Libro N° 10888. Fronteras De La Ciencia Ficción. Casadey, Cristian Claudio Jarai.
© Libro N° 10888.
Fronteras De La Ciencia Ficción. Casadey,
Cristian Claudio Jarai. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
Fronteras De La Ciencia Ficción. Cristian
Claudio Casadey Jarai
Versión Original: © Fronteras
De La Ciencia Ficción. Cristian Claudio Casadey Jarai
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FRONTERAS DE LA CIENCIA FICCIÓN
Cristian Claudio Casadey
Jarai
Fronteras
De La Ciencia Ficción
Cristian
Claudio Casadey Jarai
Fronteras
De La Ciencia Ficción
Cristian
Claudio Casadey Jarai
Bien o
mal definida, amada por muchos y detestada por otros tantos, la literatura de
ciencia ficción sigue su camino más allá de sus entusiastas y detractores. Una
primera aproximación a la idea de ciencia ficción es su natural lazo con
elementos extra literarios, específicamente con el cine.
Género de
ficción, en donde el escenario se transforma más allá de lo posible en la
realidad, por fuerza o inventiva de la ciencia, alterando las coordenadas a las
que estamos acostumbrados, pero de una manera creíble, basado en una
especulación de orden racional, la ciencia ficción ha trascendido de manera
literal su «atadura» al papel y a la imaginación para dar el gran salto a la
pantalla y a los medios audiovisuales.
Es común
que muchas veces se comparen los actuales avances científicos y tecnológicos
como si fueran del «futuro». Son numerosos los elementos que popularizados en
series de televisión de décadas pasadas son hoy día artilugios de la vida
cotidiana: Una videollamada, un celular, un televisor en miniatura… en fin; más
de un aparato que hasta relativamente no mucho tiempo podría haberse pensado
como si fuera de «otro tiempo» o hasta de «otra galaxia».
Puede
decirse, de alguna manera, que la ciencia ficción se encuentra gobernada por su
propia lógica, al menos en el aspecto formal del devenir narrativo, mediante
explicaciones propias de aquella «pseudociencia» que gobierna su propio
universo imaginario. Obviamente a primera vista puede parecer algo obvio y un
poco falaz; sin embargo el orden establecido en dichos relatos guarda en
general total coherencia interna que hace que el mismo sea creíble, fenómeno
que también ocurre en toda literatura fantástica, en cualquiera de sus
subgéneros.
Hablar de
ciencia ficción implica hablar del «futuro», de la imaginación, de las
fronteras de la ciencia, entre otros tantos elementos que se emplean en el
intento de definir el concepto mismo. Para la facilitar el estudio, es que se
suele agrupar las obras con ciertas características comunes a un tipo de
género. Se ha intentado en numerosas ocasiones definir tanto a la ciencia
ficción como al concepto de género.
El
término ciencia-ficción, traducción del Science-fiction bajo el que circula
este género en el mundo anglosajón, no comenzó a usarse hasta el año 1927. Y no
conviene aplicarlo a la narrativa de H.G. Wells por cuanto Wells no escribió
ciencia-ficción, sino novela científica (Millás, 1982, pp. 1).
A pesar
de lo enunciado por Millás, es muy difícil precisar el límite o bien la
diferencia entre la ciencia ficción y la novela científica de
Wells. Muchos autores no estarán de acuerdo con la afirmación de Millás y
opinarán que la obra de Wells es en realidad pura ciencia ficción, o al menos
un claro antecedente del tema. El problema reside especialmente en la
jerarquización de las obras por géneros, en la que en realidad los límites son
muy difusos. Bien puede la misma obra clasificarse dentro de varios géneros.
Esto sobrepasa la frontera de la literatura, ocurre en todas las demás
manifestaciones artísticas. Por ejemplo, el film Alien, el octavo
pasajero (Estados Unidos, 1979), bien se puede catalogar tanto como
una obra de ciencia ficción o como una película de terror. Al respecto
Wikipedia (2010) informa: Debido a la película TheBrood, también de
1979, Alien también es catalogado dentro del subgénero de terror Body Horror.
Millás
continúa definiendo a la ciencia ficción:
Con este
término designaremos a aquella clase de narrativa en cuya trama argumental, y
como elemento esencial de la misma, aparezcan descubrimientos científicos,
imaginarios o reales, en torno a los cuales gire la acción de la novela
(Millás, 1982, pp. 1).
Claramente
lo postulado por el autor no es del todo una definición total y acabada de la
ciencia ficción tal como se la entiende hoy día. Sin embargo, el propio nombre
del género (ciencia) y su análisis por parte de Millás logra conceptualizar de
manera general dicho género.
El propio
autor arguye:
La
literatura de ciencia-ficción de que hoy disponemos, y considerando sólo la
escrita en inglés, constituye por su cantidad, por su diversidad temática y por
su desigual calidad literaria un laberinto de proporciones y dificultades
gigantescas. Para salir de él, lo que significaría tanto como alcanzar su
origen, no disponemos de un solo hilo, sino de multitud de señales y de pistas
constituidas por diversos materiales (de orden sociológico, literario,
religioso y científico) entre las que tendremos que elegir en función de los
fines que se propone esta introducción(Millás, 1982, pp. 1).
Y
continúa:
La
aclaración anterior tiene sentido, porque el terreno en el que nos vamos a
mover es especialmente apto para toda clase de especulaciones, incluidas
aquellas que colocan el origen de la literatura de ciencia-ficción en épocas
remotas, confundiendo este fenómeno literario y social relativamente moderno
con hechos sin explicar que pueden constituir en la actualidad una fuente
temática del género, pero que no son el género en sí(Millás, 1982, pp. 1).
Es clara
la diferenciación entre fuente temática (o bien antecedentes) de lo que
constituye al género per se actualmente, pasando por todas sus
variantes y subgéneros. Y si a lo anterior se agrega lo elaborado en otras
partes del globo, el resultado es astronómico. La cantidad de obras literarias
de ciencia ficción excede por mucho el tiempo de lectura que le podría prestar
un lector corriente. La variedad temática vasta y la extensión del género hacen
de la tarea del investigador y del estudioso en el tema un campo verdaderamente
difícil de delimitar y analizar.
Una de
las respuestas más difíciles que es dable encontrar —o no encontrar— en la
definición de géneros literarios es la relativa a la ciencia ficción. En un
artículo que ya tiene una década Xavier Ternisien dice que hay centenares de
respuestas que los especialistas discuten, siendo uno de los tópicos de la
discusión a cuál de los dos componentes del término debe darse mayor
importancia: ciencia o ficción(González Vargas, 1999, pp. 1).
Así, la
dicotomía de la discusión se centra en su propia esencia, a pesar de haber sido
definido el género también como literatura de anticipación:
La
ciencia ficción (conocida originariamente como literatura de anticipación) es
la denominación popular con que se conoce a uno de los géneros derivados de la
literatura de ficción (junto con la literatura fantástica y la narrativa de
terror). Nacida como subgénero literario distinguido en la década de 1920
(aunque hay obras reconocibles muy anteriores) y exportada posteriormente a
otros medios, como el cinematográfico, historietístico y televisivo, gozó de un
gran auge en la segunda mitad del siglo XX debido al interés popular acerca del
futuro que despertó el espectacular avance tanto científico como tecnológico
alcanzado durante esos años (Wikipedia, s.f., pp. 1).
Un punto
de convergencia es que este género se originó a partir de los años 1920. La
ciencia ficción pronto superó el formato literario para incursionar con gran
éxito en el cómic y por supuesto, en el cine.
A pesar
de ser un género que en el imaginario popular siempre mira y avanza hacia el
futuro, lo cierto es que bebe del pasado mucho más de lo que pareciera a
primera vista:
Nos
referimos, claro está, al interés que han despertado los descubrimientos
iconográficos de algunas culturas antiguas, como la maya, y que hacen suponer
la existencia de culturas tecnológicamente avanzadas que pudieron haber
desaparecido bajo los efectos de un desastre que algunos quieren comparar con
lo que hoy sería una explosión nuclear. La tesis moral de esta interpretación
es, por otra parte, uno de los temas recurrentes de la ciencia-ficción: la
evolución tecnológica conduce inevitablemente a la autodestrucción. Ya veremos
más adelante cómo este género utópico (utópico en el sentido de que nos coloca
en una situación inexistente por futura) suele ser más bien pesimista en
relación con ese futuro al que parecen arrastrarnos las diferentes opciones científicas
en curso(Millás, 1982, pp. 2).
La idea
de remontarse a un pasado en el futuro (aunque esto pareciera una
contradicción) remite a míticas series como por ejemplo He-man and the Masters
of Universe (Estados Unidos, 1983). La mezcla de elementos medievales en un
extraño mundo futurista es común en la ciencia ficción:
También
dentro de esta tendencia ligada a remontarse a épocas lejanas para seguir el
hilo de lo que, insistimos, es un fenómeno moderno, hay quienes, no
conformándose con la interpretación de los signos iconográficos en apoyo de sus
tesis, utilizan textos antiguos, como la Biblia, alguna de cuyas partes
hábilmente manipuladas podrían guardar relación con la temática del género(Millás,
1982, pp. 2).
De una
manera u otra, la ciencia ficción acerca al lector con los mitos primigenios,
con aquello mágico que guardan en sí las leyendas, pero desde una
perspectiva pseudocientífica:
La
historia de la ciencia ficción literaria, parece reciente pero su antecedente
como manifestación de la fantasía, reflejada en la mitología, conjuros de
hechicería, fórmulas fallidas de alquimia, libros sagrados de religiones
eternas, se remonta a los orígenes de la escritura en las antiguas
civilizaciones. En Hispanoamérica, mucho de lo realizado (no sólo en la materia
que nos interesa) parece nuevo y existe la impresión que todo está por hacer.
En terrenos de la literatura de ciencia ficción, este continente que sueña y
habla en español, ha incursionado con relativo éxito, y aunque algunos de los
autores contemporáneos parecen copiar los modelos impuestos desde otras tierras
y lenguas, un pequeño recorrido por el pasado, nos demuestra que aquellos contados
pioneros, en cierto modo antecedieron a los modernos y reconocidos padres del
género a nivel universal (Moya, 2000, pp. 2).
Pero en
el fondo no sería descabellado afirmar que en el presente (año 2010) vivimos en
un medio en cierta medida cienciaficcional. Esto obviamente
exacerbado en un subgénero un tanto extraño y a menudo bizarro como lo es
Latinoamérica en toda su inmensidad, en donde se confunde frecuentemente la
vida y la fantasía al mejor estilo del llamado realismo mágico. Conviven
internet y los experimentos de clonación, la robótica y todos los avances de la
ciencia junto a las peores lacras de la sociedad humana: el crimen exacerbado,
la miseria más absoluta, entre otros graves problemas que la ciencia no ha
querido, o bien no ha podido solucionar.
Hablar de
ciencia ficción como género marginal es algo caduco en el presente:
Nos
enfrentamos aquí con un problema común a los géneros marginales. Y así como la
novela policíaca ha sido obligada a convivir frecuentemente con la literatura
de aventuras, fantástica o de terror, así también la novela de ciencia-ficción
se confunde, entre el público no especializado, con temas tan de moda como la
parapsicología, los ovnis, o la reciente tendencia a buscar en culturas casi
extinguidas las respuestas a la angustia que proporcionan los fenómenos
tecnológicos actuales (Millás, 1982, pp. 2).
Hay que
tener en cuenta que el artículo de Millásfues escrito en el año 1982. Para hoy
en día no sólo es un género plenamente aceptado sino probablemente uno de los
más leídos (sin contar los otros medios de expresión que cuenta la ciencia
ficción, en especial el cómic y el cine). De todas maneras, en su momento la
ciencia ficción si fue un género marginal. Al respecto Millás dice:
Bien es
cierto que parte de esa confusión es achacable en alguna medida a revistas
especializadas que hacia 1956, en plena crisis del género, decidieron vender a
cualquier precio. El precio fue excesivo, porque si la ciencia-ficción estaba
sufriendo entonces ataques desde afuera (cine, comics, televisión), que hacían
pasar por el género en cuestión «pastiches» que confundían al público,
hurtándoles la posibilidad de acercarse a los verdaderos creadores de esta
narrativa, las agresiones desde dentro podrían haber significado la muerte, por
confusión total, de la ciencia-ficción, Y estos ataques se produjeron en
publicaciones que, decididas a superar la crisis por el camino más corto,
comenzaron a publicar asuntos ajenos al género, en ocasiones sutilmente pornográficos,
que atrajeron a algunos lectores, pero que acentuaron también la idea general
de que la literatura de ciencia-ficción era un subgénero, en el peor de los
sentidos que se le pueda dar a este término (Millás, 1982, pp. 3).
Lo cierto
es que dicho problema ha sido ampliamente superado en la actualidad. No se
considera al escritor que se dedique a la ciencia ficción como un diletante,
un aficionado, sino como un verdadero creador. La tarea del escritor
de ciencia ficción no es fácil. No se trata simplemente de organizar diversos
elementos de la imaginación y elaborar una burda space opera al
estilo de los años setentas, sino de un verdadero trabajo intelectual, no sólo
mera fantasía. No es que no exista eso también, el factor imaginativo es
imprescindible en todo tipo de literatura, no es un patrimonio exclusivo de la
ciencia ficción ni mucho menos del género fantástico, hasta en las obras «más
realistas» posibles, la dosis de inventiva y creatividad de su autor se plasma
sin mayores problemas a través de su pluma hasta la médula de la historia
misma. Los mismos inconvenientes creativos del escritor de otro género se
repiten en la ciencia ficción. El famoso bloqueo, las historias llenas de
contradicciones, las descripciones aburridas y sobreabundantes, entre otros
problemas, representan aquel muro insondable con el cual debe batallar el
creador día a día, jornada tras jornada. Resulta casi impensable que exista
alguien que pueda elaborar una excelente novela, ya sea de ciencia ficción u
otro tema, sin que reescriba, tache, mejore, lea, y vuelva a escribir lo mismo.
Seguramente existieron, existen y existirán genios de tamaño calibre, pero no
es el caso general. Más bien esa es la excepción que confirma la regla.
Pero el
hecho de que la space opera tenga preocupaciones «menores» no significa que no
pertenezca al género de la CF. Negar su pertenencia a ésta equivale en cierta
manera a decir que Gernsback no tuvo absolutamente ninguna influencia en la
configuración del género. La space opera puede muy bien ser menos interesante
en términos temáticos que la CF de género —y esto, siempre, según qué
parámetrosde análisis se utilizan—, pero eso no la aliena de un parentesco
genéricocon ella. He mencionado arriba el caso de la saga de StarWars,
muyfácilmente interpretable como una space opera, ya que pareciera que lo único
que hace es situar en el espacio, el pasado mítico y las naves espaciales, una
lucha eterna entre el bien y el mal, que hace un uso flagrante de motivos
fácilmente identificables con el western. No obstante, si pensamos en la
MarsTrilogy de Kim Stanley Robinson, también la podríamos interpretar como una
space opera. Tenemos en esta trilogía los elementos básicos: la exploración,
colonización y terraformación del planeta Marte, el romance y las luchas
intestinas entre los primeros colonizadores, las grandes naves espaciales, los
adelantos científicotecnológicos, el conflicto planetario entre Marte y la
Tierra, la posterior exploración y explotación del resto de planetas del
sistema solar… Y sin embargo, la MarsTrilogy es mucho más que una space opera,
aunque haga uso de estas convenciones. No se puede desdeñar a la space opera,
cuyo fin último parecer ser el entretenimiento —aunque, visto de cerca, el ejemplo
de StarWars tiene mucha más tela de donde cortar—, con el fin de legitimar un
género que nace popular y en buena medida se sigue conservando popular —y que,
como todos los géneros, tiene muchos ejemplares de dudosa calidad literaria—,
sólo porque nos parezca, basándonos en criterios poco claros, que eso no es en
realidad CF. La ciencia ficción tiene diversos grados de presencia en las
distintas obras y medios de expresión (Monroy, 2008, 36-37).
Con lo
expresado en el estudio de Monroy sobre el tema, es claro que la space
operaes un subgénero (si es que podría definirse así desde algún punto de
vista, al menos literario) de la ciencia ficción. Lo que también hay que tener
en cuenta es que no toda space opera es de pésima calidad como
no toda la ciencia ficción es excelente. Hay buenas y malas obras, dependiendo
fundamentalmente de la opinión subjetiva de cada lector o espectador. A pesar
de ello, es posible medir ciertos parámetros para, de alguna manera, estipular
si una obra es buena o mala, más allá del género al que pertenezca. Lo
complicado reside en encontrar un cierto consenso en cuáles serían los
criterios para realizar ese trabajo.
***
Resulta
muy interesante, tanto para el aficionado, como para el estudioso o el cultor
de este género, conocer las diferentes manifestaciones de la ciencia ficción a
través del tiempo y alrededor del mundo. Observar varias obras de ciencia
ficción de diferentes lugares y de diversas fechas llama la atención en varios
aspectos. Por un lado se visualizan con facilidad las características que hacen
de ellas parte del género y por otro maravilla al espectador las diferencias
que subyacen en algunas. No es lo mismo un libro de ciencia ficción
norteamericano que uno de la desaparecido Unión Soviética. El gusto por los
robots gigantes en el Extremo Oriente se contrapone al Eternauta de Oesterheld,
por citar un ejemplo.
La
ciencia ficción soviética es un caso, sin dudas, particular, rica en sus ideas
y novedosa en cuanto a su temática, en comparación con la americana. Es
inclusive más antigua que la hecha en los Estados Unidos. Sus orígenes se
remontan a los problemas políticos y sociales previos a 1917. Ya en 1911 se
publicaba de manera mensual la revista de ciencia ficción «El mundo de las
aventuras». Esta llenaba sus páginas principalmente con traducciones de las
obras de Verne, Robida, Wells, entre muchos otros autores extranjeros y, desde
luego, varios rusos. Uno de sus primeros relatos es «El sol líquido», de
Alejandro Kuprin (Bergier, 2003, pp. 4).
Sobre «El
sol líquido» comenta Bergier (2003, pp. 4):
Este
relato, titulado El sol líquido, resulta, aun en nuestros días, de una
modernidad extraordinaria. Está basado en la idea de licuefacción de la luz y
la constitución de un líquido formado por fotones de energía, y no por
moléculas de materia. Por otra parte, parece que un líquido de esta naturaleza
existe, efectivamente, en algunas estrellas. Sin contar con que la conquista de
la energía solar, como se la imaginaba Kuprin, está a punto de convertirse en
realidad actualmente. Los más recientes satélites artificiales están
alimentados con energía solar.
Es
precisa hacer la aclaración de que Bergier escribió el párrafo citado en 1965.
Hoy, lo que para Bergier y Kuprin era ciencia ficción, es una realidad. Pura
literatura de anticipación. La energía solar es un hecho en la actualidad. La
sociedad, en este momento histórico, vive de cierta forma una era de ciencia
ficción.
La
revolución rusa del 1917 también tuvo sus consecuencias en la ciencia ficción.
Debido a la interrupción de las relaciones con el resto de Europa, la entonces
joven Unión Soviética se encontró sin traducciones de libros occidentales. Así,
la base de la ciencia ficción rusa fue de carácter político, soviético. La obra
«El trust D.E. «(iniciales en ruso que significan «abajo Europa»)
Un
excelente argumento a la hora de dar importancia a algo, es hablar sobre su
larga y prestigiosa historia, aun aunque la misma nunca haya existido en
realidad. Es una manera efectiva de argumentar, al igual que tratar de
desprestigiar una persona es una forma de tratar de tirar abajo su opinión, no
por sus ideas en sí mismas sino por su manera de ser. Algo similar ocurre con
la ciencia ficción. Ha habido estudiosos que intentan recabar hasta en lo más
recóndito de la historia para encontrar extraños antecedentes del género hasta
la más remota de las edades:
Un
problema más, y muy importante, es que en general los estudios históricos sobre
la ciencia ficción consideran, cada uno, orígenes y filiaciones distintas:
mientras que algunos la llevan hacia atrás en la historia hasta el Gilgamesh o
la Biblia, otros la consideran un fenómeno de la modernidad y la sitúan en el
siglo XVIII, y otros más la datan ya directamente en el siglo XX. Pero mientras
que en efecto es necesario reconocer antecedentes, en muchos casos esto se hace
en un afán de darle legitimidad o de elevarla a un cierto canon. A mi juicio, y
como postularé más adelante, la CF (Ciencia Ficción) tiene una fecha de
nacimiento bastante precisa, pero al mismo tiempo tiene también muchos linajes,
sin cuyos textos este género no sería posible como lo conocemos hoy. Asimismo,
no me parece necesario intentar «elevarla» a ningún canon: la ciencia ficción
es un género popular, y su valía en términos estéticos es independiente de su
pertenencia a un canon u otro (Monroy, 2008, pp.13).
Tal como
expresa Monroy en su tesis, no es necesario con la ciencia ficción, y en
realidad con ningún otro género, intentar elevarlo per se, más bien interesa
saber valorar su propio peso creativo y estético, independientemente de su
«árbol genealógico». Esta «dependencia extraña» del hombre a tratar de
encontrar el por qué y el cuándo de todas las cosas es lo que moviliza al ser
humano en su eterna búsqueda de respuestas satisfactorias en todos los ámbitos
de la vida misma, en la existencia en toda su amplitud, en la esencia propia de
lo humano. Bajo ese punto de vista es lógico que intente, de una manera u otra,
escudriñar hasta lo más profundo de sus pensamientos y, obviamente de los
hechos, el sujeto de pensamiento. Lo interesante de la ciencia ficción
justamente reside en las elucubraciones, en las hipótesis fantásticas y a
menudo «pueriles» que hace de un futuro que en realidad ha llegado, pero no del
todo. Es frecuente que al ver una película de ciencia ficción de épocas
pasadas, se esboce al menos una sonrisa en el rostro del espectador. Esto no es
antojadizo ni burlón, simplemente sucede que la concepción de «futuro» ha ido
cambiando con el paso del tiempo. Cosas simples de la vida cotidiana, como por
ejemplo los teléfonos móviles, o el poder hablar con otra persona mediante
videoconferencias desde un punto a otro del planeta, son situaciones comunes en
la actualidad. Ha eso hay que agregar que tanto la estética como los gustos han
cambiado, en algunos aspectos, hasta drásticamente. Seguramente todo es parte
de un proceso mucho más extenso y complicado del que se intenta abordar en el
presente ensayo, y será, a lo mejor más adelante, material de estudio para los
futuros investigadores.
Así,
hablar de ciencia ficción no es solamente hablar de naves espaciales,
extraterrestres o robots. Tampoco es hablar del futuro. A veces parecería que
casi no habla de ciencia, más bien de cosas irreales en mundos extraños. Pues
bien, el problema radica nuevamente en que cada obra se expresa por sí misma.
Al igual que las personas, encasillar en un género a una obra, es un grave
error. La literatura excede los moldes, las cadenas que la atan a un modelo.
Basta con solo estudiar a las obras cumbres, o bien a los clásicos. Hasta ellos
mismos «escapan» en cierta manera, de los estereotipos y de las hormas. El arte
está en que eso mismo no se note. Se han compuesto miles de sinfonías siguiendo
el mismo esquema, con los mismos instrumentos. Sin embargo Mozart hay uno solo.
Lo mismo sucede en la literatura. Hay miles de obras románticas al estilo de
Romeo y Julieta, pero un solo Romeo y Julieta.
Otro de
los problemas que se presentan a la hora de estudiar el fenómeno de la ciencia
ficción es el de sus orígenes. Los expertos en el tema no se ponen de acuerdo y
hay al respecto opiniones divergentes:
La
primera tendencia, a la que podríamos llamar teórica y uno de cuyos
representantes principales es DarkoSuvin, remonta los orígenes de la CF sobre
todo a las narraciones utópicas, renacentistas y anteriores, basándose en la
existencia en ellas de un novum, es decir, de un elemento absolutamente
novedoso que contribuye a conformar un mundo extrañado cognoscitivamente. La
segunda postula que la primera obra de CF es el Frankenstein de Mary Shelley,
de 1818; Brian Aldiss, escritor e historiador de la CF, se atribuye esta idea
(Aldiss, 1984: 10).3 La tercera señala que la CF sólo pudo existir hasta que el
término «scientifiction» fuera acuñado en 1926 por el editor y escritor Hugo
Gernsback, para referirse a «[the] Jules Verne, H.G. Wells, Edgar Allan Poe type
of story — a charming romance intermingledwithscientificfact and
propheticvision» (Clareson, 1990: 15; Parrinder, 1980: 2); el término
«sciencefiction» fue también inventado por el mismo Gernsback en 1929, y usado
comúnmente a partir de 1938, cuando John W. Campbell fundó la revista
AstoundingScience Fiction.4 El fenómeno es, no obstante, más complejo. Sin
duda, las tres corrientes llevan razón y las tres comportan problemas si se
consideran aisladamente (Monroy, 2008, pp. 21-22).
Es
menester recordar, como bien expresa Monroy en su trabajo, que ubicar un
principio, en particular el de un género, es siempre sujeto de debate, en
especial si se tiene en cuenta al género como una existencia de fronteras
difícilmente estáticas y que, por lo tanto, involucra una conceptualización
estrecha, precisa.
Aunque no
exista una clara idea en cuanto a la fecha en que comienza su vida la ciencia
ficción propiamente dicha, es verdad que las obras enunciadas por Monroy son, a
todas luces, antecedentes del tema. En cierta medida pensar en Frankenstein, no
es sólo rememorar un relato de terror, es también a la vez romper con las
fronteras de la ciencia, y a la vez, con las de la ética y la moral. Por otro
lado, en ese sentido, el Golem bien podría ser considerado como un antecesor de
los robots. No es casual que autores como GoNagai beban de las fuentes de la
antigüedad clásica y hagan del famoso Coloso de Rodas el lejano predecesor del
poderoso Mazinger Z. Sin embargo, algunos estudiosos suelen postular que
mientras una cosa, un elemento, no tenga un nombre; es decir, que no exista una
palabra, un término que designe dicha idea, ese concepto no existe. Por lo
tanto, de acuerdo a esa línea, es adecuado pensar que la ciencia ficción nace
en cuanto se la define:
Por
último, el señalamiento tajante de que la CF sólo pudo ser escrita a partir de
que se le reconoce nominalmente como «ciencia ficción» deja de lado toda una
visión histórica necesaria para comprenderla y describirla (Monroy, 2008, pp.
23).
Así, la
diferencia residiría principalmente en los antecedentes, o bien una proto
ciencia ficción, es decir una ciencia ficción primitiva, más «contaminada»
por otras ideas y géneros (como no estaba definido el término los propios
autores no pensaban que creaban ciencia ficción), y la ciencia ficción
propiamente dicha, a partir de la definición y puntualización del género en sí.
Así, la
postura de Monroy sostiene que:
…la
ciencia ficción como género independiente nace con la definición de Gernsback y
con el «movimiento» generado a su alrededor, entendiendo aquí «movimiento» como
el inicio de una tendencia a publicar revistas de este tipo, al surgimiento de
los grupos de fanáticos o seguidores y al intercambio entre autores y lectores.
Antes de este hito, podemos reconocer múltiples influencias, tropos, temas y
tipos de personajes que la CF se ha apropiado, pero no podemos hablar
propiamente de CF. Con Luckhurst (2005: 3), opino que la CF es un género que
sólo pudo existir a partir de la modernidad tardía y que, de hecho, ha estado
separada prácticamente en todo momento de la literatura canónica. Como
declara Samuel R. Delany en unaentrevista, «I don’t think of Wells as science
fiction; I don’t think of anyone as science fiction, except what starts in the
pulp magazines…» (1984: 28). Este comentario demanda matices, desde luego,
que se centran en que los relatos «ordenados» por Gernsback estaban demasiado
enfocados en los datos duros, o que impedían la «creatividad» de los autores,
pero en esencia el mensaje es que la CF como género configurado con
independencia tanto de otros géneros populares como del mainstream nace con la
nominación de este editor. El género cienciaficcional cultivado en los pulps
puede no ser lo que conocemos hoy como CF, pero la conciencia genérica,
característica e ineludible, está dada por Gernsback, y como señala James Gunn
(2003: XVI), es difícil imaginar qué hubiera sido del género sin este editor (Monroy,2008,
pp.28).
Por lo
que la ciencia ficción da sus primeros pasos a través de las revistas conocidas
como pulps, y otras publicaciones, en donde se puede apreciar las
características propias del género.
Uno de
los puntos más interesantes de la ciencia ficción es su trascendencia más allá
de la literatura misma, sobrepasa las fronteras de lo escrito y se convierte en
imagen y movimiento. Es difícil en la actualidad saber si tiene más peso el
cómic, el cine o la literatura en la ciencia ficción. Lo cierto es que todos
conviven y se retroalimentan, pero el peso del cine es absolutamente innegable
en el género. El éxito popular y notable que ha alcanzado el cine de ciencia
ficción no ha sido superado por los otros medios de expresión. El poder de la
imagen, sumado a los avances tecnológicos que permiten grandes efectos
especiales en la pantalla, ha hecho de la ciencia ficción un espectáculo
visual, por encima de otros parámetros, sin precedente alguno. Bien podría
afirmarse que muchas de esas películas son más bien una demostración cuasi
pirotécnica de efectos visuales mientras que adolecen de grandes
fallas en cuanto al guión y a la temática. Pero al igual como sucede con las
personas, no es bueno generalizar, más allá de que se diga a menudo que
justamente es la excepción la que confirma la regla.
Por eso
mismo, al igual que hay obras de dudosa calidad en la ciencia ficción, también
se pueden encontrar excelente literatura en el tema, como por ejemplo la novela
de StanislawLem, Solaris.
De todas
maneras, a pesar de la crítica realizada anteriormente, es de importancia
mencionar lo dicho por González Vagas:
…la
ciencia ficción imagina nuestro futuro a partir de desarrollo científico y
tecnológico del presente. Esta visión ha creado, para el género que nos ocupa,
una imagen de deshumanización que puede ser correcta si nos basamos
exclusivamente en las narraciones que impulsaron el éxito de la CF, pero la
crítica es injusta si nos detenemos a comprobar la evolución que han tenido
personajes y argumentos, que han ido lentamente dibujando un humanismo que
tiene en cuenta «en toda su complejidad y trascendencia, los factores
tecnológicos que modelan nuestro entorno, hacia una especulación científica que
no ignora al hombre en toda su profundidad como protagonista y benefactor
obligado de los avances tecnológicos» (González Vargas, 2006, 6-7).
Claramente
González Vargas explica que no siempre el género cae en los mismos tropos (que
justamente la caracterizan) de una manera chabacana o banal, las buenas obras
ponen en manifiesto la complejidad del espíritu humano, sus alcances y
limitaciones, dentro de la atmósfera propia de la especulación científica, los
avances tecnológicos y los mundos fantásticos, muchas veces esbozos de una
crítica profunda a la sociedad o bien utopías irrealizables, al menos en la
actualidad en el sentido de utopía como un ideal que no puede realizarse.
Al
respecto dice González Vargas:
Cabe
recordar que uno de los precursores del género, Julio Verne, fue capaz de
anticipar el desarrollo tecnológico de la humanidad, en un siglo y casi sin
errores, pero eso no significa, en lo absoluto, que la ciencia ficción no pueda
equivocarse en sus previsiones (González Vargas, 2006, pp. 8).
Es
suficiente con observar una antigua película de ciencia ficción, en donde los
ordenadores o computadoras son enormes, cosa exactamente inversa a lo que
sucedió en realidad. O bien, a los ojos actuales, la estética de la ciencia
ficción de décadas pasadas deja consigo un cierto sabor a añejo y pasado de
moda en los paladares de sus seguidores, lo cual no quita su encanto innato,
más bien lo potencia a estratos inimaginables entre los fanáticos y los
coleccionistas.
En cuanto
a las diferencias con la literatura fantástica propiamente dicha González
Vargas expresa que:
…este
tipo de literatura ya ha sido delimitado en sus características y que éstas son
distintas de las de la ciencia ficción propiamente tal, aunque tienen un origen
común que se remonta a los tiempos primitivos de la narración oral, que creaba
«espacios narrativos atemporales, que conscientemente se indeterminan con el
fin de introducir lo mágico, sin que violente la lógica del lector». En el
mismo sentido, Frabetti sostiene que la Ciencia Ficción es «el equivalente
contemporáneo de los cuentos de hadas y las leyendas, ya algunos comentaristas
opinan que el género responde, básicamente, a un deseo de racionalizar los
antiguos mitos, de hacerlos compatibles con nuestra escéptica era tecnológica
dándoles una base más o menos científica» como muestras de esta
intencionalidad, puede citarse obras como Y llámame Conrad, de Roger Zelazny y
la meganovelaEl jardín de los siete crepúsculos, del español catalán Miquel de
Palol. Sin embargo, el propio Frabetti reconoce que la Ciencia Ficción es
fundamentalmente progresiva, que plantea múltiples alternativas,
subrayandoerrores, taras y posibilidades, mostrando siempre como aspecto
contingente la arbitrariedad de loestablecido: «Al estimular la imaginación y
la actitud especulativa , se convierte en una importante arma
contra la
rutina y el conformismo» (González Vargas, 2006, pp. 8-9).
En tanto
que el mismo autor menciona:
… si bien
existe unarelación entre mito, leyenday Ciencia Ficción, éstase funda en la
ruptura, en la antítesis de lacontinuidad, ya que los símbolos de la
mitologíaantigua se racionalizan y desmitifican en estegénero literario hijo de
la Era Espacial (González Vargas, 2006, pp. 10).
Un claro
ejemplo de lo expresado por González Vargas se encuentra presente en la serie
animada Ulises 31:
Ulises 31
es una serie de dibujos animados/ anime franco-japonesa (1981) que traslada la
historia de la mitología griega de Ulises (Odiseo) al siglo XXXI. El programa
consta de 26 capítulos de media hora de duración cada uno y fue producido por
TokyoMovieShinsha (Japón) y DiCEntertainment (Francia) (Wikipedia, 2010, pp.1).
Hay que
notar que este tipo de «adaptaciones» no es exclusivo de la
ciencia ficción. Presentar una nueva lectura de una obra, llevándola a otras
realidades, en el sentido de transportar la historia en el espacio y/ o en el
tiempo, es un recurso bastante común en la literatura. Ulises 31 recoge de cierta
manera el mito griego, recreando a su estilo las peripecias de Ulises a bordo
de la nave Odiseus. En el transcurso de la serie se narran las aventuras del
héroe griego, esta vez surcando el espacio sideral. De alguna manera, esa revalorización del
elemento legendario salta hacia un extraordinario futuro hipotético,
en estrecha relación con aquel pasado idealizado. En ambos casos,
la figura del héroe es la misma, algo estereotipada a los ojos del público
actual.
Lo
interesante es que la ciencia ficción pasa a funcionar como un particular tipo
de mitología moderna, que a diferencia de la tradicional, la mirada está puesta
en el futuro y en la ciencia. Los dioses han sido reemplazados por alta
tecnología y los tiempos arcaicos por el futuro hipotético.
Así,
Monroy (2008, pp. 26) menciona que «se puede decir que la ciencia
ficción nace de una paradoja de continuidad-discontinuidad». La magia
ha sido sustituida por la tecnología, por la ciencia. Así, los hechos
sobrenaturales, consecuencia del elemento mágico en dichas narraciones
fantásticas, son reelaborados mediante la hipótesis científica, por la cual la
esencia espiritual se transmuta en esencia tecnológica.
***
Un
subgénero importante en la ciencia es el llamado Space Opera. Wikipedia lo
define de la siguiente manera:
La space
opera, ópera espacial u opereta espacial es un subgénero de la ciencia ficción
donde se relatan historias acerca de aventuras tratadas de forma romántica y
que en la mayor parte de los casos tienen lugar en el espacio. Se puede
considerar la space opera como la continuación natural de las novelas de
aventuras sobre escenarios y temas de ciencia ficción. Los personajes suelen
pertenecer al arquetipo héroe-villano, y los argumentos típicos tratan sobre
viajes estelares, batallas, imperios galácticos, exhibiendo vistosos logros
tecnológicos.
Antes de
los años 70, el término se usaba peyorativamente para referirse a las obras de
ciencia ficción de baja calidad. Con el tiempo el significado ha ido cambiando
para describir un subgénero concreto, pero sin emitir un juicio negativo
(Wikipedia, 2010, pp. 1).
Hoy
resulta arcaico usar de manera despectiva el término Space Opera. La ciencia
ficción ha avanzado bastante desde sus orígenes hasta el presente. Pero ello no
ha impedido que ciertos estereotipos y clichés sobrevivan a diestra y siniestra
en dicho mundillo, muchas de las veces para satisfacer los gustos de cierto
público ávido de super aventuras espaciales y otras yerbas.
Los
ejemplos de Space Operas son verdaderamente abundantes. Para no ir más lejos,
basta con recordar a un clásico:
Sin duda
el icono más conocido de la ciencia ficción visual hasta la aparición de
StarWars, Flash Gordon encarna el héroe prototípico de la cultura de masas del
siglo XX. Pese a su nacimiento como contrapartida de la agencia de prensa King
FeaturesSyndicate a otro héroe futurista, Buck Rogers, la strip creada por el
genial Alexander Gillespie Raymond se convertiría en el molde a imitar por
todos los héroes del espacio y la aventura de décadas siguientes, influencia
que incluso llega a rastrearse en los superhéroes (Aquaman, Adam Strange,
FantasticFour), y que salpica, a nivel puramente gráfico, a generaciones
enteras de dibujantes de historieta de todo el mundo (Marín, s.f. pp. 1).
Como
afirma Marín, en cierto modo Flash Gordon es un prototipo del héroe, para ser
más precisos, del héroe americano, del ícono de la llamada cultura de
masas:
Hacia la
segunda mitad del siglo XX, posiciones encontradas comienzan a debatir respecto
a la aparición de multitudes en la vida social, lo cual a partir de las
tecnologías de la comunicación, se transformó en un fenómeno evidente y
perdurable. La industria cultural, irrumpe en el escenario con novedosas
propuestas, por cierto, en muchos casos, más que cuestionables. Surge pues, el
concepto de cultura de masas, término ambiguo que pretende incluir los medios
de comunicación audivisuales (radio, cine y TV), como a la gráfica (diarios y
revistas) y a la industria editorial (Bestsellers, literatura de consumo
masivo) (Caldeiro, 2005, pp. 1).
Flash
Gordon, a todas luces un producto de la cultura de masas, irrumpe en un
principio a través del formato del cómic, no el de la literatura propiamente
dicha, para luego trasladarse al universo audiovisual de la televisión y el
cine. Pero este tipo de producto cultural no es exclusivo de
los Estados Unidos ni de otros países, es consecuencia directa de los tiempos
industriales y de los modos de explotación económica propia de la actualidad,
en donde el arte ha evolucionado tanto en su estética como en su forma de
financiarse. Ahora es sumamente extraño encontrar «mecenas» y debe ser el
propio creativo, el mismo artista, quien de alguna manera u otra debe «vender»
su obra a algún ente colectivo, es decir: editora, discográfica, entre otros.
También
sería un error, al menos desde un punto de vista temporal, menospreciar toda
clase de manifestación de la cultura de masas. Un pensamiento de esa clase peca
de anacrónico. Lo ultra conservador es en esencia lo mismo que lo ultra
liberal. La gran cuestión reside en poder encontrar un equilibrio, pues sin
este todo cae para uno u otro lado. Los grandes cultores del género saben cómo
conseguir el equilibrio justo entre todos los «ingredientes» para
lograr una buena obra.
Aunque no
se observe a primera vista, la ciencia ficción, como otras ramas de la cultura,
puede llevar su mensaje político, oficial o bien de protesta, de manera velada,
no expresamente. O por el contrario, ser explícita, como lo fue en la
desaparecida Unión Soviética, en donde era llamada literatura de
anticipación.
Un
excelente ejemplo de cómo la ciencia ficción puede servir de propaganda
política es Aelita, obra creada por Alexéi Tolstoi, sobrino del famoso escritor
León Nicolaevich Tolstoi.
Al
respecto, Santiago (2005, pp. 3) comenta:
El
brillante ingeniero Loss decide reclutar voluntarios para un vuelo tripulado a
Marte en una nave de su invención. Acompañado por el trapacero soldado Gusev,
parte hacia su destino en un vuelo cuyos efectos subjetivos son los siguientes:
Nuestros
amigos no tardan en trabar contacto con los azules y menudos marcianos y son
conducidos a su espléndida capital, Soázera, donde gobierna el soberano Tuscub.
Su hija, la hermosa Aelita, no tarda en cautivar el corazón del ingeniero Loss
quien, gracias e ella, conoce el increíble origen y el trágico destino de esta
civilización: se trata de un pueblo descendiente de la Atlántida terrestre y la
esterilidad está abocando a la raza a una inevitable desaparición. Marte es un
planeta crepuscular y sus habitantes aguardan resignados su fin, como haría un
personaje bradburyano, consolados únicamente por una sustancia narcótica, la
javra. Además, algo huele mal en Soázera, como descubre el animoso Gusev. En un
discurso digno de gobernante zarista, el ahora implacable Tuscub, no se muestra
especialmente comprensivo con el proletariado urbano de la capital:
«La
fuerza que arruina el orden mundial, es decir, la anarquía, viene de la ciudad,
que es un laboratorio en que se fabrican asesinos, borrachos, ladrones, almas
vacías. (…) Y el deber del Gobierno es luchar contra los aniquiladores ilusos,
oponiéndoles la voluntad del orden. Tenemos que hacer un llamamiento a las
fuerzas sanas del país y arrojarlas contra la anarquía (…). Es, pues, necesario
aniquilar la ciudad, no dejar nada de ella».
Exacerbados
los ánimos, Gusev acaudilla una revolución socialista en Marte, que es
reprimida sin concesiones. Tras vagar por el inframundo subterráneo de Soázera,
Loss y Gusev logran huir a la Tierra, el primero desolado por la pérdida del
amor verdadero, el segundo dispuesto a regresar pero esta vez acaudillando una
revolución triunfante. Entre ambas posturas, Tolstoi se decanta inequívocamente
por Loss, dejando de lado las heroicidades de la Revolución en favor de los
sentimientos. Para Loss, la novela concluye con un tenue rayo de esperanza en
forma de mensaje de su amada Aelita. Aelita es, pues, una novela romántica más
que política, en la que el discurso ideológico se nos antoja una excusa para
conseguir el beneplácito de las autoridades. Es también una novela optimista y
esperanzada, un canto al Paraíso recobrado, Rusia, que tanto Tolstoi como los
protagonistas de su libro daban por perdido. En resumen, una de las mejores
novelas de ciencia-ficción de la década de los 20 que aún hoy resiste una lectura
crítica (Santiago, 2005, pp. 3).
En muchos
seguidores de la ciencia ficción, el conocer obras del estilo de Aelita puede
dar lugar a dos reacciones: un amor incondicional por el género, o bien
producir sonrisas antecesoras de un gran bostezo. Obviamente en la actualidad,
Aelita, como muchas otras tantas obras, ha dejado de pertenecer a esa cultura
de masas que fue en su principio, o propaganda política si se quiere.
El paso del tiempo, de alguna extraña manera, logra expiar culpas y
pecados, y ese tipo de obra se convierte en un clásico, o en un objeto de
culto por parte de los interesados en el tema. Esto mismo ocurre no solo en la
ciencia ficción sino también en otras ramas de la literatura y de la cultura en
general. En el caso del cine el fenómeno es todavía más extremo: películas
en su momento prohibidas o simplemente consideradas como pésimas por la crítica
o el público, son material de colección en la actualidad. Los fanáticos han
rescatado de las sombras del olvido antiguas rarezas, que en opinión de
algunos, no tendrían cabida en ninguna biblioteca o archivo. Esto se repite en
otros medios artísticos. Lo que sucede es que en el cine esa práctica es mucho
más notoria en la actualidad, posiblemente ayudada por los medios que permiten
compartir ese tipo de formatos en internet.
Referencias
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