Libro N° 10883. Cañones Para Ucrania, Guerra Sin Fin. Pérez, Anaximandro.
© Libro N° 10883.
Cañones Para Ucrania, Guerra Sin Fin. Pérez,
Anaximandro. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
Cañones Para Ucrania, Guerra Sin Fin. Anaximandro
Pérez
Versión Original: © Cañones
Para Ucrania, Guerra Sin Fin. Anaximandro Pérez
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UCRANIA, GUERRA SIN FIN
Anaximandro Pérez
Cañones
Para Ucrania, Guerra Sin Fin
Anaximandro
Pérez
Cañones
Para Ucrania, Guerra Sin Fin
Anaximandro
Pérez
El
notable oficial de Prusia Carl von Clausewitz, pilar del pensamiento militar
moderno, advertía que en todo enfrentamiento bélico las hostilidades tienden
hacia los extremos, lo que en la teoría puede traducirse como la
tendencia al empleo progresivo de todos los recursos de todo tipo que el
beligerante tenga a mano para someter a su enemigo y hacer valer su voluntad.
Pienso que es pertinente recordar esto ahora que inicia el año 2023, marcado
por una ampliación de los límites de la violencia en el conflicto de Ucrania. Y
es que las recientes remisiones de dinero y armas occidentales para repuesto
del ejército ucraniano de Volodimir Zelensky, fortifican sus capacidades para
continuar la guerra contra Rusia. En otras palabras, reflexionar el asunto
desde algunos puntos de la teoría del autor prusiano permite ver que ese dinero
y ese armamento no servirán para hacer la paz y traer el bienestar para los
ucranianos, sino todo lo contrario, para prolongar el caos y la incertidumbre
de una guerra que no es de ese pueblo.
La guerra
no es un acto de bondad y, decía Clausewitz, aquel que se sirve de la violencia
“sin reparar en sangre tendrá que tener la ventaja si el adversario no lo
hace”. En la guerra se establece por eso una primera interacción que
conduce a un primer extremo: esto consiste en las
dinámicas del desenvolvimiento de la relación mutua entre los contrincantes, en
la cual “cada uno marca la ley al otro”.[1] Es
decir, cuando un beligerante emplea 100 hombres, por ejemplo, esto obliga a su
enemigo a tener 100 o más hombres para poder sobreponerse. Cuando las victorias
del imperio napoleónico se fundaban sobre la circunstancia de que en Francia
podían movilizarse de un solo golpe decenas o centenas de miles de soldados,
sus enemigos tuvieron que acercarse a esa “ley”: el emperador ruso concurrió
con más o menos 84,000 hombres para enfrentar a los 65,000 de Napoleón en la
sangrienta batalla de Eylau (1807). Algo muy similar ocurrió después de que
Estados Unidos empleó la bomba atómica contra Japón en 1945, pues sus enemigos
por principio, la Unión Soviética, desplegaron inmediatamente esfuerzos para
crear un arma similar que permitiera responder con la misma fuerza cualquier
ataque contra ellos que tuviera las dimensiones de la destrucción de Hiroshima
y Nagasaki. La primera bomba soviética se puso a prueba en 1949.
También,
decía ese autor, “la peor situación a la que puede llegar un beligerante es la
indefensión”, pues esto significaría su derrota. Este principio, así como la
posibilidad de su verificación, está siempre en el pensamiento de las dos
partes en pugna; por eso mientras los combatientes no han derrotado totalmente
a su adversario existe la posibilidad aterradora de que éste se sobreponga y,
superando los recursos de sus enemigos, los someta. Entonces la ley que
marca uno de los contrincantes se adueña de la mente del enemigo y orienta sus
actividades bélicas: esta es una segunda interacción que
constituye un segundo extremo.[2] En
ese sentido, por ejemplo, la entrada de Napoleón a España en 1808 parecía ser
la derrota de la monarquía hispánica. Pero eso no ocurrió. La invasión provocó
una adaptación de las fuerzas españolas que parecían derrotadas como una
resistencia guerrillera que se prolongó hasta 1814. A su vez, la ley de
las guerrillas obligó a los oficiales franceses a reorientar su violencia, de
manera que las fuerzas regulares napoleónicas tuvieron que readaptarse como
fuerzas irregulares contrainsurgentes, que pudieran perseguir a las partidas
guerrilleras, cuidar las líneas de comunicación y reprimir a todo aquel que
pareciera rebelde o que colaborara con los guerrilleros.
También
en 1941, al inicio de la invasión nazi sobre la Unión Soviética, todo apuntaba
a que ésta sería sometida fácilmente, pues Hitler llegó a concentrar contra
ella más del 70% de su poder militar, tal vez el más moderno y competente de la
época. Los soldados alemanes entraron a Rusia bajo el principio de exterminar a
los pueblos eslavos y mataron a muchos millones de inocentes; pero, aun así, no
triunfaron. La imperiosa necesidad de expulsar a los nazis se apoderó
absolutamente del interés del gobierno de Stalin, y gracias a su gestión el
Ejército Rojo superó el reto alemán, derrotó a los invasores en 1943 y avanzó
victorioso hacia Berlín desde 1944.
Clausewitz
señalaba, asimismo, que si se desea derrotar al enemigo, el esfuerzo desplegado
en un combate debe medirse por la “capacidad de resistencia” del oponente. Esta
capacidad está compuesta por dos elementos: las dimensiones de
los recursos con que cuenta el beligerante y “la fuerza de
voluntad”. El primero puede precisarse o medirse matemáticamente, a través
de la consideración de las cifras de la economía, las armas, las fuerzas
armadas, etc., del adversario; el segundo, en cambio, apenas puede estimarse
medianamente en cuanto se comprende “la fuerza de las motivaciones” que mueven
la hostilidad del enemigo. Sólo en la medida en que sean bien ponderados esos
dos elementos se podría constituir una respuesta formidable; aunque el enemigo
actuaría en el mismo sentido. Esto constituye la tercera interacción,
que orienta las hostilidades hacia un tercer extremo.[3] Esto
ocurrió cuando los ejércitos de las monarquías europeas intentaron apagar la
Revolución Francesa. Los combates iniciales contra los gobiernos
revolucionarios estaban proyectados bajo el paradigma bélico de los reyes de
Antiguo Régimen (siglo XVIII), esto es, bajo un modelo que concebía las guerras
como conflictos limitados, en los que combatían
ejércitos medianos con el objetivo de subsanar una ofensa concreta cometida por
un agresor determinado; en cuanto la ofensa quedaba pagada, la guerra terminaba.
Pero las motivaciones de la República de Francia habían cambiado: las motivaciones de
su violencia no buscaban cobrar una ofensa; ahora se trataba de la expansión de
los principios revolucionarios por todo el mundo y del exterminio de todos los
agentes no revolucionarios o monárquicos de Europa. También los recursos de
guerra franceses crecieron, porque ahora las fuerzas revolucionarias se
constituían por todos los franceses capaces de empuñar un
arma. Esto superaba por mucho los alcances de cualquier otro ejército de las
monarquías europeas y permitió el triunfo de la Revolución y, posteriormente,
la expansión de las reformas revolucionarias y del primer imperio francés sobre
todo el continente.
Igualmente,
la guerra Franco-Prusiana de 1870 demostró que los franceses subestimaron las
capacidades de Bismarck para movilizar tropas hacia la frontera y humillar
ágilmente al ejército de Luis Bonaparte. Éste, confiando en la “superioridad”
de sus fuerzas armadas, declaró la guerra a los alemanes en julio, pero los
prusianos explotaron el sentimiento generalizado de protonacionalismo alemán
que desataron las ambiciones francesas para reunir y alentar a sus fuerzas; de
la misma manera, explotaron todas las facilidades que ofrecían las líneas
férreas que intercomunicaban las provincias alemanas para acelerar su embestida
contra Francia, la cual no contaba con un sistema ferrocarrilero tan moderno y
tardó mucho en responder a ese golpe fatal.
Ahora
bien, con todos esos elementos en mente, regresemos a la actualidad. Recordemos
que el conflicto de hoy es el resultado de la prolongada persistencia de
Estados Unidos en dotar de una mayor extensión a su organización
militar, la OTAN. Se trata de una vieja tentativa por ceñir por las armas a
Rusia. Desde el final de la guerra fría esa organización avanzó rápidamente
sobre los países antiguamente soviéticos, o de influencia soviética, del este
Europeo, procurando establecer bases militares controladas por Estados Unidos y
cada vez más próximas de Moscú. Más adelante, en 2008, la administración de
George Bush jr., intentó expandir las fronteras de la OTAN hasta Georgia.
Vladimir Putin no cedió entonces, ni cedió cuando se verificó una proyección
norteamericana más: el golpe de estado contra el gobierno legítimo ucraniano en
2014, auspiciado por la administración Obama. Este capítulo de la violencia
imperialista americana quedó cerrado bajo la administración Trump, durante la
cual se detuvo el expansionismo estadounidense que apuntaba rumbo a Rusia. Pero
la guerra de 2022 dio inicio a uno nuevo y la administración Biden, ha escrito
las primeras líneas con sangre ucraniana. En pocas palabras, las interacciones
de las administraciones Putin y Zelenski no han constituido nunca realmente una
guerra abusiva contra Ucrania, por el control ruso sobre este país; más bien
nos encontramos frente a un conflicto abusivo de Occidente (léase Estados
Unidos) contra la Federación Rusa, por el control de Rusia,
que se libra en el territorio de Ucrania a costa de la sangre de los
ucranianos.
Si
ponemos atención a su desarrollo es evidente que la conflagración está
tendiendo hacia el extremo en los tres sentidos que señalaba Clausewitz: cada
movimiento ha engendrado una respuesta equivalente o superior por parte del
adversario; cada decisión está dominada por proyecciones sobre las capacidades
de reacción de cada contrincante, y cada política de guerra nace de cálculos
hechos sobre el poder de resiliencia del enemigo: los ataques de Ucrania sobre
el Donbass al inicio de 2022, continuación de lo empezado en 2014, dieron pie a
la Operación Especial del presidente Vladimir Putin. La potencia de esta
respuesta inicial de Rusia resquebrajó inmediatamente gran parte de la
infraestructura ucraniana, pero pudo resistirse por medio del crecimiento de las
capacidades guerreras del ejército de Zelenski: llegaron decenas de miles de
mercenarios occidentales, se abrió la asistencia logística desde Europa y la
OTAN se comprometió con el abastecimiento militar de Ucrania. Rusia modificó su
táctica, estableciendo su centro de operaciones en el Donbass y varió sus
medidas de guerra hacia el agotamiento progresivo de las posiciones militares
ucranianas y las líneas de abastecimiento occidentales. Estados Unidos y sus
satélites intentaron asfixiar al mismo tiempo a Rusia y desmoronar su esfuerzo
bélico a través de sus famosas sanciones económicas, pero la economía de la
Federación se adaptó, se independizó de las producciones occidentales y así
nulificó el acoso. En contrapartida, Putin tomó medidas sobre los precios de
los combustibles que afectan directamente a Europa, reforzó sus posiciones con
el reconocimiento y anexión de las repúblicas separatistas del oriente
ucraniano… etc., etc. Las tensiones escalaron y continúan escalando
progresivamente; cada contrincante marca una nueva ley a su enemigo, éste
responde con contundencia y abre la vía para una contrarespuesta, aún más
violenta. Los contrincantes se enzarzan en una dinámica interminable hacia los
extremos, cual si fuera el cuento de nunca acabar.
En todo
ese contínuum de violencia, los países occidentales no han
sufrido bajas. Estados Unidos se localiza en América, después de cruzar el
océano Atlántico; los países de la Unión Europea y la OTAN, aunque están
sumidos en la crisis de energía, mantienen a sus militares detrás de las
fronteras del Este. Por su parte, los rusos han sufrido numerosas bajas, pero
el territorio de la Federación Rusa se ha mantenido prácticamente intacto;
gracias a la buena gestión de su gobierno, el país ha logrado sortear con éxito
cada ley que le han impuesto sistemáticamente los
occidentales. Ucrania, en cambio, es quien ha sufrido más bajas militares y
civiles durante la guerra: el país está prácticamente en ruinas, su
infraestructura bombardeada no promete una pronta recuperación, una porción
importante de sus habitantes se encuentra huida y una porción considerable de
su territorio forma ahora parte de Rusia. Sin embargo, a pesar de la
destrucción sistemática de su ejército, las bajas en el seno de su pueblo y el
desmoronamiento de su país, el gobierno de Zelensky no cede. En las peores
condiciones, ha decidido proseguir el suicidio que es esta guerra, decidido a
sacrificar hasta el último ucraniano en este conflicto, para satisfacer a
Estados Unidos y sus ambiciones expansionistas.
Los
medios de destrucción en manos del ejército ucraniano se han engrosado y parece
que seguirán engrosándose durante un buen tiempo. En los primeros días de 2023
Estados Unidos anunció una “ayuda” que se calcula en 3 mil millones de dólares,
“50 blindados de infantería tipo Bradley” y varias decenas más de otros
vehículos militares; Alemania enviará 40 blindados para “transporte de tropas”
y una batería antiaérea Patriot, y Francia prometió enviar una cifra aún no
precisada de tanques tipo AMX-10 RC. También parece que el Reino Unido podría
proponer en algunos días envío de tanques Challenger 2.[4] Es
decir, con el envío de más dispositivos para la matanza quiere marcarse un
nuevo umbral de la violencia para contener a Rusia. En pocas palabras,
Occidente está tendiendo nuevamente hacia el extremo; los aliados desean marcar
una nueva ley al ejército de Putin.
Como es
natural, si los rusos no quieren ser sobrepasados, habrán de ofrecer una
respuesta adecuada. Es decir, deberán contratacar con mayor fuerza y buscar
soluciones para neutralizar de manera eficaz las posibilidades que se abren a
Ucrania con la nueva participación, más directa que antes, de las potencias
occidentales en la guerra. Por eso el 9 de enero todos los medios
pro-occidentales difundieron que el portavoces del Kremlin Dimitri Peskov
declaró que los envíos de armamentos prolongarán el sufrimiento de los
ucranianos y no cambiarán el curso de las hostilidades.[5] En
pocas palabras, el fin del conflicto quedará todavía más lejano en el porvenir.
Anaximandro
Pérez es Maestro en Historia por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de
Estudios Económicos y Sociales.
[1] Carl
von Clausewitz, De la guerra, Madrid, Madrid, La esfera de los
libros, 2014, pp. 18-19.
[2] Ibídem,
pp. 19-20.
[3] Ibídem,
p. 20.
[4] « Les
livraisons de Chars Occidentaux vont “prolonger les souffrances” des
Ukrainiens », Le Point, 9 de enero de 2023, (consultado el 10 de enero de
2023, en lepoint.fr); sobre los tanques del reino unido informó Russia Today en
su nota « Bloomberg: el Reino Unido contempla la posibilidad de
suministrar tanques Challenger a Ucania », Russia Today, 9 de enero de
2023 (consultado el 10 de enero en actualidad-rt.com).
[5] Esto
puede observarse, por ejemplo en el artículo de Le Point supracitado y en la
nota de Reuters “Kremlin says new Western armoured vehicles for Ukraine will
‘deepen suffering’”, del mismo 9 de enero de 2023 (consultado el 10 de enero de
2023 en reuters.com).

