Libro N° 10894. En Los Muros De Erix. Lovecraft, H.P.
© Libro N° 10894.
En Los Muros De Erix. Lovecraft,
H.P. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
In The Walls Of Eryx, H.P. Lovecraft
(1890-1937)
Versión Original: © En
Los Muros De Erix. H.P. Lovecraft
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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H.P. Lovecraft
En Los
Muros De Erix
H.P.
Lovecraft
Antes de tratar de descansar voy a redactar estas notas como preparación
para el informe que debo realizar. Lo que he encontrado es tan singular, tan
contrario a toda experiencia pasada y a toda previsión, que merece una
descripción muy cuidadosa. Llegué a la base principal de Venus el 18 de marzo,
según el calendario de la Tierra; VI, 9 del calendario del planeta. Tras ser
destinado al grupo más nutrido, al mando de Miller, recibí mi equipo - un reloj
dispuesto para tener en cuenta la rotación, algo más rápida, de Venus- y
efectué el habitual entrenamiento con máscara. M cabo de dos días se me
consideró - apto para todo trabajo.
Abandonando la base de la Compañía Cristal en Terra Nova al amanecer del
VI, 12, seguí la ruta del sur que Anderson había cartografiado desde el aire.
El camino era malo, pues esas junglas acostumbran a ser poco transitables tras
un aguacero. Debe de ser la humedad que da a esas lianas y ramas entrelazadas
su dureza de cuero; una dureza tan grande que con un machete se necesita casi
diez minutos para cortar algunas de ellas. M mediodía todo estaba más seco, y
la vegetación adquiría una consistencia blanda y gomosa, de forma que el
machete cortaba con mayor facilidad... pero ni aún así podía ir demasiado
aprisa. Esas máscaras de oxígeno tipo Carter son demasiado pesadas; y el solo
hecho de cargar con uña de ellas deja derrengado a un hombre ordinario. Una máscara
Dubois, con un sistema de esponja en lugar de cilindros, suministraría un aire
igual de bueno con solo la mitad de peso.
El detector de cristales parecía funcionar bien, señalando
constantemente en una dirección que verificaba el informe de Anderson. Es
curioso cómo funciona ese principio de afinidad... sin esas mentiras de los
viejos «palos de zahoríes» de allá en la Tierra. Debía de haber un gran
depósito de cristales en un radio de un millar y medio de kilómetros, aunque
supongo que esos malditos hombres-lagarto deben de estar vigilando y
guardándolo.
Probablemente deben de pensar que somos unos estúpidos por venir a Venus
a buscar esas cosas, como nosotros pensamos que lo son ellos por arrodillarse
en el barro y adorar cualquier trozo de esa materia que encuentran, o por tener
una gran masa de la misma sobre un pedestal en su templo. Me gustaría que
cambiasen de religión, pues para lo único que quieren los cristales es para
rezar ante ellos. Si no fuera por su teología, nos dejarían llevarnos todas las
cantidades que quisiésemos... y aunque aprendieran a aprovecharlos en la
obtención de energía, habrían más que suficientes para su planeta y para la
Tierra. Por mi parte, ya estoy harto de no ocuparme de los depósitos
principales y tener que ir buscando cristales sueltos en los lechos de los ríos
de la jungla.
Algún día haré todo lo que pueda para que se lleve a cabo una matanza de
esos desgraciados escamosos por un buen ejército de nuestro planeta. Una
veintena de naves podrían traer las suficientes tropas como para llevarla a
cabo. Uno no puede considerar que esos malditos animales sean hombres por
muchas «ciudades» y torres qué edifiquen. No tienen talento más que para
edificar, y para usar sus espadas y dardos envenenados, y no creo que sus
llamadas «ciudades» sean mucho más que los hormigueros o las presas de los
castores. Dudo que siquiera tengan un verdadero idioma; y todas esas chácharas
acerca de la comunicación psicológica mediante esos tentáculos que tiene en el
pecho me parecen puras memeces. Lo que engaña a la gente es que caminen sobre
dos patas, cual no es más que un parecido accidental con el hombre de la
Tierra.
Me gustaría atravesar alguna vez una jungla venusiana sin tener que
estar atento por si me encuentro un grupo de ellos, o para evitar sus malditos
dardos. Quizá no molestasen antes de que comenzásemos a llevarnos los
cristales, pero ahora son realmente peligrosos... con sus lanzamientos de
dardos y sus sabotajes de nuestras conducciones de agua. Cada vez estoy más
convencido de que tienen un sentido especial similar a nuestros detectores de
cristales.
Nunca se ha sabido que molestaran a un hombre – si exceptuamos el
lanzamiento de dardos a larga distancia – que no llevase cristales encima.
Hacia la una del mediodía un dardo casi se me arrancó el casco, y por un
segundo creí que uno de mis cilindros de oxígeno había sido perforado. Esos
taimados diablos no habían hecho ningún ruido, pero tres de ellos me estaban
rodeando. Los cacé a todos moviendo en círculo mi pistola lanzallamas, pues
aunque su color se confundía con el de la jungla, pude descubrirlos por el
movimiento de las ramas. Uno de ellos tenía dos metros y medio de alto, con un
morro similar al de un tapir. Los otros dos tenían la habitual estatura de dos
metros diez. Lo único que hace que sean una verdadera amenaza es su gran
número... y un solo regimiento de lanzallamas podría acabar con ellos. Sin
embargo, es curioso cómo han logrado ser la especie dominante del planeta. No
existe otra especie viviente más desarrollada que los reptantes akmans y
skorahs, o los tukanhs voladores del otro continente... a menos que,
naturalmente, esos agujeros de la Meseta Dioneana oculten algo.
Hacia las dos de la tarde mi detector señaló hacia el oeste, indicando
unos cristales aislados situados hacia mi derecha. Eso estaba de acuerdo con lo
que decía Anderson, y por consiguiente, cambié de dirección. El camino era más
duro, no solo porque era en cuesta, sino porque la vida animal y las plantas
carnívoras eran más densas. Estaba dando golpes de machete a ugrats y pisando
skorahs continuamente, y mi traje de cuero estaba totalmente manchado por los
estallidos de los darohs que me golpeaban por todos lados. La luz era más débil
a causa de la neblina, y el calor del sol no parecía acabar de secar el barro.
Cada vez que daba un paso mi pie se hundía doce o quince centímetros, y se oía
un sonido de succión, blup, cada vez que lo levantaba.
Me gustaría que alguien inventase otro tipo de material que usar en los
trajes para este clima que no fuera cuero. Naturalmente la tela se pudriría;
pero algún tipo de tejido metálico fino que no se rasgase – como la superficie
de este cubre papiros, que resiste la podredumbre – debería ser posible de
conseguir. Comí hacia las 3,30, si es que el tragarse esas repugnantes tabletas
alimenticias a través de la máscara puede ser llamado comer. Poco después me
fijé en que se producía un claro cambio en el paisaje: las brillantes flores de
aspecto venenoso cambiaban de color y tomaban un tinte funerario. Las siluetas
de todas las cosas tremolaban rítmicamente, y aparecían brillantes puntos de
luz que bailaban al mismo ritmo lento y continuo. Tras lo cual la temperatura
pareció fluctuar al unísono con un peculiar ritmo tamborileante.
Todo el universo parecía estar temblando con profundas pulsaciones
regulares que llenaban cada rincón del espacio y fluían a través de mi cuerpo y
mi mente. Perdí todo sentido del equilibrio y me tambaleé mareado, pero las
cosas no cambiaron lo más mínimo cuando cerré mis ojos y me cubrí las orejas
con las manos. No obstante, mi mente aún estaba clara, y en pocos minutos me di
cuenta de lo que había sucedido. Habla encontrado al fin una de aquellas
curiosas plantas de espejismo acerca de las cuales tantos de nuestros hombres
contaban historias. Anderson me había advertido que tuviera cuidado con ellas,
y me habla descrito con precisión su apariencia: el velludo tallo, las
espinosas hojas, y las moteadas flores cuyas gaseosas exhalaciones, productoras
de sueños, penetran cualquier tipo existente de máscara.
Recordando lo que le había sucedido a Bailey hacía tres años, caí en un
momentáneo pánico, y comencé a correr tambaleante en el loco y caótico mundo
que las exhalaciones de la planta hablan tejido a mí alrededor. Luego, el
sentido común regresó a mí, y me di cuenta de que lo único que tenía que hacer
era retirarme del punto donde estaban las peligrosas flores, alejándome de la
fuente de las pulsaciones y siguiendo a ciegas un camino, sin importarme lo que
pareciese girar a mí alrededor, hasta que hubiese logrado salir del radio de
acción de la planta, y estar a salvo.
Aunque todo giraba en forma peligrosa, traté de seguir la dirección
correcta y abrirme paso hacia adelante. Mi ruta. debía de ser todo menos recta,
pues parecieron pasar horas antes de que lograra librarme de la ofuscante
influencia de la planta productora de espejismos. Gradualmente las danzantes
luces comenzaron a desaparecer, y el espectral paisaje comenzó a tomar un
aspecto más sólido. Cuando estuve completamente a salvo miré mi reloj y me
asombró darme cuenta de que solo eran las 4,20. Aunque me había parecido que
pasaba una eternidad, toda aquella experiencia no habla durado más de media
hora. Sin embargo, todo retraso era molesto, y había perdido camino al huir de
la planta. Ahora seguí hacia adelante, ladera arriba, en la dirección indicada
por el detector de cristales, empleando todas mis energías en el intento de ir
más deprisa. La jungla seguía siendo espesa, aunque había menos vida animal.
En una ocasión una flor carnívora rodeó mi pie derecho, y lo asió con
tal fuerza que tuve que liberarme a golpes de machete, haciendo trizas la
planta antes de lograr que me soltase. En menos de una hora me di cuenta de que
la vegetación estaba haciéndose menos densa, y hacia las cinco de la tarde,
tras pasar una región de helechos gigantes con pocos matorrales entre ellos,
salí a una gran meseta musgosa. Ahora, mi paso se hizo rápido, y vi por los
estremecimientos de la aguja de mi detector que estaba aproximándome bastante
al cristal que buscaba. Era realmente extraño, porque la mayor parte de los
dispersos esferoides en forma de huevo se hallaban en los arroyos de la jungla,
de un tipo que no era muy probable encontrar en aquel terreno alto, sin árboles.
El terreno seguía subiendo, y acababa en una cresta muy definida. Llegué
a la cima hacia las 5,30 y vi ante mi una llanura muy extensa y bosques en la
distancia. Sin lugar a dudas aquello era la meseta cartografiada por Matsugawa
desde el aire, hacía cincuenta años, y que era llamada en nuestros mapas Eryx o
Meseta Eryciniana. Pero lo que hizo acelerar el ritmo de mi corazón fue un
pequeño detalle, cuya posición no podía haber estado muy alejada del centro
exacto de la llanura. Era un único punto de luz, que brillaba a través de la
neblina y que parecía atraer la penetrante luminosidad concentrada de los
amarillentos rayos del 501, atenuados por los vapores. Era sin duda el cristal
que buscaba: un objeto que probablemente no sería mayor que el huevo de una
gallina, y que no obstante contenía la suficiente energía como para mantener
caliente durante un año a toda una ciudad. Mientras contemplaba el distante
brillo, me preguntaba por qué sería que aquellos miserables hombres-lagarto
adorasen a aquellos cristales sin que, no obstante, tuvieran la menor noción de
la energía que contenían.
Echando a correr, traté de alcanzar el inesperado premio lo más
rápidamente posible; y me sentí molesto cuando el firme musgo dio paso a un muy
fluido y especialmente detestable barro moteado con ocasionales manchas de
vegetación. Pero seguí chapoteando sin detenerme, sin pensar ni siquiera en
mirar a mi alrededor en busca de algún hombre-lagarto al acecho. En aquel
espacio abierto no era muy probable caer en una emboscada. Y mientras avanzaba
la luz frente a mi parecía aumentar de tamaño y brillantez, y comencé a darme
cuenta de alguna peculiaridad en su situación. Claramente se trataba de un
cristal de una gran calidad, y mi alegría creció con cada paso chapoteante.
Es ahora cuando debo comenzar a tener mucho cuidado al hacer mi informe,
ya que lo que tendré que decir de ahora en adelante implicará temas sin
precedente, aunque afortunadamente verificables. Iba corriendo hacia adelante
con creciente ansiedad, y ya me encontraba a un centenar de metros, más o
menos, del cristal, cuya posición en una especie de elevación del terreno
parecía algo rara dado el omnipresente barro, cuando una inesperada y tremenda
fuerza me golpeó en el pecho y en los nudillos, echándome hacia atrás, al
barro. El chapoteo de mi caída fue terrible, y la blandura del terreno y la
presencia de algunas hierbas resbaladizas no libró a mi cabeza de un anonadador
golpe. Durante un momento me quedé boca arriba, demasiado atontado como para
poder pensar. Entonces, mecánicamente, me puse en pie y comencé a sacudirme
algo del barro y suciedad de mi traje de cuero.
No tenía ni idea de qué era aquello con lo que había tropezado. No había
visto nada que hubiese podido producir aquel golpe, ni tampoco lo veía ahora.
¿Acaso habría, después de todo, resbalado simplemente en el barro? Mis
doloridos nudillos y pecho me negaban esta posibilidad. O, ¿sería todo el
incidente una ilusión creada por alguna oculta planta de espejismos? Parecía
poco probable, ya que no notaba ninguno de los síntomas usuales, y porque no
había por allí ningún lugar en el que un vegetal tan chillón y visible pudiera
ocultarse a mi vista. Si hubiéramos estado en la Tierra, hubiera sospechado que
se trataba de una barrera de fuerza N colocada por algún gobierno para marcar
una zona prohibida, pero en aquella región deshabitada por el hombre tal noción
parecía absurda. Finalmente logré recuperarme, y decidí investigar con cautela.
Manteniendo mi machete todo lo por delante que podía para que fuera lo primero
que se encontrase con la extraña fuerza, comencé a caminar de nuevo hacia el
brillante cristal, disponiéndome a adelantar paso a paso con una gran
deliberación. Al tercer paso me vi detenido por el impacto de la punta del
machete contra una superficie aparentemente sólida... una superficie sólida
allá donde mis ojos no veían nada.
Al cabo de un momento recuperé mi aplomo. Extendiendo mi enguantada
mano, verifiqué la presencia de una materia sólida invisible, o de una ilusión
táctil de materia sólida, frente a mí. Moviendo la mano comprobé que la barrera
tenía una extensión sustancial, y una lisura parecida a la del cristal, sin que
hubiera evidencia de junturas de bloques separados. Animándome a realizar
nuevos experimentos, me quité un guante y palpé aquello con la mano desnuda.
Desde luego era duro y su tacto era vítreo, y con una extraña frialdad que
contrastaba con el aire que me rodeaba. Forcé la vista al máximo en un esfuerzo
por divisar alguna huella de sustancia obstructora, pero no pude ver nada. Ni
siquiera había evidencias de un poder refractor, juzgando por el aspecto del
terreno situado enfrente. La ausencia de un poder reflexivo quedaba probada por
el que no hubiera una imagen brillante del sol en ningún punto.
Una intensa curiosidad comenzó a desplazar cualquier otro sentimiento, y
amplié mis investigaciones lo mejor que pude. Explorando con las manos,
comprobé que la barrera se extendía desde el suelo hasta un nivel mucho más
alto del que yo podía alcanzar, y que se prolongaba indefinidamente hacia ambos
lados. Era, pues, un muro de algún tipo, aunque su propósito y el material de
que estaba construido eran algo que no podía ni imaginar. De nuevo pensé en la
planta de espejismos y los sueños que inducía, pero al cabo de un instante
abandoné tal idea.
Golpeando con fuerza la barrera con la empuñadura del machete, y dándole
patadas con mis gruesas botas, traté de interpretar los sonidos así producidos.
En aquellas reverberaciones había algo que recordaba al cemento armado, aunque
mis manos notaban la superficie más bien vítrea o metálica al tacto.
Ciertamente me enfrentaba con algo extraño, y de lo cual no había previa
experiencia. El siguiente paso en toda lógica era hacerse idea de las
dimensiones del muro. El problema de la altura sería difícil de resolver, si es
que no era imposible, por lo que quizá fuera más fácil ocuparse antes de la
cuestión del largo y forma. Extendiendo los brazos y manteniéndome apretado
contra la barrera, comencé a caminar lentamente hacia la izquierda, fijándome
muy bien hacia qué lado estaba dando frente. Tras algunos pasos concluí que la
pared no era recta, sino que me encontraba siguiendo parte de algún amplio
circulo o elipse. Y entonces mi atención fue distraída por algo totalmente
distinto... algo relacionado con el aún lejano cristal que era el objetivo de
mi búsqueda.
Ya he dicho que aún desde mayor distancia la posición del objeto
brillante aprecia extraña en alguna manera indefinible, pues se hallaba sobre
un bajo montículo que se alzaba sobre el barro. Ahora, a un centenar de metros,
podía ver claramente a pesar de la neblina lo que era el montículo. Era el
cuerpo de un hombre ataviado con uno de los uniformes de cuero de la Compañía
Cristal, caído boca arriba y con su mascarilla de oxígeno medio hundida en el
barro a algunos centímetros de distancia. En su mano derecha, apretada
convulsivamente contra el pecho, se hallaba el cristal que me había traído
allí: un esferoide de increíble tamaño, tan grande, que los dedos muertos casi
no podían cerrarse sobre él.
Aún a aquella distancia podía darme cuenta de que el hombre llevaba
muerto poco tiempo. Se veía muy poca descomposición, y reflexioné que en un tal
clima aquello significaba que la muerte se había producido hacía tan solo un
día. Pronto las odiosas moscas-farnoth comenzarían a amontonarse sobre el
cuerpo. Me pregunté quién seria el hombre. Desde luego nadie que hubiera visto
en aquel viaje. Debía tratarse de uno de los veteranos ausente en un largo
periplo, que había llegado a aquella región independientemente de los trabajos
de Anderson.
Y allí yacía, más allá de todo problema, y con los rayos del gran
cristal surgiendo de entre sus rígidos dedos. Durante más de cinco minutos me
quedé allí mirando, lleno de asombro y aprensión. Un curioso miedo me asaltó, y
tuve el irrazonable impulso de escapar corriendo. No podía haber sido asesinado
por aquellos repugnantes hombres-lágarto, pues aún tenía el cristal que había
hallado. ¿Tendría aquello alguna conexión con la pared invisible? ¿Dónde habría
hallado el cristal? El instrumento de Anderson había indicado uno por aquellos
alrededores mucho antes de que aquel hombre pudiera haber perecido. Ahora
comencé a ver en aquella barrera invisible algo siniestro, y retrocedí,
apartándome de ella con un estremecimiento. Y, sin embargo, sabía que tenía que
solucionar el misterio con aún más rapidez y de una vez por todas, debido
precisamente a aquella reciente tragedia.
De pronto, con una sacudida que devolvió mi mente al problema con que se
enfrentaba, sé me ocurrió una forma posible de estudiar la altura del muro, o
al menos de averiguar si se extendía o no indefinidamente hacia arriba. Tomando
un puñado de barro, dejé que gotease hasta que hubo adquirido una cierta
consistencia, y entonces lo lancé a lo alto, hacia la barrera totalmente
transparente. A una altura de quizá cuatro metros golpeó a la superficie
invisible con un sonido resonante, desintegrándose y fluyendo en chorritos que
bajaban con una sorprendente rapidez. Claramente se veía que el muro era alto.
Un segundo puñado, lanzado aún más hacia arriba, golpeó la superficie a unos
cinco metros de altura, desapareciendo tan rápidamente como el primero.
Reuní entonces todas mis fuerzas y me preparé a lanzar un tercer puñado
tan alto como me fuera posible. Dejando escurrir el barro, y apretándolo para
conseguir que estuviera lo más compacto posible, lo lancé con tal inclinación
que temí que no alcanzase siquiera a la barrera. No obstante, lo hizo, y esta
vez cruzó el muro y cayó en el barro de más allá con un violento chapoteo. Al
fin tenía una idea aproximada de la altura del muro, pues el barro la había
sobrepasado a unos seis metros de altura. Resultaba pues totalmente imposible
ascender una pared lisa y resbaladiza, vertical, de una altura de unos seis
metros. Por consiguiente, debía continuar rodeando la barrera en la esperanza
de hallar un portal, un fin, o algún tipo de interrupción. ¿Formaba el obstáculo
un círculo completo u otra figura geométrica cerrada, o era simplemente un arco
o un semicírculo? Actuando según mi decisión, reinicié mi lento camino hacia la
izquierda, moviendo mis manos arriba y abajo sobre la superficie invisible por
si tenía la suerte de hallar alguna ventana u otra pequeña abertura. Antes de
comenzar a andar, traté de marcar mi posición abriendo a patadas un agujero en
el barro, pero era demasiado fluido como para poder dejar una huella en él. No
obstante, determiné aproximadamente el lugar fijándome en una alta cicada de la
lejana selva, que aprecia estar en línea con el brillante cristal, situado a un
centenar de metros de mí. Si no había ningún portal o fisura, ahora podría
saber cuándo había dado una vuelta completa a la pared.
No había tenido que seguir mucho rato antes de lograr determinar que la
curvatura indicaba un recinto circular de un centenar de metros de diámetro,
siempre que la figura fuera regular. Eso quería decir que el muerto yacía cerca
de la pared en un punto casi opuesto de la región donde yo había iniciado mi
experimento. ¿Estaría en la parte interior o exterior del recinto? Aquella era
algo que pronto averiguaría. Cuando lentamente fui dando vuelta a la barrera
sin hallar ninguna puerta, ventana u otra interrupción, decidí que el cuerpo
debía de encontrarse en el interior. Desde más cerca las facciones del muerto,
y la forma en que sus ojos miraban, me parecieron algo inquietantes.
Cuando me hallé muy cerca creí reconocerlo como Dwight, un veterano al
que nunca había tratado, pero al que había visto en el puesto el año pasado. El
cristal que aferraba era ciertamente un ejemplar precioso: el mayor espécimen
que jamás hubiera visto. Estaba tan cerca del cuerpo que, de no ser por la
barrera, lo hubiera podido tocar, cuando mi tanteante mano izquierda halló un
ángulo en la superficie invisible. En un segundo averigüé que se trataba de una
abertura de unos noventa centímetros de ancho, que se extendía desde el suelo
hasta una altura mayor de la que podía alcanzar. No había puerta, ni ninguna
evidencia de señales de bisagras que hablasen de una puerta desaparecida. Sin
un solo momento de duda di un paso hacia adelante y avancé otros dos hacia el
cuerpo postrado, que yacía formando un ángulo recto con la sala en que había
entrado, en lo que parecía ser un corredor sin puerta, que intersectaba con
ella. Me produjo una nueva sensación de curiosidad el darme cuenta de que el
interior de aquel vasto recinto estaba dividido por paredes.
Inclinándome para examinar el cadáver, descubrí que no tenía herida
alguna. Esto no me sorprendió, ya que la presencia del cristal era un argumento
en contra de que su muerte se debiera a los reptiles nativos. Buscando alguna
posible causa de su fallecimiento, mis ojos cayeron sobre la máscara de oxígeno
que se encontraba junto a los pies del cadáver. Eso sí que era significativo.
Sin aquel artefacto ningún ser humano podía respirar el aire de Venus durante
más de treinta segundos y Dwight, si es que era él, obviamente había perdido el
suyo. Probablemente lo había llevado descuidadamente atado, de forma que el
peso de los cilindros había soltado las correas, una cosa que no hubiera
sucedido con una máscara de esponja Dubois. El medio minuto de tiempo había
sido demasiado poco para permitir al hombre recuperar su protección, o quizá el
contenido cianógeno de la atmósfera fuera anormalmente alto en el momento en
que se produjo el accidente. Tal vez estaba demasiado ocupado admirando el
cristal... fuera donde fuese que lo hubiera hallado. Aparentemente acababa de
sacarlo de la bolsa de su traje, pues la tapa de la misma estaba desabrochada.
Entonces procedí a arrancar el enorme cristal de los dedos del
explorador muerto... una tarea que la rigidez del cadáver hacía muy difícil. El
esferoide era mayor que el puño de un hombre, y brillaba como si tuviera vida
propia a los rojizos rayos del sol que se hallaba en el oeste. Cuando toqué la
brillante superficie me estremecí involuntariamente, como si al tomar aquel
precioso objeto me hubiera transferido el fatal destino que había caído sobre
su anterior propietario. No obstante, mis recelos pronto se desvanecieron, y
cuidadosamente introduje el cristal en la bolsa de mi uniforme de cuero. La
superstición nunca ha sido uno de mis defectos.
Colocando el casco del hombre sobre su inerte rostro, de ojos muy
abiertos, me alcé y salí de nuevo, a través de la invisible puerta, hacia la
sala de entrada del gran recinto. Entonces se reavivó mi curiosidad acerca del
extraño edificio, y me estrujé el cerebro especulando acerca de su material,
origen y propósito. No podía creer ni por un momento que se debiera a la mano
del hombre. Nuestras naves habían llegado a Venus hacia solamente setenta y dos
años, y los únicos seres humanos del planeta eran los de Terra Nova. Además, el
conocimiento humano no incluía ningún sólido perfectamente transparente y no
refractante como el que componía aquella construcción. Podía descartarse la
idea de que en la prehistoria los humanos hubieran invadido Venus, con lo que
uno debía volver a la idea de que se trataba de una construcción nativa.
¿Habría precedido a los hombres4agarto una olvidada raza de seres altamente
evolucionados? A pesar de sus ciudades elaboradamente edificadas, parecía
difícil el aceptar que aquellos reptiloides hubieran hecho algo así. Debió de
haber existido otra raza eones antes, de la que quizá esta fuera la última
reliquia. ¿O acaso futuras expediciones hallarían ruinas de un origen similar?
El propósito de una tal edificación era algo que se prestaba a cualquier
conjetura... pero su extraño material, aparentemente nada práctico, me sugería
un uso religioso.
Consciente de mi incapacidad para resolver estos problemas, decidí que
lo único que haría seria explorar la construcción invisible. Estaba convencido
de que varias salas y corredores se extendían por la aparentemente vacía
llanura de barro; y creí que el conocimiento de su disposición podía llevar a
algo significativo. Así que, tanteando mi camino a través de la puerta y
pasando junto al cadáver, comencé a avanzar a lo largo del corredor hacia
aquellas regiones interiores de las que presumiblemente había venido el muerto.
Más tarde investigaría la estancia que acababa de abandonar. Tanteando como un
ciego, a pesar de la neblinosa luz, me moví lentamente hacia delante. Pronto el
corredor giró con brusquedad y comenzó a seguir una espiral hacia el centro en círculos
cada vez más cerrados. De vez en cuando mi tacto revelaba un pasadizo sin
puerta que intersectaba el que yo seguía, y varias veces encontré
intersecciones en las que había dos, tres y cuatro caminos divergentes.
En esos casos siempre seguía la ruta más interna, que parecía formar una
continuación de la que yo estaba atravesando. Habría mucho tiempo para examinar
los ramales cuando hubiera alcanzado las regiones internas y regresado de
ellas. Apenas si puedo describir lo extraño de la experiencia... ¡Atravesando
los pasadizos invisibles de un edificio que no podía ver, construido por seres
desconocidos en un planeta extraño! Al fin, aún tanteando, noté que el corredor
finalizaba en un espacio abierto de considerable tamaño. Palpando, averigüé que
me encontraba en una cámara circular de unos tres metros de diámetro; y por la
posición del cadáver y de ciertos puntos de referencia en el bosque, juzgué que
aquella cámara se hallaba en el centro del edificio, o cerca de él. De ella
surgían cinco corredores además de aquel por el que había llegado, pero mantuve
a este último en mi memoria, tomando una alineación visual del cadáver con un
árbol determinado en el horizonte, cuando me encontré en la entrada.
No había nada en esta habitación que la distinguiese; simplemente el
omnipresente suelo de barro. Preguntándome si aquella parte del edificio
tendría techo, repetí mi experimento, lanzando hacia arriba un puñado de barro,
y en seguida averigüé que éste no existía. Si alguna vez lo había habido, debía
de haberse desplomado hacía mucho, pues nunca encontré a mis pies ni restos, ni
cascotes. Mientras reflexionaba, se me ocurrió que era realmente extraño que
aquella estructura, aparentemente tan arcaica, estuviese tan despr6vista de
bloques caídos, fisuras en las paredes, y otros atributos normales del paso del
tiempo. ¿Qué era? ¿Qué había sido? ¿De qué estaba hecha? ¿ Por qué no se
notaban evidencias de que las paredes, vítreas y asombrosamente homogéneas, estuviesen
constituidas por bloques separados? ¿Por qué no había señales de puertas, ni
interiores ni exteriores? Solo sabía que me encontraba en un edificio circular,
sin techo, sin puertas, de alguna extraña, lisa, perfectamente transparente, no
reflectante ni refractante sustancia, de un centenar de metros de diámetro, con
muchos corredores, y una pequeña sala circular en el centro.
Ninguna otra investigación directa podría enseñarme nada más. Entonces
observé que el sol se estaba hundiendo en el Oeste; ya era un disco dorado que
flotaba en un estanque escarlata y naranja sobre los árboles, difuminados por
la niebla, del horizonte. Resultaba claro que tendría que apresurarme si es que
deseaba elegir un lugar seco en el que dormir antes de que cayese la noche.
Desde hacía mucho, había decidido acampar para pasar la noche en el firme borde
de la meseta, cubierto de musgo, cerca de la cresta desde la que había divisado
por primera vez el brillante cristal, esperando que mi habitual buena fortuna
me salvase del ataque de los hombres-lagarto. Siempre he creído que deberíamos
viajar en grupos de dos o más, para que alguien pueda estar de guardia mientras
el otro duerme, pero el número relativamente pequeño de ataques nocturnos hace
que la Compañía no se preocupe demasiado de ellos. Esos malditos escamosos
parecen tener dificultades para ver de noche, a pesar de sus curiosas antorchas
fosforescentes.
Habiendo tomado de nuevo el pasadizo por el que había llegado, comencé a
regresar a la entrada de la estructura. Las subsiguientes exploraciones podrían
esperar al próximo día. Tanteando mi camino lo mejor que pude a través del
corredor, con solo una dirección general, mis recuerdos y un vago
reconocimiento de algunos de los pocos definidos grupos de matorrales de la
llanura como guías, pronto me encontré de nuevo cerca del cadáver. Ahora había
una o dos moscas farnoth volando sobre el rostro cubierto por el casco, y supe
que comenzaba a descomponerse. Con una fútil repugnancia instintiva alcé mi
mano para alejar la vanguardia de los carroñeros... cuando se manifestó una
cosa extraña y asombrosa. Una pared invisible que detuvo el movimiento de mi
mano me demostró que, a pesar de lo cuidadoso de mi intento de desandar el
camino, no había regresado al corredor en el que yacía el cadáver. En cambio,
me hallaba en un corredor paralelo pues sin duda había dado alguna vuelta
equivocada en los intrincados pasadizos de allá atrás. Esperando encontrar una
puerta que diera a la cámara de entrada algo más hacia adelante, continué mi
avance, pero de pronto llegué a una pared que cerraba el paso. Así que tenía
que regresar a la cámara central e iniciar de nuevo mi camino. No podía saber
exactamente dónde me había equivocado.
Miré el suelo para ver si por algún milagro habían quedado huellas que
me pudiesen guiar, pero en seguida me di cuenta de que el fluido barro solo
mantenía dichas huellas durante escasos momentos. No tuve mucha dificultad en
encontrar de nuevo mi camino al centro, y una vez allí reflexioné
cuidadosamente sobre el camino correcto hacia el exterior. Antes me había ido
demasiado hacia la derecha. Esta vez tenía que tomar una desviación mas a la
izquierda en alguna parte... aunque el sitio exacto era algo que tendría que
decidir por el camino.
Mientras tanteaba de nuevo mi camino, me sentía bastante confiado en que
fuera el correcto, y me fui hacia la izquierda en una bifurcación que estaba
seguro de recordar. La espiral continuaba y tuve buen cuidado en no perderme
por ningún pasadizo que intersectase el que seguía. Sin embargo pronto vi, muy
disgustado, que estaba pasando a considerable distancia del cadáver;
evidentemente aquel pasadizo llegaba a la pared exterior en un punto mucho más
allá del sitio donde se encontraba. En la esperanza de que existiese otra
salida en la mitad del muro que aún no había explorado, seguí hacia adelante
varios pasos más, pero al fin me encontré de nuevo con una barrera sólida.
Resultaba claro que la disposición del edificio era mucho más complicada de lo
que había supuesto. Entonces dudé entre regresar de nuevo al centro o intentar
seguir alguno de los corredores laterales que se dirigían hacia el cadáver. Si
elegía aquella segunda alternativa, corría el riesgo de romper el hilo mental
que me indicaba dónde me hallaba; por lo que era mejor que no lo intentase a
menos de que pudiera pensar en alguna forma de dejar una huella visible tras de
mí. El cómo dejar tal huella era un verdadero problema, y hurgué en mi mente
buscando una solución. No parecía llevar nada encima que pudiera dejar una
señal en algo, ni ningún material que pudiera desparramar, o dividir en
pequeños trozos para ir sembrando a mi paso.
Mi pluma no tenía efecto alguno sobre la pared invisible, y no podía
dejar un rastro de mis preciosas tabletas alimenticias. Aunque hubiera estado
dispuesto a desprenderme de ellas, no hubiera habido bastantes... y además las
pequeñas tabletas se hubieran hundido instantáneamente en el barro,
desapareciendo. Busqué en mis bolsillos tratando de hallar algún anticuado bloc
de notas, que a menudo se usa de una forma no oficial en Venus a pesar de lo
rápidamente que se pudre el papel en la atmósfera del planeta, ya que podría
haber roto y sembrado sus páginas, pero no pude encontrar ninguno. Obviamente
resultaba imposible romper el delgado pero resistente metal del papiro de
notas, ni tampoco mi vestimenta me ofrecía ninguna posibilidad. En la peculiar
atmósfera de Venus no podía arriesgarme a desprenderme de mi uniforme de cuero,
y se había eliminado toda prenda interior a causa del clima. Traté de manchar
con barro las lisas paredes invisibles tras de escurrirlo para dejarlo lo más
seco posible, pero me encontré con que se deslizaba hasta el suelo tan
rápidamente como los puñados que había usado para averiguar la altura.
Finalmente saqué mi machete y traté de hacer una raya en la fantasmagórica
superficie... algo que pudiese reconocer con la mano, aunque no ofreciese la
ventaja de ser visible desde lejos. No obstante resultó inútil, pues la hoja no
causaba la menor impresión en el asombroso material desconocido.
Frustrado en todas mis tentativas de marcar un camino, de nuevo busqué
la cámara central con mis recuerdos. Parecía mucho más fácil regresar a aquella
habitación que seguir un camino definido y predeterminado que lo alejase a uno
de ella, y tuve pocas dificultades en encontrarla de nuevo. Esta vez fui
anotando en mi papiro cada giro que daba, dibujando un burdo diagrama
hipotético de mi ruta, y señalando todos los corredores divergentes.
Naturalmente era un trabajo enloquecedoramente lento, dado que todo tenía que
ser determinado por el tacto, y las posibilidades de error eran infinitas; pero
creía que a la larga me sería de utilidad. Cuando llegué a la sala central ya
estaba avanzado el largo crepúsculo de Venus, pero aún tenía esperanzas de
llegar al exterior antes de que oscureciese totalmente. Comparando mi diagrama
recién hecho con mis recuerdos previos, creía haber localizado mi primer error,
así que de nuevo partí confiado a lo largo del corredor invisible. Me fui más
hacia la izquierda aún que en los anteriores intentos, y traté de señalar mis
giros en el papiro por si estaba aún equivocado. En la creciente oscuridad
podía ver la débil silueta del cadáver, ahora en el centro de una repugnante
nube de moscas farnoth. No me cabía duda de que no pasaría mucho tiempo antes
de que los sificlighs, que viven en el barro, se acercasen babeando desde la
llanura para completar el nauseabundo festín.
Acercándome al cadáver con cierta reluctancia, estaba preparándome a
pasar junto a él, cuando una repentina colisión con una pared me demostró que,
de nuevo, había equivocado el camino. Ahora me daba cuenta, claramente, de que
esta perdido. Lo inextricable del edificio hacía imposible el hallar una
solución rápida, y probablemente tendría que hacer un cuidadoso estudio antes
de poder esperar salir de él. Sin embargo, aún me sentía ansioso por llegar a
un terreno seco antes de que cayera la oscuridad; así que regresé una vez más
al centro y comencé una serie desordenada de pruebas coronadas siempre por el
fracaso, tomando notas a la luz de mi lámpara eléctrica. Cuando usé este
artefacto me fijé con interés en que no producía reflejos, ni el mínimo
resplandor, en las paredes transparentes que me rodeaban. No obstante, ya
estaba preparado para esto, ya que en ningún momento el sol había producido un
destello en el extraño material.
Estaba aún tanteando cuando la oscuridad se hizo total. Una densa niebla
ocultaba la mayor parte de las estrellas y los planetas, pero la Tierra era
claramente visible como un brillante punto verdeazulado hacia el sudeste.
Acababa de pasar el punto de oposición, y ahora seria una visión maravillosa de
contemplar por un telescopio. Hasta pedía divisar la Luna junto a ella cuando
los vapores se hacían momentáneamente menos densos. Ahora era totalmente
imposible ver el cadáver, mi único punto de referencia, así que regresé a la
cámara central tras algunos giros en falso. Después de todo, tendría que
abandonar la esperanza de dormir sobre terreno seco. No podía hacer nada hasta
que saliese el sol, y, tal como estaban las cosas, lo mejor sería descansar
allí mismo. El acostarse en el barro no sería agradable, pero con mi traje de
cuero resultaba factible. En anteriores expediciones había dormido bajo
condiciones aún peores, y ahora la misma exhausción me ayudaría a superar mi
repugnancia.
Así que aquí estoy, acuclillado en el barro de la sala central y tomando
estas notas en mi papiro a la luz de la lámpara eléctrica. Hay algo casi
humorístico en mi extraña e inusitada desdicha. Perdido en un edificio sin
puertas... ¡un edificio que no puedo ver! Sin duda saldré de él a primera hora
de la mañana, y llegaré a Terra Nova con el cristal a última hora de la tarde.
Ciertamente es una verdadera belleza... con un sorprendente lustre aún a la
débil luz de esta lámpara. Acabo de sacarlo para examinar. A pesar de mi
fatiga, el sueño tarda en llegarme, así que sigo escribiendo. Pero debo
terminar ahora. No hay muchas posibilidades de que sea molestado por aquellos
malditos nativos en este lugar. Lo que menos me gusta es el cadáver... pero,
afortunadamente, mi máscara de oxígeno me evita los peores efectos de la
podredumbre. Estoy usando los cubos de clorato con mucho tiento. Ahora tomaré
un par de tabletas alimenticias y me echaré a dormir. Luego proseguiré.
LUEGO - VI, 13 POR LA TARDE
Ha habido más problemas de los que me imaginaba. Aún sigo en el edificio
y tendré que trabajar rápida y cuidadosamente si es que quiero dormir esta
noche en terreno seco. Pasó mucho tiempo antes de que lograra dormirme, y no
desperté hasta que era casi el mediodía. Tal como estaban las cosas, hubiera
dormido aún más si no hubiera sido por el resplandor del sol a través de la
niebla. El cadáver constituía una visión repugnante, cubierto de sifíclighs, y
con una nube de moscas farnoth a su alrededor. Algo había apartado el casco del
rostro, y más valía no mirar lo que había quedado al descubierto. Me sentía
doblemente satisfecho por mi máscara de oxígeno, cuando pensaba en la
situación. Al fin me alcé y me sacudí el barro, tome un par de tabletas de
alimento y coloqué un nuevo cubo de clorato de potasio en el electrolizador de
la máscara. Estoy usando esos cubos con parsimonia, pero me gustaría tener una
mayor cantidad.
Me siento mucho mejor después de haber dormido, y espero salir del
edificio dentro de poco. Consultando las notas y dibujos que había hecho, me
sentí impresionado por la complejidad de los pasadizos, y por la posibilidad de
que hubiera cometido un error fundamental. De las seis aberturas que había en
el espacio central, había elegido una determinada tomándola por aquella por la
que había entrado usando como guía una línea de visión. Cuando estaba
justamente en el interior de la abertura, el cadáver situado a cincuenta metros
de distancia se hallaba exactamente alineado con un lepidodendro especial del
lejano bosque. Ahora se me ocurrió que este dato podía no ser lo bastante
fiable, pues la distancia del cadáver hacía que la diferencia de dirección, con
relación al horizonte, fuera relativamente Poca cuando lo miraba desde las
aberturas inmediatamente contiguas a la elegida. Además, el árbol no se
diferenciaba tanto como hubiera sido de desear de los otros lepidodendros del
horizonte.
Efectuando una prueba, me di cuenta, desalentadoramente, de que no podía
estar seguro de cuál de las tres aberturas era la correcta. Esta vez estaría
seguro. Me di cuenta de que a pesar de que resultaba imposible marcar mi
camino, había un señalizador que sí me era posible dejar. Aunque no podía
quitarme el traje, podía, a causa de mi espesa mata de cabello, prescindir del
caso; y este era lo bastante grande y poco pesado como para permanecer visible
sobre el fluido barro. Por consiguiente me quité el objeto, que era
prácticamente hemisférico, y lo dejé a la entrada de uno de los corredores: el
situado más a la derecha de los tres que debía probar. Seguiría aquel corredor
suponiendo que era el correcto repitiendo lo que creía recordar eran los giros
exactos, y tomando y consultando constantemente notas. Si no lograba salir,
iría eliminando sistemáticamente todas las posibles variaciones; y si esas
fallaban, pasaría a cubrir las avenidas que se extendiesen desde la siguiente
abertura, de la misma manera; continuando hasta la tercera si ello resultaba
necesario.
Más pronto o más tarde tendría que dar con el camino correcto a la
salida, pero debía mostrarme paciente. Aún en el peor de los casos, era casi
imposible que no lograse salir al exterior a tiempo para dormir sobre terreno
seco. Los resultados inmediatos fueron bastante desalentadores, aunque me
ayudaron a eliminar la abertura de la derecha en poco menos de una hora. Solo
una sucesión de callejones sin salida, cada uno de los cuales terminaba a una
mayor distancia del cadáver, parecían surgir de aquella abertura; y muy pronto
me di cuenta de que no había estado incluida en mis correteos de la tarde
anterior. Sin embargo, como antes, siempre encontré relativamente fácil el
tantear mi camino de regreso a la cámara central.
Alrededor de la una del mediodía pasé el casco que me servía de señal a
la siguiente abertura y comencé a explorar los pasadizos que se abrían tras
ella. Al principio creí reconocer los giros, pero pronto me hallé en un grupo
de corredores totalmente desconocidos. No podía llegar cerca del cadáver, y
esta vez también parecía tener el camino a la cámara central cortado, aunque
pensaba haber anotado cada movimiento que había hecho. Debía de haber giros
engañosos e intersecciones demasiado sutiles para que lograse reflejarlas en
mis burdos diagramas, y comencé a notar una sensación que era parte ira y parte
descorazonamiento. Aunque naturalmente con paciencia al fin lograría salir de
allí, me di cuenta de que mí búsqueda tendría que ser minuciosa, incansable y
extensa. Las dos de la tarde me encontraron aún errando por extraños
corredores, palpando constantemente mi camino y mirando alternativamente a mi
casco y al cadáver, mientras anotaba datos en el papiro con decreciente
confianza.
Maldije la estupidez y la curiosidad que me habían atraído a aquel
embrollo de paredes invisibles, y reflexioné que si no me hubiera preocupado de
aquella cosa y hubiera regresado tan pronto como hube tomado el cristal del
cadáver, ahora estaría a salvo en Terra Nova. De pronto se me ocurrió que quizá
pudiera abrir un túnel bajo las paredes invisibles con mi machete, y así lograr
salir al exterior o a algún corredor que llevase allí. No tenía forma de saber
la profundidad de los cimientos del edificio, pero el omnipresente barro era un
argumento a favor de la ausencia de cualquier otro suelo que no fuera el mismo
terreno. Poniéndome de cara al lejano y cada vez más horrible cadáver, comencé
a cavar febrilmente con la ancha y afilada hoja.
Había unos quince centímetros de barro semilíquido, bajo el cual la
densidad del suelo se incrementaba muchísimo. Este terreno profundo parecía ser
de un color distinto, una arcilla grisosa bastante parecida a la que se hallaba
cerca del polo norte de Venus. Mientras continuaba profundizando cerca de la
barrera invisible vi que el terreno se estaba haciendo más y más duro. El barro
acuoso penetraba en la excavación con la misma rapidez con que yo sacaba la
arcilla, pero metía las manos en él y seguía trabajando. Si lograba abrirme un
paso bajo la pared, el barro no iba a impedir que me metiese por él. Aún así, a
unos noventa centímetros de profundidad la dureza del suelo frenó
considerablemente mi excavación. Su resistencia era muy superior a cualquier
otra conque me hubiese encontrado antes, aún en este planeta, e iba unida a un
peso anormal. Mi machete tenía que astillar y cortar la apretada arcilla, y los
fragmentos que sacaba eran como piedras sólidas o trozos de metal. Finalmente
hasta este sistema de excavación se hizo imposible, y tuve que cesar mi trabajo
sin haber alcanzado el borde inferior de la pared.
El intento que había durado una hora larga había sido fútil y dañino,
pues había usado una buena parte de mi energía y me obligó a tomar una tableta
extra de alimento y a colocar un cubo adicional de clorato en la máscara de
oxígeno. También me obligó a cesar en mis exploraciones, pues aún sigo
demasiado cansado para caminar. Tras limpiar mis manos y brazos de barro, lo
mejor que pude, me senté a escribir estas notas, apoyándome contra la pared
invisible y dando la espalda al cadáver. Ese cadáver es ahora, simplemente, una
estremecida masa de bichos: el olor ha comenzado a atraer algunos de los
viscosos akmans de la lejana jungla. Y me fijo en que muchas de las hierbas
efjeh están extendiendo tentáculos necrófagos hacia el cuerpo; pero dudo que
ninguno de ellos sea lo bastante largo como para alcanzarlo. Me gustaría que
algunos animales realmente carnívoros como los skorah apareciesen, pues quizá
captasen mi olor y penetrasen en el edificio en mi búsqueda. Los animales esos
tienen un extraño sentido de la orientación. Podría contemplarlos mientras
venían, e ir anotando su ruta aproximada si es que no lo hacían en línea
continua. Eso me sería de una gran ayuda. Y cuando llegasen ante mí la pistola
me libraría de ellos.
Pero no puedo esperar una cosa así. Ahora que he terminado estas notas,
descansaré un poco más, y luego tantearé de nuevo. Tan pronto como regrese a la
cámara central, lo que debería ser fácil, probaré con la abertura de la
izquierda. Quizá pueda salir antes de la noche después de todo,
VI, 13 POR LA NOCHE
Nuevos problemas. Mi escapatoria será tremendamente difícil, pues hay
elementos que no habla sospechado. Otra noche en el barro y una lucha ante mí
mañana. Descansé muy poco rato y me alcé y tanteé de nuevo hacia las cuatro.
Unos quince minutos después llegué a la cámara central y moví mi casco para
marcar la última de las tres posibles aberturas. Partiendo de ella, me pareció
que el camino me era más familiar, pero al cabo de cinco minutos me detuve en
seco ante la vista de algo que me estremeció más de lo que pueda describir. Era
un grupo de cuatro o cinco de esos detestables hombres-lagarto que salían del
bosque a lo lejos en la llanura. No podía verlos claramente a aquella
distancia, pero me pareció que hacían una pausa y se volvían hacia los árboles
para gesticular, tras lo que se les unió una docena más. El grupo incrementado
comenzó entonces a avanzar directamente hacia el edificio invisible, y mientras
se aproximaban los estudié cuidadosamente. Nunca habla visto de cerca a uno de
aquellos seres, si no era entre las humeantes sombras de la jungla. El parecido
con los reptiles era perceptible, aunque sabía que solo era aparente, ya que
esos seres no tienen punto de contacto con la vida terrestre.
Cuando se acercaron más me parecieron menos reptiloides: únicamente la
cabeza plana y la verdosa y viscosa piel, parecida a la de una rana, daban la
idea de ello. Caminaban erectos sobre sus extrañas y gruesas patas, y sus
discos de succión producían unos curiosos sonidos en el barro. Eran especímenes
normales, de unos dos metros diez de alto, con cuatro largos y delgados
tentáculos pectorales. Los movimientos de esos tentáculos, si es que las
teorías de Fogg, Ekberg y Janat son correctas, lo que yo antes dudaba pero
ahora ya estoy más dispuesto a creer, indicaban que aquellos seres estaban
conversando animadamente. Saqué mi pistola lanzallamas y me preparé para una
dura lucha. No tenía demasiadas posibilidades, pero el arma me daba una cierta
ventaja. Si las cosas aquellas conocían el edificio, entrarían a por mí y de
aquella manera me darían la clave de cómo salir tal como los skorahs hubieran
hecho. El que me iban a atacar me parecía seguro; pues aunque no podían ver el
cristal en mi bolsa, podían adivinar su presencia mediante aquel sentido
especial que poseían.
Pero, sorprendentemente, no me atacaron. En lugar de ello se dispersaron
y formaron un amplio círculo a mi alrededor... a una distancia que indicaba que
se estaban apoyando contra el muro invisible. Allí de pie, formando un anillo,
los seres se quedaron mirándome silenciosa e inquisitivamente, moviendo sus
tentáculos y a veces haciendo gestos con sus cabezas o sus patas superiores. Al
cabo de un rato vi que otros salían del bosque, y avanzaban hasta unirse a la
multitud curiosa. Los más cercanos al cadáver lo miraron brevemente, pero no
intentaron tocarlo. Era una visión horrible, pero a los hombres-lagarto parecía
no importarles. De vez en cuando uno de ellos apartaba con un gesto de sus
extremidades o tentáculos las moscas farnoth, o aplastaba un reptante sificligh
o akman, o una estirada hierba efjeh con los discos de succión de sus patas
traseras.
Devolviendo la mirada de aquellos grotescos e inesperados intrusos, y
preguntándome inquieto por qué no me atacaban inmediatamente, perdí por el
momento todo deseo y hasta la energía física necesaria para continuar mi
búsqueda de una salida. En lugar de ello, me apoyé contra la pared invisible
del pasadizo en que me encontraba, dejando que mi asombro se transformase
gradualmente en una cadena de locas especulaciones. Un centenar de misterios
que previamente me habían inquietado parecían, de repente, tomar un nuevo y
siniestro significado, y temblé con un miedo agudo, distinto a cualquier otro
que hubiera experimentado antes.
Creía saber por qué aquellos seres repulsivos estaban agolpándose
expectantes a mi alrededor. Creía también haber descubierto al fin el secreto
de la estructura transparente. El tentador cristal que habla encontrado, el
cuerpo del hombre que lo había hallado antes que yo... todas esas cosas
comenzaron a adquirir un significado tétrico y amenazador. No habla sido una
vulgar racha de mala fortuna lo que me había hecho perderme en aquella maraña
de corredores transparentes y sin techo. Ni mucho menos. Sin duda alguna, aquel
lugar era algo deliberado: un laberinto construido a propósito por aquellos
seres infernales cuyas habilidades y mentalidad había infravalorado. Pero, ¿no
debería haberlo sospechado antes, conociendo su raro talento arquitectónico? Su
propósito estaba bien claro. Era una trampa; una trampa dispuesta para cazar
seres humanos, y con el cristal esferoide como cebo. Aquellos seres
reptiloides, en su guerra con los ladrones de cristales, habían decidido usar
la estrategia, y estaban utilizando nuestra propia codicia contra nosotros
mismos.
Dwight, si es que aquel cuerpo putrefacto era Dwight, había sido víctima
del laberinto. Debía de haber quedado atrapado hacía algún tiempo, y no había
logrado hallar la salida. Sin duda la falta de agua lo había enloquecido, y
quizá se había quedado también sin cubos de clorato. Probablemente su máscara
no se le había perdido accidentalmente; era más probable que se hubiera
suicidado. En lugar de enfrentarse con una muerte lenta, había acabado con sus
problemas quitándose deliberadamente la máscara y dejando que la atmósfera
letal acabase con él en seguida. La horrible ironía de su destino estaba en su
situación... a solo unos pasos de la salida salvadora que no había logrado
hallar. Un minuto más de búsqueda, y habría estado a salvo. Y ahora yo estaba
tan atrapado como él. Atrapado y con aquella manada de curiosos riéndose de mi
desgracia. La idea era enloquecedora, y, cuando la tuve se apoderó de mi una
repentina oleada de pánico que me hizo echar a correr sin rumlx, por los
invisibles corredores. Durante varios minutos fui un demente: tropezando,
cayéndome, hiriéndome contra las paredes invisibles, y finalmente desplomándome
en el barro como un montón de carne estremecida, dolorida, sangrante y sin
consciencia.
La caída me calmó un poco, así que cuando lentamente me puse en pie,
pude fijarme en las cosas y razonar. El círculo de mirones estaba agitando sus
tentáculos en una forma extraña y regular, que me sugería una burla por su
parte, así que les enseñé el puño con ira cuando me puse en pie. Mi gesto
pareció incrementar su diversión; y algunos de ellos lo imitaron burdamente con
sus verdosas extremidades anteriores. Algo avergonzado, traté de recapacitar y
considerar la situación. Después de todo, no estaba tan mal como Dwight. A
diferencia de él, sabía cuál era la situación, y hombre prevenido vale por dos.
Tenía pruebas de que se podía llegar a una salida, y no repetiría su trágico
acto de desesperación. El cadáver... o el esqueleto, que es lo que pronto sería,
seguía sirviéndome de guía para hallar la abertura, y una paciencia decidida no
dejaría de llevarme hasta ella si trabajaba lo bastante, con inteligencia. Sin
embargo, tenía la desventaja de estar rodeado por aquellos demonios
reptiloides. Ahora que me daba cuenta de la naturaleza de la trampa, cuyo
material invisible indicaba unos conocimientos superiores a cualquier cosa
conocida en la Tierra, ya no podía despreciar la mentalidad y recursos de mis
enemigos. Aún con mi pistola lanzallamas pasaría un mal rato para alejarme de
allí... aunque la audacia y la rapidez me servirían, sin lugar a dudas, para
salir del aprieto.
Pero primero tenía que llegar al exterior... a menos que pudiera atraer
o provocar a alguno de aquellos seres, para que avanzase hacia mí. Mientras
preparaba mi pistola para cualquier posible acción y comprobaba mi abundante
suministro de munición, se me ocurrió que podía probar el efecto de la misma
sobre las paredes invisibles. ¿Habría estado pasando por alto un método de
escape factible? No tenía ni idea de la composición química de la barrera
transparente, y tal vez se tratase de algo que una lengua de fuego pudiera
cortar sin problemas. Eligiendo una sección que daba hacia el cadáver,
descargué cuidadosamente la pistola a bocajarro y tanteé con mi cuchillo allá
donde había dado la descarga. Nada había cambiado. Había visto cómo la llama se
extendía al tocar la superficie, y me daba cuenta de que mi esperanza había
sido vana. Solo una larga y tediosa búsqueda de la salida lograría llevarme al
exterior. Así que, tragándome otra tableta alimenticia y colocando otro cubo en
el electrolizador de mi máscara, reinicié la larga búsqueda, volviendo sobre
mis pasos hacia la cámara central e intentándolo de nuevo.
Constantemente consultaba mis notas y dibujos, y tomaba otros nuevos,
equivocándome una y otra vez en los giros, pero siguiendo desesperadamente
hasta que la luz de la tarde se hizo muy débil. Mientras insistía en mi
exploración, miraba de vez en cuando al silencioso círculo de espectadores
burlones, y noté un gradual cambio en su composición. De vez en cuando algunos
volvían al bosque, mientras que otros llegaban a tomar sus lugares. Cuanto más
pensaba en sus tácticas menos me gustaban, pues me daban una idea de los
posibles motivos de aquellos seres. En cualquier momento aquellos diablos
hubieran podido avanzar y luchar conmigo, pero parecían preferir contemplar mis
intentos por escapar. No me cabía más posibilidad que considerar que estaban
divirtiéndose con el espectáculo, y esto me hizo temer con mayor fuerza la idea
de caer en sus manos. Con la llegada de la oscuridad cesé mi búsqueda, y me
senté en el barro para descansar.
Ahora estoy escribiendo a la luz de mi lámpara, y pronto intentaré
dormir un poco. Espero que mañana lograré salir; pues mi cantimplora está
vaciándose, y las tabletas de lacol son un mal sustituto para el agua. Y no me
atrevo a intentar sorber la humedad de este barro, pues el agua de los
barrizales de esta región es tan solo potable cuando ha sido destilada. Por eso
tenemos esas largas conducciones de agua hasta las zonas de arcilla amarilla, y
dependemos del agua de lluvia cuando esos diablos sabotean nuestras tuberías.
Además, tampoco tengo demasiados cubos de clorato, y debo intentar disminuir mi
consumo de oxígeno tanto como pueda. Mi tentativa de abrir un túnel a primera
hora de la tarde, y mi loca carrera de después, consumieron una peligrosa cantidad
de aire. Mañana reduciré mis esfuerzos físicos al mínimo posible hasta que me
halle frente a los reptiles y tenga que luchar con ellos. Necesito una buena
cantidad de cubos para el viaje de regreso a Terra Nova. Mis enemigos siguen
ahí; puedo ver un círculo de sus poco luminosas antorchas fosforescentes a mi
alrededor. Esas luces me producen una sensación de horror que tiende a
mantenerme despierto.
VI, 14 POR LA NOCHE
¡Otro día completo de búsqueda y aún no he hallado mi camino al
exterior! Comienza a preocuparme el problema del agua, pues acabé con el
contenido de mi cantimplora al mediodía. Durante la tarde hubo un aguacero y
regresé a la cámara central a buscar el casco que había dejado como señal, para
usarlo como recipiente y conseguir un par de vasos de agua. Me bebí la mayor
parte de la misma, pero he puesto el poco que quedó en la cantimplora. Las
tabletas de lacol sirven bien poco contra la verdadera sed, y espero que vuelva
a llover durante la noche. He dejado el casco boca arriba para que recoja el
agua que caiga. Y tampoco tengo demasiadas tabletas alimenticias, aunque eso
aún no sea un peligro. De todas maneras, de ahora en adelante me pondré a media
ración. Lo que realmente me preocupa son los cubos de clorato, pues aún sin
ejercicios violentos, el continuo caminar de todo un día consume un número
peligroso de los mismos. Me siento débil por mi forzada economía de oxígeno, y
por mi sed, que va en constante aumento. Cuando reduzca la comida supongo que
aún me sentiré más débil.
Hay algo maldito, algo extraño, en este laberinto. Podría jurar que
había eliminado ciertos giros con mis dibujos, y sin embargo cada nuevo intento
va en contra de algún supuesto que creía comprobado. Nunca antes me había dado
cuenta de lo perdidos que estamos sin referencias visuales. Un hombre ciego
quizá lo hiciese mejor que yo... pero para la mayoría de nosotros la vista es
el principal de nuestros sentidos. El efecto de todos esos recorridos inútiles
es causarme un profundo desaliento. Puedo comprender cómo debió de sentirse el
pobre Dwight. Su cadáver es ahora tan solo un esqueleto, y los sificlighs y
moscas farnoth ya han desaparecido. Las hierbas efjen están haciendo pedazos el
uniforme de cuero, pues eran más largas y crecen más rápido de lo que me
imaginaba. Y durante todo el tiempo, esos espectadores cambiantes permanecen
agitando sus tentáculos alrededor de la barrera, riéndose de mí y disfrutando
de mi desgracia.
Un día más y enloqueceré, si es que no me desplomo muerto de
agotamiento. Mas no me queda Otra solución que perseverar. Dwight habría salido
si hubiera seguido caminando un minuto más. Y es posible que alguien de Terra
Nova venga a buscarme antes de que pase mucho más tiempo, aunque éste sea
solamente mi tercer día de ausencia. Me duelen horriblemente los músculos, y no
parezco descansar en absoluto cuando me acuesto en este repugnante barro. La
pasada noche, a pesar de mi terrible fatiga, dormí sobresaltado, y esta noche
temo que no lo haga mejor. Vivo en una continua pesadilla: pasando del sueño a
la vigilia, y sin embargo sin estar verdaderamente despierto o dormido. Me
tiembla la mano, ya no puedo seguir escribiendo. Ese círculo de tenues
antorchas fosforecentes es repugnante.
VI, 15 A ULTIMA HORA DE LA TARDE
¡Adelanto considerablemente! Las cosas tienen buen aspecto. Estoy muy
agotado y no dormí mucho antes de que saliera el sol. Entonces, dormité hasta
el mediodía, aunque sin lograr descansar totalmente. No ha llovido, y la sed me
debilita mucho. Comí una tableta alimenticia extra para mantenerme en marcha,
pero sin agua no me ha servido demasiado. Me atreví a intentar beber algo del
agua del barro en una ocasión, pero me produjo violentos vómitos y aún me dejó
más sediento que antes. Debo conservar los cubos de clorato, así que casi me
estoy sofocando por la falta de oxígeno. No puedo caminar la mayor parte de
tiempo, pero consigo arrastrarme por el barro. Hacia las dos de la tarde creí
reconocer algunos de los pasadizos, y me acerqué mucho al cadáver, o esqueleto,
de lo que habla hecho en mis intentos del primer día. En una ocasión llegué a
un callejón sin salida, pero volví al camino principal con ayuda de mi mapa y
notas.
El problema de más anotaciones es que hay demasiadas. Deben llenar un
metro del papiro, y debo detenerme durante largos ratos para descifrarlas. No
consigo concentrarme a causa de la sed, la sofocación y el agotamiento, y no
logro comprender lo que he escrito. Esos malditos seres verdes siguen mirándome
y riéndose con sus tentáculos, y a veces gesticulan de una forma que me hace
creer que se están contando alguna terrible broma que no logro comprender. Fue
hacia las tres de la tarde cuando realmente hallé una buena pista. Había un
portal que, según mis notas, no había atravesado antes; y cuando lo hice vi que
pedía arrastrarme dando un rodeo hacia el esqueleto envuelto por las hierbas.
El camino era una especie de espiral, muy similar a aquella por la que había
llegado inicialmente a la cámara central. Cuando llegaba a una puerta lateral o
a una intersección, seguía el camino que más parecía repetir el recorrido
original. Mientras me acercaba, en círculos, más y más a mi repugnante punto de
referencia, los espectadores del exterior intensificaban sus crípticas
gesticulaciones y su irónica risa silenciosa. Evidentemente veían algo
macabramente divertido en mi avance... dándose cuenta, sin lugar a dudas, de lo
inerme que estaré en cualquier lucha con ellos. Dejé que se rieran; pues aunque
me daba cuenta de mi tremenda debilidad, contaba con la pistola lanzallamas y
con sus numerosos cargadores extra para abrirme paso entre la vil falange de
reptiles.
Ahora mi esperanza estaba en alza, pero no intenté ponerme en pie. Era
mejor seguir reptando, y guardar mis fuerzas para el cercano encuentro con los
hombres-lagarto. Mi avance era muy lento, y el peligro de perderme en algún
camino sin salida muy grande, pero, de todas formas, parecía ir siguiendo una
curva que decididamente me llevaba hacia mi meta ósea. La perspectiva me daba
nuevas fuerzas, y durante un tiempo dejé de preocuparme del dolor, la sed, y mi
escasa cantidad de cubos. Las criaturas se estaban agrupando todas alrededor de
la entrada: haciendo gestos, saltando y riendo con sus tentáculos. Pronto,
reflexioné, debería enfrentarme con aquella horda... y quizá con los refuerzos
que recibiesen del bosque. Estoy ya tan solo a unos metros del esqueleto, y me
detengo a tomar estas notas antes de salir y atravesar esa molesta banda de
seres. Confío en que con mis últimas energías podré ponerlos en fuga a pesar de
su número, pues el radio de acción de esta pistola es tremendo. Entonces
acamparé en el musgo seco del borde de la meseta, y por la mañana viajaré
cansadamente por la jungla hacia Terra Nova. Me alegrará volver a ver de nuevo
hombres vivos y los edificios de la raza humana. Los dientes de esa calavera
brillan y sonríen de una forma horrible.
VI, 15 YA CASI DE NOCHE.
¡Horror y desesperación, me equivoqué de nuevo! Tras tomar las
anteriores notas me aproximé aún más al esqueleto, pero repentinamente encontré
una pared que se interponía. De nuevo había sido engañado, y aparentemente
volvía a estar en la misma situación que tres días antes, durante mi primer
fútil intento de salir del laberinto. No sé si grité o no... quizá estuviera
demasiado débil para producir un solo sonido. Simplemente, me quedé anonadado
en el barro durante un largo período, mientras las cosas verdosas del exterior
saltaban y reían y gesticulaban. Al cabo de un tiempo recuperé totalmente el
conocimiento... Mi sed, debilidad y sofocación estaban acabando conmigo
rápidamente, y con mis últimas fuerzas coloqué un nuevo cubo en el
electroliza...... sin pensarlo, y sin considerar mis necesidades para el viaje
de vuelta a Terra Nova.
El oxígeno así obtenido me revivió ligeramente, y me permitió contemplar
los alrededores con más atención. Parecía como si estuviera un poco más lejos
del pobre Dwight de lo que me había hallado en mi primer desengaño, y me
pregunté embotadamente si podría hallarme en otro corredor algo más remoto. Con
esta débil esperanza me arrastré laboriosamente hacia adelante, pero al cabo de
algunos metros encontré una pared como en la anterior ocasión. Así que aquello
era el fin. Tres días no me habían llevado a ninguna parte y mis fuerzas han
desaparecido. Pronto enloqueceré de sed, y ya no tengo bastantes cubos como
para regresar. Me pregunté débilmente por qué aquellos seres de pesadilla se
habían agrupado de tal forma junto a la entrada, para burlarse de mi. Probablemente
era parte de su trampa: el hacerme creer que estaba aproximándome a una salida
que sabían que no existía.
Sé que no duraré mucho, aunque estoy resuelto a no acelerar mi fin como
hizo Dwight. Su cráneo sonriente está vuelto hacia mí, movido por los tanteos
de una de las hierbas efjeh que están devorando su traje de cuero. La fantasmal
mirada de esas cuencas vacías es peor que la de esos horrores reptiloides. Da
un ominoso significado a esa sonrisa muerta. Me quedaré muy quieto sobre el
barro para recuperar mis fuerzas en lo posible. Estas notas, que espero lleguen
a poder de los que vengan tras de mí, y les sirvan de aviso, estarán pronto
terminadas. Cuando acabe de escribir, descansaré un largo rato. Entonces,
cuando sea demasiado oscuro y esos seres no puedan verme, utilizaré mis últimas
reservas de energía para intentar lanzar el papiro sobre la pared y el corredor
que me separa de ella hacia la llanura exterior Tendré buen cuidado de apuntar
hacia la izquierda, donde no caiga entre el grupo de burlones espectadores.
Quizá se pierda para siempre entre el barro... pero quizá caiga en algún
matorral y llegue al fin a manos humanas.
Si al final es leído, espero que sirva para algo más que para
simplemente advertir a otros hombres de esta trampa. Espero que sirva para
enseñarle a nuestra raza que debe dejar esos brillantes cristales donde están.
Pertenecen a Venus. Nuestro planeta realmente no los necesita, y creo que hemos
violado alguna ley oscura y misteriosa, alguna ley profundamente oculta en los
arcanos del cosmos, en nuestras tentativas de apoderarnos de ellos. ¿Quién
puede decir qué oscuras, potentes y extensas fuerzas empujan a esos seres
reptilescos que guardan su tesoro en forma tan extraña? Dwight y yo ya hemos
pagado nuestra culpa, como otros lo han hecho antes y otros los harán después.
Aunque quizá esas pocas muertes sean únicamente un preludio de unos
horrores más grandes que aún están por venir. Dejemos a Venus lo que es de
Venus. Ya estoy muy próximo a la muerte, y temo no ser capaz de poder lanzar el
papiro cuando llegue la noche. Si no puedo hacerlo; supongo que los
hombres-lagarto se apoderarán de él, pues probablemente se dan cuenta de lo que
es. No querrán que nadie tenga un previo aviso acerca del laberinto... y no
sabrán que mi mensaje contiene una suplica a su favor. A medida que se aproxima
mi fin me siento más predispuesto a favor de esos seres. ¿Quién puede decir, en
la escala de las entidades cósmicas, qué especie se encuentra más alta, o se
aproximan más a la norma orgánica de los espacios... si la suya o la mía?
Acabo de sacar el gran cristal de mi bolsa para mirarlo durante mis
últimos instantes. Brilla fiera y amenazadoramente a los rojizos rayos de la
puesta del sol. La horda se ha dado cuenta de ello y sus gestos han cambiado en
una forma que no puedo comprender. Me pregunto por qué permanecerán agrupados
alrededor de la entrada en lugar de concentrarse en un punto más cercano de la
pared transparente. Estoy perdiendo el sentido y ya no puedo escribir mucho
más. Las cosas giran a mi alrededor, y no obstante, no acabo de perder el
conocimiento. ¿Podré lanzar el papiro sobre la pared? El cristal brilla mucho,
y eso que cada vez oscurece más. Oscuro. Muy débil. Siguen riendo y saltando
alrededor de la puerta, y han encendido esas infernales antorchas fosforescentes.
¿ Se están yendo? Creí oír un sonido una luz en el cielo...
INFORME DE WESTLEY P. MILLER, DIRECTOR DEL GRUPO A COMPAÑIA CRISTAL DE
VENUS (TERRA NOVA EN VENUS - VI, 16)
Nuestro empleado A49, Kenton 1. Stanfield, domiciliado en 5317 Marshall
Street, Richmond, Estados Unidos, salió de Terra Nova a primera hora del VI,
12, para un corto viaje guiado por un detector. Debiendo regresar el 13 o el
14, no había aparecido a la tarde del 15, por lo que el avión de observación
FR-58 con cinco hombres a mi mando partió a las ocho de la tarde para seguir su
ruta con el detector. La aguja no señalaba ningún cambio respecto a lecturas
anteriores. Seguimos la aguja hasta la Meseta Eryciniana, manteniendo en
funcionamiento durante todo el camino nuestros potentes reflectores. Nuestros
lanzallamas de triple potencia y cilindros de radiación D hubieran podido
dispersar cualquier fuerza ordinaria de nativos hostiles, o cualquier manada
peligrosa de skorahs carnívoros. Cuando estuvimos en la llanura abierta de Eryx
vimos un grupo de luces en movimiento que sabíamos que eran antorchas
fosforescentes nativas. Al aproximarnos, se dispersaron por el bosque.
Probablemente eran de setenta y cinco a cien. El detector indicaba que había un
cristal en el punto del que provenían. Planeando a baja altura sobre aquel
punto, nuestras luces descubrieron objetos en el suelo. Un esqueleto cubierto
por hierbas efjeh, y un cuerpo a unos tres metros del mismo. M hacer descender
el avión cerca de los cuerpos, la punta del ala chocó contra un obstáculo
invisible.
Acercándonos a los cuerpos a pie, nos topamos con una lisa barrera
invisible que nos asombró tremendamente. Tanteando cerca del esqueleto hallamos
una abertura, tras la cual habla un espacio con otro orificio que daba al
esqueleto. Este, aunque había sido despojado de su ropa por las hierbas, tenía
junto a él uno de los cascos numerados de la Compañía, Era el empleado B-9,
Frederick N. Dwight, del grupo Koenig, que había partido hacía dos meses de
Terra Nova en un viaje largo. Entre este esqueleto y el cadáver aún indemne
parecía haber otra pared, pero pudimos identificar fácilmente al segundo hombre
como Stanfield. Tenía un papiro de notas en su mano izquierda y una pluma en la
derecha, y parecía haber estado escribiendo cuando murió. No se vela ningún cristal,
pero el detector indicaba la existencia de un enorme espécimen cerca del
cadáver de Stanfield. Tuvimos grandes dificultades para llegar hasta éste, pero
finalmente lo logramos.
El cadáver estaba aún caliente, y junto a él se hallaba un gran cristal,
cubierto por el poco profundo barro. Inmediatamente estudiamos su papiro y nos
preparamos a dar ciertos pasos siguiendo los datos contenidos en él. Las
anotaciones del papiro forman la larga narración que precede a este informe;
una narración que hemos verificado en sus puntos esenciales, y que adjuntamos
como explicación de lo que hallamos. Las partes finales del relato muestran el
deterioro de su mente, pero no hay razón para dudar de su parte principal.
Stanfield obviamente falleció por una combinación de su sed, sofocación,
tensión cardíaca y depresión psicológica. Tenía colocada la máscara y esta
estaba generando oxígeno normalmente, a pesar de su escasa reserva de cubos.
Teniendo dañado nuestro aparato, enviamos un mensaje por radio
reclamando la presencia de Anderson con el avión de reparaciones FG-7, con un
equipo de demoliciones y material para las mismas. Hacia la mañana el FR-58 ya
había sido reparado, y regresó al mando de Anderson llevando los dos cadáveres
y el cristal. Enterraremos a Dwight y Stanfield en el cementerio de la
Compañía, y enviaremos el cristal a Chicago en el siguiente navío que se dirija
a la Tierra. Luego, adoptaremos la sugerencia de Stanfield... la más cuerda
contenida al principio del informe, cuando aún estaba sano, y traeremos las
suficientes tropas como para acabar con los nativos. Con el campo libre, no
habrá límites en la cantidad de cristales que podamos obtener.
Por la tarde estudiamos con mucho cuidado el edificio o trampa
invisible, explorándolo con la ayuda de largas cuerdas de guía, y preparando un
mapa completo para nuestros archivos. Nos sentimos muy impresionados por el
diseño, y conservamos especímenes de la sustancia para someterlos a análisis
químicos. Estos conocimientos nos serán útiles cuando invadamos las ciudades
nativas. Nuestras brocas de diamante tipo C lograron perforar el material, y el
equipo de demoliciones está ahora dinamitando el edificio para volarlo hasta
los cimientos. No quedará nada cuando hayan acabado. Este edificio es una
verdadera amenaza para el tráfico aéreo y de otros tipos.
Al contemplar el plan del laberinto uno se siente impresionado no solo
por la ironía del fin de Dwight, sino también por el de Stanfield. Cuando
intentamos llegar hasta el segundo cadáver desde el esqueleto, no pudimos
hallar acceso hacia la derecha, pero Marheim encontró una puerta desde el
primer espacio interior a unos cuatro metros y medio más allá de Dwight y a un
metro y medio de Stanfield. Tras ella había un largo corredor que no exploramos
hasta más tarde, pero en su lado derecho había otra puerta que llevaba
directamente al cadáver. Stanfield podría haber alcanzado la salida exterior
caminando unos seis o siete metros si hubiera hallado la abertura que estaba
directamente tras él... una abertura de la que no se dio cuenta a causa de su
cansancio y desesperación.
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H.P. Lovecraft (1890-1937)
Kenneth Sterling (1920-1995)

