Libro N° 12894. La Máscara. Chéjov, Antón.
© Libro N° 12894. La Máscara. Chéjov, Antón. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
Título original: ©
La Máscara. Antón Chéjov
Versión
Original: © La Máscara.
Antón Chéjov
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.literatura.us/idiomas/ac/ac_mascara.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada
E.O. de Imagen original
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LA MÁSCARA
Antón Chéjov
La
Máscara
Antón
Chéjov
Antón
Chéjov
(Ucrania,
1860 - Alemania, 1904)
La
Máscara (1884)
(“Маска”)
Originalmente
publicado, con el título “Noli me tangere”, en el especial aniversario
de la
revista Entretenimiento (27 de octubre de 1884);
Obras
completas (1899, vol. I), reescrito por completo
En el club social de la ciudad de X se
celebraba, con fines benéficos, un baile de máscaras o, como le llamaban las
señoritas de la localidad, "un baile de parejas".Era ya medianoche.
Unos cuantos intelectuales sin antifaz, que no bailaban —en total eran cinco—,
estaban sentados en la sala de lectura, alrededor de una gran mesa, y ocultas
sus narices y barbas detrás del periódico, leían, dormitaban o, según la
expresión del cronista local de los periódicos de la capital, meditaban.
Desde el salón del baile llegaban los
sones de una contradanza. Por delante de la puerta corrían en un ir y venir
incesante los camareros, pisando con fuerza; mas en la sala de lectura reinaba
un profundo silencio.
—Creo que aquí estaremos más cómodos —se
oyó de pronto una voz de bajo, que parecía salir de una caverna. ¡Por acá,
muchachas, vengan acá!
La puerta se abrió y al salón de lectura
penetró un hombre ancho y robusto, disfrazado de cochero, con el sombrero
adornado de plumas de pavo real y con antifaz puesto. Le seguían dos damas,
también con antifaz, y un camarero, que llevaba una bandeja con unas botellas
de vino tinto, otra de licor y varios vasos.
—¡Aquí estaremos muy frescos! —dijo el
individuo robusto—. Pon la bandeja sobre la mesa... Siéntense, damiselas. ¡Ye
vu pri a la trimontran! Y ustedes, señores, hagan sitio. No tienen por qué
ocupar la mesa.
El
individuo se tambaleó y con una mano tiró al suelo varias revistas.
—¡Pon la bandeja acá! Vamos, señores
lectores, apártense. Basta de periódicos y de política.
—Le agradecería a usted que no armase
tanto alboroto —dijo uno de los intelectuales, mirando al disfrazado por encima
de sus gafas—. Estamos en la sala de lectura y no en un buffet... No es un
lugar para beber.
—¿Por qué no es un lugar para beber?
¿Acaso la mesa se tambalea, o el techo amenaza derrumbarse? Es extraño. Pero no
tengo tiempo para charlas... Dejen los periódicos. Ya han leído bastante,
demasiado inteligentes se han puesto; además, es perjudicial para la vista y lo
principal es que yo no lo quiero y con esto basta.
El camarero colocó la bandeja sobre la
mesa y, con la servilleta encima del brazo, se quedó de pie junto a la puerta.
Las damas la emprendieron inmediatamente con el vino tinto.
—¿Cómo es posible que haya gente tan
inteligente que prefiera los periódicos a estas bebidas? —comenzó a decir el
individuo de las plumas de pavo real, sirviéndose licor—. Según mi opinión,
respetables señores, prefieren ustedes la lectura porque no tienen dinero para
beber. ¿Tengo razón? ¡Ja, ja...! Pasan ustedes todo el tiempo leyendo. Y ¿qué
es lo que está ahí escrito? Señor de las gafas, ¿qué acontecimientos ha leído
usted? Bueno, deja de darte importancia. Mejor bebe.
El individuo de las plumas de pavo real
se levantó y arrancó el periódico de las manos del señor de las gafas. Éste
palideció primero, se sonrojó después y miró con asombro a los demás
intelectuales, que a su vez le miraron.
—¡Usted se extralimita, señor! —estalló
el ofendido—. Usted convierte un salón de lectura en una taberna; se permite
toda clase de excesos, me arranca el periódico de las manos. ¡No puedo
tolerarlo! ¡Usted no sabe con quién trata, señor mío! Soy el director del
Banco, Yestiakov.
—Me importa un comino que seas Yestiakov.
Y en lo que se refiere a tu periódico mira... El individuo levantó el periódico
y lo hizo pedazos.
—Señores, pero ¿qué es esto? —balbuceó
Yestiakov estupefacto—. Esto es extraño, esto sobrepasa ya lo normal...
—¡Se ha enfadado! —echóse a reír el
disfrazado—. ¡Uf! ¡Qué susto me dio! ¡Hasta tiemblo de miedo! Escúchenme,
respetables señores. Bromas aparte, no tengo deseos de entrar en conversación
con ustedes... Y como quiero quedarme aquí a solas con las damiselas y deseo
pasar un buen rato, les ruego que no me contradigan y se vayan... ¡Vamos! Señor
Belebujin, ¡márchate a todos los diablos! ¿Por qué están frunciendo el ceño? Si
te lo digo, debes irte. Y de prisita, no vaya a ser que en hora mala te largue
algún pescozón.
—Pero ¿cómo es eso? —dijo Belebujin, el
tesorero de la Junta de los Huérfanos, encogiéndose de hombros—. Ni siquiera
puedo comprenderlo... ¡Un insolente irrumpe aquí y... de pronto ocurren
semejantes cosas!
—¿Qué palabra es ésa de insolente? —gritó
enfadado el individuo de las plumas de pavo real, y golpeó con el puño la mesa
con tanta fuerza que los vasos saltaron en la bandeja—. ¿A quién hablas? ¿Te
crees que como estoy disfrazado puedes decirme toda clase de impertinencias?
¡Atrevido! ¡Lárgate de aquí, mientras estés sano y salvo! ¡Que se vayan todos,
que ningún bribón se quede aquí! ¡Al diablo!
—¡Bueno, ahora veremos! —dijo Yestiakov,
y hasta sus gafas se le habían humedecido de emoción. ¡Ya le enseñaré! ¡A ver,
llamen al encargado!
Un minuto más tarde entraba el encargado,
un hombrecito pelirrojo, con una cintita azul en el ojal. Estaba sofocado a
consecuencia del baile.
—Le ruego que salga —comenzó—. Aquí no se
puede beber. ¡Haga el favor de ir al buffet!
—Y tú ¿de dónde sales? —preguntó el
disfrazado—. ¿Acaso te he llamado? —Le ruego que no me tutee y que salga
inmediatamente.
—Óyeme, amigo, te doy un minuto de
plazo... Como eres la persona responsable, haz el favor de sacar de aquí a
estos artistas. A mis damiselas no les gusta que haya nadie aquí... Se azoran y
yo, pagando mi dinero, voy a tener el gusto de que estén al natural.
—Por lo visto, este imbécil no comprende
que no está en una cuadra —gritó Yestiakov—. Llamen a Evstrat Spiridónovich.
Evstrat Spiridónovich, un anciano con
uniforme de policía, no tardó en presentarse.
—¡Le ruego que salga de aquí! —dijo con
voz ronca, con ojos desorbitados y moviendo sus bigotes teñidos.
—¡Ay, qué susto! —pronunció el individuo,
y se echó a reír a su gusto—. ¡Me he asustado, palabra de honor! ¡Qué espanto!
Bigotes como los de un gato, los ojos desorbitados... ¡Je, je, je!
—¡Le ruego que no discuta! —gritó con
todas sus fuerzas Evstrat Spiridónovich, temblando de ira—. ¡Sal de aquí!
¡Mandaré que te echen de aquí!
En la sala de lectura se armó un alboroto
indescriptible.
Evstrat Spiridónovich, rojo como un
cangrejo, gritaba, pataleaba.
Yestiakov chillaba, Belebujin vociferaba.
Todos los intelectuales gritaban, pero sus voces eran sofocadas por la voz de
bajo, ahogada y espesa, del disfrazado. A causa del tumulto general se
interrumpió el baile y el público se abalanzó hacia la sala de lectura.
Evstrat Spiridónovich, a fin de inspirar
más respeto, hizo venir a todos los policías que se encontraban en el club y se
sentó a levantar acta.
—Escribe, escribe —decía la máscara,
metiendo un dedo bajo la pluma—. ¿Qué es lo que me ocurrirá ahora? ¡Pobre de
mí! ¿Por qué quieren perder al pobre huerfanito que soy? ¡Ja, ja! Bueno. ¿Ya
está el acta? ¿Han firmado todos? ¡Pues ahora, miren!
Uno... dos... ¡tres!
El individuo se irguió cuan alto era y se
arrancó el antifaz.
Después de haber descubierto su cara de
borracho y de admirar el efecto producido, se dejó caer en el sillón, riéndose
alegremente. En realidad, la impresión que produjo fue extraordinaria. Los
intelectuales palidecieron y se miraron perplejos, algunos se rascaron la nuca.
Evstrat Spiridónovich carraspeo como alguien que sin querer ha cometido una
tontería imperdonable.
Todos reconocieron en el camorrista al
industrial millonario de la ciudad, ciudadano benemérito, el mismo Piatigórov,
famoso por sus escándalos, por sus donaciones y, como más de una vez se dijo en
el periódico de la localidad, por su amor a la cultura.
—Y bien, ¿se marcharán ustedes o no?
—preguntó después de un minuto de silencio.
Los intelectuales, sin decir una palabra,
salieron andando de puntillas y Piatigórov cerró tras ellos la puerta.
—Pero ¡si tú sabías que ése era
Piatigórov! —decía un minuto más tarde Evstrat Spiridónovich con voz ronca,
sacudiendo al camarero, que llevaba más vino a la biblioteca—. ¿Por qué no
dijiste nada?
—Me lo había prohibido.
—Te lo había prohibido... Si te encierro,
maldito, por un mes, entonces sabrás lo que es prohibido. ¡Fuera!... Y ustedes,
señores, también son buenos —dirigióse a los intelectuales—. ¡Armar un motín!
¿No podían acaso salir del salón de lectura por diez minutos? Ahora, sufran las
consecuencias. ¡Eh, señores, señores...! No me gusta nada, palabra de honor.
Los intelectuales, abatidos, cabizbajos y
perplejos, con aire culpable, andaban por el club como si presintiesen algo
malo.
Sus esposas e hijas, al saber que
Piatigórov había sido ofendido y que estaba enfadado, perdieron la animación y
comenzaron a dispersarse hacia sus casas.
A las dos de la madrugada salió
Piatigórov de la sala de lectura. Estaba borracho y se tambaleaba. Entró en el
salón de baile, se sentó al lado de la orquesta y se quedó dormido a los sones
de la música; después inclinó tristemente la cabeza y se puso a roncar.
—¡No toquen! —ordenaron los organizadores
del baile a los músicos, haciendo grandes aspavientos—. ¡Silencio!... Egor
Nílich duerme...
—¿Desea usted que lo acompañe a casa,
Egor Nílich? —preguntó Belebujin, inclinándose al oído del millonario.
Piatigórov movió los labios, como si
quisiera alejar una mosca de su mejilla.
—¿Me permite acompañarle a su casa?
—repitió Belebujin— o aviso que le envíen el coche?
—¿Eh? ¿Qué? ¿Qué quieres?
—Acompañarle a su casa... Es hora de
dormir.
—Bueno. Acompaña...
Belebujin
resplandeció de placer y comenzó a levantar a Platigórov. Los otros
intelectuales se acercaron corriendo y, sonriendo agradablemente, levantaron al
benemérito ciudadano y lo condujeron con todo cuidado al coche.
—Sólo un artista, un genio, puede tomar
así el pelo a todo un grupo de gente —decía Yestiakov en tono alegre,
ayudándolo a sentarse—. Estoy sorprendido de verdad. Hasta ahora no puedo dejar
de reír. ¡Ja, ja! Créame que ni en los teatros nunca he reído tanto. ¡Toda la
vida recordaré esta noche inolvidable!
Después de haber acompañado a Platigórov,
los intelectuales recobraron la alegría y se tranquilizaron.
—A mí me dio la mano al despedirse —dijo
Yestiakov muy contento—. Luego ya no está enfadado.
—¡Dios te oiga! —suspiró Evstrat
Spiridónovich—. Es un canalla, un hombre vil, pero es un benefactor. No se le
puede contrariar.

