Libro N° 12884. Hay Más Cosas, Borges, Jorge Luis.
© Libro N° 12884. Hay Más Cosas, Borges, Jorge Luis. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
Título original: ©
There Are More Things. Hay Más Cosas, Jorge Luis Borges (1899-1986)
Versión
Original: © Hay Más
Cosas, Jorge Luis Borges
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
HAY MÁS COSAS
Jorge Luis Borges
Hay Más
Cosas
Jorge
Luis Borges
A la
memoria de Howard P. Lovecraft.
A punto
de rendir el ultimo examen en la Universidad de Texas, en Austin, supe que mi
tío Edwin Arnett había muerto de un aneurisma, en el confín remoto del
continente. Senti lo que sentimos cuando alguien muere: La congoja, ya inútil,
de que nada nos hubiera costado haber sido mas buenos. El hombre olvida que es
un muerto que conversa con muertos. La materia que yo cursaba era filosofia;
recorde que mi tio, sin invocar un solo nombre propio, me habia revelado sus
hermosas perplejidades, alla en la casa colorada, cerca de Lomas. Una de las
naranjas del postre fue su instrumento para iniciarme en el idealismo de
Berkeley; el tablero de ajedrez le basto para las paradojas eleaticas. Años
después, me prestaria los tratados de Hinton, que quiere demostrar la realidad
de una cuarta dimension del espacio, que el lector puede intuir mediante
complicados ejercicios con cubos de colores. No olvidare los prismas y
pirámides que erigimos en el piso del escritorio.
Mi tio
era ingeniero. Antes de jubilarse de su cargo en el ferrocarril decidio
establecerse en Turdera, que le ofrecía las ventajas de una soledad casi
agreste y de la cercanía de Buenos Aires. Nada más previsible que el arquitecto
fuera su íntimo amigo Alexander Muir. Este hombre rígido profesaba la rígida
doctrina de Knox; mi tío a la manera de casi todos los señores de su época, era
librepensador, o mejor dicho, agnóstico, pero le interesaba la teología, como
le interesaban los falaces cubos de Hinton o las bien concertadas pesadillas
del joven Wells. Le gustaban los perros; tenia un gran ovejero al que le había
puesto el apodo de Samuel Jonson en memoria de Lichfield, su lejano pueblo
natal.
La casa
Colorada estaba en un alto, cercada hacia el poniente por terrenos anegadizos.
Del otro lado de la verja, las araucarias no mitigaban su aire de pesadez. En
lugar de azoteas había tejados de pizarras a dos aguas y una torra cuadrada con
un reloj, que parecían oprimir las paredes y las parcas ventanas. De chico, yo
aceptaba esas fealdades como se aceptan esas cosas incompatibles que solo por
razón de coexistir llevan el nombre de Universo.
Regrese a
la patria en 1921. Para evitar litigios habían rematado la casa; la adquirió un
forastero, Max Preetorius, que abono el doble de la suma ofrecida por el mejor
postro. Firmada la escritura, llego al atardecer con dos asistentes y tiraron a
un vaciadero, no lejos del camino de las Tropas, todos los muebles, todos los
libros y todos los enseres de la casa. (Recordé con tristeza los diagramas de
los volúmenes de Hinton y la gran esfera terráquea.) Al otro día, fue a
conversar con Muir y le propuso ciertas refacciones, que este rechazo con
indignación. Ulteriormente, una empresa de la capital se encargo de la obra.
Los carpinteros de la localidad se negaron a amueblar de nuevo la casa: un tal
Mariano, de Glew, acepto al fin las condiciones que le impuso Preetorius.
Durante una quincena, tuvo que trabajar de noche, a puertas cerradas. Fue
asimismo de noche que se instalo en la Casa Colorada el nuevo habitante. Las
ventanas ya no se abrieron, pero en la oscuridad se divisaban grietas de luz.
El lechero dio una mañana con el ovejero muerto en la acera, decapitado y
mutilado. En el invierno talaron las araucarias. Nadie volvió a ver a
Preetorius, que, según parece, no tardo en dejar el país.
Tales
noticias, como es de suponer, me inquietaron. Se que mi rasgo mas notorio es la
curiosidad que me condujo alguna vez a la unión con una mujer del todo ajena a
mí, solo para saber quien era y como era, a practicar (sin resultado
apreciable) el uso del laudano, a explorar los números transfinitos y a
emprender la atroz aventura que voy a referir. Fatalmente decidí indagar el
asunto.
Mi primer
trámite fue ver a Alexander Muir. Lo recordaba erguido y moreno, de una flacura
que no excluía la fuerza; ahora lo habían encorvado los años y la renegrida
barba era gris. Me recibió en su casa de Temperley, que previsiblemente se
parecía a la de mi tío, ya que las dos correspondían a las sólidas normas del
buen poeta y mal constructor William Morris.
El
dialogo fue parco; no en vano el símbolo de Escocia es el cardo. Intuí, no
obstante, que el cargado té de Ceylan y la equitativa fuente de scones (que mi
huésped partía y enmantecaba como si yo aun fuera un niño) eran, de hecho, un
frugal festín calvinista, dedicado al sobrino de su amigo. Sus controversias
teológicas con mi tío habían sido un largo ajedrez, que exigía de cada jugador
la colaboración del contrario.
Pasaba el
tiempo y yo no me acercaba a mi tema. Hubo un silencio incómodo y Muir habló.
-Muchacho
(Young man) —dijo--, usted no se ha costeado hasta aquí para que hablemos de
Edwin o de los Estados Unidos, país que poco me interesa. Lo que le quita el
sueño es la venta de la Casa Colorada y ese curioso comprador. A mí, también.
Francamente, la historia me desagrada, pero le diré lo que pueda. No será
mucho.
Al rato,
prosiguió sin premura:
-Antes
que Edwin muriera, el intendente me citó en su despacho. Estaba con el cura
párroco. Me propusieron que trazara los planos para una capilla católica.
Remunerarían bien mi trabajo. Les conteste en el acto que no. Soy un servidor
del Señor y no puedo cometer la abominación de erigir altares para ídolos.
Aquí se
detuvo.
-¿Eso es
todo? –me atreví a preguntar.
-No. El
judezno ese de Preetorius quería que yo destruyera mi obra y que en su lugar
pergeñara una cosa monstruosa. La abominación tiene muchas formas.
Pronunció
estas palabras con gravedad y se puso de pie.
Al doblar
la esquina se me acercó Daniel Iberra. Nos conocíamos como la gente se conoce
en los pueblos. Me propuso que volviéramos caminando. Nunca me interesaron los
malevos y preví una sórdida retahíla de cuentos de almacén mas o menos
apócrifos y brutales, pero me resigné y acepte. Era casi de noche. Al divisar
la casa Colorada en el alto, Iberrra se desvió. Le pregunte por qué. Su
respuesta no fue la que yo esperaba.
-Soy el
brazo derecho de don Felipe. Nadie me ha dicho flojo. Te acordaras de aquel
mozo Urgoiti que se costeo a buscarme de Merlo y de cómo le fue. Mirá. Noches
pasadas, yo venia de una farra. A unas cien varas de la quinta, vi algo. El
tubiano se me espanto y si no me le afirmo y lo hago tomar por el callejón, tal
vez no cuento el cuento. Lo que vi no era para menos.
Muy
enojado, agregó una mala palabra.
Aquella
noche no dormí. Hacia el alba soñé con un grabado a la manera de Piranesi, que
no había visto nunca o que había visto y olvidado, y que representaba el
laberinto. Era un anfiteatro de piedra, cercado de cipreses y más alto que las
copas de los cipreses. No había ni puertas ni ventanas, pero si una hilera
infinita de hendijas verticales y angostas. Con un vidrio de aumento yo trataba
de ver el minotauro. Al fin lo percibí. Era el monstruo de un monstruo; tenía
menos de toro que de bisonte y, tendido en la tierra el cuerpo, parecía dormir
y soñar. ¿Soñar con que o con quién?
Esa tarde
pase frente a la casa. El portón de la verja estaba cerrado y unos barrote
retorcidos. Lo que antes fue jardín era maleza. A la derecha había una zanja de
escasa hondura y los bordes estaban pisoteados.
Una
jugada me quedaba, que fui demorando durante días, no solo por sentirla del
todo vana sino porque me arrastraría a la inevitable, a la última.
Sin
mayores esperanzas fui a Glew. Mariani, el carpintero, era un italiano obeso y
rosado, ya entrado en años, de lo más vulgar y cordial. Me basto verlo para
descartar las estratagemas que había urdido la víspera. Le entregue mi tarjeta,
que deletreo pomposamente en voz alta, con algún tropezón reverencial al llegar
a doctor. Le dije que me interesaba el moblaje fabricado por el para la
propiedad que fue de mi tío, en Turdera. El hombre hablo y hablo. No tratare de
transcribir sus muchas y gesticuladas palabras, pero me declaro que su lema era
satisfacer todas las exigencias del cliente, por estrafalarias que fueran, y
que el había ejecutado su trabajo al pie de la letra. Tras de hurgar en varios
cajones, me mostró unos papeles que no entendí, firmados por el elusivo
Preetorius. (Sin duda me tomo por un abogado.) Al despedirnos, me confió que
por todo el oro del mundo no volvería a poner los pies en Turdera y menos en la
casa. Agrego que el cliente es sagrado, pero que en su humilde opinión, el
señor Preetorius estaba loco. Luego se calló, arrepentido. Nada más pude
sonsacarle.
Yo había
previsto ese fracaso, pero una cosa es prever algo y otra que ocurra.
Repetidas
veces me dije que no hay otro enigma que el tiempo, esa infinita urdimbre del
ayer, del hoy, del porvenir, del siempre y del nunca. Esas profundas
reflexiones resultaron inútiles; tras de consagrar la tarde al estudio de
Schopenhauer o de Royce, yo rondaba, noche tras noche, por los caminos de
tierra que cercan la casa Colorada. Algunas veces divise arriba una luz muy
blanca; otras creí oír un gemido. Así hasta el 19 de enero.
Fue uno
de esos días de Buenos Aires en el que el hombre se siente no solo maltratado y
ultrajado por el verano sino hasta envilecido. Serian las once de la noche
cuando se desplomo la tormenta. Primero el viento sur y después el agua a
raudales. Erré buscando un árbol. A la brusca luz de un relámpago me halle a
unos pasos de la verja. No se si con temor o con esperanza probé el portón.
Inesperadamente, cedió. Avance empujado por la tormenta. El cielo y la tierra
me conminaban. También la puerta de la casa estaba a medio abrir. Una racha de
lluvia me azoto la cara y entre.
Adentro
habían levantado las baldosas y pise pasto desgreñado. Un olor dulce y
nauseabundo penetraba la casa. A izquierda o a derecha, no se muy bien, tropecé
con una rampa de piedra. Apresuradamente subí. Casi sin proponérmelo hice girar
la llave de luz.
El
comedor y la biblioteca de mis recuerdos eran ahora, derribada la pared
divisoria, una sola gran pieza desmantelada, con uno que otro mueble. No
tratare de describirlos, porque no estoy seguro de haberlos visto, pese a la
despiadada luz blanca. Me explicare. Para ver una cosa hay que comprenderla. El
sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones y partes; las tijeras, el
acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un vehiculo? El salvaje no puede
percibir la Biblia del misionero; el pasajero no ve el mismo cordaje que los
hombre de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos.
Ninguna
de las formas insensatas que esa noche me deparo correspondía a la figura
humana o a un uso concebible. Sentí repulsión y terror. En uno de los ángulos
descubrí una escalera vertical, que daba al otro piso. Entre los anchos tramos
de hierro, que no pasarían de diez, había huecos irregulares. Esa escalera, que
postulaba manos y pies, era comprensible y de algún modo me alivio. Apague la
luz y aguarde un tiempo en la oscuridad. No oí el menor sonido, pero la
presencia de las cosas incomprensibles me perturbaba. Al fin me decidí.
Ya arriba
mi temerosa mano hizo girar por segunda vez la llave de la luz. La pesadilla
que prefiguraba el piso inferior se agitaba y florecía en el último. Había
muchos objetos o unos pocos objetos entretejidos. Recupero ahora una suerte de
larga mesa operatoria, muy alta, en forma de U, con hoyos circulares en los
extremos. Pensé que podía ser el lecho del habitante, cuya monstruosa anatomía
se revelaba así, oblicuamente, como la de un animal o un dios, por su sombra.
De alguna página de Lucano, leída hace años y olvidada, vino a mi boca la
palabra anfisbena, que sugería, pero que no agotaba por cierto lo que verían
luego mis ojos. Asimismo recuerdo una V de espejos que se perdía en la tiniebla
superior.
¿Cómo
seria el habitante? ¿Qué podía buscar en este plantea, no menos atroz para él
que él para nosotros? ¿Desde qué secretas regiones de la astronomía o del
tiempo, desde qué antiguo y ahora incalculable crepúsculo, habría alcanzado
este arrabal sudamericano y esta precisa noche?
Me sentí
un intruso en el caos. Afuera había cesado la lluvia. Mire el reloj y vi con
asombro que eran casi las dos, Deje la luz prendida y acometí cautelosamente el
descenso. Bajar por donde había subido no era imposible. Bajar antes de que el
habitante volviera. Conjeture que no había cerrado las dos puertas porque no
sabía como hacerlo.
Mis pies
tocaban el penúltimo tramo de la escalera cuando sentí que algo ascendía por la
rampa, opresivo y lento y plural. La curiosidad pudo más que el miedo y no
cerré los ojos.
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Jorge
Luis Borges (1899-1986)

