Libro N° 12885. Thibaud De La Jacquière. Nodier, Charles.
© Libro N° 12885. Thibaud De La Jacquière. Nodier, Charles. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
Título original: ©
Thibaud De La Jacquière; Charles Nodier (1780-1844)
Versión
Original: © Thibaud De La
Jacquière. Charles Nodier
Circulación
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Portada
E.O. de Imagen original
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Charles Nodier
Thibaud
De La Jacquière
Charles
Nodier
Un
mercader de Lyon llamado Jacques de la Jacquière, llegó a ser preboste de la
ciudad a causa de su probidad y de los grandes bienes que había adquirido sin
manchar su reputación. Era caritativo con los pobres y bueno con todo el mundo.
Thibaud
de la Jacquière, su único hijo, era diferente. Apuesto, pero también un tunante
que había aprendido a romper cristales, a seducir chicas y a maldecir junto a
los hombres de armas del rey, a quien servía en calidad de banderín. No se
hablaba de otra cosa que de las correrías de Thibaud en París, Fontainebleau y
en las demás ciudades donde residía el rey. Un día, el rey, Francisco I,
escandalizado por la mala conducta del joven, lo envió a Lyon, a fin de que se
reformase en la casa de su padre. El buen preboste residía en un rincón de la
plaza Bellecour. Thibaud fue recibido en la casa paterna con mucha alegría.
Se
ofreció un gran festín a los parientes y amigos de la casa. Todos bebieron a su
salud y le desearon que fuera prudente y buen cristiano. Pero aquellos deseos
caritativos desagradaron al joven. Tomó de la mesa una taza de oro, la llenó de
vino y dijo:
—¡Sagrada
muerte del gran diablo! A él quiero entregar, con este vino, mi sangre y mi
alma si no llego a ser más hombre de bien de lo que soy.
Estas
palabras pusieron los pelos de punta a los presentes. Todos se santiguaron y
algunos se levantaron.
Thibaud
se levantó también y fue a tomar el aire en la plaza Bellecour, donde se
encontró con dos antiguos camaradas. Les abrazó, les invitó a entrar en casa de
su padre y se puso a beber con ellos. Thibaud continuó llevando una vida que
afligía el corazón del preboste. Éste se encomendó a Saint-Jacques, su patrón,
y colocó ante su imagen un cirio de diez libras, adornado con dos anillos de
oro que pesaban cinco marcos cada uno. Pero, cuando quiso colocar el cirio en
el altar, se le cayó y tiró una lámpara de plata que ardía delante del santo.
El preboste vio en este doble accidente un mal presagio y volvió triste a su
casa.
Ese día,
Thibaud invitó otra vez a sus amigos y, cuando llegó la noche, salieron a la
plaza Bellecour y se pasearon en busca de alguna aventura. Pero la noche era
tan oscura que no encontraron ni doncella ni mujer. Thibaud, irritado por esta
soledad, exclamó levantando la voz:
—¡Sagrada
muerte del gran diablo! A él le doy mi sangre y mi alma. Me siento tan
inflamado por el vino que si la gran diablesa, su hija, acertara a pasar por
aquí, le pediría su amor.
Estas
palabras desagradaron a los amigos de Thibaud, que no eran grandes pecadores
como él, y uno de ellos le dijo:
—Amigo,
piensa que el diablo, enemigo de los hombres, causa ya bastantes males sin que
le inviten a hacerlo llamándole por su nombre.
El
incorregible Thibaud respondió:
—Haré lo
que he dicho.
Un
momento después, vieron salir de una calle cercana a una joven dama velada que
prometía muchos encantos. Un moreno la seguía. En ese momento el moreno
tropezó, cayó de bruces y rompió el farol. Dio la impresión de que la joven se
asustó mucho y se quedó sin saber qué hacer. Thibaud se apresuró a abordarla lo
más cortésmente posible y le ofreció el brazo para llevarla a casa. Después de
algunos remilgos, la desconocida aceptó, y Thibaud, volviéndose a sus amigos,
les dijo a media voz:
—Ya veis
que a quien he invocado no me ha hecho esperar.
Los dos
amigos comprendieron y se retiraron riéndose.
Thibaud
ofreció el brazo a su bella acompañante, y el moreno, al que se le había
apagado el farol, caminaba delante. La joven parecía tan turbada que guardaba
el equilibrio con dificultad, pero poco a poco se fue tranquilizando y se apoyó
con más franqueza en el brazo de su caballero. De vez en cuando, incluso,
tropezaba y le apretaba el brazo para no caerse. Entonces Thibaud se apresuraba
y le ponía la mano en el corazón, aunque lo hacía con discreción para no
asustarla.
Anduvieron
tanto tiempo que al final Thibaud empezó a pensar que se habían perdido. Pero
estaba muy a gusto, pues pensó que sacaría mayor provecho de la bella
extraviada. Sin embargo, como sentía curiosidad por saber con quién estaba
tratando y la joven parecía cansada, le rogó que se sentara en un banco de
piedra que se divisaba junto a una puerta. Ella aceptó, y Thibaud, después de
sentarse a su lado, le tomó la mano con aire galante y le rogó con mucha
cortesía que le dijese quién era. La joven pareció intimidada al principio,
pero luego se tranquilizó y le habló en estos términos:
—Me llamo
Ordaline; al menos así me llamaban las personas que vivían conmigo en el
castillo de Sombre, en los Pirineos.
»Allí,
los únicos seres humanos que vi fueron mi aya, que era sorda, una criada que
tartamudeaba de tal modo que habría sido preferible que fuese sorda y un viejo
portero que era ciego. El portero no tenía mucho que hacer, pues no abría la
puerta más que una vez al año a un señor que sólo venía a nuestra casa a
tomarme de la barbilla y hablar con mi dueña en lengua vizcaína, que yo
desconozco. Afortunadamente ya sabía hablar cuando me encerraron en el castillo
de Sombre, pues seguramente no habría aprendido con las dos compañeras de mi
prisión. En cuanto al portero, sólo le veía en el momento en que nos pasaba la
cena a través de la verja de la única ventana que teníamos.
»A decir
verdad, mi aya sorda me gritaba a menudo en el oído no sé qué lecciones de
moral, pero la entendía tan poco como si estuviera tan sorda como ella, pues me
hablaba de los deberes del matrimonio y no me decía lo que era. A menudo
también mi criada tartamuda se esforzaba en contarme alguna historia,
asegurándome que era muy divertida, pero como era incapaz de llegar a la
segunda frase se veía obligada a renunciar y se iba tartamudeándome excusas, de
las que salía tan mal parada como de su historia.
»Ya os he
dicho que había un señor que venía a verme cada año. Cuando cumplí quince años,
me hizo subir a una carroza con mi dueña. Hasta el tercer día no descendimos, o
mejor dicho, hasta la tercera noche, pues la tarde ya estaba muy avanzada. Un
hombre abrió la puerta y nos dijo:
»—Estáis
en la plaza Bellecour, y ésta es la casa del preboste Jacques de la Jacquière.
¿Dónde queréis que os conduzcan?
»—Entrad
por la primera puerta cochera, la siguiente a la del preboste —respondió mi
aya.
Aquí el
joven Thibaud prestó más atención, pues realmente era vecino de un gentilhombre
llamado el señor de Sombre, que tenía fama de tener un carácter muy celoso.
—Entramos
—continuó Ordaline— por la puerta cochera y subí a unas habitaciones grandes y
hermosas. Después llegué a una torrecilla muy alta cuyas ventanas estaban
tapadas con un tela verde. Por lo demás, la torrecilla estaba bien iluminada.
Mi dueña me dijo que me sentase y me dio un rosario para que me entretuviera;
después, salió y cerró la puerta con llave. Cuando me encontré sola, tiré el
rosario, tomé unas tijeras que llevaba en el cinturón e hice una abertura en la
tela verde que tapaba la ventana. Entonces vi, a través de la ventana de una
casa vecina, una habitación bien iluminada en la que estaban cenando tres
caballeros con tres chicas. Cantaban, bebían, reían y se abrazaban.
Ordaline
refirió todavía más detalles con los que Thibaud estuvo a punto de reventar de
risa, pues se trataba de una cena que había tenido con sus dos amigos y tres
señoritas de la ciudad.
—Estaba
muy atenta a todo lo que pasaba —continuó Ordaline—, y cuando oí abrir la
puerta, tomé rápidamente el rosario en el momento en que entraba mi dueña. Me
tomó otra vez de la mano sin decirme nada y me llevó de nuevo a la carroza.
Llegamos, después de un largo trayecto, a la última casa del arrabal.
Aparentemente no era más que una cabaña, pero el interior era magnífico, como
podréis comprobar si el moreno encuentra el camino, pues veo que ya ha
conseguido lumbre y encendido el farol.
—Bella
extraviada —interrumpió Thibaud, besando la mano de la joven—, hacedme el favor
de decirme si vivís sola en esa casita.
—Sí, sola
—respondió la dama—, con este moreno y mi aya. Pero no creo que ella pueda
venir esta noche. El señor que me llevó a la choza anoche me ha enviado recado
hace dos horas para que fuera a verle a casa de una de sus hermanas; pero como
no podía enviar su carroza, que había ido a recoger a un sacerdote, nos
dirigíamos a pie. Alguien nos paró para decirme un piropo; mi dueña, que es
sorda, creyó que me estaban insultando y le respondió con insultos. Vino más
gente y se mezcló en la pelea. Tuve miedo y huí. El moreno corrió detrás de mí;
se cayó, su farol se rompió, y entonces, señor, tuve la fortuna de encontraros.
Thibaud
iba a responderle con alguna galantería cuando llegó el moreno con el farol
encendido.
Se
pusieron en marcha y llegaron, al final del arrabal. Había muchos adornos en el
interior, y, entre los muebles preciosos, se podían apreciar sobre todo unos
sillones de terciopelo con franjas de oro y una cama de moaré de Venecia. Pero
todo esto apenas llamaba la atención de Thibaud, que sólo tenía ojos para la
encantadora Ordaline.
El
sirviente puso la mesa y preparó la cena. Thibaud se dio cuenta entonces de que
no era un niño, como había pensado al principio, sino una especie de viejo
enano negro con una cara de lo más fea. El hombrecillo trajo una fuente de
plata dorada con cuatro apetitosas perdices y un frasco de excelente vino.
Enseguida se sentaron a comer. Thibaud no había terminado de beber y comer
cuando sintió que un fuego sobrenatural corría por sus venas. Ordaline, por su
parte, comía poco y miraba mucho a su invitado, a veces con una mirada tierna e
ingenua, y otras con unos ojos tan llenos de malicia que el joven estaba casi
atemorizado. Finalmente, el moreno vino a quitar la mesa. Entonces Ordaline
agarró a Thibaud de la mano y le dijo:
—Hermoso
caballero, ¿cómo queréis que pasemos nuestra velada? Se me ocurre una idea: ahí
hay un gran espejo. Hagamos muecas como solía hacer en el castillo de Sombre.
Me divertía mucho viendo que mi aya estaba hecha de forma diferente a mí; ahora
quiero saber si estoy hecha de forma diferente a vos.
Ordaline
colocó dos sillas delante del espejo, tras lo cual, quitó a Thibaud la gorguera
y le dijo:
—Tenéis
el cuello más o menos como el mío, los hombros también, pero en cuanto al
pecho, ¡qué diferencia! El mío era así el año pasado, pero he engordado tanto
que ya no puedo reconocerme. Quitaos el cinturón, el jubón, ¿por qué tantos
cordones?
Thibaud,
que ya no podía contenerse más, llevó a Ordaline a la cama de moaré de Venecia,
y se creyó el más feliz de los hombres. Pero esta felicidad no duró mucho. El
desgraciado Thibaud sintió unas garras agudas que se hundían en su cintura.
Gritó: ¡Ordaline! Pero Ordaline ya no estaba entre sus brazos. En su lugar no
encontró más que un horrible conjunto de formas horrorosas y desconocidas...
—No soy
Ordaline —dijo el monstruo con voz formidable—; ¡soy Belcebú!
Thibaud
quiso pronunciar el nombre de Jesús, pero el diablo, que lo adivinó, le atenazó
la garganta con los dientes y le impidió pronunciar el nombre sagrado.
Al día
siguiente por la mañana, unos campesinos que iban a vender legumbres al mercado
oyeron unos gemidos junto al camino, lugar utilizado como vertedero. Entraron y
encontraron a Thibaud tumbado sobre una carroña medio podrida. Lo colocaron
sobre los cestos y le llevaron así a casa del preboste de Lyon. El desdichado
de la Jacquière reconoció a su hijo. Le metieron en la cama y pronto recobró el
conocimiento. Entonces dijo con voz débil:
—Abrid a
ese santo ermitaño.
Al
principio no le comprendían, pero finalmente abrieron la puerta y vieron entrar
a un venerable religioso que pidió que le dejasen solo con Thibaud. Oyeron
durante mucho tiempo las exhortaciones del ermitaño y los suspiros del
desgraciado joven. Cuando dejaron de oírlas, entraron en la habitación. El
ermitaño había desaparecido y encontraron a Thibaud muerto en la cama con un
crucifijo entre las manos.
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Charles
Nodier (1780-1844)

