Libro N° 10879. El Arte Y El Discurso Posmoderno. Lázaro, Aquiles.
© Libro N° 10879.
El Arte Y El Discurso Posmoderno. Lázaro,
Aquiles. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
El Arte Y El Discurso Posmoderno. Aquiles
Lázaro
Versión Original: © El
Arte Y El Discurso Posmoderno. Aquiles Lázaro
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL ARTE Y EL DISCURSO POSMODERNO
Aquiles Lázaro
El Arte Y
El Discurso Posmoderno
Aquiles
Lázaro
El Arte Y El Discurso Posmoderno
Aquiles
Lázaro
En 2018
publiqué por primera vez el artículo titulado “Posmodernismo y arte” (HTTPS://CEMEES.ORG/2019/07/20/POSMODERNISMO-Y-ARTE/).
Comenzaba caracterizando los rasgos principales del posmodernismo en sus
dimensiones filosófica y sociológica, y luego lo clasificaba como una reacción
a las premisas centrales de los modelos de pensamiento surgidos de la
Ilustración del siglo xviii, puesto que dirige su crítica a conceptos
universalmente aceptados como método científico, razonamiento lógico o verdad
objetiva.
Enseguida
pasaba a hablar de las implicaciones prácticas de tal discurso en el campo de
la creación artística. Afirmaba entonces que la célebre Fountain de
Marcel Duchamp, de 1917, preludiaba ya el programa estético posmoderno.
Remarcaba el papel de la artillería académico-intelectual oficial de los
imperialismos occidentales en la institucionalización de tal discurso, en el
contexto de la Guerra Fría. Y finalmente concluía con una valoración general
negativa del posmodernismo en el arte, por considerar que su individualismo
radical mutilaba al arte de su función comunicadora, con lo cual se minaba la
premisa fundamental de toda la práctica artística: la interrelación
artista-sociedad.
En sus
líneas generales, sostengo mis conclusiones de entonces; no obstante, hoy creo
que algunas de esas concepciones deben ser ampliadas y otras, de plano,
corregidas.
Primera:
la delimitación conceptual. El término arte posmoderno puede ser entendido —y
aplicado— en dos direcciones. La primera, frecuentemente ignorada por los
comentaristas no especializados, como delimitación temporal: el posmodernismo
sucede al modernismo. Decir arte posmoderno se referiría, en este sentido, al
arte surgido a partir de la década de 1970, aproximadamente. De aquí se
desprende, por cierto, que entender al arte posmoderno lleva implícito conocer
también el arte moderno, hacia el cual es reacción inmediata. La segunda
acepción, que es la que se utiliza generalmente, es la de programa estético; es
esta segunda forma de entender el término arte posmoderno la que debe
examinarse como suma atención a la hora de dirigir nuestras críticas. En efecto,
poca gente habla contra el arte posmoderno en su sentido histórico; se le
critica en primer término en su dimensión estética.
Al
respecto, y sobre esta segunda definición, debe decirse que la generalización
“arte posmoderno” no tiene hasta ahora un perfil suficiente delimitado. Las
comunidades de académicos, críticos y artistas no han logrado construir una
propuesta suficientemente consensuada sobre cuáles serían los postulados
teóricos de tal programa estético, y mucho menos aún sobre las características
técnicas definitorias de una obra posmoderna en cada una de las disciplinas
artísticas. ¿Cuáles son las particularidades técnicas del posmodernismo en las
artes visuales? ¿Cómo se define el cine posmoderno? ¿Y la música posmoderna?
Fuera de aproximaciones demasiado generales como la del célebre MoMA (Museum of
Modern Art) de Nueva York, que explica que el arte posmoderno “no es tanto un
movimiento cohesionado, sino más bien un enfoque y una actitud hacia el arte,
la cultura y la sociedad”, no existen todavía consensos sobre sus aspectos
particulares. Después de todo, enfoques y actitudes tuvieron desde siempre
todas las corrientes artísticas. De aquí se sigue, entonces, que quien etiquete
una obra cualquiera como posmoderna, sea o no peyorativamente, debería también
detenerse a explicarnos por qué la considera tal.
Segunda
aclaración. Las formas bajo las cuales el llamado arte posmoderno adopta los
postulados originales del posmodernismo filosófico no son automáticas; es
decir, los planteamientos del discurso filosófico no pueden aplicarse en el
arte de manera directa y literal. Un ejemplo: el postulado filosófico
posmoderno de que la realidad es, en última instancia, una representación
subjetiva, postulado que representa en áreas como la investigación científica o
la actividad política una subversión radical, encuentra en la práctica
artística un efecto bastante limitado. Habituados desde hace siglos al juego de
la subjetividad de la representación, las y los artistas han trabajado desde
los orígenes mismos del arte precisamente con las infinitas posibilidades de tal
subjetividad.
En
efecto, puede decirse en este punto que el camino del arte opera en un sentido
contrario. Mientras que el objetivo de las ciencias, incluidas las sociales,
recorre el camino de una representación cada vez más fiel de los fenómenos de
la realidad objetiva, es decir, de alcanzar la identidad del reflejo subjetivo
con el objeto, la representación artística recorre la ruta opuesta: de lo
objetivo a lo subjetivo. En arte, la copia fiel de la realidad fue solamente el
punto de partida (como ideal teórico, naturalmente, pues la precisión de la
representación fue en realidad la conquista de siglos de trabajo técnico) en un
proceso que tiende progresivamente a alejarse de toda imitación de tal
realidad. El desvanecimiento del objeto como fuente de la representación en las
artes plásticas no es sino el último paso en este camino.
Como sea,
el tema de la subjetividad de la representación es solo un ejemplo. Su utilidad
consiste en mostrarnos por qué una crítica del arte posmoderno no puede basarse
exclusivamente en los postulados generales del posmodernismo, sino que debe
dirigirse concretamente a las concepciones estrictamente artísticas que derivan
de tales postulados generales. ¿Qué rasgos particulares definen al arte
posmoderno? ¿Cómo criticamos directamente las sistematizaciones teóricas de los
artistas posmodernos? Nuestros juicios personales de calificar algo como un
desvarío no pueden tener una aplicación seria en tal debate. La obra de Van
Gogh, que goza hoy de unánime aprobación, fue en su tiempo unánimemente
calificada como un desvarío.
Tercera y
última aclaración. En terrenos como este, ninguna valoración puede tener un
alcance absoluto. El discurso posmoderno en el arte de nuestros días tiene
también, tanto en sus aspectos teóricos como en su práctica, aspectos
positivos. Sobre esta tesis quisiera brindar dos ejemplos puntuales, aunque sea
solo con carácter enunciativo y sin el afán de desarrollar las exposiciones.
Uno. Al
viejo debate sobre la masificación del arte, sistemáticamente ignorado por los
movimientos romántico y moderno, los artistas posmodernos responden con el
radicalismo más temerario: la vieja distinción entre alta cultura y cultura de
masas ha colapsado; cualquiera puede ser artista y cualquier cosa puede ser
arte.
Como
consigna puede parecer superficial y simple, pero hace falta un cierto contexto
cultural para comprender la dimensión histórica de ese planteamiento. El último
movimiento cultural que se preocupó explícitamente por la llamada masificación
del arte fue el Neoclasicismo asociado con las ideas de la Ilustración del
siglo xviii, cuando la burguesía revolucionaria y sus representantes en el arte
dirigían su llamado a todas las clases oprimidas de su tiempo. Ya el
Romanticismo, como movimiento cultural, puede considerarse la primera reacción
de protesta al ideal estético burgués, protesta que madura también una crítica
a la idea neoclásica de la masificación del arte. Conceptos centrales del arte
de la modernidad como el acento radical en la subjetividad individual, la
introspección como fuente primigenia del proceso creativo o la
hiper-intelectualización de los procedimientos técnicos, sustentos de la tesis
de que el arte es por su propia naturaleza impopular, se sistematizaron ya con
toda consistencia en el ideario estético romántico. El arte de discurso
posmoderno responde acercándose impúdicamente a la cultura de masas, a lo pop,
a lo cotidiano, a lo mainstream.
Y dos. El
ideario posmoderno dinamita el supuesto carácter sublime del arte. Sobre qué
significa exactamente que el arte sea sublime han disertado las plumas más
célebres de las escuelas idealistas, desde Platón hasta Kant. Lo cierto es que
tales discursos reproducen, consciente o inconscientemente, la idea elitista de
que el arte solo puede ser practicado y apreciado por un puñado de
privilegiados. Los artistas de discurso posmoderno se alzan contra esta vieja
escuela y empuñan contra ella un estandarte particularmente polémico: la
banalidad. Pero no en un sentido corriente, sino la banalidad como concepto
artístico. Quien peyorativamente califica de “banal” una obra de arte
contemporáneo, ignora que, muy probablemente, tal apreciación satisfaría en
algún grado las aspiraciones del autor. Las y los artistas de discurso
posmoderno adoptan una actitud general de pesimismo ante nuestra época de
banalidades, y conceden orgullosamente que cuando un espectador desconcertado
musita “eso lo pude haber hecho yo” tiene, en realidad, toda la razón. En su
ideario, el arte ya no es sublime ni excelso, sino un producto terreno,
ordinario, común y corriente.
Me parece
pertinente aclarar, no obstante, que mi intento por sistematizar con cierta
elocuencia las dos ideas anteriores no significa que comulgue con ellas. El
objetivo es mostrar que, si bien la influencia del discurso filosófico
posmoderno en la creación artística contemporánea es, en general, negativa, no
lo es en términos absolutos.
En su
célebre disertación El arte y la vida social, Plejánov, a quien
algunos han considerado el padre de la estética marxista, se pregunta en qué
reside el supuesto valor intrínseco de la obra de arte. Entre otras ideas
dignas de atención, postula que “cuando una idea falsa sirve de base a la obra
artística aporta contradicciones intrínsecas, de las cuales sufre
inevitablemente su mérito estético”. La historia de los siglos posteriores dirá
con toda contundencia su juicio final sobre el papel y el carácter del arte que
aquí abordamos. Por el momento, siguiendo la perspectiva de Plejánov, podemos
indicar que el posmodernismo filosófico, con su relativismo radical que
proclama la imposibilidad de conocer al mundo y a la sociedad —y por tanto de
transformarlos—, con su ataque sistemático a la razón y a la lógica, y pese a
las formas particulares que adopte en las formas de creación artística, es una
idea falsa.
Aquiles
Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios
Económicos y Sociales.

