© Libro N° 11993.
El Lobo Y Las Siete Cabritillas. Hermanos
Grimm. Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
El Lobo Y Las Siete Cabritillas. Hermanos
Grimm
Versión Original: © El Lobo Y Las Siete Cabritillas. Hermanos
Grimm
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL LOBO Y LAS SIETE
CABRITILLAS
Hermanos Grimm
El Lobo Y
Las Siete Cabritillas
Hermanos
Grimm
Érase una
vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente
como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar
comida y llamó a sus pequeñuelas. "Hijas mías," les dijo, "me
voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a
todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis
enseguida por su bronca voz y sus negras patas." Las cabritas
respondieron: "Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos
tranquila." Despidióse la vieja con un balido y, confiada, emprendió su
camino.
No había
transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo:
"Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo
para cada una." Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz,
que era el lobo. "No te abriremos," exclamaron, "no eres nuestra
madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el
lobo." Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo
comió para suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta:
"Abrid hijitas," dijo, "vuestra madre os trae algo a cada
una." Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla
las cabritas, exclamaron: "No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las
patas negras como tú. ¡Eres el lobo!" Corrió entonces el muy bribón a un
tahonero y le dijo: "Mira, me he lastimado un pie; úntamelo con un poco de
pasta." Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro del molinero:
"Échame harina blanca en el pie," díjole. El molinero, comprendiendo
que el lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo
amenazó: "Si no lo haces, te devoro." El hombre, asustado, le
blanqueó la pata. Sí, así es la gente.
Volvió el
rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: "Abrid, pequeñas; es
vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del
bosque." Las cabritas replicaron: "Enséñanos la pata; queremos
asegurarnos de que eres nuestra madre." La fiera puso la pata en la
ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras
y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios
mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse una debajo de la mesa; la
otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta,
en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y la más pequeña, en la caja
del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar
cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la
caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se
alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado, tumbóse a dormir a la
sombra de un árbol.
Al cabo
de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta,
abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto;
la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a
sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus
nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llególe la vez a la última, la cual,
con vocecita queda, dijo: "Madre querida, estoy en la caja del
reloj." Sacóla la cabra, y entonces la pequeña le explicó que había venido
el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la
madre la pérdida de sus hijitas!
Cuando ya
no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al
llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente
que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, parecióle que algo se
movía y agitaba en su abultada barriga. ¡Válgame Dios! pensó, ¿si serán mis
pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la
pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza
al monstruo, y apenas había empezado a cortar cuando una de las cabritas asomó
la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas
vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había
engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a
su mamaíta, brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo: "Traedme
ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia,
aprovechando que duerme." Las siete cabritas corrieron en busca de piedras
y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre
cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de
nada ni hizo el menor movimiento.
Terminada
ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el
estómago le diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba,
moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con
gran ruido, por lo que exclamó:
"¿Qué
será este ruido
que suena en mi barriga?
Creí que eran seis cabritas,
mas ahora me parecen chinitas."
Al llegar
al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo
hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas,
acudieron corriendo y gritando jubilosas: "¡Muerto está el lobo! ¡Muerto
está el lobo!" Y, con su madre, pusiéronse a bailar en corro en torno al
pozo.
* * * *
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