Libro N° 10887. La Niña De Shambala. Padrón Cottet, Marcos.
© Libro N° 10887.
La Niña De Shambala. Padrón
Cottet, Marcos. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
La Niña De Shambala. Marcos Padrón
Cottet
Versión Original: © La
Niña De Shambala. Marcos Padrón Cottet
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Marcos Padrón Cottet
La Niña
De Shambala
Marcos
Padrón Cottet
La Niña De Shambala
Marcos Padrón Cottet
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La niña
azotada por la pequeña vida que tuvo, se escapó de su casa, de las torturas
mentales.
Salió
corriendo con rumbo conocido, las montañas de Shambala, que tanto había
escuchado nombrar en sus sueños.
La nieve
enfrió su cuerpo pero no descansó ni un trazo. Se alejaba de una oscuridad que
corroía su alma.
A medio
camino, y después de varios días sin dormir, se escondió en una cueva, donde un
oso parecía dormir.
—Yo
también estuve caminando a Shambala —le dijo el oso—. Pero una tormenta me
trajo aquí, desistí y morí. Renací como oso, pero tengo miedo de volver a
caminar. Niña, yo te daré calor, y podrás seguir en la mañana.
Así lo
hizo, se despidió del oso, regalándole una parte de su pequeño tesoro: un
pañuelo que su madre le había tejido antes de morir. Se lo ató en una pata para
que no lo perdiera.
Descansada,
trepó las cumbres empinadas. Las manos callosas dejaban paso a la sangre.
Casi cayó
varias veces, y en muchas oportunidades vio cómo una cabra la espiaba.
Llegó a
una piedra blanca, y allí estaba la cabra esperándola.
—Esta es
mi tierra —dijo la cabra con tono altanero—, dime por qué molestas a mis
piedras.
La niña
le habló sobre su huida y su camino hacia el Shambala.
—Una vez,
mi padre y yo queríamos llegar a ese lugar, para salvar a mi hermana de una
terrible enfermedad —dijo la cabra—, él murió resbalándose por esta montaña, y
yo, por estar atado a él, también caí. Te diré por donde trepar, para no caer
en desgracia.
Días y
días la cabra la miró en la lejanía. Cada tanto, se acercaba para decirle por
dónde seguir.
Es así
que pudo retar a la montaña y llegar a la cima, donde la esperaba una llanura.
De su
bolso sacó una bufanda, la ató al cuello de la cabra y se despidió.
Después
de mucho caminar, encontró un río y llenó su cantimplora vacía. En eso, un
babuino se adelantó, quitándole la cantimplora.
—¡Quién
te ha dado permiso o excusa para tomar de mi agua! ¡Dime rápido o me
desvaneceré en la lejanía, y no volverás a ver esta cantimplora!
La niña
le contó titubeante su travesía, y el mono aceptó la disculpa.
—Yo
buscaba redención yendo a ese lugar, era un ladrón que mató por oro, pero morí
debajo de ese árbol de cansancio y de sed. Te traeré frutas para que no
desfallezcas.
El mono
se alejó y al rato trajo frutas de un lugar desconocido para ella.
Comió y
bebió, no demasiado para no ser descortés; y como regalo, le dio al mono un
anillo de oro, para que recordara viejos tiempos y reanudara su camino hacia la
redención.
Llegó a
las puertas de un gran castillo rojo y dorado. Tocó y esperó. Dos días pasaron,
y la lluvia llegó. Un búho pasó sin querer y la vio. Bajó y preguntó por qué
alguien vivo quería entrar al Paraíso. Ella no entendía de qué hablaba.
—Estas
son las puertas del Paraíso, sólo los muertos pueden entrar y descansar de la
vida. Es un sueño de las almas, para renacer cuando es debido. ¿Por qué alguien
con aliento para derrochar quiere entrar a un lugar así?
Ella le
explicó que estaba en camino hacia Shambala, no hacia el Paraíso.
—Entonces
da la vuelta, porque aquí no es, rodea hasta llegar a un puente y sigue
derecho. No importa si tomas derecha o izquierda, da lo mismo.
La niña
le dio las gracias al búho y le dio la envoltura del único chocolate que había
probado en su vida.
—Y un
último consejo: si alguien sale de allí, no aceptes entrar, los Ángeles siempre
están dispuestos a que los humanos ingresen en su casa. Mientras renacemos
nunca podremos llegar a ser como ellos. Nos estancan. Yo fui un ángel una vez,
pero me convertí en búho para liberarme y ayudar a quienes caminan por estos
lugares, las almas que entran al Paraíso necesitan saber que fallaron. No es
bueno volver una y otra vez a ese lugar.
La niña
se despidió del búho que una vez fue Ángel entre Ángeles, y caminó por un
costado.
En ese
momento, un ángel abrió la puerta y el búho le dijo:
—No esta
vez, ella es más inteligente, no caerá en su trampa. Su alma es fuerte si llegó
hasta aquí, podrá llegar al Nirvana si realmente lo desea.
Así
recorrió toda la pared hasta llegar a un inmenso puente de madera, que
custodiaban dos esfinges.
—Nadie
entra sin haber sido sabio en vida.
—Nadie
entra sin haber respondido una pregunta.
—Nadie
entra sin haber calmado su espíritu.
La niña
respondió que ella no sabía si había sido sabia, ni si su espíritu estaba
calmado. Pero ella cruzaría aún sin saberlo, porque deseaba llegar al Shambala.
Las
esfinges le preguntaron:
—¿Por qué
no temes?
—Porque,
si no cruzo, no habré vivido en realidad. Y todo habrá sido un preludio a la
nada.
Y cruzó.
Las esfinges ya habían hecho su pregunta y no podían hacer otra. La curiosidad
las había llevado a preguntar sin pensar. La niña cruzó el puente y llegó al
otro lado sin saber si era sabia y si su espíritu estaba en calma. Y dejó a las
dos esfinges milenarias pensando si de verdad sólo podían cruzar el puente los
sabios de alma tranquila.
Cuando
llegó a un vasto mar, de olas revoltosas, pensó cómo podía cruzarlo. Trató
nadando, pero la marea la devolvía una y otra vez.
Recorrió
la orilla buscando un bote, una rama o algún alma que la ayudara.
Sin
embargo sólo encontró arena húmeda debajo de sus pies. En la noche, la despertó
un zumbido casi electrónico. Era un murciélago que le preguntó:
—¿Qué
haces durmiendo en el mar?
La niña
le explicó que quería cruzarlo, mas no sabía cómo.
—Debes
construir un bote —dijo el murciélago—. Yo te enseñaré: antes de ser este
animalejo, era un gran navegante de estas aguas, pescaba leviatanes y
serpientes de mar, pero un día me levanté siendo este pobre ser sin fuerza, que
sólo come insectos. Será mi castigo por matar entes monstruosos que no hacían
ningún mal a nadie. Sólo buscaba la gloria en el mar. En la noche te diré cómo
cortar la leña cercana. Pero tendrás que caminar hacia el bosque y mi vieja
cabaña.
Entonces
la niña siguió los chillidos del murciélago, adentrándose en un bosque de
antiguos y quejumbrosos pinos. Las astillas no penetraban su ropa, por suerte.
En eso
llegó al hogar de murciélago. Entró, y lo primero que hizo fue dirigirse a la
cama.
—¡No! A
la noche vivirás, de día dormirás, si no, no podrás construir tu barca.
Así fue
que en seis meses, poco a poco, noche tras noche, juntando madera y usando
partes de la antigua barca del marinero, construyó un pequeño bote.
Era de
noche, y la Luna centelleaba en el cielo. La niña trató de regalarle un pedazo
de cadena de oro al murciélago, pero él la rechazó.
—Si
quieres darme las gracias, déjame ir contigo. Yo debo morir en el mar, no en la
tierra.
Entonces
los dos entraron al mar lleno de grandes seres.
El
marinero sabía que si uno se adentra por la noche en el mar, ésta sería eterna.
El sol no aparece. Y sí los monstruos.
A lo
lejos, vieron asomarse un lomo puntiagudo. El marino buscaba la gloria a pesar
de su pequeño tamaño.
Salió el
Leviatán, el más grande que habían visto en sus vidas. La niña, aterrada, no
hizo ningún movimiento.
—Niña, no
tengo nada contra ti. Tú eres pura y puedes navegar mis tierras. Yo, el Rey del
Mar, te lo aseguro. Mas no tu compañero, asesino de nuestra raza, raza nacida
hace eones.
—Yo
lucharé contra ti, Gran Rey Monstruo, y moriré con gloria.
En ese
instante el marino volvió a su forma humana. Desnudo y con furia, luchó contra
el gigante, se hundieron en lo profundo del mar, sin que ninguno ganara o
perdiera, y se convirtieron en mito.
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La niña,
escoltada por sirenas que le cantaban cuando dormía y por serpientes de mar
interminables que contaban sobre reinos antiguos, llegó a la costa. Le regaló a
cada uno lo que podía y se quedó sólo con su bolso vacío.
Se
despidió, caminó hacia la llanura, y vio un camino casi imperceptible.
Recorrerlo
fue fácil, el cielo era majestuoso y el sol no golpeaba. La noche le entregaba
brisas refrescantes, y lluvias para su sed. No se cruzó con nadie, ningún
ángel, ser, animal o topo. Después de una larga caminata, el camino se dividía
en dos. No quiso dejarlo a la suerte, así que esperó en un manzano cercano, por
si venía alguien a quien preguntarle.
Esperó un
mes al abrigo del árbol. Y en eso un hombre de plata, con pasos resonantes,
apareció por el camino.
—¿Qué
quieres, niña? —le dijo al verla.
—¡Ah! ¡El
camino hacia Shambala! Pues no debes tomar el recorrido de donde yo provengo,
sino el otro. Caso contrario llegarás a otras tierras donde no hay humanos,
sólo almas que aún no quisieron bajar a la tierra. Yo soy una de ellas, pero me
he llenado de valor porque quiero entrar en el Shambala, aunque tarde miles de
milenios. Es cómico cómo, estando tan cerca de ese lugar, sin embargo somos los
que estamos más alejados. No tendrías que haber esperado a que alguien pasara,
tuviste suerte de no esperar un par de cientos de años. Si fueras astuta, le
hubieras preguntado al manzano. Dale las gracias por haberte cuidado antes de
irte.
La niña,
le dio las gracias por su ayuda, y le entregó su bolso vacío, apenándose por no
tener otra cosa de valor.
—Esto es
de mucho valor para mí, mi vida está empezando y este bolso lo llenaré con lo
que me toque en el universo. Suerte con tu viaje, niña caminante.
Antes de
retomar su viaje, la niña le dio las gracias al árbol y le pidió disculpas por
no haberle preguntado antes cuál era el camino.
El
manzano aceptó sus disculpas:
—No eres
la única ni la última. Estuve callado tanto tiempo que los seres se olvidaron
de que hablo. Hasta yo me olvidé de saludar cuando venías.
La niña
siguió por el camino indicado, y al final, el camino se cortaba abruptamente.
Una sombra tapaba la luz del sol.
Y dijo:
—He aquí
el Shambala, la soledad de convertirse en dios y conocer el misterio. Si debía
ser así, dejé mis pertenencias y mis amigos. Sólo me queda el deseo de
perdurar. ¿Debería dejarlo también? No hay más deseo, entonces, sólo la nada de
la verdad. No más alma, sólo mi mente infinita llenando todo el espacio vacío.
El universo me crea y yo lo mato y lo hago renacer. ¡Shambala abre las puertas
a quien quiere entrar!
Y ella
ascendió, comprendió y existió. Porque todo lo anterior era sólo un preludio
para la verdadera existencia.
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Marcos
Padrón Cottet nació en 1986 en Wilde, Avellaneda, Buenos Aires. Estudia
Ingeniería en la UBA. Nos dice: «Siempre tuve historias en mi cabeza, pero
nunca me tomé en serio publicar o difundir, aún me falta, pero voy a llegar,
tengo varios cuentos escritos que nunca han sido leídos y otros que sí».
Este
cuento se vincula temáticamente con LA PEQUEÑA DIOSA, de Ian
McDonald, OCÉANO, Eduardo
J. Carletti, ALBERGUE
TRANSITORIO, Néstor Darío Figueiras
Axxón 206
– marzo de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Religión :
Lugares Fantásticos : Viaje : Argentina : Argentino).

