Libro N° 12883. Thanatopía. Rubén Darío.
© Libro N° 12883. Thanatopía. Rubén Darío. Emancipación. Agosto 24 de
2024
Título original: ©
Thanatopía. Rubén Darío (1867-1916)
Versión
Original: © Thanatopía. Rubén
Darío
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
THANATOPÍA
Rubén Darío
Thanatopía
Rubén
Darío
—Mi padre
fue el célebre doctor John Leen, miembro de la Real Sociedad de Investigaciones
Psíquicas, de Londres, y muy conocido en el mundo científico por sus estudios
sobre el hipnotismo y su célebre Memoria sobre el Old. Ha muerto no hace mucho
tiempo. Dios lo tenga en gloria.
James
Leen vació en su estómago gran parte de su cerveza y continuó:
—Os
habéis reído de mí y de lo que llamáis mis preocupaciones y ridiculeces. Os
perdono porque, francamente, no sospecháis ninguna de las cosas que no
comprende nuestra filosofía en el cielo y en la tierra, como dice nuestro
maravilloso William. No sabéis que he sufrido mucho, que sufro mucho, aun las
más amargas torturas, a causa de vuestras risas... Sí, os repito: no puedo
dormir sin luz, no puedo soportar la soledad de una casa abandonada; tiemblo al
ruido misterioso que en horas crepusculares brota de los boscajes en un camino;
no me agrada ver revolar un mochuelo o un murciélago; no visito, en ninguna
ciudad, los cementerios; me martirizan las conversaciones sobre asuntos
macabros, y cuando las tengo, mis ojos aguardan para cerrarse, al amor del
sueño, que la luz aparezca.
»Tengo
horror de.. ¡oh Dios! de la muerte.
»Jamás me
harían permanecer en una casa donde hubiese un cadáver, así fuese el de mi más
amado amigo. Mirad: esa palabra es la más fatídica de las que existen en
cualquier idioma: cadáver. Os habéis reído, os reís de mí: sea. Pero permitidme
que os diga la verdad de mi secreto. Yo he llegado a la República Argentina,
prófugo, después de haber estado cinco años preso, secuestrado miserablemente
por el doctor Leen, mi padre, el cual, si era un gran sabio, sospecho que era
un gran bandido. Por orden suya fui llevado a la casa de salud; por orden suya,
pues, temía quizás que algún día me revelase lo que él pretendía tener oculto.
Lo que vais a saber, porque ya me es imposible resistir el silencio por más
tiempo.
»Os
advierto que no estoy borracho. No he sido loco. Él ordenó mi secuestro,
porque... Poned atención.
Delgado,
rubio, nervioso, agitado por un frecuente estremecimiento, levantaba su busto
James Leen, en la mesa de la cervecería en que, rodeado de amigos, nos decía
esos conceptos. ¿Quién no le conoce en Buenos Aires? No es un excéntrico en su
vida cotidiana. De cuando en cuando suele tener esos raros arranques. Como
profesor, es uno de los más estimables en uno de nuestros principales colegios,
y, como hombre de mundo, aunque un tanto silencioso, es uno de los mejores
elementos jóvenes de los famosos cinderellas dance. Así prosiguió esa noche su
extraña narración, que no nos atrevimos a calificar de fumisterie, dado el
carácter de nuestro amigo. Dejamos al lector la apreciación de los hechos.
—Desde
muy joven perdí a mi madre, y fui enviado por orden paternal a un colegio de
Oxford. Mi padre, que nunca se manifestó cariñoso conmigo, me iba a visitar de
Londres una vez al año al establecimiento de educación en donde yo crecía,
solitario en mi espíritu, sin afectos, sin halagos. Allí aprendí a ser triste.
Físicamente era el retrato de mi madre, según me han dicho, y supongo que por
esto el doctor procuraba mirarme lo menos que podía. No os diré más sobre esto.
Son ideas que me vienen. Excusad la manera de mi narración.
»Cuando
he tocado ese tópico me he sentido conmovido por una reconocida fuerza.
Procurad comprenderme. Digo, pues, que vivía yo solitario en mi espíritu,
aprendiendo tristeza en aquel colegio de muros negros, que veo aún en mi
imaginación en noches de luna. ¡Oh cómo aprendí entonces a ser triste! Veo aún,
por una ventana de mi cuarto, bañados de una pálida y maleficiosa luz lunar,
los álamos, los cipreses —¿por qué había cipreses en el colegio?— y a lo largo
del parque, viejos Términos carcomidos, leprosos de tiempo, en donde solían
posar las lechuzas que criaba el abominable septuagenario y encorvado rector
—¿para qué criaba lechuzas el rector?—. Y oigo, en lo más silencioso de la
noche, el vuelo de los animales nocturnos y los crujidos de las mesas y una
media noche, os lo juro, una voz: James. ¡Oh voz!
»Al
cumplir los veinte años se me anunció un día la visita de mi padre. Alegréme, a
pesar de que instintivamente sentía repulsión por él: alegréme, porque
necesitaba en aquellos momentos desahogarme con alguien, aunque fuese con él.
Llegó más amable que otras veces, y aunque no me miraba frente a frente, su voz
sonaba grave, con cierta amabilidad. Yo le manifesté que deseaba, por fin,
volver a Londres, que había concluido mis estudios; que si permanecía más
tiempo en aquella casa, me moriría de tristeza. Su voz resonó grave, con cierta
amabilidad para conmigo:
»—He
pensado, cabalmente, James, llevarte hoy mismo. El rector me ha comunicado que
no estás bien de salud, que padeces de insomnios, que comes poco. El exceso de
estudios es malo, como todos los excesos. Además, quería decirte, tengo otro
motivo para llevarte a Londres. Mi edad necesita un apoyo y lo he buscado.
Tienes una madrastra, a quien he de presentarte y que desea ardientemente
conocerte. Hoy mismo vendrás, pues, conmigo.
»¡Una
madrastra!
Y de
pronto se me vino a la memoria mi dulce y blanca y rubia madrecita, que de niño
me amó tanto, me mimó tanto, abandonada casi por mi padre, que se pasaba noches
y días en su horrible laboratorio, mientras aquella pobre y delicada flor se
consumía. ¡Una madrastra! Iría yo, pues, a soportar la tiranía de la nueva
esposa del doctor Leen, quizá una espantable bluestocking, o una cruel
sabihonda, o una bruja. Perdonad las palabras. A veces no sé ciertamente lo que
digo, o quizá lo sé demasiado.
»No
contesté una sola palabra a mi padre, y, conforme con su disposición tomamos el
tren que nos condujo a nuestra mansión de Londres.
»Desde
que llegamos, desde que penetré por la gran puerta antigua, a la que seguía una
escalera oscura que daba al piso principal, me sorprendí desagradablemente: no
había en casa uno solo de los antiguos sirvientes. Cuatro o cinco viejos
enclenques, con grandes libreas flojas y negras, se inclinaban a nuestro paso,
con genuflexiones tardías, mudos. Penetramos al gran salón. Todo estaba
cambiado: los muebles de antes estaban substituidos por otros de un gusto seco
y frío. Tan solamente quedaba en el fondo del salón un gran retrato de mi
madre, obra de Dante Gabriel Rossetti, cubierto de un largo velo de crespón.
»Mi padre
me condujo a mis habitaciones, que no quedaban lejos de su laboratorio. Me dio
las buenas tardes. Por una inexplicable cortesía, preguntéle por mi madrastra.
Me contestó despaciosamente, recalcando las sílabas con una voz entre cariñosa
y temerosa que entonces yo no comprendía:
»—La
verás luego. Que la has de ver es seguro, James. Adiós.
»Ángeles
del Señor, ¿por qué no me llevasteis con vosotros? Y tú, madre, madrecita mía?
My sweet Lily, ¿por qué no me llevaste contigo en aquellos instantes? Hubiera
preferido ser tragado por un abismo o pulverizado por una roca, o reducido a
ceniza por la llama de un relámpago.
»Fue esa
misma noche, sí.
Con una
extraña fatiga de cuerpo y de espíritu, me había echado en el lecho, vestido
con el mismo traje de viaje. Como en un ensueño, recuerdo haber oído acercarse
a mi cuarto a uno de los viejos de la servidumbre, mascullando no sé qué
palabras y mirándome vagamente con un par de ojillos estrábicos que me hacían
el efecto de un mal sueño. Luego vi que prendió un candelabro con tres velas de
cera. Cuando desperté a eso de las nueve, las velas ardían en la habitación.
Lavéme. Mudéme. Luego sentí pasos, apareció mi padre. Por primera vez, ¡por
primera vez!, vi sus ojos clavados en los míos. Unos indescriptibles ojos, os
lo aseguro; unos ojos como no habéis visto jamás, ni veréis jamás: unos ojos
con una retina casi roja, como ojos de conejo; unos ojos que os harían temblar
por la manera especial con que miraban.
»—Vamos
hijo mío, te espera tu madrastra. Está allá, en el salón. Vamos.
»Allá, en
un sillón de alto respaldo, como una silla de coro, estaba sentada una mujer.
»Ella...
»Y mi
padre:
»—¡Acércate,
mi pequeño James, acércate!
»Me
acerqué maquinalmente. La mujer me tendía la mano. Oí entonces, como si viniese
del gran retrato, del gran retrato envuelto en crespón, aquella voz del colegio
de Oxford, pero muy triste, mucho más triste: ¡James!
»Tendí la
mano. El contacto de aquella mano me heló, me horrorizó. Sentí hielo en mis
huesos. Aquella mano rígida, fría, fría. Y la mujer no me miraba. Balbuceé un
saludo, un cumplimiento. Y mi padre:
»—Esposa
mía, aquí tienes a tu hijastro, a nuestro muy amado James. Mírale, aquí le
tienes; ya es tu hijo también.
»Y me
miró.
»Mis
mandíbulas se afianzaron una contra otra. Me poseyó el espanto: aquellos ojos
no tenían brillo alguno. Una idea comenzó, enloquecedora, horrible, horrible, a
aparecer clara en mi cerebro. De pronto, un olor, olor... ese olor, ¡madre mía!
¡Dios mío! Ese olor —no os lo quiero decir— porque ya lo sabéis, y os protesto:
lo discuto aún ; me eriza los cabellos.
»Y luego
brotó de aquellos labios blancos, de aquella mujer pálida, pálida, pálida, una
voz, una voz como si saliese de un cántaro gemebundo o de un subterráneo:
»—James,
nuestro querido James, hijito mío, acércate; quiero darte un beso en la frente,
otro beso en los ojos, otro beso en la boca...
»No pude
más. Grité:
»—¡Madre,
socorro! ¡Ángeles de Dios, socorro! ¡Potestades celestes, todas, socorro!
¡Quiero partir de aquí pronto, pronto; que me saquen de aquí!
»Oí la
voz de mi padre:
»—¡Cálmate,
James! ¡Cálmate, hijo mío! Silencio, hijo mío.
»—No
—grité más alto, ya en lucha con los viejos de la servidumbre—. Yo saldré de
aquí y diré a todo el mundo que el doctor Leen es un cruel asesino; que su
mujer es un vampiro; ¡que está casado mi padre con una muerta!
Rubén
Darío (1867-1916)

