Libro N° 12877. Introducción A La Historia De La Medicina I. Garrison, Fielding.
© Libro N° 12877. Introducción A La Historia
De La Medicina I. Garrison, Fielding. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
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Introducción A La Historia De La Medicina I. Fielding Garrison
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Guillermo Molina Miranda
INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA DE LA MEDICINA I
Fielding Garrison
Introducción
A La Historia De La Medicina I
Fielding
Garrison
CONTENIDO
Prefacio
de la segunda edición
I. La
identidad de todas las formas de la medicina antigua y primitiva
II.
Medicina egipcia
III.
Medicina sumeriana y oriental
IV.
Medicina griega
V. El
período bizantino
VI.
Períodos mahometano y judío
VII.
Aspectos culturales de la medicina mahometana
VIII. El
período medieval
IX.
Aspectos cultural y social de la medicina medieval
X. El
período del Renacimiento. El revivir de la Ciencia y la Reforma
XI.
Aspectos cultural y social de la medicina del Renacimiento
XII. El
siglo XVII. La época de los descubrimientos científicos individuales
XIII.
Aspectos cultural y social de la medicina del siglo XVII
XIV. El
siglo XVIII. El período de las teorías y de los sistemas
XV.
Aspectos cultural y social de la medicina en el siglo XVIII
Al
coronel Walter D. McCaw del ejército de los estados unidos bibliotecario del
departamento general de cirugía (1903-1913).
En agradecimiento a su bondadosa protección y a las muchas atenciones y auxilio
que me ha prestado para la publicación de esta obra
«La
Civilización, en su más alta forma hoy, aunque infinitamente compleja, forma
esencialmente una masa unitaria. No debe ser durante más tiempo considerada en
luminosos separados centros, semejantes a los planetas en medio de la noche que
los circunda. Menos aún como propiedad de una privilegiada comarca o pueblo;
con ser tantas las lenguas del hombre mortal, sus devotos, semejantes a los
Inmortales, hablan un sencillo lenguaje. En toda la vasta extensión iluminada
por sus vivificantes rayos, sus obreros están sometidos y consagrados a una
causa común.»—Sir Arthur Evans.
«Es
indudable que una de las lecciones de la historia de la ciencia es que cada
edad marcha en hombros de las que la han precedido. El valor de cada época no
es el suyo propio, sino, en gran parte, una deuda con sus predecesores. Y esta
nuestra edad, si, semejante a sus antecesoras, puede alabarse de algunas de las
cosas de que está orgullosa, si pudiera leer en lo futuro hallaría también
muchas de las que debería avergonzarse. Michael J. Foster.
«Quitad
de los aires todos los aeroplanos; de las carreteras, todos los automóviles; de
los caminos de hierro, todos los trenes; de las ciudades, todas las luces
eléctricas; de los buques, todos los motores; del Océano, todos los cables; del
campo, todos los alambres del telégrafo; de las fábricas, todas las máquinas;
de las oficinas, los ascensores, teléfonos y máquinas de escribir; dejad a las
epidemias extenderse a su gusto; haced imposible la cirugía mayor; todo esto e
inmensamente más; suprimid la instrucción que nos hace libres y sumidnos en el
cautiverio de la ignorancia…., ¡Sería una catástrofe tan terrible como si el
reflujo del tiempo volviese a los días de la infancia a todos los hombres que
ahora existen! Por eso, cualquiera que desee progreso y prosperidad, cualquiera
que desee elevar la Humanidad a un más alto plano de civilización, debe alentar
la obra de los científicos, por cuantos medios le sea posible.»—William J.
Humphreys.
«El
desenvolvimiento y perfeccionamiento del pensamiento humano, como un todo, no
ha sido, según se supone comúnmente, una continuada progresión hacia arriba, ni
aun el equivalente de una constante serie de determinados resultados.
Pensamientos e invenciones que parecían estar en el lindero de los resultados
prácticos han sido con frecuencia reducidos a la nada, aun en el momento más
decisivo, por cualquier combinación desagradable. Sí; lo mismo que en la
verdadera memoria de la Tierra de Promisión, la senda abierta en el camino se
interrumpe frecuentemente, aquel hecho que parecía realizado tiene que ser
creado de nuevo con laboriosos trabajos que duran años, décadas y aun
centurias. Justamente lo más sencillo, lo más natural, y, en fin, los más
evidentes hechos son los más difíciles de resolver y dilucidar; justamente
aquello que era de resultados más decisivos y potentes ha sido durante largo
tiempo estudiado por el investigador, aun después de haber descubierto la
verdad. Indudablemente, es tan difícil encontrar el oro del pensamiento
histórico como hallar en la calle el oro del diario tráfico actual; y no es de
ningún modo la tarea del historiador de amplias miras el dar la clave inicial
de sus descubrimientos. Él únicamente puede reproducir el pasado con fidelidad
y exactitud. La intuición del verdadero investigador actual y del porvenir debe
encontrar su propio camino y nuevos principios conductores en los trabajos de
ayer, de antes de ayer y del remoto pasado.»—Karl Sudhoff.
«Adorar
las fórmulas doctrinarias, ese es nuestro verdadero enemigo.»—Max Neibürger.
«Es una
fuerte exageración el resumir la historia de cuatrocientos años diciendo que la
idea motora de una nación conquistadora en relación a la conquistada era, en
1600, el cambiar su religión; en 1700, el cambiar su comercio; en 1800, el
cambiar sus leyes, y en 1900, el cambiar su drenaje.
¿No
podríamos nosotros, entonces, decir que en la proa de las naves conquistadoras
de esos cuatro siglos la primera figura era la del sacerdote, después la del
comerciante, luego la del letrado, y, finalmente, la del médico?»—A. Lawrence
Nowell.
«Aspiraciones,
métodos y constancia son comunes en la profesión médica de todas las comarcas.
En su pabellón está inscrito aquello que debe ser la regla de la vida de todas
las naciones: Fraternidad y solidaridad». Abraham Jacobi.
Prefacio
de la segunda edición
La
acogida hecha por el Cuerpo Médico a la primera edición de este libro ha sido
muy benévola. La presente, corregida y ampliada, ha sido preparada por el
autor, de acuerdo con los editores.
Como
consecuencia de la aparición de la primera edición, que fue, indudablemente,
una aventura con éxito, el autor tuvo la gran alegría de recibir amables y
alentadoras cartas de sir William Osler, del difunto doctor S. Weir-Mitchel,
doctor A. Jacobi, el difunto doctor James G. Mumford, el doctor Harvey Cushing
y otros muchos amigos.
El
profesor Max Neuburger, de Viena, en una revista crítica de lo más generoso que
se ha escrito durante la guerra, opina que el autor rompe deliberadamente con
muchas opiniones sancionadas en el pasado y en el presente en Europa,
considerando esto relacionado con el hecho de que el escritor «ve las cosas a
través de anteojos ingleses». Esto es, ¡ay!, una de las muchas preocupaciones
creadas en el espíritu humano por las encontradas emociones de la guerra. El
ver cada cosa «con los ojos de la Naturaleza» no puede ser exigido a todo
producto especial de la inteligencia humana. El profesor Karl Sudhoff, de
Leipzig, en sus juicios críticos ha calificado las opiniones del autor de
«perspicaces, francas, imparciales», y concede que «en el período moderno»
permanece en el terreno debido. Un lector no influido por la emoción
reconocerá, sin embargo, que en este libro, después de todo, se ha hecho un
honrado intento de presentar con claridad los méritos de la medicina inglesa,
como medicina inglesa; de la medicina alemana, qud medicina
alemana; de los franceses, como franceses; de los rusos, como rusos, y de los
americanos, como americanos. Toda la inteligencia y perspicacia que el autor
pueda poseer son de naturaleza francesa. Del mismo modo, sería muy difícil
poder afirmar que en estas páginas se contenga ninguna injusticia contra la
medicina alemana o contra la organización moderna de la ciencia alemana. El
principal esfuerzo del autor, en su categoría de historiador impersonal e
imparcial, ha sido llegar «por medio de la condensación de la razón» a ahorrar
el tiempo de sus lectores presentando las cosas tal como son, tan breve y
concisamente como ha sido posible.
De las
diferentes críticas hechas, yo considero como la de más valor la del profesor
William H. Welch, que dice francamente:
—Usted no
ha escrito una historia de la Medicina como una ciencia de inducción.
Cuando el
Rev. Edward Irving preguntó en broma a Thomas Carlyle si quería casarse con una
virgen de bastantes primaveras y escasos encantos, el malhumorado sabio de
Ecclefechan respondió:
—¡No; ni
por una pura y perfecta piedra preciosa del tamaño del globo terráqueo!
Ese es
precisamente mi modo de pensar respecto al problema de exponer los dudosos
progresos de la Medicina en la forma de una ciencia inductiva. La Medicina ha
tenido tantos aciertos y tantos errores en el pasado, que el trazar los tenues,
casi invisibles hilos que vienen a unir las aparentes soluciones de
continuidad, en sus diferentes períodos, es empresa superior a nuestro estado
de comprensión en la época presente. Hay períodos completos en la historia
médica que parecen, según la frase de La Fontaine, «una enorme solución de
continuidad», o, por lo menos, nos vemos detenidos con demasiada frecuencia
por desagradables superficies de discontinuidad.
No
acertaremos a trazar esos hilos que han de relacionarnos con el pasado hasta
que hayan sido exhumadas e interpretadas todas las fuentes manuscritas de la
medicina antigua y medieval; no podremos tampoco resumir los «aciertos y los
errores» de los períodos más antiguos hasta que hayan sido hechos por manos
competentes los libros originales que nos han de dar a conocer el
desenvolvimiento de las principales disciplinas. Yo he intentado trazar los
eslabones que faltan en la cadena del progreso, de acuerdo con mis luces; pero
yo acepto de buen grado la opinión del profesor Welch y la del doctor Charles
Singer (Oxford), que dice (en una carta particular): «La historia de la
Medicina es una historia de ideas, y las biografías sólo tienen valor en cuanto
hacen nacer ideas.» A la historia de la Medicina no le interesan las anécdotas
relativas a la vida fie los grandes, ni los absurdos de los errores antiguos,
ni los primores de la expresión antigua. Pienso que hemos contraído con Sudhoff
una gran deuda desde que él, realmente, ha hallado y deducido principios,
demostrando la continuidad, y esto es mucho más importante que cualquier
descubrimiento que haya podido hacer.
Como
decíamos en el prólogo de la primera edición, este libro se ha escrito con una
determinada intención: la de estimular a los médicos y estudiantes en el
cultivo de este género de estudios y de investigaciones, interesándoles en ello
desde el principio. El autor no considera su obra como una cartilla o una guía
para estudiar un territorio de vastas dimensiones; no ha hecho ningún reclamo
exagerado; pero puede, al menos, alabarse de que la distribución e
interpretación del material y el modo de presentarlo son suyos verdaderamente.
La comprobación de la exactitud de los hechos, fechas, notas y datos
biográficos ha llevado más tiempo y trabajo que la sencilla tarea de
escribirlo.
Desde
este punto de vista, al autor le ha complacido mucho que los médicos ingleses
hayan citado sus hechos y descubrimientos más bien que sus opiniones. Las
opiniones pueden ser erróneas; los hechos, cuando se han contrastado
cuidadosamente, no pueden serlo. Aquellos que conocen lo que Augusto von Morgan
llama «los signos masónicos de la Ciencia», descubrirán fácilmente que la obra
presente es «original».
Enfrente
de esta modesta aspiración, y debido quizá a la suposición de que ésta es
meramente una obra de recopilación, algunas personas han hurtado liberalmente,
sin mi consentimiento, la distribución de los asuntos, y hasta la manera de
expresión del autor, de un modo que parece pequeño e innoble, como si quisieran
desconocer los resultados de una gran cantidad de duro trabajo. Los editores de
la obra han hecho un gasto considerable para presentarla dignamente. Y yo
menciono este contratiempo para justificar la necesidad del aviso: «Todos
los derechos reservados.»
No
conozco a ninguna de esas personas; pero, por el conocimiento que de ellos he
adquirido por sus procedimientos, puedo únicamente repetir la lacónica frase de
mi antiguo director, el doctor J. S. Billings, en casos semejantes: «Tengo que
confesar que me aprecian mucho.»
En la
presente edición, muchas investigaciones, hasta ahora inaccesibles para mí, han
sido tomadas en cuenta, en particular las de Erwin Rohde, Max Höfler y Max
Wellmann, respectó de la medicina antigua; de Sudhoff, Neuburger, Hussemann,
Wickersheimer y Singer, en la medicina medieval; de Jorge Sticker, en
Epidemiología; de Tschirch y Schelenz, en la historia de la Farmacia; de Erich
Ebstein, en la historia de las enfermedades y del diagnóstico, y los notables
estudios americanos de W. A. Heidel, en las teorías corpusculares griegas; de
John G. Curtis, sobre Flarvey, y de Edward C. Streeter, sobre los artistas
anatómicos florentinos del Quattrocento.
La
interpretación de la medicina medieval en la espléndida historia del profesor
Neuburger sobrepuja a todos los otros esfuerzos contemporáneos, y puesto que la
traducción de Oxford está aún sin publicar, no he vacilado en seguir
exactamente su delicado texto, con el fin de hacer conocer mejor sus ideas a
todos aquellos que no se encuentran en estado de comprender el alemán. Algunos
de los más interesantes descubrimientos de reciente fecha en la historia de la
Medicina, como los de Elliot Smith y Wood Jones en medicina egipcia, y Morris
Jastrow en la babilónica, han sido literalmente desenterrados. Las excavaciones
de sir Arthur Ewans en creta, el Minoia regna, de Virgilio (et
Cnosia regna petamus), han derramado mucha luz sobre la única cultura
post-neolítica y las admirables prescripciones sanitarias de Knossos, y como
quiera que se conoce muy poco de la medicina de Minos, es racional admitir que
quede aún mucho por descubrir.
El último
año ha sido testigo de algunos alentadores progresos en nuestro país. El doctor
Mortimer Frank, de Chicago, ha completado su traducción de la Historia
de la Anatomía Artística, de Choulant (con muchas adiciones), que
yo he leído en el M. S. y que ha de ser de gran utilidad para los anatómicos y
las escuelas de Bellas Artes. El doctor Arnold C. Klebs ha catalogado los
incunables médicos de América, y esto, cuando esté completado con el material
europeo, supondrá una adición de gran valor a la bibliografía
médica. El doctor William S. Disbrow, de Newark, ha establecido un
Museo de Historia médica en su ciudad, la segunda fundación americana de este
género, aprovechando las colecciones del contraalmirante James M. Flint, U. S.
N. (retirado), en el Museo Nacional de Washington. El doctor Jorge Sarton
(Universidad de Harvard) trabaja por establecer un Instituto de Historia de las
Ciencias y de la Medicina en su comarca, y sería una penosa equivocación no
ofrecer al proyecto de este eminente sabio todo el apoyo que merece. Una
biblioteca médica combinada con un Instituto histórico ha sido también planeada
por los miembros de la Facultad de Medicina de John Hopkins. Por último,
el Boletín de la Sociedad de Historia de la Medicina, de
Chicago, ha sido muy mejorado, en forma y fondo, por su actual editor, doctor
Mortimer Frank; y un nuevo periódico, Anales de Historia de la
Medicina, editado por el doctor Francis B. Packard (Filadelfia), se ha
publicado recientemente, gracias al celo y decisión de Mr. Paul B. Hoeber (New
York).
Al
preparar esta obra he sido principalmente auxiliado por los recursos de la
Biblioteca general de Cirugía, sin los cuales no habría podido escribirla, y
deseo expresar mi sincera gratitud a los sucesivos bibliotecarios, el coronel
Walter D. McCaw y el coronel Champe C. McCulloch, por los préstamos de
literatura especial para mi uso particular. El profesor Sudhoff (Leipzig) me ha
concedido el especial privilegio de copiar algunos de sus interesantes grabados
relativos al horóscopo en Medicina y a los aspectos tradicionales de la pintura
anatómica. Se me han concedido análogas atenciones por la Biblioteca Médica de
Boston, la Biblioteca de la Academia de Medicina de New York, el doctor Arnold
C. Klebs, el profesor William Stirling (Manchester-Inglaterra), el profesor
William Bateson (Londres), el doctor Eugen Holländer (Berlín), el doctor Robert
Müllerheim (Berlín) y otros. En la corrección de errores de omisión y de
concisión en la primera edición he quedado muy agradecido, así como también por
sus indicaciones, al difunto doctor S. Weir-Mitchell, sir William Osler
(Oxford), doctor A. Jacobi (New York), doctor John W. Farlow (Boston), doctor
Mortimer Frank (Chicago), doctor Walter A. Jayne (Denver), Mr. Alfred Ela
(Boston) y otros muchos. En la presente edición se ha hecho una revisión
respecto de las hipótesis de Freud, muchas de cuyas opiniones confieso no
entender por completo; yo he quedado, por consiguiente, muy obligado a mi amigo
el doctor William A. White (Washington) y al doctor A. A. Brill, que ha hecho
los escritos de Freud accesibles al público inglés en sus concienzudas
traducciones. En las secciones de bibliografía médica y de incunables, en el
apéndice, he extraído liberalmente la notable colección reunida en la
Biblioteca general de Cirugía por Mr. Félix Neumann, al cual soy además deudor
de muy útiles sugestiones. Agradezco igualmente los generosos estímulos de
Arnold Klebs en la anterior edición.
Todas las
excelencias que este libro pueda ofrecer respecto a tipografía y a
ilustraciones son debidas a los editores; sin su generoso y amistoso auxilio,
la primera edición no habría salido a luz nunca.
El libro
ha sido enteramente reimpreso y corregidos sus índices en la nueva edición; y
una vez más doy cordiales gracias a mis amigos los doctores Albert Allemann y
Frank J. Stockman, de la Biblioteca general de Cirugía, que generosamente han
sacrificado gran parte de sus horas de descanso a la corrección de pruebas.
Washington,
D. C., junio de 1917.
Capítulo
I
La identidad de todas las formas de la medicina antigua y primitiva
Una de
las doctrinas mejor acreditadas es la de la unidad o semejanza de las leyendas
populares. Las investigaciones colectivas de los historiadores, etnólogos,
arqueólogos, filólogos y sociólogos han puesto de manifiesto el hecho singular
de que todas las fases de la antropología social, que comprenden las acciones
instintivas, convergen inevitablemente a un punto común de semejanza e
identidad. Es positivo que todos los mitos, supersticiones, leyes y costumbres
dedos pueblos primitivos (por lo tanto, también las religiones en su aspecto
étnicamente más primitivo) se encuentran relacionados con los instintos
fundamentales de la defensa personal y de la reproducción. Es posible, como más
adelante veremos, que muchas prácticas extrañas, como la momificación, la
circuncisión, la [incubación, etc., se hayan ido lentamente transportando,
desde [un continente o una isla, a otros donde hayan acabado también por
imponerse (Elliot Smith). Pero, de todos modos, el hecho es positivo para todas
aquellas acciones humanas que pueden definirse como instintivas, como basadas
en la necesidad innata, que es la madre del progreso: «La leyenda popular (Folklore) es
una unidad esencial.» La inteligencia del hombre salvaje, en sus patéticos
esfuerzos para establecer los sistemas éticos y religiosos que sirvan de guía
moral y espiritual, o para embellecer el aspecto vulgar de la vida con el
romanticismo y la poesía, ha recorrido siempre, de un modo inconsciente, las
líneas de menor resistencia, siguiendo siempre las mismas etapas progresivas.
La inteligencia del hombre civilizado difiere de la del hombre salvaje
únicamente por el más alto grado de su desarrollo. Las razas humanas y las
costumbres sociales han cambiado porque se han ido especializando cada vez más.
El corazón del hombre permanece siendo el mismo.
De todo
lo dicho se deduce que, bajo aspectos diferentes de tiempo y de localización,
todas las fases de la medicina popular y de la medicina antigua han sido
esencialmente semejantes en sus tendencias, diferenciándose únicamente en
detalles sin importancia. A la luz de los estudios antropológicos, esta
proposición puede considerarse como demostrada. Las inscripciones cuneiformes,
jeroglíficas, rúnicas, en corteza de abedul y en hojas de palma, demuestran que
los avances primitivos o legendarios de la más antigua medicina, lo mismo que
se trate de la medicina accadiana que de la escandinava, de la eslava que de la
céltica, de la romana que de la polinesia, han sido siempre los mismos; en
todos los casos, un asunto de hechizos y de sortilegios, de leyendas acerca de
algunas plantas y de psicoterapia, con el fin de rechazar los efectos de
agentes sobrenaturales.
Acerca
del primitivo origen de estos avances y de estas ideas populares conocemos
todavía muy poco o nada. Han sido emitidas innumerables hipótesis encaminadas a
la difícil empresa de querer interpretar, por comparación de lo que ocurre en
una inteligencia civilizada y educada, en cada caso particular, la labor de la
mente primitiva, resultando que en la mayoría de los casos el investigador,
obsesionado por sus propias hipótesis, se ha extraviado con la obcecación de un
jinete terco y torpe. Pero todos los antropólogos están conformes en que el
origen general de las ideas populares y de las costumbres (religiosas o de otro
género) es social, relacionándose con la importantísima
cuestión de «cómo hay que vivir», que se resuelve de un modo diferente en los
diversos tiempos, en los distintos países y entre los variados pueblos. Si
nosotros apreciamos que la inteligencia del hombre primitivo difiere
esencialmente de la del hombre civilizado respecto a educación y a
desenvolvimiento, tenemos que comprender que esta diferencia estriba, sobre
todo, en poder señalar o apreciar las causas verdaderas de los hechos y de los
fenómenos, que es lo que constituye la ciencia, y en una cierta percepción de
los «valores» que se nos señalan como normas o guías de moral y de ética. Pero
en cada una de estas cosas también la mente primitiva tenía sus normas
naturales, que son dignas de la más profunda consideración.
Dejando a
un lado algunas teorías acerca de su origen y de su evolución, podemos suponer
que el hombre prehistórico no era diferente de lo que nosotros encontramos con
frecuencia que es el hombre primitivo: un completo salvaje en sus instintos
animales. En este grado de su existencia se ocupa en procurarse el alimento y
en luchar con sus enemigos con palos y con piedras, en raptar a su mujer y en
guarecerse en cuevas y cavernas, en las que probablemente poseería algunas
precauciones higiénicas, que son instintivas en los animales inferiores. Un
perro lame sus heridas; se esconde y abriga en los huecos de las rocas, si se
siente enfermo o se encuentra herido; anda sobre tres patas, si está cojo;
procura destruir los parásitos de su cuerpo; hace ejercicio y juega para
desarrollar sus fuerzas; busca una postura cómoda para dormir, y determinadas
plantas y hierbas cuando se siente enfermo[1]. No es
ningún absurdo suponer que actos como éstos pueden haber existido como
instintivos en el hombre adulto prehistórico, como existen actualmente en el
niño de nuestra raza actual. «El hombre ha ido encaramándose sobre la forma de
los animales inferiores, dice John Burroughs; pero una vez que ha llegado, ha
subido la escalera consigo.» Nosotros no sabemos dónde y cómo, cuándo y de qué
modo ha ocurrido esto; pero, en cambio, conocemos el primer peldaño de esta
escalera. En la Sala de Antropología del Museo Nacional de Washington (o en
otras buenas colecciones de este género) se pueden ver innumerables muestras de
pequeños objetos de piedra recortada, que son los símbolos del grado de cultura
del hombre prehistórico, sus primeros avances en la senda de la civilización.
Con aquellas piedras, talladas en forma de hoja, en la mano adquirió un nuevo
medio de protección contra sus enemigos, de procurarse y prepararse el alimento
y de construirse otras armas e instrumentos del mismo género, pero mucho más
perfeccionadas. Ahora bien; el punto de vista más interesante respecto de estas
piedras prehistóricas es que ellas han sido encontradas en todos aquellos
puntos en que se han hallado huellas de la existencia humana, cambiando su
forma durante los períodos sucesivos inter-glacial y postglacial, pero
siguiéndole en todas sus emigraciones por la superficie de la Tierra. Aquí,
tallada en forma de lanza o de punta de flecha; allí, como herramienta o
instrumento del trabajo o como objeto de ceremonia, estos primitivos celtas, como
se llaman, han sido encontrados en el lecho de los ríos de Inglaterra, Francia
y Norte América; en las cavernas de Devonshire y de la Dordogna, en las
llanuras de Egipto y de Palestina, en las heladas estepas de Siberia y de
Alaska, y en todas partes presentando formas idénticas. En la primera edad de
piedra (período paleolítico), hasta el período solutreano, las piedras célticas
son más pequeñas, como tenía necesariamente que resultar del tosco y primitivo
trabajo de piedras ovales u ovoideas. Desde la época de la llegada a Europa de
los pueblos de la piedra pre-chelleana, durante el segundo período
inter-glacial, un período de varios cientos de miles de años, cada raza de las
que van sucediéndose tiene su técnica peculiar de recortar la piedra, su
retoque característico; hasta los rudos y bastos coups depoing de
los chelleanos se convierten en las perfectas puntas de flecha en hoja de
laurel del hombre solutreano. Pero en el período magdaleniano las formas son
otra vez toscas; y, finalmente, decaen hasta las imperfectas formas azilianas y
los modelos trapeciformes de los microlitos tardenoisianos[2]. En la
última edad de piedra (período neolítico) se llega a un alto grado de
especialización y de pulimento; pero en forma y en fines, los instrumentos de
piedra permanecen siendo los mismos a través de todos los territorios y de
todos los períodos geológicos. Su empleo con fines quirúrgicos por los antiguos
egipcios, o para la circuncisión ritual de los hebreos en el desierto,
demuestra la extraordinaria veneración con que eran acogidas aquellas piedras
por aquellos pueblos, a causa de su gran antigüedad. En esto tiene tal vez
mayor interés como contribución de los arqueólogos americanos, que el profesor
W. H. Holmes[3] ha
podido demostrar de un modo inductivo (trabajando sobre los métodos primitivos
de astillas y reducir a hojas las piedras) que así entre los actuales indios
americanos como entre aquellos canteros Piney Branch, en el distrito de
Columbia, los procedimientos de trabajar la piedra, y especialmente de hacer
las puntas de flecha en forma de hoja, no son quizá diferentes de los empleados
por el hombre paleolítico, ni tampoco de lo que parecen ser los rudos
artefactos del hombre eolítico. Aparentemente, no existe distinción en espacio
y tiempo en la manera de estar hechos los instrumentos prehistóricos y los
primitivos. De un modo análogo, los etnólogos, como ya hemos dicho, encuentran
que las tradiciones, las leyendas y las supersticiones de los pueblos primitivos
tienen una íntima semejanza familiar en todos los tiempos y en todos los
países.
El punto
común de convergencia de todas las leyendas populares médicas es la noción de
que espíritus u otros agentes sobrenaturales son la causa eficiente de la
enfermedad y de la muerte. La medicina primitiva es inseparable de los modos
primitivos de la creencia religiosa. Si nosotros queremos comprender la actitud
de la inteligencia primitiva respecto del diagnóstico y del tratamiento de las
enfermedades tenemos que reconocer que la Medicina, en el sentido que nosotros
la asignamos, es únicamente una fase de una serie de procesos mágicos o
místicos destinados a procurar el bienestar humano o a alejar la cólera de los
dioses irritados o de los espíritus malignos, a producir el fuego, a provocar
la lluvia, a purificar los arroyos o las habitaciones, a fertilizar el suelo, a
aumentar la potencia sexual o la fecundidad, a prevenir o a alejar las plagas
del campo y las enfermedades epidémicas, y que aquellos poderes, unidos al
principio a alguna persona, ya fuese ésta un dios, un héroe, un rey, un
hechicero, un sacerdote, un profeta o un médico, constituyen el concepto
genérico que tiene el salvaje del «hacer medicina». Un verdadero hacedor de
medicina, en el sentido primitivo, era, análogamente a nuestros peritos
científicos, filántropos y «eficientes ingenieros», un promovedor general de la
prosperidad humana.
En sus
intentos de interpretar los fenómenos de la Naturaleza, el hombre salvaje,
inculto a causa de su inexperiencia, confunde lo primero de todo, la vida, con
el movimiento. Como el Mimo en el Sigfrido de Wagner, él
estaba confusamente asustado del rumor de las hojas en el bosque, del ruido y
de la luz del trueno y del relámpago, del resplandor y del reflejo del fuego y
de la luz del Sol, y él no podía encontrar una relación causal entre un objeto
natural cualquiera y su movible sombra, entre un sonido y su eco, entre el agua
y los reflejos que aparecen en su superficie. Los vientos, las nubes, las
tempestades, los temblores de tierra y todos los restantes ruidos y fenómenos
naturales eran para él la exteriorización y las señales visibles de dioses
malévolos, de demonios, de espíritus o de otros agentes sobrenaturales. Lo
natural era para él lo sobrenatural, y lo mismo sigue ocurriendo entre muchos
de nosotros. Por esta razón, él ha adorado al Sol, a la Luna, a las estrellas,
a los árboles, a los ríos, a los manantiales, al fuego, a los vientos, y
también a las serpientes, a los gatos, a los perros, a los monos y a los
bueyes, y ha llegado a erigirlos piedras y troncos tallados y esculpidos en los
que se representaban aquéllos, pasando de este modo de la adoración de la
Naturaleza a la adoración de los fetiches. Del mismo modo, en sus artísticas
producciones, el salvaje es primeramente animista e ideográfico, tendiendo a
vitalizar los objetos inanimados y prefiriendo reproducir la acción y el
movimiento más bien que a perfeccionar la forma[4]. La
enfermedad, en particular, él se sentía inclinado a considerarla primeramente
como un espíritu maligno o como la obra de un espíritu de ese género, al que
había necesidad de aplacar y de adular, como a las otras deidades, por medio de
holocaustos y sacrificios. Una nueva asociación de ideas le indujo a considerar
la enfermedad como algo producido por un enemigo humano poseedor de un poder
sobrenatural, que él trataba de desviar por medio de apropiados sortilegios y
hechicerías, semejantes a los que emplearía contra el enemigo mismo. Además, su
propia imagen reflejada en el agua, su sombra determinada por la luz del Sol,
lo que él veía en sueños, o en las pesadillas ocasionadas por algún hartazgo,
le sugestionaron la idea de la existencia de un mundo espiritual aparte de su
vida diaria y de un alma aparte de su propio cuerpo, y de este modo llegó a un
tercer modo de considerar la enfermedad, como la obra de los ofendidos
espíritus de los muertos, ya fuesen hombres, animales o plantas. Estos tres
conceptos de la enfermedad son ideas comunes a los grados más inferiores de la
vida humana; porque, como dice Rivers, el orden de las causas naturales puede
decirse, atrevidamente, que existe antes que esas mismas causas. Los salvajes
aceptan voluntariamente, como una regla, las tres explicaciones, persistiendo
largo tiempo en la creencia de la hechicería humana y constituyendo el miedo a
los muertos un rasgo de los aldeanos, y algunas veces de sus descendientes en
los pueblos «civilizados». Los modernos coreanos enumeran sus demonios «por
millares de billones». Entre los salvajes, esas creencias coinciden
generalmente con la ficción o impostura, un grado intermedio entre el
politeísmo y el monoteísmo, que viene a resumir todo en el Ser Supremo o en el
Gran Espíritu, con divinidades inferiores y demonios subordinados. Con el
comienzo de ese shamanismo nosotros llegamos del mismo modo a
la aparición del hombre médico y del doctor brujo o hechicero, donde se resume
una solemne inspección respecto de la enfermedad y de su tratamiento, no
diferente de la del sacerdote con la religión. El hechicero trata la enfermedad
de un modo casi igual a las maniobras psicoterápicas, que aprovecha para
despertar en sus enfermos un estado correspondiente de auto-sugestión. Lo mismo
entre los indios de la América del Norte que entre los samoyedos del Asia, él
considera el mejor método para ahuyentar los demonios de la enfermedad el
adoptar un terrorífico aspecto, cubriéndose con la piel de animales, de tal
modo, que parezca una enorme bestia saltando sobre sus patas traseras,
recurriendo a demostraciones, como gritos, voces destempladas y furiosas, batir
palmas con sus manos, tocar campanillas y cascabeles, e intentando o procurando
extraer el principio activo de la enfermedad por succión a través de un tubo
hueco. Para prevenir un nuevo ataque, o, en otras palabras, para tener alejado
al demonio en lo futuro, él provee a su enfermo de un especial fetiche o
amuleto, que será usado o llevado encima del mismo. Además, algunas fantásticas
cosas serán elegidas para ser hechas o para no hacerlas, como, por ejemplo,
pasar a través de una puerta o saltar por encima de un objeto
intencionadamente; todo ello se considera por él como actos del «hacer
medicina». Nosotros nos sonreímos de estas fases del procedimiento mágico; pero
excepto en lo que a las manifestaciones ruidosas hace referencia, no
encontramos ninguna esencial diferencia respecto de la medicina mental o de la
fe en la curación de nuestros días. En ambos casos se trata de psicoterapia y
de sugestión, y para un salvaje enfermo, el clamor fantástico producido a su
alrededor puede ser concebido, siendo tan activo como los métodos
tranquilizadores y calmantes de la Ciencia Cristiana respecto de los enfermos
nerviosos modernos.
Es
altamente probable que en todas las sociedades primitivas el sacerdote, el mago
y el hombre médico fuesen uno mismo, y que el poder atribuido a ellos ocupase
un rango con valor y la espada como medidas de seguridad de la jefatura y de la
realeza. Cuando estas funciones fueron siendo más especiales y diferenciadas,
la religión llegó a ser la exclusiva creencia y la adoración en algún poder más
grande que el hombre mismo; la magia, una clase especial de procedimientos,
dentro del poder del hombre, con el cual él trata de predecir y de comprobar
los fenómenos naturales, comúnmente para producir el mal, y en oposición a la
fuerza de Dios y de los dioses; y la medicina, el ensayo de llegar directamente
a comprobar aquellos fenómenos naturales que son capaces de producir en el
hombre la enfermedad y la muerte (Rivers)[5]. Así, la
religión, a causa de la inhibición que el hombre ejerció sobre sí mismo para
llegar a ser semejante a Dios, llegó a ser el origen de las leyes y de la
ética; las prácticas secretas de la magia engendraron la Alquimia y otras ramas
de las ciencias físicas y químicas, la Astrología y la Astronomía, mientras que
la medicina primitiva permaneció más o menos tiempo estacionada entre todos los
pueblos, siguiendo constantemente la estela de las otras ciencias, hasta que
pudo utilizar los adelantos realizados por los físicos y los químicos. La magia
negra estaba relacionada con la producción de sequías, hambres, enfermedades,
muertes y otros males; la magia blanca, para alejar aquellos males, o para
producir otros bienes, como hacer llover, producir el fuego, fomentar la
vegetación, etc. La terapéutica llegó a ser, por consiguiente, un modo o manera
de la magia blanca.
La
patología primitiva atribuye la producción de las enfermedades a algo
proyectado dentro del cuerpo de la víctima, a algo llevado sobre él, o al
efecto de la hechicería sobre alguna parte del cuerpo del enfermo o sobre
alguna cosa con él relacionada. La primera categoría corresponde a nuestras
enfermedades infecciosas y tóxicas; la segunda, por ejemplo, la predilección de
los salvajes australianos por la grasa perirrenal de sus enemigos, a las
enfermedades dietéticas (metabólicas) y por deficiencia. La tercera categoría
la define Frazer como magia simpática (acción a distancia)[6],
incluyendo la magia homeopática e imitativa (la acción en y por objetos
semejantes para el bien y para el mal) y la magia por contagio (el efecto
mágico de cosas que han estado algún tiempo en contacto con la persona o que
forman parte de ella). Como parte de este culto, el alma era considerada como
«el animal dentro del animal, el hombre dentro del hombre», un maniquí, una
imagen o el doble; algunas veces, una sombra o reflexión, ausente del cuerpo
durante el sueño; otras, algo vagabundo y errante, capaz de ser extraído del
cuerpo de un enemigo[7] o
de ser depositado en algún punto resguardado para asegurarle la inmortalidad, o
también existiendo como un segundo ser o «alma externa» en diferentes plantas y
animales, de cuyo bienestar depende el bienestar del individuo[8]. Los
«peligros del alma», en la medicina primitiva, eran prevenidos y alejados por
medio de un sistema complejo de prohibiciones (tótems y tabús). En la isla de
Eddystone (Melanesia) casi todas las enfermedades son atribuidas al hecho de
comer frutos de los árboles prohibidos. En otras regiones de la Melanesia las
enfermedades suceden a las infracciones delas ordenanzas «totémicas», como
matar o comerse los muertos (Rivers). Así, la medicina primitiva, la magia y la
religión eran inseparables, aunque, como en el antiguo Egipto, o en algunas
partes de la moderna Melanesia, el arte de curar llegue a especializarse de tal
modo que exista un médico para cada enfermedad.
Dejando a
un lado todo esto relativo al shamanismo (hechicería), los conocimientos
médicos actuales respecto del hombre primitivo son insignificantes. Como nos
indican los estudios sobre el Folklore, la función del hombre
médico era limitada, y el arte de curar no ha podido progresar en tanto que ha
estado sometido a la tiranía de una creencia en lo sobrenatural. Como el
salvaje logra algún adelanto en los conocimientos que obtiene con la
experiencia, es natural que algunos talentos especiales, como el conocimiento
de las hierbas, la colocación de los huesos fracturados o dislocados y la
cirugía rudimentaria, se desarrollasen y se empleasen como talentos especiales
y modos de vivir por ciertos individuos. Juntamente con estos curanderos
naturales aparecieron las inevitables «comadronas», que seguían la terapéutica
de las hierbas y ejercían la asistencia a los partos, y estos especialistas
pronto pudieron apreciar que un cierto número de venenos eran también remedios
en determinadas circunstancias. La Medicina, que Huxley ha calificado tan
atinadamente de nodriza de muchas ciencias, comenzó, en realidad, por esta
burda ciencia de plantas y de venenos de los pueblos primitivos.
El hombre
primitivo miraba a los envenenadores con el mismo horror y repugnancia que
nosotros experimentamos, a causa, como puntualiza Thomas (i), de que el uso del
veneno envuelve la idea de muerte sin la posibilidad de resistencia motora, sin
dar a la víctima la esperanza de una lucha.
Cuando
Ulises destina a Illus para Ephyra un mortal veneno de flecha, éste rehúsa «por
el temor a los dioses inmortales» (Odisea, I, 260). En el festival de la
Thargelia, en la antigua Grecia, dado a los atenienses todos los años en mayo,
dos públicos desterrados eran colocados aparte, con el propósito de azotarlos
con escilas, ramas de higuera salvaje o agnus castas, y, en algunos casos,
muertos a pedradas o arrojados al agua. El testaferro, en este caso, era
llamado el Pharmakos, que significa, por lo tanto, el envenenador, el hechicero
o el mago. Si el verbo del que se deriva la palabra droga (𝜑𝛼𝜌𝜇𝛼κ𝜊𝜈)
significa primitivamente «dar drogas o venenos», o «ahuyentar los espíritus
malignos con soplos», es un asunto todavía discutido. Pero, de todos modos,
parece lo más probable que el primitivo farmacólogo era mirado con recelo.
El
conocimiento que el hombre primitivo tenía de los cuerpos simples medicinales
(plantas y minerales) era exactamente como el de la fase de las drogas de
nuestra terapéutica moderna, extensivo, pero no intensivo y cuando él incurría
en error era, como en nuestro propio caso, debido a la causa que Kant asigna
para todo error humano: la tendencia[9] inveterada
en la mente humana al post hoc, ergo propter hoc. Como muchos
médicos todavía en la actualidad, él tiende a tratar la enfermedad más bien que
el enfermo, no considerando (como nosotros ahora comenzamos precisamente a
considerar) que el efecto dinámico de una droga en el cuerpo del enfermo
depende mucho más de la delicada composición química de aquel cuerpo que de la
composición misma de la droga. Cuando se proponen para una enfermedad muchos
diferentes remedios se piensa, generalmente, que nosotros conocemos muy poco a
propósito del tratamiento de aquella enfermedad, y lo mismo debemos pensar de
una droga que se pondera como panacea o cúralo-todo de muchas enfermedades.
«Escuchando las alabanzas de esas panaceas — dice Peter Krukenberg, el antiguo
clínico de Halle—nos vemos como si estuviésemos actualmente ante la barraca de
un saltimbanqui»[10]. No
estamos nosotros en este respecto mucho más adelantados que aquellos hombres
primitivos. Así, el escrito hierático de los papiros egipcios revela una
materia médica desusualmente extensa, cuyas excelencias han sido ya cantadas
por los poemas homéricos y que ha podido ser duplicada, por lo menos en
extensión, en la materia médica de las viejas civilizaciones como China y el
Japón, y hasta en nuestras propias y voluminosas farmacopeas. Abel y Macht han
demostrado que la antigua creencia europea en la naturaleza venenosa del sapo y
en el poder de su piel seca para curar la hidropesía puede ser explicada por
los dos alcaloides, bufagina y epinefrina, que se han aislado del sapo
americano Bufo aqua. La bufagina (C18 H24 O4)
tiene una marcada acción diurética[11]. Vemos
que los salvajes, en regiones extraordinariamente alejadas unas de otras,
llegan fácilmente a conocer los más terribles venenos de las flechas, curare,
ouabaína, veratrina, boundou, etc., así como también las virtudes de muchas
drogas, como el opio, el cáñamo indio, el cáñamo, la coca, la quina, el
eucalipto, la zarzaparrilla, la acacia, el kousso, la copaiba, el guayaco, la
jalapa, el podofilino y la cuasia. W. E. Safford ha demostrado que los
diferentes rapés narcóticos usados por los indios de la India Occidental y del
Sur de América son todos producto de la Piptadeniaperegrina[12]. No
alejándonos de nuestro propio país, encontramos que los indios de la América
del Norte conocen que el madroño es «bueno» para el reumatismo; la lobelia,
para la tos y los catarros; la infusión de salvia salvaje, las bayas de fresno
espinoso, la cinoglosa y la corteza del sauce, para las fiebres; el saúco, la
cereza silvestre y el zumaco, para los catarros y las anginas; el jengibre
silvestre, el ginseng y la euforbia, para los trastornos digestivos; las
inhalaciones de polea, para el dolor de cabeza; el sasafrás y las hojas de
violeta, para las heridas y los panadizos; y la raíz de sasafrás y de
zarzaparrilla, «como refrescantes y purificadores de la sangre». En 1535-36 el
iroqués, cerca de Quebec, como refiere Jacques Cartier, trataba el escorbuto de
sus tropas, con gran éxito, por medio de la infusión de la corteza y de las
hojas del abeto del Canadá; y el francés, en Onondaga, en 1657, encontró
recomendadas las hojas de sasafrás por la misma tribu como «maravillosas» en el
tratamiento de toda clase de heridas[13]. La
Materia Médica Americana (1780), del viejo Anspach-Bayreuth,
cirujano Schoepf, quien sorprendió con las tropas de Hassan durante la guerra
de la Revolución, demuestra que los colonos anglo-sajones en el Nuevo Mundo
habían aprendido ya muchos secretos de la terapéutica de las plantas del hombre
rojo, para añadirlos a la muy rica medicina popular que ellos traían,
indudablemente, de la vieja Inglaterra. La ciencia popular de las plantas de la
Inglaterra rural comprende también el conocimiento de las virtudes de las
infusiones de manzanilla, de salvia y de diente de león, como laxantes; de la
mejorana y de la raíz de prímula, para el dolor de cabeza; del ajenjo, como
tónico; de la valeriana, para los «nervios»; de la agrimonia y del perejil,
para la ictericia; del cólchico, para la gota; del hinojo, de la Eufrasia y de
la ruda, para el «mal de ojo»; del helecho macho y de las hojas de melocotón,
para las lombrices; del tanaceto, como vermífugo y abortivo; del marrubio, del
malvavisco o de la énula campana confitada, para la tos y los resfriados; de la
dedalera o digital, como «el opio del corazón» y de otras muchas «plantas
vulnerarias», como la brionia, agrimonia, oreja de liebre, lunaria, hiedra
terrestre y rama dorada. Las poesías inglesas y las leyendas populares están
llenas de alusiones al tomillo y a la mejorana, al romero y a la ruda, al
muérdago y al fresno, así como también a los venenos, como la cicuta, el
acónito, la belladona, «el jugo del tejo» y el beleño, que Areteo consideraba
como causa de la locura, y al cual se refiere con la misma idea Shakespeare en
los siguientes versos:
la insana
raíz (el beleño),
Que hace
a la razón prisionera.
El Asphodel o
marrubio se encuentra frecuentemente mencionado en los poemas homéricos como un
bálsamo que calma el dolor de las heridas recientemente producidas, y la misma
tradición se ha conservado hasta la época moderna en los distritos populares
del Lancashire, de Irlanda y de los lagos de Escocia. Kipling ha resumido por
completo este asunto en sus encantadores versos:
El
esmirnio y la caléndula;
La
Eufrasia, el leño de Florencia y la énula campana;
La
albahaca, el jaramago, la valeriana y la ruda,
(Casi
cantando al mismo tiempo que corren);
La
verbena, el marrubio, el nomeolvides;
La
prímula, el trébol, el girasol:
Todo lo
verde que brota de la tierra
Eran
excelentes hierbas para nuestros viejos padres.
En el
empleo de los agentes naturales o físicos contra la enfermedad encontramos que
el hombre primitivo, con sus habitaciones bien ventiladas y su vida ruda, al
aire libre, se encontraba en una situación más favorable que sus hermanos los
hombres civilizados actuales, con frecuencia buscando o encontrando sólo una
violencia. Los indios[14] conocen,
por ejemplo, la importancia de los cuidados de la piel, de mantener libres el
intestino y los riñones, y con este fin, los manantiales, las fuentes termales
y la sudación eran los sucedáneos naturales de los baños turcos. Los eméticos y
los catárticos, seguidos de un baño de vapor y de una sumersión en agua fría, y
con frecuencia de una dosis de un cocimiento de corteza de sauce (salipirina),
eran el sistema terapéutico eficaz seguido por los indios de Norte América en
los casos de fiebre intermitente y remitente; el baño de vapor y la cimicífuga
eran la base principal del tratamiento del reumatismo. Como los antiguos
babilonios, tenían sus períodos fijos para las emesis y catártasis rituales
(por ejemplo, la fiesta del trigo verde); muchos de nuestros abuelos han
seguido el almanaque zodiacal para sangrarse.
El masaje
era de largo tiempo conocido y practicado por los indios, los japoneses, los
malayos y los indios orientales. Según la opinión de Rivers[15], el
masaje ha sido importado a la Melanesia por los náufragos de la Polinesia,
supuesto que en la Polinesia el masaje es, aparentemente, una verdadera medida
terapéutica racional, en tanto que en la Melanesia es más bien algo impuesto
por un rito mágico. El hipnotismo ha sido originado entre los indios; la
inoculación contra la viruela, entre los indios, los persas y los chinos. Lady
Marie Wortley Montagu trajo su idea de la variolización del Este, y ella está
todavía empleada entre las tribus y razas del Norte y del Centro de África
(Arnold Klebs)[16]. Los
antiguos japoneses empleaban las moxas, y los chinos, la acupuntura. Los chinos
de la dinastía mongólica (1260)[17] aprendieron
probablemente el uso de los anteojos de la India, vía Turkestán.
Los anteojos para la nieve han sido empleados por las tribus polares.
La
Cirugía no ha llegado a ser verdaderamente una ciencia hasta los tiempos
relativamente modernos, no tanto por lo que a habilidad individual o a la
especialización de los instrumentos hace referencia, como por la aparición de
los nuevos factores: la anestesia y la antisepsia. En la cirugía primitiva
aparecen ya todos los rudimentos del arte. Los más antiguos instrumentos
quirúrgicos han sido, según todas las probabilidades, no las especializadas
piedras talladas en forma de hoja, o «celtas», a las que ya nos hemos referido,
sino más bien algunos fragmentos excepcionalmente cortantes y afilados en
punta, que se producían por accidente al dividir las piedras en láminas[18], como
las navajas obsidianas del Perú. Podemos admitir que con estas piedras afiladas
o con las espinas de los pescados pudo ser efectuada la sangría, la abertura de
los abscesos, la escarificación de los tejidos, la trepanación del cráneo, y,
ya en un período más avanzado, algunas operaciones rituales, como hemos visto
que se realizaban con los mismos «celtas» primitivos. La trepanación para la
epilepsia y para otras alteraciones cerebrales se remonta hasta los tiempos
prehistóricos, encontrando, como demostración de ello, el que vemos con
frecuencia, colocados a modo de amuleto, sobre una misma persona, varios de los
trozos de hueso quitados del cráneo. Se dice que la trepanación se practica
todavía entre los aimaras de Bolivia y los quichuas del Perú[19], y otra
demostración de ello es la curiosa mutilación crucial a lo largo de las suturas
coronal y sagital, como una práctica usual entre los habitantes de la isla de
la Lealtad, que ha sido conocida gracias a la comunicación del misionero inglés
Rev. Samuel Ella, en 1874[20], y que
Manouvrier encuentra después en los cráneos femeninos de la época neolítica en
el Seineet-Oise, denominándola la «sincipital T» (1895)[21]. Las
heridas del hombre primitivo se curaban con musgo o con hojas secas, con ceniza
o con bálsamos naturales, y cuando estaban emponzoñadas, tratadas por la
succión o por la cauterización. Las ventosas pueden pensarse que las formasen
primitivamente con los cuernos de los animales. Los efectos revulsivos de
alguna herida accidental o de alguna hemorragia, o el proceso natural y
periódico de la menstruación, sugirieron, indudablemente, las ventajas de la
sangría, que ha llegado a convertirse en el áncora de salvación o último
recurso terapéutico a través de las edades. Para la operación de las cataratas
y para abrir un absceso podía bastar con una espina de pescado. Los dayacos de
Borneo emplean una raíz aguzada (pinjampo). En una fase más avanzada del desenvolvimiento
cultural se afilaban en punta los trozos de madera dura, o se les hacía
cortantes, lo mismo que se hacía con las hojas cortantes de piedra. Durante las
edades de bronce y de hierro llega a adquirirse una gran habilidad en los
trabajos metálicos, y el instrumental quirúrgico va correspondientemente
perfeccionándose. En las excavaciones de las habitaciones lacustres de Suiza,
que han sido descubiertas en 1853[22], se han
encontrado diferentes objetos, de culturas diferentes, en las sucesivas capas
del terreno, desde la edad de piedra hasta las edades de bronce y de hierro, y
de ello puede deducirse que el comienzo real de la cultura del Norte de Europa
se debe asignar a los objetos e instrumentos encontrados en La Tène. La frase
«La Tune » simboliza para los antropólogos el punto de mira de los períodos
culturales que siguen a las tres edades del hielo, con sus dos períodos
inter-glaciales, no en razón de que los objetos descubiertos en las
habitaciones lacustres sean necesariamente los objetos de hierro más antiguos
que se conocen, sino porque son los más característicos y representativos de
todos. La Tène está precedida por las edades eolítica, paleolítica, neolítica,
del bronce y la primera del hierro (Halstatt). Los hallazgos de La Tène datan,
próximamente, de 500 años antes de Cristo, de los tiempos de Roma, enteramente
distintos de las culturas egipcia, india y griega, comprendiendo los cuchillos,
agujas, broches, espadas y lanzas de hierro, como los brazaletes, collares y
pendientes de los etruscos o ejemplares de los celtas occidentales, y las urnas
funerales conteniendo restos humanos, demostrando que la cremación era
reglamentaria en los habitantes de La Tène. Algún tiempo después, como, por
ejemplo, en los hallazgos galo-romanos de Francia, nos encontramos el tránsito
a los instrumentos compuestos y articulados, como tijeras, en los cuales el
corte se efectuaba ya por una acción indirecta[23]. Con
estos instrumentos de metal, más perfeccionados, pudieron ya intentarse las
operaciones cosméticas, como el tatuaje; la abertura de orificios para
pendientes en las orejas y en las narices, o la operación de Mica (uretrotomía
externa) y hasta las amputaciones y fitotomías. Los antiguos indios realizaban
ya casi todas las grandes operaciones, excepto la ligadura de las arterias; la
ovariotomía se ha hecho por los naturales de la India y de la Australia, y
Felkin ha sido testigo de una operación cesárea en Uganda en 1878. Ambas
operaciones eran llevadas a cabo por los castradores de cerdos alemanes en la
dieciseisava centuria.
El uso de
una poción soporífera reemplazando a la anestesia es, igualmente, de una remota
antigüedad, como puede verse simbolizado en el versículo veintiuno del segundo
capítulo del Génesis: «Y Dios Nuestro Señor hizo descender un
profundo sueño sobre Adán, y él durmió; y El tomó una de sus costillas y cerró
luego la herida.» Del calmante nenúfar de los egipcios, que la Odisea dice
fue echado por Helena en el vino de Ulises; de la «samme de shinta» del Talmud, del
«blang» de las noches árabes, del «jarabe narcótico» del tiempo de Shakespeare,
de las virtudes soporíferas del opio, del cáñamo indio, de la mandrágora, del
beleño, del estramonio, de la belladona, del lactucario, etc., vemos que han
sido bien conocidos de los orientales y de los griegos[24], y que
en las centurias trece y catorce se recomendaba una mixtura de algunos de esos
ingredientes (oleum de lateribus), que era seriamente
recomendada para la anestesia quirúrgica por los maestros medievales Nicolaus
Salernitanus, Copho, Hugo de Lucca y su hijo Theodorico, en forma de una spongia
somnífera o confectio soporis para inhalación.
Además, el uso de aquellos antisépticos naturales, como la extremada sequedad,
el humo (creosota), la miel, el nitro y el vino, era desde muy antiguo conocido
por los hombres primitivos. En el afán de encontrar un «paraíso artificial» por
medio de los narcóticos y de los tóxicos se recurre al alcohol, al opio, al
hashish o al mescal, cuya prioridad corresponde positivamente al hombre
primitivo, al cual somos también deudores de otros refinamientos, como el te,
el café, el cacao y el tabaco. Es notable que la Medicina sea deudora de muchos
de sus descubrimientos a personas que no eran médicos. Como dice Oliver Wendell
Holmes:
Debemos a
un fraile el saber cómo se usa el antimonio; a un jesuita, cómo se curan las
intermitentes; a un monje, cómo se operan los cálculos; a un soldado, cómo se
cura la gota; a un marinero, cómo se evita el escorbuto; a un administrador de
Correos, el modo de sondar la trompa de Eustaquio; a una lechera, el modo de
evitar la viruela, y a una vieja verdulera, cómo se cogen los ácaros. Hemos
tomado, la acupuntura y las moxas de los paganos japoneses, y nos ha sido
enseñado el uso de la lobelia por los salvajes americanos[25].
En el
campo de la Obstetricia encontramos que la comadrona es una de las más antiguas
figuras profesionales. Los cuidadosos estudios de Engelmann[26] acerca
de la posición durante el trabajo del parto demuestran la tendencia universal
de la mujer primitiva y fronteriza a adoptar las posiciones más convenientes
para ayudar o acelerar el parto. La silla obstétrica, mencionada primeramente
en la Biblia y por los escritores griegos, aparece ya en la
más remota antigüedad, y sigue siendo todavía usada por algunas razas del
Extremo Oriente.
Llegamos
ahora a una fase de la medicina primitiva que se encuentra íntimamente
relacionada con un aspecto mucho más reciente del mismo asunto, a saber: los
aspectos de las supersticiones terapéuticas y el tratamiento actual de las
enfermedades por la influencia del espíritu sobre el cuerpo. Es éste un asunto
que no puede ser tomado irrisoriamente, sobre todo desde el punto de vista de
los modernos charlatanes y de sus sucesores. La conclusión, desde el punto de
vista del hombre primitivo, más aceptable es la que puede deducirse de nuestro
propio modo de pensar.
El
salvaje, no educado, como nosotros hemos visto, piensa que el movimiento, de
cualquier género que sea, es el equivalente de la vida. ¿En qué puede él
diferenciarse de los fisiólogos ultramecánicos, que vuelven al revés esta
ecuación? Sencillamente en esto: en que la inteligencia del salvaje es, como
dice Black[27], un
espejo que lo refleja todo y que no retiene nada. Tan pronto como un objeto ha
pasado de su observación, su imagen desaparece de su visión mental, y cesa de
comprender el motivo de su existencia y hasta de razonar a propósito de él. La
inteligencia primitiva es, como Rowland desdeñosamente dice, «la mente
ordinariamente cultivada o mente legal» esencialmente «discontinua». La
inteligencia científica, por lo menos en su tendencia y en sus métodos, tiene
una inevitable inclinación a confundir el post hoc con
el propter hoc y a tomar lo accidental por lo esencial. Casi
todos los que han vivido en el campo se han familiarizado, por ejemplo, con
muchas supersticiones rurales relativas a las verrugas—que matando o cogiendo
un sapo pueden producirse, y que pueden desaparecer o cambiar de sitio si
alguno las toca con guijarros o si se dicen algunos encantos sobre ellas—, o
con la noción de que el agua de tronchos de col es buena para las pecas, y que
el mal de ojo puede ser remediado con el agua en que el herrero ha sumergido el
hierro puesto al rojo. En algunos puntos de Holanda, si un niño llevando
nenúfares en la mano se cae, se supone que esto le hace propenso a tener
ataques convulsivos. Los lectores de la Evangelina, de
Longfellow, recordarán las palabras referentes al paludismo:
Curado
llevando una araña colgada del cuello en una cáscara de nuez.
En
Norfolk (Inglaterra), esta araña, metida en un trozo de muselina y pinchada
encima de la chimenea, es un remedio para la tos ferina. En Donegal, un
escarabajo en una caja se considera como un remedio para la última enfermedad;
en Suffolk, el meter al niño cabeza abajo en una oquedad de un prado; en el
norte de Lincolnshire, ratones fritos; en Yorkshire, caldo de lechuza; en otras
partes de Inglaterra, montar al niño en un oso; en Escocia, algo que haya sido
sugestionado por un hombre que vaya montado en un caballo pío[28].
Compárense estas supersticiones, por tontas que parezcan, con las que han ido
sucesivamente apareciendo en la historia de la Terapéutica. Una cura de un
enfermo sigue, aparentemente, a la administración de uno de esos remedios o
drogas citados como novedad. Inmediatamente se establece una relación causal, y
el descubridor se lanza a la publicidad con la feliz noticia. Las estadísticas
comienzan a aparecer y llegan a ser muy numerosas, hasta que, más tarde, la
curva de correlación percibida llega a presentar un declive tan insignificante,
que nada positivo puede afirmarse sobre aquel remedio. Este es rápidamente
enviado al limbo de las cosas olvidadas[29]. No
ocurre esto con los remedios populares. La superstición llega a ser, como sus
derivaciones, algo que se mantiene firme; y esto por una importante razón, a
saber: que en muchos casos «la Naturaleza cura la enfermedad, mientras los
remedios están divirtiendo al enfermo»; en otros casos, la curación es, muy
probablemente, producida por la acción del espíritu sobre el cuerpo.
Black, la
principal autoridad inglesa en medicina popular, ha hecho una cuidadosa y
acabada clasificación de las diferentes supersticiones relacionadas con los
males que sufre la Humanidad[30]. Se
incluyen en ella las ideas acerca de la posible transmisión de las
enfermedades, simpatía de parentesco, la posibilidad de reproducción o
regeneración, la acción de algunos agentes accidentales específicos, como
-color, número, influjo solar y lunar, escritos mágicos, anillos, piedras
preciosas, partes de animales inferiores y encantos relacionados con los
nombres de los santos, la doctrina de las plantas, el mal de ojo, el
nacimiento, la muerte y la sepultura. El examinar todo esto es ver claramente que
«las maravillas y prodigios son del alma». Lo mismo que el salvaje ve a Dios en
las nubes y le oye en el viento, sus ascendientes han visto la enfermedad, no
como una cualidad o condición del enfermo, sino como algo material y positivo
que se ha introducido en su cuerpo; un punto de vista sostenido también por
Paracelso. De esta idea se deduce la noción de que la enfermedad puede ser
transmitida de un cuerpo a otro, como Plinio, en su Historia Natural,
pretende que el dolor de vientre puede trasladarse a un perro o a un pato.
Tocar las verrugas con guijarros, curar la mordedura de la serpiente aplicando
las entrañas sangrantes de un pájaro abierto en vida (absorción natural) y la
superstición de los negros de colgar un mechón de pelos del enfermo de un árbol,
con el fin de transmitir los escalofríos y la fiebre del enfermo al árbol, o al
dueño del árbol, son todas formas bien conocidas de esta curiosa creencia. Sir
Kenelm Digby propone el siguiente remedio para la fiebre y las intermitentes: «Cortar
las uñas al enfermo, poner los trozos cortados en un saquito y colgar el
saquito alrededor del cuello de una anguila viva, que se pondrá en un baño de
agua. La anguila enfermará, y el enfermo recobrará la salud»[31].
En la
mitología médica, la doctrina de la transferencia de la enfermedad deriva de la
idea de depuración o purificación (catharsis). El testaferro era comúnmente un
dios, o su representante en forma de una persona, de un animal o de un objeto
inanimado, sobre el cual los pecados del pueblo podían ser descargados. Entre
los aztecas, un ser humano era anualmente sacrificado en lugar de Vitzliputzli
o de otro dios. En el festival de Xipe, el dios desollado, los mejicanos
mataban todos los prisioneros hechos en la guerra, y sus pieles se llevaban al
altar, consagrándolas a este culto. En las saturnales romanas, Saturno estaba
representado personalmente por un hombre que era en seguida muerto. En la
Thargelia griega, como hemos visto, había dos testaferros (φαρμακοι)[32]. El
sacrificio antiguo era algunas veces honorífico (hostia
honoraria), un presente o donativo para el dios; otras veces,
catártico o expiatorio (hostia piacularis), para conciliar la
cólera de los buenos o malos poderes, en cuyo caso solía ser exigido el
sacrificio humano; algunas veces, místico o sacramental, en cuyo caso el dios
se consideraba dividido y era consumido por sus adoradores (Robertson Smith).
En el sacrificio honorífico, el dios y sus adoradores se dividían el
sacrificio, como comensales o «tótem-compañeros» del mismo género de tótem, y
la víctima era algunas veces un animal representante del tótem hostil; otras,
un animal consagrado al dios. En el sacrificio expiatorio, un animal o una
planta tótem podía reemplazar a la víctima humana, y en el sacrificio místico,
el dios estaba representado por un animal o un vegetal similares, y el
participar de su consumo era entrar en comunión con aquél[33]. Con
esta obscura clase de cultos, muy diferentes según los distintos pueblos, viene
a relacionarse la consagración de plantas o de partes de animales consagradas a
los sacrificios, como agentes terapéuticos[34]. El
Katharmata o residuos del sacrificio, comido por los adoradores, era
literalmente «hecho sagrado» por el rito. La costumbre de aquellos tiempos de
«comerse el dios» persiste en la creencia de los actuales aldeanos europeos de
que las hierbas medicinales son espíritus benévolos materializados. En casi
todas las regiones de Europa, las plantas cogidas en la víspera del solsticio
de verano (San Juan) adquieren transitoriamente virtudes medicinales o mágicas[35],
íntimamente relacionada con esta idea de la transterencia estaba la antigua
tradición de la simpatía existente entre partes o cuerpo separados en el
espacio («magia simpática» de Frazer), festivamente referida en la pomada de
las armas de sir Kenelm Digby, que se aplicaba al arma en lugar de a la herida
y con las mismas palabras:
Extraño
hermético polvo,
Que las
heridas nueve mil puntos blancos soldarán
Por el
hábil químico, con gran coste,
Extraído
de un poste podrido.
La idea
de la regeneración material es originaria de los indios (arias) y procede de la
adoración primitiva al poder generador de la Naturaleza, el culto del lingam y
del yoni, cuya forma helenizada se da a conocer de un modo tan sorprendente en
el cuarto libro de Lucrecio. Una hendidura o cavidad de una roca o de un árbol
era considerada como símbolo del yoni sagrado, y los niños (también los
adultos) enfermos de escrófulas, de deformidades de la columna vertebral o de
otras enfermedades se suponía que quedaban libres de estos trastornos si eran
pasados por ellas. Rastros de la forma sajona de esta superstición persisten en
la «piedra hueca», cerca de Lanyon (Cornwall), a través de la cual los niños
escrofulosos eran pasados, desnudos, por espacio de tres veces consecutivas: en
la «aguja del diablo»[36]; en el
lecho del River Dee (Aberdeenshire), que gozaba de la reputación de hacer
fecundas a las mujeres estériles si se metían dentro de él, y en el Crick-Stone
(piedra de calambres^, en Morva (Cornwall), que el atravesarla era considerado
como un tratamiento para todo lo que fuera análogo a un «calambre en el dorso».
Como forma más reciente de esta creencia popular en la magia simpática está la
costumbre descrita por White de Selborne[37], de
pasar a los niños que padecen hernia a través de una hendidura o grieta de un
fresno. En 1804 había uno de estos árboles en la orilla del Shirley Heat, en la
carretera de Birmingham[38]. Todavía
más recientemente, de 1895 a 1896, se describían algunos árboles, a los que se
recurría con aquellos fines en Suffolk y en Richmond Park[39], y
también algún otro análogo en Burlington County (New Jersey). La costumbre
escocesa de pasar los niños atacados de consunción a través de una guirnalda de
madreselvas de los bosques; el rasgo inglés de arrastrarse por un zarzal para
curar el reumatismo; el «ojo de la aguja del árbol» de la isla de Junisfallen
(Killarney), que al ser atravesado asegura larga vida y un feliz alumbramiento
a la mujer embarazada, son mencionados por Black como variedades de esta
superstición. Frazer[40] considera
todas estas prácticas como fases de la magia simpática, asociada a la idea del
«alma externa»; la vida de una persona está unida a la de un árbol o de una
planta.
El color
es un factor de la mayor importancia en la medicina popular, principalmente el
rojo, que los chinos y los neozelandeses consideran como aborrecible para los
malos espíritus, y otros pueblos, como productor de calor; cintas rojas,
collares de cuentas de coral, perlas rojas y fuegos rojos, lo mismo que los
anillos de coral rojo y los cascabeles que se dan a los niños para que los
muerdan, son todas asociaciones supersticiosas, y las virtudes de los trapos de
franela roja, comúnmente arrollados alrededor del cuello, para combatir el
dolor de garganta y la tos ferina, parece que estriban «menos en la franela que
en el color rojo»[41]. El
tratamiento de Finsen por la luz roja para prevenir las marcas de la viruela
era ya, como una antigua creencia popular, conocido por los japoneses y
empleado sucesivamente con éxito por Gilbertus Anglicus, Bernard de Gordon y
por John de Gaddesden, en el caso del hijo de Eduardo II. En opinión de
Valescus de Taranta, el fundamento del tratamiento por la luz roja debe
buscarse en la antigua «doctrina de las señales», en virtud de la cual un
remedio era aplicado por motivo de alguna supuesta semejanza en forma o color
con la enfermedad. Los paños rojos colgando alrededor del enfermo de viruela se
suponía que hacían bajar la temperatura de éste, extrayendo su sangre roja.
La idea
de que ciertos numerales pueden ser sagrados o malignos es de origen accadiano,
y está relacionado con las astrologías babilónica y caldea. De los números
místicos, generalmente impares, el tres y los múltiplos de tres son los más
populares para la suerte, buena o mala; el siete, o uno de sus múltiplos, para
el poder sobrenatural. Hesíodo (Las obras y los días, 765-828)
dice que el primero, el cuarto y el séptimo día del mes son «días sagrados»; el
ocho (4 + 4) y el nueve (3×3), «especialmente buenos para las obras del
hombre»; el doce (3×4) es mejor que el once; el quinto, «adverso y terrible», a
consecuencia de que un cinco las «erinnyas asistieron al nacimiento de
Plorcus»; el décimo es favorable para tener un niño; el cuarto, para tener
una niña; el nueve del primer mes «es un buen día para engendrar o para dar
a luz, tanto un varón como una hembra; nunca es por completo un mal día».
No es, en realidad, sin algún motivo el que haya tres parcas, tres furias,
nueve musas, doce meses y doce signos del Zodíaco, siete días en la semana,
doce horas en el horario, y así sucesivamente. Tres puñados de tierra son
constantemente dejados caer sobre el ataúd en los entierros. Los quirománticos
y los decidores de la buenaventura y otros de este género emplean con gran
frecuencia (como una firma hablada) «nueve por nueve», y los jugadores apuestan
generalmente por los números impares. En Escocia y en Portugal el séptimo hijo
de un séptimo hijo suele ser mirado con horror o veneración, como poseedor de
la doble vista y de otros expuestos atributos.
Remedios
populares semejantes a los que recetan en la Suiza Occidental para las
intermitentes, tomar siete días por la mañana, en ayunas, siete hojas de
salvia, son bastante frecuentes. Valescus de Taranta dispuso su vasta
terapéutica, Philonium, en siete tomos, como una veneración
hacia el número siete. En la medicina china el cinco es un número sagrado. Un
aspecto razonable de la doctrina de los números en la literatura médica es la
doctrina de Hipócrates de las crisis y de los días críticos[42][dies
nefasti], que deriva, probablemente, de las enseñanzas de
Pitágoras, quien, a su vez, se la habría asimilado de las tradiciones populares
de los caldeos. Aquí la doctrina de los números tiene un germen de verdad
científica en el hecho de que existe realmente una cierta periodicidad en
algunas de las manifestaciones de las enfermedades. Las curvas de los raptos,
asesinatos y, en general, «el curso de las acciones violentas» (incluyendo la
guerra), se exageran en las estaciones calurosas. El que algunas enfermedades
epidémicas se recrudezcan en determinados períodos ha dado origen a la doctrina
del genius epidemicus o de las constituciones epidémicas. La
conocida periodicidad de las enfermedades epidémicas de unos a otros años
justifica la vieja superstición de los caldeos de los «años malos» (malus
annus), que iba en la Edad Media asociada con la aparición de algunas
erupciones serpiginosas y vesiculosas del hombre y de los animales (malum
malannum)[43]. Otra
superstición que procede igualmente de la astrología caldea es la de que los
cuerpos celestes tienen alguna influencia sobre las enfermedades. El Sol, la
Luna, las estrellas y los planetas eran considerados como seres animados y
vivos que ejercían un poderoso influjo en la fortuna y la desgracia humanas, y
hasta el diecisieteavo siglo la humanidad europea acudía a los horóscopos (la judicia
astrorum) antes de realizar alguna empresa de momento, y muy especialmente
para determinar el instante adecuado para la sangría, los vomitivos o los
purgantes. La luz de la Luna se suponía ser capaz lo mismo de producir la
locura (lunáticos) que de conferir belleza o de curar las verrugas o las
enfermedades[44]. La
salud, la fuerza y el poder sexual se creía que variaban según crecía o
menguaba la Luna. La menstruación se relacionaba con el ciclo lunar. La luna
llena era un símbolo del libido (White)[45].
Practicar la sangría cuando la Luna y la marea estaban llenas (dies
Ægiptiaci) se consideraba como una mala práctica durante la Edad
Media. El influjo de la Luna se ve también en la vulgar superstición de que la
muerte sobreviene, como en el Falstaff de Shakespeare o el Barkis del David
Copperfield, de Dickens, en el momento de cambiar la marea. Darwin
piensa que la periodicidad, en relación con las mareas, de los fenómenos
fisiológicos en los vertebrados podía ser explicada por el hecho de que ellos
descienden «de animales con antecesores marítimos»[46].
Arrhenius, en sus estudios acerca del influjo que ejercen los fenómenos
cósmicos en el organismo, ha comparado las curvas de natividad, mortalidad,
menstruación y ataques epilépticos con los períodos de máxima y mínima
condición eléctrica del aire[47].
Comparable con la influencia atribuida a las estrellas es la idea, ya
mencionada, de que la enfermedad es una pena o castigo impuestos por los dioses
o por los demonios a la vez, y remediable únicamente por la intervención divina
o diabólica. Los poderes malévolos, a los que pertenecen, de un modo
aparentemente tan incambiable, las ideas de bien y de mal, únicamente pueden
volverse propicios o ser conciliados por medio de los sacrificios, que, como
Jakob Grim ha expuesto, tienen el doblo propósito (como los obsequios hechos a
los políticos) de conservar los poderes en un buen humor, o hacer, cuando sea
preciso, que vuelvan a este buen humor. «El retener el poder espiritual o el
disponer de él y llevarle de nuestra parte—dice William James—ha sido durante
largos espacios de tiempo el único gran objeto de nuestras relaciones con el
mundo natural»[48]. El mito
griego de las flechas y dardos arrojadizos de Apolo; Bhowani, la diosa colérica
de los indios; las muchas divinidades médicas de los romanos; la leyenda de los
indios y de los samoyedos, de las «balas mágicas» (un motivo en Der
Freischütz); el pasaje del libro de Job, en el que el patriarca atribuye
sus sufrimientos a las flechas del Omnipotente; la convicción de Martín Lutero
de que «la fiebre pestilencial y otras graves enfermedades eran males
producidos por nuestras malas obras»; la definición de Cotton Mather, de la
enfermedad como un Flagellum Dei pro peccatis mundi; la imagen
medieval de la muerte como un segador (la «muerte negra» de la canción
alemana); la superstición popular, de que la erisipela (o «fuego salvaje») era
causada por malos duendes: todo demuestra la fuerza de esta creencia,
profundamente arraigada, que sobrevive en los múltiples sermones y plegarias
pronunciados en tiempos de epidemias y pestilencias, a través de los siglos
XVII y XVIII, y se extiende hasta nuestros días bajo diversos aspectos.
Relacionado con esta teoría de la enfermedad estaba el poder benévolo o
malévolo que se concedía a determinadas personas. Un niño nacido en sábado
santo era capaz de curar las tercianas y las cuartanas. Las personas que habían
nacido «con el amnios» se suponían dotadas de la doble vista. El poder curar la
escrófula con el contacto real era una parte o consecuencia del poder divino de
los reyes. En el oeste de Irlanda, la sangre de los Walshes, Keoghs y Cahills
se considera como un remedio infalible para la erisipela y el dolor de muelas[49]. La
legenda médica de los hombres santos, de sus días especiales, de las
enfermedades de que son patronos, las fuentes milagrosas y otras cosas benditas
por ellos son un aspecto especial de este asunto. Se suponía generalmente que
los santos tenían el poder lo mismo de causar que de curar enfermedades,
algunas de las cuales las vemos asociadas al nombre de varios santos. Así, los
nombres de St. Guy, St. Vitus y St. With son eponímicos de la corea; St.
Avertin, St. John y San Valentín son considerados como patronos de la
epilepsia; San Huberto de las Ardennes, el patrón de los cazadores, cura la
hidrofobia, al paso que San Antonio, San Benito, San Marcial y Santa Genoveva
son patronos del ergotismo. Kerler[50] ha
recopilado en un voluminoso tomo la indicación de estos santos patronos
únicamente de la Medicina. Trozos consagrados de pastel (Heil-brote), derivados,
como demuestra Höfler, de las antiguas tortas del sacrificio, eran dedicados a
aquellos santos, y comidos para precaverse de las respectivas enfermedades[51].
Un
notable ejemplo de la creencia en la malevolencia de la personalidad es la
superstición del mal de ojo, que es causa de que los orientales lleven una
media luna de cuerno sobre la frente, como preservativo, y de que los
levantinos crucen sus dedos o introduzcan el pulgar entre los dedos índice y
medio (mano fica).
Esta
creencia, como ha demostrado Seligmann, ha existido desde la más remota
antigüedad, y es común a todas las razas humanas. Mencionado en las
encantaciones asirías y babilónicas, declarado crimen capital en las tablas de
los decenviros romanos (450 años antes de J. C.), este poder de infligir el mal
ha sido atribuido de modo diferente a razas enteras y sectas religiosas, a los
perros, a los lobos y a los animales de la raza felina, a los reptiles y a
criaturas míticas (como el basilisco), a las estatuas y a los objetos
inanimados, a los dioses, a los demonios, a los espíritus y a los seres
sobrenaturales. En la -leyenda purana, Siva destruye una ciudad entera con una
rápida mirada, como Wotan destruye a Hunding en «las Walkirias». Lord Byron,
Napoleón III, la reina Amelia de Portugal, los papas Pío IX y León XIII y el
compositor Offenbach, eran todos temerosos de este poder hipnótico. Según los
escritores romanos, los ojos dotados de este poder eran nistágmicos, estrábicos
o atacados de otras anomalías o enfermedades. Ovidio (Amores, VIII, páginas 15
y 16) atribuye una doble pupila a la hechicera Dipea:
Oculis
quoque pupilla dúplex
Fulminat
et geminum lumen in orbe manet;
y dice
que, mirando con los ojos a los enfermos, se sufre la misma enfermedad:
Dum
spectant oculi laesos, laeduntur et ipsi.
Persius
(II, pág. 34) atribuye malos poderes a los ojos inflamados o rojos (urentes
oculi)[52].
Existe un
intenso prejuicio humano respecto del aspecto extraño, enérgico o repulsivo de
los ojos, como el que depende de alguna verdadera anomalía; así, por ejemplo,
en la fascinatio de los antiguos romanos; en la
estrábica regará lonche de los escritores franceses; en
la jettatura de los corsos; en el mal-occhio de
los italianos; en la mirada turbia de algunos gitanos; en «la mirada fija,
ambigua» que Arthur Symons atribuye a los orientales; en la mirada fija y dura
de los ojos azules de las razas del Norte, a la cual unas líneas de Tennyson
atribuye los efectos de la cabeza de la Gorgona. Nos desagrada siempre una
mirada fija. La frase Sie fixieren mich, mein Herr! ha causado
muchos duelos en Alemania. Tenemos una natural aversión hacia toda persona que
tiene sólo un ojo, a causa de lo que Carlos Dickens ha, tan ingeniosamente,
calificado de «prejuicio popular en favor de dos». Los ojos parcialmente
coloreados, o de diferente color uno de otro, no son nada tranquilizadores. La
ceguera parece haber desenvuelto en algún caso tendencias dudosas en el orden
sexual o en otro sentido. De hechos de este género puede fácilmente
comprenderse cómo la noción del «mal de ojo» ha podido venir o engranarse en
las creencias de las razas orientales y levantinas, en los celtas y en los
negros del África, y, en algunos casos, no completamente sin razón.
Una parte
esencial de la doctrina de la influencia divina o personal es la creencia en
los amuletos y en los talismanes, y, por consiguiente, en los encantos y
hechizos correspondientes que les acompañan. Los amuletos (del árabe harnalet, un
colgante) son, generalmente, objetos que se cuelgan o se aplican al cuerpo de
los enfermos como una salvaguardia respecto de las enfermedades o de otras
desgracias. Entre los amuletos se incluyen muy variados y abigarrados adornos,
compuestos de objetos extraños e incongruentes, tales como trozos de huesos del
cráneo exaudidos por la trepanación prehistórica, adornos de nefrita,
escarabajos egipcios, los grigris de los salvajes africanos, los fetiches de
los de Hayti y Louisiana, dientes de la boca de un muerto, huesos y otros
trozos del cuerpo de animales inferiores,
El dedo
del niño estrangulado al nacer,
Entregado
envuelto en un paño castaño,
de las
brujas de Macbeth; anillos hechos con clavos de ataúd, anillos nupciales de
viudas, anillos hechos con peniques recogidos pidiendo limosna en el pórtico de
una iglesia y cambiados por un trozo de plata después del ofertorio, los
«chelines sagrados» recogidos el domingo de Pascua y los iconos y escapularios
bendecidos por las dignidades de la Iglesia. Tylor ha podido demostrar que los
objetos de bronce de los arneses eran amuletos de los romanos antiguos. En la
interesante exposición de la medicina popular en el Museo Nacional de
Washington[53], un ojo
de gamo, una castaña de Indias (Æsculus flavus), una patata
irlandesa, una pata de conejo, una correa de cuero usada previamente por un
caballo y un trozo de carbón de un arco voltaico son considerados como
soberanos amuletos contra el reumatismo; y, como dice el doctor Oliver Wendell
Holmes en su irónico lenguaje, la eficacia de estos remedios contra el reúma no
está, de ningún modo, reducida sólo a los negros y a los aldeanos de Europa.
Otros amuletos que también figuran en la exposición de Washington son la rótula
de un carnero y un anillo hecho de un clavo de un ataúd, sacado del cementerio,
contra los accesos convulsivos y la epilepsia, y una peonía roja llevada en el
bolsillo, contra la locura, así como las piedras preciosas y raras, para diversas
enfermedades.
Las
leyendas populares respecto de las piedras son de la más remota antigüedad,
siendo una de las más antiguas la expuesta en el Museo de Historia Natural de
Nueva York, descubierta por W. Max Müller en Egipto y relativa a la fumigación
con una piedra verde como remedio contra el histerismo. El doctor Robert
Fletcher[54] ha
demostrado que el «scopelismo», la antigua costumbre de los árabes de apilar
piedras en un campo, además de prevenir el cultivo de la amenaza de la muerte
del dueño, debe considerarse en todas partes como un símbolo del odio de Caín
hacia Abel, del bandido hacia el trabajador, de la barbarie hacia la
civilización. Las leyendas relativas a las piedras de locura, piedras de
serpiente, piedras de ojo y piedras de verrugas son extraordinariamente
numerosas. A los bezoares (enterolitos y otras concreciones del
cuerpo de los animales) se les atribuía el poder de prevenir la melancolía y de
ser antídotos de todo género de venenos, incluso del de la mordedura de las
serpientes. En Inglaterra y Escocia, las piedras huecas (piedras de molino
encantadas, piedras de afilar, etc.) y flechas de duendes (puntas de flecha de
piedra) se montan algunas veces elegantemente y se llevan como colgantes para
que sirvan de protección. Los estudios extensos de Hildburgh[55] sobre
los amuletos españoles indican un alto desarrollo del culto popular respecto
del mal de ojo y de otras malévolas influencias. Todas las campanillas o
cascabeles de que van adornados los caballos, mulos y burros, así como también
los juguetes de los niños y los cuernos, clavos y otros objetos, son comúnmente
montados en plata y contribuyen al adorno personal de los originales españoles
y de los gitanos[56].Las
piedras preciosas han sido estimadas, indudablemente, y en primer término, no
sólo por ser raras y poco frecuentes, sino también por suponérselas dotadas de
poder contra la enfermedad. De las piedras incrustadas en el pectoral del gran
sacerdote, representando las doce tribus de Israel, a las piedras de nacimiento
y piedras de mes de nuestros propios días existe una continuidad de la creencia
en el poder de estos preciosos objetos. Muchas mujeres temen llevar el ópalo;
hay una supuesta fatalidad respecto de las perlas, y el diamante nuevo era
antiguamente un «conservador de la paz» y «preventivo de las tempestades» en la
casa. M. Josse, en L'Amour Médecin, de Molière, opina
ingeniosamente que nada está tan bien calculado para restaurar la salud a una
señora joven que languidece, «como un elegante juego de diamantes, rubíes o
esmeraldas».
Los
talismanes (del árabe talasim) son amuletos u otros encantos
que se guardan cuidadosamente, pero que no es indispensable llevarlos encima.
Es sumamente probable que la mágica autoridad concedida a la propiedad de estos
preciosos objetos les haya otorgado el poder de ser considerados como medios de
posible compra y venta, y sean, en último término, el origen (como en el óbolo
que se entrega a Caronte), o un símbolo de moneda o de riqueza, en el sentido
de acopio o de energía potencial[57]. En los
talismanes se encontraban frecuentemente inscritos encantos o «caracteres»,
como los filacterios hebreos o los versículos de la Biblia, del Talmud, del Koran o
de La Ilíada. Cuando los indios vieron al explorador Catlin
leer el New York Comercial Advertiser creyeron que se trataba
de un papel médico para los ojos enfermos. En la categoría de los encantos
hablados debemos incluir todas las plegarias, encantamientos, exorcismos y
conjuros empleados para combatir la enfermedad, y también las fórmulas mágicas
como Abracadabra, Sicycuma, Erra Pater, Ilax Pax Max y otras análogas.[58] De
este modo, Catón el Censor, que odiaba la medicina griega, se esforzaba en
tratar las dislocaciones repitiendo el siguiente trozo de jerigonza: Huat
hanat istapista sista domiabo damnaustra et luxato. Los encantamientos
del período bizantino imponen una responsabilidad verdaderamente grave sobre
diferentes santos.
Al
considerar todas estas diferentes supersticiones se advierte una consideración
de especial importancia. Es altamente improbable que ninguno de los mencionados
remedios cure actualmente las enfermedades; pero existe, en cambio, una gran
evidencia, del género más fidedigno, de que hay personas enfermas que se curan
sin el auxilio de ninguna cosa. ¿Cómo se curan? Al no aceptar la existencia de
fuerzas sobrenaturales, podemos únicamente recurrir a las vagas explicaciones
«del poder curativo de la Naturaleza», de la tendencia de la Naturaleza de
arrojar al exterior la materies morbi o de conducir el estado
químico inestable al equilibrio, siendo esta última la explicación más
plausible. Pero en muchos casos de naturaleza nerviosa, o en individuos
neuróticos, hay la evidencia indudable de los efectos del espíritu sobre el
cuerpo, y en tales circunstancias es altamente probable que una impresión
sensorial pueda ejercer su influjo sobre los centros vasomotores o sobre las
secreciones internas de las glándulas sin conductos, que producen definitivos
cambios químicos en la sangre o en otros tejidos; cambios que pueden constituir
en algunos casos «una curación». Nosotros sabemos igualmente que también es
posible lo contrario; por ejemplo, en aquellos casos en que han blanqueado los
cabellos a consecuencia de un intenso pesar o terror, o en aquellos otros en
que aparecen convulsiones en un niño de pecho cuya madre ha sido víctima de un
acceso de cólera, de un susto o de otra violenta emoción antes de darle de
mamar. Como Loeb vigorosamente dice: «Desde que Pawlow y sus discípulos han
conseguido producir en el perro la secreción de la saliva por medio de señales
acústicas y ópticas no debe ya parecemos extraño considerar lo que los
filósofos designan con el nombre de «idea», como un proceso que puede causar
cambios químicos en el cuerpo»[59].
Billings ha comparado la sensación que se experimenta al colocar la mano sobre
un objeto frío en una habitación obscura con la que produce la sangre que
«corre fría» cuando uno piensa que aquel cuerpo es un cadáver[60]. Los
importantes estudios de Crile sobre el shock quirúrgico demuestran la íntima
analogía existente entre los síntomas que se producen en el shock y en el
terror intenso y el síndrome de la enfermedad de Graves, especialmente en lo
que hace referencia a las secreciones del cuerpo tiroides y a la destrucción de
las células de Purkinje del cerebelo.
W. B.
Cannon demuestra que en el terror, en la cólera y en la angustia, las emociones
que preparan al animal para la lucha o para la huida, las funciones digestivas
y sexuales son inmediatamente inhibidas, la secreción suprarrenal es
rápidamente vertida en la sangre, se moviliza el azúcar del glucógeno hepático
hasta el punto de poder producir glucosuria, contrarrestando los efectos de la
fatiga muscular y acelerando el tiempo de duración de la coagulación de la
sangre; de este modo se proporciona al organismo una admirable capacidad para
la ofensiva, para la defensa, para la huida y para la reparación de los tejidos
lesionados. Un hombre, en el momento de combatir o de espantarse, es un
fenómeno de las glándulas de secreción interna. El efecto patológico de la idea
sobre el sistema autonómico sacro puede verse en los fenómenos de la perversión
sexual[61]. La
irritación o la depresión mentales exageradas pueden ser causa de dispepsia, de
ictericia, de clorosis o de decadencia general; las manifestaciones externas
del histerismo son innumerables; y es bien conocido lo desfavorable que es para
cualquiera el ir a una operación quirúrgica con la idea de que no se va a salir
bien de ella. Pueden recordarse numerosos casos de personas mentalmente
deprimidas, pero no enfermas en ningún otro sentido, que han pronosticado la
inminencia de su propia muerte, señalándola con absoluta precisión y certeza.
Existe de ello un característico ejemplo en la colección personal del doctor
John S. Billings, en sus lecciones del Instituto Lowell sobre historia de la
Medicina, en 1887[62]. Un
oficial, de una fuerza y una actividad físicas poco comunes, en el mejor estado
de salud, ha sufrido una ligera herida de las partes blandas en la batalla de
Gettysburg. En un estado mental muy deprimido y sobrecogido afirmó que moriría
a consecuencia de la herida, y que moriría al cuarto día. La
investigación post-mortem ha demostrado que todos los órganos
estaban sanos y normales, y que la misma herida era tan insignificante, que
podía ser considerada como un factor despreciable. El concepto filosófico de
Crile de la «anoci-asociación» en Cirugía vuelve sobre estas misteriosas
influencias mentales, cuyo combate constituye la esencia de la psicoterapia.
Personas que se han vuelto dispépticas, biliosas o melancólicas por
persecuciones o por destrucción de sus esperanzas; jovencitas que se han vuelto
cloróticas y mujeres que se han hecho histéricas a consecuencia de desengaños
amorosos, generalmente se restablecen tan pronto como reciben buenas noticias.
Según la hipótesis de Babinski sobre el histerismo, se identifican sus
fenómenos con aquellos que pueden ser producidos en el estado hipnótico. En el
tratamiento de las diferentes neurosis, Charcot era guiado, casi por completo,
por su máxima favorita (de Coleridge): «El que sabe mejor inspirar la
esperanza, ese es el mejor médico»; aforismo que contiene el germen de la
teoría de Freud del psico-análisis—el «auxilio del alma enferma»—, removiendo
las espinas de dolor y de tormento del cerebro, de tal modo, que venga a
restablecerse el enfermo en un estado alegre de equilibrio mental. Estos
procederes han sido utilizados por todos los «médicos naturistas» y curanderos
con diversos grados de éxito, y éste es el secreto de todos los charlatanes,
desde Apolonio de Tyana, Valentina Geatrakes, Cagliostro, «Spot», Ward, Juana
Stevens, Mesmer, James Graham, John St. John Long y el zuavo Jacobo, hasta los
días del dowieísmo y del eddysismo. Es éste también el secreto de la influencia
de la religión sobre la Humanidad, y así llegan a ser el pastor y el sacerdote,
en el verdadero sentido, un médico del alma. En la medicina
práctica el principio ha sido ahora definitivamente establecido en forma de
psicoterapia. La psicoterapia no puede consolidar un hueso fracturado, ni
neutralizar la acción tóxica de los venenos, ni curar una infección específica;
pero en muchas dolencias orgánicas, especialmente del sistema nervioso, sus
aplicaciones son mucho más eficaces y respetables que las de muchas drogas que
se anuncian como específicas en un fantástico número de enfermedades.
Al
terminar esta lección de la unidad de la medicina primitiva, que es sólo un
corolario de la proposición, mucho más general, de la unidad de las leyendas y
creencias populares, hay que afirmar que existen ciertas creencias y
supersticiones que han quedado incrustadas en la Humanidad a través del tiempo
y del espacio, y que sólo podrán ser extirpadas cuando el género de ilustración
general enseñe a todos que prevenir es mejor que curar. La tendencia de la
Humanidad a solicitar la asistencia médica en el momento de enfermedad o de
lesión ha sido comparada con el elemento emotivo de la religión; ambos están
basados en el «instinto, profundamente engañoso, de la naturaleza humana, de
que el alivio de los sufrimientos es un fin que puede lograrse»[63]. Cómo el
elemento sobrenatural en las invocaciones religiosas de la Humanidad en sus
momentos de inferioridad y de debilidad, así en los momentos de sobrecarga
abrumadora y triste hay el retroceso de la Humanidad hacia el pasado; las
supersticiones médicas son simplemente una fase de lo que llama Stevenson
«percepciones ancestrales».
De este
modo, la historia de la Medicina es también la historia de las equivocaciones y
de los errores de la Humanidad. La historia de los avances de la ciencia médica
es, no obstante, la historia del descubrimiento de un número de principios
fundamentalmente importantes, enseñando los nuevos puntos de vista de la
enfermedad, la invención de nuevos instrumentos, procedimientos
y planes, y la promulgación de leyes de higiene pública; todo convergiendo al
gran ideal de la medicina preventiva y social, y todo ello ha sido realizado
por la ardua labor de algunos fervientes obreros de la Ciencia. El desarrollo
de la Ciencia no ha sido nunca continuo, ni siempre progresivo, sino más bien
como la línea tortuosa, ondulante, con que Laurence Sterne trata de representar
la carrera de su fantástica narración de Tristram Shandy. Ideas
de la mayor importancia científica han sido ahogadas al nacer, o cambiadas de
rumbo hacia el callejón sin salida de alguna proposición teológica
intercurrente, o privadas de sus consecuencias y resultados, a causa de la
humana indiferencia, de la estrechez de la mente o por otras circunstancias
accidentales. No hay exageración en decir que la Ciencia está más obligada al
brillante individualismo de unos cuantos espíritus escogidos.
Buckle
sostiene que la ignorancia y el escaso desarrollo de la inteligencia son las
causas del fanatismo y de la superstición, y puesto que esta ecuación es
reversible, podemos considerar esta proposición como verdadera si la aplicamos
a ciertos fanáticos conductores de la Humanidad, salvaje o civilizada, que,
como «moldeadores de la opinión pública», han sido causantes del retardo del
progreso humano. Chamfort dice que ha habido centurias en las que la opinión
pública ha sido la más imbécil de todas las opiniones; pero este reproche no
puede ser completamente adaptado a todos «los complacientes millones de
hombres». La Historia demuestra siempre que la ignorancia y la superstición son
los resultados de la opresión de la Humanidad por los superhombres fanáticos.
En Medicina esto es, algunas veces, una verdad irónica. «No hay nada que los
hombres dejen de hacer—dice Holmes—por recobrar la salud y por salvar su vida.»
Ellos se han sometido a ser medio ahogados en el agua y medio asfixiados por
los gases, a ser enterrados hasta sus barbas en la tierra, a ser quemados con
hierros ardiendo como presidiarios o galeotes, a ser cortados con cuchillos
como el bacalao, a tener agujas introducidas dentro de sus carnes, a aplicarse
fuegos encendidos a su piel, a tragar todo género de abominaciones, y a pagar
por todo esto, como si el ser chamuscados y escaldados fuese un costoso
privilegio, y el producirse ampollas una bendición, y el aplicarse sanguijuelas
un placer. ¿Qué más podría pedirse para probar su honradez y su sinceridad?[64] De
todos modos, en tanto que la falta de ilustración pública en determinados
períodos ha producido la discontinuidad o el estacionamiento en el avance de la
inteligencia, hay señales de que el avance modernamente organizado de las
ciencias podrá producir ricos frutos, gracias a la futura cooperación de la
masa de la humanidad con la profesión médica. Como los antiguos griegos se
elevan sobre la actividad de Empédocles y de Hipócrates, la moderna humanidad
responde hermosamente a las ideas de Jenner, Pasteur y Lister, y desde hace
algún tiempo va presentándose un mayor interés en el adelanto de la Medicina y
de la salud pública, como se manifiesta en los periódicos y en las revistas. El
despertar de la gente, en lo que respecta al interés por la organización y
administración de la higiene pública, es, indudablemente, la esperanza, para un
porvenir no remoto, de la medicina preventiva. Pero, incluso en las mejores
condiciones, es, sin embargo, posible y probable que muchas personas altamente
inteligentes y altamente educadas continúen conservando sus caprichos y
supersticiones, consultando charlatanes y curanderos, y siendo, por otra parte,
responsables de la psicoterapia, del tratamiento abstinente y de la «acción a
distancia». «La medicina popular—dice Allbutt—, no debe dudarse, conduce a la
paz de la seguridad.»
Capítulo
II
Medicina egipcia
El que la
raza humana descienda de diferentes especies o de un solo ascendiente común,
«probablemente arboreal en sus costumbres», es asunto que se pierde en un
pasado inaccesible y obscuro. Los descubrimientos de los restos esqueléticos de
los fósiles humanos de Neanderthal (1856), Cromagnon (1868), Spy (1887),
Krapina (1899), Heidelberg (1907), Le Moustier (1908), La Chapelle-aux-Saints
(1908) y el descubrimiento reciente de Piltdown (Eoanthropus
Dawsoni, 1911) indican que hasta en el período paleolítico o de la
piedra tallada existe ya una diversidad considerable en los caracteres
craneales del género humano, y que en los tiempos prehistóricos el cerebro
humano, desarrollado a expensas de un cuerpo simio, crecía en volumen a la
inversa de éste; lo que, a la ligera, podría considerarse como un dato en favor
del modo de pensar de Virchow y de otros antropólogos alemanes, de que la
Humanidad es diversa en su origen. Pero respecto de si el Pithecanthropus encontrado
en el río Trinil, en Java, en 1891, sea simio o humano, o, como pretende su
descubridor, Dubois, una mezcla de ambos, todas las evidencias craneológicas
parecen demostrar que el hombre prehistórico estaba íntimamente emparentado con
los más elevados monos (antropoides), los cuales son los más inferiores en
estructura; parentesco que ha sido defendido también por la prueba médico-legal
de la «precipitina» o de parentesco de la sangre. Al mismo tiempo, las
diferencias entre el hombre paleolítico y el neolítico son mucho mayores que
las que existen entre los habitantes de la última edad de piedra y las
civilizaciones del Egipto o de la Mesopotamia. La prehistoria comienza con el
origen de la vida antropoide, en el oligoceno; la transformación del
mono-hombre, en el pleioceno; la extinción de los grandes mamíferos y el
amanecer de la vieja cultura de la edad de piedra, en el pleistoceno o período
glacial (Osborn). No hay absoluta certeza de la existencia del hombre antes del
período glacial, y si los instrumentos de piedra han sido realmente tallados en
el período eolítico no es todavía conocido de un modo positivo; pero el hecho
de que los subsiguientes restos hayan sido encontrados incluidos en capas
sucesivas del terreno habla en favor de un gradual e inevitable desarrollo de
la cultura.
En el
último pleioceno, o primer pleistoceno (primer período interglacial), aparece
la raza de Trinil (Pithecanthropus), en el período pleistoceno medio (o segundo
período interglacial), el Homo heidelbergensis; en el último pleistoceno
(tercer período interglacial), las razas de Piltdown y la pre-Neandertaloidea,
y al final del período glacial, el hombre de Neanderthal. Al desaparecer la
raza de Neanderthal aparece la de Cromagnon (Homo sapiens), con su gran cerebro
anterior y mayor inteligencia[65].
En el
período mousteriano[66] [la
edad del cráneo de Neanderthal] el hombre era, probablemente, más parecido al
mono que el salvaje australiano; en el período solutreano debía ser análogo al
boshimano, y era ya bastante hábil en el tallado de la piedra; en el
magdaleniano se parecía a los mongoles y a los esquimales. Los solutreanos y
magdalenianos eran ya fuertes, de cerebro grande, guerreros y artistas hábiles,
que conocían la doma de los caballos, hacían armas especiales, inventaban los
vestidos y ejecutaban las pinturas murales más sorprendentes y más realistas, a
la vez que los grabados en piedra, hueso y marfil. El que las civilizaciones
egipcia y sumeriana estaban más cerca de estos pueblos de lo que se pensaba
antiguamente parece demostrado por las recientes investigaciones y excavaciones
de las cuevas. Uno de los hechos más interesantes de estos descubrimientos
modernos es el de que la artritis deformante, o gota reumática, un hallazgo
patológico muy frecuente en las momias egipcias, es idéntica a la «gota de las
cuevas» (Hohlengicht), que Virchow ha encontrado en los huesos
del hombre y de los osos prehistóricos, y que es también muy común en los
esqueletos de los habitantes de los bosques de la Germania primitiva. Los
instrumentos de piedra tallada, de época indeterminada, que se han encontrado
cerca de Fayum y en otros puntos sobrepasan a todos los restantes en la
delicadeza de la forma y de la talla. El hecho de que el cuchillo de piedra
tallada neolítica continúe usándose en Egipto en el embalsamamiento de los
muertos viene a relacionar esta civilización, ya tan compleja, con la época
prehistórica.
Es
posible que muchas fases de la cultura egipcia se hayan extendido al Nuevo
Mundo por un proceso mecánico de emigración.
Elliot
Smith sostiene que, entre el año 2800 y el 900 antes de J. C., en conjunto,
curiosamente característico, de la cultura había sido transportado por el
comercio y la navegación desde Egipto a todo el litoral del Mediterráneo, y
después del año 900 antes de J. C., por los navegantes fenicios, a la India;
desde allí, a la Malasia, Indonesia y Melanesia, y últimamente alcanzaron las
costas de América, experimentando en su camino muchas modificaciones y
adiciones en los diferentes puntos que iban atravesando. Esto recibe el nombre
de cultura heliolítica, incluyendo la religión del Sol y sus símbolos; la
construcción de los monumentos megalíticos y la erección de las imágenes
gigantescas de piedra; la práctica de la momificación o el embalsamamiento de
los muertos, realizada también entre los indios de Norte América (H. C.
Yarrow); la práctica del tatuaje (miss Buckland); la de agujerear las orejas
(Park Harrison); la del masaje (W. H. R. Rivers); la de la circuncisión, etc.
Esta
peculiar cultura; los elementos fantásticos de la misma, que nunca hubieran
podido nacer espontáneamente en localidades situadas a tanta distancia, han
debido influir en la civilización de Minos, en la isla de Creta, después del
año 2800 antes de J. C.; desde el 900 antes de J. C. los navegantes fenicios
han debido ser los intermediarios, en tanto que los barcos gigantes de Malasia
y Polinesia venían a poner en relación el continente de Asia con el de América.[67]
Nuestras
principales fuentes de conocimiento sobre las primitivas fases de la cultura
médica de Egipto son los papiros de Londres (Wrezinski), de Westcar (Lesser,
Berlín), de Brugsch (el gran papiro de Berlín), el de Ebers (Leipzig) y el de
Hearst (Filadelfia); pero todavía en fecha anterior a ellos existen ciertas
pinturas grabadas en los pilares de la puerta de una tumba en el cementerio
cercano a Memphis y descritas por su descubridor, W. Max Müller, como siendo
las pinturas más antiguas que se conocen representando operaciones quirúrgicas
(2500 años antes de J. C.)[68]. Aun
cuando nosotros tengamos razones para pensar que los egipcios nunca han llevado
la Cirugía hasta el extremo de abrir el cuerpo humano, sin embargo, en esas
pinturas existen claras e inconfundibles representaciones de la circuncisión, y
hasta posiblemente de intervenciones quirúrgicas en las extremidades y en el
cuello; las actitudes y las inscripciones jeroglíficas anejas indican que los
pacientes estaban soportando grandes dolores. Aparte de ésta, no hay ninguna
otra demostración de la Cirugía, salvo en las tablillas encontradas en los
miembros de las momias de todos los períodos. La anatomía y la fisiología de
los egipcios ofrecen un carácter sumamente rudimentario.
El
botiquín de una reina egipcia de la onzava dinastía (2500 años antes de J. C.),
conteniendo vasos, cucharas, drogas secas y raíces, constituye otro importante
hallazgo[69]. Existe
también una inscripción de una tumba próxima a la pirámide de Sakarah, que
demuestra ser el último refugio de un práctico muy distinguido que prestaba sus
servicios a la quinta dinastía de los Faraones, aproximadamente en el año 2700
antes de J. C. «I-em-hetep» («El que viene en paz») era un semidiós médico, el
Esculapio de los egipcios[70], de la
tercera dinastía (4500 años antes de J. C.), que fue en seguida adorado y tuvo
un templo erigido en su honor en la isla de Philae. Es el médico más antiguo
que se conoce. Un fragmento de papiro de la segunda centuria después de J. C.,
encontrado en las exploraciones egipcias y recientemente publicado, demuestra
que él era adorado hasta en tiempo de Micerino[71]. Una
estatua del médico Jwte, de la decimonona dinastía (1320-1180 años antes de J.
C.), se encuentra en el Museo Imperial de Leyden[72].
Además de
los jeroglíficos, que aparecían generalmente grabados o pintados en piedra,
como los escritos pintados de los salvajes americanos y australianos, los
egipcios empleaban unos escritos cursivos (escritura hierática y demótica),
generalmente inscritos en trozos delgados y cocidos de papiro. Los más antiguos
de éstos son los escritos ginecológicos y veterinarios de la Colección Petrie
de Kahun (decimotercia dinastía). El más importante de los papiros médicos es
el que ha sido encontrado por Georg Ebers en Thebas en 1872, que data,
aproximadamente, de 155 años antes de J. C. Consta de 110 páginas, de escritura
hierática o cursiva; el texto, en letras negras; las rúbricas, en rojo. El
mismo Ebers supone que es un trozo del libro sagrado o libro hermético de Thoth
(Mermes Trismegistus), el dios luna, que, como Apolo en Grecia, era una
especial deidad de la Medicina[73]. Esta
suposición no ha podido ser comprobada ulteriormente, y el papiro de Ebers, con
sus notas marginales y comentarios, se considera hoy como una simple
recopilación[74].
Comienza con un número de encantamientos contra las enfermedades, y sigue una
larga serie de enfermedades en detalle, con unos 700 remedios diferentes para
las mismas. Las partes más interesantes son extensas secciones consagradas a
los ojos y a los oídos, y las descripciones de la enfermedad Ā Ā Ā, la
enfermedad U H A y la Huedu (tumefacción dolorosa) cuyas tres enfermedades han
sido, según la opinión de Joachim, identificadas con los diferentes grados de
la infección por la filaria (clorosis egipcia)[75], El
largo número de remedios y prescripciones citado en el papiro demuestra la
terapéutica tan extraordinariamente especializada ya en la dieciseisava
centuria antes de J. C.; pero no puede, de ningún modo, sostenerse que los 700
extraños remedios indiquen ningún especial adelanto en el arte de curar.
Nosotros no encontramos empleadas aquellas drogas selectas, como el opio, el
eléboro, el beleño, etc., que más tarde habían de emplear con habilidad y
discernimiento los médicos griegos, sino que la terapéutica egipcia tenía que
ser necesariamente más limitada, a causa de que los médicos egipcios eran, como
más adelante veremos, estrechos especialistas, dedicándose cada uno a una
especial enfermedad, o sólo a las enfermedades que afectasen a una parte del cuerpo.
Se encontraban mencionados muchos minerales y algunos simples vegetales; las
sales de plomo y cobre, la escila, el cólchico, la genciana, el aceite de
castor y el opio, y, como en algunas enciclopedias de los siglos XVII y XVIII,
estas substancias entraban en composiciones con otros sucios ingredientes, como
la sangre, los excreta, la grasa y las vísceras de aves, mamíferos y reptiles.
Una favorita pomada de los egipcios para la calvicie estaba compuesta de partes
iguales de grasa de león, de hipopótamo, cocodrilo, ganso, serpiente y de
cigüeña. Otra consistía sencillamente en partes iguales de tinta de escribir y
líquido céfalo-raquídeo. Una untura para los ojos se componía de antimonio
triturado en grasa de ganso. Además, se empleaba para la conjuntivitis una sal
de cobre. Una cataplasma para la supuración se componía con partes iguales de
harina de dátiles y salvado de trigo, bicarbonato sódico y simiente de
achicoria.
La parte
más interesante del papiro de Ebers es la última sección de todas, que trata de
los tumores. Aquí, como en la descripción de la enfermedad Ā Ā Ā, encontramos
algo que se aproxima a las exactas descripciones clínicas de Hipócrates, y
algunos han llegado a suponer de esta débil semejanza, que el padre de la
Medicina era deudor al Egipto de gran parte de sus conocimientos. Algunos
preceptos éticos de los antiguos médicos egipcios son muy análogos al juramento
de Hipócrates en sentimiento y expresión, y éste ha sido el único punto en que
se ha querido apoyar el hecho de que la medicina prehipocrática de Grecia tenía
un origen común con la medicina de Egipto. Hay, sin embargo, un marcado punto
de divergencia, a saber: que la más remota medicina egipcia estaba enteramente
en manos de los sacerdotes, al paso que la medicina griega, incluso en el
tiempo de la guerra de Troya, se ve ya libre por completo de la dominación
sacerdotal; la Cirugía, en particular, era frecuentemente ejercida por los
reyes de las guerras de Homero. Nuestras principales autoridades acerca del
estado de la medicina egipcia durante la quinta centuria antes de J. C. son
Heródoto y Diodoro Siculus. De Heródoto aprendemos las costumbres higiénicas de
los egipcios, los dioses de su religión, sus ideas acerca de la Medicina y sus
métodos de embalsamar los muertos. «El arte de la Medicina—dice Heródoto—está
dividido entre ellos del modo siguiente: cada médico se dedica a una sola
enfermedad y nada más. En todas partes hay numerosos médicos; unos son para los
ojos; otros, para el oído; otros, para los dientes; otros, para los intestinos,
y otros, para otras enfermedades internas»[76]. La
práctica médica se encontraba rígidamente prescrita en el Libro
hermético, de Thoth, y si la muerte de un enfermo resultaba de la
desviación del tratamiento establecido en estas líneas, se consideraba como un
crimen capital. Aristóteles, escribiendo cien años más tarde, dice, en su Politica, que
los médicos estaban autorizados a modificar el tratamiento después del cuarto
día si el enfermo no había experimentado mejoría[77]. Los
vestidos sencillos y los baños frecuentes, entre los egipcios, eran apropiados
al clima subtropical de su patria y no al de Grecia. «Se purgan—dice
Heródoto—todos los meses durante tres días seguidos; tratan de preservar su
salud por medio de eméticos y enemas, porque suponen que todas las enfermedades
a que el hombre está expuesto proceden del alimento que usa. Y, verdaderamente,
en otros respectos, los egipcios, inmediatamente después de los habitantes del
Líbano, eran el pueblo más higiénico del mundo, y yo creo que depende de las
estaciones, porque no estaban expuestos a los cambios»[78]. Este
modo de pensar del antiguo historiador no concuerda con la gran frecuencia con
que apreciamos las artritis reumatoideas en las momias egipcias, probablemente
producidas por la exposición a un clima tan húmedo durante las inundaciones del
Nilo. La exposición que hace Heródoto del embalsamamiento egipcio parece ser, a
la luz de todas las recientes investigaciones, auténtica y segura[79], y
demuestra que los egipcios conocían ya las virtudes antisépticas de la sequedad
extrema y de algunas substancias químicas, como el nitro y la sal común. El
cerebro era primeramente extraído a través de las ventanas de la nariz con un
hierro encorvado en forma de gancho, y la cavidad del cráneo se limpiaba de los
restos que pudiera contener por medio de lavados con diversas drogas; el
abdomen era incindido con un afilado cuchillo de piedra, eviscerado, lavado con
vino y hierbas aromáticas y lleno de mirra, cassia y especias, y la herida,
cosida. El cuerpo era sumergido por espacio de setenta días en cloruro sódico o
bicarbonato sódico, y después lavado y envuelto por completo en vendas de hilo
untadas en seguida con goma. Después era colocado en un ataúd de madera,
modelado con la forma humana, y depositado en la cámara fúnebre con cuatro
jarros canópicos conteniendo las vísceras. Como en nuestros indios del Norte de
América, el espíritu partido era provisto de alimentos, bebidas y otros objetos
convenientes, constituyendo todo ello un especial ritual del Libro de
la Muerte, que todo egipcio aprendía de memoria; una especie de
Baedeker para el otro mundo. Según Diodoro Siculus, el «paraschistes» que hacía
la incisión inicial con el cuchillo de piedra era mirado con tal aversión, que
era perseguido con maldiciones, apedreado y tratado más duramente aún, si se le
cogía. Por otra parte, el «tarichentes» que evisceraba el cuerpo y le preparaba
para la tumba era reverenciado como perteneciente a la clase sacerdotal. Pero
todo esto no era, probablemente, más que una parte ligera del ritual. Sudhoff
ha publicado recientemente algunos interesantes grabados representando los
característicos cuchillos de piedra y los ganchos de hierro usados en los
embalsamamientos egipcios[80], y
Comrie, en un interesante número de los Archivos de Sudhoff[81],
describe como siendo probablemente los instrumentos quirúrgicos más
antiguamente conocidos del Egipto (próximamente 1500 años antes de J. C.) tres
cuchillos de cobre con mango ganchudo o encorvado encontrados en una tumba
cerca de Tebas. Son modelos característicos de la edad de bronce. Elliot Smith
y Wood Jones han descrito los efectos de las tablillas de fibra de palma
empleadas en el tratamiento de las fracturas, dando resultados
sorprendentemente buenos con poco acortamiento[82].
La
paleopatología de Egipto ha sido investigada primeramente por Fouquet en 1889.
En 1907, el Gobierno egipcio proyectó una inspección arqueológica de la parte
de la Nubia, que fue inundada consecutivamente a la erección del dique de
Assuam. Las fases antropológica y patológica de la investigación fueron
encomendadas al profesor G. Elliot Smith, con el auxilio de Wood Jones y de
otros[83]. Los
boletines de esta investigación, con delicados atlas conteniendo las placas que
cubren las momias de todos los períodos, desde el predinástico al bizantino,
demuestran que la sífilis, el cáncer y el raquitismo eran desconocidos; que la
artritis reumatoidea, una afección regional y no racial, era, «por excelencia,
la enfermedad de los huesos del antiguo Egipto y de la Nubia»; que los dientes
de los habitantes del período predinástico eran uniformemente buenos, como se
puede también deducir de los toscos y groseros alimentos encontrados en los
intestinos, y de los depósitos de tártaro y de las caries, que también la
verdadera gota (dando las reacciones del ácido úrico) fue siendo mucho más
frecuente en el Nuevo Imperio cuando se crearon costumbres más regaladas y
lujosas. No había caries en los dientes de la primera dentición de los niños
del período predinástico, y cuando en ellos aparece la caries va seguida de la
formación de abscesos que sobresalen de los alvéolos, demostrando que los
egipcios no poseían los más ligeros rudimentos del arte de dentista. Se han
encontrado pruebas evidentes de enfermedades de la apófisis mastoides, de
adherencias del apéndice, de adherencias pleuríticas, de fusión del atlas al
occipital a consecuencia de espondilitis deformante, de necrosis de los huesos,
de necrosis de los huesos del cráneo femenino a consecuencia de llevar en la
cabeza jarros de agua y de heridas mortales del cráneo. De las fracturas, las
del cráneo y las del antebrazo (en un sitio uniforme, cerca de la muñeca) eran
las más comúnmente observadas, y probablemente causadas al parar el golpe
dirigido al cráneo con el Naboot. Las fracturas del fémur eran más frecuentes
que en la actualidad; pero, en cambio, no se observaban fracturas de la rótula,
y pocas de la porción inferior a la articulación de la rodilla; esta inmunidad
resultaba probablemente de la locomoción con los pies desnudos y de la ausencia
de pavimentos resbaladizos y de guijarros. De un modo análogo, el escaso número
de fracturas de la mano y de la muñeca sugiere la falta de violencia en la
maquinaria.
Elliot
Smith y Ruffer, en una muy interesante monografía, han descrito un genuino caso
de mal de Pott en una momia de la vigésimo primera dinastía (unos 1000 años
antes de J. C.)[84]. El
examen histológico, por Marc Armand Ruffer, demostró la existencia de una
espondilitis deformante; nódulos de Bouchard, bazo febril, cálculos biliares,
calcificación y ateroma de las arterias en varias momias, y una erupción
semejante a la viruela en una momia de la vigésima dinastía (1200-1100 años
antes de J. C.)[85]. La
parálisis infantil parece representada en una estela de la decimoctava
dinastía, en el Clarksburg Glypiotek, de Copenhague[86]. Muchas
estatuitas egipcias antiguas en bronce o de barro barnizado representando los
dioses Bes y Phtah son exactas representaciones de acondroplasia (Charcot)[87].
El mayor
interés de la medicina egipcia estriba en su proximidad y en sus relaciones con
la medicina griega. Las referencias de Homero al arte con que los médicos
egipcios componían drogas hace pensar en que la palabra «Química» deriva
de Chemi (la «tierra negra»), el nombre antiguo de Egipto, de
donde la ciencia era designada con el nombre de «arte negro». Indudablemente,
los antiguos griegos aprendieron mucho, tanto de Medicina como de Química, de
aquellos sabios antepasados, a través del mar, de quienes dice Solón que su
pueblo era «meramente infantil, locuaz y vano, no conociendo nada del pasado»;
que era, además, hábil en la metalurgia, en el tinte, en la destilación, en la
preparación de los cueros, en hacer el cristal, jabones, aleaciones y amalgamas,
y que en los tiempos de Homero conocía probablemente más anatomía y terapéutica
que los helenos. Sin embargo, mucho antes del período alejandrino la
civilización egipcia había quedado ya estacionada en absoluto, y por lo que a
la Medicina hace referencia, los egipcios tenían que ir a aprender de los
griegos[88]. Como
los dioses egipcios—el Thoth, con cabeza de perro o de cigüeña (el Hermes
egipcio); el Pacht, de cabeza de gato, sus deidades del parto; el Horus, de
nariz en pico de ave; el cornudo Chnum; el velado Neith de Sais—permanecen
siendo los mismos, al paso que la mitología griega era una continua y constante
evolución de divinas figuras de belleza permanente y de interés humano, del
mismo modo la medicina griega estaba destinada a ir más allá que la medicina
egipcia y la oriental, como positivamente la poesía, la escultura y la
arquitectura griegas han sobrepujado los esfuerzos de aquellos pueblos en los
mismos artes. Véase, por ejemplo, los estudios de Sudhoff sobre los papiros
griegos del período alejandrino (Studien z. Gesch. d. Med.
Puschmann-Stiftung, números 5 y 6, Leipzig, 1909).
Capítulo
III
Medicina sumeriana y oriental
En
el Génesis leemos que Nimrod era «un poderoso cazador ante el
Señor», y que el «origen de su reino eran Babel y Erech, y Accad y Calneh en la
tierra de Shinar». La tierra de Shinar (Shumer, o «Sumer») era la parte
colocada al sur de Babilonia, comprendiendo la estrecha zona de terreno entre
el Éufrates y el Tigris hasta el golfo Pérsico y la porción situada al norte de
Babilonia y que lleva el nombre de Accad. Los soberanos de Babilonia y los
conquistadores asirios se titulaban constantemente «reyes de Sumer y de Accad».
Antes de la llegada de los babilonios se supone que existía una raza original,
no semítica, o raza sumeriana, próximamente entre los 4000 y 3000 años antes de
J. C., y a la que se atribuye la fundación de la civilización moderna, la invención
de la escritura pictórica y el desarrollo de la Astronomía. Otros suponen que
la escritura cursiva de los sumerianos, que, como la escritura china, va
dirigida de derecha a izquierda, no era, en resumen, mas que una especie de
Código cifrado usado por la dominadora raza semítica. En uno y otro caso, la
Mesopotamia ha sido el punto de partida de la civilización oriental, de la que
son indudablemente los babilónicos los principales fundadores. Eran instruidos
en las ciencias matemáticas y en la Astronomía; crearon el sistema decimal de
numeración, de pesos y medidas; hicieron las divisiones del tiempo, del año en
doce meses, de la semana en siete días, de sesenta minutos y segundos en la
hora y en el minuto, respectivamente, y dividieron el círculo en 360 grados.
Inventaron las inscripciones cuneiformes, escribían de izquierda a derecha,
poseían grandes conocimientos en ciencias militares, en táctica y en el arte de
la guerra, y eran hábiles artistas en música, arquitectura, cerámica,
fabricación del vidrio, tejidos, alfombras, etc. Layard ha encontrado lentes
plano-convexas en sus exploraciones de Nínive.
Es sabido
que la Astronomía es la más antigua de las ciencias, y en todas las viejas
civilizaciones la encontramos aplicada como astrología a los asuntos prácticos
de la vida. Este es un carácter esencial de la medicina de los sumerianos o
accadianos. Guerras, epidemias, hambres, sucesiones de monarcas y otros asuntos
de las vidas pública y privada eran estudiados en íntima relación con la
precesión de los equinoccios, los eclipses, cometas, fases de la Luna y
estrellas, y otros acontecimientos meteorológicos y astronómicos, y de estas
coincidencias fatalistas se deducía que algunos números eran fastos o nefastos.
De este modo, la astrología y la interpretación de los augurios coincidían en
el pronóstico, y, como en todas las antiguas civilizaciones, el primer médico
de Babilonia era un sacerdote, o el primer sacerdote, un médico. La inspección
de las vísceras, una parte esencial de los augurios, condujo a la inspección de
las orinas, y entre los caldeos, esta inspección agorera era concentrada
especialmente en el hígado, del cual se han encontrado modelos en terracota de
tres mil años de antigüedad, divididos en casillas y adornados con
inscripciones proféticas. En Ezequiel (XXI, 21) leemos:
«Cuando el rey de Babilonia llegó a la división del camino, para elegir cuál de
los dos debía seguir, recurrió a la adivinación: hizo llevar sus flechas,
consultó con imágenes, miró en el hígado. Neuburger hace notar cómo el interés
sacerdotal en los presagios ha conducido a la colección y colocación de
observaciones clínicas, como las relativas a la expresión facial, a los
aspectos de la orina y de la saliva, a la salida de la sangre en la sangría y a
otros signos que eran usados como indicios o síntomas de recobrarse la salud o
de muerte; y continúa diciendo que el paso inmediato en la dirección del
adelanto científico consistirá en la eliminación de lo sobrenatural de la
materia[89]. Este
paso, desgraciadamente, es y ha sido el más difícil de dar en el razonamiento
médico. Así, nosotros vemos que los médicos de Babilonia consideraban la
enfermedad como la obra de los demonios, que abundaban en la tierra, en el aire
y en el agua, y contra los cuales se recitaban largas letanías y frases
mágicas.
En 1841,
sir Henry Layard, durante sus excavaciones del baluarte de Kouyunjik, enfrente
de Mosul, en la situación de Nínive, descubrió la gran biblioteca, de unos
30.000 ladrillos de arcilla, reunidos por el rey Asurbanipal de Asiria (668-626
años antes de J. C.), biblioteca que se encuentra ahora en el Museo Británico.
De unos 800 ladrillos médicos de esta colección-archivo, que probablemente
constaría de 100.000, es de donde se deriva principalmente todo lo que sabemos
acerca de la medicina asirio-babilónica. En la lectura de Morris Jastrow[90] de
aquéllos se echa la culpa de todo a los demonios (nuestros gérmenes morbosos),
siendo éste el concepto etiológico de los asirios; el diagnóstico se fundaba
probablemente en la simple inspección de los enfermos, auxiliada Con el
recuerdo asociativo y con la terminología; el pronóstico (iatromancia) era la
adivinación o agorerío por la inspección del hígado (hepatoscopia), presagios
de nacimiento, presagios de enfermedad, signos astrológicos y portentos; la
terapéutica consistía en exorcismos con un rito especial, del que formaban
parte la exhibición de remedios vegetales; el arte mágico formaba parte de la
profilaxis. Por la hepatoscopia los caldeos aprendieron la estructura del
hígado, y las reproducciones de éste en barro constituían mejores muestras de
ilustraciones anatómicas que las representaciones medievales del hígado
lobulado. Modelos análogos del hígado han sido encontrados en la antigua
Hittite, situada en el Asia Menor, e hígados etruscos en bronce, datando del
siglo m antes de Cristo, han sido encontrados cerca de Piacenza. El hígado,
como origen de la sangre, era considerado el punto de residencia del alma, y
como quiera que el Dios mismo se identificaba con el animal sacrificado, mirar
el hígado de éste era tanto como mirar dentro del alma del animal y de la
inteligencia del Dios. Los presagios del nacimiento, que han sido especialmente
estudiados por Dennefeld[91] y
Jastrow, han enseñado la pseudociencia de la fisiognomía y quiromancia y han
estimulado al estudio y conocimiento de las deformidades y anomalías del feto y
del adulto. Todas las posibles fases del parto y las anomalías del feto
(Monstra) eran consideradas como signos y presagios de la suerte futura de la
persona, siendo los fenómenos que se esperan de la nueva vida como nacidos de
la otra. Un órgano anormalmente grande (monstrum per excessum) o una anomalía
en el lado derecho eran considerados como un presagio de poder y de éxito en lo
futuro. Un órgano anormalmente pequeño (mostrumper defectum) o un defecto en el
lado izquierdo señalaban debilidad, enfermedad y ruina. Los presagios del
nacimiento indicaban tanto lo individual como lo sobrehumano y lo inferior. Los
ritos de exorcismo y las letanías para echar fuera las enfermedades influyeron
en la medicina de los egipcios, de los indios y de los chinos, y esta
influencia fue llevada hasta la medicina de Siria y, a través de ella, al Islam
y al Cristianismo medieval. Eran conocidas más de cien drogas, cuyas dos
grandes divisiones, shammu y abnu, representaban, respectivamente, según el
modo de pensar de Jastrow, las substancias orgánicas e inorgánicas. Los
remedios sucios, impuros (Dreckapotheke), estaban probablemente destinados a
producir disgusto en los demonios existentes dentro del cuerpo. La rumiación,
el ácido del estómago, el reumatismo, las neuralgias y las afecciones cardíacas
se encontraban descritas en los ladrillos arcillosos. Las enfermedades del
hígado y las afecciones de los ojos constituían la nota característica de la
patología caldea, lo mismo que de la arábiga. Sudhoff[92] interpreta
los conceptos bennu y sibtu como epilepsia y contagio (ataque por los
demonios), y en la Edad Media el ataque epiléptico era considerado como un
contagio.
Los
comienzos de la práctica médica entre los habitantes de Babilonia se describen
por Heródoto del modo siguiente: «Ellos sacan sus enfermos a la plaza del
mercado cuando no tienen médico; entonces, todo el que pasa cerca de la persona
enferma habla con ella a propósito de su enfermedad; así se averigua quiénes
han sido afligidos con la misma dolencia o han visto otras personas padeciendo
lo mismo; de este modo, los que pasan conferencian con aquél y le advierten si
han recurrido al mismo tratamiento que él y han curado de la misma enfermedad,
o si han visto curar a otros. Y no era permitido pasar en silencio junto a la
persona enferma sin averiguar lo relativo a la naturaleza de su padecimiento»[93].
Con los
de Babilonia, como hace notar finamente Montaigne, «todo el pueblo era el
médico». Ellos llegarán eventualmente a aquel grado en que, como en el Egipto,
se tiene un médico especial para cada diferente enfermedad.
Si ellos
han llegado más allá de aquel grado es cosa que no podemos afirmar; pero sí
hemos aprendido en el código Hammurabi (2250 años antes de J. C.) que la
profesión médica había adelantado extraordinariamente en la estimación pública
en Babilonia, siendo pagada con recompensas apropiadas, cuidadosamente
prescrita y regulada por las leyes. Así, diez siclos de plata eran los
honorarios establecidos para el tratamiento de una herida o para la abertura de
un absceso de los ojos con una lanceta de bronce, si el enfermo era un
«caballero»; si se trataba de un hombre pobre o de un criado, los honorarios
eran de cinco y de dos siclos, respectivamente. Si el doctor causaba al enfermo
la pérdida de la vida o de la vista se le cortaban las manos, si se trataba de un
noble, o tenía que devolver los honorarios, si era un esclavo. Se deduce de
todo esto que los médicos de Babilonia poseían esclavos, y algunas veces,
operadores para las cataratas. Aquí, como siempre, ha sido la Cirugía la que ha
dado el primer paso en la verdadera dirección. La medicina interna, tanto entre
los persas como entre los babilonios, se ocupaba principalmente en tratar de
lanzar fuera los demonios causantes de la enfermedad. Un objeto votivo
encontrado en Susa (Persia) tiene un conjuro contra los mosquitos. Un sello
cilíndrico, de la colección de Pierpont Morgan, tiene el «símbolo mosca»
emblemático de Nergal, el dios de la Mesopotamia, de la enfermedad y de la
muerte[94]. Algunos
adelantos en la higiene pública se habían realizado, como los fosos del inmenso
desagüe de Babilonia, cuyos modelos, exhibidos en la Exposición de Dresde,
demuestran que ellos conocían la disposición más apropiada para el desagüe.
Íntimamente
relacionada con la medicina sumeriana, por lo que al tiempo hace referencia,
está la medicina del pueblo judío, por la relación establecida por la
cautividad asiria (año 722 antes de J. C.) y la cautividad de Babilonia (604
años antes de J.C.).Las principales fuentes de conocimiento de la Medicina son
la Biblia y el Talmud. La primera nos da
únicamente alguna luz respecto de los asuntos que esperamos encontrar, en los
detalles de una legendaria historia narrativa. En el Antiguo Testamento la
enfermedad es una expresión de la cólera de Dios, que se puede combatir
únicamente por medio de la reforma moral, de las oraciones y de los
sacrificios; y es Dios el que confiere ambas, la salud y la enfermedad. «Yo no
te infligiré ninguna de aquellas enfermedades que yo he llevado sobre los
egipcios, porque yo soy el Señor que te cura a ti» (Éxodo, XV,
26). Los sacerdotes actuaban como policía higiénica en relación con las
enfermedades contagiosas; pero no hay en la Biblia ninguna
referencia especial de que los sacerdotes actuasen como médicos. Estos
constituían una clase especial, de la que leemos, por ejemplo, que José «mandó
a sus servidores, los médicos, que embalsamasen a su padre» (Génesis, L,
2); que el rey Asa consultó a los médicos por el Señor y «durmió con su padre»
por sus dolores (II Crónicas, XVI, 12 y 13), o que si dos
hombres pelean y uno de ellos es herido o lesionado hasta el punto de guardar
cama, el otro «deberá pagar por la pérdida de su tiempo y trabajará por él
hasta su completa curación» (Éxodo, XXI, 19). Los profetas,
por otra parte, realizaban frecuentes milagros, como los de Elías y Elíseo,
despertando de la muerte a los niños. La curación de los padres de Jordán por
Elíseo (II Reyes, II, 22) es un buen ejemplo del concepto
antiguo, primitivo del «hacer medicina», como lo son también las referencias al
uso del hisopo como un agente de Catarsis, de purificación o de
lustración (Salmo LI, R, Éxodo, XI, 22; Levítico, XIV,
4-7, 49 y 52) y el ritual de trasladarla lepra a un pájaro (Levítico, XIV,
1-8). Un notable ejemplo de la relación existente entre la cólera divina y la
eficacia de la oración se encuentra en el caso de Ezequías, que «enfermó hasta
morir» y pidió al Señor que pusiese su casa en orden, y volvió su cara hacia la
pared; sus plegarias fueron atendidas por el profeta Isaías, que, por mandato
divino, ordenó que una masa de higos se aplicase a la parte enferma, con lo
cual resultó que Ezequías recobró la salud (II Reyes, XX,
1-8). Aparte de los médicos y de los altos sacerdotes, que actuaban como
oficiales de sanidad pública, existían comadronas profesionales, que se
encuentran mencionadas en los casos de Raquel, de Tamar, y especialmente en la
interesante referencia al uso en el antiguo Oriente de la silla obstétrica: en
el primer capítulo del segundo libro del Éxodo, donde Faraón
manda a ¡as comadronas que maten todos los niños judíos del sexo masculino,
«cuando vosotras vayáis a ejercer el oficio de comadronas con las mujeres
hebreas y las veáis a ellas sobre las sillas». Impresiones maternales
constituyen el asunto de la segunda mitad del trigésimo capítulo del Génesis, en
el cual Jacob refiere a Labán acerca del engaño que el último le ha hecho con
motivo de Lía y Raquel, engañándole en un método de producción de crías
manchadas y tiznadas, hábilmente explicable por la ley de Mendel. Los sueños
eran realmente considerados como «visiones de la cabeza», como emanaciones del
cerebro (Daniel, IV, 5-13; VII, i). El uso del primitivo
cuchillo de piedra en la circuncisión ritual es referido en el segundo libro
del Éxodo (IV, 25), en el cual Zipporah, la viuda de Moisés,
«coge una piedra afilada y corta el prepucio de su hijo». En Josué (V, 2), Dios
manda a Josué, el sucesor de Moisés, que haga cuchillos afilados y efectúe la
circuncisión de los niños de Israel nacidos después del éxodo de Egipto. Este
es el único procedimiento quirúrgico mencionado en la Biblia; pero
el uso del vendaje arrollado en las fracturas se encuentra referido en Ezequiel (XXX,
22) del modo siguiente: «Hijo del hombre, Yo he roto el brazo de Faraón, rey de
Egipto; y he aquí que no será contenido hasta que esté curado; ponedle una
venda, vendadlo, hacedle fuerte para tener la espada.» Las heridas eran
curadas, como en todos los pueblos antiguos, con aceite, vino y bálsamos. La
acromegalia, con dedos supernumerarios, se encuentra descrita en el caso del
hijo de Goliat, de Gath (II Samuel, XXI, 20; I Crónicas, XX,
6); la epilepsia es mencionada (Números, XXIV, 4), y los
efectos de la embriaguez, descritos (Proverbios, XXIII,
20-35). De las diferentes enfermedades referidas en la Biblia, las
más importantes son la lepra, la «llaga permanente crónica» y las graves plagas
que atacaron a Israel, especialmente la peste de Baal, en la que perecieron
24.000 (Números, XXV, 9). Sin embargo, estas enfermedades se
encuentran tan vagamente aludidas, que es imposible identificarlas con algunas
de las equivalentes de nuestros días. Los modernos dermatólogos discuten, por
ejemplo, si la lepra bíblica (zaraath)[95], de la
que Naaman se curó sumergiéndose él mismo «siete veces en el Jordán», y que fue
transformada (en el sentido popular) en Gehazi, de tal modo, que «él salió de
su presencia un leproso tan blanco como la nieve», era en realidad psoriasis.
Por otra parte, Ivan Bloch y otros sostienen que las plagas venéreas
mencionadas en la Biblia (Baal-peor y las otras) no son
iguales a las actuales lúes y gonorrea[96]. Una
plaga después de comer codornices es mencionada en el libro de los Números (XI,
31-33). Altamente significativo es el episodio de Ahaziah (II Reyes,
I, 2), el que, cuando enfermó, envió a Ekron a ver a Belcebú para saber si
podría restablecerse, a causa de que, conforme a la opinión de Josephus, aquel
dios era, análogamente al griego Zeus Apominos, el «apartador de las moscas».
Las serpientes de fuego, mencionadas en el libro de los Números (XXI,
7), pueden haber sido los dracunculus, y Castellani sostiene
que la enfermedad con «hemorroides» a que se alude en el libro de Samuel (V,
6; VI, 4 y 5) era la peste bubónica, a causa de que «las ratas morían y
corrompían la tierra»[97].
El
interés principal de estas enfermedades bíblicas estriba en los notables
esfuerzos que se realizaban para prevenirlas. Los antiguos hebreos han sido, en
realidad, los fundadores de la profilaxis, y los grandes sacerdotes eran
verdaderamente policías médicos. El libro de los Levíticos contiene
severas órdenes respecto de los objetos impuros o contaminados, de las
substancias convenientes para la alimentación, de la purificación de la mujer
después del parto, de la higiene de la misma durante el período menstrual, de
la condenación de las perversiones sexuales y de la prevención de las
enfermedades contagiosas. En los notables, capítulos del diagnóstico y
profilaxis de la lepra, de la gorronea y de la leucorrea (Levítico, XIII-XV),
se dan las prescripciones más eficaces y de sentido común para la separación de
los enfermos, la desinfección (hasta el punto de raspar las paredes de las
casas o de destruirlas por completo) y el viejo rito mosaico de quemar los
vestidos de los enfermos y otras medidas análogas. En la Edad Media todavía
permanecían en vigor estos preceptos del Levítico, por lo que
a los leprosos hacía referencia. ¿Quién dejará de admirarse al ver la severa
disciplina hebrea en lo tocante a la higiene sexual, que, siempre rigurosa,
insiste en la exogamia, pone un dique a las perversiones y rodea la figura de
la mujer buena y virtuosa con una peculiar aureola de respeto, que se ha
conservado en todas las naciones civilizadas hasta la época moderna?[98]. La
institución del descanso semanal en el sábado ha dado a la Humanidad, cansada
del trabajo, una especie de asidero permanente para poder persistir en su obra.
En resumen: la principal gloria de la medicina bíblica estriba, como ha hecho
notar Neuburger, en la institución de la higiene social como ciencia. Hasta qué
punto eran estimados los médicos entre los antiguos hebreos, se ve resumido en
el expresivo lenguaje de Jesús, hijo de Sirach (180 años antes de J. C.):
1. Honor al
médico según tú necesites de él, con los honores debidos a él: Porque
verdaderamente el Señor le ha creado a él.
2. Desde lo
más alto viene la salud: Y desde el Rey, él puede recibir un veneno.
3. El arte
del médico mira con confianza sobre su cabeza: Y en el suspiro de los grandes
hombres él será admirado.
El Talmud es
esencialmente un libro legal que data de la segunda centuria después de J. C.,
y la información a propósito de la medicina judía contenida en él es, en
resumen, de un carácter más detallado y definitivo que el que nosotros
esperaríamos encontrar en las narraciones medio legendarias de la Biblia. Su
rasgo más interesante es la luz que proporciona acerca de la anatomía y cirugía
de los últimos judíos y sobre el conocimiento de los signos de la post-mortem, que
los hebreos adquirieron por la inspección de los animales destinados a la
alimentación. La anatomía de todo género, antes de los tiempos de Vesalio, no
era más que un tejido de fragmentos y de trozos aislados, y la anatomía judía
no constituye ninguna excepción de la regla general. Sólo se menciona en
la Biblia algo referente a las partes del cuerpo, y estas
referencias son, en general, tan vagas y poco precisas como las de La
Ilíada. En el Talmud, el número de huesos del esqueleto se
calcula, de un modo variable, entre 248 y 252, y de ellos, uno, el hueso luz,
que se suponía estar situado de alguna manera entre la base del cráneo y el
coxis, era considerado como el núcleo indestructible por el cual el cuerpo
sería levantado de entre los muertos el día de la resurrección. Este mito, que
las modernas autoridades rabínicas suponen haber sido originado del antiguo
rito egipcio del «entierro de la columna vertebral de Osiris», ha sido
censurado por Vesalio en un notable capítulo de su Fábrica[99]. En
el Talmud se exponen importantes conocimientos del esófago,
laringe, tráquea, las membranas del cerebro y los órganos de la generación. El
páncreas recibe el nombre de «dedo del hígado», y su estructura, como la del
bazo, riñones y medula espinal, es frecuentemente mencionada, pero no descrita.
Se piensa que la sangre es el principio vital, idéntica al alma, y que el
corazón es esencial para la vida. La respiración es comparable a la combustión.
Se señalan los efectos de la saliva sobre los alimentos y los movimientos
agitadores del estómago, y el hígado es considerado como elaborador de la
sangre. Entre los hebreos, la carne de los animales enfermos o lesionados era
considerada siempre como impropia para la alimentación; y las autopsias hechas
en los animales degollados en las carnicerías para determinar si eran kosher y trepha,
dieron una luz acerca de las apariencias patológicas, que nunca llegaron a
tener los griegos. Se apreciaron la hiperemia, la degeneración caseosa y los
tumores pulmonares, así como también la atrofia y los abscesos de los riñones,
y la cirrosis, y la necrosis del hígado. La cirugía del Talmud comprende
la usual «cirugía de las heridas», con su tratamiento por medio de las suturas
y vendajes, aplicaciones de vino y aceite, y la idea del refrescamiento de los
bordes de las viejas heridas para asegurar una más perfecta unión de las
mismas. La sección de las venas, la sangría y las ventosas eran conocidas, y
antes de proceder a la mayor parte de las operaciones se administraba una droga
hipnótica (samme de skinta). La operación cesárea, la escisión
del bazo, las amputaciones, la trepanación y la operación del ano no perforado
en el recién nacido, eran conocidas, así como también el uso de la sonda y del
espéculo uterinos. Las dislocaciones y fracturas eran reducidas y sostenidas;
se empleaban miembros artificiales y dientes postizos[100]. No está
demostrada la existencia de una educación médica especializada entre los
hebreos antes del período alejandrino, y los médicos hebreos aislados no han
llegado a adquirir una particular prominencia hasta la Edad Media, y más
especialmente aún hasta el período moderno.
Del mismo
modo que los hebreos han alcanzado la más alta elevación entre los pueblos
orientales, en lo que hace referencia a higiene, los antiguos indios han
sobrepasado a todas las naciones de su tiempo en cirugía operatoria. En el más
antiguo documento sánscrito, el Rig Veda (1500 años antes de
J. C.), y en el Atkarzva Veda, la Medicina es completamente
teúrgica, y el tratamiento consiste en los usuales hechizos y encantamientos
contra los demonios de la enfermedad humana, o contra sus agentes, las brujas y
los hechiceros. En el período brahmínico (800 años antes de J. C., 1000 después
de J. C.), la Medicina estaba por completo en manos de los sacerdotes brahmanes
y de sus discípulos, y el centro de la educación médica se encontraba en
Benares. En una inscripción en una roca de la India, el rey Asoka (unos 226
años antes de J. C.) recuerda la erección del hospital en aquel punto, y los
registros cingaleses indican la existencia de hospitales en Ceylán en los años
437 y 137 antes de J. C. Los hospitales indios y ceylaneses existían igualmente
hasta 368 años después de J. C. Los tres textos para aprender la medicina
brahmínica son: el Charaka Samhita; un compendio hecho por
Charaka (en la segunda centuria después de J. C.) de una obra más antigua de
Agnivera, basada en las lecturas de su maestro Atreya (sexta centuria antes de
J. C.)[101];
el Susruta (quinta centuria después de J. C.), y el Vagbhata (séptima
centuria después de J. C.). De ellos, el más notable es el Susruta,
cuya obra, llevando el mismo nombre, es el gran almacén de la cirugía aria. La
medicina india era particularmente débil en su anatomía, que consistía en una
enumeración puramente fantástica de partes inimaginables del cuerpo, como 360
huesos, 800 ligamentos, 500 músculos, 300 venas, y así sucesivamente. La
fisiología india suponía que el proceso vital estaba actuando por el aire (por
debajo del ombligo), por la bilis (entre el ombligo y el corazón) y por la
flema (por encima del corazón), de las que se derivan los siete principios
próximos: quilo, sangre, carne, grasa, huesos, tuétano y semen. La salud
consiste en una relación cuantitativa normal entre estos elementos próximos o
constituyentes primitivos; la enfermedad, en el desconcierto entre sus
proporciones apropiadas. Las enfermedades estaban, a su vez, minuciosamente
subdivididas; el Susruta enumera más de 1.120, que son
clasificadas en dos grandes divisiones: de enfermedades naturales y
supernaturales. El diagnóstico era cuidadosamente hecho, incluyendo la
inspección, palpación, auscultación y el uso de los sentidos especiales. La
semiología y el pronóstico combinan la observación aguda con las vulgares
observaciones populares. Como ejemplo puede citarse la descripción, muy clara,
del Susruta, de la fiebre palúdica, que es atribuida a los
mosquitos, o el pasaje del Bhagavata Purana, que aconseja a
los habitantes abandonar sus casas «cuando las ratas caen desde los tejados, se
mueven continuamente y mueren», por ser presumible una peste. La diabetes millitus esencial
era reconocible como Madhumeha u «orina de miel» (Jolly), y
sus síntomas, sed, aliento fétido y languidez, eran anotados (W. Ebstein). En
terapéutica, una dieta y un régimen apropiados eran cuidadosamente detallados,
y se empleaban los baños, los enemas, los eméticos, las inhalaciones, los
gargarismos, la sangría y las inyecciones vaginales y uretrales. La materia
médica de la India era particularmente rica. Susruta menciona
60 plantas medicinales, de las cuales eran nativas el nardo, la canela, la
pimienta, el cardamomo y el azúcar. Se prestaba una atención especial a los
afrodisíacos y a los venenos, y particularmente a los antídotos de la mordedura
de las serpientes venenosas y de otros animales. Jolly menciona unas 13 bebidas
alcohólicas. Los efectos soporíferos del beleño y del cáñamo indio eran
conocidos, y su empleo en cirugía parece ser, de acuerdo con Burton, de una
gran antigüedad. El Bower M. S., un valioso
documento sánscrito en corteza de abedul (quinta centuria antes de J. C.)
encontrado en las ruinas de Minga i (Turkestán), comprado por el lugarteniente
Bower en 1890 (editado por Hoernle), corresponde en muchos puntos con las
drogas populares del Susruta y del Charaka. Contiene
un notable ditirambo en alabanza del ajo (Allium sativum)[102]. La
parte quirúrgica del tratamiento en la India alcanza, como hemos dicho, el
punto más elevado que ha podido lograr en la antigüedad. El Susruta describe
próximamente 121 instrumentos quirúrgicos diferentes, incluso escalpelos,
lancetas, sierras, tijeras, agujas, ganchos, sondas, catéteres, mandriles,
fórceps, trocares, jeringas, bujías y un espéculo rectal[103]. Estaban
hábilmente provistos de mango y de articulaciones; los instrumentos quirúrgicos
estaban lo bastante afilados para cortar un cabello, y cuidadosamente
preservados del polvo por la envoltura de franela y la caja. Los indios parecen
conocer las operaciones más importantes, excepto el empleo de las ligaduras.
Ellos amputaban los miembros, y contenían las hemorragias por la cauterización,
el aceite hirviendo o la compresión. Trataban las fracturas y las luxaciones
por medio de un vendaje especial hecho con mimbres de bambú, que ha sido
subsiguientemente adoptado por el ejército inglés como «patentadas tablillas de
caña de las Indias». Los indios efectuaban la litotomía (sin sonda acanalada),
la operación cesárea, la escisión de tumores, y reducían la hernia del omento a
través del escroto. Su modo de extraer las cataratas ha sobrevivido hasta los
días presentes, y eran especialmente hábiles en la práctica de los injertos de
la piel y en otras fases de la cirugía plástica. Su método de rinoplastia ha debido
ser, probablemente, aprendido de los cirujanos árabes viajeros, y así
transmitido por las familias privadas, como los Norsini, de generación en
generación hasta el tiempo de Tagliacozzi. Los indios eran especialmente
hábiles en su método de enseñar la cirugía. Consideraban la importancia de una
incisión rápida y bien hecha en las operaciones sin anestesia, y hacían que el
estudiante lo practicase primero en las plantas. Los tallos huecos del lirio
acuático o las venas de las anchas hojas eran punteadas y seccionadas, así como
también los vasos sanguíneos de los animales muertos. Calabazas, pepinos y
otros frutos blandos, o sacos de cuero llenos de agua, eran abiertos o
incindidos en lugar del hidrocele y de otras enfermedades de cavidades huecas.
Se usaban modelos flexibles para los vendajes, y las amputaciones y otras
operaciones plásticas eran practicadas en animales muertos. Aprendiendo así, el
estudiante adquiría facilidad y seguridad en el operar, en el «paso por medio
de los movimientos»; los indios eran maestros de muy recientes secretos en el
aspecto didáctico de la cirugía experimental[104].
Aun no
está perfectamente dilucidado si los indios influyeron en la medicina de los
griegos antes del tiempo de Alejandro el Magno, o si ellos mismos fueron
influidos por éstos; pero lo cierto es que en el tiempo de la expedición de
Alejandro a la India (327 años antes de J. C.), sus médicos y cirujanos gozaban
una bien merecida reputación por su superior conocimiento y habilidad. Algunos
escritores han defendido que Aristóteles, que vivió hacia esta época, había
tomado muchas de sus ideas del Oriente.
Con la
conquista por los mahometanos, la medicina india pasó bajo el influjo de la
dominación arábiga, y virtualmente cesó de existir. Su única supervivencia en
nuestros días consiste, aparentemente, en las prácticas vedánticas en
los diferentes swamis y mahatmas, que
ocasionalmente visitan estos países, y cuyo extraño culto ha hecho perder el
juicio a muchos de sus perturbados discípulos de América. Es muy interesante
hacer notar cómo los tres ingleses que más han procurado colocar el hipnotismo
sobre la base de una terapéutica práctica—Braid, Esdaile y Elliotson —,
indudablemente han traído sus ideas y algunos de sus experimentos de su
contacto con la India.
La
medicina china es, como lo hubiera sido nuestra propia medicina si hubiera
seguido hasta nuestros tiempos guiada por las ideas medievales, absolutamente
estacionada. Su literatura consiste en un gran número de obras, ninguna de las
cuales tiene la más ligera importancia científica. Sus características son: la
reverencia a las autoridades, el formalismo petrificado y un pedantesco exceso
de detalles. La anatomía china admite 365 huesos en el cuerpo humano, de los
que el cráneo posee, según algunos sistemas, uno solo, y según otros, ocho en
el sexo masculino y seis en el femenino. La laringe venía a abrirse en el
corazón; la médula espinal, en los testículos; el pulmón tenía ocho lóbulos; el
hígado, siete. El bazo y el corazón son los órganos de la razón. Cada órgano
está relacionado con un color, sabor, estación y momento del día; tiene un
padre, y amigos y enemigos. El corazón es el hijo del hígado; el hijo del
corazón es el estómago; su amigo, el bazo; su enemigo, el riñón; el rojo es su
color; el verano, su estación; recibe al mediodía (Welch). Con un conocimiento
tan imperfecto de la estructura y de la función del cuerpo humano, no podía
existir una verdadera cirugía, especialmente tratándose de un pueblo cuyas
convicciones religiosas eran contrarias al derramamiento de sangre y a la
mutilación del cuerpo. La castración era, en realidad, la única operación que
llevaban a cabo, y al paso que ellos usaban las ventosas secas y el masaje, no
empleaban, en cambio, la sangría, que reemplazaban por las moxas y la
acupuntura. Las moxas, introducidas en la práctica europea en el siglo XVII,
consisten en pequeños conos combustibles que se aplican sobre la piel y se
encienden. La acupuntura consiste en la introducción en la piel tensa de finas
agujas de oro o plata, que se introducen haciéndolas descubrir movimientos
giratorios. Ambos procedimientos han sido empleados con el propósito de
contener la irritación en la gota y en los padecimientos reumáticos. Los chinos
eran maravillosamente hábiles en el masaje, y han sido los primeros en emplear
los ciegos como masajistas. Han sido los que más antiguamente han conocido la
identificación por medio de las impresiones digitales (dactiloscopia). La
patología china se caracteriza por un excesivo cúmulo de detalles; por ejemplo:
diez mil variedades de fiebre o catorce géneros de disentería. En el
diagnóstico concedían una gran importancia al pulso, cuyas variedades son
minuciosamente subdivididas e investigadas por el tacto en diferentes puntos de
la arteria radial de cada mano, con los dedos colocados como cuando van a
tocarse las teclas del piano. De este modo, seis series de datos pulsátiles
eran obtenidas, que venían a ser relacionados con los diferentes órganos y sus
enfermedades. Michael Boyrn, un misionero jesuita en China, que ha sido el
primero en escribir una doctrina china del pulso (1666), ha dado láminas del
modo peculiar de tomar el pulso los chinos. Su obra ha sido resucitada y
publicada por el médico-botánico Andreas Cleyer (1686). En su propia
compilación (1682), Cleyer da grabados en madera ilustrando la doctrina china
del pulso y la semiología de la lengua, y además 30 láminas de la anatomía
china y de otras fases de la sinología médica. La materia médica china es de
una desusada extensión, y comprende algunas drogas bien conocidas, como el
jengibre, el ruibarbo, la raíz del granado, el opio, el acónito, el arsénico,
el azufre y el mercurio, (para unciones y fumigaciones en la sífilis), y
algunos remedios repugnantes, como partes de las excreciones de los animales.
El Hsi Yuan Lu, el libro oficial de texto en China, desde hace
centenares de años, para la medicina forense, contiene algunas observaciones
empíricas de venenos (Wu Lien-Teh). El antiguo conocimiento que poseían los
chinos de la inoculación contra la viruela, lo han aprendido, probablemente, de
la India. Resúmenes anuales estadísticos de las enfermedades se encuentran ya
establecidos en el Chon Li (1105 años antes de J. C.); buenos
preceptos higiénicos son expuestos en otros libros de 700 años antes de J. C.
El I Chin Ching es un manual bien conocido de cultura física,
con láminas. El plan de comer sólo alimentos cocinados, los trajes prudentes de
algodón y seda, la característica adaptación de su arquitectura al clima; todo
ello demuestra el buen sentido común de los chinos en todas estas materias.
Pero las enfermedades infecciosas no son todavía notificadas, de tal modo, que
la escarlatina y la viruela hacen millares de víctimas. Durante la epidemia de
peste de la Manchuria (1910-1911), se establecieron centros estratégicos a lo
largo de la principal línea férrea en el Norte de China, y han servido para
suprimir la enfermedad en estos últimos cinco años. Ello ha sido también debido
al combate sistemático de las ratas caseras en Shanghai[105].
El
fundador de las misiones médicas en China ha sido el doctor Peter Parker
(1804-1888), un graduado de Yale, que ha fundado el Hospital Oftálmico de
Cantón (1835) y ha formado la única colección de grabados de cirugía china
existente hoy en Yale[106]. El
presidente Charles W. Eliot, en un viaje a China, ha podido comprobar que la
necesidad más urgente de aquellos millones de habitantes es la educación
médica. A él se ha debido principalmente la fundación de la Harvard Medical
School, de China. China tiene ahora una Escuela Médica Militar en Tientsin; el
Colegio Médico de Peiyang, establecido en Li Hung Chang; una Escuela de
Medicina en Pekín; varias escuelas relacionadas con los establecimientos de los
misioneros, y otros mayores adelantos pueden esperarse de la Fundación
Rockefeller, que ha enviado ya dos Comisiones en 1914-15.
La
primera piedra de la Escuela Médica de Yale, en Chuangsha, ha sido puesta en
1916. La Asociación Médica Nacional de China ha celebrado su primera reunión en
Shanghai, en febrero 7-12, de 1916.
Los
japoneses se han hecho notar por su admirable poder de asimilación de la
cultura de otras naciones, y antes de que hubiesen llegado a ponerse en
contacto con la civilización europea, su medicina era sencillamente una
extensión de la medicina china. Hasta el año 96 antes de J. C., el arte médico
en el Japón se encontraba atravesando las formas míticas (de mitos) comunes a
todas las formas de la medicina primitiva[107]. Se
suponía que las enfermedades estaban producidas por influencias divinas
(Kamino-no-ke), por demonios y espíritus malignos o por los espíritus de los
muertos. Dos deidades, con nombres particularmente largos, presiden la salud,
que se ayuda más con la práctica de plegarias y de hechicerías, y en los
últimos períodos, con los remedios internos, la sangría y los baños minerales.
El período del año 96 antes de J. C. al 709 después de J. C. señala el
predominio de la medicina china, que ha llegado por el camino de Corea. Los
médicos prácticos y los profesores eran sacerdotes. Los discípulos eran
enviados a China a expensas del Gobierno, y ya en el año 102 después de J. C.
existen escuelas médicas nacionales, con cursos de siete años de medicina
interna y períodos más cortos para las otras ramas de la Medicina. Los
estudiantes adquirían el título de ishi o doctores, después de sufrir el examen
final en presencia del ministro, y las mujeres eran algunas veces instruidas
para comadronas. Durante los períodos siguientes (710-1333), designados con los
nombres de «Nara», «Heian», y así sucesivamente, según los nombres de las
diferentes capitales del Japón, continuaba siendo predominante la influencia de
los sacerdotes-médicos chinos, con algunos adelantos en el arte quirúrgico,
tales como la sutura de las heridas intestinales con fibras de moral o la
depresión de la catarata con agujas. En 758, un hospital para los indígenas ha
sido creado por la Empresa Komyo. El más antiguo libro médico del Japón,
el Jshinho, escrito por Jasuhori Tambu en 982, que describe
aquellas novedades quirúrgicas, recuerda también la existencia de Hospitales y
de casas de insolación para los enfermos de viruela. Durante el período
medieval, se citan observaciones personales de casos clínicos. Las moxas, la
acupuntura y muchos remedios herbáceos o minerales de china, se encontraban en
boga, y el masaje era delegado a los ciegos, como una ocupación apropiada. Como
contribución más brillante de los antiguos japoneses a la terapéutica debe mencionarse
el uso de colgaduras rojas para el tratamiento de la viruela, el remedio
empleado después por John of Gaddesden y Finsen. El primer barco portugués tocó
en el Japón en 1542, y con la llegada de San Francisco Javier, en 1549,
comienza la acción de la influencia europea. Los médicos que llegaron con él y
con los misioneros posteriores—existía una iglesia católica en Kyoto en
1568—trataban los enfermos gratuitamente, hicieron obras quirúrgicas, fundaron
hospitales y plantaron jardines botánicos. Después de la expulsión de los
misioneros, dos o tres discípulos japoneses se establecieron en Sakai y
fundaron una escuela. Los comerciantes holandeses llegaron en 1597, y sus
cirujanos navales ejercieron también alguna influencia. Una traducción de las
obras de Ambrosio Paré fue hecha en el siglo XVII; pero la importación de obras
europeas estuvo prohibida hasta el año 1700, después de cuya época comenzaron a
aparecer traducciones de Boerhaave, Van Swieten, Heister y otros escritores. La
vacuna ha sido introducida por Mohnike, en 1848. La escuela médica fundada por
los médicos holandeses en Jeddo, en 1857, pasó a manos del Gobierno en 1860, y
llegó a ser, en la época moderna, Universidad de Tokio. El período moderno, o
Meiji, de la medicina japonesa comienza con el año de la revolución, 1868, y su
rasgo más característico es el gran aumento de la influencia germánica. Las
Universidades y las Academias médicas, los exámenes del Estado, las Sociedades
científicas y los periódicos médicos; todo estaba copiado de los modelos
alemanes; y los notables médicos japoneses de nuestros días—Shiga, Kitasato,
Noguchi, Hala—han sido educados y enseñados en Alemania.
Esta
influencia ha continuado hasta la explosión de la guerra pan-europea. Hasta
alemán es el lenguaje de la ciencia en el Japón, y han sido también celebradas
ceremonias religiosas en el pequeño shinto shrine, dedicado a la memoria de
Koch.
Como
resumen de toda la medicina oriental, podemos decir que Babilonia se ha
especializado en el asunto de los honorarios y recompensas médicas; los judíos
han sido los fundadores de la jurisprudencia médica primitiva y de la higiene
pública, y han establecido el descanso de un día a la semana; y
los indios han demostrado que la habilidad en la cirugía operatoria ha sido una
posesión permanente, en todos los tiempos, de la raza aria.
Capítulo
IV
Medicina griega
Contenido:
§. Antes
de Hipócrates
§. El período clásico (460-146 años a. J. C.)
§. El período greco-romano (146 a. J. C. y 476 d. J. C.)
§. Antes
de Hipócrates
Los
griegos eran un Sammelvolk, un compuesto de pueblos, y sus
diversos elementos—jónicos, tesábanos, arcadianos, acayanos, eolianos, dóricos,
etc.—le dieron la obstinada independencia, la individualidad eterna de una raza
montañesa y marítima; rasgos todos que han sido a la vez el secreto de su
grandeza y de su decadencia. La geografía física de Grecia peninsular e
insular, con las profundas bahías de su costa, y sus valles, de escarpadas
montañas, aislando toda la comarca, y sus estados diversos, de tal modo, que
daba lugar, de un lado, a un intenso patriotismo local, y proporcionaba, de
otro, todas las ventajas de un abundante intercambio marítimo con otras
naciones, dando por resultado que semejante grandeza en la naturaleza externa
era la más a propósito para inspirar la sublime libertad de la inteligencia y
del espíritu. Además, esta amplia libertad del pensamiento impidió, en último
término, a Grecia llegar a ser una nación; sus habitantes eran demasiado
diferentes desde el punto de vista del carácter racial, produciendo modos demasiado
diferentes para que pudieran llegar a una unidad permanente. La historia de
Grecia es la historia de diferentes estados y de sus ciudades-estados, «que
eran demasiado obstinados para combinarse»[108].
En el
tiempo de Grote, la historia de Grecia comenzaba con la primer olimpíada (776
años antes de J. C.). En la actualidad, los orígenes de la civilización griega
retroceden, por lo menos, hasta 3400 años antes de J. C., y han sido hallados
fuera de la Grecia peninsular. Schliemann ha descubierto la situación de Troya
en 1870-73, y ha puesto de manifiesto la civilización egea de Micenas y Tirinto
(1600-1200 años antes de J.C.) en 1876-84. La civilización de Minos, en la isla
de Creta, que retrocede hasta la época del hombre neolítico, ha sido revelada
por las excavaciones de sir Arthur Evans en 1894-1908. Sus investigaciones[109] condujeron
a la demostración de que Creta, «una especie de estación colocada en medio del
camino entre los dos continentes», independientemente de las culturas del Asia
primitiva (Furasia) y del África primitiva (Euráfrica), ha sido un punto de partida
de la civilización europea.
La
primitiva cultura de Minos (3400-2000 años antes de J. C.), contemporánea de
las más antiguas dinastías del Egipto, cuyas excavaciones se implantan en
estratos de la época neolítica, que retroceden hasta 900 años antes de J. C.,
se caracteriza por las hachas de piedra pulimentada, cerámica finamente
bruñida, figuras femeninas de arcilla con el torso muy exagerado, como el del
hombre aurignaciano, con probables muestras de la religión de la Magna Mater o
Gran Madre, o Matriarcado, con el marido niño. En el período medio de Minos
(2000-1850 años antes de J. C.), que corresponde a la dozava dinastía egipcia,
decoraciones polícromas, cerámica fina y vasos muy pintados, algunas muestras
de lo cual se han encontrado por Flinders Petrie, entre los restos de la dozava
dinastía, en Kahun, en el Fayum. El último período de Minos (1850-1400 años
antes de J. C.), correspondiendo al período de los hykaos y al Nuevo Imperio
del Egipto, está, sobre todo, representado por los palacios descubiertos en
Knossos y Hagia Triada. El palacio de Knossos (el Laberinto de Creta) es
magnífico, de una estructura muy compleja y variada, con corredores sinuosos y
pasadizos subterráneos, primorosos departamentos domésticos con grandes
adelantos higiénicos, incluyendo ingeniosos mecanismos para la ventilación,
cañerías para la salida de las aguas, modelados en tubería de barro cocido en
forma de cañón, y letrinas, que son, por lo que a la construcción hace
referencia, superiores a lo que se ha hecho antes del siglo XIX[110]. Las
galerías, los descansos de la escalera y los pórticos aparecen decorados con
altos relieves en gesso-duro y animadas pinturas murales representando grupos
de señoras en traje de corte, con notables chaquetas, trajes elegantes, con
flecos y faldas llegando hasta el suelo. Las naturalistas estatuas en cerámica
de la Diosa Madre y de sus femeninas devotas representan su aspecto más antiguo
(chthónico), con serpientes, una estatua de ceñida cintura, con el neolítico
traje de falda en forma de campana y el cuello modernamente ratificado.
Gigantescas
y adornadas ánforas para el aceite; pinturas al fresco de corridas de toros,
con toreros masculinos y femeninos (de donde la leyenda ateniense del
Minotauro); una mesa de juego de marfil chapado en oro; un relicario con
objetos de culto y vasos para el ofertorio; un trono de yeso, de aspecto
gótico; demostrando todo ello el alto grado que había alcanzado la cultura en
Knossos.
En la
cultura egea o miceniana, revelada por Schliemann, hay la misma habilidad en la
cerámica y en la escultura, en la pintura al fresco y en la ornamentación, y la
misma maciza arquitectura que en la puerta de los leones de Micenas. Al
anicónico grado de la religión de las columnas y los árboles ha sucedido el
culto de la Gran Madre, con sus serpientes chthónicas o sus palomas uránicas.
Las sepulturas en huecos excavados en las rocas han sido sustituidas por las
tumbas en forma de colmena. La cultura miceniana es probablemente sincrónica
con la pelásgica, y la post-miceniana del período homérico demuestra ya la
influencia de Minos. En lugar del escudo redondo y de la armadura de los
griegos de Homero, los hombres de Minos y de Micenas usaban escudos que resguardaban
todo el cuerpo, y sus adornos eran los de la edad de bronce. Los griegos de
Hornero usaban armas de hierro y quemaban sus muertos. Los dioses de las
olimpíadas no se encuentran en los períodos de Minos y Micenas.
A y B. Figuras en cerámica de la diosa de las
serpientes y de ex votos femeninos, encontradas en las excavaciones de Knossos
(Creta), por sir Arthur Ewans en 1903. (Ann. Brit. Schcl. Athens., Londres,
1902-3; IX, 74-87). Estas figuras, de una antigüedad probablemente de 4000
años, representan el aspecto infernal (chthanico) de la Magra Mater, o Madre o
Diosa. Naturaleza de Creta. La serpiente enroscada de A, rodeando el peinado,
es lo análogo del uraeus o álamo alado, identificado por los griegos con la Nekhebet,
la Filethya de los egipcios, o diosa del parto (de la fecundidad). Las dos
serpientes enroscadas alrededor del cuerpo superior sugiere la idea de Hathor o
Diosa Madre de los egipcios. Otras figuras de Knossos de la misma divinidad
llevan palomas en la cabeza, el símbolo del aspecto uránico o celestial de la
Magna Mater. Del modo de estar hechas las figuras, con sus trajes
ultra-elegantes, volantes a lo Watteau, polonesas y faldas largas, decía Lady
Ewans: «que las líneas que adoptan pueden ser consideradas como el ideal de los
modistos, más bien que de los escultores». La actitud hierática y el modo de
tener cogidas las serpientes en ambas diosas o pitonisas, sugiere la dama de
las serpientes de los Hopi de la India, para producir la lluvia, y de este
modo, todo ello está implícitamente contenido en el concepto de «hacer
medicina». C. Tabla votiva del Zeus Meilichios (cuatro
centurias antes de J. C.) en el Museo de Berlín (de la obra de Eugen Holländer
Plastik und Medizin, Stuttgart, 1912). Ovidio (Metamorfosis, XV, 626-744) y
Plinio (XXIX, 22) describen el modo como el culto de Esculapio había sido
trasplantado desde Epidauro a Roma en la forma de una gigantesca serpiente. El
aspecto infernal de un dios antiguo es casi invariablemente una serpiente (in
serpente deus), y comúnmente la serpiente simboliza la Medicina.
De los
más antiguos actores de la historia de Grecia, los helenos, dice el mismo
Tucídides, en el comienzo de su historia, «que ellos no eran grandes seres».
Puntualiza que la antigua Hellas no era una población fija, sedentaria, sino
que, por el contrario, las guerras y las parcialidades, habían mantenido a sus
pueblos en un estado de emigración constante de tal modo, «que los más ricos
terrenos eran siempre los más expuestos al cambio de dueño». En condiciones
como éstas se había desarrollado un pueblo inquieto, atlético, belicoso, cuyo
principal interés era la vida activa y la influencia ejercida en sus asuntos
por los dioses de su religión.
Como
Walter Pater ha expuesto, tan agradablemente, en sus estudios acerca de
Dionysios y del «Plipólito velado», es un error muy común, el de suponer que
los antiguos griegos han adorado siempre el mismo panteón de dioses. En
realidad, en este asunto eran un pueblo dividido, los helenos de las montañas,
los de las costas, los de los valles, los labradores y los costeros, y cada uno
había creado una religión especial de su propiedad, cuyo conjunto venía a
formar, en realidad, un politeísmo esencial, en el que cada pequeña tribu o
comunidad popular adoraba su dios especial, y tributaba al propio tiempo una
vaga adoración general a los dioses mayores. De este modo, Demeter era la
divinidad especial de aquellos que vivían de la agricultura y entre los campos
de trigo; Dionysios, de los que cultivaban los viñedos; Poseidón, de los que
habitaban sobre el mar; Pallas Atenea, de los atenienses; al paso que los
dioses menores tenían cada uno una particular localidad, en la que su religión
era un culto. «Como una red de malla sobre la tierra de la graciosa tradición
poética—dice Pater—, las religiones locales no han sido nunca suplantadas
completamente por la religión de los grandes templos nacionales»[111]. Así,
encontramos, en un comienzo, que existían entre los griegos muchas divinidades
titulares de la Medicina, con funciones envolventes o intercambiables en
diferentes puntos. Los griegos, como Pater dice, no tenían religión, sino religiones; «una
teología sin autoridad central, no eslabonada en el tiempo, y expuesta por
aquel motivo a una transformación inobservable». Así, Artemisa (Diana), Demeter
(Ceres), Mermes (Mercurio), Hera (Juno), Poseidón (Neptuno), Dionysios (Baco),
eran, todos, a la vez, dioses patronos y diosas del arte médico, y eran
capaces, en caso necesario, de producir ellos mismos las enfermedades. En el
tratado de Hipócrates, De la enfermedad sagrada, leemos de los
epilépticos que:
«Si ellos
imitan a una cabra, o rechinan los dientes, o si su lado derecho es
convulsionado, esto quiere decir que la madre de los dioses (Cibeles) es la
causa. Si su lenguaje tiene un tono más agudo, más penetrante, ellos se parecen
en su estado a un caballo, y se dice que Poseidón es su causa... Pero si la
espuma es lanzada de su boca y da golpes con sus pies, Ares (Marte) es el
responsable. Pero los terrores que sobrevienen durante la noche, y la fiebre, y
el delirio, y los saltos en la cama, y apariciones horrorosas, y el huir de
ellas, todo esto se cree sea la obra de Hécate y las invasiones de los héroes,
y se usan purificaciones y encantamientos, y como me parece a mí, hace la
divinidad ser más malvado y más impío.»
Así, como
aparece de la alusión suplicante de Hipócrates a Hécate, existía, aparte del
culto de los dioses olímpicos, un culto tenebroso, oscuro; a saber: el de la
magia médica asociada al ritual propiciatorio de las denominadas deidades
chthonianas o infernales de la tierra y del mundo inferior. Esto no era aún
creencia general, sino que permanecía confinada en las diferentes localidades,
incluyendo vagamente el culto de los dioses celestiales en su antiguo aspecto
chthónico o infernal, los dioses subterráneos, los héroes deificados, los
médicos hechos héroes (Heroi Iatroi) y los perturbados espíritus de los
muertos. Los sacrificios rituales son realizados en las horas mágicas antes de
amanecer, y las deidades invocadas no eran nunca señaladas directamente por su
nombre, sino pleno titulo, con aduladoras apelaciones. Las referencias a las
chtónicas deidades en los autores griegos son, por esta razón, oscuras. En el
panteón griego, el gran χθόνιο se identificaba con los Espíritus del trigo y
del salvaje, de Frazer. Hades (Aidoneus, Plutón), también denominado «Zeus
Katachthonius», Demeter chthonia (grano madre) y Persephone (Kore), diosa de la
muerte y de la «adormidera del sueño». Hermes Psichopompos, de la vara mágica y
las sandalias de oro, el conductor de las almas a Hades (Plutón) [Odisea. XXIV,
I]; Cerbero. Hécate, las Erinnvas y todos los otros espíritus malévolos eran
asociados con su culto, y coordinado con él, el ritual de aplacar o de invocar
los errantes espíritus de la muerte[112]. Aparte
del ritual, puramente religioso del χθόνιο y del culto de la muerte, existía
una terapéutica ritual esotérica, derivada de la circunstancia de que este
poder oscuro puede producir no sólo la prosperidad de la tierra y del hombre,
sino infligir o separar la enfermedad, la locura o la muerte. Así, Platón
(Phaedrus, 244) habla de enfermedades epidémicas como debidas a la «cólera
antigua», que Rohde interpreta como la furia de las almas de los muertos. Los
animales chthónicos, consagrados a estas divinidades y empleados en lugar de
los sacrificios humanos para aplacarlas, llegaron a tener, per asociación, una
función curativa, ya sea para la purificación de los estigmas de asesinato y de
crimen ícatharsis), o en relación con el rito de la comunión, o «comerse el
dios», en la forma de partes del animal[113], de
bollos para el sacrificio, o de plantas quemadas consagradas a su religión. Las
cenizas o los restos del sacrificio (katharmata) llegaron a constituir una
especie de farmacopea sagrada, algunas veces distribuidos entre los fieles y
comidos por ellos, como ocurría entre los ascleníades. De entre las
innumerables medicinas simples, y entre los remedios animales recomendados por
Galeno, Dioscórides y Plinio, es indudable que son muy pocos los que tienen
algo de farmacología racional en el sentido del laboratorio. Todo remedio
chthónico se convertía, a causa de sus asociaciones mitológicas, en remedio
secreto. Algunos medicamentos simples han sido descritos por Dioscórides y
Plinio como «sangre» de diferentes dioses y animales chthonianos. Pero, del
mismo modo que la droga (φάρμακο) estaba consagrada, en un sentido bueno o
malo, por su relación con la idea chthoniana de expiación o de catharsis, por
medio de un sacrificado testaferro (φαρμακοι), la terapéutica empírica llegó a
desprenderse de la terapéutica sacerdotal de los templos, y sus prácticas
secretas fueron consideradas como mágicas. El interesante estudio de Max Höfler
demuestra que la moderna teoría de los remedios animales no ha comenzado con
los griegos, sino que debe su origen en la doctrina de las semejanzas (similia
similius). De un análisis y clasificación de 1.254 prescripciones
organoteránicas antiguas demuestra Höfler que excepto en los rastros del
hígado, del bazo y del corazón, todas las restantes partes (todas indignas del
cuerpo del animal no se empleaban de un modo exclusivo para curar las dolencias
de las partes semejantes del cuerpo humano, sino del modo más variado y
caprichoso, dependiente de los dogmas del culto chthoniano[114]. La
organoterapia griega era, por consiguiente, «magia homeopática» en el sentido
popular; pero no significa isoterapia en el sentido de «lo semejante cura lo
semejante».»
El
principal dios de la Medicina en el panteón griego era Apolo, comúnmente
llamado Alexikakos (el que aleja las enfermedades), cuyas flechas, lanzadas a
lo lejos, llevaban las pestes y las epidemias a la Humanidad, y que las hacía
desaparecer cuando lo juzgaba necesario. Era, por consiguiente, el dios de la
pureza y del bienestar en la juventud, y, como refiere Homero, el médico de
todos los dioses del Olimpo, cuyas enfermedades y heridas curaba por medio de
la raíz de Peonía.
De aquí
su nombre de «Paean» y el epíteto de «hijos de Paean» aplicado a los médicos.
La
leyenda refiere que el conocimiento de la Medicina había sido referido por
Apolo y su hermana Artemisa al centauro Chirón, el hijo de Saturno. Como muy
hábil en música y en cirugía, y especialmente versado en las leyendas antiguas,
Chirón fue encargado de la instrucción y educación de los héroes Jasón,
Hércules, Aquiles, y muy especialmente de Esculapio, el hijo de Apolo y de la
ninfa Coronis. Como canta Píndaro en su cuarta oda isthmiana, Esculapio llegó a
ser tan hábil en el arte de curar, que, acusado por Plutón de disminuir
considerablemente el número de almas que bajaban a los infiernos, fue muerto
por los rayos de Zeus. Desde el momento de su muerte fue objeto de la
adoración, y los templos de su cuito eran los famosos asclepieia,
de los que los más renombrados fueron los de Cos, Epidauro, Cnido y Pérgamo.
Estos templos, de ordinario situados en colinas con bosques, o en la falda de
una montaña, cerca de fuentes minerales, llegaron a ser sanatorios populares,
dirigidos por expertos sacerdotes, y, en realidad, no muy diferentes de los
recursos terapéuticos de los tiempos modernos. Los enfermos eran recibidos por
el sacerdote-médico, quien excitaba la imaginación de aquéllos con el relato de
los hechos de Esculapio, el éxito de la terapéutica apropiada y los remedios
empleados. Después de apropiadas plegarias y sacrificios, el enfermo era además
purificado con un baño de la fuente mineral, con masajes, unturas y otros
métodos, y después de ofrecer un gallo o carnero ante la imagen del dios, era
llevado al rito especial de la «incubación» o del sueño en el templo.
Busto colosal de Esculapio en el Museo Británico.
Esto
consistía en quedarse a dormir en el santuario, y durante la noche, el
sacerdote, con el aspecto del dios, se presentaba ante el enfermo para darle
los consejos médicos cuando se despertaba. Si seguía durmiendo, como solía
ocurrir, las advertencias aparecían en forma de sueño, que era interpretado
después por el sacerdote, quien prescribía catárticos, eméticos, sangrías y
otros análogos remedios apropiados. Si el tratamiento era coronado por el éxito
y el enfermo curaba, éste hacía una oferta al dios, consistente, por lo
general, en una reproducción de la parte enferma en cera, plata u oro, a la vez
que una tabla votiva, exponiendo la historia del caso y el tratamiento
empleado, era colgada en el templo. El rito completo de la incubación ha sido
chistosamente referido en el Plutas, de Aristófanes, y en un
estilo más elevado y más digno en el tercer capítulo de la novela de la
antigüedad romana de Walter Pater, Mario el epicúreo. Las
tablas votivas de los asclepeias de Cos y de Cnido se convirtieron en las
historias clínicas permanentes de las escuelas médicas de Cos y de Cnido, de la
primera de las cuales fue discípulo el mismo Hipócrates. El viajero griego
Pausanias ha dado noticias de seis de estas tablas votivas, que él había visto
en el templo de Epidauro, próximamente en el año 150 después de J. C., y dos de
ellas han sido descubiertas en los tiempos modernos en Cawadias. Grabados en
estas últimas hay unos treinta casos clínicos, dando los nombres de los
enfermos, exponiendo su dolencia corporal y diciendo qué se les había dado para
combatirla. Son muy escasos los detalles de los síntomas y del tratamiento. En
muchos casos bastaba con que el dios diese una untura al enfermo durante su
sueño, o con que algunos de los perros o serpientes sagradas le hubieran lamido
la parte enferma. Un enfermo llegó con cuatro dedos de su mano paralizados,
otro era tuerto, otro había tenido una punta de lanza en su mandíbula por
espacio de seis años, otro tenía una úlcera del estómago, otro un empiema, otro
estaba infestado de gusanos. Todos se refieren como curados[115]. Estas
fragmentarias historias clínicas, ninguna de las cuales contiene una
información médica de positivo valor, han sido supuestas por algunos como
siendo el punto de partida de las descripciones que ha dado Hipócrates de las
enfermedades.
Existen
muchas piezas, en mármol o en barro cocido, representando diferentes partes del
cuerpo, listos objetos son ex votos destinados a ser colgados en los templos, o
también simples figuras plásticas de anatomía normal. Las que representan asas
intestinales (en la colección de Schliemann, de Atenas, o del Museo dei Termi,
en Roma), el tórax con costillas (Vaticano), o el situs viscerum (Vaticano) son
suficientemente exactas para poder constituir ejemplos de ilustraciones
anatómicas, con o sin intención didáctica[116].
Entre los
hijos legendarios de Esculapio y de su viuda Epione figuran sus hijas Hygieia y
Panacea, que asistían a los ritos del templo y alimentaban a las serpientes
sagradas. Entre los antiguos griegos, como entre los egipcios, los cretenses y
los indios, la serpiente era venerada como compañera de muchos dioses, o como
la forma favorita que aquéllos solían adoptar, como en los casos de la diosa
serpiente de Minos (Magna mater) y Zeus Meilichios. En su
uránico aspecto, Esculapio es, comúnmente, representado como una figura
hermosa, parecida a la de Jove, constantemente acompañada de la serpiente
sagrada arrollada alrededor de una vara, una miniatura de Omphalos, como la del
templo de Apolo en Delphos—una expresión plástica de su iatromántico veneno —,
y una figura grotesca infantil (como un fraile pequeño encapuchado, o Münchener
Kindl), llamado Telesphorus, el dios de la convalecencia[117]. De los
hijos de Esculapio, dos, Machaón y Podaliro, son mencionados por Homero en el
catálogo de los capitanes de barco, comandando treinta navíos y «buenos
médicos ambos». La Ilíada hace también referencia al propio
Esculapio, como un jefe real de Tesalia, que aprendió la medicina del centauro
Chirón, enseñándola después él a su vez. Aquiles era capaz de comunicar sus
conocimientos del arte de curar a su amigo Patroclo. Machaón y Podaliro son
frecuentemente mencionados en las narraciones de Homero como hombres hábiles en
la extracción de las armas, vendar las heridas y aplicar medicinas calmantes.
En la cuarta Ilíada, Machaón es llamado para quitar una flecha que había herido
a Menelao, rey de Esparta, a través del cinturón. Él llega y encuentra un círculo,
de guerreros, congregados alrededor del héroe, e «instantáneamente extrae la
flecha a través del bien ajustado cinturón. Pero en tanto que iba siendo
extraída, se rompen las agudas puntas de la flecha. Entonces él desata el
pintarrajeado cinturón, y el ceñidor de debajo y el plateado cinturón con
trabajos de latón han sido separados. Pero cuando él percibe la herida donde el
cruel hierro de la flecha ha caído, habiendo sorbido la sangre, derramó
hábilmente remedios calmantes, que el benévolo Chirón le había anteriormente
recomendado para su padre». En la onzava Ilíada, Idomeneo se refiere a Machaón
del modo siguiente: «¡Oh neleiano Néstor, gloria de los griegos, ven, sube a tu
carro, y que Machaón suba contigo, y dirige los caballos de sólidos cascos con toda
rapidez hacia los barcos, porque un hombre médico es equivalente a muchos
hombres más, porque él te quita las flechas y te aplica los remedios
calmantes!» Al fin del mismo libro, Eurypylus, herido de una flecha en el
muslo, llama a Patroclo para que se la quite. Llega a la tienda, y allí
Patroclo le echa a lo largo, extrae con un cuchillo fuera del muslo la amarga y
afilada punta de flecha y limpia la sangre negra de la herida con agua
caliente. Después aplica una amarga raíz, calmante del dolor; le amasa entre
las dos manos, con lo que hace desaparecer todos los dolores; la herida quedó
verdaderamente enjugada, y la hemorragia cesó. En la treceava Ilíada, Helenus,
hijo de Príamo, es herido en la mano por la lanza de bronce de Menelao, y
nosotros tenemos una breve noticia del alma grande de Agenor «extrayendo la
lanza y vendando la mano herida, a modo de una onda de bien arrollado vellón de
cordero, que le había sido llevado por su servidor, el pastor del pueblo».
Escenas homéricas de este género son pintadas con frecuencia en vasos antiguos
(Daremberg), particularmente en la «copa de Sosias» (500 años antes de J. C.),
un modelo de la cerámica griega que se encuentra en el Antiquarium del Museo de
Berlín y que tiene la representación de Aquiles vendando el brazo herido de
Patroclo. En la octava Ilíada (líneas 81-86) hay una exacta descripción del
movimiento rotatorio efectuado por un caballo cuando ha sido herido en el
cerebro por una flecha. En la décima Ilíada (líneas 25-3') se contiene, en
opinión de Cardamatis, una referencia de la fiebre palúdica otoñal (la epiala de
Teognis), que atribuye a los estancados pantanos y a la destrucción de los
bosques en la edad de bronce[118]. El que
las mujeres prestaban algunas veces auxilios médicos, lo vemos citado tanto
en La Ilíada como en La Odisea; así, por
ejemplo, en aquélla: «Agamedes, la del cabello amarillento, que entendía bien
de muchas drogas que la inmensa tierra produce», o en ésta, a propósito del
narcótico que Helena vierte en el vino, una droga «que a Polydamma, la viuda de
Thor, le había proporcionado una mujer del Egipto». En La Odisea, uno
que cura enfermedades se dice que es tan bien recibido en una fiesta como un
profeta, como un constructor de barcos y hasta como un divino trovador. De
estos ejemplos de cirugía militar de La Ilíada podemos deducir
que el arte quirúrgico era tenido en la más alta estimación por los antiguos
griegos, hasta el punto de que los jefes de la mayor categoría no tenían a
menos el ejercerlo. Se dice que más de 40 heridas diferentes han sido descritas
por Homero (250 casos en conjunto); pero no se dan detalles respecto de los
síntomas febriles o de otro género.
Se
trataba de heridas de lanza o de flecha, propias del hombre primitivo, o de
fracturas de los miembros, y también de heridas por aplastamiento; la
mortalidad era de 75%.[119]. Los
términos anatómicos están, según Malgaigne y Daremberg, más o menos conformes
con los empleados por Hipócrates. La disposición científica de la cremación de
los cadáveres era una práctica usual y corriente en la Grecia de Homero[120].
No hay
mención de los asclepieia en los poemas homéricos, cuya antigüedad es, por lo
menos, de 1000 años antes de J.C.; pero nosotros debemos suponer que, aun
entonces, los médicos y cirujanos laicos constituían una clase diferente de los
sacerdotes, aunque tal vez asociados con estos últimos en época de paz. Además
de estos «sacerdotes» y de los médicos, propiamente dichos, el arte médico era
estudiado por los filósofos y practicado con algunos detalles por los
«gimnastas», que daban baños, fricciones y curaban las heridas y los
traumatismos, y hasta algunas enfermedades internas. La medicina griega, como
ha dicho Osler, «tiene una triple relación con la ciencia, con la gimnasia y
con la teología», y hasta los tiempos de Hipócrates era considerada simplemente
como una rama de la filosofía.
La
filosofía griega, antes del tiempo de Pericles, era de origen jónico, y
procedía del Egipto y del Oriente. Huxley consideraba el progreso de la
filosofía jónica en los siglos octavo y sexto antes de J. C. como «una de las
varias indicaciones esporádicas de algún poderoso fermento mental sobre toda el
área comprendida entre el Egeo y el Norte del Indostán». Este fermento, según
la opinión de Zelia Nuttal y de Elliot Smith[121], era la
extensión de la cultura eurasiática y eurafricana por medio de los navegantes
fenicios. El fundador de la escuela jónica fue Thales de Mileto (639-544 años
antes de J. C.), que había estudiado con los sacerdotes egipcios y que sostenía
que el agua era el elemento primitivo, del cual se derivaban todos los
restantes. Era compañero de Anaximandro de Mileto (611), quien fue el primero
en trazar el mapa del cielo, y que efectuó con éxito la predicción de un
eclipse; de Anaxímenes de Mileto (570-500 años antes de J. C.) y de Heráclito
de Éfeso (hacia 556-460 años antes de J. C.), que sostuvieron sucesivamente que
la materia indivisible (¿tierra?), aire o fuego, respectivamente, eran los
elementos primordiales. Estos cuatro elementos, tierra, aire, fuego y agua,
eran supuestos por Anaxágoras de Clazomena (500-428 años antes de J. C.) como
estando compuestos de muchas partes o «granos», que eran variedades de la
materia sensible o perceptible. Estos órdenes de ideas están puestos con
notable relieve en la doctrina de Empédocles de Agrigento, en Sicilia
(504-443), el héroe pintoresco del poema de Matthew Arnold, que era filósofo,
médico, poeta, viajero por las ciudades de Grecia, envuelto en un traje de
púrpura con cinturón de oro, coronado de laurel, con el pelo largo, de severo
aspecto, lo que, unido a su habilidad en el arte médico, hacía que fuese
considerado por las gentes como dotado de un poder sobrenatural. Uno de sus
poéticos fragmentos demuestra la reverencia no común en que era tenido el
médico griego por sus contemporáneos:
Vosotros,
amigos, que en la poderosa ciudad habitáis,
A lo
largo del amarillo Acragas endurece,
La
acrópolis; vosotros, administradores de las buenas obras,
El
refugio venerable y amable del extranjero,
Saludo a
todos, oh amigos míos. Pero entre vosotros yo paso Como un dios inmortal ahora,
no ya como un hombre,
En todo
sitio conveniente y perfectamente honrado,
Coronado
tanto con cintas como con ramos floridos,
Cuando yo
llego, acompañado de un gentío de hombres y mujeres,
A la
floreciente ciudad, yo soy buscado con súplicas,
V miles
de acompañantes me interrogan
Sobre el
camino del bienestar y del provecho, solicitando algunos Para oráculos,
detenido por otros que desean oír
La merced
de una frase de curación para muchas malas enfermedades,
Que
demasiado tiempo les viene aguijoneando con crueles dolores.[122]
Empédocles
ha introducido en la filosofía la doctrina de los elementos, tierra, aire,
fuego, agua, como «las cuatro imbricadas raíces de todas las cosas». Se supone
que el cuerpo humano está compuesto de estas cuatro substancias, resultando la
salud de su equilibrio, y la enfermedad, de su desequilibrio. El sostiene que
nada puede ser creado ni destruido, y que hay sólo transformación; lo que
equivale a la moderna teoría de la transformación de la energía. Todo es
producido por la atracción de los cuatro elementos y destruido por sil
repulsión, y él aplica la misma idea, bajo la forma de amor y de odio, al mundo
moral. El desarrollo es debido a la unión de los elementos disimilares; la
decadencia, a la vuelta de lo semejante con lo semejante, el aire con el aire,
el fuego con el fuego, la tierra con la tierra. Se dice que Empédocles había
despertado a Panteia de una catalepsia, que ha combatido una epidemia de fiebre
palúdica por el drenaje de unos terrenos pantanosos, y de haber mejorado las
condiciones climatológicas de su ciudad nativa bloqueando una hendedura de la
falda de una montaña. La leyenda dice que puso fin a su vida echándose en el
cráter del monte Etna. De su discípulo Pausanias dice Plutarco que había usado
el fuego para combatir una epidemia.
La
escuela italiana de filosofía ha sido fundada por Pitágoras de Sanios (580-489
años antes de J. C.) en Crotona. Pitágoras era un buen geómetra y el
descubridor del pons asinorum (Euclides, I, 47). Había
estudiado en Egipto, donde es probable que adquiriera su doctrina del místico
poder de los números. Sostiene que la unidad es la perfección y representa a
Dios; el número doce representa toda la materia universal, cuyos factores, el
tres y el cuatro, representan los mundos, las esferas y los elementos primordiales.
Como la monada
1. denota
el principio activo o vital en la Naturaleza, del mismo modo la diada
2. representa
el principio pasivo de la materia; la triada
3. el
mundo, formado por la unión de los dos anteriores, y la tétrada
4. la
perfección de la Naturaleza eternamente floreciente.
El cielo
está hecho de las diez esferas celestiales (nueve de las cuales son visibles),
las estrellas fijas, los siete planetas y la Tierra. Las distancias de las
esferas celestiales a la Tierra corresponden a la proporción de los sonidos en
la escala musical. Pitágoras ha sido el primero que ha investigado la física
matemática del sonido, y esto del modo siguiente: Pasando un día por delante de
la tienda de un herrero notó que, cuando el martillo de aquél golpeaba en
rápida sucesión sobre el yunque, los sonidos acordes (la octava, la tercia y la
quinta) eran todos armoniosos; la cuarta no lo era. Entrando en la tienda, notó
que esto era debido no a la forma de los martillos ni de la fuerza con que
fueran golpeados, sino a las diferencias en el peso de cada uno. Impresionado
por esta idea, volvió a su casa y extendió cuatro cuerdas de la misma materia,
longitud y grosor; suspendió pesos en el extremo inferior de cada una, e igualó
a éstos el peso de cada respectivo martillo. Después de extender estas cuerdas,
dio los sonidos que había oído en la herrería, y, subdividiendo las cuerdas con
otros pesos, llegó a poder construir la escala musical. Es éste el experimento
de física más antiguo que se conoce, y la escala fue, después de la muerte de
Pitágoras, grabada en bronce y depositada en el templo de Juno, en Samos.
Pitágoras pensaba que las esferas celestiales podían producir sonidos al
golpear sobre el éter circundante; y estos sonidos serían diferentes, según la
velocidad de los contactos y la distancia relativa. Las distancias de las
esferas a la tierra corresponden, como hemos visto, con la proporción de los
sonidos en la escala; y como quiera que los cuerpos celestes se mueven conforme
a leyes fijas, los sonidos producidos en aquéllos deben ser armónicos. Esta es
la doctrina de la «armonía de las esferas». Se piensa que la «doctrina de los
números», de Pitágoras, ha ejercido una profunda influencia sobre la doctrina
hipocrática de las crisis y de los días críticos, que asignaba períodos fijos
para la resolución de las diferentes enfermedades. Más que a nada de esto, los
físicos griegos aspiraban al poder científico de la predicción. En patología,
la significación plástica del número cuatro estaba combinada, según la doctrina
de Platón y de Aristóteles, con la doctrina de los cuatro elementos, del modo
siguiente: Correspondiendo con los elementos de tierra, aire, fuego y agua,
estaban las cualidades de seco, frío, caliente y húmedo, con arreglo al esquema
siguiente:
Caliente
+ seco = fuego.
Frío +
seco = tierra.
Caliente
+ húmedo = aire.
Frío +
húmedo = agua.
Invirtiendo
esta ecuación (los cuatro elementos, fuego, aire, tierra y agua, que
corresponden a nuestro hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno)[123], puede
ser resuelta en sus componentes cualitativos. Mucho tiempo antes de
Aristóteles, probablemente también antes de Hipócrates, se sostenía que,
correspondiendo a estos cuatro elementos, fuego, aire, agua y tierra, y a las
cuatro calidades de caliente, frío, húmedo y seco, había cuatro humores en el
cuerpo, a saber: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Estas tres clases
de elementos, cualidades y humores pueden llegar, por permutación y
combinación, a un sistema complejo de colocación, basado en el esquema
siguiente:
Calor +
húmedo = sangre.
Frío +
húmedo = flema.
Caliente
+ seco = bilis amarilla.
Frío +
seco = bilis negra.
Las
diferentes combinaciones daba lugar a los aspectos cualitativos de la
enfermedad, y, del mismo modo, a la acción fisiológica de las drogas. Todo este
conjunto originó la «patología humoral», que considera la salud y la enfermedad
como el equilibrio apropiado o el desequilibrio, respectivamente, de los
diferentes componentes mencionados, y el esquema fue posteriormente modificado
por Galeno y por los médicos árabes, de tal modo, que los remedios y sus
componentes se clasificaban en escalas numéricas, de acuerdo con los «grados» o
proporciones relativas de sus diferentes cualidades. Así, la farmacopea arábiga
sostiene que el azúcar es fría en el primer grado, caliente en el segundo
grado, seca en el segundo grado y húmeda en el primer grado: el cardamomo era
caliente en el primer grado, frío en una mitad de grado, seco en el primer
grado, y así sucesivamente. En el sistema de Galeno la doctrina pitagórica de
los números era aplicada a todos los aspectos de la Medicina. Existían, por
ejemplo, tres facultades: natural, espiritual y animal. Había tres espíritus:
el natural, producido en el hígado; el vital, del corazón, y el animal, del
cerebro; los tres eran distribuidos y difundidos por todo el cuerpo por las
venas, las arterias y los nervios. Hay cuatro edades del hombre: adolescencia
(caliente y húmedo), madurez (caliente y seco), edad avanzada (frío y seco) y
vejez (frío y húmedo). Los ojos tienen siete cubiertas y tres humores. Hay tres
clases de bebidas: puras, como el agua; conteniendo alimento, como el vino, y
mixturas de ambas, como los jarabes y las drogas medicinales. Hay tres clases
de fiebres: la efímera, en el espíritu; la ética (¿héctica?), en los sólidos, y
la pútrida, en los humores; y, a su vez, la pútrida tenía cuatro variedades: la
continua (sinocal), en la sangre; la cotidiana, en la flema; la terciana, en la
bilis amarilla, y la cuartana, en la bilis negra[124]. En
resumen: todo, en la medicina de Galeno y en la de los árabes, estaba
matemáticamente subdividido, y, de ordinario, según los números sagrados de
Pitágoras.
En
Egipto, Pitágoras había aprendido la doctrina de la transmigración de las
almas, o metempsicosis, y él está reputado como el primero que ha establecido
el hecho de ser el cerebro el órgano central de las más elevadas actividades;
una proposición que ha sido, mucho tiempo después, demostrada de un modo
experimental por Flourens y Goltz.
Después
de Pitágoras, el más importante de los filósofos griegos, exceptuando a Platón
y Aristóteles, ha sido Demócrito de Abdera (460-360 años antes de J. C.), que
ha sido el que primeramente ha defendido la doctrina de que todo en la
Naturaleza, incluso el cuerpo y el alma, está constituido por átomos de
diferentes formas y proporciones, y que los movimientos de estos átomos son la
causa de la vida y de la actividad mental.
Durante
la edad heroica, y en el tiempo de la guerra troyana, el pueblo dominante en el
Peloponeso eran los atléticos aqueos, de inclinaciones y gustos sencillos, cuya
gran consideración y respeto hacia la cirugía y los cirujanos forma un notable
contraste con la actitud de los antiguos romanos. En tiempos posteriores, la
civilización griega ha sido realizada por dos importantes elementos: los
jónicos, o áticos, y los dóricos, o es pártanos. El pueblo compositor,
imaginativo y artístico de Jonia y de las islas estaba interesado en todo, y
unas veces bravo y. guerrero, agudo y penetrante en los negocios, serio y de
pensamientos elevados, y otras voluble e irónico. Como nosotros vemos en las
comedias de Aristófanes, en los diálogos de Luciano y en los idilios de
Teócrito, los nacidos en las ciudades griegas eran alegres, de inteligencia
viva y notablemente locuaces, adorando la inteligencia por sí misma, fundadores
de la especulación desde los hechos materiales, penetrantes y atractivos en
alto grado y alegremente complacientes con la moral de sus vecinos. Además,
eran los mismos que escuchaban con atención reverente las tragedias de Esquilo
y Sófocles. Contrastaban intensamente con ellos los dorios, o espartanos, que
eran esencialmente robustos, guerreros no imaginativos, severos en su moral, y,
como los griegos de Homero y los antiguos romanos, más cultivadores de la
tierra que de la inteligencia, considerando la agricultura como una parte
esencial de su plan de gobierno militar. Bajo las rígidas leyes de Licurgo, la
procreación eugénica era forzosamente comprobada. Los niños inválidos o
deformes eran abandonados o tirados al Eurotas. Como todos los otros pueblos
militares, los espartanos eran estrechamente envidiosos, desconfiados,
despreciativos de la grandeza o prosperidad de las otras naciones. Unos y
otros, los jónicos y los dóricos, eran extraordinariamente deseosos de conocer
el porvenir, y, como todos los pueblos de las civilizaciones primitivas,
concedían una extraordinaria importancia a los oráculos, presagios y augurios,
de tal modo, que el arte de pronosticar constituye el principal rasgo
característico de la medicina griega antes de Hipócrates. Entre los espartanos,
los cirujanos disfrutaban de la misma alta consideración que entre los héroes
homéricos, y Licurgo los clasificaba entre los oficiales no combatientes. Entre
los áticos, o griegos jónicos, la profesión médica, al irnos aproximando al
siglo de Pericles, ha llegado a ser altamente especializada. En primer término
encontramos los prácticos generales, que en los últimos períodos reciben los
honorarios estipulados por sus servicios, en lugar de los usuales dones a los
templos en señal de gracias; después, los médicos de ciudad o de distrito o
públicos llegan a percibir un salario anual que, con el tiempo, llega a ser
bastante elevado: en el caso de Democedes de Atenas (unos 525 años antes de J.
C.), unos 2.000 dólares. Su existencia después del tiempo de Homero es
mencionada por Heródoto y Diodoro, y eran bien conocidos en Atenas desde la
edad de Pericles hasta la primera centuria después de J. C., como se demuestra
en las obras de Aristófanes y en muchas inscripciones griegas. Después de este
tiempo eran conocidos como αρχιατροι. De la institución griega del médico
público los romanos derivaron su archiater, de donde el
alemán Arzt. En Tesalia, la tierra de los caballos, había un
veterinario público[125]. Había
también cirujanos militares y navales, tanto entre los atenienses como entre
los espartanos. Xenofonte recuerda que había ocho cirujanos militares en la
expedición de los diez mil, al fin de la quinta centuria, y menciona la ceguera
por la nieve, y la gangrena por el frío. Había, además, comadronas,
litotomizadores profesionales, drogueros y veterinarios, y, por último, una
clase especial, los rhizotomi, o los que escogían raíces, que,
viajando por los campos y los bosques, iban recogiendo diversos ejemplares
vegetales. La oficina del médico se designaba con el nombre de Iatreion,
y esta palabra se aplicaba indiferentemente al dispensario, a la sala de
consulta y al teatro operatorio. En las grandes ciudades había Iatreia públicos,
sostenidos por un impuesto especial.
La
instrucción médica no estaba organizada; era, efectivamente, privada, y se
recibía de algún médico célebre o de los adheridos a alguna escuela. Al
terminar su curso, el graduado hacía sencillamente el juramento de los médicos,
del grupo médico particular o de la secta a que pertenecía.
La
anatomía humana que los médicos y cirujanos griegos enseñaban era idéntica con
el conocimiento que los escultores tenían de esta materia, y que los últimos
adquirían por estar familiarizados constantemente con el cuerpo desnudo en
acción; otros, durante los concursos atléticos celebrados en el Píndaro o en la
palestra.
«Había—dice
Waldstein — millares de jóvenes desnudos, no sólo combatientes, saltadores y
corredores, sino también esforzándose en la práctica sistemática de remediar
todo defecto o anomalía en cualquiera de los miembros u órganos, de tal modo,
que el artista, día por día, estudiaba la anatomía de la forma humana sin
necesidad de entrar en la sala de disección»[126].
Como dice
Pater, «la edad de los atletas premiados» ha sido también la gran edad
de la escultura griega, y el característico poder de la inteligencia griega no
tiene ninguna demostración más hermosa y más noble que las obras maestras de
los grandes artistas de este período. En relación con la notable capacidad que
poseían para la observación, hace notar Waldstein «que el músculo pectíneo,
escondido por la base del triángulo de Scarpa, pero poderosamente desarrollado
en la musculatura de los atletas griegos, aparece en algunas de las estatuas de
éstos, a pesar de que ha escapado a la atención de los modernos artistas
anatómicos»[127]
Respecto
de la educación y de la higiene personal, los griegos defendían el ideal de un
desarrollo armónico de todas las facultades individuales, que ha sido
abandonado o desechado durante la Edad Media, pero que, en cambio, ha ido
siendo cada vez más aceptado en estos últimos tiempos. Con esta educación, no
debe extrañarnos que los helenos de la quinta centuria hayan alcanzado un grado
de civilización y una supremacía en filosofía, poesía lírica y dramática,
escultura y arquitectura que no ha podido ser igualado por ninguno de los
pueblos que han aparecido después de ellos. Y este período de supremacía es
asimismo la edad de Hipócrates.
§. El
período clásico (460-146 años antes de J. C.)
La
medicina europea comienza verdaderamente en la edad de Pericles, y sus
adelantos científicos vienen a concentrarse en la figura de Hipócrates (460-370
años antes de J. C.), que supo dar a la medicina griega su espíritu científico
y su ético ideal. Contemporáneo de Sófocles y Eurípides, de Aristófanes y
Píndaro, de Sócrates y Platón, de Heródoto y de Tucídides, de Fidias y
Polignoto, ha vivido en el momento en que la democracia ateniense había
alcanzado el más alto grado de su desenvolvimiento. Nunca, ni antes ni después,
han aparecido tantos hombres de genio en un espacio tan limitado ni en un
tiempo tan breve. Hipócrates había nacido, según Sorano, en la isla de Cos, de
una familia de Asclepíades, y durante la octava olimpíada. Recibió su primera
instrucción médica de su padre; estudió en Atenas, y alcanzó una vasta
experiencia viajando y practicando a través de las ciudades de Tracia, Tesalia
y Macedonia. La fecha de su muerte nos es desconocida; su edad oscila, según
los autores, entre los ochenta y cinco y los ciento nueve años. El mérito de
Hipócrates es triple: ha emancipado la Medicina de la Teurgia y de la
Filosofía; ha cristalizado los conocimientos dispersos de las escuelas de Cos y
de Cnido en una ciencia sistematizada, y ha dado a los médicos la inspiración
moral más elevada que pudieran tener[128].
Los
hechos que en lo futuro puedan deducirse del profundo estudio de la medicina
cuneiforme y de los papiros médicos, no podrán de ningún modo disminuir en
nacía el mérito de los grandes adelantos que él ha hecho experimentar a la
ciencia sintética. Antes de la edad de Pericles, el médico griego no era más
que un asociado del sacerdote, en tiempo de paz, y un cirujano, en tiempo de
guerra. Como la inteligencia de los griegos era esencialmente plástica, así en
anatomía su conocimiento era principalmente el conocimiento del escultor de las
partes visibles y palpables, y por la misma razón su conocimiento clínico de
las enfermedades internas quedaba confinado a los signos externos. Así como
Los
dioses griegos son, como los griegos, de ojos penetrantes, fríos y hermosos,
los médicos antiguos helénicos permanecieron siendo esencialmente cirujanos, en
tanto que los clínicos, en sus actitudes respecto de sus enfermos, consideraban
sólo las indicaciones superficiales.
En la
fría y seca enumeración de síntomas, de las tablas y sentencias de Cos y de
Cnido, lo mismo que en los papiros del Egipto, podría haberse encontrado
ciencia si los médicos de aquel tiempo hubieran sabido cómo se agrupaban y
coordinaban los síntomas, y, por consiguiente, cómo se interpretaban.
Hipócrates (460-370 años antes de J. C.). (Mármol griego en el Museo
Británico.)
Todo esto
cambió con el advenimiento de Hipócrates. Este, que era un completo hombre
genial, fue capaz de hacer la medicina interna, sin otros instrumentos de
precisión que su superior inteligencia propia y sus agudos y penetrantes
sentidos; y, con las naturales reservas, puede afirmarse que sus mejores
descripciones de las enfermedades siguen siendo, en nuestros días, un modelo en
su género. Para él, la Medicina debe de depender del arte de la inspección
clínica y de la observación, y él es, por encima de todo, el ejemplo de que la
crítica inflexible, la bien equilibrada actitud de la mente, siempre en acecho
de las causas de error, es la verdadera esencia del espíritu científico. Como
Allbutt ha puntualizado[129],
Hipócrates enseñó a los médicos de Cos que, en relación con una enfermedad
interna, como el empiema o la fiebre palúdica, la base de todo conocimiento
real reside en la aplicación del método inductivo, que, «moliendo o frotando»,
mejor que la simple enumeración al azar de los síntomas, consiste en pasar
repetidas veces sobre los mismos, hasta que comience a deducirse de ellos, en
su valor real, la descripción clínica. Así, en lugar de atribuir las
enfermedades a los dioses o a otras fantásticas imaginaciones, como sus
predecesores, Hipócrates fundó virtualmente el método clínico, que más tarde
había de ser empleado con especial habilidad por Sydenham, Heberden, Laennec,
Bright y Addison, los clínicos de Dublín, y los quincuagésimos Frerichs,
Duchenne de Boulogne y Charcot. Huchard dice que la resurrección del método
hipocrático en el siglo XVII, y su vindicación triunfante en el concertado
movimiento científico del siglo XIX, constituyen la historia completa de la
medicina interna. El núcleo de la doctrina hipocrática, la patología humoral,
que, como hemos visto, atribuye toda enfermedad a los desórdenes de los fluidos
del cuerpo, en su forma original ha sido, desde hace mucho tiempo, desechada;
pero vemos, no obstante, continuas resurrecciones de la misma en las modernas
teorías del sero-diagnóstico y de la seroterapia. Es el método de Hipócrates,
el empleo de la inteligencia y de los sentidos como instrumentos de
diagnóstico, juntamente con su transparente honradez y su elevada concepción de
la dignidad en el ejercicio de la Medicina, su gran seriedad y su profundo
respeto hacia los enfermos, lo que ha hecho que de un modo unánime se considere
al «Padre de la Medicina» como el más grande de todos los médicos.
Claudio
Bernard ha dicho que la observación es una ciencia pasiva y la experimentación
una ciencia activa. Hipócrates no podía estar familiarizado con el experimento;
pero, en cambio, no hay ningún médico que haya podido sacar más provecho que el
que él ha obtenido de la experiencia. Aunque Asclepíades haya llamado a su
método de observación «una meditación sobre la muerte», la obra de Hipócrates
debe ser juzgada por sus resultados. El ha descrito las fiebres «biliosa,
malárica y hemoglobinúrica» de Tesalia y de Tracia, tan bien como los modernos
escritores griegos Cardamatis, Kanellés y otros que las han encontrado todavía
en nuestros tiempos, y, además, se ha hecho notar frecuentemente que sus
pinturas clínicas de la tisis, de la septicemia puerperal, de la epilepsia, de
las parotiditis epidémicas, de las variedades cotidiana, terciana y cuartana de
la fiebre remitente, y de algunas otras enfermedades, podrían, con muy pocos
cambios y adiciones, colocarse en un libro de texto moderno. Según Paul Richter,
Hipócrates ha descrito el ántrax como άγρια φωτιά (ignis agrestis)[130], el
«fuego pérsico» de Avicenas, que Galeno ha interpretado erróneamente como
erisipela[131]. De los
42 casos clínicos de Hipócrates—casi los únicos relatos de este género en un
espacio de mil setecientos años — 35 son referidos con característica
sinceridad como fatales, y, al contrario de Galeno, el autor no ha dicho nunca
nada acerca de su hábil diagnóstico, de sus notables curas o de los disparates
cometidos por parte de sus colegas. «Parece—dice Billings—haber escrito
principalmente con el propósito de enseñar lo que él mismo sabía, y este
propósito—raro entre todos los escritores — lo es especialmente entre los
escritores de Medicina.»[132] A
causa de Hipócrates, esto constituye la gloria principal de la medicina griega:
el haber sido la primera en proclamar que el estudio de primera mano de la
Naturaleza, con una intención decididamente honrada, formando el motor poderoso
de la ciencia moderna. Después del período hipocrático, la práctica de
presentar casos historiados con el único fin de enseñar puede decirse que ha
muerto; los casos de Galeno han sido escritos sólo con la intención de ponderar
excesivamente su propia reputación, y no hay en ellos nada que podamos
considerar valioso hasta las autopsias de Benivieni y Vesalio.
Las obras
atribuidas a Hipócrates constituyen un canon, un cuerpo doctrinal escrito, que
de ordinario se divide en cuatro grupos: las obras genuinas, las falsas, las
escritas por sus predecesores y aquellas otras que han sido escritas por sus
contemporáneos y sus sucesores[133]. Las
obras propias, escritas en griego jónico, comprenden, por lo menos, las
siguientes: Aquellas admirables notas clínicas, los Aforismos (Libros
I-III), los tratados del pronóstico, de las enfermedades epidémicas (Libros I y
III), de la Dieta en las enfermedades agudas, de las heridas de la cabeza, de
las dislocaciones, fracturas y úlceras, y el famoso De aires, aguas y
lugares que es, seguramente, el primer libro que se ha escrito de
geografía médica, de Climatología y de Antropología, si exceptuamos las
narraciones contemporáneas de Heródoto, con las que aparece frecuentemente
Hipócrates notablemente conforme. El «όρκος », o juramento de los médicos, el
más antiguo y más impresionante documento de la ética profesional, no suele ser
considerado como una genuina obra de Hipócrates, sino que se opina que sea un
antiguo juramento del templo de los Asclepíades. Sin embargo, como quiera que
el juramento y la ley están muy acordes con todo lo que nosotros conocemos del
espíritu ético del gran maestro de Cos, de ordinario se les suele incluir en el
canon hipocrático. Para un lector moderno, lo mejor de los Aforismos, que
parecen las notas taquigráficas de una penetrante inteligencia a la cabecera de
los enfermos, es el intento de establecer una verdadera relación entre lo
particular, lo accidental y lo esencial. Al paso que muchos de estos aforismos
van directamente a su objeto, otros son fuertemente sugestivos, y del género de
una inadecuada información, probablemente tomada de las sentencias de Cos y de
Cnido. Los Pronósticos, el acabado y perfeccionado resumen de
las Prenociones de Cos y de los Prorrhéticos de
sus predecesores demuestran que la dignidad del médico griego estaba basada en
su habilidad para predecir los acontecimientos clínicos, más que en su poder
para contrarrestarlos. Para ello, concluye Hipócrates instituyendo, por primera
vez, un examen cuidadoso, sistemático y completo de las condiciones del
enfermo, incluyendo el aspecto de la cara, el pulso, la temperatura, la
respiración, las excretas, los esputos, los dolores localizados y los
movimientos del cuerpo. Hasta hace notar el síntoma fatal de desplumar los
cobertores de la cama en los casos de fiebre. El ha inventado las doctrinas
médicas de los cuatro humores (patología humoral), de la cocción de los
alimentos en el estómago, de la curación por primera intención y de la división
de las enfermedades en agudas y crónicas, en endémicas y epidémicas. El libro
de las enfermedades epidémicas contiene las notables historias de casos y las
famosas pinturas clínicas a que hemos hecho referencia. No son los últimos de
ellos la famosa «facies hipocrática», el admirable bosquejo, en cuatro rasgos,
de los signos de próxima disolución[134], algunos
de cuyos caracteres han sido expuestos por Shakespeare en la muerte de
Falstaff. Aunque en los escritos quirúrgicos de Hipócrates hay mucho erróneo,
incompleto, o que no está acorde con la práctica moderna, hay que reconocer que
esto es lo único de valor que existe sobre la materia antes de la época de
Celso. Los tratados de las fracturas, dislocaciones y heridas pueden ser
considerados como obras modernas, en el mismo sentido en que Matthew Arnold
considera a Tucídides como un moderno escritor, demostrando la admirable
capacidad de la inteligencia griega para separar lo esencial de lo accidental,
«la tendencia a observar los hechos con un espíritu crítico, a indagar las
leyes de los mismos, a no errar entre ellos al azar, a juzgar por la ley de la
razón, no por el impulso del prejuicio o el capricho»[135]. Algunos
de los más grandes maestros de la Medicina, Malgaigne, Littré, Petrequin,
Allbutt, etc., han sostenido que los libros de las fracturas, dislocaciones y
heridas, dadas las naturales limitaciones en que han tenido que ser escritos,
son equivalentes a muchas obras similares de época mucho más reciente. En las
dislocaciones del hombro[136],
Hipócrates dice que son «raramente hacia adentro o hacia afuera; pero frecuente
y principalmente hacia abajo», y sus métodos de reducción son prácticamente los
de los tiempos modernos. Es especialmente interesante en lo que hace referencia
a las dislocaciones congénitas y a la reducción y vendaje de las fracturas. Ha
sido el primero en exponer que la gibosidad de la columna vertebral (enfermedad
de Pott) coincide frecuentemente con el tubérculo de los pulmones, y que era
familiar, como el pie zambo. En el tratado de las dislocaciones (párrafo 47)
describe el tratamiento de Calot para las deformidades de la columna vertebral:
el enderezamiento forzado. Estaba impuesto en las fracturas de
la clavícula y en las dislocaciones de su extremidad acromial, y sabía cómo se
trataban unas y otras. En el tratamiento de las heridas sabía que no se las
debe lavar nunca, a no ser con agua limpia o con vino; que la sequedad era lo
más próximo a la salud; la humedad, a la enfermedad, y las ventajas asépticas
de la extrema sequedad eran ya utilizadas evitando los apósitos grasos, y
esforzándose en llevar los bordes refrescados de las heridas a una unión
cerrada; y conociendo, por último, el uso de los astringentes[137].
Hipócrates reconoce que «el reposo y la inmovilización son de capital
importancia», y que el estarse quieto es un apósito mejor que el vendaje. El ha
descrito los síntomas de la supuración, diciendo que en tales casos deben
aplicarse» sobre todo, medicamentos secantes; pero «no sobre la herida, sino
alrededor de la misma». Si se usaba el agua para irrigación debería ser pura o
hasta hervida, y estar bien limpias las manos y las uñas del operador.
Hipócrates nos ha dado la primera descripción de la curación por primera y por
segunda intención. En su descripción de la sala de operaciones se extiende a
propósito de la buena iluminación, de la postura del enfermo y de la necesidad
de ayudantes hábiles. El se refiere a la trepanación y a la paracentesis; pero,
en apariencia, no conoce nada de la amputación. En sus instrucciones acerca de
la trepanación para las heridas de la cabeza hace notar que una herida de la
región temporal izquierda puede producir convulsiones del lado derecho del
cuerpo, y viceversa. El aforismo de Hipócrates de que las enfermedades no
curables por el hierro son curables por el fuego, que ha sido causa de que no
acabe la chapucería y las malas prácticas quirúrgicas hasta después de la época
de Ambrosio Paré, es realmente prehipocrático, estando ya mencionado en
el Agamenón de Esquilo. Ha sido encontrado por Baas en la
India antigua. En el diagnóstico clínico, Hipócrates es el primero que hace
notar «el sonido de sucusión» obtenido por sacudimiento de los enfermos, en
posición rígida, y aplicando la oreja al tórax. Littré comenta también un
«sonido de ebullición» y un sonido como el que produce el cuero nuevo. La
respiración de Cheyne Stokes («como la de una persona que se recoge en sí
misma») ha sido citada en el caso de Philiscus».[138]
En la
terapéutica, Hipócrates prefiere el ayudar sencillamente a la naturaleza, y
aunque él conoce el uso de muchas drogas, su plan de tratamiento está
usualmente reducido a sencillos recursos, como el aire puro, el régimen
apropiado, los purgantes, las tisanas de agua de cebada, vino, masaje e
hidroterapia. En la medicina griega, el eléboro negro (Helleborus
niger) era la purga universal, y el eléboro blanco (Helleborus
album), el emético universal.
En el
estilo literario, Hipócrates es, como los mejores escritores griegos de la
época clásica, claro, preciso y sencillo. La Ley, el Juramento
y el discurso De la enfermedad sagrada son los trozos
de lenguaje más elevados de la medicina griega, y, sean o no debidos a
Hipócrates, vienen a representar la esencia de su doctrina. Detrás de los
fenómenos sensibles de la Naturaleza, él sospecha la existencia de algún
tremendo poder (enormon) que pone en marcha las cosas. El argumento
de la Enfermedad sagrada, que trata del supuesto origen divino
de la epilepsia, es el más elevado intento de libertad del pensamiento de los
siglos, y tiene el mérito de haber desechado para siempre la disparatada idea
de ser las enfermedades humanas causadas por los dioses o por los demonios.
Los
retratos conocidos de Hipócrates le representan como un hombre hermoso, de
barba y de venerable aspecto. No se trata, de ningún modo, de «representaciones
falsificadas», sino sólo de representaciones tradicionales. En las Nubes,
de Aristófanes, hay una referencia satírica a los médicos como personas
perezosas, fatuas, de pelo largo, con sortijas y uñas cuidadosamente pulidas;
lo que se ha supuesto, incidentalmente, una alusión al padre de la Medicina. Es
sumamente probable que los médicos del período de Pericles llevasen las barbas
y el pelo largos, para asemejarse todo lo posible a las figuras de Júpiter y de
Esculapio, y no estarían, por otra parte, libres de la autosuficiencia que
caracterizaba a los griegos de este período. Nosotros deducimos de todo esto
que los supuestos retratos de Plutócratas son solamente variantes del busto de
Esculapio, interpretado en mármol por Praxíteles (Museo Británico), o como se
ve en las estatuitas del relicario de Epidauro o en las monedas griegas de Cos,
Pérgamo y Epidauro, que le representan en el trono.
Las
ediciones más importantes de las obras de Hipócrates son las siguientes:
1. El folio
latino de la Opera Omni a, traducido y editado por Fabius Calvus, el amigo y
patrón de Rafael, y publicado en Roma bajo los auspicios del papa Clemente VII,
en 1525. Ha sido la primera edición completa que se ha publicado de las obras
de Hipócrates.
2. El folio
editio princeps del texto griego, publicado en el año siguiente, de 1526, por
Aldus en Venecia.
3. La Opera
Omnia, de Basilea, editada por Janus Cornarius e impresa por Froben (1538), y
altamente apreciada por lo que respecta a su exactitud textual y crítica.
4. El texto
griego y la traducción latina de Hieronymus Mercuriales, impreso en la Casa de
Giunta, de Venecia, en 1538.
5. La
edición de Francfort de 1595, conteniendo la valiosa traducción y comentarios
de Anutius Foesius, el más ilustrado, laborioso y capaz de los comentadores de
Hipócrates antes de Littré.
6. La
magnífica edición, en diez volúmenes, del mismo Littré (París, 1831-1861),
conteniendo el texto griego, la traducción francesa (todos los textos conocidos
han sido cuidadosamente cotejados con notas críticas), uña introducción
biográfica y una introducción especial para cada tratado especial. Ha sido la
obra de una época, y es uno de los triunfos de la erudición moderna.
El primer
texto griego de los Aforismos ha sido editado por François Rabelais y publicado
en Lyon en 1532. Los textos paralelos griego y latino de J. A. van den Linden
(Leyden, 1665) y de C. G. Kühn (3 v., Leipzig, 1825-1827) son tenidos en alta
estimación. De las traducciones inglesas, la más valiosa es la del erudito
escocés Francis Adams (Londres, 1849), que está limitada a las obras genuinas
de Hipócrates. Además de éstas, la más manuable para el uso práctico es la
(Euvres choisies, de Charles Daremberg (París, 1834); una traducción excelente
alemana es la de R. Fuchs (3 v., Munich, 1895-1908). Los escritos quirúrgicos
han sido editados con espléndidos comentarios por J. E. Petrequin (2 v., París.
1877-1878). Por lo que hace referencia a la relación de Hipócrates con la
medicina moderna, es altamente recomendada por Sudhoff, para los principiantes,
la antología bilingual metedor Beck (Hippocrates Erkenntnisse, Jena, 1907).
Hipócrates
resume por completo el espíritu de toda una época, y después de su tiempo hay
una gran laguna de continuidad en la medicina griega. En las sucesivas
centurias el espíritu receptivo y la amplia inteligencia de sus maestros vienen
a quedar sumergidos en el fomalismo duramente encajado de los dogmáticos como
Praxágoras[139], que
cuidan más de la rígida doctrina que de la investigación. Los dogmáticos
dividían la ciencia médica en cinco ramas: fisiología, etiología (patología),
higiene, semiología y terapéutica. De ellas, los últimos empíricos conservaban
sólo las ramas prácticas de la semiología y la terapéutica, con sus divisiones
de dietética, farmacología, cirugía y, algunos, higiene.
El más
grande nombre científico después de Hipócrates es el del «maestro de lo que
conocemos», el asclepíade Aristóteles (384-322 años antes de J. C.), de
Estagira, que dio a la Medicina los fundamentos de la zoología, anatomía
comparada y embriología, y el empleo de la lógica formal como un instrumento de
precisión. Aristóteles era un discípulo de Platón, cuyo Timaeus expone
algunas ideas muy fantásticas sobre la enseñanza médica del siglo; pero supera
a su maestro, en extensión por lo menos, describiendo unas 500 especies de
animales (algunas de ellas fantásticas) y estudiando su estructura corpórea. La
más importante de sus obras es su Historia animalium, y los
tratados de la generación y del movimiento.
Él ha
designado la aorta y consignado un cierto número de hechos en embriología,
tales como el punctum saliens, los movimientos del corazón fetal y la
posibilidad de la superfetación. Ha enunciado la doctrina de la supremacía del
corazón, como asiento del alma y como fuente del calor innato, diferente del
fuego elemental, y que es el que produce la vida. Ha defendido que la vida
puede originarse de un modo espontáneo de la espuma (pneuma, protoplasma), como
Afrodita ha nacido de la espuma del mar (Curtis). En la generación espontánea
opina que el alma deriva del aire, y la fuerza germinativa, del Sol. En la
generación sexual el semen es el vehículo del alma y del calor vital; pero «la
causa del hombre es su padre el Sol y sus movimientos». Ha sido el primero que
ha empleado la palabra «antropólogo», pero en el sentido de una persona vana,
importante para sí, como opuesta lógicamente a la de «hombre de elevada mente»,
de su Ética. Sus «entelequias», que él ha considerado como intermediarias,
entre el alma y el cuerpo, han sido revividas, como un sustituto del «principio
vital», por el morfólogo Driesch.
Aristóteles
ha dejado su biblioteca y su jardín botánico a su amigo y discípulo Teofrasto
de Éfeso (370-286 años antes de J. C)., que era también médico y que ha
recibido el nombre de «protobotánico», a causa de que ha hecho en el reino
vegetal lo que previamente había hecho Hipócrates por la cirugía y la clínica
médicas; realmente, ha reunido en un tratado sistemático las plantas dispersas
de los cazadores y rhizotomistas. El libro de Teofrasto De historia
plantarum contiene la descripción de unas 500 plantas diferentes, y
constituye un buen ejemplo de la capacidad de la inteligencia griega para
seleccionar lo que es importante y rechazar lo superfluo. Como dice Greene[140], divide,
en primer término, las plantas en floridas y sin flores; las plantas con
semillas, en angiospermas y gimnospermas, describiendo sus órganos externos en
serie, desde la raíz hasta el fruto. Antes que Goethe y que Linneo ha
reconocido que las flores son «una metamorfosis de las hojas de las ramas». Fía
diferenciado las raíces aéreas de los zarcillos y ha considerado los frutos
como «toda forma y fase de envoltura y de inclusión de las semillas.» Ha
comprendido cómo estaba formado el ciclo anual del tronco y de las ramas de los
árboles, y «sin haber visto una célula vegetal, ha distinguido ya claramente
los tejidos parenquimatosos y prosenquimatosos». Las ediciones más importantes
de Teofrasto son las dos de Aldines de 1497 (griego) y 1504 (latín) y el texto
griego y latín de Stapel de 1644.
Menón,
otro discípulo de Aristóteles, ha sido autor de la más antigua contribución a
la historia de la Medicina (Jatrika) después de Hipócrates,
una obra que había sido mencionada por Galeno y descubierta en 1895 en el
papiro de Londres, editado por Diels (anónimo londinense).
Con la
fundación de Alejandría (331 años antes de J. C.), la ciencia y la cultura
griegas quedaron firmemente implantadas en la antigua civilización del Egipto.
Alejandría, con su gran universidad y su biblioteca, con tan grandes hombres
como Ptolomeo y Euclides, Hero y Strato, llegó a ser el medio de preservar los
textos griegos y de extender las doctrinas griegas hacia el Oriente.
La
colonización de la medicina griega en Egipto condujo al brillante
desenvolvimiento de la Anatomía y de la Cirugía; pero nuestro conocimiento
propio de los grandes anatómicos alejandrinos Herópieo y Erasistrato, los
fundadores de la disección, no está basado en el examen textual de las obras de
los mismos, sino en fragmentos reunidos por la erudición de Marx y de
Hieronymus. Los dos, Herófilo y Erasistrato, hicieron importantes
investigaciones en el sistema nervioso, descubriendo las relaciones existentes
entre los nervios y el cerebro y la médula espinal, y distinguiendo los nervios
sensitivos de los motores, con los cuales se habían confundido los tendones.
Ambos se han distinguido por algunas, aunque vagas, referencias a los vasos
linfáticos. Herófilo, en particular, ha descrito la prensa de Herófilo y el
cuarto ventrículo del cerebro, incluso el calamus scriptorius. Ha descrito
también el hueso hioides, el duodeno, la próstata, y, en el ojo, la retina, el
humor vítreo y el cuerpo ciliar. Erasistrato, por su parte, ha descrito la
tráquea, las aurículas y las cuerdas tendinosas del corazón; pero sostenía que
el corazón no contenía sangre. Él ha imaginado el primero el papel calorímetro
de la respiración, para cuyo estudio ha cogido pájaros, pesándolos después de
alimentarlos, y pesando asimismo sus excretas[141].
Una
considerable luz sobre la cultura médica helénica injertada en el Egipto en el
período alejandrino—dietética, materia médica, patología, crianza, baños
públicos, la superviviente «etiqueta» de la circuncisión y del embalsamamiento,
los templos de Serapis y de Isis (Serapiéia, Isieia, correspondiendo a los
Asclepiéia de los griegos—se da en la espléndida monografía de Karl
Sudhoff Aerztliches aus griechischen Papxrus-Ürknnden. Banstein zu
einer medizinischen Kulturgeschichte des Hellenismus, en Studien
z. Gesch. d. Med. (Puschmanns Stiftung.), números 5 y 6, Leipzig,
1909.
En la
tercera centuria antes de J. C. la medicina alejandrina había penetrado en la
Mesopotamia, y en su camino, la Siria había adquirido lo principal de la
doctrina hipocrática Via Egipto, aunque conservando muchos de
los rasgos astrológicos de la medicina asirio-babilónica. Su sistema dualista
ha sido estudiado por los médicos de Siria por espacio de mil años. Un texto
sirio muy interesante, porque pone en evidencia esta transición, ha sido
publicado por Wallis Budge[142]. Siria
ha llegado a ser el primer escalón, la primera estación entre la medicina
oriental, la grecoalejandrina y la medieval. En la Edad Media se solían hacer
las traducciones de los textos griegos de un modo invertido: primero, al sirio;
luego, al árabe o al hebreo, y después, al latín.
Las
tendencias de la escuela de los empíricos, que brotaron de la escuela de
Alejandría en la segunda centuria antes de Cristo, culminaron en un estado
actual de farmacología experimental y toxicología en las manos de los médicos y
de gobernantes aficionados y precavidos, como Mitrídates, rey del Ponto, que
llegaron a alcanzar gran reputación en el arte de dar y hacer venenos. Se dice
que se había inmunizado él mismo contra el envenenamiento por medio de la
sangre de patos alimentados con substancias tóxicas, y que aspiraba a la
obtención de un antídoto universal (alexifarmaco). Estos «milridatos» y
«triacas», como se llamaron, atrajeron los talentos de los farmacólogos del
comienzo de la diez y ocho centuria, queriendo considerar a aquél (Mitrídales)
como el iniciador de la idea de las drogas polivalentes y de los sueros. Los
dos restos principales de su doctrina empírica de los venenos son el tratado de
las ponzoñas animales de Apolodoro de Alejandría y los dos poemas hexámetros de
Nikander acerca de los venenos animales (Theríaca) y de los antídotos para los
venenos (Alexipharmaca), que se conservan en las dos ediciones de Aldine, de
1499 y 1523, y en la versificación francesa de aquellos poemas por Jacques
Grevin (Plantin, imprent. Antwerp., 1568).
§. El
período greco-romano(146 años antes de J. C. y 476 años después de J. C.)
En la
historia antigua de Roma, los pueblos primitivos, ignorantes u débilmente
autónomos, eran dominados y supeditados por los guerreros del Norte, «la avara
Umbría» y la «.sombría puritana Sabina». A esta mezcla de razas va a sumarse
todavía otro elemento, los etruscos, «con sus carnosos cuerpos, sus ojos de
almendra, sus narices gordas y sus espléndidos gustos»; una raza oriental cuyas
ceremonias y adivinaciones «pueden haber sido testimoniadas por el mismo
Abraham en sus registros en el Hebrón». «El vasto, obscuro y profundo
fundamento de la medicina romana—dice Allbutt[143] —,
para nosotros el abono del cual se ha de cultivar la medicina romana, consiste
en la raza original, obscura, pequeña, reducida a la servidumbre formal o
virtual, pero siempre animada y activa, y de una ascendiente e irresistible
aristocracia, principalmente de los invasores del Norte, pero compenetrada con
otra raza gobernante, de costumbres orientales». La mitad Sur de Italia y la
isla de Silicia no habían sido conquistadas por los invasores del Norte, y
permanecieron siendo «la Magna Grecia desde la sexta centuria antes de J. C.
hasta la décima después de J. C., y de esta Magna Grecia viene una de las
corrientes de influjo cultural, que aparece en forma de Escuela de Salerno».
Después
de la destrucción de Corinto (146 años antes de J. C.), puede decirse que la
medicina griega ha emigrado hacia Roma. Antes de la invasión griega, los
romanos, como ha dicho Plinio el Viejo, «han avanzado, por espacio de
seiscientos años, sin doctores», confiando principalmente en las hierbas
medicinales y en los medios simples domésticos, en los ritos supersticiosos y
en las prácticas religiosas. Para los romanos del imperio, el griego de
cualquier descripción era el Graeculus esuriens, de Juvenal. El
orgulloso ciudadano romano, que tenía un dios familiar casi para cada
enfermedad o función fisiológica conocida por él[144], una
medicina herbórea doméstica de su propiedad[145], una
mirada desdeñosa para el médico griego viajero, despreciándole como a un
mercenario que aceptaba una compensación por sus servicios, y desconfiando de
él, por otra parte, como un posible envenenador o asesino (Plinio,
XXIX, 7), Archagathus, que llegó a Roma en el año 535 de la ciudad
(220 años antes de J. C.), el primer médico griego que practicó en aquella
capital, llegó a ser conocido con el nombre de «Carnifex», por su crueldad como
cirujano (Plinio, XXIX, 6). Pueden recordarse además las
intrigas de los médicos Vettius Valens y Eudemus con Mesalina y Livia, damas
regias ambas; la no existencia de leyes que castigasen los abusos, los
envenenamientos y las manipulaciones fraudulentas que se les ordenaban (a los
médicos asalariados), y el extraordinario número de serpientes guardadas en las
habitaciones privadas, a consecuencia del culto de Esculapio[146], todo
ello hacía poco respetable la Medicina a los ojos de los austeros romanos, que
no eran aficionados a la introducción de las ideas extranjeras. (Plinio, XXIX,
5-8, 22). Además de los escritos de un litterateur privado,
como Celso, la principal contribución de Roma a la Medicina han sido las
espléndidas construcciones sanitarias del arquitecto Vitrubio. Así como Cos y
Alejandría han sido los puntos de arranque de la medicina griega, el primero y
el último, del mismo modo los médicos más eminentes de Roma venían del Asia
Menor, de las escuelas de Pérgamo, Éfeso, Tralles y Mileto (Wellmann). La
medicina griega se había, finalmente, establecido sobre la respetable base de
la personalidad, habilidad y tacto de Asclepíades, de Bithyna (124 años antes
de J. C.), que permanece distanciado de los dogmáticos y de los empíricos y
cuyos fragmentos aparecen en el texto griego de Gumpert (Weimar, 1794).
Asclepíades era formalmente opuesto a la idea hipocrática de que las
condiciones morbosas fueran debidas a los disturbios de los humores del cuerpo
(humorismo), y atribuye, por el contrario, la enfermedad al estado de
contracción o de relajación de las partes sólidas (solidismo). Esta es la
teoría denominada del strictum et laxum, que se deriva de la teoría
atómica de Demócrito y que ha vuelto a revivir en distintas épocas bajo los
diferentes aspectos de la teoría brunoniana de los estados esténicos y
asténicos, de la idea de Friedrich Hoffmann de las condiciones tónicas y atónicas,
de la teoría de Broussais de la irritación como causa de enfermedad, de la
doctrina de Rasori del estímulo y contraestímulo. Como una lógica consecuencia
de su antagonismo con Hipócrates, Asclepíades ha fundamentado su método
terapéutico en la eficiencia de la interferencia sistemática que se opone al
poder curativo de la Naturaleza; pero en la práctica era un verdadero
asclepíade, sabiamente impuesto en el régimen de Cos, del aire puro, la luz, el
régimen apropiado, la hidroterapia, el masaje, los enemas, las aplicaciones
externas y la sobriedad en los medicamentos internos. Ha sido el primero en
hacer mención de la traqueotomía. Su influencia favorable fue la propia de una
personalidad superior, pero murió con él. Sus discípulos y partidarios,
Themison y otros, exageraron sus doctrinas hasta llegar al «metodismo»[147], al paso
que los continuadores de los filósofos estoicos se esforzaban en encontrar un
sistema médico basado en la acción física y en el estado del aire vital,
o pneuma, que entraba en los pulmones para refrescar el calor vital
engendrado por el corazón y que es llevado a éste, al paso que la sangre deriva
del hígado. El renacimiento helénico en Roma se caracterizaba, por
consiguiente, por los tres modos de considerar la enfermedad como un trastorno
de los líquidos, sólidos o gases que componen el cuerpo: humorismo, solidismo y
pneumatismo. Entre los defensores de estos tres modos de teorizar se destacan
seis nombres sobre los restantes: Celso, Dioscórides, Rufo, Sorano, Galeno y
Antilo, siendo la mayoría de ellos, más que sectarios, «eclécticos». La escuela
pneumática, fundada por Athaeneus, de Attalia, y continuada por su discípulo
Claudius Agathinus, de Esparta, el maestro de Archigenes y Leónidas, era el
partido más importante. El sirio Archigenes de Apamea (unos 54-117 años después
de J. C.) se puede considerar, según Max Wellmann, como la fuente de los textos
de Areteo y de gran parte de los de Aecio[148]. La
literatura médica de la segunda centuria después de Cristo — Galeno, Sorano,
Heliodoro, Autilo, Areteo—, y también las grandes obras resúmenes, de la época
bizantina, han sido copiados muchos de sus resúmenes y párrafos, y su tendencia
sigue sosteniéndose durante la Edad Media hasta el Renacimiento.
Aunque la
medicina romana estaba casi por completo en manos de los griegos, el mejor
resumen que de ella tenemos son las obras de Aurelio Cornelio Celso, que vivió
en el reinado de Tiberio César. Celso no era, según parece, un verdadero
médico, sino un caballero particular, de noble familia, Cornelia, que, como
Catón y Varrón, recopiló tratados enciclopédicos de Medicina, Agricultura y
otras materias, en beneficio del admirable Crichtons, de su propia posición en
la vida. Celso ha escrito de Medicina con el mismo espíritu que Virgilio ha
escrito de Agricultura en el tercer libro de las Geórgicas, y
esto hace suponer que, conforme a la práctica frecuente de los romanos, él
prestaba asistencia médica gratuita, del mismo modo que alguna señora de una
antigua hacienda inglesa o plantación del Sur, como Lady Bountiful,
representaba y tocaba el piano para sus amigos y dependientes. Clasificado por
Plinio entre los hombres de letras (ductores), más bien que
entre los medid, Celso era ignorado por los prácticos de su
tiempo y desdeñado por Quintiliano como «mediocre» (mediocri vir
ingenio). Los comentadores de la Edad Media se limitan a mencionar su
nombre; pero con el renacimiento de la ciencia ha tenido su revancha, de tal
modo, que su obra (De re medicina) ha sido uno de los primeros
libros que se han impreso (1478), haciéndose en seguida de ella más ediciones
que de casi todas las otras obras científicas. Esto se ha debido principalmente
a la pureza y precisión de su estilo literario; su elegante latinidad le ha concedido
el título de Cicero medicorum. Celso es el más antiguo
documento médico después de los escritos de Hipócrates y de los 72 autores
mencionados por él. Las obras del mismo Plipócrates son las únicas que han
llegado a nuestras manos en un estado de relativa buena conservación. El De
re medicina consta de ocho tomos; los cuatro primeros se ocupan de las
enfermedades que pueden ser tratadas con la dieta y el régimen; los cuatro
últimos, de aquellas otras que necesitan un tratamiento farmacológico y quirúrgico.
El tercer tomo contiene, entre otras cosas, el primer resumen completo de las
enfermedades del corazón (Cardiacas), que se convirtió en el
canon del subsiguiente conocimiento de las mismas en la antigüedad[149]. El
quinto tomo comienza con una lista clasificada de drogas, seguida de un
capítulo de pesos y medidas, de métodos farmacológicos y prescripciones, muy
semejante, en conjunto, a un moderno manual de terapéutica. Celso ha sido el
primero que ha recomendado los enemas alimenticios. El tomo sexto trata de las
enfermedades de la piel[150] y
venéreas, así como también de las de los ojos, oídos, narices, garganta y boca.
El tomo séptimo es quirúrgico, y contiene el primer resumen del uso de la
ligadura y una descripción clásica de la litotomía lateral. Entre los romanos,
la Cirugía (incluso la Obstetricia y la Oftalmología) ha alcanzado un alto
grado de desarrollo, que no ha sido superado después hasta los tiempos de
Ambrosio Paré. Sobre todo, la instrumentación quirúrgica estaba notablemente
especializada. Se han encontrado más de 200 instrumentos quirúrgicos diferentes
en Pompeya. La herniotomía y la cirugía plástica eran conocidas, así como
también la operación de la catarata, la versión y la operación cesárea. Hay una
razón suficiente para explicar estos adelantos, y es la constante relación en
que vivían los romanos con la cirugía militar y la de los gladiadores, y en el
hecho de ser, algunas veces, permitida la disección de los criminales
ejecutados. Hipócrates ha dicho que «la guerra es la única escuela apropiada
para los cirujanos». Celso es además muy entendido en las diferentes fiebres
palúdicas de Italia y en su tratamiento, en la gota y su terapéutica, y en las
diferentes variedades de locura. El ha sido el primer escritor importante de
historia de la Medicina, y en su Proemium se ocupa de Hipócrates, Herófilo,
Erasistrato y otros grandes hombres del pasado, con el espíritu de quien podía
haber dicho de sí mismo:
Yo
escribo de lo que otros han escrito con la elevación del Sol.
La
completa y cuidadosa investigación de los orígenes de Celso por Wellmann[151] sugiere
la idea, por la confrontación y comparación de muchos pasajes paralelos, de que
el texto griego es una recopilación, acaso hasta una traducción, de los
escritos genuinos de Hipócrates; de los fragmentos de la fístula, del discípulo
de Asclepíades, el cirujano Meges; de los escritos farmacológicos y
terapéuticos de Heraclides de Tarento (incluso su exégesis de Hipócrates), y
del mismo Asclepíades y su escuela. Según el modo de pensar de Wellmann, la
probable fuente griega de Celso ha debido ser algún manual médico para el
vulgo, escrito antes del año 26 después de J. C. por un Cassius Félix, un
médico de Tiberio César. De las 105 ediciones diferentes que existen de Celso,
las más interesantes son: la florentina, editio princeps (1478); la de Milán,
impresa en 1481; la veneciana, impresa en 1524 (la más rara y costosa de
todas); la de Aldino, de 1525, y la manuable de Elzevir, de 1657. La edición
moderna modelo es la de Daremberg. Más sencillo que un libro, el mejor resumen
de Celso, de todo lo publicado en todos los idiomas, es, incuestionablemente,
el completo ensayo erudito de Paul Broca[152].
Los tres
principales cirujanos griegos del período contemporáneo a Celso son los
pneumáticos Heliodoro, Arquígenes (ambos mencionados por Juvenal, y el último
contemporáneo de Celso), y Antilo, contemporáneo de Galeno. Las obras de estos
tres han llegado a nosotros sólo por las recopilaciones de los escritores
bizantinos. Heliodoro, que es anterior a Celso, ha dado la primera indicación
de la ligadura y de la torsión de los vasos sanguíneos, y ha sido uno de los
primeros en tratar las estrecheces por medio de la uretrotomía interna. Ha
descrito, además, las heridas de la cabeza, el tratamiento operatorio de la
hernia y la amputación circular y por colgajo. Este último procedimiento ha
sido descrito de un modo acabado por Archigenes de Apamea, y ambos cirujanos
empleaban las ligaduras, que en los tiempos de Galeno eran hechas en un
establecimiento especial de la Vía Sacra. Antyllus, mucho tiempo antes que
Daviel, menciona la extirpación de la catarata por extracción y succión; pero
su nombre y fama permanecen asociados con su bien conocido método de
tratamiento de los aneurismas con la aplicación de dos ligaduras y sección
entre ambas, que siguió siendo el método preferido hasta el tiempo de John
Hunter.
Pedacius
Dioscórides, el fundador de la materia médica, era un cirujano militar griego
al servicio de Nerón (54-68 años después de J. C.), y aprovechó su necesidad de
viajar para dedicarse al estudio de las plantas. Su obra constituye la
autorizada fuente de la materia médica en la antigüedad; describe unas 600
plantas y principios vegetales; unas cien más que Teofrasto. Así como Teofrasto
ha sido el primer botánico científico, Dioscórides es el primero que se ocupa
de la botánica médica como ciencia aplicada. Su primer libro trata de los
principios vegetales aromáticos, aceitosos, goniosos y resinosos; el segundo,
de los productos animales importantes médica y dietéticamente y de los cereales
y plantas de jardín; el tercero y cuarto, de las otras plantas medicinales. Su
clasificación era cualitativa, propia más bien de una materia médica que de una
obra de botánica; pero él, como Teofrasto, ha reconocido familias naturales de
plantas antes que Linneo, Adanson y Jussieu. Sus descripciones han sido seguidas,
«palabra por palabra», por espacio de diez y seis centurias, y su obra, dice
Greene[153], ha sido
mucho más atentamente estudiada por los hombres eruditos que ninguna otra obra
de botánica, con la posible excepción del Pinax, de Bauhin (1623).
Hasta el comienzo del siglo XVII los mejores libros de botánica son todavía
simples comentarios de la obra de Dioscórides, que es la fuente histórica más
importante de la terapéutica herbaria, así como de los más famosos sustitutos
medievales de la anestesia. El vino de mandrágora, ϑινος μανδραγόρα, es
prescrito al interior por Dioscórides como una droga contra el insomnio y el
dolor, y en tres sitios (IV, 76), lo recomienda explícitamente en las
operaciones quirúrgigicas o en la cauterización, ya sea per os, por enema o en
inhalación (IV, 81)[154].
Las
ediciones más interesantes de Dioscórides son las de Aldine, de 1499 (texto
griego); la de Stephanus, de 1516 (traducción latina de Ruellius); la rara, con
texto bilingüe, de Colonia (1529), y los comentarios italianos de Mattioli
(Venecia, 1544), también extraordinariamente raros. El texto greco-latino de
Kurt Sprengel (Leipzig, 1829-30); la definitiva con texto griego de Max
Wellmann (1906-1907), y la traducción alemana, con notas marginales de Berendes
(Stuttgart, 1902), son todas valiosas. El espúreo latín MS. de Dyascorides di
herbis feminis, en la Hofbibliotek de Munich, con sus 500 ilustraciones, como
también el más completo códex (9.332) de la Biblioteca Nacional de París, que
data, aproximadamente, de 540 años después de J. C., y que ha sido la fuente de
Gariopoutus, Macer Floriudus, de la Diaeta Theodori y otras recopilaciones
medievales, se reconocen ahora por los eruditos con el nombre de
«pseudo-Dioscórides». Los cuatro griegos auténticos MSS., son los códices de
Nápoles, Constantinopla (en Viena), el Código ilustrado de París, número 2.179,
Y el MS. de sir Thomas Phillips (Cheltenham).
Areteo de
Capadocia, que vivió bajo los dos emperadores Domiciano y Adriano (de la
segunda a la tercera centurias después de J. C.), llegó a acercarse más que
ningún otro griego al espíritu y al método de Hipócrates, y sus escritos han
sido más prontamente apreciados por los modernos lectores. Como Max Wellmann ha
demostrado por la detenida comparación de los textos, sus obras derivan, en
realidad, de los escritos de Archigenes, y por esto resulta nuestra más
importante fuente de conocimiento de los maestros de la escuela pneumática.
Como clínico, Areteo puede colocarse próximo a Hipócrates, por la seguridad
gráfica y la fidelidad de sus descripciones de la enfermedad, habiéndonos dado
cuadros clásicos de la pneumonía, pleuresía con empiema, diabetes, tétanos,
elefantiasis, difteria (úlcera siríaca), del aura en la epilepsia, así como
también la primera clara diferenciación entre las parálisis cerebral y espinal,
indicando la decusación de las pirámides y un resumen muy completo de los
diferentes géneros de locura. Aunque no iguale al más moderno Aecio en la
seguridad de sus traducciones de Archigenes, es probablemente el autor médico
más atractivo de su época. Era esencialmente un estilista, y el carácter de su
griego jónico ha sido señalado como modelo en un período posterior. Sus obras
se han conservado en el texto griego defectuoso de 1554, en Ya valiosa edición
de Wigan, de la imprenta de Clarendon (Oxford, 1723); en el texto de C. G.
Külin, de Leipzig, y en el texto griego con traducción inglesa de Francis Adams
(Londres, 1858).
Otro gran
ecléctico era Rufus de Ephesus, que vivió en el imperio de Trajano (98-117 años
después de J. C.), y cuyos restos y fragmentos literarios han sido preservados
por el texto de París de 1554 y Por de Daremberg (París, 1879). Ha escrito una
pequeña obra de Anatomía, en la cual describe la cápsula del cristalino, las
membranas del ojo, el quiasma de los nervios ópticos y el oviducto en la oveja.
El ha dado también la primera descripción de la erisipela traumática, del
epitelioma y de la peste bubónica (derivada de un origen alejandrino). Añadió
algunos nuevos preparados a la materia médica, entre ellos su «hiera», un
purgante conteniendo coloquíntida, que llegó a ser famoso. Rufo era un buen
cirujano, que ha descripto todos los métodos conocidos de hemostasis
«compresión digital», estípticos, los cauterios, la torsión y la ligadura
(Osler).
Soraxo de
Éfeso, de la segunda centuria después de J. C., un continuador de la escuela
metodista de Asclepíades, es nuestra principal autoridad en ginecología,
obstetricia y pediatría de la antigüedad. Su tratado de obstetricia y de
enfermedades de la mujer, preservado en el texto griego de Dietz (Königsberg,
1838)[155], es el
original de algunas famosas obras como Roslin’s Rosegarten (1513)
y Byrthe of Mankynde (1545); y la mayoría de las supuestas
innovaciones en estos libros, tales como la silla obstétrica y la versión
podálica, han sido ya señaladas por Sorano. Después de Sorano no hay ningún
adelanto real en la obstetricia hasta la época de Ambrosio Paré, unos quince
siglos más tarde.
La Historia
Natural de Plinio el Viejo (23-79 años después de J.C.), cuyos libros
XX-XXXII tratan exclusivamente de Medicina, es una amplia recopilación de todo
lo que se conocía en su tiempo de geografía, meteorología, antropología,
botánica, zoología y mineralogía, y es muy interesante por sus muchos datos
curiosos acerca de plantas y de drogas, sus puntos de vista a propósito de la
medicina en Roma, y las zarpadas que da el autor a los médicos. Después de la
invención de la imprenta, se han hecho de ella más de ocho ediciones. Contiene
las referencias originales respecto a algunas cosas raras, como del
escorbuto (stomacace), la medicina de los druidas, la
superfetación y el atavismo (ipse avum regeneravit Æthiopum), el
caso de Marcus Curius Dentatus, que había nacido con dientes; la mano
artificial de hierro de Marcus Sergius, el bisabuelo de Catilina[156]; los
experimentos contra los venenos de Mitrídates, y el uso por Nerón del monóculo
o de los lentes (Nero princeps gladiatorum pugnas spectabat in
smaragdo), que algunos autores creen que era un ojo de cristal, como
los modernos. Los errores botánicos de Plinio permanecen sin modificarse hasta
el tiempo de Nicolás Leonicenus (1492).
El
período antiguo se cierra con el nombre del más grande de los médicos griegos
después de Hipócrates, Galeno (131-201 años después de J. C.)[157], el
fundador de la medicina experimental. Plijo de un arquitecto, era natural de
Pérgamo. Su juventud y su vejez fueron las de un peripatético. Su vida fue un
largo Wanderjakr. En Roma, donde comenzó a practicar en 164
anos después de J. C., alcanzó muy pronto la supremacía de su profesión; pero
se retiró prematuramente para dedicarse al estudio, a los viajes y a la
enseñanza. Comparado con Hipócrates, Galeno parece el hombre de talento, de
aficiones múltiples, y versátil, comparado con el verdadero hombre de genio.
Era el más hábil práctico de su tiempo; pero no nos ha dejado buenos resúmenes
de casos clínicos, sino sólo relatos de curas milagrosas. Generalmente, trataba
bien a sus enfermos, y para ello instituía un sistema elaborado en polifarmacia[158], cuyo
recuerdo ha sobrevivido en nuestro lenguaje en el término de «galénicas»
aplicado a los simples vegetales. El puesto de Galeno en la Ciencia es muy
elevado; pero su predisposición errante indudablemente contribuyó mucho a
desenvolver en él cierta actitud de la inteligencia, que hizo a sus obras el
manantial de hipótesis hechas deprisa, o, como dicen los alemanes, del
«polipragmatismo». El tiene una respuesta pronta para cada problema, una razón
para explicar todo fenómeno. Ha elaborado un sistema de patología que,
combinado con las ideas humorales de Hipócrates, con la teoría pitagórica de
los cuatro elementos y con su propia concepción de un espíritu o «pneuma», ha
penetrado en todas partes. Refiriendo todo fenómeno patológico a los postulados
de ese sistema, Galeno, con una ingenuidad y una facilidad fatales, procedió a
explicarlo todo a la luz de la teoría pura, viniendo a substituir con un
sistema pragmático de filosofía médica a la sencilla anotación e interpretación
de los síntomas, como enseñaba Hipócrates. Los efectos de este dogmatismo e
infalibilidad sobre los tiempos posteriores han sido espantosos; en tanto que
el monoteísmo y la piedad de Galeno atraía a los musulmanes, su presunción de
omnisciencia era especialmente adaptada para conciliarse con la mental
indolencia, y para adular la complacencia de aquellos que se sentían inclinados
al completo y absoluto respeto hacia la autoridad. Hasta los tiempos de Vesalio
la medicina europea ha sido sólo un vasto argumentum ad hominem, en
el cual todas las cosas, lo mismo las relativas a la anatomía y fisiología, que
las que hacen referencia a la enfermedad, eran referidas a Galeno) como
autoridad final, de la que no cabía apelación alguna. Después de su muerte, la
medicina europea ha permanecido como un peso muerto por cerca de catorce
centurias.
Galeno ha
sido el más voluminoso de todos los escritores antiguos, y el más grande de
todos los teóricos y sistemáticos. Sus obras constituyen una gigantesca
enciclopedia de todos los conocimientos de su época, incluyendo en ellas nueve
libros de Anatomía, diez y siete de Fisiología, seis de Patología, diez y seis
ensayos del pulso, el Megatechne (Ars magna), o «terapéutica»
(catorce libros); el Microtechne (Arsparva), o «práctica», y
treinta libros de Farmacia. Él nos ha dado los cuatro síntomas clásicos de la
inflamación, el diagnóstico diferencial entre la pneumonía y la pleuresía; ha
sido el primero que ha descrito el aneurisma, separando la forma traumática de
la dilatada[159]; ha
descrito las diferentes formas de la tisis, mencionando su naturaleza
infecciosa, y proponiendo para esta enfermedad una dieta abundante de leche y
la climatoterapia (viajes por el mar y habitar en lugares secos y elevados); ha
comprendido la relación dietética entre los cálculos y la gota, y sus
prescripciones indican un empleo muy inteligente del opio, del beleño, del
eléboro y la coloquíntida, del asta de ciervo, de la trementina, del alcohol
(Vino), de la dieta azucarada (miel), del zumo de uvas, del agua de cebada y de
las compresas frías. Ha ideado la doctrina de los cuatro temperamentos y ha
sentado las bases de una fantástica doctrina del pulso, o «ars sphygmica», que
estaba todavía en boga en el siglo XVIII. Ha viajado para aprenderlo todo y para
recoger los remedios propios de las diferentes regiones, y ha hecho, además,
dos visitas especiales a la isla de Lemnos para averiguar el valor terapéutico
de su tierra marítima (térra sigillata)[160]. Como
anatómico, Galeno ha dado muchas descripciones excelentes, especialmente de los
sistemas motor y locomotor; pero su obra era incompleta e insegura por estar
principalmente basada en la disección de monos y de cerdos. Ha estudiado la
osteología en el mono (Macacus ecaudatus) y en algunos
esqueletos humanos, como en el de un ladrón que encontró en la falda de una
montaña solitaria. Su miología estaba basada, sobre todo, en el estudio del
mono de Berbería (Macacus inuus), pero él ha comprendido
claramente la diferencia entre el origen y la inserción y ha conocido mucho
respecto de los músculos y de su funcionamiento, aunque su nomenclatura ha sido
reducida[161]. Su
esplanología era defectuosa y errónea; su neurología es el mejor rasgo de su
obra anatómica. Por sus disecciones del cerebro del buey ha sabido distinguir
la dura y la piamadre, el cuerpo calloso, el tercero y cuarto ventrículo, con
su conducto (acueducto de Sylvio); el fornix, los tubérculos cuadrigéminos, el
proceso vermiforme, el calamus scriptorius, la hipófisis y el infundíbulo. De
los 12 nervios craneales él ha conocido siete pares; también los ganglios del
simpático, que ha considerado como refuerzos de los nervios[162]. Su
tratado de «administración» anatómica, o método, ha sido el primer tratado de
disección, y su autoridad ha persistido por espacio de centurias. Sus
contribuciones científicas han sido aceptadas como verdades definitivas hasta
la época de Vesalio. Pero si la anatomía de Galeno ha podido fracasar por el
hecho de tratarse de una anatomía más simia, canina y porcina que humana, y a
causa de haber subordinado las seguras descripciones de las estructuras a la
especulación a propósito de sus funciones, en cambio, hay que reconocer que él
ha sido el único fisiólogo experimental anterior a Harvey. Ha sido Galeno el
primero que ha descrito los pares craneales y el sistema simpático; que ha
realizado la primera sección experimental de la médula espinal, produciendo la
hemiplejía; que ha producido la afonía cortando el nervio laríngeo recurrente,
y que ha dado la primera explicación razonable del mecanismo de la respiración.
Ha demostrado que las arterias contienen sangre (al realizar la operación de
Antyllus), explicando el poder motor del corazón y demostrando que las
pulsaciones sanguíneas se extendían desde el corazón hasta el vaso ligado, pero
no más allá. Ha demostrado también que un escindido corazón sigue latiendo
fuera del cuerpo; un accidente muy comúnmente observado en los sacrificios
rituales y una buena evidencia de que sus latidos no dependen del sistema
nervioso. En estos asuntos Galeno ha proporcionado a la Medicina el método de
estudio que consiste en plantear problemas a la Naturaleza, disponiendo las
cosas de tal modo, que la Naturaleza misma pueda contestarlos; lo que nosotros
llamamos experimento y método experimental. Daremberg, por su parte, ha podido
repetir todos los experimentos de Galeno en el Jardín de Plantas. En sus
especulaciones fisiológicas a propósito de sus descubrimientos, Galeno ha
empeorado su obra por su manía teleológica, que él había aprendido de la
lectura de la Naturaleza, de Aristóteles. Su afán de veneración se encontraba
desarrollado de un modo desproporcionado, y sin embargo de que él tenía razón
en su suposición primaria de que la estructura sigue a la función, su
entusiasmo le condujo en seguida a las más extrañas y más arbitrarías
hipótesis, basadas a priori en su idea fundamental de que todo
en la Naturaleza demuestra un elemento de destino y la divinidad del Creador.
Los modernos biólogos consideran los seres vivientes y el proceso de su vida
como la resultante del paralelogramo de dos fuerzas, la reacción de la herencia
innata contra el mundo exterior que les rodea. Ellos razonan que las
diferencias de la estructura sean la resultante de la adaptación a la violencia
y al esfuerzo de este mundo exterior.
Pero
Galeno, como dice Neuburger, hace toda su teoría fisiológica «un abogado
especial experto y bien instruido en favor de la causa del destino en la
Naturaleza», por lo cual se pierde él mismo en especulaciones a priori «para
explicar la ejecución de la Naturaleza, aun antes de que su mecanismo haya sido
demostrado». Sus contribuciones a la fisiología de los sistemas nervioso,
respiratorio y circulatorio, aunque defectuosas, han sido el único conocimiento
real de diez y siete centurias[163].
Hay tres
supersticiones galénicas que, a pesar de su plausible carácter, han contribuido
grandemente a detener el avance de la ciencia médica: Primera, la doctrina del
vitalismo, que sostiene que la sangre es provista de «espíritus naturales» en
el hígado, de «espíritus vitales» en el ventrículo izquierdo del corazón, y que
estos espíritus vitales se convertían en «espíritus animales» en el cerebro,
estando todo el organismo animado por un «pneuma». Las modificaciones de esta
teoría, aunque hayan sido atractivas, han conducido la fisiología a un muy
engañoso callejón sin salida, hasta la época de Driesch. Segunda, la noción de
que la sangre, en su tránsito por el cuerpo, pasaba del ventrículo derecho al
izquierdo, a través de unos imaginarios poros invisibles del tabique
interventricular, teoría que ha impedido tener un conocimiento profundo y real
de la circulación hasta la época de Harvey[164].
Tercera, la idea de que la «cocción», o supuración, constituía una parte
esencial de la curación de las heridas; lo que condujo a la noción árabe de la
«curación por segunda intención», de los sedales y del pus laudable, que,
aunque combatida por Mondeville, Paracelso y Paré, no fue enteramente destruida
hasta los tiempos de Lister.
De las
muchas ediciones de las obras de Galeno, las más importantes son: el texto
griego de Aldine de 1525 (cinco volúmenes), la edición de Basilea de 1538, con
la letra inicial de Holbein, y las nueve ediciones diferentes del texto latino
publicado por la Casa Giunta, en Venecia, entre los años 1541 y 1625. De las
traducciones latinas son quizá las más importantes la de Conrad Gesner
(Basilea, 1562), con las ilustraciones biográficas en la página titular, y la
de Linacre. Entre las ediciones modernas, las mejores son: el texto griego y
latino, en veinte volúmenes, de Kühn (Leipzig, 1821-1833;[165] con
un valioso índice, y la Antología, en dos volúmenes, de Daremberg (París,
1854-1856). Es muy importante también la edición de los siete volúmenes de
Anatomía, de Galeno, en árabe, MS. (manuscrito) del siglo IX después de J. C.,
con traducción alemana y comentarios de Max Simón (Leipzig, 1906). El más
famoso de los tratados de Galeno es su monografía del aspecto fisiológico y
teleológico del cuerpo humano en sus diferentes partes (De Usu Partium); el
prototipo de todos los subsiguientes Bridgewater treatises. El Corpus medicorum
Graecorum (Leipzig y Berlín), unas series de textos de Teubner, publicados bajo
los auspicios de las Academias científicas de Europa, e incluyendo todos los
escritores griegos. La fuente clásica para los menores escritores griegos y
greco-latinos es Valentín Rose: Anécdota graeca et graeco-latina (Berlín,
1864-1870).
Respecto
de la condición de la Medicina entre los romanos, es mucho lo que se conoce,
pero poco lo que se sabe explicar. Mucho de lo que se pretende conocer está
fundado en los escritores seculares, especialmente en los satíricos y
epigramáticos, y en las inscripciones. Antes de la segunda centuria después de
J. C. los romanos empleaban esclavos médicos (servi medici), o
a los consagrados a sus dioses médicos especiales (Febrís, Scabies, Uterina, y
así sucesivamente), prestándoles un interés de momento y de pura afición. Ya
hemos visto cómo los antiguos ciudadanos de Roma consideraban a los médicos
griegos. Pero aun después de que Asclepíades, Galeno y Sorano hubieron hecho
respetable la Medicina, los caballeros romanos continuaban mirando la profesión
médica como indigna de ellos. Algunos romanos, antes y después de esta época,
practicaban o escribían sobre Medicina; así, por ejemplo, Scribonius Largus,
autor de Compositiones Medicorum (47 años después de J. C.),
una recopilación de drogas y prescripciones, que contiene también una
importante mixtura para la tisis y la primera sugestión sobre el uso de la raya
eléctrica para el dolor de cabeza; Caelius Aurelianus, el neurólogo de la
quinta centuria, que ha parafraseado las últimas obras de Sorano de Éfeso; Quintus
Serenus Samonicus, que ha escrito un poema didáctico de medicina popular en la
tercera centuria después de J. C. (tomado de Plinio); Sextus Placitus
Papyriensis, que escribe un libro de medicina animal (cuarta centuria);
Vindicianus Afer, autor de tratados de anatomía y de un formulario, en la misma
época; Cassius Félix, la supuesta fuente original de Celso, y Theodorus
Priscianus, médico de Corte de Graciano. Además de los «médicos», propiamente
dichos, había los coleccionadores de plantas y raíces (rhizotomi),
los vendedores de drogas (pharmacopolae), los mercaderes y
aplicadores de pomadas (unguentum), los cirujanos
militares (medici cohortes, medici legionis), y los archiatri, o
médicos de los emperadores, algunos de los cuales eran también médicos públicos
o de la ciudad (archiatri populares). Había también los menos
famosos, iatroliptae, o médicos de los baños; medicae, o
mujeres médicas; sagae, o enfermeras; obstetricae, o
comadronas; los envenenadores profesionales (pharmacopaei), y
los depravados caracteres que se prestaban a proporcionar filtros y abortivos.
Una muy dudosa y muy satirizada clase era la de los especialistas de los ojos,
u oculistas (medici ocularii), cada uno de los cuales vendía
una especial pomada para los ojos, estampada con su propio sello particular, y
compuesta, generalmente, de sales de cinc y de otros metales. Cerca de
doscientos sellos de este género han sido encontrados. La casa de los Vettii,
descubierta en las excavaciones de Pompeya, tiene una pintura mural
representando cupidos y psyches, como unguentarii, en el acto de
exprimir, calentar, testificar y sellar el aceite de olivas (Peters). Muchas
demostraciones de la medicina de Roma se encuentran en el Musco Británico[166].
Un rasgo
especial de la medicina romana era el empleo de los baños termales públicos
(thenncie) y de las fuentes minerales. El uso en general de la hidroterapia es
debido a Asclepíades, y en el período de 334 años antes de J. C. a 180 después
de J. C. se fundaron más de 1.800 baños públicos (Haeser). Las termas de
Caracalia y de Diocleciano tenían departamentos de mármol para 1.600 y 3.000
personas, respectivamente, y el agua era suministrada por los grandes
acueductos. El departamento de los baños fríos (frigidarfa) tenía
frecuentemente anejo un estanque de natación (piscina); pero ignoramos cómo se
calentaban los baños termales (tepidaria, calidariá), si era por el agua o por
el aire de la habitación. Las principales fuentes naturales eran las termas de Baiae,
cerca de Nápoles; las Termópilas, en Grecia (especialmente patrocinadas por el
emperador Adriano), y en las colonias romanas, Aix-les-Bains (Aquae Gratinae
Allobrogum), Aix-in-Provence (Aquae Sextiae), Bagnéres de Bigorre (Vicus
Aquensis), Badén, en Suiza (Thennopolis); Badén, cerca de Viena (Aqua
Paunonicae); Badén Badén (Chitas Aquensis), Aix-la-Chapelle (Aquisgranum) y
Wiesbaden (Aquae Mattiacenses)[167]. Los
hospitales militares (valetudinaria) son mencionados por Hyginius, y han sido
encontrados en Neuss (Castrum Novoesium) y en Camutum (cerca de Viena).
Los
etruscos eran especialmente diestros en el arte de dentista. Marcial habla de
los dientes artificiales. Algunos notables ejemplares de puentes (en dentaduras
postizas) se han encontrado, y se conservan en el Museo de Corneto, habiendo
sido descritas por Guerini y Walsh[168].
El
talento especial de los romanos era la ciencia militar y la creación y
aplicación de las leyes. Sus perfeccionamientos higiénicos, tales como la
cremación, las casas bien ideadas y perfectamente ventiladas, los grandes
acueductos, las cloacas, alcantarillas y sus baños públicos constituyen una
contribución mucho más importante para la Ciencia que sus obras literarias
originales. Hay, además, como ha dicho Sudhoff, que los romanos han producido
con frecuencia, pero sin intención, resultados higiénicos, obras de un valor
higiénico positivo, pero no de origen médico[169]. La
medicina romana, en realidad, debe ser considerada sólo como un retoño o
subvariedad de la medicina griega.
Capítulo
V
El período bizantino
(476-732 años después de J. C.)
La caída
del imperio romano de Occidente fue, en gran parte, debida a la degeneración
del tronco romano, por su mezcla con razas inferiores y más flojas, y a que los
soldados, que nunca habían conocido la derrota, llegaron a ser fácil presa de
los invasores bárbaros del Norte, provistos de las rudas y primitivas virtudes
que aquéllos habían poseído en otro tiempo. En los tiempos de la República los
romanos han igualado", como soldados y como legisladores, a los
espartanos, siendo esencialmente sencillos en lo intelectual y en lo moral. En
un estado de la sociedad «en que las riquezas se acumulan y la mente decae», no
pudo defenderse, como los flexibles y astutos griegos de los últimos tiempos,
ni cómo los sutiles y fatalistas orientales, unos y otros de inteligencia más
ágil y más diestros para la acción que los romanos. Como los normandos en
Sicilia, o como los colonizadores ingleses en Irlanda, que han hecho proverbial
lo de Hibernis ipsis Hiberniores, han sucumbido a la extraña
ley de los conquistadores, y acaban por ser asimilados ellos mismos por el
pueblo conquistado. Con el proceso de la mezcla de razas, los romanos de la
quinta centuria después de J. C. habían adquirido la «serena imparcialidad» de
espíritu que el profesor Huxley atribuye a las razas mongólicas, y algunos
piensan que a ello había contribuido grandemente la fiebre palúdica, que
comenzaba a devastar la península italiana[170], y la
debilitación que, en unión de la fiebre, causaban el lujo y la disipación a que
siempre estaban sometidos. La degeneración del espíritu y del cuerpo, con la
consiguiente relajación de la moral, condujeron al misticismo y al respeto por
la autoridad de lo mágico y de lo sobrenatural; con lo que se preparaba el
camino para la beatería, el dogmatismo y la inercia mental de la Edad Media. En
estas condiciones, los médicos fueron convirtiéndose cada vez más en
mercenarios, parásitos y charlatanes, vendedores de remedios secretos. Mucho
tiempo antes de la caída de Roma, el mágico, el taumaturgo, el envenenador
profesional y el cortesano que llevaba drogas por los pueblos,
Ambubaiarum
collegia, pharmacopolae,
Mendici,
mimae, balairones, hoc genus omne,
eran
figuras bien conocidas. En el imperio de Oriente la descomposición de la
inteligencia era todavía más pronunciada, y aun en nuestros días el adjetivo
«bizantino» se usa en el sentido de lo más lujurioso, afeminado y perezoso. Por
el conflicto entre los modos de pensar cristiano y pagano, casi toda la energía
intelectual se disipaba en controversias religiosas, al paso que la Medicina se
había convertido en un negocio de emplastos y de cataplasmas, de talismanes y
amuletos, con una mezcla de brujerías y encantamientos, algo semejante a las
deducciones ingeniosas de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, o como las
divagaciones de la ciencia cristiana. Había entonces, indudablemente, buenas
personas, como ahora; pero ellas no ocupaban los puntos culminantes, y hay
mucha verdad en el sarcasmo de Gibbon a propósito de los dos caracteres
principales de este período: «Conocemos todos sus vicios y estamos
completamente ignorantes de sus virtudes». El aspecto supino de la inteligencia
y de la moral aparece perfectamente reflejado en el misticismo bizantino
del Parsifal, de Wagner; y la figura de Kundry, la favorita de
las hechiceras, que trae remedios secretos del Oriente para aliviar los
sufrimientos de Anfortas, puede servirnos como una especie de tipo o símbolo de
la medicina bizantina. A la cabeza de todo lo que se ha escrito por Curtis,
Finlay, Zinkeisen y otros debe ponerse, en lo relativo a Bizancio, la siguiente
sentencia de Allbutt: Los principales monumentos de la Ciencia estuvieron
acaparados en Bizancio, hasta que la Europa Occidental estuvo preparada para
preocuparse de ellos[171].» La
única cosa que el imperio oriental ha hecho en favor de la medicina europea ha
sido conservar algo del lenguaje, de la cultura y de los textos literarios de
Grecia. Respecto de este punto, Hirschberg dice terminantemente que Bizancio no
ha tenido período medieval, sino que sencillamente ha estado «un tiempo
señalado» en el pasado. Esto ha sido confirmado por las investigaciones de
otros historiadores, que demuestran que el hábito de la recopilación
establecido por los últimos escritores griegos y romanos ha continuado siendo
una constante ocupación en la Europa Oriental y Occidental hasta después del
Renacimiento. A pesar de que el imperio bizantino se sostuvo más de mil años
(395-1453 años después de J. C.), su historia médica se encuentra simplemente
reunida con los nombres de cuatro laboriosos recopiladores, que han sido a la
vez los cuatro médicos más eminentes de los tres primeros siglos de aquel
imperio. De ellos, el cortesano Oribasio (325-403 años después de J. C.), un
amigo y médico de cámara de Juliano el Apóstata, y algún tiempo cuestor de
Constantinopla, es principalmente notable como un recopilador de ciencia más
bien que como un escritor original; pero sus recopilaciones son altamente
apreciadas por los eruditos porque se refieren siempre a las autoridades de la
Medicina, y así nos las da a conocer por sus citas exactas. La Medicina es,
indudablemente, deudora de Oribasio por su notable antología de las obras de
sus predecesores, muchos de los cuales (por ejemplo, los cirujanos Archigenes,
Heliodorus y Antyllus) hubieran, de otro modo, podido perderse para la
posteridad. Galeno es especialmente expuesto con cariñoso cuidado, y ello ha
contribuido mucho a colocarle en la posición central de autoridad que ha
conservado durante la oscura edad. Como Galeno, Oribasio nos ha dado todo el
conocimiento de su época y su región. Su gran enciclopedia de Medicina
comprende, en realidad, más de 70 volúmenes, que tratan de todos los aspectos
del asunto. Mucho de ello se ha perdido; pero su autor ha resumido sus
conocimientos en una pequeña Sipnosis, que escribió para la
enseñanza de su hijo. Su Euporista, o tratado popular de Medicina,
tiene el raro mérito de combatir las supersticiones entonces dominantes y de
inculcar en su lugar la sana doctrina terapéutica. Los estudiantes de historia
de la Medicina pueden leer a Oribasio, con ventaja, en la espléndida edición,
en seis volúmenes, de Daremberg, con traducción francesa (París, 1851-76).
Ætius de
Amida, que vivió en la sexta centuria después de Cristo, era también un médico
real (de Justiniano I, 527, 65) y comes obsequii (alto lord
chambelán) de la corte de Bizancio. Es autor de una extensa recopilación,
generalmente designada con el nombre de Tetrabiblion, que es la
principal autoridad en todo lo que nosotros conocemos de la obra de Rufo de
Éfeso y de Leónidas, en Cirugía, y de Sorano y Filomeno, en Ginecología y
Obstetricia. Los primeros ocho libros han sido publicados en Venecia en 15341
los restantes, IX-XVI, no impresos, se encuentran ahora en preparación por Max
Wellmann. Aecio ha dado una descripción de la difteria epidémica no diferente
de la de Areteo, mencionando, como consecuencia, la parálisis del velo del
paladar, y su obra contiene los mejores resúmenes de las enfermedades de los
ojos, de los oídos, de las fosas nasales, de la garganta, de los dientes y de
la literatura de la antigüedad.
Tiene
también interesantes capítulos de bocio y de hidrofobia. Mucho de lo de Aecio,
como ha demostrado Wellmann, está tomado de Archigenes por el intermedio de
Philumenus. Sus resúmenes de elefantiasis, íleo, de las variedades de la
cefalalgia, de la pneumonía, de la pleuresía y del tratamiento de estas
perturbaciones son mucho más acabadas que las de Areteo, cuyas obras derivan
también de las mismas fuentes. En cirugía ha completado muchos de los pasajes
perdidos de Oribasio, y describe modos de procedimientos (tonsilotomía,
uretrotomía, tratamiento de las hemorroides) que no se encuentran en ningún
otro autor. A él se debe la primera descripción de la ligadura de la arteria
braquial por encima del saco aneurismático, que más tarde se emplea por
Guilleman (1594) y Anel (1710), hasta llegar al método de Hunter (1786) (Osler)[172]. Aecio
recomendaba mucho las unturas y emplastos, y las suponía ser una obra
cristiana, por los encantos y hechizos que pronunciaba al prepararlos. Así, al
preparar un emplasto decía repetidas veces y en un mismo tono: «El Dios de
Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob den virtud a este medicamento.»
Para extraer un trozo de hueso de la garganta debe gritarse en alta voz: «Como
Jesucristo levantó a Lázaro de la tumba, y Jonás salió de la ballena, así Blas,
el mártir y servidor de Dios, manda: Hueso, sal fuera o vete abajo.»
Alejandro
detalles (525-605) viajó mucho para estudiar, hasta terminar estableciéndose en
Roma, y es el único de los recopiladores bizantinos que ha desplegado alguna
originalidad especial. A pesar de ser un continuador de Galeno, su Práctica (impresa
por primera vez en Lyon en 1504)[173] contiene
algunas descripciones de enfermedades y algunas prescripciones que parecen ser
propias, habiendo entre ellas algunas notables. Sus resúmenes a propósito de la
locura, de la gota, de la disentería y de los desórdenes coleriformes están por
encima de todo lo que le rodea. Contiene un capítulo notablemente original,
acerca de los parásitos intestinales y de los vermífugos, y se dice que él ha
sido el que primeramente ha mencionado el ruibarbo y ha recomendado el
cólchico (hermoflactyl), en la gota. Lo mismo que Galeno, él
ha recomendado una dieta láctea abundante, el cambio de aires y los viajes por
el mar en la tisis; pero sus otras prescripciones se ven frecuentemente
desfiguradas por la mezcla, tan frecuente entre los bizantinos, de encantos y
de ensalmos mágicos.
Pablo de
Egina (625-690), el último de los eclécticos griegos y de los recopiladores, es
el autor de un Epitome de Medicina en siete libros, impreso
por vez primera en la imprenta de Aldino, en Venecia, en 1528 y 15535
modernamente, con traducción francesa, por René Briau (París, 1855), y con
traducción inglesa, por Francis Adams, de la Sydenham Society (London, 1834-47)[174]. A pesar
de tratarse de un práctico de gran reputación, nosotros podemos apreciar cuánto
había descendido el valor de la Medicina en la séptima centuria al leer sus
exposiciones apologéticas y apreciar su falta de originalidad. Admite
francamente que los antiguos han sabido todo lo que podía saberse de la materia
y que él es únicamente un humilde escritor. Pablo de Egina era, no obstante, un
hábil cirujano, y el sexto libro de su Epitome, el modelo seguido
hasta los tiempos de Albucasis, revela verdaderamente que él ha puesto algo de
su propia información. Nos da descripciones originales de la litotomía,
trepanación, tonsilotomía, paracentesis y amputación de la mama; pero se opone
decididamente a la apertura del tórax en el empiema. Al describir la herniotomía
recomienda quitar el testículo, una mutilación que ha sido perpetuada por los
árabes y que ha continuado, en boga por los errabundos cirujanos de la Edad
Media hasta el siglo XVI. Pablo de Egina nos da asimismo el resumen más
completo de la cirugía ocular y de la cirugía militar de la antigüedad.
Menciona la abundancia de médicos navales en su tiempo. Omite toda referencia a
la versión podálica, y como su autoridad ha sido sostenida por los árabes, este
procedimiento ha desaparecido de la literatura hasta los tiempos de Röslin y
Paré.
Entre los
escritores menores del período bizantino podemos mencionar aún a Publius
Vegetius Renatus, un tratante en caballos y veterinario del siglo V después de
J. C., cuya Ars Veterinaria, publicada en Basilea en 1528, contiene
la primera relación auténtica del muermo, y a Theophilus Protospatharius,
médico y capitán de guardias del emperador Heraclio (603-641) y contemporáneo
de Pablo de Egina. Ha dado una descripción original del músculo palmar corto y
del nervio olfatorio, y ha escrito un tratado de la orina[175], que ha
sostenido por espacio de siglos la doctrina galénica, de que aquélla es un
filtrado de la sangre, que se produce en la vena cava y vena porta. Esta misma
doctrina ha sido defendida, sin modificación alguna, por Johannes Actuarius, el
último de los escritores bizantinos, cuyo acabado tratado de la orina da la
impresión de lo dogmático con el absurdo de «calculadores de agua» de los
últimos tiempos. Debe recordársele por haber sido uno de los primeros en usar
un vaso graduado para el examen de la orina, aunque las señales de éste no
tenían un fin cuantitativo, sino cualitativo, indicando la posible posición de
la espuma y de los diferentes precipitados y sedimentos.
Durante
el período bizantino se ha hecho una interesante contribución a la clínica
médica por los padres de la Iglesia cristiana; a saber: la primera descripción
de las primeras epidemias de viruela. Eusebio ha descrito una epidemia de Siria
en el año 302 después de J. C.; otra ha sido descrita por Gregorio de Tours en
el 581, y la palabra «viruela» ha sido empleada por vez primera por Marius,
obispo de Avenches, en el 570. Se ha dicho que la enfermedad ha sido también
descrita en los escritos del monasterio irlandés en 675 como Bolgagh y Galar
Breac. La Crónica de St. Denis (580) menciona la
difteria con el nombre de esquinancia. Baronius ha descrito
las epidemias romanas de 856 y 1004, y Cedrenus ha referido la epidemia
bizantina de 1039 como cynanche (Hirsch).
En 1495
una valiosa colección ilustrada de manuscritos quirúrgicos, debidos al médico
bizantino Niketas, 900 años después de J. C., ha sido comprada en Creta a Janos
Laskaris por Lorenzo de Médicis, y subsiguientemente adquirida por el cardenal
Nicolás Rudolfi, constituyendo en la actualidad uno de los tesoros de la
Biblioteca Laurenciana, de Florencia (Códex, LXXIV, 7). Contiene 30 láminas
grandes, ilustrando los comentarios de Apollonius de Kitium al tratado
hipocrático de las dislocaciones (περι αρθρων), y 63 hojas más pequeñas,
extraídas de las páginas del tratado de vendajes de Sorano. Las pinturas de
Apolonio, que se encuentran también en el Códex 3.632 de la Biblioteca
Universitaria de Bolonia, están pintadas y dibujadas al pincel en un tono pardo
oscuro, y representan las diferentes manipulaciones y aparatos empleados en
reducir las luxaciones; en cada caso aparece encima de la figura dibujado un
arco de estilo bizantino. Respecto de su origen, piensa Sudhoff que procede de
Alejandría o de Chipre, donde Apolonio ha escrito sus comentarios durante los
años 81-58 antes de J. C. Ellos han sido, indudablemente, transmitidos de un
modo directo desde la antigüedad[176], y por
esta razón representan la genuina tradición de Hipócrates sobre la cirugía
práctica, como se ha transmitido, por conducto de los últimos griegos, hasta
Bizancio. Las dos series de pinturas han sido reproducidas, con libertad de
estilo, por los artistas del Renacimiento Jan Santorinos y Francesco
Primaticcio, y estas reproducciones han sido utilizadas por Guido Giudi para
ilustrar sus colecciones quirúrgicas (París, 1544)[177].
El
tratado de Apolonio ha sido reimpreso posteriormente con las ilustraciones por
Hermann Schöne 11896).[178] Los
200 dibujos usados por Guido Giudi han sido reproducidos por II. Omont[179].
Capítulo
VI
Períodos mahometano y judío
(732-1096 años después de J. C.)
Con las
espadas de Mahoma y sus emires las impetuosas tribus rebeldes de los desiertos
asiáticos y africanos se fueron convirtiendo en naciones capaces de actuar como
unidades militar y social; pero no comenzó hasta largo tiempo después de su
muerte, después de haberse dividido el poderoso imperio que había fundado en
califatos, el desenvolvimiento de las ciencias y de las artes. Durante el
período de conquista y de conversión el celo fanático y fatalista de los
musulmanes tendía naturalmente a la persecución y a la destrucción de todas las
manifestaciones de la inteligencia. Al paso que el principal servicio prestado
por el Islam a la Medicina ha sido la conservación de la cultura griega, los
sarracenos, por sí mismos, son los creadores, no sólo del álgebra, de la
química y de la geología, sino turbinen de los que se podrían llamar mejoras y
refinamientos de la civilización, tales como el alumbrado de las calles,
cristales para las ventanas, fuegos artificiales, instrumentos de cuerda,
frutos cultivados, perfumes, especias y lo de «la frecuentemente mudable y
frecuentemente lavable ropa interior de hilo y de algodón, que continúa
designándose todavía entre las señoras con su antiguo nombre árabe»[180]. En la
esfera intelectual, el monoteísmo y las tendencias dialécticas de Galeno y de
Aristóteles sedujeron grandemente a los mahometanos. Especialmente, la
polifarmacia de Galeno encantaba a aquéllos, que eran químicos por naturaleza,
y su «polipragmatismo» al azar pudo amoldarse a sus férreos dogmas. La idea
oriental de que es pecaminoso tocar el cuerpo humano con las manos estorbó el
avance de la anatomía y de la cirugía. El carácter general del fatalismo
religioso oriental era favorable a la meditación contemplativa y a la resignada
sumisión a la autoridad, y la misma agilidad de la inteligencia que los
musulmanes poseían se gastaba en pequeñas y artificiales sutilezas. Así, las
tendencias intelectuales de la Edad Media estaban determinadas por ellos principalmente,
y podemos, conforme a los juicios de hombres tan diferentes como sir Henry
Layard, sir Henry Maine y el oftalmólogo Hirschberg, pensar que la gran masa de
los habitantes del Oriente ha detestado toda reforma y toda investigación
científica hasta nuestros días. Nosotros designamos a los autores médicos del
período mahometano con el nombre de «árabes», con arreglo a la lengua en que se
han expresado; pero, en realidad, la mayoría de ellos son persas o españoles, y
muchos judíos.
Los
médicos mahometanos son deudores de sus conocimientos médicos, en primer
término, a una secta cristiana perseguida. Nestorius, un sacerdote que había
sido nombrado en 428, patriarca de Constantinopla, enseñaba la doctrina
herética de que María no debía ser nombrada «Madre de Dios», sino «Madre de
Cristo». En su consecuencia, él y sus discípulos fueron desterrados al
desierto, y, como los judíos posteriormente, se consagraron al estudio de la
Medicina a causa de su ostracismo religioso y social.
Los
heréticos nestorianos dieron la comprobación práctica a la escuela de Edessa,
en Mesopotamia, con sus dos grandes hospitales, que convirtieron en una notable
institución para la práctica médica; pero fueron desterrados por el obispo
ortodoxo Ciro en 489. Refugiados en Persia, donde sus doctrinas teológicas eran
bien acogidas, fundaron la famosa escuela de Gondisapor, que se convirtió en el
verdadero punto de partida de la medicina mahometana.
El
califato oriental (o de Bagdad) [750-1258] se encontraba sometido al gobierno
de los Abbasidas, que eran partidarios del estudio y de la ciencia, y entre los
que incluso figuraron algunos gobernantes de espíritu liberal, como los califas
Al-Mansur (754-775), Harun-al-Rashid (786-802) y Al-Meiamum (813-833). Estos
monarcas estimularon la reunión y copia de los manuscritos griegos, y las
primeras centurias del período mahometanano se han ocupado en la traducción al
árabe de las obras de Hipócrates, Galeno, Dioscórides y de otros escritores
clásicos de Grecia. Los principales traductores de las centurias octava y
novena han sido Johannes Messué, el Viejo (777-837) llamado Janus Damascenus,
un cristiano que llegó a ser director del Hospital de Bagdad, y el maestro
nesloriano Honain ben Isaac (o Johannitius) (809-873), al que
Withington denomina «el Erasmo del renacimiento árabe». Johannitius tenía un
carácter aventurero; fue el traductor de Hipócrates, de Galeno, de Oribasio y
de Pablo de Egina, siendo en su época el director del espíritu médico de
Bagdad.
Esquema del cerebro, del quiasma de los nervios ópticos y de la sección de
los globos oculares, demostrando el cristalino, vítreo, retina, conjuntura,
córnea y túnicas del manuscrito 924 en la Nueva Mezquita de Constantinopla
(Pausier, Hirschberg, Sudhöff).
Escribió
unos comentarios al Microtechne, de Galeno (Isagoge in
Artem parvant), y el tratado árabe más antiguo de enfermedades de los
ojos (Hirschberg)[181].
Las diez
secciones han sido traducidas por M. Meyerhof y C. Prüfer, del Cairo, con una
interpretación de la doctrina de la visión de Honain y una interesante lámina
representando el «ojo esquemático» (manuscrito Cairene) y el «espíritu visual»
de Galeno (Sehgeist), que se suponía proceder del cerebro, via nerviosa
para envolver el objeto visto, precediendo a éste hasta el humor cristalino
para completar el acto de la visión.
Los más
grandes médicos del califato oriental han sido los tres persas: Razhes, Haly
Abbas y Avicena.
Razhes
(860-932), un gran clínico, que puede, con Hipócrates, Areteo y Sydenham,
colocarse entre los que han sabido describir de un modo original las
enfermedades. Su descripción de la viruela y del sarampión es la primera que
encontramos en la literatura; una obra clásica que se ha conservado en el
lenguaje árabe original, con traducción latina, en la edición de Channing
(Londres, 1766).
Aunque la
viruela había sido descrita, de un modo vago, como más antigua del siglo vi por
algún religioso, y por el cronista del siglo VII Aarón (citado en el Continente,
de Razhes), la descripción de Razhes es LAN viva y tan completa, que casi
parece una obra de los tiempos modernos.
Esquema árabe del oído, de los ojos y del «espíritu visual», que procede del
cerebro y va a envolver al objeto de la visión y llevarlo hacia el cristalino.
(De un manuscrito persa del siglo XVII.) Meyerhof y Prüfer. (Sudhoff's Archiv.,
1912; VI, pág. 26.)
Su gran
enciclopedia de Medicina, El Havi, o Continens, que
Haller prefería a todos los restantes tratados árabes, se conserva por la
traducción árabe de Feragut (Brescia, 1486). Escrita sobre la base de una masa
enorme de extractos de diferentes orígenes, unidos a historias clínicas
originales y a experimentos terapéuticos, revela a Razhes como un galénico en
teoría, a pesar de ser un continuador de Hipócrates en la sencillez de la
práctica. El noveno libro de Razhes, que ha sido traducido por Vesalio y comentado
por Gatinaria, ha sido la fuente de los conocimientos terapéuticos hasta largo
tiempo después del Renacimiento.
Haly ben
Abbas, un mago persa que murió en 994, es el autor del Almaleki (Líber
regius, o Libro real), una obra que ha sido el canon de la
Medicina durante una centena de años, hasta que ha sido superpuesto por el
Canon, de Avicena. Nunca se ha impreso en el lenguaje árabe original, pero sí
en la traducción latina de Constantino Africano en 1080, que la ha publicado
como obra propia y no traducida[182]. Su
traducción contiene una descripción de la viruela y del «fuego persa» (ántrax
maligno), así como también el nombre latino de la viruela (varióla)[183].
Ibn Sina,
o Avicena (980-1036), llamado «el príncipe de los médicos», un sociable
espíritu omariano notable, afortunado en la práctica como médico de corte, y
visir de diferentes califas, fue uno de los que llegaron a la celebridad en sus
primeros años, retirándose pronto y muriendo prematuramente por efecto de sus
heridas..Era médico jefe del célebre Hospital de Bagdad, y se afirma que ha
escrito más de cien obras sobre diferentes asuntos, de las cuales muy pocas se
conservan. Su maravillosa descripción del origen de las montañas (citada por
Draper y Withington) le ha dado justamente el nombre de «Padre de la Geología»,
y es interesante el hecho de haber sido dos médicos los únicos que, con larga
diferencia de espacio y de tiempo (Avicena y Fracastor), han escrito algo de
valor a propósito de esta ciencia durante muchos siglos. También se dice que
Avicena ha sido el primero que ha expuesto la preparación y las propiedades del
ácido sulfúrico y del alcohol. Su Canon, que Haller calificaba
de «metódica vanidad», es una enorme y pesada recopilación científica, en la
que el autor intenta codificar todos los conocimientos médicos de su época y
clasificar sus hechos con el sistema de Galeno y de Aristóteles. Escrita en un
estilo claro y atractivo, esta gigantesca obra llegó a ser en la Edad Media la
autorizada fuente del saber médico; por el modo de razonar elaborado por
Avicena, un milagro silogístico en su género, atrajo de un modo intenso la
inteligencia de la Edad Media, señalándola el camino que había de seguir en
todas direcciones[184]. El
español Amoldo de Vilanova define a Avicena como un escritorzuelo profesional
que ha dejado estupefactos a los médicos europeos con su mala interpretación de
Galeno (Neuburger). En honor de Avicena, hay que decir que sus historias
clínicas, que él quería poner como un apéndice del Canon, se han perdido
irremisiblemente, y que sólo sobreviven las últimas, publicadas en Roma, en
1593? y en Bulak, en 1877. El que Avicena ha debido ser un hábil práctico se
deriva, naturalmente, de su gran reputación. Por ejemplo, las notables láminas
de la edición de Giunta, de 1595 demuestran que él había conocido y practicado
el método hipocrático de tratar las enfermedades de la columna vertebral por la
reducción forzada, que ha vuelto a ser empleada por Calot en 1896. Su
recomendación de ser el vino el mejor medio de curar las heridas era popular en
la Edad Media. Avicena ha comentado la filaria de Medina (Vena
medinensis)[185]; ha
descrito el ántrax con el nombre de «fuego persa» (Kanon, Bulac
edic., 1294 [1877], III, página 118); ha dado un buen resumen de la diabetes, y
se afirma que ha señalado el sabor dulce de la orina diabética[186]. Sin
embargo de todo lo dicho, puede afirmarse que la influencia ejercida por el
Canon, de Avicena, en la medicina medieval ha sido, en conjunto, mala, porque
ha confirmado a los médicos en la perniciosa idea dé que el razonamiento es
preferible a la investigación directa de las cosas. Ha sido también perjudicial
para el progreso de la cirugía al inculcar la doctrina de que este arte es una
rama inferior y separada de la Medicina y al reemplazar el uso del cuchillo por
el del cauterio. Tres tratados de anatomía, de Rhazes, PlalyAbbas y Avicena,
han sido editados por P. de Koning (1903)[187].
Oseibia
(1203-69), de Damasco, es el primer historiador de la medicina árabe; ha
escrito una serie de biografías de los médicos antiguos, que ha sido la fuente
principal de las historias de Wüstenfeld y de L. Leclerc[188].
Otra de
las principales figuras del Califato Oriental es el médico hebreo Isaac ben
Salomón, llamado Isaac Judaeus (850-950), que ha escrito un tratado de
dietética (De Diaeta, Padua, 1487) que fue popular en Europa;
y el viajero árabe Abdollatif (1161-1231), que visitó el Egipto a instancias de
Saladino, teniendo ocasión de estudiar durante este viaje el esqueleto humano,
convenciéndose de que la osteología de Galeno es errónea en muchos puntos
importantes.
El
Califato Occidental, o Califato de Córdoba (755-1236), alcanzó su máxima
prosperidad bajo la dinastía española o de los Omniadas (755-1036), y sus
principales autores médicos son el cirujano Albucasis, el filósofo Averroes y
los médicos judíos Avenzoar y Mosés Maimónides.
Albukasim,
llamado Albucasis, natural de Córdoba, floreció en el siglo XI y es el autor de
un gran tratado médico-quirúrgico, llamado el Altasrif (o Colección), cuya
parte quirúrgica persiste en el texto árabe de de Channing y en su traducción
(Oxford, Clarendon Pres, 1778). Contiene láminas de instrumentos quirúrgicos y
del arte dentario (reproducidas en la Antología Veneciana de
cirugía, de 1500), y ha sido el libro de texto de cirugía en la Edad
Media hasta después de la época de Saliceto. Consta de tres libros, y está
fundado en las obras de Pablo de Egina. El primer libro nos ilustra acerca del
cauterio, el rasgo característico de la cirugía árabe, y nos da descripciones y
láminas de los instrumentos más empleados; el libro segundo contiene
descripciones de la litotomía, litotricia, amputaciones en el caso de gangrena
y tratamientos de las heridas; el tercer libro se ocupa de las fracturas y
dislocaciones, incluso la fractura de la pelvis, y menciona la parálisis en el
caso de fractura de la columna vertebral. Albucasis, aparentemente, ha sido el
primero en describir el tratamiento de las deformidades de la boca y de la
arcada dentaria, y en mencionar la posición obstétrica que lleva el nombre
de Walcher position[189]. En los
tiempos de Gurlt, las láminas de los instrumentos quirúrgicos (incluso los
dentarios) en el Albucasis se consideraba como las más antiguas que se
conocían; pero hoy se han descubierto otras más antiguas en los documentos
medievales por Sudhoff y otros. El horror oriental a tocar el cuerpo con las
manos o con los instrumentos es una razón suficiente para explicarnos el que
estas láminas de los antiguos no se hayan reproducido más que excepcionalmente
por los mahometanos persas.
El más
grande de los médicos judíos del Califato Occidental ha sido el cordobés
Avenzoar, que murió en 1162. Ha sido uno de los pocos que han tenido el
suficiente valor para declararse en contra de Galeno, y su descripción del
arador de la sarna (Acams scabiei) hace que se le pueda
considerar como el primer parasitólogo, después de Alejandro de Trayes. Ha
descrito, además, la pericarditis serosa, el absceso del mediastino, la
parálisis faríngea y la inflamación del oído medio, y él ha recomendado el uso
de la leche de cabras en la tisis, y la traqueotomía. Su Teisir, o
«Rectificación de la salud», se conserva en la traducción latina publicada en
Venecia en 1490.
Su
discípulo Averroes (1126-1198), también nacido en Córdoba, es todavía más
notable como filósofo y como librepensador que como médico. Su Kitab-al-Kollijat,
traducido con el nombre de Colliget (Libro de lo Universal), tiende
a fundar un sistema de medicina sobre la base de la filosofía de Aristóteles, y
adelanta la doctrina panteísta de que el alma o la naturaleza del hombre se
absorbe al morir por la naturaleza universal. Su negación de la inmortalidad
personal ha sido causa de que se le persiga durante su vida, y de que él y sus
discípulos hayan sido anatematizados durante toda la Edad Media. Su obra tiene
únicamente interés como una reliquia de los modos de pensar los árabes.
El Rabbi
Alosen ben Maimón, llamado Mosés Maimónides (1135-1204), ha sido médico de
corte de Saladino, habiendo escrito para el uso personal del sultán su tratado
de higiene privada (Tractatus de Regimine Sanitatis). Contiene
algunos preceptos admirables de dieta y de régimen, incluso una fórmula de
píldoras de ruibarbo y tamarindo, y su primera edición, impresa en Florencia en
1478, se considera como el más raro de los libros. Su tratado de los venenos
era muy citado por los escritores medievales, y ha sido traducido al francés
(1865) y al alemán (1873).
Hombres
tan peritos en la Química como los árabes no podían dejar de ser al propio
tiempo buenos farmacólogos, y desde el punto de vista de la preparación de
drogas, ellos fueron una autoridad reconocida durante toda la Edad Media. Hasta
en estos días, lo que Osler llama «la pesada mano de la Arabia» se aprecia en
el enorme volumen de nuestras propias farmacopeas. El principal depósito de la
materia médica árabe es el Jami, de Ibn Baitar, una enorme
compilación del siglo XIII, en la que se describen unas 1.400 drogas, de las
que unas 300 pueden considerarse como nuevas. El Grahadin, o
manual de farmacia (Antidotarium), del epónimo o seudónimo
Mesue el Joven, ahora designado con el nombre de «seudo Mesue», es una
misteriosa recopilación latina del siglo X u XI, cuyo original árabe no ha
logrado descubrirse nunca, y que constituía el compendio de drogas más popular
en la Europa medieval, empleándose siempre como guía en la preparación de
aquéllas. El tratado de los purgantes los clasifica en tres grupos: laxantes
(tamarindo, higos, ciruelas, casia), suaves (ajenjo, sen, áloes, ruibarbo) y
drásticos, (jalapa, escamonea, coloquíntida). La fama de que gozaban estos
tratados se demuestra por el hecho de haber sido la traducción latina de ambos
uno de los primeros libros médicos que se imprimieron (Venecia, 1471). Una obra
importante en el lenguaje persa era la materia médica de Abu Mansur, en la que
se describen 585 drogas, de las que 466 eran vegetales, 75 minerales y 44
animales[190]. Un
escrito persa de siglo XI, por Ismail de Jurjani, contiene la guía,
probablemente más completa de este período, para el análisis de las orinas.
También hay datos muy importantes respecto de climatología y de geografía
médica en los escritos árabes[191].
Capítulo
VII
Aspectos culturales de la medicina mahometana
En la
traducción de sir Rachar Burton de Las mil y una noches[192] hay
un cuento de un pródigo heredero que ha malogrado toda su hacienda, excepto una
hermosa esclava, muchacha de extraordinario talento, que para reconquistar la
fortuna de su amo le insta a que la lleve delante del califa Harum-al-Rashid
para venderla por una suma bastante grande, para compensar sus pérdidas. Al
verla, el califa decide ensayar la extensión de sus conocimientos y la somete
especialmente a un largo interrogatorio, que incidentalmente nos proporciona
una buena documentación acerca del aspecto social de la medicina árabe. Como
quiera que la hermosa esclava hace gala de sus extensos conocimientos de
Teología mahometana, Leyes, Filosofía, Medicina, Astronomía, Astrología,
Música, juego de ajedrez y otras artes y ciencias, podemos deducir que todos
estos conocimientos constituían una parte esencial de la educación de los
médicos árabes, y, al propio tiempo, que existía un cierto conocimiento del
sistema-médico de Galeno, que constituía un rasgo del contenido cultural de
algunos mahometanos bien educados de aquella época. Los árabes dedujeron sus
conocimientos de la medicina griega por el intermedio de los frailes
nestorianos; muchos detalles prácticos los aprendieron de los judíos, y sus
doctrinas astrológicas, del Egipto y del Oriente. Así, por ejemplo, la esclava
sigue el Talmud en lo que hace referencia al número de los
huesos (249); da un informe exacto de los cuatro humores, y extensos detalles a
propósito de los efectos de la conjunción de los diferentes planetas. El
diagnóstico de las enfermedades internas se funda en seis cánones:
1. Las
acciones del enfermo.
2. Sus
excreta.
3. La
naturaleza de los dolores.
4. El sitio
de los mismos.
5. Tumefacción.
6. Los
efluvios del cuerpo.
Y una
nueva información se puede deducir por «la palpación de las manos», que pueden
estar firmes o lacias, calientes o frías, húmedas o secas, o por algunos otros
indicios, como, por ejemplo, la «amarillez de lo blanco de los ojos»
(ictericia), o por «lo encorvado de la espalda» (enfermedad pulmonar). Síntomas
de bilis amarilla son una complexión cetrina, sequedad de la garganta, un sabor
amargo, pérdida del apetito y pulso rápido; los de la bilis negra, «falso
apetito, gran inquietud mental y agitación motora», terminando por melancolía[193]. Las
drogas medicinales son cogidas preferentemente «cuando la savia sube por los
troncos, y las uvas se hacen más espesas en los racimos, y los dos planetas
propicios, Júpiter y Venus, están ascendiendo». Las ventosas resultan más
eficaces en la fase menguante de la Luna, con la bajamar, preferentemente en el
día 17 del mar y en martes. De este modo, o algo semejante, era el carácter de
la práctica médica mahometana hacia el final de la catorceava centuria, es
decir, hacia la época en que se supone que han sido compuestas Las mil
y una noches, y nosotros tenemos derecho a suponer que es ésta una bella
representación del mejor período de la medicina musulmana, que ha sido
conservada hasta nuestros días por la tradición. Según el modo de pensar de
Hirschberg, los pueblos del Islam no alcanzaron la modernidad, pero contaron
con todas las autoridades científicas que dominaron durante la Edad Media[194]. En el
pasado, el médico árabe, cuya importancia profesional era medida por la altura
de su turbante y la riqueza y longitud de sus mangas, era, por regla general,
un astrólogo y un mago, que consideraba al corazón como «el príncipe del
cuerpo»; a los pulmones, como el abanico del corazón; al hígado, como la
guardia del corazón y el asiento del alma; el hueco del estómago, como la
residencia del placer, y la vesícula de la hiel, como el centro del valor. De
los textos médicos árabes deducimos que sus autores conservaban y defendían la
doctrina del pulso de Galeno, afectando llegar a lograr datos inaccesibles,
tales como averiguar el sexo del niño durante el embarazo por el examen de la
orina (uroscopia); de encantos escritos en las ropas con la «tinta purgante»,
para embaucar a sus enfermos; concurriendo realmente todas sus acciones a las
supercherías y sorpresas, encaminadas a mantener su autoridad. Como algunos de
nuestros modernos timadores, que celebran sesiones espiritualistas, los médicos
árabes alquilaban asociados, que averiguaban la condición de los enfermos y que
les decían a los mismos datos exagerados o inventados respecto de la fama de
los mismos médicos[195].
Separados de la disección a causa de sus convicciones religiosas, dejaban la
cirugía operatoria y la sangría a los errantes especialistas, y el cuidado de
las enfermedades de las mujeres y de los casos de obstetricia, a las
comadronas, y disputaban entre sí, pidiendo sus honorarios por adelantado y
procurando recoger, por lo menos, la mitad en el caso en que la enfermedad tome
una marcha desfavorable o no sobrevenga. La mejoría. Algunos de estos
honorarios que recibían eran extraordinarios. Gabriel Batischua, un favorito de
Harum-al-Rashid, recibía unos 1.500 dólares al año «por sangrar y purgar al
comendador de los fieles», además de un salario mensual de unos 2.500 dólares y
6.250 como donativo de año nuevo. Calculaba su fortuna total, ganada en Medicina,
en 10 millones de duros, y habiendo sido llamado del destierro para asistir a
Al-Meiamum, recibió 125.000 duros; lo que es considerado por Withington como
los honorarios médicos más elevados que se conocen. Abu Nasr, habiendo
adquirido análoga reputación, recibió más de 60.000 por curar a uno de los
califas de litiasis vesical. La mayoría de los médicos notables de este período
preferían alcanzar el favor de los poderosos reinantes o suplantar a sus
colegas rivales en la buena gracia de aquéllos. Los mismos califas, después de
que la pasión mahometana por la conquista hubiese quedado satisfecha, se
convirtieron en leales sostenes de la ciencia y en instrumentos de la misma con
la fundación de hospitales, bibliotecas y escuelas. Hasta las mismas colecciones
particulares de libros llegaron a ser, en ocasiones, de extraordinaria
importancia, y toda la cultura de Egipto, de Grecia, de la India y de los
judíos fue, en lo que no resultaba opuesto al credo del Islam, rápidamente
asimilado. El califa El-Welid ha fundado, antes de 707 años después de J. C.,
un hospital en Damasco. Otro ha sido establecido en El Cairo el año 874, dos en
Bagdad en 918, otro en Misr (Egipto) en 957» otros dos en la misma ciudad el
925 y el 977. En el transcurso del tiempo fueron fundándose dispensarios y
enfermerías en todas las ciudades importantes, y en 1160 un viajero judío ha
encontrado más de 60 instituciones de este género sólo en la ciudad de Bagdad.
Los más grandes y mejor dotados de los hospitales mahometanos han sido el fundado
en Damasco (1160) y el de El Cairo (1276). En el primero de éstos se dio, por
espacio de tres siglos, gratuitamente el tratamiento y las drogas. Después del
año 1427 fue destruido por el fuego, no volviéndose a crear de nuevo. El gran
hospital de Al Mansur, en El Cairo[196], era una
gran construcción cuadrangular, con fuentes brotando en los cuatro patios, con
salas diferentes destinadas a las distintas enfermedades importantes, con salas
de mujeres y de convalecientes, salones de lectura, una numerosa biblioteca,
clínicas para los enfermos de fuera, cocina especial, un asilo de huérfanos y
una capilla. Tenía enfermeras y enfermeros; una renta, aproximadamente, de
500.000 pesetas, y daba, al tiempo de partir, una buena cantidad a cada
convaleciente, para que no tuviesen que volver inmediatamente al trabajo. Los
enfermos se alimentaban con un régimen atractivo y abundante, y los que
padecían insomnio eran entretenidos con una dulce música, o, como en Las
mil y una noches, por un hábil narrador de cuentos. El Califato de Córdoba
era análogo, por lo menos en el número, ya que no en las dimensiones de sus
hospitales; pero el Califato de Bagdad se distinguía por sus dispensarios de
Oftalmología y sus asilos de locos. Los árabes aparecían mucho más adelantados
que sus contemporáneos europeos, por su suave tratamiento de la locura.' La
instrucción médica se daba en cualquiera de los grandes hospitales de Bagdad,
de Damasco o de El Cairo, o en un curso especial de las academias que existían
en todas las ciudades. De ellas, la del palacio de Wisdom, de El Cairo, era la
más famosa. Las principales carreras eran la clínica médica, la farmacología y
la terapéutica. La anatomía y la cirugía parecían desdeñadas, pero la química
era tenida en una especial estima. La medicina árabe ha sido, en realidad, la
madre de la Alquimia, cuyo fundador es Geber (702-765), el descubridor del
ácido nítrico y del agua regia, y el que ha descrito la destilación, la
filtración, la sublimación, el baño de María-y otros procedimientos esenciales
de la química. La alquimia aparecía, en su esencia, combinada con la magia. El
antiguo panteísmo caldeo, la doctrina de una anima mundi, o de
un alma del mundo, con un espíritu interior en todas las cosas, era
aplicada a todas las substancias que podían extraerse por el fuego; y así, por
ejemplo, se decía: el «espíritu» de vino, el «espíritu» del nitro, y así de las
muchas esencias y quintaesencias; del mismo modo, a los siete planetas (el Sol,
la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno) corresponden los siete días
de la semana y los siete metales conocidos (oro, plata, hierro, mercurio,
estaño, plomo y cobre). Se suponía que todos estos metales habían sido
«engendrados» en las entrañas de la tierra; el interés fundamental de la
alquimia consistía en descubrir la substancia fecundadora o germinal bajo una
influencia planetaria favorable. Así, la leyenda de Gerber de una medicina que
puede curar uno de cada seis leprosos es considerada por Boërhave como la
simple alegoría de la piedra filosofal para transformar los seis metales
básicos planetarios en oro. Mano a mano con la idea de la transmutación de los
metales viene la noción dé un polivalente «elixir de la vida», que podía curar
todas las enfermedades y conferir una juventud eterna y cuya naturaleza se
suponía ser el «oro potable» (aurum potabile). La
investigación del oro potable condujo al descubrimiento del agua regia y de los
ácidos fuertes por Geber y Rhazes, y el problema del elixir condujo a la
fundación de la química farmacéutica. Nada menos que en pleno siglo XVI
encontramos a Paracelso defendiendo constantemente la idea de Gerber de que
todo está hecho de mercurio, de azufre y de sal, y de que «el Sol rige el
corazón; la Luna, el cerebro; Júpiter, el hígado; Saturno, el bazo; Mercurio,
los pulmones; Marte, la bilis; Venus, los riñones». De este modo, los siete
metales planetarios y sus compuestos resultaban específicos de las enfermedades
de estos órganos, bajo el influjo de las estrellas. La química árabe sobrevivió
probablemente a la decadencia de la medicina árabe, supuesto que León el
Africano, un viajero del siglo XV, nos menciona la existencia en su época de
una sociedad química en Fez. Por su constante contacto con las tierras y los
pueblos extraños, los árabes farmacéuticos, o sandalani, eran los
explotadores, si no los introductores, de un gran número de drogas nuevas, como
el sen, el alcanfor, el sándalo, el ruibarbo, el almizcle, la mirra, la cuasia,
el tamarindo, la nuez moscada, el clavo, la cubeba, el acónito, el ámbar gris y
el mercurio;, son, por otra parte, los inventores de los jarabes, de los
julepes, del alcohol, de los aldehídos (todos términos árabes) y de los
fragantes extractos de agua de rosa, azahar, de cáscara de limón, de tragacanto
y de otros atractivos ingredientes. El uso del hashish o cáñamo indio (cannabis
india) y del bhang (otro cáñamo indio o beleño), produciendo
intoxicación medicamentosa (tabannuj) o sueño profundo, era
perfectamente conocido, y la conducta indigna de los aficionados a estas drogas
aparece descrita también en Las mil y una noches[197]. El rey
Ornar lanza a la princesa Abrizah a un sueño pesado con «un trozo de bhang
concentrado: si un elefante lo hubiera olido, hubiera dormido años y años»[198]. En otro
cuento, el ladrón Ahmad Kamakim adormece a los guardianes «con el humo del
cáñamo»[199]. De
donde resulta que la posibilidad de la anestesia por inhalación era ya conocida
por los árabes tan bien como por Dioscórides y los cirujanos medievales, y
probablemente su conocimiento procede de la India, y los egipcios la emplearon
en las pequeñas operaciones quirúrgicas. Las farmacias árabes eran
inspeccionadas de un modo regular por un síndico (Muktasib), que
amenazaba a los mercaderes con humillantes castigos corporales en el caso de
adulterar las drogas (Guigues)[200]. Los
efectos de la química y de la farmacoterapia árabes en la medicina europea se
prolongaron bastante más tiempo que el mismo poder de los mahometanos, y, con
los simples de Dioscórides y Plinio, sus adiciones a la materia médica han
constituido por espacio de siglos la parte más importante de todas las
farmacopeas europeas.
Íntimamente
relacionada con la cultura médica mahometana se encuentra la influencia
ejercida por los judíos sobre la medicina europea. Bajo la dominación árabe,
los médicos judíos eran figuras preeminentes en las cortes de los califas, y la
común creencia en un monoteísmo externo vino a crear fuertes lazos de simpatía
entre musulmanes y hebreos. Otro punto de contacto era el hecho de que los
médicos hebreos y mahometanos, con su especial género de inteligencia
analítica, sus modos intensivos de pensar y su apreciación de los «valores»,
han llegado a adquirir pronto un modo rectamente materialista de ver las cosas
concretas. Así, en tanto que los médicos, bajo el Cristianismo, estaban
constantemente entretenidos con hechizos, amuletos, reliquias de santos, cábalas
y otras supersticiones, muchos de los médicos judíos y mahometanos habían
llegado a observar todas aquellas cosas con una íntima satisfacción.
Durante
la Edad Media, y largo tiempo después, la suerte de los médicos hebreos era el
usar y el abusar. En los siglos x y XI eran, como dice Billings, «una especie
de lujoso contrabando»[201],
llamados y protegidos lo mismo por los príncipes que por los obispos, a causa
de sus superior: res conocimientos, pero duramente tratados
otras veces, por razones de otro género. El Concilio de Viena de 1267 prohibió
a los judíos practicar la medicina entre los cristianos. Bajo el califato
occidental, los médicos judíos fueron personas muy notables en España, hasta
que fueron desterrados en 1412, y la escuela de Salerno los utilizó como
maestros hasta que llegó a desenvolverse bastante su propio gran talento para
poder seguir avanzando sin ellos. Lo mismo ocurrió con Montpellier, que fue
cerrado para los judíos en 1301. Había muchos de ellos en Aviñón en el siglo XV[202]. Las
prohibiciones impuestas a los médicos judíos por los papas Paulo IV (1555-1559)
y Pío V (1566-72) fueron levantadas por Gregorio XIII en 1584[203]. No
obstante que los diferentes emperadores continuaron conservando a los judíos
como médicos propios, hasta después de la revolución francesa ellos no eran
admitidos a estudiar en las Universidades europeas, y estando, además,
excluidos de las profesiones liberales, desempeñaron pequeña parte en Medicina
durante este período. Al comenzar el moderno movimiento industrial, ellos
fueron admitidos a todos los derechos de ciudadanía en toda Europa, y fueron
libremente acogidos en las universidades. Los efectos de esta política liberal
han sido el determinar una gran llegada de brillantes talentos, que han
contribuido al desarrollo material de la Medicina en todas sus ramas, como lo
prueba la obra de Henle, Cohnheim, Weigert, Traube, Stricker y Pick, en Patología;
Senator, Hayem y Boas, en medicina interna; Romberg, Moll y Unna, en
dermatología; Caspar, Lesser, Ottolenghi y Lombroso, en medicina forense;
Hirsch, Marx, Pagel, Magnus y Neuburger, en historia de la Medicina, y
Metchnikoff, Fränkel, Friedländer, Marmorek, Haffkine, Neisser y Paul Ehrlich,
en la ciencia de la infección, para no citar más que algunos de los nombres más
famosos[204].
Capítulo
VIII
El período medieval
(1096-1438)
La Edad
Media, el período del feudalismo y del eclesiasticismo, ha sido ordinariamente
censurada por su servil obediencia a la autoridad, con sus malos
acompañamientos de fanatismo, pedantería y crueldad. Si consideramos todo lo
que trata de dominar la verdad por despóticos y clandestinos métodos, como
«tendencias medievales», vemos en los privilegios especiales, en los egoísmos
sostenidos, en las ganancias inmerecidas, en el Faustrecht y
en otras fases del «sencillo plan» de Rob Roy, señales de feudalismo. Sin
embargo, en la Edad Media era verdad «el consentimiento de los gobernados». Las
gentes aspiraban a la nacionalidad y a la solidaridad más bien que a la
independencia personal, y, en estas condiciones, se encontraban más dispuestas
a ser conducidas y dirigidas que a pensar por sí mismas. En el trastorno de la
mezcla y de la absorción de razas que siguió a la caída del imperio romano se
descubría que la filosofía griega (neoplatonismo) era una quiebra total como
fuerza moral, y que la más grande necesidad de la humanidad europea era el
levantamiento espiritual, para la regeneración y la renovación del carácter,
mucho más que el atender al desenvolvimiento espiritual. Las actividades
mentales y morales habían quedado sencillamente paralizadas en este gran
cataclismo. Para comprender el interior impulso que lanzaba a los ermitaños al
desierto y que hacía fundar los grandes monasterios podemos leer a Gibbon,
Lecky, Montalembert, Gregorovius, Froude, etc., sobre la destrucción de la
sociedad romana; la maravillosa evocación de un triunfo cesariano, de
Turgeneff, o la milagrosa narración de las tentaciones de San Antonio, por
Faubert. Matthew Arnold, con su fino sentido histórico, resume todo esto en
animados versos:
En aquel
duro mundo pagano ha caído
Un
secreto dolor y malestar.
Profundo
cansancio y deseos saciados
Convierten
la vida en un infierno.
Vela sus
águilas, rompe su espada
Y
renuncia a su cetro;
Detesta
su augusta púrpura
Y su
imperial corona.
Rompe sus
flautas, interrumpe sus juegos;
Sus
artistas no consiguen agradarle;
Rasga sus
libros, cierra sus patios
Y huye de
sus palacios.
Así, la
Iglesia cristiana, con sus invocaciones espirituales, sus atractivos
simbolismos, su espléndida organización y su unión al feudalismo para proteger
a Europa de la invasión mahometana, no podía dejar de triunfar. Las cruzadas
despertaron el sentimiento de la nacionalidad. La organización de los
ciudadanos contra el bandolerismo de los señores hizo nacer la conciencia
cívica. En la intensa lucha entre el colectivismo y el individualismo, que
comenzó en aquella hora, la independencia intelectual tuvo que limitarse en un
principio a los conflictos entre la Iglesia y el Estado. En la Edad Media
existía una inmensa lucha en la que «las fuerzas centrífugas de la sociedad
dominaban sobre la fuerza centrípeta»[205]. El
aumento de las virtudes cristianas de compasión respecto de la debilidad y el
sufrimiento, y el más elevado y amplio concepto de la posición y misión de la
mujer que se deducía de aquéllas, condujo a nuevos avances de la Medicina por
sendas todavía no exploradas, especialmente en el cuidado de los enfermos y en
la creación de hospitales en todas partes para atender a ese cuidado. Solamente
el fanatismo holgazán es capaz de afirmar que los papas y los emperadores no
han prestado un gran servicio a la Medicina con la creación de una buena
legislación médica, con la constitución y creación de las universidades
medievales y con el estímulo, en muchos casos, del talento médico individual.
Sin embargo, como ha demostrado Allbutt, las disputas intelectuales durante la
edad de la fe se manifestaban con la tendencia a la supresión absoluta de la
ciencia experimental, no obstante la comprobación actual de las premisas. Los
filósofos, griegos, como hemos visto, daban las opiniones más diversas, sin
entablar una lucha especial entre sí, y por encima de todo con una cierta
inmunidad definitiva de toda persecución. Para los que sepan apreciar el fino
individualismo de los griegos no resultará exagerado el sentimiento del poeta
inglés:
Grecia,
único país en que la fuerza del hombre ha sido considerada siempre como una
divinidad majestuosa; Que lleva al ciego mundo rasgos de ingenio y de luz hasta
para calzar sus pies; Libertad, fuerza de Grecia, tienes mucho de humano y
mucho de divino.
Los
pensadores medievales estaban todos bajo el poder de las autoridades, y esto
por la más extraña pero la más poderosa de las razones. Desde los tiempos más
antiguos las ideas humanas, investigando la vida y las fuerzas detrás del mundo
material, han progresado generalmente a lo largo de dos líneas distintas, aun
cuando frecuentemente paralelas: la tendencia a divinizar y a adorar los
objetos y las fuerzas de la Naturaleza; tendencia que viene de un modo lógico a
culminar en el panteísmo o en el pesimismo budista; y el rudo fetichismo del
salvaje, que va pasando a través de las sucesivas etapas de la idolatría, de la
adoración de los héroes, del culto de los antepasados, del politeísmo, de la
magia, etc., para emerger dentro del puro monoteísmo de Israel, de la
Cristiandad y del Islam. El teísmo cristiano supone que Dios es un espíritu
omnipresente e inmanente en la Naturaleza, pero diferente, sin embargo, de
ella, accesible a la plegaria y capaz, en caso necesario, de una divina
intervención en los asuntos humanos. El panteísmo viene a identificar
sencillamente a Dios con la Naturaleza y con las fuerzas naturales. Ahora bien;
en los tiempos medievales la oposición entre el teísmo y el panteísmo toma la
forma de una disputa entre «realistas» y «nominalistas», «que—dice Allbutt
(parafraseando el lenguaje de John de Salisbury)—gastó más tiempo y más
pasiones de los hombres que la familia de los Césares en conquistar y en
gobernar el mundo»[206]. Para el
lógico medieval, «realismo» era justamente lo contrario del concepto que los
modernos formamos del conocimiento de las cosas materiales. El realista supone,
como Platón, que la idea es tan actual como la cosa misma, y creadora de ella;
la forma, tan real como la materia o substancia, y anterior a ella; de donde se
deduce que todas las cosas proceden de la voluntad de Dios. El nominalista, por
el contrario, afirma que la forma o idea es sólo un nombre o concepción
abstracta, existiendo únicamente en la inteligencia del observador, y que Dios,
por esta razón, existe impersonalmente en todos y en cada uno de los objetos
del mundo material. Los teólogos de la Edad Media podían ser llevados por el
panteísmo a la infidelidad y a la falta de creencias, supuesto que él tiende a
disolver el dogma de la fe y a subvertir las Ideas de la revelación divina y de
la inmortalidad personal; pero la esperanza les mantenía en el cristianismo.
Para los médicos medievales, una manifestación del libre pensamiento, como De
la enfermedad sagrada, de Hipócrates, tenía que ser un objeto de horror, al
paso que Galeno, con su devoto monoteísmo y sus cuidadosos argumentos
teológicos, llegó a convertirse en un objeto casi de veneración. Aristóteles,
en su Lógica y en su Metafísica, nunca da una
distinción clara y absoluta entre la supuesta realidad de la idea y la
substancia, y aun cuando fue proscrito bajo excomunión por el Sínodo de París
de 1209, volvió a ser puesto en favor por Gregorio IX en 1231, y últimamente
considerado como una autoridad casi infalible. Sus obras más científicas no
eran nunca estudiadas con aquel espíritu investigador y crítico con que los
griegos habían mirado todos estos asuntos. Tolomeo había dicho: «El que quiera
servir la causa de la verdad en la ciencia tiene que ser, ante todo, un
librepensador»; y, sin embargo, su geocéntrico sistema de astronomía fue
defendido por la Iglesia como un artículo de fe (Neuburger). Las historias
naturales de Plinio y de Aristóteles eran aceptadas por las autoridades medievales
como notables embrollos, e imitadas en los extraños Herbarios, o Bestiarios (o Libros
de animales) de la época. Todo razonamiento era formal y deductivo.
Hasta el Renacimiento no hubo nada de inducción ni de experimento. Hombres
adultos aceptaban un tejido de solemnes absurdos, como el Timeo, de
Platón, como una célebre doctrina fisiológica. La Naturaleza misma no era
interrogada nunca para descubrirla sus secretos, y, como Allbutt dice: «La
lógica, que para nosotros no es mas que un instrumento, y, como todo
instrumento, un poco pasado de moda, era en la Edad Media un medio de
descubrir, y no sólo eso, sino la verdadera fuente del conocimiento... Lo
dialécticamente irresistible era lo verdadero»[207]. En
la Leyenda dorada, de Longfellow, los médicos medievales y los
estudiantes de Medicina están representados como perdiendo su tiempo en
interminables discusiones a propósito de la naturaleza de los universales, de
la relación entre la idea y la materia y otras sutilezas dialécticas. El
nominalista, de tipo avanzado y dogmático, estaba expuesto siempre a la
persecución. Sin avanzar más en las eternas disputas entre los nominalistas y
los realistas, podemos decir que las relaciones de causa y de efecto han
querido ser resueltas a través de las edades por el «pneuma», de Galeno; el
«arqueo», de Paracelso; el «animismo», de Van Helmont y de Stahl; el
«pensamiento y la extensión», de Descartes y Spinoza; el «noumenon» y el
«phenomenon», de Kant; el «siendo y volviendo», de Hegel; la «voluntad y la
idea», de Schopenhauer, y otros conceptos modernos, como la ley natural y el
fenómeno natural, tipo e individuo, fuerza y materia, estática y dinámica,
principio vital y «la concurrencia fortuita de las fuerzas fisicoquímicas». En
nuestros propios días la cuestión ha resurgido de nuevo entre el vitalismo y el
materialismo. En la Edad Media el extraordinario gasto de energía en este
problema estéril e insoluble ha conducido a la ultrapesadamente feudalizada
escolástica para estudiar un estado misterioso morboso, con desprecio de todos
los artes y trabajos manuales, especialmente de la anatomía y de la cirugía. De
aquí la sorprendente ignorancia de Hipócrates durante la Edad Media. «Si se
hubieran perdido los libros de Galeno—dice Withington — hubiera podido quedar
alguna duda de que la obscura Edad de la Medicina hubiera sido más obscura y
más prolongada de lo que ha sido; por el médico práctico medieval no podía
haber sido ya apreciada la más elevada y más libre labor del médico de Cos, que
si él hubiera podido comprender aquellas grandes frases: «Ello parece bueno
para «el Demos», que Hipócrates vio inscritas a la cabeza de todo decreto, y
oyó proclamar en todas las asambleas»[208].
El
fundamental error de la ciencia médica medieval, como ha expuesto originalmente
Guy de Chauliac, y como sir Clifford Allbutt ha demostrado en un perfecto
resumen[209], ha sido
el divorcio entre la Medicina y la cirugía. La inteligencia griega,
personificada en Hipócrates, vio la medicina interna en términos de cirugía, y
vio la cirugía no sólo como un modo de terapéutica, sino como «el verdadero
brazo derecho de la medicina interna», puesto que, en el diagnóstico, los
signos externos y visibles de la enfermedad interna (los únicos indicios que
tenía el cirujano griego) eran también los principales puntos de apoyo del
clínico. Comenzando con Avicena, la autoridad médica medieval, sostuvo el modo
de pensar de Galeno, de que la cirugía es sólo un modo de trabamiento, como el
límite extremo de tratamiento, y al mismo cirujano, como un sirviente y un ser
inferior. Los comentadores árabes de Galeno, y los arabistas medievales que
copiaban a aquéllos, estaban obsesionados con la idea, peculiar a las
religiones orientales, de que era sucio e impío el tocar el cuerpo humano con
las manos en determinadas condiciones. Como este dogma fue haciéndose cada vez
más firme, las inteligencias monásticas y escolásticas llegaron, como hemos
visto, a estar completamente convencidas de que la labor intelectual es muy
superior a la labor manual, culminando en el famoso edicto del Concilio de
Tours: Ecclesia abhorret a sanguine (1163). La práctica
general de la cirugía, incluyendo la mayoría de las operaciones mayores,
estaba, en último término, relegada a los barberos, bañeros, castradores de
cerdos y charlatanes vagabundos, y el cirujano llegó a ser considerado como en un
aspecto doméstico; hasta en Prusia, en el tiempo de Federico el Grande, era
todavía considerado como uno de los deberes de los cirujanos del ejército el
afeitar a los oficiales. Además, la herejía impuesta por los comentadores
árabes de Galeno de la «cocción» (supuración) y del «pus loable», como factores
esenciales para la curación de las heridas, convertían la cirugía operatoria en
un peligroso y entrometido empeño, extraordinariamente peligroso,
verdaderamente, en el que el cirujano, ya fuese de escuela o charlatán, estaba
siempre en riesgo de perder la vida o un miembro si había operado sin éxito a
alguno de los señores feudales de la tierra. Los más grandes cirujanos
astutamente advertían a sus hermanos profesionales el abstenerse del
tratamiento operatorio en los casos dificultosos o incurables, y cuando ellos
emprendían las operaciones mayores, su costumbre era solicitar una garantía de
que no podría sobrevenirles a ellos daño alguno en el caso de una terminación
fatal. El progreso del arte quirúrgico hasta su estado moderno (asepsia), ha
requerido el genio y la influencia personal de los tres más grandes cirujanos
de la Historia: Ambrosio Paré, John Hunter y Lord Lister. El principal interés
del período medieval no reside, sin embargo, en la medicina interna por lo poco
valioso que hubiera de ella, sino en el gradual desenvolvimiento de la cirugía
desde la base de los fieles, alguna vez obscuros discípulos «del arte
quirúrgico» que en Francia, por lo menos, eran alejados y obligados a llevar la
ropa corta por los edictos de los santurrones hermanos de San Cosme: chirurgiens
de longue robe. Las continuas disputas entre San Cosme, la Facultad de
París y los barberos dieron por resultado la admisión de los últimos para la
práctica de la cirugía menor en 1372.
Neuburger
divide la medicina medieval en cuatro períodos, a saber: el monástico (del
siglo V al X); el salernitano (siglos XI y XII); el de la ilustración temporal,
en el siglo XIII, en el que la cultura árabe habíase injertado en el Occidente,
y el período del prerrenacimiento (siglo XIV), en el que llega a hacerse
predominante la cultura.
Con la
caída del imperio romano comienza la Edad Sombría, durante la cual el Occidente
de Europa pasa por un período lento de destrucción material y de decadencia
intelectual.
La
transición, como ha demostrado Neuburger, no ha sido catastrófica, sino
gradual. La conquista germánica supuso la pérdida de miles de. vidas, la
devastación absoluta de muchas regiones, la desolación de muchas ciudades y la
destrucción de innumerables señales de arte y de cultura, al paso que el
Oriente, poseyendo siempre una inmensa red de puntos de comercio, cubría
lastres cuartas partes de la superficie de la tierra y conservaba su cultura.
En centraste con el sistema financiero impuesto por el Oriente, el Occidente,
por el aflojamiento del comercio, la separación de las regiones en estados
pequeños y separados, y la vuelta de sus habitantes a la agricultura como
último recurso, adquirió las formas pequeñas y parroquiales de modas huecas y
angulares de la economía, v, en general, una complexión aldeana, que
determinaba muy pequeños incentivos respecto a seguir una más fina conducta de
vida. Las naciones se iban gradualmente formando; pero en este proceso de
formación, la cultura estaba inhibida. Al paso que los conquistadores
mahometanos imponían el lenguaje y la cultura árabes sobre los conquistados,
los conquistadores germánicos caían bajo el dominio de la cultura latina y del
cristianismo. En la Europa Occidental el latín se convirtió en el lenguaje
oficial de la Iglesia y del Estado. Únicamente se leían las traducciones
latinas de los autores griegos. La ciencia y la enseñanza se habían refugiado
en el seno de la Iglesia, y no dejaban el camino que les había señalado
Casiodoro, «el último de los romanos».
Así
comienza el período de la medicina monástica, en el cual, a la vez que un celo,
digno de alabanza, por conservar los restos de la literatura antigua y las
tradiciones de una práctica racional, fue aumentando un culto de curación por
la fe, una especie de terapéutica teúrgica o implícita creencia en el milagroso
poder curativo de los santos o de las santas reliquias. El auxilio sobrenatural
era cada vez más apreciado que el arte médico, demostrando a éste mismo como
impotente, particularmente en el tiempo de las grandes epidemias. La medicina
occidental, al contrario que la de Bizancio y la del Islam, cayó en un eclipse,
y su práctica, como dice Neuburger, llegó a ser tan rudimentaria y tan
estereotipada como la del hombre primitivo.
Bajo el
beneficioso reinado de Teodorico el Grande (493-526) hubo un período intermedio
de paz, con prosperidad material, y en el que se prestó la debida atención al
arte y a la ciencia. El único resto de aquel antiguo período ostrogodo es la
epístola dietética del médico griego Anthimus, que aparece llena de preceptos
sanos y de buen sentido, dándonos a la vez mucha luz acerca de los mercados de
alimentos y de las prácticas culinarias de la época. La tendencia del período
ostrogodo, realmente la tarea principal de este período en la medicina
medieval, es la de traducir, recopilar y parafrasear los autores antiguos; una
tarea que, por otra parte, ya iban realizando los últimos romanos y los
escritores bizantinos. En este sentido debe señalarse como uno de los más
notables Boecio (hacia 480-524). En el siglo VI, el paso gradual de la ciencia
a manos del clero se iba realizando al mismo tiempo que las desoladoras guerras
entre los ostrogodos y los bizantinos, la invasión y el establecimiento de los
lombardos en Italia (568-774) y las devastadoras epidemias, como la peste de
Justiniano (543). La ciencia y la cultura iban a quedar emparedadas; las
escuelas de la ciencia secular se deshacían y desaparecían; el celo religioso y
el ascetismo fanático estaban a la orden del día. Aplastada por los lombardos,
abandonada y engañada por Bizancio, la población latina tuvo que volverse hacia
la Iglesia, buscando protección. Glorificada con el limbo de la antigua Roma,
la Iglesia se ha convertido en un verdadero poder territorial, capaz de
desarrollar la positiva fuerza del Estado y de proteger la civilización
occidental. «Los benedictinos eran los nestorianos del Occidente» (Neuburger).
En el Forum Pacis se reunían antiguamente los médicos, y el papa Félix VI
(526-530) funda la basílica de San Cosme y San Damián, patronos de la Medicina.
En el mismo año en que Justiniano cerraba la Escuela de Filosofía de Atenas
(529), Benedicto de Carsia (483-543) funda en el sitio de un antiguo templo de
Apolo el convento de la orden de los benedictinos del Monte Cassino, en el
cual, desde Casiodoro (480-475), ha estado fija la atención de los frailes en
la apreciación de los antiguos escritos; los estudios literarios eran
asiduamente cultivados, y las obras destinadas al cuidado de los pobres
enfermos eran consideradas como el deber primordial de la orden, de acuerdo con
la exhortación de San Benito (Infirmorum cura ante omnia adhibenda esty et
sicut re vera Christo, ita eis serviatur). El convento tenía una valiosa
colección de manuscritos médicos. El Comentarium medicinale, , de Benedetto
Crespi, arzobispo de Milán (681), un poema didáctico en hexámetros que se ocupa
del tratamiento herbario de 26 enfermedades, según la moda de Serenus
Samonicus, es una reliquia de este período. Otra consiste en dos tratados de
las enfermedades y de sus remedios, por Bertharius (857-884), el sabio abad de
Monte Cassino. Los conquistadores lombardos comenzaron pronto a favorecerla
ciencia, encontrándose preservados los nombres de los médicos laicos en el Codex
lombardas y en otros documentos. De acuerdo con los preceptos de Casiodoro, la
aspiración de la época estribaba en hacer una recopilación de todos los
conocimientos médicos (summa medicinae), espigando para ello entre todos los
autores griegos y latinos. Serenus Samonicus, pseudo-Apuleio, pseudo-Plinio en
Terapéutica, y Celio Aureliano, y el pseudosoránico libro de comadronas, de
Muscio, eran lo más favorecido en estas recopilaciones. Las mejores obras de
Hipócrates, Galeno, Rufo, Oribasio, Alejandro de Tralles y Dioscórides eran
traducidas al latín (siglos V y VIII), y en este proceso de recopilación gran
número de escritos falsos, atribuidos a los pseudoautores, eran introducidos
subrepticiamente. La parte médica de Plinio, mezclada y sazonada con extractos
de Celio Aureliano, Apuleio y Vindaciano, se llegó a designar con el nombre de
pseudo-Plinio. Muchas de las summa medicinal enmascaradas con los nombres de
Dioscórides y de Oribasio, eran una especie de potpurrí de muy diferentes
autores. De este mismo carácter son también las pseudónimas epístolas
atribuidas a Hipócrates, especialmente la Dinamidia (De virtutibus herborum),
la De cibis, la epístola a Ptolomeo; De hominisfabrica) y la Capsula ebúrnea.
Esta «Cápsula de marfil», un tratado del pronóstico de las afecciones de la
piel, que se había sostenido que había sido descubierta por César en la tumba
de Hipócrates, ha sido impresa primeramente en los Archiv, de Withwer (1790), y
recientemente ha sido cuidadosamente estudiada en todos los manuscritos leídos
por Sudhoff (1916)[210]. La
primera impresión es en el Libro de Almanzor, de Rhazes. Bajo los visigodos
españoles (607-711), las actividades médicas aparecían oprimidas en un código
de leyes draconianas. Con la conversión de los visigodos al cristianismo (586),
la medicina monástica tomó su desenvolvimiento usual. Los conventos y las
fundaciones eclesiásticas tenían siempre sus médicos propios. Se atribuye al
obispo Pablo de Mérida una laparotomía por retención fetal en un embarazo
ectópico, al paso que el obispo Masona fundaba, en 580, un gran hospital. El
hombre más sabio de aquella época ha sido el arzobispo San Isidoro de Sevilla
(hacia 570-636), autor de una enciclopedia de orígenes y etimologías, cuyo
cuarto tomo contiene un estudio de Medicina, pero con muchas derivaciones
infundadas y falsas de los términos médicos.
Bajo los
monarcas merovingios (les rois fainéants, o reves holgazanes), en Francia
(486-741) prevalecía la influencia del latín; pero la dinastía era muy débil
para poder salvar su crédito de los riesgos de una sangrienta guerra civil, y
los médicos se encontraban en tiempos muy difíciles. Gregorio de Tours
(538-593) recuerda que los médicos franceses tenían alguna habilidad quirúrgica
y que en ocasiones eran requeridos como peritos forenses en los juicios; pero,
sin embargo, ellos, en el servicio de la corte, podían ser humillados y hasta
condenados a muerte en el caso de fracasar en su tratamiento. Las gentes
estaban inclinadas a creer en curas milagrosas por cirujanos vagabundos, por
santas reliquias, por exorcismos y por el tacto regio. En los momentos de las
grandes epidemias acudían en grandes masas a pasar en vela las noches en las
iglesias; un hecho análogo al sueño en el templo. Con una cirugía tan burda y
tan chapucera como la existente no tiene nada de extraño que Gregory aconsejase
las plegarias y el endurecimiento para los dolores. Con el advenimiento de
Carlomagno (768-814) como emperador de Occidente (800) la Medicina alcanza
mejores tiempos. El terreno cultural había sido preparado por los errantes
monjes irlandeses y anglosajones, que viajaron de Bangor y Jona al continente y
fundaron los monasterios de Bobbio y de St. Gall. Colegios monacales habían
sido fundados en Fulda por el inglés Bonifacio, en Tours por el inglés Alcuino
(735-804), y en Chartres por Fulberto (1006-1028); fueron bien pronto centros
famosos de enseñanza. Carlomagno tenía un jardín médico. En la historia
eclesiástica del venerable Reda (674-735) vemos que la Medicina no era
despreciada por los monjes ingleses. Habla de un tratamiento de la afasia por
ejercicios metódicos, y contiene un tratado de la sangría.
La
enciclopedia Physica, del abate de Fulda y arzobispo de Maguncia Hrabanus
Mauris (776-856), discípulo predilecto de Alcuino y el primas preceptor
Germaniae, trata de Medicina en sus tomos sexto, séptimo y octavo, y contiene
un glosario latino-germano de términos anatómicos. En el siglo IX la Medicina
estaba considerada como una parte de la Physica, en la que se incluía la
aritmética, la astronomía, la mecánica, la geometría y la música, a la vez que
el médico era designado con el nombre de phisicus. El Bortulus, de Walafrid
Strabo de Suabia (807-849), el mejor discípulo de Hrabanus, describe en 444
bellos hexámetros las plantas del jardín del monasterio de Reichenau, del que
era abad. La literatura anglo-sajona se desenvuelve bajo el reinado de Alfredo el
Grande (871-901), y mantiene su originalidad hasta mediados del siglo XII. Los
principales escritos médicos de la época son el Libro Médico (Leech-Book), de
Bald, y el Lacnuga, un libro de magia anglo-céltica con traducciones de Apuleio
y de Sexto Placitus. La tendencia medieval a las alegorías se ve bien retratada
en el Physiologus, un texto popular de las virtudes y los vicios, en la forma
de 12 animales fantásticos o reales, que se ha traducido a todos los idiomas, a
pesar de que su alegoría fundamental llegó a ser también el original de los
Libros de animales, o Bestiarios. Bajo los monarcas carlovingios los médicos
judíos alcanzaron gran favor en Francia. En la Italia del Norte, Sabbatai ben
Abraham, llamado Donnolo (913-965), era un práctico famoso, y su Antidoiarium[211], un
formulario de unos 120 remedios, es la más antigua obra médica que se conoce en
hebreo. La obra médica española más antigua es un tratado de las fiebres, de
Isaac, un médico judío del siglo XI.
La
Medicina en los siglos XI y XII ha sido elevada a un nivel mucho más alto por
la escuela de Salerno, que, como dice Neuburger, despertó el arte médico de la
decrepitud de centuria y media, infundiéndole nueva vida, y guardando como
un palladium las mejores tradiciones de la práctica antigua.
Sus orígenes son obscuros. Únicamente sabemos que comenzó a existir del «modo
más misterioso». El que se trate de una fundación eclesiástica se considera por
la mayoría de los historiadores como una agradable fable convenue,
supuesto que todo el carácter era el de una institución laica aislada,
una civitas Hippocratica, en medio de las fundaciones puramente
clericales, y existe, por otra parte, un significativo silencio respecto de
Salerno en las crónicas eclesiásticas. Pero la misma ciudad de Salerno era un
obispado, y desde el 974 un arzobispado, en el que los benedictinos tenían un
convento y un hospital (820), y se sabe también que existían las más cordiales
relaciones de amistad entre él clero y los médicos de Salerno. La pequeña
ciudad marítima de Salerno, cerca de Nápoles, era conocida ya, entre los
romanos, como un punto higiénico ideal. Los maestros médicos y las tradiciones
de su famosa escuela, la primera escuela médica independiente de aquella época,
sobresalían en la seca estancación de la Edad Media con algo de la vigorizante
frescura del mar. Su anatomía estaba basada en la del cerdo; su fisiología y su
patología eran galénicas; sus diagnósticos, principalmente doctrinas acerca del
pulso y de la orina; pero, en cambio, las enfermedades eran estudiadas
directamente, de primera mano, de un modo rectilíneo y atractivo; la
terapéutica era racional e iba acompañada de un admirable plan dietético; la
cirugía de Salerno era nueva y original; la obstetricia y el cuidado de los
enfermos estaban a cargo de mujeres de talento. «Los maestros de Salerno — dice
Neuburger—eran los primeros médicos medievales que cultivaron la Medicina como
una rama independiente de la ciencia.» El que la medicina de Salerno fuera
helénica» el que en Salerno revivieran algunas de las mejores tradiciones de la
medicina griega, se debe al hecho de que Sicilia y la parte sur de Italia
continuaban formando parte de la Magna Grecia y habían sufrido el influjo de la
cultura romana desde la séptima centuria antes de Cristo al siglo x después de
J. C. De la Magna Grecia, de Toledo y de Bizancio proceden las tres grandes
corrientes de la cultura griega que han concurrido a formar la tradición
salernitana. Los más antiguos documentos de esta escuela son recopilaciones en
latín bárbaro de los últimos autores romanos y de los pseudoautores, y datan de
la primera mitad del siglo XI.
De ellos,
el Pasionarius, un manual de patología especial y de terapéutica, asociado al
nombre de Galeno y atribuido al lombardo Warimpotus, o Gariopontus (muerto
hacia 1050), no constituye, según la opinión de Sudhoff, un verdadero escrito
salernitano, sino una recopilación de origen bizantino, datando del siglo VIII
a IX. Los escritos de Alfonso, obispo de Salerno (hacia 1050); la Práctica, de
Petroncellus, con una traducción anglosajona de la misma en Cockayne's
Leechdoms, y el poema Speculum hominis (hacia 1050) son las únicas reliquias
salernitanas antes de la época de Constantino el Africano.
De
pequeños efectos sobre Salerno, y de ningún modo una personalidad
verdaderamente sobresaliente, Constantinus Africanus (hacia 1020-1087) es, sin
embargo, un jalón importante en la Historia, si se tiene en cuenta su
influencia, extraordinariamente grande, sobre los años posteriores de la Edad
Media. Natural de Cartago, adquirió, a fuerza de viajes, un acabado
conocimiento de las lenguas orientales, y, vuelto a su país natal, tuvo que
sufrir persecuciones acusado de mago. Emigrado a Italia, vivió durante algún
tiempo en Salerno; pero no es seguro que haya sido maestro de aquella escuela.
Tan empapado en la cultura árabe como estaba, no podía ejercer una gran
influencia en ella, y en realidad no conocemos ninguna muestra positiva de
ella. Islam era impopular; va antes de la conquista de Sicilia por los
normandos, los grandes señores sarracenos de la isla habían amenazado
frecuentemente a Salerno, y en una ocasión 40 bravos normandos salvaron de su
rapiña la pequeña ciudad (1016).
Después
de 1070 encontramos a Constantino en los claustros de Monte Cassino, donde
terminó su vida, consagrado a su labor literaria. Consiste ésta principalmente
en traducciones latinas de Haly Abbas, Johannitius, Isaac Judaeus y los
arabizados Hipócrates y Galeno. Al paso que estas traducciones eran poco
conocidas en Salerno, el influjo ejercido por Constantino como un latinizador
de la cultura árabe[212] era
extraordinariamente grande, constituyendo, como dice Sudhoff, «un síntoma de un
gran proceso histórico»; a saber: la influencia dominante de los modos
mahometanos de pensar sobre la Europa Occidental durante todo el siglo XII.
Johannes Affacius (circa 1040-1100), un discípulo sarraceno de Constantino, es
probablemente el autor del Líber aureus, atribuido a su maestro, y de un
tratado salernitano (De febribus et urina), que contiene un método de refrescar
la habitación de los enfermos por la irrigación de agua que procede de una
vasija perforada. Taddeo Alderotti admite más tarde el testimonio de que estas
traducciones de Constantino son composiciones muy imperfectas (nam ille insanus
monacus in transferrendo peccavit quantitate et qualitate).
Independientemente
de esto se escribían distintos tratados prácticos de Medicina, notables por la
claridad de los conceptos y la concisión del estilo, por los maestros
Bartholomaeus, Copho el Joven, Johannes Platearius el Joven y Archimathaeus,
que también ha escrito un tratado muy importante de didáctica (De instructione
medici) o de la etiqueta que debe observarse al aproximarse el médico a la
cabecera del enfermo (De adventu medici ad aegrotum). La contribución más
importante de la escuela de Salerno a la medicina interna es el Tractatus de
aegritudinum curatione, el primer ejemplar de una enciclopedia de libros de
texto de Medicina, escritos por diferentes autores, y que indudablemente
hubiera sido designada por la posteridad con el nombre de Summa medicinalis de
Salerno. Llegó a ser aquel libro el preferido para el estudio de la medicina
interna en la primera mitad de la dozava centuria.
Como
cualquier otra Práctica aparecida posteriormente, se trataban en ella las
enfermedades locales, seriatim, desde la cabeza a los pies (a capite ad
calcem).
Entre las
más antiguas contribuciones del siglo XII a la Historia Natural figura la
recopilación titulada Macer Floridas, un poema didáctico en hexámetros de las
virtudes terapéuticas de 77 simples, atribuido a Odo de Meudon, que era muy
popular y ha sido frecuentemente traducido[213], y que
puede ser considerado como el original del más viejo escrito escandinavo
popular, el danés Laegebog, de Henrik Harpestreng. El Lapidarias, o Libro de
las piedras, del obispo Marbod, de Rennes (muerto en 1123), nos expone las
virtudes mágicas y médicas, de 60 piedras preciosas.
Estas
producciones estaban contenidas en el Breslau Códex, y muchas
de ellas se encuentran reproducidas en las colecciones de Salvatore de Renzi
(1853-1856) y de Piero Giacosa (1901). El Regimen (Sanitatis)
Salernitanum o Flos medicinae, un poema en hexámetros
doblemente rimados, se imprimió en latín en 1484.
Su fecha
de origen sigue siendo desconocida; pero Sudhoff sostiene que su probable
prototipo debe buscarse en una pseudoaristotélica epístola a Alejandro Magno
(De regimine sanitatis), latinizada por Juan de Toledo (Johannes Hispanus), un
judío converso de hacia 1130. Su tratado, dirigido a una princesa española, ha
gozado una gran circulación y ha sido continuado por una epístola semejante
dirigida al propio Federico II por su filósofo de corte, Magister Theodorus. En
los tiempos de Amoldo de Vilanova el Régimen Salernitano, que probablemente no
debió aparecer antes de 1250, constaba de 362 versos, que, con las adiciones e
interpolaciones de De Renzi y de otros, se han elevado hasta 3520. Así, resulta
que el famoso Régimen Salernitano debe su origen a una fuente toledana; que
probablemente no son conocidas las del de Federico II o Gilles de Corbeil, y
que, por consiguiente, ha circulado mucho después de 1101, la fecha que se ha
venido generalmente asignando a su composición[214].
El
régimen consiste en una dietética severa y muy juiciosa y en preceptos
higiénicos, dedicado en unas impresiones al rey de Inglaterra (Anglorum
Regi), y en la mayoría de los manuscritos al rey de Francia (Francorum
Regi). Ha alcanzado unas 240 ediciones, incluso en irlandés, bohemio,
provenzal y hebreo[215].
De las
Damas de Salerno, Trótula, cuyo hallazgo, del siglo XIII, por Ruteboeuf ha sido
calificado de Dama Trot (Madame Trotte de Salerno), está acreditada con un
tratado de Ginecología y de Cosmética (Pepassionibus mulierum), en tanto que
Abella escribía De natura seminis hominis y De otra bale. Según la opinión de
Malgaigne y de Sudhoff, Trótula no es una persona, sino únicamente el título
del libro mismo. Según Daremberg y De Renzi, es el nombre de la autora, que
algunos suponen haber pertenecido a la familia Ruggiero y ser la viuda del
antiguo Platearius.
El Antidotarium,
de Nicolaus el Salernitano[216], ha sido
el primer formulario y uno de los primeros libros que se han impreso (en la
soberbia tipografía de Nicholas Jenson, Venecia, 1471). Consta de 139
prescripciones complejas en orden alfabético, conteniendo muchas nuevas drogas
orientales y también la fórmula original de la «esponja anestésica» (spongia
somnífera) y una tabla de pesos y medidas. El Antidotarium,
de Matthaeus Platearius, conocido con el nombre de Circa instans,
es el original del primer herbario francés (Le grand herbier). En
Anatomía, Copho, uno de los maestros judíos de Salerno, escribió el primero un
tratado de disección del cerdo, que ha sido reimpreso en el pequeño manual de
Anatomía de Dryander (1537) La Anatomía, de Ricardus Salernitanus,
y una anónima Demostratio anatómica, están igualmente basadas en la
estructura del cerdo. Hay, además, algunos tratados de uroscopia, de los que
merecen citarse los de Johannes Affacius, Johannes Platearius, el de
Archimathaeus el Joven, el de Maurus, Ursus, etc. Gilles de Corbeil (Ægidius
Corboliensis), canónigo de París y médico de Felipe Augusto de Francia
(1165-1213), escribió dos poemas sobre el pulso y la orina[217], basados
en los tratados bizantinos de Theophilus Protospatharius; también un poema
acerca de la composición de las medicinas y una sátira contra el clero (Hierapigra
adpurgandos prelatos). Lamenta la decadencia de Salerno después de
haber sido saqueado por Enrique VI (1194). Después de este terrible
acontecimiento, y de acuerdo con Ægidius, los profesores de Salerno degeneraron
en imberbes mozalbetes, que se preocupaban únicamente de los libros de
prescripciones. En el siglo XIII la autoridad médica de Salerno iba
gradualmente sucumbiendo bajo el peso de la autoridad creciente de sus grandes
rivales, las escuelas de Nápoles, de Palermo y de Montpellier, y su fama e
influencia fueron desvaneciéndose cada vez más, hasta que fue, por último,
abolida por Napoleón en 20 de noviembre de 1811.
La Physica de
Santa Hildegarda (1099-1179), abadesa de Rupertsberg, cerca de Bingen, describe
el poder curativo de las plantas, minerales y animales conocidos, dando
preferentemente los nombres alemanes de los mismos; contiene preceptos para la
higiene de la preñez y del puerperio y reglas para suprimir los deseos
sexuales. Es interesante por sus puntos de vista acerca de la medicina,
botánica y jardinería de la Alemania del siglo XII. El pequeño tratado de
clínica médica (Causae et curae), una miscelánea conteniendo
múltiples interpolaciones, ha sido recientemente editado por P. Kaiser
(Leipzig, 1903). Las «Visiones» de Santa Hildegarda (Scivias), conteniendo
ejemplos maravillosamente bellos del género de iluminación medieval, no muy
diferentes de los diseños similares de William Blake, son una revelación de su
vida religiosa. Charles Singer sugiere la idea de que estas visiones podían
haber tenido una primaria base física en las brillantes figuras radiadas, muy
semejantes a estrellas, manchas coloreadas y fortificaciones, espectros
asociados con los escotomas centelleantes de la jaqueca[218].
El
principal mérito de la escuela de Salerno es la obra de los dos cirujanos Roger
(Ruggiero), de Palermo, y Roland (Rolando Capelluti), de Parma, cuyos escritos
son independientes de la influencia de Constantino el Africano y de otras
fuentes árabes (Gurlt). La Práctica, de Roger, escrita,
aproximadamente, en 1180, reeditada por su discípulo Roland hacia 1250[219] y
comentada después en los Cuatro Maestros, una pequeña colección, no
ha sido nunca impresa aisladamente; pero existe en un manuscrito aislado,
aunque Daremberg ha publicado una única edición de los famosos
comentarios (Glossulae quatuor magistrorum) en 1854. La obra
de Roger quedó como una obra de consulta en Salerno, donde el autor había sido
estudiante y profesor. El conocía el cáncer y, posiblemente, la sífilis;
describe un caso de hernia del pulmón; prescribe las cenizas de esponja y de algas
marítimas (yódicos) para el bocio y escrófula, empleando las significativas
unturas mercuriales para las afecciones crónicas cutáneas y parasitarias;
introduce el sedal y la sutura de los intestinos sobre un tubo hueco[220]; enseña
el uso de los estípticos, de las suturas y ligaduras en las hemorragias, y el
tratamiento de las heridas por segunda intención (pus laudable). A Roger,
Roland y los cuatro maestros han sucedido los cirujanos del siglo XII, Jamerius[221] y
Hugo de Lucca (Ugo Borgognoni), que no han dejado recuerdo alguno de su obra;
Bruno de Lougoburgo, un defensor del tratamiento seco (asepsia) de las heridas,
cuya Chirurgia Magna, completada en Padua en 1252, es el primer
tratado de su época en el que se combaten los autores árabes. Teodorico
Borgognoni, hijo o discípulo de Hugo (1205-1296), obispo de Cervia, cuyo
tratado (acabado en 1266) se ha conservado en la antología quirúrgica (Cyrurgia) de
1498-1499, ha sido censurado por Guy de Chauliac como un copista y plagiario,
probablemente a causa de que, como Hugo anteriormente, él contradice el dogma
pseudogalénico de la «cocción» y del «pus laudable», y que representa en su
tiempo un enérgico defensor de una asepsia racional. «Para ello no es
necesario, como Roger y Roland han escrito, que muchos de sus discípulos
enseñen, y que todos los modernos cirujanos declaren públicamente», dice él,
«que el pus puede ser generado en las heridas». No puede haber un error más
grande que éste. Semejante práctica tiene, por consiguiente, que contrariar la
naturaleza, prolongar la enfermedad y estorbar la conglutinación y la
consolidación de las heridas». (Libro II, cap. 27). Esta sencilla cita, como
hace notar Allbutt, hace de Teodorico uno de los más originales cirujanos de la
Historia, cuyos principios sólo Mondeville, Paracelso y Lister han sostenido
después que él. En el largo interregno entre Mondeville y Lister, «los
partidarios de la supuración ocupan toda la línea». Hugo y Teodorico son
también famosos por la cura de unturas con pomada mercurial (unguentum
sarracenicum); por haber limitado el uso del cauterio y el tratamiento
con aparatos de las fracturas y de las dislocaciones. Sus nombres aparecen
igualmente asociados a los sustitutos medievales de los
anestésicos, cuyo origen debe, sin embargo, remontarse a una época
mucho más remota, probablemente a la India[222].
La más
antigua referencia salernitana a la «esponja soporífica» se encuentra en la
hermosa impresión de Jenson del Antidotarium, de Nicholas de Salerno (Venecia,
1471; fol. 32 verso), escrito probablemente en el siglo XI. La esponja se
impregnaba en una mixtura de opio, beleño, jugo de moras, lechuga, cáñamo indio
y hiedra; se pone a secar, y cuando está sólo húmeda se le pone al enfermo para
la inhalación, despertándole por la aplicación del jugo de hinojo a las
ventanas de la nariz. Esta prescripción, según piensa Husemann, deriva de las
fórmulas más antiguas de aplicaciones anodinas de análogos ingredientes en los
templos para combatir el insomnio (vigiliae), o cataplasmas para la anestesia
local, como las que se recomiendan en el Antidotariun, de Nicholas (Oleum
mandragoratum, fol. 22 verso), y en la Práctica, de Coppo; en el Tractatus de
aegritudinum curatione, y también por Gaddesden y Varignana. De Nicholas, la
receta de la spongia somnífera pasa a Hugo y a Teodorico (confectio somnífera),
y de ellos a Gilbertus Anglicus í 1200), Pfolspeundt (1460), Guy de Chauliac, y
al Goihaer Arzneibuch, de la Alemania Baja. La antigua poción somnífera de
Dioscórides ha sido recomendada por Avicena, Serapión, Jocelyn de Furness
(1177-99), San Isidoro de Sevilla, Thomas de Cantimpré, Conrado de Megemburgo,
Jerome Bock, Jerome de Brunswick (que substituye la belladona), Matteo
Silvático y Brassavola, al paso que pociones similares se encuentran
mencionadas en Boccaccio (VIII, pág. 8; X, pág. 4), Macchiavello (II Mandragola),
Du Bartas, Marlowe, Middleton y Shakespeare (Romeo y Julieta, IV, páginas 1-3).
Durante
toda la Edad Media la mandrágora ha sido el narcótico por excelencia,
preferible al opio y al cáñamo indio, a causa de que no era, como éstos, «frío
en cuarto grado», sino en tercero. Sus peligrosos efectos, cuando se administra
al interior, son indicados en el Judío de Malta, de Marlowe:
Yo bebo
adormideras y frío jugo de mandrágora Y me quedo dormido; probablemente,
sospecho que ello me matará.
Por cuyas
razones no era empleada interiormente por los cirujanos de la escuela de
Salerno.
El último
cirujano italiano del siglo XIII es Guglielmo Salicetti, llamado Saliceto, o
Salicet (1201-1277), un hombre perfectamente educado en el hospital y en el
campo de batalla, a la vez que en la enseñanza universitaria. Era médico de la
ciudad, primero en Bolonia y después en Verona, y en 1275 terminó su Cyrurgia (impresa
por primera vez en Piacenza en 1476)[223], a
beneficio de su propio hijo, a quien había educado en la profesión de Medicina.
Aunque mucho más pequeña que su tratado de Medicina, su Cirugía resalta
como un jalón o una boya en el campo de la Medicina, en la historia del arte
quirúrgico, y esto por las razones siguientes[224]:
Saliceto no quiere separar el diagnóstico quirúrgico de la medicina interna, y
presenta una buena serie de historias clínicas, en las que se apoya para
fundamentar sus asertos. El restaura el favor del bisturí, al que los árabes
habían dejado un poco de lado, en su preferencia por el cauterio; ha enseñado
cómo pueden suturarse los nervios seccionados, y a diagnosticar la hemorragia
arterial por la violencia del chorro sanguíneo. Especifica las parálisis
contralaterales como una consecuencia de los traumatismos de la cabeza, para
los que recomendaba una frecuente compresión con el fin de evitar la peligrosa
entrada del aire; la crepitación (sonitus ossis fracti) es
terminantemente señalada como un signo diagnóstico de las fracturas; las
heridas de flecha son. Descritas de gráfica manera, y se prescribe una sutura
de pellejero para Gas heridas intestinales. Pía sido el primero en señalar el
contagio venéreo como una causa real del chancro, del bubón y de las úlceras
fagedémicas, y ha recomendado como medio profiláctico ablutio cum aqua
frígida et roratio loci cum aceto (Neuburger). En su tratado de
práctica ha dejado una clásica descripción de hidropesía debida al riñón
retraído (durities in renibus)[225], un
notable estudio de la melancolía e importantes contribuciones de ginecología.
Los sanos principios quirúrgicos de Saliceto han sido hábilmente sostenidos por
su discípulo Lanfranchi, de Milán, que resultó complicado en las luchas de
güelfos y gibelinos, y fue desterrado de su ciudad natal por Visconti. En Lyon
ha escrito su Chirurgia parva. Llegado a París, en 1295, se
encontró excluido, como hombre casado, del profesorado universitario, compuesto
de clérigos, y se asoció al Colegio de San Cosme, organizado antes de 1260 por
Jean Pitard, cirujano de Felipe el Hermoso (1306-28)[226]. Aquí,
con su estilo serio y avanzado de enseñanza, y el empleo de la instrucción
clínica, se convirtió en el fundador de la cirugía francesa, muriendo en 1315.
En su Chirurgia magna, terminada en 1296 y dedicada a Felipe
el Hermoso (Venecia, 1490)[227],
Lanfranc hace una resuelta y valiente defensa contra el cisma medieval entre la
Cirugía y la Medicina que venía existiendo desde los tiempos de Avicena,
expresando su convicción de que el cirujano debe ser también un internista, en
el siguiente silogismo: Omnispracticus est theoticus: omnis cyrurgicus
est practicus; ergo omnis cyrurgicus est theoricus. Ha sido el primero
en describrir la contusión cerebral, y su capítulo de los síntomas de la
fractura del cráneo se considera como clásico. La depresión de los fragmentos y
la irritación de la duramadre son, para él, las únicas indicaciones de la
trepanación. Ha distinguido también la hemorragia arterial de la venosa, y la
hipertrofia del cáncer de la mama; y algunos procedimientos, como la intubación
del esófago, la reunión de los nervios divididos y la neurotomía en el tétanos
figuran entre sus innovaciones. Al contrario de Saliceto, Lanfranc era un
partidario del cauterio y adversario del bisturí. Por consiguiente, evitaba la
trepanación, la extracción de la catarata y la fitotomía; trataba la hernia
únicamente con bragueros; pero, en cambio, no dudaba en operar en los casos de
empiema y de heridas de los intestinos, tratando la hemorragia por los
estípticos, la compresión digital, la torsión y hasta la ligadura. Ha dado
cuidadosas instrucciones para la sangría, lamentando que este procedimiento
fuera de la jurisdicción de los barberos. Sus consejos éticos a los cirujanos
son ingeniosos y delicados, y aunque él consideraba a París como un paraíso
terrenal, miraba a los cirujanos franceses de su época con soberano desprecio.
La obra de Saliceto y de Lanfranc, coincidiendo con el desenvolvimiento de las
grandes universidades medievales—París (1110), Bolonia (1113), Oxford (1167),
Montpellier (1181), Padua (1222), Nápoles (1224)—y con la brillante y falsa
aurora de cultura y de liberalismo del siglo XIII[228], sirvió
grandemente al desarrollo del talento quirúrgico en Francia, Inglaterra y
Flandes. De las familias italianas delle Preci y da Norsia proceden los
Preciani y los Norsini, familias de cirujanos errantes que iban practicando por
todas partes la herniotomía, la litotomía, la uretrotomía y la extracción de
las cataratas, reservándose los procedimientos como un secreto de familia.
Contemporáneo
de Lanfranc es su leal continuador Henry de Mondeyille (1260-1320), un atrevido
y original pensador, dotado con un gran poder de ingenio y de sarcasmo, que
empleó en hacer una valiente y decisiva defensa del principio de evitar la
supuración por medio de la sencilla limpieza, que había sido pensado por
Hipócrates y defendido después por Hugo y Teodorico. Antes de 1301 era uno de
los cuatro cirujanos de Felipe el Hermoso, y en 1304 daba lecciones de anatomía
en la Universidad de Montpellier[229]. El
tratado quirúrgico de Mondeville, comenzado en 1306 y abandonado en 1316, ha
sido primeramente editado e impreso de varios manuscritos por Pagel en 1892, y
más tarde traducido al francés por Nicaise (París, 1893)[230]. Abunda
en consejos del más raro sentido común para el tratamiento aséptico de las
heridas y en astutas advertencias prácticas a los cirujanos respecto de la
conducta que deben seguir en su práctica profesional. Opuestamente a la cirugía
de emplastos de los galénicos, Mondeville aconseja lavar sencillamente las
heridas con agua pura y no poner nada en ellas, porque «la sequedad de las
heridas es mucho mejor antes de la supuración que después de ellas». El vino y
otras bebidas para los heridos deben darse para fortalecer a los enfermos[231], en
oposición a la práctica rutinaria de abatirles por medio de la ) dieta. Para
las hemorragias recomienda los estípticos, la compresión digital, la acupresura
y torsión del vaso aislado por medio de una ligadura de lazo corredizo. Su
satírico ingenio se demuestra en algunas expresiones como las siguientes: «Dios
no gastó toda su potencia creadora en formar a Galeno» «Muchos más cirujanos
saben cómo se causa la supuración que cómo se cura una herida». «Levantad el
espíritu de vuestros enfermos por medio de la música de violas y de salterios
de diez cuerdas, o falsificándoles cartas en las que se describa la muerte de
sus enemigos, o contándoles que han sido nombrados obispos si pertenecen al
clero». «No comáis nunca con un enfermo que os esté en deuda; id, por el
contrario, a comer a la posada; de otro modo, él descontará su hospitalidad de
vuestros honorarios». La codicia de Mondeville respecto de honorarios demuestra
qué duramente andaban en esto durante la Edad Media[232], y lo
que él dice a propósito de este asunto sugiere el tipo del cirujano que ha de
seguirle en la difícil tarea. Como los héroes de Smollet, que describe Walter
Scott, su espíritu cínico parece deleitarse en cosas «esperadas, como
desgracia, dolores morales y malestares corporales de otros»; sin embargo, es
difícil decir desde lejos si esto era el fruto de una ruda experiencia o la
expresión de una suprema ironía.
Un hombre
de muy diferente tipo era Guy de Chauliac (1300-70), la autoridad quirúrgica
más distinguida en los siglos XIV y XV. Muchacho aldeano de la Auvernia, Guy,
aconsejado por los amigos, tomó las órdenes sagradas y siguió una excelente
educación médica en Tolosa, Montpellier y París, con un curso especial de
Anatomía en Bolonia[233]. De este
modo llegó a ser el cirujano más erudito de su tiempo, y, siguiendo la marcha
natural, llegó a colocarse, en Aviñón, como médico y «capellán comensal» del
papa Clemente VI y de sus sucesores Inocente VI y Urbano IV (1352-78). El era
un escritor de rara cultura, provisto de una fina crítica y de un buen sentido
histórico, y, por consiguiente, el único historiador médico de conciencia entre
Celso y Haller. Como operador, estaba muy defendido con el estudio de la
anatomía humana, y fue uno de los primeros en llevar a cabo las operaciones de
la hernia y de la catarata, quitándolas de las manos de los vagabundos
charlatanes; sin embargo, él dudaba en intervenir en la operación de la piedra.
Creía que se debía extirpar con el bisturí el cáncer en sus primeros períodos;
pero él empleaba el cauterio en las variedades fungosas, lo mismo que en la
caries, en el ántrax y en las afecciones semejantes. Las úlceras las trataba
por medio de un collar o guarda de hojas, y trataba las fracturas por medio de
vendajes suspensores (como en el muslo) por medio de pesos y poleas. Da también
un interesante resumen del arte de dentista en aquella época[234]. Nos da
una gran luz acerca de los procedimientos operatorios de su época con la
descripción de la inhalación narcótica o soporífera, atribuida originalmente a
Teodorico.
Guy de Chauliac (1300-1370).
Aquel
substituto medieval de los anestésicos a que más arriba hemos hecho referencia
estuvo en boga hasta el siglo XVII, y se encuentra frecuentemente citado por
los poetas isabelinos y por los dramaturgos; por ejemplo, en la muy conocida
cita de la tragedia de Thomas Middleton Women Beware Women (act.
IV, esc. 1a):
Yo en
todo imito las piedades de los antiguos cirujanos, que al cortarles los
miembros, demostrando en ello su arte, les producen sueño, y después cortan la
parte enferma.
Sin
embargo, a despecho de su enorme experiencia, Guy de Chauliac era un completo
reaccionario en el importante asunto del tratamiento de las heridas, y, a causa
de su gran autoridad, retrasó el progreso de la cirugía por espacio de seis
centurias, prestando todo su influjo personal a la doctrina de que la curación
de las heridas tiene que ser realizada gracias a la intervención directa del
cirujano, pomadas, emplastos y otras aplicaciones, más bien que por la fuerza
curativa de la Naturaleza. Como maestro ético, Guy tenía un ideal del cirujano
mucho más noble que el de Henry de Mondeville, y su modo de expresión revela
tanto al caballero como al erudito. Durante las epidemias de peste de Aviñón,
en 1348 y 1360, permaneció valientemente en su puesto, al paso que otros
médicos huían de la localidad. Su obra más famosa es el Inventarmm o Chirurgia
Magna, escrita en 1363 y publicada traducida al francés, por vez
primera, en Lyon en 1478[235]. Su obra
ha tenido numerosas ediciones, traducciones y reducciones (les fleurs
du grand Guidon), y en esta última forma ha llegado a convertirse en
el vademécum o guidon de la práctica
quirúrgica, hasta más allá del siglo XVI.
El más
distinguido de los discípulos de Guy es Pietro d’Argelata (muerto en 1423), un
profesor de Bolonia cuya Chirurgia ha sido impresa en Venecia
en 1480. En el capítulo consagrado a los cuidados que deben prestarse a los
cuerpos muertos cuenta cómo él había embalsamado el cadáver de Alejandro V.
Argelata enseña el tratamiento seco de las heridas, pero espolvoreándolas; era
un hábil dentista; empleaba las suturas y los tubos de drenaje en las heridas;
efectuaba la trepanación del cráneo; incindió la línea alba post-mortem en
la operación cesárea, y, algunas veces, efectuó las operaciones de la hernia,
de la piedra y de la fístula de ano. Esta última operación alcanzó su más alto
grado de perfección en manos de John of Arderne (1306-90) (?), el más antiguo
de los cirujanos ingleses. Arderne era un hombre instruido, que se había
educado, en una carrera de aventuras, como cirujano militar durante la Guerra
de Cien Años. Ha escrito tratados sobre la obstrucción intestinal (Passio
iliaca) y la gota, y un ensayo sobre los enemas (1370), abogando por
el empleo de un instrumento de su propia invención. Empleaba las irrigaciones
en los cólicos renal e intestinal, en la cistitis y en la gonorrea. Su bien
ilustrado tratado de la fístula de ano (1376), según la opinión de su editor,
D’Arcy Power, expone una operación quirúrgica perfectamente descrita, para un
estado que sus antecesores habían abandonado como completamente incurable.
Colocado el enfermo en posición de fitotomía, Arderne incindía atrevidamente la
pared externa de la fístula en todas sus ramas, en lugar de rozarla con sondas
y ligaduras; contenía la hemorragia por medio de ligaduras y evitaba todo
tratamiento ulterior corrosivo o irritante de la herida. Su asepsia, pariente
de la de Mondeville, es un resultado de la educación de Arderne como cirujano
normando. El médico sajón recoge en su enseñanza favorablemente la astrología,
las brujerías y las hierbas mágicas. «Nada le agrada tanto como un hechizo».
Giovanni
Arcolani (muerto en 1484), o Arculanus, un profesor de Medicina y Cirugía de
Bolonia (1422-1427) y de Padua, cuyo tratado de Cirugía (Práctica) ha
sido publicado en Venecia en 1483, es famoso como uno de los principales
iniciadores del arte odontológico y de la cirugía de la boca. Las secciones
quirúrgicas contienen figuras de los instrumentos usados[236], incluso
jeringas de oro y catéteres flexibles. Describe el relleno de los dientes
huecos con panes de oro, y da, por último, un buen estudio de los síntomas
mentales del alcoholismo.
La Chirurgia,
de Leonardo de Bertapaglia (muerto en 1460), es únicamente un arreglo del
cuarto tomo del Canon, de Avicena, lleno de la polifarmacia
árabe, con marcadas tendencias hacia la astrología.
El
cirujano flamenco Jean Iperman (1295-1351), cuya Chirurgie ha
sido impresa del manuscrito flamenco por Carolus (Gante, 1854) Y antes por
Broekx (Amberes, 1863)[237], era un
discípulo de Lanfranc, que sostuvo dignamente la fama de su maestro,
especialmente en lo que a la ligadura y torsión de las arterias hace
referencia.
Da un
buen estudio de la trepanación, de las heridas de flecha (con un tratamiento
seco, especial, de las heridas), tratamiento del labio leporino por medio del
refrescamiento de los bordes y de una sutura especial, alimentación artificial
por medio de un tubo de plata y dilatación de la abertura con reposición de la
víscera prolapsada.
En el
capítulo de la lepra menciona la anestesia y la posibilidad de la infección por
las relaciones sexuales. Respecto del tacto real menciona astutamente que los
casos curables se curan perfectamente sin él (Neuburger).
En el
siglo XIV era una gran autoridad quirúrgica en los Países Bajos. Mano a mano
con el desarrollo medieval de la Cirugía, es necesario mencionar el adelanto en
el estado de la Anatomía humana. La disección, que estaba
primero rigurosamente prohibida por la ley y por el sentimiento, se fue
haciendo cada vez más materia de enseñanza desde el decreto del emperador
Federico II, en 1240. Payne ha dividido la enseñanza medieval de la Anatomía en
tres períodos: Primero, el salernitano (800-1200), en el que la instrucción
estaba basada en la disección de los animales, como se ve en la Anatomía
Porci, de Copho, uno de los maestros judíos de Salerno; segundo, el período
árabe (siglo XIII ), en el que la disección estaba reemplazada por los libros y
las lecturas. Las principales autoridades de la época eran Richard de Wendover,
llamado Ricardus Anglicus (1252), médico de Gregorio IX, cuya obra se ha
conservado en el texto de Robert Töply (Viena, 1902), y Henry de Mondeville,
que mucho tiempo antes de Ambrosio Paré hizo preceder un tratado de anatomía a
su cirugía, y que, siguiendo la enseñanza de Wendover, empleó los grabados,
diagramas y un modelo del esqueleto.
Las 13
miniaturas que Mondeville empleaba han sido reproducidas y descritas por
Sudhoff de un M. S. francés de 1314, y también un cierto número de toscos
dibujos a pluma de unos M. SS. de Berlín y Erfurt[238]. Estos
pequeños dibujos son, tal vez, las más antiguas ilustraciones anatómicas de la
época, estableciendo varias normas de la anatomía tradicional, verbigracia, los
esquemas musculares y viscerales, que han sido imitados servilmente durante
largo tiempo. Mejor ejecutadas aparecen las 18 figuras coloreadas de la
Anatomía, de Guido de Vigevano (1345), que Wickersheimer ha reproducido del M.
S. 569 del Museo de Condé (Chantilly)[239]. La
anatomía en estos dibujos, tendiendo a ilustrar la técnica de la disección, es
extraordinariamente diagramática. En la mayoría de estos M. SS. medievales el
esqueleto tiene el aspecto espectral (Lemurengestalt) común en muchas figuras
de la danza de la muerte, sugestionando la idea de una preparación seca,
extraídas las vísceras, y en la que se vieran los huesos a través de la piel;
el estómago está invertido, dando el visceral esquema la impresión de una
gaita, al paso que la columna vertebral se ve como de un bastón malayo.
El
interés del tercer período estriba en el renacimiento de la disección humana,
con Mondino de Luzzi (circa 1275-90), llamado Mundinus de
Bolonia, cuya Anatomía ha sido concluida en 1316 y publicada
en Padua en 1478, y más tarde en Leipzig, en 1493, por Martín Pollich de
Mellerstädt. Por su intención, esta obra era más bien una pequeña cartilla de
disección[240] que
un tratado formal de gran anatomía.
El
esquema de disección de Mundinus comienza con la cavidad abdominal, como
continente de las vísceras perecederas. En esta sección describe, por
incidencia, la paracentesis abdominal, la cura radical de la hernia y la
fitotomía, dando además el diagnóstico diferencial entre el cólico renal y el
intestinal, y refiere sus post-mortem en dos cadáveres femeninos (enero-marzo
de 1315), señalando la posición del útero en las vírgenes y en las multíparas.
Inmediatamente pasa a la cavidad torácica y al cuello, dando una larga
descripción del corazón, y concluye con la abertura del cráneo. Hablando del
oído, dice que puede comprenderse mejor el hueso temporal si se le limpia por
medio de la ebullición; sólo que esto es pecaminoso (sed propter peccahtm
dimitrere consuevi). [Neuburger.]
Aun
cuando lleno de errores galénicos en lo que a la fábrica del cuerpo humano hace
referencia, conservando la vieja ficticia anatomía de los árabes, con los
términos arábigos, esta obra ha sido, no obstante, el único texto manuable de
anatomía, durante más de cien años, en todas las escuelas medievales, habiendo
tenido 33 ediciones y traducciones (Franck). Después de su época la disección
ha ganado una firme base como un modo de enseñar. La obra de Mundinus en
Bolonia fue continuada por su discípulo Nicolo Bertuccio (muerto en 1347), que
fue maestro de Guy de Chauliac. Gentile de Foligno dio una disección pública en
Padua en 1341. En el siglo XIII los médicos italianos comienzan aquí y allá a
efectuar la abertura del cuerpo con el fin de descubrir las causas de la muerte
en los casos sospechosos o en las enfermedades epidémicas. El primer examen
judicial post-mortem fue realizado, en un caso sospechoso de
envenenamiento, por Guglielmo da Varignana en Bolonia en 1302. En 1348 se
realizaban las autopsias en Siena, y fueron autorizadas en Montpellier hacia
1376-77. Las disecciones públicas fueron decretadas en la Universidad de
Montpellier en 1366, en Venecia en 1368, en Florencia en 1388, en Lérida en
1391, en Viena en 1404, en Bolonia en 1405, en Padua en 1429, en Praga en 1460,
en París en 1478 y en Tubingia en 1485[241]. Se
construyó un anfiteatro anatómico en Padua en 1446, y en la Facultad de París
se exigían, desde la segunda mitad del siglo XV, cuatro disecciones anuales.
Aun antes del advenimiento de Vesalio encontramos los grandes artistas del
Renacimiento haciendo disecciones en el hospital del Santo Spirito, en
Florencia; pero, con la excepción de aquellos artistas cuyas pinturas realmente
enseñaban anatomía sin intención didáctica, la disección era, como Neuburger
hace notar, un ostentoso rasgo ornamental de la instrucción medieval.
Considerando la bula De sepulturis, del papa Bonifacio VIII en
1300, que muchos suponen haber sido dictada con el fin de impedir las
investigaciones anatómicas, se ha demostrado por Neuburger y Walsh que era, por
lo menos en intención, un simple mandato para preservar los cuerpos de los muertos
en las Cruzadas de ser cocidos y desmembrados antes de volverles a sus
parientes[242].
En el
siglo XIII la cultura árabe estaba seguramente injertada en la medicina europea
por medio de las traducciones latinas, y la medicina interna en este período
era esencialmente escolástica y monástica, porque sus cultivadores eran o
frailes o eruditos del tipo de los maestros intelectuales más adelantados de la
treceava centuria: Rogelio Bacón, Santo Tomás de Aquino, Duns Scotto y Alberto
Magno.
Los
medievales abogados y lógicos prestaron el buen servicio de aguzar la
inteligencia de los hombres, y enseñaron a éstos cómo se usa la dialéctica como
un instrumento o como un arma; pero la ciencia misma no pudo adelantar, en
tanto que las trampas y los lazos de los silogismos siguieron siendo preferidos
a la inductiva demostración de los hechos.
Página título de la Anathomia, de Mundinus. Leipzig, 1493.
Podemos
prácticamente designar a los escritores de la Edad Media con el nombre de
arabistas, teniendo en cuenta su invariable fidelidad al dogma de Galeno,
transmitido por las fuentes mahometanas. El gran centro de este movimiento de
transmisión era Toledo, que desde el momento en que volvió a las manos de los
cristianos, en 1085, fue visitado y vivido por muchos, a causa de sus ricos
tesoros en manuscritos árabes, a la vez que muchas de las traducciones hebreas
del árabe procedían de la Provenza.
Gerardo
de Cremona (1114-1187), que tradujo a Rhazes, Serapión, Isaac Judaeus?
Albucasis y el Canon de Avicena, era el principal intérprete de este magnífico
tesoro toledano; Marcos de Toledo tradujo mucho de Galeno y el Isagoge de
Johannitius; el salernitano Ferragut ben Salem tradujo a Rhazes en Sicilia
(1279), y Juan de Toledo (Johannes Hispanicus) ejerció una profunda influencia
en Salerno con la traducción latina de la epístola higiénica del
pseudo-Aristóteles. En su obra de trasplantación de las doctrinas arabistas,
los judíos, los intermediarios naturales entre el Oriente y el Occidente,
desempeñaron un papel muy importante, sobre todo con sus propias traducciones
hebreas de los autores árabes. De otra parte, la influencia toledana no fue
enteramente y en todos los casos favorable, dado que algunos de los llamados
«traductores», ignorantes del árabe, habían eruditamente, por lo común, pasado
el texto, hebreo o sarraceno, de un modo oral al español, para volverle al
latín bárbaro, currente calamo. Por su ignorancia, tanto médica como
lingüística, los términos técnicos eran muchas veces transcritos sin
traducción, muy frecuentemente se torcía el sentido de las frases, y otras
veces, las múltiples contradicciones volvían el texto ininteligible[243]. La gran
masa de las doctrinas árabes era ahora impugnada por los médicos escolásticos,
que eran otros comentadores en el sentido ortodoxo, «agregadores», esto es,
recopiladores, de las cosas mejores de aquellos autores; «conciliadores», es
decir, aquellos que trataban de unir y reconciliar las contradicciones de las
doctrinas helenistas y árabes por medio de la dialéctica, y «concordantes», por
ejemplo, los que eran armonizadores y arregladores de las ideas avanzadas y de
las sentencias de un autor, poniéndolas en el orden regular[244]. El
mérito principal de todos estos recopiladores de la Edad Media es su habilidad
para dejar las cosas en orden. Había poca libertad de pensamiento. La
influencia de los autores árabes, llevada por Constantino el Africano, era
todavía comprobable en algunos médicos antiguos del siglo XIII, como Ricardus
Anglicus, Gualtherus Agulinus, Petrus Hispanus. Gilbertus Anglicus y Jean de
St. Amaud, canónigo de Tournay, que escribió un comentario al Antidotarium, de
Nicholas el Salernitano, y un Revocativum memoriae, un compendio prudentemente
hecho, destinado a las noches de insomnio de los estudiantes económicos, sobre
sus Galeno y Avicena, y consistiendo en una concordancia de aquellos autores,
dispuestas con frases ingeniosas y abreviaturas del contenido de las obras de
Hipócrates y Galeno, y las Areolae, una condensada materia médica que disfrutó
de gran popularidad en las escuelas. El fundador de la dialéctica médica fue
Taddeo Alderotti (1223-1303), llamado Thaddeus Florentinus, un escritor de
secos escolios y buenos consejos, que comenzó a enseñar medicina lógica o
escolástica en Bolonia en 1260; un práctico muy económico y muy envidiado.
Thaddeus introdujo la costumbre de ahogar el texto con una verdadera inundación
de comentarios. Ha sido el primero que ha notado las defectuosas traducciones
de Constantino, y se dirigió a las fuentes griegas originales; pero su propia
habilidad en el desmenuzamiento lógico le sugirió su adiestramiento en el
Canon, de Avicena. El método escolástico alcanzó su más alto desarrollo desde
entonces en Bolonia, que era el gran centro de la casuística legal y de los
triunfos forenses[245].
El Conciliator
differentiarum (Venecia, 1471), del herético Pedro de Abano
(1250-1315), el gran Lombardo, que, como implica su título, trata
de conciliar los puntos de vista de los arabistas y de los griegos, señala el
crecimiento de la rival escuela de Padua, como un centro de dialéctica médica,
de la que Thaddeus y Pedro fueron los patronos por espacio de un siglo[246].
El Liber Pandectae Medicinae, de Matthaeus Sylvaticus (muerto
en 1342), de Mantua, uno de los primeros incunables que se imprimieron
(Estrasburgo, 1470 [?], señala también la misma tendencia. De todos modos, los
más prominentes de los arabistas están asociados con el crecimiento en importancia
de la escuela de Montpellier. Fundada, aproximadamente, hacia 738, esta
escuela, como la de Salerno, estaba encantadoramente situada cerca del mar y no
lejos de las aguas minerales. Más antiguamente de 1137, el obispo Adalberto de
Maguncia visitó la escuela, alistándose entre sus profesores médicos. San
Bernardo refiere en sus cartas la visita del arzobispo de Lyon (1153), y su
influencia ha persistido hasta nuestros días. Un célebre representante antiguo
de estos maestros arabistas de Montpellier era el alquimista Raimundo Lull o
Lulio (1235-1315), natural de Mallorca, que, investigando la piedra filosofal,
pretendía que el aurum potabile, u oro líquido, era un
soberano elixir contra las enfermedades. Habiendo entrado en la orden de los
minoristas, aprendió el árabe, en su deseo de convertir a los musulmanes del
norte de África, y en este camino llegó a relacionarse con los químicos árabes,
llevando muchas de sus ideas a Europa. Un hombre de un tipo similar es el catalán
Arnoldo de Vilano va (1235-1312), que era doctor en Teología, Leyes, Filosofía
y Medicina, y consejero y consultor de Pedro III el Grande de Aragón. Discípulo
de los químicos árabes, ha buscado también el elixir de la vida universal, y
sus tendencias alquimistas, unidas a sus herejías teológicas, fueron causa de
que se le anatematizase después de su muerte. Es famoso por la invención de
tinturas y del espíritu de vino (aurum potabile) en la
farmacopea, y desde muchos puntos de vista se le puede considerar como una
especie de Paracelso refinado, como un hombre lleno de extrañas
contradicciones. El era muy hábil en la clasificación de las enfermedades y
opuesto al abuso de la dialéctica, a la tendencia de los escolásticos
parisienses de resolver la misma por medio de los universales, ignorando los
particulares, lo mismo que de un infundado empirismo terapéutico, que se pierde
él mismo en particulares e ignora los principios generales.
Era un
fecundo, elegante y no crítico escritor, que, como dice Symphorien Champier,
rehúsa revisar un manuscrito una vez que lo ha escrito. Su Breviario práctico
(Milán, 1483), uno de los mejores manuales de la Edad Media, contiene muchas
observaciones independientes y muchas citas de médicos actualmente
desconocidos. La obra magna de Amoldo de Vilanova, las Parabolae, una serie de
345 aforismos piadosos, dedicada a Felipe el Hermoso (1300), contiene muchos
originales pensamientos. Sus comentarios al Regimen Sanitatis no deben
confundirse con el Regimen mismo, que algunos le atribuyen, ni con otros
comentarios de Magnino de Milán[247]. El
mejor estudio moderno de Amoldo de Vilanova es el de Hauréau, desde el punto de
vista literario, y el de Paul Diepgen, desde el aspecto médico[248].
Otros
eminentes discípulos de la escuela de Montpellier son los cirujanos Guy de
Chauliac, Ardeme y Mondeville; Valescus de Taranta (1382-1417), médico de
Carlos VI de Francia, y cuyo Tractatus de peste es uno de los más antiguos
incunables (1470 [?]); Johannes de Tornamira, médico de los papas Gregorio IX y
Clemente VII, canciller de Montpellier por espacio de muchos años y digno de
mención por su Introductorium (Lyon, 1490), un popular libro de texto práctico
de los siglos XIV y XV; Pedro Hispánico (1277), llamado Petrus Hispanus, médico
del papa Gregorio X, y después papa él mismo con el nombre de Juan XXI, y cuyo
Thesaurus Pauperum ha sido el más popular de los formularios durante la Edad
Media; y los sabios representantes de la medicina anglonormanda, Bernardo de
Gordón, Richard de Wendover (el anatómico), Gilbertus Anglicus y John of
Gaddesden.
Antes de
la llegada de los conquistadores normandos, la medicina inglesa estaba
enteramente en manos de los curanderos sajones, cuya práctica estaba compuesta
de hechizos, brujerías y leyendas acerca de las plantas, y cuya medicina
popular se ha conservado en el Leech-Book, de Bald, y de otros
anglosajones folkloristas[249]. Los
normandos elevaron el estado social e intelectual de sus médicos procurando su
educación como clérigos.
Bernard
de Gordon, probablemente escocés de origen, pero que no practicó en Inglaterra
sino como profesor de la escuela de Montpellier desde 1285 a 1307. Su Lilium
Medicinae, que existe en algunos raros manuscritos y que, publicado por vez
primera en Venecia en 1496, es un característico libro de texto arabista de la
práctica médica, de ningún modo clásico, y típico de la Edad Media por las
sutilezas escolásticas y por la rígida subordinación al dogma. Las materias
tratadas están muy ordenadas: fiebre aguda (peste bubónica), tisis, epilepsia,
sarna, ignis sacer, ántrax, tracoma y lepra, descritas como enfermedades
contagiosas. El libro es notable por contener la primera descripción del
braguero moderno y la primera mención de los anteojos como ocultis berellinus.
El Compendium medicinae (Londres, 1510), de Gilbertus Anglicus (muerto en
1250), el sabio expositor de la medicina anglonormanda, es muy semejante en su
estilo al Lilium Medicinae, de Gordon, así como en el orden de las materias
tratadas y en el modo de pensar. El autor confiesa su preferencia por el simple
tratamiento expectante de Hipócrates; pero vacila en su aplicación por temor de
parecer un ser extraño[250]. Lo más
importante de esta obra es una descripción original de la lepra, que se ha
convertido en la base de la información medieval acerca de este asunto.
Gilberto ha sido el primero en señalar la viruela como una enfermedad
contagiosa; un punto de vista muy discutido después hasta la época de Sydenham.
El libro concluye con unas instrucciones higiénicas para los viajeros y los
marinos; un género literario que, como el relativo a todos los regímenes
higiénicos, fue tratado repetidas veces por los grandes señores y señoras de la
época, y llegó a ser una verdadera moda en aquellos tiempos[251]. John of
Gaddesden (1280 [?]-1361), un beneficiado de San Pablo, que algunos consideran
como el doctor de Física original de Chaucer, era médico del rey Eduardo II de
Inglaterra y discípulo y maestro del Colegio Mertón, de Oxford. Su Rosa
Anglica, terminada en 1314 e impresa en Pavía en 1492[252],
contiene una de las más antiguas referencias a la luz roja[253], o
tratamiento de Finsen de la viruela, que era ya conocido por Gilbertus Anglicus
y Bernardo de Gordon; pero, por lo demás, es un fárrago de charlatanismos
arábigos y de supersticiones aldeanas. Guy de Chauliac le califica de «rosa
insípida, desprovista de fragancia», y Haller trata a su autor de «empírico,
lleno de supersticiones, positivamente indisciplinado, un partidario y
encomiador de la medicina curandera, ávido de lucro y experto en las leyendas
vulgares». John Mirfeld, un médico-fraile que vivía en los claustros de San
Bartolomé en la segunda mitad del siglo XIV, ha escrito un breviario y un
glosario para el tratado de Bartholomaeus Anglicus. Entre los escritos
populares más antiguos del siglo XV podemos mencionar los múltiples herbarios y
formularios de las medievales Alta y Baja Alemania, de la Inglaterra medieval,
daneses e islándicos, el Meinauer Naturlehrey el galés Meddygon Myddfai[254]. El
Danske Laegebog[255], de
Henrik Harpestreng (muerto en 1244), canon de Roeskilde, consistente en dos
libros de plantas, derivando en gran parte del Macer Floridas, y siendo él, a
su vez, el libro fundamental, del que derivan otros. Un tratado de los
purgantes ha sido editado por J. W. S. Johnsson en 1914.
El más
eminentemente naturalista del siglo XIII ha sido el fraile dominicano Albert
von Bollstädt (1193-1280), llamado Albertus Magnus, que ha sido sucesivamente
profesor en París y en Colonia y obispo de Ratisbona (1260-1263), para venir a
morir en Ratisbona. Es el Aristóteles de este período, y declara que el objeto
de su Physica era proporcionar a los hermanos de su orden un libro aristotélico
de la Naturaleza. Las descripciones de las plantas (De vegetabilibus) están
basadas en observaciones propias, y, según Haller, contienen el comienzo de una
geografía botánica. Su obra de los animales tiene el mismo carácter, y ha
servido de base a Federico II en su obra de falconería. La obra, tantas veces
reimpresa, de cosméticos (De secretis mulierum), que comúnmente lleva su
nombre, es, en realidad, una extensa recopilación hecha por su discípulo
Enrique de Sajonia. Alberto el Magno no ha escrito nada de medicina práctica,
un asunto prohibido a los dominicos. Su discípulo Santo Tomás de Aquino discute
problemas fisiológicos en sus escritos teológicos, y adelanta la problemática
doctrina de las qualitates ocultae. Alberto el Magno fue continuado por algunos
enciclopedistas, como los dominicos Vicente de Beauvais (Speculum majus,
1473-75), Bartholomew Glauvil, designado con el nombre de Bartholomaeus
Anglicus (De propietatibus rerum); el dominico Thomas de Cantimpre (1204-80),
cuyo De naturis rerum ha sido el modelo del Puch der natur (1350), de Conrad
von Megenberh (1309-74), V del Tesoro del maestro del Dante, Brunetto Latini.
Todas estas obras contienen algunos asuntos médicos.
El más
grande experimentador del siglo XIII ha sido el franciscano inglés Rogelio
Bacon (1210-92), llamado el Doctor mirabilis, que era filólogo comparado,
matemático, astrónomo, físico, geógrafo, físicoquímico y médico. Ha reformado
el calendario, ha hecho mucho sobre la doctrina de las lentes y de la visión,
anticipando la idea de los anteojos, del telescopio, de la pólvora, de la
campana de los buzos, de las locomotoras y de las máquinas voladoras, y ha sido
un precursor de las ciencias inductiva y experimental. Consideraba la Medicina
como un medio de prolongar la vida por medio de la Alquimia (Química), y
aprobaba la Astrología y otros modos de superstición teniendo en cuenta sus
efectos psicoterapéuticos[256].
Tres
escritores medievales de las plantas y de los simples medicinales merecen ser
citados todavía; a saber: Giacomo de Dondi (1298-1359) cuyo Agregator de
medicinis simplicibus, impreso en Estrasburgo, circa 1470, por Adolf Rusch (el
«R» impresor)[257] es
uno de los incunables más antiguos que se conocen[258]. Simone
de Cordo (muerto en 1330), cuya Synonyma medicinae (1473) ha sido el primer
diccionario de drogas y de simples con los nombres griegos, latinos y árabes, y
el anteriormente mencionado, Matheo Silvático, cuya Pandectas, también impresa
por Rusch en Estrasburgo, es una recopilación semejante, que da también
descripciones botánicas e indicaciones terapéuticas. Estos tres libros son para
los términos árabes botánicos lo que posteriormente ha sido la obra de Hyrtl
para los anatómicos, y, en cierto modo, pueden ser considerados como los
orígenes de nuestros diccionarios médicos.
La
medicina pre-renacentista, del siglo XIV y principios del XV, se caracteriza
por el intento de destruir la tradición árabe dentro de un rígido molde de la
dialéctica aristotélica y de la asimilación de la filosofía aristotélica. El
resultado era que la doctrina galénica, después de las traducciones y
re-traducciones, por medio de las glosas árabes, sirias y hebreas, estaba
defectuosamente retorcida y muy desfigurada de su pensamiento original. El
«encanto de Aristóteles» flotaba por encima de todo. La escolástica y la
dialéctica gobernaban supremamente; hasta los más avanzados espíritus se hacían
francamente sofistas y escépticos, preparando de este modo la base para el
verdadero renacimiento de la ciencia. La literatura médica del siglo XIV era
enteramente receptiva y pasiva, consistiendo en recopilaciones, comentarios,
glosas, glosarios, concordancias, breviarios y prácticas (frecuentemente
llamadas después «los lirios» y «las rosas») y escritos casuísticos o consejos.
En este período florecen Mundinus, Guy, Mondeville, Ardeme, Ipermann y
Argelata.
Un
señalado rasgo de la medicina clínica en los siglos XIV y XV era el escribir
Consilia o libros médicos de casos, consistiendo en relatos clínicos de la
práctica de médicos bien conocidos y cartas o consejos escritos a los supuestos
enfermos por los verdaderos discípulos de los doctores de la localidad, que
eran llamados como consultantes, por sus superiores conocimientos. El primer
escrito de este género es de Taddeo degli Alderotti, cuyo Consilia persiste
«durmiendo en los manuscritos» (Sudhoff). La práctica era continuada a poca
distancia por los médicos escolásticos de los escuelas bolonesa y paduana. La
más importante Consilia es la escrita por los profesores de la escuela de
Padua, Gentile de Foligno, que fue una víctima de la peste negra en 1348 y el
primero en observar los cálculos biliares; Hugo Senensis (vértigo gástrico,
pólipos naso-faríngeos, etc.); Antonio Cermisone (pediluvios, trementina en la
ciática); Baverius de Baverus (caries del hueso temporal, parálisis con afasia,
hierro en la clorosis); Ferrari da Grado, y Bartolommeo Montagnana (1470), un
descendiente de una larga serie de médicos, anatómico que había disecado más de
40 cadáveres y un cirujano que describe la hernia estrangulada, la operación de
la fístula lagrimal y la extracción de los dientes destruidos. Estos Consilia,
de los que los de Montagnana da unos 305, se refieren generalmente a la
condición física de los enfermos y de las enfermedades, concluyendo con
oportunas advertencias respecto de lo que se debe comer, qué drogas pueden
darse y qué cosas hay que evitar. Siendo historias clínicas personales, no
tienen el clásico sabor de las de Hipócrates y Areteo; pero ofrecen
principalmente interés por sus muchas observaciones originales y porque
demuestran que los médicos habían ya comenzado a dar cuidadosos resúmenes de su
práctica diaria. Esta costumbre ha sido continuada en los últimos períodos, por
ejemplo, por Johann Lange (1554), que describe la clorosis; por Locke, que da
consejos a Sydenham, y cuyos interesantes casos se encuentran mencionados en la
correspondencia de Bretonneau con sus discípulos Velpeau y Trousseau.
De los
escritores escolásticos de medicina interna, Guglielmo Corvi de Brescia
(1250-1326), cuya Práctica se designa con el nombre de Aggregator tírixiensis;
Dino del Garbo y su hijo Tommaso, Torrigiano di Torrigiani, pertenecen a la
escuela bolonesa. Su rival, la escuela de Padua, que continúa las enseñanzas
averroístas de Pietro d’Abano, cuenta entre sus maestros a Gentile da Foligno
(muerto en 1348), famoso por sus Consilia; Giacomo de Dondi (1298-1359) y su
hijo Giovanni; Marsilio de Santa Sophía y su sobrino Galeazzo; Giacome della
Torre, llamado Jacobus Foroliviensis; Matteo Silvático de Mantua, autor de las
famosas Pandectas, Francesco di Piedimonti, cuyo Supplementum Afesuae era uno
de los mejores libros de texto de su época en Patología y en Terapéutica,
expresando la final unión de las medicinas árabe y salernitana, y Niccolo
Falcucci (muerto circa 1412), llamado Nicolaus Florentinus, autor de un vasto
repertorio llamado Sermones medicinales (1484), que expresa la totalidad de la
medicina medieval, apoyado con las citas originales de todas las autoridades
médicas conocidas.
Antes de
la invención de la imprenta había acumulada una cantidad extraordinariamente
grande de manuscritos, cuya investigación ha sido la gran tarea del profesor
Karl Sudhoff y del Instituto de Historia Médica, de Leipzig. Esta literatura,
incluyendo muchos textos no impresos hasta ahora, y obras de texto de los
médicos y cirujanos medievales, calendarios y esquemas para la sangría y la
purga, «pronósticos de muerte.», establecidos por los signos de disolución
(signa morlis); Lepraschaubriefe, o informes médico-legales, como los relativos
al estado civil de los supuestos leprosos, anuncios de negocios de médicos
errantes, ordenanzas municipales contra los charlatanes, antiguos M. SS.
alemanes de veterinaria (Rossarzneibücher), consejos y hasta amonestaciones
contra el abuso del alcohol.
La
Escuela de Montpellier comprende los nombres de Guy, Jean de Tournemire,
Joannes Jacobi y otros muchos famosos cancilleres y médicos papas. El principal
escritor médico de la primera parte del siglo XV es Ugo Benci, llamado Ugo
Senensis (muerto en 1439), un gran filósofo, médico, comentarista y
consiliario, que enseñó a todos los famosos discípulos italianos: Antonio
Cermisone, Antonio Guainerio, Savonarola, Bartolommeo, Montagnana de Padua,
Arculano, Argelata, Marco Gatinaria y Giammateo Ferrari da Grado (muerto en
1472), profesor de Medicina de Pavía, cuyas Práctica (impresa en 1469-71) y
Consilia contienen muchas observaciones originales, por ejemplo, del calambre
de los escribientes, parálisis facial, hemoptisis en la dismenorrea,
esterilidad por desplazamiento del útero, y el uso del pesario y del braguero
en los casos de prolapso del útero y de hernia. En Francia, el portugués
Valescus de Taranta, un sabio maestro y médico práctico de Montpellier,
escribió un famoso tratado de la peste (1473-74) y un terapéutico Philonium
(1490), que ha sido reimpreso frecuentemente. Jacques Despars (Jacobus de
Partibus), en París, es un comentador de Avicena, de Mesue y de Alexander de
Tralles.
Capítulo
IX
Aspectos cultural y social de la medicina medieval
Durante
la Edad Sombría (476-1000) la civilización de la Europa
Oriental era un estado informe, caótico, resolviéndose por sí misma la
turbulenta fermentación de la barbarie de los decadentes pueblos en las nuevas
nacionalidades. El feudalismo constituye el germen de la nacionalidad, a la vez
que la Iglesia constituye el único refugio que puede encontrar la Ciencia[259]. En la
Edad Sombría el clero era la única clase que tenía alguna pretensión a la
educación, y antes de la época de la escuela de Salerno la Medicina se
encontraba por completo en manos de los médicos judíos y árabes[260]. Lo
restante estaba compuesto sencillamente de vagabundos, charlatanes o
estacionados embaucadores, cuya práctica era mal acogida por la Iglesia,
fundada en que la fe, las plegarias y los ayunos eran preferibles a los
amuletos paganos, a la vez que aconsejaba a los enfermos que emulasen a los
santos en su capacidad para endurecerse respecto de los dolores (Gregorio de
Tours). Con el crecimiento en importancia de la escuela de Salerno, la medicina
europea comienza a elevarse un poco; pero luego que los frailes y los monjes
comenzaron a practicar la Medicina, se encontró que la cobranza de los
honorarios médicos era en detrimento de los deberes regulares; el espectáculo
de múltiples aspectos de la enfermedad que podían ofender la modestia; la
posibilidad de ser causantes de la muerte de un enfermo y otros acontecimientos
diversos podían resultar poco adecuados con la intención fundamental de las
órdenes sagradas, y a consecuencia de ello nos encontramos con que la Iglesia
dicta una larga serie de edictos, en los que, en primer término, se atiende no
tanto a la medicina en sí como a su mala práctica por los frailes[261]. Son los
decretos de los concilios de Clermont (1130), Reims (1131), el segundo Laterano
(1139), Montpellier (1162), Tours (1163), París (1212), el cuarto Laterano
(1215) y Le Mans (1247)[262], y sus
efectos generales fueron, desgraciadamente, no sólo el detener a los frailes de
la práctica, sino el extender el odio por estos decretos a toda la profesión
médica en general. Como Allbutt dice: «Si las bulas del Papa confieren
privilegios, ellas, generalmente, suponen o imponen restricciones.» La famosa
máxima del concilio de Tours (Ecclesia abhorret a sanguine), por
ejemplo, fue mucho más lejos de su supuesta intención, que era, al parecer, la
de lanzar el descrédito sobre los cirujanos vagabundos, algunas veces crueles y
sanguinarios; el peso de su autoridad hizo al cirujano de mejor tipo un ser
inferior todavía a los prácticos de la servidumbre, y esto hasta en la Alemania
protestante hasta fines del siglo XVIII. Lo peor fue que los santurrones de la
Facultad de París fueron mucho más allá que los pontífices en la tarea de
ensanchar el abismo existente entre la Cirugía y la Medicina. Los pontífices
romanos mismos eran, algunos de ellos, hombres de mundo, de espíritu liberal,
que no dudaban en utilizar el talento de los médicos judíos en caso necesario,
y que alentaron grandemente las ciencias y las artes, en Italia al menos. Juan
XXI y Pablo II eran médicos. «En torno de la silla pontifical — dice Allbutt—,
el terciopelo de la mano de la Iglesia era más espeso que el hierro. En el aire
de Roma o de Avignon, el feo rigor de París quedaba maravillosamente
suavizado!» En tanto que se producía por los decretos de los papas un gran daño
a la Medicina, porque ellos rebajaban la condición moral de los cirujanos, no
podemos desconocer que en el tiempo de las Cruzadas toda Europa, con la
excepción de Italia, estaba en un estado de barbarismo, y que el estado de la
cirugía en aquellas regiones era inferior al de la cirugía de los griegos en el
momento de la guerra de Troya. Un poco del conocimiento técnico puede haber
penetrado desde la lejana Bizancio; pero la evidencia de las canciones de los
Nibelungos, de los libros médicos y la Norse-Sagas, todo puntualiza la misma
conclusión, a saber: que el cuidado de los enfermos y de los heridos estaba
primeramente en manos de las mujeres, y posteriormente transmitido a una clase
de hombres que en tiempo de guerra gozaban de gran predicamento, pero que en
tiempo de paz quedaban colocados al mismo nivel de los domésticos.
La
medicina druida de Bretaña era completamente sacerdotal.
Los
druidas eran una corporación de magos, entre los cuales los profetas (rafes)
asumían las funciones iatrománticas con los augurios (inspección de las'
entrañas de los animales sacrificados) para el pronóstico, y las palabras
mágicas y misteriosas para la terapéutica. El muérdago (cúralo-todo) era la
panacea; las seis hierbas: licopodio, pulsátila, trifolio, prímula, beleño y
verbena eran muy estimadas; la artemisa, betónica, brionia, centaura,
belladona, eléboro y mandrágora eran también conocidas. Las druidesas eran
también muy notables en hechicería, doble vista y terapéutica herbaria[263].
Los
curanderos anglosajones participan de la misma historia de magias, hechizos y
simples. La sangría, la purga y la medicación se regulaban con arreglo a las
fases de la Luna. El venerable Beda considera el período del 8 de abril al 25
de mayo como el más favorable, al paso que algunos de sus días (cuando la Luna
y la marca están llenas) son considerados como infaustos o días egipcios (dies
Ægyptiaci), una antigua superstición romana, mencionada por San Agustín, y
probablemente de origen babilónico[264]. La
antigua medicina irlandesa tiene muchos signos que revelan un origen oriental,
particularmente en la austera regulación de la medicina y la curandería en las
leyes de Brehon, que recuerdan el código Hammurabi. Un extraño manuscrito de
Rogerio Bacón, escrito parte en galés y parte en cifra, lleno de miniaturas
naturalistas muy notables del embarazo, sugiere la idea de algún género de
magia esotérica, o de Mésmer, como la de los fakires de la India[265].
En
Tácito (Germania, VII) leemos que los teutones heridos
buscaban las madres y las viudas, que, como las profesionales chupadoras de
sangre del siglo XVIII, aplicaban sus labios a la herida (ad matres, ad
conjuges vulnera ferunt, nec illae numerad et exigere plagas pavent). El
respeto de los germanos hacia el poder intuitivo de la mujer ha sido el origen
de la weise Frauen, que practicaban la medicina de las
hierbas.
De éstas,
las profetisas Veleda y Aurinia, a las que Tácito hace referencia, eran
adoradas como divinidades. En el poema épico de «Gudrum» (1529) se menciona que
procede de mujer salvaje (wilde Weiber) que tiene conocimiento del poder
curativo de las hierbas. La leyenda del demonio, la magia, los hechizos y los
amule-, tos constituyen el resto de la antigua medicina alemana[266], Lo
mismo que entre los griegos, la cólera de los dioses era apaciguada por los
sacrificios sangrientos; los demonios se disipaban con los exorcismos; se
atribuían propiedades terapéuticas a determinadas plantas, a partes de los
animales y a las pastas votivas (generalmente en forma de corazón) usadas en
los sacrificios, lo que estaba basado en las asociaciones sagradas de aquéllas
con los dioses en su aspecto chthoniano o infernal. De este culto se deduce una
farmacopea sagrada y una «anatomía sacrificial» (Opferanatomie), cuyos términos
técnicos constituyen una gran parte del vocabulario de los cazadores alemanes,
y eventualmente de la anatomía culinaria de los matarifes y de los cocineros
(Höfler)[267]. Los
nombres vernaculares de las enfermedades se han derivado, del mismo modo,
directamente de los efectos corporales o de la etiología demoníaca[268]. Para
proteger contra los efectos de los demonios de la enfermedad, el gode, o
sacerdote sacrificador, era asistido por el aborigen, hombre médico, el lákcis
o láhki, equivalente al anglosajón laeca (leech, curandero). Los pastores,
hombres de ganado, y los albéitares, siendo por naturaleza veterinarios,
también llegaron en ocasiones a tener fama médica para las fracturas,
luxaciones, el amasamiento (Sircicher), etc., en determinadas localidades.
En Rusia,
la Medicina se encontraba primitivamente en las manos de los volkhava, u
hombres-lobos, que, como los druidas y las mujeres sabias, recogían las hierbas
medicinales y apelaban a los encantos y a los hechizos. La reliquia más antigua
de la medicina rusa es un vaso de estilo griego, descubierto en Koul-Oba,
representando un jefe escita consultando con un volkava, un guerrero escita
examinando los dientes a otro y un cirujano vendando un miembro herido. Este
vaso, único, epitomiza la medicina y la cirugía medievales hasta los tiempos de
la escuela de Salerno[269]. Después
de la introducción del cristianismo en el siglo X, la medicina rusa pasó a las
manos de los frailes, los hombres-lobos cedieron el puesto a los monjes del
monte Athos, y la Iglesia rusa, lo mismo que. la romana, lanzó severas
prohibiciones respecto de la magia y de la hechicería. Así, la Religión y el
Estado tienden a perfeccionar la situación de la Medicina, pero rápidamente,
aunque sin intención, la degradan, luego que hacen caer de mala manera a sus
propios representantes. Así, los enfermeros especiales, o «parabolani»[270], que la
Iglesia empleaba para cuidar los enfermos y llevarlos a los refugios o asilos,
estaban, desde luego, despojados de sus poderes tan pronto como estuviesen
engreídos o fuesen alborotadores, disputadores o despóticos. Aun anteriormente
a esta época, en el tiempo del Código visigótico (quinta o séptima centurias),
se encuentran las mismas restricciones acerca de la práctica médica que
encontramos en el Código Hammurabi. Antes de ir a ver un enfermo, el médico,
bajo el Código visigótico, tenía que hacer un contrato y dejar un depósito, y
si el enfermo sucumbía, no percibía honorarios. Si lesionaba a un noble en el
acto de la venasección, tenía que pagar 100 sólidos (unos 225 dólares, 1.125
pesetas); si el noble sucumbía, el médico era entregado a los parientes de
aquél para que le matasen, si querían. Si mataba o hería a un esclavo, tenía
que reemplazarle por otro de igual valor. Le estaba prohibido sangrar a una
mujer casada en ausencia de sus parientes, por temor a que se cometiese el
adulterio, y no podía visitar a un prisionero, para que no anulase la acción de
la justicia proporcionándole un veneno. Por otra parte, estaba estatuido que
nadie pudiera meter en prisión sin oírle, excepto en los casos de muerte, y que
los honorarios regulares por la instrucción de los estudiantes fuesen de 12
sólidos (27 dólares, 13 5 pesetas) por cada uno. Las restantes Leges
barbarorum eran igualmente severas. Bajo el Código bávaro (Lex
Bajuvarum, VII, página 19) la administración de un abortivo era penada
con la multa de un sólido en la familia del criminal, hasta la séptima
generación[271]. De
estos reglamentos, hechos por el brazo secular de la autoridad, y destinados a
proteger tanto al público como a los médicos, puede ser inferido que con la
Medicina, en esta desorganizada condición, era necesario algo más que la
salvaguardia de la Iglesia y del Estado para elevar el estado del arte de
curar, y que esto se conseguía con el mejoramiento de la legislación médica,
con la fundación de las grandes universidades medievales y con la formación de
«gremios» entre los mismos médicos. Bajo las legales restricciones de los
tiempos medievales, el cirujano trabajaba diaria e incesantemente con riesgo de
su vida o de sus miembros[272].
Marileif, médico de Chilperico, fue azotado, despojado de sus bienes y
convertido en un siervo. El año 580, Gontrán, rey de Borgoña, ejecutó a dos
médicos sobre la tumba de su hijo el rey Austrichildes, a causa de la muerte de
éste por la peste, a pesar del tratamiento. En 1337 un errante oculista fue
arrojado al Oder por haber fracasado al intentar curar la ceguera de Juan de
Bohemia, y en 1464, Matías, rey de Hungría, publicó una proclama de que
cualquiera que le curase de una herida de flecha que padecía sería ricamente
recompensado; pero que si fracasaba sería condenado a muerte. Estas barbaries
puntualizan su propia moral de los errantes medievales charlatanes, que al
batir las cataratas muchas veces hacían perder la vista al enfermo, destrozaban
las vísceras al abrir para la operación de la piedra, y que al tratar de
efectuar la «cura radical de la hernia», como dice Baas, no infrecuentemente
escindían «la misma raíz de la vida»[273]. Allbutt
da una notable pintura del operador medieval, que al ligar una arteria
paralizaba el brazo de los enfermos, por haber destruido el nervio músculo
espiral, y que posteriormente era acosado con maldiciones por su miserable
víctima cuando el provocado era visto por el mismo en la calle. Si la Iglesia
«aborrece la sangre», por esta razón es justo suponer que, en último término,
su aversión tiene la misma significación humana que el bien fundado horror a
los hospitales y a las operaciones quirúrgicas que ha existido en el espíritu
de todo seglar hasta el fin del siglo XIX.
Una
sorprendente ilustración de la negligencia de la cirugía debe buscarse en el
último aspecto de los miembros artificiales, que ya eran conocidos por Heródoto
y Plinio. En la Edad Media hubo una enorme pérdida de miembros, debida a los
mutilantes efectos de la lepra anestésica y al ergotismo, a las heridas por
bala de cañón (introducidas en la batalla de Crecy, en 1346), a las balas de
media libra (Perugia, 1364) y a los crueles castigos judiciales. Los muñones
eran comúnmente comprimidos por tablillas; pero las muletas y los miembros de
madera no aparecieron hasta mucho más tarde. Las manos artificiales de madera
se ven por primera vez en una pintura de 1400. Goetz von Berlichingen, después
de haber perdido su mano derecha por un tiro de mosquete en Landshut, en 1504,
ha tenido diferentes manos artificiales, movibles en las articulaciones, con
dedos flexibles, capaces de cerrarse. Una mano de este estilo existía y era
exhibida en Berlín en 1916[274].
Así como
los médicos consideraban desdeñosamente a los cirujanos, del mismo modo los
cirujanos de más elevada educación, que en la Edad Media podían ser contados
con los dedos, miraban despreciativamente a los barberos. Los barberos estaban
enseñados, en un principio, para sangrar y para afeitar a los frailes. En el
siglo XIII, el colegio de San Cosme había organizado en París (circa 1210)
un gremio, cuyos miembros estaban divididos en cirujanos-barberos clericales, o
cirujanos de ropa larga, y barberos legos, o cirujanos de ropa corta, y en
1311, 1352 y 1364 se dictaron decretos que prohibían a los últimos practicar la
cirugía sin ser debidamente examinados por los primeros. En 1372 Carlos V
decretó que a los barberos podría serles permitido el tratar las heridas, no
mezclándose con sus compañeros de la ropa larga.
Lo propio
ocurría en Inglaterra, donde los maestros cirujanos formaban un gremio separado
en 1368, reconociendo las mujeres médicas en 1389, reunido con los médicos
desde 1421[275], al paso
que los barberos obtenían una constitución separada de Eduardo IV en 24 de
febrero de 1462, que fue registrada por el acta de la Cámara de los Comunes en
1463. De este modo los barberos cirujanos (la cirugía del pueblo en general)
pasaban a ser «cirujanos de las heridas», que quedaban limitados a la sangría y
a la curación de las heridas. Los barberos (barbitonsores) mismos
vieron muy aumentados sus negocios, supuesto que desde que en 1092 se había
prohibido a los monjes llevar barbas, el quitárselas e ir afeitados llegó a ser
una moda. En Alemania los barberos estaban con mucha frecuencia encargados
también de los baños (balneator), en los cuales, además de
sangrar, aplicar ventosas y sanguijuelas, ponían enemas, hacían hilas y
extraían dientes, y su examen de Meisterstück consistía en
afilar un cuchillo o en preparar algunos emplastos y pomadas.
Durante
toda la Edad Media había algunos vagos ensayos para formular los principios de
la jurisprudencia médica. Los más antiguos de estos ensayos están, como
expresión de costumbres, en las leyes de las tribus de los germanos y de los
eslavos, en la ley sálica, en las capitulares de Carlomagno (siglo IX), en los
decretos de las Cruzadas y, en el siglo XIII y posteriormente, la ley del
emperador Federico, las decretales de los papas y, en general, las leyes
canónicas. Los procedimientos en estos casos eran, generalmente, de un género
muy primitivo; los juicios eran, por lo común, para la ordalía o prueba
judicial, para el tormento de fado, para la comprobación de la impotencia y la
«cruentación» o espontánea salida de la sangre del cadáver al ponerle en presencia
del verdadero asesino. Las opiniones dadas por los peritos eran, generalmente,
casuísticos sobre la naturaleza de sutilezas extremas; pero, no obstante,
Cousin y Cumston[276] dan
una serie de casos de procedimientos legales franceses del siglo XIV, en los
que los cirujanos eran comúnmente consultados por casos de heridas, homicidios,
raptos y otros análogos.
En el año
1140, Rogerio II de Sicilia publica un edicto prohibiendo la práctica de la
Medicina sin un examen adecuado, bajo pena de prisión y de venta de los bienes
propios en almoneda. Esta importante ley fue seguida de una ordenanza mucho más
amplia y liberal, obra del nieto de Rogerio, el espíritu generoso y liberal, el
emperador de los Hohenstaufen, Federico II, en 1224[277].
Este
edicto de Federico II obliga a todo candidato a la práctica médica a ser
públicamente examinado por los maestros de Salerno; las licencias para el
ejercicio serán otorgadas por el propio emperador o por sus representantes; la
falta de obediencia a lo dispuesto por el estatuto es castigada también con un
año de prisión y con la pérdida de la propiedad. El examen estaba basado en los
genuinos libros de Hipócrates, de Galeno y de Avicena, y antes de realizarlo,
el candidato tiene que haber estudiado Lógica por espacio de tres años,
Medicina y Cirugía durante cinco años, y haber practicado durante un año con
algún médico de experiencia. El candidato en Cirugía tenía que demostrar que
había estudiado este arte por lo menos durante un año, y particularmente la
Anatomía humana, «sin cuyo conocimiento no puede hacerse de un modo seguro una
incisión ni puede tratarse una fractura». El médico estaba obligado a asistir
gratuitamente a los pobres, a visitar a sus enfermos dos veces durante el día,
y otra vez durante la noche, si fuese necesario; a evitar todo contrato
fraudulento con los boticarios y a informarse, respecto de los mismos si
adulteraban o sustituían las drogas. Los honorarios médicos estaban fijados en
medio tareno (aproximadamente 35 centavos, 1, 85 pesetas) porcada visita hecha,
si el enfermo residía en la ciudad; cuatro tárenos (7, 40) por las visitas
efectuadas fuera de la ciudad, pagando el médico sus gastos, o tres tárenos (5,
55), si el enfermo se los pagaba. Por una operación con éxito de una fístula de
ano, John de Ardenne pedía, por lo menos, 100 chelines (125 pesetas), 40
chelines por las cosas necesarias, otros 40 para las medicinas y una renta
anual de 100 chelines si se trataba de un enfermo rico. Nicholas Colnet, médico
de Enrique V en Agincourt, tenía un contrato que le señalaba una indemnización
diaria de 12 peniques. Thomas Morstede, el cirujano del rey, era pagado por el
mismo con la pensión de 100 marcos (125 pesetas) por trimestre (Power). El
valor de la moneda en aquella época se calcula que era quince o veinte veces
mayor que en el momento de escribir este libro. El salario ordinario de un
trabajador de Inglaterra en aquella época era de un penique diario en muchos
casos, y ahora es de tres a cuatro chelines por término medio. La venta de
venenos, de pociones mágicas y de filtros afrodisíacos estaba castigada con
pena de muerte, si alguna persona perdía la vida por haberlos usado; los
alimentos, las drogas y las mixturas farmacológicas tenían que ser examinadas
por el Estado por medio de inspectores, y se hacían reglamentos oportunos de
higiene municipal y rural, tales como los destinados a fijar la profundidad de
las sepulturas y la conveniente disposición de las basuras.
Dada la
época en que fueron publicadas estas disposiciones, resulta difícil hablar
acerca del objeto y de la intención de esta ley, que fue seguida de otras
semejantes en España, en 1283, y en Alemania, en 1347, y que ha sido de nuevo
confirmada por Juana de Nápoles en 1365[278]. El
edicto de Federico contribuyó mucho a elevar el estado de respetabilidad de los
médicos, disminuyendo proporcionalmente el de charlatanes. Otra circunstancia
para elevar el estado de los médicos como medici publici era
el hecho de que fuesen ellos requeridos para determinar la posible existencia
de la lepra en las personas sospechosas (Lepraschau), con objeto de
determinar el estado civil de las mismas[279]. El
progreso de la profesión médica había también avanzado con la creación de un
nuevo elemento: la creación y el desarrollo de las grandes universidades
medievales, que comenzaron generalmente como escuelas superiores
o studium generale, a saber: la emigración de los estudiantes
para reunirse en una determinada localidad.
Las más
antiguas universidades han sido las de París (1110), Bolonia (1158), Oxford
(1167), Montpellier (1181) y Valencia (1199), y las universidades italianas de
Padua (1222), Messina (1224) y Nápoles (1224), fundadas por el mismo Federico
II. Las de Cambridge (1209), Salamanca (1243), Siena (1246-48), Piacenza
(1248), Sevilla (1254), Lisboa (1287), Perugia (1266), Lérida (1300), Coimbra
(1288), Palermo (1312), Florencia (1320), Grenoble (1339), Pisa (1343),
Valladolid (1346) y Pavía (1361), seguidas, durante los siglos XIV y XV, de la
creación de las más grandes e importantes de las universidades alemanas y
eslavas, especialmente: Praga (1348), Cracovia (1364), Viena (1365), Erfurt
(1379), Heidelberg (1386), Wurzburgo (1402), Leipzig (1409), Rostock (1419),
Greisswald (1456), Freiburgo en Breisgau (1457), Basilea (1460), Budapest
(1465), Ingolstädt (1472) y Tubinga (1477); de las escandinavas, Upsala (1477),
Copenhague (1478), y, en Escocia, la de St. Andrew (1411), Glasgow (1453) y
Aberdeen (1494). Después de la dispersión general de los estudiantes por el
Continente y por Inglaterra para formar studios, como Salerno (Medicina),
Bolonia (Leyes) y París (Teología), se establecen tres tipos de universidades o
de corporaciones privilegiadas de estudiantes, que se distinguen de las
escuelas públicas superiores (studium generale) y de las escuelas privadas
(studium particulare). La gran escuela de Leyes de Bolonia se convirtió en el
tipo de la universidad civil, en la cual el rector era elegido por los estudiantes,
como en Padua y en Siena. La universidad de París, el centro de la teología y
de la filosofía medievales (Abelardo), era el tipo de la fundación
eclesiástica, como Montpellier, Oxford y Cambridge; los estudiantes y los
maestros estaban combinados, como una corporación cerrada. bajo un canciller,
nombrado por los votos de los maestros. El studium de Nápoles representa la
universidad del Estado, como Salamanca y Lisboa, fundada por el monarca con el
reconocimiento papal como studia generalia respectu regni. La escuela médica de
Montpellier constituía una corporación separada, diferente de las escuelas de
leyes y de artes (Neuburger). Todas ellas fueron muy pronto nutridas por una
gran muchedumbre de estudiantes, y gracias a la influencia de las universidades
medievales, los médicos llegaron a ser considerados como miembros de las
«profesiones eruditas». El trivium (gramática, retórica, dialéctica) y el
quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música), constituyendo las
«siete artes liberales», fueron introducidos primeramente en la escuela del
obispo Fulberto, en la catedral de Chartres. Aparte de estos estudios, la
Medicina era considerada como una rama de la filosofía (Physica), y enseñada
según las obras de Aristóteles, de Averroes y otros escritores árabes. Antes
del renacimiento de la ciencia y de la invención de la imprenta, los escritores
griegos rara vez eran leídos en el original, o en traducciones directas, sino
«doblemente desfigurados y medio enterrados en glosas y comentarios, que no sólo
abrumaban el texto, sino que frecuentemente le suplantaban»[280]. Los
libros de texto favoritos eran la Isagoge, de Johannitius; el Avicenas (I, IV);
el Liber medicinalis (IX), de Rhazes; el Ars parva, de Galeno, y los aforismos,
pronósticos y dietéticas de Hipócrates. La mayor parte de éstos estaban
resumidos en la muy conocida Articella. Los estudios en Tubinga, en el siglo
XIV, como dice Haeser, comprendían: en el primer año, el primer Canon de
Avicena y el noveno libro de Rhazes, expuestos por Jacob de Forli y Arculanus;
en el segundo año, el Ars parva, de Galeno, con los comentarios de Torrigiani y
el cuarto Canon de Avicena, con los oportunos comentarios. Los cursos y los
libros de texto eran determinados por las bulas pontificias, y las bibliotecas
de las universidades medievales eran pequeñas en extensión; rara vez excedían
de un centenar de volúmenes. El inventario doméstico de Ugolino de Montecatino,
que murió en Florencia en 1415, da un catálogo de su biblioteca médica, que
puede considerarse como típico de la Italia medieval[281]. Los
sueldos de los profesores oscilaban, por lo común, de 35 a 50 libras esterlinas
(875 a 1.250 pesetas) al año. La designación de «doctor en Medicina» ha sido
aplicada por primera vez a los graduados de Salerno, por Gilles de Corbeil, en
el siglo XII, y el ceremonial del grado se hacía de ordinario siguiendo el
modelo salernitano. El candidato estaba obligado a defender, en primer término,
cuatro tesis de Aristóteles, Hipócrates, Galeno y de las obras de un autor
contemporáneo; tenía después que prestar un juramento, cuyos términos
correspondían, en lo más esencial, al citado decreto de Federico II. Recibía,
hecho esto, «un anillo, una corona de laurel y de hiedra, un libro, primero
cerrado y después abierto, y el beso de paz», y el título de «doctor en
Filosofía y en Medicina»[282]. John
Locke describe con mucho detalle este mismo procedimiento en Montpellier en
1675, y aun en la actualidad se siguen métodos análogos en las universidades
alemanas modernas.
De las
instituciones monásticas proceden los jardines botánicos europeos (hortus) y
los jardines médicos (herbularis), tales como el jardín de St. Gall, del siglo
IX, que estaba cuidadosamente planeado.
La ética
médica y la etiqueta médica estaban también reguladas con todo detalle[283] por
reglas fijas y estereotipadas, las más antiguas de las cuales son las
contenidas en la Formulata comitis archiatrorum, de. Teodorico (siglo V después
de J. C.), La deontología médica y el modo de comportarse, el savoir faire de
los prácticos, constituían pequeñas ciencias en la Edad Media. En los tratados
salernitanos de Archimathaeus se enseña al médico a aproximarse a los enfermos
humili vultu, con el mismo humilde semblante y ojos bajos que nosotros vemos
reproducidos en algunas antiguas miniaturas; la serie de sus indicaciones
debían estar perfectamente puntualizadas por continuadas investigaciones acerca
de la condición del enfermo, que debe ser considerado siempre como grave,
teniendo en cuenta que tanto una terminación favorable como una fatal puede
redundar en crédito, como una admirable labor terapética o como un hábil
pronóstico. Debe procurar no disminuir su crédito profesional haciendo guiños a
la mujer, a las hijas o a las sirvientas de los enfermos. Estaban permitidos
los tratamientos ilusorios con remedios inofensivos, puesto que de otra manera
el ánimo del enfermo podía ser contrariado al no recibir lo que vale dinero, al
paso que el recobrarse la salud por medio de! poder curativo de la Naturaleza
podía también resultar perjudicial para la reputación terapéutica del médico[284]. Una
última autoridad sugiere que si un convaleciente presenta señales de ingratitud
respecto del pago, se le puede hacer enfermar de nuevo por alguna dosis
inofensiva. Gaddesden dice que él guardaba sus mejores remedios secretos aparte
de los vulgares, a fin de que el conocimiento de los mismos no rebajase el
estado del médico. Mondeville, Saliceto, Lanfranc y Ardeme son todos escépticos
y cáusticos respecto de la ingratitud del público y del pago de los derechos
justamente adquiridos[285]. Guy y
el español Arnaldo de Vilanova sostienen ideales más elevados. Acaso el mejor
tratado de etiqueta médica de la Edad Media sea el De cautelis medicorum
habendis, de Alberto de Zancariis, atribuido antiguamente a Arnaldo[286].
La
principal gloria de la medicina medieval estaba, indudablemente, en la
organización de los hospitales y asilos para enfermos[287], que han
tenido su origen en las doctrinas cristianas. Aun cuando el germen de la idea
de hospital pueda haber existido ya en la antigua costumbre de Babilonia de
llevar los enfermos a la plaza del mercado para que consultasen, y aun cuando
los Tatreia y Asclepieia de los griegos y de los romanos pueden haber servido
para haber extendido algo este propósito, hay que confesar que el espíritu de
la antigüedad respecto de los enfermos y de los desgraciados no era de
compasión, y la creencia de socorrer a los desgraciados humanos en una extensa
medida ha nacido con el cristianismo. Los hospitales de los árabes, amplios y
liberales por lo que respecta a su dotación y capacidad, aparecen mucho tiempo
después de la era cristiana, y probablemente los mahometanos tomaron la idea de
los cristianos. Los Asclepieia y los otros templos paganos han sido clausurados
por el decreto de Constantino del año 335 después de J. C., y muy poco tiempo
después aparece el movimiento creador y fundador de los hospitales Cristianos,
en el cual, como sabemos, ha tomado una parte tan activa como eficaz Santa
Helena, la madre de Constantino. Aquellos hospitales fueron, muy probablemente,
pequeños; los cristianos ricos podían cuidar a sus enfermos en los
Valetudinaria; pero desde la subida de Juliano el Apóstata, en 361, se acelera
mucho el movimiento. En 369 fue fundado por San Basilio el celebrado Basilias
de Caesarea en Capadocia, que consistía en un gran número de edificios con
habitaciones para médicos, para enfermeras, obreros y una escuela industrial.
Fue seguido de un hospital de caridad, con 300 camas, para enfermos de la
peste, fundado por San Efraín en Éfeso. Otro hospital fue fundado el año 610
por San Juan el Limosnero, en Alejandría, y durante el período bizantino otros
grandes hospitales fueron construidos en Éfeso, Constantinopla y otros puntos.
Estos, en ocasiones, se especializaban, de acuerdo con las ideas cristianas de
la obligación de caridad y de hospitalidad, como Nosocomia, u hospitales
claustrales, para la recepción y el cuidado de los enfermos que vivían solos;
Brephotrophia, para los niños expósitos; Orphanotrophia, para los huérfanos;
Ptochia, para los pobres desamparados; Gerontochia, para los ancianos, y
Xenodochia, para los peregrinos pobres y enfermos. En los comienzos del siglo
V, los hospitales empiezan a difundirse por la Europa Occidental. El primer
nosocomio de la Europa Occidental fue fundado por Fabiola hacia el año 400,
«para recoger los enfermos de las calles y cuidar a los desgraciados que
padecen la enfermedad y la pobreza (San Jerónimo). Otros han sido fundados en
Roma por Belisario, en la Via Lata, y por Pelagius, y más al Oeste, por
Caesarius, en Arlés, en 542; por Childeberto I, en Lyon, en 542[288], y por
el obispo Masona, en Mérida, en 580. Se dice que el Hotel Dieu ha sido fundado
entre 641 y 691 por St. Landry, obispo de París, siendo mencionado por vez
primera el año 829. Un hospital es fundado en Milán el 777, y un asilo para
niños expósitos, en 787. El hospital de San Albano, en Inglaterra, data del año
794. En los primeros tiempos de la Edad Media se fundaban los hospitales al
lado de los conventos. El plano ideal de St. Gall (820) comprende un hospital
con un espacio destinado a cementerio, habitaciones para los médicos,
departamento de baños, para aplicación de ventosas y sangrías y una farmacia[289]. Los
Xenodochia de montaña, u hospicios del Mont Cenis (825) y del Gran San Bernardo
(962), se fundan igualmente en esta época. Después de la muerte de Carlomagno,
los grandes hospitales comienzan a decaer, a causa de la subdivisión y pérdida
de las rentas, y nos encontramos en esta época con que los grandes hospitales,
como los de la orden de los Benedictinos en Cluny, Fulda y otros, están
provistos de enfermerías privadas y de «hospitales mendicantes». Hacia esta
misma época se fundan también los diferentes hospitales católicos de órdenes y
cofradías para buscar y cuidar los enfermos, de los que los más antiguos
parecen ser los Parabolani, que, de acuerdo con Gibbon, fueron primeramente
organizados en Alejandría durante la peste de Gallienus: 253-268 años después
de J. C. Los Parabolani iban a buscar los enfermos de un modo análoga como
hacen todavía los monjes de San Bernardo; pero después se excedieron en su
autoridad y fueron suprimidos. La palaba sorority viene,
probablemente, de Soror, que fundó en 898 el hospital de Santa María della
Scala en Siena. Otras órdenes religiosas que nacieron en tiempo de las Cruzadas
eran la de San Alejo, la de San Antonio y la de los hospitalarios, que
comprendieron más tarde a los discípulos de Santa Isabel de Hungría, que fundan
dos hospitales en Eisenach, con un tercero en el Wartburgo; los hermanos de
Santa Catalina; la orden de San Juan de Jerusalén, que fue fundada cuando los
cruzados rescataron la ciudad santa en 1099, y la orden teutónica, que fue
fundada en un hospital de campaña, al lado del valle de Acre, siendo confirmada
por Clemente III en 1191. Los individuos de esta última orden se consagraron a
cuidar a los enfermos y a la fundación de los hospitales dondequiera que
penetrasen, y juegan un gran papel en Alemania en los tiempos medievales,
viniendo a sucumbir, por falta de recursos, en el siglo XV. Paralelamente a la
fundación de las órdenes dedicadas al cuidado de los enfermos durante las
Cruzadas, hay que mencionar también el gran movimiento hospitalario medieval,
iniciado por el papa Inocencio III, en 1198, y que ha sido justamente ponderado
por Virchow. En 1145, Cuy de Montpellier funda un hospital en honor del
Espíritu Santo, que fue aprobado por el papa en 1198; el papa mismo funda, en
1204, en Roma, el hospital llamado del Santo Spirito en Sassia. Este ejemplo
del pontífice tuvo bien pronto continuadores en toda Europa, dando el resultado
de que casi todas las ciudades tuvieran su correspondiente hospital del
Espíritu Santo, convirtiéndose en un deseo para muchos príncipes y landgraves
el fundar un xenodochium pauperum, debilium et infirmorum. Virchow,
en su estudio de los hospitales de la Edad Media[290], da una
notable lista de estas instituciones en 155 ciudades alemanas. Muchas de ellas
eran, indudablemente, más bien primeros auxilios y dispensarios para enfermos
de la orden religiosa de los Caballeros teutónicos; pero la lista de Virchow
demuestra el carácter social del movimiento. En Roma—dice Walsh—había cuatro
hospitales urbanos en el siglo XI, seis en el XII y diez en el XIII. Otra
circunstancia que vino en apoyo de este movimiento de los hospitales ciudadanos
fue el gran desarrollo de la lepra durante la Edad Media. Ya conocida de los
antiguos hebreos, griegos y romanos, esta enfermedad comenzó a aparecer en el
Norte de Europa en los siglos vi y vil después de J. C., y su extensión en la
época de las Cruzadas llegó a ser verdaderamente espantosa, alcanzando su mayor
extensión en el siglo XIII. El leproso, errante por los campos, desterrado de
la sociedad humana, condenado a una muerte civil por la inspección médica (Lepraschau),
viviendo en chozas en despoblado, dando aviso de su aproximación por el toque
del cuerno o de la campanilla, llegó a convertirse en un héroe vulgar de muchas
crónicas y romances de este período, tales como Der arme Heinrich,
de Hartmann von Aue[291];
el Fraumdienst, de Ulrich von Liechtenstein[292]; las
grandes Crónicas de Francia[293], o el
inolvidable pasaje de la Crónica de Luneburgo, que ha parafraseado Heine del
modo siguiente:
Cadáveres
vivientes, ellos andan de acá para allá, tapados de pies a cabeza, una caperuza
echada sobre la cara, y llevando en la mano una campanilla, la campanilla de
Lázaro, como es llamada, porque ellos la usan para dar pronto aviso de su
aproximación, para que todo el mundo tenga tiempo de separarse de su camino[294].
Los
hospitales para los leprosos se encuentran ya mencionados por Gregorio de
Tours (circa 560), y como quiera que los leprosos se difundían
por todas partes, se hacían evidentes las ventajas de recogerlos y reunirlos
con este propósito de aislarlos, y ellos constituyeron, además, un poderoso
elemento para el conocimiento de la enfermedad. El número de estos asilos de
San Lázaro (leprodochia o leprosería), como eran llamados, era extraordinario.
Había, aproximadamente, unos 200 en Inglaterra y Escocia, y 2.000 sólo en
Francia. Virchow, en su admirable estudio de la lepra en la Edad Media, ha
enumerado y descrito, con su acostumbrada paciente fidelidad, un considerable
número de estos hospitales para leprosos en todas las ciudades alemanas de los
siglos XIII y XIV[295], y al
paso que en todos los hospitales medievales las atenciones estaban reducidas al
cuidado y a la separación, con absoluto descuido del tratamiento, resulta
evidente de su acabada narración que la construcción de las leproserías ha
representado un gran movimiento social e higiénico, tanto desde el punto de
vista de la verdadera profilaxia como desde el de la caridad humana. Billings
caracteriza el verdadero espíritu del movimiento hospitalario de la Edad Media
del modo siguiente:
Cada vez
que el sacerdote medieval establecía un Hotel Dieu en cada una de las grandes
ciudades de Francia, un lugar para la hospitalidad por Dios, era el interés
caritativo el que hay que comprender en esta intención, incluyendo en él el
auxilio a los enfermos pobres y el proporcionar a aquellos otros que no eran ni
enfermos ni pobres una ocasión y un estímulo de ejercer la caridad con el
prójimo, e indudablemente la causa de la Humanidad y de la religión había
adelantado más por la acción de los donantes que por la de los socorridos[296].
Hacia los
primeros años de la treceava centuria los hospitales empiezan a pasar, sin
disputas y por mutuo consentimiento, de las manos de las autoridades
eclesiásticas a las de las municipalidades. Ya en aquella época existían
espléndidos hospitales ciudadanos, como el Hotel Dieu o el Santo Spirito, y la
construcción de los mismos llega a su máximo en el siglo XV. Los más notables
hospitales ingleses del período medieval son el hospital St. Gregory, fundado
por el arzobispo Lanfranc en 1084; el de St. Bartholomew, fundado en 1137 por
Rahere, un bufón que fue, además, religioso y que obtuvo una concesión
territorial de Enrique I hacia 1123; el de St. Mary, fundado en Londres en
1197» y el de St. Thomas, fundado por Peter, obispo de Winchester, en 1215 y
reconstruido en 1697.
Algo
refleja esto la intensa lucha por la supremacía comercial y por el poder del
mar, que comienza con la Edad Media y se sostiene por espacio de nueve siglos
(durante cuyo tiempo los centros del comercio van pasando sucesivamente de
Venecia a Lisboa, a Ámsterdam y Londres), y en la cual va adquiriendo un gran
interés todo lo relativo al comercio de las drogas.
El
crecimiento del poder naval de la República veneciana (820-1517) comienza con
el lucrativo transporte mediterráneo, necesario para las Cruzadas (1096-1272).
Los influjos de la farmacia árabe y el contacto actual de los cruzados con los
enemigos musulmanes aumentaron considerablemente el valor y la fama de las
drogas orientales. Los registros de la aduana del puerto de Acre (1191-1291) y
las ulteriores narraciones de Marino Sanuto demuestran un intenso comercio en
áloes, benjuí, alcanfor, canela, clavo, cubeba, jengibre, maza, almizcle,
nardo, nuez moscada, opio, pimienta y ruibarbo (Tschirch). Bálsamos, especias,
tinturas, resinas, maderas raras y drogas han influido mucho en las luchas de
los venecianos con los genoveses y con los turcos; lucha que culmina en la
batalla de Lepanto (1571). La derrota de los genoveses en el combate naval de
Chioggia (1380) señala el momento culminante de la supremacía veneciana. La
conquista de Constantinopla (1453) disminuye grandemente el comercio del
Oriente y de Egipto, y el elevado precio que llega a alcanzar la pimienta y
otros condimentos constituye un gran incentivo para los navegantes portugueses.
En el momento en que Vasco de Gama dobla el Cabo y navega hasta Calcuta (20 de
mayo de 1498) comienza a decrecer el poder comercial de Venecia. Priuli, en su
diario, recuerda la tristeza que cayó sobre el Rialto cuando se supo que los
viajeros portugueses comerciaban con especias en el puerto de Lisboa. En los
siglos siguientes el centro del comercio de drogas era la capital portuguesa[297].
En el
estudio de las fases culturales de la Medicina no existe ninguna documentación
tan efectista e instructiva como la gráfica, y tratándose de un período tan
remoto y tan obscuro e inaccesible a la comprensión moderna como la Edad Media,
las grandes catedrales, con sus ventanales de vidrieras pintadas, sus
liturgias, sus libros de horas y sus misales iluminados, sus canciones y sus
narraciones épicas, sus cuentos milagrosos y morales, nos proporcionan el
camino más breve para llegar a aquella comprensión. Tal vez el mejor punto de
vista para la medicina medieval más antigua lo proporcione el examen de
las miniaturas que adornan ciertos códices manuscritos de la
escuela de Salerno, recopilados y editados por Piero Giacosa en 1901[298]. Uno de
ellos, una ilustración del Codex de Turín de la Historia
Natural de Plinio, demuestra un interior con tres médicos, de indiscutible raza
judía por su aspecto y facciones, vestidos con flotantes trajes orientales y
turbantes, en atención profesional hacia algún gran personaje. Uno de ellos
está tomando el pulso al enfermo, en tanto que los otros dos sostienen una
grave consulta, y sus caballos están pastando en el exterior; y en el interior,
dos pajes, con cabellos largos, en justillo y calzas, permanecen en espera o
conversando a propósito de ellos. Otra miniatura de la misma página nos muestra
una serie de frailes en círculo lanzando exorcismos contra el demonio. La
terapéutica teúrgica de los tiempos medievales, con su rasgo típico de un
demonio como causante de cada enfermedad, y un santo especial para arrojarle
fuera, puede considerarse como un rudo aspecto de la doctrina de la
especificidad. En las múltiples pinturas de exorcismo coleccionadas por Charcot
y Richer[299] de
mosaicos y miniaturas de cinco siglos, y además de pinturas, grabados y frescos
de Giotto, Francesco Vanni, Mezzasti, Rubens y otros pintores medievales y
posteriores, el demonio está siempre representado en el acto de escapar, en un
gran suspiro, de la boca del energúmeno. Un grabado del Codex Bolognese del Canon de
Avicena demuestra al médico medieval, con toga y birrete, leyendo a sus
discípulos, como puede verse en la página-título, el Mellerstädt
Mundinus. Una soberbia miniatura del Codex de Turín de El
Hawi de Rhazes muestra un maestro de Salerno inspeccionando orina en
un vaso, en tanto que un enfermo de humilde aspecto y de semblante rústico
permanece de pie y descubierto delante de él, sosteniendo con su mano el vaso
de la orina. El contraste entre la gravedad profesional de la cara del doctor y
la patética solemnidad de su silencio con la paciencia del enfermo, constituye
uno de los rasgos más característicos del arte medieval. La uroscopia, o
cálculo del agua de la orina, constituye positivamente un tema favorito de los
pintores y grabadores en madera de aquella época hasta el comienzo del siglo
XVIII, y los detalles de esta representación siguen siendo, en lo esencial,
siempre los mismos. El orinal llegó a ser en la Edad Media el emblema de la
práctica médica, y hasta se usó en algunos puntos como una divisa o escudo
(Neuburger). La orina está siempre contenida en un vaso del tipo de los de
Erlenmeyer, algunas veces graduado, y este frasco era llevado en un cesto de
mimbre con tapa y asa, muy semejante a un moderno cubo de champagne. El médico
de cualquiera de esos períodos se encuentra siempre representado examinando la
orina en la forma más judicial posible, frecuentemente manteniéndola delante de
la luz, de tal modo que ella quede expuesta a la reflexión o a la refracción de
los rayos solares. Otras pinturas medievales representan al médico como
desdeñando tocar el vaso de Erlenmeyer con sus manos. En el grabado del
frontispicio del tratado de Montagnana, por ejemplo (1487), dos pajes venecianos
sostienen los frascos de las orinas, en tanto que los doctores, con toga y
birrete, las inspeccionan y hacen comentarios a propósito de su examen. Una
efectista miniatura de Avicena, en la colección de Giacosa, representa un
médico en el momento de la consulta, con un gran número de enfermos, cada uno
de los cuales permanece de pie, con el cesto de mimbre en la mano, en tanto que
el práctico diserta a propósito del aspecto de cada muestra de orina. Algunas
de las orinas eran llevadas por un mensajero al médico o a la curandera,
teniéndose que hacer el diagnóstico a distancia. Como fácilmente puede
suponerse, muchas veces los diagnósticos de este género constituían una
impostura favorita de los charlatanes vagabundos, que servía para recoger una
abundante cosecha de decepciones. Otra miniatura del Codex Bolognese de
Avicena presenta el frente de una tienda de boticario con los aprendices
triturando drogas en los morteros, un médico cabalgando en un penco; los jarros
de las medicinas aparecen adornados con inscripciones árabes. Los grabados de
las márgenes representan un baño frío en un torrente de agua corriente; otro
baño, de un carácter casi social, tomado por varias personas a la vez en una
piscina o baño de natación, con otras representaciones de ventosas, sangrías y
exploración de una herida del tórax. Las más demostrativas pinturas de la
colección de Giacosa son, sin embargo, los dibujos, rudamente pintados,
del Codex de la Cirugía, de Rolando, en la Colección
Casanatense, representando diferentes episodios de la experiencia quirúrgica,
tales como el diagnóstico de las fracturas, la reducción de las luxaciones, la
inspección, dilatación y sutura de las heridas; la extracción de una flecha, la
colocación de una fractura de la mandíbula, y así sucesivamente. Estas
pinturas, por rudas y toscas que sean, ensalzan todavía el mérito de los
cirujanos salernitanos y deben ser, por consiguiente, apreciadas.
La
espléndida colección de pinturas de manuscritos publicada por Sudhoff en su
reciente estudio de la cirugía medieval (1914)[300] nos
da una única impresión visual de todas las fases de la práctica quirúrgica
desde el siglo XI al XV. En ellas, escogidas algunas de los manuscritos Sloane
y Harleian (Museo Británico), los manuscritos Ashmole y Rawlinson (Oxford), el
Codex Mar cían (Venecia), vemos incisiones quirúrgicas para las hemorroides,
fístulas y estrecheces, extirpación de pólipos nasales, abertura de abscesos,
trepanaciones, extracción de flechas, vendajes, ventosas, sangrías y aplicación
de cauterios, con innumerables escenas de consultas y maniquíes esquemáticos
para cauterización, ventosas, venasecciones, y zodíacos pronósticos. Constituye
ésta indudablemente la más importante contribución que se ha hecho hasta la
fecha de los gráficos de la cirugía medieval.
De los
trajes y del aspecto del cirujano en la catorceava centuria podemos formarnos
una débil e imperfecta impresión por la pintura de John de Ardeme en el
manuscrito Sloane, representando al rubio y barbudo cirujano sajón, con toga,
capa y birrete, sentado en una silla de aspecto de trono y en el momento de
demostrar su procedimiento operatorio en la fístula y, además, el grabado
frontispicio de la edición de Nicaise de Mondeville (1314) representando un
maestro de aspecto inteligente, con cabellos grises, alto y delgado, con una
toga de color de púrpura y un birrete de aspecto clerical, un birrete negro,
medias rojas, pies en chancletas, dando una lectura, a la vez que levanta el
dedo índice. La práctica del siglo XIII está perfectamente representada en los
manuscritos Ahsmole 399 y Bodleian (Singe)[301]. Sudhoff
ha publicado recientemente una serie de escenas de consulta del sloano y de
otros manuscritos medievales representando el acto de tomar el pulso y otros
rasgos del diagnóstico[302]. El
manuscrito latino del Codex de Galeno en Dresde (Db. 92-93)[303], que
está asignado a la segunda mitad del quinceavo siglo, contiene hermosas
miniaturas, ilustraciones en azul presentando las capas ribeteadas de armiño de
los médicos importantes de la Edad Media, detalles de uroscopia, de sangría, de
irrigación rectal, de preparación de drogas, de escenas clínicas, con
demostraciones clínicas y anatómicas, que prueban que el organismo vivo y
desnudo era algunas veces utilizado, atrevidamente y con fines didácticos, en
la enseñanza anatómica y obstétrica. Estas son, con gran diferencia, las
mejores miniaturas médicas desde el punto de vista del mérito artístico. Gilíes
de Corbeil ha satirizado los elegantes vestidos y la exagerada ostentación de
las celebridades médicas del siglo XII. Petrarca ridiculiza los médicos de la
catorceava centuria por sus sortijas, grandes cabalgaduras, espuelas de oro,
trajes suntuosos y aires soberbios; citándose, además, un pasaje de la
Gramática, Saxo Grammaticus (I, 9), en el que describe a King
Gram (que representa al médico danés del siglo XII, el cual, «vestido con
sucios harapos, se encuentra sentado entre los más humildes criados, en el
vestíbulo». Un curioso obsequio, la cabeza del gallo, se encuentra reproducido,
de un modo algo servil, en varias de las representaciones medievales de médicos
y cirujanos. Las fisonomías en todas estas pinturas tienen siempre la fácil
expresión de los ojos bajos que se encuentra también en muchos maestros de
aquella época, como Giotto, Cimabue y Lucas Cranach, y que parece sugerir la
idea de que la autorrevelación no existía en las obras de la inteligencia
medieval. Los métodos de los artistas medievales eran, indudablemente,
objetivos, como en los retratos de Holbein o en las representaciones, tan
llenas de vida, del desnudo en Jan van Eyck (Altar de St. Bavo en Gante) y de
Pollajuolo. En relación con lo que acabamos de decir, debemos hacer mención de
la famosa Stultitia, de Giotto, en la capilla de la Madonna
dell’Arena, en Padua; de las pinturas de rinophyma, de Ghirlandajo,
en el Louvre, y de otras representaciones de la misma enfermedad, de Holbein el
Joven, en el Museo del Prado, de Madrid. Turold, un enano, se encuentra
representado en los tapices de Bayeux. Una estatua de mujer, en uno de los
estribos volantes del lado norte de la catedral de Reims, ha sido descrita como
una notable representación de acromegalia (Leonard Mark)[304]. Charcot
ha encontrado la cara del hemiespasmo glosolabial en un mascarón de Santa María
Formosa, en Venecia.
En el
siglo XV existen ya numerosas representaciones gráficas de escenas domésticas y
familiares. Estas, contrariamente a las costumbres y sentimientos modernos,
están ordinariamente llenas de personas entregadas a diferentes ocupaciones
alrededor del enfermo, y alguna de aquéllas está, en ocasiones, representando
con toda realidad el momento del parto.
El pie humano como termómetro (cuadro de un artista tirolés en el
Ferdinandeum, en Innsbruck). De la obra del doctor Robert Müllerheim Die
Wechenslube in der Kunst (Stuttgart, 1904).
En el
primer término de aquellos cuadros se encuentra la inevitable niñera en el acto
de bañar al niño recién nacido, y de alguno de ellos podemos aprender el hecho
curioso de que en la Edad Media el sensible pie desnudo era utilizado como una
especie de termómetro clínico. En un fresco de Luini, en la Galería Brera, de
Milán, la niñera está introduciendo su mano en el baño con el fin de averiguar
si el agua está demasiado fría o caliente para el niño. En la mayoría de
aquellas pinturas se encuentra el baño de madera, y en un gran número de las
mismas, especialmente en las que representan el Nacimiento de la Virgen,
por Holbein el Viejo ("Galería de Augsburgo), por Bernhard Strigel
(Galería de Berlín) y por Bartholomaeus Zeitblom (Galerías de Augsburgo y
Sigmaringen), y sobre todo en un Wocheustube (cuarto de una
puérpera), de un pintor tirolés desconocido; en el Ferdinandeum de
Innsbruck la niñera aparece representada como las lavanderas de las tierras
altas en Waverley, y con los «vestidos remangados» introduce
sus pies desnudos en el baño para comprobar la temperatura del agua. Los
diferentes modos de vestir y fajar a los niños pequeños están fielmente
representados en los bajorrelieves de Andrea del la Robbia en la loggia del
Spedale degli innocenti, en Florencia[305].
Bajorrelieve de niño en porcelana, del Asilo de Expósitos de Florencia, por
Andrea della Robbia (1437 a 1525), demostrando el modo de fajar a un niño. De
la obra del doctor Robert Müllerheim, Die Wochenstubein der Kunst (Stuttgart,
1904).
Otro
importante hecho que se deduce de los cuadros y representaciones gráficas del
siglo XV es el de que el uso de los anteojos había llegado a
ser bastante común en aquella época.
El
descubrimiento de los lentes o anteojos ha sido en diferentes ocasiones
atribuido a los chinos, a los romanos o a Rogerio Bacon. La única cita
auténtica es la afirmación de Plinio de que Nerón miraba a los gladiadores a
través de una esmeralda (smaragd), que Lessing ha interpretado como una gran
lente en su Antiguarían Letters y que, todo lo más, podría estar constituido
como una especie de «impertinentes».
También
se ha querido deducir del dato siguiente que los anteojos habían sido
inventados hacia el año 1285. Una inscripción de una tumba en la capilla
adjunta a la iglesia de Santa María Maggiore, de Florencia, dice: «Aquí yace
Sal vino de Armato degli Armati, de Florencia, el inventor de los anteojos.
Dios quiera perdonar sus pecados. Murió A. D. 1317»[306]. En el
diccionario de la Academia Florentina (1729) leemos «sub voce occhiali», que
Giordano da Rivalto (1311), un fraile de Pisa, dijo en un sermón, en el 23 de
febrero de 1305, que los anteojos habían sido inventados ya más de veinte años
antes, y que él mismo había hablado con el inventor, que era, o Salvino
d’Armato, o el fraile dominico Alessandro della Spina, que murió en 1313. Un
manuscrito de 1289, de Sandro di Pifozzo, publicado por Redi en 1648, menciona
los anteojos como un invento reciente. Bernardo de Gordón hace una primera
referencia a aquéllos, hacia 1305, como oculus berellinus, a causa de que en un
principio se hacían de piedra de humo (berillus) de donde los alemanes Brillen
(Parillen) y los franceses besicles (bericles). Arnaldo de Villano va los llama
vitrea vocata conspicilia, y Guy de Chauliac, en su Chirurgia Magna (1363), los
recomienda a falta de colirios. Durante los siglos XIV y XV los lentes y
anteojos consistían en lentes convexas de pesada y fea construcción, que se
vendían a un precio extraordinariamente elevado. Figuran como un detalle en la
Madonna, de Jan van Eyck, en Brujas; en la mano del donante Georg van der Palé;
en el San Jerome, de Ghirlandajo, en la iglesia de Ognissanti, en Florencia; en
un grabado en madera del Narrenschiff, de Sebastián Brand (1494); en un grabado
de la muerte de María, de Martin Schönganer; en las decoraciones del altar de
la iglesia de St. Jacob en Rothenburgo an der Fauber, y en una pintura en
colores en un manuscrito de la biblioteca universitaria de Praga, representando
la investidura del elector de Brandeburgo (1417). En este último los lentes dan
al que los lleva el aspecto de un mandarín de la China. El par de lentes más
antiguo que se conoce consiste en dos grandes lentes circulares unidas por un
puente nasal o modelo «pince nez»; un par, propiedad del humanista del
renacimiento Willibad Pickheimer (1470-1530), están ahora expuestos en el Museo
de Nürenberg, en Wartburgo[307]. El
libro más antiguo de este asunto es el Uso de antoios, de Benito Daga, de
Sevilla (1623), del cual se ha publicado una traducción francesa de G.
Albertotti, impresa en 1892, y L’occhiale all'occhio, por Cario Antonio Manzini
(Bolonia, 1660). El primero está ilustrado con tablas para el examen visual, y
recomienda el uso de los lentes en los operados de cataratas.
Durante
la Edad Media la humanidad europea se ha visto afligida por enfermedades
epidémicas en un grado tal como nunca lo ha sido ni antes ni después, y
aquéllas eran, de un modo diferente, atribuidas a los cometas y a otros
influjos astronómicos, a las tormentas, a la falta de cosechas, al hambre, a la
caída de las montañas, a las sequías o a las inundaciones, a los enjambres de
insectos, al envenenamiento de las fuentes por los judíos y a otras absurdas
causas. Los factores realmente predisponentes eran la aglomeración de las
viviendas y las malas condiciones sanitarias de las amuralladas ciudades de la
Edad Media, la suciedad, desorden y gran inmoralidad ocasionada por las
guerras, a causa de las cuales Europa se veía asolada por soldados, emigrantes,
estudiantes y otros caracteres vagabundos, y la general superstición,
ignorancia e inmundicia de las masas, que hasta en sus casas de baños se
amontonaban juntamente en un departamento común, algunas veces mezclándose los
dos sexos.
En la
Edad Media era general el considerar ocho enfermedades como contagiosas, de
acuerdo con los versos del pseudo-salernitano citados por Bernardo Gordón
(1307), y cuya idea parece derivar de Rhazes (Singer).
Febris
acuta, Ptisis, pedicon, scabies, sacer ignis,
Antrax,
lippa, lepra nobis contagia praestant.
En unas
ordenanzas de la ciudad de Basilea (1350) en el Pest Fegimeni de Hans Wircker
(1450), y en el Tractatulus de regimine sanitatis, de Siegmund Abich de Praga
(1484)[308], estas
ocho enfermedades, de acuerdo con la interpretación de Sudhoff, corresponden a
las actualmente designadas como peste bubónica, tisis, epilepsia, sarna,
erisipela, ántrax, tracoma y lepra, y eran bastante para no permitir al que las
padeciera la entrada en la ciudad, o para aislarle si ya estaba en ella, o para
arrojarle fuera, así como para no permitirle vender artículos alimenticios ni
bebidas. De aquellas ocho enfermedades, la sarna y la lepra eran con frecuencia
sífilis. La noción de la epilepsia como contagiosa dimana, según opina Sudhoff,
del concepto asirio-babilónico de captura por los demonios (sibtu). El
(contagium) de los papiri griegos de 77 a 350 años después de J. C. se aplicaba
a la «enfermedad sagrada» (tspa vosos) del Canon de Hipócrates.
Las más
antiguas ¿le las grandes pandemias medievales eran la lepra, el fuego de San
Antonio o ergotismo (857)[309],
escorbuto (1218)[310], la
influenza, la «manía bailadora» (corea epidémica), el sudor miliar y la plica
polaca (1287); las más formidables eran la peste negra y la sífilis. De las
anteriores, la lepra, el escorbuto y la influenza fueron traídas o difundidas
por las Cruzadas. La corea (manía bailadora) era, probablemente, un resultado
de la degeneración física, más el fanático entusiasmo religioso, y adquirió el
nombre de baile de San Vito por la procesión de los enfermos atacados de ella
en la epidemia de Estrasburgo de 1418, que acudían de este modo a la capilla de
San Vito, en Zabern, para el tratamiento. La plica polaca, la fea enfermedad
del cabello, ha sido introducida en Polonia por la invasión mongólica (1287).
En un pasaje del Codex Lat. 25.060, de la biblioteca de la ciudad de Munich
(páginas 54 y 55), exhumado por Sudhoff, se describe una epidemia de difteria
de 1492 por el médico de la ciudad de Nürenberg Hartmann Scheidel[311] El
ergotismo, conocido diferentemente con los nombres de ignis sacer, ignis
infernalis, o fuego de San Antonio[312], no era
frecuentemente erisipela, sino más bien una característica enfermedad de la
Edad Media, debida a la proliferación del hongo Claviceps purpurea en grandes
masas sobre el centeno, del cual se hacía casi todo el pan consumido por las
clases pobres. La primera alusión a esto la encontramos en los Anales del
convento de Xanten, cerca del Rin, hacia el año 857, y hasta en este breve
párrafo se encuentra ya la referencia al carácter gangrenoso y hasta el posible
desprendimiento del miembro por la mortificación. Posteriores epidemias de
Francia, de 944, 957, 1039, 1089, 1096 y 1129, se encuentran descritas en las
crónicas de aquellos tiempos por Frodoard, Felibien y Siegeberto. Esta
enfermedad comenzaba, de ordinario, por una sensación de exagerado frío en la
parte afecta, seguida de un intenso ardor doloroso; o también, por la aparición
de una erupción vesiculosa, el miembro afecto adquiría un aspecto lívido, sucio
y putrilaginoso, y en ocasiones se mortificaba por completo y se desprendía; en
otros casos, después de haber ocasionado grandes sufrimientos a la víctima. La
curación solía seguir a este desprendimiento de la porción gangrenada, y en
alguna serie cruel de casos los enfermos sobrevivían a la pérdida de los cuatro
miembros. Cuando la gangrena atacaba a las vísceras, la enfermedad tenía una
terminación rápidamente fatal. En diferentes crónicas vemos que el verdadero
ergotismo era, en ocasiones, confundido con otras afecciones, como la
erisipela, la gangrena y la peste bubónica, y que el denominado mal des ardents
era, probablemente, esta última enfermedad. La forma convulsiva del ergotismo
no ha debido aparecer hasta una época posterior.
Durante
el período que se extiende del siglo IX al XII encontramos numerosas plegarias,
conjuros, exorcismos y amuletos contra una extraña enfermedad periódica, que,
por su supuesta relación con los «malos años», recibía el nombre de Malum
Malannum. Se trataba de una erupción serpiginosa, carbunculosa o gangrenosa,
que con frecuencia atacaba la mandíbula del hombre y de los animales, y
tratándose, posiblemente, de muermo o de carbunco[313].
La muerte
negra, que causó la nunca vista mortalidad de una cuarta parte de la población
de la Tierra (más de seis millones de seres humanos), apareció en Europa hacia
el año 1348, después de haber devastado el Asia y el África. Desde un foco de
Crimea se extendió, a través de Turquía, Grecia e Italia, hacia el Norte y el
Oeste de Europa, a la que atacó nuevamente desde un segundo foco a través de
Austria inferior. Volvió a presentar nuevos terribles brotes, persistiendo con
intervalos hasta fines del siglo XVII. Barriendo todo ante ella, esta terrible
peste iba sembrando el pánico y la confusión a su paso, destruyendo a la vez
todas las restricciones de moralidad, dé decencia y de humanidad. Padres, hijos
y amigos de toda la vida abandonaban unos a otros, luchando todos únicamente
por su propia salvación, por defender la propia vida. Algunos se lanzaban en
barcos hacia alta mar, para encontrar que también en ellos realizaba violentos
estragos la dolencia; otros rezaban y ayunaban en los templos; otros se entregaban
a la más severa indulgencia, o, como vemos en el Decamerón, de Boccaccio, uno
de los más gráficos relatos de la peste de 1348 abandonaban la región apestada
para ir a divertirse en algún lugar seguro; otros, por último, caían en la más
profunda indiferencia o desesperación. Los muertos eran abandonados, todos
mezclados, en enormes fosas, precipitadamente abiertas con este fin, y otras
veces, los cadáveres, putrefactos, quedaban abandonados por todas partes, por
las casas y por las calles. «No había ninguna confesión; las iglesias y las
capillas estaban abiertas, pero en ellas no entraba nadie, ni sacerdotes ni
penitentes; todos habían ido al osario. El sepulturero y el médico habían sido
unidos en la misma oscura y profunda fosa; el testador y sus herederos y los
ejecutores testamentarios habían sido precipitados desde el mismo carro a la
misma sepultura, donde yacían todos juntos»[314]. En
resumen: la muerte negra, con sus obscuras manchas sobre la piel, sus
hemorragias y destrucción gangrenosa de los pulmones, sus efectos paralizantes
sobre la inteligencia y el organismo todo, era, según la expresiva frase
italiana, la mortalega grande (la gran mortalidad), y un
verdadero signo y símbolo del reinado del terror. Las lesiones inguinales,
axilares y pulmonares se encuentran igualmente en la moderna peste oriental.
Han sido acabadamente descritas por Guy de Chauliac (transgressio de mortalitate),
Boccaccio y Simón de Covino. La epidemia de 1382 aparece descrita con muchos
detalles en De peste, de Chalin de Vinario. La epidemia tuvo, por último, el
buen efecto de dar motivo a la República veneciana para nombrar tres guardianes
de la salud pública (1348), para rechazar los barcos infectados o sospechosos
(1374), para hacer la primera quarantine (cuarentena) de los lugares infectados
(1403), así llamada a causa de que los viajeros de Levante eran aislados y
detenidos en un hospital por espacio de cuarenta días (quaranta giorni). Esta
quarantine de cuarenta días había sido aplicada por primera vez en Marsella
(1383). Ragusa había aplicado primeramente el aislamiento por espacio de un mes
(1377). La trentina se había ido convirtiendo gradualmente en quarantina. En
otras ciudades había ordenanzas para la peste, y una dirección personal privada
(Pestschriften), hospitales para apestados y otras medidas higiénicas.
Uno de
los primeros tratados de la peste es el de John de Burgundy, o Johannes ad
Barbam (1365), que se ha identificado con sir John Mandeville. Este manuscrito
de Bearded John (Juan el Barbudo), que ha sido extraordinariamente amplificado,
traducido y copiado, es de tendencias astrológicas. Puede sostenerse que la
peste sea el efecto de los miasmas o vapores corrompidos sobre la contextura
humoral de los enfermos; la pestilencia, en conjunto, como una mala emanación a
través de los poros de la piel, y pasando desde ella al corazón, al hígado y al
cerebro. Para combatirla hay que prohibir los baños, por miedo a que puedan
abrirse los poros de la piel; dar una dieta ligera, frutos ácidos y bebidas, y
especialmente abundantes y frecuentes tragos de vinagre; el aire de las
habitaciones se purificaba quemando ramas de enebro o echando polvos de carbón
para ser inhalados por los enfermos; drogas aromáticas eran dadas al interior y
llevadas en la mano mezcladas con resina o ámbar (pomum ambre), y si la
enfermedad persistía, la sangría era el áncora de salvación. La sangre era
extraída de una vena superficial, correspondiendo a la parte del cuerpo más
particularmente afecta, y a sus emunctorios y canales excretores. En una época
posterior el vinagre adquirirá un lugar preeminente en los tratados de la peste
como una medida antiséptica[315].
Otro
terrible azote de la Edad Media ha sido la sífilis, que se ha supuesto haber
hecho su primera aparición en forma epidémica en el sitio de Nápoles en 1495 y
haber sido comunicada a los invasores franceses por los ocupantes españoles, a
los que llegó (conjeturas autorizadas) por el intermedio de los marineros de
Colón en el descubrimiento del Nuevo Mundo. Que la sífilis esporádica existía
en la antigüedad y hasta en los tiempos prehistóricos está completamente dentro
del rango de la probabilidad. La supuesta epidemia napolitana de 1495-96 es
considerada por Sudhoff como una explosión de infección tifoidea o paratifoidea[316]. El
origen columbiano de la sífilis maligna era, no obstante, el resultado
corriente del contacto entre las razas civilizadas y las primitivas, como en el
«León Negro» de la guerra peninsular, o en la sífilis de México, del Japón o
del Mar del Sur. La sífilis se encuentra por primera vez mencionada en las
siguientes obras, impresas recientemente en facsímile por el profesor «Karl
Sudhoff[317]:
1. El
edicto contra los blasfemos (Gotteslästerer-Edikt), del emperador Maximiliano
I, publicado el 7 de agosto de 1495.
2. El
vaticinio, o Astrological visión, del médico poeta frisio Theodoricus Ulsenius
(Dietrich Uelzen), impreso en Nürenberg el 1 de agosto de 1496, con un grabado
en colores de un sifilítico, por Alberto Durero. (Reimpreso en Augsburgo por
Johan Froschauer en 1496.)
3. El
Eulogium, un poema de Sebastián Brant, impreso en septiembre de 1496, por Joh.
Bergmann von Olpe, en Basilea.
4. El
Tractatus de pestilential Scorra (Augsburgo, Hans Schauer, 18 de octubre de
1496) y Ein hübscher Tractat von dem Ursprug des Bosen Franzos (Augsburgo, Hans
Schauer, 17 de diciembre 1496); el primero de esto ha sido reimpreso tres veces
en Nürenberg, Colonia y Leipzig (1496), y el segundo, una vez en Nürenberg, a
principios de 1497.
5. La
Enarratio Satyrica, un poema del patricio veronés Giorgio Sommariva, impreso en
Venecia en diciembre de 1496.
6. El
Concilium breve contra malas pústulas, de Konrad Schellig (Schelling), médico
del Elector Palatino (impreso en Heidelberg en 1496).
7. Cuatro
plegarias: una a S. Minus (Nürenberg, 1496), otra a San Dionisio (Nürenberg,
1496), una impresa en Viena, 1497, y otra en la baja Alemania y de fecha
indeterminada.
8. Una
carta de Barcelona (1495), por Nicolo Scillacio de Mesina, impresa en su
Opuscula, 9 de marzo de 1496, en Pavía, demostrando que en junio de 1495 la
sífilis ha aparecido en Barcelona simultáneamente con la epidemia napolitana, y
que se creía hubiera venido de Francia (qui nuper ex Gallia defluxit in allias
nat iones).
Todos
estos tratados tienden a demostrar, según piensa Sudhoff, que la sífilis era ya
conocida en Europa antes del sitio de Nápoles, supuesto que esta enfermedad
tenía ya tantos diferentes sinónimos y que su semiología general parece haber
sido definitivamente bosquejada anteriormente a la fecha de 1495.
Es
también mencionada antes del año 1501 en varios tratados de Joseph Grünpeck
(1496), Nicolo Leo niceno (1497), Johannes Widmann (1497), Bartolommeo
Montagnana (1498), Bartholomaeus Steber (1498), Simón Pistor (1500), Martín
Pollich (1500) y Gaspar Torella (1500)[318].
La
primera referencia al supuesto origen de la sífilis de las Indias Occidentales
se contiene en la obra de Díaz de Isla (Tractado contra el mal serpentino[319], escrito
hacia 1510 y publicado en 1539 y 1542), en la cual se afirma que la enfermedad
se ha descrito como absolutamente nueva y nunca oída en Barcelona, adonde ha
sido llevada desde Haití por los marineros de Colón, en abril de 1493. El libro
de Isla es uno de los más raros, y si nosotros podemos dar fe a lo que dice, su
autor ha tratado de la sífilis a marineros de la flota de Colón antes de su
llegada a Palos. También se dice que tanto Monardes como Montejo hablaban de la
enfermedad como si ella fuese muy frecuente en Sevilla y sus alrededores, en
cuya ciudad se había construido un hospital especial para sifilíticos. El
Lucubratiumcula, de Leonhard Schumans (1518), también hace referencia al origen
americano de la enfermedad, apoyándose en la autoridad de los capitanes
marítimos de este período. En contra de esta hipótesis del origen de las Indias
Occidentales, Hutchinson sostiene que la sífilis transmisible existía ya en
Europa antes de 1492, habiendo sido ya mencionada por Chaucer y Boccaccio, al paso
que se ha encontrado en Haití y Santo Domingo después del segundo viaje de
Colón. Virchow, por su parte, afirma que la caries sicca de los cráneos
prehistóricos y precolumbianos no es una verdadera sífilis, sino otra afección
idéntica a la artritis deformante (Höhlengicht) del antiguo oso de las
cavernas, u otra causada por plantas e insectos, y que puede ser, por lo tanto,
eliminada la cuestión de la sífilis prehistórica en Europa. La sífilis medieval
ha sido primeramente conocida como mal franzoso, mor bus Gallicus, mala
napolitana, después del sospechoso sitio de Nápoles (1495), en el que se ha
supuesto que la enfermedad había sido comunicada a los soldados franceses de
Carlos VIII por los españoles habitantes de la ciudad. Después adquirió la
forma epidémica y fue designada con los nombres de «viruela» española, polaca,
alemana o turca, por el afán de los pueblos de lanzar esta censura sobre otra
nación distinta de la suya propia. Iwan Bloch ha tratado de demostrar que las
evidencias de malfranzoso en los casos del rey Wenceslao, del corista de
Maguncia (1473) y de la carta de Peter Martyr (1488) no eran otra cosa que
invenciones o falsificaciones. Y, por otra parte, los acabados estudios
llevados a cabo recientemente por Karl Sudhoff demuestran que en el
Gotteslästereredikt del emperador Maximiliano I (7 de agosto de 1495) se hace
mención del malum francicum, pero nada se dice a propósito de la sífilis en
relación con el sitio de Nápoles. Según Guicciardini, no había realmente sitio
de Nápoles, sino que Carlos VIII atravesó la ciudad en 21 de febrero de 1495
sin encontrar oposición. Avanzando más, en un movimiento hacia su patria a
través de la Tosca ni, sus tropas fueron sitiadas en Novara en los primeros
días de julio y no pudo salir hasta el 10 de octubre, dos meses después de la
fecha del edicto de Maximiliano (7 de agosto); así que este último demuestra
que la enfermedad era ya bien conocida en Alemania en julio, al paso que la
marcha actual de los acontecimientos parece poner en claro que aquélla no podía
haber brotado de los soldados en retirada hasta mucho tiempo después, como
demuestra Sudhoff.
Sudhoff
nos da, además, una larga serie de recetas para la sífilis, indicando que los
médicos, después de haberse encontrado sin recursos en el tratamiento de la
enfermedad, prescribían ya, a fines de la catorceava centuria, las fricciones
mercuriales, que habían sido ya usadas desde antes del siglo XII para la lepra,
el eczema crónico y otras diversas enfermedades de la piel. Un grupo especial
de estas últimas, como obedeciendo al tratamiento mercurial, eran, según la
opinión de Sudhoff, la espiroquetosis endémica, y, según todas las
probabilidades, la sífilis[320]. El
mercurio se encuentra por vez primera mencionado en el Circa instans, de
Matthaeus Platearius (1140). Este recomienda las pomadas mercuriales en el
tratamiento de las erupciones cutáneas, como hacían los cirujanos medievales
desde Roger. Theodorich da direcciones muy explícitas para las unturas
mercuriales, con precauciones respecto de la salivación. Las dos recetas más
interesantes de éstas son las que ha encontrado Sudhoff en un antiguo
manuscrito italiano, en Copenhague, fechas en 1468, y cuya escritura ha sido
atribuida, por el director de los Archivos del Estado en los Uffizi de
Florencia, al primer cuarto del siglo XV[321]. En
estas recetas se lee: 16) Electuario Optimo al mal franzoso, y 77) Per fare
siropi da mate franzoso, y contienen ingredientes idénticos a los que se
empleaban en los electuarios vegetales (Kräuterlatwergen) de los antiguos
tratadistas de sífilis alemanes e italianos. Así, de la evidencia interna de la
escritura en algunos de los manuscritos de los Uffizi parece deducirse que la
sífilis era endémica en Italia ya antes de 1429. Sudhoff ha demostrado también
que la mortalidad de un 90 por 100, atribuida a las tropas francesas en
Nápoles, es una fábula (Ammenmärchen); que esta misma epidemia napolitana era
una infección tifoidea, como la mayoría de las Febres pestilentiales, y que la
prohibición de Nürenberg del baño público en un cuarto o estanque común (16 de
noviembre 1496) era análoga por completo a aquellas otras dadas ya en años
anteriores respecto de la lepra y de la peste. Al final de su tan interesante
estudio[322] cita
un pronóstico hecho por Paul von Middelburg con ocasión de la conjunción de
Júpiter, Marte y Saturno en el signo de Escorpio (25 de noviembre de 1484), que
anuncia la aproximación de una horrible enfermedad venérea, que llegará a su
mayor intensidad entre 1492 y 1500, y que da, juntamente con una lúgubre
pintura de la corrupción sexual, una serie de los síntomas que resultarán de
aquella enfermedad y que son estrictamente los de la sífilis.
Finalmente,
resulta de todas estas investigaciones de Sudhoff que, a partir de la dozava
centuria, los médicos medievales estaban abundantemente provistos de recetas
mercuriales para combatir un anómalo grupo de afecciones crónicas de la piel,
que, a pesar de los nombres con que eran designadas — scabies grossa, varióla
grossa, grosse vérole, scabies mala, bóse Blattern, mal franzoso—, debemos
considerarlas, muy verisímilmente, como sifilíticas.
Dejando a
un lado el origen astrológico, la lúes ha sido posteriormente atribuida a las
lluvias y a las inundaciones del mismo período (Leonicenus), a las relaciones
de un leproso con una prostituta (Monardi y Paracelso), al envenenamiento de
las fuentes por los virreyes españoles en Nápoles (Falopio), o a la carne
humana comida por los franceses como alimento ordinario (Fioravanti). Es
evidente que la enfermedad no había sido claramente comprendida en un
principio; pero, después de convertirse en pandémica, su origen sexual fue
reconocido, y al extenderse hacia el Norte y el Sur desde Italia, sus
diferentes periodos fueron más o menos bien descritos entre los años 1494 y
1550. En el siglo XVI el caballero Bayardo la llamaba «la enfermedad de aquel
que la tiene» (le mal de celui qui Va). El mercurio, que había
sido prohibido por Galeno como un veneno frío, se convirtió en un remedio
rutinario. La introducción de la cura de unciones y del tratamiento sudorífico
ha sido, según la opinión de Sudhoff, el punto de partida del tratamiento de
las enfermedades en el hospital; sistema que antes había sido muy poco
atendido. Existían reglamentos muy juiciosos de las estufas públicas, como los
de Enrique II (1161). Entretanto, la Humanidad, tanto de la clase elevada como
de la baja, iba aprendiendo la dura lección de que la sífilis «no perdonaba a
nadie». Como el omnipresente horrible esqueleto de la Danza de la
muerte, de Holbein, ella está pronta a coger a los señores y a los
aldeanos, a los justos y a los injustos, con un espíritu en cierto modo
imparcial, y los libros de aquella época, el de Blankaart, por ejemplo, van
acompañados de ilustraciones para demostrar las miserias producidas por la lúes
y los inconvenientes de los toscos y heroicos métodos terapéuticos entonces en
boga. Aparte de las guerras y del hambre, y hasta los tiempos de Ehrlich, la
sífilis ha constituido, con la tuberculosis y el alcoholismo, uno de los más
poderosos factores de la degeneración de la especie humana.
Capítulo
X
El período del renacimiento. El revivir de la ciencia y la Reforma
(1453-1600)
En la
transición de la humanidad civilizada desde las condiciones melievales a las
modernas han actuado muchas fuerzas; pero indudablemente las más poderosas para
el crecimiento del individualismo y la relajación leí principio de autoridad
han sido la invención de la pólvora, que dio un golpe de gracia al feudalismo,
y la de la imprenta, el más poderoso agente para levantar la Humanidad por
medio de la autoeducación[323]. Con el
descubrimiento de América, el descubrimiento del estrecho Noroeste por Vasco de
Gama[324], el
viaje de circunnavegación del Globo por Magallanes, el establecimiento de la
Astronomía heliocéntrica por Copérnico, y a la Reforma, crecieron rápidamente
la libertad de pensar y el espíritu crítico. Los efectos del renacimiento de la
cultura griega en los eruditos bizantinos, que emigraban a la península
italiana después de la caída de Constantinopla (1453), vinieron a reemplazar,
por la actitud espontáneamente receptiva de Platón y de Hipócrates, los
extractos dialécticos y lógicos de Aristóteles y de los galénicos. Entre los
neoplatónicos, Leonardo de Vinci y Nicolás Cusanus eran eminentes en Física. El
físico Fernesus hizo la primera medida exacta de un grado del meridiano, y
García Hernández, un práctico de Palos, favoreció los proyectos de Cristóbal
Colón, en oposición al modo de pensar de la Universidad de Salamanca, la
percepción natural en la Ciencia (sentire est scire) era el
emblema de Campanella. Petrarca atacaba el escolasticismo. Pomponeo Pomponazzi
y Giambattista della Porta, Marsilio Ficino, Johan Weyer y Giovanni Pico
racionalizaban la magia y la Astrología, oponiéndola a la brujería, al paso que
Cornelio Agrippa (Heinrich von Netthesheim) [1486-1535] avanzaba desde el
ocultismo (De ocultta filosofía) al refinado
escepticismo (De incertitudine et vanitate scentiarum, 1530). Los
primeros motores en estos cambios para la Medicina fueron los grandes
impresores del Renacimiento y los llamados humanistas médicos. El
saqueo de Maguncia por Adolfo de Nassau en 1462 lanzó a los impresores alemanes
por Europa. La Biblia de Gutenberg fue impresa en 1454. Johan
Mentelin, en Estrasburgo (1460), y Alberto Pfister, en Bamberg (1461), fueron
continuados por Conrado Sweynheyn y Amoldo Pannarts, a quienes se atribuyen los
primeros libros impresos en Italia: el Subiaco Cicero y Lactantius (1485).
Johan Speyer y Nicolás Jenson son los primeros impresores de Venecia en 1469.
Otras imprentas italianas se establecen en Foligno y en Trevi (1470), en
Bolonia, Ferrara, Florencia, Milán, Nápoles, Pavía y Treviso (1471). Williams
Caxton comienza a imprimir en Inglaterra, aproximadamente, hacia 1474 a 75, y,
por último, citaremos las imprentas de Albi y Giunti, en Venecia; de Stephanus
y Colinaeus, en París; de Herbst (Oporinus) y Proben, en Basilea; de Wynkyn, de
Worde y Wyer, en Londres; de Plantin, en Amberes; de Elzevir, en Leyden, así
como otros muchos que han publicado folios magníficos y hermosos textos, a la
vez que otros editores y traductores, como Niccolo Leoniceno y Giovanni
Manardi, en Ferrara; Rabelais, en Meudon; Günther, de Andernach, en
Estrasburgo; Johann Llagenburt (Cornarus), en Margurgo; Pietro Matiolo, en
Roma; Anutius Foesius, en Metz, eran para Hipócrates lo que Linacre y Caius, en
Inglaterra, eran para Galeno. Estas traducciones y ediciones del Renacimiento
no son únicamente notables por la tipografía irreprochable (las de Oporinus,
Colinaeus y la antigua impresión alemana en España se llevan la palma en este
respecto), sino que, además, proporcionan, por lo general, buenos índices del
contenido, índices de materias y de autores al final, y tienen una segura
paginación. Giovanni Malpeghino, de Rávena, despierta el sentido de una
correcta latinidad y de una seguridad de expresión. El estudio filológico de la
medicina griega viene a substituir la labor de los «agregadores» y
«conciliadores» medievales, que trataban de comparar y reconciliar las
doctrinas helenista y arabista (Neuburger). Con los filólogos médicos aparece
el espíritu crítico en Medicina.
De los
humanistas médicos, Niccolo Leoniceno (Leonicenus) (1428 a 1521), profesor de
Medicina en Padua, Bolonia y Ferrara, amigo de Politian y de Linacre, y, lo
mismo que ellos, elegante latinista, hizo una traducción famosa de los
aforismos de Hipócrates, y hacia el fin de su vida había comenzado a emprender
una segura traducción latina de las obras do Galeno. Ha escrito, además, uno de
los más antiguos tratados del Renacimiento sobre la sífilis (1497)[325]; pero su
principal servicio a la ciencia estriba en la difícil tarea de corregir los
errores botánicos de la Historia Natural, de Plinio. En los tiempos
de Leoniceno, esto era un rasgo del más raro valor intelectual.
Plermolaus
Barbarus, un antiguo comentarista, había ya corregido unas 500 erratas
ortográficas y gramaticales, perpetuadas por los copistas de los manuscritos de
Plinio; pero atreverse a aseverar que el mismo Plinio podía haberse equivocado
en sus afirmaciones, de hecho tenía algo de sabor de herejía, supuesto que sus
escritos, lo mismo que los de Galeno y Aristóteles, estaban considerados como
sacrosantos e impecables. Por consiguiente, cuando Leonicenus, que era un buen
botánico, publicó este pequeño tratado de los errores de Plinio[326] [492],
se desencadenó sobre su cabeza una violenta tempestad de controversias y de
discusiones. Sus amigos Poliziano, Colinuccio y otros no botánicos, que se
cuidaban más de la letra que del sentido en los antiguos textos romanos, se
indignaron contra el infortunado comentador, expresándose en un estilo
completamente medieval por la audacia de expresarse en contra de «nuestro
Plinio». Sin embargo, Leoniceno resistió todos estos ataques, con la importante
consecuencia de que todos los verdaderos botánicos de los últimos tiempos
(Ruellius, Matthiolus, Cesalpinus y Cordus) aceptaron sus enmiendas sin
reparos. En este respecto, Leonicenus puede decirse que constituye el
fundamento de los alemanes, padres de la Botánica. Sin la
cuidadosa obra de estos comentadores botánicos no hubiera podido haber una
descripción científica de la materia médica.
Tomás Linacre, M. D. (1460-1524).
Tomás
Linacre (1460-1524), médico de Enrique VII y de Enrique VIII en Oxford (1484) y
en Italia, se graduó en Padua. Teniendo en cuenta sus servicios al humanismo,
ha sido llamado por Fuller el restaurador de la Ciencia en
Inglaterra. Se le recuerda especialmente por sus obras gramaticales (Payne cree
que son el original de la Grammarian, de Roberto Browning),
por su fundación de las lecturas de Medicina en Oxford y en Cambridge (1524) y
por sus traducciones latinas de los tratados de Galeno, de higiene (1517)[327], de
Terapéutica (1519)[328], de los
temperaren tos (1521)[329], de las
facultades naturales (1523)[330] del
pulso (1523)[331] y
de Semiología (1524)[332]. Estas
traducciones, fieles y seguras, tuvieron gran circulación en el continente y
llevaron la luz a los médicos contén foráneos, que por espacio de siglos habían
estado leyendo traducciones alteradas y de segunda mano de su autor favorito.
Francisco
Rabelais (1490-1553), que era, lo mismo que Linacre, un sacerdote a la vez que
un médico, hizo una de las primeras traducciones latinas de los aforismos de
Hipócrates (Lyon, 1532), cuya edición erigí mal es muy apreciada por los
bibliófilos[333].
Rabelais es, sin embargo, mu che más conocido por sus obras humorísticas
inmortales Gargantúa ) Pantagruel, que no
sólo están llenas del más extraño género de erudición médica, sino que son la
exposición del humanismo del Renacimiento más clara que conocemos[334].
Rabelais fue el primero que dio las lecturas de Medicina en la Universidad de
Montpellier en presencia del propio texto griego.
Anutios
Foesius, o Foes (1528-95), consagrado por espacio de cuarenta años a una vida
laboriosa y sin descanso, como médico de pueblo en su ciudad nativa de Metz,
hizo una edición crítica del texto griego de Hipócrates (1595), que es
reconocida por los eruditos como incuestionablemente la mejor de su género
hasta el tiempo de Littré.
En el
grupo de los filólogos médicos figuran también el botánico Leonard Fuchs, que
ha sido un enérgico adversario del arabismo; los clínicos Johann Lange y John
Kaye (1506-73), el doctor Caius, de las Alegres comadres, de Windsor, y el
historiador del sudor miliar; su maestro, Giovanni Battista della Monte
(Montanus) (1498-1552), de Padua; Jerónimo Mercuriales (1530-1606), autor de
una exégesis típica (Variae lectiones) de los pasajes difíciles de los autores
griegos y latinos; el polígrafo Sinphorien Champier (1472-1539), el lexicógrafo
Jean de Gorris (1505-77), el español Francisco Vallés y el portugués Luis de
Lemos, que investigaron la autenticidad de los escritos de Hipócrates.
Algún
tiempo después de la invención de la imprenta, Alemania entraba en el campo de
la Medicina con una notable cantidad de tratados semipopulares, la mayoría de
ellos escritos contrariamente a lo habitual en el lenguaje popular o
vernacular. De acuerdo con el modo de pensar de Sudhoff, el documento más
antiguamente impreso relativo a Medicina es el único Calendario
purgante (Laxierkalender) de 1457, impreso en el tipo de la Biblia de
36 líneas de Gutenberg[335], y
contenido (un solo pliego de papel) en la Biblioteca Nacional de París. Una
única copia de un Calendario para la sangría (Aderlasskalender), impreso
en Maguncia en 1462, es uno de los tesoros de la Biblioteca de Fürstenberg, en
Donaueschingen (¡Badén). Estos almanaques populares consistían en hojas
sueltas, impresas en un solo lado, teniendo un mango con la astrologa
judicial (Lasstafellkunst) para ser cogidos por él. En algunos
de ellos, una figura especial el hombre del Zodiaco
(Tierkreiszeichenmann) indicaba, como en los almanaques de los almacenes de
drogas, de fecha más reciente, las partes del cuerpo influenciadas por las
diferentes conjunciones planetarias, las épocas apropiadas y los sitios para la
sangría y la purga bajo cada signo del Zodíaco, con una obscura descripción
pronostica de las terribles enfermedades, guerras, hambres y otras pestes que
pueden atacar a la Humanidad bajo las diferentes posiciones y conjunciones de
los planetas. La quiromancia atrae también la atención; la más antigua publicación
de este género es el libro de Johann Hartlieb, con ilustraciones, Die
Kunst Ciromantia (Augsburgo), hacia 1470. Más interés científico
merece el Regiment der jungen Kinder, de Bartholomaeus Metlinger
(Augsburgo, 1476), un pequeño libro de higiene infantil que constituye la
primer contribución del Renacimiento a la Pediatría, únicamente precedida por
el libro De Ægritudinibus infantum, de Paolo Bagellardo
(Padua, 1472). Un tercer tratado de Cornelius Roelants, de Mechlin (Lovaina),
hacia 1483-84, ha sido encontrado en un incunable de la Biblioteca de la
Universidad de Leipzig y del Museo Hunteriano, de Glasgow (Sudhoff)[336].
El Artzneibuch,
de Ortollf de Bavaria (Nürenberg, 1477), ha sido en su tiempo un
importante texto alemán de medicina popular, continuado hacia 1500 por el lindo
y pequeño Frauenbüchlein, o libro manual popular de las
enfermedades de la mujer. Pocos años más tarde (en 1513) apareció en Worns
el Roscarte, de Eucharius Röslin, una obra que tiene casi la
misma relación con la obstetricia del Renacimiento que la Anatomía de
Mundinus con la anatomía medieval. Aunque es en gran parte una recopilación de
Sorano de Ephesus, como filtrado a través del Codice manuscrito
de Moschion, ha seguido siendo el único libro de texto del asunto por espacio
de catorce centurias. Las tres primeras ediciones han aparecido
simultáneamente, todas extraordinariamente interesantes por sus extraños
grabados (todavía débilmente contorneados en el Codice de
Moschion), por el renacimiento de la versión podálica, como descrita
originalmente en Sorano, y por el hecho de que el texto de Röslin ha sido
miserablemente plagiado por Walther Reiff en 1545[337] y
también traducido y reeditado por William Raynaide con el título El
parto en la especie humana (Londres, 1545).
Las
ordenanzas publicadas en la ciudad de Ratisbona en 1555 Para Ya instrucción de
las comadronas (Regensburger Hebammenbuch) son, como ha
demostrado Félix Neumann[338], el más
antiguo documento de este género en vernacular.
Tal vez
el texto europeo más antiguo de jurisprudencia médica es, sin embargo, la
Constitutio Criminalis Carolina (Peinliche Gerichtsordnung), publicada por el
emperador Carlos V en 1553 como una ampliación a unas ordenanzas similares
dadas por el obispo de Bamberg en 1507. Interesantes reliquias de las grandes
pandemias medievales de sífilis y de peste bubónica se conservan en los
curiosos tratados de Widman (1497), Steber (1498), Pollich (1501), Conrad
Schellig (1502), Grünpeck (1503), Schmaus (1518) y Ulrich von Hutten (1519); y
el sudor miliar ha sido asunto de una gran cantidad de folletos, el mejor
conocido de los cuales es el pequeño tratado de Jhon Kaye, o Caius (1552)[339].
Matthaeus Friedrich, un pastor protestante de Gürenz, ha escrito el tratado más
antiguo de alcoholismo (Wider den Saufteuffel (1552).
Figura zodiacal para las Très niches heures de Jean de France, Duque de
Berry (1340-1416), Chantilly. Del Beiträge zur Geschichte der Chirurgie im
Mittelalter, Leipzig, J. A. Barth, 1914. (Sudhoff.)
Figura zodiacal de 1368, de un Codexgerm. 32, de la Biblioteca Real y del
Estado de Munich. De Sudoff: Beiträge cui Geschichte der Chirurgie im
Mittelalter, Leipzig, J. A. Barth, 1914.
Grabados del Lasstafelkunst (Medicina horoscópica o Astrología (judicial).
(Con autorización del Profesor Karl Sudhoff, de la Universidad de
Leipzig). A. Fragmento del calendario de la purga
(Laxierkalender), impreso en los tipos 30 de la Biblia de Gutenberg (1457), Y
descubierto por el Prof. Sudhoff en la Biblioteca Nacional de París. B. Hombre
de la sangría (Aderlasstnan), del calendario de Regiomontanus (1475),
demostrando los puntos de elección para la sangría en relación con los signos
del Zodíaco. C. Hombre de las heridas (Wundenmann), del
Feldtbuch de Gersdorff (1517), demostrando los sitios de la ligadura de las
diferentes arterias para la sangría. C es la última forma de
evolución de los antiguos diagramas zodiacales, en la que se combina la
exposición de los influjos planetarios con el esquema de las vísceras (B).
Saufteuffel (1552)
La
botánica antigua alemana tiene sus comienzos en el Herbarias Maguntinus, el más
antiguo libro de plantas con ilustraciones, impreso por Peter Schöffer en
Maguncia en 1484, y en los grabados en madera del Hortus sanitatis, una
recopilación, completamente diferente, de escritores más antiguos, atribuida a
su editor, Johan (Wonnecke) von Kaub o Cube (1485), que ha sido vertida al
alemán con el nombre de Gart der Gesundheit[340]. Esta
obra contiene unos 500 grabados, que, como dice Greene, son «más bien
desdichadas caricaturas de plantas»; pero llegó a ser tan popular, que
constituyó el principal incentivo de la obra de los padres alemanes Brunfels,
Fuchs, Bock y Valerius Cordus. En Francia, recopilaciones semejantes son
diversamente conocidas, como Arbolayre (Herbolario), traducido del alemán
Horius Sanitatis y Le grand herbier, repetidas veces impreso (Choulant). Estos
incunables son, a su vez, los orígenes de muchos Herbais ingleses. El Buch der
Natur, de Conrado de Megenber (Augsburgo, 1475), una recopilación ilustrada que
ha logrado seis ediciones en Augsburgo antes de 1500, era el compendio mejor
conocido de Historia Natural.
La
antigua cirugía alemana comienza con el Bündth-Ertznei, de
Heinrich de Pfolspeundt, un cirujano militar bávaro, cuya obra, escrita en
1470, permaneció largo tiempo en manuscrito, hasta que fue descubierta en
Breslau y editada por Haeser y Middeldorp en 1868. Pfolspeundt era sólo un
cirujano de heridas; no tenía habilidad en las operaciones mayores, que él
dejaba para los cortadores o «incisores», y no conocía el modo de tratar las
fracturas y las dislocaciones; pero aprendió a hacer las narices artificiales
(por el método indio) de los italianos errantes. Su experiencia militar le dio
una larga práctica en el tratamiento de las heridas, y su obra contiene la
primera seria alusión a los «polvos para las quemaduras» y a la extracción de
las balas por medio de la sonda[341]. El
trataba las heridas por segunda intención, usando la inhalación narcótica
recomendada por Nicolás de Salerno, y, como Mondeville y otros cirujanos de los
tiempos antiguos, daba a sus enfermos confortantes «bebidas para heridos».
Después de Pfolspeundt vienen dos cirujanos militares alsacianos: Hieronymus
Brunschwig (circa 1450-1533) y Hans von Gersdorff, llamado
Schylhans, ambos nacidos en Estrasburgo. El Buch der Wund-Artzeny (Estrasburgo,
1497), de Brunswig, contiene la primera exposición detallada de las heridas por
arma de fuego en la literatura médica. Considera estas heridas como
envenenadas, y cree que el veneno se puede combatir preferentemente provocando
la supuración; de ordinario, por medio de los sedales. Como cirujano militar,
Brunswig no efectuaba operaciones mayores, limitándose al tratamiento de las
heridas, de las fracturas y a las amputaciones. Al realizar la amputación
aplicaba el cauterio actual o el aceite hirviendo para combatir la hemorragia
del muñón. Su libro contiene algunos de los más antiguos modelos de grabados
médicos, grabados en madera, muy raros y curiosos en su género, y lo mismo
encontramos en el libro de Gersdorff, de cirugía de las heridas (Feldbuch
der Wubdtartzney), que fue publicado en Estrasburgo en 1517. Gersdorff
se detiene más en la exposición de las heridas de arma de fuego que Jerome de
Brunswick. El no las considera como envenenadas; intenta investigar la bala con
instrumentos especiales, y, como la mayor parte de los cirujanos de su tiempo,
trata la herida con el aceite. Al amputar, aplica al miembro, por medio de una
venda constrictora, un aparato parecido al de Esmarch, y elimina el cauterio
combatiendo la hemorragia por medio de los estípticos, de su propia invención
(conteniendo cal, vitriolo, alumbre, áloes y tanino), incluyendo el muñón «en
una vejiga de un toro, de un buey o de un cerdo», que puede constituir en
algunos casos un buen protectivo listeriano. El libro de Gersdorff contiene
algunas muy instructivas pinturas de los antiguos procedimientos quirúrgicos
existentes, particularmente el primer grabado que se conoce de una amputación,
y algunas láminas, únicas, de enfermedades, como la lepra y el fuego de San
Antonio. El grabado en madera de esta última (ignis sacer, o
ergotismo) representa la víctima de la enfermedad como un cojo sobre una
muleta, y teniendo levantada una mano gangrenosa arrugada, reventando con
llamas, para excitar la piedad de San Antonio, el santo patrón de esta
enfermedad, que está leyendo en su libro, de pie, apoyado en su tau-cruz, y
acompañado de su fiel cerdo. Otro libro interesante escrito en vernacular es
el Augendienst (Dresde, 1583), del oculista de la corte George
Bartisch (1535-1606), con notables grabados, que nos dan una completa noticia
de la cirugía ocular del Renacimiento. Entre ellos pueden mencionarse el
grabado que demuestra al enfermo atado en una silla y preparado para la
operación; los modos de proceder en la catarata, y las lentes perforadas o
estenopeicas o máscaras (primitivamente recomendadas por Pablo de Egina[342] para
el estrabismo. Como quiera que Bartisch era primitivamente un cirujano barbero
iletrado, y hace una gran ostentación de ilustración y de latinidad en su texto
desde su pomposo título[343], se
supone que ha empleado un fámulo para ayudarle a escribir y a pulir su obra.
Nadie que lea ésta puede formar buena opinión de los oftalmólogos, que el autor
llama oculistas y destructores de ojos. Su tratado
de Litotomía (1575) contiene un interesante grabado de la operación. El libro
más antiguo impreso de enfermedades de los ojos es el De oculis,
eorumque egritudinibus et curis, de Benvenuto (llamado Grassi o Graffeo) de
Salerno (impreso en Ferrara en 1475)) y que es una imitación de los antiguos.
En el
grupo vernacular pueden mencionarse los pequeños libros de ojos de G. Vogtherr
(Estrasburgo» 1538) y de Walter Bailey (Londres, 1586), y el Traite des
matadles de l'oeil, de Jacques Guillemeau (París, 1585), decididamente el mejor
de los libros de Oftalmología del Renacimiento. El tratado inglés de Richard
Banister (1622) es únicamente una traducción de esta obra.
El primer
libro médico que se ha impreso en Inglaterra se llamaba A Passing Gode Lityll
Boke Necessarye and Behovefull Agenst the Pestilence, que es un pequeño tomo en
40, de 12 hojas, atribuida la impresión a William de Machlinia (Londres, circa
1485), traducido del Tractatus centra pestilentiam (1480), atribuido a Kanutus
(Bengt Knutsson), obispo de Vasteras, Suecia, 1461; pero que, como ha
demostrado Sudhoff, por una comparación paralela de textos, ha sido realmente
escrito por el médico del papa Johannes Jacobi, de Montpellier, hacia 1364[344]. La
traducción inglesa ha sido más tarde reimpresa por Winkyn, de Worde, en 1510.
Además, existe el Gobernayle of Helthe, publicado en la imprenta de Caxton,
hacia 1491, continuado en 1510 por el The Judycyal of Urins, algunas veces
atribuido a John de Ardeme, y probablemente impreso por Winkyn, de Worde. En
1516 Peter Treverus, un impresor de Southwark, ha publicado el The Grete
Herball, y en 1521 Siberch, de Cambridge, ha impreso las traducciones de
Linacre, del libro de Galeno De temperamentis, después que Pynson, de Londres,
había publicado otras versiones de Galeno, del mismo erudito. La primer obra de
Anatomía impresa en Inglaterra ha sido el pequeño tratado de David Egar, de 15
páginas, titulado In anatomicen introductio luculenta et brevis, y el primer
libro inglés en el vernacular, del mismo asunto, ha sido el The Englishman's
Treasure, por Thomas Vicary (Londres, 1548)[345]. El
invento de la Taquigrafía por un médico se recuerda en la Characterie (1588),
de Timothy Brigth (1551-1615), de la cual sólo existe una copia en la
Biblioteca de Bodlei.
Los
efectos de estos escritos vernaculares han sido volver la inteligencia de los
hombres contra el escolasticismo, inclinándola hacia la realidad.
San Antonio con una víctima del ergotismo. (Del Feldtbuch der Wundartzney,
de Gersdorff-Estrasburgo, 1540.)
Esta
tendencia del Renacimiento ha alcanzado su más claro desarrollo en los más
eminentes maestros médicos del siglo XVI; Paracelso, Vesalio y Paré, tres
hombres fuertes, de temperamento agresivo, que, rompiendo con el pasado,
abrieron literalmente el camino, no sólo para el adelanto general de la
Medicina, sino también para el pensamiento libre en todas sus ramas.
Aureolus
Theophrastus Bombastus, de Hohenheim, o Paracelso (1493-1541), ha sido el
fundador de la Farmacología química y de la Terapéutica y el más original
pensador médico del siglo XVI, que, a despecho de sus expresiones altisonantes
de rango y de linaje[346], es un
marcado ejemplo de los más groseros materiales, con los cuales puede, en
ocasiones, construir grandes ideas. Sus chocarrerías de embustero, aunque
piense él que le dan un mejor dominio de los espíritus vulgares, le impiden con
frecuencia poder «pensar con justicia y ver con claridad».
Paracelsus (1493-1541).
Natural
de Einsiedeln, cerca de Zúrich, en Suiza, poseía el altivo e independiente
espíritu que se atribuye generalmente al hombre de las razas montañesas, y era
uno de los pocos escritores que en todos los tiempos han hecho adelantar la
Medicina, armando disputas y querellas a propósito de la misma. Como los
«voceadores» de la comedia Elisabethniana o los Zankbauer de
la farsa alemana, él procura irritar y sacar de quicio con sus arrogancias e
insultos a sus auditores y lectores para obligarles a aceptar sus puntos de
vista, y los escritos, que él dictaba a sus discípulos, eran frecuentemente una
notable combinación de un crédulo galimatías y de arrogantes fanfarronadas,
pero mezcladas frecuentemente de afortunadas conjeturas y de intuiciones tan
acertadas como geniales. Sus humorísticas salidas, aunque él las considerase
como tales, eran generalmente de un género grosero, que a veces oscilaba «de lo
obsceno a lo incomprensible»[347].
Paracelso era hijo de un médico erudito, que poseía una escogida biblioteca, y
con el cual él comenzó a estudiar Medicina. Llegó a tomar el grado de doctor,
bajo la enseñanza de Leonicenus, en Ferrara (1515)» Y fue
cogiendo un conocimiento no habitual de Alquimia, Astrología y otras ciencias
ocultas de los eruditos abades y obispos de las regiones que visitaba, así como
el dominio de la oratoria y de la acción del alquimista tirolés Sigismund
Függer. Teniendo el Wanderlust de los suizos, viajó por toda
Europa, recogiendo informaciones de todo género de fuentes, y en sus relaciones
con barberos, verdugos, bañeros, escultores, comadronas, enfermeras y
embaucadores aprendió una gran cantidad de cosas a propósito de la práctica
médica, e incidentalmente adquirió un conocimiento, no vulgar ni frecuente, de
la medicina popular y legendaria, y una afición, que no le abandonó nunca, a
las bajas compañías. Paracelso ha pensado y ha hablado siempre en el lenguaje
del pueblo, y llegó así a ser más popular que lo había sido ningún médico antes
de él. Nombrado profesor de Medicina y médico de la ciudad en Basilea en 1527,
e imbuido de un respeto de toda la vida a Hipócrates, implantado por su maestro
Leonicenus, comenzó su campaña de reforma quemando públicamente las obras de
Galeno y de Avicena en su sala de lectura; pero un año más tarde (1528) se
encontraba ya en un violento conflicto con las autoridades a propósito del pago
de honorarios, y se veía obligado a abandonar la ciudad. Reanudando sus hábitos
vagabundos, practicó la Medicina en diversos puntos de Alemania y con diferente
éxito, y, por último, murió en Salzburgo a consecuencia de heridas recibidas en
una querella tabernaria. Como trabajador en Química, Paracelso ha sido
precedido de Geber y de los alquimistas Alberto el Magno y Cornelio Agrippa, y
seguido de un gran número de químicos, entre ellos de Johann Tholde, que ha
escrito con el pseudónimo del mítico monje del siglo XV Basilio Valentín. El
pseudo Valentín se ha supuesto que ha dado a la Química el ácido clorhídrico,
el azúcar de plomo, los medios de preparar el amoníaco y el ácido sulfúrico, y
en su Iriumphant Chariot of Antimony (1604) introdujo el
antimonio en la práctica médica, en la que había de sostenerse por espacio de
siglos[348].
Paracelso tomó los tres elementos de Geber, azufre combustible, mercurio
volátil y sal residual, y los mezcló con especias de leyenda teosófica, no
diferentes de las del remoto Oriente, por el cual él decía haber viajado. Baas
ha comparado la lectura de Paracelso con la exploración en una mina. Nos
encontramos con un mundo extraño de principios mágicos, macrocosmos y
microcosmos, archaei y arcana, gnomos vivificantes, sátiros, espíritus y
salamandras. La existencia procede de Dios; todas las cosas materiales, del
Iliaster, o substancia primitiva o primordial, al paso que la fuerza de la
Naturaleza que pone en movimiento todas las cosas es el arqueo (Archaeus), o
principio vital. El arqueo es la esencia de la vida, contenida en un vehículo
invisible, la mumia, y en las condiciones patológicas, esta mumia debe ser
extraída magnéticamente del cuerpo del enfermo e inoculada a una planta que
lleve la signatura o señal de la enfermedad, de tal modo, que ella pueda atraer
la influencia específica de los astros, supuesto que las enfermedades son
causadas por las influencias astronómicas actuando sobre el «cuerpo astral» de
los hombres. A pesar de todo, el autor de esta confusa verborrea, el verdadero
Paracelso, era un médico capaz y un hábil cirujano, generoso con los pobres, y,
aun cuando podría ser despreciado y rechazado por sus groserías y
charlatanerías, y hasta posiblemente por ser alcohólico, un hombre digno del
mejor recuerdo humano. En Paracelso no había nada de lo refinado y de lo
exquisitamente místico del poema de Browning, ni tampoco era todo lo
escandaloso, embustero, borracho y curandero que ha supuesto la tradición. Su
influjo ha sido muy poderoso, y su acción, realmente útil, muy grande.
Al paso
que la Filosofía, la Alquimia y la Astronomía eran los pilares de su fe, en la
práctica lo eran «la experimentación comprobada por la literatura autorizada»[349]. Lo que
él leía en sus autores lo hacía con el propósito de sugerirse en sus
razonamientos que los únicos verdaderos médicos entre los antiguos lo habían
sido los griegos. Su patología era una mezcolanza, pero contenía algunos buenos
elementos, como los conceptos de la enfermedad, como una desarmonía de las
funciones normales de la vida bajo condiciones alteradas, como hereditaria, o
como dietésica, en la gota y en la litiasis, que él consideraba como procesos
«tartáricos», determinados por la precipitación de substancias, que
ordinariamente son expulsadas del cuerpo, siendo en esto el primero que intenta
establecer una etiología química, partiendo de su doctrina general de
calcificaciones y concreciones. Sus cinco causas de enfermedad (entia) eran
agentes cósmicos (ens astrorum); venenos patológicos (ens veneni), incluyendo
autointoxicaciones y contagios; causas naturales (ens naturale), o
predisposición a la enfermedad por defectos orgánicos; causas psíquicas (ens
spirituale) e intervenciones divinas (ens deale). Su discípulo, Peter
Severinus, desarrolla la idea del contagio (ens venenata) como patología
animada (pathologia animata).
Adelantándose
a su tiempo, Paracelso se separa del galenismo y de sus cuatro humores, y
enseña a los médicos a sustituir la terapéutica química por la Alquimia; ataca
las hechicerías y los charlatanes vagabundos, que destrozan el cuerpo humano en
lugar de emplear procedimientos quirúrgicos, y se opone a la simple Uromancia y
a la Astrología; ha sido el primero que se ha ocupado de las enfermedades de
los mineros (occupation) y de establecer una relación entre el
cretinismo y el bocio endémico; él se adelantó también a su época al señalar
las diferencias geográficas de las enfermedades; es casi el único aseptista que
encontramos entre Mondeville y Lister; cree en la unidad de la Medicina y la
Cirugía, y en que la Naturaleza (el balsamo natural) cura las
heridas, y no las intervenciones oficiosas; recomienda los baños minerales,
siendo uno de los primeros que ha analizado estas aguas; hace con el opio
(láudano)[350], el
mercurio, el plomo, el azufre, el hierro, el arsénico, el sulfato de cobre y el
sulfato potásico (llamado el specificum purgans Paracelsi) una
parte de la farmacopea, y considera el cinc como una substancia elemental;
distingue el alumbre del sulfato ferroso, y demuestra el hierro contenido en el
agua por medio del ácido tánico; con Croll y Valerius, Cordus ha popularizado
las tinturas y los extractos alcohólicos; su doctrina de las
signaturas ha vuelto a revivir con Rademacher y Hahnemann; sus arcana iban
directamente contra las causas de la enfermedad más bien que contra los
síntomas de la misma (terapéutica causal), y al comparar la acción de estos
arcanos, o principios intrínsecos de las drogas, como de pasada él sospecha la
idea de una acción catalítica, supuesto que él piensa que los remedios no son
substantivos, sino que actúan a causa del inmanente poder espiritual o quintaesencia (principio
activo), siendo la causa de mucho misticismo. Como un teorizante, él cree en
que los organismos vivos descienden de un Urschleim, o fango
primordial, y Baas le considera como anticipándose a Darwin al considerar que
el fuerte dominaba al débil, del que hacia su presa; un hecho,
desgraciadamente, en el rango de algún mendigo o lacayo. Su comparación de la
apoplejía con el efecto de un rayo y su concepto de la atrofia como una
desecación de los tejidos demuestra su desprecio por la Anatomía. Pero ninguna
de todas estas cosas basta para dar idea de la preponderancia que Paracelso ha
ejercido en su época por su propia personalidad. En un tiempo en que la herejía
significaba frecuentemente la pérdida de la vida, él no malgastó su tiempo en
destruir mariposas volantes, sino que atacó directamente muchas importantes
supersticiones, arriesgando su cuello con toda la temeridad de un atrevido
reformador. La importancia concedida a su nombre puede resumirse en las líneas
de la comedia de Shakespeare que le ponen en parangón con Galeno[351].
Paracelso era grande en comparación con su propio tiempo; no puede parecemos
especialmente grande en relación con nuestro propio tiempo, en parte a causa de
que, lo mismo que Galeno, Arnaldo de Vilanova y otras personalidades de los
tiempos pasados, sus obras están abrumadas y sobrecargadas con muchas materias
inútiles o falsas y no pueden ser interpretadas correctamente más que a la luz
de las modernas investigaciones.
El más
acabado estudio que se ha hecho hasta la fecha de Paracelso y de sus escritos
es el del profesor Karl Sudhoff (1894-99).
Las
principales obras de Paracelso son el tratado de las heridas abiertas (1528),
su Chirurgia magna (1536), el manual en que recomienda la
administración del mercurio en la sífilis (Francfort, 1553)» el tratado De
gradibus (Basilea, 1568), que contiene la mayoría de sus innovaciones
de química terapéutica, su monografía de las enfermedades de los mineros (Von
der Bergsucht, Dilingen, 1567) y su opúsculo de los baños minerales
(Basilea, 1576), en el que recomienda las aguas de Gastein (Castyn), Töpplitz,
Göppingen y Plombières (Blumbers). El tratado de las
enfermedades de los mineros es el resultado de sus observaciones en las minas
de Fugger, en el Tirol, y da en él una descripción de la tisis de los mineros y
de los efectos de los gases sofocantes, siendo, en conjunto, una de las pocas
contribuciones de aquella época a la medicina clínica. Ha conocido la parálisis
y los trastornos del lenguaje consecutivos a los traumatismos de la cabeza[352]. En su
capítulo De generadme stultorum[353],
Paracelso es el primero en señalar la coincidencia del cretinismo con el bocio
endémico, un descubrimiento basado también en observaciones originales llevadas
a cabo en la región de Salzburgo.
Además
del número extraordinariamente grande de sifiliógrafos: Leonicenus (1497),
Lacumarcino (1524-31)[354],
Fracastorius (1530), Niccolo Massa (1532), Fernelius (1538), Falopio (1564) y
Luisinus (1566), el Renacimiento posee una abundante literatura en la que se
describen acabadamente gran número de enfermedades. Así, pertenece a ella la
descripción original del tifus por Fracastorius (1546), del sudor miliar por
Caius (1552), de la varicela por Ingrassias (1553), del tabardillo (tifus
español y mejicano) por Francisco Bravo (1570), de la tos ferina (quinta) por
Guillermo Baillon o Ballonius (1578), de la clorosis (morbus virgineus) en
las epístolas de Johann Lange (1554) y del síndrome «vértigo de las montanas»,
por el viajero jesuita José de Acosta (1590). Jerónimo Mercuriali (1530-1606)
escribe el primer tratado sistemático de las enfermedades de la piel (1572), un
famoso tratado ilustrado de gimnasia médica (1573) y una de las más antiguas
obras de enfermedades de los niños (1583). Uno de los primeros tratados de
enfermedades simuladas (De lis qui morborum simulant
deprehensis), por Giambattista Silvático, se ha publicado en Milán en
1591. El tratado de Pediatría de Sebastianus Austrius (1540) merece ser
mencionado, así como también la obra de Próspero Alpino de Medicina egipcia
(1591) y un tratado único de pronóstico médico (1601) del mismo autor. El The
Regiment of Life (1546), de Thomas Phayre (1510?-60), una versión en
letra negra del Regimen sanitatis, contiene la primer
contribución inglesa a la Pediatría (The Boke of Children). Charles
Singer[355] hace
notar que se encuentra algún comienzo de medicina tropical en la descripción de
Oviedo del pian, o botón de Guinea, como «bubas», posteriormente identificado,
en 1558, por André Thevet, como «no siendo otra cosa que las viruelas, con
intenso y fuerte poder sobre todos los europeos, especialmente sobre los
franceses». Oviedo y Thevet han mencionado también la pulga de la arena (Pulex
penetrans). Singer llama la atención acerca del primer libro de
medicina tropical, de George Wateson, titulado The Cures of the
Diseased in Remote Regions (Londres, 1598). El objeto de la obra se
encuentra indicado en el siguiente índice versificado de materias:
La
ardiente fiebre, la cálida calentura;
El
doloroso tabardillo pestilente;
Las
erupciones picadoras,
que tiene
que soportar pacientemente el hombre;
Cameras
de sangre, violentos flujos;
La
erisipela, que hincha a los enfermos;
El
tinoso, que nosotros llamamos escorbuto:
Todo será
fielmente descripto, y curado todo.
Todavía
un largo período después de Paracelso la Química continuó siendo Alquimia, y en
el siglo inmediato comenzó a sumergirse dentro de la fantástica pseudo-ciencia
de los rosacruzados. El gran patrono de la Alquimia en el
siglo XVI fue el emperador Rudolfo II de Alemania (1576 a 1612), que consagró
gran parte de su fortuna y la totalidad de su vida al problema del oro potable,
de la piedra filosofal y del elixir de larga vida.
En las
espaciosas y obscuras habitaciones de su palacio, el Hradschin de Praga, vivió
en perpetua relación con los alquimistas, los espiritualistas, los astrólogos
judiciales, los dotados con la doble vista y otros discípulos de la ciencia psíquica,
y no hubo recompensa que creyese bastante grande para premiar a aquellos
aventureros, aunque fuesen mal reputados, cuya principal ocupación era halagar
a este fantástico monarca de obscuros rincones en el alma. El
crédulo Rudolfo era constantemente la presa de todo género de bribones
imprudentes y de prácticos listos, sobre los cuales, sin embargo, solía
reaccionar rápidamente decretando su prisión o su muerte, si dejaban de cumplir
lo prometido[356]. A su
corte acudieron el sabio erudito de Cambridge John Dee, un solemne embaucador,
y su ayudante, Edward Kelley, un impostor, listo e ingenioso en hacer proyecciones de
los metales viles en oro, y, mirando al reflejo de una piedra brillante, ahora
en el Museo Británico, producir una especie de auto-hipnotismo, hoy bien
conocido como escritura automática, en cuya maniobra Kelley actuaba
de médium o de persona dotada de la doble vista. Ambos fueron
pródigamente recompensados. Dee escapó a Inglaterra en el momento crítico;
Kelley permaneció y llegó a ser un propietario de tierras y eques
auratus de la corte de Bohemia, pero acabó perdiendo la vida, en
castigo de sus embrollos e imposturas. A la Gold Alley (calle
del Oro) de Praga, la calle de los charlatanes de Praga, llegaron también
Michael Sendivogius, el conde Marco Bragadino, Gossenhauer y
Cornelius Drebbel, el hombre de las eternas proposiciones; fue también por
motivo de la Alquimia por lo que Rudolfo llevó a su corte, a la vez, a Tycho
Brahe y a Kepler, con positiva ventaja de la futura ciencia astronómica. Los
principales médicos de Rudolfo, Croto von Kraftheim, Oswald Croll, Guarinonius,
Michael Maier y otros fundaron la Academia Rudolfina de Medicina, de la que se
convocó una reunión extraordinaria con el fin de oír a Andreas Libau (Libavius) leer
su ensayo sobre el aurum potabile. Este Libavius (1546-1616),
médico y profesor en Coburgo, hizo dar realmente un paso hacia adelante a la
Química con su Alchymia (Francfort, 1595), que se considera
generalmente como el primer tratado sistemático de la ciencia. Tenía, dice
Bolton, un suntuoso laboratorio, provisto, no sólo de todos los requisitos
necesarios para la experimentación química, sino también de todos los medios de
entretener a los huéspedes visitantes, incluso algunos refinamientos, como
baños, corredores cubiertos para poder hacer ejercicio en los días inclementes,
y bien provistos cuartos para beber». Él descubrió el cloruro de estaño,
analizó por medio de la balanza las aguas minerales (1597)» escribió una
farmacopea de la ciudad (1606) y fue uno de los primeros en recomendar la
transfusión de la sangre (1615). Su Alchymia se divide en dos
partes: la primera se ocupa de las operaciones químicas del laboratorio,
incluyendo los instrumentos y hornillos; la segunda parte contiene exactas y
sistemáticas descripciones de las substancias químicas. De esta segunda parte
se consagran no menos de 80 páginas a la piedra filosofal.
Un típico
discípulo de Paracelso era el aventurero y tramposo alquimista Leonhard
Thurnheysser zum Thurn (1531-95), de Basilea, que comenzó como aprendiz de
platero, se casó a los diez y seis años, y muy pronto se encontró metido en una
falsa manera de fabricar oro (vendiendo estaño con un baño de oro), a
consecuencia de lo cual tuvo que huir de la ciudad y emprender en lo sucesivo
una vida errante y aventurera. Viajó por todas partes, llegó a ser inspector de
minas en el Tirol en 1558, y después de haber curado a la viuda del elector de
Brandemburgo de una enfermedad desesperada, fue nombrado médico de la misma en
1578. En Berlín hizo una gran fortuna como prestamista y usurero y con la venta
de calendarios, horóscopos y remedios secretos, que él era capaz de hacer en un
laboratorio privado y en una imprenta, a la que unía un taller para la
fundición de los tipos. Un pleito escandaloso con su tercera mujer le redujo a
la calidad de pordiosero, y vino a morir obscurecido en un monasterio de
Colonia. Sus obras, llenas de místicas patrañas, carecen de valor, a pesar de
lo mucho que se he hablado de su descubrimiento de que las aguas minerales
dejan algún residuo por la evaporación.
Muchos de
los médicos de este período eran también matemáticos y autores de algunas de
las más antiguas aritméticas prácticas (algoritmos), como, por ejemplo, las de
Joh. Widman (1488), G. Valla (1501), Amoldo de Vilanova (1501), J. Fernelius
(1528), Gemma Frisius (1520), Robert Recordé (1542) y M. Neander (1555)[357]. De todo
este grupo, la figura más pintoresca es la de Hieronymo Cardano (1501-76), cuya
vida errante aparece llena de extrañas aventuras. Graduado en la Universidad de
Padua, él ha practicado la Medicina y ha sido profesor de Matemáticas en Milán,
y después profesor de Medicina sucesivamente en Pavía y en Bolonia. Cardano es
notable por sus tratados de Aritmética (1539) y de Algebra (Ars Magna, 1545),
que contiene sus famosas resoluciones de las ecuaciones cúbicas, la mayoría de
las cuales proceden, sin embargo, de Tartaglia. Aunque arrojado del Colegio de
Médicos de Milán a causa de sus hijos ilegítimos, ganó alguna fama por la
curación del hijo del senador milanés Sfondrato y por sus consejos médicos al
asmático arzobispo Hamilton de St. Andrew. Por lo demás, él era únicamente un
astrólogo médico y empírico. Su mejor obra es su Historia Natural (De
subtilitate rerum, 1550) que muestra notables puntos de vista respecto de los
fenómenos biológicos y que es evolucionista en sus tendencias. Contiene un método
para enseñar a los ciegos a leer y a escribir por medio del sentido del tacto
(quo modo cœcus scribere doceri potest), que no resulta muy diferente de la
moderna invención de Braille[358] [1829-36].
Cardano también vio la posibilidad de enseñar a los mudos por medio de signos.
Su Metoscopia (1658) va acompañada de 800 grabados de caras humanas, con
astrología fisiognomóstica, fundada en la idea de que los surcos de la frente
están influenciados por los siete cuerpos celestiales, y que su horóscopo puede
ser deducido de aquellos datos. La idea de Cardano de enseñar a los mudos fue
ya emitida por Pedro Ponce de León (1520-84), un fraile benedictino de Sahagún
(España), que ha sido el primero, según sus propias palabras, que ha enseñado a
los mudos «a hablar, leer, escribir, contar, rezar, ayudar a misa, conocer la
Doctrina Cristiana y confesarse en alta voz». Sus obras a propósito de este
asunto se han perdido; pero su sistema se ha conservado en el tratado de Juan
Pablo Bonet (1620).
Después
de la época de Mundinus han aparecido una serie de tratados de Anatomía que
contienen los primeros toscos intentos de representación gráfica de las partes
disecadas. Hay también los que llevan el nombre de incunabula gráficas de
Anatomía, que han sido hechos en todas las ilustraciones publicadas en el
período pre-vesálico. Son los siguientes:
1. Las
25 ediciones de Mundinus, impresas entre 1478 y 1580, incluyendo las de Ketham.
2. El Fasciculus
medicinae (Venecia, 1491), de Johannes de Ketham, una serie de
escritos de uroscopia, venasección, cirugía, etc., que han tenido
posteriormente otras seis ediciones; a saber: 1493, 1495, 1500, 1513, 1522,
1522 (traducción italiana); todas conteniendo al final la Anatomía de Mundinus.
3. El
esqueleto de Richard Helain, impreso en Nürenberg en 1493.
4. Una
ilustración de los músculos abdominales, en la edición de 1496 del Conciliator
differentiarum, de Peter de Abano.
5. El Philosophiae
nata ralis compendium (Leipzig, 1499), del profesor de Derecho, de
Leipzig, Johannes Peyligk (1474-1592?).
6. El Antropologium (Leipzig,
1501), del profesor de Leipzig, Magnus Hundt (1449_1519)
7.La
Margaritaphilosophica, de Gregor Reisch (1503-1504),
conteniendo una representación de las vísceras torácicas y abdominales y la más
antigua representación esquemática de los ojos, que Sudhoff ha descubierto en
un dibujo a pluma de un Codex de Leipzig de la centuria
anterior.
8. Las
láminas anatómicas fugitivas (Fliegende Blatter) de Johan Schott, de Maguncia
(1517); Christian Wechel, de París (1536); Heinrich Vogtherr, de Estrasburgo
(1539), y otros.
9. El Spiegl
der Artzny, de Laurentius Phryesen (Fríes, Friesen) [1519].
10. Los
comentarios a Mundinus de Giacomo Berengario da Carpí y su Isago gae
breves (Bona, 1514).
11. La Anatomiaeparsprior (Marburgo,
1536), de Johann Eichmann o Dryander (muerto en 1560).
Está
perfectamente demostrado, por las muy concienzudas investigaciones de Karl
Sudhoff[359], que
ninguna de estas antiguas ilustraciones anatómicas estaba basada en una
original observación de disección, sino que eran, en su mayor parte, puramente
tradicionales, copias serviles de bosquejos de los manuscritos de pasados
tiempos, con algún que otro ligero retoque de añadido acá y allá. El Codex 3.714,
del siglo IX, de Breslau, y el manuscrito del siglo XII, de Copenhague, nos dan
la tradicional representación del feto en el útero como se ve posteriormente
reproducido en Moschion. Los grabados en madera de los Fasciculus, de
Ketham, representan un círculo de 21 frascos de orina, que Sudhoff ha
descubierto en un manuscrito de 1400; escenas del cuarto del enfermo y de
disección, con grupos de estilo veneciano, con los trajes propios de la época,
y una notable serie de figuras características, con la indicación de los puntos
más importantes de enfermedad o de traumatismo, y de los más apropiados para la
aplicación del tratamiento, es decir, los llamados hombres del Zodiaco
(Tierkreiszeichenmann), en los que los esquemas de las vísceras están
comúnmente sobrecargados con los signos zodiacales; los hombres de la
sangría (Aderlassmann), cuyo cuerpo aparece tatuado con las señales
indicando, bajo los signos del Zodíaco, los mejores puntos para realizar la
sangría; el hombre planetario (Ptanetenmann) de la Europa
Occidental, en el cual aparecían, en lugar de los signos del Zodíaco, los
planetas o sus símbolos; el hombre enfermo (Krankheitsmann), adornado
con los nombres de las enfermedades y con vagas indicaciones de su localización
en el cuerpo; el hombre herido (Wundenmann), cuyo cuerpo
aparece completamente maltratado y agujereado con piedras, flechas, lanzas y
espadas, con puntos de incisión o de lesión, demostrando dónde podían ser
buscadas las arterias para su ligadura, y la mujer embarazada (grávida), dando
una torpe representación diagramática de la posición del feto en el útero.
Estas extrañas pinturas didácticas han sido todas interpretadas por Sudhoff
como puntos de vista, de carácter lo más estacionario posible, de la
inteligencia medieval, dándonos un rudo indicio de la labor de aquélla en
relación con las tres grandes ramas de la medicina interna, la Cirugía y la
Obstetricia[360]. Pueden
todas localizarse, según Sudhoff, en los manuscritos de los siglos anteriores,
por ejemplo, el hombre de la sangría de 1432, en la Biblioteca de Munich, o las
figuras de un manuscrito provenzal del siglo XIII en Basilea. Era costumbre de
los dibujantes medievales dar una serie de cinco figuras esquemáticas (Fünfbilderserie), representando
los sistemas óseo, nervioso, muscular, venoso y arterial, a las que solía
añadirse alguna vez la figura de la mujer embarazada o una representación de
los órganos de la generación en ambos sexos, y estas series han sido
encontradas por Sudhoff en manuscritos alemanes de los conventos de Prüfening
(1154) y Scheyern (1250), en un manuscrito provenzal del siglo XIII en Basilea,
y hasta en manuscritos persas de la oficina de la India, en Londres, y de la
Biblioteca Bodleiana, en Oxford. Los dibujos de estos manuscritos han sido II,
sencillamente interpretados como toscos esquemas mnemotécnicos, destinados a
refrescar la memoria de los estudiantes, y hasta aprovechables, tal vez, en la
enseñanza popular. Algunos son nada más que diagramas, como, por ejemplo, los
dibujos de los manuscritos del esquema ocular, descubierto por Sudhoff[361], o los
sencillos intentos de agrupar y localizar las funciones del cerebro[362]; el
esquema árabe, de Constantinopla, del cruzamiento de los nervios ópticos[363], que
recuerda un pañoplegaria oriental, o el esquema del siglo XIII, del útero y sus
anejos, que tiene el mismo aspecto[364] y
que se encuentra en la Biblioteca Bodleiana (Ashmole, manuscrito 399). En
la Grábida, de Ketham, de 1491, las partes del cuerpo son
roturadas, según los tiempos anteriores, y lo propio ocurre en el esqueleto de
Richard Helain, de 1493, un buen ejemplo de las láminas anatómicas volantes que
se usaban como adornos en las barberías y casas de baños de los siglos XV y
XVI. Este esqueleto ha sido copiado por Grüninger, en 1497, y por Johann
Schott, en 1517. Como ejemplo de la anatomía pre-berengeriana destacan los
grabados de Peyligk y Hunt en algunos de sus detalles, como en un esquema
apizarrado del niño. Los dibujos de Peyligk han sido descubiertos por Sudhoff
en una serie de figuras de 18 manuscritos en la Biblioteca Real de Berlín y
Erfurt, que eran utilizadas por Henri de Mondeville para ilustrar sus lecciones
de Anatomía de Montpellier hacia 1304. Phryesen tiene grabados, mucho mejor
ejecutados, de las vísceras, que han sido atribuidos por Blumenbach a Johann
Waechtlin, y también se encuentran en el Feldtbuch, de
Gersdoff (1517), que son, sin embargo, también extraordinariamente parecidos a
los toscos grabados de la Margarita philosophica, de Reich
(1504). Los grabados marginales del cerebro y de la lengua son excelentes, y
cinco de los grabados del cerebro se encuentran reproducidos en la Anatomía,
de Dryander (1536). El Concitiator, de Peter Albano (1496),
contiene el primer ejemplo de Muskelmann, o sea una figura muy
larga exhibiendo sus músculos disecados. En las obras de Berengario de Carpí,
donde se ven por primera vez los dibujos tomados del natural reemplazando los
tradicionales esquemas, esta figura está como representada como sosteniendo los
músculos separados para la inspección, y el mismo motivo, presenta
la figura écorché, o desollada, en Vesalio. Berengario presenta un
esqueleto tolerable, que sospechosamente es como los de Helain, Grüninger y
Schott, y su grabado de la mujer embarazada, en posición inclinada, se
convierte posteriormente en el tema de múltiples variaciones en Stephanus y
otros, hasta llegar a la época de las hermosas y realistas pinturas al óleo de
Gautier d’Agoty. Estas esforzadas tentativas de representación, por raras y
curiosas que sean, quedan en su mayoría relegadas a la obscuridad, al lado de
los cartones, écorchés y dibujos al clarión de los grandes
artistas de la época: Lúea Signorelli, Miguel Angel, Rafael, Verocchio y su
discípulo Leonardo de Vinci. Pero, como ha demostrado Edward C. Streeter[365], la
Anatomía había adelantado mucho entre los pintores y artistas florentinos aun
antes de la época de Verocchio.
El
temperamento florentino de la catorceava centuria era científico a
medias. Los pintores antiguos, después de Giotto, aspiraban, como
todos los primitivos, al realismo y a la representación del
movimiento, pasando de las figuras planas de los mosaicos italo-bizantinos a
las figuras verisímiles y a la representación del movimiento en el mundo de las
tres dimensiones. Así, aquellos artistas terminaron estudiando afanosamente la
Geometría, la perspectiva y la ciencia de las proporciones corporales. La
ciudad misma era un «verdadero paraíso de pequeños comerciantes y estudiantes»,
que escribían «obras sólidas de aritmética mercantil». Todas las grandes obras
de perspectiva y de proporciones humanas, con excepción de A. Durero, vienen de
Florencia. Respecto del realismo en la pintura, el ayudante y amigo íntimo de
Giotto, Stefano, llamado el scimmia delta natura, llegó a
tener tal fama, que los sangradores recibían la recomendación de permanecer
delante de sus figuras para aprender bien las ramificaciones de las venas.
Probablemente por este interés que mostraban por la disección llegaron los
pintores a formar una subsección del florentino «Gremio de Médicos y
Boticarios», y Masaccio figuraba primero como un boticario (1421), y después
como un pintor (1423). En la farmacia compraban los pintores sus colores, y de
este modo se mantenían en constante contacto con los médicos en las funciones
de su gremio. De este modo, la disección, para la que los estatutos de 1387 de
la Universidad florentina daba explícitas direcciones, se convirtió en un deseo
ambicioso para los artistas, que bien pronto pudieron asistir a las sesiones
privadas de disección con sus amigos doctores, y hasta adquirir por su propia
cuenta el derecho a hacer alguna preparación anatómica. Leonardo da Vinci, dice
Streeter, es sencillamente el resultado final de esta investigación en busca
del verdadero realismo. Leonardo desciende de Andrea del Castagno (1390-1457),
a través de Domenico Veneziano, Alesso Baldonnetti (1427-99) y de Andrea
Verocchio (1435-88). Castagno, que disecaba en Santa María Nuova, era designado
con el nombre del Donatello de la pintura a causa de su habilidad en la
representación de los detalles de miología. Desde este punto de vista él ha
influido en Pollajuolo, que estudiaba la musculatura disecando en el
cadáver. La anatomía del corazón del miserable, en Padua, por el
escultor Donatello, es un documento en bronce del interés concedido a la
disección. Pollajuolo, Castagno, Mantegna y Leonardo; según una irónica
expresión de Ruskin, «corrompían sus obras con la ciencia del sepulcro. Desde
el punto de vista textual, la continuidad entre Mundinus y Leonardo se realiza,
en parte, por los anatómicos Gabriele Zerbi (1468-1505), de Verona, profesor de
Padua, que escribe un tratado de Anatomía (1502), el primero en que se
describen los órganos en sistemas y en que se describen los músculos del
estómago y los puntos lagrimales; Alessandro Benedetti (1460-1525), su sucesor
en Padua, fundador del anfiteatro anatómico de esta Universidad (1490) y autor
de una Anatomía (1497); Alessandro Acuillini (1463-1512), de Bolonia, que
descubrió el malleus, incus, el laberinto y la válvula íleo-cecal; Berengario
da Calpi (1470-1530) y Marco Antonio della Torre (1481-1512), profesor en Padua
y en Pavía, que, según Vasari, colaboró con Leonardo en su tratado de Anatomía.
Dibujos demostrando el influjo de la tradición en las antiguas ilustraciones
anatómicas (con permiso del profesor Karl Sudhoff, de la Universidad de
Leipzig). A. Esqueleto del manuscrito persa, num. 2.296. India
Office, Londres. B. Esqueleto a la aguada del Codex,
manuscrito de Dresde 310 (A. D. 1323). C. Sistema arterial de
un manuscrito del siglo XIV en la Biblioteca del Príncipe de Lobkowicz
(Rautinitz, Bohemia). D. Sistema venoso. Del manuscrito persa
num. 2.296, India Office, Londres. Roth llama la atención acerca del carácter
tradicional de las ilustraciones anatómicas en el período prevesálico; pero el
completo estudio y desarrollo del asunto es obra del profesor Sudhoff.
Dibujos demostrando el influjo de la tradición en las primitivas
ilustraciones anatómicas (con permiso del profesor Karl Sudhoff, de la
Universidad de Leipzig). E. Sistema nervioso, del manuscrito
persa n.° 2.296. India Office, Londres. F. Esquema del sistema
nervioso, de un manuscrito de 1152, descubierto por sir Víctor Horsley en la
Biblioteca Bodleian, Oxford. G. Sistema nervioso, de un
manuscrito del siglo XIV en la Biblioteca del Príncipe de Lobkowicz (Raudnitsc,
Bohemia. H. Sistema arterial de una mujer embarazada, del
manuscrito persa núm. 2.296, India Office, Londres. I. Grávida,
de una miniatura, pintada hacia 1400 en el manuscrito Codex, núm. 1.122, de
Leipzig. Comparando G con la F de dos siglos
antes se nota la monótona similitud de estas figuras a lo rana, comunes también
en los manuscritos aztecas, thibetanos, persas, provenzales y otros manuscritos
anatómicos de la época.
Leonardo
da Vinci (1452-1519), el más grande artista y hombre de ciencia del
renacimiento italiano, ha sido el fundador de la iconografía y de la anatomía
fisiológica, por sus dibujos al clarión (1512), que habían pasado ignorados más
de doscientos años, cuando fueron descubiertos por William (1784) y Blumenbach
(1788). En los últimos años del pasado siglo todos los dibujos conocidos de
Leonardo han sido primorosa y adecuadamente reproducidos, especialmente por la
Biblioteca Real de Windsor, la Biblioteca Ambrosiana de Milán y por el
Instituto de Francia[366].
Extraordinariamente
modernos en su exactitud y expresión de los conocimientos fisiológicos, estos
improvisados bosquejos, hechos al lado de la parte disecada, revelan un
conocimiento tal de la anatomía muscular como no se encuentra más que entre los
escultores griegos, y justifican plenamente la afirmación de William Hunter de
que su autor era «el más grande de los anatómicos de su época». Leonardo, como
sus predecesores, pensaba que un conocimiento científico de la anatomía
artística—algo diferente del conocimiento intuitivo de los escultores griegos
de la figura desnuda en reposo y en movimiento—únicamente podía lograrse en la
mesa de disección. El conocía, muy posiblemente, la anatomía galénica, y hasta
la de Guy y de Mundinus; pero de su obra actual, él mismo ha sido su propio y
mejor maestro. Ha hecho unos 750 esquemas separados, incluyendo no sólo los
referentes a los músculos, sino también los dibujos del corazón, de los
pulmones, de los vasos sanguíneos cervicales, torácicos, abdominales y femorales,
y de los huesos y nervios, con sagaces y hábiles disecciones de las vísceras y
secciones en cruz del cerebro en diferentes planos. Son notables sus estudios
de los huesos, del cráneo, de la columna vertebral, de las válvulas y vasos del
corazón; sus vaciados de los ventrículos cerebrales; sus probables inyecciones
de los vasos sanguíneos y sus estudios de los músculos antagonistas en modelos
de cinta. Algunas de sus observaciones sobre el origen e inserción de los
músculos son demasiado minuciosas, a causa de no haber tenido una nomenclatura
segura para guiarle; él ha tenido que confiar en sus propias deducciones de lo
que había visto, lo que constituía en algunos casos un gran adelanto sobre el
servil galenismo. Las notas marginales que Leonardo ha inscrito en sus escritos
originales, acaso por el temor de que algún otro se apropiase sus ideas,
revelan el espíritu suspicaz y precavido de aquella época[367].
Entre las
obras anatómicas del período prevesaliano tenemos que incluir también el
tratado de Alberto Durero de las proporciones humanas (De simmetria,
Nürenberg, 1532), que era, en último término, la primera aplicación de la
antropometría a la estética, y cuyo interés, desde el punto de vista técnico,
consiste en el hecho de contener los primeros ensayos de representación de las
sombras y penumbras en los grabados en madera por medio de las rayas cruzadas.
Al paso
que los grandes artistas del Renacimiento podían estudiar la anatomía externa,
la disección con propósitos didácticos seguía estando dificultada por la idea
teológica de la santidad del cuerpo humano y de la resurrección del mismo. Por
otra parte, además de que podía obtenerse muy poco material anatómico en las
poblaciones dispersas y de poco crecimiento, las gentes todas eran muy
contrarias a la disección de los cadáveres de amigos y de parientes. La
Anatomía de las escuelas seguía siendo siempre la Anatomía de Galeno. Hasta qué
punto había progresado la enseñanza puede deducirse del lindo grabado de la
página-título del Mellerstädt Mundinus (1493), en el que el instructor escolar,
con birrete y larga toga, con un puntero en la mano, expone gravemente a Galeno
desde su silla-púlpito, a la vez que, más abajo, el barbero-sirviente[368], de pelo
largo, hace un desesperado esfuerzo para demostrar las vísceras de un sujeto
colocado delante de él. El Fausto que estaba destinado a libertar este asunto
de las tramas que le sujetaban y a sostener la doctrina del visum et
repertum ha sido Andrés Vesalio[369] [1514-64],
la figura más eminente de la medicina europea después de Galeno y antes de
Harvey. Han existido disectores y disecciones antes de Vesalio; pero él solo ha
sido el que ha convertido a la Anatomía en lo que es todavía: en una ciencia
viva y activa. Esto ha sido la consecuencia de su fuerte y atractiva
personalidad, que ha sabido hacer una disección, no sólo viable, sino también
respetable. Su vida es una de las más románticas que registra la historia de la
Medicina. Nacido en Flandes, pero de origen alemán, discípulo del ardiente y
fanático galenista Jacobus Sylvius, Vesalio, en su tesis de grado, rechaza por
primera vez las tendencias convencionales de los glosistas y comentadores; pero
su inteligencia era demasiado activa y su espíritu harto penetrante e
independiente para alimentarse únicamente con el polvo de los tiempos pasados,
y esto le hizo adquirir muy pronto una reputación de conocer de primera mano la
anatomía del cuerpo disecado; y hasta de haberse educado él mismo en el difícil
arte, tan esencial para el cirujano y el ginecólogo, de reconocer las
estructuras palpables por medio de un educado sentido del tacto. Cinco años de
experiencia, como público prosector en Padua, en los que él había enseñado a
los estudiantes a disecar y a inspeccionar las partes in situ,
culminaron en la magnífica De fabrica humani corporis (1543),
una obra que señala un momento trascendental en la Historia, rompiendo con el
pasado y lanzando por encima de la borda toda la tradición galénica. El efecto
de la publicación de una obra tan radical en una época tan supersticiosa y tan
tirada hacia atrás fue inmediato y evidente. Silvio, su propio maestro, se
volvió contra su brillante discípulo; Columbus, un hombre de una discutible
honradez, pretendió lanzar el descrédito y el ridículo sobre él con prácticas
astutas. Otros se sentían inclinados a «condenarle con débiles aplausos», o
reuniéndose en una conspiración de silencio, y, en último término, él se veía
sujeto a una persecución subterránea emprendida a instancias de las
autoridades. Estas cosas no dejaron de producir algún efecto en Vesalio. Su
retrato nos sugiere la idea de un hombre valeroso, atezado, velludo, de
temperamento sanguíneo, como alguno de los héroes de Lucas Cranach; un hombre
dispuesto a no regatearse y a no aprovecharse de las circunstancias hasta que
sus contradictores no le comprobasen en público, pero de ningún modo dispuesto
a desempeñar el papel de mártir.
Michael Servetus (1569-53)
La
reimpresión, muy rara también, de Nürenberg ha sido publicada en 1790.
La
extraordinaria capacidad de Vesalio debe ser apreciada no sólo en el
establecimiento de las normas anatómicas para la descripción y demostración de
los huesos y de los músculos, en su acabada descripción de algunas partes, como
el ojo, el oído, los senos accesorios de las fosas nasales, la glándula
pituitaria[373] y
la cavidad pelviana, sino también, y sobre todo, en su clara visión de la
Anatomía en conjunto. Sus ideas han sido defendidas por su discípulo Falopio, y
combatidas no sólo por Sylvius y Colombus, sino también por un anatómico de la
misma categoría que él mismo, Bartolommeo Eustachi (1524-74), llamado
Eustaquio. Este, siendo profesor del Collegio della Sapienza, en Roma, en 1551,
completó sus Tabulae anatomicae, una serie de láminas
soberbias, dibujadas por él mismo, y que permanecieron sin publicarse a la
Biblioteca Pontificia por espacio de ciento sesenta y dos años. Por último, el
papa Clemente XI presentó las placas grabadas a su médico Lancisi, quien, por
consejo de Morgagni, las publicó, acompañándolas de sus propias notas en 1714.
Son éstas las primeras láminas anatómicas en cobre. La ejecución de estas
láminas es seca y dura; pero, en cambio, poseen un dibujo más seguro que las
láminas de Vesalio. Eustaquio descubrió la trompa de Eustaquio, el conducto
torácico, las cápsulas suprarrenales (1563)[374] y
el nervio motor ocular externo; descubrió el origen de los nervios ópticos, el
caracol, las venas pulmonares, los músculos del cuello y la nuca; dio la
primera descripción correcta del útero y escribió el mejor tratado de su época
acerca de la estructura de los dientes (Libellus de dentibus), ocupándose
de sus nervios y vasos sanguíneos. Aunque Eustaquio haya rehusado combatir el
galenismo, hay que reconocer que era un genial descubridor. Jacques Dubois
(1478-1555), llamado Sylvius, maestro de Vesalio, era, a despecho de su larga
serie de discípulos, un hombre rígido, avaricioso y beato, cuya devoción a
Caleño era de un grado tal, que llegó a decir de Vesalio que era un loco (vesanas); y
refiriéndose a los errores de Galeno, que «se les había modificado, pero no
para mejorarlos». Sylvio ha dado nombre a las yugulares, subclavias, renales,
poplíteas y otros vasos sanguíneos; ha dado igualmente nombres característicos,
que conservan en la actualidad, a muchos músculos, y su Isagoge (Venecia.
1536) es una de las primeras obras en que se hace mención del acueducto de
Silvio[375] (3)
y de las válvulas venosas.
Otro de
los contrarios de Vesalio ha sido Matteo Realdo Colombo (1516?-1559); llamado
Colombus, del que se ha hablado algunas veces como descubridor de la
circulación pulmonar; pero la obra en la cual se encuentra el resumen,
indudablemente excelente, de aquélla, su De re anatómica, se
ha publicado en 1559. Por lo menos seis años después de haber sido quemados
Miguel Servet y sus obras, y hay alguna evidencia interna que nos indica que
Colombo ha podido plagiar sus hechos de Servet, como ha ocurrido positivamente
en el caso de Vesalio y de Ingrassias (descubrimiento del estribo del oído).
Jacques Dubois (Sylvius) (1478-1555)
Colombo
comienza su obra con una página-título grabada, imitada de la de la Fábrica, y,
como Vesalio, termina con un capítulo de vivisección[376]. Al
realizar esta última ha tenido la habilidad de substituir los cerdos por los
perros; pero, aunque él profesaba horror a la vivisección humana, parece, en
cambio, ser insensible respecto de los sufrimientos de los seres caninos, que
constantemente nos está recordando, y él los mutilaba en ocasiones para
diversión de tal o cual personalidad elevada. Colombo pudo demostrar por la
vivisección que las venas pulmonares contenían sangre, y aun cuando seguía
defendiendo la antigua hipótesis del efecto refrescante de la respiración sobre
la sangre, creía que en los pulmones se volvía aquélla «espirituosa» por su
mezcla con el aire.
Gabriele
Fallopio (1523-62), o Fallopius, un leal discípulo de Vesalio, descubrió y
describió la cuerda del tímpano, los conductos semicirculares, los senos
esfenoidales, los ovarios (las trompas de Falopio), los ligamentos redondos,
los nervios trigémino, acústico y glosofaríngeo, y dio nombre a la vagina y a
la placenta. Ha sido, además, un versátil escritor de cirugía, sífilis, aguas
minerales y de otros asuntos. Lo mismo que Berengarius y Vesalio, él ha sido
falsamente acusado de haber hecho vivisecciones humanas en su ardor de
investigador[377]. Su
discípulo, Hieronymus Fabricius ab Aquapendente (1537 -1619), ha sido maestro
de Harvey en Padua y ha construido a sus propias expensas el anfiteatro
anatómico en el que posteriormente había de trabajar Morgagni. Sus estudios
sobre los efectos de las ligaduras y sobre las válvulas de las venas (notados
primeramente por Erasistrato, Estienne y Cannani influyeron en los experimentos
realizados por Harvey para demostrar la circulación de la sangre. Ha escrito
muchos e importantes tratados de Anatomía, Embriología (De formatu
faetu, 1600), de Fisiología y un Pentateuco quirúrgico (1592). Los nombres
de los anatómicos Constanzo Variolo (1543-75) o Varolus, médico del papa
Gregorio XIII; de Giulio Cesare Aranzio (1530-89), profesor en Bolonia, y de
Guido Guidi (muerto en 1569), llamado Vidius, el organizador de la Facultad de
Medicina del Colegio de Francia, han sido eponímicamente conservados en los
órganos por ellos descubiertos. Varolio, especialmente, hizo algunas
investigaciones capitales en el sistema nervioso, describiendo los pedúnculos
cerebrales, las comisuras y la protuberancia o puente de Varolio.
Gabriele Fallopio (1532-62)
Además de
los notables grabados en madera de la obra de Vesalio, Francia y España
suministraron dos excelentes ejemplos de ilustración anatómica en los folios de
Stephanus (París, 1545)[378] y
Juan Valverde de Hamusco (Roma, 1556)[379], Carlos
Estienne (?-1564), o Stephanus, un discípulo de Silvio en París y un notable
publicista de obras de Medicina durante el renacimiento, fue perseguido y
aprisionado por herejía, muriendo en la prisión. Estienne ha sido el primero en
mencionar las válvulas de las venas como «apófisis membranosas» (apophysis
membranorum), y su tratado contiene además la primera descripción de
la siringomielia[380].
La
Anatomía, de Thomas Vicary, publicada en 1577 y reimpresa por Furniwal, por la
Early English Text Society, en 1888[381], ha sido
demostrado por los trabajos del doctor J. F. Payne que es una transcripción de
un manuscrito del siglo XIV y que se basa en las Anatomías de Lanfranc, Guy y
Mondeville, siendo, por otra parte, valiosa como una representación de las
ideas del renacimiento en esta materia. El libro tiene un cierto interés
bibliográfico de carácter romántico, por el hecho de que una edición publicada
en 1548 ha sido en otros tiempos vista u oída por algunos, pero no se ha vuelto
a encontrar nunca.
Los
efectos de la obra de Vesalio en la Cirugía del Renacimiento se aprecian en la
vida y en los trabajos de Ambrosio Paré (1510-90), que hizo popular y accesible
a los cirujanos la Fábrica escribiendo en vernacular un
epítome de la misma. Rústico aprendiz de barbero cuando vino desde provincias a
París en 1529, y después ayudante de cirujano en el Hotel Dieu, Paré llegaba a
ser, ocho años más tarde, cirujano militar, y, lanzado inmediatamente dentro de
las batallas, pudo convertirse muy pronto, por su valor, su habilidad y su
sentido común, en el cirujano más grande de su época.
Ambrosio Paré (1510-90)
Rechazado
por el Colegio de San Cosme, y ridiculizado como un advenedizo a causa de que
escribía en su lengua nativa, él hizo su carrera en el frente del campo de
batalla.
Igualmente
que Vesalio y Paracelso, no ha vacilado en echar a un lado la ignorancia o la
superstición cuando las encontraba en su camino.
Sin
embargo, el más grande de los cirujanos militares era de tal modo querido por
sus compañeros, que una noche, cuando él había escapado de incógnito a Metz,
fue descubierto y llevado en triunfo a través de toda la ciudad; y Brantóme y
Sully recuerdan que ha sido el único protestante perdonado (por mandato real)
en la St. Bartolomy. Como personalidad, podemos considerar a Paré entre sus dos
equivalentes quirúrgicos: el rudo y áspero hablador Hunter y el refinado y
dueño de sí Lister, como un hombre igual en la casa, en los rigores de la vida
de campaña y en los resbaladizos salones de la Corte.
El más
importante de los servicios prestados por Paré a la Cirugía aparece relacionado
con los funestos efectos que producía el aforismo pseudo-hipocrático que «las
enfermedades no curables por el hierro se curan con el fuego» en el tratamiento
de las heridas por arma de fuego, el nuevo campo de actividad de la Cirugía del
Renacimiento.
Giovanni
di Vigo (1460-1520), médico del papa Julio II, había enseñado en su Práctica
(1514), y lo mismo que Brunschwig anteriormente, que aquellas heridas eran
quemaduras emponzoñadas, y que, por consiguiente, debían ser tratadas con una
primera cura de aceite hirviendo. Cómo se encontró Paré una noche en el campo
de batalla sin su provisión de aceite, y cómo se aprovechó de esta falta para
adquirir la experiencia de que se debía abandonar este método de tratamiento en
lo futuro, es una historia perfectamente conocida. Si él no hubiera tenido su
«grasa de perro pequeño», una grasa o pomada que seguía aplicando con una
especie de tenacidad o superstición, le hubiéramos podido considerar como un
verdadero defensor de la asepsia. Que esto es así, lo resume, como su opinión
acerca del poder curativo de la Naturaleza, su famosa frase copiada en la
inscripción de su estatua: Je le pansay, Dieu le guarit. Paré
ha inventado muchos nuevos instrumentos quirúrgicos; ha hecho de la amputación
lo que es actualmente, introduciendo las ligaduras, que habían caído en el
olvido desde los tiempos de Celso; ha sido el primero en popularizar el uso del
braguero en la hernia; acabó con la treta de los cirujanos ambulantes de
castrar a los enfermos en la operación de la herniotomía; introdujo el masaje,
los miembros artificiales, los ojos artificiales (de oro y de plata) y la
estafiloplastia, e hizo la primer desarticulación del codo (1536). Ha descrito
la fractura del cuello del fémur y la estranguria producida por la hipertrofia de
la próstata, y ha sido el primero en señalar la sífilis como causa de los
aneurismas. Como ha dicho el doctor Howard A. Kelly[382], es muy
probable también que haya sido el primero en indicar las moscas como posibles
transmisoras de las enfermedades infecciosas. En Obstetricia, su descripción y
modo de realizar la versión podálica ha hecho este procedimiento viable y
practicable, y ha tenido además el valor de provocar el parto artificial en los
casos de hemorragias uterinas. En Odontología ha introducido la implantación de
los dientes, y su pequeño tratado de jurisprudencia médica (1575) puede
considerarse como la primer obra de la materia, supuesto que es anterior
al Methodus testifícandi, de Qodronchi (1597).
Paré es
un escritor de verbosidad exagerada, algunas veces obscuro, y, como otras
celebridades médicas de su época, de espíritu no siempre libre de «la vanidad
de la autorreferencia que acompaña a las grandes y hasta a las pequeñas
reputaciones»[383]. Sus
múltiples referencias a Hipócrates y a otros autores de la antigüedad nos
inducen a suponer que, como Bartisch, él empleaba un secretario, o peón, en
embellecer sus escritos, supuesto que parece más inverisímil que esto que él
hubiera adquirido esta cultura en sus estudios actuales. Sus principales obras
son su tratado de las heridas por arma de fuego (1545)[384], su
ensayo de la versión podálica (1550)[385], su gran
tratado de Cirugía (1564) y su discurso de la momia y del unicornio (1582)[386]. Una
curiosa obra es su tratado cíe los monstruos terrestres y marítimos (1573),
embellecido con dibujos de la mayoría de las extrañas e hipotéticas criaturas
emanadas del cerebro de Aristóteles.
La Práctica
copiosa, de Vigo (1514), tuvo un éxito superior a toda ponderación, y
desproporcionado ciertamente a su mérito; alcanzó unas 52 ediciones e
innumerables traducciones, a causa de ser casi la única obra que se ocupaba,
antes de la época de Paré, de los dos grandes problemas de la Cirugía del
Renacimiento, de la sífilis epidémica y de las heridas por arma de fuego. La
campaña de Paré en favor de un suave tratamiento de las heridas de arma de
fuego fue muy hábilmente secundada por Bartolommeo Maggi (1516-52), de Bolonia,
quien pudo demostrar experimentalmente, en 1551, que tales heridas ni son
quemaduras ni están emponzoñadas., Otro libro escrito en esta misma tendencia
es An Excellent Treatise of Wounds made by Gonneshot (Londres,
1563), por el cirujano inglés Thomas Gale (1507-86?), otro de los defensores
del nuevo tratamiento de estas heridas. El anatómico Giacomo Berengario da
Carpí, que describe dos casos de escisión del útero por prolapso, una realizada
por él mismo (1517); la otra, por su padre y su sobrino[387]. Otros
dos cirujanos italianos dignos de ser mencionados son Mariano Santo di Barletta
(1490-1550), un napolitano que nos da el resumen completo de la «operación
mariana», o fitotomía media (1535)[388], y
Gasparo Tagliacozzi (1546-90), de Bolonia, que en 1597[389] hizo
revivir la operación de la rinoplastia, que había permanecido durante el siglo
XV en manos de una familia siciliana de cirujanos plásticos: los Brancas, de
Catania. Por esta innovación Tagliacozzi se vio rudamente injuriado por Paré y
por Falopio, y satirizado, durante la inmediata centuria, en el Hudibras, de
Butler, a la vez que los eclesiásticos de su tiempo (estamos informados de
ello) se veían obligados a considerar tales operaciones como intromisiones en
la obra del Creador. Los restos de Tagliacozzi fueron exhumados del convento en
que reposaban para ser enterrados de nuevo en un terreno no consagrado, y en
1788 la Facultad de París prohibía en absoluto las operaciones correctoras y
reparadoras de la cara. En este camino, la cirugía plástica cayó en descrédito
y en desuso hasta los tiempos de Dieffenbach. Del propio modo que los Brancas,
a quienes antes hemos aludido, había otros cirujanos errantes, como los
Norsini, que eran especialistas en la operación de la hernia y de la fitotomía,
y los Colots, operadores exclusivamente de los cálculos. Fuera de esta clase se
había desenvuelto el gran cirujano provenzal Pierre Franco (1553), un hugonote
que se había librado de la matanza de los Valdenses, en Suiza, y que hizo
todavía más que Paré por colocar las operaciones de la hernia, la piedra y la
catarata sobre una base definitiva y dignificada[390], y que
fue el primero en llevar a cabo la cistotomía suprapubiana (1556), Félix Würtz
(1518-75) era un discípulo de Paracelso en el tratamiento simple de las heridas
y un vigoroso adversario de la costumbre de poner en ellas «sedales y mechas,
bálsamos, aceites y pomadas». Su Práctica quirúrgica (.Práctica der
Wundartzney, Basilea, 1563), estaba, como el Traité des kermes,
de Franco (Lyon, 1561), escrita en vernacular, y es la fresca y franca obra de
un hijo de la Naturaleza. William Clowes (1540-1604) ha sido, probablemente, el
más grande de los cirujanos ingleses durante el reinado de Isabel. Tan
experimentado en medicina militar como en la naval, llegó a ser el cirujano
consultor del Hospital de St. Bartholomew en 1581; sirvió como cirujano naval
en la Armada en 1588, y fue más tarde médico de la reina: Sus obras comprenden
un tratado de las heridas por arma de fuego (Londres, 1591)[391], y son
consideradas por el doctor Norman Moore como «los mejores escritos quirúrgicos
de la época de la reina Isabel». Clowes puede ser como un satírico de ciertos
aspectos de la medicina de su época comparado con Gideon Harvey y Butler, en el
siglo XVII, o con Smollet en el XVIII. (El cirujano del ejército escocés Peter
Lowe fundó la Facultad de Médicos y Cirujanos de Glasgow (1599), y llevó a cabo
la primera traducción al inglés de las obras de Hipócrates (1599). Su Whole
Course of Chirurgerie (1597) mereció los honores de cuatro ediciones,
y contiene la primera referencia en inglés a la ligadura de las arterias en las
amputaciones. Hay que mencionar entre los cirujanos españoles del siglo XVI a
Francisco Arceo (1493-1571), que siguió a Vigo en el tratamiento de las heridas
y a Dionisio Daza Chacón (1510), que se opuso al mismo; pero sus obras
únicamente tienen un interés bibliográfico.
En el año
1500 Jacob Nufer, un castrador de cerdos, realizó con éxito la operación
cesárea en su propia mujer, ella vivió hasta los setenta y siete años, después
de haber tenido otro hijo más, y este adelanto en la ginecología operatoria fue
seguido de otras operaciones cesáreas, las de Bain (1540), Dirlewang (1549), y
así sucesivamente, hasta que encontramos que François Rousset enumera nada
menos que 15 casos afortunados en su L'Histerotomotokie (1580).
Otro castrador de cerdos realiza la doble ovariotomía en su propia hija, según
afirma Johan Weyer (1515-88), el gran holandés, contrario a la persecución de
los hechiceros, y que era, él mismo, un médico entendido y un arrojado
cirujano, capaz de tratar la amenorrea por la imperforación del himen por la incisión
de esta membrana.
El
aumento en el interés que inspiraban las enfermedades de la mujer durante el
Renacimiento puede verse en la colosal Gynaeciorum, o enciclopedia de
Ginecología, publicada por Caspar Wolf (1532-1601), de Zúrich, en 1566, que fue
ampliada posteriormente por Caspar Bauhin (1550-1624), de Basilea, en 1586.
Estas dos recopilaciones de lo mejor que se había escrito sobre la materia han
sido más tarde reimpresas en un volumen por Israel Spach, de Estrasburgo, en
1597. Los tratados enciclopédicos de Medicina escritos por varios autores, no
del todo diferentes de las obras «para la fecha de hoy», escritas con un plan
cooperativo en nuestra época, constituían uno de los rasgos característicos de
la Medicina del Renacimiento, y entre ellos deben mencionarse, además de las
enciclopedias de Ginecología de Basilea, el Medici Antiqui Omnes (1547), de
Aldine; el Medicae Artis Principes, de Stephanus (1567); la antología veneciana
de aguas minerales, De Balneis (1553); la colección Gesner de tratados de
Cirugía (Zúrich, 1555)[392], y la
Æconomía Hippocratis, una exégesis similar de Anutius Foesius (1558).)
El
impaciente e inquieto espíritu de la humanidad del Renacimiento, ansioso de
todo nuevo conocimiento, como un niño en la época del desarrollo, se demuestra
en la inmensa popularidad de algunas obras, como el Hortus sanitatis (1491),
con sus lindos grabados en madera, coloreados, de plantas y animales reales y
fantásticos. Estos libros con pinturas merecen ser mencionados por el hecho de
haber sido seguidos de un gran número de verdaderos tratados científicos de
Botánica y de los numerosos Bestiarios o libros de animales,
que describen y representan las criaturas actuales y mitológicas que pueden
haber existido o no desde los tiempos de Aristóteles y de Plinio.
De estos
últimos podemos mencionar el ilustrado tratado de los monstruos de Ambrosio
Paré (1573); la Historia animalitim (Zúrich, 1551-87), del naturalista suizo
Conrad Gesner (1516-65), llamado el Plinio alemán, y las varias publicaciones
de Ulisse Aldrovanti (1522-1605), de Bolonia. Estos rudos comienzos de la
ciencia zoológica—como dice Allbutt, «en gran parte, del género de Plinio»
—eran muy inferiores a las obras de los Padres alemanes de la Botánica. El más
antiguo de ellos, Otho Brunfels (1464-1534), de Maguncia, primero novicio de la
Cartuja, después luterano, graduado en Medicina a la edad de sesenta y cinco
años y nombrado médico urbano en Berna en 1533. Su Herbarían Vivae Icones
(Estrasburgo, 1530-36), que marca una época en la historia de las ilustraciones
botánicas, consiste en 135 cuidadosas representaciones de plantas, ejecutadas
por Hans Weydiz, el mejor grabador en madera de Estrasburgo en su época.
Brunfels preparó esta obra a sus propias expensas para hacer retoñar los pobres
grabados del Hortus sanitatis. En esta obra él no sigue una descripción
previamente planeada, sino que sigue sencillamente a Theophrastus, Dioscórides,
Plinio y a las otras autoridades de aquella época. Su Onomastikon (1543) es un
diccionario de simples.
En un
orden inmediato se encuentra el médico bávaro Leonhard Fuchs (1501-66), que,
habiéndose graduado en Ingolstädt en 1524, y después de muchas vicisitudes (él
fue también un adepto de Lutero), ocupó la cátedra de Medicina de Tubingia por
espacio de treinta y un años (1535-66), al paso que ocupaba sus ocios en
dibujar artísticas figuras de plantas, que posteriormente describía. Su De
Historia Stirpium (Basilea, 1542) contiene más de 500 láminas, superiores a las
de la obra de Brunfels que le ha inspirado, y dando a su vez origen a un gran
interés, que ha continuado, en 1544, por una nueva edición y, después de 1545,
por varias reimpresiones populares en tamaño reducido. En el fin que se
proponía era completamente utilitario: la obra de un práctico atareado, que
deseaba perfeccionar y afianzar el conocimiento actual de la materia médica
sobre y por encima del adelanto de la ciencia botánica. La descripción de las
plantas, o fitografía, daba su primer paso nuevo, desde los tiempos de
Teofrasto, con la obra de Hieronymus Bock (1498-15 54), llamado
Tragus, un pobre maestro de escuela y jardinero, nacido cerca de Heidelberg,
que pasó todos los trabajos y penalidades comunes a todos los que simpatizaban
con Lutero, y que, finalmente, murió como pastor de una pequeña iglesia protestante
en Hornbach. Tragus amaba las plantas por ellas mismas, y en su New
Kreutterbuch (1539) y en el Kreutterbuch de 1546, escribía, por consiguiente,
en estilo vernacular las descripciones espontáneas y de primera mano de lo que
había visto. Mucho más grande que Tragus era Valerius Cordus (1515-44), el
inspirado joven prusiano, cuya prematura muerte privó a la Ciencia de uno de
sus hombres más eminentes. Como hijo del médico-botánico Euricius Cordus, es
conocido en Medicina por su descubrimiento del éter sulfúrico (oleum dulce
vitrioli) en 1540; pero los botánicos le reverencian como al joven Marcellus de
su ciencia. Greene le caracteriza del modo siguiente: «el inventor de la
fitografía», y expone, además, que el campo de trabajo y la taxonomía de un botánico
moderno bien equipado en la actualidad se había dado «hace ya más de cuatro
siglos por muchacho alemán en sus años juveniles». Sus póstumos comentarios de
Dioscórides, editados con piadosa mano por Conrad Gesner (Estrasburgo, 1561),
no sólo describen unas 500 especies vegetales nuevas, cuya ansiosa y ardiente
investigación le costó, probablemente, la vida, sino que, además, se entretiene
en dar a las especies señaladas por Dioscórides nombres botánicos modernos. El
Dispensatorium, de Cordus (Nürenberg, 1535)i es interesante por ser la primera
verdadera farmacopea que se ha publicado[393]. Se ha
reimpreso más veces que ninguna otra obra de su género, habiendo tenido 35
ediciones y ocho traducciones. Había sido precedida por el veneciano Luminare
majus (1496) y el florentino Antidotarium (1498), y continuada por los tres
dispensatores de Basilea: de Leonhar Fuchs (1555), Anutius Foesius (1561) y J.
J. Wecker (1595), y también por las farmacopeas urbanas de Mantua (1559),
Amberes (1561), Augsburgo (1564), Colonia (1565) y Bérgamo (1580)[394].
Una
notable figura del Renacimiento es Conrad Gesner (1516-65), de Zúrich, al que
Cuvier designaba con el nombre de Plinio alemán, a causa de su igual capacidad
para la Botánica, la Zoología, la Bibliografía y la erudición general. Hijo de
un pobre peletero, y criado en una extrema pobreza en sus primeros años, llegó
a graduarse en Medicina en Basilea en 1541, y después de una vida errante, como
médico práctico, en muchas de las ciudades europeas, fue, por último, nombrado
profesor de Historia Natural en Zúrich en 1555, que ennobleció en 1564,
perdiendo su vida, víctima de la peste, al año siguiente. A despecho de su
lucha con la pobreza, con las enfermedades y con su vista defectuosa, era un
hombre de una laboriosidad extraordinaria. Su Bibliotheca Universalis, de la
cual se han publicado 20 volúmenes (1545-49), es el primer ejemplo de una buena
bibliografía antes de los tiempos de Haller, y es, por la intención, un
catálogo en latín, griego y hebreo de todos los escritores que habían vivido
anteriormente. Desgraciadamente, su parte médica no ha sido completada nunca.
La Historia plantarían (París, 1541), de Gesner, es un manual para estudiantes
de Botánica, dando los géneros en un orden alfabético; una especie de
diccionario botánico de bolsillo. Además, él ha editado y publicado las obras
de Valerius Cordus en 1561. Su Historia animalium, publicada en cuatro
volúmenes, en folio, en 1551-58, con el quinto volumen de reptiles en 1587, ha
sido traducida posteriormente al alemán como Thierbuch, y puede considerarse
como uno de los puntos de partida de la zoología moderna. Contiene unas 4.500
páginas, en folio, comprendiendo una recopilación de unos 250 autores, y está
ilustrada con cerca de 1.000 grabados en madera, habiendo Gesner seleccionado
los mejores de su época, incluso el rinoceronte de Alberto Durero. Su índice de
purgantes ha sido publicado por Froben en 1543[395]. Gesner
hizo, además, algunos curiosos ensayos en otro sentido, como el Mitriridates,
un resumen en 130 idiomas diferentes, con el Padrenuestro en 22 de ellos, y es
conocido como un entusiasta alpinista por sus epístolas sobre las ascensiones
montañesas y por su descripción del Monte Pilatos (1555). Ha sido el primero
que ha descrito el canario.
Caspar
Bauhin (1550-1624) era profesor de Anatomía, Botánica, Medicina y griego en
Basilea, y posteriormente médico de la ciudad y rector de la Universidad. Su
obra más célebre es la titulada Pinax (1596), un maravilloso índice que
comprende toda la literatura botánica hasta su tiempo y que ha sido más
estudiada y comentada por los botánicos que ninguna otra obra, con la excepción
de Dioscórides. Bauhin ha escrito también un Theatrum Botanicum, que ha dejado
incompleto (1658), y un catálogo de las plantas de los alrededores de Basilea.
Su Theatrum Anatomicum (1592) es un valioso resumen histórico, lo mismo que su
Anatómica Historia (1597). Contiene un interesante estudio del mito hebreo del
hueso «luz», en el que esta palabra aparece por vez primera citada en un
documento que no fuera un escrito rabínico.
Pierre
Belon (1517-64), o Bellonius, el autor de un valioso tratado de las plantas
coníferas (1553), publicado en 1555, de una monografía sobre los pájaros, en la
que compara los esqueletos de los pájaros en la misma postura y «hueso por
hueso hasta donde es posible». Ha sido el primero en emplear esas seriales
disposiciones de homologías, que habían de hacer más tarde famosos a Owen y a
Haeckel. De 1546 a 1549, Belon viajó por Egipto, Grecia y Oriente, estudiando
cuidadosamente la antigua y la moderna materia médica.
Al lado
de los Padres alemanes de la Botánica, todos los cuales han sido médicos,
debemos hacer mención de otra serie de hombres preeminentes, médico-botánicos
del Renacimiento, que contribuyeron mucho a hacer de la Botánica la ciencia que
es en la actualidad. De ellos, Jean de la Ruelle (1474-1537), o Ruellus, era
médico de Francisco I; pero más tarde fue canónigo y murió en un convento.
Ruellius era un distinguido botánico, que tuvo el valor de aceptar todas las
correcciones hechas a Plinio por Leonicenus; hizo la primera traducción latina
de Dioscórides, con unos buenos comentarios, y en su De Natura Stirpium (París,
1536) fue el primero en dar una descripción completa de cada planta, añadiendo
muchas especies nuevas y dando a cada planta su nombre popular en Francia;
nombres que había aprendido discutiendo en sus excursiones con los aldeanos y
los montañeses. Antonio Musa Bassavola (1500-55), de Ferrara, discípulo de
Leonicenus, describió más de 200 variedades de sífilis, practicó la
traqueotomía y escribió un libro sobre los purgantes (1555) y una ingeniosa
imaginaria conversación titulada Un examen de simples medicinales (Examen
omnium simplicium, Roma, 1536), en la cual son introducidas en la farmacopea
algunas drogas nuevas. Su genial idea, tan característica del Renacimiento, de
exponer un tratado de Botánica en forma dialogada, había sido ya utilizada por
Euricius Cordus (1486-1535), el padre de Valerius, en su Botanologicon
(Colonia, 1534), en el cual acusa severamente a los boticarios alemanes de su
época de rotular falsamente sus redomas y receptáculos con nombres antiguos
griegos, que no corresponden a su contenido. Pietro Andrea Mattioli (1501-77),
de Siena, llamado el Brunfels de Italia, escribió un comentario de Dioscórides
en vernacular (Venecia, 1544), obra extraordinariamente rara en la actualidad,
en la cual, como Brunfels, dibujaba las plantas, y, según Ruellius, daba una
descripción de cada una, añadiendo de 200 a 300 especies nuevas del sur de
Europa. Rembert Dodoens (1517-85), de Malinas (Bélgica), médico de Maximiliano
II y de Rodolfo II, era, como Gesner y Bauhin, un polihistoriador, notable
especialmente como botánico. Su Cruydboeck (Amberes, 1553), su tratado de
purgantes (1554) y otras obras han sido posteriormente reunidas en su Stirpium
Historiae (1583), un grueso tomo que contiene 1.341 ilustraciones, y que debe
ser considerado como el original del Herball, de Gerard (1597). En su póstumo
tratado de práctica (1616) da un buen estudio de la forma espasmódica del
ergotinismo.
Andrea
Cesalpino (1524-1603), profesor de Medicina en Pisa y médico del papa Clemente
VIII, ha sido considerado por los italianos como el descubridor de la
circulación antes que Harvey (1571-93), y ha sido por ello honrado con estatuas
y con un periódico médico que lleva su nombre. Cesalpino, en realidad, ha
querido apoderarse, de un modo puramente teórico, de la verdadera relación
entre la circulación general y la pulmonar; es decir, de que el corazón, en el
momento del sístole, envía sangre a la aorta y a la pulmonar, y que en el
diástole la recibe de las venas cavas y pulmonares. Pero sus ideas no estaban
sostenidas por ningún experimento convincente y eran más bien expuestas, con un
espíritu de controversia, como un argumento más en contra del galenismo. Por
esta razón no tuvieron influencia sobre sus contemporáneos, y aparecen tan
completamente disociadas de las demostraciones experimentales de Harvey como
una hipótesis de su verdadera y positiva prueba. Cesalpino era un ardiente
teólogo, y su panteísmo le ocasionó disgustos con la Iglesia, A pesar de su
rígido aristotelismo, era un hábil naturalista, enseñando en Pisa Botánica a la
vez que Medicina, y estaba encargado del jardín botánico que se había fundado
en aquella ciudad en 1543. Cesalpino ha sido llamado por Linneo el primer
sistemático verdadero en Botánica (primus verus systematicus). Él
coleccionó plantas de todos los puntos de Europa, que clasificaba por sus
frutos, ordenando una 1.520 especies en cinco clases, según su clasificación, y
en su gran obra De plantis (Florencia, 1583) nos enseña la
distinción entre la botánica sistemática y la aplicada o económica.
Giovanni
Battista della Porta (1536-1615), de Nápoles, que inventó la cámara obscura
(1588), describió los gemelos de teatro (1590) y fue, por consiguiente, uno de
los principales fundadores de la Óptica. Era, además, un adversario de la
hechicería, y en su De humana physiognomia (Sorrento, 1586),
un precursor de Lavater en el hecho de querer juzgar el carácter por los rasgos
y facciones; sin embargo, incurrió en el error de señalar rasgos animales
característicos a los individuales, que consideraba como animales particulares
(Jastrow). Él creía en la doctrina de los rasgos. En Botánica, Porta ha sido el
primero en agrupar las plantas, en su Phytognomonica (1583),
de acuerdo con su distribución geográfica. Fue, sin embargo, tachado de mago, y
la Academia de secretos, que había fundado en 1560, con aquellos propósitos,
fue suprimida por el papa Paulo III.
Pierre
Belon (1517-1564), o Bellonius, ha escrito un importante libro pequeño de las
plantas coníferas o resinosas (1553)[396], y el
Semplici (Venecia, 1561), de Luigi Anguillara, es una clasificación botánica.
Las contribuciones inglesas a la Botánica más antiguas son los Herbais de
Richard Banckes (1525), Peter Treveris (1529), Thomas Petyt (1541), William
Middeton (1546), William Turner, llamado el Padre de la Botánica inglesa
(1551), y del barbero-cirujano John Gerard (1597)[397]. Las
plantas medicinales del Nuevo Mundo han sido descritas por Oviedo y Valdés,
virrey de Méjico (1525), y por Nicolás Monardes, de Sevilla (1565). Un
Promptuaire rimado de simples medicinales por Thibault Lespleigney (1537) ha
sido reimpreso por Paul Dorveaux en 1899. A consecuencia de las investigaciones
de las propiedades ópticas de las lentes, de Leonardo da Vinci y de Francesco
Maurolyco, las lentes amplificadoras empezaron a usarse en el dibujo de los
objetos muy pequeños, en el Archetypa, de Georg Hoefnagel (Francfort, 1592),
para los líquenes, por Fabio Colonna (1606), y en el manuscrito de insectos de
Thomas Muffet (1589), publicado en 1634 (Singer).
Los
médicos son, como hace poco decíamos, todos de aquellos ejemplares del espíritu
inquieto del Renacimiento, y, en su género de inteligencia, parientes de los
grandes destructores de la rutina de este período, Vesalio, Paracelso y Paré.
Hay ahora otro grupo de médicos, cada uno de los cuales es notable por sus
adelantos en una línea aislada y original. De ellos Pierre Brissot (1478-1522)
se señala como un reformador en la práctica de la sangría. Hasta el tiempo de
Brissot los médicos habían aceptado la doctrina árabe de que la sangría debía
ser revulsiva, es decir, hecha a distancia de la lesión. En 1514, Brissot,
profesor de la Facultad de París, profundo lector de la medicina griega, dio
una nueva intepretación del método hipocrático original, de sangría
«derivativa», que consistió en recomendar el sangrar libremente en el mismo
lado de la lesión y cerca de ella, porque pensaba que de este modo la sangría
resultaría mucho más eficaz para remover los humores pecantes[398]. Esta
herejía provocó una tempestad, de la que resultó la condenación de Brissot por
un acta del Parlamento y un pronunciamiento de Carlos V declarando que las
doctrinas de aquél eran tan perniciosas como el luteranismo. Clemente VII y
Vesalio fueron arrastrados por la controversia, que tuvo una repentina
conclusión por el hecho de que un pariente de Carlos V murió a consecuencia de
una sangría hecha por el método árabe en un ataque de pleuresía, y los
atildados contrincantes de Hipócrates y Brissot quedaron haciendo el ridículo,
y, sin embargo, se siguió sangrando tranquilamente en cantidad hasta los
tiempos de Louis. Un inspirado patólogo ha sido el distinguido médico
florentino Antonio Benivieni (?-1502), además de un diestro cirujano y un hábil
divulgador de las secciones post-nortem; pero consideraba a
Galeno como la última palabra de la Medicina. En su obra póstuma, De
abditis causis morborum, publicada por la Casa de Giunta en 1507,
aparece como un fundador de la Patología antes de Morgagni. «Antes de Vesalio,
antes de Eustaquio, dice Albutt, abrió los cuerpos de los muertos con un
espíritu tan deliberado y claro como el de los patólogos de la época posterior,
como un Baillie, un Bright o un Addison», y Malgaigne ha definido su obra como
«el único libro de Patología que no debe nada a ningún otro».
Girolamo Fracastoro (1484-1553)
Pero, con
todo el respeto debido a tan altas autoridades, podemos poner en duda si una
obra tan pequeña como la de Benivieni (que consta sólo de 54 páginas) puede
soportar por completo la comparación con la amplia colección de hallazgos
patológicos y de descripciones de nuevas enfermedades que encierra el magistral
tratado de Morgagni. Para una obra de un trabajador como Benivieni, el tiempo
ha sido duramente áspero, y lo propio ha ocurrido con las especulaciones
teóricas del genio más original de Fracastorius. Girolamo Fracastoro
(1484-1553), un veronés de aspecto rechoncho, hirsuto de apariencia y de
espíritu jovial, que practicó en la región del Lago di Gardo y que era, a la
vez, médico, poeta, físico, geólogo, astrónomo y patólogo, participando con Leonardo
da Vinci el honor de ser el primer geólogo que ha visto los restos fósiles,
considerándolos en su verdadero aspecto (1530). Ha hecho también la primera
referencia científica de los polos magnéticos de la Tierra (1543). Su fama
médica ha quedado consagrada en el más celebrado de los poemas médicos, Syphilis
sive morbus Gallicus (Venecia, 15 30), que resume todos los
conocimientos contemporáneos de dietética y terapéutica de la enfermedad,
reconociéndola su origen venéreo y dándola el nombre que lleva en la
actualidad, y en su tratado De Contagione (1546), en el que
establece, con admirable claridad, la moderna teoría de la infección por los
microorganismos (seminaria contagionum)[399].
Nuestro
resumen de la Medicina del Renacimiento puede terminar con las obras de dos
caracteres originales que no fueron médicos. El veneciano Luigi Cornaro
(1467-1566), cuyo Trattato della vita sobria (Padua, 1558) es,
probablemente, el mejor libro de higiene privada y de «vida sencilla» que
existe; y The Metamorphosis of Ajax (1596), de sir John
Harington (1561-1612), el ingenioso y desgraciado ahijado de la reina Isabel,
que se desterró de la corte para escribir. Esta obra supone un importante e
indispensable adelanto en la ingeniería sanitaria; pero el modo como el autor
trata este tema es enteramente como el de Aristófanes, Rabelais o el del
epitafio de Záhdarm en Sartos Resartus, y el gárrulo, caprichoso
caballero antiguo, probablemente trajo su invención de algún origen oriental.
El
tratado de Cario Ruini de la anatomía y enfermedades del caballo y su
tratamiento (1598), atribuido por algunos a Leonardo da Vinci[400], suele
considerarse como la fundación de la moderna medicina veterinaria.
Es digno
de mención el hecho de que los primeros libros de Medicina que se han impreso
en el Nuevo Mundo, tales como la Opera Medicinada, de
Francisco Bravo (1570), o la Suma y recopilación de Cirugía, de
Alfonso López de Hinojosa (1595)» han sido en la ciudad de México.
Capítulo
XI
Aspectos cultural y social de la medicina del Renacimiento
La
invención de la imprenta y el renacimiento de la ciencia; el descubrimiento de
América y la extensión del tráfico y del comercio; la astronomía heliocéntrica
del médico Copérnico; el comienzo de la física y de la química modernas; la
lucha de masas y clases, que comenzó con la Carta Magna (1215), la Reforma
(1517) Y el incremento de la literatura vernacular: todo esto combinado
convierte al Renacimiento en un período de incesante fermento y actividad
intelectuales. Los eruditos griego-bizantinos, que se esparcieron por Italia
después de la conquista de Constantinopla, han sido descritos como «sembradores
de dientes de dragón», y si juzgamos de ellos por el efecto que produjeron en
la obra de Vesalio, de Paracelso y de Paré, tendremos que considerar a aquellos
humanistas como los precursores de la medicina moderna. Los tres grandes
nombres de la medicina del Renacimiento son experimentadores en el verdadero
sentido de la palabra; pero antes de que el sentido común médico pudiera estar
penetrado de las ventajas de la experimentación sobre los respectos
supersticiosos era necesario desembarazar el campo de los escombros acumulados
por el pasado, y esta tarea únicamente podía ser llevada a cabo por el estudio
penetrante y crítico de las autoridades médicas de la antigüedad. En las
diferentes Universidades, los cursos de instrucción médica y
los libros de texto empleados permanecieron siendo los mismos[401], Canon, de
Avicena; Ars parva, de Galeno; los aforismos de Hipócrates,
Dioscórides, etc.; pero se iban introduciendo gradualmente nuevos e importantes
rasgos, y la enseñanza de las Universidades del siglo XVI ofrecían un carácter
distintivo completamente propio. Bolonia, Padua y Pisa tienen las Facultades
médicas más populares, y después de ellas, París, Montpellier y Basilea; pero
el interés más amplio, desde el punto de vista de la cultura general, depende
de la fundación de las nuevas Universidades de Valencia (1501), Wittenberg
(1502), Santiago (1504), Toledo (1518), Marburgo (1527), Granada (1531),
Königsberg (1544), Jena (1558), Douai (Lille) [1561], Helmstädt (1575), Leyden
(1575), Altdorf (1580), Edimburgo (1582) y Dublín (1593). Cada una de estas
Universidades del Renacimiento era una pequeña democracia en la que los mismos
estudiantes elegían al rector, a los profesores y a los oficiales, y tenían
voto en la determinación de los planes de estudio. Como regla general, los
miembros de cada Facultad eran elegidos solamente por un año, y sólo podían
volver a ser nombrados o reelegidos para otro cargo diferente. Esta disposición
especial mantenía a los estudiantes y a los profesores en un perpetuo cambio de
una Universidad a otra; un profesor daba, algunas veces, un Gastspiel de
lecciones, con el fin de asegurarse una buena posición, y hasta los mismos
médicos de la ciudad emigraban de plaza en plaza después de haber cumplido sus
contratos. En el Fausto, de Goethe, Mefistófeles se presenta
él mismo la primera vez como un estudiante errante (fahrender
Scholastikus). Los caracteres de este género de canto rodado
constituían un rasgo de esta época. Muchos de estos escolares itinerantes eran
verdaderos vagabundos, tan pobres, que se veían obligados a aumentar sus medios
de subsistencia ejerciendo la mendicidad por los caminos, cantando en las
puertas como las murgas de Navidad, sirviendo de intermediarios en compras y
ventas, o, por su expediente favorito, hurtando todo cuanto podía caer en sus
manos. Las fiestas y bromas en los diferentes cuerpos de estudiantes eran más
groseras de lo que pudieran suponerse; la licencia era desenfrenada, y algunas
de aquéllas eran francamente endiabladas. Otros, en la extrema pobreza,
llevaban la abnegación de consagrarse al adelanto de la cultura y de la
Ciencia. La falta absoluta de periódicos médicos y un pesado costoso servicio
postal hacían necesario, aun para los mejores, el saqueo de la posta para
ponerse en contacto con las nuevas fases del conocimiento. Las principales innovaciones
de la enseñanza médica se observaron en las ramas de la Anatomía y de la
Botánica. Existía algún intento de lecciones clínicas y de secciones post-mortem, con
el fin de comprobar en lo posible los diagnósticos; pero éstas terminaron a
causa de los prejuicios populares. Las disecciones, sin
embargo, fueron siendo cada vez más frecuentes, y llegaron a ser consideradas
en cada caso como una función social y costosa, para lo que era necesario una
especial indulgencia pontificial. El cadáver era hecho, en primer término,
«respetable» por la lectura de un decreto oficial y estampado con el sello
especial de la Universidad. Una vez enviado al departamento anatómico, era
inmediatamente decapitado, en deferencia al universal prejuicio contra la
abertura de la cavidad craneal. La disección era seguida de algunos festejos,
como banda de música y hasta representaciones teatrales. Todo esto ocurría en
el tiempo en que se iban construyendo los grandes anfiteatros anatómicos, entre
los que eran notables los de Padua (1549), Montpellier (1551) y Basilea (1588).
En Inglaterra la necesidad de los estudios anatómicos condujo a la promulgación
de la ley de 1540 (32, Enrique VIII, cap. 42), autorizando a los barberos y
cirujanos a emplear cada año cuatro cadáveres de criminales ejecutados para
hacer anathomyes; una provisión que, aunque ampliada,
permaneció vigente en lo esencial hasta que se promulgó el acta de Anatomía en
1832. La extraordinaria escasez de material anatómico en todas partes creó una
especial ambición de todo maestro o práctico de tener un esqueleto de su
exclusiva propiedad. Esto, en su marcha natural, condujo a la idea germinal de
los espléndidos Museos anatómicos y patológicos de los tiempos más modernos,
desde el de Ruysch hasta los de Hunter y Dupuytren. La enseñanza botánica en
las Universidades era completada por medio de excursiones al campo, en
primavera y en otoño, a las cuales eran invitados los boticarios, y que eran
siempre seguidas de banquetes y de fiestas. La primera cátedra de «simples» (lectura
simplicium) fue fundada por Francesco Bonafede en la Universidad de
Padua en 1531, y hacia 1561 se la adicionó una ostensio
simplicium, o demostración de las plantas vivas. Muchas Universidades
tienen, además, jardines botánicos propios, siendo notables los de Pisa (1544)
y Padua (1545), de los que eran prefectos Anguillara y Próspero Alpini; Zúrich
(1560), Bolonia (1568), Leyden (1577), Leipzig (1579), Montpellier (1592) y
París (1597), que recibió desde 1635 el nombre de Jardín des plantes.
Estos fueron, además, el origen de las grandes colecciones privadas y de los
jardines del siglo XVIII. El sueldo de un profesor de Universidad en el siglo
XVI era variable, y decididamente menor en las regiones del Norte.
En
Alemania oscilaba alrededor de 40 libras (1.000 pesetas) hasta cuatro o cinco
veces más. Las fundaciones de Linacre en Oxford y Cambridge constaban de dos
cátedras, cada una con 60 libras cada año (1.500 pesetas), y una de 30 libras
(750 pesetas); pero Vesalio llegó a ganar 1.000 libras (25.000 pesetas) en
Pisa. Hacia el siglo Van esta suma tenía un valor equivalente a ocho veces el
de la moneda moderna[402]. Los
sueldos de los médicos de las ciudades y los honorarios privados eran
proporcionalmente pequeños. Power dice que el pago de cada visita, por término
medio, en la época de Isabel era de un marco. Los médicos urbanos de Alemania
tenían sueldos de 4, 25 libras (107,25 pesetas) a 43 libras (1.075 pesetas);
los médicos de la corte, de 35 libras (875 pesetas) a 939 libras (23.475
pesetas). Los médicos de Enrique VII, Enrique VIII y de la reina Isabel tenían,
por lo común, 200 libras (5.000 pesetas). En Alemania, una simple uroscopia
costaba unos tres centenes; uña simple visita, de 8 a 50 centenes, según la
fortuna del enfermo; una consulta, 2, 50 libras (62,50 pesetas) por cada
médico, o 1,25 (31,25) si era por carta. Johann May, el primero que enseñó Medicina
en Tubingia (1477), llevó 20 florines por la asistencia de un caso de Medicina[403]. La fase
más lucrativa de la práctica era el tratamiento de la sífilis, en la cual los
médicos hacían fácilmente pequeñas fortunas, aun en los tiempos de las memorias
de Casanova. Arrodillado ante la estatua de Carlos VIII en St. Denis, Thierry
de Hery decía a un sacerdote que le acompañaba: «Carlos VIII es un santo,
bastante bueno para mí; él me puso 30.000 francos en el bolsillo al llevar la
sífilis a Francia». Los cirujanos estaban bastante bien pagados: los honorarios
por el tratamiento de una fractura, por ejemplo, oscilaban alrededor de 10,50
libras (262,50 pesetas). Se dice que John of Ardeme cobraba 100 sueldos oro
(500 libras= 12.500 pesetas) por su operación de la fístula de ano. Los
boticarios eran los que salían mejor librados de todos, si se ha de juzgar por
una nota enviada a la reina Isabel que asciende a 216 libras (5.400 pesetas)
por un trimestre[404]. Los
frascos de las boticas alemanas, tales como los de la antigua Rathsapotheke, en
Hannover, estaban muy llenos de adornos.
La
práctica médica, durante el Renacimiento, estaba unida a la superstición, a la
leyenda de las hierbas y a la charlatanería. Petrarca ridiculiza a los doctores
de su época por su sumisión a los autores árabes, su predilección por la
uromancia y sus argucias y engañifas[405]. Poggio,
el humanista florentino, llevaba a la picota a la profesión en su Líber
facetiarum (1470)[406]. En las
representaciones gráficas de la época, el médico, ya con una larga toga, ya con
una corta pelliza ribeteada de pieles, era invariablemente representado
examinando un orinal. Comúnmente pensaba en Astrología, y seguía la doctrina de
los amuletos (Passauer Kunst) y la Lasstafelkunst,
o determinación del tiempo más apropiado para la sangría y las purgas según la
conjunción de los planetas. Hasta los médicos de la corte eran frecuentemente
«astrónomos reales», o inventores de almanaques de la buenaventura. El Ludicrum
Chiromanticum (1661), de Johann Praetorius, menciona unas 77
publicaciones de los siglos XVI y XVII que se consagraban exclusivamente a la
Quiromancia. Los discípulos de Paracelso creían en la «doctrina de las
signaturas», en virtud de la cual una droga se encuentra indicada en virtud de
alguna caprichosa semejanza con la enfermedad, como el trébol para las
enfermedades del corazón, el cardo para el dolor de costado, la cáscara de nuez
para las heridas de la cabeza, la grasa de oso para la calvicie, el topacio, la
celidonia amarilla o el azafrán de las Indias para la ictericia, los polvos de
momia para prolongar la vida, y así sucesivamente. Nosotros podemos juzgar
verdaderamente del extraordinario mérito de hombres como Vesalio, Leonicenus,
Linacre, Fracastorius y Benivieni si reflexionamos que ellos solos fueron los
que destruyeron el crédito de todas esas supersticiones. Y del mismo modo,
únicamente los cirujanos de primer orden, Paré, Gersdoff, Franco, Würtz,
Tagliacozzi, Clowes y Bartisch, fueron verdaderos cirujanos. La inclasificada
horda de operadores de cataratas, parteros, litotomizadores, operadores de
hernias y cirujanos de barraca eran comúnmente, según las palabras de William
Clowes, «no mejores que renegados y vagabundos..., desvergonzados en su
conducta, depravados en sus aficiones, torpes y brutos en sus juicios y en su
comprensión», de tan mala reputación positivamente que ha sido necesario dictar
leyes especiales para hacer respetable el estado de los cirujanos competentes,
especialmente el edicto de Carlos V en 1458, que ha sido renovado por Rodolfo
II en 1577[407]. El
cirujano-barbero que afeitaba a algún criminal condenado a muerte, o que curaba
las heridas de algún condenado a la tortura, era considerado como un criminal.
La charlatanería era extraordinaria en todas partes, y en el vigoroso lenguaje
del cirujano inglés que acabamos de citar se practicaba por «los caldereros,
sacamuelas, buhoneros, palafreneros, carreteros, porteros, castradores de
caballos, veterinarios, idiotas, escuderos, escoberos, celestinas, brujas,
hechiceros, aduladores, castradores de cerdos, picaros, cazadores de ratas,
vagabundos y procuradores». Otra clase de impostores eran los vagabundos de la
época, que, a despecho del estatuto de Enrique VIII contra los «bárbaros y
valerosos mendigos», engañaban la caridad de los hospitales, que en aquellos
tiempos servían de refugio temporal a todos los pobres. Robert Copland
(1508-47), el viejo impresor inglés, que era también poeta, ha escrito un
entretenido diálogo en verso en colaboración con el portero del Hospital de St.
Bartolomew, llamado The Hye Way to the Spyttel House (El
camino rápido para el hospital), que nos da mucha luz acerca del problema de la
asistencia pública y de los dispensarios en el siglo XVI[408].
Sin
embargo, el aspecto más malo de la práctica médica del Renacimiento era el que
se refiere a la Obstetricia. Conocemos poco de la obstetricia medieval; pero
podemos calcular el grado de su profunda degradación en lo que hace referencia
al Renacimiento. En un parto normal, la mujer podía tener la esperanza de
salvarse si no sucumbía víctima de la fiebre puerperal o de la eclampsia. En un
parto difícil, ella era casi siempre cruel y mortalmente destrozada si se veía
asistida por un Sairey Gamp de la época o por alguno de los vagabundos
«cirujanos». Como regla general, únicamente las comadronas asistían a las
mujeres durante el parto, y en 1580 se promulgaba una ley en Alemania
prohibiendo a los pastores y palafreneros intervenir en asuntos de obstetricia.
Las pinturas del Renacimiento demuestran que, como en la Edad Media, la alcoba
de la puérpera estaba llena de gente bullendo por todas partes y en todas
direcciones y dando la impresión general, como Baas muy acertadamente dice, de
«todo género de enredos femeninos». Los abusos obstétricos eran remediados en
algo por las Ordenanzas municipales para la guía de las comadronas, entre las
que son notables las de Rastibona (1555), Francfort sobre el Main (por Adam
Lonicerus, 1573) y Passau (1595).
En esta
época los niños eran criados, generalmente, por la lactancia natural; pero la
lactancia mercenaria, a la que eran contrarios Phayre (1546) y otros, fue
creciendo rápidamente, y la crianza infantil llegó a ser un positivo mal. Las
elevadas cifras de la mortalidad infantil eran debidas al mal estado de la
higiene pública, doméstica y privada, que se mantenía en el mismo mal estado
que durante la Edad Media. Las ciudades no tenían alcantarillado, y los
domicilios, con sus suelos llenos de polvo, y los charcos, tales como son
descritos por Erasmo, eran inmundos albañales propicios a todo género de
infección[409]. Fronde,
en el comienzo de su Historia de Inglaterra, afirma que el aumento de la
población era muy pequeño, casi estacionado, dependiendo de la gran mortalidad
infantil y del efecto de las guerras y epidemias sobre la población adulta.
Algunas
leyes criminales promulgadas por el obispo de Bamberg en 1507 y por el elector
de Brandeburgo en 1516 conducen a la formulación (en 1521 y 1529) de la
celebrada C. C. C. (Constitutio Criminalis Carolina), o Peinliche
Gerichtsordnung, de Carlos V, en 1533, que autorizaba al juez de un
tribunal para citar médicos o comadronas como peritos o testigos en los casos
médico-legales de homicidio, infanticidio, aborto criminal, mala conducta,
etc.; pero, por respeto a la superstición general, no se autorizaban los
exámenes post-mortem. La primera autopsia judicial en Francia
fue hecha por Ambrosio Paré en 1562[410], después
de cuya época se practicaron con mayor frecuencia. Se dictaron leyes especiales
respecto de la venta de los alimentos, de la adulteración de las drogas, de las
bebidas alcohólicas, de la limpieza de las calles, de los oficios, de la peste
y de otros aspectos de la higiene municipal; pero nada para aliviar la
situación de los locos, que estaban encadenados, eran apaleados, privados del
alimento y maltratados de otros modos, y frecuentemente expuestos a morir de
frío. En 1547 el monasterio de St. Mary de Bethlehem, de Londres (fundado en
1246), se convirtió en un hospital de locos, popularmente conocido por Bedlam,
y en pocos años había justificado por completo la fama que acompaña a su
nombre.
Un rasgo
especial de las legislaciones francesa e inglesa del Renacimiento es el mejorar
la situación de los barberos-cirujanos. En 1505 la Facultad de
Medicina de París admitió a los cirujanos-barberos bajo sus muros, a despecho
de lo cual, los verdaderos cirujanos, de los que estaba celosa, y pocos años
más tarde estos «cirujanos de toga larga» habían llegado a constituir una
Facultad aparte, decididos a hacer lo mejor de un mal convenio para seguir bajo
el dominio de los médicos. En Inglaterra, en 1462, los numerosos y prósperos
gremios de barberos eran la transformación de la Compañía de Barberos del
tiempo de Eduardo IV; los cirujanos obtuvieron una constitución especial en
1492, y en 1540, bajo Enrique VIII, esta Compañía de Barberos se había unido con
el pequeño y exclusivo gremio de los cirujanos para formar la Compañía Unida de
Barberos-cirujanos, teniendo por primer maestro a Thomas Vicary. Un notable
cuadro de Holbein el Joven representa a Enrique VIII, grande, rústico y
desdeñoso, en el acto de dar su estatuto a Vicary, acompañado de otros 14
cirujanos, arrodillados ante el monarca, que no se digna ni mirarlos. Este
cuadro, una de las mejores obras de Holbein, no sólo nos da un soberbio retrato
de Enrique VIII, sino que, además, es quizá la mejor representación que existe
de los trajes y del aspecto de los cirujanos del siglo XVI. Un cuadro de la
Biblioteca Hunteriana de Glasgow[411] representa
al doctor John Banister (1533-1610) leyendo la Visceral-Lecture en
la sala de barberos-cirujanos (Londres) en 1581. Un cadáver disecado expuesto
más allá del lector es una clara copia de Columbus; más lejos aparece el escudo
de armas de la Compañía Unida de Barberos-cirujanos, a la vez que el esqueleto
del último está sostenido y coronado con sus colores, comúnmente el rojo y
blanco de la insignia de los barberos.
El acta
inglesa de 1511 (3, Enrique VIH, cap. III) decreta que no se puede ejercer la
Medicina ni la Cirugía en Londres, ni en siete millas a la redonda, sin haber
sido primero examinado, aprobado y admitido por cuatro doctores en Medicina o
experimentados cirujanos, actuando bajo la presidencia del obispo de Londres o
el deán de San Pablo, al paso que más allá del recinto de las siete millas el
aspirante tendrá que ser aprobado, en condiciones semejantes, bajo el obispo de
la diócesis o el vicario general. El 23 de septiembre de 1518 Enrique VIII
organizó estas licenciaturas de los médicos en un colegio perpetuo de doctores
y hombres graves que autorizasen la práctica dentro del recinto de las siete
millas. Esta constitución ha sido confirmada por las actas de 1522 (14 y 15,
Enrique VIII) y 1553 (I, María, cap. 9), y la institución llegó a convertirse
en el Real Colegio de Médicos de Inglaterra. Los estatutos bilingües de este
colegio constituyen uno de los más importantes y más antiguos ejemplos de un Código
local de ética[412]. En
1542-43 se concedió que el gremio de cirujanos «atendiese a su propio lucro» y
desdeñase el asistir a los pobres. Las actas 34 y 35, de Enrique VIII, cap. 8,
fueron, dictadas permitiendo a las personas de los pueblos que tuviesen
conocimientos de la medicina herbaria y popular asistir a los indigentes. Esto
condujo a la formación de prácticos no calificados, análogos a los
Kurierfreiheit de la moderna Alemania.
De las
muchas enfermedades epidémicas que ha padecido Europa en la Edad Media, tres:
el sudor miliar, la lepra y la corea epidémica, han desaparecido casi por
completo hacia la mitad del siglo XVI. En Francia, Italia, España, Inglaterra,
Dinamarca y Suiza los leprosos habían sido de tal modo combatidos, que llegaron
a ser suprimidas las leproserías; pero la enfermedad continuó siendo epidémica
durante todo el siglo XVII en Alemania, Escocia y los Países Bajos, y en Suecia
y Noruega hasta el siglo XVIII. Las epidemias más formidables del siglo XVI
continuaban siendo la peste y la sífilis.
Entre los
años 1500-1568 los estragos causados por la peste fueron especialmente graves
en Alemania, Italia y Francia. Después de esta época apareció de un modo
intermitente en diferentes puntos en 1564, 1568, 1574 y 1591. Durante todo el
siglo XVI se han publicado numerosos trabajos sobre la peste, Pesischriften, de
los que los más importantes son aquellos documentos públicos en los que se
reconoce la naturaleza contagiosa de la enfermedad y se proponen diferentes
métodos de aislamiento y de desinfección. Wittemberg y algunas otras ciudades
conmemoraron los diferentes ataques sufridos de la peste acuñando monedas
especiales o medallas de la peste (Wittemberger Pesttaler). En
el anverso de estas monedas se representa, generalmente, la serpiente de fuego
de Moisés transformándose en bastón, con la inscripción: «Quien mire a la
serpiente, vivirá» (Libro de los Números, XXI, 8, 9); el
reverso representa a Cristo crucificado, con la inscripción: «El que crea en
mí, tendrá vida eterna» (San Juan, VI, 47). También existían
medallas de los cometas (1558) y medallas conmemorando los años de hambre. La
más notable de estas últimas es la que celebra la Annona, o
privilegio del papado limitando el precio del centeno. Medallas del hambre de
este género se han acuñado en favor de los papas Julio II (1505-8), Pío IV
(1560-75), Gregorio XIII (1576-91) y Clemente VIII (1599). Las medallas de la
peste, de Wittemberg, y el zenechion, o pasta arsenical, cosida
dentro de un trozo de piel de perro, eran llevadas sobre el corazón como un
amuleto contra la peste.
La
sífilis iba perdiendo el carácter maligno que había tenido en el siglo
anterior, siendo esto debido, indudablemente, al número de remedios realmente
eficaces que constituían un positivo adelanto sobre los diferentes cocimientos
vegetales que se habían empleado anteriormente. El mercurio había llegado a ser
el áncora de salvación, ya dado al interior, ya al exterior, aunque la opinión
aparecía bastante dividida respecto de su acción en este último caso.
Leonicenus, Montagnana y, en general, los escritores alemanes eran contrarios a
su empleo; Fracastorius y Benivieni dieron, en cambio, su autorizada opinión
favorable a su administración. Thierry de Hery, en su tratado de 1552[413] recomienda,
además del guayaco al interior, el mercurio en fumigación o en unturas,
preferiblemente esta última. El tratado de sífilis de Paré está tomado casi al
pie de la letra de la obra de Thierry de Hery. Un rasgo característico del
tratamiento antisifilítico de esta centuria ha sido la aplicación de nuevas
drogas traídas del hemisferio occidental. Como la Alquimia había introducido el
antimonio, el mercurio y el azúcar de saturno, así el descubrimiento de América
había traído consigo el uso del guayaco (iniciado en 1508-17), de la raíz
de China smilax (1525), empleada por Vesalio; de la
zarzaparrilla (1536) y del sasafrás. Una antigua lámina en cobre de 1570, según
Stradanus[414],
representa el interior del cuarto de un enfermo, con todos los grados de la
preparación de una infusión de guayaco, desde el triturar los trozos grandes
hasta el momento de administrárselo al enfermo sifilítico. La gonorrea empezó a
generalizarse hacia 1520, y un efecto notable de estas afecciones venéreas fue
la supresión de los baños comunes para cada sexo o para ambos sexos. En las
regiones alemanas estos establecimientos de baños constituían un rasgo especial
de la vida ciudadana, y, según la representación que de ellos han hecho
diferentes artistas del Renacimiento, eran de aspecto peculiar. Algunos de
ellos eran frecuentados indistintamente por hombres y mujeres a la vez, que
permanecían y se bañaban juntos en un gran estanque o aljibe común. Un grabado
en madera hecho por Durero en 1496 (Die Badstube) representa
un grupo de hombres desnudos en un baño público; algunos están tocando
instrumentos músicos; otros, conversando, y otros, por último, bebiendo vino.
Este motivo de beber el vino y de la diversión general era
frecuentemente utilizado por los maestros menores Hans Sebald Beham,
Aldegrever, Hans Baldung Grien, Hans Bock, cuyas pinturas demuestran la
mezcolanza de mujeres y hombres desnudos, con escenas de festines, aplicación
de ventosas y sangría en el baño. Un tema favorito de Lucas Cranach y Beham, el
llamado Jungbrunnen, o Fuente de la Juventud, que
representa un número de mujeres viejas decrépitas llevadas en una carretilla de
una rueda a un lado de un gran estanque-baño, en el que se suponía que se
rejuvenecían; en el otro lado son recogidas por un número de amables jóvenes,
que se apresuran a llevarse estas damas, vueltas a su juventud, desde la orilla
a las tiendas apropiadas. Estas atrevidas pinturas de los antiguos maestros
alemanes indudablemente tienen una indicación moral. Se ha podido ver pronto
que una reunión general de cuerpos vigorosos de hombres y mujeres, en trajes
demasiado naturales y en un baño común, podía conducir por último a una
relajación general de la moral, y aquellos baños acabaron por no ser
frecuentados por las personas decentes. Se dictaron leyes estableciendo la
separación entre los dos sexos; pero la aparición de la lepra, de la peste y de
la sífilis demostraron, por encima de todo, que la idea del baño general en un
estanque común era mala en sí misma, supuesto que podía convertirse muy
fácilmente en un medio de infección. En relación con el arte del Renacimiento,
hemos hecho ya mención del celebrado grabado en madera de Durero, representando
un sifilítico (1496)[415]; también
la pintura que él ha dirigido a su médico le representa desnudo, con la
leyenda: «Hay manchas amarillas, y mis dedos se afilan; luego yo estoy
enfermo»; el cartón de Rafael de San Pedro y el cojo (Museo de South
Kensington); la horrible procesión de leprosos de Orcagna en su Triunfo
de la muerte (Pisa); el cuadro de Santa Isabel asistiendo a los
leprosos, de Holbein el Viejo (Munich); la representación de la peste bubónica
de Matthias Grünewald (Colmar Gallery) [1515]) y A San Roque
de Francesco Carotto en la Galería de Verona (1528), demostrando el típico
bubón inguinal. El veneciano Pablo Veronés y Carpaccio pintaron muchos enanos
(Charcot). En la Galería de los Uffizi, de Florencia, hay un notable retrato de
Fernando I de España, pintado por Lucas van Leyden en 1524, en el cual el
artista nos presenta la característica facies de las
vegetaciones adenoideas, sin que aparentemente conociera la existencia de esta
condición en la persona representada. Hay también verdad en el retrato del
acromegálico gigante en el palacio Ambrás, en el Tirol (1553). El prognatismo
de los Habsburgo y de los Médicis, que en la actualidad se considera como un
defecto en la oclusión maxilar, aparece en diferentes retratos de esas
familias. El estrabismo divergente se observa en el retrato de Tommaso
Inghirarni por Rafael en el palacio Pitti (Florencia). El acto de tomar el
pulso se ve representado en un friso de Giovanni della Robbia en el Ospedale de
Ceppo en Pistoia. La Odontología se ve simbolizada en el fresco de G. Spagna de
su patrona Santa Apolonia (teniendo en un fórceps un diente extraído), en la
iglesia de San Giacomo, cerca de Spoleto (1526); un asunto que ha sido ya
ensayado en la encantadora pintura de Cario Dolci (1616-86), recientemente en
la Galería Corsini, de Roma. Los cuadros de mujeres por Holbein el Joven y
otros artistas del renacimiento alemán e italiano se revelan en la
representación de ideales completamente corpóreos, y particularmente en la
glorificación del embarazo, como el principal fin del género humano
(Holländer).
La
viruela y el sarampión comenzaron a aparecer en los países del Norte,
especialmente en Alemania (1493) Y Suecia (1578). En 1572 hay una epidemia de
envenenamiento por el plomo (llamada cólicapicionum) en el sur de Francia, que
se parecía al «cólico de Devonshire» del siglo XVIII, en la cual la causa
probable era el uso del plomo en las prensas del vino y de la sidra. El
escorbuto, que había aparecido en 1218, siendo descrito primeramente por
Jacques de Vitry y Joinville (1250), y, más tarde, en la narración del viaje de
Vasco de Gama (1498), llegó a convertirse en una enfermedad común a lo largo de
la costa norte de Alemania, de Holanda y de los países escandinavos, siendo
como tal descrito por Euricius Cordus (1534), George Agricola (1539) y otros
escritores. Ha sido también descrito por el poeta Camoens en el quinto canto de
Os Lusiadas (1558). Se dice que la fiebre amarilla había exterminado la
población de las islas Isabela, Santo Domingo, en 1493. El tifus era epidémico
en Italia en 1505 y 1524-30, y descrito por Fracastorius (1533)[416] y
por Francisco Bravo (1570)[417]. En
España, después del sitio de Granada (1489) volvió a presentarse entre las
tropas castellanas, recibiendo el nombre de tabardillo (la mancha roja). La
enfermedad de los aztecas (matlazahuatl, que Alejandro Humboldt describe como
ya conocida en Méjico en 1576[418], se ha
demostrado por Stamm, en 1861[419], ser una
enfermedad idéntica al tabardillo. La llamada enfermedad húngara (morbus
hungaricus), que se extendió por toda Europa en 1501, y en 1505-87 se observaba
frecuentemente de un modo epidémico en Italia y Francia, se considera ahora,
con toda probabilidad, también como tifus exantemático. Otra enfermedad, de
obscuros orígenes y caracteres, era una especie de neumotifus o pleurotifus,
que se observaba epidémicamente en Italia, Francia, Suiza, Holanda y Alemania
entre los años 1521-98. Una epidemia en un monasterio de Bergen, en el Danubio,
en 1527, ha sido descrita en las cartas de una monja, Sabina, hermana de
Willibald Pirckheimer[420]. La
difteria, que había sido ya citada por Schedel en 1492, aparecía seis veces
epidémicamente en España durante el período de 1581-1600, y en 1618 se había
extendido por Italia. Ha sido descrita con el nombre de garrotillo por
Gutiérrez[421],
Fontecha (1611), Villarreal (1611), Herrera (1615) y otros. En el Codex 11.548
de la Biblioteca Real de Viena (fol. 278 verso) se relata como una nueva
enfermedad (nawe Krannckheyf)[422]. La tos
ferina apareció primeramente en el siglo XVI, siendo descrita por vez primera
por Guillaume Baillon (Ballonius) en 1578. El ergotinismo seguía dominando en
su forma gangrenosa en España en 1581 y 1590, al paso que en Alemania aparecía
en forma espasmódica, precedida de los usuales dolores punzantes y sensaciones
de quemadura, aplicándosela el nombre de Kriebelkrankheil, y apareciendo
endémicamente en los años 1581, 1587, 1592 y 1595-96. En 1597 la Facultad de
Medicina de Marburgo publicó una información sobre esta afección, declarándola
causada por el consumo del pan fabricado con centeno con cornezuelo.
En el
siglo XVI el comercio de drogas orientales, la investigación de
Cassia,
de vástagos de sándalo y tiras de láudano, y vayas de áloes,
cayó en
manos de los navegantes portugueses.
La
historia de estas exploraciones se encuentra referida en el Pilgrimes, de
Purchas. Las Lusíadas, de Camoens, cuentan el viaje de Vasco de Gama dando la
vuelta al Cabo de Buena Esperanza para llegar a la India; lo que destruyó el
poder comercial de Venecia. Ormuz y Goa fueron tomadas por Alburquerque; se
obtuvieron puestos en Ceilán para la canela, en Sumatra para el jengibre y el
benjuí, en Banda y Amboina para la nuez moscada y el maíz, en las Molucas para
el clavo, en Cochinchina y China para el áloes y la pimienta; Malaca se había
convertido en una estación aduanera, y se habían establecido caravanas
comerciales para China, que era la fuente del alcanfor, de la canela, del
almizcle y de la raíz de China; el ruibarbo era obtenido de Persia. Las ganancias
de este comercio eran enormes. El valor de dos ducados de clavo de las Molucas
se transformaba en 1.680 ducados al llegar a Londres. Los españoles también
mantuvieron comunicaciones con las Molucas; pero su campo de acción fueron
Filipinas, Méjico y el Perú. Manila fue fundada en 1566. Oviedo y Monardes han
descrito las plantas de las Indias Occidentales y del Perú. La revolución de
los Países Bajos en tiempo de Felipe II (1568-1648) llevó a los holandeses el
comercio de las drogas; pero el período de su preponderancia fue el siglo XVII[423].
La
construcción de los hospitales ha alcanzado su perfección en el siglo XV, en el
que se consagraron los mayores cuidados técnicos a este género de obras, como
en el Hospital de Milán, que se abrió en 1445, pero que no estuvo completado
hasta 1456. Un cuadro de Andrea del Sarto, en Florencia, representa el interior
de un hospital de mujeres, probablemente para convalecientes. El hecho de que
se haya fundado un hospital para aislamiento y cuidados de los epilépticos en
el claustro de San Valentín, en Rufach (Alsacia del Norte), en 1486, parece
demostrar que esta enfermedad seguía siendo considerada como contagiosa, de
acuerdo con los antiguos versos pseudo-salernitanos (Sudhoff)[424]. Antes
de la Reforma había 77 hospitales sólo en Escocia; pero, después de aquella
época, los hospitales, en relación con las instituciones religiosas, comenzaron
a desaparecer en las regiones del Norte. También disminuyeron en número los
hospitales de San Lázaro, que iban cesando como tales leproserías. Tres famosas
instituciones inglesas de este período han sido: el Hospital de Santa María de
Bethlehem, que se ha convertido de monasterio en manicomio (Bedlam) en 1547;
Bridewell, antiguo palacio que se transformó en penitenciaría y casa de
corrección para vagabundos y mujeres perdidas, en 1553, y el Hospital de
Cristo, antiguamente monasterio de los frailes grises, que fue convertido por
privilegio, en 1553» en casa de caridad para niños huérfanos y llegó a
convertirse en el famoso colegio de los «muchachos del cuello azul», en el que
fueron educados Charles Lamb y Coleridge.
Capítulo
XII
El siglo XVII. La época de los descubrimientos científicos individuales
El siglo
XVII, la época de Shakespeare y Milton, de Velázquez y Rembrandt, de Bach y de
Purcell, de Cervantes y Molière, de Newton y Leibniz, de Bacon y Descartes, de
Spinoza y Locke, ha sido esencialmente un período de intenso individualismo,
intelectual y moral. La aparición de hombres como Miguel Servet y sir Thomas
More, Bruno y Dolet, Spinoza y Uriel Acosta, Galileo y Copérnico, concluye
siempre por hacer disminuir el dominio de la teología profesional, ya sea ésta
católica, protestante o judía. Los grandes filósofos de la época, Spinoza,
Bacón, Descartes y Locke, se ocuparon todos de las ciencias naturales, aunque
de distintas ramas de la misma, y la labor científica de los mismos médicos era
completamente individualista. Además, con la decadencia del colectivismo tenía
necesariamente que observarse una decadencia paralela de todas aquellas
instituciones que habían podido prosperar bajo aquel régimen, y especialmente
de la asistencia pública organizada, de los cuidados caritativos a los
enfermos, y de los hospitales, perfectamente dispuestos para estos fines.
En el
siglo XVII el pueblo alemán, diezmado y deshecho en llanto por los estragos de
la Guerra de los Treinta Años, pudo hacer poco en el campo de la Medicina, como
lamenta Baas, y las personalidades más elevadas de esta ciencia aparecieron en
Inglaterra, en Italia y en Holanda. La época de la Armada y de la gran rebelión
de 1642 ha sido el período más glorioso de la historia de Inglaterra, la edad
de «sus más grandes hijos, de boca de oro»; de Shakespeare y Milton y de la
gran serie de dramaturgos del período isabelino, de Bacón y Locke, Raleig y
Sidney, Vaughan y More, Herrick y Crashaw, Boyle y Wren. En esta edad han
florecido también los más grandes matemáticos y astrónomos: Newton y Wallis,
Halley y Flamsteed, Briggs y Napier. El mismo comienzo del siglo XVII (1600) es
digno de recuerdo por la aparición de una obra que puede, sin exageración,
decirse que ha hecho época en la historia de la Física, De Magnete[425], de
William Gilbert (1540-1603), que era médico de la reina Isabel y de Jacobo I, y
dejó sus libros e instrumentos al Real Colegio de Médicos, donde fueron
destruidos por el gran incendio de 1666.
El nombre
más ilustre de la medicina del siglo XVII es el de William Harvey (1578-1657),
de Folkestone, en Kent, que estudió en Padua (1599 a 1603) como discípulo de
Fabricius y de Casserius, y cuya obra ha ejercido una influencia más profunda
en la medicina moderna que la de ningún otro hombre, exceptuando Vesalio.
El mundo
ha «oído grandes argumentos» respecto del mérito y la esencia del De
motu corais; pero los sencillos hechos que vamos a exponer parecen
irrefutables.
William Harvey (1578-1657)
La
observación de que la sangre está en movimiento puede muy bien haberse ocurrido
a cualquier hombre primitivo que haya podido herir a un animal vivo, o ver
abrirse una arteria durante la vida. La idea de que este movimiento sea
realmente continuo o constante puede muy bien haber nacido en un antiguo griego
o egipcio, lo mismo que cualquier otra hipótesis puede haberse originado en
Moscow o en Iliria en los tiempos de Harvey. El falso concepto de Galeno acerca
de los poros del tabique interventricular llevó todas las especulaciones
durante el siglo XIV a través de un camino erróneo, y el mismo Servet, que
llegó cerca de la verdad, pudo únicamente admitir que parte de la sangre (no
toda) daba una vuelta a través de los pulmones. En el diseño que Vesalio había
hecho indicando la cercana proximidad de las ramas terminales de las venas y de
las arterias[426], la
verdad a propósito de la circulación había quedado literalmente clavada ante
todo observador que tuviese ojos para ver o ingenio para descubrir. Pero los
anatómicos continuaban viendo a la luz de las proposiciones de Galeno.
Cesalpino fue el único que tuvo una hábil conjetura. Columbus, a pesar de que
dijo que la sangre experimentaba cambios en los pulmones, parece que no hizo
más que apropiarse las ideas de Miguel Servet. Pero Harvey, que conocía toda la
historia y la literatura del asunto, hizo, en primer término, un cuidadoso
examen de las teorías existentes, demostrando su inverisimilitud, y después
procedió a la experimentación, vivisección, ligaduras e inyecciones, para
llegar a poder demostrar, de un modo inductivo, que la función del corazón, como
una bomba impulsiva muscular, es impeler la sangre a lo largo de los vasos, y
que el movimiento de la sangre es continuo y en un ciclo o círculo. Este ha
sido el punto de partida de la explicación puramente mecánica de los fenómenos
vitales. La crux de los argumentos de Harvey, de que la
cantidad y velocidad actuales de la sangre, calculadas por él, hace físicamente
imposible que ésta pueda hacer otra cosa que volver al corazón por los vasos
venosos, ha sido la primera aplicación de la idea de medida a una investigación
biológica, y si él hubiera escogido para exponer su descubrimiento el lenguaje
del Algebra (usando el símbolo de la inadecualidad), hubiera desde entonces
encontrado su lugar apropiado en la aplicación de la física matemática a la
Medicina. La importancia de la obra de Harvey, por consiguiente, no es tanto el
descubrimiento en sí de la circulación de la sangre como su demostración
cuantitativa o matemática. Con su descubrimiento la Fisiología se pudo
convertir en una ciencia dinámica.
Al
afirmar que el corazón es una máquina-bomba muscular, Harvey pudo dar crédito a
la doctrina «miogénica» de su autonomía (Galeno)j que, de todos modos, pronto
había de verse desplazada por la idea de Borelli de que la fuerza cardíaca
tenía un origen neurogénico. Los dos puntos de vista han seguido frente a
frente hasta la época actual. Al esforzarse en localizar el poder motor en el
músculo mismo, en sus intentos de explicar la función de la sangre y de los
pulmones, Harvey cayó dentro del habitual misticismo medieval.
El
brillante ensayo del difunto doctor John G. Curtis sobre las ideas de Harvey[427] nos
da una clara luz acerca de los errores cometidos por el gran fisiólogo al
filosofar. Aristóteles ha enseñado la doctrina de la supremacía del corazón,
que es el domicilio central de la vida y del alma, el foco de donde emana el
fuego generativo animal, una cosa diferente del fuego elemental, estéril, y que
del corazón se derivan la sangre y los vasos sanguíneos. Harvey traslada esta
supremacía a la sangre, de la cual el corazón es sólo un instrumento, una bomba
para ponerlo en movimiento. Ha basado sus puntos de vista en su observación de
que en la línea primitiva del embrión del pollo, la sangre existe aparentemente
antes del pulso, como «un punto que salta», que en el huevo frío se calienta
por la presión de los dedos, «renovando su primitiva danza como si volviese de
los infiernos». La fibrilación de aurícula en un corazón moribundo o en
descanso la tomó él, equivocadamente, por una prueba de que la sangre es la
última parte que muere en el cuerpo humano, sin embargo de haber sido el
primero que ha conseguido hacer revivir un corazón inmóvil por medio de la
adición de líquido (humedeciéndolo con saliva). El que el cuerpo es, en cierto
sentido, la expresión del alma; el que el alma del hombre es, según la frase de
Sherrington, la propia integración de todo su ser; el que «el alma no está en
el cuerpo, sino el cuerpo en el alma», no le era dado verlo; para el alma de
Aristóteles y de los antigos (φυχη), ánima) era un concepto vago, existiendo en
los tres géneros: el nutritivo, el sensorial y el intelectual. Siguiendo a su
maestro, y lo mismo que Descartes, Harvey quiso localizar el alma en alguna
parte, y así, hizo revivir la antigua opinión de Critias, de que «el alma está
en la sangre». El alma no está, como en Aristóteles, asociada con el calor
innato generativo, «análogo a los elementos de las estrellas», sino que la
sangre misma es «el calor innato u hogar psíquico primeramente nacido», al paso
que la circulación misma llega a ser análoga con el movimiento giratorio de los
cuerpos celestes. La causa del pulso ventricular del corazón es atribuida a la
distensión del ventrículo por medio de la contracción de la aurícula, pero la
distensión de la aurícula disminuye por la aristotélica ebullición de la sangre
caliente; y a pesar de que él conocía, como Galeno, el poder contráctil del
músculo, y que el escindido corazón vacío puede latir separado del cuerpo,
Harvey no logró explicarse la contracción simultánea de ambas aurículas. La
doctrina del corazón, como un mecanismo automático por contráctiles impulsos que
pasan desde la célula muscular a la célula muscular, es la obra de Gaskell y de
Engelmann. Finalmente, aunque Hipócrates ha pensado que algo derivado del aire
penetra en el corazón y se distribuye desde él por el cuerpo, y a pesar de que
Colombus infería que la sangre se cocía en los pulmones por la mezcla con el
aire inspirado, Harvey se sumó a la antigua doctrina de que la función
respiratoria tenía por objeto refrescar la sangre caliente. Finalmente, decía
que el feto no debía necesitar esta refrigeración, y, por último, resumía el
problema como «un enredado asunto». Así, Harvey, en sus especulaciones, estaba
más al lado de los filósofos (Aristóteles) que de los médicos (Galeno); pero
esto no puede restarle nada de su innegable mérito como investigador. Sus
puntos de vista, sin embargo, retrasaron durante largo tiempo el desarrollo de
la verdadera fisiología de la respiración.
El
descubrimiento de la circulación de la sangre en sí mismo era, en realidad, el
acontecimiento más notable de la historia de la Medicina desde los tiempos de
Galeno. Aunque era completamente opuesto a la pedantería de Riolano[428],
Gassendi, Wormius y otros, fue pronto considederado como tal por los espíritus
más capaces de la época, incluso Rolfink, Sylvius de la Boé, Bartholinus, Ent y
Pecquet. Jan de Wale (1604-49), o Walaeus, en particular, demostró que las
incisiones en el lado opuesto de una ligadura aplicada a un vaso sanguíneo
aislado causa la salida de la sangre de un modo fuerte, "impetuoso,
conforme con la dirección en que va la corriente; de esta manera suministraba
una prueba demostrativa del descubrimiento de Harvey, conforme con las leyes de
la hidrodinámica (1640)[429].
La
publicación del otro tratado de Harvey De generatione animalium (1561)
es importante en la historia de la Embriología y motivo de frecuentes disputas.
Algunos escritores han tratado de exagerar los méritos de Harvey por encima de
las justas reclamaciones de hombres como Malpighi y von Baer. De todas las
apreciaciones hechas, las de Huxley continúan siendo las más justas y las más
acertadas. En sus demostraciones de la circulación, Harvey no ha tenido más que
una laguna, a saber, las anastomosis capilares entre las arterias y venas, que,
no teniendo microscopio, no pudo descubrir. En sus investigaciones acerca del
embrión, su minuciosa y paciente obra de varios años ha sido empujada a
un impasse por la misma razón, porque los manuscritos que
contenían sus dibujos y otros resultados de su investigación fueron destruidos
por las tropas parlamentarias que invadieron su cámara en Whitehall en 1642.
Largo tiempo antes que Wolff y von Baer sostuvo él, como pura teoría, la
doctrina de la «epigénesis», de que el organismo no podía existir encajado o
preformado en el huevo, sino que se desenvuelve por la gradual formación y
agregación de sus partes. Ahora bien; a causa de su imposibilidad de ver
microscópicamente, su idea de la fecundación era errónea por completo, porque
él creía que la fertilización del huevo era algo «incorpóreo», «como el hierro
tocado por el imán es provisto del poder de éste». Con tal misticismo, la
famosa frase Omne vivum ex ovo[430] se
puso en contradicción consigo misma, supuesto que se negaba la continuidad del
plasma germinativo. Su verdadera importancia, en las manos de Harvey, era la de
que destruía el antiguo concepto de que la vida se engendraba de la corrupción
o putrefacción; una idea siempre familiar en el oficio de difuntos[431].
Además
del De motu cordis (Francfort, 1628)[432] y
del tratado de la generación (1651) debemos mencionar el facsímile reimpreso
del manuscrito «Notas para las Praelectiones anatomicae de la fundación
Lumieiana» (1616), que demuestran que Harvey había completado su descubrimiento
de la circulación de la sangre y que había estado estudiando doce años antes de
darlo a la imprenta.
Harvey,
tal como le describe Aubrey, era de corta estatura, con brillantes ojos negros
y cabellos negros también, como el ala del cuervo; de «complexión como el
artesonado», vivo, despierto, colérico, tocando frecuentemente con los dedos el
puño de su daga. La semejanza de su cabeza, finamente dibujada, con la de
Shakespeare es asunto de discusión. Como muchos experimentadores, era un
práctico indiferente. Sin embargo, él no vivía aislado y encerrado, sino
altamente honrado por los negocios mundanales de su época, como lo atestigua su
publicidad como lector en Lumleiam, sus largas relaciones con Carlos I, su
asistencia a la autopsia del «viejo Parr» o su clemente intervención en el
asunto de «los últimos hechiceros de Lancashire». Aunque no era un devoto de
las musas, era, en el más fino sentido, «un maestro de las otras armonías de la
prosa» (Dryden). El ha escrito, por ejemplo, la descripción impresionista de
las Bass Rock en una buena traducción inglesa. Es una pintura
hecha con la pluma, que muchos modernos prosistas hubieran
deseado firmar. Habiendo sobrevivido lo bastante para haber dominado la
oposición y haber visto aceptado su descubrimiento, Harvey se preparaba para
aproximarse a la muerte con la tranquila auto-posesión de su raza, llegando al
fin con toda sosegada resolución a la edad de setenta y nueve años. Aunque
nunca hizo ostentación de piedad, su testamento, con sus liberales donaciones a
los pobres de su ciudad natal, revela el ideal del caballero cristiano,
delicadamente solícito hacia todos sus íntimos, declarándose el más humilde
servidor de sir Charles Scarborough.
Aunque la
publicación por Harvey de su descubrimiento le produjo un descenso inmediato en
su práctica, sus efectos sobre la ciencia médica fueron tan definitivos y más
poderosos que los de la Fábrica. El siglo XVII ha sido la gran
época de las investigaciones anatómicas especializadas, a la vez que notable
por una larga serie de descubrimientos individuales y de investigaciones, casi
todas de gran importancia para la Fisiología. La más antigua de estas
conquistas de los anatómicos post-vesalianos ha sido la de poner en claro el
error galénico de que las venas y los linfáticos del intestino acarreaban el
quilo al hígado.
Este
error había sido destruido por el descubrimiento de los vasos quilíferos, en
1662[433], por
Gasparo Aselli (1581-1626), que pensaba que ellos iban al hígado, corrigiéndose
esta equivocación por el descubrimiento del conducto torácico y del receptáculo
del quilo por Jean Pecquet[434] [1622-74]
y de los linfáticos intestinales y de su conexión con el conducto torácico por
Olof Rudbeck[435] [1630-1702],
de Suecia, en 1651. Este último descubrimiento es disputado en su prioridad por
el danés Thomas Bartholinus (1616-80)[436], en
1653, y por Jolyff, un inglés que no publicó sus reclamaciones. Inmediatamente
vino el descubrimiento del conducto pancreático en la sala de disección de
Vesling, en Padua, por su prosector Georg Wirsung, en 1642[437], para
ser seguido, en orden cronológico, por los importantes descubrimientos ingleses
del antro de Higmore, en 1651[438]; de la
cápsula de Glisson, en 1654[439]; del
conducto de Wharton, en 1656[440]; del
hexágono de Willis, en 1664[441]; del
tratado de Richard Lower del corazón como músculo, en 1669[442]; del
descubrimiento de Clopton Havers de los conductos de Havers, en 1691[443], y de
las glándulas de Cowper, en 1694[444]. Italia
se distingue por el descubrimiento de las anastomosis capilares en los pulmones
por Malpighi, en 1661[445];
descubrimiento que viene a llenar la laguna existente en la obra de Harvey; por
la obra de Lorenzo Bellini acerca de la estructura de los riñones (1662)[446]; y por
la descripción de Antonio Pacchioni de las llamadas granulaciones de Pacchioni
(1697).[447] Alemania
es notable por el clásico tratado de las membranas nasales, de Conrad Víctor
Schneider De catarrhis, 1660); por la demostración, por Meibom, de las
glándulas de la conjuntiva (1666)[448]; por la
demostración, por Kerckring, de las válvulas conniventes intestinales (1670)[449], y por
el descubrimiento, por Brunner, de las glándulas del duodeno (1682)[450]; y
Holanda, por las innovaciones de Ruysch en las inyecciones anatómicas (1665) y
por sus múltiples descubrimientos; verbigracia: las válvulas de los linfáticos
(1665)[451]; por la
fiel descripción del ovario y del folículo ovárico, por De Graaf (1672)[452], y por
las glándulas y conductos de Nuck (1685)[453]. El
obispo Stensen (Nicholaus Steno) [1638-86], de Dinamarca, descubre el conducto
parotideo en 1662[454], y Johan
Conrad Peyer (1653-1712), de Suiza, describe los folículos linfáticos del
intestino delgado (1677)[455], que
desempeñan tan importante papel en la fiebre tifoidea. En Francia, José
Guichard Duverney (1648-1730), profesor de Anatomía de la Facultad de París,
realiza importantes investigaciones acerca de la estructura del oído interno,
que le inducen a escribir el primer tratado de Otología (1683); y Raymond
Vieussens (1641-1716), profesor de Montpellier, llevó a cabo importantes
estudios de la anatomía del sistema nervioso (Neurología universalis, 1685), de
la posición, estructura y patología del corazón (1706-15) y de la estructura
del oído. Vieussens ha sido el primero que ha dado una correcta descripción del
ventrículo izquierdo, de la dirección de los vasos coronarios, de la válvula de
la vena coronaria y del centro oval del cerebro. En sus numerosas autopsias
había notado la importancia de las adherencias pericardíacas y las relaciones
de las enfermedades del corazón con el asma y con el hidrotórax (1672-76). Ha
expuesto el diagnóstico y los caracteres de los derrames pericardíacos, y ha
sido el primero que ha descrito la insuficiencia aórtica (1695) y la estenosis
mitral (1715), dando los caracteres del pulso y los datos anatómicos. Ha
descubierto también los efectos fermentativos de la saliva y ha reclamado la
prioridad en el descubrimiento de un ácido en la sangre.
Así como
los grabados anatómicos en madera habían logrado su máxima perfección en la
época de Vesalio, el siglo XVII se puede considerar como la época de las
láminas grabadas en cobre. La ilustración anatómica llega a su perfección con
las hermosas láminas de algunas obras, como, por ejemplo, la Anatomía,
de Govert Bidloo (Ámsterdam, 1685); la Anatomía, de Bernardino
Genga (Roma, 1691); el Traité de la figure humaine, del pintor
Pedro Pablo Rubens (1577-1640), que ha sido publicado más de cien años después de
su muerte (1773); el Tresauri anatomici decem (Ámsterdam,
1701-16), de Frederik Ruysch (1638-17 31), o el Catoptrom microcosmicum (1613),
de Johann Remmelin (1683), uno de los más antiguos atlas anatómicos que tienen
láminas sobrepuestas[456]. Una
admirable unión de la seguridad científica con la perfección artística ha sido
alcanzada en la Tabulae anatomicae (1627), de Giulio Casserio
(1561-1616), o Casserius, uno de los maestros de Harvey en Padua, cuyas
«bellezas evisceradas», como las ha llamado el doctor Holmes, son más
atractivas en el aspecto de sus partes disecadas que instructivas para auxiliar
a los estudiantes. Estas láminas, análogas a las de Correggio, de Casserio, han
sido añadidas al atlas (1627) de Adrián van Spieghel (1578-1625), o Spigelius,
que escribió las leyendas impresas de las mismas y que de este modo se acreditó
con el género exquisito de sus ilustraciones. El nombre de este autor ha
quedado unido al lóbulo de Spigelius del hígado. Las 105 láminas de la Anatomía,
de Bidloo, han sido ahora plagiadas por William Cowper (1666-1709), cuya Anatomía
del cuerpo humano (Oxford, 1698) es original únicamente en el texto y
en nueve láminas suplidas por el mismo Cowper[457]. Por su
extravagante originalidad y la exquisita delicadeza de los detalles, las
láminas dibujadas por Frederik Ruysch (1638-1731)[458] merecen
una especial mención. El esqueleto, puesto en actitudes extrañas, con leyendas
apropiadas al memento mori diversamente añadidas, y rodeado de
extraños reptiles, de monstruos hinchados, de plantas secas, de seres de lo
profundo del mar, etcétera, constituía el esquema decorativo favorito de lo
antiguos anatómicos holandeses, cuyo humor fúnebre ha sido poetizado por el
diálogo de Leopardi[459].
Un
importante auxilio exterior de la demostración de Harvey de la circulación de
la sangre lo han constituido las inyecciones anatómicas, que fueron iniciadas
por Swammerdam, De Graaf y Ruysch. Berengarius Carpi ha inyectado los vasos
sanguíneos con agua templada; Stephanus, con aire; Eustaquio, con líquidos
coloreados; Malpighi y Glisson, con tinta; y Willis ha descrito el hexágono de
su nombre inyectando el cerebro con aqua cocrata. Swammerdam
prefería una preparación que se calentaba y se inyectaba líquida,
solidificándose después. Primeramente usaba el sebo; posteriormente, la cera,
en 1677. En 1668 De Graaf emplea para estas inyecciones una jeringa
apropiada (De usu syphonis), e inyectó los vasos espermáticos
con mercurio. En 1680 Swammerdam se convenció de la impiedad de la Anatomía, y
se unió a una fanática secta religiosa. Pero antes de proceder de este modo
publicó su método para divulgarlo, enviando una preparación a la Royal Society
en 1672, y enseñándolo especialmente a Ruysch. Este último introduce el gran
adelanto de aplicar el microscopio a la inyección de los vasos finos. Este
procedimiento fue aplicado por Monro, primus; Lieberkühn,
Prochaska, Gerlach y otros, hasta llegar a las maravillosas inyecciones de la
época de Hyrtl en dos, tres y cuatro colores diferentes[460].
El primer
ensayo imperfecto de anatomía comparada ha sido hecho por Marco Aurelio
Severino (1580-1656), cuya Zootomia Democritae (1645) es
anterior a Malpighi, Leeuwenhoek y Swammerdam. Los grabados en madera
demuestran las vísceras de los pájaros, peces y mamíferos, con algunas fases de
su desarrollo, y a pesar de las semejanzas comparativas que se han hecho, esta
obra es el único libro de su género publicado antes del siglo XVIII.
Un
notable anatómico comparado del siglo XVII ha sido Edward Tyson (1650-1708), de
la Universidad de Cambridge, donde se graduó en 1678, dando lecturas de
Anatomía a los barberos-cirujanos hacia 1699. Tyson ha sido el primero en
publicar monografías elaboradas acerca de la estructura de los animales
inferiores; sus Memorias acerca de la anatomía del puerco marino (1680), de la
culebra de cascabel (1683) y sus disecciones de algunos animales parásitos,
como el lumbricus latus, el lumbricus teres (ascaris lumbricoides) y lumbricus
hydropicus (hidatides), constituyen un gran adelanto sobre la Anatomía
Porci, de Copho, el primer ensayo de este género. Las glándulas de Tyson,
del prepucio, recuerdan sus estudios; pero sus investigaciones más importantes
en la ciencia son las contenidas en el Orang-Outang, sive Homo
sylvestris (1699), el primer libro de morfología comparada. En este
libro Tyson compara la anatomía del hombre con la de los monos, y entre unos y
otros coloca lo que él creía ser un típico pigmeo, en realidad, un chimpancé,
cuyo esqueleto se encuentra en la actualidad en el Museo de Historia Natural de
Kensington. Este ha sido el origen de la «errónea idea de grado intermedio»,
que algunos confunden con el verdadero darwinismo. La obra de Tyson concluye
con un ensayo terminal en el que sostiene que los sátiros, egipanos,
cinocéfalos y otras criaturas míticas de los antiguos «son todos, unos y otros,
monos y no hombres, como antiguamente se ha pretendido»[461]. Esta
hipótesis ha sido aceptada por Buffon, y la existencia de razas humanas
semejantes al mono, o pigmeos, eran dudadas hasta que Quatrefages (1887)[462] y
Kollmann (1894)[463] probaron
que habían existido y existían en el tiempo y el espacio.
Otra
importante contribución a la Antropología era la idea de las «líneas
cefalométricas» concebidas por el anatómico Spieghel, y que, como dice Meigs[464],
«pueden, no obstante, ser consideradas como el más antiguo intento de las
mediciones craneales». Estas lineae cephalometricae, cuando eran
iguales en longitud a las de otro, constituían el criterio de Spieghel de un
cráneo normalmente proporcionado, y Meigs observa que, «al ir ascendiendo en la
escala zoológica, se van aproximando a la igualdad, en la misma proporción en
que la cabeza medida se va aproximando a la forma humana».
La Anthropometria (1654),
de Johan Sigismund Elsholtz (1623-88), es en todos sus puntos un tratado
científico ilustrado, siguiendo las líneas establecidas por Durero.
La
invención del microscopio[465] abrió
una nueva ruta a la Medicina en la dirección del mundo invisible, como el
telescopio de Galileo había dado un vislumbre del vasto infinito en Astronomía.
El más antiguo de los microscopistas era el erudito jesuita Athanasius Kircher
(1602-80), de Fulda, que era a la vez matemático, físico, óptico, orientalista,
músico y virtuoso, tanto como médico, y que probablemente ha sido el primero en
emplear el microscopio en la investigación de las causas morbosas. En su Scrutiniumpestis (Roma,
1658) no sólo detalla siete experimentos sobre la naturaleza de la
putrefacción, demostrando cómo se desarrollan gusanos y otras criaturas vivas
en la materia cuando va destruyéndose, sino que encuentra, además, que la
sangre de los enfermos de peste aparecía llena de innumerables generaciones de
«gusanos», no perceptibles a simple vista, pero que se podían encontrar en toda
materia putrefacta si se examinaba al microscopio. Aunque los «gusanos» de
Kircher, como dice Friedrich Loeffer[466] no
serían probablemente otra cosa que grumos de pus y pilas de glóbulos rojos, por
no ser posible la observación de los bacilos de la peste con un microscopio de
32 diámetros de aumento, sin embargo, está completamente dentro de los límites
de lo posible que él hubiera podido ver los microorganismos más grandes, e
indudablemente ha sido el primero en exponer en términos explícitos la doctrina
de un contagium animatum como causa de las enfermedades
infecciosas. En su Physiologia Kircheriana ha sido también el
primero en recordar un experimento de hipnotismo (1680)[467].
Otro
antiguo trabajador del microscopio ha sido Robert Hooke (1635 y 1703), un genio
de la Mecánica que se ha anticipado a muchos descubrimientos e invenciones y
que ha hecho reclamación de todo lo que se ha podido idear en el período en que
ha vivido. La Monographia de Hooke (Londres, 1665) contiene
muchas bellas láminas representando la histología de los organismos vegetales,
siendo el primero que emplea la palabra «célula» en su conexión. Este libro es
el inspirador, probablemente, de la obra de Nehemiah Grew (1641-1712) de
histología y fisiología vegetales (1671-82) Grew, según le califica Haller, era
«un laborioso observador de la Naturaleza en todas direcciones», y
probablemente ha sido el primero en observar el sexo de las plantas.
Jan
Swammerdam (1637-80), cuyo interés por la Historia Natural se había despertado
por el hecho de que la farmacia de su padre contenía la más completa colección
de la fauna exótica que existía en Ámsterdam y era ya muy hábil en la disección
microscópica largo tiempo antes de que comenzase a estudiar Medicina.
Habiéndose
desarrollado literalmente entre ejemplares zoológicos, nunca ejerció la
Medicina, pero consagró su corta vida a la difícil y espléndida tarea de
estudiar la anatomía microscópica y la Embriología.
Athanasius Kircher (1602-80)
Su
carrera ha sido la de un entusiasta hombre de ciencia, que vive según el
principio de alus inserviendo consumor, y su mejor labor es la que
se contiene en la enorme Bybel der Natuur, que ha publicado
Boerhaave largo tiempo después de su muerte (Ámsterdam, 1737), comprendiendo
unas 53 láminas, con exactas descripciones, dando la anatomía fina de las
abejas, moscas de mayo, caracoles, ranas y sapos. Los dibujos de esta colección
sobrepasan a todos los de las obras contemporáneas en exquisita delicadeza y en
precisión de detalles. Swammerdam ha sido el primero en descubrir y en
describir los glóbulos rojos de la sangre (1658); asimismo descubrió las
válvulas de los linfáticos (1664) y el hecho médico-legal de que el pulmón
fetal flota en el agua desde el momento en que la respiración ha tenido lugar
(1667), y en 1677 ideó el método de inyectar los vasos sanguíneos con cera;
método que ha sido luego reclamado por Ruysch. Era, además, fisiólogo
experimental[468],
estudiando los movimientos del corazón, los pulmones y los músculos por medio
de los métodos pletismográficos, que son casi modernos.
Un
microscopista muy grande ha sido Antonj van Leeuwenhoek, de Delft (1632-1723),
que, como heredero de fuertes y acomodados cerveceros, llevó una vida cómoda,
la mayor parte de la cual fue dedicada al estudio de la Historia Natural. Tenía
unos 247 microscopios, con 419 lentes, en su mayoría construidos por él mismo,
y envió 26 microscopios a Londres como regalo a la Royal Society, de la que fue
nombrado miembro en 1680. Los directores de la Compañía de las Indias
Orientales le enviaban ejemplares, y hasta Pedro el Grande visitó su colección
en 1689. Leeuwenhoek era un hombre fuerte, de una maravillosa habilidad, y
durante su vida envió más de 375 escritos científicos a la Royal Society, y 27
a la Academia Francesa de Ciencias. Esta Ontledingen en Ontdekkingm (Leyden,
1696) contiene, además de una labor extraordinaria en histología animal y
vegetal, algunos descubrimientos de capital importancia en Medicina.
Leeuwenhoek ha sido el primero en describir los espermatozoides (originalmente
señalados a él por el estudiante Hamen en 1674); dio el primer estudio completo
de los glóbulos rojos de la sangre (1674); descubrió el carácter estriado de
los músculos voluntarios y la estructura del cristalino; fue el primero que vio
los protozoos al microscopio (1675); encontró microorganismos en los dientes,
dando por primera vez figuras exactas de las cadenas microbianas y agrupaciones
bacterianas, así como de los espirilos y bacilos aislados (17 de septiembre de
1683), y demostró las anastomosis capilares entre las arterias y las venas, que
ya había visto Malpighi en 1660, sin concederlas demasiada importancia.
Antonj van Leeuwenhoek (1632-1723)
El
descubrimiento de Malpighi y la labor de Leeuwenhoek en la circulación capilar
eran los que completaban, finalmente, el descubrimiento de Harvey. El retrato
de este infatigable trabajador nos le muestra como una figura fuerte, resuelta,
en cuya cara encuentra Richardson «la tranquila fuerza de un Cromwell y la
delicada ironía de un Spinoza».
Sin
embargo, el más grande de los microscopistas ha sido Marcello Malpighi
(1628-94), el fundador de la Histología, que fue profesor de Anatomía en
Bolonia, Pisa y Messina y médico del Papa Inocencio XII (1691-94). Famoso en
Biología por sus trabajos acerca de la anatomía del gusano de seda y de la
morfología de las plantas, hizo época en la historia de la Medicina con sus
investigaciones sobre la embriología del pollo y la histología y fisiología de
las glándulas y las vísceras. Las 12 láminas que acompañan a sus Memorias a la
Royal Society, De formationepulli in ovo (1673) y De
ovo incubato, le convierten en el fundador de la embriología
descriptiva o iconográfica, siendo superiores a todas las obras contemporáneas
que se habían hecho sobre la materia en la exacta anotación de algunos
detalles, como los arcos aórticos, el repliegue cardíaco, el surco neural y las
vesículas cerebrales y ópticas. Malpighi describió los glóbulos rojos en 1665
(siete años después de Swammerdam) como «glóbulos gruesos, de aspecto como un
rosario de coral rojo».
El
descubrió la red mucosa, o capa de Malpighi, de la piel, y demostró que las
papilas de la lengua eran órganos del tacto.
Marcello Malpighi (1628-94). (De un retrato de Tabor en la Royal Society)
A pesar
de todo, su mejor obra es De pulmonibus (1661), que destruyó
la concepción corriente del tejido pulmonar como «parenquimatoso», demostrando
su verdadera naturaleza vesicular, las anastomosis capilares entre las arterias
y las venas, y cómo la tráquea se continuaba por los filamentos bronquiales. De
su descubrimiento de los capilares (1660), Fraser Harris ha dicho
perfectamente: «Harvey hizo de su existencia una necesidad lógica; Malpighi,
una certidumbre histológica[469].» Su
obra de la estructura del hígado, del bazo y del riñón[470] [1666]
hizo avanzar mucho el conocimiento fisiológico de estos órganos, y su nombre ha
quedado fijo para siempre a las pirámides de Malpighi del riñón y del bazo. Su
libro contiene también la primera referencia de aquellas formaciones
linfadenomatosas (generalmente, proliferación de los linfáticos con nódulos en
el bazo)[471], que
fueron, más adelante, completamente descritas por Hodgkin, en 1832, ya las que
denominó Wilks, en 1856, enfermedad de Hodgkin, o pseudo-leucemia. La vida
privada de Malpighi estuvo amargada por los groseros ataques de su colega
pisano Borelli y por la antigua enemistad (de la cual él soportó el choque)
entre su familia y una tribu vecina que llevaba el siniestro y significativo
nombre de Sbaraglia. Como en los casos de Harvey y de John Hunter, algunas de
sus mejores obras han quedado perdidas para la posteridad por la destrucción de
valuables manuscritos. Personalmente, Malpighi era una naturaleza noble, de
bello semblante, de naturaleza simpática, y en presencia de los enfermos, un
pacienzudo y devoto Asclepíade. El recuerdo de Malpighi es uno de los «más
dulces y luminosos», y su capacidad para la observación corresponde a la
indicación que ha hecho Thoreau de que las leyes del Universo están «siempre al
lado de lo más sensitivo». No es sólo uno de los nombres más grandes de la
Medicina, sino también una de sus personalidades más atractivas[472].
El primer
rudo golpe a la doctrina de la generación espontánea lo ha dado el naturalista
italiano Francesco Redi (1626-94), de Arezzo, que refutó la idea, hasta
entonces generalmente admitida, de que los gusanos y las larvas se desarrollan
espontáneamente en la descomposición de la materia[473].
Francesco Redi (1626-94)
Puso
carne en jarras, de las que dejó unas descubiertas y otras cubiertas con
pergamino y gasa alambrada. En el tiempo oportuno aparecieron gusanos en los
dos primeros; pero en el último se desarrolló una masa encima de la gasa. Esta
concluyente lección objetiva colocaba el asunto tan lejos como correspondía a
la generación espontánea de las criaturas visibles. El descubrimiento de
Leeuwenhoek de las bacterias y de las levaduras vegetales ha colocado la
cuestión en otro terreno, y la aplazó hasta los tiempos de Schwann y de
Pasteur.
Aparte de
las producciones micrográficas o morfológicas de los grandes botánicos del
siglo XVII—Hooke, Grew, Malpighi—, existen algunas otras buenas obras de
botánica sistemática o taxonómica. El botánico inglés John Ray (1627-1705)
dividió en su Methodus plantarían las plantas en floridas y
sin flores (Londres, 1682), y, además, dividió la primera clase en
monocotiledóneas y dicotiledóneas. Ray «estudió la planta en conjunto», como
dicen los botánicos, en su clasificación. Robert Morison (1620-83), el primer
profesor de Botánica de Oxford, hizo una clasificación sistemática de las
plantas en 18 clases, dividiéndolas en leñosas y herbáceas, con flores y con
frutos, al modo de Cesalpino (1672-80)[474].
Augustus Quirinus Rivinus (1652-1723), de Leipzig, clasificó las plantas por
los pétalos de sus flores (1691-99) y escribió una introducción de Botánica
(1690), ilustrando estas obras, con grandes gastos, por hábiles artistas.
Escribió una Censura de preparaciones oficinales (1701), en la
cual clasifica todos los remedios inútiles y no deseables; estudió las
enfermedades de Leipzig y de Wittemberg, y enunció una pathologia
animal a, atribuyendo la mayoría de las enfermedades a gusanos diminutos,
con una especie de terapéutica antitóxica (Neuburger). Hacia el final de la
centuria, el sistema favorito de clasificación de las plantas era el de
Joseph-Pitton de Tournefort (1656-1708), el autor de los lilements de
Botanique (1694) y de las Institutiones Rei Herbariae (1700),
en los que ha descrito 8.000 especies, distribuidas en 21 clases, teniendo en
cuenta la forma de la corola. Este sistema se ha sostenido hasta los tiempos de
Linneo, que, lo mismo que Tournefort, ha exagerado la importancia de las flores
como un fundamentum divisionis.
Las
investigaciones zoológicas de Swammerdam, Leeuwenhoek, Redi y Malpighi han sido
continuadas por la obra de Martín Lister (1638-1711), médico de la reina Ana;
Olaus Worm (1588-1654), el de los huesos vormianos; Antonio Vallisnieri y
otros, que, como los grandes maestros del siglo, derivaron la mayor parte de su
atención hacia la Entomología.
La
medicina teórica del siglo XVII siguió, naturalmente, la ruta de la doctrina
fisiológica, dividiéndose en esta marcha en dos direcciones: la iatromatemática
y la iatroquímica. Grandes adelantos se habían hecho en Química por Boyle,
Willis, Mayow y otros, y este período era preeminentemente una época de
descubrimientos en Astronomía y Física matemática. Siguiendo a la publicación
del tratado de Copérnico de la revolución de los planetas alrededor del Sol
(1543), Galileo ha inventado el telescopio en 1609; Kepler ha expuesto las
leyes que rigen el movimiento planetario en 1609-18, y el establecimiento por
Newton de la ley de la gravitación universal (1682) fue seguido de la
publicación de sus Principia, en 1687. Los logaritmos fueron
inventados por Napier (1614) y Briggs (1617); Descartes fundó la geometría
analítica en 1637; Pascal publicó sus contribuciones a la teoría de las
probabilidades en 1654, a la vez que Newton creaba el cálculo diferencial en
1665-66 e instituía el teorema del binomio en 1669. Von Guericke, burgomaestre
de Magdeburgo, inventó la bomba de aire en 1641; Torricelli, el barómetro, en
1643; y Hooke, el microscopio compuesto, en 1665. Tantos y tan importantes
descubrimientos e inventos no podían dejar de tener influencia en la Medicina.
La escuela iatromatemática, según la cual todo acontecimiento fisiológico será
considerado como una consecuencia rígida de las leyes de la Física, estaba
representada por Descartes, Borelli y Sanctorio. Los protagonistas de la
escuela iatroquímica, que considera todos los fenómenos como esencialmente
químicos, son van Helmont, Sylvius y Willis.
El De
homine, de René Descartes (1662), es generalmente considerado como el
primer libro de texto europeo de Fisiología, aunque en realidad no es otra cosa
que una exposición teórica y popular de la materia. En este respecto sir
Michael Foster lo ha comparado con los Principios de Piologia, de
Herbert Spencer. Trata del cuerpo humano como una máquina, dirigida por un alma
racional localizada en la glándula pineal. Descartes recoge la importancia
dinámica del descubrimiento de Harvey; pero, como todos sus contemporáneos, era
un teórico galenista al atribuir los movimientos del corazón al fuego o calor
interno. En su tratado Des passions de l'ame (1649) ha dado el
primer experimento de la acción refleja, el conocido de hacer cerrar los ojos a
una persona amagándole un golpe a los mismos, con una correcta explicación del
fenómeno.
René Descartes (1596-1650)
El punto
de vista mecánico del organismo humano ha sido aplicado de un modo riguroso por
el matemático napolitano Giovanni Alfonso Borelli (1608-1679), cuyo De
motu animalium (1680-81) sugiere en con junto la idea de ser obra de
un discípulo de Harvey. Discípulo de Galileo, Borelli aprovechó mucho de su
larga asociación con su colega Malpighi, y su razonamiento, rigurosamente
matemático, barría por completo muchas corrientes supersticiones acerca de la
verdadera función de los músculos, los pulmones y el estómago. Trataba la
locomoción, la respiración y la digestión (la función trituradora y mezcladora
del estómago) como un proceso puramente mecánico. Sus últimas teorías de la
acción muscular eran dudosas, como basadas en la errónea idea de que un músculo
que se contrae, en realidad aumenta de volumen por la fermentación que se
produce en su substancia por un líquido descargado por los nervios—el succus
nerveus—, con el que Borelli ha venido a substituir los «espíritus
animales» de Galeno. De este modo, Borelli venía a dar origen a la doctrina
neurogénica de la acción del corazón, en virtud de la cual se atribuye la
actividad del corazón a la acción de los nervios extrínsecos o intrínsecos.
La
exageración de la doctrina iatrofísica en Italia fue lograda con el discípulo
de Malpighi, Giorgio Baglivi (1668-1706), al que Clemente XI llamó a la cátedra
de teoría médica del Collegio della Sapienza. Disgustado, como un estudiante,
con el hecho de que la práctica médica no fuera largamente guiada por la
experiencia, sino que se había convertido en un monstruoso conjunto de
opiniones heterodoxas, Baglivi imaginó un sistema teórico propiamente suyo.
Él empujé
la alegoría mecánica hasta el extremo, dividiendo la máquina humana en
innumerables máquinas más pequeñas, comparando los dientes a tijeras, la jaula
torácica a un fuelle, el estómago a una redoma, las vísceras y las glándulas a
cedazos y coladores, el corazón y los vasos a una bomba, etc. (Neuburger)[475].
Giovanni Alfonso Borelli (1608-79)
Pero
inmediatamente que penetraba en la habitación de un enfermo, Baglivi dejada
todas estas finas teorías, como conclusiones de una lógica todavía no madura
del laboratorio. Era un médico sumamente afortunado, discípulo fiel de
Hipócrates en la clínica, y murió víctima de su duro trabajo. «Frecuentar
sociedades, decía, visitar bibliotecas, apropiarnos los libros valiosos no
leídos, o figurar en todos los periódicos, no es lo último que contribuye al
bienestar de los enfermos.»
Los
hombres de la escuela iatromatemática conocían poco o se preocupaban poco de la
nueva ciencia de la Química, y sus esfuerzos vinieron, por último, a consumirse
en las estériles excentricidades de un Archibald Pitcairn, que intenta basar el
conjunto de la práctica médica en principios mecánicos; de un Edward Barry, que
llega a querer determinar la edad de cada persona por la frecuencia de su
pulso; o de un Clifford Wintringham, que se esforzaba en determinar el peso de
un espermatozoide aislado. Pero los efectos de la física matemática y
experimental en la Medicina se hicieron notar en varios sentidos, especialmente
en los primeros intentos de contar el número de pulsaciones y en la idea de
fundamentar la termometría clínica sobre una base positiva.
En la
quinceava centuria el cardenal Cusanus (Nicolás Krebs de Cues) (1401-64)[476], un
eclesiástico de la Iglesia Católica Romana, que era, además, un buen
matemático, hizo algunas oportunas consideraciones en su Dialogo de lo
estático acerca de la posible importancia clínica de averiguar el peso
de la sangre y de la orina, de la comparación de la frecuencia del pulso y de
la respiración en el estado de enfermedad y en el de salud, comprobándola por
medio de la clepsidra o reloj de agua. Estos ensayos, sin embargo, carecieron
de efecto y de aplicación a la práctica y permanecieron ignorados para las
generaciones sucesivas. Entre 1593 y 1597, como ha demostrado el doctor Weir
Mitchell[477], Galileo
ha inventado un tosco termómetro o termoscopio, y no más tarde de 1600, Kepler
ha usado el contaje de sus pulsaciones como el cálculo de sus observaciones
astronómicas. Más tarde concibió Galileo la idea de usar su propio pulso como
prueba del carácter sincrónico de las vibraciones de un péndulo, que le condujo
a la proposición inversa de calcular la velocidad y las variaciones del pulso
por el péndulo, con tanto más motivo cuanto que el metrónomo se usaba ya para
reglamentar el tiempo en la música. Todas estas ideas fueron apropiadas y
utilizadas de un modo notable por el celebrado profesor de Padua Santorio
Santorio (1561-1636), generalmente conocido con el nombre de Sanctorius. En sus
comentarios al primer libro del Canon de Avicena (Venecia, 1625), Sanctorius
describe un termómetro clínico[478] y
un pulsilogium, o reloj del pulso, de su propia invención; descubrimientos que
pronto pasaron al limbo de las cosas olvidadas por espacio de cerca de cien
años. Sanctorius ha sido, además, el hábil inventor de unos instrumentos para
la extracción de piedras de la vejiga y de cuerpos extraños del oído, como
también de un trocar, de una cánula y de un higroscopio. Su fama médica está
hoy más bien asociada al hecho de haber fundado la fisiología del metabolismo
por sus experimentos y datos sobre lo que él ha denominado la «perspiración
insensible» del cuerpo. En la lámina que sirve de frontispicio a la última
edición de su Ars de Statica medicina (1614) se ve
representado el famoso paduano sentado en su silla romana en el acto de pesarse
a sí mismo, para un experimento del metabolismo, después de la comida; es un
documento familiar humano en los anales de las ilustraciones médicas.
La teoría
física de la visión, que puede considerarse como la base fundamental de
la Oftalmología, debe principalmente su desenvolvimiento a la
labor de los grandes astrónomos y físicos. El Ad Vitellionem,
Paralipomena, del astrónomo Kepler (Francfort, 1604), contiene un
tratado de la visión y del ojo humano, en el que se demuestra por vez primera
cómo la retina es lo esencial para ver la parte de la función de las lentes en
la refracción, y cómo la convergencia de los rayos luminosos antes de alcanzar
la retina es la causa de la miopía.
Sanctorius en la romana. (De su Ars de Statica medicina. Leyden, 1711.)
En
la Dioptrica, de Descartes (1637), el ojo es comparado a la
cámara obscura, y se demuestra que la acomodación se debe a los cambios en la
forma de las lentes.
Ha sido
Edme Mariotte (muerto en 1684) quien ha probado que la iluminación del ojo es
debida a la reflexión de la luz y quien ha descubierto el punto ciego de la
retina (1668).
Franciscus Sylvius (1614-72)
Sylvius,
que hizo con las ideas de Harvey lo que Paré había hecho con las de Vesalio, ha
sido descrito por sir Michael Foster más bien como un expositor que como un
investigador de la ciencia, pero también como un maestro, y como tal, no hubo
ninguno más grande en su época, siendo maravillosamente rico en ideas
originales acerca de las glándulas sin conducto excretor de la acidosis, del
sentido térmico y táctil y de otros asuntos todavía muy interesantes en los
momentos actuales. Ha sido el primero en establecer la diferencia entre las
glándulas conglomeradas y conglobadas; pero sus relaciones con la cisura de
Sylvio, que describe en sus Disputationes medicae (1663), son
obscuras. Considera la digestión como una fermentación química, y ha reconocido
la importancia de la saliva y del jugo pancreático. Su mejor servicio a la
Medicina ha sido el de dar una base sólida a la última identidad química de los
procesos orgánicos y los inorgánicos, y el de que su pequeña enfermería, de
doce camas, en Leyden ha sido la primera en que se ha dado una enseñanza
clínica.
Los
discípulos holandeses de Silvio, Stephan Blankaar y otros, recomendaban enormes
cantidades de las novedades recientemente importadas, té y café, como panaceas
de la acidez y como purificadores de la sangre. Las Universidades de Jena y
Wittemberg exponían sus doctrinas, y Daniel Sennert, en Wittemberg, era uno de
sus más ardientes defensores. En París, Wieussens, que fue el primero en hacer
exámenes químicos de la sangre, era su único discípulo. La Facultad de París y
Gui Patín condenaron estas doctrinas como la nouveauté impertinente du siècle[479].
El sabio
inglés expositor de la Química ha sido Thomas Willis (1621-75), hijo de un
agricultor de Wiltshire, que se graduó en el Christ Church College en 1639. Era
Sedleian profesor de Filosofía Natural en Oxford en 1660, y trasladado a
Londres en 1666, adquirió la más grande y distinguida clientela de su época.
Thomas Willis (1621-75)
La Cerebri
Anatome (1664), en cuya preparación se debe mucho también a Richard
Lower y a sir Christopher Wren (que hizo las ilustraciones), es el resumen más
exacto del sistema nervioso que se había escrito hasta esta época. Contiene la
clasificación de los nervios craneales, que ha sido mantenida hasta la época de
Soemmerring; la primera descripción del onzavo par (nervio espinal accesorio),
o «nervio de Willis», y el hexágono arterial de la base del cerebro que lleva
también su nombre. Sus razonamientos a propósito de la fisiología del sistema
nervioso, que son, en muchos respectos, erróneos y obscuros, y su ofuscación ha
sido causa de que algunos escritores, sir Michael Foster, por ejemplo, le hayan
regateado sus justos méritos como clínico. Willis ha sido, como Sydenham,
Heberden y Bright, un notable ejemplo de la capacidad de los médicos ingleses
para la asidua y cuidadosa observación clínica. Ha hecho los mejores exámenes
cualitativos de la orina que se podían hacer en aquella época, y ha dado por primera
vez la noticia del sabor dulce característico de la orina diabética,
estableciendo de este modo el principio básico diagnóstico entre la diabetes
mellitus y la forma insípida. En su London
Practice
of Physic (1685)[480] ha
descrito el síndrome de Erb Goldflam (miastenia grave), y en su De
febribus da el primer informe de la epidemia de fiebre tifoidea que
atacó a las tropas durante la guerra del Parlamento (1643)[481]. Pía
sido también el primero en describir y en dar nombre a la fiebre puerperal. Sus
obras de enfermedades nerviosas (1667)[482] y
de histerismo (1670)[483] son
justamente estimadas por sus varias y exactas descripciones clínicas, de las
que la descripción de la demencia paralítica es quizá la más importante. Un
buen ejemplo de su talento para localizar y aislar los hechos importantes es su
observación de una mujer sorda que sólo podía oír cuando se tocaba el tambor.
Este fenómeno es conocido en la otología moderna con el nombre de paracusis (o hiperacusis)} de
Willis; la comprobación de la sordera hiperacúsica se hace en la clínica
colocando un diapasón vibratorio en el oído del enfermo, o por medio de la
«máquina ruidosa» recientemente ideada por el otólogo vienés Robert Bárány.
La Pharmaceutique rationallis (1674) constituye un valioso
epítome de la materia médica de su tiempo[484].
Regnier de Graff (1641-73)
Regnier
de Graaf (1641-73), de Schoonhaven, Holanda, ha sido el primero que ha
estudiado el páncreas y sus secreciones antes del tiempo de Claudio Bernard. En
su estudio acerca de la naturaleza y usos del jugo pancreático (1664)[485] describe
su método de recoger el jugo por medio de una fístula pancreática temporal,
notificando la escasa cantidad de jugo agregado y atribuyéndole propiedades
ácidas. La monografía está embellecida con un grabado del perro empleado,
demostrando los receptáculos dependiendo de una fístula parotidea y de otra
pancreática. De Graaf también ha empleado una fístula biliar artificial para
recoger la bilis, en lo cual ha sido precedido, no obstante, por Malpighi. En
1668[486] ha
publicado un estudio clásico del testículo, que describe como formado de tubos
delgados, doblados en lóbulos. Esta obra contiene también un estudio del empleo
de los clister, que comenzaban entonces a ponerse de moda. En 1672 apareció su
obra sobre el ovario, conteniendo la primera descripción de aquellas
estructuras, que Haller ha llamado, en su honor, vesículas de Graaf (vesiculae
Graafianae).
Un
notable fisiólogo alemán de este período ha sido Johann Bohn (1640-1719), de
Leipzig, que, experimentando en la rana decapitada (1686[487], con un
espíritu completamente moderno, declaró el fenómeno reflejo como enteramente
material, en contra del modo de pensar entonces corriente de admitir los
«espíritus vitales», en el fluido nervioso. Ha demostrado también que el jugo
pancreático no es ácido y que los nervios no contenían «jugo nervioso». Como
profesor de Anatomía (1668) y médico de la ciudad (1691) en Leipzig, es famoso
por las decisiones médicolegales de aquella Facultad; Bohn ha dejado nombre en
la medicina forense, especialmente por su tratado de las heridas mortales
(1689).
Importantes
investigaciones en la fisiología de la digestión han sido realizadas por los
anatómicos suizos Peyer y Brunner.
El nombre
de Johann Conrad Peyer (1653-1712), de Schaffhausen, Suiza, va siempre asociado
con las lesiones de las placas de Peyer en la fiebre tifoidea, aunque él ha
considerado estas glándulas, que ha descubierto en 1677[488], no como
conglobados linfáticos, como las consideramos actualmente, sino como
conglomerados, segregando, en su opinión, un jugo digestivo. Da también un
interesante esquema de las placas de Peyer en el intestino delgado y de los
folículos solitarios en el intestino grueso. Ha escrito, además, sobre la
fisiología de la rumiación (Merycología, 1685).
Johann
Conrad Brunner (1653-1727), de Diessenhofen, Suiza, descubrió las glándulas de
Brunner en el duodeno del perro y del hombre en 1672, publicando los resultados
obtenidos en 1687[489]. Creía
que segregaban un jugo similar al del páncreas. Ha hecho también escisiones
experimentales del bazo y del páncreas en el perro, en 1683[490],
consiguiendo que el animal siguiera viviendo algún tiempo, con digestiones
normales.
Niels Stensen (1638-1686)
En una de
estas escisiones ha observado que el perro presentaba una sed extraordinaria y
poliuria; de modo que le podemos considerar como uno de los experimentos
relativos a las secreciones internas del páncreas.
Niels
Stensen (1638-86), o Steno, de Copenhague, era, como Athanasius Kircher, un
sacerdote médico, y también, como él, un hombre de una maravillosa
versatilidad. Era a la vez un gran anatómico, fisiólogo, geólogo y teólogo, y
llegó a ser obispo de Titiópolis algún tiempo después de su conversión del
luteranismo a la fe católica en 1667. En Anatomía su nombre ha quedado
permanentemente unido al conducto excretor de la glándula parotidea (conducto
de Steno), que ha descubierto en la oveja en 1661[491]. En el
mismo año investigó las glándulas del ojo, y en 1664[492] publicó
sus observaciones de los músculos y las glándulas, en las que reconocía la
naturaleza muscular del corazón. Su discurso de París de la anatomía del
cerebro (1669)[493] contiene
un gran agudo criticismo de los errores fisiológicos de su tiempo,
especialmente de los de Willis, que localizaba el sentido común en el cuerpo
estriado, la imaginación en el cuerpo calloso y la memoria en la substancia
cortical. Los ulteriores estudios de Stensen acerca de la fisiología de los
músculos (1667)[494] tratan
el asunto desde un punto de vista puramente mecánico y matemático, considerando
cada músculo aislado como un paralelepípedo, y oponiéndose al punto de vista
defendido por Borelli de que el aumento en proporciones de un músculo es debido
al influjo de un hipotético jugo. Stensen era también un geólogo, uno de los
sabios fundadores de la Geología. En 1883 se ha erigido y descubierto por
geólogos de todas las naciones un busto sobre su tumba en la Basílica de San
Lorenzo, de Florencia. Su tratado De solido intra solidum (1669)
contiene, después de Avicena y Fracastoro, el más importante trabajo acerca de
la formación de los estratos, los fósiles y otros accidentes geológicos. El fue
llevado a la Geología porque, disecando la cabeza de un tiburón, un diente del
mismo le puso en claro que el «glosso petrae» encontrado en Toscana era, en
realidad, un diente fósil. La historia de la conversión de Stensen al
catolicismo, por una hermana de la fe, y de su devoción de la mejor mitad de su
corta vida hacia la protectora de sus únicas causas, es uno de los episodios
románticos de la historia humana.
Francis
Glisson (1597-1677), de Rampisham en Dorsetshire, era un graduado de Cambridge
y profesor regio de Física de aquella Universidad por espacio de cuarenta años.
Ha sido también uno de los fundadores de la Royal Society y del Real Colegio de
Médicos en 1667-69. Como anatómico, fisiólogo y patólogo, Glisson ha sido
altamente apreciado por Haller y Virchow, y su nombre se ha hecho famoso por
tres cosas: Ha dado un estudio original y clásico del raquitismo infantil
(1650)[495]; ha dado
la primera descripción exacta de la cápsula del hígado, revistiendo la vena
porta y sus ramos sanguíneos (cápsula de Glisson, 1654)[496], y ha
empleado la suspensión en las deformidades de la columna vertebral (1660).
Antes que Haller ha introducido el concepto de «irritabilidad» como una
propiedad específica de los tejidos humanos (1677)[497]. El
punto de vista de Glisson de esta propiedad era, no obstante, puramente
metafísico, unido con las ideas corrientes a propósito de los «espíritus
vitales», y, en consecuencia, no tuvo el debido efecto en la fisiología de su
tiempo.
La
conquista más brillante del método experimental de Harvey ha sido la claridad
que ha dado acerca de un asunto tan obscuro como la fisiología de la
respiración, que ha sido, hasta los tiempos de Lavoisier, obra por completo de
los hombres de ciencia de Inglaterra. Antes de Harvey, los hombres creían,
siguiendo a Galeno, que el objeto de la respiración era enfriar el caliente
corazón, al igual que el de los movimientos torácicos era el introducir aire
para engendrar espíritus vitales en la vena pulmonar y librar por el mismo
conducto al corazón de sus ardientes vapores. Esta noción galénica no era
únicamente una mera pieza de simbolismo, como en el poema de Santa Teresa, de
Richard Crashaw (The Flaming Heart), sino una parte y una
articulación del concepto entonces mantenido a propósito de la física de la
circulación. «Antes de la época de Harvey—dice Allbutt—, la respiración era
considerada, no como un medio de combustión, sino de refrigeración. El problema
era cómo el hombre se convertía en ese dragón de fuego.» El descubrimiento de
Harvey vino a demostrar que la sangre se trocaba de venosa en arterial en los
pulmones; pero más lejos de este punto, como Pepys ha recordado en su diario,
no se puede decir cómo y por qué respiramos[498]. Las
sucesivas etapas de lo que Allbutt llama «la patética pesquisa del oxígeno» han
sido las siguientes: Primera, el distinguido químico Robert Boyle (1627-91)
hace experimentos con llamas y con animales in vacuo (1660),
demostrando que el aire es necesario tanto para la vida como para la combustión[499].
Después, Robert Hooke (1635-1703), en 1667[500],
demuestra, soplando fuertemente con un fuelle sobre el tórax abierto de un
perro, que la respiración artificial puede hacer vivir al animal, sin ningún
movimiento de su tórax ni de sus pulmones.
John Mayow (1643-1679)
La
siguiente etapa ha sido hecha por Richard Lower, de Cornwall (1631-91), un
hábil fisiólogo y práctico afortunado, que fue el que primeramente consiguió
realizar la transfusión de la sangre directamente de un animal a otro (febrero
de 1665)[501], y que
con Schneider destruyó la antigua idea galénica (sostenida incluso por Vesalio)
de que las secreciones nasales eran producidas en la glándula pituitaria (1672)[502]. Hacia
1669[503] Lower
inyectó sangre obscura venosa en los pulmones insuflados, y dedujo del hecho de
que se enrojeciera que esto dependía de que ella absorbiera algo del aire que
pasaba a través de los pulmones. Finalmente, John Mayow (1643-79), también de
Cornwall, demostró, en una serie de concluyentes experimentos, que la sangre
obscura venosa se cambiaba en sangre roja brillante por la acción de algún
ingrediente del aire, que, siendo un constituyente del nitro (KNO3),
denomina las partículas ígneo-aéreas del espíritu nitro-aéreo del aire. Mayow
estaba, por consiguiente, muy cerca del descubrimiento del oxígeno, y cogió
perfectamente la idea de que el objeto de la respiración era sencillamente
determinar un intercambio de gases entre el aire y la sangre, dando aquél a
ésta el espíritu nitro-aéreo (oxígeno), y tomando los vapores engendrados en la
sangre. El dijo que la sangre materna suministra al feto no solamente el
alimento, sino también el oxígeno (nitroaéreo), y ha sido el primero en
localizar el calor animal en los músculos; una idea que cayó en el olvido hasta
que fue de nuevo demostrada por Helmholtz en 1845. Ha descubierto también la
doble articulación de las costillas con la columna vertebral, y ha discutido,
con un sentido completamente moderno, la función de los músculos intercostales.
Mayow ha sido un químico y un fisiólogo de verdadero genio, y su Tractatus
Quinque (1568) merece ser colocado, incluso hoy, entre los mejores
clásicos de la medicina inglesa. El profesor Gotch ha demostrado cómo sus ideas
han sido mal comprendidas y desacreditadas por los errores de un inglés
abstracto, extraído de su texto latino por algún detestable litera to para la
Royal Society[504].
Thomas Sydenham (1624-1689). (De un retrato de Mary Beale.)
En la
última mitad del siglo XVII la medicina interna tomó por completo un rumbo
nuevo por la obra de una de sus más grandes figuras Thomas Sydenjiam (1624-89),
de Winford Eagle, el restaurador de los métodos hipocráticos de observación y
de experimentación, que ennobleció la práctica de la Medicina con aquellas
cualidades de piedad, buen humor y buen sentido que Edmund Burke ha declarado
ser el genio de la raza inglesa. Educado en Oxford y en Montpellier, pero
posteriormente capitán puritano de caballería en la guerra civil, un «soldado
transformado en médico», como se le ha llamado, la relación de Sydenham con la
Medicina era la de un hombre de acción. Un sajón típico, pero de ningún modo
desprovisto del nil admirari, y rico, además, en el don
especial de los sajones de viril independencia y de «prudente sentido común»,
se colocó aparte de toda la teoría médica y de toda la experimentación
científica de su tiempo, despreciando a todos sus predecesores, salvo Hipócrates,
y no conociendo nada de cualquiera de los Vesalio, Harvey, Malpighi o Mayow.
Sus cuatro libros favoritos eran Hipócrates, Cicerón, Bacon
y Don Quijote, y su actitud personal respecto de sus contemporáneos
era indiferente o desdeñosa. Su modestia y su idealidad le dieron la simpatía
para el. que se quejaba amargamente del olvido y de la oposición de su propia
profesión, y éste era el secreto de su éxito como internista. Su teoría de la
Medicina era muy sencilla. La inteligencia humana es limitada y falible, y por
ello las causas finales tienen que seguir siendo inescrutables. Las hipótesis
científicas son, por esta razón, de poco valor para el práctico, ya que éste,
al lado del enfermo, debe apoyarse, en realidad, en su poder de observación y
en los datos obtenidos por la experiencia. Sydenham consideraba la enfermedad
como un proceso que se iba desarrollando, llevando un curso regular, con una
historia natural que le era propia. Cada enfermedad especial pertenece a una
cierta especie definitiva, que puede ser descrita y clasificada, como un botánico
hace con las plantas[505]. La
Patología, para él, estaba resumida en la teoría de Hipócrates de la cocción de
los humores en el cuerpo, con la subsiguiente descarga de las materies
morbi. Hipócrates era su patrón, y más que a ninguna otra figura de la
Medicina se parecía Sydenham al padre de la Medicina en su modo de retratar las
enfermedades y en la dignidad ética de su conducta respecto de sus enfermos,
considerándose él mismo «responsable ante Dios» de los cuidados que prestase a
sus enfermos; él, que era también un mártir de la piedra y de la gota, y
compañero, por tanto, en sufrimiento de aquéllos. Su fuerza de simpatía
imaginativa, un rasgo que no suele generalmente encontrarse en los
reconcentrada sajones, se señala notablemente en el retrato pintado por Mary
Beale, representando un puritano por su aspecto, como Cromwell o Milton, pero
con una hermosa fisonomía además, de finas cejas, ojos melancólicos y boca
expresiva, revelando una naturaleza estoica más bien que dura, melancólica más
bien que agria, como de un puritano cuando protesta.
La
hipótesis de Sydenham de las «constituciones epidémicas», o gemus
epidemicus, atribuyendo las enfermedades contagiosas a influencias
cósmicas, atmosféricas o a miasmas de las entrañas de la Tierra[506], ha
quedado anticuada, aun cuando alguna de sus afirmaciones haya revivido en la
teoría de Pettenkofer del «suelo» (Boden) y del «agua del
suelo», y en su mejor parte ha sobrevivido en la doctrina de Pasteur del origen
de las epidemias por la exacerbación o el despertar de los gérmenes por las
condiciones del medio. Los estudios de Sydenham de la geografía y meteorología
de las epidemias y de la periodicidad rítmica de su recurrencia han sido
continuados por sus discípulos hasta la primera parte del siglo XIX. La fama de
Sydenham sigue imperecedera por sus descripciones directas, de primera mano, de
las enfermedades, como el paludismo de su época, la gota, la escarlatina, el
sarampión, bronconeumonía (peripneumonia vera) y pleuroneumonitis (peripneumonia
notha), disentería, corea e histerismo. Su tratado de la gota (1683)[507] se
considera como su obra maestra. En 1672 describe los dolores articulares y
musculares de la disentería, y en 1675 dio una acabada descripción de la
escarlatina como se presentaba en Londres (1661-75), separándola del sarampión
e identificándola con su nombre actual. Su Dissertatio Epistolaris (1682)
contiene su clásica descripción del histerismo; y su diferenciación de la corea
minor se encuentra en su Schedula Monitoria (1686). En
Terapéutica Sydenham ha popularizado el uso de la corteza del Perú, y ha sido
el innovador del aire puro en la habitación de los enfermos, de los paseos a
caballo para la consunción, de las pociones refrescantes en la viruela, de los
tónicos ferruginosos en la clorosis y del líquido opiáceo que lleva su nombre.
Sus prescripciones contenían ampliamente simples vegetales, y evitaba los
asquerosos ingredientes recomendados hasta en las farmacopeas londinenses de su
tiempo. Era partidario en extensión, pero no en intensidad, de la sangría, y
aplicaba la vivisección en casi todas las enfermedades que conocía, pero de un
modo discreto. Su Processus integri (1692), conteniendo su
esquema terapéutico, ha sido el vade-mecum de los prácticos
ingleses por espacio de más de una centuria, y un entusiasta de Oxford se dice
que lo ha entregado en su memoria. El influjo de Sydenham ha continuado hasta
el advenimiento de la escuela de Viena, y aun posteriormente a ella.
Un grupo
de importantes monografías que merecen ser mencionadas, en relación con la obra
de Sydenham, comprende las Observationes castrenses, de Tobías Cober (1606),
notificando la relación existente entre el tifus exantemático (morbus
Hungaricus) y la pediculosis; el De mirabili strumas sanandi (1609), de André
du Laurens, un antiguo recuerdo histórico de la enfermedad del rey, en la que
se defiende la contagiosidad de la escrófula (struma contagiosas morbus est);
un extenso estudio de la fiebre palúdica por Spieghel (De semilertiana, 1624);
los tratados de Daniel Sennert de escorbuto (1624), disentería (1626) y fiebre
(1627)[508]; de
Diemerbroek, sobre la peste (1642)[509]; el
estudio original de Glisson sobre raquitismo (1650)[510]; la
investigación experimental del ergotinismo por Thuillier (1657)[511]; de
Höfer, sobre el cretinismo (1657)[512]; de
Wepfer, sobre la naturaleza hemorrágica de la apoplejía (1658)[513]; el
estudio de Solleysel acerca de la transmisión del muermo de caballo a caballo
(1664)[514]; el de
Gideon Harvey, sobre el escorbuto (1675); la Phthistología, de Morton, en la
que se resumen todos los conocimientos de la época acerca de la materia (1689);
los estudios de Stahl sobre las enfermedades del sistema porta (1698)[515]; según
Garrod, la orina negra (alcaptonuria) era observada por G. A. Scribonius (1609)
y Zacutus Lusitanus (1649). Frederik Dekkers ha sido el primero en descubrir la
albúmina en la orina (1694), hirviéndola en presencia del ácido acético
(Ebstein). En 1614 Félix Platter (1536-1614) refiere el primer caso conocido de
muerte por hipertrofia del timo en la infancia. En 1616 François Citois
describe el «cólico de Poitou», que largo tiempo después se ha identificado
como siendo el cólico saturnino. El beri-beri ha sido descrito primeramente, de
los casos de las Indias Orientales, por los médicos holandeses Jacob Bontius
(1642)[516] y
Nicholas Tulp (1652)[517]. Bontius
también describe la disentería tropical en Java. El Tratado del asma, de sir
John Floyer (1698), da una autopsia de enfisema y señala como causa del asma
espamódico «una contractura de las fibras musculares de los bronquios». Las
Memorias del conde de Clarendon (1632) contienen un caso de angina de pecho. En
este grupo debemos incluir también la Praxis medicae (1602-8), de Félix
Platter, conteniendo el primer ensayo de una clasificación sistemática de las
enfermedades; el Sepulchretum, de Téofile Bonet (1679), una colección de todas
las autopsias de los siglos XVI y XVII; el libro de enfermedades de la infancia
de Walter Harris (1697)[518]; el
tratado de Pediatría (1697), de John Pechey (1655-1716)[519], y los
tratados de jurisprudencia médica de Fortunato Fedeli (1602)[520],
Rodericus a Castro (1614)[521] y
Paolo Zacchias (1621-35)[522]. El
pequeño libro de Fedeli tiene una interesante lámina al cobre, como
frontispicio, en la que la comprobación de la virginidad y el momento del
parto, la jurisprudencia del envenenamiento, las heridas mortales, las
enfermedades hereditarias, la tortura, los monstruos y la formación del feto
son entretenidamente presentados, demostrando el interés que estos asuntos
habían adquirido y el de Paolo Zacchias (1584-1659), que era protomédico en
Roma y médico de los papas Inocencio X y Alejandro VII, está repleto con la
información médico-legal, particularmente relativa a las heridas de los ojos y
a la jurisprudencia de las locuras, de las que da una excelente clasificación.
Una importante obra de relaciones médico-legales de la Cirugía ha sido
publicada en 1684[523] por
Nicolás de Blegny (1652-1722), que es también el fundador del primer periódico
médico (1679)[524] y
del primer directorio de la ciudad (1684). La jurisprudencia médica no se ha
estudiado con un espíritu crítico antes del siglo XVII, y hasta esta época la
ética y la jurisprudencia médicas se estudiaban como simples fases del estado
médico. Alemania ha dado muchas contribuciones a la medicina forense y a la
ética médica en este período, tales como la obra de Ludwig Hoernigk Politia
medica (1638)[525], la de
Paul Ammann sobre heridas letales (1690)[526], de
Gottfried Welsch sobre el mismo asunto (1660) y sobre los partos múltiples
(1667)[527]; la de
Melchior Sebiz sobre los signos de la virginidad (1630)[528], y la de
Johann Bohn de heridas letales (1689)[529]. El
Medicus Peccans, de Ahasver Fritsch (Nürenberg, 1684), es una antigua
contribución a la ética médica. La más importante obra médico-legal de este
siglo es, indudablemente, el descubrimiento de Swammerdam de que el pulmón
fetal flota en el agua desde que ha respirado (1667)[530]; lo que
fue primeramente puesto en práctica en el informe de Johann Schreyer, en el
caso de una muchacha aldeana de quince años, acusada de infanticidio (1681)[531]; el
hundimiento en el agua del pulmón del feto la aseguró la absolución. La
Metoposcopia et Ophtalmoscopia (1615), de Samuel Fuchs (1588-1630), es un
ilustrado tratado de Fisiognomía y de apreciación del carácter por los ojos, no
muy diferente de los de Cardan o Lavater.
Las
inyecciones intravenosas de medicamentos (1656) y la transfusión de la sangre
(1665-67) han tenido su origen científico en el siglo XVII.
Sir
Christopher Wren (1632-1723), ayudado de Boyle y de Wilkins, hizo por primera
vez la inyección de opio y de azafrán metálico en las venas del perro en 1656,
cuyo experimento fue repetido por Caspar Scotus en 1664; Elsholtz (Clysmata
nova, 1665) practicó la primera inyección intravenosa, con éxito, en el hombre.
Major ha publicado su Chirurgia infusoria en Kiel en 1667. La prioridad en la
transfusión ha sido reclamada por Francesco Folli (1654); pero la primera
comunicación auténtica del asunto es la de R. Lower (1665-67) y la de R. Coga
(1667). La transfusión aparece mencionada en el Diario de Pepy (14 de noviembre
de 1666)[532].
Pertenece
a la medicina inglesa el primer libro de estadística vital, el Natural
and Political Observations upon the Bills of Mortality (Londres,
1662), de John Graunt. Los hebreos y los romanos habían, indudable-] mente,
llevado a cabo el censo y contado las tropas; pero Graunt ha sido el primero en
publicar los datos relacionados con la mortalidad, cuántos más varones nacen
que hembras y qué población puede calcularse de un seguro cálculo de
mortalidad, y de este modo ha dado el primer paso en la aplicación de los
métodos matemáticos a la interpretación de las estadísticas. El describe cómo a
la mujer del clérigo delegado parroquial, al «examinarla», la encontró que
figuraba como muerta o a punto de morir. En ausencia de una notificación
comprobatoria de los nacimientos y de las muertes, estos datos imperfectos de
mortalidad carecen, necesariamente, de valor. Su obra ha sido seguida, en 1687,
de los Essays on Political Arithmetic, de sir William Petty
(1623-87), que expone el primer censo de Irlanda. El astrónomo inglés Edmund
Halley (1656-1752) emplea las tablas de Breslau de nacimientos y de defunciones
para calcular la tasa de mortalidad y «averiguar la cantidad de las anualidades
por vivos».
En 1672
el médico del País de Gales Charles Clermont publicó una obra con el
hipocrático título de Aires, aguas y lugares de Inglaterra, en el cual proyecta
la topografía médica de estas regiones, como Daniel Drake había de hacerlo,
mucho después, de las del valle del Misisipí. Las aguas minerales de Inglaterra
han sido estudiadas por una larga serie de médicos del siglo XVII,
especialmente por Edmond Deane (1626), Edward Jorden (1631), Thomas Guidott
(1631), Martin Lister (1682), sir Patrick Dun (1683), sir John Floyer (An
Inquiry into the Right Use of the Hot, Cold and Temperate Baths in England,
1697) y en el estudio de Nehemiah Grew de las aguas de Epson (1698)[533].
La
primera farmacopea de Londres se ha publicado en 1618, habiendo sido precedida
por las de Valerius Cordus (1540), Brice Bauderon (1588), Libavius (1606), Jean
de Renou (1615) y otras farmacopeas urbanas del siglo XVI[534]. De
aquélla se han hecho varias ediciones, todas estropeadas, por la conservación
de los usuales ingredientes, bajos y desagradables, que no llegaron a
desaparecer por completo hasta que William Heberden hizo un vigoroso ataque de
todas estas supersticiones en 1745. La Pharmacopoeia Londinensis ha sido
traducida al inglés en 1649 por el famoso herbolario y curandero Nicholas
Culpeper. Otras farmacopeas inglesas de esta época han sido: la traducción
latina, por Philemon Holland, de la francesa de Bauderon (1639); el New London
Dispensatory, de Salmón (1678), y la Pharmacopoeia Bateana, de Skipton (1688),
recopiladas de prescripciones de William Bate, médico de Carlos I, Cromwell y
Carlos II[535]. De las
farmacopeas continentales[536] mencionaremos
las de Minderer (1621), Poterie (1622), Schroder (1641), Ruland (1644), Zwelfer
de Augsburgo (1652), Jüngken (1677), Nicolás Lemery (1697), Hadrian de
Mynsichtburgo (1652) y C. F. Paulini, autor de la Heilsame Dreckcipotheke
(1696), cuyo título simboliza ampliamente la tendencia de muchas prescripciones
del siglo XVII.
La más
importante contribución del siglo XVII a la medicina veterinaria es la
demostración, por Jacques de Solleysel, de la transmisión del muermo de caballo
a caballo (1664). The Anatomy of an Horse, de Andrew Snape, ha sido publicada
en Londres en 1686, y varias obras francesas de veterinaria, especialmente la
traducción hecha por Franeini de la obra de Carlo Ruini (1607), Beaugrand
(1619-1646) y de Bouvray (1660). La primera obra alemana de veterinaria es el
Bellerophon, de Winter von Adlersflügel (1668)[537].
En
comparación con el extenso desarrollo de la Anatomía en el siglo XVII, las
publicaciones de Cirugía son pocas.
Entre los
italianos no encontramos cirujanos dignos de ser comparados con los de las tres
centurias precedentes, y los únicos nombres que merecen recordarse son los de
Cesare Magati (1579-1647), que sigue las ideas de Paré, sosteniendo que las
heridas por arma de fuego no están-envenenadas, y defiende, en teoría por lo
menos, el tratamiento sencillamente expectante por medio de curas mojadas en
agua pura; y Pietro de Marchetti (1598-1673), profesor en Padua, y cuya
Observationum medico-chirurgicarum sylloge (Padua, 1604) es semejante a los
Consilia y a las colecciones de Benivieni, Amatus Lusitanus y Peter Forest,
conteniendo muchas extrañas historias clínicas y algunas valuables
observaciones quirúrgicas. Giuseppe Zambeccari, discípulo de Redi y trabajador
de la cirugía experimental, realizó con éxito escisiones del bazo, de los
riñones, de la vesícula biliar, del páncreas y de trozos del hígado y de los
intestinos. En un perro realizó con éxito cuatro operaciones experimentales
sucesivas (Neuburger)[538]. La
gigantesca antología quirúrgica de Peter Uffenbach (Thesaurus Chirurgiae, 1610)
merece ser mencionada, a pesar de que todos los autores en ella contenidos
pertenecen al siglo XVI.
En
Francia, a pesar de las disputas de la Facultad de París con la hermandad de
San Cosme, y del decreto unificando en un solo gremio los cirujanos con los
barberos, hay muy pocas obras de Cirugía notables. Los tratados franceses de
este período han sido olvidados. Jacques de Beaulieu o Frére Jacques
(1651-1719), un operador vagabundo, ha introducido la operación lateral para
los cálculos vesicales (1697), que fue muy perfeccionada por Rau en Holanda.
Nicolás de Blegny (1652-1722) inventó el braguero elástico, descrito en su
tratado de la hernia (1676), y escribió de jurisprudencia quirúrgica (1684). El
tratado quirúrgico de Vauguion (1696) menciona el torniquete, que había sido
introducido por Morel (1674) y aplicado con éxito en la ligadura de la arteria
femoral, en el Hotel Dieu, en 1688. Un original compendio de Gabriel Le Clerc
(La Chirurgie complete, 1692), de la que se han hecho 18 ediciones, menciona
los botones de vitriolo usados en el Hotel Dieu para cohibir las hemorragias y
el método de la compresión manual (veinticuatro horas comprimiendo).
Los
maestros de la cirugía alemana durante este período son Fabry de Hilden,
Scultetus y el famoso cirujano militar Purmann.
Wilhem
Fabry[539], de
Hilden (1560-1624), llamado Fabricius Hildanus, cuya estatua ha sido
descubierta en Hilden, cerca de Dusseldorf, es generalmente considerado como el
«Padre de la cirugía alemana». Habiendo recibido una buena educación clásica,
era sumamente conservador en teoría, sosteniendo los puntos de vista de los
antiguos; pero en la práctica, un atrevido y hábil operador, inventor de muchos
aparatos e instrumentos. En su monografía sobre la gangrena (Colonia, 1593)[540] ha
sido el primero en recomendar la amputación por encima de la parte enferma, y
se dice que ha sido el primero en realizar la amputación del muslo. Para
detener la circulación antes de la amputación ha improvisado una especie de
torniquete por medio de una ligadura mantenida tirante por un trozo de madera.
Ha escrito, además, un tratado de Litotomía (Basilea, 1626); pero su obra más
importante es la Centuria de casos quirúrgicos (1606-46), la
mejor colección de historias clínicas de su época. Ha demostrado que los
traumatismos de la cabeza pueden ser causa de locura; ha extraído un trocito de
hierro del ojo por medio del imán; ha explorado el conducto auditivo por medio
de un espéculo de su invención, e ideó el primer botiquín de campaña. En 1657
el cirujano del ejército polaco Janus Abraham de Gehema (1645-1700), autor de
un pequeño manual de servicios médicos en campaña (1689)[541],
recomendaba que este botiquín fuera suministrado, como un material necesario,
por el gobierno, en lugar de tener que ser adquirido por los oficiales, como
antiguamente. Wilhelm Fabry era un reaccionario en el uso del cauterio y, como
la mayoría de los cirujanos de la época, era un creyente en el ungüento de las
armas, que se aplicaba a éstas en lugar de a la herida.
Su
contemporáneo, Johann Schultes (1595-1645), llamado Scultetus, es famoso, cual
lo han sido anteriormente Albucasis y Paré, como uno de los grandes
ilustradores de la Cirugía y de los instrumentos quirúrgicos. Su Armamentarium
Chirurgicum (Ulm, 1653) nos da un buen punto de vista de las operaciones de su
época por sus interesantes láminas representando algunos procedimientos, como
amputación de la mano, reducción de luxaciones, paso de sondas, aplicación de
fórceps, etc.
Matthaeus
Gottfried Purmann (1649-1711) era un cirujano del ejército de Brandeburgo en
1675, y adquirió gran habilidad y decisión, por su puesto de operaciones de su
columna, en campaña. Como Fabry de Hilden, es mantenido en la más alta
estimación por los historiadores alemanes modernos, a causa de haber
considerado la Anatomía como la verdadera base de los conocimientos
quirúrgicos. Parece haber realizado la mayoría de las operaciones conocidas o
propuestas en su época; la trepanación (40 casos), la transfusión, aneurismas,
broncotomía y sutura de las heridas de los intestinos. Es inútil añadir que era
un creyente en la pomada para las armas y en los polvos simpáticos para curar
las heridas a distancia. Otra importante reliquia de la Guerra de los Treinta
Años es la Medicina Militaris, de Raimund Minderer (Augsburgo, 1620). Entre las
operaciones llevadas a cabo por los cirujanos alemanes en el siglo XVII debemos
mencionar las gastrotomías, de Florián Matthis (1602) y Daniel Schwabe (1635):
la sección abierta del esterno-mastoideo para la tortícolis, de Isaac Minnius
(1641); la resección parcial del maxilar, por Acoluthus, de Breslau, en 1693, y
la ovariotomía, de Shonkoff, en 1685. En esta época podemos considerar la
laparotomía como bastante común, según las láminas de Roonhiwze (1663) y de la
Obstetricia de Völter (1679), que dan una representación muy plausible del
procedimiento.
Ha dejado
varias obras diferentes, de las que la más interesante es Cincuenta
extrañas y maravillosas curas de heridas por arma de fuego (1693)[542].
El Several
Chirurgicall Treatises (1672), del cirujano realista Richard Wiseman
(1622-76), es la obra maestra de un hombre que, en cierto modo, ha desempeñado
en la cirugía inglesa de su tiempo el papel que Sydenham había desempeñado en
la práctica de la Medicina.
Wiseman
era un hábil operador que amputaba por encima de la parte enferma, empleaba la
amputación primaria en las heridas articulares por arma de fuego, y ha sido el
primero en describir la tuberculosis de las articulaciones como «tumor albus».
Wilhelm Fabry, de Hilden (1560-1624)
Ha dado
igualmente la descripción auténtica de la «enfermedad del rey». En su tratado
de la gonorrea ha mencionado el primer caso de uretrotomía externa por
estrechez, que llevó a cabo con Edward Molins en 1652. El primer caso de
amputación por colgajo se menciona en el Triumphal Clariot of
Turpentina (1679), de James Yonge (1446-1721). Los Helps in
suddain accidents (1633), de Stephen Bradwell, es el primer libro de
primeros auxilios.
La
obstetricia del siglo XVII encuentra su representación en las obras de
Mauriceau, De la Motte, Portal, van Deventer, Roonhuyze y de la comadrona
Louise Bourgeois, que asistió a María de Médicis en sus seis partos; de Justine
Siegemundin, «comadrona de Corte del electorado de Brandeburgo», cuyo tratado,
de 1690, tropezó con gran oposición a causa de estar escrito en lengua alemana,
y la tal vez mítica Jane Sharp, cuya Compleat Midwifes Companion ha
sido publicada por primera vez en Londres en 1671.
Richard Wiseman (1622-1676)
De estos
escritores, François Mauriceau (1637-1709), de París, es, en algunos respectos,
el sabio representante de los conocimientos obstétricos de su tiempo, y su obra
de enfermedades de la mujer embarazada y puérpera (1668)[543],
ilustrada con preciosos grabados en cobre, ha sido una especie de canon de la
materia en su época, dando una buena exposición de la conducta que ha de
seguirse en el parto normal, del empleo de la versión y del tratamiento en los
casos de placenta previa. Ha sido el primero en corregir la opinión antigua de
que los huesos de la pelvis se separaban durante el trabajo normal, y de que la
descarga amniótica representaba un acumulo de sangre menstrual o de leche; ha
sido igualmente el primero en referir el embarazo tubario, la dificultad del
parto por las circulares del cordón umbilical y la fiebre puerperal epidémica.
Su obra da también un relato de la aventura del autor con el famoso Hugh
Chamberlen, de familia hugonote, que fue seguida del encargo de guardar la
invención de un fórceps obstétrico como un secreto de familia por espació de
cerca de doscientos años[544].
Paul
Portal[545] [muerto
en 1703], de Montpellier, escribió un tratado de Obstetricia en 1685 en el que
afirma que la versión puede realizarse con un solo pie, y que las
presentaciones de cara siguen de ordinario un curso normal.
Una obra
mucho más importante es la Noviem Lumen, de Hendrik van
Deventer (1651-1724), que, aunque impresa en 1701, pertenece realmente al siglo
XVII. Van Deventer, natural de Holanda, fue primero platero; pero se dedicó a
la Medicina a los diez y siete años, y, después de estudiar en Groningen,
practicó la Obstetricia y la Ortopedia en su ciudad natal, La Haya, hasta su
muerte. Ha sido llamado, con justicia, el Padre de la Obstetricia
moderna, por su obra, con interesantes láminas, que da la primera
descripción exacta de la pelvis y de sus deformidades, y de las consecuencias
de éstas en el parto complicado. Al propio tiempo era un laborioso trabajador
en la exposición de las deformidades de la columna vertebral. No había nada
análogo hasta la obra de Michaélis Das enge Becken, publicada
ciento cincuenta años más tarde.
Hendrik
van Roonhuyze (1625?) era un campeón de la operación cesárea, que parece haber
realizado con éxito diferentes veces, y su Heell konstige
Aanmerkkingen (1663) ha sido señalada como la primera obra de
ginecología operatoria en el sentido moderno.
Está
ilustrada con la única lámina (grabado en cobre) demostrando su modo de
incisión en la operación cesárea, y contiene historias clínicas de embarazo
extra-uterino y de ruptura del útero. Roonhuyze era, además, un hábil operador
escindiendo tumores, tratando traumatismos de la cabeza sin trepanación y
llevando a cabo operaciones de tortícolis y del labio leporino. Stromeyer
afirma que ha sido el primero en practicar la cirugía ortopédica. Como expone
el doctor Howard Kelly, ha sido el primero en proponer una operación científica
para la fístula vésico-vaginal, cuyos caracteres principales eran: poner al
descubierto la fístula por medio de un espéculo retráctil, colocada la enferma
en posición de fitotomía; denudación marginal exclusivamente de las paredes
vesicales, y aproximación de los bordes denudados de la fístula por medio de
ligadura plegable con hilo de seda[546]. No debe
confundírsele con su hijo Rogier van Roonhuyze, al que Hugh Chamberlen el Viejo
se dice que había vendido el secreto de su fórceps obstétrico hacia 1693[547].
Hendrik van Deventer (1651-1724)
Roonhuyze
y Deventer han trabajado mucho en favor de la educación de las comadronas en
Holanda, en cuya tarea han sido continuados por los sucesores del primero en
Ámsterdam, Frederik Ruysch y Cornelis Solingen (1641-87).
Una obra
que puede, compararse en disposición y proporciones con el Thesaurus
Chirurgiae, de Uffenbach, es la enorme Hebammenbuch, de Gottfried Welsch
(1652), fine consta de cerca de 2000 páginas de traducciones, con comentarios,
de las obras de Mercurio, Pinncus y Louise Bourgeois. Un tratado ginecológico
de la época es L'hydre féminine, de: Augustin Corrade (Nevers, 1634). La
Callipaedia, del abate Claude Quillet (1656), denuncia los matrimonios de
conveniencia, y venía a ser, en resumen, una especie de obra de eugénica.
Daniel
Leclerc (1652-1728), de Ginebra, escribió la primera extensa historia de la
Medicina (1696), una obra que ha sido traducida al inglés y que es todavía
apreciada en la actualidad.
El método
de enseñar a los sordo-mudos practicado por el fraile benedictino Pedro Ponce
de León (1520-84) se ha conservado en el tratado de Juan Pablo Bonet (1620)[548], que ha
enseñado con éxito a un hermano mudo de su patrón, el condestable de Castilla.
Sir Kenelm Digby visitó a Bonet en Madrid, siendo testigo del éxito de su
método. Después de él, el método llegó a ser popular en Inglaterra e Italia.
Giovanni Bonifacio ha publicado su Arte de los signos (L'Arte de cenni), en
Vicenza, en 1616. Tratados ingleses de enseñanza de sordo-mudos han sido
publicados por John Bulwer (1644-48)[549], por
John Wallis (1616-1703), por Salivian, profesor de Matemáticas en Oxford (1652)[550]: por
William Holder (1669)[551], y por
George Dalgarno, de Aberdeen (1661-1680)[552]. En 1692
Johann Christian Ammann (1669-1724) publicó su ingenioso método Surdus Loqueus,
que se reimprimió en 1700.
No ha
existido imprenta en las colonias de la América del Norte antes del año 1639,
en que se estableció una en Cambridge, Massachusetts, publicando su primera
obra, Bay-State Psalm-Book, en 1640. La única publicación médica de
los colonistas de Nueva Inglaterra en el siglo XVII, el Brief Rule to
Guide the Common People of New-England how to Order themselves and theirs in
the Small Pocks or Measeis (Boston, 1677)[553]por el
doctor Thomas Thacher (1620-78), un inglés que se estableció en Nueva
Inglaterra en 1635, y en 1669 llegó a ser pastor de la Antigua Iglesia del Sur,
practicando al propio tiempo con éxito la Medicina. Era un buen erudito de lo
hebreo y lo árabe, habiendo escrito un diccionario y un catecismo hebreos, que
son como las Brief Rule, en las que cada una ocupa, como hace
notar Handerson, «únicamente una sola hoja de papel».
Capítulo
XIII
Aspectos cultural y social de la medicina del siglo XVII
La época
del levantamiento de Inglaterra y de Holanda era el momento del desarrollo
espiritual e intelectual, y los efectos del constante batallar por la libertad
del pensamiento fueron constituir un período de esfuerzos científicos
individuales, más bien que de avance organizado de la Ciencia. Los agitados
acontecimientos de este período, el suplicio de Bruno en la hoguera (1600), la
Guerra de los Treinta Años, la Fronda, la Revolución de Inglaterra, el embarque
de los peregrinos, los anatemas lanzados a Spinoza, el suicidio de Uriel
Acosta—demuestran que los hombres superiores de esta época se sentían ellos
mismos «en la presencia de las causas superiores». No obstante, las guerras de
la Fronda remacharon los lazos de la monarquía y del clericalismo sobre
Francia, y al paso que Alemania se encontraba arruinada por la Guerra de los
Treinta Años, Inglaterra y Holanda quedaban libres, y las barbaridades del
feudalismo fueron templadas por las actividades reales del gobierno y por el
interés intensamente desarrollado hacia el estudio y la aplicación de las
leyes. Desde la época del descubrimiento, tal vez legendario, de las pandectas
de Justiniano en Rávena, hacia 1135, había habido un ensayo gradual hacia un
gobierno regular nacional y civil, así como también hacia el intercambio de las
naciones por las leyes romanas, y ello era conducido a un foco por la labor de
los dos más grandes juristas de la época: Hugo Grotius (1583-1645), de Delft
(Holanda), y Samuel von Pufendorf (1632 a 94), de Chemnitz (Sajonia). Con
mejores regulaciones y restricciones legales, el estado social de los médicos
había consiguientemente mejorado; sin embargo, los cirujanos seguían estando
bajo el anatema, exceptuando cuando se les necesitaba en época de guerra. En
Alemania, el médico propiamente dicho era designado como mediáis purus,
y frecuentemente gozaba de una posición oficial definida, tal como médico
ordinario de un potentado (medicus ordinarius), médico del
Estado o de la ciudad (physicus), o doctor de la peste (medicus
pestilentiarius), todos con elevados sueldos, al paso que los
cirujanos eran designados con el nombre de Feldscheerer, a causa de
que ellos tenían que rasurar a los oficiales. El grupo general de los cirujanos
era rudamente clasificado con la horda de barberos, bañeros, verdugos y
charlatanes vagabundos.
La
condición de la Medicina se había mejorado notablemente por la ambición de los
príncipes de fundar nuevas Universidades y por la aparición de dos nuevos
factores de la mayor importancia, a saber: las Sociedades científicas y la
literatura periódica.
El siglo
XVII señala el crecimiento de muchas famosas Universidades holandesas y
alemanas, especialmente Harderwijk (1600), Giessen (1607), Groningen (1614),
Rinteln (1621), Dorpart (1632), Utrecht (1636), Abo (1640), Bamberg (1648),
Herborn (1654), Duisburg (1655), Kiel (1665), Lund (1666), Innsbruck (1672) y
Halle (1694). Pero por espacio de siglos las Universidades han sido, como dice
Joubert, típicamente burguesas; los pacíficos, frívolos y auto-satisfechos
poseedores de lo que ellas tenían transmitían la muerta tradición y eran
fuertes sostenes del conservadurismo. Los mejores pensadores y hombres de
ciencia estaban, por consiguiente, penetrados desde larga fecha con la
convicción de que la labor hecha en las Universidades carecía de valor y era lo
más pequeña posible. De aquí se desprendía la necesidad de algún plan
organizado para el desarrollo de las investigaciones experimentales, para traer
a la vez hombres científicos y ponerlos en relación con los demás por medio de
publicaciones científicas. Los que tenían que investigar y experimentar, los
soñados por Bacon en su House of Solomon, eran encontrados en las Sociedades
científicas[554]. La idea
de las Sociedades científicas era originaria de Italia. La Academia Secreta de
Porta en Nápoles (1560) fue seguida de la Academia de los Linces (Accademia dei
Lincei), fundada en Roma el 17 de agosto de 1603 por el marqués Federico Cesi,
teniendo por divisa un lince desgarrando a Cerbero con sus garras. Era al
principio una corporación cerrada de cuatro miembros, que ponía a discusión los
nuevos experimentos, los problemas matemáticos y «los ornamentos de la
literatura elegante y de la Filología, que, como un gracioso traje, adornan
todo el cuerpo de la Ciencia». A pesar de encontrar mucha oposición por parte
de la Iglesia, vivió y llegó a incluir a Galileo entre sus miembros, y publicó
bellas traducciones en 4°. En 1657 una Sociedad semejante, llamada la Academia
del Cimento (Academia del Experimento), fue establecida en Florencia. En 1645
un Invisible College, análogo a la Academia Secreta de Porta, fue fundado en
Londres por Haak, Hartlieb, Boyle, Wren, Goddard y otros, y más tarde,
combinándose con una Philosophical Society de Oxford, publicó su primer
libro-periódico el 28 de noviembre de 1660, y el 15 de julio de 1662 era
privilegiada por Carlos II como Royal Society de Londres. Comenzó a publicar en
1665 sus Philosophical Transactions, de reputación mundial. Llegaron pronto
éstas a alcanzar un alto nivel de cultura, publicando obras importantes de
Leeuwenhoek, Malpighi y otros grandes nombres. La Philosophical Society de
Dublin fue fundada en 1684, con sir William Petty como primer presidente, y,
después de algunas vicisitudes, fue reorganizada como Trinity College en 1693.
Richelieu fundó en Francia la famosa Academia Francesa en París en 1635, con el
objeto de perfeccionar el idioma francés y la literatura; y en 1665 Colbert
fundaba la Academia de Ciencias, que empieza a imprimir sus publicaciones
(Historia y Memorias) en 1699. En Alemania la Sociedad de Médicos Científicos
(Gesellschaft naiurforsehender Aerzte), o Academia natural curiosísima, fundada
en Schweinfurt en 1 de enero de 1652 por Johann Lorenz Bausch y otros, se
convirtió en 1677 en la Imperial Academia Leopoldina de Naturalistas
(Kaiserliche Leopoldinische Akademie der Naturfoscher), o Academia
Caesarea-Leopoldina, que comenzó a publicar sus Miscellanea o Ephemerides, en
1670. Estas han sido continuadas por las Acta medica Hafniensia, editadas por
Thomas Bartholinus (Copenhague, 1671-79), y por las Acta eruditorutn (Leipzig,
1682-1745). La literatura periódica destacada ha llevado, entretanto, una vida
independiente. Las Acta Diurna de los antiguos romanos editaban boletines de
batallas, elecciones, juegos y otros acontecimientos, y la Gaceta de Pekín, en
China, fundada en el siglo VII después de J. C., y todavía en marcha, ha
precedido a todas las otras publicaciones de su género. Los periódicos del
siglo XVII proceden de las fugitivas «letras nuevas», originalmente escritas
ampliamente por patronos ricos, y con la subsiguiente formación de «oficios
intelectuales», como asalariados escritores y empleados, como se describen en
la comedia de Ben Jonson The Staple of News (El mercado de lo nuevo) [1625].
Siguen a éstos las venecianas gazzette, coranti o foglieiti (1531), la Nieuwe
lijdinghen, un periódico urbano publicado por Abraham Verhoeven, que,
autorizado para ser publicado en Amberes en 1605 (no existiendo ejemplares
antes de 1616), ha sido seguido, a su vez, por los periódicos alemanes el
Frankfurter Journal, fundado por Egenolph Emmel en 1615, y el Frankfurter
Oberpostamtszeitung (161 ó-1666); el londinense Weekely News, aparecido por
primera vez el 23 de mayo de 1622 y seguido por el Mercurius Britannicus (16 de
agosto de 1643), de Marchamont Nedham; la Gazette de France, publicada en París
por el médico Théophraste Renaudot en 30 de mayo de 1631, y en América el
solitario número de las Publick Occurrences, editado por Benjamín Harris y
publicado en Boston el 25 de setiembre de 1690. Completamente distintos de
estos periódicos propiamente dichos eran aquellos boletines políticos como el
escocés Diurnal of Occurents (1513-75), A Mercurius Gallo-belgicus, de Janson
(1587-94), los Diurnais del Parlamento inglés (1641-42) o el Mercurius
Britannicus, de Marchamont Nedham (1643-46). La genealogía de la ciencia
periódica se encuentra en las revistas ajenas a las Sociedades científicas. La
nueva tendencia se encuentra representada en la Ciencia por el Jourtial des
Sgavans, de París (5 de enero de 1665), y en Medicina, por los Nouvelles
Découvertes sur loutes les Parties de la Medecine, de Nicolás de Blegny (París,
1679-81), generalmente considerado el primer periódico médico en vernacular. Su
popularidad es evidente, como lo prueba el hecho de su traducción al alemán con
el título de Alonatliche neueróffnete Anmerckungen (Hamburgo, 1680). Ha sido
traducido al latín y continuado con el nombre de Zodiacus medicogallicus
(Ginebra, 1680-85) por Théophile Bonet. El abortado Journal de Médecine
(1681-85), del abate J. P. de la Roque, ha sido continuado (1686) por Claude
Brunet, que editaba también el mensual Progres de la Alédecine (1695-1709)[555].
De Blegny
era también el autor de una serie de satíricos bocetos de sus contemporáneos,
que publicaba con el título de Mercure savant (1684), recibiendo el original de
los subsiguientes «directorios de la ciudad»[556].
Théophraste Renaudot era el fundador de las casas de préstamos y de los centros
de información. Cuando reflexionamos en que no había aún servicio postal en el
continente europeo antes del año 1516[557],
comprendemos mejor la importancia de aquellas Sociedades científicas, revistas
y directorios como favorecedores de la diseminación y divulgación de la
cultura.
Los
grandes centros de la educación médica en el siglo XVII eran Leyden, París y
Montpellier. En Leyden estaban Sylvius, Ruysch, Nuck y Bidlop; en La Haya, van
Deventer y Cornelis Solingen; Roonhuyze y Swammerdam, en Ámsterdam; Duverney,
Vieussens, Pierre Dionis, Mauriceau, Jules Clement y Paul Portal, en París;
Giorgio Baglivi, en Padua, y no olvidemos que Sydenham era discípulo de Charles
Barbeirac en Montpellier. En Alemania, en cambio, la Medicina tenía poca
brillantez hasta después de la paz de Westphalia (1648) y de la época en que la
mayoría de las investigaciones científicas originales de Europa se habían
realizado por médicos prácticos destacados de las Universidades. No deja de
tener significación que el gran desarrollo de la labor brillante en Anatomía y
Fisiología ha seguido inmediatamente a la terminación de la Guerra de los
Treinta Años.
En 1633,
como hace notar Baas, Ingolstädt tenía (únicamente tres estudiantes; en 1647,
dos, y 16 en 1648; entretanto, Estrasburgo, sólo 13 en el período de 1612-31;
cuatro, de 1632 a 1648, y seis, de 1649 a 699. La enseñanza médica alemana en
este período estaba, además, siguiendo las antiguas líneas medievales,
escolásticas, de simple continuación ciega de Galeno y de los árabes, en
oposición con la medicina popular de Paracelso. Una viva tempestad se produjo
por Thomasius en 1688, cuando intentó emular el ejemplo de Paracelso dando las
lecturas en lenguaje alemán, y con los mismos prejuicios había de tropezar
todavía Schönlein en 1840. Sydenham, Glisson y el médico suizo Theodore Turquet
de Mayerne eran los sabios exponentes del estudio clínico de las enfermedades
en Inglaterra; pero en el continente, el verdadero método clínico, introducido
en Leyden ya en 1591 por Jan van Heurne (Heurnius)[558], era
seguido únicamente por Sylvius, y tal vez por Barbeirac en Montpellier. El
método usual de enseñar la Medicina era la lectura, a la ligera, de un texto
latino, seguida de la exposición de una serie de prescripciones, que eran,
según los casos, galénicas, espagiríticas, iatromatemáticas, iatroquímicas, o
heinéticas, y que eran copiadas por los estudiantes.
Jardines
botánicos se habían establecido en Heidelberg antes de 1600, Giessen (1605),
Oxford (1621), Estrasburgo (1620), Jena (1629), Upsala (1657), Chelsea (1673),
Berlín (1679), Edimburgo (1680) y Ámsterdam (1682).
La
disección como medio de enseñar la Anatomía era más frecuentemente empleada en
Italia, Holanda y Francia, que en Alemania y en Inglaterra. En esta última el
material era generalmente obtenido por el robo de las sepulturas. En Alemania,
las disecciones longo intervallo adquirían la naturaleza de
acontecimientos cívicos, siendo acompañadas de festejos. Cuando Rolfink comenzó
a tener dos disecciones anuales en criminales ejecutados en Jena en 1629, la
práctica era auxiliada, con un santo horror, por el campesino, que vigilaba las
sepulturas nuevamente hechas, por miedo de ser él Rolfinkeado. Un
esqueleto con los fines de enseñanza constituía una rareza, y a pesar de que
había anfiteatros anatómicos en la mayoría de las ciudades continentales, no
había ninguno en Edimburgo hasta 1697. Este último, sin embargo, llegó a ser el
punto de partida de la supremacía de Edimburgo en la enseñanza anatómica bajo
la dinastía de Monro. En Francia se dice que Vieussens había hecho, él solo,
más de 500 disecciones. La popularidad y la frecuencia de las disecciones en
Holanda se demuestra suficientemente por los cuadros de los grandes artistas
holandeses. El más antiguo de los conocidos es la Anatomía, del
doctor Sebastián Egberts, por Arend Pietersz (1603), en la Galería de
Ámsterdam, representando 28 médicos, con altos cuellos plegados y barbas a lo
Van Dick, agrupados alrededor del demostrador, que está a punto de introducir
el escalpelo en el cadáver que tiene situado delante de él. Otra Anatomía,
por Thomas de Keyser (1619), también en la colección de Ámsterdam, representa
al mismo médico burlescamente cosquilleando las costillas de un esqueleto
riente, para diversión de cinco de sus amigos. Un soberbio documento es el
cuadro de van Mierevelt en el Delft Hospital (1617), representando un niño con
las vísceras al descubierto, rodeado por el doctor van der Neer y otras 17
figuras con los accesorios de la disección. La famosa Anatomía, de
Rembrandt, del doctor Tulp (1632), en La Haya, es bien conocida, y el mismo
gran maestro de la pintura realista tiene en la Galería de Ámsterdam un notable
estudio, no terminado, de un cadáver disecado (1656), recordando el cuadro de
Mantegna del Cristo muerto, y titulado la Anatomía, del doctor
Johann Deyman. Las más bellas de todas estas Anatomías son las
de Adriaen Backer, en la Galería de Ámsterdam, representando una disección de
Frederik Ruysch, y el cuadro de Johann Neck en que aparece el mismo maestro
demostrando las vísceras de un niño a cinco médicos, en tanto que un niño juega
en un rincón con un esqueleto infantil. Considerando las caras enérgicas,
firmes, de estos médicos holandeses, ricamente vestidos con trajes de seda o de
terciopelo, con grandes cuellos plegados[559],
podremos formarnos una idea de la dignidad profesional en el siglo XVII. En los
cuadros de Rembrandt, en las dos Anatomías de Frederik Ruysch,
y en el cuadro de Nicholaes Maes, de los jefes del gremio de cirujanos
(Ámsterdam, 1680), los cuellos rizados se han transformado ya en bandas de
Ginebra. En el Doctor Tulp, de Rembrandt, lo mismo que en la Anatomía,
de Greenbury, de sir Charles Scarborough (1649), en el Hall de los Barberos, en
Londres, el corto cuello ribeteado de encaje, que era evidentemente una señal
de riqueza o de categoría, aparece bien evidente[560]. Un
grabado al aguafuerte representando el anfiteatro anatómico de Leyden, de 1610,
muestra un espacio cerrado de forma circular, provisto de simples localidades
como las de un teatro, resguardadas por barandillas, y una tercera parte del
espacio, aparte, ocupada con pájaros disecados, esqueletos humanos y animales
(uno de aquéllos montando a caballo), llevando placas con apropiadas
inscripciones mortuorias. Estas inscripciones, con sus esqueletos
correspondientes, constituyendo un carácter del famoso Museo Anatómico de
Ruysch, en Leyden, fueron compradas por Pedro el Grande, en 1717, por 30.000
florines (75.000 chelines = 94.000 pesetas), y se encuentran en buen estado de
conservación en el Museo Anatómico de la Academia Imperial de Ciencias de
Petrogrado. Una segunda colección, que Ruysch ha hecho posteriormente, ha sido,
según afirma Hyrtl, destruida y deshecha después de su muerte.
Lo mismo
que los grandes médicos del Renacimiento estudiaban, generalmente, Botánica o
Zoología como un género especial de investigación, encontramos que los médicos
del siglo XVII eran al propio tiempo distinguidos matemáticos y astrónomos,
físicos y microscopistas o químicos. En la enseñanza universitaria se
desplegaba, en ocasiones, la más extraordinaria versatilidad; Meibom, por
ejemplo, enseñaba Filosofía, Filología, Arqueología y Geometría lo mismo que
Medicina (Baas). El poli-historiador Hermann Conring enseñaba en las cuatro
facultades. En Física hemos mencionado ya las obras de Descartes, Kepler,
Sanctorius, Hooke, Borelli y Scheiner, y de los médicos-químicos sólo tendremos
necesidad de señalar a Van Helmont, que ha sido el primero en usar la denominación
de «gas», conociendo las propiedades del hidrógeno, del dióxido carbónico y del
dióxido sulfuroso; Leeuwenhoek y Redi, que son los primeros en hacer estudio
químico de los alimentos; Boyle, el primero en definir químicamente los
«elementos», en fundar la química analítica y en descubrir que la presión de un
gas es proporcional a su densidad (ley de Boyle); John Mayow, que estuvo n
pique de descubrir el oxígeno; Minderer, que descubrió el acetato amónico
(spiritus Mindereri); Nicolás Lémery (1645-1715), que descubrió el hierro de la
sangre; y Thomas Willis, que descubrió el sabor dulce de la orina diabética.
Anatomía del Dr. Frederik Ruysch, por Johan van Neck (1683). (Ámsterdam
Museum), Hanfstaengl, Munich
Johann
Rudolph Glauber, (1604-88), de Carlstädt, cuyo busto fue usado como un signo
químico por espacio de cerca de doscientos años, descubrió el sulfato sódico
(sal de Glauberio), obtuvo el sulfato de cobre, el cloruro arsenioso y el
cloruro de cinc; destiló el amoníaco de los huesos y obtuvo el ácido
clorhídrico destilando el ácido sulfúrico con sal marina; investigó el ácido
piroleñoso (acetum lignorum), hizo mucho en la química de los vinos y de los
alcoholes y publicó una notable enciclopedia de procedimientos químicos. Vendió
frecuentemente «secretos» a los manufactureros, estando acusado de haber
vendido varias veces un mismo secreto, o de vender algunos que no había
obtenido, y su gran secreto, que expresamente rehusó vender o publicar, era el alkahest, o
disolvente universal. Por esto decía Oliver Cromwell: «Este Glauber es un
perverso bribón»; pero Glauber era, al propio tiempo, el más grande analizador
químico de su época, y la fama que habían logrado sus descubrimientos,
insinuados por sus ayudantes, habían enseñado a apreciar su agudo talento al
guardar sus negocios para él mismo. El misterioso Glauber resulta
particularmente interesante por aparecer colocado entre los químicos
científicos, como Mayow y Boyle, y aquellos otros que seguían deliberadamente
la Alquimia.
A pesar
de que la pretensión de hacer oro y plata y otras prácticas estaban condenadas
por la Iglesia en sus famosas bulas Spondet pariter (1317)
y Super illius specula (1326), de Juan XXII, la Alquimia llegó
a constituir un culto intensivo de extraordinaria magnitud en los siglos XVI y
XVII, a causa de que ella atraía especialmente a los que buscaban el dinero, el
amor de la vida o el temor a la muerte. Por la piedra filosofal, conocida otras
veces como «la quintaesencia» o el «gran magisterio», había que pensar no sólo
en la transmutación de los metales viles en oro, en la formación de piedras
preciosas y en la del disolvente universal, sino también en conferir la salud
perfecta y en alargar la vida. Por eso era descripta por todos los que a ella
aspiraban como un sueño de color de rosa. Raimundo Lulio la llamaba un
carbunco; Paracelso la comparaba con un rubí; Berigardo de Pisa, a una
adormidera silvestre con sabor de sal marina caliente; van Helmont, al azafrán
con el brillo del cristal (Thorpe)[561]. La
sinfonía coral en alabanza de su capacidad para conservar la salud se parece a
los testimonios del «Vino Mariani» o de otros específicos de nuestro tiempo.
El
disolvente universal era, no obstante, un paso para llegar al remedio
universal, como el de Butler, charlatán francés, que
Se coloca
por encima de los médicos Y llama a su receta un específico general.
Los
efectos de la Alquimia en la medicina de los siglos XV y XVII han sido la
creación de gran número de variedades de la escuela de Paracelso, o espagírica,
que han recibido diferentes nombres de hermética, cabalística, zorástrica o
rosicruciana, de acuerdo con la tendencia individual hacia las doctrinas del
Hermes Trismegistus (el Toth de los egipcios), de la tradición oral de los
hebreos, o cábala; de la «palabra viviente» (Zendavesta), del Zoroastro persa
(el Zaratustra de Nietzsche), o del culto de la mítica Rosa-Cruz cristiana. La
doctrina de la Rosa-Cruz emanaba de los tres libros de jerga mística y
alquimista, que se habían publicado durante los años 1614-16, y que llevaban
los nombres Fama fraternitatis, Confessio fraternitatis y el matrimonio químico
de la cristiana Rosa-Cruz. El supuesto autor había viajado (como de costumbre)
por el Oriente, donde había aprendido Necromancia, Alquimia y Filosofía. A su
vuelta extendió sus conocimientos nuevos a siete asociados, constituyendo los
Hermanos de la Cruz Rosada, que debían consagrarse al cultivo de la Ciencia,
comunicando los resultados obtenidos unos a otros; a prestar asistencia
gratuita a los enfermos pobres y a no tener emblemas ni signos distintivos en
su culto, a excepción de las letras «C. R.». No es necesario añadir que podían
hacer oro, si tal fuese su deseo; pero, del propio modo que los espiritualistas
y los teosofistas de nuestro tiempo, desdeñaban dar ninguna aplicación práctica
a sus superiores conocimientos, que decían haber obtenido por iluminación
directa de Dios. Se ha descubierto más tarde que los tres libros base del culto
rosicruzado no han sido escritos por Rosencreutz, sino por el pastor de
Württemberg Johann Valentín Andreas (1586-1654), que perpetró esta solemne
pieza de mixtificación con el mismo espíritu con que Meinhold escribió Sidonia
la Hechicera. Todas las seis locuras de la ciencia; a saber: la
cuadratura del círculo, la multiplicación del cubo (el espacio de las cuatro
dimensiones o espiritismo), el movimiento continuo (Cornelius Drebbel), la
astrología judicial, la Alquimia y la Magia, aparecían exageradamente
desenvueltas en la medicina del siglo XVII, y en su mayoría han sido sujetas al
más agudo ridículo por Butler, el insigne satírico de aquella época. Figuras
preeminentes del Hudibras, de Butler, son Ralph, el astrólogo
judicial, que pretendía purgar y sangrar con arreglo a los signos del Zodíaco,
y que además
Era muy
renombrado por
su
profundo y sólido mentir,
y
Sidrophel, el rosicruzado y veterinario,
Al cual
todo el mundo, de lejos y de cerca,
acude
para profundos misterios,
cuando
latón o estaño se han perdido,
o cuando
la ropa blanca ha desaparecido.
…
Cuando el
ganado cae enfermo y se necesita
la
opinión del médico.
Los
engaños de los médicos astrológicos de este tipo han sido ridiculizados en
el Love for Love (1695), de Congreve; en el carácter de Foresight (presciencia,
presagio), un viejo pícaro, iletrado, regañón y pasivo, supersticioso y
vanidoso, que pretende saber Astrología, Quiromancia, Fisiognomía, agüeros,
presagios y sueños, etc.», y a propósito del cual dice el doctor Johnson en el
juicio crítico de aquella comedia que «el carácter de Foresight era el común y
corriente; Dryden calculaba los horóscopos; Cromwell y el rey Guillermo tenían
ambos sus días felices; y el mismo Shaftesbury, a pesar de no tener religión,
se decía que creía en los presagios»[562]. La
tendencia era ser no menos confiados entre los sabios del estado laico. Se dice
que Kepler ha hecho un horóscopo para Wallenstein. Minderer (el del spiritus
Mindereri) aconsejaba a los doctores, para evitar la peste, repetir el salmo
XXII al tiempo de acercarse a la cama de los enfermos; y hasta los antiguos
curanderos sajones recomendaban con urgencia la aplicación del agua bendita y
la entonación de los salmos LI y LXVII y del credo anastasiano al asistir al
ganado afecto de pleuroneumonía[563]. Se dice
también que el hábil clínico Daniel Sennert creía en la hechicería y en los
pactos con el demonio. El asunto de las brujas de Lancashire, que ha sido
dramatizado por Thomas Heywood, parece demostrarnos que largo tiempo después de
la época de Weyer, las gentes seguían creyendo en los estigmas de íncubos y
súcubos (equimosis histéricas), marcas de brujas (zonas anestésicas),
posesiones demoniacas y otras pantomímicas fases de la histero-epilepsia
(Ormerod)[564].
Sebastián Wirdig creía en la magia y en las varitas mágicas. Goclenius y
Fabricius Hildanus eran patrocinadores de la pomada para las armas, y en 1658
la Universidad de Montpellier oía el discurso de sir Kenelm Digby sobre el
poder simpático, que madame de Sévigné consideraba como «un remedio
completamente divino» (28 de enero de 1685). Digby, un superhombre a su modo,
que pasó rápidamente a personaje como corsario en el combate naval de Levante,
conmemorado en el jocoso cuplé de Ben Jonson:
Testigo
de su acción, dada en Scanderoon
El día de
su cumpleaños, el once de junio.
opulento
y cortesano, no obstante la prisión de su hermano por traición, se entrometía
en política, en religión y en ciencia, llegando, sin embargo, a hacerse oír, a
pesar de que, como dice Lady Fanshawe, «solía extenderse más de lo creíble en
fantásticas historias», y escribió una autobiografía única. El poder simpático,
su principal amuleto, consistía, como es bien sabido, nada más que en vitriolo
verde, primero disuelto en agua, y después vuelto a cristalizar o a calcinar al
sol. El duque de Buckingham testimoniaba que sir Kenelm había curado a su
secretario de una herida gangrenosa empapando el ensangrentado vendaje en una
solución del poder. Digby afirmaba haber aprendido este remedio secreto de un
fraile carmelita de Florencia, atribuyendo la virtud de aquél al hecho de que
los rayos del sol han extraído los espíritus de la sangre y del vitriolo, en
tanto que, al propio tiempo, el calor de la herida causado por el principio
curativo así producido es atraído hacia aquél por medio de una corriente de aire.
Tan entretenidas como ésta son las supersticiones de las curas simpáticas y
magnéticas de las heridas y de la curación de las enfermedades por medio del
acariciamiento. Las primeras proceden de Paracelso y han sido explotadas en
1608 por Rudolph Goclenius y sus discípulos en el tratado De magnética
curatione vulneris, al paso que la medicina simpática era el asunto de un
tratado de Sylvester Rattray (1658) y de un colectivo Theatrum
sympatheticum (1662). El tratamiento consistía en untar el arma con
que se había producido la herida con el unguentum armarium, de
grasa humana y de sangre del herido; la herida misma se cubría con hilas
húmedas. Esta terapéutica ha sido sostenida por Fabry de Hilden, Robert Fludd
el Rosicruzado y van Helmont, que atribuía su virtud al magnetismo animal. La
Iglesia sostenía que la cura de las armas era obra de la magia y del diablo, y
este punto de vista ha sido seguido por William Foster en su Hopiocrisma
Spongus, o una esponja para limpiar la pomada de las armas (1631).
Robert Fludd (1619), van Helmont (1621), Kircher, en Magnes (1643)
y William Maxwell (1679) son los más antiguos teorizantes a propósito del
magnetismo animal, que fue llevado al terreno práctico por Valentine Greatrakes
(Greatorex) [1628-66], uno de los soldados de Cromwell en Irlanda, que alcanzó
extraordinaria reputación a causa de sus «curas» de las enfermedades pasando
las manos (acariciando) y por su cura de la escrófula con cataplasmas de
zanahorias. Sin embargo, el tratamiento de la escrófula constituía una
prerrogativa de la realeza. La enfermedad del rey, o morbus regius,
ha sido recientemente objeto de una completa y erudita monografía por el doctor
Raymond Crawfurd (1911), y los resultados de sus originales investigaciones en
las fuentes medievales pueden rápidamente resumirse del modo siguiente:
El poder
personal de devolver la salud, atribuida siempre, en primer término, a los
dioses, ha llegado a ser, por una natural asociación de ideas, un derecho
divino de los reyes, y muchos ejemplos de ello se encuentran mencionados en los
cronistas romanos y en los padres de la Iglesia. Así, Helgaldo, un fraile del
siglo XI, recuerda que Roberto el Piadoso (996-1031) realizaba curaciones por
el tacto, y Guibert, abad de Nogent, de que la virtud de curar la escrófula
tocando (scrophas circa juguluni) había sido concedida a Felipe I de Francia
(1061-1108) y a su hijo Luis VI (1108-37). Poco tiempo antes de su muerte,
Eduardo el Confesor aplicaba el tacto a la curación de la escrófula, según
testimonio de William de Malmesbury y de un monje cronista de Westminster. La
práctica ha continuado en los reyes de Francia hasta los tiempos de Luis XVI,
habiendo resucitado en el momento de la coronación de Carlos X, en 1824,
presentándole 121 enfermos nada menos que Dupuytren y Alibert. En Inglaterra el
tacto regio cayó en desuso entre los reyes normandos posteriores al Confesor,
para reaparecer con Enrique II, Enrique III y los tres Eduardos. Además, en la
nota del guardarropa de los últimos figura el importe de las limosnas para los
escrofulosos pobres. Después de Ricardo II hay un completo silencio en todas
las crónicas a este respecto, hasta 1462, cuando Enrique VII hace revivir esta
regia prerrogativa con un ritual especial y con la acuñación de una moneda
especial, el Angel de Oro, para tocar a los enfermos. El ceremonial y la moneda
han constituido rasgos de todos los reinados siguientes hasta llegar a
Guillermo de Orange, que trató desdeñosamente esta práctica; pero la reina Ana
vuelve a restaurarla hasta tocando (sin éxito) al doctor Johnson. Los
desterrados Estuardos también la han mantenido «sobre el agua»; pero ha sido
prácticamente abandonado por Jorge I.
Ha sido
el siglo XVII el momento en que el tacto regio había alcanzado su mayor fama.
Richard Wiseman, uno de los más diestros cirujanos de su época, ha escrito la
clásica Memoria de la Enfermedad de los reyes, en la que da amplios testimonios
del poder curativo de Carlos II. Shakespeare, en tiempo de Jacobo II, lo
describe (Macbeth, ac. IV, esc. 3.a) del modo siguiente:
extrañas
visitadas gentes,
todas
hinchadas y ulcerosas, cuya vista da compasión;
verdaderas
desesperaciones de la Cirugía, curaba él,
colocando
una pieza de oro encima de sus cuellos, diciendo
al propio
tiempo santas plegarias.
El tacto
real no se encontraba todavía sujeto al ridículo en la Pseudodoxia
epidémica, o Enquiries into Vulgar and Common Errors (Pesquisas
acerca de los errores comunes y vulgares), de sir Thomas Browne (1605 a 82), el
antiguo médico de Norwich, cuyos deliciosos escritos, Religio Medici (1643), Urn
Burial (1658) y los restantes, pertenecen a la literatura, en el más
exquisito sentido. La Religio Medici, con su delicado y original
modo de expresión, es un ensayo de reconciliación entre el escepticismo científico
y la fe. Los Errores Vulgares, aunque nominalmente, constituyen un
ataque crítico a la superstición, despliega la misma deliciosa fantasía por la
crédula actitud de su autor hacia muchas de las cosas que pone fuera del
ridículo.
En
resumen: al paso que la ciencia médica del siglo XVII había realizado rápidos y
extensos progresos, la medicina popular estaba a punto de retroceder hasta los
excesos del período bizantino; lo que demuestra nuestra tesis esencial de que
los puntos de vista populares de la Medicina son inevitablemente siempre los
mismos, independientemente de todas las diversas circunstancias de tiempo y de
localidad. Esto puede ser fácilmente comprobado por el estudio de la Materia
médica de este período.
La
primera edición de la London Pharmacopoeia, publicada en 1618, contiene unos
1.960 remedios; de ellos, 1.028 simples, 91 animales y 271 vegetales. Entre
ellos figuran gusanos, pastillas de víbora desecada, pulmones de zorro (para el
asma), polvos de piedras preciosas, aceite de ladrillo, aceite de hormigas,
aceite de lobo y manteca hecha en mayo (para ungüentos). Entre los 932
medicamentos compuestos, muchos de los cuales conservan los nombres de sus
inventores griegos y árabes, hay jarabes vegetales, compuestos de polvo de sen:
ungüento napolitano (sangre), emplasto de Vigo (compuesto de carne de víbora,
con ranas y gusanos vivos y el celebrado antídoto de Mattioli, hecho de unos
230 ingredientes, incluyendo los diversos mitridatos (confectio Damocratis) y
la triaca de Andrómaca. La farmacopea de 1650 contiene cochinilla, vino de
antimonio, los precipitados mercuriales rojo y blanco, polvo del cráneo de una
víctima de muerte violenta y polvo de Gascuña, compuesto de bezoar, ámbar,
perlas, ojos de cangrejo, coral y cabezas negras de pinzas de cangrejo. En la
farmacopea de 1677 han desaparecido los nombres griegos y árabes, demostrando
que la influencia de estos autores ha disminuido también, al paso que hacen su
aparición por primera vez la jalapa, la corteza de quina, el alumbre calcinado,
la digital, el benjuí, el bálsamo de copaiba y el de tolú, los tónicos
ferruginosos, el agua irlandesa (aqua vitae Hibernorum sive usquebaught), así
como también la orina humana, tan recomendada por madame de Sévigné (13 de
junio de 1685)[565]. Entre
los remedios curiosos comprendidos en las tres farmacopeas londinenses de este
período figuran la sangre, la bilis, la grasa, las vísceras, los huesos, la
médula de los huesos, las uñas, los dientes, las pezuñas, los cuernos, los
órganos sexuales, los huevos y los excrementos de todo género de animales;
aguijones de abejas, crestas de gallo, huesos de jibia, pieles, plumas, pelos,
cola de pescado, perspiración humana, saliva de un hombre en ayunas, placenta
humana, seda cruda, telarañas, esponjas, conchas marinas, tiras de piel de
culebra, escorpiones, nidos de golondrina, pulgones y el hueso wormiano de la
unión de las suturas sagital y lambdóidea del cráneo de un criminal ejecutado
(ossiculum antiepilepticum (Paracelsi)[566]. La
materia médica china no va más allá que éstas en este sentido, demostrando que
la mente popular es estacionaria o discontinua. Aun podemos añadir que Minderer
prescribía el aceite de arañas y de lombrices de tierra contra la peste; Robert
Boyle recomendaba el álbum Graccum como un remedio grosero, pero experimentado,
contra la disentería; Nicolás Lemery, el ungüento de gato y el aceite de perros
cachorros hervido con lombrices de tierra; Mattioli, el aceite de escorpiones,
y Paracelso, el excremento humano (Zebethum occidentale). Glauber únicamente,
en un importante estudio de las sales (1658)[567],
recomienda el empleo de las preparaciones químicas en lugar de las excretas
humanas. El viejo Nicholas Culpeper, el más notable herbarista y curandero de
su época, que incurre en una larga serie de groseras burlas a propósito de las
farmacopeas londinenses de 1618 y 1650, aparte de su doctrina herbaria, era
únicamente el crédulo astrólogo descripto por Nedham como un «pretencioso, de
cabeza díscola», que tenía dentro «un galimatías de farmacopeas no
comprendidas», y cuya aspiración era la de «llegar a monopolizar él mismo todas
las picardías y engaños de que fuesen capaces todos los boticarios».
En
Alemania, Rivinus ha publicado una Censura de remedios oficinales (1701),
rechazando como inútiles los venenos, partes de animales, substancias
destructibles e inertes, falsificadas, mal preparadas; los remedios imaginarios
y las mixturas incongruentes o incompatibles.
Otro
notable carácter de la terapéutica del siglo XVII es el largo número de
preparaciones privadas o de propiedad particular (específicos). Merecen
especial mención entre las nuestras las píldoras de Scot (Grana Angélica),
compuestas por Patrick Anderson (1635), de áloes, jalapa, gutagartiba y anís
(las modernas píldoras de áloes y mirra), que, según Wootton, seguían
patentadas con éxito hasta 1876, y eran siempre muy solicitadas en las boticas.
Las píldoras catárticas de John Pechey eran anunciadas a un chelín seis
peniques la caja en tiempo de Sydenham. El bálsamo tranquilo, compuesto de
hierbas por un capuchino del Louvre, era calurosamente recomendado por madame
Sévigné (15 de diciembre de 1684); el bálsamo de Fioravanti, otra tintura
vegetal de la época, continúa figurando en el Codex francés. También sigue
haciéndose el elixir de Daffy. Las gotas holandesas, o aceite de Haarlem, una
mixtura de aceite de trementina con otros ingredientes, ha seguido usándose,
desde 1672, como un «medicamento» o rutina preventiva de la enfermedad. Carlos
II daba a cualquiera de 5.000 a 15.000 chelines por la fórmula de las «gotas de
Goddard», recomendadas por Sydenham, y que se decía estar hechas de seda cruda.
El agua de los carmelitas (eau de Melisse des Carmes), un cordial aromático
hecho en la farmacia de los Carmelitas Descalzos, cerca del Luxemburgo, en
1611, ha sido patentado hasta 1791 y vendido hasta 1840. La sal de Seignette
(salpolychrestum), inventada hacia 1672 y un secreto hasta 1731, era sal de
Rochelle. La fórmula de las llamadas píldoras de Francfort, un laxante popular
de áloes y ruibarbo, llamadas también píldoras de Beyer, opilulae angelicae,
fue transmitida por su inventor, Johann Hartmann Beyer (1 563-1625), de
Francfort, a Jacob Flosser, boticario del Cisne Blanco, en 1578, y transmitida
sucesivamente a otros boticarios hasta muy avanzado el siglo XVIII[568]. Las
píldoras de un imaginado doctor Immanuel («Dios con nosotros»), de Nüremberg,
eran usadas desde 1638 como un cúralo-todo, especialmente cuando había amenaza
de peste[569]. El
ungüento dorado para los ojos, de Singlenton, es descripto en las crónicas de
Wootton como el más antiguo remedio secreto vendido en Inglaterra, y sigue
siendo propiedad privada. Algún tiempo antes de 1630 la condesa de Chinchón,
virreina del Perú, fue curada de la fiebre palúdica en Lima por la
administración de la corteza de la quinal, que era de largo tiempo conocida por
los indios del Perú y que fue traída a Europa por los jesuitas en 1632, y
posteriormente por Juan de Vigo. «Ningún otro acontecimiento, dice Neuburger,
ha trastornado tanto los sistemas escolásticos corrientes en Medicina como el
descubrimiento de los polvos de los jesuitas.» Ramazzini dice que la quina ha
sido en Medicina lo que la pólvora fue para la guerra. El hecho de que ella curase
rápidamente las prolongadas intermitentes, para las cuales se habían empleado
por espacio de meses los viejos remedios, y en el tiempo de expulsar los
«humores corrompidos», era el final del galenismo en la práctica médica. Ha
sido introducida en la práctica inglesa por Sydenham y Morton, y su aplicación
ha servido para diferenciar la fiebre palúdica de otras infecciones febriles, y
a Torti para separar las formas perniciosas que no podían ser dominadas por
ella. La ipecacuana ha sido primeramente mencionada como «igpecaya», por un
fraile portugués en Purchas «Peregrinos» (1625), y llevada a París en 1672.
Hacia 1680 comenzó a ser administrada, como un remedio secreto contra la
disentería, por Helvetius, y, a instancias de Luis XIV, el secreto fue experimentado
y comprado por el Gobierno francés en 20.000 francos en 1688. La droga ha
tenido cada vez más importancia hasta el descubrimiento de la emetina (1910).
El antimonio ha tenido una fama extraordinaria en el siglo XVII por el hecho de
que el tártaro emético había curado en 1657 a Luis XVI de una grave enfermedad.
El tártaro emético ha sido descripto en primer término por Adrián Munsicht en
1631, e identificado con los polvos del conde de Warwick (1620). El kermes
mineral, descubierto por Glauber, era un remedio secreto, con el nombre de
polvo de los cartujos (poudres des Chartres), por el cual pagó Luis XIV una
elevada suma en 1720. Las copas de antimonio (poctila emética) eran de uso
común en Alemania; pero desaparecieron hacia el final de la centuria[570]. En 1646
Athanasius Kircher descubrió otro género de copas de madera, enviadas a él por
los jesuitas de Méjico, que coloreaban el agua que en ellas era echada de un
tono azul obscuro, capaz de una fluorescencia como la del camaleón. Este era el
celebrado lignum nephriticum, primeramente mencionado por Nicolás Monardes
(1565) y por Francisco Hernández (1577) como un notable diurético para los
trastornos renales c hidrópicos. Caspar Bauhin ha descrito una copa semejante
en 1650, y en 1663 Robert Boyle hace un cuidadoso estudio de este fenómeno
colorante. En 1915 W. E. Safford demostró que el lignum nephriticum se obtiene
de dos especies; a saber: Eysenhardtia polystacha, el palo dulce de México, que
ha sido examinado por Boyle, y el Pterocarpus indica, un árbol grande de
Filipinas del cual estarían, probablemente, hechas las copas de Kircher y de
Bauhin. En el siglo XVII estas copas se consideraban como regalos convenientes
para la dignidad real[571]. La
moxa, que Sydenham creía idéntica a la 𝜔𝜇𝜊𝜆𝜄𝜈𝜊𝜈, de
Hipócrates, ha sido introducida en la práctica europea, como un remedio contra
la gota, por Hermann Buschoff, un clérigo de Batavia, en 1674, y recomendada
como una panacea por Gehema en 1682[572].
Los
envenenamientos profesionales, tan malos como los descritos por Cicerón y Tito
Livio, eran especialmente frecuentes en Italia y en Francia. Sin embargo,
muchos de los envenenamientos de los siglos XVI y XVII eran, indudablemente,
obstrucciones intestinales, embarazos extrauterinos, apendicitis, etc. Pero los
objetos existentes en el Museo de Cluny[573] y
otros datos indicaban que estaba dentro de la ambición del tiempo.
El llevar
sencillamente la muerte en un pendiente, en un joyero, en un sello, en el
varillaje de un abanico, en la filigranada empuñadura de la espada,
y la
escena de la Reina Madre, de Siwinburne, en la que Catalina de
Médicis envenena a su bufón con un par de guantes, no es, probablemente,
exagerada. Uno de estos envenenadores italianos era Exili, que abandonó Roma
por París con un protocolo de 150 causas contra él y que entabló relaciones con
Sainte Croix, el amante de la depravada marquesa de Brinvillers. De Exili
aprendió Sainte Croix el sutil compuesto con el cual su amante pudo disponer de
su padre, de sus dos hermanos y de muchos desgraciados enfermos del hospital.
Esta fue apresada por un aficionado detective, y juzgada y ahorcada
en 1676. Los polvos blancos que ella empleaba desafiaron todo análisis. Este
negocio determinó una elegante epidemia de envenenamientos secretos, contra los
cuales instituyó Luis XIV la celebrada «Chambre-Ardente». Esta era una especie
de tribunal de «tercer grado», y por sus tormentos oficiales fueron juzgadas y
condenadas las aventureras La Voisin y La Vigoureux, con su poudre de
succession. El arsénico era, probablemente, el tóxico principal del
Aqua Tofana, o Aquetta de Napoli, de Teofania di Adamo, una mujer diabólica que
en 1709 confesó haber envenenado más de 600 personas con ella, y que fue,
consiguientemente, aprisionada y ahorcada.
Las
tarifas de los boticarios eran excepcionalmente elevadas en el siglo XVII, y el
coste de las medicinas era frecuentemente explotado por los médicos y los
cirujanos como un pretexto para elevar sus cuentas. En Alemania las boticas de
la ciudad eran de imponente arquitectura, estando algunas veces adornadas las
fachadas con estatuas de piedra de médicos famosos del pasado, como las
fundadas en Hannover por Hermann Peters y en Lemgo por Arnold Klebs[574]. En
Londres, Bucklersbury llegó a ser no sólo el gran mercado de drogas, sino un
elegante camino real de intrigas; una especie de Bond-Street del siglo XVII.
Los especieros eran los primitivos vendedores de drogas, hasta que, más tarde,
los boticarios fueron debidamente incorporados por Jacobo I en 1606; pero en
1607 los drogueros reemplazaron en el despacho de las especierías por medio de
una nueva disposición legal, después de cuya fecha ellos han tenido en contra
los médicos. La razón de esto era que los boticarios hacían de prácticos; no
sólo vendían drogas, sino que, además, las recetaban. La gran disputa entre
médicos y boticarios, que llegó a su máximo en el Dispensario, comenzó en la
época de la gran peste de Londres (1665), cuando los boticarios ganaron mucho
en la opinión pública permaneciendo en sus puestos, en tanto que los médicos
(hasta Sydenham) se marcharon para poner en salvo la vida. Era una extorsión la
gran escasez de boticas. En dos cuentas de drogas de 1633 y 1635, citadas por
Handerson, cuatro chelines eran cargados por un vaso de vino ferruginoso; «una
purga para vuecencia» es señalada en tres chelines, seis peniques; «una purga
para vuestro hijo», en tres peniques; unos polvos para sahumar las ropas de la
cama, en cuatro chelines. Aunque estas cuentas eran muy elevadas para estos
tiempos, sin embargo, ellas eran nada en comparación con la cuenta puesta en
1633. Por George Buller, que llevaba 30 chelines por cabeza por píldora y 37
libras to chelines por las cajas. En el reinado de Jacobo I el Colegio de
Médicos persiguió al doctor Tenant por cargar seis libras por una píldora y
otro tanto por un apócema (decocción), y Pitt, en 1703, establece que se
conocían boticarios que habían cobrado de 150 a 320 libras por un solo caso, y
que las cuentas de sus prescripciones eran, por lo menos, de un 90 por 100 más
de los precios de coste. En esta época los honorarios, por término medio, de un
médico de Londres eran, próximamente, de medio soberano, al paso que los
boticarios solían llevar por año a Carlos T y Carlos II 40 y 70 libras,
respectivamente. En 1687 el Colegio de Médicos obligaba a sus miembros y
licenciados a tratar los enfermos pobres de Londres y de sus suburbios libres
de gastos; y que la situación seguía adelante lo demuestra que en 1693. 53
médicos influyentes de Londres se subscribían por 10 libras cada uno para
establecer dispensarios en los que pudiesen suministrarse medicamentos a los
pobres a precio de coste. No solamente estaba entablada la guerra entre los
médicos y los boticarios, sino también entre los dispensarios y los
antidispensarios, estando éstos, naturalmente, favorecidos por los boticarios.
Apareció una serie de groseros libelos, y en 1699 Garth publicó The Dispensary,
un poema satírico en el metro de Pope, haciendo resaltar la injusticia del
dilema a que se veían condenados los médicos: «o engañar como comerciantes, o
fracasar como locos». Eran descriptos por el doctor Johnson «como el asiento de
la caridad contra las intrigas del interés, y de la enseñanza regular contra la
usurpación licenciosa de la autoridad». Pope también ha dado un golpe a los
modernos boticarios enseñaron el arte de, en las recetas del doctor, desempeñar
la parte del doctor; insolentes en la práctica de leyes mal aprendidas.
Pero, a
despecho de lo que suponían los hombres de letras, los médicos fueron por
último, vencidos por los boticarios: así, por ejemplo, un caso de juicio contra
un boticario que se había excedido de sus licencias, y que fue llevado a juicio
en 1703 y decidido en primera instancia en favor del médico, fue inmediatamente
revocado por el tribunal superior. Después de esta época los boticarios
ingleses se convirtieron en prácticos para todos sus fines y propósitos, y
empezaron a llevar la guerra a aquellos de sus compañeros que no se sometían a
sus propias decisiones. Ellos se han mantenido en este terreno, como veremos,
hasta 1815 y 1886.
En el
siglo XVII la dirección de las vías comerciales y el mercado de drogas han
pasado de las manos de los holandeses a las de los ingleses.
En el
siglo XVI Holanda había adquirido por completo la dirección del comercio entre
el Norte y el Sur de Europa, así como también de la provisión de maderas, de
alquitrán y de cereales. Pero el secreto de la ruta hacia las Indias Orientales
había sido celosamente guardado por los portugueses. En 1595-96 Jan van
Linschoten, que había servido en la flota portuguesa de las Indias, publicó un
resumen de sus viajes al Extremo Oriente, en el que se proporcionaba mucha de
la tan deseada información. Siguieron muchos vivos combates marítimos, y hasta
las mismas Molucas cayeron en poder de los holandeses. Torrentes de sangre se
derramaron por el «en apariencia tan inofensivo clavo», que en la actualidad se
utiliza principalmente para sazonar escabeches o para disimular el olor de un
aliento alcohólico. Como dice Motley: «El destino del mundo parece haber
llegado a depender casi por completo del crecimiento de una variedad especial
de alhelí.» Para llegar a dominar por completo el comercio del clavo, los
holandeses le extirparon de las Molucas y le llevaron a Amboyna (Flückiger y
Hambury). El monopolizado Mirística fragrans, el productor de la nuez moscada y
de la maza, era introducido, para su maduración, en lechada de cal por espacio
de tres meses, con el fin de impedir su propagación fuera de las islas de Banda
y poder guardar toda la nuez moscada recogida en depósito en Ámsterdam hasta
seis años (Linton). Tavernier nos refiere cómo monopolizaron la canela de
Ceylán los holandeses. Los ingleses no pudieron ir substituyendo a los
holandeses más que muy poco a poco, y durante muy largo tiempo estas
substituciones sólo las podían conseguir por la captura de los barcos
holandeses y portugueses. La toma de Ormuz (1622), la matanza de ingleses en
Amboyna (1623) y el dominio del tratado de Dryden son rasgos de su lucha con
los holandeses. Su punto de apoyo en el Sudeste iba a ser la península del
Indostán.
La
Compañía Inglesa de las Indias Orientales fue oficialmente reconocida el 31 de
diciembre de 1600, y una estación permanente fue establecida en la costa
malabar en 1612[575].
La
proporción en que eran introducidas las drogas exóticas americanas y orientales
se pone bien en evidencia en una serie notable de tratados de Farmacología
publicados en Londres de 1672-95 y atribuidos, en parte, a John Pechey de
Gloucestershire. La nuez de Moluca, el jengibre, las semillas de Angola, la
ipecacuana, la nuez malabar, las simientes de las Barbadas, las bayas de las
Bermudas, las habas de la vainilla, la raíz de Colombo, las nueces de las
Maldivias, el lignum nephriticum, la blatta bizantina, las habas de Bengala, la
perigua, las semillas de Méjico, las plantas de Ceylán, etc., figuraban entre
los simples[576]. El
supuesto autor no debe ser confundido con John Pechey (1665-1716), de Londres,
el traductor de Sydenham (1696).
El valor
de la moneda en el siglo XVII puede ser calculado en siete u ocho veces más que
en nuestros días, y teniendo esto presente podremos formarnos alguna idea de
los beneficios y ganancias de los médicos y cirujanos en esta época.
Las
ganancias de un médico, en general, eran de unas 100 libras anuales; pero
Turquet de Mayerne ganaba 400, con una renta de 200 anuales señalada a su
mujer. Aunque los honorarios, por término medio, de un médico inglés podían
calcularse en unos 10 chelines (un valor de unas 35 libras en la actualidad),
nos encontramos con que Richard Mead (1673-1754) cobraba una guinea por una
pequeña untura, y media por una consulta de café. Harvey, que no era un
afortunado práctico, dejó una fortuna de 20.000 libras. El sueldo anual del
profesor de Física en la Universidad de Cambridge era de 40 libras en 1626.
Una
antigua disposición de 1665 establece en 12 chelines los honorarios de una
visita médica a 20 millas; otra, una libra; una visita fuera, de dos días de
duración, una libra 10 chelines. Sangrar a una mujer en el lecho costaba 10
chelines; a un hombre, dos chelines seis peniques. Una autopsia, tres chelines
cuatro peniques[577].
Thomas
Arthur, un médico de Limerick (Irlanda), aunque prevenido en contra de ejercer
entre los ricos, por un prejuicio religioso, venía a tener una renta de unas
250 libras, que equivaldrían a 7.000 en la actualidad (Walsh). Sus honorarios
por el tratamiento de un caso de gonorrea (1619) eran de dos libras
adelantadas, y por una úlcera pútrida de la garganta, ocho chelines. El sueldo
del profesor de Física de la Universidad de Cambridge era de 40 libras anuales
en 1626. En Alemania la tarifa estaba fijada por las ordenanzas de Hesse
(1616), Francfort en el Main (1668) y Prusia (1685). De acuerdo con las
ordenanzas de Francfort, una visita en la casa del médico valía 40 peniques
(unos 75 céntimos en la actualidad); una visita al domicilio del enfermo valía
un marco 35 pfennigs; una visita de noche, 1,70 marcos, y una consulta, un
gulden de oro (unas 12,50 libras). Los extranjeros pagaban una mitad más, o el
doble, según la fortuna que se les atribuía. Los médicos de familia (Hausarzt)
recibían una cierta suma anual, que podía llegar a ser 100 marcos en ocasiones,
como en un caso de asistencia a una condesa bávara (Baas). Un médico urbano
cobraba más de 500 marcos si estaba encargado de inspeccionarlas farmacias de
la ciudad; un médico de la corte, 850, y un médico en general, 900. El doctor
de la peste, en Praga, cobraba 2.000 marcos al mes. En Francia Seguin compró el
puesto de médico general a Guillemeau en 50.000 libras y lo revendió en 22.000
coronas (unos 200.000 francos en el dinero actual), y Valot, en 1652, pagaba al
cardenal Mazarino 30.000 coronas por el puesto vacante de médico del rey.
Buckle calcula que los honorarios, por término medio, de un doctor francés eran
más pequeños que los de un albéitar inglés. De acuerdo con Levamen Infirmi
(1700), citado por Handerson, los honorarios de un cirujano inglés eran de 12
peniques por milla; de 10 groats (moneda inglesa del valor de cuatro peniques)
por reducir una luxación; un chelín por una sangría y cinco libras por una
amputación; un médico licenciado llevaba un noble o ángel (seis chelines ocho
peniques), aunque podía pedir 10; un graduado en Física, 10 chelines, pero
generalmente pedían 20. Richard Wiseman cobró en 1661 150 libras como cirujano
ordinario, y De Choqueux, 80 libras en 1665. La costumbre medieval de pagar una
pensión vitalicia por una feliz intervención quirúrgica continuaba estando en
boga. Wiseman recibió una pensión de 30 libras anuales de un enfermo (Power).
De acuerdo con la tarifa de Francfort de 1668, un cirujano barbero alemán cobraba
10 marcos y medio por la reducción de un brazo fracturado (y 20 marcos y medio
si estaban fracturados los dos huesos); 30 marcos 85 pfennigs por tratar una
luxación del codo, a la mitad, como máximum, si el luxado era un pobre. Un
cirujano cobraba 31 marcos por la amputación de un brazo, 4 1 por la de una
pierna, 51 por una fitotomía, o la mitad si el enfermo sucumbía. La herniotomía
era estipulada en 51 marcos, y la operación de las cataratas en 17 marcos por
un ojo y 25 por los dos. Según las tablas de Baas del sueldo de un cirujano
militar en la marca de Brandeburgo, un cirujano cobraba en Infantería de 11 a
15 marcos al mes, y en Caballería, 11,40 en 1639 y 27 en 1655. Un cirujano
regimental cobraba 30 marcos en 1638, 15 en 1639, 27 en 1655 y 52, 80 en 1685.
Durante el período de 1635 a 1685 el cirujano de los mosqueteros franceses
desterrados tenía un sueldo de 90 marcos al mes. El sueldo de un feldscheerer
sajón en 1613 era de 33 marcos al mes. Es interesante el dato de que durante la
Guerra de los Treinta Años, y posteriormente, el feldscheerer era a la vez
cirujano del regimiento, barbero y porta-estandarte (Fähnrich)[578]. En
Inglaterra, bajo la República, en 1650, los cirujanos militares en los puestos
del Norte cobraban seis chelines ocho peniques diarios, y 15 libras para
caballo y botiquín si servían en cuerpo montado. Un cirujano naval inglés
cobraba ocho libras por cada ciento setenta y cinco días de servicios en 1653,
y 16 libras catorce chelines por cuarenta y un días de servicio en 1654.
La
disputa y la rivalidad del tiempo antiguo que, como hemos visto, ha existido
siempre entre los médicos, los cirujanos y los barberos, continuó con un fervor
no disminuido durante el siglo XVII. Después de la incorporación de los
barberos y cirujanos ingleses en una compañía en 1540, los primeros continuaron
siendo una espina al lado de los últimos, y los cirujanos no pudieron
desembarazarse de ellos hasta 1745. Hasta esta fecha, esa compañía unida de
Barberos-Cirujanos tenía autorización para efectuar disecciones públicas en su
propio domicilio; pero, de todos modos, su labor educativa fue más tarde
adelantada por las fundaciones de Arris (1643) y Gale (1698) con sus
disecciones y lecciones públicas. En Francia la profesión médica se había
compuesto, por espacio de siglos, de una aristocracia de médicos, una petite
bourgeoisie de clericales barberos-cirujanos y de un proletariado de
barberos laicos o de cirujanos errantes (bar bita mores), odiándose
y despreciándose mutuamente y adhiriéndose a las rígidas distinciones de casta.
Cuando, posteriormente a la fundación del Colegio de San Cosme, los cirujanos
fueron, en cierto modo, asimilados al estado de médicos, comenzaron a darse
igual tono que estos últimos, vistiendo el birrete cuadrado y el traje largo,
substituyendo la divisa de las tres cajas de ungüento bajo la bandera de su
gremio por las tres tradicionales bacías, arrogándose a sí mismos el derecho de
examinar a los barberos e insistiendo en que sus ayudantes sean «estudiantes de
Gramática». En el siglo XVII los médicos se han convertido en estériles
pedantes y presumidos, con tacones rojos, traje largo, grandes pelucas,
birretes cuadrados, orgullosos y desdeñosos en sus ademanes, haciendo una vana
ostentación de su latín, y, en lugar de ocuparse de estudiar y de cuidar a sus
enfermos, tratan de imponerse por las largas tiradas de bobadas técnicas, que
únicamente ocultan su ignorancia respecto de lo que ellos suponen ser los
padecimientos de los enfermos. Entre ellos mismos, los médicos estaban minuciosamente
celosos de sus derechos y sus privilegios, considerando su confraternidad como
una corporación cerrada, y, a pesar de ello, disputando eternamente a propósito
de las fantásticas teorías de la enfermedad y de los métodos corrientes de
tratamiento. Los barberos laicos, no obstante ser proscritos y vagabundos,
eran, desde muchos puntos de vista, los más dignos y respetables de los tres,
supuesto que se dedicaban al estudio directo de la Naturaleza. Demostraban poca
sumisión a sus rivales, y de su gremio habían procedido Franco y Paré. Así, al
paso que los barberos habían empujado a los cirujanos, que, en servil imitación
de los médicos, habían constituido un gremio contra ellos, los médicos mismos
mantenían una actitud orgullosa, como de Malvolio, contra unos y otros. Los
médicos, como dice Forgue[579], se
habían reunido algunas veces con los barberos, en una combinación
aristocrático-socialista, contra los cirujanos, aunque otras veces favorecían
los deseos de los cirujanos de dominar sobre los barberos, al paso que los
barberos y los cirujanos se juntaban otras veces como una unidad contra los
doctores. El resultado de todas estas intrigas y agitaciones fue que los
barberos llegaron, por último, a unificarse por el real decreto de 1660, que
reunió los barberos y los cirujanos en un solo gremios; pero, por otra parte,
se vieron reducidos al más humilde estado y cedieron ante la furia centuplicada
de los médicos. El notable aislamiento y la estéril ineficacia de los
internistas franceses del siglo XVII se revelan de un modo sorprendente en las
cartas de Guy Patín (1601-72), decano de la Facultad de París, que consideraba
a los cirujanos como simples «lacayos con borceguíes...; una raza de perversos,
extravagantes presumidos, que gastan bigote y manejan las navajas de afeitar».
En 1686, sin embargo, tuvo lugar un acontecimiento que Michelet ha juzgado como
«más importante que la obra de Paré»: Luis XIV, víctima, al parecer, de una
fístula de ano que, después de haber resistido obstinadamente a todo género de
unturas y de embrocaciones, fue felizmente curada por la operación efectuada
por el cirujano real Félix. Este recibió por su intervención una casa de campo,
300.000 libras, tres veces más que los honorarios del médico real, y fue
ennoblecido, recibiendo el título de Señor de Stains. Félix fue sucedido por
Marechal, al que se debe la elevación de la condición social de los cirujanos
franceses en el siglo XVIII. Luis XIV ha influido en la medicina francesa de
tres notables modos. Su ataque de fiebre tifoidea (1657) dio una extraordinaria
fama al uso del antimonio; su fístula de ano (1687) trajo consigo la
rehabilitación de la cirugía francesa; y el hecho de que su mujer fuera
asistida en 1663 por Clément, el tocólogo real, favoreció mucho la causa de la
obstetricia ejercida por los varones.
El mejor
punto de vista del formulismo pedantesco y de la ineptitud complaciente de los
internistas franceses de este período nos lo da la melancólica burla de Molière
(1622-73). El gran dramaturgo no sentía simpatía por la profesión médica, cuyo
aspecto ridículo más bien producía su irrisión, y contra la cual parece haber
excitado un rencor permanente, en cierto modo, a causa de la incapacidad de
aquélla para hacer algo contra su propia enfermedad (consunción) y, en parte
también, a causa de que él creía que los médicos habían matado a su único hijo
y a uno de sus íntimos amigos con su eterno antimonio. Nada menos que cinco de
sus comedias impresas abundan en mordaces burlas y en sarcasmos sangrientos
dirigidos con infalible habilidad contra la tribu de los doctores.
La
tendencia existe en sus más antiguas farsas, como Le Docteur Amoureux, Les
Trois Docteurs Rivaux, La Jalousie de Barbouille, Le Médicin Volant. En Le
Médicin Volant, Sganarelle, el criado, remeda hábilmente las pedanterías de la
Facultad de París. En L'Amour Médicin nos encontramos con una inimitable burla
de las consultas profesionales y de las discusiones entre cinco médicos de
diferentes tipos, siendo uno de los puntos discutidos el de los méritos
relativos de la antigua elegante muía episcopal y los del caballo de nueva
invención como medios de transporte. En el segundo acto un errante vendedor de
drogas canta las virtudes del popular opiáceo orvietan. En Le Médecin Álalgré
Lui, Sganarella es nuevamente obligado, por amenazas de golpes, a desempeñar el
papel de doctor, y, teniendo una lengua muy suelta, pronto se excede a sí
mismo. En Monsieur de Porceaugnac, dos médicos, que han sido sobornados para
pronunciar un diagnóstico de locura, celebran una solemne consulta de lunático
inquiriendo sobre el asmático provincial, y sus largas parrafadas escolásticas
parecen inspiradas exactamente en el espíritu de la época. Pero la más perfecta
de las sátiras médicas de Molière es la que aparece en su última obra maestra,
de Malade Imaginaire, cuya figura central, Argan el hipocondríaco, siempre
medicinando sus imaginarias dolencias, es el tipo retratado por Butler en The
Medicine Taker (El tomador de medicinas). En el primer acto aparece Argan
murmurando a propósito de las facturas de las boticas, la principal fuente de
las rentas médicas en aquellos días. Con el propósito de tener un médico a
quien poder tener a su disposición, en su propia familia, ha pensado en casar a
su hija Angélica con Thomas Diafoirus, un joven médico graduado, que es un buen
partido, que se casa, pero no eligiendo a la joven Angélica. Para burlar estos
propósitos, Toinette, la muchacha, disfrazada como un doctor, y por medio de
una hábil estratagema, substituye en la composición de Argan, desenojándole de
su propósito, al propio tiempo que le restablece a la curación y a la salud. Al
propio tiempo, sin embargo, es lindamente echado de la farsa por M. Purgon, un
iracundo miembro de la Facultad que aterroriza a Argan con un prospecto de
bradipepsia, dispepsia, apepsia, lientería, disentería, hidropesía y decadencia
general. Los doctores son derrotados; terminando la farsa por persuadir a Argan
a hacerse él mismo médico. Luego sigue lo que es tal vez el trozo más escogido
de la sátira, el intermedio bailable, una alegre burla de aquellas ceremonias
del grado de doctor que ha descrito John Locke en su diario francés. La rutina
francesa del examen y del grado médicos en este período era portentosa en
longitud y en pompa, y nuestra descripción está tomada de la admirable
comunicación de Maurice Raynaud[580]. El
infortunado candidato era agobiado, hasta llegar casi a su extinción, por el
régimen escolástico de los «naturales», Anatomía y Fisiología; los «no
naturales», Higiene y dietéticas, y los «contranaturales», Patología y
terapéuticas, sin ningún género de enseñanza clínica; era seguido en todos sus
pasos, por espacio de dos años, por una larga serie de exámenes y de
argumentaciones de tesis que duraban cada uno una semana. Las últimas
disertaciones comenzaban, de ordinario, a las cinco o las seis de la mañana,
continuando sin interrupción hasta el mediodía y abatiendo al infortunado
candidato que no podía combatir con el brillo del absurdo las cuestiones y
problemas que se le dirigían. Si salía de todo esto con éxito y su nombre era
uno de aquellos extraídos por suerte de la urna fatal, conseguía obtener el
grado de licenciado. Una vez logrado esto, los licenciados y los bachilleres
procedían con gran pompa a solicitar la presencia de todos los personajes
prominentes e influyentes para las ceremonias del grado; un acto especial en el
que el decano, el paraninfo del antiguo ritual matrimonial de los griegos, era
el que inducía al recientemente hecho licenciado a una especie de unión mística
con la facultad. A las cinco de la mañana del día solemne se celebraba una
sesión destinada a determinar los problemas precedentes, que eran de nuevo
decididos por la urna. A las diez la sala estaba llena de visitantes; se
proclamaban las listas, y los candidatos triunfantes caían de rodillas para
recibir la bendición apostólica. El canciller les proponía un problema de
carácter religioso o literario, que ellos tenían que resolver inmediatamente.
Terminado esto, toda la asamblea se trasladaba a la catedral para dar las
gracias a la Santísima Virgen por sus buenos oficios. A ello seguía, después de
un intervalo de seis semanas o más, el doctorado, cuyo objeto era introducir al
candidato en el santuario de la Facultad, del mismo modo que la licenciatura
servía para introducirle en el público. Después de terminada una investigación
acerca de su carácter moral, el candidato era primeramente admitido en la
Vesperia, que consistía en un solemne e íntimo discurso presidencial acerca de
la dignidad e importancia de la profesión médica, seguido de la discusión de
otras tesis y de otros discursos. Visitas académicas, en traje de etiqueta, a
los regentes de la Facultad ocupaban algunos días inmediatos. En el último día
el candidato tenía que jurar los tres artículos de la fe médica; a saber:
obedecer todas las leyes y observar todas las costumbres prescritas de la
Facultad; oír la misa el día de San Lucas por los compañeros que hayan muerto,
y ser inexorable en el combate contra todos los que practicasen ilícitamente la
Medicina. Habiendo prestado el juramento el candidato, con la palabra juro, el
presidente (praeses) colocaba el birrete cuadrado sobre su cabeza, después de
haber hecho el signo de la cruz, y con un ligero golpe, o accolade, el doctor
en embrión había nacido para el mundo. Inmediatamente entraba en posesión de
todos sus derechos y privilegios con la proposición de una tesis para ser
discutida por los médicos presentes, después de lo cual pronunciaba un florido
y preparado discurso de gracias. En el inmediato día de San Martín presidía, en
el acte pastillaire, una discusión general de una tesis de su propia elección,
y el día siguiente su nombre quedaba inscripto como un júnior en registro
durante los primeros diez años[581]. Esta
larga ceremonia, que se veía interrumpida por una larga serie de comidas, cenas
y banquetes de las dimensiones del tiempo antiguo, constituye el argumento del
inmortal baile de Molière. En el comienzo el presidente pronuncia en burlesco
latín el solemne discurso de la Vesperie. El primer doctor les propone la
siguiente sencilla cuestión: ¿Por qué el opio produce sueño? A lo que el
candidato responde:
Quia est
in eo
Virtus
dormitiva,
siendo
saludado por el obligado coro:
Bene,
bene, bene, bene respondere;
Dignus,
dignus est intrare
Di nostro
docto corpore.
El
candidato es entonces interrogado acerca de su probable conducta terapéutica en
una serie de enfermedades, a lo que contesta ponderando los méritos
incontestables del enema, de la lanceta y de la purga
Clysterium
donare,
Postea
seignare
Ensuita
purgare,
seguido
por el constantemente repetido estribillo de Bene, bene. Profiere
el famoso «juro», y después el praeses le otorga el birrete, y
el candidato pronuncia su florido discurso, lleno de serviles gracias a sus
bienhechores. El baile termina con una danza festiva y alegre, al final de la
cual desfilan solemnemente todos los médicos, cirujanos y boticarios.
El
carácter bien humorado de la sátira de Molière y la aparente indiferencia con
que ella era recibida por la profesión médica de su época y de su país indican
que había abundancia de buen sentido y de naturaleza humana en los médicos
franceses del siglo XVII, a despecho de su inocua pedantería y de su estéril
fanatismo. Al otro lado de los Pirineos nos encontramos en las mismas
condiciones, si hemos de conceder crédito a las novelas españolas del tipo
picaresco y a las escenas médicas de Gil Blas, de Le Sage,
que, aunque publicado en 1715, es completamente del siglo XVII por sus
caracteres y por su color local. La notable consulta en el tercer capítulo de
su cuarto tomo, en la que los doctores Andros y Oquetos convienen en que el
trastorno del caso de don Vicente es «una revolución de los humores», es
hermosamente típica; el enfermo pierde la vida durante la disputa a propósito
de si la expresión hipocrática οϱγασμος; significa una fermentación
o una cocción de aquellos humores. Para aquéllos, es el golpe de los
«compañeros de su ciudad, que se llaman a sí mismos médicos y que atan sus
degradadas personas al Carrus Triumphalis Antimomi, o... carro de
la cola del antimonio; apóstatas de la fe en Paracelso, idólatras del asqueroso
kermes»; y el punto de vista del uso del sedal se encuentra en el caso de doña
Jacinta: «aunque un poco castigada por los años», ella defiende su frescura por
las sangrías y por las «dosis de gelatinas llenas de todo poder»...»; pero,
«sin embargo, lo que contribuye más a la lozanía de su eterna juventud era una
fuente en cada muslo, de las que yo nunca hubiera tenido noticia si no me lo
hubiera contado Inesilla». Pero el principal interés médico del Gil
Blas se reconcentra en la figura del doctor Sangrado, «el grande,
deslucido, pálido verdugo de las tres hermanas», y cuyo nombre se ha
convertido, en realidad, en el símbolo del género de sangrías intensas que
estuvo de moda en el siglo XVII. El procedimiento de Sangrado de reducir el
viejo canon de la agonía, procediendo a la extracción de 18 buenos vasos de
sangre, con abundantes tragos de agua caliente, puede ponerse en parangón con
los experimentos citados por Guy Patín, que sangró a su mujer doce veces por
una fluxión de pecho; a su hijo, veinte veces por una fiebre continua, y a sí
propio, siete veces por un enfriamiento a la cabeza, al paso que sus amigos, M.
Mantel y M. Cousinot, sangraron treinta y seis y sesenta y cuatro veces por una
fiebre y un reumatismo, respectivamente. Se reconoce actualmente que el
fundamento racional de esta extraordinaria terapéutica (en las personas
robustas) reside en las abundantes dosis de agua que se administraban al propio
tiempo, viniendo a constituir una especie de lavado de la sangre con la
evacuación de los humores pecantes.
La sangría en el siglo XVII. (De El Barbero, de Malfi, 1626.)
En
Italia, donde las funciones del médico y del cirujano continuaban enteramente
separadas, la sangría abundante continuaba en boga desde la época de Botallo.
La técnica de su práctica ha sido notablemente especializada, como podemos ver
en los hermosos grabados (aguafuertes) de algunos libros, como íl
Barbieri, de Malfi (1626). Costosos vasos para recoger la sangre, en el
tipo veneciano, se transmitían como herencia en las familias. En Alemania, sin
embargo, y tal vez por alguna razón de temperamento, parece haber sido menos
intensa la sangría, aunque, por otra parte, su práctica era bastante frecuente,
constituyendo un detalle frecuente en numerosos cuadros de escenas de baños[582]. En
estas concurrencias a los baños era necesario gastar unas ciento veinticuatro
horas en el agua como un tratamiento, con frecuentes sangrías y aplicaciones de
ventosas, compensadas con el consumo de enormes cantidades de alimento. La
inmoralidad era muy frecuente, y los bañeros, desempeñando sus funciones de
cirujanos menores, nos dan un indicio del bajo estado a que había descendido el
arte en los pueblos alemanes, en los que Fabry von Hilden era el único cirujano
ilustrado. A los barberos alemanes les estaba permitido sangrar, restablecer
los huesos fracturados y tratar las heridas y la sífilis; pero no se les
permitía administrar purgantes. Algunos solían viajar hacia las Indias
Orientales, o en las expediciones balleneras a Groenlandia, para aprender.
Durante la Guerra de los Treinta Años, y posteriormente, muchos de los doctores
y drogueros de Alemania llevaban una vida errante[583]. Hacia
el final de la centuria nos encontramos con algunos extraños substitutos de los
cirujanos propiamente dichos: los ejecutores o verdugos. Que el ceremonial de
la graduación médica en Alemania en el siglo XVII era tan largo y tan
complicado como lo ridiculizado por Molière se evidencia por un edicto del
elector de Brandeburgo (1683), en el cual, y en beneficio de los bolsillos de
los estudiantes, los banquetes quedaban reducidos a una sola cena, de sólo
servicios. «Las señoras» y los platos de confitería estaban excluidos. En los
casos de estudiantes pobres las fiestas suntuosas podían quedar limitadas al
simple anuncio de la graduación de los candidatos en el auditorium (a
mitad de precio), se omitían la distribución de los guantes y el convite;
únicamente el estudiante podía invitar a algunos profesores, a discreción, a un
modesto banquete (Baas). De todos modos, los estudiantes tenían constantemente
una mala reputación de traviesos y bromistas pesados; las costumbres sociales
de los estudiantes germánicos y su espíritu aventurero y penalism eran
más groseras y bárbaras de lo que pudiera imaginarse. Como en Francia,
los júnior eran simplemente bec jaune, es
decir, novicios o aspirantes, y tratados como tales. Los pisos más bajos de la
profesión estaban constituidos por todo género de vagabundos curanderos,
sacamuelas, urocopistas, magos, volatineros, quirománticos, saltimbanquis,
etc., que eran también comunes en los Países Bajos y un tema favorito de los
artistas flamencos y holandeses. De los muchos cuadros de dentistas vagabundos,
los mejores son los de los vivos pintores flamencos Theodore Rombouts, en el
Museo del Prado de Madrid, y, entre los holandeses, los de Gerard Honthorst
(Galería de Dresde), Gerard Dow (Galerías del Louvre, de Dresde y de Schwerin),
Adriaen Brouwer (Museo de Cassel y Galería de Lichtenstein, en Viena) y los de
Teniers el Joven (Cassel y Dresde).
Mal d'amour, por Gerard Dow. (Palacio de Buckingham). Hanfstaengl, Munich.
Todos
estos sacamuelas tienen trajes evidentemente elegidos para la más marcada
demostración de sus medios, y algunos de los más fantásticos, como trajes
lujosos forrados de pieles y turbantes orientales. Los métodos usuales de
sangría los vemos representados por Teniers el Joven (Museo de Draguignan),
Frans van Dieris (Viena), en la mujer desmayada, de Eylon van der Neer, y en la
muerte de Séneca, de Rubens, ambos en la Pinacoteca antigua, de Munich. Los
pedicuros o callistas eran también un asunto favorito de aquellos artistas,
como David-Teniers, júnior. (Cassel, Madrid, Budapest) y
Adriaen Brouwer (Pinacoteca, Museo del Prado, Galería de Schonborn, en Viena).
La venasección en la frente y el sedal en el brazo] o en la espalda eran
asuntos favoritos de Adriaen Brouwer. El más extraño de los errantes curanderos
de los Países Bajos eran los que pretendían extraer piedras de la cabeza para
curar la locura, el idiotismo u otros trastornos mentales. En los siglos XVI y
XVII ora una manera muy usual se aludirá una persona mentalmente
desequilibrada, diciendo que tenía «uncí piedra en la cabeza». La impostura
terapéutica consistía en hacer una in cisión superficial en el cuero cabelludo
y escamotear una piedra o variad piedras que se habían llevado en un cesto apropiado
y se iba haciendo como que se sacaban en veces mientras el enfermo se defendía
del dolor.
Esta
astucia parece haber sido muy antigua, y algunas de sus representaciones
artísticas, como las de van Bosch en Ámsterdam, Jan Sanders en el Museo del
Prado, o como el aguafuerte de Pieter Breughel, senior, en el
Gabinete de Ámsterdam, parecen ser de los siglos XV y XVI. Las más cómicas
representaciones del siglo XVII en este terreno son los extractores de piedras
de Franz Hals, junior, y Jan Steen, en el Museo Boijmans, en
Rotterdam. El último representa un charlatán incindiendo la región occipital de
un idiota dando gritos, que está atado a una silla, mientras una mujer anciana
tiene el cubo, en el que un mozalbete burlón, por detrás de ella, va tirando
las supuestas piedras una a una. Un dibujo rojo a la sepia del joven Teniers
demuestra un charlatán con turbante con pluma y espada abriendo la cabeza de un
paciente estoico, sentado, con los brazos cruzados, y los labios apretados.
Médicos de más elevada categoría se ven también representados en los cuadros de
los autores holandeses. La uroscopia es un rasgo de casi todas las pinturas
holandesas relativas a la visita del doctor, y alguna vez se empleaba hasta
para el diagnóstico de la castidad. Una solemne consideración del aspecto de la
orina de la enferma parece haber sido el procedimiento favorito en los casos
del llamado minnepyn, o mal d'amour, es
decir, la clorosis o enfermedad de amor de las mujeres jóvenes. Sobre este tema
Jan Steen ha dejado nada menos que diez cuadros; Frans van Mieris, cuatro, y
Gabriel Metsu, dos. En estos cuadros, la chaqueta adornada y forrada con pieles
y los ricos trajes de la mujer indican la clase acomodada; el médico que la
atiende aparece vestido, proporcionalmente, en traje de terciopelo negro o
justillo y calzas, con birrete aplastado, o sombrero acampanado, de acuerdo con
su posición social o con su filiación religiosa. La representación de la pálida
y descontenta febricitante, enferma verdosa, amante abandonada, es muy realista
en el bonito cuadro de Gabriel Metsu en la Colección Preyer, de Viena. El clou de
este grupo de pinturas es indiscutiblemente el mal d'amour, de
Gerard Dow (Buckingham Palace); un cuadro encantador representando un elegante
doctor, con pelliza ribeteada de piel y gorro también de piel, examinando
seriamente un frasco de orina, a la vez que toma el pulso de una linda meisje, cuya
fisonomía, dirigida hacia arriba, revela el hecho, muy importante, de que su
interés por la personalidad del doctor está muy por encima de su confianza en
su habilidad profesional[584].
El siglo
XVII señala el rudo comienzo de dos nuevas fases de medicina nacional: la rusa
y la americana.
En el
siglo XV Ivan III (1468-1505), el primer gobernador ruso que llevó el título de
zar, invitó a médicos extranjeros para que se estableciesen en Moscú, con el no
muy halagüeño proyecto de cortarles la cabeza si fracasaban en su tratamiento.
Bajo el reinado de Ivan IV (1533-84), llamado el Terrible, varios médicos
ingleses fueron invitados a Moscú, y algunos actuaron a la vez como
embajadores. Uno de ellos fundó una Apteka, o almacén de drogas, en
1581. Bajo la dinastía Romanoff (1613-45) hubo una gran afluencia de
extranjeros aventureros, que, estimulada por Pedro el Grande y por Catalina,
continuó hasta bien entrado el siglo XVIII. Esto constituyó, indudablemente, un
gran servicio, estimulando el interés por la Medicina, aunque, como los griegos
en Roma, ellos eran mirados con recelo por los naturales del país, que estaban
siempre propicios a saquear las casas de aquéllos en los tumultos populares. A
su llegada, los médicos extranjeros tenían que prestar un juramento oficial
prometiendo no emplear drogas venenosas, y después una audiencia con el zar,
que los cargaba de "ricos presentes, dinero, provisiones, caballos, y
algunas veces hasta adquirían un estado de 30 a 40 «almas». El primer médico
natural de Rusia ha sido Peter V. Postnikoff, que fue enviado a Italia por el
zar Pedro a estudiar Medicina, graduándose en Padua en 1694[585]. Las
supersticiones terapéuticas rusas de la época eran idénticas a las que hemos
encontrado en otras regiones. Había la misma elaborada polifarmacia, incluyendo
los extractos hechos de insectos y de partes de animales, y todavía no había la
crítica de Ambrosio Paré disipado la fe en el cuerno del unicornio, habiéndose
ofrecido por tres ejemplares del mismo en 100.000 rublos (30.000 libras) en
1655. No obstante, las drogas eran importadas de Alemania y Holanda, se habían
fundado jardines botánicos en 1671; un breve resumen de los simples originarios
de Rusia se había publicado, como una especie de farmacopea siberiana en
miniatura, basada en los informes proporcionados por los aldeanos de la
Siberia, por los voyevods o gobernadores militares. Bajo los
Romanoffs se ha fundado un Ministerio de Negocios médicos, así como también un
depósito central (Apteka) para la distribución de drogas a los
allegados a la corte de Moscú. Una Apteka más reciente, de
fines más amplios, que proporcionaba drogas a los soldados y al elemento civil
y que atendía a la prevención de las enfermedades infecciosas, era el núcleo de
la anteriormente mencionada Apte karski Prikaz (Ministerio de
Negocios Médicos), el punto de partida del patriarcal servicio sanitario
público de Rusia.[586]
Entre los
médicos extranjeros que han visitado Rusia figura John Tradescant, un flamenco
que vivió en Arcángel con sir Dudley Digges en 1618 y que ha formado una
colección única de objetos históricos, monedas, medallas y otros objetos
de virtii, que figuran actualmente en el Ashmolean Museum, de
Oxford.
Las
posesiones del Nuevo Mundo, de Jamestown (Virginia), en 1607; Plymouth Colony,
en 1620, y New-Netherlands, en 1623, atrajeron, naturalmente, un cierto número
de médicos europeos, que, como en Rusia, constituyeron los agentes activos del
adelanto de los legítimos intereses de la Medicina en las colonias. Se
distinguieron entre ellos: el doctor Lawrence Bohun, que llegó a ser médico
general de Virginia en 1611; el doctor John Pot, el primer médico que residió
de un modo permanente en Virginia y que fue elegido gobernador temporal del
estado en 1628; Herman van den Boogaerdt, el primer médico de New-Ámsterdam; el
doctor Johannes La Montagne, un hugonote que era consejero de Wilhelm Kieft,
director general de New-Netherlands; el doctor Samuel Fuller, que vino a pasar
la primavera y se quedó practicando la Medicina en New-England hasta su muerte,
en 1633, y el doctor John Winthrop, Jr., que fue el primer gobernador de
Connecticut (Handerson). Uno de estos médicos emigrantes, Thomas Thacher, era,
como nosotros hemos visto, el autor de la primera y única publicación médica
impresa en las colonias del Norte de América en el siglo XVII (1677).
Entretanto, la educación superior adquiría un centro definitivo con la
fundación y la dotación del Plarvard College, en 1636-38, y del Colegio de
Guillermo y María (Williamsburg, Virginia), en 1693; los estudiantes y los
prácticos del país adquirieron pronto la costumbre de ir a Leyden, Oxford y
París a completar sus estudios médicos. La práctica de la Medicina iba frecuentemente
combinada con la predicación del evangelio. Giles Firmin, que anteriormente a
1647 dio el primer curso de Anatomía en New-England, era uno de estos médicos
clérigos, y su probable proyecto de tratamiento y de instrucción ha sido
bosquejado en el ingenioso y fantástico relato de Oliver Wendell Holmes[587]. Su
Anatomía procede de Vesalio, Falopio y Spigelius; su medicina interna era de
los griegos Fernelius, van Helmont y sir Kenelm Digby; su Patología era
mitológica.
Su
farmacopea estaba compuesta meramente de simples, tales como los que figuran
descritos y representados con extraordinaria abundancia en el venerable Herball, Gerard.
La hierba de San Juan y el todo locura de los aldeanos, con la lechetrezna y el
hinojo, el perejil, el saúco y la serpentaria; con el opio en algunas formas, y
el ruibarbo tostado, y las cuatro grandes semillas frías, y las dos raíces, de
las que se decía que al que no curaba la tacamahaca lo curaba la caranna, con
las más conocidas escamonea y jalapa y el eléboro negro, constituían una buena
parte de su probable lista de remedios. Había mandado el hierro de vez en
cuando, y posiblemente algunas dosis ocasional del antimonio. Había tenido, en
cambio, a un enfermo de reumatismo envuelto en la piel de un lobo o de un gato
salvaje, y en el caso de una fiebre maligna con «púrpuras» o petequias, o de
una obstinada enfermedad regia (escrófula), prescribía un cierto polvo negro,
que obtenía calcinando sapos en un puchero de barro. Barbeyrac y su discípulo
Sydenham no habían purificado por completo la farmacopea de su peligroso
fárrago; pero no cabe duda que los médicos más sensibles de estos días conocen
bastante bien un bueno y honrado té vegetal que entretiene a los enfermos y a
sus enfermeras, haciéndoles creer que todo se emplea para sostenerles en todas
las enfermedades corrientes.
Dos
rasgos de la medicina americana durante el periodo colonial son dignos de
especial mención: Primero, una juventud medio preparada que estudia con algunos
médicos realizando su aprendizaje, recibiendo la enseñanza clínica actual de un
modo intermitente y sirviendo de criado y mozo de cuadra de su maestro, que, a
su vez, le enseñaba a sangrar, a poner ventosas, a preparar drogas y a
aplicarlas; segundo, en las condiciones primitivas, fronterizas, el antagonismo
medieval entre el médico y el cirujano desaparecía pronto, por la necesaria y
suficiente razón de que, al paso que la comadrona estaba en manos de la mujer,
el doctor de las regiones abiertas y de bosques se veía obligado a acudir para
todo género de accidentes y obligado a salir de los apuros con sus propios
recursos, pronto llegó a extender su habilidad natural, aplicándola al
tratamiento de las fracturas y de las luxaciones, de las heridas por flechas y
por armas de fuego, a reducir las hernias, etc. Antes de 1769, según Toner, el
nombre de «doctor» no se empleaba aún en las colonias. Como dice Handerson,
muchos de estos aprendices indudablemente se justificaron como médicos
afortunados (y la fortuna es la comprobación habitual del mérito), como algunos
de los más afortunados colegas que se vanagloriasen del M. D. (doctor en
Medicina), de Leyden, Aberdeen o Cambridge, y que matasen a sus enfermos secundum
artem[588].
Nosotros podemos añadir, con igual autoridad, que desde este período la
medicina americana ha adquirido aquella tendencia eminentemente práctica que ha
constituido su mérito esencial, y de la que no tenemos motivo alguno para
sentirnos avergonzados. El que la profesión haya desenvuelto pronto un
cierto esprit de corps se evidencia en el hecho de que no
encontramos ningún informe de errantes litotomizadores, operadores de cataratas
u otros charlatanes) entre ellos, que no se ha visto mezclado ningún -nombre de
los médicos de Nueva Inglaterra con los escándalos de las brujas de Salem
(1692), y que encontramos, en cambio, una nota de los servicios prestados por
aquéllos a los enfermos pobres, con una disminución de honorarios. La
legislación médica que las colonias tenían en aquella época se refería, como el
Código Hammurabi, desde muchos puntos de vista, al asunto de los honorarios.
En fecha
tan antigua como 1636 la Asamblea de Virginia dictó una providencia disponiendo
que los que hubieran practicado el aprendizaje con cirujanos y boticarios
podrían cobrar cinco chelines por visita, y los graduados por la Universidad,
diez. Las minutas de los doctores solían, no obstante, ser pagadas con algunos
artículos de tráfico, como trigo (en Nueva Inglaterra), tabaco (en el Sur), o
wampum (entre los indios), y los honorarios llegaron a ser pronto tan
exorbitantes, que en 1638 y 1639 las Asambleas de Maryland y de Virginia
dictaron leyes para moderarlos. En 1649 la colonia de Massachusetts emitió una
ley restringiendo la práctica de la Medicina, Cirugía y Obstetricia a aquellas
personas que pudieran ser juzgadas como competentes por «algunos de los más
sabios y más graves», o más hábiles en el mismo arte, con el consentimiento
adicional de los enfermos. Una ley semejante se dictó en Nueva York en 1665, y
en 1699 un acta para prevenir la difusión de las enfermedades infecciosas se
convirtió en ley en Massachusetts.
El primer
hospital del Nuevo Mundo fue erigido por Hernán Cortés en la ciudad de Méjico
en 1524. En 1639 un Hótel-Dieu fue fundado por la duquesa d’Aguh, Ion, y
establecido, finalmente, en Ouebec. El Hótel-Dieu de Montreal fue fundado en
1644, y el Hospital general de Ouebec, en 1693. El primer hospital en lo que
son ahora los Estados Unidos se fundó en Manhattan Island en 1663.
El siglo
XVII ha sido uno de los que los poetas han cantado como «devorado por el
hambre, por la peste y por la guerra»; causas primarias de la miseria humana,
que aparecían muy desarrolladas. La mortalidad por las guerras y por las
enfermedades epidémicas era tan grande como en la Edad Media.
La peste
bubónica, aun cuando no asoló toda Europa como en épocas anteriores, atacó con
terrorífica violencia algunos puntos. La gran peste de Londres (1665) causó la
muerte a 69.000 personas; el ataque a Viena, en 1679, a 70.000; la peste de
Praga (1681), a 83.000; en tanto que la epidemia de Italia, en 1600, hacía
80.000 víctimas en Milán y más de 500.000 en la República veneciana. Según la
opinión de Haeser, estas pérdidas, unidas a las de la guerra del Canadá,
contribuyeron a la decadencia de Venecia, cuya gran flota en otro tiempo «tuvo
dominado el magnífico Oriente». El más antiguo ataque de la peste fue el de
Rusia (1601-3) en el cual perdió Moscú 127.000 almas de peste y de hambre.
Durante la centuria fueron gravemente atacadas Inglaterra (1603-65), Francia
(1608-68), los Países Bajos (1625-80), Italia (1630-01), Dinamarca (1654),
Alemania (1656-82), Suecia (1657), Suiza (1667-68) y España (1677-81). Del
mismo modo que en el siglo XVI, las epidemias locales fueron conmemoradas por
monedas y medallas, algunas de las cuales se usaron como amuletos, al paso que
otras, más adornadas, anunciaban haber quedado una ciudad libre de la peste. De
ellas podemos mencionar los peniques de plata de Turingia de 1600, 1602 y 1611;
los dólares de la peste (del tipo de Wittemberg), de 1619; las monedas y
medallas acuñadas en memoria de los ataques pestilenciales durante la Guerra de
los Treinta Años en Urbino (1631), Venecia (1631), Breslau (1631), Ingolsfadt
(1634), Francfort en el Main (1635), Munich (1637), y las reliquias de los
últimos ataques a Viena (1670), Leipzig (1680), Wurzburg (1681), Erfurt (1683)
y Magdeburgo (1683). Todas ellas han sido descritas por Pfeiffer y Ruland
(Pestilentia in nummis, 1882). El hambre, compañera constante de la peste y de
la guerra, fue conmemorada en las medallas Annona, en acción de gracias por
haber el pontífice regulado el precio del trigo, que fueron acuñadas en honor
de los papas Clemente X (1671-73) y Alejandro VIII (1690), y las medallas
relativas a la inundación de Hamburgo (1685), a la peste de langosta en Silesia
y en Turingia (1693), a los duros tiempos del Imperio alemán (1694) y al hambre
y al frío en Holanda (1698). Esta intensa popular animadversión contra los
acaparadores e intermediarios en la venta del trigo, cuyas ligeras extorsiones
eran, de un modo no del todo natural, confundidas con la falta de depósitos por
las malas cosechas, como una causa de miseria humana, se ve sorprendentemente
demostrada en las curiosas Kornjudenmedaillen[589]. Las
medallas silesianas de este tipo han sido acuñadas de 1694-95, y posteriormente
copiadas en el siglo XVIII. Además de la langosta y de los vendedores, los
cometas eran también considerados, con temor supersticioso, como postillones de
Dios (Gottes postillione), precursores de la guerra, de la peste y del hambre,
a pesar de que Shakespeare había dicho:
«Cuando
te arruinaste de muerte no habías visto cometas»;
y el
astrónomo von Littrow había demostrado recientemente que no había ninguna
probable relación entre los cientos de cometas conocidos y las insignificantes
posibles variaciones de la atmósfera. Hubo medallas de cometas en los años
1618, 1677, 1680 y 1686; pero cuando la aparición del cometa de Halley en 1682,
fue afirmado por el cálculo del gran astrónomo inglés que volvería a reaparecer
en 1758. Con la comprobación de esta predicción se pudo comprender que los
cometas eran, después de todo, como cualquier otro fenómeno periódico de la
Naturaleza, y la teoría de la relación entre los cometas y las enfermedades
desapareció por completo de la historia médica desde 1758[590].
Ordenanzas
del Estado y de la ciudad contra la peste existen en gran número, y a la vez
que atienden a la provisión de hospitales especiales y a la inspección
sanitaria, algunas son extraordinariamente estrechas y severas. El 25 de agosto
de 1683 Colbert, ministro de Luis XIV, dictó reglamentaciones sanitarias para
toda Francia, dando un poder absoluto a la Oficina de Sanidad y estableciendo
una estación cuarentenaria en Marsella. No sólo eran quemadas las casas
afectadas por la peste, con arreglo al sabio y antiguo método mosaico, sino
que, además, las personas sospechosas de difundirla, por llevar suciamente el
virus alrededor, eran condenadas al tormento y a la muerte. Un notable ejemplo
se nos proporciona en un episodio de la gran peste de Milán en 1630, descripto
por el gran novelista Alessandro Manzoni[591], y
posteriormente por el doctor Robert Fletcher[592]. En la
mañana del 1 de junio de 1630 Guglielmo Piazza, un inspector de Sanidad de
Milán, había sido visto paseando por las calles, escribiendo de un tintero de
cuerno que llevaba a la cintura, y limpiando sus dedos, probablemente manchados
de tinta, en las paredes de las casas. Acusado por las ignorantes mujeres de la
vecindad de untar las casas con ungüentos de muerte, fue condenado al tormento.
Esta última barbaridad, una supervivencia de la ordalía de los tiempos
feudales, tenía un ceremonial establecido, señalado por el código legal, según
el cual el acusado era desnudado, afeitado el cráneo y purgado antes de ir al
suplicio, y si sobrevivía a las atrocidades infligidas tres veces a su cuerpo,
se suponía que era que Dios había intervenido haciendo un milagro. El infeliz
Piazza resistió dos aplicaciones de este horrible tormento; pero, cediendo a
las sugestiones del «tercer grado» de sus atormentadores, confesó, por último,
que había recibido el unto venenoso de un barbero llamado Mora. Este último, cogido
en seguida, cedió a la primera aplicación del tormento, y aunque ambos
desgraciados se retractaron de lo que habían dicho anteriormente, los clamores
del supersticioso populacho contra ellos fueron tales que se dictó sentencia y
fueron desgarrados con tenazas calentadas al rojo, se les cortaron las manos
derechas, se les fracturaron los huesos, se les sometió al suplicio de la
rueda, y seis horas más tarde se les quemó. Sus cenizas fueron arrojadas al
río; sus posesiones, vendidas; la casa del crimen, arrasada hasta los
cimientos, y su terreno, convertido en una especie de Azeldama por la erección
de una columna de infamia (colorinad infamia). Todo esto pasaba hace sólo tres
siglos.
Los
médicos delegados para tratar la peste llevaban un extraño traje profiláctico,
consistente en una larga toga roja o negra de un material liso, frecuentemente
de cuero de Córdoba o de Marruecos, con guanteletes también de cuero, y una
careta de igual material, con aberturas cubiertas de cristales para los ojos y
un largo pico o trompa delante de la nariz, conteniendo substancias
antisépticas. En la mano llevaba el doctor de la peste una varilla para tomar
el pulso. A pesar de su aspecto de ópera cómica, eran funcionarios altamente
estimados, que solían cobrar elevados sueldos. En las ciudades de Italia,
inmensas fosas para enterrar a los muertos se hacían de vez en cuando; los
apparitori, o anunciadores, iban delante, tocando una campanilla, para anunciar
a las gentes que se iba a sacar a los muertos; los monatti acompañaban a éstos,
y los commissari hablaban del caso y vigilaban todo. Algunas veces la tosca
fosa común llegaba a llenarse con exceso, y los muertos quedaban
descomponiéndose por las calles. Esto se demuestra en el cuadro de Micco
Spadara la Peste de Nápoles (1656), en el cual se ve la plaza del mercado llena
de muertos y de moribundos, a los que los monatti se esfuerzan en mover y en
conducir hacia los diversos médicos a caballo, en tanto que en los cielos
aparece Dios con una espada desnuda, cediendo, al parecer, a las súplicas de la
Virgen. En la Peste de los filisteos, por Nicolás Poussin (1593-1665) [Museo
del Louvre], las ratas aparecen representadas al fondo[593].
Nathaniel Hodges, en su Loimologia (Londres, 1672), describe cómo durante la
gran peste de 1665 los roedores y los reptiles han sido vistos salir de sus
madrigueras para ir a morir al aire libre, y Daniel Defoe, en su supuesto
Diario del año de la peste (17 22), asegura que se había hecho durante aquella
epidemia una preconcebida guerra a las ratas y a los ratones, como propagadores
de la peste (Sticker)[594].
La lepra
había desaparecido por completo hacia el final de la dieciseisava centuria, de
tal modo, que en 1656 y 1662 Luis XIV se decidió a abolir las leproserías y a
consagrar sus rentas a la caridad y a la construcción, en general, de
hospitales. Recuerdos artísticos de esta enfermedad se encuentran en el cuadro
de San Martín, de Rubens (Castillo de Windsor), y en la Santa Isabel de
Murillo, en el Museo del Prado. La sífilis había cesado también de ser
epidémica, y su tratamiento, por medio de las fumigaciones y de las unturas
mercuriales, estaba en manos de los barberos cirujanos. Aparece en Boston
(Massachusetts) en 1646, diez y seis años después de la fundación de esta
ciudad[595]. Fuera
de los libros ilustrados, como el de Stephen Blancard, y de la opinión de
Sydenham, que la consideraba como una modificación del pian del África
Occidental, la literatura de la lúes en el siglo XVII es poco importante.
Además de la peste, el tifus y la fiebre tifoidea, que se solían describir de
un modo vago con el nombre de «pestes», presentaban la más elevada mortalidad,
especialmente en relación con las miserias engendradas por la Guerra de los
Treinta Años. La disentería y el escorbuto también contribuían a la mortalidad,
y el total de ésta, era tan considerable, que, de acuerdo con el Excidium
Germaniae (citado por Haeser), «puede uno viajar por espacio de 10 millas sin
ver una sola alma; es rarísimo encontrar una vaca; sólo, en ocasiones, algún
viejo, un niño o un par de ancianas. En todos los pueblos se ven casas llenas
de cuerpos muertos y corrompidos; hombres, mujeres, niños, sirvientes,
caballos, cerdos, vacas y bueyes, yacen mezclados unos con otros, ahogados por
la peste y el hambre, devorados por los lobos, los perros, los cuervos y las
cornejas, faltos de una decente sepultura». Añadamos a esto las atrocidades de
la soldadesca, tales como las pinta Grimmelshausen[596]. En las
ciudades la fiebre tifoidea era cuidadosamente estudiada por algunos
observadores, tales como Stahl y Friedrich Hoffmann, en Halle, y Schrockh, en
Augsburgo. En Inglaterra describe Willis la epidemia de fiebre tifoidea entre
las tropas parlamentarias en el sitio de Reading, en la triste primavera de
1643. Da neumonía tífica dominaba en Italia (1602-12, 1633, a 1696), y ha sido
descripta por Codrodchiy otros. Hochstätter describe una epidemia de Augsburgo
en 1024, y Suiza ha sido visitada en 1652 (Lago de Ginebra) y en 1694-95. La
fiebre palúdica era pandémica en los años 1657-69 y 1677-95 (Haeser). Las
epidemias inglesas han sido descritas por Willis, Dorton y Sydenham, Morley y
Lucas Schacht; las italianas, por Cavallari (1602) y Borelli (1661); las
holandesas, por Sylvius (1677) y Fanois (1669), y las francesas, por Chirac
(1694). La grave epidemia italiana de 1690-95 ha sido descrita por Ramazzini y
Lancisi. La disentería era epidémica en todas las regiones devastadas por la
Guerra de los Treinta Años, especialmente en Alemania, Holanda y Francia
(1623-25), y reinvadió Alemania en 1666 y el Norte en 1676-79. Las epidemias
inglesas de 1668-72 han sido descritas por Morton y Sydenham. Durante el
período de 1583-1610 la difteria estaba confinada en España. En el último año
apareció en Italia, donde se hizo epidémica en 1618-30 y 1650, al paso que
volvía a visitar España en 1630, 1650 y 1666. Casos ocurrieron en Roxbury
(Massachusetts en 1659 (Jacobi). Una epidemia de ántrax (1617) es citada por
Athanasius Kircher en su Scrutinium pestis (I, 9). Había diversas epidemias de
ergotinismo en la Sologne (1630-1694), en diferentes puntos de Alemania
(1648-93) y en Suiza (1650-74). El escorbuto se presentó en el sitio de Breda
(1625), en Nüremberg (1631) y en Augsburgo (1632). La influenza fue común
durante todo el siglo, tanto en el Viejo como en el Nuevo. Mundo; en América ha
sido referida por vez primera en 1647[597]. (La
fiebre amarilla aparece en Nueva York en 1668; en Boston (1691-1693), en
Charleston y Carolina del Sur, en 1699; pero no pasó al Viejo Mundo hasta la
siguiente centuria. De los exantemas, la viruela era pandémica en Europa en
1614, y epidémica en Inglaterra de 1666-75, al paso que en Nueva Inglaterra
fueron apareciendo casos diversos durante toda la centuria; la enfermedad se
extendió a Pensilvania en 1691, y a Charleston y Carolina del Sur en 1669. Los
trabajos más importantes son los de Sydenham. Los primeros estudios de una
escarlatina indudable son los de Michael Doering (1625-8) y de Daniel Sennert
(1628); pero la enfermedad llegó a ser generalmente conocida gracias a los
estudios de Sydenham (1676) y de Morton (1692)[598].
Sydenham fue el que primero la distinguió del «sarampión», con la que otros la
habían confundido. El sarampión, la roséola y «las púrpuras» (fiebre miliar) se
agrupaban generalmente juntas y no se distinguían claramente unas de otras. La
septicemia puerperal fue primeramente definida y diferenciada por Willis en
1660[599]. La
conjuntivitis infantil se señala en América por primera vez en 1658 (Jacobi)[600]. La
mortalidad infantil era muy elevada en este período. Durante la Restauración
inglesa, próximamente la mitad de los nacidos sucumbían por enfermedad, y dos
quintos de la mortalidad total ocurrían en los dos primeros años. En los
calurosos veranos de 1669-71, 2.000 niños murieron de diarrea en el espacio de
ocho a diez semanas. La densa población de Londres se había multiplicado hacia
las orillas del río, y las avenidas Wapping, Lambeth, Whittechapel y
Spitalfields estaban llenas de sucias y estrechas viviendas[601]. El
desdichado recién nacido era salado, según la antigua enseñanza galénica,
envuelto en estrechos y ceñidos pañales, y no se le permitía el ejercicio ni la
salida al aire libre mas que por pocos minutos. Posteriormente hemos aprendido
a pasearlos en cochecitos o con tirantes. Los eczemas y las descargas de las
orejas y oídos no lavados eran considerados como una manifestación normal de la
Naturaleza (Walter Harris, 1689), y aun no se conocía una lactancia artificial
en lugar de las nodrizas. Pechey (1697) recomendaba el destete al aparecer los
dientes de leche y al crecer la luna de la primavera o del otoño, y para hacer
que el niño dejase la lactancia se untaban los pezones de la madre con áloes o
con ajenjo[602].
El siglo
XVII es, como hemos visto, la edad por excelencia de las
representaciones pictóricas al óleo. Velázquez, el más grande de los
retratistas de todos los tiempos, nos ha dejado unos doce cuadros con
representaciones de enanos cretinoides o hidrocefálicos, cuatro de locos de la
corte (bufones) y tres de idiotas. De ellos, el Museo del Prado contiene diez,
incluyendo el hidrocéfalo D. Sebastián de la Mora, El primo, los
acondroplásicos y raquíticos ejemplares de Las Meninas, los bufones del tipo de
«silly Billy» y sus maravillosas representaciones de la idiocia: El Niño de
Vallecas, y del estrábico Bobo de Coria. Ribera tiene una notable
representación de una parálisis unilateral en un niño (Galería de Viena),
demostrando la característica deformidad del brazo y de la pierna. Un cartel
llevado por el chicuelo, con la inscripción de Da mihi elimosinam
propten amor em Dei, demuestra que el discurso es también afectado. La
parálisis, la cojera, la ceguera y diferentes fases de la dolencia (les
gueux contrefaits) están perfectamente representados en los grabados y
aguafuertes de Jacques Callot (1592-1635). Pieter Breughel el Viejo representa
el baile de San Vito, ostentaciones de parálisis, hombres ciegos y otros seres
grotescos en sus aguafuertes y pinturas. Un desorden de la pituitaria puede
suponerse en la muchacha obesa, casi mixedematosa, de Juan Carreño de Miranda
en el Museo del Prado. Rubens ha representado un enano microcefálico en el
retrato del conde Thomas Arundel y su mujer (antigua Pinacoteca de Munich).
Su Muerte de Séneca y sus estudios al lápiz de anatomía
muscular han sido ya mencionados. Van Dyck ha representado un leproso en
su San Martin partiendo la capa (Windsor Castle). Con la
excepción de Tobías curando a su padre de catarata, Rembrandt
se adhiere rígidamente a lo normal, incluso en sus aguafuertes, en las que
representa toda la acción fisiológica del cuerpo humano[603]. Hemos
mencionado ya el éxito de los pintores holandeses representando la
clorosis (febris amatoria), y al mismo género pertenecen el
niño febril de Gabriel Metsu (Steengracht Gallery, La Haya), la mujer hidrópica
de Gerard Dow (Louvre) y el médico con el enfermo melancólico, de Frans van
Mieris (Galería de Viena). Un notable cuadro de Simón Vouet, en posesión del
profesor W. A. Freund, de Berlín, representa un caso de osteomielitis supurada
en una mujer, cuyo bello semblante forma un marcado contraste con el aspecto
repugnante de su miembro supurado. Los cuadros holandeses de escenas de
consultas médicas y de inspección de orinas son, por los trajes y los
accesorios, los más bellos de los existentes, y en particular los de Gerard
Dow, en el Hermitage (Petrogrado) y en la Galería de Viena; los de Adriaen van
Ostade y Gerard Terborch, en el Museo Antiguo de Berlín; los de Teniers el
Viejo, en los Uffizi de Florencia; los de Gabriel Metsu, en el Hermitage; los
de Frans van Mieris, en la antigua Pinacoteca de Munich, y la ciudad de los
médicos, de Teniers, en las Galerías de Bruselas y de Calsruhe[604].
Volviendo a lo normal, es digno de mención el que Rubens excede a todos los
restantes en la representación de los encantos y de la salud de los jóvenes y
de los niños. Su habilidad en este respecto en sus cuadros al óleo nos recuerda
lo que Swinburne dice a propósito de Andrea del Sarto: «Sus niños son redondos
y fuertes, en tonos rojos, llenos de calor alegre en sus bocas y ojos, como
flores de carne y frutos vivos del hombre, que solamente un gran amor y una
gran simpatía hacia los recién nacidos puede haber ayudado a representarlos»[605].
Capítulo
XIV
El siglo XVIII. El período de las teorías y de los sistemas
Las
mejores obras del siglo XVII, las de Shakespeare o Molière, las de Rembrandt o
Velázquez, las de Spinoza o Newton, las de Harvey o Leeuwenhoek, han sido todas
ellas concebidas por una profunda fuente de inspiración original o por una
especie de brote de sencilla y fresca admiración ante las maravillas de la
Naturaleza, reveladas como de un modo nuevo ante su espíritu, como declaraba de
sí mismo el viejo Pepys ser «como un niño» ante todo objeto nuevo o extraño[606]. Los
nobles sacrificios de los héroes o de los mártires de la precedente centuria
han producido tantos ricos frutos para la Ciencia como grandes ventajas para la
libertad espiritual e intelectual. Era natural que el período anterior,
precediendo a la explosión de la revolución política, fuera como una calma
antes de aproximarse la tempestad, y, realmente, las cosas cambiaban hacia el
extremo opuesto de exagerada sobriedad y de contento aparente con el orden
antiguo del mundo. Estaba de moda un filosofar aburrido y tonto (sobre
fundamentos a priori) hasta como un medio de justificar las
inmoralidades de la época. En la literatura, de Francia por lo menos, hay una
especie de tono que parece decir de los acontecimientos que se avecinan:
El día
que amanece en fuego termina en tempestades;
Hacia la
media noche viene la calma;
pero, al
fin y al cabo, todo tendía hacia el formalismo, y todas las teorías, hasta las
más idealistas, pronto se endurecían en un «sistema» racional, metódico. En
este sentido, las figuras más características de la época, Kant y Rousseau,
Voltaire y Hume, Swedenborg y Wesley, Linneo y Buffon, Racine y Pope, hablan en
favor de lo que acabamos de decir.
Carl von Linné (Linnaeus) 1707-78)
Hasta la
música de Mozart, Haydn y Gluck, aunque en tan pura belleza como el arte
griego, prescindiendo de lugar y de tiempo, parece de un corte preciso y formal
si se compara con la sublime polifonía de Palestrina o con el esplendor en los
infinitos detalles del gigante de la diecisieteava centuria, Bach; al paso que
Haendel es enteramente trazado a escuadra y de estilo de señor de peluca. La
mejor obra científica del período es la que se refiere a la Física y a la
Química, como lo demuestran los nombres de Lagrange y de Laplace, de Cavendish
y Priestley, Scheele y Lavoisier, de Galvani y Volta, de Franklin y
Count-Rumford, de Fahrenheit, Celsius y Réaumur, de Watt, Fulton y Stephenson.
En Medicina, dejando a un lado las obras de unos pocos espíritus originales,
como Morgagni, Hales, Hunter, Wolff y Jenner, era esencialmente un momento de
teorizadores y de creadores de sistemas. Linneo establecía el afán de las
clasificaciones en Medicina del mismo modo que las había llevado a su propia
ciencia, y parece haber dado los pasos para ello en todas las cosas. En esto
sentido, el siglo XVIII, en Medicina, es tan pesado y tan tontamente formal
como el período árabe. Vemos los grandes teorizantes de la época, que han sido
descriptos por Emerson como los dioses, cada uno residiendo aparte, en su
esfera propia, «haciéndose guiños desde sus tronos», hasta tal extremo que,
desde cierto punto de vista, Hipócrates y Sydenham, Vesalio y Harvey, Celso y
Paré parecen más próximos y más accesibles a los modernos que Stahl y Barthez,
Bordeu y Boerhaave, Brown y Reil.
El gran
botánico sueco Carl von Linné (1707-78), o Linnaeus, era también médico,
habiendo estudiado la Medicina con el fin de alcanzar la mano de la hija de un
rico médico práctico; el padre rechazó el consentir en el matrimonio, a menos
que su futuro hijo político se hiciese doctor. Linneo ha dado la más concisa
descripción de plantas y de animales de todas las de la Historia Natural, y fue
el fundador de la nomenclatura binomial en ciencia, designando a cada definido
objeto natural con un nombre genérico, o nombre de familia, y un nombre
específico, o propio, y clasificando al hombre mismo como Homo sapiens en
el orden de los primates. Creía, sin embargo, en la fijeza de las
especies (nulla species nova), sosteniendo que hay justamente
tanto número de especies como parejas han salido de las manos del Creador, y
ninguna más. Su primera obra, el Systema Naturae (1735),
consistía en 12 páginas en folio, conteniendo su clasificación de plantas,
animales y minerales, y se hizo tan popular, que llegó a alcanzar doce
ediciones durante la vida del autor. Los nombres específicos han sido empleados
por primera vez por Linneo, para las plantas, en su Species plantarum (1753),
y para los animales, en la décima edición del Systema Naturae (1758).
Esta última es, por consiguiente, la más altamente apreciada de todas las
ediciones de su gran obra.
Entre las
obras médicas de Linneo hay que incluir su materia médica (1749-52) y su
esquema de Nosología Genera morborum (1763). Tenía algunas
nociones del origen por el agua de la fiebre palúdica y del origen parasitario
de las enfermedades. Hektoen dice que él ha dado buenas descripciones de la
embolia, de la hemicránea y de la afasia (1742).
Linneo ha
basado su clasificación de las plantas en los caracteres derivados de los
estambres y de los pistilos (los órganos sexuales de las flores), y su sistema,
que exageraba la calidad de las flores a expensas de la importancia de la
planta en conjunto, y que el propio Linneo calificaba de un modo defectuoso,
pero conveniente para hacer el índice de las cosas, ha recibido el nombre de
«sistema sexual». Ha dominado en la botánica europea por más de una centuria, y
ha sido llevado más allá por Michael Adanson (1727-1806), un médico de Aix en
Provenza, cuyas Familles des plantes (París, 1763) comprende
una distribución de los géneros en 58 familias, y por Antoine Laurent de
Jussieu (1748-1836), de Lyon. Jussieu era sobrino de Bernard de Jussieu, un
botánico que había aplicado el sistema de Linneo distribuyendo las plantas de
los jardines reales de Trianon, y cuando el joven Jussieu llegó a ser
demostrador del Jardín de Plantas fue llamado para clasificarlas en aquellos
jardines. Adoptó un sistema natural de unos cien órdenes, distribuidos en 15
clases, teniendo en cuenta los principios básicos sugeridos por Ray,
acotiledones, monocotiledones, dicotiledones, y subdividiendo estos últimos
teniendo en cuenta los pétalos. Su principal obra es su Genera
plantammi (París, 1789), que fue la gran autoridad hasta que el
botánico ginebrino De Candolle introdujo un sistema morfológico[607], basado
en la forma y en el desarrollo de los órganos de las plantas, como opuesto al
de las funciones fisiológicas. Todos estos sistemas ejercían una profunda
influencia en las inteligencias médicas, en sus intentos de clasificar las
enfermedades, y veremos que el sistema de De Candolle ha sido la base de una
curiosa serie de clasificaciones de los fenómenos patológicos, que han llevado
a cabo Schönlein, Canstatt, Fuchs, Rokitansky y otros miembros de la alemana
Escuela de Historia Natural en la primera parte del siglo XIX.
El
burlesco aspecto de la manía del siglo XVIII por las estériles clasificaciones
agotadoras de todas las cosas de la Naturaleza y de fuera de ella ha sido
agudamente señalado por Goethe, el más capaz conocedor de la morfología de las
plantas de toda su época, y sus sentimientos a este respecto aparecen
expresados en los siguientes versos del Fausto:
Una seca
y vieja mujer es toda teoría,
Y el
verde de la vida hace dorado el árbol.
Vamos
ahora a exponer algunos de los devotos médicos de la «gris teoría». El primero
de todos, Georg Ernst Stahl(1660-1734), de Ansbach (Baviera), un piadoso y
rígido beato, de excelente carácter, que se metió él mismo en el terreno
ardiente de los científicos y de los teólogos, volviendo a recoger la antigua
idea de van Helmont de un «alma sensitiva» como la fuente de todos los
fenómenos vitales. El animismo (1737) de Stahl es la antigua teoría de la
identidad del alma y de la fuerza vital (φυσις), el moderno «principio vital»,
el élan vital begsoniano. El cuerpo es únicamente una máquina
pasiva, desenvuelto y guiado por un alma inmortal. Como quiera que el alma
stahliana actúa directamente, sin la intervención de los arqueos o fermentos,
su autor sostiene que ambas, la Anatomía y la Química, carecen de aplicación a
la Medicina. Las enfermedades, para Stahl, son un disturbio de las funciones
vitales causadas por las actividades mal dirigidas del alma. La alteración del
tono y la plétora (atonía muscular) constituyen el resto de su patología. Hasta
dudaba de la eficacia de algunos medicamentos, como del opio y de la quinina, y
I estaba tan retrasado con respecto a su tiempo, que seguía recomendando la
castración en la hernia. La plétora era combatida por la sangría y las píldoras
balsámicas. Era apasionado de los efectos sugestivos o «secretos» de los
remedios. Su concepción de la «vida» era, aparentemente, idéntica con la
definición de la inmortalidad de Imlac en su Rasselas, un
natural poder de duración perpetua como una consecuencia del privilegio de
estar libre de la putrefacción. Como quiera que Stahl considera todas estas
cosas a la luz de una revelación divina, no podemos admirarnos de que cayese en
una profunda melancolía hacia el fin de sus días. Aparte de su tratado de la
plétora como causa de enfermedad (1698)[608], que
tiene en su favor la ponderación de Virchow, o de su estudio original de la
fístula lagrimal (1702)[609], ha
dejado pocas obras de mérito, y hasta su propia generación llegó a cansarse de
él. La tendencia a confundir, que el poeta ha llamado «la sublime e irrefutable
pasión de la creencia», con el propósito de la investigación científica es,
verdaderamente, una de las cosas más tristes en la historia de la Medicina. Y
Stahl era un reaccionario bienintencionado también en otra dirección: en su
falsa teoría de la combustión, que retrasó el progreso de la Química por
espacio de unos cien años. Excelente investigador de laboratorio, él supone que
cuando un cuerpo arde es que está «deflogisticado», es decir, que desprende una
substancia hipotética, el «flogisto», a pesar de que Mayow, antes de él (como
Black y Lavoisier, después), habían demostrado experimentalmente que una
substancia que arde gana más bien que pierde peso.
Como una
reacción contra el vacío formalismo del siglo XVIII, el animismo de Stahl tiene
considerable importancia para el antropólogo y para el psicólogo. En 1871 E. B.
Tylor emplea deliberadamente el concepto stahliano para designar la psicología
del hombre primitivo. Como un abogado de la psicoterapia, Stahl es como el lazo
de unión entre el pasado y presente. El observa algunos de los notables efectos
de la mente sobre el cuerpo, y su teoría de la psique distraída como una causa
causans de enfermedad contiene el germen de la doctrina de Freund.
El
principal discípulo de Stahl es François Boissier de la Croix de Sauvages
(1706-67), que considera el alma como la causa del mecanismo del cuerpo, pero
del que se guarda mejor memoria por su Nosología methodica (1768),
que ilustró la manía taxonómica del modo más ridículo posible. Sauvages intentó
clasificar las enfermedades como si ellas fueran muestras de la Historia
Natural; subdiviéndolas en 10 clases, con nada menos que 295 géneros y 2.400
especies[610].
El
animismo de Stahl llegó, finalmente, a fundirse en el «vitalismo» de las cuatro
«B», Bordeu, Barthez, Bichat y Bouchut, para encontrar un más reciente avatar
en las aburridas «entelequias»» de Driesch. El vitalismo del siglo XVIII
adquiere una especial forma moderna en el Bildungstrieb (impulso
creador), de Johann Friedrich Blumenbach (1752-1840), que supone un impulso
innato en las criaturas vivas hacia su auto-desarrollo y hacia la reproducción.
Un gran campo de teorización del siglo XVIII se encontraba contenido en la
doctrina de Glisson-Haller, de la irritabilidad como una propiedad específica
de los tejidos vivos. William Cullen (1710-90), un espíritu lúcido de atractivo
carácter, creyó remover algunas de las dificultades de las opuestas teorías, considerando
el músculo como una continuación del nervio y mirando la vida misma como una
simple función de la energía nerviosa. En este sentido, nuestra moderna frase
la «fuerza nerviosa» parece haber venido a substituir a la antigua galénica de
los «espíritus animales», y hasta en la actualidad, cuando un doctor refiere
alguna indeterminada condición patológica como «probablemente nerviosa», él
retrocede inconscientemente a las ideas de Cullen. En esta especie de
razonamiento, hasta otro elemento teórico venía a sobreponerse: la antigua
doctrina metodista del strictum et laxum de los asclepíades.
Friedrich Hoffmann (1660-1742), de Halle, suponía un misterioso fluido, como
éter, actuando a través del sistema nervioso sobre los músculos, conservando a
éstos en un estado de contracción tónica parcial, así como también los humores
del cuerpo en el estado de movimiento necesario para la vida. Las enfermedades
agudas serán, por consiguiente, debidas a una condición espasmódica; las
enfermedades crónicas, a la atonía. Además del espasmo y de la atonía, Hoffmann
admite los cambios humorales y las defectuosas excreciones como causas de
enfermedad, siendo combatidas las cuatro por los sedativos, los tónicos, los
alterantes y los evacuantes, respectivamente. El ha hecho revivir el uso de las
aguas minerales. Según el modo de pensar de sir Clifford Allbutt, Hoffmann ha
sido el más grande de los iatromecánicos, y el primero en darse cuenta de que
«la Patología es un aspecto de la Fisiología»[611]. Nos ha
dejado una descripción original de la clorosis (1730), y ha sido uno de los
primeros que ha descripto la roséola (1740).
El
metodismo asclepiadense iba a ser llevado al absurdo y a los más extremos
límites de la lógica por el celebrado John Brown (1735-88)[612]. «El
disputador y de mala reputación Brown», como lo califica Allbutt, era un hombre
grosero, de bajas aficiones, al que Cullen había auxiliado y ayudado, pero que,
como Colombo, Borelli y otros ingratos de la Medicina, se volvió contra su
pacífico maestro con la táctica usual de los plebeyos, de injuriar a sus
superiores intelectuales para elevarse ellos mismos. Sin embargo, la teoría
brunoniana, como se llamaba, ha llamado positivamente la atención de Europa por
espacio de un cuarto de siglo, y hasta en pleno 1802, una rixa, o
pelea de estudiantes, entre brunonianos y antibrunonianos, en la Universidad de
Gotinga, se prolongó por espacio de dos días, y, finalmente, tuvo querer
dominada por los soldados de caballería de Hannover. Llevada todo lo lejos que
se quisiera, la doctrina era absolutamente consistente y completa en todas sus
partes. Brown consideraba los tejidos vivos como «excitables», en lugar de la
«irritabilidad» halleriana, y la misma vida como no existente, excepto como un
resultado de la acción de los estímulos externos sobre un cuerpo organizado.
Las enfermedades serían «esténicas» o «asténicas», según que la condición vital
de «excitación» estuviese aumentada o disminuida. Lo esencial del diagnóstico
era sencillamente distinguir si una enfermedad era constitucional o local,
esténica o asténica, y en qué grado, y el tratamiento consiste, según los
casos, en estimular o deprimir la dicha condición. Así, por último, el opio y,
naturalmente, el alcohol eran los agentes favoritos de Brown. Hipócrates dice
que, no conociendo el cerebro, no podemos decir cómo actuará el vino sobre un
particular individuo, y Brown procedió a aplicar esta idea experimental in
propria persona para poner en claro su teoría, empleando dosis
sucesivas de cinco vasos cada vez. El abuso del alcohol y del opio le destruyó
prematuramente. Su método encontró poco apoyo en Francia e Inglaterra; pero
Rush lo llevó a América, y Rasori, Moscati, Brera y otros, a Italia, y en
Alemania, después de los plagios de Christoph Girtanner, de 1790, ha sido
expuesto, y de los Elementa medicinae, traducidos por M. A.
Weikard, Brown ha sido traído a nosotros. La obra hipnotizaba todavía a Peter
Frank y a Röschlaub, y era todavía ponderado por una serie de folletos y de
salves y plegarías. A pesar de que sus errores han sido puntualizados por Humboldt
y Hufeland, Brown ha sido el único que ha tenido el honor de polarizar la
profesión germánica. Sus ideas terapéuticas, asegura Baas, han destruido más
vidas que la Revolución francesa y que las guerras napoleónicas; no
discutiremos la afirmación del mismo historiador, de que Brown mismo era
«merecedor moralmente de la más severa condenación».
Otra
ridícula fase de la medicina teórica en el siglo XVIII era la llamada «doctrina
del infarto», de Johann Kämpf: la supuesta causa causans de la
mayoría de las dolencias humanas era sencillamente una obstrucción fecal. Esta
fina teoría, naturalmente, venía a coincidir con la elegante moda de los
enemas, cuyo recuerdo nos han conservado Molière y las indescriptibles
fantasías de los artistas de aquella época.
El sabio
médico de la época ha sido el fundador de la «escuela ecléctica», Hermann
Boerhaave (1668-1738), que es especialmente notable por sus discípulos, Haller,
Gauty Cullen, Pringle, y los maestros de la «antigua escuela de Viena», Van
Swieten y De Haen. Discípulo primeramente de Spinoza, Boerhaave ha sido educado
con las miras más amplias; pero, al propio tiempo, ha sido el principal
práctico de su época, y en la actualidad se le recuerda principalmente como un
gran maestro, especialmente en Química. Sus Elementa chemiae (Leyden,
1732) son seguramente el mejor libro de la materia que se ha publicado en todo
el siglo XVIII. En Medicina, como dice Allbutt, no ha hecho experimentos, y
«parece haberse contentado con hacer picadillo de las verdades parciales y de
los errores totales de su tiempo»[613]. Un
examen de sus Aphorisini (Leyden,. 1709)» que, en otro tiempo,
le ha sugerido su reputación como el «Hipócrates de Batavia», (el asiduo De
Haen imitaba a Galeno, como comentador del gran hombre), nos sugiere la idea de
que su reputación se ha evaporado muy considerablemente en los últimos años.
Baas (un buen crítico) dice que muchas de sus expresiones délficas parecen
actualmente «mucho más ambiguas que profundas», a la vez que su máxima simplex
sigilum veri, «nunca se manifestaba en sus tratamientos», y «sus
prescripciones eran menos efectivas que sus apariencias personales». De todos
modos, sus escritos han tenido una enorme reputación en su tiempo, y sus Institutiones (1708)
han sido traducidas hasta al turco y al árabe[614]. El ha
dado el primero un curso especial de lecturas de Oftalmología (1708). Las
anécdotas a propósito de su fama, llegando hasta la China, y de su capacidad
para componer monarcas deben únicamente tomarse en cuenta como demostración de
que su influjo iba aumentando de persona a persona, por lo que tenía de
bondadoso, de digno y de modesto. Boerhaave era, tal vez, el más antiguo de los
grandes médicos que había amado a la música y que reunía frecuentemente
artistas en su casa. Como clínico está acreditado por haber sido el primero que
ha descripto la rotura del esófago y el dolor que, como a modo de un aura,
viene a preceder a la hidrofobia. Se dice que ha sido también el que ha
señalado como sitio exclusivo de la pleuresía la pleura, y que ha demostrado que
la viruela aparece exclusivamente por contagio.
Hermann Boerhaave (1668-1738)
El ha
usado el termómetro de Fahrenheit en su clínica y ha transmitido esta práctica
a sus discípulos Van Swieten y De Haen. Su reputación científica ha persistido
largo tiempo, por la idea de «afinidad» entre las substancias que él ha
introducido en la Química, juntamente con un método perfeccionado para obtener
el vinagre (1732).
Las
teorías que acabamos de revisar, con la única excepción, tal vez, de las de
Hoffmann, no son merecedoras del respeto que se concede a las ideas de un
Asclepíades, de un Van Helmont y de un Sydenham; pero justamente parece que los
hombres del siglo XVIII han puesto en circulación la idea de que el progreso de
la Medicina, en sí misma, consiste únicamente en una «sucesión de olvidadas
teorías». Una obra mucho más meritoria era la llevada a cabo por un grupo muy
diferente, los sistemáticos, y ahora vamos a aproximarnos, con todo el respeto
debido, al más grande de todos los sistemáticos desde los tiempos de Galeno, y
una de las más importantes figuras de toda la historia de la Medicina: Albrecht
von Haller (1708-77), el maestro de la fisiología en su tiempo. Haller procedía
de la antigua burguesía aristocrática de Berna (Suiza), y era un niño prodigio,
escribiendo versos en latín y una gramática caldea a los diez años, y a los
diez y seis triunfaba de su maestro, el profesor Coschwitz, en la afirmación de
éste de que la vena lingual era un conducto salivar (1725) .
Albrecht von Haller (1708-77). (De un retrato al óleo de Studer.)
Después
de graduarse en Leyden tuvo por maestros a hombres como Boerhaave, Albinus,
Winslow, y (en matemáticas) a Jhon Bernoulli.
Su fama
como poeta y como botánico se extendió desde su pueblo natal hasta la
Universidad recientemente establecida en Gotinga, donde permaneció, por espacio
de diez y siete años, enseñando todas las ramas de la Medicina, estableciendo
jardines botánicos e iglesias, escribiendo unos 13.000 artículos científicos y
haciendo, incidentalmente, su mejor obra experimental. En 1753, y a la edad de
cuarenta y cinco años, se vio embargado por un ataque de nostalgia, o heimweh,
y se retiró a Berna por el resto de sus días, llevando una vida de la más
variada actividad como oficial de la sanidad pública y como sabio, con el tacto
de «un gran señor interesado en todo». Era igualmente eminente como anatómico,
fisiólogo y botánico; escribió poemas y novelas históricas; llevaba a la vez la
correspondencia tal vez más gigantesca en la historia de la Ciencia, y ha sido
el principal fundador de la bibliografía médica y científica; su laboriosa y
pacienzuda labor en este campo es la más maravillosa en su género[616]. En las
ilustraciones anatómicas ha hecho mucho por la normalidad de los vasos
sanguíneos y de las vísceras. Sus Icones anotomicae se
consideran como una autoridad para el estudio de estas y otras estructuras
(Choulant). El Hallerianum, en Berna, es un símbolo, por su
título, de la fama del fundador de la moderna fisiología, el antepasado de
Johannes Müller, Claudio Bernard y Carl Ludwig. Su mayor contribución original
a este asunto es demostración de laboratorio de la hipótesis de Glisson de que
la irritabilidad (i,e contractilidad), e, g, en
un músculo escindido, es la propiedad específica, inmanente, de todos los
tejidos musculares, y que la sensibilidad es una propiedad exclusiva del tejido
nervioso o de los tejidos que están provistos de nervios. Esta clásica
investigación, basada en 567 experimentos, de los que fueron llevados a cabo
por el mismo Haller 190, ha sido efectuada en Gotinga en 1757[617], donde
ha dejado también la fundación de sus Elementa phisiologiae corporis
humani (Lausana, 1759-66). De su gran obra ha dicho, con gran
exactitud, Sir Michael Foster que es la que transforma el pasado en lo moderno.
Si se lee la obra del profesor Kronecker, Haller redivivus[618], se ve
cómo muchos descubrimientos, aparentemente nuevos, de observadores modernos
habían sido señalados ya por este gran maestro, estando en la actualidad
olvidados, indudablemente a causa de que la Humanidad no ha acogido
benévolamente las teorías en su pedestal. Entre ellas figuran una afirmación de
la teoría miogénica de la acción del corazón (1736), un reconocimiento del
empleo de la bilis en la digestión de las grasas (1736) y las primeras
inyecciones experimentales de substancias pútridas en el organismo vivo (1760).
Semejante a los enciclopedistas franceses en su ansia por el detalle, Haller ha
sido el mejor historiador de la Medicina[619], después
de Guy de Chauliac, y sus juicios literarios son verdaderamente lamina
sententiarum. En embriología tenía algo de reaccionario, y, felizmente,
borró las correcciones que había hecho a alguna de las ideas de Wolff. Ha
explicado y escrito Cirugía, y ha dejado una soberbia bibliografía del asunto[620]; pero no
ha efectuado ninguna operación en su vida. Haller era modesto, sensible,
generoso y caritativo, y—cosa rara—no vaciló nunca en afirmar su ignorancia
cuando no se sentía capaz de explicar un hecho. Pero tenía complacencia en su
infalibilidad en las cosas que creía saber, no presentándolas como
cuestionables, y así, no ha podido dejar una escuela de discípulos detrás de
sí. Para sus contemporáneos parecía un vir gloriosas, viviendo
aparte en una elevada eminencia; pero probablemente no era el «asmático
filisteo, que lleva una vida aparte», de alguno de sus retratos. En su juventud
era de un aspecto especialmente distinguido. En la historia de la literatura
alemana Haller tiene un lugar propio, honorable. Su Versuch
schzveizerischer Gedichte (1732) es el asunto de una famosa disputa
literaria entre Dodmer y Gottsched sobre los méritos relativos de lo natural y
de lo artificial en poesía. Su poema Die Alpen (1729) llama
por primera vez la atención hacia las gloriosas bellezas del escenario
montañoso de Suiza, y su influjo se ha señalado en Klopstock, en Schiller y
hasta en Coleridge. Con una cierta ironía de la suerte, Haller, el poeta, nos
recuerda ahora la siguiente expresión vulgar de materialismo burgués:
Ins Innre
der Natur dringt kein erschaffener Geist,
Zu
glücklich, wann sie noch die dussre Schale weist.
In
Nature’s inmost heart no spirit doth ahide,
Happy
indeed the wight who knows its outer side,
que así
excitaban a la hilaridad de Goethe[621].
Con el
sistematicismo de Haller podemos reunir las obras de un grupo de hombres muy
originales, comenzando con el De morbis artificium diatriba (Módena,
1700), de Bernardino Ramazzini (1633-1714), que abre un departamento
completamente nuevo de la medicina moderna, las enfermedades profesionales y la
higiene de los oficios. Ramazzini es el primero, después de Paracelso, en
llamar la atención hacia algunas condiciones de la tisis de los picapedreros y
de los mineros (pneumonokoniosis), del vértigo y de la ciática de los
alfareros, de los trastornos oculares de los doradores, de los pintores y de
otros oficios. Era un buen epidemiólogo. Italia ha dado un eponímico honor a su
memoria en la revista médica que lleva su nombre.
El divino
orden (1742)[622], del
antiguo capitán del ejército prusiano Johann Peter Süssmilch (1707-1777), es
una obra que ha hecho época en el desarrollo de las estadísticas vitales y
médicas, llevando a unas y otras múltiples datos de capital importancia en
higiene pública, en seguros de la vida y en política nacional. Aunque por su
aspecto teológico antiguo resulta completamente teleológica, basando todas las
cosas en un orden divino en la naturaleza, y aunque el estadístico inglés John
Graunt ha notificado mucho tiempo antes (1662) que la población puede ser
calculada por una exacta valuación del número de muertos, de todos modos, la
importancia de Süssmilch para la Medicina es más elevada que la de un simple
calculador de personas.
Bernardino Ramazzini (1633-1714)
El ha
insistido mucho en la importancia moral y política de las estadísticas, y ha
afirmado que la verdadera riqueza de una nación consiste en una población
nativamente sana y trabajadora, y no simplemente en los recursos materiales y
financieros. La inteligente aplicación de estos principios humanos, elevados y
amplios, es el secreto del poder industrial y militar del moderno Imperio
germánico.
En
relación con el nombre de Süssmilch hay que citar aún otros tres alemanes
sistemáticos, a saber: Johann Friedrich Blumenbach (1752-1840), de Gotinga;
Pieter Camper, el fundador de la Antropología y de la Craniología, y Johann
Peter Frank, el fundador de la Higiene pública. Aunque la tesis de
Blumenbach Sobre las variedades nativas de la raza humana (1776)[623] haya
sido precedida de los ensayos de Bernier (1684) Y de Linneo (1735), sin
embargo, es justo considerarla como el punto de partida de la etnología
moderna, supuesto que ha basado su clasificación en la forma del cráneo, en la
configuración facial y en el color de la piel. El ha descrito su gran colección
de cráneos en un atlas de 70 láminas (1790-1820)[624];
empleaba el aspecto vertical desde arriba abajo como una norma en la
clasificación; pero a causa de que el cráneo de una mujer de Georgia era el más
simétrico, ha introducido el desafortunado término «Caucásico» para representar
la raza aria.
Es
también digno de recuerdo por el clivus Blumenbachii en la
protuberancia. Blumenbach ha sido continuado por el sabio Pieter Camper
(1722-89), un artista en el dibujo, que ilustraba sus propias obras y que
introdujo el «ángulo facial», como un criterio de raza (1760).
Camper
era el gran rival de Albinus en las ilustraciones anatómicas. Pintaba al óleo,
a la acuarela y al pastel; hacía dibujos al lápiz y a la tinta china; grabados,
aguafuertes y medias tintas, y hasta bustos de mármol.
Pieter Camper (1722-89)
Ha
descubierto el proceso vaginal del peritoneo y la estructura fibrosa del
cristalino, e hizo estudios topográficos capitales del brazo, de la pelvis y
del conducto inguinal. Sus investigaciones comparativas de los cetáceos; sus
estudios de la expresión facial de las pasiones y sus Icones herniarum (1779),
publicados por Soemmerring en 1801, son todas obras de gran valor, y su tratado
de la mejor forma de calzado (1781) una importante contribución a la fisiología
de la locomoción, que ha sido reimpreso y traducido al inglés en 1871. Camper,
uno de los hombres más versátiles, ha inventado, además, un pesario y un modo
correcto de usar los antiguos, ha practicado la sinfisiotomía en los animales,
era un promovedor de la inoculación, daba informes de medicina legal en las
Audiencias y fue el primero en abrir una policlínica quirúrgica (Groninga,
1764).
Johann Peter Frank (1745-1821)
Una rara
y feliz mezcla de la perfección alemana con la inteligencia francesa era Johann
Peter Frank (1745-1821), de Rotalben (Palatinader), cuyos cuatro volúmenes de
su Sistema completo de medicina political System einer
vollständigen medicinischen Potizey), publicados en Mannheim en
1777-88 por Schwann, el impresor de los Bandidos, de Schiller,
constituyen la verdadera fundación de la higiene pública moderna y un monumento
de una devoción a la Humanidad que se prolongó toda la vida del autor.
Este era
un pobre huérfano, arrojado casi a la ventura en un portal de la calle, que se
hizo, por sus propios esfuerzos, uno de los más grandes maestros y prácticos de
su época. Ha sido el médico que primero ha llamado la atención acerca de la
importancia de las enfermedades de la médula espinal (1792)[625], que
definió la diabetes insípida (1794) y que escribió un importante tratado de
Terapéutica (1792-1821)[626]. Su gran
obra de higiene pública, comprendiendo la vida entera, desde el vientre de la
madre hasta la tumba, destete, suministro de aguas, higiene escolar, higiene
sexual, bancos y alimentos para los niños, y hasta el ideal de una «policía
médica» ideal o científica, ha dejado realmente poco para Pettenkofer y los
modernos. En la medicina preventiva de los tiempos futuros el nombre de Frank
aparecerá cada vez más grande, porque él ha sido un verdadero moderno.
Después
de Haller, la principal obra de la fisiología del siglo XVIII son,
indudablemente, los Statical Essays (1731-33), de Stephen
Hales (1677-1761), un clérigo inglés de inventivo genio, que enriqueció la
ciencia práctica en diferentes aspectos, particularmente como inventor de la
ventilación artificial (1743). En la primera parte de estos ensayos, Hales ha
investigado el movimiento de la savia en las plantas. La segunda parte,
titulada Haemodynamics (1733), contiene su obra más importante
acerca de las relaciones mecánicas de la presión de la sangre, dando el primer
adelanto verdadero de la fisiología de la circulación entre Harvey y
Poiseuille. Asegurando un largo tubo dentro de la arteria del caballo, Hales
ideó el primer manómetro o tonómetro, con el auxilio del cual ha podido llevar
a cabo sus apreciaciones cuantitativas de la presión sanguínea, de la capacidad
del corazón y de la velocidad de la corriente sanguínea, que son esencialmente
modernas en su tendencia.
La
fisiología de la digestión ha avanzado materialmente con los experimentos de
René A. F. de Réaumur (1683-1757)[627] sobre
un milano, en el que consiguió aislar el jugo gástrico y demostrar sus efectos
disolventes sobre los alimentos (17 52)[628]. Estos
resultados fueron fácilmente comprobados y difundidos con la obra del abate
Lazaro Spallanzani (1729-99), de Scandiano (Italia), un investigador de un
singular poder. Spallanzani ha descubierto el poder digestivo de la saliva y ha
vuelto a afirmar la propiedad disolvente del jugo gástrico[629],
demostrando que puede actuar fuera del cuerpo, y que no sólo es capaz de
prevenir la putrefacción, sino también de inhibirla una vez que ha comenzado.
Stephen Hales (1677-1761)
Le ha
faltado, no obstante, reconocer el carácter ácido del jugo gástrico, extremo
que ha sido demostrado por el fisiólogo americano Young. En 1768[630] Spallanzani
fundó su doctrina de la regeneración de la médula espinal por su descubrimiento
de su nuevo crecimiento durante la regeneración de la cola en el lagarto. El
demostró también que la postura de los huevos en la rana se conserva, como un reflejo
espinal, después de decapitado el animal o de haber seccionado los dos nervios
braquiales, anterior y posterior (1768)[631]. Ha
hecho importantes investigaciones de los cambios respiratorios en los animales
de sangre caliente y fría[632],
demostrando que los animales invernantes podían vivir confortablemente durante
algún tiempo en el gas dióxido de carbono, al paso que, ordinariamente, los
animales de sangre caliente morían en seguida; que los animales de sangre fría
podían vivir en hidrógeno, y que continuaban expulsando CO2 y,
más importante, que los tejidos vivientes, escindidos recientemente de un
animal sacrificado, tomaban el oxígeno y seguían eliminando CO2 en
una atmósfera de aire, de hidrógeno o de nitrógeno. Sus experimentos de la
raqueta prueban que ello depende muy ligeramente de la visión, así como su
conocida deficiencia en la púrpura visual (Küne) ha hecho que caigan en desuso.
Una investigación más importante de Spallanzani es la relativa a la generación
espontanea. En 1748 Walter Needham, un sacerdote católico inglés residente en
el continente, publicó algunos experimentos en jugo de carne hervido, encerrado
en redomas y sellado con mástic, con la subsiguiente aparición de
microorganismos en estos líquidos, deduciendo de aquí la conclusión de que se
había producido la generación espontánea. Spallanzani refutó todo esto,
empleando frascos de cristal con cuello delgado, que eran herméticamente
cerrados a la llama, sumergiéndolos en agua hirviendo, antes de la prueba; y él
destruyó también la subsiguiente objeción de Needham a la ebullición,
demostrando que los líquidos hervidos en presencia del aire renovaran la
presunta «fuerza vegetativa» o germinativa, que Needham, sin embargo, afirmaba
haber destruido por la llama.
William Hewson, F. R. S. (1739-74)
Por
último, Spallanzani ha sido, con Réaumur, Trembley y Bonnet, uno de los
trabajadores de la morfología experimental, en el sentido estricto y moderno de
la palabra. Réaumur, en 1712, produjo regeneraciones de las pinzas y de las
patas de las langostas y cangrejos[633]. En
1740-44[634] Abraham
Trenibley cortó las hidras en varios trozos, produciendo nuevos individuos, y
llegó hasta la tercera generación cortando estos últimos. En esto fue seguido
por Bonnet[635], que
experimentó en gusanos de agua dulce (1741-45); por Henry Backer, que continuó
los trabajos de Trembley en los pólipos (1743)[636], y por
Spallanzani, que produjo regeneraciones de las cabezas, colas, miembros y
tentáculos de las lombrices de tierra, renacuajos, salamandras y babosas (1768)[637]. Estos
experimentos no han llegado a su término hasta fines del siglo XIX; pero
contienen todo lo esencial de las modernas obras de Roux, Driesch, Morgan, Loeb
y otros.
Un
fisiólogo inglés cuya obra está olvidada hace largo tiempo, pero de quien ahora
se reconoce la importancia esencial, es William Hewson (1739-74), de Hexham
(Northumberland). Hewson era un discípulo de Hunter, y John Hunter le dejaba
encargado de su sala de disección cuando se iba fuera con el ejército. Después
fue asociado a William Hunter en la enseñanza de la Anatomía, repartiéndose los
beneficios, y, por último, le auxilió en la escuela de la Great Windmill Street
desde 1769. Cuando Hewson contrajo matrimonio, William Hunter, que parece haber
tenido una aversión natural a los benedictos, rompió bruscamente la sociedad,
con grave perjuicio pecuniario de Hewson. Pronto, sin embargo, se repuso,
habiendo logrado su reputación gracias a la Memoria presentada a la Royal
Society sobre los linfáticos, que le valió la medalla de Copley en 1769 y la de
honor de F. R. S. en 1770. El descubrimiento de Hewson de la existencia de los
vasos lácteos y linfáticos en los pájaros, reptiles y peces tuvo capital
importancia en su día, a causa de que los dos Hunter sostenían que la absorción
era una función exclusiva de los linfáticos, contra lo que se había elevado la
objeción de que existían animales que no tenían ni vasos lácteos ni linfáticos.
La demostración de Magendié de que los vasos sanguíneos tienen una función
absorbente, indudablemente restó importancia a este aspecto de la labor de
Hewson, y el interés actual se encuentra concentrado en sus Experimental
Inquiry into the Propendes of the Blood (1771). Esta obra, un claro
ejemplo del método experimental enseñado por los Hunter, señala el carácter
esencial de la coagulación de la sangre con un espíritu completamente moderno.
Antes de Hewson la coagulación se atribuía al supuesto enfriamiento de la
sangre, por el hecho de que ella ha dejado de moverse, o a la idea de que los
glóbulos se habían solidificado en pilas. Hewson demostró que la coagulación de
la sangre se retarda cuando por el frío, por las sales neutras, o de otro modo
se puede separar un plasma coagulable de los corpúsculos y espumarse de la
superficie, y que este plasma contiene una substancia insoluble que puede ser
precipitada y separada a una temperatura algo más elevada de los 50°. La
coagulación, según el modo de pensar de Hewson, es debida a la formación de
esta substancia insoluble, que ha sido denominada por él «linfa coagulable» y
que nosotros sabemos actualmente que es el fibrinógeno. Los experimentos de
Hewson fueron pronto olvidados, hasta que en 1845 Andrew Buchanan ha demostrado
que se puede extraer una substancia de los ganglios linfáticos, de la sangre y
de otros tejidos, que es capaz de coagular no solamente la sangre, sino también
otros líquidos que no son espontáneamente coagulables. El descubrimiento
moderno de que el fibrinógeno es un núcleo-proteído y que en la coagulación se
convierte fibrina ha dado mucho relieve a los trabajos de Hewson. El ha hecho
también la importante observación de que la pleura contiene aire en el
neumotorax (1767), y ha sido uno de los primeros en llevar a cabo la operación
de la paracentesis, aunque en ella ha sido precedido por Monro secundus. Hewson,
un hombre de genio, murió en 1774, consecutivamente a una herida de disección.
William
Cumberland Cruikshank (1745-1800), de Edimburgo, fue sucesor de Hewson como
ayudante de William Hunter, al que llegó a ser tan agradable, que le hizo
copartícipe de la Great Windmill Street School, encargándose, después de la
muerte de Hunter, de la investigación, en unión de Mattew Baillie.
Cruikshank
investigó la reunión y la regeneración de los nervios divididos (1776)[638], el paso
del óvulo impregnado a través de la trompa de Falopio (1778)[639] y
la fisiología de la absorción (1778-86), y en sus Experiments Upon the
Insensible Perspiration of the Human Body (1778) demostró que la piel
elimina dióxido de carbono, lo mismo que los pulmones.
William Kruikshank (1745-1800
Su Anatomy
of the Absorbing Vesseis of the Human Body (1786) abarca los
resultados de sus trabajos con William Hunter[640]. En 1917
ha demostrado la albuminuria en la fiebre hidrópica[641].
Cruikshank tenía una gran práctica, alternando su clientela privada con un
público dispensario para los pobres; lo que le ha valido la alabanza de su
amigo el doctor Johnson, quien le ha asistido en su última dolencia y que le
caracteriza con la expresión escocesa «un hombre de sangre dulce».
Robert
Whytt (1714-66), de Edimburgo, discípulo de Monro primus, de
Cheselden, Winslow, Boerhaave y Albinus, es famoso por sus estudios sobre la
fisiología y la patología del sistema nervioso.
En su
Memoria On the Vital and Other Involuntary Motions of Animais (Edimburgo,
1750) ha demostrado por primera vez que no es necesaria la completa integridad
de la médula espinal para la acción refleja, bastando para ello que se conserve
solamente un pequeño trozo de la misma. Ha demostrado también que la destrucción
de uno de los tubérculos cuadrigéminos anteriores produce la abolición de la
contracción luminosa de la pupila (reflejo de Whytt, 1768), y ha sido uno de
los primeros en señalar la existencia del shock medular. En
todas estas observaciones era inclinado a eliminar la hipótesis corriente de
Stahl de ser un «alma racional» la causa de los movimientos involuntarios. En
sus Observations on the Dropsy in the Brain (1768) describe
Whytt por primera vez la meningitis tuberculosa en los niños, y su obra On
Nervous, Hypochondriacal, or Hysterical Paseases
(1764) era en su tiempo una importante contribución a la Neurología.
El
líquido cerebro-espinal fue descubierto en 1774 Por Dominico Cotugno
(1736-1822), que también demostró la albúmina en la orina por la ebullición
(1764) setenta años después que Frederik Dekker (1694), y describió la ciática
(1770).
La
electrofisiología ha tenido su origen en los experimentos que han hecho época
en preparaciones músculo nerviosas, resumidas en 1792[642] por
Luigi Galvani (1737-98), de Bolonia. La electricidad animal había sido
observada en el torpedo por John Walsh en 1773, y en los estudios de John
Hunter sobre otros peces eléctricos; pero el descubrimiento de Galvani de las
propiedades eléctricas de los tejidos escindidos, que él apreció en su
laboratorio de un modo puramente accidental, es el punto de partida de la labor
moderna. Fue seguido, con rara habilidad y conocimientos profundos, por
Alessandro Volta (1745_1819), profesor de Pavía (1778-1819)[643], en sus
Cartas sobre la electricidad animal (1792), y demostró que un
músculo podía entrar en una contracción continua (tetánica) por una serie
sucesiva de estímulos eléctricos.
Entretanto,
Benjamín Franklin, Kratzenstein, Schaeffer (1752), G. F. Rosler (baño
eléctrico, 1768), Manduyt (1777), William Henly (1779) y otros varios estaban
ya utilizando la electricidad en el tratamiento de las enfermedades. En
Middlesex Hospital se habían instalado máquinas estáticas en 1767; en el de St.
Bartholomew, en 1777, y en el de St. Thomas, hacia 1799. Un antiguo impreso de
1799, demostrando la administración de la electricidad estática a los enfermos,
se encuentra en la pared del Departamento eléctrico de St. Bartolomew,
La
introducción del método galvánico de estimulación no ha tenido inmediatos
efectos en la investigación fisiológica. Como puntualiza Langley, todos los
nervios del cuerpo se consideraban como teniendo su origen en el cerebro, que
era considerado como el único origen de influencia nerviosa, actuando por medio
de los «espíritus animales», segregados por la sangre y pasando desde el
cerebro a los nervios.
La actual
cadena simpática o autonómica era llamada «nervio intercostal», cuyo origen
cerebral era discutido por Pourfoir du Petit (1727) en los fundamentos
anatómicos; pero aunque Whytt (1751-65) intentó racionalizar los conceptos
corrientes y Haller (1752) establecía su famosa teoría de que la sensibilidad
estaba confinada a los nervios, y la irritabilidad (contractilidad) a los
músculos, la teoría de que todo nervioso poder procede del cerebro continuó
dominando el campo, y las verdaderas funciones del sistema nervioso vegetativo
y de las funciones realizadas por los músculos involuntarios continuaron
todavía no comprendidas[644].
El abate
Felice Fontana (1730-1803) es el autor de un tratado acerca del veneno de las
víboras (1767)[645] que
ha constituido el punto de partida de las investigaciones modernas de los
venenos de las serpientes.
Pero tal
vez la mejor pieza de la labor fisiológica del siglo XVIII ha sido el completar
la moderna teoría de la respiración, que se apoya en el descubrimiento de los
diferentes gases de la atmósfera; a saber: del dióxido de carbono, por Black
(1757); del hidrógeno, por Cavendish (1766); del nitrógeno, por Rutherford
(1772), y del oxígeno, por Priestley y Scheele (1771) y por Lavoisier (1775).
El gran químico escocés Joseph Black (1728-99) es conocido de los físicos por
sus originales definiciones del «calor específico», de la «capacidad para el
calor» y de su sutil criterio del «calor latente»: que la temperatura de un
cuerpo y la cantidad de calor que posee son dos cosas completamente diferentes.
Joseph Black (1728-1799)
En
su Dissertatio de humore acido a cibo orto (17
54) hace una distinción igualmente importante para la Química y la Fisiología.
Los químicos de la época de Black, siguiendo a Stahl, pensaban que cuando la
tierra se calentaba ganaba flogisto, y que cuando la cal viva se apaga
desprende su flogisto. Los experimentos de Black rechazaron la teoría de Stahl,
demostrando que, en realidad, la cal, al hacerse viva, pierde alguna cosa
(CaCO8 =
CaO + CO2)
y la cal
viva, al apagarse, gana algo
(CaO + H2O
= Ca[OH]2)
Hizo
notar también que el gas o «aire fijado» que se detiene por la cal viva y por
los álcalis está también presente en el aire espirado, y es fisiológicamente
irrespirable, aun cuando no necesariamente tóxico. Así, Black había de nuevo
aislado el gas ácido carbónico que van Helmont había notado, unos cien anos
antes en la fermentación, como gas silvestre Unos pasos más, y
hubiera llegado a terminar por completo la materia. Joseph Priestley
(1733-1804) ha dado con la verdad cuando ha aislado el oxígeno (1772)[646] y
cuando ha afirmado que las plantas son vegetantes; pero siendo él un stahliano
convencido, sacó el peor partido del asunto, afirmando que la respiración era
la «flogisticación del aire deflogisticado». Estaba reservado al genio de
Antoine Laurent Lavoisier (1743-94) descubrir la verdadera naturaleza del
intercambio de los gases en los pulmones y demoler la teoría del flogisto con
su descubrimiento de las relaciones cuantitativas en Química. Como sostiene sir
Michael Foster, «él, y sólo él, ha descubierto el oxígeno» (1775)[647];
anteriormente, Mayow, Priestley y Scheele le habían únicamente aislado.
Priestley, crédulo en el vacío rótulo «flogisto», había expuesto la respiración
en un orden invertido. Pero Lavoisier demostró que el aire inspirado se
convierte en el «aire fijado» de Black, y que únicamente persiste sin sufrir
modificaciones el nitrógeno (que también fue descubierto por Lavoisier).
Además, éste, asociado al astrónomo Laplace (1780-85)[648],
demostró que la respiración es, en todos sus aspectos, análoga a la combustión,
siendo los productos de ambas el dióxido de carbono y el agua. Pero Lavoisier,
cuya vida fue substraída a la ciencia por el fanatismo de los revolucionarios
franceses, había adoptado la teoría errónea de que la oxidación del carbón y
del hidrógeno tenían lugar en los tubulillos del pulmón.
Esta
opinión fue corregida en 1791 por Lagrange, el autor de la Mécanique
analytique, que defendió, por medio de su discípulo Hassenfratz[649], que el
oxígeno disuelto del aire inspirado va combinándose lentamente con el carbono y
el hidrógeno de los tejidos, a medida que éstos van siendo atravesados por la
circulación de la sangre.
Joseph Priestley (1733-1804)
El toque
final fue dado cuando Gustav Magnus, 1837[650],
demostró, con el auxilio de una bomba de aire de Sprengel, que tanto la sangre
arterial como la venosa contienen oxígeno y CO2; demostración, que
ya Cruikshank había parcialmente vislumbrado al final de su vida, de que todos
los tejidos respiran, en el sentido de que asimilan oxígeno y eliminan CO2.
De este modo, el desarrollo de la fisiología de la respiración, desde Borelli
hasta Magnus, ha sido obra casi exclusivamente de tres matemáticos, dos físicos
y cinco químicos.
El
descubrimiento del oxígeno ejerció un singular efecto en la práctica de la
Medicina. Louis Jurine, Louis Odier, Pascal Joseph Ferro, G. C. Reich, T. B. T.
Baumés, Samuel Latham Mitchell y otros médicos fueron arrastrados por su
imaginación hasta crear supuestas enfermedades dependientes de la falta o del
exceso del oxígeno, y las finas y artificiales modificaciones de esta teoría
llegaron a ser tan numerosas, que hacen imposible su enumeración. De todo este
grupo, el más notable es, tal vez, Thomas Beddoes (1760-1808), de Schiffnal
(Shrophire), que puso de manifiesto a Humphrey Davy. En 1798 fundó el Instituto
Neumático en Clifton para el tratamiento de las enfermedades por la inhalación.
Los aparatos fueron construidos nada menos que por James Wat, que inventó el
gasómetro (1790); y Davy, siendo ayudante de Beddoes, descubrió las propiedades
anestésicas del óxido nitroso en 1799. Los ensayos de Beddoes y de Watt sobre
On Factitious Airs (1794-96) adelanta el importante concepto terapéutico de
tratar algunas enfermedades colocando a los enfermos en «una atmósfera
artificial»; lo que ha venido a constituir una definitiva vindicación del
tratamiento de la tisis al aire libre y de la moderna cirugía torácica. El plan
general de Beddoes de tratamiento de los trastornos respiratorios por
inhalaciones de diferentes gases se ha consolidado actualmente en forma de
aeroterapia y neumoterapia. Los métodos de Beddoes y de Watt han ha tenido
todavía mayor extensión por los trabajos de Demarquay (1866), J. Solis Cohen (1867-76),
Paul Bert (1878), M. J. Oertel (1886), P. L. Tissier y otros[651].
El gran
centro de la enseñanza anatómica en el siglo XVII era Ley den; en el comienzo
del siglo XVIII, París. El crecimiento de Edimburgo como centro de enseñanza
médica ha sido debido al siguiente conjunto de circunstancias. En 1700 John
Monro, un cirujano militar, escocés, de buena familia, se estableció en
Edimburgo, y, conocedor de la superioridad de la enseñanza médica en el
continente, concibió la idea de fundar una escuela de Medicina en la capital
del Norte, llevando también, en gran parte, por su afección hacia su único
hijo, Alejandro, al que deseaba vivamente establecer bien en este mundo.
Antoine Laurent Lavoisier (1743-94)
De
acuerdo con este plan, el joven Alexander Monro adquirió una excelente
educación médica en Londres, París y Leyden, recibiendo una cariñosa acogida
por parte de Cheselden y de Boerhaave, y siendo, a su regreso a Edimburgo, en
1719, debidamente examinado y calificado por el gremio de cirujanos, y en 1720,
por recomendación del Concejo de la ciudad, fue elegido profesor de Anatomía en
la Universidad nuevamente fundada, a la edad de veintidós años. Siendo un
maestro de señalada habilidad, sus cursos fueron bien pronto seguidos por
numerosos y entusiastas estudiantes, cuya lista subió de 57 en 1720 a 182 en
1749, siendo esta progresión aritmética únicamente interrumpida por la rebelión
del año 45. Alexander Monro siguió con su propio hijo el plan que su padre
había seguido con él, y el hijo hizo lo propio con el nieto, llevando todos el
mismo nombre, Alexander, de tal suerte, que hay tres Monro: primus,
secundus y tertins, como se llaman, ocupando la
cátedra de Anatomía en Edimburgo, en una sucesión no interrumpida, como un
estado vinculado, durante un período de ciento veintiséis años (1720-1846).
Alexander Monro primus (1697-1767)
Los
hombres de la dinastía Monro eran todos, sin excepción, caracteres originales,
de poco frecuente capacidad intelectual, autores de obras muy valiosas,
morbosos en el asunto de las controversias, es cierto, pero dignos en todos
sentidos de la confianza depositada en ellos por sus compañeros y
conciudadanos. Durante el periodo de 1720-90, unos 12.800 estudiantes han sido
enseñados por Monro primus y secundus únicamente,
y a ellos se debe grandemente el que Edimburgo haya llegado a ser el gran
centro de enseñanza médica que ha sido en el «pasado siglo».
Las
investigaciones anatómicas en este período no han alcanzado la brillantez de
las de la precedente centuria, en la que casi todos los años se han distinguido
por algún nuevo descubrimiento. Muchos de los mejores anatómicos del siglo
XVIII, como Cheselden, Pott, los Monro, los Hunter, Desault y Scarpa, son
llamados cirujanos-anatómicos, y los estudios de la época son muchos
topográficos e iconográficos. La anatomía quirúrgica, en realidad, ha comenzado
propiamente con las obras de Joseph Lieutaud (1703-80), después de cuya época
(1724) se publicó una gran serie de hermosos atlas, tales como el de Cheselden,
de los huesos (1733)[652]; el de
Albinus, de huesos y músculos (1743-53)[653]; de
Eisenmann, del útero (1752)[654]; de
Zinn, del ojo (1755)[655]; de
Scarpa, del oído (1772-99)[656]; de
Soemmerring, de los nervios craneales (1778)[657]; de
Eduard Sandifort, del duodeno (1780)[658], y de
Paolo Mascagni, de los linfáticos (1787)[659]. Estos y
otros muchos son encuadernados juntamente en la gran colección de Just
Christian von Loder (1794-1803) y L. M. A. Caldani (Icones Anatomicae, Venecia
(1801-13). La espléndida póstuma ilustración manuscrita que Paolo Mascagni
(1752-1815) había dibujado para un atlas anatómico ha sido recogida por su
prosector, Francesco Antommarchi (médico de Napoleón en Santa Helena), para su
publicación, en un suntuoso estilo, en 1819, y de nuevo, en 1821 y 1823-32, en
otros atlas que la familia Mascagni, disgustada de los procedimientos dudosos
de Antommarchi, había seleccionado, como editores. Antommarchi,
subsiguientemente, plagió un número de placas de Mascagni en una obra expuesta
como suya propia. Los cirujanos Pierre Dionis y William Cheselden escribieron
libros de texto anatómicos que fueron populares en su época; pero probablemente
el mejor tratado de conjunto de la materia entre Vesalio y Bichat es la
Exposition anatomique (1723), del profesor danés Jakob Benignus Winslow
(1669-1760), un discípulo de Duverney que hizo mucho para condensar y
sistematizar lo conocido, especialmente en algunas materias, como origen,
inserción y nomenclatura de los diferentes músculos. Su obra ha sido el libro
de texto autorizado por espacio de cerca de una centuria. Era una hermosa
demostración de aquellas investigaciones especializadas de importancia
fisiológica que habían dado tanto brillo a la anatomía del siglo XVII. La labor
de Duverney en el oído (1683) se veía muy meritoriamente completada por las
investigaciones de Valsalva (1704) y de Cotugno (1774), y, además de todo esto,
hay que citar todavía: las monografías Cowper sobre las glándulas uretrales
(1702)[660], de
Abraham Vater sobre la ampolla del conducto colédoco (1720)[661], de
Lieberkühn sobre las glándulas del intestino[662], de
James Douglas sobre el peritoneo (1730)[663], de
Meckel el mayor (1748)[664] y
de Wrisberg (1777)[665] sobre
el nervio vago, de Zinn, sobre los ligamentos ciliares (1753)[666], y las
variadas investigaciones de Santorini (1724)[667].
Hacia el
final de la centuria, Samuel Thomas Soemmerring (1755-1830), natural de Thorn,
Prusia Occidental, escribió un monumental tratado de Anatomía (1791-96), que ha
resistido cerca de medio siglo, hasta la publicación de los de Rudolf Wagner,
Henle y otros[668].
Samuel Thomas von Soemmerring (1755-1830).
Él ha
llevado muy importantes investigaciones en el cerebro, en el ojo (macula lútea)
[1791], en el oído, en las fosas nasales, en la garganta, en la hernia, en la
antropología del negro (1785)[669] y
sobre los perniciosos efectos del corsé (1793)[670]; pero se
le recuerda actualmente, sobre todo, por su seguridad en la ilustración
anatómica y por su clasificación de los nervios craneales (1778) [3],
que reemplazó eventualmente la de Willis.
Soemmerring
era un buen artista y educó a Christian Koeck para que hiciese dibujos bajo su
dirección (Choulant). Siguió a Albinus en la fidelidad para la Naturaleza y en
la investigación de la «anatomía normal». Su devoción por la «ática perfección»
de su maestro se ve en sus láminas del cerebro y de los nervios craneales
(1791-99), del embrión (1799), del ojo (1801), del oído (1808), de la lengua
(1808), de la nariz (1809), y particularmente en el exquisitamente dibujado
esqueleto de una joven de Maguncia (1797), que había sido especialmente trazado
para hacer pendant al esqueleto varonil de Albinus (1747). Soemmerring ha sido,
además, uno de los inventores del telégrafo eléctrico (1809).
Una
notable familia de anatómicos prusianos ha sido la de los Meckel: el padre, el
hijo y los dos nietos.
Johann
Friedrich Meckel, el padre (1724-74), de Wetzlar, graduado en Gotinga con su
anteriormente citada notable disertación sobre el quinto nervio (ganglio de
Meckel) en 1748, llegó a ser profesor de Anatomía, Botánica y Obstetricia en
Berlín en 1751, siendo el primer profesor de partos de la Charité. Ha sido el
primero en descubrir el ganglio submaxilar (1748), y ha hecho investigaciones
importantes sobre la inervación facial y sobre los filamentos terminales de las
venas y de los linfáticos en las vísceras (1772). Su hijo, Philipp Friedrich
Theodor Meckel (1756 a 1803), de Berlín, graduado en Estrasburgo en 1777 con
una importante disertación del oído interno, era profesor de Anatomía y Cirugía
en Halle en 1779 y editor de los Nenes Archiv. der pracktischen Arzneykunst
(Leipzig, 1789-95). Era el tocólogo favorito y muy honrado de la Corte de
Rusia. Su hijo, Johann Friedrich Mecker (1781-1833), de Halle, llamado Meckel
el Joven, era un eminente patólogo y el más grande de los cultivadores de la
anatomía comparada en Alemania antes de Johannes Müller. Ha sido llamado el
Cuvier alemán. Sus obras más importantes son sus tratados de anatomía
patológica (1812-18) y de anatomía normal humana (1815), su atlas de 33 láminas
representando anomalías humanas (1817-26) y su gran sistema de anatomía
comparada (1821-30), en el cual establece el punto de vista de que el
desarrollo de los animales superiores es un epítome de los pasos ancestrales
que le han precedido. Tradujo la monografía de Wolff sobre el desarrollo de los
intestinos en 1812, y es famoso por el descubrimiento del divertículo de Meckel
de los intestinos. Su hermano más joven, August Albrecht Meckel (1790-1829), de
Halle, fue profesor de Anatomía y de medicina forense en Berna en 1821, y era
un especialista en esta última rama.
El punto
de partida de la embriología moderna ha sido la Theoria Generatioms (1759),
de Caspar Friedrich Wolff (1733-94), de Berlín; uno de los espíritus más
originales de su tiempo, cuyo nombre, que será siempre recordado por su
descubrimiento de los cuerpos de Wolff. Wolff hizo revivir la doctrina de
Harvey de la epigénesis, o formación gradual de las partes, y la dio una base
firme, en contra de la hipótesis corriente entonces de que el embrión se
encontraba ya, preformado y encajado en el ovario (emboitement); pero
su negación de la continuidad germinativa y la oposición de Haller impidieron a
sus ideas encontrar apoyo hasta 1812, época en que Meckel el Joven tradujo su
gran monografía del desarrollo de los intestinos en el pollo (1768-69), uno de
los estudios clásicos de Embriología. Al paso que sus láminas y el argumento de
su Teoria Germinationis (1759) son muy inferiores a la obra de
Malpighi, Wolff se ha sobrepasado a sí mismo en su Memoria de 1768, calificada
por Baer como «la más grande obra maestra de observación científica que
nosotros poseemos».
La idea
de Wolff de que los órganos se forman de las «capas como hojas
(blastodérmicas)» se acerca todo lo más posible a la teoría germinativa del
mismo Baer. En 1767, de sus investigaciones de los brotes de coles, habas y
otras plañías llegó Wolff a la conclusión de que «todas las partes de la
planta, excepto el tallo, son hojas modificadas».
Esta
conclusión había sido obtenida independientemente por Johann Wolfgang von
Goethe (1749-1832; en su ensayo acerca de las metamorfosis de las plantas
(1790),[671] en
la cual arguye deductivamente la unidad fundamental de la hoja, flor y fruto, y
el descender todas las plantas de un arquetipo (plantflanze). Como otros
botánicos más recientes, él era incapaz de decidir si la dirección de la
evolución era desde la hoja del follaje a la hoja reproductiva (flor y fruto),
o viceversa, y fue dolorosamente sorprendido cuando le dijo Schiller: «Eso no
es una observación; eso es una idea.» El gran poeta era, indudablemente, uno de
los formadores de la doctrina de la evolución: el primero que ha usado la
palabra «morfología», y el descubridor del hueso intermaxilar (1786)[672].
Independientemente de Oken (1790), él ha defendido la teoría de que el cráneo
está formado de vértebras modificadas, y ha dicho antes que Savigny que los
tarsos de los insectos son miembros modificados. En relación con la obra
botánica de Goethe debemos mencionar, de pasada, a Christian Konrad Sprengel
(1750-1816), el viejo pastor prusiano, que fue arrojado del rectorado de
Spandan a causa de descuidarla congregación por atender demasiado a la
Botánica, y cuyos Nuevos secretos descubiertos de la Naturaleza (1793) era
llevado al frente por Darwin. Sprengel ha hecho notar que las señales
coloreadas, las formas, el néctar, etc., de las plantas son adaptaciones para
asegurar la fertilización cruzada por medio de los insectos, y que este último
procedimiento es la regla, no la excepción. La teleológica significación de la
fertilización cruzada ha sido posteriormente probada por Herbert, Gartner y
otros; y utilizada por Darwin. Otros precursores de Darwin son el naturalista
Buffon (1707-88), cuya Historia Natural (1749-1804), más bien una obra
descriptiva popular, contiene algunas negaciones casuales de la fijeza de las
especies y una velada sugestión de un posible ancestro común del caballo y del
asno, del mono y del hombre; y Erasmo Darwin, cuyas Loves of the Plants (1789)
y Zoonomia (1794) acentúan la evolución gradual de los organismos complejos
desde formas primordiales simples, la lucha por la existencia en animales y
plantas, la selección sexual, la única protectora y la influencia indirecta del
medio en la producción de transformaciones que pueden modificar las especies.
Tal vez
el más grande cultivador de la anatomía comparada en el siglo XVIII haya sido
Félix Vicq d’Azyr (1748-94), secretario perpetuo de la Academia de Medicina de
París, que ha estudiado los músculos flexores y extensores del hombre y de los
animales, así como la morfología del cerebro, las cuerdas vocales y la
estructura de las aves y de los cuadrúpedos.
Los
mejores ejemplares de la ilustración anatómica en el siglo XVIII demuestran el
tránsito gradual desde la lámina en cobre, pasando por la talla dulce, «hasta
llegar al grabado en acero, en el que vemos los espléndidos folios de la Osteografia (1733),
de Cheselden; de los Icones anatomicae (1743-56), de Haller, o
de la Anatomía Uteri Humani Gravidi( 1774), de William Hunter,
y a las obras maestras de Haller, Santorini, Albinus, Soemmerring y Scarpa.
Bernhard Siegfried Albinus (1697-1770)
Las seis
hermosas láminas del embarazo y el parto hechas por Riemsdijk para Charles
Nicholas Jenty (1758), de Londres, son raros ejemplares de medias tintas, que
rara vez han sido empleadas en las ilustraciones médicas[673]. Láminas
en cobre, coloreadas han sido introducidas en el siglo XVIII por
Jacques-Christophe Le Blon (1667-1741), que ha dejado una sola muestra
anatómica de su labor; una pequeña lámina de los órganos genitales hecha para
la edición de 1719 del tratado de gonorrea de Cockburn, en la actualidad
extraordinariamente rara. Ha sido continuado por las seis hermosas láminas de
Anatomía de su discípulo Jan Ladmiral (1698-1773), hechas para Albinus, Ruysch
y otros (1736-41); por las láminas en cobre, en rojo y negro de su discípulo
Robert (1750), y por el pintoresco atlas de su ayudante Jacob. Rabian Gautikr
d’Aooty (1717-86), un lego cuyas coloreadas medias tintas son frecuentemente de
un sorprendente poder artístico, pero demasiado grandiosas y aparatosas en sus
tendencias para los últimos propósitos de la ilustración anatómica.
La
flamboyante técnica, que, como hace notar Choulant, no es deseable para la
fidelidad y delicadeza del detalle. Gautier se deleita especialmente en
representar el gracioso aspecto físico propio de las parisienses del siglo
XVIII, familiar en los muchos grabados de los artistas franceses del período.
Estas pinturas, originalmente ejecutadas en tamaño natural, al óleo, son, en
efecto, los últimos supervivientes de los esqueletos; hombres musculares,
mujeres embarazadas reclinadas y otras figuras legendarias de las ilustraciones
de los antiguos manuscritos médicos. De más sencillo aspecto que las pinturas
al óleo, los cuadros en tamaño natural de Gautier, vendidos en París en 1914,
son, tal vez, los más notables ejemplos de las ilustraciones anatómicas de aquel
medio. Láminas anatómicas en cobre, a dos colores (negro y rojo), han sido
hechas por Cornelis Ploos van Amstel (para Lavater, en 1790) en la Anatomie du
gladiateur combo-Hemt (1812) y por Giuseppe del Medico (1811).
Uno de
los más grandes ilustradores anatómicos de esta época es Bernhard Siegfried
Albinus (1697-1770), de Francfort-an-Oder, que ha estudiado con Bidloo,
Boerhaave y Duverney y desempeñado las cátedras de Anatomía y Cirugía (1718) y
de Medicina (1745) en la Universidad de Leyden. Albinus ha editado las obras de
Harvey, Vesalio, Fabricio y Eustaquio, y sus atlas de los huesos (1726-53), de
los músculos (1734), de las venas y de las arterias, de los intestinos (1736),
de los huesos del feto (1737), del esqueleto, de los músculos esqueléticos
(1747-62) y del útero grávido (1749) son justamente celebrados por su belleza,
por la exactitud de los grabados y por el elegante estilo del texto que los
acompaña.
Bajo la
dirección de Albinus, el artista Jan Wandelaer estableció una nueva norma en la
ilustración anatómica fundada en la pura observación científica. En este
sentido, ambas, la anatomía científica y la artística del período, llegaron a
las estatuitas despellejadas de Fischer (1784). Además, Albinus era también un
incomparable profesor y un maestro en el arte de las inyecciones anatómicas. En
oposición a Albinus, Pieter Camper (1722-89), que hacía sus propios dibujos,
sostenía que los asuntos anatómicos no debían ser representados en perspectiva,
como había venido siendo la costumbre desde Vesalio hasta Haller, sino
arquitecturalmente, es decir, no como si se vieran desde un particular ángulo,
sino como si el eje de la visión viniera a caer en cada parte del objeto desde
la misma distancia. Este modo de proyección ortográfica ha sido también usado
por Leonardo en alguno de sus dibujos. El asunto ha dado lugar a amargas
controversias entre Albinus y Camper.
De todos
los hombres médicos que han ilustrado sus propias obras, ninguno,
probablemente, ha exhibido tan brillantes talentos artísticos como el notable
veneciano Antonio Scarpa (1747-1832). Aparentemente, como el joven Napoleón,
Scarpa era un virtuoso en los más variados sentidos, un gran anatómico y
cirujano, igualmente hábil como ortopédico y como oftalmólogo, un irreprochable
latinista, un maestro del sarcasmo, un atractivo profesor y un dibujante de
primer orden. El mismo ha enseñado a Faustino Anderloni a ejecutar los grabados
en cobre de sus dibujos (Choulant). En Anatomía es famoso por su descubrimiento
del laberinto membranoso, del nervio naso-palatino y del triángulo que lleva su
nombre; él ha sido el primero en considerar la arterioesclerosis como una
lesión de la túnica interna de las arterias; ha escrito importantes tratados de
la hernia y de las enfermedades de los ojos, e inventado el procedimiento de la
iridodiálisis; ha hecho un calzado para el pie zambo que sigue siendo el modelo
para los ortopédicos; pero su obra maestra ha sido, indudablemente, las
magníficas Tabulae Neurologicae (Pavía, 1794), donde se daba
la primera descripción apropiada de los nervios del corazón.
Antonio Scarpa (1747-1832)
Ejecutadas
con la fuerza del genio y con una irreprochable seguridad en el detalle, las
ilustraciones de Scarpa son la coronación, la floración del perfeccionamiento
en los dibujos al lápiz, como ilustración anatómica, al paso que las láminas en
cobre de Anderloni, del mismo periodo, son comparables en brío con
la obra de Sharp, Drevets y otros maestros del mejor período del grabado.
En la
Gran Bretaña los estudios anatómicos reciben un poderoso esfuerzo por la
enseñanza de los hermanos Hunter, y el nombre de William Hunter está
inseparablemente unido con los progresos de la Obstetricia. Durante el siglo
XVIII la asistencia a los partos ha comenzado a pasar de manos de la comadrona,
propiamente dicha, a la asistencia por el tocólogo. Peter Chamberlen asistió a
la reina Enriqueta María en su aborto en 1628. En París el camino para esto se
había ido haciendo en la centuria anterior por la circunstancia de que Boucher
fue llamado para asistir a La Valliére, amiga del «Gran Monarca» en su primer
encierro de 1663, y en 1670 Julien Clement asistió a Mme. de Montespau en el
nacimiento del duque de Maine, y posteriormente al parto de la Delfina (1682).
Clement recibió el título de «partero» por sus molestias[674]; de
donde Ocurrió que el tener un tocólogo fue haciéndose una moda entre las damas
del gran mundo. En 1692 Hugh Chamberlen asistió al parto de la futura reina
Ana. Los progresos de esta materia eran, naturalmente, pequeños, y cuando un
cierto tocólogo dijo a José II que las mujeres vienesas eran demasiado modestas
para tener hombres que les asistieran en los partos, el moral monarca replicó
con apropiada ironía: Utinam non essent adeo púdica[675]. En
primer término, como en algunos círculos cortesanos de la actualidad, el
tocólogo sencillamente vigilaba, o «auxiliaba» en la conducción del trabajo
entre aquellas a quienes presta sus servicios; pero tan pronto como las mujeres
comenzaron a permitir a los médicos examinarlas y auxiliarlas en el trabajo del
parto, el conocimiento inductivo de los detalles de la Obstetricia comenzaron a
hacer grandes progresos.
En
Londres este cambio fue debido principalmente al influjo y a la enseñanza de
dos hombres de Lanarkshire: William Smellie y su discípulo William Hunter; a
sir Fielding Ould, en Dublin, y Charles White, en Manchester. En el continente
la causa de la asistencia masculina a los partos estaba asegurada por Röderer,
en Gotinga; Camper, en Ámsterdam; Baudelocque y Levret, en París; Bóer, en
Viena, y Saxtorph, en Copenhague.
William
Smellie (1697-1763), el amigo y maestro de Smollett, aprendió la Obstetricia en
París, y, estableciéndose en Londres en 1739, concibió el proyecto de enseñar
esta especialidad en su propia casa, usando un maniquí forrado de cuero y
soportado por verdaderos huesos, y cobrando tres guineas por la enseñanza.
A
despecho de su aspecto no cultivado y de la dura oposición de Mrs. Nihel, la
comadrona del Haymarket, que le llamaba «un gran caballo, madrina de un
comadrón macho», adquirió una gran práctica, acudiéndole como discípulo William
Hunter en 1771.
William Smellie (1697-1763)
Smellie
introdujo el fórceps cerrado de acero en 1744, y el fórceps encorvado y el
doblemente encorvado en 1751-53.
La
obstetricia de Smellie (1752) es el primer libro en que se dan reglas seguras
para el empleo del fórceps y para apreciar las diferencias entre las pelvis
normales por las mediciones normales.
Ha sido
juzgado digno del honor de una especial reimpresión por la Sydenham Society en
1876-78. La Serie de tablas anatómicas, de Smellie (1754), son
completamente obstétricas.
William Hunter (1718-83)
En 1667,
John Harvie, que se casó con la sobrina de Smellie y que le había sucedido en
su enseñanza doméstica en 1759, publicó un folleto en el que las ventajas de la
expresión externa de la placenta sobre la tracción o manipulación interna
estaban claramente manifestadas, cerca de noventa años antes de Credé (1854)[676]. La
misma idea ha ido siendo gradualmente expresada por los tocólogos de Dublin
Edward
Foster (1781), William Dease (1785), Joseph Clarke (1817), Robert Collins
(1835), A. H. McClintock y S. L. Hardy (1848), y aunque no era conocido fuera
de Irlanda, llegó a constituir allí un modo o procedimiento el «Método de
Dublin»[677].
William
Hunter (1718-83) tuvo cinco años de enseñanza en la Universidad de Glasgow y
tres como discípulo de Cullen, y siguiendo el ejemplo de sus maestros de
Londres, Smellie y Douglas, dio en 1746 un curso de enseñanza privada de
disección, cirugía operatoria y vendajes. Avanzó pronto en práctica y en la
estimación pública por sus modos refinados y corteses y por su sagaz
disposición, llegando a ser el principal tocólogo y médico de consulta de
Londres. En 1768 fundó el famoso anfiteatro anatómico y el Museo de la Great
Windmill Street, donde se han educado los mejores anatómicos y cirujanos
ingleses del período, incluso su hermano John. Ha trabajado con ardor hasta el
fin de su vida, y pocos hombres han demostrado tanta austera devoción por la
Ciencia. Podemos contrarrestar su noble rasgo de dar a la ciudad de Glasgow un
museo valuado en 100.000 libras esterlinas con la tenacidad escocesa de sus
propósitos y el estoicismo de su auto-negación en su vida privada, que se
resume en las brillantes frases de Stephen Paget: «Nunca contrajo matrimonio;
no tenía ninguna casa de campo; parece en sus retratos un fino y fastidioso
caballero; pero ha trabajado sin descanso hasta que ha desaparecido; ha
enseñado hasta que ha estado moribundo.» En relación con sus colegas, William
Hunter era celoso, impresionable, irritable, de carácter muy fuerte, que amargó
su propia vida en sutiles controversias con contemporáneos, a quienes
fácilmente dominaba. Su principal obra es un atlas del útero grávido (Londres,
1774), la única publicación de la celebrada imprenta de Baskerville, ilustrada
por Riemsdijk, con gastos enormes para el autor, y que representa el fruto de
treinta años de trabajo. Su especial descubrimiento de la «decidua refleja» y
de la separación de las circulaciones materna y fetal, en el que tomó parte su
hermano John, es el fundamento de los modernos conocimientos de la anatomía
placentaria. Ha escrito también a propósito de la dislocación antigua del
hombro (1762)[678], de la
sinfisiotomía (1777)[679], de la
jurisprudencia del infanticidio (1773)[680] y
de la historia de la Anatomía (1784)[681]. Ha sido
el que primero ha descripto el aneurisma arterio-venoso (1761)[682] y
la retroversión del útero (1770)[683], y uno
de los primeros en recomendar la operación de los quistes del ovario (1757)[684]; pero al
contrario de Smellie, era opuesto al empleo del fórceps, y algunas veces solía
enseñar el suyo cubierto de herrumbre, como demostración de que no había sido
usado nunca.
El
tratado de Obstetricia del cirujano de Manchester Charles White (Londres, 1773)
destaca de los de su tiempo por ser una iniciación de la obstetricia aséptica.
El
mecanismo del parto ha sido estudiado en primer término por Deventer (1701);
por sir Fielding Ould (1716-89), de Dublin, en su tratado de Obstetricia de
1742, y posteriormente por Smellie, André Levret, J. J. Fried, J. G. Roederer,
Pieter Camper, C. J. Berger, Mathias Saxtorph y Jens Bang[685].
Los
tocólogos más famosos del continente son: Jean Palfyn (1649-1730), que
reinventó y reintrodujo el fórceps (mains defer) en 1720[686];
Guillaume Mauquest de La Motte (1665-1737), que divulgó el uso de la versión
podálica en las presentaciones cefálicas (1721); Pieter Camper (1722-89), que
fue el primero en proponerla sinfisiotomía, y Jean René Sigault, que fue el
primero en efectuarla con éxito en Mme. Souchot, en 1777; Jean Louis
Baudelocque, Sr. (1746-1810), que inventó un pelvímetro y adelantó el
conocimiento del mecanismo del parto, aun cuando se excedió algo en la
enumeración de las posibles posiciones del feto (1781); André Levret (1703-80),
que perfeccionó el fórceps, extendiendo el uso del mismo (1747); Carl Gaspar
Siebold (1736-1807), que efectuó la primer sinfisiotomía en Alemania (1778), y
Lucas Johann Boer (1751-1835), que fue el más hábil tocólogo de Alemania de su
tiempo y un trabajador de la «obstetricia natural» (1791-1806). Antes de los
tiempos de Boér el embarazo era considerado como una enfermedad de nueve meses.
El fue el primero en considerarle como un proceso fisiológico, y ha sido un
precursor de Ramsbotham en su tendencia contra la «obstetricia entrometida». A
Mauriceau, Portal y Mauquest de La Motte se debe el perfeccionamiento del
diagnóstico obstétrico por el tacto digital, el establecimiento de la versión y
de sus indicaciones, el reemplazamiento a una torpe instrumentación por
procedimientos de expectativa racional y el estudio de las pelvis deformes.
La
ginecología operatoria, como especialidad independiente, no tiene existencia
real hasta la primera mitad del siglo XIX. De las aisladas contribuciones del
siglo XVIII podemos mencionar el tratamiento en 1701, por Robert Houstoun, de
una hidropesía del ovario por punción del quiste (etimológicamente, una
«ovariotornía», pero no en el sentido de escisión del ovario); la proposición
de William Hunter de la escisión del quiste del ovario, en 1757, y la
descripción, por el mismo, de la retroversión del útero (1770); la
sinfisiotomía de Sigault (1777); la descripción, por Matthew Baillie, de los
quistes dermoideos del ovario (1789), y los estudios de Soemmerring de los
efectos perniciosos del corsé (1793). Georg Ernst Stahl (1660-1734) ha escrito
una larga monografía acerca de las enfermedades de las vírgenes en 1724, y Jean
Astruc (1684-1766) publicó un tratado en seis volúmenes de las enfermedades de
la mujer en 1761-65.
Hasta los
tiempos de John Hunter la Cirugía estaba por completo en manos de los
franceses, siendo París el único punto en que este asunto podía ser bien
estudiado. En Alemania, a consecuencia del gran desastre de la Guerra de los
Treinta Años, la cirugía general era practicada muchas veces por los verdugos y
los barberos (Ckirurgus), o también por los vagabundos
oculistas, cortadores y tratantes de fracturas y luxaciones, a la vez que los
cirujanos militares llevaban el nombre de Feldscherer, a causa de
que tenían la obligación de afeitar a los oficiales. Aun con algunos talentos
aislados, como Heister, von Siebold y Richter, el arte quirúrgico no adquirió
realmente estado hasta los tiempos de Federico el Grande. En Inglaterra hubo
sólo dos cirujanos clínicos de primer orden antes del tiempo de Hunter: William
Cheselden y Percival Pott. Todo el período que precede a Hunter es de ensayos
respecto de nuevas amputaciones, escisiones u otros perfeccionamientos en la
técnica operatoria, casi todos ellos asociados a nombres franceses.
Nada
menos que en 1673 Pierre Dionis (muerto en 1718) había dado cursos de cirugía
operatoria en el cadáver, y sus tratados de Anatomía (1690) y Cirugía (1707)
fueron obras que se mantuvieron firmes por espacio de medio siglo y que fueron
traducidas hasta al chino. El Cours d'opérations, de Dionis, es
todavía valioso por sus anécdotas y pinturas de la cirugía de su tiempo, en
particular por la historia del litotomizador errante Frére Jacques, que comenzó
como un chapucero para acabar como un maestro por sus estudios de Anatomía.
Jean-Louis
Petit (1674-1750), de París, el maestro de la cirugía francesa durante la
primera mitad del siglo XVIII, fue el inventor del torniquete-compresor; dio la
primera exposición del reblandecimento de los huesos y de la formación de
coágulos en las arterias heridas, y perfeccionó los métodos operatorios de la
amputación y de la herniotomía. Ha sido el primero en abrir la apófisis
mastoides; operación que ha descrito en su tratado póstumo de Cirugía[687]. El
discípulo de Petit Dominique Anel (1628-1725), de Toulouse, es famoso por su
operación de la fístula lacrimal (1712) y por el hecho de que, como Guillemeau
en el siglo XVI[688], ha
tratado el aneurisma traumático por la simple ligadura (1710) antes de la época
de Hunter. Pierre Brasdor (1721-97) es también digno de mención por haber
lanzado la idea de que el aneurisma podía ser tratado por la ligadura distal;
idea que ha sido llevada a la práctica por Wardrop en 1828.
Pierre-Joseph
Desault (1744-95), el maestro de Bichat, ha sido el fundador de un importante
periódico quirúrgico, el Journal de Chirurgie (1791-92), e
hizo mucho en el perfeccionamiento del tratamiento de las fracturas y en el
desarrollo de la técnica de la ligadura de los vasos sanguíneos para los
aneurismas[689]. Nicolás
André (1658-1742) imprime el término de «ortopédico» en su tratado de 1741, y
ha sido el primero en describir la neuralgia infraorbitaria (1756). Sin
embargo, el verdadero fundador de la ortopedia ha sido Jean-André Venel
(1040-91), de Ginebra (Suiza), que en 1780 estableció el primer Instituto
ortopédico en Orbe, Cantón de Vaud, donde trabajó mucho con feliz resultado. Es
autor de monografías acerca de los cuerpos extraños alojados en el esófago
(1769) y de la corrección de las curvaturas laterales y de la torsión de la
columna vertebral por procedimientos mecánicos (1788). Los corsés espinales han
sido ideados por Hister (1700), Levascher (1764-68), Portal (1767), Schmidt
(1794) y Kohler (1795). Jean-Pierre David (1737-84), cirujano de Rouen, en su
estudio sobre los efectos del movimiento y del reposo en las enfermedades
quirúrgicas (1779), da una capital descripción de la deformidad de la columna
vertebral por caries, contemporáneamente dePott, y escribe sobre necrosis de
los huesos (1782). El nombre de François Chopart (1743-95), de París, va
asociado a su método de amputación del pie (1792), y el de P. F. Moreau, con el
de las más antiguas resecciones del codo (1786-94)[690].
Los
principales cirujanos alemanes del siglo XVIII son Lorenz Heister (1683-1758),
cuya Chirurgie (Nüremberg, 1718) tiene un especial mérito por
sus instructivas ilustraciones, y August Gottlieb Richter (1742-1812), que
escribió una buena historia de Cirugía (1782-1804), que ha dejado in completa;
ha editado un importante periódico de Cirugía (Chirurgisefie Bibliothek,
1771-96), y ha escrito un tratado de la hernia (1777 79[691] que
sigue constituyendo un estudio clásico. Con el libro de Richter de la hernia
pueden agruparse las importantes obras del mismo asunto de Percival Pott
(1756), Antonio de Gimbernat (1793), Pieter Camper (1801) y Antonio Scarpa
(1809).
Johann
Ulric Bilguer (1720-96), uno de los cirujanos generales de Federico el Grande,
es el autor de una monografía titulada De amputadme membrorum rarissime
administranda aut quasi abroganda (1761), que fue traducida al francés
por Tissot en 1764 y que es, verdaderamente, la defensa de la cirugía
conservadora de las articulaciones más importantes hasta los tiempos de
Fergusson, Brodie y Syme.
De los
cirujanos ingleses anteriores a Hunter tenemos que mencionar los nombres de
Cheselden y de sus discípulos Sharp, Charles White, de Manchester, y Percival
Pott.
William
Cheselden (1688-1752), de Sonaerby (Leicestershire), un discípulo de Cowper,
fue cirujano del Hospital de St. Thomas en 1718. Al publicar su Treatise
on a High Operation for Stone, en 1723, fue agredido muy violentamente por
James Douglass, a causa de supuesto plagio de su Lithotomia
Douglassiana (1720). Cheselden, en efecto, abandonó el procedimiento
que él había descrito y procedió a modificar el método de Frére Jacques en una
«operación lateral para la piedra», que había ejecutado el 27 de marzo de 1727
y había sido hábilmente perfeccionada posteriormente.
William Cheselden (1688-1752)
En 1728
ideó una nueva operación para la pupila artificial, consistente en una simple
iridotomía con una aguja[692]. Su
anatomía (17 13) ha sido popular en su tiempo, y su atlas de Osteología (1733),
ilustrada por Van der Gucht, es una obra de permanente valor. Cheselden era un
hombre genial, de buena cabeza, versátil, no diferente de Hogarth en el
aspecto. Era patrono del boxeo, y un buen dibujante; preparó los planos para el
antiguo puente de Putney y del aula de cirujanos de Old Bailey, y ayudaba a van
del Gucht a hacer los esquemas de huesos en la cámara obscura para su Osteographia. Era
tal vez el más rápido de los operadores preanestésicos, realizando la litotomía
en cincuenta y cuatro segundos, que iguala o sobrepasa el tiempo gastado por un
Langenbeck o por un Pirogoff. Su estado social y profesional se revela en los
versos de Pope:
El tiene
que hacer lo que el Mead y Cheselden aconsejan Para conservar estos miembros y
para preservar aquellos ojos.
Charles
White (1728-1813), de Manchester, fue uno de los preparadores de la obstetricia
aséptica (1773), el primero que escindió la cabeza del húmero[693], en
1768, dando el primer estudio de la «tumoración blanca», o phlegmasia
alba dolens (1784)[694], y que
introdujo el método de reducir las luxaciones del hombro por medio de la
colocación del pie en la axila. De Quincey le califica del «más eminente
cirujano, con mucha diferencia, del Norte de Inglaterra».
Percival
Pott (1714-88), de Londres, era cirujano del Hospital de St. Bartholomew desde
1744-87, habiéndole servido, según sus propias palabras, «hombre y muchacho por
espacio de medio siglo». Por una caída en la calle sufrió la especial fractura
del peroné que lleva su nombre, y, desarrollándosele la inventiva mientras
estaba confinado en el lecho, comenzó a producir en rápida sucesión sus obras
maestras, como son sus tratados de la hernia (1756), de las heridas de la
cabeza (1760), del hidrocele (1762), de la fístula de ano (1765), de fracturas
y luxaciones (1768), y, por encima de todos, el folleto, que ha hecho época, de
la parálisis por deformidad espinal (caries) [1779], que era contemporáneo del
resumen más completo contenido en el ensayo de Jean-Pierre David (1779)[695].
Hacia el
final de la centuria, Pott tenía la mayor práctica quirúrgica de Londres. Como
Cheselden, era un hombre de naturaleza bondadosa y caritativa; y sus lecciones
llevaron muchos discípulos extranjeros a Saint Bartholomew.
Percival Pott F. R. S. (1714-88)
Todos los
operadores, antes del tiempo de Hunter, eran cirujanos clínicos del tipo de
Paré o de Richard Wiseman, no conociendo nada de la Patología. Hasta largo
tiempo después de la publicación de la gran obra de Morgagni (1761), esta
última ciencia no tenía realmente existencia. Por ejemplo, el primer caso de
apendicitis localizada se recuerda que fue operado y relatado por Mestivier (17
59)[696] y
el aspecto patológico, clararamente descripto en la autopsia, no hizo, sin
embargo, impresión en los prácticos.
Con el
advenimiento de John Hunter (1728-93) la Cirugía ha cesado de ser considerada
simplemente como un modo puramente técnico de tratamiento para comenzar a tomar
su puesto como una rama de la medicina científica, firmemente apoyada en la
Fisiología y en la Patología. Hunter llegó a Londres en 1748, como un mozalbete
escocés áspero, inculto, más aficionado a las tabernas y a las galerías de los
teatros que a la lectura de los libros. Cayó en manos de su hermano, el
refinado y distinguido William, que le puso a disecar. Aquí se descubrió pronto
a sí mismo, y poco tiempo después podía explicar Anatomía por su propia cuenta,
y seguía la Cirugía con Cheselden y Pott. Después de alguna experiencia como
cirujano naval, con su expedición a Belle Isle (1761), donde obtuvo su único
conocimiento de las heridas por arma de fuego, se estableció en Londres, para
llevar una vida de investigación ardiente y original, complicada con una
extensa práctica quirúrgica y con su creciente prestigio como profesor.
John Hunter (Museo de Oxford). (Cortesía del Profesor William Stirling.
Mancluster-Inglaterra)
Como
personalidad, recordaba mucho a la descripción de Ruskin de Carlyle—un dios del
Norte llevando un rayo—o, en otras palabras, un norso o escocés sajón cruzado
con el emotivo y caprichoso celta. Su naturaleza era bondadosa y generosa, con
un aspecto exterior rudo y repulsivo, y si se enojaba o se le contrariaba, se
ponía pronto a patalear con el aspecto de un caballo inquieto y sumamente
fogoso. A lo último de su vida, por alguna razón privada o personal, emprendió
una disputa pública con el hermano, que le había educado y le había hecho
hombre, basando la discusión en una argucia a propósito de una cuestión de
prioridad enteramente indigna de tan gran investigador. Sin embargo, tres años
más tarde lloraba desesperado a lágrima viva la muerte de aquél. Algo parecido
fue su patológico fin. Sabiendo que era víctima de una angina de pecho, solía
decir: «Mi vida está en las manos de cualquier bribón que escoja algo para
molestarme o importunarme»; y así ocurrió, en efecto. El tenía algún ismaelita
a quien desdeñaba entre sus colegas profesionales, y habiendo sido contrariado
por alguno de ellos en una discusión pública, fue atacado por la fatal dolencia
y salió fuera de la sala. Pocos minutos después había muerto el hombre fuerte e
imperioso. Algunos años después de su muerte, su cuñado, sir Everard Home, se
condenaba él mismo al olvido, quemando los manuscritos de Hunter después de
haberlos usado como fundamento para diversas lecciones croonianas y para otras
contribuciones científicas alegadas de su propia invención. Como quiera que
Plunter era un carácter compuesto, su obra era de múltiples aspectos, y
nosotros no podemos apreciar toda su magnitud por el solo examen de sus
escritos, muchos de los cuales, como, acabamos de decir, han sido destrozados,
sino por el gran museo, de más de 13.000 ejemplares, que ha formado, y por la
influencia que ha ejercido en discípulos como Jenner, Astley Cooper, Abernethy,
Cline, Clift, Parkinson, Blizard, Home, Alanson, Wrigth Post y Physick. El ha
descrito las ramificaciones del nervio olfatorio y la distribución arterial del
útero grávido, y ha descubierto el conducto lagrimal en el hombre y múltiples
caracteres del sistema linfático. Su posición permanente en ciencia aparece
basada en el hecho de que ha sido el fundador de la patología experimental y
quirúrgica y un obrero de la fisiología comparada y de la morfología
experimental. Como quiera que la química del flogisto de su tiempo estaba
tristemente enturbiada, él fue afortunado en no conocer nada de ello. No
realizaba experimentos elaborados, y su modo de interrogar a la Naturaleza ha
sido justamente ponderado por su sencillez. Así, él ha demostrado la detención
de la digestión durante la hibernación pasando trozos de alimento por la
faringe del lagarto en fríos cuartos de invierno. Sus observaciones de la
circulación capilar colateral en los cuernos del venado en Richmond Park le
enseñó su método de tratar aneurismas. Sus estudios sobre reparación de los
tendones comenzó con accidente que sufrió mientras bailaba. Se inoculó
accidentalmente la lúes y se propuso retrasar el tratamiento para poder
estudiar la enfermedad en su propia persona. Como patólogo quirúrgico ha
descrito el shock, la flebitis, la puemia y la intususcepción,
y ha hecho estudios decisivos como sobre la inflamación, las heridas por arma
de fuego y las enfermedades quirúrgicas del aparato vascular. Ha establecido
claramente las diferencias entre el chancro duro (hunteriano) y el blando; pero
en su autoinoculación parece haber confundido la gonorrea con la sífilis,
confusión que se sostuvo hasta los trabajos de Ricord. Ha inventado la
alimentación artificial por medio de una sonda introducida en el estómago
(1790)[697] así
como un aparato para la respiración artificial (1793). Su más grande innovación
quirúrgica ha sido la de establecer el principio de que los aneurismas son
debidos a una enfermedad arterial y que pueden ser tratados por la simple
ligadura, por encima, en los tejidos sanos (1786)[698], lo que
venía a substituir al antiguo método de Antyllus de asegurar el aneurisma entre
dos ligaduras, evacuando su contenido. El mérito de Hunter no consiste tanto en
la simple ligadura, que ya había sido empleada por Guillemeau (1594) y Ane
(1710), como en los profundos razonamientos en que apoya el empleo de la misma.
Esto era, en los tiempos de Hunter, «salvar miles de miembros y miles de
vidas». Como biólogo, Hunter ha indicado y descripto más de 500 especies
diferentes de animales; pero, al contrario de muchos sistemáticos modernos,
rehusó publicar algunas monografías de cada animal aislado, apuntando a
relacionar la morfología con la Fisiología, estudiando la relación entre la
estructura y la función. Sostiene que la sangre es viviente; que la estructura
es la expresión de la función, y no viceversa; que las anomalías son expresión
de un «retardo del desarrollo», y que el embrión, en cada paso sucesivo de su
existencia, semeja la forma completa de algún orden más inferior que él mismo,
estableciendo el principio básico de la fisiología comparada de que las
actividades funcionales de las formas más inferiores de la vida son, por
consiguiente, simplificaciones de las de los más elevados. En todo ello Hunter
es profundo y moderno. Su educación defectuosa se exterioriza en múltiples
referencias a las partes fluidas del cuerpo, como seres sintiendo, dotados de
conciencia, y en algunas expresiones, como «la irritación de la imperfección»,
«el estímulo de la muerte», «la sangre consciente de ser una parte útil del
cuerpo». Frases como éstas no sólo son expresiones de un exagerado vitalismo,
sino que revelan la completa ignorancia o el premeditado desdén de Hunter
respecto de la obra de sus predecesores. En sus disputas con el abate
Spallanzani a propósito de la digestión aparecía sin razón y desesperado. Sus
razonamientos a propósito de la puemia eran infundados, supuesto que él la
consideraba la primera condición como causa de trombosis; teoría que ha sido
destruida por Virchow en 1856. Pero dígase lo que se quiera, Hunter quedará
siempre como uno de los grandes biólogos en conjunto, como Haller y como
Johannes Müller, y, con Paré y Lister, como uno de los tres cirujanos más
grandes de la Historia. Sólo podemos referirnos como de pasada a sus
observaciones del calor vital en los animales y en los vegetales, de la viruela
fetal, de la superfetación, de los peces eléctricos, de la digestión
estomacal post-mortem, de sus experimentos de inoculaciones
patológicas y de regeneración y trasplantación de los tejidos, en las cuales
aparece, en alguna forma, como precursor de los morfologistas experimentales y
cultivadores de los tejidos extravitalmente de la época moderna. Sus cuatro
obras maestras son: Natural History of the Human Teetk (1771),
el tratado On Venereal Disease (1786), las Observations
on Certain Parts of the Animal AEconomy (1786) y el Treatise
onthe Blood, Inflammation and Gun Shot Wounds (1794).
Hunter ha sido el primero que ha estudiado los dientes de un modo científico y
que ha recomendado la completa separación de la pulpa en el empaste de los
mismos. Ha ideado la clasificación de los dientes en sus clases de cúspides,
bicúspides, molares e incisivos, extendiéndose en el estudio de la defectuosa
oclusión dentaria e inventando aparatos para corregirla. Su obra, en este
sentido, ha ido precedida de dos obras clásicas: una francesa, Le
Chirurgien Dentiste (1728), de Fauchard, y otra alemana, de Philipp
Pfaff Abhandlung von den Zähnen (1756). Estos tres libros son
los más importantes en la historia de la Odontología. La segunda edición de la
obra de Fauchard (1746) contiene (páginas 275-277) el primer estudio de la
piorrea alveolar, generalmente designada «enfermedad de Riggs», del nombre del
dentista norteamericano Jhon M. Riggs, que, en 1876[699],
introdujo el moderno tratamiento heroico de raspar los dientes hasta las
raíces. Fauchard ha sido también el primero en emplear los métodos ortodónticos
en el tratamiento de la oclusión defectuosa.
El
inmediato sucesor de Hunter en Londres ha sido su devoto discípulo John
Abernethy (1764-1831), que se constituyó en una especie de campeón de las
teorías fisiológicas de su maestro, que él dramatizaba en la cátedra con su
poética imaginación y con su vigoroso estilo de expresión. Abernethy ha sido el
primero en ligar la arteria ilíaca externa por aneurisma (1796), y la
operación, que él llevó a cabo cuatro veces, fue seguida de éxito dos de ellas[700]. Ligó la
arteria carótida primitiva por hemorragia en 1798 y perfeccionó el tratamiento
de los abscesos lumbares por incisión, permitiendo el menor acceso posible del
aire. Ha descrito una anomalía de las vísceras que no es del todo diferente de
la fístula de Eck (1793)[701].
John Abernethy (1704-1831)
Pensaba
que las enfermedades locales o eran de origen constitucional o debidas a
perturbaciones digestivas, y en la práctica las trataba casi todas con
calomelanos. A pesar de su natural bondadoso y generoso en el fondo, afectaba
unas maneras bruscas y secas con los enfermos, creyendo que la aspereza
imperiosa engendra confianza, al paso que la amabilidad puede dar idea de
debilidad y hacer que se disminuya el respeto.
De los
perfeccionamientos operatorios llevados a cabo por los cirujanos americanos del
siglo XVIII podemos mencionar la amputación de la articulación del hombro,
llevada a cabo por Johnn Warren, dé Boston, en 1781; tres casos de-laparotomía
por embarazo extrauterino, por John Bard, de New-Jersey, en 1759[702], y por
William Baynham, de Virginia, en 1791 y 1799[703] y
la operación de Wright Post para un aneurisma de la femoral por el método de
Hunter, en 1796[704].
La
cirugía de los ojos experimenta un importante progreso en manos de Jacques
Daviel (1696-1762), el inventor del moderno tratamiento de la catarata por la
escisión del cristalino. En los primeros años de la centuria, Brisseau (1706) y
Maître-Jan (1707) habían expuesto el hecho de ser efectivamente la verdadera
catarata un opacamiento y endurecimiento del cristalino. En una autopsia de
1692 Maître-Jan pudo, realmente, probar que la catarata es el cristalino opaco;
pero antes de 1706-7 aquélla había sido considerada como una especie de
cubierta o de película colocada inmediatamente al lado de la cápsula. Daviel
era normando de nacimiento. Después de haber estudiado Cirugía con un tío en
Rouen y demostrando su valor y sus sentimientos humanitarios asistiendo a los
enfermos de peste en Toulon y Marsella, se estableció en París en 1746, donde
adquirió pronta fama quirúrgica, siendo nombrado cirujano oculista de Luis XV
en 1749. En 1752 envió a la Real Academia de Cirugía su única producción
literaria, la Memoria sobre el tratamiento de la catarata por la escisión del
cristalino, dando una estadística de 100 éxitos en 115 operaciones[705]. En 1756
tenía un total de 434 extracciones con sólo 50 fracasos, y desde entonces su
método ha formado parte integrante de los procedimientos oftalmológicos, siendo
la principal modificación la adición de la iridectomía por von Graefe[706].
Otras
contribuciones oftalmológicas de importancia son: el tratado del coma, de
Sylvester O’Halloran (1750); la original descripción de la fístula lacrimal,
por Georg Ernst Stahl (1702)[707]; el
estudio de la nictalopía o ceguera nocturna, por Heberden (1767)[708]; el
estudio de John Dalton, de la ceguera de colores (1767)[709], y la
innovación de la iridectomía, por Joseph Beer (1798).
De igual
categoría que Daviel en oftalmología es Thomas Young (1773-1829), de Milverton
(Inglaterra), un cuáquero médico y uno de lob hombres de ciencia más notables
de todos los tiempos. Estudiando latín y muchas lenguas orientales, y ya algo
tarde, empezó a estudiar Medicina en 1792 con John Hunter, Matthew Baillie y
William Cruikshank, graduándose en Gotinga en 1796, haciendo su M. B.
(bachillerato de Medicina) y M. D. (doctorado de Medicina) en Cambridge en 1803
y en 1808, respectivamente, practicando en Londres de 1899 a 1814.
Thomas Young (1773-1829)
Young
resultó el médico mejor educado de su tiempo, alcanzando elevadas posiciones
científicas. Tscherning le llama «el padre de la óptica fisiológica», y
Helmholtz, «uno de los hombres que más claro han visto en la vida».
En 1792
él ha leído en la Royal Society su trabajo demostrando que la acomodación
visual del ojo a las distancias diferentes es debida al cambio de curvatura de
la lente cristalina[710], que,
sin embargo, atribuía, erróneamente, a alguna especial estructura muscular de
la misma.
En su
Memoria On the Mechanism of the Eye (1801)[711] da
la primera descripción del astigmatismo, con medidas y constantes ópticas.
Establece la actualmente famosa teoría de Young-Helmholtz de que la visión
coloreada es debida a estructuras retinarías correspondientes al rojo, verde y
violeta, que la ceguera al color es la respuesta deficiente de éstas a los
estímulos normales. En su lectura crooniana de 1808 puso claramente las leyes
que gobiernan la marcha de la sangre y en las arterias. En su Introduction to
Medical Literature (1813} da su clasificación de las enfermedades. Su ensayo de
la consunción (1815) resume todo lo conocido en su tiempo. En Física, Young es
más famoso como autor de la teoría ondulatoria de la luz (1801-03), es decir,
que la luz es debida a las ondulaciones del éter. En 1809 demostró su
aplicación a la refracción cristalina y al fenómeno de la dispersión, que
condujo a la teoría de Fresnel de la doble refracción (1821) y a la de
Helmholtz de la dispersión por los medios absorbentes. Introdujo el concepto
físico moderno de la «energía» y del «trabajo dado», demostrando que son
proporcionales el uno al otro, y en 1804 estableció la teoría de la atracción
capilar, fundada sobre la doctrina de la energía, que fue expuesta
independientemente por Laplace en 1805. También ha definido el «módulo de la
elasticidad» (modulas de Young); consideraba el calor como las «vibraciones
mecánicas de las partículas, más amplias y más intensas que las de la luz»; y
su teoría de las mareas (1815) ha podido explicar más fenómenos que ninguna
otra hasta la época de Airy. Young era, además, un completo egiptólogo, uno de
los primeros descifradores de jeroglíficos (piedra de Rosetta), y su
descubrimiento de que los caracteres demóticos no son alfabéticos, sino
símbolos derivados de los jeroglíficos, y que estos últimos no son palabras,
sino signos fonéticos, ha sido pronto adoptada por Champollion. Su
extraordinaria versatilidad se evidencia también en sus informes sobre
construcción de barcos, iluminación por el gas, adopción como medida del
péndulo de segundos y del galón imperial, longitudes y seguros de la vida.
Young era
apasionado del baile y de la buena sociedad; pero no era considerado como un
práctico afortunado, a causa de que estudiaba los síntomas demasiado
detenidamente, no obstante lo cual su tratamiento se admitía como efectivo.
Personalmente, ha sido, probablemente, el más elegante de todos los grandes
médicos. Su fina y franca fisonomía era de clásico contorno, expresando gran
bondad y buena voluntad, con el signo de la inteligencia matemática que el
viejo poeta francés ha considerado como criterio de belleza:
Ojos
ampliamente separados y de mirada ansiosa[712].
En 1749
el filósofo Denis Diderot (1713-84) publicó sus Lettres sur les aveugles,
demostrando que el ciego sobrevive en la lucha por la vida por la adaptabilidad
suprema de los otros cuatro sentidos, y sugiere la idea de la posibilidad de
enseñarlos a leer y a escribir por medio del sentido del tacto. Por esto fue
encerrado tres meses en la Bastilla. Rousseau le visitó en la prisión, y se
dice que le había sugerido un sistema de impresión en relieve para los ciegos.
En el siglo XVIII los mendigos ciegos eran tan numerosos, que frecuentemente se
empujaban y reñían por coger sitio en las plazas, donde tenían la esperanza de
recibir limosna. En las ferias anuales era costumbre utilizar los ciegos,
adornados con orejas de asno, colas de pavos reales y anteojos de cartón, como
objeto de diversión. En 1771 Valentín Hauy (1745-1822), hermano menor del
celebrado mineralogista, vio un concierto burlesco de este género, celebrado
día tras día por las groseras carcajadas del vulgo. Profundamente afectado por
este triste espectáculo, resolvió en su corazón enseñar a los ciegos a leer, a
escribir y música. En 1785 fundó el Institut nationale des jeimes aveugles y
comenzó la primera impresión para los ciegos en caracteres de bulto. En 1786 le
fue posible llevar a cabo una buena exposición de los éxitos de sus discípulos
ante Luis XVI y su corte, y en el mismo año publicó su Essai sur l'education
des aveugles. Este ha sido el origen de los modernos métodos de educación e
instrucción de los ciegos.
La
Otología había avanzado materialmente mucho en el siglo XVIII. Entre las
contribuciones de capital importancia hay los estudios sobre estructura y
fisiología del oído, por Valsalva (1771)[713], Scarpa
(1772-89)[714] y
Cotugno (1774)[715], y los
ensayos morfológicos de Geoffroy (1778)[716] y
Comparetti (1789).[717] La
existencia de un fluido elástico en el laberinto y su papel en la transmisión
de los sonidos ha sido notada, antes que por Cotugno, por Theoder Pyl, en 1742
(Neuburger)[718]. El
cateterismo de la trompa de Eustaquio ha sido efectuado por el empleado de
Correos francés Guyot en 1724[719], y
perfeccionado más tarde por Archibald Cleland en 1741[720]. Eli, un
vagabundo charlatán, está reputado como el primero que ha llevado a cabo la
perforación de la membrana del tímpano por sordera (1770)[721], y en
1755 Jonatan Wathen ha tratado la sordera catarral por medio de inyecciones en
la trompa de Eustaquio con una sonda introducida por las fosas nasales[722].
Un paso
más importante: la apófisis mastoides era operada por vez primera en la
historia de la Cirugía por Jean-Louis Petit en 1736[723] y
casos sucesivos, con éxito, por el cirujano del ejército prusiano Jasser, en
1776[724]; por J.
G. H. Fielitz[725] y
A. F. Loeffler[726]; por el
cirujano danés Alexander Kolpin, en 1796[727].
Inspirado
en los éxitos de Rodríguez Pereira, el obrero de la instrucción de los
sordo-mudos en Francia, el abate Charles Michel de l’Epée (1712-89), fundó la
primera escuela para sordo-mudos en París (1755), sosteniéndola a sus propias
expensas y publicando varios trabajos sobre el asunto, siendo el más importante
su tratado de 1784[728]. Él ha
tomado mucho de Bonet (1620) y de Ammán (1692), y puede haber adquirido alguno
de sus alfabetos manuales de Pereira. El rasgo esencial de su éxito, hasta
ahora sin igual, es su intensa y prolongada devoción toda su vida por sus
discípulos, viviendo entre ellos, identificándose él mismo con ellos y
economizando en sí mismo para poder gastar en sus discípulos. En 1838 sé ha
erigido un monumento sobre su tumba en la iglesia de San Roque. Su diccionario,
no concluido, de signos para sordos y mudos, se dice que ha sido completado por
su sucesor, el abate Cucurron Sicard (1742-1822), que consiguió llevar más
lejos la educación de la inteligencia de estos desgraciados. El más antiguo
defensor de la educación de los sordo-mudos en América ha sido Francis Green
(1742-1809), de Boston (Massachusetts), que publicó el tratado Vox oculis
subjecta (Londres, 1783), y tradujo las cartas del abate L’Epée.
Leopold Auenbrugger, barón de Auenbrug (1722-1809)
El rasgo
saliente de la Medicina clínica en el siglo XVIII ha sido la introducción de
las autopsias, de los nuevos métodos de precisión en el diagnóstico y de las
inoculaciones preventivas, ninguna de cuyas cosas, sin embargo, han sido bien
apreciadas hasta la siguiente centuria. En el año 1761 se han publicado dos
obras que han ejercido una profunda influencia en la medicina de nuestra propia
época, a saber: los Invitan Novum, de Auenbrugger, y el De
Sedibus et causes morborum, de Morgagni.
Leopold
Auenbrugger (1722-1809), nacido en Styria, llegó a ser médico director del
Hospital de la Santísima Trinidad en Viena en 1751, y allí ensayó y experimentó
el valor del descubrimiento que había de hacerle famoso más tarde. Su pequeño
libro es el primer informe sobre el uso de la percusión inmediata del tórax en
la diagnosis, basado en la observación comprobada por los exámenes post-mortem y
en los experimentos. La primera proposición del autor es la de que el tórax de
un sujeto sano suena, cuando se la percute, como un tambor cubierto con un
paño. Procedió después a bosquejar su método especial de deducir datos por
medio de la percusión del tórax hábilmente con las puntas de los dedos llevados
juntos (extendidos derechamente hacia afuera y después flexionados),
conteniendo el enfermo su respiración; un sonido embozado o uno más elevado de
lo usual indicará el sitio presunto del estado morboso. Comprobaba los sonidos
producidos, percutiendo sobre líquidos inyectados en el tórax de un cadáver,
localizando el fremitus pectoral y llevando todos estos datos encontrados a la
práctica clínica, incluyendo el tratamiento por la toracentesis. Este gran
descubrimiento ha sido despreciado y hasta negado por De Haen, Sprengel, Vogel,
Baldinger y otros escritores contemporáneos; Peter Frank dio sólo una fría
recomendación, y únicamente Haller, Stoll y Ludwig fueron sus partidarios
durante la vida de Auenbrugger. La obra permaneció ignorada hasta que Corvisart
la dio a conocer en 1808, un año antes de la muerte de su autor. A pesar de que
Corvisart hubiera podido fácilmente exponer la idea de la percusión como
descubrimiento propio, él dijo con fina sensibilidad que no quería sacrificar
el nombre de Auenbrugger a su propia vanidad personal: «Es él y la hermosa
invención que de derecho le pertenece lo que yo deseo hacer resaltar.»
Auenbrugger mismo era demasiado bien equilibrado y sereno por naturaleza para
atormentarse por su reputación póstuma. Grave, genial, inflexiblemente honrado,
modesto y caritativo, amó la Ciencia por su propia consideración. Escribía el
libreto de una pequeña ópera para entretenimiento de María Teresa[729], y
modestamente respondió, cuando le incitaban a que repitiese el experimento,
diciendo que «una era bastante», cuidando más de acompañar a su bella mujer, de
la buena música y del Gemiithlichkeit general que de ninguna
notoriedad; siendo, en resumen, un noble ejemplo del valor substancial y del
encanto del antiguo carácter en lo que tiene de mejor[730].
Giovanni
Battista Morgagni (1682-1771), de Forli, discípulo de Valsava y más tarde
profesor en Padua (1775 1771), publicó los resultados de toda la labor de su
vida a los setenta y nueve años. Esta se compone de cinco tomos de cartas, 70
en conjunto, escritas en estilo insinuante, comunicativo, y constituyendo el
verdadero fundamento de la moderna anatomía patológica, en la que por vez
primera el relato de los hallazgos de las autopsias era relacionado, en gran
escala, con el recuerdo de los síntomas recogidos durante la vida. Como ha
dicho Virchow[731],
Morgagni ha introducido el «concepto anatómico» en la práctica médica.
Giovanni Battista Morgagni (1682-1771)
En el
prefacio, Morgagni niega modestamente toda aspiración de originalidad, dando
todo el merecido crédito a las obras de sus predecesores, como el Sepulchretum,
de Bonet, que contiene todas las autopsias conocidas hasta 1679. Pero en tanto
que otros, como Bienivieni, Vesalio o Bonetus, podían haber considerado las
vísceras enfermas en el cadáver con alguna inteligencia, era con el amplio fin
de su obra y con las múltiples descripciones de las nuevas formas de la
enfermedad con lo que Morgagni hacía de la Patología una genuina rama de la
moderna ciencia, que, como afirma sir Clifford Allbutt, caía «sobre un seco y
estéril suelo». Morgagni ha dado las primeras descripciones de las gomas del
cerebro y de la enfermedad de la válvula mitral; ha hecho los primeros estudios
del aneurisma sifilítico, de la atrofia amarilla aguda del hígado y de la
tuberculosis del riñón, así como la historia clínica, primera que se recuerda,
de bloqueo del corazón (enfermedad de Stokes-Adams)[732]; ha
identificado los síntomas clínicos de la pulmonía con la solidificación del
pulmón; ha hecho resaltar marcadamente la importancia extraordinaria de la
sífilis visceral, y ha sido el primero en demostrar que la supuración
intracraneal es realmente una consecuencia de la supuración del oído; fenómeno
que había concebido Valsalva de un modo análogo. Morgagni ha descrito también
lo que ahora se conoce con el nombre de «catarata de Morgagni», y ha comprobado
en múltiples autopsias la afirmación de Valsalva de que la lesión cerebral en
la apoplejía se encuentra en el lado opuesto al de la parálisis resultante[733]. Su
obra De Sedibus ha abolido por largo espacio de tiempo los
conceptos humorales en la Patología.
Matthew Baillie (1761-1823) (De un retrato de John Hoppner.)
Un
valioso continuador de Morgagni ha sido Matthew Baillie (1761 a 1823), que,
como Smellie, Cullen y los Hunter, era natural de Lanarkshire (Escocia).
Recibió una buena educación clásica en el Balliol College, y, aconsejándole su
tío, William Hunter, que estudiase Medicina, llegó a ser su amigo íntimo y
discípulo en la Windmill Street. Ha sido médico de Jorge III, y es bien sabido
que destrozó su propia salud consagrando diez y seis horas diarias a atender a
su extensa clientela. La Morbid Anatomy (Londres, 1793), de
Baillie, ilustrada con hermosos grabados de William Clift, el servidor de John
Hunter, difiere de la obra de Morgagni en que aquélla es el primer intento de
estudiar la Patología como un asunto independiente, por sí misma, describiendo
los aspectos morbosos de cada órgano en una sistemática sucesión, como en una
obra moderna. En cada caso particular, la autopsia se relacionaba con la
completa historia clínica, y el autor parece que quiere hacer resaltar la idea
de que el aspecto post-mortem es sólo el resultado final, pero
que estos resultados también «pueden ellos ser, por el contrario, la causa de
otros síntomas». El limita prudentemente sus descripciones, como una regla
general, a aquellos aspectos visibles a simple vista y que puede comprobar en
el momento—alteraciones del cerebro y de las vísceras—, no pudiendo intentar el
estudio de las de los nervios y de la médula espinal. Baillie ha descripto la
trasposición de las vísceras[734], el
hidrosalpinx y los quistes dermoideos del ovario[735]; ha dado
la primera descripción exacta de la cirrosis del hígado y de la «hepatización»
de los pulmones en la pulmonía; ha distinguido los quistes renales de las
hidátides del riñón; ha descrito la endocarditis, la úlcera del estómago, las
ulceraciones de las placas de Peyer en la fiebre tifoidea (sin comprender el
estudio de ésta), y ha demostrado que la muerte por «pólipos del corazón» es
realmente debida a coágulos de fibrina, y que la pulsación de la aorta
abdominal no es necesariamente un signo de enfermedad interna. En la segunda
edición (1797) menciona el reumatismo del corazón, hacía el cual había llamado
la atención por primera vez Pitcairn en sus lecciones de 1788. En sus consultas
demostraba Baillie la misma claridad y concisión que en los escritos; era el
último heredero del «Gold-headed-Cane», y su busto figura en la abadía de
Westminster.
La
doctrina de Haller de la irritabilidad ha sido llevada a la Patología por
Hieronymus David Gaub (1705-80), de Heidelberg, uno de los discípulos de
Boerhaave, que fue lector en 1731 y profesor de Química en Leyden en 1734. Sus
Instituciones de Patología médica (1758)[736] constituyeron
durante largo tiempo el libro de texto favorito en el continente. Consideraba
la irritabilidad como una exageración patológica del poder vital, y aplicaba
este concepto a la enfermedad. Este modo de pensar fue sumamente perjudicial, porque
su libro, que tuvo numerosas ediciones y traducciones, estaba en manos de los
estudiantes, para la mayoría de los cuales eran desconocidas las obras de
Morgagni y de Baillie. Gaub era más un químico que un médico. Su mejor obra es
su tratado de las prescripciones (1739)[737].
Durante
el siglo XVIII, hay algunos notables intentos de empleo de instrumentos de
precisión para el diagnóstico. En 1707 sir John Floyer (1649-1734), de
Staffordshire, publicó su Physician's Pulse Watch, que
representa el primer esfuerzo para revivir las olvidadas doctrinas de Galileo,
Kepler y Sanctorius. Floyer, según la frase de Haller, «rompió el hielo»,
supuesto que trataba de llegar al cálculo del pulso por la observación de la
medida de sus latidos por medio de un reloj que contara exactamente un minuto.
Expuso los resultados obtenidos en cuadros; pero su obra resultó defectuosa, y
hasta viciada, por revivir las antiguas doctrinas galénicas, admitiendo un
pulso especial para cada clase de enfermedad. Acerca de la doctrina del pulso
en el siglo XVIII, el doctor Weir Mitchell, el historiador de los instrumentos
de precisión, dice: «Era una observación hecha minuciosamente, un completo
Lilliput de síntomas, un desesperante derroche de la inteligencia humana»; y
añade que «todavía, hasta os momentos actuales, no ha dejado de ser, y ello
bajo el influjo de la gran escuela de Dublin, una figura familiar la del doctor
con el reloj en la mano.»
La
termometría clínica, soñada por Sanctorius y coqueteada por Boerhaave, Haller y
De Haen, ha revivido en los clásicos Essays and Obsservations (1740),
de Georg Martine (1702-41), de Escocia, que constituyen el único estudio serio
del asunto antes del tiempo de Wunderlich. Las ideas de Martine han sido
llevadas a la práctica en los Medical Reports (1798), de James
Currie (1756-1805), otro escocés, el editor y biógrafo de Robert Burns, que,
después de una existencia aventurera en América, alcanzó notoriedad como
práctico en Liverpool. Largo tiempo antes que Brand de Stettin ha empleado
Currie los baños fríos en la fiebre tifoidea, y comprobó los resultados
obtenidos con el termómetro clínico. Empleaba el agua de mar, como regla
general, echándola por encima del cuerpo del enfermo, tanto más fría y con
tanta mayor frecuencia cuanto más elevada fuera la fiebre, medida con el
termómetro. El doctor Weir Mitchell ve «un genio absoluto» en la obra de
Currie, que, como las de Floyer y Martine, ha sido poco atendida y demasiado
pronto olvidada.
En
Alemania el uso de las envolturas frías en las fiebres exantemáticas ha sido
resucitado por el silesiano Sigmund Hahn (1662-1742) y sus hijos;
especialmente, por la Psychroluposia velcrum renovata (1738), de Joann Sigmund
Han (1696-1773) que todavía en 1898 ha reaparecido en una sexta edición por
Wilhem Winternitz.
Uno de
los más distinguidos clínicos de este período ha sido William Withering
(1741-91), de Shropshire (Inglaterra), notable por sus estudios sobre la
administración correcta de la digital. Graduado en Edimburgo en 1766, después
de haber desempeñado una lucrativa práctica en Birmingham, Withering resultaba
no sólo un admirable observador de la escuela inglesa, sino un hombre de una
desusada versatilidad. Ha descrito las epidemias de escarlatina y de anginas
escarlatinosas de 1771 y 1778, y en 1793 recomendaba un admirable tratamiento
moderno de la tisis.
Ha sido
uno de los más notables botánicos médicos, ingeniosamente llamado «la flor de
los médicos», y su Botanical Arrangement of all the Vegetables (1776)
es considerada como una obra maestra. Ha hecho, además, análisis de minerales y
de aguas minerales; era opuesto a la hipótesis del flogisto, miembro de la
famosa Lunar Society, un climatologista, un criador de perros y de ganado
vacuno, y distraía sus horas de ocio con la flauta y el clavicordio.
James Currie (1756-1805)
En 1776
aprendió Withering de una vieja gran señora de Shropshire que la digital era
buena para la hidropesía. El empezó inmediatamente a ensayarla en las
enfermedades del corazón; después recomendó su empleo, y en 1783 figuraba ya en
la farmacopea de Edimburgo. Sus puntos de vista eran defendidos por Cullen, y
fieramente atacados por Lettsom[738].
Su Account of the Fox-glove (1785), una obra clásica de
farmacología, era incidentalmente una protesta contra el abuso de la digital,
en el que se había incurrido ya. En el tiempo de Withering la hidropesía era
considerada como una enfermedad primitiva, y no se conocía aún la diferencia
entre la hidropesía renal y la cardíaca, que fue hecha posteriormente por
Bright. Withering estaba contrariado por el hecho de que ni en la «hidropesía
cerebral» (hidrocéfalo) ni en la ovárica (cística) la digital resultase útil.
Withering está enterrado en la vieja iglesia de Edgbaston, y la digital figura
como adorno del monumento de su tumba.
Entre los
maestros ingleses de clínica médica en el siglo XVIII no hay ningún nombre tan
alto ni tan justamente estimado como el de William Cullen (1712-90). Discípulo
de Monro primus, ha sido instrumento de la fundación de la escuela
médica de Glasgow en 1744, y durante su larga vida desempeñó las cátedras de
Medicina y de Química en las Universidades de Glasgow y de Edimburgo. Fue uno
de los primeros en dar lecciones clínicas o de enfermos en la Gran Bretaña, y
sus lecciones son, además, las primeras dadas en vernacular, en vez de latín
(1757). Teniendo una inteligencia de inclinaciones filosóficas, ha sido
probablemente más grande como inspirado maestro que como clínico, y era notable
por sus bondades con los estudiantes necesitados. A pesar de que ha introducido
algunos nuevos remedios en la práctica, sir William llamaron no está muy lejos
de la verdad cuando dice: «Cullen no ha añadido ningún nuevo hecho especial a
la ciencia médica.» La base de su doctrina era que todos los efectos de los
fenómenos orgánicos dependen de la energía nerviosa o de los desórdenes de la
misma. La fiebre, por ejemplo, estaba producida por una disminución del poder
cerebral respecto de las injurias externas. Su Sinopsis nosologiae
methodicae (1769), que divide las enfermedades en fiebres, neurosis,
caquexias y desórdenes localizados, aun incluyendo la gota entre las neurosis y
admitiendo 34 variedades de reumatismo, y de estar actualmente olvidada, es la
que ha labrado su reputación; pero su First Lines of the Practice of
Physic (1776-84) ha sido por espacio de años una autoridad en la
práctica médica, aun entre los laboriosos y los «cuarenta nonos» del extremo
oeste.
William Withering (1741-00) (De un retrato de O. E. Breda)
Los
nombres de muchos médicos ingleses del tiempo de la reina Ana, como los de
Radcliffe, Mead, Garth, Arbuthnot, Sloaney Blackmore, tienen más importancia
social y literaria que científica.
Un típico
práctico de este período, cuya vida se extendió casi a todo lo largo de la
centuria, es el notable William Heberden, el medicus vere Hippocraticus,
de Soejumerring, al que Johnson ha llamado ultimus Romanorum, el
último de los grandes médicos.
Graduado
en Cambridge con los mayores conocimientos, Heberden era considerado como uno
de los mejores eruditos en griego y en hebreo de su tiempo, pareciéndose a los
escritores clásicos en sus cuidadosos retratos de las enfermedades. Sus Commentaries (1802),
escritos en latín, son el resultado de unas concienzudas notas tomadas durante
toda la vida, y contienen su descripción original de la varicela (1767)[739], de la
angina-de pecho (1768)[740] y
de los nódulos que aparecen en los dedos en el curso de la artritis deformante
(1802); enfermedad que ha sido claramente diferenciada por Haygarth en 1895[741].
Heberden ha descrito también la ceguera nocturna o nictalopía (1767)[742]. Como
dice sir Dyce Duckworth[743], los
comentarios de Heberden son ricos en las sutiles anotaciones de todo detalle
clínico, como la disminuida predisposición a la difteria después de la
adolescencia, los relámpagos brillantes ante los ojos en la hemicránea y la
tendencia de la tisis a embotarse durante el embarazo, pero no después de él.
William Cullen (1712-90)
Un caso
positivo de angina de pecho ha sido descrito en las Memorias del conde de
Clarendon (1632), en la persona de su propio padre; pero ha sido la clásica
descripción de Heberden la que ha colocado la enfermedad sobre una base
científica, y su obra ha sido pronto confirmada por las observaciones de Parry
(1799) y de Edward Jenner.
William Heberden (1710-1801)
En
su Essay on Mithridatium and Teriaca (1745), Heberden ha
prestado un importante servicio a la Terapéutica disipando las corrientes
supersticiones acerca de estos curiosos conocimientos y lanzando éstos fuera de
la farmacopea. Este pequeño libro es uno de los más brillantes monumentos de la
erudición médica.
Un grupo
de hombres que se parecen a Heberden en el carácter, si no en la ciencia, es el
formado por Fothergill, Lettsom y Parry.
John
Fothergill (1712-1780), de Carr End (Yorkshire), un cuáquero, discípulo de
Monro primus, llegó a ser un afortunado y acaudalado práctico de
Londres, que se hizo notable por sus generosas filantropías, su magnífico
jardín botánico y su espléndida colección de conchas, insectos y dibujos, que
fue a parar, después de su muerte, a las manos de su amigo William Hunter. Es
un discípulo fiel de Sydenham en sus Observations
on the
Weather and Diseases of London (1751-54) y en sus
originales descripciones de las anginas diftéricas (1748) y de la neuralgia
facial (1773). Fothergill era un ardiente amigo de las colonias americanas.
John Fothergill (1712-80)
Abogó por
la revocación del «Stamp Act» de 1765, colaboró con Franklin en un plan de
reconciliación con la metrópoli en 1774 y desempeñó un importante papel en la
fundación del Hospital de Pensilvania.
John
Coakley Lettsom (1744-1815), de Little Vandyke (Islas de Virginia), también
cuáquero, y también, como Fothergill, pródigo en espléndidas y magníficas
filantropías, era uno de los originales fundadores de la Sociedad Médica de
Londres, que ha conmemorado su nombre con el de Fothergill, estableciendo las
lecturas lettsomianas y fothergillianas. Lettsom ha sido un escritor prolífico
de diferentes asuntos, como el te, la clorosis en las escuelas privadas, los
efectos del abuso de la bebida (1791) y otros; pero su verdadera contribución
valiosa a la medicina moderna es su estudio original del alcoholismo, que es,
incidentalmente, el primer escrito sobre los hábitos tóxicos (1789)[744]. Ha
escrito, además, una admirable Historia de los orígenes de la Medicina (1778)
con interesantes ilustraciones.
Caleb
Hillier Parry (1755-1822), un altamente apreciado práctico de Bath, que, como
Heberden, había adquirido la costumbre de tomar notas durante toda su vida, ha
descrito los primeros casos que se conocen dé hemiatrofia facial (1814)[745] y
de dilatación idiopática congénita del colon (1825), y en 1786 dio un estudio
del bocio exoftálmico[746] tan
completo y original, que más justamente puede dársele el honor del
descubrimiento de la enfermedad que a Flajani (1800), Graves (1835) o Basedow
(1840).
John Huxham (1692-1768)
La obra
de estos hombres ilustra la tendencia eminentemente práctica de los médicos
ingleses desde los tiempos de Sydenham, y, como cuidadosos observadores, con
sentido común, estudiando los síntomas más vienen los enfermos que en los
libros, han sido fieles continuadores del maestro. Lo mismo puede decirse de
otros dos médicos de aspecto más provincial: Huxham y Baker. John Huxham
(1692-1768), de Totnes (Devon), uno de los discípulos de Boerhaave, que ha
estudiado a Hipócrates en sus textos originales, ha hecho, como Fothergill,
interesantes observaciones meteorológicas; ha obtenido la medalla de Copley por
sus estudios sobre el antimonio (1755), y ha dado, en sus Essay Fevers (1755)
cuidadosas y originales observaciones sobre varias enfermedades infecciosas,
estableciendo especialmente la diferenciación entre las fiebres «pútrida
maligna» y la «nerviosa lenta», o sea entre el tifus y la fiebre tifoidea.
Sir John Pringle (1707-82)
Huxham ha
ideado la conocida tintura de quina que lleva su nombre, y en 1747 ha
recomendado que 1.200 marineros de la escuadra del almirante Martín, que habían
quedado fuera de combate por el escorbuto, fueran sometidos a la dieta vegetal[747].
En su
estudio sobre la angina maligna (1757) ha sido el primero que ha observado la
parálisis del velo del paladar, que sobreviene en la angina diftérica, aunque
ha confundido esta última con la escarlatina. En 1739 ha descrito el cólico de
Devonshire[748] [por
beber sidra], sin descubrir, sin embargo, su verdadera causa. Esta fue
descubierta en 1763[749] por
sir George Baker (1722-1809), otro hombre de Devonshire, que, viendo que el
cólico era endémico en el tiempo de la sidra, lo relacionó con las anchas
piezas de plomo usadas en las tinas y en las prensas para la sidra, que no se
empleaban en otras regiones de Inglaterra. El completó la cadena de su
inducción extrayendo plomo de la sidra de Devonshire y probando que no se podía
encontrar en la sidra de Herefordshire. A pesar de que fue denunciado desde el
púlpito como un «hijo sin fe de Devon», por sus trabajos, sin embargo, en el
transcurso del tiempo, el cólico desapareció del condado, y Baker extendió sus
investigaciones sobre el envenenamiento por el plomo en las pipas de hierro, en
las vasijas de barro vidriadas y en los revestimientos de los vasos de hierro.
Un servicio público del mismo elevado carácter fue prestado por sir John
Pringle (1707-82), el fundador de la moderna medicina militar y el creador de
la idea de la Cruz Roja. Pringle, un escocés, discípulo de Boerhaave y de
Albinus y amigo de van Swieten, era cirujano en el continente en las guerras de
la mitad de la centuria, y cirujano general del ejército inglés de 1742 a 1758.
En sus Observations on the Diseases of the Army (Londres,
1752), establece los verdaderos principios de la sanidad militar, especialmente
en lo relativo a la ventilación de los hospitales de campaña. Ambos, Pringle y
Stephen Hales, fueron instrumentos para asegurar la mejor ventilación a los que
vivían confinados en barcos, cárceles, barracas y minas. Pringle ha sido, además,
un obrero de las ideas antisépticas. Ha dado una buena descripción de la fiebre
tifoidea; ha demostrado que las fiebres carcelaria y hospitalaria eran lo
mismo; ha relacionado las diferentes formas de disentería y dado nombre a la
influenza. Como él ha relatado, ha sido en la batalla de Dettingen (1743) en la
que el conde de Stair le sugirió la idea histórica de que los hospitales
militares de unos y de otros, de los franceses y de los ingleses, debían ser
considerados como un terreno neutral, inmune de todo ataque.
«Pero el
Conde de Stair, mi muy ilustre patrón, siendo sensible a estas desgracias,
cuando el ejército estaba acampado en Aschaffenburg, propuso al duque de
Noailles, de cuyos sentimientos humanitarios estaba completamente seguro, que
los hospitales de ambos lados debieran ser considerados como santuarios para
los enfermos y mutuamente protegidos. Esto fue prontamente convenido con el
general francés, que aprovechó la primera oportunidad para demostrar un
especial miramiento hacia este contrato... Esta concordia fue estrictamente
observada por ambos lados durante toda la campaña; y, sin embargo, ello ha
sido, a pesar de todo, descuidado, y, no obstante, podemos esperar que en las
ocasiones futuras las partes contendientes podrán tomar en cuenta este precedente»[750].
Esta ley
permanecía taxativamente cumpliéndose hasta que fue apoyada en una base
absolutamente firme por Henri Dunant en la Convención de Ginebra en 1864.
En
relación con la obra de Pringle en la medicina militar debemos mencionar la
monografía de van Swieten de enfermedades de campaña (1758)[751]; el
aquilatado Æconomical and medical observations of military hospitals and camp
in diseases (1764), de Richard Brocklesby (1722-97; la Chirurgie d'armée
(1768), de Hugues Ravaton; La médecine darmée, de Mcyserey (1754); el Code de
medicine militaire, de Jean Colombier (1772), y La santé de mars, de Jourdain
le Comte (1790). Notables contribuciones a la medicina naval son los ensayos de
higiene de los marineros, de James Lind (1757), y la «medicina náutica», de
Thomas Trotter (1797-1803).
James
Lind (1716-94), natural de Escocia, que era cirujano de la Escuela Naval (1739
48), fue médico del Real Hospital Naval en Haslar (1758-83) cuatro años después
de su fundación (1754), y ha sido el creador de la higiene naval en Inglaterra.
Su fama se mantiene unida a sus tres notables tratados: el del escorbuto
(1754), de higiene naval (17 57) y de medicina tropical (1768).
El
escorbuto llegó a ser el asunto más importante de todos los tratados en esta
época, por sus estragos entre los marineros de la expedición de lord Anson de
1740 (75 por 100 de toda la tripulación). La flota del Canal de la Mancha tuvo
2.400 atacados después de un crucero de diez semanas, en 1779, y Lind ha tenido
que tratar 350 casos en un viaje de diez semanas. El ha señalado que el zumo de
limón y de naranja habían sido empleados por los holandeses (Ronssius, 1564) en
los viajes de sir Richard Hawkins (1593) y del comodoro James Lancaster (1600),
después de lo cual ha sido recomendado en Surgeon’s Mate, de John Woodall
(1636, pág. 165). Huxham, como hemos visto, ha aconsejado la dieta vegetal en
1747. Lind, en su tratado de 1754, recomienda urgentemente el uso profiláctico
de la naranja y del zumo de limón. Por su influencia, el almirante Watson
empleó el zumo de limón en 1757, y sir Gilbert Blane (1749-1834) curó una
epidemia en 28 barcos de la escuadra en 1782 por medio de los limones, limas y
naranjas, recomendando también el zumo de limón en sus Observartions on the
Diseases of Seamen (1785). Por la poderosa influencia de Blane, una orden del
Almirantazgo disponiendo el uso del zumo de limón fue dictada en 1795, después
de lo cual el escorbuto desapareció de la escuadra como por arte de magia. El
Conde de Spencer no pudo encontrar ni un solo caso en Haslar en 1797
(Rolleston), Lind ha estudiado también la fiebre carcelaria (tifus),
aconsejando la destrucción de los agentes infectantes en los vestidos por las
elevadas temperaturas; introdujo el uso de los uniformes regulares, de los
alimentos en polvo y de las sopas portátiles, recomendando que los enfermos en
los puertos tropicales fuesen llevados a «barcos hospitales», e ideó un método
de destilar el agua para la bebida (1761-62). Su contemporáneo Trotter, que ha
escrito también sobre el escorbuto (1786), dice que «Lind se mantenía sólo en
la Armada, como el padre de la medicina náutica»[752].
Tal vez
el más importante estadista inglés de esta época haya sido John Heysham
(1753-1834), de Lancaster, que comenzó su práctica en Carlisle en 1778, donde
fundó el primer dispensario para pobres, describió allí la fiebre carcelaria en
1781, y en 1779-88 hizo aquellas observaciones estadísticas de nacimientos,
matrimonios, enfermedades y muertes que fueron la base de las celebradas Car
lisie Jabíes, del actuario Joshua Milne (1816).
Las
reformas, que han hecho época, de John Howard (1726-90) en relación con la
administración de las prisiones, hospitales y lazaretos en Europa (1777-89)[753] han
hecho mucho en favor de la supresión producida por el veneno de aquéllas: el
tifus exantemático.
La obra
de Johann Conrad Amman (1669-1724) sóbrela educación de los sordomudos
(1692-1700)[754]: los
esfuerzos del abate de l’Épée (1712-90) para crear un alfabeto para la
comunicación con los sordos y los mudos (1771)[755]; la obra
de Valentín Hauy (1745-1822) para la educación de los ciegos (1785), y la obra
de Pestalozzi en favor de la educación popular (1781-1803) son notables rasgos
de la medicina social de este período. En 1787, C. G. Gruner demostró la
posibilidad de una infección venérea por el uso común de un vaso para beber[756].
Ha habido
poco de notable en la clínica médica de Francia en el siglo XVIII. Su principal
representante es Théophile de Bordeu (1722-76), el fundador de la escuela
vitalista de Montpellier, y recordado actualmente como un sencillo y puro
teorizante. Se graduó en Montpellier en 1794 y fue director de unos baños en
los Pirineos; pero gastó la mayor parte de su vida en París, donde llegó a
alcanzar una gran reputación, a pesar de sus disputas con la Facultad de
Medicina. Como la mayor parte de los maestros médicos de su tiempo, Bordeu
sostenía un rígido y dogmático «sistema», que no era completamente diferente
del de van Helmont.
Sostiene
que los órganos del cuerpo, con sus diferentes funciones, están confederados,
dependiendo mutuamente unos de otros; pero presididos y regulados por el
estómago, el corazón y el cerebro, que él llama el «trípode de la vida». De
importancia inmediata eran los nervios y las glándulas; los primeros
centralizaban las diferentes funciones del cuerpo, y consecutivamente
gobernaban las secreciones de las últimas. Cada porción del cuerpo tenía
una vitapropria, y el cerebro y algunas áreas del mismo eran órganos
gobernados por ella; una prenoción de las localizaciones cerebrales. Bordeu ha
sido el primero que ha sostenido la doctrina de que no sólo cada glándula, sino
cada órgano del cuerpo, es la labor de una substancia específica o secreción,
que pasa a la sangre, y de las cuales depende por completo la integración de
todo el cuerpo. Así Bordeu, como Neuburger ha demostrado[757], está
por completo dentro de la moderna teoría de las secreciones internas y del
«equilibrio hormónico»; pero él no ha hecho experimentos; sus ideas pueden
únicamente calificarse de teóricas. Considera la enfermedad como pasando por
los grados de irritación, cocción y crisis, dependiendo de las glandulares y de
las otras secreciones de la sangre. En su consecuencia, clasifica las
enfermedades, no según sus manifestaciones patológicas o clínicas, sino de un
modo arbitrario: como caquexias. De éstas, él desarrolla una
lista extraordinariamente grande, correspondiendo a los diferentes órdenes y
secreciones, como biliosas, mucosas, albuminosas, adiposas, esplénicas,
seminales, urinarias, estercoráceas, perspiratorias, y así sucesivamente, con
una clasificación igualmente compleja del pulso, como crítico, no crítico,
simplemente crítico, completamente crítico, nasal, traqueal, gástrico, renal,
uterino, seminal, etc. La parte más interesante de su teoría es la observación
de los efectos de la secreción testicular u ovárica sobre el organismo. El
consideraba el aura seminales de las secreciones sexuales como
«dando al organismo una tonalidad masculina (o femenina)», «poniendo el sello
sobre el animalismo de lo individual» y, en efecto, «el particular estímulo de
la máquina (novum quoddam impetum faciens)». En relación con
esto ha hecho ingeniosos estudios sobre la obesidad, disposición modesta y
retraída y otras características de los eunucos, capones y animales castrados,
sugiriendo algunas fases de los modernos «síndromes pluriglandulares».
El
sucesor de Bordeu, Paul-Joseph Barthez (1734-1806), de Montpellier, ha sido
sucesivamente teólogo, físico, soldado, editor, hombre de leyes (hasta
canciller de justicia), filósofo y, por último, médico. Es famoso por haber
ideado el término de «principio vital» (vitalis agens) para
denotar la causa de los fenómenos en el organismo vivo. El vitalismo de Bordeu
y Barthez sufre una tercera transformación en el siglo XIX como «vitalismo
seminal» de Bouchut.
La
importancia de la Antigua Escuela de Viena bajo Gerhard van Svieten (1700-72),
de Leyden, fue un aspecto del ascendiente de Austria bajo María Teresa y José
II. Van Swieten, que disfrutaba de un favor especial con la emperatriz, hizo
mucho en favor del progreso de la medicina austríaca, y creó la Clínica de
Viena, de fama mundial, bajo el modelo de Leyden. Como prefecto de la
biblioteca imperial de Viena, que elevó al más alto rango, tuvo gran influencia
en el adelanto de la educación superior y médica, hasta llegar a la
reorganización de la Universidad. El estableció la censura, o prohibición de
los libros de fuera, de los jesuitas, y se conservan sus notas estenográficas,
con las características damnatur y Nil mali inveni[758]. Ha sido
también un gran amigo de los pobres. Como cirujano militar, ha escrito una
importante obra sobre higiene de las tropas en campaña (1758). Como clínico ha
señalado algunas cosas, como el aura de la hidrofobia, y la aparición de la
gangrena simétrica en las afecciones medulares; ha usado el termómetro de
Fahrenheit, ha contribuido al empleo al interior del mercurio (liquor
Swietenii), en la sífilis y ha dejado unos comentarios a los aforismos de
Boerhaave (1741-76) que le han ocupado por espacio de más de treinta años.
Al lado
de van Swieten, el grupo de Viena comprende las notables figuras del
pendenciero y dogmático Antón de Haen (1704-76), de La Haya, el rabioso
defensor de la creencia en la hechicería, que ha escrito un tratado de
terapéutica hospitalaria en 15 volúmenes (1758-69) defendiendo la superioridad
de la experiencia clínica sobre la experimentación fisiológica; usaba el
termómetro en la observación clínica, siendo el primero que ha notado la
elevación térmica en el período álgido de la calentura intermitente y ha
empleado la electroterapia; el burocrático Antón Stoerk (1731-1803), de Suabia,
que era el gran campeón de los eméticos y que dejó algunos cuidadosos trabajos
de Farmacología y Toxicología, siendo especialmente notables sus
investigaciones acerca del cáñamo indio (1760-61), del estramonio, beleño y
acónito (1762); del cólchico (1763) y de la pulsátila (1771); el epidemiólogo
Maximilian Stoll (1742-87), de Suabia, que ha seguido a Sydenham en los
estudios meteorológicos del genius epideinicus, influyendo terapéuticamente
hasta en Bretonneau, escribiendo bien sobre ética médica y llevando la antigua
clínica de Viena a su marea alta; Marcus Antón von Plenciz, scr. (1705-86), que
en su tratado de escarlatina (1762)[759] adelanta
la idea de un contagium animatum, con un especial seminium verminosum para cada
enfermedad especial; el dermatólogo Joseph Jacob von Plenck (1732-1807), que
siguió el método de Linneo en la clasificación de las enfermedades de la piel
(1776)[760]; Johann
Valentín von Hildebrand (1763-1818), que ha dado alguna insinuación respecto de
la diferenciación entre el tifus y la fiebre tifoidea (1810)[761], y,
sobre todos, las grandes figuras de Auenbrugger y de Frank.
Paul Gottlieb Werlhoff (1699-1767)
Los
sabios prácticos de Alemania eran Stahl, Hoffmann, Kämpf, Werlhof, Zimmermann,
Wichmann, Senkenberg, Reil y Heim. De éstos, Paul Gottlieb Werlhof (1699-1767),
de Helmstädt, médico de la corte en Hannover, era un gran amigo de Haller, y,
lo mismo que él, ha escrito poemas en alemán y obras médicas en latín. Se le
recuerda actualmente por su original descripción de la púrpura hemorrágica,
o morbus maculosus Werlhofii (1735)[762].
El
pretencioso Johann Georg Zimmermann (1728-95), de Brugg (Suiza), un práctico de
gran reputación, que sucedió a Werlhof como profesor ordinario en Hannover, es
el autor de una importante monografía sobre la Disenteria epidémica en el
ano 1763[763] y
del famoso Tratado de la Soledad, que tanto halagaba a los gustos
de nuestros abuelos.
Johann
Ernest Wichmann (1740-1802), un contemporáneo de Werlhof en Hannover, es
notable por su monografía de la sarna[764]; y
Johann Christian Senckenberg (1402-72), por su ardiente pública dotación de la
Fundación Senckenberg en Francfort an Mein.
Johann
Christian Reil (1759-1813), de la Frisia Oriental, profesor de Medicina en
Halle (1877) y en Berlín (1810), fue el primitivo editor del Archiv für
die Physiologie (Halle, 1795-1815), el primer periódico que se
consagró a la Ciencia. Pasó más tarde a las manos del mayor de los Meckel, para
convertirse, en el transcurso de los tiempos, en los memorables Archiv,
de Müller (1834-58).
Reil es
notable por sus trabajos acerca de la histología del cristalino (1794), en los
cuales ha empleado los reactivos químicos para la estructura de las
fibras-nervios (1796); la configuración de la mácula lútea y su aspecto después
de la muerte (1797); su descripción de la «ínsula de Reil» en el cerebro (1809)[765], y por
sus Rapsodias sobre el tratamiento psíquico de la locura (1803)[766]. Ha
fundado el primer periódico de Psiquiatría (Magazin für psychische Heilkunde,
1805-6), que fue seguido de sus Beytrage (1808-12), y después por el Zeit
schrift für psychische Aerzte (1818-22), de su discípulo C. F. Nasse. Su teoría
de la acción nerviosa se resume en sus ensayos sobre la fuerza vital (1795)[767], en los
que se establece la autonomía de la función cerebral; fuerza vital es la
subjetiva expresión de interacción química de las substancias corporales, y se
define como la función específica de la materia orgánica; y la irritabilidad,
no sólo es reconocida como una propiedad específica de los tejidos (Haller),
sino considerada, en el primitivo sentido de Glisson, como la principal
manifestación de la vida, o de la materia en movimiento. Reil tenía alguna
noción del metabolismo y hasta de las secreciones internas (Neuburger). En su
clínica practicaba la Cirugía, la Obstetricia y la Oftalmología, lo mismo que
la medicina interna. Hacia el fin de su vida, él mismo se extravió en las
divagaciones de a escuela de Filosofía Natural. Se ha erigido una estatua a su
memoria en 1915.
Ernst
Ludwig Heim (1747-1834), un médico práctico de Berlín, acaudalado, ingenioso,
muy honrado, y muy independiente, se dice que es el que introdujo la vacuna
jenneriana en aquella ciudad en 1798, y Der alte Heim es
recordado por sus muchas ingeniosas frases.
Christian
Wilhelm Hufeland (1762-1836), de Langensalza, profesor en Jena (1793) y en
Berlín (1800), era uno de los grandes médicos filántropos que han sido fieles
amigos de la raza humana. En Weimar (1783-93) era médico y amigo de Goethe,
Schiller y Herder, y trabajó sobremanera en la corrección de muchos populares
errores a propósito del mesmerismo, brunonianismo, frenología y otros
corrientes desvaríos. Fue uno de los primeros en adoptar la causa de Jenner, y
puso el más ardiente interés en combatir la viruela y el cólera. Describió las
epidemias de fiebre tifoidea y de tifus de 1806-7 y 1813, respectivamente, y
escribió mucho de medicina popular, en particular un tratado de larga
vida (Makrobiotik, 1796) y su Encheiridion medicum, (1836).
Se le recuerda todavía más en la actualidad por haber sido uno de los que han
trabajado en favor del periodismo médico en el siglo XVIII. Ha editado cuatro
periódicos diferentes, siendo el más importante de todos el Journal der
praktischen Arzneikunde, en 82 volúmenes (1795-1836).
Simon-André
Tissot (1728-97), el famoso práctico de Lausana, ha sido uno de los más activos
propagandistas de la variolización (1754); ha escrito numerosos tratados acerca
de la epilepsia (1770) y de las enfermedades nerviosas (1782), y llegó a ser
extraordinariamente conocido por sus populares escritos acerca del onanismo
(1760), de la higiene de los literatos (1766) y de las enfermedades del hombre
de mundo (1770). Su trabajo más conocido en este sentido es su Avis au
peuple sur la sante (1760), un tratado de medicina popular que llegó a
las seis ediciones sólo en diez años y que fue traducido a todos los idiomas
europeos.
Théodore
Tronchin (1709-81), de Ginebra, el discípulo predilecto de Boerhaave, el médico
favorito de Voltaire, y uno de los más ricos y más elegantes médicos prácticos
de su época, es recordado por su recopilación De cólica Pictonum (1757),
en la que demuestra que el «cólico de Poitu» era producido por el agua
envenenada por el paso a través de cañerías de tubos de plomo. Ha llevado la
inoculación a Holanda (1748), Suiza (1749) y Francia (1756), teniendo 20.000
casos favorables en su favor, y ha sido un defensor del culto al aire libre, de
la psicoterapia y de la suspensión en la curvatura de la columna vertebral
(1756).
El más
notable clínico de Italia en este período era Giovanni María Lancisi
(1655-1720), de Roma, que fue médico de varios papas, uno de los cuales
(Clemente XI) puso en sus manos las olvidadas 47 láminas en cobre de Eustaquio,
efectuadas en 1551, y que fueron editadas por Lancisi con notas marginales y
publicadas, con una página-título, viñeta de Pier Leone Ghezzi, en 1714.
Lancisi
era un gran epidemiólogo. Ha descrito las epidemias de influenza en 1709-10, la
peste vacuna en 1713 y la de fiebre palúdica en 1715. Su gran tratado de las
fiebres de los pantanos (1717)[768], a la
vez que establece la doctrina de los miasmas, demuestra un claro punto de vista
acerca de la teoría del contagio y de la posible transmisión por medio de los
mosquitos (Culices), de los que daba una descripción de naturalista. Es,
además, autor de otras dos obras de capital importancia acerca de la muerte
súbita (1707)[769] y
del aneurisma (1738)[770], en la
primera de las cuales llama la atención acerca de la hipertrofia y dilatación
del corazón como una de las causas de la muerte repentina; ha sido el primero
en describir las vegetaciones valvulares, y ha dado una clasificación de las
enfermedades cardíacas. En la segunda, nota la frecuencia del aneurisma del
corazón, estableciendo la distinción entre el aneurisma de las cavidades con
paredes delgadas o gruesas, y señala como causas más importantes la herencia,
la sífilis, el asma, las palpitaciones y las emociones violentas. Ha sido
también el primero que ha descrito la sífilis cardíaca.
Francisco
Torti (1658-1741), profesor de Módena y buen farmacólogo, ha escrito un
importante tratado sobre la fiebre palúdica perniciosa (1712)[771], que
prácticamente es importante por haber difundido la administración de la corteza
de quina en Italia y por haber empleado el terminito mal aria.
La
pelagra ha sido descrita en primer término por el español Gaspar Casal (1691-17
59) en un libro que escribió en 1735, pero que no fue publicado hasta 1762[772].
François Thiéry, habiendo visto u oído la descripción de Casal, publicó un
estudio de la enfermedad en 1755[773],
adelantándose en la fecha de la publicación, pero no en el estudio directo de
la enfermedad. Tanto Casal como Thiéry llaman a la nueva enfermedad mal
de la rosa. En 1771[774] Francesco
Frapolli, un médico italiano, publicó un cuidadoso estudio de la pelagra, en el
que se da este nombre a la enfermedad.
En
relación con la historia de la medicina interna en el continente está la
resurrección de las ideas hipnóticas de Athanasius Kircher, bajo la forma de
«magnetismo animal», por Franz Antón Mesmer (1734-1815), de Itznang (Suiza). La
disertación del grado de Mesmer era sobre la influencia ejercida por los
planetas en el hombre (1771)» y, experimentando con la piedra imán, llegó a la
idea de que un poder semejante existe en la mano del hombre. Habiendo promovido
la práctica del mesmerismo en Viena, sus sesiones privadas fueron investigadas
por algunas de las «comisiones» de María Teresa, y fue obligado a abandonar la
ciudad en el plazo de veinticuatro horas. Llegado a París, en 1778, después de
algunos fracasos en Spa, acabó por hacerse espacio, y en un plazo muy corto de
tiempo ganó gran cantidad de dinero con sus sesiones de hipnotismo. En éstas
aparecía con un traje color lila, tocando el harmonio, dando a los enfermos con
una varita, mirándoles fijamente a los ojos, y esperándoles en una privada
habitación en el caso de una «crisis». Un rasgo saliente del tratamiento de
Mesmer era el número de los llamados cubetas o baños magnéticos, conteniendo
un mixtum compositum, de hidrógeno sulfurado y de otros
ingredientes, y provistos de conductores de hierro, de los que dependía un
círculo con el fin de establecer el contacto con los enfermos, que se colocaban
alrededor de la cubeta, juntando las manos. Investigado por el otro Comité,
Mesmer fue de nuevo expulsado del campo, y, después de la revolución, se le
pierde de vista. Su libro, conteniendo las ideas del merismo, ha sido publicado
en 1779[775]. A pesar
de que el asunto no contenía nada absolutamente de científico hasta los tiempos
de Braid, el mesmerismo, lo mismo que las ideas de fisiognomía de Lavater
(1772)[776], ha sido
susceptible de determinar la aparición de un considerable número de noticias
públicas y privadas, a la par que explotado de muchas diferentes formas
místicas por Charles d’Eslon, un discípulo de Mesmer; por los hermanos
Puységur, Lavater, el novelista Justinus Kerner, y por el barón Karl von
Reichenbach, cuyo concepto de la «fuerza ódica» subsiste todavía en las «mesas
ouija» y en los teléfonos ódicos de los tiempos presentes. El sonambulismo
(atestiguado en la ópera de Bellini) y el ventriloquismo (depuesto en el Wieland,
de Brockden Brown) comenzaron a estar también en boga, y con las «curas
milagrosas» del exorcista Joseph Gassner y del necrománcico Schropfer, la
medicina mágica del hombre primitivo comenzó a crecer nuevamente. En Londres el
charlatanismo de Mesmer se recogió en el famoso Templo de la salud (1780),
del charlatán James Graham, en la administración del cual desempeñaba un
importante papel coreográfico Emma Lyon, la futura Lady Hamilton.
Con toda
su falta de instrumental de precisión, la medicina interna del siglo XVIII era
muy superior a la cirugía, a causa de que las tendencias sistemáticas de la
época favorecían la composición de obras especializadas, la introducción de
nuevas drogas y la exacta descripción de muchas formas nuevas de enfermedad.
Entre estos aislados descubrimientos clínicos podemos mencionar: las
descripciones de Friedrich Hoffmann de la clorosis (1730)[777] y
de la roséola (1740)[778]; del
caso de Freke de miositis osificante progresiva (1736)[779]; de los
estudios de Fothergill de la difteria (1748)[780]; de la
neuralgia facial (1773)[781] y
de la jaqueca (1784)[782]; del de
J. Z. Platner de la naturaleza tuberculosa de. la torcedura de la columna
vertebral[783]; del de
Nicolás André de la neuralgia infraorbitaria (1756)[784]; la
descripción de la pelagra, o «mal de la rosa», por François Thiéry (1755)[785]; la de
los aneurismas arteriovenosos por William Hunter (1757)[786]; la
derranchan del cólico saturnino (1757)[787]; el caso
de apendicitis operado por Mestivier (1759)[788]; la
observación, por Robert Hamilton, de la orquitis en el curso de las parótidas
(1761)[789]; las de
Heberden de varicela (1767)[790] y
de angina de pecho (1768)[791]; los
cuadros clínicos de Rober Whytt de meningitis tuberculosa (1768)[792]; el
estudio de Rutty sobre la fiebre remitente (1770)[793]; de
Cotugno sobre la ciática (1770)[794]; el de
van Swieten sobre la forma paralítica de la hidrofobia (1771); los de J. W.
Tichy sobre los sedimentos de la orina en las fiebres; el de Werlhof sobre
púrpura hemorrágica (1775)[795]; la
demostración, por Matthew Dobson, de que el sabor dulce de la orina y del suero
sanguíneo en los diabéticos es debido al azúcar (1776)[796]; el de
Bylon y Benjamín Rush sobre el dengue (1779-80); el de Pott acerca de la
parálisis en los casos de caries de la columna vertebral (1779)[797]; la
prueba de la espuma para el azúcar en la orina diabética por Francis Home
(1780)[798] y
por Joann Peter Frank (1791); los estudios de Lettsom sobre el hábito tóxico y
el alcoholismo (1786)[799]; el de
Parry del bocio exoftálmico (1786)[800]; el caso
de Hezekiah Beardsley de estenosis hipertrófica congénita del píloro (1788)[801]; el de
Soemmerring de acondroplasia (1791)[802]; la
descripción, por Charles Stewart, de la hematuria paroxística (1794)[803]; el
descubrimiento, por Wollaston, del ácido úrico en las articulaciones de
los-gotosos (1797)[804]; la
descripción, por Nikolaus Friedreich, de la parálisis facial periférica (1797)[805], y la
descripción de la parálisis general por John Haslam (1798)[806]. Además
de este brillante conjunto de obras originales, que hacen honor a la centuria,
hay muchos admirables tratados de ramas especiales de la medicina interna,
tales como los de Astruc (1736), Girtanner (1788-89) y Benjamín Bell (1793),
sobre enfermedades venéreas; el de Senac, sobre enfermedades del corazón (1749;
el de Plenciz, sobre escarlatina (1762); el de Zimmermann, sobre disentería
(1767); el de Lind, de enfermedades tropicales (1768); el de Millar, sobre asma
y tos ferina (1769); el de Walter, de peritonitis (1785); el de Chaber, sobre
ántrax (1780); los de Malacarne (1788) y Fodéré (1792), de cretinismo y bocio;
el de John Rollo, sobre el éxito del régimen de carne en la diabetes (1797).
Benjamín Martín, en A New Theory of Consumptions (Londres, 1720), discute los
microorganismos parásitos como causa de la tuberculosis[807]. También
se observa un gran crecimiento de la literatura relativa a las enfermedades de
los niños, como se evidencia en los tratados de Pediatría de Cadogan (1748),
Rosen von Rosenstein (1752), Armstrong (1767), Mellin (1783), Underwood (1784)
y Girtanner (1794). La gota y el escorbuto eran asuntos preferentemente
tratados por los prácticos ingleses del período, especialmente George Cheyne
(2720) y Cadogan (1764), de la primera, y Lind (1753) y Thomas Trotter (1785),
del último. De todas estas monografías, la mejor era, indiscutiblemente, el
tratado de Robert Villan(1757-1812) sobre enfermedades de la piel (1786-1808),
que ha hecho época en la historia de la Dermatología, pero que pertenece
esencialmente al período moderno. Entre las contribuciones originales a la
dermatología descriptiva debemos mencionar: la observación de John Machin del
Ictiosis hystrix, en la familia Lambert (1733)[808], que ha
sido continuada en generaciones sucesivas por Henry Baker (1755)[809] y
por Tilesius (1802)[810]; la del
escleroderma en la clínica de Curzio, en Nápoles, por William y Robert Watson
(1754)[811]; la del
origen parasitario de la sarna, por Wichman (1786)[812], y la
descripción, por sir Everard Home, en 1791, de los cuernos cutáneos
(hiperkeratosis)[813]. El
asunto de la jurisprudencia médica ha sido cuidadosamente sistematizado en el
siglo XVIII, siendo los maestros en este terreno los alemanes, entre los que se
encuentran los primeros profesores de medicina forense, y de donde proceden los
mejores tratados de la materia. El más antiguo de ellos es el Corpus juris
medico-legale, de Michael Bernhard Valentini (1657-1729), publicado en 1722; un
colosal almacén de hechos bien ordenados. Fue seguido, en 1723, por las
Instituí iones, de Hermann Friedrich Teichmeyer (1685-1746), que han sido
durante largo tiempo la autoridad en la materia, y, en 1736-47, por el System,
de Michael Alberti (1682-1757), de Halle; obra en seis volúmenes, no del todo
diferente de la de Valentini en objeto y plan. En Francia, Antoine Louis
(1723-92) ha sido el que ha trabajado en la aplicación de los conocimientos
médicos a los tribunales. Ha escrito una importante memoria de la muerte por
suspensión, estableciendo las diferencias entre el asesinato y el suicidio en
estos casos (1763), y en su discusión del célebre caso de Villebranche (1764)
ha ridiculizado la posibilidad de un embarazo extraordinariamente prolongado,
tratando de establecer los límites de la gestación normal, que bajo el Código
de Napoleón quedaron, finalmente, señalados en los trescientos días, como en la
ley romana de las doce tablas. El gran tratado de medicina legal de Fodéré
(1798) pertenece al período moderno de la Ciencia. La primera obra inglesa son
los Elements, de Samuel Farr (1788); pero el estudio de William Hunter sobre
los signos de muerte en el recién nacido es, probablemente, la principal
contribución inglesa de este período.
Como en
el siglo XVII, la medicina forense estaba siempre relacionada con múltiples
cuestiones relativas a la medicina del Estado y a la higiene pública. La ética
médica ha sido tratada por Friedrich Hoffmann en su Medicuspoliticus (1738); en
los Fundamenta política medica (1777), de Johann Wilhem Baumer, y por Stoll.
La
historia de la Medicina ha sido sistemáticamente tratada en las obras de Freind
(1725-27), J. H. Schultze (1728), J. C. Lettson (1778), Blumenbach (1786), J.
C. G. Ackermann (1792) y Kurt Sprengel (1792-1803). De éstos, John Freind
(1675-1728) de Croton (Northamptonshire), había sido escogidamente educado en
Oxford en Humanidades y en Medicina y dado las Ashmoleanas lecciones de Química
en 1704, y era una luz intelectual de considerable importancia en su tiempo.
Acompañó al conde de Peterborough en su campaña de España en 1705, como médico
de las tropas inglesas, y subsiguientemente mezclado en política como un
partidario, fue encarcelado en la torre en marzo de 1722-23, acusado del delito
de alta traición; pero fue puesto prontamente en libertad por los buenos
oficios de Mead, y llegó a ser médico de la reina Carolina en 1727. Durante su
corta prisión planeó su Historia de la Medicina desde los tiempos de Galeno
hasta el comienzo del siglo XVI (Londres, 1725-26), dedicada a Mead; y
proponiéndose hacer una continuación de Leclerc. Esta es, generalmente,
considerada la mejor obra inglesa para el periodo que estudia, a pesar de que
sir Clifford Allbutt dice que el autor «divulga las cosas demasiado
extensamente» y que produce una impresión general «de la época, de Galeno»;
cosa que hubiera podido hacer mejor confinándose en el estudio detallado de la
medicina inglesa.
El más
importante historiador del siglo XVIII es el eminente botánico de Pomerania
Kurt Sprengel (1766-1833), cuya obra[814],
traducida al francés y al italiano, ha sido una gran fuente para los hechos y
las notas de todos los investigadores subsiguientes. A pesar del intransigente
vitalismo de Sprengel, que hace de él un crítico infiel de los hombres de
ciencia del siglo XVII, su historia sigue siendo una maravilla de sólida
erudición y contiene una valiosa cronología. Ha escrito, además, una serie de
ensayos médico-históricos (Beyträge, 1794-96) y una historia de las operaciones
quirúrgicas (1805-19). Tal vez no inferiores a Sprengel como, investigadores
originales eran otros autores, como Kal Wilhelm Mohsen (1722-95), de Berlín,
que ha investigado los manuscritos médicos de aquella Biblioteca Real
(1764-47), así como también los retratos médicos (1771), las medallas médicas (1772-73),
que constituyen la más antigua contribución importante de la numismática
médica, y ha escrito, además, una erudita historia de la Ciencia en la Marca de
Brandemburgo (1781); Christian Gottfried Gruner (1744-1815), un prolífico
escritor de la historia de las enfermedades (Morborum antiquitates, 1744), en
particular de la sífilis (1798), y del sudor miliar (1847); el cirujano militar
Ernst Gottfried Baldinger (1738-1804), biógrafo de sus contemporáneos (1768):
de Haller (1778) y de Tode (1778); un tenaz organizador que publicó numerosos
eruditos trabajos en su Magazin für Aerzte(í 795-99); Philipp Gabriel Hensler
(1733-1805), historiador de la sífilis (1783-85) y de la lepra (1790);
Christoph Girtanner (1760-1800), otro historiador de la sífilis (1783-89);
August Friedrich Hecker (1763-1811), editor de varios periódicos, y Antoine
Portal (1742 a 1832), autor de una historia de la Anatomía y de la Cirugía
(1770-73) en siete volúmenes. La edición de Haller de 1751 del MethodusStudii
Medici, de Boerhaave, es una introducción a la literatura médica, semejante a
la que recopiló Thomas Yung más de medio siglo más tarde, y es notable por sus
sentenciosos y críticos aperçus, que han hecho tan justamente famoso a Haller.
Los más antiguos periódicos consagrados a la historia de la Medicina son el
Giornale per serviré alia storia ragionata della medicina di questa sécalo
(Venecia, 1783-95), de F. Anglietti, y los Archiv für die Geschichte der
Arzneykunde (Nüremberg, 1790), de P. L. Witwer.
Un
importante tratado en tres volúmenes, de Geografía médica, ha sido publicado
por Leonhard Ludwig Finke (1747-1828) en 1792-95[815].
Hacia el
final de la centuria tuvo lugar uno de los más grandes triunfos que registra la
historia de la Medicina: el invento de la eficaz inoculación preventiva, por
Edward Jenner (1749-1823), hijo de un pastor de Gloucestershire, que fue, en
1770, amigo y discípulo de John Hunteen prestándole una eficaz ayuda en sus
experimentos. Había desde largo tiempo una tradición popular en Gloucestershire
de que las muchachas de las lecherías que habían adquirido el cow-pox al
ordeñar no padecían de las viruela, y observaciones similares se habían
efectuado en Alemania y Francia. Enterado Jenner de este hecho por una lechera,
pronto concibió la idea de ampliarlo en grande escala como profilaxia de la
enfermedad. Al comunicar este proyecto a Hunter, éste le hizo su característica
advertencia: «No lo pienses más; ensaya; ten paciencia y ten exactitud»;
Volviendo a su casa, en Berkeley, comenzó a reunir sus observaciones en 1778, y
el 14 de mayo de 1796 realizó la primera vacunación en un muchacho de la
región, James Phipps, usando linfa del brazo de la lechera Sarah Nelmes, que
había adquirido el cow-pox del modo usual. El experimento fue llevado a la
comprobación, supuesto que Phipps fue inoculado el I de julio con la viruela,
demostrándose la eficacia de la inmunización. En 1798 tenía ya 23 casos, que
reunió en su obra An Inquiry vito the Causes and Effects of the
Variolae Vaccinae, un grueso volumen en 4° con cuatro láminas en colores,
impreso en 1798 y dedicado a Parry de Barth.
Edward Jenner (1749-1823). (Del retrato de sir Thomas Lawrence.)
Este
libro establece su importante tesis de que una vacunación con substancia de
cow-pox protege de la viruela, y ha sido seguido, en los años 1799 a 1806, de
cinco sucesivos folletos refiriendo los experimentos subsiguientes y los
perfeccionamientos en la técnica, como el de recomendar las puntas de marfil
como los mejores vectores de la inoculación. La obra de Jenner se extendió
rápidamente por el continente y por América. Las buenas estadísticas se
multiplicaron en los años sucesivos de tal modo, que en 1800 más de 61000
personas habían sido ya vacunadas. En 1802 y 1807 el Parlamento votó créditos
hasta 20.000 libras para ayudar a Jenner a continuar sus experimentos. Al
propio tiempo tuvo que tropezar con la amarga oposición de compañeros
envidiosos, como Ingen-Housz, Woodville y Pearson, que, o reclamaban la
prioridad, o actuaban siguiendo el principio parlamentario de que el deber de
la oposición es oponerse. La idea madre de la inoculación es, aparentemente,
tan antigua como la enfermedad. La inoculación humana con el virus varioloso se
dice que está ya mencionada en el Atharva Veda (Baas), y
positivamente en el Flos de la escuela de Salerno, y era ya
conocida de la mayoría de los pueblos orientales. La idea había sido llevada a
Inglaterra por las comunicaciones de Timoni y Pilarini a la Real Sociedad en
1713-16, y algo más tarde realizada por sir Hans Sloane (1717). El 18 de marzo
de 1718 lady Mary Wortley Montagu ha inoculado a su hijo, de tres años, en
Turquía, y su hija, de cinco años, fue inoculada en Inglaterra en 1721. Durante
la sexta epidemia de viruela en Boston (Massachusetts), Zabdiel Boylston (1679
a 1766) inoculó valerosamente a su propio hijo y a dos negros esclavos en 26 de
junio de 1721, así como también a 244 personas, antes de que la epidemia
terminase, despertando una gran oposición, que llegó a la amenaza de ahorcarle.
En la epidemia de Boston, en 1752, fueron inoculadas 2.109 personas, y cerca de
20.000 en toda Inglaterra, por Daniel Sutton, en 1764-65[816]. Aparte
de la colosal literatura del siglo XVIII sobre inoculación, uno de los más
importantes de los que pusieron la preventiva inoculación contra la epidemia
(1755) fue el médico húngaro Stephan Weszprémi (1723-39), y se habían hecho
también sucesivamente inoculaciones con éxito por el labrador de Dorset
Benjamín Jesty, de 1774-1779» y por Plett de Holstein, en 1791. Todos estos
esfuerzos eran, sin embargo, «como una flecha lanzada en el aire o como una
estocada en el agua». El mérito de la obra de Jenner consiste esencialmente en
el hecho de que, como Harvey, él se ha preocupado con la esperanza de convertir
su tesis en un principio científico constantemente activo, basándola en una
demostración experimental, y continuó extensamente llevando sus inoculaciones,
sucesivamente, a través de varias generaciones, en el cuerpo, teniendo, sobre
todo, el mérito de vencer la popular aversión contra la vacuna. En resumen:
Jenner ha transformado una tradición local comarcana en un principio
profiláctico viable, y aun cuando iba realmente precedido por experiencias
científicas (variolización), su reputación en su propio campo ha quedado por
completo a salvo de los traficantes de prioridad. Defectos] ) difusiones,
faltas de habilidad en la ordenación de los hechos, han sido imputados contra
la «investigación»; pero, en conjunto, ésta persiste como un modelo impecable
de labor cuidadosamente científica, cuyos efectos han podido apreciarse en los
rápidos progresos que ha realizado la medicina preventiva y en los resultados
comprobados de la vacuna en Prusia y en Holanda, donde la curva de la
mortalidad por viruela se aproxima al cero. También son demostrativas las
estadísticas de la vacunación durante la guerra franco-prusiana de 1870-71, en
la cual los soldados franceses, no vacunados, perdieron 20.000 hombres de
viruela, en tanto que los alemanes, que habían sido revacunados en los dos
últimos años, sólo perdieron 297. Las estadísticas de Kitasato de vacunación en
la guerra ruso-japonesa (1911)[817] demuestran
que, con la endémica viruela en el Japón había habido sólo 362 casos y 35
muertos en un ejército de más de un millón de soldados. La monografía de Jenner
de 1798 ha resaltado con una notable circunstancia: la de que contiene la más
antigua referencia, con una clara explicación, de la anafilasia o alergia. En
el caso 4 hace notar que las inoculaciones de substancia variolosa en una mujer
que había tenido el cow-pox treinta y un años antes determinó una eflorescencia
rojo-pálida de la piel, que él considera casi como un criterio de si la
infección habrá recidivado o no, atribuyendo el fenómeno a los efectos
dinámicos de un cambio en la sangre durante la vida[818]. En los
últimos años de su vida Jenner vivió en Londres, de cuya ciudad había sido
hecho ciudadano honorario. Murió de apoplejía en 1823, y su monumento, erigido
en 1858, está en Trafalgar Square. Personalmente, Jenner era un típico
caballero inglés campesino, rubio, con ojos azules y de figura ele gante. Una
bien conocida relación le describe pronto a subir a caballo con traje azul,
pantalón de montar, de tela; botas altas, látigo y espuelas de plata. Era vivo
como un pájaro; tocaba la flauta y el violín; herborizaba y escribía lindos
versos, de los que los Adress to a Robin y Signs of
Rain, con el aroma ele los campos de Inglaterra, figuran en algunas
antologías de poetas menores. La bondad del corazón de Jenner se ve en las
atenciones que tuvo con su primer vacunado, James Phipps, al que le dio una
pequeña casa, en cuyo jardín plantó rosas con sus propias manos.
Como
Newton, Harvey, Sydenham, Darvin y Lister, es uno de los grandes hombres de
genio puramente sajón; una feliz combinación de poco frecuente sentido común
con una sencillez extraordinaria de la inteligencia y del carácter.
En
Alemania la obra de Jenner fue inmediatamente bien acogida, hacia 1798-99, por
Hugo von Wreden, G. F. Ballhorn y C. F. Stromeyer, en Hannover; por Heim y
Brenner, en Berlín (1800); por A. H. MacDonald, en Altona (1800); por Hirt, en
Sajonia, y por Jean de Carro y Pascal Ferro, en Austria (1799), siendo De Carro
el primero que ha llevado también la vacuna a Asia. Pinel y Thouret, en
Francia; Brancken, en Holanda: Demanet, en Bélgica; Sacco, en Italia; Heinrich
Callisen, en Dinamarca; Amar y otros, en España, figuran entre los primeros
promovedores de la práctica vacuna, que fue extendida a la India y a Méjico en
1802. En los Estados Unidos el profesor de Medicina de Harvard, Benjamín
Waterhouse (1754-1846), hizo las primeras inoculaciones en sus cuatro hijos en
julio de 1800[819],
procurándose la linfa del doctor Hrygarth, de Bath (Inglaterra). Fue
prontamente imitado por Crawford y Smith, en Baltimore; James Jackson, en
Boston; David Hosack, en New York, y John Kedman Cox, en Filadelfia. El primer
Instituto de vacunación fue organizado en Baltimore por James Smith, en 1802, y
una Agencia Nacional de Vacuna fue establecida por el Congreso, bajo su
dirección, en 1813. Waterhouse dice que antes de la introducción de la vacuna,
el temor a la viruela impulsaba a los nuevos ingleses, «las gentes más
demócratas de la superficie de la Tierra» a establecer «restricciones de la
libertad tales como ningún monarca absoluto hubiera podido dictarlas». Los
antiguos tratados de los publicistas coloniales de la inoculación, tales como
Benjamín Colman (1721-22), William Douglas (1722-30), Zabdiel Bolyston (1726),
Adam Thomson (1750), Nathanael Williams (1752), Lauchlin Mac Leane (1756),
Benjamín Franklin (1759), John Morgan (1776) y Benjamín Rush (1781), con los
escritos de Waterhouse sobre vacuna (1800-1802), figuran entre las curiosidades
médicas más raras y más altamente apreciadas.
No se
puede hablar de literatura médica americana hasta largo tiempo después de la
revolución de América. El primer libro de Medicina que se ha publicado en la
América del Norte ha sido impreso por los españoles en la ciudad de Méjico en
1570, y en la misma ciudad se fundó también la primera escuela médica en 1578.
La Brief Rule, de Tacher (Boston, 1677)» era la única
publicación médica de las colonias de Nueva Inglaterra en el siglo XVII.
«En el
comienzo de la guerra de la Revolución—dice Billings—nosotros teníamos un solo
libro médico de autor americano, tres reimpresiones y unos veinte folletos»; y
del libro en cuestión, Plain, Concise, Practical Remarks on the Treatment of
Wounds and Fractures (New York, 1775), de John Jones, puede decirse que «es
sencillamente una recopilación de Ranby, Pott y otros, y no contiene ninguna
observación original[820]. El
libro contenía, no obstante, un apéndice de hospitales militares y de campaña,
y fue muy leído por los jóvenes cirujanos militares y navales de la Revolución,
a los cuales iba, en primer término, destinado, siendo, en efecto, el primer
libro americano de medicina militar. Jones era un hábil litotomizador, y es
recordado por Benjamín Franklin en su testamento por una afortunada realización
de la operación. De los folletos, hay algunas curiosas producciones acerca de
las diferentes anginas y fiebres eruptivas de la época, de John Walton (1732),
Cadwallader Colden (1735), William Douglas (angina ulcusculosa, 1736) y Jabez
Fitch (1736), y los tratados de inoculación, ya anteriormente mencionados. Las
antiguas disertaciones inaugurales de los estudiantes Elmer, Potts y Tilton en
la Universidad de Pensilvania en 1771—la última, una producción de la celebrada
Bradford Press—, son en la actualidad únicamente curiosidades para los
coleccionistas, y lo propio puede decirse de la oración Antiqua novum orbem decet
medico-philosophica, pronunciada en Williamsburg (Virginia) el 12 de junio de
1782 por Jean François Coste (1741-1819), médico director de las fuerzas
francesas en América, publicada en Leyden en 1783 y dedicada a Washington. De
mayor mérito son los ensayos sobre la fiebre amarilla de John Bard, Colden
(1743), Mitchell (1741) John Lining (1753) y William Currie (1792), y más
importantes aún los estudios clínicos de Thomas Cadwalader (1708-79), de
Filadelfia, acerca de los «cólicos secos» de las Indias Occidentales
(intoxicación por el plomo), que fue publicada por Benjamín Franklin en
Filadelfia en 1745; de John Bard, sobre la pleuresía maligna (1749), y el
ensayo de Samuel Bard (1742-1821) sobre difteria o «angina sofocativa» (1771),
del que se ha dicho por Osler que es «un clásico americano de primer orden».
Los Cases and Observations of the Medical Society of New-Haven County, fundada
en 1784, contienen los primeros casos referidos de estenosis hipertrófica
congénita del píloro (1788)[821], por
Hezekiah Beardsley (1748-90), de Sonthington (Connecticut) que Osler rescató
(en el sentido dado por Lessing a la palabra), reimprimiéndolo en 1903[822]. La
historia y la geografía de la fiebre amarilla en los Estados Unidos ha sido
tratada por William Currie (1792) y Noah Webster (1796-99), y la obra de
Matthew Carey (1760-1839) de la epidemia de Filadelfia de fiebre amarilla en
1793 representa, con el de Benjamín Rush, el estudio más gráfico, más real y
más completo de la enfermedad que ha aparecido hasta la fecha[823].
También
se han impreso algunos buenos libros de Botánica, especialmente un primer
estudio de la senega y de sus aplicaciones, por John Tennent, de Virginia, en
1736; otro, de John Clayton, sóbrela Hora Virginica (Leyden, 1739),
probablemente el primer libro de botánica americana; An Experimental Inquiry
into the Droperlies of Opiutn, por John Leigh, de Virginia (Edimburgo, 1686),
que ganó el premio de Harvey en 1785, y la todavía más interesante Materia
médica americana (Erlangen, 1787), del viejo cirujano de Auspach Bayreuth,
Johann David Schoepf (1742-1800), que vino a América con las tropas de Hesse en
1777, permaneciendo durante toda la guerra, y recordando sus observaciones en
sus Viajes por la Confederación (1788), que fueron traducidos y publicados en
Filadelfia en 1911. La primera farmacopea que ha sido impresa en América, un
folleto de 32 páginas, fue preparada por William Brown, de Virginia, que
sucedió a Rush como médico general del Departamento del Sur. Fue designado para
el uso del ejército continental, y había sido publicada anónimamente por el
hospital militar de Lititz, Pa., en 1778 (Handerson)[824]. La
primera contribución americana de la educación médica, ética médica e historia
de la Medicina fue hecha por John Morgan (1765), Samuel Bard (1769 y Peter
Middleton (1769), respectivamente.
La guerra
de la Revolución fue formando la Medicina en aquellas regiones, y estaba en la
naturaleza de las cosas, que había de llevar al frente los tres médicos
americanos más ilustrados de su tiempo: Morgan, Shippen y Rush. La guerra los
encontró en un estado de «falta de preparación», sin nada de organización
militar ni médica. Todo tenía que ir a la línea de combate, y había poco tiempo
para la construcción de hospitales y de instrumentos y para la obtención de
medicamentos. Después de lanzada la declaración, los miembros hábiles del
Congreso fueron llamados, como todas las otras personas, al cumplimiento de los
deberes urgentes e inmediatos en los diferentes Estados, y el Congreso mismo,
según todos los informes, fue débil, torpe, casi impotente, realizando muy poco
en favor de la administración médica de la guerra, que era, desde muchos puntos
de vista, lo más importante de todo. Como ha dicho Mumford, allí no se
encontraba mas que un hombre que fuera «resuelto, paciente y decidido», y aquel
hombre era Washington[825]. Todo el
honor pertenece a los dos cirujanos militares que se habían asociado con él y
que han hecho mucho en favor de la organización de la educación médica
americana: John Morgan y William Shippen. Al lado de ellos, sólo una breve
mención puede hacerse de los otros cirujanos, muchos de los cuales desempeñaron
un noble papel de autosacfifieio, tales como John y Joseph Warren, de
Massachusetts; el último sirviendo en las filas y perdiendo la vida en Bunker
Hill; Benjamín Church, el primer cirujano general del ejército americano; Hugh
Mercer, de Virginia, que fue muerto en Princeton en 1777; James Thacher, el
primer biógrafo médico americano, cuyo Militar Journal (Boston,
1824) da un pintoresco retrato de la lucha, y tal vez el mejor retrato del
mundo de la personalidad de Washington, y James Tilton, cuyas Observations
on military Hospitals (Wilmington, 1813) constituyen una contribución
de valor permanente sobre este asunto.
John
Morgan (1735-89), natural de Filadelfia, era un estudiante de John Redman, que
sirvió como cirujano en las guerras francesas y se graduó en Edimburgo en 1762,
donde fue enseñado por maestros tales como William Hunter, los Monro, Cullen y
Whytt. Vuelto a su país natal en 1765, publicó en el mismo año su Discourse
upon the Institution of Medical Schoots in America, que comprende la
primera carta sobre la educación médica adecuada en esta región, conmemorando
la organización del Colegio de Filadelfia (fundado en 1740), del Departamento
médico de la Universidad de Pensilvania, de la cual ha sido Morgan, con
Shippen, el principal fundador, y en el cual desempeñó la primera cátedra de
medicina práctica. En 1775 el Congreso nombró a Morgan «director general y
médico jefe» del ejército americano, en sustitución de Church. Comenzó el
desempeño de su cargo con vigor, insistiendo en los exámenes rigurosos para los
oficiales médicos y subordinando los cirujanos de los regimientos a los jefes
de los hospitales; pero la enemistad de sus subalternos y los expedienteos de
los políticos condujeron a su injusta destitución en el Congreso en 1777,
siendo nombrado Shippen en su lugar. A consecuencia de ello publicó Morgan su
fogosa Vindication (1777), en la que se defiende hábilmente a
sí mismo, con toda lealtad para la causa y para su jefe, y pidiendo al propio
tiempo que se le sometiese a un proceso de investigación. Después de una
deliberación de dos años, por último se le volvió al honorable desempeño de
todos sus cargos en 1779. Quebrantando el espíritu, arruinado y enfermo, Morgan
se retiró a la práctica privada, muriendo doce años más tarde.
William
Shippen, Jr. (1736-1808), de Filadelfia, que sucedió a Morgan como cirujano
general en 1777, era también un graduado de Edimburgo (1761), estudiando con
los Hunter, Cullen y Monro secundus. Vuelto a América en 1762,
comenzó a dar enseñanza privada y pública de Anatomía y Obstetricia, y fue, en
realidad, el primer propagador de la obstetricia en su región, donde hizo
avanzar grandemente la causa de la asistencia a los partos por varones. En 1765
colaboró con Morgan en la organización del Departamento médico de la
Universidad de Pensilvania, en el cual fue al propio tiempo nombrado profesor
de Anatomía y Cirugía. Por su ascenso al cargo de cirujano general en 1777,
Shippen, que era más práctico, menos impresionable, con más talento de mundo
que Morgan, no abandonó el grave cargo de la corte marcial hasta 1780, pero con
un seguro retiro.
John Morgan (1735-80)
Lo dejó
en 1781 para consagrarse por completo a la enseñanza médica, que había atendido
sólo interinamente durante el periodo de su servicio militar. Aunque su nombre
va asociado a éste, no ha dejado ninguna contribución literaria de importancia[826].
Benjamín
Rush (1745-1813), de Pensilvania, era de una familia cuáquera inglesa; se
graduó en Princeton (1760) y en Edimburgo (1768), siendo su tesis del grado de
Medicina De coctione ciborum in ventrículo.
Benjamín Rush (1745-1813)
En 1769
fue elegido profesor de Química en el Colegio de Filadelfia, y en 1789 sucedió
a Morgan como profesor de práctica de la misma institución, alcanzando la
cátedra del Instituto de Medicina cuando este ultimo nació de la Universidad de
Pensilvania en 1791.
Fue
también médico del Hospital de Pensilvania (1783-1813), jefe fundador del
Dispensario de Filadelfia (el primero de esta región) en 1786, y tesorero de la
Casa de la Moneda de los Estados Unidos. Rush era un hombre de un espíritu muy
original, ilustrado, bien preparado para su profesión; un maestro atractivo,
que avanzaba en línea recta. Firmante de la Declaración, y algún tiempo
cirujano general del Departamento del Sur, a las órdenes de Shippen (1776-78),
abandonó a Washington en Vally Forge para unirse a la infame Conway
Cabal, oponiéndola a la Fabian policy de aquél. Como un
teorizador en Medicina, él ha opuesto al solidismo de Cullen y a la
clasificación de las enfermedades elaborada por él un brunonianismo modificado.
Su propio esquema terapéutico estaba apoyado en las más arbitrarias bases.
Consideraba la inflamación más bien como efecto que como causa de las
enfermedades, y teniendo en cuenta su razón de que la «Medicina es mi mujer y
la Ciencia mi querida», el doctor Holmes ha añadido este cáustico comentario:
«Yo no pienso que el quebrantamiento del séptimo mandamiento pueda demostrarse
que haya sido en ventaja de la legitimada propiedad de sus afecciones». Un
típico teorizante del siglo XVIII, y un hombre cuyo propagandismo social contra
la guerra, la esclavitud, el alcoholismo y la pena de muerte, no estaba tal vez
divorciado por completo de un interés personal por el aumento de su clientela.
Rush fue fácilmente el más hábil de los clínicos americanos de su época, y sus
escritos y su reputación han sido objeto de los más laudatorios comentarios.
Lettsom le ha llamado el Sydenham americano, a la vez que sus efusivos, pero
poco críticos compatriotas, le han conferido el nombre de Hipócrates de
Pensilvania, y ha sido recipendario de un diamante y de varias medallas
magníficas. Pertenecía a la escuela de Sydenham en su simpatía por la sangría y
en las cuidadosas descripciones de las enfermedades que observaba. De éstas, ha
relatado el cólera infantil, en 1773; ha sido el primero, después de Bylon, de
Java (1779), que ha descrito el dengue (1780)[827], y quizá
el primero también que ha señalado la fiebre térmica, que se produce por beber
agua fría estando sofocado. Su monografía de la locura (1812) es, según Mills[828], con la
de Isaac Ray, el único tratado americano sistemático del asunto antes del año
1883. Su estudio de la epidemia de fiebre amarilla de Filadelfia en 1793,
únicamente puede ser comparado, por su realismo, con el de Matew Carey. En el
combate de esta epidemia, Rush ha desempeñado un distinguido papel,
quebrantando su salud por asistir 100 a 150 enfermos diarios, e incurriendo en
los odios cívicos y profesionales por insistir en que esta enfermedad no era
importada de fuera, sino despertada de novo en la ciudad. Su
plan de tratamiento consistía en la administración de grandes dosis de
calomelanos y de jalapa, copiosas sangrías, dieta restringida, temperatura baja
de la habitación y abundante hidroterapia por dentro y por fuera. Como
partidario de la sangría, Rush era muy semejante al doctor Sangrado, pero ha
salvado muchos enfermos, y cuando enfermó, y él creyó que de fiebre amarilla,
no vaciló en someterse a su propio plan de tratamiento. Además de sus Memorias
clínicas, Rush ha escrito un importante folleto acerca de higiene de los
trópicos (1777), y sus publicaciones de las enfermedades de los indios del
Norte de América (1774), de sus vicios (1798), con el estudio de los habitantes
alemanes de Pensilvania, son tal vez la más antigua contribución americana a la
Antropología. Las tendencias originales de su talento se demuestran en sus
investigaciones acerca de los efectos de los espíritus ardientes en la
inteligencia, a la cura de las enfermedades por la extracción de los dientes
cariados y a los efectos del arsénico en el cáncer. Como Shippen y Phisick,
Rush era un hombre bien parecido, de perfil aguileño, de sugestiva sagacidad y
penetración naturales.
El nombre
de Benjamín Franklin (1706-1790), de Boston, está íntimamente relacionado con
la Medicina por su invención de las lentes bifocales (1784)[829] y
de un carácter flexible, por su tratamiento de las enfermedades nerviosas por
la electricidad (franklinismo), por sus cartas sobre el envenenamiento por el
plomo y por sus observaciones de la gota, el calor de la sangre, el sueño, la
sordera, la nictalopia, la naturaleza infecciosa de los catarros, de la
infección por los muertos, del cálculo de la mortalidad en la infancia, y sobre
la educación médica. Ha sido el principal fundador y el primer presidente del
Hospital de Pensilvania (1751), para el cual ha escrito una historia de
petición, impresa en su propia imprenta en 1754. Tienen un especial interés
bibliográfico su Diálogo con la gota y su folleto de
inoculación en la viruela (Londres, 1759), que iba acompañado de las
instrucciones de William Heberden para llevar a cabo la operación.
Thomas
Cadwalader (1708-79), de Filadelfia, un discípulo de Cheselden, era un
partidario de la inoculación (1730), fundador de la Biblioteca de Filadelfia
(1731) y director de la misma (1731-39), y el primero que enseñó en la ciudad
la anatomía por medio de disecciones (1730_31). Su Ensayo
sobre los cólicos secos en la India Occidental, impreso por Benjamín
Franklin en 1745, y algunas veces erróneamente catalogado como Ensayo
de la pasión iliaca, es un estudio del cólico de plomo y de la parálisis
saturnina por el uso habitual del ron de Jamaica destilado en pipas de plomo.
Contiene su autopsia de un caso de reblandecimiento de los huesos (1742), y
puede ponerse en parangón con los ensayos de Huxham (1757), Bordeu (1761-63) y
Baker (1767) como uno de los estudios clásicos del envenenamiento por el plomo
en el siglo XVIII.
Aparte de
la obra de Morgan, Rush y Shippen; de los folletos de los coloniales
partidarios de la inoculación; de las observaciones clínicas de Cadwalader,
Samuel Bard, Beardsley, Rush y Carey; de los ensayos de cirugías pelviana y
vascular de John Bard, William Baynham y Wright Post, la mayoría de las
producciones de la medicina americana en este período, a pesar de su respetable
carácter, pueden quedar a un lado de la formidables corriente del progreso
científico. Como decía Sainte Beuve a Matthew Arnold a propósito de Lamartine,
ellos son «importantes para nosotros» en el sentido de tener un interés local e
histórico definitivo.
Capítulo
XV
Aspectos cultural y social de la medicina del siglo XVIII
El
levantamiento de Prusia y de Rusia y las revoluciones americana y francesa son
tal vez los únicos acontecimientos históricos que han ejercido gran influjo en
la condición de la Medicina durante el siglo XVIII, y esto únicamente en
relación con el desarrollo de la Cirugía. Las tendencias de la época son más
bien artificiales y teóricas que sinceras y realistas. El académico período
puede ser considerado como una «edad de oro», lo mismo para los prácticos
afortunados que para los afortunados charlatanes. La razón de esto debe
buscarse en la condición estacionaria de la sociedad antes de la Revolución
francesa, que guardó todas sus ocupaciones en un departamento definitivo; de
tal modo, que el internista o médico era, en todos los sentidos de la palabra,
un médico de la familia (Hausarzt), a quien se le daba unos
voluntarios honorarios anuales por sus servicios continuados durante todo el
año; así quedaba relevado de la competencia con sus compañeros de profesión y
de la lucha por la existencia, hasta cierto punto. Casi todos los grandes
médicos de la época colocaban todo lo suyo sobre un pedestal, y muchos de
ellos, como dice Welch, «dejaban entender» que estaban en posesión de remedios
secretos o privados que eran superiores a todos los restantes. La práctica era
heredada de padres a hijos, o pasaba a los discípulos favoritos, y de este modo
se adquiría una cierta elegante comodidad para los distinguidos miembros de la
profesión, dándoles excepcionales oportunidades para la adquisición de la
cultura.
Hyacinthe Théodore Barón, padre (1710-58). Decano de la Facultad de Medicina
de París (1730-34). (Cortesía de M. Noé Legrand, París, de su obra Les
Collections Artistiques de la Faculté de Médecine de París, 1911)
Haller,
William Hunter, Scarpa, Heberden y Thomas Young no cedían a nadie en erudición
y en variedad de actitudes. Arbuthnot, Garth y otros médicos del reinado de la
reina Ana eran amigos íntimos de café de los ingenios y de los poetas de la
época[830].
Lessing
habían estudiado Medicina; Goldsmith y Schiller estaban graduados en Medicina;
y hombres de letras como Garth, Arbuthnot, Blackmore, Akenside, Haller,
Zimmermann y Werlhof eran médicos notables.
Hay
razones abundantes que demuestran que la posición social del médico en el siglo
XVIII era tan buena o mejor que en la actualidad. En algunas regiones gastaba
espada; su color era el «austero escarlata», y las gentes les llevaban
generalmente el sombrero; algunos hasta gastaban un manguito para resguardarse
del frío la delicada piel de las manos, tan necesaria en el diagnóstico. En
Inglaterra el médico elegante gastaba peluca empolvada; llevaba un traje de
satín o de brocado rojo, pantalón corto, medias de seda, zapatos de hebilla,
sombrero de tres picos y bastón con puño de oro. Werlhof, en Hannover, con
ocasión de su segundo matrimonio, llevaba un traje violeta de terciopelo. Hacia
el final del siglo XVII los [cuellos rizados fueron sustituidos por los cuellos
de Ginebra; un apropiado símbolo del origen clerical de la profesión médica. El
máximum de su grandeza, por lo menos por lo que al traje hace referencia, se ve
en el retrato de Barón el Viejo, el decano de semblante plácido de la Facultad
de Medicina de París (1730-34), que se encuentra reproducido en el hermoso
álbum de sus colecciones artísticas, publicado en 1911[831]. El
elegante decano llevaba una peluca cuidadosamente rizada, una capa de armiño,
un delicado y transparente rabat en vez del rígido cuello de
Ginebra, una capa eclesiástica de color rojo (la «dalmática real»), con puños
fruncidos de encaje en las mangas, y, sobre su pecho, una condecoración colgada
de una larga cinta negra. No podía llevarse más lejos la solemne elegancia;
elegancia descuidada, lo mismo que las simpatías políticas eran algunas veces
puestas de manifiesto en la frase corriente Steenkirk tie[832].
Excepto
en la caricatura, el arte del siglo XVIII nos da muy poca luz sobre el estado
de la profesión. Reynolds y Gainsborough, Fragonard y Watteau tienen desusuales
reticencias a propósito de la Medicina en sus cuadros, además de algunos pocos
numerosos retratos de médicos pintados por Raeburn y otros, como el de John
Hunter, por sir Joshua, que es digno de figurar a la cabeza de todos. La Company
of Undertakers (1736), de Flogarth, con la leyenda Etplurima
mortis imago, representa 12 individuos de facciones duras, todos con
pelucas y bastones con puño de oro, que se supone que representan a Spot Ward,
al caballero Taylor, a madame Mapp (en un burlesco traje de varios colores) y
otros charlatanes de la época. Hogarth ha pintado también dos cuadros del milagroso
parto de conejos de María Toft, una notable impostura del siglo XVIII, y varias
torcidas o groseras alusiones a la prostitución, al embarazo, al alcoholismo y
a la locura en sus láminas al cobre, incluso el charlatán con el pobre niño
sifilítico en el Mariage a la Mode (lám. III).
Una proposición de matrimonio. Aguafuerte de Daniel Chodowiecki (1726-1801)
Su Poolof
Bethesda (Hospital de St. Bartholomew) tiene representaciones de
cojeras, jorobas, tisis, psoriasis y otras enfermedades (Norman Moore). Gillray
y Rowlandson, dos maestros de lo grosero y de lo grotesco, satisfacen
abundantemente sus espíritus animales a expensas de la Medicina; pero la
mayoría de sus láminas pertenecen ya al período georgiano.
De ellas,
las de El enfermo tenido o La última cuenta del
doctor (Rowlandson, 1786); la Trasplantación de tos dientes (Rowlandson,
1787), La gota (Gillray, 1799), La comadrona (Rowlandson,
1800) y Los tractores metálicos (Gillray, 1801) son las únicas
que verdaderamente pertenecen al siglo XVIII. El magnetismo animal, la
vacunación, los enemas, el aceite de Macassar, los comadrones, los tractores
metálicos, la frenología, otras debilidades de la época, eran todas abundantemente
caricaturadas en las fugitivas y anónimas estampas del siglo XVIII. El
prolífico artista de Danzig, Daniel Chodowiecki, el dibujante del Zopfzeit,
era un ingenioso aguafortista de los interiores alemanes, que representaba la
inoculación, el magnetismo animal, la disección, los médicos a la moda (Modedoctoren), los
curanderos milagrosos (Wunder doctor en), a Federico el Grande con
una vena abierta, a un enfermo recibiendo la extremaunción, una absurda
proposición de matrimonio de un corpulento médico a una enferma igualmente
robusta, y una lámina representando a la policía prusiana en el momento de
conducir los enfermos a la Charité. El doctor Leonard Mark ha hecho notar que
varias aguafuertes y mediatintas de Richard Dickinson, un limpiabotas y
vendedor de pan y de ginebra de Scarborough Spa, ofrecen típicas
representaciones de la facies acromegática, hechas hace cerca de doscientos
años (1725-26)[833]. El
cartón de Boucher del vendedor de orviétan (1736) se encuentra
reproducido en la tapicería de los Gobelinos. Las excelencias de los enanos de
Tiépolo han sido ponderadas por Charcot. Una linda pintura de Pietro Longhi
representa el interior de una farmacia de la época.
En la
literatura seglar del siglo XVIII los médicos se han visto especialmente
satirizados por Smollet (Count Fathom), Sterne (doctor
Slop) y Le Sage (Gil Blas). En el Count
Fathom, de Smollet, el pícaro aventurero busca en su cabeza el medio de
meterse entre los «hijos de Paean», y sus procedimientos dan ocasión a una
divertida exposición de «solemnidades de trajes y discursos», de los
expedientes comerciales (siendo llamado fuera de la iglesia, o caminando
alrededor en coche, sin objeto determinado), a que recurrían hasta los médicos
de mejor reputación. El inteligente Huxham, un hijo de carnicero que practicó
primero entre los no conformistas y que después se pasó a la iglesia
establecida, citaba frecuentemente, en momentos convenidos, durante su consulta,
un coche, que le iba a buscar, y en el cual galopaba por la ciudad para dar la
impresión de una numerosa clientela. Ordinariamente paseaba por la capital con
un traje color escarlata, un bastón con puño de oro y un criado, a respetable
distancia, llevándole los guantes. Le Sage nos da mucha luz a propósito del
ejercicio de la Medicina en España, donde la sangría y los catárticos eran tal
vez los únicos remedios conocidos, donde se oponían a limpiar las basuras de
las calles por fantásticas razones, donde no hubo, por espacio de más de medio
siglo, un solo boticario, y donde, como más tarde, en 1795, el permiso para
practicar la Medicina fuera de Madrid costó sólo 45 libras (Baas). En los
primeros escritos y poemas de Schiller se alude a la ignominiosa situación del
cirujano del ejército alemán después de la muerte de Federico el Grande[834].
El boticario, por Pietro Longhi (1702-85). (Interior italiano del siglo
XVIII.)
En
el Roderick Random describe Smollet el estado
extraordinariamente bajo de la profesión médica en los barcos y las farsas y
corrupciones que acompañaban a los exámenes de competencia para ayudante de
cirujano. El retrato de Lallemant, el avaro y codicioso boticario, es
igualmente significativo. En una época en la cual la diferencia de castas
estaba sostenida en una irónica base (como lo demostró la Revolución francesa),
resulta claro que los imponentes trajes y ademanes de los médicos superiores
habían de ser rápidamente imitados en manos de los impostores poco
escrupulosos. El siglo XVIII ha sido la edad, por excelencia, de
los triunfantes charlatanes, y solamente cede respecto del siglo XIX en
aquellas preparaciones, patentadas o secretas, de las que se lamentaba Crabbe,
el satírico de los charlatanes;
De la
paga del pobre hombre
el
nuestro coge una parte no insignificante.
La
charlatanería, si no es universal, es, por lo menos, según la frase de Thoreau,
de «triunfo universal». Cantos rodados, como Cagliostro y Mesmer, gobiernan a
las gentes en favor propio durante largos y no interrumpidos períodos. Casanova
paga una decorosa visita a Haller en Berna, y su estancia con el grande hombre
no le supone ser tanto «el homenaje que el vicio paga a la virtud» como una
manifestación de genuina estimación, supuesto que Casanova no sólo afectaba
disfrutar del comercio del saber, sino que había escrito disertaciones en
latín, o había tenido alguien que las había escrito por él. En Inglaterra había
una larga serie de afortunados charlatanes médicos de ambos sexos. El más
antiguo de ellos era sir William Read, que comenzó como sastre, pero que en
1694 se estableció en la Strand como oculista, habiendo alquilado alguno para
que le escribiese un libro de enfermedades de los ojos a su nombre, y, en
Grub-Street, poetas que le ponderasen en verso. Sus éxitos en esta especialidad
atrajeron la atención de la reina Ana, cuya defectuosa vista la hacía
fácilmente víctima de impostores de este género, y, congraciándose con ella,
fue nombrado, primero, caballero, y después, oculista de Jorge I. Read
frecuentaba la sociedad de Swift y de otros ingenios de café, que hacían
chistes a costa de él, a la vez que aceptaban su pródiga hospitalidad, y hasta
hacían mención de él en el Spectator (1 de septiembre y 27 de
noviembre de 1712). Otros charlatanes oculistas de importancia en estos tiempos
fueron el doctor Grant, que fue también protegido por la reina Ana; Thomas
Woolhouse, oculista de Jacobo II y de Guillermo II, que se dice que ha
propuesto la iridectomía en 1711, antes que Cheselden, y el caballero Taylor.
Este último, hijo de una boticaria de Norwich, había trabajado con Cheselden en
St. Thomas e inventado una aguja de cataratas y otros instrumentos; pero
careciendo de éxito en Londres, se decidió por la carrera aventurera de
vagabundo oculista. Se ha hecho notar que hasta Daviel, en la primera parte de su
carrera, hizo prácticamente lo mismo, proclamando sus éxitos por todas partes,
al modo de un oculista errante de la Edad Media, pero con la importante
diferencia de que Daviel era realmente un gran oftalmólogo y un gran operador,
en tanto que Taylor era únicamente un bufón listo[835]. Vestido
de negro, con una gran peluca rizada, con una buena palabra, e indudablemente
también con una cierta habilidad en las operaciones de los ojos, Taylor venía a
los enfermos con los aires de un charlatán de feria, expresándose en extrañas
sentencias de sintaxis invertida, imitadas del latín, y que él llamaba
«verdaderamente ciceronianas». El contaba hasta a Gibbon y a Haendel entre sus
enfermos, pero no pudo imponerse ni a Horacio Walpole ni al doctor Johnson.
Este último decía de él (Boswell, 1779): «Taylor es el hombre más ignorante que
yo he conocido en mi vida, pero es despejado; Ward, el más tonto. Taylor me
desafiaba una vez a hablar en latín (en broma). Yo cité algo de Horacio, que él
tomó como formando parte de mi propio discurso. El dijo unas cuantas palabras
bastante bien.» El Ward a que el doctor Joshnson se refiere es Joshua Ward,
otro famoso charlatán, conocido también como «Ward el de la mancha» por una de
color de vino que tenía en un lado de la cara. Ward era primeramente un salinero
que había politiqueado sin éxito, pero que hizo pronto fortuna con la venta de
píldoras antimoniales y drogas, «un líquido para el sudor», un «polvo purgante
para la hidropesía» y otros remedios secretos. El general Churchill se
convirtió espontáneamente en propagandista en la prensa de las píldoras de
Ward. La «esencia de Ward para la jaqueca» y la «pasta de Ward» (para la
fístula y las hemorroides) han aparecido después como linimento alcanforado
compuesto y composición de pimienta. Ganó la absoluta confianza de Jorge II,
reduciéndole el pulgar dislocado por un tirón violento, después de lo cual tuvo
una consulta en Whitehall y fue muy protegido por los grandes, especialmente
por Chesterfield, Walpole y Gibbon, que figuraban entre sus enfermos. Fue
especialmente perdonado de las penalidades del Acta parlamentaria de 1748, que
restringía la práctica de la Medicina, y en su testamento tuvo el valor de
pedir que le enterrasen en la abadía de Westminster. Pope le ha embalsamado en
un couplet:
Del
difunto, sin la más pequeña pretensión de conocimientos,
Ward
adquirió una gran fama por unas píldoras.
Famosas
impostoras de este período han sido Mrs. Mapp, una cirujana que gozó tal
reputación, que volvía de Epson en coche de cuatro caballos con criados de
lujosas libreas, y Joanna Stevens, una viuda que, en 1739, consiguió que se
comprase su remedio para la piedra pro bono publico por acta
del Parlamento. Su filantropía llegó a ceder la parte de su valiosa receta en
5.000 libras; pero aun a título de suscripción no llegó a alcanzarse esta suma
en primera instancia, y se emplearon poderosas influencias en llevar el asunto
al Parlamento, aun cuando Cheselden, Sharp y Caesar Hawkins atestiguaron en
favor de sus méritos. La receta fue publicada en la London Gazette de
19 de junio de 1739, resultando ser una serie de mixturas de cáscaras de huevo,
caracoles de jardín, berros, jabón y otros ingredientes, como bardana,
escaramujo, etc. En todos los casos de sus certificadas «curaciones» la piedra
se había podido encontrar en la vejiga después de la muerte del enfermo.
De las
medicinas secretas o de propiedad particular en Inglaterra, la sal
oleosum voladle (1711), de Timothy Byfield, ha sido la primera que se
ha beneficiado del antiguo Estatuto de monopolios de 1624; ha sido seguida por
el Gran Elixir cordial, de Stoughton (1712); por los aceites ingleses, de
Betton (1742); por las píldoras para las mujeres, de John Hooper (1743), y por
otra larga serie de remedios secretos, entre ellos las pastillas vermicidas, de
Ching (1792), y los polvos de Marte (1799), de Della Lena. Los polvos del duque
de Portland están mencionados en el viaje de Fielding a Lisboa (1755). Los más
famosos de todos ellos eran los polvos antimoniales para la fiebre (1747) y las
píldoras analépticas (1794) del doctor Robert James, un médico de sólida
habilidad que escribió un voluminoso Diccionario de Medicina y
una Pharmacopoeia Universalis, y que era gran amigo del doctor
Johnson. Los polvos de James eran, según la opinión de Christison, más activos
y eficaces que sus sustitutivos antimoniales en la farmacopea. El eau
médicinale de Husson, un remedio secreto para la gota, conteniendo
probablemente cólchico (introducido por Stoerck en 1763). La Tus cor a
Rice, para la consunción, ha sido la primera medicina patentada en
América (1711). Entre los inventos terapéuticos de la época figuraban las copas
de cuasia, las gotas de azafrán, las ciruelas azucaradas purgantes y los
collares anodinos para las mujeres embarazadas y niños en la dentición. El
aceite de Macassar (para el cabello) y los tractores metálicos o magnéticos
patentados por Elisha Perkins, de Connecticut, en 1798. Estos aparatos son
semejantes a compases, con una punta embotada y el otro brazo terminando en una
punta aguda, hecha de combinaciones de cobre, cinc y oro, o hierro, plata y
platino. Los tratamientos se hacían por frotación, y el fundamento de su acción
se suponía ser análogo al del galvanismo o al del magnetismo animal. Los
tractores de Perkins han tenido gran fama en Inglaterra, habiendo sido
grandemente satirizados por estampas coloreadas y folletos, como A
terrible Tractoration, hasta que John Haygarth, un médico de Bath,
demostró que curas similares pueden efectuarse c on tractores de madera, de
donde se deducía que eran debidos a la imaginación. La electricidad y el
magnetismo animal eran empleados, como un modo especial de despertar las más
bajas pasiones, por James Graham, de Edimburgo, que era uno de los corifeos de
los «lechos celestiales», para el rejuvenecimiento de la senilidad. Graham era
un hombre de bello aspecto, faz aguileña y maneras pontificales, que había
estudiado a medias la Medicina y picado algún conocimiento de electricidad
oyendo algo de los experimentos de Franklin en América. Su Templo de la Salud,
abierto en Londres en 1780, consistía en un departamento suntuosamente
amueblado, con todos los enseres y efectos de un interior estrictamente
oriental, incluyendo los perfumes misteriosos, la dulce música y las actitudes
de bacante. El precio de la entrada era de seis guineas, y una sencilla lectura
con tickled the ears of the groundlings, con garantizada
concepción para los que no tenían hijos, por un billete de 50 libras. El fraude
no pudo mantenerse largo tiempo, y cuando el fracaso vino, en 1782, Graham fue
obligado a recomendar baños de lodo (fangoterapia), demostrando su sinceridad permaneciendo
en ellos varias horas cada día. «Medio bribón, medio entusiasta»—como le llama
Robert Southey—, no obtuvo provecho de sus prescripciones, y murió en temprana
edad. Más respetables y más hábiles entre la clase de los charlatanes, más
puros y sencillos, eran los Whitworth Doctors, o los «hermanos
Taylor», dos albéitares de pueblo que se dedicaron a aliviar los padecimientos
humanos comprando por toneladas la sal de Glauber y recetándola en cantidades
proporcionadas, sangrando gratuitamente a los pobres los domingos por la
mañana, tratando las fracturas de los huesos y el cáncer, en apariencia con
algún éxito. Aunque el viejo Taylor cuidaba más de la medicina veterinaria que
de los enfermos humanos, Whitworth era agobiado por los enfermos que acudían a
la consulta, donde eran tratados por el riguroso orden en que llegaban, sin
ninguna preferencia o deferencia por la clase social a que pertenecían. Hasta
la misma realeza hubiera tropezado con esta independencia rústica. El «frasco
rojo de Whitworth» y las «gotas de Whitworth» han sido famosos por espacio de
una centuria. Cuando John Hunter le preguntó a Taylor la composición de uno de
sus ungüentos, éste replicó:
— No,
Jack; ésta no es una pregunta honrada. Yo os enviaré todo lo que queráis; pero
yo no puedo deciros de qué está hecho[836].
Hacia el
final de la centuria, unos Mr. y Mrs. Loutherbourg adquirieron una fama
extraordinaria haciendo resucitar el antiguo método de Valentine Greatrakes de
curar las enfermedades por el tacto, o, en otras palabras, de la cura por la
fe. Se veían asediados por una avalancha de enfermos, a los que ellos
declaraban tratar gratuitamente, no cobrando ningún honorario, pasase lo que
pasase; pero se descubrió que estaban en combinación con algunos agentes, que
eran los encargados de vender las papeletas o números para poder acudir
libremente a la consulta. El doctor Katterfelto, otro astuto práctico, viajó
por el Norte de Inglaterra en un coche de seis caballos, llevando un gran
número de gatos negros, y servido por numerosos lacayos con alegres libreas. El
doctor Myersbach, a despecho de la oposición de Lettsom, continuó sacando una
magnífica renta de las personas a la moda. En el continente, Villars tuvo un
éxito enorme con un remedio secreto de cinco francos, compuesto de nitro y
agua, y Ailhaud, cuyos polvos se dice que han matado más gente que las campañas
de Napoleón, y a pesar de que fue lanzado de los negocios por Tissot en
su Avis au peuple (1803), alcanzó tres baronías y fue conocido
como barón de Castelet[837] Johann
Christoph Ludemann (1685-1757), de Harburg, practicaba la astrología y la
uroscopia en Ámsterdam hasta el fin de su vida. Su triunfo fue en gran parte
debido a una compañera que, como la mujer sabia de la comedia de Heywood,
desempeñaba el papel de informadora y de procuradora[838].
En
el Agente de Reclutamiento, de Farquhar (act. IV, esc. 3.a), hay
una escena en la que el sargento Kite desempeña con frecuencia el papel de
conjurado. Suponiéndose el poder de predecir, cuenta al carnicero que, por su
habilidad en agitar el machete, va a llegar a ser algún día cirujano general
del ejército. Esto era a principios del siglo, y sólo poco tiempo después el
ingenioso y disoluto conde de Rochester se divertía, según se ha dicho, en
alquilar un establo en Tower Hill, donde practicaba, como un doctor charlatán,
recitando párrafos de Paracelso[839] y
vendiendo cosméticos y remedios para molestias femeninas. Es evidente que el
gran ejército de aventureros, echadores de cartas y embaucadores que floreció
en el siglo XVIII, entonces, como ahora, triunfaban por el género de descaro
que los alemanes llaman imponiren. Ellos se atrevían a todo
con una inmensa cantidad de audacia y fanfarronería y con rasgos de lista
brutalidad, que constituyen constantemente un verdadero capital entre los
bribones. Con todo, el mismo aplomo se comprueba en muchas honradas ramas de la
actividad humana, y, como dice Jeaffreson: «El médico, el teólogo, el
legislador, el parlamentario, el labrador, el autor profesional, todos tienen
particularidades de estilo, de traje, de lenguaje o de entonación, en las que
les agrada mucho poder ser reconocidos... La sonrisa afectada del hombre de
leyes, la fastidiosa afabilidad del médico y el fruncido ceño del pedagogo no
han sido producidos sólo por el mero deseo de dar una señal de mayor elevación
y estima del que realmente se merecen.»[840].
Verdaderamente, Thomas Sergeant Perry sostiene queel inquieto sentido de
inferioridad y de preocupación por la opinión ajena es una cursilería que hace
por primera vez su aparición en la literatura en el episodio de Mrs. Tibds en
la Citizen of the World (1762)[841], de
Goldsmith. Los celos profesionales y el rencor que se profesan algunos miembros
de la profesión se puede apreciar en el virulento carácter de sus controversias
médicas, que constituyen una gran parte de la literatura de folletos y libelos
del siglo XVIII. El 28 de diciembre de 1750 los doctores John Williams y Paker
Bennet, de Jamaica, habiéndose enredado en una disputa acerca de los
respectivos puntos de vista de la fiebre biliosa, se dieron de golpes, y al día
siguiente procedieron a un violento duelo cuerpo a cuerpo, a sable y pistola,
que terminó fatalmente para los dos[842]. Se dice
que Johann Peter Frank se disgustaba de tal modo con el proceder de los otros
doctores en las consultas, que aconsejaba llamar a la policía en todos estos
casos (Jacobi). En 1799, la Facultad de Medicina y Cirugía de Maryland impuso
una multa de 10 dólares a varios de sus miembros por observar una conducta
desordenada y turbulenta en sus juntas, con orden de expulsarlos si reincidían
(Cordell)[843]. Pero
tales casos difícilmente pueden considerarse como típicos. Por el contrario, la
tendencia general de la época era hacia la sobriedad, la urbanidad, las maneras
extraordinariamente afectadas y el dominio del cuerpo por el espíritu. El
médico del siglo XVIII, de tipo más elevado, estaba en posición de efectuar
grandes ganancias sin tener necesidad de convertir su carrera en un comercio, y
disfrutaba de ventajas sociales y culturales muy por encima del término medio
de la gente que le rodeaba. Vamos a echar una rápida ojeada a algunos de los
médicos de moda de Londres durante este período. En Inglaterra, Garth era el
ídolo de los Whigs; Arbuthnot, de los Tories. Sir Samuel Garth (1661-1719) era
el único médico que pertenecía al famoso Kit-Kat Club, y aunque se había hecho
un nombre por sí mismo en literatura y hasta había intervenido en ocasiones en
política, no había tenido menos éxito como práctico. John Arbuthnot (Martinas
Scriblerus) (1667-1735), el autor de The History of John Bull,
que es el amigo y contertulio de Pope y de Swift y que llegó a ser médico de la
reina Ana. Sir Richard Blackmore (1729), a pesar de su aspecto total como
poeta, se le contaba entre los hombres de mayor prestigio de la Medicina,
siendo el oráculo de los ricos, a los que emulaba en «estilo». Sir Hans Sloane
(1660-1753), el primer médico que recibió el título de baronet, disfrutando de
la más alta reputación científica y profesional, fue fundador, secretario y
presidente de la Royal Society, y su museo y biblioteca se convirtieron, a su
muerte, en el núcleo de las actuales colecciones del Museo Británico. John
Radcliffe (1650-1729), aunque de origen humilde, fue nombrado médico de la
Princesa Ana de Dinamarca, cuyo cargo perdió por su arrogante modo de
comportarse. El tenía ya recursos financieros cuando comenzó su práctica, en el
momento en que Richard y Lower iban perdiendo clientela, y ganaba más de 20
guineas diarias hacia el final del primer año. Era jacobita, y dice Jeaffreson
que «logró con su humor maligno, su arrogante sencillez y su inconmensurable
insolencia unir a todos, Whigs y Tories, en su favor. Las dos facciones de la
aristocracia se encorvaron ante él.» Su carácter se agrió algo por el hecho de
haber sido primero atraído y después rechazado en un proyecto de matrimonio; y
aunque presumía de avaro, era frecuentemente generoso con su propio dinero.
Además de generosos legados para sus parientes, en su testamento ha dejado
fondos a Oxford para las fundaciones que hoy llevan los nombres de Radcliffe
Library, Radcliffe Infirmary, Radcliffe Observatory y Radcliffe Travelling
Fellowship. Plasta el fin de su vida tuvo gran inclinación al joven Richard
Mead (1673-1754), que le halagaba la vanidad, heredando de este modo su
clientela. «Mead, te tengo cariño, decía Radcliffe, y te dejo un secreto seguro
para hacer fortuna; trata a toda la humanidad enferma.» Mead era un perfecto
contraste con su predecesor: era un erudito, al paso que Radcliffe era un
ignorante de libros; un hombre cortés y educado, mientras que Radcliffe era
áspero y despótico. «El doctor Mead — dice el doctor Johnson—vive más a la luz
del sol que la mayoría de las personas.» Por la influencia de Radcliffe fue
nombrado médico en la última enfermedad de la reina Ana, y llegó a ser uno de
los prácticos que más ganó en su tiempo; hasta más de 7.000 libras
en un año. Con la casa de Radcliffe en Bloomsbury Square heredó el famoso
bastón de puño de oro de aquél, que había pasado sucesivamente por las manos de
Askew, Pitcairn y Baillie y que se encuentra en la actualidad en la Biblioteca
del Real Colegio de Médicos. Mead se trasladó luego a una elegante casa de la
Ormond Street, donde vivió hasta los ochenta y un años. Después de él vienen
otros hombres, como Heberden, Lettsom, Fothergill, Parry y los Hunter. En el continente
encontramos a Werlhof, médico de la corte en Hannover, y después de la batalla
de Dettingen (27 junio de 1743), médico de cámara de Jorge II. Fue seguido por
Zimmermann y Wichmann, de los que dice Baas que llevaban una bacía de barbero
antes de cursar en el gimnasio. En Leyden, Boerhaave era preeminente; en
Berlín, Heim; en Jena, Hufeland; en Viena, van Swieten y De Haen; en Pavía,
Borsieri de Kanifeld y Peter Frank; en Ginebra, Tronchin, y en Lausana, Tissot.
Todos estos médicos eran más afortunados que el medio que les rodeaba, y
parecen tener una característica común a todos ellos. Como quiera que no
estaban expuestos especialmente a la competencia comercial, y les seguían los
rasgos de la pobreza humana, podían permitirse el ser caritativos, en el mejor
sentido de la palabra. Ningún otro grupo de médicos ha sido probablemente nunca
tan generoso con los pobres como éste. Véase, como ejemplo, esta pequeña nota
que Garth escribía a sir Hans Sloane:
Mi
querido amigo Hans:
Si yo
puedo recomendaros esta miserable mujer que padece una disentería, usted podría
hacer con ella un verdadero acto de caridad.
Vuestro
atento servidor,
Si.
Garth.
O esto
otro que John Hunter escribía a su hermano William:
Querido
hermano:
El dador
está muy deseoso de conocer vuestra opinión. Yo no conozco el caso El no tiene
dinero, y si tú le das algo, harás muy bien.
Siempre
tuyo,
John
Hunter.
Esta
sencilla benevolencia demuestra un grado de confianza fraternal entre los
médicos que rara vez se encuentra en nuestros días, y respecto de los pobres,
los sentimientos de Empédocles:
Tú eres
amigo mío; para ti todos los conocimientos que yo tenga, toda la habilidad que
yo pueda manejar libremente.
Que estos
sentimientos eran recíprocos en la masa del género humano lo podemos ver en los
experimentos de Jenner o en la extraordinaria popularidad de algunos libros,
como el Avis an peuple, de Tissot, o la Makrobiotik, de
Hufeland.
Uno de
los médicos más desprendidos y más bondadosos del siglo XVIII era Richard
Brocklesby, que en 1788 dio a Edmund Burke 1.000 libras, con el ofrecimiento de
repetir el donativo «todos los años hasta que vuestros méritos sean remunerados
como deben serlo en la corte»; que animaba a Young, y que prometió dar 100
libras anuales al doctor Johnson durante toda su vida. Boswell recuerda que «un
llanto de gratitud» humedecía los ojos del doctor Johnson, «cuando él hablaba
de esto en un tono indeciso y trémulo». En 1792 Benjamín Thomson, Conde de
Rumford (1753-1814), de Woburn (Massachusetts), fundaba las cocinas para dar la
sopa a los pobres, en Munich, con fondos para proporcionar una comida caliente
a los niños de las escuelas; primer intento que se realiza en este género.
Esta
sencilla benevolencia demuestra un grado de confianza fraternal entre los
médicos que rara vez se encuentra en nuestros Johnson, «cuando él hablaba de
esto en un tono indeciso y trémulo». En 1792 Benjamín Thomson, Conde de Rumford
(1753-1814), de Woburn (Massachusetts), fundaba las cocinas para dar la sopa a
los pobres, en Munich, con fondos para proporcionar una comida caliente a los
niños de las escuelas; primer intento que se realiza en este género.
Otro
aspecto del estado social de los médicos del siglo XVIII se refleja en las
rentas que ellos adquirían y en algunos de los honorarios que cobraban. La
guinea se puso en curso en la restauración inglesa de 1660, y ello supone una
oportunidad para elevar los honorarios de los doctores, desde el noble o ángel,
hasta aquella suma; honorarios que han persistido hasta nuestros propios días,
aunque la guinea ha dejado de ser acuñada en 1813 (Power). Mead cobraba
generalmente una guinea por servicio; dos guineas, o más, por visita,
tratándose de enfermos en buena posición, y, como Radcliffe, él cobraba media
guinea por las recetas que escribía para las boticas, mientras estaba en el
café, y sin que se sentase el enfermo. Sus ganancias, por término medio, oscilaban
de 5.000 a 6.000 libras anuales, en una época en que el dinero valía más de
tres veces más que en la actualidad. Mead tuvo a su cargo la clientela de
Freind cuando éste se dedicó a la política, y le transmitió 11.400 guineas como
total de lo cobrado. El precio de la consulta de Radcliffe en Bow era de cinco
guineas. Por último, nos encontramos a Fothergill ganando 5.000 libras al año,
y a Lettsom, 12.000. Baas considera 3.000 a 4.000 marcos (2.250 a 3.000
chelines en el valor actual) como una mediana ganancia en el siglo XVIII, en
una ciudad regular, y afirma que Heim, en 1782, en Berlín, ganó, de 784
enfermos, 4.200 marcos; en 1784, de 393 enfermos, 6.600 marcos; en 1790, 26.400
marcos, de 1.000 enfermos, y en 1805 sus ganancias anuales habían subido a 36.000
marcos. Orraus ganaba en Moscú 9.000 marcos en corto tiempo[844]. La
cuenta más grande de esta época ha sido la cobrada por Thomas Dimsdale por
inocular a Catalina de Rusia y a su hijo, a saber: 50.000 chelines, con 10.000
más para gastos de viaje, una pensión de 2.500 anuales durante toda la vida y
el título de barón del imperio. Quarin cobró una pensión de 10.000 chelines por
año y fue hecho barón por su consulta para José II. Los profesores de la
Universidad estaban también pagados. Baas calcula un sueldo, por término medio,
de 3.500 a 7.500 marcos para un profesor de una Universidad del norte de
Alemania; pero puntualiza, además, que el coste de una vida confortable era de
unos 6.000 marcos anuales en Hannover y de 7.500 en Berlín. De Haën ganó
10.000, y Johann Peter Frank, 9.000 marcos en Viena; Morgagni, unos 4.500
chelines en Padua; Frank, 342 marcos como médico de la corte en Badén, 1.370 y
varios gajes como médico del obispo de Speyer, y 9.600 como médico imperial de
Rusia.
Tres
nuevas ediciones de la farmacopea de Londres se han publicado durante el siglo
XVIII, cada una de ellas demostrando el estado de la terapéutica y el gradual
avance de la farmacología[845]. La
cuarta farmacopea (1721), editada por sir Hans Sloane, abandonaba ya muchos de
los antiguos jarabes y aguas, pero conservaba la triaca, los extractos de
excreta y otros productos animales, e introducía el estramonio, la gutabamba,
el cornezuelo de centeno, la ipecacuana, el tártaro emético, el cáustico lunar,
el agua de limón, el etíope mineral, el espíritu volátil de sal, el sulfato
ferroso, la tintura de percloruro de hierro y otras preparaciones inorgánicas.
La quinta farmacopea londinense (1746), revisada por Mead, Heberden, Freind y
otros, hace profesión de condenar la antigua astrología y los remedios
populares, y aun cuando rechaza la grasa humana, las telarañas, el musgo del
cráneo humano, el cuerno del unicornio, la leche virginal, los huesos del
corazón del ciervo y otras cosas análogas, sigue, en cambio, conservando los
mitridatos, las triacas, los ojos de cangrejos, los pulgones, las perlas, los
bezoares, Gas víboras, el coral, etc. Los jarabes y las aguas medicinales
habían disminuido en número, y, en cambio, había muchas tinturas nuevas,
incluyendo la de valeriana y la de canela. La sal de Glauber, los espíritus
dulces de nitro, el jarabe de escila y el licor de acetato potásico y de potasa
estaban añadidos. Un año antes de haber sido impresa esta farmacopea había
publicado Heberaen su famoso ensayo Antitheriaka (1745), en el cual demostraba
que la creencia en la eficacia de la triaca y de los mitridatos estaba basada
en un tejido de absurdos, supuesto que la actual fórmula de triaca encontrada
en el gabinete de Mitridates después de la muerte de éste se componía de 20
hojas de ruda, un grano de sal, dos nueces y dos higos secos, formando un
notable contraste con las recetas largo tiempo exhibidas, y cuya composición ha
sido imaginada por autoridades posteriores. Heberden ridiculiza con gran
fortuna todos los remedios secretos existentes; pero era demasiado tarde para
producir un cambio en la farmacopea de 1746. Los efectos de su crítica
destructora aparecen ventajosamente señalados en la sexta farmacopea (1788), en
la cual prácticamente ha desaparecido toda la materia médica animal, lo mismo
que las triacas y los mitridatos; a la vez que entre las nuevas drogas y
compuestos adicionados figuran el acónico, el árnica, el aceite de castor, el
colombo, la cascarilla, la cuasia, la magnesia, senega, simaruba, éter,
tartrato ferroso, óxido de cinc, polvos de Dover, anodino de Hoffmann, tintura
de Huxham, polvos de James, espíritu de Minderero, cocimientos de
zarzaparrilla, tintura compuesta de benjuí, extracto de manzanilla, tintura de
opio y «tintura de opio alcanforada» (paregórico). De éstas, la raíz china y el
catecú han sido introducidas por Fothergill; el colombo, por Gaub; la cuasia,
por Daniel Rolander, y la senega, por John Tennent, de Virginia. Los polvos de
Dover han sido inventados por el famoso médico filibustero Thomas Dover
(1660-1742), que vivó una vez con Sydenham y que en 1709 recogió a Alexander
Seklirk (Robinson Crusoe), de la isla de Juan Fernández. La fórmula de Dover
para sus polvos diaforéticos se encuentra en su Ancieni Physician’s legacy to
Mis Country (1732). La digital ha sido introducida por William Withering en
1785, pero no apareció en la farmacopea londinense hasta 1809. Stoerck, de
Viena, hizo cuidadosos estudios del estramonio, beleño, cólchico, pulsátila,
clemátide, etc., recomendando su uso (1760-71). Thomas Fowler introdujo su
disolución arsenical en 1786. El polvo compuesto de regaliz era invención de E.
G. Kurella, de Berlín, haciendo su primera aparición en la farmacopea berlinesa
de 1799. En 1724 Friedrich Hoffmann descubrió una fuente mineral en Sedlitz, en
Bohemia, que debía sus propiedades médicas a la combinación de los sulfatos
potásico y sódico; pero en el «polvo de Sedlitz» sólo el nombre es el que hace
referencia a esa composición, que ha sido patentado por Savory, químico de la
Bond Street en 1815. Muchos médicos del siglo XVIII, incluso Hoffmann, Stahl,
Sloane y Mead, ganaron dinero vendiendo preparaciones con fórmulas secretas; y
una señal de la fe popular en las medicinas era la gran cuchara para tomarlas,
que muy frecuentemente formaba parte del dote de las novias. En este período,
tanto los médicos como los cirujanos componían y recetaban sus propios
remedios, y comoquiera que los médicos prácticos eran, casi constantemente,
«médicos de familia», sus cuentas eran, en ocasiones, calculadas por el número
de sus prescripciones y no por el de sus visitas. Así se explica fácilmente las
recetas, terriblemente repetidas, que tanto abundaron durante el siglo XVIII, y
que, como Billings hace notar, los cirujanos «seguían usando y recetando sus
aceites, ungüentos, emplastos, secantes vulnerarios», etc., por análogas
razones[846]. El que
los pastores ingleses se entrometían en la terapéutica parece demostrado por
las lucubraciones del obispo Berkeley a propósito de las virtudes del agua
alquitranada (1720-48) y por la Primitive Phiysick, de John Wesley (1747).
Excepto
en Francia, el estado de la Cirugía, durante gran parte del siglo XVIII, fue
muy deficiente. El cirujano francés comienza a desenvolver su propia
importancia social desde la fístula de Luis XIV y su tratamiento eficaz por
Félix, y después por su sucesor Mareschal, cirujanos del rey. En 1724 Mareschal
obtenía de Luis XIV la creación de cinco cátedras de enseñanza quirúrgica en
San Cosme. La Facultad de París se revolucionó inmediatamente, y a despecho de
la orden del rey, hizo una pública demostración contra San Cosme[847].
Cubiertos con las togas académicas, llevando a la cabeza el decano de la
Facultad, precedidos de un bedel y de un ujier, marcharon en procesión solemne
a San Cosme, a pesar de lo muy crudo y frío del tiempo, de la nieve y del
granizo, que dejaban desconocidas sus rojas togas. Excitándose los unos a los
otros con gritos y juramentos, y seguidos por una gran muchedumbre popular,
alineados aquéllos en una larga fila a lo largo de las paredes de las casas, en
tanto que el decano se presentaba en la puerta del colegio acompañado
únicamente de los anatómicos de la Facultad, que llevaban detrás de ellos, como
una insignia, un esqueleto. Gritos e imprecaciones, golpes y amenazas de romper
las puertas, fueron los únicos saludos de los burlones estudiantes a los de
dentro, y cuando el ujier quiso hacerse oír sobre los asuntos en que los
cirujanos eran deudores a los médicos, las gentes se volvieron repentinamente
contra estas formalidades, que hasta entonces habían respetado como una
religión, y echó fuera a los doctores, sin consideración a sus costosos trajes
ni a sus capas forradas de piel. Otros dos acontecimientos colocaron los
cirujanos al mismo nivel científico y social que los médicos, a saber: la
fundación de la Academia de Cirugía, cuya primera sesión fue celebrada el 18 de
diciembre de 1731, y la ordenanza de Luis XIV (1743) libertando a los cirujanos
de la obligación de asociarse en lo sucesivo con los barberos y peluqueros, y
declarando que no se podía llegar a ser maestro en Cirugía sin ser maestro en
artes. Esta fue, en Francia, la declaración de independencia de los cirujanos.
De aquí en adelante, éstos van a ser hombres letrados, preparados para la labor
de su vida por una especial educación científica. El rey fue inspirado en estos
prudentes pasos por La Peyronie, el eminente cirujano de Montpellier que había
fundado, con Mareschal, la Academia de Cirugía, y además había consagrado su
fortuna entera al adelanto de su querida profesión. Además de las cinco
cátedras de Cirugía creadas por Mareschal en 1724, La Peyronie fundó seis a sus
expensas, con un ayudante para cada profesor, y obtuvo, además, la creación de
otras cuatro cátedras para Montpellier, dejando a cada uno de los encargados de
ellas la obligación de dar lecciones de Obstetricia a los cirujanos y a las
comadronas. En su testamento instituyó un legado para un premio anual de
Cirugía y dejó sus dos casas en la Grande Rué y 100.000 francos para construir
el anfiteatro de San Cosme, actualmente la Bolsa y la Cámara de Comercio. Se
debe, por consiguiente, a La Peyronie que París llegase a ser el centro
quirúrgico del mundo durante el siglo XVIII. Durante la Revolución francesa,
las la Facultades de Medicina y los 15 Colegios Médicos de Francia fueron
abolidos por el voto de 1792, juntamente con la Société Royal de Médecine
(fundada en 1776) y la Academie de Chirurgie (1731). Esto fue modificado en
1794 por la creación de las Escuelas de Sanidad, substituyendo el título de
«oficial de sanidad» al de «doctor». Era abolida también toda distinción entre médicos
y cirujanos como gremios separados o Asociaciones, y el ejercicio profesional
quedaba libremente abierto para todo aquel que pudiese pagar una licencia. Los
internos de los hospitales, los externos, los médicos y los «profesores
ordinarios» eran elegidos por medio de concursos, y las Sociedades médicas se
transformaren en «Sociedades libres de Medicina». Las escuelas de Sanidad
fueron creadas para atender urgentemente a la necesidad de cirujanos militares
para los ejércitos de la República, y las escuelas de París, Montpellier y
Estrasburgo fueron, en realidad, escuelas de medicina militar. Se vio pronto
que este caótico proyecto era fatal para los progresos ulteriores, y bajo el
Consulado se restauraron nuevamente las Facultades médicas y quirúrgicas
(1803-4), renaciendo también los exámenes y los diplomas. Los concours fueron,
por último, abolidos por los Borbones después de 1821[848].
En el
siglo XVIII Inglaterra no tuvo cirujanos de primer orden antes de la época de
Pott y Cheselden, de los Hunter y Abernethy. En 1745, por los buenos oficios de
Mr. Ramby, sargento cirujano del rey, los cirujanos fueron formalmente
separados de los barberos como «maestros, gobernadores y comunidad del arte y
de la ciencia de los cirujanos de Londres», y se declaró haber lugar a una
sanción penal para todo el que practicase la Cirugía en Londres, o en un radio
de siete millas del mismo, sin haber sido debidamente examinado y licenciado
por diez de aquellos miembros. Al quedar desembarazados de los barberos, los
cirujanos les dejaron el aula, la biblioteca y la plata, apropiándose
únicamente las dotaciones ríe Arris y Gale. En 1790 la compañía de cirujanos
tenía un localhabitación; pero Mr. Hunning, el maestro, les recordó que:
«Vuestro anfiteatro no tiene lecciones; vuestra biblioteca carece de libros,
está convertida en una oficina para vuestros oficinistas, y vuestra sala de
juntas es la sala de recibo»[849]. En 1800
la Corporación de Cirujanos había sido nombrada, por una nueva declaración de
Jorge III, Real Colegio de Cirujanos de Londres; título que lleva actualmente.
Cheselden comenzó las lecciones en el Hospital de St. Thomas hacia 1720; Pott,
en el St. Bartholomew, en 1763, y había algunas lecciones, de vez en cuando, de
Anatomía en esta última institución desde 1734 El Hospital de Londres comenzó a
tener estudiantes en 1742, y fue completamente organizado en 1785. Cuando el
Guy’s Hospital fue abierto para los estudiantes en 1769 se añadió la orden de
que todos los cirujanos del mismo darían lecciones de su arte. En aquellos
tiempos, «los estudiantes iban a hacer la Anatomía a la Windmill Street; para
Obstetricia, a la Queen Street, y para la Química, Materia médica y Prácticas
de Física, a la nueva casa de otras delicias: Leicester Square. Los honorarios
eran de 50 libras por la enseñanza de un año bajo un cirujano, y 25 libras por
el paseo por el hospital» (Charles)[850]. La
enseñanza quirúrgica en Edimburgo comenzó a iniciarse con la dinastía de los
Monro, cuya principal preocupación era la Anatomía. Los únicos cirujanos
importantes de Edimburgo fueron Benjamín y John Bell. La desdichada afición de
este último a las disputas y controversias le lanzó fuera de la Royal
Infirmary, y de este modo se vieron privados los estudiantes del único cirujano
que hubiera podido enseñarlos apropiadamente. En Irlanda el gremio de barberos,
aprobado por Enrique IV en 1446, fue combinado con los cirujanos por los
decretos de Isabel (1571-2) y Jacobo II (1687); pero ambos comenzaron a
separarse hacia 1745» y en 1784 los cirujanos habían adquirido su propia
autonomía por la creación del Real Colegio de Cirujanos de Irlanda. Por un
legado de sir Patrick Dun (1704), presidente del Colegio de Médicos de Irlanda,
comenzó la enseñanza médica y quirúrgica en Dublin en 1714.
En
Alemania era pequeño el adelanto quirúrgico antes de la época de Federico el
Grande. El tratado ilustrado de Heister, impreso en vernacular (1743), et a, es
verdad, la obra quirúrgica más popular del siglo XVIII; pero Haller dio
lecciones y escribió del asunto sin haber llevado a cabo ninguna operación en
su vida, y no hubo enseñanza adecuada hasta que Richter comenzó sus lecciones
en Gotinga en 1766, y von Siebold, en Wurzburgo, en 1769. La práctica
quirúrgica estaba meramente en manos de los barberos, los ejecutores de la
justicia y los errantes tratantes de fracturas, de cataratas, de hernias y de
cálculos, de los que ha quedado como prototipo el famoso doctor Eysenbarth. En
la autobiografía de Goethe el barbero que afeitaba a su padre era designado con
el nombre de der gute Chirurgus. El mismo Theden, cirujano
general del ejército prusiano, era antiguamente un barbero. El aprendiz de
barbero era, por regla general, un mozalbete iletrado, prácticamente un criado
de la casa, atado por una obligación o contrato que le impide ausentarse. Las
creencias supersticiosas en hechicerías y en magias dominaban, y se creía que
el ejecutor tenía algún pacto con el demonio, algún poder sobre las
enfermedades causadas por hechizos, y por su obligación de romper huesos en la
rueda del tormento, se suponía que debía tener especial habilidad para curarlas
fracturas y las luxaciones. La tortura judicial era realmente todavía muy común
en el siglo XVIII, y aprobada, por ejemplo, por María Teresa[851]. Hasta
Federico el Grande (1744) se permitía a los ejecutores de la justicia en Prusia
tratar las heridas, las úlceras y fracturas, bajo el pretexto de que,
suponiendo que fuesen competentes, resultarían preferibles en todo, para las
masas incultas, que los mal preparados cirujanos[852]. Sin
embargo, demostrando la gran necesidad de cirujanos para el ejército prusiano,
el Anfiteatro Anatómico de Berlín, fundado en 1713, fue ampliado en 1724 con un
Colegio Médico-quirúrgico, y el Hospital de la Chanté en Berlín fue fundado en
1727 por Friedrich Wilhelm I para dar enseñanza clínica a los alumnos del
colegio. Pero Federico el Grande, en sus campañas de Silesia, encontraba
siempre su ejército miserablemente deficiente en cirujanos, y no sólo envió
alumnos médicos a París y a Estrasburgo para completar su educación quirúrgica,
sino que en 1743 pidió 12 cirujanos franceses, con sus ayudantes, para la
asistencia de sus tropas. El cirujano del ejército prusiano de la época estaba
colocado por encima del tambor y por debajo del capitán. Siendo un aprendiz de
barbero, tenía la obligación de afeitar a los oficiales, y si se le probaba
delincuencia en lo relativo a sus deberes, podía, en último término, ser
apaleado con las varas. La ignorancia general y la incompetencia de estos
cirujanos militares era tan grande, que en 1785, bajo el cirujano general
Görcke, el Colegio Médico-quirúrgico quedó convertido en un vivero
médico-quirúrgico, dedicado exclusivamente a la preparación de los cirujanos y
conservando sus relaciones con la Charité. Esta institución se ha conocido
también con el nombre de Instituto de Friedrich-Wilhelm, y desde 1895, con el
de Kaiser-Wilhelm Akademie. Los más notables cirujanos del ejército prusiano en
aquella época fueron Holtzendorf, el primer cirujano general (1716); Schmucker
(1774-82), que ha dejado una valiosa colección de casos quirúrgicos; Bilguer,
que ha publicado la primera carta de una actitud conservadora respecto de las
amputaciones (1761); Theden, que es un antiguo abogado del sistema metódico de
vendajes, y Gehrcke, que reorganizó el departamento médico del ejército
prusiano. En octubre de 1810 se abría la Universidad de Berlín con hombres como
Hufeland, Reil, Ernst Horn, Rudolphi y el viejo Graefe en la Facultad de
Medicina, y allí se educaron muchos de los jóvenes cirujanos del ejército,
incluso Helmholtz. En 1748 se establecía un análogo Collegium
Medico-chirurgicum en Dresde, y en 1785, bajo José II, se fundaba en Viena la
Academia Médico-quirúrgica, o Josephinum, encargándose Brambilla de la
instrucción de la medicina militar, con permanentes hospitales militares en
Praga, Budapest, Brünn y otras ciudades. Los discípulos del Josephinum, como
los de Berlín, eran generalmente barberos o hijos de oficiales pobres; pero, de
todos modos, estas instituciones fueron indudablemente muy útiles para elevar
el estado social y científico de la Cirugía en Prusia, Austria y Sajonia. La
escuela vienesa de Oftalmología fue fundada, bajo el patrimonio real, por
Michel Barth, en 1773. En Rusia, Pedro el Grande, que había visitado a Boerhaave
y a Ruysch, trató de nacionalizar la Medicina, y con este fin construyó el
primer hospital y la primera escuela de Medicina en Rusia en 1707 (copiada del
Hospital de Greenwich). Siendo de madera, fue destruido el edificio repetidas
veces por el fuego, y reconstruida a pesar de las murmuraciones de los
eclesiásticos, que «tenían que buscar el dinero». En 1712 había 5° discípulos;
pero las constantes disputas entre el Senado y el Sínodo, a propósito de los
gastos, fue causa de que se abandonase el cuidado del hospital, acabando por
arruinarse poco a poco todo. En 1754, bajo Isabel, pasó a manos del Colegio
Militar, el departamento de la guerra de aquel periodo. Los alumnos iban
vestidos con un gran capote, una camisola y calzón de montar. Hacía muchos alborotadores
y borrachos entre ellos; muchos fueron llevados a prisiones o azotados con
el knout, y de los varios aspectos reflejados en la literatura y en
la pintura de este período, algunos han sido expuestos en el esquema hecho por
el poeta ruso:
Enterrado
en su corbata, su casaca llega hasta sus tacones;
Tristemente
embigotado, con un mirar estúpido y una voz de falsete.
Pedro el
Grande inauguró en 1716 el Hospital del Almirantazgo, y en 1717, el de las
tierras secas (Dry Land Hospital), que fue reconstruido en 1733. En 1799 fue
fundada la Academia Médica del Ejército Ruso, y el antiguo hospital y la
Academia Médica se convirtieron en instituciones puramente militares, como han
continuado siéndolo hasta la época moderna. En 1763 la Apteka del siglo XVII
pasó a ser un Colegio Médico bajo un «Arquiatra»; el primero de los cuales fue
un escocés, Robert Erskine, que era, además, médico particular de Pedro el
Grande. Un rasgo característico de la maquinaria burocrática, fundada por el
czar Pedro, fue la institución, en 1722, de los tchins, que
consistían en una serie de grados de nobleza conferidos a los tchinovniks,
o servidores públicos, con un sistema muy complicado de grados de nobleza de
sangre y de precedentes. Con este sistema, aun en boga, los médicos podían
llegar a casi todos los rangos[853].
Entre las
importantes Sociedades científicas del siglo figuran las Reales Academias de
Berlín (1700), Gotinga (1751) y Munich (1759); habiéndose fundado también la
Academia de Cirugía de París (1731), y las Sociedades médicas de Edimburgo
(1737), Londres (1773), París (1776), la Sociedad abernethiana (Londres, 1795)
y el Real Colegio de Cirujanos de Londres (1800). De las bibliotecas médicas,
Lancisi fundó la biblioteca lancisiana en Roma (1711), y en 1733 la Biblioteca
de Medicina de París, que poseía únicamente 32 libros, adquirió de François
Picoté de Bélestre unos 2.273 volúmenes, el núcleo de su espléndida colección,
la más amplia del mundo moderno[854].
Colecciones análogas, de sir Hans Sloane y de John Radcliffe, han constituido
el origen de las bibliotecas del Museo Británico y de la Radcliffe Camera en
Oxford. El más antiguo de los periódicos médicos del siglo XVIII ha sido el Der
patriotische Medicus (Hamburgo, 1724-26), que fue seguido de unos 80 más, de
los cuales 55 eran alemanes; 3, franceses; 4, ingleses, y 1, americano. En las
columnas de muchos de estos olvidados periódicos es donde Sudhoff piensa que
puede encontrarse la historia no escrita de la cultura del siglo XVIII[855].
Los
principales adelantos llevados a cabo en la educación médica en este siglo lo
han sido en Anatomía y en clínica médica. Antes del tiempo de John Hunter, la
Cirugía únicamente se enseñaba bien en París; antes del tiempo de los Monro, la
Anatomía florecía especialmente en el continente. Berlín y Estrasburgo parecen
haber tenido las mejores oportunidades para obtener material para disecciones.
En Anfiteatro Anatómico fue fundado en Berlín en 1713, siendo especialmente
favorecido por la legislación médica, y en 1786 fue provisto con unos 200
cadáveres de suicidas y del Asilo de Caridad. Era muy frecuentado por los
extranjeros. En Estrasburgo, con Salzmann, había diariamente disecciones, y
demostraciones, tres veces a la semana, desde 1708, y se dice que habían tenido
30 cadáveres en 1725 y 60 en 1760, cediendo oportunidades hasta para la labor
quirúrgica en el cadáver. En Tubingia, por lo menos según Haller, el estudiante
tenía que efectuar muchas de sus disecciones en perros, y en París, él ha
tenido que huir para salvar su vida por haber hecho la disección de un niño. En
Leyden, Albinus no tuvo mas que un cadáver en un año, y Friedrich Hoffmann, en
Halle, sólo 20 cadáveres en veinticuatro años. En Praga hubo únicamente tres
disecciones durante el período de 1692-1712; en Viena había difícilmente una
disección antes de 1741, a pesar de que el anfiteatro se había abierto en 1718.
En la Gran Bretaña se establecieron cátedras de Anatomía en Edimburgo (1705),
Cambridge (1707), Glasgow (1718), Oxford («lecciones de anatomía», 1750) y
Dublin (1785), y los cuatro cadáveres distribuidos a la Compañía de Cirujanos
(1540) y al Colegio de Médicos (1565) fueron aumentados a seis por Carlos II.
El primer profesor de esta asignatura ha sido Robert Elliot, que ocupó la cátedra
de Edimburgo en 1705, con un sueldo anual de 15 libras, renunciándola en favor
de Monro primus en 1720. Los resguardos de matrícula y los certificados de
asistencia en Edimburgo en aquellos primeros tiempos solían imprimirse en el
dorso de cartas de baraja. El resguardo de Ralph Asheton, de Filadelfia, en el
segundo curso de Anatomía de 1758, está hecho en el reverso de un dos de
espadas (Packard)[856].
Todavía-bajo la dinastía de los Monro la instrucción era muy rudimentaria,
dándose todas las demostraciones sobre un solo cadáver, al paso que los vasos y
los nervios eran estudiados en un feto, y las operaciones quirúrgicas,
realizadas en un perro. Las salas de disección de la época, con cuadros
pintados al óleo, eran lugares muy insalubres. Jesse Foot refiere que cinco
lectores de Anatomía habían muerto de «miasmas pútridos» de cadáveres malísimos
proporcionados por la resurrección de los hombres. John Bell[857], en su
réplica a las diatribas de Gregory, da algunos detalles espantosos de chapucera
cirugía como resultado de la ignorancia en Anatomía. En una operación para la
piedra (1808) el enfermo tuvo que sufrir los más espantosos dolores por espacio
de treinta minutes, y aun después de esto no pudo ser extraída la piedra, a
pesar de que el límite normal del tiempo de una litotomía en aquella época
pre-anestésica era de unos cinco minutos y Cheselden lo terminaba habitualmente
en tres. En Italia, antes de la época de Scarpa, las preparaciones en cera de
Felice Fontana[858] eran
usadas, en lugar de los cadáveres, con fines didácticos, y en España no había
nada de enseñanza anatómica hasta mediados de la centuria.
Con un
maestro tan grande como Linneo, era natural que la Botánica fuera
extensivamente cultivada durante este período. En Inglaterra, Fothergill,
Cruikshank y otros tenían jardines botánicos de su propiedad. El jardín de Kew
fue establecido como una propiedad real hacia 1730, y se le añadió un jardín
médico en 1759, con William Aiton, y últimamente sir Joseph Banks, como
directores. Otros jardines fueron fundados en San Petersburgo (1713), Viena
(1754), Cambridge (1762), Madrid (1763), St. Vincent (1764), Coimbra (1773),
Calcutta (1786) y Sydney (1788); y el jardín de la Royal Dublin Society, en
Glasnevin, fue inaugurado hacia 1796, aproximadamente. Se dice que había unos
1.600 jardines en Europa hacia el fin del siglo XVIII. El interés por la
Botánica en el Nuevo Mundo se evidencia por los nombres génericos de Claytoma,
Coldenia, Kuhina, Gardenia, Mitchellia, Bigelowia, Marshallia, Bartonia, etc.,
que han sido otorgados a plantas minerales por Linneo y otros en honor de los
botánicos americanos (H. A. Kelly)[859].
Excepto
en Leyden, no había enseñanza clínica en el continente hasta 1745, fecha en que
se estableció una clínica ambulatoria en Praga, que subsistió unos años. En
1745 van Swieten organizó una clínica en Viena, compuesta de 12 camas, en el
Burgerspital, a cargo de De Haén, que publicaba informes clínicos de la labor
realizada. El ejemplo fue seguido por Borsieri de Kanifeld en Pavía en 1770; en
Praga, con von Plenciz, en 1781; en Gotinga, con Frank, en 1784, y en Jena, con
Hufeland, hacia 1793. La enseñanza clínica volvió a ser introducida en Francia
por Desbois de Rochefort en 1780. En Inglaterra, cátedras de clínica médica
fueron establecidas en Edimburgo en 1741 y en Oxford en 1780, y hacia 1757
Cullen comenzó a dar la enseñanza en inglés, en vez de hacerlo en latín. Los
médicos ingleses, indudablemente adquirieron una gran proporción de sus
antiguos conocimientos clínicos por su asociación con un preceptor o patrón,
como hemos visto en el caso de Mead, que heredó la clientela de Radcliffe. El
rasgo especial de la moderna instrucción clínica inglesa, la escuela médica en
el hospital, ha comenzado en aquellas instituciones como el Guy’s Hospital
(1723), el hospital de Edimburgo (1736) o el Meath Hospital (Dublin, 1756),
alcanzando un estado definitivo en la Escuela Médica del Hospital de Londres
(1785) y en el de St. Bartholomew con Abernethy (1790). También constituye otro
rasgo característico de la época la instrucción privada, como la de Smellie en
Obstetricia, Cullen en Medicina interna, Black en Química y los Hunter en
Anatomía, Cirugía y Obstetricia. La escuela médica privada de sir William Bisar
y Maclaurin se convirtió en ¡785 en la London Hospital Medical School, a que
acabamos de hacer referencia. El 14 de junio de 1710 se fundó la Escuela de
Física en el Trinity College (Dublin), con una consignación para laboratorio
químico y anfiteatro anatómico, el 22 de febrero de 1711 era nombrado Thomas
Molyneux profesor de Física. Los planes de esta escuela fueron ampliados más
tarde por las Actas de 1785 y 1800, y en 1825 se adquirió una nueva serie de
edificios que hicieron posibles las reformas de Stokes y de Graves. Enseñanza
privada de Obstetricia se dio en París, en primer término, por Grégoire, Sr. en
1720; pero en 1797 había una Escuela de Obstetricia, bajo la dirección de
Baudelocque. La enseñanza de Obstetricia se dio por primera vez en Estrasburgo
en 1728, seguida por una escuela para matronas en 1737, y en Viena, en 1748. La
primera institución alemana para la enseñanza de tocólogos (varones) fue la
fundada por Roderer en Gotinga en 1751, seguida gol la fundación de escuelas
para tocólogos y matronas en Berlín (1751), en Tubingia (1759), en Berna, con
Venel (1782); en Cassel hacia 1760, en Jena (1788), en Marburgo (1790) y en
Würzburgo, con Siebold (1778 a 99). En Edimburgo la enseñanza de matronas fue
dada por Joseph Gibson en 1726; en Inglaterra, por John Maubray (1724) y
Richard Manningham (1736), y en Dublin, por Bartholomew Mosse (1746) y su
sucesor, sir Fielding Ould (1759). La clínica privada de Mosse en el Hospital
de Dublin, abierta el 15 de marzo de 1745, es la primera institución de este
género en el Reino Unido. En 1751, Mosse, un cirujano y un tocólogo de
tendencias filantrópicas, comenzó la construcción del Rotunda Hospital de
Dublin, que fue inaugurado el 8 de diciembre de 1757. Se establecieron cátedras
de Obstetricia en Edimburgo (1739), en Dublin (1743) y en Glasgow (1815). El
Hospital de Mujeres de Londres, en 1750; el Hospital de la reina Carlota, en
1752, y una policlínica de Obstetricia fue abierta en el Meath Hospital
(Dublín) por Fleury en 1763. En Italia las escuelas para matronas fueron
inauguradas en el Piamonte en 1728, en Padua en 1769 y en Roma en 1786. En
1795, Trommsdorff estableció un Instituto Químico-farmacológico en Erfurt que
elevó la Farmacia a la categoría de ciencia. La Historia de la Medicina fue
enseñada en la Facultad de París por Goulin
(1795-99)
V Cabnnis (1799-1808); pero la cátedra fue abolida hacia 1818, cuando iba a ser
de nuevo ocupada por Moreau de la Sarthe (1818-22)[860].
Muchos
nuevos hospitales fueron construidos en el siglo XVIII; pero respecto al aseo,
limpieza y administración, estas instituciones descendieron al más bajo nivel
que se ha conocido en la historia de la Medicina. Los principales hospitales de
Londres eran los de Westminster (1719), Guy's (1725), de S. George (1733), de
Londres (1740), el Middlesex (1745) y el de la viruela (1746); de provincias:
el de York (1710), Salisbury (1716), Cambridge (1719), Bristol (1735), Windsor
(1736), Northampton (1743), Exeter (1745), Worcester (1745), Newcastle (1751),
Manchester (1753), Chester (1755), Leeds (1767), Stafford (1769), Oxford
(1770), Leicester (1771), Norwich (1771), Birmingham (1778), Nottingham (1782),
Canterbury (1793) y Stafford (1797). En Escocia se fundaron hospitales en
Edimburgo (Royal Infirmary, 1729) [1736], Aberdeen (1739), Dumfries (1775),
Montrose (1780), Glasgow (1794) y Dumdée (1795): en Irlanda, en Cork (1720-22),
Limerick (1 759) y Belfast (1797), a la vez que los más antiguos hospitales de Dublin
eran el de Jervis Street (1726), Steven (1731), Mereci (1734) V el de Meath
Hospital (1756). El Royal Sea-Bathing Infirmary for Scrofula (hospital marítimo
para la escrófula), un nuevo departamento para el tratamiento de la
tuberculosis quirúrgica, fue abierto en Márgate en 1791.
Hospitales
para niños fueron fundados en Londres por George Armstrong (1769), y en Viena,
por J. J. Mastalir y L. A. Gohr (1787). La Charité, en Berlín (1710); el
Albergo dei poveri, en Nápoles (1751). e Allgemeines Krankenhaus, en Viena
(1784); el Necker (1779), el Cochin (1780), Beaujon (1785) y St. Antoine
(1795), en París, figuran entre los más grandes hospitales fundados en el
continente. Bajo Catalina II se abrieron en Moscow los hospitales Catherine,
Pavlovski y Golitzin, un Manicomio y una Inclusa (1746); en Petrogrado, el
Obukhouski Hospital (1784); un asiló para expósitos (1770) y el «Hospital
Secreto», para enfermedades venéreas (1763), cuya ropa blanca iba marcada con
la palabra Discreción.
En 1788
J. R. Tenon publicó una serie de Memorias acerca de los hospitales de París[861],
conteniendo su famosa descripción del antiguo Hótel Dieu, que era en aquel
tiempo una verdadera estufa de cultivos de la enfermedad. Había unos 1.200
lechos, la mayoría de los cuales estaban destinados para cuatro o seis
enfermos, y unas 486 camas para un solo enfermo. Las salas más grandes
contenían más de 800 enfermos, amontonados en camastros, y frecuentemente
echados en montones de paja, de la más sucia condición. Las enfermedades agudas
contagiosas solían estar en íntima relación con los casos benignos; la
inmundicia y los parásitos abundaban, y la ventilación era tan abominable, que
los asistentes e inspectores no se atrevían a entrar en las salas por la mañana
sin colocarse una esponja empapada en vinagre delante de la cara. La fiebre
séptica y otras afecciones contagiosas eran la regla general; la mortalidad era
superior al 20 por 100, y el restablecerse después de una operación quirúrgica
constituía, en la marcha natural de las cosas, una verdadera rareza. El mismo
estado se observaba en el Allgemeines Krankenhaus, de Viena; en el Hospital de
Moscú y en otras varias instituciones análogas; y hasta que John Howard ha
realizado sus acabados estudios acerca de la condición de los hospitales,
prisiones y lazaretos de Europa (1777-89), y Tenon ha publicado su relación
citada, no se han hecho ensayos y reformas. Baas decía que en Francfort am Main
y en otras ciudades, «hasta los mismos médicos rechazaban el servicio del
hospital, como equivalente a una sentencia de muerte». Finalmente, bajo Luis
XVI y José II se llevaron a cabo reformas en París y Viena que tuvieron como
consecuencia una importante y significativa reducción de la mortalidad. Cuando
el zar Pablo llegó al trono se quedó tan horrorizado del estado del Hospital de
Moscú, que ordenó su reconstrucción en 1797) con el resultado de que el nuevo,
capaz para 1.280 enfermos, estaba terminado en 1802. Pero los hospitales
continuaron siendo notoriamente una inmundicia y un peligro general para la
vida hasta bien entrado el siglo XIX, y muchas personas de la actualidad pueden
aún darnos fe del horror que experimentan hacia ellos.
El
verdadero ángel de purificación y adecentamiento de los hospitales ha sido
Florence Nightingale; y, en realidad, la limpieza en los asuntos quirúrgicos no
ha aparecido hasta la época de Lister.
Tan malo,
y todavía peor que el estado de los hospitales, era el tratamiento de la
locura. Los locos estaban cargados de cadenas, o metidos en jaulas, o, si eran
inofensivos, se les dejaba andar en libertad, constituyendo el Tom o los Vedlas
de Inglaterra, o los brujos y hechiceros (warlocks y wizards) de
Escocia (Lochiel en el poema de Campbell). El asilo para locos más antiguo en
las regiones del Norte era St. Luke, en Londres (1751); el Quaker Asylum, cerca
de York (1792), y Narrenthurm o «torre de los locos» (1784),
uno de los lugares de espectáculo de la antigua Viena, donde, como en el
antiguo Bedlam, era admitido el público, pagando una pequeña cantidad, para ver
los locos como los animales en una casa de fieras. La última institución ha
sido descrita por Richard Bright en 1815 como un fantástico edificio de larga
historia, presentando el aspecto exterior de una gran torre circular, pero cuyo
interior consistía en un círculo hueco, en el cual se elevaba una construcción
cuadrangular que tocaba en el círculo por cada uno de sus ángulos. Este
edificio incluido servía de residencia a los guardianes y médicos. La parte
circular contenía unos 300 enfermos, «cuya condición—dice Bright— puede
considerarse como mucho más confortable que la que tienen en muchos de los
establecimientos para locos que he tenido ocasión de visitar»[862]. No se
cerró esta Narrenturm hasta 1853. Las investigaciones de Mönkemöller acerca de
la psiquiatría alemana en el siglo XVIII, basadas en las Memorias de los asilos
hannoverianos en Celle y en otros puntos[863],
confirman lo que Reil escribía acerca de los asilos alemanes en sus Rhapsodies de
1803, y demuestran, además, que la parte teórica de la ciencia en este período
era una nebulosa especulación filosófica, continuándose atribuyendo la locura a
la bilis amarilla, a la bilis negra o al calor exagerado de la canícula, al
paso que sus síntomas, como la exageración del amor propio, los celos, la
envidia, la pereza, el egoísmo, etc., eran también considerados como causas.
Los casos que se sometían al tratamiento eran únicamente los peligrosos, no
manejables, o de tipo suicida, y no había esperanzas de que pudiese recobrar la
salud. Había una extensa exhibición de drogas y una fe incondicional en la
eficacia de las mismas. Un caso que no reaccionaba a la administración de los
medicamentos estaba considerado como desesperado. La melancolía era tratada con
las píldoras de opio; los estados de excitación, con alcanfor; el prurito, con
los diaforéticos, y además se atribuía un poder misterioso a la belladona; si
fracasaba ésta, fracasaba todo. Otro de los remedios era una mixtura de miel y
de vinagre, un cocimiento de raíz de mandrágora, abundantes dosis de agua
templada, y cuando esto fracasaba, «la panacea de la psiquiatría: tartarus tartarizan».
La costosa agua bendita de Rolando, con tres robustos rufianes para
administrarla; sinapismos de mostaza a la cabeza, sangría en la frente y en
ambos pulgares y aplicaciones de mosca de España (cantárida) eran otros
recursos. Las barbaridades quedaban escondidas en el fondo; pero los ásperos
métodos de los tiempos medievales no eran los menos preferidos. Una mujer
melancólica era tratada con una andanada de juramentos y una ducha de agua fría
al levantarse de la cama. Si fracasaban los purgantes y los catárticos en los
enfermos violentos se les daba algunos fuertes golpes, con un régimen de
encierro y de cadenas para amedrentarlos. Una enferma impresionable, presumida,
era encerrada en una celda fría, obscura, triste y mefítica, sometida
perpetuamente a pan duro y tratada en todo como un criminal. El régimen—sopa,
cerveza caliente, algunas verduras y ensalada—era de lo más miserable. Había,
sin embargo, algunos intentos de tratamiento en libertad, enviándolos a los
baños de Meyemburgo de Pyrmont, o enviándoles, como agosteros, para la cosecha
de Holanda (Hollandgeherei). También se solía recomendar el
matrimonio como tratamiento.
El Quaker
retreat, fundado por William Tuke, en 1794, en York (Inglaterra), ha sido el
primer ensayo de tratamiento humanitario antes de la época de Pinel.
En el
Emilio (1762), Juan Jacobo Rousseau hace su famosa protesta contra la falta de
inclinación de las madres francesas a lactar sus propios hijos, considerándola
como una causa de debilidad de la nación. En esta época la cifra de la
mortalidad infantil era espantosa. De 1771 a 1777, de 31.951 niños admitidos en
el Hospital de Expósitos, de París, 25.476 (80 por 100) morían antes de cumplir
el primer año de la vida, en contra de una mortalidad de 7.601, de 15.104, en
el período de 1820-22. En el Asilo de Expósitos, de Dublin, de 1775-96, sólo
sobrevivieron 45 de 10.272 niños (99, 6 por 100 de mortalidad). Sir Hans Sloane
establece que la proporción de la mortalidad entre los niños no lactados y los
sometidos a la lactancia era como tres es a uno, y en la primera parte del
siglo XIX, Marshall Hall dice que, de los niños sometidos a la alimentación
artificial, tenían una mortalidad de 7 por 10. En la Inclusa de Londres
(British Lying in Hospital) la obligación de la lactancia natural disminuía la
mortalidad de los niños en un 60 por 100. Las nodrizas tuvieron su época más
brillante hacia el final del siglo XVIII, cobrando ordinariamente 25 guineas
por año, ó 10 por trimestre, y dispuestas a hacer dinero de este modo, las
madres no casadas enviaban deliberadamente sus hijos no legítimos, donde iban
destinados a morir, a las Granjas para Niños o a los Asilos de Expósitos. En
Inglaterra las nodrizas se convirtieron en tiranas de las familias hasta que
fueron despojadas de su negocio por el biberón. En Francia el mal creció
rápidamente y se sumó a la despoblación causada por las guerras de la
Revolución y napoleónicas. Los más antiguos substitutos de la leche materna
fueron las papillas hechas con pan cocido o con harina tostada cocida. A estas
papillas se les añadía algunas veces azúcar de Lisboa. Después siguieron el pan
francés, los rollos de Uxbridge, las palomas torcaces y la cerveza Hoja. Con
clara perspicacia, Michael Underwood (1784) recomendó la leche de vacas hervida
y diluida con agua de cebada, adicionándola arroz, tapioca, sémola, etc., en
forma de papillas semisólidas. Acortó el período de la lactancia, reduciéndolo
a doce meses, introduciendo el pezón artificial de Mrs. Relf y aconsejando un
régimen especial para los niños en las enfermedades y en la fiebre. De esto
resulta que la alimentación artificial de los niños ha tenido su origen en el
siglo XVIII. En los primeros años del siglo XIX el momento del destete se había
fijado, por término medio, hacia el final del primer año; pero los intentos
para reglamentarlo se hacían en favor de una subsiguiente alimentación mixta.
Harina de avena, caldos, cebada o anís estrellado cocidos en leche y la sopa
alemana de cerveza eran los alimentos preferidos; a ellos siguieron los
cocimientos de sagú y de arrow-root en leche, lops and boitoms (trocitos de
pasta, cocidos y tostados al horno), gelatinas y jaleas de cola de pescado. El
alimento de Liebig (leche con malta) y la harina de flor aparecen en 1867. El
primitivo biberón era un cuerno de vaca, ya conocido en 1783, y muy recomendado
por Heberden. Este fue seguido por el frasco de cristal y la cuchara-pezón,
etc. La pezoneta fue haciéndose sucesivamente de pergamino, de cuero, de
esponja, de ubre de ternera conservada en alcohol, de madera y de goma
elástica. El biberón de M. Darbo se exhibió en la Exposición de París de 1867,
y en 1869 C. H. F. Routh introdujo una forma más sencilla, que se impuso a las
anteriores[864].
Los
brotes de enfermedades epidémicas son más esparcidos y aislados que en los
siglos anteriores. El paludismo, la influenza y la escarlatina son
frecuentemente pandémicas; la viruela, la difteria y la tos ferina estaban muy
difundidas; pero la peste, la sífilis y ergotismo eran mucho menos malignas, y
con la reaparición, en 1758, del cometa de Halley las gentes comenzaron a
abandonar muchas supersticiones respecto del origen de las enfermedades
epidémicas. En el periodo de 1702-5 el sur de Italia fue atacado de una serie
de terremotos descritos por Baglivio, que causaron la muerte de unas 20.000
personas, y el invierno de 1708-9 fue de tal manera riguroso, que Venecia quedó
rodeada de hielos. Lancisi dice que este invierno fue tan fatal para la salud
como la peste, y que la destrucción general de la vegetación y la subsiguiente
escasez en las reservas alimenticias trajo consigo, además del hambre, las
enfermedades del ganado vacuno y el ergotismo. Las inundaciones y las
oscilaciones de calor y de frío fueron seguidas de epidemias de paludismo y de
fiebre tifoidea en los primeros años del siglo, y de 1720 a 1750 hubo también
epidemias de difteria y de fiebres exantemáticas. Al comienzo del siglo el foco
principal de la peste era Turquía y la región del Danubio; en 1703 la peste
devastó Ucrania, y durante la guerra de Carlos XII con Rusia se extendió
gradualmente al mar Báltico y a las regiones escandinavas. Danzig experimentó
una mortalidad de 32.599 desde el 5 de enero al 7 de diciembre de 1709, y
Prusia y Lituania perdieron 283.733 personas víctimas de la peste de 1709 a
1710. La epidemia desapareció bruscamente después de un huracán que barrió
Europa el día 27 de febrero de 1714; pero volvió de nuevo a aparecer, esta vez
en el sur de Francia, devastando la Provenza de 1720 a 1722. Volvió nuevamente
a aparecer a lo largo del Danubio y en Ucrania (1734), y en 1743 ocasionó
30.000 muertes en Mesina (Sicilia). La epidemia más grave fue la de Moscú en
1770-71, que tuvo una mortalidad de 52.000 en una población de 230.000
habitantes. Esta epidemia fue dominada por las medidas profilácticas de Orraus;
pero los negocios se complicaron con el estallido de la revolución. El tifus
exantemático, o fiebre de los campamentos, dominó, como era natural, muy
especialmente durante las luchas del siglo y, sobre todo, durante la larga
contienda entre Federico el Grande y María Teresa (1740-48), la Guerra de los
Siete Años (1756-63) y la Revolución francesa (1789-99), con los
acontecimientos que la precedieron. Una explosión de tifus en Prusia (1757) se
encuentra señalada en las estadísticas de Süssmilch, que era uno de los
capitanes del ejército de Federico el Grande. El tifus fue especialmente fatal
en Praga (1742), alrededor de Maguncia (1760), y, como «fiebre del hambre», en
Irlanda (1740), donde una pérdida de la cosecha de patatas costó 80.000 libras;
en Sajonia (1778) y en Italia (1783). La fiebre palúdica y la disentería
también desolaban los campos, y eran cuidadosamente definidas y diferenciadas
por las cuidadosas observaciones de Pringle. En 1774, por recomendación de
Jolín Howard, Alexander Popan (1729-1810), miembro del Parlamento por Taunton,
presentó su celebrado Bill para prevenir la?; afecciones carcelarias, una
admirable muestra de legislación sanitaria, cuyas previsiones, no obstante, se
han burlado durante largo tiempo. El tifus y la fiebre tifoidea, como es
sabido, se solían confundir, empleándose diferentes nombres para designarlas,
como «fiebre pútrida», «gástrica», «nerviosa», etc. Baglivi describió la tifoidea
como «fiebre mesentérica»; Huxham, durante la epidemia de Plymouth de 1737,
distinguió claramente entre la «pútrida» (febrispulrida) o tifus y fiebre
nerviosa lenta (febris nervosa lenta) o fiebre tifoidea. Durante la grave
epidemia de fiebre tifoidea de Gotinga, en 1757-63, se publicó en 1762 un
acabado estudio de la enfermedad por Johann Georg Roederer, profesor en la
clínica de Gotinga, y por su ayudante Valer, que hacía las autopsias de los
casos[865]. Las
lesiones intestinales fueron exactamente señaladas; pero los autores
consideraron la enfermedad como idéntica a la fiebre intermitente y a la
disentería. Tal vez por esta razón, esta única monografía fue pronto olvidada,
a pesar de que Cotugno ha dicho haber encontrado lesiones similares en Italia.
La antigua teoría de la constitución epidémica seguía dominando, y Stoll, de
Viena, creía que las enfermedades de tipo «bilioso», que habían sido las
dominantes hasta 1760, comenzaban a tomar un carácter pútrido hacia 1779-82;
punto de vista que disfrutó de mucha consideración en Alemania y en Italia.
Stoll consideraba casi todas las fiebres y las enfermedades inflamatorias como
«gastro-biliosas», teniendo los eméticos como tratamiento fundamental. La fiebre
palúdica se difundía por las inundaciones, la contaminación de las aguas y las
malas condiciones de las calles y de los albañales. La epidemia italiana de
1715 ha sido descrita por Lancisi y Baglivi. La disentería ha dominado
intensamente en el continente durante toda la centuria, habiéndose publicado
una clásica descripción de la epidemia suiza de los cantones de Berna y de
Thurgan Zimmermann en 1762. La escarlatina era muy frecuente, y desde 1776 se
extendió por los dos hemisferios. La monografía de Plenciz (1762) atribuye la
enfermedad a contagium animatum. Seguía siendo confundida con el sarampión, que
también causaba una elevada mortandad en las ciudades alemanas y francesas, y
en el Brasil (1749). Experimentales inoculaciones del sarampión fueron hechas
por Francis Horne en 1759. Había graves pandemias de influenza tanto en el
Viejo como en el Nuevo Mundo. Lancisi describió la epidemia de influenza de
1709-10. La difteria, la fiebre amarilla, la tos ferina y la pulmonía epidémica
estaban muy difundidas; el crup y la erisipela eran, en ocasiones, epidémicos.
El término de «fiebre amarilla» ha sido empleado primeramente por Griffith
Hughes en su Natural History of Barbadoes (1750). La fiebre puerperal era
frecuentemente confundida con la «miliar» o con el sudor militar (Schwetss
friesel). La viruela era tan frecuente en todas partes, que casi pasaba como
una cosa habitual, y sólo las grandes epidemias eran recordadas, por ejemplo,
las de París (1719), Suecia (1749-65), Viena (1763-67), Toscana (1764) y Londres
(1766-70). Según Haeser, eran graves en las Indias Orientales y éntrelos indios
del Nuevo Mundo. El gran éxito de la vacunación jenneriana ha obscurecido la
anterior historia de las otras medidas preventivas, que aquélla hizo
desaparecer, a saber: la inoculación del virus humano o variolización. El
doctor Arnold C. Klebs (Die Variol im achtzehnten Jahr., Giessen, 1914), divide
la historia de la misma en un período de introducción (1713-21), un período de
estancación (1727-46), un segundo renacimiento (1746-64) y un período
científico y experimental (1764-98). La práctica fue introducida en Europa por
Emmanuel Timoni y Pilarini, que publicaron sus estudios en 1713 y 1716,
respectivamente. La hija de Timoni fue inoculada en 1717, y la inoculación de los
hijos de Lady Wortley Montagu, en 1718-21. En el último año comenzó Boylston
las inoculaciones en Boston (Massachusetts), y en 1752 había realizado 2.124
con 30 defunciones, en tanto que en Charleston (Carolina del Sur), Kirkpatrick
inoculaba, en 1743, de 800 a 1.000 personas, con sólo ocho defunciones. La
atenuación del virus se obtenía por el paso a través de diferentes individuos
(método de Kirkpatrick, de brazo a brazo), por dilución con agua o por elección
del virus en el período de crudeza o de no maduración. En 1728 se habían
llevado a cabo 897 inoculaciones en Inglaterra y Escocia, con 17 defunciones.
En 1760 Robert y Daniel Sutton introdujeron la inoculación por puntura con
preparación dietética, practicándola en unos 30.000 casos, con sólo un 4 por
100 de mortalidad; entretanto, en París, en 1769, se autorizaba a Angelo Gatti,
de Pisa, para practicar la inoculación por el método científico de tratamiento
preparatorio y de inoculación por puntura. Gatti sostenía que la viruela era
producida por la producción de un virus específico viviente, capaz de
reproducirse por sí mismo. Por encima de esto, el gran peligro de la
inoculación era la gran cantidad de virus empleada y la extensión del mal, que
hacía una verdadera carrera de la viruela. El éxito de Sulton y de Gatti era
tal, que en 1768, y siguiendo el ejemplo de Voltaire, Catalina de Rusia y el
gran duque Pablo permitieron ser inoculados por Dimsdale, y, en el mismo año,
Ingen Housz inoculó a tres de la familia imperial de Austria, después de preliminares
experimentos en 200 niños de los suburbios de Viena. En 1770, Georg Motherby
estaba inoculando en Königsberg; pero en 1774, Benjamín Jesty había llevado a
cabo la primera vacunación. El subsiguiente éxito de los experimentos de Jenner
lanzó pronto la variolización fuera del campo, aunque ella había alcanzado casi
el estado de una inyección moderna preventiva. El éxito de la vacuna fue debido
a su relativa innocuidad, a su escasísima mortalidad y a la no posibilidad de
adquirirla enfermedad por la persona vacunada. En Inglaterra la variolización
fue declarada un crimen por el Acta del Parlamento en 1840.
Los
maestros de la literatura de la Medicina Americana en el período colonial y
revolucionario han sido ya referidos, y hasta después de la Revolución había
poco adelantado respecto del siglo XVII.
Antes de
1800 había cinco buenas escuelas médicas establecidas, a saber: la de la
Universidad de Pensilvania (1765); el Real Colegio de Nueva York (1767), que se
convirtió en 1792 en la Facultad de Medicina del Colegio de Columbia; la
Universidad Harvard (1782); el Colegio de Filadelfia (1790) y el de Darmouth,
escuela de Medicina (1798). En 1720, un diploma concediendo un honorífico grado
médico era conferido a Daniel Turner por el Yale College. El primer americano
graduado fuera en Medicina fue John Doultrie, de Carolina del Sur (1749).El
primer diploma médico de haber sido juzgado después de un curso de estudios en
América ha sido dado a John Archer, de la Universidad de Pensilvania, en 1768.
Se encuentra este diploma en la actualidad en la Biblioteca de la Facultad de
Medicina y Cirugía de Maryland. Había 63 americanos graduados en Medicina en
Edimburgo de 1758-88 (Packard)[866].
Sociedades Médicas se habían organizado en Boston (1735-41), en New York City
(1749), Filadelfia (1765-81), de nuevo en Nueva York (hacia 1769), Filadelfia
(Sociedad Médica Americana, 1773), Boston (1780), New Haven County (1784), y
Sociedades médicas del Estado, en New Jersey (1766), Massachusetts (1781),
Carolina del Sur (1789), Delaware (1789), New Hampshire (1791), Connecticut
(1792) y Maryland (1798). De todas ellas, la Sociedad Médica de Massachusetts
(1781), el Colegio de Médicos de Filadelfia (1787) y la Facultad
Médico-quirúrgica de Maryland (1789, incorporada en 1799) son notables por su
sólida constitución, lo mismo que por su antiguo linaje y continua
descendencia. Las Sociedades de New-Jersey (1766;[867] Massachusetts
(1790) y el Colegio de Médicos de Filadelfia (1793) sufrieron modificaciones, y
en 1788 la Sociedad Médica de New Haven County (Connecticut), fundada en 1784,
publicó un pequeño volumen de Cases and Observations, conteniendo, entre otras
buenas publicaciones, el «caso de un escirro en el píloro de un niño, por
Hezekiah Beardsley. El primer periódico médico de la época fue el Medical
Repository, de Nueva York (1797-1824), editado por Samuel L. Mitchell, Flihu H.
Smith y Edward Miller. Fue seguido por un único número de la traducción del
Journal de Médecine Militaire, de París (1790), y por el Philadelphia Medical
Museum (1804), de John Redman Coxe. Las Memorias de la Academia Americana de
Artes y Ciencias han comenzado en Boston en 1785. Los hospitales más antiguos
son: el Pensilvania Hospital, de Filadelfia, organizado en 1751 y abierto en
una permanente construcción en diciembre de 1756; el Dispensario de Filadelfia
(1786), el Dispensario de New York (organizado en 1791), incorporado en 1795, y
el Hospital de New York, que comenzó en 1773, fue destruido por un incendio en
1775 y no reconstruido hasta 1791. El primitivo Hospital de Bellevue era un
amplio local para enfermos en la casa pública del trabajo, de la ciudad de New
York (creado en 1736). El doctor John van Burén fue^ el primer médico oficial,
con 100 libras al año. Un nuevo edificio fue construido en la situación actual
de Bellevue ir 1796, y en él se inauguró, en 28 de abril de 1816, un nuevo
asilo de caridad y hospital. Un hospital de febricitantes fue añadido en 1825,
una nueva ala en 1855, y el primer servicio de ambulancia del mundo fue
establecido allí en 1869. El primer hospital de Obstetricia fue la institución
privada de Shippen en 1762, y el primer manicomio, el Eastern Lunatic Asylum,
en Williamsburgh (Virginia), que fue instituido en 1772 e inaugurado en 1773.
El primer jardín botánico americano fue establecido por John Bartram en
Filadelfia en 1728, y el primer Museo de Historia Natural, en Charleston, S.
C., en 1773. Bibliotecas Médicas se han fundado en el Hospital de
Pensilvania(1762), en el de New York(1776), y en el Colegio de Médicos de
Filadelfia (1788), siendo esta última una de las mejores de la región. Los
libros de texto favoritos en la época eran: Albinus, Cowper, Cheselden, Monro y
Winslow, en Anatomía; las primeras líneas de Haller, en Fisiología; Boerhaave y
van Sviten, en medicina interna; Heister, en Cirugía; Smellie, en Obstetricia,
y, naturalmente, Sidenham, Huxham, Pott y otros autores bien conocidos. Había fuertes
prejuicios contra la disección, y el material se obtenía, generalmente, por el
robo de cadáveres. El estudio de la Fisiología y de la Patología era flojo;
pero la Cirugía estaba bien enseñada por hombres como John Jones, William
Shippen, Thomas Bond, John Warre, Bichard Bayley y Wright Post. Los casos
obstétricos eran habitualmente tratados por las comadronas, y los primeros
tocólogos fueron discípulos de Smellie y de William Hunter. William Shippen,
Jr., dio lecciones de esta materia en Filadelfia en 1762. Había acá y allá
algunos errabundos dentistas y oculistas; pero, con excepción de los tractores
de Perkin, se oía poco de farsa y de charlatanismo en el período colonial, por
la sencilla razón de que no había suficiente riqueza que pudiesen cosechar los
farsantes. Doctores brujos, en el sentido de ser capaces de desviar las
malignas influencias, eran todavía frecuentes éntrelos germanos del sudeste de
Pensilvania. Se dice que la nota de gastos del general Washington en octubre de
1797 demuestra que pagaba a su empleado Christopher 25 chelines por una visita
a un alemán, doctor brujo y versado en hierbas, en Lebanon, Pa., por un seguro
tratamiento de la hidrofobia, que consistiría, probablemente, en una infusión
de zadorija o pimpinela escarlata[868]. El Long
Hidden Friend, de George Hohman (1819), un redentorista alemán que llegó a
América en 1799, es la más autorizada recopilación de Folklore y de doctrinas
populares de hechicería. Trata de los remedios de hierbas y plantas, de
encantos, acrósticos y piadosas invocaciones, como las mencionadas por Aecio y
Alejandro de Tralles. Ordenanzas para reglamentar el ejercicio de la Medicina y
de la Cirugía han sido publicadas en la ciudad de New York (1760) y New-Jersey
(1772); una ordenanza especial para comadronas, en New York (1716); actas de
cuarentena, en Pensilvania (1700), Massachusetts (1701), Virginia (1722), New
York (1758) y otros Estados, y un acta general de cuarentena por el Congreso,
el 23 de febrero en 1799. Las leyes más antiguas del Canadá eran la Quebec
ordinance, de 1788, y la de Newark (Alto Canadá), Act to Regúlate the Practice
of Physic and Surgery (1795), que han sido diferentemente modificadas según los
tiempos.
F I N
Primer Tomo
Notas:
[1] Generalmente,
el Triticum canicum, el Cynosurus crislalus y
el Agrostis canina, para los efectos emeto-catárticos. Los
gatos tienen una bien conocida inclinación hacia la Valeriana
officinalis y la Nepeta cataica (hierba gatera).
[2] Véase
II. F. Osborn: Men of the old Stone Age, New York, 1916, passim.
[3] W.
II. Holmes: Stone Implements of the Potomac-Chesapeake Tidewater
Province (Ret. Bur. Ethnol., 1893-94. Washington, 1897; XV, páginas
1-152). Véase también Mem. Internal. Cong. Anthrop., Chicago, 1894;
páginas 120-139, 4 láminas.
[4] Hay
una íntima semejanza entre algunos de los conceptos del salvaje y el arte de
los paranoicos, como lo demuestran perfectamente los notables grabados de la
colección de G. Marro: Ann. de freniat, Turín, 1913; XXIII,
páginas 157-192, 6 láminas. W. H. Holmes ha demostrado que en el salvaje la
perfección en las formas y figuras copiadas ha sido seguida del arte métrico y
geométrico, como en la cerámica, los tejidos, la arquitectura, etc. (Rep.
Bur. Ethnol., 1882-83; Washington, 1886; IV, páginas 443-465.)
[5] Véase
W. H. R. Rivers: Fitzpatrick Lectures, Lancet, 1916; I,
páginas 59-117.
[6] Sir
James G. Frazer: El arte mágico (Elramo dorado, pt. i.a),
Londres, 1913; I, páginas 52-219.
[7] Frazer: Taboo
y los peligros del alma (El ramo dorado, pt. 2.a), Londres, 1911.
[8] Frazer: El
hermoso calvo (El ramo dorado, pt. 7.a), Londres, 1913; II, páginas
95-278
[9] W.
I. Thomas: Sex and Society, Chicago, 1907; páginas 163-167.
[10] Citado
por Baas.
[11] Abel
and Macht: J. Pharm. and Exper. Therap., Baltimore, 1911-12;
III, páginas 319-377
[12] Safford: Journ.
Wash. Acad. Sc., 1916; VI, páginas 547-562.
[13] Véase
Yager: Medicine in the Forest, Oneonta (New York), 1910. Yager
hace notar lo poco frecuentes que son las panaceas y cúralo-todo entre los
indios del Norte de América. Cada remedio es administrado por sí mismo y en
determinadas circunstancias. Para la teoría y fórmulas de la medicina de los
cherokeos véase J. Mooney: Bur. Am. Ethtiol. Rep., Washington,
1891; VII, páginas 319-369.
[14] Para
el completo conocimiento de la medicina india en la vigésima centuria véase A.
Hrdlicka: Bur. Am. Ethnol. Bull., núm. 34, 1908; páginas
220-253.
[15] W.
H. Rivers: El masaje en la Melanesia, tr. XVII. Intertiat.
Congr. Med., 1913. Londres, 1914; sect. XXIII, páginas 39-42.
[16] Klebs: Johns
Hopkins Hosp. Bull., Baltimore, 1913; XXIV, pág. 70.
[17] B.
Laufer: Mitt. z. Gesch. d. Med., Leipzig, 1907; VI, páginas
379-385.
[18] Lo
escrito acerca de este importante punto se debe a William H. Holmes.
[19] A.
Bandelier: Sobre la trepanación en los indios actuales de Bolivia
(Internal Congr. Americanista 1894). S. J. Mozans (Rev. J. A.
Zahm), en su A lo largo de los Andes y del Amazonas (New
York, 191 1; páginas 206 y 207), es de opinión que las hojas del Erythroxylon
coca, cuando se mascan, tienen propiedades anestésicas, como él puede
comprobar personalmente. Así se podría comprender cómo los antiguos peruanos
habían podido efectuar la trepanación con el auxilio de trozos afilados de
piedra u obsidia (especie de lava volcánica).
[20] Ella: Med.
Times Gaz., Londres, 1874; 1, pág. 50.
[21] L.
Manouvrier: Rev. mens. de L'Ecóle d'Anthrop. de París, 1899;
VI, pág. 57; 190, LXIII, pág. 431. Manouvrier opina que la T sincipital puede
identificarse con la cauterización crucial del cráneo, recomendada por Avicena
y otros, y no una mutilación ritual. Grön lo considera como una forma de
tortura judicial. Sudhoff lo identifica con los procedimientos derivativos
empleados por los cirujanos alejandrinos para las cataratas y mencionados por
Celso (VII, cap. XII, sect. XV).
[22] Primeramente
investigadas por Ferdinand Keller en 1853-54.
[23] Véase M.
Baudouin: Arch. prov. de Chirurg. París, 1910; XIX, páginas 228-238.
[24] La
adormidera y el cáñamo indio eran probablemente conocidos de los egipcios y,
consiguientemente, de los griegos; la belladona, de los egipcios, de los
griegos y de los hebreos. Theofrasto y Dioscórides han sido los primeros que
mencionan las propiedades afrodisíacas y narcóticas de la Atropa
mandragora. No sabemos bien si la mandrágora que pretendió Raquel de
Leah (Génesis, XXX, páginas 14-16) era con la primera intención o
con la de aliviar los dolores del parto. Dioscórides es el primero que habla
del empleo del vino de mandrágora para la anestesia quirúrgica, y su receta ha
sido empleada con éxito por sir Benjamín Ward Richardson (Hrit. and
Por. AJed.-Chir. Rev., Londres, 1874; LUI). La mandrágora se menciona
también por Celso, Plinio, Apuleyo, Pablo de Egina y Aviccna, y las leyendas a
propósito de la forma humana de su raíz, de los gritos espantosos que lanza al
ser arrancada, y la necesidad de emplear para arrancarla un perro, son comunes
a los antiguos ingleses y germanos. Drogas como el cáñamo indio o hashihs («tabannuj»)
eran comunes entre los antiguos indios y los más modernos árabes, y sir Richard
Burton añade: «Ellas han sido usadas por todo el Oriente muchos siglos antes de
que el éter y el cloroformo llegasen a ser la moda del civilizado Occidente (Arabian
Nights, Denver edition, vol. IV, nota de la página 71).
Hua, un médico chino, se dice que usaba el hashish en Cirugía unos doscientos
años antes de Cristo. Según S. J. Mozans (A lo largo del Amazonas y de
los Andes, Nueva York, 191 1; páginas 206 y 207), los antiguos incas
del Perú usaban probablemente en la trepanación la anestesia producida por el
principio activo del Erythroxylum coca. Cita el ejemplo
moderno de un coquero (el que masca habitualmente las hojas de
coca), al que le pasó por encima un carruaje, sin que, aparentemente,
experimentase dolor alguno, a pesar de habérsele seccionado un pie en el
accidente.
[25] O.
W. Holmes: Medical Essays, Boston, 1883; pág. 289. Para una
exposición más extensa de este interesante asunto véase el ensayo de George M.
Gould, Medical Discoveries by the Nou-Medical, en el Journ.
Amer. Med. Assoc., Chicago, 1903; XL, páginas 1.477-1.487.
[26] George
J. Engelmann: Labor Among Primitive Peoples, St. Louis, J. H.
Chambers and C°. 1882.
[27] W.
G. Black: Folk-Medicine, Londres, 1883.
[28] Black: Op.
cit., passim.
[29] J.
C. Bateson cita el caso ocurrido con un tapicero turco, que durante el delirio
producido por una fiebre tifoidea bebió el líquido de un tarro de coles en
vinagre, terminando la enfermedad por curación. Entonces los doctores turcos
declararon que este jugo de coles era un específico de esta enfermedad. Los
enfermos sometidos después a este régimen murieron, y entonces modificaron el
dogma, diciendo que el jugo de coles es bueno para la fiebre tifoidea con tal
de que el enfermo sea tapicero. (Dieíet & Hyg. Gaz., New
York, 1911; XXVII, páginas 297 y 298.)
[30]Op.
cit., páginas 34-177.
[31] Citado
por O. W. Holmes: Ensayos medicas, Boston and New York, 1883;
página 381.
[32] Frazer: The
Scapegoat (Golden Bough, pt. 6.a), Londres, 1913; páginas 252, 275 y
306.
[33] N.
W. Thomas: Encycl. Britannica (II ed.), Cambridge, 1911;
XXIII, páginas 980-984.
[34] M.
Höfier: Wald und Baunkult., Munich, 1892; Bie volks
medizinische Organatherapie, Stuttgart, 1908; Janus, Amst.,
1912; XVII, páginas 3, 76 y 190.
[35] Frazer: Balder
the Beatiful (Golden Bough, pt. 7.a), Londres, 1913; II, páginas 45-75.
[36] Véase The
Stone in Scottish Folk-Medicine, por el doctor David Rorie, en
el Caledonian Medical Journal, Glasgow, 1911; VIII, páginas
410-475, en el que hay una interesante fotografía de esta «aguja del diablo».
[37] Gilbert
White: Natural History of Selborne, 1789; página 202 (citado
por Black).
[38]Gentleman's
Mag., Londres, 1804; pág. 909 (citado por Frazer).
[39]Folklore, Londres,
1896; VII, pág. 303; 1898, IX, pág. 330 (con fotografías).
[40] Frazer: Balder
ihe Bcautiful(Golden Bought, pt. 7.a), Londres, 1913; II, páginas
159-195.
[41] Black: Folk-Afaticine, Londres,
1883; pág. 111.
[42] Para
el estudio histórico de la doctrina de los días críticos a través de las edades
véase Sudhoff: Wien. med. Wochennschrift, 1902; LII, páginas
210, 272, 321 y 371
[43] Hoefler: Janus, Amst.,
1909; XIV, páginas 512-526.
[44] Frazer: Adonis
(Gold'etm Bough, pt. 4.a), Londres, 1914; TI, páginas
140-150.
[45] W.
A. White: Psychoanalyt. Rev., New-Yoik, 1913-14; I, páginas
241-256.
[46] Darwin: Descent
of man, Londres, 1871; I, pág. 212, nota.
[47] Arrhenius: Ikandin.
Arch. f. Phxsiol., Leipzig, 1898: I, páginas 367-416
[48] W.
James: Gifford Lectures, New York, 1902 (citado por Osborn).
[49] Black: Folklore, Londres,
1883; pág. 140.
[50] D.
H. Kerler: Die Patronate der Heiligen, Ulm, 1905.
[51] M.
Hofler: Janus, Amst, 1902; VII, páginas 189, 233 y 301.
[52] Para
un completo y acabado estudio de estos asuntos de fascinación véase S.
Seligmann: Der böse Blick, 2 v., Berlín, 1910.
[53] Los
visitantes de Washington a quienes interese la medicina popular y el aspecto
cultural de la historia de la Medicina deberán visitar esta colección, única en
su género, que ha sido reunida por el contraalmirante James M. Flint, cirujano
de la Armada de los Estados Unidos (retirado).
[54]American
Anthropologisi, Washington, 1897; X, páginas 201-213.
[55] W.
L. Hildburgh: Folklore, Londres, 1906; XVII, pág. 454; 1913, XXIV,
página 63; 1914, XXV, pág. 206; 1916, XXVI, pág. 404.
[56] Esto,
como saben perfectamente nuestros lectores, no es exacto. (N. del T)
[57] M.
Mauss: Comp. rend. Inst. franç. París, 1914; II, páginas
14-20.— A. Reinach: Ibidem, páginas 24-27.
[58] Black:
Op. cit. pág. 49.
[59] Loeb: The
Mechanistic Conception of Life, Chicago, 1912; pág. 62.
[60] J.
S. Billings: Boston Med. andSurg. Journ., 1888; CXVIII, pág.
59.
[61] W.
B. Cannon: Cambios orgánicos en el dolor. hambre, temor y
cólera, NewYork, 1915.
[62] J.
S. Billings: Boston Med. and Surg. Journ., 1888; CXVIII, pág.
57.
[63] B.
M. Randolph: Washington Med. Ann., 1912; XI, pág. 152.
[64] O.
W. Holmes: Medical Essays, Boston, 1883; páginas 378 y 379.
[65] H
F. Osborn: Men of the Old Stone Age, New York, 1916. Sir A.
Evans: Science, New York, 1916; n. s. XLIV, páginas 399 y 400.
[66] Los
términos achculeano, mousteriano, solutreano y magdaleniano han sido
introducidos por el antropólogo francés Gabriel de Mortillct para indicar los
grados sucesivos en la especialización de los instrumentos de piedra o de otros
instrumentos do las edades prehistóricas encontrados en St. Acheul, Le
Moustier, Solutré y La Magdaleine, a los que hay todavía que añadir el
pre-chcllcano (Mesvin), chelleano (Chelles-sur-Marnc), aurignaciano (Aurignac)
y aziliano (Mas d'Azil Estos nombres se usan actualmente de un modo
completamente arbitrario para indicar los restos craneales y esqueléticos
encontrados en puntos relacionados, en lo que respecta a la época prehistórica,
con aquellas localidades.
[67] G.
Elliot Smith: The Migrations of Early Culture, Manchester, 1915.
También: Bull. John Rylands Library, Manchester, 1916: III, páginas
48-67, 3 láminas.
[68] Max
Müller: Egiptological Rechearches, Washington, Carnegie
Institution, año 1906. Véase también I. J. Walsh: Journ. Amer. Med.
Assoc., Chicago, 1907; XLIX, páginas 1593-1895.
[69] Para
una representación del mismo véase Journ. Amer. Med. Assoc., 1905;
XLV, pág. 1932.
[70] Kurt
Sethe: Tmhotep, el Esculapio de los Egipcios, Leipzig. 1902 (citado
por Sudhoff).
[71]Lancet, Londres,
1915; II, pág. 1204.
[72] A.
Fonahm: Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1908-9; II, páginas
375~378, lámina 6.a
[73] La
primera mención del Hcrmes Trismegistus ha sido señalada por Karl Wesselv, en
el papiro de la tercera centuria después de J. C., de Hermópolis (Mitt. a.
d.Samml. Erzh. Raincr, 1892; V, pág. 133). Citado por Sudhoff.
[74] La
escritura hierática del papiro Ebers ha sido primeramente traducida a
jeroglíficos por un método imaginado en el Congreso de Orientalistas de 1874, y
éstos, por último, fueron traducidos al alemán por el doctor H. Joachim, de
Berlín, 1890, y al inglés por Carl H. von Klein. Uno de los primeros en
intentar descifrar los jeroglíficos de la piedra de Roseta (1799) ha sido el
físico y médico inglés Thomas Joung. La difícil tarea ha sido realizada, por
último, por F. Champollion (1818-28), y más adelantada por Richard Lepsius
(1810-84); Heinrich Brugsch (1827-94), que ha publicado un diccionario
demótico-jeroglífico (1867-82); Joseph Chabas (1817-82); Gastón Maspero y
otros.
[75] Joachim: Papyros
Ebers, Berlín, 1890. Edwin Pfister, por su parte, piensa que la
enfermedad a Ā Ā Ā de los papiros de Ebers y Brugsch es una bilharziosis, puesto
que su jeroglífico es un phallus. Véase Sudhoff s
Arch., 1912-13; VI, páginas 12-20. Paul Richter (Ibidem, 1908-9;
II, páginas 73-83) piensa que lo que los egipcios designaban como
enfermedad uhedu no tiene para los modernos más que la
significación de un síntoma (inflamación).
[76]Herodoto: II,
pág. 84.
[77] Aristóteles: Politica,
III, pág. 15.
[78]Herodoto: II,
pág. 77.
[79]Herodoto: II,
pág. 86.
[80] Sudhoff: Ardiiv
f. Gesch. der Med., Leipzig, 1911; V, páginas 61-171, dos
láminas.
[81]Archiv f.
Gesch. der Med., Leipzig, 1909; III, páginas 269-272, una lámina.
[82]Brit.
Med. Journ., Londres, 1908; I, páginas 732-737.
[83] Egipto. Minisiry
of Pinance. Survey Department. 'The Archceological Survey of Nubia. Boletines
números 1-7, Cairo, 1907; pág. 11. Informes de 1907-1908; volumen II, de los
restos humanos, por G. Elliot Smith y F. Wood Jones (con atlas) Cairo, 1910.
[84] Elliot
Smith y M. A. Ruffer: Pott'sche Krankheit an einer ægyptischen
Mumie, Giessen, 1910.
[85] Ruffer: Histological
studies on Egyptian Mummies, Cairo, 1911. También: Journ.
Path. and Bact., Londres, 1910-11; XV, páginas 1 y 453, 4 láminas;
1911-12, XVI, pág. 439, 9 láminas; 1913-14, XVIII, pág. 149, 6 láminas.
[86] Véase
O. Hamburger: Bull. Soc.fr ang. d'histoire de Médecine, París,
1911; XI, páginas 407-412.
[87] Charcot: Les
difformés et les malades dans l'art, París, 1889; páginas 12-26. P.
Ballod: Prolegomena zur Geschichte der zwerghaften Götter in Ægypten.
Munich dissertation (Moscú, 1913).
[88] Véase,
por ejemplo, los estudios de Sudhoff sobre los papiros griegos del período
alejandrino (Studien z. Gesch. d. Med. Puschmann-Stiftung, números 5 y
6, Leipzig, 1909).
[89] Neuburger: Geschichtc
der Medizin, Stüttgart, 1906; I, pág. 31.
[90] Jastrow: Proc.
Roy. Soc. Med., Sect. Hist. Med., Londres, 1914; VIT, páginas 109-176.
[91] L.
Dennefeld: Babylonisch-assyrische Geburts-Omina, Leipzig, 1914.
Jastrow: Babylonian Assyrian Birth-Omens, Giessen, 1913.
También: Aspects of Belief and Practice in Babylonia and Assyria, New
York, 19 n; ch. III.
[92] Sudhoff: Arch.
f. Gesch. der Med., Leipzig, 1910-11, IV, pág. 353; 1912-13, VI,
página 454.
[93]Herodotus: I,
pág. 80.
[94] J.
Offord: Sc. Progress, Londres, 1916; X, pág. 572.
[95] Descrita
en el Levítico, XIII, 1-46.
[96] Los
eruditos médicos que discuten a propósito de estos inciertos detalles de un
modo t«n dogmático omiten el considerar el punto, que conocen matemáticos y
físicos, deque la probabilidad inherente a un hecho tiende a terminar en cero a
medida que nos alejamos de él, y (pie los efectos de un acontecimiento tienden
a «terminar asintomáticamente» en un plazo indefinido o infinito. Esculapio
estaba mucho más fuera déla realidad (pie Homero, Hipócrates y Celso. Para
nosotros, él es completamente un mito. Bloch olvida que la oposición lógica
del mor bus americanas, teoría de la sífilis, que él adelanta con
un celo algo fanático, está tan cerca de ser verdad como la misma teoría.
[97] Los
roedores aparecen en el cuadro de Poussin «La peste de los filisteos» (Janus,
Amst., 1898; III, pág. 138). Es digno de mención el hecho de que la evidencia
de la asociación entre las ratas y la peste sea más pronunciada en la versión
de los Setenta que en la Vulgata (véase Aschoff, Amst.,
1900; V, páginas 611-613): en la versión revisada, el nati sunt muris aparece
suprimido; pero el versículo 8 del primer libro de Samuel, V,
sugiere la idea de la peste bubónica.
[98] Es
digno de notarse que las prescripciones de Moisés contra la bestialidad, la
inversión sexual, etc., en el Exodo (XXI-XXII) y en el Levitico (XVIII),
representan los comienzos de la jurisprudencia médica.
[99] Véase
F. H. Garrison: The Bone called «Luz*, New York Med. Journ, 1911;
XCI1I, páginas 149-151.
[100] Para
más informaciones a propósito de la medicina de la Biblia y
del Talmud, véase J. Preuss: Biblisch-Tahnudische
Medizin, Berlín, 1911, y el artículo de Ch. D. Spirat en la Jewish
Encyclopedia, New York, 1904; VIII, páginas 409-414.
[101] El
texto de Charaka ha sido completado por Dridhabala. Véase A. F. R.
Hoernle: Archiv f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1907-8; I, páginas
29-40.
[102] Aschoff: Janus, Amst.,
1900; V, páginas 493-501.
[103] Véase
A. Short: History of Aryan Medical Science, en Sir Bhagvat.
Sinh Fee, Londres, 1896; páginas 176-186, con grabados de los instrumentos
quirúrgicos y de otros aparatos en láminas 1-10.
[104] Los
lectores de las novelas del capitán Marriat recordarán cómo el boticario Mr.
Cophagus enseña la venasección al huérfano Japhct, haciéndole realizar, en
primer término, punciones muy científicamente en las largas venas de una hoja
de berza, hasta que, satisfecho con la delicadeza y la precisión de un marco,
llevó adelante sus instrucciones hasta el punto de permitirme abrir una vena en
su propio brazo. (Marryat: Japhet.en busca de un padre).
[105] Wu
Lien-Teh: Nal. Med. Journ., China, Shanghai, 1916; II, páginas
32-36.
[106] C.
J. Bartlctt: Journ. Amer. Med. Assor., Chicago, 1916: LXVII,
páginas 407-4 11.
[107] La
mayor parte de estos detalles están tomados de I. Fujikawa: Geschichte
der Medizin zu Japan, Tokio, 1911.
[108] Sir
T. Clifford Allbutt: Science and Mediaeval Thought, Londres,
1901, página 21.
[109] T.
H. M. Clarke: Prehistoric Sanitation in Creta, Brit. Med. Jour., Londres,
1903; II, páginas 597-599.
[110] Véase
sir A. Evans: Reports of Excavations, 1900-1908, en Ann.
Brit. School, Athens, 1000-1908, passim. También
su PrehistoricTombs of Knossos (1906) y Science, New
York, 1916, n. s.; XLIV, páginas 399 y 448.
[111] Pater: Hippolytus
Veiled, op. cit., pág. 162.
[112] Rohde: Psyche,
3 Aufl., Tübinga y Leipzig, 1003: T, páginas 204-278, passim.
[113] Frazer: The
homeobathic rnagic of a flesh diet., Spirits of the Corn and the
Wild, 1912; II, páginas 138-168.
[114] M.
Höfler: Die volksmedizinische Orgatnotherapie und ihr Verhältniss zum
Kultopfer, Stuttgart, 1908.
[115] Para
más detalles véase: E. T. Withington: Medical Hislory, Londres,
1894; apéndice II, páginas 370-397.
[116] Véase
E. Holländer: Plastik und Medizin, Stuttgart, 1912.
[117] Telesphorus
aparece en las estatuas de Esculapio de la villa Borghese y del palacio Massimo
(Roma), en la placa de marfil del Museo de Liverpool y en las monedas de Apamea
y de Nicaea. En algunas monedas de Oriente se ha transformado en una ventosa de
forma de seta. Véase L. Schenk: De Telesphoro deo (Gottingen
dissertation, 1883) y E. Holländer: Plastik und Medizin, Stuttgart.
1912; páginas 125-140.
[118] J.
P. Cardamatis: Arch. f. Schiffs und Tropen Hig., Leipzig, 191
5; XIX, páginas 305 y siguientes.
[119] Höllander: Berl.
klin. Wochenschrift, 1916; LIII. pág. 355.
[120] H.
Fröhlich: Janus, Amst. 1897-98; II, páginas 248-251.
[121] Nuttall: Archaeol.
and Ethnol. Papers, Penbody Alus. Harvard Univ., Cambridge. 1901; II,
pág. (126.— Elliot Smith: Bull. John Rylands Library, Manchester,
1916; III, pág. 61.
[122] Véase
la interesante traducción de los poéticos fragmentos de Empedocles, por William
Ellery Leonard in the Monist, Chicago, 1907; XVII, pág. 468.
[123]Pagel-Sudhoff, pág. 6.
[124] Para
más detalles, véase el muy acabado estudio del sistema de Galeno en Johannitius, en
el Medical History, de E. T. Winthington, Londres, 1894;
páginas 386-396.
[125] R.
Pohl: De Graecorum medicis publicis, Janus. Amst., 1905; X, páginas
491-494.
[126] Véase
Charles Waldstein: The Argive Heraeum, Boston, 1902; páginas
400-401.
[127] Waldstein: Op.
cit., 186; páginas XXX y XXXIV. También: Editorial del Jour.
Amer. Med. Assoc., Chicago, 15 julio 1911; pág. 222.
[128]Prinris
quidem ex ómnibus memoria dignus, ab studio sapientiae disciplinam harte
separavit. (Celsus: Ue re médica, proemio.)
[129] Sir
T. C. Allbutt: The Historical Relations of Medicine and Surgerx, Londres,
1905; páginas 6-13.
[130]Fpidem, VII,
20.
[131] Richter: Arch.
f. Gesch. der Mediz., Leipzig, 1912-13; VI, páginas 281-297.
[132] Billings: Hislory
of Surgery, New York, 1895; pág. 24
[133] Para
el esquema cronológico de los escritos de Hipócrates (Pettersen-Itré), véase
Landsberg: Janus, Gotha, 1853; II, páginas 107-110.
[134]Prognosis, párrafo
2°.
[135] Matthew
Arnold: Essays in Criticism (tres series), Boston, 1910,
página 48.
[136]Dislocaciones, párrafo
41. Aforismos, VI, página 46.
[137] Al
paso que el tratamiento seco de las heridas era, indudablemente, aséptico, como
hoy podríamos decir, Sudhoff nos pone en guardia contra la tendencia errónea de
Anagnostakis y otros, de considerar el ti atamiento délas heridas de Hipócrates
como antiséptico, en el moderno sentido de la palabra.
[138]Enfermedades
epidémicas, tomo I, secc. 3, párrafo 13, caso I, (citado por
Finlayson).
[139] El
tratado llamado Της Τέχνης en el corpus hippocraticum ha sido
traducido por Gomperz con el título de «Die Apologie der Heilkunst» (Leipzig,
1910), siendo atribuido por aquel autor a un sofista del siglo V, probablemente
de la escuela de Protagoras.
[140] E.
L. Greene: Landmarks of Botanical History, Washington, Smtihsonian
Inst., 1909; páginas 52-142.
[141] Diels: Anonimi
Londinensis, páginas 33-43. (Citado por W. A. Heidel: Harvard Stud.
class. Philol., 191 1; XXII, pág. 138.
[142]Anatomia
siria, etc., o The Book of Medicines, ed.
E. A. Wallis Budge, 2 v., Oxford, 1913.
[143] Sir
T. C. Allbutt: Brit. Med. Journ. Londres, 1909; II, pág. 451
[144] Estos
dioses romanos eran adorados con nombres fantásticos, pero apropiados, como
Febris, Scabies, Angeronia, Fluonia, Uterina, Cloacina, Mephites, Dea Salus y
otros análogos.
[145] El
remedio casero favorito de Catón el Viejo eran las coles.
[146] En
el año 29^ antes de J. C. El culto de Esculapio había sido introducido en Roma
en forma de una enorme serpiente representando el dios en su aspecto
chthoniano. (Véase Ovidio: Metamorphoses, B. XV, páginas 626-744.)
[147] Allbutt
dice que los metódicos y los empíricos eran en algún modo los continuadores de
las escuelas de Cos y de Cnido; los primeros consideraban todo el enfermo y lo
que le rodeaba; los últimos, la localización de la enfermedad y su tratamiento
local. Los de Cnido y los empíricos enumeraban meramente los síntomas, sin
coordinarlos, y, por consiguiente, sólo tenían una terapéutica al azar.
(Véase Allbutt’s Lectures on Greek medicine in Rome. Brit. Med.
Journ., Londres, 1909; II, páginas 1.449, i-515 y 1598.)
[148] Wellmann: Die
pneumatische Schule bis auf Archigenes, Berlín, 1895. Para un resumen
detallado de las doctrinas de la escuela pneumática véanse las páginas 131-231.
[149] Para
un completo resumen de la concepción antigua de las enfermedades cardíacas
véase Landsberg: Janus, Breslaw, 1847; II, páginas 53-124.
[150] De
las 40 enfermedades de la piel descritas por Celso, la alopecia areata es
recordada siempre con el nombre de area Celsi.
[151] Wellmann: A.
Cornelias Celsus: eine Quellenantersuchung, Berlín, 1913.
[152]Conferences
historiques de la l'aculté de Médecine, París, 1865; páginas 445-497
[153] E.
L. Greene: Landmarks of Botanical Iiistory, Washington, 1909;
páginas 151-155.
[154] Para
las citas, véase el acabado estudio de Husemann en el Deutsche
Ztschr.f. Chir., Leipzig, 1895-1896; XLII, páginas 577-587.
[155] Ediciones
posteriores por Ermerins (1869), Valentino Rose (1882) y una en preparación, de
Joh. Illberg
[156] Véase
Sudhoff: Mitt. z. Gesch. d. Med., Leipzig, 1916; XV, núm. 1.
[157] Desde
el siglo XV en adelante la forma errónea «Claudius Galen» ha sido muy empleada.
Edwin Klebs y otros han demostrado ser ello una equivocada traducción de
Cl[arissimus] Galen (Sudhoff).
[158] Asclepíades,
dice Allbut, tiende a hacer desaparecer lo específico en lo universal
(fisiología terapéutica); Galeno, procediendo de un monoteísmo teórico, tiende
a disolver lo universal, en lo particular (polifarmacia).
[159]Metodus
Medendi, Lib. V., f. 63. (Traducción de Linacre de 1919).
[160] C.
J. S. Thomson: Terra sigillata, tr. XVII, Internat.
Med. Congr. 1913; Londres, 1914; sect XXIII, páginas 433-444.
[161] J.
S Milne: Conocimientos de Galeno sobre anatomía muscular. Internat.
Med. Congr., 1913; Londres, 1914; páginas 389-400.
[162] Sobre
los conocimientos de Galeno a propósito de los nervios cerebrales, véase Th.
Beck.; Arch. f. Gesch, d. Med., Leipzig; 1909-10; III, páginas
110-114.
[163] Una
posible excepción de este estado de cosas pueden constituirlo los pocos
experimentos fisiológicos hechos por Vesalio, que, por otra parte, pasaron
inadvertidos en sil tiempo.
[164] Galeno
consideraba la sangre arterial (cargada de espíritus «vitales») y la sangre
venosa (cargada con espíritus «naturales») como en flujo y reflujo hacia dentro
y afuera; por sus canales respectivos, pero no teniendo conexión una con otra
excepto a través de los poros interventriculares. De un modo análogo, los
«espíritus animales» (psíquicos) se suponía que caminaban adentro y afuera, a
través de los huecos nervios, que se convertían en sólidos después de la
muerte. Para un buen resumen de esta fase de la fisiología galénica, véase sir
Michael Forster: Lectures on the History of Physiology, Cambridge,
1901; páginas 12-13.
[165] Para
una valiosa clasificación de las citaciones de Galeno por los escritores
antiguos (ed. Kühn), véase la Disertación de Berlín, de Zimmermann
(1902).
[166] Véase
II. Barnes: Proc. Roy. Soc. Med (Sect. Hist. Med.). Londres,
1913-14; VII, páginas 71 -87.
[167] Haeser: Lehrb.
d. Gesch. d. Med., 3 Aufl., Leipzig, 1875; I, pág. 494.
[168] Guerini: History
of Dentistry, New York, 1909; páginas 67-76, y J. J. Walsh: Modern
Progrcss and History, New York, 1912, páginas 79-103. Para los antiguos
fórceps dentarios, véase Sudhoff: Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzig,
1908-1909, II, páginas 55-69, 3 láminas.
[169] Karl
Sudhoff: Hygienische Gedanken und ihre Manifestationeu in der
Meltgesihichte, Deutsche Revue,.Stuttgart. oct., 1911; pág. 43.
[170] Véase
especialmente W. H. S. Jones: Malaria and Greck history, Manchester,
1909. Su modo de pensar está vigorosamente combatido por J. P. Cardamatis (Arch.
f.Schiffs-u. Troppen-Byg., Leipzig, 1915; XIX, páginas 273-301).
[171] Sir
T. C. Allbutt Science and Medioeval Thought, Londres, 1901, página
65. Véase también la instructiva lectura de Finlayson en Glasgow Med.
Journ., 1913, XXX, páginas 321 422.
[172] Osler: Lancet, Londres,
1915, I, página 959. Osler dice que la descripción original de Aecio era
erróneamente atribuida por Sprengel a Philagrius
[173] Los
lectores modernos pueden consultar la admirable edición de Alexander
Trallianus, por Theodor Puschmann (2 v.). Viena, 1878-79, con traducción
alemana y una introducción biográfica.
[174] Una
valiosa traducción alemana, con comentarios, por J. Berendes, ha sido publicada
en Janus, Amst., 1908-13, passim, y en Leyden (E.
J. Brill, 1914)
[175] Editado
por W. A. Greenhill (Oxford, 1842).
[176] Sudhoff: Beiträge
zur Geschichte der Chirurgie in Mittelalter, Leipzig, 1914, páginas
4-7.
[177] Las
pinturas se encuentran en las siguientes obras de Guido Giudi: Chirurgía
e greco in latinmu conversa (París, 1544); en el vol. III de su Ars
Medicinalis Venecia, 1611); en su Opera Omnia (Francfort,
1668), y en la colección de Conrado Gesner De chirurgia scriptores
optimi, Zurich, 1555, páginas 321-358 (Sudhoff).
[178] Apollonius
von Kitium: Illustrierter Kommentar zur der hippocratischen Schrift,
περι αρθρων, hrsg. v. H. Schöne, Leipzig, 1896
[179] Bibliothéque
nationale. Départemcnt des manuscrits. Collection de chirurgiens grecs, (Ms,
latino 6.866). Ed. H. Omont, París (s. f.).
[180] Draper: History
of the Intellectual Development of Europe, New York, 1876 páginas
33-34. La Alhambra, como el palacio cretense de Knossos, contiene
demostraciones de los adelantos sanitarios, conocidos más tarde en Europa,
como, por ejemplo, W. C.
[181]Archiv.
für Gesch. d. Med., Leipzig, 1910-n; IV páginas 163-190, 1 lám.,
1912-13, VI, páginas 21-33. No debe confundirse esta obra con el Monitorium
oculariorum, de Haly ben Isa (Jesu Hali), un escritor del siglo XI, cuya
obra fue el clásico libro de texto de Oftalmología en los últimos tiempos del
Islam y la autoridad en la materia. La traducción medieval al latín carece de
valor y resulta ininteligible. La mejor traducción de las modernas es la de
Hirschberg y Lippert (Leipzig, 1907).
[182] Las
dos principales ediciones latinas son: la de Venecia, de 1492, y la de Lyon, de
1523.
[183] La
palabra variola ha sido primeramente empleada en la Crónica del
obispo Mario de Avenches del modo siguiente: Anno 570: Hoc anno morbus
validas cum profluvio ventris et variola Italiam Galliamque valde affiixit, et
animalia bubula per loca suprascripta máxime interierunt. Gregorio de
Tours: Historia francorum] en M. Bouquet: Recueil des
historiens des Gaules, París, 1739; II, pág. 18. (Citado por Paul
Richter, Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1911-12, V, pág.
325.
[184] Las
principales ediciones latinas del Canon son: la de Milán,
impresa en 1473; las de Padita, en 1476 y 1497; las de Venecia, en 1482, 1486,
1490, 1491, 1494 y 1500; las de Giunta, de 1527, 1544, 1555, 1582, 1595 y 1608.
Los comentarios in toto se habían impreso en cinco voluminosos
tomos por Giunta, en Venecia, en 1523.
[185] Avicena: Canon,
sect. III, trat. II, cap. XXI.
[186] Dinquizzi: Bull.
Acad, de Med., París, 1913; LXX, pág. 631. Erich Ebstein (Ztschr.
f. Urol., Leipzig, 1915) demuestra que el Viaticum
peregrinantes, de Ibn-el-Ischezzar (1004), contiene una notable
descripción de la diabetes (De passione diabética), en la que
se señalan la sed, la poliuria, el apetito canino, etc.; pero todavía no se
menciona el sabor dulce de la orina.
[187] Tres
tratados de anatomía árabe, Leyden, 1903.
[188] Una
traducción latina por J. J. Keiske, en Copenhague; y la obra se encuentra
también parcialmente traducida al francés por B. R. Sanguinette (Journal
asiatique, París, 1854-1856.
[189] «Tum
decumbat mullier in collum suum, pendeantque deorsum pedes, ejus, illa vero in
lectum decumbat, etc.», citado por Herbert Spencer in Lancet, Londres,
1912, I, pág. 1568. Mercurio, en La Contare (1596), describe
también la posición aludida.
[190] Epitomizado
en latín por R. Sehgmann, Viena, 1830-1833, y traducido al alemán bajo la
dirección de Rudolf Kobert (Histor. Stud. a. d. pharm. Inst. Univ.
Dorpat., 3 Heft., Halle, 1893).
[191] Véase
E. Wiedemann: Arch. f. Gesch. d. Naturw., Leipzig, 1914-15; V,
páginas 56-68.
[192] Edición
Denver, 1899, vol. V, páginas 189-245 (Abu-al-Husn y su esclava
Tawadud). La parte médica se encuentra en las páginas 218-226.
[193] Maurice
Girardeau, en su Disertation, de París (número 107, 1910), hace
notar que la diátesis colémica era, tal vez, el rasgo más notable de la
patología árabe
[194] J.
Hirschberg: Geschichte der Augenheilkunde, 2 Aufl., Leipzig, 1908;
II, página 2, nota. Él da varios ejemplos, verbigracia: Druso, en Siria, que en
1860 trataba las enfermedades de los ojos por el canon de Haly-ben-Isaac, de
diez centurias de antiguedad. Un libro de Cairina, de magia ocular, de 1851),
contiene un grabado de 1296 años después de J. C.
[195] Las
tretas de estas gentes son inumerables, y constituyen el asunto de una
lucubración de Rhazes. Véase, especialmente, M. Steinschneider: Wissenschaft
und charlatanerie linter den Arabern im neuntem Jahrhundert, Virchow's
Arch., Berlín, 1866; XXXVI, pág. 570; XXXVII, pág. 560.
[196] Wüstenfeld: Jamis,
Breslau, 1840; I, páginas 28-39.
[197]Las mil y
una noches, de. Burton (edición Denver); III, páginas 91 y
93, supl. IV, páginas 19 y 189.
[198]Op.cit., II,
páginas 122-124.
[199]Op.cit., IV, pág.
71.
[200] Guigues; Bull.
de sc. pharm., París, 1916; XXIII, páginas 107-118. Da una interesante
lista de las substancias que se usaban comúnmente para adulterar las drogas más
interesantes.
[201] J.
S. Billings: The History and Literature of Surgery (Denni's System of
Surjery, New York, 1895; vol. I, pág. 38.
[202] Para
una lista completa de los médicos judíos de Avignón véase P. Pansier; Janus,
Amst., 1910; XV, páginas 421-451.
[203] Una
copia de estos documentos se encuentra en la Biblioteca General de Cirugía.
[204] Para
la lista completa de los modernos médicos judíos véase F. T. Haneman en
la Enciclopedia Judía, New York, 1904; VIII, páginas 421 y
422.
[205] La
frase es empleada como un criterio de bueno y de mal gobierno en las lecturas
romanas de Roosevelt, en Biological Analogies in History, Oxford,
1910; página 23.
[206] Para
una completa información sobre este asunto véase la espléndida oración
harveiana de sir Clifford Allbutt Science and Mediaeval Thought (1901),
a la que ha quedado muy profundamente agradecido el autor de esta obra.
[207] Allbutt: Op
di., páginas 50 y 51.
[208] Withington: Medical
History, Londres, 1894; pág. 104.
[209] Sir
Clifford Allbutt: The líistorical Relatious of Medicine and
Surgery, Londres y New York, 1905.
[210] Sudhoff: Arch. f. Gesch.
d. Med., Leipzig, 1915-16; X, páginas 79-116.
[211] Editado
por Steinschneidy.r, Berlín, 1868.
[212] Acerca
de las fuentes árabes de Constantino véase M. Steinschneider, Virihon's
Arcb., Berlín, 1866; XXVII, páginas 351-410.
[213] Editado
por Choulant, Leipzig, 1832.
[214] Véase
Sudhoff: Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzip, 1914-15. VIII, pág.
377; 1915-16, IX, pág. 1. También Pagel-Sudhoff, pág. 173, y
la disertación de Leipzig, de Johannes Brinkmann, Die apokryphen
Gesundheitsregeln (etc.), 1915.
[215] Una
atractiva versificación (texto bilingüe) es la del doctor John Ordronaux
(Filadelfia, 1870).
[216] Algunas
veces llamado Nicolaus Pracpositus (verbigracia, Praeses de la f. Multad. pero
diferenciado actualmente de Nicolo Prevost. (Véase Wickcrsheimer Bull. Sor.
franç. d'hist. deMéd., París, 1911; X, páginas 388-397.
[217] Impreso
en Padua (1484) y en Venecia (1494). Editado por L. Choulant, como Carmina
medica, Leipzig, 1826.
[218] C.
Singer: Proc. Roy. Soc. Med. (Hist. Sect.), Londres, 1913-14,
VII, núm. 2, página 2.
[219] Impreso
en las colecciones enciclopédicas venecianas (tituladas Cyrurgia), fechadas
en 1498 y 1499, y en las colecciones Juntine, de 1546, y De Renzi.
[220] En
las glosas de los cuatro maestros se cita la cola de un animal usada con este
fin.
[221] Impresa
por primera vez por Pagel como Chirurgia Jamati (Berlín, 1909)
de un Ms. de Munich. Véase, además, la disertación de' Berlín de Artur Saland
(1895).
[222] Husemann: Deutsch.
Ztschr.f Chr., Leipzig, 1895; XLII, páginas 577-587.
[223] Traducción
francesa por Nicole Prevost (Lyón, 1492), y de nuevo, con comentarios, por Paul
Pifteau (Toulouse, 1898). El tratado de práctica de Saliceto (Summa
conservationis et curationis) ha sido impreso primeramente en
Piacenza (circa 1475-6), y su De salute corporis,
en Leipzig (1495). Sus méritos como médico han sido estudiados por las
disertaciones de los discípulos de Pagel, H. Grunow (1895), E. Loewy (1897), W.
Herkner (1897) y O. Basch (1898).
[224] Véase
Gurlt: I, páginas 754-765; Neuburger: II, páginas 380-384, y Albutt: The
Historical Relations of Medicine and Surgery, Londres, 1905; páginas
32 y 33.
[225] Saliceto: Líber...
in sciencia medicinan, Placentiae, 1476; ch. 140. Véase también
Haeser: Zur Geschichre der Brig'schen Krankheit, Janus, Breslau, 1848;
111, página 371, que da interesantes referencias de la nefritis en los
escritores árabes Serapión y Razhes.
[226] Un
manual quirúrgico de Jean Pitard, de manuscritos de Lüneberg (latín) V de París
(viejo francés), ha sido impreso por Sudhoff en los Arch. f. Gesch. d.
Med., Leipzig, 1908-9; II, páginas 189-278.
[227] También
impresa en las antologías quirúrgicas de 1498-99. Existe una traducción
francesa de G. Yvoire (Lyon, 1490), y una antigua versión inglesa, impresa por
la Old English Text Society (1894), y otra (Chirurgia parva), en
letras negras, por John Halle (Londres, 1565). Una soberbia traducción, en
caracteres negros, de la Chirurgia parva al español ha sido
impresa en Sevilla en 1495 Por los «tres alemanes compañeros». Ha sido también
traducida al alemán por Otho Brunfels (Estrasburgo, 1528.
[228] Para
un interesante estudio de este Aufklärung, con su desgraciada
pronta terminación, véase J. J. Walsh: The Thirteenth Greatest of
Centuries, New York, 1912.
[229] El
tratado de Anatomía de Mondeville se ha reimpreso de manuscritos de Berlín, por
Pagel, en 1889.
[230] Una
fragmentaria y antigua versión francesa de 1314 ha sido publicada por A. Bos
(París, Société des anciens textes français, 1897-99); otros
M. SS. de 1478 están en la Biblioteca Universitaria de Upsala.
[231] Véase
A. Raubach: Ueber die Wundtránke in der mitielalterlichen Chirurgie,
Berlín disserlation, 1898.
[232] El
salernitano Dum dolet, accipe era la ley, como indica
satíricamente Jhon de Salisbury (Neuburger, II, pág. 325).
Véase también C. Vicillard: Le pacte medical au Moyen Age, Bull.
Soc.franç. d'histoire de Med., París, 1904; III, páginas 482-496.
[233] Guy
aprendió la Anatomía del discípulo de Mondino, Nicolo Rertuccio, y era también
muy influenciado por Nicolo de Reggio (1317-45) y su traducción de De
usum partium, de Galeno.
[234] Sobre
esto véase V. Guerini: History of Dentistry, Filadelfia, 1909;
páginas 142-149, y J. J. Walhs: Old-Time Makers of Medicine, New
York, 1912; páginas 319-323.
[235]La
pratique en chirurgie du maistre Guidon de Chauliac, Lyon,
Barthelemy Buycr, 1478. El texto latino (Chirurgia) se ha
impreso por vez primera en Venecia en 1490; un texto veneciano in
lingua franca, en 1480; un buen texto latino, por Laurent Joubert,
canciller de Montpellier (Lyon, 1578); también un texto francés (Rouen, 1615) y
un glosario, por su hijo (1583). La mejor edición moderna son las de Symphorien
Champier (1537), Louis Verduc (1731) y otras. Existen traducciones inglesas,
alemanas y españolas. El Questyonary, en tipos negros, de
Robert Wyer (Londres, 1541), es una hermosa impresión inglesa. Un raro M. S.
inglés, propiedad de E. C. Streeter, se describe en el Proc. Charaka
Club, New York, 1916; IV, páginas 107-111, dos láminas.
[236] Neuburger: Op.
cit., II, pág. 508.—J. J. Wash: Oldtime Makers of
Medicine, New York, 1911, y Modern Progress and History,
New York, 1912, páginas 116-118.
[237] Un Traité
de médecine pratique du maitre Jehan Iperman ha sido publicado también
por Broeckx (Amberes, 1867).
[238] Sudhoff: Anatomic
im Mittelalter (Stud. zu Gesch. d. Med., Leipzig, 1908; Heft. 4,
páginas 82-89, l.XXIV.
[239] Wickersheimer: Arch.
f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1913-14; VII, páginas 1 -25, 5 láminas.
[240] De
otro modo, un manual médico general (quoddam opus in Medicina).
[241] Véase
F. Baker: John Hopkins Hosp. Bull., Balt., 1909, XX, nota de
la pág. 331.
[242] Neuburger: Op.
cit., II. pág. 432. Walsh da el texto latino en sus Papas y Ciencia (New
York, 1908, pág. 413) y traducido en la Med. Libr. and Histor.
Journ., 1906; IV, pág. 265.
[243] M.
Steinschneider: Die hebraischen Uebersetzungen des Mittelalters und die
Juden ais Polmetscher, Berlín, 1893. También Neuburger: Op. cit.,
páginas 329-337.
[244]Pagel-Sudhoff: Berlín,
1915, pág. 181.
[245] Neuburger: Op.
cit., pág. 375.
[246] El Com
ilíator consiste en 210 puntos de discusión para resolver por medio do
la disputa; por ejemplo: Ulrum nervi oriantur a cerebro nenie?, Utrum
medicina sit scientia, nenie An ossa sentíant, etc., que se
convirtieron en moda para las disertaciones y disputas de los estudiantes hasta
la diecisieteava centuria.
[247] Neuburger
(II, pág. 391) atribuye los comentarios de Amoldo a Magninus Mediolanensis.
[248] Hauréau,
en la Histoire littéraire de France, 1881, XXVIII, páginas 26 a 126
y 487.—Diepgen: Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1909-10;
III, páginas 115, 188 y 369; 1911 -12, V, pág. 88; 1912-13, VI, pág. 380.
[249] Véase
Oswald Cockayne: Leechdoms, wortcunning andstarcraf i of carly Rugí
and, 3 vol., Londres, 1864-66.
[250]Neuburger, II,
pág. 369.
[251] Véase
en Sudhoff, Arch. f. Gesch. der Med., Leipzig, 1910-11, IV,
páginas 263-281, sobre los conocimientos más antiguos (circa 1227),
y Pagel-Sudhoff, página 185.
[252] Las
últimas ediciones son las de Venecia (1502), Pavía (1517) y Augsburgo (1595).
Véase G. Dock: Janus, Amst., 1907, XII, páginas 425-435.
[253]Neuburger: II,
páginas 369 y 502.—H. P. Cholmeley: John of Gaddesden and the Rosa
Medicinae, Oxford, 1912; pág. 41. Confróntese el Compendium
Medicinae, de Gilbert, Lyon, 1510, fol. 348 verso, col.
I, con Gaddesden (fol. 51, recto, col. II).
[254] Traducido
por John Pughe, editado por John Williams en Ithel, Llandovery, 1861.
[255] Editado
por C. Molbcch, 1861.
[256] Para
una completa información de la obra de Rogerio Bacón en la ciencia véase Commemorative
Essays, editados en su séptimo centenario por A. G. Little (Oxford,
1914), y el resumen de su obra en Medicina, por E. T. Withington.
[257] El
hecho de que el «R» impresor sea Adolf Rusch y no su empleado Mentelin ha sido
puesto en claro por el distinguido filólogo de Gottinga Karl Dziatzko en su
ensayo Der Ducker mit dem bizarren «R» (Samml. Bibliothekswissensch.
Arbeiten, Halle, 1904, Heft. 17, páginas 13-24). Rusch parece que estaba
casado con Salomé, hija de Mentelin, y eventualmente trabajó en sus negocios.
La tan disputada «R» es, en realidad, un monograma de la inicial de Rusch, que
él tenía la costumbre de imprimir acá y allá en las obras que hacía, como un
signo de su trabajo en sus días de aprendizaje.
[258] El
problema de «¿cuál es la obra médica primeramente impresa y editada?» no ha
sido todavía satisfactoriamente resuelto. El Laxierkalender, de
Guttenberg, de 1457, es, naturalmente, anterior a los otros; pero es únicamente
una hoja de papel. Mlle. Pellechet asigna la fecha de 1467 a los tres tratados
de autoabusos de Johann Gerson, impresos por Ulrich Zell en Colonia. La fecha
«1468» ha sido reclamada para Tratado de la peste, de Rolando de
Parma, y la de 1469 para la Práctica (Pt. 1a), de
Giammateo Ferrari da Grado. La cuestión no podrá ser terminantemente resuelta
hasta que hayan sido catalogados los incunables médicos conocidos, comparados y
contrastados en sus tipos de impresión, filigranas (water-marks), mayúsculas
(letras iniciales), la evidencia interna de la biografía y otros datos. Esta
importante tarea ha sido ahora emprendida por el doctor Arnold C. Klebs, que ya
ha señalado fecha e impresión a muchos incunables que carecían de una y otra.
[259] Lo
cuidadosamente que había coleccionado el clero la literatura médica se aprecia
fácilmente en el notable legado de libros de Medicina a la catedral de
Hildesheim, del testamento del obispo Bruno (1161). Véase Neuburger: Op.
cit, II, páginas 321-322.
[260] A
pesar del decreto de Graciano, excluyendo a los médicos judíos de la práctica
entre los cristianos, el arzobispo Bruno de Treves (1102-24) era asistido por
el sabio Joshua; Mosés de Lieja era consultado por el clero en 1138, y la
práctica médica de Praga, en el siglo XII, estaba enteramente en manos de los
judíos (Neuburger: II, páginas 325-33).
[261] El
más antiguo de estos edictos es el de Clermont (1130), que se refiere
especialmente a la neglecta animarum cura, a la detestanda
pecunia y a los impúdicus oculos. Ya en 877 el Sínodo
de Ratisbona había decretado que Legos et physicum non studeant
sacerdotes (Neuburger).
[262] Sprengel
da las fuentes de estos decretos, a saber: G. D. Mansi: Sacrorum
consiliorum nova ct amplissima col lee tío, Florencia, 1759-98, XXI,
colums. 459, 528 y 1116; XXII, col. 1010; XXIII, col. 756.
[263]Neuburger, II,
páginas 234-236.
[264] J.
F. Payne: English medicine in the Anglo-Saxon times, Oxford,
1904.
[265] En
poder de Mr. Wilfred M. de Voynich.
[266] Neuburger: op.
cit., II, páginas 236-240.
[267] M.
Hofler: Wald-und Baumkult, Munich, 1892. También: Die
volksmedizinische Organotherapie, Stuttgart, 1908.
[268] Véase
Max Hofler el Erudito: ¡Putsches Krankhcitsnamenbuch, Munich,
1899.
[269] Para
una fotografía del vaso de Koul-Oba, véase Nouvellc Iconographic de la
Salpêlrière, París, 1901; XIV, lámina número 72, opuesta a la página
528.
[270] Primeramente
mencionados en 416 años después de J. C. en el Codex(De legatinnibus) del
emperador Tcodosio (1 ib. XVI, tit. II, páginas 42-43), pero todavía conocidos
con el nombre de Parapemponti, en el informe de San Basilio de su hospital en
Cesárea (370-379) Véase C. F. Heusinger; Janus, Breslau, 1847; II,
páginas 500-525, en el que se corrigen los errores cometidos por Sprengel.
[271]Neuburger, página
258.
[272] Véase
el cuidadoso y acabado estudio de sir John Tweedy: The Deterrent
Influence of Social and Legal Restrictions on Medical Thought and Practice. Tr.
Med. Leg. Soc., Londres, 1911, VIII, páginas 1-8. Hasta entre los
indios de Norteamérica de los tiempos modernos, un hombre médico que haya
fracasado en una serie de casos se cree que ha sido privado de su poder
curativo, y se le puede condenar a muerte. (Véase A. Hrdlicka: Bur. Am.
Ethnol. Bull., n.° 34; Washington, 1908, p. 234.)
[273] Los
vagabundos herniotomistas creían que la castración era necesaria, a causa de
que ellos pensaban que los intestinos y los testículos estaban incluidos en el
mismo saco, y que éste debía ser extraído totalmente para evitar relajaciones y
falsas curaciones del peritoneo.
[274] Holländer: Berl.
klin. Wchnschr., 1916, LIII, página 355.
[275] Soth (Memorians
of the Craft of Surgery in England, Londres, 1886, pág. 53) dice que
la fecha de esta facultad reunida de médicos y cirujanos viene a ser entre mayo
de 1421 y mayo de 1423.
[276] André
Cousin: Essai sur les origines de la médecine légale, París
Diss., número 252, 1905. C. G.—Cumston: Journ. Amer. Inst.
Crim. Law, Chicago, 1913, III, páginas 855-865.
[277] Traducido
por J. J. Walsh, en su The Popes and Science, New York, 1908;
páginas 420-423.
[278] Sudhoff
sostiene que la alegada ordenanza para los médicos municipales de 1426,
atribuida al emperador Segismundo (1410-37), es, probablemente, supuesta,
aunque él ha descubierto una ordenanza municipal de 1439, (luc reproduce
en Mitt. z. Gesch. der Med., Leipzig, 1912; XI, pág. 127.
[279] Protocolos
forenses manuscritos de leprosos sospechosos (Lepruschaubriefe) de
1337, 1380, 1397 y posteriores han sido descubiertos y publicados por
Wickersheimer y Sudhoff (Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzig,
1908-9, H, pág, 434; 1910-11, IV, pág. 370.)
[280] Allbutt: Science
and Medieval Thought, Londres, 1901; página 69.
[281] W.
Bombe and Sudhoff (K): Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzig,
1911-12; V, páginas 225-239.
[282] Antes
de 1592 el grado en Salerno era el de maestro o doctor en Artes y Medicina.
Para los tres facsímiles de los diplomas salernitanos, de 1573, 1640 y 1665,
véase P. Capparoni: Riv. di storia crit. di se. med. e'nat., 1916;
VII, páginas 65-74, 3 láminas.
[283] Neuburger: Geschichte
der Medizin, II, páginas 448-455.
[284] Neuburger: Geschichte
der Medizin, páginas 293-295.
[285] Véase
la introducción D’Arcy Power a la obra de Arderne, Early English Trxt
Society, núm. 139, páginas XÍX-XXVU.
[286] Véase
la disertación inaugural de Manuel Morris (del Instituto de Sudhoff), Leipzig,
1914.
[287] En
la preparación de esta sección debemos mucho al interesante capítulo del doctor
James J. Walsh en la Enciclopedia Católica, sub-voce Hospitals, y
a Sudhoff: Aus der Geschichte des Krankenhauswesens (Jena,
1913).
[288] Fundado
como un Xenodochium bajo la autoridad laica, y entregado más tarde al clero en
1308.
[289] F.
Keller: Bauriss des Klosters St. Gallen, Zurich, 1844 (citado
por Neuburger).
[290] R.
Virchow: Krankenhduser und Hospitalwesen, en su Ges.
Abhandl. a. d. Gebiete d. offenilichen Medizin u. d. Seuchenlehre, Berlín,
1879; II, páginas 1-130.
[291] En
este poético romance del siglo XIII, «el pobre Enrique», el héroe, viaja a
Montpellier y a Salerno para ser curado de la lepra.
[292] El Frauendienst presenta
un aspecto burlesco de los excesos de la caballería; el episodio de la lepra
representa al ridículo héroe conviviendo con los leprosos por satisfacer los
caprichos de su exigente dama.
[293] El
poema de Swinburne, El Leproso, viene a completar con el
fantástico Frauendienst el espíritu de la Edad Media. Está
basado en un episodio de aquellas crónicas, a pesar de la alegación hecha en la
antigua Francia de que el final del poema estaba escrito por el poeta mismo.
[294] Henrich
Heine: Gestandnisse (Sámmtl. Werke, Cotta éd., X, págs.
241-242).
[295] R.
Virchow: Zur Geschichte des Aussatzes und der Spitäler, Arch. f. path.
Anal., etc., Berlín, 1860; XVIII, páginas 138 y 273; XIX, pág. 43Í
1861, XX, página 166.
[296] J.
S. Billings: Dcscription of thejohns Uopkins Hospital, Baltimore,
1890, página 48.
[297] Véase
Tschirch: Pharmakognosie, Leipzig, 1910; I, páginas 695-702, y
A. W. Linton: Journ. Amer. Pharm. Assor., Filadelfia, 1916; V,
páginas 250-255.
[298] Piero
Giacosa: Magístri Salernitani nondum editi. Un volumen con
atlas. Turín, fratelli Broca, 1901.
[299] J.
M. Charcot et P. Richer: Les démoniaques dans l'art, París,
1887.
[300] Sudhoff: Beiträge
zur Geschichte der Chirurgie im Mittelalter (Studien, Heft. 10), Leipzig,
1914
[301] C.
Singer: Proc. Roy. Soc. Med. (Hist. Sect.), Londres, 1915; IX,
páginas 29-42.
[302] Sudhoff: Arch.
f. Gesch, d. Med., Leipzig, 1915-16; IX, páginas 10-25, 3 lám.
[303] Todas
las pinturas de los dos volúmenes de Codex han sido muy
hábilmente reproducidas en la obra de E. C. van Leersum and W. Martin, Miniaturen
der lateinischen Galenos-Handschrift, Leyden, 1910. Estos únicos M.
SS. han sido notificados en primer lugar por Choulant.
[304] L.
Mark: Lancet, Londres, 1914; II, página 1413.
[305] En
esto, como en todo lo que hace referencia a la relación de las bellas artes con
la antigua obstetricia, encontramos los grabados en la obra de Witkowski: tíistoire
des acouchcmcnts, París, 1887, y en la de Robert Müllerheim: Die
Woihemtube in der Kunst, Stuttgart, 1904.
[306] Gracias
a la amabilidad del Hon. Leo J. Keena, cónsul de los Estados Unidos en
Florencia, hemos podido enterarnos de la inscripción funeraria de la tumba de
Salvino degli Armati, que debía encontrarse primitivamente en el claustro
adjunto a la iglesia de Santa María Maggiore, de Florencia, que ha sido
trasladada, con su monumento, desde la sepultura y colocada en la capilla de la
Virgen María, en el lado derecho, para conservarla. La inscripción, como hemos
podido ver, dice lo siguiente:Qui diace Salvino D’Armato Degli Armati, di
Firenze, inventor degli Occhiali.Dio gli perdoni le pecatta.Anno D. MCCCXVII.
[307] Véase
R. Greeff: Die ältesten uns erhaltenen Brillen, en Arch. f
Ophtalm., Wiesbaden, 1912; LXXII, páginas 44-51, y también sus
artículos en el Ztschr. f. opthalm. Optik., Berlín, 1913-14;
II, páginas 46-77.
[308] Peter
Ochs: Geschichte der Städt und Landschaft Basel, Basilea,
1792, páginas 452 y 453Citado por Sudhoff (Wien. med.
Wochenschrift, 1913; LXX1II, páginas 3077-3081, y Arch.f
Gesch. d. AJcd., Leipzig, 1912-13; VI, pág. 454; 1914-15, VIII,
páginas 180-220). En un tratado de la peste del siglo XIV del Magister
Henricus, de Praga, desenterrado por Sudhoff (Arch. f. Gesch. der
Alcd., Leipzig, 1913-14; VII, páginas 81-89), las ocho
enfermedades qui transcunt de hominibus in homines se habían
reducido a cinco, a saber:*fiebre, peste, lepra, epilepsia y catarro (influenza
o tisis). Fastas «ocho enfermedades» tenían una gran significación, a juzgar
por las medidas profilácticas que se aplicaban.
[309] Mezeray,
en su Historia de Francia, describe las epidemias de 944 y
1090, a la última de las cuales da el nombre de fuego de San Antonio.
[310] Primeramente
descrito por Jacques de Vitry como asolando al ejército de las Cruzadas ante
los muros de Damictta (Collcc. Guizot, L1V, 111, párrafo 351),
y por Joinville cu su Histoirc deSt. Lois, París, 1617, pág.
121.
[311] Sudhoff: Arch.
f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1912-13; VI, páginas 121-126.
[312] El
nombre de fuego de San Antonio ha sido primeramente empleado por el historiador
francés Mezeray al hablar de la epidemia de 1090. La Orden de San Antonio para
cuidar a los enfermos ha sido fundada en 1093. San Marcial, Santa Genoveva y
San Benito estaban también considerados como santos patronos del ergotismo, un
completo resumen del cual puede verse en la valiosa monografía histórica de
Edvard Ehlers. Véase también el artículo del doctor Robert Fletcher en Bristol
Med. Chir. Journ., Dic. de 1912; páginas 295-315.
[313] Véase
M, Hoffler: Janus, Amst., 1909; XIX, páginas 512-526. (O
actinomicosis. (N. del T.)
[314] Citado,
de un viejo manuscrito de la época, por el doctor Robert Fletcher eu su I'ragcdy
of the Grcat Plague of Milán. Johns JIopkins Hosp. Bull.f 1898;
IX, página 176.
[315] D.
W. Singer: Proc. Roy. Soc. Med. (Soc. Hist. Med.), Londres,
1916; IX, páginas 159-212.—Véase también Sudhoff: Pestchriften aus den
ersten I50 Jahren nacli der Epidemie des «zchwarzen Todes», 1348 (Arch.
f. Gesch. de Med., Leipzig, 1910-16; W-K, passim), y
G. Sticker: Die Pest (Giessen, 1908-1910).
[316] En
confirmación de este modo de pensar, G. Sticker cita un campo epidémico de
fiebre tifoidea en Lovaina y en Nymwegen en 1635, descrito por
Diemerbroeck (Obs. et curat. med., XXIV), como vulgariter
febris gallica, a multis etiam morbus gallicus apellabatur (Mitt. z. Gesch. de
Med., Leipzig, 1916; XV, pág. 77).
[317] Karl
Sudhoff: Graphische und typographische Ersttinge der Syphilis
literatur, Leipzig, 1912.—Esta obra debe ser leída por todo el que
desee conocer los actuales puntos de vista sobre este asunto y comprobar de
primera mano la investigación (con reproducciones tipográficas y fotográficas)
de los textos y documentos originales. Sudhoff ha continuado estas
investigaciones en su Aus der Erühgeschichte der Syphilis (Stud. z.
Gesch. d. Med., Ilft. 9), Leipzig, 1912.
[318] Para
el texto de los tratados alemanes de sífilis entre 1495 Y 1510
yéase C. II. Fuchs: Dic dltcsten Schriftstclle iiber de Lustscuche in
Deutschlaud (Gottingen, 1843). Para la bibliografía desde entonces
hasta 1899 véase J. K. Prostksch: Pie Littcratur iiber dic vencrischcn
Kraukherten, 4 v., Bonn, 1889-1900.
[319] Para
el texto de Isla véase: Janus., Amst., 1901; VI, pág. 653; 1912,
VII, página 31.
[320] Es
interesante hacer notar qne Sydenham pensaba que la sífilis era idéntica al
pian de Guinea (Africa Occidental); que el Treponema perlenue, de
Castellani, es difícil de diferenciar del parásito de Schaudinn, y que para
aquél el «606» es una verdadera therapia sterilisans
[321] Sudhoff:
Mal franzoso in Jtalien, Giessen, 1912.
[322] Sudhoff:
Aus der Frühgeschichte der Syphilis, Leipzig, 1912; páginas 159-168
[323] Las
reclamaciones de su invención se dividen entre Laurens Janszoon Coser, de
Haarlen (1440), y Juan Gutenberg, de Maguncia (1450).
[324] Así
dice el original. (N. del T.)
[325]Libelus
de epidemia, quam Itali morbum gallicum cocant vulgo brossulas, Vencía,
1497 (Hain, 10.019); otra edición ha sido publicada en Milán en 1497 (Hain,
10.020), y una tercera, impresa en tipos góticos, sin sitio ni fecha (Hain,
10.018). Es más antigua y la más rara de todas.
[326]De Plinii
et aliorum in medicina erroribus, Ferrara, 1492.
[327]De
Sanitate tuenda, París, 1517.
[328]Methodus
medendi, París, 1519.
[329]De
temperamentis, Cambridge. Siberch, 1521.
[330]De
Naturabilus facultatibus, Londres, Pynson
[331]Depulsuum
usu,
Londres, Pynson, 1523.
[332]De
Syntomatum diffcrentiis. Londres, Pynson, 1524.
[333] La
traducción latina más antigua ha sido publicada en Venecia en 1490 Hain,
8.674), y otra en Nuremberg, en 1496 (Hain, 8.675).
[334] La
antigua costumbre medieval de rellenar la inteligencia infantil con libros de
enseñanza se encuentra agudamente ridiculizada, y el ideal griego de educación
como cultivando todas las facultades, incluso las físicas y sociales, está
defendidas por Rabelais.
[335] Para
un facsímil de éstos y un completo resumen de todos los calendarios incunables
véase el interesante trabajo de Sudhoff: Lasstafellkunst in Drucken des
15 Jahrhunderts, en su Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzig,
1907-1908, I, páginas 223 y 227, y página 135. Los calendarios de 1439 (Johan,
Nider von Gmünd) y 1448 no contienen nada médico.
[336] Sudhoff: Jantis, Amst.,
1909; XIV, páginas 467-485 (con texto). Para los orígenes de estas obras véase
Sudhoff: Idem, 1915; XX, páginas 443-458.
[337]Arch. f.
Gesch. d. Med., Leipzig., 1911-12; V, páginas 132-141.
[338] El
plagiario Reiff no debe ser confundido con el tocólogo suizo Jacob Rueff
(1500-58), autor del Trostbiíchle (Zurich, 1554), una
comadrona de serio carácter.
[339] Para
el texto de los escritores de sudor miliar véase C. G. Grunen Scriptores
de sudorc anglico, editado por Haeser (Jena, 1847).
[340] Para
un resumen del Hortus sanitatis, su historia, orígenes y
variedades, véase los gráficos de los incunables de L. Choulant, Leipzig, 1858,
20-75; también J. F. Payne, un buen ensayo en el Tr. Bibliog.
Soc., Londres, 1901-2; VI, páginas 63-126, con muchos grabados. En
nada el Herbarias Maguntiae impresas (1484), ni el
alemán Hortus Sanitatis (1485), es idéntico al Herbarium o
pseudo-Apuleius platonicus, impreso en Roma en 1480, de un manuscrito del monte
Cassino, por Giovanni Filippo de Lignamine, médico del Papa Sixto IV.
[341] Haeser
y Middeldorpf han sido los primeros en afirmar, en sus comentarios a
Pfolspeundt (páginas XXII-XXVII), que él no menciona las heridas de arma de
fuego en el Bündth-Ertznei. Esto se ha demostrado después ser
inexacto por H. Froelich (Deutsche mil. arztl. Ztschr., Berlín,
1874; vol. III, páginas 592-594), que puntualiza el Item vor das
büchsenpülüer auss den wünden (Pfolspeundt, pág. 10) y lo siguiente
(pág. 60): Auch machstu solchs süchel (Sonde) mol von
eissen machenn... mith dem hebstu die kleine gelödt oder kugel hiraits, die von
buchsenn hinein geschossenn sein, und auxh was sunst in den wünden ist.
[342] La
máscara protectora de Pablo se describe en la edición de Basilea (Oporinus), de
1546, libro III, cap. 22, pág. 182. Lentes estenopeicas para el estrabismo eran
también conocidas por Ambrosio Paré (1575). El término de lentes estenopeicas
ha sido ideado por Donders (1854).
[343] Οφθαλμωδουλεια, das
ist, Augendienst, Dresde, 1853.
[344] Sudhoff: Arch.
f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1911-12; V, páginas 56-58. Singer: Proc.
Roy. Soc. Med. (Sed. Hist. Med.) Londres, 1916; páginas 179-185.
[345] Esta
fecha está dada en un papel, y la última es del doctor J. F. Payne, en el Brit.
Med. Journ., Londres, 1889; I, pág. 1085.
[346] El
nombre Paracelso se supone por algunos una libre traducción de Hohenhoin, o
también una indicación de su superioridad sobre Celso. Ordinariamente él se
llamaba a sí mismo Theophrastus ex Hohenheim eremita; a saber:
de Einsiedeln.
[347] George
Moore.
[348] Respecto
de la controversia de Basilio Valentín véase Kopp (Die Alckemie, 1886),
John Ferguson (Bibliotheca Chimica, 1906), Sudhoff (Bibliographia
Paracelsica (Berlín, 1894!, C. S. Pierce, en Science, New
York, 1898, n.s. VIII, páginas 169-176, y Basil Valentín, a seventeenth
century hoax, por J. M. Stillmann, en Pop. Sci. Monthly, New
York, 1912; LXXXI, páginas 591-600. Estos demuestran que los escritos del
pseudo-Valentín pertenecen incuestionablemente a la antigua literatura del
siglo XVII. El retrato de Basilio Valentín en el Gabinete Real de Etchings, en
Munich, representa un fraile con una retorta y un pentagrama, y de aspecto muy
semejante al de los retratos de Paracelso. El Curras triamphalis
antimonii enseña a todos los prácticos a prescribir el antimonio en la
mayor intensidad de las fiebres. La alabanza terminó pronto, pero la droga
volvió a revivir en 1657, cuando curó a Luis XIV de una liebre tifoidea. El
pseudo-Valentín, refiriéndose a la sífilis, como la Nene Krankheil der
Kriegsleut, recomienda contra ella una mixtura de antimonio, plomo y
mercurio.
[349]Experimenta
ac ratio auctoram loco mihi suffraga tur (citado por Sudhoff).
[350]Ich hab
ein Arcanum, heiss ich Landanum, ist über das alles, wo
es zum Tod reichen will. Grosse Wundarznei, I, tr. 3 (Citado por
Haeser).
[351] En Todo
es bueno cuando acaba bien, act. II, esc. 3.a, cuando Lefeu refiere
como incurable el caso del rey: «Ser abandonado de los artistas», y Parolles
responde: «Así considero yo a ambos, a Galeno y Paracelso», queriendo decir,
sin embargo, que nadie, ni de la escuela galénica ni de la escuela alquimista
de los médicos, podía, de ningún modo, salvarle.
[352] E.
Ebstein: Deutsche Ztschr. f. Nervenheilk. Leipzig,
1914; Lili, página 131.
[353] Impreso
en su póstuma Opera Omnia, Estrasburgo, 1603; II, págs. 174 y
182.
[354] E.
C. Streeter ha demostrado que la fecha de 1505 señalada por Astruc a la obra de
Lacumarcino, De morbo gallico, el mejor tratado de sífilis de su
época, debe ser sustituida por la de 1524, o aun por otra posterior. (Tr.
Internat. Congr. Med., 1913, Londres, 1914; sect. XXIII, páginas
373-376). La edición de Turín, de la Biblioteca general de Cirugía, admite la
fecha de 1532.
[355]Ann.
Trop. Med. and Parasitol., Liverpool, 1912, VI, páginas
87-101.
[356] Para
un acabado estudio de todo esto véase el delicioso libro de Henry Carrington
Bolton, The Follies of Sciencie at the Court of Riulolph 11Milwaukcc,
1904.
[357] D.
E. Smith: Rara Arithmetica, Boston, 1908; passim.
[358] H.
Schelenz: Arch. f. Gesch. d. Naturwissensch., Leipzig,
1910-12; III, página 237. Hacia 1517 se habían usado con este fin grandes
letras grabadas en madera por el español Francisco Lucas y por Rampazetto en
Italia.
[359] Karl
Sudhoff: Tradition und Naturbeobachtumg in den Illustrationen
medizinischer Handschriften und Frühdrucke, vornehmlich des 15
Jahrhunderts, Leipzig, 1907; Fin Beitrag zur Geschichte der
Anatomie im Hittelalter, Leipzig, 1908; sus estudios, profundamente
originales, de la prehistoria de Ketham en las fuentes manuscritas, el ojo
esquemático, los esquemas viscerales y la Fünfbilderserie (Archiv. f.
Gesch. der Med., Leipzig, 1907-16, passim); también
la disertación de Walter Sudhoff Dic Lehre von den Hirnventrikeln in
textlicher und graphischer, Tradition des Altertums und Alittclalters (Leipzig.
1913). Un buen resumen en inglés de las ilustraciones prevesalianas tenemos en
el interesante estudio del profesor William A. Locy, en el Journ.
Morphol., Chicago, 1911; XXII, páginas 945-987.
[360] Sudhoff: Arch.
f. Gesch. Med., Leipzig, 1907-8; I, páginas 219 y 351; 1908-9; II,
pág. 84.
[361] Sudhoff: Arch.
f. Gesch. der Med., Leipzig, 1914-15; VIII, páginas 1-21, 2 láminas.
[362] W.
Sudhoff: Ibid., 1913-14. VII, páginas 149-205, 2 lám.
[363] Véase
pág. 111.
[364] C.
Singer: Proc. Roy. Soc. Med.(Hist. Sed.), Londres, 1915; IX,
páginas 43-47, 2 lám. 20
[365] Streeter: Bull.
Johns Hopkins Hosp., Balt., 1916; XXVII, páginas 113-118.
[366]I
manoscritti di Leonardo da Vinci (ed. Sabachnikoff-Piumati),
2 v., París, Turín, 1898-1901. Quaderni d’Anatomía (ed.
Vangensten, Hopstock e Fonahn), 4 v., Christiania, 1911-14. A Notes et
desseins, 12 vol., París, E. Rouveyre, 1901. Éstas han sido
acabadamente estudiadas por M. Holl (Arch. f. Anat., Leipzig, 1913,
página 225; 1914, página 37; 1915, página 1) y A. C. Klebs (Bull. Med. Hist.
Soc., Chicago, 1916; páginas 66-83; Boston Med. and Surg.
Journ., 1916, CLXXV, páginas 1 y 45.)
[367] El
que los manuscritos de Leonardo hayan podido ser vistos y estudiados por otros
se sugiere del hecho de existir alguna copia de sus dibujos en Durero y en las
ambiguas figuras de esqueletos en los Uffizi de Florencia.
[368] Es
posible que en esta figura se haya querido representar a Alessandra Giliani,
una talentuda muchacha de Persiceto que auxiliaba a Mundinus en sus
disecciones.
[369] El
apellido familiar de Vesalio era «Witing», finalmente cambiado en «Wesel», en
el punto en que antiguamente vivían. Vesalio tenía el hábito de llevar en
brazos tres comadrejas (wesel).
[370] El
retrato de Vesalio por Ticiano se encuentra en el palacio Pitti, de Florencia.
[371] Tortebat
era un pseudónimo de Roger de Piles (Choulant).
[372] Véase
G. H. Velschius: Sylloge, Augsburgo, 1667, pág. 4; (Rumler), páginas
46 y 47, y el Vesalius, de Roth, pág. 239.
[373] Vesalio
la denominó la glándula pituitam cerebri excipiem, y creía que
era la encargada de segregar las descargas mucosas nasales. (Fábrica, lib.
VII, cap. XI.)
[374]Glandulae
renibus incumbentes, llamadas capsulae renales, por
Spigelius (1627) y capsulae suprarrenales por Riolanus (1628).
[375] Como
ha demostrado el doctor Frank Bak, el acueducto entre el tercero y el cuarto
ventrículos del cerebro, atribuido por varios escritores indiferentemente a
Jacobus y a Franciscus Sylvius, ha sido descrito y representado por otros
anatómicos muchos años anteriores a aquéllos. (Johns Hopkins Hosp.
Bull., Baltimore, 1909; volumen XX, páginas 239-339).
[376] Para
una excelente traducción de la obra véanse las publicaciones de Columbus por el
doctor L. C. Boislinicre, en St. Louis Med. Rev., 1906; L1V,
páginas 357-362.
[377] Berengarius
mismo ha explicado (Counneniaria, 1521, fol. 2 b) que
cuando él dice anatomía in vivís se refiere, en realidad, a lo
que se ha llamado anatomía fortuitao sea el conocimiento anatómico
obtenido naturalmente por los cirujanos al abrir el cuerpo en las operaciones,
algo equivalente a las «autopsias in vivo» de Naunyn. Los
prejuicios de lo ignorante y lo vulgar estaban excitados por el horror a la
Cirugía, los gritos de los enfermos, etc. (Véase Choulant: Geschichte
der anatomischeu Abbildung, Leipzig, 1852; pág. 28.)
[378] Stephanus: De
dissectione, París, 1545. Como quiera que alguna de las láminas de su
obra aparecía firmada como más antigua de 1530-32, y no son diferentes de
algunas de las láminas de Vesalio, se ha querido acusar a este último autor de
plagiario; pero esta acusación parece suficientemente destruida por la
aparición de las seis láminas venecianas de Vesalio en 1538, siete años antes
de que se publicase la obra De dissectione, de Etienne (1545).
[379] Juan
Valverde de Hamusco: Historia de la composición del cuerpo humano,
Roma, 1556.
[380] Stephanus: De
dissectione, 1545, III, ch. 35.
[381] Se
cree que hay además una edición de Vicary publicada en 1548. (Véase
Payne: Brit. Med. Journ., Londres, 1896; I, páginas 200-203).
[382]Johns
Hopkins Hosp. Bull., Baltimore, 1901; XII, páginas 240-242.
[383] Fanfarronadas,
que era el nombre que llevaban, y cuyo empleo constituía una moda en aquella
época. Brantóme ha escrito un libro dedicado por completo a este asunto.
[384] Paré: La
maniere de traicter les plaies (etc.), París, 1545.
[385]Briefve
collection de l'administration anatomique (etc.), París, 1550.
[386]Discours,
a savoir, de la mumie (etc.), París, 1582.
[387] Carpi: Commentaria, Bonn,
1521, f. ccxXV.
[388] Marianus
Sanctus Bamlitanus: De lapide reman, Venecia, 1535.
[389] Tagliacozzi: De
curtorum chirurgia per insitionem, Venecia, 1597.
[390] Pierre
Franco: Petit traité (Lyon, 1556) y Traité des hernies (Lyon,
1561). Editados por E. Nicaise (París, 1895).
[391]A prooved
practise for all young chirurgians concerning burnings with gunpowder and
wounds made with gunshot (etc.), Londres 1591.
[392]De
chirurgia scriplores optimi quique veteres et recetiores, 1555.
[393] Por
su estudio de los padres alemanes de la Botánica debemos mucho al Landmarks
of Botanical History, del doctor Edward Lee Greene (Smithsonian
Misc. Collect., V, 54; Washington, 1909, páginas 169-314). Encantadora en
el estilo e irreprochable en erudición, esta obra es cordialmente recomendada a
los médicos como la más interesante historia de la antigua botánica y materia
médica que ha aparecido hasta la fecha.
[394] Tschirch: Die
Pharmacopöe ein Spiegel ihrer Zeit, Janus, Amst., 1905; X, páginas
281, 337, 393, 449 y 505.
[395] Gesner: Enumeratio
medicamentorum purgantium, Basilea, 1543
[396] Belon: De
arboribus coniferis, París, 1533.
[397] Citado
por H. M. Bariow: Proc. Roy. Soc. Med. (Sect. Hist. Med.). Londres,
1913; VI, páginas 108-149.
[398] Los
términos derivativo y revulsivo son algunas veces empleados de un modo
indiferente para significar la sangría a distancia, en lugar de en el sitio de
la lesión. La distinción es caprichosa (Littré).
[399] Sobre
esto hay que recordar, no obstante, que Fracastoro en ninguna parte se refiere
a los últimos como organismos vivos (contagia animata), sino
que los describe (como en términos de química física) como algo muy semejante a
nuestros modernos «sistemas coloidales», aunque él los considera como capaces
de reproducción en los medios apropiados. Entre Fracastoro y Athanasius
Kircher, la decisión de prioridad respecto de la teoría de los gérmenes
dependerá de que el árbitro sea materialista o vitalista. En el De
Contagione, Fracastoro da también el primer relato auténtico del tifus
(1546), el «tabardillo» de los escritores españoles y mejicanos contemporáneos.
[400] Véase
(Schmutzer: Arch. f. Gesch. d. Naturwissensch., Leipzig,
1910-1 2; VIII, páginas 61-70.
[401] Para
la lista de los libros médicos de los médicos y estudiantes de la Universidad
de Cracovia en el siglo XVI véase J. Lachs: Arch. f. Gesch. d.
Med., Leipzig, 1913-14; VIII, páginas 206-217
[402] J.
J. Walsh: PhysiciansFees Down the Ages. Internat. Clinics.,
Filadelfia, 1910; 20 s., IV, pág. 269.
[403]Med.
Corr. Bl. d. Würtemb. ärztl. Ver., Stuttgart, 1914; LXXXIV, pág.
609.
[404] El
gran centro del comercio de drogas de Londres en la época de Isabel era
Bucklerslmry, inmortalizado en el relato de Falstaff como aquel vástago
tartajoso y balbuciente que viene como mujer vestida de hombre y huele como
Bucklersbury en la época de las plantas medicinales (Shakespeare: Las
alegres comadres de Windsor, act. III, esc. III).
[405] Véase
Honschel: Janus, Breslau, 1846, I, páginas 186-223.
[406] Roth: Vesalius, Berlín,
1892; pág. 192.
[407] Para
conocer las preguntas que se dirigían a un candidato alemán en Cirugía en 1580
véase J. W. S. Johnsson: Janus, Amst., 1910; XV, páginas
129-142.
[408]Véase
Lancet, Londres, 1909; II, pág. 1020.
[409] Forsyth: Proc.
Roy. Soc. Med., Londres. 1910-11; IV, pt. 1; Sect. Dis. Child, páginas
112-116.
[410] Ha
sido precedida por la autopsia hecha en Bolonia por Guglielmo da Varignana en
1302.
[411] D’Arcy
Power: Proc. Roy. Soc. Med. (Sect. Hist. Med.), Londres,
1912-13; VI, páginas 18-35.
[412] La
Facultad de París tiene unos estatutos semejantes de 1452; los de Piacenza han
sido impresos en 1569, y muchos códigos éticos locales siguieron a éstos.
[413] De
Hery: La méthode curatoire de la matadie vénerienne, París, 1552.
[414] Reproducido
por H. Peters: Der Arzt, Leipzig, 1900, pág. 101.
[415] Rodeado
por una inscripción de 110 líneas en latín, por Theodoricus Ulsenius, e impreso
en Nuremberg.
[416] Fracastorius: De
morbis contagiosis, 1533, cap. VI.
[417] Francisco
Bravo: Opera medicinalia, Méjico, 1570.
[418] ¿Humboldt: Reise
in die Aequinoctial Gegenden von Amerika, citado por Haeser
[419] Stamm: Nosophthorie, Berlín,
1861, citado por Haeser.
[420] Reicke: Arch.
f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1911-12; V, páginas 418-424.
[421] Según
Hernández Morejón y Haeser, Gutiérrez de Angulo (1444-1522) ha publicado, en
fecha no conocida, un Tratado de la enfermedad del garrotillo.
[422] Sudhoff: Arch.
f. Gesch. der Med., Leipzig, 1912-13; VI, pág. 127.
[423] Véase
Tschirch: Pharmakognosie, Leipzig, 1910; I, 2 Abth., páginas
716-722, y A. W. Linton: Journ. Am. Pharm. Assoc., Filadelfia,
1916; V, páginas 366 y 471
[424] Sudhoff: Arch.
f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1912-13; VI, páginas 449-455.
[425] Esta
obra puede colocarse al lado de los Principios de Newton, por
el hecho de que combate enérgicamente las corrientes supersticiones árabes
de Las mil y una noches, atribuyendo la desviación de la brújula a
las «montañas magnéticas o a la influencia magnética de los astros, y la
antigua creencia de los marinos de que el ajo destruye el poder magnético.
Después de una acabada investigación de las propiedades de la piedra imán,
Gilbert establece el teorema de que la Tierra misma es un gigantesco magneto esférico;
una proposición que ha sido el punto de partida de las obras subsiguientes de
las variaciones magnéticas terrestres, El florido encomio de Dryden: «Gilbert
descubrirá el fin de la viva educada piedra imán», es verdadero desde el punto
de vista de la cronología humana, pero no en los tiempos siderales o
geológicos. Gilbert es también digno de recuerdo por haber descubierto la
electricidad por fricción, a la que dió el nombre del ámbar (ηλεατρον)
empleado.
[426] Vesalio: Fábrica,
Basilea, 1543; páginas 262, 268, 295, 305, 311, y la lámina
del lado opuesto, 312. Véase W. A. Locy: Biology and its Makers,
New York, 1908; páginas 45-50.
[427] J.
G. Curtis: Harvey's Views on the Circulation (ed. F. S. Lee), New
York, 1915
[428] Huxley
caracteriza a Riolano como «un filisteo timpanítico, que ninguno hubiera sido
peor, por unas incisiones poco agudas».
[429] Walaeus: Epistolae
duae, 1640 (in T. Bartholinus, Anatomía,
Leyden, 1541; páginas 539-541, lámina).
[430] Primeramente
expuesto por Francesco Redi en esta forma: Omne vivum ex vivo.
[431] Para
un detenido estudio de este asunto véase el admirable ensayo del difunto
profesor W. K. Brooks sobre Harvey as Embryologist en el Bull.
Johns Hopkins Hosp., Baltimore, 1897; VIII, páginas 167-174.
[432] La
probable razón de imprimir Harvey el Exercitatio en Francfort
a. M. era la de ser esta ciudad el centro del comercio continental de libros
hasta después de la Guerra de Treinta Años, y que había allí cada semestre un
mercado de libros en el que podían verse todos los libros nuevos del mundo, y
que era esperado por los principales libreros de Londres (William Stirling).
[433] G.
Assellv: De lactibus, Milán, 1627. Este tratado aparece
ilustrado por un abigarrado grabado en madera, impreso en rojo obscuro; por
consiguiente, el primer grabado anatómico coloreado.
[434] J.
Pecquet: Experimenta nova anatómica, París, 1651.
[435] O.
Rudbeck: Nova exercitaiio anatómica exhibens ductus hepática aguosos et
vasa glandularum serosa, Westeras, 1653.
[436] Th.
Bartholinus: De lacteis ihoracicis, Copenhague, 1652.
[437] Recordado
en una singular y rara lámina de cobre de 1642.
[438] N.
Highmore: Corporis humani disquisitio anatómica, Haghe, 1651.
[439] F.
Glisson: De hepate, Londres, 1654.
[440] Th.
Wharton: Adenographia, Londres, 1656.
[441] T.
Willis: Cerebri anatome, Londres, 1664.
[442] R.
Lower: Tractatus de corde, Londres, 1669.
[443] C.
Havers: Osteología nova, Londres, 1691.
[444] W.
Cowper: Glandularum quarundam... descriptio, Londres, 1702.
[445] M.
Malpighi: De pulmonibus, Bolonia, 1661.
[446] L.
Bellini: De structura renum, Florencia, 1662.
[447] A.
Pacchioni: Diss. epistolaris de glandulis conglobatis durae meningis
humanae, Roma, 1705
[448] H.
Mcibom: De vasis palpebrarum, Helmstädt, 1666.
[449] Th.
Kerckring: Spicilegium anatomicum, Amsterdam, 1670.
[450] J.
C. Brunner: Glandulae duodeni, Francfort, 1687.
[451] F.
Ruysch: Dilucidado valvularum, Hague, 1665.
[452] R.
de Graaf: De mulierum organis generatione inservientibas, Leyden,
1672.
[453] A.
Nuck: De dúctil salivali novo, Leyden, 1685.
[454] N.
Steno: Observationes anatomicae, Leyden, 1662.
[455] J.
C. Peyer: De glandulis intestinorum, Schaffhauscn, 1677.
[456] Erróneamente
atribuida por Baas al publicista Stephan Michelspacher. La idea de representar
las relaciones anatómicas por medio de láminas superpuestas había sido ya un
carácter del Renacimiento. Las Fliegende Blaiter han sido
sugeridas por Vesalio y utilizadas en la Confinnatio (1567),
de L. Thurnheysser, y en el Augendienst, de Bartisch (1583)
[Choulant].
[457] Bidloo
ha protestado de esto en su Gulielmus Cowper, criminis
literarii ciiatus (Leyden, 1700).
[458] Ruysch: Thesauri
anatomici, Amsterdam, 1701-1716.
[459] Giacomo
Leopardi: Dialogo di Federico Ruysch e delle sue mummie en la
colección de sus obras.
[460] W.
W. Keen: Early History of Practical Anatomy, Filadelfia, 1874,
passim.
[461] Véase
A. C. Haddon: History of Anthropology, New York y Londres,
1910; páginas 15 y 16.
[462] A.
Quatrefages: Les Pygmaes, París, 1887.
[463] J.
Kollmann: Pygmáen in Europa, 1894.
[464] J.
A. Meigs: N. Amer. Med. Chir. Rev., 1861; V, pág. 840 (citado
por Haddon).
[465] La
historia antigua del microscopio es algo complejo e indefinido. Un excelente
resumen de ello ha dado Charles Singer: Proc. Roy. Soc. Med. (Sect.
Hist. Med.), Londres, 1913-14; VII, páginas 247-279.
[466] Fr.
Loeffer: V orlesungen über die geschichiliche Entwicklung der Lehre von
den Bacterien, Leipzig, 1887; páginas 1 y 2.
[467] Kircher
ha tratado también del poder curativo del magnetismo en su Magues sive
de Arte Magnética (1643), que contiene una descripción del
«tarantismo».
[468] Para
un buen estudio de la obra de Swammerdam en Fisiología véase W. Stirling: Some
Apostles of Physiology, Londres, 1902, páginas 34 y 135, con
interesantes grabados. La vida de Swammerdam ha sido el objeto de fascinadora
«novela culto-histórica» por Hermann Klencke, titulada Swammerdam oder
die Offenbarutig der Natur (3 vols., Leipzig, 1860), cuya lectura
resulta muy interesante por la luz que nos da acerca de la vida social y de las
condiciones culturales del siglo XVII.
[469]Nalure, 29 de
junio de 1911, página 584.
[470]De
viscerum structura, Bonn, 1666.
[471]Ibidem, páginas
125 y 126.
[472] Se
ha descubierto un monumento a Malpighi en Crevalcuore el 8 de setiembre de
1897.
[473]Experientia
circa generationem insectorum, Amsterdam, 1671. Se puede
admitir también que Redi ha sido uno de los primeros en proceder al análisis de
los alimentos.
[474] Morison: Praeludia
Botánica, 1672, y Rlantarum Historia Universalis, 1680.
[475] Neuburger: Pusdmianrís
Handbudi, Jena, 1903; II, pág. 53.
[476] Véase
C. Binz: Deutsche Med. Wochensrift, Leipzig y Berlín, 1898; XXIV,
página 640, y J. J. Walsk: Old-Time Makers of Medicine, New York,
1912; páginas 336-348.
[477] Véase
S. Weir Mitchell: The Early History of Instrumental Precision in
Medicine, New Haven, 1892; pág. 10 y siguientes.
[478] Generalmente
se considera a Drebbel como inventor del termómetro de aire; a Galileo, del de
alcohol, y a Roemer, del de mercurio.
[479] Neuburger: Op.
cit., pág. 58.
[480] Páginas
431 y 432.
[481]De
febribus, Londres, 1659; páginas 171 y siguientes.
[482]Pathologiae
cerebri et nervosi generis specimen. Oxford, 1667.
[483]Adfectiouiun
quac dicuntur hystericae, etc., Leyden, 1670.
[484] La
segunda parte ha sido ponderada por Osler (Practice of Medicine, octava
cd., 1912; página 119) por su descripción de la tos ferina.
[485] De
Graaf: Disp. med. de natura et usu succi pancreatici, Leyden,
1664.
[486] De
Graaf: De virorum organis generationi in servientibus, Leyden,
1668.
[487] Bohn: Circulus
anatomico-physiologicus, Leipzig, 1686, página 460 (citado por
Neuburger).
[488] Peyer: Exercitatio
anat. med. de glandulis intestinorum earumque usu et affectionibus. Schaffhausen,
1677.
[489] Brunner: De
glandulis in duodeno intestino dcteciis, Ileidelberg, 1687.
[490]Experimenta
nova circa páncreas, Amsterdam, 1682.
[491] Steno: Observationes
anatomicae, Leyden, 1662.
[492]De
musculis et glandulis observationum specimen, Copenhague,
1664.
[493]Discours
sur l’anatomié du cerveau, París, 1669.
[494]Elementorum
myologiae specimen, seu musculi descriptio geométrica, Florencia,
1667.
[495] Glisson: De
rachitide sive morbo puerili qui vulgo the rickets dicitur, tractatus, Londres,
1650.
[496]Anatomía
hepatis, Londres, 1654
[497]De
ventrículo et intestinis, Londres, 1677.
[498] «Pero,
entre otros muchos discursos a propósito de la respiración, nos agrada más lo
que dice sir G. Ent: que no está todavía entre los físicos de nuestros días
todo conocido y concluido, no sabiéndose ni cómo su acción es gobernada por la
Naturaleza, ni por qué se usa aquélla.» (Pepys’ Diary, Mynors
Bright’s ed., Londres, 1900; V, página 191.)
[499] R.
Boyle: Nova experimentaphysico-mcchanica de vi aéris elástica,
Rotterdam, 1669.
[500] R.
Hooke: A supply of fresh air necessary for lifc, Phil. Trans.,
1667; Londres, 1700; III, página 66.
[501] R.
Lower: A method of transfusing blood, Phil. Tr., 1666;
Londres, 1700; III» páginas 226-232. Denys, de París, ha sido el primero en
practicar la transfusión sanguínea en el hombre (15 de junio de 1667), después
de lo cual Lower llevó a cabo la operación en Arthur Coga, ante la Royal
Society (23 de noviembre de 1667). El caso de Inocencio VIII (1492) es
probablemente apócrifo. (Véase Journ. Amer. Aled. Assoc., Chicago,
1914; LXII, páginas 553 y 633.
[502] C.
V. Schneider: De catarrhis, Wittemberg, 1660-62. R. Lower: Dissertatio
de origine catarrhi in qua ostenditur illum non provenire a cerebro, en
su Tractatus de corde, Londres, edición de 1680, páginas 163-175.
Este descubrimiento localiza el catarro en las vías aéreas y da fin de las
recetas «para purgar el cerebro». (Neuburger.)
[503] R.
Lower: Tractatus de corde, Londres, 1669.
[504] Francis
Gotch: Two Oxford Phiysiologists, Oxford, 1908; páginas 35-38.
Véase igualmente los brillantes capítulos de fisiología de la respiración en la
obra del sir Michael Foster: Lectures on the History of
Phiysiology, Cambridge, 1901; páginas 174-199 y 224-254.]
[505]Primo
expedit, ut morbi omnes ad definitas ac certas species revocentur, eadem
prorsus diligentia, ac 𝛼𝜅𝜌𝜄𝛽𝜀𝜄𝛼 qua
id factum videmus a botanicis scriptoribus in sais phytologiis (citado
por Neuburger).
[506] Para
la teoría matemática de la periodicidad véase Ronald Ross: Proc. Roy.
Soc., Londres, 1916; ser. A, XCII, páginas 204-230, y las curvas en el
artículo de A. Magelssen Genius epidemicus, Janus, 1906; XI,
páginas 561-575.
[507]Tractatus
de podagra et hydrope, Londres, 1683.
[508] Sennert: De
febribus, Leyden, 1627.
[509] Diemerbroek: De
peste, Arnheim, 1646.
[510] Glisson: De
rachitide, Londres, 1650.
[511] Thuillier: J.
d. sçavans, París 1676; IV, pág. 79.
[512] Höfer: Hercules
medicus, Viena, 1657, pág. 43.
[513] Wepfer: Observationes
anatomicae ex cadáveribus eorum quos sustulit apoplexia, Schaffhausen,
1658.
[514] De
Solleysel: Le parfait mareschal, París, 1664.
[515] Stahl: De
vena portae, porta malorum, 1698.
[516] Bontius: De
Medicina Indorum, Leyden, 1642; páginas 115-120.
[517] Tulp: Observationes
medicae, Amsterdam, 1652; páginas 300-305.
[518] Harris: De
morbis acutis infantum, Londres, 1689.
[519] Pechey: General
Treatise of the Disease of Infants (etc.), Londres, 1697.
[520] Fedeli: De
relationibus medicorum, Palermo, 1602.
[521] A
Castro: Medicus políticas, Hamburgo, 1614
[522] Zacchias: Quaestiones
medico-legales, Roma, 1621-35.
[523] De
Blegny: La doctrine des rapports de Chirurgie, Lyon, 1684.
[524]Nouvelles
découvertes sur toutes les parties de la Médecine, París,
1679-81.
[525] Von
Hoernigk: Politia medica, Francfort, 1638.
[526] Ammann: Praxis
vulnerum lethalium, Francfort, 1690.
[527] Welsch: Vulnerum
lethalium judicium, 1660, y De gemellis et partu numeriori, 1667.
[528] Sebiz: De
notis virginitatis, 1630.
[529] Bohn: De
renuntiatione vulnerum, Leipzig, 1689.
[530] Swammerdam: Tractatus
phys.-anat.-med. de respiratione usque pulmonum Leyden, 1667.
[531] Schreyer: Erörterung
und Erläuterung der Frage: Ob es ein gewiss Zeichei (etcétera), Zeitz,
1690.
[532] J.
M. Fortescue-Brickdale (tesis de Oxford): Guy Hosp. Gaz., Londres]
1904; LVII, páginas 15-80. D. I. Macht: Journ. Amer. Med. Assoc., Chicago,
1916 LXVI, páginas 856-860. También Ibid., 1914; LXI1, páginas
147 y 222.
[533] Estas
fechas a propósito de las aguas minerales son dadas por Handerson en su
traducción de la Historia de la Medicina, de Baas, New York,
1889; pág. 546.
[534] Todas
mencionadas por Baas: Op. cit., páginas 436 y 437, 546 y 547
[535] Baas: Op.
cit., nota de la página 547
[536] Baas: Op.
cit., pág. 47. Scherer: Literatura pharmacopoearum,
Leipzig, 1822, y Tschirch: Pharmakognosie, Leipzig, 1910; I, 2
Abl.
[537] Baas, Op.
cit., pág. 543.
[538] Neuburger: Med.
Chir. Centralblatt, Viena, 1896; XXXI, pág. 368.
[539] El
nombre es dado alguna vez en alemán, como «Fabriz»; pero Sudhoff considera
«Fabry» como genitivo de Faber, o Schmidt (Schmitz), un apellido vulgar en
Rinelandia (Münch. Med. Woch., 1910; LVII, pág. 1401.
[540]De
gangraeno et sphacelo, Colonia, 1593.
[541] Gehema: Der
wohlvcrsuchte Feld-Medicus, Rostock, 1689.
[542] Purmann: Fünfzig
sonder und wunderbare Schusswundkuren, Francfort, 1693.
[543] Mauriceau: Traite
des maladies des femmes grosses (etc.), París, 1668.
[544] El
forceps ha sido inventado por Peter Chamberlen, sr., antes de 1634 (Doran); con
él, Hugh Chamberlen consiguió que diera a luz una enana raquítica que le había
sido confiada por Mauriceau.
[545] Portal: La
pratique des accouchements, París, 1685.
[546] H.
A. Kelly: Tr. Am. Gynaec. Soc., Filadelfia, 1912; XXXVII,
páginas 8-10.
[547] Fassbender: Geschichte
der Geburtshülfe, Jena, 1906, página 224. A. Geijl (Janus, Amst.,
1906; XI, 253 y 292) es de opinión de que Roonhuyzens y Ruysch conocían el
fórceps ya en 1670.
[548] Bonet: Reducción
áe las letras y artes para enseñar a hablar a los mudos, Madrid, 1620.
[549] J.
Bulwer: Chirologia, Londres, 1644; Philocophus, Londres,
1648.
[550] J.
Wallis: De loquela, Londres, 1652.
[551] W.
Holder: Elements of Speech, Londres, 1669.
[552] G.
Dalgarno: Ars signorum, Londres, 1661; Uidascalacophus, Oxford,
1680.
[553] Reimpreso
por H. E. Handerson en Janus, Amst., 1899; IV, páginas 540-547
[554] Para
el mejor estudio de este asunto en Inglaterra véase The Role of
Scientific Societies in the Seventeenth Century, por Martha Orenstein
(Bronfenbrenner), New York, 1913.
[555] Sudhoff: Munich.
med. Wochenschrifft 1903, I, pág. 455.
[556] El
primero era el Almanac des addresses de París, 1691.
[557] Marco
Polo describe un extenso servicio de correos en la China de su tiempo, y Luis
XI, en 1464, establece un servicio oficial de mensajeros a caballo (chevaucheurs
en poste) en Francia; pero el verdadero servicio postal montado para
el público fue el establecido entre Viena y Bruselas, en 1510, por Franz von
Thurn y Taxis.
[558] J.
E. Kroon: Janus, Amsterdam, 1912; XVII, páginas 443-447
[559] Estos
cuellos eran también usados por las señoras patronas del Hospital de Leprosos
en el cuadro de Werner van Valckert de 1620 (Holländer, pág.
89).
[560] Para
las reproducciones y acabadas descripciones de todas estas pinturas véase Eugen
Holländer: Die Medizin in der klassischen Malerei, Stuttgart,
1903; páginas 34-60.
[561] El
Alkahest, el nombre del disolvente universal de Paracelso, que serviría para
preparar la piedra, se ha supuesto que derivaría del latín atkali
est, del alemán all Geist (todo gas) o Alles
ist (ello es todo); pero el químico Johann Kunkel (1630-1704), que se
ha ocupado de todas estas derivaciones, dice que el verdadero nombre es Alles
Liigen ist (Todo es mentira), porque si «ello lo disolviese todo, no
podría existir vasija que lo contuviera». Sir E. Thorpe, History of
Chemistry, Londres y New York, 1900, I, 46-56 y 81.
[562] Johnson: Uves
of the Pocts (Vidas de los poetas), sub voce Congreve.
[563] Cockayne: Saxon
leechdoms (Curanderos sajones), I, página 389.
[564] Ormerod: St.
Harth. Hosp. Journ., Londres, 1913, XX, 91-97.
[565] Ella
era también una ferviente defensora de la carne de víbora para «templar,
purificar y refrescar la sangre», y la murmuración afirmaba que sir Kenelm
Digby había envenenado a su mujer dándole dosis demasiado frecuentes de vino de
víboras, con el fin de que conservase su buen aspecto.
[566] A.
C. Wootton: Chronicles of Pharmacy, Londres, 1910; vol. II,
páginas 2-31.
[567] Glauber: Tractatus
de natura salium, 1658.
[568] W.
Strirker: Jantis, Breslau, 1847; II, páginas 297-399.
[569] H.
Schnppler: Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1911-12; V,
páginas 446-449; 1912-13, VI, página 232.
[570] Estos
remedios están descriptos ampliamente en las Chroniclcs of
Pharmacy, Londres, 1910; passim.
[571] Safford: Ann.
Rep. Smithson. Inst., 1915, Washington, 1916; páginas 272-298, siete
láminas.
[572] Para
la historia de la moxa véase Reichert. Deutsches Arch. f. Gesch. d.
Med., Leipzig, 1879; II, páginas 45 y 145
[573] Para
la descripción de ellos véase L. Courtadon: Aesculape, París,
1912; II, páginas 188-192.
[574] H.
Peters: Die Heilkunt in der Städt Hannover, Hannover, 1901. A.
C. Klebs: Arch. f. Gesch. der Naturw., Leipzig, 1914-15; V,
páginas 102-107, 2 lám.
[575] Véase
Tschirch: Pharmakognosia, Leipzig, 1910, II, y Linton: Journ.
Am. Pharm. Assoc., 1916; V, páginas 473 y 574
[576] Véase
el Index Catalogue, S. G. O., 1 s., X, páginas 594-595.
[577] Véase Brit.
Med. Journ., Londres, 1870; II, pág. 169.
[578] Véase
A. Köhler: Arch. H. Klin. Chir., Berlín, 1914; CV, páginas
780-783.
[579] E.
Forgue: Montpellier méd., 1911; XXXII, pág. 601; XXXIII, pág.
8.
[580] M.
Raynaud: La Médecine au temps de Molière, París, 1862. Hasta
en el siglo XV era habitual en los regentes de la Facultad de París tener el
recreo de una visita a los baños públicos, seguida de una cena, y todo a
expensas de los bachilleres (E. Wickersheimer: Gazette des eaux,
París, 1914; LVII, pág. 751).
[581] Estos
datos están tomados del delicioso estudio de Maurice Raynaud: La
Medecine aux temps de Molière, París, 1862. Frank Baker, en el The
Faculty of París in the Seventeenth Century, New York Med. Journ., 1913;
XCVIII, páginas 11 5-1 21, da una atractiva presentación, en inglés, de este
asunto.
[582] Acerca
de esto véase France Med., París, 1912; LIX, pág. 365.
[583] Véase
C. Stichler: Archiv. f. Gesch. der Med., Leipzig, 1908-9, II,
285-300.
[584] Para
un completo estudio de todos estos cuadros, con reproducciones, véase Eugen
Holländer, Die Medizin in der Klassischen Malerei, Stuttgart,
1903.
[585] L.
Stieda: Janus, Amst., 1903; VIII, páginas 178-189.
[586] Para
más detalles véase el artículo sobre la medicina rusa en Lancet, Londres,
1897; II, páginas 354-361.
[587] O.
W. Holmes: Medical Essays, Boston, 1883; páginas 278-283.
[588] Baas: History
of Medicine, New York, 1889; pág. 582.
[589] En
el anverso de estas medallas del hambre se expone, generalmente, un vendedor de
trigo, de mal aspecto, pesando un saco de esta gramínea, que un demonio está
empeñado en puncionar. El reverso lleva la medida de una fanega, en cuya
superficie interna aparece inscrito (en alemán) el versículo de los Proverbios (XI,
26): «El ha robado el trigo; el pueblo le maldecirá.» La superficie exterior
tiene escrito: «Pero la bendición descenderá sobre la cabeza del que lo venda.»
[590] Pfeiffer
y Ruland: Pestilentia in nummis, Tübingen, 1882; pág. 19.
[591] Manzoni: Storia
delta colonna infame, 1840.
[592] Robert
Fletcher: Johns Hopkins Hosp. Bull., Baltimore, 1898; IX, páginas
175-180.
[593] G.
Sticker: Janus, Amst., 1898; III, pág. 138.
[594] G.
Sticker: Die Pest, Giessen, 1908; I, pág. 178.
[595] Packard History
of Medicine in the United States, Filadelfia, 1901; pág. 39.
[596] H.
J. C. von Grimmelshausen: Der abentáuerliche Simplicius
Simplieissimas, 1668.
[597] Jacoby
(A): Jahrb. f. Kinderh., Stuttgart. 1913 (Baginsky-Feslschrift), página
414.
[598] Véase
la historia de la escarlatina de Paul Richter (Arch. f. Gesch. der
Med., Leipzig, 1907-8; I, páginas 161-204) que corrige los errores
cometidos por Haeser.
[599]Defebribus, 1660, ch.
XVI.
[600]Op.
cit., pág. 413
[601] Traill
y Mann: Social England, Londres, 1903; IV, pág. 647 (citado
por Forsyth).
[602] Forsyth: Proc.
Roy. Soc. Med., Londres, 1910-u; IV, p. 1a, Sed.
Díss. Child., páginas 116-120.
[603]Colección
Rovinsky, Petrogado, 1890.
[604] Para
reproducciones de estos cuadros véase Eugen Holländer: Die Medizin in
der Klassischen Malerei, Stuttgart, 1903.
[605] A.
C. Swinburne: Essays und Studies, Londres, 1875; pág. 356
[606] El ürbispictus, de
Amos Comenius (1657), que ha deleitado tanto a Goethe en su infancia, es una
característica producción del siglo XVII, destinada a hacer más sencillo el
latín a los niños de las escuelas por medio de ilustraciones.
[607] A.
P. de Candolle: Regni vegetabilis systema naturale, París,
1818-21. También su Prodromus, París, 1824-73, y su Organographie
végetale, París, 1827.
[608] Stahl: De
venae portae porta malorum, Halle, 1698.
[609] Stahl; De
fistula lachrymali, Halle, 1702.
[610] Los
otros clasificadores botánicos de la enfermedad en el siglo XVIII han sido
Rudolph August Vogel, Sagar, Cullen, McBride, Daniel y Flouquet (Wunderlich).
[611] Allbutt: Brit.
Med. Journ., Londres, 1900; II, 1850.
[612] Brown: Elementa
medicinae, 1780
[613] Allbutt: Op.
cit., pág. 1850. El único experimento positivamente comprobado de
Boerhaave es su intento de averiguar los efectos del calor extremado sobre los
animales. El ha hecho coger a sus discípulos Prevoost y Fahrenheit un perro y
un gato, poniéndolos en un horno a 63 °C., encontrando que morían en veintiocho
minutos, al paso que el gorrión moría en siete minutos. Este es, ciertamente,
un género de experimentación del cual podemos perfectamente prescindir.
[614] Véase
C. E. Daniëls: Jantis, Leyden, 1912; XVII, páginas 295-312, 2
láminas. Para las notas taquigráficas de Van Swieten en las lecturas de
Boerhaave, que dan alguna idea de su modo de hablar el latín, véase E. C. van
Leersum: Janis, 1912; XVII, páginas 145-152.
[615] A.
von Haller: Experimenta et dubia circa ductum salivalem novu
Coschwizianum, Leyden, 1727.
[616]Bibliotheca
botánica, Zurich, 1771-72. Bibliotheca
anatómica, 1774-77. Bibliotheea chirurgica, Berna,
1774-77.—Bibliotheca medicinae practicae, Basilea, 1776-7 8.
[617]De
partibus corporis humani sensibilibus et irritabilibus, en Comment.
Soc. reg. Gottingae (1752), 1753; II, páginas 114-214.
[618]Mitt. d.
naturf. Gesellsch. in Bern. (1902), 1903, ni mere s ¡1.5 19-1.550,
páginas 203-226.
[619] Haller: Methodus
studii medici, Amsterdam, 1751
[620]Bibliotheca
chirurgica, Berna, 1 774-75
[621] Los
versos aparecen en el apostrofe de Haller a Newton, quien, naturalmente,
removía la malquerencia de Goethe, de acuerdo con su oposición a la teoría de
los colores de Newton.
[622] J.
P. Süssmilch: Die göttliche Ordnung in denen Veränderungen des
menschlichen Geschlechts, Berlín, 1742.
[623] Blumenbach: De
generis humani varietate nativa, Göttinga, 1776.
[624] Otro
valioso atlas de cráneos es el citado en la descripción del Museo Anatómico de
Leyden por Eduard Sandifort (1793-1835).
[625] Frank: De
vertebralis columnae in morbis dignitate, en sus Delect.
opusc, med., Ticini, 1792, XI, páginas 1-50.
[626]De
curandis hominum morbis epitome, Viena, 1792-1821.
[627] El
inventor del termómetro de 80 grados.
[628] Réaumur: Sur
la digestión des oiscaux. Mém. Arad. Roy. des Se., 1752, París, 1 756,
páginas 266-307.
[629] Spallanzani: Della
digestione degli animali, en su Física animale, Venecia,
1782, vol. I, páginas 1-312; II, páginas 1-83.
[630]Prodromi
sull riproduzione animale. Riproduzioni della coda del girino, Módena,
1768.
[631]Ibídem.
[632] Véanse
las Memorias sobre respiración en la colección de sus obras.
[633] Réaumur: Mém.
de L'Acad. de Se., París, 1712; páginas 223-242, 1 lám.
[634] Trembley: Memoires
res pour servir a l'histoire d'un genre depolypos d’eau douce, Leyden,
1744.
[635] Bonnet: Traité
d’insectologie, pt. 2a, París, 1745.
[636] Backer: An
Attempt towards a Natural History of the Polype, Londres, 1473
[637] Spallanzani: Prodromo
di un opera sopra le riproduzioni animali, Milán, 1829.
[638]Phil. Tr.,
Londres, 1795; LXXXV, páginas 177-189, 1 lámina.
[639]Ibidem, 1797;
LXXXVII, páginas 197-214, 1 lámina.
[640] Hunter
acostumbraba a decir que la anatomía del sistema linfático había sido
desenvuelta por él mismo, por su hermano John, por Hewson y por Cruikshank.
[641] Por
la adición de sublimado corrosivo y de ácido nítrico, o por la ebullición Erich
Ebstein).
[642] Galvani: De
viribus eledricilatis in motu musculari, Módena, 1792
[643] Una
estatua a Volta ha sido erigida en el Athenaeum de la
Universidad de Pavía en 1878.
[644] J.
N. Langley: Journ. Physiol., Londres, 1916; I, páginas
225-258.
[645] Fontana: Ricerche
fisiche sopra il veleno della vípera, Lucca, 1767.
[646] Priestley: Observations
on Different Kinds afair., Phil. Trans. Londres, 1772. LXII, páginas
147-264, 1 lám.
[647] Lavoisier: Hist.
Acad. Roy. d. Se., 1775; París, 1778; páginas 520-526.
[648]Ibidem, 1780;
París, 1784; páginas 355-408.
[649] Hassenfratz: Ann.
d. Chem., París, 1791; IX, pág. 275.
[650] Magnus: Ann.
d. Phys. 11. Chem., Leipzig, 1837; XLI, páginas 583-606.
[651] Véase
Neuburger: Einleitung, pág. 108, y Syst. Physiol. Therap. (ed.
S. Solis Cohen), 1903, K passim
[652] Cheselden: Osteographia, Londres,
1733.
[653] B.
S. Albinus: Tabulae sceleti et musculorum corporis humani, Leyden,
1747.
[654] G.
H. Eisenmann: Tabulae anatomicae quatuor uteri (etc.),
Estrasburgo, 1752.
[655] J.
G. Zinn: Descriptio anatómica oculi humani, Gottinga, 1755.
[656] A.
Scarpa: De structura fenestrae rotundae auris et de tympano,
Módena, 1772 De auditu et olfactu, Pavía, 1789. De penitiorum
ossium structura, Leipzig, año 1799.
[657] Soemmerring: De
basi encephali et originihus nervorum cranio egredientium, Gottinga,
1778.
[658] F.
Sandifort: Tabulae intcstini duodem, Leyden, 1780.
[659] W
P. Masragni: Vasorum lymphaticorum corporis humana historia et
iconographia. Siena, 1787.
[660] W.
Cowper: Glandolarum quarundam, nuper delectaríandescriptio, Londres,
1702.
[661] A.
Vater: Diss. anal, qua novum bilis diverticulum circa orificium ductus
choledochi (etc.), Witenberg, 1720.
[662] J.
N. Lieberkühn: De fabrica et actione villorum intestinorum tenuium
hominis, Leyden, 1745
[663] Douglas: A
description of theperitonaeum, Londres, 1730.
[664] J.
F. Meckel: De quinto pare nervorum cerebri, Gottinga, 1748.
[665] H.
A. Wrisberg: Observationes anatomicae de quinto pare nervorum encephali,
Gottinga, 1777.
[666] J.
G. Zinn: De ligamentis ciliaribus, Gottinga, 1753.
[667] G.
D. Santorini: Observationes anatomicae, Venecia, 1724.
[668] S.
T. von Soemmerring: Vom Baue des menschlichen Körpers, Francfort an
Mein, 1791-96.
[669]Ueber die
körperliche Verschiedenheit des Negers vom Europäer, Cassel,
1784.
[670]Ueber die
Wirkung der Schnurbrüste, con láminas en cobre, Berlín, 1793.
[671] Goethe: Versuch
die Metamorphose der Pflanzeu zu erkldren, Gotha, 1790.
[672] Goethe: Ueber
den Zwischenkiefer des Menseben und der thiere. Nova Acta Acad.
Leopold-Carol., Halle, 1831; XV.
[673] Véase
J. G. de Lint, Janus. Amst., 1916, XXI, págs. 1 29-135, cuatro
láminas.
[674] Véase
Alban Doran: Journ. Obst. and Gynaec. Urit. Emp., Londres,
1915 » XXVII, páginas 158 y 159.
[675] «Sería
mejor que no hubiesen sido púdicas para lo existente» (citado per Molí). Tal
vez el emperador estaba pensando en el consejo que van Swieten daba a su padre.
[676] Harvie: Practical
Directions, shewing a method of preserving the Perinaeum in birth and
delivering the Placenta without violence, Londres, 1767; páginas 45-48.
[677] Véase
H. Jellet: Tr. Roy. Acad. Med. Ireland, Dublin, 1899-1900; XVIII,
páginas 305-316, y T. P. Kirkpatrick: Journ. Obstr. and Gynaec. Brit.
Empire, Londres, 1915; XXVII, páginas 1-7.
[678]Med. Obs.
&° lnquiries, Londres, 1762; II, páginas 373-381.
[679]Reffections
on dividing the Symphysis of the Ossa Pubis. Publicado como un
suplemento de la segunda edición de la obra de J. Vaughan, Cases and
Observations on the Hydrophobia, Londres, 1778.
[680]On the
uncertainty of the signs of murder in the case of bastard children, en Med.
Obs. 6° inquiries, 1778-83, Londres, 1784; VI,
páginas 266-290.
[681]Two
Introductory Lectures, Londres, 1784.
[682]Med. Obs. 6° inquiries,
Londres, 1753-57; I, página 340; 1762, II, página 390
[683]Ibidem,
Londres, 1771; IV, página 409; 1776, V, página 388.
[684]Ibidem (1757-61).
Londres, 1762; II, páginas 44 y 45
[685] Véase
E. Ingerslev: Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1908-9; II,
páginas 141-188.
[686] Los
instrumentos habían sido representados por Heister en 1724. El fórceps
doblemente articulado de Dusée fue exhibido en Edimburgo en 1735. El fórceps
curvo ha sido ideado por Pugh (1740), Levret (1747) y Smellie (1751-53). Fue
seguido de otros muchos modelos. Para más detalles a propósito de la historia
del fórceps en el siglo XVIII, véanse los artículos de Alban Doran en Journ.
Obs. ana. Gynaec. Brit. Empire, Londres, 1912; XVII, páginas 119 y
203; 1913, XXIII, páginas 3 y 65; XXIV, páginas 1 y 197; 1915, XXVII, página
154. Los últimos (1915) dan una buena necrología de la historia del fórceps.
[687] J.
L. Petit: Traité de mal. chirurg, París, 1774; páginas 153 y 160.
[688] Y
como los cirujanos españoles Pedro López de León (1628), Daza Chacón 1678),
Agüero, etc.
[689] J.
P. Desault: (Œuvres chirurticales, París, 1801; páginas
553-580.
[690] P.
F. Moreau: Observations practiques relatives a la résection des
articulations affectées de carie, París, thcsis, año XI (1803).
[691] Richter: Abhandhung
von den Brüchen, Gottinga, 1777-79.
[692] W.
Cheselden: Phil. Tr., Londres, 1728; XXXVI, pág. 447.
[693] C.
White: Phil. Trans., Londres, 1769; LIX, páginas 39-46, 1 lám.
[694] White: An
inquirí (etc), Warrington, 1784. También Londres, M. J., 1785; V, páginas
50-57.
[695] David: Dissertation
sur les effets du nuouvement et du repos dans les maladies chirurgicales,
1779. Aunque la caries espinal se denomina actualmente «Enfermedad de Pott,
Pott no describió la enfermedad, ni su naturaleza tuberculosa, sino solamente
la deformidad de la columna vertebral, con sus consecuencias. La naturaleza
tuberculosa de la columna vertebral gibosa, encontrada en las momias egipcias
por Elliot Smith, ha sido sospechada por Hipócrates (Dislocaciones, § 41),
confirmada por Galeno, revivida por J. Z. Platner (1744) y, finalmente,
establecida por Delpech (1816).
[696] Véase
Howard A. Kelly: Les débuts de l'histoire de l'appendicite en France.
Présse Médicale, París, 1903; páginas 437-441.
[697]Tr. Soc.
Improvement Med. & Chir. Knowledge, Londres, 1913; I, páginas
182-188.
[698]Ibidem, I,
138-181; 1800, II, páginas 235-256.
[699] J.
M. Riggs: Penn. J. Dent. Se., Filadelfia, 1876; III, páginas,
99-104.
[700] J.
Abernethy: Surgical Observations, Londres, 1809: páginas 234-292.
[701] J.
Abernethy: Phil. Trans., Londres, 1793; páginas 59-68, 2 lám.
[702] Bard: Med.
Obs. & Inq., 1757-61, Londres, 1762; II, páginas 369-372.
[703] Baynham: New
York Med. Phil. Rev., 1809; I, páginas 160-172.
[704] Post: Am.
Med. & Phil. Reg, New York, 1814; IV, pág. 452.
[705] Daniel: Sur
une nouvelle méthode de guérir la cataracte par Textraction du cristallin. Mém.
Acad. Roy.de Chir., París, 1753: II; páginas 337-354.
[706] Hasta
el empleo de la iridectomía había trabajado Daviel, como lo demuestra su carta
a Haller (J. de Med., Chir., Pharrn., etc.), París, 1762; XVI,
páginas 245-251.
[707] Stahl: De
fístula lachrymali. Halle, 1702.
[708] Heberden: Med.
Tr. Coll. Phys., Londres, 3.a ed., 1785; I, pág. 60; 1806-13, IV, pág.
56.
[709] Dalton: Mem.
Lit. & Phil. Soc., Manchester, 1798; V, pt. 1, páginas 28-45.
[710] Young: Phil.
Trans., Londres, 1793; páginas 169-181, 1 lám.
[711] Young: Phil.
Trans., Londres, 1801; XCI, págmas 23-88, 5 lám.
[712] François
Villon (traducción de Swinburne).
[713] Valsalva: De
aure humana tractatus, Utrecht, 1717.
[714] Scarpa: De
structura fenestrae rotundae auris, Mutinae, 1772, y su Anatomicae
disquisitiones de audita et olfatu, Ticini, 1789.
[715] Cotugno: De
aquaeductibus auris humanae internae, Viena, 1774.
[716] Geoffroy: Dissertatious
sur Torgane de Tome, Amsterdam, 1778.
[717] Comparetti: Observations
anatomicae de aure interna comparata, Padua, 1789.
[718] Pyl: Dissertatio
medica de auditu, Greifsvvald, 1742 (véase Neuburger: Janus,
Amst., 1896-97; 1, pág. 380).
[719] Guyot: Hist.
Arad. Roy. des Se., 1724; París, 1726, página 37.
[720] Cleland: Phil.
Irans., 1732-41; Londres, 1756; XLIX, páginas 213-222, 1 lám.
[721] Politzer: Cesh.
der Ohrenheilk, Stuttgart, 1907; 1, página 336.
[722] Wathen: Phil.
Tr. 1755; London, 1756; XLIX, páginas 213-222, 1 lámina.
[723] Petit: Traité
d. mal. chir., París, 1774, páginas 153 y 160.
[724] Jasser: Schmucker's
Vermischte chirurgische Schriften, Berlín, 1781; vol. III, páginas 1
13-125.
[725]Chir.
Hibl. (Richter),
Gottinga, 1785; VIII, página 524; 1788, IX, página 553.
[726]Ibidem: 1790,
X, página 613.
[727] Véase
Schmiegelow: Ztschr. f. Ohrenheilk, Wiesbaden, 1913; LXVIIÍ,
pági55 59
[728] C.
M. de l’Epée: La véritable maniere d'instruire les sourds et muets,
París, 1784.
[729] Se
llamaba «El desollinador de chimeneas» (Der Rauchfangkehrer). Composición
de Salieri.
[730] Para
la más acabada apreciación de Auenbrugger en la literatura médica, véase el
doctor S. Weir Mitchell, que dió una hermosa contribución en Tr. Congr.
Am.Phis. 1891; New York, 1892; II, páginas 180 y 181.
[731] Virchow: Morgagni
und der anatomische Gedanke, 1894.
[732]De
Sedibus, Venecia, 1761; I, pág. 70 (citado por Osler).
[733] E.
Ebstein: Deutsche Zeitschr. f. Nervenheilk, Leipzig, 1914; LIII,
páginas 130-136.
[734] Baillie: Phil.
Tr., Londres, 1788; LXXVI1, páginas 360-363.
[735]London
Med. Journ., 1789; X, páginas 322-332.
[736] Gaub: Institutiones
pathologiac medicinalis, Leyden, 1758.
[737] Gaub: Libellus
de methodo concinnandi formulas medicamentorum. Leyden 1739.
[738] G.
Föy. Med. Press. & Circ. Londres, 1915; CLI, pág. 39,
[739] Heberden: On
the chioken-pox, Med. Ir. Coll. Phys., Londres, 1767; 3.a ed., 1785;
I, páginas 427-436.
[740]Ibidem,
1768-70; II, páginas 59-67.
[741] Heberden: Comentarii, Londres,
1802; cap. XXVIII, página 130.Haygarth: A clinical history of acute
rheumatism., Londres, 1805, página 158 (Arnold Klebs).
[742]Med. Tr.
Coll. Phys., Londres, 3a ed., 1785; I, página
60; 1806-13, IV, página 56.
[743]St.
Bartholomew’s Hosp. Rep., 1910; Londres, 1911; XLVI,
páginas 1-12.
[744] Lettsom: Mem.
med. Soc., Londres, 1779-87; I, páginas 128-165.
[745] Harry: Collected
Works, Londres, 1825; I.páginas 478-480.
[746]Ibidem: III,
páginas 1 11-128.
[747] Véase
su De scorbuto, Venecia, 1766.
[748]De morbo
colico Damnoniensi, Londres, 1739.
[749] Baker: An
essay concerning the cause of the endemial colic of Devonshire, Londres,
1767.
[750] Pringle: Observations
on the Diseases of the Army, Londres, 1752; prefacio, páginas viii y
ix.
[751] Van
Swieten: Kurze Beschreibung und Heilungsart der Krankheiten welche am
of testen in dem heldlager heobachtet werden, Viena, 1758.
[752] H.
D. Rolleston: Journ. Roy. Nav. Med. Serv., Londres. 1915; I,
páginas 181 a 190.
[753] Howard: The
State of the Prisons in England and Wales, Warrington, 1777, y
su An Account of the Principal Lazarettos in Europe, Warrington,
1789.
[754] Amman: Surdus
loqueas, Amsterdam, 1692 (reimpreso en 1700).
[755] De
L'Epée: Institution des sourds et muets par la voie des signes
methodiques, París, 1776.
[756] C.
G. Gruner: Der gemeinschaftliche Kelch, Jena, 1785.—Die
venerische Ansteekung durch gemeinschaftliche Trinkgeschirre, Jena,
1787
[757] M.
Neuburger: Janus., Amst., 1903; VIII, páginas 26-32, y Wien.
klin. Wochenschr., 1911; XXIV, pág. 1367. Neuburger cita lo siguiente
del Analyse médicinale du sang (1774): J'en conclus
que le sang roule toujours dans son sein des extraits de toutes parties
organique ... chacun (des organes) aussi sert de foyer et de laboratoire à une
humeur particulière qu'il renvoie daus le sang après l'avoir préparée dans son
sein, après lui avoir donné son caractère radical, páginas 943, 948.
[758] Véase Sitzungsb.
d. k. Akad. d. Wissensch. in Wien, Phil hist., CL, 1877;
LXXXIV, pág. 387 y siguientes, y Janus, Amst. 1906; XI,
páginas 381, 446, 581 y 588 (E. L. van Leersum). Se dice que Haller estaba
disgustado con van Swieten a causa de que sospechaba que éste había prohibido
sus poemas en Austria.
[759] Plenciz: Tractatus
de scarlatina.
[760] Planck: Doctrina
de morbis cutaticis, Viena, 1776.
[761] Hildenbrand: Deber
den ansteckenden Typhus, Viena, 1810.
[762] Werlhof: Opera
omnia, Hannover, 1775; II, páginas 615-636 (Disertación publicada en
Brunswick, 1735).
[763] J.
G. Zimmermann: Von der Ruhr unter dem Volke im Jahr 1765; Zurich,
1786.
[764] Wichmann: Aetiologie
der Krátze, Hannover, 1786.
[765] Reil: Arch.
f. Physiol., Halle a. S., 1809; IX, páginas 136 y 195.
[766] Reil: Rhapsodieen (etc.),
Halle, 1803.
[767] Reil: Von
der Lebenskraft, Arch. f. d. Physiol., Halle, 1795; I, páginas 8-162.
[768] Lancisi: De
noxiis paludum effluviis, Roma, 1717.
[769] Lancisi: De
subitaneis mortis, Roma, 1707. Escrito con el propósito de asustar a la
población romana acerca del número de muertes súbitas ocurridas en 1706.
[770] Lancisi: De
motu coráis et aneurysmatibus, Nápoles, 1738.
[771] Torti: Therapeutice
specialis ad febres quasdam perniciosas, Módena, 1712.
[772] Casal: Historia
natural y médica del principado de Asturias, Madrid, 1762.
[773] Thiéry: Journ.
de Med., Chir. et Pharm., París, 1755; II, páginas 337-346.
[774] Frapolli: Animadvetsiones
in morbum (vulgopelagratn), Milán, 1771.
[775] Mesmer: Memoire
sur la découverte du magnétisme animal, Ginebra y París, 1779.
[776] Joh.
Caspar Lavater: Von der Physiognomik, Leipzig, 1772.
[777] F.
Hoffmann: De genuina chlorosis Indole, 1730.
[778]Opera
Omnia: Ginebra, 1748; II, página 63.
[779] J.
Freke: Phil. Tr., 1732-44; Londres, 1747; IX, página 252.
[780] Fothergill: An
account of the sore throat, Londres, 1748.
[781]Med. Obs.
Soc. Phys., Londres, 1771-76: V, páginas 129-142.
[782]Med. Obs. 6° Inquiries,
Londres, 1784; VI, páginas 103-137.
[783] J.
Z. Platner: De iis, qui ex tuberculis gibberosi fiunt, Leipzig,
1744 (con lámina por Schonemann).
[784] N.
André: Observations pratiques sur les maladies de l’urétre, París,
1756.
[785] F.
Thiéry: Journ. de Méd., Chir. et Pharm., París, 1755; II,
páginas 337-346.
[786] W.
Hunter: Med. Obs. Inquiries, Londres, 1757; I, página 340.
[787] T.
Tronchin: De cólica Pictonum, Ginebra, 1757.
[788] Mestivier: Journ.
Méd., Chir et Pharm., 1759; X, página 441
[789]Tr. Roy.
Soc. Edinb. (1773), 1790; II, pt. 2.a, páginas 59-72.
[790] Heberden: Med.
Tr. Coll. Phys., Londres, 3.a ed., 1785; I, páginas 427-436.
[791]Ibidem, Londres,
1768-70; II, páginas 58-67.
[792] Whytt: Observations
on the Dropsy in the Brain., Edimburgo, 1768.
[793] Rutty: A
chronological history (etc.), Londres, 1770.
[794] Cotugno: De
ischiade nervosa, Viena, 1770.
[795] Werlhof: Opera
omnia, Hannover, 1775; II, páginas 615-636.
[796] Dobson: Med.
Obs. 6° Inquiries, Londres, 1776; V, páginas 298-316.
[797] Pott: Remarks
on that kind of palsy (etc.), Londres, 1779.
[798] F.
Home: Clinical Experiments, Edimburgo, 1780.
[799] Lettsom: Mem.
Med. Soc. Lond., 1779-87; I, páginas 128-165.
[800]Parry’s
works, Londres, 1825; II, página 111.
[801] Beardsley: Cases
&Obs. Med. Soc., New Haven County, 1788; páginas 81-84.
[802] Soemmerring: Abbildungen...
einiger Missgeburten, Mainz, 1791; página 30 lámina XI.
[803] Stewart: Med.
Comment., Edimburgo, 1794; Dec. II, IX, página 332.
[804] Wollaston: Phil
Tr., Londres, 1797; LXXXVII, páginas 386-400.
[805] Friedrich: Med.
chir. Ztg., Salzburgo, 1798; I, página 415.
[806] Haslam: Observations
on insanity, Londres, 1798.
[807] Véase
C. Singer: Janus, Amst., 1911; XVI, páginas 81-98.
[808] Machin: Phil.
Ir., Londres, 1733; XXXVII, páginas 299-301, 1 lámina.
[809] Baker: Phil.
Ir., Londres, 1755, XLIX, pt. i.a, páginas 21-24.
[810] Tilesius. Amführliche
Beschreibung... der beiden sog. Stachelschwcinmensehrn, Altemburgo.
1802.
[811] Watson: Phil.
Ir.. Londres, 1754; XI.VIH, páginas 579-57
[812] Wichmann: Ictiologic
der Kratze, Hannover, 1786.
[813] Home: Phil.
Ir., Londres, 1791; LXXXII, páginas 95-105.
[814] Sprengel: Versuch
einerpragmatischen Geschichte der Medicin, Halle, 1792 a. 1803.
[815] L.
L. Finke: Versuch einer allgcmcinen medicinich-praktischen
Gcographie, Leipzig, 1792-95
[816] Véase
Reginald H. Fitz, en Zabdiel Boylston, en el Bull.
Johns Hopkins Hospital, Baltimore, 1911; XXII, páginas 315-327, y A. C.
Klebs. Ibidem, 1913; XXIV, páginas 69-83, passim. La
inoculación era una medida preventiva común en América durante la guerra de la
revolución.
[817] Citado
por Osler en sus Principios y práctica de la
Medicina, octava edición, NVw-York, 1912; pág. 330.
[818] Jenner: Inquiry, 1798;
nota de la pág. 13. Citado por L. Hektoen en Journ. Im. 1 íei. Jrr.,
Oiicago, 1912: LYIII, nota de la pág. 1087.
[819] En
el Columbian Sentinel de 12 de marzo de 1799, Waterhouse se
refiere a la vacuna en una frase del bajo oriente: «Algo curioso en la línea
médica.»
[820] J.
S. Billings: A Centu.ry of American Medicine, Filadelfia,
1876; pág. 293.
[821] Beardsley: Loe.
cit., páginas 81-84
[822]Arch.
Pediatr., New York, 1903; XX, páginas 355-357.
[823] La
novela Charles Brockden Brown, de Arthur Mervyn, contiene otro
interesante relato de la epidemia.
[824]Pharmacopoeia
simpliciorum et efficiarum in usum Nosocomi militaris ad Exercitum Federatum
Americae Civitatum, Filadelfia, Styner, & Cyst. (1778). Una copia
se halla en la Biblioteca Quirúrgica General. Handerson ha dado un facsímil de
la página-título de la segunda edición (1781) en su traducción (le Baas, pág.
820.
[825] J.
G. Mumford: A Narrative of Medicin in America, Filadelfia,
1903; pág. 122.
[826] La
disertación para el grado de Edimburgo, de Shippen: De placentae cum
útero nexa 1701, no tiene actualmente mas que un interés puramente
bibliográfico.
[827] Rush: Medical
Observations and lnquiries, Filadelfia, 1789; V, páginas 104-121.
[828] C.
K. Mills: Benjamin Rush y la psiquiatría americana, 1886
(citado por Mumford
[829] Por
su carta a Whately, de Londres, 1785.
[830] Todo
el que haya leído a Pope recordará su tributo de gratitud a Arbuthnot:
«Amigo de
mi vida (que tú no prolongues;
El mundo
ha acariciado demasiado un sueño perezoso),
Pero las
musas sirven para aliviar algún amigo, no mujer;
Para
auxiliarme en esta larga enfermedad la vida;
Tú, en
segundo termino, Arbuthnot, con tu arte y tus cuidados
Has
enseñado a evitar el sufrimiento.»
[831]Les
collecitons artistiques de la Faculté de Médecine de París, Inventaire raisonné
par Noé Legrand et L. Landouzy, París, 1911.
[832] Así
llamados por el estado desarreglado de las ricas corbatas en la batalla de
Stcinkirk (1692). Después de este acontecimiento, los estudiosamente
desordenados lazos llegaron a ponerse de moda en Francia, y también en
Inglaterra, si hemos de dar crédito a los poetas de la Restauración. Véase
la Reincidencia de Vanbrugh, act. 1°., esc. 3a, y
el Rob-Roy, de Walter Scott, cap. XXXI.
[833] L.
Mark: Lancet, Londres, 1915; II, página 1412 (con grabados).
[834] Para
tm buen estudio de la carrera médica de Schiller, véase Neuburger, Wren.
klin. Wochemchr., 1905, XVIII, 488-497.
[835] Las
obras de Taylor, traducidas a varios idiomas, contienen varias cosas en que se
adelanta a su tiempo, como, por ejemplo, la primera delincación de la córnea
cónica después de la de Duddell (en 1736). Véase G. Coats: Roy.
Lond. Optic. Hosp. Kep. 1915; NX, páginas 1-92.
[836] Para
mayores informes a propósito de los charlatanes ingleses del siglo XVIII, véase
el admirable número dedicado al charlatanismo del British Medical
Journal de 27 de mayo de 1911 (vol. I, páginas 1264-1274); las
crónicas de farmacia de Wootton, Londres, 1910; vol. II, páginas 203-219, y las
noticias biográficas en Leslie Stephen.
[837] J.
C. Jeaffreson: A Book about Doctors, New York, 1861; VI,
páginas 101-114.
[838] J.
G. de Lint: Janus, Leyden, 1913; XVIII, páginas 165-196.
[839] Para
un divertido discurso de Rochester véanse Wootton's Chronicles of
Pharmacy, Londres, 1910; IIr páginas 204-205.
[840] Jeaffreson: Op.
cit., pág. 83.
[841] T.
S. Perry: The Evolution of the Snob, Boston, 1887; páginas
57-60.
[842] J.
Williams and P. Bennet: Essays on bilious fever, Londres,
1752.
[843] Citado
por G. Wythe Cook: The history of medical ethics, New York
Med. Journ., 1915; CI, páginas 140-205.
[844] Baas: Op.
cit., 745. 751 y 763
[845] Wootton: Op.
cit., II, páginas 65 y 67.
[846] J.
S. Billings: The History and Literature of Surgery (in Detinis «System»), New
York, 1895; h 7°
[847] E.
Forgue: Montpellier med.., 1911; XXXIII, páginas 10 y 11.
[848] Baas: Op.
cit., páginas 749, 760 y 774. Para una muestra de examination de
1803 con las respuestas iliteratas véase E. Wickersheimer: Taris
Méd., 1912-13; supl., páginas 749-75
[849] Citado
por Billings, op. cit., pág. 83.
[850] Charler
(J. A. M.): Üniv. Durham Coll. Med. Caz., Newcastle, 1916;
XVI, página 59.
[851] Su
codificación de leyes, o Constitutio criminalis Theresiana (1768),
era una férrea armadura en este respecto, lo mismo que el antiguo código de
tortura de Guazzini (1612), y al paso que la práctica del tormento había sido
abolida por Federico de Prusia en 1740-54, y en Sajonia en 1770, no fue hasta
1776 cuando María Teresa consintió en suprimirle. Austria llegó a este
adelanto, gracias a los humanitarios esfuerzos y a los escritos de Ferdinand
von Leber y Joseph von Sonnenfels. Véase Max Neuburger: Wein. klin.
Wochenschr, 1909; XXII, páginas 1075 a 1078, y H. Schncickert: Arch.
f. Krim. Anthr. Leipzig, 1907; XXVII, páginas 341 y 345
[852] Para
el estudio del estado quirúrgico de los verdugos en el siglo XVII véase K.
Carde: Janus, Amst., 1897-98; II, páginas 309-312.
[853]Lancet,
Londres, 1897; II, páginas 354-361.
[854] Para
su historia véase A. Chereau: Notice sur l'origine de la bibliotheque
de la Faculté de.Médecine de París, París, 1878.
[855] Para
más detalles véase la historia de las bibliotecas médicas y de los periódicos
médicos en el Handbook Reference de Stedman (New York, 1915;
V, páginas 707 y 901.
[856] Packard: History
of Medicine in the United States, Filadelfia, 1901. Lamina opuesta a
la pág. 158.
[857] John
Bell: Letters on Professional Character and Manners, Edimburgo,
1810; páginas 590-592.
[858] El
Museo del abate Felice Fontana (1730-1803) era la más famosa colección de este
género anatómico del siglo XVIII, conteniendo más de 1.500 preparaciones en
cera, muchas hechas según las preparaciones de Mascagni. Eran de «muy bello
aspecto, pero poco precisas y de muy poco valor científico.» (J. S. Billings)
[859] H.
A. Kelly: Journ. Amer. Med. Ass., Chicago, 19 n;
LVIII, páginas 437-441.
[860] L.
Hahn: Janus, Amst., 1899; IV, pág. 26.
[861] Tenon: Memoires
sur les hópitaux de París; París, 1788.
[862] Bright: Travels...
through Lower Hungary, Edimburgo, 1818; págs. 87 y 88
[863] Münkemüller: Zur
Geshesche den Psychiatrie in Hannover, Halle, 1903. También. Allg.
Zlschr. f. Psychiat, Berlín, 1902; LIV, páginas 193-210.
También: Psychiat-neurol-Wochenschr., Halle, 1911-12; XIII,
páginas 211, 220 y 232.
[864] Forsyth: Proc.
Roy. Soc. Med., Londres, 1910-11; IV, Sect. Dis. Child., páginas
121-141. H. Brüning: Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1907-8;
I, páginas 326-328.
[865] Estos
hallazgos fueron recusados por Murchison.
[866] Packard: Hist.
of Med. in the Unit. Stat., Filad., 1901; págs. 156, 160 y
161.
[867] Las
modificaciones y publicaciones de la Medical Society de New Jersey, de
1766-1859, permanecieron manuscritas hasta 1875, en que fueron impresas.
[868] Burdick: Dietet
& Hyg. Gaz., New York, 1912; XXVIII, Véase también J. N.
Bertolet; Phil. Month. Med. Journ., 1899; 1, páginas 423-426.
páginas 730-732.

