Libro N° 10880. Somos Una Revolución, Esa Es Nuestra Bandera. Revueltas Y El 68. Celis, Aquiles.
© Libro N° 10880.
Somos Una Revolución, Esa Es Nuestra Bandera.
Revueltas Y El 68. Celis,
Aquiles. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
Somos Una Revolución, Esa Es Nuestra
Bandera. Revueltas Y El 68. Aquiles Celis
Versión Original: © Somos
Una Revolución, Esa Es Nuestra Bandera. Revueltas Y El 68. Aquiles Celis
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://cemees.org/2022/10/09/somos-una-revolucion-esa-es-nuestra-bandera-revueltas-y-el-68/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
Portada
E.O. de Imagen original:
https://cemeesorg.files.wordpress.com/2022/10/caratula-e1665341918101.png
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Somos Una Revolución, Esa
Es Nuestra Bandera REVUELTAS Y EL 68
Aquiles Celis
Somos Una
Revolución, Esa Es Nuestra Bandera. Revueltas Y El 68
Aquiles
Celis
Somos Una
Revolución, Esa Es Nuestra Bandera. Revueltas Y El 68
Aquiles Celis
El
movimiento estudiantil popular de 1968 tomó por sorpresa a los miembros de las
élites intelectuales mexicanas. La confusión fue mayúscula al tratar de
entender y dimensionar los alcances y los límites del fenómeno, añadida a la
necesidad inmediata de “teorizar el fenómeno”. Los semanarios culturales y las
columnas políticas de los periódicos de la época son un testimonio fidedigno
del estupor y la sorpresa que causó la escalada del conflicto, las
manifestaciones estudiantiles y la represión policiaca. Otro testimonio
inagotable de la confusión que causó 1968 fue la pluralidad y la variedad de
interpretaciones y de posicionamientos que los intelectuales mexicanos hicieron
en torno a su significado político y al impacto en la sociedad mexicana de la
época.
Incluso
la hemerografía más crítica con el gobierno como los semanarios Siempre!, dirigido
por Manuel Marcué Pardiñas; La Cultura en México o Política,
padecieron la enfermedad del confucionismo, la heterogeneidad y la incapacidad
de asir y explicar el fenómeno. ¿Cómo explicar lo que pasaba frente a sus
ojos?, ¿Qué significaban las movilizaciones estudiantiles en ese contexto
específico?, ¿Por qué no pudo preverse el ascenso de una serie de
manifestaciones de tal magnitud?, ¿Cómo tenía que actuar el Estado?, ¿y la
sociedad?, ¿y los intelectuales?
Insatisfechos,
pero con afán de dar respuestas a las preguntas que el proceso iba generando,
muchos intelectuales se aventuraron a proponer hipótesis e interpretaciones,
otros vertieron sus opiniones personales e incluso se elaboraron análisis
políticos ex profeso que, al vapor, intentaban ser
explicaciones abarcadoras sobre la inasible problemática. Como lo ha reseñado
Jorge Volpi en su libro La imaginación y el poder, una historia
intelectual de 1968, los titulares y los periódicos se inundaron de interpretaciones
variopintas en tanto los acontecimientos se iban desarrollando.
De esta
manera, entre el 22 de julio y el 2 de octubre de 1968, los intelectuales
debatieron sobre la ética y la política del conflicto. Algunos intérpretes muy
lúcidos de su tiempo, sorprendentemente, descalificaron a los estudiantes de
ser imitadores e importadores de un conflicto que sencillamente no existía para
desestabilizar el país. Vicente Lombardo Toledano, por ejemplo, sentenció: “Una
burda imitación de París. La verdadera izquierda nada tuvo que
ver en los disturbios y borlotes estudiantiles: la reacción y el imperialismo
fueron los únicos favorecidos.” Francisco Martínez de la Vega señalaba con una
mesura complaciente: “México tiene derecho a reclamar cordura de sus jóvenes
inconformes”, y Roberto Blanco Moheno, combativo y furibundo enemigo del
desorden, en una línea abiertamente contraria, acusaba: “De los detenidos por
dirigir los alborotos, aunque casi ninguno me es conocido en lo personal, he
visto las fotografías. Tienen cara de delincuentes o de fanáticos, y de
fanáticos y delincuentes maduros, cuando no ya viejos (…) ¿Recordar aquí que
hace dos años advertí la existencia de planes para sabotear la Olimpiada? Es
una pena que siempre se reconozca que tengo razón.”
De hecho,
Blanco Moheno, Martínez de la Vega y Lombardo Toledano (¡!) se montaban en la
verdad histórica que estaba construyendo el Estado mexicano. Su versión
caracterizaba al movimiento como una conjura comunista, como el intento de un
golpe de estado mediante la formación de un contrapoder organizado en el
Consejo Nacional de Huelga. Por eso, la actuación policiaca era justificada,
pues al reprimir, perseguir y encarcelar manifestantes, se estaba persiguiendo
a quienes atentaban contra la legitimidad del poder de la nación. Desde luego
esta versión era una fantasía. Un delirio que servía para la represión.
En este
marco de confusión por el proceso, emergió, sin embargo, José Revueltas, rara
avis, intelectual revolucionario que pudo observar la capacidad de
transformación del movimiento en un acontecimiento que trastocara los cimientos
de la sociedad y reorganizara las jerarquías y las relaciones de explotación
existentes; es decir, que se reelaborara el contrato social y se avanzara hacia
un horizonte mucho más justo para las mayorías. Ese formidable potencial
revolucionario que tenía en germen la movilización no fue apreciado de la misma
manera por muchos intelectuales de su época.
En las
distintas revistas y columnas en periódicos que se escribieron en agosto de
1968 hubo dentro de los intelectuales una crítica extendida a la falta de
banderas, de objetivos precisos del movimiento. El pliego de los 6 puntos no
convencía a la intelligetsia mexicana que lo calificaba de
espontáneo e infantil, más parecido a una rabieta adolescente que a una
movilización consciente y madura; como mencionó Rubén Salazar Mallén: “la falta
de bandera hizo que los estudiantes depusieran la actitud que adoptaron durante
los disturbios registrados. Los muchachos no supieron justificar su violencia
ni definieron deseos de aspiraciones de magnitud suficiente para que su
conducta fuera y pareciera adecuada a las circunstancias.” Evaluaciones
similares fueron difundidas a la opinión pública.
La
heterogeneidad ideológica del movimiento era verdad. Los intelectuales del CNH
veían con mucho recelo los discursos partidistas o socialistas: ¡Queremos
democracia a secas!, se escuchaba en las numerosas asambleas que se realizaban.
No había espacio para el socialismo en una generación desencantada de la Unión
Soviética en la cual no tenía mucha influencia el Partido Comunista Mexicano.
Sin embargo, José Revueltas no se resignaba: buscó colar, por la rendija más
amplia posible, la idea de transformar radicalmente la sociedad gracias al
formidable potencial que las movilizaciones juveniles manifestaban y por qué
no, la idea de que el movimiento deviniera socialista.
Para
Revueltas el pliego de los seis puntos era una consigna del incipiente
movimiento estudiantil, pero conforme se fue ampliando y madurando en el tiempo
y el espacio, resultó insuficiente: “nuestra lucha es por una sociedad nueva,
libre y justa, en la cual se pueda pensar, trabajar, crear, sin humillaciones,
sobresaltos, angustias y mediatizaciones de toda especie.” La juventud, según
él, tomaba en sus manos la estafeta de la revolución, puesto que la clase
obrera y los campesinos se encontraban completamente enajenados y mediatizados
a través del control estatal de los sindicatos, las organizaciones agrarias y
los comités de los partidos políticos.
Pero la
lucha estaba clara y los enemigos del movimiento también: el Estado y la
burguesía, contra los cuales se luchaba en el seno del movimiento: “A los
miembros de la oligarquía, a los satisfechos burgueses viejos y nuevos, a la
clase dominante, no tenemos otra cosa que plantearles sino la obligación de
pagar, y pagar cada vez más, en dinero, por lo pronto, en tanto que llega la
hora en que paguen con su desaparición histórica del panorama humano.”
Lo
anterior nos revela la sensación revueltiana de algo más profundo, subterráneo,
no evidente que se escondía bajo la apariencia del pliego de los seis puntos,
algo que luchaba por emerger y ascender a la superficie con fuerza propia. Una
criatura que no terminaba por manifestarse y que, probablemente, la represión
del 2 de octubre impidió que viera la luz. Para Revueltas esa criatura era,
quizá, la revolución socialista, la revolución proletaria. Ocho años después,
Revueltas continuaba quebrándose la cabeza buscando entender el carácter oculto
de 1968: “El movimiento nunca modificó sus seis puntos y, no obstante, durante
el movimiento había una lucha que iba más allá de los seis puntos. Pero los
dirigentes no supieron recolectar esta opinión que quedó en volantes y quedó en
impresos mimeográficos que son el mejor documento democrático.” Para Revueltas,
una explicación de la derrota en 1968 fue que, en cierta medida, desde el mismo
movimiento se impidió ir más allá, se prohibió la revolución y se cerró la puerta
erróneamente, a la emergencia de una democracia radical, socialista.
Aquiles
Celis es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios
Económicos y Sociales.

