Libro N° 10884. Sapiens: De Animales A Dioses. Noah Harari, Yuval.
© Libro N° 10884.
Sapiens: De Animales A Dioses. Noah
Harari, Yuval. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
Sapiens: De Animales A Dioses. Yuval
Noah Harari
Versión Original: © Sapiens:
De Animales A Dioses. Yuval Noah Harari
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Yuval Noah Harari
Sapiens:
De Animales A Dioses
Yuval
Noah Harari
CONTENIDO
La línea temporal de la historia
Parte I. La revolución cognitiva
1. Un animal sin importancia
2. El árbol del saber
3. Un día en la vida de Adán y Eva
4. El Diluvio
Parte II. La revolución agrícola
5. El mayor fraude de la historia
6. Construyendo pirámides
7. Sobrecarga de memoria
8. No hay justicia en la historia
Parte III. La unificación de la humanidad
9. La flecha de la historia
10. El olor del dinero
11. Visiones imperiales
12. La ley de la religión
13. El secreto del éxito
Parte IV. La revolución científica
14. El descubrimiento de la ignorancia
15. El matrimonio de ciencia e imperio
16. El credo capitalista
17. Las ruedas de la industria
18. Una revolución permanente
19. Y vivieron felices por siempre jamás
20. El final de «Homo sapiens»
Epílogo
Agradecimientos
Créditos de las figuras
En
recuerdo cariñoso de mi padre, Shlomo Harari
|
La
línea temporal de la historia |
|
|
Años antes del presente |
Eventos |
|
13.000
millones |
Aparecen
la matera y la energía. |
|
4.500 millones |
Formación del planeta Tierra |
|
3.800
millones |
Aparición
de los organismos. Inicio de la biología |
|
6 millones |
Última abuela común de humanos y chimpancés |
|
2,5
millones |
Los
humanos evolucionan en África. Primeros utensilios líticos |
|
2 millones |
Los humanos se extienden desde África a Eurasia |
|
500.000 |
Los
neandertales aparecen por evolución en Europa y Oriente Próximo. |
|
300.000 |
Uso cotidiano del fuego |
|
200.000 |
Aparición
de Homo sapiens por evolución en África oriental |
|
70.000 |
La revolución cognitiva. Aparición de lenguaje
ficticio |
|
45.000 |
Los
sapiens colonizan Australia. Extinción de la mega fauna australiana |
|
30.000 |
Extinción de los neandertales |
|
16.000 |
Los
sapiens colonizan América. Extinción de la mega fauna americana |
|
13.000 |
Extinción de Homo floresiensis. Homo sapiens es
la única especie humana superviviente. |
|
12.000 |
La
revolución agrícola. Domesticación de plantas y animales. Asentamientos
permanentes |
|
5000 |
Primeros reinos, escritura y dinero. Religiones
politeístas |
|
4.250 |
Primer
imperio: el acadio de Sargón |
|
2.500 |
Invención de la acuñación: dinero universal |
|
2000 |
Imperio
Han en la China. Imperio romano en el Mediterráneo. |
|
1400 |
Islam. |
|
500 |
La
revolución científica. La humanidad admite su ignorancia y empieza a adquirir
un poder sin precedentes. |
|
200 |
La revolución industrial. Familia y comunidad son
sustituidas por Estado y mercado. Extinción masiva de plantas y animales |
|
El
Presente |
Los
humanos trascienden los límites del Planeta Tierra |
|
El Futuro |
¿El diseño inteligente se convierte en el
principio básico de la vida? |
Parte I
La revolución cognitiva
Figura 1. Impresión de una mano efectuada hace unos 30.000 años, en la pared
de la cueva de Chauvet-Pont-d’Arc, en el sur de Francia. Tal vez alguien
intentó decir «¡Yo estuve aquí!»
Capítulo
1
Un animal sin importancia
Contenido:
§.
Esqueletos en el armario
§. El coste de pensar
§. Una raza de cocineros
§. Guardianes de nuestros hermanos
Hace unos
14.000 millones de años, materia, energía, tiempo y espacio tuvieron su origen
en lo que se conoce como el big bang. El relato de estas características
fundamentales de nuestro universo se llama física.
Unos
300.000 años después de su aparición, materia y energía empezaron a
conglutinarse en estructuras complejas, llamadas átomos, que después se
combinaron en moléculas. El relato de los átomos, las moléculas y sus
interacciones se llama química.
Hace unos
4.000 millones de años, en un planeta llamado Tierra, determinadas moléculas se
combinaron para formar estructuras particularmente grandes e intrincadas
llamadas organismos. El relato de los organismos se llama biología.
* * * *
Hace unos
70.000 años, organismos pertenecientes a la especie Homosapiens empezaron
a formar estructuras todavía más complejas llamadas culturas. El desarrollo
subsiguiente de estas culturas humanas se llama historia.
Tres
revoluciones importantes conformaron el curso de la historia: la revolución
cognitiva marcó el inicio de la historia hace unos 70.000 años. La revolución
agrícola la aceleró hace unos 12.000 años. La revolución científica, que se
puso en marcha hace solo 500 años, bien pudiera poner fin a la historia e
iniciar algo completamente diferente. Este libro cuenta el relato de cómo estas
tres revoluciones afectaron a los humanos y a los organismos que los acompañan.
* * * *
Hubo
humanos mucho antes de que hubiera historia. Animales muy parecidos a los
humanos modernos aparecieron por primera vez hace unos 2,5 millones de años.
Pero durante innumerables generaciones no destacaron de entre la miríada de
otros organismos con los que compartían sus hábitats.
En una
excursión por África oriental hace dos millones de años, bien pudiéramos haber
encontrado un reparto familiar de personajes humanos: madres ansiosas que
acariciarían a sus bebés y grupos de niños despreocupados que jugarían en el
fango; adolescentes temperamentales que se enfadarían ante los dictados de la
sociedad, y ancianos cansados que solo querrían que se les dejara en paz;
machos que se golpearían el pecho intentando impresionar a la belleza local, y
matriarcas sabias y viejas que ya lo habrían visto todo. Estos humanos arcaicos
amaban, jugaban, formaban amistades íntimas y competían por el rango social y
el poder… pero también lo hacían los chimpancés, los papiones y los elefantes.
No había nada de especial en ellos. Nadie, y mucho menos los propios humanos,
tenían ningún atisbo de que sus descendientes caminarían un día sobre la Luna,
dividirían el átomo, desentrañarían el código genético y escribirían libros de
historia. Lo más importante que hay que saber acerca de los humanos prehistóricos
es que eran animales insignificantes que no ejercían más impacto sobre su
ambiente que los gorilas, las luciérnagas o las medusas.
Los
biólogos clasifican a los organismos en especies. Se dice que unos animales
pertenecen a la misma especie si tienden a aparearse entre sí, dando origen a
descendientes fértiles. Caballos y asnos tienen un antepasado común reciente y
comparten muchos rasgos físicos, pero muestran muy poco interés sexual mutuo.
Se aparean si se les induce a hacerlo; sin embargo, sus descendientes, llamados
mulas y burdéganos, son estériles. Por ello, las mutaciones en el ADN de asno
nunca pasarán al caballo, o viceversa. En consecuencia, se considera que los
dos tipos de animales son dos especies distintas, que se desplazan a lo largo
de rutas evolutivas separadas. En cambio, un bulldog y un spaniel pueden tener
un aspecto muy diferente, pero son miembros de la misma especie y comparten el
mismo acervo de ADN. Se aparearán fácilmente, y sus cachorros crecerán y se
aparearán con otros perros y engendrarán más cachorros.
Las
especies que evolucionaron a partir de un ancestro común se agrupan bajo la
denominación de «género». Leones, tigres, leopardos y jaguares son especies
diferentes dentro del género Panthera. Los biólogos denominan a los
organismos con un nombre latino en dos partes, el género seguido de la especie.
Los leones, por ejemplo, se llaman Panthera leo, la especie leo del
género Panthera. Presumiblemente, todo el que lea este libro es
un Homo sapiens: la especie sapiens (sabio) del
género Homo (hombre).
Los
géneros, a su vez, se agrupan en familias, como las de los gatos (leones,
guepardos, gatos domésticos), los perros (lobos, zorros, chacales) y los
elefantes (elefantes, mamuts, mastodontes). Todos los miembros de una familia
remontan su linaje hasta una matriarca o un patriarca fundadores. Todos los
gatos, por ejemplo, desde el minino doméstico más pequeño hasta el león más
feroz, comparten un antepasado felino común que vivió hace unos 25 millones de
años.
También Homo
sapiens pertenece a una familia. Este hecho banal ha sido uno de los
secretos más bien guardados de la historia. Durante mucho tiempo, Homo
sapiens prefirió considerarse separado de los animales, un huérfano
carente de familia, sin hermanos ni primos y, más importante todavía, sin
padres. Pero esto no es así. Nos guste o no, somos miembros de una familia
grande y particularmente ruidosa: la de los grandes simios. Nuestros parientes
vivos más próximos incluyen a los chimpancés, los gorilas y los orangutanes.
Los chimpancés son los más próximos. Hace exactamente 6 millones de años, una
única hembra de simio tuvo dos hijas. Una se convirtió en el ancestro de todos
los chimpancés, la otra es nuestra propia abuela.
§.
Esqueletos en el armario
Homo sapiens ha mantenido escondido un secreto todavía más
inquietante. No solo poseemos una abundancia de primos incivilizados; hubo un
tiempo en que tuvimos asimismo unos cuantos hermanos y hermanas. Estamos
acostumbrados a pensar en nosotros como la única especie humana que hay, porque
durante los últimos 10.000 años nuestra especie ha sido, efectivamente, la
única especie humana de estos pagos. Pero el significado real de la palabra
humano es «un animal que pertenece al género Homo», y hubo otras
muchas especies de este género además de Homo sapiens. Por otra
parte, como veremos en el último capítulo del libro, quizá en el futuro no muy
distante tendremos que habérnoslas de nuevo con humanos no sapiens.
A fin de aclarar este punto, usaré a menudo el término «sapiens» para denotar a
los miembros de la especie Homo sapiens, mientras que reservaré el
término «humano» para referirme a todos los miembros actuales del género Homo.
Los
humanos evolucionaron por primera vez en África oriental hace unos 2,5 millones
de años, a partir de un género anterior de simios llamado Australopithecus,
que significa «simio austral». Hace unos dos millones de años, algunos de estos
hombres y mujeres arcaicos dejaron su tierra natal para desplazarse a través de
extensas áreas del norte de África, Europa y Asia e instalarse en ellas. Puesto
que la supervivencia en los bosques nevados de Europa septentrional requería
rasgos diferentes que los necesarios para permanecer vivo en las vaporosas
junglas de Indonesia, las poblaciones humanas evolucionaron en direcciones
diferentes. El resultado fueron varias especies distintas, a cada una de las
cuales los científicos han asignado un pomposo nombre en latín.
Los
humanos en Europa y Asia occidental evolucionaron en Homo
neanderthalensis («hombre del valle del Neander»), a los que de manera
popular se hace referencia simplemente como «neandertales». Los neandertales,
más corpulentos y musculosos que nosotros, sapiens, estaban bien adaptados al
clima frío de la Eurasia occidental de la época de las glaciaciones. Las
regiones más orientales de Asia estaban pobladas por Homo erectus,
«hombre erguido», que sobrevivió allí durante cerca de dos millones de años, lo
que hace de ella la especie humana más duradera de todas. Es improbable que
este récord sea batido incluso por nuestra propia especie. Es dudoso que Homosapiens esté
aquí todavía dentro de 1.000 años, de manera que dos millones de años quedan
realmente fuera de nuestras posibilidades.
En la
isla de Java, en Indonesia, vivió Homo soloensis, «el hombre del
valle del Solo», que estaba adaptado a la vida en los trópicos. En otra isla
indonesia, la pequeña isla de Flores, los humanos arcaicos experimentaron un
proceso de nanismo. Los humanos llegaron por primera vez a Flores cuando el
nivel del mar era excepcionalmente bajo y la isla era fácilmente accesible
desde el continente. Cuando el nivel del mar subió de nuevo, algunas personas
quedaron atrapadas en la isla, que era pobre en recursos. Las personas grandes,
que necesitan mucha comida, fueron las primeras en morir. Los individuos más
pequeños sobrevivieron mucho mejor. A lo largo de generaciones, las gentes de
Flores se convirtieron en enanos. Los individuos de esta especie única, que los
científicos conocen como Homo floresiensis, alcanzaban una altura
máxima de solo un metro, y no pesaban más de 25 kilogramos. No obstante, eran
capaces de producir utensilios de piedra, e incluso ocasionalmente consiguieron
capturar a algunos de los elefantes de la isla (aunque, para ser justos, los
elefantes eran asimismo una especie enana).
En 2010,
otro hermano perdido fue rescatado del olvido cuando unos científicos que
excavaban en la cueva Denisova, en Siberia, descubrieron un hueso del dedo
fósil. El análisis genético demostró que el dedo pertenecía a una especie
previamente desconocida, que fue bautizada como Homo denisova.
Quién sabe cuántos otros parientes nuestros perdidos esperan a ser descubiertos
en otras cuevas, en otras islas y en otros climas.
Mientras
estos humanos evolucionaban en Europa y Asia, la evolución en África oriental
no se detuvo. La cuna de la humanidad continuó formando numerosas especies
nuevas, como Homo rudolfensis, «hombre del lago Rodolfo», Homo
ergaster, «hombre trabajador», y finalmente nuestra propia especie, a la
que de manera inmodesta bautizamos como Homo sapiens, «hombre
sabio».
Los
miembros de algunas de estas especies eran grandes y otros eran enanos. Algunos
eran cazadores temibles y otros apacibles recolectores de plantas. Algunos
vivieron solo en una única isla, mientras que muchos vagaban por continentes
enteros. Pero todos pertenecían al género Homo. Todos eran seres
humanos (véase la figura 2).
Es una
falacia común considerar que estas especies se disponen en una línea de
descendencia directa: H. ergaster engendró a H.
erectus, este a los neandertales, y los neandertales evolucionaron y dieron
origen a nosotros.
Mapa 1. Homo sapiens conquista el planeta.
Cuando Homo
sapiens llegó a Arabia, la mayor parte de Eurasia ya estaba colonizada
por otros humanos. ¿Qué les ocurrió? Existen dos teorías contradictorias. La
«teoría del entrecruzamiento» cuenta una historia de atracción, sexo y mezcla.
A medida que los inmigrantes africanos se extendían por todo el mundo, se
reprodujeron con otras poblaciones humanas, y las personas actuales son el
resultado de ese entrecruzamiento.
Por
ejemplo, cuando los sapiens alcanzaron Oriente Próximo y Europa, encontraron a
los neandertales. Estos humanos eran más musculosos que los sapiens, poseían un
cerebro mayor y estaban mejor adaptados a los climas fríos. Empleaban
utensilios y fuego, eran buenos cazadores y aparentemente cuidaban de sus
enfermos y débiles. (Los arqueólogos han descubierto huesos de neandertales que
vivieron durante muchos años con impedimentos físicos graves, que son prueba de
que eran cuidados por sus parientes.) A menudo se ilustra en las caricaturas a
los neandertales como la «gente de las cuevas», arquetípicamente bestiales y
estúpidos, pero pruebas recientes han cambiado su imagen (véase la figura 3).
Figura 3. Una reconstrucción especulativa de un niño neandertal. Las pruebas
genéticas indican que al menos algunos neandertales pudieron haber tenido la
piel y el pelo claros.
Según la
teoría del entrecruzamiento, cuando los sapiens se reprodujeron con los
neandertales hasta que las dos poblaciones se fusionaron. Si este fuera el
caso, entonces los euroasiáticos de la actualidad no son sapiens puros. Son una
mezcla de sapiens y neandertales. De manera parecida, cuando los sapiens
alcanzaron Asia oriental, se entrecruzaron con los erectus locales, de manera
que chinos y coreanos son una mezcla de sapiens y erectus.
La
hipótesis opuesta, la llamada «teoría de la sustitución», cuenta una historia
muy distinta: una historia de incompatibilidad, aversión y quizá incluso
genocidio. Según esta teoría, los sapiens y los otros humanos tenían anatomías
diferentes, y muy probablemente hábitos de apareamiento e incluso olores
corporales diferentes. Habrían tenido escaso interés sexual los unos hacia los
otros. E incluso si un Romeo neandertal y una Julieta sapiens se enamoraron, no
pudieron procrear hijos fértiles, porque la brecha genética que separaba las
dos poblaciones ya era insalvable. Las dos poblaciones permanecieron
completamente distintas, y cuando los neandertales se extinguieron, o fueron
exterminados, sus genes murieron con ellos. De acuerdo con esta teoría, los sapiens
sustituyeron a todas las poblaciones humanas anteriores sin mezclarse con
ellas. Si este fuera el caso, los linajes de todos los humanos contemporáneos
pueden remontarse, exclusivamente, a África oriental, hace 70.000 años. Todos
somos «sapiens puros».
Muchas
cosas dependen de este debate. Desde una perspectiva evolutiva, 70.000 años es
un intervalo relativamente corto. Si la teoría de la sustitución es correcta,
todos los humanos actuales tienen aproximadamente el mismo equipaje genético, y
las distinciones raciales entre ellos son insignificantes. Pero si la teoría
del entrecruzamiento es cierta, bien pudiera haber diferencias genéticas entre
africanos, europeos y asiáticos que se remonten a cientos de miles de años.
Esto es dinamita política, que podría proporcionar material para teorías
raciales explosivas.
En las
últimas décadas, la teoría de la sustitución ha sido la que ha tenido más
aceptación en la disciplina. Tenía el respaldo arqueológico más firme y era más
políticamente correcta (los científicos no tenían ningún deseo de abrir la caja
de Pandora del racismo al afirmar que entre las poblaciones humanas modernas
había una diversidad genética significativa). Pero esto se acabó en 2010,
cuando se publicaron los resultados de un estudio que duró cuatro años para
cartografiar el genoma de los neandertales. Los genetistas habían podido reunir
el suficiente ADN intacto de neandertales a partir de fósiles para efectuar una
comparación general entre este y el ADN de humanos contemporáneos. Los
resultados sorprendieron a la comunidad científica.
Resultó
que entre el 1 y el 4 por ciento del ADN humano único de poblaciones modernas
de Oriente Próximo y Europa es ADN de neandertal. No es un porcentaje muy
grande, pero es importante. Una segunda sorpresa llegó varios meses después,
cuando se mapeó el ADN extraído del dedo fosilizado de Denisova. Los resultados
demostraron que hasta el 6 por ciento del ADN humano único de los melanesios y
aborígenes australianos modernos es ADN denisovano.
Si estos
resultados son válidos (y es importante tener en cuenta que se están realizando
más investigaciones, que pueden reforzar o modificar estas conclusiones), los
partidarios del entrecruzamiento acertaron al menos en algunas cosas. Pero esto
no significa que la teoría de la sustitución sea totalmente errónea. Puesto que
neandertales y denisovanos contribuyeron solo con una pequeña cantidad de ADN a
nuestro genoma actual, es imposible hablar de una fusión entre los sapiens y
otras especies humanas. Aunque las diferencias entre ellos no eran
suficientemente grandes para impedir por completo la cópula fértil, lo eran lo
bastante para hacer que tales contactos fueran muy raros.
Así pues,
¿cómo hemos de entender el parentesco biológico entre los sapiens, neandertales
y denisovanos? Es obvio que no se trataba de especies completamente diferentes,
como los caballos y los asnos. Por otra parte, no se trataba simplemente de
poblaciones diferentes de la misma especie, como bulldogs y spaniels. La
realidad biológica no es blanca y negra. Existen asimismo importantes áreas
grises. Cada dos especies que evolucionaron a partir de un antepasado común,
como caballos y asnos, fueron en algún momento dos poblaciones de la misma
especie, como los bulldogs y los spaniels. Tuvo que haber existido un momento
en el que las dos poblaciones ya eran muy distintas entre sí, pero que todavía
eran capaces, en raras ocasiones, de tener sexo y procrear descendientes
fértiles. Después, otra mutación cercenó este último hilo que las conectaba, y
siguieron sus caminos evolutivos separados.
Parece
que hace unos 50.000 años, sapiens, neandertales y denisovanos se hallaban en
este punto limítrofe. Eran casi especies completamente separadas, pero no del
todo. Como veremos en el capítulo siguiente, los sapiens ya eran muy diferentes
de los neandertales y denisovanos no solo en su código genético y en sus rasgos
físicos, sino también en sus capacidades cognitivas y sociales, pero parece que
todavía era posible, en raras ocasiones, que un sapiens y un neandertal
procrearan un hijo fértil. De manera que las poblaciones no se mezclaron, pero
unos pocos genes neandertales afortunados sí que consiguieron un pasaje en el
Expreso Sapiens. Es inquietante (y quizá emocionante) pensar que nosotros,
sapiens, pudimos en una época haber tenido sexo con un animal de una especie
diferente, y pudimos haber engendrado hijos juntos.
Pero si
los neandertales, los denisovanos y otras especies humanas no se fusionaron con
los sapiens, ¿por qué desaparecieron? Una posibilidad es que Homo
sapiens los empujara hacia la extinción. Imagine el lector una banda
de sapiens que llega a un valle de los Balcanes en el que han vivido
neandertales durante cientos de miles de años. Los recién llegados empezaron a
cazar los ciervos y a recolectar las nueces y bayas que eran los alimentos
básicos de los neandertales. Tal como veremos en el capítulo siguiente, los
sapiens eran cazadores y recolectores más diestros (gracias a una mejor
tecnología y a habilidades sociales superiores), de manera que se multiplicaron
y se expandieron. Los neandertales, menos ingeniosos, encontraron cada vez más
dificultades para procurarse alimento. Su población se redujo y se extinguieron
lentamente, excepto quizá por uno o dos miembros que se unieron a sus vecinos
sapiens.
Otra
posibilidad es que la competencia por los recursos derivara en violencia y
genocidio. La tolerancia no es una marca de fábrica de los sapiens. En tiempos
modernos, pequeñas diferencias en el color de la piel, el dialecto o la
religión han sido suficientes para animar a un grupo de sapiens a que se
dispusiera a exterminar a otro grupo. ¿Habrían sido los antiguos sapiens más
tolerantes hacia una especie humana completamente diferente? Bien pudiera ser
que cuando los sapiens se toparon con los neandertales el resultado fuera la
primera y más importante campaña de limpieza étnica de la historia.
Ocurriera
como ocurriese, los neandertales (y las demás especies humanas) plantean uno de
los grandes interrogantes de la historia. Imagine el lector cómo podrían haber
ido las cosas si los neandertales o los denisovanos hubieran sobrevivido junto
con Homo sapiens. ¿Qué tipo de culturas, sociedades y estructuras
políticas habrían surgido en un mundo en el que coexistían varias especies
humanas diferentes? Por ejemplo, ¿cómo se habrían desplegado las distintas
creencias religiosas? ¿Habría declarado el libro del Génesis que los
neandertales descendían de Adán y Eva, habría muerto Jesús por los pecados de
los denisovanos, y habría reservado el Corán moradas celestiales para todos los
humanos virtuosos, fuere cual fuese su especie? ¿Habrían podido servir los neandertales
en las legiones romanas, o en la extensa burocracia de la China imperial?
¿Acaso la Declaración de Independencia de Estados Unidos habría sostenido como
una verdad evidente que todos los miembros del género Homo son
creados iguales? ¿Habría animado Karl Marx a los trabajadores de todas las
especies a que se unieran?
Durante
los últimos 10.000 años, Homo sapiens se ha acostumbrado tanto
a ser la única especie humana que es difícil para nosotros concebir ninguna
otra posibilidad. Nuestra carencia de hermanos y hermanas hace que nos resulte
más fácil imaginar que somos el epítome de la creación, y que una enorme brecha
nos separa del resto del reino animal. Cuando Charles Darwin indicó que Homo
sapiens era solo otra especie animal, sus coetáneos se sintieron
ofendidos. Incluso en la actualidad muchas personas rehúsan creerlo. Si los
neandertales hubieran sobrevivido, ¿nos imaginaríamos todavía que somos una
criatura diferente? Quizá esta sea exactamente la razón por la que nuestros
antepasados eliminaron a los neandertales. Eran demasiado familiares para
ignorarlos, pero demasiado diferentes para tolerarlos.
* * * *
Tengan de
ello la culpa los sapiens o no, tan pronto como llegaban a una nueva localidad,
la población nativa se extinguía. Los últimos restos de Homo soloensis datan
de hace unos 50.000 años. Homo denisova desapareció poco
después. Los neandertales hicieron lo propio hace unos 30.000 años. Los últimos
humanos enanos desaparecieron de la isla de Flores hace aproximadamente 12.000
años. Dejaron algunos huesos, utensilios líticos, unos pocos genes en nuestro
ADN y un montón de preguntas sin respuesta. También nos dejaron a
nosotros, Homo sapiens, la última especie humana.
¿Cuál fue
el secreto del éxito de los sapiens? ¿Cómo conseguimos establecernos tan
rápidamente en tantos hábitats tan distantes y ecológicamente tan diferentes?
¿Qué hicimos para empujar a las demás especies humanas a caer en el olvido?
¿Por qué ni siquiera los neandertales, con un cerebro grande, fuertes y a
prueba de frío, sobrevivieron a nuestra embestida? El debate continúa abierto.
La respuesta más probable es lo mismo que hace posible el debate: Homo
sapiens conquistó el mundo gracias, por encima de todo, a su lenguaje
único.
Capítulo
2
El árbol del saber
Contenido:
§. La
leyenda de Peugeot
§. Pasando por alto el genoma
§. Historia y biología
En el
capítulo anterior hemos visto que aunque los sapiens ya habían poblado África
oriental hace 150.000 años, no empezaron a invadir el resto del planeta Tierra
y a llevar a la extinción a las otras especies humanas hasta hace solo unos
70.000 años. En los milenios intermedios, aunque estos sapiens arcaicos tenían
nuestro mismo aspecto y su cerebro era tan grande como el nuestro, no gozaron
de ninguna ventaja notable sobre las demás especies humanas, no produjeron
utensilios particularmente elaborados y no lograron ninguna otra hazaña
especial.
De hecho,
en el primer encuentro registrado entre sapiens y neandertales, ganaron los
neandertales. Hace unos 100.000 años, algún grupo de sapiens emigró al norte,
al Levante, que era territorio neandertal, pero no consiguió establecer una
posición firme. Pudo deberse a los nativos belicosos, a un clima inclemente o a
parásitos locales extraños. Fuera cual fuese la razón, los sapiens acabaron por
retirarse, dejando a los neandertales como dueños de Oriente Próximo.
Este
número escaso de logros ha hecho que los expertos especulen que la estructura
interna del cerebro de estos sapiens probablemente era diferente de la nuestra.
Tenían nuestro mismo aspecto, pero sus capacidades cognitivas (aprendizaje,
memoria, comunicación) eran mucho más limitadas. Enseñar a estos sapiens
antiguos español, persuadirlos de la verdad del dogma cristiano o conseguir que
comprendieran la teoría de la evolución habría sido probablemente una empresa
imposible. Y al revés: nosotros habríamos tenido muchas dificultades en
aprender su sistema de comunicación y su manera de pensar.
Pero
entonces, a partir de hace aproximadamente 70.000 años, Homo sapiens empezó
a hacer cosas muy especiales. Alrededor de esta fecha, bandas de sapiens
abandonaron África en una segunda oleada. Esta vez expulsaron a los
neandertales y a todas las demás especies humanas no solo de Oriente Próximo,
sino de la faz de la Tierra. En un período notablemente reducido, los sapiens
llegaron a Europa y a Asia oriental. Hace unos 45.000 años, de alguna manera
cruzaron el mar abierto y desembarcaron en Australia, un continente que hasta
entonces no había sido hollado por los humanos. El período comprendido entre
hace unos 70.000 y unos 30.000 años fue testigo de la invención de barcas,
lámparas de aceite, arcos y flechas y agujas (esenciales para coser vestidos
cálidos). Los primeros objetos que pueden calificarse con seguridad de arte y
joyería proceden de esta época, como ocurre con las primeras pruebas
incontrovertibles de religión, comercio y estratificación social (véase la
figura 4).
Figura 4.
Una figurita de marfil de mamut de un «hombre león» (o de una «mujer leona»),
de la cueva de Stadel en Alemania (hace unos 32.000 años). El cuerpo es humano,
pero la cabeza es leonina. Este es uno de los primeros ejemplos indiscutibles
de arte, y probablemente de religión, así como de la capacidad de la mente
humana de imaginar cosas que no existen realmente.
La
mayoría de los investigadores creen que estos logros sin precedentes fueron el
producto de una revolución en las capacidades cognitivas de los sapiens.
Sostienen que las gentes que llevaron a los neandertales a la extinción,
colonizaron Australia y cincelaron el hombre león de Stadel eran tan
inteligentes, creativos y sensibles como nosotros. Si nos encontráramos con los
artistas de la cueva de Stadel, podríamos aprender su lenguaje y ellos el
nuestro. Podríamos explicarles todo lo que sabemos, desde las aventuras de
Alicia en el país de las maravillas hasta las paradojas de la física cuántica,
y ellos podrían enseñarnos de qué manera veían el mundo.
La
aparición de nuevas maneras de pensar y comunicarse, hace entre 70.000 y 30.000
años, constituye la revolución cognitiva. ¿Qué la causó? No estamos seguros. La
teoría más ampliamente compartida aduce que mutaciones genéticas accidentales
cambiaron las conexiones internas del cerebro de los sapiens, lo que les
permitió pensar de maneras sin precedentes y comunicarse utilizando un tipo de
lenguaje totalmente nuevo. Podemos llamarla la mutación del árbol del saber.
¿Por qué tuvo lugar en el ADN de los sapiens y no en el de los neandertales?
Fue algo totalmente aleatorio, hasta donde podemos decir. Pero es más
importante comprender las consecuencias de la mutación del árbol del saber que
sus causas. ¿Qué es lo que tenía de tan especial el nuevo lenguaje de los
sapiens que nos permitió conquistar el mundo?[2]
No era el
primer sistema de comunicación. Cada animal sabe comunicarse. Incluso los
insectos, como las abejas y las hormigas, saben cómo informarse unos a otros de
la localización del alimento. Tampoco era el primer sistema de comunicación
vocal. Muchos animales, entre ellos todas las especies de monos y simios,
emplean señales vocales. Por ejemplo, los monos verdes emplean llamadas de
varios tipos para advertirse unos a otros del peligro. Los zoólogos han
distinguido una llamada que significa: «¡Cuidado! ¡Un águila!». Otra algo
diferente advierte: «¡Cuidado! ¡Un león!». Cuando los investigadores
reprodujeron una grabación de la primera llamada a un grupo de monos, estos
dejaron lo que estaban haciendo y miraron hacia arriba espantados. Cuando el
mismo grupo escuchó una grabación de la segunda llamada, el aviso del león,
rápidamente treparon a un árbol. Los sapiens pueden producir muchos más sonidos
distintos que los monos verdes, pero ballenas y elefantes poseen capacidades
igualmente impresionantes. Un loro puede decir todo lo que Albert Einstein
pudiera decir, y además imitar los sonidos de teléfonos que suenan, puertas que
se cierran de golpe y sirenas que aúllan. Cualquiera que fuera la ventaja que
Einstein tenía sobre un loro, no era vocal. ¿Qué es, pues, lo que tiene de tan
especial nuestro lenguaje?
La
respuesta más común es que nuestro lenguaje es asombrosamente flexible. Podemos
combinar un número limitado de sonidos y señales para producir un número
infinito de frases, cada una con un significado distinto. Por ello podemos
absorber, almacenar y comunicar una cantidad de información prodigiosa acerca
del mundo que nos rodea. Un mono verde puede gritar a sus camaradas: «¡Cuidado!
¡Un león!». Pero una humana moderna puede decirles a sus compañeras que esta
mañana, cerca del recodo del río, ha visto un león que seguía a un rebaño de
bisontes. Después puede describir la localización exacta, incluidas las
diferentes sendas que conducen al lugar. Con esta información, los miembros de
su cuadrilla pueden deliberar y discutir si deben acercarse al río con el fin
de ahuyentar al león y cazar a los bisontes.
Una
segunda teoría plantea que nuestro lenguaje único evolucionó como un medio de
compartir información sobre el mundo. Pero la información más importante que
era necesaria transmitir era acerca de los humanos, no acerca de los leones y
los bisontes. Nuestro lenguaje evolucionó como una variante de chismorreo.
Según esta teoría, Homo sapiens es ante todo un animal social.
La cooperación social es nuestra clave para la supervivencia y la reproducción.
No basta con que algunos hombres y mujeres sepan el paradero de los leones y
los bisontes. Para ellos es mucho más importante saber quién de su tropilla
odia a quién, quién duerme con quién, quién es honesto y quién es un tramposo.
La
cantidad de información que se debe obtener y almacenar con el fin de seguir
las relaciones siempre cambiantes de unas pocas decenas de individuos es
apabullante. (En una cuadrilla de 50 individuos, hay 1.225 relaciones de uno a
uno, e incontables combinaciones sociales complejas más.) Todos los simios
muestran un fuerte interés por esta información social, pero tienen
dificultades en chismorrear de manera efectiva. Probablemente, los neandertales
y los Homo sapiens arcaicos también tenían dificultades para
hablar unos a espaldas de los otros, una capacidad muy perniciosa que en
realidad es esencial para la cooperación en gran número. Las nuevas capacidades
lingüísticas que los sapiens modernos adquirieron hace unos 70.000 años les
permitieron chismorrear durante horas. La información fiable acerca de en quién
se podía confiar significaba que las cuadrillas pequeñas podían expandirse en
cuadrillas mayores, y los sapiens pudieron desarrollar tipos de cooperación más
estrecha y refinada.[3]
La teoría
del chismorreo puede parecer una broma, pero hay numerosos estudios que la
respaldan. Incluso hoy en día la inmensa mayoría de la comunicación humana (ya
sea en forma de mensajes de correo electrónico, de llamadas telefónicas o de
columnas de periódicos) es chismorreo. Es algo que nos resulta tan natural que
parece como si nuestro lenguaje hubiera evolucionado para este único propósito.
¿Acaso cree el lector que los profesores de historia charlan sobre las razones
de la Primera Guerra Mundial cuando se reúnen para almorzar, o que los físicos
nucleares pasan las pausas para el café de los congresos científicos hablando
de los quarks? A veces. Pero, con más frecuencia, hablan de la profesora que
pilló a su marido mientras la engañaba, o de la pugna entre el jefe del
departamento y el decano, o de los rumores según los cuales un colega utilizó
sus fondos de investigación para comprarse un Lexus. El chismorreo se suele
centrar en fechorías. Los chismosos son el cuarto poder original, periodistas
que informan a la sociedad y de esta manera la protegen de tramposos y
gorrones.
Lo más
probable es que tanto la teoría del chismorreo como la teoría de «hay un león
junto al río» sean válidas. Pero la característica realmente única de nuestro
lenguaje no es la capacidad de transmitir información sobre los hombres y los
leones. Más bien es la capacidad de transmitir información acerca de cosas que
no existen en absoluto. Hasta donde sabemos, solo los sapiens pueden hablar
acerca de tipos enteros de entidades que nunca han visto, ni tocado ni olido.
Leyendas,
mitos, dioses y religiones aparecieron por primera vez con la revolución
cognitiva. Muchos animales y especies humanas podían decir previamente
«¡Cuidado! ¡Un león!». Gracias a la revolución cognitiva, Homo sapiens adquirió
la capacidad de decir: «El león es el espíritu guardián de nuestra tribu». Esta
capacidad de hablar sobre ficciones es la característica más singular del
lenguaje de los sapiens.
Es
relativamente fácil ponerse de acuerdo en que solo Homo sapiens puede
hablar sobre cosas que no existen realmente, y creerse seis cosas imposibles
antes del desayuno. En cambio, nunca convenceremos a un mono para que nos dé un
plátano con la promesa de que después de morir tendrá un número ilimitado de
bananas a su disposición en el cielo de los monos. Pero ¿por qué es eso
importante? Después de todo, la ficción puede ser peligrosamente engañosa o
perturbadora. A simple vista, podría parecer que la gente que va al bosque en
busca de hadas y unicornios tendría menos probabilidades de supervivencia que
la que va en busca de setas y ciervos. Y si uno se pasa horas rezando a
espíritus guardianes inexistentes, ¿no está perdiendo un tiempo precioso, un
tiempo que invertiría mejor buscando comida, luchando o fornicando?
Pero la
ficción nos ha permitido no solo imaginar cosas, sino hacerlo colectivamente.
Podemos urdir mitos comunes tales como la historia bíblica de la creación, los
mitos del tiempo del sueño de los aborígenes australianos, y los mitos
nacionalistas de los estados modernos. Dichos mitos confirieron a los sapiens
la capacidad sin precedentes de cooperar flexiblemente en gran número. Las
hormigas y las abejas también pueden trabajar juntas en gran número, pero lo
hacen de una manera muy rígida y solo con parientes muy cercanos. Los lobos y
los chimpancés cooperan de manera mucho más flexible que las hormigas, pero
solo pueden hacerlo con un pequeño número de individuos que conocen
íntimamente. Los sapiens pueden cooperar de maneras extremadamente flexibles con
un número incontable de extraños. Esta es la razón por la que los sapiens
dominan el mundo, mientras que las hormigas se comen nuestras sobras y los
chimpancés están encerrados en zoológicos y laboratorios de investigación.
§. La
leyenda de Peugeot
Nuestros primos chimpancés suelen vivir en pequeñas tropillas de varias decenas
de individuos. Forman amistades estrechas, cazan juntos y luchan codo con codo
contra papiones, guepardos y chimpancés enemigos. Su estructura social tiende a
ser jerárquica. El miembro dominante, que casi siempre es un macho, se llama
«macho alfa». Otros machos y hembras muestran su sumisión al macho alfa
inclinándose ante él al tiempo que emiten gruñidos, de manera no muy distinta a
los súbditos humanos que se arrodillan y hacen reverencias ante un rey. El
macho alfa se esfuerza para mantener la armonía social dentro de su tropilla.
Cuando dos individuos luchan, interviene y detiene la violencia. De forma menos
benevolente, puede monopolizar los manjares particularmente codiciados e
impedir que los machos de categoría inferior se apareen con las hembras.
Cuando
dos machos se disputan la posición alfa, suelen hacerlo formando extensas
coaliciones de partidarios, tanto machos como hembras, en el seno del grupo.
Los lazos entre los miembros de la coalición se basan en el contacto íntimo
diario: se abrazan, se tocan, se besan, se acicalan y se hacen favores mutuos.
De la misma manera que los políticos humanos en las campañas electorales van
por ahí estrechando manos y besando a niños, también los aspirantes a la
posición suprema en un grupo de chimpancés pasan mucho tiempo abrazando, dando
golpecitos a la espalda y besando a los bebés chimpancés. Por lo general, el
macho alfa gana su posición no porque sea más fuerte físicamente, sino porque
lidera una coalición grande y estable. Estas coaliciones desempeñan un papel
central no solo durante las luchas abiertas para la posición alfa, sino en casi
todas las actividades cotidianas. Los miembros de una coalición pasan más
tiempo juntos, comparten comida y se ayudan unos a otros en tiempos de
dificultades.
Hay
límites claros al tamaño de los grupos que pueden formarse y mantenerse de esta
manera. Para que funcionen, todos los miembros de un grupo han de conocerse
entre sí íntimamente. Dos chimpancés que nunca se han visto, que nunca han
luchado y nunca se han dedicado a acicalarse mutuamente, no sabrán si pueden
confiar el uno en el otro, si valdrá la pena que uno ayude al otro y cuál de
ellos se halla en una posición jerárquica más elevada. En condiciones
naturales, una tropilla de chimpancés consta de unos 20-50 individuos. Cuando
el número de chimpancés en una tropilla aumenta, el orden social se
desestabiliza, lo que finalmente lleva a una ruptura y a la formación de una
nueva tropilla por parte de algunos de los animales. Solo en contadas ocasiones
los zoólogos han observado grupos de más de 100 individuos. Los grupos
separados rara vez cooperan, y tienden a competir por el territorio y el
alimento. Los investigadores han documentado contiendas prolongadas entre
grupos, e incluso un caso de «genocidio» en el que una tropilla masacró
sistemáticamente a la mayoría de los miembros de una banda vecina.[4]
Probablemente,
patrones similares dominaron la vida social de los primeros humanos, entre
ellos los Homosapiens arcaicos. Los humanos, como los
chimpancés, tienen instintos sociales que permitieron a nuestros antepasados
formar amistades y jerarquías, y cazar o luchar juntos. Sin embargo, como los
instintos sociales de los chimpancés, los de los humanos estaban adaptados solo
a grupos pequeños e íntimos. Cuando el grupo se hacía demasiado grande, su
orden social se desestabilizaba y la banda se dividía. Aun en el caso de que un
valle particularmente fértil pudiera alimentar a 500 sapiens arcaicos, no había
manera de que tantos extraños pudieran vivir juntos. ¿Cómo podían ponerse de
acuerdo en quién sería el líder, quién debería cazar aquí, o quién debería aparearse
con quién?
Como
consecuencia de la revolución cognitiva, el chismorreo ayudó a Homo
sapiens a formar bandas mayores y más estables. Pero incluso el
chismorreo tiene sus límites. La investigación sociológica ha demostrado que el
máximo tamaño «natural» de un grupo unido por el chismorreo es de unos 150
individuos. La mayoría de las personas no pueden conocer íntimamente a más de
150 seres humanos, ni chismorrear efectivamente con ellos.
En la
actualidad, un umbral crítico en las organizaciones humanas se encuentra en
algún punto alrededor de este número mágico. Por debajo de dicho umbral,
comunidades, negocios, redes sociales y unidades militares pueden mantenerse
basándose principalmente en el conocimiento íntimo y en la actividad de los
chismosos. No hay necesidad de rangos formales, títulos ni libros de leyes para
mantener el orden.[5] Un pelotón de 30 soldados,
e incluso una compañía de 100 soldados, pueden funcionar bien sobre la base de
unas relaciones íntimas, con un mínimo de disciplina formal. Un sargento muy
respetado puede convertirse en el «rey de la compañía» y ejercer su autoridad
incluso sobre los oficiales de grado. Un pequeño negocio familiar puede
subsistir y medrar sin una junta directiva, un director ejecutivo o un
departamento de contabilidad.
Pero una
vez que se cruza el umbral de los 150 individuos, las cosas ya no pueden
funcionar de esta manera. No se puede hacer funcionar una división con miles de
soldados de la misma manera que un pelotón. Los negocios familiares de éxito
suelen entrar en crisis cuando crecen y emplean a más personal. Si no se pueden
reinventar, van a la quiebra.
¿Cómo
consiguió Homo sapiens cruzar este umbral crítico, y acabar
fundando ciudades que contenían decenas de miles de habitantes e imperios que
gobernaban a cientos de millones de personas? El secreto fue seguramente la
aparición de la ficción. Un gran número de extraños pueden cooperar con éxito
si creen en mitos comunes.
Cualquier
cooperación humana a gran escala (ya sea un Estado moderno, una iglesia
medieval, una ciudad antigua o una tribu arcaica) está establecida sobre mitos
comunes que solo existen en la imaginación colectiva de la gente. Las iglesias
se basan en mitos religiosos comunes. Dos católicos que no se conozcan de nada
pueden, no obstante, participar juntos en una cruzada o aportar fondos para
construir un hospital, porque ambos creen que Dios se hizo carne humana y
accedió a ser crucificado para redimir nuestros pecados. Los estados se
fundamentan en mitos nacionales comunes. Dos serbios que nunca se hayan visto
antes pueden arriesgar su vida para salvar el uno al otro porque ambos creen en
la existencia de la nación serbia, en la patria serbia y en la bandera serbia.
Los sistemas judiciales se sostienen sobre mitos legales comunes. Sin embargo,
dos abogados que no se conocen de nada pueden combinar sus esfuerzos para
defender a un completo extraño porque todos creen en la existencia de leyes,
justicia, derechos humanos… y en el dinero que se desembolsa en sus honorarios.
Y, no
obstante, ninguna de estas cosas existe fuera de los relatos que la gente se
inventa y se cuentan unos a otros. No hay dioses en el universo, no hay
naciones, no hay dinero, ni derechos humanos, ni leyes, ni justicia fuera de la
imaginación común de los seres humanos.
La gente
reconoce fácilmente que a tribus primitivas cimenten su orden social mediante
creencias en fantasmas y espíritus, y que se reúnan cada luna llena para bailar
juntos alrededor de una hoguera. Lo que no conseguimos apreciar es que nuestras
instituciones modernas funcionan exactamente sobre la misma base. Tomemos por
ejemplo el mundo de las compañías de negocios. Los hombres y las mujeres de
negocios y los abogados modernos son, en realidad, poderosos hechiceros. La
principal diferencia entre ellos y los chamanes tribales es que los abogados
modernos cuentan relatos mucho más extraños. La leyenda de Peugeot nos
proporciona un buen ejemplo.
* * * *
Un icono
que se parece algo al hombre león de Stadel aparece hoy en día en automóviles,
camiones y motocicletas desde París a Sídney. Es el ornamento del capó que
adorna los vehículos fabricados por Peugeot, uno de los más antiguos y mayores
fabricantes de automóviles de Europa. Peugeot empezó como un pequeño negocio
familiar en el pueblo de Valentigney, a solo 300 kilómetros de la cueva de
Stadel. En la actualidad, la compañía da trabajo a 200.000 personas en todo el
mundo, la mayoría de las cuales son completamente extrañas para las demás.
Dichos extraños cooperan de manera tan efectiva que en 2008 Peugeot produjo más
de 1,5 millones de automóviles, que le reportaron unos beneficios de alrededor
de 55.000 millones de euros (véase la figura 5).
Figura 5.
El león de Peugeot.
¿En qué
sentido podemos decir que Peugeot S. A. (el nombre oficial de la compañía)
existe? Hay muchos vehículos Peugeot, pero es evidente que estos no son la
compañía. Incluso si todos los Peugeot del mundo se redujeran a chatarra y se
vendieran como metal desguazado, Peugeot S. A. no desaparecería. Continuaría
fabricando nuevos automóviles y produciendo su informe anual. La compañía es
propietaria de fábricas, maquinaria y salas de exhibición y emplea a mecánicos,
contables y secretarias, pero todos ellos juntos no abarcan Peugeot. Un
desastre podría matar a todos y cada uno de los empleados de Peugeot, y seguir
destruyendo todas sus cadenas de montaje y sus despachos ejecutivos. Incluso
entonces, la compañía podría pedir dinero prestado, contratar a nuevos
empleados, construir nuevas fábricas y comprar nueva maquinaria. Peugeot tiene
gerentes y accionistas, pero tampoco ellos constituyen la compañía. Se podría
despedir a todos los gerentes y vender todas sus acciones, pero la compañía
permanecería intacta.
Esto no
significa que Peugeot S. A. sea invulnerable o inmortal. Si un juez ordenara la
disolución de la compañía, sus fábricas seguirían en pie y sus trabajadores,
contables, gerentes y accionistas continuarían viviendo; pero Peugeot S. A.
desaparecería inmediatamente. En resumen: Peugeot S. A. parece no tener ninguna
conexión real con el mundo físico. ¿Existe realmente?
Peugeot
es una invención de nuestra imaginación colectiva. Los abogados llaman a eso
«ficción legal». No puede ser señalada; no es un objeto físico. Pero existe
como entidad legal. Igual que el lector o yo, está obligada por las leyes de
los países en los que opera. Puede abrir una cuenta bancaria y tener
propiedades. Paga impuestos, y puede ser demandada e incluso procesada
separadamente de cualquiera de las personas que son sus propietarias o que
trabajan para ella.
Peugeot
pertenece a un género particular de ficciones legales llamado «compañías de
responsabilidad limitada». La idea que hay detrás de estas compañías es una de
las invenciones más ingeniosas de la humanidad. Homo sapiens vivió
durante incontables milenios sin ellas. Durante la mayor parte de la historia
documentada solo podían tener propiedades los humanos de carne y hueso, del
tipo que andaba sobre dos piernas y tenía un cerebro grande. Si en la Francia
del siglo XIII Jean establecía un taller de construcción de carros, él mismo
era el negocio. Si uno de los carros que construía se estropeaba una semana
después de haber sido comprado, el comprador descontento habría demandado
personalmente a Jean. Si Jean hubiera pedido prestadas 1.000 monedas de oro para
establecer su taller y el negocio quebrara, habría tenido que devolver el
préstamo vendiendo su propiedad privada: su casa, su vaca, su tierra. Incluso
podría haberse visto obligado a vender a sus hijos en vasallaje. Si no podía
cubrir la deuda, podría haber sido encarcelado por el Estado o esclavizado por
sus acreedores. Era completamente responsable, sin límites, de todas las
obligaciones en las que su taller hubiera incurrido.
Si el
lector hubiera vivido en esa época, probablemente se lo habría pensado dos
veces antes de abrir un negocio propio. Y, en efecto, esta situación legal
desanimaba a los emprendedores. A la gente le asustaba iniciar nuevos negocios
y asumir riesgos económicos. No parecía que valiera la pena correr el riesgo de
que sus familias terminaran en la completa indigencia.
Esta es
la razón por la que la gente empezó a imaginar colectivamente la existencia de
compañías de responsabilidad limitada. Tales compañías eran legalmente
independientes de las personas que las fundaban, o de las que invertían dinero
en ellas, o de las que las dirigían. A lo largo de los últimos siglos, tales
compañías se han convertido en los principales actores de la escena económica,
y nos hemos acostumbrado tanto a ellas que olvidamos que solo existen en
nuestra imaginación. En Estados Unidos, el término técnico para una compañía de
responsabilidad limitada es «corporación», lo que resulta irónico, porque el
término deriva del latín corpus («cuerpo»), lo único de lo que
carecen dichas corporaciones. A pesar de no tener cuerpos legales, el sistema
legal estadounidense trata las corporaciones como personas legales, como si
fueran seres humanos de carne y hueso.
Y lo
mismo hizo el sistema legal francés en 1896, cuando Armand Peugeot, que había
heredado de sus padres un taller de metalistería que fabricaba muelles, sierras
y bicicletas, decidió dedicarse al negocio del automóvil. A tal fin, estableció
una compañía de responsabilidad limitada y le puso su nombre, aunque esta era
independiente de él. Si uno de los coches se estropeaba, el comprador podía
llevar a Peugeot a los tribunales, pero no a Armand Peugeot. Si la compañía
pedía prestados millones de francos y después quebraba, Armand Peugeot no
debería a los acreedores ni un solo franco. Después de todo, el préstamo se
había hecho a Peugeot, la compañía, no a Armand Peugeot, el Homo
sapiens. Armand Peugeot murió en 1915. Peugeot, la compañía, sigue todavía
vivita y coleando.
¿Cómo
consiguió Armand Peugeot, el hombre, crear Peugeot, la compañía? De manera muy
parecida a como sacerdotes y hechiceros han creado dioses y demonios a lo largo
de la historia, y a como los curés franceses creaban todavía
el cuerpo de Cristo, cada domingo, en las iglesias parroquiales. Todo giraba
alrededor de contar historias, y de convencer a la gente para que las creyera.
En el caso de los curés franceses, la narración crucial era la
de la vida y muerte de Jesucristo tal como la cuenta la Iglesia católica. Según
dicha narración, si el sacerdote católico ataviado con sus vestiduras sagradas
pronunciaba las palabras correctas en el momento adecuado, el pan y el vino
mundanos se transformaban en la carne y la sangre de Dios. El sacerdote
exclamaba «Hoc est corpus meum!» («¡Este es mi cuerpo!»), y, ¡abracadabra!, el
pan se convertía en la carne de Cristo. Viendo que el sacerdote había observado
de manera adecuada y asiduamente todos los procedimientos, millones de devotos
católicos franceses se comportaban como si realmente Dios existiera en el pan y
el vino consagrados.
En el
caso de Peugeot S. A., la narración crucial era el código legal francés,
escrito por el Parlamento francés. Según los legisladores franceses, si un
abogado autorizado seguía la liturgia y los rituales adecuados, escribía todos
los conjuros y juramentos en un pedazo de papel bellamente decorado, y añadía
su adornada rúbrica al final del documento, entonces (¡abracadabra!) se
constituía legalmente una nueva compañía. Cuando en 1896 Armand Peugeot quiso
crear una compañía, pagó a un abogado para que efectuara todos estos
procedimientos. Una vez que el abogado hubo realizado los rituales adecuados y
pronunciado los conjuros y juramentos necesarios, millones de honestos
ciudadanos franceses se comportaron como si la compañía Peugeot existiera
realmente.
Contar
relatos efectivos no es fácil. La dificultad no estriba en contarlos, sino en
convencer a todos y cada uno para que se los crean. Gran parte de la historia
gira alrededor de esta cuestión: ¿cómo convence uno a millones de personas para
que crean determinadas historias sobre dioses, o naciones, o compañías de
responsabilidad limitada? Pero cuando esto tiene éxito, confiere un poder
inmenso a los sapiens, porque permite a millones de extraños cooperar y
trabajar hacia objetivos comunes. Piense el lector lo difícil que habría sido
crear estados, o iglesias, o sistemas legales si solo pudiéramos hablar de
cosas que realmente existen, como los ríos, árboles y leones.
* * * *
En el
transcurso de los años, la gente ha urdido una compleja red de narraciones.
Dentro de dicha red, ficciones como Peugeot no solo existen, sino que acumulan
un poder inmenso. Los tipos de cosas que la gente crea a través de esta red de
narraciones son conocidos en los círculos académicos como «ficciones»,
«constructos sociales» o «realidades imaginadas». Una realidad imaginada no es
una mentira. Yo miento cuando digo que hay un león cerca del río y sé
perfectamente bien que allí no hay ningún león. No hay nada especial acerca de
las mentiras. Los monos verdes y los chimpancés mienten. Por ejemplo, se ha
observado a un mono verde emitiendo la llamada «¡Cuidado! ¡Un león!» cuando no
había ningún león por las inmediaciones. Esta alarma asustó convenientemente e
hizo huir al otro mono que acababa de encontrar un plátano, lo que dejó solo al
mentiroso, que pudo robar el premio para sí.
A
diferencia de la mentira, una realidad imaginada es algo en lo que todos creen
y, mientras esta creencia comunal persista, la realidad imaginada ejerce una
gran fuerza en el mundo. El escultor de la cueva de Stadel pudo haber creído
sinceramente en la existencia del espíritu guardián del hombre león. Algunos
hechiceros son charlatanes, pero la mayoría de ellos creen sinceramente en la
existencia de dioses y demonios. La mayoría de los millonarios creen
sinceramente en la existencia del dinero y de las compañías de responsabilidad
limitada. La mayoría de los activistas de los derechos humanos creen
sinceramente en la existencia de los derechos humanos. Nadie mentía cuando, en
2011, la ONU exigió que el gobierno libio respetara los derechos humanos de sus
ciudadanos, aunque la ONU, Libia y los derechos humanos son invenciones de
nuestra fértil imaginación.
Así,
desde la revolución cognitiva, los sapiens han vivido en una realidad dual. Por
un lado, la realidad objetiva de los ríos, los árboles y los leones; y por el
otro, la realidad imaginada de los dioses, las naciones y las corporaciones. A
medida que pasaba el tiempo, la realidad imaginada se hizo cada vez más
poderosa, de modo que en la actualidad la supervivencia de ríos, árboles y
leones depende de la gracia de entidades imaginadas tales como dioses, naciones
y corporaciones.
§.
Pasando por alto el genoma
La capacidad de crear una realidad imaginada a partir de palabras permitió que
un gran número de extraños cooperaran de manera efectiva. Pero también hizo
algo más. Puesto que la cooperación humana a gran escala se basa en mitos, la
manera en que la gente puede cooperar puede ser alterada si se cambian los
mitos contando narraciones diferentes. En las circunstancias apropiadas, los
mitos pueden cambiar rápidamente. En 1789, la población francesa pasó, casi de
la noche a la mañana, de creer en el mito del derecho divino de los reyes a
creer en el mito de la soberanía del pueblo. En consecuencia, desde la
revolución cognitiva Homo sapiens ha podido revisar rápidamente su
comportamiento de acuerdo con las necesidades cambiantes. Esto abrió una vía
rápida de evolución cultural, que evitaba los embotellamientos de tránsito de
la evolución genética. Acelerando a lo largo de esta vía rápida, Homo sapiens
pronto dejó atrás a todas las demás especies humanas y animales en su capacidad
de cooperar.
El
comportamiento de otros animales sociales está determinado en gran medida por
sus genes. El ADN no es un autócrata. El comportamiento animal está asimismo
influido por factores ambientales y peculiaridades individuales. No obstante,
en un mismo ambiente los animales de la misma especie tienden a comportarse de
manera similar. Los cambios importantes en el comportamiento social no pueden
darse en general sin mutaciones genéticas. Por ejemplo, los chimpancés comunes
tienen una tendencia genética a vivir en grupos jerárquicos encabezados por un
macho alfa. Una especie de chimpancés estrechamente emparentada, los bonobos,
viven por lo general en grupos más igualitarios dominados por alianzas entre
hembras. Las hembras de chimpancé común no pueden tomar lecciones de sus
parientas bonobos y organizar una revolución feminista. Los machos de chimpancé
no pueden reunirse en una asamblea constituyente para abolir el cargo de macho
alfa y declarar que a partir de ahora todos los chimpancés tendrán que ser
tratados como iguales. Estos cambios espectaculares de comportamiento solo se
darían si algo cambiara en el ADN de los chimpancés.
Por
razones similares, los humanos arcaicos no iniciaron ninguna revolución. Hasta
donde podemos decir, los cambios en los patrones sociales, la invención de
nuevas tecnologías y la colonización de hábitats extraños resultaron de
mutaciones genéticas y de presiones ambientales más que de iniciativas
culturales. Esta es la razón por la que a los humanos les llevó cientos de
miles de años dar estos pasos. Hace dos millones de años, unas mutaciones
genéticas dieron como resultado la aparición de una nueva especie humana
llamada Homo erectus. Su surgimiento estuvo acompañado del
desarrollo de una nueva tecnología de los utensilios líticos, que ahora se
reconoce como un rasgo que define a esta especie. Mientras Homo erectus no
experimentó más alteraciones genéticas, sus útiles de piedra continuaron siendo
aproximadamente los mismos… ¡durante cerca de dos millones de años!
En
contraste, y ya desde la revolución cognitiva, los sapiens han sido capaces de
cambiar rápidamente su comportamiento y de transmitir nuevos comportamientos a
las generaciones futuras sin necesidad de cambio genético o ambiental. A título
de ejemplo, basta considerar la repetida aparición de élites sin hijos, como el
sacerdocio católico, las órdenes monásticas budistas y las burocracias de
eunucos chinas. La existencia de dichas élites va contra los principios más
fundamentales de la selección natural, ya que estos miembros dominantes de la
sociedad aceptan de buen grado renunciar a la procreación. Mientras que los
machos alfa de los chimpancés utilizan su poder para tener relaciones sexuales
con tantas hembras como sea posible (y en consecuencia son los padres de una
gran proporción de los jóvenes de la tropilla), el macho alfa que es el
sacerdote católico se abstiene completamente del acto sexual y del cuidado de
los hijos. Esta abstinencia no resulta de condiciones ambientales únicas como
una carencia severa de alimentos o la falta de parejas potenciales, ni es el
resultado de alguna mutación genética peculiar. La Iglesia católica ha
sobrevivido durante siglos, no por transmitir un «gen del celibato» de un Papa
al siguiente, sino por transmitir los relatos del Nuevo Testamento y de la Ley
canónica católica.
En otras
palabras, mientras que los patrones de comportamiento de los humanos arcaicos
permanecieron inalterables durante decenas de miles de años, los sapiens pueden
transformar sus estructuras sociales, la naturaleza de sus relaciones
interpersonales, sus actividades económicas y toda una serie de comportamientos
en el decurso de una década o dos. Consideremos el caso de una residente de
Berlín que hubiera nacido en 1900 y que hubiera vivido cien años. Habría pasado
la infancia en el imperio de Guillermo II, de los Hohenzollern; sus años
adultos en la República de Weimar, el Tercer Reich nazi y la Alemania Oriental
comunista; y habría muerto siendo ciudadana de una Alemania democrática y
reunificada. Habría conseguido formar parte de cinco sistemas sociopolíticos
muy diferentes, aunque su ADN habría seguido siendo exactamente el mismo.
Esta fue
la clave del éxito de los sapiens. En una pelea cuerpo a cuerpo, un neandertal
probablemente hubiera vencido a un sapiens. Pero en un conflicto de centenares
de individuos, los neandertales no tuvieron ninguna oportunidad. Los
neandertales podían compartir información acerca del paradero de los leones,
pero probablemente no podían contar (ni revisar) relatos acerca de espíritus
tribales. Sin una capacidad para componer ficción, los neandertales eran
incapaces de cooperar de manera efectiva en gran número, ni pudieron adaptar su
comportamiento social a retos rápidamente cambiantes.
Aunque no
podemos penetrar en la mente de un neandertal para entender cómo pensaban,
tenemos pruebas indirectas de los límites de su cognición en comparación con
sus rivales sapiens. Los arqueólogos que excavan localidades sapiens de 30.000
años de antigüedad en el centro de Europa encuentran ocasionalmente conchas de
las costas del Mediterráneo y del Atlántico. Con toda probabilidad, estas
conchas llegaron al interior del continente a través del comercio a larga
distancia entre diferentes bandas de sapiens. Las localidades de neandertales
carecen de indicios de un comercio parecido. Cada grupo manufacturaba sus
propios utensilios a partir de materiales locales.[6]
Otro
ejemplo procede del Pacífico Sur. Bandas de sapiens que vivieron en la isla de
Nueva Irlanda, al norte de Nueva Guinea, utilizaron un vidrio volcánico llamado
obsidiana para producir utensilios particularmente fuertes y aguzados. Sin
embargo, Nueva Irlanda no tiene depósitos naturales de obsidiana. Las pruebas
de laboratorio revelaron que la obsidiana que usaron fue transportada desde
yacimientos en Nueva Bretaña, una isla situada a 400 kilómetros de distancia.
Algunos de los habitantes de dichas islas debieron de ser diestros navegantes
que comerciaban de isla en isla a lo largo de grandes distancias.[7]
Quizá
parezca que el comercio es una actividad muy pragmática, que no necesita una
base ficticia. Pero lo cierto es que no hay otro animal aparte de los sapiens
que se dedique al comercio, y todas las redes comerciales de los sapiens se
basaban en ficciones. El comercio no puede existir sin la confianza, y es muy
difícil confiar en los extraños. La red comercial global de hoy en día se basa
en nuestra confianza en entidades ficticias como el dinero, los bancos y las
corporaciones. Cuando dos extraños de una sociedad tribal quieren comerciar,
establecen un lazo de confianza recurriendo a un dios común, a un ancestro
mítico o a un animal totémico. En la sociedad moderna, los billetes de banco
suelen mostrar imágenes religiosas, antepasados venerados y tótems
corporativos.
Si los
sapiens arcaicos que creían en tales ficciones comerciaban con conchas y
obsidiana, es razonable pensar que también pudieron haber intercambiado
información, creando así una red de conocimientos mucho más densa y amplia que
la que servía a los neandertales y a otros humanos arcaicos.
Las
técnicas de caza proporcionan otra ilustración de estas diferencias. Por lo
general, los neandertales cazaban solos o en pequeños grupos. Los sapiens, en
cambio, desarrollaron técnicas que se basaban en la cooperación entre muchas
decenas de individuos, e incluso quizá entre bandas diferentes. Un método
particularmente efectivo consistía en rodear a todo un rebaño de animales, como
caballos salvajes, y después perseguirlos y acorralarlos en un barranco
estrecho, donde era fácil sacrificarlos en masa. Si todo funcionaba de acuerdo
con lo planeado, las bandas podían conseguir toneladas de carne, grasa y pieles
de animales en una sola tarde de esfuerzo colectivo, y o bien consumir esta
abundancia de carne en un banquete gigantesco, o bien secarla, ahumarla y
congelarla para su consumo posterior. Los arqueólogos han descubierto
localidades en las que manadas enteras eran sacrificadas anualmente de esta
manera. Hay incluso lugares en los que se erigían vallas y obstáculos con el
fin de crear trampas artificiales y terrenos de matanza.
Podemos
suponer que a los neandertales no les gustó ver sus terrenos de caza
tradicionales transformados en mataderos controlados por los sapiens. Pero si
entre las dos especies estallaba la violencia, los neandertales no saldrían
mucho mejor parados que los caballos salvajes. Cincuenta neandertales que
cooperasen según los estáticos patrones tradicionales no eran rivales dignos
para quinientos sapiens versátiles e innovadores. E incluso si los sapiens
perdían el primer asalto, pronto podían inventar nuevas estratagemas que les
permitieran ganar la próxima vez.
§.
Historia y biología
La inmensa diversidad de las realidades imaginadas que los sapiens inventaron,
y la diversidad resultante de patrones de comportamiento, son los principales
componentes de lo que llamamos «culturas». Una vez que aparecieron las
culturas, estas no han cesado nunca de cambiar y desarrollarse, y tales
alteraciones imparables son lo que denominamos «historia».
La
revolución cognitiva es, en consecuencia, el punto en el que la historia
declaró su independencia de la biología. Hasta la revolución cognitiva, los
actos de todas las especies humanas pertenecían al ámbito de la biología o, si
el lector lo prefiere, de la prehistoria (tiendo a evitar el término
«prehistoria» porque implica erróneamente que incluso antes de la revolución
cognitiva los humanos pertenecían a una categoría propia). A partir de la
revolución cognitiva, las narraciones históricas sustituyen a las teorías
biológicas como nuestros medios primarios a la hora de explicar el desarrollo
de Homo sapiens. Para entender la aparición del cristianismo o de
la Revolución francesa, no es suficiente comprender la interacción de genes,
hormonas y organismos. Es necesario tener en cuenta asimismo la interacción de
ideas, imágenes y fantasías.
Esto no
quiere decir que Homo sapiens y la cultura humana estuvieran
exentos de leyes biológicas. Seguimos siendo animales, y nuestras capacidades
físicas, emocionales y cognitivas están todavía conformadas por nuestro ADN.
Nuestras sociedades están construidas a partir de las mismas piezas
fundamentales que las sociedades de los neandertales o los chimpancés, y cuanto
más examinamos estas piezas fundamentales (sensaciones, emociones, lazos
familiares) menos diferencias encontramos entre nosotros y los demás simios.
Sin
embargo, es un error buscar diferencias al nivel del individuo o de la familia.
De uno en uno, incluso de diez en diez, somos embarazosamente parecidos a los
chimpancés. Las diferencias significativas solo empiezan a aparecer cuando
cruzamos el umbral de los 150 individuos, y cuando alcanzamos los 1.000-2.000
individuos, las diferencias son apabullantes. Si intentáramos agrupar miles de
chimpancés en la plaza de Tiananmen, en Wall Street, el Vaticano o la sede
central de las Naciones Unidas, el resultado sería un pandemonio. Por el
contrario, los sapiens se reúnen regularmente a millares en estos lugares.
Juntos, crean patrones ordenados (por ejemplo, redes comerciales, celebraciones
masivas e instituciones políticas) que nunca hubieran podido crear aislados. La
verdadera diferencia entre nosotros y los chimpancés es el pegamento mítico que
une a un gran número de individuos, familias y grupos. Este pegamento nos ha
convertido en los dueños de la creación.
Desde
luego, también necesitamos otras habilidades, como la capacidad de fabricar y
usar utensilios. Pero la producción de utensilios tiene pocas consecuencias a
menos que esté emparejada con la capacidad de cooperar con muchos otros. ¿Cómo
es que en la actualidad tenemos misiles intercontinentales con cabezas
nucleares, mientras que hace 30.000 años solo teníamos palos con puntas de
lanza de pedernal? Fisiológicamente, no ha habido una mejora importante en
nuestra capacidad de producir utensilios a lo largo de los últimos 30.000 años.
Albert Einstein era mucho menos diestro con sus manos que un antiguo
cazador-recolector. Sin embargo, nuestra capacidad de cooperar con un gran
número de extraños ha mejorado de manera espectacular. La antigua punta de
lanza de pedernal era producida en cuestión de minutos por una única persona,
que contaba con el consejo y la ayuda de unos pocos amigos íntimos. La
producción de una moderna cabeza nuclear requiere la cooperación de millones de
extraños en todo el mundo: desde los obreros que extraen el mineral de uranio
en las profundidades de la tierra hasta los físicos teóricos que escriben
largas fórmulas matemáticas para describir las interacciones de las partículas
subatómicas.
* * * *
Para
resumir la relación entre biología e historia después de la revolución
cognitiva:
a. La
biología establece los parámetros básicos para el comportamiento y las
capacidades de Homo sapiens. Toda la historia tiene lugar dentro de
los límites de esta liza biológica.
b. Sin
embargo, esta liza es extraordinariamente grande, lo que permite que los
sapiens jueguen a una asombrosa variedad de juegos. Gracias a su capacidad para
inventar la ficción, los sapiens crean juegos cada vez más complejos, que cada
generación desarrolla y complica todavía más.
c. En
consecuencia, para poder comprender de qué manera se comportan los sapiens,
hemos de describir la evolución histórica de sus acciones. Referirse únicamente
a nuestras limitaciones biológicas sería como si un comentarista de deportes
radiofónico, al retransmitir los campeonatos de la Copa del Mundo de Fútbol,
ofreciera a sus radioyentes una descripción detallada del campo de juego en
lugar de la narración de lo que estuvieran haciendo los jugadores.
¿A qué
juegos jugaban nuestros ancestros de la Edad de Piedra en la liza de la
historia? Hasta donde sabemos, las gentes que esculpieron el hombre león de
Stadel hace unos 30.000 años tenían las mismas capacidades físicas, emocionales
e intelectuales que nosotros. ¿Qué hacían cuando se despertaban por la mañana?
¿Qué comían en el desayuno y en el almuerzo? ¿Qué aspecto tenían sus
sociedades? ¿Tenían relaciones monógamas y familias nucleares? ¿Poseían
ceremonias, códigos morales, torneos deportivos y rituales religiosos? ¿Se
enzarzaban en guerras? El capítulo siguiente fisga a hurtadillas tras el telón
de los tiempos, y analiza cómo era la vida en los milenios que separan la
revolución cognitiva de la revolución agrícola.
Capítulo
3
Un día en la vida de Adán y Eva
Contenido:
§. La
sociedad opulenta original
§. Hablando a los espíritus
§. ¿Paz o guerra?
§. El telón de silencio
Para
comprender nuestra naturaleza, historia y psicología, hemos de penetrar en la
cabeza de nuestros antepasados cazadores-recolectores. Durante casi la
totalidad de la historia de nuestra especie, los sapiens vivieron como
recolectores de alimento. Los últimos 200 años, durante los cuales un número
cada vez mayor de sapiens han obtenido su pan de cada día como trabajadores
urbanos y oficinistas, y los 10.000 años precedentes, durante los cuales la
mayoría de los sapiens vivieron como agricultores y ganaderos, son como un
parpadeo comparados con las decenas de miles de años durante los cuales
nuestros antepasados cazaron y recolectaron.
El campo
floreciente de la psicología evolutiva argumenta que muchas de nuestras
características sociales y psicológicas actuales se modelaron durante esta
larga era pre agrícola. Incluso en la actualidad, afirman los expertos de este
campo, nuestro cerebro y nuestra mente están adaptados a una vida de caza y
recolección. Nuestros hábitos alimentarios, nuestros conflictos y nuestra
sexualidad son resultado de la manera en que nuestra mente cazadora-recolectora
interactúa con nuestro ambiente postindustrial actual, con sus mega ciudades,
aviones, teléfonos y ordenadores. Este ambiente nos proporciona más recursos
materiales y una vida más larga de los que gozó cualquier generación anterior,
pero a veces hace que nos sintamos alienados, deprimidos y presionados. Para
comprender el porqué, aducen los psicólogos evolutivos, necesitamos ahondar en
el mundo de los cazadores-recolectores que nos modeló, el mundo que, en el
subconsciente, todavía habitamos.
¿Por qué
razón, si no, la gente se atiborra de comida con un elevado contenido calórico
que no le hace ningún bien al cuerpo? Las sociedades ricas actuales están a
punto de padecer una plaga de obesidad, que se está extendiendo rápidamente a
los países en vías de desarrollo. La razón por la que nos regodeamos en los
alimentos más dulces y grasientos que podemos encontrar es un enigma, hasta que
consideramos los hábitos alimentarios de nuestros ancestros recolectores. En
las sabanas y los bosques en los que habitaban, los dulces con un alto
contenido calórico eran muy raros y la comida en general era escasa. Un
recolector medio de comida de hace 30.000 años solo tenía acceso a un tipo de
alimento dulce: la fruta madura y la miel. Si una mujer de la Edad de Piedra
daba con un árbol cargado de higos, la cosa más sensata que podía hacer era
comer allí mismo tantos como pudiera, antes de que la tropilla de papiones
local dejara el árbol vacío. El instinto de hartarnos de comida de alto
contenido calórico está profundamente arraigado en nuestros genes. En la
actualidad, a pesar de que vivimos en apartamentos de edificios de muchos pisos
y con frigoríficos atestados de comida, nuestro ADN piensa todavía que estamos
en la sabana. Esto es lo que nos hace tragarnos una copa grande de helado Ben
& Jerry cuando encontramos una en el congelador, y la acompañamos con una
Coca-Cola gigante.
Esta
teoría del «gen tragón» está ampliamente aceptada. Otras teorías son mucho más
discutidas. Por ejemplo, algunos psicólogos evolutivos aducen que las antiguas
bandas de humanos que buscaban comida no estaban compuestas de familias
nucleares centradas en parejas monógamas. Por el contrario, los recolectores
vivían en comunas carentes de propiedad privada, relaciones monógamas e incluso
paternidad. En una banda de este tipo, una mujer podía tener relaciones
sexuales y formar lazos íntimos con varios hombres (y mujeres) simultáneamente,
y todos los adultos de la banda cooperaban en el cuidado de sus hijos. Puesto
que ningún hombre sabía a ciencia cierta cuál de los niños era el suyo, los
hombres demostraban igual preocupación por todos los jóvenes.
Esta
estructura social no es una utopía propia de la era de Acuario. Está bien
documentada entre los animales, en especial en nuestros parientes más próximos,
los chimpancés y los bonobos. Existen incluso varias culturas humanas actuales
en las que se practica la paternidad colectiva, como, por ejemplo, los indios
barí. Según las creencias de dichas sociedades, un niño no nace del esperma de
un único hombre, sino de la acumulación de esperma en el útero de una mujer.
Una buena madre intentará tener relaciones sexuales con varios hombres
diferentes, en especial cuando está embarazada, de manera que su hijo goce de
las cualidades (y del cuidado paterno) no solo del mejor cazador, sino también
del mejor narrador de cuentos, del guerrero más fuerte y del amante más
considerado. Si esto parece ridículo, recuerde el lector que hasta el
desarrollo de los estudios embriológicos modernos, la gente no disponía de
pruebas sólidas de que los bebés son siempre hijos de un único padre y no de
muchos.
Los
defensores de esta teoría de la «comuna antigua» argumentan que las frecuentes
infidelidades que caracterizan a los matrimonios modernos, y las elevadas tasas
de divorcio, por no mencionar la cornucopia de complejos psicológicos que
padecen tanto niños como adultos, es el resultado de obligar a los humanos a
vivir en familias nucleares y relaciones monógamas, que son incompatibles con
nuestro equipo lógico biológico.[8]
Muchos
estudiosos rechazan de forma vehemente esta teoría, e insisten que tanto la
monogamia como la formación de familias nucleares son comportamientos humanos
fundamentales. Aunque las antiguas sociedades cazadoras-recolectoras tendían a
ser más comunales e igualitarias que las sociedades modernas, aducen estos
investigadores, estaban constituidas por células separadas, cada una de las
cuales estaba formada por una pareja celosa y los hijos que tenían en común.
Esta es la razón de que hoy en día las relaciones monógamas y las familias
nucleares sean la norma en la inmensa mayoría de las culturas, de que hombres y
mujeres tiendan a ser muy posesivos con su pareja y con sus hijos, y de que
incluso en estados modernos como Corea del Norte y Siria la autoridad política
pase de padre a hijo.
Con el
fin de resolver esta controversia y de entender nuestra sexualidad, nuestra
sociedad y nuestra política, necesitamos conocer algo acerca de las condiciones
de vida de nuestros antepasados, para examinar de qué manera vivieron los
sapiens entre la revolución cognitiva de hace 70.000 años y el inicio de la
revolución agrícola hace unos 12.000 años.
* * * *
Lamentablemente,
existen muy pocas certezas en lo que a la vida de nuestros antepasados se
refiere. El debate entre las escuelas de la «comuna antigua» y de la «monogamia
eterna» se basa en pruebas endebles. Sin duda, carecemos de documentos escritos
de la época de nuestros ancestros, y las pruebas arqueológicas consisten
principalmente en huesos fosilizados y utensilios líticos. Los artefactos
hechos con materiales más perecederos (como madera, bambú o cuero) sobreviven
solo en condiciones únicas. La impresión común de que los humanos pre agrícolas
vivían en una Edad de Piedra es una idea falsa basada en este sesgo
arqueológico. Sería más exacto llamar Edad de la Madera a la Edad de Piedra,
porque la mayoría de los utensilios utilizados por los antiguos cazadores-recolectores
estaban hechos de madera.
Cualquier
reconstrucción de la vida de los antiguos cazadores-recolectores a partir de
los artefactos que han sobrevivido es muy problemática. Una de las diferencias
más notables entre los recolectores antiguos y sus descendientes agrícolas e
industriales es que, para empezar, los cazadores-recolectores tenían muy pocos
artefactos, y estos desempeñaban un papel comparativamente modesto en su vida.
A lo largo de su vida, un individuo medio de una sociedad moderna rica poseerá
varios millones de artefactos, desde automóviles y casas hasta pañales
desechables y botellas de leche. Apenas hay una actividad, una creencia o
incluso una emoción que no estén mediadas por objetos que hemos inventado
nosotros mismos. Nuestros hábitos alimentarios están mediados por una colección
apabullante de tales objetos, desde cucharas y vasos hasta laboratorios de
ingeniería genética y enormes barcos que surcan los mares. En el juego,
utilizamos una plétora de juguetes, desde tarjetas de plástico hasta estadios
con 100.000 localidades. Nuestras relaciones románticas y sexuales están
equipadas con anillos, camas, bonitos vestidos, ropa interior excitante,
condones, restaurantes de moda, moteles baratos, vestíbulos de aeropuertos,
salones de bodas y compañías de catering. Las religiones aportan lo sagrado a
nuestra vida con iglesias góticas, mezquitas musulmanas, ashrams hindúes,
rollos de pergaminos de la Torá, molinetes de oraciones tibetanos, casullas
sacerdotales, cirios, incienso, árboles de Navidad, bolas de pan ácimo, lápidas
e iconos.
No nos
damos cuenta de lo ubicuo que es nuestro material hasta que tenemos que
transportarlo a una nueva casa. Los cazadores-recolectores cambiaban de casa
cada mes, cada semana y a veces incluso cada día, cargando a la espalda todo lo
que tenían. No había compañías de mudanzas, carros, ni siquiera animales de
carga para compartir la carga. Por consiguiente, tenían que ingeniárselas solo
con las posesiones más esenciales. Entonces es razonable suponer que la mayor
parte de su vida mental, religiosa y emocional se realizaba sin la ayuda de
artefactos. Un arqueólogo que trabajara dentro de 100.000 años podría componer
una imagen razonable de las creencias y las prácticas de los musulmanes a
partir de la miríada de objetos que desenterraría en las ruinas de una
mezquita. Sin embargo, nosotros apenas acertamos a comprender las creencias y
los rituales de los antiguos cazadores-recolectores. Es un dilema muy parecido
al que se enfrentaría un futuro historiador si tuviera que ilustrar el mundo
social de los adolescentes del siglo XXI únicamente sobre la base de lo que
sobreviviera de su correo postal, puesto que no quedarán registros de sus
conversaciones telefónicas, correos electrónicos, blogs y mensajes de texto.
Así,
fiarse de los artefactos sesgará cualquier relato de la vida de los antiguos
cazadores-recolectores. Una manera de no incurrir en este error es observar las
modernas sociedades de cazadores-recolectores. Estas se pueden estudiar
directamente mediante la observación antropológica; pero hay buenas razones
para ser muy precavido a la hora de extrapolar conclusiones de las sociedades
de cazadores-recolectores modernas a las antiguas.
En primer
lugar, todas las sociedades de cazadores-recolectores que han sobrevivido hasta
la época moderna han sido influidas por las sociedades agrícolas e industriales
modernas. En consecuencia, es arriesgado suponer que lo que es cierto para
ellas también lo fue hace decenas de miles de años.
En
segundo lugar, las sociedades de cazadores-recolectores modernas han
sobrevivido principalmente en áreas con condiciones climáticas difíciles y
terreno inhóspito, poco apto para la agricultura. Sociedades que se han
adaptado a las condiciones extremas de lugares tales como el desierto de
Kalahari, en el África austral, bien pudieran proporcionar un modelo engañoso
para la comprensión de sociedades antiguas en áreas fértiles tales como el
valle del río Yangtsé. En particular, la densidad de población en una región
tal como el desierto de Kalahari es mucho menor de lo que era en las
inmediaciones del antiguo Yangtsé, y esto tiene implicaciones importantes para
cuestiones clave sobre el tamaño y la estructura de las bandas humanas y las
relaciones entre ellas.
En tercer
lugar, la característica más notable de las sociedades de
cazadores-recolectores es lo diferentes que son unas de otras. No solo difieren
de una parte del mundo a otra, sino incluso dentro de una misma región. Un buen
ejemplo es la enorme variedad que los colonos europeos encontraron entre los
pueblos aborígenes de Australia. Inmediatamente antes de la conquista inglesa,
en el continente vivían entre 300.000 y 700.000 cazadores-recolectores en
200-600 tribus, cada una de las cuales se dividía asimismo en diversas
cuadrillas.[9] Cada tribu tenía su propio
lenguaje, religión, normas y costumbres. Alrededor de lo que ahora es Adelaida,
en el sur de Australia, había varios clanes patrilineales que creían descender
de la línea paterna. Estos clanes se unían en tribus sobre una base
estrictamente territorial. En cambio, algunas tribus del norte de Australia
daban más importancia al linaje materno, y la identidad tribal de una persona
dependía de su tótem y no de su territorio.
Parece
razonable que la variedad étnica y cultural entre los antiguos
cazadores-recolectores fuera asimismo impresionante, y que los 5-8 millones de
cazadores-recolectores que poblaban el mundo en los albores de la revolución
agrícola estuvieran divididos en miles de tribus separadas, con miles de
lenguajes y culturas diferentes.[10] Después de todo, esta fue
una de las principales herencias de la revolución cognitiva. Gracias a la
aparición de la ficción, incluso personas con la misma constitución genética
que vivían en condiciones ambientales similares pudieron crear realidades
imaginadas muy diferentes, que se manifestaban en normas y valores diferentes.
Por
ejemplo, existen razones para creer que una banda de cazadores-recolectores que
viviera hace 30.000 años en el lugar en el que ahora se encuentra Madrid habría
hablado un lenguaje diferente de una cuadrilla que viviera donde ahora está
situada Barcelona. Una banda podía haber sido belicosa y la otra pacífica.
Quizá la banda castellana era comunal, mientras que la catalana se basaba en
familias nucleares. Los antiguos castellanos pudieron haber pasado muchas horas
esculpiendo estatuas de madera de sus espíritus guardianes, mientras que sus
contemporáneos catalanes quizá los adoraran mediante la danza. Quizá los
primeros creyeran en la reencarnación, mientras que los otros pensaran que eso
eran tonterías. En una sociedad podrían haberse aceptado las relaciones
homosexuales, mientras que en la otra podrían haber sido tabú.
En otras
palabras, mientras que las observaciones antropológicas de los modernos
cazadores-recolectores nos pueden ayudar a comprender algunas de las
posibilidades de que disponían los antiguos recolectores, el horizonte de
posibilidades de los antiguos era mucho más amplio, y la mayor parte del mismo
nos está vedado.[11] Los acalorados debates
sobre «el modo de vida natural» de Homo sapiens no aciertan el
punto principal. Desde la revolución cognitiva, no ha habido un único modo de
vida natural para los sapiens. Existen solo opciones culturales, con una
asombrosa paleta de posibilidades.
§. La
sociedad opulenta original
¿Qué generalizaciones podemos hacer, no obstante, acerca de la vida en el mundo
pre agrícola? Parece seguro decir que la gran mayoría de la gente vivía en
pequeñas cuadrillas que sumaban en total varias decenas, o como mucho varios
cientos de individuos, y que todos estos individuos eran humanos. Es importante
señalar este último punto, porque está lejos de ser una obviedad. La mayoría de
los miembros de las sociedades agrícolas e industriales son animales
domésticos. Desde luego que estos no son iguales que sus dueños, pero así y
todo son miembros de dichas sociedades. En la actualidad, la sociedad llamada
Nueva Zelanda está formada por 4,5 millones de sapiens y 50 millones de ovejas.
Solo
había una excepción a esta regla general: el perro. El perro fue el primer
animal en ser domesticado por Homo sapiens, y esto tuvo lugar antes
de la revolución agrícola. Los expertos no se ponen de acuerdo sobre la fecha
exacta, pero tenemos pruebas incontrovertibles de perros domesticados de hace
unos 15.000 años, si bien pudieron haberse unido a la jauría humana miles de
años antes.
Los
perros eran empleados para cazar y luchar, y como un sistema de alarma contra
las bestias salvajes y los intrusos. Con el paso de las generaciones, las dos
especies co-evolucionaron para comunicarse bien entre sí. Los perros que
estaban más atentos a las necesidades y sentimientos de sus compañeros humanos
recibían cuidados y comida adicional, y tenían más probabilidades de
sobrevivir. Simultáneamente, los perros aprendieron a manipular a la gente para
sus propias necesidades. Un vínculo de 15.000 años ha producido una comprensión
y afecto mucho mayores entre humanos y perros que entre humanos y cualquier
otro animal.[12] En algunos casos, los
perros muertos se enterraban incluso ceremonialmente, de manera parecida a los
humanos (véase la figura 6).
Los
miembros de una banda se conocían entre sí íntimamente, y estaban rodeados
durante toda su vida de amigos y parientes. La soledad y la privacidad eran
raras. Las bandas vecinas competían por los recursos e incluso luchaban entre
sí, pero también tenían contactos amistosos. Intercambiaban miembros, cazaban
juntas, intercambiaban productos de lujo y raros, celebraban festividades
religiosas y unían fuerzas contra los extranjeros.
Figura 6. ¿La primera mascota? Tumba de 12.000 años de antigüedad
descubierta en el norte de Israel. Contiene el esqueleto de una mujer de
cincuenta años de edad junto al de un cachorro (ángulo inferior izquierdo). El
cachorro estaba enterrado cerca de la cabeza de la mujer. La mano izquierda de
esta se halla sobre el perro de una manera que pudiera indicar un vínculo
emocional. Existen, desde luego, otras explicaciones posibles. Por ejemplo,
quizá el cachorro era un regalo al guardián del otro mundo.
Esta
cooperación era una de las improntas más importantes de Homo sapiens,
y le confirió una ventaja crucial sobre otras especies humanas. A veces las
relaciones con las bandas vecinas eran lo bastante estrechas para que
constituyeran una única tribu, que compartía un lenguaje común, mitos comunes y
normas y valores comunes.
Pero no
hemos de sobrestimar la intensidad de estas relaciones externas. Aunque en
tiempos de crisis la tribu actuaba como una, e incluso si la tribu se reunía
periódicamente para cazar, luchar o festejar todos juntos, la mayoría de gente
todavía pasaba la mayor parte de su tiempo en una banda pequeña. El comercio se
limitaba sobre todo a objetos de prestigio, tales como conchas, ámbar y
pigmentos. No existen pruebas de que la gente comerciara con bienes básicos
como frutos y carne, o que la existencia de una cuadrilla dependiera de
importar bienes de otra. Las relaciones sociopolíticas, asimismo, tendían a ser
esporádicas. La tribu no servía como una estructura política permanente, e
incluso si tenía lugares de encuentro estacionales, no había pueblos ni instituciones
permanentes. La persona media podía pasar muchos meses sin ver ni oír a ningún
humano de fuera de su propia banda, y a lo largo de toda su vida no encontraba
más que a unos pocos miles de humanos. La población de sapiens estaba
tenuemente extendida sobre vastos territorios. Antes de la revolución agrícola,
la población humana de todo el planeta era más pequeña que la de Andalucía en
la actualidad.
La
mayoría de las cuadrillas de sapiens vivían viajando, vagando de un lugar a
otro en busca de comida. Sus movimientos estaban influidos por las estaciones
cambiantes, las migraciones anuales de los animales y los ciclos de crecimiento
de las plantas. Por lo general se desplazaban en un sentido y en otro por el
mismo territorio conocido, un área que oscilaba desde varias decenas a muchos
cientos de kilómetros cuadrados.
A veces,
las bandas salían de su territorio y exploraban nuevas tierras, ya fuera debido
a desastres naturales, a conflictos violentos, a presiones demográficas o a la
iniciativa de un jefe carismático. Estos desplazamientos eran el motor de la
expansión humana por todo el mundo. Si una banda de cazadores-recolectores se
dividía cada 40 años y su grupo escindido emigraba a un territorio nuevo
situado 100 kilómetros al este, la distancia desde África oriental a China se
habría cubierto en unos 10.000 años.
En
algunos casos excepcionales, cuando los recursos alimenticios eran
particularmente abundantes, las bandas se establecían en campamentos
estacionales e incluso permanentes. Técnicas para secar, ahumar y (en zonas
árticas) congelar la comida hicieron también posible permanecer en el mismo
lugar por períodos más prolongados. Y, aún más importante, a lo largo de mares
y ríos ricos en peces, marisco y aves acuáticas, los humanos establecieron
aldeas permanentes de pescadores: los primeros poblados permanentes de la
historia, que precedieron con mucho a la revolución agrícola. Aldeas de
pescadores pudieron aparecer en las costas de islas indonesias hace ya 45.000
años. Estas pudieron haber sido la base desde las que Homo sapiens emprendió
su primera aventura transoceánica: la invasión de Australia.
* * * *
En la
mayoría de los hábitats, las bandas de sapiens se alimentaban de una manera
flexible y oportunista. Extraían termitas, recogían bayas, excavaban para
obtener raíces, acechaban a conejos y cazaban bisontes y mamuts. A pesar de la
imagen popular del «hombre cazador», la recolección era la principal actividad
de los sapiens, y les proporcionaba la mayor parte de sus calorías, así como
materiales en bruto como pedernal, madera y bambú.
Los
sapiens no andaban únicamente en busca de comida y materiales. También buscaban
afanosamente conocimiento. Para sobrevivir, necesitaban un mapa mental
detallado de su territorio. Para maximizar la eficiencia de su búsqueda diaria
de comida, precisaban información sobre las pautas de crecimiento de cada
planta y las costumbres de cada animal. Necesitaban saber qué alimentos eran
nutritivos, cuáles los hacían enfermar y cómo usar otros como curas.
Necesitaban saber el progreso de las estaciones y qué señales de aviso
precedían una tronada o un período de sequía. Estudiaban cada río, cada nogal,
cada osera y cada yacimiento de pedernal en sus inmediaciones. Cada individuo
tenía que saber cómo hacer un cuchillo de piedra, cómo remendar una capa rota,
cómo disponer una trampa para conejos y cómo actuar ante avalanchas, mordeduras
de serpientes o leones hambrientos. La pericia en cada una de estas muchas
habilidades requería años de aprendizaje y práctica. El cazador-recolector
medio podía transformar un pedernal en una punta de lanza en cuestión de
minutos. Cuando intentamos imitar esta hazaña, por lo general fracasamos
estrepitosamente. La mayoría de nosotros carecemos del conocimiento experto de
las propiedades del pedernal y del basalto para proporcionar lascas y de las
habilidades motrices finas para trabajarlos de manera precisa.
En otras
palabras, el cazador-recolector medio tenía un conocimiento más amplio, más
profundo y más variado de su entorno inmediato que la mayoría de sus
descendientes modernos. Hoy en día, la mayoría de las personas de las
sociedades industriales no necesitan saber mucho acerca del mundo natural con
el fin de sobrevivir. ¿Qué es lo que uno necesita saber realmente para
arreglárselas como ingeniero informático, agente de seguros, profesor de
historia u obrero de una fábrica? Necesitamos saber mucho acerca de nuestro
minúsculo campo de experiencia, pero para la inmensa mayoría de las necesidades
de la vida nos fiamos ciegamente de la ayuda de otros expertos, cuyos propios
conocimientos están asimismo limitados a un diminuto campo de pericia. El
colectivo humano sabe en la actualidad muchísimas más cosas de las que sabían
las antiguas cuadrillas. Pero a nivel individual, los antiguos
cazadores-recolectores eran las gentes más bien informadas y diestras de la
historia.
Existen
algunas pruebas de que el tamaño del cerebro del sapiens medio se ha reducido
desde la época de los cazadores-recolectores.[13] En aquella época, la
supervivencia requería capacidades mentales soberbias de todos. Cuando
aparecieron la agricultura y la industria, la gente pudo basarse cada vez más
en las habilidades de los demás para sobrevivir, y se abrieron nuevos «nichos para
imbéciles». Uno podía sobrevivir y transmitir sus genes nada especiales a la
siguiente generación trabajando como aguador o como obrero de una cadena de
montaje.
Los
cazadores-recolectores dominaban no solo el mundo circundante de animales,
plantas y objetos, sino también el mundo interno de sus propios cuerpos y
sentidos. Escuchaban el más leve movimiento en la hierba para descubrir si allí
podía acechar una serpiente. Observaban detenidamente el follaje de los árboles
con el fin de descubrir frutos, colmenas y nidos de aves. Se desplazaban con un
mínimo de esfuerzo y ruido, y sabían cómo sentarse, andar y correr de la manera
más ágil y eficiente. El uso variado y constante de su cuerpo hacía que se
hallaran en tan buena forma como los corredores de maratón. Poseían una
destreza física que la gente de hoy en día es incapaz de conseguir incluso
después de años de practicar yoga o taichí.
El modo
de vida de los cazadores-recolectores difería de manera significativa de una
región a otra y de una estación a la siguiente, pero en su conjunto parece que
los cazadores-recolectores gozaban de un estilo de vida más confortable y
remunerador que la mayoría de los campesinos, pastores, jornaleros y
oficinistas que les siguieron los pasos.
Aunque
las personas de las sociedades opulentas actuales trabajan una media de 40-45
horas semanales, y las personas del mundo en vías de desarrollo trabajan 60 e
incluso 80 horas por semana, los cazadores-recolectores que viven hoy en día en
el más inhóspito de los hábitats (como el desierto de Kalahari) trabajan por
término medio solo 35-45 horas por semana. Cazan solo un día de cada tres, y
recolectar les ocupa solo 3-6 horas diarias. En épocas normales, esto es
suficiente para alimentar a la cuadrilla. Bien pudiera ser que los
cazadores-recolectores antiguos, que vivían en zonas más fértiles que el
Kalahari, invirtieran todavía menos tiempo para obtener alimentos y materiales
en bruto. Además de esto, los cazadores-recolectores gozaban de una carga más
liviana de tareas domésticas. No tenían platos que lavar, ni alfombras para
quitarles el polvo, ni pavimentos que pulir, ni pañales que cambiar, ni
facturas que pagar.
La
economía de los cazadores-recolectores proporcionaba a la mayoría de la gente
una vida más interesante que la que da la agricultura o la industria. En la
actualidad, una obrera china de una fábrica se va de casa alrededor de las
siete de la mañana, recorre las calles contaminadas hasta llegar a un taller
cuyas condiciones de trabajo son infames, y allí hace funcionar la misma
máquina, de la misma manera, un día y otro, durante diez largas y tediosas
horas; después vuelve a casa hacia las siete de la tarde, y se pone a lavar los
platos y hacer la colada. Hace 30.000 años, los cazadores-recolectores chinos
podían abandonar el campamento, pongamos por caso, a las ocho de la mañana.
Vagaban por los bosques y prados cercanos, recolectando setas, extrayendo del
suelo raíces comestibles, capturando ranas y, ocasionalmente, huyendo de
tigres. A primera hora de la tarde, estaban de vuelta en el campamento para
comer. Esto les dejaba mucho tiempo para chismorrear, contar relatos, jugar con
los niños y simplemente holgazanear. Desde luego, a veces los tigres los
alcanzaban, o una serpiente los mordía, pero por otra parte no tenían que
habérselas con los accidentes de automóvil ni con la contaminación industrial.
En muchos
lugares y la mayor parte de las veces, la caza y la recolección proporcionaban
una nutrición ideal. Esto no debería sorprendernos, ya que esta ha sido la
dieta humana durante cientos de miles de años, y el cuerpo humano estaba bien
adaptado a ella. Las pruebas procedentes de esqueletos fosilizados indican que
los antiguos cazadores-recolectores tenían menos probabilidades de padecer
hambre o desnutrición, y eran generalmente más altos y sanos que sus
descendientes campesinos. La esperanza de vida media era aparentemente de
treinta o cuarenta años, pero esto se debía en gran medida a la elevada
incidencia de la mortalidad infantil. Los niños que conseguían sobrepasar los
peligrosos primeros años tenían buenas probabilidades de alcanzar los sesenta
años de edad, y algunos llegaban incluso a los ochenta y más. Entre los
cazadores-recolectores actuales, las mujeres de cuarenta y cinco años de edad
pueden esperar vivir otros veinte años, y alrededor del 5-8 por ciento de la
población tiene más de sesenta años.[14]
El
secreto del éxito de los cazadores-recolectores, que los protegió de las
hambrunas y la malnutrición, fue su dieta variada. Los agricultores tienden a
comer una dieta muy limitada y desequilibrada. Especialmente en la época pre
moderna, la mayoría de las calorías que alimentaban a una población agrícola
provenían de una sola planta de cultivo (como el trigo, las patatas o el
arroz), que carece de algunas de las vitaminas, minerales y otros materiales
nutritivos que los humanos necesitan. La campesina media en la China
tradicional comía arroz en el desayuno, arroz en el almuerzo y arroz en la
cena. Si tenía suerte, podía esperar comer lo mismo al día siguiente. En
cambio, los antiguos cazadores-recolectores comían regularmente decenas de
alimentos diferentes. La tatarabuela cazadora-recolectora de la campesina pudo
haber comido bayas y setas en el desayuno; frutos, caracoles y tortuga en el
almuerzo, y carne de conejo con cebollas silvestres en la cena. El menú del día
siguiente podía ser completamente distinto. Esta variedad aseguraba que los
antiguos cazadores-recolectores recibían todos los nutrientes necesarios.
Además,
al no depender de un tipo único de comida, tenían menos probabilidades de
padecer cuando un recurso alimentario concreto escaseaba. Las sociedades
agrícolas son asoladas por las hambrunas cuando la sequía, los incendios o los
terremotos devastan la cosecha anual de arroz o patatas. Las sociedades de
cazadores-recolectores no eran en absoluto inmunes a los desastres naturales, y
padecían períodos de escasez y hambre, pero por lo general eran capaces de
habérselas más fácilmente con estas calamidades. Si perdían algunos de sus
alimentos básicos, podían recolectar o cazar otras especies, o desplazarse
hasta un lugar menos afectado.
Los
antiguos cazadores-recolectores también padecían menos enfermedades
infecciosas. La mayoría de las enfermedades infecciosas que han atormentado a
las sociedades agrícolas e industriales (como la viruela, el sarampión y la
tuberculosis) se originaron en animales domésticos y se transfirieron a los
humanos después de la revolución industrial. Los antiguos
cazadores-recolectores, que solo habían domesticado perros, se vieron libres de
estos flagelos. Además, la mayoría de la gente en las sociedades agrícolas e
industriales vivía en poblados permanentes, densos y antihigiénicos, focos
ideales para la enfermedad. En cambio, los cazadores-recolectores vagaban por
la tierra en pequeñas bandas que no podían sufrir epidemias.
* * * *
La dieta
saludable y variada, la semana laboral relativamente corta y la rareza de las
enfermedades infecciosas han llevado a muchos expertos a definir las sociedades
de cazadores-recolectores pre agrícolas como «las sociedades opulentas
originales». Sin embargo, sería una equivocación idealizar la vida de los
antiguos humanos. Aunque vivían una vida mejor que la mayoría de la gente de
las sociedades agrícolas e industriales, su mundo podía ser igualmente duro e
implacable. Los períodos de privaciones y penurias no eran insólitos, la
mortalidad infantil era elevada, y un accidente que hoy en día sería menor
podía convertirse fácilmente en una sentencia de muerte. Quizá la mayor parte
de la gente gozaba de la intimidad de la banda errante, pero aquellos desgraciados
que eran objeto de la hostilidad o la burla de los demás miembros de su
cuadrilla con probabilidad sufrían mucho. Los cazadores-recolectores actuales
suelen abandonar e incluso matar a las personas ancianas o inválidas que no
pueden seguir el ritmo de la cuadrilla. Los bebés y los niños no queridos
pueden ser sacrificados, y existen incluso casos de sacrificio humano de
inspiración religiosa.
Los aché,
cazadores-recolectores que vivieron en las junglas de Paraguay hasta la década
de 1960, ofrecen una idea del lado oscuro de la recolección de alimento. Cuando
un miembro estimado de la banda moría, era costumbre entre los aché matar a una
niña y enterrarlos juntos. Los antropólogos que entrevistaron a los aché
registraron un caso en el que una cuadrilla abandonó a un hombre de edad
mediana que enfermó y no podía mantener el paso de los demás. Lo dejaron bajo
un árbol, sobre el que se posaron buitres, a la espera de una sustanciosa
pitanza. Pero el hombre se recuperó y, con paso enérgico, consiguió dar alcance
a la banda. Su cuerpo estaba cubierto de las heces de las aves, de manera que
desde entonces lo apodaron Deyecciones de Buitre.
Cuando
una mujer aché vieja se convertía en una carga para el resto de la banda, uno
de los hombres jóvenes se colocaba a hurtadillas detrás de ella y la mataba con
un golpe de hacha en la cabeza. Un hombre aché contaba a los inquisitivos
antropólogos los relatos de sus años de juventud en la jungla. «Yo solía matar
a las mujeres viejas. Maté a mis tías. […] Las mujeres me tenían miedo. […]
Ahora, aquí con los blancos, me he vuelto débil.» Los recién nacidos que
carecían de pelo, a los que consideraban subdesarrollados, eran sacrificados
inmediatamente. Una mujer recordaba que su primer bebé, una niña, fue muerta
porque los hombres de la cuadrilla no querían otra niña. En otra ocasión, un
hombre mató a un niño porque estaba «de mal humor y el niño lloraba». Otro niño
fue enterrado vivo porque «era divertido verlo, y los otros niños se reían».[15]
No
obstante, hemos de ser cautelosos a la hora de juzgar demasiado deprisa a los
aché. Los antropólogos que vivieron con ellos durante años informan que la
violencia entre los adultos era muy rara. Tanto hombres como mujeres eran
libres de intercambiar parejas a voluntad. Sonreían y reían constantemente,
carecían de una jerarquía de caudillaje y por lo general evitaban a la gente
dominante. Eran muy generosos con sus pocas posesiones, y no estaban
obsesionados con el éxito o las riquezas. Las cosas que más valoraban en la
vida eran las buenas interacciones sociales y las buenas amistades.[16] Consideraban el matar a
niños, a personas enfermas y a los ancianos de la misma manera que hoy en día
muchas personas consideran el aborto y la eutanasia. Hay que señalar asimismo
que los aché fueron cazados y muertos sin piedad por granjeros paraguayos. La
necesidad de eludir a sus enemigos hizo probablemente que los aché adoptaran
una actitud excepcionalmente dura hacia cualquiera que pudiera convertirse en
un impedimento para la banda.
Lo cierto
es que la sociedad aché, como toda sociedad humana, era muy compleja. Hemos de
guardarnos de demonizarla o de idealizarla sobre la base de un conocimiento
superficial. Los aché no eran ángeles ni demonios; eran humanos. Y también lo
eran los antiguos cazadores-recolectores.
§.
Hablando a los espíritus
¿Qué podemos decir acerca de la vida espiritual y mental de los antiguos
cazadores-recolectores? Se puede reconstruir con cierta fidelidad los rasgos
esenciales de la economía de los cazadores-recolectores sobre la base de
factores cuantificables y objetivos. Por ejemplo, podemos calcular cuántas
calorías diarias necesitaba una persona para sobrevivir, cuántas calorías
obtenía a partir de un kilogramo de nueces, y cuántas nueces podían recogerse
en un kilómetro cuadrado de bosque. Con estos datos, podemos hacer una
conjetura bien fundamentada sobre la importancia relativa de las nueces en su
dieta.
Pero
¿consideraban ellos que las nueces eran una exquisitez o un alimento básico y
trivial? ¿Creían que los nogales estaban habitados por espíritus? ¿Encontraban
bonitas las hojas de nogal? Si un muchacho cazador-recolector quería llevar a
una muchacha a un lugar romántico, ¿bastaba la sombra de un nogal? Por
definición, el mundo del pensamiento, las creencias y los sentimientos es mucho
más difícil de descifrar.
La
mayoría de los expertos están de acuerdo en que las creencias animistas eran
comunes entre los antiguos cazadores-recolectores. El animismo (del latín anima,
«alma» o «espíritu») es la creencia de que casi todos los lugares, todos los
animales, todas las plantas y todos los fenómenos naturales tienen conciencia y
sentimientos, y pueden comunicarse directamente con los humanos. Así, los
animistas pueden creer que la gran roca de la cumbre de la colina tiene deseos
y necesidades. La roca puede enfadarse por alguna cosa que la gente hizo y
alegrarse por alguna otra acción. La roca podría amonestar a la gente o pedirle
favores. Los humanos, por su parte, pueden dirigirse a la roca, para
apaciguarla o amenazarla. No solo la roca, sino también el roble del fondo del
valle es un ser animado, y lo mismo el río que fluye bajo la colina, la fuente
en el calvero del bosque, los matorrales que crecen a su alrededor, el sendero
hasta el calvero y los ratones de campo, los lobos y los cuervos que allí
beben. En el mundo animista, los objetos y los seres vivos no son los únicos
seres animados. Hay asimismo entidades inmateriales: los espíritus de los
muertos y seres amistosos y malévolos como los que en la actualidad llamamos
demonios, hadas y ángeles.
Los
animistas creen que no hay barreras entre los humanos y otros seres. Todos
pueden comunicarse directamente mediante palabras, canciones, bailes y
ceremonias. Un cazador puede dirigirse a un rebaño de ciervos y pedirle que uno
de ellos se sacrifique. Si la caza tiene éxito, el cazador puede pedirle al
animal muerto que lo perdone. Cuando alguien cae enfermo, el chamán puede
contactar con el espíritu que produjo la enfermedad e intentar pacificarlo o
asustarlo para que se vaya. Si es necesario, el chamán puede pedir ayuda a
otros espíritus. Lo que caracteriza todos estos actos de comunicación es que
las entidades a las que se invoca son seres locales. No son dioses universales,
sino más bien un ciervo concreto, un árbol concreto, un río determinado, un espíritu
particular.
De la
misma manera que no hay barreras entre los humanos y otros seres, tampoco hay
una jerarquía estricta. Las entidades no humanas no existen simplemente para
satisfacer las necesidades de los hombres. Ni tampoco son dioses todopoderosos
que gobiernan el mundo a su antojo. El mundo no gira alrededor de los humanos
ni alrededor de ningún otro grupo concreto de seres.
El
animismo no es una religión específica. Es un nombre genérico que engloba miles
de religiones, cultos y creencias muy distintos. Lo que hace que todos ellos
sean «animistas» es este enfoque común con respecto al mundo y al lugar del
hombre en él. Decir que los antiguos cazadores-recolectores eran probablemente
animistas es como decir que los agricultores pre modernos eran principalmente
teístas. El teísmo (del griego theós, «dios») es la idea de que el
orden universal se basa en una relación jerárquica entre los humanos y un
pequeño grupo de entidades etéreas llamadas dioses. Es ciertamente verdad decir
que los agriculturalistas pre modernos tendían a ser teístas, pero esto no nos
dice mucho acerca de los detalles. Bajo la etiqueta genérica «teístas» encontramos
los rabinos judíos de la Polonia del siglo XVIII, los puritanos del
Massachusetts del siglo XVII, que quemaban brujas, los sacerdotes aztecas del
México del siglo XV, los místicos sufíes del Irán del siglo XII, los guerreros
vikingos del siglo X, los legionarios romanos del siglo II y los burócratas
chinos del siglo I. Cada uno de ellos consideraba que las creencias y las
prácticas de los demás eran extrañas y heréticas. Las diferencias entre las
creencias y las prácticas de los grupos de cazadores-recolectores «animistas»
eran probablemente igual de grandes. Su experiencia religiosa pudo haber sido
turbulenta y llena de controversias, reformas y revoluciones.
Pero lo
máximo que podemos afirmar son prácticamente estas generalizaciones cautelosas.
Cualquier intento de describir los detalles de la espiritualidad arcaica es un
ejercicio especulativo, porque apenas hay pruebas y las pocas que tenemos (un
reducido número de artefactos y pinturas rupestres) pueden ser interpretadas de
mil maneras distintas. Las teorías de los expertos que afirman saber qué es lo
que sentían los cazadores-recolectores arrojan más luz sobre los prejuicios de
sus autores que sobre las religiones de la Edad de Piedra (véanse las figuras 7
y 8).
Figura 7. Una pintura de la cueva de Lascaux, hace entre 15.000 y 20.000
años. ¿Qué es lo que vemos, exactamente, y cuál es el significado de la
pintura? Hay quien dice que representa a un hombre con la cabeza de un pájaro y
un pene erecto, que es abatido por un bisonte. Bajo el hombre hay otro pájaro
que podría simbolizar el alma, liberada del cuerpo en el momento de la muerte.
Si es así, la pintura no representa un prosaico accidente de caza, sino más
bien el paso de este mundo al otro. Pero no tenemos manera de saber si alguna
de estas especulaciones es cierta. Es un test de Rorschach que revela mucho
acerca de las preconcepciones de los eruditos modernos, y poco acerca de las
creencias de los antiguos cazadores.
Figura 8. Unos cazadores-recolectores hicieron estas impresiones de manos
hace unos 9.000 años en la cueva de las Manos, en Argentina. Parece como si
estas manos, desaparecidas ya hace mucho tiempo, se extendieran hacia nosotros
desde el interior de la roca. Esta es una de las reliquias más emotivas del
mundo de los antiguos cazadores, pero nadie sabe qué significa.
En lugar
de erigir montañas de teoría sobre una topera de reliquias de tumbas, pinturas
rupestres y estatuillas de hueso, es mejor ser franco y admitir que solo
tenemos unas ideas muy vagas acerca de las religiones de los antiguos
cazadores-recolectores. Suponemos que eran animistas, pero este dato no es muy
informativo. No sabemos a qué espíritus rezaban, qué festividades celebraban, o
qué tabúes observaban. Y, lo más importante, no sabemos qué relatos contaban.
Esto constituye una de las mayores lagunas en nuestra comprensión de la
historia humana.
* * * *
El mundo
sociopolítico de los cazadores-recolectores es otra área de la que no sabemos
apenas nada. Tal como se ha explicado anteriormente, los expertos ni siquiera
pueden ponerse de acuerdo en los aspectos básicos, como la existencia de la
propiedad privada, las familias nucleares y las relaciones monógamas. Es
probable que las diversas bandas tuvieran estructuras diferentes. Algunas
pudieron haber sido tan jerárquicas, tensas y violentas como el más avieso de
los grupos de chimpancés, mientras que otras eran tan relajadas, pacíficas y
lascivas como un grupo de bonobos.
En
Sungir, Rusia, los arqueólogos descubrieron en 1955 un cementerio perteneciente
a una cultura de cazadores de mamuts de hace 30.000 años. En una tumba
encontraron el esqueleto de un hombre de cincuenta años, cubierto con ristras
de cuentas de marfil de mamut, que en total contenían unas 3.000 cuentas. En la
cabeza del hombre había un sombrero decorado con dientes de zorro, y en sus
muñecas 25 brazaletes de marfil. Otras tumbas de la misma localidad contenían
muchos menos bienes. Los expertos dedujeron que los cazadores de mamuts de
Sungir vivían en una sociedad jerárquica, y que el hombre muerto era quizá el
cabecilla de una banda o de toda una tribu que constaba de varias bandas. Es
improbable que unas pocas decenas de miembros de una única banda pudieran haber
producido por sí mismos tantas riquezas como había en la tumba.
Los
arqueólogos descubrieron después una tumba más interesante todavía. Contenía
dos esqueletos, enterrados frente a frente. Uno pertenecía a un chico de entre
doce y trece años de edad, el otro a una chica de entre nueve y diez años. El
chico estaba cubierto con 5.000 cuentas de marfil. Llevaba un sombrero de
dientes de zorro y un cinturón con 250 dientes de zorro (al menos tuvieron que
extraerse los dientes de 60 zorros para conseguir tantos). La niña estaba
adornada con 5.250 cuentas de marfil. Ambos niños estaban rodeados por
estatuillas y varios objetos de marfil. Un artesano (o artesana) diestro
probablemente necesitara unos 45 minutos para preparar una sola cuenta de
marfil. En otras palabras, preparar las 10.000 cuentas de marfil que cubrían a
los dos niños, por no mencionar los demás objetos, requirió unas 7.500 horas de
trabajo delicado, ¡mucho más de tres años de trabajo por parte de un artesano
experimentado!
Es muy
poco probable que a esta edad tan temprana los niños de Sungir se hubieran
distinguido como líderes o cazadores de mamuts. Solo las creencias culturales
pueden explicar por qué recibieron un entierro tan extravagante. Una teoría es
que debían su rango a sus padres. Quizá eran los hijos del cabecilla, en una
cultura que creía o bien en el carisma de la familia, o bien en reglas
estrictas de sucesión. De acuerdo con una segunda teoría, los niños habrían
sido identificados al nacer como la encarnación de algunos espíritus muertos
hacía tiempo. Una tercera teoría aduce que la tumba de los niños refleja la
manera en que murieron y no su nivel social en vida. Fueron sacrificados
ritualmente (quizá como parte de los ritos de enterramiento del cabecilla), y
después enterrados con pompa y circunstancia.[17]
Sea cual
sea la respuesta correcta, los niños de Sungir son una de las mejores pruebas
de que hace 30.000 años los sapiens podían inventar códigos sociopolíticos que
iban mucho más allá de los dictados de nuestro ADN y de las pautas de
comportamiento de otras especies humanas y animales.
§. ¿Paz o
guerra?
Finalmente está la peliaguda cuestión del papel de la guerra en las sociedades
de cazadores-recolectores. Algunos eruditos imaginan que las sociedades
antiguas de cazadores-recolectores eran paraísos pacíficos, y aducen que la
guerra y la violencia comenzaron solo con la revolución agrícola, cuando la
gente empezó a acumular propiedad privada. Otros especialistas sostienen que el
mundo de los antiguos cazadores-recolectores era excepcionalmente cruel y
violento. Ambas escuelas de pensamiento son castillos en el aire, conectados al
suelo por delgados cordeles de escasos restos arqueológicos y observaciones
antropológicas de los cazadores-recolectores actuales.
Las
pruebas antropológicas son intrigantes pero muy problemáticas. En la
actualidad, los cazadores-recolectores viven en áreas inhóspitas como el Ártico
y el Kalahari, en las que la densidad de población es muy baja y las
oportunidades para luchar con otras gentes son limitadas. Además, en las
generaciones recientes los cazadores-recolectores han estado cada vez más
sometidos a la autoridad de los estados modernos, que impiden la eclosión de
conflictos a gran escala. Los investigadores europeos han tenido solo dos
oportunidades de observar poblaciones grandes y relativamente densas de
cazadores-recolectores independientes: en Norteamérica noroccidental en el
siglo XIX y en el norte de Australia durante el siglo XIX y principios del XX.
Tanto las culturas amerindias como las aborígenes australianas dieron pruebas
de conflictos armados frecuentes. Sin embargo, es discutible si ello
representaba una condición «intemporal» o el impacto del imperialismo europeo.
Los
hallazgos arqueológicos son a la vez escasos y opacos. ¿Qué pistas reveladoras
podrían quedar de cualquier guerra que hubiera tenido lugar hace decenas de
miles de años? En aquel entonces no había fortificaciones ni muros, no había
cascos de artillería ni espadas o escudos. Una antigua punta de lanza pudo
haber sido usada en la guerra, pero también en la caza. Los huesos humanos
fosilizados no son menos difíciles de interpretar. Una fractura podría indicar
una herida de guerra o un accidente. Y tampoco la ausencia de fracturas y
cortes en un esqueleto antiguo es una prueba concluyente de que la persona a la
que pertenecía el esqueleto no muriera de una muerte violenta. La muerte puede
ser causada por traumatismos en los tejidos blandos que no dejan marcas en el
hueso. Y aún más importante: durante las guerras preindustriales, más del 90
por ciento de los muertos lo fueron por hambre, frío y enfermedades, y no por
armas. Imagine el lector que, hace 30.000 años, una tribu derrotara a su vecina
y la expulsara de tierras de forrajeo codiciadas. En la batalla decisiva,
murieron 10 miembros de la tribu derrotada. Al año siguiente, otros 100
miembros de la tribu vencida murieron de hambre, frío y enfermedad. Los
arqueólogos que hallaran estos 110 esqueletos podrían llegar muy fácilmente a
la conclusión de que la mayoría fueron víctimas de algún desastre natural. ¿De
qué otro modo podrían decir que todos fueron víctimas de una guerra despiadada?
Debidamente
advertidos, podemos considerar ahora los hallazgos arqueológicos. En Portugal
se hizo un estudio de 400 esqueletos del período inmediatamente anterior a la
revolución agrícola. Solo dos esqueletos mostraban marcas claras de violencia.
Un estudio similar de 400 esqueletos del mismo período en Israel descubrió una
única resquebrajadura en un único cráneo que podría atribuirse a la violencia
humana. Un tercer estudio de otros 400 esqueletos de varias localidades pre
agrícolas en el valle del Danubio encontró pruebas de violencia en 18
esqueletos. Dieciocho de un total de 400 puede no parecer mucho, pero en
realidad es un porcentaje muy alto. Si los 18 murieron en realidad de forma
violenta, esto significa que alrededor de un 4,5 por ciento de las muertes en
el antiguo valle del Danubio fueron causadas por la violencia humana. En la
actualidad, la media global es de solo el 1,5 por ciento, considerando la suma
de las causadas por la guerra y el crimen. Durante el siglo XX, solo el 5 por
ciento de las muertes humanas resultaron por la violencia humana, y eso en un
siglo que vio las guerras más sangrientas y los genocidios más masivos. Si esta
revelación se puede extrapolar, el antiguo valle del Danubio fue tan violento
como el siglo XX.[18]
Los
deprimentes hallazgos del valle del Danubio están respaldados por una serie de
descubrimientos igualmente deprimentes en otras regiones. En Jebel Sahaba, en
Sudán, se descubrió un cementerio de hace 12.000 años que contenía 59
esqueletos. Se encontraron puntas de flecha y de lanza incrustadas en los
huesos o situadas cerca de ellos en 24 esqueletos, un 40 por ciento del total.
El esqueleto de una mujer revelaba 12 heridas. En la cueva de Ofnet, en
Baviera, los arqueólogos descubrieron los restos de 38 cazadores-recolectores,
principalmente mujeres y niños, que habían sido arrojados en dos pozos de
enterramiento. La mitad de los esqueletos, incluidos los de niños y bebés,
presentaban claras señales de heridas por armas humanas, como garrotes y
cuchillos. Los pocos esqueletos pertenecientes a varones maduros presentaban
las peores marcas de violencia. Con toda probabilidad, una cuadrilla al
completo de cazadores-recolectores fue masacrada en Ofnet.
¿Qué
representa mejor el mundo de los antiguos cazadores-recolectores, los
esqueletos pacíficos de Israel y Portugal o los mataderos de Jebel Sahaba y
Ofnet? La respuesta es ninguno de ellos. De la misma manera que los
cazadores-recolectores exhibían una amplia gama de religiones y estructuras
sociales, probablemente también demostraban una variedad de tasas de violencia.
Mientras que algunas áreas y algunos períodos de tiempo pudieron haber gozado
de paz y tranquilidad, otros estuvieron marcados por conflictos brutales.[19]
§. El
telón de silencio
Si el panorama general de la vida de los antiguos cazadores-recolectores es
difícil de reconstruir, los acontecimientos concretos son irrecuperables en
gran medida. Cuando una cuadrilla de sapiens se adentró por primera vez en un
valle habitado por neandertales, los años siguientes pudieron haber contemplado
un drama histórico pasmoso. Lamentablemente, nada habría sobrevivido de un
encuentro tal excepto, en el mejor de los casos, algunos huesos fosilizados y
unos cuantos utensilios líticos que permanecen mudos bajo las más intensas
indagaciones de los expertos. De ellos podemos extraer información acerca de la
anatomía humana, la tecnología humana, la dieta humana y quizá incluso la
estructura social humana. Pero no revelan nada acerca de la alianza política
establecida entre bandas de sapiens vecinas, sobre los espíritus de los muertos
que bendijeron dicha alianza, o sobre las cuentas de marfil que se dieron en
secreto al hechicero local con el fin de asegurarse la bendición de los espíritus.
Este
telón de silencio oculta decenas de miles de años de historia. Estos largos
milenios bien pudieran haber contemplado guerras y revoluciones, exaltados
movimientos religiosos, profundas teorías filosóficas, incomparables obras
maestras artísticas. Los cazadores-recolectores pudieron haber tenido sus
napoleones conquistadores, que gobernaban imperios con un tamaño que era la
mitad de Luxemburgo; dotados beethovens que carecían de orquestas sinfónicas
pero que conmovían a su auditorio hasta las lágrimas con el sonido de sus
flautas de bambú; y profetas carismáticos que revelaban las palabras de un
roble local en lugar de las de un dios creador universal. Pero todo esto son
simples suposiciones. El telón de silencio es tan grueso que ni siquiera
podemos estar seguros de que tales hechos ocurrieran, y mucho menos
describirlos en detalle.
Los
expertos tienden a plantear únicamente aquellas cuestiones que pueden responder
de manera razonable. Sin el descubrimiento de herramientas de investigación de
las que hasta ahora no disponemos, probablemente no sabremos nunca qué es lo
que creían los antiguos cazadores-recolectores o qué dramas políticos vivieron.
Pero, aun así, es vital formular preguntas para las que no tenemos respuesta,
de otro modo, podríamos sentirnos tentados de descartar 60.000 o 70.000 años de
historia humana con la excusa de que «las gentes que vivieron entonces no
hicieron nada de importancia».
Lo cierto
es que hicieron muchas cosas importantes. En particular, modelaron el mundo que
nos rodea en un grado mucho mayor de lo que la mayoría de la gente piensa. Los
viajeros que visitan la tundra siberiana, los desiertos de Australia central y
la pluviselva amazónica creen haber penetrado en paisajes prístinos,
prácticamente intocados por manos humanas. Pero es una ilusión. Los
cazadores-recolectores estuvieron allí antes que nosotros y produjeron cambios
espectaculares incluso en las junglas más densas y en los desiertos más
desolados. En el capítulo siguiente se explica de qué manera los
cazadores-recolectores remodelaron completamente la ecología de nuestro planeta
mucho antes de que se construyera la primera aldea agrícola. Las bandas
merodeadoras de sapiens contadores de relatos fueron la fuerza más importante y
más destructora que el reino animal haya creado nunca.
Capítulo
4
El Diluvio
Contenido:
§.
Culpable de los cargos imputados
§. El final del perezoso
§. El arca de Noé
Antes de
la revolución cognitiva, los humanos de todas las especies vivían
exclusivamente en el continente afroasiático. Es cierto que habían colonizado
unas pocas islas nadando cortos trechos de agua o cruzándolos con almadías
improvisadas. Flores, por ejemplo, fue colonizada muy pronto, hace 850.000
años. Pero fueron incapaces de aventurarse en mar abierto, y ninguno llegó a
América, Australia o a islas remotas como Madagascar, Nueva Zelanda y Hawái.
La
barrera que constituía el mar impidió no solo a los humanos, sino también a
otros muchos animales afroasiáticos, alcanzar este «mundo exterior». Como
resultado, los organismos de tierras distantes como Australia y Madagascar
evolucionaron en aislamiento durante millones y millones de años, adoptando
formas y naturalezas muy diferentes de las de sus parientes afroasiáticos. El
planeta Tierra estaba dividido en varios ecosistemas distintos, cada uno de
ellos constituido por un conjunto único de animales y plantas. Sin
embargo, Homosapiens estaba a punto de poner punto final a
esta exuberancia biológica.
A raíz de
la revolución cognitiva, los sapiens adquirieron la tecnología, las habilidades
de organización y quizá incluso la visión necesaria para salir de Afroasia y
colonizar el mundo exterior. Su primer logro fue la colonización de Australia,
hace unos 45.000 años. Los expertos tienen dificultades para explicar esta
hazaña. Con el fin de alcanzar Australia, los humanos tuvieron que cruzar
varios brazos de mar, algunos de más de 100 kilómetros de ancho, y al llegar
tuvieron que adaptarse casi de la noche a la mañana a un ecosistema
completamente nuevo.
La teoría
más razonable sugiere que, hace unos 45.000 años, los sapiens que vivían en el
archipiélago indonesio (un grupo de islas separadas de Asia y entre sí
únicamente por estrechos angostos) desarrollaron las primeras sociedades de
navegantes. Aprendieron cómo construir y gobernar bajeles que se hacían a la
mar y se convirtieron en pescadores, comerciantes y exploradores a larga
distancia. Esto habría producido una transformación sin precedentes en las
capacidades y estilos de vida humanos. Todos los demás animales que se
adentraron en el mar (focas, sirenios, delfines) tuvieron que evolucionar
durante eones para desarrollar órganos especializados y un cuerpo
hidrodinámico. Los sapiens de Indonesia, descendientes de simios que vivieron
en la sabana africana, se convirtieron en navegantes del Pacífico sin que les
crecieran aletas y sin tener que esperar a que su nariz migrara a la parte
superior de la cabeza, como les ocurrió a los cetáceos. En lugar de ello,
construyeron barcas y aprendieron cómo gobernarlas. Y estas habilidades les
permitieron alcanzar Australia y colonizarla.
Es cierto
que los arqueólogos todavía no han desenterrado balsas, remos o aldeas de
pescadores que se remonten a hace 45.000 años (serían difíciles de descubrir,
porque el nivel del mar ha subido y ha sumergido la antigua línea de costa de
Indonesia bajo 100 metros de océano). No obstante, existen sólidas pruebas
circunstanciales que respaldan esta teoría, especialmente el hecho de que, en
los miles de años que siguieron a su instalación en Australia, los sapiens
colonizaron un gran número de islas pequeñas y aisladas en el norte. Algunas,
como Buka y Manus, estaban separadas de la tierra más próxima por 200
kilómetros de aguas abiertas. Es difícil creer que alguien hubiera alcanzado y
colonizado Manus sin embarcaciones complejas y habilidades de navegación. Tal
como se ha mencionado anteriormente, existen asimismo pruebas fehacientes de
comercio marítimo regular entre algunas de dichas islas, como Nueva Irlanda y
Nueva Bretaña.[20]
El viaje
de los primeros humanos a Australia es uno de los acontecimientos más
importantes de la historia, al menos tan importante como el viaje de Colón a
América o la expedición del Apolo 11 a la Luna. Fue la primera vez que un
humano consiguió abandonar el sistema ecológico afroasiático (en realidad, la
primera vez que un mamífero terrestre grande había conseguido cruzar desde
Afroasia a Australia). De mayor importancia todavía fue lo que los pioneros
humanos hicieron en este nuevo mundo. El momento en el que el primer
cazador-recolector pisó una playa australiana fue el momento en el que Homo
sapiens ascendió el peldaño más alto en la cadena alimentaria y se
convirtió en la especie más mortífera que ha habido en los cuatro mil millones
de años de la historia de la vida en la Tierra.
Hasta
entonces, los humanos habían mostrado algunas adaptaciones y comportamientos
innovadores, pero su efecto en su ambiente había sido insignificante. Habían
demostrado un éxito notable a la hora de desplazarse y adaptarse a diversos
hábitats, pero lo hicieron sin cambiar drásticamente dichos hábitats. Los
colonizadores de Australia o, de manera más precisa, sus conquistadores, no
solo se adaptaron. Transformaron el ecosistema australiano hasta dejarlo
irreconocible.
La
primera huella humana en una playa arenosa australiana fue inmediatamente
borrada por las olas. Pero cuando los invasores avanzaron tierra adentro,
dejaron tras de sí una huella diferente, una huella que jamás se borraría. A
medida que se adentraban en el continente encontraron un extraño universo de
animales desconocidos, que incluían un canguro de 2 metros y 200 kilogramos y
un león marsupial, tan grande como un tigre actual, el mayor depredador del
continente. En los árboles forrajeaban koalas demasiado grandes para
acariciarlos y en las llanuras corrían aves ápteras que tenían el doble de
tamaño de los avestruces. Bajo la maleza se deslizaban lagartos de aspecto de
dragón y serpientes de 5 metros de largo. El gigantesco diprotodonte, un uómbat
de 2,5 toneladas, vagaba por los bosques. Con excepción de las aves y los
reptiles, todos estos animales eran marsupiales: como los canguros, parían
crías minúsculas y desvalidas, de aspecto fetal, que después alimentaban con
leche en bolsas abdominales. Los mamíferos marsupiales eran casi desconocidos
en África y Asia, pero en Australia eran los dueños supremos.
En
cuestión de unos pocos miles de años, prácticamente todos estos gigantes
desaparecieron. De las 24 especies animales que pesaban 50 kilogramos o más, 23
se extinguieron.[21] También desapareció un gran
número de especies más pequeñas. Las cadenas alimentarias en todo el ecosistema
australiano se descompusieron y se reorganizaron. Fue la transformación más
importante del ecosistema australiano durante millones de años, pero ¿acaso fue
todo culpa de Homo sapiens?
§.
Culpable de los cargos imputados
Algunos estudiosos intentan exonerar a nuestra especie, cargando las culpas a
los caprichos del clima (el chivo expiatorio habitual en tales casos). Sin
embargo, es difícil creer que Homo sapiens fuera completamente
inocente. Hay tres tipos de pruebas que debilitan la coartada del clima e
implican a nuestros antepasados en la extinción de la mega fauna australiana.
En primer
lugar, aunque el clima de Australia cambió hace unos 45.000 años, esto no
supuso ningún trastorno notable. Es difícil creer que únicamente unas nuevas
pautas meteorológicas pudieron haber causado una extinción tan generalizada.
Hoy en día es común explicarlo todo como resultado del cambio climático, pero
lo cierto es que el clima de la Tierra nunca descansa. Se halla en un flujo
constante. Así pues, podemos afirmar que todos los acontecimientos de la
historia tuvieron lugar con algún cambio climático de fondo.
En
particular, nuestro planeta ha experimentado numerosos ciclos de enfriamiento y
calentamiento. Durante el último millón de años ha habido una glaciación cada
100.000 años de promedio. La última tuvo lugar desde hace unos 75.000 años
hasta hace 15.000. No fue especialmente severa para un período glacial, y tuvo
un par de máximos, el primero hace unos 70.000 años y el segundo hace unos
20.000 años. El diprotodonte gigante apareció en Australia hace más de 1,5
millones de años y resistió con éxito al menos a diez glaciaciones previas.
También sobrevivió al primer máximo del último período glacial, hace unos
70.000 años. ¿Por qué, entonces, desapareció hace 45.000 años? Desde luego, si
los diprotodontes hubieran sido los únicos animales grandes en desaparecer en
esa época, podría ser fruto de la casualidad. Pero junto con el diprotodonte
desapareció más del 90 por ciento de la mega fauna australiana. Las pruebas son
circunstanciales, si bien resulta difícil imaginar que los sapiens, solo por
coincidencia, llegaron a Australia en el momento preciso en que todos estos
animales caían muertos por el frío.[22]
En
segundo lugar, cuando el cambio climático causa extinciones en masa, los
organismos marinos suelen verse tan afectados como los terrestres. Sin embargo,
no existe evidencia de ninguna desaparición significativa de la fauna oceánica
hace 45.000 años. La implicación humana puede explicar fácilmente por qué la
oleada de extinciones obliteró a la mega fauna terrestre de Australia y no
afectó a la de los océanos circundantes. A pesar de sus capacidades iniciales
de navegación, Homo sapiens era todavía una amenaza
abrumadoramente terrestre.
En tercer
lugar, extinciones en masa parecidas a la diezmación arquetípica australiana
tuvieron lugar una y otra vez a lo largo de los milenios siguientes… cada vez
que los humanos colonizaban otra parte del mundo exterior. En estos casos, la
culpabilidad de los sapiens es irrefutable. Por ejemplo, la mega fauna de Nueva
Zelanda (que había resistido sin el menor rasguño el supuesto «cambio
climático» de hace unos 45.000 años), sufrió golpes devastadores inmediatamente
después de que los primeros humanos pusieran el pie en las islas. Los maoríes,
los primeros sapiens que colonizaron Nueva Zelanda, alcanzaron las islas hace
unos ochocientos años. En un par de siglos, la mayoría de la mega fauna local
se había extinguido, junto con el 60 por ciento de todas las especies de aves.
Una
suerte similar tuvo la población de mamuts de la isla de Wrangel, en el océano
Ártico (a 200 kilómetros al norte de la costa de Siberia). Los mamuts habían
prosperado durante millones de años en la mayor parte del hemisferio norte,
pero cuando Homo sapiens se extendió, primero sobre Eurasia y
después por Norteamérica, los mamuts se retiraron. Hace 10.000 años, no podía
encontrarse un solo mamut en el mundo, con excepción de unas pocas islas
árticas, en especial la de Wrangel. Los mamuts de Wrangel continuaron
prosperando unos cuantos milenios más y después, de repente, desaparecieron
hace unos 4.000 años, justo cuando los primeros humanos llegaron a la isla.
Si la
extinción australiana fuera un acontecimiento aislado, podríamos conceder a los
humanos el beneficio de la duda. Pero el registro histórico hace que Homo
sapiens aparezca como un asesino ecológico en serie.
* * * *
Todo lo
que los colonizadores de Australia tenían a su disposición era tecnología de la
Edad de Piedra. ¿Cómo pudieron causar un desastre ecológico? Hay tres
explicaciones que encajan muy bien.
Los
animales grandes (las principales víctimas de la extinción australiana) se
reproducen lentamente. La preñez es prolongada, las crías por parto son pocas,
y hay largos intervalos entre embarazo y embarazo. En consecuencia, si los
humanos eliminaban aunque solo fuera un diprotodonte cada pocos meses, esto era
suficiente para hacer que las muertes de diprotodontes superaran a los
nacimientos. Al cabo de unos pocos miles de años, moriría el último y solitario
diprotodonte, y con él toda su especie.[23]
De hecho,
y a pesar de su tamaño, tal vez los diprotodontes y los otros animales gigantes
de Australia no habrían sido tan difíciles de cazar porque sus asaltantes de
dos patas los habrían pillado totalmente desprevenidos. Varias especies humanas
habían estado vagando y evolucionando en Afroasia durante dos millones de años.
Perfeccionaron lentamente sus habilidades de caza, y empezaron a ir tras los
animales grandes hace unos 400.000 años. Las grandes bestias de África y Asia
comprendieron gradualmente qué pretendían los humanos, y aprendieron a
evitarlos. Cuando el nuevo mega depredador (Homo sapiens) apareció en la
escena afroasiática, los grandes animales ya sabían mantenerse a distancia de
animales que se parecían a él. En cambio, los gigantes australianos no tuvieron
tiempo de aprender a huir. Los humanos no tienen un aspecto particularmente peligroso.
No poseen dientes largos y afilados ni un cuerpo musculoso y elástico. De modo
que cuando un diprotodonte, el mayor marsupial que haya hollado la Tierra, fijó
la vista por primera vez en este simio de aspecto endeble, le dedicó una mirada
y después continuó masticando hojas. Estos animales tenían que desarrollar el
miedo a los humanos, pero antes de que pudieran hacerlo ya habían desaparecido.
La
segunda explicación es que, cuando los sapiens llegaron a Australia, ya
dominaban la agricultura del fuego. Enfrentados a un ambiente extraño y
amenazador, incendiaban deliberadamente vastas áreas de malezas infranqueables
y bosques densos para crear praderas abiertas, que entonces atraían a animales
que se podían cazar con más facilidad, y que eran más adecuadas a sus
necesidades. De esta manera cambiaron completamente la ecología de grandes
partes de Australia en unos pocos milenios.
Un
conjunto de pruebas que respaldan esta hipótesis es el registro fósil vegetal.
Los árboles del género Eucalyptus eran raros en Australia hace
45.000 años. Sin embargo, con la llegada de Homo sapiens se
inauguró una edad dorada para estas especies. Puesto que los eucaliptos se
regeneran particularmente bien después de un incendio, se extendieron por todas
partes mientras otros árboles desaparecían.
Estos
cambios en la vegetación influyeron en los animales que comían las plantas y en
los carnívoros que comían a los herbívoros. Los koalas, que subsisten
únicamente a base de hojas de eucaliptos, se abrieron camino masticando
felizmente a nuevos territorios, mientras que la mayoría de los demás animales
sufrieron mucho. Numerosas cadenas alimentarias australianas se desplomaron,
conduciendo a la extinción a los eslabones más débiles.[24]
Una
tercera explicación coincide en que la caza y la agricultura del fuego
desempeñaron un papel importante en la extinción, pero sostiene que no se puede
ignorar por completo el papel del clima. Los cambios climáticos que hostigaron
a Australia hace unos 45.000 años desestabilizaron el ecosistema y lo hicieron
particularmente vulnerable. En circunstancias normales es probable que el
sistema se hubiera recuperado, como había ocurrido muchas veces con
anterioridad. Sin embargo, los humanos aparecieron en escena precisamente en
esta encrucijada crítica y empujaron al abismo al frágil ecosistema. La
combinación de cambio climático y caza humana es particularmente devastadora
para los grandes animales, puesto que los ataca desde diferentes ángulos y es
difícil encontrar una buena estrategia de supervivencia que funcione de manera
simultánea contra múltiples amenazas.
Sin más
pruebas, no hay manera de decantarse entre estas tres situaciones hipotéticas.
Pero, ciertamente, hay buenas razones para creer que si Homo sapiens no
hubiera ido nunca a Australia, todavía habría allí leones marsupiales,
diprotodontes y canguros gigantes.
§. El
final del perezoso
La extinción de la mega fauna australiana fue probablemente la primera marca
importante que Homo sapiens dejó en nuestro planeta. Fue
seguida por un desastre ecológico todavía mayor, esta vez en América. Homo
sapiens fue la primera y única especie humana en alcanzar la masa
continental del hemisferio occidental, a la que llegó hace unos 16.000 años, es
decir, alrededor de 14000 a.C. Los primeros americanos llegaron a pie, gracias
a que en aquella época el nivel del mar era lo bastante bajo para que un puente
continental conectara el nordeste de Siberia con el noroeste de Alaska. No es
que la travesía fuera fácil; el viaje era arduo, incluso más si cabe que la
travesía hasta Australia. Para emprenderlo, los sapiens tuvieron primero que
aprender a soportar las extremas condiciones árticas del norte de Siberia, una
región en la que el sol no luce nunca en invierno, y en la que la temperatura
puede descender hasta –50 grados Celsius.
Ninguna
especie humana anterior había conseguido penetrar en lugares como el norte de
Siberia. Incluso los neandertales, que estaban adaptados al frío, se hallaban
limitados a regiones relativamente más cálidas, situadas más al sur. Pero Homo
sapiens, cuyo cuerpo estaba adaptado a vivir en la sabana más que en los
países de nieve y hielo, inventó soluciones ingeniosas. Cuando las bandas
errantes de sapiens cazadores-recolectores emigraron a climas más fríos,
aprendieron a hacer raquetas de nieve y ropa térmica efectiva compuesta de
capas de pieles y cuero, cosidas juntas y muy apretadas con ayuda de agujas.
Desarrollaron nuevas armas y elaboradas técnicas de caza que les permitieron
rastrear y matar a mamuts y a otros animales grandes del lejano norte. A medida
que sus ropajes térmicos y sus técnicas de caza mejoraban, los sapiens se
atrevieron a adentrarse cada vez más profundamente en las regiones heladas. Y
al tiempo que se desplazaban hacia el norte, sus vestidos, sus estrategias de
caza y otras habilidades de supervivencia continuaron mejorando.
Pero ¿por
qué se molestaron? ¿Por qué desterrarse a Siberia voluntariamente? Quizá
algunas bandas fueron empujadas hacia el norte por guerras, presiones
demográficas o desastres naturales. Aunque también había razones positivas para
ir. Una de ellas era la proteína animal. En las tierras árticas abundaban los
animales grandes y suculentos, como los renos y los mamuts. Cada mamut era
fuente de una enorme cantidad de carne (que, dadas las bajas temperaturas,
incluso podía congelarse para su uso posterior), gustosa grasa, piel caliente y
valioso marfil. Tal como atestiguan los hallazgos de Sungir, los cazadores de
mamuts no solo sobrevivieron en el helado norte, sino que prosperaron. A medida
que pasaba el tiempo, las bandas se extendieron por todas partes, persiguiendo
a mamuts, mastodontes, rinocerontes y renos. Hacia 14000 a.C., la cacería llevó
a algunos de ellos desde el nordeste de Siberia a Alaska. Desde luego, no
sabían que estaban descubriendo un nuevo mundo. Tanto para los mamuts como para
los hombres, Alaska era una mera extensión de Siberia.
Al
principio, los glaciares bloqueaban el camino desde Alaska al resto de América
aunque unos pocos pioneros pudieron haber superado estos obstáculos navegando a
lo largo de la costa. Hacia el año 12000 a.C. el calentamiento global fundió el
hielo y abrió un paso terrestre más fácil. Utilizando el nuevo corredor, la
gente se desplazó hacia el sur en masa, extendiéndose por todo el continente.
Aunque originalmente se habían adaptado a cazar animales grandes en el Ártico,
pronto se ajustaron a una sorprendente variedad de climas y ecosistemas. Los
descendientes de los siberianos se instalaron en los densos bosques del este de
Estados Unidos, los pantanos del delta del Mississippi, los desiertos de México
y las húmedas junglas de América Central. Algunos establecieron su hogar en la
cuenca del Amazonas, otros echaron raíces en los valles de las montañas andinas
o en las pampas abiertas de Argentina. ¡Y todo esto ocurrió en solo uno o dos
milenios! Hacia 10000 a.C., los humanos ya habitaban en el punto más meridional
de América, la isla de Tierra del Fuego, en la punta austral del continente.
El blitzkrieg humano a través de América atestigua el ingenio
incomparable y la adaptabilidad sin parangón de Homosapiens. Ningún
otro animal se había desplazado nunca a una variedad tan enorme de hábitats
radicalmente distintos con tanta rapidez, utilizando en todas partes casi los
mismos genes.[25]
La
colonización de América por parte de los sapiens no fue en absoluto incruenta.
Dejó atrás un largo reguero de víctimas. La fauna americana de hace 14.000 años
era mucho más rica que en la actualidad. Cuando los primeros americanos se
dirigieron hacia el sur desde Alaska hacia las llanuras de Canadá y el oeste de
Estados Unidos, encontraron mamuts y mastodontes, roedores del tamaño de osos,
manadas de caballos y camellos, leones de enorme tamaño y decenas de especies
grandes cuyos equivalentes son hoy en día completamente desconocidos, entre
ellos los temibles felinos de dientes de sable y los perezosos terrestres
gigantes que pesaban hasta 8 toneladas y alcanzaban una altura de 6 metros.
Sudamérica albergaba un zoológico todavía más exótico de grandes mamíferos,
reptiles y aves. Las Américas eran un gran laboratorio de experimentación
evolutiva, un lugar en el que animales y plantas desconocidos en África y Asia
habían evolucionado y medrado.
Sin
embargo, toda esa diversidad desapareció. Dos mil años después de la llegada de
los sapiens, la mayoría de estas especies únicas se habían extinguido. Según
estimaciones actuales, en este corto intervalo Norteamérica perdió 34 de sus 47
géneros de mamíferos grandes y Sudamérica perdió 50 de un total de 60. Los
felinos de dientes de sable, después de haber prosperado a lo largo de más de
30 millones de años, desaparecieron, y la misma suerte corrieron los perezosos
terrestres gigantes, los enormes leones, los caballos americanos nativos, los
camellos americanos nativos, los roedores gigantes y los mamuts. Tras ellos,
miles de especies de mamíferos, reptiles y aves de menor tamaño e incluso
insectos y parásitos se extinguieron también (cuando los mamuts desaparecieron,
todas las especies de garrapatas de mamuts cayeron en el olvido).
Durante
décadas, paleontólogos y zooarqueólogos (personas que buscan y estudian restos
animales) han estado peinando las llanuras y las montañas de las Américas en
busca de huesos fosilizados de antiguos camellos y de las heces petrificadas de
los perezosos terrestres gigantes. Cuando encuentran lo que buscan, los tesoros
son cuidadosamente empaquetados y enviados a los laboratorios, donde cada hueso
y cada coprolito (el nombre técnico de los excrementos fosilizados) son
estudiados y datados con meticulosidad. Una y otra vez, estos análisis
arrojaron los mismos resultados: las pelotas de excremento más frescas y los
huesos de camello más recientes se remontan al período en el que los humanos
inundaron América, es decir, aproximadamente entre 12000 y 9000 años a.C. Solo
en una región, los científicos han descubierto pelotas de excremento más
recientes: en varias islas del Caribe, en particular Cuba y La Española,
encontraron heces petrificadas de perezoso terrestre datadas alrededor de 5000
a.C., fecha en la que los primeros humanos consiguieron atravesar el mar Caribe
y colonizar estas dos grandes islas.
De nuevo,
algunos estudiosos intentan exonerar a Homo sapiens y echan la
culpa al cambio climático (lo que les obliga a plantear que, por alguna razón
misteriosa, el clima de las islas caribeñas permaneció estático durante 7.000
años, mientras que el resto del hemisferio occidental se caldeó). Sin embargo,
no se pueden eludir las bolas de excremento en América. Nosotros somos los
culpables. No hay manera de eludir esta verdad. Aun en el caso de que
hubiéramos contado con la complicidad del cambio climático, la contribución
humana fue decisiva.[26]
§. El
arca de Noé
Si sumamos las extinciones en masa en Australia y América, y añadimos las
extinciones a menor escala que tuvieron lugar mientras Homo sapiens se
extendía por Afroasia (como la extinción de todas las demás especies humanas) y
las extinciones que se produjeron cuando los antiguos cazadores-recolectores
colonizaron islas remotas como Cuba, la conclusión inevitable es que la primera
oleada de colonización de los sapiens fue uno de los desastres ecológicos
mayores y más céleres que acaeció en el reino animal. Los animales que más
padecieron fueron los grandes y peludos. En la época de la revolución cognitiva
vivían en el planeta unos 200 géneros de animales terrestres grandes que
pesaban más de 50 kilogramos. En la época de la revolución agrícola solo
quedaban alrededor de 100. Homo sapiens llevó a la extinción a
cerca de la mitad de las grandes bestias del planeta mucho antes de que los
humanos inventaran la rueda, la escritura o las herramientas de hierro.
Esta
tragedia ecológica se volvió a repetir en innumerables ocasiones y a una escala
menor después de la revolución agrícola. El registro arqueológico de una isla
tras otra cuenta la misma triste historia. La tragedia empieza con una escena
que muestra una población rica y variada de animales grandes, sin traza alguna
de humanos. En la escena segunda, aparecen los sapiens, de lo que dan prueba un
hueso humano, una punta de lanza o quizá restos de cerámica. Sigue rápidamente
la escena tercera, en la que hombres y mujeres ocupan el centro del escenario y
la mayoría de los grandes animales, junto con muchos de los más pequeños, han
desaparecido.
La gran
isla de Madagascar, a unos 400 kilómetros al este del continente africano,
ofrece un ejemplo famoso. A lo largo de millones de años de aislamiento, allí
evolucionó una colección única de animales. Entre ellos se contaban el ave
elefante, un animal áptero de tres metros de altura y que pesaba casi media
tonelada (la mayor ave del mundo) y los lémures gigantes, los mayores primates
del globo. Las aves elefante y los lémures gigantes, junto con la mayor parte
de los demás animales grandes de Madagascar, desaparecieron de repente hace
unos 1.500 años… precisamente cuando los primeros humanos pusieron el pie en la
isla.
En el
océano Pacífico, la principal oleada de extinción empezó alrededor del 1500
a.C., cuando agricultores polinesios colonizaron las islas Salomón, Fiyi y
Nueva Caledonia. Eliminaron, directa o indirectamente, a cientos de especies de
aves, insectos, caracoles y otros habitantes locales. Desde allí, la oleada de
extinción se desplazó gradualmente hacia el este, el sur y el norte, hacia el
centro del océano Pacífico, arrasando a su paso la fauna única de Samoa y Tonga
(1200 a.C.), las islas Marquesas (1 d.C.), la isla de Pascua, las islas Cook y
Hawái (500 d.C.) y, finalmente, Nueva Zelanda (1200 d.C.).
Desastres
ecológicos similares ocurrieron en casi todos los miles de islas que salpican
el océano Atlántico, el océano Índico, el océano Ártico y el mar Mediterráneo.
Los arqueólogos han descubierto incluso en las islas más diminutas pruebas de
la existencia de aves, insectos y caracoles que vivieron allí durante
incontables generaciones, y que desaparecieron cuando llegaron los primeros
agricultores humanos. Solo unas pocas islas extremadamente remotas se libraron
de la atención del hombre hasta época moderna, y estas islas mantuvieron su
fauna intacta. Las islas Galápagos, para poner un ejemplo famoso, permanecieron
inhabitadas por los humanos hasta el siglo XIX, por lo que preservaron su
zoológico único, incluidas las tortugas gigantes, que, como los antiguos
diprotodontes, no muestran temor ante los humanos.
La
primera oleada de extinción, que acompañó a la expansión de los
cazadores-recolectores, fue seguida por la segunda oleada de extinción, que
acompañó la expansión de los agricultores, y nos proporciona una importante
perspectiva sobre la tercera oleada de extinción, que la actividad industrial
está causando en la actualidad. No crea el lector a los ecologistas
sentimentales que afirman que nuestros antepasados vivían en armonía con la
naturaleza. Mucho antes de la revolución industrial, Homo sapiens ostentaba
el récord entre todos los organismos por provocar la extinción del mayor número
de especies de plantas y animales. Poseemos la dudosa distinción de ser la
especie más mortífera en los anales de la biología.
Quizá si
hubiera más personas conscientes de las extinciones de la primera y la segunda
oleada, se mostrarían menos indiferentes acerca de la tercera oleada, de la que
forman parte. Si supiéramos cuántas especies ya hemos erradicado, podríamos
estar más motivados para proteger a las que todavía sobreviven. Esto es
especialmente relevante para los grandes animales de los océanos. A diferencia
de sus homólogos terrestres, los grandes animales marinos sufrieron
relativamente poco en las revoluciones cognitiva y agrícola. Pero muchos de
ellos se encuentran ahora al borde de la extinción como resultado de la
contaminación industrial y del uso excesivo de los recursos oceánicos por parte
de los humanos. Si las cosas continúan al ritmo actual, es probable que las
ballenas, tiburones, atunes y delfines sigan el mismo camino hasta el olvido
que los diprotodontes, los perezosos terrestres y los mamuts. Entre los grandes
animales del mundo, los únicos supervivientes del diluvio humano serán los
propios humanos, y los animales de granja que sirven como galeotes en el Arca
de Noé.
Parte II
La revolución agrícola
Figura 9. Pintura mural de una tumba egipcia, que data de hace unos 3.500
años e ilustra escenas agrícolas habituales.
Capítulo
5
El mayor fraude de la historia
Contenido:
§. La
trampa del lujo
§. Intervención divina
§. Víctimas de la revolución
Durante
2,5 millones de años, los humanos se alimentaron recolectando plantas y cazando
animales que vivían y se reproducían sin su intervención. Homo erectus, Homo
ergaster y los neandertales recogían higos silvestres y cazaban
carneros salvajes sin decidir dónde arraigarían las higueras, en qué prado
debería pastar un rebaño de carneros o qué macho cabrío inseminaría a qué
cabra. Homo sapiens se extendió desde África oriental a
Oriente Próximo, hasta Europa y Asia, y finalmente hasta Australia y América; pero,
dondequiera que fuera, los sapiens continuaron viviendo también mediante la
recolección de plantas silvestres y la caza de animales salvajes. ¿Por qué
hacer cualquier otra cosa cuando tu estilo de vida te da de comer en abundancia
y sostiene un rico mundo de estructuras sociales, creencias religiosas y
dinámicas políticas?
Todo esto
cambió hace unos 10.000 años, cuando los sapiens empezaron a dedicar casi todo
su tiempo y esfuerzo a manipular la vida de unas pocas especies de animales y
plantas. Desde la salida hasta la puesta de sol los humanos sembraban semillas,
regaban las plantas, arrancaban malas hierbas del suelo y conducían a los
carneros a los mejores pastos. Estas tareas, pensaban, les proporcionarían más
frutos, grano y carne. Fue una revolución en la manera en que vivían los
humanos: la revolución agrícola.
La
transición a la agricultura se inició alrededor de 9500-8500 a.C. en el país
montuoso del sudeste de Turquía, el oeste de Irán y el Levante. Empezó
lentamente, y en un área geográfica restringida. El trigo y las cabras se
domesticaron aproximadamente hacia 9000 a.C.; los guisantes y las lentejas
hacia 8000 a.C.; los olivos hacia 5000 a.C.; los caballos hacia 4000 a.C., y la
vid en 3500 a.C. Algunos animales y plantas, como los camellos y los anacardos,
se domesticaron incluso más tarde, pero en 3500 a.C. la principal oleada de
domesticación ya había terminado. Incluso en la actualidad, con todas nuestras
tecnologías avanzadas, más del 90 por ciento de las calorías que alimentan a la
humanidad proceden del puñado de plantas que nuestros antepasados domesticaron
entre 9500 y 3500 a.C.: trigo, arroz, maíz, patatas, mijo y cebada. En los
últimos 2.000 años no se ha domesticado ninguna planta o animal dignos de
mención. Si nuestra mente es la de los cazadores-recolectores, nuestra cocina
es la de los antiguos agricultores.
Antaño,
los estudiosos creían que la agricultura se extendió desde un único punto de
origen en Oriente Próximo hasta los cuatro extremos del mundo. En la
actualidad, los entendidos están de acuerdo en que en otras partes del mundo
surgió también la agricultura, pero no porque los agricultores de Oriente
Próximo exportaran su revolución, sino de manera completamente independiente.
Los pueblos de América Central domesticaron el maíz y las habichuelas sin saber
nada del cultivo del trigo y los guisantes en Oriente Próximo. Los
sudamericanos descubrieron cómo cultivar patatas y criar llamas, ignorantes de
lo que ocurría tanto en México como en el Levante. Los primeros revolucionarios
en China domesticaron el arroz, el mijo y los cerdos. Los primeros jardineros
de Norteamérica fueron los que se cansaron de registrar el sotobosque en busca
de calabacines comestibles y decidieron cultivar calabazas. Los habitantes de
Nueva Guinea domesticaron la caña de azúcar y los plátanos, mientras que los
primeros granjeros de África occidental produjeron el mijo africano, el arroz
africano, el sorgo y el trigo conforme a sus necesidades. Desde estos puntos
focales iniciales, la agricultura se extendió por todas partes. En el siglo I
a.C., la inmensa mayoría de las personas en la mayor parte el mundo eran
agricultores.
¿Por qué
se produjeron revoluciones agrícolas en Oriente Próximo, China y América
Central y no en Australia, Alaska o Sudáfrica? La razón es simple: la mayoría
de las especies de plantas y animales no se pueden domesticar. Los sapiens
podían extraer del suelo deliciosas trufas y abatir mamuts lanudos, pero
domesticar estas especies estaba fuera de sus posibilidades; los hongos eran
demasiado escurridizos y las gigantescas bestias, demasiado feroces. De los
miles de especies que nuestros antepasados cazaban y recolectaban, solo unas
pocas eran candidatas adecuadas para cultivarlas y apriscarlas. Estas pocas
especies vivían en lugares concretos, y en esos lugares fue donde tuvieron
lugar las revoluciones agrícolas (véase el mapa 2).[27]
Mapa 2. Localización y fechas de las revoluciones agrícolas. No hay consenso
sobre las fechas, y el mapa se redibuja continuamente para incorporar los
últimos descubrimientos arqueológicos.
Los
entendidos proclamaban antaño que la revolución agrícola fue un gran salto
adelante para la humanidad. Contaban un relato de progreso animado por la
capacidad cerebral humana. La evolución produjo cada vez personas más
inteligentes. Al final, estas eran tan espabiladas que pudieron descifrar los
secretos de la naturaleza, lo que les permitió amansar a las ovejas y cultivar
el trigo. En cuanto esto ocurrió, abandonaron alegremente la vida agotadora,
peligrosa y a menudo espartana de los cazadores-recolectores y se establecieron
para gozar de la vida placentera y de hartazgo de los agricultores.
Este
relato es una fantasía. No hay ninguna prueba de que las personas se hicieran
más inteligentes con el tiempo. Los cazadores-recolectores conocían los
secretos de la naturaleza mucho antes de la revolución agrícola, puesto que su
supervivencia dependía de un conocimiento cabal de los animales que cazaban y
de las plantas que recolectaban. En lugar de anunciar una nueva era de vida
fácil, la revolución agrícola dejó a los agricultores con una vida generalmente
más difícil y menos satisfactoria que la de los cazadores-recolectores. Los
cazadores-recolectores pasaban el tiempo de maneras más estimulantes y
variadas, y tenían menos peligro de padecer hambre y enfermedades. Ciertamente,
la revolución agrícola amplió la suma total de alimento a disposición de la
humanidad, pero el alimento adicional no se tradujo en una dieta mejor o en más
ratos de ocio, sino en explosiones demográficas y élites consentidas. El
agricultor medio trabajaba más duro que el cazador-recolector medio, y a cambio
obtenía una dieta peor. La revolución agrícola fue el mayor fraude de la
historia.
¿Quién
fue el responsable? Ni reyes, ni sacerdotes, ni mercaderes. Los culpables
fueron un puñado de especies de plantas, entre las que se cuentan el trigo, el
arroz y las patatas. Fueron estas plantas las que domesticaron a Homo
sapiens, y no al revés.
Pensemos
por un momento en la revolución agrícola desde el punto de vista del trigo.
Hace 10.000 años, el trigo era solo una hierba silvestre, una de muchas,
confinada a una pequeña área de distribución en Oriente Próximo. De repente, al
cabo de solo unos pocos milenios, crecía por todo el mundo. Según los criterios
evolutivos básicos de supervivencia y reproducción, el trigo se ha convertido
en una de las plantas de más éxito en la historia de la Tierra. En áreas como
las Grandes Llanuras de Norteamérica, donde hace 10.000 años no crecía ni un
solo tallo de trigo, en la actualidad se pueden recorrer centenares y
centenares de kilómetros sin encontrar ninguna otra planta. En todo el mundo,
el trigo cubre 2,25 millones de kilómetros cuadrados de la superficie del
planeta, casi diez veces el tamaño de Gran Bretaña. ¿Cómo pasó esta hierba de
ser insignificante a ser ubicua? El trigo lo hizo manipulando a Homo
sapiens para su conveniencia. Este simio había vivido una vida
relativamente confortable cazando y recolectando hasta hace unos 10.000 años,
pero entonces empezó a invertir cada vez más esfuerzos en el cultivo del trigo.
En el decurso de un par de milenios, los humanos de muchas partes del mundo
hacían poca cosa más desde la salida hasta la puesta de sol que cuidar de las
plantas del trigo. No era fácil. El trigo les exigía mucho. Al trigo no le
gustan las rocas y los guijarros, de manera que los sapiens se partían la
espalda despejando los campos. Al trigo no le gusta compartir su espacio, agua
y nutrientes con otras plantas, de modo que hombres y mujeres trabajaban
durante largas jornadas para eliminar las malas hierbas bajo el sol abrasador.
El trigo enfermaba, de manera que los sapiens tenían que estar atentos para
eliminar gusanos y royas. El trigo se hallaba indefenso frente a otros
organismos a los que les gustaba comérselo, desde conejos a enjambres de
langostas, de modo que los agricultores tenían que vigilarlo y protegerlo. El
trigo estaba sediento, así que los humanos aportaban agua de manantiales y ríos
para regarlo. Su insaciabilidad impulsó incluso a los sapiens a recoger heces
de animales para nutrir el suelo en el que el trigo crecía.
El cuerpo
de Homo sapiens no había evolucionado para estas tareas.
Estaba adaptado a trepar a los manzanos y a correr tras las gacelas, no a
despejar los campos de rocas ni a acarrear barreños de agua. La columna
vertebral, las rodillas, el cuello y el arco de los pies pagaron el precio. Los
estudios de esqueletos antiguos indican que la transición a la agricultura
implicó una serie de dolencias, como discos intervertebrales luxados, artritis
y hernias. Además, las nuevas tareas agrícolas exigían tanto tiempo que las
gentes se vieron obligadas a instalarse de forma permanente junto a sus campos
de trigo. Esto cambió por completo su modo de vida. No domesticamos el trigo.
El término «domesticar» procede del latín domus, que significa
«casa». ¿Quién vive en una casa? No es el trigo. Es el sapiens. ¿De qué manera
convenció el trigo a Homo sapiens para cambiar una vida
relativamente buena por una existencia más dura? ¿Qué le ofreció a cambio?
Desde luego, no le ofreció una dieta mejor. Recordemos que los humanos son
simios omnívoros que medran a base de una amplia variedad de alimentos. Los
granos suponían solo una pequeña fracción de la dieta humana antes de la
revolución agrícola. Una dieta basada en cereales es pobre en minerales y
vitaminas, difícil de digerir y realmente mala para los dientes y las encías.
El trigo
no confirió seguridad económica a la gente. La vida de un campesino es menos
segura que la de un cazador-recolector. Los cazadores-recolectores se basaban
en decenas de especies para sobrevivir, y por lo tanto podían resistir los años
difíciles incluso sin almacenes de comida conservada. Si la disponibilidad de
una especie se reducía, podían recolectar y cazar otras especies. Hasta hace
muy poco, las sociedades agrícolas se han basado para la mayor parte de su
ingesta de calorías en una pequeña variedad de plantas domésticas. En muchas
áreas se basaban en una única planta, como el trigo, las patatas o el arroz. Si
las lluvias fallaban o llegaban plagas de langostas o si un hongo aprendía cómo
infectar a esta especie alimentaria básica, los campesinos morían por miles y
millones.
El trigo
tampoco podía ofrecer seguridad contra la violencia humana. Los primeros
agricultores eran al menos tan violentos como sus antepasados
cazadores-recolectores, si no más. Los agricultores tenían más posesiones y
necesitaban terreno para plantar. La pérdida de tierras de pastos debido a las
incursiones de vecinos podía significar la diferencia entre la subsistencia y
la hambruna, de manera que había mucho menos margen para el compromiso. Cuando
una banda de cazadores-recolectores se veía acosada por un rival más fuerte,
por lo general podía marcharse. Era difícil y peligroso, pero era factible.
Cuando un enemigo fuerte amenazaba una aldea agrícola, la retirada significaba
ceder los campos, las casas y los graneros. En muchos casos, esto condenaba a los
refugiados a morirse de hambre. Por lo tanto, los agricultores tendían a
quedarse en su tierra y a luchar hasta las últimas consecuencias.
Muchos
estudios antropológicos y arqueológicos indican que en las sociedades agrícolas
simples, sin marcos políticos más allá de la aldea y la tribu, la violencia
humana era responsable de un 15 por ciento de las muertes, incluido un 25 por
ciento de las muertes de hombres. En la Nueva Guinea contemporánea, la
violencia explica el 30 por ciento de las muertes de hombres en una sociedad
tribal agrícola, los dani, y el 35 por ciento en otra, los enga. ¡En Ecuador,
quizá hasta el 50 por ciento de los waorani adultos sufren una muerte violenta
a manos de otro humano![28] Con el tiempo, la violencia
humana se puso bajo control mediante el desarrollo de estructuras sociales
mayores: ciudades, reinos y estados. Pero hicieron falta miles de años para
construir estas estructuras políticas enormes y efectivas.
La vida
en las aldeas aportó ciertamente a los primeros agricultores algunos beneficios
inmediatos, como una mejor protección contra los animales salvajes, la lluvia y
el frío. Pero para la persona media, las desventajas probablemente sobrepasaban
a las ventajas. Esto resulta difícil de apreciar por parte de las personas que
viven en las sociedades prósperas de hoy en día. Debido a que gozamos de
abundancia y seguridad, y puesto que nuestra abundancia y seguridad se han
construido sobre los cimientos que estableció la revolución agrícola, suponemos
que esta fue una mejora maravillosa. Pero es erróneo juzgar miles de años de
historia desde la perspectiva actual. Un punto de vista mucho más
representativo es el de una niña de tres años de edad que muere de desnutrición
en la China del siglo I porque los cultivos de su padre no han prosperado.
¿Acaso diría «Me estoy muriendo de desnutrición, pero dentro de 2.000 años la
gente tendrá comida abundante y vivirá en casas con aire acondicionado, de modo
que mi sufrimiento es un sacrificio que vale la pena»?
¿Qué es,
pues, lo que el trigo ofrecía a los agriculturalistas, incluida esta niña china
desnutrida? No ofrecía nada a la gente en tanto que individuos, pero sí
confirió algo a Homo sapiens como especie. Cultivar trigo
proporcionaba mucha más comida por unidad de territorio, y por ello permitió
a Homo sapiens multiplicarse exponencialmente. Hacia el año
13000 a.C., cuando las gentes se alimentaban recolectando plantas silvestres y
cazando animales salvajes, el área alrededor del oasis de Jericó, en Palestina,
podía sostener todo lo más una tropilla errante de 100 personas relativamente
saludables y bien alimentadas. Hacia el 8500 a.C., cuando las plantas
silvestres habían dado paso a los campos de trigo, el oasis sostenía una aldea
grande pero hacinada de 1.000 personas, que padecían mucho más de enfermedades
y desnutrición.
La moneda
de la evolución no es el hambre ni el dolor, sino copias de hélices de ADN. De
la misma manera que el éxito económico de una compañía se mide solo por el
número de dólares en su cuenta bancaria y no por la felicidad de sus empleados,
el éxito evolutivo de una especie se mide por el número de copias de su ADN. Si
no quedan más copias de ADN, la especie se extingue, de la misma manera que una
compañía sin dinero está en bancarrota. Si una especie puede alardear de muchas
copias de ADN, es un éxito, y la especie prospera. Desde esta perspectiva,
1.000 copias siempre son mejores que 100 copias. Esta es la esencia de la
revolución agrícola: la capacidad de mantener más gente viva en peores
condiciones.
Pero ¿por
qué les habría de importar a los individuos este cálculo evolutivo? ¿Por qué
habría cualquier persona sana de reducir su propio nivel de vida simplemente
para multiplicar el número de copias del genoma de Homo sapiens?
Nadie consintió este trato: la revolución agrícola era una trampa.
§. La
trampa del lujo
El auge de la agricultura fue un acontecimiento muy gradual que se extendió a
lo largo de siglos y de milenios. Una banda de Homo sapiens que
recolectaba setas y nueces y cazaba ciervos y conejos no se estableció de
repente en una aldea permanente, labrando los campos, sembrando trigo y
acarreando agua desde el río. El cambio tuvo lugar por fases, cada una de las
cuales implicó solo una pequeña alteración de la vida cotidiana.
Homo
sapiens llegó
a Oriente Próximo hace unos 70.000 años. Durante los 50.000 años siguientes,
nuestros antepasados medraron allí sin agricultura. Los recursos naturales del
área eran suficientes para sostener a su población humana. En épocas de
abundancia, la gente tenía algunos hijos más, y en tiempos de carestía unos
pocos menos. Los humanos, como muchos animales, poseen mecanismos hormonales y
genéticos que ayudan a controlar la procreación. En los tiempos buenos, las
mujeres alcanzan antes la pubertad, y sus probabilidades de quedar embarazadas
son algo mayores. En los tiempos malos, la pubertad se demora y la fertilidad
se reduce.
A estos
controles naturales de la población se añadieron mecanismos culturales. Los
bebés y los niños pequeños, que se desplazan lentamente y requieren mucha
atención, eran una carga para los cazadores-recolectores nómadas. La gente
intentaba espaciar sus hijos en intervalos de tres a cuatro años. Las mujeres
lo hacían amamantando a sus hijos continuamente y hasta una edad avanzada (dar
de mamar continuamente reduce de manera significativa las probabilidades de
quedar embarazada). Otros métodos incluían la abstinencia sexual total o
parcial (reforzada quizá por tabúes culturales), el aborto y ocasionalmente el
infanticidio.[29]
Durante
estos largos milenios, los humanos comían ocasionalmente granos de trigo, pero
esto era una parte marginal de su dieta. Hace unos 18.000 años, la última época
glacial dio paso a un período de calentamiento global. A medida que aumentaban
las temperaturas, también lo hicieron las precipitaciones. El nuevo clima era
ideal para el trigo y otros cereales de Oriente Próximo, que se multiplicaron y
se expandieron. La gente empezó a comer más trigo, y a cambio y sin darse
cuenta extendieron su expansión. Puesto que era imposible comer granos
silvestres sin aventarlos previamente, molerlos y cocerlos, las gentes que
recogían estos granos los llevaban a sus campamentos temporales para
procesarlos. Los granos de trigo son pequeños y numerosos, de modo que algunos
caían inevitablemente en el camino al campamento y se perdían. Con el tiempo,
cada vez más trigo creció a lo largo de los senderos favoritos de los humanos y
alrededor de sus campamentos.
Cuando
los humanos quemaban bosques y malezas, esto también ayudaba al trigo. El fuego
eliminaba árboles y matorrales, lo que permitía que el trigo y otras hierbas
monopolizaran la luz solar, el agua y los nutrientes. Allí donde el trigo se
hacía particularmente abundante, y también lo eran los animales de caza y otras
fuentes de alimento, las tropillas humanas podían abandonar de manera gradual
su estilo de vida nómada y establecerse en campamentos estacionales e incluso
permanentes.
Al
principio pudieron haber acampado durante cuatro semanas, durante la cosecha.
Una generación más tarde, al haberse multiplicado y extendido las plantas de
trigo, el campamento de cosecha pudo haber durado cinco semanas, después seis,
y finalmente se convirtió en una aldea permanente. A lo largo de todo Oriente
Próximo se han descubierto indicios de estos poblados, en particular en el
Levante, donde la cultura natufia floreció entre 12500 y 9500 a.C. Los natufios
eran cazadores-recolectores que subsistían a base de decenas de especies
silvestres, pero vivían en aldeas permanentes y dedicaban gran parte de su
tiempo a la recolección y procesamiento de cereales silvestres. Construían
casas y graneros de piedra. Almacenaban grano para las épocas de escasez.
Inventaron nuevos utensilios, como guadañas de piedra para la recolección del
trigo silvestre, y morteros y manos de mortero de piedra para molerlo.
En los
años posteriores a 9500 a.C., los descendientes de los natufios continuaron
recolectando y procesando cereales, pero también empezaron a cultivar de
maneras cada vez más refinadas. Cuando recolectaban granos silvestres, tenían
la precaución de dejar aparte una fracción de la cosecha para sembrar los
campos en la siguiente estación. Descubrieron que podían conseguir resultados
mucho mejores si sembraban los granos a una cierta profundidad del suelo y no
repartiéndolos al azar sobre la superficie. De manera que comenzaron a cavar y
labrar. Gradualmente empezaron también a eliminar las malas hierbas de los
campos, a impedir la presencia de parásitos, y a regarlos y fertilizarlos. A
medida que se dirigían más esfuerzos al cultivo de los cereales, había menos
tiempo para recolectar y cazar especies salvajes. Los cazadores-recolectores se
convirtieron en agricultores.
No hubo
un solo paso que separara a la mujer que recolectaba trigo silvestre de la
mujer que cultivaba trigo domesticado, de manera que es difícil decir
exactamente cuándo tuvo lugar la transición decisiva a la agricultura. Pero,
hacia 8500 a.C., Oriente Próximo estaba salpicado de aldeas como Jericó, cuyos
habitantes pasaban la mayor parte del tiempo cultivando unas pocas especies
domesticadas.
Con el
paso a aldeas permanentes y el incremento de los recursos alimentarios, la
población empezó a aumentar. Abandonar el estilo de vida nómada permitió a las
mujeres tener un hijo cada año. Los hijos se destetaban a una edad más
temprana: se les podían dar de comer gachas y avenate. Las manos sobrantes se
necesitaban perentoriamente en los campos. Pero las bocas adicionales hicieron
desaparecer pronto los excedentes de comida, de manera que tuvieron que
plantarse más campos. Cuando la gente empezó a vivir en poblados asolados por
las enfermedades, cuando los niños se alimentaban más de cereales y menos de la
leche materna, y cuando cada niño competía por sus gachas con más y más
hermanos, la mortalidad infantil se disparó. En la mayoría de las sociedades
agrícolas, al menos uno de cada tres niños moría antes de alcanzar los veinte
años de edad.[30] Sin embargo, el aumento de
los nacimientos todavía superaba el aumento de las muertes; los humanos
siguieron teniendo un número cada vez mayor de hijos.
Con el
tiempo, el «negocio del trigo» se hizo cada vez más oneroso. Los niños morían
en tropel, y los adultos comían el pan ganado con el sudor de su frente. La
persona media en el Jericó de 8500 a.C. vivía una vida más dura que la persona
media en el Jericó de 9500 a.C. o de 13000 a.C. Sin embargo, nadie se daba
cuenta de lo que ocurría. Cada generación continuó viviendo como la generación
anterior, haciendo solo pequeñas mejoras aquí y allá en la manera en que se
realizaban las cosas. Paradójicamente, una serie de «mejoras», cada una de las
cuales pretendía hacer la vida más fácil, se sumaron para constituir una piedra
de molino alrededor del cuello de estos agricultores.
¿Por qué
cometió la gente este error fatal? Por la misma razón que, a lo largo de la
historia, esta ha hecho cálculos equivocados. La gente era incapaz de calibrar
todas las consecuencias de sus decisiones. Cada vez que decidían hacer un poco
más de trabajo extra (cavar los campos en lugar de dispersar las semillas sobre
la superficie del suelo, pongamos por caso), la gente pensaba: «Sí, tendremos
que trabajar más duro. ¡Pero la cosecha será muy abundante! No tendremos que
preocuparnos nunca más por los años de escasez. Nuestros hijos no se irán nunca
más a dormir con hambre». Tenía sentido. Si trabajabas más duro, tendrías una
vida mejor. Ese era el plan.
La
primera parte del plan funcionó perfectamente. En efecto, la gente trabajó más
duro, pero no previó que el número de hijos aumentaría, lo que significaba que
el trigo excedente tendría que repartirse entre más niños. Y los primeros
agricultores tampoco sabían que dar de comer a los niños más gachas y menos
leche materna debilitaría su sistema inmunitario, y que los poblados
permanentes se convertirían en viveros para las enfermedades infecciosas. No
previeron que al aumentar su dependencia de un único recurso alimentario en
realidad se estaban exponiendo cada vez más a la depredación y a la sequía. Y
los granjeros tampoco previeron que en los años de bonanza sus graneros
repletos tentarían a ladrones y enemigos, lo que les obligaría a empezar a
construir muros y a hacer tareas de vigilancia.
Entonces,
¿por qué los humanos no abandonaron la agricultura cuando el plan fracasó? En
parte, porque hicieron falta generaciones para que los pequeños cambios se
acumularan y transformaran la sociedad, y a esas alturas nadie recordaba que
habían vivido de forma diferente. Y en parte debido a que el crecimiento
demográfico quemó las naves de la humanidad. Si la adopción del laboreo de la
tierra aumentó la población de la aldea de 100 personas a 110, ¿qué diez
personas habrían aceptado voluntariamente morirse de hambre para que las demás
pudieran volver a los buenos y viejos tiempos? La trampa se cerró de golpe.
La
búsqueda de una vida más fácil trajo muchas privaciones, y no por última vez.
En la actualidad nos ocurre a nosotros. ¿Cuántos jóvenes graduados
universitarios han accedido a puestos de trabajo exigentes en empresas
potentes, y se han comprometido solemnemente a trabajar duro para ganar dinero
que les permita retirarse y dedicarse a sus intereses reales cuando lleguen a
los treinta y cinco años? Pero cuando llegan a esa edad, tienen hipotecas
elevadas, hijos que van a la escuela, casa en las urbanizaciones, dos coches
como mínimo por familia y la sensación de que la vida no vale la pena vivirla
sin vino realmente bueno y unas vacaciones caras en el extranjero. ¿Qué se
supone que tienen que hacer, volver a excavar raíces? No, redoblan sus
esfuerzos y siguen trabajando como esclavos.
Una de
las pocas leyes rigurosas de la historia es que los lujos tienden a convertirse
en necesidades y a generar nuevas obligaciones. Una vez que la gente se
acostumbra a un nuevo lujo, lo da por sentado. Después empiezan a contar con
él. Finalmente llegan a un punto en el que no pueden vivir sin él. Tomemos otro
ejemplo familiar de nuestra propia época. A lo largo de las últimas décadas
hemos inventado innumerables aparatos que ahorran tiempo y que se supone que
hacen la vida más relajada: lavadoras, aspiradores, lavavajillas, teléfonos,
teléfonos móviles, ordenadores, correo electrónico. Previamente, escribir una
carta, poner la dirección y el sello en un sobre y llevarlo hasta el buzón
llevaba mucho tiempo. Para obtener la respuesta se tardaban días o semanas,
quizá incluso meses. Hoy en día puedo escribir rápidamente un mensaje de correo
electrónico, enviarlo a medio mundo de distancia y (si mi dirección está en
línea) recibir una respuesta un minuto después. Me he ahorrado toda esta
complicación y tiempo, pero ¿acaso vivo una vida más relajada?
Lamentablemente,
no. Antaño, en la época del correo caracol, la gente por lo general solo
escribía cartas cuando tenía algo importante que relatar. En lugar de escribir
lo primero que se les venía a la cabeza, consideraban detenidamente qué es lo
que querían decir y cómo expresarlo en palabras. Luego esperaban recibir una
respuesta parecidamente considerada. La mayoría de las personas escribían y
recibían no más que unas cuantas cartas al mes, y rara vez se sentían obligadas
a contestar de inmediato. En la actualidad recibo cada día decenas de mensajes
de correo electrónico, todos de personas que esperan una respuesta célere.
Pensábamos que ahorraríamos tiempo; en cambio, aceleramos el tráfago de la vida
hasta diez veces su anterior velocidad, haciendo que nuestros días sean más
ansiosos y agitados.
Aquí y
allí, un ludita resistente se niega a abrir una cuenta de correo electrónico,
de la misma manera que hace miles de años algunas bandas de humanos rehusaron
dedicarse a la agricultura y de esta manera escaparon de la trampa del lujo.
Pero la revolución agrícola no necesitaba que todas las cuadrillas de una
región determinada se incorporaran al proceso. Solo hacía falta una. Una vez
que una banda se establecía y empezaba a labrar la tierra, ya fuera en Oriente
Próximo o en América Central, la agricultura era irresistible. Puesto que la
agricultura creó las condiciones para el rápido crecimiento demográfico, los
granjeros podían por lo general superar a los cazadores-recolectores por una
cuestión simplemente numérica. Los cazadores-recolectores podían huir,
abandonando sus terrenos de caza a favor del campo y los pastos, o tomar ellos
mismos la azada. De un modo u otro, la antigua vida estaba condenada.
El relato
de la trampa del lujo supone una lección importante. La búsqueda de la
humanidad de una vida más fácil liberó inmensas fuerzas de cambio que
transformaron el mundo de maneras que nadie imaginaba ni deseaba. Nadie planeó
la revolución agrícola ni buscó la dependencia humana del cultivo de cereales.
Una serie de decisiones triviales, dirigidas principalmente a llenar unos pocos
estómagos y a obtener un poco de seguridad, tuvieron el efecto acumulativo de
obligar a los antiguos cazadores-recolectores a pasar sus días acarreando
barreños de agua bajo un sol de justicia.
§.
Intervención divina
La situación hipotética planteada arriba explica la revolución agrícola como un
error. Es muy plausible. La historia está llena de errores mucho más tontos.
Pero hay otra posibilidad. Quizá no fue la búsqueda de una vida más fácil lo
que produjo la transformación. Quizá los sapiens tenían otras aspiraciones, y
conscientemente estaban dispuestos a que su vida fuera más dura con el fin de
alcanzarlas.
Por lo
general, los científicos intentan atribuir los acontecimientos históricos a
impersonales factores económicos y demográficos. Esto cuadra mejor con sus
métodos racionales y matemáticos. En el caso de la historia moderna, los
expertos no pueden evitar tener en cuenta factores inmateriales tales como la
ideología y la cultura. Las pruebas escritas les compelen a obrar así. Tenemos
suficientes documentos, cartas y memorias que demuestran que la Segunda Guerra
Mundial no fue causada por carestías alimentarias o presiones demográficas.
Pero no tenemos ningún documento de la cultura de los natufios, de modo que
cuando tratamos de períodos antiguos la escuela materialista predomina de
manera absoluta. Es difícil demostrar que personas en un estadio previo a la
cultura estaban motivadas por la fe y no por la necesidad económica.
Pero, en
algunos casos raros, tenemos la suerte de haber encontrado pistas reveladoras.
En 1995, los arqueólogos empezaron a excavar una localidad del sudeste de
Turquía llamada Göbekli Tepe. En el estrato más antiguo no descubrieron ninguna
señal de una aldea, de casas o de actividades diarias. Sin embargo, encontraron
estructuras columnares monumentales decoradas con grabados espectaculares. Cada
columna de piedra pesaba hasta 7 toneladas y alcanzaba una altura de 5 metros.
En una cantera cercana encontraron una columna a medio cincelar que pesaba 50
toneladas. En total, descubrieron más de 10 estructuras monumentales, la mayor
de las cuales medía casi 30 metros (véase la figura 10).
Figura 10. Página anterior: Restos de una de las estructuras monumentales de
Göbekli Tepe. Página presente, uno de los pilares de piedra decorados (de unos
5 metros de altura)
Los
arqueólogos están familiarizados con estas estructuras monumentales de
localidades de todo el mundo; el ejemplo más conocido es Stonehenge, en Gran
Bretaña. Pero cuando estudiaron Göbekli Tepe descubrieron algo sorprendente.
Stonehenge se remonta a 2500 a.C., y fue construido por una sociedad agrícola
desarrollada. Las estructuras de Göbekli Tepe están datadas hacia 9500 a.C., y
todos los indicios disponibles señalan que fueron construidas por
cazadores-recolectores. La comunidad arqueológica no daba crédito a estos
hallazgos, pero una prueba tras otra confirmaron la fecha temprana de las
estructuras y la sociedad pre agrícola de sus constructores. Las capacidades de
los antiguos cazadores-recolectores, y la complejidad de sus culturas, parece
que fueron mucho más impresionantes de lo que se sospechaba en un principio.
¿Por qué
habría de construir estructuras de este tipo una sociedad de
cazadores-recolectores? No tenían ningún propósito utilitario evidente. No eran
ni mataderos de mamuts ni lugares en los que resguardarse de la lluvia o
esconderse de los leones. Esto nos deja con la teoría de que fueron construidas
con algún propósito cultural misterioso que los arqueólogos se esfuerzan en
descifrar. Fuera lo que fuese, los cazadores-recolectores creyeron que valía la
pena dedicarles una enorme cantidad de esfuerzo y de tiempo. La única manera de
construir Göbekli Tepe era que miles de cazadores-recolectores pertenecientes a
bandas y tribus diferentes cooperaran a lo largo de un período de tiempo
prolongado. Solo un sistema religioso o ideológico complejo podía sostener
tales empresas.
Göbekli
Tepe contenía otro secreto sensacional. Durante muchos años, los genetistas han
estado siguiendo la pista del trigo domesticado. Descubrimientos recientes
indican que al menos una variante domesticada (el trigo carraón) se originó en
las colinas de Karacadag, a unos 30 kilómetros de Göbekli Tepe.[31]
Es
difícil que esto sea una coincidencia. Es probable que el centro cultural de
Göbekli Tepe estuviera de algún modo relacionado con la domesticación inicial
del trigo por la humanidad y de la humanidad por el trigo. Con el fin de dar de
comer a las gentes que construyeron y usaron las estructuras monumentales, se
necesitaban cantidades de alimento particularmente grandes. Bien pudiera ser
que los cazadores-recolectores pasaran de recolectar trigo silvestre a un
cultivo intensivo de trigo, no para aumentar sus recursos alimentarios
normales, sino más bien para sostener la construcción y el funcionamiento de un
templo. En la imagen convencional, los pioneros primero construían una aldea y,
cuando esta prosperaba, establecían un templo en el centro de la misma. Pero
Göbekli Tepe sugiere que primero pudo haberse construido el templo, y que
posteriormente a su alrededor creció una aldea.
§.
Víctimas de la revolución
El acuerdo fáustico entre humanos y granos no fue el único trato que hizo
nuestra especie. Se hizo otro convenio en relación con la suerte de animales
tales como carneros, cabras, cerdos y gallinas. Las bandas nómadas que cazaban
al acecho a los carneros alteraron gradualmente la constitución de los rebaños
sobre los que depredaban. Este proceso se inició probablemente con la caza
selectiva. Los humanos descubrieron que era ventajoso para ellos cazar
únicamente a los moruecos adultos y ovejas viejas o enfermas. Exceptuaban de la
caza a las hembras fértiles y a los corderos jóvenes con el fin de salvaguardar
la vitalidad a largo plazo del rebaño local. El segundo paso pudo haber sido la
defensa activa del rebaño frente a los depredadores, ahuyentando a leones,
lobos y bandas humanas rivales. La cuadrilla pudo después haber apriscado al
rebaño en un desfiladero estrecho con el fin de controlarlo y defenderlo mejor.
Finalmente, la gente empezó a hacer una selección más cuidadosa de las ovejas
con el fin de que se adecuaran a las necesidades humanas. Los carneros más
agresivos, los que mostraban una mayor resistencia al control humano, eran los
primeros en ser sacrificados. También lo fueron las hembras más flacas y
curiosas. (A los pastores no les gustan las ovejas cuya curiosidad las lleva
lejos del rebaño.) Con cada nueva generación, las ovejas se hicieron más
gordas, más sumisas y menos curiosas.
Alternativamente,
los cazadores pudieron haber capturado y «adoptado» un cordero, engordarlo
durante los meses de abundancia y sacrificarlo en la estación de escasez. En
algún momento empezaron a tener un número mayor de dichos corderos. Algunos de
ellos alcanzaron la pubertad y comenzaron a procrear. Los corderos más
agresivos e indóciles fueron los primeros en ser sacrificados. A los corderos
más sumisos y atractivos se les permitía vivir más y procrear. El resultado fue
un rebaño de ovejas domesticadas y sumisas.
Estos
animales domesticados (ovejas, gallinas, asnos y otros) proporcionaban comida
(carne, leche, huevos), materiales en bruto (pieles, lana) y potencia muscular.
El transporte, la labor de la tierra, moler el grano y otras tareas que hasta
entonces realizaba el vigor humano eran llevadas a cabo cada vez más por
animales. En la mayoría de las sociedades agrícolas, la gente se centraba en el
cultivo de plantas; criar animales era una actividad secundaria. Pero también
apareció un nuevo tipo de sociedad en algunos lugares, basada principalmente en
la explotación de los animales: las tribus de pastores.
A medida
que los humanos se extendían por el mundo, lo mismo hicieron sus animales
domesticados. Hace 10.000 años, no había más que unos pocos millones de ovejas,
vacas, cabras, cerdos y gallinas que vivían en unos pocos nichos afroasiáticos
privilegiados. En la actualidad, el mundo alberga alrededor de 1.000 millones
de ovejas, 1.000 millones de cerdos, más de 1.000 millones de vacas y más de
25.000 millones de gallinas repartidos por todo el planeta. La gallina
doméstica es el ave más ampliamente extendida de las que hayan existido nunca.
Después de Homo sapiens, las vacas, los cerdos y las ovejas
domésticas son los mamíferos grandes segundo, tercero y cuarto más extendidos
por el mundo. Desde una perspectiva evolutiva estricta, la que mide el éxito
por el número de copias de ADN, la revolución agrícola fue una maravillosa
bendición para las gallinas, las vacas, los cerdos y las ovejas.
Lamentablemente,
la perspectiva evolutiva es una medida incompleta del éxito. Todo lo juzga
según los criterios de supervivencia y reproducción, sin considerar el
sufrimiento y la felicidad de los individuos. Tanto los pollos como las vacas
domésticas pueden representar una historia de éxito evolutivo, pero también
figuran entre los animales más desdichados que jamás hayan existido. La
domesticación de los animales se basaba en una serie de prácticas brutales que
con el paso de los siglos se hicieron todavía más crueles.
La
duración de la vida de los gallos salvajes es de 7-12 años, y la de los bóvidos
salvajes de unos 20-25 años. En la naturaleza, la mayoría de los gallos y las
vacas morían mucho antes, pero todavía tenían probabilidades de vivir durante
un respetable número de años. En contraste, la inmensa mayoría de los pollos y
las gallinas y del ganado bovino doméstico son sacrificados cuando tienen entre
unas pocas semanas y unos pocos meses de edad, porque esta siempre se ha
considerado la edad óptima para matarlos desde una perspectiva económica. (¿Por
qué seguir alimentando a un gallo durante tres años si ya ha alcanzado su peso
máximo a los tres meses?)
A las
gallinas ponedoras, las vacas lecheras y los animales de tiro se les permite a
veces vivir muchos años, pero el precio es la subyugación a un modo de vivir
completamente ajeno a sus instintos y deseos. Por ejemplo, es razonable suponer
que los toros prefieren pasar sus días vagando por praderas abiertas en
compañía de otros toros y vacas en lugar de tirar de carros y de arados bajo el
yugo de un simio que empuña un látigo.
Con el
fin de convertir a toros, caballos, asnos y camellos en obedientes animales de
tiro, se habían de quebrar sus instintos naturales y sus lazos sociales, se
había de contener su agresión y sexualidad, y se había de reducir su libertad
de movimientos. Los granjeros desarrollaron técnicas tales como encerrar a los
animales dentro de rediles y jaulas, embridarlos con arneses y traíllas,
adiestrarlos con látigos y puyas para el ganado, y mutilarlos. El proceso de
amansamiento casi siempre implica la castración de los machos. Esto reduce su
agresividad y permite a los humanos controlar selectivamente la procreación del
rebaño (véase la figura 11).
Figura 11. Una pintura de una tumba egipcia, aproximadamente de 1200 a.C.:
Un par de bueyes labran un campo. En la naturaleza, el ganado vagaba a su aire
en rebaños con una compleja estructura social. El buey, castrado y domesticado,
consumía su vida bajo el látigo y en un estrecho redil, y trabajaba solo o en
parejas de una manera que no era adecuada para su cuerpo ni para sus
necesidades sociales ni emocionales. Cuando un buey ya no podía tirar del
arado, era sacrificado. (Adviértase la posición encorvada del labriego egipcio,
quien, de manera parecida al buey, pasaba su vida realizando un duro trabajo
que oprimía su cuerpo, su mente y sus relaciones sociales.)
En muchas
sociedades de Nueva Guinea, la riqueza de una persona se ha determinado
tradicionalmente por el número de cerdos que posee. Para asegurar que los
cerdos no se vayan, los agricultores del norte de Nueva Guinea les cortan un
gran pedazo de la nariz. Esto produce un agudo dolor cada vez que el cerdo
intenta oliscar. Puesto que los cerdos no pueden encontrar comida ni hallar su
camino sin olfatear, esta mutilación los hace completamente dependientes de sus
dueños humanos. En otra región de Nueva Guinea ha sido habitual sacarles los
ojos a los cerdos, de modo que ni siquiera pueden ver adónde van.[32]
La
industria lechera tiene sus propios métodos para obligar a los animales a hacer
su voluntad. Vacas, cabras y ovejas solo producen leche después de parir
terneros, cabritos y corderos, y solo mientras las crías maman. Para continuar
obteniendo leche animal, un granjero necesita tener terneros, cabritos o
corderos para que mamen, pero ha de impedirles que monopolicen la leche. Un
método común a lo largo de la historia consistía en sacrificar a terneros y
cabritos poco después de nacer, ordeñar a la madre continuamente y después
hacer que quedara de nuevo preñada, y todavía hoy continúa siendo una técnica
muy generalizada. En muchas granjas lecheras modernas, una vaca lechera vive
por lo general unos cinco años antes de enviarla al matadero. Durante estos cinco
años está preñada casi constantemente, y es fecundada a los 60-120 días después
de parir, con el fin de preservar la máxima producción de leche. Sus terneros
son separados de ella poco después de nacer. Las hembras son criadas para que
se conviertan en la siguiente generación de vacas lecheras, mientras que los
machos son destinados a la industria de la carne.[33]
Otro
método consiste en mantener a terneros y cabritos cerca de su madre, pero
impidiéndoles por diversas estratagemas que mamen demasiada leche. La manera
más sencilla de hacerlo es permitir que el cabrito o el ternero mame, pero
apartarlo cuando la leche empieza a fluir. Este método suele encontrar
resistencia tanto de la cría como de la madre. Algunas tribus de pastores
acostumbraban a matar a la cría, se comían su carne y después rellenaban su
piel. Luego se enseñaba la cría disecada a la madre para que su presencia la
animara a producir leche. Las gentes de la tribu de los nuer, en Sudán, iban
aún más lejos: embadurnaban a los animales disecados con la orina de su madre
para dar a los falsos terneros un aroma familiar y vivo. Otra técnica nuer
consistía en fijar un anillo de espinas alrededor de la boca del ternero, de
manera que pinchasen a la madre y esta se resistiera a amamantar.[34]
Los
tuareg criadores de camellos en el Sáhara solían pinchar o cortar partes de la
nariz y del labio superior de las crías de camello con el fin de hacer que el
amamantamiento fuera doloroso, con lo que los desanimaban a consumir demasiada
leche.[35]
* * * *
No todas
las sociedades agrícolas eran tan crueles con sus animales de granja. La vida
de algunos animales domésticos puede ser muy buena. Las ovejas que se crían por
su lana, los perros y los gatos de compañía, los caballos de batalla y los
caballos de carreras suelen gozar de condiciones confortables. Es sabido que el
emperador romano Calígula quiso nombrar cónsul a su caballo favorito,
Incitatus. A lo largo de la historia, pastores y agricultores han mostrado
afecto por sus animales y han cuidado de ellos, al igual que muchos dueños de
esclavos sentían afecto y se preocupaban por ellos. No era casualidad que reyes
y profetas se calificaran a sí mismos de pastores y asimilaran la idea de que
ellos y los dioses cuidaban de su gente como un pastor cuida su rebaño.
Sin
embargo, desde el punto de vista del rebaño, y no del pastor, es difícil evitar
la impresión de que para la inmensa mayoría de los animales domésticos la
revolución agrícola fue una catástrofe terrible. Su «éxito» evolutivo carece de
importancia. Un rinoceronte salvaje que se halle al borde de la extinción está
probablemente más satisfecho que un ternero que pasa su corta vida dentro de
una caja minúscula, y que es engordado para producir jugosos bistecs. El
satisfecho rinoceronte no está menos contento por ser uno de los últimos
ejemplares de su especie. El éxito numérico de la especie del ternero es un
pobre consuelo para el sufrimiento que el individuo soporta (véase la figura
12).
Figura 12. Una ternera moderna en una granja industrial de carne.
Inmediatamente después de nacer, la ternera es separada de su madre y encerrada
en una minúscula jaula, no mucho mayor que su propio cuerpo, donde pasará toda
su vida: unos cuatro meses por término medio. Nunca abandona su jaula, ni se le
permite jugar con otras terneras y ni siquiera andar, y todo para que sus
músculos no se fortalezcan. Unos músculos blandos significan un bistec blando y
jugoso. La primera vez que la ternera tiene ocasión de andar, estirar sus
músculos y tocar a otras terneras es en su camino al matadero. En términos
evolutivos, el ganado vacuno representa una de las especies animales con más
éxito que haya existido nunca. Al mismo tiempo, figuran entre los animales más
desgraciados del planeta.
Esta
discrepancia entre éxito evolutivo y sufrimiento individual es quizá la lección
más importante que podemos extraer de la revolución agrícola. Cuando estudiamos
la historia de plantas como el trigo y el maíz, quizá la perspectiva puramente
evolutiva tiene sentido. Pero en el caso de animales como los bóvidos, las
ovejas y los sapiens, cada uno de ellos con un complejo mundo de sensaciones y
emociones, hemos de considerar de qué manera el éxito evolutivo se traduce en
experiencia individual. En los capítulos que siguen veremos, una y otra vez,
que un aumento espectacular en el poder colectivo y en el éxito ostensible de
nuestra especie iba acompañado de un gran sufrimiento individual.
Capítulo
6
Construyendo pirámides
Contenido:
§. La
llegada del futuro
§. Un orden imaginado
§. Verdaderos creyentes
§. Los muros de la prisión
La
revolución agrícola es uno de los acontecimientos más polémicos de la historia.
Algunos partidarios proclaman que puso a la humanidad en el camino de la
prosperidad y el progreso. Otros insisten que la llevó a la perdición. Fue el
punto de inflexión, dicen, en el que los sapiens se desprendieron de su
simbiosis íntima con la naturaleza y salieron corriendo hacia la codicia y la
alienación. Fuera cual fuese la dirección que tomara el camino, no había
posibilidad de dar marcha atrás. La agricultura permitió que las poblaciones
aumentaran de manera tan radical y rápida que ninguna sociedad agrícola
compleja podría jamás volver a sustentarse si retornaba a la caza y la
recolección. Hacia el año 10000 a.C., antes de la transición a la agricultura,
la Tierra era el hogar de unos 5-8 millones de cazadores-recolectores nómadas.
En el siglo I d.C. solo quedaban 1-2 millones de cazadores-recolectores
(principalmente en Australia, América y África), pero su número quedaba
empequeñecido comparado con los 250 millones de agricultores en todo el mundo.[36]
La
inmensa mayoría de los agricultores vivían en poblados permanentes y solo unos
pocos eran pastores nómadas. El hecho de establecerse hacía que el territorio
de la mayoría de las personas se redujera de manera espectacular. Los antiguos
cazadores-recolectores solían vivir en territorios que ocupaban muchas decenas
e incluso cientos de kilómetros cuadrados. El «hogar» era todo el territorio,
con sus colinas, ríos, bosques y cielo abierto. Los campesinos, en cambio,
pasaban la mayor parte de sus días laborando en un pequeño campo o huerto, y su
vida doméstica se centraba en una estructura confinada de madera, piedra o
barro, que medía no más que unas pocas decenas de metros cuadrados: la casa. El
campesino medio desarrolló un apego muy fuerte a esta estructura. Esta fue una
revolución de gran alcance, cuyo impacto fue tanto psicológico como
arquitectónico. En lo venidero, el apego a «mi casa» y la separación de los
vecinos se convirtieron en el rasgo psicológico distintivo de un ser mucho más
egocéntrico.
Los
nuevos territorios agrícolas no eran solo mucho más pequeños que los de los
antiguos cazadores-recolectores, sino mucho más artificiales. Aparte del uso
del fuego, los cazadores-recolectores hicieron pocos cambios deliberados en las
tierras por las que vagaban. Los agricultores, en cambio, vivían en islas
humanas artificiales que labraban laboriosamente a partir de las tierras
salvajes circundantes. Talaban bosques, excavaban canales, desbrozaban campos,
construían casas, cavaban surcos y plantaban árboles frutales en metódicas
hileras. El hábitat artificial resultante estaba destinado únicamente a los
humanos y a «sus» plantas y animales, y a menudo estaba cercado mediante
paredes y setos. Las familias de agricultores hacían todo lo que podían para mantener
alejadas las malas hierbas y los animales salvajes. Si estos intrusos
conseguían introducirse, eran expulsados. Si persistían, sus antagonistas
humanos buscaban maneras de exterminarlos. Alrededor del hogar se erigían
defensas particularmente fuertes. Desde los albores de la agricultura hasta la
actualidad, miles de millones de seres humanos armados con ramas, matamoscas,
zapatos y sprays venenosos han librado una guerra implacable contra las
diligentes hormigas, las furtivas cucarachas, las audaces arañas y los
extraviados escarabajos que constantemente se infiltran en los domicilios
humanos.
Durante
la mayor parte de la historia, estos enclaves de factura humana fueron muy
pequeños, y estuvieron rodeados de extensiones de naturaleza indómita. La
superficie de la Tierra mide unos 510 millones de kilómetros cuadrados, de los
cuales 155 millones son de tierras. Hacia el año 1400 d.C., la inmensa mayoría
de los agricultores, junto con sus plantas y animales, se arracimaban en un
área de solo 11 millones de kilómetros cuadrados, el 2 por ciento de la
superficie del planeta.[37] Todo el resto era demasiado
frío, demasiado cálido, demasiado seco, demasiado húmedo o inadecuado por otras
razones para el cultivo. Este minúsculo 2 por ciento de la superficie de la
Tierra constituía el escenario en el que se desplegaba la historia.
A la
gente le resultaba difícil dejar sus islas artificiales. No podían abandonar
sus casas, campos y graneros sin correr el riesgo de perderlos. Además, a
medida que el tiempo pasaba, acumularon cada vez más cosas: objetos, no
fácilmente transportables, que los mantenían ligados. Los antiguos agricultores
nos pueden parecer pobres de solemnidad, pero una familia media poseía más
artefactos que toda una tribu de cazadores-recolectores.
§. La
llegada del futuro
Mientras que el espacio agrícola se encogía, el tiempo agrícola se expandía.
Los cazadores-recolectores no solían invertir mucho tiempo pensando en la
próxima semana o el mes siguiente. En cambio, los agricultores recorrían en su
imaginación años y décadas hacia el futuro.
Los
cazadores-recolectores daban poca importancia al futuro porque vivían
precariamente y solo podían conservar alimentos o acumular posesiones con
dificultad. Desde luego, se dedicaron a una cierta planificación avanzada. Los
ejecutores del arte rupestre de Chauvet, Lascaux y Altamira pretendían, casi
con toda seguridad, que este persistiera durante generaciones. Las alianzas
sociales y las rivalidades políticas eran asuntos a largo plazo. A menudo se
tardaba años en devolver un favor o vengar un agravio. No obstante, en la
economía de subsistencia de la caza y la recolección, había un límite obvio a
esta planificación a largo plazo. Paradójicamente, les ahorró a los
cazadores-recolectores muchas angustias. En realidad, no tenía sentido
preocuparse por cosas sobre las que no podían influir.
La
revolución agrícola dio al futuro mucha más importancia de la que había tenido
antes. Los agricultores, que tienen siempre en mente el futuro, trabajan a su
servicio. La economía agrícola se basaba en un ciclo estacional de producción,
que comprendía largos meses de cultivo seguidos de períodos de cosecha cortos e
intensos. En la noche que seguía al final de una cosecha abundante los
campesinos podían celebrar por todo lo que tenían, pero al cabo de una semana o
así, se levantaban de nuevo al alba para pasar un largo día en el campo. Aunque
había comida suficiente para hoy, para la semana siguiente e incluso el mes
siguiente, tenían que preocuparse por el año próximo y por el año posterior a
este.
La
preocupación por el futuro se basaba no solo en los ciclos estacionales de
producción, sino también en la incertidumbre fundamental de la agricultura.
Puesto que la mayoría de las aldeas vivían cultivando una variedad muy limitada
de plantas y animales domesticados, se hallaban a merced de las sequías, las
inundaciones y la peste. Los campesinos se veían obligados a producir más de lo
que producían, para poder acumular reservas. Sin grano en el silo, tinajas de
aceite de oliva en la bodega, queso en la despensa y salchichas colgadas de las
alfardas, se morirían de hambre en los años malos. Y los años malos llegarían
más tarde o más temprano. Un campesino que viviera creyendo que no vendría un
año malo no viviría mucho.
En
consecuencia, desde la aparición de la agricultura las preocupaciones por el
futuro se convirtieron en actores principales en el teatro de la mente humana.
Allí donde los agricultores dependían de la lluvia para regar sus campos, el
inicio de la estación de las lluvias significaba que todas las mañanas los
granjeros oteaban el horizonte, oliscaban el viento y forzaban la vista. ¿Era
aquello una nube? ¿Llegarían las lluvias a tiempo? ¿Llovería lo suficiente?
¿Acaso las tormentas violentas arrastrarían las simientes de los campos y
derribarían los plantones? Mientras tanto, en los valles de los ríos Éufrates,
Indo y Amarillo, otros campesinos vigilaban, con no menos ansiedad, la altura
del agua. Necesitaban que los ríos subieran con el fin de extender los fértiles
sedimentos de la capa superficial de las tierras altas, y que permitieran que
sus extensos sistemas de irrigación se llenaran de agua. Pero las crecidas
excesivas o que llegaran en el momento inadecuado podían destruir sus campos
tanto como una sequía.
Los
campesinos se preocupaban por el futuro no solo porque tenían más motivos para
preocuparse, sino también porque podían hacer algo al respecto: podían
desbrozar otro campo, excavar otra acequia de irrigación, sembrar más plantas.
El campesino ansioso era tan frenético y trabajaba tan duro como una hormiga
agricultora en verano, sudaba para plantar olivos cuyo aceite sería prensado
por sus hijos y sus nietos, y dejaba para el invierno o el año siguiente los
alimentos que le apetecía comer hoy.
El
esfuerzo vinculado a la agricultura tuvo consecuencias trascendentales. Fue el
fundamento de sistemas políticos y sociales a gran escala. Lamentablemente, los
diligentes campesinos casi nunca consiguieron la seguridad económica futura que
tanto ansiaban mediante su duro trabajo en el presente. Por todas partes
surgían gobernantes y élites, que vivían a costa de los excedentes de alimentos
de los campesinos y que solo les dejaban con una mera subsistencia.
Estos
excedentes alimentarios confiscados impulsaron la política, las guerras, el
arte y la filosofía. Construyeron palacios, fuertes, monumentos y templos.
Hasta la época moderna tardía, más del 90 por ciento de los humanos eran
campesinos que se levantaban cada mañana para labrar la tierra con el sudor de
su frente. Los excedentes que producían alimentaban a la reducida minoría de
élites (reyes, funcionarios gubernamentales, soldados, sacerdotes, artistas y
pensadores) que llenan los libros de historia. La historia es algo que ha hecho
muy poca gente mientras que todos los demás araban los campos y acarreaban
barreños de agua.
§. Un
orden imaginado
Los excedentes de alimentos producidos por los campesinos, junto con una nueva
tecnología del transporte, acabaron permitiendo que cada vez más gente se
hacinara primero en aldeas grandes, después en pueblos y, finalmente, en
ciudades, todas ellas unidas por nuevos reinos y redes comerciales.
Sin
embargo, para sacar partido de estas nuevas oportunidades, los excedentes de
alimentos y el transporte mejorado no eran suficientes. El simple hecho de que
se pueda dar de comer a mil personas en el mismo pueblo o a un millón de
personas en el mismo reino no garantiza que puedan ponerse de acuerdo en cómo
dividir la tierra y el agua, en cómo zanjar disputas y conflictos, y en cómo
actuar en épocas de sequía o de guerra. Y si no se puede llegar a ningún
acuerdo, los conflictos se extienden, aunque los almacenes estén repletos. No
fue la carestía de los alimentos lo que causó la mayor parte de las guerras y
revoluciones de la historia. La Revolución francesa fue encabezada por abogados
ricos, no por campesinos hambrientos. La República romana alcanzó su máximo
apogeo en el siglo I a.C., cuando flotas cargadas de tesoros procedentes de
todo el Mediterráneo enriquecían a los romanos superando los sueños más
visionarios de sus antepasados. Y, sin embargo, fue en ese momento de máxima
prosperidad cuando el orden político romano se desplomó en una serie de
mortíferas guerras civiles. Yugoslavia tenía en 1991 recursos suficientes para
alimentar a todos sus habitantes, y aun así se desintegró en un baño de sangre
terrible.
El
problema de raíz de dichos desastres es que los humanos evolucionaron durante
millones de años en pequeñas bandas de unas pocas decenas de individuos. Los
pocos milenios que separan la revolución agrícola de la aparición de ciudades,
reinos e imperios no fueron suficientes para permitir la evolución de un
instinto de cooperación en masa.
A pesar
de la carencia de estos instintos biológicos, durante la era de los
cazadores-recolectores, cientos de personas pudieron cooperar gracias a sus
mitos compartidos. Sin embargo, dicha cooperación era laxa y limitada. Cada
cuadrilla de sapiens continuó desarrollando su vida de manera independiente y
proveyendo la mayor parte de sus necesidades. Un sociólogo arcaico que hubiera
vivido hace 20.000 años, que no tuviera conocimiento de los acontecimientos que
siguieron a la revolución agrícola, bien pudiera haber llegado a la conclusión
de que la mitología tenía muy pocas posibilidades de salir airosa. Los relatos
sobre espíritus ancestrales y tótems tribales eran lo bastante fuertes para
permitir que 500 personas intercambiaran conchas marinas, celebraran un
festival ocasional y unieran fuerzas para exterminar a una banda de
neandertales, pero nada más. La mitología, habría pensado el sociólogo de la
antigüedad, no podría haber capacitado a millones de extraños para cooperar
cada día.
Pero esto
resultó ser erróneo. Aconteció que los mitos son más fuertes de lo que nadie
podía haber imaginado. Cuando la revolución agrícola abrió oportunidades para
la creación de ciudades atestadas e imperios poderosos, la gente inventó
relatos acerca de grandes dioses, patrias y sociedades anónimas para
proporcionar los vínculos sociales necesarios. Aunque la evolución humana
seguía arrastrándose a su paso usual de caracol, la imaginación humana
construía asombrosas redes de cooperación en masa, distintas a cualesquiera
otras que se hubieran visto en la Tierra.
Hacia el
año 8500 a.C., los mayores poblados del mundo eran aldeas como Jericó, en la
que vivían unos pocos cientos de individuos. Hacia 7000 a.C., la ciudad de
Çatalhöyük, en Anatolia, contaba entre 5.000 y 10.000 habitantes, probablemente
el mayor poblado del mundo de la época. Durante el quinto y cuarto milenio
a.C., en el Creciente Fértil surgieron ciudades con decenas de miles de
habitantes, y cada una de ellas dominaba sobre muchos pueblos de las
inmediaciones. En 3100 a.C., todo el valle del Nilo inferior fue unificado en
el primer reino egipcio. Sus faraones gobernaban sobre miles de kilómetros
cuadrados y cientos de miles de personas. Hacia el año 2250 a.C., Sargón el
Grande forjó el primer imperio, el acadio. Se jactaba de tener un millón de
súbditos y un ejército permanente de 5.400 soldados. Entre 1000 a.C. y 500
a.C., aparecieron los primeros mega imperios en Oriente Próximo: el Imperio
asirio tardío, el Imperio babilonio y el Imperio persa. Gobernaban a varios
millones de súbditos y mandaban a decenas de miles de soldados.
En el año
221 a.C. la dinastía Qin unió China, y poco después Roma unió la cuenca del
Mediterráneo. Los impuestos recaudados a 40 millones de súbditos quienes
pagaban un ejército permanente de cientos de miles de soldados y una compleja
burocracia que empleaba a más de 100.000 funcionarios. En su cénit, el Imperio
romano recaudaba impuestos de hasta 100 millones de súbditos. Estos ingresos
financiaban un ejército permanente de 250.000-500.000 soldados, una red de
carreteras que todavía se usaba 1.500 años después y teatros y anfiteatros que
desde entonces y hasta hoy han albergado espectáculos.
Sin duda,
es impresionante pero no hemos de hacernos falsas ilusiones acerca de las
«redes de cooperación en masa» que operaban en el Egipto de los faraones o en
el Imperio romano. «Cooperación» suena muy altruista, si bien no siempre es
voluntaria y rara vez es igualitaria. La mayoría de las redes de cooperación
humana se han organizado para la opresión y la explotación. Los campesinos
pagaban las redes de cooperación iniciales con sus preciosos excedentes de
alimentos, y se desesperaban cuando el recaudador de impuestos eliminaba todo
un año de arduo trabajo con un simple movimiento de su pluma imperial. Los
famosos anfiteatros romanos solían ser construidos por esclavos, para que los
romanos ricos y ociosos pudieran contemplar a otros esclavos enzarzarse en
terribles combates de gladiadores. Incluso las prisiones y los campos de
concentración son redes de cooperación, y pueden funcionar únicamente porque
miles de extraños consiguen coordinar de alguna manera sus acciones.
* * * *
Todas
estas redes de cooperación, desde las ciudades de la antigua Mesopotamia hasta
los imperios qin y romano, eran «órdenes imaginados». Las normas sociales que
los sustentaban no se basaban en instintos fijados ni en relaciones personales,
sino en la creencia en mitos compartidos.
¿Cómo
pueden los mitos sustentar imperios enteros? Ya se ha comentado uno de tales
ejemplos: Peugeot. Examinemos ahora dos de los mitos mejor conocidos de la
historia: el Código de Hammurabi, de aproximadamente 1776 a.C., que sirvió como
manual de cooperación para cientos de miles de antiguos babilonios; y la
Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776 d.C., que en la
actualidad todavía sirve como manual de cooperación para cientos de millones de
americanos modernos.
En 1776
a.C., Babilonia era la mayor ciudad del mundo. El Imperio babilonio era
probablemente el mayor del mundo, con más de un millón de súbditos. Gobernaba
la mayor parte de Mesopotamia, que incluía prácticamente todo el Irak moderno y
partes de lo que hoy es Siria e Irán. El rey babilonio más famoso fue
Hammurabi. Su fama se debe principalmente al texto que lleva su nombre, el
Código de Hammurabi. Se trata de una colección de leyes y decisiones judiciales
cuyo objetivo era presentar a Hammurabi como un modelo de rey justo, servir
como base para un sistema legal más uniforme para todo el Imperio babilonio y
enseñar a las futuras generaciones qué es la justicia y cómo actúa un rey
justo.
Las
generaciones futuras tomaron nota. La élite intelectual y burocrática de la
antigua Mesopotamia canonizó el texto, y los aprendices de escribas continuaron
copiándolo mucho después de que Hammurabi muriera y su imperio se desmoronara.
Por lo tanto, el Código de Hammurabi es una buena fuente para comprender el
ideal de orden social de los antiguos mesopotámicos.[38]
El texto
se inicia diciendo que los dioses Anu, Enlil y Marduk (las principales deidades
del panteón mesopotámico) designaron a Hammurabi «para que la justicia
prevaleciera en la tierra, para abolir a los inicuos y a los malos, para
impedir que los fuertes oprimieran a los débiles».[39] A continuación cita unas
300 sentencias, siguiendo la fórmula «Si ocurre tal y cual cosa, esta es la
sentencia». Por ejemplo, las sentencias 196-199 y 209-214 rezan lo siguiente:
196. Si
un hombre superior deja tuerto a otro hombre superior, lo dejarán tuerto.
197. Si le rompe el hueso a otro hombre superior, que le rompan el hueso.
198. Si deja tuerto a un plebeyo o le rompe un hueso a un plebeyo, pagará 60
siclos de plata.
199. Si deja tuerto al esclavo de un hombre superior o le rompe un hueso al
esclavo de un hombre superior, pagará la mitad del valor del esclavo (en
plata).[40]
209. Si un hombre superior golpea a una mujer de clase superior y así le
provoca que aborte su feto, pagará 10 siclos de plata por su feto.
210. Si esa mujer muere, que maten a la hija del hombre.
211. Si es a la hija de un plebeyo a quien le causa a golpes la pérdida del
feto, pagará 5 siclos de plata.
212. Si esa mujer muere, pagará 30 siclos de plata.
213. Si golpea a la esclava de un hombre superior y le provoca así el aborto de
su feto, pagará 2 siclos de plata.
214. Si esa esclava muere, pagará 20 siclos de plata.[41]
Después
de listar sus sentencias, Hammurabi vuelve a declarar que:
Estas son
las justas decisiones que Hammurabi, el hábil rey, ha establecido, y por las
que ha dirigido la tierra a lo largo de la ruta de la verdad y del camino
correcto de la vida. […] Soy Hammurabi, noble rey. No he sido descuidado ni
negligente hacia la humanidad, cuyo cuidado me concedió el dios Enlil, y cuyo
pastoreo me encargó el dios Marduk.[42]
* * * *
El Código
de Hammurabi afirma que el orden social babilonio se basa en principios
universales y eternos de justicia, dictados por los dioses. El principio de
jerarquía es de importancia capital. Según el código, las personas se dividen
en dos géneros y tres clases: personas superiores, plebeyos y esclavos. Los
miembros de cada género y clase tienen valores diferentes. La vida de una
plebeya vale 30 siclos de plata, mientras que el ojo de un plebeyo vale 60
siclos de plata.
El código
establece asimismo una jerarquía estricta en el seno de las familias, según el
cual los niños no son personas independientes, sino propiedad de sus padres. De
ahí que, si un hombre superior mata a la hija de otro hombre superior, la hija
del homicida es ejecutada como castigo. A nosotros nos puede parecer extraño
que el homicida siga impune mientras que su hija inocente es sacrificada, pero
a Hammurabi y a los babilonios esto les parecía perfectamente justo. El Código
de Hammurabi se basaba en la premisa de que si todos los súbditos del rey
aceptaban su posición en la jerarquía y actuaban en consecuencia, el millón de
habitantes del imperio podrían cooperar de manera efectiva. Entonces su
sociedad podría producir alimentos suficientes para sus miembros, distribuirlos
eficientemente, protegerse contra sus enemigos y expandir su territorio con el
fin de adquirir más riquezas y mayor seguridad.
Unos
3.500 años después de la muerte de Hammurabi, los habitantes de trece colonias
británicas en Norteamérica sentían que el rey de Inglaterra los trataba
injustamente. Sus representantes se reunieron en la ciudad de Filadelfia y, el
4 de julio de 1776, las colonias declararon que sus habitantes ya no eran
súbditos de la corona británica. Su Declaración de Independencia proclamó
principios universales y eternos de justicia que, como los de Hammurabi,
estaban inspirados por un poder divino. Sin embargo, el principio más
importante que dictaba el dios americano era algo diferente del principio
dictado por los dioses de Babilonia. La Declaración de Independencia de Estados
Unidos afirma:
Sostenemos
como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados
iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que
entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Al igual
que el Código de Hammurabi, el documento fundacional estadounidense promete que
si los americanos actúan según sus sagrados principios, millones de ellos
podrán cooperar de manera efectiva, y vivir seguros y en paz en una sociedad
justa y próspera. Al igual que el Código de Hammurabi, la Declaración de
Independencia de Estados Unidos no era solo un documento de su tiempo y su
lugar: también fue aceptado por generaciones futuras. Durante más de 200 años,
los escolares estadounidenses la han copiado y la han aprendido de memoria.
Ambos
textos nos plantean un dilema. Tanto el Código de Hammurabi como la Declaración
de Independencia de Estados Unidos afirman compendiar principios universales y
eternos de justicia, pero según los americanos todas las personas son iguales,
mientras que según los babilonios las personas son claramente desiguales. Desde
luego, los americanos dirían que ellos tienen razón, y que Hammurabi está
equivocado. Hammurabi, por supuesto, replicaría que él está en lo cierto, y que
los americanos están equivocados. En realidad, ambos están equivocados. Tanto
Hammurabi como los Padres Fundadores americanos imaginaban una realidad regida
por principios de justicia universales e inmutables, tales como la igualdad y
la jerarquía. Pero el único lugar en el que tales principios existen es en la
fértil imaginación de los sapiens, y en los mitos que inventan y se cuentan
unos a otros. Estos principios no tienen validez objetiva.
Para
nosotros es fácil aceptar que la división de la gente en «superiores» y
«plebeyos» es una invención de la imaginación. Pero la idea de que todos los
humanos son iguales también es un mito. ¿En qué sentido todos los humanos son
iguales entre sí? ¿Existe alguna realidad objetiva, fuera de la imaginación
humana, en la que seamos realmente iguales? ¿Son todos los humanos iguales
desde el punto de vista biológico? Intentemos traducir la sentencia más famosa
de la Declaración de Independencia de Estados Unidos en términos biológicos:
Sostenemos
como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres
son creados iguales; que son dotados por su Creador de
ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida,
la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Según la
ciencia de la biología, las personas no fueron «creadas», sino que han
evolucionado. Y, ciertamente, no evolucionaron para ser «iguales». La idea de
igualdad se halla inextricablemente entrelazada con la idea de creación. Los
americanos obtuvieron la idea de igualdad del cristianismo, que dice que toda
persona tiene un alma creada divinamente y que todas las almas son iguales ante
Dios. Sin embargo, si no creemos en los mitos cristianos acerca de Dios, la
creación y las almas, ¿qué significa que todas las personas son «iguales»? La
evolución se basa en la diferencia, no en la igualdad. Cada persona posee un
código genético diferente, y desde su nacimiento se halla expuesta a diferentes
influencias ambientales. Esto conduce al desarrollo de cualidades diferentes
que llevan consigo diferentes probabilidades de supervivencia. Por lo tanto,
«creados iguales» debería traducirse por «evolucionados de manera diferente».
Del mismo
modo que las personas no fueron creadas, tampoco, según la ciencia de la
biología, existe un «Creador» que las «dote» de nada. Solo existe un proceso
evolutivo ciego, desprovisto de cualquier propósito, que conduce al nacimiento
de los individuos. «Dotados por su Creador» debería traducirse simplemente por
«nacidos».
De manera
parecida, los derechos no existen en biología. Solo hay órganos, capacidades y
características. Las aves vuelan no porque tengan el derecho a volar, sino
porque poseen alas. Y no es cierto que dichos órganos, capacidades y
características sean «inalienables». Muchos de ellos experimentan mutaciones
constantes que pueden perderse por completo con el tiempo. El avestruz es un
ave que perdió su capacidad de volar. De modo que «derechos inalienables» debe
traducirse por «características mutables».
¿Y cuáles
son las características que evolucionaron en los humanos? La «vida»,
ciertamente. Pero ¿la «libertad»? Al igual que la igualdad, los derechos y las
sociedades anónimas, también la libertad es un ideal político más que un
fenómeno biológico. Desde un punto de vista puramente biológico, hay poca
diferencia entre los ciudadanos de una república y los súbditos de un rey. ¿Y
qué hay de la «felicidad»? Hasta el presente, la investigación biológica no ha
conseguido obtener una definición clara de felicidad ni una manera de medirla
objetivamente. La mayoría de los estudios biológicos solo reconocen la
existencia del placer, que es más fácil de definir y de medir. De modo que
habría que traducir «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» por
«la vida y la búsqueda del placer».
He aquí,
pues, sentencia de la Declaración de Independencia de Estados Unidos traducida
en términos biológicos:
Sostenemos
como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres han
evolucionado de manera diferente; que han nacido con ciertas características
mutables; que entre estas están la vida y la búsqueda del placer.
Los que
abogan por la igualdad y los derechos humanos pueden indignarse por esta línea
de razonamiento. Es probable que su respuesta sea: «¡Ya sabemos que las
personas no son iguales desde el punto de vista biológico! Pero si creemos que
todos somos iguales en esencia, esto nos permitirá crear una sociedad estable y
próspera». No tengo ningún argumento que oponer. Esto es precisamente lo que
quiero decir con «orden imaginado». Creemos en un orden particular no porque
sea objetivamente cierto, sino porque creer en él nos permite cooperar de
manera efectiva y forjar una sociedad mejor. Los órdenes imaginados no son
conspiraciones malvadas o espejismos inútiles. Más bien, son la única manera en
que un gran número de humanos pueden cooperar de forma efectiva. Pero tengamos
presente que Hammurabi podría haber defendido su principio de jerarquía
utilizando la misma lógica: «Yo sé que los hombres superiores, los plebeyos y
los esclavos no son clases de personas intrínsecamente distintas. Pero si
creemos que lo son, esto nos permitirá crear una sociedad estable y próspera».
§.
Verdaderos creyentes
Es probable que más de un lector se haya retorcido en su silla al leer los
párrafos anteriores. En la actualidad, la mayoría de nosotros hemos sido
educados para reaccionar de esta manera. Es fácil aceptar que el Código de
Hammurabi era un mito, pero no queremos oír que los derechos humanos sean
asimismo un mito. Si la gente se diera cuenta de que los derechos humanos solo
existen en la imaginación, ¿no habría el peligro de que nuestra sociedad se
desplomara? Voltaire dijo acerca de Dios que «Dios no existe, pero no se lo
digáis a mi criado, no sea que me asesine durante la noche». Hammurabi habría
dicho lo mismo acerca de su principio de jerarquía, y Thomas Jefferson acerca
de los derechos humanos. Homo sapiens no tiene derechos
naturales, de la misma manera que las arañas, las hienas y los chimpancés no
tienen derechos naturales. Pero no se lo digamos a nuestros criados, no sea que
nos maten por la noche.
Tales
temores están bien justificados. Un orden natural es un orden estable. No hay
ninguna probabilidad de que la gravedad deje de funcionar mañana, aunque la
gente deje de creer en ella. Por el contrario, un orden imaginado se halla
siempre en peligro de desmoronarse, porque depende de mitos, y los mitos se
desvanecen cuando la gente deja de creer en ellos. Con el fin de salvaguardar
un orden imaginado es obligado realizar esfuerzos continuos y tenaces, algunos
de los cuales derivan en violencia y coerción. Los ejércitos, las fuerzas
policiales, los tribunales y las prisiones trabajan sin cesar, obligando a la
gente a actuar de acuerdo con el orden imaginado. Si un antiguo babilonio
dejaba ciego a su vecino, por lo general era necesario cierto grado de violencia
para hacer cumplir la ley del «ojo por ojo». Cuando, en 1860, una mayoría de
ciudadanos norteamericanos llegaron a la conclusión de que los esclavos
africanos son seres humanos y por lo tanto debían gozar del derecho a la
libertad, hizo falta una sangrienta guerra civil para que los estados sureños
lo aceptaran.
Sin
embargo, un orden imaginado no puede sostenerse solo mediante la violencia.
Requiere asimismo verdaderos creyentes. El príncipe Talleyrand, que inició su
carrera camaleónica bajo el reinado de Luis XVI, sirvió posteriormente a los
regímenes revolucionario y napoleónico y cambió su lealtad a tiempo de terminar
sus días trabajando para la monarquía restaurada. Su célebre frase «Se pueden
hacer muchas cosas con las bayonetas, pero es bastante incómodo sentarse sobre
ellas» resume décadas de experiencia de gobierno. Un único sacerdote suele
hacer el trabajo de cien soldados, y de manera mucho más barata y eficiente.
Además, con independencia de lo eficientes que sean las bayonetas, alguien
tiene que esgrimirlas. ¿Por qué habrían de mantener soldados, carceleros,
jueces y policía un orden imaginado en el que no creen? De todas las
actividades colectivas humanas, la más difícil de organizar es la violencia.
Decir que un orden social se mantiene mediante la fuerza militar plantea
inmediatamente la cuestión: ¿qué mantiene el orden militar? Es imposible
organizar un ejército únicamente mediante la coerción. Al menos algunos de los
mandos y los soldados han de creer realmente en algo, ya sea Dios, el honor, la
patria, la hombría o el dinero.
Una
pregunta incluso más interesante se refiere a los que se encuentran en la cima
de la pirámide social. ¿Por qué querrían hacer cumplir un orden imaginado si
ellos mismos no creen en él? Es relativamente común aducir que la élite puede
hacerlo debido a la codicia cínica. Pero es improbable que un cínico que no
cree en nada sea codicioso. No hace falta mucho para proporcionar las
necesidades biológicas objetivas de Homo sapiens. Una vez se han
cubierto dichas necesidades, se puede gastar más dinero en la construcción de
pirámides, tomarse unas vacaciones alrededor del mundo, financiar campañas
electorales, financiar a nuestra organización terrorista favorita o invertir en
el mercado de valores y conseguir todavía más dinero… todas ellas actividades
que un verdadero cínico encontraría absolutamente sin sentido. Diógenes, el
filósofo griego que fundó la escuela cínica, vivía en una tinaja. Cuando
Alejandro Magno visitó en una ocasión a Diógenes, mientras este se hallaba
descansando al sol, y le preguntó si había algo que pudiera hacer por él, el
cínico contestó al poderosísimo conquistador: «Sí, hay algo que puedes hacer
por mí. Por favor, muévete un poco a un lado. Me tapas la luz del sol».
Esta es
la razón por la que los cínicos no construyen imperios y por la que un orden
imaginado solo puede mantenerse si hay grandes segmentos de la población (y en
particular grandes segmentos de la élite y de las fuerzas de seguridad) que
creen realmente en él. El cristianismo no habría durado 2.000 años si la
mayoría de los obispos y sacerdotes no hubieran creído en Cristo. La democracia
estadounidense no habría durado 250 años si la mayoría de los presidentes y
congresistas no hubieran creído en los derechos humanos. El sistema económico
moderno no habría durado ni un solo día si la mayoría de los accionistas y
banqueros no hubieran creído en el capitalismo.
§. Los
muros de la prisión
¿Cómo se hace para que la gente crea en un orden imaginado como el
cristianismo, la democracia o el capitalismo? En primer lugar, no admitiendo
nunca que el orden es imaginado. Siempre se insiste en que el orden que
sostiene a la sociedad es una realidad objetiva creada por los grandes dioses o
por las leyes de la naturaleza. Las personas son distintas, no porque lo dijera
Hammurabi, sino porque lo decretaron Enlil y Marduk. Las personas son iguales,
no porque lo dijera Thomas Jefferson, sino porque Dios los creó así. Los
mercados libres son el mejor sistema económico, no porque lo dijera Adam Smith,
sino porque estas son las inmutables leyes de la naturaleza.
También
se educa de manera concienzuda a la gente. Desde que nacen, se les recuerda
constantemente los principios del orden imaginado, que se incorporan a todas y
cada una de las cosas. Se incorporan a los cuentos de hadas, a los dramas, los
cuadros, las canciones, a la etiqueta, a la propaganda política, la
arquitectura, las recetas y las modas. Por ejemplo, hoy en día la gente cree en
la igualdad, de manera que está de moda entre los niños ricos llevar pantalones
tejanos, que originalmente eran la indumentaria de la clase trabajadora. En la
Europa de la Edad Media la gente creía en las diferencias de clases, de manera
que ningún joven noble se habría puesto un sobretodo de campesino. En aquel
entonces, dirigirse a alguien como «señor» o «señora» era un raro privilegio
reservado a la nobleza, y que a menudo se ganaba con sangre. Hoy en día, toda
la correspondencia educada, con independencia del destinatario, empieza con
«Apreciado señor o señora».
Las
humanidades y las ciencias sociales dedican la mayor parte de sus energías a
explicar exactamente de qué manera el orden imaginado está entretejido en el
tapiz de la vida. En el espacio limitado de que disponemos solo podemos arañar
la superficie. Hay tres factores principales que impiden que la gente se dé
cuenta de que el orden que organiza su vida existe únicamente en su
imaginación:
a.El orden imaginado está
incrustadoen el mundo material. Aunque el orden imaginado solo existe en nuestra
mente, puede entretejerse en la realidad material que nos rodea, e incluso
grabarse en piedra. En la actualidad, la mayoría de los habitantes de Occidente
creen en el individualismo. Piensan que cada humano es un individuo, cuyo valor
no depende de lo que otras personas crean de él o de ella. Cada uno de nosotros
tiene en su interior un brillante rayo de luz que confiere valor y significado
a nuestra vida. En las escuelas modernas de Occidente, los maestros de escuela
y los padres les dicen a los niños que si sus compañeros de clase se burlan de
ellos, deben ignorarlos. Solo ellos, y no otros, conocen su verdadero valor.
En la
arquitectura moderna, este mito salta de la imaginación para tomar forma en
piedra y hormigón. La casa moderna ideal está dividida en muchas habitaciones
pequeñas de modo que cada niño pueda tener un espacio privado, oculto a la
vista, que proporcione la máxima autonomía. Esta habitación privada posee casi
de manera invariable una puerta, y en muchos hogares es práctica aceptada que
el niño cierre la puerta, hasta con llave. Incluso los padres tienen prohibido
entrar sin llamar y pedir permiso para ello. La habitación está decorada como
al niño le gusta, con carteles de estrellas de rock en la pared y calcetines
sucios por el suelo. Quien crezca en un espacio así no puede hacer otra cosa
que imaginarse que es «un individuo», cuyo verdadero valor emana de dentro y no
de fuera.
Los
nobles medievales no creían en el individualismo. El valor de alguien estaba
determinado por su lugar en la jerarquía social y por lo que otras personas
decían de ellos. Que se rieran de uno era un grave ultraje. Los nobles
enseñaban a sus hijos a proteger su buen nombre a cualquier precio. Como el
individualismo moderno, el sistema de valores sociales medieval dejó la
imaginación y para manifestarse en la piedra de los castillos medievales. El
castillo raramente contenía habitaciones privadas para los niños (ni para
nadie). El hijo adolescente de un barón medieval no tenía una habitación
privada en el segundo piso del castillo, con carteles de Ricardo Corazón de
León y el rey Arturo en las paredes, ni una puerta cerrada que sus padres no
podían abrir. Dormía junto a otros muchos jóvenes en una gran sala. Siempre se
hallaba a la vista y siempre debía tener en cuenta lo que otros veían y decían.
Quien creciera en tales condiciones llegaba naturalmente a la conclusión de que
el verdadero valor de un hombre estaba determinado por su lugar en la jerarquía
social y por lo que otras personas decían de él.[43]
b.El orden imaginado modela
nuestros deseos. La
mayoría de las personas no quieren aceptar que el orden que rige su vida es
imaginario, pero en realidad todas las personas nacen en un orden imaginado
preexistente, y sus deseos están modelados desde el nacimiento por sus mitos
dominantes. Por lo tanto, nuestros deseos personales se convierten en las
defensas más importantes del orden imaginado.
Por
ejemplo, los deseos más apreciados de los habitantes modernos de Occidente
están conformados por mitos románticos, nacionalistas, capitalistas y
humanistas que han estado presentes durante siglos. Los amigos que se dan
consejos a menudo se dicen: «Haz lo que te diga el corazón». Pero el corazón es
un doble agente que por lo general toma sus instrucciones de los mitos
dominantes del día, y la recomendación «Haz lo que te diga el corazón» fue
implantada en nuestra mente por una combinación de mitos románticos del siglo
XIX y de mitos consumistas del siglo XX. La compañía Coca-Cola, por ejemplo, ha
comercializado en todo el mundo la Diet Coke o Coca-Cola Light con el eslogan
«Haz lo que sienta bien».
Incluso
lo que la gente cree que son sus deseos más personales suelen estar programados
por el orden imaginado. Consideremos, por ejemplo, el deseo popular de tomarse
unas vacaciones en el extranjero. No hay nada natural ni obvio en esa decisión.
Un macho alfa de chimpancé nunca pensaría en utilizar su poder con el fin de ir
de vacaciones al territorio de una tropilla de chimpancés vecina. Los miembros
de la élite del antiguo Egipto gastaban su fortuna construyendo pirámides y
momificando sus cadáveres, pero ninguno de ellos pensaba en ir de compras a
Babilonia o en pasar unas vacaciones esquiando en Fenicia. Hoy en día, la gente
gasta muchísimo dinero en vacaciones en el extranjero porque creen
fervientemente en los mitos del consumismo romántico.
El
romanticismo nos dice que con el fin de sacar el máximo partido a nuestro
potencial humano, hemos de tener tantas experiencias diferentes como podamos.
Hemos de abrirnos a un amplio espectro de emociones; hemos de probar varios
tipos de relaciones; hemos de catar diferentes cocinas; hemos de aprender a
apreciar diferentes estilos de música. Y una de las mejores formas de hacer
todo esto es librarnos de nuestra rutina diaria, dejar atrás nuestro entorno
familiar y viajar a tierras distantes, donde podamos «experimentar» la cultura,
los olores, los sabores y las normas de otras gentes. Oímos constantemente los
mitos románticos acerca de «cómo una nueva experiencia me abrió los ojos y
cambió mi vida».
El
consumismo nos dice que para ser felices hemos de consumir tantos productos y
servicios como sea posible. Si sentimos que nos falta algo o que algo no va
bien del todo, entonces probablemente necesitemos comprar un producto (un
automóvil, nuevos vestidos, comida ecológica) o un servicio (llevar una casa,
terapia relacional, clases de yoga). Cada anuncio de televisión es otra pequeña
leyenda acerca de cómo consumir determinado producto o servicio hará nuestra
vida mejor.
El
romanticismo, que promueve la variedad, encaja bien con el consumismo. Su
matrimonio ha dado origen al infinito «mercado de experiencias» sobre el que se
cimienta la moderna industria del turismo. La industria del turismo no vende
billetes de avión ni habitaciones de hotel. Vende experiencias. París no es una
ciudad, ni la India un país: ambos son experiencias, cuyo consumo se supone que
amplía nuestros horizontes, satisface nuestro potencial humano y nos hace más
felices. En consecuencia, cuando la relación entre un millonario y su esposa
empieza a ir mal, él la lleva a realizar unas caras vacaciones en París. El
viaje no es un reflejo de algún deseo independiente, sino una ardiente creencia
en los mitos del consumismo romántico. Un hombre rico en el antiguo Egipto no
hubiera pensado nunca en resolver una crisis matrimonial llevándose a su mujer
de vacaciones a Babilonia. En lugar de eso, podría haberle construido la
suntuosa tumba que ella siempre había deseado.
Como la
élite del antiguo Egipto, la mayoría de la gente en la mayoría de las culturas
dedica su vida a construir pirámides, solo que los nombres, formas y tamaños de
estas pirámides cambian de una cultura a otra. Por ejemplo, pueden tomar la
forma de un chalet en una urbanización con piscina y un césped siempre verde, o
un flamante ático con unas vistas envidiables. Para empezar, pocos cuestionan
los mitos que nos hacen desear la pirámide.
c.El orden imaginado es
intersubjetivo. Incluso
si por algún esfuerzo sobrehumano consiguiera liberar mis deseos personales del
dominio del orden imaginado, solo soy una persona. Con el fin de cambiar el
orden imaginado he de convencer a millones de extraños para que cooperen
conmigo. Porque el orden imaginado no es un orden subjetivo que existe solo en
mi imaginación; más bien, es un orden intersubjetivo que existe en la
imaginación compartida de miles y millones de personas.
Para
entender esto, necesitamos comprender la diferencia entre «objetivo»,
«subjetivo» e «intersubjetivo».
Un
fenómeno objetivo existe con independencia de la conciencia
humana y de las creencias humanas. La radiactividad, por ejemplo, no es un
mito. Las emisiones radiactivas se producían mucho antes de que la gente las
descubriera, y son peligrosas aunque no crea en ellas. Marie Curie, una de las
descubridoras de la radiactividad, no supo, durante sus largos años de estudio
de materiales radiactivos, que estos podían dañar su cuerpo. Aunque no creía
que la radiactividad pudiera matarla, murió no obstante de anemia aplásica, una
enfermedad mortal causada por la sobreexposición a materiales radiactivos.
Lo subjetivo es
algo que existe en función de la conciencia y creencias de un único individuo,
y desaparece o cambia si este individuo concreto cambia sus creencias. Muchos
niños creen en la existencia de un amigo imaginario que es invisible e
inaudible para el resto del mundo. El amigo imaginario existe únicamente en la
conciencia subjetiva del niño, y cuando este crece y deja de creer en él, el
amigo imaginario se desvanece.
Lo intersubjetivo es
algo que existe en el seno de la red de comunicación que conecta la conciencia
subjetiva de muchos individuos. Si un solo individuo cambia sus creencias o
muere, ello tiene poca importancia. Sin embargo, si la mayoría de los
individuos de la red mueren o cambian sus creencias, el fenómeno intersubjetivo
mutará o desaparecerá. Los fenómenos intersubjetivos no son ni fraudes
malévolos ni charadas insignificantes. Existen de una manera diferente de los
fenómenos físicos tales como la radiactividad, pero sin embargo su impacto en
el mundo puede ser enorme. Muchos de los impulsores más importantes de la
historia son intersubjetivos: la ley, el dinero, los dioses y las naciones.
Peugeot,
por ejemplo, no es el amigo imaginario del director general de Peugeot. La
compañía existe en la imaginación compartida de millones de personas. El
director general cree en la existencia de la compañía porque el consejo de
administración también cree en ella, como hacen los abogados de la compañía,
las secretarias de la oficina más próxima, los pagadores del banco, los
corredores de Bolsa y los vendedores de automóviles desde Francia a Australia.
Si fuera solo el director general el que dejara de creer repentinamente en la
existencia de Peugeot, pronto acabaría en el hospital psiquiátrico más cercano
y alguna otra persona ocuparía su despacho.
De forma
similar, el dólar, los derechos humanos y los Estados Unidos de América existen
en la imaginación compartida de miles de millones de personas, y no hay un solo
individuo que pueda amenazar su existencia. Si únicamente yo dejara de creer en
el dólar, los derechos humanos y Estados Unidos, no tendría mucha importancia.
Estos órdenes imaginados son intersubjetivos, de manera que para cambiarlos
tendríamos que cambiar simultáneamente la conciencia de miles de millones de
personas, lo que no es fácil. Un cambio de tal magnitud solo puede conseguirse
con ayuda de una organización compleja, como un partido político, un movimiento
ideológico o un culto religioso. Sin embargo, con el fin de establecer estas
organizaciones complejas es necesario convencer a muchos extraños para que
cooperen entre sí. Y eso solo puede ocurrir si esos extraños creen en algunos
mitos compartidos. De ahí se sigue que para cambiar un orden imaginado
existente, hemos de creer primero en un orden imaginado alternativo.
Con el
fin de desmantelar Peugeot, por ejemplo, necesitamos imaginar algo más
poderoso, como el sistema legal francés. Con el fin de desmantelar el sistema
legal francés necesitamos imaginar algo todavía más poderoso, como el Estado
francés. Y si también quisiéramos desmantelarlo, tendríamos que imaginar algo
más poderoso aún.
No hay
manera de salir del orden imaginado. Cuando echamos abajo los muros de nuestra
prisión y corremos hacia la libertad, en realidad corremos hacia el patio de
recreo más espacioso de una prisión mayor.
Capítulo
7
Sobrecarga de memoria
Contenido:
§.
Firmado, Kushim
§. Las maravillas de la burocracia
§. El lenguaje de los números
La
evolución no dotó a los humanos con la capacidad de jugar al fútbol. Es cierto
que produjo piernas para chutar, codos para cometer faltas y boca para
maldecir, pero todo lo que esto nos permite hacer es quizá practicar nosotros
mismos patadas que terminen en un penalti. Para jugar un partido con los
extraños que encontramos en el patio del colegio cualquier tarde, no solo
tenemos que actuar en concierto con diez compañeros de equipo que puede que
nunca hayamos conocido antes, también necesitamos saber que los once jugadores
del equipo contrario juegan siguiendo las mismas reglas. Otros animales que
implican a extraños en agresiones ritualizadas lo hacen principalmente por
instinto; en todo el mundo, los cachorros tienen las reglas para el juego
violento integradas en sus genes. Pero los adolescentes humanos no tienen genes
para el fútbol. No obstante, pueden jugar con completos extraños porque todos
han aprendido un conjunto idéntico de ideas sobre el fútbol. Dichas ideas son
totalmente imaginarias, pero si todos las comparten, todos podemos jugar.
Lo mismo
es aplicable, a una escala mayor, a reinos, iglesias y redes comerciales, con
una diferencia importante. Las reglas del fútbol son relativamente simples y
concisas, de manera parecida a lo que ocurre con las que son necesarias para la
cooperación en una banda de cazadores-recolectores o en una pequeña aldea. Cada
jugador puede almacenarlas fácilmente en su cerebro y tener todavía espacio
para canciones, imágenes y listas de compra. Sin embargo, los grandes sistemas
de cooperación que implican no a veintidós, sino a miles o incluso millones de
humanos, precisan el manejo y almacenamiento de enormes cantidades de
información, mucha más de la que un único cerebro humano puede contener y
procesar.
Las
grandes sociedades que encontramos en otras especies, como las hormigas y las
abejas, son estables y resilientes porque la mayor parte de la información
necesaria para sustentarlas está codificada en el genoma. Por ejemplo, una
larva de abeja melífera hembra puede crecer hasta convertirse en una reina o
una obrera, en función de qué alimento se le da de comer. Su ADN programa los
comportamientos necesarios para ambos papeles, ya se trate de etiqueta real o
de diligencia proletaria. Las colmenas pueden ser estructuras sociales muy
complejas, que contienen muchas clases de obreras: recolectoras, nodrizas y
limpiadoras, por ejemplo. Pero hasta ahora los investigadores no han conseguido
localizar abejas abogado. Las abejas no necesitan abogados, porque no existe el
peligro de que olviden o violen la constitución de la colmena. La reina no
escatima su comida a las abejas limpiadoras, y estas no hacen nunca huelga para
pedir mejores salarios.
Sin
embargo, los humanos sí lo hacen continuamente. Debido a que el orden social de
los sapiens es imaginado, los humanos no pueden conservar la información
crítica para hacerlo funcionar mediante el simple expediente de hacer copias de
su ADN y de transmitirlas a su progenie. Hay que hacer un esfuerzo sustancial
para mantener leyes, costumbres, procedimientos, conductas, pues, de otro modo,
el orden social se hundiría rápidamente. Por ejemplo, el rey Hammurabi decretó
que las personas se dividen en superiores, plebeyos y esclavos. A diferencia
del sistema de clases de la colmena, esta no es una división natural: no hay
trazas de ella en el genoma humano. Si los babilonios no hubieran tenido
presente esta «verdad», su sociedad habría dejado de funcionar. De manera
similar, cuando Hammurabi transmitió su ADN a sus hijos, este no tenía
codificado su norma de que un hombre superior que matara a una mujer plebeya
tendría que pagar 30 siclos de plata. Hammurabi tuvo que instruir
deliberadamente a sus hijos en las leyes del imperio, y sus hijos y nietos
tuvieron que hacer lo mismo.
Los
imperios generan cantidades enormes de información. Más allá de las leyes, los
imperios han de llevar las cuentas de transacciones e impuestos, inventarios de
suministros militares y de barcos mercantes, y calendarios de festivales y
victorias. Durante millones de años, la gente almacenó la información en un
único lugar: su cerebro. Lamentablemente, el cerebro humano no es un buen
dispositivo de almacenamiento para bases de datos del tamaño de imperios por
tres razones principales.
En primer
lugar, su capacidad es limitada. Es verdad, algunas personas tienen una memoria
prodigiosa, y en tiempos antiguos hubo profesionales de la memoria que podían
almacenar en su cabeza las topografías de provincias enteras y los códigos
legales de estados enteros. No obstante, existe un límite que incluso los
maestros mnemónicos no pueden superar. Un abogado puede conocer de memoria todo
el código legal de la Mancomunidad de Massachusetts, pero no los detalles de
todos los procesos legales que tuvieron lugar en Massachusetts desde los
juicios de las brujas de Salem hasta la actualidad.
En
segundo lugar, los humanos mueren, y su cerebro muere con ellos. Cualquier
información almacenada en un cerebro se borrará en menos de un siglo. Desde
luego, es posible transmitir memorias de un cerebro a otro, pero después de
unas pocas transmisiones la información tiende a mutilarse o perderse.
En tercer
lugar, y más importante, el cerebro humano se ha adaptado a almacenar y
procesar solo tipos concretos de información. Con el fin de sobrevivir, los
antiguos cazadores-recolectores tenían que recordar las formas, cualidades y
pautas de comportamiento de miles de especies de plantas y animales. Tenían que
recordar que una seta arrugada y amarilla que crecía en otoño bajo un olmo es
con toda probabilidad venenosa, mientras que una seta de aspecto parecido que
crecía en invierno bajo un roble es un buen remedio para el dolor de estómago.
Los cazadores-recolectores debían también tener presente las opiniones y
relaciones de varias decenas de miembros de la banda. Si Lucía necesitaba la
ayuda de un miembro de la banda para conseguir que Juan dejara de molestarla,
era importante que recordara que la semana anterior Juan había reñido con
María, que entonces se convertiría en una aliada probable y entusiasta. En
consecuencia, las presiones evolutivas han adaptado el cerebro humano a
almacenar cantidades inmensas de información botánica, zoológica, topográfica y
social.
Pero
cuando empezaron a aparecer sociedades particularmente complejas como
consecuencia de la revolución agrícola, se hizo vital un tipo completamente
nuevo de información: los números. Los cazadores-recolectores no se vieron
nunca obligados a manejar una gran cantidad de datos matemáticos. Ningún
cazador-recolector necesitaba recordar, pongamos por caso, el número de frutos
en cada árbol del bosque. De modo que el cerebro humano no se adaptó a
almacenar y procesar números. Pero para mantener un reino grande, los datos
matemáticos eran vitales. Nunca fue suficiente legislar leyes y contar relatos
acerca de dioses guardianes. También había que recaudar impuestos. Con el fin
de exigir impuestos a cientos de miles de personas, era imperativo acopiar
datos acerca de sus ingresos y posesiones; datos acerca de los pagos
efectuados; datos acerca de atrasos, deudas y multas; datos acerca de
descuentos y exenciones. Todo esto sumaba millones de datos, que había que
almacenar y procesar. Sin esta capacidad, el Estado nunca sabría de qué
recursos disponía y qué otros recursos podía obtener. Cuando se enfrentaban a
la necesidad de memorizar, recordar y manejar todos estos números, la mayoría
de los cerebros humanos se sobrecargaban o se dormían.
Esta
limitación mental restringía gravemente el tamaño y la complejidad de los
colectivos humanos. Cuando la cantidad de gente y de propiedades de una
determinada sociedad cruzaba un umbral crítico, se hacía necesario almacenar y
procesar grandes cantidades de datos matemáticos. Puesto que el cerebro humano
no podía hacerlo, el sistema se desplomaba. Durante miles de años después de la
revolución agrícola, las redes sociales humanas permanecieron relativamente
pequeñas y sencillas.
Los
primeros en superar el problema fueron los antiguos sumerios, que vivieron en
el sur de Mesopotamia. Allí, el sol abrasador que caía sobre las ricas llanuras
fangosas producía cosechas abundantes y pueblos prósperos. A medida que
aumentaba el número de habitantes, también lo hacía la cantidad de información
necesaria para coordinar sus asuntos. Entre 3500 y 3000 a.C., algunos genios
sumerios anónimos inventaron un sistema para almacenar y procesar información
fuera de su cerebro, un sistema que estaba diseñado expresamente para almacenar
grandes cantidades de datos matemáticos. De ese modo, los sumerios liberaron su
orden social de las limitaciones del cerebro humano, abriendo el camino a la
aparición de ciudades, reinos e imperios. El sistema de procesamiento de datos
que los sumerios inventaron se llama «escritura».
§.
Firmado, Kushim
La escritura es un método para almacenar información mediante signos
materiales. El sistema de escritura de los sumerios lo hizo mediante la
combinación de dos tipos de signos, que eran impresos sobre tablillas de
arcilla. Un tipo de signos representaba números. Había signos para 1, 10, 60,
600, 3.600 y 36.000. (Los sumerios utilizaban una combinación de sistemas
numéricos de base 6 y de base 10. Su sistema de base 6 nos confirió varios
legados importantes, como la división del día en 24 horas y la del círculo en
360 grados.) Los otros tipos de signos representaban personas, animales,
mercancías, territorios, fechas, etcétera. Mediante la combinación de ambos
tipos de signos, los sumerios podían conservar muchos más datos que los que un cerebro
humano puede recordar o que cualquier cadena de ADN puede codificar.
En esta
etapa inicial, la escritura estaba limitada a hechos y cifras. La gran novela
sumeria, si acaso hubo alguna, nunca se consignó en tablillas de arcilla.
Escribir requería tiempo, y el público lector era minoritario, de manera que
nadie vio razón alguna para emplearla para otra cosa que no fuera mantener
registros esenciales. Si buscamos las primeras palabras de sabiduría que nos
llegan de nuestros antepasados hace 5.000 años, nos encontraremos con un gran
desengaño. Los primeros mensajes que nuestros antepasados nos legaron rezan,
por ejemplo: «29.086 medidas cebada 37 meses Kushim». La lectura más probable
de esta frase es: «Un total de 29.086 medidas de cebada se recibieron a lo
largo de 37 meses. Firmado, Kushim».[44] ¡Qué lástima!, los primeros
textos de la historia no contienen ideas filosóficas, ni poesía, leyendas,
leyes, ni siquiera triunfos reales. Son documentos económicos aburridos que
registran el pago de impuestos, la acumulación de deudas y la posesión de
propiedades (véase la figura 13).
Figura 13. Una tablilla de arcilla con un texto administrativo procedente de
la ciudad de Uruk, hacia 3400-3000 a.C. Aparentemente, la tablilla registra una
cantidad de 29.086 medidas de cebada (unos 100.000 litros) recibidas a lo largo
de 37 meses por Kushim. «Kushim» puede ser el título genérico de un
funcionario, o el nombre de un individuo concreto. Si Kushim fue,
efectivamente, una persona, ¡puede ser el primer individuo de la historia cuyo
nombre nos es conocido! Todos los nombres aplicados a la historia humana
anterior (los neandertales, los natufios, la cueva de Chauvet, Göbekli Tepe)
son inventos modernos. No tenemos ni idea de cómo los constructores de Göbekli
Tepe denominaban aquella localidad. Con la aparición de la escritura empezamos
a oír la historia a través de los oídos de sus protagonistas. Cuando los
vecinos de Kushim lo llamaban, podían haber gritado realmente «¡Kushim!». Es
revelador que el primer nombre registrado en la historia pertenezca a un
contable, y no a un profeta, un poeta o un gran conquistador.
Solo otro
tipo de texto sobrevivió de esta época antigua, y es todavía menos estimulante:
listas de palabras, copiadas una y otra vez por aprendices de escriba como
ejercicios de adiestramiento. Aun en el caso de que un estudiante fastidiado
hubiera querido escribir algunos de sus poemas en lugar de copiar un recibo de
venta, no hubiera podido hacerlo. La primera escritura sumeria era una
escritura parcial y no una escritura completa. La escritura completa es un
sistema de signos materiales que pueden representar el lenguaje hablado de
manera más o menos completa. Por lo tanto, puede expresar todo lo que la gente
puede decir, incluida la poesía. La escritura parcial, en cambio, es un sistema
de signos materiales que pueden representar únicamente tipos determinados de
información, que pertenecen a un campo de actividad limitado. La escritura
latina, los jeroglíficos del antiguo Egipto y el Braille son escrituras
completas. Se pueden emplear para escribir registros de impuestos, poemas de
amor, libros de historia, recetas de comida y leyes comerciales. En cambio, la
escritura sumeria temprana, como los símbolos matemáticos y la notación musical
modernos, son escrituras parciales. Se puede utilizar la escritura matemática
para efectuar cálculos, pero no se puede utilizar para escribir poemas de amor.
La
escritura parcial no puede expresar todo el espectro del lenguaje hablado, pero
puede expresar cosas que quedan fuera del ámbito del lenguaje hablado. La
escritura parcial como el sumerio y los escritos matemáticos no pueden usarse
para escribir poesía, pero pueden mantener de manera muy efectiva los registros
de impuestos.
* * * *
A los
sumerios no les molestaba que su escritura no fuera adecuada para escribir
poesía. No la inventaron para copiar el lenguaje hablado, sino más bien para
hacer cosas que el lenguaje hablado no podía abordar. Hubo algunas culturas,
como las precolombinas de los Andes, que utilizaron solo escrituras parciales a
lo largo de toda su historia, que no se inmutaron por las limitaciones de su
escritura y que no sintieron la necesidad de una versión completa. La escritura
andina era muy diferente de su homóloga sumeria. En realidad, era tan diferente
que muchas personas pondrían en duda que se tratara de una escritura. No se
escribía sobre tablillas de arcilla ni en fragmentos de papel. Se escribía
anudando nudos en cuerdas coloreadas llamadas quipus. Cada quipu estaba
compuesto de muchas cuerdas de diferentes colores hechas de lana o algodón. En
cada cuerda había nudos en distintos lugares. Un único quipu podía contener
cientos de cuerdas y miles de nudos. Combinando diferentes nudos sobre
distintas cuerdas con colores diferentes era posible registrar grandes
cantidades de datos matemáticos relacionados, por ejemplo, con la recaudación
de impuestos y la posesión de propiedades.[45]
Durante
cientos de años, y quizá durante miles, los quipus fueron esenciales para los
negocios de ciudades, reinos e imperios.[46] Alcanzaron todo su
potencial bajo el Imperio inca, que gobernaba a 10-12 millones de personas y
cubría lo que actualmente es Perú, Ecuador y Bolivia, así como zonas de Chile,
Argentina y Colombia. Gracias a los quipus, los incas podían conservar y procesar
grandes cantidades de datos, sin los cuales no habrían podido mantener la
compleja maquinaria administrativa que un imperio de dicho tamaño requiere
(véase la figura 14).
Figura 14. Un quipu del siglo XII, procedente de los Andes.
De hecho,
los quipus eran tan efectivos y precisos que en los primeros años después de la
conquista española de Sudamérica, los propios españoles los emplearon en la
labor de administrar su nuevo imperio. El problema era que los españoles no
sabían cómo registrar y leer quipus, lo que los hacía depender de profesionales
locales. Los nuevos dirigentes del continente se dieron cuenta de que esto los
colocaba en una posición de desventaja: los nativos expertos en quipus podían
fácilmente engañar y timar a sus señores. De modo que una vez que el dominio de
España se estableció de manera más firme, los quipus fueron eliminados
progresivamente y los registros del nuevo imperio se mantuvieron exclusivamente
en lengua latina y en números. Muy pocos quipus sobrevivieron a la ocupación
española, y la mayoría de los que han quedado son indescifrables, puesto que,
lamentablemente, se ha perdido el arte de leerlos.
§. Las
maravillas de la burocracia
Con el tiempo, los mesopotamios empezaron a querer escribir otras cosas que no
fueran los monótonos datos matemáticos. Entre 3000 y 2500 a.C. se añadieron
cada vez más signos al sistema sumerio, que lo transformaron gradualmente en
una escritura completa que hoy en día llamamos cuneiforme. Hacia 2500 a.C., los
reyes empleaban la escritura cuneiforme para emitir decretos, los sacerdotes la
usaban para registrar oráculos, y los ciudadanos menos eminentes la utilizaban
para escribir cartas personales. Aproximadamente en la misma época, los egipcios
desarrollaron otra escritura completa, la jeroglífica. Otras escrituras
completas se desarrollaron en China hacia 1200 a.C. y en América Central
alrededor de 1000-500 a.C.
Desde
estos centros iniciales, las escrituras completas se extendieron ampliamente,
adoptando varias formas nuevas y tareas novedosas. La gente empezó a escribir
poesía, libros de historia, novelas, dramas, profecías y libros de recetas de
cocina. Pero la tarea más importante de la escritura continuó siendo el acopio
de montones de datos matemáticos, y dicha tarea continuó siendo prerrogativa de
la escritura parcial. La Biblia hebrea, la Ilíada griega,
el Mahabharata hindú y el Tipitika budista
empezaron como obras orales. Durante muchas generaciones se transmitieron
oralmente, y hubieran sobrevivido incluso si no se hubiera inventado nunca la
escritura. Pero los archivos de datos y las burocracias complejas nacieron
junto a la escritura parcial, y ambos siguen inexorablemente unidos hasta el
día de hoy como hermanos siameses; piense el lector en las crípticas entradas
en las bases de datos y hojas de cálculo informatizadas.
A medida
que se escribían cada vez más cosas, y en particular a medida que los archivos
administrativos crecían hasta alcanzar proporciones enormes, aparecieron nuevos
problemas. La información almacenada en el cerebro de una persona es fácil de
recuperar. Mi cerebro almacena millones de bits de datos, pero puedo recordar
de manera rápida, casi instantánea, el nombre de la capital de Italia, e
inmediatamente después recordar lo que estaba haciendo el 11 de septiembre de
2001, y después reconstruir la ruta que lleva de mi casa a la Universidad
Hebrea, en Jerusalén. La manera exacta en que el cerebro lo hace sigue siendo
un misterio, pero todos sabemos que el sistema de recuperación de recuerdos del
cerebro es asombrosamente eficiente, excepto cuando intentamos recordar dónde
hemos puesto las llaves del coche.
Pero
¿cómo lo hacemos para encontrar y recuperar la información almacenada en
cuerdas de quipus o en tablillas de arcilla? Si solo tenemos diez o cien
tablillas, esto no supone un problema. Pero ¿qué ocurre si hemos acumulado
miles de ellas, como hizo uno de los contemporáneos de Hammurabi, el rey
Zimri-Lim de Mari?
Imaginemos
por un momento que nos encontramos en el año 1776 a.C. Dos habitantes de Mari
se disputan la posesión de un campo de trigo. Jacob insiste que le compró el
campo a Esaú hace 30 años. Esaú replica que, en realidad, él le arrendó el
campo a Jacob por un período de 30 años y que ahora, al haberse cumplido el
período, intenta reclamarlo. Se gritan, forcejean, se empujan uno a otro hasta
que se dan cuenta de que pueden resolver su disputa yendo al archivo real,
donde se almacenan las escrituras y recibos de venta que se aplican a todos los
bienes raíces del reino. Cuando llegan al archivo los envían de un funcionario
a otro. Esperan mientras toman varios tés de hierbas, y se les dice que vuelvan
al día siguiente, y al final, a regañadientes, un amanuense los lleva a buscar
la tablilla de arcilla relevante. El amanuense abre una puerta y los conduce a
una enorme sala cuyas paredes están llenas, desde el suelo al techo, de miles
de tablillas de arcilla. No es raro que el amanuense ponga mala cara. ¿Cómo se
supone que tiene que localizar la escritura sobre el campo de trigo en disputa,
que se escribió hace 30 años? Incluso si la encuentra, ¿cómo podrá contrastarla
para asegurarse que desde hace 30 años este es el último documento relacionado
con el campo en cuestión? Si no la puede encontrar, ¿acaso se probará que Esaú
nunca vendió o arrendó el campo? ¿O solo que el documento se perdió, o se
convirtió en barro cuando el agua procedente de la lluvia entró en el archivo?
Es
evidente que imprimir un documento en arcilla no es suficiente para garantizar
un procesamiento de los datos eficiente, preciso y conveniente. Esto requiere
métodos de organización como catálogos, métodos de reproducción como
fotocopiadoras, métodos de recuperación rápida y exacta como algoritmos
informáticos, y bibliotecarios pedantes (pero, con un poco de suerte, joviales)
que sepan cómo usar estas herramientas.
Inventar
estos métodos resultó mucho más difícil que inventar la escritura. Muchos
sistemas de escritura se desarrollaron de forma independiente en culturas
distantes entre sí en el tiempo y en el espacio. Cada década, los arqueólogos
descubren unas pocas escrituras olvidadas, algunas de las cuales pueden
resultar ser incluso más antiguas que los garabatos sumerios sobre arcilla.
Pero la mayoría no dejan de ser curiosidades, porque quien las inventó no supo
inventar maneras eficientes de catalogar y recuperar los datos. Lo que hace
diferente la cultura de Sumer, así como la del Egipto faraónico, la antigua
China y el Imperio inca, es que dichas culturas desarrollaron buenas técnicas
de archivo, catalogación y recuperación de los registros escritos. También
invirtieron en escuelas para escribas, amanuenses, bibliotecarios y contables.
Un
ejercicio de escritura procedente de una escuela de la antigua Mesopotamia que
han descubierto arqueólogos modernos, nos permite vislumbrar la vida de
aquellos estudiantes de hace unos 4.000 años:
Fui y me
senté, y mi maestro leyó mi tablilla.
Dijo: «¡Falta algo!».
Y me atizó con la vara.
Una de las personas encargadas dijo: «¿Por qué has abierto la boca sin mi
permiso?».
Y me atizó con la vara.
El encargado de las reglas dijo: «¿Por qué te has levantado sin mi permiso?».
Y me atizó con la vara.
El portero dijo: «¿Por qué te vas sin mi permiso?».
Y me atizó con la vara.
El que custodiaba la jarra de cerveza dijo: «¿Por qué has bebido un poco sin mi
permiso?».
Y me atizó con la vara.
El maestro de sumerio dijo: «¿Por qué hablas en acadio?».[47]
Y me atizó con la vara.
Mi profesor me dijo: «¡Tu caligrafía no es buena!».
Y me atizó con la vara.[48]
Los
antiguos escribas no solo aprendían a leer y escribir, sino también a usar
catálogos, diccionarios, calendarios, formularios y tablas. Estudiaban y
asimilaban técnicas de catalogación, recuperación y procesamiento de la
información muy diferentes de las que emplea el cerebro. En el cerebro, todos
los datos se asocian libremente. Cuando voy con mi esposa a firmar una hipoteca
para nuestro nuevo hogar, recuerdo el primer lugar en el que vivimos juntos,
que me hace recordar nuestra luna de miel en Nueva Orleans, que me hace
recordar caimanes, que trae a mi memoria dragones, lo que hace que me acuerde
de Der Ring desNibelungen y, de repente, antes de que me dé
cuenta, estoy tarareando el motivo principal de Siegfried ante un sorprendido
empleado del banco. En la burocracia, las cosas han de mantenerse separadas.
Hay un cajón para las hipotecas de pisos, otro para los certificados de
matrimonio, un tercero para los registros de impuestos y un cuarto para los
pleitos. De no ser así, ¿cómo podríamos encontrar nada? Las cosas que
pertenecen a más de un cajón, como los dramas musicales wagnerianos (¿los
archivo en el grupo de «música», de «teatro», o invento quizá una categoría
totalmente nueva?) son un terrible quebradero de cabeza. De manera que uno está
siempre añadiendo, eliminando y redistribuyendo cajones.
Para que
funcionen, las personas que operan un sistema de cajones han de ser
reprogramadas a fin de que dejen de pensar como humanos y empiecen a pensar
como amanuenses y contables. Como todo el mundo sabe, desde tiempos antiguos
hasta hoy, los amanuenses y contables piensan de una manera no humana. Piensan
como armarios archivadores. No es culpa suya. Si no pensaran de este modo sus
cajones se mezclarían y ellos no podrían prestar los servicios que su gobierno,
compañía u organización requieren. El impacto más importante de la escritura en
la historia humana es precisamente el cambio gradual de la manera en que los
humanos piensan y ven el mundo. La asociación libre y el pensamiento holístico
han dado paso a la compartimentalización y la burocracia.
§. El
lenguaje de los números
A medida que pasaban los siglos, los métodos burocráticos de procesamiento de
datos se hacían cada vez más diferentes del modo en que los seres humanos
piensan de manera natural… y cada vez más importantes. Un paso fundamental se
dio en algún momento anterior al siglo IX d.C., cuando se inventó una nueva
escritura parcial, que podía almacenar y procesar datos matemáticos con una
eficiencia sin precedentes. Esta escritura parcial se componía de diez signos,
que representaban los números del 0 al 9. De manera desconcertante, a estos
signos se les llama números arábigos, aunque fueron inventados por primera vez
por los hindúes (y, más desconcertante todavía, los árabes modernos emplean un
conjunto de dígitos que tienen un aspecto muy diferente al de los
occidentales). Pero los árabes reciben el reconocimiento porque cuando
invadieron la India encontraron el sistema, comprendieron su utilidad, lo
refinaron y lo expandieron por todo Oriente Próximo y después por Europa.
Cuando posteriormente se añadieron otros varios signos a los números arábigos
(como los signos de la suma, la resta y la multiplicación), se obtuvo la base
de la notación matemática moderna.
Aunque
este sistema de escritura sigue siendo una escritura parcial, se ha convertido
en el lenguaje dominante del mundo. Casi todos los estados, compañías,
organizaciones e instituciones (ya hablen árabe, hindi, inglés o noruego)
utilizan la escritura matemática para registrar y procesar datos. Todo
fragmento de información que pueda traducirse en escritura matemática se
almacena, se difunde y se procesa con una velocidad y eficiencia asombrosas.
Por lo
tanto, una persona que desee influir en las decisiones de gobiernos,
organizaciones y compañías ha de aprender a hablar en números. Los expertos
hacen lo que pueden para traducir ideas uniformes tales como «pobreza»,
«felicidad» y «honestidad» en números («la línea de la pobreza», «niveles de
bienestar subjetivos», «calificación del crédito»). Campos enteros del
conocimiento, como la física y la ingeniería, han perdido casi todo contacto
con el lenguaje hablado humano, y se expresan únicamente a través de la
escritura matemática.
Una ecuación para calcular la aceleración de la masa, bajo la influencia de
la gravedad, según la teoría de la relatividad. Cuando la mayoría de las
personas profanas ven una ecuación así, por lo general se asustan y enmudecen,
como un ciervo ante las luces de los faros de un vehículo en marcha. La
reacción es totalmente natural, y no revela una falta de inteligencia o de
curiosidad. Salvo raras excepciones, el cerebro humano es simplemente incapaz
de pensar en conceptos como la relatividad y la mecánica cuántica. No obstante,
los físicos consiguen hacerlo porque dejan de lado la manera de pensar humana
tradicional y aprenden a pensar de nuevo con ayuda de sistemas externos de
procesamiento de datos. Hay partes cruciales de su proceso de pensar que no tienen
lugar en la cabeza, sino en ordenadores o en pizarras de aulas.
Más
recientemente, la escritura matemática ha dado origen a un sistema de escritura
todavía más revolucionario, una escritura informática binaria que consiste
únicamente en dos signos: 0 y 1. Las palabras que ahora tecleo en mi teclado se
escriben en el interior de mi ordenador mediante diferentes combinaciones de 0
y 1.
La
escritura nació como la criada de la conciencia humana, pero cada vez más se
está convirtiendo en su dueña y señora. Nuestros ordenadores tienen
dificultades para comprender cómo Homo sapiens habla, siente y
sueña. De manera que enseñamos a Homo sapiens a hablar, sentir
y soñar en el idioma de los números, que los ordenadores puedan comprender.
Al final,
los ordenadores podrían superar a los humanos en los mismos campos que hicieron
que Homo sapiens fuera el amo del mundo: inteligencia y
comunicación. El proceso que se inició en el valle del Éufrates hace 5000 años,
cuando genios sumerios externalizaron el procesamiento de datos desde el
cerebro humano a una tablilla de arcilla, culminará en Silicon Valley con la
victoria de la tableta. Puede que los humanos estén todavía aquí, pero ya no
podrán darle sentido al mundo. El nuevo amo del mundo será una larga línea de
ceros y unos.
Capítulo
8
No hay justicia en la historia
Contenido:
§. El
círculo vicioso
§. Pureza en América
§. Él y ella
§. Sexo y género
§. ¿Qué es lo que tienen de tan bueno los hombres?
§. Potencia muscular
§. La escoria de la sociedad
§. Genes patriarcales
Comprender
la historia humana en los milenios que siguieron a la revolución agrícola se
resume en una única pregunta: ¿cómo consiguieron los humanos organizarse en
redes de cooperación masivas cuando carecían de los instintos biológicos para
mantener dichas redes? La respuesta, a grandes rasgos, es que los humanos
crearon órdenes imaginados y diseñaron escrituras. Estos dos inventos llenaron
las lagunas que había dejado nuestra herencia biológica.
Sin
embargo, la aparición de estas redes fue, para muchos, una bendición dudosa.
Los órdenes imaginados que sustentaban estas redes no eran neutros ni justos.
Dividían a la gente en grupos artificiales, dispuestos en una jerarquía. Los
niveles superiores gozaban de privilegios y poder, mientras que los inferiores
padecían discriminación y opresión. El Código de Hammurabi, por ejemplo,
establecía una jerarquía de superiores, plebeyos y esclavos. Los superiores
tenían todas las cosas buenas de la vida, los plebeyos lo que sobraba y los
esclavos recibían una paliza si se quejaban.
A pesar
de su proclamación de la igualdad de todos los hombres, el orden imaginado que
los americanos fundaron en 1776 también establecía una jerarquía entre los
hombres, que se beneficiaban de él, y las mujeres, a las que dejaba sin
autoridad. Asimismo, creó una jerarquía entre los blancos, que gozaban de
libertad, y los negros y los indios americanos, que eran considerados humanos
de un tipo inferior y, por lo tanto, no compartían por igual los derechos de
los hombres. Muchos de los que firmaron la Declaración de Independencia eran
dueños de esclavos. Y no liberaron a sus esclavos después de firmar la
Declaración, ni se consideraban hipócritas. En su opinión, los derechos de los
hombres tenían poco que ver con los negros.
El orden
americano consagraba asimismo la jerarquía entre ricos y pobres. La mayoría de
los americanos de la época no tenían ningún problema con la desigualdad causada
por el hecho de que los padres ricos transmitían su dinero y sus negocios a los
hijos. En su opinión, la igualdad significaba simplemente que las mismas leyes
eran de aplicación a ricos y pobres. No tenía nada que ver con los beneficios
de desempleo, la educación integrada o el seguro de enfermedad. También la
libertad tenía connotaciones muy distintas de las que posee hoy. En 1776, esto
no significaba que los que carecían de autoridad (ciertamente, no los negros o
los indios, o, ¡Dios no lo quiera!, las mujeres) podían conseguirla y
ejercerla. Quería decir, simplemente, que el Estado no podía, excepto en
circunstancias inusuales, confiscar la propiedad privada de un ciudadano o
decirle qué hacer con ella. El orden americano, por lo tanto, defendía la
jerarquía de la riqueza, que algunos creían que era ordenada por Dios y otros
creían que representaba las leyes inmutables de la naturaleza. La naturaleza,
se afirmaba, premiaba el mérito con la riqueza al tiempo que penalizaba la
indolencia.
Todas las
distinciones mencionadas anteriormente (entre personas libres y esclavos, entre
blancos y negros, entre ricos y pobres) se fundamentan en ficciones. (La
jerarquía de hombres y mujeres se analizará más adelante.) Pero es una regla de
hierro de la historia que toda jerarquía imaginada niega sus orígenes ficticios
y afirma ser natural e inevitable. Por ejemplo, muchas personas que han
considerado que la jerarquía de personas libres y esclavos es natural y
correcta aducían que la esclavitud no era un invento humano. Hammurabi
consideraba que la habían ordenado los dioses. Aristóteles afirmaba que los
esclavos tenían una «naturaleza servil», mientras que las personas libres
tenían una «naturaleza libre». Su nivel en la sociedad es simplemente un reflejo
de su naturaleza innata.
Si
preguntamos a los supremacistas blancos acerca de la jerarquía racial,
obtendremos una lección pseudocientífica sobre las diferencias biológicas entre
las razas. Es probable que se nos diga que hay algo en la sangre o los genes de
los caucásicos que hace que los blancos sean por naturaleza más inteligentes,
más morales, más trabajadores. Si preguntamos a un capitalista empecinado sobre
la jerarquía de la riqueza, es probable que oigamos que es el resultado
inevitable de diferencias objetivas en las capacidades individuales. Según esta
idea, los ricos tienen más dinero porque son más capaces y diligentes. Por eso,
a nadie debería preocuparle que los ricos reciban una mejor asistencia
sanitaria, una mejor educación y una mejor nutrición. Los ricos merecen
ricamente todas y cada una de las ventajas de las que gozan.
Los
hindúes que son fieles al sistema de castas creen que hay fuerzas cósmicas que
hicieron que unas castas sean superiores a otras. Según un famoso mito
creacionista hindú, los dioses modelaron el mundo a partir del cuerpo de un ser
primigenio, el Púrusha. El sol fue creado a partir del ojo del Púrusha, la luna
a partir del cerebro del Púrusha, los brahmanes (sacerdotes) de su boca, los
chatrias (guerreros) de sus brazos, los vaishias (campesinos y mercaderes) de
sus muslos, y los shudrás (criados) de sus piernas. Si se acepta esta
explicación, las diferencias sociopolíticas entre brahmanes y shudrás son tan
naturales y eternas como las diferencias entre el Sol y la Luna.[49] Los antiguos chinos creían
que cuando la diosa Nü Wa creó a los humanos a partir de la tierra, amasó a los
aristócratas a partir de fino suelo amarillo, mientras que los plebeyos fueron
formados a partir de barro pardo.[50]
Pero
hasta donde sabemos, todas estas jerarquías son producto de la imaginación
humana. Brahmanes y shudrás no fueron creados realmente por los dioses a partir
de diferentes partes del cuerpo de un ser primigenio. Por el contrario, la
distinción entre las dos castas fue creada por leyes y normas inventadas por
humanos en el norte de la India hace unos 3.000 años. Contrariamente a lo que
decía Aristóteles, no hay diferencias biológicas conocidas entre los esclavos y
las personas libres. Las leyes y las normas humanas han convertido a algunas
personas en esclavos y a otras en amos. Entre negros y blancos hay algunas
diferencias biológicas objetivas, como el color de la piel y el tipo del pelo,
pero no hay pruebas de que las diferencias se extiendan a la inteligencia o a
la moralidad.
La
mayoría de las personas afirman que su jerarquía social es natural y justa,
mientras que las de otras sociedades se basan en criterios falsos y ridículos.
A los occidentales modernos se les enseña a mofarse de la idea de jerarquía
racial. Les sorprende que haya leyes que prohíban a los negros vivir en barrios
de blancos, o estudiar en escuelas para blancos, o ser tratados en hospitales
para blancos. Sin embargo, la jerarquía de ricos y pobres, que ordena que la
gente rica viva en barrios separados y más lujosos, que estudien en escuelas
separadas y más prestigiosas y que reciban tratamiento médico en instalaciones
separadas y mejor equipadas, les parece perfectamente sensata a muchos
norteamericanos y europeos. No obstante, es un hecho comprobado que la mayoría
de las personas ricas lo son por el simple hecho de haber nacido en el seno de
una familia rica, mientras que la mayoría de las personas pobres seguirán
siéndolo durante toda su vida simplemente por haber nacido en el seno de una
familia pobre.
* * * *
Lamentablemente,
las sociedades humanas complejas parecen requerir jerarquías imaginadas y
discriminación injusta. Desde luego, no todas las jerarquías son idénticas
desde el punto de vista moral, y algunas sociedades padecieron niveles de
discriminación más extremos que otras, pero los estudiosos no conocen ninguna
sociedad grande que haya podido librarse totalmente de la discriminación. Una y
otra vez, la gente ha creado orden en sus sociedades mediante la clasificación
de la población en categorías imaginadas, como superiores, plebeyos y esclavos;
blancos y negros; patricios y siervos; brahmanes y shudrás, o ricos y pobres.
Todas estas categorías han regulado las relaciones entre millones de humanos al
hacer que determinadas personas fueran superiores a otras desde los puntos de
vista legal, político o social.
Las
jerarquías cumplen una importante función. Permiten que personas totalmente
desconocidas sepan cómo tratarse mutuamente sin perder el tiempo y la energía
necesarios para ser presentados personalmente. Un vendedor de automóviles
necesita saber inmediatamente cuánto esfuerzo ha de dedicar a vender vehículos
a las docenas de personas que cada día entran en su agencia. No puede hacer una
indagación detallada sobre la personalidad y la cartera de cada individuo. En
cambio, emplea pistas sociales: la manera en que va vestida la persona, su
edad, y quizá incluso el color de la piel y del pelo. De esta manera el
vendedor distingue inmediatamente entre el abogado rico que bien pudiera
adquirir un coche de lujo y un simple empleado del despacho que solo ha venido
a echar un vistazo y a soñar.
Desde
luego, las diferencias en capacidades naturales también desempeñan su papel en
la formación de distinciones sociales. Pero estas diversidades de aptitudes y
carácter están mediadas normalmente por jerarquías imaginadas. Esto ocurre por
dos causas importantes. Primera y principal, la mayoría de las capacidades han
de cuidarse y desarrollarse. Incluso si alguien nace con un talento concreto,
por lo general dicho talento permanecerá latente si no se promueve, se refina y
se ejercita. No todas las personas tienen las mismas posibilidades de cultivar
y refinar sus capacidades. Por regla general, que tengan o no dicha oportunidad
dependerá del lugar que ocupen en la jerarquía imaginada de su sociedad.
Considere
el lector unos gemelos idénticos nacidos en China en 1700, y separados al
nacer. Un hermano es criado por una rica familia de comerciantes en Beijing,
pasa sus días en la escuela, en el mercado o en reuniones sociales de personas
de clase alta. El otro gemelo es criado por campesinos pobres y analfabetos en
una aldea remota, y pasa sus días en los fangosos arrozales. A pesar de tener
exactamente los mismos genes, cuando alcanzan los 20 años de edad es improbable
que tengan habilidades idénticas a la hora de hacer negocios… o de plantar
arroz.
Segunda,
aun en el caso de que personas pertenecientes a clases diferentes desarrollen
exactamente las mismas capacidades, es improbable que disfruten del mismo
éxito, porque tendrán que jugar la partida con reglas distintas. Si el hermano
campesino desarrollara, de alguna manera, exactamente la misma perspicacia para
los negocios que su rico gemelo comerciante, seguiría sin tener la misma
oportunidad de hacerse rico. Cuando el hermano campesino se dirigiera al
mercado de Beijing, con sus harapos, sus maneras toscas y su dialecto
incomprensible, descubriría rápidamente que en el mundo de los negocios los
modales mundanos y las conexiones suelen hablar mucho más fuerte que los genes.
§. El
círculo vicioso
Todas las sociedades se basan en jerarquías imaginadas, pero no necesariamente
en las mismas jerarquías. ¿Qué explica las diferencias? ¿Por qué la sociedad
india tradicional clasifica a las personas según su casta, la sociedad otomana
según su religión, y la sociedad norteamericana según su raza? En la mayoría de
los casos, la jerarquía se originó como resultado de un conjunto de
circunstancias históricas accidentales y después se perpetuó y refinó a lo
largo de muchas generaciones, a medida que diferentes grupos desarrollaban
intereses creados en ella.
Por
ejemplo, muchos expertos suponen que el sistema de castas hindú tomó forma
cuando pueblos indoarios invadieron el subcontinente indio hace unos 3.000
años, y sojuzgaron a la población local. Los invasores establecieron una
sociedad estratificada, en la que ellos (por supuesto) ocuparon las posiciones
importantes (sacerdotes y guerreros), permitiendo que los nativos vivieran como
siervos y esclavos. Los invasores, que eran pocos en número, temían perder su
rango privilegiado y su identidad única. Para impedir este peligro, dividieron
la población en castas, a las que se les exigía que cada una tuviera una
ocupación específica o desempeñara un papel específico en la sociedad. Cada una
tenía un rango legal, privilegios y deberes distintos. La mezcla de castas (la
interacción social, el matrimonio, incluso compartir la comida) estaba
prohibida. Y las distinciones no eran solo legales: se convirtieron en una
parte inherente de la mitología y de la práctica religiosa.
Los
dominadores aducían que el sistema de castas reflejaba una realidad cósmica
eterna en lugar de un acontecimiento histórico casual. Los conceptos de pureza
e impureza eran elementos esenciales en la religión hindú, y fueron
aprovechados para apuntalar la pirámide social. A los hindúes piadosos se les
enseñaba que el contacto con una casta diferente podía contaminarlos no solo a
ellos personalmente, sino a la sociedad en su conjunto, y por tanto debían
repudiarlo. Estas ideas no son en absoluto exclusivas de los hindúes. A lo
largo de la historia, y en casi todas las sociedades, los conceptos de
contaminación y pureza han desempeñado un papel principal a la hora de hacer
cumplir las divisiones sociales y políticas y han sido explotados por numerosas
clases dirigentes para mantener sus privilegios. Sin embargo, el temor a la
contaminación no es una invención solo de sacerdotes y príncipes. Probablemente
tiene sus raíces en los mecanismos de supervivencia biológica que hace que los
humanos sientan una repulsión instintiva hacia los portadores potenciales de
enfermedades, como las personas enfermas y los cadáveres. Si se desea mantener
aislado a cualquier grupo humano (mujeres, judíos, gitanos, homosexuales,
negros), la mejor manera de hacerlo es convencer a todo el mundo de que estas
personas son una fuente de contaminación.
El
sistema de castas hindú y sus leyes de pureza quedaron hondamente arraigados en
la cultura india. Mucho después de que la invasión indoaria se olvidara, los
indios continuaron creyendo en el sistema de castas y abominando de la
contaminación causada por la mezcla de castas. Las castas no fueron inmunes al
cambio. En realidad, a medida que el tiempo pasaba, las castas mayores se
dividieron en sub castas. Al final, las cuatro castas originales se
convirtieron en 3.000 agrupaciones distintas denominadas jati (literalmente,
«nacimiento»). Pero esta proliferación de castas no cambió el principio básico
del sistema, según el cual cada persona nace dentro en un rango determinado, y
cualquier infracción de sus normas contamina a la persona y a la sociedad como
un todo. El jati de una persona determina su profesión, la
comida que puede comer, su lugar de residencia y la pareja que puede elegir en
matrimonio. Por lo general, una persona puede casarse solo en el seno de su
casta, y los hijos de esta unión heredan su nivel social.
Siempre
que se desarrollaba una nueva profesión o un nuevo grupo de personas aparecía
en escena, tenían que ser reconocidos como casta con el fin de recibir un lugar
legítimo dentro de la sociedad hindú. Los grupos que no conseguían
reconocimiento como casta eran, literalmente, descastados: ni siquiera ocupaban
el escalón más bajo en esta sociedad estratificada. Acabaron siendo conocidos
como los intocables. Tenían que vivir separados de todas las demás personas y
ganarse la vida a duras penas de maneras humillantes y repugnantes, como buscar
material de desecho en los vertederos de basura. Incluso los miembros de la
casta inferior evitaban mezclarse con ellos, comer con ellos, tocarlos y, desde
luego, casarse con ellos. En la India moderna, los asuntos de matrimonio y
trabajo todavía están muy influidos por el sistema de castas, a pesar de todos
los intentos por parte del gobierno democrático indio de romper estas
distinciones y de convencer a los hindúes de que no hay nada de contaminante en
la mezcla de castas.[51]
§. Pureza
en América
Un círculo vicioso similar perpetuó la jerarquía racial en la América moderna.
Desde el siglo XVI al XVIII, los conquistadores europeos importaron millones de
esclavos africanos para que trabajaran en las minas y plantaciones de América.
Decidieron importar esclavos de África y no de Europa o Asia oriental debido a
tres factores circunstanciales. En primer lugar, África estaba más cerca, de
modo que era más barato importar esclavos de Senegal que de Vietnam.
En
segundo lugar, en África ya existía un comercio de esclavos bien desarrollado
(que exportaba esclavos principalmente a Oriente Próximo), mientras que en
Europa la esclavitud era muy rara. Evidentemente, era mucho más fácil comprar
esclavos en un mercado ya existente que crear uno nuevo de la nada.
En tercer
lugar, y más importante, las plantaciones americanas en lugares como Virginia,
Haití y Brasil estaban plagadas por la malaria y la fiebre amarilla, que se
habían originado en África. Los africanos habían adquirido, a lo largo de
generaciones, una inmunidad genética parcial a estas enfermedades, mientras que
los europeos se hallaban totalmente indefensos y morían en gran número. En
consecuencia, era más sensato para el dueño de una plantación invertir su
dinero en un esclavo africano que en un esclavo europeo o en un trabajador
contratado. Paradójicamente, la superioridad genética (en términos de
inmunidad) se tradujo en inferioridad social: precisamente porque los africanos
eran más aptos en los climas tropicales que los europeos, ¡terminaron como
esclavos de los amos europeos! Debido a estos factores circunstanciales, las
nuevas sociedades emergentes de América se dividirían en una casta dominante de
europeos blancos y una casta subyugada de africanos negros.
Sin
embargo, a la gente no le gusta reconocer que tiene esclavos de una determinada
raza u origen simplemente porque es conveniente desde el punto de vista
económico. Como los conquistadores arios de la India, los europeos blancos en
América querían ser vistos no solo como exitosos económicamente, sino también
como piadosos, justos y objetivos. Se pusieron a su servicio mitos religiosos y
científicos para justificar dicha división. Los teólogos argumentaban que los
negros descendían de Cam, hijo de Noé, cargado por su padre con la maldición de
que su descendencia sería esclava. Los biólogos adujeron que los negros son
menos inteligentes que los blancos y su sentido moral menos desarrollado. Los
doctores dijeron que los negros viven en la inmundicia y propagan enfermedades;
en otras palabras, son una fuente de contaminación.
Estos
mitos cayeron en suelo abonado en la cultura americana y en la cultura
occidental en general. Y continuaron ejerciendo su influencia mucho después de
que hubieran desaparecido las condiciones que hicieron posible la esclavitud. A
principios del siglo XIX, el Imperio británico prohibió la esclavitud y detuvo
el comercio de esclavos del Atlántico, y en las décadas que siguieron la
esclavitud se fue proscribiendo de manera gradual en todo el continente
americano. Resulta notable que esta fue la primera y la única vez en la
historia en la que las sociedades esclavistas abolieron voluntariamente la
esclavitud. Sin embargo, aunque se liberó a los esclavos, los mitos racistas
que justificaban la esclavitud persistieron. La separación de las razas se
mantuvo por la legislación racista y los hábitos sociales.
El
resultado fue un ciclo de causa y efecto que se auto mantenía, un círculo
vicioso. Consideremos, por ejemplo, los Estados Unidos sureños inmediatamente
después de la guerra de Secesión estadounidense. En 1865, la Decimotercera
Enmienda de la Constitución de Estados Unidos dejaba a la esclavitud fuera de
la ley y la Decimocuarta Enmienda decretaba que no se podía negar la ciudadanía
ni la igual protección de la ley sobre la base de la raza. Sin embargo, los dos
siglos de esclavitud se traducían en que la mayoría de las familias negras eran
mucho más pobres y mucho menos educadas que la mayoría de las familias blancas.
Así, una persona negra nacida en Alabama en 1865 tenía muchas menos
probabilidades de obtener una buena educación y un trabajo bien remunerado que
sus vecinos blancos. Sus hijos, nacidos en las décadas de 1880 y 1890,
empezaron su vida con la misma desventaja: también ellos habían nacido en una
familia pobre y con poca formación.
Sin
embargo, las desventajas económicas no lo son todo. Alabama era asimismo el
hogar de muchos blancos pobres que carecían de las oportunidades de las que
disponían sus hermanos y hermanas raciales de mejor posición. Además, la
revolución industrial y las oleadas inmigratorias hicieron de Estados Unidos
una sociedad extremadamente fluida, en la que los harapos podían transformarse
con celeridad en riqueza. Si el dinero hubiera sido lo único que importaba, la
clara división entre las razas pronto se habría difuminado, entre otras cosas
debido a los matrimonios mixtos.
Pero no
fue esto lo que ocurrió. Hacia 1865, los blancos, así como muchos negros,
consideraron que era un hecho consumado que los negros eran menos inteligentes,
más violentos y sexualmente disolutos, más perezosos y menos preocupados por la
higiene personal que los blancos. Así, eran los agentes de violencia, hurtos,
violaciones y enfermedades; en otras palabras, de contaminación. Si en 1895 un
negro de Alabama conseguía milagrosamente adquirir una buena educación y
después solicitaba un trabajo respetable, como empleado de banca, las
probabilidades de que fuera aceptado eran mucho menores que las de un candidato
blanco igualmente cualificado. El estigma que etiquetaba a los negros como
indignos de confianza, perezosos y menos inteligentes por naturaleza conspiraba
en su contra.
El lector
puede pensar que la gente iría comprendiendo gradualmente que estos estigmas
eran un mito y no una realidad, y que, con el tiempo, los negros serían capaces
de demostrar que eran tan competentes, respetuosos con la ley y limpios como
los blancos. Sin embargo, ocurrió lo contrario: dichos prejuicios se afianzaron
cada vez más a medida que pasaba el tiempo. Puesto que los mejores empleos los
ocupaban los blancos, resultaba fácil creer que los negros eran realmente
inferiores. «Mira —decía el ciudadano blanco medio—, hace generaciones que los
negros son libres, pero casi no hay profesores negros, ni abogados, ni médicos
ni empleados de banca negros. ¿No es esto la prueba de que los negros son
simplemente menos inteligentes y menos dados a trabajar?» Atrapados en este
círculo vicioso, los negros no eran contratados para desempeñar tareas
administrativas porque se les consideraba poco inteligentes, y una prueba de su
inferioridad era la escasez de negros en empleos de oficinista.
El
círculo vicioso: una situación histórica casual se traduce en un sistema social
rígido.
El
círculo vicioso no terminaba aquí. A medida que los estigmas contra los negros
se hacían más fuertes, se tradujeron en un sistema de leyes y normas que
estaban destinadas a salvaguardar el orden racial. Se prohibió que los negros
votaran en las elecciones, que estudiaran en las escuelas para blancos, que
compraran en las tiendas para blancos, que comieran en los restaurantes para
blancos, que durmieran en los hoteles para blancos. La justificación de todo
ello era que los negros eran sucios, haraganes y viciosos, de modo que los
blancos tenían que ser protegidos de ellos. Los blancos no querían dormir en el
mismo hotel que los negros ni comer en el mismo restaurante, por temor a las
enfermedades. No querían que sus hijos estudiaran en las mismas escuelas que
los niños negros, por miedo a la brutalidad y a las malas influencias. No
querían que los negros votaran en las elecciones, puesto que los negros eran
ignorantes e inmorales. Tales temores venían reforzados por estudios
científicos que «demostraban» que los negros eran realmente menos cultos, que
entre ellos eran comunes varias enfermedades, y que su índice de criminalidad
era mucho más elevado (los estudios ignoraban que estos «hechos» eran el
resultado de la discriminación contra los negros).
A
mediados del siglo XX, la segregación en los antiguos estados confederados
probablemente era peor que a finales del siglo XIX. Clennon King, un estudiante
negro que solicitó matricularse en la Universidad de Mississippi en 1958, fue
ingresado a la fuerza en un sanatorio mental. El juez que presidía dictaminó
que con toda seguridad una persona negra tenía que estar loca si pensaba que
podría ser admitida en la Universidad de Mississippi.
Nada
resultaba más repugnante para los americanos sureños (y para muchos norteños)
que las relaciones sexuales y el matrimonio entre un hombre negro y una mujer
blanca. El sexo entre razas se convirtió en el mayor de los tabúes, y se
consideraba que cualquier violación, o sospecha de violación, merecía el
castigo inmediato y sumario en forma de linchamiento. El Ku Klux Klan, una
sociedad secreta supremacista blanca, perpetró muchos de tales asesinatos.
Podía haber enseñado a los brahmanes hindúes un par de cosas acerca de las
leyes de pureza.
Con el
tiempo, el racismo se extendió a ámbitos cada vez más culturales. La cultura
estética norteamericana se construyó alrededor de estándares blancos de
belleza. Los atributos físicos de la raza blanca (por ejemplo, la piel clara,
el pelo suave y liso, una pequeña nariz respingona) se identificaron como
hermosos. Los rasgos típicamente negros (piel oscura, pelo oscuro y tupido, una
nariz achatada) se consideraban feos. Estas preconcepciones encajaban en la
jerarquía imaginada a un nivel incluso más profundo de la conciencia humana y,
por lo tanto, la perpetuaban.
Estos
círculos viciosos pueden seguir durante siglos o incluso milenios, perpetuando
una jerarquía imaginada que surgió de un hecho histórico casual. La
discriminación injusta suele empeorar, no mejorar, con el tiempo. El dinero
llama al dinero, y la pobreza a la pobreza. La educación llama a la educación,
y la ignorancia a la ignorancia. Los que una vez fueron víctimas de la historia
es probable que vuelvan a serlo otra vez. Y aquellos a los que la historia ha
concedido privilegios tienen más probabilidades de obtenerlos de nuevo.
La
mayoría de las jerarquías sociopolíticas carecen de una base lógica o
biológica: no son más que la perpetuación de acontecimientos aleatorios
sostenidos por mitos. Esta es una buena razón para estudiar historia. Si la
división entre negros y blancos o entre brahmanes y shudrás se fundamentara en
realidades biológicas (es decir, si los brahmanes tuvieran realmente un cerebro
mejor que el de los shudrás), la biología bastaría para comprender a la
sociedad humana. Puesto que las distinciones biológicas entre los diferentes
grupos de Homo sapiens son, de hecho, insignificantes, la
biología no puede explicar los intrincados detalles de la sociedad india o de
la dinámica racial americana. Solo podemos comprender estos fenómenos
estudiando los acontecimientos, circunstancias y relaciones de poder que
transformaron ficciones de la imaginación en estructuras sociales crueles y muy
reales.
§. Él y
ella+
Diferentes sociedades adoptan diferentes tipos de jerarquías imaginadas. La
raza es muy importante para los americanos modernos, pero era relativamente
insignificante para los musulmanes medievales. La casta era un asunto de vida o
muerte en la India medieval, mientras que en la Europa moderna es prácticamente
inexistente. Sin embargo, hay una jerarquía que ha sido de importancia suprema
en todas las sociedades humanas conocidas: la jerarquía del género. En todas
partes la gente se ha dividido en hombres y mujeres. Y casi en todas partes los
hombres han obtenido la mejor tajada, al menos desde la revolución agrícola.
Algunos
de los textos chinos más antiguos son huesos de oráculos que datan de 1200 a.C.
y que se usaban para adivinar el futuro. En uno de ellos había grabada la
siguiente pregunta: «¿Será venturoso el parto de la señora Hao?». A la que se
respondía: «Si el niño nace en un día ding, venturoso; si nace en
un día geng, muy afortunado». Sin embargo, la señora Hao dio a luz
en un día jiayin. El texto termina con esta observación
displicente: «Tres semanas y un día después, en un día jiayin,
nació el hijo. No hubo suerte. Era una niña».[52] Más de 3.000 años después,
cuando la China comunista promulgó la política del «hijo único», muchas
familias chinas continuaron considerando que el nacimiento de una niña era una
desgracia. Ocasionalmente, los padres abandonaban o mataban a las niñas recién
nacidas con el fin de tener otra oportunidad de conseguir un niño.
En muchas
sociedades, las mujeres eran simples propiedades de los hombres, con frecuencia
de sus padres, maridos o hermanos. El estupro o la violación, en muchos
sistemas legales, se consideraba un caso de violación de propiedad; en otras
palabras, la víctima no era la mujer que fue violada, sino el macho que la
había poseído. Así las cosas, el remedio legal era la transferencia de
propiedad: se exigía al violador que pagara una dote por la novia al padre o el
hermano de la mujer, tras lo cual esta se convertía en la propiedad del
violador. La Biblia decreta que «si un hombre encuentra a una joven virgen no
desposada, la agarra y yace con ella y fueren sorprendidos, el hombre que yació
con ella dará al padre de la joven cincuenta siclos de plata y ella será su
mujer» (Deuteronomio, 22, 28-29). Los antiguos hebreos consideraban que este
era un arreglo razonable.
Violar a
una mujer que no pertenecía a ningún hombre no era considerado un delito en
absoluto, de la misma manera que coger una moneda perdida en una calle
frecuentada no se considera un robo. Y si un marido violaba a su mujer, no
cometía ningún delito. De hecho, la idea de que un marido pudiera violar a su
mujer era un oxímoron. Ser marido significaba tener el control absoluto de la
sexualidad de la esposa. Decir que un marido «había violado» a su esposa era
tan ilógico como decir que un hombre había robado su propia cartera. Esta
manera de pensar no estaba confinada al Oriente Próximo antiguo. En 2006,
todavía había 53 países en los que un marido no podía ser juzgado por la
violación de su esposa. Incluso en Alemania, las leyes sobre el estupro no se
corrigieron hasta 1997 para crear una categoría legal de violación marital.[53]
* * * *
¿La
división entre hombres y mujeres es un producto de la imaginación, como el
sistema de castas en la India y el sistema racial en América, o es una división
natural con profundas raíces biológicas? Y si realmente es una división
natural, ¿existen asimismo explicaciones biológicas para la preferencia que se
da a los hombres sobre las mujeres?
Algunas
de las disparidades culturales, legales y políticas entre hombres y mujeres
reflejan las evidentes diferencias biológicas entre los sexos. Parir ha sido
siempre cosa de mujeres, porque los hombres carecen de útero. Pero alrededor de
esta cuestión dura y universal, cada sociedad ha acumulado capa sobre capa
ideas y normas culturales que tienen poco que ver con la biología. Las
sociedades asocian una serie de atributos a la masculinidad y a la feminidad
que, en su mayor parte, carecen de una base biológica firme.
Por
ejemplo, en la democrática Atenas del siglo V a.C., un individuo que poseyera
un útero no gozaba de una condición legal independiente y se le prohibía
participar en las asambleas populares o ser un juez. Con pocas excepciones,
dicho individuo no podía beneficiarse de una buena educación, ni dedicarse a
los negocios ni al discurso filosófico. Ninguno de los líderes políticos de
Atenas, ninguno de sus grandes filósofos, oradores, artistas o comerciantes
poseía un útero. ¿Acaso poseer un útero hace que una persona sea inadecuada
biológicamente para dichas profesiones? Así lo creían los antiguos atenienses.
En la Atenas de hoy, las mujeres votan, son elegidas para cargos públicos,
hacen discursos, diseñan de todo, desde joyas a edificios y software, y van a
la universidad. Su útero no les impide hacer todas estas cosas con el mismo
éxito con que lo hacen los hombres. Es verdad que todavía están
insuficientemente representadas en la política y los negocios —solo alrededor
del 12 por ciento de los miembros del Parlamento griego son mujeres—, pero no
existe ninguna barrera legal a su participación en política, y la mayoría de
los griegos modernos piensan que es muy normal que una mujer ejerza cargos
públicos.
Muchos
griegos modernos piensan también que una parte integral de ser hombre es
sentirse atraído sexualmente solo hacia las mujeres, y tener relaciones
sexuales exclusivamente con el sexo opuesto. No consideran que esto sea un
prejuicio cultural, sino una realidad biológica: las relaciones entre dos
personas de sexos opuestos son naturales y entre dos personas del mismo sexo,
antinaturales. Pero, en realidad, a la madre Naturaleza no le importa si los
hombres se sienten sexual y mutuamente atraídos. Únicamente son las madres
humanas inmersas en determinadas culturas las que montan una escena si su hijo
tiene una aventura con el chico de la casa de al lado. Los berrinches de la
madre no son un imperativo biológico. Un número significativo de culturas
humanas han considerado que las relaciones homosexuales no solo son legítimas,
sino incluso socialmente constructivas, siendo la Grecia clásica el ejemplo más
notable. La Ilíada no menciona que Tetis tuviera ninguna
objeción a las relaciones de su hijo Aquiles con Patroclo. A la reina Olimpia
de Macedonia, una de las mujeres más temperamentales y enérgicas del mundo
antiguo, hasta el punto de mandar asesinar a su propio marido, el rey Filipo,
no le dio ningún ataque cuando su hijo, Alejandro Magno, llevó a casa a cenar a
su amante, Hefestión.
¿Cómo
podemos distinguir lo que está determinado biológicamente de lo que la gente
intenta simplemente justificar mediante mitos biológicos? Una buena regla
empírica es: «La biología lo permite, la cultura lo prohíbe». La biología
tolera un espectro muy amplio de posibilidades. Sin embargo, la cultura obliga
a la gente a realizar algunas posibilidades al tiempo que prohíbe otras. La
biología permite a las mujeres tener hijos, mientras que algunas culturas
obligan a las mujeres a realizar esta posibilidad. La biología permite a los
hombres que gocen del sexo entre sí, mientras que algunas culturas les prohíben
realizar esta posibilidad.
La
cultura tiende a aducir que solo prohíbe lo que es antinatural. Pero, desde una
perspectiva biológica, nada es antinatural. Todo lo que es posible es, por
definición, también natural. Un comportamiento verdaderamente antinatural, que
vaya contra las leyes de la naturaleza, simplemente no puede existir, de modo
que no necesitaría prohibición. Ninguna cultura se ha preocupado nunca de
prohibir que los hombres foto sinteticen, que las mujeres corran más deprisa
que la velocidad de la luz o que los electrones, que tienen carga negativa, se
atraigan mutuamente.
En
realidad, nuestros conceptos «natural» y «antinatural» no se han tomado de la
biología, sino de la teología cristiana. El significado teológico de «natural»
es «de acuerdo con las intenciones del Dios que creó la naturaleza». Los
teólogos cristianos argumentaban que Dios creó el cuerpo humano con el
propósito de que cada miembro y órgano sirvieran a un fin particular. Si
utilizamos nuestros miembros y órganos para el fin que Dios pretendía, entonces
es una actividad natural. Si los usamos de manera diferente a lo que Dios
pretendía, es antinatural. Sin embargo, la evolución no tiene propósito. Los
órganos no han evolucionado con una finalidad, y la manera como son usados está
en constante cambio. No hay un solo órgano en el cuerpo humano que realice únicamente
la tarea que realizaba su prototipo cuando apareció por primera vez hace
cientos de millones de años. Los órganos evolucionan para ejecutar una función
concreta, pero una vez que existen, pueden adaptarse asimismo para otros usos.
La boca, por ejemplo, apareció porque los primitivos organismos pluricelulares
necesitaban una manera de incorporar nutrientes a su cuerpo. Todavía usamos la
boca para este propósito, pero también la empleamos para besar, hablar y, si
somos Rambo, para extraer la anilla de las granadas de mano. ¿Acaso alguno de
estos usos es antinatural simplemente porque nuestros antepasados vermiformes
de hace 600 millones de años no hacían estas cosas con su boca?
De manera
parecida, las alas no surgieron de repente en todo su esplendor aerodinámico.
Se desarrollaron a partir de órganos que cumplían otra finalidad. Según una
teoría, las alas de los insectos se desarrollaron hace millones de años a
partir de protrusiones corporales de bichos que no podían volar. Los bichos con
estas protuberancias poseían una mayor área superficial que los que no las
tenían, y esto les permitía captar más radiación solar y así mantenerse más
calientes. En un proceso evolutivo lento, estos calefactores solares aumentaron
de tamaño. La misma estructura que era buena para la máxima absorción de
radiación solar (mucha superficie, poco peso) también, por coincidencia,
proporcionaba a los insectos un poco de sustentación cuando brincaban y
saltaban. Los que tenían las mayores protrusiones podían brincar y saltar más
lejos. Algunos insectos empezaron a usar aquellas cosas para planear, y desde
allí solo hizo falta un pequeño paso hasta las alas para propulsar realmente al
bicho a través del aire. La próxima vez que un mosquito zumbe en la oreja del
lector, acúsele de comportamiento antinatural. Si fuera bien educado y se
conformara con lo que Dios le ha dado, solo emplearía sus alas como paneles
solares.
El mismo
tipo de multitarea es aplicable a nuestros órganos y comportamiento sexuales.
El sexo evolucionó primero para la procreación, y los rituales de cortejo como
una manera de calibrar la adecuación de una pareja potencial. Sin embargo, en
la actualidad muchos animales usan ambas cosas para una multitud de fines
sociales que poco tienen que ver con crear pequeñas copias de sí mismos. Los
chimpancés, por ejemplo, utilizan el sexo para afianzar alianzas políticas,
establecer intimidad y desarmar tensiones. ¿Acaso esto es antinatural?
Biológicamente,
los humanos se dividen en machos y hembras. Un macho de Homo sapiens posee
un cromosoma X y un cromosoma Y; una hembra tiene dos cromosomas X. Pero
«hombre» y «mujer» denominan categorías sociales, no biológicas. Mientras que
en la gran mayoría de los casos en la mayor parte de las sociedades humanas los
hombres son machos y las mujeres hembras, los términos sociales portan una gran
cantidad de equipaje que solo tiene una tenue relación, si es que la hay, con
los términos biológicos. Un hombre no es un sapiens con cualidades biológicas
particulares como cromosomas XY, testículos y mucha testosterona. Lo que ocurre
es que encaja en una rendija concreta del orden humano imaginado en su
sociedad. Sus mitos culturales le asignan papeles masculinos (como dedicarse a
la política), derechos (como votar) y deberes (como el servicio militar)
concretos. Asimismo, una mujer no es una sapiens con dos cromosomas X, un útero
y gran cantidad de estrógeno. Más bien es un miembro femenino de un orden humano
imaginado. Los mitos de su sociedad le asignan papeles femeninos únicos (criar
a los hijos), derechos (protección contra la violencia) y deberes (obediencia a
su marido). Puesto que son los mitos, y no la biología, los que definen los
papeles, derechos y deberes de hombres y mujeres, el significado de
«masculinidad» y «feminidad» ha variado enormemente de una sociedad a otra
(véanse las figuras 15 y 16).
Figura 15. La masculinidad en el siglo XVIII: retrato oficial del rey Luis
XIV de Francia. Adviértase la larga peluca, las medias, los zapatos de tacón
alto, la postura de bailarín y la enorme espada. En la Europa contemporánea,
todos estos rasgos (con excepción de la espada) se considerarían señales de
afeminamiento. Pero en su época, Luis era un dechado de masculinidad y
virilidad.
Figura 16. La masculinidad en el siglo XXI: retrato oficial de Barack Obama.
¿Dónde están la peluca, las medias, los tacones altos y la espada? Los hombres
dominantes nunca han tenido un aspecto más insulso y deprimente que en la
actualidad. Durante la mayor parte de la historia, los hombres dominantes han
sido pintorescos y ostentosos, como los jefes de los indios americanos con sus
tocados de plumas y los marajás hindúes ataviados de sedas y diamantes. En el
reino animal, los machos tienden a tener colores más vivos que las hembras;
pensemos en la cola de los pavos reales y en las melenas de los leones.
Para
hacer que las cosas sean menos confusas, los estudiosos suelen distinguir entre
«sexo», que es una categoría biológica, y «género», una categoría cultural. El
sexo se divide en machos y hembras, y las cualidades de esta división son
objetivas y han permanecido constantes a lo largo de la historia. El género se
divide entre hombres y mujeres (y algunas culturas reconocen otras categorías).
Las cualidades denominadas «masculinas» y «femeninas» son intersubjetivas y
experimentan cambios constantes. Por ejemplo, existen grandes diferencias en el
comportamiento, deseos, indumentaria e incluso postura corporal entre las
mujeres de la Atenas clásica y las mujeres de la Atenas moderna.[54]
El sexo
es un juego de niños, pero el género es un asunto serio. Conseguir ser un
miembro del sexo masculino es la cosa más sencilla del mundo. Uno solo necesita
haber nacido con un cromosoma X y uno Y. Conseguir ser una hembra es igualmente
simple. Un par de cromosomas X bastan. En contraste, convertirse en un hombre o
una mujer es una empresa muy complicada y exigente. Puesto que la mayoría de
las cualidades masculinas y femeninas son culturales y no biológicas, ninguna
sociedad corona automáticamente a cada macho como hombre, ni a cada hembra como
mujer. Ni estos títulos son laureles sobre los que uno pueda descansar una vez
que se han adquirido. Los machos han de demostrar continuamente su masculinidad
a lo largo de su vida, desde la cuna a la tumba, en una serie interminable de
ritos y desempeños. Y la obra de una mujer no se acaba nunca: ha de convencerse
continuamente y de convencer a los demás de que es lo bastante femenina.
El éxito
no está garantizado. Los machos, en particular, viven en el temor constante de
perder su afirmación de masculinidad. A lo largo de la historia, los machos han
estado dispuestos a arriesgar, e incluso a sacrificar su vida, simplemente para
que los demás puedan decir: «¡Es todo un hombre!».
§. ¿Qué
es lo que tienen de tan bueno los hombres?
Al menos desde la revolución agrícola, la mayoría de las sociedades humanas han
sido sociedades patriarcales que valoraban mucho más a los hombres que a las
mujeres. Con independencia de cómo una sociedad definiera «hombre» y «mujer»,
ser un hombre era siempre mejor. Las sociedades patriarcales educan a los
hombres para que piensen y actúen de una manera masculina y a las mujeres para
que piensen y actúen de una manera femenina, y castigan a todos los que se
atrevan a cruzar estos límites. Pero no premian de igual manera a los que se
amoldan. Las cualidades consideradas masculinas son más valoradas que las que
se consideran femeninas, y los miembros de una sociedad que encarnan el ideal
femenino obtienen menos cosas que los que ejemplifican el ideal masculino. En
la salud y la educación de las mujeres se invierten menos recursos; las mujeres
tienen menos oportunidades económicas, menos poder político y menos libertad de
movimiento. El género es una carrera en la que algunos de los corredores
compiten solo por la medalla de bronce.
Es cierto
que un reducido grupo de mujeres han conseguido alcanzar la posición alfa, como
Cleopatra de Egipto, la emperatriz Wu Zetian de China (c. 700 d.C.)
e Isabel I de Inglaterra. Pero se trata de excepciones que confirman la regla.
A lo largo de los cuarenta y cinco años de reinado de Isabel I, todos los
miembros del Parlamento eran hombres, todos los oficiales de la marina y del
ejército reales eran hombres, todos los jueces y abogados eran hombres, todos
los obispos y arzobispos eran hombres, todos los teólogos y sacerdotes eran
hombres, todos los médicos y cirujanos eran hombres, todos los estudiantes y
profesores en todas las universidades y facultades eran hombres, todos los
alcaldes y gobernadores eran hombres, y casi todos los escritores, arquitectos,
poetas, filósofos, pintores, músicos y científicos eran hombres.
El
patriarcado ha sido la norma en casi todas las sociedades agrícolas e
industriales y ha resistido tenazmente a los cambios políticos, las
revoluciones sociales y las transformaciones económicas. Egipto, por ejemplo,
fue conquistado numerosas veces a lo largo de los siglos. Asirios, persas,
macedonios, romanos, árabes, mamelucos, turcos e ingleses lo ocuparon… y su
sociedad permaneció siempre patriarcal. Egipto fue gobernado por la ley
faraónica, la ley griega, la ley romana, la ley musulmana, la ley otomana y la
ley británica, y en todas ellas se discriminaba a las personas que no fueran
«todo un hombre».
Puesto
que el patriarcado es tan universal, no puede ser el producto de algún círculo
vicioso que se pusiera en marcha por un acontecimiento casual. Vale la pena
señalar que, incluso antes de 1492, la mayoría de las sociedades tanto en
América como en Afroasia eran patriarcales, aunque habían permanecido sin
contacto durante miles de años. Si el patriarcado en Afroasia fue el resultado
de algún acontecimiento aleatorio, ¿por qué eran patriarcales los aztecas y los
incas? Es mucho más probable que, aunque la definición precisa varía de una
cultura a otra, exista alguna razón biológica universal por la que casi todas
las culturas valoraban más la masculinidad que la feminidad. No sabemos cuál es
la verdadera razón. Existen muchas teorías, pero ninguna de ellas es
convincente.
§.
Potencia muscular
La teoría más común señala el hecho de que los hombres son más fuertes que las
mujeres, y que han usado su mayor potencia física para obligar a las mujeres a
someterse. Una versión más sutil de esta afirmación aduce que su fuerza permite
a los hombres monopolizar tareas que exigen un trabajo manual duro, como labrar
y cosechar. Esto les da el control de la producción de alimentos, que a su vez
se traduce en poder político.
El
énfasis en la potencia muscular plantea dos problemas. Primero, la afirmación
de que «los hombres son más fuertes que las mujeres» es cierta solo por término
medio, y solo con relación a determinados tipos de fuerza. Por lo general, las
mujeres son más resistentes al hambre, la enfermedad y la fatiga que los
hombres. También hay muchas mujeres que pueden correr más veloces y levantar
pesos más pesados que muchos hombres. Además, y lo que es más controvertido
para esta teoría, a lo largo de la historia a las mujeres se las ha excluido
principalmente de profesiones que requieren poco esfuerzo físico (como el
sacerdocio, las leyes y la política), mientras que se han dedicado a tareas
manuales duras en los campos, en la artesanía y en el hogar. Si el poder social
se dividiera en relación directa con la fuerza física o el vigor, las mujeres
tendrían una parte mayor del mismo.
Y, lo que
es más importante, simplemente no hay relación directa entre la fuerza física y
el poder social entre los humanos. Las personas de más de sesenta años suelen
ejercer poder sobre personas que se hallan en la veintena, aunque las que
tienen veintitantos años son mucho más fuertes que sus mayores. El típico dueño
de una plantación en Alabama a mediados del siglo XIX podría haber sido
derribado en segundos por cualquiera de los esclavos que cultivaban sus campos
de algodón. Para seleccionar faraones egipcios o papas católicos no se
utilizaban combates de boxeo. En las sociedades de cazadores-recolectores, el
predominio político reside generalmente en la persona que posee las mejores
habilidades sociales y no en la que tiene la musculatura más desarrollada. En
el crimen organizado, el gran jefe no es necesariamente el hombre más forzudo.
A menudo es un hombre anciano que raramente utiliza sus propios puños; consigue
que hombres más jóvenes y en forma hagan los trabajos sucios por él. Un tipo
que crea que la manera de quedarse con el sindicato es darle una paliza al don
es improbable que viva el tiempo suficiente para aprender de su error. Incluso
entre los chimpancés, el macho alfa consigue su posición al establecer una
coalición estable con otros machos y hembras, no mediante la violencia
insensata.
En
realidad, la historia humana demuestra que a menudo hay una relación inversa
entre proezas físicas y poder social. En la mayoría de las sociedades, las
clases sociales inferiores son las que realizan los trabajos manuales. Esto
puede reflejar la posición de Homo sapiens en la cadena
trófica. Si todo lo que importara fueran las capacidades físicas brutas, los
sapiens se encontrarían en un peldaño intermedio de la escalera. Pero sus
habilidades mentales y sociales los situaron en el ápice. Por lo tanto, es
natural que la cadena de poder dentro de la especie esté determinada asimismo
por capacidades mentales y sociales más que por la fuerza bruta. Por eso es
difícil creer que la jerarquía social más influyente y más estable de la
historia se base en la capacidad de los hombres de reprimir físicamente a las
mujeres.
§. La
escoria de la sociedad
Otra teoría explica que la dominancia masculina resulta no de la fuerza, sino
de la agresión. Millones de años de evolución han hecho a los hombres mucho más
violentos que las mujeres. Las mujeres pueden equipararse a los hombres en lo
que a odio, codicia y maltrato se refiere, pero cuando las cosas se ponen feas,
dice la teoría, los hombres son más proclives a la violencia física y bruta.
Esta es la razón por la que a lo largo de la historia la guerra ha sido una
prerrogativa masculina.
En épocas
de guerra, el control de las fuerzas armadas por parte de los hombres los ha
hecho también dueños de la sociedad civil. Después usaron su control de la
sociedad civil para desencadenar cada vez más guerras, y cuanto mayor era el
número de guerras, mayor el control de la sociedad por los hombres. Este bucle
de retroalimentación explica tanto la ubicuidad de la guerra como la ubicuidad
del patriarcado.
Estudios
recientes de los sistemas cognitivos de hombres y mujeres refuerzan la
hipótesis de que los hombres tienen efectivamente tendencias más agresivas y
violentas y, por lo tanto, se hallan, por término medio, mejor adaptados a
servir como soldados rasos. Pero aceptando que los soldados rasos son todos
hombres, ¿se sigue de ello que los que gestionan la guerra y gozan de sus
frutos han de ser también hombres? Esto no tiene sentido. Es como suponer que,
puesto que todos los esclavos que cultivan los campos de algodón son negros,
los dueños de las plantaciones serán también negros. De la misma manera que una
fuerza compuesta totalmente por negros puede estar controlada por una dirección
totalmente blanca, ¿por qué no podría una tropa constituida enteramente por
machos ser controlada por un gobierno totalmente, o al menos parcialmente,
femenino? De hecho, en numerosas sociedades a lo largo de la historia, los
oficiales superiores no se abrieron camino hasta la cúspide a partir de las
filas de soldado raso. A los aristócratas, a los ricos y a los educados se les
asignaba automáticamente rango de oficial y nunca sirvieron ni un solo día en
filas.
Cuando el
duque de Wellington, el adversario de Napoleón, se alistó en el ejército
británico a la edad de dieciocho años, fue nombrado oficial de inmediato. No
tenía en mucho aprecio a los plebeyos bajo su mando. «Tenemos en el servicio la
escoria de la Tierra como soldados rasos», escribió a un colega aristócrata
durante las guerras contra Francia. Estos soldados rasos se solían reclutar
entre los más pobres, o pertenecían a minorías étnicas (como los católicos
irlandeses). Sus probabilidades de ascender en el escalafón militar eran
insignificantes. Las categorías superiores se reservaban a los duques,
príncipes y reyes. Pero ¿por qué solo a los duques, y no a las duquesas?
El
Imperio francés en África se estableció y se defendió por la sangre y el sudor
de senegaleses, argelinos y franceses de clase trabajadora. El porcentaje en
filas de franceses de buena familia era insignificante. Pero el porcentaje de
franceses de buena familia en la pequeña élite que mandaba el ejército francés,
que gobernaba el imperio y gozaba de sus frutos era muy alto. ¿Por qué solo
franceses, y no francesas?
En China
había una larga tradición de someter el ejército a la burocracia civil, de
manera que mandarines que nunca habían empuñado la espada dirigían a menudo las
guerras. «No se gasta el buen hierro para producir clavos», reza un refrán
chino, que significaba que la gente de talento se incorpora a la burocracia
civil, no al ejército. ¿Por qué, pues, eran hombres todos estos mandarines?
No se
puede aducir razonablemente que su debilidad física o sus bajos niveles de
testosterona impedían a las mujeres ser mandarines, generales y políticos de
éxito. Con el fin de administrar una guerra es seguro que se necesita vigor,
pero no mucha fuerza física ni agresividad. Las guerras no son peleas de
taberna. Son proyectos muy complejos que requieren un grado extraordinario de
organización, cooperación y pacificación. La capacidad de mantener la paz en
casa, de adquirir aliados en el exterior y de comprender qué pasa en la mente
de otras personas (en particular nuestros enemigos) suele ser la clave de la
victoria. De modo que un bruto agresivo suele ser la peor elección para dirigir
una guerra. Es mucho mejor una persona cooperativa que sepa cómo apaciguar,
cómo manipular y cómo ver las cosas desde diferentes perspectivas. Esta es la
materia de la que están hechos los forjadores de imperios. Augusto, que era
incompetente desde el punto de vista militar, tuvo éxito en la empresa de
establecer un régimen imperial estable, y consiguió así algo que no lograron ni
Julio César ni Alejandro Magno, que eran generales mucho mejores. Tanto los
contemporáneos que lo admiraban como los historiadores modernos suelen atribuir
esta hazaña a su virtud de clementia: indulgencia y clemencia.
A menudo
se presenta a las mujeres con el siguiente estereotipo: son mejores
manipuladoras y pacificadoras que los hombres, y son famosas por su capacidad
superior para ver las cosas desde la perspectiva de los demás. Si acaso hay
alguna verdad en estos estereotipos, entonces las mujeres habrían sido
excelentes políticas y forjadoras de imperios, y habrían dejado el trabajo
sucio en los campos de batalla a los machos, cargados de testosterona pero
simplones. Dejando aparte los mitos populares, esto raramente ha ocurrido en el
mundo real y no está claro por qué ha sido así.
§. Genes
patriarcales
Un tercer tipo de explicación biológica concede menos importancia a la fuerza
bruta y la violencia, y sugiere que a lo largo de millones de años de
evolución, hombres y mujeres desarrollaron por evolución diferentes estrategias
de supervivencia y reproducción. Al competir los hombres entre sí por la
oportunidad de inseminar a mujeres fértiles, las probabilidades de reproducción
de un individuo dependían por encima de todo de su capacidad para vencer y
derrotar a otros hombres. A medida que pasaba el tiempo, los genes masculinos
que conseguían pasar a la siguiente generación eran los pertenecientes a los
hombres más ambiciosos, agresivos y competitivos.
Una
mujer, en cambio, no tenía ningún problema a la hora de encontrar a un hombre
que la quisiera dejar embarazada. Sin embargo, si quería que sus hijos le
proporcionaran nietos, necesitaba llevarlos en sus entrañas durante nueve
arduos meses, y después alimentarlos durante años. A lo largo de ese tiempo
tenía pocas oportunidades de obtener comida, y necesitaba mucha ayuda.
Necesitaba un hombre. Con el fin de asegurar su propia supervivencia y la de
sus hijos, la mujer no tenía otra elección que aceptar las condiciones que el
hombre estipulaba para conseguir que este no se alejara demasiado y asumiera
parte de la carga. A medida que pasaba el tiempo, los genes femeninos que
conseguían pasar a la siguiente generación eran los pertenecientes a mujeres
que eran cuidadoras sumisas. Las mujeres que pasaban demasiado tiempo luchando
por el poder no legaban ninguno de estos potentes genes a las generaciones
futuras.
El
resultado de estas diferentes estrategias de supervivencia, según esta teoría,
es que los hombres han sido programados para ser ambiciosos y competitivos, y
para destacar en la política y los negocios, mientras que las mujeres han
tendido a apartarse del camino y a dedicar su vida a criar a los hijos.
Sin
embargo, parece que la evidencia empírica también desmiente esta hipótesis. Es
particularmente problemática la suposición de que la dependencia que las
mujeres tienen de ayuda externa las hizo dependientes de los hombres, y no de
otras mujeres, y que la competitividad de los machos hizo que los hombres
fueran socialmente dominantes. Hay muchas especies de animales, como los
elefantes y los bonobos, cuya dinámica entre hembras dependientes y machos
competitivos produce como resultado una sociedad matriarcal. Puesto que las
hembras necesitan ayuda externa, se ven obligadas a desarrollar sus habilidades
sociales y a aprender cómo cooperar y apaciguar. Construyen redes sociales
totalmente femeninas que ayudan a cada miembro a criar a sus hijos. Los machos,
mientras tanto, pasan el tiempo luchando y compitiendo. Sus habilidades
sociales y sus lazos sociales no acaban de desarrollarse. Las sociedades de
bonobos y elefantes están controladas por fuertes redes de hembras
cooperativas, mientras que los machos, egoístas y no cooperativos, son
relegados a puestos secundarios. Aunque las hembras de bonobo son por término
medio más débiles que los machos, suelen agruparse para aporrear a los que
sobrepasan sus límites.
Si esto
es posible entre los bonobos y los elefantes, ¿por qué no entre Homo
sapiens? Los sapiens son animales relativamente débiles, cuya ventaja
reside en su capacidad de cooperar en gran número. Si es así, cabría esperar
que las mujeres dependientes, incluso si dependen de hombres, emplearan sus
habilidades sociales superiores para cooperar con el fin de manipular a los
hombres, agresivos, autónomos y egoístas y conseguir superarlos.
¿Cómo
llegó a ocurrir que en la única especie cuyo éxito depende sobre todo de la
cooperación los individuos que supuestamente son menos cooperativos (los
hombres) controlen a los individuos que supuestamente son más cooperativos (las
mujeres)? En la actualidad, no tenemos una respuesta satisfactoria. Quizá las
hipótesis comunes sean simplemente erróneas. ¿Acaso los machos de la
especie Homo sapiens no están caracterizados por la fuerza
física, la agresividad y la competitividad, sino por unas habilidades sociales
superiores y una mayor tendencia a cooperar? Sencillamente, no lo sabemos.
Lo que
sabemos, sin embargo, es que durante el último siglo los papeles de género han
experimentado una revolución extraordinaria. Cada vez hay más sociedades que no
solo conceden a hombres y mujeres un estatus legal, derechos políticos y
oportunidades económicas iguales, sino que piensan de nuevo y por completo los
conceptos más básicos de género y sexualidad. Aunque la brecha de género es
todavía importante, los acontecimientos se han precipitado a una velocidad
vertiginosa. En 1913, en Estados Unidos se consideraba de manera general que
conceder el derecho de voto a las mujeres era una afrenta; la posibilidad de
que hubiera una mujer ministra o juez del Tribunal Supremo era simplemente
ridícula; o al mismo tiempo, la homosexualidad era un tema tabú, y ni siquiera
podía hablarse de ella en la sociedad educada. Sin embargo, en 2013 el derecho
de voto de las mujeres se da por sentado; apenas es motivo de comentario que
haya ministras, y cinco jueces del Tribunal Supremo de Estados Unidos, tres de
los cuales son mujeres, deciden a favor de legalizar los matrimonios entre
personas del mismo sexo (al votar en contra de las objeciones de cuatro jueces
masculinos).
Estos
cambios espectaculares son precisamente los que hacen que la historia del
género nos deje tan estupefactos. Si, como hoy se ha demostrado de manera tan
clara, el sistema patriarcal se ha basado en mitos infundados y no en hechos
biológicos, ¿qué es lo que explica la universalidad y estabilidad de este
sistema?
Parte III
La unificación de la humanidad
Capítulo
9
La flecha de la historia
Contenido:
§. El
satélite espía
§. La visión global
Figura 17. Peregrinos circulando alrededor de la Kaaba, en La Meca.
Después
de la revolución agrícola, las sociedades humanas crecieron más y se hicieron
más complejas, mientras que también los constructos imaginados que sostenían el
orden social se tornaron más refinados. Los mitos y las ficciones acostumbraron
a la gente, casi desde el momento del nacimiento, a pensar de determinada
manera, a comportarse de acuerdo con determinados estándares, desear ciertas
cosas y observar determinadas normas. Por lo tanto, crearon instintos
artificiales que permitieron que millones de extraños cooperaran de manera
efectiva. Esta red de instintos artificiales se llama «cultura».
Durante
la primera mitad del siglo XX, los expertos enseñaban que cada cultura era
completa y armoniosa, y que poseía una esencia invariable que la definía para
siempre. Cada grupo humano tenía su propia visión del mundo y su propio sistema
de disposiciones sociales, legales y políticas que funcionaba de manera tan
regular como los planetas que giran alrededor del Sol. Según esta concepción,
las culturas abandonadas a sus propios recursos no cambiaban. Simplemente
seguían avanzando al mismo ritmo y en la misma dirección. Solo una fuerza
aplicada desde el exterior podía cambiarlas. Así, antropólogos, historiadores y
políticos se referían a la «cultura samoana» o a la «cultura tasmana» como si
las mismas creencias, normas y valores hubieran caracterizado a los samoanos y
los tasmanos desde tiempo inmemorial.
En la
actualidad, la mayoría de los expertos de la cultura han llegado a la
conclusión de que es justo lo contrario. Toda cultura tiene sus creencias,
normas y valores, pero estos se hallan en un flujo constante. La cultura puede
transformarse en respuesta a cambios en su ambiente o mediante la interacción
con culturas vecinas. Sin embargo, las culturas también experimentan
transiciones debido a sus propias dinámicas internas. Incluso una cultura
completamente aislada que exista en un ambiente estable desde el punto de vista
ecológico no puede evitar el cambio. A diferencia de las leyes de la física,
que carecen de inconsistencias, todo orden creado por el hombre está repleto de
contradicciones internas. Las culturas intentan constantemente reconciliar dichas
contradicciones, y este proceso impulsa el cambio.
Por
ejemplo, en la Europa medieval la nobleza creía a la vez en el cristianismo y
en la caballería. El noble iba a la iglesia por la mañana y oía al sacerdote
predicar la vida de los santos. «Vanidad de vanidades —decía el sacerdote—,
todo es vanidad. Riquezas, lujuria y honor son tentaciones peligrosas. Debéis
elevaros por encima de ellas, y seguir los pasos de Jesucristo. Sed humildes
como Él, evitad la violencia y la extravagancia, y si os ofenden ofreced
simplemente la otra mejilla.» Al volver a casa, sumiso y pensativo, el noble
vestía sus mejores sedas e iba a un banquete en el castillo de su señor. Allí
el vino fluía como el agua, el trovador entonaba canciones sobre Lanzarote y
Ginebra, y los invitados intercambiaban bromas subidas de tono y sangrientos
relatos bélicos. «Es mejor morir —declaraban los barones— que vivir con
deshonor. Si alguien cuestiona vuestro honor, solo la sangre puede borrar el
insulto. ¿Y qué cosa hay mejor en la vida que ver cómo tus enemigos huyen ante
ti, y que sus lindas hijas tiemblan a tus pies?»
La
contradicción nunca se resolvió por entero. Pero mientras la nobleza, el clero
y los plebeyos trataban de resolverla, su cultura cambió. Un intento de
remediarla desembocó en las Cruzadas. Mientras participaban en la cruzada, los
caballeros podían demostrar su bravura militar y su devoción religiosa de un
solo golpe. La misma contradicción promovió órdenes militares como los
Templarios y los Hospitalarios, que intentaron mezclar los ideales cristianos y
caballerescos de manera todavía más firme. También fue responsable de una gran
parte del arte y la literatura medievales, como los relatos del rey Arturo y
del Santo Grial. ¿Qué fue Camelot sino un intento de demostrar que un buen
caballero puede y debe ser un buen cristiano, y que los buenos cristianos son
los mejores caballeros?
Otro
ejemplo es el orden político moderno. Desde la Revolución francesa, las
personas de todo el mundo han llegado gradualmente a la convicción de que la
igualdad y la libertad individual son valores fundamentales. Sin embargo, estos
valores son contradictorios entre sí. La igualdad solo puede asegurarse si se
recortan las libertades de los que son más ricos. Garantizar que todo individuo
será libre de hacer lo que le plazca es inevitablemente una estafa a la
igualdad. Toda la historia política del mundo desde 1789 puede considerarse
como una serie de intentos de reconciliar dicha contradicción.
Quien
haya leído una novela de Charles Dickens sabe que los regímenes liberales de la
Europa del siglo XIX daban prioridad a la libertad individual, aunque ello
supusiera llevar a la cárcel a familias pobres e insolventes y dar pocas
opciones a los huérfanos como no fueran las de incorporarse a las escuelas de
raterillos. Quien haya leído una novela de Alexander Solzhenitsin sabe que el
ideal igualitario del comunismo produjo tiranías brutales que intentaban
controlar todos los aspectos de la vida cotidiana.
La
política estadounidense contemporánea gira también alrededor de esta
contradicción. Los demócratas quieren una sociedad más equitativa, aunque ello
signifique aumentar los impuestos para financiar programas de ayuda a los
pobres, a los ancianos y a los enfermos. Pero esto transgrede la libertad de
las personas para gastar su dinero como quieran. ¿Por qué ha de obligarme el
gobierno a comprar un seguro de enfermedad si yo prefiero utilizar el dinero
para hacer que mis hijos vayan a la universidad? Los republicanos, en cambio,
quieren maximizar la libertad individual, incluso si ello implica que la brecha
de ingresos entre ricos y pobres aumente todavía más y que muchos
norteamericanos no puedan permitirse la asistencia sanitaria.
De la
misma manera que la cultura medieval no consiguió casar la caballería con el
cristianismo, el mundo moderno no logra casar la libertad con la igualdad. Pero
esto no es un defecto. Estas contradicciones son una parte inseparable de toda
cultura humana. En realidad, son los motores del desarrollo cultural,
responsables de la creatividad y el dinamismo de nuestra especie. La
discordancia en nuestros pensamientos, ideas y valores nos fuerza a pensar,
reevaluar y criticar. La consistencia es el campo de juego de las mentes
obtusas. ¿Puede el lector nombrar una única gran obra de arte que no trate de
un conflicto?
Si las
tensiones, los conflictos y los dilemas irresolubles son la sazón de toda
cultura, un ser humano que pertenezca a cualquier cultura concreta ha de tener
creencias contradictorias y estar dividido por valores incompatibles. Esta es
una característica tan esencial de cualquier cultura que incluso tiene nombre:
disonancia cognitiva. A veces se considera que la disonancia cognitiva es un
fracaso de la psique humana. En realidad, se trata de una ventaja vital. Si las
personas no hubieran sido capaces de poseer creencias y valores
contradictorios, probablemente habría sido imposible establecer y mantener
ninguna cultura humana.
Si,
pongamos por caso, un cristiano quiere comprender realmente a los musulmanes
que asisten a la mezquita situada calle abajo, no debe buscar un conjunto de
valores prístinos que todos los musulmanes estimen. En lugar de ello, debe
profundizar en las paradojas y las contradicciones de la cultura musulmana,
aquellos lugares en los que las normas están en conflicto y los criterios en
liza. Es exactamente el punto en el que los musulmanes titubean entre dos
imperativos donde mejor los comprenderemos.
§. El
satélite espía
Las culturas humanas se hallan en un flujo constante. Dicho flujo, ¿es
completamente aleatorio, o sigue una pauta general? En otras palabras, ¿la
historia tiene dirección?
La
respuesta es sí. A lo largo de los milenios, las culturas pequeñas y sencillas
se conglutinan gradualmente en civilizaciones mayores y más complejas, de
manera que el mundo contiene cada vez menos mega culturas, cada una de las
cuales es mayor y más compleja. Esta es, desde luego, una generalización muy
burda, que solo es verdad a un nivel macro. A nivel micro, parece que para cada
grupo de culturas que se conglutina en una mega cultura, existe una mega
cultura que se descompone en fragmentos. El cristianismo convirtió a cientos de
millones de personas al mismo tiempo que se escindía en numerosas sectas. La
lengua latina se extendió por toda la Europa occidental y central y después se
dividió en dialectos locales que a su vez terminaron por convertirse en idiomas
nacionales. Pero estas desintegraciones son inversiones temporales en una
tendencia inexorable hacia la unidad.
Percibir
la dirección de la historia es realmente cuestión de situarse en una posición
ventajosa. Cuando contemplamos la historia desde la proverbial vista de pájaro,
que examina los acontecimientos en términos de décadas o de siglos, es difícil
decir si la historia se desplaza en la dirección de la unidad o de la
diversidad. Sin embargo, para comprender procesos a largo plazo, la vista de
pájaro es demasiado miope. Haríamos mejor en adoptar, en cambio, el punto de
vista de un satélite espía cósmico, que escudriña milenios en lugar de siglos.
Desde esta posición ventajosa resulta clarísimo que la historia se desplaza
implacablemente hacia la unidad. La escisión del cristianismo y el hundimiento
del Imperio mongol no son más que pequeños obstáculos a la velocidad en la
autopista de la historia.
La mejor
manera de apreciar la dirección general de la historia es contar el número de
mundos humanos separados que coexistieron en cualquier momento dado en el
planeta Tierra. Hoy en día estamos acostumbrados a pensar en el planeta entero
como una única unidad, pero durante la mayor parte de la historia la Tierra era
en realidad una galaxia entera de mundos humanos aislados.
Consideremos
Tasmania, una isla de tamaño medio al sur de Australia. Quedó separada del
continente australiano alrededor de 10000 a.C., cuando el final del período
glacial provocó el ascenso del nivel del mar. En la isla quedaron unos pocos
miles de cazadores-recolectores, que no tuvieron ningún contacto con otros
seres humanos hasta la llegada de los europeos en el siglo XIX. Durante 12.000
años, nadie supo que los tasmanos estaban allí, y ellos no sabían que hubiera
nadie más en el mundo. Tuvieron sus guerras, sus luchas políticas, oscilaciones
sociales y desarrollos culturales. Pero en lo que respecta a los emperadores de
China o los gobernadores de Mesopotamia, Tasmania hubiera podido hallarse
perfectamente en una de las lunas de Júpiter. Los tasmanos vivían en un mundo
propio.
América y
Europa, asimismo, fueron mundos separados durante la mayor parte de sus
respectivas historias. En el año 378 d.C., el emperador romano Valente fue
derrotado y muerto por los godos en la batalla de Adrianópolis. El mismo año,
el rey Chak Tok Ich’aak de Tikal fue derrotado y muerto por el ejército de
Teotihuacán. (Tikal era una importante ciudad-estado maya, mientras que
Teotihuacán era la mayor ciudad de América, con casi 250.000 habitantes: el
mismo orden de magnitud que su contemporánea, Roma.) No hubo absolutamente
ninguna relación entre la derrota de Roma y el auge de Teotihuacán. Roma podría
haber estado situada en Marte, y Teotihuacán en Venus.
¿Cuántos
mundos humanos diferentes coexistían en la Tierra? Alrededor de 10000 a.C.,
nuestro planeta contenía muchos miles de ellos. En 2000 a.C., su número se
había reducido hasta los centenares, o todo lo más unos pocos miles. En 1450
d.C., su número se redujo de manera todavía más drástica. En aquellos tiempos,
justo antes de la época de la exploración europea, la Tierra contenía todavía
un número significativo de mundos enanos como Tasmania. Pero cerca del 90 por
ciento de los humanos vivían en un único mega mundo: el mundo de Afroasia. La
mayor parte de Asia, la mayor parte de Europa y la mayor parte de África
(incluidas zonas sustanciales del África subsahariana) ya estaban conectadas
por importantes lazos culturales, políticos y económicos (véase el mapa 3).
Mapa 3. La Tierra en 1450 d.C. Las localidades que se citan en el mundo
afroasiático fueron lugares visitados por el viajero musulmán del siglo XIV Ibn
Battuta. Natural de Tánger, en Marruecos, Ibn Battuta visitó Tombuctú,
Zanzíbar, el sur de Rusia, Asia Central, China e Indonesia. Sus viajes ilustran
la unidad de Afroasia a las puertas de la era moderna.
1. El mundo mesoamericano, que
comprendía la mayor parte de América Central y partes de América del Norte.
2. El mundo andino, que abarcaba la
mayor parte de Sudamérica occidental.
3. El mundo australiano, que
comprendía el continente de Australia.
4. El mundo oceánico, que incluía la
mayoría de las islas del océano Pacífico sudoccidental, desde Hawai a Nueva
Zelanda.
A lo
largo de los 300 años siguientes, el gigante afroasiático engulló a todos los
demás mundos. Engulló el mundo mesoamericano en 1521, cuando los españoles
conquistaron el Imperio azteca. Por la misma época, le dio el primer mordisco
al mundo oceánico, durante la circunnavegación del globo por Fernando de
Magallanes, y poco después completó su conquista. El mundo andino se hundió en
1532, cuando los conquistadores españoles aplastaron el Imperio inca. Los
primeros europeos desembarcaron en el continente australiano en 1606, y aquel
mundo prístino llegó a su fin cuando empezó de veras la colonización británica
en 1788. Quince años después, los británicos establecieron su primera colonia
en Tasmania, con lo que pusieron al último mundo humano autónomo dentro de la
esfera de influencia afroasiática.
El
gigante afroasiático tardó varios siglos en digerir todo lo que había
engullido, pero el proceso fue irreversible. Hoy en día, casi todos los humanos
comparten el mismo sistema geopolítico (todo el planeta está dividido en
estados reconocidos internacionalmente); el mismo sistema económico (las
fuerzas capitalistas del mercado modelan incluso los rincones más remotos del
planeta); el mismo sistema legal (los derechos humanos y la ley internacional
son válidos en todas partes, al menos teóricamente), y el mismo sistema
científico (expertos en Irán, Israel, Australia y Argentina tienen exactamente
la misma opinión acerca de la estructura de los átomos o el tratamiento de la
tuberculosis).
La
cultura global única no es homogénea. De la misma manera que un único cuerpo
orgánico contiene muchos tipos diferentes de órganos y células, así nuestra
única cultura global contiene muchos tipos diferentes de estilos de vida y de
gente, desde corredores de Bolsa de Nueva York hasta pastores afganos. Sin
embargo, todos están estrechamente interconectados y se influyen mutuamente de
múltiples maneras. Todavía discuten y luchan, pero discuten empleando los
mismos conceptos y luchan utilizando las mismas armas. Un «choque de
civilizaciones» real es como el proverbial diálogo de sordos. Nadie puede
entender lo que el otro está diciendo. Hoy en día, cuando Irán y Estados Unidos
blanden las espadas uno contra otro, ambos hablan el lenguaje de los
estados-nación, de las economías capitalistas, del derecho internacional y de
la física nuclear.
Todavía
hablamos mucho de culturas «auténticas», pero si por «auténtico» queremos decir
algo que se desarrolló de forma independiente, y que consiste en tradiciones
locales antiguas, libres de influencias externas, entonces no quedan en la
Tierra culturas auténticas. A lo largo de los últimos siglos, todas las
culturas cambiaron hasta hacerse prácticamente irreconocibles por un aluvión de
influencias globales.
Uno de
los ejemplos más interesantes de esta globalización es la cocina «étnica». En
un restaurante italiano esperamos encontrar espaguetis con salsa de tomate; en
restaurantes polacos e irlandeses, gran cantidad de patatas; en un restaurante
argentino podemos elegir entre decenas de tipos de filetes de buey; en un
restaurante indio añaden guindillas picantes prácticamente a todo, y la
consumición típica de cualquier café suizo es chocolate espeso y caliente bajo
unos Alpes de nata montada. Pero ninguno de estos alimentos es autóctono de
estos países. Los tomates, las guindillas picantes y el cacao son de origen
mexicano, y no llegaron a Europa y Asia hasta después de la conquista de México
por los españoles. Julio César y Dante Alighieri nunca hicieron girar
espaguetis bañados en tomate en su tenedor (ni los tenedores se habían
inventado todavía), Guillermo Tell nunca probó el chocolate y Buda nunca sazonó
su comida con guindilla. Las patatas llegaron a Polonia e Irlanda hace apenas
400 años. El único filete que se podía obtener en Argentina en 1492 era de una
llama.
Los
filmes de Hollywood han perpetuado la imagen de los indios de las llanuras como
jinetes valientes que atacaban intrépidamente los carromatos de los pioneros
europeos para proteger las costumbres de sus antepasados. Sin embargo, estos
jinetes americanos nativos no eran los defensores de alguna cultura antigua y
auténtica. Por el contrario, eran el producto de una revolución militar y
política importante que barrió las llanuras del oeste de Norteamérica en los
siglos XVII y XVIII, como consecuencia de la llegada de los caballos europeos.
En 1492 no había caballos en América. La cultura de los sioux y los apaches del
siglo XIX tiene muchos aspectos atractivos, pero era una cultura moderna
(resultado de fuerzas globales) mucho más que «auténtica».
§. La
visión global
Desde una perspectiva práctica, la fase más importante en el proceso de
unificación global tuvo lugar en los últimos siglos, cuando los imperios
crecieron y el comercio se intensificó. Entre las gentes de Afroasia, América,
Australia y Oceanía se establecieron lazos cada vez más estrechos. Así, las
guindillas picantes llegaron a la comida india y el ganado español empezó a
pastar en Argentina. Pero, desde una perspectiva ideológica, un acontecimiento
más importante todavía tuvo lugar durante el primer milenio antes de Cristo,
cuando arraigó la idea de un orden universal. Durante los miles de años
anteriores, la historia se iba moviendo lentamente en la dirección de la unidad
global, pero la idea de un orden universal que gobernara todo el mundo era
todavía ajena a la mayor parte de la gente.
Homo
sapiens evolucionó
para pensar que la gente se dividía entre nosotros y ellos. «Nosotros» era el
grupo situado en nuestro entorno inmediato, quienquiera que uno fuera, y
«ellos» eran todos los demás. En realidad, ningún animal social se mueve nunca
por los intereses de toda la especie a la que pertenece. A ningún chimpancé le
preocupan los intereses de la especie del chimpancé, ningún caracol levantará
un tentáculo por la comunidad global de caracoles, ningún macho alfa de león se
esfuerza para convertirse en el rey de todos los leones, y en ninguna entrada a
una colmena se puede encontrar el eslogan: «Abejas obreras del mundo, ¡uníos!».
Pero, a
partir de la revolución cognitiva, Homo sapiens se hizo cada
vez más excepcional a este respecto. La gente empezó a cooperar de manera
regular con personas totalmente extrañas, a las que imaginaban como «hermanos»
o «amigos». Pero dicha hermandad no era universal. En algún lugar del valle
vecino, o más allá de la sierra montañosa, todavía se podía sentir que estaban
«ellos». Cuando el primer faraón, Menes, unificó Egipto alrededor de 3000 a.C.,
para los egipcios era evidente que el país tenía una frontera, y que más allá
de la frontera acechaban los «bárbaros». Los bárbaros eran extranjeros,
amenazadores e interesantes únicamente en la medida que tuvieran tierras o
recursos naturales que los egipcios quisieran. Todos los órdenes imaginados que
la gente creaba tendían a ignorar una parte sustancial de la humanidad.
El primer
milenio a.C. contempló la aparición de tres órdenes universales en potencia,
cuyos partidarios podían imaginar por primera vez a todo el mundo y a toda la
raza humana como una única unidad gobernada por un único conjunto de leyes.
Todos eran «nosotros», al menos en potencia. Ya no había «ellos». El primer
orden universal que apareció fue económico: el orden monetario. El segundo
orden universal fue político: el orden imperial. El tercer orden universal fue
religioso: el orden de las religiones universales, como el budismo, el
cristianismo y el islamismo.
Comerciantes,
conquistadores y profetas fueron los primeros que consiguieron trascender la
división evolutiva binaria de «nosotros frente a ellos» y prever la unidad
potencial de la humanidad. Para los comerciantes, todo el mundo era un mercado
único y todos los humanos eran clientes potenciales. Intentaron establecer un
orden económico que se aplicara a todo en todas partes. Para los
conquistadores, el mundo entero era un imperio único y todos los humanos eran
súbditos en potencia, y para los profetas, todo el mundo sostenía una única
verdad y todos los humanos eran creyentes en potencia. También ellos intentaron
establecer un orden que fuera aplicable para todos en todas partes.
Durante
los últimos tres milenios, la gente hizo intentos cada vez más ambiciosos para
que esta visión global llegara a cumplirse. Los tres capítulos siguientes
discuten de qué manera el dinero, los imperios y las religiones universales se
expandieron, y cómo establecieron los cimientos del mundo unido de hoy en día.
Empezaré con el relato del mayor conquistador de la historia, un conquistador
provisto de una tolerancia y adaptabilidad extremas, gracias a las cuales ha
convertido a la gente en ardientes discípulos. Este conquistador es el dinero.
Personas que no creen en el mismo dios ni obedecen al mismo rey están más que
dispuestas a utilizar la misma moneda. A Osama bin Laden, a pesar de todo su
odio a la cultura estadounidense, la religión estadounidense y la política
estadounidense, le encantaban los dólares estadounidenses. ¿Cómo consiguió
triunfar el dinero donde dioses y reyes fracasaron?
Capítulo
10
El olor del dinero
Contenido:
§.
¿Cuánto cuesta?
§. Conchas y cigarrillos
§. ¿Cómo funciona el dinero?
§. El evangelio del oro
§. El precio del dinero
En 1519,
Hernán Cortés y sus conquistadores invadieron México, que hasta entonces había
sido un mundo humano aislado. Los aztecas, como las gentes que allí vivían son
conocidas por la posteridad pronto se dieron cuenta de que los extranjeros
demostraban un interés extraordinario por cierto metal amarillo. En realidad,
parecía que los extranjeros nunca dejaban de hablar de él. A los nativos no les
era desconocido el oro: era bello y fácil de trabajar, de manera que lo
utilizaban para hacer joyas y estatuas, y en ocasiones empleaban polvo de oro
como un medio de trueque. Pero cuando un azteca quería comprar algo, por lo
general pagaba mediante semillas de cacao o rollos de tela. Por esta razón, la
obsesión de los españoles por el oro les parecía inexplicable. ¿Dónde residía
el poder de un metal que no podía ser comido, bebido o tejido, y que era
demasiado blando para utilizarlo para producir herramientas o armas? Cuando los
nativos preguntaron a Cortés por qué los españoles tenían tal pasión por el
oro, el conquistador contestó: «Tenemos yo y mis compañeros mal de corazón,
enfermedad que sana con ello».[55]
En el
mundo afroasiático del que procedían los españoles, la obsesión por el oro era
realmente una epidemia. Incluso el enemigo más encarnizado codiciaba el mismo
metal amarillo e inútil. Tres siglos antes de la conquista de México, los
antepasados de Cortés y su ejército libraron una sangrienta guerra de religión
contra los reinos musulmanes en Iberia y el norte de África. Los seguidores de
Cristo y los seguidores de Alá se mataron entre sí a miles, devastaron campos y
huertas, y convirtieron ciudades prósperas en ruinas humeantes… todo ello por
la mayor gloria de Cristo o de Alá.
A medida
que los cristianos iban ganando batallas, señalaban sus victorias no solo
mediante la destrucción de mezquitas y la construcción de iglesias, sino
también acuñando nuevas monedas de oro y plata que llevaban la señal de la cruz
y que daban las gracias a Dios por su ayuda al combatir a los infieles. Pero
junto a las nuevas monedas, los vencedores acuñaron otras de un tipo distinto,
los millareses, que llevaban un mensaje algo diferente. Estas monedas cuadradas
producidas por los conquistadores cristianos estaban adornadas con escritura
árabe que declaraba: «No hay otro dios más que Alá, y Mahoma es el mensajero de
Alá». Incluso los obispos católicos de Melgueil y Agde hicieron acuñar estas
copias fieles de monedas musulmanas populares, y los cristianos temerosos de
Dios las usaban tranquilamente.[56]
La
tolerancia también florecía al otro lado de la colina. Los mercaderes
musulmanes de África del Norte realizaban negocios utilizando monedas
cristianas como el florín florentino, el ducado veneciano y el carlino gigliato napolitano.
Incluso a los dirigentes musulmanes, que clamaban para emprender la yihad contra
los cristianos infieles, les encantaba recibir tributos en monedas que
invocaban a Jesucristo y a la Virgen María.[57]
§.
¿Cuánto cuesta?
Los cazadores-recolectores no tenían dinero. Cada banda cazaba, recolectaba y
manufacturaba casi todo lo que necesitaba, desde carne a medicinas, y desde
sandalias a brujería. Los diferentes miembros de una banda quizá se
especializaban en tareas diferentes, pero compartían sus bienes y servicios
mediante una economía de favores y obligaciones. Un pedazo de carne que se
ofrecía gratuitamente llevaría consigo la asunción de reciprocidad: una
asistencia médica gratuita, pongamos por caso. La banda era económicamente
independiente; solo unos pocos artículos raros que no podían encontrarse
localmente (conchas marinas, pigmentos, obsidiana, entre otros) tenían que
obtenerse de extranjeros. Por lo general, esto podía conseguirse mediante simple
trueque: «Os daremos conchas muy bonitas y vosotros nos daréis pedernal de gran
calidad».
Esta
forma de actuar cambió muy poco con el inicio de la revolución agrícola. La
mayoría de la gente continuaba viviendo en comunidades pequeñas e íntimas. De
manera muy parecida a una cuadrilla de cazadores-recolectores, cada aldea era
una unidad económica autosuficiente que se mantenía mediante favores y
obligaciones mutuos y el trueque con los forasteros. Un aldeano bien podría
haber sido particularmente hábil a la hora de hacer zapatos y otro como
dispensador de cuidados médicos, de manera que los lugareños sabían a quién
dirigirse cuando iban descalzos o estaban enfermos. Pero las aldeas eran
pequeñas y sus economías limitadas, de modo que no podía haber zapateros ni
médicos a tiempo completo.
El auge
de ciudades y reinos y la mejora en las infraestructuras de transporte
produjeron nuevas oportunidades para la especialización. Las ciudades
densamente pobladas proporcionaban empleo a tiempo completo no solo a zapateros
y médicos, sino también a carpinteros, sacerdotes, soldados y abogados. Las
aldeas que se labraron una reputación por producir vino, aceite de oliva o
cerámicas realmente buenos descubrieron que valía la pena especializarse casi
exclusivamente en dicho producto, y canjearlo con otros poblados por todos los
demás bienes que necesitaban. Esto tenía mucho sentido. Los climas y los suelos
difieren, de modo que ¿por qué beber vino mediocre procedente del propio huerto
si se puede comprar una variedad más suave de un lugar cuyo suelo y clima están
mucho mejor adaptados a la vid? Si la arcilla que podemos obtener cerca de casa
produce cacharros más resistentes y bellos, entonces podemos conseguir un
intercambio. Además, los especialistas viñateros y alfareros a tiempo completo,
por no mencionar los médicos y los abogados, pueden perfeccionar su experiencia
para beneficio de todos. Pero la especialización creó un problema: ¿cómo
gestionar el intercambio de bienes entre especialistas?
Una
economía de favores y obligaciones no funciona cuando hay un gran número de
extraños que pretenden cooperar. Una cosa es proporcionar asistencia gratuita a
una hermana o un vecino, y otra muy distinta es atender a extraños que quizá
nunca devuelvan el favor. Se puede volver al trueque. Pero el trueque es
efectivo solo cuando se intercambia una gama limitada de productos. No puede
formar la base de una economía compleja.[58]
Con el
fin de entender las limitaciones del trueque, imagine el lector que posee un
manzanar en las colinas que produce las manzanas más firmes y dulces de toda la
provincia. Trabaja tan duro en el manzanar que sus zapatos se desgastan. De
modo que enjaeza el asno a la carreta y se dirige al pueblo que hay junto al
río, que tiene mercado. Su vecino le dice que un zapatero que hay en el extremo
sur del mercado le hizo un par de botas realmente resistentes que le han durado
cinco temporadas. El lector encuentra el taller del zapatero y le ofrece
baratas algunas de sus manzanas a cambio de los zapatos que necesita.
El
zapatero duda. ¿Cuántas manzanas debe pedir en pago? Cada día se encuentra con
decenas de clientes, algunos de los cuales le traen sacos de manzanas, mientras
que otros le traen trigo, cabras o tela, todo ello de calidad variable. Otros
todavía le ofrecen su experiencia en dirigir peticiones al rey o en curar el
dolor de espalda. La última vez que el zapatero canjeó zapatos por manzanas fue
hace tres meses, y entonces pidió tres sacos de manzanas. ¿O fueron cuatro?
Pero, ahora que lo piensa, aquellas manzanas eran las ácidas del valle, y no
las de primera calidad de las colinas. Por otro lado, en aquella ocasión obtuvo
las manzanas a cambio de pequeños zapatos de mujer. Este compadre le pide botas
de tamaño apropiado para un hombre. Además, en las últimas semanas una
enfermedad ha diezmado los rebaños de los alrededores del pueblo y las pieles
escasean. Los curtidores han empezado a pedir el doble de zapatos acabados por
la misma cantidad de cuero. ¿No debería tomar esto en consideración?
En una
economía de trueque, todos los días el zapatero y el criador de manzanas
tendrán que aprender de nuevo los precios relativos de decenas de mercancías.
Si hay 100 artículos diferentes que se truecan en el mercado, los compradores y
los vendedores tendrán que conocer 4.950 tasas de canje. Y si los artículos que
se truecan son 1.000, ¡los compradores y los vendedores tendrán que habérselas
con 499.500 tasas de canje distintas![59] ¿Cómo se resuelve esto?
Sin
embargo, todavía puede ser peor. Aun en el caso de que el lector consiga
calcular cuántas manzanas equivalen a un par de zapatos, el trueque no siempre
es posible. Después de todo, una barata requiere que cada parte quiera lo que
la otra ofrece. ¿Qué ocurre si al zapatero no le gustan las manzanas y, en el
momento en cuestión, lo que realmente desea es el divorcio? Ciertamente, el
granjero puede buscar un abogado al que le gusten las manzanas y establecer un
trato a tres partes. Pero ¿qué ocurre si el abogado está hasta el tope de
manzanas pero necesita un corte de pelo?
Algunas
sociedades intentaron resolver el problema mediante el establecimiento de un
sistema de trueque centralizado que recolectaba productos de los granjeros y
artesanos especialistas y los distribuía a los que los necesitaban. El mayor y
más famoso de dichos experimentos se realizó en la Unión Soviética y fracasó
estrepitosamente. La frase «Todos trabajarán según sus capacidades y recibirán
según sus necesidades» se transformó, en la práctica, en «Todos trabajarán tan
poco como puedan y recibirán todo lo que puedan conseguir». En otras ocasiones
se hicieron experimentos más moderados y con más éxito, por ejemplo en el
Imperio inca. Pero la mayoría de las sociedades encontraron una manera más
fácil de conectar a un gran número de expertos: el dinero.
§.
Conchas y cigarrillos
El dinero fue creado muchas veces y en muchos lugares. Su desarrollo no
requirió grandes descubrimientos tecnológicos: fue una revolución puramente
mental. Implicó la creación de una nueva realidad intersubjetiva que solo
existe en la imaginación compartida de la gente.
El dinero
no son las monedas y los billetes. El dinero es cualquier cosa que la gente
esté dispuesta a utilizar para representar de manera sistemática el valor de
otras cosas con el propósito de intercambiar bienes y servicios. El dinero
permite que la gente compare rápida y fácilmente el valor de bienes distintos
(como manzanas, zapatos y divorcios), que intercambie fácilmente una cosa por
otra, y que almacene la riqueza de manera conveniente. Ha habido muchos tipos
de dinero. El más familiar es la moneda, que es una pieza estandarizada de
metal acuñado. Pero el dinero existió mucho antes de que se inventara la
acuñación, y ha habido culturas que han prosperado empleando otras cosas como
dinero, como conchas, ganado, pieles, sal, grano, cuentas, tela y notas de
pago. Las conchas blancas o cauris se utilizaron como moneda durante unos 4.000
años en toda África, el Sudeste Asiático, Asia oriental y Oceanía. A principios
del siglo XX, en la Uganda Británica todavía podían pagarse los impuestos
mediante cauris.
En las
prisiones y los campos de prisioneros de guerra modernos, a menudo se han
utilizado cigarrillos como moneda. Incluso los prisioneros que no fuman se han
mostrado dispuestos a aceptar cigarrillos como pago, y a calcular el valor de
todos los demás bienes y servicios en cigarrillos. Un superviviente de
Auschwitz describía el dinero en cigarrillos que se usaba en el campo:
«Teníamos nuestro propio dinero, cuyo valor nadie discutía: el cigarrillo. El
precio de todos los artículos se expresaba en cigarrillos […] En época
“normal”, es decir, cuando los candidatos a las cámaras de gas llegaban a un
ritmo regular, una hogaza de pan costaba doce cigarrillos; un paquete de
margarina de trescientos gramos, treinta; un reloj, de ochenta a doscientos; un
litro de alcohol, ¡cuatrocientos cigarrillos!».[60]
De hecho,
incluso hoy en día las monedas y billetes son una forma rara de dinero.
Actualmente, la suma total de dinero en el mundo era de unos 60 billones de
dólares, pero la suma total de monedas y billetes no llegaba a los 6 billones
de dólares.[61] Más del 90 por ciento de
todo el dinero (más de 50 billones de dólares que aparecen en nuestras cuentas)
existe solo en los servidores informáticos. De acuerdo con esto, la mayoría de
las transacciones comerciales se ejecutan moviendo datos electrónicos de un
archivo informático a otro, sin ningún intercambio de dinero en efectivo,
físico. Solo un delincuente compra una casa con un maletín lleno de billetes de
banco. Mientras la gente esté dispuesta a canjear bienes y servicios a cambio
de datos electrónicos, ello es incluso mejor que las monedas relucientes y los
billetes nuevos y crujientes: son más ligeros y menos voluminosos y es más
fácil seguirles la pista.
Para que
los sistemas comerciales complejos funcionen, es indispensable algún tipo de
dinero. Un zapatero, en una economía monetaria, solo necesita saber los precios
que hay que atribuir a los distintos tipos de zapatos; no hay necesidad de
memorizar las tasas de cambio entre zapatos y manzanas o cabras. El dinero
libera asimismo a los expertos en manzanas de la necesidad de buscar zapateros
a los que les gusten las manzanas, porque todo el mundo quiere el dinero, lo
que significa que puede intercambiarse dinero por todo lo que uno quiera o
necesite. Al zapatero siempre le convendrá aceptar nuestro dinero porque, sea
lo que fuere que quiera (manzanas, cabras o un divorcio), lo puede obtener a
cambio de dinero.
El dinero
es así un medio universal de intercambio que permite a la gente convertir casi
todo en casi cualquier cosa. El músculo se convierte en cerebro cuando un
soldado licenciado financia su matrícula universitaria con sus prestaciones
militares. La tierra se convierte en lealtad cuando un barón vende propiedades
para mantener a sus servidores. La salud se convierte en justicia cuando un
médico usa sus ingresos para contratar a un abogado… o para sobornar a un juez.
Incluso es posible convertir el sexo en salvación, como hacían las prostitutas
en el siglo XV cuando se acostaban con hombres a cambio de dinero, que a su vez
empleaban para comprar indulgencias de la Iglesia católica.
Los tipos
de dinero ideales no solo permiten a la gente transformar una cosa en otra,
sino también almacenar caudales. Muchas cosas valiosas no pueden almacenarse,
como el tiempo y la belleza. Algunas cosas pueden guardarse solo por un corto
tiempo, como las fresas. Otras cosas son más duraderas, pero ocupan mucho
espacio y requieren instalaciones y cuidados caros. El grano, por ejemplo,
puede guardarse durante años, pero para hacerlo hay que construir grandes
almacenes para preservarlo de las ratas, los hongos, el agua, el fuego y los
ladrones. El dinero, ya sea en forma de papel, bits informáticos o conchas de
porcelana, resuelve estos problemas. Los cauris no se pudren, a las ratas no
les gustan, pueden resistir los incendios y son lo suficientemente compactos
para encerrarlos en una caja fuerte.
Con el
fin de utilizar los caudales no basta simplemente con almacenarlos. A veces es
necesario trasladarlos de un lugar a otro. Algunas formas de riqueza, como los
bienes raíces, no pueden transportarse en absoluto. Artículos como el trigo y
el arroz pueden transportarse con cierta dificultad. Imaginemos a un agricultor
acomodado que vive en una tierra sin dinero y que emigra a una provincia
lejana. Sus riquezas consisten principalmente en su casa y sus arrozales. El
granjero no puede llevárselos consigo. Puede cambiarlos por toneladas de arroz,
pero sería muy engorroso y caro transportar todo este arroz. El dinero resuelve
estos problemas. El granjero puede vender su propiedad a cambio de un saco de
cauris, que puede transportar fácilmente a dondequiera que vaya.
Debido a
que el dinero puede convertir, almacenar y transportar de manera fácil y barata
los bienes, su contribución fue vital a la aparición de redes comerciales
complejas y a mercados dinámicos. Sin dinero, las redes comerciales y los
mercados se habrían visto condenados a permanecer muy limitados en su tamaño,
complejidad y dinamismo.
§. ¿Cómo
funciona el dinero?
Los cauris y los dólares solo tienen valor en nuestra imaginación común. Su
valor no es intrínseco de la estructura química de las conchas y el papel, ni
de su color, ni de su forma. En otras palabras, el dinero no es una realidad
material; es un constructo psicológico. Funciona al convertir materia en mente.
Pero ¿por qué tiene éxito? ¿Por qué desearía nadie cambiar un fértil arrozal
por un puñado de inútiles cauris? ¿Por qué querríamos preparar hamburguesas a
la plancha, vender seguros de enfermedad o hacer de canguro de tres mocosos
detestables si todo lo que obtendremos por nuestro esfuerzo son unos pocos
pedazos de papel coloreado?
La gente
está dispuesta a hacer estas cosas cuando confía en las invenciones de su
imaginación colectiva. La confianza es la materia bruta a partir de la cual se
acuñan todas las formas de dinero. Cuando el granjero rico vendió sus
posesiones por un saco de cauris y viajó con ellos a otra provincia, confiaba
en que al llegar a su destino otras personas estarían dispuestas a venderle
arroz, casas y campos a cambio de las conchas. En consecuencia, el dinero es un
sistema de confianza mutua, y no cualquier sistema de confianza mutua: El
dinero es el másuniversal y más eficiente sistema de confianza mutua que jamás
se haya inventado.
Lo que
creó dicha confianza fue una red muy compleja y a muy largo plazo de relaciones
políticas, sociales y económicas. ¿Por qué creo en la concha de cauri, o la
moneda de oro, o el billete de dólares? Porque mis vecinos creen en ellos. Y
mis vecinos creen en ellos porque yo creo en ellos. Y todos creemos en ellos
porque nuestro rey cree en ellos y los exige en los tributos, y porque nuestro
sacerdote cree en ellos y los reclama en los diezmos. Tomemos un billete de un
dólar y observémoslo con detenimiento. Veremos que es simplemente un pedazo de
papel de color con la firma del secretario del Tesoro de Estados Unidos a un
lado y la leyenda «En Dios confiamos» en el otro. Aceptamos el dólar como pago,
porque confiamos en Dios y en el secretario del Tesoro de Estados Unidos. El
papel crucial de la confianza explica por qué nuestros sistemas financieros
están tan fuertemente entrelazados con nuestros sistemas políticos, sociales e
ideológicos, por qué las crisis financieras suelen desencadenarse por acontecimientos
políticos, y por qué el mercado de valores puede subir o bajar en función del
humor que tengan los empresarios en una mañana concreta.
Inicialmente,
cuando se crearon las primeras versiones de dinero, la gente no tenía este tipo
de confianza, de modo que fue necesario definir como «dinero» cosas que tenían
un valor intrínseco real. El primer dinero conocido de la historia, el dinero
de cebada sumerio, es un buen ejemplo. Apareció en Sumer hacia 3000 a.C., en la
misma época y el mismo lugar, y en las mismas circunstancias, en las que
apareció la escritura. De la misma manera que la escritura se desarrolló para
dar respuesta a las necesidades de intensificar las actividades
administrativas, el dinero de cebada apareció para dar respuesta a las
necesidades de actividades económicas que se hacían más intensas.
El dinero
de cebada era simplemente cebada: cantidades fijas de granos de cebada
utilizadas como una medida universal para evaluar e intercambiar todos los
demás bienes y servicios. La medida más común era la sila, equivalente
aproximadamente a un litro. Cuencos normalizados, cada uno de ellos con
capacidad para una sila, se produjeron en masa para que, siempre que la gente
tuviera necesidad de comprar o vender algo, fuera fácil medir las cantidades de
cebada necesarias. También los salarios se establecían y se pagaban en silas de
cebada. Un obrero ganaba 60 silas al mes y una obrera 30 silas. Un capataz
podía ganar entre 1.200 y 5.000 silas. Ni el más hambriento de los capataces
podía comer 5.000 litros de cebada en un mes, pero podía utilizar las silas que
no comía para comprar todo tipo de artículos: aceite, cabras, esclavos y alguna
otra cosa para comer que no fuera cebada.[62]
Aunque la
cebada tiene un valor intrínseco, no fue fácil convencer a la gente para que la
utilizara como dinero en lugar de como cualquier otra mercancía. Para
comprender por qué, piense el lector qué ocurriría si llevara un saco lleno de
cebada a su centro comercial local, e intentara comprar una camisa o una pizza.
Probablemente, los vendedores llamarían a seguridad. Aun así, era algo más
fácil llegar a confiar en la cebada como el primer tipo de dinero, porque la
cebada tiene un valor biológico intrínseco. Los humanos pueden comerla. Por
otra parte, la cebada era difícil de almacenar y transportar. El gran avance en
la historia del dinero se produjo cuando la gente llegó a confiar en dinero que
carecía de valor intrínseco, pero que era más fácil de almacenar y transportar.
Tal dinero apareció en la antigua Mesopotamia a mediados del tercer milenio
a.C. Era el siglo de plata.
El siclo
de plata no era una moneda, sino 8,33 gramos de plata. Cuando el Código de
Hammurabi declaraba que un hombre superior que matara a una mujer esclava tenía
que pagar a su dueño 20 siclos de plata, esto significaba que debía pagar 166
gramos de plata, no 20 monedas. La mayor parte de los términos dinerarios en el
Antiguo Testamento se dan en términos de plata y no de monedas. Los hermanos de
José lo vendieron a los ismaelitas por veinte siclos de plata, o 166 gramos de
plata (el mismo precio que una esclava; después de todo, era un joven).
A
diferencia de la sila de cebada, el siclo de plata no tenía un valor
intrínseco. La plata no se puede comer, beber ni hacer vestidos con ella, y es
demasiado blanda para producir herramientas útiles: los arados o las espadas de
plata se deformarían casi tan rápidamente como las hechas de papel de aluminio.
Cuando son usados para algo, la plata y el oro son transformados en joyas,
coronas y otros símbolos de jerarquía: bienes de lujo que los miembros de una
determinada cultura identifican con un nivel social elevado. Su valor es
puramente cultural.
Los pesos
fijados de metales preciosos acabaron dando origen a las monedas. Las primeras
monedas de la historia las hizo acuñar hacia el año 640 a.C. el rey Aliates de
Lidia, en Anatolia occidental. Estas monedas tenían un peso normalizado de oro
o plata, y se acuñaban con una marca de identificación. La marca testificaba
dos cosas. Primera, indicaba cuánto metal precioso contenía la moneda. Segunda,
identificaba la autoridad que emitía la moneda y que garantizaba su contenido.
Casi todas las monedas en uso en la actualidad son descendientes de las monedas
de Lidia.
Las
monedas tenían dos ventajas importantes sobre los lingotes de metal sin marcas.
Primera, estos tenían que pesarse para cada transacción. Segunda, pesar el
lingote no es suficiente. ¿Cómo sabe el zapatero que el lingote de plata que yo
le entrego para pagar sus botas está hecho realmente de plata pura, y no de
plomo cubierto en el exterior por un delgado revestimiento de plata? Las
monedas ayudan a resolver estos problemas. La marca impresa sobre ellas
atestigua su valor exacto, de manera que el zapatero no necesita tener unas
balanzas en su caja registradora. Y más importante todavía: la marca en la
moneda es la rúbrica de alguna autoridad política que garantiza su valor.
La forma
y el tamaño de la marca variaron enormemente a lo largo de la historia, pero el
mensaje era siempre el mismo: «Yo, el Gran Rey Fulano de Tal, os doy mi palabra
personal de que este disco de metal contiene exactamente cinco gramos de oro.
Si alguien osa imitar esta moneda, eso significa que está falsificando mi
propia firma, lo que sería una mancha en mi reputación. Castigaré este crimen
con la mayor severidad». Esta es la razón por la que la falsificación de moneda
siempre se ha considerado un crimen mucho más grave que otros actos de
impostura. Producir moneda falsa no es solo timar: es una violación de
soberanía, un acto de subversión contra el poder, los privilegios y la persona
del rey. El término legal era lèse majesté («lesa majestad»),
y se solía castigar con la tortura y la muerte. Mientras el pueblo confiara en
el poder y la integridad del rey, confiaban en sus monedas. Personas totalmente
extrañas podían aceptar fácilmente el valor de un denario romano, porque
confiaban en el poder y la integridad del emperador romano, cuyo nombre e
imagen adornaban la moneda.
A su vez,
el poder del emperador se apoyaba en el denario. Pensemos simplemente en lo
difícil que hubiera sido mantener el Imperio romano sin monedas, si el
emperador hubiera tenido que recaudar impuestos y pagar salarios en cebada y
trigo. Habría sido imposible recaudar impuestos de cebada en Siria, transportar
los fondos a la tesorería central en Roma y transportarlos de nuevo a Britania
con el fin de pagar a las legiones que allí había. Habría sido igualmente
difícil mantener el imperio si los habitantes de la propia Roma hubieran creído
en las monedas de oro, pero los galos, griegos, egipcios y sirios hubieran
rechazado esta creencia y hubieran depositado su confianza en cauris, cuentas
de marfil o rollos de tela.
§. El
evangelio del oro
La confianza en las monedas de Roma era tan fuerte que incluso fuera de los
límites del imperio a la gente le gustaba recibir su paga en denarios. En el
siglo I d.C., las monedas romanas eran un medio de intercambio aceptado en los
mercados de la India, aunque la legión romana más cercana se hallaba a miles de
kilómetros de distancia. Los indios tenían una confianza tan fuerte en el
denario y en la imagen del emperador que cuando los gobernadores locales
acuñaron sus propias monedas imitaron fielmente al denario, ¡incluso hasta el
retrato del emperador romano! El nombre «denario» se convirtió en un término
genérico para las monedas. Los califas musulmanes arabizaron este nombre y
emitieron «dinares». El dinar sigue siendo el nombre oficial del dinero en
Jordania, Irak, Serbia, Macedonia, Túnez y otros países.
Al tiempo
que el sistema lidio de acuñación de moneda se extendía por el Mediterráneo
hasta el océano Índico, China desarrolló un sistema monetario ligeramente
distinto, basado en monedas de bronce y lingotes de plata y oro sin marcar.
Pero los dos sistemas monetarios tenían suficientes cosas en común (en especial
el basarse en el oro y la plata) para que se establecieran relaciones
monetarias y comerciales entre la zona china y la zona lidia. Los mercaderes y
conquistadores musulmanes y europeos extendieron gradualmente el sistema lidio
y el evangelio del oro a los rincones más alejados de la Tierra. A finales de
la era moderna, todo el mundo era una única zona monetaria, que se basaba ante
todo en el oro y la plata, y posteriormente en unas pocas monedas en las que se
confiaba, como la libra inglesa y el dólar estadounidense.
La
aparición de una única zona monetaria transnacional y transcultural puso los
cimientos para la unificación de Afroasia, y finalmente de todo el globo, en
una única esfera económica y política. Las personas continuaban hablando en
idiomas incomprensibles, obedecían a gobernantes diferentes y adoraban a dioses
distintos, pero todos creían en el oro y la plata y en las monedas de oro y
plata. Sin esta creencia compartida, las redes comerciales globales habrían
sido prácticamente imposibles. El oro y la plata que los conquistadores del
siglo XVI encontraron en América permitieron a los mercaderes europeos adquirir
seda, porcelana y especias en Asia oriental, con lo que movían las ruedas del
crecimiento económico tanto en Europa como en Asia oriental. La mayor parte del
oro y la plata extraídos de las minas de México y los Andes se escapó de las
manos europeas hasta encontrar una buena acogida en las bolsas de los
fabricantes chinos de seda y porcelana. ¿Qué le hubiera ocurrido a la economía
global si los chinos no hubieran padecido la misma «enfermedad del corazón» que
afligía a Cortés y sus compañeros, y hubieran rechazado aceptar pagos en oro y
plata?
Pero ¿por
qué razón los chinos, los indios, los musulmanes y los españoles, que
pertenecían a culturas muy diferentes que no consiguieron ponerse de acuerdo en
casi nada, compartían no obstante la creencia en el oro? ¿Por qué no ocurrió
que los españoles creyeran en el oro, mientras que los musulmanes creían en la
cebada, los indios en los cauris y los chinos en los rollos de seda? Los
economistas ofrecen una respuesta rápida. Una vez que el comercio conecta dos
áreas, las fuerzas de la oferta y la demanda tienden a igualar los precios de
los bienes transportables. Con el fin de comprender por qué, consideremos un
caso hipotético. Supongamos que cuando se abrió el comercio regular entre la
India y el Mediterráneo, los indios no estaban interesados en el oro, de modo
que casi no tenía valor. Pero en el Mediterráneo el oro era un codiciado
símbolo de estatus social, de manera que su valor era elevado. ¿Qué habría
ocurrido después?
Los
mercaderes que viajaban entre la India y el Mediterráneo habrían advertido la
diferencia en el valor del oro. Con el fin de obtener un beneficio, habrían
comprado oro barato en la India y lo habrían vendido caro en el Mediterráneo.
En consecuencia, la demanda de oro en la India habría aumentado mucho, al igual
que su valor. Al mismo tiempo, en el Mediterráneo se habría asistido a una
entrada de oro, cuyo valor, en consecuencia, habría caído. Al cabo de poco
tiempo, el valor del oro en la India y en el Mediterráneo habría sido muy
parecido. El mero hecho de que las gentes del Mediterráneo creyeran en el oro
habría hecho que los indios empezaran a creer también en él. Aun en el caso de
que los indios no tuvieran todavía un uso real para el oro, el hecho de que las
gentes del Mediterráneo lo desearan habría sido suficiente para hacer que los
indios lo valoraran.
De forma
similar, el hecho de que otra persona crea en las conchas de porcelana, o en
los dólares, o en los datos electrónicos, es suficiente para fortalecer nuestra
propia creencia en ellos, incluso si, de otro modo, odiamos, despreciamos o
ridiculizamos a esta persona. Los cristianos y los musulmanes que no pueden
ponerse de acuerdo en creencias religiosas pueden no obstante coincidir en una
creencia monetaria, porque mientras que la religión nos pide que creamos en
algo, el dinero nos pide que creamos que otras personas creen en algo.
Durante
miles de años, filósofos, pensadores y profetas han vilipendiado el dinero y lo
han calificado de la raíz de todos los males. Sea como fuere, el dinero es
asimismo el apogeo de la tolerancia humana. El dinero es más liberal que el
lenguaje, las leyes estatales, los códigos culturales, las creencias religiosas
y los hábitos sociales. El dinero es el único sistema de confianza creado por
los humanos que puede salvar casi cualquier brecha cultural, y que no
discrimina sobre la base de la religión, el género, la raza, la edad o la
orientación sexual. Gracias al dinero, incluso personas que no se conocen y no
confían unas en otras pueden, no obstante, cooperar de manera efectiva.
§. El
precio del dinero
El dinero se basa en dos principios universales:
·
Convertibilidad
universal: con el dinero como alquimista, se puede convertir la tierra en
lealtad, la justicia en salud y la violencia en conocimiento.
·
Confianza
universal: con el dinero como intermediario, cualesquiera dos personas pueden
cooperar en cualquier proyecto.
Estos
principios han permitido a millones de extraños cooperar efectivamente en el
comercio y la industria. Pero estos principios aparentemente benignos tienen un
lado oscuro. Cuando todo es convertible, y cuando la confianza depende de
monedas y cauris anónimos, esto corroe las tradiciones locales, las relaciones
íntimas y los valores humanos, y los sustituye por las frías leyes de la oferta
y la demanda.
Las
comunidades y familias humanas siempre se han basado en la creencia en cosas
«que no tienen precio», como el honor, la lealtad, la moralidad y el amor.
Estas cosas quedan fuera del ámbito del mercado, y no deberían comprarse ni
venderse por dinero. Incluso si el mercado ofrece un buen precio, hay ciertas
cosas que, sencillamente, no se hacen. Los padres no deben vender a sus hijos
como esclavos; un cristiano devoto no debe cometer un pecado mortal; un
caballero leal no debe nunca traicionar a su señor, y las tierras tribales
ancestrales no deben venderse nunca a extranjeros.
El dinero
siempre ha intentado romper estas barreras, como el agua que rezuma por las
grietas de un dique. Hay padres que se han visto obligados a vender a algunos
de sus hijos como esclavos con el fin de comprar comida para los otros.
Cristianos devotos han asesinado, robado y engañado… y después han usado su
botín para comprar el perdón de la Iglesia. Caballeros ambiciosos subastaban su
lealtad al mejor postor, al tiempo que aseguraban la lealtad de sus seguidores
mediante pagos en efectivo. Se vendieron tierras tribales a extranjeros del
otro lado del mundo con el fin de adquirir un billete de entrada en la economía
global.
Sin
embargo, el dinero tiene un lado todavía más oscuro. Si bien el dinero compra
la confianza universal entre extraños, esta confianza no se invierte en
humanos, comunidades o valores sagrados, sino en el propio dinero y en los
sistemas impersonales que lo respaldan. No confiamos en el extraño, ni en el
vecino de la puerta de al lado: confiamos en la moneda que sostienen. Si se les
acaban las monedas, se nos acaba la confianza. Mientras el dinero hace caer los
diques de la comunidad, la religión y el Estado, el mundo se encuentra en
peligro de convertirse en un mercado enorme y despiadado.
De ahí
que la historia económica de la humanidad sea una danza delicada. La gente se
basa en el dinero para facilitar la cooperación con extraños, pero temen que
corrompa los valores humanos y las relaciones íntimas. Con una mano, la gente
destruye voluntariamente los diques comunales que durante mucho tiempo
mantuvieron a raya el movimiento de dinero y el comercio. Pero con la otra
construyen nuevos diques para proteger a la sociedad, la religión y el medio
ambiente de la esclavización por parte de las fuerzas del mercado.
Ahora es
general la creencia de que el mercado siempre prevalece, y que los diques
levantados por reyes, sacerdotes y comunidades no podrán detener durante mucho
tiempo la marea del dinero. ¡Qué ingenuidad! Guerreros brutales, fanáticos
religiosos y ciudadanos preocupados han conseguido repetidamente vapulear a los
mercaderes calculadores, e incluso remodelar la economía. Por eso es imposible
entender la unificación de la humanidad como un proceso puramente económico.
Con el fin de comprender de qué manera miles de culturas aisladas se
conglutinaron a lo largo del tiempo para formar la aldea global de hoy, hemos
de tener en cuenta el papel del oro y la plata, pero no podemos pasar por alto
el papel igualmente crucial del acero.
Capítulo
11
Visiones imperiales
Contenido:
§. ¿Qué
es un imperio?
§. ¿Imperios del mal?
§. Es por tu propio bien
§. Cuando ellos se convierten en nosotros
§. Los buenos y los malos dela historia
§. El nuevo imperio global
Los
antiguos romanos estaban acostumbrados a ser derrotados. Al igual que los
mandatarios de la mayor parte de los grandes imperios de la historia, podían
perder batalla tras batalla pero aun así ganar la guerra. Un imperio que no
puede aguantar un golpe y seguir de pie no es realmente un imperio. Pero
incluso a los romanos les resultó difícil asimilar las noticias que llegaban
del norte de Iberia, a mediados del siglo II a.C. Una pequeña e insignificante
ciudad de montaña llamada Numancia, habitada por los celtas nativos de la
península, se había atrevido a librarse del yugo romano. En aquel tiempo, Roma
era la dueña indiscutible de la cuenca mediterránea, después de haber vencido a
los imperios macedonio y seléucida, sometido a las orgullosas ciudades-estado
de Grecia y convertido Cartago en una ruina humeante. Los numantinos no tenían
a su favor más que un gran amor por la libertad y su inhóspito terreno. Pero
obligaron a una legión tras otra a rendirse o a retirarse con deshonor.
Finalmente,
en 134 a.C. la paciencia de Roma llegó a su fin. El Senado decidió enviar a
Escipión Emiliano, el principal general romano, el hombre que había arrasado
Cartago, para que se encargara de los numantinos. Se le facilitó un ejército
enorme, de más de 30.000 soldados. Escipión, que respetaba el espíritu de lucha
y la habilidad marcial de los numantinos, prefirió no debilitar a sus soldados
en combates innecesarios. En lugar de ello, rodeó Numancia con una línea de
fortificaciones, bloqueando el contacto del pueblo con el mundo exterior. El
hambre hizo su trabajo por él. Transcurrido más de un año, los recursos
alimentarios se acabaron. Cuando los numantinos se dieron cuenta de que se
había perdido toda esperanza, incendiaron su pueblo; según los relatos romanos,
la mayoría se suicidaron para no convertirse en esclavos de Roma.
Posteriormente,
Numancia se convirtió en un símbolo de la independencia y valentía de los
españoles. Miguel de Cervantes, el autor de Don Quijote, escribió
una tragedia titulada El cerco de Numancia que termina con la
destrucción de la ciudad, pero también con una visión de la futura grandeza de
España. Los poetas compusieron himnos a sus valientes defensores y los pintores
llevaron a los lienzos majestuosas pinturas del asedio. En 1882, las ruinas de
Numancia fueron declaradas «monumento nacional» y se convirtieron en lugar de
peregrinaje para los patriotas españoles. En las décadas de 1950 y 1960, las
tiras cómicas más populares en España no eran las de Supermán o Spiderman:
relataban las aventuras de El Jabato, un antiguo e imaginario héroe ibérico que
luchaba contra los opresores romanos. Hasta el día de hoy, los antiguos
numantinos son para España un dechado de heroísmo y patriotismo y se presentan
como modelos para la juventud del país.
Sin
embargo, los patriotas españoles ensalzan a los numantinos en español, una
lengua romance que desciende del latín de Escipión. Los numantinos hablaban en
una lengua celta que hoy en día está muerta y se ha perdido. Cervantes
escribió El cerco de Numancia, y el drama sigue los modelos
artísticos grecorromanos. Numancia no tenía teatros. Los patriotas españoles
que admiran el heroísmo numantino suelen ser asimismo fieles seguidores de la
Iglesia católica romana (fíjese el lector en la última palabra), una Iglesia
cuyo dirigente tiene todavía la sede en Roma y cuyo Dios prefiere que se le
dirijan en latín. De forma similar, la ley española moderna deriva de la ley
romana; la política española se basa en fundamentos romanos, y la cocina y la
arquitectura españolas tienen una deuda mucho mayor con los legados romanos que
con los celtas de Iberia. Realmente, no queda nada de Numancia salvo ruinas.
Incluso su historia ha llegado hasta nosotros gracias únicamente a los escritos
de historiadores romanos. Se adaptó a los gustos de los auditorios romanos, que
gustaban de relatos acerca de bárbaros que amaban la libertad. La victoria de
Roma sobre Numancia fue tan completa que los vencedores se apropiaron del
recuerdo de los vencidos.
No es el
tipo de relato que nos ocupa. Nos gusta ver que los que ganan son los más
débiles. Pero no hay justicia en la historia. La mayor parte de las culturas
del pasado han caído presas, antes o después, de los ejércitos de algún imperio
despiadado que las ha relegado al olvido. También los imperios acaban por caer,
pero tienden a dejar tras de sí herencias ricas y perdurables. Casi todas las
personas del siglo XXI son descendientes de uno u otro imperio.
§. ¿Qué
es un imperio?
Un imperio es un orden político con dos características importantes. Primera,
para merecer esta designación se tiene que gobernar sobre un número importante
de pueblos distintos, cada uno de los cuales posea una identidad cultural
diferente y un territorio separado. ¿Cuántos pueblos, exactamente? Dos o tres
no es suficiente. Veinte o treinta son muchos. El umbral imperial se encuentra
en algún punto intermedio.
Segunda,
los imperios se caracterizan por mantener fronteras flexibles y un apetito
potencialmente ilimitado. Pueden devorar y digerir cada vez más naciones y
territorios sin alterar su estructura o identidad básicas. El Estado británico
actual tiene unas fronteras bien definidas que no pueden sobrepasarse sin
alterar su estructura e identidad fundamentales. Hace un siglo, prácticamente
cualquier lugar de la Tierra podía haberse convertido en parte del Imperio
británico.
La
diversidad cultural y la flexibilidad territorial confieren a los imperios no
solo su carácter único, sino también su papel fundamental en la historia.
Gracias a estas dos características, los imperios han conseguido unir grupos
étnicos diversos y zonas ecológicas diferentes bajo un único paraguas político,
y con ello fusionar entre sí segmentos cada vez mayores de la especie humana y
del planeta Tierra.
Hay que
insistir en que un imperio se define únicamente por su diversidad cultural y
por la flexibilidad de sus fronteras, y no por sus orígenes, su forma de
gobierno, su extensión territorial o el tamaño de su población. No es necesario
que un imperio surja de la conquista militar. El Imperio ateniense empezó su
vida como una liga voluntaria, y el Imperio de los Habsburgo nació en el
matrimonio, ensamblado por una serie de astutas alianzas matrimoniales. Y un
imperio tampoco tiene por qué ser gobernado por un emperador autócrata. El
Imperio británico, el mayor imperio de la historia, estuvo gobernado por una
democracia. Otros imperios democráticos (o al menos republicanos) incluyen los
modernos imperios holandés, francés, belga y americano, así como los imperios
pre modernos de Nóvgorod, Roma, Cartago y Atenas.
Tampoco
el tamaño importa demasiado. Los imperios pueden ser diminutos. El Imperio
ateniense en su apogeo era mucho menor en tamaño y población que la Grecia
actual. El Imperio azteca era menor que el México de hoy en día. No obstante,
ambos eran imperios, mientras que los modernos Grecia y México no lo son,
porque los primeros sometieron gradualmente a decenas e incluso cientos de
organizaciones políticas diferentes, mientras que estos últimos no lo han
hecho. Atenas gobernó sobre más de 100 ciudades-estado previamente
independientes, mientras que el Imperio azteca, si hemos de hacer caso a sus
registros de tributos, gobernaba sobre 371 tribus y pueblos distintos.[63]
¿Cómo fue
posible comprimir una mezcla humana de este jaez en el territorio de un Estado
moderno modesto? Fue posible porque en el pasado había muchos más pueblos
distintos en el mundo, cada uno de los cuales tenía una población más pequeña y
ocupaba menos territorio que los pueblos de hoy en día. La tierra que se
extiende entre el Mediterráneo y el río Jordán, que hoy se esfuerza para
satisfacer las ambiciones de solo dos pueblos, albergaba cómodamente en tiempos
bíblicos decenas de naciones, tribus, reinos insignificantes y ciudades-estado.
Los
imperios fueron una de las razones principales de la drástica reducción de la
diversidad humana. La apisonadora imperial borró gradualmente las
características únicas de numerosos pueblos (como los numantinos), forjando a
partir de ellos grupos nuevos y mucho mayores.
§.
¿I>mperios del mal?
En nuestra época, «imperialista» se sitúa inmediatamente detrás de «fascista»
en el léxico de palabrotas políticas. La crítica contemporánea de los imperios
suele tomar una de las dos formas siguientes:
1. Los imperios no funcionan.
A la larga, no es posible gobernar de manera eficiente un gran número de
pueblos conquistados.
2. Aun en el caso de que pueda
hacerse, no debe hacerse, porque los imperios son motores malvados de
destrucción y explotación. Todos los pueblos tienen derecho a la
autodeterminación, y nunca deben estar sometidos al dominio de otros.
Desde una
perspectiva histórica, la primera afirmación es simplemente absurda, y la
segunda es muy problemática.
Lo cierto
es que el imperio ha sido la forma más común de organización política en el
mundo a lo largo de los últimos 2.500 años. Durante estos dos milenios y medio,
la mayoría de los humanos han vivido en imperios. El imperio es asimismo una
forma de gobierno muy estable. La mayoría de los imperios han encontrado
alarmantemente fácil sofocar las rebeliones. En general, han sido derrocados
solo por invasiones externas o por divisiones en el seno de la élite
gobernante. Y a la inversa, los pueblos conquistados no tienen un historial muy
bueno a la hora de liberarse de sus amos imperiales. La mayoría de ellos han
permanecido sometidos durante cientos de años. Normalmente, han sido digeridos
poco a poco por el imperio conquistador, hasta que sus culturas distintas han
terminado por extinguirse.
Por
ejemplo, cuando el Imperio romano de Occidente cayó finalmente ante las tribus
germánicas invasoras en 476 d.C., los numantinos, arvernos, helvecios,
samnitas, lusitanos, umbros, etruscos y cientos de otros pueblos olvidados que
los romanos habían conquistado siglos antes no se levantaron del cadáver
eviscerado del imperio como Jonás del vientre del gran pez. No quedaba ninguno
de ellos. Los descendientes biológicos de las gentes que se habían identificado
como miembros de aquellas naciones, que habían hablado sus lenguas, adorado a
sus dioses y contado sus mitos y leyendas, ahora pensaban, hablaban y adoraban
como romanos. En muchos casos, la destrucción de un imperio no significaba en
absoluto independencia para los pueblos sometidos. En lugar de ello, un nuevo
imperio ocupaba el vacío creado cuando el antiguo se desplomaba o se retiraba.
En ningún lugar ha sido esto más evidente que en Oriente Próximo. La actual
constelación política en esa región (un equilibrio de poder entre muchas
entidades políticas independientes con fronteras más o menos estables) casi no
tiene parangón en ningún momento de los últimos milenios. La última vez que
Oriente Próximo experimentó una situación de este tipo fue en el siglo VIII
a.C., ¡hace casi 3.000 años! Desde el surgimiento del Imperio neo asirio en el
siglo VIII a.C. hasta el hundimiento de los imperios británico y francés a
mediados del siglo XX d.C., Oriente pasó de manos de un imperio a otro, como el
testigo en una carrera de relevos. Y cuando los ingleses y los franceses
dejaron caer el testigo, los arameos, amonitas, fenicios, filisteos, moabitas,
edomitas y los demás pueblos conquistados por los asirios ya hacía mucho tiempo
que habían desaparecido.
Es cierto
que los judíos, armenios y georgianos de hoy en día afirman, con un cierto
grado de justicia, que son los descendientes de los pueblos del Oriente Próximo
antiguo. Pero estas son las únicas excepciones que confirman la regla, e
incluso dichas afirmaciones son algo exageradas. Por ejemplo, las prácticas
políticas, económicas y sociales de los judíos modernos deben mucho más a los
imperios bajo los que vivieron durante los dos últimos milenios que a las
tradiciones del antiguo reino de Judea. Si el rey David apareciera en una
sinagoga ultra ortodoxa de la Jerusalén actual, se quedaría perplejo al ver que
la gente lleva vestidos de Europa oriental, que habla en un dialecto alemán
(yiddish) y que se enzarza en discusiones inacabables sobre el significado de
un texto babilonio (el Talmud). En la antigua Judea no había sinagogas, ni
volúmenes del Talmud, ni siquiera rollos de pergamino de la Torá.
* * * *
Construir
y mantener un imperio solía implicar la matanza depravada de grandes
poblaciones y la opresión brutal de los que quedaban. Los métodos imperiales
habituales incluían guerras, esclavitud, deportación y genocidio. Cuando los
romanos invadieron Escocia en el año 83 d.C., encontraron una feroz resistencia
por parte de las tribus caledonias locales, y estos reaccionaron arrasando el
país. En respuesta a las ofertas de paz de los romanos, el caudillo Calgaco
llamó a los romanos «los rufianes del mundo», y dijo que «al pillaje, la
matanza y el robo les dan el falso nombre de imperio; producen un desierto y lo
llaman paz».[64]
Sin
embargo, esto no significa que los imperios no dejen nada de valor a su paso.
Pintar de negro todos los imperios y repudiar todas las herencias imperiales es
rechazar la mayor parte de la cultura humana. Las élites imperiales utilizaron
los beneficios de la conquista para financiar no solo ejércitos y
fortificaciones, sino también filosofía, arte, justicia y caridad. Una fracción
importante de los logros culturales de la humanidad deben su existencia a la
explotación de las poblaciones conquistadas. Los beneficios y la prosperidad
que produjo el imperialismo de Roma proporcionó a Cicerón, Séneca y san Agustín
el tiempo libre y los medios para pensar y escribir; el Taj Mahal no se podría
haber construido sin las riquezas acumuladas por la explotación que los mogoles
hicieron de sus súbditos indios; y los beneficios que el Imperio de los
Habsburgo obtuvo de gobernar sobre sus provincias de lengua eslava, húngara y
rumana pagaron los salarios de Haydn y las comisiones de Mozart. Ningún
escritor caledonio conservó el discurso de Calgaco para la posteridad. Tenemos
noticias suyas gracias al historiador romano Tácito. En realidad, es probable
que Tácito se lo inventara. La mayoría de los estudiosos actuales están de
acuerdo en que Tácito no solo falsificó el discurso, sino que inventó el
personaje de Calgaco, el cabecilla caledonio, para que sirviera de altavoz de
lo que tanto él como los romanos de clase alta pensaban de su propio país.
Incluso
si miramos más allá de la cultura y el arte de las élites y nos centramos en el
mundo del pueblo llano, encontramos legados imperiales en la mayoría de las
culturas modernas. Hoy en día, la mayoría de nosotros hablamos, pensamos y
soñamos en lenguajes imperiales que nuestros antepasados se vieron obligados a
aceptar por la fuerza de la espada. La mayoría de los asiáticos orientales
hablan y sueñan en el idioma del Imperio Han. Con independencia de sus
orígenes, casi todos los habitantes de los dos continentes americanos, desde la
península de Barrow en Alaska hasta el estrecho de Magallanes, se comunican en
uno de los cuatro idiomas imperiales: español, portugués, francés o inglés. Los
egipcios actuales hablan árabe, se consideran árabes y se identifican de todo
corazón con el Imperio árabe que conquistó Egipto en el siglo VII y que aplastó
con puño de hierro las repetidas revueltas que se originaron contra su
autoridad. Unos diez millones de zulúes en Sudáfrica se remontan a la época
zulú de gloria en el siglo XIX, aunque la mayoría de ellos descienden de tribus
que lucharon contra el Imperio zulú, y que solo fueron incorporados a él
después de sangrientas campañas militares.
§. Es por
tu propio bien
El primer imperio del que tenemos información fidedigna fue el Imperio acadio
de Sargón el Grande (hacia 2250 a.C.). Sargón inició su carrera como rey de
Kish, una pequeña ciudad-estado en Mesopotamia. A las pocas décadas había
conseguido conquistar no solo todas las demás ciudades-estado mesopotámicas,
sino también extensos territorios fuera del ámbito de Mesopotamia. Sargón se
jactaba de haber conquistado todo el mundo. En realidad, su dominio se extendía
desde el golfo Pérsico al Mediterráneo, e incluía la mayor parte de lo que en
la actualidad es Irak y Siria, junto con algunas zonas de los modernos Irán y
Turquía.
El
Imperio acadio no duró mucho después de la muerte de su fundador, pero Sargón
dejó tras de sí un manto imperial que rara vez quedó sin reclamar. Durante los
1.700 años siguientes, los reyes asirios, babilonios e hititas adoptaron a
Sargón como modelo a seguir, y se vanagloriaron de que también ellos habían
conquistado todo el mundo. Después, hacia el 550 a.C., apareció Ciro el Grande
de Persia con una jactancia todavía más impresionante.
Los reyes
de Asiria siempre eran reyes de Asiria. Incluso cuando afirmaban dominar todo
el mundo, era evidente que lo hacían por la mayor gloria de Asiria, y no pedían
disculpas por ello. Ciro, en cambio, no solo afirmaba reinar sobre todo el
mundo, sino que lo hacía por el bien de todas las gentes. «Os conquistamos por
vuestro propio beneficio», decían los persas. Ciro quería que los pueblos que
sometía le amaran y se consideraran afortunados de ser vasallos de Persia. El
ejemplo más famoso de los esfuerzos innovadores de Ciro para conseguir la
aprobación de una nación que vivía bajo el dominio de su imperio fue su orden
de que se permitiera a los exiliados judíos en Babilonia retornar a su patria,
Judea, y que reconstruyeran su Templo. Incluso les ofreció ayuda financiera.
Ciro no se consideraba un rey persa que gobernaba a los judíos: era también el
rey de los judíos, y por ello responsable de su bienestar.
La
presunción de gobernar el mundo entero para beneficio de sus habitantes era
sorprendente. La evolución ha convertido a Homo sapiens, como a
otros animales sociales, en un ser xenófobo. Instintivamente, los sapiens
dividen a la humanidad en dos partes: «nosotros» y «ellos». Nosotros somos
personas como tú y yo, que compartimos idioma, religión y costumbres. Nosotros
somos responsables los unos de los otros, pero no responsables de ellos.
Siempre hemos sido distintos de ellos, no les debemos nada. No queremos ver a
ninguno de ellos en nuestro territorio, y nos importa un comino lo que ocurra
dentro de sus fronteras. Ellos apenas son humanos. En el lenguaje de los dinka
del Sudán, «dinka» significa simplemente «personas». Las que no son dinka, no
son personas. Los enemigos acérrimos de los dinka son los nuer. ¿Qué significa
la palabra «nuer» en el idioma de los nuer? Significa «personas originales». A
miles de kilómetros de los desiertos de Sudán, en las frías y heladas tierras
de Alaska y el nordeste de Siberia, viven los yupik. ¿Qué significa «yupik» en
el lenguaje de los yupik? Significa «personas reales».[65]
En
contraste con esta exclusividad étnica, la ideología imperial, desde Ciro en
adelante, ha tendido a ser inclusiva y global. Aunque a menudo ha puesto
énfasis en las diferencias raciales y culturales entre los gobernantes y los
gobernados, aun así ha reconocido la unidad básica de todo el mundo, la
existencia de un conjunto único de principios que rigen todos los lugares y
épocas, y las responsabilidades mutuas de todos los seres humanos. La humanidad
es vista como una gran familia: los privilegios de los padres van de la mano
con la responsabilidad por el bienestar de los hijos.
Esta
nueva visión imperial pasó de Ciro y los persas a Alejandro Magno, y de este a
los reyes helenos, los emperadores romanos, los califas musulmanes, los
dinastas indios y, finalmente, incluso a los premier soviéticos y a los
presidentes estadounidenses. Esta visión imperial benevolente ha justificado la
existencia de los imperios y ha negado no solo los intentos de los pueblos
sometidos a rebelarse, sino también los intentos de los pueblos independientes
a resistirse a la expansión imperial.
Visiones
imperiales similares se desarrollaron con independencia del modelo persa en
otras partes del mundo, de manera muy notable en América Central, la región
andina y China. Según la teoría política tradicional china, el Cielo (Tian)
es el origen de toda autoridad legítima sobre la Tierra. El Cielo elige a la
persona o familia más valiosa y les confiere el Mandato del Cielo. Después,
esta persona o familia gobiernan sobre Todo lo que está bajo el Cielo (Tianxia)
para beneficio de todos sus habitantes. Así, una autoridad legítima es, por
definición, universal. Si un gobernante no tiene el Mandato del Cielo, entonces
carece de legitimidad para gobernar siquiera una única ciudad. Si un gobernante
goza del Mandato, está obligado a extender la justicia y la armonía al mundo
entero. El Mandato del Cielo no se puede conferir simultáneamente a varios
candidatos, y en consecuencia no se puede legitimar la existencia de más de un
Estado independiente.
El primer
emperador del Imperio chino unido, Qin Shi Huangdi, se jactaba de que «a través
de las seis direcciones [del universo] todo pertenece al emperador […] allí
donde haya una huella humana, no hay nadie que no se haya convertido en súbdito
[del emperador] su benevolencia se extiende incluso a bueyes y caballos. No hay
nadie que no se beneficie. Todo hombre se encuentra seguro bajo su propio
techo».[66]
En
consecuencia, en el pensamiento político chino, así como en la memoria
histórica china, los períodos imperiales se consideraban épocas doradas de
orden y justicia. En contraposición con la moderna idea occidental de que un
mundo justo está compuesto por estados-nación separado, en China los períodos
de fragmentación política se consideraban épocas oscuras de caos e injusticia.
Esta percepción ha tenido implicaciones de gran alcance para la historia china.
Cada vez que un imperio se desplomaba, la teoría política dominante estimulaba
a los poderes correspondientes a no conformarse con mezquinos principados
independientes, sino a intentar la reunificación. Tarde o temprano, tales
intentos siempre tenían éxito.
§. Cuando
ellos se convierten en nosotros
Los imperios han desempeñado una parte decisiva a la hora de amalgamar muchas
pequeñas culturas en unas pocas culturas grandes. Ideas, personas, bienes y
tecnología se expanden más fácilmente dentro de las fronteras de un imperio que
en una región fragmentada políticamente. Con mucha frecuencia, eran los propios
imperios los que de manera deliberada diseminaban ideas, instituciones,
costumbres y normas, porque de esa manera hacían que la vida les resultara más
fácil. Es difícil gobernar un imperio en el que cada pequeña región tenga su
propio conjunto de leyes, su propia forma de escritura, su propio idioma y su
propia moneda. La estandarización era una bendición para los emperadores.
Una
segunda razón, asimismo importante, por la que los imperios diseminaban
activamente una cultura común era para obtener legitimidad. Al menos desde los
días de Ciro y de Qin Shi Huangdi, los imperios han justificado sus acciones
(ya fueran la construcción de carreteras o el derramamiento de sangre) por ser
necesarias para extender una cultura superior de la que los conquistados se
beneficiaban más que los conquistadores.
A veces
los beneficios eran evidentes (cumplimiento de las leyes, planificación urbana,
estandarización de pesos y medidas), y a veces cuestionables (impuestos,
reclutamiento, adoración al emperador). Pero la mayoría de las élites
imperiales creían de veras que trabajaban para el bienestar general de los
habitantes del imperio. La clase dirigente china trataba a los vecinos del país
y a sus súbditos extranjeros como bárbaros miserables a los que el imperio
debía aportar los beneficios de la cultura. El Mandato del Cielo se concedía al
emperador no para que explotara al mundo, sino para que educara a la humanidad.
También los romanos justificaban su dominio cuando argumentaban que dotaban a
los bárbaros de paz, justicia y refinamiento. Los salvajes germánicos y los
rebeldes galos habían vivido en la inmundicia y la ignorancia hasta que los
romanos los amansaron con la ley, los limpiaron en baños públicos y los
mejoraron con filosofía. En el siglo III a.C., el Imperio mauria adoptó como
misión la diseminación de las enseñanzas de Buda a un mundo ignorante. Los
califas musulmanes recibieron un mandato divino para extender la revelación del
Profeta, pacíficamente si era posible, pero con la espada si era necesario. Los
imperios español y portugués proclamaron que lo que buscaban en las Indias y
América no eran riquezas, sino conversos a la fe verdadera. El sol no se ponía
nunca en la misión del Imperio británico de extender los evangelios del
liberalismo y del libre comercio. Los soviéticos se sentían moralmente obligados
a facilitar la inexorable marcha histórica desde el capitalismo hacia la
dictadura utópica del proletariado. En la actualidad, muchos norteamericanos
sostienen que su gobierno tiene el imperativo moral de llevar a los países del
Tercer Mundo los beneficios de la democracia y de los derechos humanos, aunque
estos sean repartidos mediante misiles de crucero y F-16.
Las ideas
culturales que el imperio diseminaba rara vez eran la creación exclusiva de la
élite gobernante. Puesto que la visión imperial tiende a ser universal e
inclusiva, era relativamente fácil para las élites imperiales adoptar ideas,
normas y tradiciones de dondequiera que las encontraran, en lugar de aferrarse
fanática y obstinadamente a una única tradición. Aunque algunos emperadores
buscaban purificar su cultura y retornar a lo que consideraban sus raíces, en
su mayor parte los imperios han producido civilizaciones híbridas que
absorbieron muchas cosas de sus pueblos sometidos. La cultura imperial de Roma
era tanto griega como romana. La cultura imperial abásida era en parte persa,
en parte griega y en parte árabe. La cultura imperial mongol era imitadora de
la china. En los Estados Unidos imperial, un presidente estadounidense de
sangre keniata puede comer una pizza italiana mientras ve su filme
favorito, Lawrenceof Arabia, una epopeya británica sobre la
rebelión árabe contra los turcos.
Este
crisol cultural no hizo que el proceso de asimilación fuera más fácil para los
vencidos. La civilización cultural pudo haber absorbido numerosas
contribuciones de varios pueblos conquistados, pero el resultado híbrido seguía
siendo ajeno a la inmensa mayoría. A menudo, el proceso de asimilación fue
doloroso y traumático. No es fácil abandonar una tradición local familiar y
querida, así como resulta difícil y no exento de tensiones comprender y adoptar
una nueva cultura. Y, todavía peor, incluso cuando los pueblos sometidos
llegaron a adoptar la cultura imperial, podían pasar décadas, si no siglos,
hasta que la élite imperial los aceptaba como parte de «nosotros». Las
generaciones entre la conquista y la aceptación eran abandonadas a su suerte.
Ya habían perdido su amada cultura local, pero no se les permitía participar de
manera equitativa en el mundo imperial. Por el contrario, su cultura adoptada
continuaba considerándolos bárbaros.
Imaginemos
un íbero de buena familia que viviera un siglo después de la caída de Numancia.
Habla su dialecto celta nativo con sus padres, pero ha adquirido un latín
impecable, con solo un ligero acento, porque lo necesita para hacer negocios y
tratar con las autoridades. Permite el gusto de su esposa por la bisutería de
adornos complejos, pero le avergüenza un poco que ella, como otras mujeres
locales, conserve esta reliquia del gusto celta; sería mejor que adoptara la
simplicidad de las joyas que lleva la esposa del gobernador romano. Él mismo
viste túnicas romanas y, gracias a su éxito como mercader de ganado, debido en
no menor medida a su experiencia en los enredos de la ley comercial romana, ha
podido construir una villa de estilo romano. Pero, aunque puede recitar de
memoria el libro tercero de las Geórgicas de Virgilio, los
romanos todavía lo tratan como un semi bárbaro. Se da cuenta con frustración de
que nunca conseguirá un puesto en el gobierno, ni uno de los asientos realmente
buenos en el anfiteatro.
A finales
del siglo XIX, a muchos indios educados sus amos ingleses les enseñaron la
misma lección. Una anécdota famosa cuenta que había un ambicioso indio que
dominaba los complejos detalles del idioma inglés, tomó lecciones de bailes
occidentales, e incluso se acostumbró a comer con cuchillo y tenedor. Provisto
de sus nuevos modales, viajó a Inglaterra, estudió derecho en el University
College de Londres y se convirtió en un abogado cualificado. Pero este joven de
leyes, acicalado con traje y corbata, fue arrojado de un tren en la colonia
británica de Sudáfrica por insistir en viajar en primera clase en lugar de
aceptar ir en tercera, en la que se suponía debían viajar los hombres «de
color» como él. Su nombre era Mohandas Karamchand Gandhi.
En
algunos casos, los procesos de aculturación y asimilación acabaron por romper
las barreras entre los recién llegados y la vieja élite. Los conquistados ya no
veían al imperio como un sistema ajeno de ocupación, y los conquistadores
llegaron a considerar que sus súbditos eran iguales que ellos. Tanto
gobernantes como gobernados acabaron por considerar que «ellos» eran
«nosotros». Finalmente, a todos los súbditos de Roma, después de siglos de
dominación imperial, se les concedió la ciudadanía romana. Hubo no romanos que
ascendieron hasta ocupar los niveles más altos en el cuerpo de oficiales de las
legiones romanas y fueron designados para el Senado. En el año 48 d.C., el
emperador Claudio admitió en el Senado a varios notables galos, a los que,
según indicó en un discurso, «las costumbres, la cultura y los lazos del
matrimonio han mezclado con nosotros». Algunos senadores presuntuosos
protestaron por la introducción de estos antiguos enemigos en el corazón del
sistema político romano. Claudio les recordó una verdad incómoda. La mayoría de
sus familias senatoriales descendían de tribus italianas que antaño habían
luchado contra Roma, y a las que más tarde se había concedido la ciudadanía
romana. En realidad, les recordó el emperador, su propia familia era de
ascendencia sabina.[67]
Durante
el siglo II d.C., Roma fue gobernada por un linaje de emperadores nacidos en
Iberia, por cuyas venas corrían probablemente al menos algunas gotas de la
sangre íbera local. Por lo general, se considera que los reinados de los
emperadores íberos, desde Trajano a Marco Aurelio, constituyen la edad de oro
del imperio. Después de esto, todas las barreras étnicas cayeron. El emperador
Septimio Severo (193-211) era el vástago de una familia púnica de Libia.
Heliogábalo (218-222) era sirio. El emperador Filipo (244-249) era conocido
coloquialmente como Filipo el Árabe. Los nuevos ciudadanos del imperio
adoptaron la cultura imperial romana con una alegría tal que, durante siglos e
incluso milenios después de que el imperio se desplomara, continuaron hablando
el lenguaje del imperio, viviendo bajo las leyes del imperio y creyendo en el
Dios cristiano que el imperio había adoptado de una de sus provincias
levantinas.
Un
proceso similar tuvo lugar en el Imperio árabe. Cuando se estableció a mediados
del siglo VII d.C., se basaba en una clara división entre la élite gobernante
árabe musulmana y los subyugados egipcios, sirios, iraníes y bereberes, que no
eran ni árabes ni musulmanes. Muchos de estos súbditos adoptaron gradualmente
la fe musulmana, el idioma árabe y una cultura imperial híbrida. La vieja élite
árabe sentía una gran hostilidad hacia estos advenedizos, pues temía perder su
categoría e identidad únicas. Los frustrados conversos reclamaban una
participación igual en el imperio y en el mundo del islam. Al final
consiguieron lo que querían. Egipcios, sirios y mesopotamios fueron
considerados cada vez más como «árabes». A su vez, los árabes (ya fueran árabes
«auténticos» de Arabia o árabes recién acuñados de Egipto y Siria) fueron
dominados cada vez más por musulmanes no árabes, en particular por iraníes,
turcos y bereberes. El gran éxito del proyecto imperial árabe fue que la
cultura que creó fue adoptada de manera entusiasta por numerosos pueblos no
árabes, que continuaron manteniéndola, desarrollándola y extendiéndola… incluso
después de que el imperio original se hundiera y los árabes, en tanto que grupo
étnico, perdiera su dominancia.
En China,
el éxito del proyecto imperial fue aún más completo. Durante más de 2.000 años,
una mezcla de grupos culturales y étnicos a los que primero se denominó
bárbaros se integraron con éxito en la cultura imperial china y se convirtieron
en los chinos Han (así llamados por el Imperio Han que gobernó China desde el
año 206 a.C. hasta el 220 d.C.). El logro final del Imperio chino es que
todavía colea, aunque es difícil verlo como un imperio excepto en regiones
periféricas como el Tíbet y Xinjiang. Más del 90 por ciento de la población de
China se considera (y es considerada por otros) como Han.
Podemos
considerar de la misma manera el proceso de descolonización de las últimas
décadas. Durante la era moderna, los europeos conquistaron gran parte del
planeta con el pretexto de extender una cultura occidental superior. Tuvieron
tanto éxito que miles de millones de personas adoptaron gradualmente partes
importantes de dicha cultura. Indios, africanos, árabes, chinos y maoríes
aprendieron francés, inglés y español. Empezaron a creer en los derechos
humanos y en el principio de autodeterminación, y adoptaron ideologías
occidentales como el liberalismo, el capitalismo, el comunismo, el feminismo y
el nacionalismo.
Durante
el siglo XX, los grupos locales que habían adoptado los valores occidentales
reclamaron la igualdad a sus conquistadores europeos en nombre de esos mismos
valores. Muchas contiendas anticoloniales se libraron bajo los estandartes de
la autodeterminación, el socialismo y los derechos humanos, todos ellos
herencias occidentales. De la misma manera que los egipcios, iraníes y turcos
adoptaron y adaptaron la cultura imperial que habían heredado de los
conquistadores árabes originales, los indios, africanos y chinos de hoy en día
han aceptado gran parte de la cultura imperial de sus antiguos amos
occidentales, al tiempo que buscan modelarla según sus necesidades y
tradiciones.
§. Los
buenos y los malos dela historia
Resulta tentador dividir de manera clara la historia en buenos y malos, y
situar a todos los imperios entre los malos. Al fin y al cabo, casi todos estos
imperios se fundaron sobre la sangre, y mantuvieron su poder mediante la
opresión y la guerra. Pero la mayor parte de las culturas actuales se basan en
herencias imperiales. Si los imperios son, por definición, malos, ¿qué dice eso
de nosotros?
Hay
escuelas de pensamiento y movimientos políticos que buscan purgar la cultura
humana del imperialismo, dejando atrás lo que afirman que es una civilización
pura y auténtica, no mancillada por el pecado. Tales ideologías son, en el
mejor de los casos, ingenuas; y en el peor, sirven de solapado escaparate del
nacionalismo y la intolerancia. Quizá pudiera aducirse que algunas de las
numerosas culturas que surgieron en los albores de la historia registrada eran
puras, no estaban tocadas por el pecado ni adulteradas por otras sociedades.
Pero no existe ninguna cultura aparecida después de aquellos inicios que pueda
hacer dicha afirmación de forma razonable, y menos aún ninguna de las culturas
que existen en la actualidad sobre la Tierra. Todas las culturas humanas son,
al menos en parte, la herencia de imperios y de civilizaciones imperiales, y no
hay cirugía académica o política que pueda sajar las herencias imperiales sin
matar al paciente.
Pensemos,
por ejemplo, en la relación de amor-odio entre la República de la India de hoy
en día y el Raj británico. La conquista y la ocupación de la India por parte de
los ingleses se cobraron la vida de millones de indios, y fueron responsables
de la humillación y explotación continuas de cientos de millones más. Pero
muchos indios adoptaron, con la alegría de los conversos, ideas occidentales
como la autodeterminación y los derechos humanos, y quedaron consternados
cuando los ingleses se negaron a estar a la altura de los mismos valores que
declaraban y a conceder a los indios nativos o bien los mismos derechos que los
súbditos británicos o bien la independencia.
No
obstante, el moderno Estado indio es hijo del Imperio británico. Los ingleses
mataron, hirieron y persiguieron a los habitantes del subcontinente, pero
también unieron un confuso mosaico de reinos, principados y tribus que
guerreaban entre sí, y crearon una conciencia nacional y un país que funcionaba
más o menos como una única unidad política. Establecieron los cimientos del
sistema judicial indio, crearon su estructura administrativa y construyeron la
red de ferrocarriles que fue fundamental para la integración económica. La
India independiente adoptó la democracia occidental, en su encarnación
británica, como su forma de gobierno. El inglés es todavía la lingua
franca del subcontinente, un idioma neutro que los hablantes nativos
de hindi, tamil y malayalam pueden utilizar para comunicarse. Los indios son
apasionados jugadores de críquet y bebedores de chai («té»), y
tanto el juego como la bebida son herencias británicas. El cultivo comercial
del té no existía en la India antes de mediados del siglo XIX, cuando fue
introducido por la Compañía Británica de las Indias Orientales. Fueron los
esnobs sahibs británicos los que extendieron por todo el subcontinente la
costumbre de beber té (véase la figura 18).
Figura 18. La estación de ferrocarril Chhatrapati Shivaji en Mumbai. Empezó
su andadura como Estación Victoria, Bombay. Los ingleses la construyeron en el
estilo neogótico tan en boga en la Gran Bretaña de finales del siglo XIX. El
posterior gobierno nacionalista hindú cambió los nombres tanto de la ciudad
como de la estación, pero no mostró ningún deseo de demoler este magnífico
edificio, aunque fue construido por opresores extranjeros.
En la
actualidad, ¿cuántos indios someterían a votación abandonar la democracia, el
inglés, la red de ferrocarriles, el sistema legal, el críquet y el té, sobre la
base de que se trata de herencias imperiales? Aun en el caso de que lo
hicieran, ¿no sería el acto mismo de poner el asunto a votación para decidirlo
una demostración de su deuda con los antiguos amos?
Incluso
si decidiéramos repudiar por completo el legado de un imperio brutal con la
esperanza de reconstruir y salvaguardar las culturas «auténticas» que lo
precedieron, con toda probabilidad lo que defenderíamos no sería otra cosa que
la herencia de un imperio más antiguo y no menos brutal. Aquellos que se
sienten agraviados por la mutilación de la cultura india por el Raj británico
santifican sin darse cuenta las herencias del Imperio mogol y del sultanato
conquistador de Delhi. Y quienquiera que intente rescatar la «auténtica cultura
india» de las influencias ajenas de estos imperios musulmanes santifica los
legados del Imperio gupta, el Imperio kushán y el Imperio mauria. Si un
nacionalista hindú extremista se dispusiera a destruir todos los edificios que
dejaron los conquistadores ingleses, como la principal estación de ferrocarril
de Mumbai, ¿qué les ocurriría a las estructuras que dejaron los conquistadores
musulmanes de la India, como el Taj Mahal? (véase la figura 19).
Figura 19. El Taj Mahal. ¿Un ejemplo de cultura india «auténtica», o la
creación foránea del imperialismo musulmán?
Nadie
sabe realmente cómo resolver esta cuestión espinosa de la herencia cultural.
Sea cual fuere el camino que tomemos, el primer paso es reconocer la
complejidad del dilema y aceptar que dividir de manera simplista el pasado
entre buenos y malos no conduce a ninguna parte. A menos, desde luego, que
estemos dispuestos a admitir que generalmente seguimos el ejemplo de los malos.
§. El
nuevo imperio global
Desde aproximadamente el año 200 a.C., la mayoría de los humanos han vivido en
imperios, y todo apunta a que probablemente en el futuro también la mayoría de
los humanos vivan en uno. Dicho imperio no estará gobernado necesariamente por
un único país ni por un único grupo étnico. Como el Imperio Romano Tardío o los
imperios Chinos, podría estar gobernado por una élite multiétnica, que
intereses comunes y una cultura común mantendría unida.
A
comienzos del siglo XXI, el mundo sigue estando dividido en unos 200 estados.
Pero ninguno de tales estados es realmente independiente. Todos dependen unos
de otros. Sus economías forman una única red global de comercio y finanzas,
modelada por corrientes inmensamente poderosas de capital, trabajo e
información. Una crisis económica en la China o una nueva tecnología procedente
de los Estados Unidos puede alterar de forma instantánea las economías en el
otro lado del planeta.
Las
tendencias culturales se extienden asimismo con la rapidez del rayo. Casi a
cualquier rincón del mundo que vayamos podemos comer curry indio, contemplar
filmes de Hollywood, jugar a fútbol según las reglas inglesas o escuchar el
último éxito de K-poo. Se está formando una sociedad global multiétnica por
encima de los estados individuales. Emprendedores, ingenieros, banqueros y
académicos en todo el mundo hablan el mismo idioma y comparten opiniones e
intereses similares.
Más
importante todavía: los 200 estados comparten cada vez más los mismos problemas
globales. Los misiles balísticos intercontinentales y las bombas atómicas no
reconocen fronteras, y ninguna nación puede impedir por sí sola una guerra
nuclear. El cambio climático amenaza también la prosperidad y la supervivencia
de todos los humanos, y ningún gobierno será capaz de librarse por sí solo del
calentamiento global.
Un
desafía mayor todavía es el que plantean nuevas tecnologías como la
bioingeniería y la inteligencia artificial. Tal como veremos en el último
capítulo, dichas tecnologías pueden usarse para remodelar no solo nuestras
armas y vehículos, sino incluso nuestro cuerpo y nuestra mente. En realidad,
podrían usarse para crear formas de vida completamente nuevas, y cambiar la
trayectoria futura de la evolución. ¿Quién decidirá qué hacer con estos poderes
divinos de creación?
Es
improbable que la humanidad pueda tratar con estos desafíos sin una cooperación
global. Queda por ver cómo podría conseguirse dicha cooperación. Quizá la
cooperación global solo pueda conseguirse mediante enfrentamientos violentos y
la imposición de un nuevo imperio conquistador. Quizá los humanos puedan
encontrar una manera más pacífica para unirse. Durante 2500 años desde Ciro el
Grande, numerosos imperios prometieron construir un orden político universal
para beneficio de todos los humanos. Todos mintieron, y todos fracasaron.
Ningún imperio fue realmente universal, y ningún imperio sirvió realmente al
beneficio de todos los humanos. ¿Lo hará mejor un imperio futuro?
Capítulo
12
La ley de la religión
Contenido:
§.
Silenciando a los corderos
§. Los beneficios de la idolatría
§. Dios es uno
§. La batalla del bien y el mal
§. La ley de la naturaleza
§. El culto del hombre
En el
mercado medieval de Samarcanda, una ciudad construida en un oasis del Asia
Central, los mercaderes sirios pasaban las manos sobre magníficas sedas chinas,
los feroces habitantes de las tribus de las estepas mostraban el último lote de
esclavos de cabello pajizo procedentes del oeste lejano, y los tenderos se
embolsaban relucientes monedas de oro acuñadas con escrituras exóticas y los
perfiles de reyes desconocidos. Allí, en una de las principales encrucijadas de
aquella época entre el este y el oeste, el norte y el sur, la unificación de la
humanidad era un acontecimiento cotidiano. Se podía observar que tenía lugar el
mismo proceso cuando el ejército de Kublai Kan se congregaba para invadir Japón
en 1281. Los soldados de caballería mongoles vestidos con pieles se situaban,
hombro con hombro, junto a los soldados de infantería chinos con sombreros de
bambú, los auxiliares coreanos borrachos entablaban luchas con marineros
tatuados del mar de la China meridional, los ingenieros de Asia Central escuchaban,
con la boca abierta, los relatos fantásticos de los aventureros europeos, y
todos obedecían las órdenes de un único emperador.
Mientras
tanto, alrededor de la sagrada Kaaba, en La Meca, la unificación humana se
producía por otros medios. Si el lector hubiera sido un peregrino a La Meca,
dando vueltas alrededor del santuario más sagrado del islam en el año 1300, se
podría haber encontrado en compañía de un grupo de Mesopotamia, con sus ropajes
flotando al viento, sus ojos ardientes y extáticos, y su boca repitiendo uno
tras otro los 99 nombres de Dios. Inmediatamente delante podría haber visto a
un patriarca turco curtido por la intemperie procedente de las estepas
asiáticas, que cojeaba apoyándose en un bastón y acariciándose la barba
pensativamente. A un lado, las joyas de oro que brillaban sobre la piel negra
como el azabache podían haber sido de un grupo de musulmanes procedentes del
reino africano de Malí. El aroma de clavo, cúrcuma, cardamomo y sal marina
habría señalado la presencia de los hermanos de la India, o quizá de las
misteriosas islas de las especias situadas más al este.
Hoy en
día se suele considerar que la religión es una fuente de discriminación,
desacuerdo y desunión. Pero, en realidad, la religión ha sido la tercera gran
unificadora de la humanidad, junto con el dinero y los imperios. Puesto que
todos los órdenes y las jerarquías sociales son imaginados, todos son frágiles,
y cuanto mayor es la sociedad, más frágil es. El papel histórico crucial de la
religión ha consistido en conferir legitimidad sobrehumana a estas frágiles
estructuras. Las religiones afirman que nuestras leyes no son el resultado del
capricho humano, sino que son ordenadas por una autoridad absoluta y suprema.
Esto ayuda a situar al menos algunas leyes fundamentales más allá de toda
contestación, con lo que se asegura la estabilidad social.
Así, la
religión puede definirse como un sistema de normas y valores humanos
que se basa en la creencia en un orden sobrehumano. Esto implica dos
criterios distintos:
1) La religión es un sistema
entero de normas y valores, y no una costumbre o una creencia aisladas. Tocar
madera para tener buena suerte no es una religión. Incluso creer en la
reencarnación no constituye una religión, mientras no valide determinados
estándares de comportamiento.
2) Para ser considerado una
religión, el sistema de normas y valores ha de proclamar estar basado en leyes
supra humanas y no en decisiones humanas. El fútbol profesional no es una
religión, porque a pesar de sus muchas normas, ritos y a menudo rituales
extraños, todo el mundo sabe que fueron seres humanos los que inventaron el
fútbol, y la FIFA puede aumentar en cualquier momento el tamaño de la portería
o cancelar la regla del fuera de juego.
A pesar
de su capacidad para legitimar órdenes sociales y políticos extendidos, no
todas las religiones han estimulado este potencial. Con el fin de unir bajo su
protección una gran extensión de territorio habitado por grupos dispares de
seres humanos, una religión ha de poseer otras dos cualidades. Primera, ha de
adoptar un orden sobrehumano universal que sea válido siempre y en todas
partes. Segunda, ha de insistir en extender dicha creencia a todos. En otras
palabras, ha de ser universal y misionera.
Las
religiones mejor conocidas de la historia, como el islamismo y el budismo, son
universales y misioneras. En consecuencia, la gente tiende a creer que todas
las religiones son iguales. En realidad, la mayoría de las religiones antiguas
eran locales y exclusivas. Sus seguidores creían en deidades y espíritus
locales, y no tenían interés alguno en convertir a toda la raza humana. Hasta
donde sabemos, las religiones universales y misioneras solo empezaron a
aparecer en el primer milenio a.C. Su aparición fue una de las revoluciones más
importantes de la historia, e hizo una contribución vital a la unificación de
la humanidad, de manera parecida a la aparición de los imperios universales y
del dinero universal.
§.
Silenciando a los corderos
Cuando el animismo era el sistema de creencia dominante, las normas y los
valores humanos tenían que tomar en consideración los puntos de vista y los
intereses de muchos otros seres, como animales, plantas, hadas y espíritus. Por
ejemplo, una banda de cazadores-recolectores en el valle del Ganges pudo haber
establecido una regla que prohibiera a la gente talar una higuera
particularmente grande, no fuera que el espíritu de la higuera se enfadara y se
vengara. Otra cuadrilla de cazadores-recolectores que viviera en el valle del
Indo pudo haber prohibido a la gente la caza de zorros de cola blanca, porque
un animal de estas características reveló una vez a una anciana sabia dónde
podrían encontrar ellos la preciada obsidiana.
Tales
religiones tendían a ser muy locales en su perspectiva, y a destacar los rasgos
únicos de localidades, climas y fenómenos específicos. La mayoría de los
cazadores-recolectores pasaban toda su vida dentro de un área de no más de
1.000 kilómetros cuadrados. Para sobrevivir, los habitantes de un valle
concreto necesitaban comprender el orden sobrehumano que regulaba su valle, y
ajustar su comportamiento en consecuencia. No tenía sentido intentar convencer
a los habitantes de algún valle distante para que siguieran las mismas reglas.
Las gentes del Indo no se preocupaban de enviar misioneros al Ganges para
convencer a los locales de que no cazaran zorros de cola blanca.
Parece
ser que la revolución agrícola estuvo acompañada por una revolución religiosa.
Los cazadores-recolectores recogían plantas silvestres y perseguían animales
salvajes, cuya categoría podía ser considerada igual a la de Homo
sapiens. El hecho de que el hombre cazara carneros no hacía que estos
fueran inferiores al hombre, de la misma manera que el hecho de que los tigres
cazaran al hombre no hacía a este inferior a los tigres. Los seres se
comunicaban entre sí directamente y negociaban las normas que regulaban su
hábitat compartido. Por el contrario, los granjeros poseían y manipulaban
plantas y animales, y difícilmente podían degradarse para negociar con sus
posesiones. De manera que el primer efecto religioso de la revolución agrícola
fue convertir en propiedad a plantas y animales que antes fueron miembros
iguales en una mesa redonda espiritual.
Sin
embargo, esto planteó un gran problema. Los granjeros quizá deseaban un control
absoluto de sus ovejas, pero sabían perfectamente que su control era limitado.
Podían encerrar a las ovejas en rediles, castrar a los moruecos y hacer criar
selectivamente a las ovejas hembra, pero no podían asegurar que estas
concibieran y parieran corderillos sanos, ni podían impedir la propagación de
epidemias fatales. ¿Cómo podían, pues, proteger la fecundidad de los rebaños?
Una
teoría básica sobre el origen de los dioses argumenta que estos alcanzaron
importancia porque ofrecían una solución a este problema. Divinidades tales
como la diosa de la fertilidad, el dios del cielo y el dios de la medicina
pasaron a ocupar un papel central cuando plantas y animales perdieron su
capacidad de hablar, y el principal papel de los dioses era el de mediar entre
los humanos y las plantas mudas y los animales. Gran parte de la mitología
antigua es en realidad un contrato legal en el que los humanos prometen
devoción imperecedera a los dioses a cambio de poder dominar a las plantas y
los animales; los primeros capítulos del libro del Génesis son un buen ejemplo
de ello. Durante miles de años después de la revolución agrícola, la liturgia
religiosa consistía principalmente en que los humanos sacrificaban corderos,
vino y pasteles a los poderes divinos, quienes a cambio prometían cosechas
abundantes y rebaños fecundos.
La
revolución agrícola tuvo inicialmente un impacto mucho menor en la condición de
otros miembros del sistema animista, como las rocas, las fuentes, los espíritus
y los demonios. Sin embargo, también estos perdieron gradualmente su estatus a
favor de los nuevos dioses. Mientras la gente vivía toda su vida dentro de
territorios limitados de unos pocos cientos de kilómetros cuadrados, la mayoría
de sus necesidades podían ser cubiertas por los espíritus locales. Pero una vez
que los reinos y las redes comerciales se expandieron, la gente necesitó
contactar con entidades cuyo poder y autoridad abarcaran un reino entero o toda
una cuenca comercial.
El
intento de dar respuesta a estas necesidades condujo a la aparición de
religiones politeístas (del griego poli, «muchos», theós,
«dios»). Estas religiones comprendieron que el mundo estaba controlado por un
grupo de poderosas divinidades, como la diosa de la fertilidad, el dios de la
lluvia y el dios de la guerra. Los humanos podían invocar a estos dioses y los
dioses podían, si recibían devoción y sacrificios, dignarse a conceder lluvia,
victoria y salud.
El
animismo no desapareció completamente con el advenimiento del politeísmo.
Demonios, hadas, espíritus, rocas sagradas, manantiales sagrados y árboles
sagrados continuaron siendo una parte integral de casi todas las religiones
politeístas. Tales espíritus eran mucho menos importantes que los grandes
dioses, pero para las necesidades mundanas de muchas personas ya eran lo
bastante buenos. Mientras el rey, en la capital del reino, sacrificaba decenas
de gordos carneros al gran dios de la guerra, al tiempo que rezaba para obtener
la victoria contra los bárbaros, el campesino en su choza encendía una candela
al hada de la higuera y rezaba para que ayudara a curar a su hijo enfermo.
Sin
embargo, el mayor impacto de la aparición de los grandes dioses no fue sobre
los corderos o los demonios, sino sobre la condición de Homo sapiens.
Los animistas creían que los humanos eran solo uno de los muchos seres que
habitaban en el mundo. Los politeístas, en cambio, veían cada vez más el mundo
como un reflejo de la relación entre los dioses y los humanos. Nuestras
plegarias, nuestros sacrificios, nuestros pecados y nuestras buenas obras
determinaban el destino de todo el ecosistema. Una inundación terrible podía
barrer a miles de millones de hormigas, saltamontes, tortugas, antílopes,
jirafas y elefantes, solo porque unos pocos sapiens estúpidos habían irritado a
los dioses. Por lo tanto, el politeísmo exaltaba no solo la condición de los
dioses, sino también la de la humanidad. Los miembros menos afortunados del
antiguo sistema animista perdieron su autoridad y se convirtieron en extras o
en el decorado silencioso en el gran drama de la relación del hombre con los
dioses.
§. Los
beneficios de la idolatría
Dos mil años de lavado de cerebro monoteísta han hecho que la mayoría de los
occidentales consideren el politeísmo como una idolatría ignorante e infantil.
Este es un estereotipo injusto. Con el fin de entender la lógica interna del
politeísmo, es necesario comprender la idea básica que sostiene la creencia en
muchos dioses.
El
politeísmo no pone en duda necesariamente la existencia de un único poder o una
única ley que rige todo el universo. En realidad, la mayoría de las religiones
politeístas, e incluso las animistas, reconocían un poder supremo de este tipo
detrás de todos los diferentes dioses, demonios y rocas sagradas. En el
politeísmo griego clásico, Zeus, Hera, Apolo y demás dioses se hallaban
sometidos a un poder omnipotente y global: el Destino (Moira, Ananké). También
los dioses nórdicos eran esclavos del destino, que los condenaba a perecer en
el cataclismo de Ragnarök (el Crepúsculo de los Dioses). En la religión
politeísta de los yoruba de África occidental, todos los dioses nacieron del
supremo dios Olodumare, y seguían siendo sus súbditos. En el politeísmo hindú,
un único príncipe, Atman, controla a la miríada de dioses y espíritus, a la
humanidad y al mundo biológico y físico. Atman es la esencia eterna o el alma
de todo el universo, así como de todo individuo y de todo fenómeno.
El
aspecto fundamental del politeísmo, que lo distingue del monoteísmo, es que el
poder supremo que rige el mundo carece de intereses y prejuicios, y por lo
tanto no le importan los deseos mundanos, las inquietudes y preocupaciones de
los humanos. No tiene sentido pedirle a este poder la victoria en la guerra, la
salud o la lluvia, porque desde su posición ventajosa desde la que todo lo ve
no supone ninguna diferencia que un reino concreto gane o pierda, que una
ciudad concreta prospere o languidezca, que una persona concreta se recupere o
muera. Los griegos no desperdiciaban ningún sacrificio al Destino, los hindúes
no construían templos a Atman.
La única
razón para acercarse al poder supremo del universo sería renunciar a todos los
deseos y aceptar tanto lo bueno como lo malo, aceptar incluso la derrota, la
pobreza, la enfermedad y la muerte. Así, algunos hindúes, conocidos como sadhus
o sanniasin, dedican su vida a unirse a Atman, con lo que consiguen la
iluminación. Se esfuerzan para ver el mundo desde el punto de vista de este
principio fundamental, para darse cuenta de que desde su perspectiva eterna
todos los deseos y temores mundanos son sentimientos sin sentido y efímeros.
Sin
embargo, la mayoría de los hindúes no son sadhus. Se hallan profundamente
hundidos en el cenagal de las preocupaciones mundanas, para las que Atman no es
de mucha ayuda. Para el auxilio en tales asuntos, los hindúes se aproximan a
los dioses con sus poderes parciales. Precisamente porque los poderes son
parciales en lugar de totales, dioses como Ganesha, Laksmí y Sarasvati tienen
intereses y prejuicios. Por eso, los humanos pueden hacer tratos con estos
poderes parciales y confiar en su ayuda para ganar guerras o recuperarse de la
enfermedad. Necesariamente, hay muchos de estos poderes más pequeños, puesto
que una vez que se empieza dividiendo el poder global de un principio supremo,
se termina inevitablemente con más de una deidad. De ahí la pluralidad de los
dioses.
El
invento del politeísmo es favorable a una tolerancia religiosa de mucho
alcance. Puesto que los politeístas creen, por un lado, en un poder supremo y
completamente desinteresado, y por otro, en muchos poderes parciales y
sesgados, no hay dificultad para que los devotos de un dios acepten la
existencia y eficacia de otros dioses. El politeísmo es intrínsecamente
liberal, y raramente persigue a «herejes» o «infieles».
Incluso
en aquellos casos en que los politeístas conquistaron grandes imperios, no
intentaron convertir a sus súbditos. Los egipcios, los romanos y los aztecas no
enviaron misioneros a tierras extrañas para que extendieran el culto a Osiris,
Júpiter o Huitzilopochtli (el principal dios azteca), y ciertamente no enviaron
ejércitos para ese propósito. Se esperaba que los pueblos sometidos de todo el
imperio respetaran a los dioses y rituales imperiales, puesto que tales dioses
y rituales protegían y legitimaban el imperio. Pero no se les exigía que
abandonaran sus dioses y rituales locales. En el Imperio azteca, los pueblos
sometidos estaban obligados a construir templos para Huitzilopochtli, pero
tales templos se construían junto a los de los dioses locales, y no
reemplazándolos. En muchos casos, la propia élite imperial adoptaba los dioses
y rituales del pueblo sometido. Los romanos añadieron voluntariamente la diosa
asiática Cibeles y la diosa egipcia Isis a su panteón.
El único
dios que los romanos se negaron a tolerar durante mucho tiempo fue el dios
monoteísta y evangelizador de los cristianos. El Imperio romano no exigía que
los cristianos renunciaran a sus credos y rituales, pero esperaban de ellos que
respetaran a los dioses protectores del imperio y la divinidad del emperador.
Esto se consideraba una declaración de lealtad política. Cuando los cristianos
rehusaron hacerlo de forma vehemente y siguieron rechazando todos los intentos
de llegar a un compromiso, los romanos reaccionaron persiguiendo a los que
consideraban una facción políticamente subversiva. E incluso esto lo hicieron
de mala gana. En los 300 años transcurridos entre la crucifixión de Cristo y la
conversión del emperador Constantino, los emperadores romanos politeístas
iniciaron solo cuatro persecuciones generales de cristianos. Los
administradores y gobernadores locales incitaron a la violencia anticristiana
por su cuenta. Pero aun así, si sumamos todas las víctimas de todas estas
persecuciones, resulta que en esos tres siglos los politeístas romanos mataron
a no más que unos pocos miles de cristianos.[68] Por el contrario, a lo
largo de los siguientes 1.500 años, los cristianos masacraron a millones de
correligionarios para defender interpretaciones ligeramente distintas de la
religión del amor y la compasión.
Las
guerras religiosas entre católicos y protestantes que asolaron Europa en los
siglos XVI y XVII son especialmente notables. Todos los implicados aceptaban la
divinidad de Cristo y Su evangelio de compasión y amor. Sin embargo, no estaban
de acuerdo acerca de la naturaleza de dicho amor. Los protestantes creían que
el amor divino es tan grande que Dios se hizo carne y permitió que se Le
torturara y crucificara, con lo que redimió el pecado original y abrió las
puertas del Cielo a todos los que Le profesaban fe. Los católicos sostenían que
la fe, aunque esencial, no era suficiente. Para entrar en el Cielo, los
creyentes tenían que participar en los rituales de la Iglesia y hacer buenas
obras. Los protestantes se negaron a aceptarlo, aduciendo que esta compensación
empequeñecía la grandeza y el amor de Dios. Quien piense que entrar en el Cielo
depende de sus propias buenas obras magnifica su propia importancia e implica
que el sufrimiento de Jesucristo en la cruz y el amor de Dios por la humanidad
no bastan.
Estas
disputas teológicas se volvieron tan violentas que, durante los siglos XVI y
XVII, los católicos y los protestantes se mataron unos a otros por cientos de
miles. El 23 de agosto de 1572, los católicos franceses, que señalaban la
importancia de las buenas obras, atacaron a comunidades de protestantes
franceses, que destacaban el amor de Dios por la humanidad. En este ataque, la
Matanza del Día de San Bartolomé, entre 5.000 y 10.000 protestantes fueron
asesinados en menos de veinticuatro horas. Cuando al Papa de Roma le llegaron
las noticias de Francia, quedó tan embargado por la alegría que organizó
plegarias festivas para celebrar la ocasión, y encargó a Giorgio Vasari que
decorara una de las salas del Vaticano con un fresco de la matanza (en la actualidad
el acceso a la sala está vedado a los visitantes).[69] Durante esas veinticuatro
horas murieron más cristianos a manos de otros cristianos que a manos del
Imperio romano politeísta a lo largo de toda su existencia.
§. Dios
es uno
Con el tiempo, algunos seguidores de los dioses politeístas se encariñaron
tanto con su patrón particular que se apartaron de la concepción politeísta
básica. Empezaron a creer que su dios era el único dios, y que Él era en
realidad el poder supremo del universo. Pero al mismo tiempo continuaron
considerando que poseía intereses y prejuicios, y creyeron que podrían pactar
con Él. Así nacieron las religiones monoteístas, cuyos seguidores imploraban al
poder supremo del universo que les ayudara a recuperarse de la enfermedad, que
ganaran la lotería y que consiguieran la victoria en la guerra.
La
primera religión monoteísta que conocemos apareció en Egipto hacia 1350 a.C.,
cuando el faraón Akenatón declaró que una de las deidades menores del panteón
egipcio, el dios Atón, era, en realidad, el poder supremo que gobernaba el
universo. Akenatón institucionalizó el culto de Atón como religión de Estado, e
intentó detener el culto a todos los demás dioses. Sin embargo, su revolución
religiosa no tuvo éxito. Después de su muerte, el culto de Atón fue abandonado
a favor del antiguo panteón.
El
politeísmo continuó dando origen aquí y allá a otras religiones monoteístas,
pero se mantuvieron marginales, entre otras cosas porque no consiguieron
digerir su propio mensaje universal. El judaísmo, por ejemplo, argumentaba que
el poder supremo del universo tiene intereses y prejuicios, pero que Su interés
principal se centra en la minúscula nación judía y en la oscura tierra de
Israel. El judaísmo tenía poco que ofrecer a otras naciones, y a lo largo de la
mayor parte de su existencia no ha sido una religión misionera. Puede
denominarse a esta etapa la fase de «monoteísmo local».
El gran
avance llegó con el cristianismo. Esta fe se inició como una secta judía
esotérica que intentaba convencer a los judíos de que Jesús de Nazaret era el
mesías tanto tiempo esperado. Sin embargo, uno de los primeros líderes de la
secta, Pablo de Tarso, razonaba que si el poder supremo del universo tiene
intereses y prejuicios, y si Él se había molestado en hacerse carne y morir en
la cruz por la salvación de la humanidad, entonces eso era algo que todos
deberían escuchar, no solo los judíos. Así, era necesario extender la buena
nueva (el evangelio) acerca de Jesús por todo el mundo.
Los
razonamientos de Pablo cayeron en terreno fértil. Los cristianos empezaron a
organizar actividades misioneras extendidas y dirigidas a todo el mundo. En uno
de los giros más extraños de la historia, esta secta judía esotérica se apoderó
del todopoderoso Imperio romano.
El éxito
de los cristianos sirvió de modelo para otra religión monoteísta que apareció
en la península Arábiga en el siglo VII: el islam. Al igual que el
cristianismo, el islamismo empezó como una pequeña secta en un remoto rincón
del mundo, pero en un nuevo giro histórico todavía más extraño y rápido
consiguió salir de los desiertos de Arabia y conquistar un inmenso imperio que
se extendía desde el océano Atlántico hasta la India. De ahí en adelante, el
monoteísmo desempeñó un papel fundamental en la historia del mundo.
Los
monoteístas han tendido a ser mucho más fanáticos y misioneros que los
politeístas. Una religión que reconoce la legitimidad de otras creencias
implica o bien que su dios no es el poder supremo del universo, o bien que ha
recibido de Dios solo parte de la verdad universal. Puesto que los monoteístas
han creído por lo general que están en posesión de todo el mensaje del único
Dios, se han visto obligados a desacreditar a todas las demás religiones. A lo
largo de los dos últimos milenios, los monoteístas han intentado repetidamente
fortalecer su poder exterminando con violencia toda competencia.
Y ha
funcionado. A principios del siglo I d.C., apenas había ningún monoteísta en el
mundo. Hacia el año 500 d.C., uno de los mayores imperios del mundo (el Imperio
romano) era una organización política cristiana, y los misioneros extendían
rápidamente el cristianismo a otras partes de Europa, Asia y África. A finales
del primer milenio d.C., la mayor parte de la gente en Europa, Asia occidental
y el norte de África era monoteísta, y los imperios desde el océano Atlántico
hasta el Himalaya afirmaban que habían sido ordenados por el único y gran Dios.
A principios del siglo XVI, el monoteísmo dominaba la mayor parte de Afroasia,
con la excepción de Asia oriental y las partes australes de África, y empezó a
extender largos tentáculos hacia Sudáfrica, América y Oceanía. Hoy en día, la
mayoría de la gente fuera de Asia oriental es partidaria de una religión
monoteísta u otra, y el orden político global está construido sobre cimientos
monoteístas (véase el mapa 4).
Mapa 4. Expansión del cristianismo y del islamismo.
Sin
embargo, de la misma manera que el animismo continuó sobreviviendo dentro del
politeísmo, el politeísmo continuó sobreviviendo dentro del monoteísmo. En
teoría, una vez que una persona cree que el poder supremo del universo tiene
intereses y prejuicios, ¿qué sentido tiene seguir rindiendo culto a poderes
parciales? ¿Quién querría que le atendiera un burócrata inferior cuando tiene
abiertas las puertas del despacho del presidente? De hecho, la teología
monoteísta tiende a negar la existencia de todos los dioses excepto el Dios
supremo, y a verter el fuego del infierno y alcrebite sobre quienquiera que ose
adorarlos.
Pero
siempre ha habido un abismo entre las teorías teológicas y las realidades
históricas. A la mayoría de la gente le ha resultado difícil digerir
completamente la idea monoteísta. Han continuado dividiendo el mundo en
«nosotros» y «ellos», y considerando que el poder supremo del universo es
demasiado distante y ajeno para sus necesidades mundanas. Las religiones
monoteístas expulsaron a los dioses por la puerta delantera con mucha alharaca,
solo para dejarlos entrar de nuevo por la ventana lateral. El cristianismo, por
ejemplo, desarrolló su propio panteón de santos, cuyo culto difería poco de los
de los dioses politeístas.
De la
misma manera que el dios Júpiter defendió Roma y Huitzilopochtli protegió el
Imperio azteca, así cada reino cristiano tenía su propio santo patrón que le
ayudaba a superar dificultades y a ganar guerras. Inglaterra estaba protegida
por san Jorge, Escocia por san Andrés, Hungría por san Esteban, y Francia tenía
a san Martín. Ciudades, pueblos, profesiones e incluso enfermedades tenían su
propio santo. La ciudad de Milán tenía a san Ambrosio, mientras que san Marcos
velaba sobre Venecia. San Florián protegía a los deshollinadores, mientras que
san Mateo echaba una mano a los recaudadores de impuestos en apuros. Si uno
padecía dolor de cabeza tenía que rezar a san Agacio, pero si el dolor era de
muelas, entonces era más adecuado rezar a santa Apolonia.
Los
santos cristianos no solo se parecían a los antiguos dioses politeístas, sino
que a menudo eran los mismos dioses disfrazados. Por ejemplo, la diosa
principal de la Irlanda céltica anterior a la llegada del cristianismo era
Brígida. Cuando Irlanda fue cristianizada, Brígida fue asimismo bautizada,
convirtiéndose en santa Brígida, la santa más venerada en la Irlanda católica
hasta la actualidad.
§. La
batalla del bien y el mal
El politeísmo dio origen no solo a religiones monoteístas, sino a religiones
dualistas. Las religiones dualistas aceptan la existencia de dos poderes
opuestos: el bien y el mal. A diferencia del monoteísmo, el dualismo cree que
el mal es un poder independiente, ni creado por el buen Dios ni subordinado a
él. El dualismo explica que todo el universo es un campo de batalla entre estas
dos fuerzas, y que todo lo que ocurre en el mundo es parte de la lucha.
El
dualismo es una visión del mundo muy atractiva porque ofrece una respuesta
breve y simple al famoso problema del mal, una de las preocupaciones
fundamentales del pensamiento humano. «¿Por qué hay maldad en el mundo? ¿Por
qué hay sufrimiento? ¿Por qué a las buenas personas les pasan cosas malas?» Los
monoteístas tienen que hacer un ejercicio intelectual para explicar cómo un
Dios omnisciente, todopoderoso y perfectamente bueno permite que haya tanto
sufrimiento en el mundo. Una explicación bien conocida es que esta es la manera
que tiene Dios de permitir el libre albedrío humano. Si no existiera el mal,
los humanos no podrían elegir entre el bien y el mal, y por lo tanto no habría
libre albedrío. Sin embargo, se trata de una respuesta no intuitiva que plantea
inmediatamente toda una serie de nuevas preguntas. La libertad de voluntad
permite que los humanos elijan el mal. Son muchos, en realidad, los que eligen
el mal y, según el relato monoteísta común, esta elección debe conllevar el
castigo divino como consecuencia. Si Dios sabía por adelantado que una persona
concreta utilizaría su libre albedrío para elegir el mal, y que como resultado
sería castigada por ello con torturas eternas en el infierno, ¿por qué la creó
Dios? Los teólogos han escrito innumerables libros para dar respuesta a estas
preguntas. Algunos consideran que las respuestas son convincentes y otros que
no lo son. Lo que es innegable es que a los monoteístas les cuesta mucho
abordar el problema del mal.
Para los
dualistas, es fácil explicar el mal. Incluso a las personas buenas les ocurren
cosas malas porque el mundo no está gobernado por un Dios omnisciente,
todopoderoso y perfectamente bueno. Por el mundo anda suelto un poder maligno
independiente. El poder del mal hace cosas malas.
La
concepción dualista tiene sus propios inconvenientes. Es verdad que ofrece una
solución sencilla al problema del mal, si bien resulta perturbado por el
problema del orden. Si el mundo fue creado por un único Dios, es evidente por
qué es un lugar tan ordenado, donde todo obedece a las mismas leyes. Pero si en
el mundo existen dos poderes opuestos, uno bueno y uno malo, ¿quién decretó las
leyes que rigen la lucha entre ambos? Dos estados rivales pueden luchar entre
sí porque ambos obedecen a las mismas leyes de la física. Un misil lanzado
desde suelo paquistaní puede alcanzar objetivos en territorio indio porque en
ambos países se cumplen las mismas leyes de la física. Cuando el Bien y el Mal
luchan, ¿a qué leyes comunes obedecen, y quién decreta dichas leyes?
Así pues,
el monoteísmo explica el orden, pero es confundido por el mal. El dualismo
explica el mal, pero es perturbado por el orden. Hay una manera lógica de
resolver el enigma: argumentar que existe un único Dios omnipotente que creó
todo el universo y que es un Dios maligno. Pero nadie en la historia ha tenido
el estómago para un credo como este.
* * * *
Las
religiones dualistas florecieron durante más de 1.000 años. En algún momento
entre 1500 a.C. y 1000 a.C., un profeta llamado Zoroastro (Zaratustra) desplegó
su actividad en algún lugar de Asia Central. Su credo pasó de generación en
generación hasta que se convirtió en la más importante de las religiones
dualistas: el zoroastrismo. Los zoroastristas veían el mundo como una batalla
cósmica entre el buen dios Ahura Mazda y el dios maligno Angra Mainyu. Los
humanos tenían que ayudar al dios bueno en esta batalla. El zoroastrismo fue
una religión importante durante el Imperio persa aqueménida (550-330 a.C.) y
posteriormente se convirtió en la religión oficial del Imperio persa sasánida
(224-651 d.C.). Tuvo una influencia importante sobre casi todas las religiones
posteriores de Oriente Próximo y de Asia Central, e inspiró a otras religiones
dualistas, como el agnosticismo y el maniqueísmo.
Durante
los siglos III y IV d.C., el credo maniqueo se extendió desde China al norte de
África, y por un momento pareció que ganaría al cristianismo a la hora de
conseguir el dominio del Imperio romano. Pero los maniqueos perdieron el alma
de Roma ante los cristianos, el Imperio sasánida zoroastrista fue vencido por
los musulmanes monoteístas, y la oleada dualista amainó. En la actualidad, solo
unas pocas comunidades dualistas subsisten en la India y Oriente Próximo.
No
obstante, la marea creciente del monoteísmo no barrió realmente el dualismo. El
monoteísmo judío, cristiano y musulmán asimiló numerosas creencias y prácticas
dualistas, y algunas de las ideas más básicas de lo que denominamos
«monoteísmo» son, de hecho, dualistas en origen y espíritu. Incontables
cristianos, musulmanes y judíos creen en una poderosa fuerza maligna (semejante
a la que los cristianos denominan el Diablo o Satanás) que puede actuar
independientemente, luchar contra el Dios bueno y causar estragos sin el
permiso de Dios.
¿Cómo
puede un monoteísta ser partidario de una creencia dualista de este tipo (que,
por otro lado, no puede encontrarse en parte alguna del Antiguo Testamento)?
Lógicamente, es imposible. O bien uno cree en un Dios único y omnipotente o
bien cree en dos poderes opuestos, ninguno de ellos omnipotente. Aun así, los
humanos poseen una maravillosa capacidad para creer en contradicciones. De
manera que no debería ser ninguna sorpresa que millones de piadosos cristianos,
musulmanes y judíos consigan creer a la vez en un Dios omnipotente y en un
Diablo independiente. Incontables cristianos, musulmanes y judíos han ido más
lejos y han llegado a imaginar que el buen Dios necesita incluso nuestra ayuda
en su lucha contra el Diablo, lo que, entre otras cosas, inspiró la
convocatoria de yihads y cruzadas.
Otro
concepto dualista clave, en particular en el gnosticismo y el maniqueísmo, era
la distinción clara entre cuerpo y alma, entre materia y espíritu. Los
gnósticos y maniqueos argumentaban que el dios bueno creó el espíritu y el
alma, mientras que la materia y los cuerpos son la creación del dios malo. El
hombre, según esta concepción, sirve de campo de batalla entre el alma buena y
el cuerpo malo. Desde una perspectiva monoteísta, esto es un disparate: ¿por
qué distinguir de manera tan tajante entre cuerpo y alma, o entre materia y
espíritu? ¿Y por qué aducir que el cuerpo y la materia son malignos? Al fin y
al cabo, todo fue creado por el mismo Dios bueno. Pero los monoteístas no
pudieron dejar de sentirse cautivados por las dicotomías dualistas, precisamente
porque les ayudaban a afrontar el problema del mal. De manera que dichas
oposiciones acabaron siendo piedras angulares del pensamiento cristiano y
musulmán. La creencia en el Cielo (el reino del dios bueno) y el Infierno (el
reino del dios malo) fue también dualista en su origen. No hay rastro de tal
creencia en el Antiguo Testamento, que tampoco afirma que el alma de la gente
continúe viviendo después de la muerte.
De hecho,
el monoteísmo, tal como se ha desarrollado en la historia, es un caleidoscopio
de herencias monoteístas, dualistas, politeístas y animistas, mezcladas en un
revoltillo bajo un único paraguas divino. El cristiano cree en el Dios
monoteísta, pero también en el Diablo dualista, en santos politeístas y en
espíritus animistas. Los estudiosos de la religión tienen un nombre para esta
admisión simultánea de ideas distintas e incluso contradictorias y la
combinación de rituales y prácticas tomadas de fuentes distintas. Se llama
sincretismo. El sincretismo, en realidad, podría ser la gran y única religión
del mundo.
§. La ley
de la naturaleza
Todas las religiones que se han analizado hasta ahora comparten una
característica importante: todas ellas se centran en una creencia en dioses y
en otras entidades sobrenaturales. Esto parece obvio a los occidentales, que
están familiarizados principalmente con credos monoteístas y politeístas. De
hecho, sin embargo, la historia religiosa del mundo no se reduce a la historia
de los dioses. Durante el primer milenio a.C., religiones de un signo
totalmente nuevo empezaron a extenderse por Afroasia. Los recién llegados, como
el jainismo y el budismo en la India, el taoísmo y el confucianismo en China, y
el estoicismo, el cinismo y el epicureísmo en la cuenca mediterránea, se
caracterizaban por qué hacían caso omiso de los dioses.
Estos
credos sostenían que el orden sobrehumano que rige el mundo es el producto de
leyes naturales y no de voluntades y caprichos divinos. Algunas de estas
religiones de la ley natural continuaban aceptando la existencia de dioses,
pero sus dioses estaban sujetos a las leyes de la naturaleza como lo estaban
los humanos, los animales y las plantas. Los dioses tenían su nicho en el
ecosistema, de la misma manera que los elefantes y los puercoespines tenían el
suyo, pero no podían cambiar las leyes de la naturaleza, al igual que no pueden
hacerlo los elefantes. Un ejemplo inmediato es el budismo, la más importante de
las religiones antiguas de ley natural, que sigue siendo una de las creencias
más extendidas (véase el mapa 5).
Mapa 5. Expansión del budismo.
La figura
central del budismo no es un dios, sino un ser humano: Siddhartha Gautama.
Según la tradición budista, Gautama era el heredero de un pequeño reino del
Himalaya hacia el año 500 a.C. El joven príncipe estaba profundamente afectado
por el sufrimiento que veía a su alrededor. Veía que hombres, mujeres, niños y
ancianos sufren todos no solo por calamidades ocasionales, como la guerra o la
peste, sino también por la ansiedad, la frustración y el descontento, todos los
cuales parecen ser una parte inseparable de la condición humana. La gente busca
riqueza y poder, adquiere conocimientos y posesiones, tiene hijos e hijas y
construye casas y palacios. Sin embargo, no importa lo que consigan: nunca
están contentos. Los que viven en la pobreza sueñan con riquezas. Los que
tienen un millón desean dos millones. Los que tienen dos millones quieren diez.
Incluso los ricos y famosos rara vez están satisfechos. También ellos se ven
acosados por obligaciones y preocupaciones incesantes, hasta que la enfermedad,
la vejez y la muerte les causan un amargo final. Todo lo que uno ha acumulado
se desvanece como el humo. La vida es una carrera de ratas sin sentido. Pero
¿cómo escapar de ella?
A los
veintinueve años de edad, Gautama huyó de su palacio en plena noche, dejando
atrás familia y posesiones. Viajó como un vagabundo sin hogar por todo el norte
de la India, buscando una manera de escapar del sufrimiento. Visitó ashrams y
se sentó a los pies de gurús, pero nada lo liberó por completo: siempre quedaba
alguna insatisfacción. Sin embargo, no desesperó. Se decidió a investigar el
sufrimiento por su cuenta hasta hallar un método para la completa liberación.
Pasó seis años meditando sobre la esencia, las causas y las curas de la
aflicción humana. Al final llegó a comprender que el sufrimiento no está
causado por la mala fortuna, la injusticia social o los caprichos divinos. El
sufrimiento está causado por las pautas de comportamiento de nuestra propia
mente.
La
intuición de Gautama fue que, con independencia de lo que la mente experimenta,
por lo general reacciona con deseos, y los deseos siempre implican
insatisfacción. Cuando la mente experimenta algo desagradable, anhela librarse
de la irritación. Cuando la mente experimenta algo placentero, desea que el
placer perdure y se intensifique. Por lo tanto, la mente siempre está
insatisfecha e inquieta. Esto resulta muy claro cuando experimentamos cosas
desagradables, como el dolor. Mientras el dolor continúa, estamos insatisfechos
y hacemos todo lo que podemos para evitarlo. Pero cuando experimentamos cosas
agradables no estamos nunca contentos. O bien tememos que el placer pueda
desaparecer, o esperamos que se intensifique. La gente sueña durante años con
encontrar el amor, pero raramente se siente satisfecha cuando lo encuentra.
Algunos sienten la ansiedad de que su pareja los abandone; otros sienten que se
han conformado con poco y que podrían haber encontrado a alguien mejor. Y todos
conocemos a personas que consiguen tener ambos sentimientos.
Los
grandes dioses pueden enviarnos lluvia, las instituciones sociales pueden
proporcionar justicia y buena atención sanitaria, y las coincidencias
afortunadas nos pueden convertir en millonarios, pero ninguna de estas cosas
puede cambiar nuestras pautas mentales básicas. De ahí que incluso los mayores
reyes se ven condenados a vivir con angustia, huyen constantemente de la pena y
la aflicción, y persiguen siempre placeres mayores.
Gautama
descubrió que había una manera de salir de este círculo vicioso. Si, cuando la
mente experimenta algo placentero o desagradable, comprende simplemente que las
cosas son como son, entonces no hay sufrimiento. Si uno experimenta tristeza
sin desear que la tristeza desaparezca, continúa sintiendo tristeza, pero no
sufre por ello. En realidad, puede haber riqueza en la tristeza. Si uno
experimenta alegría sin desear que la alegría perdure y se intensifique,
continúa sintiendo alegría sin perder su paz de espíritu.
Pero
¿cómo se consigue que la mente acepte las cosas como son, sin sentir más deseos
vehementes? ¿Aceptar la tristeza como tristeza, la alegría como alegría, el
dolor como dolor? Gautama desarrolló un conjunto de técnicas de meditación que
entrenan la mente para experimentar la realidad tal como es, sin ansiar otra
cosa. Dichas prácticas entrenan la mente para centrar toda su atención en la
pregunta «¿Qué es lo que estoy experimentando ahora?», en lugar de «¿Qué
desearía estar experimentando?». Es difícil alcanzar este estado mental, pero
no imposible.
Gautama
basó estas técnicas de meditación en un conjunto de normas éticas destinadas a
facilitar que la gente se centrara en la experiencia real y evitara caer en
anhelos y fantasías. Instruyó a sus seguidores a evitar el asesinato, el sexo
promiscuo y el robo, puesto que tales actos atizan necesariamente el fuego del
deseo (de poder, de placer sensual de riqueza). Cuando las llamas se extinguen
por completo, el deseo es sustituido por un estado de satisfacción perfecta y
de serenidad, conocido como nirvana (cuyo significado literal es «extinguir el
fuego»). Los que alcanzan el nirvana se liberan completamente de todo
sufrimiento. Experimentan la realidad con la máxima claridad, libres de
fantasías y delirios. Aunque lo más probable es que sigan encontrando cosas
desagradables y dolor, dichas experiencias no les causarán infelicidad. Una
persona que no desea no sufre.
Según la
tradición budista, el propio Gautama alcanzó el nirvana y se liberó totalmente
del sufrimiento. A partir de entonces se le conoció como Buda, que significa
«el Iluminado». Buda pasó el resto de su vida explicando sus descubrimientos a
otros, para que todos pudieran liberarse del sufrimiento. Resumió sus
enseñanzas en una única ley: el sufrimiento surge del deseo; la única manera de
liberarse completamente del sufrimiento es liberarse completamente del deseo; y
la única manera de liberarse del deseo es educar la mente para experimentar la
realidad tal como es.
Esta ley,
conocida como dharma o dhamma, es considerada por
los budistas como una ley universal de la naturaleza. Que «el sufrimiento surge
del deseo» es verdad siempre y en todas partes, al igual que en la física
moderna E siempre es igual a mc2. Los budistas son
gente que cree en esta ley y la convierten en el punto de apoyo de todas sus
actividades. La creencia en dioses, por otra parte, es algo de menor
importancia para ellos. El primer principio de las religiones monoteístas es:
«Dios existe. ¿Qué quiere de mí?». El primer principio del budismo es: «El
sufrimiento existe. ¿Cómo me puedo liberar de él?».
El
budismo no niega la existencia de dioses (los describe como seres poderosos que
pueden producir lluvias y victorias), pero no tienen influencia en la ley según
la cual el sufrimiento surge del deseo. Si la mente de una persona es libre de
todo deseo, no hay dios que pueda hacerla desdichada. Y al revés, una vez que
el deseo surge en la mente de una persona, todos los dioses del universo no
pueden salvarla del sufrimiento.
Sin
embargo, de manera muy parecida a las religiones monoteístas, las religiones de
ley natural pre modernas como el budismo nunca han podido deshacerse del culto
a los dioses. El budismo le decía a la gente que debía buscar el objetivo
último de la liberación completa del sufrimiento, en lugar de buscar altos a lo
largo del camino como la prosperidad económica y el poder político. Sin
embargo, el 99 por ciento de los budistas no alcanzaban el nirvana, e incluso
si esperaban hacerlo en alguna vida futura, dedicaban la mayor parte de su vida
presente a la búsqueda de logros mundanos. De modo que continuaron adorando a
varios dioses, como los dioses hindúes en la India, los dioses bon en el Tíbet
y los dioses shinto en Japón.
Además, a
medida que transcurría el tiempo varias sectas budistas desarrollaron panteones
de budas y bodhisattvas. Se trata de seres humanos y no humanos con la
capacidad de conseguir la liberación completa del sufrimiento pero que olvidan
su liberación en pro de la compasión, con el fin de ayudar a los incontables
seres todavía atrapados en el ciclo de la desgracia. En lugar de adorar a
dioses, muchos budistas empezaron a adorar a estos seres iluminados,
pidiéndoles ayuda no solo para alcanzar el nirvana, sino también para tratar
problemas mundanos. Así, encontramos a muchos budas y bodhisattvas en toda Asia
oriental que dedican su tiempo a producir lluvia, detener plagas e incluso
ganar guerras sangrientas, a cambio de oraciones, coloridas flores, fragante
incienso y regalos de arroz y dulces.
§. El
culto del hombre
A menudo se presentan los últimos 300 años como una edad de secularismo
creciente, en la que las religiones han ido perdiendo importancia. Si hablamos
de las religiones teístas, esto es correcto en gran parte. Pero si tomamos en
consideración las religiones de ley natural, entonces la modernidad resulta ser
una época de intenso fervor religioso, esfuerzos misioneros sin parangón y las
más sangrientas guerras de religión de la historia. La edad moderna ha asistido
a la aparición de varias religiones de ley natural nuevas como el liberalismo,
el comunismo, el capitalismo, el nacionalismo y el nazismo. A estas creencias
no les gusta que se las llame religiones, y se refieren a sí mismas como
ideologías. Pero esto es solo un ejercicio semántico. Si una religión es un
sistema de normas y valores humanos que se fundamenta en la creencia en un
orden sobrehumano, entonces el comunismo soviético no era menos religión que el
islamismo.
Desde
luego, el islam es diferente del comunismo, porque el islam considera que el
orden sobrehumano que gobierna el mundo es el edicto de un dios creador
omnipotente, mientras que el comunismo soviético no creía en dioses. Pero
también al budismo le importan poco los dioses, y sin embargo lo clasificamos
generalmente como una religión. Al igual que los budistas, los comunistas
creían en un orden sobrehumano de leyes naturales e inmutables que debían guiar
las acciones humanas. Mientras que los budistas creen que la ley de la
naturaleza fue descubierta por Siddharta Gautama, los comunistas creían que la
ley de la naturaleza la descubrieron Karl Marx, Friedrich Engels y Vladimir
Ilich Lenin. La semejanza no termina aquí. Al igual que las demás religiones, el
comunismo también tiene sus Sagradas Escrituras y libros proféticos, como El
capital, de Karl Marx, que predecía que la historia pronto terminaría con
la inevitable victoria del proletariado. El comunismo tenía sus fiestas y
festivales, como el Primero de Mayo y el aniversario de la Revolución de
Octubre. Tenía teólogos adeptos a la dialéctica marxista, y cada unidad del
ejército soviético tenía un capellán, llamado comisario, que supervisaba la
piedad de soldados y oficiales. El comunismo tenía mártires, guerras santas y
herejías, como el trotskismo. El comunismo soviético era una religión fanática
y misionera. Un comunista devoto no podía ser cristiano ni budista, y se
esperaba que difundiera el evangelio de Marx y Lenin incluso al precio de su
propia vida.
La religión es un sistema de normas y valores humanos que se fundamenta en
la creencia en un orden sobrehumano. La teoría de la relatividad no es una
religión porque (al menos hasta ahora) no existen normas y valores humanos que
se fundamenten en ella. El fútbol no es una religión porque nadie aduce que sus
reglas reflejen edictos sobrehumanos. El islamismo, el budismo y el comunismo
son religiones porque son sistemas de normas y valores humanos que se
fundamentan en la creencia de un orden sobrehumano. (Adviértase la diferencia
entre «sobrehumano» y «sobrenatural». La ley de la naturaleza budista y las
leyes de la historia marxista son sobrehumanas, puesto que no fueron legisladas
por humanos, pero no son sobrenaturales.)
Algún
lector puede sentirse incómodo con esta línea de razonamiento. Si esto hace que
se sienta mejor, es libre de seguir llamando al comunismo una ideología y no
una religión. Esto no supone ninguna diferencia. Podemos dividir los credos en
religiones centradas en un dios e ideologías ateas que afirman basarse en leyes
naturales. Pero entonces, para ser coherentes, necesitaríamos catalogar al
menos algunas sectas budistas, taoístas y estoicas como ideologías y no como
religiones. Y, a la inversa, tendríamos que señalar que la creencia en dioses
persiste en muchas ideologías modernas, y que algunas de ellas, en especial el
liberalismo, tienen poco sentido sin esta creencia.
* * * *
Sería
imposible repasar aquí la historia de todas las nuevas creencias modernas,
especialmente porque no hay fronteras claras entre ellas. No son menos
sincréticas que el monoteísmo y el budismo popular. De la misma manera que un
budista puede adorar a deidades hindúes, y de la misma manera que un monoteísta
puede creer en la existencia de Satanás, así en la actualidad el norteamericano
medio es simultáneamente un nacionalista (cree en la existencia de una nación
que ha de desempeñar un papel especial en la historia), un capitalista de libre
mercado (cree que una competencia abierta y la búsqueda del interés propio son
las mejores alternativas de crear una sociedad próspera) y un humanista liberal
(cree que los seres humanos han sido dotados por su creador de determinados
derechos inalienables). Se analizará el nacionalismo en el capítulo 18. Al
capitalismo (la más exitosa de las religiones modernas) se dedica todo un
capítulo, el 16, en el que se explica sus principales creencias y rituales. En
las restantes páginas de este capítulo me ocuparé de las religiones humanistas.
Las
religiones teístas santifican a los dioses (de ahí que sean llamadas «teístas»,
del griego theós). Las religiones humanistas adoran a la humanidad
o, más correctamente, a Homo sapiens. El humanismo es la creencia
de que Homo sapiens tiene una naturaleza única y sagrada, que
es fundamentalmente diferente de la naturaleza de todos los demás animales y de
todos los otros fenómenos. Los humanistas creen que la naturaleza única
de Homo sapiens es la cosa más importante del mundo, y que
determina el significado de todo lo que ocurre en el universo. El bien supremo
es el bien de Homo sapiens. El resto del mundo y todos los demás
seres existen únicamente para el beneficio de esta especie.
Todos los
humanistas santifican a la humanidad, pero no se ponen de acuerdo sobre su
definición. El humanismo se ha dividido en tres sectas rivales que luchan por
la definición exacta de «humanidad», de la misma manera que las sectas
cristianas rivales luchaban por la definición exacta de Dios. En la actualidad,
la secta humanista más importante es el humanismo liberal, que cree que la
«humanidad» es una cualidad de los humanos individuales, y que la libertad de
los individuos es por lo tanto sacrosanta. Según los liberales, la naturaleza
sagrada de la humanidad reside en todos y cada uno de los Homo sapiens individuales.
El núcleo interno de los humanos individuales da sentido al mundo, y es el
origen de toda autoridad ética y política. Si nos encontramos ante un dilema
ético o político, hemos de mirar dentro de nosotros y escuchar nuestra voz
interior, la voz de la humanidad. Los principales mandamientos del humanismo
liberal están destinados a proteger la libertad de esta voz interior frente a
la intrusión o el daño. A estos mandamientos se les conoce colectivamente como
«derechos humanos».
Por
ejemplo, esta es la razón por la que los liberales se oponen a la tortura y a
la pena de muerte. En los albores de la Europa moderna, se creía que los
asesinos violaban y desestabilizaban el orden cósmico. Para devolver al cosmos
su equilibrio, era necesario torturar y ejecutar públicamente al criminal, de
manera que todos pudieran ver el orden restablecido. Asistir a ejecuciones
horribles era uno de los pasatiempos favoritos de los londinenses y parisinos
de la época de Shakespeare y Molière. En la Europa actual, se considera que el
asesinato es una violación de la naturaleza sagrada de la humanidad. Con el fin
de restablecer el orden, los europeos actuales no torturan ni ejecutan a los
criminales. Por el contrario, castigan a un asesino en lo que consideran que es
la manera más «humana» posible, con lo que salvaguardan e incluso reconstruyen
su santidad humana. Al honrar la naturaleza humana del asesino, a todos se les
recuerda la santidad de la humanidad, y el orden queda restablecido. Al
defender al asesino, enderezamos lo que el asesino ha hecho mal.
Aunque el
humanismo liberal santifica a los humanos, no niega la existencia de Dios y, en
realidad, se basa en creencias monoteístas. La creencia liberal en la
naturaleza libre y sagrada de cada individuo es una herencia directa de la
creencia cristiana tradicional en las almas individuales libres y eternas. A
falta de las almas eternas y de un Dios Creador, a los liberales les resulta
embarazosamente difícil explicar qué es lo que tiene de tan especial el sapiens
individual.
Otra
secta importante es el humanismo socialista. Los socialistas creen que la
«humanidad» es colectiva y no individualista. Consideran sagrada no la voz
interna de cada individuo, sino la especie Homosapiens en su
conjunto. Mientras que el humanismo liberal busca la mayor libertad como sea
posible para los humanos individuales, el humanismo socialista busca la
igualdad entre todos los humanos. Según los socialistas, la desigualdad es la
peor blasfemia contra la santidad de la humanidad, porque confiere privilegios
a cualidades secundarias de los humanos por encima de su esencia universal. Por
ejemplo, cuando se conceden privilegios a los ricos por encima de los pobres,
esto significa que valoramos el dinero más que la esencia universal de todos
los humanos, que es la misma tanto para los ricos como para los pobres.
Al igual
que el humanismo liberal, el humanismo socialista está construido sobre
cimientos monoteístas. La idea de que todos los humanos son iguales es una
versión renovada de la convicción monoteísta de que todas las almas son iguales
ante Dios. La única secta humanista que se ha liberado realmente del monoteísmo
tradicional es el humanismo evolutivo, cuyos representantes más famosos son los
nazis. Lo que distinguía a los nazis de otras sectas humanistas era una
definición distinta de «humanidad», que estaba profundamente influida por la
teoría de la evolución. En contraste con otros humanistas, los nazis creían que
la humanidad no es algo universal y eterno, sino una especie mutable que puede
evolucionar o degenerar. El hombre puede evolucionar hacia el superhombre o
degenerar en un subhumano.
La
principal ambición de los nazis era proteger a la humanidad de la degeneración
y fomentar su evolución progresiva. Esta es la razón por la que los nazis
decían que la raza aria, la forma de humanidad más avanzada, tenía que ser
protegida y alentada, mientras que las formas degeneradas de Homo
sapiens como los judíos, los gitanos, los homosexuales y los enfermos
mentales tenían que ser aislados e incluso exterminados. Los nazis explicaban
que el propio Homo sapiens apareció cuando surgió por
evolución una población «superior» de humanos antiguos, mientras que las
poblaciones «inferiores», como los neandertales, se extinguieron. Estas
poblaciones diferentes eran al principio poco más que razas diferentes, pero se
desarrollaron de forma independiente a lo largo de sus propias líneas
evolutivas. Esto podría volver a suceder ahora. Según los nazis, Homo
sapiens ya se había dividido en varias razas diferentes, cada una de
ellas con sus propias cualidades únicas. Una de dichas razas, la raza aria,
tenía las mejores cualidades: racionalismo, belleza, integridad, diligencia.
Por lo tanto, la raza aria poseía el potencial para transformar el hombre en
superhombre. Otras razas, como los judíos y los negros, eran los neandertales
de la actualidad, y poseían cualidades inferiores. Si se les permitía
reproducirse, y en particular que se casaran con los arios, adulterarían todas
las poblaciones humanas y condenarían a Homo sapiens a la
extinción.
Ya hace
tiempo que los biólogos han echado por tierra la teoría racial de los nazis. En
particular, las investigaciones genéticas realizadas con posterioridad a 1945
han demostrado que las diferencias entre las diversas estirpes humanas son
mucho más pequeñas de lo que los nazis postulaban. Pero dichas conclusiones son
relativamente nuevas. Dado el estado del conocimiento científico en 1933, las
creencias de los nazis no se hallaban en absoluto fuera de los límites. La
existencia de diferentes razas humanas, la superioridad de la raza blanca y la
necesidad de proteger y cultivar esta raza superior eran creencias que la
mayoría de las élites occidentales tenían de manera general. Estudiosos de las
más prestigiosas universidades occidentales, que empleaban los métodos
científicos ortodoxos de la época, publicaban estudios que supuestamente
demostraban que los miembros de la raza blanca eran más inteligentes, más
éticos y más hábiles que los africanos o los indios. Políticos en Washington,
Londres y Canberra daban por sentado que su tarea era impedir la adulteración y
degeneración de la raza blanca mediante, por ejemplo, la restricción de la
inmigración procedente de China o incluso Italia a países «arios» tales como
Estados Unidos y Australia.
Estas
posiciones no cambiaron simplemente porque se publicaran nuevas investigaciones
científicas. Los acontecimientos sociológicos y políticos fueron motores de
cambio mucho más poderosos. En este sentido, Hitler cavó no solo su propia
tumba, sino la del racismo en general. Cuando emprendió la Segunda Guerra
Mundial, obligó a sus enemigos a hacer una distinción clara entre «nosotros» y
«ellos». Tiempo después, y debido precisamente a que la ideología nazi era tan
racista, el racismo quedó desacreditado en Occidente. Pero este cambio llevó un
tiempo. La supremacía blanca continuó siendo una ideología principal en la
política norteamericana al menos hasta la década de 1960. La política de
Australia Blanca que restringía la inmigración a Australia de personas no
blancas estuvo en vigor hasta 1966. A los aborígenes australianos no se les
concedieron los mismo derechos políticos hasta la década de 1960, y a la
mayoría de ellos se les impidió votar en elecciones porque eran considerados
inadecuados para funcionar como ciudadanos (véase la figura 20).
Figura 20. Un cartel de propaganda nazi que muestra a la derecha un «ario
racialmente puro» y a la izquierda una persona de «raza mezclada». La
admiración de los nazis por el cuerpo humano es evidente, como lo es su temor a
que las razas inferiores pudieran contaminar a la humanidad y causar su
degeneración.
Los nazis
no aborrecían a la humanidad. Luchaban contra el humanismo liberal, los
derechos humanos y el comunismo precisamente porque admiraban a la humanidad y
creían en el gran potencial de la especie humana. Pero, siguiendo la lógica de
la evolución darwiniana, aducían que se debía dejar que la selección natural
erradicara a los individuos inadaptados y dejara sobrevivir y reproducirse
únicamente a los más adaptados. Al socorrer a los débiles, el liberalismo y el
comunismo no solo permitían que los individuos inadaptados sobrevivieran, sino
que les daban la oportunidad de reproducirse, con lo que socavaban la selección
natural. En un mundo así, los humanos más aptos se ahogarían inevitablemente en
un mar de degenerados e inadaptados. Y la humanidad se tornaría cada vez menos
adaptada con cada generación que pasara, lo cual podría conducir a su extinción
(véase la figura 21).
Figura 21. Caricatura nazi de 1933, en la que se presenta a Hitler como un
escultor que crea al superhombre, mientras un intelectual liberal con gafas
queda consternado por la violencia necesaria para crear al superhombre.
(Adviértase asimismo la exaltación erótica del cuerpo humano.)
Un manual
de biología alemán de 1942 explica en el capítulo «Las leyes de la naturaleza y
la humanidad» que la ley suprema de la naturaleza es que todos los seres se
hallan enzarzados en una lucha sin cuartel por la supervivencia. Después de
describir de qué manera las plantas luchan por el terreno, cómo los escarabajos
luchan por conseguir pareja, y así sucesivamente, el manual concluye que:
La lucha
por la existencia es dura e inexorable, pero es la única manera de mantener la
vida. Esta lucha elimina todo lo que es inadecuado para la vida, y selecciona
todo lo que es capaz de sobrevivir. […] Estas leyes naturales son
incontrovertibles; los seres vivos las demuestran por su misma supervivencia.
Son inexorables. Los que se resistan a ellas serán eliminados. La biología no
solo nos cuenta acerca de los animales y las plantas, sino que también nos
demuestra las leyes que hemos de seguir en nuestra vida, y fortalece nuestra
voluntad de vivir y luchar según dichas leyes. El significado de la vida es la
lucha. ¡Ay de quien peque contra estas leyes!
Después
sigue una cita de Mein Kampf: «La persona que intenta combatir
la lógica de hierro de la naturaleza lucha de esta manera contra los principios
a los que debe agradecer su vida como ser humano. Luchar contra la naturaleza
es provocar la propia destrucción».[70]
En los
albores del tercer milenio, el futuro del humanismo evolutivo no está claro.
Durante los 60 años siguientes al final de la guerra contra Hitler era tabú
relacionar el humanismo con la evolución y defender el uso de métodos
biológicos para «mejorar» a Homosapiens. Pero en la actualidad
tales proyectos vuelven a estar de moda. Nadie habla de exterminar razas o
pueblos inferiores, pero muchos contemplan la posibilidad de usar nuestros
crecientes conocimientos en biología humana para crear super humanos.
Al mismo
tiempo se abre una brecha enorme entre los dogmas del humanismo liberal y los
últimos hallazgos de las ciencias de la vida, un abismo que no podemos seguir
ignorando durante más tiempo. Nuestros sistemas políticos y judiciales
liberales se basan en la creencia de que cada individuo posee una naturaleza
interior sagrada, indivisible e inmutable, que confiere significado al mundo, y
que es el origen de toda autoridad ética y política. Esto es una reencarnación
de la creencia cristiana tradicional del alma libre y eterna que reside en cada
individuo, a pesar de que a lo largo de los últimos 200 años las ciencias de la
vida han socavado completamente dicha creencia. Los científicos que estudian
los mecanismos internos del organismo humano no han encontrado el alma de la
que se habla. Argumentan cada vez más que el comportamiento humano está
determinado por hormonas, genes y sinapsis, y no por el libre albedrío; las
mismas fuerzas que determinan el comportamiento de los chimpancés, los lobos y
las hormigas. Nuestros sistemas judiciales y políticos intentan barrer en gran
medida estos descubrimientos inconvenientes bajo la alfombra. Pero, con toda
franqueza, ¿cuánto tiempo más podremos mantener el muro que separa el
departamento de biología de los departamentos de derecho y ciencia política?
Capítulo
13
El secreto del éxito
Contenido:
§. La
falacia de la retrospectiva
§. Clío ciega
El
comercio, los imperios y las religiones universales acabaron por situar
prácticamente a todos los sapiens de todos los continentes en el mundo global
en el que vivimos en la actualidad. Este proceso de expansión y unificación no
fue lineal y no careció de interrupciones. Pero si consideramos el panorama
general, la transición desde muchas culturas pequeñas a unas pocas culturas
grandes y, finalmente, a una única sociedad global ha sido probablemente un
resultado inevitable de la dinámica de la historia humana.
Pero
decir que una sociedad global es inevitable no es lo mismo que decir que el
resultado final tenía que ser el tipo concreto de sociedad global que ahora
tenemos. Podemos imaginar, ciertamente, otros resultados. ¿Por qué está el
inglés tan extendido en la actualidad, y no el danés? ¿Por qué hay alrededor de
2.000 millones de cristianos y 1.250 millones de musulmanes pero solo 150.000
zoroastristas y ningún maniqueo? Si pudiéramos remontarnos en el tiempo hasta
10.000 años en el pasado y poner de nuevo en marcha el proceso, una y otra vez,
¿veríamos siempre el auge del monoteísmo y la decadencia del dualismo?
Como es
imposible hacer un experimento de este tipo, en realidad no lo sabemos. Sin
embargo, el análisis de dos características cruciales de la historia nos puede
proporcionar algunas pistas.
§. La
falacia de la retrospectiva
Cada punto de la historia es una encrucijada. Un único camino trillado conduce
del pasado al presente, pero hay una miríada de sendas que se bifurcan hacia el
futuro, algunas de las cuales son más anchas, más regulares y están mejor
marcadas, y es más probable que sean las que se tomen, pero a veces la historia
(o la gente que hace la historia) da giros inesperados.
A
principios del siglo IV d.C., el Imperio romano se enfrentaba a un amplio
horizonte de posibilidades religiosas. Podía haber perseverado en su politeísmo
tradicional y abigarrado, pero el emperador Constantino, considerando los
avatares del siglo anterior y poco amigo de las guerras civiles, pensó que una
única religión con una doctrina clara podía ayudar a unificar su reino
étnicamente diverso. Pudo haber elegido cualquiera de los diversos cultos
existentes para convertirse en la fe nacional: el maniqueísmo, el mitraísmo,
los cultos de Isis y Cibeles, el zoroastrismo, el judaísmo e incluso el budismo
eran opciones igualmente disponibles. ¿Por qué optó por Jesús? ¿Había algo en
la teología cristiana que lo atrajera personalmente, o quizá un aspecto de la
fe que le hiciera pensar que sería más fácil utilizarlo para sus fines? ¿Acaso
había tenido una experiencia religiosa, o bien alguno de sus consejeros sugirió
que los cristianos ganaban adeptos con rapidez y que sería mejor subirse a ese
carro? Los historiadores pueden especular, pero no proporcionar una respuesta
definitiva. Pueden describir cómo el cristianismo se apoderó del Imperio
romano, pero no pueden explicar por qué cristalizó esa posibilidad concreta.
¿Cuál es
la diferencia entre describir el «cómo» y explicar el «porqué»? Describir el
«cómo» significa reconstruir la serie de acontecimientos específicos que
llevaron de un punto a otro. Explicar el «porqué» significa encontrar
relaciones causales que expliquen la aparición de esta serie particular de
acontecimientos frente a la exclusión de todos los demás.
Algunos
estudiosos proporcionan, de hecho, explicaciones deterministas de
acontecimientos como el auge del cristianismo. Intentan reducir la historia
humana a los mecanismos de fuerzas biológicas, ecológicas o económicas. Aducen
que hubo algo en la geografía, la genética o la economía del Mediterráneo
romano que hizo inevitable el surgimiento de una religión monoteísta. Pero la
mayoría de los historiadores tienden a mostrarse escépticos con estas teorías
deterministas. Este es uno de los rasgos distintivos de la historia en tanto
disciplina académica: cuanto mejor se conoce un período histórico particular,
más difícil resulta explicar por qué los acontecimientos ocurrieron de una
determinada manera y no de otra. Los que solo tienen un conocimiento superficial
de un período concreto tienden a centrarse solo en la posibilidad que
finalmente fue la que se materializó. Ofrecen una historia a su gusto para
explicar en retrospectiva por qué aquel resultado era inevitable. Los que están
mucho más informados acerca del período en cuestión conocen mucho mejor las
sendas no tomadas.
En
realidad, la gente que mejor conocía el período (los que vivían en aquella
época) son los que menos pistas han aportado. Para el romano medio en tiempos
de Constantino, el futuro era una incógnita. Una regla básica de la historia es
que lo que en retrospectiva parece inevitable no lo era en absoluto en la
época. Hoy en día, la situación no es distinta. ¿Hemos salido ya de la crisis
económica global, o lo peor está aún por llegar? ¿Continuará China creciendo
hasta convertirse en la principal superpotencia? ¿Perderá Estados Unidos su
hegemonía? ¿Es el repunte del fundamentalismo monoteísta la oleada del futuro o
un torbellino local de poca importancia a largo plazo? ¿Nos estamos encaminando
hacia el desastre ecológico o hacia el paraíso tecnológico? Pueden ofrecerse
buenos razonamientos a favor de todos estos resultados, pero no tenemos manera
de saberlo con seguridad. Dentro de unas décadas, la gente mirará hacia atrás y
pensará que las respuestas a todas estas preguntas eran evidentes.
Es
importante subrayar que posibilidades que a los contemporáneos les parecían muy
improbables a menudo son las que se materializan. Cuando Constantino subió al
trono en el año 306, el cristianismo era poco más que una secta esotérica
oriental. Si alguien hubiera sugerido entonces que estaba a punto de
convertirse en la religión del Estado romano, le hubieran expulsado de la sala
entre risas, de la misma manera que ocurriría hoy si alguien sugiriera que en
el año 2050 Hare Krishna será la religión oficial de Estados Unidos. En octubre
de 1913, los bolcheviques eran una pequeña facción radical rusa. Ninguna
persona razonable hubiera predicho que en solo cuatro años se habrían apoderado
del país. En el 600 d.C., la idea de que un grupo de árabes que vivían en el
desierto conquistarían pronto una extensión de tierras que iba desde el océano
Atlántico hasta la India era incluso más ridícula. De hecho, si el ejército
bizantino hubiera podido rechazar la primera embestida, probablemente el islam
habría seguido siendo un culto oscuro cuya existencia solo conocían unos pocos
iniciados. Entonces a los eruditos les habría resultado fácil explicar por qué
una fe basada en una revelación a un mercader de edad madura de La Meca nunca
habría podido prosperar.
No es que
todo sea posible. Las fuerzas geográficas, biológicas y económicas crean
limitaciones, pero estas dejan un amplio margen de maniobra para
acontecimientos sorprendentes, que no parecen estar restringidos por ninguna
ley determinista.
Esta
conclusión no es del agrado de muchas personas, que prefieren que la historia
sea determinista. El determinismo es atractivo porque implica que nuestro mundo
y nuestras creencias son un producto natural e inevitable de la historia. De
ahí que sea natural e inevitable que vivamos en estados-nación, que organicemos
nuestra economía según principios capitalistas, y que creamos fervientemente en
los derechos humanos. Reconocer que la historia no es determinista es reconocer
que es solo una coincidencia que la mayoría de la gente crea hoy en el
nacionalismo, el capitalismo y los derechos humanos.
La
historia no se puede explicar de forma determinista y no se puede predecir
porque es caótica. Hay tantas fuerzas en juego y sus interacciones son tan
complejas que variaciones extremadamente pequeñas en la intensidad de las
fuerzas y en la manera en que interactúan producen grandes diferencias en los
resultados. Y no solo eso, sino que la historia es lo que se denomina un
sistema caótico de «nivel dos». Los sistemas caóticos son de dos formas. El
caos de nivel uno es caos que no reacciona a las predicciones sobre él. El
tiempo meteorológico, por ejemplo, es un sistema caótico de nivel uno. Aunque
está influido por muchísimos factores, podemos construir modelos informáticos
que tomen cada vez más dichos factores en consideración, y que produzcan
pronósticos meteorológicos cada vez mejores.
El caos
de nivel dos es un caos que reacciona a las predicciones sobre él, y por lo
tanto nunca se puede predecir de forma exacta. Los mercados, por ejemplo, son
un sistema caótico de nivel dos. ¿Qué ocurrirá si desarrollamos un programa
informático que prediga con un 100 por ciento de precisión el precio del
petróleo mañana? El precio del petróleo reaccionará inmediatamente a la
previsión, que en consecuencia no se materializará. Si el precio actual del
petróleo es de 90 dólares el barril, y el programa informático infalible
predice que mañana será de 100 dólares, los especuladores se apresurarán a
comprar petróleo para beneficiarse del aumento de precios pronosticado. Como
resultado, el precio se disparará hasta los 100 dólares hoy, y no mañana. ¿Y
qué ocurrirá mañana? Nadie lo sabe.
También
la política es un sistema caótico de segundo orden. Muchas personas critican a
los sovietólogos porque no consiguieron predecir las revoluciones de 1989 y
critican severamente a los expertos en Oriente Próximo por no anticipar las
revoluciones de la Primavera Árabe de 2011. Esto es injusto. Las revoluciones
son, por definición, impredecibles. Una revolución predecible no se produce
nunca.
¿Por qué
no? Imagine el lector que estamos en 2010 y que algunos científicos políticos
geniales confabulados con un mago de la informática han desarrollado un
algoritmo infalible que, incorporado a una interfaz atractiva, puede
comercializarse como predictor de revoluciones. Ofrecen sus servicios al
presidente Hosni Mubarak de Egipto y, a cambio de una generosa cantidad pagada
al contado, le dicen a Mubarak que, según sus predicciones, es seguro que en
Egipto estallará una revolución durante el año siguiente. ¿Cómo reaccionaría
Mubarak? Lo más probable es que inmediatamente redujera los impuestos,
distribuyera miles de millones de dólares a fondo perdido a la ciudadanía (y
que reforzara su policía secreta, por si acaso). Las medidas preventivas
funcionan. El nuevo año llega y se va y, ¡oh!, sorpresa, no hay revolución.
Mubarak exige que se le devuelva el dinero. «¡Vuestro algoritmo es inservible!
—les grita a los científicos—. Podría haber construido otro palacio en lugar de
repartir todo el dinero!» «Pero la razón por la que la revolución no ha
ocurrido es porque la predijimos», dicen los científicos en su defensa.
«¿Profetas que predicen cosas que no suceden? —responde Mubarak mientras hace
indicaciones a sus guardias para que los detengan—. Podría haber conseguido una
decena de ellos por casi nada en el mercado de El Cairo.»
Y, ya
puestos, ¿por qué estudiar historia? A diferencia de la física o de la
economía, la historia no es un medio para hacer predicciones exactas.
Estudiamos historia no para conocer el futuro, sino para ampliar nuestros
horizontes, para comprender que nuestra situación actual no es natural ni
inevitable y que, en consecuencia, tenemos ante nosotros muchas más
posibilidades de las que imaginamos. Por ejemplo, estudiar de qué manera los
europeos llegaron a dominar a los africanos nos permite darnos cuenta de que no
hay nada natural o inevitable acerca de la jerarquía racial, y que el mundo
bien pudiera estar organizado de manera diferente.
§. Clío
ciega
No podemos explicar las opciones que la historia hace, pero podemos decir algo
muy importante sobre ellas: las opciones de la historia no se hacen para
beneficio de los humanos. No hay ninguna prueba en absoluto de que el bienestar
humano mejore de manera inevitable a medida que la historia se desarrolla. No
hay ninguna prueba de que las culturas que son beneficiosas para los humanos
tengan que triunfar y expandirse de manera inexorable, mientras que desaparecen
las culturas menos beneficiosas. No hay prueba alguna de que el cristianismo
fuera una mejor opción que el maniqueísmo, o que el Imperio árabe fuera más
provechoso que el de los persas sasánidas.
No hay
pruebas de que la historia actúe en beneficio de los humanos porque carecemos
de una escala objetiva en la que medir dicho beneficio. Diferentes culturas
definen de manera distinta el bien, y no tenemos una vara de medir definitiva
para juzgar entre ellas. Los vencedores, desde luego, creen siempre que su
definición es la correcta. No obstante, ¿por qué habríamos de creer a los
vencedores? Los cristianos creen que la victoria del cristianismo sobre el
maniqueísmo fue beneficiosa para la humanidad, pero si no aceptamos el punto de
vista cristiano no hay ninguna razón para estar de acuerdo con ellos. Los
musulmanes creen que la caída del Imperio sasánida en manos musulmanas fue
beneficiosa para la humanidad. Pero estos beneficios solo son evidentes si
aceptamos la visión del mundo que tienen los musulmanes. Bien pudiera ser que
todos estuviéramos mucho mejor si el cristianismo y el islamismo hubieran caído
en el olvido o hubiesen sido derrotados.
Hay
muchos estudiosos que consideran que las culturas son una especie de infección
o parásito mental, y que los humanos son su anfitrión inconsciente. Los
parásitos orgánicos, como los virus, viven dentro del cuerpo de sus
anfitriones. Se multiplican y pasan de un anfitrión a otro, alimentándose de
sus anfitriones, debilitándolos y a veces incluso matándolos. Mientras los
anfitriones vivan el tiempo suficiente para transmitir al parásito, a este le
importa poco la condición de su anfitrión. De la misma manera, las ideas
culturales viven dentro de la mente de los humanos. Se multiplican y se
extienden de un anfitrión a otro, y en ocasiones debilitan al anfitrión e
incluso lo matan. Una idea cultural (como la creencia en el cielo cristiano por
encima de las nubes del paraíso comunista aquí en la Tierra) puede impulsar a
un humano a dedicar su vida a extender dicha idea, incluso al precio de la
muerte. El humano muere, pero la idea se extiende. Según esta aproximación, las
culturas no son conspiraciones urdidas por algunas personas con el fin de sacar
partido de otras (como los marxistas propenden a creer). Más bien, las culturas
son parásitos mentales que surgen accidentalmente, y a continuación se
aprovechan de todas las personas a las que han infectado.
Esta
aproximación se denomina memética. Supone que, de la misma manera que la
evolución orgánica se basa en la replicación de unidades de información
orgánica denominadas genes, la evolución cultural se basa en la replicación de
unidades de información cultural llamadas «memes».[71]Las culturas que tienen éxito son
las que sobresalen en la reproducción de sus memes, con independencia de los
costes y beneficios para sus anfitriones humanos.
La
mayoría de los estudiosos de las humanidades desdeñan la memética, en la que
ven un intento superficial de explicar los procesos culturales con analogías
biológicas toscas. Pero la mayoría de estos mismos estudiosos son partidarios
del hermano gemelo de la memética: el posmodernismo. Los pensadores
posmodernistas hablan de discursos y no de memes como componentes esenciales de
la cultura. Aunque también ellos consideran que las culturas se propagan con
poca consideración para el beneficio de la humanidad. Por ejemplo, los
pensadores posmodernistas describen el nacionalismo como una peste letal que se
extendió por el mundo en los siglos XIX y XX, causando guerras, opresión, odio
y genocidio. En el momento en que las gentes de un país eran infectadas por dicha
peste, las de los países vecinos tenían también muchas probabilidades de
contagiarse del virus. El virus nacionalista se presentaba como beneficioso
para los humanos, pero sobre todo ha sido beneficioso para sí.
Argumentos
similares son comunes en las ciencias sociales bajo los auspicios de la teoría
de juegos. La teoría de juegos explica cómo, en sistemas con múltiples
jugadores, las consideraciones y las pautas de comportamiento que dañan a todos
los jugadores consiguen no obstante arraigar y extenderse. Las carreras
armamentistas son un buen ejemplo de ello. Muchas carreras armamentistas llevan
a la bancarrota a los que participan en ellas, sin que realmente cambien el
equilibrio militar del poder. Cuando Pakistán adquiere aviones militares
avanzados, la India responde de la misma manera. Cuando la India desarrolla
bombas nucleares, Pakistán la sigue. Cuando Pakistán aumenta su marina de
guerra, la India hace lo mismo. Al final del proceso, el equilibrio de poder
puede quedar en buena medida tal como era, pero mientras tanto, miles de
millones de dólares que podrían haberse invertido en educación o salud se han
gastado en armas. Pero es difícil resistirse a la dinámica de la carrera
armamentista. La «carrera armamentista» es un patrón de comportamiento que se
extiende como un virus de un país a otro, dañando a todos, pero beneficiándose
a sí mismo, según los criterios evolutivos de supervivencia y reproducción.
(Téngase en cuenta que una carrera armamentista, al igual que un gen, no tiene
conciencia: no busca conscientemente sobrevivir y reproducirse. Su
proliferación es el resultado no pretendido de una dinámica poderosa.)
No
importa cómo la llamemos, teoría de juegos, posmodernismo o memética, la
dinámica de la historia no se dirige a mejorar el bienestar humano. No hay base
alguna para pensar que las culturas que más éxito han tenido en la historia son
necesariamente las mejores para Homo sapiens. Al igual que la
evolución, la historia hace caso omiso de la felicidad de los organismos
individuales. Y los individuos humanos, por su parte, suelen ser demasiado
ignorantes y débiles para influir sobre el curso de la historia para su propio
beneficio.
* * * *
La
historia avanza desde una encrucijada a la siguiente, y elige, por alguna razón
misteriosa, seguir primero esta senda, y después otra. Hacia 1500 d.C., la
historia hizo su elección más trascendental, que cambió no solo el destino de
la humanidad, sino sin ningún género de duda el destino de toda la vida en la
Tierra. La llamamos revolución científica. Empezó en Europa occidental, una
gran península en el extremo occidental de Afroasia, que hasta entonces no
había desempeñado ningún papel importante en la historia. De todos los lugares
posibles, ¿por qué la revolución científica se inició allí y no en China o la
India? ¿Por qué empezó en plena mitad del segundo milenio d.C. y no dos siglos
antes o tres siglos después? No lo sabemos. Los expertos han propuesto decenas
de teorías, pero ninguna de ellas es particularmente convincente.
La
historia tiene un horizonte muy amplio de posibilidades, la mayoría de las
cuales no se realizan nunca. Es concebible imaginar que la historia avanzara
generación tras generación y pasara por alto la revolución científica, de la
misma manera que es concebible imaginar la historia sin el cristianismo, sin el
Imperio romano y sin monedas de oro.
Parte IV
La revolución científica
Figura 22. Alamogordo: 16 de julio de 1945, 5.29.53 de la madrugada. Ocho
segundos después de que la primera bomba atómica fuera detonada. Al ver la
explosión, el físico nuclear Robert Oppenheimer citó el BhagavadGita:
«Ahora me he convertido en la Muerte, la destructora de mundos».
Capítulo
14
El descubrimiento de la ignorancia
Contenido:
§.
Ignoramus
§. El dogma científico
§. Saber es poder
§. El ideal de progreso
§. El proyecto Gilgamesh
§. El viejo amante de la ciencia
Imaginemos
que un campesino español se hubiera quedado dormido el año 1000 d.C. y se
hubiera despertado 500 años después debido al estrépito producido por los
marineros de Colón cuando subían a bordo de la Niña, la Pinta y
la Santa María. El mundo en el que se habría despertado le hubiera
parecido bastante familiar. A pesar de muchos cambios en tecnología, costumbres
y fronteras políticas, este Rip van Winkle medieval se habría sentido como en
casa. Pero si uno de los marineros de Colón hubiera caído en un sopor similar y
se hubiera despertado al sentir la señal de llamada de un iPhone del siglo XXI,
se habría sentido en un mundo extraño más allá de toda comprensión. «¿Acaso
esto es el cielo? —podría haberse preguntado—. ¿O quizá el infierno?»
Los
últimos 500 años han sido testigos de un crecimiento vertiginoso y sin
precedentes del poder humano. En el año 1500, había unos 500 millones de Homo
sapiens en todo el mundo. En la actualidad, hay 7.000 millones.[72] Se estima que el valor
total en bienes y servicios producidos por la humanidad en el año 1500 fue de
250.000 millones de dólares de hoy día.[73] En la actualidad, el valor
de un año de producción humana se acerca a los 60 billones de dólares.[74] En 1500, la humanidad
consumía unos 13 billones de calorías de energía al día. En la actualidad,
consumimos 1.500 billones de calorías diarias.[75] (Considere el lector de
nuevo estas cifras: la población humana se ha multiplicado por 14, la
producción por 240 y el consumo de energía por 115.)
Supongamos
que un único barco de guerra moderno pudiera ser transportado hasta la época de
Colón. En cuestión de segundos podría convertir en astillas a la Niña,
la Pinta y la Santa María, y después hundir las
flotas de guerra de todas las grandes potencias de la época sin recibir ni un
rasguño. Cinco buques de carga modernos podrían llevar a bordo el cargamento
que transportaban todas las flotas mercantes de la época.[76] Un ordenador moderno podría
almacenar fácilmente las palabras y los números de todos los códices y
pergaminos de todas las bibliotecas medievales, y aún le sobraría espacio.
Cualquier banco grande de hoy en día contiene más dinero que el de todos los
reinos pre modernos juntos.[77]
En 1500,
pocas ciudades tenían más de 100.000 habitantes. La mayoría de los edificios
estaban construidos de barro, madera y paja; un edificio de tres pisos era un
rascacielos. Las calles eran pistas de tierra con surcos, polvorientas en
verano y fangosas en invierno, transitadas por peatones, caballos, cabras,
gallinas y unas pocas carretas. Los ruidos urbanos más comunes eran voces
humanas y animales, junto con el martillo y la sierra ocasionales. A la puesta
de sol, el paisaje urbano se oscurecía, con solo una bujía o antorcha
ocasionales que titilaban en la penumbra. Si un habitante de una ciudad de la
época pudiera ver las modernas Tokio, Nueva York o Mumbai, ¿qué pensaría?
Antes del
siglo XVI, ningún humano había circunnavegado la Tierra. Esto cambió en 1522,
cuando la expedición de Magallanes regresó a España después de un viaje de
72.000 kilómetros. Les había llevado tres años y había costado la vida de casi
todos los miembros de la expedición, incluido Magallanes. En 1873, Jules Verne
pudo imaginar que Phileas Fogg, un rico aventurero inglés, podía dar la vuelta
al mundo en 80 días. Hoy en día, cualquier persona con ingresos de clase media
puede circunnavegar la Tierra de manera segura y fácil en solo cuarenta y ocho
horas.
En 1500,
los humanos estaban confinados a la superficie de la Tierra. Podían construir
torres y escalar montañas, pero el cielo estaba reservado a las aves, los
ángeles y las deidades. El 20 de julio de 1969, los humanos llegaron a la Luna.
Esto no fue solo un acontecimiento histórico, sino una hazaña evolutiva e
incluso cósmica. Durante los cuatro millones de años de evolución previos,
ningún organismo consiguió siquiera abandonar la atmósfera de la Tierra, y
ciertamente ninguno dejó la huella de un pie o de un tentáculo sobre la Luna.
Durante
la mayor parte de la historia, los humanos no supieron nada del 99,99 por
ciento de los organismos del planeta, a saber, los microorganismos. Y esto no
era porque no fueran motivo de preocupación por nuestra parte. Cada uno de
nosotros porta en su interior miles de millones de organismos unicelulares, y
no solo como polizones. Son nuestros mejores amigos y nuestros enemigos más
mortíferos. Algunos digieren nuestra comida y limpian nuestro tubo digestivo,
mientras que otros causan enfermedades y epidemias. Pero no fue hasta 1674 que
un ojo humano vio por primera vez un microorganismo, cuando Anton van
Leeuwenhoek echó una ojeada a través del microscopio casero que él mismo había
fabricado y se sorprendió al ver un mundo entero de seres minúsculos que se
movían dentro de una gota de agua. Durante los 300 años siguientes, los humanos
han conocido un número enorme de especies microscópicas. Hemos conseguido
derrotar la mayoría de las enfermedades contagiosas más letales que causan, y
hemos domeñado a los microorganismos y los hemos puesto al servicio de la
medicina y la industria. Hoy en día modificamos bacterias para que produzcan
medicamentos, fabriquen biocombustibles y maten parásitos.
Pero el
momento único, más notable y definitorio de los últimos 500 años llegó a las
5.29.45 de la mañana del 16 de julio de 1945. En aquel preciso segundo,
científicos estadounidenses detonaron la primera bomba atómica en Alamogordo,
Nuevo México. A partir de aquel momento, la humanidad tuvo la capacidad no solo
de cambiar el rumbo de la historia, sino de ponerle fin.
* * * *
El
proceso histórico que condujo a Alamogordo y a la Luna se conoce como
revolución científica. Durante dicha revolución la humanidad ha obtenido nuevos
y enormes poderes al invertir recursos en la investigación científica. Se trata
de una revolución porque, hasta aproximadamente 1500 d.C., los humanos en todo
el mundo dudaban de su capacidad para obtener nuevos poderes médicos, militares
y económicos. Mientras que el gobierno y los mecenas ricos destinaban fondos
para la educación y el estudio, el objetivo era, en general, conservar las
capacidades existentes y no tanto adquirir otras nuevas. El típico gobernante
pre moderno daba dinero a los sacerdotes, los filósofos y los poetas con la
esperanza de que legitimaran su gobierno y mantuvieran el orden social. No
esperaba que descubrieran nuevos medicamentos, inventaran nuevas armas o
estimularan el crecimiento económico.
El bucle de retroalimentación de la revolución científica. La ciencia
necesita algo más que simplemente la investigación para producir progreso.
Depende del refuerzo mutuo de la ciencia, la política y la economía. Las
instituciones políticas y económicas proporcionan los recursos, sin los cuales
la investigación científica sería casi imposible. A cambio, la investigación
científica proporciona nuevos poderes que son usados, entre otras cosas, para
obtener nuevos recursos, algunos de los cuales se reinvierten en investigación.
Durante
los últimos cinco siglos, los humanos han creído cada vez más que podían
aumentar sus capacidades si invertían en investigación científica. Esto no era
solo cuestión de fe ciega: se había demostrado repetidamente de manera
empírica. Cuantas más pruebas había, más dispuestas estaban las personas ricas
y los gobiernos a invertir en ciencia. No hubiéramos podido nunca pasear sobre
la Luna, modificar microorganismos y dividir el átomo sin estas inversiones. El
gobierno de Estados Unidos, por ejemplo, ha destinado en las últimas décadas
miles de millones de dólares al estudio de la física nuclear. El conocimiento
que estas investigaciones han producido ha hecho posible la construcción de
plantas de energía nuclear, que proporcionan electricidad barata a las
industrias estadounidenses, que pagan impuestos al gobierno de Estados Unidos,
que emplea algunos de dichos impuestos para financiar más investigaciones en
física nuclear.
¿Por qué
los humanos modernos desarrollaron una creencia creciente en su capacidad para
obtener nuevos poderes mediante la investigación? ¿Qué fraguó la relación entre
ciencia, política y economía? Este capítulo considera la naturaleza única de la
ciencia moderna con el fin de proporcionar parte de la respuesta. En los dos
capítulos siguientes se examinarán la formación de la alianza entre la ciencia,
los imperios europeos y la economía del capitalismo.
§.
Ignoramus
Los humanos han buscado comprender el universo al menos desde la revolución
cognitiva. Nuestros antepasados invirtieron una gran cantidad de tiempo y
esfuerzo en intentar descubrir las reglas que rigen el mundo natural. Pero la
ciencia moderna difiere de todas las tradiciones previas de conocimiento en
tres puntos fundamentales:
1. La disposición a admitir
ignorancia. La
ciencia moderna se basa en el precepto latino ignoramus: «no lo
sabemos». Da por sentado que no lo sabemos todo. E incluso de manera más
crítica, acepta que puede demostrarse que las cosas que pensamos que sabemos
son erróneas a medida que obtenemos más conocimiento. Ningún concepto, idea o
teoría son sagrados ni se hallan libres de ser puestos en entredicho.
2. La centralidad de la observación
y de las matemáticas. Después
de haber admitido ignorancia, la ciencia moderna pretende obtener nuevos
conocimientos. Esto lo hace reuniendo observaciones y después empleando
herramientas matemáticas para conectar dichas observaciones en teorías
generales.
3. La adquisición de nuevos poderes. La ciencia moderna no se
contenta con crear teorías. Usa dichas teorías con el fin de adquirir nuevos
poderes, y en particular para desarrollar nuevas tecnologías.
La
revolución científica no ha sido una revolución del conocimiento. Ha sido,
sobre todo, una revolución de la ignorancia. El gran descubrimiento que puso en
marcha la revolución científica fue el descubrimiento que los humanos no saben
todas las respuestas a sus preguntas más importantes.
Las
tradiciones pre modernas del conocimiento, como el islamismo, el cristianismo,
el budismo y el confucianismo, afirmaban que todo lo que era importante saber
acerca del mundo ya era conocido. Los grandes dioses, o el único Dios
todopoderoso, o los sabios del pasado, poseían la sabiduría que lo abarca todo,
que nos revelaban en escrituras y tradiciones orales. Los mortales comunes y
corrientes obtenían el saber al profundizar en estos textos y tradiciones
antiguos y comprenderlos adecuadamente. Era inconcebible que la Biblia, el
Corán o los Vedas fallaran en un secreto crucial del universo, y que este
pudiera ser descubierto por criaturas de carne y hueso.
Las
antiguas tradiciones del conocimiento solo admitían dos tipos de ignorancia.
Primero, un individuo podía ignorar algo importante. Para obtener el
conocimiento necesario, todo lo que tenía que hacer era preguntar a alguien más
sabio. No había ninguna necesidad de descubrir algo que nadie sabía todavía.
Por ejemplo, si un campesino de alguna aldea de la Castilla del siglo XIII
quería saber cómo se originó la raza humana, suponía que la tradición cristiana
poseía la respuesta definitiva. Todo lo que tenía que hacer era preguntarle al
sacerdote local.
Segundo,
toda una tradición podía ser ignorante de cosas sin importancia. Por
definición, todo lo que los grandes dioses o los sabios del pasado no se
preocuparon de decirnos carecía de importancia. Por ejemplo, si nuestro
campesino castellano quería saber de qué manera las arañas tejen sus telarañas,
no tenía sentido preguntarlo al sacerdote, porque no había ninguna respuesta a
esta pregunta en ninguna de las Escrituras cristianas. Esto no significaba, sin
embargo, que el cristianismo fuera deficiente. Significaba más bien que
comprender de qué manera las arañas tejen sus telarañas no era importante.
Después de todo, Dios sabía perfectamente bien la manera en que las arañas lo
hacen. Si esta fuera una información vital, necesaria para la prosperidad y la salvación
humanas, Dios hubiera incluido una amplia explicación en la Biblia.
El
cristianismo no prohibía que la gente estudiara las arañas. Pero los estudiosos
de las arañas (si acaso había alguno en la Europa medieval) tenían que aceptar
su papel periférico en la sociedad y la irrelevancia de sus hallazgos para las
verdades eternas del cristianismo. Con independencia de lo que un estudioso
pudiera descubrir acerca de las arañas, o las mariposas, o los pinzones de las
Galápagos, este conocimiento era trivial, sin relación con las verdades
fundamentales de la sociedad, la política y la economía.
En
realidad, las cosas no eran nunca tan sencillas. En cualquier época, incluso
las más piadosas y conservadoras, hubo personas que argumentaron que había
cosas importantes que toda su tradición ignoraba. Pero estas personas solían
ser marginadas o perseguidas, o bien fundaron una nueva tradición y empezaron a
afirmar que ellos sabían todo lo que hay que saber. Por ejemplo, el profeta
Mahoma inició su carrera religiosa condenando a sus conciudadanos árabes por
vivir en la ignorancia de la divina verdad. Pero el propio Mahoma muy pronto
empezó a decir que él conocía toda la verdad, y sus seguidores empezaron a
llamarle «el sello de los profetas». A partir de ahí, no había necesidad de
revelaciones más allá de las que se habían dado a Mahoma.
La
ciencia moderna es una tradición única de conocimiento, por cuanto admite
abiertamente ignorancia colectiva en relación con las cuestiones más
importantes. Darwin no dijo nunca que fuera «El sello de los biólogos», ni que
resolviera el enigma de la vida de una vez por todas. Después de siglos de
extensa investigación científica, los biólogos admiten que todavía no tienen
una buena explicación para la manera en que el cerebro produce la conciencia.
Los físicos admiten que no saben qué causó el big bang, o cómo reconciliar la
mecánica cuántica con la teoría de la relatividad general.
En otros
casos, teorías científicas en competencia son debatidas ruidosamente sobre la
base de nuevas pruebas que aparecen constantemente. Un ejemplo básico son los
debates acerca de cómo gestionar mejor la economía. Aunque individualmente los
economistas pueden afirmar que su método es el mejor, la ortodoxia cambia con
cada crisis financiera y con cada burbuja del mercado de valores, y se acepta
de manera general que todavía tiene que decirse la última palabra en economía.
En otros
casos, las teorías concretas son respaldadas de manera tan consistente por las
pruebas de que se dispone que hace tiempo ya que todas las alternativas han
sido descartadas. Dichas teorías se aceptan como ciertas, pero todo el mundo
está de acuerdo en que, si aparecieran nuevas pruebas que contradijeran la
teoría, esta tendría que revisarse o desestimarse. Un ejemplo de ello son las
teorías de la tectónica de placas y de la evolución.
La buena
disposición a admitir ignorancia ha hecho que la ciencia moderna sea más
dinámica, adaptable e inquisitiva que cualquier otra tradición previa de
conocimiento. Esto ha expandido enormemente nuestra capacidad de comprender
cómo funciona el mundo y nuestra capacidad de inventar nuevas tecnologías. Sin
embargo, nos plantea un problema serio, con el que la mayoría de nuestros
antepasados no tuvieron que enfrentarse. Nuestra hipótesis actual de que no lo
sabemos todo y que incluso el conocimiento que poseemos es provisorio, se
extiende a los mitos compartidos que permiten que millones de extraños cooperen
de manera efectiva. Si las pruebas demuestran que muchos de estos mitos son
dudosos, ¿cómo podremos mantener a la sociedad unida? ¿Cómo podrán funcionar
nuestras comunidades, nuestros países y el sistema internacional?
Todos los
intentos modernos de estabilizar el orden sociopolítico no han tenido otra
elección que basarse en uno de estos dos métodos no científicos.
1. Tomar una teoría científica y, en
oposición a las prácticas científicas comunes, declarar que se trata de
una verdad final y absoluta. Este fue el método empleado por los nazis (que
afirmaban que sus políticas raciales eran los corolarios de hechos biológicos)
y los comunistas (que afirmaban que Marx y Lenin habían conjeturado verdades
económicas absolutas que nunca podrían ser refutadas).
2. Dejar fuera la ciencia y vivir
según una verdad absoluta no científica. Esta ha sido la estrategia
del humanismo liberal, que se basa en una creencia dogmática en el valor y los
derechos únicos de los seres humanos, una doctrina que tiene embarazosamente
muy poco en común con el estudio científico de Homo sapiens.
Pero esto
no tendría que sorprendernos. Incluso la propia ciencia ha de basarse en
creencias religiosas e ideológicas para justificar y financiar su
investigación.
No
obstante, la cultura moderna se ha mostrado dispuesta a aceptar la ignorancia
en mucha mayor medida de lo que lo ha hecho ninguna cultura anterior. Una de
las cosas que ha hecho posible que los órdenes sociales modernos se mantuvieran
unidos es la expansión de una creencia casi religiosa en la tecnología y en los
métodos de la investigación científica, que hasta cierto punto han sustituido a
la creencia en verdades absolutas.
§. El
dogma científico
La ciencia moderna no tiene dogma. Pero posee un núcleo común de métodos de
investigación, todos los cuales se basan en recopilar observaciones empíricas
(las que podemos observar con al menos uno de nuestros sentidos) y ponerlas
juntas con ayuda de herramientas matemáticas.
A lo
largo de la historia, la gente recopiló observaciones empíricas, pero por lo
general la importancia de las mismas era limitada. ¿Por qué malgastar recursos
preciosos para obtener nuevas observaciones cuando ya tenemos todas las
respuestas que necesitamos? Pero cuando los individuos modernos admitieron que
no sabían las respuestas a algunas preguntas muy importantes, vieron necesario
buscar un saber completamente nuevo. En consecuencia, el método moderno de
investigación científica dominante da por sentada la insuficiencia del
conocimiento antiguo. En lugar de estudiar antiguas tradiciones, ahora se pone
el énfasis en nuevas observaciones y experimentos. Cuando la observación actual
choca frontalmente con la tradición pasada, damos prioridad a la observación.
Desde luego, los físicos que analizan los espectros de galaxias distantes, los
arqueólogos que analizan los hallazgos de una ciudad de la Edad del Bronce y
los politólogos que estudian la aparición del capitalismo no desdeñan la
tradición. Empiezan estudiando qué es lo que han dicho y escrito los sabios del
pasado. Pero desde su primer año en la facultad, a los aspirantes a físicos,
arqueólogos y politólogos se les enseña que su misión es ir más allá de lo que
Albert Einstein, Heinrich Schliemann y Max Weber llegaron a conocer.
* * * *
Sin
embargo, las meras observaciones no son conocimiento. Con el fin de comprender
el universo necesitamos conectar observaciones en teorías generales. Las
tradiciones iniciales solían formular sus teorías a través de relatos. La
ciencia moderna usa las matemáticas.
Hay
poquísimas ecuaciones, gráficos y cálculos en la Biblia, el Corán, los Vedas o
los clásicos del confucianismo. Cuando las mitologías y escrituras
tradicionales planteaban leyes generales, estas se presentaban en forma de
narración y no en una fórmula matemática. Así, un principio fundamental de la
religión maniquea afirmaba que el mundo es un campo de batalla entre el bien y
el mal. Una fuerza maligna creó la materia, mientras que una fuerza buena creó
el espíritu. Los humanos están atrapados entre estas dos fuerzas, y deben
escoger el bien sobre el mal. Pero el profeta Mani (o Manes) no hizo intento
alguno por ofrecer una fórmula matemática que pudiera emplearse para predecir
las opciones humanas al cuantificar la intensidad respectiva de estas dos fuerzas.
Nunca calculó que «la fuerza que actúa sobre un hombre es igual a la
aceleración de su espíritu dividida por la masa de su cuerpo».
Esto es
exactamente lo que los científicos buscan conseguir. En 1687, Isaac Newton
publicó Principiosmatemáticos de la filosofía natural, del que
puede afirmarse que es el libro más importante de la historia moderna. Newton
presentó una teoría general del movimiento y el cambio. La grandeza de la
teoría de Newton era su capacidad de explicar y predecir los movimientos de
todos los cuerpos en el universo, desde las manzanas que caen hasta las
estrellas fugaces, usando tres leyes matemáticas muy sencillas:
A partir
de entonces, quien quisiera comprender y predecir el movimiento de una bala de
cañón o de un planeta, tenía simplemente que tomar medidas de la masa, la
dirección y la aceleración del objeto, y de las fuerzas que actúan sobre el
mismo. Insertando dichos números en las ecuaciones de Newton, se podía predecir
la posición futura del objeto. Funcionaba como por arte de magia. Solo hacia
finales del siglo XIX, los científicos realizaron algunas observaciones que no
encajaban con las leyes de Newton, y estas condujeron a la siguiente revolución
en física: la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica.
* * * *
Newton
demostró que el libro de la naturaleza está escrito en el lenguaje de las
matemáticas. Algunos capítulos (la química, por ejemplo) se resumen en una
ecuación bien definida; pero los estudiosos que intentaron reducir la biología,
la economía y la psicología a pulcras ecuaciones newtonianas descubrieron que
estos campos poseen un nivel de complejidad que hace que dicha aspiración sea
fútil. Sin embargo, esto no significa que abandonaran las matemáticas. A lo
largo de los últimos 200 años se desarrolló una rama de las matemáticas para
tratar los aspectos más complejos de la realidad: la estadística.
En 1744,
dos pastores presbiterianos de Escocia, Alexander Webster y Robert Wallace,
decidieron establecer un fondo de seguro de vida que proporcionara pensiones a
las viudas y huérfanos de pastores muertos. Propusieron que cada uno de sus
pastores de la Iglesia aportara una pequeña porción de su salario al fondo, que
invertiría el dinero. Si un pastor moría, su viuda recibiría los dividendos de
los intereses del fondo. Ello le permitiría vivir confortablemente el resto de
su vida. Pero para determinar cuánto tenían que pagar los pastores para que el
fondo tuviera dinero suficiente para cumplir con sus obligaciones, Webster y
Wallace tenían que poder predecir cuántos pastores morirían cada año, cuántas
viudas y huérfanos dejarían y cuántos años sobrevivirían las viudas a sus
maridos.
Tome nota
el lector de lo que no hicieron los dos sacerdotes. No rezaron a Dios para que
les revelara la respuesta. Tampoco buscaron una respuesta en las Sagradas
Escrituras o entre las obras de los teólogos antiguos. Y tampoco se enzarzaron
en una disputa teológica abstracta. Al ser escoceses, eran tipos prácticos. De
modo que contactaron con un profesor de matemáticas de la Universidad de
Edimburgo, Colin Maclaurin. Los tres recopilaron datos sobre la edad a la que
moría la gente y los usaron para calcular cuántos pastores era probable que
fallecieran en cualquier año concreto.
Su obra
se basaba en varios descubrimientos recientes en los ámbitos de la estadística
y las probabilidades. Uno de ellos era la ley de los grandes números, de Jakob
Bernoulli. Bernoulli había codificado el principio de que, aunque podía ser
difícil predecir con certeza un único acontecimiento, como la muerte de una
persona concreta, era posible predecir con gran precisión el resultado promedio
de muchos acontecimientos similares. Es decir, aunque Maclaurin no podía usar
las matemáticas para predecir si Webster y Wallace morirían al año siguiente sí
que podía, si disponía de datos suficientes, decirles a Webster y Wallace
cuántos pastores presbiterianos en Escocia morirían al año siguiente, casi con
total certeza. Por suerte, disponían de datos al respecto que podían usar. Las
tablas de actuarios publicadas 50 años antes por Edmond Halley resultaron ser
particularmente útiles. Halley había analizado los registros de 1.238
nacimientos y 1.174 muertes que obtuvo de la ciudad de Breslau, Alemania. Las
tablas de Halley hicieron posible ver que, por ejemplo, una persona de 20 años
de edad tiene una probabilidad entre 100 (1:100) de morir en un determinado
año, pero que una persona de 50 años tiene una probabilidad de 1:39.
Después
de procesar estos números, Webster y Wallace concluyeron que, por término
medio, habría 930 pastores presbiterianos vivos en cualquier momento dado, y
que un promedio de 27 pastores morirían cada año, y que a 18 de ellos les
sobreviviría su viuda. Cinco de los que no dejarían viudas dejarían huérfanos,
y dos de los que tendrían viudas que les sobrevivirían dejarían asimismo hijos
vivos de matrimonios previos que todavía no habrían alcanzado los dieciséis
años de edad. Calcularon además cuánto tiempo era probable que transcurriera
hasta que las viudas murieran o se volvieran a casar (en ambas eventualidades,
el pago de las pensiones cesaría). Estas cifras permitieron que Webster y
Wallace determinaran cuánto dinero tenían que pagar los pastores que se
incorporaran a su fondo para proveer a sus personas queridas. Contribuyendo con
2 libras, 12 chelines y 2 peniques al año, un pastor podía garantizar que su
esposa viuda recibiera al menos 10 libras al año, una gran suma en aquella
época. Si creía que esto no sería suficiente, podía escoger pagar más, hasta un
máximo de 6 libras, 11 chelines y 3 peniques al año, lo que garantizaría a su
viuda la cantidad todavía mejor de 25 libras al año.
Según sus
cálculos, el Fondo para la Provisión para las Viudas e Hijos de los Pastores de
la Iglesia de Escocia tendría, para el año 1765, un capital total de 58.348
libras esterlinas. Sus cálculos resultaron ser asombrosamente exactos. Cuando
llegó aquel año, el capital del fondo se elevaba a 58.347: ¡solo una libra
menos que la predicción! Esto era mejor incluso que las profecías de Habacuc,
Jeremías o san Juan. Hoy en día, el fondo de Webster y Wallace, conocido
simplemente como Viudas Escocesas, es una de las mayores compañías de pensiones
y seguros del mundo. Con activos por un valor de 100.000 millones de libras,
asegura no solo a las viudas escocesas, sino a quienquiera que esté dispuesto a
comprar sus planes de pensiones.[78]
Cálculos
de probabilidades como los que emplearon los dos pastores escoceses se
convirtieron en los cimientos no solo de la ciencia actuarial, que es
fundamental para el negocio de las pensiones y los seguros, sino también para
la ciencia de la demografía (fundada por otro clérigo, el anglicano Robert
Malthus). A su vez, la demografía fue la piedra angular sobre la que Charles
Darwin (que a punto estuvo de convertirse en pastor anglicano) construyó su
teoría de la evolución. Mientras que no hay ecuaciones que predigan qué tipo de
organismo evolucionará bajo un conjunto específico de condiciones, los
genetistas usan el cálculo de probabilidades para computar la verosimilitud de
que una determinada mutación se extienda en una población dada. Modelos
probabilísticos similares han resultado fundamentales para la economía, la
sociología, la psicología, la ciencia política y las demás ciencias sociales y
naturales. Incluso la física acabó por suplementar las ecuaciones clásicas de
Newton con las nubes de probabilidad de la mecánica cuántica.
* * * *
Tenemos
que considerar simplemente la historia de la educación para darnos cuenta de lo
lejos que nos ha llevado este proceso. A lo largo de la mayor parte de la
historia, las matemáticas eran un campo esotérico que incluso las personas
cultas rara vez estudiaban seriamente. En la Europa medieval, la lógica, la
gramática y la retórica formaban el núcleo educativo, mientras que la enseñanza
de las matemáticas rara vez iba más allá de la simple aritmética y la
geometría. Nadie estudiaba estadística. El monarca indiscutible de todas las
ciencias era la teología.
En la
actualidad, pocos estudiantes estudian retórica; la lógica está restringida a
los departamentos de filosofía, y la teología a los seminarios. Pero cada vez
más estudiantes se sienten motivados (o se ven obligados) a estudiar
matemáticas. Hay una tendencia irresistible hacia las ciencias exactas (que se
definen como «exactas» por su uso de herramientas matemáticas). Incluso campos
de estudio que tradicionalmente eran parte de las humanidades, como el estudio
del lenguaje humano (lingüística) y la psique humana (psicología) se basan cada
vez más en las matemáticas e intentan presentarse como ciencias exactas. Los
cursos de estadística son hoy parte de los requerimientos básicos no solo en
física y biología, sino también en psicología, sociología, economía y ciencia
política.
En el
programa de cursos del departamento de psicología de mi universidad, el primer
curso obligatorio en el currículo es «Introducción a la estadística y
metodología en investigación psicológica». Los estudiantes de psicología de
segundo curso han de estudiar «Métodos estadísticos en la investigación
psicológica». Confucio, Buda, Jesús y Mahoma se habrían sentido desconcertados
si se les hubiera dicho que, con el fin de comprender el alma humana y curar
sus dolencias, primero hay que estudiar estadística.
§. Saber
es poder
A la mayoría de la gente le cuesta digerir la ciencia moderna porque su
lenguaje matemático es difícil de captar por nuestra mente, y sus hallazgos
suelen contradecir el sentido común. De los 7.000 millones de personas que hay
en el mundo, ¿cuántas comprenden realmente la mecánica cuántica, la biología
celular o la macroeconomía? No obstante, la ciencia goza de un enorme prestigio
debido a los nuevos poderes que nos proporciona. Puede que los presidentes y
los generales no comprendan la física nuclear, pero saben muy bien lo que
pueden hacer las bombas nucleares.
En 1620,
Francis Bacon publicó un manifiesto científico titulado Novum organum.
En él razonaba que «saber es poder». La prueba real del «saber» no es si es
cierto, sino si nos confiere poder. Los científicos suelen asumir que no hay
teoría que sea cien por cien correcta. En consecuencia, la verdad es una prueba
inadecuada para el conocimiento. La prueba real es la utilidad. Una teoría que
nos permita hacer cosas nuevas constituye saber.
A lo
largo de los siglos, la ciencia nos ha ofrecido muchas herramientas nuevas.
Algunas son herramientas mentales, como las empleadas para predecir las tasas
de mortalidad y el crecimiento económico. Más importantes todavía son las
herramientas tecnológicas. La relación forjada entre ciencia y tecnología es
tan fuerte que hoy se suele confundir ambas cosas. Tendemos a pensar que es
imposible desarrollar nuevas tecnologías sin investigación científica, y que la
investigación tiene poco sentido si no produce nuevas tecnologías.
En
realidad, la relación entre ciencia y tecnología es un fenómeno muy reciente.
Antes de 1500, la ciencia y la tecnología eran campos completamente separados.
Cuando Bacon las relacionó a principios del siglo XVII, fue una idea
revolucionaria. Durante los siglos XVII y XVIII, dicha relación se estrechó,
pero el nudo no se ató hasta el siglo XIX. Incluso en 1800, la mayoría de los
gobernantes que querían un ejército poderoso, y la mayoría de los magnates de
los negocios que deseaban unas empresas prósperas, no se preocupaban de
financiar la investigación en física, biología o economía.
No
pretendo afirmar que no haya ninguna excepción a esta regla. Un buen
historiador puede encontrar precedentes para todo. Pero un historiador todavía
mejor sabe cuándo estos precedentes no son más que curiosidades que enmascaran
el panorama global. Hablando de manera general, la mayoría de los gobernantes y
de los hombres de negocios pre modernos no financiaron investigaciones acerca
de la naturaleza del universo con el fin de desarrollar nuevas tecnologías, y
la mayoría de los pensadores no intentaron traducir sus descubrimientos en
artilugios tecnológicos. Los mandatarios financiaron instituciones educativas
cuyo mandato era extender el saber tradicional con el fin de apuntalar el orden
existente.
Aquí y
allí se desarrollaron, efectivamente, nuevas tecnologías, pero por lo general
estas fueron creadas por artesanos incultos que utilizaban la prueba y el
error, y no por eruditos que realizaban investigaciones científicas
sistemáticas. Los fabricantes de carretas construían año tras año las mismas
carretas a partir de los mismos materiales. No apartaban un porcentaje de sus
beneficios anuales con el fin de investigar y desarrollar nuevos modelos de
carretas. Ocasionalmente, el diseño de carretas mejoraba, pero por lo común era
gracias al ingenio de algún carpintero local que nunca había puesto el pie en
una universidad y ni siquiera sabía leer.
Esto era
tan cierto para el sector público como para el privado. Aunque los estados
modernos piden a sus científicos que les proporcionen soluciones en casi todas
las áreas de la política nacional, desde la energía a la salud y a la
eliminación de residuos, los antiguos reinos rara vez lo hacían. El contraste
entre entonces y ahora es más pronunciado en la fabricación de armamento.
Cuando el presidente saliente Dwight Eisenhower advertía en 1961 del poder
creciente del complejo militar-industrial, dejó fuera parte de la ecuación.
Debió de alertar a su país acerca del complejo militar-industrial-científico,
porque las guerras de hoy en día son producciones científicas. Las fuerzas
militares del mundo inician, financian y dirigen una gran parte de la investigación
científica y del desarrollo tecnológico de la humanidad.
Cuando la
Primera Guerra Mundial quedó empantanada en una interminable guerra de
trincheras, ambos bandos convocaron a los científicos para que rompieran el
empate y salvaran a sus respectivos países. Los hombres de blanco respondieron
a la llamada, y de los laboratorios surgió un torrente constante de nuevas
armas maravillosas: aviones de combate, gas venenoso, tanques, submarinos y
ametralladoras, piezas de artillería, rifles y bombas cada vez más eficaces.
La
ciencia desempeñó un papel incluso mayor en la Segunda Guerra Mundial. A
finales de 1944, Alemania perdía la guerra y la derrota era inminente. Un año
antes, los aliados de los alemanes, los italianos, habían hecho caer a
Mussolini y se habían rendido a los Aliados. Pero Alemania siguió combatiendo,
aunque los ejércitos británico, norteamericano y soviético la estaban rodeando.
Una de las razones por las que los soldados y civiles alemanes pensaron que no
todo estaba perdido era que creían que los científicos alemanes estaban a punto
de cambiar el curso de los acontecimientos con las llamadas armas milagrosas,
como el cohete V2 y los aviones de propulsión a chorro.
Mientras
los alemanes trabajaban en cohetes y aviones de propulsión a chorro, el
Proyecto Manhattan estadounidense desarrolló con éxito bombas atómicas. Cuando
la bomba estuvo lista, a principios de agosto de 1945, Alemania ya se había
rendido, pero Japón seguía luchando. Las fuerzas estadounidenses estaban a
punto de invadir las islas del país. Los japoneses prometieron solemnemente
resistir la invasión y luchar hasta la muerte, y todo indicaba que no se
trataba de una simple amenaza. Los generales estadounidenses le dijeron al
presidente Harry S. Truman que una invasión de Japón costaría la vida a un
millón de soldados estadounidenses y prolongaría la guerra hasta bien entrado
1946. Truman decidió utilizar la nueva bomba. Dos semanas y dos bombas atómicas
después, Japón se rindió sin condiciones y la guerra terminó.
Sin
embargo, la ciencia no solo trata de armas ofensivas. También desempeña un
papel principal en nuestras defensas. Hoy en día, muchos norteamericanos creen
que la solución al terrorismo es tecnológica y no política. Solo hay que dar
unos millones más a la industria nanotecnológica y Estados Unidos podrá enviar
moscas biónicas espías a todas y cada una de las cuevas afganas, reductos
yemeníes y campamentos norteafricanos. Una vez que esto se haya conseguido, los
herederos de Osama bin Laden no podrán tomar una copa de café sin que una mosca
espía de la CIA transmita esta información vital a la sede central de Langley.
Destinemos otros millones a la investigación del cerebro y cada aeropuerto
podrá estar equipado con escáneres de MRI que puedan reconocer de inmediato
pensamientos iracundos y de odio en el cerebro de las personas. ¿Funcionará
realmente? Quién sabe. ¿Es juicioso desarrollar moscas biónicas y escáneres que
lean el pensamiento? No necesariamente. Sea como sea, mientras el lector lee
estas líneas, el Departamento de Defensa de Estados Unidos está transfiriendo
millones de dólares a los laboratorios de nanotecnología y del cerebro para que
trabajen sobre estas y otras ideas.
Esta
obsesión con la tecnología militar (desde los tanques a las bombas atómicas y a
las moscas espía) es un fenómeno sorprendentemente reciente. Hasta el siglo
XIX, la inmensa mayoría de las revoluciones militares eran el producto de
cambios de organización y no tecnológicos. Cuando civilizaciones extrañas se
encontraron por primera vez, las brechas tecnológicas desempeñaron a veces un
importante papel. Pero incluso en tales casos, pocos pensaron en crear o
ampliar deliberadamente dichas brechas. La mayoría de los imperios no surgieron
gracias a la magia tecnológica, y sus líderes no pensaron demasiado en la
mejora tecnológica. Los árabes no derrotaron al Imperio sasánida gracias a
arcos o espadas superiores, los selyúcidas no gozaban de ventaja tecnológica
sobre los bizantinos, y los mongoles no conquistaron China con ayuda de alguna
nueva e ingeniosa arma. En realidad, en todos estos casos los vencidos
disponían de una tecnología militar y civil superior.
El
ejército romano es un buen ejemplo de ello. Era el mejor ejército de su época
pero, desde el punto de vista tecnológico, Roma no tenía ventaja sobre Cartago,
Macedonia o el Imperio selyúcida. Su ventaja residía en una organización
eficiente, una disciplina férrea y enormes reservas de efectivos militares. El
ejército romano nunca estableció un departamento de investigación y desarrollo,
y sus armas fueron más o menos las mismas a lo largo de varios siglos. Si las
legiones de Escipión Emiliano (el general que arrasó Cartago y derrotó a los
numantinos en el siglo II a.C.) hubieran aparecido de repente 500 años más
tarde en la era de Constantino el Grande, Escipión habría tenido una clara
probabilidad de vencer a Constantino. Imaginemos ahora qué le habría sucedido a
un general de hace algunos siglos, digamos que Napoleón, si hubiera mandado su
ejército contra una brigada acorazada moderna. Napoleón era un estratega
brillante, y sus hombres eran excelentes profesionales, pero sus habilidades
habrían sido inútiles frente a las armas modernas.
Tal como
ocurría en Roma, también en la antigua China la mayoría de los generales y
filósofos no pensaban que fuera su deber desarrollar nuevas armas. El invento
militar más importante en la historia de China fue la pólvora. Pero, hasta
donde sabemos, la pólvora se inventó por accidente, por parte de alquimistas
taoístas que buscaban el elixir de la vida. La carrera subsiguiente de la
pólvora es todavía más reveladora. Se podría pensar que los alquimistas
taoístas habrían convertido a China en dueña del mundo. En realidad, los chinos
emplearon el nuevo compuesto principalmente para fabricar petardos. Incluso
cuando el Imperio Song se hundía ante una invasión mongola, ningún emperador
estableció un Proyecto Manhattan medieval para salvar el imperio mediante el
invento de un arma apocalíptica. Solo en el siglo XV (unos 600 años después de
la invención de la pólvora), los cañones se convirtieron en un factor decisivo
en los campos de batalla de Afroasia. ¿Por qué se tardó tanto en poner el
mortífero potencial de esta sustancia al servicio del uso militar? Porque
apareció en una época en la que ni reyes, ni sabios, ni mercaderes pensaron que
una nueva tecnología militar podría salvarlos o hacerlos ricos.
La
situación empezó a cambiar en los siglos XV y XVI, pero tuvieron que pasar
otros 200 años antes de que la mayoría de los gobernantes demostraran algún
interés por financiar la investigación y el desarrollo de nuevas armas. La
logística y la estrategia continuaron teniendo un impacto mucho mayor en el
resultado de las guerras que la tecnología. La máquina militar napoleónica que
aplastó a los ejércitos de las potencias europeas en Austerlitz (1805) estaba
dotada con el mismo armamento, más o menos, que había usado el ejército de Luis
XVI. El propio Napoleón, a pesar de ser un artillero, tenía poco interés por
las armas modernas, aunque científicos e inventores intentaron persuadirlo para
que financiara el desarrollo de máquinas voladoras, submarinos y cohetes.
La
ciencia, la industria y la tecnología militar solo se entrelazaron con la
llegada del sistema capitalista y de la revolución industrial. Sin embargo, una
vez que se hubo establecido dicha relación, el mundo se transformó rápidamente.
§. El
ideal de progreso
Hasta la revolución científica, la mayoría de las culturas no creían en el
progreso. Pensaban que la Edad de Oro era cosa del pasado, y que el mundo se
había estancado, si no algo peor. La fidelidad estricta a la sabiduría de los
siglos quizá podría devolver los buenos tiempos pasados, y era concebible que
el ingenio humano pudiera mejorar esta o aquella faceta de la vida cotidiana.
Sin embargo, se consideraba imposible que los conocimientos prácticos humanos
resolvieran los problemas fundamentales del mundo. Si Mahoma, Jesús, Buda y
Confucio (que sabían todo lo que hay que saber) fueron incapaces de erradicar
el hambre, la enfermedad, la pobreza y la guerra en el mundo, ¿cómo podíamos
esperar hacerlo nosotros?
Muchas
religiones creían que algún día aparecería un mesías y acabaría con todas las
guerras y hambrunas e incluso con la muerte misma. Pero la idea de que la
humanidad podía hacer esto descubriendo nuevos conocimientos e inventando
nuevas herramientas era peor que ridícula: era arrogancia. El relato de la
Torre de Babel, el relato de Ícaro, el relato del Golem, e innumerables mitos
enseñaban a la gente que cualquier intento de ir más allá de las limitaciones
humanas conduciría inevitablemente al desengaño y al desastre.
Cuando la
cultura moderna admitió que había muchas cosas importantes que todavía no
sabía, y cuando esta admisión de ignorancia se unió a la idea de que los
descubrimientos científicos nos podrían proporcionar nuevos poderes, la gente
empezó a sospechar que, después de todo, el progreso real podía ser posible.
Cuando la ciencia empezó a resolver un problema insoluble tras otro, muchos se
convencieron de que la humanidad podía solucionar todos y cada uno de los
problemas mediante la adquisición y aplicación de nuevos conocimientos. La
pobreza, la enfermedad, las guerras, las hambrunas, la muerte misma, no eran el
destino inevitable de la humanidad. Eran simplemente los frutos de nuestra
ignorancia.
Un
ejemplo famoso es el rayo. Muchas culturas creían que el rayo era el martillo
de un dios enfurecido que empleaba para castigar a los pecadores. A mediados
del siglo XVIII, en uno de los experimentos más célebres de la historia,
Benjamín Franklin hizo volar una cometa durante una tormenta con relámpagos
para comprobar la hipótesis de que el rayo es simplemente una corriente
eléctrica. Las observaciones empíricas de Franklin, unidas a su conocimiento de
las cualidades de la energía eléctrica, le permitieron inventar el pararrayos y
desarmar a los dioses.
La
pobreza es otro ejemplo pertinente. Muchas culturas han considerado que la
pobreza es una parte ineludible de este mundo imperfecto. Según el Nuevo
Testamento, poco antes de la crucifixión, una mujer ungió a Jesús con aceite
precioso que valía 300 denarios. Los discípulos de Jesús reprendieron a la
mujer por gastar esa enorme suma de dinero en lugar de dárselo a los pobres,
pero Jesús la defendió diciendo: «Pobres siempre los tenéis con vosotros, y
cuando queráis podéis hacerles bien; pero a mí no siempre me tenéis» (Marcos,
14,7). Hoy en día, cada vez menos gente, incluidos cada vez menos cristianos,
están de acuerdo con Jesús sobre este asunto. De manera creciente, se considera
que la pobreza es un problema técnico susceptible de intervención. Es algo
compartido por la mayoría que las políticas basadas en los últimos hallazgos en
agronomía, economía, medicina y sociología pueden eliminar la pobreza.
Y es
cierto que muchas partes del mundo ya se han visto liberadas de las peores
formas de privación. A lo largo de la historia, las sociedades han padecido dos
tipos de pobreza: la pobreza social, que impide que algunas personas tengan las
oportunidades de las que otros disponen; y la pobreza biológica, que pone en
riesgo la vida de los individuos debido a la falta de sustento y refugio. Quizá
la pobreza social nunca se podrá erradicar, pero en muchos países de todo el
mundo la pobreza biológica es cosa del pasado.
Hasta
hace muy poco, la mayoría de las personas se hallaban muy cerca de la línea de
pobreza biológica, por debajo de la cual a una persona le faltan las calorías
suficientes para mantener la vida durante mucho tiempo. Incluso pequeños
errores de cálculo o pequeñas desgracias podían poner fácilmente a la gente por
debajo de dicha línea, en la inanición. Los desastres naturales y las
calamidades causadas por el hombre hundieron a menudo en el abismo a
poblaciones enteras, provocando la muerte de millones de personas. Hoy en día,
la mayoría de los habitantes del mundo tienen tendida bajo ellos una red de
seguridad. Los individuos están protegidos de las desgracias personales por los
seguros, la Seguridad Social promovida por el Estado y por una plétora de ONG
locales e internacionales. Cuando la calamidad azota a una región entera, los
programas de asistencia procedentes de todo el mundo suelen tener éxito en
evitar lo peor. Las personas todavía padecen numerosas degradaciones,
humillaciones y enfermedades relacionadas con la pobreza, pero en la mayoría de
los países nadie se muere de hambre. En realidad, en muchas sociedades hay más
gente en peligro de morir de obesidad que de hambre.
§. El
proyecto Gilgamesh
De todos los problemas ostensiblemente insolubles de la humanidad, hay uno que
continúa siendo el más fastidioso, interesante e importante: el problema de la
muerte. Antes de la era moderna tardía, la mayoría de las religiones e
ideologías daban por sentado que la muerte era nuestro destino inevitable.
Además, la mayoría de las confesiones convirtieron la muerte en la principal
fuente de sentido en la vida. Intente el lector imaginar el islamismo, el
cristianismo o la religión del antiguo Egipto en un mundo sin la muerte. Estas
religiones enseñaban a la gente que tenían que aceptar la muerte y depositar
sus esperanzas en la vida después de la muerte, en lugar de intentar superar la
muerte e intentar vivir para siempre aquí en la Tierra. Las mejores mentes se
concentraban en dar sentido a la muerte, no en intentar escapar de ella.
Este tema
lo recoge el mito más antiguo que ha llegado hasta nosotros; el mito de
Gilgamesh del antiguo Sumer. Su héroe es el hombre más fuerte y hábil del
mundo, el rey Gilgamesh de Uruk, que podía vencer a cualquiera en combate. Un
día, el mejor amigo de Gilgamesh, Enkidu, murió. Gilgamesh se sentó junto al
cadáver y lo observó durante muchos días, hasta que vio que un gusano salía de
la nariz de su amigo. En aquel momento, Gilgamesh fue presa del terror, y
decidió que él nunca moriría. De alguna manera, encontraría el modo de vencer a
la muerte. Gilgamesh emprendió entonces un viaje hasta los confines del
universo, matando leones, luchando contra hombres escorpión y encontrando el
camino hacia el infierno. Allí hizo añicos a los gigantes de piedra de Urshanabi
y al barquero del río de los muertos, y encontró a Utnapishtim, el último
superviviente del diluvio primordial. Pero Gilgamesh fracasó en su búsqueda.
Volvió a su hogar con las manos vacías, tan mortal como siempre, pero con una
nueva muestra de sabiduría. Cuando los dioses crearon al hombre, había
descubierto Gilgamesh, dispusieron que la muerte fuera el destino inevitable
del hombre, y el hombre ha de aprender a vivir con ello.
Los
discípulos del progreso no comparten esta actitud derrotista. Para los hombres
de ciencia, la muerte no es un destino inevitable, sino simplemente un problema
técnico. La gente se muere no porque los dioses así lo decretaran, sino debido
a varios fallos técnicos: un ataque al corazón, un cáncer, una infección. Y
cada problema técnico tiene una solución técnica. Si el corazón aletea, puede
ser estimulado por un marcapasos o sustituido por un nuevo corazón. Si el
cáncer se extiende, se puede combatir con medicamentos o radiación. Si las
bacterias proliferan, se pueden someter con antibióticos. Es verdad que, a día
de hoy, no podemos resolver todos los problemas técnicos, pero estamos
trabajando en ellos. Nuestras mejores mentes no pierden el tiempo intentando
dar sentido a la muerte. Por el contrario, están concentradas investigando los
sistemas fisiológicos, hormonales y genéticos responsables de la enfermedad y
la edad avanzada. Desarrollan nuevas medicinas, tratamientos revolucionarios y
órganos artificiales que alargarán nuestra vida y que un día podrán vencer a la
misma Parca.
Hasta
hace poco, no habríamos oído a los científicos, o a nadie, hablar de manera tan
contundente. «¡¿Derrotar a la muerte?! ¡Qué tontería! Solo intentamos curar el
cáncer, la tuberculosis y la enfermedad de Alzheimer», insistían. La gente
evitaba el tema de la muerte porque el objetivo parecía demasiado escurridizo.
¿Por qué crear ilusiones irrazonables? Sin embargo, ahora nos hallamos en un
punto en el que podemos ser francos al respecto. El proyecto principal de la
revolución científica es dar a la humanidad la vida eterna. Incluso si matar a
la muerte parece un objetivo inalcanzable, ya hemos conseguido cosas que eran
inconcebibles hace unos pocos siglos. En 1199, el rey Ricardo Corazón de León
fue alcanzado por una flecha en su hombro izquierdo. Hoy diríamos que sufrió
una herida leve. Pero en 1199, a falta de antibióticos y de métodos de
esterilización efectivos, esa herida leve en la carne se infectó y se gangrenó.
La única manera de detener la extensión de la gangrena en la Europa del siglo
XII era cortar el miembro infectado, algo imposible cuando la infección era en
un hombro. La gangrena se extendió por todo el cuerpo de Ricardo y nadie pudo
ayudar al rey, que murió a las dos semanas sufriendo una terrible agonía.
Hasta el
siglo XIX, los mejores médicos no sabían cómo evitar la infección y detener la
putrefacción de los tejidos. En los hospitales de campaña, los doctores
cortaban de manera rutinaria las manos y las piernas de los soldados que
recibían incluso heridas leves en las extremidades, pues temían la gangrena.
Dichas amputaciones, así como todos los demás procedimientos médicos (como la
extracción de muelas) se hacían sin anestesia. El uso regular de los primeros
anestésicos (éter, cloroformo y morfina) no se introdujo en la medicina
occidental hasta mediados del siglo XIX. Antes de la llegada del cloroformo,
cuatro soldados tenían que sujetar a su camarada herido mientras el doctor
serraba el miembro dañado. A la mañana siguiente de la batalla de Waterloo (1815),
junto a los hospitales de campaña podían verse montones de manos y piernas
serrados. En aquellos tiempos, a los carpinteros y carniceros que se alistaban
en el ejército se les solía destinar a servir en el cuerpo médico, porque la
cirugía requería poca cosa más que saberse manejar con cuchillos y sierras.
En los
dos siglos transcurridos desde Waterloo, las cosas han cambiado hasta volverse
irreconocibles. Píldoras, inyecciones y operaciones delicadas nos salvan de una
serie de enfermedades y heridas que antaño suponían una sentencia de muerte
ineludible. También nos protegen de incontables dolores e indisposiciones que
los individuos pre modernos aceptaban simplemente como parte de la vida. La
esperanza media de vida saltó desde muy por debajo de los 40 años a alrededor
de 67 en todo el mundo, y a unos 80 años en el mundo desarrollado.[79]
La muerte
sufrió sus peores reveses en la liza de la mortalidad infantil. Hasta el siglo
XX, entre la cuarta y la tercera parte de los niños de las sociedades agrícolas
no llegaban nunca a la edad adulta. La mayoría de ellos sucumbían a
enfermedades infantiles como la difteria, el sarampión y la viruela. En la
Inglaterra del siglo XVII, 150 de cada 1.000 niños nacidos morían durante su
primer año de vida, y un tercio de todos los niños habían muerto antes de
alcanzar los quince años.[80] Hoy en día, solo 5 de cada
1.000 bebés ingleses mueren durante su primer año, y solo 7 de cada 1.000
mueren antes de alcanzar los quince años de edad.[81]
Podemos
comprender mejor el impacto real de estas cifras si dejamos de lado las
estadísticas y contamos alguna historia. Un buen ejemplo es la familia del rey
Eduardo I de Inglaterra (1237-1307) y su esposa, la reina Leonor (1241-1290).
Sus hijos gozaron de las mejores condiciones y del entorno más confortable que
podía proporcionar la Europa medieval. Vivían en palacios, comían tanta comida
como querían, poseían muchos vestidos abrigados, hogares bien abastecidos de
leña, disponían del agua más limpia, de un ejército de sirvientes y de los
mejores médicos. Las fuentes mencionan que la reina Leonor dio a luz dieciséis
hijos entre 1255 y 1284:
1. Una
hija anónima, nacida en 1255, murió al nacer.
2. Una hija, Catherine, murió a la edad de 1 o 3 años.
3. Una hija, Joan, murió a los 6 meses.
4. Un hijo, John, murió a los 5 años.
5. Un hijo, Henry, murió a los 6 años.
6. Una hija, Eleanor, murió a los 29 años.
7. Una hija anónima murió a los 5 meses.
8. Una hija, Joan, murió a los 35 años.
9. Un hijo, Alphonso, murió a los 10 años.
10. Una hija, Margaret, murió a los 58 años.
11. Una hija, Berengeria, murió a los 2 años.
12. Una hija anónima murió poco después de nacer.
13. Una hija, Mary, murió a los 53 años.
14. Un hijo anónimo murió poco después de nacer.
15. Una hija, Elizabeth, murió a los 34 años.
16. Un hijo, Edward.
El más
joven, Edward, fue el primero de los niños que sobrevivió a los peligrosos años
de la infancia, y a la muerte de su padre ascendió al trono inglés como el rey
Eduardo II. En otras palabras, Leonor tuvo que hacer dieciséis intentos para
conseguir la misión más fundamental de una reina inglesa: proporcionar a su
marido un heredero varón. La madre de Eduardo II tuvo que ser una mujer de
paciencia y fortaleza excepcionales. No era así la mujer que Eduardo eligió por
esposa, Isabel de Francia. Hizo que lo mataran cuando el rey tenía cuarenta y
tres años.[82]
* * * *
Hasta
donde sabemos, Leonor y Eduardo I eran una pareja sana y no transmitieron
ninguna enfermedad hereditaria fatal a sus hijos. No obstante, diez de los
dieciséis (el 62 por ciento) murieron durante la infancia. Solo seis
consiguieron vivir más allá de los once años, y solo tres (el 18 por ciento)
vivieron más de cuarenta años. Además de estos nacimientos, lo más probable es
que Leonor tuviera algunos embarazos que acabaran en aborto. De promedio,
Eduardo y Leonor perdieron un hijo cada tres años, diez hijos uno detrás de
otro. Para un padre o una madre actuales es casi imposible concebir una pérdida
así.
¿Cuánto
tiempo hará falta para desarrollar el Proyecto Gilgamesh? ¿Cien años?
¿Quinientos años? ¿Mil años? Cuando recordamos lo poco que sabíamos acerca del
cuerpo humano en 1900 y cuánto conocimiento hemos adquirido en un solo siglo,
hay motivos para ser optimistas. La ingeniería genética ha conseguido prolongar
dos veces la esperanza media de vida de Caenorhabditis elegans, un
gusano.[83] ¿Podría hacer lo mismo
para Homosapiens? Expertos en nanotecnología desarrollan un sistema
inmune biónico compuesto de millones de nano robots, que habitarían en nuestro
cuerpo, abrirían vasos sanguíneos bloqueados, combatirían a virus y bacterias,
eliminarían células cancerosas e incluso invertirían los procesos de
envejecimiento.[84] Algunos científicos serios
sugieren que hacia 2050 algunos humanos se convertirán en amortales (no
inmortales, porque todavía podrían morir de algún accidente, sino amortales,
que significa que, en ausencia de un trauma fatal, su vida podría extenderse
indefinidamente).
Tenga
éxito o no el Proyecto Gilgamesh, desde una perspectiva histórica es fascinante
ver que la mayoría de las religiones e ideologías modernas han eliminado de la
ecuación a la muerte y la vida después de la muerte. Hasta el siglo XVIII, las
religiones consideraban que la muerte y sus consecuencias eran centrales para
el significado de la vida. A partir del siglo XVIII, religiones e ideologías
como el liberalismo, el socialismo y el feminismo perdieron todo interés por la
vida después de la muerte. ¿Qué es, exactamente, lo que le ocurre a un o a una
comunista después de morir? ¿Qué le ocurre a un capitalista? ¿Qué le ocurre a
una feminista? No tiene sentido buscar una respuesta en los escritos de Marx,
Adam Smith o Simone de Beauvoir. La única ideología moderna que todavía concede
a la muerte un papel central es el nacionalismo. En sus momentos más poéticos y
desesperados, el nacionalismo promete que quien muera por la nación vivirá para
siempre en su memoria colectiva. Pero esta promesa es tan confusa que incluso
la mayoría de los nacionalistas no saben realmente qué hacer con ella.
§. El
viejo amante de la ciencia
Vivimos en una era técnica. Son muchos los que están convencidos de que la
ciencia y la tecnología tienen las respuestas a todos nuestros problemas. Solo
hemos de dejar a los científicos y técnicos que sigan con su trabajo, y crearán
el cielo aquí en la Tierra. Pero la ciencia no es una empresa que tenga lugar
en algún plano moral o espiritual superior por encima del resto de la actividad
humana. Como todos los otros campos de nuestra cultura, está modelada por
intereses económicos, políticos y religiosos.
La
ciencia es un asunto muy caro. Un biólogo que quiera entender el sistema inmune
humano necesita laboratorios, tubos de ensayo, productos químicos y
microscopios electrónicos, por no mencionar ayudantes de laboratorio,
electricistas, fontaneros y limpiadores. Un economista que pretenda modelar
mercados de crédito ha de comprar ordenadores, organizar enormes bancos de
datos y desarrollar complicados programas de procesamiento de datos. Un
arqueólogo que desee comprender el comportamiento de los antiguos cazadores-recolectores
ha de viajar a tierras lejanas, excavar ruinas antiguas y datar huesos
fosilizados y objetos. Todo esto cuesta dinero.
Durante
los últimos 500 años, la ciencia moderna ha logrado maravillas gracias en gran
parte a la buena disposición de gobiernos, empresas, fundaciones y donantes
privados que han donado miles de millones de dólares a la investigación
científica. Estos miles de millones han hecho mucho más para explorar el
universo, cartografiar el planeta y catalogar el reino animal que lo que
hicieron Galileo Galilei, Cristóbal Colón y Charles Darwin. Si estos genios no
hubieran nacido, sus intuiciones probablemente se les habrían ocurrido a otros.
Pero si no se dispusiera de la financiación adecuada, no habría excelencia
intelectual que la hubiera compensado. Por ejemplo, si Darwin no hubiera
nacido, hoy en día atribuiríamos la teoría de la evolución a Alfred Russel Wallace,
que llegó a la idea de evolución por medio de la selección natural
independientemente de Darwin y solo unos años después. Pero si las potencias
europeas no hubieran financiado la investigación geográfica, zoológica y
botánica alrededor del mundo, ni Darwin ni Wallace habrían obtenido los datos
empíricos necesarios para desarrollar la teoría de la evolución. Es probable
que ni siquiera lo hubieran intentado.
¿Por qué
empezaron a fluir los miles de millones desde las cajas fuertes de los
gobiernos y las empresas hasta los laboratorios y las universidades? En los
círculos académicos, son muchos los que son lo bastante ingenuos para creer en
la ciencia pura. Creen que gobiernos y empresas les proporcionan dinero de
forma altruista para que desarrollen cualesquiera proyectos de investigación
que les gusten. Pero esto no describe realmente las realidades de la
financiación de la ciencia.
La
mayoría de los estudios científicos se financian porque alguien cree que pueden
ayudar a alcanzar algún objetivo político, económico o religioso. Por ejemplo,
en el siglo XVI, reyes y banqueros dedicaron enormes recursos para financiar
expediciones geográficas alrededor del mundo y ni un solo penique para estudiar
la psicología infantil. Esto se debe a que reyes y banqueros suponían que el
descubrimiento de un nuevo conocimiento geográfico les permitiría conquistar
nuevas tierras y establecer imperios comerciales, mientras que no podían ver
beneficios en comprender la psicología infantil.
En la
década de 1940, los gobiernos de los Estados Unidos de América y de la Unión
Soviética destinaron enormes recursos al estudio de la física nuclear y no a la
arqueología subacuática. Supusieron que estudiar la física nuclear les
permitiría desarrollar armas nucleares, mientras que era improbable que la
arqueología subacuática les ayudara a ganar guerras. Los propios científicos no
siempre son conscientes de los intereses políticos, económicos y religiosos que
controlan el flujo de dinero; muchos científicos, de hecho, actúan por pura
curiosidad intelectual. Sin embargo, solo rara vez son los científicos los que
dictan el programa científico.
Aun en el
caso de que quisiéramos financiar ciencia pura, no afectada por intereses
políticos, económicos o religiosos, probablemente sería imposible. Después de
todo, nuestros recursos son limitados. Si se pide a un congresista que dedique
un millón de dólares adicional a la Fundación Nacional para la Ciencia para
investigación básica, preguntará, justificadamente, si ese dinero no se
emplearía mejor en financiar la formación del profesorado o en proporcionar una
exención de impuestos a una fábrica en apuros en su distrito. Para distribuir
recursos limitados hemos de dar respuesta a preguntas como «¿Qué es más
importante?» y «¿Qué es bueno?». Y estas no son preguntas científicas. La
ciencia puede explicar lo que existe en el mundo, cómo funcionan las cosas y lo
que puede haber en el futuro. Por definición, no tiene pretensiones de saber
qué es lo que debería haber en el futuro. Solo las religiones y las ideologías
intentan dar respuesta a estas preguntas.
Considere
el lector el dilema siguiente. Dos biólogos del mismo departamento, que poseen
las mismas aptitudes profesionales, han solicitado cada uno una ayuda de un
millón de dólares para financiar sus proyectos de investigación en marcha. El
profesor Cornezuelo quiere estudiar una enfermedad que infecta las ubres de las
vacas, lo que produce una reducción del 10 por ciento en su producción de
leche. La profesora Retoño quiere estudiar si las vacas sufren mentalmente
cuando se las separa de sus terneros. Suponiendo que la cantidad de dinero sea
limitada, y que es imposible financiar ambos proyectos de investigación, ¿cuál
de ellos debería financiarse?
Esta
pregunta no tiene una respuesta científica. Solo hay respuestas políticas,
económicas y religiosas. En el mundo de hoy, es evidente que Cornezuelo tiene
una mayor probabilidad de obtener el dinero, no porque las enfermedades de las
ubres sean científicamente más interesantes que la mentalidad bovina, sino
porque la industria lechera, que se beneficiará de la investigación, tiene más
influencia política y económica que el grupo de presión de los derechos de los
animales.
Quizá en
una sociedad estrictamente hindú, en la que las vacas son sagradas, o en una
sociedad comprometida con los derechos de los animales, la profesora Retoño
tuviera más probabilidades. Pero mientras viva en una sociedad que valora el
potencial comercial de la leche y la salud de sus habitantes humanos por encima
de los sentimientos de las vacas, será mejor que escriba su proyecto de
investigación apelando a tales supuestos. Por ejemplo, la profesora Retoño
podría escribir que «La depresión lleva a una reducción en la producción de
leche. Si comprendiéramos el mundo mental de las vacas lecheras, podríamos
desarrollar medicamentos psiquiátricos que mejoraran su talante, con lo que la
producción de leche podría aumentar hasta el 10 por ciento. Calculo que hay un
mercado global de 250 millones de dólares anuales para los medicamentos
psiquiátricos para bovinos».
La
ciencia es incapaz de establecer sus propias prioridades, así como de
determinar qué hacer con sus descubrimientos. Por ejemplo, desde un punto de
vista puramente científico no está claro qué deberíamos hacer con nuestra
comprensión creciente de la genética. ¿Deberíamos emplear este conocimiento
para curar el cáncer, para crear una raza de superhombres modificados
genéticamente, o para modificar a vacas lecheras y dotarlas de ubres super
grandes? Es evidente que un gobierno liberal, un gobierno comunista, un
gobierno nazi y una empresa multinacional capitalista utilizarían el mismo
descubrimiento científico para fines completamente diferentes, y no hay razón
científica para preferir un uso frente a los demás.
En
resumen, la investigación científica solo puede florecer en alianza con alguna
religión o ideología. La ideología justifica los costes de la investigación. A
cambio, la ideología influye sobre las prioridades científicas y determina qué
hacer con los descubrimientos. De ahí que con el fin de entender cómo es que la
humanidad ha llegado a Alamogordo y ha alcanzado la Luna (en lugar de cualquier
otro número de destinos alternativos) no basta con revisar los logros de los
físicos, los biólogos y los sociólogos. Hay que tener en cuenta las fuerzas
ideológicas, políticas y económicas que han modelado la física, la biología y
la sociología, y las han impulsado en unas determinadas direcciones al tiempo
que ignoraban otras.
Dos
fuerzas en particular merecen nuestra atención: el imperialismo y el
capitalismo. El circuito recurrente entre la ciencia, el imperio y el capital
ha sido sin ninguna duda el principal motor de la historia durante los últimos
500 años. Los capítulos que siguen analizan sus mecanismos. Primero
consideraremos de qué manera las turbinas gemelas de la ciencia y el imperio
estaban fijadas una a la otra, y después veremos cómo ambas estaban conectadas
al sistema de bombeo de dinero del capitalismo.
Capítulo
15
El matrimonio de ciencia e imperio
Contenido:
§. ¿Por
qué Europa?
§. La mentalidad de conquista
§. Mapas vacíos
§. Invasión desdeel espacio exterior
§. Arañas raras y escrituras olvidadas
¿A qué
distancia se halla el Sol de la Tierra? Esta es una cuestión que intrigó a
muchos astrónomos de principios de la edad moderna, en particular después de
que Copérnico argumentara que es el Sol, y no la Tierra, el que está situado en
el centro del universo. Varios astrónomos y matemáticos intentaron calcular la
distancia, pero sus métodos proporcionaban resultados que diferían mucho. A
mediados del siglo XVIII se propuso finalmente un medio fiable para efectuar la
medición. Cada pocos años, el planeta Venus pasa directamente entre el Sol y la
Tierra. La duración del tránsito difiere cuando se observa desde puntos
distantes de la superficie de la Tierra debido a las minúsculas diferencias en
el ángulo según el cual el observador lo ve. Si se hicieran varias
observaciones del mismo tránsito desde diferentes continentes, solo haría falta
una trigonometría sencilla para calcular nuestra distancia exacta del Sol.
Los
astrónomos predijeron que los siguientes tránsitos de Venus tendrían lugar en
1761 y 1769. De modo que desde Europa se enviaron expediciones a los cuatro
confines del mundo con el fin de observar los tránsitos desde tantos puntos
distantes como fuera posible. En 1761, los científicos observaron el tránsito
desde Siberia, Norteamérica, Madagascar y Sudáfrica. Cuando se acercaba el
tránsito de 1769, la comunidad científica europea realizó un esfuerzo supremo,
y se enviaron científicos a gran distancia, como el norte de Canadá y
California (que entonces era una tierra salvaje). La Royal Society de Londres
llegó a la conclusión de que esto no era suficiente. Para obtener unos
resultados más precisos era imperativo enviar a un astrónomo directamente al
océano Pacífico sudoccidental.
La Royal
Society acordó enviar a un eminente astrónomo, Charles Green, a Tahiti, y no
escatimó esfuerzos ni dinero. Pero, puesto que financiaba una expedición tan
cara, no tenía sentido emplearla para hacer solo una única observación
astronómica. Por lo tanto, a Green lo acompañaba un equipo de otros ocho
científicos de diversas disciplinas, encabezado por los botánicos Joseph Banks
y Daniel Solander. El equipo incluía asimismo artistas que tenían asignada la
producción de dibujos de las nuevas tierras, plantas, animales y personas que
los científicos sin duda encontrarían. Equipados con los instrumentos
científicos más avanzados que Banks y la Royal Society podían adquirir, la
expedición se puso bajo el mando del capitán James Cook, un marino experimentado,
así como un consumado geógrafo y etnógrafo.
La
expedición partió de Inglaterra en 1768, observó el tránsito de Venus desde
Tahiti en 1769, exploró varias islas del Pacífico, visitó Australia y Nueva
Zelanda y volvió a Inglaterra en 1771. Aportó una enorme cantidad de datos
astronómicos, geográficos, meteorológicos, botánicos, zoológicos y
antropológicos. Sus descubrimientos supusieron contribuciones importantes a
varias disciplinas, estimularon la imaginación de los europeos con asombrosos
relatos del Pacífico Sur e inspiraron a futuras generaciones de naturalistas y
astrónomos.
Uno de
los campos que se benefició de la expedición de Cook fue el de la medicina. En
aquella época, los barcos que se hacían a la mar hacia costas distantes sabían
que más de la mitad de los miembros de su tripulación morirían en el viaje. La
némesis no eran los nativos enfurecidos, los buques de guerra enemigos o la
nostalgia. Era una dolencia misteriosa llamada escorbuto. Los hombres que
padecían la dolencia se tornaban letárgicos y deprimidos, y sus encías y otros
tejidos blandos sangraban. A medida que la enfermedad avanzaba, se les caían
los dientes, aparecían llagas abiertas y tenían fiebre, se tornaban ictéricos y
perdían el control de sus miembros. Se calcula que entre los siglos XVI y XVIII
el escorbuto fue la causa de la muerte de alrededor de dos millones de
marineros. Nadie sabía qué lo causaba, y no importa qué remedios se probaran,
los marineros continuaban muriendo en gran número. El punto de inflexión llegó
en 1747, cuando un médico escocés, James Lind, realizó un experimento
controlado en marineros que padecían la enfermedad. Los separó en varios grupos
y dio a cada grupo un tratamiento diferente. A uno de los grupos de prueba se
le instruyó para que comiera cítricos, un remedio popular común para el
escorbuto. Los pacientes de aquel grupo pronto se recuperaron. Lind no sabía
qué tenían los cítricos y de qué carecía el cuerpo de los marineros, pero ahora
sabemos que es la vitamina C. Una dieta habitual a bordo en aquella época
carecía notablemente de los alimentos que son ricos en este nutriente esencial.
En los viajes de larga duración los marineros solían subsistir a base de
galletas y tasajo de buey, y casi no comían fruta ni hortalizas.
La Royal
Navy no estaba convencida con los experimentos de Lind, pero James Cook sí lo
estaba. Cargó en su barco una gran cantidad de chucrut y ordenó a sus marineros
que comieran fruta fresca y hortalizas en abundancia cada vez que la expedición
tocara tierra. Cook no perdió ni un solo marinero por causa del escorbuto. En
las décadas que siguieron, todas las armadas del mundo adoptaron la dieta
náutica de Cook, y se salvaron las vidas de numerosos marineros y pasajeros.[85]
Sin
embargo, la expedición de Cook tuvo otro resultado, mucho menos benigno. Cook
no solo era un marino y geógrafo experimentado, sino también un oficial naval.
La Royal Society financió una gran parte de los gastos de la expedición, pero
el barco lo había proporcionado la Royal Navy. La armada también contribuyó con
85 marinos y marines bien armados, y equipó el buque con artillería, mosquetes,
pólvora y otro armamento. Gran parte de la información reunida por la
expedición (en particular los datos astronómicos, geográficos, meteorológicos y
antropológicos) eran de un valor político y militar evidente. El descubrimiento
de un tratamiento efectivo para el escorbuto contribuyó en gran medida al
control británico de los océanos del mundo y a su capacidad de enviar ejércitos
al otro extremo del planeta. Cook reclamó para Gran Bretaña muchas de las islas
y tierras que «descubrió», en especial Australia. La expedición de Cook sentó
las bases de la ocupación británica del océano Pacífico sudoccidental; de la conquista
de Australia, Tasmania y Nueva Zelanda; de la instalación de millones de
europeos en las nuevas colonias; y del exterminio de sus culturas nativas y de
la mayor parte de sus poblaciones autóctonas.[86]
En el
siglo que siguió a la expedición de Cook, las tierras más fértiles de Australia
y Nueva Zelanda fueron arrebatadas a sus habitantes por los colonos europeos.
La población nativa se redujo en hasta un 90 por ciento y los supervivientes
fueron sometidos a un duro régimen de opresión racial. Para los aborígenes de
Australia y, en menor medida, para los maoríes de Nueva Zelanda, la expedición
de Cook fue el principio de una catástrofe de la que jamás se han recuperado.
Un
destino todavía peor corrieron los nativos de Tasmania. Después de haber
sobrevivido durante 10.000 años en un aislamiento espléndido, fueron
completamente aniquilados, hasta el último hombre, mujer y niño, al cabo de un
siglo de la llegada de Cook. Los colonos europeos los expulsaron primero de las
partes más ricas de la isla, y después, codiciando incluso las tierras salvajes
que quedaban, los cazaron y los asesinaron de manera sistemática. Los pocos
supervivientes fueron acosados con perros y conducidos a un campo de
concentración evangélico, donde misioneros bienintencionados pero no
particularmente razonables intentaron adoctrinarlos en las costumbres del mundo
moderno. A los tasmanos se les instruyó en la lectura y la escritura, el
cristianismo y varias «habilidades productivas», como coser ropa y labrar el
campo. Pero se negaron a aprender. Se tornaron todavía más melancólicos,
dejaron de tener hijos, perdieron todo interés por la vida y, finalmente,
eligieron el único camino para huir del mundo moderno de la ciencia y el
progreso: la muerte.
¡Qué
lástima!, la ciencia y el progreso los persiguió incluso en la otra vida.
Antropólogos y conservadores, en nombre de la ciencia, se apoderaron de los
cadáveres de los últimos tasmanos. Fueron disecados, pesados y medidos, y
analizados en artículos sabios. Después, cráneos y esqueletos fueron exhibidos
en museos y colecciones antropológicas. No fue hasta 1976 que el Museo Tasmano
aceptó enterrar el esqueleto de Truganini, considerada por muchos la última
persona con sangre totalmente tasmana, que había muerto cien años antes[87]. El Real Colegio Inglés de
Cirujanos conservó muestras de su piel y pelo hasta 2002.
El buque
de Cook, ¿fue una expedición científica protegida por una fuerza militar o una
expedición militar a la que se unieron unos cuantos científicos? Esto es como
preguntar si el depósito de gasolina de nuestro automóvil está medio lleno o
medio vacío. Fue ambas cosas. La revolución científica y el imperialismo
moderno eran inseparables. Personas como el capitán James Cook y el botánico
Joseph Banks apenas podían distinguir la ciencia del imperio. Y tampoco pudo la
infortunada Truganini.
§. ¿Por
qué Europa?
El hecho de que gente procedente de una gran isla del Atlántico septentrional
conquistaran una gran isla al sur de Australia es uno de los casos más extraños
de la historia. No mucho antes de la expedición de Cook, las islas Británicas y
Europa occidental en general no eran más que un rincón atrasado y distante del
mundo mediterráneo. Allí nunca ocurrió nada de importancia. Incluso el Imperio
romano (el único imperio europeo pre moderno importante) obtenía la mayor parte
de sus riquezas de sus provincias del norte de África, los Balcanes y Oriente
Próximo. Las provincias romanas de Europa occidental eran un pobre salvaje
oeste, que contribuía en poco, aparte de minerales y esclavos. La Europa
septentrional era tan desolada y bárbara que ni siquiera valía la pena
conquistarla.
Solo a
finales del siglo XV, Europa se convirtió en sede de acontecimientos militares,
políticos, económicos y culturales importantes. Entre 1500 y 1750, Europa
occidental ganó ímpetu y se convirtió en dueña del «mundo exterior», es decir,
de los dos continentes americanos y de los océanos. Pero incluso entonces,
Europa no era rival para los grandes poderes de Asia. Los europeos consiguieron
conquistar América y obtener la supremacía en el mar principalmente porque las
potencias asiáticas demostraban poco interés en ello. Los inicios de la era
moderna fueron una edad de oro para el Imperio otomano en el Mediterráneo, el
Imperio safávida en Persia, el Imperio mogol en la India y las dinastías chinas
Ming y Qing. Extendieron de manera importante sus territorios y gozaron de un
crecimiento demográfico y económico sin precedentes. En 1775, Asia suponía el
80 por ciento de la economía mundial. Las economías combinadas de la India y
China por sí solas representaban dos tercios de la producción global. En comparación,
Europa era un enano económico.[88]
El centro
global de poder no pasó a Europa hasta el período entre 1750 y 1850, cuando los
europeos humillaron a las potencias asiáticas en una serie de guerras y
conquistaron extensas partes de Asia. Hacia 1900, los europeos controlaban
firmemente la economía mundial y la mayor parte de su territorio. En 1950,
Europa occidental y Estados Unidos suponían en conjunto más de la mitad de la
producción global, mientras que la porción de China se había reducido al 5 por
ciento.[89] Bajo la égida europea
surgió un nuevo orden global y una nueva cultura global. En la actualidad,
todos los humanos son, en mucha mayor medida de lo que en general quieren
admitir, europeos por su manera de vestir, de pensar y por sus gustos. Pueden
ser ferozmente antieuropeos en su retórica, pero casi todo el mundo en el
planeta ve la política, la medicina, la guerra y la economía con ojos europeos,
y escucha música escrita al modo europeo con letras en idiomas europeos.
Incluso la naciente economía china, que puede recuperar pronto su primacía
global, está construida según un modelo europeo de producción y finanzas.
¿Cómo
consiguieron los habitantes de este frío apéndice de Eurasia salir de su remoto
rincón del globo y conquistar el mundo? A menudo se concede mucho crédito a los
científicos de Europa. Es incuestionable que a partir de 1850 la dominación
europea se basó en gran medida en el complejo militar-industrial-científico y
en la magia tecnológica. Todos los imperios de la época moderna tardía que
tuvieron éxito cultivaron la investigación científica con la esperanza de
cosechar innovaciones tecnológicas, y muchos científicos invirtieron la mayor
parte de su tiempo trabajando en armas, medicinas y máquinas para sus amos
imperiales. Una expresión común entre los soldados europeos que se enfrentaban
a enemigos africanos era: «Ocurra lo que ocurra, nosotros tenemos
ametralladoras y ellos no». Las tecnologías civiles no eran menos importantes.
Los alimentos enlatados alimentaban a los soldados, los ferrocarriles y barcos
de vapor transportaban a los soldados y sus provisiones, mientras que un nuevo
arsenal de medicinas curaba a los soldados, marinos e ingenieros de las
locomotoras. Estos avances logísticos desempeñaron un papel más importante en
la conquista europea de África que la ametralladora.
Sin
embargo, esto no era así antes de 1850. El complejo
militar-industrial-científico se hallaba todavía en su infancia; los frutos
tecnológicos de la revolución científica estaban todavía verdes, y la brecha
tecnológica entre las potencias europeas, asiáticas y africanas era pequeña. En
1770, James Cook disponía ciertamente de una tecnología mucho mejor que la de
los aborígenes australianos, pero también disponían de ella los chinos y
otomanos. ¿Por qué razón, pues, fue Australia explorada y colonizada por el
capitán James Cook y no por el capitán Wan Zheng He o por el capitán Husein
Pasha? Y más importante todavía, si en 1770 los europeos no tenían una ventaja
tecnológica significativa sobre los musulmanes, indios y chinos, ¿cómo
consiguieron en el siglo siguiente abrir semejante brecha entre ellos y el
resto del mundo?
¿Por qué
el complejo militar-industrial-científico floreció en Europa y no en la India?
Cuando Gran Bretaña dio el gran salto adelante, ¿por qué Francia, Alemania y
Estados Unidos la siguieron rápidamente, mientras que China quedaba rezagada?
Cuando la brecha entre las naciones industriales y las no industriales se
convirtió en un factor económico y político evidente, ¿por qué Rusia, Italia y
Austria consiguieron salvarla, mientras que Persia, Egipto y el Imperio otomano
fracasaron? Después de todo, la tecnología de la primera oleada industrial era
relativamente simple. ¿Tan difícil era para los chinos o los otomanos diseñar
máquinas de vapor, fabricar ametralladoras y tender vías férreas?
El primer
ferrocarril comercial se inauguró con fines comerciales en 1830 en Gran
Bretaña. En 1850, las naciones europeas estaban recorridas por casi 40.000
kilómetros de vías férreas, pero en todo el conjunto de Asia, África y América
Latina solo había 4.000 kilómetros de vías. En 1880, Occidente se jactaba de
tener más de 350.000 kilómetros de vías férreas, mientras que en el resto del
mundo no había más de 35.000 kilómetros de líneas de tren (y la mayoría de
ellas las tendieron los ingleses en la India).[90] La primera vía férrea en
China no se inauguró hasta 1876. Tenía 25 kilómetros de longitud y la
construyeron europeos; el gobierno chino la destruyó al año siguiente. En 1880,
el Imperio chino no tenía ni un solo ferrocarril. La primera vía férrea en
Persia se construyó en 1888, y conectaba Teherán con un lugar sagrado musulmán
situado a unos 10 kilómetros al sur de la capital. La construyó y la gestionaba
una compañía belga. En 1950, la red de ferrocarriles de Persia era solo de unos
escasos 2.500 kilómetros, en un país cuyo tamaño es siete veces el de Gran
Bretaña.[91]
Los
chinos y los persas no carecían de inventos tecnológicos como las máquinas de
vapor (que se podían copiar libremente, o comprar). Carecían de los valores,
mitos, aparato judicial y estructuras sociopolíticas que tardaron siglos en
cobrar forma y madurar en Occidente, y que no podían copiarse ni asimilarse
rápidamente. Francia y Estados Unidos siguieron con celeridad los pasos de Gran
Bretaña porque los franceses y los estadounidenses ya compartían los mitos y
estructuras sociales más importantes de los británicos. Los chinos y los persas
no pudieron darles alcance con tanta rapidez porque pensaban y organizaban sus
sociedades de manera diferente.
Esta
explicación arroja nueva luz sobre el período que va de 1500 a 1850. En esta
época, Europa no gozó de ninguna ventaja obvia, tecnológica, política, militar
o económica sobre las potencias asiáticas, pero el continente construyó un
potencial único, cuya importancia se reveló de repente hacia 1850. La aparente
igualdad entre Europa, China y el mundo musulmán en 1750 era un espejismo.
Imaginemos a dos constructores, cada uno de los cuales construye atareadamente
dos torres muy altas. Un constructor emplea madera y adobe, mientras que el
otro emplea acero y hormigón. Al principio parece que no hay mucha diferencia
entre los dos métodos, puesto que ambas torres crecen a un ritmo similar y
alcanzan una altura parecida. Sin embargo, una vez que se traspasa un umbral
crítico, la torre de madera y barro no puede soportar la tensión y se derrumba,
mientras que la de acero y hormigón crece piso a piso, hasta donde alcanza la
vista.
¿Qué
potencial desarrolló Europa a principios del período moderno que le permitió
dominar el mundo moderno tardío? Hay dos respuestas complementarias a esta
pregunta: la ciencia moderna y el capitalismo. Los europeos estaban
acostumbrados a pensar y a comportarse de una manera científica y capitalista
aun antes de gozar de ninguna ventaja tecnológica significativa. Cuando empezó
la bonanza tecnológica, los europeos la pudieron domeñar mucho mejor que nadie.
De modo que no es en absoluto una coincidencia que la ciencia y el capitalismo
formen la herencia más importante que el imperialismo europeo ha legado al
mundo post europeo del siglo XXI. Europa y los europeos ya no gobiernan el
mundo, pero la ciencia y el capital se hacen cada vez más fuertes. Las victorias
del capitalismo se examinan en el capítulo siguiente. Este capítulo se dedica a
la historia de amor entre el imperialismo europeo y la ciencia moderna.
§. La
mentalidad de conquista
La ciencia moderna floreció en los imperios europeos y gracias a ellos. La
disciplina tiene evidentemente una enorme deuda con las antiguas tradiciones
científicas, como las de la Grecia clásica, China, la India y el islam, pero su
carácter único no empezó a tomar forma hasta el inicio del período moderno, de
la mano de la expansión imperial de España, Portugal, Gran Bretaña, Francia,
Rusia y los Países Bajos. Durante el período moderno temprano, chinos, indios,
musulmanes, americanos nativos y polinesios continuaron haciendo contribuciones
importantes a la revolución científica. Las intuiciones de los economistas
árabes las estudiaron Adam Smith y Karl Marx, tratamientos que iniciaron
doctores americanos nativos encontraron su camino hasta los textos médicos
ingleses, y los datos extraídos de informadores polinesios revolucionaron la
antropología occidental. Pero hasta mediados del siglo XX, las personas que
compulsaron esta miríada de descubrimientos científicos, y en el proceso
crearon disciplinas científicas, fueron las élites gobernantes e intelectuales
de los imperios europeos globales. El Extremo Oriente y el mundo islámico
produjeron mentes tan inteligentes y curiosas como las de Europa. Sin embargo,
entre 1500 y 1950 no produjeron nada que se acerque remotamente a la física
newtoniana o a la biología darwiniana.
Esto no
significa que los europeos tengan un gen único para la ciencia, o que vayan a
dominar para siempre el estudio de la física y la biología. De la misma manera
que el islam empezó como un monopolio árabe pero del que posteriormente se
apoderaron turcos y persas, la ciencia moderna empezó como una especialidad
europea, si bien en la actualidad se está convirtiendo en una empresa
multiétnica.
¿Qué
forjó el lazo histórico entre la ciencia moderna y el imperialismo europeo? La
tecnología fue un factor importante en los siglos XIX y XX, pero en los inicios
de la era moderna tuvo una importancia relativa. El factor clave fue que el
botánico que buscaba plantas y el oficial naval que buscaba colonias compartían
una manera de pensar similar. Tanto el científico como el conquistador
empezaron admitiendo ignorancia al decir: «No sé qué es lo que hay allá fuera».
Ambos se sintieron impulsados a ir allá y hacer nuevos descubrimientos. Y ambos
confiaban en que el nuevo conocimiento que así adquirirían les convertiría en
dueños del mundo.
* * * *
El
imperialismo europeo fue completamente distinto a todos los demás proyectos
imperiales de la historia. Los anteriores buscadores de imperios solían suponer
que ya comprendían el mundo. La conquista simplemente utilizaba y extendía su
visión del mundo. Los árabes, para citar un ejemplo, no conquistaron Egipto,
Iberia o la India con el fin de descubrir algo que no conocían. Los romanos,
mongoles y aztecas conquistaron vorazmente nuevas tierras en busca de poder y
riquezas, no de saber. En cambio, los imperialistas europeos se dirigieron
hacia lejanas costas con la esperanza de obtener nuevos conocimientos junto con
los nuevos territorios.
James
Cook no fue el primer explorador que pensó de esta manera. Los viajeros
portugueses y españoles de los siglos XV y XVI ya lo habían hecho. El príncipe
Enrique el Navegante y Vasco da Gama exploraron las costas de África y,
mientras lo hacían, tomaron el control de islas y puertos. Cristóbal Colón
«descubrió» América, e inmediatamente reclamó la soberanía de las nuevas
tierras para los reyes de España. Fernando de Magallanes encontró una ruta para
circunnavegar el mundo, y simultáneamente preparó el terreno para la conquista
española de las Filipinas.
A medida
que transcurría el tiempo, la conquista de conocimientos y la conquista de
territorio se entrelazaron de manera todavía más fuerte. En los siglos XVIII y
XIX, casi todas las expediciones militares importantes que partieron de Europa
en dirección a tierras distantes llevaban a bordo científicos que emprendían el
viaje no para luchar, sino para realizar descubrimientos científicos. Cuando
Napoleón invadió Egipto en 1798, llevó consigo 165 estudiosos, que, entre otras
cosas, fundaron una disciplina completamente nueva, la egiptología, e hicieron
importantes contribuciones al estudio de la religión, la lingüística y la
botánica.
En 1831,
la Royal Navy envió al buque HMS Beagle a cartografiar las
costas de Sudamérica, las islas Malvinas y las islas Galápagos. La armada
necesitaba este conocimiento con el fin de estar mejor preparada si había una
guerra. El capitán del buque, que era un científico aficionado, decidió añadir
un geólogo a la expedición para estudiar las formaciones geológicas que la
expedición podía encontrar a lo largo del camino. Después de que varios
geólogos profesionales rechazaran su invitación, el capitán ofreció el puesto a
un graduado de Cambridge de veintidós años de edad, Charles Darwin. Darwin
había estudiado para convertirse en pastor anglicano, pero estaba mucho más
interesado en la geología y en las ciencias naturales que en la Biblia.
Aprovechó la oportunidad, y el resto es historia. Durante el viaje, el capitán
pasó su tiempo dibujando mapas militares mientras que Darwin reunía los datos
empíricos y formulaba las intuiciones que finalmente se convertirían en la
teoría de la evolución.
* * * *
El 20 de
julio de 1969, Neil Armstrong y Buzz Aldrin ponían un pie sobre la superficie
de la Luna. En los meses que antecedieron a su expedición, los astronautas del
Apolo 11 se adiestraron en un remoto desierto de aspecto lunar del oeste de
Estados Unidos. La zona es el hogar de varias comunidades de americanos
nativos, y hay una historia (o leyenda) que describe un encuentro entre los
astronautas y uno de los habitantes locales:
Un día,
mientras efectuaban actividades de adiestramiento, los astronautas se
encontraron con un anciano americano nativo. El hombre les preguntó qué hacían
allí. Le contestaron que formaban parte de una expedición de investigación que
muy pronto viajaría para explorar la Luna. Cuando el anciano oyó esto, quedó en
silencio por unos momentos, y después les pidió a los astronautas si le podrían
hacer un favor.
— ¿Qué
quiere usted? —le preguntaron.
—Bueno
—dijo el anciano—, la gente de mi tribu cree que en la Luna viven espíritus
sagrados. Me preguntaba si ustedes les podrían transmitir un mensaje importante
para ellos de parte de mi pueblo.
— ¿Cuál
es el mensaje? —preguntaron los astronautas.
El hombre
pronunció algo en su lenguaje tribal, y después les pidió a los astronautas que
lo repitieran una y otra vez hasta que lo memorizaron correctamente.
— ¿Qué
significa? —preguntaron los astronautas.
— ¡Oh!,
no puedo decírselo. Es un secreto que solo nuestra tribu y los espíritus de la
Luna pueden conocer.
Cuando
volvieron a su base, los astronautas buscaron y buscaron hasta que encontraron
a alguien que podía hablar el lenguaje tribal, y le pidieron que tradujera el
mensaje secreto. Al repetir lo que habían aprendido de memoria, el traductor
empezó a reírse ruidosamente. Tras calmarse, los astronautas le preguntaron qué
quería decir. El hombre les explicó que la frase que habían aprendido de
memoria con tanto cuidado decía: «No os creáis ni una palabra de lo que esta
gente os diga. Han venido para robaros vuestras tierras».
§. Mapas
vacíos
La mentalidad moderna de «explora y conquista» se halla perfectamente ilustrada
en el desarrollo de los mapas del mundo o mapamundis. Numerosas culturas
dibujaron mapas del mundo mucho antes de la época moderna. Evidentemente,
ninguna de ellas conocía en realidad la totalidad del mundo. Ninguna cultura
afroasiática sabía de América, y ninguna cultura americana sabía de Afroasia.
Pero las regiones desconocidas se omitían simplemente, o bien se llenaban de
monstruos y maravillas imaginarios. Tales mapas no tenían espacios vacíos y
daban la impresión de que había una gran familiaridad con el mundo entero
(véase la figura 23).
Figura 23. Un mapamundi europeo de 1459. Europa se halla arriba a la
izquierda, el Mediterráneo y África debajo, y Asia a la derecha. El mapa está
lleno de detalles, incluso cuando ilustra áreas del mundo que eran
completamente desconocidas para los europeos, como el África austral.
Durante
los siglos XV y XVI, los europeos empezaron a dibujar mapas del mundo con gran
cantidad de espacios vacíos: una indicación del desarrollo de la forma de
pensar científica, así como del impulso imperial europeo. Los mapas vacíos eran
una novedad psicológica e ideológica, una admisión clara de que los europeos
ignoraban lo que había en grandes zonas del mundo.
El punto
de inflexión crucial llegó en 1492, cuando Cristóbal Colón se hizo a la mar
hacia el oeste desde España en busca de una nueva ruta a Asia oriental. Colón
creía todavía en los antiguos y «completos» mapamundis. Utilizándolos, Colón
calculó que Japón debía de hallarse a unos 7.000 kilómetros al oeste de España.
Pero en realidad, más de 20.000 kilómetros y un continente entero y desconocido
separaban Asia oriental de España. El 12 de octubre de 1492, hacia las dos de
la madrugada, la expedición de Colón dio con el continente desconocido. Juan
Rodríguez Bermejo, que actuaba de vigía desde el mástil de la nao Pinta,
divisó una isla que ahora llamamos las Bahamas, y gritó «¡Tierra, tierra!».
Colón
creía haber llegado a una pequeña isla en aguas de la costa de Asia oriental.
Llamó «indios» a las gentes que allí encontró, porque pensaba que había
desembarcado en las Indias, lo que ahora llamamos las Indias Orientales, o el
archipiélago indonesio. Colón se mantuvo en este error durante el resto de su
vida. La idea de que había descubierto un continente desconocido era
inconcebible para él y para muchos de su generación. Durante miles de años, no
solo los grandes pensadores y sabios, sino también las infalibles Escrituras,
habían conocido solo Europa, África y Asia. ¿Podían haber estado equivocados
todos? ¿Podía la Biblia haber pasado por alto la mitad del mundo? Sería algo
así como si en 1969, en su camino hacia la Luna el Apolo 11 se hubiera estrellado
en una luna hasta entonces desconocida que orbitara la Tierra, y que todas las
observaciones previas no hubieran conseguido detectar. En su negativa a admitir
ignorancia, Colón era todavía un hombre medieval. Estaba persuadido de que
conocía todo el mundo, e incluso su trascendental descubrimiento no consiguió
convencerlo de lo contrario.
El primer
hombre moderno fue Amerigo Vespucci, un marino italiano que tomó parte en
varias expediciones a América en los años 1499-1504. Entre 1502 y 1504 se
publicaron en Europa dos textos que describían dichas expediciones y se
atribuyeron a Vespucci. Dichos textos aducían que las nuevas tierras
descubiertas por Colón no eran islas en aguas de la costa de Asia oriental,
sino todo un continente desconocido por las Escrituras, los geógrafos clásicos
y los europeos contemporáneos. En 1507, convencido por estos argumentos, un
respetado cartógrafo llamado Martin Waldseemüller publicó un mapamundi
actualizado, el primero en mostrar que el lugar en el que las flotas europeas
que navegaban hacia el oeste habían desembarcado era un continente separado.
Después de dibujarlo, creyendo equivocadamente que Amerigo Vespucci había sido
la persona que lo había descubierto, Waldseemüller dio nombre al continente en
su honor: América. El mapa de Waldseemüller se hizo muy popular y fue copiado
por otros muchos cartógrafos, lo que extendió el nombre que había dado a la
nueva tierra. Existe cierta justicia poética en el hecho de que una cuarta
parte del mundo, y dos de sus siete continentes, hayan recibido el nombre de un
italiano poco conocido cuya única contribución a la fama es que tuvo la
valentía de decir: «No lo sabemos».
El
descubrimiento de América fue el acontecimiento fundacional de la revolución
científica. No solo enseñó a los europeos a preferir las observaciones actuales
a las tradiciones del pasado, sino que el deseo de conquistar América obligó
asimismo a los europeos a buscar nuevos conocimientos a una velocidad
vertiginosa. Si realmente querían controlar los vastos territorios nuevos,
tenían que reunir una cantidad enorme de nuevos datos sobre la geografía, el
clima, la flora, la fauna, los idiomas, las culturas y la historia del nuevo
continente. Las Escrituras cristianas, los viejos libros de geografía y las
antiguas tradiciones orales eran de poca ayuda.
A partir
de entonces, no solo los geógrafos europeos, sino los eruditos en casi todos
los campos del conocimiento, empezaron a trazar mapas con espacios vacíos que
había que llenar. Comenzaron a admitir que sus teorías no eran perfectas y que
había cosas importantes que no sabían (véase la figura 24).
Figura 24. El mapamundi de Salviati, 1525. Mientras que el mapamundi de 1459
está lleno de continentes, islas y explicaciones detalladas, el mapa de
Salviati está casi vacío. El ojo resigue la costa americana hacia el sur, hasta
que esta termina en el vacío. Quienquiera que observe el mapa y posea una pizca
al menos de curiosidad se sentirá tentado a preguntar: «¿Qué hay más allá de
este punto?». El mapa no da respuestas. Invita al observador a hacerse a la mar
y descubrirlo.
Los
europeos fueron atraídos a los puntos vacíos del mapa como si de imanes se
tratara, y pronto empezaron a rellenarlos. Durante los siglos XV y XVI,
expediciones europeas circunnavegaron África, exploraron América, atravesaron
los océanos Pacífico e Índico, y crearon una red de bases y colonias por todo
el mundo. Establecieron los primeros imperios realmente globales y urdieron
juntos la primera red comercial global. Las expediciones imperiales europeas
transformaron la historia del mundo: de ser una serie de historias de pueblos y
culturas aislados, se convirtió en la historia de una única sociedad humana
integrada.
Estas
expediciones europeas de exploración y conquista nos resultan tan familiares
que solemos pasar por alto lo extraordinarias que fueron. Nunca antes había
acaecido nada parecido. Las campañas de conquista a gran distancia no son una
empresa natural. A lo largo de la historia la mayoría de las sociedades humanas
estaban tan inmersas en los conflictos locales y pendencias con sus vecinos que
nunca consideraron explorar y conquistar tierras lejanas. La mayoría de los
grandes imperios extendieron su control únicamente sobre su vecindario
inmediato: alcanzaron tierras remotas por el simple hecho de que su vecindario
se fue expandiendo. Así, los romanos conquistaron Etruria con el fin de
defender Roma (c. 350-300 a.C.). Después conquistaron el valle del
Po para poder defender Etruria (c. 200 a.C.). A continuación
conquistaron la Provenza para defender el valle del Po (c. 120
a.C.), la Galia para defender Provenza (c. 50 a.C.), y Britania
para defender la Galia (c. 50 d.C.). Les llevó 400 años ir desde
Roma a Londres. En 350 a.C., a ningún romano se le hubiera ocurrido navegar
directamente hasta Britania y conquistarla.
En
ocasiones, un gobernante o aventurero ambicioso se embarcaba en una campaña de
conquista de largo alcance, pero dichas campañas solían seguir rutas imperiales
o comerciales bien trilladas. Las campañas de Alejandro Magno, por ejemplo, no
acabaron en el establecimiento de un nuevo imperio, sino en la usurpación de un
imperio ya existente: el de los persas. Los precedentes más cercanos de los
imperios europeos modernos fueron los antiguos imperios navales de Atenas y
Cartago, y el imperio naval de Majapahit, que dominó gran parte de Indonesia en
el siglo XIV. Pero incluso estos imperios rara vez se aventuraban en mares
desconocidos; sus hazañas navales eran empeños locales cuando se comparan con
las empresas de los europeos modernos.
Muchos
expertos aducen que los viajes del almirante Zheng He, de la dinastía Ming de
China, fueron precursores de los viajes europeos de descubrimiento, y los
eclipsaron. Entre 1405 y 1433, Zheng He dirigió siete enormes armadas desde
China hasta los extremos más alejados del océano Índico. La mayor de ellas
comprendía casi 300 barcos y transportaba cerca de 30.000 personas.[92] Visitaron Indonesia, Sri
Lanka, la India, el golfo Pérsico, el mar Rojo y África oriental. Barcos chinos
anclaron en Yidda, el principal puerto del Hiyaz, y en Malindi, en la costa de
Kenia. La flota de Colón en 1492, que consistía en tres barcos pequeños
tripulados por 120 marineros, era como un trío de mosquitos comparado con la
multitud de dragones de Zheng He.[93]
Sin
embargo, había una diferencia crucial. Zheng He exploraba los océanos, y
ayudaba a los gobernantes pro chinos, pero no intentaba conquistar o colonizar
los países que visitaba. Además, las expediciones de Zheng He no estaban
profundamente arraigadas en la política y la cultura chinas. Cuando la facción
gobernante en Beijing cambió durante la década de 1430, los nuevos jefes
supremos pusieron fin abruptamente a la operación. La gran flota fue
desmantelada, se perdió un conocimiento técnico y geográfico crucial y ningún
otro explorador de la misma talla y con los mismos medios se hizo nunca más a
la mar desde un puerto chino. Los gobernantes chinos de los siglos siguientes,
al igual que la mayoría de los gobernantes chinos de los siglos anteriores,
restringieron sus intereses y ambiciones al entorno inmediato del Reino Medio.
Las
expediciones de Zheng He demuestran que Europa no gozaba de una ventaja
tecnológica descollante. Lo que hacía excepcionales a los europeos era su
ambición inigualada e insaciable de explorar y conquistar. Aunque pudieron
haber tenido la capacidad, los romanos no intentaron nunca conquistar la India
o Escandinavia, los persas no intentaron nunca conquistar Madagascar o España,
y los chinos no intentaron nunca conquistar Indonesia o África. La mayoría de
los gobernantes chinos dejaron al vecino Japón a sus propios recursos. No había
nada de peculiar en ello. Lo raro es que los europeos de los albores de la edad
moderna sucumbieran a una fiebre que los impulsó a navegar hasta tierras
distantes y desconocidas llenas de culturas extrañas, a plantar el pie en sus
playas y a declarar: «¡Reclamo todos estos territorios para mi rey!».
§.
Invasión desdeel espacio exterior
Hacia 1517, los colonos españoles en las islas del Caribe empezaron a oír vagos
rumores acerca de un poderoso imperio situado en algún lugar del centro
continental mexicano. Solo cuatro años después, la capital azteca era una ruina
humeante, el Imperio azteca era cosa del pasado y Hernán Cortés señoreaba un
vasto y nuevo imperio español en México.
Los
españoles no se detuvieron para felicitarse por el éxito y ni siquiera para
tomar aliento. Iniciaron de inmediato operaciones de exploración y conquista en
todas direcciones. Los antiguos gobernantes de América Central (los aztecas,
los toltecas y los mayas) apenas sabían de la existencia de Sudamérica, y nunca
hicieron ningún intento de sojuzgarla, a lo largo de 2.000 años. Pero en poco
más de diez años después de la conquista española de México, Francisco Pizarro
había descubierto el Imperio inca en Sudamérica y lo había conquistado en 1532
(véase el mapa 6).
Mapa 6. Los imperios azteca e inca en la época de la conquista española.
Si los
aztecas y los incas hubieran mostrado un poco más de interés en el mundo que
los rodeaba, y si hubieran sabido lo que los españoles habían hecho a sus
vecinos, podrían haber resistido con más entusiasmo y éxito a la conquista
española. En los años que separan el primer viaje de Colón a América (1492) del
desembarco de Cortés en México (1519), los españoles conquistaron la mayoría de
las islas del Caribe, y establecieron una cadena de nuevas colonias. Para los
nativos sometidos, dichas colonias eran el infierno en la Tierra. Estaban
gobernados con puño de hierro por colonos codiciosos y sin escrúpulos que los
esclavizaron y los pusieron a trabajar en minas y plantaciones, y que mataron a
quienquiera que ofreciese la más mínima resistencia. La mayor parte de la
población nativa murió pronto, ya fuera debido a las duras condiciones de
trabajo o a la virulencia de las enfermedades que llegaron a América a bordo de
los buques de vela de los conquistadores. En veinte años, casi toda la
población nativa del Caribe había sido aniquilada. Y los colonos españoles
empezaron a importar esclavos africanos para llenar el vacío.
Este
genocidio tuvo lugar a las puertas mismas del Imperio azteca, pero cuando
Cortés desembarcó en la costa oriental del imperio, los aztecas lo desconocían
totalmente. La llegada de los españoles fue el equivalente de una invasión
extraterrestre procedente del espacio exterior. Los aztecas estaban convencidos
de que conocían el mundo entero y de que gobernaban la mayor parte del mismo.
Para ellos era inimaginable que fuera de sus dominios pudiera existir gente
como los españoles. Cuando Cortés y sus hombres desembarcaron en las soleadas
playas de lo que actualmente es Veracruz, fue la primera vez que los aztecas se
encontraron con un pueblo completamente desconocido.
Los
aztecas no supieron cómo reaccionar. Tenían dificultad en decidir qué eran esos
extranjeros. A diferencia de todos los humanos conocidos, los extraños tenían
la piel blanca. También tenían mucho pelo facial. Algunos tenían el cabello del
color del sol. Hedían de una manera horrible. (La higiene de los nativos era
mucho mejor que la de los españoles. Cuando los españoles llegaron a México por
primera vez, se les asignaron nativos portadores de quemadores de incienso para
acompañarlos a dondequiera que fueran. Los españoles pensaron que se trataba de
una marca de honor divino. Ahora sabemos, por fuentes de los nativos, que
encontraron insoportable el olor de los recién llegados.)
La
cultura material de los extranjeros era incluso más desconcertante. Habían
llegado en barcos gigantescos, que los aztecas no habían imaginado nunca, y
mucho menos visto. Cabalgaban sobre animales enormes y terribles, rápidos como
el viento. Podían producir rayos y truenos que salían de sus palos de
reluciente metal. Poseían espadas largas y relucientes y armaduras
impenetrables, contra las cuales las espadas de madera y las lanzas de pedernal
de los nativos eran inútiles.
Algunos
aztecas pensaban que debían de ser dioses. Otros aducían que eran demonios, o
los fantasmas de los muertos, o poderosos magos. En lugar de concentrar todas
las fuerzas disponibles y aniquilar a los españoles, los aztecas deliberaron,
perdieron el tiempo y negociaron. No veían ninguna razón para apresurarse.
Después de todo, Cortés no tenía más que 550 españoles con él. ¿Qué podían
hacer 550 hombres contra un imperio de millones?
Cortés
era igualmente ignorante acerca de los aztecas, pero él y sus hombres disponían
de algunas ventajas importantes sobre sus adversarios. Mientras que los aztecas
no tenían experiencia que les preparara para la llegada de esos extranjeros de
extraño aspecto y malolientes, los españoles sabían que la Tierra estaba llena
de reinos humanos desconocidos, y nadie tenía más experiencia en invadir
tierras ajenas y en tratar con situaciones que desconocían completamente. Para
el conquistador europeo moderno, como para el científico europeo moderno,
sumergirse en lo desconocido era estimulante.
De modo
que cuando Cortés echó anclas en aguas de aquella soleada playa en julio de
1519, no dudó en actuar. Como un extraterrestre de ciencia ficción que sale de
su nave espacial, declaró a los anonadados nativos: «Venimos en son de paz.
Llevadnos ante vuestro jefe». Cortés explicó que era un emisario pacífico del
gran rey de España, y solicitó una entrevista diplomática con el gobernante
azteca, Moctezuma II. (Era una mentira descarada. Cortés dirigía una expedición
independiente de aventureros codiciosos. El rey de España no había oído hablar
de Cortés, ni de los aztecas.) A Cortés le proporcionaron guías, alimentos y
ayuda militar los enemigos locales de los aztecas. Después se dirigió hacia la
capital azteca, la gran metrópoli de Tenochtitlan.
Los
aztecas permitieron que los extranjeros avanzaran directamente hasta la
capital, y después llevaron respetuosamente al jefe de los extranjeros al
encuentro con el emperador Moctezuma. En plena entrevista, Cortés hizo una
señal, y los españoles, armados con el acero de sus espadas, mataron a los
guardias de Moctezuma (que estaban armados solo con palos de madera y espadas
de piedra). Y el invitado de honor hizo prisionero a su anfitrión.
Cortés se
hallaba ahora en una situación muy delicada. Había capturado al emperador, pero
estaba rodeado por decenas de miles de guerreros enemigos enfurecidos, millones
de civiles hostiles y por todo un continente del que no sabía prácticamente
nada. Tenía a su disposición únicamente unos pocos cientos de españoles, y los
refuerzos españoles más cercanos se hallaban en Cuba, a más de 1.500 kilómetros
de distancia.
Cortés
mantuvo a Moctezuma cautivo en su palacio, haciendo ver que el rey estaba libre
y que mandaba, y que el «embajador español» no era más que un invitado. El
Imperio azteca era una organización política muy centralizada, y esta situación
sin precedentes lo paralizó. Moctezuma continuaba comportándose como si
gobernara el imperio, y la élite azteca continuaba obedeciéndole, lo que
significaba que obedecía a Cortés. Esta situación duró varios meses, tiempo
durante el cual Cortés interrogó a Moctezuma y a sus ayudantes, adiestró a
traductores en diversos idiomas locales y envió pequeñas expediciones de
españoles en todas direcciones para que se familiarizaran con el Imperio azteca
y las diversas tribus, pueblos y ciudades que este gobernaba.
Al final,
la élite azteca se rebeló contra Cortés y Moctezuma, eligió a un nuevo
emperador y expulsó a los españoles de Tenochtitlan. Sin embargo, a esas
alturas ya habían aparecido numerosas grietas en el edificio imperial. Cortés
empleó el conocimiento que había obtenido para abrir más todavía dichas grietas
y escindir el imperio desde dentro. Convenció a muchos de los pueblos
tributarios del imperio para que se unieran a él contra la élite azteca
gobernante. Y los pueblos tributarios cometieron un terrible error de cálculo.
Odiaban a los aztecas, pero no sabían nada de España o del genocidio caribeño.
Supusieron que con la ayuda de los españoles podrían librarse del yugo azteca.
Nunca se les ocurrió la idea de que los españoles acabarían sojuzgándolos. Estaban
seguros de que si Cortés y sus pocos cientos de secuaces causaban algún
problema, podrían ser vencidos fácilmente. Los pueblos rebeldes proporcionaron
a Cortés un ejército de decenas de miles de soldados locales, y con su ayuda
Cortés asedió Tenochtitlan y conquistó la ciudad.
En esta
fase, cada vez más soldados y colonos españoles llegaban a México, algunos
desde Cuba, otros directamente desde España. Cuando los pueblos locales se
dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo, ya era demasiado tarde. Al cabo de
un siglo del desembarco en Veracruz, la población nativa de las Américas se
había reducido en un 90 por ciento, debido sobre todo a enfermedades con las
que no estaba familiarizada y que llegaron a América con los invasores. Los
supervivientes se encontraron a merced de un régimen codicioso y racista que
era mucho peor que el de los aztecas.
Diez años
después de que Cortés desembarcara en México, Pizarro llegó a las costas del
Imperio inca. Tenía menos soldados que Cortés (¡su expedición constaba solo de
168 hombres!), pero Pizarro se aprovechó de todo el conocimiento y la
experiencia conseguidos en las invasiones previas. Los incas, en cambio, no
sabían nada de la suerte que habían corrido los aztecas. Pizarro emuló a
Cortés. Declaró ser un emisario pacífico del rey de España, invitó al emperador
inca, Atahualpa, a una entrevista diplomática y después lo secuestró. Pizarro
se dedicó a conquistar el paralizado imperio con la ayuda de aliados locales.
Si los pueblos tributarios del Imperio inca hubieran conocido la suerte que
corrieron los habitantes de México, no se habrían puesto a merced de los
invasores. Pero la desconocían.
* * * *
Los
pueblos nativos de América no fueron los únicos en pagar un alto precio por su
punto de vista localista. Los grandes imperios de Asia (el otomano, el
safávida, el mogol y el chino) tuvieron muy pronto noticias de que los europeos
habían descubierto algo grande, pero mostraron muy poco interés por dichos
descubrimientos. Continuaron creyendo que el mundo giraba alrededor de Asia, y
no hicieron ningún intento para competir con los europeos por el control de
América o de las nuevas rutas oceánicas en el Atlántico y el Pacífico. Incluso
reinos europeos pequeños, como Escocia y Dinamarca, enviaron algunas
expediciones de exploración y conquista a América, pero ni una sola expedición,
ni de exploración ni de conquista, fue enviada nunca a América desde el mundo
islámico, la India o China. La primera potencia no europea que intentó enviar
una expedición militar a América fue Japón. Esto ocurrió en junio de 1942,
cuando una expedición japonesa conquistó Kiska y Attu, dos pequeñas islas en
aguas de Alaska, y capturó a diez soldados estadounidenses y un perro. Los
japoneses no se acercaron más al continente.
Es
difícil argumentar que los otomanos o los chinos se hallaban demasiado lejos, o
que carecían de los medios tecnológicos, económicos o militares. Los recursos
que enviaron a Zheng He desde China hasta África oriental en la década de 1420
tendrían que haber sido suficientes para alcanzar América. Los chinos,
simplemente, no estaban interesados. El primer mapamundi chino que mostraba
América no se produjo hasta 1602… ¡y por un misionero europeo!
Durante
300 años, los europeos gozaron de un dominio indiscutible en América y Oceanía,
en el Atlántico y el Pacífico. Las únicas refriegas importantes en estas
regiones fueron entre diferentes potencias europeas. Finalmente, las riquezas y
los recursos acumulados por los europeos les permitieron invadir también Asia,
derrotar sus imperios y dividirlos entre ellos. Cuando los otomanos, persas,
indios y chinos se despertaron y comenzaron a prestar atención, ya era
demasiado tarde.
* * * *
No fue
hasta el siglo XX cuando las culturas no europeas adoptaron una visión
realmente global. Este fue uno de los factores cruciales que condujo al
hundimiento de la hegemonía europea. Así, en la guerra de la independencia
argelina (1954-1962), los guerrilleros argelinos derrotaron a un ejército
francés con una ventaja numérica, tecnológica y económica abrumadora. Los
argelinos vencieron porque los apoyaba una red anticolonial global, y porque
supieron cómo hacer que simpatizaran con su causa los medios de comunicación de
todo el mundo, así como la opinión pública francesa. La derrota que el pequeño
Vietnam del Norte infligió al coloso estadounidense se basaba en una estrategia
similar. Las fuerzas de guerrillas demostraron que incluso las superpotencias
podían ser derrotadas si una lucha local se convertía en una causa global. Es
interesante especular acerca de qué podría haber ocurrido si Moctezuma hubiera
podido manipular a la opinión pública en España y conseguir la ayuda de uno de
los rivales de España: Portugal, Francia o el Imperio otomano.
§. Arañas
raras y escrituras olvidadas
La ciencia moderna y los imperios modernos estuvieron motivados por la
inquietud de que quizá algo importante aguardaba más allá del horizonte, algo
que era mejor que exploraran y domeñaran. Pero la alianza entre ciencia e
imperio era mucho más profunda. No solo la motivación, sino también las
prácticas de los forjadores de imperios estaban entrelazadas con las de los
científicos. Para los europeos modernos, construir un imperio era un proyecto
científico, mientras que establecer una disciplina científica era un proyecto
imperial.
Cuando
los musulmanes conquistaron la India, no llevaron consigo arqueólogos que
estudiaran la historia india de manera sistemática, antropólogos que estudiaran
las culturas indias, geólogos que estudiaran los suelos indios, o zoólogos que
estudiaran la fauna india. En cambio, cuando los ingleses conquistaron la
India, sí lo hicieron. El 10 de abril de 1802 se puso en marcha el Gran
Levantamiento de Planos de la India, que duró 60 años. Con ayuda de decenas de
miles de trabajadores, estudiosos y guías nativos, los británicos
cartografiaron detenidamente toda la India, marcando fronteras, midiendo
distancias e incluso calculando por primera vez la altura exacta del monte
Everest y de otras cumbres del Himalaya. Los ingleses exploraron los recursos
militares de las provincias indias y la localización de sus minas de oro, pero
también se tomaron la molestia de recabar información sobre raras arañas
indias, catalogar coloridas mariposas, seguir la pista de los antiguos orígenes
de lenguajes indios extinguidos y de excavar ruinas olvidadas.
Mohenjo-daro
fue una de las principales ciudades de la civilización del valle del Indo que
floreció en el tercer milenio a.C. y fue destruida hacia 1900 a.C. Ninguno de
los gobernantes de la India anteriores a los ingleses (ni los maurias, ni los
guptas, ni los sultanes de Delhi, ni los grandes mogoles) habían prestado a las
ruinas mayor atención. Pero un reconocimiento arqueológico inglés advirtió la
localidad en 1922. Un equipo inglés lo excavó a continuación, y descubrió la
primera gran civilización de la India, de la que ningún indio había sido
consciente.
Otro
ejemplo revelador de la curiosidad científica de los ingleses fue el
desciframiento de la escritura cuneiforme. Esta era la escritura principal
utilizada en todo Oriente Próximo durante casi 3.000 años, pero la última
persona capaz de leerla murió probablemente en algún momento de principios del
primer milenio d.C. Desde entonces, los habitantes de la región encontraban con
frecuencia inscripciones cuneiformes en monumentos, estelas, ruinas antiguas y
fragmentos de cerámica, pero no tenían ni idea de cómo leer aquellos garabatos
extraños y angulares y, por lo que sabemos, tampoco lo intentaron nunca. La
escritura cuneiforme llamó la atención de los europeos cuando, en 1618, el
embajador español en Persia fue a visitar las ruinas de la antigua Persépolis,
donde vio inscripciones que nadie pudo explicarle. La noticia acerca de la
desconocida escritura se extendió entre los sabios europeos y despertó su
curiosidad. En 1657, estudiosos europeos publicaron la primera transcripción de
un texto cuneiforme procedente de Persépolis. Siguieron cada vez más
transcripciones, y durante casi dos siglos, los sabios de Occidente intentaron
descifrarlas. Nadie lo consiguió.
En la
década de 1830, un oficial inglés llamado Henry Rawlinson fue enviado a Persia
para ayudar al sha a adiestrar a su ejército al estilo europeo. En su tiempo
libre, Rawlinson viajó por Persia, y un día los guías locales lo llevaron a un
acantilado en los montes Zagros y le mostraron la enorme inscripción Behistún.
De unos 15 metros de alto por 25 de ancho, había sido esculpida a cierta altura
sobre la pared del acantilado siguiendo órdenes del rey Darío I, en algún
momento alrededor de 500 a.C. Estaba escrita en escritura cuneiforme en tres
idiomas: persa antiguo, elamita y babilonio. La inscripción era bien conocida
por la población local, pero nadie podía leerla. Rawlinson estaba convencido de
que si podía descifrar la escritura eso le permitiría a él y a otros estudiosos
leer las numerosas inscripciones y textos que por aquel entonces se estaban
descubriendo en todo Oriente Próximo, lo que abriría una puerta a un mundo
antiguo olvidado.
El primer
paso para descifrar la escritura era producir una transcripción precisa que
pudiera enviarse a Europa. Rawlinson desafió a la muerte para hacerlo, pues
escaló el empinado farallón para copiar las extrañas letras. Contrató a varios
nativos para que le ayudaran, en especial un muchacho kurdo que trepó hasta las
partes más inaccesibles del despeñadero con el fin de copiar la parte superior
de la inscripción. En 1847, el proyecto se concluyó y se envió a Europa una
copia completa y exacta.
Rawlinson
no se durmió en los laureles. En tanto que oficial del ejército, tenía misiones
militares y políticas que llevar a cabo, pero siempre que tenía un momento
libre se dedicaba a intentar descifrar la escritura secreta. Probó un método
tras otro y finalmente consiguió descifrar la parte de persa antiguo de la
inscripción. Esto fue lo más fácil, puesto que el persa antiguo no era muy
diferente del persa moderno, que Rawlinson conocía bien. Comprender la sección
de persa antiguo le dio la clave que necesitaba para revelar los secretos de
las secciones de elamita y babilonio. La gran puerta se abrió, y de ella surgió
un torrente de voces antiguas pero vívidas: el ajetreo de bazares sumerios, las
proclamas de reyes asirios, las discusiones de los burócratas babilonios. Sin
los esfuerzos de los imperialistas europeos modernos como Rawlinson, no
sabríamos apenas nada acerca del destino de los antiguos imperios de Oriente
Próximo.
* * * *
Otro
notable sabio imperialista fue William Jones. Jones llegó a la India en
septiembre de 1783 para servir como juez en el Tribunal Superior de Bengala.
Quedó tan cautivado por las maravillas de la India que antes de que
transcurrieran seis meses de su llegada ya había fundado la Sociedad Asiática.
Esta organización académica se dedicaba al estudio de las culturas, las
historias y las sociedades de Asia, y en particular las de la India. Pasados
otros dos años, Jones publicó The Sanskrit Language, el texto fundacional
de la ciencia de la lingüística comparada.
En este
libro Jones señalaba semejanzas sorprendentes entre el sánscrito, un antiguo
lenguaje indio que se convirtió en la lengua sagrada del ritual hindú, y los
idiomas griego y latín, así como semejanzas entre todas estas lenguas y el
gótico, el celta, el persa antiguo, el alemán, el francés y el inglés. Así, en
sánscrito, «madre» es matar, en latín es mater, en
inglés mother y en celta antiguo es mathir. Jones
supuso que todos estos idiomas debían de compartir un origen común, y que se
desarrollaron a partir de un antepasado antiguo ahora olvidado. Fue, pues, el
primero en identificar lo que posteriormente se llamaría la familia indoeuropea
de idiomas.
The
Sanskrit Language fue
un estudio fundamental no solo debido a las hipótesis atrevidas (y exactas) de
Jones, sino también por la metodología ordenada que desarrolló para comparar
idiomas. Esta fue adoptada por otros expertos, lo que les permitió estudiar de
manera sistemática el desarrollo de todos los idiomas del mundo.
La
lingüística recibió un apoyo imperial entusiasta. Los imperios europeos
creyeron que, con el fin de gobernar de manera efectiva, tenían que conocer los
idiomas y culturas de sus súbditos. Se suponía que los oficiales británicos que
llegaban a la India habían de pasar hasta tres años en una facultad de Calcuta,
en la que estudiaban derecho hindú y musulmán junto con derecho inglés;
sánscrito, urdu y persa a la vez que griego y latín; y cultura tamil, bengalí e
indostaní, además de matemáticas, economía y geografía. El estudio de la
lingüística proporcionó una ayuda inestimable para la comprensión de la
estructura y la gramática de los idiomas locales.
Gracias
al trabajo de personas como William Jones y Henry Rawlinson, los conquistadores
europeos conocían muy bien sus imperios, mucho mejor que ninguno de sus
conquistadores anteriores, o incluso que la propia población nativa. Su
conocimiento superior tenía ventajas prácticas evidentes. Sin dicho
conocimiento, es improbable que un número ridículamente pequeño de británicos
pudiera haber conseguido gobernar, oprimir y explotar a tantos cientos de
millones de indios durante dos siglos. A lo largo del siglo XIX y comienzos del
XX, menos de 5.000 funcionarios británicos, entre 40.000 y 70.000 soldados
británicos y quizá otros 100.000 comerciantes ingleses, gorristas, esposas e
hijos fueron suficientes para conquistar y luego gobernar a 300 millones de
indios.[94]
Pero
estas ventajas prácticas no eran la única razón por la que los imperios
financiaban el estudio de la lingüística, la botánica, la geografía y la
historia. No era de menor importancia el hecho de que la ciencia daba a los
imperios una justificación ideológica. Los europeos modernos estaban
convencidos de que adquirir más conocimientos siempre era bueno. El hecho de
que los imperios produjeran un flujo constante de conocimientos nuevos les
confería un marchamo de empresas progresistas y positivas. Incluso en la
actualidad, la historia de ciencias como la geografía, la arqueología y la
botánica no pueden evitar reconocer el papel de los imperios europeos, al menos
indirectamente. La historia de la botánica tiene poco que decir acerca del
sufrimiento de los aborígenes australianos, pero suele encontrar algunas
palabras amables para James Cook y Joseph Banks.
Además,
el nuevo conocimiento acumulado por los imperios hacía posible, al menos en
teoría, beneficiar a las poblaciones conquistadas y llevarles los beneficios
del «progreso»: proporcionarles medicina y educación, construir vías férreas y
canales, asegurar la justicia y la prosperidad. Los imperialistas afirmaban que
sus imperios no eran enormes empresas de explotación, sino proyectos altruistas
que se realizaban en pro de las razas no europeas; en palabras de Rudyard
Kipling, «La carga del Hombre Blanco»:
Llevad la
carga del Hombre Blanco.
Enviad a losmejores de entre vosotros;
atad a vuestroshijos al exilio
paraservir a las necesidades de vuestros cautivos;
para esperar, con pesadas guarniciones,
a gentes tumultuosas y salvajes;
a vuestros recién conquistados e indolentes pueblos,
mitaddemonios y mitad niños[95]
Desde
luego, los hechos a menudo desmentían este mito. Los ingleses conquistaron
Bengala, la provincia más rica de la India, en 1764. Los nuevos gobernantes no
estaban interesados en nada que no fuera enriquecerse. Adoptaron una política
económica desastrosa que unos pocos años más tarde condujo al estallido de la
Gran Hambruna de Bengala. Empezó en 1769, alcanzó niveles catastróficos en
1770, y duró hasta 1773. Unos diez millones de bengalíes, un tercio de la
población de la provincia, murió en la calamidad.[96]
En
realidad, ni la narración de opresión y explotación, ni la de «La carga del
Hombre Blanco» se ajustan por completo a los hechos. Los imperios europeos
hicieron tantas cosas diferentes a una escala tan grande, que se pueden
encontrar muchísimos ejemplos que respalden lo que se quiera decir sobre ellos.
¿Queremos decir que estos imperios eran monstruosidades malignas que
extendieron la muerte, la opresión y la injusticia alrededor del mundo?
Fácilmente podríamos llenar una enciclopedia con sus crímenes. ¿Queremos
argumentar que en realidad mejoraron las condiciones de sus súbditos con nuevos
medicamentos, mejores condiciones económicas y mayor seguridad? Se podría
llenar otra enciclopedia con sus logros. Debido a su estrecha cooperación con
la ciencia, dichos imperios detentaban tanto poder y cambiaron de tal manera el
mundo que quizá no se les pueda calificar simplemente de buenos o malos.
Crearon el mundo tal como lo conocemos, incluidas las ideologías que utilizamos
para juzgarlos.
Pero la
ciencia fue también usada por el imperialismo para fines más siniestros.
Biólogos, antropólogos e incluso lingüistas proporcionaron pruebas científicas
de que los europeos eran superiores a todas las demás razas, y en consecuencia
tenían el derecho (si no el deber) de gobernarlas. Después de que William Jones
concluyera que todas las lenguas indoeuropeas descienden de un único idioma
antiguo, muchos estudiosos estaban ansiosos por descubrir quiénes habían sido
los hablantes de dicho idioma. Descubrieron que los primeros hablantes de
sánscrito, que habían invadido la India desde Asia Central hacía más de 3.000
años, se habían denominado a sí mismos Arya. Los hablantes del
primer lenguaje persa se llamaban a sí mismos Airiia. En
consecuencia, los estudiosos europeos supusieron que las gentes que hablaban el
idioma primordial que dio origen tanto al sánscrito como al persa (y también al
griego, al latín, al gótico y al celta) debieron de haberse llamado arios.
¿Podía ser una coincidencia que los que fundaron las magníficas civilizaciones
india, persa, griega y romana fueran todos arios?
A
continuación, los estudiosos ingleses, franceses y alemanes relacionaron la
teoría lingüística sobre los industriosos arios con la teoría de Darwin de la
selección natural y postularon que los arios no eran solo un grupo lingüístico,
sino una entidad biológica: una raza. Y no una raza cualquiera, sino una raza
dominante, de humanos altos, de pelo claro, ojos azules, industriosos y super
racionales que surgieron de las brumas del norte para sentar las bases de la
cultura por todo el mundo. Lamentablemente, los arios que invadieron la India y
Persia se casaron con los nativos locales que encontraron en esos países, y
perdieron su complexión blanca y su cabello rubio, y con ellos su racionalidad
y diligencia. En consecuencia, las civilizaciones de la India y Persia
decayeron. En Europa, en cambio, los arios conservaron su pureza racial. Esta
es la razón por la que los europeos habían conseguido conquistar el mundo, y
por la que estaban destinados a domeñarlo… siempre que tomaran precauciones
para no mezclarse con razas inferiores.
Estas
teorías racistas gozaron de prominencia y respetabilidad durante muchas
generaciones y justificaron la conquista occidental del mundo. Finalmente, al
concluir el siglo XX, al tiempo que los imperios occidentales se desmoronaban,
el racismo se convirtió en anatema tanto entre los científicos como entre los
políticos. Pero la creencia en la superioridad occidental no desapareció. En
cambio, adoptó una forma nueva. El racismo ha sido sustituido por el
«culturismo». Este término no existe, pero ya es hora de que lo inventemos. Las
élites actuales suelen justificar la superioridad en términos de diferencias
históricas entre culturas en lugar de hacerlo en términos de diferencias
biológicas entre razas. Ya no decimos: «Está en su sangre». Ahora decimos: «Está
en su cultura».
Así, los
partidos europeos de derechas que se oponen a la inmigración musulmana suelen
tener cuidado en evitar la terminología racial. Los que le escriben los
discursos a Marine Le Pen habrían sido despedidos al instante si le hubieran
sugerido a la líder del Frente Nacional que declarara en la televisión que «No
queremos que estos semitas inferiores diluyan nuestra sangre aria y echen a
perder nuestra civilización aria». En lugar de ello, el Frente Nacional
francés, el Partido por la Libertad holandés, la Alianza por el Futuro de
Austria y sus afines tienden a argumentar que la cultura occidental, al haber
evolucionado en Europa, está caracterizada por valores democráticos, tolerancia
e igualdad de género, mientras que la cultura musulmana, que evolucionó en
Oriente Próximo, se caracteriza por una política jerárquica, fanatismo y
misoginia. Puesto que las dos culturas son tan distintas, y puesto que muchos
inmigrantes musulmanes no quieren (y quizá no pueden) adoptar los valores
occidentales, no se les debería permitir entrar, no sea que fomenten conflictos
internos y corroan la democracia y el liberalismo europeos.
Estos
argumentos culturistas están alimentados por estudios científicos en las
humanidades y las ciencias sociales que ponen de relieve el llamado choque de
civilizaciones y las diferencias fundamentales entre culturas diferentes. No
todos los historiadores y antropólogos aceptan estas teorías o respaldan su uso
político. Pero mientras que en la actualidad los biólogos lo tienen fácil para
desautorizar el racismo, explicando simplemente que las diferencias biológicas
entre las poblaciones humanas actuales son triviales, para los historiadores y
antropólogos es difícil desautorizar el culturismo. Después de todo, si las
diferencias entre las culturas humanas son triviales, ¿por qué habríamos de
pagar a historiadores y antropólogos para que las estudien?
* * * *
Los
científicos proporcionaron al proyecto imperial conocimientos prácticos,
justificación ideológica y artilugios tecnológicos. Sin su contribución
resultaría muy cuestionable que los europeos hubieran conquistado el mundo. Los
conquistadores devolvieron el favor al proporcionar a los científicos
información y protección, al apoyar todo tipo de proyectos extraños y
fascinantes y al extender la manera de pensar científica a los rincones más
alejados de la Tierra. Sin el respaldo imperial, es dudoso que la ciencia
moderna hubiera progresado mucho. Hay muy pocas disciplinas científicas que no
empezaran su vida como servidoras del crecimiento imperial y que no deban una
gran proporción de sus descubrimientos, colecciones, edificios y estudios a la
ayuda generosa de oficiales del ejército, capitanes de la armada y gobernadores
imperiales.
Evidentemente,
esta no es toda la historia. La ciencia fue apoyada por otras instituciones, no
solo por los imperios. Y los imperios europeos surgieron y florecieron gracias
también a factores distintos de la ciencia. Detrás del ascenso meteórico tanto
de la ciencia como del imperio acecha una fuerza particularmente importante: el
capitalismo. Si no hubiera sido por hombres de negocios que buscaban hacer
dinero, Colón no habría llegado a América, James Cook no habría alcanzado
Australia y Neil Armstrong nunca habría dado aquel pequeño paso sobre la
superficie de la Luna.
Capítulo
16
El credo capitalista
Contenido:
§. Un
pastel que crece
§. Colón busca un inversor
§. En el nombre del capital
§. El culto del libre mercado
§. El infierno capitalista
El dinero
ha sido esencial tanto para construir imperios como para promover la ciencia.
Ni los ejércitos modernos ni los laboratorios de las universidades pueden
mantenerse sin bancos.
No es
fácil entender el verdadero papel de la economía en la historia moderna. Se han
escrito volúmenes enteros sobre la manera en que fundó estados y los arruinó,
abrió nuevos horizontes y esclavizó a millones de personas, hizo girar las
ruedas de la industria y condujo a cientos de especies a la extinción. Pero
para comprender la historia económica moderna, solo necesitamos comprender una
única palabra. La palabra es crecimiento. Para bien o para mal, en la salud y
en la enfermedad, la economía moderna ha crecido como un quinceañero saturado
de hormonas. Se come todo lo que encuentra a su paso y añade centímetros con
más rapidez de lo que se tarda en contarlos.
Durante
la mayor parte de la historia, la economía mantuvo aproximadamente el mismo
tamaño. Sí, la producción global aumentó, pero esto se debió principalmente a
la expansión demográfica y a la colonización de nuevas tierras. La producción
per cápita se mantuvo estática. Sin embargo, todo esto cambió en la época
moderna. En 1500, la producción global de bienes y servicios era del orden de
unos 185.000 millones de euros; en la actualidad se sitúa alrededor de los 45
billones de euros. Y aún más importante, en 1500 la producción anual per cápita
era de 400 euros de promedio, mientras que en la actualidad cada hombre, mujer
y niño produce, de promedio, 6.500 euros.[97] ¿Qué es lo que explica este
crecimiento prodigioso?
La
economía es un asunto notoriamente complicado. Para hacer las cosas más
fáciles, imaginemos un ejemplo sencillo.
Samuel
Avaro, un astuto financiero, funda un banco en El Dorado, California.
A. A.
Marrullero, un constructor con futuro en El Dorado, termina su primer trabajo
de envergadura, y recibe el pago en metálico por la cantidad de 1 millón de
dólares. Deposita esta suma en el banco del señor Avaro. Ahora el banco dispone
de 1 millón de dólares en capital.
Mientras
tanto, Juana Rosquilla, una cocinera experimentada pero pobre, piensa que
existe una oportunidad de negocio: en su parte de la ciudad no hay una
panadería y pastelería realmente buena. Pero no tiene suficiente dinero propio
para comprar una instalación completa con hornos industriales, fregaderos,
cuchillos y cacerolas. Se dirige al banco, presenta su plan de negocio a Avaro
y lo persuade de que se trata de una inversión que vale la pena. Este le
concede un préstamo de 1 millón de dólares, acreditando dicha suma en la cuenta
bancaria de Rosquilla.
Juana
contrata ahora a Marrullero, el constructor, para que construya y amueble su
pastelería. Su precio es de 1 millón de dólares.
Cuando
ella le paga, con un cheque contra su cuenta, Marrullero lo deposita en su
cuenta en el banco de Avaro.
De modo
que ¿cuánto dinero tiene Marrullero en su cuenta bancaria? Correcto, 2 millones
de dólares.
¿Cuánto
dinero en efectivo tiene en su caja fuerte del banco? Correcto, 1 millón de
dólares.
La cosa
no termina aquí. Como suelen hacer los constructores, a los dos meses de
empezar las obras, Marrullero informa a Rosquilla de que, debido a problemas y
gastos imprevistos, la factura por la construcción de la panadería y pastelería
subirá en realidad a 2 millones de dólares. La señora Rosquilla no está en
absoluto contenta, pero no puede detener las obras a medio terminar. De manera
que efectúa otra visita al banco, convence al señor Avaro para que le conceda
un préstamo adicional, y el banquero deposita otro millón de dólares en la
cuenta de la cocinera. Esta transfiere el dinero a la cuenta del constructor.
¿Cuánto
dinero tiene ahora Marrullero en su cuenta bancaria? Ha conseguido 3 millones
de dólares.
Pero
¿cuánto dinero hay realmente depositado en el banco? Sigue habiendo solo 1
millón de dólares. En realidad, el mismo millón de dólares que ha estado todo
el tiempo en el banco.
Las leyes
bancarias estadounidenses actuales permiten que el banco repita este ejercicio
otras siete veces. El constructor tendría al final 10 millones de dólares en su
cuenta, aunque el banco sigue sin tener más que 1 millón de dólares en su
cámara acorazada. A los bancos se les permite prestar diez dólares por cada
dólar que posean realmente, lo que significa que el 90 por ciento de todo el
dinero de nuestras cuentas bancarias no está cubierto por monedas y billetes
reales.[98] Si todos los
cuentacorrentistas del Barclays Bank pidieran de repente su dinero, el Barclays
se hundiría de inmediato (a menos que el gobierno se decidiera a salvarlo). Lo
mismo ocurre con el Lloyds, el Deutsche Bank, Citibank y todos los demás bancos
del mundo.
Esto se
parece a un gigantesco sistema Ponzi, o piramidal, ¿no es verdad? Pero, si es
un fraude, entonces toda la economía moderna es un fraude. El hecho es que no
es un engaño, sino más bien un tributo a las asombrosas capacidades de la
imaginación humana. Lo que permite que los bancos (y la economía entera)
sobrevivan y prosperen es nuestra confianza en el futuro. Esta confianza es el
único respaldo para la mayor parte del dinero del mundo.
En el
ejemplo de la pastelería, la discrepancia entre el estado de la cuenta
corriente del constructor y la cantidad de dinero que hay realmente en el banco
es la pastelería de la señora Rosquilla. El señor Avaro ha puesto el dinero del
banco en el activo, confiando en que un día dará beneficios. La pastelería
todavía no ha horneado ni una hogaza de pan, pero Rosquilla y Avaro prevén que
dentro de un año estará vendiendo diariamente miles de hogazas, panecillos,
bollos, pasteles y galletas, con unos magníficos beneficios. Entonces la señora
Rosquilla podrá devolver su crédito con intereses. Si en ese momento el señor
Marrullero decide retirar sus ahorros, Avaro podrá darle el dinero. Así, toda
la operación se basa en la confianza en un futuro imaginario: la confianza que
la empresaria y el banquero tienen en la panadería de sus sueños, junto con la
confianza del constructor en la solvencia futura del banco.
Ya hemos
visto que el dinero es una cosa asombrosa porque puede representar multitud de
objetos diferentes y convertir cualquier cosa en casi cualquier otra cosa. Sin
embargo, antes de la era moderna esta capacidad estaba limitada. En la mayoría
de los casos, el dinero podía representar y convertir únicamente cosas que ya
existían en el presente. Esto imponía graves limitaciones al crecimiento,
puesto que hacía muy difícil financiar empresas nuevas.
Consideremos
de nuevo nuestra panadería. ¿Podría haberla obtenido la señora Rosquilla si el
dinero solo pudiera representar objetos tangibles? No. En el presente, ella
tiene muchos sueños, pero ningún recurso tangible. La única manera de que
pudiera conseguir la construcción de la panadería habría sido encontrar un
constructor dispuesto a trabajar hoy y a recibir el pago a algunos años vista,
si y cuando la panadería y pastelería empezara a producir dinero. ¡Ay!, estos
constructores son una raza muy rara. De modo que nuestra emprendedora se
encuentra en apuros. Si no tiene una pastelería, no puede hornear pasteles. Sin
pasteles, no puede conseguir dinero. Sin dinero, no puede contratar a un
constructor. Sin un constructor, no tiene pastelería.
La
humanidad estuvo atrapada en este brete durante miles de años. Como resultado,
las economías permanecieron congeladas. La manera de salir de la trampa no se
descubrió hasta la época moderna, con la aparición de un nuevo sistema basado
en la confianza en el futuro. En él, la gente acordó representar bienes
imaginarios (bienes que no existen en el presente) con un tipo de dinero
especial al que llamaron «crédito». El crédito nos permite construir el
presente a expensas del futuro. Se basa en la suposición de que es seguro que
nuestros recursos futuros serán mucho más abundantes que nuestros recursos
actuales. Hay toda una serie de oportunidades nuevas y magníficas que se abren
ante nosotros si podemos construir cosas en el presente utilizando los ingresos
futuros.
Si el
crédito es una cosa tan maravillosa, ¿por qué nadie pensó antes en él? Claro
que lo hicieron. Los acuerdos crediticios de un tipo u otro han existido en
todas las culturas humanas, y se remontan al menos hasta el antiguo Sumer. El
problema en las épocas anteriores no era que nadie hubiera tenido la idea o
supiera cómo usarla. Era que la gente raramente quería extender mucho crédito
porque no confiaban en que el futuro fuera mejor que el presente. Por lo
general, creían que las épocas pasadas habían sido mejores que su propia época
y que el futuro sería peor o, en el mejor de los casos, muy parecido. Para
expresarlo en términos económicos, creían que la cantidad total de riqueza era
limitada, si acaso no se reducía. Por lo tanto, la gente consideraba que era
una mala apuesta suponer que ellos personalmente, o su reino, o todo el mundo,
producirían más riquezas dentro de diez años. Los negocios parecían un juego de
suma cero. Desde luego, los beneficios de una panadería concreta podían
aumentar, pero solo a expensas de la panadería vecina. Venecia podría medrar,
pero solo si Génova se empobrecía. El rey de Inglaterra podría enriquecerse,
pero solo robando al rey de Francia. El pastel se podía cortar de muchas
maneras distintas, pero nunca aumentaba de tamaño.
Esta es
la razón por la que muchas culturas llegaron a la conclusión de que amasar
grandes sumas de dinero era pecaminoso. Tal como dijo Jesús: «Es más fácil que
un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los
cielos» (Mateo, 19, 24). Si el pastel es estático y yo poseo una porción grande
del mismo, entonces debo de haber cogido la porción de alguien. Los ricos
estaban obligados a hacer penitencia por sus malas obras dando parte de las
riquezas que les sobraban a actos de caridad.
Si el
pastel global mantenía el mismo tamaño, no había margen para el crédito. El
crédito es la diferencia entre el pastel de hoy y el pastel de mañana. Si el
pastel permanece invariable, ¿por qué extender crédito? Sería un riesgo
inaceptable a menos que uno creyera que el panadero o el rey que nos pide
nuestro dinero podrán robarle una porción a un competidor. De manera que en el
mundo pre moderno era difícil conseguir un préstamo, y cuando se conseguía uno
solía ser pequeño, acorto plazo y sujetoa unas tasas de interés
elevadas. De modo que a los emprendedores honrados les resultaba difícil
abrir nuevas panaderías y los grandes reyes que querían construir palacios o
emprender guerras no tenían otra elección que conseguir los fondos necesarios
mediante impuestos y tarifas elevados. Esto ya les iba bien a los reyes
(mientras sus súbditos se mantuvieran dóciles), pero una criada de trascocina
que tuviera una gran idea para una pastelería y deseara ascender socialmente
solo podía soñar en las riquezas mientras fregaba los suelos de la cocina real.
Era una
causa perdida. Debido a que el crédito era limitado, la gente tenía
dificultades en financiar nuevos negocios. Debido a que había pocos negocios
nuevos, la economía no crecía. Puesto que no crecía, la gente suponía que nunca
lo haría, y los que tenían capital recelaban de extender crédito. La
expectativa de estancamiento se cumplía.
§. Un
pastel que crece
Después vino la revolución científica y la idea de progreso. La idea de
progreso se basa en la hipótesis de que si admitimos nuestra ignorancia e
invertimos recursos en la investigación, las cosas pueden mejorar. Esta idea
pronto se tradujo en términos económicos. Quien crea en el progreso cree que
los descubrimientos geográficos, los inventos tecnológicos y las mejoras en la
organización pueden aumentar la suma total de la producción, el comercio y la
riqueza humanos. Nuevas rutas comerciales en el Atlántico podían prosperar sin
arruinar las antiguas rutas en el océano Índico. Se podían producir nuevos
bienes sin reducir la producción de los antiguos. Por ejemplo, se podía abrir
una nueva pastelería especializada en pasteles de chocolate y cruasanes sin
hacer que las panaderías especializadas en producir pan se arruinaran.
Simplemente, todo el mundo desarrollaría nuevos gustos y comería más. Yo puedo
ser rico sin que tú te empobrezcas; yo puedo ser obeso sin que tú te mueras de
hambre. Todo el pastel global puede aumentar.
A lo
largo de los últimos 500 años, la idea de progreso convenció a la gente para
que depositara cada vez más confianza en el futuro. Dicha confianza creó
crédito; el crédito produjo crecimiento económico real; y el crecimiento
reforzó la confianza en el futuro y abrió el camino para más crédito todavía.
Esto no ocurrió de la noche a la mañana; la economía se comportaba más como una
montaña rusa que como un globo. Pero a la larga, una vez superados los
desniveles, la dirección general era inequívoca. Hoy en día, hay tanto crédito
en el mundo que los gobiernos, las empresas comerciales y las personas privadas
obtienen fácilmente créditos grandes, a largoplazo y a un interés bajo que
exceden con mucho los ingresos reales.
La
creencia en el pastel global en crecimiento acabó siendo revolucionaria. En
1776, el economista escocés Adam Smith publicó La riqueza de las
naciones, probablemente el manifiesto económico más importante de todos los
tiempos. En el capítulo octavo de su primer volumen, Smith planteaba el
siguiente razonamiento novedoso: cuando un terrateniente, un tejedor o un
zapatero obtiene mayores beneficios de los que necesita para mantener a su
familia, utiliza el excedente para emplear a más ayudantes, con el fin de
aumentar todavía más sus beneficios. Cuantos más beneficios obtenga, más
ayudantes podrá emplear. De ahí se sigue que un aumento en los beneficios de
los empresarios privados es la base del aumento de la riqueza y la prosperidad
colectivas.
Quizá al
lector esto no le parezca muy original, puesto que todos vivimos en un mundo
capitalista que da por sentado el razonamiento de Smith. Cada día oímos en las
noticias variaciones sobre este tema. Sin embargo, la afirmación de Smith de
que el impulso egoísta humano de aumentar los beneficios privados es la base de
la riqueza colectiva es una de las ideas más revolucionarias de la historia
humana; revolucionaria no solo desde una perspectiva económica, sino, más si
cabe, desde una perspectiva moral y política. Lo que Smith dice es, en
realidad, que la codicia es buena, y que al hacerme rico yo beneficio a todos,
no solo a mí. El egoísmo es altruismo.
Smith
enseñó a la gente a pensar en la economía como una «situación en la que siempre
se gana», en la que mis beneficios son también tus beneficios. No solo podemos
gozar ambos de una porción mayor del pastel al mismo tiempo, sino que el
aumento de tu porción depende del aumento de la mía. Si soy pobre, tú también
lo serás, puesto que no puedo comprar tus productos o servicios. Si soy rico,
tú también te enriquecerás, puesto que ahora puedes venderme algo. Smith negaba
la contradicción tradicional entre riqueza y moralidad, y abría de par en par
las puertas del cielo para los ricos. Ser rico significaba ser moral. En el
relato de Smith, la gente se vuelve rica no al despojar a sus vecinos, sino al
aumentar el tamaño global del pastel. Y cuando el pastel crece, todos salimos
ganando. En consecuencia, los ricos son la gente más útil y más benévola de la
sociedad, porque hacen girar las ruedas del crecimiento en beneficio de todos.
Sin
embargo, todo esto depende de que los ricos empleen sus ganancias para abrir
nuevas fábricas y contraten a nuevos empleados, y que no las malgasten en
actividades no productivas. Por ello, Smith repetía como un mantra la máxima de
que «cuando los beneficios aumentan, el terrateniente o el tejedor emplearán a
más ayudantes», y no «cuando los beneficios aumentan, Scrooge guardará el
dinero en una caja fuerte y solo lo sacará de allí para contar sus monedas».
Una parte crucial de la moderna economía capitalista fue la aparición de una
nueva ética, según la cual los beneficios debían reinvertirse en producción.
Esto genera más beneficios, que de nuevo se reinvierten en producción, que
genera más beneficios, y así sucesivamente ad infinitum. Las
inversiones se pueden hacer de muchas maneras: ampliando la fábrica, realizando
investigación científica, desarrollando nuevos productos. Pero todas estas
inversiones han de aumentar de alguna manera la producción y traducirse en
mayores beneficios. En el nuevo credo capitalista, el primer mandamiento y el
más sagrado de todos es: «Los beneficios de la producción han de reinvertirse
en aumentar la producción».
Esta es
la razón por la que el capitalismo se llama «capitalismo». El capitalismo
distingue el «capital» de la simple «riqueza». El capital consiste en dinero,
bienes y recursos que se invierten en producción. La riqueza, en cambio, se
entierra bajo el suelo o se malgasta en actividades improductivas. Un faraón
que inyecta recursos en una pirámide no productiva no es un capitalista. Un
pirata que saquea un buque español que transporta tesoros y entierra un cofre
lleno de monedas relucientes en la playa de alguna isla del Caribe no es un
capitalista. En cambio, el tenaz empleado de una fábrica que reinvierte parte
de su salario en el mercado de valores sí que lo es.
La idea
de que «los beneficios de la producción deben reinvertirse en aumentar la
producción» parece trivial, pero fue ajena a la mayoría de la gente a lo largo
de la historia. En la época pre moderna, la gente creía que la producción era
más o menos constante. Así pues, ¿por qué reinvertir los beneficios si la
producción no va a aumentar mucho, con independencia de lo que hagamos? Por eso
los nobles medievales adoptaron una ética de generosidad y de consumo
conspicuo. Gastaban sus ganancias en torneos, banquetes, palacios y guerras, y
en caridad y en catedrales monumentales. Pocos intentaban reinvertir los
beneficios en aumentar la producción de su finca, desarrollar nuevas variedades
de trigo o buscar nuevos mercados.
En la era
moderna, la nobleza ha sido sustituida por una nueva élite cuyos miembros son
verdaderos creyentes del credo capitalista. La nueva élite capitalista no está
formada por duques y marqueses, sino por presidentes de juntas, corredores de
Bolsa e industriales. Estos magnates son mucho más ricos que la nobleza
medieval, pero están mucho menos interesados en el consumo extravagante, y
gastan una parte mucho menor de sus beneficios en actividades no productivas.
Los
nobles medievales vestían coloridos ropajes de oro y seda, y dedicaban gran
parte de su tiempo a asistir a banquetes, carnavales y torneos glamurosos. En
comparación, los directores ejecutivos modernos llevan uniformes deprimentes
llamados trajes que les proporcionan toda la desenvoltura de una bandada de
cuervos, y tienen poco tiempo para fiestas. El capitalista inversor se apresura
de una reunión de negocios a otra, mientras intenta descubrir dónde invertir su
capital y sigue los altibajos del mercado de los valores y las acciones que
posee. Ciertamente, su traje puede ser de Versace y él quizá viaje en un
reactor privado, pero estos gastos no son nada comparados con lo que invierte
en aumentar la producción humana.
Y no son
solo los magnates de los negocios vestidos de Versace los que invierten para
aumentar la productividad. Las personas comunes y las agencias gubernamentales
piensan de manera parecida. ¿Cuántas conversaciones de sobremesa en barrios
modestos se encallan, tarde o temprano, en un debate interminable acerca de si
es mejor invertir los ahorros en el mercado de valores, en bonos o en
propiedad? También los gobiernos se esfuerzan por invertir sus ingresos
tributarios en empresas productivas que aumenten sus ingresos futuros; por
ejemplo, construir un nuevo puerto puede hacer que las fábricas lo tengan más
fácil para exportar sus productos, lo que les permitirá aumentar sus rentas
imponibles, con lo que aumentarán los ingresos futuros del gobierno. Otro gobierno
puede preferir invertir en educación sobre la base de que la gente educada
constituye los cimientos de lucrativas industrias de alta tecnología, que pagan
muchos impuestos sin necesitar grandes instalaciones portuarias.
* * * *
El
capitalismo empezó como una teoría acerca de cómo funciona la economía. Era a
la vez descriptiva y prescriptiva: ofrecía una explicación de cómo funcionaba
el dinero y promovía la idea de que reinvertir los beneficios en la producción
conduce a un crecimiento económico rápido. Pero el capitalismo se convirtió
gradualmente en mucho más que una doctrina económica. Ahora comprende una
ética: un conjunto de enseñanzas acerca de cómo debe actuar la gente, cómo debe
educar a sus hijos, e incluso cómo debe pensar. Su dogma principal es que el
crecimiento económico es el bien supremo, o al menos un sustituto del bien
supremo, porque tanto la justicia, como la libertad e incluso la felicidad
dependen todas del crecimiento económico. Preguntemos a un capitalista cómo
llevar la justicia y la libertad política a lugares tales como Zimbabue o
Afganistán, y es probable que nos suelte un discurso sobre cómo la afluencia
económica y una clase media próspera son esenciales para tener instituciones
democráticas estables, y por lo tanto sobre la necesidad de inculcar a los
miembros de las tribus afganas los valores de la libre empresa, el ahorro y la
confianza en sí mismos.
Esta
nueva religión ha tenido asimismo una influencia decisiva en el desarrollo de
la ciencia moderna. La investigación científica suele ser financiada por los
gobiernos o por empresas privadas. Cuando los gobiernos y los negocios
capitalistas consideran la posibilidad de invertir en un proyecto científico
concreto, la primera pregunta suele ser: «¿Nos permitirá este proyecto aumentar
la producción y los beneficios? ¿Producirá crecimiento económico?». Un proyecto
que no pueda salvar estos obstáculos tiene pocas probabilidades de encontrar un
patrocinador. No hay ninguna historia de la ciencia moderna que pueda dejar al
capitalismo fuera del panorama.
Y
viceversa, la historia del capitalismo es ininteligible si no se tiene en
cuenta la ciencia. La creencia del capitalismo en el crecimiento económico
perpetuo va en contra de casi todo lo que conocemos acerca del universo. Una
sociedad de lobos sería muy necia si creyera que el suministro de corderos
seguiría creciendo de manera indefinida. No obstante, la economía humana ha
conseguido crecer de forma exponencial a lo largo de la era moderna, únicamente
gracias al hecho de que los científicos dan con otro descubrimiento o artilugio
cada pocos años: ese ha sido el caso del continente americano, del motor de
combustión interna, o de ovejas modificadas genéticamente. Bancos y gobiernos
imprimen dinero, pero en último término son los científicos quienes pagan la
cuenta.
Durante
los últimos años, bancos y gobiernos han estado imprimiendo dinero de manera
frenética. Todo el mundo está aterrorizado ante la posibilidad de que la crisis
económica actual pueda detener el crecimiento de la economía. De modo que están
creando de la nada billones de dólares, euros y yenes, inyectando crédito
barato en el sistema, y esperando que científicos, técnicos e ingenieros
consigan dar con algo realmente grande antes de que estalle la burbuja. Todo
depende de la gente que hay en los laboratorios. Nuevos descubrimientos en
campos como la biotecnología y la inteligencia artificial podrían crear
industrias totalmente nuevas, cuyos beneficios podrían respaldar los billones
de dinero de mentirijillas que bancos y gobiernos han creado desde 2008. Si los
laboratorios no cumplen dichas expectativas antes de que la burbuja estalle,
nos encaminamos a tiempos realmente duros.
§. Colón
busca un inversor
El capitalismo desempeñó un papel decisivo no solo en el auge de la ciencia
moderna, sino también en la aparición del imperialismo europeo. Y, para
empezar, fue el imperialismo europeo el que creó el sistema de crédito
capitalista. Desde luego, el crédito no se inventó en la Europa moderna.
Existía en casi todas las sociedades agrícolas, y en el período moderno
temprano la aparición del capitalismo europeo estuvo estrechamente relacionada
con los acontecimientos económicos en Asia. Recordemos asimismo que hasta
finales del siglo XVIII Asia era el motor económico del mundo, lo que significa
que los europeos tenían mucho menos capital a su disposición que los chinos,
los musulmanes o los indios.
Sin
embargo, en los sistemas sociopolíticos de China, la India y el mundo musulmán
el crédito desempeñaba únicamente un papel secundario. Quizá los mercaderes y
banqueros en los mercados de Estambul, Isfahán, Delhi y Beijing pensaban al
modo capitalista, pero los reyes y generales en palacios y fuertes tendían a
despreciar a los mercaderes y al pensamiento mercantil. La mayoría de los
imperios no europeos de principios de la era moderna fueron establecidos por
grandes conquistadores como Nurhaci y Nader Sha, o por élites burocráticas y
militares como en los imperios Qing y otomano. Al financiar las guerras
mediante tributos y saqueo (sin hacer distinciones sutiles entre los dos),
debían poco a los sistemas de crédito, y menos todavía les preocupaban los intereses
de los banqueros e inversores.
En
Europa, en cambio, los reyes y generales adoptaron gradualmente el modo
mercantil de pensar, hasta que los mercaderes y banqueros se convirtieron en la
élite gobernante. La conquista europea del mundo fue financiada de manera
creciente mediante créditos en lugar de serlo mediante impuestos, y cada vez
fue más dirigida por capitalistas cuya principal ambición era recibir las
máximas ganancias por sus inversiones. Los imperios construidos por banqueros y
comerciantes vestidos con levitas y sombreros de copa vencieron a los imperios
construidos por reyes y nobles vestidos de oro y relucientes armaduras. Los
imperios mercantiles fueron simplemente mucho más astutos a la hora de
financiar sus conquistas. Nadie quiere pagar impuestos, pero todo el mundo está
contento a la hora de invertir.
En 1484,
Cristóbal Colón se dirigió al rey de Portugal con la propuesta de que este
financiara una flota que navegaría hacia el oeste para encontrar una nueva ruta
comercial hasta Asia oriental. Tales exploraciones eran un negocio arriesgado y
costoso. Se necesitaba mucho dinero para construir los barcos, comprar
provisiones y pagar a marineros y soldados, y no había garantía de que la
inversión rindiera ganancias. El rey de Portugal rechazó la propuesta.
Al igual
que un emprendedor inexperto en la actualidad, Colón no se rindió. Planteó su
idea a otros inversores potenciales en Italia, Francia e Inglaterra, y de nuevo
en Portugal. En cada ocasión fue rechazado. Después probó suerte con Fernando e
Isabel, mandatarios de la España recién unificada. Llevó consigo a algunos
cabilderos experimentados, y con su ayuda consiguió convencer a la reina Isabel
para que invirtiera. Tal como sabe cualquier escolar, Isabel obtuvo el premio
gordo. Los descubrimientos de Colón permitieron a los españoles conquistar
América, donde establecieron minas de oro y plata, así como plantaciones de
azúcar y tabaco que enriquecieron a los reyes, banqueros y comerciantes
españoles más allá de sus sueños más fantasiosos.
Cien años
después, los príncipes y banqueros estaban dispuestos a extender mucho más
crédito a los sucesores de Colón, y tenían más capital a su disposición,
gracias a los tesoros obtenidos de América. E igualmente importante, los
príncipes y banqueros tenían mucha más confianza en el potencial de la
exploración, y estaban más dispuestos a desprenderse de su dinero. Este fue el
círculo mágico del capitalismo imperial: el crédito financió nuevos
descubrimientos; los descubrimientos condujeron a colonias; las colonias
proporcionaron beneficios; los beneficios generaron confianza, y la confianza
se tradujo en más crédito. Nurhaci y Nader Sha se quedaron sin combustible
después de unos pocos miles de kilómetros. Los emprendedores capitalistas no
hicieron más que aumentar su impulso financiero de una conquista a la
siguiente.
Sin
embargo, estas expediciones seguían siendo empresas arriesgadas, de modo que, a
pesar de todo, los mercados crediticios permanecieron bastante cautelosos.
Muchas expediciones volvían a Europa con las manos vacías, después de no haber
descubierto nada de valor. Los ingleses, por ejemplo, malgastaron mucho capital
en infructuosos intentos de descubrir un paso noroccidental a Asia a través del
Ártico. Otras muchas expediciones ni siquiera retornaron. Los buques chocaron
con icebergs, se hundieron debido a tempestades tropicales o cayeron a manos de
piratas. Con el fin de aumentar el número de inversores potenciales y de
reducir el riesgo que corrían, los europeos acudieron a sociedades anónimas de
capital en acciones. En lugar de un único inversor que se jugaba todo el dinero
en un solo buque destartalado, la compañía por acciones recogía dinero de un
número elevado de inversores, cada uno de los cuales arriesgaba solo una
pequeña fracción de su capital. Por lo tanto, se reducían los riesgos, pero no
se ponía ningún límite a los beneficios. Incluso una pequeña inversión en el
barco adecuado podía convertirlo a uno en millonario.
Década
tras década, Europa occidental asistió al desarrollo de un sistema social
refinado que podía reunir grandes sumas de crédito en poco tiempo y ponerlo a
disposición de empresarios privados y de gobiernos. Este sistema podía
financiar exploraciones y conquistas de manera mucho más eficiente que ningún
reino o imperio. El poder recién descubierto del crédito se puede ver en la
dura lucha entre España y Holanda. En el siglo XVI, España era el Estado más
poderoso de Europa, y dominaba un vasto imperio global. Gobernaba sobre gran
parte de Europa, grandes áreas de Norteamérica y Sudamérica, las islas
Filipinas y una constelación de bases a lo largo de las costas de África y
Asia. Todos los años, flotas cargadas con tesoros procedentes de América y Asia
retornaban a los puertos de Sevilla y Cádiz. En cambio, Holanda era un pantano
pequeño y ventoso, desprovisto de recursos naturales, un pequeño rincón de los
dominios del rey de España.
En 1568,
los holandeses, que eran principalmente protestantes, se rebelaron contra su
amo español y católico. Al principio parecía que los rebeldes representaban el
papel de Don Quijote, arremetiendo valientemente contra invencibles molinos de
viento. Pero en el plazo de ochenta años, los holandeses no solo obtuvieron su
independencia de España, sino que consiguieron sustituir a los españoles y a
sus aliados portugueses como dueños de las rutas oceánicas, construir un
imperio holandés global y convertirse en el Estado más rico de Europa.
El
secreto del éxito de los holandeses fue el crédito. Los ciudadanos holandeses,
que tenían poca inclinación al combate en tierra, contrataron a ejércitos de
mercenarios para que lucharan por ellos contra los españoles. Mientras tanto,
los holandeses se hicieron a la mar en flotas cada vez mayores. Los ejércitos
de mercenarios y las flotas armadas de cañones cuestan una fortuna, pero los
holandeses pudieron financiar sus expediciones militares más fácilmente que el
poderoso Imperio español, porque se aseguraron la confianza del naciente
sistema financiero europeo en una época en la que el rey de España erosionaba
de manera negligente su confianza en él. Los financieros concedieron a los
holandeses el crédito suficiente para establecer ejércitos y flotas, y dichos
ejércitos y flotas dieron a los holandeses el control de las rutas comerciales
mundiales, que a su vez produjeron sustanciosos beneficios. Los beneficios
permitieron a los holandeses devolver los préstamos, lo que reforzó la
confianza de los financieros. Ámsterdam se convirtió rápidamente no solo en uno
de los puertos más importantes de Europa, sino también en la meca financiera
del continente.
* * * *
¿Cómo
consiguieron exactamente los holandeses granjearse la confianza del sistema
financiero? En primer lugar, fueron escrupulosos a la hora de devolver sus
préstamos a tiempo y completos, lo que hizo que la extensión del crédito fuera
menos arriesgada para los prestamistas. En segundo lugar, el sistema judicial
de su país gozaba de independencia y protegía los derechos privados, en
particular los derechos de la propiedad privada. El capital se va
paulatinamente de los estados dictatoriales que no defienden a los individuos
privados y su propiedad. En cambio, afluye a los estados que hacen cumplir la
norma de la ley y de la propiedad privada.
Imagine
el lector que es el hijo de una sólida familia de financieros alemanes. Su
padre ve una oportunidad de expandir el negocio mediante la apertura de
sucursales en las principales ciudades europeas. Envía al lector a Ámsterdam y
a su hermano más joven a Madrid, y le da a cada uno 10.000 monedas de oro para
invertir. El hermano del lector presta su capital inicial, a un interés, al rey
de España, que lo necesita a fin de aprestar un ejército para luchar contra el
rey de Francia. El lector decide prestar su dinero a un comerciante holandés,
que quiere invertir en unos terrenos de matorrales del extremo meridional de
una isla desolada llamada Manhattan, convencido como está de que los valores de
la propiedad allí subirán mucho cuando el río Hudson se transforme en una
arteria comercial importante. Ambos préstamos tienen que devolverse dentro de
un año.
Transcurrido
el año, el comerciante holandés vende los terrenos que compró con un magnífico
margen de beneficios y devuelve el dinero al lector con los intereses que
prometió. El padre del lector está complacido. Pero el hermano pequeño en
Madrid se está poniendo nervioso. La guerra con Francia terminó bien para el
rey de España, pero ahora se ha enzarzado en un conflicto con los turcos.
Necesita hasta el último céntimo para financiar la nueva guerra, y piensa que
esto es mucho más importante que saldar las antiguas deudas. El hermano del
lector envía cartas a palacio y pide a amigos que tienen contactos en la corte
que intercedan, pero sin resultado. El hermano del lector no solo no ha ganado
el interés prometido, sino que ha perdido el capital. El padre no está nada
contento.
Ahora,
para empeorar las cosas, el rey envía a un funcionario de la Tesorería al
hermano del lector para decirle, en términos nada ambiguos, que espera recibir
sin dilación otro préstamo por la misma cantidad. El hermano del lector no
tiene dinero para prestar. Escribe a su padre, intentando persuadirle de que
esta vez el rey cumplirá. El páter familias tiene debilidad por su hijo más
joven, y acepta con el corazón apesadumbrado. Otras 10.000 monedas de oro
desaparecen en la Tesorería general, para no ser vistas nunca más. Mientras
tanto, en Ámsterdam las cosas parecen ir bien. El lector realiza cada vez más
préstamos a comerciantes holandeses emprendedores, que los devuelven a tiempo y
en su totalidad. Pero su suerte no dura indefinidamente. Uno de sus clientes
habituales tiene el presentimiento de que los zuecos de madera van a
convertirse en la nueva moda de París, y le pide al lector un préstamo para
establecer una zapatería en la capital francesa. Este le presta el dinero,
pero, lamentablemente, los zuecos no les gustan a las señoras francesas, y el
malhumorado comerciante se niega a devolver el préstamo.
El padre
está furioso, y les dice a sus dos hijos que ya es hora de soltar a los
abogados. El hermano del lector pleitea en Madrid contra el monarca español,
mientras que el lector entabla juicio en Ámsterdam contra el que otrora fuera
mago de los zapatos de madera. En España, los tribunales están subordinados al
rey: los jueces son serviles ante sus mandatos y temen ser castigados si no
cumplen su voluntad. En Holanda, los tribunales son una rama separada del
gobierno, que no depende de los ciudadanos ni de los príncipes del país. El
tribunal de Madrid rechaza el pleito del hermano del lector, mientras que el
tribunal de Ámsterdam falla a favor del lector y embarga los bienes del
comerciante de zuecos para obligarlo a pagar. El padre del lector ha aprendido
la lección: es mejor hacer negocios con comerciantes que con reyes, y mejor
hacerlos en Holanda que en Madrid.
Pero las
penas del hermano del lector no han terminado aquí. El rey de España necesita
desesperadamente más dinero para pagar a su ejército. Está seguro de que al
padre del lector le sobra el dinero, de modo que inventa cargos de traición
contra su hijo. Si no le entrega 20.000 monedas de oro de inmediato, lo
encerrará en una mazmorra, donde se pudrirá hasta el fin de sus días.
El padre
del lector ya ha tenido suficiente. Paga el rescate de su amado hijo, pero jura
que nunca jamás hará negocios en España. Cierra su sucursal de Madrid y
recoloca al hermano del lector en Rotterdam. Ahora dos sucursales en Holanda
parecen una idea realmente buena. Ha oído que incluso los capitalistas
españoles están sacando sus fortunas del país. También ellos han comprendido
que si quieren conservar su dinero y utilizarlo para conseguir más riquezas,
será mejor que lo inviertan donde prevalezca la norma de la ley y donde se
respete la propiedad privada, como en Holanda, por ejemplo.
De esta
manera, el rey de España dilapidó la confianza de los inversores al mismo
tiempo que los comerciantes holandeses consiguieron su confianza. Y fueron los
comerciantes holandeses (no el Estado holandés) los que forjaron el Imperio
holandés. El rey de España siguió intentando obtener tributos impopulares de
una plebe descontenta. Los comerciantes holandeses financiaron la conquista a
base de préstamos, y cada vez más vendiendo también acciones de sus compañías
que daban derecho a sus propietarios a recibir una parte de los beneficios de
la compañía. Los inversores precavidos que nunca hubieran prestado su dinero al
rey de España, y que se lo habrían pensado dos veces antes de extender crédito
al gobierno holandés, invirtieron gustosamente fortunas en las compañías por
acciones holandesas, que eran el sostén principal del nuevo imperio.
Si
alguien pensaba que una compañía iba a obtener grandes beneficios pero ya había
vendido todas sus acciones, podía comprar algunas a las personas que las
poseían, probablemente por un precio superior al que se pagaron originalmente.
Si alguien compraba acciones y después descubría que la compañía estaba en
apuros, podía intentar deshacerse de los valores por un precio menor. El
comercio resultante de acciones de compañías condujo al establecimiento en la
mayoría de las ciudades europeas de bolsas de valores, lugares en los que se
comerciaba con las acciones de las compañías.
La más
famosa compañía holandesa por acciones, la Compañía Holandesa de las Indias
Orientales (VOC), se fundó en 1602, justo en la época en la que los holandeses
se libraban del yugo español y el retumbar de la artillería española podía
oírse todavía no lejos de los baluartes de Ámsterdam. La VOC empleó el dinero
que obtuvo de vender acciones para construir buques, enviarlos a Asia y
retornar con mercancías chinas, indias e indochinas. También financió acciones
militares que emprendían los buques de la compañía contra competidores y
piratas. Y finalmente, el dinero de la VOC financió la conquista de Indonesia.
Indonesia
es el mayor archipiélago del mundo. Sus miles y miles de islas estaban
gobernadas a principios del siglo XVII por cientos de reinos, principados,
sultanatos y tribus. Cuando los comerciantes de la VOC llegaron a Indonesia por
primera vez en 1603, sus objetivos eran estrictamente comerciales. Sin embargo,
con el fin de garantizar sus intereses comerciales y de maximizar los
beneficios de los accionistas, los comerciantes de la VOC empezaron a luchar
contra los potentados locales que cargaban tarifas exageradas, así como contra
los competidores europeos. La VOC armó con cañones sus barcos mercantes;
reclutó mercenarios europeos, japoneses, indios e indonesios, y construyó
fuertes y libró batallas y asedios a gran escala. Esta empresa nos puede parecer
un poco extraña, pero a principios de la edad moderna era común que las
compañías privadas contrataran no solo soldados, sino también generales y
almirantes, cañones y buques, e incluso ejércitos ya preparados. La comunidad
internacional ya lo daba por hecho y ni siquiera enarcaba una ceja cuando una
compañía privada establecía un imperio.
Una isla
tras otra cayó ante los mercenarios de la VOC y una gran parte de Indonesia se
convirtió en una colonia de la VOC. La VOC gobernó Indonesia durante casi 200
años. Solo en 1800 el Estado holandés asumió el control de Indonesia,
convirtiéndola en una colonia nacional holandesa durante los 150 años
siguientes. Hoy en día hay personas que advierten que las empresas
multinacionales del siglo XXI acumulan demasiado poder. La historia moderna
temprana muestra precisamente lo lejos que esto puede llegar si se deja que los
negocios se dediquen a sus propios intereses sin que se les controle.
Mientras
la VOC operaba en el océano Índico, la Compañía Holandesa de las Indias
Occidentales (WIC) surcaba el Atlántico. Con el fin de controlar el comercio en
el importante río Hudson, la WIC construyó una colonia llamada Nueva Ámsterdam
en una isla en la desembocadura del río. La colonia fue amenazada por los
indios y atacada repetidamente por los ingleses, que al final la capturaron en
1664. Los ingleses cambiaron su nombre por el de Nueva York. Los restos de la
muralla construida por la WIC para defender su colonia frente a los indios e
ingleses se encuentran hoy bajo el pavimento de la calle más famosa del mundo:
Wall Street.
* * * *
A medida
que el siglo XVII llegaba a su fin, la complacencia y las costosas guerras
continentales hicieron que los holandeses perdieran no solo Nueva York, sino
también su lugar como motor financiero e imperial de Europa. El vacío que dejó
se lo disputaron de manera violenta Francia y Gran Bretaña. Al principio
parecía que Francia se hallaba en una posición mucho más fuerte. Era mayor que
Gran Bretaña, más rica, más poblada y poseía un ejército mayor y más
experimentado. Pero Gran Bretaña consiguió ganarse la confianza del sistema
financiero, mientras que Francia demostró no ser de fiar. El comportamiento de
la corona francesa fue particularmente notorio durante lo que se llamó la
burbuja del Mississippi, la mayor crisis financiera de la Europa del siglo XVIII.
Dicha historia empieza asimismo con una compañía por acciones que construyó un
imperio.
En 1717,
la Compañía del Mississippi, radicada en Francia, se dispuso a colonizar el
valle inferior del río Mississippi, y en el proceso estableció la ciudad de
Nueva Orleans. Para financiar sus ambiciosos planes, la compañía, que tenía
buenos contactos en la corte del rey Luis XV, vendió acciones en el mercado de
valores de París. John Law, el director de la compañía, era también el
gobernador del banco central de Francia. Además, el rey le había nombrado contrôleur
général des Finances, un cargo aproximadamente equivalente al de un
moderno ministro de Finanzas. En 1717, el valle inferior del Mississippi
ofrecía pocos atractivos aparte de pantanos y caimanes, pero la Compañía del
Mississippi hizo correr relatos de riquezas fabulosas y oportunidades sin fin.
Los aristócratas y hombres de negocios franceses, y los imperturbables miembros
de la burguesía urbana se creyeron tales fantasías, y el precio de las acciones
de la compañía subió por las nubes. Inicialmente, las acciones se ofrecieron a
500 libras cada una. El 1 de agosto de 1719, las acciones se negociaban a 2.750
libras. El 30 de agosto valían 4.100 libras, y el 4 de septiembre alcanzaron
5.000 libras. El 2 de diciembre, el precio de una acción de la compañía superó
el umbral de las 10.000 libras. La euforia recorría las calles de París. La
gente vendía sus pertenencias y contrataba créditos enormes para comprar
acciones de la compañía. Todos creían haber descubierto el camino fácil a la
riqueza.
Unos
pocos días después empezó el pánico. Algunos especuladores se dieron cuenta de
que los precios de las acciones eran completamente irreales e insostenibles.
Creyeron que lo mejor era vender mientras los precios de las acciones
estuvieran en su máximo. Al aumentar el número de acciones, su precio bajó.
Cuando otros inversores vieron que el precio se reducía, también quisieron
desprenderse con celeridad de sus acciones. El precio de las acciones se
desplomó todavía más, y generó una avalancha. Con el fin de estabilizar los
precios, el banco central de Francia (bajo la dirección de su gobernador, John
Law) compró acciones de la Compañía del Mississippi, pero no pudo hacerlo
indefinidamente. Al final, se le acabó el dinero. Cuando esto ocurrió, el
contrôleur général, el propio John Law, autorizó la emisión de más dinero con
el fin de comprar más acciones. Esto colocó a todo el sistema financiero
francés dentro de la burbuja. Y ni siquiera este acto de malabarismo financiero
pudo salvar la situación. El precio de las acciones de la compañía cayó desde
las 10.000 libras de nuevo hasta las 1.000, y después se hundió por completo, y
las acciones perdieron hasta el último sueldo de su valor. Para entonces, el
banco central y la Hacienda real poseían una enorme cantidad de acciones que no
valían nada y no tenían dinero. Los grandes especuladores salieron
relativamente bien parados: habían vendido a tiempo. Los pequeños inversores lo
perdieron todo, y muchos se suicidaron.
La
burbuja del Mississippi fue uno de los desastres financieros más sonados de la
historia. El sistema financiero real francés nunca se recuperó totalmente del
golpe. La manera en que la Compañía del Mississippi usó su poder político para
manipular los precios de las acciones y para promover el frenesí comprador hizo
que la opinión pública perdiera la fe en el sistema bancario francés y en el
talento financiero del rey de Francia. A Luis XV le resultó cada vez más
difícil conseguir crédito. Esta fue una de las razones principales por las que
el Imperio francés de ultramar cayó en manos inglesas. Mientras que Gran
Bretaña podía conseguir fácilmente dinero prestado y a bajo tipos de interés,
Francia tenía dificultades para obtener préstamos, y tenía que pagar por ellos
intereses elevados. Con el fin de financiar sus crecientes deudas, el rey de
Francia pidió prestado cada vez más dinero a tipos de interés cada vez más
altos. Finalmente, en la década de 1780, Luis XVI, que había subido al trono a
la muerte de su abuelo, se dio cuenta de que la mitad de su presupuesto anual
se destinaba a pagar los intereses de sus préstamos, y que se dirigía a la
bancarrota. De mala gana, Luis XVI convocó en 1789 los Estados Generales, el
parlamento francés, que no reunía desde hacía un siglo y medio, con el fin de
encontrar una solución a la crisis. Así empezó la Revolución francesa.
Mientras
el Imperio francés de ultramar se desmoronaba, el Imperio británico se expandía
rápidamente. Al igual que el Imperio holandés antes que él, el Imperio
británico lo establecieron en gran parte compañías anónimas por acciones,
privadas, radicadas en la Bolsa de Valores de Londres. Las primeras colonias
inglesas en Norteamérica las fundaron a principios del siglo XVII sociedades
anónimas como la Compañía de Londres, la Compañía de Plymouth, la Compañía de
Dorchester y la Compañía de Massachusetts.
También
el subcontinente indio fue conquistado no por el capital británico, sino por el
ejército mercenario de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Dicha
compañía superó incluso a la VOC. Desde su cuartel general en Leadenhall
Street, en Londres, gobernó un poderoso imperio indio durante casi un siglo, en
el que mantenía una enorme fuerza militar de 350.000 soldados, un número
considerablemente mayor que el de las fuerzas armadas de la monarquía
británica. La corona británica no nacionalizó la India hasta 1858, y con ella
el ejército privado de la compañía. Napoleón se burlaba de los británicos, de
los que decía que eran una nación de tenderos, pero esos tenderos derrotaron al
propio Napoleón, y su imperio fue el mayor que haya visto el mundo.
§. En el
nombre del capital
La nacionalización de Indonesia por la corona holandesa (1800) y de la India
por la corona británica (1858) no terminó en absoluto con el abrazo entre
capitalismo e imperio. Por el contrario, la relación no hizo más que hacerse
más fuerte durante el siglo XIX. Las compañías por acciones ya no necesitaban
establecer y gobernar colonias privadas; ahora sus gestores y sus grandes
accionistas tiraban de los hilos del poder en Londres, Ámsterdam y París, y
podían contar con que el Estado velara por sus intereses. Tal como se mofaban
Marx y otros críticos sociales, los gobiernos occidentales se estaban
convirtiendo en un sindicato capitalista.
El
ejemplo más notorio de cómo los gobiernos cumplieron el mandato del gran dinero
fue la primera guerra del opio, que se libró entre Gran Bretaña y China
(1840-1842). En la primera mitad del siglo XIX, la Compañía Británica de las
Indias Orientales y diversos hombres de negocios ingleses amasaron fortunas
mediante la exportación de drogas, principalmente opio, a China. Millones de
chinos se convirtieron en adictos, lo que debilitó al país tanto económica como
socialmente. A finales de la década de 1830, el gobierno chino promulgó una
prohibición del tráfico de drogas, pero los comerciantes ingleses de las drogas
simplemente ignoraron la ley. Las autoridades chinas empezaron a confiscar y a
destruir los cargamentos de drogas. Los monopolios de las drogas tenían
estrechas conexiones en Westminster y Downing Street (de hecho, muchos miembros
del Parlamento y ministros del gabinete poseían acciones de las compañías de
drogas), de modo que presionaron al gobierno para que actuara.
En 1840,
Gran Bretaña declaró puntualmente la guerra a China en nombre del «libre
comercio». Fue un triunfo fácil. Los chinos, demasiado confiados, no eran rival
para las nuevas y poderosas armas de Gran Bretaña: buques de vapor, artillería
pesada, cohetes y rifles de repetición. Según el tratado de paz subsiguiente,
China aceptaba no limitar las actividades de los comerciantes de drogas
ingleses y compensarlos por los daños infligidos por la policía china. Además,
los ingleses reclamaron y obtuvieron el control de Hong Kong, que a
continuación usaron como base segura para el tráfico de drogas (Hong Kong
siguió en manos inglesas hasta 1997). A finales del siglo XIX, unos 40 millones
de chinos, la décima parte de la población del país, eran adictos al opio.[99]
También
Egipto aprendió a respetar el largo brazo del capitalismo británico. Durante el
siglo XIX, los inversores franceses e ingleses prestaron enormes sumas a los
gobernantes de Egipto, primero con el fin de financiar el proyecto del canal de
Suez, y después para promover proyectos que tuvieron mucho menos éxito. La
deuda egipcia se hinchó, y los acreedores europeos intervinieron cada vez más
en los asuntos egipcios. En 1881, los nacionalistas egipcios ya se habían
hartado y se rebelaron. Declararon una abrogación unilateral de toda la deuda
externa. A la reina Victoria no le hizo ninguna gracia. Un año después envió a
su ejército y a su armada al Nilo, y Egipto se convirtió en un protectorado
británico hasta después de la Segunda Guerra Mundial.
* * * *
Estas no
fueron en absoluto las únicas guerras que se libraron para proteger los
intereses de los inversores. En realidad, la propia guerra podía convertirse en
una mercancía, exactamente igual que el opio. En 1821, los griegos se rebelaron
contra el Imperio otomano. El levantamiento despertó una gran simpatía en los
círculos liberales y románticos de Gran Bretaña; lord Byron, el poeta, fue
incluso a Grecia para luchar junto a los insurgentes. Sin embargo, los
financieros de Londres vieron asimismo una oportunidad. Propusieron a los jefes
rebeldes emitir bonos de la rebelión griega, negociables, en el mercado de
valores de Londres. Los griegos tenían que prometer devolver el importe de los
bonos, más los intereses, siempre y cuando obtuvieran la independencia. Los
inversores privados compraron bonos para obtener un beneficio, o porque
simpatizaban con la causa griega, o por ambas razones. El valor de los bonos de
la rebelión griega subía y bajaba en la Bolsa de Londres según los éxitos y
fracasos militares en los campos de batalla de la Hélade. Gradualmente, los
turcos consiguieron ventaja. Con una derrota inminente de los rebeldes, los
accionistas se enfrentaban a la posibilidad de perderlo todo. El interés de los
accionistas era el interés nacional, de manera que los ingleses organizaron una
flota internacional que, en 1827, hundió a la flotilla otomana en la batalla de
Navarino. Después de siglos de dominación, Grecia se hallaba libre al fin. Pero
la libertad vino acompañada de una deuda enorme que el nuevo país no tenía
manera de devolver. La economía griega quedó hipotecada a los inversores
ingleses durante décadas.
El abrazo
del oso entre el capital y la política ha tenido implicaciones de mayor alcance
para el mercado del crédito. La cantidad de crédito en una economía viene
determinada no solo por factores puramente económicos como el descubrimiento de
un nuevo yacimiento petrolífero o el invento de una nueva máquina, sino también
por acontecimientos políticos tales como cambios de régimen o políticas
exteriores más ambiciosas. Después de la batalla de Navarino, los capitalistas
ingleses estaban más dispuestos a invertir su dinero en arriesgados tratos
ultramarinos. Habían visto que si un deudor extranjero se negaba a devolver los
préstamos, el ejército de Su Majestad conseguiría que les retornara el dinero.
Esta es
la razón por la que la calificación crediticia de un país es hoy mucho más
importante para su bienestar económico que sus recursos naturales. Las
calificaciones crediticias indican la probabilidad de que un país pague sus
deudas. Además de datos puramente económicos, tienen en cuenta factores
políticos, sociales e incluso culturales. Un país rico en petróleo pero
sometido a un gobierno despótico, guerras endémicas y un sistema judicial
corrupto recibirá por lo general una baja calificación crediticia. Como
resultado, es probable que permanezca relativamente pobre, puesto que no podrá
obtener el capital necesario para sacar el máximo partido de sus riquezas
petrolíferas. Un país carente de recursos naturales, pero que goza de paz, un
sistema judicial justo y un gobierno libre es probable que reciba una elevada
calificación crediticia. Así, podrá obtener el capital barato suficiente para
sostener un buen sistema educativo y promover una floreciente industria de alta
tecnología.
§. El
culto del libre mercado
El capital y la política se influyen mutuamente en tal medida que sus
relaciones son objeto de acalorados debates por parte de economistas, políticos
y la opinión pública en general. Los acérrimos capitalistas suelen aducir que
el capital debería ser libre para influir sobre la política, pero que no se
debería dejar que la política influyera sobre el capital. Argumentan que,
cuando los gobiernos interfieren en los mercados, los intereses políticos hacen
que efectúen inversiones insensatas que conducen a un crecimiento más lento.
Por ejemplo, un gobierno puede imponer elevados impuestos a los industriales y
usar el dinero para proporcionar espléndidas prestaciones de desempleo, que son
populares entre los votantes. Según la opinión de muchos empresarios, sería
mucho mejor si el gobierno les dejara conservar el dinero. Lo emplearían, según
dicen, para abrir nuevas fábricas y contratar a los desempleados.
Según
esta concepción, la política económica más sensata es mantener a la política
lejos de la economía, reducir los impuestos y la normativa gubernamental a un
mínimo y dejar a las fuerzas del mercado libertad para tomar su camino. Los
inversores privados, libres de consideraciones políticas, invertirán su dinero
allí donde puedan obtener el máximo beneficio, y así la manera de asegurar el
máximo crecimiento económico (que beneficiará a todos, industriales y obreros)
es que el gobierno intervenga lo menos posible. Esta doctrina del libre mercado
es en la actualidad la variante más común e influyente del credo capitalista.
Los defensores más entusiastas del libre mercado critican las aventuras
militares en el exterior con el mismo celo que los programas de bienestar en
casa. Ofrecen a los gobiernos el mismo consejo que los maestros zen a los
iniciados: no hagas nada.
Pero en
su forma extrema, creer en el libre mercado es tan ingenuo como creer en Papá
Noel. Simplemente, no existe un mercado libre de todo prejuicio político. El
recurso económico más importante es la confianza en el futuro, y dicho recurso
se ve amenazado constantemente por ladrones y charlatanes. Por sí mismos, los
mercados no ofrecen ninguna protección contra el fraude, el robo y la
violencia. Es tarea de los sistemas políticos asegurar la confianza mediante la
legislación de sanciones contra los engaños y el establecimiento y respaldo de
fuerzas de policía, tribunales y cárceles que hagan cumplir la ley. Cuando los
reyes no cumplen su tarea y no regulan de modo adecuado los mercados, esto
conduce a la pérdida de confianza, al crédito menguante y a la depresión
económica. Esa fue la lección que enseñó la burbuja de la Compañía del
Mississippi de 1719, y para quien la haya olvidado se la recordará la burbuja
inmobiliaria de Estados Unidos de 2007, y el hundimiento del crédito y la
recesión subsiguientes.
§. El
infierno capitalista
Hay una razón más fundamental todavía por la que es peligroso conceder libertad
total a los mercados. Adam Smith nos enseñó que el zapatero utilizaría sus
ganancias adicionales para emplear a más ayudantes. Esto implica que la codicia
egoísta es beneficiosa para todos, puesto que las ganancias se emplean para
expandir la producción y contratar a más empleados.
Pero ¿qué
ocurre si el avaricioso zapatero aumenta sus beneficios al pagar menos a sus
empleados y al aumentar sus horas laborables? La respuesta genérica es que el
libre mercado protegería a los empleados. Si nuestro zapatero paga muy poco y
exige demasiado, es natural que los mejores empleados lo abandonen y se vayan a
trabajar para sus competidores. El zapatero tirano se encontrará finalmente con
los peores obreros, o sin obreros en absoluto. Tendrá que enmendar su
comportamiento o dejar el negocio. Su propia codicia le obligará a tratar bien
a sus empleados.
Esto en
teoría parece a prueba de balas, pero en la práctica las balas lo atraviesan
con demasiada facilidad. En un mercado completamente libre, no supervisado por
reyes y sacerdotes, los capitalistas avariciosos pueden establecer monopolios o
conspirar contra su fuerza laboral. Si en un país hay una única corporación que
controla todas las fábricas de zapatos, o si todos los propietarios de fábricas
de zapatos conspiran para reducir los salarios simultáneamente, entonces los
obreros ya no pueden protegerse cambiando de puesto de trabajo.
Peor aún:
los jefes avariciosos podrían recortar la libertad de movimiento de los obreros
mediante el peonaje por deuda o esclavitud. A finales de la Edad Media, la
esclavitud era casi desconocida en la Europa cristiana. Durante los inicios del
período moderno, el auge del capitalismo europeo fue de la mano con el auge del
tráfico de esclavos en el Atlántico. Los responsables de esta calamidad fueron
las fuerzas desenfrenadas del mercado, más que los reyes tiránicos o los
ideólogos racistas.
Cuando
los europeos conquistaron América, abrieron minas de oro y plata y
establecieron plantaciones de azúcar, tabaco y algodón. Dichas minas y
plantaciones se convirtieron en el principal soporte de la producción y
exportación americana. Las plantaciones de azúcar fueron particularmente
importantes. En la Edad Media, el azúcar era un lujo raro en Europa. Se
importaba de Oriente Próximo a precios prohibitivos y se usaba frugalmente como
ingrediente secreto en golosinas y medicamentos de aceite de serpiente. Una vez
que se hubieron establecido grandes plantaciones de caña de azúcar en América,
a Europa empezaron a llegar cantidades crecientes de azúcar. El precio del
azúcar bajó y Europa desarrolló un insaciable gusto por los dulces. Los
emprendedores satisficieron dicha necesidad al producir cantidades enormes de
dulces: pasteles, galletas, chocolate, caramelos y bebidas azucaradas como
cacao, café y té. La ingesta anual de azúcar del ciudadano inglés medio pasó de
casi cero a principios del siglo XVII a unos ocho kilogramos a principios del
XIX.
Sin
embargo, cultivar la caña y extraer su azúcar era una empresa que requería
trabajo intensivo. Pocas personas querían trabajar largas horas en campos de
caña infestados de malaria bajo un sol tropical. Los trabajadores contratados
habrían producido un bien demasiado caro para el consumo de masas. Sensibles a
las fuerzas del mercado, y codiciosos de obtener beneficios y crecimiento
económico, los propietarios europeos de las plantaciones cambiaron a los
esclavos.
Desde el
siglo XVI al XIX, unos 10 millones de esclavos africanos fueron importados a
América. Alrededor del 70 por ciento de ellos trabajaron en las plantaciones de
azúcar. Las condiciones de trabajo eran abominables. La mayoría de los esclavos
vivían una vida corta y miserable, y otros millones más murieron durante las
guerras emprendidas para capturar esclavos o durante el largo viaje desde el
interior de África a las costas de América. Y todo esto para que los europeos
pudieran gozar de su té dulce y sus golosinas, y para que los magnates del
azúcar pudieran obtener enormes ganancias.
El
tráfico de esclavos no era controlado por ningún Estado o gobierno. Era una
empresa puramente económica, organizada y financiada por el libre mercado según
las leyes de la oferta y la demanda. Las compañías privadas de comercio de
esclavos vendían acciones en los mercados de valores de Ámsterdam, Londres y
París. Los europeos de clase media que buscaban una buena inversión compraban
estas acciones. Sobre la base de este dinero, las compañías compraban barcos,
contrataban marinos y soldados, adquirían esclavos en África y los
transportaban a América. Allí vendían los esclavos a los dueños de las
plantaciones, y utilizaban las ganancias para comprar productos de las
plantaciones, como azúcar, cacao, café, tabaco, algodón y ron. Regresaban a
Europa, vendían el azúcar y el algodón por un buen precio, y después se
dirigían a África para iniciar otra ronda. Los accionistas estaban encantados
con este arreglo. A lo largo del siglo XVIII, el rendimiento de las inversiones
en el tráfico de esclavos fue de alrededor del 6 por ciento anual: eran
extremadamente lucrativas, como cualquier consultor moderno admitiría
rápidamente.
Este es
el pequeño inconveniente del capitalismo de libre mercado: no puede asegurar
que los beneficios se obtengan de manera justa, o que se distribuyan de manera
justa. Por el contrario, las ansias de aumentar los beneficios y la producción
impiden ver a la gente cualquier cosa que se interponga en el camino. Cuando el
crecimiento se convierte en un bien supremo, no limitado por ninguna otra
consideración ética, puede conducir fácilmente a la catástrofe. Algunas
religiones, como el cristianismo y el nazismo, han matado a millones de
personas debido a un odio ardiente. El capitalismo ha matado a millones debido
a una fría indiferencia ligada a la avaricia. El tráfico de esclavos del
Atlántico no surgió de un odio racista hacia los africanos. Los individuos que
compraban las acciones, los agentes que las vendían y los gestores de las
compañías del comercio de esclavos rara vez pensaban en los africanos, así como
tampoco lo hacían los propietarios de las plantaciones de caña de azúcar.
Muchos propietarios vivían lejos de sus plantaciones, y la única información
que pedían eran libros contables claros de ganancias y pérdidas.
Es
importante recordar que el tráfico de esclavos del Atlántico no fue una
aberración única en un expediente por otra parte inmaculado. La Gran Hambruna
de Bengala, que se ha comentado en el capítulo anterior, fue causada por una
dinámica similar: a la Compañía Británica de las Indias Orientales le
importaban más sus beneficios que la vida de diez millones de bengalíes. Las
campañas militares de la VOC en Indonesia fueron financiadas por probos
ciudadanos holandeses que amaban a sus hijos, concedían limosnas y gozaban de
la buena música y de las bellas artes, pero que no tenían ninguna consideración
por el sufrimiento de los habitantes de Java, Sumatra y Malaca. Innumerables
crímenes y conductas reprobables acompañaron el crecimiento de la economía
moderna en otras partes del planeta.
* * * *
El siglo
XIX no aportó ninguna mejora a la ética del capitalismo. La revolución
industrial que se extendió por toda Europa enriqueció a banqueros y a
propietarios de capital, pero condenó a millones de trabajadores a una vida de
pobreza abyecta. En las colonias europeas, las cosas eran peores todavía. En
1876, el rey Leopoldo II de Bélgica fundó una organización humanitaria no
gubernamental cuyo objetivo declarado era explorar el África central y combatir
el tráfico de esclavos a lo largo del río Congo. También tenía el encargo de
mejorar las condiciones para los habitantes de la región mediante la
construcción de carreteras, escuelas y hospitales. En 1885, las potencias
europeas acordaron conceder a esta organización el control de 2,3 millones de
kilómetros cuadrados en la cuenca del Congo. Dicho territorio, de 75 veces el
tamaño de Bélgica, se conoció a partir de entonces como Estado Libre del Congo.
Nadie pidió la opinión de los 20-30 millones de habitantes del territorio.
En
cuestión de poco tiempo, la organización humanitaria se convirtió en una
empresa de negocios cuyo objetivo real era el crecimiento y los beneficios. Las
escuelas y los hospitales se olvidaron, y en cambio la cuenca del Congo se
llenó de minas y plantaciones, dirigidas por funcionarios en su mayoría belgas
que explotaban de manera despiadada a la población local. La industria del
caucho fue particularmente notable. El caucho se estaba convirtiendo
rápidamente en un producto industrial básico, y la exportación de caucho era la
fuente de ingresos más importante del Congo. A los campesinos africanos que
recolectaban caucho se les exigía que proporcionaran cupos cada vez mayores.
Los que no conseguían cumplir con su cuota eran brutalmente castigados por su «holgazanería».
Se les cortaban los brazos y en ocasiones se masacraban aldeas enteras. Según
las estimaciones más moderadas, entre 1885 y 1908 la búsqueda de crecimiento y
beneficios costó la vida de 6 millones de individuos (al menos el 20 por ciento
de la población del Congo). Algunas estimaciones la elevan hasta 10 millones de
muertos.[100]
En
décadas recientes, y especialmente después de 1945, la codicia capitalista se
refrenó algo, en buena parte debido al temor del comunismo. Pero las
desigualdades son todavía feroces. El pastel económico de 2014 es mucho mayor
que el de 1500, pero está distribuido de manera tan desigual que muchos
campesinos africanos y trabajadores indonesios regresan al hogar después de un
día de arduo trabajo con menos comida de la que disponían sus antepasados hace
500 años. De manera muy parecida a la revolución agrícola, el crecimiento de la
economía moderna podría resultar ser un fraude colosal. Bien pudiera ser que la
especie humana y la economía global sigan creciendo, pero hay muchos más
individuos que viven hambrientos y en la indigencia.
El
capitalismo tiene dos respuestas a esta crítica. Primera, el capitalismo ha
creado un mundo que nadie que no sea un capitalista es capaz de hacer
funcionar. El único intento serio de gestionar el mundo de manera diferente (el
comunismo) era mucho peor en casi todos los aspectos concebibles, hasta el
punto de que nadie tiene el estómago de intentarlo de nuevo. En 8500 a.C. se
podían verter amargas lágrimas a propósito de la revolución agrícola, pero era
demasiado tarde para abandonar la agricultura. De manera parecida, puede que no
nos guste el capitalismo, pero no podemos vivir sin él.
La
segunda respuesta es que simplemente hemos de tener más paciencia; el paraíso,
prometen los capitalistas, está a la vuelta de la esquina. Es cierto, se han
cometido equivocaciones, como el comercio de esclavos del Atlántico y la
explotación de la clase obrera europea. Pero hemos aprendido la lección, y solo
con que esperemos un poco más y permitamos que el pastel crezca un poco más,
todo el mundo recibirá una porción más sustanciosa. La división del botín no
será nunca equitativa, pero habrá lo suficiente para satisfacer a todos los
hombres, mujeres y niños, incluso en el Congo.
Es cierto
que hay algunas señales positivas. Al menos cuando empleamos criterios
puramente materiales (como la esperanza de vida, la mortalidad infantil y la
ingesta calórica), el nivel de vida del humano medio en 2014 es
significativamente superior al de 1914, a pesar del crecimiento exponencial en
el número de humanos.
Pero
¿acaso el pastel económico puede crecer indefinidamente? Todo pastel requiere
materias primas y energía. Los profetas de la catástrofe advierten que tarde o
temprano Homosapiens agotará las materias primas y la energía
del planeta Tierra. ¿Y qué ocurrirá entonces?
Capítulo
17
Las ruedas de la industria
Contenido:
§. El
secreto en la cocina
§. Un océano de energía
§. Vida en la cinta transportadora
§. La edad de las compras
La
economía moderna crece gracias a nuestra esperanza en el futuro y a la buena
disposición de los capitalistas a reinvertir sus ganancias en la producción.
Pero esto no basta. El crecimiento económico necesita también energía y
materias primas, y estas son finitas. Cuando se agoten, si es que lo hacen,
todo el sistema se desmoronará.
Sin
embargo, las pruebas que proporciona el pasado es que son finitas solo en
teoría. De forma contra intuitiva, mientras que el uso que ha hecho la
humanidad de la energía y las materias primas ha crecido mucho en los últimos
siglos, las cantidades disponibles para nuestra explotación en realidad han
aumentado. Cada vez que una escasez de una u otras ha amenazado con hacer más
lento el crecimiento económico, han fluido las inversiones hacia la
investigación científica y tecnológica. Esto ha producido de forma invariable
no solo maneras más eficientes de explotar los recursos existentes, sino
también tipos completamente nuevos de energía y materiales.
Consideremos
la industria de los vehículos. A lo largo de los últimos 300 años, la humanidad
ha fabricado miles de millones de vehículos, desde carros y carretillas hasta
trenes, automóviles, aviones supersónicos y lanzaderas espaciales. Cabría
esperar que un esfuerzo tan prodigioso como este hubiera agotado las fuentes de
energía y materias primas disponibles para la producción de vehículos, y que en
la actualidad estuviéramos raspando el fondo del barril. Pero ha ocurrido lo
contrario. Mientras que en 1700 la industria global del vehículo se basaba de
manera abrumadora en la madera y el hierro, hoy tiene a su disposición una
cornucopia de materiales descubiertos recientemente, como plástico, caucho,
aluminio y titanio, ninguno de los cuales nuestros antepasados conocían
siquiera. Mientras que en 1700 los carros eran construidos principalmente por
el esfuerzo muscular de carpinteros y herreros, en la actualidad las máquinas
en las fábricas de Toyota y Boeing son accionadas mediante motores de
combustión de petróleo y centrales de energía nuclear. Una revolución parecida
ha recorrido casi todos los demás ámbitos de la industria. La denominamos
revolución industrial
* * * *
Durante
los milenios previos a la revolución industrial, los humanos ya sabían cómo
utilizar una amplia variedad de fuentes energéticas. Quemaban leña con el fin
de fundir el hierro, caldear las casas y hornear pasteles. Los buques de vela
domeñaban la energía eólica para desplazarse, y los molinos de agua captaban el
flujo de los ríos para moler el grano. Pero todas estas fuentes tenían límites
claros, y planteaban problemas. No había árboles disponibles en todas partes,
el viento no siempre soplaba cuando se necesitaba, y la energía hidráulica solo
era útil si uno vivía cerca de un río.
Un
problema todavía mayor era que la gente no sabía cómo convertir un tipo de
energía en otro. Podían domeñar el movimiento del viento y el agua para hacer
navegar buques y girar piedras de molino, pero no para caldear agua o fundir
hierro. E inversamente, no podían utilizar la energía calorífica producida al
quemar madera para hacer que una piedra de molino se moviera. Los humanos solo
tenían una máquina capaz de realizar estos trucos de conversión de energía: el
cuerpo. En el proceso natural del metabolismo, el cuerpo de los humanos y de
los demás animales quema combustibles orgánicos que denominamos comida y
convierten la energía liberada en el movimiento de los músculos. Hombres,
mujeres y bestias podían consumir grano y carne, quemar sus carbohidratos y
grasas, y utilizar la energía para arrastrar un carrito oriental o empujar un
arado.
Puesto
que el cuerpo humano y animal era el único dispositivo de conversión energética
del que se disponía, la potencia muscular era la clave de casi todas las
actividades humanas. Los músculos humanos construían carretas y casas, los
músculos bovinos araban los campos y los músculos equinos transportaban
mercancías. La energía que accionaba estas máquinas musculares orgánicas
procedía en último término de una única fuente: las plantas. Las plantas, a su
vez, obtenían su energía del sol. Mediante el proceso de fotosíntesis, captaban
energía solar y la empaquetaban en compuestos orgánicos. Casi todo lo que la
gente ha hecho a lo largo de la historia ha estado accionado por la energía
solar que es captada por las plantas y convertida en potencia muscular.
En
consecuencia, la historia humana estuvo dominada por dos ciclos principales:
los ciclos de crecimiento de las plantas y los ciclos cambiantes de la energía
solar (día y noche, verano e invierno). Cuando la luz solar era escasa y cuando
los trigales estaban todavía verdes, los humanos tenían poca energía. Los
graneros permanecían vacíos, los recaudadores de impuestos estaban ociosos, los
soldados encontraban difícil desplazarse y luchar, y los reyes solían mantener
la paz. Cuando el sol brillaba con fuerza y el trigo maduraba, los campesinos
cosechaban los campos y llenaban los graneros. Los recaudadores de impuestos se
apresuraban a tomar su parte. Los soldados flexionaban sus músculos y afilaban
sus espadas. Los reyes convencían a sus consejos y planeaban sus próximas
campañas. Todo el mundo resultaba animado por la energía solar, captada y
empaquetada en el trigo, el arroz y las patatas.
§. El
secreto en la cocina
Durante estos largos milenios, un día sí y otro también la gente se encontraba
cara a cara con el invento más importante de la historia de la producción de
energía sin que se diera cuenta. Saltaba a la vista cada vez que un ama de casa
o una criada ponía una marmita en el fuego para hervir agua para el té, o
colocaba una olla llena de patatas en el hornillo. En el momento en el que el
agua hervía, la tapadera de la marmita o de la olla saltaba. El calor se
convertía en movimiento. Pero las tapaderas de las ollas que saltaban eran un
fastidio, especialmente si se olvidaba la olla en el hornillo y el agua hervía
totalmente. Nadie vio el potencial real.
Un
descubrimiento parcial en la conversión de calor en movimiento siguió a la
invención de la pólvora en la China del siglo IX. Al principio, la idea de
emplear pólvora para impulsar proyectiles era tan contraria a la intuición que
durante siglos la pólvora se usó principalmente para producir bombas
incendiarias. Pero finalmente (quizá después de que algún experto en bombas
moliera pólvora en un mortero y el majadero saliera disparado con fuerza)
aparecieron los cañones. Pasaron unos 600 años entre la invención de la pólvora
y el desarrollo de la artillería efectiva.
Incluso
entonces, la idea de convertir calor en movimiento siguió siendo tan contra
intuitiva que pasaron otros tres siglos antes de que la gente inventara la
siguiente máquina que utilizaba calor para trasladar cosas. La nueva tecnología
nació en las minas de hulla de Gran Bretaña. A medida que la población inglesa
aumentaba, se talaban bosques para alimentar la creciente economía y dejar paso
a casas y campos. En consecuencia, Gran Bretaña padeció una escasez creciente
de leña y empezó a quemar carbón como sustituto. Muchos filones de carbón
estaban situados en áreas anegadas, y la inundación impedía que los mineros
accedieran a los estratos inferiores de las minas, lo cual constituía un
problema que buscaba una solución. Hacia 1700, un extraño ruido empezó a
reverberar alrededor de los pozos de las minas inglesas. Dicho ruido, que
anunciaba la revolución industrial, era sutil al principio, pero se hizo cada
vez más fuerte con cada década que pasaba, hasta que rodeó a todo el mundo en
un ruido ensordecedor. Emanaba de una máquina de vapor.
Hay
muchos tipos de máquinas de vapor, pero todos comparten un principio común. Se
quema algún tipo de combustible, como carbón, y se usa el calor resultante para
hervir agua, con lo que se produce vapor. A medida que el vapor se expande,
empuja un pistón. El pistón se mueve, y todo lo que esté conectado al pistón se
mueve con él. ¡Hemos convertido el calor en movimiento! En las minas de hulla
de la Inglaterra del siglo XVIII, el pistón estaba conectado a una bomba que
extraía agua del fondo de los pozos mineros. Las primeras máquinas eran
increíblemente ineficientes. Era necesario quemar una enorme cantidad de carbón
para bombear apenas una minúscula cantidad de agua. Pero en la minas el carbón
era abundantísimo y se hallaba a mano, de modo que a nadie le importaba.
En los
años que siguieron, los emprendedores británicos mejoraron la eficiencia de la
máquina de vapor, la sacaron de los pozos de las minas y la conectaron a
telares y desmotadoras. Esto revolucionó la producción textil, lo que hizo
posible producir cantidades cada vez mayores de telas baratas. En un abrir y
cerrar de ojos, Gran Bretaña se convirtió en la fábrica del mundo. Pero,
todavía más importante, sacar a la máquina de vapor de las minas salvó una
importante barrera psicológica. Si se podía quemar carbón para hacer mover
telares textiles, ¿por qué no usar el mismo método para mover otras cosas como
vehículos?
En 1825,
un ingeniero inglés conectó una máquina de vapor a un tren de vagonetas mineras
llenas de carbón. La máquina arrastró los vagones a lo largo de un raíl de
hierro de unos 20 kilómetros de longitud, desde la mina al puerto más cercano.
Esta fue la primera locomotora a vapor de la historia. Claramente, si se podía
usar el vapor para transportar carbón, ¿por qué no otras mercancías? ¿Y por qué
no incluso personas? El 15 de septiembre de 1830, se inauguró la primera línea
comercial de ferrocarril, que conectaba Liverpool con Manchester. Los trenes se
movían debido a la misma energía de vapor que previamente había bombeado agua y
accionado los telares. Solo veinte años después, Gran Bretaña tenía decenas de
miles de kilómetros de vías férreas.[101]
A partir
de ahí, la gente se obsesionó con la idea de que se podían usar máquinas y
motores para convertir un tipo de energía en otro. Cualquier tipo de energía,
en cualquier lugar del mundo, se podía domeñar para cualquier necesidad que
tuviéramos, solo con que pudiéramos inventar la máquina adecuada. Por ejemplo,
cuando los físicos se dieron cuenta de que en el interior de los átomos hay
almacenada una enorme cantidad de energía, empezaron de inmediato a pensar de
qué manera se podía liberar dicha energía y usarla para producir electricidad,
hacer funcionar submarinos y aniquilar ciudades. Pasaron 600 años entre el
momento en el que los alquimistas chinos descubrieron la pólvora y el momento
en el que los cañones turcos pulverizaron los muros de Constantinopla.
Transcurrieron solo 40 años entre el momento en el que Einstein determinó que
cualquier tipo de masa podía convertirse en energía (esto es lo que
significa E =mc2) y el momento en el que bombas atómicas
arrasaron Hiroshima y Nagasaki, y las centrales de energía nuclear empezaron a
proliferar por todo el planeta.
Otro
descubrimiento crucial fue el motor de combustión interna, que tardó poco más
de una generación en revolucionar el transporte humano y en transformar el
petróleo en poder político líquido. El petróleo se conocía desde hacía miles de
años, y se utilizaba para impermeabilizar techos y lubricar ejes. Pero hasta
hace un siglo nadie pensó que fuera útil para mucho más que eso. La idea de
verter sangre para conseguir petróleo habría parecido ridícula. Se podía librar
una guerra por la tierra, el oro, la pimienta o los esclavos, pero no por el
petróleo.
La
carrera de la electricidad fue todavía más sorprendente. Hace dos siglos, la
electricidad no desempeñaba papel alguno en la economía, y se usaba en el mejor
de los casos para experimentos científicos arcanos y trucos de magia baratos.
Una serie de inventos la transformaron en nuestro genio universal de la
lámpara. Chasqueamos los dedos e imprime libros y cose ropas, mantiene nuestras
hortalizas frescas y congelados nuestros helados, cocina nuestras comidas y
ejecuta a nuestros criminales, registra nuestros pensamientos y plasma nuestras
sonrisas, ilumina nuestras noches y nos entretiene con innumerables
espectáculos televisivos. Pocos de nosotros comprendemos cómo hace la
electricidad todas estas cosas, pero todavía son menos los que pueden
imaginarse la vida sin ella.
§. Un
océano de energía
En el fondo, la revolución industrial ha sido una revolución en la conversión
de la energía. Ha demostrado una y otra vez que no hay límite a la cantidad de
energía que tenemos a nuestra disposición. O, más exactamente, que el único
límite es el que establece nuestra ignorancia. Cada pocas décadas descubrimos
una nueva fuente de energía, de modo que la suma total de energía a nuestra
disposición no hace más que aumentar.
¿Por qué
hay tanta gente preocupada porque se nos pueda agotar la energía? ¿Por qué nos
advierten del desastre si agotamos todos los combustibles fósiles disponibles?
Es evidente que el mundo no carece de energía. De lo que carecemos es del
conocimiento necesario para domeñarla y convertirla para nuestras necesidades.
La cantidad de energía almacenada en todos los combustibles fósiles de la
Tierra es insignificante si se compara con la cantidad que cada día dispensa el
Sol, y de forma gratuita. Solo una minúscula proporción de la energía del Sol
alcanza la Tierra, pero supone 3.766.800 ex julios de energía cada año (un
julio es una unidad de energía en el sistema métrico que equivale
aproximadamente a la cantidad de energía que gastamos cuando levantamos una
pequeña manzana a un metro de altura; un ex julio es un trillón de julios… una
buena cantidad de manzanas).[102] Todas las plantas de la
Tierra captan únicamente unos 3.000 ex julios solares mediante el proceso de la
fotosíntesis.[103] Todas las actividades e
industrias humanas juntas consumen alrededor de 500 ex julios anuales, que
equivalen a la cantidad de energía que la Tierra recibe del Sol en solo 90
minutos.[104] Y esta es solo energía
solar. Además, estamos rodeados por otras enormes fuentes de energía, como la
energía nuclear y la gravitatoria, esta última más evidente en la potencia de
las mareas oceánicas causadas por la atracción de la Luna sobre la Tierra.
Con
anterioridad a la revolución industrial, el mercado de la energía humana
dependía casi por completo de las plantas. La gente vivía junto a un depósito
verde de energía que contenía 3.000 ex julios anuales, e intentaba extraer de
él tanta energía como podía. Pero había un límite claro a la cantidad que se
podía extraer. Durante la revolución industrial acabamos por darnos cuenta de
que en realidad estamos viviendo junto a un enorme océano de energía, un océano
que contiene billones y billones de ex julios de energía potencial. Todo lo que
tenemos que hacer es inventar mejores bombas.
* * * *
Aprender
cómo domeñar y convertir efectivamente la energía resolvió el otro problema que
hace que el crecimiento económico sea lento: la escasez de materias primas. A
medida que los humanos averiguaban cómo domeñar grandes cantidades de energía
barata, pudieron empezar a explotar depósitos de materias primas previamente
inaccesibles (por ejemplo, explotar minas de hierro en las desoladas tierras de
Siberia), o transportar materias primas de localidades cada vez más alejadas
(por ejemplo, suministrar lana de Australia a una fábrica de tejidos inglesa).
Simultáneamente, descubrimientos científicos permitieron a la humanidad
inventar materias primas completamente nuevas, como los plásticos, y descubrir
materiales antes desconocidos, como el silicio y el aluminio.
Los
químicos no descubrieron el aluminio hasta la década de 1820, pero separar el
metal de su mena era extraordinariamente difícil y costoso. Durante décadas, el
aluminio fue mucho más caro que el oro. En la década de 1860, el emperador
Napoleón III de Francia encargó que para sus huéspedes más distinguidos se
dispusiera cubertería de aluminio. Los visitantes menos importantes tenían que
conformarse con los cuchillos y tenedores de oro.[105] Pero a finales del siglo
XIX, los químicos descubrieron una manera de extraer cantidades inmensas de
aluminio barato, y en la actualidad la producción global se sitúa en los 30
millones de toneladas anuales. Napoleón III se sorprendería al oír que los
descendientes de sus súbditos usan papel de aluminio barato y desechable para
envolver sus bocadillos y eliminar sus sobras.
Hace
2.000 años, cuando los habitantes de la cuenca del Mediterráneo sufrían de piel
seca, se embadurnaban las manos con aceite de oliva. En la actualidad, abren un
tubo de crema para las manos. A continuación cito la lista de ingredientes de
una crema de manos moderna y sencilla que compré en un almacén local:
Agua
desionizada, ácido esteárico, glicerina, caprílico/caprictiglicérido, propilén
glicol, miristato de isopropilo, extracto de raíz de ginseng (Panax ginseng),
fragancia, alcohol etílico, trietanolamina, dimeticona, extracto de hojas de
gayuba (Arctostaphylos uva-ursi), magnesio ascorbil fosfato, imidazolidinil
urea, metil parabeno, alcanfor, propil parabeno, hidroxiisohexil 3-ciclohexeno
carboxaldehído, hidroxicitronelal, linalool, butilfenil metilpropional,
citronelol, limoneno, geraniol.
Casi
todos estos ingredientes fueron descubiertos o se inventaron en los dos últimos
siglos.
Durante
la Primera Guerra Mundial, Alemania fue sometida a bloqueo y padeció una grave
escasez de materias primas, en particular de nitrato sódico, un ingrediente
esencial de la pólvora y otros explosivos. Los depósitos de nitrato sódico más
importantes se hallaban en Chile y la India; pero en Alemania no había ninguno.
Ciertamente, el nitrato sódico podía sustituirse por amoníaco, pero este
también era caro de producir. Por suerte para los alemanes, uno de sus
ciudadanos, un químico judío llamado Fritz Haber, había descubierto en 1908 un
proceso para producir amoníaco, literalmente, del aire. Cuando estalló la
guerra, los alemanes emplearon el descubrimiento de Haber para iniciar la
producción industrial de explosivos usando el aire como materia prima. Algunos
expertos creen que si no hubiera sido por el descubrimiento de Haber, Alemania
se habría visto obligada a rendirse mucho antes de noviembre de 1918.[106] El descubrimiento le valió
a Haber (quien durante la guerra también inició el uso de gases venenosos en
las batallas) un premio Nobel en 1918. De Química, no de la Paz.
§. Vida
en la cinta transportadora
La revolución industrial produjo una combinación sin precedentes de energía
barata y abundante y de materias primas baratas y abundantes. El resultado fue
una explosión de productividad humana. Esa explosión se notó primero y sobre
todo en la agricultura. Por lo general, cuando pensamos en la revolución
industrial pensamos en un paisaje urbano de chimeneas humeantes, o en la
difícil situación de los explotados mineros del carbón sudando en las entrañas
de la Tierra. Pero la revolución industrial fue, por encima de todo, la segunda
revolución agrícola.
Durante
los últimos 200 años, los métodos de producción industrial se convirtieron en
la base fundamental de la agricultura. Máquinas como los tractores empezaron a
desempeñar tareas que previamente efectuaba la energía muscular, o que no se
realizaban en absoluto. Los campos y los animales fueron muchísimo más
productivos gracias a los fertilizantes artificiales, los insecticidas
industriales y todo un arsenal de hormonas y medicamentos. Los frigoríficos,
los barcos y los aviones han hecho posible almacenar productos durante meses, y
transportarlos rápidamente y a bajo precio al otro extremo del mundo. Gracias a
esto, los europeos empezaron a comer carne de res argentina y sushi japonés
frescos.
Incluso
las plantas y los animales se mecanizaron. En la época en que Homo
sapiens era elevado al nivel divino por las religiones humanistas, los
animales de granja dejaron de verse como criaturas vivas que podían sentir
dolor y angustia, y en cambio empezaron a ser tratados como máquinas. En la
actualidad, estos animales son producidos en masa en instalaciones que parecen
fábricas, y su cuerpo se modela según las necesidades industriales. Pasan toda
su vida como ruedas de una línea de producción gigantesca, y la duración y
calidad de su existencia están determinadas por los beneficios y pérdidas de
las empresas. Incluso cuando la industria se ocupa de mantenerlos vivos,
razonablemente saludables y bien alimentados, no tiene ningún interés
intrínseco en las necesidades sociales y psicológicas de los animales, excepto
cuando estas tienen un impacto directo en la producción (véase la figura 25).
Figura 25. Polluelos en una cinta transportadora de una granja de cría aviar
comercial. Los polluelos machos o los que son hembras imperfectas son extraídos
de la cinta transportadora y después son asfixiados en cámaras de gas,
introducidos en trituradoras automáticas o simplemente lanzados a la basura,
donde mueren aplastados. Cientos de millones de polluelos mueren cada año en
estas granjas.
Las
gallinas ponedoras, por ejemplo, tienen un mundo complejo de necesidades de
comportamiento e instintos. Sienten fuertes impulsos por explorar su entorno,
buscar comida y picotear, determinar jerarquías sociales, construir nidos y
acicalarse. Pero la industria productora de huevos suele encerrar a las
gallinas dentro de jaulas minúsculas, y no es extraño que metan cuatro gallinas
en una jaula, cada una de las cuales dispone de un espacio de unos 25 por 22
centímetros de suelo. Las gallinas reciben suficiente comida, pero no pueden
disponer de un territorio, construir un nido o dedicarse a otras actividades
naturales. De hecho, la jaula es tan pequeña que a menudo las gallinas no
pueden batir las alas ni erguirse completamente.
Los
cerdos son tal vez los animales más inteligentes y curiosos, y quizá solo van a
la zaga en ello a los grandes simios. Pero las granjas industrializadas de
cerdos confinan de manera rutinaria a las puercas que crían dentro de cajas tan
pequeñas que son literalmente incapaces de darse la vuelta (por no mencionar
andar o buscar comida). Las cerdas son mantenidas en estas cajas día y noche
durante cuatro semanas después de parir. Después se les quitan los cochinillos
para engordarlos, y las cerdas son preñadas con la siguiente camada de
cerditos.
Muchas
vacas lecheras viven casi todos los años que les son permitidos dentro de un
pequeño recinto; allí están de pie, se sientan y duermen sobre sus propios
orines y excrementos. Reciben su ración de comida, hormonas y medicamentos de
un conjunto de máquinas, y son ordeñadas cada pocas horas por otro conjunto de
máquinas. La vaca promedio es tratada como poco más que una boca que ingiere
materias primas y una ubre que produce una mercancía. Es probable que tratar a
animales vivos que poseen un mundo emocional complejo como si fueran máquinas
les cause no solo malestar físico, sino también un gran estrés social y
frustración psicológica.[107]
De la
misma manera que el comercio de esclavos en el Atlántico no fue resultado del
odio hacia los africanos, tampoco la moderna industria animal está motivada por
la animosidad. De nuevo, es impulsada por la indiferencia. La mayoría de las
personas que producen y consumen huevos, leche y carne rara vez se detienen a
pensar en la suerte de las gallinas, vacas y cerdos cuya carne y emisiones nos
comemos. Los que sí piensan en ello suelen aducir que estos animales difieren
poco en realidad de las máquinas, pues carecen de sensaciones y emociones, y
son incapaces de sufrir. Irónicamente, las mismas disciplinas científicas que
diseñan nuestras máquinas de ordeñar y de recoger huevos han demostrado
últimamente, y más allá de toda duda razonable, que los mamíferos y las aves
poseen una constitución sensorial y emocional compleja. No solo sienten dolor
físico, sino que pueden padecer malestar emocional.
La
psicología evolutiva sostiene que las necesidades emocionales y sociales de los
animales de granja evolucionaron en la naturaleza, cuando eran esenciales para
la supervivencia y la reproducción. Por ejemplo, una vaca salvaje tenía que
saber cómo formar relaciones estrechas con otras vacas y toros; de lo
contrario, no podía sobrevivir y reproducirse. Con el fin de aprender las
habilidades necesarias, la evolución implantó en los terneros, como en las
crías de todos los demás animales sociales, un fuerte deseo de jugar (el juego
es la manera que tienen los mamíferos de aprender el comportamiento social). E
implantó en ellos un deseo todavía más fuerte de establecer lazos con la madre,
cuya leche y cuidados eran esenciales para la supervivencia.
¿Qué
ocurre si ahora el granjero toma una ternera joven, la separa de la madre, la
pone en una jaula cerrada, le da comida, agua e inoculaciones contra
enfermedades, y después, cuando ya tiene la edad suficiente, la insemina con
esperma de toro? Desde una perspectiva objetiva, esta ternera ya no necesita ni
el lazo con la madre ni compañeras de juego para sobrevivir y reproducirse.
Pero desde una perspectiva subjetiva, la ternera siente todavía un impulso muy
fuerte para relacionarse con su madre y para jugar con otras terneras. Si estos
impulsos no se satisfacen, la ternera sufre mucho. Esta es la lección básica de
la psicología evolutiva: una necesidad modelada en la naturaleza continúa
sintiéndose subjetivamente, incluso si ya no es realmente necesaria para la
supervivencia y la reproducción. La tragedia de la ganadería industrial es que
se cuida mucho de las necesidades objetivas de los animales al tiempo que se
olvida de sus necesidades subjetivas.
La verdad
de dicha teoría se conoce al menos desde la década de 1950, cuando el psicólogo
estadounidense Harry Harlow estudió el desarrollo de los monos. Harlow separó a
crías de mono de sus madres varias horas después del nacimiento. Los monos
estaban aislados en el interior de jaulas, y fueron criados por maniquíes que
funcionaban como madres sustitutas. En cada jaula, Harlow situó a dos madres
sustitutas. Una estaba hecha de alambre, y disponía de una botella de leche de
la que la cría de mono podía mamar. La otra estaba hecha de madera cubierta de
tela, lo que hacía que se pareciera a una madre de mono real, pero no
proporcionaba a la cría de mono ningún tipo de sustento material. Se suponía
que los monitos se agarrarían a la madre de metal y nutritiva en lugar de
hacerlo a la de trapo y yerma.
Para
sorpresa de Harlow, las crías de mono mostraron una marcada preferencia por la
madre de trapo, y pasaban con ella la mayor parte del tiempo. Cuando las dos
madres se situaban muy cerca una de otra, los monitos se agarraban a la madre
de trapo aunque se estiraban para mamar la leche de la madre de metal. Harlow
sospechó que quizá los monitos hacían aquello porque tenían frío. De modo que
instaló una bombilla eléctrica dentro de la madre de alambre, que ahora radiaba
calor. La mayoría de los monitos, excepto los muy pequeños, continuaron
prefiriendo a la madre de trapo (véase la figura 26).
Figura 26. Uno de los monos huérfanos de Harlow se agarra a la madre de
trapo mientras mama leche de la madre de metal.
Investigaciones
posteriores demostraron que los monos huérfanos de Harlow crecieron como
animales emocionalmente perturbados, aunque habían recibido todo el alimento
que necesitaban. Nunca encajaron en la sociedad de los monos, tuvieron
dificultades para comunicarse con otros monos y padecieron niveles elevados de
ansiedad y agresión. La conclusión fue inevitable: los monos han de tener
necesidades y deseos psicológicos que van más allá de sus requerimientos
materiales, y si aquellos no se satisfacen, sufrirán mucho. Los monitos de
Harlow preferían pasar el tiempo en manos de la madre de trapo porque buscaban
un lazo emocional, y no solo por la leche. En las décadas que siguieron,
numerosos estudios demostraron que esta conclusión era aplicable no solo a los
monos, sino a otros mamíferos, así como a las aves. En la actualidad, millones
de animales de granja están sometidos a las mismas condiciones que los monos de
Harlow, pues los ganaderos separan de forma rutinaria a los terneros, los
cabritos y a otras crías de sus madres para criarlos en aislamiento.[108]
En total,
decenas de miles de millones de animales de granja viven en la actualidad
formando parte de una cadena de montaje mecanizada, y anualmente se sacrifican
alrededor de 50.000 millones. Estos métodos de ganadería industrial han
conducido a un marcado aumento de la producción agrícola y de las reservas de
alimentos para los humanos. Junto con la mecanización del cultivo de plantas,
la zootecnia o ganadería industrial es la base para todo el orden
socioeconómico moderno. Antes de la industrialización de la agricultura, la
mayor parte del alimento producido en campos y granjas se «malgastaba» al
alimentar a campesinos y animales de granja. Solo se disponía de un pequeño
porcentaje para alimentar a artesanos, maestros, sacerdotes y burócratas. En
consecuencia, en casi todas las sociedades los campesinos suponían más del 90
por ciento de la población. Después de la industrialización de la agricultura,
un número decreciente de agricultores era suficiente para alimentar a un número
creciente de dependientes de comercio y obreros de fábricas. Hoy en día, en
Estados Unidos solo el 2 por ciento de la población vive de la agricultura,[109] pero este 2 por ciento
produce lo suficiente no solo para alimentar a toda la población de Estados
Unidos, sino también para exportar los excedentes al resto del mundo. Sin la
industrialización de la agricultura, la revolución industrial urbana no habría
podido tener lugar: no habría habido manos y cerebros suficientes para llenar
fábricas y oficinas.
A medida
que estas fábricas y oficinas empleaban a los miles de millones de manos y
cerebros que se liberaban del trabajo en los campos, empezaron a lanzar una
avalancha de productos sin precedentes. Los humanos producen en la actualidad
mucho más acero, fabrican muchos más vestidos y construyen muchas más
estructuras que nunca. Además, producen una gama apabullante de mercancías
previamente inimaginables, como bombillas eléctricas, teléfonos móviles,
cámaras y lavavajillas. Por primera vez en la historia humana, la oferta empezó
a superar a la demanda. Y surgió un problema completamente nuevo: ¿quién iba a
comprar todo ese material?
§. La
edad delas compras
La economía capitalista moderna ha de aumentar constantemente la producción si
tiene que sobrevivir, de la misma manera que un tiburón ha de nadar
continuamente para no ahogarse. Pero únicamente no basta con producir. Alguien
tiene que adquirir también los productos; de lo contrario industriales y
accionistas se arruinarán. Para evitar esta catástrofe y asegurarse de que la
gente siempre comprara lo que quiera que fuera nuevo que la industria
produjera, apareció un nuevo tipo de ética: el consumismo.
A lo
largo de la historia, la mayoría de la gente ha vivido en condiciones de
escasez. Por ello, la consigna era frugalidad. La ética austera de los
puritanos y la de los espartanos no son más que dos ejemplos famosos. Una
persona buena evitaba los lujos, nunca desperdiciaba comida y remendaba los
pantalones rotos en lugar de comprar unos nuevos. Solo los reyes y nobles se
permitían renunciar a estos valores y hacían gala públicamente de su riqueza.
El
consumismo considera que el creciente consumo de productos y servicios es
positivo. Anima a la gente a permitirse placeres, a viciarse e incluso a
matarse lentamente mediante un consumo excesivo. La frugalidad es una
enfermedad que hay que curar. No hay que mirar muy lejos para ver en acción la
ética del consumista: solo hay que leer el dorso de una caja de cereales. He
aquí lo que dice la caja de uno de mis cereales favoritos para el desayuno,
fabricado por una firma israelí, Telma:
A veces
necesitas un deleite. A veces necesitas un poco de energía extra. Hay ocasiones
en que conviene que controles tu peso y ocasiones en las que simplemente has de
tomar algo… ¡como ahora! Telma te ofrece una gran variedad de deliciosos
cereales; golosinas sin remordimientos.
El mismo
paquete muestra un anuncio de otra marca de cereales llamada Health Treats:
Health
Treats ofrece cantidad de granos, frutos y nueces para una experiencia que
combina sabor, placer y salud. Para disfrutar de un solaz a cualquier hora del
día, adecuado para un estilo de vida saludable. Un placer real con
elmaravilloso sabor de más [en cursiva en el original].
A lo
largo de la mayor parte de la historia es probable que a la gente le repeliera
un texto como este en lugar de atraerle. Lo habrían calificado de egoísta,
decadente y moralmente corrupto. El consumismo ha trabajado muy duro, con la
ayuda de la psicología popular («Simplemente, ¡hazlo!»), para convencer a la
gente de que los caprichos son buenos para nosotros, mientras que la frugalidad
es una opresión autoimpuesta.
Y ha
tenido éxito. Todos somos buenos consumidores. Compramos innumerables productos
que en realidad no necesitamos, y que hasta ayer no sabíamos que existieran.
Los fabricantes diseñan deliberadamente productos de corta duración e inventan
nuevos e innecesarios modelos de productos perfectamente satisfactorios que
hemos de comprar con el fin de estar «a la moda». Comprar se ha convertido en
uno de los pasatiempos favoritos de la gente, y los bienes de consumo se han
convertido en mediadores esenciales en las relaciones entre los miembros de la
familia, los cónyuges y los amigos. Las festividades religiosas, como la
Navidad, se han convertido en festividades de compras. En Estados Unidos,
incluso el Memorial Day (que originalmente era un día solemne para recordar a
los soldados caídos) es ahora una ocasión para ventas especiales. La mayoría de
la gente celebra este día yendo de compras, quizá para demostrar que los
defensores de la libertad no murieron en vano.
El
florecimiento de la ética consumista se manifiesta de manera más clara en el
mercado alimentario. Las sociedades agrícolas tradicionales vivían bajo la
sombra terrible de la hambruna. En el mundo opulento de hoy en día, uno de los
principales problemas de salud es la obesidad, que golpea a los pobres (que se
hartan de hamburguesas y pizzas) más que a los ricos (que comen ensaladas
orgánicas y batidos de frutas). Cada año la población de Estados Unidos gasta
más dinero en dietas que la cantidad que se necesitaría para dar de comer a
toda la gente hambrienta en el resto del mundo. La obesidad es una doble
victoria para el consumismo. En lugar de comer poco, lo que conduce a la
contracción económica, la gente come demasiado y después compra productos dietéticos,
con lo que contribuye doblemente al crecimiento económico.
* * * *
¿Cómo
podemos conciliar la ética consumista con la ética capitalista de la persona de
negocios, según la cual no se deben malgastar las ganancias, sino que deben
reinvertirse en la producción? Es sencillo. Como en épocas anteriores, en la
actualidad existe una división del trabajo entre la élite y las masas. En la
Europa medieval, los aristócratas gastaban descuidadamente su dinero en lujos
extravagantes, mientras que los campesinos vivían frugalmente, fijándose en
cada penique. Hoy en día las tornas han cambiado. Los ricos cuidan mucho de
gestionar sus valores e inversiones, mientras que los menos acomodados se
endeudan comprando coches y televisores que no necesitan realmente.
La ética
capitalista y la consumista son dos caras de la misma moneda, una mezcla de dos
mandamientos. El supremo mandamiento de los ricos es «¡Invierte!». El supremo
mandamiento del resto de la gente es «¡Compra!».
La ética
capitalista-consumista es revolucionaria en otro aspecto. La mayoría de los
sistemas éticos anteriores planteaban a la gente un acuerdo muy duro. Se les
prometía el paraíso, pero solo si cultivaban la compasión y la tolerancia,
superaban los anhelos y la cólera y refrenaban sus intereses egoístas. Para la
mayoría, esto era demasiado duro. La historia de la ética es un triste relato
de ideales maravillosos que nadie cumple. La mayoría de los cristianos no
imitan a Jesucristo, la mayoría de los budistas no siguen las enseñanzas de
Buda y la mayoría de los confucianistas habrían provocado a Confucio un
berrinche colérico.
En
cambio, la mayoría de la gente vive hoy siendo capaz de cumplir con éxito el
ideal capitalista-consumista. La nueva ética promete el paraíso a condición de
que los ricos sigan siendo avariciosos y pasen su tiempo haciendo más dinero, y
que las masas den rienda suelta a sus anhelos y pasiones y compren cada vez
más. Esta es la primera religión en la historia cuyos seguidores hacen
realmente lo que se les pide que hagan. ¿Y cómo sabemos que realmente
obtendremos el paraíso a cambio? Porque lo hemos visto en la televisión.
Capítulo
18
Una revolución permanente
Contenido:
§. Época
moderna
§. El desplome de la familia y de la comunidad
§. Comunidades imaginadas
§. Perpetuum mobile
§. Paz en nuestra época
§. Retirada imperial
§. Pax atómica
La
revolución industrial dio a conocer nuevas maneras de convertir la energía y de
producir mercancías, liberando en gran medida a la humanidad de su dependencia
del ecosistema circundante. Los humanos talaron bosques, drenaron marismas,
represaron ríos, inundaron llanuras, tendieron decenas de miles de kilómetros
de vías férreas, y construyeron metrópolis de rascacielos. A medida que el
mundo se moldeaba para que se ajustara a las necesidades de Homo
sapiens, se destruyeron hábitats y se extinguieron especies. Nuestro
planeta, antaño verde y azul, se está convirtiendo en un centro comercial de
hormigón y plástico.
En la
actualidad, los continentes de la Tierra son el hogar de más de 7.000 millones
de sapiens. Si se pusiera a toda esta gente en una gran balanza, su masa
combinada sería de unos 300 millones de toneladas. Si a continuación se
cogieran a todos nuestros animales domésticos (vacas, cerdos, ovejas y
gallinas) y se pusieran en una balanza todavía mayor, su masa supondría del
orden de 700 millones de toneladas. En contraste, la masa combinada de todos
los grandes animales salvajes que sobreviven (desde puercoespines y pájaros
bobos a elefantes y ballenas) no llega a los 100 millones de toneladas. Los
libros de nuestros hijos, nuestra iconografía y nuestras pantallas de
televisión están todavía llenos de jirafas, lobos y chimpancés, pero en el
mundo real quedan muy pocos. En el mundo hay unas 80.000 jirafas, frente a los
1.500 millones de cabezas de ganado vacuno; solo 200.000 lobos, frente a los
400 millones de perros domésticos; solo 250.000 chimpancés, frente a los miles
de millones de humanos. Realmente, la humanidad se ha apoderado del mundo.[110]
Degradación
ecológica no es lo mismo que escasez de recursos. Tal como hemos visto en el
capítulo anterior, los recursos de que la humanidad dispone aumentan
constantemente, y es probable que continúen haciéndolo. Esta es la razón por la
que las profecías catastrofistas de escasez de recursos están probablemente
fuera de lugar. En cambio, el temor a la degradación ecológica está demasiado
bien fundamentado. El futuro puede ver a los sapiens consiguiendo el control de
una cornucopia de nuevos materiales y fuentes energéticas, mientras
simultáneamente destruyen lo que queda del hábitat natural y llevan a la
extinción a la mayoría de las demás especies.
De hecho,
el desorden ecológico puede poner en peligro la propia vida de Homo
sapiens. El calentamiento global, la elevación del nivel de los océanos y
la contaminación generalizada pueden hacer que la Tierra sea menos acogedora
para nuestra especie, y en consecuencia el futuro puede asistir a una carrera
acelerada entre el poder humano y los desastres naturales inducidos por los
humanos. Al utilizar los humanos su poder para contrarrestar las fuerzas de la
naturaleza y subyugar al ecosistema a sus necesidades y caprichos, pueden
causar cada vez más efectos colaterales no previstos y peligrosos. Es probable
que estos solo sean controlables por manipulaciones del ecosistema cada vez más
drásticas, lo que produciría un caos todavía peor.
Muchos
denominan a este proceso «la destrucción de la naturaleza». Pero no es
realmente destrucción, es cambio. La naturaleza no puede ser destruida. Hace 65
millones de años, un asteroide aniquiló a los dinosaurios, pero al hacerlo
abrió el camino para el progreso de los mamíferos. Hoy en día, la humanidad
está llevando a muchas especies a la extinción y puede incluso llegar a
aniquilarse a sí misma. Pero hay otros organismos a los que les va muy bien.
Las ratas y las cucarachas, por ejemplo, están en su apogeo. Probablemente
estos tenaces animales saldrían de entre las ruinas humeantes de un Armagedón
nuclear, dispuestos a difundir su ADN y capaces de hacerlo. Quizá dentro de 65
millones de años, unas ratas inteligentes contemplarán agradecidas la destrucción
que la humanidad provocó, igual que nosotros podemos dar las gracias a aquel
asteroide que acabó con los dinosaurios.
Aun así,
los rumores de nuestra propia extinción son prematuros. Desde la revolución
industrial, la población humana del mundo ha crecido como nunca lo había hecho
antes. En 1700, el mundo era el hogar de unos 700 millones de humanos. En 1800
había 950 millones. En 1900 casi duplicamos este número: 1.600 millones. Y en
2000 lo cuadruplicamos hasta llegar a los 6.000 millones. En la actualidad
hemos sobrepasado los 7.000 millones de sapiens.
§. Época
moderna
Aunque todos estos sapiens se han hecho cada vez más impermeables a los
caprichos de la naturaleza, se han visto sometidos cada vez más a los dictados
de la industria y el gobierno modernos. La revolución industrial abrió el
camino a una larga cola de experimentos de ingeniería social y a una serie
todavía más larga de cambios no premeditados en la vida cotidiana y en la
mentalidad humana. Un ejemplo entre muchos es la sustitución de los ritmos de
la agricultura tradicional por el horario uniforme y preciso de la industria.
La
agricultura tradicional dependía de los ciclos de tiempo natural y el
crecimiento orgánico. La mayoría de las sociedades eran incapaces de efectuar
mediciones precisas del tiempo, y tampoco estaban demasiado interesadas en
hacerlo. El mundo se ocupaba de sus quehaceres sin relojes ni horarios,
sometido únicamente a los movimientos del Sol y a los ciclos de crecimiento de
las plantas. No había una jornada laboral uniforme, y todas las rutinas
cambiaban drásticamente de una estación a la siguiente. La gente sabía dónde
estaba el Sol, y observaba ansiosa los posibles augurios de la estación de las
lluvias y del tiempo de la cosecha, pero no sabían la hora y apenas se
preocupaban por el año. Si un viajero en el tiempo que se hubiera perdido
apareciera en una aldea medieval y preguntara a un transeúnte: «¿En qué año
estamos?», el aldeano quedaría tan sorprendido por la pregunta como por la
ridícula vestimenta del extraño.
A
diferencia de los campesinos y zapateros medievales, a la industria moderna le
preocupa muy poco el Sol o las estaciones. Santifica la precisión y la
uniformidad. Por ejemplo, en un taller medieval cada zapatero producía un
zapato completo, desde la suela a la hebilla. Si un zapatero aparecía tarde en
el trabajo, no afectaba al trabajo de los demás. Sin embargo, en la cadena de
montaje de una fábrica de zapatos moderna, cada obrero opera una máquina que
produce solo una pequeña parte de un zapato, que después pasa a la máquina
siguiente. Si el trabajador que opera la máquina nº 5 se ha dormido, esto
detiene todas las demás máquinas. Con el fin de evitar estos percances, todos
deben adoptar un horario preciso. Cada obrero llega al trabajo exactamente a la
misma hora. Todos hacen la pausa para comer a la misma hora, tengan o no tengan
hambre. Todos vuelven a casa cuando una sirena anuncia que el turno ha
terminado, no cuando han acabado su proyecto.
La
revolución industrial transformó el horario y la cadena de montaje en un patrón
para casi todas las actividades humanas. Poco después de que las fábricas
impusieran sus horarios al comportamiento humano, también las escuelas
adoptaron horarios precisos, y las siguieron los hospitales, las oficinas del
gobierno y las tiendas de comercio. Incluso en lugares desprovistos de cadenas
de montaje y de máquinas, el horario se convirtió en el rey. Si el turno en la
fábrica termina a las 5.00 de la tarde, es mejor que la taberna local abra sus
puertas a las 5.02.
Una
conexión crucial en el sistema de horarios que se iba extendiendo fue el
transporte público. Si los obreros tenían que iniciar su turno a los 8.00, el
tren o autobús debía llegar a la puerta de la fábrica a las 7.55. Un retraso de
unos pocos minutos reduciría la producción y quizá provocaría el despido de los
desgraciados que llegaran tarde. En 1784 empezó a funcionar en Gran Bretaña un
servicio de carruajes con un horario publicado. Dicho horario especificaba
únicamente la hora de partida, no la de llegada. Por aquel entonces, cada
ciudad y pueblo de Gran Bretaña tenía su hora local, que podía diferir de la de
Londres en hasta media hora. Cuando eran las 12.00 en Londres, eran quizá las
12.20 en Liverpool y las 11.50 en Canterbury. Puesto que no había teléfonos, ni
radio o televisión, ni trenes rápidos, ¿quién podía saberlo, y a quién le
importaba?[111]
El primer
servicio de trenes comerciales empezó a operar entre Liverpool y Manchester en
1830. Diez años después, se publicó el primer horario de trenes. Los trenes
eran mucho más rápidos que los antiguos carruajes, de modo que las diferencias
singulares en las horas locales se convirtieron en un grave fastidio. En 1847,
las compañías británicas de ferrocarriles se pusieron de acuerdo en que a
partir de entonces todos los horarios de trenes se sincronizarían según la hora
del Observatorio de Greenwich, en lugar de hacerlo a la hora local de
Liverpool, Manchester o Glasgow. Cada vez más instituciones siguieron el camino
de las compañías de ferrocarriles. Finalmente, en 1880 el gobierno británico
dio el paso sin precedentes de legislar que todos los horarios de Gran Bretaña
debían seguir el de Greenwich. Por primera vez en la historia, un país adoptó
una hora nacional y obligó a su población a vivir según un reloj artificial y
no según las salidas y puestas de sol locales.
Este
inicio modesto generó una red global de horarios, sincronizados hasta las más
pequeñas fracciones de segundo. Cuando los medios de comunicación (primero la
radio y después la televisión) hicieron su debut, entraron en un mundo de
horarios y se convirtieron en sus principales evangelistas y difusores. Entre
las primeras cosas que las emisoras de radio transmitían figuraban las señales
horarias, pitidos que permitían a los poblados alejados y a los buques en alta
mar poner en hora sus relojes. Posteriormente, las emisoras de radio adoptaron
la costumbre de emitir las noticias cada hora. En la actualidad, lo primero que
se oye en cualquier noticiario (más importante incluso que el estallido de una
guerra) es la hora. Durante la Segunda Guerra Mundial, las noticias de la BBC
se emitían a la Europa ocupada por los nazis. Cada programa de noticias se
iniciaba con una emisión en directo de las campanadas del Big Ben que daban la
hora: el mágico sonido de la libertad. Ingeniosos físicos alemanes encontraron la
manera de determinar las condiciones meteorológicas en Londres sobre la base de
minúsculas diferencias en el tono de las campanadas. Dicha información ofrecía
una valiosa ayuda a la Luftwaffe. Cuando el servicio secreto lo descubrió,
sustituyeron la emisión en directo por un registro del sonido del famoso reloj.
Con el
fin de operar la red de horarios, se hicieron ubicuos los relojes portátiles
baratos pero precisos. En las ciudades asirias, sasánidas o incas pudieron
haber existido al menos algunos relojes de sol. En las ciudades medievales
europeas había por lo general un único reloj: una máquina gigantesca montada
sobre una torre elevada en la plaza del pueblo. Era notorio que estos relojes
de las torres eran inexactos, pero puesto que no había en el pueblo otros
relojes que los contradijeran, apenas suponía ninguna diferencia. Hoy en día,
una única familia rica tiene generalmente más relojes en casa que todo un país
medieval. Se puede saber la hora mirando el reloj de pulsera, consultando el
Android, echando un vistazo al reloj despertador junto a la cama, observando el
reloj de la pared de la cocina, mirando el microondas, dirigiendo una mirada al
televisor o al reproductor de DVD, u observando con el rabillo del ojo la barra
de tareas del ordenador. Hay que hacer un esfuerzo consciente para no saber qué
hora es.
Una
persona normal consulta estos relojes varias decenas de veces al día, porque
casi todo lo que hacemos tiene que hacerse a su hora. Un reloj despertador nos
despierta a las 7.00 de la mañana, calentamos nuestro cruasán congelado durante
exactamente 50 segundos en el microondas, nos cepillamos los dientes durante 3
minutos hasta que el cepillo eléctrico suena, subimos al tren de las 7.40 para
ir al trabajo, corremos en la cinta caminadora del gimnasio hasta que el timbre
anuncia que ya ha pasado media hora, nos sentamos frente al televisor a las
7.00 de la tarde para ver nuestro espectáculo favorito, que es interrumpido en
momentos previstos de antemano por anuncios que cuestan 1.000 dólares por
segundo, y finalmente descargamos toda nuestra ansiedad visitando a un
terapeuta que limita nuestra cháchara a la hora de terapia estándar, que ahora
es de 50 minutos.
* * * *
La
revolución industrial trajo consigo decenas de trastornos importantes en la
sociedad humana. Adaptarse al tiempo industrial es solo uno de ellos. Otros
ejemplos notables incluyen la urbanización, la desaparición del campesinado, la
aparición y el aumento del proletariado industrial, la atribución de poder a la
persona común, la democratización, la cultura juvenil y la desintegración del
patriarcado.
Pero
todos estos trastornos quedan empequeñecidos por la revolución social más
trascendental que jamás haya acaecido a la humanidad: el desplome de la familia
y de la comunidad local y su sustitución por el Estado y el mercado. Hasta
donde podemos saber, desde los tiempos más tempranos, hace más de un millón de
años, los humanos vivían en comunidades pequeñas e íntimas, la mayoría de cuyos
miembros estaban emparentados. La revolución cognitiva y la revolución agrícola
no cambiaron esta situación. Agruparon familias y comunidades para crear
tribus, ciudades, reinos e imperios, pero las familias y las comunidades
siguieron siendo las piezas básicas de todas las sociedades humanas. La
revolución industrial, en cambio, consiguió en poco menos de dos siglos desmenuzar
estas piezas en átomos, y la mayor parte de las funciones tradicionales de las
familias y las comunidades quedaron en manos de los estados y los mercados.
§. El
desplome de la familia y de la comunidad
Antes de la revolución industrial, la vida cotidiana de la mayoría de los
humanos seguía su curso en el marco de tres antiguas estructuras: la familia
nuclear, la familia extendida y la comunidad local íntima.* La mayoría de la gente
trabajaba en el negocio familiar (la granja familiar o el taller familiar, por
ejemplo) o trabajaba en los negocios familiares de sus vecinos. La familia era
también el sistema de bienestar, el sistema de salud, el sistema educativo, la
industria de la construcción, el gremio comercial, el fondo de pensiones, la
compañía de seguros, la radio, la televisión, los periódicos, el banco, e
incluso la policía.
Cuando
una persona enfermaba, la familia cuidaba de ella. Cuando una persona
envejecía, la familia la asistía, y sus hijos eran su fondo de pensiones.
Cuando una persona moría, la familia se hacía cargo de los huérfanos. Si una
persona quería construir una cabaña, la familia echaba una mano. Si una persona
quería abrir un negocio, la familia reunía el dinero necesario. Si una persona
quería casarse, la familia elegía, o al menos daba el visto bueno, al cónyuge
en potencia. Si surgía un conflicto con un vecino, la familia participaba en
él. Pero si la enfermedad de una persona era demasiado grave para que la
familia la gestionara, o un nuevo negocio implicaba una inversión demasiado
grande, o la pelea con el vecino llegaba hasta la violencia, intervenía la comunidad
local.
La
comunidad ofrecía ayuda sobre la base de tradiciones locales y una economía de
favores, que a menudo difería mucho de las leyes de la oferta y la demanda del
libre mercado. En una comunidad medieval a la antigua usanza, cuando mi vecino
tenía necesidad de ello, yo le ayudaba a construir su cabaña y a guardar sus
ovejas, sin esperar a cambio ningún pago. Cuando era yo el que tenía una
necesidad, mi vecino me devolvía el favor. Al mismo tiempo, el potentado local
podía habernos reclutado a todos los aldeanos para construir su castillo sin
que nos pagara un solo penique. A cambio, contábamos con que él nos defendería
contra los bandidos y los bárbaros. La vida de la aldea implicaba muchas
transacciones pero pocos pagos. Había algunos mercados, desde luego, pero su
papel era limitado. En el mercado se podían comprar especias raras, ropa y
herramientas, y contratar los servicios de abogados y doctores. Pero menos del
10 por ciento de los productos y servicios que se usaban regularmente se
compraban en el mercado. La familia y la comunidad se cuidaban de la mayoría de
las necesidades humanas.
Había
también reinos e imperios que realizaban tareas importantes como entablar
guerras, construir carreteras y edificar palacios. Para tales propósitos, los
reyes establecían impuestos y ocasionalmente reclutaban soldados y
trabajadores. Pero, con pocas excepciones, tendían a mantenerse apartados de
los asuntos cotidianos de familias y comunidades. Incluso si deseaban
intervenir, la mayoría de los reyes solo podían hacerlo con dificultad. Las
economías agrícolas tradicionales tenían pocos excedentes con los que alimentar
a la multitud de funcionarios gubernamentales, policías, trabajadores sociales,
maestros y médicos. En consecuencia, la mayoría de los gobernantes no
desarrollaron sistemas de protección social, sistemas de salud o sistemas de
educación de masas. Dejaban estos asuntos en manos de las familias y
comunidades. Incluso en las raras ocasiones en las que los gobernantes
intentaron intervenir de manera más intensa en la vida cotidiana del
campesinado (como ocurrió, por ejemplo, en el Imperio Qin en China), lo
hicieron convirtiendo a los cabezas de familia y a los ancianos de la comunidad
en agentes de gobierno.
Con mucha
frecuencia, las dificultades en el transporte y la comunicación hacían tan
complicado intervenir en los asuntos de comunidades remotas que muchos reinos
preferían ceder incluso las prerrogativas reales más básicas (como los
impuestos y la violencia) a las comunidades. El Imperio otomano, por ejemplo,
permitía que las familias impartieran justicia por su cuenta, en lugar de
sostener una gran fuerza policial imperial. Si mi primo mataba a alguien, el
hermano de la víctima podía matarme en una venganza sancionada. El sultán de
Estambul, o incluso el pachá provincial, no intervenían en estos conflictos
mientras la violencia se mantuviera dentro de límites aceptables.
En el
Imperio Ming chino (1368-1644), la población se organizaba en el sistema baojia.
Diez familias se agrupaban para formar un jia, y diez jias constituían
un bao. Cuando un miembro de un bao cometía un
crimen, otros miembros del bao podían ser castigados por él,
en particular los ancianos del bao. También los impuestos se
recaudaban en el bao, y era responsabilidad de los ancianos
del bao, y no de los funcionarios del Estado, evaluar la situación
de cada familia y determinar la cantidad de impuestos que debía pagar. Desde la
perspectiva del imperio, este sistema tenía una ventaja enorme. En lugar de
mantener a miles de funcionarios del erario público y a miles de recaudadores
de impuestos, que hubieran tenido que supervisar los ingresos y gastos de cada
familia, estas tareas se dejaban a los ancianos de la comunidad. Los ancianos
sabían cuánto valía cada aldeano y por lo general podían hacer cumplir el pago
de los impuestos sin implicar al ejército imperial.
Muchos
reinos e imperios eran ciertamente poco más que grandes sistemas organizados de
protección. El rey era el capo di tutti i capi, que recogía el
dinero de la protección, y a cambio se aseguraba de que los sindicatos del
crimen vecinos y los pececillos locales no dañaran a los que estaban bajo su
protección. Y poco más.
La vida
en el seno de la familia y la comunidad distaba mucho de ser ideal. Las
familias y las comunidades podían oprimir a sus miembros de manera no menos
brutal que lo que hacen los estados y los mercados modernos, y su dinámica
interna estaba a menudo repleta de tensión y violencia; pero la gente tenía
poca elección. Hacia 1750, una persona que perdiera a su familia y su comunidad
era como si hubiera muerto. No tenía trabajo, ni educación ni apoyo en momentos
de enfermedad o penuria. Nadie le prestaría dinero ni la defendería si se metía
en problemas. No había policías, ni trabajadores sociales, ni educación
obligatoria. Para poder sobrevivir, dicha persona tenía que encontrar
rápidamente una familia o una comunidad alternativas. Los muchachos y las muchachas
que huían del hogar podían esperar, en el mejor de los casos, convertirse en
criados de alguna familia nueva. En el peor de los casos, estaban el ejército y
el burdel.
* * * *
Todo esto
cambió de manera espectacular a lo largo de los dos últimos siglos. La
revolución industrial confirió al mercado poderes nuevos e inmensos,
proporcionó al Estado nuevos medios de comunicación y transporte, y puso a
disposición del gobierno un ejército de amanuenses, maestros, policías y
trabajadores sociales. Al principio, el mercado y el Estado descubrieron que su
camino estaba bloqueado por familias tradicionales a las que les gustaba poco
la intervención exterior. Los padres y los ancianos de la comunidad eran
reacios a dejar que la generación más joven fuera adoctrinada por sistemas
educativos nacionalistas, reclutada en los ejércitos o transformada en
proletariado urbano desarraigado.
Con el
tiempo, los estados y los mercados emplearon su creciente poder para debilitar
los lazos tradicionales de la familia y la comunidad. El Estado enviaba a sus
policías para detener las venganzas familiares y sustituirlas por decisiones de
los tribunales. El mercado enviaba a sus mercachifles para eliminar las
tradiciones locales y sustituirlas por modas comerciales que cambiaban
continuamente. Pero esto no bastaba. Con el fin de quebrar realmente el poder
de la familia y la comunidad necesitaban la ayuda de una quinta columna.
El Estado
y el mercado se aproximaron a la gente con una oferta que no podía rechazar.
«Convertíos en individuos —decían—. Casaos con quien deseéis, sin pedirles
permiso a vuestros padres. Adoptad cualquier trabajo que os plazca, incluso si
los ancianos de la comunidad fruncen el entrecejo. Vivid donde queráis, aunque
no podáis asistir cada semana a la cena familiar. Ya no dependéis de vuestra
familia o vuestra comunidad. Nosotros, el Estado y el mercado, cuidaremos de
vosotros en su lugar. Os proporcionaremos sustento, refugio, educación, salud,
bienestar y empleo. Os proporcionaremos pensiones, seguros y protección.»
La
literatura romántica suele presentar al individuo como alguien que brega contra
el Estado y el mercado. Nada podría estar más lejos de la verdad. El Estado y
el mercado son la madre y el padre del individuo, y el individuo únicamente
puede sobrevivir gracias a ellos. El mercado nos proporciona trabajo, seguros y
una pensión. Si queremos estudiar una profesión, las escuelas del gobierno
están ahí para enseñarnos. Si queremos abrir un negocio, el banco nos presta
dinero. Si queremos construir una casa, una compañía constructora la edifica y
el banco nos concede una hipoteca, en algunos casos subsidiada o asegurada por
el Estado. Si estalla la violencia, la policía nos protege. Si enfermamos por
algunos días, nuestro seguro de enfermedad se cuida de nosotros. Si quedamos
postrados durante meses, aparece la Seguridad Social. Si necesitamos asistencia
continuada, podemos ir al mercado y contratar a una enfermera, que por lo
general es alguna extranjera procedente del otro extremo del mundo que nos
cuida con la devoción que ya no esperamos de nuestros propios hijos. Si
disponemos de los medios, podemos pasar nuestros años dorados en una residencia
para gente mayor. Las autoridades tributarias nos tratan como individuos y no
esperan que paguemos los impuestos del vecino. Los tribunales, asimismo, nos
ven como individuos, y nunca nos castigan por los crímenes de nuestros primos.
No solo
los hombres adultos, sino las mujeres y los niños son reconocidos como
individuos. A lo largo de la mayor parte de la historia, las mujeres han sido
consideradas a menudo como propiedad de la familia o la comunidad. Los estados
modernos, en cambio, consideran a las mujeres como individuos, que gozan de
derechos económicos y legales con independencia de su familia y comunidad.
Pueden tener sus propias cuentas bancarias, decidir con quién se casan e
incluso elegir divorciarse o vivir solas.
Pero la
liberación del individuo tiene un precio. Muchos de nosotros lamentamos ahora
la pérdida de familias y comunidades fuertes y nos sentimos alienados y
amenazados por el poder que el Estado y el mercado impersonales ejercen sobre
nuestras vidas. Los estados y mercados compuestos de individuos alienados
pueden intervenir en la vida de sus miembros mucho más fácilmente que los
estados y mercados compuestos de familias y comunidades fuertes. Cuando ni
siquiera los vecinos de un edificio de apartamentos de muchos pisos pueden
ponerse de acuerdo acerca de cuánto pagar a su portero, ¿cómo podemos esperar
que resistan al Estado?
El pacto
entre estados, mercados e individuos no es fácil. El Estado y el mercado no se
ponen de acuerdo acerca de sus derechos y obligaciones mutuos, y los individuos
se quejan de que ambos exigen demasiado y ofrecen muy poco. En muchos casos,
los individuos son explotados por los mercados, y los estados emplean sus
ejércitos, fuerzas de policía y burocracias para perseguir a los individuos en
lugar de defenderlos. Pero es sorprendente que este pacto funcione, aunque sea
de manera imperfecta. Porque quebranta incontables generaciones de arreglos
sociales humanos. Millones de años de evolución nos han diseñado para vivir y
pensar como miembros de una comunidad. Y en tan solo dos siglos nos hemos
convertido en individuos alienados. Nada atestigua mejor el apabullante poder
de la cultura.
* * * *
La
familia nuclear no ha desaparecido por completo del paisaje moderno. Cuando los
estados y mercados arrebataron a la familia la mayor parte de sus atribuciones
económicas y sociales, le dejaron algunas importantes funciones emocionales.
Todavía se supone que la familia moderna proporciona necesidades íntimas que el
Estado y el mercado son incapaces (hasta ahora) de proporcionar. Pero incluso
aquí la familia está sometida a intervenciones crecientes. El mercado modela
hasta un grado todavía mayor la manera en que la gente lleva su vida romántica
y sexual. Mientras que tradicionalmente la familia era la principal
casamentera, hoy en día es el mercado el que ajusta nuestras preferencias
románticas y sexuales, y después echa una mano para proporcionarlas a un precio
elevado. Anteriormente, el novio y la novia se encontraban en el salón
familiar, y el dinero pasaba de las manos de un padre a las del otro. En la
actualidad, el cortejo se hace en bares y cafés, y el dinero pasa de las manos
de los amantes a las de los camareros. Y todavía se transfiere más dinero a las
cuentas bancarias de los diseñadores de modas, dueños de gimnasios, dietistas,
cosmetólogos y cirujanos plásticos, que nos ayudan a llegar al café con un
aspecto lo más parecido posible al ideal de belleza del mercado.
También
el Estado mantiene bajo un fuerte escrutinio las relaciones familiares, en
especial entre padres e hijos. Los padres están obligados a mandar a sus hijos
a que el Estado los eduque. Los padres que son especialmente ofensivos o
violentos con sus hijos pueden verse refrenados por el Estado. Si fuera
necesario, el Estado puede incluso encarcelar a los padres o transferir a sus
hijos a familias adoptivas. Hasta hace muy poco, la sugerencia de que el Estado
debería evitar que los padres pegaran o humillaran a sus hijos habría sido
rechazada del todo como absurda e impracticable. En la mayoría de las
sociedades, la autoridad de los padres era sagrada. El respeto y la obediencia
a los padres figuraban entre los valores más venerados, y los padres podían hacer
casi todo lo que quisieran, incluido matar a niños recién nacidos, vender a los
hijos como esclavos y casar a las hijas con hombres que les doblaban la edad.
Actualmente, la autoridad paterna se bate en retirada. Cada vez más se excusa
que los jóvenes no obedezcan a sus mayores, mientras que se acusa a los padres
de cualquier cosa que no funcione en la vida de su hijo. Los padres tienen
tantas probabilidades de salir indemnes del tribunal freudiano como las que
tenían los acusados en un simulacro de juicio estalinista.
§.
Comunidades imaginadas
Al igual que la familia nuclear, la comunidad no podía desaparecer
completamente de nuestro mundo sin algún sustituto emocional. Los mercados y
estados proporcionan hoy la mayor parte de las necesidades materiales que
antaño proporcionaban las comunidades, pero también han de suministrar lazos
tribales.
Los
mercados y estados lo hacen promoviendo «comunidades imaginadas» que contienen
millones de extraños, y que se ajustan a las necesidades nacionales y
comerciales. Una comunidad imaginada es una comunidad de gente que en realidad
no se conocen mutuamente, pero que imaginan que sí. Tales comunidades no son
una invención reciente. Reinos, imperios e iglesias han funcionado durante
milenios como comunidades imaginadas. En la antigua China, decenas de millones
de personas se veían a sí mismas como miembros de una única familia, cuyo padre
era el emperador. En la Edad Media, millones de devotos musulmanes imaginaban
que todos eran hermanos y hermanas en la gran comunidad del islam. Sin embargo,
a lo largo de la historia estas comunidades imaginadas desempeñaban un papel
secundario frente a las comunidades íntimas de varias decenas de personas que
se conocían bien unas a otras. Las comunidades íntimas satisfacían las
necesidades emocionales de sus miembros y eran esenciales para la supervivencia
y el bienestar de todos. En los dos últimos siglos, las comunidades íntimas se
han desvanecido, dejando que las comunidades imaginadas ocupen el vacío
emocional.
Los dos
ejemplos más importantes para el auge de estas comunidades imaginadas son la
nación y la tribu de consumidores. La nación es la comunidad imaginada del
Estado. La tribu de consumidores es la comunidad imaginada del mercado. Ambas
son comunidades imaginadas, porque es imposible que todos los clientes de un
mercado o que todos los miembros de una nación se conozcan unos a otros de la
manera en que los aldeanos se conocían en el pasado. Ningún alemán puede
conocer de manera íntima a los 80 millones de miembros restantes de la nación
alemana, o a los 500 millones de clientes que viven en el Mercado Común Europeo
(que evolucionó para convertirse primero en la Comunidad Europea y finalmente
en la Unión Europea).
El
consumismo y el nacionalismo hacen horas extras para hacernos imaginar que
millones de extraños pertenecen a la misma comunidad que nosotros, que todos
tenemos un pasado común, intereses comunes y un futuro común. Esto no es una
mentira. Es imaginación. Al igual que el dinero, las sociedades anónimas y los
derechos humanos, las naciones y las tribus de consumidores son realidades
intersubjetivas. Únicamente existen en nuestra imaginación colectiva, pero su
poder es inmenso. Mientras millones de alemanes crean en la existencia de una
nación alemana, se exciten a la vista de símbolos nacionales alemanes,
continúen relatando mitos nacionales alemanes y estén dispuestos a sacrificar
dinero, tiempo y extremidades por la nación alemana, Alemania seguirá siendo
una de las potencias más poderosas del mundo.
La nación
hace todo lo que puede para ocultar este carácter imaginario. La mayoría de las
naciones aducen que son una entidad natural y eterna, creada en alguna época
primordial al mezclar el suelo de la patria con la sangre de la gente. Pero
tales afirmaciones suelen ser exageradas. En el pasado lejano había naciones,
si bien su importancia era mucho más pequeña que en la actualidad debido a que
la importancia del Estado era mucho menor. Un residente de la Nüremberg
medieval pudo haber sentido una cierta lealtad hacia la nación alemana, pero
sentía mucha más lealtad hacia su familia y su comunidad local, que cuidaba de
la mayor parte de sus necesidades. Además, tuvieran la importancia que tuvieran
las naciones antiguas, pocas de ellas sobrevivieron. Muchas de las naciones
actuales solo se formaron en los últimos siglos.
Oriente
Próximo es un buen ejemplo de ello. Las naciones siria, libanesa, jordana e
iraquí son el producto de fronteras fortuitas dibujadas en la arena por
diplomáticos franceses y británicos que ignoraban la historia, la geografía y
la economía locales. Estos diplomáticos determinaron en 1918 que los habitantes
de Kurdistán, Bagdad y Basora serían a partir de entonces «iraquíes». Fueron
sobre todo los franceses quienes decidieron quién sería sirio y quién libanés.
Sadam Husein y Hafez al-Asad hicieron lo que pudieron para promover y reforzar
su conciencia nacional creada por ingleses y franceses, pero sus altisonantes
discursos acerca de las naciones iraquí y siria, supuestamente eternas, sonaban
huecos.
Ni que
decir tiene que las naciones no pueden crearse de la nada. Los que trabajaron
duramente para construir Irak o Siria hicieron uso de materias primas
históricas, geográficas y culturales reales, algunas de las cuales tienen
siglos y milenios de antigüedad. Sadam Husein se apropió de la herencia del
califato abásida y del Imperio babilonio, e incluso bautizó a una de sus
unidades acorazadas de élite como División Hammurabi. Sin embargo, esto no
transforma a la nación iraquí en una entidad antigua. Si cocino un pastel a
partir de harina, aceite y azúcar que han permanecido los dos últimos años en
mi despensa, eso no significa que el pastel tenga dos años de antigüedad.
En la
batalla para la lealtad humana, las comunidades nacionales han de competir con
tribus de consumidores. Las personas no se conocen de manera íntima entre sí
pero comparten los mismos hábitos e intereses de consumo, se sienten miembros
de la misma tribu de consumidores y se definen a sí mismos como tales. Los fans
de Madonna, por ejemplo, constituyen una tribu de consumidores. Se definen en
gran medida por las compras. Adquieren entradas para los conciertos de Madonna,
CD, pósters, camisetas y tonos de alarma de los móviles, y de esta manera
definen quiénes son. Los hinchas del Real Madrid, los vegetarianos y los
ecologistas son otros ejemplos. Es cierto que hay pocas personas dispuestas a
morir por el medio ambiente o por el Real Madrid. Pero hoy en día la mayoría de
personas pasan mucho más tiempo en el supermercado que en el campo de batalla,
y en el supermercado la tribu de consumidores suele ser más poderosa que la
nación.
§.
Perpetuum mobile
Las revoluciones de los dos últimos siglos han sido tan céleres y radicales que
han cambiado la característica más fundamental del orden social.
Tradicionalmente, el orden social era duro y rígido. «Orden» implicaba
estabilidad y continuidad. Las revoluciones sociales rápidas eran
excepcionales, y la mayoría de las transformaciones sociales provenían de la
acumulación de numerosos pasos pequeños. Los humanos solían asumir que la
estructura social era inflexible y eterna. Las familias y comunidades podían
esforzarse para cambiar su lugar dentro del orden, pero la idea de que pudiera
cambiarse la estructura fundamental les era ajena. La gente tendía a
conformarse con el statu quo, declarando que «así es como ha sido siempre, y
así es como siempre será».
A lo
largo de los dos últimos siglos, el ritmo del cambio se hizo tan rápido que el
orden social adquirió una naturaleza dinámica y maleable. Ahora se halla en un
estado de flujo permanente. Cuando hablamos de revoluciones modernas tendemos a
pensar en 1789 (la Revolución francesa), en 1848 (las revoluciones liberales) o
en 1917 (la Revolución rusa). Pero lo cierto es que, en estos días, cada año es
revolucionario. Hoy, incluso una persona de treinta años puede decirles sin
faltar a la verdad a los quinceañeros: «Cuando yo era joven, el mundo era
completamente diferente». Internet, por ejemplo, no empezó a usarse de manera
generalizada hasta los primeros años de la década de 1990, apenas hace 20 años.
Hoy no podemos imaginar el mundo sin él.
De ahí
que cualquier intento de definir las características de la sociedad moderna es
como definir el color de un camaleón. La única característica de la que podemos
estar seguros es del cambio incesante. La gente se ha llegado a acostumbrar, y
la mayoría de nosotros pensamos en el orden social como algo flexible, que
podemos manipular y mejorar a voluntad. La principal promesa de los gobernantes
pre modernos era salvaguardar el orden tradicional o incluso retornar a alguna
edad dorada perdida. En los dos últimos siglos, la moneda corriente de la
política es que promete destruir el viejo mundo y construir en su lugar uno
mejor. Ni siquiera el más conservador de los partidos políticos se compromete
simplemente a mantener las cosas como están. Todos prometen reformas sociales,
reformas educativas, reformas económicas… y a menudo cumplen sus promesas.
* * * *
De la
misma manera que los geólogos predicen que los movimientos tectónicos
producirán terremotos y erupciones volcánicas, nosotros también podemos esperar
que los movimientos sociales drásticos provoquen sangrientas explosiones de
violencia. La historia política de los siglos XIX y XX se suele contar como una
serie de guerras mortíferas, holocaustos y revoluciones. Al igual que un niño
con botas nuevas que salta de charco en charco, esta perspectiva ve la historia
como sucesivos saltos de un baño de sangre al siguiente, desde la Primera
Guerra Mundial a la Segunda Guerra Mundial, de esta a la guerra fría, del
genocidio armenio al genocidio judío, y de este al genocidio ruandés, de
Robespierre a Lenin y a Hitler.
No está
exento de verdad, pero esta lista demasiado familiar de infaustos
acontecimientos es algo engañosa. Nos fijamos demasiado en los charcos y
olvidamos la tierra seca que hay entre ellos. Los últimos tiempos de la era
moderna han visto niveles sin precedentes no solo de violencia y horror, sino
también de paz y tranquilidad. Charles Dickens escribió de la Revolución
francesa que «era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos». Esto
bien puede ser cierto no solo de la Revolución francesa, sino de toda la época
que anunciaba.
Es
especialmente cierto de las siete décadas que han transcurrido desde el final
de la Segunda Guerra Mundial. Durante este período, la humanidad ha contemplado
por primera vez la posibilidad de auto aniquilación completa, y ha
experimentado un buen número de guerras reales y de genocidios. Pero estas
décadas fueron asimismo la época más pacífica en la historia humana, y por un
amplio margen. Esto es sorprendente porque estas mismas décadas experimentaron
más cambio económico, social y político que cualquier época anterior. Las
placas tectónicas de la historia se mueven a un ritmo frenético, pero los
volcanes están en su mayoría dormidos. El nuevo orden elástico parece poder
contener e incluso iniciar cambios estructurales radicales sin que desemboquen
en conflictos violentos.[112]
§. Paz en
nuestra época
La mayoría de la gente no aprecia lo pacífica que es la era en la que vivimos.
Ninguno de nosotros estaba vivo hace 1.000 años, de modo que olvidamos
fácilmente que el mundo solía ser mucho más violento. Y cuanto más raras se
hacen las guerras, mucha más atención atraen. Hay muchas más personas que
piensan en las guerras que hoy azotan Afganistán e Irak que en la paz en la que
viven la mayoría de los brasileños e hindúes.
Y aún más
importante, nos concierne más fácilmente el sufrimiento de los individuos que
el de poblaciones enteras. Sin embargo, para poder comprender los macro
procesos históricos tenemos que examinar las estadísticas de masas y no los
relatos individuales. En el año 2000, las guerras causaron la muerte de 310.000
individuos, y el crimen violento mató a otros 520.000. Cada una de las víctimas
es un mundo destruido, una familia arruinada, amigos y parientes heridos de por
vida. Pero, desde una perspectiva macroscópica, esas 830.000 víctimas
supusieron solo el 1,5 por ciento de los 56 millones de personas que murieron
en 2000. Ese año, 1.260.000 personas murieron en accidentes de automóvil (2,25
por ciento de la mortalidad total) y 815.000 personas se suicidaron (1,45 por
ciento).[113]
Las
cifras correspondientes a 2002 son todavía más sorprendentes. De los 57
millones de muertes, solo 172.000 personas murieron en una guerra y 569.000
murieron por causa del crimen violento (un total de 741.000 víctimas de la
violencia humana). En contraste, cometieron suicidio 873.000 personas.[114] Resulta que al año
siguiente de los atentados del 11 de septiembre, a pesar de todo lo que se
llegó a hablar de terrorismo y guerra, la persona promedio tenía más
probabilidades de suicidarse que de morir en manos de un terrorista, un soldado
o un traficante de drogas.
En la
mayoría de las regiones del mundo, la gente se va a dormir sin temor a que en
plena noche una tribu vecina pueda rodear su aldea y asesinar a todos sus
moradores. Los súbditos británicos acomodados viajan diariamente desde
Nottingham a Londres a través del bosque de Sherwood sin temor a que una
partida de alegres bandidos vestidos de verde les tiendan una emboscada y les
quiten el dinero para dárselo a los pobres (o, más probablemente, los asesinen
y se queden su dinero). Los estudiantes no han de soportar palmetazos de sus
profesores, los niños no han de temer que sus padres los vendan como esclavos
al no poder pagar las facturas, y las mujeres saben que la ley prohíbe que su
marido las apalee y las obligue a quedarse en casa. Cada vez más, en todo el
mundo, estas expectativas se van cumpliendo.
La
reducción de la violencia se debe en gran parte al auge del Estado. En toda la
historia, la mayor parte de la violencia era resultado de luchas locales entre
familias y comunidades. (Incluso en la actualidad, como indican las cifras
anteriores, el crimen local es mucho más mortífero que las guerras
internacionales.) Como hemos visto, los primeros agricultores, que no conocían
ninguna organización política superior a la comunidad local, sufrían una
violencia desenfrenada.[115] A medida que reinos e
imperios se hacían más fuertes, contuvieron a las comunidades y el nivel de
violencia se redujo. En los reinos descentralizados de la Europa medieval,
todos los años eran asesinadas 20-40 personas por cada 100.000 habitantes. En
décadas recientes, en las que estados y mercados se han hecho todopoderosos y
las comunidades han desaparecido, las tasas de violencia se han reducido
todavía más. En la actualidad, el promedio global es de solo 9 homicidios
anuales por cada 100.000 personas, y la mayoría de estos homicidios tienen
lugar en estados débiles, como Somalia y Colombia. En los estados centralizados
de Europa, el promedio es de un asesinato al año por cada 100.000 personas.[116]
Ciertamente,
hay casos en los que los estados utilizan su poder para matar a sus propios
ciudadanos, y tales casos los tenemos muy presentes en nuestros recuerdos y
temores. Durante el siglo XX, decenas de millones, si no centenas de millones,
de personas fueron asesinadas por las fuerzas de seguridad de sus propios
estados. Aun así, desde una macro perspectiva, los tribunales y las fuerzas
policiales estatales han aumentado probablemente el nivel de seguridad en todo
el mundo. Incluso en las dictaduras opresivas, la persona moderna promedio
tiene menos probabilidades de morir a manos de otra persona que en las
sociedades pre modernas. En 1964 se instauró en Brasil una dictadura militar
que gobernó el país hasta 1985. Durante esos veinte años, el régimen asesinó a
varios miles de brasileños y otros miles fueron encarcelados y torturados. Sin
embargo, incluso en los peores años de la dictadura, el brasileño promedio en
Río de Janeiro tenía muchas menos probabilidades de morir a manos humanas que
el waorani, arawete o yanomamo promedio. Los waorani, arawete y yanomamos son
pueblos indígenas que viven en las profundidades de la selva amazónica, sin
ejército, policía o prisiones. Los estudios antropológicos han indicado que
entre la cuarta parte y la mitad de su población masculina muere tarde o
temprano en conflictos violentos sobre la propiedad, las mujeres o el
prestigio.[117]
§.
Retirada imperial
Tal vez sea discutible si la violencia dentro de los estados se ha reducido o
ha aumentado desde 1945, pero lo que nadie puede negar es que la violencia
internacional ha caído hasta el nivel más bajo de todos los tiempos. Quizá el
ejemplo más evidente sea el hundimiento de los imperios europeos. A lo largo de
la historia, los imperios han aplastado las rebeliones con mano de hierro, y
cuando llegaba su hora, un imperio que se hundiera empleaba todo su poder para
salvarse, lo que usualmente implicaba desplomarse en medio de un baño de
sangre. Por lo general, su desaparición final llevaba a la anarquía y a guerras
de sucesión. Desde 1945, la mayoría de los imperios han optado por una retirada
pacífica y temprana y su proceso de hundimiento ha resultado ser relativamente
célere, calmado y ordenado.
En 1945,
Gran Bretaña mandaba sobre la cuarta parte del planeta. Treinta años después,
solo gobernaba unas cuantas islas pequeñas. En las décadas intermedias se
retiró de la mayoría de sus colonias de manera pacífica y ordenada. Aunque en
algunos lugares como Malasia y Kenia los ingleses intentaron quedarse por la
fuerza de las armas, en la mayor parte de los lugares aceptaron el fin del
imperio con un suspiro en lugar de con un berrinche. Centraron sus esfuerzos no
en conservar el poder, sino en transferirlo de la manera más tranquila posible.
Al menos parte del elogio que generalmente se atribuye al Mahatma Gandhi por su
credo no violento se debe en realidad al Imperio británico. A pesar de muchos
años de pugnas acerbas y a menudo violentas, cuando llegó el final del Raj, los
indios no tuvieron que luchar con los británicos en las calles de Nueva Delhi o
Calcuta. El lugar del imperio lo ocuparon un montón de estados independientes,
la mayoría de los cuales han gozado desde entonces de fronteras estables y han
vivido en general de forma pacífica junto a sus vecinos. Ciertamente, decenas
de miles de personas perecieron en manos del amenazado Imperio británico, y en
algunos puntos calientes su retirada condujo al estallido de conflictos étnicos
que provocaron cientos de miles de víctimas (en particular en la India). Pero
cuando se compara con el promedio histórico a largo plazo, la retirada
británica fue un ejemplo de paz y orden. El Imperio francés fue más obstinado.
Su desplome implicó sangrientas acciones en la retaguardia en Vietnam y Argelia
que se cobraron la vida de cientos de miles de personas. Pero también los
franceses se retiraron del resto de sus dominios rápida y pacíficamente,
dejando tras de sí estados ordenados en lugar de una caótica ley de la selva.
El
desplome soviético de 1989 fue incluso más pacífico, a pesar del estallido de
conflictos étnicos en los Balcanes, el Cáucaso y Asia Central. Nunca antes un
imperio tan poderoso había desaparecido de manera tan célere y tan tranquila.
El Imperio soviético de 1989 no había sufrido ninguna derrota militar excepto
en Afganistán, ninguna invasión externa, ninguna rebelión, ni siquiera campañas
de desobediencia civil a gran escala al estilo de la de Martin Luther King. Los
soviéticos tenían todavía millones de soldados, decenas de miles de tanques y
aviones, y suficientes armas nucleares para aniquilar varias veces al resto de
la humanidad. El Ejército Rojo y los demás ejércitos del Pacto de Varsovia
permanecieron leales. Si el último mandatario soviético, Mijaíl Gorbachov,
hubiera dado la orden, el Ejército Rojo habría abierto fuego sobre las masas
sometidas.
Sin
embargo, la élite soviética, y los regímenes comunistas en la mayor parte de
Europa oriental (Rumanía y Serbia fueron las excepciones), decidieron no
emplear siquiera una minúscula fracción de esa potencia militar. Cuando sus
miembros se dieron cuenta de que el comunismo había fracasado renunciaron a la
fuerza, admitieron su fracaso, hicieron las maletas y regresaron a sus casas.
Gorbachov y sus colegas cedieron sin lucha no solo las conquistas soviéticas de
la Segunda Guerra Mundial, sino también las conquistas zaristas, mucho más
antiguas, en el Báltico, Ucrania, el Cáucaso y Asia Central. Estremece imaginar
qué habría ocurrido si Gorbachov se hubiera comportado como los líderes serbios
o como los franceses en Argelia.
§. Pax
atómica
Los estados independientes que vinieron después de estos imperios estaban muy
poco interesados en la guerra. Con muy pocas excepciones, desde 1945 ya no hay
estados que invadan a otros estados con el fin de absorberlos. Tales conquistas
habían sido el pan de cada día de la historia política desde tiempo inmemorial.
Así fue como se establecieron la mayor parte de los grandes imperios, y como la
mayoría de los gobernantes y de las poblaciones esperaban que fueran las cosas.
Sin embargo, campañas de conquista como las de los romanos, los mongoles y los
otomanos no pueden ocurrir en la actualidad en ningún lugar del mundo. Desde
1945, ningún país independiente reconocido por las Naciones Unidas ha sido
conquistado y eliminado del mapa. Todavía ocurren de vez en cuando guerras
internacionales limitadas, y todavía mueren en las guerras millones de
personas, pero las guerras ya no son la norma. Una persona puede ahogarse en
una poza y también puede morir en una guerra internacional. Pero sumideros locales
como la segunda guerra del Congo o la primera guerra de Afganistán no cambian
el panorama general.
Muchas
personas creen que la desaparición de la guerra internacional es exclusiva de
las democracias ricas de Europa occidental. En realidad, la paz alcanzó Europa
después de que prevaleciera en otras partes del mundo. Así, las últimas guerras
internacionales graves entre países sudamericanos fueron la guerra de
Perú-Ecuador de 1941 y la guerra de Bolivia-Paraguay de 1932-1935. Y antes de
estas no había habido una guerra seria entre países sudamericanos desde
1879-1884, con Chile en un bando y Bolivia y Perú en el otro.
Rara vez
consideramos que el mundo árabe sea particularmente pacífico, pero desde que
los países árabes consiguieron su independencia en solo una ocasión uno de
ellos organizó una invasión a gran escala de otro país (la invasión iraquí de
Kuwait en 1990). Ha habido varias escaramuzas fronterizas (por ejemplo, entre
Siria y Jordania en 1970), muchas intervenciones armadas de uno en los asuntos
de otro (por ejemplo, Siria y el Líbano), numerosas guerras civiles (Argelia,
Yemen, Libia) y frecuentes golpes de Estado y revueltas. Pero no ha habido
guerras internacionales a gran escala entre los estados árabes con excepción de
la guerra del Golfo. Incluso si ampliamos el radio para incluir a todo el mundo
musulmán, solo se añade otro ejemplo, la guerra Irán-Irak. No ha habido una
guerra Turquía-Irán, Pakistán-Afganistán ni una guerra Indonesia-Malasia.
En África
las cosas son mucho menos favorables. Pero incluso allí, la mayoría de los
conflictos son guerras civiles y golpes de Estado. Desde que los estados
africanos consiguieron su independencia en las décadas de 1960 y 1970, muy
pocos países han invadido a otros con la expectativa de conquista.
Anteriormente
ha habido períodos de calma relativa, como por ejemplo en Europa entre 1871 y
1914, y siempre han terminado mal. Pero esta vez es diferente. Porque la paz
real no es la simple ausencia de guerra. La paz real es la improbabilidad de
guerra. Nunca ha habido paz real en el mundo. Entre 1871 y 1914, una guerra
europea era una eventualidad plausible, y la expectativa de una guerra dominaba
el pensamiento de ejércitos, políticos y ciudadanos corrientes. Este
presentimiento ocurrió también en todos los demás períodos pacíficos de la
historia. Una ley de hierro de la política internacional decretaba: «Para cada
dos entidades políticas vecinas, existe una perspectiva plausible que hará que
vayan a la guerra una contra otra en el plazo de un año». Esta ley de la jungla
estuvo vigente en la Europa de finales del siglo XIX, en la Europa medieval, en
la antigua China y en la Grecia clásica. Si Esparta y Atenas estaban en paz en
el año 450 a.C., existía la perspectiva plausible de que estuvieran en guerra
en el 449 a.C.
En la
actualidad, la humanidad ha roto la ley de la jungla. Finalmente existe paz
real, y no solo ausencia de guerra. Para la mayoría de las organizaciones
políticas, no hay una perspectiva plausible que lleve a un conflicto a gran
escala en el plazo de un año. ¿Qué podría hacer que estallara una guerra entre
Alemania y Francia el próximo año? ¿O entre China y Japón? ¿O entre Brasil y
Argentina? Puede que tengan lugar algunas escaramuzas fronterizas menores, pero
solo una situación hipotética realmente apocalíptica podría conducir a una
guerra a gran escala, al estilo antiguo, entre estos últimos países en 2015,
con las divisiones acorazadas argentinas llegando hasta las puertas de Río y
los bombarderos brasileños pulverizando los barrios de Buenos Aires. Aun así,
guerras de este tipo todavía podrían estallar el próximo año entre varios
estados, Israel y Siria, Etiopía y Eritrea o Estados Unidos e Irán, pero estas
son solo excepciones que confirman la regla.
Desde
luego, esta situación podría cambiar en el futuro y, en retrospectiva, el mundo
de hoy podría parecerle increíblemente ingenuo a un observador del futuro. Pero
desde una perspectiva histórica, nuestra propia ingenuidad es fascinante. Nunca
antes la paz ha sido tan generalizada hasta el punto de que la gente ni
siquiera puede imaginar la guerra.
Los
expertos han intentado explicar esta feliz situación en más libros y artículos
de los que el lector desearía leer, y han identificado varios factores que
contribuyen a esto. El primero y principal es que el coste de la guerra ha
aumentado de manera espectacular. El Premio Nobel de la paz, para terminar
todos los premios de la paz, deberían habérselo dado a Robert Oppenheimer y a
sus colegas artífices de la bomba atómica. Las armas nucleares han convertido
la guerra entre superpotencias en suicidio colectivo, y han hecho imposible
pretender dominar el mundo por la fuerza de las armas.
En
segundo lugar, aunque el precio de la guerra ha ido aumentando, sus beneficios
se han ido reduciendo. Durante la mayor parte de la historia, las
organizaciones políticas se podían enriquecer al saquear o anexionarse
territorios enemigos. La mayor parte de las riquezas eran los campos, el
ganado, esclavos y oro, de modo que era fácil pillarlas u ocuparlas. En la
actualidad, la riqueza consiste principalmente en capital humano, conocimientos
técnicos y estructuras socioeconómicas complejas como los bancos. En
consecuencia, es difícil llevársela o incorporarla al propio territorio.
Consideremos
el caso de California. Su riqueza se basó inicialmente en las minas de oro.
Pero en la actualidad se basa en el silicio y en el celuloide: Silicon Valley y
las colinas de celuloide de Hollywood. ¿Qué ocurriría si los chinos organizaran
una invasión armada de California, desembarcaran un millón de soldados en las
playas de San Francisco y asaltaran el interior del estado? Obtendrían muy
poco. No hay minas de silicio en Silicon Valley. La riqueza está en la mente de
los ingenieros de Google y en los guionistas, directores y magos de los efectos
especiales de Hollywood, que habrían tomado el primer avión con destino a
Bangalore o Mumbai mucho antes de que los tanques chinos recorrieran Sunset
Boulevard. No es coincidencia que las pocas guerras internacionales a gran
escala que todavía tienen lugar en el mundo, como la invasión iraquí de Kuwait,
ocurran en lugares en los que la riqueza es riqueza material a la antigua
usanza. Los jeques kuwaitíes pudieron huir al extranjero, pero los pozos de petróleo
se quedaron allí y fueron ocupados.
Mientras
que la guerra se hacía menos provechosa, la paz se tornaba más lucrativa que
nunca. En las economías agrícolas tradicionales, el comercio de larga distancia
y las inversiones extranjeras eran actividades secundarias. En consecuencia, la
paz generaba pocos beneficios, aparte de evitar los costes de guerra. Si,
pongamos por caso, en 1400 Inglaterra y Francia estaban en paz, los franceses
no tenían que pagar onerosos tributos de guerra y padecer destructivas
invasiones de los ingleses, pero esto no beneficiaba a sus billeteras. En las
economías capitalistas modernas, el comercio y la inversión exteriores se han
vuelto importantísimos. Por lo tanto, la paz proporciona dividendos únicos.
Mientras China y Estados Unidos estén en paz, los chinos pueden prosperar al
vender productos a Estados Unidos, comerciar en Wall Street y recibir
inversiones estadounidenses.
Y,
finalmente, pero no menos importante, en la cultura política global ha ocurrido
un cambio tectónico. A lo largo de la historia, muchas élites (los caudillos
hunos, los nobles vikingos y los sacerdotes aztecas, por ejemplo) consideraban
que la guerra era un bien positivo. Otros la veían como un mal inevitable del
que convenía obtener la mejor ventaja posible. La nuestra es la primera época
en la historia en la que el mundo está dominado por una élite amante de la paz:
políticos, empresarios, intelectuales y artistas que de manera genuina
consideran que la guerra es a la vez mala y evitable. (En el pasado hubo
pacifistas, como los primeros cristianos, pero en las raras ocasiones en las
que llegaron al poder solían olvidar la demanda que se les hacía de «poner la
otra mejilla».)
Hay un
circuito recurrente positivo entre estos cuatro factores. La amenaza de un
holocausto nuclear promueve el pacifismo; cuando el pacifismo se extiende, la
guerra retrocede y el comercio prospera, y el comercio aumenta tanto los
beneficios de la paz como los costes de la guerra. A lo largo del tiempo, este
circuito recurrente crea otro obstáculo para la guerra, que en último término
puede resultar el más importante de todos: la red cada vez más apretada de
conexiones internacionales erosiona la independencia de la mayoría de los
países, lo que reduce la posibilidad de que cualquiera de ellos pueda por sí
solo soltar a los perros de la guerra. La mayoría de los países ya no se
enzarzan en una guerra a gran escala por la simple razón de que ya no son independientes.
Aunque los ciudadanos de Israel, Italia, México o Tailandia puedan albergar
ilusiones de independencia, la realidad es que sus gobiernos no pueden llevar a
cabo políticas económicas o exteriores independientes, y ciertamente son
incapaces de iniciar y dirigir por su cuenta una guerra a gran escala. Tal como
se ha explicado en el capítulo 11, estamos asistiendo a la formación de un
imperio global. Al igual que los imperios anteriores, también este hace cumplir
la paz dentro de sus fronteras. Y puesto que sus fronteras cubren todo el
planeta, el imperio mundial hace cumplir de manera efectiva la paz mundial.
* * * *
Así pues,
¿la era moderna es una época de matanzas insensatas, de guerra y opresión, tal
como atestiguan las trincheras de la Primera Guerra Mundial, la nube del hongo
nuclear sobre Hiroshima y los sangrientos delirios de Hitler y Stalin? ¿O acaso
es una era de paz, ejemplificada por las trincheras que nunca se cavaron en
Sudamérica, las nubes en forma de hongo que nunca se cernieron sobre Moscú y
Nueva York, y la faz serena de Mahatma Gandhi y Martin Luther King?
La
respuesta depende del momento. Da que pensar darse cuenta de lo a menudo que
nuestra concepción del pasado queda distorsionada por los acontecimientos de
los últimos años. Si este capítulo se hubiera escrito en 1945 o 1962,
probablemente habría sido mucho más sombrío. Puesto que se ha escrito en 2013,
hace una aproximación relativamente animada a la historia moderna.
Para
contentar a la vez a optimistas y pesimistas, podemos concluir diciendo que nos
hallamos en el umbral tanto del cielo como del infierno, moviéndonos
nerviosamente entre el portal de uno y la antesala del otro. La historia
todavía no ha decidido dónde terminaremos, y una serie de coincidencias todavía
nos pueden enviar en cualquiera de las dos direcciones.
Capítulo
19
Y vivieron felices por siempre jamás
Contenido:
§. Contar
la felicidad
§. Felicidad química
§. El significado de la vida
§. Conócete a ti mismo
Los
últimos 500 años han sido testigos de una serie de revoluciones pasmosas. La
Tierra se ha unido en una única esfera ecológica e histórica. La economía ha
crecido de forma exponencial, y en la actualidad la humanidad goza del tipo de
riqueza que solía ser propia de los cuentos de hadas. La ciencia y la
revolución industrial han conferido a la humanidad poderes sobrehumanos y una
energía prácticamente ilimitada. El orden social se ha transformado por
completo, como lo han hecho la política, la vida cotidiana y la psicología
humana.
Pero
¿somos más felices? Las riquezas que la humanidad ha acumulado a lo largo de
los cinco últimos siglos, ¿se han traducido en nuevas satisfacciones? El
descubrimiento de recursos energéticos inagotables, ¿ha abierto ante nosotros
almacenes inagotables de dicha? Remontándonos más atrás en el tiempo, los
aproximadamente 70 milenios transcurridos desde la revolución cognitiva, ¿han
hecho que el mundo sea un lugar mejor para vivir? ¿Fue más feliz el
recientemente fallecido Neil Armstrong, cuyas huellas permanecen intactas sobre
la Luna carente de viento, que el cazador-recolector anónimo que hace 30.000
años dejó la huella de su mano en una pared de la cueva de Chauvet? Y, si no es
así, ¿qué sentido ha tenido desarrollar la agricultura, las ciudades, la escritura,
las monedas, los imperios, la ciencia y la industria?
Los
historiadores rara vez se plantean estas preguntas. No se preguntan si los
ciudadanos de Uruk y Babilonia eran más felices que sus antepasados
cazadores-recolectores, si el auge del islam hizo que los egipcios estuvieran
más contentos con su vida o cómo el desplome de los imperios europeos en África
influyó sobre la felicidad de millones de personas. Pero estas son las
preguntas más importantes que se pueden hacer a la historia. La mayoría de las
ideologías y programas políticos actuales se basan en ideas bastante triviales
acerca del origen real de la felicidad humana. Los nacionalistas creen que la
autodeterminación política es esencial para nuestra felicidad. Los comunistas
postulan que todos seremos dichosos bajo la dictadura del proletariado. Los capitalistas
sostienen que solo el libre mercado puede asegurar la mayor felicidad para el
mayor número al crear crecimiento económico y abundancia material y al enseñar
a la gente a confiar en sí misma y ser emprendedora.
¿Qué
ocurriría si investigaciones rigurosas refutaran estas hipótesis? Si el
crecimiento económico y la confianza en uno mismo no hacen que la gente sea más
feliz, ¿cuál es el beneficio del capitalismo? ¿Qué pasaría si resultara que los
súbditos de grandes imperios son por lo general más felices que los ciudadanos
de estados independientes y que, por ejemplo, los argelinos eran más felices
bajo el mandato francés que bajo el suyo propio? ¿Qué diría esto acerca del
proceso de descolonización y del valor de la autodeterminación nacional?
Todas
estas posibilidades son hipotéticas, porque hasta ahora los historiadores han
evitado plantear estas preguntas, por no decir intentar darles respuesta. Han
investigado la historia de casi todo (política, sociedad, economía, género,
enfermedades, sexualidad, alimentos, vestidos), pero raramente se han detenido
en preguntar de qué manera estas cuestiones influyen sobre la felicidad humana.
Aunque
son pocos los que han estudiado la historia de la felicidad a largo plazo, casi
todos los estudiosos y profanos tienen alguna vaga preconcepción al respecto.
Según una consideración común, las capacidades humanas han aumentado a lo largo
de la historia. Puesto que los humanos suelen usar sus capacidades para aliviar
los sufrimientos y realizar aspiraciones, de ahí se sigue que hemos de ser más
felices que nuestros antepasados medievales, y ellos tuvieron que ser más
felices que los cazadores-recolectores de la Edad de Piedra.
Pero este
relato de progreso no es convincente. Tal como hemos visto, nuevas aptitudes,
comportamientos y habilidades no sirven necesariamente para tener una vida
mejor. Cuando los humanos aprendieron a cultivar la tierra en la revolución
agrícola, su poder colectivo para modelar su ambiente aumentó, pero el sino de
muchos humanos individuales se hizo más cruel. Los campesinos tenían que
trabajar más duro que los cazadores-recolectores para conseguir un alimento
menos variado y nutritivo, y se hallaban mucho más expuestos a las enfermedades
y a la explotación. De manera parecida, la expansión de los imperios europeos
aumentó muchísimo el poder colectivo de la humanidad al hacer circular ideas,
tecnología y cultivos, y al abrir nuevas rutas comerciales. Pero esto no fueron
precisamente buenas noticias para millones de africanos, americanos nativos y
aborígenes australianos. Dada la demostrada propensión humana a utilizar mal el
poder, parece ingenuo creer que cuanta más influencia tiene la gente, más feliz
vive.
Algunos
contrarios a esta interpretación adoptan una posición diametralmente opuesta.
Argumentan que existe una correlación inversa entre capacidades humanas y
felicidad. El poder corrompe, dicen, y a medida que la humanidad conseguía cada
vez más poder, creó un mundo mecanicista y frío mal adaptado a nuestras
necesidades reales. La evolución moldeó nuestra mente y nuestro cuerpo a la
vida de los cazadores-recolectores. La transición primero a la agricultura y
después a la industria nos ha condenado a vivir una vida antinatural que no
puede dar expresión completa a nuestras inclinaciones e instintos innatos, y
por lo tanto no puede dar satisfacción a nuestros anhelos más profundos. No hay
nada en la vida confortable de la clase media urbana que se acerque a la
excitación salvaje y al gozo absoluto que experimentaba una banda de
cazadores-recolectores durante una caza exitosa de mamuts. Con cada nuevo
invento ponemos otro kilómetro más de distancia entre nosotros y el jardín del
Edén.
Pero esta
insistencia romántica en ver una sombra negra detrás de cada invento es tan
dogmática como la creencia en la inevitabilidad del progreso. Quizá no estemos
en contacto con nuestro cazador-recolector interior, pero esto no es del todo
malo. Por ejemplo, a lo largo de los dos últimos siglos la medicina moderna ha
reducido la mortalidad infantil de un 33 por ciento a menos de un 5 por ciento.
¿Puede alguien dudar de que esto ha contribuido a la felicidad no solo de estos
niños, que de otro modo habrían muerto, sino también de sus familias y amigos?
Una
posición más matizada adopta el camino intermedio. Hasta la revolución
científica, no había una correlación clara entre el poder y la felicidad. Los
campesinos medievales podían haber sido, efectivamente, más desdichados que sus
antepasados cazadores-recolectores, pero en los últimos siglos los humanos han
aprendido a utilizar más sensatamente sus capacidades. Los triunfos de la
medicina moderna no son más que un ejemplo. Otros logros sin precedentes
incluyen la fuerte caída de la violencia, la práctica desaparición de guerras
internacionales y la casi erradicación de hambrunas a gran escala.
Pero
también esto es una simplificación excesiva. En primer lugar, basa su
evaluación optimista en una muestra muy pequeña de años. La mayoría de los
humanos empezaron a gozar de los frutos de la medicina moderna no antes de
1850, y la drástica caída de la mortalidad infantil es un fenómeno del siglo
XX. Las hambrunas en masa continuaron azotando a gran parte de la humanidad
hasta mediados del siglo XX. Durante el Gran Salto Hacia Delante de la China
comunista de 1958-1961, entre 10 y 50 millones de seres humanos murieron de
hambre. Las guerras internacionales cada vez se hicieron más raras a partir de
1945, en gran parte gracias a la nueva amenaza de aniquilación nuclear. De ahí
que, aunque las últimas décadas han sido una edad dorada sin precedentes para
la humanidad, es demasiado temprano para saber si esto representa un cambio
fundamental en las corrientes de la historia o un remolino efímero de buena
fortuna. Cuando se juzga la modernidad, es demasiado tentador adoptar el punto
de vista de un ciudadano occidental de clase media del siglo XXI. No debemos
olvidar los puntos de vista de un minero del carbón galés, de un adicto al opio
chino o de un aborigen australiano, todos del siglo XIX. Truganini no es menos
importante que Homer Simpson.
En
segundo lugar, quizá resulte que incluso la breve edad dorada del último medio
siglo pueda haber sembrado las semillas de la futura catástrofe. A lo largo de
las últimas décadas hemos alterado el equilibrio ecológico de nuestro planeta
de tantas formas nuevas que parece probable que tenga consecuencias nefastas.
Hay muchas pruebas que indican que estamos destruyendo los cimientos de la
prosperidad humana en una orgía de consumo temerario.
Finalmente,
podemos felicitarnos por los logros sin precedentes de los sapiens modernos
únicamente si ignoramos por completo la suerte de todos los demás animales.
Gran parte de la riqueza material de la que nos jactamos que nos aísla de la
enfermedad y de la hambruna se ha acumulado a expensas de monos de laboratorio,
vacas lecheras y pollos en cintas transportadoras. Decenas de miles de millones
de estos animales se han visto sometidos a lo largo de los dos últimos siglos a
un régimen de explotación industrial cuya crueldad no tiene precedentes en los
anales del planeta Tierra. Solo con que aceptemos la mera décima parte de lo
que afirman los activistas por los derechos de los animales, entonces bien
pudiera ser que la agricultura industrial moderna fuera el mayor crimen de la
historia. Cuando se evalúa la felicidad global, es un error contar solo la
felicidad de las clases altas, de los europeos o de los hombres, como quizá
también lo sea considerar únicamente la felicidad de los humanos.
§. Contar
la felicidad
Hasta aquí hemos comentado la felicidad como si fuera en gran parte un producto
de factores materiales, como la salud, la dieta y la riqueza. Si la gente es
más rica y está más sana, entonces también tiene que ser más feliz. Pero ¿es
esto realmente tan obvio? Filósofos, sacerdotes y poetas han meditado durante
milenios sobre la naturaleza de la felicidad, y muchos han llegado a la
conclusión de que los factores sociales, éticos y espirituales tienen un
impacto tan grande sobre nuestra felicidad como las condiciones materiales.
¿Acaso en las sociedades opulentas modernas la gente padece mucho debido a la
alienación y a la vacuidad, a pesar de su prosperidad? ¿Y quizá nuestros
antepasados menos prósperos encontraban gran satisfacción en la comunidad, la
religión y los lazos con la naturaleza?
En
décadas recientes, psicólogos y biólogos han aceptado el reto de estudiar
científicamente aquello que hace realmente que la gente sea feliz. ¿Es el
dinero, la familia, la genética, o quizá la virtud? El primer paso es definir
qué es lo que se medirá. La definición generalmente aceptada de felicidad es
«bienestar subjetivo». La felicidad, según esta concepción, es algo que siento
en mi interior, una sensación o bien de placer inmediato, o bien de
satisfacción a largo plazo con la manera como se desarrolla mi vida. Si es algo
que se siente dentro, ¿cómo puede medirse desde fuera? Presumiblemente podemos
hacerlo preguntando a la gente que nos diga cómo se siente. De modo que los
psicólogos o biólogos que quieren evaluar lo feliz que se siente la gente proporcionan
cuestionarios para que los contesten y luego puntúan los resultados.
Por lo
general, un cuestionario subjetivo del bienestar pide a los entrevistados que
indiquen, en una escala del 0 al 10, su conformidad con afirmaciones tales
como: «Me gusta ser como soy», «Siento que la vida es muy gratificante», «Soy
optimista con respecto al futuro» y «La vida es buena». A continuación, el
investigador suma todas las respuestas y calcula el nivel general de bienestar
subjetivo del entrevistado.
Dichos
cuestionarios se emplean para correlacionar la felicidad con varios factores
objetivos. Un estudio puede comparar 1.000 personas que ganan 100.000 euros
anuales con 1.000 personas que ganan 50.000 euros. Si el estudio descubre que
el primer grupo tiene un nivel de bienestar subjetivo de 8,7, mientras que el
segundo tiene un promedio de solo 7,3, el investigador puede concluir
razonablemente que existe una correlación positiva entre la riqueza y el
bienestar subjetivo. Para expresarlo llanamente: el dinero da la felicidad.
Puede utilizarse el mismo método para investigar si la gente que vive en
democracias es más feliz que la que vive en dictaduras, y si los casados son
más felices que los solteros, los divorciados o los viudos.
Esto les
proporciona un fundamento a los historiadores, que pueden estudiar la riqueza,
la libertad política y las tasas de divorcio del pasado. Si la gente es más
feliz en las democracias y los casados son más felices que los divorciados, un
historiador tiene una base para argumentar que el proceso de democratización de
las últimas décadas ha contribuido a la felicidad de la humanidad, mientras que
las tasas crecientes de divorcio indican la tendencia contraria.
Esta
manera de pensar no es perfecta, pero antes de indicar algunas lagunas vale la
pena considerar los hallazgos.
Una
conclusión interesante es que el dinero produce realmente la felicidad. Pero
solo hasta cierto punto, y pasado dicho punto carece de importancia. Para la
gente situada en la base de la escala económica, más dinero significa mayor
felicidad. Imagine el lector que es una madre soltera española cuyos ingresos
son 12.000 euros anuales limpiando casas y de golpe gana 500.000 euros en la
lotería, probablemente experimentará un aumento importante y a largo plazo del
bienestar subjetivo. Podrá dar de comer y vestir a sus hijos sin hundirse más
en las deudas. Sin embargo, si el lector es un alto ejecutivo con ingresos del
orden de los 250.000 euros anuales y gana 1 millón de euros en la lotería, o si
el consejo de dirección de su empresa decide de repente doblarle el salario, es
probable que su aumento de bienestar subjetivo dure solo unas pocas semanas.
Según los resultados empíricos, es casi seguro que esto no suponga una gran
diferencia en la manera cómo se sienta a la larga. Podrá comprar un automóvil
más llamativo, mudarse a una casa suntuosa, habituarse a beber Vega Sicilia
Único en lugar de un Rioja medio, pero pronto todo esto le parecerá rutinario y
nada excepcional.
Otro
resultado interesante es que la enfermedad reduce la felicidad a corto plazo,
pero solo es causa de aflicción a largo plazo si la salud de una persona se
deteriora constantemente o si la enfermedad implica dolor progresivo y
debilitante. Las personas a las que se les diagnostican enfermedades crónicas
como la diabetes, suelen deprimirse durante un tiempo, pero si la enfermedad no
empeora se adaptan a la nueva situación y valoran su felicidad tan alta como la
gente sana. Imagine el lector que Lucía y Lucas son unos mellizos de clase
media que aceptan participar en un estudio de bienestar subjetivo. En el viaje
de vuelta a casa desde el laboratorio de psicología, el automóvil de Lucía es
embestido por un autobús, lo que le produce varias roturas de huesos y una
pierna permanentemente lisiada. Mientras el equipo de rescate extrae a Lucía
del interior del coche accidentado, su teléfono móvil suena y Lucas le dice
gritando que él acaba de ganar un premio gordo de la lotería: ¡10 millones de
euros! Dos años más tarde, ella andará cojeando y él será mucho más rico, pero
cuando el psicólogo aparezca para realizar un estudio de seguimiento, es
probable que ambos den las mismas respuestas que dieron la mañana de aquel día
aciago.
La
familia y la comunidad parecen tener más impacto en nuestra felicidad que el
dinero y la salud. Las personas con familias fuertes que viven en comunidades
bien trabadas y que apoyan a sus miembros son significativamente más felices
que las personas cuyas familias son disfuncionales y que nunca han encontrado
(o nunca han buscado) una comunidad de la que formar parte. El matrimonio es
particularmente importante. Diversos estudios han demostrado que hay una
correlación muy estrecha entre buenos matrimonios y un elevado bienestar
subjetivo y entre malos matrimonios y desdicha. Esto se mantiene con
independencia de las condiciones económicas e incluso de las físicas. Un
inválido pobre rodeado de una amante esposa, una familia devota y una comunidad
acogedora puede sentirse mejor que cualquier millonario alienado, mientras la
pobreza del inválido no sea muy severa y su enfermedad no sea degenerativa o
dolorosa.
Esto
plantea la posibilidad de que la inmensa mejora en las condiciones materiales a
lo largo de los dos últimos siglos se haya visto enmascarada por el desplome de
la familia y la comunidad. Si así fuera, la persona promedio de hoy bien
pudiera no ser más feliz que en 1800. Incluso la libertad que tanto valoramos
bien pudiera ir en nuestra contra. Podemos elegir a nuestro cónyuge, a nuestros
amigos y vecinos, pero ellos pueden elegir abandonarnos. Al ejercer el
individuo un poder sin precedentes para decidir su propio camino en la vida,
encontramos que cada vez es más difícil aceptar compromisos. Así, vivimos en un
mundo cada vez más solitario de comunidades y familias que se deshacen.
Sin
embargo, el hallazgo más importante de todos es que la felicidad no depende
realmente de condiciones objetivas, ni de la riqueza, la salud o incluso la
comunidad. Depende, más bien, de la correlación entre las condiciones objetivas
y las expectativas subjetivas. Si uno quiere un carro de bueyes y obtiene un
carro de bueyes, está contento. Si uno quiere un Ferrari último modelo y
obtiene solo un Fiat de segunda mano, esto lo asimila como una pérdida. Esta es
la razón por la que ganar la lotería tiene, con el tiempo, el mismo impacto
sobre la felicidad de la gente que un accidente automovilístico incapacitante.
Cuando las cosas mejoran, las expectativas aumentan, y en consecuencia mejoras
incluso espectaculares en las condiciones objetivas nos pueden dejar
insatisfechos. Cuando las cosas empeoran, las expectativas se reducen y en
consecuencia una enfermedad grave nos puede dejar tan felices como lo éramos
antes.
Podríamos
decir que no necesitábamos un montón de psicólogos y sus cuestionarios para
descubrir esto. Profetas, poetas y filósofos se dieron cuenta hace miles de
años que estar satisfecho con lo que se tiene es mucho más importante que
obtener más de lo que se desea. Aun así, es reconfortante cuando la
investigación moderna (reforzada por gran cantidad de números y gráficos) llega
a la misma conclusión a la que llegaron los antiguos.
* * * *
La
importancia crucial de las expectativas humanas tiene implicaciones de mucho
alcance para comprender la historia de la felicidad. Si la felicidad dependiera
solo de condiciones objetivas como la riqueza, la salud y las relaciones
sociales, habría sido relativamente fácil investigar su historia. El
descubrimiento de que depende de expectativas subjetivas hace mucho más difícil
la tarea de los historiadores. Nosotros, los modernos, tenemos un arsenal de
tranquilizantes y analgésicos a nuestro alcance, pero nuestras expectativas de
comodidad y placer, y nuestra intolerancia a los inconvenientes y las
incomodidades han aumentado hasta tal extremo que es probable que padezcamos
más dolor del que nuestros antepasados sintieron nunca.
Es
difícil aceptar esta línea de razonamiento. El problema es una falacia del
razonamiento profundamente incrustada en nuestra psique. Cuando intentamos
adivinar o imaginar lo felices que son ahora otras personas, o lo felices que
eran las gentes en el pasado, inevitablemente nos imaginamos a nosotros mismos
en su lugar. Pero esto no funciona, porque adhiere nuestras expectativas a las
condiciones materiales de otros. En las sociedades opulentas modernas es
habitual ducharse y cambiarse la ropa cada día. Los campesinos medievales no se
lavaban durante meses, y casi nunca se cambiaban de ropa. El solo hecho de
pensar en vivir de esta manera, sucios y malolientes en extremo, es algo que
detestamos. Pero parece que a los campesinos medievales no les importaba.
Estaban acostumbrados a la sensación y al olor de una camisa que no se lavaba
desde hacía mucho tiempo. No es que desearan cambiarse de ropa pero no
pudieran; tenían lo que querían. Así, al menos en lo que al vestido se refiere,
estaban contentos.
Esto no
es sorprendente cuando se piensa en ello. Después de todo, nuestros primos
chimpancés rara vez se lavan y nunca se cambian la ropa. Tampoco nos desagrada
que nuestros perros y gatos domésticos no se duchen ni cambien diariamente su
pelaje. Les damos palmaditas, los abrazamos y los besamos igual. A los niños
pequeños de las sociedades opulentas no les suele gustar ducharse, y les lleva
años de educación y disciplina por parte de los padres adoptar esta costumbre
supuestamente atractiva. Todo es cuestión de expectativas.
Si la
felicidad viene determinada por las expectativas, entonces dos pilares de
nuestra sociedad (los medios de comunicación y la industria publicitaria)
pueden estar vaciando, sin saberlo, los depósitos de satisfacción del planeta.
Si el lector fuera un joven de dieciocho años en una pequeña aldea de hace
5.000 años, probablemente pensaría que era bien parecido porque solo había
otros 50 hombres en su aldea y la mayoría de ellos eran ancianos, o tenían
cicatrices o arrugas, o todavía eran niños pequeños. Pero si el lector es un
adolescente en la actualidad, tiene muchas más probabilidades de sentirse
incómodo. Incluso si los demás chicos de la escuela son feos, el adolescente no
se compara con ellos, sino con las estrellas de cine, atletas y supermodelos que
vemos continuamente en la televisión, en Facebook y en las carteleras gigantes.
¿Podría
ser, pues, que el descontento del Tercer Mundo no estuviera fomentado
únicamente por la pobreza, la enfermedad, la corrupción y la opresión política,
sino también por la simple exposición a los estándares del Primer Mundo? El
ciudadano egipcio promedio tenía muchas menos probabilidades de morir de
hambre, de la peste o de violencia bajo el gobierno de Hosni Mubarak que bajo
Ramsés II o Cleopatra. Las condiciones materiales de la mayoría de los egipcios
nunca habían sido tan buenas. Uno pensaría que en 2011 estarían cantando por
las calles y dando gracias a Alá por su buena fortuna. En cambio, se levantaron
furiosamente para derrocar a Mubarak. No se comparaban con sus antepasados bajo
los faraones, sino con sus contemporáneos en los Estados Unidos de América de
Obama.
Si esto
fuera así, incluso la inmortalidad podría producir descontento. Supongamos que
la ciencia da con curas para todas las enfermedades, terapias efectivas contra
el envejecimiento y tratamientos regenerativos que mantienen a la gente
indefinidamente joven. Con toda probabilidad, el resultado inmediato sería una
epidemia sin precedentes de ira y ansiedad.
Los que
fueran incapaces de permitirse los nuevos tratamientos milagrosos (la inmensa
mayoría de la gente) estarían fuera de sí con rabia. A lo largo de la historia,
los pobres y los oprimidos se han confortado al pensar que al menos la muerte
es justa, que los ricos y poderosos también mueren. A los pobres no les
confortaría la idea de que tienen que morir, mientras que los ricos
permanecerán jóvenes y bellos para siempre.
Pero la
reducida minoría capaz de permitirse los nuevos tratamientos tampoco estaría
eufórica. Tendrían muchos motivos para mostrarse ansiosos. Aunque las nuevas
terapias pudieran extender la vida y la juventud, no podrían revivir a los
cadáveres. ¡Qué terrible sería pensar que mis seres queridos y yo podemos vivir
para siempre, pero solo si no nos atropella un camión o un terrorista no nos
hace volar en pedazos! Es probable que la gente potencialmente amortal no
quiera tomar ni el más mínimo riesgo, y la agonía de perder un cónyuge, un hijo
o un amigo íntimo sería insoportable.
§.
Felicidad química
Los científicos sociales distribuyen cuestionarios de bienestar subjetivo y
correlacionan los resultados con factores socioeconómicos tales como la riqueza
y la libertad política. Los biólogos emplean los mismos cuestionarios, pero
correlacionan las respuestas que la gente da con factores bioquímicos y
genéticos. Sus hallazgos son sorprendentes.
Los
biólogos sostienen que nuestro mundo mental y emocional está regido por
mecanismos bioquímicos modelados por millones de años de evolución. Como todos
los demás estados mentales, nuestro bienestar subjetivo no está determinado por
parámetros externos como el salario, las relaciones sociales o los derechos
políticos. Está determinado, en cambio, por un complejo sistema de nervios,
neuronas, sinapsis y varias sustancias bioquímicas como la serotonina, la
dopamina y la oxitocina.
A nadie
le hace feliz ganar la lotería, comprar una casa, ser promovido o incluso
encontrar el verdadero amor. A la gente le hace feliz una cosa, y solo una:
sensaciones agradables en su cuerpo. Una persona que acaba de ganar la lotería
o de encontrar un nuevo amor y salta de alegría no reacciona realmente ante el
dinero o el amante. Reacciona a varias hormonas que recorren su torrente
sanguíneo, y a la tormenta de señales eléctricas que destellan en diferentes
partes del cerebro.
Lamentablemente
para todas las esperanzas de crear el cielo en la Tierra, nuestro sistema
bioquímico interno parece estar programado para mantener relativamente
constantes los niveles de felicidad. No hay una selección natural para la
felicidad como tal: la estirpe genética de un anacoreta feliz se extinguirá
cuando los genes de una pareja de padres ansiosos sean transmitidos a la
siguiente generación. La felicidad y la desdicha desempeñan un papel en la
evolución únicamente en la medida que promuevan la supervivencia y la
reproducción o dejen de hacerlo. Quizá no sea sorprendente, entonces, que la
evolución nos haya moldeado para no ser ni demasiado desdichados ni demasiado
dichosos. Nos permite gozar de una descarga momentánea de sensaciones
placenteras, pero estas nunca duran para siempre. Más tarde o más temprano
amainan y dan paso a sensaciones desagradables.
Por
ejemplo, la evolución proporcionó sensaciones placenteras como recompensa a los
machos que diseminaban sus genes al tener sexo con hembras fértiles. Si el sexo
no estuviera acompañado de este placer, a pocos machos les preocuparía. Al
mismo tiempo, la evolución se aseguró de que estas sensaciones placenteras se
desvanecieran rápidamente. Si los orgasmos duraran siempre, los felicísimos
machos morirían de hambre por falta de interés en la comida, y no se tomarían
la molestia de buscar otras hembras fértiles.
Algunos
expertos comparan la bioquímica humana con un sistema de aire acondicionado que
mantiene la temperatura constante, ya tenga lugar una ola de calor o una
tormenta de nieve. Los acontecimientos pueden cambiar momentáneamente la
temperatura, pero el sistema de aire acondicionado siempre hace retornar la
temperatura al mismo punto predeterminado.
Algunos
sistemas de aire acondicionado se fijan a 25 grados Celsius. Otros se fijan a
20 grados. Los sistemas que acondicionan la felicidad humana también difieren
de una persona a otra. En una escala de 1 a 10, algunas personas nacen con un
sistema bioquímico alegre que permite que su humor oscile entre los niveles 6 y
10, y que con el tiempo se estabilice en el 8. Una persona de este tipo se
siente bastante feliz incluso si vive en una ciudad grande y alienada, pierde
su dinero invirtiendo en la Bolsa y se le diagnostica diabetes. Otras personas
están maldecidas con una bioquímica triste que oscila entre 3 y 7 y se
estabiliza en el 5. Una persona infeliz de este modo sigue estando deprimida
incluso si goza del apoyo de una comunidad bien trabada, gana millones a la
lotería y es tan saludable como un atleta olímpico. De hecho, aunque nuestro
abatido amigo gane 50 millones de euros por la mañana, descubra a mediodía el
remedio para el sida y el cáncer, consiga hacer firmar la paz entre israelíes y
palestinos por la tarde y después, al atardecer, se reúna con el hijo que
desapareció hace años y que estaba perdido desde entonces, todavía sería
incapaz de experimentar nada más allá del nivel 7 de felicidad. Simplemente, su
cerebro no está construido para el alborozo, ocurra lo que ocurra.
Piense el
lector por un momento en su familia y en sus amigos. Seguramente conoce algunas
personas que siempre están relativamente contentas, no importa lo que les
ocurra. Y después están las que siempre están irritadas, con independencia de
los regalos que el mundo ponga a sus pies. Solemos creer que si simplemente
pudiéramos cambiar nuestro lugar de trabajo, casarnos, terminar de escribir
aquella novela, comprar un coche nuevo o devolver la hipoteca, estaríamos en la
cima del mundo. Pero cuando obtenemos lo que deseamos no parece que seamos
mucho más felices. Comprar automóviles y escribir novelas no cambia nuestra
bioquímica. Pueden sobresaltarla por un momento efímero, pero pronto vuelve al
punto establecido.
* * * *
¿Cómo se
puede conciliar esto con los hallazgos psicológicos y sociológicos indicados
anteriormente según los cuales, por ejemplo, los casados son más felices, de
promedio, que los solteros? En primer lugar, estos hallazgos son correlaciones:
la dirección de causación puede ser la opuesta de la que algunos investigadores
han supuesto. Es verdad que los casados son más felices que los célibes y los
divorciados, pero esto no significa necesariamente que el matrimonio produzca
felicidad. Podría ser que la felicidad cause el matrimonio. O, más
correctamente, que la serotonina, la dopamina y la oxitocina provoquen y
mantengan un matrimonio. Las personas que nacen con una bioquímica alegre
suelen ser, por lo general, felices y contentas. Son cónyuges más atractivos, y
en consecuencia tienen una mayor probabilidad de casarse. También es menos
probable que se divorcien, porque es mucho más fácil vivir con un cónyuge feliz
y contento que con uno deprimido e insatisfecho. En consecuencia, es verdad que
los casados son más felices en promedio que los solteros, pero una mujer
soltera propensa al abatimiento no se volverá necesariamente más feliz si
consigue atrapar a un marido.
Además,
la mayoría de los biólogos no son fanáticos. Sostienen que la felicidad está
determinada principalmente por la bioquímica, pero están de acuerdo en que los
factores psicológicos y sociológicos desempeñan también su parte. Nuestro
sistema de aire acondicionado mental tiene una cierta libertad de movimiento
dentro de unos límites predeterminados. Es casi imposible superar los límites
emocionales superior e inferior, pero el matrimonio y el divorcio pueden tener
un impacto en el área que hay entre ambos niveles. Alguien nacido con un
promedio de felicidad de nivel 5 nunca saldrá a bailar desenfrenadamente por la
calle. Pero un buen matrimonio le puede permitir disfrutar de vez en cuando de
un nivel 7 y evitar el desánimo del nivel 3.
Si
aceptamos la aproximación biológica a la felicidad, entonces resulta que la
historia tiene una importancia menor, puesto que la mayoría de los sucesos
históricos no han tenido ningún impacto en nuestra bioquímica. La historia
puede cambiar los estímulos externos que hacen que se segregue serotonina, pero
no cambia los niveles de serotonina resultantes, y por lo tanto no puede hacer
que la gente sea más feliz.
Comparemos
un campesino medieval francés con un banquero parisino moderno. El campesino
vivía en una choza de adobe sin calefacción que daba a la pocilga local,
mientras que el banquero tiene el hogar en un ático espléndido con los últimos
dispositivos tecnológicos y una vista sobre los Champs Élysées. Intuitivamente,
cabría esperar que el banquero fuera mucho más feliz que el campesino. Sin
embargo, chozas de adobe, áticos y los Champs Élysées no determinan realmente
nuestro talante. La serotonina lo hace. Cuando el campesino medieval completó
la construcción de su choza de adobe, sus neuronas cerebrales secretaron
serotonina, haciéndola llegar hasta el nivel X. Cuando en 2013 el banquero
efectuó el último pago de su maravilloso ático, sus neuronas cerebrales
secretaron una cantidad similar de serotonina, haciéndola subir hasta un nivel
X parecido. Para el cerebro no supone ninguna diferencia que el ático sea mucho
más confortable que la choza de adobe. Lo único que importa es que, ahora, el
nivel de serotonina es X. En consecuencia, el banquero no será ni un ápice más
feliz que su tataratatarabuelo, el pobre campesino medieval.
Y esto es
así no solo para las vidas privadas, sino también para los grandes
acontecimientos colectivos. Tomemos, por ejemplo, la Revolución francesa. Los
revolucionarios estaban atareados: ejecutaron al rey, dieron tierras a los
campesinos, declararon los derechos del hombre, abolieron los privilegios de
los nobles y entablaron la guerra contra toda Europa. Pero nada de todo eso
cambió la bioquímica francesa. En consecuencia, a pesar de todas las
turbulencias económicas que la revolución trajo consigo, su impacto en la
felicidad francesa fue pequeño. Los que habían ganado una bioquímica gozosa en
la lotería genética eran igual de felices antes de la revolución que después de
ella. Los que tenían una bioquímica deprimente se quejaban de Robespierre y
Napoleón con la misma acritud con que antes se habían quejado de Luis XVI y
María Antonieta.
Si es
así, ¿de qué sirvió la Revolución francesa? Si la gente no fue más feliz, ¿qué
sentido tuvo todo aquel caos, terror, sangre y guerra? Los biólogos nunca
hubieran asaltado la Bastilla. La gente piensa que esta revolución política o
aquella reforma social los hará más felices, pero su bioquímica los engaña una
y otra vez.
Solo hay
un acontecimiento histórico que tenga significado real. Hoy, cuando finalmente
nos damos cuenta de que las claves de la felicidad están en manos de nuestro
sistema bioquímico, podemos dejar de perder nuestro tiempo en política y en
reformas sociales, golpes de Estado e ideologías, y centrarnos en cambio en lo
único que puede hacernos realmente felices: manipular nuestra bioquímica. Si
invertimos miles de millones para comprender la química de nuestro cerebro y
desarrollar tratamientos apropiados, podremos hacer que la gente sea mucho más
feliz de lo que nunca ha sido antes, sin necesidad de revoluciones. El Prozac,
por ejemplo, no cambia regímenes políticos, pero al elevar los niveles de
serotonina hace que la gente salga de su depresión.
Nada
capta mejor el argumento biológico que el famoso eslogan de la New Age: «La
felicidad empieza dentro». El dinero, el nivel social, la cirugía plástica,
casas bonitas, puestos poderosos… ninguna de estas cosas nos proporcionará
felicidad. La felicidad duradera proviene solo de la serotonina, la dopamina y
la oxitocina.[118]
En Un
mundo feliz, la novela distópica de Aldous Huxley, publicada en 1932, en
plena Gran Depresión, la felicidad es el bien supremo y las drogas
psiquiátricas sustituyen a la policía y al voto como el cimiento de la
política. Diariamente, cada persona toma una dosis de «soma», una droga
sintética que hace que la gente sea feliz sin afectar a su productividad y
eficiencia. El Estado Mundial que gobierna todo el planeta no se ve nunca
amenazado por guerras, revoluciones, huelgas o manifestaciones, porque toda la
gente está sumamente contenta con sus condiciones actuales, sean estas las que
fueren. La visión del futuro de Huxley es mucho más preocupante que la de
George Orwell en 1984. El mundo de Huxley les parece monstruoso a
muchos lectores, pero es difícil explicar por qué. Todos están siempre felices:
¿qué puede haber de malo en ello?
§. El
significado de la vida
El desconcertante mundo de Huxley se basa en la suposición biológica de que
felicidad es igual a placer. Ser feliz es nada más y nada menos que
experimentar sensaciones corporales placenteras. Puesto que nuestra bioquímica
limita el número y la duración de dichas sensaciones, la única manera de hacer
que la gente experimente un elevado nivel de felicidad a lo largo de un período
extenso de tiempo es manipular su sistema bioquímico.
Pero esta
definición de felicidad es rebatida por algunos expertos. En un famoso estudio,
Daniel Kahneman, que obtuvo el Premio Nobel de Economía, pidió a diversas
personas que describieran un día laborable cualquiera, recorriéndolo episodio a
episodio y evaluando lo mucho que disfrutaron de cada momento, o lo mucho que
este les desagradó. Descubrió lo que parece ser una paradoja en la manera como
la mayoría de la gente considera su propia vida. Tomemos el trabajo relacionado
con criar a un hijo. Kahneman encontró que cuando se cuentan los momentos de
alegría y los momentos de trabajo fatigoso, criar a un hijo resulta ser un
asunto más bien desagradable. Consiste en gran medida en cambiar pañales, lavar
platos y habérselas con cambios de humor, que es algo que a nadie le gusta
hacer. Pero la mayoría de los padres declaran que sus hijos son su principal
fuente de felicidad. ¿Es que acaso las personas no saben realmente lo que es
bueno para ellas?
Esta es
una opción. Otra es que los hallazgos demuestran que la felicidad no es un
exceso de momentos agradables en relación con los desagradables. Más bien, la
felicidad consiste en ver que la vida de uno en su totalidad tiene sentido y
vale la pena. Hay un importante componente cognitivo y ético de la felicidad.
Nuestros valores significan toda la diferencia entre si nos vemos como
«miserables esclavos de un bebé dictador» o como «amantes formadores de una
nueva vida».[119] Tal como lo planteaba
Nietzsche, si uno tiene una razón por la que vivir, lo puede soportar casi
todo. Una vida con sentido puede ser extremadamente satisfactoria incluso en
medio de penalidades, mientras que una vida sin sentido es una experiencia
desagradable y terrible, con independencia de lo confortable que sea.
Aunque en
todas las culturas y épocas la gente ha sentido el mismo tipo de placeres y
dolores, es probable que el significado que han adjudicado a sus experiencias
haya variado ampliamente. Si es así, la historia de la felicidad podría haber
sido mucho más turbulenta de lo que los biólogos imaginan. Esta es una
conclusión que no favorece necesariamente a la modernidad. Si se valora la vida
minuto a minuto, la gente de la Edad Media lo tenía ciertamente duro. Sin
embargo, si creían en la promesa de una dicha permanente en el más allá, bien
pudiera ser que consideraran que su vida tenía mucho más significado y valía
mucho más la pena que la gente seglar moderna, que a largo plazo no pueden
esperar otra cosa que un olvido completo y sin sentido. A la pregunta «¿Está
usted satisfecho con su vida en su conjunto?», la gente de la Edad Media podría
haber obtenido puntuaciones muy altas en un cuestionario de bienestar
subjetivo.
¿Así que
nuestros antepasados medievales eran felices porque encontraban sentido a la
vida en los engaños colectivos acerca de la vida en el más allá? Sí. Mientras
nadie echara por tierra sus fantasías, ¿por qué no tenían que serlo? Hasta
donde podemos saber, desde un punto de vista puramente científico, la vida
humana no tiene en absoluto ningún sentido. Los humanos son el resultado de
procesos evolutivos ciegos que operan sin objetivo ni propósito. Nuestras
acciones no forman parte de ningún plan cósmico divino, y si el planeta Tierra
hubiera de explotar mañana por la mañana, probablemente el universo seguiría su
camino como de costumbre. Hasta donde podemos decir en este punto, no se
echaría en falta la subjetividad humana. De ahí que cualquier sentido que la
gente atribuya a su vida es solo una ilusión. Los sentidos ultramundanos que
las gentes medievales encontraban que tenía su vida no eran más ilusión que lo
que las gentes modernas encuentran en los modernos sentidos humanistas,
nacionalistas y capitalistas. La científica que dice que su vida tiene sentido
porque aumenta el compendio del saber humano, el soldado que declara que su
vida tiene sentido porque lucha para defender a su patria, y el empresario que
encuentra sentido en la creación de una nueva compañía, se engañan igual que
sus homólogos medievales que encontraban sentido en la lectura de las
Escrituras, en emprender una cruzada o en construir una nueva catedral.
De modo
que quizá la felicidad consista en sincronizar las ilusiones personales del
sentido con las ilusiones colectivas dominantes en cada situación. Mientras mi
narración personal esté en sintonía con las narraciones de la gente que me
rodea, puedo convencerme de que mi vida tiene sentido, y encontrar felicidad en
esta convicción.
Esta es
una conclusión bastante deprimente. ¿Acaso la felicidad depende realmente de
engañarse a sí mismo?
§.
Conócete a ti mismo
Si la felicidad se basa en sentir sensaciones agradables, entonces para poder
ser más felices necesitamos reorganizar nuestro sistema bioquímico. Si la
felicidad se basa en sentir que la vida tiene un significado, entonces para
poder ser más felices necesitamos engañarnos de manera más efectiva. ¿Existe
una tercera alternativa?
Estos dos
supuestos previos comparten la hipótesis de que la felicidad es algún tipo de
sensación subjetiva (ya sea de placer o de sentido), y que con el fin de juzgar
la felicidad de la gente todo lo que necesitamos es preguntarle cómo se
sienten. Para muchos de nosotros esto parece lógico porque la religión
dominante de nuestra época es el liberalismo. El liberalismo santifica los
sentimientos subjetivos de los individuos. Considera que dichos sentimientos
son la fuente suprema de la autoridad. Lo que es bueno y lo que es malo, lo que
es bello y lo que es feo, lo que debería ser y lo que no debería ser, todo está
determinado por lo que cada uno de nosotros siente.
La
política liberal se basa en la idea de que los votantes saben lo que hacen, y
que no hay necesidad alguna de que el Gran Hermano nos diga lo que es bueno
para nosotros. La economía liberal se basa en la idea de que el cliente siempre
tiene la razón. El arte liberal declara que la belleza está en el ojo del
observador. A los estudiantes de las escuelas y universidades liberales se les
enseña a pensar por sí mismos. Los anuncios nos apremian a «¡Simplemente,
hágalo!». Los filmes de acción, los dramas teatrales, los melodramas, las
novelas y las canciones populares pegadizas nos adoctrinan constantemente: «Sé
fiel a ti mismo», «Escúchate a ti mismo», «Sigue los dictados de tu corazón».
Jean-Jacques Rousseau planteó de la manera más clásica esta opinión: «Lo que
siento que es bueno, es bueno. Lo que siento que es malo, es malo».
La gente
que ha crecido desde la infancia a base de una dieta de eslóganes como estos es
propensa a creer que la felicidad es un sentimiento subjetivo y que cada
individuo es quien mejor conoce si es feliz o es desgraciado. Pero esta opinión
es exclusiva del liberalismo. La mayoría de las religiones e ideologías a lo
largo de la historia afirmaron que existen varas de medir objetivas para la
bondad y la belleza, y para cómo deberían ser las cosas. Desconfiaban de los
sentimientos y preferencias de la persona ordinaria. En la entrada del templo
de Apolo en Delfos, los peregrinos eran recibidos con la inscripción «¡Conócete
a ti mismo!». Su significado era que la persona promedio es ignorante de su
verdadero yo, y por lo tanto es probable que ignore la felicidad verdadera.
Probablemente Freud estaría de acuerdo.[120]
Y lo
mismo ocurriría con los teólogos cristianos. San Pablo y san Agustín conocían
perfectamente bien que si se le preguntara a la gente sobre ello, la mayoría
preferirían tener sexo que rezar a Dios. ¿Acaso demuestra esto que tener sexo
es la clave de la felicidad? No según Pablo y Agustín. Solo demuestra que la
humanidad es pecadora por naturaleza, y que la gente se deja seducir fácilmente
por Satanás. Desde un punto de vista cristiano, la inmensa mayoría se
encuentran en una situación que es más o menos la misma que la de los adictos a
la heroína. Imagine el lector a un psicólogo que se embarca en un estudio de la
felicidad entre drogadictos. Les plantea una encuesta y encuentra que declaran,
de manera unánime, que solo son felices cuando se pinchan. ¿Publicaría el
psicólogo un artículo científico que declarara que la heroína es la clave de la
felicidad?
La idea
de que no hay que fiarse de los sentimientos no se limita al cristianismo.
Cuando se trata del valor de los sentimientos, incluso Darwin y Dawkins podrían
encontrar similitudes con san Pablo y san Agustín. Según la teoría del gen
egoísta, la selección natural hace que las personas, como los demás organismos,
elijan lo que es bueno para la reproducción de sus genes, aunque sea malo para
ellas como individuos. La mayoría de los machos pasan la vida afanándose,
preocupándose, compitiendo y luchando, en lugar de gozar de una dicha pacífica,
porque su ADN los manipula para sus propios objetivos egoístas. Como Satanás,
el ADN emplea placeres fugaces para tentar a la gente y someterla a su poder.
En
consecuencia, la mayoría de las religiones y filosofías han adoptado una
postura muy distinta con respecto a la felicidad que la del liberalismo.[121] La posición budista es
particularmente interesante. El budismo ha asignado a la cuestión de la
felicidad más importancia quizá que cualquier otro credo humano. Durante 2.500
años los budistas han estudiado de manera sistemática la esencia y las causas
de la felicidad, que es la razón por la que hay un interés creciente entre la
comunidad científica tanto por su filosofía como por sus prácticas de
meditación.
El
budismo comparte la idea básica del acercamiento biológico a la felicidad, es
decir, que la felicidad es el resultado de procesos que tienen lugar dentro del
cuerpo, no de acontecimientos que ocurren en el mundo exterior. Sin embargo,
partiendo de la misma idea el budismo alcanza conclusiones muy distintas.
Según el
budismo, la mayoría de la gente identifica la felicidad con sensaciones
placenteras, al tiempo que identifica el sufrimiento con sensaciones
desagradables. Por lo tanto, la gente atribuye una gran importancia a lo que
siente, y anhela experimentar cada vez más sensaciones placenteras al tiempo
que evita las dolorosas. Sea lo que fuere que hacemos a lo largo de nuestra
vida, ya sea rascarnos una pierna, movernos ligeramente en la silla o librar
guerras mundiales, solo estamos intentando obtener sensaciones agradables.
El
problema, según el budismo, es que nuestras sensaciones no son más que
vibraciones pasajeras, que cambian a cada momento, como las olas del océano. Si
hace cinco minutos me sentía gozoso y con un fin determinado, ahora estas
sensaciones han desaparecido y quizá me sienta triste y abatido. De modo que si
quiero experimentar sensaciones agradables, he de buscarlas constantemente, al
tiempo que alejo las sensaciones desagradables. Aun en el caso de que tenga
éxito, tengo que empezar de nuevo todo el proceso, sin siquiera obtener ninguna
recompensa duradera por mis esfuerzos.
¿Qué hay
de tan importante en la obtención de estos premios efímeros? ¿Por qué
esforzarnos tanto para conseguir algo que desaparece casi tan pronto como
surge? Según el budismo, la raíz del sufrimiento no es ni la sensación de dolor
ni la tristeza, ni siquiera la falta de sentido. Más bien, el origen real del
sufrimiento es la búsqueda continua e inútil de sensaciones fugaces, que hace
que estemos en un estado de tensión constante, de desazón y de insatisfacción.
Debido a esta búsqueda, la mente nunca está satisfecha. Incluso cuando
experimenta placer no está contenta, porque teme que esta sensación desaparezca
pronto, y anhela que dicha sensación permanezca y se intensifique.
La gente
se libera del sufrimiento no cuando experimenta este o aquel placer pasajero,
sino cuando comprende la naturaleza no permanente de todas sus sensaciones y
deja de anhelarlas. Este es el objetivo de las prácticas budistas de
meditación. En la meditación se supone que uno observa de cerca su mente y su
cuerpo, presencia la aparición y desaparición incesante de todas sus
sensaciones, y se da cuenta de lo inútil que es intentar conseguirlas. Cuando
la búsqueda se detiene, la mente se vuelve más relajada, clara y satisfecha.
Siguen surgiendo y pasando todo tipo de sensaciones (alegría, ira,
aburrimiento, lujuria), pero cuando uno deja de anhelar sensaciones concretas,
estas se aceptan sencillamente por lo que son. Uno vive en el momento presente
en lugar de fantasear acerca de lo que pudo haber sido.
La
serenidad que resulta es tan profunda que los que pasan su vida en una búsqueda
frenética de sensaciones agradables apenas pueden imaginarla. Es como un hombre
que permanece durante décadas en la playa, abrazando algunas olas «buenas» e
intentando impedir que se desintegren, mientras que simultáneamente aparta las
olas «malas» para evitar que se acerquen a él. Un día tras otro, el hombre
sigue de pie en la playa, volviéndose loco con su ejercicio infructuoso.
Finalmente, se sienta en la arena y simplemente deja que las olas vengan y se
vayan a su antojo. ¡Qué apacible!
Esta idea
es tan ajena a la cultura liberal moderna que cuando los movimientos de la New
Age en Occidente dieron con los descubrimientos budistas, los tradujeron en
términos liberales, con lo que les dieron la vuelta. Los cultos de la New Age
suelen decir: «La felicidad no depende de condiciones externas. Solo depende de
lo que uno sienta en su interior. La gente debería dejar de buscar logros
externos como riqueza y estatus social, y conectar en cambio con sus
sentimientos interiores». O, de manera más sucinta: «La felicidad empieza
dentro». Esto es exactamente lo que dicen los biólogos, más o menos lo
contrario de lo que dijo Buda.
Buda
coincidía con la biología moderna y con los movimientos de la New Age en que la
felicidad es independiente de las condiciones externas. Pero su hallazgo más
importante y mucho más profundo fue que la verdadera felicidad es también
independiente de nuestros sentimientos internos. De hecho, cuanta más
importancia damos a nuestras sensaciones, más las anhelamos y más sufrimos. La
recomendación de Buda fue detener no solo la búsqueda de los logros externos,
sino también la búsqueda de los sentimientos internos.
* * * *
Resumiendo,
los cuestionarios de bienestar subjetivo identifican nuestro bienestar con
nuestros sentimientos subjetivos, e identifican la búsqueda de la felicidad con
la búsqueda de determinados estados emocionales. En contraposición, para muchas
filosofías y religiones tradicionales, como el budismo, la clave de la
felicidad es conocer la verdad sobre sí mismo: comprender quién, o qué, es uno
realmente. La mayoría de la gente se identifica equivocadamente con sus
sentimientos, pensamientos, gustos y aversiones. Cuando sienten ira, piensan
«Estoy enfurecido. Esta es mi ira». En consecuencia, pasan su vida evitando
algunos tipos de sensaciones y en busca de otras. Nunca se dan cuenta de que no
son sus sensaciones, y que la búsqueda incesante de determinadas sensaciones no
hace más que dejarlos atrapados en la desdicha.
Si es
así, entonces toda nuestra comprensión de la historia de la felicidad puede
estar descaminada. Quizá no sea tan importante que las expectativas de la gente
se cumplan y que gocen de sensaciones placenteras. La principal cuestión es si
las personas conocen la verdad acerca de sí mismas. ¿Qué pruebas tenemos de que
en la actualidad la gente comprenda esta verdad mejor que los antiguos
cazadores-recolectores o los campesinos medievales?
Los
expertos empezaron a estudiar la historia de la felicidad hace solo algunos
años, y todavía estamos formulando hipótesis iniciales y buscando los métodos
de investigación apropiados. Es demasiado temprano para adoptar conclusiones
rígidas y terminar un debate que apenas se ha iniciado. Lo que es importante es
conseguir conocer tantos enfoques diferentes como sea posible y plantear las
preguntas adecuadas.
La
mayoría de los libros de historia se centran en las ideas de los grandes
pensadores, la valentía de los guerreros, la caridad de los santos y la
creatividad de los artistas. Tienen mucho que decir acerca de cómo se tejen y
se desenredan las estructuras sociales, sobre el auge y caída de los imperios,
acerca del descubrimiento y la expansión de las tecnologías; pero no dicen nada
acerca de cómo todo esto influyó sobre la felicidad y el sufrimiento de los
individuos. Esta es la mayor laguna en nuestra comprensión de la historia, y
sería mejor que empezáramos a llenarla.
Capítulo
20
El final de Homo
sapiens
Contenido:
§. De
ratones y hombres
§. El retorno de los neandertales
§. Vida biónica
§. Otra vida
§. La singularidad
§. La profecía de Frankenstein
Este
libro ha empezado presentando la historia como la fase siguiente en el continuo
que va desde la física a la química y a la biología. Los sapiens están
sometidos a las mismas fuerzas físicas, reacciones químicas y procesos de
selección natural que rigen a todos los seres vivos. La selección natural pudo
haber proporcionado a Homosapiens un campo de juego mucho más
amplio del que ha dado a cualquier otro organismo, pero este campo tiene
todavía sus límites. La consecuencia ha sido que, con independencia de cuáles
sean sus esfuerzos y logros, los sapiens son incapaces de librarse de sus
límites determinados biológicamente.
Sin
embargo, en los albores del siglo XXI esta asunción ya no es verdad: Homo
sapiens trasciende dichos límites. Ahora está empezando a quebrar las
leyes de la selección natural, sustituyéndolas con las leyes del diseño
inteligente.
Durante
cerca de 4.000 millones de años, todos y cada uno de los organismos sobre el
planeta evolucionaron sometidos a la selección natural. Ni uno solo fue
diseñado por un creador inteligente. La jirafa, por ejemplo, consiguió su largo
cuello gracias a la competencia entre jirafas arcaicas y no debido a los
caprichos de un ser super inteligente. Las protojirafas que tenían el cuello
más largo tenían acceso a más alimento y, en consecuencia, produjeron más
descendientes que las de cuello más corto. Nadie, y ciertamente las jirafas no,
dijo: «Un cuello largo permitirá que las jirafas roncen las hojas de la bóveda
arbórea. Vamos a extendérselo». La belleza de la teoría de Darwin es que no
necesita suponer la existencia de un diseñador inteligente para explicar cómo
es que las jirafas han terminado teniendo un cuello largo.
Durante
miles de millones de años, el diseño inteligente no fue siquiera una opción,
porque no había inteligencia que pudiera diseñar cosas. Los microorganismos,
que hasta hace muy poco eran los únicos seres vivos que había, son capaces de
hazañas asombrosas. Un microorganismo perteneciente a una especie puede
incorporar en su célula códigos genéticos de una especie completamente distinta
y con ello obtener nuevas capacidades, como la resistencia a los antibióticos.
Pero, hasta donde sabemos, los microorganismos no tienen conciencia, ni
objetivos en la vida, ni capacidad de planificar por adelantado.
En algún
momento, organismos como las jirafas, los delfines, los chimpancés y los
neandertales adquirieron por evolución conciencia y la capacidad de planificar
por adelantado. Pero incluso si un neandertal fantaseaba sobre aves tan gordas
y lentas que las podía coger siempre que tuviera hambre, no tenía manera de
transformar esta fantasía en realidad. Tenía que cazar las aves que habían sido
seleccionadas naturalmente.
La
primera grieta en el antiguo régimen apareció hace unos 10.000 años, durante la
revolución agrícola. Los sapiens que soñaban con pollos gordos y lentos
descubrieron que si emparejaban la gallina más gorda con el gallo más lento,
algunos de sus descendientes serían a la vez gordos y lentos. Si se cruzaban
estos descendientes entre sí, se podía producir un linaje de aves gordas y
lentas. Era una raza de pollos desconocidos en la naturaleza, producidos por el
diseño inteligente no de un dios, sino de un humano.
Aun así,
en comparación con una deidad todopoderosa, Homo sapiens tenía
habilidades de diseño limitadas. Los sapiens podían utilizar la cría selectiva
para esquivar y acelerar los procesos de selección natural que afectaban
normalmente a los pollos, pero no podían introducir características totalmente
nuevas que estaban ausentes del acervo génico de los pollos salvajes. De alguna
manera, la relación entre Homo sapiens y los pollos era
semejante a otras muchas relaciones simbióticas que han surgido con mucha
frecuencia y por su cuenta en la naturaleza. Los sapiens ejercían presiones
selectivas peculiares sobre los pollos que provocaban que proliferaran los
gordos y lentos, de la misma manera que las abejas polinizadoras seleccionan a
las flores y hacen que las de colores brillantes proliferen.
Hoy en
día, el régimen de la selección natural, de 4.000 millones de años de
antigüedad, se enfrenta a un reto completamente distinto. En los laboratorios
de todo el mundo, los científicos están manipulando seres vivos genéticamente.
Quebrantan con impunidad las leyes de la selección natural, ni siquiera
limitados por las características originales de un organismo. Eduardo Kac, un
bioartista brasileño, decidió crear en 2000 una nueva obra de arte: un conejo
verde fluorescente. Kac contactó con un laboratorio francés y le ofreció una
cantidad por producir un conejito radiante según sus especificaciones. Los
científicos franceses tomaron un embrión de conejo blanco corriente,
implantaron en su ADN un gen tomado de una medusa verde fluorescente y voilà! Un
conejo verde fluorescente para le monsieur. Kac bautizó Alba al
conejo.
Es
imposible explicar la existencia de Alba mediante las leyes de la selección
natural. Es el producto del diseño inteligente. También es el heraldo de lo que
tiene que venir. Si el potencial que Alba significa se realiza totalmente (y
mientras tanto la humanidad no se aniquila a sí misma), la revolución
científica puede resultar ser mucho mayor que una simple revolución histórica.
Puede suceder que sea la revolución biológica más importante desde la aparición
de la vida en la Tierra. Después de 4.000 millones de años de selección
natural, Alba se encuentra en los albores de una nueva era cósmica, en la que
la vida será regida por el diseño inteligente. Si esto es así, toda la historia
humana hasta este momento puede reinterpretarse, en retrospectiva, como un
proceso de experimentación y aprendizaje que revolucionó el juego de la vida;
un proceso debería entenderse desde una perspectiva cósmica de miles de
millones de años, y no desde una perspectiva humana de milenios.
Los
biólogos de todo el mundo están enzarzados en una batalla contra el movimiento
del diseño inteligente, que se opone a la enseñanza de la evolución darwiniana
en las escuelas y afirma que la complejidad biológica demuestra que tuvo que
haber un creador que pensara en todos los detalles biológicos por adelantado.
Los biólogos tienen razón acerca del pasado, pero los defensores del diseño
inteligente, irónicamente, podrían estar en lo cierto en lo que respecta al
futuro.
En el
momento de escribir estas líneas, la sustitución de la selección natural por el
diseño inteligente podría ocurrir de tres maneras diferentes: mediante
ingeniería biológica, mediante ingeniería de cíborgs (los cíborgs son seres que
combinan las partes orgánicas con partes no orgánicas) o mediante la ingeniería
de vida inorgánica.
§. De
ratones y hombres
La ingeniería biológica es la intervención humana deliberada a nivel biológico
(es decir, la implantación de un gen), destinada a modificar la forma, las
capacidades, las necesidades o los deseos de un organismo, con el fin de
realizar alguna idea cultural preconcebida, como las predilecciones artísticas
de Eduardo Kac.
No hay
nada nuevo en la ingeniería biológica per se. La gente la ha estado usando
durante milenios con el fin de remodelarse a sí mismos y a otros organismos. Un
ejemplo de ello es la castración. Hace quizá 10.000 años que los humanos
empezaron a castrar toros con el fin de crear bueyes. Los bueyes son menos
agresivos, y así es más fácil adiestrarlos para arrastrar arados. Los humanos
castraban asimismo a sus propios machos jóvenes para crear sopranos con voces
encantadoras y eunucos a los que se podía confiar con seguridad que vigilaran
el harén del sultán.
Sin
embargo, los avances recientes en nuestra comprensión de cómo funcionan los
organismos, hasta los niveles celular y nuclear, han abierto posibilidades
inimaginables. Por ejemplo, en la actualidad no solo podemos castrar a un
hombre, sino cambiar su sexo mediante tratamientos quirúrgicos y hormonales.
Pero esto no es todo. Considere el lector la sorpresa, la repugnancia y la
consternación que se produjeron cuando, en 1996, apareció en los periódicos y
la televisión la fotografía que aparece en la figura 27.
Figura 27. Un ratón en cuyo dorso los científicos han hecho crecer una
«oreja» hecha de células de cartílago de vaca. Es un eco pavoroso de la estatua
del hombre león de la cueva de Stadel. Hace 30.000 años, los seres humanos ya
fantaseaban con combinar diferentes especies. En la actualidad, esas quimeras
se han hecho realidad.
No, no se
trata de un truco de Photoshop. Se trata de una foto sin retocar de un ratón
real en cuyo dorso los científicos implantaron células de cartílago bovino. Los
científicos pudieron controlar el crecimiento del nuevo tejido, y en este caso
le dieron la forma de algo que parece una oreja humana. El proceso permitirá
pronto a los científicos producir orejas artificiales, que después se
implantarán en humanos.[122]
Con la
ingeniería genética se pueden producir maravillas más notables todavía, que es
la razón por la que esta plantea un cúmulo de cuestiones éticas, políticas e
ideológicas. Y no son solo los piadosos monoteístas los que ponen objeciones a
que el hombre pueda usurpar el papel de Dios. Muchos ateos confesos quedan no
menos aturdidos por la idea de que los científicos se calcen los zapatos de la
naturaleza. Los activistas por los derechos de los animales condenan el
sufrimiento que se causa a los animales de laboratorio en los experimentos de
ingeniería genética, así como a los animales de granja que son modificados sin
tener para nada en cuenta sus necesidades y deseos. Los activistas por los
derechos humanos temen que la ingeniería genética pueda usarse para crear
superhombres que nos conviertan al resto de nosotros en siervos. Los jeremías
presentan visiones apocalípticas de bio dictaduras que clonarán a soldados
intrépidos y obreros obedientes. La sensación generalizada es que se abren
demasiado deprisa muchas oportunidades y que nuestra capacidad de modificar
genes va por delante de nuestra capacidad de hacer un uso prudente y perspicaz
de esa facultad.
El
resultado es que en la actualidad usamos solo una fracción del potencial de la
ingeniería genética. La mayoría de los organismos que ahora son sometidos a
manipulación genética son los que tienen los cabilderos políticos más débiles:
plantas, hongos, bacterias e insectos. Por ejemplo, se han manipulado
genéticamente linajes de Escherichia coli, una bacteria que vive
simbióticamente en el tubo digestivo humano (y que aparece en los titulares de
los periódicos cuando sale del tubo digestivo y causa infecciones letales),
para que produzcan biocombustible.[123]E. coli y varias especies de hongos
han sido asimismo manipuladas genéticamente para producir insulina, con lo que
se ha reducido el coste del tratamiento de la diabetes.[124] Un gen extraído de un pez
ártico se ha insertado en patatas, lo que ha hecho que las plantas sean más
resistentes al frío.[125]
También
se ha sometido a manipulación genética unas pocas especies de animales. Cada
año la industria lechera sufre miles de millones de dólares de pérdidas debido
a la mastitis, una enfermedad que afecta a las ubres de las vacas lecheras. Los
científicos están experimentando ahora con vacas manipuladas genéticamente cuya
leche contiene lisostafina, una sustancia bioquímica que ataca a la bacteria
responsable de la enfermedad.[126] La industria porcina, que
ha sufrido una reducción de las ventas porque los consumidores desconfían de
las grasas poco saludables del jamón y la panceta, tiene esperanzas de un
linaje de cerdos, todavía experimental, a los que se ha implantado material
genético procedente de un gusano. Los nuevos genes hacen que los cerdos
transformen los ácidos grasos omega 6 en sus parientes saludables, los omega 3.[127]
La nueva
generación de ingeniería genética hará que los cerdos con grasa buena parezcan
un juego de niños. Los genetistas han conseguido no solo prolongar seis veces
la esperanza de vida de los gusanos, sino producir ratones manipulados que son
genios y muestran una memoria y habilidades de aprendizaje muy mejoradas.[128] Los topillos son roedores
pequeños y robustos que parecen ratones, y la mayoría de las especies son
promiscuas. Pero hay una especie en la que los machos y las hembras de topillos
forman relaciones monógamas y duraderas. Los genetistas afirman haber aislado
los genes responsables de la monogamia de los topillos. Si la inserción de un
gen puede transformar a un topillo don Juan en un marido leal y amoroso, ¿acaso
estamos lejos de poder manipular genéticamente no solo las capacidades
individuales de los roedores (y los humanos), sino también sus estructuras
sociales?[129]
§. El
retorno de los neandertales
Sin embargo, los genetistas no solo quieren transformar linajes vivos.
Pretenden revivir también animales extinguidos. Y no solo dinosaurios, como
en Jurassic Park. Un equipo de científicos rusos, japoneses y
coreanos ha cartografiado recientemente el genoma de los antiguos mamuts que se
han encontrado congelados en el hielo siberiano. Ahora quieren tomar un óvulo
fecundado de un elefante actual, sustituir el ADN elefantino por un ADN
reconstruido de mamut e implantar el óvulo en el útero de una elefanta. Esperan
que, al cabo de unos veintidós meses, nazca el primer mamut en 5.000 años.[130]
Pero ¿por
qué pararse en los mamuts? El profesor George Church, de la Universidad de
Harvard, sugirió recientemente que, con la compleción del Proyecto del Genoma
Neandertal, ahora podemos implantar ADN reconstruido de neandertal en un óvulo
de sapiens, y producir así el primer niño neandertal en 30.000 años. Church
afirmaba que podría hacerlo por unos insignificantes 30 millones de dólares.
Varias mujeres se han ofrecido ya para actuar como madres de alquiler.[131]
¿Para qué
necesitamos a los neandertales? Hay quien afirma que si pudiéramos estudiar a
neandertales vivos, podríamos dar respuesta a algunas de las preguntas más
insistentes acerca del origen y el carácter único de Homo sapiens.
Comparando el cerebro de un neandertal con el de un Homo sapiens y
cartografiando aquellos lugares en los que sus estructuras difieran, quizá
podríamos identificar qué cambio biológico produjo la conciencia tal como la
experimentamos. También hay una razón ética; hay quien ha aducido que si Homo
sapiens fue el responsable de la extinción de los neandertales, tiene
el deber moral de resucitarlos. Y tener algunos neandertales por ahí podría
resultar útil. Muchísimos empresarios industriales pagarían con gusto a un
neandertal para que hiciera las tareas serviles de dos sapiens.
Pero ¿por
qué pararse en los neandertales? ¿Por qué no retroceder hasta la mesa de dibujo
de Dios y diseñar un sapiens mejor? Las capacidades, necesidades y deseos
de Homo sapiens tienen una base genética, y el genoma de los
sapiens no es más complejo que el de topillos y ratones. (El genoma del ratón
contiene unos 2.500 millones de nucleobases, el genoma del sapiens unos 2.900
millones de bases; es decir, este último es un 14 por ciento mayor que el del
ratón.)[132]
A medio
plazo (quizá en unas pocas décadas), la ingeniería genética y otras formas de
ingeniería biológica quizá nos permitan realizar alteraciones importantes no
solo en nuestra fisiología, el sistema inmunitario y la esperanza de vida, sino
también en nuestras capacidades intelectuales y emocionales. Si la ingeniería
genética puede crear ratones que son genios, ¿por qué no humanos que sean
genios? Si podemos crear topillos monógamos, ¿por qué no humanos programados
para permanecer fieles a su pareja?
La
revolución cognitiva que ha transformado a Homo sapiens de un
simio insignificante en el amo del mundo no requirió ningún cambio apreciable
en la fisiología, ni siquiera en el tamaño y la forma externa del cerebro de
los sapiens. Aparentemente, no implicó más que unos pocos y pequeños cambios en
la estructura interna del cerebro. Quizá otro pequeño cambio sería suficiente
para iniciar una segunda revolución cognitiva, crear un tipo completamente
nuevo de conciencia y transformar a Homo sapiens en algo totalmente
diferente.
Es cierto
que todavía no tenemos el ingenio para lograrlo, pero no parece existir ninguna
barrera técnica insuperable que nos impida producir super humanos. Los
principales obstáculos son las objeciones éticas y políticas que han hecho que
se afloje el paso en la investigación en humanos. Y por muy convincentes que
puedan ser los argumentos éticos, es difícil ver cómo pueden detener durante
mucho tiempo el siguiente paso, en especial si lo que está en juego es la
posibilidad de prolongar indefinidamente la vida humana, vencer enfermedades
incurables y mejorar nuestras capacidades cognitivas y mentales.
¿Qué
ocurriría, por ejemplo, si desarrolláramos una cura para la enfermedad de
Alzheimer que, como beneficio adicional, pudiera mejorar de forma espectacular
la memoria de la gente sana? ¿Habría alguien capaz de detener la investigación
relevante? Y cuando se desarrollara la cura, ¿podría alguna autoridad
competente limitarla a los pacientes de Alzheimer e impedir que las personas
sanas la usaran para adquirir una supermemoria?
No está
claro si la bioingeniería podrá realmente hacer resucitar a los neandertales,
pero es muy probable que pueda poner punto final a Homo sapiens.
Manipular nuestros genes no nos matará necesariamente, pero puede que lleguemos
a chapucear con Homo sapiens hasta tal extremo que ya no
seamos Homo sapiens.
§. Vida
biónica
Hay otra tecnología nueva que puede cambiar las leyes de la vida: la ingeniería
de cíborgs. Los cíborgs son seres que combinan partes orgánicas e inorgánicas,
como un humano con manos biónicas. En cierto sentido, casi todos somos biónicos
hoy en día, puesto que nuestros sentidos y funciones naturales están
complementados por dispositivos como gafas, marcapasos, ortóticos e incluso
ordenadores y teléfonos móviles (que descargan a nuestro cerebro de algunas de
sus tareas de almacenar y procesar datos). Estamos a punto de convertirnos en
verdaderos cíborgs, de tener características inorgánicas que sean inseparables
de nuestro cuerpo, características que modificarán nuestras capacidades,
deseos, personalidades e identidades.
La
Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados en Defensa (DARPA), una agencia
de investigación militar de Estados Unidos, desarrolla cíborgs a partir de
insectos. La idea es implantar chips, detectores y procesadores electrónicos en
el cuerpo de una mosca o una cucaracha, lo que permitirá a un operador humano o
automático controlar remotamente los movimientos del insecto y captar y
transmitir información. Una mosca de este tipo podría estar situada en la pared
del cuartel general enemigo, espiar las conversaciones más secretas y, si no la
captura primero una araña, podría informarnos exactamente de lo que está
planeando el enemigo.[133] En 2006, el Centro de
Guerra Naval Submarina de Estados Unidos informó de su intención de desarrollar
tiburones cíborg, declarando: «El NUWC desarrolla un marbete para peces cuyo
objetivo es el control del comportamiento de los animales portadores a través
de implantes neurales». Los investigadores esperan identificar los campos
electromagnéticos submarinos generados por submarinos y minas, al explotar las
capacidades de detección magnética de los tiburones, que son superiores a las
de cualquier detector artificial.[134]
También
los sapiens se están transformando en cíborgs. A menudo se hace referencia a
las generaciones más nuevas de audífonos como «oídos biónicos». El dispositivo
consiste en un implante que absorbe el sonido a través de un micrófono situado
en la parte externa del oído. El implante filtra los sonidos, identifica las
voces humanas y las traduce en señales eléctricas que son enviadas directamente
al nervio auditivo central, y de este al cerebro.[135]
Retina
Implant, una compañía alemana subvencionada por el gobierno, desarrolla una
prótesis retiniana que puede permitir que las personas ciegas consigan una
visión parcial. Consiste en la implantación de un pequeño microchip dentro del
ojo del paciente. Unas fotocélulas absorben la luz que incide en el ojo y la
transforman en energía eléctrica, que estimula a las neuronas intactas de la
retina. Los impulsos nerviosos procedentes de estas células estimulan el
cerebro, donde son traducidas en visión. En la actualidad, esta tecnología
permite que los pacientes se orienten en el espacio, identifiquen letras e
incluso reconozcan caras.[136]
Jesse
Sullivan, un electricista estadounidense, perdió ambos brazos, hasta la altura
del hombro, en un accidente en 2001. Hoy usa dos brazos biónicos, cortesía del
Instituto de Rehabilitación de Chicago. La característica especial de los
nuevos brazos de Jesse es que son accionados únicamente mediante el
pensamiento. Las señales neurales que llegan del cerebro de Jesse son
traducidas por microordenadores en órdenes eléctricas y los brazos se mueven.
Cuando Jesse quiere levantar su brazo, hace lo que cualquier persona normal
hace inconscientemente… y el brazo se levanta. Estos brazos pueden realizar una
variedad de movimientos mucho más limitada que la de los brazos orgánicos, pero
permiten que Jesse realice funciones cotidianas sencillas. Recientemente, Claudia
Mitchell ha recibido un brazo biónico similar; Claudia es una soldado
estadounidense que perdió un brazo en un accidente de motocicleta. Los
científicos creen que pronto tendremos brazos biónicos que no solo se moverán
cuando queramos que se muevan, sino que también serán capaces de transmitir
señales al cerebro, ¡con lo que permitirán que los amputados recuperen incluso
la sensación del tacto! (véase la figura 28).[137]
Figura 28. Jesse Sullivan y Claudia Mitchell cogidos de la mano. Lo
sorprendente de sus brazos biónicos es que son accionados por el pensamiento.
Ahora
mismo, estos brazos biónicos son un pobre sustituto de nuestros originales
orgánicos, pero tienen el potencial de un desarrollo ilimitado. Por ejemplo,
puede hacerse que los brazos biónicos sean mucho más poderosos que sus
parientes orgánicos, lo que haría que incluso un campeón de boxeo se sintiera
como un enclenque. Además, los brazos biónicos tienen la ventaja de que pueden
ser sustituidos cada pocos años o separados del cuerpo y accionados a
distancia.
Científicos
de la Universidad Duke, en Carolina del Norte, lo han demostrado recientemente
con macacos en cuyo cerebro se han implantado electrodos. Los electrodos captan
señales del cerebro y las transmiten a dispositivos externos. Se ha adiestrado
a los monos para que controlen brazos y piernas biónicos separados únicamente
con el pensamiento. Una mona llamada Aurora aprendió a controlar mediante el
pensamiento un brazo biónico separado al tiempo que movía simultáneamente sus
dos brazos orgánicos. Como alguna diosa hindú, Aurora tiene ahora tres brazos y
sus brazos pueden situarse en habitaciones (o incluso ciudades) diferentes.
Puede sentarse en su laboratorio de Carolina del Norte, rascarse la espalda con
una mano, rascarse la cabeza con una segunda mano y simultáneamente robar un
plátano en Nueva York (aunque la capacidad de comer una fruta robada a
distancia sigue siendo un sueño). Otro macaco, Idoya, adquirió fama mundial en
2008 cuando controló con la mente un par de piernas biónicas en Kioto, Japón, desde
su silla en Carolina del Norte. Las piernas pesaban veinte veces el peso de
Idoya.[138]
El
síndrome de enclaustramiento es una condición en la que una persona pierde toda
o casi toda su capacidad para mover cualquier parte del cuerpo, aunque sus
capacidades cognitivas permanecen intactas. Los pacientes que padecen este
síndrome podían comunicarse únicamente con el mundo exterior mediante pequeños
movimientos de los ojos. Sin embargo, a unos pocos pacientes se les ha
implantado en el cerebro electrodos que captan señales cerebrales. Se está
intentando traducir dichas señales no simplemente en movimientos, sino también
en palabras. Si los experimentos tienen éxito, los pacientes enclaustrados
podrán hablar directamente con el mundo exterior, y nosotros podremos
finalmente utilizar la tecnología para leer la mente de otras personas.[139]
Sin
embargo, de todos los proyectos que actualmente están en desarrollo, el más
revolucionario es el intento de diseñar una interfaz directa en dos sentidos
cerebro-ordenador que permitirá a los ordenadores leer las señales eléctricas
de un cerebro humano y transmitir simultáneamente señales que el cerebro pueda
leer a su vez. ¿Qué sucederá si estas interfaces se emplean para conectar
directamente un cerebro a internet, o para conectar directamente varios
cerebros entre sí, creando de este modo algo así como un internet cerebral?
¿Qué puede ocurrirle a la memoria humana, a la conciencia humana y a la
identidad humana si el cerebro tiene acceso directo a un banco de memoria
colectivo? En una situación así, un cíborg podría, por ejemplo, recuperar los
recuerdos de otro; no oír acerca de ellos, no leerlos en una autobiografía, no
imaginarlos, sino recordarlos directamente como si fueran suyos propios. ¿Qué
ocurriría con conceptos como el yo y la identidad de género cuando las mentes
se volvieran colectivas? ¿Cómo podría uno conocerse a sí mismo o seguir sus
sueños si el sueño no estaría ya en su mente, sino en un almacén colectivo de
aspiraciones?
Un cíborg
con estas características no sería humano, ni siquiera orgánico. Sería algo
completamente diferente. Sería tan fundamentalmente otro tipo de ser que no
podemos siquiera comprender sus implicaciones filosóficas, psicológicas o
políticas.
§. Otra
vida
La tercera manera de cambiar las leyes de la vida es producir seres
completamente inorgánicos. Los ejemplos más obvios son los programas
informáticos que pueden experimentar una evolución independiente.
Avances
recientes en aprendizaje automático ya permiten que los programas informáticos
actuales evolucionen por sí mismos. Aunque el programa está codificado
inicialmente por ingenieros humanos, después puede adquirir nueva información
por sí mismo, enseñarse nuevas habilidades y obtener conocimientos para ir más
allá de los de sus creadores humanos. El programa informático es por lo tanto
libre de evolucionar en direcciones que sus creadores podían no haber
considerado nunca.
Estos
programas informáticos pueden aprender a jugar al ajedrez, a conducir
automóviles, a diagnosticar enfermedades y a invertir dinero en el mercado de
valores. En todos estos campos pueden superar cada vez más a los anticuados
humanos, pero tendrán que competir entre sí. Así, se enfrentarán a nuevas
formas de presiones evolutivas. Cuando mil programas informáticos inviertan
dinero en el mercado de valores, muchos se arruinarán, pero algunos se
convertirán en multimillonarios. En el proceso, desarrollarán por evolución
habilidades notables con las que los humanos no podrán rivalizar, ni las
entenderán. Un programa de este tipo no podría explicar su estrategia de
inversión a un sapiens, por la misma razón que un sapiens no puede explicar
Wall Street a un chimpancé. Muchos de nosotros acabaremos trabajando para estos
programas, que decidirán no solo dónde invertir dinero, sino también a quién
contratar para un empleo determinado, a quién conceder una hipoteca y a quién
enviar a prisión.
¿Son
organismos vivos? Depende de lo que se entienda por «organismos vivos».
Ciertamente, han sido producidos por un nuevo proceso evolutivo, completamente
independiente de las leyes y limitaciones de la evolución orgánica.
Imaginemos
otra posibilidad; suponga el lector que puede hacer una copia de seguridad de
su cerebro en un disco duro portátil y después conectarlo a su ordenador
portátil. ¿Sería el portátil capaz de pensar y sentir igual que un sapiens? Y,
si así fuera, ¿sería el lector o alguna otra persona? ¿Qué pasaría si los
programadores informáticos pudieran crear una mente completamente nueva pero
digital, compuesta de código de ordenador, completo con un sentido del yo,
conciencia y memoria? Si hiciéramos funcionar el programa en nuestro ordenador,
¿se trataría de una persona? Si lo borráramos, ¿se nos podría acusar de
asesinato?
Quizá
obtengamos pronto la respuesta a estas preguntas. El Proyecto Cerebro Humano,
fundado en 2005, espera recrear un cerebro humano completo dentro de un
ordenador, con circuitos electrónicos en el ordenador que imiten las redes
neurales del cerebro. El director del proyecto ha afirmado que, si tiene la
financiación suficiente, en una o dos décadas podremos tener un cerebro humano
artificial dentro de un ordenador que podrá hablar y comportarse prácticamente
como lo hace un humano. Si tiene éxito, eso significaría que después de 4.000
millones de años de dar vueltas dentro del pequeño mundo de los compuestos
orgánicos, la vida irrumpirá de repente en la vastedad del reino inorgánico,
dispuesta a adoptar formas que superarán nuestros sueños más fantásticos. No
todos los expertos están de acuerdo en que la mente funciona de una manera
análoga a la de los ordenadores digitales de hoy en día; y si no lo hace, los
ordenadores actuales no podrán simularla. Pero sería muy necio rechazar
categóricamente la posibilidad antes de comprobarlo. En 2013, el proyecto
recibió una ayuda de 1.000 millones de euros de la Unión Europea.[140]
§. La
singularidad
En la actualidad, solo se ha realizado una pequeña fracción de estas nuevas
oportunidades. Sin embargo, el mundo de 2014 ya es un mundo en el que la
cultura se está liberando de los grilletes de la biología. Nuestra capacidad de
manipular no solo el mundo que nos rodea, sino sobre todo el mundo que hay en
el interior de nuestro cuerpo y nuestra mente, se desarrolla a una velocidad
vertiginosa. Cada vez hay más esferas de actividad que son expulsadas de sus
maneras de actuar satisfechas de sí mismas. Los abogados necesitan repensar
cuestiones de privacidad e identidad; los gobiernos se ven obligados a repensar
cuestiones de atención sanitaria y de igualdad; las asociaciones deportivas y
las instituciones educativas necesitan redefinir el juego limpio y los logros;
los fondos de pensiones y los mercados laborales deberán reajustarse ante un
mundo en el que los sesenta años podrían ser los nuevos treinta. Todos deberán
tratar de los asuntos complejos de la bioingeniería, los cíborgs y la vida inorgánica.
Para
hacer el mapa del primer genoma humano hicieron falta quince años y 3.000
millones de dólares. Hoy en día se puede hacer el mapa del ADN de una persona
en pocas semanas y a un coste de unos cuantos cientos de dólares.[141] La era de la medicina
personalizada (medicina que adapta el tratamiento al ADN) ya ha comenzado. El
médico de familia pronto podrá decirnos con la mayor certeza que nos
enfrentamos a un riesgo elevado de cáncer de hígado, mientras que no tenemos que
preocuparnos demasiado por los ataques al corazón. Podrá determinar que un
medicamento popular que ayuda al 92 por ciento de la población es inútil para
nosotros, que en cambio deberíamos tomar otra píldora, fatal para muchas
personas, pero que es exactamente la que necesitamos. Ante nosotros se abre el
camino hacia la medicina casi perfecta.
Sin
embargo, con las mejoras en el saber médico se plantearán nuevos dilemas
éticos. Los expertos en ética y en asuntos legales ya están bregando con el
espinoso asunto de la privacidad en relación con el ADN. ¿Acaso las compañías
aseguradoras tendrán derecho a pedirnos nuestros perfiles de ADN y a aumentar
las primas si descubren una tendencia genética a un comportamiento temerario?
¿Se nos pedirá que enviemos por fax nuestro ADN, en lugar de nuestro CV, a
nuestros patronos en potencia? ¿Podrá un patrono favorecer a un candidato
porque su ADN tiene mejor aspecto? ¿O podremos querellarnos en estos casos por
«discriminación genética»? ¿Podrá una compañía que desarrolla un nuevo
organismo o un nuevo órgano registrar una patente sobre sus secuencias de ADN?
Es evidente que podemos ser propietarios de una gallina concreta, pero ¿puede
alguien ser propietario de toda una especie?
Estos
dilemas quedan pequeños ante las implicaciones éticas, sociales y políticas la
búsqueda de la inmortalidad y de nuestras nuevas capacidades potenciales para
crear super humanos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, los
programas médicos gubernamentales en todo el mundo, los programas nacionales de
seguros sanitarios y las constituciones nacionales en todo el planeta reconocen
que una sociedad humanitaria debería conceder a todos sus miembros un
tratamiento médico justo y procurarles una salud relativamente buena. Esto
estaba muy bien mientras la medicina se preocupaba principalmente de evitar las
enfermedades y de curar a los enfermos. ¿Qué puede ocurrir cuando la medicina
se preocupe de aumentar las capacidades humanas? ¿Acaso todos los humanos
tendrán derecho a estas capacidades mejoradas o habrá una nueva élite
sobrehumana?
Nuestro
mundo moderno reciente se enorgullece de reconocer, por primera vez en la
historia, la igualdad básica de todos los humanos, pero puede estar a punto de
crear la más desigual de todas las sociedades. A lo largo de la historia, las
clases superiores siempre afirmaron ser más inteligentes, más fuertes y
generalmente mejores que las clases inferiores. Por lo general, se equivocaban.
Un niño nacido en el seno de una familia de campesinos pobres tenía las mismas
probabilidades de ser tan inteligente como el príncipe heredero. Con la ayuda
de las nuevas capacidades médicas, las pretensiones de las clases superiores
podrán pronto convertirse en una realidad objetiva.
Esto no
es ciencia ficción. La mayoría de los argumentos de ciencia ficción describen
un mundo en el que sapiens idénticos a nosotros gozan de una tecnología
superior, como naves espaciales que se desplazan a la velocidad de la luz y
cañones láser. Los dilemas éticos y políticos centrales de estos argumentos se
toman de nuestro propio mundo, y simplemente recrean nuestras tensiones
emocionales y sociales con un telón de fondo futurista. Pero el potencial real
de las tecnologías futuras es cambiar al propio Homo sapiens,
incluidas nuestras emociones y deseos, y no simplemente nuestros vehículos y
armas. ¿Qué es una nave espacial comparada con un cíborg eternamente joven que
no se reproduce y no tiene sexualidad, que puede intercambiar pensamientos
directamente con otros seres, cuyas capacidades para centrarse y recordar son
mil veces superiores a las nuestras y que nunca está enfadado o triste, pero
que posee emociones y deseos que no podemos empezar a imaginar?
La
ciencia ficción rara vez describe un futuro de este tipo, porque una
descripción precisa es, por definición, incomprensible. Producir un filme
acerca de la vida de algún super ciborg equivale a producir Hamlet para
una audiencia de neandertales. De hecho, los futuros amos del mundo serán
probablemente más diferentes de nosotros de lo que nosotros somos de los
neandertales. Mientras que nosotros y los neandertales somos al menos humanos,
nuestros herederos serán como dioses.
Los
físicos definen el big bang como una singularidad. Es un punto en el que todas
las leyes conocidas de la física no existían. Tampoco existía el tiempo. Por lo
tanto, no tiene sentido decir que «antes» del big bang existiera algo. Quizá
nos estemos acercando rápidamente a una nueva singularidad, en la que todos los
conceptos que dan sentido a nuestro mundo (yo, tú, hombres, mujeres, amor y
odio) serán irrelevantes. Cualquier cosa que ocurra más allá de este punto no
tiene sentido para nosotros.
§. La
profecía de Frankenstein
En 1818, Mary Shelley publicó Frankenstein, el relato de un
científico que crea un ser artificial que queda fuera de control y causa
estragos. En los dos últimos siglos, el mismo relato se ha contado una y otra
vez en innumerables versiones. Se ha convertido en un pilar fundamental de
nuestra nueva mitología científica. A primera vista, el relato de Frankenstein
parece advertirnos de que si intentamos jugar a ser dioses y manipular la vida
seremos severamente castigados. Pero el relato tiene un significado más
profundo.
El mito
de Frankenstein enfrenta a Homo sapiens con el hecho de que
los últimos días se están acercando rápidamente. A menos que alguna catástrofe
nuclear o ecológica nos destruya primero, el ritmo del desarrollo tecnológico
conducirá pronto a la sustitución de Homo sapiens por seres
completamente distintos que no solo poseen un físico diferente, sino mundos
cognitivos y emocionales muy distintos. Esto es algo que la mayoría de los
sapiens encuentran muy desconcertante. Nos gusta creer que en el futuro personas
igual que nosotros viajarán de un planeta a otro en rápidas naves espaciales,
pero no nos gusta, en cambio, contemplar la posibilidad de que en el futuro
seres con emociones e identidades como las nuestras ya no existirán, y que
nuestro lugar lo ocuparán formas de vida extrañas cuyas capacidades
empequeñecerán a las nuestras.
De alguna
manera nos conforta pensar que el doctor Frankenstein creó un monstruo
terrible, al que tuvimos que destruir para podernos salvar nosotros. Nos gusta
contar la historia de esta manera porque significa que nosotros somos los
mejores de todos los seres, que nunca hubo ni nunca habrá algo mejor que
nosotros. Cualquier intento de mejorarnos fracasará inevitablemente, porque
aunque nuestro cuerpo pueda ser mejorado, el espíritu humano no se puede tocar.
Nos
costará mucho aceptar el hecho de que los científicos puedan manipular los
espíritus al igual que los cuerpos y que, por lo tanto, futuros doctores
Frankenstein podrán crear algo realmente superior a nosotros, algo que nos
mirará de manera tan condescendiente como nosotros miramos a los neandertales.
* * * *
No
podemos estar seguros de si los Frankenstein de hoy en día cumplirán realmente
esta profecía. El futuro es desconocido y sería sorprendente que los
pronósticos de estas últimas páginas se realizaran en su totalidad. La historia
nos enseña que aquello que parece estar a la vuelta de la esquina puede no
materializarse nunca debido a barreras imprevistas, y que otras situaciones
hipotéticas no imaginadas serán las que de hecho ocurran. Cuando la era nuclear
hizo erupción en la década de 1940 se hicieron muchos pronósticos sobre el
futuro mundo nuclear en el año 2000. Cuando el Sputnik y el Apolo 11
encendieron la imaginación del mundo, todos empezaron a predecir que, a finales
de siglo, la gente viviría en colonias espaciales en Marte y Plutón. Pocas de
estas predicciones se han hecho realidad. En cambio, nadie previó internet.
De manera
que no vaya el lector a contratar un seguro de responsabilidad para ser
indemnizado frente a pleitos entablados por seres digitales. Las fantasías (o
pesadillas) que se mencionan más arriba son solo para estimular la imaginación
del lector. Lo que tenemos que tomarnos en serio es la idea de que la próxima
etapa de la historia incluirá no solo transformaciones tecnológicas y de
organización, sino también transformaciones fundamentales en la conciencia y la
identidad humanas. Y podrían ser transformaciones tan fundamentales que pongan
en cuestión el término «humano». ¿Cuánto tiempo tenemos? Nadie lo sabe
realmente. Como se ha mencionado, hay quien dice que hacia 2050 algunos humanos
serán ya amortales. Predicciones menos radicales indican que será el próximo
siglo o el próximo milenio. Pero, desde la perspectiva de 70.000 años de
historia de los sapiens, ¿qué son unos pocos siglos?
Si
realmente el telón está a punto de caer sobre la historia de los sapiens,
nosotros, miembros de una de sus generaciones finales, deberíamos dedicar algún
tiempo a dar respuesta a una última pregunta: ¿en qué deseamos convertirnos?
Dicha pregunta, que a veces se ha calificado como la pregunta de la Mejora
Humana, empequeñece los debates que en la actualidad preocupan a políticos,
filósofos, estudiosos y gente ordinaria. Después de todo, el debate actual
entre las religiones, las ideologías, las naciones y las clases desaparecerán,
con toda probabilidad, junto con Homo sapiens. Si nuestros
sucesores funcionan efectivamente a un nivel de conciencia diferente (o quizá
poseen algo más allá de la conciencia que ni siquiera podemos concebir), parece
dudoso que el cristianismo o el islam les resulten de interés, que su
organización social pueda ser comunista o capitalista o que sus géneros puedan
ser macho o hembra.
Y aun
así, los grandes debates de la historia son importantes porque al menos la
primera generación de estos dioses estaría modelada por las ideas culturales de
sus diseñadores humanos. ¿Serían creados a imagen del capitalismo, del islam o
del feminismo? La respuesta a esta pregunta podría hacerles tambalearse en
direcciones completamente distintas.
La
mayoría de la gente prefiere no pensar en ello. Incluso el campo de la bioética
prefiere plantear otra pregunta: «¿Qué está prohibido hacer?». ¿Es aceptable
realizar experimentos genéticos en seres humanos vivos? ¿En fetos abortados?
¿En células madre? ¿Es ético clonar ovejas? ¿Y chimpancés? ¿Y qué hay de los
humanos? Todas estas preguntas son importantes, pero es ingenuo imaginar que
podremos simplemente pisar el freno y detener los proyectos científicos que
están transformando a Homo sapiens en un ser diferente, porque
estos proyectos están inextricablemente entrelazados con el Proyecto Gilgamesh.
Preguntemos a los científicos por qué estudian el genoma o intentan conectar un
cerebro a un ordenador, o intentan crear una mente dentro de un ordenador. Nueve
de cada diez veces obtendremos la misma respuesta estándar: lo hacemos para
curar enfermedades y salvar vidas humanas. Aunque las implicaciones de crear
una mente dentro de un ordenador son mucho más espectaculares que curar
enfermedades psiquiátricas, esta es la justificación típica que se da, porque
nadie puede discutirla. Esta es la razón por la que el Proyecto Gilgamesh es el
buque insignia de la ciencia. Sirve para justificar todo lo que hace. El doctor
Frankenstein está montado a hombros de Gilgamesh. Puesto que es imposible
detener Gilgamesh, también es imposible detener al doctor Frankenstein.
La única
cosa que podemos hacer es influir sobre la dirección que tomen. Puesto que
pronto podremos manipular también nuestros deseos, quizá la pregunta real a la
que nos enfrentamos no sea «¿En qué deseamos convertirnos?», sino «¿Qué
queremos desear?». Aquellos que no se espanten ante esta pregunta es que
probablemente no han pensado lo suficiente en ella.
Epílogo
El animal que se convirtió en un dios
Hace
70.000 años, Homo sapiens era todavía un animal insignificante
que se ocupaba de sus propias cosas en un rincón de África. En los milenios
siguientes se transformó en el amo de todo el planeta y en el terror del
ecosistema. Hoy en día está a punto de convertirse en un dios, a punto de
adquirir no solo la eterna juventud, sino las capacidades divinas de la
creación y la destrucción.
Lamentablemente,
el régimen de los sapiens sobre la Tierra ha producido hasta ahora pocas cosas
de las que podamos sentirnos orgullosos. Hemos domeñado nuestro entorno,
aumentado la producción de alimentos, construido ciudades, establecido imperios
y creado extensas redes comerciales. Pero ¿hemos reducido la cantidad de
sufrimiento en el mundo? Una y otra vez, un gran aumento del poder humano no
mejoró necesariamente el bienestar de los sapiens individuales y por lo general
causó una inmensa desgracia a otros animales.
En las
últimas décadas hemos hecho al menos algún progreso real en lo que a la
condición humana se refiere, reduciendo el hambre, la peste y la guerra. Sin
embargo, la situación de otros animales se está deteriorando más rápidamente
que nunca, y la mejora en la suerte de la humanidad es demasiado reciente y
frágil para poder estar seguro.
Además, a
pesar de las cosas asombrosas que los humanos son capaces de hacer, seguimos
sin estar seguros de nuestros objetivos y parecemos estar tan descontentos como
siempre. Hemos avanzado desde las canoas a los galeones, a los buques de vapor
y a las lanzaderas espaciales, pero nadie sabe adónde vamos. Somos más
poderosos de lo que nunca fuimos, pero tenemos muy poca idea de qué hacer con
todo ese poder. Peor todavía, los humanos parecen ser más irresponsables que
nunca. Dioses hechos a sí mismos, con solo las leyes de la física para
acompañarnos, no hemos de dar explicaciones a nadie. En consecuencia, causamos
estragos a nuestros socios animales y al ecosistema que nos rodea, buscando
poco más que nuestra propia comodidad y diversión, pero sin encontrar nunca
satisfacción.
¿Hay algo
más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo
que quieren?
Agradecimientos
Por sus
valiosos consejos y ayuda, deseo expresar mi agradecimiento a Sarai Aharoni,
Dorit Aharonov, Amos Avisar, Tzafrir Barzilai, Noah Beninga, Tirza Eisenberg,
Amir Fink, Benjamin Z. Kedar, Yossi Maurey, Eyal Miller, Shmuel Rosner, Rami
Rotholz, Ofer Steinitz, Michael Shenkar, Idan Sherer, Halm Watzman, Guy
Zaslavsky y a todos los profesores y estudiantes del programa de «Historia del
mundo» de la Universidad Hebrea de Jerusalén.
También
quiero expresar un agradecimiento especial a Jared Diamond, que me enseñó a ver
el panorama general; a Diego Olstein, que me inspiró a escribir un relato, y a
Deborah Harris e Itzik Yahav, que me ayudaron a distribuir la narración.
Créditos
de las figuras
1.
Impresión de una mano en la pared de la cueva de Chauvet. © Imagebank/Getty
Images Israel.
2. Reconstrucciones modernas de Homo rudolfensis, Homo
erectus y Homo neanderthalensis. © Visual/Corbis.
3. Una reconstrucción de un niño neandertal. © Anthropologisches Institut und
Museum, Universität Zürich.
4. Una figurita de marfil de un «hombre león» (o de una «mujer leona»), de la
cueva de Stadel en Alemania. Foto de Thomas Stephan, © Ulmer Museum
5. El león de Peugeot. © magiccarpics.co.uk.
6. Tumba de 12.000 años de antigüedad, en el norte de Israel, con el esqueleto
de una mujer de cincuenta años de edad junto al de un cachorro. The Upper
Galilee Museum of Prehistory.
7. Una pintura de la cueva de Lascaux, hace entre 15.000 y 20.000 años. ©
Visual/Corbis.
8. Impresiones de manos de la «cueva de las Manos», en Argentina, hacia 7.000
a.C. © Visual/Corbis.
9. Una pintura mural de una tumba egipcia, que ilustra escenas típicas de los
agricultores antiguos. © Visual/Corbis.
10. Restos de estructuras monumentales de Göbekli Tepe. © Deutsches
Archäologisches Institut.
11. Un par de bueyes que labran un campo, en una pintura de una tumba egipcia,
de 1.200 a.C. © Visual/Corbis.
12. Una ternera moderna. © Anonymous for Animal Rights (Israel).
13. Una tablilla de arcilla con un texto administrativo procedente de la ciudad
de Uruk, hacia 3400-3000 a.C. © The Schøyen Collection, Oslo y Londres, MS
1717. http://www.schoyencollection.com/.
14. Un quipu del siglo XII, procedente de los Andes. © The Schøyen Collection,
Oslo y Londres, MS 1717. http://www.schoyencollection.com/.
15. Retrato oficial del rey Luis XIV de Francia. © Réunion des musées nationaux
/ Gérard Blot.
16. Retrato oficial de Barack Obama. © Visual/Corbis.
17. Peregrinos circulando alrededor de la Kaaba, en la Meca. © Visual/Corbis.
18. La estación de ferrocarril Chhatrapati Shivaji en Mumbai. © Stuart
Blark/Robert Harding World Imagery/Getty Images.
19. El Taj Mahal. Foto de Guy Gelbgisser Asia Tours.
20. Un cartel de propaganda nazi. Library of Congress, Bildarchiv Preussischer
Kulturbesitz, United States Holocaust Memorial Museum, © Roland Klemig.
21. Una caricatura nazi. Foto de Boaz Neumann. De Kladderadatsch 49
(1933), p. 7.
22. Alamogordo. 16 de julio de 1945, 5.29.53 de la madrugada. © Visual/Corbis.
23. Un mapamundi europeo de 1459. © British Library Board, Shelfmark Add.
11267.
24. El mapamundi de Salviati, 1525. © Florencia, Biblioteca Medicea
Laurenziana, Ms. Laur. Med. Palat. 249 (mappa Salviati).
25. Polluelos en una cinta transportadora de una granja de cría aviar
comercial. © Anonymous for Animal Rights (Israel).
26. El experimento de Harlow. © Photo Researchers / Visualphotos.com.
27. Un ratón en cuyo dorso los científicos han hecho crecer una «oreja» hecha
de células de cartílago de vaca. © Charles Vacanti.
28. Jesse Sullivan y Claudia Mitchell cogidos de la mano. © Imagebank/Getty
Images (Israel).
Notas:
[1]Ann Gibbons, «Food for Thought:
Did the First Cooked Meals Help Fuel the Dramatic Evolutionary Expansion of the
Human Brain?», Science, 316, 5831 (2007), pp. 1.558-1.560.
[2]Aquí y en las páginas que siguen,
cuando hablo acerca del lenguaje de los sapiens, me refiero a las capacidades
lingüísticas básicas de nuestra especie, y no a un dialecto concreto. El
inglés, el hindi y el chino son todos variantes del lenguaje de los sapiens.
Aparentemente, incluso en la época de la revolución cognitiva, diferentes
grupos de sapiens tenían diferentes dialectos.
[3]Robin Dunbar, Grooming,
Gossip, and the Evolution of Language, Cambridge, Mass., Harvard University
Press, 1998.
[4]Frans de Waal, ChimpanzeePolitics:
Power andSex among Apes, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 2000
[hay trad. cast.: La política de los chimpancés. El poder y el sexo
entre los simios, Madrid, Alianza, 1993]; Frans de Waal, Our
InnerApe: A Leading Primatologist Explains Why We Are Who We Are, Nueva
York, Riverhead Books, 2005 [hay trad. cast.: El monoque llevamos
dentro, Barcelona, Tusquets, 2007]; Michael L. Wilson y Richard W.
Wrangham, «Intergroup Relations in Chimpanzees», Annual Review of Anthropology,
32 (2003), pp. 363-392; M. McFarland Symington, «Fission-Fusion Social
Organization in Ateles and Pan», International
Journal ofPrimatology, 11, 1 (1990), p. 49; Colin A. Chapman y Lauren J.
Chapman, «Determinants of Groups Size in Primates: The Importance of
TravelCosts», en Sue Boinsky y Paul A. Garber, eds., On the Move:How
and Why AnimalsTravel in Groups, Chicago, University of Chicago Press,
2000, p. 26.
[5]Dunbar, Grooming, Gossip,
and the Evolution ofLanguage, pp. 69-79; Leslie C. Aiello y R. I. M.
Dunbar, «Neocortex Size, Group Size, and the Evolution of Language», Current
Anthropology, 34, 2 (1993), p. 189.Para una crítica a esta interpretación,
véase Christopher McCarthy et al., «Comparing Two Methods for
Estimating Network Size», Human Organization, 60, 1 (2001), p. 32;
R. A. Hill y R. I. M. Dunbar, «Social Network Size in Humans», Human
Nature, 14, 1 (2003), p. 65.
[6]Yvette Taborin, «Shells of the
French Aurignacian and Perigordian», en Heidi Knecht, Anne Pike-Tay y Randall
White, eds., Before Lascaux: The Complete Record of the Early Upper
Paleolithic, Boca Raton, CRC Press, 1993, pp. 211-228.
[7]G. R. Summerhayes, «Application
of PIXE-PIGME to Archaeological Analysis of Changing Patterns of Obsidian Use
in West New Britain, Papua New Guinea», en Steven M. Shackley, ed., Archaeological
Obsidian Studies: Methodand Theory, Nueva York, Plenum Press, 1998, pp.
129-158.
[8]Christopher Ryan y Cacilda
Jethá, Sex at Dawn: ThePrehistoric Originsof Modern Sexuality,
Nueva York, Harper, 2010 [hay trad. cast.: En el principioera el sexo.
Los orígenes de la sexualidad moderna, cómo nos emparejamos y porqué nos
separamos, Barcelona, Paidós, 2012]; S. Beckerman y P. Valentine,
eds., Cultures of MultipleFathers. The Theoryand Practice of Partible
Paternity in Lowland South America, Gainesville, University Press of
Florida, 2002.
[9]Noel G. Butlin, Economicsand
the Dreamtime: AHypothetical History, Cambridge, Cambridge University
Press, 1993, pp. 98-101; Richard Broome, Aboriginal Australians,
Sidney, Allen & Unwin, 2002, p. 15; William Howell Edwards, An
Introduction to Aboriginal Societies, Wentworth Falls, N. S. W., Social
Science Press, 1988, p. 52.
[10]Fekri A. Hassan, Demographic
Archaeology, Nueva York, Academic Press, 1981, pp. 196-199; Lewis Robert
Binford, Constructing Frames of Reference: An Analytical Method for
Archaeological Theory Building Using Hunter Gathererand Environmental Data Sets,
Berkeley, University of California Press, 2001, p. 143
[11]Un «horizonte de posibilidades»
significa todo el espectro de creencias, prácticas y experiencia que una
sociedad concreta tiene abierto ante sí, dadas sus limitaciones ecológicas,
tecnológicas y culturales. Por lo general, cada sociedad y cada individuo
exploran solo una minúscula fracción de su horizonte de posibilidades.
[12]Brian Hare, The Genius of
Dogs: How Dogs Are Smarter Than You Think, Dutton, Penguin Group, 2013.
[13]Christopher B. Ruff, Erik
Trinkaus y Trenton W. Holliday, «Body Mass and Encephalization in
Pleistocene Homo», Nature, 387 (1997), pp. 173-176; M.
Henneberg y M. Steyn, «Trends in Cranial Capacity and Cranial Index in
Subsaharan Africa During the Holocene», American Journal of Human
Biology, 5, 4 (1993), pp. 473-479; Drew H. Bailey y David C. Geary,
«Hominid Brain Evolution: Testing Climatic, Ecological, and Social Competition
Models», Human Nature, 20 (2009), pp. 67-79; Daniel J. Wescott y
Richard L. Jantz, «Assessing Craniofacial Secular Change in American Blacks and
Whites Using Geometric Morphometry», en Dennis E. Slice, ed., Modern
Morphometrics in Physical Anthropology: Developments in Primatology: Progress
and Prospects, Nueva York, Plenum Publishers, 2005, pp. 231-245.
[14]Nicholas G. Blurton Jones et
al., «Antiquity of Postreproductive Life: Are There Modern Impact on
Hunter-Gatherer Postreproductive Life Spans?», American Journal of
Human Biology, 14 (2002), pp. 184-205.
[15]Kim Hill y A. Magdalena
Hurtado, Aché LifeHistory: The Ecologyand Demography of aForaging
People, Nueva York, Aldine de Gruyter, 1996, pp. 164 y 236.
[16]Hill y Hurtado, Aché
LifeHistory, p. 78.
[17]Vincenzo Formicola y Alexandra P.
Buzhilova, «Double Child Burial from Sunghir (Russia): Pathology and Inferences
for Upper Paleolithic Funerary Practices», American Journal of Physical
Anthropology, 124, 3 (2004), pp. 189-198; Giacomo Giacobini, «Richness and
Diversity of Burial Rituals in the Upper Paleolithic», Diogenes,
54, 2 (2007), pp. 19-39.
[18]Podría aducirse que no todos los
18 danubianos murieron realmente por las marcas de violencia que pueden verse
en sus restos. Algunos solo resultaron heridos. Sin embargo, es probable que
esto esté compensado por las muertes debidas a traumatismo en los tejidos
blandos y a las privaciones invisibles que acompañan a la guerra.
[19]I. J. N. Thorpe, «Anthropology,
Archaeology, and the Origin of Warfare», World Archaeology, 35, 1
(2003), pp. 145-165; Raymond C. Kelly, Warless Societies and theOrigin
of War, Ann Arbor, University of Michigan Press, 2000; Azar Gat, War
inHuman Civilization, Oxford, Oxford University Press, 2006; Lawrence H.
Keeley, War before Civilization:The Myth of the Peaceful Savage,
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John Carman y Anthony Harding, eds., Ancient Warfare: ArchaeologicalPerspectives,
Stroud, Sutton Publishing, 1999, pp. 57-73.
[20]James F. O’Connel y Jim Allen,
«Pre-LGM Sahul (Pleistocene Australia-New Guinea) and the Archeology of Early
Modern Humans», en Paul Mellars, Ofer Bar-Yosef y Katie Boyle, eds., Rethinking
the Human Revolution: NewBehavioural and Biological Perspectiveson the Origin
and Dispersal of Modern Humans, Cambridge, McDonald Institute for
Archaeological Research, 2007, pp. 395-410; James F. O’Connel y Jim Allen,
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Know?», Evolutionary Anthropology, 6, 4 (1998), pp. 132-146; James
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and Planetary Sciences, 328 (1999), pp. 559-560; Robert G. Bednarik,
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[21]Timothy F. Flannery, The
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Port Melbourne, Vic., Reed Books Australia, 1994; Anthony D. Barnosky et
al., «Assessing the Causes of Late Pleistocene Extinctions on the
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the Last Australian Megafauna: Continent Wide Extinction about 46,000 Years
Ago», Science, 292, 5523 (2001), pp. 1.888-1.892.
[22]Stephen Wroe y Judith Field, «A
Review of Evidence for a Human Role in the Extinction of Australian Megafauna
and an Alternative Explanation», Quaternary Science Reviews, 25,
21-22 (2006), pp. 2.692-2.703; Barry W. Brooks et al., «Would the
Australian Megafauna Have Become Extinct If Humans Had Never Colonised the
Continent? Comments on “A Review of the Evidence for a Human Role in the
Extinction of Australian Megafauna and an Alternative Explanation” by S. Wroe y
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Chris S. M. Turney et al., «Late-Surviving Megafauna in Tasmania,
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of the NationalAcademy of Sciences, 105, 34 (2008), pp. 12.150-12.153.
[23]John Alroy, «A Multispecies
Overkill Simulation of the End-Pleistocene Megafaunal Mass Extinction», Science,
292, 5523 (2001), pp. 1.893-1.896; O’Connel y Allen, «Pre-LGM Sahul», pp.
400-401.
[24]L. H. Keeley, «Proto-Agricultural
Practices Among Hunter-Gatherers: A Cross-Cultural Survey», en T. Douglas Price
y Anne Birgitte Gebauer, eds., Last Hunters, First Farmers: New
Perspectives on the Prehistoric Transition to Agriculture, Santa Fe, N. M.,
School of American Research Press, 1995, pp. 243-272; R. Jones, «Firestick
Farming», AustralianNatural History, 16 (1969), pp. 224-228.
[25]David J. Meltzer, First
Peoples in a New World: Colonizing Ice Age America, Berkeley, University of
California Press, 2009.
[26]Paul L. Koch y Anthony D.
Barnosky, «Late Quaternary Extinctions: State of the Debate», The
Annual Review of Ecology, Evolution, and Systematics, 37 (2006), pp.
215-250; Anthony D. Barnosky etal., «Assessing the Causes of Late
Pleistocene Extinctions on the Continents», pp. 70-75.
[27]El mapa se basa principalmente
en: Peter Bellwood, First Farmers: The Origins of Agricultural
Societies, Malden, Blackwell Pub., 2005. El mapa, y todo el capítulo, se
basan también en Jared Diamond, Guns,Germs and Steel: The Fate of Human
Societies, Nueva York, W. W. Norton, 1997 [hay trad. cast.: Armas,
gérmenes y acero, Barcelona, Debate, 2007]
[28]Azar Gat, War in Human
Civilization, Oxford, Oxford University Press, 2006, pp. 130-131; Robert S.
Walker y Drew H. Bailey, «Body Counts in Lowland South American
Violence», Evolution and Human Behavior, 34 (2013), pp. 29-34
[29]Katherine A. Spielmann, «A
Review: Dietary Restriction on Hunter-Gatherer Women and the Implications for
Fertility and Infant Mortality», Human Ecology, 17, 3 (1989), pp.
321-345. Véase también Bruce Winterhalder y Eric Alder Smith, «Analyzing
Adaptive Strategies: Human Behavioral Ecology at Twenty Five», Evolutionary
Anthropology, 9, 2 (2000), pp. 51-72.
[30]Alain Bideau, Bertrand Desjardins
y Hector Perez-Brignoli, eds., Infant and Child Mortality in the Past,
Oxford, Clarendon Press, 1997; Edward Anthony Wrigley etal., English
Population History from Family Reconstitution,1580-1837, Cambridge,
Cambridge University Press, 1997, pp. 295-296 y 303.
[31]Manfred Heun et al.,
«Site of Einkorn Wheat Domestication Identified by DNA Fingerprints», Science,
278, 5341 (1997), pp. 1.312-1.314.
[32]Charles Patterson, Eternal
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Books, 2002, pp. 9-10 [hay trad. cast.: ¿Por qué maltratamos tantoa los
animales? Unmodelo para la masacre de personas en los campos de exterminio
nazis, Lleida, Milenio, 2008]; Peter J. Ucko y G. W. Dimbleby, eds., The
Domestication and Exploitation of Plants andAnimals, Londres, Duckworth,
1969, p. 259.
[33]Avi Pinkas, ed., Farmyard
Animals in Israel. Research, Humanism and Activity, Rishon Le-Ziyyon, The
Association for Farmyard Animals, 2009 (hebreo), pp. 169-199; «Milk
Production-the Cow» (hebreo), The Dairy Council, consultado el 22 de marzo de
2012, http://www.milk.org.il/cgi-webaxy/sal/sal.pl?&ID=645657_milk&act=show&dbid=katavot&dataid=cow.htm
[34]Edward Evan
Evans-Pritchard, The Nuer: A Description of the Modes of Livelihood and
Political Institutionsof a Nilotic People, Oxford, Oxford University Press,
1969 [hay trad. cast.: Los nuer, Barcelona, Anagrama, 1997]; E. C.
Amoroso y P. A. Jewell, «The Exploitation of the Milk-Ejection Reflex by
Primitive People», en A. E. Mourant y F. E. Zeuner, eds., Man and
Cattle: Proceedings of the Symposium on Domesticationat the Royal
Anthropological Institute,24-26 May 1960, Londres, The Royal
Anthropological Institute, 1963, pp. 129-134.
[35]Johannes Nicolaisen, Ecology
andCulture of the Pastoral Tuareg, Copenhague, National Museum, 1963, p.
63.
[36]Angus Maddison, The World
Economy, vol. 2, París, Development Centre of the Organization of Economic
Co-operation and Development, 2006, p. 636 [hay trad. cast.: La
economía mundial, Madrid, Mundi-Prensa, 2002]; «Historical Estimates of
World Population», U. S. Census Bureau, consultado el 10 de diciembre de
2010, http://www.census.gov/ipc/www/worldhis.html.
[37]Robert B. Mark, The
Origins of the Modern World: A Globaland Ecological Narrative, Lanham, MD,
Rowman & Littlefield, 2002, p. 24.
[38]Raymond Westbrook, «Old
Babylonian Period», en Raymond Westbrook, ed., A Historyof Ancient Near
Eastern Law, vol. 1, Leiden, Brill, 2003, pp. 361-430; Martha T.
Roth, Law Collections from Mesopotamia andAsia Minor, 2.ª ed.,
Atlanta, Scholars Press, 1997, pp. 71-142; M. E. J. Richardson, Hammurabi’s
Laws: Text, Translationand Glossary, Londres, T & T Clark
International, 2000.
[39]Roth, Law Collections
from Mesopotamia, p. 76.
[40]Ibid., p. 121
[41]Ibid., pp. 122-123
[42]Ibid., pp. 133-134.
[43]Constance Brittaine
Bouchard, Strong of Body, Brave and Noble: Chivalry and Society in
Medieval France, Nueva York, Cornell University Press, 1998, p. 99; Mary
Martin McLaughlin, «Survivors and Surrogates: Children and Parents from the
Ninth to Thirteenth Centuries», en Carol Neel, ed., Medieval Families:
Perspectives on Marriage, Household and Children, Toronto, University of
Toronto Press, 2004, p. 81, n. 81; Lise E. Hull, Britain’s Medieval
Castles, Westport, Praeger, 2006, p. 144.
[44]Andrew Robinson, The
Story of Writing, Nueva York, Thames and Hudson, 1995, p. 63 [hay trad.
cast.: La historia de la escritura, Barcelona, Destino, 1996]; Hans
J. Nissen, Peter Damerow y Robert K. Englung, Archaic Bookkeeping:
Writing and Techniques of Economic Administration in theAncient Near East,
Chicago, Londres, The University of Chicago Press, 1993, p. 36.
[45]Marcia y Robert Ascher, Mathematics
of the Incas. Code of the Quipu, Nueva York, Dover, 1981.
[46]Gary Urton, Signs of the
Inka Khipu, Austin, University of Texas Press, 2003; Galen Brokaw, A
History of the Khipu, Cambridge, Cambridge University Press, 2010.
[47]Incluso después de que el acadio
se convirtiera en el lenguaje hablado, el sumerio siguió siendo el idioma de la
administración, y por lo tanto el lenguaje que se registraba en la escritura.
De modo que los aspirantes a escriba tenían que hablar en sumerio.
[48]Stephen D. Houston, ed., The
First Writing: Script Invention as History and Process, Cambridge,
Cambridge University Press, 2004, p. 222.
[49]Sheldon Pollock, «Axialism and
Empire», en Johann P. Arnason, S. N. Eisenstadt y Björn Wittrock, eds., Axial
Civilizations and World History, Leiden, Brill, 2005, pp. 397-451.
[50]Harold M. Tanner, China:
A History, Indianapolis, Hackett, Pub. Co., 2009, p. 34
[51]Ramesh Chandra, Identity
and Genesis of Caste System inIndia, Delhi, Kalpaz, 2005; Michael
Bamshad et al., «Genetic Evidence on the Origins of Indian Caste
Population», Genome Research, 11 (2001), pp. 904-1.004; Susan
Bayly, Caste, Society and Politics in India from the Eighteenth Century
to the Modern Age, Cambridge, Cambridge University Press, 1999.
[52]Houston, First Writing,
p. 196.
[53]The Secretary-General, United
Nations, Report of the Secretary-General on the In-depth Study onAll
Forms of Violence Against Women, delivered to the General Assembly, U. N.
Doc. A/16/122/Add.1 (6 de julio de 2006), p. 89.
[54]Sue Blundell, Women in
Ancient Greece, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1995, pp.
113-129 y 132-133.
[55]Francisco López de Gómara, Historia
dela conquista de México, vol. 1, Joaquín Ramírez Cabañes, ed., Ciudad de
México, Pedro Robredo, 1943, p. 106.
[56]Andrew M. Watson, «Back to
Gold-and Silver», Economic History Review, 20, 1 (1967), pp. 11-12;
Jasim Alubudi, Repertorio bibliográfico del islam, Madrid, Visión
Libros, 2003, p. 194.
[57]Watson, «Back to Gold-and
Silver», pp. 17-18.
[58]David Graeber, Debt: The
First 5,000 Years, Brooklyn, N. Y., Melville House, 2011 [hay trad.
cast.: En deuda. Unahistoria alternativade la economía, Barcelona,
Ariel, 2012].
[59]Glyn Davies, A History of
Money: from Ancient Times to the Present Day, Cardiff, University of Wales
Press, 1994, p. 15.
[60]Szymon Laks, Musicof
Another World, trad. de Chester A. Kisiel, Evanston, Ill., Northwestern
University Press, 1989, pp. 88-89. El «mercado» de Auschwitz estaba restringido
a determinadas clases de prisioneros, y las condiciones cambiaron mucho a lo
largo del tiempo.
[61]Niall Ferguson, The
Ascent of Money, Nueva York, The Penguin Press, 2008, p. 4 [hay trad.
cast.: El triunfo del dinero. Cómolas finanzas muevenel mundo,
Barcelona, Debate, 2011].
[62]Para la información sobre el
dinero de cebada me he basado en una tesis doctoral inédita: Refael
Benvenisti, Economic Institutions of AncientAssyrian Trade in the
Twentieth to Eighteenth Centuries BC, Hebrew University of Jerusalem, tesis
electoral inédita, 2011. Véase también Norman Yoffee, «The Economy of Ancient
Western Asia», en J. M. Sasson, ed., Civilizations of the Ancient Near
East, vol. 1, Nueva York, C. Scribner’s Sons, 1995, pp. 1.387-1.399; R. K.
Englund, «Proto-Cuneiform Account-Books and Journals», en Michael Hudson y
Cornelia Wunsch, eds., Creating Economic Order: Record-keeping,
Standardization, and the Development of Accounting in the Ancient Near East,
Bethesda, MD, CDL Press, 2004, pp. 21-46; Marvin A. Powell, «A Contribution to
the History of Money in Mesopotamia prior to the Invention of Coinage», en B.
Hruška y G. Komoróczy, eds., Festschrift Lubor Matouš,
Budapest, Eötvös Loránd Tudományegyetem, 1978, pp. 211-243; Marvin A. Powell,
«Money in Mesopotamia», Journal ofthe Economic and Social History of
the Orient, 39, 3 (1996), pp. 224-242; John F. Robertson, «The Social and
Economic Organization of Ancient Mesopotamian Temples», en Sasson, ed., Civilizations
of the Ancient Near East, vol. 1, 443-500; M. Silver, «Modern Ancients», en
R. Rollinger y U. Christoph, eds., Commerce and Monetary Systems in the
Ancient World: Means of Transmissionand Cultural Interaction, Stuttgart,
Steiner, 2004, pp. 65-87; Daniel C. Snell, «Methods of Exchange and Coinage in
Ancient Western Asia», en Sasson, ed., Civilizations of the Ancient
Near East, vol. 1, pp. 1.487-1.497.
[63]Nahum Megged, The Aztecs,
Tel Aviv, Dvir, 1999 (hebreo), p. 103.
[64]Tácito, Agrícola,
cap. 30, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1958, pp. 220-221.
[65]A. Fienup-Riordan, The
Nelson Island Eskimo: Social Structure and Ritual Distribution, Anchorage,
Alaska Pacific University Press, 1983, p. 10.
[66]Yuri Pines, «Nation States,
Globalization and a United Empire-the Chinese Experience (third to fifth
centuries BC)», Historia, 15 (1995), 54 (hebreo).
[67]Alexander Yakobson, «Us and Them:
Empire, Memory and Identity in Claudius’ Speech on Bringing Gauls into the
Roman Senate», en Doron Mendels, ed., On Memory:An Interdisciplinary
Approach, Oxford, Peter Land, 2007, pp. 23-24.
[68]W. H. C. Frend, Martyrdomand
Persecution in the Early Church, Cambridge, James Clarke, 2008, pp.
536-537.
[69]Robert Jean Knecht, The
Rise and Fall of Renaissance France, 1483-1610, Londres, Fontana Press,
1996, p. 424.
[70]Marie Harm y Hermann
Wiehle, Lebenskunde fuer Mittelschulen-Fuenfter Teil. Klasse5 fuer
Jungen, Halle, Hermann Schroedel, 1942, pp. 152-157.
[71]Susan Blackmore, The Meme
Machine, Oxford, Oxford University Press, 1999 [hay trad. cast.: La
máquina de los memes, Barcelona, Paidós, 2000. Véase también Robert
Aunger, El meme eléctrico, Barcelona, Paidós, 2004].
[72]David Christian, Maps
ofTime: An Introduction to Big History, Berkeley, University of California
Press, 2004, pp. 344-345 [hay trad. cast.: Mapas del tiempo:
Introducción a la «gran historia», Barcelona, Crítica, 2006];
Angus Maddison, The World Economy, vol. 2, París, Development
Centre of the Organization of Economic Co-operation and Development, 2001, p.
636; «Historical Estimates of World Population», U. S. Census Bureau,
consultado el 10 de diciembre de 2010, http://www.census.gov/ipc/www/worldhis.html.
[73]Maddison, The World
Economy, vol. 1, p. 261.
[74]«Gross Domestic Product 2009»,
The World Bank, Data and Statistics, consultado el 10 de diciembre de
2010, http://siteresources.worldbank.org/DATASTATISTICS/Resources/GDP.pdf.
[75]Christian, Maps of Time,
p. 141.
[76]El mayor buque mercante
contemporáneo puede contener unas 100.000 toneladas. En 1470, todas las flotas
del mundo podían llevar en su conjunto no más de 320.000 toneladas. Hacia el
año 1570, el tonelaje total global había aumentado hasta las 730.000 toneladas
(Maddison, The WorldEconomy, vol. 1, p. 97).
[77]El mayor banco del mundo, The
Royal Bank of Scotland, ha declarado en 2007 depósitos por un valor de 1,3
billones de dólares. Esto es cinco veces la producción total global de 1500.
Véase «Annual Report and Accounts 2008», The Royal Bank of Scotland, 35,
consultado el 10 de diciembre de
2010, http://files.shareholder.com/downloads/RBS/626570033x0x278481/eb7a003a-5c9b-41ef-bad3-81fb98a6c823/RBS_GRA_2008_09_03_09.pdf.
[78]Ferguson, Ascent of Money,
pp. 185-198.
[79]Maddison, The
WorldEconomy, vol. 1, p. 31; Wrigley, EnglishPopulation History,
p. 295; Christian, Maps of Time, pp. 450 y 452; «World Health
Statistic Report 2009», pp. 35-45, World Health Organization, consultado el 10
de diciembre de 2010, http://www.who.int/whosis/whostat/EN_WHS09_
Full.pdf.
[80]Wrigley, EnglishPopulation
History, p. 296.
[81]«England, Interim Life Tables,
1980-1982 to 2007-09», Office for National Statistics, consultado el 22 de
marzo de
2012, http://www.ons.gov.uk/ons/publications/re-reference-tables.html?edition=tcm%3A77-61850.
[82]Michael Prestwich, Edward
I, Berkley, University of California Press, 1988, pp. 125-126.
[83]Jennie B. Dorman etal.,
«The age-1 and daf-2 Genes Function in a
Common Pathway to Control the Lifespan of Caenorhabditis elegans», Genetics,
141, 4 (1995), pp. 1.399-1.406; Koen Houthoofd et al., «Life
Extension via Dietary Restriction is Independent of the Ins/IGF-1 Signaling
Pathway in Caenorhabditiselegans», Experimental Gerontology,
38, 9 (2003), pp. 947-954.
[84]Shawn M. Douglas, Ido Bachelet y
George M. Church, «A Logic-Gated Nanorobot for Targeted Transport of Molecular
Payloads», Science, 335, 6070 (2012), pp. 831-834; Dan Peer et
al., «Nanocarriers As An Emerging Platform for Cancer Therapy», Nature
Nanotechnology, 2 (2007), pp. 751-760; Dan Peer et al.,
«Systemic Leukocyte-Directed siRNA Delivery Revealing Cyclin D1 as an
Anti-Inflammatory Target», Science, 319, 5863 (2008), pp.
627-630.
[85]Stephen R. Bown, Scurvy:
How a Surgeon, a Mariner, and aGentleman Solved theGreatest Medical Mystery of
the Age ofSail, Nueva York, Thomas Dunne Books, St. Matin’s Press, 2004
[hay trad. cast.: Escorbuto. Cómo un médico, un navegante y un
caballeroresolvieron el misterio de la peste delas naos, Barcelona,
Juventud, 2005]; Kenneth John Carpenter, The History of Scurvy and
Vitamin C, Cambridge, Cambridge University Press, 1986.
[86]James Cook, The
Explorations ofCaptain James Cookin the Pacific, as Told by Selections ofhis
Own Journals 1768-1779, Archibald Grenfell Price, ed., Nueva York, Dover,
1971, pp. 16-17 [hay trad. cast.: Los viajes del capitán
Cook(1768-1779), Barcelona, Serbal, 1985]; Gananath Obeyesekere, The
Apotheosis ofCaptain Cook: European Mythmaking in thePacific, Princeton,
Princeton University Press, 1992, p. 5; J. C. Beaglehole, ed., The
Journals ofCaptain James Cook on His Voyages of Discovery, vol. 1,
Cambridge, Cambridge University Press, 1968, p. 588.
[87]En la actualidad, aún miles de
personas en Tasmania y otros lugares poseen ancestros tasmanos, sobre todo en
las comunidades de Palawa y de Lia Pootah.
[88]Mark, Origins of the
Modern World, p. 81.
[89]Christian, Maps of Time,
p. 436.
[90]John Darwin, After
Tamerlane: The Global Historyof Empire since 1405, Londres, Allen Lane,
2007, p. 239 [hay trad. cast.: El sueño del imperio. Auge y caída de
las potencias globales, 1400-2000, Tres Cantos, Taurus, 2012].
[91]Soli Shahvar, «Railroads i. The
First Railroad Built and Operated in Persia», en la edición en línea de
la Encyclopaedia Iranica, modificada por última vez el 7 de abril
de 2008, http://www.iranicaonline.org/articles/railroads-i; Charles
Issawi, «The Iranian Economy 1925-1975: Fifty Years of Economic Development»,
en George Lenczowski, ed., Iran under thePahlavis, Stanford, Hoover
Institution Press, 1978, p. 156.
[92]Mark, The Origins of the
Modern World, p. 46.
[93]Kirkpatrik Sale, Christopher
Columbu and the Conquest ofParadise, Londres, Tauris Parke Paperbacks,
2006, pp. 7-13.
[94]Edward M. Spiers, The
Army and Society: 1815-1914, Londres, Longman, 1980, p. 121; Robin Moore,
«Imperial India, 1858-1914», en Andrew Porter, ed., The Oxford History
of theBritish Empire: TheNineteenth Century, vol. 3, Nueva York, Oxford
University Press, 1999, p. 442.
[95]Take up the White Man's
burden-/ Send forth the best ye breed–/ Go bind your sonsto exile/ To serveyour
captives' need;/ To wait in heavy harness,/ On fluttered folk and wild–/ Your
new-caught, sullen peoples,/ Half-devil and half-child.
[96]Vinita Damodaran, «Famine in
Bengal: A Comparison of the 1770 Famine in Bengal and the 1897 Famine in
Chotanagpur», The Medieval History Journal, 10, 1-2 (2007), p. 151.
[97]Maddison, World Economy,
vol. 1, pp. 261 y 264; «Gross National Income Per Capita 2009, Atlas Method and
PPP», The World Bank, consultado el 10 de diciembre de
2010 http://siteresources.worldbank.org/DATASTATISTICS/Resources/GNIPC.pdf.
[98]Las matemáticas de mi ejemplo de
la pastelería no son tan precisas como deberían. Puesto que a los bancos se les
permite prestar diez dólares por cada dólar que tienen en su posesión, de cada
millón de dólares depositados en el banco, este puede prestar a emprendedores
solo unos 909.000, y conservar en sus cámaras 91.000. Pero para facilitar la
vida a los lectores, he preferido trabajar con números redondos. Además, los
bancos no siempre siguen las reglas.
[99]Carl Trocki, Opium, Empire
and the Global Political Economy, Nueva York, Routledge, 1999, p. 91.
[100]Georges Nzongola-Ntalaja, The
Congo from Leopold to Kabila: A People’s History, Londres, Zed Books, 2002,
p. 22.
[101]Mark, Originsof the
Modern World, p. 109.
[102]Nathan S. Lewis y Daniel G.
Nocera, «Powering the Planet: Chemical Challenges in Solar Energy
Utilization», Proceedings of the National Academy of Sciences, 103,
43 (2006), p. 15.731.
[103]Kazuhisa Miyamoto, ed.,
«Renewable Biological Systems for Alternative Sustainable Energy
Production», FAO Agricultural Services Bulletin, 128, Osaka, Osaka
University, 1997, cap. 2.1.1, consultado el 10 de diciembre de
2010, http://www.fao.org/docrep/W7241E/w7241e06.htm#2.1.1percent20solarpercent20energy; James
Barber, «Biological Solar Energy», Philosophical Transactions ofthe
Royal Society A 365, 1853 (2007), p. 1.007.
[104]«International Energy Outlook
2010», U. S. Energy Information Administration, 9, consultado el 10 de
diciembre de 2010, http://www.eia.doe.gov/oiaf/ieo/pdf/0484(2010).pdf.
[105]S. Venetsky, «“Silver” from
Clay», Metallurgist, 13, 7 (1969), p. 451; Fred Aftalion, A
History of the International Chemical Industry, Filadelfia, University of
Pennsylvania Press, 1991, p. 64; A. J. Downs, Chemistry ofAluminum,
Gallium, Indium and Thallium, Glasgow, Blackie Academic & Professional,
1993, 15.
[106]Jan Willem Erisman et al.,
«How a Century of Ammonia Synthesis Changed the World», Nature
Geoscience, 1 (2008), p. 637.
[107]G. J. Benson y B. E. Rollin,
eds., The Well-Being of Farm Animals: Challenges and Solutions,
Ames, IA, Blackwell, 2004; M. C. Appleby, J. A. Mench y B. O. Hughes, Poultry
Behaviour and Welfare, Wallingford, CABI Publishing, 2004; J.
Webster, Animal Welfare: Limping Towards Eden, Oxford, Blackwell
Publishing, 2005; C. Druce y P. Lymbery, Outlawed in Europe: How
America Is Falling Behind Europein Farm Animal Welfare, Nueva York,
Archimedean Press, 2002.
[108]Harry Harlow y Robert Zimmermann,
«Affectional Responses in the Infant Monkey», Science, 130, 3373
(1959), pp. 421-432; Harry Harlow, «The Nature of Love», American
Psychologist, 13 (1958), pp. 673-685; Laurens D. Young et al.,
«Early Stress and Later Response to Seprate in Rhesus Monkeys», American
Journal ofPsychiatry, 130, 4 (1973), pp. 400-405; K. D. Broad, J. P. Curley
y E. B. Keverne, «Mother-infant Bonding and the Evolution of Mammalian Social
Relationships», Philosophical Transactions of the Royal Society B 361,1476
(2006), pp. 2.199-2.214; Florent Pittet etal., «Effects of Maternal
Experience on Fearfulness and Maternal Behaviour in a Precocial Bird», Animal
Behavio (marzo de 2013), en prensa; disponible en línea
en: http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0003347213000547).
[109]«National Institute of Food and
Agriculture», United States Department of Agriculture, consultado el 10 de
diciembre de 2010, http://www.csrees.usda.gov/qlinks/extension.html.
[110]Vaclav Smil, TheEarth’s
Biosphere: Evolution, Dynamics,and Change, Cambridge, Mass., MIT Press,
2002; Sarah Catherine Walpole et al., «The Weight of Nations: An
Estimation of Adult Human Biomass», BMC Public Health, 12, 439
(2012), http://www.biomedcentral.com/1471-2458/12/439.
[111]William T. Jackman, The
Development of Transportationin Modern England, Londres, Frank Cass &
Co., 1966, pp. 324-327; H. J. Dyos y D. H. Aldcroft, British Transport.
An Economic Survey from the Seventeenth Century to the Twentieth,
Leicester, Leicester University Press, 1969, pp. 124-131; Wolfgang
Schivelbusch, The Railway Journey: The Industrialization of Time and
Space in the 19th Century, Berkeley, University of California Press, 1986.
[112]Para una discusión detallada de
la tranquilidad sin precedentes de las últimas décadas, véanse en particular
Steven Pinker, The Better Angels of Our Nature: Why Violence Has
Declined, Nueva York, Viking, 2011 [hay trad. cast.: Losángeles que
llevamos dentro. El declivede la violencia y sus implicaciones, Barcelona,
Paidós, 2012]; Joshua S. Goldstein, Winning the Waron War: The
Declineof Armed Conflict Worldwide, Nueva York, Dutton, 2011; Gat, War
in Human Civilization.
[113]«World Report on Violence and
Health: Summary, Geneva 2002», World Health Organization, consultado el 10 de
diciembre de
2010, http://www.who.int/whr/2001/en/whr01_annex_en.pdf. Para tasas
de mortalidad en períodos anteriores, véase Lawrence H. Keeley, War
before Civilization: The Myth of the Peaceful Savage, Nueva York, Oxford
University Press, 1996.
[114]«World Health Report, 2004»,
World Health Organization, 124, consultado el 10 de diciembre de
2010, http://www.who.int/whr/2004/en/report04_en.pdf.
[115]Raymond C. Kelly, Warless
Societies and the Origin of War, Ann Arbor, University of Michigan Press,
2000, p. 21. Véanse también Gat, War in Human Civilization, pp.
129-131; Keeley, War before Civilization.
[116]Manuel Eisner, «Modernization,
Self-Control and Lethal Violence», British Journal of Criminology,
41, 4 (2001), pp. 618-638; Manuel Eisner, «Long-Term Historical Trends in
Violent Crime», Crime andJustice: A Review of Research, 30 (2003),
pp. 83-142; «World Report on Violence and Health: Summary, Geneva 2002», World
Health Organization, consultado el 10 de diciembre de
2010, http://www.who.int/whr/2001/en/whr01_annex_en.pdf; «World Health
Report, 2004», World Health Organization, 124, consultado el 10 de diciembre de
2010, http://www.who.int/whr/2004/en/report04_en.pdf.
[117]Walker y Bailey, «Body Counts in
Lowland South American Violence», p. 30.
[118]Tanto para la psicología como
para la bioquímica de la felicidad, las siguientes referencias son buenos
puntos de partida: Jonathan Haidt, The Happiness Hypothesis: Finding
Modern Truth in Ancient Wisdom, Nueva York, Basic Books, 2006 [hay trad.
cast.: La hipótesis de la felicidad. La búsqueda deverdades modernas
enla sabiduría antigua, Barcelona, Gedisa, 2006]; R. Wright, The
Moral Animal: Evolutionary Psychology and Everyday Life, Nueva York,
Vintage Books, 1994; M. Csikszentmihalyi, «If We Are So Rich, Why Aren’t We
Happy?», American Psychologist, 54, 10 (1999), pp. 821-827; F. A.
Huppert, N. Baylis y B. Keverne, eds., The Science of Well-Being,
Oxford, Oxford University Press, 2005; Michael Argyle, ThePsychology of
Happiness, 2.ª ed., Nueva York Routledge, 2001 [hay trad. cast.: La
psicología de la felicidad, Madrid, Alianza, 1992]; Ed Diener, ed., AssessingWell-Being:
The Collected Works of Ed Diener, Nueva York, Springer, 2009; Michael Eid y
Randy J. Larsen, eds., The Science of Subjective Well-Being, Nueva
York, Guilford Press, 2008; Richard A. Easterlin, ed., Happinessin
Economics, Cheltenham, Edward Elgar, 2002; Richard Layard, Happiness:
Lessonsfrom a New Science, Nueva York, Penguin, 2005 [hay trad.
cast.: Felicidad. Lecciones de una nuevaciencia, Madrid, Taurus,
2005].
[119]Daniel Kahneman, Thinking,
Fast and Slow, Nueva York, Farrar, Straus and Giroux, 2011 [hay trad.
cast.: Pensar rápido, pensar despacio, Barcelona, Círculo de
lectores, 2013]; Inglehart et al., «Development, Freedom, and
Rising Happiness», pp. 278-28
[120]Resulta paradójico que, mientras
que los estudios psicológicos del bienestar subjetivo se basan en la capacidad
de la gente de diagnosticar correctamente su felicidad, la raison
d'être básica de la psicoterapia es que la gente no se conoce
realmente a sí misma y que a veces necesita ayuda profesional para librarse de
comportamientos autodestructivos.
[121]D. M. McMahon, The
Pursuit of Happiness: AHistory from the Greeks to the Present, Londres,
Allen Lane, 2006.
[122]Keith T. Paige et al.,
«De Novo Cartilage Generation Using Calcium Alginate-Chondrocyte
Constructs», Plastic andReconstructive Surgery, 97, 1 (1996), pp.
168-178.
[123]David Biello, «Bacteria
Transformed into Biofuels Refineries», Scientific American, 27 de
enero de 2010, consultado el 10 de diciembre de
2010, http://www.scientificamerican.com/article.cfm?id=bacteria-transformed-into-biofuel-refineries.
[124]Gary Walsh, «Therapeutic Insulins
and Their Large-Scale Manufacture», AppliedMicrobiology and
Biotechnology, 67, 2 (2005), pp. 151-159.
[125]James G. Wallis et al.,
«Expression of a Synthetic Antifreeze Protein in Potato Reduces Electrolyte
Release at Freezing Temperatures», Plant Molecular Biology, 35, 3
(1997), pp. 323-330.
[126]Robert J. Wall et al.,
«Genetically Enhanced Cows Resist Intramammary Staphylococcus aureus Infection», Nature
Biotechnology, 23, 4 (2005), pp. 445-451.
[127]Liangxue Lai et al.,
«Generation of Cloned Transgenic Pigs Rich in Omega-3 Fatty Acids», Nature
Biotechnology, 24, 4 (2006), pp. 435-436.
[128]Ya-Ping Tang etal.,
«Genetic Enhancement of Learning and Memory in Mice», Nature, 401
(1999), pp. 63-69.
[129]Zoe R. Donaldson y Larry J.
Young, «Oxytocin, Vasopressin, and the Neurogenetics of Sociality», Science,
322, 5903 (2008), pp. 900-904; Zoe R. Donaldson, «Production of Germline
Transgenic Prairie Voles (Microtusochrogaster) Using Lentiviral
Vectors», Biology of Reproduction, 81, 6 (2009), pp. 1.189-1.195.
[130]Terri Pous, «Siberian Discovery
Could Bring Scientists Closer to Cloning Woolly Mammoth», Time, 17
de septiembre de 2012, consultado el 19 de febrero de 2013; Pasqualino
Loi et al., «Biological time machines: a realistic approach for
cloning an extinct mammal», Endangered Species Research, 14 (2011),
pp. 227-233; Leon Huynen, Craig D. Millar y David M. Lambert, «Resurrecting
ancient animal genomes: The extinct moa and more», Bioessays, 34
(2012), pp. 661-669.
[131]Nicholas Wade, «Scientists in
Germany Draft Neanderthal Genome», New York Times, 12 de febrero de
2009, consultado el 10 de diciembre de
2010, http://www.nytimes.com/2009/02/13/science/13neanderthal.html?_r=2&ref=science;
Zack Zorich, «Should We Clone Neanderthals?», Archaeology, 63, 2
(2009), consultado el 10 de diciembre de
2010, http://www.archaeology.org/1003/etc/neanderthals.html.
[132]Robert H. Waterston et al.,
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420, 6915 (2002), p. 520.
[133]«Hybrid Insect Micro
Electromechanical Systems (HI-MEMS)», Microsystems Technology Office, DARPA,
consultado el 22 de marzo de
2012, http://www.darpa.mil/Our_Work/MTO/Programs/Hybrid_Insect_Micro_Electromechanical_Systems_percent28HI-MEMSpercent29.aspx. Véanse
también Sally Adee, «Nuclear-Powered Transponder for Cyborg Insect», IEEE
Spectrum, diciembre de 2009, consultado el 10 de diciembre de
2010, http://spectrum.ieee.org/semiconductors/devices/nuclearpowered-transponder-for-cyborg-insect?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feedpercent3A+IeeeSpectrum+percent28IEEE+Spectrumpercent29&utm_content=Google+Reader; Jessica
Marshall, «The Fly Who Bugged Me», New Scientist, 197, 2646 (2008),
pp. 40-43; Emily Singer, «Send In the Rescue Rats», New Scientist,
183, 2466 (2004),pp. 21-22; Susan Brown, «Stealth Sharks to Patrol the High
Seas», New Scientist, 189, 2541 (2006), pp. 30-31.
[134]Bill Christensen, «Military Plans
Cyborg Sharks», Live Science, 7 de marzo de 2006, consultado el 10
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[135]«Cochlear Implants», National
Institute on Deafness and Other Communication Disorders, consultado el 22 de
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[136]Retina
Implant, http://www.retina-implant.de/en/doctors/technology/default.aspx.
[137]David Brown, «For 1st Woman With
Bionic Arm, a New Life Is Within Reach», The Washington Post, 14 de
septiembre de 2006, consultado el 10 de diciembre de
2010, http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2006/09/13/AR2006091302271.html?nav=E8.
[138]Miguel Nicolelis, Beyond
Boundaries: The New Neuroscience of Connecting Brains and Machines –and How It
Will Change Our Lives, Nueva York Times Books, 2011 [hay trad. cast.: Más
allá de nuestros límites. Los avances en la conexión decerebros y máquinas,
Barcelona, RBA, 2012].
[139]Chris Berdik, «Turning Thought
into Words», BU Today, 15 de octubre de 2008, consultado el 22 de
marzo de 2012, http://www.bu.edu/today/2008/turning-thoughts-into-words/.
[140]Jonathan Fildes, «Artificial
Brain “10 years away”», BBC News, 22 de julio de 2009, consultado
el 19 de septiembre de 2012, http://news.bbc.co.uk/2/hi/8164060.stm.
[141]Radoje Drmanac et al.,
«Human Genome Sequencing Using Unchained Base Reads on Self-Assembling DNA
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Genomics Gets Gene Sequencing under 5000$ (Update 1)», Bloomberg, 5
de noviembre de 2009, consultado el 10 de diciembre de
2010, http://www.bloomberg.com/apps/news?pid=newsarchive&sid=aWutnyE4SoWw; Fergus
Walsh, «Era of Personalized Medicine Awaits», BBC News, actualizado
por última vez el 8 de abril de 2009, consultado el 22 de marzo de
2012, http://news.bbc.co.uk/2/hi/health/7954968.stm; Leena Rao,
«PayPal Co-Founder And Founders Fund Partner Joins DNA Sequencing Firm Halcyon
Molecular», TechCrunch, 24 de septiembre de 2009, consultado el 10
de diciembre de
2010, http://techcrunch.com/2009/09/24/paypal-co-founder-and-founders-fund-partner-joins-dna-sequencing-firm-halcyon-molecular.

