Libro N° 10877. Marx: Objetividad Científica Y Compromiso Político. Hernández, Pablo.
© Libro N° 10877.
Marx: Objetividad Científica Y Compromiso Político. Hernández,
Pablo. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
Marx: Objetividad Científica Y
Compromiso Político. Pablo Hernández
Versión Original: © Marx:
Objetividad Científica Y Compromiso Político. Pablo Hernández
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MARX: OBJETIVIDAD CIENTÍFICA Y COMPROMISO POLÍTICO
Pablo Hernández
Marx:
Objetividad Científica Y Compromiso Político
Pablo
Hernández
Marx:
Objetividad Científica Y Compromiso Político
Pablo Hernández
Nadie
duda que Marx era un pensador que estaba a favor del compromiso político de la
ciencia. Y es que es cierto. Desde sus escritos tempranos y pasando por su
propio ejemplo, Marx siempre señaló la necesidad de emplear los conocimientos
para transformar el mundo. Para él, entonces, las ciencias, y especialmente las
sociales, no pueden pretender ser imparciales o apolíticas, asépticas de toda
influencia o interés social.
Sin
embargo, Marx no abogaba por una ciencia subordinada a la política. Por el
contrario, él mismo consideraba que las acciones políticas debían estar guiadas
y fundadas científicamente. De aquí su particular concepción del “socialismo
científico”, que se oponía a otras formas de política guiadas por prejuicios,
mitos, utopías o impulsos voluntaristas.
Pero,
¿cómo entender esta relación entre política y ciencia? El problema no es
sencillo, pues entre ciencia y política hay una relación complicada que, a
continuación, trataré de esbozar en términos sencillos. Veamos:
La
ciencia es, esencialmente, un esfuerzo por aproximarse, de la manera más
rigurosa, crítica y autoconsciente posible, a la verdad. Y la verdad no es otra
cosa que aquello que creemos que se corresponde con la realidad. En ese
sentido, la ciencia debe buscar, constantemente, los mejores medios, las
mejores vías (teóricas, técnicas y empíricas) para aproximarse al conocimiento
del mundo.
En el
lenguaje cotidiano, cuando decimos que la ciencia es objetiva, lo que estamos
diciendo (aunque no siempre lo tengamos claro) es que la ciencia se aproxima a
la verdad, es decir, que se aproxima a un conocimiento que, por las razones
adecuadas, se corresponde en algún grado bien delimitado con la realidad.
La
política, por otro lado, es un ámbito de la realidad social orientado hacia la
gestión y administración de los recursos y las personas. Y en realidad siempre
estamos haciendo política, por acto u omisión, en la vida pública o privada.
Hay política en todo lo que hacemos, dejamos de hacer o permitimos.
Pero uno
de los puntos cruciales de la política es que esta ocurre en medio de la
desigualdad[1] y
la lucha de clases. Esto le otorga un cariz particular que es necesario tener
en cuenta, y es que la política, dada esta condición, es una lucha por el
poder, una lucha entre diferentes grupos, partidos, estamentos y, finalmente,
una lucha entre distintas clases.
Quienes
participan decididamente en política se verán orillados, de una u otra forma, a
tomar posición en la arena de combate, y en esa medida sentirán la necesidad de
conseguir herramientas para su lucha: más brazos, más voces, más espacios de
difusión, mejor imagen y, particularmente, mejores discursos.
Por
supuesto (y esto es importante señalarlo) los “mejores discursos”, desde el
punto de vista oportunista e instrumental no son, necesariamente, los discursos
más verdaderos. Para el político oportunista los mejores discursos son los que
le traen mayores beneficios políticos, los que le ganan el ánimo de la gente o
lo legitiman frente a ella, sean ciertos o no[2].
Sin
embargo, en aras de ganarse el apoyo popular, ningún político dirá que sus
discursos son falsos o hechos a modo; todos dirán que sus palabras son
verdaderas o que están respaldadas por la ciencia. Al político oportunista no
le importa que sus discursos sean verdad, sino que lo parezcan. De aquí la
demagogia que nos es tan conocida y chocante.
Pero es
en este punto donde surgen las contradicciones entre ciencia y política. La
primera y más evidente contradicción es que, mientras la ciencia tiende a la
objetividad, y en esa medida intenta alejarse de influencias externas que
puedan afectar el rigor de sus investigaciones, la política busca a la ciencia
para que trabaje en su favor y le ayude a legitimarse en su lucha por el poder,
encargándole, incluso, que respalde sus posturas e ideas, previamente
establecidas, con argumentos y evidencias para que parezcan el resultado
prístino de una investigación rigurosa.
La
segunda contradicción es menos evidente, pero es quizá la más importante de las
dos. Y es que ni la ciencia puede desprenderse por completo de intereses
ajenos, ni a la política le sirve ya una ciencia que, a todas luces, se haya
convertido en su vocera. Esto es así, fundamentalmente, por dos razones:
La
primera razón es que los científicos también, y sencillamente, son parte de la
sociedad, y necesitan un salario para vivir, compiten por recursos públicos y
privados para investigaciones, tienen afinidades políticas y económicas, y, por
supuesto, cuentan con sesgos ideológicos. Es decir que la ciencia la hacen
personas normales y, en esa medida, siempre hay oportunidad para que se cuelen
otros intereses en su quehacer científico.
La
segunda razón es que, si la política busca el respaldo de la ciencia, es porque
encuentra en ella una fuente de credibilidad. Y esta credibilidad depende de
que la ciencia se tome en serio su tarea. Si los científicos dejaran de ser
científicos y se dedicaran solo a justificar lo que quieren los políticos,
pasarían dos cosas: la ciencia dejaría de dar resultados y la gente empezaría a
darse cuenta de que los científicos están vendidos, por lo que perderían su
credibilidad.
Como se
puede apreciar, la relación entre política y ciencia es bastante intrincada y
contradictoria. La ciencia busca alejarse de intereses ajenos a ella, pero de
los que no puede desprenderse, y la política busca una ciencia que le sirva de
apologeta, pero que no puede conseguir si no es destruyéndola como ciencia.
Frente a
esta cuestión hay diversas posturas. Para el posmodernismo, por ejemplo, la
ciencia debe renunciar a sus pretensiones de objetividad y concebirse como lo
que ellos dicen que es: un mero relato político. El posmodernismo, entonces,
subsume a la ciencia en la política. Para el cientificismo de herencia
positivista[3], en
cambio, la política debe abstenerse de intervenir en la ciencia, y la ciencia
debe alejarse decididamente de todo interés ajeno a ella. Para el
cientificismo, entonces, no es posible ni deseable una ciencia con compromiso
político; en todo caso, es la política la que tendría que ceñirse, por la
propia fuerza de la razón, a los descubrimientos y recomendaciones de la
ciencia.
Quizá
sobra decir que ninguna de estas dos posturas es la de Marx, pero entonces,
¿cuál es su postura y cómo soluciona él este problema? ¿Hasta dónde considera
él que debe llegar el compromiso político y en qué consiste la labor
científica?
Responder
estas preguntas de manera exhaustiva requeriría un análisis mucho más extenso y
detallado; sin embargo, considero que es posible dar una respuesta breve,
aunque preliminar, si consideramos, aunque sea de manera general, los
siguientes aspectos del pensamiento de Marx:
(1) El
materialismo filosófico de Marx destierra del pensamiento toda predestinación
histórica y todo esquema interpretativo que pretenda ser por sí mismo y a
priori una fórmula para alcanzar el conocimiento por mera deducción.
En su lugar, Marx señala que, para conocer las posibles vías del desarrollo
histórico es necesario desentrañar la lógica y tendencias de cada fenómeno de
la realidad, y para conocer estas últimas no hay ninguna fórmula que simple y
llanamente se pueda aplicar[4]; por el
contrario, es necesario ir y estudiar directamente lo que ocurre en el mundo y
solo entonces podremos aproximarnos a la lógica y tendencias de cada fenómeno.
En pocas palabras, Marx destierra la revelación de la filosofía, dejando a la
ciencia la tarea preeminente de conocer el mundo[5].
(2) Para
Marx, el socialismo no puede guiarse esencialmente por imperativos éticos, ni
por utopías románticas y, todavía menos, por propuestas voluntaristas. En el
primer caso, porque no hay reglas apriorísticas que garanticen el éxito de una
causa política. En el segundo y tercer caso porque toda utopía, lo mismo que
todo voluntarismo, en la medida en que parten del desconocimiento de la
realidad concreta y sus tendencias, son más una fantasía que un proyecto
factible. Por eso, Marx señala que “el comunismo no es un estado que
debe implantarse, un ideal al que haya que sujetarse la
realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que
anula y supera el estado de cosas actual” (2014, p. 29).
Por
supuesto, esto no quiere decir que nos sentemos a esperar el movimiento
automático de la historia y la superación inevitable del presente. Nuestras
acciones pueden formar parte activa y determinante del desarrollo histórico.
Pero para eso debemos actuar con “conocimiento de causa” (Engels, 1962, p.
104), es decir, con plena conciencia de lo que ocurre en la realidad y para eso
necesitamos que la política esté guiada por la ciencia[6].
(3) Para
Marx, la ciencia debe estar comprometida políticamente; pero este compromiso,
que debe aplicarse a la hora de priorizar aquellas investigaciones que resulten
cruciales para la política socialista y que debe llevar a los científicos, en
la medida de sus posibilidades, a extraer consecuencias prácticas de sus
investigaciones, no puede sesgar, en ningún caso, las conclusiones de una
investigación. Por eso, Marx señaló, a propósito de ciertas tergiversaciones
ideológicas operadas por Malthus a las conclusiones de sus investigaciones, que
“para mí, quien no cultiva la ciencia por la ciencia misma (por muy
erróneamente que pueda hacerlo), sino por motivos exteriores a ella y
tratando de acomodarla a intereses que le son extraños y
que nada tienen que ver con ella, merece el calificativo
de ‘vil’”[7](Marx,
1980, p. 101).
Por
supuesto, esto no quiere decir que Marx abogue por una ciencia sin compromiso
político. Lo que sí dice es que, tal compromiso no puede interferir en el rigor
de la propia investigación científica. Manipular los resultados de un estudio
científico para que coincidan con alguna postura política preestablecida
invalidaría los resultados de la investigación, eliminando su carácter
científico y, por tanto, convirtiéndolos en una guía errada de la política
socialista. Proceder así sería autoengañarse y nadie llega con autoengaños al
comunismo.
¿Cuál es,
en suma, la postura de Marx sobre la relación entre ciencia y política? Para
Marx, la ciencia es central para conocer el mundo, y este conocimiento es el
que debe guiar las acciones de la política si es que esta desea incidir de
manera importante y positiva en la realidad. En ese sentido, los
revolucionarios deben comprender y cultivar la ciencia, para emplearla como
brújula de sus acciones. Por supuesto, esto supone que la ciencia del
socialismo sea una ciencia políticamente comprometida; mas tal compromiso,
aunque debe estar presente, motivando las investigaciones y orientando su
aplicación, no puede interferir con el rigor científico.
Podemos
decir, entonces, que Marx no subsume a la ciencia en la política ni la escinde
de esta última, sino que pone ambos términos en relación, y plantea que solo en
la medida que tal relación sea dialéctica, será posible el desarrollo, siempre
necesario, del “socialismo científico”, base de la política revolucionaria.
Cabe señalar que, con esta resolución no quedan zanjadas, de una vez y para
siempre, las contradicciones entre ciencia y política; sin embargo, al
conocerlas y razonar una posición frente a ellas, se vuelve más fácil tratar de
manejarlas, pues nos aproximamos a la conciencia de su necesidad.
Pablo
Hernández Jaime es Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de México e
investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
[1] No
solo desigualdad económica, también desigualdad de prestigio, poder, género,
estatus étnico racial, etc.
[2] La
llamada realpolitik, al menos en los términos de Lukács (2014),es
en buena medida esto: dejarse llevar por la necesidad que marcan los
acontecimientos de la lucha política, usualmente a consecuencia de dejarse
arrastrar por las lógicas, prácticas y tendencias existentes en el sistema
político.
[3] Esta
herencia se nota en la pretendida posibilidad de separar completamente los
intereses políticos y económicos del quehacer científico.
[4] Este
punto de la filosofía marxista queda bastante claro en la crítica que Marx y
Engels hacen a Edgar Bauer en La sagrada familia (2013), a
propósito de lo que denominan “tranquilidad del conocimiento”. Con este
concepto, Marx y Engels se burlan de la actitud filosófica de Edgar, quien cree
que, por haber aprendido un esquema hegeliano para el análisis de la realidad,
ahora puede, con toda tranquilidad obtener deducciones fáciles sobre cualquier
fenómeno. Esta es la actitud apriorística y dogmática a la que Marx y Engels
oponen la necesidad de estudiar científicamente la realidad.
[5] LA
NECESIDAD Y CENTRALIDAD DE LA CIENCIA TAMBIÉN HA SIDO ABORDADA POR ENGELS, EN
TEXTOS COMO LUDWIG FEUERBACH Y EL FIN DE LA FILOSOFÍA CLÁSICA
ALEMANA (1974)o el Anti-Dühring (1962). El
problema, en alguna medida, también ha sido abordado por Lukács en su famoso
texto sobre marxismo ortodoxo (1978), donde señala cómo el núcleo teórico del
marxismo está orientado no a la repetición de fórmulas o a la revelación de
verdades a partir de los textos marxistas, sino a la elaboración metódica de
nuevas investigaciones para avanzar en el conocimiento científico de la
realidad concreta.
[6] De
esta tesis, central en el “socialismo científico”, se desprenden muchas de las
críticas y discusiones que Marx y Engels tuvieron con otros socialistas de su
época, pues a su modo de ver, y como quedó reflejado de alguna forma en
el Manifiesto del partido comunista (2012), esta falta de
cientificidad llevaba a que, con frecuencia, los socialistas oscilaran entre la
añoranza del pasado y el utopismo.
[7] Donde
dice “vil”, el alemán original indica el calificativo gemein (Marx,
1967, p. 112), que también puede ser traducido como “vulgar”.
Referencias
Engels,
F. (1962). Anti-Dühring: la suversión de la ciencia por el señor Eugen
Dühring (M. Sacristán (ed.)). Grijalbo.
Engels,
F. (1974). Ludwig Feuerbach y el Fin de la Filosofía Clásica Alemana. En C.
Marx y F. Engels: Obras Escogidas (pp. 614–653). Editorial Progreso.
Lukacs,
G. (1978). El Marxismo Ortodoxo y el Materialismo Histórico.
Grijalbo.
Lukács,
G. (2014). Tactics and Ethics. En Tactics and Ethics. 1919-1929.
Verso.
Marx, K.
(1967). Theorien über den Mehrwert (Vierter Band des „Kapitals»).
Dietz Verlag Berlin.
Marx, K.
(1980). Teorías sobre la plusvalía. II. Fondo de Cultura Económica.
Marx, K.,
& Engels, F. (2012). Manifiesto del Partido Comunista. En Textos
Selectos y Manuscritos de París; Manifiesto del Partido Comunista con Friedrich
Engels; Crítica del Programa de Gotha. Editorial Gredos.
Marx, K.,
& Engels, F. (2013). La sagrada familia o crítica de la crítica
crítica contra Bruno Bauer y consortes. Akal.
Marx, K.,
& Engels, F. (2014). La Ideología Alemana. Akal.

