Libro N° 12893. Una Condecoración. Chéjov, Antón.
© Libro N° 12893. Una Condecoración. Chéjov, Antón. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
Título original: ©
Una Condecoración. Antón Chéjov
Versión
Original: © Una
Condecoración. Antón Chéjov
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Antón Chéjov
Una
Condecoración
Antón
Chéjov
Antón
Chéjov
(Ucrania,
1860 - Alemania, 1904)
Una
Condecoración (1884)
[Otro
título en español: “La orden”]
(“Орден”)
Originalmente
publicado en la revista Fragmentos, Núm. 2 (14 de enero de 1884);
Relatos
abigarrados (1886);
Obras
completas (vol. II)
Leo Pustiakov, profesor en el Colegio
Militar, cuyo domicilio estaba próximo al de su amigo el teniente Ledentzov,
dirigiose a casa de este una mañana de Año Nuevo.
—Verás de lo que se trata, Grischa —dijo
a este después de desearle feliz entrada de año—. ¡No vendría a molestarte si
no fuera porque me encuentro en un apuro!… ¡Préstame, amigo, por el día de hoy
tu Stanislav [condecoración]!… Como voy en casa del comerciante Spichkin… ¡Ya
conoces a ese bribón de Spichkin!… ¡Le gustan enormemente las condecoraciones y
considera casi como unos canallas a los que no las llevan colgadas del cuello o
del ojal!… ¡Además, tiene dos hijas, Nastia y Zina!… ¡Te estoy hablando como a
un amigo!… ¡Tú ya me comprendes, querido!… ¡Préstamela…, hazme el favor!
Todo esto lo pronunciaba Pustiakov
tartamudeando, enrojeciendo y volviendo tímidamente la cabeza hacia la puerta.
El teniente, después de injuriarle, acabó accediendo.
A las dos de la tarde, Pustiakov,
mientras se dirigía en un isvoschik a casa de Spichkin, se miraba el pecho a
través de la pelliza ex profeso un poquito entreabierta, sobre el que,
resplandeciente de oro y esmaltes, brillaba la Stanislav ajena.
«¡Parece como si se inspirara uno a sí
mismo más respeto! —pensaba el profesor—. ¡Que una cosita tan insignificante…,
que no valdría arriba de cinco rublos, produzca esa sensación!».
Cuando el isvoschik se detuvo ante la
casa de Spichkin, Pustiakov, al pagar al cochero, entreabrió su pelliza,
pareciéndole que aquél, al ver su charretera, sus botones y su Stanislav,
quedaba petrificado. Dejando escapar una tosecita de satisfacción, entró en la
casa. Mientras se quitaba la pelliza, asomó la cabeza por el salón. Allí, ante
una larga mesa, hallábanse sentadas, comiendo unas quince personas. Oíase ruido
de voces y el tintinear de la vajilla.
—¡Alguien ha llamado! —oyose decir al
dueño de la casa—. ¡Ah!…, ¿es usted, Lev Nikoláich? ¡Pase, por favor!… ¡Llega
usted un poco retrasado, pero no importa!… ¡Acabamos de sentarnos!
Pustiakov enderezó su figura, alzó la
cabeza y frotándose las manos, entró en el salón. Pero ¡allí vio algo
terrible!…
A la mesa, y al lado de Zina, hallábase
sentado Tramblian, el profesor de francés, compañero suyo de trabajo. Permitir
que el francés viera la condecoración era tanto como despertar una serie de
preguntas de lo más desagradables…, significaba su vergüenza y eterno
descrédito… La primera idea de Pustiakov fue arrancarse la condecoración y
escapar corriendo, pero ésta estaba muy bien cosida y retroceder era imposible.
Cubriéndose rápidamente la condecoración con la mano derecha, Pustiakov se
encorvó, dirigió torpemente a todos un saludo general, sin estrechar a nadie la
mano, y fue a sentarse en la única silla, libre, justamente enfrente de su
compañero el francés.
«Debe de venir algo bebido», pensó
Spichkin observando su rostro azorado.
Le fue servido un plato de sopa. Con
ademán perezoso y utilizando la mano izquierda, coge la cuchara; pero luego,
recordando que en sociedad no está bien considerada esta manera de comer,
declaró que había comido ya y no tenía apetito.
—Ya he comido… Merci… —balbució—. Fui a
visitar a mi tío, el arcipreste Eleev…, y me rogó insistentemente que me
quedara a comer con él.
El corazón de Pustiakov comenzó a
llenarse de una lánguida tristeza y de un colérico enojo. La sopa exhalaba un
olor muy sabroso y del esturión salía un vaporcito sumamente apetecible. El
profesor intentó liberar su mano derecha y cubrirse la condecoración con la
izquierda, pero el cambio no resultó ser cómodo.
«Lo notarán… Tendré que tener la mano
extendida sobre el pecho, como si fuera a cantar… ¡Dios mío!… ¡Ojalá termine
pronto la comida! ¡Yo ya comeré luego en la taberna!».
Después del tercer plato alzó
tímidamente los ojos hacia el francés. Tramplian, azorado sin motivo aparente,
le miraba a su vez, y tampoco comía nada. Sus miradas se cambiaron y ambos
bajaron estas sobre sus platos vacíos, aún más azorados.
«¡Ya se ha fijado el muy canalla! —pensó
Pustiakov—. Le noto en la cara que se ha fijado. ¡Vaya con el bribón!… ¡Seguro
que mañana mismo se lo cuenta todo al director!». Los dueños de la casa y los
demás invitados terminaron el cuarto plato. Después, terminaron también el
quinto.
Un señor alto, al que la Naturaleza
había dotado de una nariz de caballete, anchas y velludas ventanas en ella y
unos ojos que guiñaba constantemente, tras levantarse de la mesa y acariciarle
con una mano la cabellera, anunció:
—¡Hem, hem…, ep, ep!… ¡Propongo beber en
honor de las damas aquí presentes!
Los comensales levantáronse ruidosamente
de sus asientos y alzaron sus copas. Un fuerte «¡Hurra!» resonó por todas las
habitaciones. Las damas sonreían y tendían sus copas para brindar. Pustiakov,
levantándose cogió la suya con la mano izquierda.
—¡Lev Nikoláich…, tenga la bondad de
ofrecer esta copa a Nastasia Timofeevna! —dijo, dirigiéndosele un caballero al
tiempo que le presentaba una copa—. ¡Haga que se la beba!
Esta vez, con gran espanto suyo,
Pustiakov se veía obligado a emplear la mano derecha, con lo que la Stanislav
relució, y con su cinta roja, arrugada, vio la luz del día. El profesor se puso
pálido, bajó la cabeza y miró tímidamente hacia el francés. Éste le miraba
también, con unos ojos a la vez interrogativos y asombrados. Sus labios
sonreían maliciosamente, y en su rostro se desvanecía poco a poco la expresión
de azoramiento.
—¡Julii Avgustovich! —díjole de pronto
el dueño de la casa—. ¡Haga el favor de pasarme esa botellita!
Tramblian alargó, indeciso, la mano
derecha hacia la botella, y…, ¡oh felicidad!… Pustiakov vio colgando de su
pecho una condecoración. ¡No era esta una Stanislav, sino toda una Anna
[condecoración]!… ¿Sería posible que también el francés hubiera hecho trampa?…
Pustiakov, riendo de placer, se sentó
tranquilo en su silla… Ahora no tenía ya necesidad de esconder su Stanislav; el
pecado de ambos era el mismo. Ninguno de los dos podía, en consecuencia,
denunciar ni desacreditar al otro…
—¡Aj!… ¡Hem!… —mugió Spichkin al ver la
condecoración en la solapa del profesor.
—Sí… —dijo Pustiakov—. ¡Es curioso que
hayan dado tan pocas condecoraciones este año, Julii Avgustovich!… Sólo las
obtuvimos usted y yo. ¡Es curioso!
Tramblian asintió alegremente con la
cabeza y mostró su solapa izquierda, sobre la que colgaba ostentosamente la
Anna de tercer grado.
Después de la comida, Pustiakov daba
vueltas por las habitaciones enseñando la condecoración a las señoritas,
contento y despreocupado a pesar de que el hambre hacía sentir su presencia.
»¡Si lo hubiera sabido! —pensaba mirando
a Tramblian, que conversaba con Spichkin con ojos envidiosos—. ¡Me hubiera
colgado una Vladimir [condecoración]!… ¡Qué lástima no haberlo adivinado!
Sólo este pensamiento le torturaba. Por
lo más se sentía feliz, completamente feliz.

