Libro N° 10892. En La Corte Del Dragón. Chambers, Robert W.
© Libro N° 10892.
En La Corte Del Dragón. Chambers,
Robert W. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
In The Court Of The Dragon, Robert W.
Chambers (1865-1933)
Versión Original: © En
La Corte Del Dragón. Robert W. Chambers
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Robert
W. Chambers
En La
Corte Del Dragón
Robert W.
Chambers
Oh, Tú que en tu corazón te quemas por los que se queman
En el infierno, cuyos fuegos alientas a tu vez;
¿Cuánto cundirá el grito: Tened piedad de ellos, Dios?
¡Vaya ¿Quién eres tú para enseñar y El para aprender?
En la iglesia de St. Barnabé las vísperas habían terminado; el clérigo
abandonó el altar; los pequeños niños del coro atravesaron el presbiterio y
ocuparon su sitio en el banco. Un suizo de rico uniforme avanzó por el pasillo
del sur haciendo resonar su bastón cada cuatro pasos sobre el suelo de piedras;
tras él venía ese elocuente predicador y buen hombre que es Monseigneur C.
Mi asiento se encontraba cerca de la baranda del presbiterio. Me volví
hacia el extremo oeste de la iglesia. Los demás entre el altar y el pálpito se
volvieron también. Hubo algún arrastrar de pies y crujir de telas mientras la
congregación se acomodó nuevamente; el predicador subió al pálpito y el órgano
se acalló. Siempre me había parecido sumamente interesante la música del órgano
en St. Barnabé. Erudita y científica, era demasiado para mis escasos
conocimientos, pero expresaba una vívida inteligencia, si bien fría. Además,
poseía la francesa cualidad del gusto. El gusto reinaba supremo,
autocontrolado, digno y reticente.
Hoy sin embargo, desde el primer acorde, había sentido un cambio para
peor, un cambio siniestro. Durante las vísperas había sido principalmente el
órgano del presbiterio el que había apoyado el hermoso coro, pero de vez en
cuando, de modo del todo caprichoso, segán parecía, desde la galería del Oeste
donde se encontraba el gran órgano, una mano pesada había irrumpido en la
iglesia alterando la serena paz de esas diáfanas voces. Era algo más que
aspereza y disonancia y delataba no poca habilidad. Mientras irrumpía una y
otra vez, recordé lo que mis libros de arquitectura decían acerca de la antigua
costumbre de consagrar el coro no bien se edificaba, y la nave, que se
terminaba a veces medio siglo más tarde, a menudo quedaba sin bendición alguna.
Me pregunté fantasioso si no sería ese el caso de St. Barnabé y si algo
que no debía ser advertido se habría apoderado de la galería del Oeste. Había
leído que tales cosas sucedían también, pero no en obras de arquitectura.
Entonces recordé que St. Barnabé no tenía mucho más de cien años, y me sonreí
ante la incongruente asociación de las supersticiones medievales con esa
animada obrita del rococó del siglo XVIII.
Pero ahora las vísperas habían terminado y deberían haber seguido unos
pocos acordes tranquilos adecuados para acompañar la meditación mientras
esperábamos el sermón. En lugar de ello, la discordancia en el extremo inferior
de la iglesia irrumpió junto con la partida del clérigo como si nada pudiera
controlarla. Pertenezco a la especie de una generación más antigua y simple a
la que no le gusta buscar en el arte sutilezas psicoiógicas; y me he negado
siempre a encontrar en la música algo más que melodía y armonía, pero sentí que
en el laberinto de sonidos que salían de ese instrumento se perseguía a
alguien. Arriba y abajo los pedales iban tras él, mientras el teclado bramaba
su aprobación.
¡Pobre diablo! Quienquiera que fuese no parecía tener esperanzas de
escapatoria. Mi fastidio nervioso transformóse en enfado. ¿Quién era el que
estaba haciendo eso? ¿Cómo se atrevía a tocar así en medio del servicio divino?
Miré a la gente que me rodeaba: nadie parecía perturbado para nada. Las
plácidas frentes de las monjas arrodilladas, vueltas todavía hacia el altar, no
habrían perdido nada de su devota abstracción bajo la pálida sombra de sus
blancos tocados. La elegante señora a mi lado miraba expectante a Monseigneur
C-. Por lo que su cara delataba, el órgano podría haber estado tocando un Ave
María.
Pero ahora, por fin, el predicador había hecho el signo de la cruz y
ordenado silencio. Me volví hacia él de buen grado. Hasta entonces no había
hallado el descanso que había buscado al entrar a St. Barnabé esa tarde. Estaba
agotado por tres noches de sufrimiento físico y perturbación mental: la última
había sido la peor, y era un cuerpo exhausto y una mente obnubilada aunque
agudamente sensitiva lo que había llevado a mi iglesia favorita para su
curación. Porque había estado leyendo El Rey de Amarillo.
—El sol se eleva; ellos se reúnen y yacen en sus cubiles —Monseigneur C.
pronunciaba su texto con voz serena, mirando con calma a la congregación.
Dirigí la mirada, no sé por qué, al extremo inferior de la iglesia. El
organista salía detrás de los tubos y al pasar por la galería, lo vi
desaparecer por una pequeña puerta que conduce a unas escaleras que descienden
directamente a la calle. Era un hombre delgado y tenía la cara tan blanca como
negro era su abrigo.
—¡De buena nos libramos! —pensé—. ¡Vaya música tan maligna! Espero que
tu asistente improvise el final.
Con un sentimiento de alivio, con un profundo y calmo sentimiento de
alivio, me volví hacia la humilde cara en el pálpito, y me dispuse a escuchar.
Aquí, por fin, estaba la paz mental que anhelaba.
—Hijos míos —decía el predicador— hay una verdad que el alma humana
encuentra la más difícil: que nada tiene que temer. Nunca aprende que nada
puede dañarla realmente.
—¡Curiosa doctrina —pensé— para un sacerdote católico! Veamos cómo
reconcilia eso con los Padres.
—Nada puede realmente dañar el alma —prosiguió con sus tonos más serenos
y claros— porque...
Pero no oí el resto; mi mirada abandonó su cara, no sé por qué razón, y
buscó el extremo inferior de la iglesia. El mismo hombre salía de detrás del
órgano y avanzaba por la galería siguiendo el mismo camino. Pero no había
tenido tiempo de volver y, si hubiera vuelto, lo habría visto. Sentí un ligero
escalofrío y el corazón me dio un vuelco; y, sin embargo, sus idas y venidas no
eran nada que me concerniera. Lo miré: no podía apartar la mirada de su figura
negra y su cara pálida.
Cuando estaba exactamente frente a mí, se volvió y lanzó a través de la
iglesia, directamente a mis ojos, una mirada de odio intenso y mortal: jamás he
visto otra igual. ¡Quiera Dios que jamás vuelva a verla! Luego desapareció por
la misma puerta por la que lo había visto partir hacía menos de sesenta
segundos. Traté de ordenar mis pensamientos. Mi primera sensación fue como la
de un niño muy pequeño que se ha lastimado y demora el aliento para echarse a
llorar.
Descubrirme de pronto el objeto de un odio tal era exquisitamente
doloroso: y ese hombre era un perfecto desconocido. ¿Por qué me odiaba así? A
mí, a quien jamás había visto antes. Por un momento todas mis otras sensaciones
se mezclaron con esta angustia: aun el miedo estaba subordinado a la pena y por
ese momento no abrigué la menor duda; pero empecé a razonar y una sensación de
incoherencia vino en mi ayuda.
Como lo he dicho, St. Barnabé es una iglesia moderna. Es pequeña y bien
iluminada; uno la abarca toda casi de una mirada. La galería del órgano recibe
una intensa luz blanca de una hilera de ventanas bajas en el triforio que no
tiene siquiera cristales coloreados. Como el púlpito está en medio de la
iglesia, cuando me volvía hacia él, todo lo que se moviera en el extremo Oeste
no escaparía a mi mirada. No era extraño que hubiera visto pasar al organista:
sencillamente había calculado mal el intervalo entre su primera y su segunda
aparición. Había entrado en ese lapso por la otra puerta lateral. En cuanto a
la mirada que tanto me había alterado, no la había habido y yo no era más que
un tonto víctima de mis propios nervios.
Mire a mi alrededor. ¡Vaya lugar para dar albergue a horrores
sobrenaturales! La cara regular y razonable de Monseigneur C-, sus modales
controlados, sus ademanes aplomados y graciosos ¿no desalentaban la idea de un
misterio espantable? Miré por sobre su cabeza y por poco no me echo a reír. Esa
veleidosa señora que sostenía una esquina del pabellón del púlpito, semejante a
un mantel de damasco con flecos al viento, en el primer intento de un basilisco
de aposentarse en la galería del órgano lo apuntaría con su trompleta de oro y
apagaría sin más su existencia.
Reí a solas de la ocurrencia que, en aquel momento, me pareció muy
divertida, y me quedé sentado mofándome de mí mismo y de todos los demás, de la
vieja arpía fuera de la baranda, que me había hecho pagar diez céntimos por mi
asiento antes de permitirme pasar (me dije que se parecía mucho más a un
basilisco que el organista de tan anémica apariencia): desde la tétrica vieja
señora hasta... ¡ay; sí! hasta el mismo Monseigneur C. Porque toda devoción
había desaparecido. Nunca había hecho cosa semejante en mi vida, pero ahora
sentía deseos de mofarme.
En cuanto al sermón, no escuché de él ni una palabra, pues en mis oídos
resonaba:
De cuaresma nos ha endilgado
Catorce sermones el predicador
Untuosos y largos y muy aburridos
a compás de los pensamientos más fantásticos e irreverentes.
No tenía ya sentido seguir allí sentado: debía salir afuera y
desembarazarme de este odioso estado de ánimo. Sabía la grosería que estaba
cometiendo, pero me puse de pie y abandoné la iglesia. El sol primaveral
brillaba en la rue St. Honoré mientras bajaba corriendo la escalinata de la
iglesia. En una esquina había una carretilla llena de junquillos amarillos,
pálidas violetas de la Riviera, oscuras violetas rusas y jacintos romanos
blancos en medio de una nube dorada de mimosas. La calle estaba llena de gente
endomingada en busca de placer. Hice girar mi bastón y reí junto con ellos.
Alguien me alcanzó y siguió de largo. No se volvió, pero había en su pálido
perfil la misma malignidad mortal que la que había habido en sus ojos.
Lo observé mientras estuvo al alcance de mi vista. Su espalda estrecha
expresaba la misma amenaza; cada paso que lo separaba de mí parecía llevarlo a
cierto cometido relacionado con mi destrucción. Avancé arrastrándome; mis pies
casi se rehusaban a transportarme. Empezó a despertar en mí cierto sentimiento
de responsabilidad por algo desde mucho tiempo atrás olvidado. Empezó a
parecerme que merecía aquello con lo que me amenazaba: era algo que remontaba
hasta muy atrás... muy, muy atrás. Había permanecido dormido todos estos años:
estaba allí sin embargo, y no tardaría en surgir y enfrentarme.
Pero intentaría escapar; y avancé con dificultad lo mejor que pude por
la rue de Rivoli, a través de la Place de la Concorde, hasta el Quai. Miré con
ojos enfermos el sol, que brillaba a través del rocío blanco de la fuente,
derramado sobre las espaldas de oscuro bronce de los dioses fluviales, en el
extremo lejano del Arc, una estructura de niebla amatista, en los incontables
panoramas de tallos grises y ramas desnudas ligeramente verdes. Entonces lo vi
venir nuevamente por la alameda de nogales del Cours la Reine.
Abandoné la vera del río, me interné ciegamente en los Champs Elysées y
me dirigí hacia el Arc. El sol poniente iluminaba el césped verde del
Rond-point: en pleno resplandor él estaba sentado en un banco rodeado de niños
y de madres. No era más que un ocioso en domingo, como los demás, como yo
mismo. Pronuncié las palabras casi en voz alta, sin cesar de contemplar el odio
maligno que había en su rostro. Pero él no me miraba. Pasé arrastrándome a su
lado y avancé con pies de plomo por la Avenue. Sabía que cada vez que lo
encontrara, el cumplimiento de su cometido y mi destino estarían más cerca. Y
aun trataba de salvarme. Los últimos rayos del sol poniente se vertían a través
del gran Arc.
Pasé bajo él, y me lo encontré cara a cara. Lo había dejado muy atrás en
los Champs Elysées y, sin embargo, venía con un montón de gente que volvía del
Bois de Boulogne. Se me acercó tanto que me rozó. Sentí su frágil estructura
como de hierro dentro de su floja cubertura negra. No daba muestras de prisa,
ni de fatiga, ni de sentimiento humano alguno. Todo su ser no expresaba más que
una cosa: la voluntad y el poder de hacerme daño.
Lo miré angustiado avanzar por la ancha avenida llena de gente, en la
que resplandecían ruedas y los jaeces de los caballos y los cascos de la Garde
Republicaine. Pronto lo perdí de vista; entonces me volví y huí. Al Bois y
mucho más lejos todavía... no sé dónde fui, pero al cabo de un largo rato,
según me pareció, la noche había caído y me encontré sentado a la mesa ante un
pequeño café. Había vuelto errante al Bois. Habían transcurrido horas desde la
última vez que lo había visto. La fatiga física y el sufrimiento mental no me
dejaban ya capacidad para pensar o sentir. Estaba cansado ¡tan cansado!
Anhelaba ocultarme en mi propia guarida. Me decidí a ir a casa. Pero había que
recorrer un largo camino. Vivo en la Corte del Dragón, un pasaje estrecho que
va de la rue de Rennes a la rue du Dragon.
Era un Impasse, transitable sólo por peatones. Sobre la entrada de la
rue de Rennes hay un balcón sostenido por un dragón de hierro. Dentro del patio
se levantan a ambos lados viejas casas altas y cierran los extremos que dan a
ambas calles. Enormes portones giran en los goznes de profundas arcadas durante
el día y cierran el patio después de anochecer, teniendo uno entonces que
entrar llamando a ciertas puertecitas a los lados. El pavimento hundido acumula
insalubres charcos. Empinadas escaleras bajan a las puertas que se abren al
patio. Las plantas bajas están ocupadas por tiendas de artículos de segunda
mano y herreros. Durante todo el día resuenan en el lugar martillos y barras de
metal.
Aunque es insalubre abajo, hay vivacidad, comodidad y trabajo duro y
honesto arriba.
En la quinta planta están los talleres de arquitectos y pintores y los
refugios de estudiantes de edad mediana como yo, que quieren vivir solos.
Cuando vine a vivir aquí era joven y no estaba solo. Tuve que andar largo rato
antes que un vehículo conveniente apareciera, pero por fin, cuando casi había
llegado al Arc de Triomphe nuevamente, vino un coche vacío y lo cogí. Desde el
Arc hasta la rue de Rennes hay un camino de más de media hora, especialmente
cuando uno es transportado por un caballo cansado que ha estado a merced de la
gente que pasea en domingo. Hubo tiempo antes de pasar bajo las alas del Dragón
de encontrar a mi enemigo una y otra vez, pero no lo vi y mi escondite ahora no
estaba lejos.
Ante el portón estaba jugando un grupo de niños. Nuestro conserje y su
mujer estaban entre ellos con su perro de lanas negro manteniendo el orden; en
la acera algunas parejas valsaban. Devolví su saludo y entré apresuradamente.
Todos los habitantes del patio habían salido a la calle. El lugar estaba
completamente desierto, iluminado por unas pocas linternas que colgaban desde
lo alto y en las que el gas ardía opacado. Mi apartamento estaba en la última
planta de la casa sobre el medio del patio, y se llegaba a él por una escalera
que descendía casi hasta la misma calle dejando libre sólo un estrecho pasaje.
Puse el pie en el umbral de la puerta abierta; la amistosa y ruinosa escalera
se alzaba ante mí para conducirme al descanso y el abrigo. Al mirar por sobre
el hombro derecho, lo vi a diez pasos de distancia. Había entrado en el patio
conmigo. Avanzaba derecho, ni lenta ni velozmente, sino derecho hacia mí.
Y ahora me estaba mirando.
Por primera vez desde que nuestras miradas se cruzaron en la iglesia,
volvían ahora a encontrarse nuevamente, y supe que la hora había llegado.
Retrocediendo por el patio, lo enfrenté. Tenía intención de escapar por
la entrada de la rue du Dragon. Sus ojos me dijeron que jamás podría hacerlo.
Parecieron transcurrir siglos mientras yo retrocedía y él avanzaba por el patio
en perfecto silencio; pero por fin sentí la sombra de la arcada, y el paso
siguiente me llevó a su interior. Había tenido intención de volverme aquí y de
un salto huir a la calle. Pero la sombra no era la de una arcada; era la de una
bóveda. Las grandes puertas de la rue du Dragón estaban cerradas. Lo sentí por
la negrura que me rodeaba, y en el mismo instante pude leer en su rostro. ¡Cómo
brillaba su rostro en la oscuridad mientras se me acercaba!
La profunda bóveda, las enormes puertas cerradas, los fríos cerrojos de
hierro estaban todos de su lado. Aquello con que me había amenazado había
llegado: se recogía y pesaba sobre mí en las insondables sombras; el punto
desde el cual atacaría eran sus ojos infernales. Sin esperanzas, apoyé la
espalda contra las puertas atrancadas y lo desafié.
Hubo arrastrarse de sillas en el suelo de piedra y crujir de vestidos al
ponerse la congregación de pie. Podía oír a la guardia suiza en el pasillo sur
que precedía a Monseigneur C. al dirigirse a la sacristía. Las monjas
arrodilladas abandonaron su devota abastracción y, haciendo una reverencia,
partieron. La dama elegante, mi vecina, también se levantó con graciosa
reserva. Al partir su mirada recorrió ligeramente mi rostro con desaprobación.
Medio sordo, o así me lo pareció a mí, aunque con suma intensidad atento a la
menor trivialidad, me quedé séntado entre la multitud ociosa que avanzaba;
luego me levanté yo también y me dirigí hacia la puerta.
Había estado dormido durante todo el sermón.
¿Lo había estado en realidad?
Levanté la cabeza y lo vi dirigirse por la galería a su sitio. Sólo lo
vi de lado; su delgado brazo en su negra cobertura parecía uno de esos
diabólicos instrumentos sin nombre esparcidos por las cámaras de tortura
inutilizadas en los castillos medievales.
Pero me había escapado de él a pesar que sus ojos me habían dicho que no
podría hacerlo. ¿Me había escapado de él? Del olvido, donde había tenido
esperanzas de dejarlo, volvió lo que le daba poder sobre mí. Porque ahora lo
conocí. La muerte y la espantosa morada de las almas perdidas a donde mi
debilidad hacía ya mucho que lo había enviado, lo habían cambiado para
cualesquiera ojos que no los míos. Lo había reconocido casi desde el principio;
ni un momento dudé de lo que se proponía hacer; y ahora sabía que mientras mi
cuerpo estaba sentado a salvo y animado en la pequeña iglesia, él había estado
persiguiendo mi alma en el Patio del Dragón.
Me arrastré hacia la puerta; el órgano irrumpió en lo alto con
estruendo. Una luz deslumbrante llenó la iglesia que borró el altar de mis
ojos. La gente se desvaneció, los arcos, el techo abovedado desaparecieron.
Dirigí mis ojos agostados al insondable resplandor y vi las estrellas negras en
el cielo y los vientos húmedos del lago de Hali me helaron el rostro. Y ahora,
a lo lejos, sobre leguas de nubosas olas agitadas, vi la luna con perlas de
rocío; y más allá las torres de Carcosa se alzaban tras la luna.
La muerte y la espantosa morada de las almas perdidas donde mi debilidad
hacía ya mucho que lo había enviado, lo habían cambiado para cualesquiera ojos
que no los míos. Y ahora oí su voz que se alzaba, crecía, tronaba en la luz
relumbrante, y al yo caer, la irradiación que aumentaba más y más vertía sobre
mí olas de fuego. Entonces me hundí en las profundidades y oí al Rey de
Amarillo que me susurraba al oído:
—¡Es terrible caer en las garras del Dios vivo!
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Robert W. Chambers (1865-1933)

