Libro N° 10896. Entretenimiento De Una Velada. James, M.R.
© Libro N° 10896.
Entretenimiento De Una Velada. James, M.R.
Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
An Evening's Entertainment, M.R. James
(1862-1936)
Versión Original: © Entretenimiento
De Una Velada. M.R. James
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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M.R. James
Entretenimiento
De Una Velada
M.R.
James
No hay nada más corriente en los libros de antaño que la descripción de
la lumbre en invierno, donde la abuela cuenta a los pequeños agrupados en
círculo, todos pendientes de sus labios, un cuento tras otro de fantasmas y
duendes, inspirando en su auditorio un grato terror. Pero nunca se nos dice qué
cuentos son ésos. Oímos hablar de espectros ensabanados con ojos como platos, y
—más inquietante aún— del hombre del saco. Pero se nos escamotea el contexto de
estas imágenes impresionantes.
Éste es un tema que me obsesiona desde hace mucho tiempo; pero no veo el
modo de resolverlo definitivamente: han desaparecido ya las abuelas venerables,
y los compiladores de folclore iniciaron su labor en Inglaterra demasiado tarde
para salvar gran parte de lo que ellas contaban. Sin embargo, son cosas que no
se pierden fácilmente; porque la imaginación, valiéndose de detalles dispersos,
es capaz de recomponer el cuadro de una velada junto al fuego, como en Evening
Conversations de la señora Marcet, Dialogues on Chemistry del señor Joyce, o
Philosophy in Sport made Science in France, de otro autor, destinados a
desaparecer por pretender sustituir el error y la superstición por la utilidad
y la verdad más o menos de la siguiente manera:
Charles.—Después de la amable explicación que me diste el sábado, papá,
creo que comprendo las leyes de la palanca; pero ahora me tiene perplejo el
funcionamiento del reloj de pared, y me pregunto por qué, cuando le paras el
péndulo, deja de andar.
Papá.—[¡Ah bandido!, conque has estado tocando el reloj del salón, ¿eh?
¡Ven aquí! (no; este comentario se ha deslizado en el texto no se sabe cómo)]
Bueno, hijo; aunque no apruebo que sin mi supervisión hagas experimentos que
pueden dañar el buen funcionamiento de un instrumento científico valioso, te
explicaré lo mejor que pueda los principios del reloj de péndulo. Tráeme un
cordel resistente del cajón de mi despacho, y dile a la cocinera que tenga la
bondad de prestarte una de las pesas que utiliza en la cocina.
Y para qué seguir.
¡Qué distinta es la escena de un hogar donde aún no han penetrado los
resplandores de la Ciencia! El señor de la casa, agotado por la larga jornada
persiguiendo perdices, atiborrado de comida y de vino, ronca a un lado de la
lumbre. Su anciana madre hace punto al otro lado, y los niños (Charles y Fanny,
no Harry y Lucy; éstos no lo habrían resistido) están pegados a sus rodillas.
La abuela.—Vamos, niños; portaos bien y estad callados, no vayáis a
despertar a vuestro padre porque ya sabéis lo que pasará.
Charles.—Sí; se pondrá de un humor de perros y nos mandará a la cama.
La abuela (deja las agujas y dice con severidad).—¿Qué manera de hablar
es ésa, Charles? ¿No te da vergüenza? Vaya, pensaba contaros un cuento, pero si
hablas así, me callo y no os cuento nada (un grito contenido: «¡Sí, abuelita!»)
¡Chist! ¡Chist! ¡Ahora sí creo que le habéis despertado!
El terrateniente (con voz pastosa).—Escucha, madre, si no puedes tener
callados a los críos...
La abuela.—¡Sí, John, sí! Lo siento. Les estaba diciendo que como vuelva
a ocurrir se van a la cama.
El terrateniente se vuelve a adormilar.
La abuela.—Ea, ¿veis lo que os había dicho? Tenéis que ser buenos y
estar callados. Veréis lo que vamos a hacer: mañana saldréis a coger
zarzamoras; y si traéis una cesta llena os haré mermelada.
Charles.—¡Sí, haznos, abuelita! Yo sé dónde hay unas buenísimas; hoy
mismo las he visto.
La abuela.—¿Dónde, Charles?
Charles.—En el caminito que pasa por delante de la casa de Collins.
La abuela (bajando la labor al regazo).—¡Charles! Por lo que más
quieras, no cojas una sola zarzamora de ese camino. ¿Sabes (bueno, cómo lo vas
a saber) qué estaba pensando? Pero no importa; haz caso de lo que te digo...
Charles y Fanny.—¡Dinos por qué, abuelita! ¿Por qué no podemos tomar de
allí?
La abuela.—¡Chist! ¡Chist! Está bien, de acuerdo, os lo contaré; pero no
tenéis que interrumpirme. Pues veréis: cuando yo era niña, ese camino tenía
mala fama, aunque parece que la gente ya no se acuerda de eso. Y un día (¡Dios
mío, es como si fuera esta noche!), le conté a mi madre que en paz descanse
cuando entré en casa a cenar (era una noche de verano) dónde había estado, y
que había vuelto por ese camino, y le pregunté cómo era que se criaban tantas
zarzas y groselleros en la parte de arriba de ese caminito.
¡Dios mío! Me zarandeó, me dio una torta, y me dijo: Niña mala y
desobediente, ¿no te he prohibido veinte veces que pongas los pies en ese
camino? Y encima te entretienes mirando por allí cuando ya ha anochecido, y no
sé qué más dijo; cuando terminó me sentía demasiado asustada para decir nada;
pero le hice ver que era la primera vez que me lo decía, lo que era la pura
verdad.
Entonces, naturalmente, se arrepintió de haber sido tan severa conmigo,
y para repararlo me contó toda la historia después de cenar. Más tarde volví a
escuchársela muchas veces a los viejos del lugar, y tuve mis razones para
pensar que había en ella algo de verdad.
Pues bien, en la parte de arriba de ese sendero, al final... Vamos a
ver, ¿a la derecha o a la izquierda conforme se sube? A la izquierda, pues hay
un terreno abrupto lleno de arbustos, cercado por una especie de seto viejo y
medio destrozado, donde aún quedan algunos viejos groselleros... o quedaban al
menos, porque hace años que no subo por ahí. Lo cual quiere decir que ahí hubo
una casa. Y en esa casa, antes de que yo naciese, ni hubiese remota
posibilidad, vivía un hombre llamado Davis.
Parece que no era de aquí, y desde luego nunca ha habido nadie con ese
apellido desde que yo tengo uso de razón. Sea como sea, el caso es que este
señor Davis vivía muy aislado, visitaba raras veces la taberna, y no trabajaba
para ningún agricultor; porque por lo visto tenía suficiente dinero para vivir.
Pero le tocaba bajar al pueblo los días de mercado, y recoger de paso las
cartas de correos. Un buen día volvió del mercado con un joven; un muchacho que
estuvo viviendo con él bastante tiempo. Iban y venían juntos, pero nadie sabía
si era que este muchacho se encargaba de los trabajos de la casa o si el señor
Davis era su profesor. Decían que era pálido, feo y muy poca cosa.
Bueno, ¿y qué pasaba con estos dos hombres? Naturalmente, no podría
contaros ni la mitad de las bobadas que le había dado por pensar a la gente, y
sabemos que no hay que hablar mal de nadie cuando no estamos seguros de que sea
verdad, ni siquiera cuando se trata de gente que ha muerto y ya no está. Pero
como digo, estos dos hombres andaban siempre juntos de la mañana a la noche,
arriba en las lomas o abajo en el bosque: y había un paseo que solían hacer
regularmente, una vez al mes, al sitio donde habéis visto esa antigua figura
tallada en el costado del cerro. La gente observó que en verano, cuando hacían
esa excursión, pasaban la noche allí o cerca de allí.
Recuerdo que una vez mi padre, o sea vuestro bisabuelo, me dijo que
había hablado de esto con el señor Davis (ya que éste vivía en sus tierras), y
le había preguntado por qué le gustaba tanto ir a ese lugar; pero el señor
Davis dijo solamente:
—Bueno, es un sitio muy antiguo, señor, y a mí siempre me han gustado
las cosas antiguas; y cuando éste (refiriéndose a su joven amigo) y yo estamos
allí, nos parece talmente que estamos en los tiempos antiguos.
Y dijo mi padre:
—Sí, a usted le encantará —dijo—; pero a mí no me gustaría encontrarme
en un paraje solitario como ese en plena noche.
El señor Davis sonrió; y el joven, que había estado escuchando dijo:
—Bueno, a nosotros en esos momentos no nos falta compañía.
Y dijo mi padre que el señor Davis le hizo una seña disimulada; y el
joven prosiguió rápidamente, como para enmendar lo dicho:
—Me refiero a que el señor Davis y yo nos hacemos suficiente compañía;
¿no es así, señor? Y por la noche, en verano, se disfruta allí de un airecillo
delicioso; puede contemplarse el campo bajo la luna, y todo se ve muy distinto
de como es durante el día. Con todos esos túmulos que hay en la loma.
Aquí intervino el señor Davis, algo enojado con él, y dijo:
—¡Ah, sí!; son trabajos antiguos, ¿verdad, señor? ¿Para qué los harían?
Y dijo mi padre (¡Válgame Dios!, es un milagro que me acuerde de todo
esto; pero es que me hizo mucha impresión cuando me lo contó; y aunque os
parezca aburrido, ahora no tengo más remedio que acabarlo de contar), dijo:
—Pues verá, señor Davis, he oído que son sepulturas; y sé, porque he
tenido ocasión de abrir una, que en todas aparecen huesos antiguos y tinajas;
aunque no sé de quiénes son. La gente dice que por toda esta comarca estuvieron
los antiguos romanos; aunque ignoro si enterraban así a sus muertos.
Y el señor Davis, pensativo, negó con la cabeza y dijo:
—Para mí que son de gente más antigua que los romanos, y vestían de
manera distinta. O sea: según representan a los romanos, iban siempre con
armadura, y usted no ha encontrado nunca armaduras aquí, por lo que dice,
¿verdad, señor?
Mi padre se quedó un poco sorprendido, y dijo:
—No creo haber dicho nada de armaduras, aunque la verdad es que no
recuerdo haber encontrado ninguna. Pero habla usted como si les hubiese visto.
Y el joven y el señor Davis se echaron a reír.
Y dijo el señor Davis:
—¿Verles, señor? Sería un poco difícil al cabo de tantísimos años.
Aunque me gustaría mucho saber cosas sobre los tiempos antiguos, y sobre
aquellas gentes, y qué adoraban y demás.
Y dijo mi padre:
—¿Qué adoraban? Bueno, creo que adoraban al viejo esculpido arriba en el
cerro.
—¿De veras? —dijo el señor Davis—; vaya, no me extrañaría.
Y mi padre siguió hablando, y les contó que había leído y oído cosas
sobre los paganos y sus sacrificios; cosas que tú, Charles, aprenderás un día
cuando vayas al colegio y estudies latín. Y los dos parecían escuchar con mucho
interés; aunque mi padre me confesó que le daba la impresión de que gran parte
de lo que les contaba no era ninguna novedad para ellos. Ésa fue la única vez
que tuvo una larga conversación con el señor Davis. Y lo que más grabado se le
quedó, dijo, fueron las palabras del joven sobre que no les faltaba compañía;
porque en aquel tiempo se hablaba mucho en los pueblos de los alrededores
sobre... En fin, que si no llega a intervenir mi padre, la gente habría
chapuzado a una anciana por bruja.
Charles.—¿Qué significa chapuzar a una anciana por bruja, abuelita? ¿Hay
brujas todavía?
La abuela.—No, cariño. ¡Vaya! ¿Cómo me habré desviado así? No, no: ésa
es otra historia. Lo que iba a decir es que la gente de los pueblos vecinos
creía que por las noches se celebraban reuniones en el cerro donde está
esculpido el viejo, y que los que acudían allí no iban a nada bueno. Pero no me
interrumpáis ahora porque se está haciendo tarde. Bien, pues hacía unos tres
años que el señor Davis y el joven vivían juntos cuando de repente ocurrió algo
terrible. No sé si debo contároslo (protestas de «¡Sí! ¡Sí! ¡Abuelita, por
favor!» etc.).
Está bien, pero prometedme que no os asustaréis ni empezaréis a gritar a
media noche («¡No, no lo haremos, claro que no!»). Pues una madrugada de
finales del verano, creo que era septiembre, con las primeras luces, subió un
leñador al bosque a trabajar; y justo donde unos robles gruesos forman una
especie de ruedo, en lo más adentro, vio a cierta distancia, a través de la
niebla, una mancha blanca como de figura humana, y dudó si dar media vuelta o
no. Pero siguió adelante, y al acercarse descubrió que era un hombre. Y algo
más: que se trataba del joven amigo del señor Davis, vestido con una especie de
camisón blanco, colgado por el cuello de la rama del roble más grande, y
completamente muerto.
Cerca de sus pies, en el suelo, había un hacha toda manchada de sangre.
¡Qué horrible visión para cualquiera que se adentrara en ese lugar solitario!
El pobre hombre casi pierde el juicio; soltó lo que llevaba y echó a correr
como no lo había hecho en su vida, fue directamente a la rectoría, despertó a
la casa y contó lo que acababa de ver. Y el anciano señor White, que era el
rector entonces, le envió, mientras él se vestía, en busca de dos o tres
hombres fuertes, el herrero, el sacristán y demás, y seguidamente se dirigieron
todos a ese lugar espantoso con un caballo para cargar en él al desventurado y
llevarlo a casa del señor Davis. Al llegar, vieron que era como el leñador lo
había contado.
Pero lo que les causó una impresión más terrible fue la forma en que
estaba vestido el cadáver; en especial al señor White; porque le pareció que lo
que llevaba puesto era una parodia de sobrepelliz de la iglesia. Aunque mi
padre contó que no tenía la misma forma. Y dijo que cuando lo bajaron del árbol
descubrieron que tenía una cadenita alrededor del cuello, y colgando de ella,
por delante, un pequeño adorno en forma de rueda, de aspecto muy antiguo, dijo.
Entretanto, habían mandado corriendo a un chico a casa del señor Davis para ver
si estaba allí. Porque, naturalmente, no podían por menos de sospechar de él.
El señor White dijo que había que mandar también recado al alguacil del
pueblo vecino, y llamar a otro juez (él mismo lo era de este municipio); así
que salieron corriendo unos en una dirección y otros en otra. Mi padre, como
solía ocurrir, no estaba esa noche en casa; de lo contrario le habrían avisado
a él en primer lugar. Total, que pusieron el cuerpo atravesado encima del
caballo. Dicen que desde el instante en que avistaron el árbol tuvieron que
emplearse a fondo para impedir que el animal se encabritara y saliera
disparado, porque se puso como loco de pánico. Pero consiguieron vendarle los
ojos, y así lo sacaron del bosque y atravesaron la calle del pueblo. Al llegar
al gran árbol donde están los rebaños encontraron un corro de mujeres, y en
medio, tendido en el suelo y blanco como el papel, al chico que habían mandado
a casa del señor Davis; pero no lograron sacarle una palabra, ni buena ni mala.
Así que comprendieron que aún faltaba algo peor, y reanudaron la marcha
cuesta arriba hacia la casa del señor Davis. Y cuando ya estaban cerca, el
caballo empezó a ponerse furioso otra vez, y a recular y relinchar y golpear el
suelo con las patas delanteras, al extremo de que estuvo a punto de matar al
hombre que lo conducía, e hizo que el muerto cayera de espaldas al suelo.
Entonces el señor White mandó que se llevasen al caballo lo más deprisa
posible, y transportaron el cadáver directamente al cuarto del estar, dado que
la puerta estaba abierta. Y entonces descubrieron qué había asustado
mortalmente al pobre chico y había espantado de aquella forma a la caballería.
Porque sabréis que los caballos no soportan el olor de la sangre.
Había una mesa larga en la habitación, más larga que el tamaño de un
hombre, y sobre ella yacía el cuerpo del señor Davis. Tenía los ojos tapados
con una venda blanca, los brazos atados a la espalda, y los pies trabados con
otra venda. Pero lo espantoso era que tenía el pecho descubierto, ¡y el
esternón partido de arriba abajo con un hacha! ¡Ah, que visión más horrible!;
todos los presentes se marearon y sintieron náuseas, y tuvieron que salir a que
les diese el aire. Incluso el señor White, que era lo que podríamos llamar un
hombre entero, se desmoronó y salió al jardín a rezar a Dios para que le diese
fuerzas.
Por último depositaron el otro cuerpo lo mejor que pudieron en la
habitación y efectuaron un registro para ver si averiguaban cómo había podido
ocurrir tan horrible tragedia. En las alacenas encontraron cierta cantidad de
yerbas y tarros con licores; al examinarlos los que entendían de esas cosas
descubrieron que algunas de estas sustancias eran pociones para dormir a las
personas; y no tuvieron ninguna duda de que este joven malvado había puesto
alguna dosis de esas pociones en la bebida del señor Davis, le había hecho todo
aquello, y después su sentimiento de culpa le había empujado a quitarse la
vida.
En fin, no entenderíais todo el jaleo legal que tuvieron que llevar a
cabo el juez que investiga los delitos de sangre y los magistrados municipales;
pero hubo mucho trasiego de personas durante el día siguiente o dos; después se
reunió la gente de la vecindad y concluyeron que no soportaban la idea de que
estos dos recibieran sepultura en terreno de la iglesia junto a gente
cristiana. Porque debo deciros que el señor White y otros clérigos registraron
los cajones y alacenas del señor Davis, y encontraron ciertos escritos y
documentos; y después pusieron su firma en una declaración en la que decían que
estos dos hombres eran culpables, por propia decisión, del horrendo pecado de
idolatría; y que sospechaban que había otros lugares en la comarca que se hallaban
igualmente contaminados de ese mal, por lo que hacían un llamamiento general al
arrepentimiento, no fuera que les acaeciese el mismo horror; y seguidamente
quemaron dichos escritos y documentos.
Después, el señor White se manifestó del mismo parecer que sus
feligreses; y un día, anochecido ya, fue con doce hombres escogidos a esa casa
maligna, con dos angarillas toscamente hechas para la ocasión y dos paños
negros; y en el cruce donde se tuerce a Bascombe y a Wilcombe había más hombres
esperando con antorchas, una fosa hecha, y una muchedumbre venida de todo el
contorno. Y los hombres que entraron en la casa lo hicieron sin descubrirse.
Tomaron cuatro de ellos los dos cuerpos, los tendieron en las
angarillas, les echaron encima los paños negros, y sin mediar una palabra los
llevaron camino abajo, los arrojaron a la fosa, y los cubrieron con piedras y
tierra. Entonces el señor White habló a la gente allí reunida. Mi padre estuvo
presente (había vuelto al enterarse de la noticia), y dijo que jamás olvidaría
aquella extraña escena, con las antorchas ardiendo, los dos bultos negros en la
fosa, y sin oírse el más pequeño rumor entre la gente, salvo lo que quizá era
el gimoteo medroso de un niño o una mujer. Y al terminar el señor White, se fue
todo el mundo, y dejaron solos allí a los enterrados.
Dicen que incluso hoy se resisten los caballos a pasar por allí, y he
oído que durante mucho tiempo el lugar estuvo envuelto como en una bruma o luz
difusa; no sé si será verdad. Lo que sé es que al día siguiente mi padre tuvo
que pasar por donde arranca el camino, y vio a lo largo de él tres o cuatro
grupitos de personas, al parecer alarmadas por algo. Conque dirigió el caballo
hacia ellos, y les preguntó qué ocurría. Y acudieron presurosos a su encuentro
y dijeron:
—¡Ah, señor, es sangre! ¡Mire!
Bajó del caballo, y se la enseñaron: allí, en cuatro lugares del camino,
creo, vio grandes manchas de sangre, aunque era difícil distinguir si
efectivamente era sangre, porque estaban casi enteramente cubiertas de moscas
negras que ni revoloteaban ni se movían. Por lo visto, esa sangre había caído
del cuerpo del señor Davis cuando lo transportaban camino abajo. Bueno, mi
padre se limitó a mirar de cerca aquella repugnancia para comprobar qué era, y
a continuación dijo a uno de los hombres que había allí:
—Trae ahora mismo una espuerta o una carretilla de tierra limpia del
cementerio para cubrir esas manchas; yo espero aquí.
Volvió el hombre casi en seguida, y con él un viejo que había sido
sepulturero, con una pala y la carretilla de tierra. Se detuvieron junto a la
primera mancha, y se dispusieron a cubrirla de tierra. ¿Y qué ocurrió en cuanto
lo hicieron? Pues que las moscas alzaron el vuelo formando una especie de nube
espesa y se alejaron en dirección a la casa. Y el sepulturero (que era también
el sacristán) se detuvo y le dijo a mi padre:
—El Señor de las Moscas, señor —y no dijo más. Y lo mismo ocurrió en
todas y cada una de las otras manchas.
Charles.—Pero ¿a qué se refería, abuelita?
La abuela.—Bueno, cariño, acuérdate de preguntárselo al señor Lucas
cuando le digas la lección mañana; yo no puedo entretenerme ahora en contaros
eso: hace rato que ha pasado la hora de subir a acostaros. Después lo que
ocurrió fue que mi padre decidió que no volviese a vivir nadie más en esa casa,
ni a utilizar nada de lo que había en ella.
Así que, aunque era una de las mejores del lugar, avisó a los vecinos
que había que destruirla, y que el que quisiera podía llevar un brazado de leña
para quemarla. Y eso es lo que hicieron: apilaron leña en el cuarto de estar,
aflojaron la techumbre para que las llamas prendieran bien, y a continuación le
pegaron fuego; y como no había ladrillos, quitando el cañón de la chimenea y de
la estufa, no tardó en quedar reducida a cenizas. Creo recordar que vi la
chimenea de pequeña, pero finalmente se derrumbó.
Y ahora llego a la parte final.
Os puedo asegurar que durante mucho tiempo la gente estuvo diciendo que
veían al señor Davis y a su joven amigo, a uno de ellos en el bosque, y a los
dos donde estuvo la casa, o bajando por el camino, sobre todo en primavera y
otoño. Yo eso no lo puedo garantizar, aunque si de verdad existieran las almas
en pena, seguro que personas así no descansarían. Lo que sí puedo deciros es
justo: que un anochecer del mes de marzo, poco antes de que nos casáramos
vuestro abuelo y yo, habíamos estado dando un largo paseo por el bosque
cogiendo flores y hablando como suelen hacer las parejas durante el noviazgo; y
andábamos tan pendientes el uno del otro que no nos fijamos por dónde íbamos.
Y de repente di un grito, y vuestro abuelo me preguntó qué ocurría. Lo
que me había pasado era que había notado una fuerte picadura en el dorso de la
mano, la levanté hacia mí y vi que tenía un bicho negro; le di una palmada con
la otra mano y lo maté. Se lo señalé a vuestro abuelo, y él, que era una
persona que se fijaba en todas esas cosas, dijo:
—Caramba, jamás había visto una mosca de esa clase.
Y aunque a mí no me parecía muy distinta de las normales, no dudé que
tenía razón.
Miramos entonces a nuestro alrededor, y hete aquí que estábamos en el
mismísimo camino, justo delante del lugar donde estuvo la casa y, como me
dijeron después, precisamente donde los hombres habían dejado un momento las
angarillas al salir con ellas por la puerta del jardín. Os aseguro que nos
fuimos a toda prisa de allí; al menos hice que vuestro abuelo avivara el paso,
porque al descubrir dónde estaba me entró una zozobra que no sabía ni lo que
hacía; aunque él se habría quedado a curiosear si le hubiese dejado. No estoy
segura de que no hubiera allí algo más de lo que podíamos ver; pero quizá era
en parte el veneno de la picadura de aquella mosca horrible, que me estaba
haciendo efecto, lo que hacía que me sintiera extraña; porque, ¡Dios mío, cómo
se me pusieron el brazo y la mano!
Miedo me da deciros cómo se me hinchó! ¡Y cómo me dolía! Nada de lo que
mi madre me puso me hizo efecto; no se me alivió hasta que una vieja criada la
convenció de que avisase al curandero de Bascombe para que viniese a verme.
Éste parecía saberlo todo sobre el particular, y dijo que no era la primera vez
que ocurría esto.
—Cuando el sol va ganando fuerza —dijo—, cuando la tiene en su plenitud,
y cuando empieza a perderla, y cuando se queda sin ella, los que frecuentan ese
camino harán bien en tener cuidado.
No quiso decir qué me vendó en el brazo ni qué palabras murmuró, pero me
sanó en poco tiempo. Después he oído hablar a menudo de personas a las que les
ha ocurrido lo mismo; aunque parece que últimamente estos casos van siendo más
raros. Tal vez con el tiempo desaparezcan definitivamente.
Por ese motivo, Charles, te prohíbo que vayas allí a buscar zarzamoras,
y que las pruebes. Y ahora que ya lo sabes, supongo que tampoco tú querrás.
¡Ea, a la cama los dos ahora mismo! ¿Qué pasa, Fanny? ¿Quieres luz en tu
habitación? ¡Qué ocurrencia! Desvístete ahora mismo, reza tus oraciones, y si
tu padre no me necesita cuando se despierte, iré a darte las buenas noches. Y
tú, Charles: si te oigo asustar a tu hermanita mientras subís se lo diré a tu
padre, y ya sabes cómo te fue la última vez.
Se cierra la puerta; y la abuela, tras prestar atención un momento o
dos, reanuda su punto. El terrateniente sigue dormitando.
_________________
M.R. James (1862-1936)

