Libro N° 10895. La Niña Que Odiaba Los Libros. Pawagi, Manjusha.
© Libro N° 10895.
La Niña Que Odiaba Los Libros. Pawagi,
Manjusha. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
La Niña Que Odiaba Los Libros. Manjusha
Pawagi
Versión Original: © La
Niña Que Odiaba Los Libros. Manjusha Pawagi (sin ilustraciones)
Circulación
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https://cambiopolitico.com/cuentos-para-crecer-la-nina-que-odiaba-los-libros/48293/
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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LOS LIBROS
Manjusha Pawagi
La Niña
Que Odiaba Los Libros
Manjusha
Pawagi
La Niña Que Odiaba Los Libros
Manjusha Pawagi
Leanne Franson recuerda que de niña ya dibujaba gente de otros lugares y
culturas prehistóricas. Trabaja con tintas acrílicas y acuarela. Es también la
autora de un personaje conocido de cómic, Liliana. Vive en Montreal con su
perro y dos gatos.
Fuente Nota:
https://www.lavanguardia.com/libros/libro/la-nina-que-odiaba-los-libros-3-ed-9788426134073
Fuente imagen:
Toronto Star via Getty Images/Michael Stuparyk
Érase una vez una niña que se llamaba Meena.
Si buscarais lo que significa su nombre, encontraríais que quiere decir
«pez» en antiguo sánscrito, Pero Meena no lo sabía, porque nunca buscaba nada
en ningún libro. Odiaba leer, odiaba los libros.
«Siempre están estorbando», decía, Y era verdad, porque en su casa había
libros por todos lados. No solo se encontraban en las estanterías o en las
mesitas de noche, donde suelen estar los libros, sino también en todo tipo de
lugares donde no es habitual que haya libros.
Había libros en los cajones y estantes de la cocina, en la alacena, en
los armarios roperos, en el lavabo. Y los había en el sofá, en las escaleras,
se amontonaban dentro de la chimenea e incluso se apilaban sobre las sillas.
Lo peor de todo era que sus padres iban llevando MÁS libros a casa. No
paraban de comprar libros, de sacarlos de la biblioteca y de pedirlos por
catálogo. Los leían mientras desayunaban, almorzaban o cenaban. Pero cuando
preguntaban a Meena si quería leer, ella pataleaba gritando «¡Odio los
libros!», Y cuando intentaban leerle algo en voz alta, se tapaba los oídos y
gritaba aún más fuerte «¡ODIO LOS LIBROS!».
Probablemente solo existía una criatura en el mundo que odiaba los
libros más que Meena, Era su gato Max. Mucho tiempo atrás, cuando Max era solo
un gatito, le cayó un atlas sobre la cola. La punta quedó curvada como un
limpia pipas. Desde entonces, el gato siempre ha procurado estar encima de los
libros en vez de debajo de ellos.
Una mañana, Meena, después de haber sacado todos los libros del
lavamanos para poder cepillarse los dientes, fue a la cocina para preparar su
desayuno y el de Max. Se subió encima de una pila de enciclopedias para
alcanzar el paquete de los cereales. Luego abrió el frigorífico y saco un
montón de revistas para poder alcanzar la leche. Se sirvió y echó un poco para
el gato.
«¡Max! –llamo–. ¡Ven a desayunar!» Pero Max no fue. Llamó otra vez.
«¡Max! ¡A desayunar!»
Seguía sin acudir,
«¿Dónde estará?», se preguntó. Lo buscó en la ducha y detrás de la
lavadora, bajo las escaleras y encima del reloj. Encontró más libros, pero no
encontró a Max.
De repente oyó un sonoro «¡Miaaauuuu!». Corrió hasta el comedor y allí
lo vio, encaramado en la pila de libros más alta de la casa. Eran los libros
que sus padres le habían comprado y que ella se negaba a leer. Abajo estaban
los grandes álbumes de brillantes colores que le habían regalado cuando era
pequeñita. Más arriba, los abecedarios y los libros de canciones, y encima de
todo, casi tocando el techo, había cuentos de hadas y novelas de aventuras.
Todos estaban cubiertos de polvo.
«No te preocupes, Max –le dijo Meena–. ¡Te voy a rescatar!»
Empezó a trepar por la columna de libros. Al principio era fácil, porque
los álbumes tenían una tapa dura y para Meena era como subir escaleras. Pero
cuando llegó a los libros de tapa blanda, su pie resbaló sobre un libro de
poemas. Perdió el equilibrio y empezó a deslizarse.
¡PATAPAM! La pila se derrumbo. Los libros cayeron por todas partes, las
tapas se abrieron bruscamente por primera vez, y las páginas se desprendieron.
Entonces empezaron a ocurrir cosas extrañas. Las personas y los animales
salieron de las paginas dando volteretas, y acabaron en el suelo uno encima del
otro, desparramando los libros y haciendo caer las sillas.
Aparecieron príncipes y princesas, hadas y ranas. Después llegaron un
lobo, tres cerditos y un gnomo sentado en un tronco. Humpty Dumpty saltó por
los aires y su cáscara se partió por la mitad; detrás venían Mamá Oca y una
jirafa morada. También había elefantes, emús y elfos, mariposas, y un gran
número de monos, todos enredados entre sí.
Pero sobre todo había conejos, cayendo por allí y por allá. Conejos de
campo, conejos blancos y conejos con sombreros.
Meena estaba sentada en medio de todos ellos, demasiado sorprendida para
moverse. «¡Pensaba que los libros estaban llenos de palabras, no de conejos!»,
exclamó cuando
salieron seis más rodando de un libro y se pararon a su lado.
El comedor estaba irreconocible. El elefante, en equilibrio sobre una
mesita, hacía malabarismos con los platos de loza. Los monos habían arrancado
las cortinas y se las ponían como capas. Y los conejos mordisqueaban las patas
de la mesa.
«¡Basta! –gritó Meena–. ¡Volved!» Pero el alboroto, los ladridos y
gruñidos eran tan estrepitosos que nadie la oyó.
Agarró el conejo más cercano e intentó meterlo dentro de un libro de
cocina; pero el animal se asustó tanto, que se escapó de las manos de Meena y
huyó. Al abrir otro libro, salieron volando cuatro patos. Meena volvió a
cerrarlo de golpe.
«Esto no puede ser –dijo Meena–. No sé a qué libro pertenece cada
personaje.» Se quedó pensando un minuto. «Ya lo tengo –dijo–. Preguntaré a cada
uno dónde va.»
Empezó con una extraña criatura que no logró identificar. «¿Quién
eres?», le preguntó. «¡Soy un cerdo hormiguero!», dijo furioso el animal y se
fue coceando en busca de la
Enciclopedia del Mundo Animal.
Luego encontró un lobo sollozando debajo de la mesa del comedor y le
preguntó de dónde venía. «No logro acordarme si soy de Caperucita Roja o de Los
tres cerditos», se lamentó el lobo y se sonó la nariz con el mantel a mesa.
Pero Meena no podía ayudarle porque nunca había leído ninguno de los dos.
Entonces tuvo otra idea. Recogió el libro más cercano y empezó a leer en
voz alta: «Érase una vez –empezó Meena–, en un país muy muy lejano...».
Lentamente, las criaturas dejaron de saltar, aullar, farfullar y
parlotear. Se acercaron más y más para oír lo que seguiría. Pronto todos
estuvieron sentados en círculo alrededor de Meena, escuchando su lectura.
Cuando llegó a la segunda página, los cerdos se levantaron de un salto.
«¡Ésos somos nosotros! –gritaron–. ¡Es nuestra página, es nuestro libro!»
Salieron del circulo, de un salto se subieron sobre el regazo de Meena y
desaparecieron dentro del libro. Meena lo cerró de golpe antes de que los
cerditos pudieran volver a salir.
Cogió otro cuento. Uno tras otro fue leyendo todos sus libros. Y una
tras otra, todas las criaturas encontraron su sitio.
Finalmente, solo quedó en el comedor un conejito con chaqueta azul.
Meena recogió cautelosamente un libro del suelo. Era El cuento de Pedrito
Conejo. «Quizá pueda quedarme con esto conejo», pensó. Empezaba a sentirse sola
ahora que todos se habían marchado.
Pero el conejito estaba de pie, frente a ella, balanceándose
nerviosamente sobre un pie y luego sobre el otro y frunciendo su vellosa nariz.
Estaba ansioso por volver a casa.
Meena suspiró hondamente y abrió el último libro. El conejo entró en él
de un salto y, con un destello de su blanca cola, desapareció.
La casa estaba silenciosa. Max, sentado encima de unos libros, se lavaba
la cara. Meena volvió a suspirar. «¡Nunca más volveré a ver esos conejos!»,
dijo.
Entonces se dio cuenta que los libros seguían allí, esparcidos alrededor
de ella. Empezó a sonreír.
Cuando sus padres llegaron a casa aquella tarde, no podían dar crédito a
lo que veían. No por el hecho de que las cortinas estuvieran arrancadas, los
platos rotos y las patas de la mesa mordisqueadas. Sino porque allí, sentada en
medio del comedor, estaba Meena. Y estaba leyendo un libro.
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Manjusha Pawagi; Leanne Franson
La niña que odiaba los libros
Barcelona, Editorial Juventud, 2004
Libro sin ilustraciones
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Ficha técnica
Fecha de lanzamiento
21/02/2005
Número de páginas
32
ISBN
9788426134073
Editado en
BARCELONA
Editorial
JUVENTUD
Encuadernación
Tapa dura
Idioma
CASTELLANO
Peso
480 gr
Traductor:
CHRISTIANE REYES
Fuente de la ficha técnica:
https://www.lavanguardia.com/libros/libro/la-nina-que-odiaba-los-libros-3-ed-9788426134073

