es más
patriótica que la historia misma.
· Anterior
- VI -
El triste
día de la ejecución todo Madrid asistió a ella, lo mismo los absolutistas
rabiosos que los antiguos patriotas, a excepción de los que no podían salir a
la calle sin peligro de ser afeitados o arrojados en los pilones de las
fuentes, cuando no hechos trizas por el vulgo. Pero entre tanto gentío faltó un
hombre que durante el verano había vivido casi constantemente en la calle,
entreteniendo a los desocupados y dando que reír a los pícaros. Echábanle de
menos en las esquinas de la Puerta del Sol y en los diversos mentideros, por lo
cual le creían muerto. No era cierto. Sarmiento vivía, gozando además de una
regular salud.
La
primera noche que se quedó en casa de Solita durmió de un tirón once horas, y
habiendo despertado al medio día, llamó con fuertes voces para que le llevaran
chocolate. Dióselo la misma dueña de la casa con mucha amabilidad, y entre
sorbo y sorbo, el preceptor decía:
—79→
-Puedo
aceptar estos obsequios porque hoy mismo entraré por la senda a que me lleva mi
destino... Si fuera por mucho tiempo de ningún modo aceptaría... Mi carácter,
mi dignidad, los recuerdos de nuestro antagonismo no me lo permiten.
-¿Qué tal
está el chocolate? -le preguntó Sola con malignidad.
-Así,
así... mejor dicho, no está mal... quiero decir, muy bueno, excelente, o
hablando con completa franqueza, riquísimo.
-¿Hoy se
marcha usted?
-Ahora
mismo... Me presentaré a las autoridades -repuso Sarmiento dejando el cangilón
y arropándose de nuevo entre las sábanas-, y les diré: «Aquí tenéis, infames
sicarios, al que os ha hecho tanto daño; quitadme esta miserable vida; bebed mi
sangre, caníbales. Quiero compartir la inmortalidad del insigne Riego...».
-¿Todo
eso va a decir usted?... Pues un poco perezosillo está mi buen viejo para hacer
y decir tantas cosas.
-¡Yo
perezoso! -exclamó incorporando el anguloso busto y extendiendo los brazos-.
¡Venga al punto mi ropa!
Soledad
le mostró ropa blanca limpia y planchada.
—80→
-He
estado arriba -dijo.
-¿En mi
casa?
-Sí;
saqué la llave del bolsillo de usted, subí, revolví todo buscando ropa mejor
que la que usted tiene puesta... pero no encontré nada.
-¡Cómo
había de encontrar, alma de Dios, lo que no tengo! No se burle usted de mi
miseria... Pero entendámonos, ¿qué ropa es esta que me ofrece?
-Estaba
en la casa... son piezas desechadas, pero en buen uso.
-¡Ah!
ya... es ropa desechada del señor D. Salvador Monsalud... Pues mire usted, si
fuera obsequio de otra persona lo rehusaría; pero siendo de aquel noble
patriota lo acepto. Conste que no he pedido nada.
-De ropa
exterior podríamos arreglarle algunas piezas decentes -dijo Sola sonriendo-,
siempre que usted tarde algunos días en marchar a la inmortalidad.
-¡Tardar!
Basta de bromas... ¿Para qué quiero yo ropas bonitas? ¿Voy acaso a entrar en
algún salón de baile o en los Elíseos Campos, donde los justos se pasean
envueltos en mantos de nubes?... Fígurese usted la falta que me hará a mí la
buena ropa...
-Puede
que tarden en matarle a usted un —81→ mes o dos. Y si siguen estos
fríos no le vendrá mal una buena capa.
-Tanto
como venir mal precisamente no... ¿La tiene usted?
-La
buscaremos.
-No, no
es preciso... Voy a levantarme.
Soledad
se retiró y al poco rato apareció en la sala D. Patricio completamente vestido.
Sentose en el sofá, y contemplando a la joven con bondadosa mirada, dijo así:
-Desde el
tiempo de mi Refugio, no había dormido en una cama tan buena... ¡Ay! ¡ella era
tan hacendosa, tan casera! Nuestro domicilio estaba como un oro, y nuestro
lecho nupcial podía haber servido para que en él se revolcara un Rey... ¡Pobre
Refugio! Si me vieras en mi actual miseria... ¡Pobre Lucas, pobre hijo mío! Hoy
tu muerte es digna de envidia porque estás en la morada de los héroes y de los
elegidos; pero tu padre no tiene consuelo, ni puede vivir sin verte...
Derramó
algunas lágrimas y por largo rato estuvo silencioso y cabizbajo, dando muestras
de verdadero dolor. Soledad, ocupada en sus quehaceres, no se presentó a él
sino a la hora de la comida.
-Supongo
que no saldrá usted hasta después de comer -le dijo poniendo la mesa.
—82→
-Saldré
antes, ahora mismo, señora -dijo Sarmiento irguiéndose súbitamente como un asta
de bandera-. El peso de la vida me es insoportable. Una voz secreta me grita:
«Anda, corre...». Todo mi ser avanza en pos de la gloria que me está destinada.
-¡Cuánto
mejor irá usted después de comer!... ¿Es que desprecia usted mi mesa?
-¡Oh! no
señora, de ningún modo -replicó Sarmiento con cortesía-; pero conste que sólo
por acompañar a usted...
Comieron
tranquilamente, siendo de notar que el espiritual D. Patricio, creyendo sin
duda poco conveniente el aventurarse por los ideales senderos con el estómago
vacío, diose prisa a llenarlo de cuanto la mesa sustentaba.
-¡Qué
buena comida! -dijo permitiendo a su paladar aquel desliz de sensualismo-. ¡Qué
bien hecho todo, y con cuánto primor presentado! Solita, si usted se casa su
marido de usted será el más feliz de los hombres.
Al final
de la comida, los ojos de D. Patricio brillaron con resplandores de gozo,
viendo una taza llena de negro licor.
-¡También
café!... ¡Oh! ¡cuánto tiempo hace que no pruebo este delicioso líquido!... el
néctar de los dioses, el néctar de los héroes... Gracias, mil gracias por tan
delicada fineza.
—83→
-Yo sabía
que a usted le gusta mucho este brebaje.
-¡Gracias!...
¡y qué bueno es!... ¡qué aroma!
-Será el
último que beba usted, porque en la cárcel no dan estas golosinas.
-¿Y qué
importa? -repuso el anciano con solemne acento-. ¿Acaso somos de alfeñique?
Cuando un hombre se decide a escalar con gigantesco pie el último círculo del
cielo, ¿de qué vale el liviano placer de los sentidos?
Dijo, y
poniéndose el farolillo de fieltro que desempeñaba en su cabeza las funciones
propias de un sombrero, se dispuso a salir.
-Adiós,
señora -murmuró-, gracias por sus atenciones, que no esperaba en persona de
quien soy encarnizado enemigo... político. Su papá de usted y yo nos
aborrecimos y nos aborreceremos en la otra vida... Abur.
Salió
precipitadamente hacia la puerta, mas no pudiendo abrirla, volvió diciendo:
-La
llave, la llave...
Soledad
rompió a reír.
-¡Y creía
el muy tonto que iba a dejarle salir! -exclamó-. No faltaba más. Eso querrían
los chicos para divertirse. ¿Quiere usted quitarse ese sombrero, hombre de
Dios, y sentarse ahí y estarse tranquilo?
—84→
-Señora,
señora -dijo Sarmiento moviendo la cabeza y pateando ligeramente en muestra de
su decoroso enfado-, ábrame usted la puerta y déjeme en paz, que cada uno va a
su destino y el mío es... el que yo me sé.
-No abro.
-Señora,
señorita, que yo soy hombre de poca paciencia. Ábrame la puerta o reñimos de
veras.
-Que no
abro la puerta -repuso Sola, remedando el tonillo de cantinela de su digno
huésped.
-Basta de
bromas, basta, repito -vociferó Sarmiento tomando el aire y tono tragi-cómicos
que empleaba al reprender a los alumnos-. Yo soy un hombre formal... De mí no
se ríe nadie y menos una chiquilla loca... Ea, niña sin juicio, abra usted si
no quiere saber quién es Patricio Sarmiento.
-Un loco,
un majadero, un vagabundo de las calles, a quien es preciso recoger por caridad
y encerrar por fuerza, para que no se degrade en las calles como un pordiosero,
haciendo el saltimbanquis y muriéndose de miseria, ya que por el estado de su
cabeza no puede morirse de vergüenza.
Esto le
dijo la muchacha con tanta seriedad —85→ y entereza, que por breve
rato estuvo el patriota aturdido y confuso.
-Aquí hay
algo, aquí hay algún designio oculto que no puedo comprender -afirmó el
anciano-, pero que tiene por objeto, sí, tiene por objeto impedir una
resolución demasiado ruidosa y que quizás perjudicaría al absolutismo.
Otra vez
se echó a reír Sola de tan buena gana, que Sarmiento se enfureció más.
-Por vida
de la Chilindraina -gritó agitando sus brazos-, que si usted no me da la llave,
la tomaré yo donde quiera que se encuentre.
-Atrévase
usted -dijo Soledad con festiva afectación de valor, incorporándose en su
asiento-. Mujer y sin fuerzas no temo a un fantasmón como usted... Quieto ahí,
y cuidado con apurarme la paciencia.
-Señora,
no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca -gruñó Sarmiento con sarcasmo-.
¡Querer detener a un hombre como yo! No sabe usted las bromas que gasto. Repito
que aquí hay una conjuración infame... ¡Oh! si es usted hija del conspirador
más grande que han abortado los despóticos infiernos... ¡Ah, taimada
muchachuela! ahora me explico a qué venían los chocolatitos, la ropita blanca,
el buen cocido y mejor sopa... ¡Quite usted allá! —86→ ¿Cree usted
que con eso se ablanda este bronce? ¿Cree usted que así se abate esta montaña?
¿Soy yo de mantequillas? Aunque fuera preciso derribar a puñetazos estas
paredes y arrancar con los dientes esos cerrojos del despotismo, yo lo haría,
yo... porque he de ir a donde me llama mi hado feliz, y mi hado, fatum que
decían los antiguos, se ha de cumplir, y la víctima preciosa inscrita en el
eterno libro no puede faltar, ni la sangre redentora puede dejar de derramarse,
ni la libertad ha de quedarse sin la víctima que necesita. De modo que saldré,
pese a quien pese, aunque tenga que emplear la fuerza contra miserables
mujeres, lo que es impropio de la nobleza de mi carácter.
-¿Se
atreverá usted?
-Sí; deme
usted la llave de esa puerta nefanda -contestó Sarmiento con énfasis petulante
que no tenía nada de temible-, o se arrepentirá de su crimen... porque esto es
un crimen, sí señora... ¡La llave, la llave!
-Ahora lo
veremos.
Corriendo
afuera, prontamente volvió Sola con un palo de escoba, y enarbolándole frente a
D. Patricio, le hizo retroceder algunos pasos.
-Aquí
están mis llaves, pícaro, vagabundo. —87→ O renuncia usted a salir, o
le rompo la cabeza.
-Señora
-exclamó D. Patricio acorralado en un ángulo de la sala-, no abuse usted de mi
delicadeza... de mi dignidad, que me impide poner la férrea mano sobre una
hembra... ¡Esto es un ardid, pero qué ardid!... una trama verdaderamente
absolutista.
-Siéntese
usted -gritó Soledad conteniendo la risa y sin dejar el argumento de caña-.
Fuera el sombrero.
-Vaya, me
siento y me descubro -repuso Sarmiento con la sumisión del esclavo-. ¿Qué más?
-¿Se
compromete usted a no salir en quince días?
-Jamás,
jamás, jamás. Antes la muerte -murmuró cerrando los ojos-. Pegue usted.
-Esto es
una broma -dijo Soledad arrojando el palo, sentándose junto al anciano y
poniéndole la mano amorosamente sobre el hombro-. ¿Cómo había yo de castigar al
pobre viejecito demente y miserable que se pasa la vida por las calles
divirtiendo a los muchachos? Si no hay en el mundo ser alguno más digno de
lástima... ¡Pobre viejecillo! Me he propuesto hacer una buena obra de caridad y
lo he de conseguir. Yo he de traer a este infeliz a la razón.
¿Y —88→ cómo? Asistiéndole, cuidándole, dándole de comer cositas
buenas y sabrosas, arreglándole su ropa para que esté decente y no tenga frío,
proporcionándole todo lo necesario para que no carezca de nada y tenga una
vejez alegre y pacífica.
Estas
palabras debieron de hacer ligera impresión en el espíritu del viejo, porque
moviendo la cabeza, se dejó acariciar y no dijo nada.
-Jesucristo
nos manda hacer el bien a los pobres, cuidar a los enfermos y aliviar a los
menesterosos- añadió Sola acercando su gracioso rostro a la rugosa efigie del
vagabundo-. Y cuando esto se hace con enemigos, el mérito es mayor, mucho
mayor, y el placer de hacerlo también aumenta. Recordando que este pobre iluso
y fanático negó un vaso de agua a mi padre en un trance terrible, más me alegro
de hacerle beneficios, sí, porque además yo sé que este desgraciado vejete loco
no es malo en realidad, ni carece de buen corazón, sino que por causa del
condenado fanatismo hizo aquella y otras maldades... Por consiguiente, papá
Sarmiento, aquí estarás encerradito, comiendo bien y cenando mejor, libre de
chicos, de insultos, de atropellos, de hambre y desnudez; aquí vivirás
tranquilo, haciéndome —89→ compañía, porque yo soy sola como mi
nombre, y estaré sola por mucho tiempo, quizás toda la vida... ¿Quedamos en
eso? Ya ves que te tuteo en señal de parentesco y familiaridad.
-¡Ah!
mujer melosa y liviana -dijo Sarmiento haciendo un esfuerzo de energía,
semejante al de los anacoretas cuando se veían en grande y peligrosa
tentación-. ¡Quita allá! mi alma es demasiado fuerte para sucumbir a tus
pérfidos halagos.
-Esta
noche cenaremos -dijo Soledad hablando como cuando se les anuncia a los niños
lo que han de comer-. Oye tú lo que cenaremos: pollo, chuletas, uvas...
Iba
contando por los dedos cada cosa, y haciendo gran pausa en cada parada.
-Mañana
-añadió-, voy a ocupar a mi ancianito en cosas útiles. Me ha de trabajar para
que pueda tratarle bien. Yo necesito reformar mi letra, porque escribo patas de
mosca y no tengo ortografía. El viejecillo me dará lección todas las noches.
Por el día le emplearé en algo que le entretenga. Darele buenos libros... nada
de política... y cuando esté domesticado, le sacaré a paseo por las tardes.
A D.
Patricio se le humedecieron los ojos. Difícil es saber lo que pasaba en su
alma.
—90→
-¿Y mi
gloria, pero esa gloria que me está llamando? -dijo dando fuerte porrazo en el
brazo de la silla-. ¡Vaya un modo de hacer caridades, señora, quitándole a uno
la inmortalidad, el lauro de oro que se le tiene destinado!
D.
Patricio dijo esto con una seriedad que hacía llorar y reír al mismo tiempo.
-¿Qué
gloria? -repuso Soledad-. No conozco sino la que Dios da a los que se portan
bien y cumplen sus mandamientos.
-¿Pero y
esa víctima de quien necesita la libertad?
-La
libertad no necesita víctimas, sino hombres que la sepan entender... Conque
Sarmientillo, seremos amigos. De aquí no se sale, mientras esa cabeza no esté
buena.
Diole dos
cariñosas palmadas en ella la encantadora joven, mientras el insigne patriota
exhalaba de su noble pecho un suspiro de a libra, permítase la frase. ¿Era que
hacía el sacrificio de su ideal sublime? ¿Era que pedía a su espíritu fuerzas
para sobreponerse a seducción tan terrible? No es fácil saberlo. Los próximos
sucesos lo dirán.
-¡Ah!
señora -exclamó tomando la mano de Sola-, no sabe usted bien lo que hace. La
historia, quizás, pedirá a usted cuentas de su acción abominable, aunque
declaro que es inspirada —91→ por un noble impulso de caridad...
Engañosa Circe; no sabe usted bien qué clase de ímpetus sojuzga y contiene al
encerrarme; no sabe usted bien qué especie de monstruo encarcela ni qué
heroicas acciones se pierden con este hecho, ni qué días gloriosos serán
borrados de la serie del tiempo.
Dijo, y
un rato después dormía la siesta.
· Anterior
- VII -
En los
días sucesivos tuvo D. Patricio los mismos deseos de salir, si bien, a
excepción de una vez, no fueron tan ardientes; pero hubo gritos, amenazas,
volvió a funcionar el inocente palo y la carcelera a desplegar las armas de su
convincente piedad y de la graciosa prudencia que tan buenos efectos produjera
el primer día. Horas enteras pasaba el vagabundo patriota, corriendo de un
ángulo a otro de la sala, como enjaulada bestia, deteniéndose a veces para oír
los ruidos de la calle, que a él le sonaban siempre como discursos, proclamas o
himnos, y poniéndose a cada rato el sombrero para salir. Este acto de cubrirse
primero —92→ y descubrirse después al caer en la cuenta de su
encierro era gracioso, y excitaba la risa de su amable guardiana. En la comida
y cena mostrábase más manso, y se ponía con cierto orgullo las prendas de
vestir que Sola le había arreglado. Desde la cabeza a los pies cubríase con lo
perteneciente al antiguo dueño de la casa, de cuya adaptación no resultaba gran
elegancia, a causa de la diferencia de talle y estatura.
Por las
noches daba a Soledad lección de escritura, poniendo en ella tanto cuidado la
discípula como el maestro. Él particularmente mostraba una prolijidad desusada,
esmerándose en transmitir a su alumna sus altos principios caligráficos y la
primorosa maestría de ejecución que poseía y de que estaba tan orgulloso.
-Desde
que el mundo es mundo -decía observando los trazos hechos por Soledad sobre el
papel pautado-, no se han dado lecciones con tanto esmero. Hanse reunido, para
producir colosales efectos, la disposición innata de la discípula y la destreza
del maestro. Ahora bien, señora y carcelera mía, la justicia y el
agradecimiento piden que en pago de este beneficio me conceda usted la libertad
que es mi elemento, mi vida, mi atmósfera.
—93→
-Bueno
-respondió Sola-, cuando sepa escribir te abriré la puerta, viejecillo bobo.
En los
primeros días de Noviembre estuvo muy tranquilo, apenas dio señales de
persistir en su diabólica manía, y se le vio reír y aun modular entre dientes
alegres cancioncillas; pero el 7 del mismo mes llegaron a su encierro, no se
sabe cómo (sin duda por el aguador o la indiscreta criada) nuevas del suplicio
de Riego, y entonces la imaginación mal contenida de D. Patricio perdió los
estribos. Furioso y desatinado, corrió por toda la casa gritando:
-¡Esperad,
verdugos; que allá voy yo también! No será él solo... Esperad, hacedme un
puesto en esa horca gloriosa... ¡Maldito sea el que quiera arrancarme mis
legítimos laureles!
Soledad
tuvo miedo; mas sobreponiéndose a todo, logró contenerle con no poco trabajo y
riesgo, porque Sarmiento no cedía como antes a la virtud del palo, ni oía
razones, ni respetaba a la que había logrado merced a su paciencia y dulzura
tan gran dominio sobre él. Pero al fin triunfaron las buenas artes de la
celestial joven, y Sarmiento, acorralado en la sala, sin esperanzas de lograr
su intento, tuvo que contentarse con desahogar su espíritu poniéndose de
rodillas y diciendo con voz sonora:
—94→
-¡Oh! tú,
el héroe más grande que han visto los siglos, patriarca de la libertad,
contempla desde el cielo donde moras esta alma atribulada que no puede romper
las ligaduras que le impiden seguirte. Preso contra todo fuero y razón; víctima
de una intriga, me veo imposibilitado de compartir tu martirio y con tu
martirio tu galardón eterno. Y vosotros, asesinos, venid aquí por mí si
queréis. Gritaré hasta que mis voces lleguen hasta vuestros perversos oídos.
Soy Sarmiento, el digno compañero de Riego, el único digno de morir con él; soy
aquel Sarmiento, cuya tonante elocuencia os ha confundido tantas veces, el que
no os ha ametrallado con balas sino con razones, el que ha destruido todos
vuestros sofismas con la artillería resonante de su palabra. Aquí estoy, matad
la lengua de la libertad, así como habéis matado el brazo. Vuestra obra no está
completa mientras yo viva, porque mientras yo viva se oirá mi voz por todas
partes diciendo lo que sois... Venid por mí. La horca está manca: falta en ella
un cuerpo. No será efectivo el sacrificio sin mí. ¿No me conocéis, ciegos? Soy
Sarmiento, el famoso Sarmiento, el dueño de esa lengua de acero que tanto os ha
hecho rabiar... ¿No daríais algo por taparle la boca? Pues aquí le tenéis...
Venid pronto... El —95→ hombre terrible, la voz destructora de
tiranías callará para siempre.
Todo
aquel día estuvo insufrible en tal manera que otra persona de menos paciencia y
sufrimiento que Solita le habría puesto en la calle, dejándole que siguiera su
glorioso destino; pero se fue calmando y un sueño profundo durante la noche le
puso en regular estado de despejo. Habíale traído Soledad tabaco picado y
librillos de papel para que se entretuviese haciendo cigarrillos, y con esto y
con limpiar la jaula de un jilguero pasaba parte de la mañana. Sentándose
después junto a la huérfana mientras esta cosía, hablaban largo rato y
agradablemente de cosas diversas. Uno y otro contaban cosas pasadas: Sarmiento
sus bodas, la muerte de Refugio y la niñez de Lucas; Sola su desgraciado viaje
al reino de Valencia.
Continuaban
las lecciones de escritura por las noches, y después leía el anciano un libro
de comedias antiguas que Sola trajo de la casa de Cordero. Cuidaba muy bien de
que en la vivienda no entrase papel ninguno de política, y siempre que el
anciano pedía noticias de los sucesos públicos se le contestaba con una
amonestación acompañada a veces de tal cual suave pasagonzalo. Poco a poco iba
acomodándose el buen viejo a tal género de vida, y sus accesos
de —96→ tristeza o de rabia eran menos frecuentes cada día. Su
carácter se suavizaba por grados, desapareciendo de él lentamente las asperezas
ocasionadas por un fanatismo brutal y la irritación y acritud que en él
produjera la gran enfermedad de la vida, que es la miseria. A las ocupaciones
no muy trabajosas de hacer cigarrillos y cuidar el pájaro, añadió Soledad otras
que entretenían más al anciano. Como no carecía de habilidad de manos y había
herramientas en la casa, todos los muebles que tenían desperfectos y todas las
sillas que claudicaban recibieron compostura. En la cocina se pusieron vasares
nuevos de tablas, y después nunca faltaba una percha que asegurar, una cortina
que suspender, una lámpara que colgar, una lámina que mudar de sitio o una
madeja de algodón que devanar.
Llegó el
invierno, y la sala se abrigaba todas las noches con hermoso brasero de cisco
bien pasado, en cuya tarima ponían los pies el vagabundo, inclinándose sobre el
rescoldo sin soltar de la mano la badila. Era notable Don Patricio en el arte
de arreglar el brasero, y se preciaba de ello. Su conocimiento de la
temperatura teníale muy orgulloso, y cuando el brasero empezaba a desempeñar
sus funciones, el patriota extendía la mano como para palpar
el —97→ aire y decía: «Ya principia a tomar calor la habitación... Va
aumentando... Un poquito más y tendremos bastante. Yo no necesito más
termómetro que la yema del dedo meñique».
Más de
una vez dijo, repitiendo una idea antigua:
-Desde el
tiempo de mi Refugio no había visto yo un brasero tan bueno.
Por la
mañana levantábase muy temprano y barría toda la casa, cantorriando entre
dientes. No habían pasado tres meses desde el primer día de su encierro, cuando
parecía haber adquirido conformidad casi perfecta con su pacífica existencia.
Sus ratos de mal humor eran muy escasos, y por lo general las turbonadas
cerebrales estallaban mientras Solita estaba fuera, disipándose desde que
volvía. Para el espíritu del pobre anciano la huérfana era como un sol que lo
vivificaba. Verla y sentir efectos semejantes a los de la aparición de una luz
en sitio antes oscuro, era para él una misma cosa.
-Parece
que no -decía para sí-, y le estoy tomando cariño a esa muchachuela... Quién lo
había de decir, siendo como éramos enemigos irreconciliables... ¡Ah! Patricio,
Patricio, si ahora te abrieran la puerta de la casa y te echaran fuera,
¿abandonarías sin pena a esta —98→ pobre huérfana que te mira como
miraría la hija más cariñosa al padre más desgraciado?
Un día,
allá por Febrero o Marzo del 24, Sarmiento observó que Sola estaba más triste
que de ordinario. Atribuyolo a no haber recibido las cartas que una vez al mes
causábanla tanta alegría. El siguiente día lo pasó la huérfana llorando de la
mañana la noche, lo que afligió extremadamente al patriota. Por más que agotó
Sarmiento todo el repertorio, no muy grande por cierto, de sus trasnochados
chistes, no pudo sacarla de aquel estado, ni menos obligarla a revelar la causa
de su tristeza. Durante la cena, que casi fue de pura fórmula, Sarmiento dijo:
-Pues si
usted no se pone contenta, yo me volveré patriota como antes, ea... Así
estaremos los dos iguales... Me marcharé, sí señora, estoy decidido a
marcharme... y lo siento, porque le he tomado a usted mucho cariño, tanto
cariño que...
Se echó a
llorar y tuvo que correr a ocultar sus lágrimas en la alcoba inmediata.
Tres días
después Sola salió muy de mañana, y volvió asaz contenta, disipada la aflicción
y con frescos colores en la cara, que eran como la irradiación de su alegría,
demasiado grande para contenerse en los límites del
alma. —99→ Tampoco entonces pudo el preceptor saber la causa de tan
rápido cambio; pero contentose con ver los efectos, y se puso a bailar en medio
de la sala, diciendo:
-¡Viva mi
señora D.ª Solita, que ya está contenta, y yo también! No más lágrimas, no más
suspiros. Señora, si usted me lo permite me voy a tomar la libertad de darle un
abrazo.
Soledad
aceptó con júbilo la idea, y el anciano la estrechó en sus brazos con fuerza.
-¿Sabe
usted -dijo limpiándose una lágrima-, que hoy se quedó la llave en casa, y que
habría podido escaparme si hubiera querido?
-¿Y por
qué no saliste, viejecillo bobo?
-Porque
no me ha dado la gana, vamos a ver... porque estoy aquí muy re-que-te-bien.
-¡Cosa
más rara! -observó Soledad jovialmente-. Ya no quieres salir...
-No
señora, no. Vea usted lo que son los gustos. Ya no quiero salir, y no saldré
sino cuando usted me arroje. Así de bóbilis bóbilis me he ido
acostumbrando a esta vida tonta, y... No es que yo renuncie al cumplimiento de
mi destino; pero ya vendrá la ocasión, ¿no es verdad, niña mía? Hay más días
que longanizas, y tiempo hay, tiempo hay.
D.
Patricio hacía con su mano derecha movimientos semejantes al fluctuar de las
olas, —100→ queriendo expresar de este modo el lento rodar del
tiempo.
-Ahora,
hija mía... no se me enfade usted si le doy este nombre, que me sale del
corazón... sí señor, porque usted se ha portado conmigo como una hija, y es
justo que yo sea un buen padre para usted... Pues decía, hija querida, que si
usted no lo tiene a mal... me estorba en la boca el tratamiento de usted... si
no te llamo de tú, reviento... Pues decía, hija de mi alma, que ya
es hora de que me des de comer.
Un
momento después comían los dos alegremente, departiendo sobre cosas
placenteras, que no hay cosa que tan bien acompañe a un buen apetito como la
conversación amistosa y grata. Por la tarde, Soledad preparaba a su viejo una
bonita sorpresa.
-Como te
vas portando bien -dijo-, y vas curándote de esas ideas ridículas, voy a darte
una golosina.
-¿Qué,
hija de mi alma? -preguntó D. Patricio con la curiosidad de los niños, cuando
se les anuncia algún regalo.
-Una
golosina... ya la verás.
-¿Pero
qué es? Estoy rabiando. ¿Café? Si lo tomo todos los días... ¿Un periódico?
-Ahora no
hay periódicos.
—101→
-¡No hay
periódicos!... ¡Oh! vil absolutismo. ¿Conque no hay prensa periódica?
Con un
simple gesto apagó Soledad aquel chispazo de la hoguera que parecía sofocada.
-¿Pues
cuál es la golosina? Dímelo, angelito de mi corazón.
-La
golosina es un paseo... Esta tarde te llevaré a dar un paseíto. Está hermosa la
tarde.
-Bien,
bravísimo, archi-bravísimo -exclamó el vagabundo arrojando su sombrero al
aire-. Estrenaré esa magnífica capa que me has arreglado. Vamos pronto... Mira,
hija, que puede llover...
-Si no
hay nubes...
-Puede
ocurrir cualquier cosa.
-Nada
puede ocurrir. Aguardaremos.
¡Qué
hermoso día! Haces bien en sacarme a pasear. Mira que tengo ganitas de saber lo
que es el aire libre.
Salieron
a las calles y de las calles al campo con vivo contento del patriota que
experimentó grandísimo gozo por tal expansión, y luego se volvieron a casa
haciendo planes para nuevos paseos en los días sucesivos. Así corría mansamente
la vejez del buen maestro, que se asombraba de encontrarse feliz sin saberlo,
es decir, que miraba aquel maravilloso cambio de sus sentimientos y de sus
gustos sin acertar a —102→ darse cuenta de él, como observa el vulgo
los grandes fenómenos de la Naturaleza sin explicárselos. Él pensaba a ratos en
estas cosas, tratando de examinar de cerca la metamorfosis de su alma, y decía:
-Es que
yo soy todo corazón... Esta joven me ha recogido, me ha dado de comer y de
vestir, me trata como a un padre. ¿Cómo no adorarla? Patricio no es, no puede
ser ingrato, y su corazón está dispuesto a encenderse, a arder, a derretirse
con los sentimientos más vivos, así como los más delicados... No es que en mí
se hayan enfriado los sublimes afectos de la patria, no, de ningún modo...
(Ponía mucho empeño en convencerse a sí mismo de esta verdad). Soy lo mismo que
era, el mismo gran patriota, y persisto en mi noble idea de sacrificarme por la
libertad, ofreciendo mi sangre preciosísima... Esto no puede faltar, porque
está escrito en el sacrosanto libro del destino... Es que Dios no quiere que
sea tan pronto como yo esperaba. Vendrá el sacrificio, el cruento martirio, los
lauros, la inmortalidad; pero vendrán en oportuna sazón y cuando suene la hora.
A cada sublime momento de la historia le suena su hora, y entonces no hay más
que decir... He aquí que Dios me depara un medio de corresponder a las bondades
de —103→ ese mi ángel tutelar. (Al decir esto se frotaba las manos en
señal de gozo). Es evidente que yo no tengo ningún bien mundano que dejarle,
pues carezco de fincas y de dinero, como no sea el que ella misma me da.
¿Quiere decir esto que no pueda legarle algo? No... le dejaré un tesoro que
vale más que todas las fincas y caudales, un tesoro que es para beneficio del
espíritu, no del cuerpo; le dejo, pues, mi gloria, y así cuando la vean, dirán:
«Esa es la compañera del gran Sarmiento, esa es su hija adoptiva, la que le
socorrió en sus últimos días. ¡Loor eterno a la muchacha!».
Como se
ve, el patriota no estaba curado, pero su enfermedad ofrecía menos peligro, por
haber entrado en un período que podremos llamar médicamente de revulsión. El
cariño que Sarmiento había tomado a su favorecedora era síntoma muy favorable,
y bien podía verse en aquello más que la extirpación del fanatismo, una nueva
dirección de él. No mentía el infeliz al decir que era todo corazón. Capaz era
este de los sentimientos más delicados, así como de los más ardientes; bastaba
que las misteriosas corrientes de la vida consumasen su obra, llevando, como
las del cielo, la tempestad a otra región y zona distinta; pero el pensamiento
no podía obedecer —104→ a este cambio, porque había en la máquina del
cerebro Sarmentil una clavija rota que no podía y quizás no debía componerse
nunca.
También
Sola había tomado mucho cariño al desvalido anciano. Le recogió por caridad;
propúsose realizar sin ayuda de nadie uno de esos admirables actos de la
voluntad, tanto más meritorios cuanto son más oscuros, y sofocando
resentimientos antiguos, indignos de la grandeza de su alma, consumó
valerosamente su obra bendita, digna de figurar en el Flos Sanctorum.
Con el tiempo encendiose en su pecho un vivo afecto hacia el mendigo
abandonado, y esto, unido a los dulces placeres que trae consigo el amar, fue el
más digno premio de su noble acción. Llegó a acostumbrarse de tal modo a la
compañía del patriota vagabundo, que la habría echado muy de menos si en
cualquiera ocasión le faltara.
Un día
Sarmiento le dijo:
-Querida
Sola, hoy voy a pedirte un favor que creo no me has de negar... Es un
caprichillo de anciano mimoso, un antojillo de abuelo... Si me lo niegas por
cualquier pretexto, no me enfadaré, pero me pondré muy triste.
-¿Qué es?
-Que me
permitas darte un beso, hija mía. Hace muchos días que estoy bregando con
esta —105→ idea en la imaginación. Ya no puedo esperar más.
Soledad
corrió hacia él, y D. Patricio la tuvo largo rato sobre las rodillas
prodigándole tiernas caricias.
-Por vida
de la grandísima Chilindraina, niña de mi corazón -exclamó hecho un mar de
lágrimas-, si ahora me separan de ti, juro que me moriría de pena. ¡Bendita
seas tú mil veces!... Bendita seas, angelito mío, angelito mío, consuelo de mi
vejez y heredera de mi gloria... ¡Toda, toda ella será para ti!
· Anterior
- VIII -
Parece
que es urgente decir algo de la singular vida de esta solitaria joven, e
inquirir su conducta para deducir de su conducta sus proyectos. Sin duda aquel
espíritu valeroso, contrariado por lo que hemos convenido en llamar suerte, no
llevaba una existencia pasiva, entregándose a la arbitraria fluctuación de los
acontecimientos, sino que vivía en actividad grande, aunque escondida,
trabajando en obra misteriosa o luchando con obstáculos
tan —106→ oscuros como sus esfuerzos. Para afirmar esto nos fundamos
en conjeturas y en el conocimiento que de su carácter tenemos; mas nada
positivo afirmamos aún.
Nos
consta, sí, que recibía cartas de cuyo contenido no enteraba a nadie; que a
veces pasaba largas horas fuera de su casa; que escribía a altas horas de la
noche algún pliego y lo rompía después para volverlo a escribir, repitiendo
este trabajo cuatro o cinco veces, hasta quedar medianamente satisfecha; que su
semblante expresaba con fidelidad pasmosa cambios muy bruscos en su espíritu,
presentándola ya sombríamente melancólica, ya festiva y dichosa; que no cesaba
un punto en su actividad, y cuando los asuntos de la casa le daban reposo,
discurría sobre mil temas concernientes a la faena del día venidero.
No le
conocemos otras relaciones de amistad que las que tenía con la familia de
Cordero, la cual, a consecuencia de las calamidades de la época, había ido a
vivir en la misma casa, descendiendo algunos grados en la escala social.
Ya es
conocido de nuestros lectores el gran D. Benigno Cordero2 comerciante
de la subida a Santa Cruz, hombre que se preciaba —107→ de ocupar
dignamente su lugar en todas las ocasiones, y que sabía ser bondadoso padre de
familia, honrado tendero, puntual amigo y también héroe glorioso, según lo que
exigían las circunstancias. Siendo tímido por naturaleza, mandole un día su
deber que fuese héroe y lo fue. Desgraciadamente no hay ninguna calle, ni
monumento, ni lápida, ni escultura, que recuerden a la posteridad su nombre,
símbolo de la inocencia; pero los veteranos del 7 de Julio saben que hubo en
Boteros un Leónidas de nariz picuda y roja como guindilla, de gafas de oro y
cuerpo más propio para sobresalir de la tabla de un mostrador que para erguirse
sobre el pedestal de gloria a quien llaman campo de batalla.
La
espantosa reacción absolutista, como furibunda riada que todo lo arrastra,
arrastró también al digno patricio, que en su tienda de encajes había adquirido
la idea de que los pueblos no se han hecho para los Reyes. Esta idea se pagaba
entonces con la cabeza, con la ruina o con el destierro. Muchos perdieron la
primera; infinito número buscó refugio en el suelo extranjero. No era en verdad
de los más delincuentes el buen D. Benigno, porque no había ejercido cargo
público del Estado durante los tres llamados años. Su
crimen —108→ había sido pertenecer a la Milicia y vestir su honroso
uniforme sin tacha, con la circunstancia agravante de haber cargado charreteras
como representante de las más altas jerarquías. Su sobrino D. Primitivo
Cordero, que se había significado altamente como correveidile político (el
grado inmediatamente inferior al de personaje), fue condenado a muerte, y tuvo
que huir al extranjero disfrazado de pastor, abandonando su comercio de hierro
a la autoridad que lo embargara; mas con D. Benigno fueron más humanos,
condenándole tan sólo a hacer una visita a Melilla o a otra de las cortes del
África, en lo que recibió más disgusto que si le destinaran a la horca.
Él, no
obstante, diose su maña, y con ella, un poco de paciencia y un puñado de onzas
de oro (que entonces corrían de lo lindo para estos arreglos), logró de la
generosidad absolutista que se le comprendiera en el Decreto de proscripción de
Jerez, el cual mandaba que todos los que se habían significado durante el
malhadado imperio del Régimen famoso, sin llegar al grado de culpabilidad
necesario para incurrir en otras penas mayores, no pudiesen hallarse a cinco
leguas en contorno de los puntos que recorría el Rey en su viaje, cerrándoseles
además la Corte y Sitios Reales dentro —109→ del radio de quince
leguas. Cien mil individuos fueron por este ridículo Decreto privados de la
contemplación de la Corte y Sitios Reales.
Abandonando
su tienda y su familia partió Cordero a Zaragoza, donde fue molestado y
reducido a prisión por la feroz policía de aquella ciudad, viéndose precisado a
buscar en su bolsa nuevos argumentos contra la famélica justicia de aquel
bendito tiempo. Entretanto la familia vivía en Madrid en la mayor aflicción,
esperando todos los días nuevas tristes de Zaragoza, atendiendo al comercio de
encajes con el mayor celo y economizando todo lo posible para ver de reparar
los estragos hechos por la política en el erario Corderil. Esta última razón
fue la que les impulsó a mudar de domicilio, pues una habitación arreglada
cuadraba admirablemente a su presupuesto más estirado ya que cuerda de
ballesta. Desde Noviembre se instalaron en el principal de la casa que ya
conocemos en la calle de la Emancipación Social según D. Patricio, y de
Coloreros según el Municipio. La tienda continuaba en el mismo sitio, a mano
derecha, como vamos a la plazuela de Santa Cruz y a la cárcel de Villa.
Componían
tan hidalga familia la señora de Cordero y tres hijos, hembra la mayor y ya
mujer, varones y pequeñuelos los otros dos. —110→ Acontecía en aquel
matrimonio un contraste que no deja de ser frecuente en este extravagantísimo
mundo, a saber, que si el esposo era diminuto y ligero, la esposa era
corpulenta y pesada. D.ª Robustiana podía coger a su marido debajo del brazo
como un falderillo y aun jugar con él a la pelota si hubiera tenido tal antojo.
Era avilesa y natural de Arenas de San Pedro, de una familia nombrada Toros de
Guisando, sin duda porque en la antigüedad adquirió fama de dar hombres y
mujeres de gran corpulencia. Alta estatura, blancas y apretadas carnes,
admirables contornos y blanduras que estirando la tela pugnaban por mostrarse,
arrogante cabeza con ojos negros y cejas de terciopelo, manos gruesas,
semblante más correcto que agraciado, con cierto ceño no muy simpático y algo
de mohín avinagrado, boca demasiado pequeña con blancos dientes, carrillos con
demasiada carne, nariz castellana, escasísima agilidad en los movimientos y
mucha fuerza en los puños componían la persona de D.ª Robustiana Toros de
Guisando de Cordero.
De la
incongrua pareja que formaba esta mujer con el benemérito hombrecillo del arco
de Boteros (pareja admirablemente acordada en el orden moral) había nacido el
día mismo de la batalla de Trafalgar (21 de Octubre de
1805) —111→ Elena Cordero, en cuya persona se verificó una preciosa
amalgama del ser físico del padre y del de la madre. No salió a ella ni a él,
sino a los dos, realizando en sí uno de esos maravillosos términos medios que
sólo resultan bien en los divinos talleres de la Naturaleza. No era Elena
grande ni chica, ni gorda ni flaca, sino admirablemente proporcionada en talle,
color y estatura. Su cabeza era de las más hermosas que pueden imaginarse, de
tal modo que viéndola se comprendía que el valor sereno de don Benigno no era
el único parentesco de aquella familia con la raza helénica. Su cara era la más
bella que se ha visto durante muchos años en toda la zona del comercio
matritense desde Majaderitos a la calle de Milaneses.
Quizás
faltaba a su rostro aquella movilidad de la fisonomía española, que es como el
temblor de la luz jugando sobre la superficie del agua agitada; quizás le
faltaba esa facultad de hablar en silencio, lenguaje admirable del cual son
signos las pestañas, el iris negro que alumbra como una luz, la sombra de la
cara, el modo de mover el cuello, la olvidada guedeja sobre la sien, el
rumorcillo del pendiente que se mueve ensartado en la oreja. Quizás Elena era
demasiado selecta y tenía demasiada corrección en su persona; mas no por
esto —112→ dejaba de ser acabado tipo de hermosura. Verdad es que
miraba y reía, se peinaba y se adornaba de una manera harto metódica; mas es
posible que su corta edad y su educación circunspecta la tuvieran en tal estado.
Sus apasionados alegaban para defenderla que era más bella su timidez inocente
y aquella perfección muñequil tan esmerada en sus limpios perfiles que la
desenvoltura y graciosa viveza de otras. Algunos la ponían resueltamente en el
orden de los juguetes finos; otros, en el de las imágenes de iglesia. Pero, no
obstante tal diversidad de opiniones, era generalmente admirada, contribuyendo
además la fama de su virtud a aumentar la aureola de respeto y consideración
que circundaba como nimbo luminoso a toda la familia de Cordero.
De los
dos varones poco puede decirse; eran pequeñuelos, traviesos y muy devotos
hermanos de la hermandad del Novillo. En aquel tiempo las familias discurrían
el modo de congraciarse con el bando dominante, y uno de los sistemas más
eficaces durante el trienio había sido vestir a los niños de milicianos
nacionales. Cambiadas radicalmente las cosas, D.ª Robustiana, que quería estar
en paz con la situación, siguió la general moda vistiendo a los borregos de
frailes. Los domingos Primitivo y —113→ Segundito salían a la calle
hechos unos padres priores que daban gozo.
La
familia, que antes de la catástrofe de la Constitución era feliz y vivía
tranquila en su paz laboriosa, había caído en gran desaliento y tristeza desde
la proscripción del padre. Temían nuevas desgracias, y como no veían en torno
de sí más que cuadros de luto, ignominia, venganzas horribles, asesinatos
jurídicos, delaciones infames, horcas y traición, no respiraban. Resuelta D.ª
Robustiana a no ser en manera alguna sospechosa a los ojos de la reacción, se
esmeraba en variar los vestidos domingueros de los niños, dándoles la forma y
color de todas las órdenes religiosas imaginables.
Compartían
el tiempo hija y madre entre la tienda y la casa. En la primera tenían un
mancebo jovenzuelo que era muy despierto y les prestaba no poca ayuda. En la
casa vivían recogidamente, sin cultivar amistades que podrían resultar
peligrosas; huyendo de tratar mucha y diversa gente; consagrando bastantes
horas a rezar por la vuelta del padre, y a imaginar medios pacíficos y legales
para hacer su situación menos aflictiva. La amistad más íntima y cariñosa que
cultivaban era la de Sola, que bajaba todos los días un par de horas
lo —114→ menos, cuando no subía Elena a hacerle compañía y ayudarla
en sus quehaceres. La amistad de la huérfana databa de 1822 en vida de su
padre, que era paisano de Cordero; pero se había aumentado y encendido más el
afecto con la común desgracia. Elena había sentido desde luego por ella una de
esas vivas inclinaciones de la primera juventud, que establecen lazos duraderos
para toda la vida, y a la cual daban aliciente la belleza moral de Sola y aquel
peculiar atractivo indefinible que sometía los corazones. La de Cordero
reconocía en ella una gran superioridad espiritual, que le infundía respeto no
inferior a su cariño, y subyugada por el misterioso e invencible despotismo que
ejerce a la callada la aristocracia moral, se sometía a los pensamientos y al
sentir de Sola, con la docilidad de la niñez ante la edad madura. Siendo Sola
poco menos joven que ella, se le representaba, por la seriedad de sus consejos
y su precoz experiencia, como de edad mucho más alta. Hermana mayor antes que
amiga, la huérfana fue erigida en confesor, en consejero, y en depositaria de
los secretos del corazón de Elenita, porque el corazón de la muñeca tan
perfilada, metódica y acabadita tenía secretos.
Otra
principal amistad de los Corderos era —115→ con la familia de los
Romos, y particularmente con Francisco Romo, jefe a la sazón del comercio
conocido con este nombre en la plazuela de Herradores. Las excelentes
relaciones mercantiles entre ambos tenderos fueron parte a anudar las de la
amistad, y durante la emigración de D. Benigno, Romo colmó de atenciones y
finezas a la familia, sirviéndoles al mismo tiempo de amparo contra la
reacción, por ser voluntario realista de los más significados. D.ª Robustiana
fiaba mucho en la amistad de aquel joven de tanto poder entre las turbas
realistas, y por nada del mundo la diera en cambio de la de un príncipe. Creía
tener en él fortísimo escudo contra las brutalidades de la época y fiaba en que
por mediación suya sería restituido prontamente Cordero a la dulzura de su
hogar.
-Hay que
tener un poquito de paciencia -les decía Romo -. Se hace todo lo que se puede
para que el Sr. D. Benigno vuelva a su casa; pero no se podrá mucho, hasta que
los liberales no estén sometidos. Figúrese usted, señora D.ª Robustiana, que el
Gobierno abre un poco la mano y empieza a perdonar, a perdonar... pues ya tiene
usted la revolución encima. No lo digo por el Sr. D. Benigno, que es un hombre
de bien, sino por esos pillos que están acechando —116→ nuestra
debilidad para soltar las riendas de su desvergüenza... No se aflijan ustedes;
que vamos a dar una amnistía, una amnistía amplia, general, con excepción de
todos los pillos se entiende, y entonces o no soy quien soy, o D. Benigno será
comprendido en ella.
Con estas
promesas se consolaba la familia; pero pasaban los meses y la deseada amnistía
no era más que una esperanza. En su lugar veíanse nuevas proscripciones,
encarcelamientos, la horca siempre en pie, la venganza más cruel gobernando a
la Nación, y la vida de los españoles pendiente del capricho de un salvaje
frailón o de fieros polizontes. Las delaciones, como puñaladas recibidas en la
oscuridad, traían en gran consternación a la Corte. Desaparecían los ciudadanos
sin que fuera posible saber en qué calabozo habían caído. Las cárceles tragaban
gente como las tumbas en una epidemia. Nadie, libre hoy, podía estar seguro de
conservar la libertad mañana, porque la virtud más pura no podía estar segura
del golpe secreto, como no puede estarlo del miasma invisible.
Al fin,
allá en Mayo del 24, vino la amnistía. Por ella se concedía indulto y
perdón general; mas eran tantas las excepciones, que antes que amnistía
parecía el Decreto de una sangrienta —117→ burla. Se perdonaba a todo
el mundo y se exceptuaba después a todo el mundo. La familia de Cordero, viendo
que pasaban meses sin que el proscrito volviese, examinaba detenidamente los 15
artículos de las excepciones, por ver si D. Benigno podía ser comprendido en
alguno de ellos; pero Romo tranquilizaba a las dos señoras, diciéndoles:
-Eso
corre de mi cuenta. D. Benigno vendrá; en caso que la Superintendencia de
policía tenga algún escrúpulo, le purificaremos y... Santas Pascuas.
En
efecto, una mañana del mes de Agosto hallábase D.ª Robustiana en el mostrador
midiendo algunas varas de puntilla, cuando vio que oscurecía la luz de la
puerta un objeto, un bulto, un cuerpo, un hombre, ¡D. Benigno!... Cayósele de
las manos la vara de medir, y dando un grito, extendió los macizos brazos por
encima del mostrador. Cordero, a quien la emoción tenía mudo y aturdido, no
acertaba a abrazar a su esposa convenientemente, hallándose por medio, como
guión entre dos letras, la dura tabla del mostrador, y le dio una cabezada en
el pecho. Entonces D.ª Robustiana cogiole con sus robustas manazas, tiró de él
suspendiéndole, y D. Benigno quedó de rodillas sobre el mostrador. Su amante
esposa le oprimía contra —118→ su delantera y así estuvieron largo
rato entre babas y sollozos, hasta que vencida por su sensibilidad que era más
fuerte que ella, cayó redonda al suelo la esposa, como un colchón que recobra
su posición natural. El mancebo corrió en busca de un sangrador.
-Esto no
es nada -dijo D. Benigno corriendo a desabrochar el corsé de su esposa, que no
era tarea de un momento-. Robustiana... Robustiana... ¿Y qué tal? ¿Están buenos
los niños? ¿Y Elena?... ¿En dónde están mis hijos?
El héroe
de Boteros se bebía las lágrimas. No tardó la señora en volver de su soponcio,
y abrazándose nuevamente ambos, derramaron más lágrimas. D. Benigno dijo entre
pucheros:
-No más
política, no más tonterías. La lección ha sido buena. Viva mi familia, que es
lo único que me interesa en el mundo.
Los
amigos de las tiendas cercanas acudieron a felicitarle; el mancebo corrió a
traer a los chicos que ya habían ido a la escuela, y él, no pudiendo refrenar
su impaciente anhelo de ver a Elena, corrió a la calle de Coloreros. Por el
camino topaba a cada instante con amigos que le daban la bienvenida, y como
casi todos se empeñaban en manifestarle su gozo con apretones de manos, abrazos
y otras muestras de sensibilidad, al feliz padre le consumía —119→ el
desasosiego, y procurando desasirse de las amistosas manos, exclamaba:
-Yo
bueno... estoy bien... Hasta luego, señores... Voy a ver a mi hija querida.
Y
penetrando en el portal, decía:
-Estará
sola la pobrecita... ¡qué alegría tendrá cuando me vea!... ¡Pobre ángel de mi
vida!
Subió
temblando y al acercarse a la puerta, y cuando alargaba la mano para tomar el
verde cordón de la campanilla, sintió una voz de hombre que sonaba dentro de la
casa. Era una voz agria, bronca, y pronunciaba atropelladamente palabras que no
podían entenderse bien desde la escalera. Luego oyó D. Benigno la voz de su
hija, expresándose con agitación. Al buen ciudadano matritense se le heló la
sangre en las venas, a pesar de no haber formado aún idea concreta de lo que
oía, y llamó fuertemente con la campanilla y con los puños, gritando:
-Elena,
hija mía, soy yo... ¡tu padre!
· Anterior
- IX -
Aquella
mañana, cuando D. Benigno estaba aún a dos leguas de la Corte, Sola
entraba —120→ en su casa después de una breve excursión por las
tiendas.
-Querida
niña -le dijo D. Patricio suspendiendo el barrido y apoyándose en el palo de la
escoba-, Elenita Cordero ha venido a buscarte para que la acompañes un poco.
Hoy está sola todo el día.
-¿Y no ha
venido nadie más?
-Sí, ha
venido también el caballero que estuvo ayer -repuso Sarmiento poniendo ceño de
disgusto-. Puede que él crea que yo no le conozco, a pesar de las barbas de
capuchino que gasta... Si me parece que le estoy viendo en la sala de armas del
castillo... Pero más vale callar... ¡Ah! se me olvidaba decirte que ha dejado
un paquete para ti.
-Sí...
hoy debía traerle -dijo Sola mirando a todos lados con ansiedad-. ¿En dónde lo
ha dejado?
D.
Patricio señaló una puerta, por la cual entró Sola corriendo. Fue derecha a
tomar un paquete que estaba sobre su cama. Pálida y con los labios secos, le
dio vueltas en sus manos temblorosas, buscando la lazada del cordón que lo
ataba. La veía, la tocaba sin acertar a deshacerla, de tal modo se había vuelto
torpe a causa de su gran emoción.
En el
paquete había cartas, muchas cartas; —121→ pero Sola buscó entre
todas una que debía de ser la principal, y hallada se puso a leerla. Por temor
a ser interrumpida, encerrose en la alcoba, y sentándose en un rincón, arrojó
todo su espíritu sobre un papel escrito. Allí estuvo largo rato aleteando sobre
él, como la mariposa sobre la flor, y tan pronto lloraba como reía según los
sentimientos expresados por aquella sombra de un ser vivo a la cual se llama
carta. Después miró uno por uno los sobrescritos de las otras, y al hacer esto
no mostraba mucho contento, antes bien miedo. Además el paquete contenía una
cajita pequeña con dinero en monedas de oro. Contolas una por una y después lo
guardó todo cuidadosamente, a excepción de las cartas que no eran para ella. De
estas hizo un nuevo paquete que ocultó en su seno.
Púsose la
mantilla para salir. D. Patricio vio pintado en el semblante de la joven el
gran gozo que la dominaba, y dando el último escobazo, se dirigió a ella
sonriendo. Sola se detuvo en la puerta, y mirando a su protegido con expresión
de lástima y de bondad, le dijo:
-Abuelo
Sarmiento, si yo tuviera que marcharme para Inglaterra, ¿qué harías tú,
viejecillo bobo?
—122→
Y
diciendo esto y sin dejar de mirarle bajó la escalera.
Inmóvil y
perplejo D. Patricio, empuñando con su derecha mano el palo de la escoba, y
alzando la siniestra hasta la altura de su frente, parecía la estatua erigida
para conmemorar la petrificación del hombre.
Solita
entró en casa de Cordero. Elena, que corrió a abrirle la puerta, le dijo:
-Hace una
hora que te espero... quítate la mantilla... estoy sola con Reyes... Tengo
muchas cosas que contarte.
Entraron
en la sala. En el centro de ella había una gran mesa llena de puntillas que
Elenita cosía unas con otras...
-¿Pero no
te quitas la mantilla? -repitió la de Cordero, emprendiendo la obra
interrumpida-. Hoy no sales de aquí en todo el día.
-Ahora
mismo me voy -replicó Solita dejando escapar el contento por los ojos.
-¡Vaya
unas amigas! -dijo Elena manifestando en el tono su tristeza-. ¿A dónde vas
ahora? Hay mucho calor.
-Tengo
que hacer -repuso la huérfana tocándose el pecho para ver si se le habían
perdido las cartas-. Hay cosas que no se pueden dejar para mañana.
-Es
verdad -dijo la muñeca poniendo un —123→ hilo entre los dientes-. Si
yo pudiera dejar esto para la semana que entra lo dejaría... Parece que estás
contenta...
-Siempre
no hemos de estar tristes.
-¿A dónde
fuiste esta mañana?
-A
comprar un vestido.
-¿Y ahora
a dónde vas?
Sola
vaciló un instante, porque era preciso mentir, y su inventiva no era grande.
-A
comprar otro -repuso al fin.
-¡Qué
lujo!... -exclamó Elena en son de amistosa burla.
-Qué
quieres tú... Es posible que tenga que salir de Madrid para ir a...
-¿A
dónde? -preguntó la de Cordero con viveza.
-A...
otra parte -repuso la huérfana cayendo en la cuenta de que había sido
indiscreta-. Todavía no hay nada de cierto.
-De modo
que me quedaré sola... Pero muy satisfecha, muy oronda estás hoy.
Sola se
echó a reír. Este era el desahogo de un espíritu, a quien la prudencia imponía
silencio absoluto. Cuando una alegría tiene en la boca de su cráter una gran
piedra de discreción que la tapa y la ahoga, sólo puede calmar su hervor riendo
como los chicos y los tontos.
-Tú ríes
y yo estoy desesperada -dijo la —124→ primorosa muñeca dando una
patadita en el suelo y rompiendo de un tirón el hilo que tenía entre los
dientes-. Solilla, anoche... si supieras lo que pasó anoche...
-¿Qué?
Este
monosílabo lo pronunció Sola distraída y maquinalmente, porque tenía fija toda
su atención en sí misma.
-¡Anoche!
-¡Anoche!...
-repitió la amiga volviéndose a tocar el pecho para ver si había perdido las
cartas.
-Todavía
no se me ha quitado el miedo -dijo Elena suspendiendo su obra para que ningún
acto perjudicase a la expresión de lo que iba a decir-. Antes ese hombre me era
muy antipático; pero ahora... te juro que le aborrezco con toda mi alma.
-¡Pobrecito!...
no, no, quiero decir que le está bien merecido... El Sr. Romo no cautivará a
ninguna mujer. Sin ser feo, es tal que parece más feo que los que lo son
adrede.
-Justamente,
has dicho la verdad... El amigo de la casa se empeña en quererme y en que yo le
he de querer... ¡Ay! amiga, tú tienes razón en decir que ese hombre es malo...
Tiene en la cara una cosa... ¿qué es? Parece que va pasando por delante de él
una máscara horrible —125→ que le hace sombra en la cara. ¿No es así?
-Así
mismo es, así -dijo Sola mirándose en un espejo que frente a ella había y
haciendo la observación de que no se encontraba tan poco bonita como antes
creyera.
-Pues ve
a decirle a mamá que Francisco Romo no es la flor y nata de los caballeros...
Todo lo bueno lo hace el Sr. Romo... «Ay, cuándo vendrá el Sr. de Romo para
contarle lo que nos pasa!...». «De este apuro nadie más que el Sr. de Romo
puede sacarnos...». «Si el Sr. de Romo no nos devuelve a tu padre, tenlo por
perdido...». Y dale con el señor de Romo.
-¿Por qué
no le cuentas a tu madre lo que te pasa?
-No
puedo... de ningún modo -dijo Elenita mostrando en su hermoso rostro perfilado
la imagen de la mayor confusión- ¡Ay! ¡pobre de mí qué desgraciada soy! ¡sí, la
más desgraciada de todas las mujeres!
Diciendo
esto, la figurita de porcelana cayó en una silla y llevó a los ojos,
acompañadas de un largo pañuelo, sus dos lindas manos. Alarmada Solita acudió
hacia ella y abrazola tiernamente, rogándole que explicase aquellas desgracias
tan enormes que abrumaban a la gentil doncella.
—126→
-Yo no
puedo querer a Romo -afirmó esta sollozando-, porque es muy feo, muy bastote y
porque no me gusta... ¿Qué culpa tengo yo de que otro me haya parecido mejor?
Dime tú si cualquier mujer a quien le pongan delante a Francisco Romo y a
Angelito Seudoquis puede dudar.
-¡Oh! no,
de ningún modo. Angelito Seudoquis se ha de llevar la palma.
-Pues
está claro -dijo Elena recibiendo gran consuelo con la declaración de su
amiga-. El pobre muchacho es muy bueno, de muy noble familia, superior a
nosotros, que somos tenderos; es muy honrado, muy caballero, muy fino, muy
valiente, según él mismo me ha dicho, y quiere casarse conmigo.
-¿Y por
qué no se ha de casar?
-Porque
yo soy muy desgraciada... no te rías... la más desgraciada de las mujeres
-exclamó la doncella llorando como una Magdalena-, y además porque he sido
mala, muy mala y Dios me está castigando.
-¿Qué has
hecho?
-Escribí
una carta a Angelito -dijo Elena observando atentamente su pañuelo.
-Eso sí
que no me lo habías dicho.
-Pensaba
decírtelo hoy... Le he escrito dos cartas.
—127→
-¿Dos?
-No... me
parece que han sido tres... o quizás sean cuatro.
-¿Cuatro?
-La
verdad, amiga de mi alma; le ha escrito ya cinco cartas.
-No digas
más, porque si sigue la cuenta, va a resultar que le has escrito cincuenta.
-Él
pasaba todos los días por aquí... yo sentía sus taconazos con el rechinchín de
las espuelas, y me daba mucha lástima... No podía menos de asomarme... un día
me mando con Reyes un papelito... En fin, en la última carta que le escribí...
-Eso es,
vamos a la última.
-En la
última carta le decía muchas boberías... Como él es tan tierno y en las cartas
pinta muchos corazones atravesados chorreando sangre...
-¿Tú
también le pintaste corazones?
-No...
pero le decía que Romo es un animal... porque está celoso de Romo... También le
decía que con él (es decir, con Angelito) o con nadie... que me metería
monja... que el sepulcro me era más dulce que casarme con otro... En fin, esas
cosillas que se dicen...
-¿Y nada
más?
—128→
-Pero el
caso es que la policía ha puesto preso a Angelito ayer por la mañana.
-¡Jesús,
mujer!
-Sí
-añadió Elena más acongojada-. Le han puesto preso, porque parece que un
hermano suyo que estaba emigrado en Inglaterra ha venido para conspirar. Le
buscan, y como no pueden encontrarle, han cogido al hermanito... y... y...
Elena
soltó un torrente de lágrimas y se deshizo en sollozos.
-¡Y... y
le van a ahorcar! -prosiguió con lastimeros ayes.
-No seas
tonta, mujer -le dijo Sola, que se había puesto muy pálida-. Y dices que por
haber llegado su hermano...
-Sí, un
condenado masón que ha venido a armar revoluciones; y como no le han podido
coger...
Soledad
pasó de la sorpresa a la estupefacción más profunda.
-¡Esos
infames polizontes son tan malos!... -añadió la de Cordero-. ¿Qué culpa tiene
el pobre Angelito?... Él es liberal, muy liberal; pero se halla decidido, así
me lo ha dicho, a no desenvainar su espada contra el Rey... Ya sabes que es
cadete. No, no, jamás Angelito atentará a los derechos del Trono... Pues
volviendo —129→ a ese vil Romo... Ya sabes que él es amigo de los de
la policía y de Chaperón.
Sola no
oía nada. Estaba absorta y no apartaba su mano del seno. Creía sentir sobre él
un peso colosal que la abrumaba.
-Como es
amigo de la policía... -añadió Elena-. Ya sabes que registran a todos los
presos... Romo encontró en el bolsillo de Angelito la última carta que le
escribí... ¿Conoces tú desgracia semejante?
-¿Y qué?
-Que la
tiene él... Romo... y me la enseñó anoche... y dice que se la va a enseñar a
mamá y a papá cuando venga... y dice que cuando ahorquen a Angelito él le
tirará de los pies...
Un nuevo
temporal deshecho de lágrimas, ayes y acongojados sollozos interrumpió la
narración de la inocente doncella.
-Yo me
voy -dijo Sola levantándose bruscamente.
-No digas
eso -repuso Elena tirando de la falda de su amiga-. Voy a estar llorando todo
el día: acompáñame.
-Después.
-Ahora.
-Tengo
que salir -repitió Sola sin mirar a su amiga y oprimiéndose el seno.
—130→
-¿Qué
llevas ahí? -preguntó Elena tocando también y sintiendo rumor de papeles.
-Nada,
nada -repuso la huérfana con turbación.
¡Ah!
pícara... las cartas de tu novio... y no me has querido decir quién es... y
dices que no tienes ninguno; ¡y te escribe tantos pliegos!... Ahí llevas una
resma... No te vayas, por amor de Dios.
Sola se
despidió de su amiga con gran desasosiego.
-Parece
que se te ha desvanecido la alegría -le dijo la muñeca.
-Adiós.
-Espera
un rato.
-Ni un
minuto... Voy a ver a una persona...
-¿No me
has dicho que a comprar otro vestido?
-Es
verdad... volveré pronto. Adiós.
· Anterior
- X -
Elenita
se quedó sola en la calma y silencio de la casa, apenas interrumpidos por
los —131→ cantorrios de la criada que chillaba en la cocina
acompañándose con el almirez.
La
desgraciada joven, más infeliz que todas las mujeres nacidas, según su propio
parecer, reanudó su trabajo de coser puntillas, el cual, si no ponía la
artífice gran atención, había de salir muy imperfecto. No iba a las mil
maravillas la obra, por cuya razón Elena deshacía con frecuencia lo hecho,
tornando a empezar. A ratos aparecían entre la delicada tela de araña algunas
lágrimas que se quedaban temblando en los menudos hilos negros, como insectos
de diamantes cogidos en una red de pelo. A ratos los suspiros de la obrera
hacían moverse y volar los pedazos más pequeños, que se remontaban en busca de
otros climas. Frecuentemente se picaba Elenita con la aguja, y muy a menudo se
le enredaba el hilo entre los dedos obligándola a detenerse y a perder los minutos.
También solía pasar la aguja con tanta presteza como si fuera puñal y con él
tratara de atravesar un corazón aborrecido.
Absorta
en sus reflexiones, la niña no advirtió que habían llamado a la puerta, que la
criada acababa de abrir y que un hombre avanzaba con pie muy quedo, al modo de
ladrón, hacia la salita donde estaba el taller de encajes. Así es que al sentir
las palabras: «¿Se puede pasar?», —132→ la joven dio un grito y saltó
despavorida, cual si se viera en presencia de un toro del Jarama.
-Váyase
usted Sr. de Romo, váyase usted -exclamó con terror, refugiándose en un rincón
de la estancia-. Mamá no está aquí... estoy sola...
-Mejor
-repuso Romo sonriendo y tratando de dar a su rostro y a su ademán el aire no
aprendido de la cortesía-. ¿Me como yo a la gente? ¿Soy ladrón o facineroso?...
No: yo vengo aquí con móviles de honradez... ¿Podrán todos decir lo mismo?
-No, aquí
no ha entrado nadie, nadie más que usted.
-Puesto
que usted lo dice, Elenita, lo creo -dijo el hombre oscuro tomando una silla-.
Con la venia de usted me sentaré. Estoy muy fatigado.
-¡Y se
sienta!
-Sí,
porque tenemos que hablar. Atención, Elenita, yo tengo la desgracia de estar
prendado de usted.
-Pues
mire usted, yo tengo muchas desgracias, menos esa.
Romo
contrajo su semblante, expresando sus afectos como los animales, de una manera
muy opaca, digámoslo así, por ser incapaz de —133→ hacerlo de otro
modo. No podía decirse si era el ruin despecho o la meritoria resignación lo
que determinaba aquel signo ilegible, que en él reemplazaba a la clara sonrisa,
señal genérica de la raza humana.
-Pues
mire usted -dijo afectando candidez-, a otros les ha pasado lo mismo, y al fin,
a fuerza de paciencia, de buenas acciones y de finezas se han hecho adorar de
las que les menospreciaban.
-No
conseguirá usted tal cosa de la hija de mi madre.
-Pues
qué... ¿tan feo soy? -preguntó Romo indicando que no tenía la peor idea
respecto a sus desgracias personales.
-No, no;
es usted monísimo -dijo Elena con malicia-, pero yo estoy por los feos...
¿Quiere usted hacer una cosa que me agradará mucho?
-No tiene
usted más que hablar, y obedeceré.
-Pues
déjeme sola.
-Eso
no... -repuso frunciendo el ceño-. No pasa un hombre los días y las noches
oyendo leer sentencias de muerte, y acompañando negros a la horca; no pasa un
hombre, no, su vida entre lágrimas, suspiros, sangre y cuerpos horribles que se
zarandean en la soga, —134→ para venir un rato en busca de goces
puros junto a la que ama y verse despedido como un perro.
-Pero yo,
pobre de mí, ¿qué puedo remediar? -dijo Elena cruzando las manos.
-Es
terrible cosa -continuó el hombre-cárcel con hueco acento-, que ni siquiera
gratitud haya para mí.
-¿Gratitud?...
eso sí... nosotros estamos muy agradecidos.
-Se
compromete uno, se hace sospechoso a sus amigos, intercediendo siempre por un
don Benigno que mató a muchos guardias del Rey en el Arco de Boteros; trabaja
uno, se desvive, se desacredita, echa los bofes... y en pago... vea usted...
¡Rayo! hay una niña que en nada estima los beneficios hechos a su familia...
¿Qué le importan a ella la buena opinión del favorecedor de su padre, su
honradez, su limpia fama en el comercio?... Todo lo pospone al morrioncillo, a
las espuelas doradas y al bigotejo rubio de un mozalbete que no tiene sobre qué
caerse muerto, hijo y hermano de conspiradores...
Encendida
como la grana, Elena se sentía cobarde. Pero si su valor igualara a su
indignación y sus tijeras pudieran cortar a un hombre como cortaban un hilo,
allí mismo dividiera en dos pedazos a Romo.
—135→
-Calle
usted, cállese usted -exclamó sofocada.
-Y sin
embargo -añadió el hombre opaco poniéndose más amarillo de lo que comúnmente
era-, soy bueno, tengo paciencia, me conformo, callo y padezco... Es verdad que
tengo en mi poder un instrumento de venganza... pero no lo emplearé por razón
de amor, no, lo emplearé tan sólo por el decoro de esta familia a quien estimo
tanto.
Elena
tuvo un arranque de esos que se han visto alguna vez, muy pocas, pero se han
visto, en las palomas, en los corderos, en las liebres, en las mariposas, en
los seres más pacíficos y bondadosos, y pálida de ira, con los labios secos y
los puños cerrados, apostrofó al amigo de su familia, gritando así:
-Usted es
un malvado, y si yo supiera que algún día había de caer en el pecado de
quererle, ahora mismo me quitaría la vida para que no pudiera llegar ese día.
Usted es un tunante, hipócrita y falsario, y si mi padre dice que no, yo diré
que sí, y si mi padre y mi madre me mandan que le quiera, yo les desobedeceré.
Hágame usted todo el daño que guste, pues todo lo que venga de usted lo
desprecio, sí señor, lo desprecio, como desprecio su persona toda, sí señor; su
alma y su cuerpo, sí señor... —136→ Ahora, ¿quiere usted quitárseme
de delante, o tendré que llamar a la vecindad para que me ayude a echarle por
la escalera abajo?
Al
concluir su apóstrofe, la doncella se quedó sin fuerzas y cayó en una silla;
cayó blanda, fría, muerta como la ceniza del papel cuando ha concluido la
rápida llama. No tenía fuerzas para nada, ni aun para mirar a su enemigo, a
quien suponía levantado ya para matarla. Pero el tenebroso Romo más que
colérico parecía meditabundo, y miraba el suelo, juzgando sin duda indigno de
su perversidad grandiosa el conmoverse por la flagelación de una mano blanca.
Su resabio de mascullar se había hecho más notable. Parecía estar rumiando un
orujo amargo, del cual había sacado ya el jugo de que nutría perpetuamente su
bilis. Veíase el movimiento de los músculos maxilares sobre el carrillo verdoso
donde la fuerte barba afeitada extendía su zona negruzca. Después miró a Elena
de un modo que si indicaba algo era una especie de paciencia feroz o el
aplazamiento de su ira. La córnea de sus ojos era amarilla como suele verse en
los hombres de la raza etiópica y su iris negro con azulados cambiantes. Fijaba
poco la vista, y raras veces miraba directamente como no fuera al suelo.
Creeríase que el suelo era un espejo, —137→ donde aquellos ojos se
recreaban viendo su polvorosa imagen.
Levantose
pesadamente, y dando vueltas entre las manos al sombrero, habló así:
-Y sin
embargo, Elena, yo la adoro a usted... Usted me insulta, y yo repito que la
adoro a usted... Cada uno según su natural; el mío es requemarme de amor...
¡Rayo! si usted me quisiera, aunque no fuese sino poquitín, me dejaría gobernar
como un perro faldero... Sería usted la más feliz de las mujeres y yo el más
feliz de los hombres, porque la quiero a usted más que a mi vida.
Sus
palabras veladas y huecas parecían salir de una mazmorra. Sin embargo, hubo en
el tono del hombre oscuro una inflexión que casi casi podría creerse
sentimental; pero esto pasó; fue cosa de brevísimo instante, como la rápida y
apenas perceptible desafinación de un buen instrumento músico en buenas manos.
Elena se echó a llorar.
-Ya ve
usted que no puede ser -balbució.
-Ya veo
que no puede ser -añadió Romo mirando a su espejo, es decir, a los ladrillos-.
Puede que sea un bien para usted. Mi corazón es demasiado grande y negro... Ama
de una manera particular... tiene esquinas y picos... de modo que no podrá
querer sin hacer —138→ daño... A mí me llaman el hombre de bronce...
Adiós, Elenita... quedamos en que me resigno... es decir, en que me muero...
Usted me aborrece... ¡Rayo! ¡con cuánta razón!... Es que soy malo, perverso y
amenacé a usted con hacer ahorcar a ese pobre pajarito de Seudoquis... No lo
haré... si le ahorcara, al fin le olvidaría usted, olvidándose también de mí...
Eso sí que no me gusta. Es preciso que usted se acuerde de este desgraciado
alguna vez.
Elena no
comprendiendo nada de tan incoherentes razones, vacilaba entre la compasión y
la repugnancia.
-Además
yo había amenazado a usted con otra cosa -dijo Romo retrocediendo después de
dar dos pasos hacia la puerta-. Yo tengo una carta, sí, aquí está... en mi
cartera la llevo siempre. Es una esquela que usted escribió a esa lagartija. En
ella dice que yo soy un animal... Bien: puede que sea verdad. Yo dije que iba a
mostrar la carta a su mamá de usted... No, ¿a qué viene eso? Me repugnan las
intriguillas de comedia. ¡Yo enseñando cartas ajenas, en que me llaman
animal!... Tome usted el papelejo y no hablemos más de eso.
Romo
largó la mano con un papel arrugado, del cual se apoderó Elena, guardándolo
prontamente.
—139→
-Gracias
-murmuró.
En aquel
instante oyose la campanilla de la puerta, y la voz de D. Benigno, que gritaba:
-Hija
mía, soy yo, tu padre.
Elena
corrió a abrir, y el amoroso D. Benigno abrazó con frenesí a su adorada hija,
comiéndose a besos la linda cara, sonrosada de llorar. También él lloraba como
una mujer. -¿Quién está aquí?... ¿Con quién hablabas? -preguntó con viveza el
padre, luego que pasaron las primeras expansiones de su amor.
Al entrar
en la sala, D. Benigno vio a Romo que iba a su encuentro abriendo también los
brazos.
-¡Ah!
¿estaba usted aquí... era usted...? ¡amigo mío!
-No
esperábamos todavía al Sr. Cordero -dijo Romo-. Desconfiaba de que le soltaran
a usted.
-¿Por qué
llorabas, hija mía, antes de yo entrar? -dijo el patriota, fijando en esto toda
su atención.
-El Sr.
Romo -repuso Elena muy turbada, pero en situación de poder disimularlo bien-
acababa de entrar...
-Yo creí
que estaría aquí D.ª Robustiana -añadió el realista.
-Y me
decía -prosiguió Elena-, me estaba —140→ diciendo que usted... pues,
que no había esperanzas de que le soltaran a usted, padre.
-Eso me
dijeron esta mañana en la Superintendencia; pero por lo visto las órdenes que
se dieron la semana pasada han hecho efecto.
-Venga
acá el mejor de los amigos, venga acá- exclamó D. Benigno con entusiasmo,
abriendo los brazos para estrechar en ellos a su salvador-. Otro abrazo... y
otro... A usted debo mi libertad. No sé cómo pagarle este beneficio... Es como
deber la vida... Venga otro abrazo... ¡Haber dado tantos pasos para que no me
maltrataran en Zaragoza, haberme servido tan lealmente, tan desinteresadamente!
No, no se ve esto todos los días. Y es más admirable en tiempos en que no hay
amigo para amigo... Yo liberal, usted absolutista, y sin embargo, me ha librado
de la horca. Gracias, mil gracias, Sr. D. Francisco Romo -añadió con emoción
que brotaba como un torrente de su alma honrada-. ¡Bendita sea la memoria de su
padre de usted! Por ella juro que mi gratitud será tan duradera como mi vida.
Era la
hora de comer; y cerrada la tienda, llegaron la señora, los niños y el mancebo.
Quiso D. Benigno que les acompañase Romo a la frugal mesa; pero excusose el
voluntario y partió, dejando a la hidalga familia entregada —141→ a
su felicidad. Elena no respiró fácilmente hasta que no vio la casa libre de la
desapacible lobreguez de aquel hombre.
· Anterior
- XI -
Dejamos a
D. Patricio como aquellas estatuas vivas de hielo, a cuya mísera
quietud y frialdad quedaban reducidas, según confesión propia, las heroínas de
las comedias tan duramente flageladas por Moratín. El alma del insigne patriota
había caído de improviso en turbación muy honda, saliendo de aquel dulce estado
de serenidad en que ha tiempo vivía. Dudas, temores, desconsuelo y congoja le
sobresaltaron en invasión aterradora, sin que la presencia de Sola le aliviara,
porque la huérfana habló muy poco durante todo aquel día y no dijo nada de lo
que a nuestro anciano había quitado hasta la última sombra de sosiego.
Mas por
la noche, cuando la joven se retiraba, volvió a decir la terrible frase:
-Si yo me
fuera a Inglaterra, ¿qué harías tú, viejecillo bobo?
D.
Patricio no pudo hablar, porque su garganta —142→ era como de bronce
y todo el cuerpo se le quedó frío. No pudo dormir nada en toda la noche,
revolviendo en su mente sin cesar la terrible pregunta.
-¡Consagrar
yo mi vida a una criatura como esta!... -exclamaba en su calenturiento
insomnio-: ¡amarla con todas las fuerzas del alma, ser padre para ella, ser
amigo, ser esclavo, y a lo mejor oír hablar de un viaje a Inglaterra!...
¡Ingrata, mil veces ingrata! Te ofrezco mi gloria, trasmito a ti,
bendiciéndote, los laureles que han de ornar mi frente, y me abandonas!... ¡Ah!
Señor, Señor de todas las cosas... ¡La ocasión ha llegado! El momento de mi
sacrificio sublime está presente. No espero más. ¡Adiós, hija de mi corazón;
adiós, esperanza mía, a quien diputé por compañera de mi fama!... Tú a
Inglaterra, yo a la inmortalidad... ¿Pero a qué vas tú a Inglaterra, grandísima
loca? ¿a qué?... Sepámoslo. ¡Ay! te llama el amor de un hombre, no me lo
niegues, de un hombre a quien amas más que a mí, más que a tu padre, más que al
abuelo Sarmiento... ¡Por vida de la Ch...! Esto no lo puedo consentir, no mil
veces... yo tengo mucho corazón... Sola, Sola de mi vida... ¿por qué me
abandonas? ¿por qué te vas, y dejas solo, pobre, miserable, a tu buen
viejecito —143→ que te adora como a los ángeles? ¿Qué he hecho yo?
¿Te he faltado en algo? ¿No soy siempre tu perrillo obediente y callado que no
respiraría si su respiración te molestara?
Diciendo
esto sus lágrimas regaban la almohada y las sábanas revueltas.
Al día
siguiente notó que Sola estaba también muy triste y que había llorado; pero no
se atrevió a preguntarle nada.
Por la
noche luego que cenaron, Sola, después de larga pausa de meditación, durante la
cual su amigo la miraba como se mira a un oráculo que va a romper a hablar,
dijo simplemente:
-Abuelito
Sarmiento; tengo que decirte una cosa.
D.
Patricio sintió que su corazón bailaba como una peonza.
-Pues
abuelito Sarmiento -añadió Sola, mostrando que le era muy difícil decir lo que
decía-, yo, la verdad... ¡tengo una pena, una pena tan grande!... Si pudiera
llevarte conmigo te llevaría, pero me es imposible, me es absolutamente
imposible. Me han mandado ir sola, enteramente sola.
D.
Patricio dejó caer su cabeza sobre el pecho, y le pareció que todo él caía,
como un viejo roble abatido por el huracán. Lanzó un —144→ gemido
como los que exhala la vida al arrancar del mundo su raíz y huir.
-Es
preciso tener resignación -dijo Sola poniéndole la mano en el hombro-. Tú, en
realidad, no eres hombre de mucha fe, porque con esas doctrinas de la libertad
los hombres de hoy pierden el temor de Dios, y principiando por aborrecer a los
curas acaban por olvidarse de Dios y de la Virgen.
-Yo creo
en Dios -murmuró Sarmiento-. Ya ves que he ido a misa desde que tú me lo has
mandado.
-Sí, no
dudo que creerás, pero no tan vivamente como se debe creer, sobre todo cuando
una desgracia nos cae encima -dijo la huérfana con enérgica expresión-. Ahora
que vamos a separamos, es preciso que mi viejecito tenga la entereza cristiana
que es propia de su edad y de su buen juicio... porque su juicio es bueno, y
felizmente ya no se acuerda de aquellas glorias, laureles, sacrificios,
inmortalidades, que le hacían tan divertido para los granujas de las calles.
-Yo no he
renunciado ni debo renunciar a mi destino -repuso el anciano humildemente.
-Ni aun
por mí...
-Por ti
tal vez; pero si te vas...
-Si me
voy, será para volver -replicó Sola —145→ con ternura-... yo confío
en que el abuelito Sarmiento será razonable, será juicioso. Si el abuelito en
vez de hacer lo que le mando, se entrega otra vez a la vida vagabunda, y vuelve
a ser el hazme reír de los holgazanes, tendré grandísima pena. Pues qué, ¿no
hay en el mundo y en Madrid otras personas caritativas que pueden cuidar de ti
como he cuidado yo? Hay, sí, personas llenas de abnegación y de amor de Dios,
las cuales hacen esto mismo por oficio, abuelito, y consagran su vida a cuidar
de los pobres ancianos desvalidos, de los pobres enfermos y de los niños
huérfanos. A estas personas confiaré a mi pobre viejecillo bobo, para que me le
cuiden hasta que yo vuelva.
D.
Patricio que había empezado a hacer pucheros, rompió a llorar con amargura.
-Soledad,
hija de mi alma... -exclamó-. Ya comprendo lo que quieres decirme. Tu intención
es ponerme en un asilo... ¡Lo dices y no tiemblas!
Después,
variando de tono súbitamente, porque variaba de idea, ahuecó la voz, alzó la
mano y dijo:
-¡Y crees
tú que a un hombre como este se le mete en un hospicio! Sola, Sola, piénsalo
bien. Tú has olvidado qué clase de mortal es —146→ este que tienes en
tu casa. ¡Y me crees capaz de aceptar esa vida oscura, sin gloria y sin ti, sin
ti y sin gloria! ¡ay! los dos polos de mi existencia... Mira, niña de mi alma,
para que comprendas cuánto te quiero y cómo has conquistado mi gran corazón, te
diré que yo no soy el que era, que si mis ideas no han variado han variado mis
acciones y mi conducta.
Y luego
con una seriedad que hizo sonreír a Sola en medio de su pena, se expresó así:
-Es
evidente... porque esto es evidente como la luz del día... que yo estoy
destinado a coronarme de gloria, a adornar mi frente de rayos esplendorosos
sacrificándome por la libertad, ofreciéndome como víctima expiatoria en el
altar de la patria, como el insigne general, mi compañero de martirio, que me
espera en la mansión de los justos, allá donde las virtudes y el heroísmo
tienen eterno y solemne premio... Pues bien, es tanto lo que te quiero, que por
tu cariño he ido dejando pasar días y días y días y hasta meses sin cumplir
esto que ya no es para mí una predestinación tan sólo, sino un deber sagrado.
¿Me entiendes?
Soledad
le pasó la mano por la cabeza, incitándole a que no siguiese tocando aquel
tema.
-Por ti,
sólo por ti... -prosiguió el viejo-. —147→ ¡Me da tanta pena
dejarte!... Así es que me digo: «Tiempo habrá, Señor»... ¿Creerás que aquí en
tu compañía se me han pasado semanas enteras sin acordarme de semejante
cosa?... Hay más todavía: yo estaba dispuesto a hacer un sacrificio mayor...
¿te espantas? que es el de sacrificarte mi sacrificio, ¿no lo entiendes?... Sí,
poner a tus pies mi propia gloria, mi corona de estrellas... Sí, chiquilla, yo
estaba dispuesto a no separarme jamás de ti y a no pensar más en la política...
ni en Riego, ni en la libertad... ¡Oh! hija mía, tú no puedes comprender la
inmensidad de tal sacrificio. Por él juzgarás de la inmensidad del amor que te
tengo. ¡Y cuando yo renuncio por ti a lo que es mi propia vida, a mi idea santa,
gloriosa, augusta, tú me abandonas, me echas a un lado como mueble inútil, me
mandas a un hospicio y te vas!...
Soledad
veía crecer y tomar proporciones aquel problema de la separación que le causaba
tanta pena. Su alma no era capaz de arrepentirse del bien que había hecho al
desvalido anciano; pero deploraba que por los misteriosos designios de Dios, la
caridad que hiciera algunos meses antes, le trajese ahora aquel conflicto que
empezaba a surgir en su cristiano corazón.
-El Señor
nos iluminará -dijo, remitiendo —148→ su cuita al que ya la había
salvado de grandes peligros-. Confío en que Dios nos indicará el mejor camino.
Si tú le pidieras con fervor, como yo lo hago, luz, fuerzas, paciencia y fe,
sobre todo fe...
-Yo le
pediré todo lo que tú quieras, hija de mi alma; yo tendré fe... Dices que tengo
poca; pues tendremos mucha. Me has contagiado de tantas cosas, que no dudo he
de adquirir la fe que tú, sólo con mirarme, me estás infundiendo.
-Para
adquirir ese tesoro -dijo Sola con cierto entusiasmo-, no basta mirarme a mí ni
que yo te mire a ti, abuelo; es preciso pedirlo a Dios y pedírselo con ardiente
deseo de poseer su gracia, abriendo en par en par las puertas del corazón para
que entre; es preciso que nuestra sensibilidad y nuestro pensamiento se junten
para alimentar ese fuego que pedimos y que al fin se nos ha de dar. Teniendo
ese tesoro, todo se consigue, fuerzas para soportar la desgracia, valor para
acometer los peligros, bondad para hacer bien a nuestros enemigos, conformidad
y esperanza, que son las muletas de la vida para todos los que cojeamos en
ella.
-Pues yo
haré que mi sensibilidad y mi pensamiento se encaminen a Dios, niña mía
- —149→ replicó el vagabundo participando del entusiasmo de su
favorecedora-. Haré todo lo que mandas.
-Y
tendrás fe.
-Tendremos
fe... sí; venga fe.
-Con ella
resolveremos todas las cuestiones -dijo Sola acariciando el flaco cuello de su
amigo-. Ahora, abuelito, es preciso que nos recojamos. Es tarde.
-Como tú
quieras. Para los que no duermen, como yo, nunca es tarde ni temprano.
-Es
preciso dormir.
-¿Duermes
tú?
-Toda la
noche.
- Me
parece que me engañas... En fin, buenas noches. ¿Sabes lo que voy a hacer si me
desvelo? Pues voy a rezar, a rezar fervorosamente como en mis tiempos
juveniles, como rezábamos Refugio y yo cuando teníamos contrariedades, alguna
deudilla que no podíamos pagar, alguna enfermedad de nuestro adorado Lucas...
Ello es que siempre salíamos bien de todo.
-A rezar,
sí; pero con el corazón, sin dejar de hacerlo con los labios.
-Adiós,
ángel de mi guarda -dijo Sarmiento besándola en la frente-. Hasta mañana, que
seguiremos tratando estas cosas.
—150→
Retirose
Soledad, y el anciano se fue a su cuarto y se acostó, durmiéndose prontamente;
mas tuvo la poca suerte de despertar al poco tiempo sobresaltado, nervioso, con
el cerebro ardiendo.
-Ea, ya
estamos desvelados -dijo dando vueltas en su cama, que había sido para él
durante diez meses un lecho de rosas-. Voy a poner por obra lo que me mandó la
niña; voy a rezar.
Disponiendo
devotamente su espíritu para el piadoso ejercicio, rezó todo lo rezable, desde
las oraciones elementales del dogma católico hasta la que en distintas épocas
ha inventado la piedad para dar pasto al insaciable fervor de los siglos.
Sarmiento rezó a Dios, a la Virgen, a los Santos que antaño habían sido sus
abogados, sin olvidar a los que fueron procuradores de Refugio, mientras esta,
desterrada en el mundo, les necesitara.
Mas a
pesar de esto, el anciano no advirtió que entrara gran porción de calma en su
espíritu, antes al contrario, sentíase más irritado, más inquieto con
propensiones a la furia y a protestar contra su malhadada suerte. Como llegara
un instante en que no pudo permanecer en el abrasado lecho, levantose en la
oscuridad y se vistió a toda prisa sin estar seguro de
ponerse —151→ la ropa al derecho. Sentía impulsos de salir gritando
por toda la casa y de llamar a Sola y echarle en cara la crueldad de su
conducta y decirle: «Ven acá, loca, ¿quién es el infame que te llama desde
Inglaterra?... ¿Qué vas tú a hacer a Inglaterra?... ¡Ah! Es un noviazgo lo que
te llama. Y si es noviazgo, ¡vive Dios! ¿quién es ese monstruo? Dímelo, dime su
nombre, y correré allá y le arrancaré las entrañas».
En la
sala distinguió débil claridad, por lo que supuso que había luz en el cuarto de
su amiga. Paso a paso, avanzando como los ladrones, dirigiose allá; empujó
suavemente la puerta, pasó a un gabinete, deslizose como una sombra extendiendo
las manos para tocar los objetos que pudieran estorbarle el paso. La puerta de
la alcoba estaba entreabierta; había luz dentro, pero no se oía el más leve
rumor. Alargando el cuello Sarmiento vio a Sola dormida junto a una mesa en la
cual había papeles y tintero.
-Estaba
escribiendo -pensó-, y se ha dormido. Veremos a quién.
Entró en
la alcoba, andando despacio, quedamente y con mucho cuidado para no hacer
ruido. Su rostro anhelante, su cuerpo tembloroso, sus ojos ávidos y saltones
dábanle aspecto —152→ de fantasma, y si la joven despertase en aquel
momento se llenaría de terror al verle. Estaba profundamente dormida, con la
cabeza apoyada en el respaldo del sillón y ligeramente inclinada. Delante tenía
una carta a medio escribir, y otra muy larga y de letra extraña que parecía ser
la que estaba contestando.
-Yo
conozco esa letra -pensó Sarmiento, devorando con los ojos el escrito, que
estaba apoyado en un libro puesto de canto a manera de atril.
Conteniendo
su respiración, el vagabundo examinó el pliego, que, abierto por el centro, no
presentaba ni el principio ni el fin. Después fijó los ojos en la carta a
medias escrita por Sola. D. Patricio miraba y fruncía el ceño apretando las
mandíbulas. Tenía un aspecto tal de ferocidad aviesa, que si él mismo pudiera
verse tuviera miedo de sí mismo. No tardó mucho en satisfacer su curiosidad;
pero esta era tan intensa, que después de leer una vez leyó la segunda. Después
de la tercera no estaba tampoco satisfecho; mas temiendo que la joven
despertara, se retiró como había venido. Al llegar a su cuarto se dejó caer en
la cama, y dando un gran suspiro exclamó para sí:
-¡Bien lo
decía yo: los emigrados!...
—153→
· Anterior
- XII -
Muy
gozoso y satisfecho estaba D. Benigno Cordero con el suceso de su vuelta a la
patria y al hogar querido, y resuelto a que el durase mucho el contento, hacía
propósito firmísimo de no tornar a mezclarse en política, ni vestir uniforme,
ni menos hacer heroicidades en Boteros ni en otro arco alguno. Verdad es que
guardaba en su pecho cual tesoro riquísimo o como los restos queridos de una
persona amada que se depositan en secreta urna, las mismas aficiones políticas
a que debió su destierro. Eso sí: antes creyera que el sol salía de noche que
dejar de ver en la libertad, en el progreso y en la soberanía del pueblo, la
felicidad de las Naciones. Mas era preciso poner una losa sobre estas cosas y
D. Benigno la puso.
-Desde
hoy -dijo-, Benigno Cordero no es más que un comerciante de encajes. No adulará
al absolutismo, no dirá una sola palabra en favor de suyo; pero no, ya no
tocará más el pito constitucional ni la flauta de la milicia. A Segura llevan
preso. Yo tengo ideas, sí, —154→ ideas firmes, pero tengo hijos. Es
posible, es casi seguro que otros, que también tienen mis ideas, las hagan
triunfar; pero mis hijos por nadie serán cuidados si se quedan sin padre. Atrás
las doctrinas por ahora, y adelante los muchachos. Ahora silencio, paz,
retraimiento absoluto... cabeza baja y pico cerrado... pero ¡ay! alma mía, allá
recogida en ti misma y sin que te oigan los oídos de la propia carne en que
estás encerrada, no ceses de gritar: «¡Viva, viva y mil veces viva la señora
libertad!».
Los
muchos amigos del ex-jefe de milicianos le felicitaban cordialmente, y sus
parroquianos así como sus compañeros de comercio recibieron gran contento al
verle. Como era tan generoso, y tenía un natural por demás expansivo,
antejósele, ocho días después del de su vuelta, obsequiar a los amigos con un
modesto banquete dedicado a grabar en la memoria de todos el fausto evento de
su liberación; pero D.ª Robustiana, cuyo sentido práctico igualaba al peso de
su cuerpo, le quitó de la cabeza la idea de aquella manifestación dispendiosa,
arguyéndole así:
-Desgraciadamente
no estamos para fiestas. Acuérdate del dinero que has gastado en congraciarte
con esos pillos; que tiempo hay —155→ de dar banquetes. Mañana
domingo, 28 de Agosto, haremos para la cena un extraordinario de poca monta, y
convidaremos a Romo, al Sr. de Pipaón que también nos ha servido, y a Sola.
Total: tres convidados. Basta, hombre, basta. Tiempo hay de echar la casa por
la ventana, y no faltará un motivo para ello ni tampoco elementos, ¿me
entiendes?... porque si siguen los frailes reponiendo la ropa del altar, no
faltará venta de encaje blanco para todo el año que corre.
D.
Benigno, como siempre, armonizó su opinión con la de su cara esposa, y a
consecuencia de tan dulce avenencia, al día siguiente la cocina de los Corderos
despedía inusitado aroma de ricas especias, el cual anunciaba a toda la
vecindad la presencia de un extraordinario. A la hora de la cena resplandecía
el comedor con la luz de dos quinqués, colocados en contrapuestos sitios, y
alrededor de la mesa se sentaron el Sr. de Pipaón, Sola y los de Cordero, sin
excluir los niños, que ocupaban un extremo junto a su hermana. El puesto más
preeminente entre los de convite estaba vacío, lo cual causaba gran disgusto a
D. Benigno.
-¿Por qué
no habrá venido Romo? -decía-. Es particular: no le hemos visto desde el día de
mi llegada. ¿Estará enojado con nosotros?
—156→
Se esperó
un rato; pero viendo que no parecía, dio principio el banquete. El digno
anfitrión estaba intranquilo por aquella ausencia de su amigo, y a cada
instante miraba a su esposa como para preguntarle qué opinaba ella de tan
extraño caso. Ya D.ª Robustiana había dicho:
-Estará
muy ocupado en la Comandancia de Voluntarios. Se le han mandado tres avisos al
anochecer. Ustedes no saben bien la calma que gasta el Sr. de Romo. Otra noche
le convidamos a cenar y se descolgó aquí a las diez de la noche.
La señora
presidía majestuosamente la mesa y gobernaba con mucha destreza aquella
maniobra de los banquetes antiguos, consistente en estar pasando platos de aquí
para allí y de derecha a izquierda, como si los convidados en vez de reunirse
para comer lo hicieran para jugar al juego de sopla y vivo
de lo doy. Descollaba su hermoso busto por encima de la blanca mesa, a
manera de un trono forrado en tela oscura sobre el cual colocaran su cabeza
como provisionalmente y mientras parecía el cuello perdido. Con la estrechez
del ajuste, los abundantes dones que en ella acumuló sin tasa Natura formaban
un circuito de tanta extensión que una mosca (esto puede asegurarse
y —157→ lo certificaron testigos oculares), una mosca, decimos, que
salió de uno de los brazos para ir al otro pasando por delante, tardó no se
sabe cuánto tiempo en dar la vuelta y llegar a su destino.
En el
otro extremo de la mesa Primitivo y Segundo, que por ser día de fiesta vestían
de padres provinciales de la orden dominica, estaban bajo la vigilancia de
Soledad y Elena respectivamente, las cuales no podían probar bocado,
entretenidas en enseñar a los frailescos ángeles el modo de comer; y mientras
el uno se rociaba con sopa los hábitos, llevábase el otro la cuchara a los
ojos, sin cesar de pedir, chillar y hacer comentos varios sobre cuanto desde la
fuente a sus platos pasaba.
Pipaón,
cuyo apetito parecía crecer a medida que había menos motivos aparentes para
ello, amenizaba con sus chistes la comida. Estaba elegantísimo, como de
costumbre, el ingenioso cortesano, ataviado con su calzón de punto blanco, su
levita polonesa de mangas jamonadas, su corbata metálica destinada a anticipar
la idea de la muerte en garrote, por si acaso algún día era el individuo
condenado a ella. Revueltos los cabellos con artístico desorden, parecía su
cabeza una escoba, en lo cual cumplía a maravilla con los preceptos de
la —158→ moda corriente. ¡Oh! era aquel un señor muy bondadoso y
sencillo, que lo mismo se sentaba a la mesa del rico que a la del pobre, con
tal que en ellas hubiera buenos manjares que comer; y sin dar privadamente
excesiva importancia a las ideas políticas, lo mismo fraternizaba con el negro
que con el blanco, siempre que ni el uno ni el otro le estorbasen en su
prodigioso medro. Menos alegre que su comensal a causa de la ausencia de Romo,
D. Benigno conversaba con chispa y donaire, volviendo con graciosa movilidad el
rostro hacia Pipaón, hacia su esposa y hacia la silla vacía donde se echaba de
menos la torva figura del voluntario realista; y ¡cosa singular! aquella silla
donde no se sentaba el hombre oscuro, tenía cierto aspecto lúgubre. Romo no
estaba allí, y sin embargo parecía que estaba.
Esquivando
entrar en el tema político a que la verbosidad importuna y mareante de Pipaón
quería llevarle, D. Benigno dijo:
-Ya he
manifestado cuál es mi propósito. Y qué, Sr. D. Juan, ¿cree usted que me será
difícil cumplirlo? De ningún modo. Los que necesitan de la política para vivir,
porque si no hay bullanga no comen, difícilmente aceptarán esta oscura vida
privada que es mi delicia. Quite usted a los intrigantes la política
y —159→ será como si les cortaran las manos a los rateros o los pies
a las bailarinas. ¿Digo mal? Hoy con este partido, mañana con el otro, ello es
que siempre se les ve a flote...
A D.
Benigno se le cayó del tenedor un pedazo de calabacín que en él tenía,
aguardando a que la boca callase para entrar. La causa de tan inesperado
siniestro fue que D.ª Robustiana le estaba tocando el codo, primero suavemente
y después con fuerza, para que su marido cayese en la cuenta de que estaba
haciendo la sátira de Pipaón.
-Verdad
es que no todos los que se ocupan de política son así -dijo el honrado
comerciante pinchando de nuevo la hortaliza-, ya se comprende; pero ni a unos
ni a otros quiero parecerme. La vida privada es hoy mi sueño de oro... No
quiere decir que en lo íntimo de mi alma no exista siempre... pero dejemos
esto. Puede uno llevar en su fuero interno el fardo que más le acomode, sin
necesidad de ponerse una etiqueta en la frente... esto es claro como el agua.
No hay necesidad de meter ruido. En la vida privada puede tener el buen
ciudadano mil ocasiones de realizar fines patrióticos y de servir a la patria.
¿Cómo? Cumpliendo lealmente esa multitud de pequeños esfuerzos que en conjunto
reclaman tanta energía —160→ como cualquier acto de heroísmo; así lo
ha dicho Juan Jacobo Rous... tente lengüita. Dejemos a ese caballero en su
casa, pues hay palabras que ahorcan... Yo me concreto a lo siguiente: vea usted
mi plan, Sr. de Pipaón.
Antes que
el plan de D. Benigno, merecía la atención de Bragas una lonja de ternera, cuyo
especioso condimento bastaba a acreditar la ciencia culinaria de la señora de
Cordero.
-Muy
bien, Sr. D. Benigno -gruñó Pipaón engullendo-. Su plan de usted me parece muy
bien asado... No, no, quiero decir que la ternera está muy bien asada y que su
plan de usted es excelente, sabrosísimo, es decir, atinadísimo.
-Mi plan
es el siguiente: Yo trabajo todo el día con excepción de los domingos; yo
cumplo con los preceptos de Nuestra Santa Madre la Iglesia oyendo misa,
confesando y comulgando como se me manda; yo cumplo asimismo mis obligaciones
comerciales; yo no debo un cuarto a nadie; yo educo a mis hijos; yo pago mis
contribuciones puntualmente; yo obedezco todas las leyes, decretos, bandos y
órdenes de la autoridad; yo hago a los pobres la limosna que mi fortuna me
permite; yo no hablo mal de nadie, ni siquiera del Gobierno; yo sirvo a los
amigos en lo que puedo; yo no conspiro; yo —161→ celebro mucho que
todos vivan bien y estén contentos; en suma, yo quiero ser la más ordenada,
puntual y exacta clavija de esta gran máquina que se llama la patria, para que
no dé por mi causa el más ligero tropezón... ¿Qué tal? ¿Me he explicado bien?
Conversación
tan interesante hubo de interrumpirse porque uno de los chicos tuvo la
ocurrencia de derramar sobre su hábito toda la salsa que había en el plato,
mientras el otro barraqueaba como un ternero porque no le permitían comer con
las manos. Calmada la agitación al otro extremo de la mesa, D. Benigno
continuó:
-Siempre
ha sido mi norma de conducta... Segundito, cuidado... ocupar el puesto que me
señalaban las circunstancias. He sido y soy esclavo de mi deber... Primitivo,
que te estoy mirando; ¿cómo se coge el tenedor?... Un día las circunstancias me
dijeron: «es preciso que seas valiente» y fuí valiente. Heridas tengo que darán
razón de ello. Hoy me dicen las circunstancias: «es preciso que seas pacífico»
y pacífico soy... Niños ¿me enfado?... Mi conciencia está tranquila con tan
juicioso plan de conducta; a mi conciencia obedezco y nada más.
En esto
sonaron fuertes campanillazos en —162→ la puerta de la casa. D.ª
Robustiana se sobresaltó.
-A buena
hora viene ese señor... cuando ya estamos en los postres -dijo D. Benigno-. De
seguro es Romo.
-No, no
llama él de ese modo -observó la señora, poniendo atención para oír en el
momento que la criada abría.
-Puede
que sea Romo -indicó Pipaón dirigiendo sus dedos en persecución de una pera que
rodaba por el mantel.
-Son dos
señores, dos hombres -dijo la criada entrando en el comedor-. Preguntan por el
amo.
-Allá voy
-dijo Cordero levantándose.
-Que
esperen -manifestó D.ª Robustiana con mal humor-. ¡Que siempre te has de
levantar de la mesa...!
D.
Benigno salió con la servilleta sujeta al cuello. En la sala encontró dos
hombres desconocidos.
-Una luz,
Reyes -gritó a la criada.
La
claridad de la vela que trajo la moza permitió al honrado patriota distinguir
bien las fisonomías. Creía reconocer aquellas caras. Ninguna de las dos
despertaba grandes simpatías, y en cuanto a los cuerpos eran de lo más
sospechoso que puede imaginarse.
—163→
-¿Es
usted D. Benigno Cordero? -le preguntó uno de ellos secamente.
-Para lo
que ustedes gusten mandar. ¿Qué quieren ustedes?
-Que
venga usted con nosotros.
-¿A
dónde?
-¡Toma...
a la cárcel! -exclamó el individuo esgrimiendo su bastoncillo y admirado de que
no se hubiera comprendido el objeto de tan grata visita.
D.
Benigno se quedó aturdido... Creía soñar... estaba lelo.
-¡A la
cárcel! -murmuró.
-Y
pronto. Tenemos que hacer...
-A la
cárcel... -dijo otra vez Cordero, como el delirante que repite un tema-. Yo...
¿por qué?... ¿yo...? ¿han dicho que a la cárcel...?
-Sí
señor, a la cárcel... nosotros no tenemos que explicar... No somos jueces
-graznó el polizonte con desenfado y altanería, consecuente con el tono general
de los pillastres que se dedican a perseguir a la gente honrada.
-Aguarden
ustedes un momento -dijo Cordero sin saber lo que decía-. Voy... Les diré a
ustedes...
Dio
varias vueltas, tropezó con una puerta. Parecía un hombre que ha perdido la
cabeza y —164→ la está buscando. Sin propósito deliberado, fue al
comedor, entró. Su esposa y su hija perdieron el color al ver su cara, que era
la cara de un muerto.
-Son dos
caballeros -murmuró Cordero con voz trémula-. Dos amigos... No hay que
asustarse... Tengo que salir con ellos... Pipaón amigo, salga usted a ver qué
es eso... mi sombrero, ¿en dónde está mi sombrero?
Dio una
vuelta alrededor de la mesa y salió otra vez. Sin duda había perdido el juicio.
-Conque
dicen ustedes que... ¡a la cárcel!... ¿y se podrá saber...?
-Si usted
no viene pronto -dijo el polizonte con ira-, llamaremos a los voluntarios que
están abajo.
El otro
bribón había encendido un cigarro y fumaba mirando los cuadros de la sala.
-Pues
vamos. Esto es una equivocación -dijo el comerciante recobrando un poco su
entereza.
-¿Pero su
hija de usted no se presenta?- preguntó el primer esbirro.
-¡Mi
hija!
-¡Sí
señor, su hija! -exclamó el mismo abriendo las manos y mostrando en dos
abanicos de carne sus diez dedos sucios, negros, —165→ nudosos y con
las yemas amarillas por el uso del cigarro de papel.
-¿Y para
qué tiene que presentarse mi hija?
-¿Pues
qué?... ¿No le dije que su hija tiene que venir también a la cárcel?
-Usted no
me ha dicho nada, y si me lo hubiera dicho, no lo habría creído -afirmó Cordero
sintiendo que su corazón se oprimía.
-Vea
usted este papel -dijo el funcionario mostrando un volante-. Benigno Cordero y
su hija Elena Cordero.
-¡Mi
hija! -exclamó D. Benigno, lanzando un gemido de dolor-. ¿Pues qué ha hecho mi
hija?
-¡Eh! que
suban los voluntarios. Así despacharemos pronto.
D.
Benigno se había vuelto idiota. No se movía. Pipaón que había oído algo desde
la puerta, se acercó diciendo:
-Esto ha
de ser alguna equivocación de la Superintendencia.
Al verle
los de la policía le hicieron una reverencia, como suele usarlas la infame
adulación cuando quiere parecerse a la cortesía.
-¿No es
usted el que llaman Mala Mosca? ¿No me debe usted su destino? -preguntó Pipaón.
-Sí señor
-repuso el infame —166→ mostrando tras los replegados labios una
dentadura que parecía un muladar-. Soy el mismo, para servir al señor de
Pipaón.
-A ver la
orden.
Pipaón
leyó a punto que entraban en la sala, sobrecogidas de terror, las tres mujeres
y los dos frailecitos y la criada.
-Nada,
nada, esto debe de ser un quid pro quo -dijo Bragas con disgusto evidente-;
pero es preciso obedecer la orden. Desde este momento empezaré a dar los pasos
convenientes...
Los de
Cordero se miraron unos a otros. Se oía la respiración. En aquel instante de
congoja y pavura, Elena fue la que tuvo más valor, y haciendo frente a la
situación exclamó:
-¿Yo
también he de ir presa? Pues vamos. No tengo miedo.
-¡Hija de
mi alma! -gritó D.ª Robustiana abrazándola con furor-. No te separarás de mí.
Si a los dos os llevan presos, yo voy también a la cárcel y me llevo a los
niños.
-Con
usted no va nada, señora -dijo el polizonte-. El señor mayor y la niña son los
que han de ir... Conque andando.
Arrojose
como una hiena la señora sobre aquel hombre, y de seguro lo habría pasado mal
el funcionario de la Superintendencia si —167→ D.ª Robustiana, en el
momento de clavar las manos en la verrugosa cara de su presa no hubiera quedado
sin sentido, presa de un breve síncope. Acudieron todos a ella, y el policía
gritó, poniéndose rojo y horrible:
-¡Al
demonio con la vieja!... Vamos al momento, o que suban los voluntarios. No
podemos perder el tiempo con estos remilgos.
D.
Benigno, cuyo espíritu estaba templado para hacer frente a las situaciones más
terribles, elevose sobre aquella tribulación, como el sol sobre la bruma, e
iluminando la lúgubre escena con un rayo de heroísmo que a todos les dejó
absortos, gritó:
-Vamos,
vamos a la cárcel. Ni mi hija ni yo temblamos. La inocencia no tiene miedo,
cobardes sayones... Vamos a la cárcel, al patíbulo, a donde queráis, canallas,
mil veces canallas... Yo había vuelto la espalda a la libertad, y la libertad
me llama... ¡Allá voy, ideal divino; aquí estoy; adelante!... Vamos,
miserables, abandono a mi esposa, a mis hijos. Todo se queda aquí... Tan
miserables sois vosotros como Calomarde que os manda. Vamos a la cárcel, y
¡Viva la Constitución!
Salió
bizarra y noblemente, lleno de entusiasmo y valor, rodeando con su brazo el
cuello de Elena, que al heroico arrojo de su padre —168→ respondió
diciendo también: -«¡Viva la Constitución!».
Al salir
encargó a Soledad que cuidase de su madre y de sus hermanos. Algo más pensaba
decir; pero los sayones no la dejaron. El compañero de Mala Mosca se quedó para
registrar la vivienda.
· Anterior
- XIII -
Al día
siguiente, después de las doce, entró Pipaón en la casa, muy agitado y
sudoroso, como hombre que ha subido en pocas horas todas las escaleras de las
oficinas de Madrid. Halló a D.ª Robustiana en lamentable estado. Yacía la
atribulada señora en cama, y desde la noche anterior, lejos de calmarse sus
ataques nerviosos, se habían exacerbado a causa de la inquebrantable
resistencia a tomar alimento. Cuando Pipaón entró, no podía dar un paso en la
estancia, porque estaba casi a oscuras con objeto de que la luz no molestase a
la señora; mas por los suspiros que oía se fue guiando hasta que dio con el
lecho y pudo distinguir a Solita, sentada junto a este sin apartar la atención
ni un punto de su infeliz amiga.
—169→
El
ilustre cortesano de 1815 se sentó, cuidando de exhalar también un gran suspiro
para que no se dudase de la autenticidad de su pena, y después de enterarse con
mucha solicitud del estado de la paciente, dijo así:
-Señora,
he visto a Chaperón.
D.ª
Robustiana contestó con un quejido lastimero.
-Señora
-añadió Bragas-, he visto a Aymerich, jefe de los voluntarios realistas.
Respondiole
otro quejido seguido de sollozos.
-Señora,
he visto a Ugarte, a Cea Bermúdez, a varios individuos de la Junta Secreta de
Estado, a dos individuos de la Comisión Militar.
No obtuvo
respuesta.
-Señora,
he visto a Calomarde, he hablado con él: estaba almorzando, me hizo pasar, le
dije lo que ocurría, contestome que viese a D. José Manuel de Arjona. También
es amigo mío: hemos hablado largamente. Voy a enterar a usted con toda claridad
de la verdadera situación en que estamos, situación grave, señora, ¿a qué
ocultarlo? pero no desesperada. Yo creo que se deben pintar los sucesos tales
cuales son, porque de nada valdría desfigurarlos, ¿estamos en eso? Pues bien:
juzgue usted por sí misma.
—170→
D.ª
Robustiana parecía hallarse en estado de no poder juzgar nada por sí misma;
pero el impávido Pipaón habló así:
-Ya sabrá
usted que ha habido audaces tentativas revolucionarias en Tarifa, Almería y
otros pueblos de la costa del Mediodía. Esos tunantes salieron de Gibraltar. El
desembarco les salió mal. Gracias a la vigilancia de las autoridades, tan
grande iniquidad quedó frustrada. De hoy a mañana, señora, serán fusilados en
Tarifa trescientos de esos pillos.
Pipaón
notó que el lecho se estremecía.
-Ya sabrá
usted -añadió-, que por el Decreto del 20 se condena a muerte a todos los que
por cualquier medio pretendan restablecer el sistema representativo. Aquí será
fusilado Gregorio Iglesias, un chicuelo de 18 años que intentó unirse a los
revolucionarios del Mediodía. También parece que hoy ha sido condenado a muerte
otro jovenzuelo, Tomás Franco, por haber proferido expresiones contra la vida
de Su Majestad... En La Coruña ha sido preciso sentar la mano. Muchos de los
sentenciados a la última pena han sido ejecutados ya; otros se han suicidado
con opio o abriéndose las venas... En fin, señora, esto es muy triste, pero
usted comprenderá que el Gobierno, viéndose acosado por esos infames demagogos
negros sedientos —171→ de desorden, necesita mostrarse riguroso, pero
muy riguroso... Yo pregunto a todas las personas imparciales y juiciosas: «¿En
vista de lo que pasa, puede el Gobierno ser benigno?».
El
discreto amigo no recibió contestación ni de la enferma, ni de Soledad, pero lo
mismo que si la recibiera, prosiguió diciendo:
-Exactamente:
no puede ser benigno. Los frailes, los obispos, todos los absolutistas de
temple incitan al Gobierno a extirpar la negrería; los voluntarios realistas
que son más levantiscos e indomables que la malhadada Milicia Nacional de
marras, amenazan con sublevarse si no se les da todos los días sangre de
liberales, horcas y más horcas. ¿Y qué se ha de hacer? Sobre ellos, sobre esa
base poderosa se asienta el edificio del absolutismo y ¡ay de todo esto el día
en que los voluntarios de la fe pasen del descontento a la sedición y de las
palabras a los hechos! Por lo dicho, comprenderá usted que en la situación
actual, cuando alguno, aunque sea inocente, tiene la desgracia de caer en la
cárcel, no es fácil sacarle de ella a dos tirones...
D.ª
Robustiana exhaló la mitad de su alma en un gemido.
-No
quiere esto decir que D. Benigno y —172→ su niña no puedan salir
-añadió Bragas-; saldrán, sí señora, saldrán con la ayuda de Dios. Pero es
difícil, sumamente difícil, ¿por qué he de decir otra cosa? ¿Por qué he de
engañar a usted con ilusiones que luego serían amargos desengaños? Ahora
examinemos el delito de nuestros queridos presos.
Al oír
esto, estremeciose otra vez el lecho, y oyéronse sílabas torpemente
articuladas.
-El Sr.
D. Benigno y su hija han sido delatados, no se sabe por quién ni es fácil
saberlo. Por más que yo he tratado de averiguarlo, no me ha sido posible.
Acúsanles de... pero vamos por partes, para mayor claridad. Parece que Elenita
tiene un novio llamado Ángel Seudoquis...
-¡Es
mentira, es una infame impostura! -exclamó D.ª Robustiana, sobreponiéndose a su
estado nervioso-. Mi hija no tiene novio.
-Ángel
Seudoquis -prosiguió Pipaón, dando poca importancia a la negativa de la
enferma-, hermano de D. Rafael Seudoquis, militar sin purificar, degradado y
aun creo que condenado a muerte por varios horrorosos crímenes de Estado. Según
consta en la delación, Rafael Seudoquis, que ha venido de Inglaterra con
órdenes de los revolucionarios para hacer una tentativa, se valió de su hermano
Ángel, —173→ novio de la niña, para ponerse en comunicación con D.
Benigno, el cual parecía tener encargo de ayudarle...
-¡Qué
horrible maquinación! ¡Qué tejido de infames mentiras! -murmuró D.ª Robustiana
ahogando los sollozos-. Sola, tú que nos conoces y sabes quién entra y sale en
nuestra casa, ¿no te horrorizas de oír tales calumnias?
Soledad
no contestó nada. Tenía un nudo en la garganta.
En la
delación consta también -prosiguió el amigo de la casa-, que Rafael Seudoquis
entró dos veces seguidas disfrazado... grandes barbas, aspecto fiero... yo no
le conozco. Ello es que le vieron entrar. Guardábale el bulto su hermano,
paseando en la calle. Consta que Elena recibía de él papeles que luego
entregaba a D. Benigno, y constan otras estupendas cosas que no recuerdo en
este momento.
-Consta
que los jueces y delatores son un enjambre de miserables bandidos -afirmó doña
Robustiana con ira, incorporándose-. Sola, ¡por Dios santo! tú que nos conoces,
di a ese hombre que se engaña, porque también él, con ser nuestro amigo, parece
dar crédito a tales patrañas.
-Yo ni
afirmo ni niego... poco a poco -manifestó Pipaón, conservándose en aquel
saludable —174→ justo medio que le había llevado a considerables
alturas burocráticas-. El Sr. D. Benigno y su hija pueden ser inocentes y
pueden no serlo: de un modo o de otro es el Sr. Cordero un excelente amigo, a
quien debo servir y serviré con todas mis fuerzas.
Levantose.
La enferma, acometida por una convulsión, desplomose sobre las almohadas.
-Ánimo,
señora -dijo con la frialdad del médico que pone recetas en el momento de la
muerte-. Usted me conoce y sabe que haré cuanto de mí dependa. El caso es
grave, gravísimo: ignoro hasta dónde puede llegar mi influencia; pero hay que
confiar en Dios, que hace milagros, que los ha hecho algún día, que los volverá
a hacer, señora, si es preciso. Dios ampara a los buenos.
Emitida
esta máxima, se llevó el pañuelo a los ojos, como si quisiera limpiar la
humedad de una lágrima auténtica, y después de echar un suspirillo mal sacado,
salió de la alcoba, dejando a las dos mujeres más atribuladas de lo que estaban
antes de su aparición.
Muy
avanzada la noche, cuando la enferma, vencida por la fatiga, pudo hallar en un
ligero sueño alivio a las penas de su alma, Sola subió a su casa.
Ordinariamente subía la escalera —175→ en veloces saltos, cual pájaro
que vuela a su nido; aquella noche la subió lentamente, con tanto trabajo como
si cada escalón fuese una montaña. No apartaba los ojos del suelo, y su rostro
estaba lívido. Sin duda veía dentro de sí misma espectros que la horrorizaban.
¿Qué
tienes, niña mía? -le preguntó Sarmiento, que había salido a abrirle-. ¡Cuánto
tiempo sin verte!... Esa pobre gente estará muy afligida. Y gracias que tienen
un ángel como tú para que les acompañe.
La
huérfana no contestó nada. La voz de D. Patricio parecía no ser para ella más
interesante ni más expresiva que el áspero chirrido de los goznes de la puerta.
-¿Qué
tienes? ¿en qué piensas? -dijo el anciano sentándose junto a ella-. Tú tienes
algo.
Después
de una pausa en que silenciosamente la contempló, dijo con la más viva
amargura:
-¡Ya
comprendo, pobre de mí! Ha llegado el momento de separarte de tu viejo, de
meterme en un hospicio y de marcharte para Inglaterra. Como me has tomado algún
cariño, esta separación no puede menos de afligirte.
-Ya no me
voy para Inglaterra -murmuró Sola con una seriedad sepulcral que desconcertó
más a Sarmiento.
—176→
-Pues
entonces... eso que me has dicho me causa muchísima alegría, hija de mi
corazón. ¿Conque no te vas? ¡Qué sabrosas nuevas has traído esta noche a tu
viejecito! Dame un abrazo.
Al caer
en los brazos del vagabundo, y cuando este la estrechaba con amante ardor en
ellos, Sola gimió dolorosamente y se echó a llorar, diciendo:
-¡Ay,
abuelo!... ¡qué desgraciada es tu niña!... Más le valdría no haber nacido.
· Anterior
- XIV -
En la
planta baja del edificio que se llamó primero Cárcel de Corte, después Sala de
Alcaldes, más tarde Audiencia y que ahora va camino de llamarse, según parece,
Ministerio de Ultramar, estaba situada la Superintendencia General de Policía.
La cárcel ocupaba el inmundo edificio, que ya no existe, en la manzana
inmediata, hacia la Concepción Jerónima, y que fue casa y hospedería de los
padres del Salvador. Desde uno a otro caserón la distancia era insignificante,
como la que existe entre la agonía y la muerte, y a falta de un Puente de los
Suspiros, existía el callejón del —177→ Verdugo, de fácil tránsito
para los que del tribunal pasaban a los calabozos o de los calabozos a la
horca.
Las
respetables oficinas de aquella institución (firme columna del orden político
dominante entonces), tenían alojamiento tan digno de los jueces como de las
leyes, en las indecorosas crujías que ha visto no hace mucho todo el que tuvo
la desgracia de frecuentarlos Juzgados de primera instancia. La Comisión
Militar, que era la que juzgaba a toda clase de delincuentes, tenía su albergue
en un antiguo edificio de la plazuela de San Nicolás; pero el Presidente de
ella frecuentaba tanto la Superintendencia que se había mandado arreglar un
despacho en el ángulo que da al callejón del Verdugo. El Superintendente
recibía en la sala contigua a la callejuela del Salvador. El contraste
horriblemente burlesco entre los nombres de las fétidas callejuelas por donde
respiraban los dos instrumentos más activos del poder judicial y político, no
establecían diferencia esencial entre ellos, porque ambos eran igualmente
patibularios. Las odiosas antesalas de la horca eran negras, tristes, frías,
con repulsivo aspecto de vejez y humedad, repugnante olor a polilla, tabaco,
suciedad, y una atmósfera que parecía formada de lágrimas y suspiros.
—178→
En todas
las grandes poblaciones y en todas las épocas ha existido siempre un infierno
de papel sellado compuesto de legajos en vez de llamas y de oficinas en vez de
cavernas, donde tiene su residencia una falange no pequeña de demonios bajo la
forma de alguaciles, escribanos, procuradores, abogados, los cuales usan plumas
por tizones, y cuyo oficio es freír a la humanidad en grandes calderas de
hirviente palabrería que llaman autos. El infierno de aquella época era el más
infernal que puede imaginar la humana fantasía espoleada por el terror.
En una
serie de habitaciones sucias y tenebrosas tenían sus mesas los demonios
inferiores, muy semejantes a hombres a causa de su hambrienta fisonomía y de su
amarillo color, resultado al parecer de una inyección de esencia de pleito, que
se forma de la bilis, la sangre y las lágrimas del género humano. Con los
brazos enfundados en el manguito negro, desempeñaban entre desperezos,
cuchicheos y bocanadas de tabaco, sus nefandas funciones que consistían en
escribir mil cosas ineptas. Con su pluma estos diablillos pinchaban,
martirizando lentamente; pero más allá, en otras salas más negras, más
indecorosas y más ahumadas con el hálito brumoso de la curia,
los —179→ demonios mayores descuartizaban como carniceros. Sus
nefandas rúbricas, compuestas por trozos nigrománticos, abrían en canal a las
pobres víctimas, y cada vez que llenaban un pliego de aquella simpática letra
cuadrada y angulosa que ha sido el orgullo de nuestros calígrafos, daban un
resoplido de satisfacción, señal de que el precito estaba bien cocho por un
lado y era preciso ponerlo a cocer por el otro.
Las mesas
negras, desvencijadas, cubiertas de un hule roto por donde corría libremente la
arenilla secante esperando a que se acercara una mano sudorosa para pegarse a
ella, sostenían los haces de llamaradas, los paquetes de ascua, en forma de
barbudos legajos amarillentos, todos garabateados con la pez hirviente de los
tinteros de plomo o de cuerno, en cuyo horrendo abismo se cebaban las ávidas
plumas.
Mientras
algunos de estos demonios escribían, otros no se daban reposo, entrando y
saliendo de caverna en caverna y llevando recados a la Superintendencia y a la
cárcel. Los alguaciles y ordenanzas, que eran unos pajecillos infernales muy
saltones, transportaban grandes cargamentos de materia ígnea de un rincón a
otro: sonaban las campanillas, como una señal demoníaca para activar los
tizonazos y la quemazón; se oían llamamientos,
peticiones, —180→ apuradas preguntas; buscábase entre mil legajos el
legajo A o B, se recriminaban unos a otros los de manguito en brazo y pluma en
oreja, se arrojaban fétidas colillas, volaba el papel con el pesado aire que
entraba al abrir y cerrar las puertas, oíase chirrido de plumas trazando
homicidas rúbricas, y movíanse, gimiendo sobre sus goznes mohosos, las mamparas
en cuyo lienzo roto se leía:Departamento de purificaciones... Padrón
general... Sentencias... Pruebas... Negociado de sospechosos.
La
Superintendencia de policía y la Comisaría Militar se diferenciaban poco en el
fondo y en la forma, y no se juzgue a la segunda por su calificativo, creyendo
que imperaba en ella el criterio comúnmente pundonoroso y honrado, aunque
severo, de nuestro ejército. Estaba presidida por un terrible individuo que
vestía de brigadier, para baldón del uniforme español; militares eran también
sus vocales y el fiscal; pero todo su mecanismo interno, su personal secundario
así como sus procedimientos habían sido tomados de la curia más abyecta.
Entonces no había propiamente ejército, porque casi todo él estaba sujeto al
juicio de purificación. Los voluntarios realistas, cuyo jefe era el ministro de
la Guerra, sostenían el orden social, auxiliando a los sanguinarios tribunales
y también —181→ imponiéndose a ellos. La Comisión Militar, que
contaba en el número de sus diversas misiones, la de purificar a aquel nefando
ejército, casi totalmente afecto a la Constitución, estaba en absoluto sometida3 a
la voluntad de aquella odiosa palanca del Gobierno llamada D. Francisco
Chaperón. Los demás altos individuos del aborrecido tribunal eran figuras
decorativas que sólo servían para hacer resaltar con su penumbra la roja
aureola infernal del presidente.
El
público aguardaba en la portería de la Comisión (plazuela de San Nicolás),
impaciente, mugidor, grosero, blasfemante. Componíase en gran parte de los
oscuros ministros de la delación y de los testigos de cargo, porque los de
descargo no eran en ningún caso admitidos. Había personas de todas clases,
abundando las de la clase popular. De la clase media eran pocos, de la más
elevada poquísimos. Reuniéndolo todo, lo de dentro y lo de fuera, el gentío que
escribía y el que esperaba, los diablos todos, grandes y pequeños y sus
cómplices delatores podría haberse formado un magnífico presidio. La inocencia
no habría reclamado para sí sino a poquísimas personas.
Grande
era el alboroto entre los que esperaban por querer cada uno entrar antes que
los demás, y los voluntarios tenían que forcejear —182→ a brazo
partido para mantener el orden y establecer un turno riguroso.
-Yo
estaba primero, señora... Échese usted atrás.
-¿Usted
primero? Si estoy aquí desde la madrugada...
-Guardia,
aquí se ha colado esta mujer. Ha venido después que yo y está delante.
-Le digo
a usted que estoy aquí desde la madrugada.
-¿A qué
viene usted, hermosa? Si viene usted como testigo ha de esperar a que la
llamen... aunque no se admiten aquí testigos con faldas.
-No vengo
como testigo.
-¿Viene a
reclamar?... Tiempo perdido.
-No vengo
a reclamar.
-¿A
delatar?
La mujer
calló. Era joven, vestía modestamente de negro, con mantilla. Su cara estaba
pálida; sus ojos grandes y oscuros se abatían con tristeza.
-¿Pero
usted a qué viene? -le preguntó el voluntario encargado de mantener el orden.
-A ver al
Sr. Chaperón. Ya se lo he dicho a usted seis veces.
-Acabáramos...
¿Y no podría usted ver en su lugar al segundo jefe?
—183→
-No
señor. Tengo que hablar con el señor Chaperón, con el mismo Sr. Chaperón.
-Pues aún
aguardará usted un ratito.
Una hora
después, el mismo se acercó a ella y en tono de benevolencia le dijo:
-Ahora en
cuanto salga ese señor sacerdote que acaba de entrar, pasará usted.
-Ya es
tiempo.
-¿Ha
esperado usted mucho, niña?
-Seis
horas: son las diez. Apenas puedo ya tenerme en pie. Ayer también estuve a las
ocho de la mañana. Me dijeron que esto era cosa de la Superintendencia. Fui a
la Superintendencia. Allí esperé seis horas; fui de oficina en oficina y al fin
un señor muy gordo me dijo que yo era tonta y que la Superintendencia no tenía
nada que ver con lo que yo iba a decir; que marchase a ver al Sr. Chaperón. Por
la noche le busqué en su casa; dijéronme que viniese aquí...
-Usted
viene a dar informes a la Comisión Militar -dijo el voluntario realista
encubriendo con estas palabras la infante idea de la delación.
La joven
no contestó nada.
-Ya puede
usted pasar -oyó decir al fin; y otro voluntario, especie de Caronte de
aquellos infernales pasadizos, la guió adentro.
—184→
Al
atravesar el lóbrego pasillo, oprimiósele el corazón y tembló toda, creyendo
que una infernal boca se la tragaba y que jamás vería la clara luz del día.
Rechinó una mampara. La mujer vio una estancia regularmente iluminada por los
huecos de dos ventanas, y entró. Allí había dos hombres.
· Anterior
- XV -
Uno
estaba en pie, colocado frente al marco de la puerta, de modo que recibiendo la
luz por detrás, todo él parecía negro, negro el uniforme, negras las manos,
negra la cara. Pero en la sombra podía reconocerse fácilmente al celoso
funcionario que dispuso la elevación de la horca en la plaza de la Cebada el 6
de Noviembre de 1823.
El otro
estaba sentado y escribía con la soltura y garbo de quien ha consagrado una
existencia entera al oficio curialesco. Era un viejecillo encorvado y
pergaminoso, con espejuelos verdes, las facciones amomiadas, el cuerpo enjuto.
Mientras escribía, su espinazo afectaba una perfecta curva, cuyo extremo,
o —185→ sea la región capital, casi tocaba el papel. Al dejar la
pluma, recobraba lentamente su posición vertical, que siempre era bastante
incorrecta, por tener su cabeza cierta tendencia a colgar balanceándose, como
fruta madura que va a caer de la rama. Tenía la costumbre de subirse a la
frente las antiparras verdes mientras escribía, y entonces parecía estar dotado
de cuatro ojos, dos de los cuales se encargaban de vigilar la estancia mientras
sus compañeros cubrían el papel de una hermosa letra de Torío que en claridad
podía competir con la de imprenta. Su nariz y la desaforada boca combinaban
armoniosamente sus formas para producir una muequecilla entre satírica y
benévola que producía distintos efectos en los que tenían la dicha de ser
mirados por el licenciado Lobo, pues tal era el nombre de este personaje, no
desconocido para nuestros lectores4.
La joven
balbució un saludo dirigiéndose al de la mesa, que le parecía más principal.
Después extendió sus miradas por toda la pieza, que se le figuró no menos
triste y lóbrega que un panteón. Cubría los polvorientos ladrillos del suelo
una estera de empleita que a carcajadas —186→ se reía por varios
puntos. Los muebles no superaban en aseo ni elegancia al resto de las oficinas,
y las mesas, las sillas, los estantes se decoraban con el mismo tradicional
mugre que era peculiar a todo cuanto en la casa existía, no librándose de él ni
aun el retrato de nuestro Rey y señor D. Fernando VII, que en el testero
principal, y dentro de un marco prolijamente decorado por las moscas, mostraba
la augusta majestad neta. Los grandes ojos negros del Rey, fulgurando bajo la
espesa ceja corrida, parecían llenar toda la sala con su mirada aterradora.
-¿Qué
quiere usted? -gritó bruscamente Chaperón, mirando a la joven.
La
turbación suele causar algo de sordera; así es que la interpelada dejose caer
en una silla con muestras de gran cansancio.
-Gracias,
señor, me sentaré. Estoy muy fatigada; no me puedo tener.
Su
entrecortado aliento, su palidez, la sequedad de sus labios indicaban una
fatiga capaz de producir la muerte si se prolongara mucho.
-No he
dicho a usted que se siente, sino que qué quiere -manifestó con desabrimiento
el brigadier.
La joven
se levantó vacilante como un ebrio.
—187→
-Puede
usted sentarse, sí, siéntese usted -dijo Chaperón con menos dureza.
Lobo le
hizo una seña amistosa, obsequiándola al mismo tiempo con un ejemplar de su
sonrisa.
-Yo -dijo
la joven dirigiéndose a Lobo que le parecía más amable-, quería hablar con el
Sr. de Chaperón.
-Pues
pronto, amiguita -gruñó este-, despachemos, que no estamos aquí para perder el
tiempo.
-¿Es
Vuecencia el Sr. D. Francisco Chaperón?
-Sí, yo
soy... ¿qué se te ofrece? -repuso el funcionario practicando su sistema de
tutear a los que no le parecían personas de alta calidad.
-Quería
hablar a Vuecencia -dijo la muchacha temblando-, acerca de D. Benigno Cordero y
su hija.
-Cordero...
-dijo Chaperón recordando-. ¡Ah! ya... el encajero. Está bien. ¿Tú has servido
en su casa?
-No
señor.
-Su causa
está muy adelantada. No creo que haya nada por esclarecer. Sin embargo... Señor
licenciado Lobo, recoja usted las declaraciones de esta joven.
—188→
-¿Cómo se
llama usted? -preguntó Lobo tomando la pluma.
-Soledad
Gil de la Cuadra.
-¡Gil de
la Cuadra! -exclamó Chaperón con sorpresa dando algunos pasos hacia la joven-.
Yo conozco ese nombre.
-Mi padre
-dijo Sola reanimándose- era muy afecto a la causa del Rey. Quizás Vuecencia le
conocería.
-D.
Urbano Gil de la Cuadra... Ya lo creo. ¿Se acuerda usted, Lobo?... Últimamente
se oscureció y no supimos más de él... Era una benemérito español que jamás se
dejó embaucar por la canalla.
-Murió
pobre y olvidado de todo el mundo -manifestó Sola, triste por la memoria y
gozosa al mismo tiempo por una circunstancia que despertaría tal vez interés
hacia ella en el ánimo de aquellos señores tan serios-. Sabiendo quién soy y
recordando la veracidad y honradez de mi padre, tengo mucho adelantado en la
opinión de Vuecencias.
-Seguramente.
-Y darán
crédito a lo que diga.
-El
pertenecer a una familia que se distinguió siempre por su aborrecimiento a las
novedades constitucionales, es aquí la mejor de las recomendaciones.
—189→
-Pues
bien, señores -dijo Soledad animándose más-, yo diré a Vuecencias muchas cosas
que ignoran en el asunto de D. Benigno Cordero.
-Anote
usted, licenciado... En efecto, siempre me han parecido algo oscuros los hechos
de ese endiablado asunto de Carnero...¿no es Carnero?... No, Cordero. Tengo la
convicción de su culpabilidad; pero...
-¡Oh!
señor -dijo Soledad con viveza-, precisamente yo vengo a decir que el Sr. D.
Benigno y su hija son inocentes.
Chaperón,
que iba en camino de la ventana, dio una rápida vuelta sobre su tacón, como los
muñecos que giran en las veletas al impulso del viento.
-¡Inocente!
-exclamó arrugando todas las partes arrugables de su semblante, que era su modo
especial de manifestar sorpresa.
Lobo dejó
la pluma y bajó sus anteojos.
-Sí
señor, inocente - repitió Sola.
-Oye, tú
-añadió Chaperón-. ¿Habrás venido aquí a burlarte de nosotros?...
-No
señor, de ningún modo -repuso la huérfana temblando-. He venido a decir que el
Sr. Cordero es inocente.
-Cordero...
inocente... Inocente... Cordero... ¡Qué bien pegan las dos
palabrillas, —190→ eh! -dijo el Comisario militar con la bufonería
horripilante que le aseguraba el primer puesto en la jerarquía de los demonios
judiciales.
Se había
acercado a la joven, casi hasta tocar con sus botas marciales las rodillas de
ella, y cruzando los brazos y arrugando el ceño, la miraba de arriba abajo
desdeñosamente, como pudiera mirar el can a la hormiga. Soledad elevaba los
ojos para poder ver la tenebrosa cara suspendida sobre ella como una amenaza
del cielo. Su convicción y su abnegación dábanle algún valor, por lo cual,
desafiando la siniestra figura, se expresó de este modo:
-Yo
afirmo que los Corderos son inocentes, que están presos por equivocación. Ya se
supone que no habré venido sin pruebas.
Ella
ignoraba que en aquel odioso tribunal las pruebas no hacían falta para condenar
ni para absolver. No hacían falta para lo primero porque se condenaba sin
ellas, ni para lo segundo, porque se condenaba también, a pesar de ellas.
-Conque
pruebas... -dijo el vestiglo marcando más el tono de su bufonería-. ¿Y cuáles
son esas pruebecitas?
-Yo no
vengo a negar el delito -afirmó Soledad con voz entrecortada, porque apenas
podía hablar mientras sintiera encima el formidable —191→ peso de la
mirada chaperoniana-. Yo no vengo a negar el delito, no señor; vengo a
afirmarlo. Pero he dicho... que el Sr. Cordero es inocente de ese delito, que
el delito ¿me entienden ustedes? se ha achacado al Sr. Cordero por
equivocación... y esto lo probaré revelando quién es el verdadero... culpable,
sí señor; el culpable del delito... del delito.
-Eso
varía -dijo Chaperón apartándose-. Para probarme que no vienes a burlarte de
nosotros, dime cuál es el delito.
-Un
oficial del ejército llamado D. Rafael Seudoquis, vino de Londres con unas
cartas.
-¡Ah!...
estás en lo cierto -dijo Chaperón con gozo, interrumpiéndola-. Por ahí, por
ahí...
-Como
Seudoquis no podía estar en Madrid sino día y medio, las cartas venían en un
paquete a cierta persona que las debía distribuir y recoger las contestaciones.
-Admirable
-dijo Chaperón como un maestro que recibe del examinando la contestación que
esperaba-. Y Seudoquis no celebró entrevistas con Cordero, sino con otra
persona. ¿No es eso lo que quieres decir?
-Sí
señor; Cordero ni siquiera le conoce. Lo del noviazgo de Elena con Angelito es
verdad; pero D. Rafael no ha visto a su hermano —192→ ni a ninguna
otra persona de su familia en las treinta horas que estuvo en Madrid.
-Vamos,
veo que conoces el paño... Bien, paloma. Ahora, revélanos todo lo que sabes.
Lobo, anote usted.
Lobo tomó
la pluma y subió otra vez a la frente sus verdes ojos sin pestañas.
-Yo no
diré nada -afirmó Soledad con la firmeza de un mártir-, no diré una palabra,
aunque me den tormento, si antes Vuecencia no me da palabra de poner en
libertad al Sr. Cordero y a su hija.
-Según y
conforme... Aquí no somos bobos. Si yo veo clara la equivocación...
-¡Pues no
ha de verla!... Deme Vuecencia su palabra de ponerles en libertad desde que
conozca al verdadero culpable.
-Bueno;
te la doy, te doy mi palabra; mas con una condición. No soltaré a los Corderos
si no resulta que el verdadero delincuente es un ser vivo y efectivo, ¿me
entiendes? Aquí no queremos fantasmas. Si es persona a quien podemos traer aquí
para que confiese y dé noticias y vomite todo lo que sabe y expíe sus
crímenes... corriente. Tendremos mucho gusto en reparar la equivocación. ¿Para
qué estamos aquí si no es para hacer justicia?
-El
delincuente -dijo Sola con firmeza-, —193→ es un ser vivo y efectivo,
podrá confesar, podrá expiar su culpa... Acabemos, señores, soy yo.
Chaperón
y el experto licenciado habían visto muchas veces en aquella misma siniestra
sala y en otras dependencias del tribunal, personas que negaban su
culpabilidad, otras que delataban al prójimo, algunas que intentaban con
lágrimas y quejidos ablandar el corazón de los jueces; habían visto muchas
lástimas, infamias sin cuento, algo de abnegación en pocos casos, afectos
diversos y diversísimas especies de delincuentes; pero hasta entonces no habían
visto a ninguno que a sí mismo se acusara. Hecho tan inaudito les desconcertó a
entrambos y se miraron consultándose aquella jurisprudencia superior a sus
alcances morales.
-¿De modo
que tú dices que tú misma eres quien cometió esos delitos que Su Majestad nos
ha mandado castigar? ¿Tú?...
-Sí
señor, yo misma.
-¿Y tú
misma lo aseguras?... de modo que te delatas a ti misma... -insistió Chaperón
no dando entero crédito a lo que oía-. Anote usted, Lobo. Esto es
singularísimo, lo más singular que hemos visto aquí. Lobo, anote usted.
Si en vez
de decir «anote usted», hubiera —194→ dicho: «Lobo, muerda usted», el
leguleyo no se habría arrojado con más ferocidad sobre la pluma y el papel. La
extrañeza del caso hacía estremecer todas las fibras de su corazón, digámoslo
así, de curial.
-Soledad
Gil de la Cuadra -dijo el magistrado militar dictando-, compareció... etc...
Después,
volviéndose a la víctima que observaba el mover de la pluma de Lobo, como si
desde su sitio pudiera leer lo que este escribía, le dijo:
-¿Conque
tú has sostenido relaciones con los emigrados? ¿Cuántas veces? ¿Con varios o
con uno solo?
-Con uno
solo.
-Relaciones
políticas, se entiende -indicó Chaperón más bien afirmando, que preguntando.
-No
señor, relaciones de amistad -dijo Soledad vacilando a cada palabra.
-¿De
amistad?... ¿Quién es él?
Solita,
después de dudar breve instante, pronunció un nombre. Pudo observar que Lobo,
al anotar aquel nombre, frunció primero el ceño, exagerando después hasta
llegar a la caricatura la contracción burlesca de su boca.
-¿Tienes
tú parentesco con ese bergante? -pregunto Chaperón.
—195→
-No
señor.
-Entonces,
¿qué relaciones son esas?
-Es mi
hermano... quiero decir, mi amigo, mi protector.
-Ya, ya
sabemos lo que quieren decir esas palabrillas -gruñó el hombre-horca dando a
luz una especie de sonrisa-. Háblanos con franqueza; que juez y confesor vienen
a ser lo mismo. ¿Eres tú su querida?
Soledad
se puso como la grana. Dominándose, hablo así:
-Condéneme
usted; pero no me avergüence. Yo no soy querida de nadie.
-¿Venimos
aquí con vergüencilla? -vociferó el ogro riendo con brutal jovialidad-. ¡Ay!
¡qué mimos tan monos!... Paloma, recoge ese colorete. ¿Ruborcillo tenemos? Aquí
se conoce el mundo. Sr. Lobo, anote usted que ha revelado tener relaciones
ilícitas con el susodicho...
-No es
cierto, no es cierto -exclamó Soledad levantándose y corriendo hacia la mesa.
-¡Orden!
-gritó Chaperón señalando a la víctima su asiento.
La
huérfana, que había acopiado gran caudal de resignación, volvió a su sitio y
tan sólo dijo:
-Si tengo
valor para sacrificarme por un —196→ inocente, también lo tendré para
calumniarme.
-¡Calumniarse!...
¿Seguimos con las palabrejas retumbantes? Pasemos a otra cosa. ¿Ese
descuellacabras te ha escrito muchas veces?
-Seis
veces desde que está en Inglaterra.
-¿Te ha
hablado de sucesos políticos?
-Muy poco
y por referencia.
-¿Conservas
las cartas?
-No
señor, las he roto.
-Ya lo
averiguaremos. ¿Se ha anotado el domicilio de la reo?
-Sí
señor.
-Adelante.
Llegamos a D. Rafael Seudoquis. Ese señor trajo de Londres un paquete de cartas
para que tú las repartieras...
-Sí
señor... -repuso la joven con firmeza-. Puedo asegurar que Seudoquis no conoce
a D. Benigno Cordero; que este no podía encargarse de repartir las cartas, ni
menos su hija, porque ni uno ni otra tenían noticia de semejante cosa. Vivimos
en la misma casa, yo en el segundo, ellos en el principal, y como alguien de la
policía vio al Sr. Seudoquis entrar en la casa, supuso que iba a la habitación
de Cordero, cuando en realidad iba a la mía.
-Muy
bien, anote usted eso. Puede muy bien resultar que el tal Cordero sea inocente,
¿por qué no?... la justicia y la verdad por delante. —197→ Sepamos
ahora a quién iban dirigidas esas cartas. Este es el punto principal... Cordero
no supo darnos noticia alguna. Si tú lo haces, tendremos la mejor prueba de que
no has venido a burlarte de nosotros.
Soledad
vaciló un instante. Helado sudor corría por su frente, y sintió como un
torbellino en su cerebro. Era aquel un caso que la infeliz no había previsto,
porque su alma llena toda de generosidad y ofuscada por la idea del bien que a
realizar iba, no supo calcular la ignominia que podía salirle al paso y
detenerla en su gallardo vuelo. Aquel acto de abnegación era de esos que no
pueden realizarse con éxito feliz sin tropezar con la infamia, poniendo a la
voluntad en la alternativa de retroceder o incurrir en actos vergonzosos.
Espantada Sola de los peligros que aparecían en su camino, no se atrevió a
acometerlos, ni supo tampoco esquivarlos, porque carecía de la destreza y
travesuras propias de tan gran empeño. Su única fuerza consistía en un valor
heroico, pasivo, formidable, y robusteciendo su alma con él, dijo al severo
magistrado:
-Yo me
acuso a mí misma; pero no delataré a los demás.
-Me
gusta... sí, me gusta la salida -afirmó Chaperón cruzándose de brazos delante
de —198→ ella y moviendo el cuerpo como si fuera a dar un salto-.
¿Sabes que tienes frescura?... Esto es dejarnos con un palmo de narices...
Dime, mocosa, si no aclaras eso de las cartas, ¿qué ventaja sacamos de que seas
tú el delincuente en vez de serlo Cordero y su hija? ¿Qué diferencia hay?
-La
diferencia que hay de la verdad a la mentira -replicó Soledad imperturbable -.
Si ellos son inocentes, ¿por qué han de estar en la cárcel ocupando un puesto
que me corresponde a mí?
-Música,
música -dijo el funcionario haciendo sonar como castañuelas los dedos de su
mano derecha-. Aquí no estamos para perder el tiempo en distingos. Hay mucho
que hacer para resguardar Trono y Sociedad de los ataques de esa gentualla
negra. A ver: ¿qué hemos sacado en limpio de tu acusación contra ti misma? Nada
entre dos platos. ¡Por vida del Santísimo Sacramento! Yo creí que en punto a
noticias frescas y bonitas nos ibas a traer aquí oro molido... ¡Que es inocente
D. Benigno! ¿Y qué? ¡Que las cartas las recibiste tú y no él ni tampoco su
hija! ¿Y qué? ¡Por vida del Sant...! esto es burlarse de la Comisión Militar.
Aquí se viene a servir al Estado, no a hacer comedias. ¿Eres tú partidaria del
Altar —199→ y del Trono, o por el contrario, eres amiga de la
canalla? ¿Te has prestado inocentemente a esa maquinación sin saber lo que
hacías?... Hablemos claro.
Diciendo
esto, Chaperón demostraba en la voz y en el gesto hallarse muy satisfecho de su
elocuencia y del incontrastable poder de sus razones. Después de una pausa se
acercó a Sola, y mirándola desde la altura de su corpachón negro, capaz de
intimidar al más bravo; accionando enérgicamente con la mano derecha, cuyo dedo
índice se erguía, tieso e inflexible como un emblema de la autoridad, habló de
este modo:
-El
Gobierno de Su Majestad, que nos ha puesto aquí para que vigilemos, tiene
recompensas para los que le sirven, ayudándole a esclarecer las maquinaciones
de los pillos, ¿te vas enterando? y tiene también castigos muy severos, muy
severos, pero merecidos, para los que encubren a los malvados con su punible
silencio, ¿te vas enterando?
-¿Eso lo
dice Vuecencia para que delate a los que recibieron las cartas? -preguntó
Soledad cerrando los ojos cual si estuviera suspendida sobre su cuello el hacha
del verdugo-. Siento mucho desairar a Vuecencia; pero no puedo decir nada.
—200→
Chaperón
se detuvo en su paseo por el cuarto. Viósele apretar las mandíbulas, contraer
los músculos de la nariz, como si fuera a lanzar un estornudo, revolver los
ojos... Sin duda su cólera augusta iba a estallar. Pero afortunadamente detuvo
la formidable explosión un hombre entre soldado y alguacil, de indefinible
jerarquía, mas de indudable fealdad, el cual abriendo la mampara, dijo:
-Vuecencia
me dispense; pero la señora que vino esta mañana está ahí, y quiere pasar.
-Que
espere... ¡Por vida del...!
-Está
furiosa -observó con timidez el que parecía soldado, alguacil, polizonte, sin
ser claramente ninguna de estas tres cosas.
Chaperón
dudaba. Iba a decir algo, cuando una señora empujó resueltamente la mampara y
entró.
· Anterior
- XVI -
Era una
mujer hermosísima, arrogante y tan airosa y guapetona en su rostro y figura,
como elegante en su vestir y tocado, de modo que Naturaleza y Arte se juntaban
para formar —201→ un acabado tipo de mujer a la moda. La mirada que
echó a Chaperón y a su legista, semejante a una limosna dada más bien por
compromiso que por voluntad, indicaba que la modestia no era virtud principal
en la señora. Pero su gallarda altanería ¡cuán grato es decirlo! venía como de
molde enfrente de aquellos despreciables hombres tan duros con los
desgraciados.
-Ni para
ver al Rey se necesitan más requisitos -dijo la dama sentándose en la silla que
Chaperón le ofreció sonriendo-. Vi a Calomarde esta mañana y me mandó venir
aquí... Yo creí que era cosa de un momento... pero si hay más de doscientas
personas en la puerta... ¡Y qué gente! Diga usted ¿a qué viene toda esa gente,
a delatar? Si yo fuera la Comisión, empezaría por ahorcar a todo el que
delatara sin pruebas... ¿No tienen ustedes otro sitio para que hagan antesala
las personas decentes?
-Señora
-repuso Chaperón en tono adulador, que no galante-, siempre que usted venga,
pasará desde luego a mi despacho. Tengo mucho gusto en complacerla, no sólo por
estimación particular, sino por lo mucho que respeto y admiro al Sr. Calomarde,
mi amigo.
-Gracias
-dijo la señora con indiferencia-. —202→ Vamos a mi asunto. D. Tadeo
me prometió que esto quedaría resuelto en tres días.
-D. Tadeo
desde su poltrona halla muy fáciles los negocios de policía. Yo quisiera verle
aquí enredado con tanta gente y tanto papel... ¡En tres días amigo Lobo, en
tres días!
El
licenciado apoyó la idea de su jefe, moviendo la cabeza con expresión de
lástima de sí mismo, por el mucho trabajo que entre manos traía.
-Esto es
vergonzoso -exclamó la señora sin disimular su enfado-. ¿Conque para despachar
un pasaporte se ha de gastar más tiempo que para juzgar y condenar a muerte a
un hombre?... ¡Qué tribunales, Santo Dios! ¡Qué Superintendencia y qué Comisión
Militar! Pongan todo eso en manos de una mujer y despachará en dos horas lo que
ustedes no saben hacer en una semana.
-Pero
usted, señora -dijo Chaperón con el tono que en él pasaba por benévolo-, no
tiene en cuenta las circunstancias...
-Veo que
aquí las circunstancias lo hacen todo. Invocándolas a cada paso se cometen mil
torpezas, infamias y atropellos. Si volviera a nacer, Dios mío, querría que
fuese en un país donde no hubiera circunstancias.
-Si se
tratara aquí del pasaporte de una señora —203→ -indicó el presidente
de la Comisión con énfasis como el que va a desarrollar una tesis jurídica-,
ande con Barrabás... Pero usted lleva dos criados, los cuales es preciso que
antes se definan y se purifiquen, porque uno de ellos perteneció en tiempo de
la Constitución a la clase de tropa, y el otro sirvió largos años al ministro
Calatrava... Pero nos ocuparemos del asunto sin levantar mano...
-Yo deseo
partir mañana -dijo la señora con displicencia -. Voy muy lejos, señor
Chaperón, voy a Inglaterra.
-Empezaremos,
empezaremos ahora mismo. A ver, Lobo...
Al
dirigirse a la mesa, Chaperón fijó la vista en la víctima cuyo proceso verbal
había sido suspendido por la entrada de la soberbia dama.
-¡Ah!...
ya no me acordaba de ti -dijo entre dientes-. Voy a despacharte.
Soledad
miraba a la señora con espanto. Después de observarla bien, cerciorándose de
quién era, bajó los ojos y se quedó como una muerta. Creeríase que batallaba
angustiosamente con su desmayado espíritu, tratando de infundirle fuerza, y que
entre sollozos imperceptibles le decía: «Levántate, alma mía, que aún falta lo
más espantoso».
—204→
-Con el
permiso de usted, señora -dijo Chaperón mirando a la dama-, voy a despachar
antes a esta joven. Lobo, extienda usted la orden de prisión... Llame usted
para que la lleven... Orden al alcaide para que la incomunique...
La
víctima dejó caer su cabeza sobre el pecho.
Después
miró de nuevo a la dama; pero esta vez encendiose su rostro y parecía que sus
ojos relampagueaban con viva expresión de amenaza. Esto duró poco. Fue la
sombra del espíritu maligno al pasar en veloz corrida por delante del ángel
oscureciendo su luz.
La señora
estaba también pálida y desasosegada. Indudablemente no gustaba de ver a quien
veía, y en presencia de aquella humilde personilla condenada parecía tener
miedo.
-Aquí
tienes, mala cabeza -dijo Chaperón dirigiéndose a la huérfana-, el resultado de
tu terquedad. Demasiado bueno he sido para ti... ¿Qué hemos sacado de tu
declaración? Que Cordero es inocente. ¿Y qué ganamos con eso, qué gana con eso
la justicia? Tú y nosotros adelantamos muy poco... Si hablaras sería
distinto... Tú habrás oído decir aquello de... quien te dio el pico, te hizo
rico. ¿Te vas enterando? pero ahora, picarona, lo
meditarás —205→ mejor en la cárcel... Allí se aclaran mucho los sentidos...
verás. Esta linda pieza -añadió señalando a la víctima y mirando a la señora-
es la estafeta de los emigrados, ¿qué tal? Ella misma lo confiesa, lo cual no
deja de tener mérito; pero nos ha dejado a media miel, porque no quiere decir a
quién entregó las cartas que ha recibido hace unos días.
Soledad
se levantó bruscamente.
-Una de
las cartas de los emigrados -dijo con tono grave extendiendo el brazo-, la
entregué a esa señora.
Después
de señalarla con fuerza, cayó en su asiento con la cabeza hacia atrás. Breve
rato estuvieron mudos y estupefactos los tres testigos de aquella escena.
-Es
verdad -balbució la dama-. He recibido una carta de un emigrado que está en
Inglaterra; no sé quién la llevó a mi casa... ¿qué mal hay en esto?
Chaperón,
que estaba como aturdido, iba a contestar algo muy importante, cuando la señora
corrió hacia la huérfana, gritando:
-Se ha
desmayado esa infeliz.
En
efecto, rendida Sola a la fuerza superior de las emociones y del cansancio,
había perdido el conocimiento.
La señora
sostuvo la cabeza de la víctima, —206→ mientras Lobo, cuya
oficiosidad filantrópica no se desmentía un solo momento, acudió trasportando
un vaso de agua para rociarle el rostro.
-Eso no
es nada -afirmó Chaperón-. Vamos, mujer, ¡qué mimos gastamos! Todo porque la
mandan a la cárcel...
La puerta
se abrió dando paso a cuatro hombres de fúnebre aspecto, que parecían
pertenecer al respetable gremio de enterradores.
-Ea,
llevadla de una vez... -dijo don Francisco resueltamente-. El alcaide le dará
algún cordial... No quiero desmayos en mi despacho.
Los
cuatro hombres se acercaron a la condenada.
-Un poco
de vinagre en las sienes... -añadió el jefe de la Comisión Militar-. Ea,
pronto... quitadme eso de mi despacho.
-¡A la
cárcel! -exclamó con lástima la señora, acercándose más a la víctima como para
defenderla.
-Señora,
dispense usted -dijo Chaperón apartándola con enfática severidad-. Deje usted a
la justicia cumplir con su deber... Vamos, cargar pronto. No le hagáis daño.
Los
cuatro hombres levantaron en sus brazos a la joven y se la llevaron, siendo
entonces —207→ perfecta la similitud de todos ellos con la venerable
clase de sepultureros.
La
mampara, cerrándose sola con estrépito, produjo un sordo estampido, como golpe
de colosal bombo, que hizo retumbar la sala.
· Anterior
- XVII -
Aquel
mismo día ¡por vida de la Chilindraina! ¡cuán amargas horas pasó el pobre don
Patricio! Habrían bastado a encanecer su cabeza si ya no estuviera blanca, y a
encorvar su cuerpo, si ya no lo estuviera también. Sus suspiros eran capaces de
conmover las paredes de la casa: sus lágrimas corrían amargas y sin tregua por
las apergaminadas mejillas. No podía permanecer en reposo un solo instante, ni
distraerse con nada, ni comer, ni aposentar en su cerebro pensamiento alguno,
como no fuera el fúnebre pensamiento de su desamparo y de la gran pena que le
desgarraba el corazón. Este lastimoso estado provenía de que Solita había
salido temprano, diciéndole:
-No sé
cuándo volveré. Quizás vuelva pronto, quizás mañana, quizás nunca...
Escribiré —208→ al abuelo diciéndole lo que debe hacer. Adiós...
Y
dirigiéndole una mirada cariñosa, se limpió las lágrimas, y había bajado
rápidamente la escalera y había desaparecido ¡Santo Dios! como un ángel que se
dirige al cielo por el camino del mundo.
-¿Será
posible que haya salido hoy para Inglaterra? -se preguntaba D. Patricio
apretándose el cráneo con las manos para que no se le escapara también-. ¡Pero
cómo, si aquí está toda su ropa, si no ha hecho equipaje, si en la cómoda ha
dejado todo su dinero!... ¿Pues adónde ha ido entonces?... «Quizás vuelva
pronto, quizás mañana, quizás nunca...». Nunca, nunca.
Y repetía
esta desconsoladora palabra, como un eco que de su cerebro salía a sus labios.
Otro motivo de gran confusión para él era que Soledad había despedido a la
criada el día anterior. Estaba, pues, el viejo solo, enteramente solo,
encerrado en la espantosa jaula de sus tristes pensamientos, que era como una
jaula de fieras. Pasaba del sentimentalismo más patético a la desesperación más
rabiosa, y si a veces secaba sus lágrimas despaciosamente, otras se mordía los
puños y se golpeaba el cráneo contra la pared. En los momentos de
exaltación —209→ recorría la casa toda desde la sala a la cocina,
entraba en todas las piezas, salía para volver a entrar, daba vueltas, y
tropezaba y caía y se levantaba. Como entrara en la alcoba de Sola, vio su ropa
y abalanzándose sobre ella hizo con febril precipitación un lío y oprimiéndolo
contra su pecho, cual si fuera el cuerpo mismo de la persona amada y fugitiva,
exclamó así con lastimero acento:
-Ven acá,
paloma... ven acá, niña de mi corazón... ¿Por qué huyes de mí? ¿por qué huyes
del pobre viejo que te adora? Ángel divino, ángel precioso de mi guarda cuya
hermosura no puedo comparar sino a la de la diosa de la Libertad, circundada de
luz y sonriendo a los pueblos; adorada hija mía, ¿en dónde estás? ¿no oyes mi
voz? ¿no oyes que te llamo? ¿no ves que me muero sin ti? ¿no te sacrifiqué mi
gloria?... ¡Ay!... Mi destino, mi glorioso destino me reclama ahora, y no puedo
ir, porque sin ti soy un miserable y no tengo fuerzas para nada. Contigo al
suplicio, a la gloria, a la inmortalidad, a los Elíseos Campos; sin ti a la
muerte oscura, a la ignominia. Sola, Sola de mi vida, ¿en dónde estás? Dímelo,
o revolveré toda la tierra por encontrarte.
Esto
decía cuando llamaron fuertemente a la puerta. Corrió a abrir más ligero que
una —210→ liebre... No era Sola quien llamaba, eran seis hombres, que
sin fórmula alguna de cortesía se metieron dentro. Uno de ellos soltó de la
boca estas palabras:
-¿No es
éste el viejo Sarmiento que predicaba en las esquinas?... Echadle mano,
mientras yo registro.
-¡Ah!...
-exclamó D. Patricio algo confuso-. ¿Son ustedes de la policía?... Sí, yo
recuerdo... conozco estas caras.
-Procedamos
al registro -dijo solemnemente el que parecía jefe de los corchetes-. Toda
persona que se encuentre en la casa, debe ser presa. Cuidado no se escape el
abuelo.
-Quiere
decir -balbució Sarmiento-, que estoy preso.
-Ya se lo
dirán allá -replicó el polizonte desabridamente-. Andando... Llévenme para allá
al vejete, que aquí nos quedamos dos para despachar esto.
Según la
orden terminante del funcionario, (que era un funcionario vaciado en la común
turquesa de los cazadores de blancos en aquella tenebrosa e infame época),
Sarmiento fue inmediatamente conducido a la cárcel, y sólo por un exceso de
benevolencia incomprensible y hasta peligrosa para la reputación de aquella
celosa policía, le dieron tiempo para ponerse el —211→ sombrero,
recoger el pañuelo y media docena de cigarrillos.
No se
daba cuenta de lo que le pasaba el infeliz maestro, y durante el trayecto de su
casa a la cárcel de Corte, que no era largo, fue con los ojos bajos, el cuerpo
encorvado, las manos a la espalda y en un estado tal de confusión y
aturdimiento, que no veía por dónde pasaba, ni oía las observaciones picarescas
de los transeúntes. Cuando entraron en la cárcel, el anciano se estremeció,
revolviendo los ojos en derredor. Su entrada había sido como el choque del
ciego contra un muro, símil tanto más exacto cuanto que D. Patricio no veía
nada dentro de las paredes del tenebroso zaguán por donde se comunicaba con el
mundo aquella mansión de tristeza y dolor.
Lleváronle
al registro y del registro a un patio, donde había algunas personas que
imploraban la misericordia de los carceleros para poder ver a los detenidos.
Hiciéronle subir luego más que de prisa por hedionda escalera que se abría en
uno de los ángulos del patio, y hallose en un largo corredor o galería, que
parecía haber sido claustro, pero que tenía entonces tapiadas todas sus
ventanas, sin dejar más entrada a la luz que unos ventanillos bizcos en la
parte más alta.
—212→
Al entrar
en la galería, Sarmiento oyó gritos, lamentos, imprecaciones. Era al caer de la
tarde, y como la luz entraba allí avergonzada al parecer y temerosa,
deteniéndose en los ventanillos por miedo a que la encerraran también, no se
podía distinguir de lejos las personas. Veíanse sombrajos movibles, los cuales,
al acercarse a ellos, resultaban ser la simpática humanidad de algún calabocero
que entraba en las celdas o salía de ellas.
Había
centinelas de trecho en trecho, cuya vigilancia no podía ser muy grande, porque
a cada instante les era forzoso apartar de las puertas de las celdas a personas
importunas que iban a turbar la tranquilidad de los reos. Las llorosas mujeres,
abusando de los miramientos a que tiene derecho su sexo, molestaban a los
señores cabos pidiéndoles noticia de tal o cual preso, dándoles cualquier
recadillo verbal o encargo enojoso, como llevar pan a alguno de los muchos
hambrientos que se comían los dedos dentro de las celdas. En una de estas debía
de estar encerrado un loco furioso, cuya manía era dar golpes en la puerta, con
lo cual estaban muy disgustados los carceleros, hombres celosísimos de la paz
de la casa. El dolor y la desesperación, callado el uno, ruidosa la otra,
hacían estremecer las frágiles paredes, —213→ porque el mezquino
edificio era indigno de la rabia que contenía, y a ser tal como a ella
cuadraba, hubiera tenido más piedras que el Escorial y más hondos cimientos que
el alcázar de Madrid.
Sarmiento
fue introducido en una pieza relativamente grande, cuya suciedad parecía ser
resumen y muestrario de todas las suertes de inmundicia que los años y la
incuria de los hombres habían acumulado en la indecorosa cárcel de Corte. En la
zona más baja, una especie de faja mugrienta marcaba el roce de muchas
generaciones de presos, de muchas generaciones de alguaciles, de muchas
generaciones de jueces y curiales. Alumbrábala el afligido resplandor de un
quinqué colgado del techo, que parecía acababa de oír leer su sentencia de
muerte, y se disponía con semblante contrito a hacer confesión de sus pecados.
Como el techo era muy bajo, y los allí presentes se movían de un lado para otro
en torno al ajusticiado quinqué, las sombras bailaban en las paredes haciendo
caprichosos juegos y cabriolas. En el fondo había la indispensable estampa de
Su Majestad, y sobre ella un Crucifijo cuya presencia no se comprendía bien,
como no tuviera por objeto el recordar que los hombres casi son tan malos
después como antes de la Redención.
—214→
Delante
de Su Majestad en efigie y de la imagen de Cristo crucificado, estaba en pie,
apoyándose en una mesa, no fingido, sino de carne y hueso, horriblemente tieso
y horriblemente satisfecho de su papel, el representante de la justicia, el
apóstol del absolutismo, don Francisco Chaperón, siempre negro, siempre de
uniforme, siempre atento al crimen para confundirle donde quiera que estuviese
en honra y gloria del Trono, del orden y de la Fe católica. Pocas veces se le
había visto tan fieramente investigador como aquella noche. Indudablemente
parecía que el tal personaje acababa de llegar del Gólgota y que aún le dolían
las manos de clavar el último clavo en las manos del otro, del que estaba
detrás y en la cruz, sirviendo de sarcástico coronamiento al retrato del señor
D. Fernando VII.
A la
derecha había una mesa donde estaban media docena de diablejos vestidos con el
uniforme de voluntario realista y acompañados por el licenciado Lobo, prestos
todos a lanzar las plumas dentro de los tinteros. La izquierda era ocupada por
un banquillo pintado de color de sangre de vaca: en él se sentaba alguien a
quien D. Patricio no vio en el primer momento. El anciano no había salido aún
de aquel estupor que le acometiera al ser conducido fuera —215→ de su
casa; miró con cierta estupidez al tremendo fantasma, miró después a toda la
chusma curialesca que le rodeaba, al licenciado Lobo; miró al Santo Cristo, al
Rey pintado, y por fin, clavando los ojos en el banco de color de sangre, vio a
su adorada hija y compañera.
-¡Sola!...
¡hija de mi alma!... -gritó lanzando ronca exclamación de alegría-. Tú aquí...
yo también... ¡parece que esto es la cárcel!... ¡el suplicio!...¡la gloria!...
¡mi destino!...
· Anterior
- XVIII -
Clarísima
luz entró de improviso en la mente del afligido viejo; desaparecieron las
percepciones vagas, las ideas confusas para dar paso a aquella siempre fija,
inmutable y luminosa que había dirigido su voluntad durante tanto tiempo,
llenando toda su vida moral.
-Ya estoy
en mí -dijo en tono de seguridad y convicción-. Soledad... ¡tú y yo en este
sitio! Al fin, al fin Dios ha señalado mi día. ¿No lo decía yo?... ¿no decía yo
que al fin vendría la hora sublime? ¡Destino honroso el
nuestro, —216→ hija mía! He aquí que no sólo heredas mi gloria, sino
que la compartes, y los dos juntamente, unidos aquí como lo estuvimos allá,
somos llamados...
-Silencio
-gritó Chaperón bruscamente-. Responda usted a lo que le pregunto. ¿Cómo se
llama usted?
-Excusada
pregunta es esa -repuso con aplomo y dignidad D. Patricio-, pues todo el mundo
sabe en Madrid y fuera de él que soy Patricio Sarmiento, adalid incansable de
la idea liberal, compañero de Riego, amigo de todos los patriotas, defensor de
todas las Constituciones, amparo de la democracia, terror del despotismo. Soy
el que jamás tembló delante de los tiranos, el que no tiene en su corazón una
sola fibra que no grite libertad, y el que aun después de muerto
sacará la cabeza del sepulcro para gritar...
-Basta
-dijo Chaperón, notando que las palabras del reo provocaban murmullos-.
Charlatán es el viejo... Responda usted. ¿Conoce a esta joven?
-¿Que si
la conozco? Que si conozco a Sola... Si no temiera faltar al respeto que debo a
todo juez quienquiera que sea, diría que es necia pregunta la que Vuecencia
acaba de hacerme. Esta es mi hija adoptiva, mi ángel —217→ de la
guarda, mi amparo, mi compañera de vida, de muerte, de cielo y de inmortalidad.
Dios, que dispone todas las grandezas, así como el hombre es autor de todas las
pequeñeces, ha dispuesto que este ángel divino me acompañe también ahora.
¡Admirable solución de la Providencia! Yo creí haberla perdido y la encuentro
junto a mí en la hora culminante de mi vida, cuando se cumple mi destino;
aparece a mi lado, no para darme esos triviales consuelos que no necesita mi
corazón magnánimo, sino para compartir mi sacrificio y con mi sacrificio mi
gloria. Adelante, señores jueces, adelante. Acaben ustedes. Soledad y yo nos
declaramos reos de amor a la libertad, nos declaramos dignos de caer bajo
vuestras manos, y confesamos haber trabajado por el triunfo del santo
principio, ahora y antes y siempre, porque para ello nacimos y por ello
morimos.
Causaba
diversión a los diablillos menores y aun al diablazo grande el desenfado del
buen viejo, por lo cual no habían puesto tasa a la charla de este. Mas
Chaperón, que deseaba concluir pronto, dijo al reo:
-¿Es
cierto que esta joven recibió un paquete de cartas de los emigrados para
repartirlas a varias personas de Madrid?
-¿Y eso
se pregunta? -replicó Sarmiento —218→ como si admirara la candidez
del vestiglo-. ¿Pues qué había de hacer sino trabajar noche y día por el
triunfo de la sagrada causa?... ¿No he dicho que para eso nacimos y por eso
morimos?
Soledad
miraba con ojos muy compasivos a su amigo y al juez alternativamente. Mas
pronto dejó de mirarlos y se reconcentró en sí misma, mostrando estoica
indiferencia hacia aquel lúgubre diálogo entre un insensato y un verdugo. Había
hecho ya con Dios pacto de resignación absoluta y se entregaba a la voluntad
divina, prometiendo no oponer ninguna resistencia a los accidentes humanos, ni
aceptar otro papel que el de víctima callada y tranquila. Entre el instante en
que la sacaron desmayada de la caverna del gran esbirro hasta aquel en que le
pusieron delante al compañero de su infortunio, habían pasado para ella horas
muy angustiosas. Pero su espíritu se había rendido al fin, aceptando la fórmula
esencial del cristiano, que es rendirse para vencer y perderse absolutamente
para absolutamente salvarse. Si algún pequeño combate sostenía aún su alma, era
porque el propósito de pensar solamente en Dios no podía cumplirse aún con
rigurosa exactitud. Pensaba en algo que no era Dios, pero aun así, iba
conquistando la tranquilidad —219→ y un pasmoso equilibrio moral,
porque había arrojado fuera de sí valerosamente toda esperanza.
-Usted
sabrá sin duda a quién venían dirigidas esas cartas -preguntó Chaperón a
Sarmiento.
-¿Pues
qué?... ¿ella no lo ha dicho? -repuso el anciano nuevamente admirado de la
ignorancia del tribunal-. Esto no se puede considerar como delación, porque
esas personas son leales patricios que también anhelan llegue la coyuntura de
sacrificarse por la libertad. Nosotros no tenemos secretos, nosotros, como los
héroes de la antigüedad, lo hacemos todo a la luz del día. Fue preciso prestar
un servicio a la santa causa, facilitando las comunicaciones entre todos los
que conspiran dentro y fuera para hacerla triunfar, y lo prestamos, sí señor,
lo prestamos a la clarísima luz del sol, coram populo. Las cartas eran cuatro.
-Atención
-dijo D. Francisco acercándose a la mesa de los escribanos.
-Una era
para D. Antonio Campos, ese gran patriota que acaba de llegar de Tarifa y
Almería, otra para un oficial de la antigua guardia que se llama Ramalejo, la
tercera venía dirigida a D. Roque Sáez y Onís, y la cuarta a D.ª Genara de
Baraona.
—220→
-Muy bien
-gruñó Chaperón, asemejándose mucho en su gruñido al perro que acaba de
encontrar un hueso perdido-. Veo que el viejo y la niña son la peor casta de
conspiraciones que se conoce en Madrid.
-Sí -dijo
Sarmiento con exaltación-, insúltenos usted... Eso nos agrada. Los insultos son
coronas inmarcesibles en la frente del justo. Mire usted las espinas que lleva
en su cabeza aquel que está en la cruz.
-Silencio
-gritó Chaperón-. Veo que él es tan parlachín como ella hipocritona. Ya sabemos
lo de las cartas, linda pieza... Ahora el buen viejo nos informará de todas las
particularidades que hayan ocurrido en la casa. ¿Tiene noticia de que entrara
en estos líos don Benigno Cordero?
-¡Cordero!
-exclamó Sarmiento con asombro-. Cordero es un hombre vulgar, un tendero, un
cualquiera... ¿Cómo puede ser capaz semejante hombre de intervenir en un
complot de esos que sólo acometen las almas grandes y valerosas?
-¿Seudoquis
fue muchas veces a la casa?
-Dos
veces, dos. Para nada hay que mentar a Cordero. Nuestra gloria es nuestra,
señor mío, y de nadie más. ¡Ay de aquel que intente quitarnos una partícula de
ella, siquiera sea del —221→ tamaño de un grano de alpiste! Nosotros,
nosotros solos somos los héroes, nosotros las víctimas sublimes. Fuera intrusos
y gentezuela que se presenta en el festín de la gloria con sus manos lavadas
reclamando lo que no les pertenece ni han sabido ganar con su abnegación.
Nosotros solos, ella y yo, nadie más que ella y yo.
-El que
enviaba las cartas -añadió don Francisco dando un paso hacia Sarmiento-, ¿no
hablaba de lo de Almería y Tarifa ni de la revolución que estaban preparando?
-Nosotros
- repuso Sarmiento con desdén-, no nos ocupamos de frívolos detalles. ¡Almería,
Tarifa! ¿qué vale eso ni qué significa? Hechos aislados que ni precipitan ni
detienen el hecho principal, que es la victoria de la libertad. Si al fin tiene
que ser, si ha de venir tan de seguro como saldrá el sol mañana... Que se
frustre una intentona, que salga mal un desembarco, que fusiléis a trescientos
o a mil o a un millón de patriotas... nada importa, señores. Lo que ha de
venir, vendrá. Si pretendéis atajarlo con patíbulos, vendrá más pronto. Los
patíbulos son árboles fecundos, que con el riego de la sangre dan frutos
preciosísimos. Echad sangre, más sangre; eso es lo que hace falta. Las venas de
los patriotas —222→ son el filón de donde mana la nueva vida.
«No me
habléis de conspiraciones parciales; yo no entiendo de eso. El que escribió las
cartas, lo mismo que mi hija, lo mismo que yo, cooperamos con nuestra voluntad
y nuestros deseos más íntimos y más ardientes en ese gran complot moral cuyas
ramificaciones se extienden por todo el mundo. ¡Ah! señores, no conocéis la
gran conspiración del tiempo. A ella pertenezco, a ella pertenecen todas
vuestras víctimas... Ea, despachemos pronto. Basta de fórmulas y de
procedimientos necios. El patíbulo, el patíbulo, señores, esa es nuestra
jurisprudencia. De él hemos de salir triunfantes, trocados de humanos
miserables en inmaculados espíritus. Lo mismo nos da que nos ahorquéis de esta
o de la otra manera, más o menos noblemente. ¿A los mártires del circo romano
les importaba que el tigre que se los comía tuviera la oreja negra o amarilla?
No, porque no atendían más que a la sublime idea; lo mismo nosotros no
atendemos más que a esta idea que nos lleva en pos del suplicio, la cual es
como un fuego sacrosanto que nos embelesa y nos purifica. No tenemos ya
sentidos, no sabemos lo que es dolor... ¡La carne!... ¡ah! no nos merece más
interés que el despreciable polvo de nuestros zapatos. Adelante, pues. Cumpla
cada uno con —223→ su deber: el vuestro es matar, el nuestro sucumbir
carnalmente, para vivir después la excelsa, la inacabable y deliciosa vida del
espíritu... Vamos allá; ¿en dónde, en dónde está esa bendita horca?».
Había
tanta naturalidad en las entusiastas expresiones del exaltado viejo patriota y
al mismo tiempo un tono de dignidad tan majestuoso, que los empleados de la
Comisión, así militares como civiles, no podían resistir al deseo de oírle.
Aunque el sentimiento que a la mayoría dominaba era de burla con cierta
tendencia a la compasión, no faltaba quien oyese al estrafalario viejo con un
interés distinto del que comúnmente inspiran las palabras de los tontos. El
mismo Chaperón se mostraba complacido, sin duda porque le divertía su víctima,
haciéndolo mucho más barato que el célebre gracioso Guzmán que empezaba su
carrera en el teatro del Príncipe. Pero como la dignidad del tribunal no
permitía tales comedias, Don Francisco mandó al reo que diese por terminada la
representación.
Los
empleados de policía que se quedaron registrando la casa de Sola, aparecieron.
Según parecía, habían encontrado alguna cosa de gran valor jurídico; habían
hecho provisión de pedacitos de papel, fragmentos de cartas,
sin —224→ olvidar un polvoriento retrato de Riego, hallado entre los
bártulos de D. Patricio, dos o tres documentos masónicos o comuneros y una
carta dirigida al maestro de escuela. Examinolo todo ávidamente Chaperón y lo
entregó después a Lobo para que constase en el proceso. En tanto D. Patricio se
había acercado a su compañera de infortunio y en voz baja le decía:
-Animo,
ángel de mi vida, cordera mía. Que en esta ocasión solemne no deje de estar tu
espíritu a la altura del mío. Inspírate en mí. Reflexiona en la gloria que nos
espera y en el eco que tendrán nuestros sonorosos nombres en los siglos futuros
perpetuándose de generación en generación. ¿Por qué estás triste en vez de
estar alegre como unas castañuelas? ¿Por qué bajas los ojos en vez de alzarlos
como yo, para tratar de ver en el cielo el esplendoroso asiento que nos está
destinado? Tu destino es mi destino. Ambos están escritos en el mismo renglón.
Hay gemelos del morir como los hay del nacer: tú y yo somos mellizos y juntos
saldremos del vientre de este miserable mundo a la inmensa vida del otro...
Posible es que no lo comprendieras antes, niña de mis ojos; yo tampoco lo
creía, y era engañado por hechos mentirosos. Tu proyecto de abandonarme era una
ficción del destino para sorprenderme después con esta —225→ unión
celestial. Mi entrada en tu casa, el amparo que me diste, ¿qué significan sino la
preparación para estas nuestras bodas mortuorias, de las cuales saldremos
unidos por siempre ante el altar de la glorificación eterna? Tú necesitas de mí
para este santo objeto, así como yo necesito de ti... Bien sabía yo que
conspirabas... ¡Y conspirabas por la santa libertad! Bendita seas... Serás
condenada y yo también. ¡Seremos condenados!... ¿Ves cómo no es posible la
separación? ¿Ves cómo lo ha dispuesto Dios así? Viviremos juntos eternamente.
¡Qué inefable dicha!... Solilla de mi vida, ten ánimo; que la flaca naturaleza
corporal no soborne con sus halagos tu alma de patriota. Vive como yo la
excelsa vida del espíritu. Desprécialo todo, mira al cielo, nada más que al
cielo y a mí, que soy tu compañero de gloria, tu gemelo, tu segundo tú,
a quien has de estar unida por los siglos de los siglos.
Soledad
miró a su amigo. La serenidad que en él producía un loco entusiasmo producíala
en ella la resignación, ese heroísmo más sublime que todas las exaltaciones de
valor, y al cual damos un nombre oscuro: lo llamamos paciencia, y germina como
flor invisible y modesta en el alma de los que parecen débiles.
-Veo que
no lloras -dijo D. Patricio observando —226→ aquel semblante
plácidamente tranquilo, a quien la virtud mencionada daba angelical hermosura-.
No lloras, no estás demudada...
-¿Yo
llorar? ¿por qué?
-Así me
gusta -exclamó Sarmiento con entusiasmo-. ¡Oh! almas sublimes, ¡oh! almas
escogidas. ¡Y pensar que os han de intimidar horcas y suplicios!... Señores
jueces, aquí aguardamos la hora del holocausto. Llevadnos ya: subidnos a esos
gallardos maderos que llamáis infamantes. Mientras más altos mejor. Así
alumbraremos más. Somos los fanales del género humano.
Chaperón
mandó que los dos reos fuesen conducidos cada cual a su calabozo; mas como el
alcaide manifestase la imposibilidad de ocupar dos departamentos, se dispuso
que ambos gemelos de la muerte fuesen encerrados en un solo cuarto.
-Vamos
-dijo D. Patricio enlazando con su brazo la cintura de Sola.
Esta se
dejó llevar. Cuando iban por la oscura galería, la joven huérfana oyó
claramente en su oído estas palabras dichas en voz muy baja, como un silbido:
-Señora,
no se sofoque usted mucho... se hará un esfuercito por salvarla... Una
persona —227→ que se interesa por usted... que se interesa, sí... me
encarga de advertírselo.
Soledad
volviose prontamente y vio unos ojos verdes y grandes del tamaño de huevos.
Estos ojos brillaban, reflejando la claridad del farol de los carceleros, en un
semblante amojamado y partido en dos por la hendidura sonriente de la
prolongada boca, casi vacía. En vez de tranquilizarse, Soledad tuvo miedo.
· Anterior
- XIX -
El
licenciado Lobo, asesor privado del señor Chaperón, tenía su oficina en el
ángulo más oscuro y apartado de la planta baja de la Comisión Militar. Cubría
el piso la estera más vieja, servíale de escritorio la mesa más rota que
contaba entre sus propiedades el Estado, y el pupitre, el tintero, la
estantería denotaban con honrosa vejez haber acompañado en toda su larga vida a
las antiguas covachuelas. Hasta el retrato de Fernando VII, que decoraba la
pared, era el más feo de toda la casa, y comido de polilla, no presentaba a la
admiración del espectador más que los ojos y parte del
cuerpo. —228→ Lo demás era una mancha irregular con grandes brazos al
modo de tentáculos. Parecía un gran cefalópodo que estaba contemplando a su
víctima antes de chupársela.
En el
centro de este mueblaje y encorvado sobre una mesa llena de descoloridos
papeles, aparecía el leguleyo, cuya figura encajaba en tal marco como el
cernícalo en su nido. La diestra pluma rasgueaba sin cesar cual si fuera
absolutamente imprescindible su actividad para la existencia de todo aquello, o
como si fuera la clave cabalística de que dependían las imágenes del despacho y
del retrato y de los muebles y del licenciado mismo. Cuando la pluma paraba
parecía que todo iba a desvanecerse. Si no fuera porque en los ratos de
descanso el asesor se ponía a tararear alguna tonadilla trasnochada de las del
tiempo de la Briones y de Manolo García, se le hubiera tenido por momia
automática o por alma en pena a quien se había impuesto la tarea de escribir
mil millones de causas para poderse redimir.
Al día
siguiente de la prisión de Sarmiento y cuando aún no había despachado regular
porción de su faena de la mañana, una señora se presentó sin anunciarse en el
escondrijo del asesor.
-¡Oh!
señora... -exclamó Lobo suspendiendo —229→ la escritura-. No esperaba
a usted tan tempranito. Hágame usted el obsequio de tomar asiento.
Ya la
señora lo había hecho en la única silla que servía para el caso. Era la misma
dama a quien vimos en el despacho de Chaperón, guapa si las hay, seductora
mujer de cara y cuerpo y apostura,tota totalitate hermosa.
Envolvíase en un rico chal blanco que a Lobo le pareció, sobre los lindos
hombros y entre los brazos de verde vestidos, como el más gracioso capricho de
la nieve entre las plantas de un jardín. Como a los viejos feos se les permite
ser galantes, Lobo dijo que la cara de la señora era una rosa con la cual no se
había atrevido la nieve, temiendo que una mirada la derritiera.
-Déjese
usted de sandeces -dijo ella-. Yo he venido a salir de dudas.
-¿Respecto
a esa jovenzuela que se delató a sí misma?... Confieso que es el primer caso
que he visto desde que tengo esta nobilísima pluma en la mano. Usted se
interesa por ella...
-Mucho,
muchísimo -repuso la dama con pena-. Anoche he tenido una pesadilla... no es la
primera vez que sueño con ella... ¿Pues no he dado en soñar que soy verdugo y
que la estoy ahorcando?
—230→
-es
graciosísimo, señora mía, graciosísimo. ¿La conoce usted hace tiempo? ¿De qué
procede ese interés tan vivo? Ella no demuestra tenerla a usted grabada en las
telas de su corazón. Recordemos cómo declaró haberle entregado una de las
cartas. Sin duda quería perderla a usted. ¡Infame víbora! ¡Y usted quiere
favorecerla! ¡Oh generosidad inaudita!
-¡Ella me
aborrece!
-Se
conoce: sí, porque lo de la carta es una calumnia.
-No es
calumnia, no. Recibí la carta -dijo la señora suspirando-. Pero Chaperón me ha
dicho que no seré molestada por esa declaración. Mostraré la carta si es
preciso. No contiene nada que trascienda a conspirar.
-Todo sea
por Dios -dijo Lobo con ademán distraído-. Pues todo se arreglará. Basta que
usted se interese por ella, para que Don Francisco sea benigno. Para él no hay
más Dios que Calomarde, y como mi señora tiene felizmente todo el favor de
nuestro querido Ministro y también el de Quesada...
-No me
fío yo mucho del Ministro -dijo la dama nublando su hermoso semblante con las
sombras de la duda-. Muy amigo mío era don Víctor Sáez y me prendió en Cádiz,
como usted sabe. Aquello duró poco; pero fuí maltratada —231→ del
modo más grosero. No hay que fiar de las amistades en estos tiempos.
-No, no
hay que fiar, señora mía -repuso Lobo riendo y bajando la voz como el que va a
decir un secreto peligroso-. ¡Estamos en los tiempos más perros que se han
visto desde que hay tiempos, y bregamos con la gente más mala que se ha visto
desde que el hombre, esa infame bestia inteligente, apareció sobre la tierra!
Empero, usted conseguirá lo que desea. ¿Es cuestión de gratitud? ¿Ha recibido
usted favores de esa infeliz o de su familia?
-No, no
es eso -repuso la dama, mostrando que la importunaba la curiosidad del hombre
de leyes-. Es cuestión de conciencia.
-¿Debe
usted favores a esa desgraciada?
-No, ella
me debe a mí un disfavor muy grande. Yo he sido mala, Sr. Lobo... pero no, no
soy tan mala como yo misma creo. No faltan voces en mi conciencia... Verdad es
que tengo un genio arrebatado, que soy capaz en ciertos momentos... Vamos, lo
diré, soy capaz hasta de coger un puñal...
La
hermosa dama, moviendo su brazo como para matar, convirtiose por breve momento
en una figura trágica de extraordinaria belleza.
-Pero
estos furores me pasan -añadió pasándose la mano por los ojos-. Pasan, sí,
y —232→ como Dios castiga y advierte... Yo he sido mala; pero no he
cerrado mis ojos a las advertencias de Dios. No es posible siempre reparar el
mal que se ha causado... pero se me presenta ahora la ocasión de hacer un bien
y lo he de hacer: quiero sacar de la prisión a esa joven.
-El Sr.
D. Francisco...
-No me
fío yo del Sr. D. Francisco. Es demasiado amigo de mi esposo para que yo haga
caso de sus palabrejas corteses. Usted, usted puede arreglarlo fácilmente.
-¿Cómo?
-Componiendo
la causa de modo que aparezca la reo tan inocente de conspiración como los
ángeles del cielo, aunque no sé yo si Chaperón y Calomarde podrán convencerse
de que los ángeles no conspiran.
-¡La
causa, señora! -exclamó Lobo sonriendo con malicia.
-Sí,
componer la causa, hombre de Dios, poner lo blanco negro y lo negro blanco.
-Pero
Sra. D.ª Genara de mis pecados, si aquí no hay causas, ni jurisprudencia, ni
ley, ni sentencia, ni testimonio, ni pruebas, ni nada más que el capricho de la
Comisión Militar y de la Superintendencia, sometidas, como usted sabe, al
capricho más bárbaro aún —233→ de los voluntarios realistas. Si todo
este fárrago de papeles que usted ve aquí es tan inútil para la suerte de los
presos como las piedras de que está empedrada la calle... Si todo esto es vana
fórmula; si yo escribo porque me pagan para que escriba; si esto es puramente
lo que yo llamo pan de archivo, porque no sirve más que para llenar
esa gran boca que está siempre abierta y nunca se sacia... ¡Oh inocencia, oh
candor pastoril! No hable usted de causas ni de procedimientos, porque si todo
esto (señaló los legajos que en grandes pilas le rodeaban) se escribiera en
griego, serviría para lo mismo que en castellano sirve, para nada... ¡Pobres
ratones! ¡y es tan inhumana la sala, que manda poner ratoneras para impedirles
que se coman esto!
El
licenciado después que concluyó de hablar siguió riendo un buen rato.
-Entonces
es preciso emprender la conquista de Chaperón.
-Cosa muy
fácil, pero facilísima... tenga usted de su parte a Calomarde y a Quesada y
échese usted a dormir, señora.
-Es que
ahora -repuso la dama muy preocupada-, dicen que apretarán mucho la cuerda y
que no perdonarán a nadie.
-Sí, el
Gobierno necesita ahora más que —234→ nunca demostrar gran celo para
perseguir a los liberales. Los voluntarios realistas le acusan de que ahorca
poco.
-¡Qué
horror! -exclamó la señora con espanto.
-De que
ahorca poco. Pues bien, el Gobierno se verá en el caso de ahorcar mucho.
-¡Y a esa
pobre joven...!
-Esa
pobre joven... La verdad es que la causa, como causa de conspiración, es de las
que más alto piden un desenlace trágico. Ahora me acuerdo de una circunstancia
que favorece mucho su deseo de usted.
-¿Qué?
-Anoche
nos han traído al que figura como cómplice de la tunantuela.
-¿Sarmiento?...
le conozco -dijo la señora desanimándose-. Es un pobre tonto, a quien la
Comisión no puede considerar como reo.
-Poquito
a poco. La ley está de tal modo redactada, que yo no me atrevería a absolverle.
Puesto que la señora quiere que yo dé unos cuantos toques a la causa, se hará.
Nada se pierde en ello. Verá usted cómo resulta que el culpable de todo es
Sarmiento, y que la joven jamás ha roto un plato.
-Buena
idea, si ese infeliz estuviese en su claro juicio; si tuviera
responsabilidad...
—235→
-Ahí está
el quid. Anoche dijo Chaperón que iba a mandarle al Nuncio de
Toledo. Puede que persista en esta humanitaria idea. Allá veremos... Ya sabe
usted que la cabeza de mi jefe es una berroqueña.
-Lo que
sé -dijo la dama en tono humorístico-, es que su jefe de usted es uno de los
hombres más brutos que han comido pan en el mundo.
-Señora
-repuso Lobo como quien da expansión a un sentimiento contenido por el deber-,
yo le aseguro a usted que no come cebada por no dar qué decir. Así anda el
Reino en manos de esta gente. Malaventurados los que se ven en la dura
necesidad de servirle, como yo, por ejemplo, que pudiendo estar pavoneándome en
una sala del Consejo, cual lo piden mis merecimientos y servicios, me hallo
reducido a la triste condición en que usted me ve. ¡Ay! señora de mi vida
-añadió haciendo pucheros-. Esto me pasa por haber sido una mala cabeza, por
haber fluctuado entre los dos partidos sin decidirme por ninguno. Desde la
guerra vengo haciendo quiebros como un bailarín sin saber a qué faldón
agarrarme. Mis vacilaciones, mi timidez natural, y ¿por qué no decirlo? mi
honradez me han traído al estado en que me veo, simple
secretario —236→ de un Chaperón, yo que llegué a posarme en la sala
de Mil y quinientas... ¡Y que no he pasado yo congojas en gracia de Dios!...
-al decir esto movía la cabeza como los muñecos que la tienen pegada al cuerpo
por una espiral de alambre-. ¡Sin destino y teniendo que mantener esposa, dos
suegras y once becerros mamones! Es verdad que Dios se llevó de mi casa a la
gente mayor; pero vinieron nietecillos... ¡y qué casorios los de mis hijas!...
En fin, señora, me callo, porque si sigo hablando de mis lástimas ha de llorar
hasta el tintero. ¡Qué hubiera sido de mí sin la pensión que me dio durante
tres años el Sr. de Araceli, y sin el favor de personas generosas como usted y
otras a quienes viviré eternamente agradecido!... Pero me callo, positivamente
me callo, porque si siguiera hablando...
-Una
persona de tantas tretas como usted -manifestó Genara poco atenta a las
lamentaciones del curial-, puede ingeniarse para que yo vea satisfecho mi
deseo. Estoy segura de que no he de quedar descontenta.
-En estos
tiempos, señora, ¿quién es el guapo que puede dar una seguridad? ¿No ve usted
que todo está sujeto al capricho?
Genara,
vagamente distraída, contemplaba el cefalópodo formado por la humedad sobre
el —237→ retrato del Monarca. De repente sonaron golpes en la puerta
y una voz gritó:
-El señor
Presidente.
-Con
perdón de usted, señora -dijo levantándose-. Ya está ahí ese Judas Iscariote.
Tengo que ir al despacho.
El
licenciado salió un momento como para curiosear, y al poco rato volvió
corriendo con su pasito menudo y vacilante.
-Señora
-dijo a su amiga en tono de alarma-. Con Chaperón ha entrado el Sr. Garrote, su
digno esposo de usted.
-¡Jesús,
María y José! -exclamó la dama llena de turbación-. Me voy, me voy... ¿Por
dónde salgo, Sr. Lobo, de modo que no encuentre...?
-Por
aquí, por aquí... -manifestó el curial guiándola fuera de la pieza por oscuros
pasillos, donde había alcarrazas de agua, muebles viejos y esteras sin uso-. No
es muy bueno el tránsito, pero saldrá usted a la calle de los Autores sin
tropezar con bestias cornúpetas mayores ni menores.
-Ya, ya
veo la salida... Adiós, gracias, Sr. Lobo. Vaya usted luego por mi casa -dijo
la señora recogiéndose la falda para andar más ligera.
Al poner
el pie en el callejón, pasaba por —238→ delante de ella, tocándola,
una figura imponente y majestuosa. Cruzáronse dos exclamaciones de sorpresa.
-¡Señora!
-¡Padre
Alelí!...
Era un
fraile de la Merced, alto, huesudo, muy viejo, de vacilante paso, cuerpo no muy
derecho, y una carilla regocijada y con visos de haber sido muy graciosa, la
cual resaltaba más sobre el hábito blanco de elegantes pliegues. Apoyábase el
caduco varón en un palo, y al andar movía la cabeza, mejor dicho, se le movía
la cabeza, cual si su cuello fuera más que cuello una bisagra.
-¿A dónde
va el viejecito? -le dijo la señora con bondad.
-¿Y usted
de dónde viene? Sin duda de interceder por algún desgraciado. ¡Qué excelente
corazón!
-Precisamente
de eso vengo.
-Pues yo
voy a la cárcel, a visitar a los pobres presos. Dicen que han entrado muchos
ayer. Voy a verlos. Ya sabe usted que auxilio a los condenados a muerte.
-Pues a
mí me ha entrado el antojo de visitar también a los presos.
-¡Oh!
magnánimo espíritu... Vamos, señora... Pero, tate, tate, no mueva usted
los —239→ piececillos con tanta presteza, que no puedo seguirla.
Estoy tan gotoso, señora mía, que cada vez que auxilio a uno de estos
infelices, me parece que veo en él a un compañero de viaje.
Después
de recorrer medio Madrid con la pausa que la andadura de Su Paternidad exigía,
entraron en la cárcel. Al subir por la inmunda escalera, la dama ofreció su
brazo al anciano que lo aceptó bondadosamente, diciendo:
-Gracias...
Si estos escalones fueran los del cielo, no me costaría más trabajo subirlos...
Gracias: se reirán de esta pareja; ¿pero qué nos importa? Yo bendigo este
hermoso brazo que se presta a servir de apoyo a la ancianidad.
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- XX -
Chaperón
entró en su despacho con las manos a la espalda, los ojos fijos en el suelo, el
ceño fruncido, el labio inferior montado sobre su compañero, la tez pálida y
muy apretadas las mandíbulas, cuyos tendones se movían bajo la piel como las
teclas de un piano. Detrás de él —240→ entraron el coronel Garrote
(de ejército) y el capitán de voluntarios realistas Francisco Romo, ambos de
uniforme. En el despacho aguardaba holgazanamente recostado en un sofá de paja
el diestro cortesano de 1815, Bragas de Pipaón.
A tiro de
fusil se conocía que el insigne cuadrillero del absolutismo estaba sofocadísimo
por causa de reciente disgusto o altercado. ¡Ay de los desgraciados presos! ¡Si
los diablillos menores temblaban al ver a su Lucifer, cómo temblarían los reos
si le vieran!
Garrote y
Romo no se sentaron. También hallábanse agitados.
-No
volverá a pasar, yo juro que no volverá a pasar -dijo Chaperón dando una gran
patada-. Por vida del Santísimo Sacramento... vaya un pago, vaya un pago que se
da a los que lealmente sirven al Trono.
Hubiérase
creído que la estera era el Trono, a juzgar por la furia con que la pisoteaba
el gran esbirro.
-Todavía
-añadió mirando con atónitos ojos a sus amigos- le parece que no hago bastante;
que dejo vivir y respirar demasiado a los liberales. ¿Hase visto injusticia
semejante? «Señor Chaperón, usted no hace nada, Sr. Chaperón, las
conspiraciones crecen y usted —241→ no acierta a sofocarlas. Los
conspiradores le tiran de la nariz y usted no los ve...». «Pero Sr. Calomarde,
¿me quiere usted decir cómo se persigue a los liberales, a los comuneros, a los
milicianos, a los compradores de bienes nacionales, a los clérigos
secularizados, a toda la canalla, en fin? ¿Puede hacerse más de lo que yo hago?
¿Cree usted que esa polilla se extirpa en cuatro días?...». Pues que no, y que
no, que para arriba y que para abajo, que yo soy tibio, que soy benigno, que
dejo hacer, que no tengo ojos de lince, que se me escapan los más gordos, que
me trago los camellos y pongo a colar a los mosquitos. Y vaya usted a sacarlos
de ahí. Convénzales usted de que no es posible hacer otra cosa, a menos que no
salgamos5a la
calle con una compañía y fusilemos a todo el que pase... Esta misma noche he de
procurar ver a Su Majestad y decirle que si encuentra otro que le sirva mejor
que yo en este puesto, le coloque en lugar mío. Francisco Chaperón no
consentirá otra vez que D. Tadeo Calomarde le llame zanguango.
-No hay
que tomarlo tan por la tremenda -dijo Garrote con su natural franqueza,
apoyándose en el sable-. Si el Ministro y el Rey se quejan de usted, me parece
injusto... ahora si se quejan de la organización que se ha
dado —242→ a la Comisión Militar, me parece que están acertados.
-Eso, eso
es -afirmó Romo sin variar su impasible semblante.
-No lo
entiendo -dijo D. Francisco.
-Es muy
sencillo. Las Comisiones están organizadas de tal modo que aquí se eternizan
las causas. Papeles y más papeles... Los presos se pudren en los calabozos...
¡Demonio de rutina! Para que esto marchara bien, sería preciso que los
procedimientos fueran más ejecutivos, enteramente militares, como en un campo
de batalla... ¿Me entiende usted?... ¿Se quiere arrancar de cuajo la
revolución? Pues no hay más que un medio. -(Al decir esto se puso en el centro
de la sala accionando como un jefe que da órdenes perentorias)-. A ver, tú,
¿has conspirado contra el Gobierno de Su Majestad? Pues ven acá... Ea,
fusilarme a esta buena pieza. A ver, tú: ¿has gritado «viva la
Constitución»?... Ven acá, te vamos a apretar el gaznate para que no vuelvas a
gritar... Y tú, ¿qué has hecho? ¿compraste bienes del clero? Diez años de
presidio... Y nada más. Entonces sí que se acababan pronto las conspiraciones.
Juro a usted que no se había de encontrar un revolucionario aunque lo buscaran
a siete estados bajo tierra.
—243→
Chaperón
hundía la barba en el pecho acariciándosela con su derecha mano.
-Lo que
dice el amigo Navarro -afirmó Romo-, no tiene vuelta de hoja. Nosotros los
voluntarios realistas hemos salvado al Rey. Los franceses no habrían hecho nada
sin nosotros. Somos el sostén del Trono, las columnas de la Fe católica. Pues
bien, dígase con franqueza, si tenemos las preeminencias que nos corresponden.
Los liberales nos insultan y no se les castiga.
Chaperón
hizo un brusco movimiento. Iba a responder.
-Quiero
decir, que no se les castiga como merecen -añadió el voluntario realista-. En
vez de tener absoluta confianza en nosotros, se nos quiere sujetar a
reglamentos como los de la Milicia Nacional. Nos miran con desconfianza... ¿y
por qué? porque no permitimos que se falte al respeto a Su Majestad y a la Fe
católica, porque estamos siempre en primera línea cuando se trata de sofocar
una rebelión o de precaverla. Nuestro criterio debiera ser el criterio del
Gobierno. ¿Y cuál es nuestro criterio? Pues es ni más ni menos que exterminio
absoluto, no perdonar a nadie, cortar toda cabeza que se levante un poco,
aplacar todo chillido que sobresalga. ¡Ah! señores, si así se hiciera otro
gallo —244→ nos cantara. Pero no se hace. Aunque el Sr. Chaperón se
enfade, yo repito que hay lenidad, mucha lenidad, que no se castiga a nadie,
que las causas se eternizan, que dentro de poco los negros han de reírse en
nuestras barbas, que así no se puede estar, que peligra el Trono, la Fe
católica... Y no lo digo yo solo, lo dice todo el instituto de voluntarios
realistas, a que me glorio de pertenecer... Y estamos trinando, sí, señor
Chaperón, trinando porque usted no castiga como debiera castigar.
El hombre
oscuro emitió su opinión sin inmutarse, y las palabras salían de su boca como
salen de una cárcel los alaridos de dolor sin que el edificio ría ni llore. Tan
sólo al fin, cuando más vehemente estaba, viose que amarilleaba más el globo de
sus ojos y que sus violados labios se secaban un poco. Después pareció QUE
SEGUÍA MASCULLANDO como en él era costumbre, el orujo amargo de que alimentaba
su bilis.
-Todo sea
por Dios -dijo Chaperón, alzando del suelo los ojos y dando un suspiro-. ¡Y de
tantos males tengo yo la culpa!... Ya verán quién es Calleja.
Diciendo
esto se encaminó a la mesa. Ya el licenciado Lobo ocupaba en ella su puesto.
-A ver,
despachemos esas causas -dijo al leguleyo.
—245→
-Aquí
tenemos algunas -repuso Lobo poniendo su mano sobre un montón de infamia-, a
las que no falta sino que Vuecencia falle.
-A ver, a
ver. Con bonito humor me cogen. Vamos a prepararle su trabajo al fiscal.
Lobo tomó
el primer legajo y dijo:
-Número
241. Esta es la causa de aquel comunero que propuso establecer la república.
-Horca
-dijo Chaperón prontamente y con voz de mando, como un oficial que a las tropas
dice «fuego»-. Sea condenado a la pena ordinaria de horca.
-Número
242 -añadió Lobo tomando otro legajo-. Causa de Simón Lozano, por irreverencias
a una imagen de la Virgen.
-Horca
-gruñó Chaperón, cual si se le pudriera la palabra en el cuerpo-. Adelante.
-Número
243. Causa de la mujer y de la hija de Simón Lozano, acusadas de no haber
delatado a su marido.
-Diez
años de galera.
-Número
244. Causa de Pedro Errazu por expresiones subversivas en estado de embriaguez.
-El
estado de embriaguez no vale. ¡Horca! Añada usted que sea descuartizado.
-Número
245. Causa de Gregorio Fernández —246→ Retamosa, por haber besado el
sitio donde estuvo la lápida de la Constitución.
-Diez
años de presidio... no, doce, doce.
-Número
246. Causa de Andrés Rosado por haber exclamado: «¡Muera el Rey!».
-Horca.
-Número
247. Causa del sargento José Rodríguez por haber elogiado la Constitución.
-Horca.
-248.
Causa de su compañero Vicente Ponce de León, por haber permanecido en silencio
cuando Rodríguez elogió la Constitución.
-Diez
años de presidio y que asista a la ejecución de Rodríguez, llevando al cuello
el libro de la Constitución que quemará el verdugo.
-249.
Causa de D. Benigno Cordero y de su hija Elena Cordero por conspiración...
-¡Alto!
-gritó una voz desde el otro extremo de la sala.
Era la de
Pipaón que se adelantó extendiendo su mano como una divinidad protectora.
-Si es
criminal perdonar al culpable, criminal es, criminalísimo, condenar al inocente
-dijo con énfasis-. Yo me opongo, y mientras tenga un hálito de vida alzaré mi
voz en defensa de la inocencia.
-Vaya,
recomendaciones habemos -observó Garrote riendo-. Eso no puede faltar en
España. —247→ Favorcillo, amistades, empeños... Mientras tengamos
eso, no habrá justicia en nuestro país... ¡Recomendación! Yo empezaría por
ahorcar esa palabra. Me repugna.
-No se
trata aquí de recomendar a un amigo a la generosidad de D. Francisco -dijo el
cortesano poniéndose rojo de tanto énfasis-. Es que la inocencia de D. Benigno
está ya tan clara como la diáfana luz del día. ¿Le consta a usted que no?
-A mí no
me consta nada -repuso Navarro alzando los hombros-. Si no le conozco... Pero
me ha llamado la atención una cosa, y es que se han sentenciado en este mismo
momento varias causas por desacato, por exclamaciones, por besos, por
sacrilegio, sin que hayamos oído una voz que se interese por los reos; pero
aparece una causa de conspiración (al decir esto dio una gran palmada) y en
seguida vemos venir la recomendación. Si no hay gente más feliz que los
conspiradores... Yo no sé cómo se las componen, que siempre encuentran amigos.
-Hablemos
claro -dijo el cortesano tragando saliva-. Yo no recomiendo a un conspirador:
solamente afirmo que el Sr. Cordero no ha conspirado jamás. ¿No está el Sr.
Chaperón convencido de ello? ¿No se ha demostrado que los verdaderos culpables
son otros?
—248→
-Este es
un caso extraño -afirmó D. Francisco-. Cierto es que los Corderos son
inocentes.
-Bueno,
si hay realmente inocencia, no digo nada -objetó sonriendo Navarro-. Pero es
particular que sólo los que conspiran resulten inocentes.
-Sólo los
que conspiran -añadió Romo en tono del más perfecto asentimiento.
-¿Pues
qué? -dijo Pipaón con mayor dosis de énfasis y encarándose con el voluntario
realista-. ¿No será usted capaz de sostener que nuestro amigo D. Benigno y su
hija son inocentes del crimen que les imputó un delator desconocido?
Romo miró
a todos uno tras otro impasiblemente. Jamás había su rostro aparecido más frío,
más oscuro, de más difícil definición que en aquel instante. Era como un papel
blanco, en cuya superficie busca en vano la observación una frase, una línea,
un rasgo, un punto.
-Bien
conocen todos -dijo con tranquilo tono- mi carácter leal, mi amor a la
veracidad. Para mí la verdad está por encima de todos los afectos, hasta de los
más sagrados. Soy así y no lo puedo remediar. ¿Por qué me llaman los
compañeros, Romo el voluntario de bronce? Porque soy como de
bronce, señores; a mí no hay quien me tuerza, ni me doble,
ni —249→ me funda. ¿Se trata de una cosa que es verdad? Pues verdad y
nada más que verdad. (Romo hizo tal gesto con el dedo índice que parecía querer
agujerear el suelo). Si mi padre falta y me lo preguntan digo que sí. No
significa esto que sea insensible, no. Yo también tengo mis blanduras. Soy de
bronce y tengo mi cardenillo... (el hombre duro y lóbrego se conmovía). Yo
también sé sentir. Bien saben todos que quiero mucho a D. Benigno Cordero. Bien
saben todos que trabajé porque volviera a Madrid. Pues bien, supongamos que me
preguntan ahora si creo que D. Benigno Cordero conspiraba: yo responderé... que
no lo sé.
Díjolo de
tal modo, que dudando afirmaba. Lo que el hombre de bronce llamaba su
cardenillo, si para él era un afecto, para los demás podía ser un veneno.
-¡Que no
lo sabe! -exclamó Pipaón con ira-. Por fuerza usted ha perdido el juicio.
-No lo sé
-repitió el voluntario mirando al suelo-. Si no lo sé, ¿por qué he de decir que
lo sé, faltando a mi conciencia? ¿Qué importan mis afectos ante la verdad? Yo
cojo el corazón y lo cierro como se cierra un libro prohibido, y no lo vuelvo a
abrir aunque me muera... porque no tengo que fijar los ojos más que en
la —250→ verdad... y la verdad es antes que nada, y maldito sea el
corazón si sirve para apartarnos de la verdad.
-El amigo
Romo -dijo Navarro-, nos da un ejemplo de honradez que es muy raro y tendrá muy
pocos imitadores.
-Pues yo
-afirmó Pipaón subiendo todavía algunos puntos en la escala de su énfasis-,
digo que si la verdad está sobre el corazón, la caridad está sobre la verdad...
Pero no necesitan los Corderos implorar la caridad sino alegar su derecho,
porque son inocentes. Señor D. Francisco Chaperón, ¿no cree usted que son
inocentes?
-Yo creo
que sí -replicó el Presidente con acento de convicción-. El delito que a ellos
se imputaba ha sido cometido por otras personas. Así consta por declaración de
los mismos reos. La delación ha sido equivocada.
-¿Lo ven
ustedes? -dijo Bragas rompiéndose las manos una con otra.
-Por lo
que veo, el delito no desaparece -indicó Garrote-. Lo que hay es un cambio de
delincuente.
-Eso es,
una sustitución de delincuente.
-¿Y se
castigará? -preguntó con incredulidad el coronel del ejército de la Fe.
-¡Bueno
fuera que no!... ¿Estamos en Babia?... —251→ A fe que tengo hoy humor
de blanduras. Siga usted, Lobo.
-Causa de
D. Benigno Cordero.
Chaperón
meditó un rato. Después, tomando un tonillo de jurisconsulto que emite parecer
muy docto, habló así:
-Absolución.
Solamente les condeno a dos meses de cárcel, por no haber denunciado las
visitas de Seudoquis al piso segundo de su misma casa.
-¡Qué
bobería! -murmuró por lo bajo Pipaón, arqueando las cejas.
-Número
251. Causa de D. Ángel Seudoquis -cantó el licenciado.
-Diez
años de prisión y pena de degradación militar, por no haber dado parte a la
autoridad de la llegada de su hermano a Madrid... Las cartas que se le han
encontrado son amorosas... No hay la menor alusión a las cosas políticas.
Adelante.
-Número
252. Causa de Soledad Gil de la Cuadra y de Patricio Sarmiento.
-Es la
más rara que se ha conocido en esta Comisión.
-Sí, la
más rara -añadió Romo-, porque presenta un caso nunca visto, señores, el caso
más admirable de abnegación de que es capaz el espíritu humano. Figúrense
ustedes una joven —252→ inocente que por salvar a dos personas que le
han hecho favores se declara culpable... mentira pura... una mentira sublime,
pero mentira al fin.
-Abnegación
-indicó Chaperón con cierto aturdimiento-. ¿Qué entendemos nosotros de eso?
Cosas del fuero interno, ¿no es verdad, Lobo? Al grano, digo yo, es decir, a
los hechos y a la ley. El delito es indudable. La prueba es indudable. Tenemos
un reo convicto y confeso. Caiga sobre él la espada inexorable de la justicia,
¿no es verdad, Lobo?
El
licenciado no decía nada.
-Pero
aparecen ahí dos personas -dijo Navarro.
-Una
joven y un viejo tonto. Ella parece la más culpable. Del mentecato de Sarmiento
no debemos ocuparnos. Sería gran mengua para este tribunal.
-Si tras
de lo desacreditado que está -dijo Navarro con sorna-, da en la flor de soltar
a los cuerdos y ajusticiar a los imbéciles...
-Nada,
nada. Adelante -manifestó Chaperón con impaciencia-. Despachemos eso.
-Soledad
Gil -cantó Lobo.
-Pena
ordinaria de horca. Y sea conducido D. Patricio a la casa de locos de Toledo.
Esto propondré a la Sala pasado mañana.
—253→
Miró a
sus amigos con expresión de orgullo semejante a la que debió de tener Salomón
después de dictar su célebre fallo.
-Me
parece bien -afirmó Garrote.
-Admirablemente
-dijo Pipaón, tranquilizado ya respecto a la suerte de sus amigos y fiando en
que le sería fácil después librarles de los dos meses de cárcel.
-Y yo
digo que habrá no poca ligereza en el tribunal si aprueba eso -insinuó con
hosca timidez Romo.
-¡Ligereza!
-Sí;
averígüese bien si la de Gil de la Cuadra es culpable o no.
-Ella
misma lo asegura.
-Pues yo
la desmentiré, sí señor, la desmentiré.
-Este es
un hombre que no duerme si no ve ahorcados a sus amigos.
-Aquí no
se trata de amigos -exclamó Romo con cierto calor que se podía tomar por
rabia-. Yo no tengo amigos en estas cuestiones; yo no soy amigo de nadie, más
que del Rey y de la sacratísima Fe católica. Romo, el voluntario de
bronce, no tiene amistades más que con la justicia y con la verdad. Y ya
que hablamos del Sr. Cordero, diré que dejé de frecuentar su casa desde que vi
en ella ciertas cosas.
—254→
-¿Qué ha
visto usted? -preguntó vivamente el cortesano, tan sofocado por su enojo como
por su collarín metálico que le condenaba elegantemente a garrote.
-No tengo
para qué decirlo ahora -repuso el voluntario volviendo la espalda-. Está
sentenciada la causa ¿para qué añadir una palabra más?
-Me
parece -dijo Bragas en tono de sarcasmo-, que el amigo Romo está durmiendo y ve
visiones, como las veía el que delató a nuestros amigos.
-¿Se sabe
quién los ha delatado? -preguntó Navarro al presidente de la Comisión-. ¿Es
persona que merece crédito?
-Dos
individuos de nuestra policía. Generalmente obran por indicaciones de personas
afectas a Su Majestad.
-Esas
personas son entonces los verdaderos denunciadores.
-En
efecto, esas son -dijo Romo-, a esas personas hay que agradecer el expurgo que
se está haciendo y al cual deberá su tranquilidad el Reino. ¿Quién se atrevería
a vituperar a los médicos porque dijeran: «Córtese usted ese dedo que está
gangrenado»?
-Pues si
aquí no ha habido una mala inteligencia, ha habido una infame intención
-replicó —255→ Bragas firme en su puesto-. Mi amigo Cordero ha sido
víctima de una venganza.
-Usted no
sabe lo que dice -afirmó Romo con desprecio-. En las oficinas del Consejo y en
los gabinetes de las damas se entenderá de intrigar, de entorpecer la marcha de
la justicia; pero de purificar el Reino, de hacer polvo a la revolución...
-¿Y cómo
se purifica el Reino? ¿Atropellando a la inocencia, condenando a un hombre de
bien por la delación de cualquier desconocido?
-Repito
que usted no sabe lo que habla -dijo Romo presentando en su rostro creciente
alteración que le hacía desconocido-. Los que pasan la vida enredando para
poner en salvo a los mayores delincuentes; los que se entretienen en escribir
billetes de recomendación para favorecer a todos los pillos, no entienden ni
entenderán nunca la rectitud del súbdito leal que en silencio trabaja por su
Rey y por la Fe católica. Mírenme a la cara (el Sr. Romo estaba horrible), para
que se vea que sé afrontar con orgullo toda clase de responsabilidades. Y para
que no duden de la verdad de una delación por suponerla oscura, se aclarará, sí
señores, se aclarará... Mírenme a la cara (cada vez era más horrible); yo no
oculto nada. Para —256→ que se vea si la delación de Cordero es una
farsa, declaro que la he hecho yo.
Al
decir yo diose un gran golpe en el pecho que retumbó como una
caja vacía. Brillaban sus ojos con extraño fulgor desconocido; se había
transfigurado, y la cólera iluminaba sus facciones antes oscuras. El lóbrego
edificio donde jamás se veía claridad, echaba por todos sus huecos la lumbre
amarillenta y sulfúrea de una cámara infernal. Haciendo un gesto de amenaza, se
expresó así:
-El que
sea guapo que me desmienta.
Y salió
sin añadir una palabra. Pipaón, que era hombre de muy pocos hígados como se
habrá podido observar en otras partes de esta historia, se quedó perplejo, pero
afectaba la indecisión de un valiente que medita las atrocidades que ha de
hacer, Chaperón dijo:
-No se
decida nada sobre esas dos causas. Quédense para otro día.
Un
diablillo menor entró muy gozoso, diciendo a su jefe:
-Acabamos
de recibir una gran noticia de la Superintendencia. Rafael Seudoquis ha sido
preso en Valdemoro. Esta noche llegará a Madrid.
-¡Suceso
providencial! -exclamó D. Francisco —257→ con júbilo-. Cayó el
principal pez. Vea usted, Sr. Pipaón, de qué manera vamos a salir pronto de
dudas. Sobre ese sí que no habrá dimes y diretes. Apunte usted, Lobo... horca
¡tres veces horca!
-Saldremos
de dudas -indicó Pipaón decidiéndose a aflojar la hebilla de su collarín
metálico, cuya presión se le hacía insoportable-. Ese hombre es la providencia
de mis amigos.
· Anterior
- XXI -
Decir
cuánto padeció el magnánimo espíritu del Presidente de la Comisión Militar en
aquellos días fuera imposible. Había en el fondo, muy en el fondo de su alma,
perdido entre el légamo de los más perversos sentimientos, un poco de equidad o
rectitud. Verdad es que esta virtud era un diminuto corpúsculo, un ser
rudimentario, como las móneras de que nos habla la ciencia;
pero su pequeñez extraordinaria no amenguaba la poderosa fuerza expansiva de
aquel organismo, y a veces se la veía extenderse tratando de luchar en las
tinieblas con el cieno que la oprimía, y de abrirse paso por entre la masa de
yerbas inmundas y groseras —258→ existencias que llenaban todo el
vaso de la conciencia chaperoniana.
Convencido
de la inocencia de Cordero y de su hija, D. Francisco sentía que la mónera de
su alma le gritaba con vocecita casi imperceptible que les pusiera en libertad.
Sus compañeros de Comisión, aunque generalmente deliberaban y votaban por
fórmula, dejándole a él toda la gloria de la iniciativa (y reservándose sólo
los sueldos), opinaban también que Cordero debía ser absuelto. Los últimos
escrúpulos de D. Francisco se disiparon con las declaraciones de Rafael
Seudoquis, el cual, si al principio se mostró reservado, después por la virtud
de un hábil interrogatorio capcioso, echó gran luz sobre el suceso de las
cartas, dejando ver la inculpabilidad absoluta del tendero de encajes y de su
hija.
La
declaración de Soledad, la de Seudoquis, la opinión de todos los individuos de
la Comisión Militar, las gestiones del habilidoso Bragas y su propia conciencia
(guiada esta vez por el mísero corpúsculo que crecía en el fondo de ella)
decidieron a D. Francisco a firmar la orden de excarcelación, novedad inaudita
en aquellas diabólicas regiones, cuya semejanza con el infierno se completaba
por la imposibilidad de que salieran los que entraban.
—259→
Pero aquí
comenzaron las tribulaciones del funcionario absolutista, (y no es forzoso
ponernos de su parte) porque el mismo día en que dictara la excarcelación,
recibió tales vejaciones y desaires de sus amigos los voluntarios realistas,
que estuvo a riesgo de reventar de cólera, aunque la desahogaba con votos y
ternos, asociando la vida del Santísimo Sacramento a todas las picardías
habidas y por haber. Al ir por la mañana al tribunal para oír misa vio un
pasquín infamante en la esquina de la parroquia de San Nicolás, en el cual
documento se hablaba de las onzas de oro que percibía el brigadier
traga-muertos por cada preso que soltaba. Recibió diversos anónimos
amenazándole con descubrir sus artimañas, y supo que en el cuerpo de guardia
habían pintado los voluntarios su simpática imagen pendiente de la horca con
amenos versículos al pie.
-Esos
bergantes, a quienes se permite la honra de parecerse a los soldados -decía
para sí midiendo con las piernas al modo del compás, el suelo de su despacho-,
se van a figurar que reinan con Fernando VII... Sí... como no les corten las
alas, ya verán qué bonito se va a poner esto... ¿Tenemos aquí otra vez la
Milicia Nacional? porque es lo mismo; llámese blanco, llámese negro, es
exactamente lo mismo. —260→ Miserables saltimbanquis, ¿de qué me
acusáis? ¿de que no castigo a los conspiradores? ¿Pues qué he de hacer,
marmolejos con fusil, sino castigarlos? ¿Entendéis vosotros de ley, borrachos?
Que no castigo las conspiraciones... que desde que sucedió lo de Almería y
Tarifa, no ha sido condenado ningún conspirador. ¿Pues no está ahí Seudoquis?
¿No están también sus cómplices, sus infames cómplices?... ¡porque estos sí que
son malos! Ahí les tenéis, presos por conspiración. ¿Queréis más, ladrones de
caminos? Ahí tenéis a Seudoquis, a quien veréis en la horca, ahí tenéis a la
muchachuela a quien veréis en la horca... ¿Queréis más carne muerta, cuervos?
¡Por vida del Santísimo! ¿queréis también al imbécil?... Sr. Lobo, a ver esa
causa.
Lobo, que
silenciosamente cortaba su pluma, diole las últimas raspaduras, y hojeó después
varios legajos.
-Al punto
voy, excelentísimo señor -dijo melifluamente.
Aquel día
se notaba en el licenciado un extraordinario recrudecimiento de amabilidad y
oficiosa condescendencia.
-Esa
endiablada causa, excelentísimo señor... aquí la tenemos. Abulta, abulta que es
un primor. Ya se ve: como que está llena de picardías... No vaya a creer
Vuecencia que —261→ consta de dos o tres pliegos como algunas. Esto
es un archivo. Y que he trabajado poco en gracia de Dios... No, no es tan fácil
hinchar un perro.
-De
Seudoquis no se hable -dijo Chaperón tomando asiento frente a su asesor, e
implantando los dos codos sobre la mesa para unir las manos arriba, de modo que
resultaba la perfecta imagen de una horca-. Ese está juzgado. En cuanto a la
joven, su culpabilidad es indudable, y yo creo que la debemos ahorcarla
también. ¿Qué le parece a usted, licenciado de todos los demonios?
-¿Quiere
vuecencia que le hable como jurisconsulto o como amigo? -preguntó Lobo con
cierto misterio.
-Como
usted quiera, con tal que hable claro.
-¿Como
jurisconsulto?
-Dale.
-Como
asesor opino... Sr. D. Francisco, haga usted lo que más le acomode. Ahora, si
me consulta Vuecencia como amigo... ¿Quiere que le hable con completa claridad
y confianza?
-Sí.
-Pues en
confianza, si la Comisión ahorca a esa madamita, me parece que hace una gran
barbaridad.
—262→
-¿Eh?
-Una
barbaridad de a folio.
-¿Por
qué?
-Porque
es inocente.
-¿Esas
tenemos?... ¡Por vida del Santísimo! -exclamó con ira-, como usted no tiene la
responsabilidad de este delicado cargo; como a usted no le acusan de tibieza,
ni de benignidad, ni de venalidad... Ya les echaré yo un lazo a mis
detractores... pero vamos al caso. ¿Dice usted que es inocente?
-Sí, y lo
pruebo -repuso Lobo tomando la más solemne expresión de gravedad judicial.
-Lo
prueba, lo prueba... -dijo Chaperón con sarcástica bufonería-. Lo que usted
probará será el aguardiente si se lo dan. Grandísimo borracho, escriba usted,
escriba usted mi fallo.
-Escribiremos,
excelentísimo señor -dijo Lobo resignadamente, como el que habiendo recibido
una coz no se cree en el caso de devolver otra.
Chaperón
encendió un cigarro. Después de la primera chupada, dijo:
-La
condeno a pena ordinaria de horca.
Luego se
quedó un rato contemplando la primera bocanada de humo, que salía del horrendo
cráter de sus labios.
—263→
· Anterior
- XXII -
La
primera noche de su encierro D. Patricio y su compañera de cárcel no durmieron.
La
prisión no pecaba ciertamente de estrecha; pero en luces competía con la noche
absoluta, siendo difícil asegurar quién llevaba la ventaja, si bien al filo del
medio día parecía vencer la cárcel a su rival a causa de ciertas claridades que
se entraban por el enrejado ventanillo, temerosas y sobrecogidas de miedo, y
embozadas misteriosamente en espesas capas de telarañas. Dichas claridades
recorrían con pasos de ladrón el techo y las paredes, miraban con cautela a los
negros rincones y al piso, y a eso de las dos o las tres volvían la espalda
para retirarse dejando la fúnebre pieza a oscuras. Dos sillas, una tarima
pegada a la pared y una mesa constituían el mísero ajuar. Los ladrillos del
suelo respondían siempre a cada pisada de los presos con un movimiento de
balanza y un sonido seco, señales ciertas de su disgusto por verse molestados
en su posición horizontal. Seguramente ellos, como toda la casa, habrían vuelto
con gozo a poder de los Padres del Salvador, —264→ sus antiguos
dueños, hombres pacíficos que jamás lloraban, ni hacían escándalos, ni pateaban
desesperadamente, ni pedían a gritos que los sacaran de allí.
La
primera noche, como hemos dicho, Sarmiento y su amiga, no muy bien avenidos con
su residencia en tan ameno sitio, no durmieron nada y hablaron poco. El viejo,
como si su entusiasta locuacidad delante del tribunal le hubiera agotado las
fuerzas y secado el rico manantial de sus ideas, estaba taciturno. Los excesos
de espontaneidad producían en él una reacción sobre sí mismo. Después de
divagar por el exterior, libre, sin freno, cual andante aventurero que todo lo
atropella, se metía en sí como cartujo. Soledad también sufría la reacción
correspondiente a una espontaneidad que sin duda le estaba pareciendo excesiva.
Pero su espíritu estaba tranquilo; su pensamiento, después de pasar revista con
cierto desdén a los sucesos próximos, se remontaba orgullosamente a las alturas
desde donde pudiera descubrir horizontes más gratos y personas más dignas de
ocuparlo. Había llegado a adquirir la certidumbre de un trágico fin; pero lejos
de sentir el terror propio de tales casos y muy natural en una débil muchacha inocente,
se sobrepuso con ánimo grandioso a la situación; —265→ supo mirar
desde tan alto su propia persona, su prisión, su proceso, sus verdugos, las
causas e incidentes de aquella lamentable aventura, que fue creciendo,
creciendo, y bien pronto cuanto la rodeaba, incluso Madrid, la Nación y el
mundo entero, se quedó enano. ¡Admirable resultado del espíritu religioso y de
la elasticidad del corazón, cuya magnitud, cuando él se decide a crecer, se
pierde en las indefinidas dimensiones de lo infinito!
Al día
siguiente, D. Patricio, que había llegado ya al límite de su tétrico silencio y
no podía permanecer más tiempo mudo, se expresó así:
-Hija
mía, me parece que esto es hecho.
-¿Por qué
no te echas a ver si duermes un ratito? -le dijo Sola con bondad-. La tarima no
es como las camas de casa; pero a falta de otra cosa...
-¡Dormir...
dormir yo! -exclamó Sarmiento con voz lastimera-. Ya el dormir profundo está
cercano. Te digo que esto es hecho.
-Sí, esto
no puede ser más hecho... Ya que no quieres levantarte del suelo, al menos
tiéndete de largo y recuesta esa pobre cabecita sobre mis rodillas.
Sola, que
estaba sentada en la silla, se puso —266→ en el suelo, dando después
una palmada sobre su falda, para indicar que podía servir de blanda almohada.
D. Patricio, sentado contra la pared, con las rodillas en alto, los brazos
cruzados sobre aquellas y la barba sobre los brazos, formando con su cuerpo dos
ángulos opuestos y muy agudos, no quiso dejar tan encantadora postura de zig-zag.
-No, niña
mía; aquí estoy bien. Lo que te digo es que esto es hecho.
-Se me
figura que estás cobarde, viejecillo tonto.
-¡Cobarde
yo! -exclamó Sarmiento con un rugido-. No me lo digas otra vez, porque creeré
que me insultas.
-Como te
he visto tan parlanchín delante de los jueces y ahora tan callado... -dijo la
reo extendiendo su mano en la oscuridad para palpar la cabeza del anciano.
-Es que
el alma humana tiene grandes misterios, niña querida. Desde que entramos aquí
estoy pensando una cosa.
-Con tal
que no sea algún disparate, deseo saberla.
-Pues
verás... Me ocurre... que esto es hecho, quiero decir, que se cumple al fin mi
altísimo destino, que las misteriosas veredas trazadas por el Autor de todas
las cosas y de —267→ todos los caminos, me traen al fin a la excelsa
meta a donde yo quiero ir. Pero...
-Veamos
ese pero, abuelito Sarmiento. Hasta ahora no había peros en ese negocio del
destino.
-Pero...
hay una cosa en la cual yo no había pensado bien hasta que salimos de aquel
endiablado tribunal. Respecto de mi suerte no hay duda... ¿pero y tú?
-No tengo
yo dudas respecto a la mía -dijo Sola con seriedad-. Los dos moriremos.
-¡Tú...
tú también!
Oyose un
bramido de horror y después largo silencio.
-Eso no
puede ser, eso es monstruoso, inicuo -gritó el preceptor agitando en la
oscuridad sus brazos.
-Ahora te
espanta, viejecillo, y cuando estábamos en el tribunal te parecía natural. ¿No
decías, «moriremos los dos, somos mellizos de la muerte...»? ¿No dijiste
también: «vamos a la horca, mientras más alta será mejor. Así alumbraremos más.
Somos los fanales del género humano»?
-Es
verdad que tales cosas dije, pero has de tener en cuenta que yo me hallaba
entonces en uno de esos momentos de inspiración, en los cuales pronuncio las
sorprendentes piezas oratorias —268→ que me han dado tanta fama. Yo
no esperaba encontrarte allí. ¡Ay cuando te vi presa y condenada por
conspiradora... porque tú has conspirado, niña de mis ojos... sentí una alegría
tan grande!... Me pareció que Dios te destinaba también al martirio; pero ahora
veo que esto no debe ser. Calmada aquella estupenda exaltación, la voz de la
Naturaleza ha resonado en mí, diciéndome que no debo asociar a mi muerte a
ningún otro ser. Tú eres una muchacha oscura, y tu sacrificio no puede ser de
gran beneficio a la causa santa.
-¡Ah!
-dijo Soledad sonriendo, pero sin que nadie pudiera ver su sonrisa, como no
fueran las mismas tinieblas-, ya comprendo: tienes envidia de que vaya a
quitarte un poquito de esa gloria.
-Tonta,
pero tonta -replicó el anciano muy expresivamente-, si toda has de heredarla
tú, toda, toda. Si no es preciso que tú mueras como yo, ni eso viene al caso.
-Los
jueces no creerán lo mismo.
-¡Pues
son unos bribones, unos!... -exclamó Sarmiento ronco de ira moviendo sus
piernas para levantarse-. Yo les diré que eso no puede ser... Les convenceré,
sí; pues no he de convencerles...
Soledad
se echó a reír.
—269→
-Te
ríes... pues esto es muy serio. Yo no creo que te condenen; pero si te
condenaran...
Oyose un
chasquido que bien podía ser causado por una gran manotada que el preceptor se
dio en la cabeza.
-Sí, me
condenarán, porque mi delito de recoger y repartir las cartas está más que
probado, y si no, con la declaración tuya...
-Yo
declaré... ¿qué declaré yo?...
Soledad
repitió a Sarmiento lo que él mismo había dicho respecto a las cartas y a las
personas que las recibieron.
-¡Yo
declaré todo eso, yo! -dijo el patriota muy perplejo, como un beodo que va poco
a poco recobrando el sentido-. ¿Y por eso dices que te condenarán?... Me parece
que no estás en lo cierto. De ahí se desprende que el delincuente, según ellos,
soy yo, yo el conspirador, yo el apóstol y el agente secreto de la libertad, y
como yo tengo además la nota de Demóstenes constitucional y de haber revuelto a
media España con mis conmovedoras arengas, de aquí que yo sea el condenado y tú
no.
-Me
parece -dijo la huérfana tocando el hombro de Sarmiento-, que mi viejecito ve
las cosas al revés. Yo seré condenada y él irá a un sitio donde se vive muy
bien y tratan caritativamente a los pobres.
—270→
-¡Por
vida de ochenta millones de Chilindrainas! -gritó Sarmiento poniéndose de un
salto en pie-, no me digas que tú serás condenada a muerte sin mí, porque me
vuelvo loco, porque soy capaz de derribar de un puñetazo esas férreas puertas,
y hacer añicos a Chaperón y los demás jueces, y demoler a puntapiés la cárcel y
pegar fuego a Madrid entero... ¡Tú condenada a muerte!
-Somos
los fanales del género humano.
-No, no,
esa es una figura de retórica, tonta -dijo el fanático pasando del tono trágico
al familiar-. Aquí no hay más fanal que yo. Tú me acompañas en mi última hora,
me acompañas, ¿entiendes?... pero no mueres. ¡Morir tú!... ¿por qué, ángel
delicado e inocente?... ¿Habrá un juez que falle tal infamia?... Si tu muerte
no es provechosa a la santa causa... ¿A qué ni para qué? Yo solo, yo solo, ¿lo
entiendes bien? ¡yo solo! Este es el destino, esta la voluntad, esto lo que
está trazado en los libros inmortales, cuyos renglones dicen a cada siglo sus
grandezas, a cada generación su papel, a cada hombre su puesto... Pobre y
desvalida niña de mis entrañas, no me digas que vas a morir también, porque me
siento cobarde, me convierto de águila majestuosa en tímido jilguerillo, se me
van las —271→ ideas sublimes, se me achica el corazón, me trastorno
todo, me siento caer desplomándome como una torre secular que es sacudida por
temblores de tierra, me evaporo, niña mía, desfallezco, dejo de ser un Cayo Graco
para no ser más que un Juan Lanas.
Arrastrándose
por el suelo, Sarmiento tanteaba con las manos en la oscuridad hasta que dio
con el cuerpo de Sola. Echándose entonces como un perro, hundió la cabeza en su
regazo. Soledad no dijo nada.
· Anterior
- XXIII -
Prolongábase
el silencio de ambos cuando se abrió la puerta del calabozo y entraron dos
personas: el carcelero y el padre Alelí. Acostumbraba el buen sacerdote visitar
a los presos para consolarles u oírles en confesión, y frecuentemente pasaba
largos ratos con alguno de ellos hablando de cosas festivas, con lo cual se
amenguaban las tristezas de la cárcel. Era el padre Alelí un varón realmente
santo y caritativo: su bondad se mostraba en dos especies de manías: dar
almendras a los muchachos de las calles y palique a los presos.
Parecía —272→ que unos y otros eran su familia y que no podía vivir
sin ellos.
Con su
fórmula de costumbre saludó a nuestros dos infortunados amigos, que apenas
distinguían en la lobreguez del cuarto la escueta figura blanca del fraile,
vaga, semi-fantástica, cual un capricho de la oscuridad para engañar a los
ojos. El padre Alelí tocó en tierra y en las paredes con un palo, como los
ciegos, y al mismo tiempo decía:
-¿Pero
dónde están ustedes?... ¡Ah! ya toco aquí un cuerpo.
Soledad,
tomándole del brazo, le ofreció una silla.
-No,
tengo que marcharme. Hoy he de hacer muchas visitas... Gracias, señora... ¿Es
usted la que llaman Soledad? Debo advertirle una cosa que le consolará mucho:
hay una dama que se interesa por usted... Ahí fuera está... No la han dejado
entrar; pero me encarga diga a usted que hará todo lo posible para evitar una
desgracia... ¡Qué señora tan angelical, qué corazón de oro!... ¿Y el ancianito
dónde está?... Anímese usted, buen hombre. Ya, ya me han dicho que está
demente.
Oyose
entonces una voz sorda e inarticulada, que parecía expresar amargo desprecio.
—273→
-¿Está en
el suelo el pobre hombre? -añadió Alelí, tanteando suavemente con su palo-. Me
parece que le siento roncar... Si todos tuvieran el buen abogado que este
tiene... ¡Su demencia le salvará!... Adiós, hijos míos, no puedo detenerme...
mañana será más larga la visita.
Retirose
y los dos presos quedaron solos todo el día. Al anochecer les interrogaron.
Después volvieron a quedar solos, ella muda y recogida, Patricio taciturno a
ratos y a ratos poseído de furor que con ninguna especie de consuelos podía
calmar su compañera. Tampoco aquella noche durmieron gran cosa, y al día
siguiente que era el 1.º de Setiembre volvió el padre Alelí, a quien el
carcelero dejó encerrado dentro.
-Hoy
puedo dedicar a mis amigos un ratito -dijo dejándose conducir por Soledad a la
silla-. Ya estoy... Gracias, señora... Me han dicho que es usted muy
simpática... En estos cavernosos cuartos no se ve nada... ¿Y el pobre tonto
cómo se encuentra?
-¡Quieres
dejarnos en paz, endiablado frailón! -gritó una voz ronca, irritada,
temblorosa, que parecía ser la voz misma de la oscuridad que había tomado la
palabra.
El padre
Alelí sintió cierto terror.
—274→
-¡Jesús,
María y José! -exclamó santiguándose-. Verdaderamente esta no es casa de
orates. Todo sea por Dios.
-Abuelito
Sarmiento -dijo Soledad acariciando al anciano que arrojado a sus pies estaba-.
No es propio de persona cortés y bien educada como tú, el tratar así a un
sacerdote.
-¡Que se
vaya de aquí!... ¡Que nos deje solos! -gruñó el fanático, arrastrándose como un
tigre enfermo-. ¿Qué busca aquí el frailucho? ¿qué quiere?
-¡Ave
María purísima!...
-Si al
menos nos trajera buenas noticias...
-Buenas
las traigo para usted...
-A ver, a
ver... -dijo D. Patricio incorporándose de improviso.
-Usted
será absuelto libremente.
Sarmiento
se desplomó en el suelo, haciendo temblar los ladrillos.
-¡Maldita
sea la boca que lo dice!... -murmuró con hondo bramido.
-Siento
no poder dar nuevas igualmente lisonjeras a esta señora -añadió el fraile
tomando la mano de la joven y estrechándosela entre las suyas-. No puedo decir
lo mismo, ni quiero dar esperanzas que no han de verse realizadas. Las
circunstancias obligan al tribunal a ser muy severo... ¡Cómo ha de ser! Más
padeció —275→ Jesucristo por nosotros. Si tiene usted resignación,
paciencia cristiana; si purificando su alma sabe desprenderla de las miserias
del mundo y elevarla al cielo en este trance de apariencia aflictiva, será más
digna de envidia que de lástima.
-¡Maldita
sea la boca que lo dice!
Sarmiento
al hablar así, arrastrábase hasta el ángulo opuesto.
-¿Qué es
la vida? -añadió Alelí tomando un tono melifluo-. Nada, un soplo, aire, una
ilusión. ¿Qué es el tiempo que contamos en el mundo? Nada, un momento. La vida
está allá. ¿Qué importan un sufrimiento pasajero, un dolor instantáneo? Nada,
nada, porque después viene el eterno gozar y la plácida eternidad en que se
deleitan los justos. Nadie es mejor recibido allá que los que aquí han padecido
mucho. Los perseguidos por la justicia son los primeros entre los
bienaventurados. Los pecadores que se depuran por el arrepentimiento y el
castigo corporal forman en la línea de los inocentes, y todos juntos penetran
triunfantes en la morada celestial.
A esta
homilía, dicha con arte y sentimiento, siguió largo silencio. El padre Alelí
suspiraba. Su mucha práctica en consolar a los reos de muerte no había gastado
en él los tesoros —276→ de sensibilidad que poseía, antes bien, los
había enriquecido más. Estaba sujeto a grandes aflicciones por razón de su
oficio y se identificaba tanto con sus penitentes, que decía: «Me han ahorcado
ya doscientas veces y tengo sobre mí un par de siglos de presidio».
Después
que cobró ánimos, habló así:
-Hoy he
visto a esa señora; ¡qué angelical bondad la suya! Está desesperada por no
haber podido conseguir cosa alguna en pro de usted. Sin embargo, no cede en su
empeño... aún tiene esperanza... Yo, si he de decir la verdad, ya no la tengo.
-Yo
tampoco la tengo ni la quiero -dijo Soledad con un arranque de unción
religiosa-. Me resigno a mi desgraciada suerte y sólo espero morir en Dios.
Por
grandes que sean los bríos de un alma valerosa, la idea del morir y de un morir
violento, antinatural y vergonzoso la turba y la acomete con fiera sacudida,
prueba clara de que sólo a Dios corresponde matar. Sola derramó algunas
lágrimas y el fraile notó que sus heladas manos temblaban. Ya a aquella hora,
que era la del medio día, habían aparecido, puntuales en su cuotidiana visita,
las claridades advenedizas que se paseaban por el cuarto. A favor de ellas se
distinguían bien los tres personajes: —277→ el fraile sentado en la
silla, todo blanco y puro como un ángel secular que hubiera envejecido, Soledad
de rodillas ante él, vestida de negro, mostrando su cara y sus manos de una
palidez transparente, D. Patricio echado en el rincón opuesto, con la cara
escondida entre los brazos y estos sobre los ladrillos, cada vez más semejante
a un tigre enfermo, cuya respiración era calenturiento ronquido.
-Llore
usted, llore -dijo el padre Alelí a su penitente-, que así se calma la congoja.
Yo también lloro, querida mía, también me lleno de agua la cara, a pesar de
estar tan acostumbrado a ver lástimas y dolores. ¿El mundo qué es? barro
amasado con lágrimas, ni más ni menos. Lloramos al nacer, lloramos también al
morir que es el verdadero nacimiento.
-Padre
-dijo la huérfana-, si ve Su Reverencia hoy a esa señora, hágame el favor de
manifestarle que le doy gracias de todo corazón por lo que ha hecho por mí,
aunque sus buenos deseos hayan sido inútiles. Al mismo tiempo quiero que Su
Reverencia le ruegue que me perdone... Su Reverencia no está en antecedentes.
Yo cometí el día de mi prisión una grave falta; me dejé arrastrar por la ira, y
por la primera vez en mi vida sentí en mi corazón el ardor de una pasión
infame, la venganza. No —278→ sé cómo fue aquello... Me hizo tanto
daño mi propio furor, que me desmayé. Nunca había sentido cosa semejante.
Parece que pasó por dentro de mí como un rayo. Verdad es que yo tenía motivos,
sí, padre, motivos... Pero no hablemos de eso... Yo ruego a esa señora que me perdone.
-Y yo me
comprometo a asegurar a usted que ya está perdonada -replicó el fraile con
bondad-. Conozco a la señora y sé que sabe perdonar.
-Su
Reverencia podrá decirme si le ocasionarán algún perjuicio a esa señora las
palabras que yo dije delante del juez.
-Presumo
que no le ocasionarán daño alguno. Esté usted tranquila por ese lado. Creo
haber entendido (quizás me equivoque, porque estoy ya un poco lelo), que entre
usted y ella hay un resentimiento antiguo. Parece que la señora, en un momento
de delirio, porque los tiene, sí, tiene esos momentos de delirio...
-No
quisiera que se nombrase eso más -replicó Sola con presteza, extendiendo la
mano como para taparle la boca al fraile-. Soy la agraviada, y desde que estoy
aquí me he propuesto olvidar ese y otros agravios perdonándolos con todo mi
corazón.
-Bien,
muy bien. Esa cristiana conducta —279→ me gusta más que cien mil
rosarios bien rezados.
-¿Su
Reverencia conoce bien lo que pasa en la Comisión Militar? Estoy muy ansiosa
por saber si el Sr. Cordero y su hija han sido puestos en libertad.
-Desde
ayer, hija, desde ayer están en su casa tan contentos.
-¡Oh, qué
dicha! -exclamó Sola cruzando las manos-. Eso es lo que yo quería... porque son
inocentes y estaban presos por un delito que yo cometí. Yo le contaré todo a Su
Reverencia. Quiero hacer confesión general.
-A punto
estamos -repuso el fraile, acomodando el codo en la mesa y sosteniendo la
frente en la mano.
Sola se
acercó más, dando principio al solemne acto.
Duró
próximamente media hora. El padre Alelí dio su absolución en voz alta y con los
ojos cerrados, trazando lentamente la cruz en el aire con su brazo blanco y su
mano flaca y delicada. Concluido el latín, dijo en castellano a la penitente:
-Adquisición
admirable hará el reino de Dios muy pronto con la entrada de un alma tan
hermosa.
Sola, que
sentía mucho dolor en las rodillas, —280→ se echó hacia atrás
sentándose sobre sus propios pies.
En el
mismo momento oyose un feroz ronquido y el roce de un cuerpo contra el suelo.
La voz cavernosa y terrible de Sarmiento se expresó así:
-¿Quiere
usted marcharse con cien mil docenas de demonios?... ¿Qué cuchichean ahí?
El fraile
se levantó y dando dos pasos hacia el punto en donde sonaban las tremendas
voces, dijo:
-Su
compañera de usted ha confesado. ¿Quiere usted hacer lo mismo?
-¡Yo!...
Por vida de la re-condenada Chilindraina, Sr. D. Majadero, que si no se me
quita pronto de delante...
El padre
Alelí se tocó la sien con su dedo índice, moviendo la cabeza en señal de
lástima.
-¡Confesar
yo!... ¡yo, que soy un volcán de rabia! -añadió el desgraciado tratando de
levantarse con fatigosos movimientos que hacían bailar a los ladrillos-.
¡Repito que no hay Dios!... ¡no, no hay Dios! Todo es una mentira. El mundo, la
gloria, el destino, fábula y palabrería. Denme un cuchillo, porque me quiero
matar, me avergüenzo de vivir... Al primero que se me ponga por delante, le
muerdo.
—281→
Las
claridades que un momento se habían alejado, volvieron juguetonas, sin
abandonar sus capisayos de telarañas, y con ellas pudo ver el padre Alelí que
la pobre bestia enferma alzaba la cabeza y mostraba una horrible cara amoratada
y polvorienta, toda llena de viscosa baba. Sus ojos daban miedo.
-¡Desgraciado!
-murmuró con dolor el padre Alelí-. Tú que vivirás eres más digno de lástima
que ella, destinada a morir.
-No me lo
digas, no me lo digas -gritó Sarmiento incorporando su busto por un movimiento
rapidísimo de sus remos delanteros-. No me lo digas porque te mato, infame
fraile, porque te devoro.
-Eres un
pobre demente.
-Soy un
hombre que ha perdido su ideal risueño, un hombre que soñó la gloria y no la
posee, un hombre que se creyó león y se encuentra cerdo. Mi destino no es
destino, es una farsa inmunda, y al caer y al envilecerme y al pudrirme como me
pudro, tengo la desgracia de conservar intacto el corazón para que en él clave
su vil puñal la justicia humana, matando a mi hija... Infame frailucho, ¿has
venido a gozarte en mi miseria? Vete pronto de aquí, vete. Mira que no soy
hombre, soy una bestia.
—282→
Clavaba
sus uñas en los ladrillos y estiraba el amenazante rostro descompuesto.
-Que Dios
se apiade de ti -dijo grave y solemnemente el fraile bendiciéndole-. Adiós.
Y después
de encargar a Sola que tuviera resignación, mucha resignación por las diversas
causas que lo exigían (señalaba al infortunado viejo), se retiró considerando
la magnitud de los males que afligen a la raza humana.
· Anterior
- XXIV -
¡Válganos
Dios y qué endiablado humor tenía D. Francisco Chaperón, a pesar de haber
procedido conforme a lo que en él hacía las veces de conciencia! Pues no
llegaba el cinismo de los voluntarios realistas al incalificable extremo de
vituperarle aún, después que tan clara prueba de severidad y rectitud acababa
de dar... ¡Cuán mal se juzga a los grandes hombres en su propia patria! Varones
eminentes, desvelaos, consagrad vuestra existencia al servicio de una idea,
para que luego la ingratitud amargue vuestra noble alma... ¡Todo sea por
Dios!... ¡Por vida del Santísimo Sacramento, esto es una gran bribonada!
—283→
Todavía
vacilaba el D. Francisco en perdonar a Cordero, después de haberlo propuesto en
junta general a la Comisión; pero el cortesano de 1815 añadió a las muchas
razones anteriormente expuestas otras de mucho peso, logrando atraer a su
partido y asociar hábilmente a su trabajo a un hombre cuya opinión era siempre
palabra de oro para el digno Presidente de la Comisión. Este hombre era el
coronel don Carlos Garrote. Para seducirle, Bragas no necesitó emplear sutiles
argucias. Bastole decir que Genara bebía los vientos por sacar de la cárcel a
Sola aunque en sustitución de ella fuese preciso ahorcar a todos los Corderos y
a todos los Toros de Guisando nacidos y por nacer. No necesitó de otras razones
Navarro para sugerir a Chaperón la luminosa idea siguiente:
-Vea
usted cómo voy comprendiendo que la hija de Gil de la Cuadra es una intrigante.
De esta especie de polilla es de la que se debe limpiar el Reino. Apuesto a que
es la querida de Seudoquis.
No se
habló más del asunto. Aunque decidido a castigar severamente, Chaperón no había
de reconquistar las simpatías perdidas en el cuerpo de voluntarios. Hubiéralo
llevado con paciencia el hombre-horca, y casi casi estaba dispuesto a
consolarse, cuando un suceso desgraciadísimo —284→ para la causa del
Trono y de la Fe católica vino a complicar la situación, exacerbando hasta el
delirio el inhumano celo del señor brigadier. En la noche del 2 al 3 de
Setiembre, un preso, el más importante sin duda de cuantos guardaba en su
inmundo vientre la cárcel de Corte, halló medios de evadirse, y se evadió. No
se sabe si anduvo en ello la virtud del metal que es llave de corazones y
ganzúa de puertas, o simplemente la destreza, energía y agudeza del preso. No
discutiremos esto: basta consignar el hecho tristísimo (atendiendo al Trono y a
la Fe católica) de que Seudoquis se escapó. ¿Fue por el tejado, fue por las
alcantarillas, fue por medio de un disfraz? Nadie lo supo, ni lo sabrá
probablemente. En vano D. Francisco, corriendo a la cárcel muy de mañana (pues
ni siquiera tuvo tiempo de tomar chocolate) mandó hacer averiguaciones y
registrar las bohardillas y sótanos, y prender a casi todos los calaboceros e
interrogar a la guardia, y amenazar con la horca hasta al mismo santo emblema
de la Divinidad humanada, que tan asendereado estaba siempre en su irreverente
y fiera boca.
A la hora
del despacho se encerró con Lobo. Estaba tan fosco, tan violento, que al verle,
se sentían vivos deseos de —285→ no volverle a ver más en la vida.
Para hablarle de indulgencia se habría necesitado tanto valor como para acercar
la mano a un hierro candente. Chaperón sólo se hubiera ablandado a martillazos.
-¿Está
corriente la causa de esa?... Es preciso presentarla sin pérdida de tiempo al
tribunal -dijo a su asesor.
-Ahora
mismo la remataré Excelentísimo Señor.
-Me gusta
la calma... Yo he de ocuparme de todo... No sirven ustedes para nada... Voy a
llamar al primer asno que pase por la calle para encomendarle todo el trabajo
de esta secretaría.
En aquel
mismo instante entró Genara. No podía presentarse en peor ocasión, porque venía
a pedir indulgencia. Nunca había sido tampoco tan interesante ni tan guapa,
porque sus atractivos naturales se sublimaban con su generosidad y con el valor
propio de quien intrépidamente penetra en una caverna de lobos para arrancarles
la oveja que ya han empezado a devorar.
La fiera
estaba tan mal dispuesta en aquella nefanda hora, que sin aguardar a que Genara
se sentase, díjole con voz ahogada:
-Por
centésima vez, señora...
—286→
Se detuvo
moviendo la cabeza sobre el metálico cuello, cual si este le estrangulara
impidiendo el fácil curso de las palabras.
-Por
centésima vez... -gruñó de nuevo poniéndose rojo.
-Acabemos,
hombre de Dios.
-Por
centésima vez digo a usted que no puede ser... En bonita ocasión me coge...
Ciertamente que están las cosas a propósito para perdonar... Seudoquis
escapado... los Corderos en libertad... La Comisión desacreditada, acosada,
vilipendiada, escarnecida... No somos jueces, somos vinagrillo de mil flores...
No sé cómo no entran los chicos de las calles y nos tiran de la nariz... Me han
pintado colgado de la horca... y con razón, con mucha razón... Más vale que
digan de una vez: «se acabó el Gobierno absoluto; vuelvan los liberales...».
Malditas sean las recomendaciones... Ellos conspiran y nosotros perdonamos...
Con tales farsas pronto tendremos al Cojo de Málaga en el Trono... Seudoquis
escapado... ¡la impunidad! aquí no hay más que impunidad... Se ahorca por besar
el sitio donde estuvo la lápida de la Constitución, y damos chocolate a los
conspiradores... Señora, usted me toma por un Dominguillo... Señora...
¡Seudoquis escapado!... ¡la impunidad!... —287→ esa malhadada
impunidad... lepra horrible, horrible...
Echaba
las palabras a borbotones, interrumpidos a intervalos por sofocadas toses y
gruñidos. Los temblorosos labios parecían el obstruido caño de una fuente, por
donde salía el agua en violentas bocanadas con intermitencias de resoplidos de
aire. A cada segundo se metía los dedos en el duro cuello negro de cartón para
ensanchárselo y respirar mejor.
-Tanto
enfado me mueve a risa -dijo la dama con burlona sonrisa y demostrando mucha
tranquilidad-. Cualquiera que a usted le viese creería que estoy en presencia
del mismo Soberano absoluto de estos Reinos. Sr. Chaperón, ¿por quién se ha
tomado?
-Señora
-dijo el brigadier enfrenando su cólera-, usted puede tomarme por quien quiera;
pero esta vez no cedo, no cedo... Ya comprendo la intriga, me trae usted una
cartita de Calomarde... Es inútil, inútil, no hago caso de recomendaciones. Si
Calomarde me manda atender al ruego de usted, presentaré al punto mi dimisión.
De mí no se ríe nadie: soy responsable de la paz del Reino, y si vienen
revoluciones, tráigalas quien quiera, no yo.
-Calomarde
no ha querido darme carta de —288→ recomendación -manifestó Genara
sin abandonar su calma.
-Ya lo
presumía. Hemos hablado anoche... hemos convenido en la necesidad de apretar
los tornillos, de apretar mucho los tornillos.
-Calomarde
y usted apretarán la hebilla de sus propios corbatines hasta ahogarse si gustan
-dijo ella con malicioso desdén-, pero en las cosas públicas no harán sino lo
que se les mande.
-Señora,
permítame usted que no haga caso de sus bromitas. La ocasión no es a propósito
para ello. Tenemos que hacer... ¿Pero qué es eso? Veo que me trae usted una
carta.
-Sí señor
-replicó Genara alargando un papel-, lea usted.
-Del Sr.
Conde de Balazote, gentil-hombre de Su Majestad -dijo el vestiglo abriendo y
leyendo la firma-. ¿Y qué tengo yo que ver con ese señor?
-Lea
usted.
-¡Ah!...
ya... -murmuró Chaperón quedándose estupefacto después de leer la carta-, el
señor gentil-hombre me besa la mano...
-¡Ya ve
usted qué fino!
-Y me
hace saber que Su Majestad me ordena presentarme inmediatamente en Palacio.
—289→
-Para
hablar con Su Majestad.
-Quiere
decir que Su Majestad desea hablarme...
Chaperón
volvió a leer. Después dio dos o tres vueltas sobre su eje.
-Mi
sombrero... -dijo demostrando grandísima inquietud-, ¿en dónde está mi
sombrero...? Señora, usted dispense... Lobo, aguárdeme usted...
-Yo
aguardo aquí -indicó Genara.
-Veremos
lo que quiere de mí Su Majestad -añadió D. Francisco en estado de
extraordinario aturdimiento-. ¿Y mi bastón, en dónde he puesto yo ese condenado
bastón?... ¿Habré traído los guantes?... Señora, dispense usted que... A los
pies de usted... ¿Su Majestad me espera?... Sí, me esperará, no saldrá hasta
que yo no vaya... Y yo no recordaba que la Corte había venido ayer de la Granja
para trasladarse a Aranjuez... Adiós; vuelvo.
Una hora
después Chaperón entraba de nuevo en su despacho. Venía, si así puede decirse,
más negro, más tieso, más encendido, más agarrotado dentro del collarín de
cuero. Cruzando sus brazos se encaró con Genara, y le dijo:
-Vea
usted aquí a un hombre perplejo. Su —290→ Majestad me ha hablado, me
ha tratado con tanta bondad como franqueza, me ha llamado su mejor amigo, y por
fin me ha mandado dos cosas de difícil conciliación, a saber: que sea
inexorable y que acceda al ruego de usted.
-Eso es
muy sencillo -replicó Genara con gracia suma-. Eso quiere decir que sea usted
generoso con mi protegida y severo con los demás.
-¡Inexorable,
señora, inexorable! -exclamó D. Francisco apretando los dientes y mirando
foscamente al suelo.
-Inexorable
con todos menos con ella. ¿Hay nada más claro?
-Dije a
Su Majestad que se había escapado Seudoquis, y me contestó... ¿qué creerá usted
que me contestó?
-Alguna
de sus bromas habituales.
-Que
había hecho perfectamente en escaparse, si se lo habían consentido.
-Eso es
hablar como Salomón.
-Veremos
cómo salgo yo de este aprieto. Tengo que contentar al Rey, a usted, a los
voluntarios realistas, a Calomarde; tengo que contentar a todo el mundo, siendo
al mismo tiempo generoso e inexorable, benigno y severo.
Chaperón
se llevó las manos a la cabeza expresando —291→ el gran conflicto en
que se veía su inteligencia.
-¡Qué
lástima que soltáramos a ese Cordero!... -dijo después de meditar-. Pero agua
pasada no mueve molino, veamos lo que se puede hacer. Formemos nuestro plan...
Atención, Lobo. Lo primero y principal es complacer a la Sra. D.ª Genara...
¿Qué filtros ha dado usted a nuestro Soberano para tenerle tan propicio?...
Atención, Lobo. Lo primero es poner en libertad a esa joven... escriba
usted... por no resultar nada contra ella.
Genara
aprobó con un agraciado signo de cabeza.
-Ahora
pasemos a la segunda parte. Esta prueba de benevolencia no quiere decir que
erijamos la impunidad en sistema. Al contrario, si la inocencia es respetada...
porque esa joven será inocente... si la inocencia es respetada, el delito no
puede quedar sin castigo... Atienda usted, Lobo... Esta conspiración no quedará
impune de ningún modo. Soledad Gil de la Cuadra es inocente, inocentísima ¿no
hemos convenido en eso? Sí; ahora bien, sus cómplices, o mejor dicho, los que
aparecen en este negocio de las cartas que se repartieron... No, no hay que
tomarlo por ese lado de las cartas. —292→ Lobo, quite usted de la
causa todo lo relativo a cartas. Veamos el cómplice.
-Patricio
Sarmiento.
-¿Ese
hombre está en su sano juicio?
-Permítame
Vuecencia -dijo Lobo- que le manifieste... El hablar de la imbecilidad de ese
hombre me parece... Si Vuecencia, excelentísimo señor, me permite expresarme
con franqueza...
-Hable
usted pronto.
-Pues
diré que eso de la imbecilidad de Sarmiento me parece una inocentada.
-Eso es:
una inocentada -repitió Genara.
-Pues
qué, ¿no constan en la causa mil cosas que acreditan su buen juicio? Se le
encontró entre sus papeles un paquete de cartas sobre la organización de la
Comunería, y consta que fue uno de los que más parte tuvieron en el asesinato
de Vinuesa.
-¿Hay
pruebas, hay testigos?
-Diez
pliegos están llenos de las declaraciones de innumerables personas honradas que
han asegurado haberle visto entrar, martillo en mano, en la cárcel de la
Corona.
-Admirable.
Adelante.
-Después
ha fingido hallarse demente para poder insultar a Su Majestad, burlarse de la
religión y apostrofar a los defensores del Trono.
—293→
-¡Se ha
fingido demente!
-Está
probado, probadísimo, excelentísimo señor.
Chaperón
dudaba, hay que hacerle ese honor. La mónera de que antes
hablamos se agitaba inquieta y alborotada entre el cieno, haciendo esfuerzos
por mostrarse.
-Pero
esas pruebas de que se fingía demente... -murmuró-. ¿Hay dictamen facultativo?
Genara no
veía con gusto aquella discusión y guardaba silencio.
-¿Qué
dice el artículo 7.º del Decreto del 20 de este mes? -preguntó Lobo con
extraordinario calor.
-Que
la fuerza de las pruebas en favor o en contra del acusado se dejan a la
prudencia e imparcialidad de los jueces. Bien, admitamos que la ficción de
demencia es cosa corriente. No hay más que hablar.
-¿Qué
dice el artículo 11 del mismo Decreto?
-Que se
castigue con el último suplicio a los que griten «Viva la Constitución,
mueran los serviles, mueran los tiranos, viva la libertad...». ¡Ah! aquí no
puede haber quebraderos de cabeza. Según este artículo, Sarmiento debía haber
sido ahorcado cien veces... Pero la imbecilidad, la locura o como quiera
llamarse a —294→ esa su semejanza con los graciosos de teatro...
-¿Qué
dice el artículo 6.º del mismo Decreto? -preguntó de nuevo Lobo con tanto
entusiasmo que sin duda se creía la imagen misma de la jurisprudencia.
-Dice
que la embriaguez no es obstáculo para incurrir en la pena.
-¿Y qué
es la embriaguez más que una locura pasajera?... ¿Qué es la locura más que una
embriaguez permanente? Consulte Vuecencia, excelentísimo señor, todos los
autores y verá cómo concuerdan con mi parecer. Vuecencia podrá fallar lo que
quiera; pero de la causa resulta, claro como la luz del día, que la muchacha y
los ángeles del cielo rivalizan en inocencia, y que el Sarmiento es reo
convicto del asesinato de Vinuesa, de propagación de ideas subversivas, del
establecimiento de la Comunería, de predicación en sitios públicos contra la
única soberanía que es la real, de connivencia con los emigrados, etc., etc.
-¡Oh! Sr.
D. Francisco -dijo la dama con generoso arranque-. Si quiere usted merecer un
laurel eterno y la bendición de Dios, perdone usted también a ese pobre viejo.
-Señora,
poquito a poco -repuso el funcionario poniéndose muy serio-. Antes que erigir
en sistema la impunidad, cuidado con la impunidad, —295→ ¡por vida
del...! presentaré mi dimisión. Bastante ha conseguido usted.
La dama
inclinó la cabeza, fijando los ojos en el suelo. Otra vez suplicó, porque no
podía resistir impasible a la infame tarea de aquellos inicuos polizontes; pero
Chaperón se mostró tan celoso de su reputación, de su papel y de atender a las
circunstancias (¡siempre las circunstancias!) que al fin la intercesora,
creyéndose satisfecha con el triunfo alcanzado, no quiso comprometerlo,
aspirando a más. Se retiró contenta y triste al mismo tiempo. Necesitaba ver
aquel mismo día a los demás individuos de la Comisión, pues aunque el
Presidente lo era todo y ellos casi nada, convenía prevenirlos para asegurar
mejor la victoria.
Cuando se
quedaron solos, Chaperón dijo a su asesor privado:
-Arrégleme
usted eso inmediatamente. Extienda usted la sentencia y llévela al comandante
fiscal para que la firme. Hoy mismo se presentará al tribunal. Mañana nos
reuniremos para sentenciar a la mujer que robó el almirez de cobre y el vestido
de percal viejo... Pasado mañana tocará sentenciar eso... ¡Oh! veremos si los
compañeros quieren hacerlo mañana mismo... Quesada me ha recomendado hoy la
mayor celeridad en el despacho —296→ y en la ejecución de las
sentencias...
Y
cabizbajo, añadió:
-Veremos
cómo lo toma la Comisión. Yo tengo mis dudas... mi conciencia no está
completamente tranquila... pero, ¿qué se ha de hacer? todo antes que la
impunidad.
Y aquel
hombre terrible, que era Presidente de derecho del pavoroso tribunal, y de
hecho fiscal, y el tribunal entero; aquel hombre, de cuya vanidad sanguinaria y
brutal ignorancia dependía la vida y la muerte de miles de infelices, se
levantó y se fue a comer.
La
Comisión, reunida al día siguiente para fallar la causa de la mujer que había
robado un almirez de cobre y un vestido de percal viejo, falló también la de
Sarmiento. No pecaban de escrupulosos ni de vacilantes aquellos señores, y
siempre sentenciaban de plano conformándose con el parecer del que era vida y
alma del tribunal. Todas las mañanas, antes de reunirse, oían una misa llamadade
Espíritu Santo, sin duda porque era celebrada con la irreverente pretensión
de que bajara a iluminarles la tercera persona de la Santísima Trinidad. Por
eso deliberaban tranquila, rápidamente y sin quebraderos de cabeza. Todos los
días, al dar la orden de la plaza y distribuir las guardias y servicios de
tropa, el Capitán —297→ General designaba el sacerdote castrense que
había de decir la misa de Espíritu Santo. Esto era como la señal de
ahorcar6.
Al
anochecer del día en que fue sentenciada la causa de Sarmiento, previa la misa
correspondiente, el escribano entró en la prisión y a la luz de un farolillo
que el alguacil sostenía, leyó un papel.
Oyéronle
ambos reos con atención profunda. Sarmiento no respiraba. No había concluido de
leer el escribano, cuando D. Patricio enterado de lo más sustancial, lanzó un
grito y poniéndose de rodillas elevó los brazos, y con entusiasmo que no puede
describirse, con delirio sublime, exclamó:
-¡Gracias,
Dios de los justos, Dios de los buenos! ¡Gracias, Dios mío, por haber oído mis
ruegos!... ¡Ella libre, yo mártir, yo dichoso, yo inmortal, yo santificado por
los siglos de los siglos!... Gracias, Señor... Mi destino se cumple... No podía
ser de otra manera. Jueces, yo os bendigo. Pueblo, mírame en mi trono... Estoy
rodeado de luz.
—298→
· Anterior
- XXV -
La
capilla de los reos de muerte que estaba en el piso bajo y en el ángulo formado
por la calle de la Concepción Jerónima y el callejón del Verdugo, era el local
más decente de la cárcel de Corte. No parecía en verdad decoroso, ni propio de
una nación tan empingorotada que los reos se prepararan a la muerte mundana y
salvación eterna en una pocilga como los departamentos donde moraban durante la
causa. Además en la capilla entraban movidos de curiosidad o compasión muchos
personajes de viso, señores obispos, consejeros, generales, gentiles-hombres, y
no se les había de recibir como a cualquier pelagatos. Tomaba sus luces esta
interesante pieza del cercano patio, por la mediación graciosa de una pequeña
sala próxima al cuerpo de guardia; mas como aquellas llegaban tan debilitadas
que apenas permitían distinguir las personas, de aquí que en los días de
capilla se alumbrara esta con la fúnebre claridad de las velas amarillas
encendidas en el altar. Lúgubre cosa era ver al reo,
aquel —299→ moribundo sano, aquel vivo de cuerpo presente, en la
antesala de la horca, y oírle hablar con los visitantes y verle comer junto al
altar, todo a la luz de las hachas mortuorias. Generalmente los condenados, por
valientes que sean, toman un tinte cadavérico que anticipa en ellos la imagen
de la descomposición física, asemejándoles a difuntos que comen, hablan, oyen,
miran y lloran para burlarse de la vida que abandonaron.
No fue
así D. Patricio Sarmiento, pues desde que le entraron en la capilla en la para
él felicísima mañana del 4 de Setiembre, pareció que se rejuvenecía, tales eran
el contento y la animación que en sus ojos brillaban. Rosicler mustio le tiñó
las ajadas mejillas, y su espina dorsal hubo de adquirir por maravilloso don
una rectitud y esbelteza que recordaban sus buenos tiempos de Roma y Cartago.
Soledad, a quien permitieron acompañarle todo el tiempo que quisiera, se
hallaba en estado de viva consternación, de tal modo que ella parecía la
condenada y él el absuelto.
-Querida
hija mía -le dijo D. Patricio cuando juntos entraron en la capilla-, no
desmayes, no muestres dolor, porque soy digno de envidia, no de lástima. Si yo
tengo este fin mío por el más feliz y glorioso que podría
imaginar, —300→ ¿a qué te afliges tú? Verdad es que la Naturaleza
(cuyos Códigos han dispuesto sabiamente los modos de morir) nos ha infundido
instintivamente cierto horror a todas las muertes que no sean dictadas por
ella, o hablando mejor, por Dios; pero eso no va con nosotros, que tenemos un
espíritu valeroso, superior a toda niñería... Ánimo, hija de mi corazón.
Contémplame y verás que el júbilo no me cabe en el pecho... Figúrate la alegría
del prisionero de guerra que logra escaparse y anda y camina, y al fin oye
sonar las trompetas de su ejército... Figúrate el regocijo del desterrado que
anda y camina y ve al fin la torre de su aldea. Yo estoy viendo ya la torre de
mi aldea, que es el Cielo, allí donde moran mi padre, que es Dios, y mi hijo
Lucas, que goza del premio dado a su valor y a su patriotismo. Bendito sea el
primer paso que he dado en esta sala, bendito sea también el último; bendito el
resplandor de esas velas, benditas esas sagradas imágenes; bendita tú que me
acompañas, y esos venerables sacerdotes que me acompañan también.
Soledad
rompió a llorar, aunque hacía esfuerzos para dominarse, y D. Patricio fijando
los ojos en el altar y viendo el hermoso Crucifijo de talla que en él había y
la imagen de —301→ Nuestra Señora de los Dolores, experimentó una
sensación singular, una especie de recogimiento que por breve rato le turbó.
Acercándose más al altar, dijo con grave acento:
-Señor
mío, tu presencia y esos tus ojos que me ven sin mirarme recuérdanme que
durante algún tiempo he vivido sin pensar en ti todo lo que debiera. El gran
favor que acabas de hacerme me confunde más en tu presencia. Y tú, Señora y
Madre mía, que fuiste mi patrona y abogada en cien calamidades de mi juventud,
no creas que te he olvidado. Por tu intercesión sin duda, he conseguido del
Eterno Padre este galardón que ambicionaba. Gracias, Señora, yo demostraré
ahora que si mi muerte ha de ser patriótica y valerosa para que sea fecunda,
también ha de ser cristiana.
Admirados
se quedaron de este discurso el padre Alelí y el padre Salmón que juntamente
con él entraron para prestarle los auxilios espirituales. Ambos frailes oraban
de rodillas. Levantáronse y tomando asiento en el banco de iglesia que en uno
de los costados había, invitaron a Sarmiento a ocupar el sillón.
-Yo no
daré a Vuestras Reverencias mucho trabajo -dijo el patriota sentándose
ceremoniosamente en el sillón-, porque mi espíritu no necesita de cierta clase
de consuelillos mimosos —302→ que otras vulgares almas apetecen en
esta ocasión; y en cuanto al auxilio puramente religioso, yo gusto de la
sencillez suma. En ella estriba la grandeza del dogma.
El padre
Alelí y el padre Salmón se miraron sin decir nada.
-Veo a
Sus Reverencias como cortados y confusos delante de mí -añadió Sarmiento
sonriendo con orgullo-. Es natural, yo no soy de lo que se ve todos los días.
Los siglos pasan y pasan sin traer un pájaro como este. Pero de tiempo en
tiempo Dios favorece a los pueblos dándole uno de estos faros que alumbran el
género humano y le marcan su camino... Si una vida ejemplar alumbra muy mucho
al género humano, más le alumbra una muerte gloriosa... Me explico
perfectamente la admiración de Sus Paternidades; yo no nací para que hubiera un
hombre más en el mundo; yo soy de los de encargo, señores. Una vida consagrada
a combatir la tiranía y enaltecer la libertad; una muerte que viene a aumentar
la ejemplaridad de aquella vida, ofreciendo el espectáculo de una víctima que
expira por su fe y que con su sangre viene a consagrar aquellos mismos
principios santos; esta entereza mía; esta serenidad ante el suplicio,
serenidad y entereza que no son más que la convicción profunda que
tengo —303→ de mi papel en el mundo, y por último la acendrada fe que
tengo en mis ideas, no pertenecen, repito, al orden de cosas que se ven todos
los días...
El padre
Alelí abrió la boca para hablar; mas Sarmiento, deteniéndole con un gesto que
revelaba tanta gravedad como cortesía, prosiguió así:
-Permítame
Vuestra Paternidad Reverendísima que ante todo haga una declaración importante,
sí, sumamente importante. Yo soy enemigo del instituto que representan esos
frailunos trajes. Faltaría a mi conciencia si dijese otra cosa; yo aborrezco
ahora la institución como la aborrecí toda mi vida, por creerla altamente
perniciosa al bien público. Ahí están mis discursos para el que quiera conocer
mis argumentos. Pero esto no quita que yo haga distinciones entre cosas y las
personas, y así me apresuro a decirles que si a los frailes en general les
detesto, a Vuestras Paternidades les respeto en su calidad de sacerdotes y les
agradezco los auxilios que han venido a prestarme. Además, debo recordar que
ayer, hallándome en mi calabozo, traté groseramente de palabra a uno de los que
me escuchan, no sé cuál era. Estaba mi alma horriblemente enardecida por
creerse víctima de maquinaciones —304→ que tendían a desdorarla, y no
supe lo que me dije. Los hombres de mi temple son muy imponentes en su
grandiosa ira. Entiéndase que no quise ofender personalmente al que me oía,
sino apostrofar al género humano en general y a cierto instituto en particular.
Si hubo falta la confieso y pido perdón de ella.
El padre
Alelí, aprovechando el descanso de Sarmiento, tomó la palabra para decirle que
tuviese presente el sitio donde se encontraba, y rompiese en absoluto con toda
idea del mundo para no pensar sino en Dios; que recordase cuál trance le
aguardaba y cuáles eran los mejores medios para prepararse a él; y finalmente,
que ocupándose tanto de vanidades, corría peligro de no salvarse tan pronto y
derechamente como de la limpieza de su corazón debía esperarse. A lo cual D.
Patricio, volviéndose en el sillón con mucho aplomo y seriedad, dijo al fraile
que él (D. Patricio) sabía muy bien cómo se había de preparar para el fin no
lamentable sino esplendoroso, que le aguardaba, y que por lo mismo que moría
proclamando su ideal divino, pensaba morir cristianamente, con lo cual aquél
había de aparecer más puro, más brillante y más ejemplar.
Esto
decía cuando llegaron los hermanos de la Paz y Caridad, caballeros muy
cumplidos —305→ y religiosos que se dedican a servir y acompañar a
los reos de muerte. Eran tres y venían de frac, muy pulcros y atildados, como
si asistieran a una boda. Después que abrazaron uno tras otro cordialmente a D.
Patricio, preguntáronle que cuándo quería comer, porque ellos eran los
encargados de servirle, añadiendo que si el reo tenía preferencias por algún
plato, lo designara para servírselo al momento, aunque fuese de los más
costosos.
Sarmiento
dijo que pues él no era glotón, trajeran lo que quisieran, sin tardar mucho,
porque empezaba a sentir apetito. Desde los primeros instantes los tres
cofrades pusieron cara muy compungida, y aun hubo entre ellos uno que empezó a
hacer pucheros, mientras los otros dos rezaban entre dientes; visto lo cual por
Sarmiento, dijo muy campanudamente que si habían ido allí a gimotear, se
volviesen a sus casas, porque aquella no era mansión de dolor, sino de alegría
y triunfo. No creyendo por esto los hermanos que debían abandonar su papel
oficial, comenzaron a soltar una tras otra las palabrillas emolientes que eran
del caso y que tantas veces habían pronunciado, verbi-gratia...
«Querido hermano en Cristo, la celestial Jerusalém abre sus puertas para ti»...
«Vas a entrar en la morada —306→ de los justos»... «Ánimo. Más
padeció el Redentor del mundo por nosotros».
-Queridos
hermanos en Cristo -dijo el reo con cierta jovialidad delicada-. Agradezco
mucho sus consuelos; pero he de advertirles que no los necesito. Yo me basto y
me sobro. Así es que no verán en mí suspirillos, ni congojas, ni babas, ni
pucheros... Me gusta que hayan venido, y así podrán decir a la posteridad cómo
estaba Patricio Sarmiento en la capilla, y qué bien revelaba en su noble
actitud y reposado continente (al decir esto erguía la cabeza, echando el
cuerpo hacia atrás) la grandeza de la idea por la cual dio su sangre.
Pasmados
se quedaron los hermanos así como los frailes, de ver su serenidad, y le
exhortaron de nuevo a que cerrase el entendimiento a las vanidades del mundo.
Sola, de rodillas junto al altar, rezaba en silencio.
· Anterior
- XXVI -
Empezaron
los hermanos a servir la comida. Sentose D. Patricio a la mesa, invitando a
todos a que le acompañaran. No había comenzado —307→ aún, cuando
entró el Sr. de Chaperón, que jamás dejaba de visitar a sus víctimas en la
antesala del matadero. Como de costumbre en tales casos, el señor brigadier
trataba de enmascarar su rostro con ciertas muecas y contorsiones y gestos
encargados de expresar la compasión, y helo aquí arqueando las cejas y plegando
santurronamente los ángulos de la boca, sin conseguir más que un aumento
prodigioso en su fealdad.
Saludó a
Sarmiento con esa cortesía especial que se emplea con los reos de muerte, y que
es una cortesía indefinible e incomprensible para el que no ha visto muestras
de ella en la capilla de la cárcel; urbanidad en la cual no hay ni asomos de
estimación, porque se trata de un delincuente atroz, ni tampoco desprecio o7 encono
a causa de la proximidad del morir. Es una callada fórmula de repulsión
compasiva, sentimiento extraño que no tiene semejante como no sea en el alma de
algún carnicero no muy novicio ni tampoco muy empedernido.
-Hermano
en Cristo -dijo D. Francisco poniendo su mano, tan semejante al hacha del
verdugo, sobre el cuello del preceptor-, supongo que su alma sabrá buscar en la
religión los consuelos...
Esta
formulilla era de cajón. Aquel funcionario —308→ de tan pocas ideas
la llevaba prevenida siempre que a los reos visitaba.
-Sr. D.
Francisco -replicó Sarmiento levantándose-, si Vuecencia quiere acompañarme a
la mesa...
-No,
gracias, gracias, siéntese usted... ¿Qué tal estamos de salud?... ¿Y el
apetito?
Lo
preguntaba, como lo preguntaría un médico.
-Vamos
viviendo -repuso el patriota-. O si se quiere, vamos muriendo. Todavía no ha
llegado el instante precioso en que sea innecesario este grosero sustento de la
bestia... Hemos de arrastrar el peso del cuerpo, hasta que llegue el instante
de dejarlo en la orilla y lanzarnos al océano sin fin, en brazos de aquellas
olas de luz que nos mecerán blandamente en presencia del Autor de todas las
cosas.
Chaperón
miró a los frailes e hizo un gesto que indicaba opinión favorable del juicio de
Sarmiento.
-Y ya que
Vuecencia ha tenido la bondad de visitarme -añadió el reo, después de saborear
el primer bocado-, tengo el gusto de declarar que no siento odio contra nadie,
absolutamente contra nadie. A todos les perdono de corazón, y si de algo valen
las preces de un escogido como yo (al decir esto su tono
indicaba —309→ el mayor orgullo) he de alcanzar del Altísimo que
ilumine a los extraviados para que muden de conducta, trocando sus ideas
absolutistas por el culto puro de la libertad... Sí señor; se intercederá por
los que están ciegos, para que reciban luz; se recomendará a los crueles para
que hallen misericordia en su día. Patricio Sarmiento es leal, pío, generoso,
como apóstol de la misma generosidad, que es el liberalismo... En mi corazón ya
no caben resentimientos; todos los he echado fuera, para presentarme puro y sin
mancha. El mártir de una idea, el que con su sangre ha puesto el sello a esa
idea ¿me entienden ustedes? para que quede consagrada en el mundo, no
enturbiará su conciencia con odios mezquinos. Reconozco que con arreglo a las
leyes mi condenación ha sido razonable. Vuecencia que me oye no ha hecho más
que cumplir con la ley que se le ha puesto en la mano. Así me gusta a mí la
gente. Venga esa mano, Sr. D. Francisco.
Diole tan
fuerte apretón de manos, que Chaperón hubo de retirar la suya prontamente para
que no se la estrujara.
-Además
-prosiguió Sarmiento-, yo sé que los que hoy me condenan, me admirarán mañana,
si viven, y los que me vituperan hoy, luego me pondrán en el mismo cuerno de
la —310→ luna... Porque esto durará poco, Sr. D. Francisco; el
absolutismo, a fuerza de estrangular, se sostendrá un año, dos, tres, pongamos
cuatro... En este guisado de vaca -añadió dirigiéndose a uno de los hermanos de
la Caridad- se le fue la mano a la cocinera: lo ha cargado de sal... Pongamos
cuatro años; pero al fin tiene que caer y hundirse para siempre, porque los
siglos muertos no resucitan, señor D. Francisco, porque los pueblos, una vez
que han abierto los ojos, no se resignan a cerrarlos, y así como cada estación
tiene sus frutos, cada época tiene su sazón propia, y los españoles, que hasta
aquí hemos amargado de puro verdes, vamos madurando ya, ¿me entiende Vuecencia?
y se nos ha puesto en la cabeza que no servimos para ensalada. Vuecencias
ahorquen todo lo que quieran. Mientras más ahorquen peor. El absolutismo
acabará ahorcándose a sí mismo. ¿No lo quieren creer? Pues lo pruebo. Empezó
creando para su defensa y sostenimiento la fuerza de voluntarios realistas. Son
estos unos animalillos voraces y tragaldabas que no se prestan a servir a su
amo, si este no les alimenta con cuerpos muertos. Una vez cebados y enviciados
con el fruto de la horca, mientras más se les da más piden, y llegará un
momento en que no se les pueda dar —311→ todo lo que piden, ¿me
entiende Vuecencia?
D.
Francisco, sin contestarle, y dirigiendo maliciosas ojeadas a los frailes,
hacía señas de asentimiento.
El padre
Salmón, que atendía con sorna a las razones del preso, bajó la cabeza para
ocultar la risa. Pero el padre Alelí, que devotamente rezaba en su breviario,
alzó los ojos y mirando con expresión de alarma al reo, le dijo:
-Hermano
mío, veo que lejos de apartar usted su pensamiento de las ideas mundanas, se
engolfa más y más en ellas, con gran perjuicio de su alma. Los momentos son
preciosos; la ocasión impropia para hacer discursos.
-Y yo
digo que es menos propia para sermones -replicó Sarmiento dando un golpecillo
en la mesa con el mango del tenedor-. Yo sé bien lo que corresponde a cada
momento, y repito que consagraré a la religión y a mi conciencia todo el tiempo
que fuere necesario.
-Bastante
ha perdido usted en vanidades.
-Poquito
a poco, señor sacerdote -dijo Sarmiento frunciendo las cejas-, yo nada le quito
a Dios. No se quite nada tampoco a las ideas, que son mi propia vida, mi razón
de ser en el mundo, porque, entiéndase bien, son la misión que Dios mismo me ha
encargado. Cada uno tiene su destino: el de unos es decir misa, el
de —312→ otros es enseñar e iluminar a los pueblos. El mismo que a Su
Paternidad Reverendísima le dio las credenciales me las ha dado a mí.
-Reflexione,
hombre de Dios -indicó el padre Salmón, rompiendo el silencio-, en qué sitio se
encuentra, qué trance le espera, y vea si no le cuadra más preparar su alma con
devociones, que aturdirla con profanidades.
-Vuestras
Paternidades me perdonen -dijo Sarmiento grave y campanudamente después de
beber el último trago de vino-, si he hablado de cosas profanas, que no les
agrada. Yo soy quien soy y sé lo que me digo. Sé mejor que nadie por qué estoy
aquí, por qué muero y por qué he vivido. Allá nos entenderemos Dios y yo, Dios
que llena mi conciencia y me ha dictado este acto sublime, que será ejemplo de
las generaciones. Pero pues las religiosidades no están nunca demás, vamos a
ellas y así quedarán todos contentos.
-Esas
divagaciones, hombre de Dios -dijo Salmón con puntos de malicia-, confirman uno
de los delitos que le han traído a este sitio.
-¿Qué
delito?
-El de
fingirse enajenado para poder tratar impunemente de cosas vedadas.
-Hablillas
-dijo Sarmiento sonriendo con desdén-. Señores hermanos de la Paz, si
tuvieran —313→ ustedes la bondad de darme cigarros, se lo
agradecería... Hablillas del vulgo. Si fuéramos a hacer caso de ellas, ¿cómo
quedaría el padre Salmón en la opinión del mundo? ¿No dicen de él que sólo
piensa en llenar la panza y en darse buena vida? ¿No goza fama de ser mejor
cocinero que predicador?... ¿de frecuentar más los estrados de las damas para
hablar de modas y comidas, que el coro para rezar y la cátedra para enseñar?
Esto dice el vulgo. ¿Hemos de creer lo que diga? Pues del padre Alelí que me
está oyendo y que es persona apreciabilísima, ¿no se dijo en otro tiempo que
era volteriano? ¿No le tuvo entre ojos la Inquisición? ¿No decían que antaño
era amigo de Olavide y que después se había congraciado con los realistas para
no ser molestado? Esto se dijo: ¿hemos de hacer caso de las necedades del
vulgo?
El padre
Alelí palideció, demostrando enojo y turbación. Chaperón se mordía los labios
para dominar sus impulsos de risa. Ofrecía en verdad la fúnebre capilla
espectáculo extraño, único, el más singular que puede presentarse. Frente al
altar veíase una mujer de rodillas, rezando sin dejar de llorar, como si ella
sola debiera interceder por todos los pecadores habidos y por haber; en el
centro una mesa llena —314→ de viandas y un reo que después de hablar
con desenfado y entereza recibía cigarros de los hermanos de la Paz y Caridad y
los encendía en la llama de un cirio; más allá dos frailes, de los cuales el
uno parecía vergonzoso y el otro enfadado; enfrente la tremebunda figura de D.
Francisco Chaperón, el abastecedor de la horca y el terror de los reos y de los
ajusticiados, sonriendo con malicia y dudando si poner cara afligida o
regocijada; todo esto presidido por el Crucifijo y la Dolorosa, e iluminado por
la claridad de las velas de funeral que daban cadavérico aspecto a hombres y
cosas, y allá más lejos en la sala inmediata una sombra odiosa, una figura
horripilante que esperaba, el verdugo.
D.
Francisco Chaperón se despidió de su víctima. En la sala contigua y en el patio
encontró a varios individuos de la Comisión Militar y a otros particulares que
venían a ver al reo.
-¡Que me
digan a mí que ese hombre es tonto! -exclamó con evidente satisfacción-. Tan
tonto es él como yo. No es sino un grandísimo bribón, que aún persiste en su
plan de fingirse demente, por ver si consigue el indulto... Ya, ya. Lo que
tiene ese bergante es mucho, muchísimo talento. Ya quisieran
más —315→ de cuatro... Por cierto que entre bromas y veras ha hablado
con un donaire... Al pobre Salmón le ha puesto de hoja de perejil, y Alelí no
ha salido tampoco muy librado de manos de este licenciado Vidriera... Es
graciosísimo: véanle ustedes... Por supuesto bien se comprende que es un
solemnísimo pillo.
Y D.
Francisco se retiró, repitiéndose a sí mismo con tanta firmeza como podría
hacerlo un reo ante el juez, que D. Patricio no era imbécil, sino un gran
tunante. Tal afirmación tenía por objeto sofocar la rebeldía de aquel
insubordinado corpúsculo, a quien llamamos antes lamónera de la
conciencia chaperoniana, y que desde que Sarmiento entró en capilla, se agitaba
entre el légamo, queriendo mostrarse y alborotar y hacer cosquillas en el ánimo
del digno funcionario. Con aquella afirmación, D. Francisco aplacó la vocecilla
y todo quedó en profundo silencio allá en los cenagosos fondajes de su alma.
· Anterior
- XXVII -
Durante
la noche arreció el nublado de visitantes, sin que su curiosidad importuna y
amanerada —316→ compasión causaran molestia al reo; antes bien
recibíalos este como un soberano a su corte. Situado en pie frente al altar,
íbalos saludando uno por uno, con ligeros arqueos de la espina dorsal y una
sonrisa protectora, cuya intensidad de expresión amenguaba o disminuía según la
importancia del personaje. Todos salían haciéndose lenguas de la serenidad del
reo, y en la sala-vestíbulo, inmediata al cuerpo de guardia, oíase cuchicheo
semejante al que se oye en el atrio de una iglesia en noches de novena o
tinieblas. Los entrantes chocaban con los que salían, y la sensibilidad de los
unos anticipaba a la curiosidad de los otros noticias y comentarios.
Pipaón,
que se había presentado de veinte y cinco alfileres, y parecía un ascua de oro
según iba de limpio y elegante, estuvo largo rato en compañía del reo, y le dio
varias palmadas en el hombro, diciéndole:
-Ánimo,
Sr. Sarmiento, y encomiéndese a Su Divina Majestad y a la Reina de los cielos,
Nuestra Madre amorosísima, para que le den una buena muerte y franca entrada en
la morada celestial... Adiós, hermano mío. Como mayordomo que soy de la
hermandad de las Ánimas, le tendré presente, sí, le tendré presente para que no
le falten sufragios... —317→ Adiós... Procure usted serenarse...
Medite mucho en las cosas religiosas... este es el gran remedio y el más seguro
lenitivo... ¡La religión, la dulce religión! ¡Oh! ¿qué sería de nosotros sin la
religión?... es nuestro consuelo, el rocío que nos regenera, el maná que nos
alimenta... Adiós, hermano en Cristo, venga un abrazo (al dar el abrazo Pipaón
tuvo buen cuidado de que no fuera muy expresivo, para que no se chafaran los
encajes de su pechera)... Estoy conmovidísimo... Adiós, repítole que medite
mucho en los sagrados misterios y en la pasión y muerte de Nuestro Señor
Jesucristo... No le faltarán sufragios, muchos sufragios. Quizás nos veamos en
el Cielo, ¡ay de mí! si Dios es misericordioso conmigo.
Este
fastidioso discurso, modelo exacto de la retórica convencional y amanerada del
cortesano, agradó mucho a cuantos le oyeron; mas D. Patricio lo acogió con
seriedad cortés y cierto desdén que apenas se traducía en ligero fruncimiento
de cejas. Pipaón salió y aunque iba muy aprisa derecho a la calle, detuviéronle
en el patio algunos amigos.
-Estoy
afectadísimo... no puedo ver estas escenas -les dijo respondiendo a sus
preguntas-. Fáltame poco para desmayarme.
—318→
-Dicen
que es el reo más sereno que se ha visto desde que hay reos en el mundo.
-Es un
prodigio. Pero aquella vanidad e hinchazón son cosa fingida... ¡Cuánto debe
padecer interiormente! Se necesitan los bríos de un héroe para sostener ese
papel sin faltar un punto.
-¡Farsante!
-Es el
perillán más acabado no he visto en mi vida. Seguramente espera que le
indulten; pero se lleva chasco. El Gobierno no está por indultos.
-Entremos...
todo Madrid desea verle. Vuelva usted, Pipaón.
-¿Yo? por
ningún caso -repuso el cortesano estrechando manos diversas una tras otra-. Voy
a una reunión donde cantan la Fábrica y Montresor... ¡Qué aria de la Gazza
Ladra nos cantó anoche esa mujer! Montresor nos dio el aria de Tancredo.
¡Aquello no es hombre, es un ruiseñor!... ¡Qué portamentos, qué picados, qué
trinos, qué vocalización, qué falsete tan delicioso! Parece que se transporta
uno al sétimo cielo. Con que adiós, señores... tengo que ensayar antes un paso
de gavota. Señores, divertirse con el viejo Sarmiento.
Aún no se
había separado de sus amigos, cuando salió al patio un señor obispo que
venía —319→ también de visitar al reo. Todos se descubrieron al
verle, haciéndole calle. Pipaón, después de besarle el anillo, le habló del
condenado a muerte.
-Mi
opinión -dijo su ilustrísima (que era una de las lumbreras del Episcopado)- es
que si no constara en los autos, como aseguran consta de una manera
indubitable, que se ha fingido y se finge loco para hablar impunemente de temas
vedados, la ejecución de este hombre sería un asesinato. Desempeña este
desgraciado su papel con inaudita perfección, y apreciándole por lo que dice,
no hay en aquella mollera ni el más pequeño grano de juicio... A propósito de
juicio, Sr. de Pipaón, no lo ha tenido usted muy grande fijando para el lunes
la gran fiesta de desagravios a Su Divina Majestad que celebra la Hermandad
de Indignos esclavos del Santísimo Sacramento, porque siendo el
lunes día de la Natividad de Nuestra Señora, la Real Congregación de la
Guardia y Custodia dispone por antiguo privilegio de la iglesia de San
Isidro.
Pipaón
respondió, mutatis mutandis, que no correría sangre a causa de un
conflicto entre ambas hermandades, y que él respondía de arreglarlo todo a
gusto de clérigos y seglares, y sin que se quejaran el Santísimo
Sacramento —320→ ni Nuestra Señora, con lo cual y con aceptar la carroza
de Su Ilustrísima para trasladarse a la calle de la Puebla donde había de hacer
el ensayo de la gavota antes de la tertulia, tuvo fin aquel diálogo.
Ya
avanzada la noche se cerró la capilla a los curiosos, y también la puerta de la
cárcel, después que entraron seis presos recién sacados de sus casas por
delaciones infames. Una nueva conspiración descubierta dio mucho que hacer
aquella noche y en la siguiente mañana al Sr. Chaperón.
D.
Patricio se acostó a dormir en la alcoba inmediata a la capilla; pero su sueño
no fue tranquilo. Velábanle solícitos y siempre prontos a servir en todo los
hermanos de la Paz y Caridad. Sola no se apartó de la capilla ni un solo
instante ni de día ni de noche.
-Abuelito
querido -le dijo al amanecer-, estoy muerta de pena, porque veo que tu conducta
no es propia de un buen cristiano.
-Adorada
hija -repuso Sarmiento besándola con ardiente cariño-, si es propia de un
filósofo, lo será de un cristiano, porque el filósofo y el cristiano se juntan,
se compendian y amalgaman en mí maravillosamente. Hazme el favor de ver si esos
señores hermanos me han preparado el chocolate... No extraño
tus —321→ observaciones, hija mía. Eres mujer y hablas con tu
preciosa sensibilidad, no con la razón que a mí me alumbra y guía. ¡Bendito sea
Dios que me permite tenerte a mi lado en estas horas postreras! Si no te
estuviera viendo, quizás me faltaría el valor que ahora tengo. Una sola cosa me
afecta y entristece, nublando el esplendoroso júbilo de mi alma, y es que
mañana a la hora de las diez... porque supongo que... eso será a las diez...
dejaré de recrear mis ojos con la contemplación de tu angelical persona... Pero
¡ay! tú debes seguir viviendo; no ha llegado aún la hora de tu entrada en la
mansión divina; llegará, sí, y entrarás, y el primero a quien verás en la
puerta abriendo los brazos para recibirte en ellos amoroso y delirante será tu
abuelito Sarmiento, tu viejecillo bobo.
La voz
temblorosa indicaba una viva emoción en el reo.
-Y te
llevaré a presencia del Padre de todo lo existente y le diré: «¡Señor, aquí la
tienes; esta es, mírala!...». Pero no quiero afligirte más. Ahora oye varios
consejos que debo darte y algunos encarguillos que quiero hacerte... ¿Está ese
chocolate?... Dame la mano para levantarme, hija mía. ¿Sabes que están pesados
y duros mis pobres huesos?... ¡Ah! pronto tendrás —322→ este bocado,
¡oh carnívora tierra! pronto, pronto se te arrojará esta piltrafa, que por lo
acecinada demuestra que te pertenece ya. El noble espíritu abandona este
inmundo saco, y vuela en busca de su patria y de sus congéneres los ángeles.
Levantose
delante de Sola porque estaba vestido. Un hermano le trajo el chocolate, y
quedándose solo con su amiga, le dijo estas palabras que ella oyó con
profundísima atención:
-Idolatrada
hija, mañana a las diez nos separaremos para siempre. Dios me dio la inefable
dicha de conocerte, para que mi espíritu se confortase antes de dejar el mundo.
Te condujiste conmigo tan noble y caritativamente que no vacilo en declararte
merecedora de inmortal premio. Yo te lo aseguro, yo te lo profetizo -dijo esto
cerrando los ojos y extendiendo solemnemente los brazos en actitud de profeta-,
yo te lo fío bendiciéndote. Creo tener poderes para ello. Gozarás de la eterna
dicha por tu cristiana acción. Ahora bien; hablando de cosas más terrestres, te
diré que es mi deseo partas en seguida para Inglaterra a ponerte bajo el amparo
de ese hombre generoso que ha sido tu protector y hermano. Le conozco y sé que
su corazón está lleno de bondades. Como me intereso también por él, declaro
ante ti que ese joven debe —323→ tomarte por esposa, de lo cual
resultará ventaja para entrambos; para ti porque vivirás al arrimo de un hombre
de mérito, capaz de comprender lo que vales; para él porque tendrá la compañera
más fiel, más amante, más útil, más hacendosa, más cristiana y más honesta con
que puede soñar el amor de un hombre. Tengo la seguridad de que él lo
comprenderá así -al decir esto mostraba la convicción de un apóstol-. Si no lo
comprendiese, dile que yo se lo mando, que es mi sacra voluntad, que yo no
hablo por hablar, sino transmitiendo por el órgano de mi lengua la inspiración
celeste que obra dentro de mí.
Sola oyó
este discurso con recogimiento y admiración, pasmada de advertir una
profundísima concordancia entre la demencia de su amigo y ciertas ideas de
antiguo arraigadas en ella. No acertó a decir una palabra sobre aquel tema, y
su viejecillo bobo se le representó entonces grande y luminoso, cual nunca lo
había visto, más respetable que todo lo que como respetable se presenta en el
mundo.
Después
de una pausa, durante la cual apuró el pocillo, Sarmiento prosiguió así:
-Querida
hija de mi corazón, voy a hacerte un encargo, atañedero a cosas terrestres. Las
cosas terrestres también me ocupan, porque de —324→ la tierra salí, y
en ella he de dejar las preciosas enseñanzas que se desprenden de mi martirio.
El género humano merece mi mayor interés. La dicha del Cielo no sería completa,
si desde él no contempláramos la constante labor de este pobre género humano,
sin cesar trabajando en mejorarse. Los que de él salimos no podemos dejar de
enviarle desde allá arriba un reflejo de nuestra gloria, sin lo cual se
envilecería, acercándose más a las bestias que a los ángeles. Hay que pensar en
el género humano de hoy, que es el coro celestial e inmenso de mañana, y todo
hombre es la crisálida de un ángel, ¿me entiendes? Si las criaturas superiores,
al remontarse sobre los mundanos despojos, miraran con desprecio esta pobre
turba inquieta y enferma a que pertenecieron; si no atendiendo más que al
Eterno Sol, hicieran del deseo de la bienaventuranza un egoísmo, adiós
universo, adiós pasmoso orden de cielo y tierra, adiós concierto sublime. No,
yo miro a la tierra y la miraré siempre. Le dejo un don precioso, mi vida, mi
historia, mi ejemplo, hija mía, ¿sabes tú lo que vale un buen ejemplo para esta
mísera chusma rutinaria? Sí, mi historia será pronto una de las más enérgicas
lecciones que tendrá el rebaño humano para implantar la libertad que ha de
conducirle a su mejoramiento —325→ moral. Pero digo yo, ¿es fácil
escribir esa historia? No. Bien conocidos son mis discursos, y aunque yo no los
he escrito, como todo el mundo los tiene grabados en la memoria, no faltará
quien los dé a la estampa. Sócrates no dejó escrito nada... Pero si serán
perpetuados mis discursos, habrá gran escasez de datos biográficos respecto a
mí. Oye, pues, lo que voy a decirte.
Tomando a
Sola por un brazo, la acercó a sí:
-Viviendo
en tu casa -añadió-, apunté no hace dos meses, los principales datos de mi
vida, tales como el día de mi nacimiento, el de mi bautizo, el de mi
confirmación, el de mi boda con Refugio, el del feliz natalicio de Lucas, el de
mi entrada en la enseñanza y otros: son datos preciosísimos. Como los
historiadores han de empezar desde mañana mismo a revolver archivos y libros
parroquiales, yo te encargo que les saques de apuros. Mira tú; el apunte en que
constan esos datos está escrito con lápiz... Me parece que lo puse debajo del
hule de la cómoda. Búscalo bien por toda la casa, y entrégalo a esos señores.
Al punto sabrás quiénes son, porque no se hablará de otra cosa en todo el
mundo. No te descuides, y evitarás mil quebraderos de cabeza, y quizás inexactitudes —326→ y
errores que darán ocasión a desagradables polémicas.
Sola
sintió al oír esto que la admiración despertada por anteriores palabras del
viejecillo bobo, se disipaba como humo. ¡Cuán difícil era señalar la misteriosa
línea donde los desvaríos de Sarmiento se trocaban en ingeniosas observaciones,
o por el contrario, sus admirables vuelos en lastimoso rastrear por el polvo de
la necedad! La joven prometió cumplir fielmente todo lo que le mandaba.
Al poco
rato apareció el padre Alelí preparado para decir la misa, y empezada esta,
Sarmiento la ayudó con extraordinaria devoción y acierto, tan seguro en las
ceremonias como si hubiera sido monaguillo toda su vida. Soledad la oyó con
gran edificación acompañada de los hermanos y de algunos empleados de la
cárcel. Después, por orden del Sr. Chaperón, se cerró la capilla al público.
- XXVIII
-
Poniendo
sobre todas las cosas su anhelante deseo de llegar pronto al fin de la jornada
vital, que era el comienzo de su triunfo, Sarmiento —327→ deploraba
que la justicia de aquellos tiempos hubiese fijado en cuarenta y ocho horas el
plazo de la preparación religiosa. Con diez o doce horas había bastante, según
él. Los dos frailes que le asistían aprovecharon la ocasión de su soledad para
hablarle recio en el negocio de la salvación, logrando que D. Patricio
atendiese a él, y consintiera en oír el trasnochado sermoncillo que preparado
traía el padre Salmón. Después de comer, cuando Sola vencida por el cansancio
había cedido al sueño y dormitaba sentada, el padre Alelí logró hacerse oír de
Sarmiento con mayor interés. Por la noche pareció que el espíritu del buen
viejo se recogía y como que se amilanaba algún tanto, mostrándose además en su
rostro y cuerpo cierto desmayo o fatiga. El patriota no permanecía ya en pie,
sino recostado con abandono en el sillón, fijando la vista en el suelo cual si
cayera en meditación taciturna. Silencio profundísimo reinaba en la cárcel; las
velas se habían consumido mucho y ardían en el último cabo de ellas, elevando
entre la vacilante luz el negro pábilo caduco, y derramando cera amarilla en
grandes chorros sobre los candeleros y sobre el altar. El Crucifijo y la
Dolorosa parecían entregados a un sopor misterioso. Nunca, como en aquella
tristísima hora, había —328→ parecido la capilla lúgubre y
conmovedora. Su ambiente de panteón daba frío, su luz tenue convidaba a morirse
y enterrarse. Era la madrugada del último día.
No fue
insensible el espíritu de Sarmiento a esta influencia externa, y conociéndolo
Alelí, le dijo que ya le quedaban pocas horas; que viese lo que hacía si no
deseaba arder perpetuamente en los infiernos. Al oír esto, mirole Sarmiento con
desdén y levantándose del sillón, se puso de rodillas.
-Puesto
que Su Paternidad quiere que confiese, confesaré -dijo lacónicamente.
-No es
preciso que se arrodille usted, hermano mío -indicó el buen fraile
levantándole-. En estos casos permitimos al penitente que haga la confesión
sentado para evitarle cansancio.
-Yo
prefiero estar de rodillas, porque no soy de alfeñique -dijo el reo volviéndose
a hincar-. Ahora, si Vuestra Paternidad tiene oídos, oiga... Yo amo a Dios
sobre todas las cosas. ¿Cómo no amarle, si es fuente de todo bien, manantial de
toda idea, origen de toda vida? Él dio la idea moral al mundo, y el mundo,
después de mil luchas, disputas y sangre, aceptó la ley moral que felizmente lo
rige. Después le dio la idea política, es decir, la
libertad, —329→ para que se gobernase, y todavía el mundo no la ha
aceptado en su totalidad. Estamos en la época de la predicación, del
martirio...
-Basta
-dijo Alelí con enfado-. Está usted profanando el nombre de Dios con absurdas
afirmaciones. Poco adelantamos por ese camino, hermano querido. Confiese usted
su amor a Dios, sin mezcla de extravagancia alguna. Me basta con eso por ahora,
y adelante.
-Confieso
-añadió el penitente-, que con frecuencia he jurado su santo nombre en vano, y
además que he usado votos y ternos raros, pues adquirí tiempo ha la pícara
costumbre de sacar a todo el Chilindrón y la Chilindraina; pero, con perdón de
Vuestra Reverencia, creo que pecados como este no llevan a casa de Pedro
Botero. Tampoco he santificado las fiestas como está mandado... desidia, pura
desidia y abandono. En el cuarto, ¿qué he de decir sino que jamás he faltado a
él ni en pensamiento? Pues en lo de matar, si alguien perdió por mí la vida fue
en leal acción de guerra y cuando el honor de mi bandera me lo mandaba así. No
obstante, un pecado grave tengo en lo tocante a este mandamiento, y ese lo voy
a confesar aquí con la boca y con el corazón, porque ha tiempo pesa sobre mi
conciencia, —330→ y aunque estoy muy arrepentido, paréceme que jamás
logro echar de mí la mancha y peso que me dejó. Hallándose preso y encadenado
un vecino mío, padre de esta joven que me acompaña, pidió un vaso de agua y se
lo negué. ¡Qué infame bellaquería! Pero válgame mi contrición sincera y el
cariño ardiente que después he puesto en la bendita hija de aquel desgraciado.
-Adelante
-murmuró Alelí satisfecho de que hubiese algún pecado evidente que justificase
su ministerio.
-Del
sexto no diré más sino que después de la muerte de mi Refugio, que acaeció hace
veintidós años, he observado castidad absoluta, a pesar de ser solicitado para
faltar a aquella preciosa virtud por más de una hembra que no debió de mirarme
cual saco de paja. Tampoco he robado jamás a nadie ni el valor de un alfiler, y
en el ramo de mentir si alguna vez falté a la verdad fue en negocios baladís y
de poca monta.
-Alto,
alto -dijo Alelí con interés sumo, viendo llegado el tema que abordar quería-.
Usted ha mentido, y ha mentido gravemente por sistema sosteniendo un papel
engañoso con la terquedad del hombre más perverso. Es opinión general que usted
se finge demente, poseyendo —331→ en realidad un claro juicio; es
público y notorio, y así consta en la causa, que todos esos disparates con que
ha divertido a Madrid son obra del talento más astuto, para poder vivir en una
sociedad que proscribe a los revolucionarios. Vamos a ver, hermano mío, repare
usted delante de quién está, mire esa imagen sacratísima, considere que le
restan pocas horas de vida, considere que ya no es posible la mentira, y ábrame
su corazón y arroje la máscara y dígame si en efecto este hombre exaltado que
vemos es un hábil histrión. ¡Ah! hermano mío, aseguran que usted sostiene su
papel, esperando que le indulten por tonto... ¡error, error, porque no es ese
el camino del indulto! Más fácil le sería conseguirlo con una confesión franca
de su pecado... Al menos haciéndolo así, tendrá el perdón de Dios y la gloria
eterna.
-¡Yo
farsante, yo histrión, yo...! ¡yo! -exclamó Sarmiento clavando ambas manos,
como garras, en su pecho.
Miraba al
padre Alelí con los ojos encendidos y con expresión de sorpresa, que bien
pronto se tornó en amargo desdén.
-Usted no
me comprende... -dijo levantándose-. Vaya usted a confesar colegiales, señor
padre Alelí. Me confesaré solo.
—332→
Y
arrodillándose delante del altar, alzó las manos y sin quitar los ojos del
Crucifijo, habló así:
-Señor,
Tú que me conoces no necesitas oír de mi boca lo que siente mi corazón, que
pronto dará su último latido dejándome libre. Sabes que te adoro, que te
reverencio, y que ejecuto puntualmente la misión que me señalaste en el mundo.
Sabes que la idea de la libertad enviada por Ti para que la difundiéramos, fue
mi norte y mi guía. Sabes que por ella vivo y por ella muero. Sabes que si
cometí faltas, me he arrepentido de ellas con grandísima congoja. Sabes que
perdono de todo corazón a mis enemigos, y que me dispongo a rogar por ellos,
cuando mi espíritu pueda hablar sin boca y ver sin necesidad de ojos. Mi
confesión está hecha públicamente. Óigala todo el que tiene oídos.
Y después
volviéndose al fraile que enfrente y absorto le miraba, díjole:
-Ahora,
padre Alelí, espero que no tendrá Vuestra Paternidad reverendísima
inconveniente alguno en darme el pan Eucarístico. Bien se ve que puedo recibir
a Dios dentro de mí. Estoy puro de toda mancha: soy como los ángeles.
Entonces
viose una cosa extraña, que por —333→ lo extraña parecía horrible en
aquel sitio y8 ocasión.
El padre Alelí no pudo evitar una sonrisa. Diríase que esta brilló en la
fúnebre capilla como un reflejo mundano dentro de la región de los difuntos.
Pero contuvo al punto su hilaridad, y gravemente dijeron a dúo ambos frailes:
-No
podemos dar a usted la Eucaristía, desgraciado hermano.
Mientras
Sola acudió a consolar a Sarmiento que parecía muy contrariado por aquella
negativa, Alelí llevó aparte a Salmón y le dijo:
-Es más
tonto que hecho de encargo. Yo repito que ajusticiar a este hombre es un
asesinato, y Chaperón, los jueces que le sentenciaron y nosotros que le
asistimos, estamos más locos que él. Yo no puedo ver este horrible espectáculo.
¿Pero no es evidente que ese hombre es necio de capirote? Estamos coadyuvando a
una obra inicua. ¡Y esperábamos que confesase su comedia!
-Como
siempre le tuve por mentecato redomado, no me he llevado chasco. No sé para qué
nos traen aquí.
-Ni yo.
Voy a hablar con Chaperón.
-Yo no me
tomaría el trabajo de hablar con nadie.
-Pues yo
sí.
—334→
-Pues yo
no.
Poco
después de esto el reo vio los objetos y las personas con una claridad que le
conturbó sobremanera sin saber por qué. Era que había avanzado el día y la
capilla recibía un poco de luz, ante la cual palidecía ligeramente la de las
soñolientas velas, casi consumidas. Aquel débil resplandor del astro rey hizo
daño a la retina y al espíritu del viejo, sin que su entendimiento pudiera
explicarse la razón de ello.
-Es de
día -dijo con cierto asombro, y al punto se quedó taciturno.
Los
hermanos de la Caridad aparecían más compungidos que en el día anterior, y
rezaban devotamente arrodillados ante el altar. Salmón rogó al condenado que se
sentase, y poniéndose a su lado hízole exhortaciones encaminadas a apartar su
alma del tremendo abismo a cuyo borde se encontraba.
-Pocas
horas me restan -murmuró el patriota, dando un gran suspiro-. Mi alma será más
fuerte cuanto más cerca esté el instante lisonjero de su liberación. ¿Cuántas
horas faltan?
-No
cuente usted las horas... ¿Qué valen dos ni tres horas comparadas con la
eternidad?
Sarmiento
no respondió nada. Observaba los ladrillos del piso y fijaba su vista con
minuciosidad aritmética en todos aquellos que tenían —335→ el ángulo
gastado. Diríase que los contaba.
-¿En
dónde está mi hija? -dijo de súbito moviendo la cabeza con ansiedad-. Sola,
niña de mi corazón, no te separes de mí.
Sola se
arrojó llorando en sus brazos. Notó que tenía las manos frías y temblorosas.
-Dentro
de poco dejaré de verte -exclamó el viejo haciendo esfuerzos verdaderamente
heroicos para dominar su emoción-. Que sea tan flaca y miserable esta humana
Naturaleza, que ni aun teniendo por segura la entrada en la morada celestial,
pueda mirar con absoluto desprecio los afectos del mundo... Aquí me tienes más
valiente que un león (sus labios temblaban al decirlo y su voz era como el
ronco trinar de una ave moribunda), y sin embargo, esto de separarme de ti,
esto de dejarte sola...
Se pasó
la mano por la frente, y durante un rato tapose los ojos.
-No sé
por qué está triste el día -murmuró con disgusto-. ¡Qué ruido hay en la
cárcel!... ¿qué voces son esas? Parece un canto desacorde o un graznido de
pájaros llorones. ¿Qué es eso?
Soledad
no contestó nada, y apoyó su frente sobre el pecho del anciano. A la capilla
llegaba una repugnante música llorona de gritos humanos que parecía formada de
todos los rencores, de todos los sarcasmos, de todas las
lágrimas —336→ y de todos los suspiros encerrados en la cárcel.
El padre
Alelí, que había salido al amanecer, volvió muy cabizbajo, y sin hablar una
sola palabra al reo ni a los demás preparose para decir la misa. En tanto, uno
de los hermanos departía con Sarmiento de cosas religiosas, sabedor de que
estas habían de llevar gran alivio y fuerzas al espíritu del reo.
-Hoy -le
dijo-, celebramos en Santa Cruz los Mayordomos de esta Real Archicofradía misa
solemne de rogativa para implorar los divinos auxilios en la última hora del
pobre condenado a muerte. Ya sabe usted que Nuestro Santísimo Padre Pío VII ha
concedido indulgencia plenaria a todos nosotros y a los fieles que asistan a
esa misa y hagan oración por la concordia de los Príncipes cristianos,
extirpación de las herejías y exaltación de la Fe católica.
-De modo
-dijo Sarmiento con amarga ironía-, que en esa misa se hace oración por todo
menos por mí.
-No,
hermano mío, no -dijo el cofrade con la melosidad del beato-, que también habrá
lo que llamamos ejercicio de agonía, donde se hace la recomendación
del alma del reo; luego siguen las jaculatorias de agonía y se cantará el ne —337→ recorderis. Los más bellos himnos de la Iglesia y las
piadosas oraciones de los fieles acompañan a usted en su tránsito doloroso...
¿qué digo doloroso? gloriosísimo. Piense usted en la pasión de Nuestro Señor
Jesucristo, y se sentirá lleno de valor. ¡Oh, feliz mil veces el que abandona
esta vida miserable libre de todo pecado!
El
hermano inclinó la cabeza a un lado, bajando los ojos y cruzando las manos en
mística actitud. Después rezó en silencio.
El padre
Alelí dijo la misa, que oyó Sarmiento como el día anterior, de rodillas y con
profunda atención. Al concluir sentose con muestras de gran cansancio; mas
ponía mucho empeño en disimularlo.
-¿No
quiere usted tomar nada? -le dijo uno de los hermanos-. Hemos preparado un
almuerzo ligero. ¿Se siente usted mal, hermano querido? Vamos, un huevo frito y
un poco de jamón... Si para eso no se necesita gana -añadió viendo que el
patriota hacía signos negativos con la cabeza y con la mano-. Sí, lo traeremos,
y también un vaso de vino.
-No
quiero nada.
-¿Ni
café?
-Tomaré
el café por complacer a ustedes -repuso Sarmiento sonriendo con tristeza.
—338→
Alelí se
sentó junto a él y tomándole la mano se la apretó cariñosamente diciéndole:
-Hermano
mío, en nombre de Dios y de María Santísima, a cuya presencia llegará usted
pronto, si sabe morir como cristiano en estado de contrición perfecta, le ruego
que no me oculte sus pensamientos, si por ventura son distintos de lo que ha
manifestado aquí y fuera de aquí.
-Si yo
ocultara mis pensamientos, si yo no fuera la misma verdad -replicó D. Patricio
con la entereza más noble-, no sería digno de este nobilísimo fin que me
espera... ¡Ah! señores, la taimada naturaleza nos tiende mil lazos por medio de
la sensibilidad y del instinto de conservación; pero no, no será mi grande
espíritu quien caiga en ellos. Vamos, vamos de una vez.
Y se
levantó.
-Calma,
calma, hermano mío; aún no es tiempo -le dijo Alelí tirándole del brazo-.
Siéntese usted. Por cierto que no es nada conveniente para su alma esa
afectación de valor y ese empeño de sostener el papel de héroe. Una resignación
humilde y sin aparato, una conformidad decorosa sin disimular el dolor y un
poco de entereza que demuestre la convicción de ganar el cielo, son más propias
de esta —339→ hora que la fanfarronería teatral. Usted está nervioso,
desazonado, inquieto, sin sosiego, tiémblanle las carnes y se cubre su piel de
frío sudor.
-El que
era Hijo de Dios sudó sangre -afirmó Sarmiento con brío-; yo que soy hombre,
¿no he de sudar siquiera agua?... Vamos pronto. Repito que tengo vivos deseos
de concluir.
Entonces
sintiose más fuerte el coro de lamentos, y al mismo tiempo ronco son de
tambores destemplados.
-He aquí
las tropas de Pilatos -observó Sarmiento.
-Hermano,
hermano querido -le dijo Alelí abrazándole-. Una palabra, una palabra sola de
verdadera piedad, de verdadera religiosidad, de amor y temor de Dios. Una
palabra y basta; pero que sea sincera, salida del fondo del corazón. Si la dice
usted, todos esos pensamientos livianos de que está llena su cabeza, como
desván lleno de alimañas, huirán al ver entrar la luz.
-Cristiano
católico soy -afirmó Sarmiento-. Creo todo lo que manda creer la Iglesia, creo
todos los misterios, todos los sagrados dogmas, sin exceptuar ninguno. He oído
misa, he confesado sin omitir nada de lo que hay en mi conciencia, he deseado
ardientemente recibir —340→ la Eucaristía, y si no la he recibido ha
sido porque no han querido dármela. ¿Qué más se quiere de mí? ¡Oh! Señor de
cielos y tierra, ¡oh! tú, María, Madre amantísima del género humano, a vosotros
vuelvo mis miradas, vosotros lo sabéis, porque veis mi rostro, no este de la
carne sino el del espíritu. Los que no ven el de mi espíritu, ¿cómo pueden
comprenderme? Hacia Vosotros volaré, invocándoos, llevando en mi diestra la
bandera que habéis dado al mundo, la bandera de la libertad, por la cual he
vivido y por la cual muero.
Salmón y
Alelí movieron la cabeza. Su pena y desasosiego eran muy profundos. Soledad,
sin fuerzas ya para luchar con su dolor, estaba a punto de perder el
conocimiento. Don Patricio, dicho su último discurso, examinaba una grieta que
en el techo había y después la costura del paño del altar. Creeríase al verle
que aquellos dos objetos insignificantes merecían la mayor atención.
Varias
personas entraron en la capilla, todas decorando sus caras con la aflicción más
edificante. El reo se levantó y sin dejar de observar la costura del altar,
habló así solemnemente:
-Cayo
Graco, Harmodio y Aristogitón, Bruto... héroes inmortales, pronto seré
con —341→ vosotros... y tú, Lucas, hijo mío, que estás en las filas
de la celestial infantería, avanza al encuentro de tu dichoso padre.
Los
frailes, puestos de rodillas, recitaban oraciones y jaculatorias, empeñándose
en que el reo las repitiera; pero Sarmiento se apartó de ellos afirmando:
-Todo lo
que puede decirse lo he dicho en mi corazón durante la misa y después de ella.
Oyose el
tañido de la campana de Santa Cruz.
-Tocan a
muerto -dijo Sarmiento-. Yo mandaría repicar y alzar arcos de triunfo, como en
el día más grande de todos los días. ¡Ya veo tus torres, oh patria inmortal,
Jerusalén amada! ¡Bendito el que llega a ti!
El
alcaide le saludó, enmascarándose también con la carátula de piedad lastimosa
que pasaba de rostro en rostro, conforme iban entrando uno y otro personaje.
Después separáronse todos para dar paso a un hombre obeso, algo viejo, vestido
de negro, cuyo aire de timidez contrastaba singularmente con su horrible
oficio: era el verdugo, que avanzando hacia el reo, humilló la frente como un
lacayo que recibe órdenes.
D.
Patricio sintió en aquel momento que un rayo frío corría por todo su cuerpo
desde el —342→ cabello hasta los pies, y por primera vez desde su
entrada en la fúnebre capilla sintió que su magnánimo corazón se arrugaba y
comprimía.
-Sí, sí,
perdono, perdono a todo el mundo -balbució el reo, fijando otra vez toda su
atención en los ladrillos del piso-. Vamos ya... ¿No es hora de ir?
Pero su
ánimo, rápidamente abatido, forcejeó iracundo en las tinieblas y se levantó.
Fue como si se hubiera dado un latigazo. La dosis de energía que desplegara en
aquel momento era tal, que sólo estando muerta hubiera dejado la mísera carne
de responder a ella. Tenía Sarmiento entre las manos su pañuelo y apretando los
dedos fuertemente sobre él, y separando las manos lo partió en dos pedazos sin
rasgarlo. Cerrando los ojos murmuraba:
-¡Cayo
Graco!... ¡Lucas!... ¡Dios que diste la libertad al mundo...!
El
verdugo mostró un saco negro. Era la hopa que se pone a los condenados para
hacer más irrisorio y horriblemente burlesco el crimen de la pena de muerte.
Cuando el delito era de alta traición la hopa era amarilla y encarnada. La de
Sarmiento era negra. Completaba el ajuar un gorro también negro.
-Venga la
túnica -dijo preparándose a ponérsela-.Reputo el saco como una vestidura —343→ de
gala y el gorro como una corona de laurel9.
Después
le ataron las manos y le pusieron un cordel a la cintura, a cuyas operaciones
no hizo resistencia, antes bien, se prestó a ellas con cierta gallardía.
Incapacitados los movimientos de sus brazos, llamó a Sola y le dijo:
-Hija
mía, ven a abrazar por última vez a tu viejecillo bobo.
La
huérfana lo estrechó en sus brazos, y regó con sus lágrimas el cuello del
anciano.
-¿A qué
vienen esos lloros? -dijo este sofocando su emoción-. Hija de mi alma, nos
veremos en la gloria, a donde yo he tenido la suerte de ir antes que tú. De mi
imperecedera fama en el mundo, tú sola, tú serás única heredera, porque me
asististe y amparaste en mis últimos días. Tu nombre, como el mío, pasará de
generación en generación... No llores; llena tu alma de alegría, como lo está
la mía. Hoy es día de triunfo; esto no es muerte, es vida. El torpe lenguaje de
los hombres ha alterado el sentido de todas las cosas. Yo
siento —344→ que penetra en mí la respiración de los ángeles
invisibles que están a mi lado, prontos a llevarme a la morada celestial... es
como un fresco delicioso... como un aroma delicado... Adiós... hasta luego,
hija mía... no olvides mis dos recomendaciones, ¿oyes? Vete con ese hombre...
¿oyes?... los apuntes... Adiós, mi glorioso destino se cumple... ¡Viva yo!
¡Viva Patricio Sarmiento!
Desprendieron
a Sola de sus brazos; tomola en los suyos el alcaide para prestarle algún
socorro, y D. Patricio salió de la capilla con paso seguro.
El padre
Alelí le ató un Crucifijo en las manos y Salmón quiso ponerle también una
estampa de la Virgen; pero opúsose a ello el reo diciendo:
-Con
mucho gusto llevaré conmigo la imagen de mi Redentor, cuyo ejemplo sigo; pero
no esperen Vuestras Paternidades que yo vaya por la carrera besando una
estampita. Adelante.
Al llegar
a la calle presentáronle el asno en que había de montar, y subió a él con
arrogantes movimientos, diciendo:
-He aquí
la más noble cabalgadura cuyos lomos han oprimido héroes antiguos y modernos.
Ya estoy en marcha.
—345→
Al llegar
a la calle de la Concepción Jerónima y ver el inmenso gentío que se agolpaba en
las aceras y en los balcones, en vez de amilanarse, como otros, se creció, se
engrandeció, tomando extraordinaria altitud. Revolviendo los ojos en todas
direcciones, arriba y abajo, decía para sí:
-Pueblo,
pueblo generoso, mírame bien, para que ningún rasgo de mi persona deje de
grabarse en tu memoria. ¡Oh! ¡si pudiera hablarte en este momento!... Soy
Patricio Sarmiento, soy yo, soy tu grande hombre. Mírame y llénate de gozo,
porque la libertad por quien muero renacerá de mi sangre, y el despotismo que a
mí me inmola perecerá ahogado por esta misma sangre, y el principio que yo
consagro muriendo, lo disfrutarás tú viviendo, lo disfrutarás por los siglos de
los siglos.
El
murmullo del pueblo crecía entre los roncos tambores, y a él le pareció que
toda aquella música se juntaba para exclamar:
-¡Viva
Patricio Sarmiento!
El padre
Alelí le mostraba el Crucifijo que en su mano llevaba (el mismo padre Alelí) y
le decía que consagrase a Dios su último pensamiento. Después el venerable
fraile rezaba en silencio, no se sabe si por el reo, o por sus jueces.
Probablemente sería por estos últimos.
—346→
Al llegar
a la plazuela, Sarmiento extendió la vista por aquel mar de cabezas, y viendo
la horca, dijo:
-¡Ahí
está!... ahí está mi trono.
Y al ver
aquello, que a otros les lleva al postrer grado de abatimiento, él se
engrandeció más y más, sintiendo su alma llena de una exaltación sublime y de
entusiasmo expansivo.
-Estoy en
el último escalón, en el más alto -dijo-. Desde aquí veo al mísero género
humano, allá abajo, perdido en la bruma de sus rencores y de su ignorancia. Un
paso más y penetraré en la eternidad, donde está vacío mi puesto en el luminoso
estrado de los héroes y los mártires.
Al pie de
la horca, rogáronle los frailes que adorase al Crucifijo, lo que hizo muy
gustoso, besándolo y orando en voz alta con entonación vigorosa.
-Muero
por la libertad como cristiano católico -exclamó ¡Oh! Dios, a quien he servido,
acógeme en tu seno.
Quisieron
ayudarle a subir la escalera fatal; pero él desprendiéndose de ajenos brazos,
subió solo. El patíbulo tenía tres escaleras; por la del centro subía el reo,
por una de las laterales el verdugo y por la otra el
sacerdote —347→ auxiliante. Cada cual ocupó su puesto. Al ver que el
cordel rodeaba su cuello, Sarmiento dijo con enfado:
-¿Y qué?
¿no me dejan hablar?
Los
sacerdotes habían empezado el Credo. Callaron. Juzgando que el silencio era
permiso para hablar, el patriota se dirigió al pueblo en estos términos:
-Pueblo,
pueblo mío, contémplame y une tu voz a la mía para gritar: ¡Viva la...!
Empujole
el verdugo y se lanzó con él.
Cayeron
de rodillas los sacerdotes que habían permanecido abajo, y elevando el
Crucifijo exclamaron consternados:
-¡Misericordia,
Señor!
La
muchedumbre lanzó el trágico murmullo que indicaba su curiosidad satisfecha y
su fúnebre espanto consumado.
El padre
Alelí dijo tristemente:
-Desgraciado,
sube al Limbo.
- XXIX -
¿Qué
sabía él?... A pesar de ser fraile discreto y gran sabedor de teología, ¿qué
sabía él si su penitente había ido al Limbo o a otra —348→ parte?
¿Quién puede afirmar a dónde van las almas inflamadas en entusiasmo y fe?
¿Habrá quien marque de un modo preciso la esfera donde el humano sentido
merecedor de asombro y respeto, se trueca en la enajenación digna de lástima?
Siendo evidente que en aquella alma se juntaban con extraña aleación la
excelsitud y la trivialidad, ¿quién podrá decir cuál de estas cualidades vencía
a la otra? Glorifiquémosle todos. Murió pensando en la página histórica que no
había de llenar, y en la fama póstuma que no había de tener. ¡Oh, Dios
poderoso! ¡Cuántos tienen esta con menos motivo, y cuántos ocupan aquella
habiendo sido tan locos como él, y menos, mucho menos sublimes!
FIN DE EL TERROR DE 1824.
MADRID
Octubre
de 1877.

