Libro N° 10890. La Marcha Nupcial De La Niña Muerta. Rambo, Cat.
© Libro N° 10890.
La Marcha Nupcial De La Niña Muerta. Rambo,
Cat. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
The Dead Girl’s Wedding March. Traducido
por Graciela Lorenzo Tillard y Silvia Angiola
Versión Original: © La Marcha Nupcial De La Niña Muerta. Cat Rambo
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://axxon.com.ar/rev/2010/03/la-marcha-nupcial-de-la-nina-muerta-cat-rambo/
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Fondo:
Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento "La marcha nupcial de la niña muerta", de Cat Rambo
©
2010, Pedro Belushi: https://axxon.com.ar/rev/206/cuento6ilus1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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LA MARCHA NUPCIAL DE LA NIÑA MUERTA
Cat Rambo
La Marcha
Nupcial De La Niña Muerta
Cat Rambo
LA MARCHA
NUPCIAL DE LA NIÑA MUERTA
CAT RAMBO
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Había una
vez una niña muerta que vivía con los otros zombis en las cavernas bajo el
puerto de Tabat, en la ciudad que está debajo de ese pueblo costero, la ciudad
que no tiene nombre. Hace miles de años, el Mago Sulooman hundió la ciudad, los
edificios y todo lo demás, en las profundidades de la tierra y le quitó su
nombre, a causa de un desaire que nadie excepto su fantasma recuerda. Allí la
vida continúa.
Algunos
muertos se rinden al sueño, creyendo que no tiene sentido fingir una agenda
para cada día. Unos pocos, sin embargo, pasan sus días de la misma manera en
que los pasaban cuando estaban vivos.
Las
únicas cosas realmente vivas en la Ciudad de los Muertos son las elegantes
ratas con pieles de color plata que se deslizan a través de sus calles como
sombras invertidas. Un día como cualquier otro, una rata se dirigió a la niña
muerta.
Su nombre
era Zuleika, y tenía el cabello y los ojos oscuros, y apenas olía a tumba
porque cada tarde se bañaba en el río que fluía silenciosamente bajo su
ventana.
—Cásate
conmigo —dijo la rata. Estaba erguida sobre sus patas traseras, su cola
enroscada prolijamente alrededor de sus pies.
Ella
fingía tomar el desayuno. Una vasija humeaba sobre la mesa. Se sirvió una
deliberada taza de chocolate antes de hablar.
—¿Por qué
debería casarme contigo?
La rata
le echó una mirada.
—De
seguro —admitió— hay más en esto para mí que para ti. Tener una novia de tu
talla incrementaría la mía, por así decirlo. —Se rió suavemente, alisando sus
bigotes con una garra.
—Me temo
que debo declinar —contestó Zuleika.
Dejando
que la rata se consolara con unos bollos, entró en la sala donde su padre
estaba sentado leyendo el mismo periódico que leía todas las mañanas, con
negros rectángulos por páginas.
—He
recibido una propuesta de matrimonio —le dijo.
Él dobló
su periódico y lo puso a un lado, frunciendo el ceño.
—¿De
quién?
—De una
rata, ahora mismo. En el desayuno.
—¿Qué
espera? ¿Una dote de queso?
Recordó
que no le gustaba mucho su padre cuando estaba viva.
—Le dije
que no —explicó.
Él tomó
su periódico otra vez.
—Por
supuesto que se lo has dicho. Nunca has estado enamorada y nunca lo estarás. No
hay cambios en esta ciudad. Ciertamente, sería la destrucción de todos
nosotros. Cierra la puerta cuando salgas.
Ella se
fue de compras con una canasta tejida con los juncos blancos que orlaban los
bancos del río.
Al pasar
entre los puestos apiñados tocaba las telas que yacían en montones: terciopelo
somnoliento y blando, satén acuoso, gamuza tan suave como la oreja de un ratón.
Todas en tonos de negro y gris, los blancos entre ellas eran como luz de luna
desechada. La rata se sentó sobre el borde de la mesa.
—Puedo
mantenerte bien —dijo—. Tripas de pescado de las dársenas de Tabat y carne
podrida de sus callejones. Te traería los restos de las cosechas del huerto:
albaricoques aplastados y duraznos podridos, manzanas marrones como el hueso y
chatas como los pechos mustios de una vieja. Te traería trozos de cuero de la
curtiembre, remojados en una sopa de mierda de paloma y agua hasta que estén
tan blandos como la carne.
—¿Por qué
yo? —preguntó ella—. ¿Te he dado alguna razón para suponer que aceptaría tus
avances?
Él se
tironeó de los bigotes, avergonzado.
—No
—admitió—. Te vi bañándote en el río, y vi el toque iridiscente que dora tus
miembros, como rollizos quesos blancos flotando en el agua. Sentí un deseo tan
fuerte que me oriné encima, como si mis huesos se hubieran vuelto líquidos y
fluyeran fuera de mí. Debo hacerte mi esposa.
Ella miró
a su alrededor al mercado que había visitado cada tres días desde que muriera;
las mesas con mercancías que nunca cambiaban, que sólo reacomodaban sus
elementos interminablemente. Luego miró a la rata.
—Puedes
caminar conmigo —dijo.
La rata
saltó dentro de la canasta y pasearon en silencio. Finalmente empezó a hablar.
Le contó
de las ratas de la ciudad sin nombre, que han vivido tanto tiempo cerca de la
magia que se les ha filtrado en la piel, los ojos, y hasta en sus mismas
entrañas. Cómo han visto surgir y desplomarse sus civilizaciones a lo largo de
los siglos, y cómo sus hechiceros y magos aprendieron magias astutas, sólo para
que les fueran arrebatadas cada vez que volvían a caer en el salvajismo. Le
contó cómo las ratas matronas de piel blanca gobernaban su actual sociedad,
enviando a sus pretendientes a buscar comida para comer más y más, y ganar más
y más peso social.
—Eso fue
lo primero que me dio la idea —dijo—. Una novia humana tendría más peso que
cualquiera de ellos. Pero luego, cuando te vi, me pareció un cálculo
trasnochado y sin sentido.
Ella
sintió una tibia emoción en algún lugar de su pecho. Pensándolo bien, se dio
cuenta de que era una emoción que no había sentido antes de morir. En parte era
interés, en parte intriga, en parte vanidad, y en parte otra cosa: una punzada
de cariño hacia esta rata que prometía convertirla en su mundo.
—No hay
discusión —dijo su padre—. Eso traería el cambio a la Ciudad.
—¿Y?
—¡Y!
¿Deseas destruir este lugar? Estamos atados por el hechizo del Mago… congelados
en un momento en el que, muriendo porque no podemos cambiar, no morimos porque
no podemos cambiar.
Zuleika
frunció el ceño.
—Eso no
tiene sentido.
—Es
porque eres joven.
—Tú
tienes apenas cuarenta años más que mis propios cinco mil trescientos doce.
Seguramente, teniendo en cuenta los años que he vivido, puedo ser considerada
como una adulta.
—Eso
creerías, sí, si pasaras por alto el hecho de que siempre tendrás quince años.
La niña
dio una patada contra el piso e hizo un mohín, pero los siglos pueden cansar
incluso al padre más indulgente. Él envió por un Médico.
El Médico
llegó con pasos ansiosos, porque los nuevos casos eran contados. Insistió en
revisar a Zuleika de pies a cabeza, y la habría hecho desvestirse, de no ser
por la protesta del padre.
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—Me
parece que está bastante bien —dijo el Médico con tono desilusionado.
—Cree que
desea casarse.
—Vaya,
vaya —exclamó el Médico asombrado—. Bien, veamos. Amor. ¿Y desea que lo cure?
—Antes de
que el contagio se propague o la conduzca a acciones que nos pongan en peligro
a todos.
Zuleika
no dijo nada. Sabía muy bien que no estaba enamorada de la rata. Pero la idea
del cambio se había apoderado de ella como una fiebre.
El Médico
cubrió su cuero cabelludo con una red de cables de plata. Unos imanes colgaban
como extrañas cuentas entre cristales de ónix de medianoche y feldespato gris.
—Es un
estímulo sutil —murmuró el Médico—. Y ciertamente el Amor no es una energía
sutil. Pero, dándole el tiempo suficiente, funcionará.
Ordenó
que Zuleika se sentara en una silla en la sala sin tocar la red durante tres
días.
Los días
pasaron lentamente. Zuleika mantenía los ojos fijos en la ventana, que
enmarcaba un mundo sin cielo, sin sol y sin nubes. Podía sentir las energías
magnéticas que tironeaban de sus pensamientos para un lado y para el otro, pero
a ella le parecía que las cosas en conjunto permanecían igual.
Al tercer
día, apareció la rata.
—Mi
hermosa prometida —dijo, mirando hacia donde ella estaba sentada—. ¿Qué es esa
cosa que te has puesto?
—Es un
mecanismo para eliminar el Amor —contestó Zuleika.
Los pelos
de los bigotes de la rata se tensaron y pareció complacido.
—De modo
que ¿estás enamorada?
—No
—dijo—. Pero mi padre cree que sí.
—Mmmmm
—dijo la rata—. Dime, ¿cuál es el efecto de ese mecanismo si no estás
enamorada?
—No lo
sé.
La rata
lo consideró, sacudiendo distraídamente su cola.
—Quizás
tenga el efecto opuesto —dijo.
—Yo misma
estuve pensando en eso. Efectivamente, siento más cariño hacia ti con cada
momento que pasa.
—¿Cuánto
tiempo más debes usarlo?
Sus ojos
buscaron el reloj.
—Otra
hora —dijo.
—Entonces
debemos esperar y ver. —La rata olfateó el aire—. ¿Tu familia tiene bollos otra
vez esta mañana?
—Estuve
sentada aquí durante tres días; no desayuné.
—Entonces
volveré en media hora, más o menos —dijo la rata y se retiró.
Una hora
después, la puerta se abrió, y su padre y el Médico entraron. La rata,
lamiéndose el hocico, se trasladó discretamente debajo de la silla donde,
escondida por la falda de la niña, no se la podía ver.
—Bien,
hija mía —dijo su padre, palmeándole la espalda mientras el Médico retiraba el
aparato—. ¿Te sientes restablecida?
—Efectivamente,
sí —contestó.
—¡Bueno,
bueno! —El padre golpeó ruidosamente el hombro del Médico con aspecto
complacido—. Buen trabajo, hombre. ¿Nos retiramos para hablar de sus
honorarios?
El Médico
miró a Zuleika.
—Quizás
otro examen… —arriesgó.
—No hay
ninguna necesidad —dijo el padre enérgicamente—. Con el Amor eliminado, todo
está arreglado. Nuestra ciudad puede seguir como lo ha hecho durante el pasado
milenio.
Cuando ya
se habían ido, la rata se deslizó de abajo de la silla, y la miró.
—¿Bien?
—dijo.
—No deseo
casarme aquí abajo.
—Podemos
abrirnos paso hasta la superficie y hacer nuestros votos en Tabat —dijo la
rata—. Conozco todos los túneles y adónde va cada curva.
De modo
que ella tomó una linterna de donde colgaba en el jardín, lanzando su débil luz
sobre la pálida vegetación alimentada por la brujería en lugar de la luz del
sol. Se encaminaron hacia la entrada del primer túnel, la rata sobre su hombro,
y se dirigieron hacia la superficie. Detrás de ellos se escuchó un estrépito
enorme.
—¿Qué fue
eso? —preguntó la rata.
—Nada
—dijo Zuleika—. Nada en absoluto, nunca más.
Continuó
la marcha y detrás de ella la Ciudad sin Nombre siguió derrumbándose.
Título
original: The Dead Girl’s Wedding March. Traducido por Graciela
Lorenzo Tillard y Silvia Angiola
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Cat Rambo
es una escritora de ciencia-ficción y fantasía estadounidense. Ha sido
co-editora de la revista Fantasy Magazine (http://www.fantasy-magazine.com)
desde 2007. Sus trabajos aparecieron en Asimov’s, Weird Tales y Clarkesworld, y
fueron traducidos al checo, hebreo, japonés, ruso y español. «La marcha nupcial
de la niña muerta» se publicó originalmente en Fantasy Magazine en el año 2007.
Este
cuento se vincula temáticamente con PERVIVENCIA DE LA PASIÓN
ROMÁNTICA, de Manuel Torcuato Fernández Mesas, EFECTO BAGNA CAUDA, Laura
Nuñez, MARIO Y
EL GATO, Carlos Almira Picazo, LOS LOCOS, Daniel
Avechuco Cabrera, EL ATAÚD
USADO, Ada Inés Lerner Goligorsky
Axxón 206
– marzo de 2010
Cuento de autor norteamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Brujería :
Muerte : Zombies : Estados Unidos : Estadounidense).

