Libro N° 12895. Ostras. Chéjov, Antón.
© Libro N° 12895. Ostras. Chéjov, Antón. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
Título original: ©
Ostras. Antón Chéjov
Versión
Original: © Ostras. Antón
Chéjov
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© Edición,
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Antón Chéjov
Ostras
Antón
Chéjov
Antón
Chéjov
(Ucrania,
1860 - Alemania, 1904)
Ostras (1884)
(“Устрицы”)
Originalmente
publicado, con el subtítulo “Un bosquejo”,
en la
revista El despertador, Núm. 48 (diciembre de 1884);
Relatos
abigarrados [Пёстрые рассказы] (1886);
Destellos.
Antología de autores rusos (1895);
Obras
completas (vol. 3, 1899-1901)
No necesito forzar demasiado mi memoria
para recordar con todo detalle aquella noche lluviosa de otoño en la que me
encontré en compañía de mi padre en una de las calles más concurridas de Moscú,
cuando una misteriosa indisposición tomó posesión de mi persona. No siento
dolor de ningún tipo, pero una extraña debilidad conquista mis piernas, las
palabras se me quedan encajadas en mitad de la garganta, mi cabeza se descuelga
hacia un lado sin que pueda hacer nada por evitarlo… No falta mucho para que me
desplome inconsciente sobre el suelo.
Si me dirigiera al hospital ahora mismo
los médicos tendrían que escribir sobre mi pizarra fames [en latín, “hambre”],
una enfermedad que no aparece en ningún tratado médico. A mi lado en la acera
se encuentra mi padre. Lleva puesta una desgastada levita de verano y una gorra
con un trozo de algodón blanco saliéndose de la misma, y en los pies unos
chanclos muy pesados que le quedan grandes. Como es un hombre vanidoso, se ha
cubierto los pies con dos lengüetas para que nadie vea que debajo de los chanclos
está descalzo.
Este pobre y estúpido bufón, por quien
mi amor se incrementa cada día a medida que más se ensucia y más desaliñada se
vuelve su levita de verano, una levita que no ha carecido de cierta elegancia,
se ha trasladado a la capital cinco meses antes en busca de un trabajo
administrativo. Durante los cinco meses ha recorrido la ciudad persiguiendo una
ocupación, y hoy es la primera vez que se ha decidido a salir a las calles en
busca de caridad…
Frente a nosotros se levanta un edificio
muy alto de tres plantas con un cartel azul en el que puede leerse Taberna. Mi
cabeza está echada a un lado a causa de mi repentina debilidad, y no puedo
evitar contemplar las ventanas iluminadas de la taberna, por delante de las
cuales se desplazan figuras humanas. Hay un órgano mecánico a la derecha, dos
oleografías, lámparas colgadas del techo. Escudriñando a través de una de las
ventanas alcanzo a ver una mancha blanquecina e inmóvil, que se destaca contra
el fondo oscuro por sus líneas rectas. Me adelanto hasta que veo que se trata
de un cartel blanco colgado sobre la pared. Aunque tiene algo escrito no
alcanzo a ver de qué se trata…
Durante media hora no aparto mis ojos
del cartel. Su blancura mantiene mis ojos pegados y parece hipnotizar mi
entendimiento. Intento leerlo, pero todos mis esfuerzos son vanos.
Al cabo la insólita enfermedad toma
posesión de mí.
Los ruidos de los carruajes asemejan
poderosos truenos, el hedor de la calle se transforma en un millar de perfumes
distintos, mis ojos son cegados por relámpagos que no son más que las lámparas
de la taberna y las farolas. Mis cinco sentidos están agudizados, y funcionan
mejor que de costumbre. De inmediato comienzo a ver cosas que nunca antes había
observado.
Ostras, alcanzo a ver en el cartel.
¡Qué extraña palabra! He vivido en este
mundo durante ocho años y tres meses, pero nunca antes la he escuchado. ¿Qué
querrá decir? ¿Podría tratarse del nombre del dueño de la taberna? Pero ¿no se
pone el nombre sobre la puerta de entrada, en lugar de en un cartel pegado en
la pared?
—Papá, ¿qué quiere decir ostras?
—preguntó en una voz de lisiado, tratando de girar mi cabeza en su dirección.
Mi padre no me presta atención. Tiene los ojos fijos sobre los movimientos de
la multitud, y persigue con los ojos a todo el que pasa a nuestro lado. Por
cómo los mira entiendo que desea pedirles alguna cosa, pero las palabras
permanecen colgadas de sus labios temblorosos como un funesto presagio, y no es
capaz de dejarlas salir. Llega a caminar detrás de alguno y a agarrarle la
manga; pero cuando el caballero en cuestión se da la vuelta mi padre se limita
a decir que lo siente, y se retira avergonzado.
—Papá, ¿qué quiere decir ostras?
—repito.
—Es un tipo de animal… Vive en el mar…
En un segundo he imaginado a la criatura
marina desconocida. Debe de ser un cruce entre un pescado y una langosta.
Puesto que sale del mar, entonces debe ser posible hacer con ella una sabrosa
sopa de pescado con pimienta y hojas de laurel, o bien una sopa amarga con
trocitos de hueso; o una salsa, o comérsela fría con un poquito de rábano… Me
imagino como si tuviera delante a la criatura comprada en el mercado y limpiada
con rapidez, para luego echarla en la cazuela sin perder un minuto… Rápido, rápido,
todo el mundo quiere comer sin más dilación… ¡Quieren comer! Desde la cocina
nos alcanza un olor a pescado frito, o tal vez sea sopa de langosta. Siento
cómo cosquillea el cielo de mi boca y mis orificios nasales, y toma control
sobre mí… La taberna, mi padre, el cartel blanco, mi manga, todo tiene este
mismo aroma, tan intenso que empiezo a mascarlo. Y muerdo y trago como si
tuviera un trocito de esta bestia marina dentro de mi boca. Me tiemblan las
piernas, pero de dicha, y para no caerme al suelo me agarro de la manga de mi
padre, y me apoyo sobre su levita de verano mojada. Noto cómo es mi padre el
que tiembla, abrazándose las mangas, aterido…
—Papá, ¿son las ostras comida de
cuaresma? —pregunto.
—Las comes vivas… —murmura mi padre—.
Viven en conchas, como las tortugas… Pero en dos partes.
El sabroso aroma deja de cosquillear mi
cuerpo de inmediato, y la ilusión se desvanece en el aire… ¡Ahora lo entiendo
todo!
—¡Qué asco! —susurro.
¡Así que eso es lo que son las ostras!
Me imagino un animal parecido a una rana. La rana está sentada sobre su concha,
oteando el exterior con sus ojos alargados y acuosos, mientras roe sus
asquerosas mandíbulas. Veo entonces cómo han traído a este animal desde el
mercado dentro de su concha, con sus garras y sus ojos brillantes y su piel
untosa… Los niños se esconden, pero el cocinero, frunciendo el cejo asqueado,
coge al animal por la garra, lo coloca encima de un plato y lo lleva al
comedor. Los adultos lo agarran y se lo comen… Se lo comen vivo, con sus ojos y
sus dientes y sus zarpas, mientras que se retuerce y emite un quejido
lastimero, y trata de morderlos en los labios…
Frunzo el ceño pero… Pero ¿por qué he
empezado a castañetear los dientes? Es un animal asqueroso, desagradable,
horrible, pero me lo estoy comiendo, comiéndomelo con furia, porque me asusta
descubrir su auténtico sabor y olor. He comido un animal y ya veo los ojos
brillantes del segundo, del tercero… Me los zampo también… Al cabo me como la
servilleta, el plato, los chanclos de mi padre, el cartel blanco… Me como todo
lo que veo porque sé que sólo comiendo me curaré de mi enfermedad. Las ostras
me miran, asustadas y repugnantes, y tiemblo con sólo pensar en ellas, pero
quiero comer, ¡comer!
—¡Dame ostras! ¡Dame ostras! —el grito
explota en mi pecho y en mis manos extendidas.
—Ayúdenme caballeros —escucho a la vez,
la voz ahogada de mi padre—. Me avergüenza pedirlo, pero señor, no puedo
soportarlo más.
—¡Ostras, dame ostras! —grito, agarrando
los faldones de la levita de mi padre.
—¿De veras comes ostras? ¿Un niñito como
tú? —escucho risas detrás de mí.
Dos caballeros con sombreros de copa
están de pie cerca de nosotros, mirándome y riéndose.
—Tú, pequeñín, ¿tú comes ostras? ¿De
veras? Eso sí que es interesante. ¿Y cómo te las comes?
Recuerdo cómo las manos fuertes de
alguien me arrastran dentro de la taberna iluminada. En un minuto una multitud
se agrupa a mi alrededor, mirándome con curiosidad y entre risas. Estoy sentado
en una mesa comiendo algo resbaladizo y salado, que huele a humedad y
podredumbre. Como con avaricia, sin masticar, sin mirar, sin preguntarme de qué
se trata. Estoy convencido de que si abro mis ojos me encontraré con esos otros
ojos brillantes, las garras y los dientes afilados…
De pronto empiezo a masticar algo duro,
y escucho el ruido de algo que cruje.
—¡Ja, ja! ¡Se está comiendo las conchas!
—ríe la multitud—. ¡Tontito! ¿Cómo vas a comerte las conchas?
Después de aquello recuerdo una sed
terrible. Estoy echado en mi cama y no puedo dormirme porque me duele el
estómago, y un sabor extraño que inunda mi boca que arde. Mi padre recorre la
habitación de cabo a rabo gesticulando.
—¡Debo de haberme resfriado! —murmura—.
Tengo una extraña sensación en la cabeza… Es como si alguien estuviera sentado
encima… O a lo mejor es porque yo… En fin… No he comido hoy… Me siento extraño,
soy un estúpido… Veo esos hombres pagando diez rublos por ostras, ¿por qué no
me acerqué a ellos y les pedí algo? Aunque fuera un préstamo… Me lo habrían
dado.
Me duermo hacia la mañana. Me duermo y
sueño con una rana con garras sentada sobre una concha y con sus ojos clavados
en mí. A mediodía me despierto mascando la fiebre y busco a mi padre, que sigue
gesticulando, y recorriendo la habitación de cabo a rabo.

