Libro N° 10891. En El Metro. Benson, E.F.
© Libro N° 10891.
En El Metro. Benson,
E.F. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
In The Tube; E.F. Benson (1867-1940)
Versión Original: © En
El Metro. E.F. Benson
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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E.F. Benson
En El
Metro
E.F.
Benson
—Es una convención, y no muy convincente —dijo alegremente Anthony
Carling—. ¡El tiempo!
»En realidad el Tiempo no existe; no tiene una existencia real. El
Tiempo no es más que un punto infinitesimal de la eternidad, de la misma manera
que el Espacio es un punto infinitesimal del infinito. Como máximo el Tiempo es
una especie de túnel a través del cual acostumbramos a creer que estamos
viajando. Hay un estruendo en nuestros oídos y una oscuridad en nuestros ojos
que hace que nos parezca real. Pero antes de que entráramos en el túnel
existíamos eternamente en una luz del sol infinita, y cuando hayamos pasado por
él volveremos a existir en una luz solar infinita. Entonces, ¿por qué vamos a
molestarnos por la confusión, el ruido y la oscuridad que sólo nos acompañan
durante un momento?
Para ser alguien que creía tan firmemente en ideas inconmensurables como
ésas, que iba marcando con enérgicas aplicaciones del atizador a las magníficas
chispas e incandescencias del fuego, Anthony tenía una manera muy agradable de
apreciar lo finito y mensurable, y no he conocido a nadie que tuviera tanto
entusiasmo por la vida y sus placeres. Aquella noche nos había dado una cena
admirable, nos había ofrecido un oporto que estaba más allá de toda posible
alabanza, y había iluminado aquellas alegres horas con la luz de su contagioso
optimismo.
Después el pequeño grupo se había ido deshaciendo y me había quedado a
solas con él junto a la chimenea de su estudio. En el exterior se oía sobre los
cristales de las ventanas el repiqueteo del aguanieve impulsado por el viento,
que se elevaba de vez en cuando por encima del aleteo de las llamas del hogar,
y el pensar en las ráfagas heladas y el pavimento cubierto de nieve de Brompton
Square, sobre el que se habían ido a toda prisa todos los demás invitados
montándose en taxis deslizantes, hacía que mi posición, al permanecer allí
hasta la mañana siguiente, resultara más delicadamente deliciosa.
Por encima de todo estaba aquel compañero estimulante y sugerente, quien
tanto si hablaba de importantes abstracciones, que para él eran tan
intensamente reales y prácticas, como si lo hacía de las notables experiencias
que había tenido entre aquellas convenciones del Tiempo y el Espacio, resultaba
igualmente fascinante para quien le oía.
—Adoro la vida —me dijo—. Me resulta el juego más encantador. Es un
deporte delicioso; y bien sabe usted que la única manera concebible de
practicar un deporte es tomárselo con seriedad extremada. Si se dice a sí mismo
que sólo es un deporte, deja de tener el más ligero interés por él. Tiene que
saber que sólo es un juego, y comportarse como si fuera el único objetivo de la
existencia. Me gustaría seguir en él durante muchos años. Pero además uno tiene
que estar todo el tiempo viviendo en el plano auténtico, que es la eternidad y
el infinito. Si piensa en ello, lo único que la mente humana no es capaz de
captar es lo finito, no lo infinito; lo temporal, no lo eterno.
—Eso parece bastante paradójico —intervine yo.
—Pero sólo porque se ha habituado a pensar en las cosas que parecen
limitadas.
»Examine la cuestión directamente durante un minuto. Intente imaginar el
Tiempo y el Espacio finitos y se dará cuenta de que le es imposible. Retroceda
un millón de años, y multiplique ese millón por otro millón, y se dará cuenta
de que no le es posible concebir un principio. ¿Qué sucedió antes de ese
principio? ¿Otro principio, y otro más? ¿Y antes de eso? Examínelo así y
comprenderá que la única solución que puede comprender es la existencia de una
eternidad, algo que nunca comenzó y nunca terminará. Lo mismo sucede con el
Espacio. Proyéctese a la estrella más lejana: ¿qué hay más allá de ella? ¿El
vacío? Avance a través del vacío y no podrá imaginar que es finito y que tiene
un final.
»Tiene que seguir avanzando eternamente: eso es lo único que puede usted
entender. ¡No existe nada semejante al antes o el después, o al principio o el
final, y que cómodo resulta tal cosa! Sentiría una inquietud mortal si no
existiera el enorme y mullido cojín de la eternidad sobre el que reclinar la
cabeza. Algunas personas dicen —y creo habérselo oído decir a usted mismo— que
la idea de la eternidad resulta fatigosa; siente que desea que se detenga. Ello
se debe a que piensa en la eternidad en los términos de Tiempo; y a que en su
cerebro musita: «¿Y después de eso, y después?» No capta la idea de que en la
eternidad no existe ningún «después», como tampoco hay ningún «antes». Todo es
uno. La eternidad no es una cantidad: es una cualidad.
A veces, cuando Anthony habla de esa manera, me parece captar una
intuición de eso que para su mente es tan transparentemente claro y tan
sólidamente real; pero en otras ocasiones (por no tener un cerebro que se
represente con facilidad las abstracciones) me siento como si me estuviera
empujando a un precipicio, y mis facultades intelectuales se aferran
salvajemente a cualquier cosa tangible o comprensible. Eso era lo que sucedía
en ese momento y le interrumpí precipitadamente.
—Pero sí hay un «antes» y un «después» —dije—. Hace unas horas nos
ofreció usted una cena admirable, y después —sí, después—jugamos al bridge. Y
ahora me va explicar las cosas con un poco más de claridad, y después nos
iremos a la cama...
Anthony se echó a reír.
—Hará usted exactamente lo que le plazca, pero no será un esclavo del
Tiempo ni esta noche ni mañana por la mañana. Ni siquiera mencionaremos una
hora para el desayuno, pero lo tomará durante la eternidad siempre que
despierte. Y como veo que todavía no es medianoche, nos saltaremos los límites
del Tiempo y hablaremos infinitamente. Pararé el reloj, si eso le ayuda a
liberarse de su ilusión, y le contaré una historia que personalmente me parece
que demuestra lo irreales que son las llamadas realidades; o al menos lo
falaces que son nuestros sentidos en cuanto que jueces de lo que es real y de
lo que no lo es.
—¿Algo oculto, escalofriante? —le pregunté abriendo bien los oídos, pues
Anthony tenía las más extrañas clarividencias y visiones de cosas que el ojo
normal no percibía.
—Supongo que podrá decir que es oculto en parte, aunque está mezclado
con una determinada cantidad de realidad bastante sombría.
—Excelente combinación; prosiga —le dije.
Añadió un nuevo leño al fuego.
—Es una larguísima historia, y puede usted detenerme cuando considere
que ya es suficiente. Pero habrá un momento en el que le exigiré su
consideración. Usted, tan aferrado a sus «antes» y «después», ¿se le ha
ocurrido pensar lo difícil que es decir cuándo se produce un incidente?
Supongamos que un hombre comete un delito violento, ¿no podemos decir, con una
gran dosis de verdad, que realmente comete ese crimen cuando lo planea y
decide, pensando en él con entusiasmo? El momento real de la comisión del delito,
podríamos afirmar razonablemente, es una simple consecuencia material de su
resolución: es culpable cuando toma esa determinación. Por tanto, ¿cuándo tiene
lugar realmente el crimen en los términos del «antes» y el «después»?
»Hay también en mi historia otro punto que deberá considerar. Parece
cierto que tras la muerte del cuerpo el espíritu de un hombre es obligado a
representar dicho crimen, supongo que podríamos conjeturar que con la idea de
sentir remordimientos y llegar finalmente a la redención. Los que tienen una
segunda visión han visto esas representaciones. Quizás en esta vida cometiera
su acto ciegamente; pero luego su espíritu vuelve a cometerlo con los ojos
espirituales abiertos, siendo capaz de entender su enormidad. ¿Podemos
considerar entonces la determinación original del hombre y la comisión material
del crimen tan sólo como preludio de su comisión real, cuando lo hace con los
ojos del espíritu abiertos arrepintiéndose de ello? Todo eso parece muy oscuro
cuando hablamos de ello en abstracto, pero creo que entenderá lo que quiero
decir si sigue usted mi relato. ¿Está cómodo? ¿Tiene todo lo que necesita? Pues
entonces vamos a ello.
Se arrellanó en el asiento, concentró la mente y empezó a hablar:
—La historia que voy a contarle se inició hace un mes, cuando se
encontraba usted en Suiza. Llegó a su conclusión, o así lo imagino, anoche
mismo. En cualquier caso no espero volver a experimentarla más. Pues bien, hace
un mes regresé tarde a casa, habiendo cenado fuera, una noche muy húmeda. No
encontraba ningún taxi y me apresuré bajo una lluvia muy fuerte hasta la
estación de metro de Piccadilly Circus, considerándome muy afortunado de poder
coger el último tren en esta dirección. En el vagón al que subí sólo había otro
pasajero sentado junto a la puerta inmediatamente opuesta a mí. Que yo sepa
nunca le había visto antes, pero mi atención se fijó vivamente en él, como si
de alguna manera me interesara. Era un hombre de mediana edad, vestido de
etiqueta, y su rostro mantenía una expresión de pensamiento intenso, como si
mentalmente estuviera considerando algún asunto muy significativo, mientras su
mano, que reposaba sobre las rodillas, se cerraba y abría. De pronto alzó la
vista y me miró fijamente, y pude ver que había en él sospecha y miedo, como si
yo le hubiera sorprendido en algún acto secreto.
»En ese momento nos detuvimos en Dover Street, el revisor abrió las
puertas, anunció la estación y añadió: «Cambio para Hyde Park Comer y
Gloucester Road». Eso estaba bien para mí, por cuanto que significaba que el
tren se detendría en Brompton Road, que era mi destino. Aparentemente también
era lo correcto para mi compañero, pues no salió del vagón, y tras la parada,
en la que no subió nadie en el vagón, nos pusimos en marcha. Debo insistir en
que le vi después de que las puertas se hubieran cerrado y el tren hubiera
arrancado. Pero cuando volví a mirar vi que no había nadie allí. Me encontraba
absolutamente solo en el vagón.
»Quizás esté pensando que había tenido uno de esos sueños rápidos y
momentáneos que entran y salen como una centella de la mente en el espacio de
un segundo, pero no creo que fuera así, pues sentí que había experimentado una
especie de premonición o visión clarividente. Un hombre, cuya apariencia,
cuerpo astral o como quiera denominarlo acababa de ver, se sentaría alguna vez
frente a mí meditando y planeando.
—Pero ¿por qué? —pregunté—. ¿Por qué pensó que había visto el cuerpo
astral de un hombre vivo? ¿Por qué no el fantasma de un muerto?
—Por la sensación que tuve. La visión del espíritu de un muerto, que he
tenido en dos o tres ocasiones en mi vida, se acompaña siempre de un miedo y
encogimiento físico, y por una sensación de frío y de soledad. En cualquier
caso creí haber visto el fantasma de un ser vivo, impresión que se confirmó,
podría decir que se demostró, al día siguiente. Pues me encontré con ese
hombre. Y a la noche siguiente, tal como le contaré después, volví a
encontrarme con el fantasma. Pero prosigamos con orden.
»Al día siguiente estaba almorzando con mi vecina, la señora Stanley:
éramos un pequeño grupo y cuando llegué sólo esperábamos al último invitado.
Entró mientras hablaba yo con un amigo y en ese momento oí la voz de la señora
Stanley:
»—Permítame que le presente a Sír Henry Payle —me dijo.
Me di la vuelta y vi a mi vis-á-vis de la noche anterior. Era él
inequívocamente, y cuando nos estrechamos la mano creo que me miró con un
reconocimiento vago y sorprendido.
»—¿No nos conocemos ya, señor Carling? —dijo—. Creo recordar...
»En ese momento me olvidé de la extraña forma en la que había
desaparecido del vagón y creí que era el hombre mismo a quien había visto la
noche anterior.
»—Claro que sí, y no hace mucho. Pues ayer mismo por la noche estuvimos
sentados uno frente a otro en el último metro de Piccadilly Circus —dije.
»Se quedó mirándome, con el ceño fruncido, asombrado, y sacudió la
cabeza.
»—Difícilmente podría ser así. Esta misma mañana he llegado desde el
campo —dijo.
»Eso me interesó profundamente, pues se nos ha dicho que el cuerpo
astral habita en una región semiconsciente de la mente o del espíritu, y tiene
recuerdos de lo que le ha sucedido, que sólo muy vaga y oscuramente puede
transmitir a la mente consciente.
»Durante el almuerzo pude ver de nuevo sus ojos y de nuevo me miraba con
la misma actitud sorprendida y perpleja, y en el momento en el que yo me
despedía se acercó a mí.
»—Algún día me acordaré de dónde nos conocimos, y espero que volvamos a
encontrarnos. ¿No fue... ? —y se detuvo—. No, se me ha ido de la cabeza
—añadió.
El leño que había arrojado Anthony al fuego ardía intensamente ahora, y
sus altas llamas le iluminaron el rostro.
—No sé si cree usted en las coincidencias como algo debido al azar, pero
si es así, libérese de esa idea. Ahora bien, si no puede lograrlo enseguida,
considere una coincidencia el hecho de que esa misma noche volviera a tomar el
último metro dirección oeste. Pero en esa ocasión, lejos de ser un pasajero
solitario había una considerable multitud aguardando en Dover Street, donde
subí, y cuando el ruido del tren que se aproximaba comenzó a reverberar en el
túnel, vi a Sir Henry Payle cerca de la boca de túnel por la que aparecería el
tren, separado del resto de la gente. Y pensé para mí mismo lo extraño que era
que hubiera visto su fantasma a esa misma hora la noche anterior y al hombre
mismo ahora, por lo que me dirigí hacia él con la idea de decirle: «En cualquier
caso, fue en el metro donde nos encontramos anoche». Pero entonces sucedió algo
horrible. En el momento en el que el tren salía del túnel saltó a la vía, y el
tren pasó por encima de él hasta detenerse junto al andén.
»Quedé un momento sobrecogido de horror, y me acuerdo de que me tapé los
ojos frente a la horrible tragedia. Me di cuenta entonces de que aunque todo
había sucedido a la vista de los que aguardaban, nadie parecía haberlo visto,
salvo yo mismo. El conductor, que miraba hacia fuera desde su ventana, no había
puesto el freno, no hubo ninguna sacudida en el avance del tren, ningún grito
ni chillido, y los demás pasajeros empezaron a subir a los vagones con absoluta
calma. Aquella visión hizo que me sintiera débil y mareado y debí tambalearme,
pues algún alma amable me sujetó con el brazo y me ayudó a entrar en el vagón.
Me dijo que era médico y me preguntó si tenía algún dolor o me aquejaba algo.
Le dije lo que creía haber visto y me aseguró que no se había producido tal
accidente.
»En ese momento me resultó evidente que, por así decirlo, había
contemplado el segundo acto de aquel drama psíquico, y a la mañana siguiente
medité el problema de qué era lo que debía hacer. Ya había echado una ojeada al
periódico de la mañana, que tal como yo sabía no incluía ninguna mención de lo
que había visto. Aquello, ciertamente, no había sucedido, pero en mi interior
sabía que sucedería. Se había apartado de mis ojos el débil velo del Tiempo y
había visto lo que usted llamaría futuro. Evidentemente en los términos de
Tiempo era el futuro, pero desde mi punto de vista aquello pertenecía tanto al
pasado como al futuro. Había existido, y sólo aguardaba a su realización
material. Cuanto más pensaba en ello, más me daba cuenta de que no podía hacer
nada.
Interrumpí en ese momento su narración.
—¿Y no hizo usted nada? —exclamé—. Posiblemente habría podido dar algún
paso con el fin de tratar de evitar la tragedia.
Negó la pregunta con un movimiento de la cabeza.
—Y exactamente, ¿qué pasó? ¿Debía dirigirme a Sir Henry y decirle que
había vuelto a verle en el metro en el momento en que se suicidaba? Examine
atentamente la cuestión. O bien lo que había visto era pura ilusión e
imaginación, en cuyo caso no tenía la menor existencia o significado, o era
algo real auténtico y esencialmente ya había sucedido. O piense, aunque no es
muy lógico, en algo intermedio entre ambas cosas. Supongamos que la idea del
suicidio, por alguna causa de la que yo nada sabía, se le había ocurrido, o se
le ocurriría. Si ése era el caso ¿no estaría haciendo algo muy peligroso al
sugerirle tal cosa? El hecho de decirle lo que había visto, ¿no podría
introducir esa idea en su mente, o confirmarla y fortalecerla si ya estaba
allí? Tal como dice Browning: «Jugar con las almas es un asunto delicado».
—Pero no interferiren modo alguno parece tan inhumano—intervine yo—. No
hacer ningún intento...
—¿Qué interferencia? —preguntó él—. ¿Qué intento?
El instinto humano que había en mí parecía gritar en voz alta y
rebelarse ante el pensamiento de no hacer nada para evitar esa tragedia, aunque
daba la impresión de golpear contra algo austero e inexorable. Y aunque
aporreaba mi cerebro no podía combatir la sensación de lo que él había dicho.
No podía darle ninguna respuesta, y prosiguió con su historia.
—Debe recordar también que creía entonces, y creo ahora, que aquello
había sucedido —me dijo—. La causa de aquello, fuera la que fuera, había
empezado a actuar, y el efecto en esta esfera material era inevitable. A eso
aludía cuando al principio de la historia le pedí que considerara qué difícil
es precisar cuándo tiene lugar una acción. Podría sostener usted que ese acto
particular, el suicidio de Sir Henry, no había sucedido todavía porque aún no
se había arrojado bajo un tren en marcha. Pero a mí eso me parece una visión
materialista. Sostengo que en todos los aspectos, salvo por así decirlo en su
confirmación, ya había tenido lugar. Imagino que Sir Henry, por ejemplo,
liberado ya de las oscuridades materiales, sabe ya eso por sí mismo.
Precisamente cuando estaba hablando así barrió la estancia, iluminada y
cálida, una corriente de aire helado que agitó mis cabellos e hizo que las
llamas de los leños menguaran y luego resplandecieran. Miré a mi alrededor para
ver si se había abierto la puerta que tenía a mi espalda, pero nada se agitaba
allí, y las cortinas estaban bien corridas delante de la ventana cerrada.
Cuando el aire llegó a Anthony, se irguió rápidamente en su sillón y miró en
esa dirección, y luego recorrió con la vista la habitación.
—¿Sintió eso? —me preguntó.
—Sí, una corriente repentina. De aire helado.
—¿Y algo más? ¿Alguna otra sensación?
Me detuve antes de responder, pues en ese momento pensé en la
diferenciación que había hecho Anthony sobre los efectos producidos en el
testigo por un fantasma de un ser vivo y por la aparición de un muerto. Las
sensaciones que tenía ahora se referían con precisión a este último caso, un
vago encogimiento físico, miedo, un sentimiento de desolación. Pero todavía no
había visto nada.
—Siento escalofríos —contesté.
Mientras hablaba acerqué mi sillón al fuego y he de confesar que
rápidamente vigilé, con cierta aprensión, las paredes de la iluminada
habitación. Al mismo tiempo me di cuenta de que Anthony miraba hacia la repisa
de la chimenea, en la que bajo un candelabro con dos bombillas estaba el reloj
que al principio de nuestra conversación se había ofrecido a detener. Observé
que las manecillas señalaban la una menos veinticinco.
—¿Pero no vio nada? —preguntó.
—Absolutamente nada —contesté—. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Qué había ahí
que ver? ¿O es que usted... ?
—No lo creo —dijo él.
No sé por qué razón esa respuesta me crispó los nervios, pues todavía no
me había abandonado la extraña sensación que acompañó a la corriente de aire
frío. En todo caso se había vuelto más aguda.
—Seguramente sabrá si vio o no algo —insistí.
—Nunca se puede estar seguro. Afirmo que no creo haber visto nada. Pero
tampoco estoy seguro de si la historia que le estoy contando terminó la noche
pasada. Creo que puede haber un nuevo incidente. Si lo prefiere, dejaré sin
terminar hasta mañana por la mañana el resto de ella, en la medida en que la
conozco, y así podrá acostarse ahora.
Su calma y tranquilidad absolutas me tranquilizaron.
—¿Cómo iba a hacer tal cosa? —pregunté.
De nuevo miró a su alrededor.
—Bueno, creo que algo ha entrado ahora en la habitación —dijo—, y puede
desarrollarse. Si esa idea no le gusta, sería mejor que se fuera. Desde luego
no hay nada de lo que alarmarse; sea lo que sea, no puede hacernos daño. Pero
se acerca la hora en la que, en dos noches sucesivas, vi lo que le acabo de
contar, y una aparición suele presentarse a la misma hora. No sé la razón de
que sea de ese modo, pero parece como si un espíritu unido a la tierra sigue
sometido a determinadas convenciones; por ejemplo las convenciones del Tiempo.
Creo que voy a ver algo en breve, pero probablemente usted no. Usted no se
halla sometido, como yo, a estos... estos engaños...
Me sentía asustado, y era consciente de ello, pero también sentía un
intenso interés, y un orgullo perverso se agitó en mi interior con sus últimas
palabras. Me preguntaba que por qué razón no iba a poder ver yo cualquier cosa
que pudiera verse...
—No tengo el menor deseo de irme —dije—. Deseo escuchar el resto de la
historia.
—En ese caso, ¿por dónde iba? Ah, sí: se preguntaba usted por la razón
de que no hubiera hecho nada después de ver el tren avanzar hasta el andén, y
yo le decía que no había nada que pudiera hacerse. Si piensa bien en ello, creo
que estará de acuerdo conmigo... Pasaron dos días, y en la mañana del tercero
leí en el periódico que mi visión se había realizado. Sir Henry Payle, que
estaba esperando en el andén de la estación de Dover Street el último tren para
South Kensington, se había arrojado a la vía cuando el tren entraba en la
estación. El tren se había detenido dos metros más allá, pero una rueda le
había pasado por encima del pecho, aplastándolo y matándole al instante.
»Se realizó una investigación y salió de ella una de esas historias
oscuras que, en ocasiones como ésta, caen a veces como una sombra de medianoche
sobre una vida que quizás el mundo hubiera considerado próspera. Hacía mucho
tiempo que se llevaba mal con su esposa, de la que vivía apartado, y parece ser
que no mucho tiempo antes se había enamorado desesperadamente de otra mujer. La
noche anterior al suicidio llegó a hora muy tardía a la casa de su esposa y
sostuvo con ella una escena prolongada y colérica, en la que trató de
persuadirla para que se divorciara de él, amenazándola en caso contrario con
convertir la vida de ella en un infierno. Ella se negó, y en un ataque pasional
ingobernable él intentó estrangularla. Se produjo un forcejeo y con el ruido se
presentó el criado de ella, quien consiguió dominarle. Lady Payle le amenazó
con acusarle legalmente de ataque con intención de homicidio. Teniendo eso en
mente se suicidó a la siguiente noche, tal como le he contado.
Volvió a mirar el reloj y vio que las manecillas señalaban ahora la una
menos diez. El fuego empezaba a bajar y la habitación se estaba quedando
extrañamente fría.
—Pero eso no es todo —siguió diciendo Anthony al tiempo que echaba una
mirada a su alrededor—. ¿Está seguro de que no preferiría oírlo mañana?
Volvió a prevalecer la combinación de vergüenza, orgullo y curiosidad.
—No. Cuénteme el resto ahora mismo —contesté.
De pronto, antes de hablar miró fijamente un punto situado detrás de mi
silla, entornando los ojos. Seguí su mirada y comprendí a qué se refería al
decir que a veces uno no puede estar seguro de si ha visto o no algo. ¿Se había
perfilado una sombra entre la pared y donde yo estaba? Me resultaba difícil
enfocarla; no sabía si estaba cerca de la pared o de mi silla. Pero de todas
maneras pareció disiparse cuando miré con mayor atención.
—¿No ve nada? —preguntó Anthony. —No. Creo que no. ¿Y usted?
—Creo que yo sí —contestó mientras seguía con la mirada algo que para mí
era invisible. Reposó la vista en un punto situado entre la repisa de la
chimenea y yo. Sin dejar de mirar fijamente hacia allí, siguió hablando—. Todo
sucedió hace unas semanas, cuando estaba usted en Suiza, y desde entonces hasta
la noche pasada no vi nada más. Pero estaba todo el tiempo esperando algo.
Tenía la sensación de que por lo que a mí me concernía el asunto no había
terminado todavía, y la noche pasada, con la intención de ayudar a que llegara
hasta mí alguna comunicación de... del más allá, acudí a la estación de metro
de Dover Street unos minutos antes de la una, la hora a la que se había
producido tanto el ataque a su esposa como el suicidio.
»Cuando llegué el andén estaba absolutamente vacío, o parecía estarlo,
pues entonces, cuando empecé a escuchar el tren que se aproximaba vi allí la
figura de un hombre de pie, a unos veinte metros de mí, mirando hacia el túnel.
No había bajado conmigo en el ascensor, y un momento antes no había estado
allí. Comenzó a moverse hacia mí y fue entonces cuando vi quién era, y sentí
una agitación de viento helado que se acercaba a mí al tiempo que la figura se
aproximaba. No era esa corriente que anuncia la proximidad de un tren, pues
venía en la dirección opuesta. Él llegó junto a mí y vi un reconocimiento en su
mirada. Levantó el rostro hacia mí y vi moverse sus labios, aunque no oí que
nada saliera de ellos, quizás por el ruido cada vez más fuerte que procedía del
túnel.
»Extendió una mano, como invitándome a hacer algo, y con una cobardía de
la que no podré perdonarme me aparté de él, pues sabía, por los signos de los
qué ya le he hablado, que era la mano del muerto, y mi carne se estremeció ante
él, sofocando por el momento toda piedad y todo deseo de ayudarle, si es que
tal cosa era posible. Ciertamente había algo que él quería de mí, pero yo
retrocedí. Entonces el tren apareció en el túnel y un momento después, con un
temible gesto de desesperación, se arrojó delante de él.
Cuando terminó de hablar se levantó rápidamente de la silla, mirando
todavía un punto situado delante de él. Vi dilatarse sus pupilas, y moverse su
boca.
—Ya viene —dijo—. Se me da una oportunidad de expiar mi cobardía. No
tengo nada que temer: debo recordar que yo mismo...
Mientras hablaba se produjo en las tablas que había sobre la repisa de
la chimenea un fuerte crujido, y el viento frío volvió a dar vueltas por mi
cabeza. Me di cuenta de que me estaba encogiendo en mi silla, con las manos
delante, como en un intento instintivo de defenderme contra algo que sabía que
estaba allí, aunque no pudiera verlo. Todos los sentidos me indicaban que en la
habitación había una presencia distinta a la de Anthony y la mía, y lo
horroroso de la situación era que no podía verla. Sentía que cualquier visión,
por terrible que resultara, sería más tolerable que ese conocimiento claro y
cierto de que cerca de mí estaba ese ser invisible. Y sin embargo... ¿qué
horror no se revelaría en el rostro del muerto, y el pecho aplastado...? Pero
lo único que podía ver mientras me estremecía bajo el frío viento eran las
paredes de la habitación, y a Anthony de pie delante de mí, rígido y firme,
procurando, sabía yo, reunir valor. Tenía los ojos enfocados en algo muy
cercano a él, y algo parecido a una sonrisa se estremecía en su boca. En ese
momento volvió a hablar.
—Sí, te conozco. Y quieres algo de mí. Dime entonces qué es.
Siguió a aquello un silencio absoluto, pero lo que para mis oídos era
silencio no debió serlo para los suyos, pues en una o dos ocasiones asintió, y
en una de ellas dijo: «Sí, entiendo. Lo haré». Y sabiendo que había allí
alguien a quien no podía ver, hablando algo que no podía oír, se produjo en mí
ese terror a la muerte y lo desconocido acompañado de esa sensación de
incapacidad de movimiento que acompaña a las pesadillas. No podía moverme, no
podía hablar, sólo podía forzar mis oídos buscando lo inaudible, y mis ojos
para captar lo invisible, mientras notaba sobre mí el viento frío del valle
mismo de las sombras de la muerte. No era que la presencia de la muerte en sí
resultara terrible; era que desde su tranquilidad y serena armonía había
surgido algún alma inquieta incapaz de descansar en paz, pues su último
despertar estimula a incontables generaciones de aquellos que han muerto,
impulsados por sus actividades a regresar a un mundo material del que deberían
haber sido liberados.
Nunca, hasta que se trazó así un puente en el vacío entre los vivos y
los muertos, me había parecido aquello tan inmenso y poco natural. Es posible
que los muertos puedan tener comunicación con los vivos, y no era exactamente
eso lo que así me aterraba, pues por lo que sabemos esa comunicación procede
voluntariamente de ellos. Pero allí había habido algo helado y cargado de
crímenes, expulsado de una paz que no le servía.
Lo más horrible de todo fue que después se produjo un cambio en esas
condiciones invisibles. Anthony guardaba silencio entonces, y después de mirar
directa y fijamente delante de él, empezó a hacerlo hacia donde yo me
encontraba sentado, y eso me hizo sentir que la presencia invisible había
dejado de atenderle a él para prestarme atención a mí. Fue entonces cuando muy
poco a poco empecé a ver...
Entre la repisa de la chimenea y las tablas superiores surgió el perfil
de una sombra. Tomó forma convirtiéndose en el perfil de un hombre. Dentro de
la forma de la sombra empezaron a precisarse los detalles y vi oscilar en el
aire, como algo oculto por la neblina, el semblante de un rostro sobrecogido y
trágico, cargado con el peso de una aflicción tan grande que jamás la había
visto en rostro humano. Después tomaron forma los hombros y debajo de éstos se
extendió una mancha lívida y roja, y de pronto la visión se hizo clara.
Allí estaba él con el pecho machacado y ahogado en la mancha roja, de la
que sobresalían las costillas rotas como la estructura de un barco naufragado.
Los ojos terribles y dolientes estaban fijos en mí, y entonces supe que de
ellos surgía aquel viento terrible...
Después el espectro desapareció con la velocidad con la que se apaga una
bombilla, pero seguía allí el viento cortante, y frente a mí estaba en pie
Anthony en una habitación tranquila y bien iluminada. Ya no había ninguna
sensación de una presencia invisible; él y yo estábamos a solas, con una
conversación interrumpida en suspenso todavía entre nosotros, en el aire
cálido. Volví a ella lo mismo que uno regresa después de un anestésico.
Todo volvía a ser captado por la vista, irrealmente al principio, hasta
que poco a poco fue asumiendo la textura de la realidad.
—Estaba hablando con alguien, no conmigo —le dije—. ¿Quién era? ¿Qué
decía?
Se pasó el dorso de la mano por la frente, brillante bajo la luz.
—Un alma del infierno —contestó.
Siempre es difícil recordar las sensaciones físicas cuando han pasado.
Si ha tenido frío pero se ha calentado, es difícil recordar cómo era el frío;
si ha tenido calor y se ha refrescado, es difícil entender lo que significaba
realmente la opresión del calor. Igualmente, al haberse ido esa presencia me
sentía incapaz de volver a captar el sentimiento de terror que sólo unos
momentos antes me había invadido e inspirado.
—¿Un alma del infierno? —pregunté—. ¿De qué me está hablando?
Estuvo aproximadamente un minuto paseando por la habitación hasta que se
acercó a mí sentándose en el brazo de mi sillón.
—No sé qué es lo que usted vio, o qué sintió, pero en toda mi vida me
había sucedido nada tan real como lo que ha ocurrido en estos últimos minutos.
He hablado con un alma que habita el infierno del remordimiento, el único
infierno posible. Por lo que pasó la última noche sabía que quizás podía
establecer por medio de mí comunicación con el mundo que había abandonado, y
por eso me buscó y me encontró. Me ha encargado una misión ante una mujer que
he visto, un mensaje del arrepentido... se imaginará de quién estoy hablando...
Con repentina energía se puso en pie.
—Verifiquémoslo —dijo—. Me dio la calle y el número. ¡Aquí está el
listín telefónico! ¿Sería una simple coincidencia si descubriera que en el
número veinte de Chasemore Street, South Kensington, vive Lady Payle?
Pasó las páginas del voluminoso libro.
—Sí, ahí vive —dijo.
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E.F. Benson (1867-1940)

