Libro N° 10876. El Economista Camuflado. Harford, Tim.
© Libro N° 10876.
El Economista Camuflado. Harford,
Tim. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
El Economista Camuflado. Tim Harford
Versión Original: © El
Economista Camuflado. Tim Harford
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL ECONOMISTA CAMUFLADO
Tim Harford
El
Economista Camuflado
Tim
Harford
CONTENIDO
Agradecimientos
Introducción
1. ¿Quién paga tu café?
2. Lo que los supermercados no quieren que sepas
3. Los mercados perfectos y «el mundo de la verdad»
4. El tráfico urbano
5. La verdad secreta
6. Una locura racional
7. Los hombres que no conocían el valor de nada
8. Por qué los países pobres son pobres
9. Cerveza, patatas fritas y globalización
10. Cómo China se hizo rica
Notas
El Economista Camuflado
Tim
Harford
Agradecimientos
Peter
Sinclair me puso en contacto con la economía; y Tony Courakis, Simon Cowan,
Stan Fischer, Bob Garhart, Paul Klemperer, Brendan McElroy, Elinor Ostrom, Hyun
Shin, Bill Sjostrom y muchos otros me ayudaron en el camino. Les estoy muy
agradecido a todos.
En Shell,
Ged Davis me permitió trabajar media jornada para que yo pudiera producir el
primer borrador del libro. Me sentí halagado y estoy agradecido por su apoyo.
Otros colegas en Shell constituyeron una inspiración, especialmente Betty-Sue
Flowers, Antipam Khanna, Cho Khong, Michael Klein, Doug McKay y John Robinson.
En
el Financial Times, Pilita Clark, Andy Davis, Chris Giles, Andrew
Gowers, John Kay, John Willman y Martin Wolf me dieron oportunidades y luego se
aseguraron de que no las desperdiciara.
En el
Banco Mundial, Michael Klein y Suzanne Smith son colegas maravillosos. Cada día
que paso con ellos aprendo algo nuevo.
David
Bodanis, Felicity Bryan, Penny Dablin, Moore Flannery, Juri Gabriel, Mark
Henstridge, Diana Jackson, Oliver Johnson, John Kay, Cho Khong, Paul Klemperer,
Stephen McGroarty, Doug McKay, Fran Monks, Dave Morris, Rafael Ramírez, Jillian
Reilly, John Robinson, Tim Savin, Martin Wolf y Andrew Wright han mejorado el
libro con sus comentarios.
Sally
Holloway, mi agente, ha sido excepcional. Tim Bartlett y Kate Hamill, de Oxford
University Press, me enfurecieron con su precisión y capacidad de análisis. He
sido muy afortunado por poder trabajar con ellos.
Lo que es
más importante: el apoyo emocional provino de Diana Jackson, mi esposa, Fran
Monks, el «tío» Dave Morris y Jillian Reilly.
Sobre
todo debo agradecerles a Andrew Wright, un genio, sin el cual el libro podría
no haberse terminado nunca; y David Bodanis, una inspiración, sin quien el
libro ni siquiera hubiera comenzado.
A Deborah
Harford, Fran Monks y Stella Harford, mi familia… en el pasado, presente y
futuro.
Introducción
Me
gustaría darte las gracias por haber comprado este libro; aunque si te pareces
a mí en algo, seguramente no lo has comprado aún, sino que lo has llevado a la
cafetería de la librería y en este preciso momento estás disfrutando
cómodamente de un capuchino mientras decides si vale la pena gastar tu dinero.
Éste es
un libro acerca de cómo ven el mundo los economistas. De hecho, tal vez haya un
economista sentado cerca de ti en este momento. Tal vez no puedas distinguirlo,
ya que una persona normal no notaría nada especial en un economista. Pero las
personas normales sí resultan especiales a los ojos de los economistas. ¿Qué es
lo que ve el economista? ¿Qué te diría él, si te tomaras la molestia de
preguntarle? ¿Y por qué deberías hacerlo?
Tal vez
creas que estás disfrutando de un capuchino espumoso, pero el economista ve
otra cosa. Os ve, a ti y al capuchino, como jugadores de un intrincado juego de
señales y negociaciones, competencias de fuerza y batallas dialécticas. Este
juego se da por cuestiones importantes: algunas de las personas que trabajaron
para que tú tengas ese café delante de ti ganaron mucho dinero, otras ganaron
muy poco, y otras están interesadas en el dinero que tienes en el bolsillo en
este momento. El economista puede decirte quién obtendrá qué, cómo y por qué.
Espero que para cuando hayas terminado de leer este libro, seas capaz de poder
ver las mismas cosas. Pero, por favor, cómpralo antes de que el encargado de la
tienda te eche de allí.
Tu café
resulta intrigante para el economista por otra razón: él no sabe cómo hacer un
capuchino, y sabe que el resto de las personas tampoco lo sabe. Después de
todo, ¿quién podría jactarse de poder plantar, cosechar, tostar y combinar el
café, criar y ordeñar vacas, trabajar el acero y moldear plásticos para
construir con ellos una máquina de café exprés y, por último, moldear cerámica
en forma de simpáticas tazas? Tu capuchino refleja el producto de un sistema de
complejidad asombrosa. No existe una sola persona en el mundo que pueda
producir por sí sola todo lo necesario para hacer un capuchino.
El
economista sabe que el capuchino es producto de un increíble esfuerzo de equipo
y que, además, nadie está a cargo de ese equipo. El economista Paul Seabright
nos recuerda las súplicas del oficial soviético para poder comprender el
sistema occidental: «Díganme… ¿quién es el encargado del suministro de pan para
la población de Londres?». La pregunta es cómica, pero la respuesta —«nadie»—
resulta perturbadora.
Cuando el
economista logra apartar su atención de tu café y mira a su alrededor en la
librería, los desafíos organizativos se tornan aún mayores. La complejidad del
sistema que ha hecho que esa tienda sea posible no se puede explicar de manera
sencilla: piensa en los siglos de diseño y desarrollo, desde el papel en que se
imprimen los libros hasta los focos que iluminan los estantes, pasando por el
software que lleva el control del inventario, sin mencionar los milagros
organizativos cotidianos a través de los cuales se imprimen, encuadernan,
almacenan, entregan, acomodan y venden los libros.
El
sistema funciona extraordinariamente bien. Cuando compraste este libro —a esta
altura ya has comprado este libro, ¿no es así?— probablemente lo hiciste sin
que fuera necesario que le pidieras a la librería que lo consiguiera para ti.
Tal vez, cuando saliste de tu casa esta mañana, ni siquiera sabías que lo
comprarías. Sin embargo, mágicamente, decenas de personas hicieron todo lo
necesario para cumplir con tus impredecibles deseos: yo, mis editores,
comercializadores, correctores, impresores, fabricantes de papel y proveedores
de tinta, entre muchos otros. El economista puede explicar cómo funciona un
sistema como éste, cómo las empresas intentarán explotarlo y cómo tú, como
consumidor, puedes protegerte.
Ahora, el
economista camuflado está observando por la ventana el atasco que hay afuera.
Para algunos, un atasco es meramente un hecho irritante de la vida. Para el
economista, el contraste entre el caos de la circulación y la tranquilidad con
la que funciona la librería significan algo. Podemos aprender algo de la
librería que nos ayude a evitar los atascos.
Aunque
los economistas piensan constantemente acerca de las cosas que suceden a su
alrededor, no se ven constreñidos a debatir únicamente sobre asuntos locales.
Si te molestaras en mantener una conversación con uno de ellos, podrían llegar
a hablar acerca de la diferencia entre las librerías del mundo desarrollado y
las bibliotecas de Camerún, donde sobran lectores ávidos, pero faltan libros.
Tú podrías señalar que la brecha entre los países ricos y pobres del mundo es
enorme y horrorosa. El economista podría compartir tu sensación de injusticia,
pero también podría decirte por qué los países ricos son ricos y por qué los
países pobres son pobres, y qué se podría hacer al respecto.
Tal vez
el economista camuflado parezca un sabelotodo, pero refleja la gran ambición de
la economía por entender a la gente, tanto como lo hacen los individuos,
socios, competidores y miembros de las extensas organizaciones sociales que
llamamos «economías».
Esta
amplitud de intereses se ve reflejada en las preferencias eclécticas del comité
del Premio Nobel. Desde 1990, el Premio Nobel de Economía sólo ha sido otorgado
ocasionalmente por avances en asuntos obviamente relacionados con la
«economía», como la teoría de las tasas de intercambio o los ciclos de
negocios, y se ha otorgado con mayor frecuencia por descubrimientos cuyas
relaciones con lo que tú podrías llegar a pensar que es la economía son menos
evidentes: desarrollo humano, psicología, historia, elecciones, leyes, y hasta
descubrimientos esotéricos del tipo «¿por qué no se puede comprar un coche de
segunda mano decente?».
Mi meta
en este libro es ayudarte a ver el mundo como lo hace un economista. No
mencionaré nada relacionado con las tasas de intercambio o con los ciclos de
negocios, pero resolveré el misterio de los automóviles usados. Analizaremos
las cuestiones importantes: por ejemplo, cómo hace China para sacar a un millón
de personas al mes de la pobreza; y las cuestiones más pequeñas: por ejemplo,
cómo evitar gastar tanto dinero en el supermercado. Es una tarea completamente
detectivesca, pero te enseñaré a utilizar las herramientas de investigación que
emplea el economista. Espero que al llegar al final del libro te hayas
convertido en un consumidor experimentado (y en un experto votante), que pueda
ver la verdad que se esconde tras las historias que los políticos quieren
venderte. La vida diaria está llena de rompecabezas que muchas personas ni
siquiera pueden ver; entonces, sobre todas las cosas, espero que seas capaz de
encontrar la diversión que se esconde detrás de estos secretos cotidianos.
Comencemos por el entorno más familiar, con la pregunta: ¿quién paga tu café?
Capítulo
1
¿Quién paga tu café?
Contenido:
§. El
poder que proviene de la escasez
§. La tierra «marginal» tiene una importancia fundamental
§. De las tierras de cultivo a los puestos de café
§. Modelos portátiles
§. Las diversas razones de los altos costes de arrendamiento
§. ¿Nos están estafando?
§. «Alquiler» de recursos
§. ¿Cuándo el crimen tiene castigo?
§. «Conspiraciones contra los legos»
§. Y ahora… una polémica
§. ¿Qué deberían hacer los economistas?
El largo
trayecto al trabajo en transporte público es una experiencia común en la vida
en las grandes ciudades de todo el mundo, ya vivas en Nueva York, Tokio,
Amberes o Praga. El camino al trabajo combina, desmoralizadoramente, lo que es
universal con lo individual. Lo individual porque cada uno de los que hacen
este viaje es una rata en su propio y único laberinto: debe tener calculado el
tiempo que le lleva llegar desde la ducha hasta el torniquete de la estación,
aprender los horarios y el extremo idóneo del andén, para acelerar la
combinación entre diferentes trenes, soportando las desventajas de que no haya
asientos libres en el primer tren de regreso a casa frente a la comodidad del
asiento en el último tren. Además, las personas que deben viajar todos los días
para ir a trabajar generan patrones comunes, como embotellamientos y horas
punta, que los empresarios de todas partes del mundo explotan a su favor. Mi
trayecto al trabajo en Washington D. C. no es el mismo que el vuestro en
Madrid, Londres, Nueva York o Hong Kong, pero os resultaría sorprendentemente
familiar.
La
estación Farragut West del metro tiene una ubicación ideal, que le permite dar
servicio al Banco Mundial, al Fondo Monetario Internacional, y hasta a la Casa
Blanca. Todas las mañanas, viajeros irritables y somnolientos emergen desde
Farragut West hacia el edificio International Square. Es difícil desviar de su
camino a esta clase de personas. Simplemente, quieren escapar del ruido y el
bullicio, esquivar a los tranquilos turistas y llegar a sus escritorios justo
antes de que lo hagan sus jefes. No disfrutan de los desvíos. Pero existe un
lugar, colmado de paz y abundancia, que puede tentarlos a retrasarse algunos
minutos. En este oasis, hombres y mujeres atractivos y exóticos sirven delicias
únicas con una sonrisa —hoy me atendió una encantadora señorita cuya placa de
identificación rezaba «María»—. Por supuesto, me refiero a Starbucks. Esta
cafetería está situada a la salida del International Square, y es imposible de
evitar. Y ésta no es una peculiaridad de la estación Farragut West: la primera
tienda que verás al intentar salir de la estación Farragut North del metro es…
¡otro Starbucks!
Encontrarás
esta clase de cafeterías tan convenientemente ubicadas en todas partes del
mundo, y todas atienden al mismo tipo de trabajadores desesperados. El
establecimiento que se encuentra a menos de diez metros de la salida de la
estación Dupont Circle, en Washington, se llama Cosi. La estación Penn, del
metro de Nueva York, hace alarde de un Seattle Coffee Roasters justo al lado de
la salida a la Octava Avenida. Y aquellos que descienden en la estación
Shinjuku, en Tokio, pueden disfrutar de un Starbucks sin necesidad de salir del
andén. En la estación Waterloo, en Londres, quien vigila la salida que da sobre
la margen derecha del Támesis es un puesto de la cafetería AMT.
Un
capuchino grande de Starbucks, de 2,55 dólares, no es nada barato. Pero puedo
pagarlo, por supuesto. Como muchas de las personas que se detienen en ese café,
yo gano el coste de ese café cada diez minutos. A ninguno de nosotros nos
interesa perder el tiempo a fin de ahorrar unas monedas, buscando un café más
barato a las 8.30 de la mañana. Las cafeterías bien ubicadas tienen una demanda
enorme: por la estación Waterloo, por ejemplo, pasan setenta y cuatro millones
de personas al año. Eso hace que la situación de esta cafetería sea crucial.
La
ubicación del café Starbucks de la estación Farragut West es ventajosa, tanto
por estar en uno de los mejores caminos que van del andén a la salida de la
estación, como porque es la única cafetería que se encuentra en ese camino. No
sorprende a nadie que estén «haciendo su agosto».
Si tomas
tanto café como yo, probablemente hayas llegado a la conclusión de que alguien
se está haciendo asquerosamente rico con todo esto. Si las quejas que aparecen
ocasionalmente en los periódicos son ciertas, el café contenido en ese
capuchino cuesta unos pocos centavos. Claro que los periódicos no nos cuentan
la historia completa: está la leche, la electricidad y el coste de las tazas de
papel, sumado al coste de pagarle a María para que le sonría a clientes
gruñones durante todo el día. De todas maneras, tras sumar todas estas
variables, el valor al que llegamos sigue siendo menor al precio de la taza de
café. De acuerdo con el catedrático de Economía Brian McManus, el margen de
ganancia del café ronda el 150%: cuesta 40 centavos preparar una taza de café
de un dólar, y cuesta menos de un dólar preparar un café con leche pequeño, que
se vende a 2,55 dólares. Alguien está ganando mucho dinero… ¿Quién será?
Tal vez
pienses que esta persona es Howard Schultz, el dueño de la cadena Starbucks;
pero la respuesta no es tan simple. La principal razón por la que Starbucks
puede pedirte 2,55 dólares por un capuchino es porque no hay otra tienda
cercana que cobre 2 dólares por lo mismo. Entonces, ¿por qué no hay nadie junto
a Starbucks, ofreciendo precios menores? Sin ánimo de desmerecer los logros del
Sr. Schultz, los capuchinos no son productos complicados. No hay escasez de
capuchinos decentes (desafortunadamente, tampoco hay escasez de capuchinos
repulsivos). No es demasiado costoso comprar algunas máquinas de café, un
mostrador, crear una marca mediante un poco de publicidad y algunas muestras
gratuitas, y contratar buen personal. Hasta María es reemplazable.
Lo cierto
es que la ventaja más significativa de Starbucks es su ubicación privilegiada
en el camino que separa a los trabajadores de sus destinos. Existen algunos
lugares ideales para las cafeterías: junto a las salidas de las estaciones de
transporte público, o en las esquinas de calles muy transitadas. Starbucks y
sus rivales ya los han ocupado todos. Si Starbucks realmente tuviera a sus
clientes hipnotizados, como dicen sus críticos, no necesitaría esforzarse tanto
para que las personas se tropiecen con sus cafés. El buen margen de ganancia
que Starbucks obtiene de sus capuchinos no se debe ni a la calidad de su café
ni a su personal: se debe principalmente a su ubicación.
Pero,
entonces, ¿quién controla la ubicación? Pensemos en las negociaciones para los
nuevos contratos de alquiler. El propietario del International Square no
hablará solamente con Starbucks, sino que lo hará también con otras cadenas
como Cosi o Caribou Café, además de hacerlo con las cafeterías oriundas de la
ciudad de Washington, como Java House, Swing’s, Capitol Grounds y Teaism. El
propietario puede firmar un acuerdo con cada una de estas empresas, o puede
firmar un contrato de exclusividad con una sola. Como se dará cuenta enseguida
de que ninguna de estas cadenas estará muy entusiasmada por pagar mucho dinero
por un local que se encuentra junto a otras diez cafeterías, sacará el mayor
provecho posible de un contrato de exclusividad con alguna de ellas.
Cuando
intentes averiguar quién es el que va a ganar todo el dinero, simplemente
recuerda que, de un lado de la mesa de negociaciones, hay al menos media docena
de compañías que compiten entre sí, y que, del otro lado, se encuentra un
propietario, que es dueño de un solo local excelente, ideal para una cafetería.
Al hacer que se peleen entre ellos, el propietario deberá poder dictar los
términos y forzar a uno de ellos a que pague el alquiler, lo cual consumirá
casi todas sus ganancias previstas. Así, la compañía que resulte galardonada con
el local esperará obtener algo de ganancia, pero no demasiada: si el alquiler
pareciera lo suficientemente bajo como para dejar ganancias considerables,
cualquier otra cafetería estaría feliz de pagar un poco más por esa ubicación.
La cantidad de cafeterías potenciales es ilimitada, y la cantidad de
ubicaciones atractivas es reducida: esto significa que el propietario lleva las
de ganar.
Éste es
un razonamiento muy simple, y sería razonable preguntarse si todo esto es
realmente cierto. Después de explicarle a una amiga muy paciente todos los
principios involucrados en esta teoría (mientras tomábamos un café), ella me
preguntó si tenía pruebas al respecto. Admití que se trataba simplemente de una
teoría —como diría Sherlock Holmes, un poco de «observación y deducción»,
basadas en las pistas que se hallaban a nuestra disposición—. Unas semanas más
tarde, ella me envió un artículo del periódico Financial Times,
basado en información facilitada por expertos de la industria que tenían acceso
a la contabilidad de las compañías de café. El artículo comenzaba con la frase
«pocas compañías ganan dinero», y llegaba a la conclusión de que el principal
problema era «el alto coste de mantener puntos de venta minoristas en
ubicaciones privilegiadas, donde hay una importante circulación de personas».
Leer los estados contables es aburrido; el trabajo detectivesco económico es la
manera sencilla de sacar la misma conclusión.
§. El
poder que proviene de la escasez
Hojeando viejos libros de economía de la biblioteca que tengo en mi casa,
desenterré el primer análisis que se hizo sobre las cafeterías del siglo XXI.
Publicado en 1817, no sólo analiza las modernas cafeterías, sino que también
explica gran parte del mundo moderno. Su autor, David Ricardo, ya se había
convertido en multimillonario (en valores actuales) gracias a su actividad como
corredor de bolsa, y más tarde llegaría a ser miembro del Parlamento. Además,
Ricardo era un economista entusiasta, que ansiaba comprender qué le había
sucedido a la economía británica durante las entonces recientes guerras
napoleónicas: el precio del trigo se fue por las nubes y los precios de los
arrendamientos de las tierras cultivables hicieron lo mismo. Ricardo quería
saber por qué.
La forma
más sencilla de entender el análisis que hizo Ricardo es utilizando uno de sus
propios ejemplos. Imagina una frontera agreste con pocos colonos y una gran
cantidad de tierra fértil lista para el cultivo. Un día, un joven aspirante a
agricultor llamado Axel llega al pueblo y ofrece pagar un arrendamiento a
cambio del derecho a cultivar un acre de buena tierra. Todos coinciden por lo
que respecta a la cantidad de cereal que produciría un acre de tierra, pero no
pueden decidir cuánto deberían cobrarle a Axel. Al no haber escasez de tierras
improductivas, los terratenientes que compiten entre sí no podrán cobrar
arrendamientos muy altos… o, al menos, considerables. Cada uno de estos
propietarios preferiría cobrar arrendamientos bajos a no cobrar nada, por lo
que cada uno de ellos ofrecerá un precio menor que el de sus rivales hasta que
Axel pueda comenzar a cultivar a cambio de un valor muy bajo, apenas suficiente
para compensar al terrateniente por haberse tomado la molestia.
La
primera lección que aparece aquí es que la persona que posee el recurso deseado
—en este caso, el propietario— no siempre tiene tanto poder como creeríamos.
Por otro lado, la historia no especifica si Axel es muy pobre o si lleva un
fajo de billetes oculto en el falso tacón de su bota, ya que esto no representa
ninguna diferencia con respecto al coste del arrendamiento. El poder de
negociación proviene de la escasez: los colonos son pocos y las tierras
abundan; por lo tanto, los propietarios no tienen poder de negociación.
Esto
significa que si la escasez relativa varía de una persona a la otra, el poder
de negociación también lo hace. Si, con el correr de los años, muchos
inmigrantes siguieran los pasos de Axel, la cantidad de buenas tierras libres
disminuiría hasta que ya no quedara ninguna. Mientras existan tierras libres,
la competencia entre aquellos terratenientes que aún no hayan atraído
arrendatarios mantendrá los valores de arrendamiento muy bajos. Sin embargo,
llegará el día en que un aspirante a agricultor, llamémoslo Bob, llegue al
pueblo y se encuentre con que ya no queda tierra fértil disponible. La
alternativa, que sería cultivar en tierras de monte bajo, de menor calidad pero
abundantes, no es atractiva. Entonces, Bob le ofrecerá una buena cantidad de
dinero a cualquier terrateniente capaz de desalojar a Axel, o a cualquiera de
los otros agricultores que estén trabajando la tierra a cambio de un
arrendamiento casi inexistente, y que le permita a él hacerlo en su lugar. Sin
embargo, al igual que Bob está dispuesto a pagar para arrendar una buena
porción de tierra en lugar de monte bajo, todos los agricultores de la pradera
también estarán dispuestos a pagar para no tener que irse. Todo ha cambiado, y
con rapidez: de pronto, los propietarios han obtenido verdadero poder de
negociación, porque súbitamente los agricultores son relativamente muchos; y
las buenas tierras, relativamente escasas.
Esto
significa que los terratenientes podrán aumentar el valor de los
arrendamientos. ¿Cuánto? Tendrá que ser lo suficiente para que los agricultores
ganen la misma cantidad de dinero al trabajar buenas tierras, pagando un
arrendamiento, que al cultivar en monte bajo, de menor calidad, sin pagar por
ello. Si la diferencia en cuanto a la productividad de los dos tipos de tierra
se traduce en cinco costales de cereales anuales, entonces el coste del
arrendamiento será el equivalente a cinco costales al año. Si el terrateniente
intenta cobrar más, el arrendatario dejará su terreno para cultivar en monte
bajo; y si el arrendamiento es menor, los que cultivan las tierras de menor
calidad estarán dispuestos a ofrecer más dinero.
Puede
parecer extraño que los valores de los arrendamientos varíen con tal rapidez,
simplemente porque un solo hombre más llegó a la zona para cultivar.
Aparentemente, esta historia no explica cómo funciona realmente el mundo, pero
contiene más verdades de las que puedas creer, aunque esté simplificada en
extremo. Por supuesto que en el mundo real hay otros elementos que debemos
tomar en cuenta: leyes relacionadas con el desalojo, contratos a largo plazo e
incluso normas culturales, tales como que echar a una persona para instalar un
nuevo inquilino al día siguiente es algo que simplemente «no se hace». En el
mundo real, hay más de dos tipos de tierra de labranza, y Bob podría tener
otras opciones, además de convertirse en agricultor: podría conseguir un empleo
como contable, o conducir un taxi. Todos estos hechos complican lo que sucede
en la realidad: hacen que el traspaso del poder de negociación sea más lento,
alteran los números absolutos involucrados y ponen freno a los cambios
repentinos de los valores de alquiler.
Sin
embargo, las complicaciones de la vida cotidiana a menudo esconden entre
bambalinas las tendencias más marcadas, a medida que el poder generado por la
escasez se traslada de un grupo al otro. La labor del economista consiste en
arrojar luz sobre el proceso subyacente. No deberíamos sorprendernos si,
repentinamente, el mercado agrario se pone en contra de los agricultores, o si
los precios de las viviendas se incrementan drásticamente, o si el mundo se
colma de cafeterías en tan sólo unos pocos meses. La simplicidad de esta
historia enfatiza una parte de la realidad subyacente, pero este énfasis nos
ayuda a revelar algo importante. En ocasiones, la escasez relativa y el poder
de negociación cambian de manos realmente rápido, y esto tiene un profundo efecto
sobre la vida de las personas. A menudo nos quejamos por los síntomas: el coste
mayor de una taza de café, o hasta de una casa, pero no podemos tratar el
síntoma con éxito sin antes comprender los patrones de escasez que constituyen
su base.
§. La
tierra «marginal» tiene una importancia fundamental
El traspaso del poder de negociación no tiene por qué terminar aquí. Aunque
podemos seguir elaborando la historia de los agricultores indefinidamente, los
principios básicos van a ser los mismos. Por ejemplo, si siguen llegando nuevos
agricultores, en algún momento, además de cultivar las mejores tierras, tendrán
que cultivar también todo el monte bajo. Cuando Cornelius, un nuevo colono,
llegue al pueblo, sólo quedará disponible la pradera, que es incluso menos
productiva que el monte bajo. Aquí, podemos esperar la misma danza de
negociaciones: Cornelius ofrecerá dinero a los propietarios para conseguir una
porción de monte bajo, los arrendamientos de este tipo de terreno se
incrementarán rápidamente, y el diferencial entre éste y las mejores tierras
también deberá mantenerse (de otra forma, los agricultores van a querer
mudarse), por lo que el valor de los arrendamientos también aumentará en las
tierras de mejor calidad.
Por lo
tanto, el valor del arrendamiento de los mejores terrenos siempre será igual a
la diferencia entre el producto de la cosecha en ellos y cualquier otro que se
encuentre disponible, libre del pago de un alquiler, para los nuevos
agricultores. Los economistas llaman a estas otras tierras «tierras
marginales», debido a que se encuentran en el límite entre ser o no cultivadas.
(Pronto verás que los economistas piensan mucho sobre decisiones marginales).
Al comienzo, cuando había mucha más tierra de excelente calidad que colonos,
ésta no era solamente la mejor tierra, sino que también era la tierra
«marginal», debido a que nuevos agricultores podían utilizarla. Como la mejor
tierra era al mismo tiempo tierra marginal, el valor del arrendamiento
prácticamente no existía, excepto por una suma irrisoria para compensar al
terrateniente por las «molestias». Luego, cuando hubo tantos agricultores que
la mejor tierra ya no alcanzaba para todos, el monte bajo se convirtió en
tierra marginal, y el valor de los arrendamientos de las mejores tierras
aumentó al equivalente a cinco costales al año (que es la diferencia de
productividad entre las mejores tierras y las tierras marginales —en este caso,
el monte bajo—). Cuando llegó Cornelius, la pradera se convirtió en tierra
marginal, las mejores tierras se volvieron aún más atractivas en relación con
la tierra marginal, y así los propietarios pudieron volver a aumentar los
valores de las mejores tierras. Aquí es importante notar que no existe un valor
absoluto: todo está en relación con esa tierra marginal.
§. De las
tierras de cultivo a los puestos de café
Una bonita historia, pero aquellos de nosotros que disfrutamos con las
películas del Oeste preferiríamos la imagen desértica de Sin perdón a
la desolación psicológica de Solo ante el peligro. Así que David
Ricardo y yo no obtendremos un premio al guión cinematográfico, pero
seguramente nos perdonarán si logramos que nuestra sencilla fábula nos diga
algo útil acerca del mundo moderno.
Podríamos
comenzar con las cafeterías. ¿Por qué en Londres, Nueva York, Washington o
Tokio el café es caro? Desde el punto de vista del sentido común, el café es
caro porque las cafeterías deben pagar alquileres elevados. El modelo propuesto
por David Ricardo puede demostrarnos que éste es un enfoque erróneo para
analizar este tema, debido a que el «alquiler elevado» no es un hecho
arbitrario de la vida: tiene una causa.
La
historia de Ricardo nos enseña que hay dos cosas que determinan el coste del
alquiler en ubicaciones privilegiadas, como en el ejemplo de las mejores
tierras: la diferencia en productividad agrícola entre las mejores tierras y la
tierra marginal, y la importancia de la productividad agrícola en sí misma. A
un dólar el costal, cinco costales de cereales equivalen a un arrendamiento de
cinco dólares. A doscientos mil dólares el costal, cinco costales de cereales
equivalen a un arrendamiento de un millón de dólares. Las buenas tierras
implican costes de arrendamiento elevados, siempre y cuando el cereal que se
produce en ellas también sea valioso.
Ahora,
apliquemos la teoría de Ricardo a las cafeterías. Así como las mejores tierras
impondrán altos costes de arrendamiento si producen cereales valiosos, las
ubicaciones privilegiadas para cafeterías impondrán alquileres elevados sólo si
sus clientes están dispuestos a pagar precios altos por el café. Los clientes
de la hora punta están tan desesperados por ingerir cafeína, y están tan
apurados, que prácticamente no les importa el precio. Es su disposición a pagar
precios altos por un oportuno café la que determina que el alquiler sea
elevado, y no a la inversa.
Las
ubicaciones adecuadas para las cafeterías son como las mejores tierras: son la
propiedad de mejor calidad para ese propósito, y se agotan rápidamente. Los
locales de las esquinas de la zona céntrica de Manhattan son dominio de
Starbucks, Cosi y sus competidores. En las cercanías de la estación Dupont
Circle del metro, en Washington D. C., Cosi tiene la mejor ubicación en la
salida sur, y Starbucks la de la salida norte, sin mencionar que también han
marcado territorio frente a las estaciones cercanas del metro en ambas
direcciones. En Londres, AMT está en las estaciones del metro Waterloo, King’s
Cross, Marylebone y Charing Cross; de hecho, cada una de las estaciones del
metro de Londres cuenta con algún local de alguna gran cadena de cafeterías.
Estos locales podrían ser usados para vender automóviles de segunda mano o
comida china, pero nunca se utilizan para ello. Esto no se debe a que una
estación de tren no constituya un buen lugar para vender comida china o
automóviles usados, sino a que no hay escasez de otras buenas ubicaciones con
bajos alquileres en las que se puedan vender fideos o automóviles: zonas en las
que los clientes estén menos apurados, más dispuestos a caminar o a realizar un
pedido a domicilio. Para las cafeterías u otros establecimientos similares que
venden tentempiés o periódicos, un alquiler más bajo no es una compensación
suficiente por la pérdida de la avalancha de clientes a los que no les importa
el precio.
§.
Modelos portátiles
David Ricardo encontró la manera de escribir un análisis sobre los comercios
que ofrecen capuchinos en las estaciones de tren incluso antes que de
existieran las cafeterías o las estaciones de tren. Éste es el tipo de cosas
que hacen que la gente odie o ame la economía. Aquellos que la odian argumentan
que, si queremos entender cómo funciona el negocio de los cafés modernos, no
deberíamos leer un análisis sobre la agricultura publicado en 1817. Pero muchos
de nosotros estamos encantados con el hecho de que Ricardo pudiera, hace casi
doscientos años, tener el entendimiento que ilumina nuestra comprensión actual.
Es fácil notar la diferencia entre la agricultura del siglo XIX y la espuma del
café del siglo XXI, aunque no es tan fácil detectar sus similitudes hasta que
no nos las muestran. La economía, en parte, consiste en la «modelización», en
articular los principios y patrones básicos que operan detrás de temas
aparentemente complejos, como el valor de arrendamiento de las granjas o el del
alquiler de las cafeterías.
Existen
otros modelos aplicables al negocio del café, que resultan útiles para cosas
diferentes. Un modelo sobre el diseño y la arquitectura de las cafeterías
podría ser útil como ejemplo práctico para los diseñadores de interiores. Un
modelo de física podría esbozar las características sobresalientes de la
máquina que genera las diez atmósferas de presión necesarias para preparar un
café exprés, y al mismo tiempo ser útil para hablar acerca de las bombas de
succión o del mecanismo interno de combustión. En la actualidad, disponemos
hasta de modelos de impacto ambiental sobre los diferentes métodos de
eliminación de los desechos del café. Cada modelo resulta útil para cosas
diferentes, pero un «modelo» que intente describir el diseño, la ingeniería, la
ecología y los aspectos económicos no sería más sencillo que la realidad misma,
por lo que no añadiría nada a nuestro entendimiento de las cosas.
El modelo
de Ricardo resulta útil para analizar la relación entre la escasez y el poder
de negociación, lo cual va mucho más allá del café o la agricultura y, en
definitiva, explica mucho sobre el mundo que nos rodea. Cuando los economistas
observan el mundo, ven patrones sociales ocultos, patrones que se vuelven
evidentes sólo cuando centramos nuestra atención en los procesos esenciales
subyacentes. Este enfoque hace que los críticos digan que la economía no toma
en cuenta los casos en su totalidad, el «sistema» en su totalidad. Sin embargo,
¿de qué otra forma podría un análisis del siglo XIX sobre la agricultura
revelar la verdad acerca de las cafeterías del siglo XXI, si no es dejando de
lado toda clase de diferencias importantes? La verdad es que simplemente no es
posible comprender algo complicado sin concentrarse en determinados elementos,
con el fin de reducir su complejidad. Los economistas eligen centrarse en
ciertos aspectos, y la escasez es uno de ellos. Este enfoque implica dejar de
lado el funcionamiento de la máquina de café, la combinación de colores de las
cafeterías y otros aspectos interesantes e importantes; pero también ganamos
cosas gracias a ese enfoque: una de ellas es la comprensión del «sistema», del
sistema económico, que es mucho más abarcador de lo que la gente cree.
De todas
maneras, es oportuno hacer una salvedad: la simplificación de los modelos
económicos hace que los economistas se equivoquen; y Ricardo mismo fue una
víctima temprana de esto. Intentó ampliar este modelo extraordinariamente
exitoso de agricultores y terratenientes individuales para explicar la
distribución de la renta en la economía en su totalidad: cuánto recibían los
trabajadores, cuánto los propietarios y cuánto los capitalistas. No funcionó
del todo, ya que Ricardo tomó al sector de la agricultura en su conjunto como
si se tratara simplemente de una granja enorme con un solo propietario. Un
sector agrícola unificado no tiene nada que ganar al mejorar la productividad
de la tierra con caminos o irrigación, ya que esas mejoras también reducirían la
escasez de buenas tierras. Por otro lado, un terrateniente individual en plena
competencia con otros sí hallaría un incentivo en realizar estas mejoras.
Enredado en los detalles técnicos, Ricardo no logró darse cuenta de que miles
de terratenientes que compiten entre sí tomarían decisiones diferentes a las
que tomaría uno solo. Así pues, el modelo propuesto por Ricardo no puede
explicar todo, pero estamos a punto de descubrir que va más allá de lo que él
mismo pudo haber imaginado. No explica solamente los principios que yacen
detrás de las cafeterías y la agricultura: si se aplica correctamente, muestra
que la legislación relacionada con el medio ambiente puede afectar
drásticamente a la distribución de los ingresos. Explica por qué algunas
industrias lógicamente generan altas ganancias, mientras que, en otras, las
altas ganancias son un claro símbolo de contubernio. Hasta logra explicar por
qué las personas instruidas se oponen a la inmigración de otras personas
instruidas, al tiempo que las clases trabajadoras se quejan de la inmigración
de otros trabajadores no cualificados.
§. Las
diversas razones de los altos costes de arrendamiento
¿Te molesta que te estafen?
A mí sí.
Muchas de las cosas de esta vida son caras. Por supuesto que, en ocasiones, ese
coste elevado es un resultado lógico del poder que genera la escasez. Por
ejemplo, en Nueva York no hay muchos apartamentos con vistas al Central Park, y
lo mismo sucede con el Hyde Park en Londres. Debido a que tantas personas
quieren tenerlos, estos apartamentos son caros y muchos se desilusionan. Y no
hay nada siniestro en ello. Por otro lado, no resulta tan obvia la razón por la
que las palomitas de maíz son tan caras en el cine (no había escasez de
palomitas de maíz la última vez que lo comprobé). Entonces, lo primero que
quizá querríamos hacer es distinguir entre las diferentes razones por las que
las cosas son caras.
A través
de los términos que utiliza Ricardo, intentaremos averiguar las diferentes
causas de que los alquileres sean altos. Aunque todos estos conocimientos sobre
las tierras son muy poco interesantes (a menos que seas agricultor), adquieren
una importancia súbita cuando los aplicamos a la cuestión de por qué la renta
de tu apartamento parece tan abusiva, o a la de si los bancos nos están
estafando. Podemos entonces comenzar con las buenas tierras y luego aplicar lo
que aprendamos de manera más amplia.
Sabemos
que los costes de arrendamiento de las mejores tierras se determinan por la
diferencia de fertilidad que existe entre éstas y las tierras marginales.
Entonces, una razón obvia por la que los arrendamientos pueden ser altos sería
que las mejores tierras producen cosechas relativamente muy valiosas en
contraste con las tierras marginales. Como mencioné algunas páginas atrás,
cinco costales de cereales significan, si el costal cuesta un dólar, un
arrendamiento de cinco dólares; pero a 200.000 dólares el costal, cinco
costales de cereales equivaldrían a un arrendamiento de un millón de dólares.
Si el cereal es caro, es lógico que las escasas tierras de buena calidad en que
se produce también sean caras.
Pero hay
otra forma de hacer que aumenten los valores de arrendamiento de las buenas
tierras, que no es tan lógica como la anterior. Supongamos que los
terratenientes se reúnen y logran convencer a la autoridad local de que debe
haber aquello que en Inglaterra llaman «cinturón verde»: una amplia extensión
de tierras alrededor de la ciudad, en la que se evita el desarrollo
inmobiliario mediante severas normas de planificación urbanística. Los
terratenientes afirman que sería una pena cubrir tierras agrestes tan bonitas
con granjas, por lo que debería ser ilegal cultivar estas tierras.
Los
propietarios pueden obtener enormes beneficios gracias a una prohibición como
ésta, ya que haría que los costes de arrendamiento de las tierras habilitadas
se incrementasen. Recuerda que el valor de arrendamiento de las buenas tierras
se establece sobre la base de la diferencia entre la productividad de éstas y
la productividad de la tierra marginal. Si prohíbes el cultivo en esa tierra
marginal, el coste de arrendamiento de las mejores tierras se disparará. Antes,
la alternativa a pagar arrendamiento para cultivar las mejores tierras era
cultivar la pradera sin pagar nada a cambio. Ahora, esa alternativa ya no
existe. Los agricultores están mucho más interesados en cultivar las mejores
tierras, ya que cultivar la pradera es ilegal, por lo que también estarán
dispuestos a pagar costes de arrendamiento mucho más altos.
Entonces,
hemos encontrado dos razones por las cuales los arrendamientos pueden ser
altos: la primera es que merece la pena pagar mucho dinero por buenas tierras,
debido a que los cereales que producen son muy valiosos; la segunda es que vale
la pena pagar mucho dinero por buenas tierras, ya que no hay otra alternativa
disponible.
Aquellos
lectores que actualmente alquilen propiedades en Londres seguramente habrán
fruncido el entrecejo. Londres está rodeado por el «Cinturón Verde» original,
que fue creado en la década de los treinta. ¿Será ésta la razón por la que las
propiedades son tan caras en Londres, sea para alquilar o para comprar: no por
ser mucho mejor que otras alternativas disponibles, sino porque la alternativa
se ha convertido en ilegal?
Es una
combinación de ambas: es cierto que Londres es único, y que es un lugar mucho
mejor para los apartamentos lujosos y para edificios de oficinas que Siberia,
Kansas City o incluso París. En parte, los alquileres son altos por esa razón;
pero otra de las razones por la que las propiedades son caras en Londres es por
el Cinturón Verde. Uno de sus efectos es evitar que Londres se extienda hacia
sus alrededores (lo que muchas personas consideran una buena idea), y otro
efecto es transferir grandes cantidades de dinero de parte de los inquilinos de
Londres a los propietarios de Londres: el Cinturón Verde mantiene los costes de
los alquileres y los precios de las casas en Londres en valores mucho más altos
de lo que deberían ser, exactamente de la misma forma que la prohibición de
cultivar en praderas mantendría los alquileres de las buenas tierras y del
monte bajo mucho más altos de lo que estarían si la situación fuera diferente.
Éste no
es un argumento en contra del Cinturón Verde. Son muchísimos los beneficios de
tener a la población de Londres restringida a unos seis millones de personas,
en lugar de que sea de dieciséis o veintiséis millones. Pero es importante que,
al evaluar los pros y los contras de una legislación como la del Cinturón
Verde, comprendamos que sus efectos no son solamente preservar el medio
ambiente. Los alquileres de oficinas en el West End de Londres son más altos
que los de Manhattan o los de la zona céntrica de Tokio; de hecho, el West End
es el lugar más caro del mundo para alquilar oficinas, y también tiene el
récord mundial en cuanto a la casa más costosa: 70 millones de libras
esterlinas (alrededor de 130 millones de dólares). El Cinturón Verde ha hecho
que las propiedades en Londres sean escasas en relación con la cantidad de
personas que quieren acceder a ellas y, por supuesto, el poder proviene de la
escasez.
Ha
llegado el momento de tu primera evaluación de economía. ¿Por qué las mejoras
en la calidad y el precio de los servicios de trenes que transportan a las
personas a sus trabajos desde los suburbios hasta la estación Penn Station en
Nueva York beneficiarían a las personas que alquilan inmuebles en Manhattan? ¿Y
por qué los propietarios de Nueva York estarían menos entusiasmados por estas
mejoras?
La
respuesta es que las mejoras en el transporte público hacen que haya más
alternativas a la de alquilar un apartamento en la ciudad. Cuando el viaje
diario de dos horas al trabajo se convierte en un viaje de una hora, y las
personas pueden conseguir un asiento libre en el tren en lugar de tener que
viajar de pie, algunos deciden que prefieren ahorrar dinero y mudarse fuera de
Manhattan. De esta manera, aparecerían apartamentos disponibles en el mercado
inmobiliario, la escasez disminuiría y los precios de los alquileres bajarían.
Mejorar los servicios de transporte masivo no afectaría solamente a las
personas que deben viajar para ir al trabajo, sino que también lo haría con
todas las personas involucradas en el mercado inmobiliario de Nueva York.
§. ¿Nos
están estafando?
Uno de los problemas de ser un «economista camuflado» es que comienzas a ver
«cinturones verdes» de todo tipo por todas partes. ¿Cómo podemos hacer para
notar la diferencia entre aquellas cosas que son caras porque son naturalmente
escasas y aquellas que son caras por causas artificiales, como leyes, normas o
juego sucio?
El modelo
propuesto por Ricardo también puede ser de utilidad en este caso. Necesitamos
apreciar el paralelismo oculto entre los recursos naturales, como los campos o
las ubicaciones concurridas, y las empresas. Los campos nos permiten
transformar algo en una cosa diferente, por ejemplo: abono y semillas en
cereales. Las empresas son lo mismo: un fabricante de automóviles convierte
acero, electricidad y otros ingredientes en automóviles. Una gasolinera
convierte bombas, grandes tanques de combustible y tierras en gasolina que va a
parar al tanque de tu automóvil. Un banco transforma ordenadores, sistemas de
contabilidad y dinero en efectivo en servicios bancarios. Sin cometer un acto
intelectualmente demasiado violento, podríamos reemplazar las palabras «arrendamiento»
o «alquiler» por «ganancias», utilizando el modelo de Ricardo. Alquiler es la
rentabilidad que reciben los propietarios a cambio de su propiedad; ganancia es
la rentabilidad que obtienen los dueños de una compañía por su propiedad.
Utilicemos
a un banco como ejemplo. Imagina que un banco es muy bueno en lo que se refiere
a los servicios bancarios: tiene una cultura empresarial fantástica, una marca
fuerte y ha desarrollado el mejor sistema informático bancario especializado.
En ese banco trabajan buenas personas, y otras buenas personas ingresan en él
para aprender de ellas. Todo esto, sumado, es lo que el economista John Kay
(quien explícitamente invoca el modelo propuesto por Ricardo) llama una
«ventaja competitiva sostenible»: una forma de aventajar a la competencia y
generar ganancias año tras año.
Llamemos
a este superbanco «Corporación Bancaria Axel». Un segundo banco, «Créditos y
Deudas Bob», no es tan competente: la gente confía menos en su marca, y su
cultura empresarial es regular. No es malo, pero tampoco es muy bueno. Un
tercer banco, «Compañía de Depósitos Cornelius», es totalmente ineficiente:
tiene una reputación pésima, los cajeros son groseros con los clientes y el
control de gastos es inexistente. El banco de Cornelius es menos eficiente que
la organización de Bob, y extremadamente incompetente comparado con la
«Corporación Bancaria Axel». Todo esto debería recordarnos los tres tipos de
tierras: las buenas tierras, las cuales son muy eficientes en lo que a producir
cereales se refiere; el monte bajo, que es menos eficiente; y la pradera, que
lo es incluso menos.
El banco
de Axel, el banco de Bob y el banco de Cornelius compiten en la venta de
servicios bancarios al convencer a las personas de que abran cuentas bancarias
o de que tomen préstamos. El banco de Axel es tan efectivo que puede brindar
sus servicios bancarios con un coste menor, o brindar servicios de mejor
calidad al mismo coste. Al final de cada año, el banco de Axel obtendrá grandes
ganancias; el banco de Bob, que atiende a sus clientes con menos facilidad,
obtendrá ganancias un poco menores; y el banco de Cornelius tan sólo cubrirá
sus gastos. Si el mercado bancario fuera más estricto, el banco de Cornelius
cerraría. Por el contrario, si el mercado bancario comenzase a ser más
atractivo, el banco de Cornelius empezaría a tener ganancias, y un nuevo banco,
incluso menos eficiente que el de Cornelius, se agregaría al negocio. El nuevo
banco sería el banco marginal, y sólo cubriría sus gastos.
Sin
repetir cada uno de los pasos del análisis, podemos recordar que el valor de
arrendamiento de las mejores tierras se basaba en la comparación de la
productividad de estas tierras con la de las praderas marginales. De la misma
manera, las ganancias de Axel se establecen mediante su comparación con el
banco de Cornelius, el banco marginal, el cual, como sabemos, debería esperar
obtener pocas ganancias o ninguna. Entonces, los beneficios de las empresas, al
igual que los alquileres, se determinan sobre la base de las alternativas
disponibles. Una empresa con fuertes competidores será menos rentable que una
empresa con rivales incompetentes.
Probablemente
estés pensando que esta analogía tiene un fallo: la superficie de buenas
tierras es limitada, pero las empresas pueden crecer. Pero eso es verdadero
sólo de manera parcial: las empresas no pueden crecer de la noche a la mañana
sin que esto afecte a su reputación y a las demás características que las
convirtieron en triunfadoras. Por otro lado, aunque la superficie no puede
cambiar, las distinciones entre los diversos tipos de tierra variarán con los
años, a medida que se desarrollen nuevas tecnologías de riego, control de
plagas y fertilización.
El modelo
de Ricardo, que ignora los cambios que puedan suceder con el correr del tiempo,
puede explicar las tendencias de los precios agrícolas a lo largo de algunas
décadas, no de siglos, y al mismo tiempo explicar la rentabilidad empresarial a
lo largo de algunos años, y no de décadas. Como sucede con muchos modelos
económicos, el análisis funcionará bien dentro de una escala determinada de
tiempo: en este caso, en el corto y medio plazo. Para analizar otros plazos
temporales, se necesitan modelos diferentes.
Todo esto
está muy bien… pero ¿qué tiene que ver con el enriquecimiento ilícito de las
empresas?
Los
periódicos señalan a menudo que las altas ganancias de las empresas son un
signo de que se están aprovechando de los consumidores. ¿Están en lo cierto?
Sólo algunas veces. El análisis de Ricardo sugiere que hay dos razones por las
que las ganancias promedio de una industria, como la bancaria, pueden ser
elevadas. Si los clientes realmente valoran un servicio y una reputación
excelentes, tanto Axel como Bob van a ganar mucho dinero (el banco de Cornelius
es el banco marginal y puede esperar muy pocas ganancias). Los periodistas
podrán entonces quejarse de sus ganancias excesivas. Si a los clientes no les
importa tanto el buen servicio, Axel y Bob van a tener una rentabilidad
moderadamente mayor que la de Cornelius (que sigue siendo el banco marginal, por
lo que continúa teniendo ganancias pequeñas) y las ganancias promedio serán
bajas. Los reporteros, entonces, guardarán silencio. Pero la motivación y las
estrategias que utiliza la industria no han cambiado: lo único que cambió fue
que los clientes premiaron a quien les brindó un servicio excelente. Nadie está
estafando a nadie; en cambio, están premiando a Axel y a Bob porque ellos
ofrecen algo que es, al mismo tiempo, escaso y muy valorado.
Sin
embargo, las grandes ganancias no siempre se obtienen tan limpiamente: a veces
la indignación de los periódicos es justificada. Existe una segunda explicación
para las grandes ganancias de las empresas. ¿Qué sucedería si una especie de
Cinturón Verde bancario excluyera completamente del mercado al banco de
Cornelius? En el mundo real, hay muchísimas razones por las que posibles nuevas
compañías no pueden ingresar en el mercado para competir. Algunas veces, los
consumidores no pueden culpar a nadie más que a sí mismos: las nuevas empresas
deben luchar por acceder al mercado debido a que los clientes sólo son capaces
de tratar con las empresas ya establecidas. John Kay nos muestra que ciertos
productos «vergonzosos», como los condones o los tampones, generan enormes
ganancias porque a los nuevos participantes les resulta difícil promocionar sus
productos. Más frecuentemente, las propias empresas presionan a los Gobiernos y
les piden que las protejan de la competencia. Así, muchos Gobiernos de todo el
mundo otorgan licencias de monopolio, o imponen muchas restricciones para el
acceso a industrias «sensibles», como la bancaria, la agrícola o la de las
telecomunicaciones. Cualquiera que sea la razón, el efecto siempre es el mismo:
las compañías ya establecidas, libres de competencia, disfrutan de grandes
ganancias. De hecho, y debido a la similitud entre los alquileres que se pueden
cobrar por tierras de las cuales hay pocos sustitutos, y las ganancias
obtenidas por una empresa que tiene pocos competidores, los economistas a
menudo llaman a estas ganancias «rentas monopolísticas». Puede ser un término
confuso, pero puedes echarle la culpa al modelo de David Ricardo y a la falta
de imaginación que los economistas han demostrado desde entonces.
Si yo
quisiera saber si los supermercados, bancos o laboratorios me están estafando,
podría averiguar cuán rentables son esas industrias. Si están obteniendo
ganancias enormes, entonces, inicialmente, desconfiaré; pero si da la impresión
de que resulta relativamente fácil crear una nueva compañía y competir con
ellas, entonces me volveré menos suspicaz. Esto significaría que sus altas
ganancias son provocadas por una escasez natural: no hay tantas organizaciones
bancarias realmente buenas en el mundo, y las buenas organizaciones bancarias
son mucho más eficientes que las malas.
§.
«Alquiler» de recursos
Los propietarios y los ejecutivos no son las únicas personas que quieren evitar
la competencia y que desean gozar de rentas monopolísticas. Los sindicatos, los
grupos de presión, las personas que estudian para convertirse en profesionales
y hasta los Gobiernos nacionales también quieren lo mismo. Todos los días, las
personas que nos rodean tratan de evitar la competencia o de quedarse con los
beneficios de aquellos que han tenido éxito. Los economistas llaman «creación
de rentas» y «captación de rentas» a este tipo de comportamiento.
Esto no
es sencillo de hacer. Resulta que el mundo es un lugar competitivo por
naturaleza, y no es asunto sencillo esquivar a la competencia. Por suerte,
porque aunque la competencia es incómoda si estás del lado equivocado, es
agradable cuando estás del lado correcto, como consumidor. Todos nos
beneficiamos al interactuar con aquellos que compiten entre sí para ofrecernos
empleos, periódicos o vacaciones al sol, del mismo modo que nuestros míticos
terratenientes se beneficiaban de la competencia entre Bob y Axel.
Una forma
de evitar la competencia es mediante el control de un recurso natural, tal como
la tierra de labranza. En el mundo hay una cantidad limitada de buena tierra de
labranza, y sólo las revoluciones en las técnicas agrícolas pueden modificar
eso. Pero la tierra de labranza no es el único recurso natural finito del
mundo; otro ejemplo lo constituye el petróleo. En algunas partes del planeta,
el petróleo puede producirse con bajos costes: principalmente, en Arabia Saudí,
Kuwait, Irak y otros Estados del Golfo. En otras partes del mundo es más caro
producir petróleo, como en Alaska, Nigeria, Siberia y Alberta. Y hay muchos
lugares del mundo en los que hay petróleo, pero es tan caro extraerlo que nadie
está siquiera pensando en hacerlo. En este momento, por tanto, son los lugares
como Alberta los que producen petróleo marginal.
La
historia de la industria del petróleo representa un caso práctico al que se
puede aplicar la teoría de Ricardo sobre los alquileres. Hasta 1973, el
suministro mundial de petróleo se producía en «campos de petróleo», situados
mayoritariamente en el Oriente Medio. A pesar del increíble valor del petróleo
para las economías industrializadas, su precio era muy bajo, menos de 10
dólares actuales por barril, debido a que había muchísimo disponible y su coste
era muy bajo. La Organización de Países Exportadores de Petróleo, OPEP,
propietaria de la mayoría de los yacimientos petrolíferos, decidió dejar
algunos de sus propios campos fuera de servicio al ordenar a cada uno de sus
países miembros que redujera su producción de petróleo. Los precios del
petróleo se dispararon hasta llegar a 40 dólares por barril, y luego a 80
dólares, en valor actual. Se mantuvieron altos durante años, porque, a corto
plazo, existían pocas fuentes alternativas de petróleo. (En el mundo propuesto
por Ricardo, el equivalente a esta situación hubiera sido interrumpir
abruptamente el cultivo de las mejores tierras y esperar un tiempo hasta que la
pradera pudiera ser limpiada y arada, lo que causaría una escasez temporal de
cereales y, a su vez, un aumento de los alquileres).
A 80
dólares el barril, muchas alternativas parecían económicas y se fueron
adoptando con el correr del tiempo: utilizar carbón en lugar de petróleo en la
producción de electricidad, fabricar automóviles con menor consumo de gasolina,
y buscar petróleo en lugares como Alberta y Alaska. Así, el «monte bajo de
energía» y la «pradera de energía» comenzaron a explotarse cada vez más. Para
mantener los precios elevados, la OPEP se vio obligada a aceptar una
participación cada vez más pequeña en el mercado mundial de petróleo.
Finalmente, Arabia Saudí «rompió filas» en 1985 e incrementó su producción. En
1986, los precios se desplomaron y, hasta hace unos pocos años, el precio del
petróleo se correspondía, aproximadamente, con el coste de producción de campos
marginales en lugares como Alberta, es decir, entre 15 o 20 dólares por barril.
En los últimos años, hemos sufrido tropiezos causados por la combinación de un
incremento inesperado de la demanda en China con interrupciones en la
producción de Arabia Saudí, Irak, Nigeria y Venezuela, lo que causó aumentos en
los precios del petróleo que llevaron el barril a más de 50 dólares. Sin
embargo, incluso a los precios más bajos que se registraron durante la década
del noventa, el petróleo producido en los campos más baratos de Arabia Saudí y
Kuwait, a un coste de unos pocos dólares por barril, fue prácticamente ganancia
pura.
§.
¿Cuándo el crimen tiene castigo?
Gran parte de la economía mundial no está íntimamente relacionada con recursos
naturales limitados; esto significa que las personas deben encontrar otras
maneras de evitar la competencia.
Un método
muy frecuente para ello es el de la violencia, que es especialmente
generalizado en el comercio de drogas y otras clases de crimen organizado. Los
traficantes de drogas prefieren no tener competidores que hagan descender el
precio de las mismas. Posiblemente, al matar o golpear a la suficiente cantidad
de personas, una banda de criminales podría disuadir a sus bandas rivales de
entrar en el mercado, lo que le permitiría gozar de ganancias enormes. Esto es
ilegal, por supuesto, pero también lo es comercializar drogas: si de todas
maneras te arriesgas a ir a prisión, no tiene mucho sentido hacer las cosas a
medias. Si los narcotraficantes quieren gozar del poder que brinda la escasez,
deben hacer algo para que la competencia sea escasa. Por otro lado, es muy
difícil que sus clientes denuncien a la policía que los están estafando.
Desgraciadamente
para la banda media de narcotraficantes, ni siquiera la violencia es suficiente
para obtener ganancias. La dificultad con la que se encuentran es que tanto las
armas como los jóvenes agresivos se encuentran por doquier. Cualquier banda que
gane mucho dinero tienta a otras bandas a que quieran entrar en su territorio
por la fuerza, y habrá muchos candidatos. El economista Steven Levitt y el
sociólogo Sudhir Venkatesh lograron hacerse con la contabilidad de una banda
callejera estadounidense. Resulta que los «soldados rasos» a veces sólo ganan
tan poco como 1,70 dólares a la hora. Las posibilidades de ascender son buenas,
si consideramos la rápida rotación de los miembros dentro de la banda (muy a
menudo, unos abandonan; a otros los matan); sin embargo, aun teniendo en cuenta
estas posibilidades, el salario promedio es menor de 10 dólares por hora. Esto
no es mucho si consideramos que, en un período de cuatro años, un miembro
típico de una banda criminal tiene la posibilidad de recibir dos disparos, de
ser arrestado seis veces y una posibilidad entre cuatro de que lo maten.
Algunas
iniciativas criminales tienen mayor éxito. Con frecuencia, los grupos de la
mafia se involucran en negocios legítimos, tales como una lavandería
industrial, lo que puede proporcionarles grandes beneficios, siempre y cuando
disuadan de entrar en ellos a la competencia. Una forma de hacerlo es mediante
amenazas a sus rivales. Esto es bastante sencillo, ya que los camiones de
transporte y las propias lavanderías son mucho más fáciles de encontrar y dañar
que una bolsa de cocaína. Es más fácil aún amenazar a los clientes. Los
seguidores de la serie televisiva Los Soprano saben que la
mafia suministra servicios de lavandería, a precios excesivos, a los
restaurantes, como una manera de sacarles dinero a la fuerza. Las razones son
lo suficientemente claras: los restaurantes son particularmente vulnerables a
la extorsión debido a que no requiere mucho trabajo espantar a sus clientes, al
tiempo que cobrar el dinero de la extorsión mediante la provisión de un
servicio caro hace que lo pagado por «protección» resulte, finalmente,
«desgravable». Generalmente, los negocios rentables atraen a la competencia,
pero en casos como éste la competencia considera que debe de haber formas más
seguras de ganarse el pan.
Esto
sugiere que no es la violencia como tal, sino la efectividad de una
organización, la que crea las barreras que nos separan del ingreso en un
mercado y del acceso a ganancias sostenibles. El banco de Axel la tenía y el de
Cornelius no; a la típica banda callejera le falta; y, aparentemente, la mafia
la tiene de sobra.
§.
«Conspiraciones contra los legos»
Afortunadamente, en los distinguidos rincones del mundo desarrollado, en
general nos encontramos a salvo de las personas que utilizan la violencia para
mantener lejos a sus competidores. Pero esto no significa que las personas no
hayan encontrado otras formas de mantener a raya a sus competidores.
Los
sindicatos son un ejemplo claro. El objetivo de un sindicato es evitar que los
trabajadores compitan entre sí por obtener empleos, lo que haría que los
salarios y las condiciones laborales empeoraran. Si hay mucha demanda de
electricistas y pocas personas que puedan realizar este trabajo, los
electricistas tendrían el poder que proviene de la escasez y deberían poder
tener salarios y condiciones laborales excelentes, con o sin sindicato de por
medio. Si cada vez son más los electricistas disponibles en el mercado, este
poder se vería minado. Los nuevos electricistas desempeñarían el rol del
agricultor Bob. El sindicato está diseñado, en parte, para negociar de manera
colectiva, y en parte para restringir el ingreso a la profesión.
En el
siglo XIX, a medida que se difundía la mecanización masiva, los incentivos para
formar sindicatos se volvían considerables. Los trabajadores constituían una
mercancía abundante: todos reunidos en concentraciones urbanas, fácilmente
sustituibles unos por otros. Sin sindicatos, los salarios podrían mantenerse a
niveles muy bajos; con ellos, podría eliminarse la competencia y los salarios
aumentarían (para aquellos afortunados que formaran parte del sindicato). En
los Estados Unidos, las leyes mantuvieron a los sindicatos a raya: las
legislaciones antimonopolio, destinadas a evitar la connivencia entre grandes
empresas, también estaban dirigidas a los sindicatos. Pero a medida que el
clima político fue cambiando, estas leyes fueron declaradas inaplicables y los
sindicatos aumentaron su poder.
Si los
sindicatos fueran especialmente exitosos, entonces deberíamos esperar que las
industrias sindicadas gozaran de salarios enormes; en algunos momentos y
lugares —como en la industria del automóvil estadounidense de los años sesenta
y setenta— esto ha sido así. Pero los sindicatos se enfrentan con diversos
obstáculos en su camino hacia esta clase de éxito. Cuando se considera que los
sindicatos realizan demandas poco razonables, que hacen que los precios
alcancen niveles inaceptables para gran parte del público, éste a su vez
presiona a los políticos para que regulen a los sindicatos. A veces la escasez
de la que gozan los sindicatos se ve desafiada por la competencia
internacional, como en el caso de los trabajadores de las fábricas de
automóviles estadounidenses, quienes gozaban de excelentes salarios y seguridad
en el empleo hasta que la industria automotriz japonesa comenzó a utilizar
métodos más eficientes y a presionar a los fabricantes estadounidenses.
En el
caso de las industrias en retracción, como los astilleros británicos o la
industria automotriz en los Estados Unidos, los empleos disponibles desaparecen
a tal velocidad que los sindicatos tienen grandes problemas para mantener el
valor de la escasez; el sindicato nunca puede amenazar con cortar el suministro
de trabajadores con la suficiente velocidad como para mantener el mismo ritmo
de una demanda en disminución.
En otras
industrias no es la caída en la demanda sino los empleadores poderosos los que
reducen el poder de los sindicatos. En los Estados Unidos, Wal-Mart (la cadena
de hipermercados más grande del mundo) tiene un tremendo poder de negociación:
sólo había dos Wal-Mart sindicados en América del Norte en la primavera de
2004, cuando la compañía anunció que cerraría uno de ellos, una sucursal en
Quebec, debido a que el sindicato estaba dañando su modelo de negocio. En el
Reino Unido los salarios de los maestros son bajos, a pesar del hecho de que
hay escasez de maestros cualificados. Esto se debe a que el Gobierno, como
único empleador, tiene un poder de negociación descomunal. Comúnmente, cuando
hay escasez de trabajadores, la competencia entre los empleadores debería hacer
subir los salarios. Sólo un empleador monopolístico podría, posiblemente,
mantener una situación en la que exista un importante déficit de maestros y,
sin embargo, los salarios no aumenten en respuesta a ello. Los maestros tienen
cierto poder proveniente de la escasez, pero, en este caso, el poder del
Gobierno es mayor.
Otros
profesionales como los médicos, actuarios, contables y abogados encuentran la
manera de mantener sus salarios elevados a través de métodos que no son
sindicales: crean «cinturones verdes» virtuales que les dificultan la práctica
profesional a sus potenciales competidores. Algunos típicos cinturones verdes
virtuales son los períodos de evaluación muy largos u organismos profesionales
que sólo aprueban a una determinada cantidad de candidatos por año. Muchas de
las organizaciones cuyo propósito es protegernos de profesionales «no
cualificados» en realidad sirven para mantener altos los honorarios de los
profesionales «cualificados» que ellos mismos nos recomiendan. De hecho, muchos
de nosotros nos contentamos con solicitar, de manera informal, consejo legal a
profesionales experimentados que carecen de titulación oficial —así como
también consejo médico a estudiantes de medicina, médicos extranjeros o
terapeutas alternativos—. Pero las asociaciones profesionales legal y médica
hacen todo lo posible para limitar la disponibilidad de profesionales
completamente cualificados y proscribir a sus sustitutos de menor coste: si no
puedes costear el arrendamiento de las mejores tierras, no tendrás acceso al
monte bajo o a la pradera porque están prohibidos. No resulta asombroso que
George Bernard Shaw dijera que «todas las profesiones son conspiraciones contra
los legos».
§. Y
ahora… una polémica
La inmigración siempre ha sido un asunto delicado para los Estados Unidos y,
aunque la seguridad nacional se ha convertido recientemente en una
preocupación, el debate continúa girando en torno a una vieja pregunta: ¿nos
roban los inmigrantes nuestros empleos? Tal vez roben el tuyo, pero
definitivamente no han robado el mío.
Los
trabajadores instruidos, cuyos empleos requieren de maestría y capacitación,
junto con los hombres de negocios que necesitan de mano de obra barata, tienden
a recibir bien a la inmigración, como parte de un proceso de enriquecimiento
que aporta a la vida económica y cultural de cada nación, mientras que los
trabajadores poco instruidos tienden a rechazar los nuevos movimientos
migratorios de trabajadores no cualificados con el argumento de que «nos roban
nuestros empleos». Tal vez, esta descripción sea demasiado caricaturesca, pero
tiene sentido desde el punto de vista del interés personal.
Siendo yo
uno de estos trabajadores cualificados, no me gusta la resistencia que se opone
a los inmigrantes, y me gustaría ver un incremento en la inmigración. Pero
bueno, es lógico, ¿no? Al necesitar mano de obra tanto cualificada como no
cualificada para hacer determinados trabajos útiles, me beneficiará que lleguen
al país más trabajadores no cualificados, aunque esto tendrá el efecto
contrario sobre los trabajadores no cualificados que ya están aquí.
Imagina
que tanto yo como mis conciudadanos instruidos somos terratenientes, pero en
lugar de «buenas tierras», estamos hablando de «títulos». Mis habilidades y mis
cualificaciones son un recurso, de la misma manera en que la buena tierra lo
es. Pero ¿son mis habilidades un recurso realmente escaso? Imagina que voy a
trabajar para el equipo de dirección de Wal-Mart. Cuando mis habilidades (no
seamos muy específicos acerca de cuáles deberían ser) se combinan con el duro
trabajo de los dependientes de las tiendas y los que colocan los productos en
las estanterías, nos convertimos en un equipo productivo. Quien disfrute de los
beneficios será quien posea las capacidades que escaseen en ese momento. Si en
el país hay escasez de personas no cualificadas que coloquen productos en los
anaqueles, sus salarios deberán aumentar para atraer personas a este tipo de
tarea. Pero si lo que falta en el país son gerentes cualificados, y está lleno
de personas no cualificadas que apilen productos, a mí me pagarán bien por mi valor
de escasez, al igual que a los terratenientes se les pagaba bien por las
tierras escasas una vez que ya se habían presentado suficientes agricultores.
Algunos
dicen que la resistencia de la clase trabajadora a la inmigración se debe al
racismo. Una teoría alternativa, y más convincente, sugiere que todos actuamos
basados en nuestro interés personal. Los nuevos trabajadores resultan
favorables para aquellas personas cuyos recursos se tornan relativamente
escasos, ya sean esos recursos tierras o títulos universitarios; pero es
entendible que los trabajadores ya establecidos se resistan al ingreso de
nuevos trabajadores. De hecho, las personas que resultan más afectadas por las
nuevas inmigraciones son los grupos previos de inmigrantes, cuyos salarios se
tornan bajísimos.
Los
hechos permiten la aplicación de la teoría de Ricardo a la inmigración. Los
inmigrantes cualificados hacen que los salarios de los nativos cualificados
desciendan, y los inmigrantes no cualificados hacen que a los salarios de los
nativos no cualificados les suceda lo mismo. En el Reino Unido, los salarios de
los enfermeros del Servicio Nacional de Salud se han mantenido bajos debido a
la afluencia de treinta mil enfermeros extranjeros. Allí, los inmigrantes
tienen un 50 % más de posibilidades que los nativos de obtener un título
universitario. En contraste, en los Estados Unidos, que recibe una cantidad
mucho mayor de inmigrantes no cualificados que el Reino Unido, son los salarios
de los trabajadores no cualificados los que se han mantenido bajos: los
ingresos de este grupo no han mejorado en treinta años.
§. ¿Qué
deberían hacer los economistas?
A lo largo de este capítulo hemos estado pensando como economistas. Pero ¿qué
significa eso? Hemos utilizado un importante modelo económico para profundizar
nuestra comprensión sobre una variedad de situaciones. El capítulo ha ido desde
un análisis aparentemente objetivo sobre quién gana dinero en el negocio del
capuchino, hasta el peligroso terreno político de la planificación de
restricciones y de la inmigración.
Algunos
economistas podrían decir que no hay diferencia entre su análisis del coste de
alquiler de las cafeterías y su análisis sobre la inmigración. En buena medida
esto es cierto. En muchos aspectos, la economía es como la ingeniería: te dirá
cómo funcionan las cosas y qué podría llegar a suceder al cambiarlas. Los
economistas pueden demostrar que permitir la entrada de muchos inmigrantes
cualificados ayudará a controlar la brecha entre los salarios del personal
cualificado y no cualificado, al tiempo que permitir el ingreso de inmigrantes
no cualificados tendría el efecto contrario. Lo que las sociedades y sus
líderes hagan con la información es otra cosa.
Sin
embargo, que la economía en sí misma sea una herramienta para realizar análisis
objetivos no significa que los economistas siempre sean objetivos. Los
economistas estudian sobre el poder, la pobreza, el crecimiento y el
desarrollo. Es difícil enarbolar los modelos que yacen bajo estos asuntos y
permanecer impasible ante el mundo real que se esconde detrás de ellos.
Por lo
tanto, a veces los economistas dan un paso más allá de su rol de ingenieros de
las políticas económicas y se convierten en combatientes activos. David
Ricardo, por ejemplo, fue un pionero en la defensa del libre comercio. Su amigo
James Mill lo alentó a que se presentase como candidato al Parlamento: obtuvo
un escaño en 1819, cuando abogó por la revocación de las Leyes del Cereal (Corn
Laws), que imponían una restricción severa a la importación de cereales. Las
teorías de Ricardo habían demostrado claramente que las Leyes del Cereal
estaban reportando enormes sumas de dinero a los terratenientes, a expensas de
todos los demás pobladores del país. Ricardo no podía quedarse simplemente
observando los efectos de estas leyes: quería abolirlas.
Hoy en
día, los economistas llegan a conclusiones similares sobre leyes
proteccionistas, las cuales, como veremos en el capítulo 9, protegen a grupos
de presión privilegiados a costa de todos los demás, ya sea que estemos en el
mundo desarrollado o en países en vías de desarrollo. Miles de millones de
personas podrían verse beneficiadas con mejores políticas económicas, y
millones de personas mueren a causa de malas políticas económicas. En
ocasiones, la lógica de la economía es tan convincente que resulta imposible
para los economistas no tomar una postura al respecto.
Capítulo
2
Lo que los supermercados no quieren que sepas
Contenido:
§. Cada
día nace un tonto: dos modos de descubrirlo
§. El tercer modo: que los pavos voten a favor del día de acción de gracias
§. Las cafeterías no están solas
§. Incrementar de forma desmesurada los precios de lo natural
§. Compras baratas y locales baratos
§. ¡Complícalo!
§. Chequeo de la realidad número uno: ¿la empresa tiene realmente el poder de
la escasez?
§. Chequeo de la realidad número dos: ¿las empresas pueden arreglar las
fisuras?
§. Cuando la fijación de precios en función de los clientes es algo beneficioso
§. Cuando la fijación de precios en función de los clientes es algo perjudicial
Quienes
hayáis visitado Londres últimamente, es probable que estuvieseis en el London
Eye (Ojo de Londres), la famosísima noria de la capital: una rueda gigante de
135 metros de altura, que tiene 32 cabinas de vidrio, en las que caben 25
personas y que efectúa un recorrido de media hora, para que los visitantes
obtengan una bella vista panorámica londinense. En un día soleado podéis
comprar un capuchino en Costa Coffee y sentaros a beberlo mientras las cabinas
de la noria giran en lo alto, interponiéndose de vez en cuando entre vosotros y
el sol… uno de los placeres simples de la vida.
Si miráis
toda el área circundante al Ojo, podréis ver vendedores con escasos recursos
que tratan de explotar esa escasez. Por ejemplo, Costa Coffee es la única
cafetería situada en el área inmediata a la noria. También hay una única tienda
de recuerdos, que vende muchísimo. Sin embargo, el ejemplo más obvio es el de
la misma noria: su altura es superior a la de la mayoría de los edificios más
famosos de esa ciudad y es la que goza de la vista panorámica más grande del
mundo. Con todo, el poder de la escasez es de gran magnitud, pero no ilimitado:
el London Eye puede ser único, pero también es optativo. Las personas siempre
pueden elegir no visitarlo. Un poco más allá, siguiendo el río, la Milennium
Dome (Cúpula del Milenio; un inmenso elefante blanco que fue diseñado para ser
utilizado durante las celebraciones del milenio y que fue financiado con fondos
gubernamentales) es de una singularidad similar, «la estructura en forma de
cúpula más grande del mundo», anuncia con orgullo el Ayuntamiento. No obstante,
la Cúpula ha sido un desastre comercial, ya que el mero hecho de ser única no
ha sido suficiente para persuadir a la gente de que pague la cantidad de dinero
necesaria para cubrir su inmenso coste de construcción. Las tiendas que cuentan
con el poder de la escasez no pueden forzarnos a pagar un precio ilimitado por
los productos que ofrecen, pero pueden elegir una de las tantas estrategias
existentes para hacernos pagar una suma de dinero superior. Es hora de que el
economista camuflado se ponga a trabajar y averigüe un poco más sobre este
asunto.
Al ser el
único proveedor de café próximo al London Eye, la cafetería Costa Coffee ejerce
un absoluto poder de la escasez sobre sus clientes. No es algo innato en ella,
sino que es reflejo de la gloria que le concede su espectacular ubicación. Como
sabemos, debido a que los clientes pagarán altos precios por un café ubicado en
un lugar atractivo, el alquiler de Costa será elevado. Los propietarios del
local que Costa alquila también le alquilan a esa misma cafetería una parte del
valor de la escasez, del mismo modo que lo hacen los propietarios de los
rascacielos de Manhattan o de las estaciones de ferrocarril desde Waterloo
hasta Shinjuku. La escasez está en alquiler (y al precio justo).
Sin
embargo, ¿de qué manera debería explotar Costa la escasez que el London Eye le
alquila? Podría, sencillamente, aumentar el precio del capuchino de 1,75 libras
(alrededor de tres dólares) a 3 libras (casi seis dólares). Algunos lo
pagarían, pero no muchos —recuerda el caso de la Cúpula del Milenio: la escasez
te otorga poder, pero no se trata de un poder ilimitado—. Otra posibilidad
sería reducir los precios y vender mucho más café. Costa podría cubrir los
salarios y las distintas materias primas con cobrar sólo 60 peniques (alrededor
de un dólar) por taza de café. Sin embargo, a menos que fuera capaz de aumentar
sus ventas exponencialmente, no ganaría lo suficiente como para pagar el
alquiler. Ése es el dilema: márgenes más grandes por taza, pero menos tazas, o
márgenes más pequeños en más tazas.
Costa
bien podría evitar ese dilema cobrándole 60 peniques a quienes no desean pagar
un precio más alto y 3 libras a quienes están dispuestos a pagar mucho por
disfrutar del café y de la vista. De ese modo, podría obtener grandes márgenes
cada vez que le fuera posible y seguiría vendiéndole café a los tacaños por un
pequeño margen. ¿Cómo hacerlo? ¿Teniendo una carta que diga: «Capuchino: 3
libras, a menos que sólo esté dispuesto a pagar 60 peniques»?
Aunque
tiene cierto atractivo, dudo que el concepto se impusiera entre los
consumidores de café en el South Bank de Londres. Así pues, Costa debe ser más
sutil.
Durante
un tiempo, Costa utilizó una estrategia elegante: al igual que muchas
cafeterías en estos días, ofrecía café de Comercio Justo; en su caso en
particular, el café provenía de una marca líder llamada Cafédirect. Esta marca
se comprometía a ofrecer buenos precios a los productores de café en los países
pobres. Durante varios años, los clientes que deseaban brindarle su apoyo a los
productores del Tercer Mundo —y, aparentemente, este tipo de clientes no es
poco común en Londres— pagaban una suma extra de 10 peniques por su café. Tal
vez pensaran que esos 10 peniques iban al esforzado productor de café; sin
embargo, la evidencia sugería que casi nada de ese dinero iba a ninguna otra
parte más que a la caja registradora de Costa.
Cafédirect
les pagaba a los productores una prima de entre 40 y 50 peniques por cada libra
de café (aproximadamente, medio kilogramo). Esa suma de dinero adicional,
aunque relativamente pequeña, casi puede duplicar el ingreso de un productor en
Guatemala, donde la media de ingresos es inferior a los 2.000 dólares anuales.
Y, sin embargo, dado que el tradicional capuchino se prepara con un cuarto de
onza (unos siete gramos) de granos de café, la prima pagada al productor tan
sólo debería traducirse en un incremento del coste de menos de un penique por
taza.
De la
suma adicional que cobraba Costa, más del 90% desaparecía en algún lugar entre
el cliente y el productor. Por lo tanto, o bien Costa y Cafédirect
desperdiciaban el dinero (a través de costes más altos) o éste era sumado a sus
ganancias. Las asociaciones de Comercio Justo asumen un compromiso con los
productores, no con los consumidores. Si compras café de Comercio Justo, se te
garantiza que el productor recibirá un buen precio, pero no hay garantías de
que tú también recibas un buen precio. Lo cierto es que, como
los granos de café son sólo una pequeña porción del coste de producción del
capuchino, los vendedores de café de Comercio Justo podrían pagar dos, tres y
hasta cuatro veces el valor del mercado del café en los países en vías de
desarrollo sin necesidad de agregarle a su coste una suma adicional tan
notoria. Al recargar 10 peniques adicionales, se daba una equívoca impresión de
cuánto dinero costaba realmente conseguir el café de Comercio Justo. Tras una
serie de investigaciones llevadas a cabo por un tal economista camuflado, Costa
se dio cuenta de que, en general, el tema producía una impresión errónea y, a
finales de 2004, comenzó a ofrecer café de Comercio Justo a petición del
cliente y sin ningún tipo de recargo adicional. Costa abandonó la práctica del
recargo porque era perjudicial para las relaciones públicas, no porque no diera
ganancias. Pero ¿por qué era rentable aumentar el margen de ganancia en el
coste de producción del café de Comercio Justo y no en el del café común? Sin
duda, la razón no era que Costa rechazase el concepto del Comercio Justo e
intentara desalentar ese comportamiento idealista mediante su política de
precios. La razón nada tiene que ver con ese concepto de comercio justo: el
café de Comercio Justo permitió que Costa identificara a los clientes que
estaban dispuestos a pagar un poco más por su café si se les daba una razón
para hacerlo. Al pedir un capuchino de Comercio Justo, enviabas dos mensajes a
Costa. En el primero de ellos, Costa estaba muy poco interesado: «Creo que el
café de Comercio Justo debe ser apoyado».
Sin
embargo, se deshacía por escuchar el otro: «Realmente no me importa pagar un
poco más».
Este
mensaje le suministró de inmediato a Costa la información que buscaba. Sabía
que los ciudadanos con conciencia social tienden a ser poco cuidadosos con la
forma en que gastan su dinero en las cafeterías, mientras que aquellos
ciudadanos que no tienen esa conciencia tienden a fijarse en los precios.
La
estrategia de Costa fue diseñada para obtener el valor máximo del poder de la
escasez que le ha alquilado al London Eye. La empresa se debate entre aumentar
los precios y perder clientes o bajar los precios y perder márgenes. Si tiene
que cobrar el mismo precio a todos los clientes, simplemente debe determinar
cuál es el mejor equilibrio posible entre las dos opciones. Sin embargo, si
puede cobrarle un precio alto al cliente derrochador (o con conciencia social),
y un precio bajo al cliente ahorrativo (o sin conciencia social), puede
aprovechar lo mejor de las dos alternativas. Y no hay que preocuparse por si
Costa ya no puede aplicar esta estrategia, pues tiene muchísimas otras formas
de identificar a los clientes a quienes puede cobrarles un precio superior.
Tampoco existe nada extraño o maquiavélico con respecto a Costa Coffee. Todo
negocio bien administrado buscaría cobrarle a cada cliente el precio máximo que
ese cliente estuviera dispuesto a pagar (y así lo hacen).
Fíjate en
Starbucks, cualquier Starbucks. Pongamos por caso al que se encuentra en la
esquina de P. Street y la calle Catorce, en Washington D. C. La lista de
precios es como ésta:
I. Aproximadamente medio litro. (N. del T.)
O,
traducido:
Starbucks
no sólo trata de ofrecer un abanico de posibilidades a sus clientes, también
intenta darles la oportunidad de demostrar que no han reparado en el precio en
el momento de pedir. No cuesta mucho más dinero preparar una taza de café más
grande, utilizar un jarabe saborizante o agregar chocolate en polvo o un
chorrito de nata montada. Cada producto de esta carta tiene casi el mismo coste
de producción para Starbucks, con una diferencia de uno o dos centavos de
dólar.
¿Esto
significa que Starbucks les cobra de más a todos sus clientes? No. Si fuera
así, un capuchino o chocolate caliente regular te costaría 3,30 dólares y
podrías tener todos los ingredientes adicionales que quisieras por 10 centavos
de dólar. Tal vez a Starbucks le gustaría ponerlo en práctica, pero no puede
obligar a los clientes que son sensibles a los precios a pagar esas sumas. Al
cobrar precios totalmente distintos por productos que tienen, en general, el
mismo coste, Starbucks puede descubrir quiénes son los clientes menos sensibles
a los precios. Y como no tiene un modo de identificar fehacientemente a los
clientes más derrochadores, los invita a que se hagan notar al elegir los
productos más ostentosos.
§. Cada
día nace un tonto: dos modos de descubrirlo
Existen tres estrategias típicas que se utilizan para descubrir a aquellos
clientes que tienen una actitud más indiferente con respecto al precio. Por
ahora, veamos dos de ellas y reservemos la mejor para el final.
La
primera estrategia es la que los economistas llaman «discriminación de precios
de primer grado», pero nosotros podríamos llamarla estrategia del «objetivo
único»: evaluar a cada cliente en forma individual y cobrarle de acuerdo con la
suma que está dispuesto a pagar. Ésta es la estrategia que aplica el vendedor
de coches usados o el agente inmobiliario. Por lo general, es una estrategia
que demanda cierta habilidad y mucho esfuerzo. No ha de sorprender, entonces,
que mayormente se la utilice con aquellos objetos que tienen un precio alto en
comparación con el valor del tiempo invertido en ellos por el minorista: coches
y casas, por supuesto, pero también los recuerdos que se venden en los puestos
callejeros de África, en donde al empobrecido comerciante le será rentable
regatear el precio durante un tiempo para ganar un dólar adicional.
Sin
embargo, ahora, las empresas están tratando de automatizar el proceso con el
que evalúan a los clientes en forma individual para reducir el tiempo que ello
les lleva. Por ejemplo, los supermercados, al darte las «tarjetas de descuento»
necesarias para que aproveches las ofertas, recaban información sobre los
productos en los que estás dispuesto a gastar tu dinero. A cambio de obtener
ciertos productos a un precio menor, permites que los supermercados mantengan
un registro de lo que compras y entonces, a su debido tiempo, te ofrecerán
cupones de descuento sobre determinados productos. No funciona a la perfección,
pues los supermercados sólo pueden dar cupones de descuento y no vales de
dinero para que lo gastes. Esta última alternativa nunca ha tenido éxito.
Cuando la
tecnología así lo permite, las empresas que disfrutan del poder de la escasez
pueden utilizar métodos muy sofisticados para identificar a los distintos
clientes. Ya no es un secreto que los comerciantes de Internet, como es el caso
de Amazon, pueden identificar a sus clientes mediante la colocación de un
dispositivo de rastreo llamado cookie en el ordenador de cada
uno de ellos. Amazon tenía la costumbre de establecer sus precios basándose en
los registros individuales de cada comprador. De este modo, realmente podía
ofrecer algo similar a vales de dinero: al utilizar las tendencias mostradas en
las compras realizadas anteriormente, ofrecía precios diferentes a dos lectores
que querían comprar el mismo libro. Aun cuando a los supermercados les resultara
más difícil que a las empresas con servicio de ventas por Internet, éstos
podrían hacer lo mismo con la tecnología adecuada: cada cliente tendría una
tarjeta de identificación y las etiquetas con los precios cambiarían según
quien estuviera mirándolas.
Por
supuesto que el método del «objetivo único» no goza de popularidad. En el caso
de Amazon, los clientes comenzaron a darse cuenta de que si borraban los cookies de
sus ordenadores, se les ofrecían precios distintos y, a menudo, inferiores. Y
cuando descubrieron lo que la empresa hacía, se produjo una gran protesta. Al
igual que Costa, Amazon ha prometido no hacerlo más.
Curiosamente,
la gente no tiende a objetar tanto el segundo método, la estrategia del
«objetivo grupal», según la cual se ofrecen precios distintos a miembros de
distintos grupos. ¿Quién se quejaría de las tarifas de autobuses con precios
reducidos para los niños y los ancianos? ¿De verdad es más razonable que las
cafeterías ofrezcan descuentos para quienes viven en las inmediaciones y que
las atracciones turísticas permitan que los vecinos del lugar donde se
encuentran emplazadas entren por un precio más bajo que el resto? A menudo,
esto parece razonable porque quienes se encuentran en los grupos que pagan
tarifas más altas, por lo general pueden pagarlas; y esto es así porque quienes
pueden pagar más casi siempre son los que menos se preocupan por el precio. Sin
embargo, no deberíamos olvidar que se trata sólo de una afortunada casualidad.
Las empresas que intentan aumentar sus ganancias y obtener el máximo valor de
la escasez con la que cuentan están interesadas en aquellas personas que están
realmente dispuestas a pagar más, en lugar de en aquellas que podrían pagar
más.
Por
ejemplo, cuando Disney World, en Florida, ofrece a los vecinos de esa ciudad
descuentos de más del 50% en la entrada, no es porque quiera transmitir algún
tipo de mensaje sobre la miseria absoluta que sufre el que llaman Sunshine
State (Estado del Sol). Sencillamente, la empresa sabe que es probable que, por
una entrada de menor precio, los vecinos de Florida vayan con más regularidad
al parque. Sin embargo, los turistas seguramente lo harán una sola y única vez,
sin importar si la entrada es cara o barata.
Este
ejemplo muestra la real naturaleza de las cosas y nos aclara lo que queremos
decir cuando hablamos de «ser sensible al precio» o «ser derrochador» o «ser
indiferente al precio». El concepto que importa es el siguiente: cuando subo un
precio, ¿cuánto caen mis ventas? Y cuando rebajo un precio, ¿cuánto suben mis
ventas? Los economistas tienden a llamarlo «elasticidad inherente al precio».
Personalmente, creo que la expresión «sensibilidad al precio» es un poco más
descriptiva.
Los
turistas que visitan Florida son menos sensibles a los precios que los vecinos
de esa ciudad, lo cual significa que si Disney World aumenta sus precios, es
más probable que los vecinos eviten pasar un día en el parque. Por la misma
razón, si el valor de la entrada baja, esos mismos vecinos pueden llegar a
visitar el parque repetidas veces y con una frecuencia que seguramente los
turistas no podrán igualar. Algunas veces, se vincula el hecho de ser rico con
ser insensible a los precios, pero no siempre es así. Los pasajes aéreos en la
clase ejecutiva son caros porque las empresas están dispuestas a pagarlos y las
aerolíneas cuentan con el poder de la escasez que les permite aprovecharse de
ese hecho. Las llamadas telefónicas comerciales no son caras, porque aun cuando
las empresas estuvieran dispuestas a pagar más por ellas, existe demasiada
competencia como para que aquéllas puedan forzarlas a hacerlo.
Lo mismo
ocurre con los descuentos en las cafeterías a los trabajadores vecinos de una
determinada zona. La cafetería AMT, ubicada en la estación Waterloo de Londres,
rebajará un 10% el valor de tu café si trabajas por la zona. El descuento no se
debe a que los trabajadores de la zona sean pobres, pues en ese grupo están
incluidos los funcionarios de rango elevado del Gobierno y los empleados que
reciben desmesurados salarios por parte de la gigantesca compañía petrolera
Shell. El descuento refleja el hecho de que los trabajadores de la zona son
sensibles a los precios, a pesar de ser ricos. Quienes pasan rápidamente por
Waterloo camino al trabajo sólo ven una o dos cafeterías y están dispuestos a
pagar altos precios por tenerlas tan a mano. En cambio, los trabajadores de la
zona que salen por un rato de la oficina, a las once de la mañana, para tomar
un café, pueden caminar en cualquier dirección: pueden consumir en distintas
cafeterías, todas igual de cómodas en cuanto a su ubicación, y tendrán la oportunidad
de probar el café de cada una de ellas. Sin duda, van a ser más sensibles a los
precios, aun si son ricos.
La
estrategia del «objetivo individual» resulta difícil de llevar a cabo, en parte
porque requiere recabar mucha información, y en parte porque suele ser muy
impopular. A pesar de las dificultades, sin embargo, es tan rentable que las
empresas siempre investigan nuevas formas de ponerla en práctica. La estrategia
del «objetivo grupal», de descuentos para estudiantes o vecinos, es menos
eficaz, pero más fácil de aplicar y, por lo general, está aceptada socialmente,
incluso hasta es bien recibida. Cualquiera de las dos estrategias redundará en
mayores ganancias que si se trata a los clientes como a una única masa
homogénea.
§. El
tercer modo: que los pavos voten a favor del día de acción de gracias
El modo más inteligente y frecuente de persuadir a los pavos para que voten a
favor del Día de Acción de Gracias (día festivo en EE. UU., en el que es
tradicional comer pavo asado) es a través de la estrategia de la
«autoincriminación», que es la que utilizan Costa Coffee y Starbucks cuando
hacen que algunos de sus clientes confiesen que no son sensibles a los precios.
Para lograr que los clientes se delaten, las empresas deben vender productos
que se diferencien ligeramente uno del otro. Por lo tanto, ofrecen productos en
diferentes cantidades (un capuchino grande en vez de uno pequeño o una oferta
de tres productos al precio de dos) o con diferentes características (con nata
montada, con chocolate blanco o con materias primas del Comercio Justo) o
incluso en diferentes ubicaciones, porque un sándwich en el quiosco de una
estación no es el mismo producto que otro sándwich físicamente idéntico al
primero pero en un hipermercado fuera de la ciudad.
Es lógico
preguntarse cuán usual es esta táctica en realidad. Como los productos son
diferentes, uno nunca está del todo seguro de si la empresa se está valiendo
del truco de fijar los precios en función del cliente o si sencillamente le
está trasladando a éste los costes adicionales. Podría ser que realmente
costara 10 peniques más (aproximadamente 20 centavos de dólar) ponerle al
capuchino café de Comercio Justo; tal vez la refrigeración que necesitan los
tarros de nata montada sea cara, y además estos últimos sean difíciles de
limpiar y por eso los empleados los detesten; podría ser que se tarde más
tiempo en tomar una taza grande de café y, por lo tanto, el importe adicional
se deba a la utilización de la mesa y no al café en sí (en cuyo caso poner ese
producto a un precio mayor no es un estrategia de Costa para que me
«autoincrimine», sino que la empresa sencillamente me traslada sus costes). Sin
embargo, creo que puede decirse sin temor a equivocarme que las empresas
siempre están atentas a descubrir nuevos modos de obtener la mayor ventaja de
cualquier poder de la escasez que tengan, y la fijación de precios por segmento
de clientes es el modo más frecuente de lograrlo. Si parece que el precio fue
fijado en virtud del cliente potencial, probablemente así sea.
Aunque la
utilización de esta estrategia es difícil de probar, existen muchas pruebas
indirectas a tu alrededor, si sabes dónde buscar. Por ejemplo, el importe
adicional que pagas por un capuchino grande en vez de uno pequeño es el mismo
si lo tomas en la cafetería o te lo llevas. (A excepción de mi café favorito,
el Monmouth en Covent Garden, Londres: como tienen poco espacio, te cobran un
recargo por un capuchino grande si lo tomas dentro del negocio, pero si pides
un capuchino para llevar, te lo cobran a un precio menor y viene en un solo
tamaño. He llegado a la conclusión de que son personas demasiado agradables
como para generar ganancias). Entonces, no es lógico que te cobren el mismo
precio si el fin de ese cargo extra es ahorrar espacio. Por lo tanto, tenemos
buenas razones para creer que las cafeterías aplican una estrategia de
«autofijación de precios», es decir, que cobran precios altos a aquellos
clientes que demuestran una predisposición a pagarlos.
§. Las
cafeterías no están solas
Los supermercados han hecho un arte de la fijación de precios en función del
cliente y han desarrollado un gran abanico de estrategias para alcanzar ese
fin. Sobre el vestíbulo principal de la estación Liverpool Street, en la ciudad
de Londres, está ubicado el local de Marks & Spencer «Simply Food»,
concebido para los apresurados pasajeros que se dirigen a su trabajo dentro o
fuera de Londres. A estas alturas, ya conocemos el valor de la escasez en las
estaciones de tren; por lo tanto, tal vez no debería sorprendernos descubrir
que los precios de este negocio no son baratos, ni siquiera comparados con los
de otra sucursal de Marks & Spencer que se encuentra apenas a unos
quinientos metros sobre la calle Moorgate.
Elegí
cinco productos al azar del local de la calle Liverpool Street y logré
encontrar cuatro de esos mismos productos en el local de la calle Moorgate.
Cada uno de los productos costaba alrededor de un 15% menos en el último local.
Las ensaladas grandes bajaban de 3,50 libras a 3 libras, los bocadillos, de
2,20 libras a 1,90 libras. Sin embargo, aun cuando dichas discrepancias saltan
a la vista, pocos de los trabajadores de la zona estarían dispuestos a caminar
esa cantidad de calles para ahorrar 30 peniques, alrededor de medio dólar. Una
muestra audaz y efectiva de la fijación de precios según el cliente.
¿Cuánto
caminarías para ahorrar 30 peniques?
Aproximadamente
quinientos metros es todo lo que separa a dos locales de Marks & Spencer
que tienen políticas de precios distintas; sin embargo, para la mayoría de los
residentes de la ciudad, no vale la pena caminarlos.
Otros
supermercados son más circunspectos con respecto a su política de precios. Una
vez más, actuando de forma encubierta, hice una comparación entre Sainsbury, un
supermercado más bien pequeño ubicado en Tottenham Court Road, en pleno corazón
del West End de Londres, y un supermercado de la misma cadena pero más grande y
ubicado en Dalston, uno de los vecindarios más prósperos del este de Londres.
Fue más difícil, en este caso, encontrar ejemplos de productos idénticos que
tuvieran distintos precios de venta, aunque de ningún modo fue una tarea
imposible. ¿Esto significa, entonces, que Sainsbury no fija los precios con
arreglo al cliente en igual medida que M & S? De ninguna manera.
Sencillamente, llevan a cabo el proceso de una manera más sutil.
Al
investigar a Sainsbury, mi método fue el mismo que utilicé con M & S:
caminar por el local y ver qué llamaba mi atención. Como ya es probable que
sepas, lo que llama nuestra atención a medida que recorremos un supermercado no
es casual, sino que es el resultado de una cuidadosa planificación diseñada
para colocar productos atractivos, pero también rentables, a nuestro paso. Lo
que hace que un producto sea atractivo depende del cliente en cuestión. En el
local ubicado en Tottenham Court Road, las mercancías más vistosas eran todas
bastante caras: el zumo de naranja Tropicana estaba a 1,95 libras el litro; el
Licuado de Tropicana estaba a 1,99 libras por 100 ml; 750 ml de agua mineral
Vittel costaban 80 peniques; y así sucesivamente. La cuestión no era que estos
productos resultasen más caros en Tottenham Court Road que en Dalston (de
hecho, sólo el agua Vittel tenía un precio superior), sino que en este último
los sustitutos más baratos de esos productos saltaban fácilmente a la vista.
Por ejemplo, no pude encontrar ningún zumo de naranja económico en el local de
Tottenham Court Road, pero en Dalston la marca de zumos naturales propia de
Sainsbury se encontraba al lado del zumo Tropicana, aproximadamente a mitad de
precio, y el zumo concentrado era casi seis veces más barato que el zumo
Tropicana. Las pastas de marcas reconocidas estaban al mismo precio en los dos
locales, aunque sólo en Dalston se encontraban ubicadas al lado de la pasta
marca Sainsbury, que, una vez más, resultaba casi seis veces más barata. El
objetivo era dedicar todo el local de Tottenham Court Road a aquellos
compradores que son indiferentes a los precios; y, sin embargo, destinar el
local en Dalston a los compradores que tenían un buen ojo para detectar las
ofertas y permitir así, por supuesto, que cualquier comprador de Dalston que no
se fije en los precios tenga muchísimas oportunidades para mostrarse tal como
es.
§.
Incrementar de forma desmesurada los precios de lo natural
Los mejores fijadores de precios compaginan sus esfuerzos por mejorar las
ganancias con un comportamiento aparentemente virtuoso; sin embargo, hemos
visto de qué modo Costa Coffee falseaba su compromiso con Comercio Justo, al
usarlo para identificar a los clientes que tenían dinero para gastar. También
es un buen negocio ofrecerle descuentos a los ancianos y a los estudiantes
(traducción: cobrarle precios más altos a quienes, probablemente, tienen un
trabajo). ¿Quién, salvo un cínico —o un economista—, podría objetar un
comportamiento tan loable?
En este
momento, la jugada preferida tiene que ser aumentar desmesuradamente los
precios de lo natural, subiéndose al tren de los alimentos ecológicos (también
llamados biológicos u orgánicos). Este tipo de alimentos se está poniendo de
moda por distintas razones, incluyendo entre ellas el hecho de que, tras los
reiterados episodios de pánico causados por las enfermedades que se transmiten
por medio de los alimentos, muchas personas creen que los productos ecológicos
son mejores o, por lo menos, no los matarán. Los supermercados han salido al
rescate con un gran suministro de productos orgánicos cuyo precio es muy
superior al coste adicional que generan. En los supermercados británicos, estos
productos están ubicados, por lo general, en una misma sección: en apariencia,
para la comodidad de quien compra dichos productos, pero también resulta ser
una ventaja para los supermercados que, de ese modo, reducen el riesgo de que
dichos clientes adviertan el precio de los productos alternativos típicos. En
Washington D. C., el local de Wholefoods se encuentra ubicado justo frente a
Starbucks y su amplia y exuberante sección de vegetales contiene productos
orgánicos y productos cultivados en forma convencional, unos al lado de los
otros…, pero siempre se coloca junto a un producto determinado otro
completamente distinto: los plátanos ecológicos se encuentran junto a las
manzanas «convencionales» (es decir, no orgánicas); el ajo ecológico se
encuentra al lado de las cebollas convencionales. Nunca encontrarás los plátanos
orgánicos junto a los convencionales o al ajo biológico junto al convencional.
La comparación de precios te haría pensar demasiado al respecto.
¿Pero son
realmente los costosos alimentos ecológicos parte de una táctica de fijación de
precios según el cliente? Los alimentos orgánicos deberían ser más caros:
producirlos cuesta más y el tiempo durante el que pueden ser conservados para
el consumo es menor; además, su coste de distribución es mayor que el de los
productos comunes. Sin embargo, al igual que lo que sucede con tu capuchino,
las materias primas representan sólo una parte del precio de la mayoría de los
alimentos que se encuentran en las estanterías del supermercado. Por ejemplo,
en el Reino Unido, la leche orgánica exige un montante extra de aproximadamente
50 centavos de dólar por cuarto de galón (casi un litro), pero el productor ve
menos de 20 centavos de dólar por esa cantidad. No debería sorprendernos que
los supermercados se aprovecharan de la oportunidad que les brinda la corriente
a favor de los alimentos ecológicos para bombardear a los clientes con unos
certeros aumentos de precios. Mi consejo, si estás convencido de los méritos de
los alimentos orgánicos, es que no permitas que los minoristas de los productos
alimenticios se aprovechen de tu entusiasmo: por medio de tu bolsillo,
demuestra tu apoyo a cualquier minorista o proveedor directo que lleve el
precio de los alimentos ecológicos a un nivel más cercano al de los alimentos
no orgánicos.
§.
Compras baratas y locales baratos
Cada vez que menciono que vivo cerca del supermercado Wholefoods, en el centro
de Washington D. C., todos comentan qué maravilloso es ese negocio: Wholefoods
se enorgullece de ser «el supermercado líder en el mundo de los alimentos
orgánicos y naturales», publicita su participación en la comunidad y ofrece una
«maraña» de frutas y vegetales frescos junto a filetes libres de hormonas,
quesos y cervezas europeos, y exquisitos chocolates. Es un grato lugar para
hacer las compras y ofrece excelentes alimentos. No obstante, mis amigos y
conocidos se quejan de lo caro que es Wholefoods. Sin embargo… ¿es realmente
así?
La
respuesta depende de lo que consideres como caro. Aparentemente, las personas
poseen algún tipo de mecanismo mental de comparación de precios. Sería justo
comparar los precios de Wholefoods con los de Safeway, un local que se
encuentra a tan sólo cinco cuadras de distancia y que es conocido por los
vecinos de la zona como «el Safeway soviético», debido a que tiene muy poca
variedad de productos y su decoración es escasa. Si se compara el precio de la
típica cesta de productos de un cliente de Wholefoods con el precio de la de un
cliente de Safeway, nueve de cada diez veces será más alto el monto total de la
cesta de Wholefoods. Sin embargo, este resultado dice más de los clientes que
del negocio en sí. Si nos atenemos a los hechos susceptibles de verificación y
comparamos los precios de los mismos productos, Wholefoods es tan económico
como Safeway.
Safeway y
Wholefoods tienen los plátanos al mismo precio, y lo mismo sucede con el envase
de cartón de tomates cherry y tomates de pera. Hay que reconocer que los
precios de Safeway para las cebollas amarillas, la manteca irlandesa y los
productos de la línea Cheerios son más bajos que los de Wholefoods; sin
embargo, Wholefoods tiene a un precio menor el agua mineral, el zumo de naranja
Tropicana Premium y las cebollas dulces. La pura verdad es que si compraras una
gran cesta, con exactamente los mismos productos, en Safeway y en Wholefoods,
el precio a pagar probablemente variaría en un dólar o dos, e incluso podría
suceder que Wholefoods resultase más barato.
Este
resultado no encaja con lo que nuestro sentido común nos dice: que algunos
lugares son baratos y otros son caros. Sin embargo, dicha creencia nunca tuvo
demasiado sentido. Después de todo, si fuera previsible que un establecimiento
cobre por un producto un precio más alto que otro que ofrece un servicio
similar y se encuentra en una ubicación similar, eso implicaría que todos los
clientes del primer negocio son unos tontos absolutos. Es más agradable hacer
las compras en Wholefoods, pero, a la hora de la verdad, sólo se trata de un
supermercado y lo recorres mientras llenas tu carro, al igual que lo harías en
Safeway.
No se
trata de que Wholefoods sea más caro porque cobra más dinero por los mismos
productos, sino que resulta más caro debido al objetivo al que apuntan sus
políticas de fijación de precios según el cliente: los precios de los productos
básicos pueden ser competitivos, pero la selección en Wholefoods tiene como
objetivo aquellos clientes con una idea distinta sobre lo que son productos
«básicos». Por ejemplo, Safeway cobra un precio superior al de Wholefoods por
el zumo de naranja Tropicana y por el agua mineral con gas Poland Spring. Para
los clientes de Wholefoods, el zumo Tropicana y el agua con gas son productos
básicos y por lo tanto deben tener un precio competitivo, en tanto que los
clientes de Safeway bien podrían considerar el agua del grifo y el zumo de
naranja concentrado como alternativas perfectamente aceptables. El cliente de
Safeway que compra agua con gas y zumo natural Tropicana demuestra un gusto por
los artículos de lujo. El cliente de Wholefoods puede pasar por alto la opción
más barata del zumo Tropicana e inclinarse en favor de una opción más cara,
como es la de un «Smoothie», hecho con zumo de frutas recién exprimidas, en la
caseta de zumos del propio supermercado.
Las
básicas cebollas amarillas y dulces tienen un precio similar en los dos
supermercados, pero en Wholefoods los clientes tienen la opción de escoger
algunas variedades más sofisticadas: cebolla perla, cebolla colorada e incluso
cebolla ecológica a un precio sustancialmente superior. Quien compre en
Wholefoods y busque productos con un precio decente los encontrará, y quien
tome el primer paquete de cebollas que vea pagará caro su falta de interés por
los precios.
Ésa es la
razón por la cual una cesta con productos de Wholefoods puede costar mucho más
que una con productos de Safeway. No se trata de que Wholefoods sea «caro» y
sus clientes sean tontos, sino de que ese supermercado ofrece otras
alternativas caras que sus clientes están dispuestos a aceptar, porque
consideran que la calidad superior de esos productos bien lo vale. Por eso,
éste es mi consejo: si quieres una buena oferta, no busques un negocio barato;
trata de comprar barato. Los productos similares, muy a menudo, tienen precios
similares. Un paseo caro por el supermercado es el resultado de una descuidada
selección de productos con un precio elevado, más que el resultado de haber
recorrido una tienda con un «mal precio», ya que la fijación de precios con
arreglo al cliente tiene una mayor incidencia en la diferencia entre los
precios que cualquier diferencia que exista entre un supermercado caro y otro
barato.
§.
¡Complícalo!
Otra estrategia de precios muy frecuente es la de la temporada de rebajas.
Estamos tan acostumbrados a ver que una tienda oferte cientos de sus productos
a un precio reducido que no nos detenemos a pensar por qué lo hace. Si lo
piensas bien, es un modo bastante desconcertante de determinar los precios: el
objetivo de realizar la temporada de rebajas es reducir el precio promedio que
cobra el establecimiento; sin embargo, ¿por qué rebajar un 30% muchos de los
precios dos veces al año cuando podrías bajarlos un 5% durante todo el año?
Modificar los precios es todo un embrollo para las tiendas, porque deben
cambiar sus etiquetas y su propaganda; entonces, ¿por qué le encuentran sentido
a semejante complicación?
Una
explicación es que las temporadas de rebajas constituyen una efectiva forma de
autofijación de precios por parte del cliente. Si algunos clientes recorren
varias tiendas en busca de una buena barata y otros no, es mejor que estas
tiendas tengan o bien precios altos, que logren obtener dinero de los clientes
fieles (o perezosos), o bien precio bajos, que atraigan a los cazadores de
gangas. Los precios que se encuentran a mitad de camino entre el más alto y el
más bajo no son buenos: no son lo suficientemente altos como para aprovecharse
de los clientes fieles, pero tampoco lo suficientemente bajos como para atraer
a los cazadores de rebajas. Sin embargo, ahí no termina la historia, pues si
los precios permanecieran estables, entonces, sin duda, hasta el cliente menos
sensible a los precios sabría dónde comprar ciertos productos a un precio bajo.
Por lo tanto, en lugar de mantener los precios altos o bajos en forma
constante, las tiendas saltan de un extremo al otro.
Una
situación que se da con frecuencia es la de dos supermercados que compiten por
los mismos clientes. Como hemos visto, es difícil que uno de ellos sea
sistemáticamente más caro que el otro sin llegar a perder muchas ventas; por lo
tanto, ambos tendrán precios similares en promedio, pero también ambos
mezclarán sus niveles de precios. De ese modo, podrán distinguir a los
cazadores de ofertas de aquellos clientes que necesitan cierto tipo específico
de productos, como por ejemplo quienes van de compras en busca de determinados
ingredientes necesarios para la receta, de un determinado libro de cocina, que
van a preparar para la cena de una fiesta. Los cazadores de gangas escogerán
cualquier artículo que esté rebajado y harán algo con él; en cambio, quienes
van de compras porque están organizando una fiesta van al supermercado para
adquirir determinados productos y serán menos sensibles a los precios. La
estrategia de la fijación del precio según el cliente funciona únicamente
porque el supermercado siempre modifica su estructura de rebajas especiales y
porque es muy problemático para el cliente pasar por las dos tiendas. Si los
clientes pudieran predecir exactamente aquello que fuera a tener un descuento,
podrían elegir las recetas con anticipación e incluso elegir también el
supermercado adecuado, en el que podrían comprar los ingredientes a menor
precio.
En
realidad, es igual de preciso, y más esclarecedor, darle la vuelta al concepto
de «rebaja» y considerar los precios como «recargos» respecto del precio
rebajado antes que como descuentos sobre el precio normal. El patrón aleatorio
de las rebajas determina también unas pautas aleatorias en los aumentos de
precios —para las empresas es más rentable elevar los precios (por encima del
precio rebajado) hasta que alcancen un importe muy superior, siguiendo un
patrón impredecible, que aumentarlos sólo un poco, siguiendo una conducta
predecible—. A los clientes les resulta problemático evitar los aumentos de
precios impredecibles —y tal vez ni siquiera los noten en productos de poco
valor—, pero les resulta fácil evitar los que son predecibles.
La
próxima vez que vayas al supermercado, trata de fijarte en las extrañas mezclas
de precios. ¿Has notado que los supermercados, a menudo, cobran diez veces más
por los pimientos chiles ya empaquetados que por los que se venden a granel?
Eso es porque el típico cliente compra en pequeñas cantidades y ni siquiera
piensa en comprobar si su precio es de 4 centavos de dólar o de 40 centavos.
Triplicar al azar el precio de alguna verdura es uno de los trucos favoritos:
los clientes que se dan cuenta del incremento comprarán esa semana otra
verdura; y, de ese modo, no se habrán «autofijado» ese enorme aumento de
precio.
Una vez,
mientras buscaba patatas fritas, vi un truco particularmente ingenioso. Mi
marca favorita con sabor a sal y pimienta se encontraba en el estante superior
de la estantería y en el estante inferior, a pocos centímetros de distancia, se
encontraban los demás sabores. En los dos estantes los paquetes eran del mismo
tamaño. Las patatas fritas del estante superior costaban un 25% más que las del
estante inferior y los clientes que las escogían demostraban que no habían
realizado una comparación de precios entre dos productos casi idénticos, en
casi idéntica ubicación. Estaban más interesados en comérselas.
Hay que
reconocer que para algunas personas la diferencia entre sabores es importante.
Algunos notarán que las que tienen sabor a sal y pimienta tienen un precio más
alto, pero, aunque esto les irrite, lo pagarán de todas formas. Otros
preferirán los demás sabores y se sentirán afortunados por tener un gusto
barato.
No
obstante, éste es un ejemplo de un tipo de verdad universal sobre los
supermercados: están llenos de sustitutos parecidos (o no tan parecidos);
algunos son baratos, otros son caros, pero todos comparten un fuerte elemento
azaroso en su precio. El elemento fortuito se encuentra siempre presente, de
modo que sólo los clientes que prestan cuidadosa atención, recuérdalo, y
comparan precios obtendrán las mejores ofertas. Si lo que quieres es burlar a
los supermercados, tu mejor arma es la simple observación. Y si no te molestas
en practicarla, entonces es que, realmente, no necesitas ahorrar el dinero.
§.
Chequeo de la realidad número uno: ¿la empresa tiene realmente el poder de la
escasez?
Es hora de chequear la realidad. Cuando hablamos de las grandes empresas, es
fácil que nos dejemos llevar por la idea de que éstas son infinitamente
poderosas y que nosotros somos infinitamente ingenuos. No es verdad.
Recuerda
que ninguna empresa tiene poder, a menos que cuente con el poder de la escasez,
y a menudo esa escasez se la suministramos nosotros mismos por medio de nuestra
pereza. Nada nos impide que caminemos calle abajo o que conduzcamos hasta el
próximo local. Sin duda, tampoco nada nos impide efectuar un pequeño cálculo
mental cuando compramos el chile, ni mirar durante dos segundos a nuestro
alrededor cuando compramos patatas fritas.
Cada
tienda tiene una pequeña cantidad del poder de la escasez, aunque sólo sea
porque supone un esfuerzo salir e ir a la de al lado. Sin embargo, algunos
tienen un poder de la escasez más grande que otros y vale la pena pensar en
ello cuando queremos determinar el riesgo que corremos de ser abordados por las
estrategias de fijación de precios según cliente.
Por
ejemplo, ¿cuál es la respuesta a la pregunta del capítulo anterior: por qué son
más caras en los cines las palomitas de maíz? ¿Es por la misma razón por la que
los vinos son más caros en los restaurantes? Sabemos que la primera respuesta a
estas preguntas es: «Porque una vez que ya estás allí, te pueden cobrar lo que
quieran». También sabemos que es probable que esta primera respuesta no sea
cierta. Los clientes pueden ser tontos, pero no tanto. Las personas ya saben,
antes de atravesar sus puertas, que les van a cobrar mucho más por el vino en
los restaurantes y por las palomitas de maíz y las golosinas en los cines.
Ahora
contamos con una respuesta mejor: es probable que se trate de una estrategia de
fijación de precios según cliente. Los aficionados al cine que son sensibles a
los precios llevarán las golosinas de su casa o pasarán sin ellas. Quienes no
sean sensibles a los precios —tal vez porque han acudido a una cita y no
quieren parecer tacaños— sencillamente pagarán las palomitas de maíz a un
precio elevadísimo: muy inteligente.
Ésta es
una explicación mucho mejor, ya que en muchas ciudades sólo hay un único cine,
e incluso en ciudades con más de un cine a menudo sólo uno de ellos pasa la
película que quieres ver. Esto le otorga al cine un gran poder de la escasez y
si el gerente es inteligente, lo aprovechará al máximo.
Sin
embargo, esta verdad no se aplica a los caros vinos de los restaurantes. Los
típicos restaurantes tienen menos poder de la escasez que los cines, puesto que
en la mayoría de las ciudades existen varias alternativas. Cuando hay poco
poder de la escasez, los precios deben reflejar los costes. Aun así, incluso
hasta los restaurantes más corrientes suelen cobrar el vino muy caro. Una mejor
explicación es que el mayor coste de los restaurantes es el del espacio
disponible en las mesas. Por lo tanto, bien desearían poder cobrarle a los
clientes por la permanencia prolongada en el lugar, pero como no pueden
hacerlo, ponen un precio más alto a aquellos productos que tienden a ser
consumidos en almuerzos o cenas de mayor duración: no sólo el vino, sino
también los entrantes y los postres.
Vamos a
un cine a ver una película y a un restaurante a comer, entonces, ¿es cierto que
siempre nos sangran con los «extras»? Para nada. Una opción disponible, tanto
en los cines como en los restaurantes, es la utilización de los baños. Es una
opción que siempre está a nuestro alcance sin coste alguno. El agua del grifo
también es gratis en los restaurantes. No es la opción existente la que invita
a poner precios desmesurados, sino que es la falta de sensibilidad a los
precios la que permite que un negocio con poder de la escasez aplique la
fijación de precios según cliente.
§.
Chequeo de la realidad número dos: ¿las empresas pueden arreglar las fisuras?
Tal vez seas el director de una empresa y estés frotándote las manos con
regocijo mientras lees este capítulo y planeas utilizar en tu negocio una serie
de astutas estrategias de fijación de precios según cliente. Antes de que te
entusiasmes demasiado, deberás lidiar con las fisuras de dicho sistema. Existen
dos tipos de fisuras, o grandes agujeros, potencialmente catastróficos en un,
por lo demás, brillante esquema de marketing. Si no te ocupas de ellos, se
arruinarán tus planes.
El primer
problema es que los clientes que supuestamente son insensibles a los precios
tal vez no jueguen a la autofijación de precios. No es difícil persuadir a los
clientes sensibles a los precios de que se alejen de un producto caro, pero a
veces es más difícil impedir que los clientes insensibles compren un producto
barato. En el caso en que las diferencias de precio son pequeñas, no se
producen problemas; ya hemos visto que puedes hacer que algunos clientes paguen
un modesto aumento en términos absolutos, aunque el aumento pueda ser enorme en
términos relativos (con sólo envolver algunos chiles en una bolsa plástica o
desplazar un paquete de patatas fritas a la parte superior de la estantería).
Sin embargo, cuando se trata de decisiones de compras de mayor envergadura, no
es siempre tan fácil.
Algunos
de los ejemplos más extremos provienen de la industria de viajes: es mucho más
caro viajar en primera clase por tren o avión que viajar en los asientos de
tercera clase, pero como el objetivo fundamental es transportar a las personas
de A a B, puede que sea difícil sacarle mucho
dinero a los pasajeros más acaudalados. Con el fin de fijar los precios de
acuerdo con el cliente de una forma más efectiva, las empresas tal vez deban
exagerar las diferencias entre el mejor y el peor servicio. En realidad, no
existe ninguna razón por la cual los vagones de tercera clase de los trenes no
tengan mesas —como es el caso típico en el Reino Unido, por ejemplo—, salvo el
hecho de que si así no fuera se correría el riesgo de que los potenciales
clientes de primera clase pudieran decidir comprar un billete más barato al ver
qué cómodos se han vuelto los vagones de tercera clase. Por lo tanto, el
pasajero de tercera clase debe sufrir.
Existe un
ejemplo famoso que se remonta a los comienzos de la era de los trenes en
Francia:
La razón
por la que algunas empresas ferroviarias tienen vagones de tercera clase sin
techo y con bancos de madera no es que tendrían que gastar unos pocos miles de
francos en la colocación del techo o en tapizar los asientos… Lo que las
empresas intentan es impedir que los pasajeros que pueden pagar la tarifa de
segunda clase viajen en tercera. Maltratan al pobre, no porque quieran
lastimarlo, sino porque quieren amedrentar al rico… Y, otra vez, se trata de la
misma razón por la cual las empresas, tras haber mostrado un trato casi cruel
con el pasajero de tercera clase y tratado mezquinamente a los de segunda
clase, es generosa cuando se trata de los clientes de la primera clase. Después
de negarles a los pobres lo necesario, les brinda a los ricos lo superfluo.
La
bajísima calidad de la mayoría de las salas de embarque de los aeropuertos del
mundo entero es, sin duda, parte del mismo fenómeno. Si las salas de espera de
uso libre y gratuito fueran cómodas, entonces las compañías aéreas ya no
podrían vender los billetes de clase preferente en virtud de sus salas de
espera «para ejecutivos». Y esto también explicaría por qué, algunas veces, los
auxiliares de vuelo impiden que los pasajeros de tercera clase desciendan del
avión antes que los pasajeros de primera clase y de clase preferente. Este
«servicio» no está dirigido a los pasajeros de la clase económica, sino a
quienes miran con lástima y desdén desde la parte delantera del avión. El
mensaje es claro: seguid pagando vuestros asientos caros o tal vez la próxima
vez podrías encontraros a la espalda del auxiliar de vuelo.
En los
supermercados, vemos el mismo truco: productos que parecen haber sido
empaquetados con el expreso propósito de transmitir mala calidad. Los
supermercados a menudo producen una línea «económica» con la marca del
supermercado, que tiene toscos diseños, todos iguales, ya se trate de limonada,
pan o alubias en salsa. No costaría mucho dinero contratar a un buen diseñador
e imprimir unos logotipos más atractivos, pero eso iría en contra del objetivo:
el envase está cuidadosamente diseñado para desalentar la compra de ese
producto por parte de aquellos clientes que están dispuestos a pagar más
dinero. Hasta los clientes que estarían dispuestos a pagar cinco veces más por
una botella de limonada comprarán el producto más barato, a menos que el
supermercado haga algún esfuerzo por desalentarlos. Por lo tanto, al igual que
la falta de mesas en los vagones de tercera clase de los trenes y de los
incómodos asientos en las salas de espera de los aeropuertos, el feo envase de
los productos «económicos» está diseñado para asegurar que el cliente refinado
se autofije los precios más altos.
Los
ejemplos más sorprendentes provienen del mundo de los ordenadores. Por ejemplo,
la impresora láser de baja calidad LaserWriter E de IBM resultó tener los
mismos componentes que la impresora de alta calidad LaserWriter de esa misma
empresa, y la única diferencia era que en la versión más barata había un chip
adicional que la hacía más lenta. La forma más efectiva para que IBM fijara el
precio de sus impresoras con arreglo al cliente era diseñar y producir en masa
una única impresora y luego venderla a dos precios distintos. Claro está que,
para lograr que alguien comprara la impresora cara, debía hacer más lenta a la
barata. Parece un verdadero desaprovechamiento del producto, pero aparentemente
era más barato para IBM hacer esto que diseñar y fabricar dos impresoras
completamente diferentes. Intel, el fabricante del chip, hizo una jugada
similar al vender dos chips procesadores muy parecidos entre sí a diferentes
precios. En este caso, el chip de inferior calidad era realmente el más caro de
producir: se obtuvo desactivando una de las funciones del chip superior, para
lo cual debía hacerse un trabajo adicional.
A menudo,
los paquetes de software tienen dos o más versiones: una de ellas tiene todas
las funciones activadas (el paquete «profesional») y la otra se vende al
mercado masivo a un precio considerablemente inferior. Algunas personas no se
dan cuenta de que lo típico es que la versión profesional se diseñe primero y
que algunas de sus funciones se desactiven para la versión destinada al mercado
masivo. A pesar del elevado precio de la versión profesional, en realidad es la
versión más barata la que tendrá de antemano un coste adicional para quien la
desarrolle y, por supuesto, las dos versiones se venden en CD (cuyo coste de
producción es el mismo). Los equipos de informática y, en especial, los
programas tienen, por un lado, una extraña estructura de costes —debido a los
costes de investigación y desarrollo intensivos— y, por otro lado, costes de
producción relativamente bajos. En el punto álgido de la «burbuja» tecnológica,
los atolondrados gurús sostenían que todo cambiaría debido a la distinta
estructura de costes, pero las reglas básicas de hacer dinero en el mundo de
los negocios de la alta tecnología no son tan diferentes a las reglas de las
compañías de ferrocarril o de las cafeterías, tal como hemos visto.
La
primera «fisura» en la estrategia de fijación de precios según cliente,
entonces, es que los clientes ricos pueden comprar productos baratos, a menos
que los productos sean saboteados intencionalmente. La segunda «fisura» es
particularmente difícil de arreglar para las empresas que utilizan una
estrategia de objetivo grupal: sus productos pueden pasar de un grupo al otro.
El riesgo está en que el cliente al que se le ofrece el descuento compre el
producto y luego lo revenda a los clientes a quienes la empresa les cobra un
precio más alto. Hasta ahora, hemos discutido servicios que no pueden
revenderse (como por ejemplo un pasaje de autobús o un viaje a Disney World) o
productos cuya reventa es demasiado compleja (como, por ejemplo, un sándwich o
una taza de café). No es una casualidad: tanto los servicios como los pequeños
productos de uso cotidiano son el territorio fértil para las estrategias de
fijación de precios en función del cliente, pues ninguno de ellos presenta
fisuras. Los trucos verdaderamente maravillosos de fijación de precios ocurren
en las aerolíneas, los restaurantes, los bares (no existen muchas librerías que
tengan una «hora feliz»), los supermercados y las atracciones turísticas.
Por el
contrario, algunos productos presentan fisuras que les son completamente
inherentes: son caros, fáciles de transportar y no perecederos. Los ejemplos
obvios son los medios digitales (CD, DVD y programas de informática) y
productos farmacéuticos. Las empresas extreman sus esfuerzos para evitar las
fisuras, pero en una época en la cual las compras por Internet nos permiten
solicitar productos de cualquier parte del mundo, esta tarea se vuelve cada vez
más difícil. Por ejemplo, la industria del DVD acordó utilizar sistemas de
codificación regional de modo que un DVD comprado en Estados Unidos no
funcionara en Europa. Sin embargo, ese sistema ha sido burlado por una alianza
de clientes y de proveedores de lectores de DVD que gustosamente equipan a los
aparatos para que lean los DVD provenientes de todo el mundo.
Si tus
instintos son iguales a los míos, te parecerá una mala pasada; sin embargo, es
la misma opinión generalizada que desprecia a la industria del DVD por tratar
de vender sus productos a precios diferentes, en mercados diferentes, la que
considera que las grandes empresas farmacéuticas deberían suministrarle a los
países pobres medicamentos a un precio reducido. Resulta confuso que nuestra
intuición moral nos envíe mensajes tan contradictorios.
Tal vez
todo esto sea así de simple: cuando se trata de un producto importante, como
por ejemplo el tratamiento del sida/VIH, lo más importante es hacérselo llegar
a los pobres; cuando se trata de algo tan superficial como un DVD, la
irritación que nos provoca el ser estafados nos domina. No obstante, no es del
todo razonable: los DVD llegan a lugares muy pobres y, ciertamente, ¿no nos
debería reconfortar un poco que los pobres puedan ver películas en los bares y
en los auditorios de los pueblos de los países en vías de desarrollo? O, a la
inversa, ¿no debería enfurecernos aún más el hecho de que las empresas
farmacéuticas cobren un precio más alto en los países desarrollados por el
tratamiento de las enfermedades más graves? Un economista no puede resolver
estos dilemas éticos, pero lo que sí puede hacer es desvelarlos para esclarecer
la cuestión ética.
§. Cuando
la fijación de precios en función de los clientes es algo beneficioso
Veamos un caso hipotético.
Imagínate
que una supuesta empresa farmacéutica llamada PillCorp ha desarrollado un nuevo
y poderoso tratamiento para el VIH/sida. Suponte que la empresa no fija el
precio de dicho tratamiento en función de los potenciales clientes y lo ofrece
en todo el mundo al mismo precio, de modo tal que establece un precio mundial
que, en caso de ser rebajado, le permita compensar la pérdida del margen de
ganancias producida por esa rebaja con el aumento en las ventas gracias a esa
misma depreciación. Por ejemplo, digamos que PillCorp baja sus precios y reduce
a la mitad su margen de ganancia. A menos que duplicara sus ventas, esta medida
reduciría su nivel de ingresos netos. Podría aumentar el precio del tratamiento
y así duplicar ese margen, pero si las ventas cayeran a menos de la mitad del
nivel actual, eso también reduciría sus ganancias. PillCorp maximizará sus
ingresos al fijar un nivel de precios cuya rebaja o aumento apenas provoque un
perjuicio en la ganancia final.
El precio
será elevado, ya que los habitantes de los países ricos pagarán mucho dinero
por un tratamiento eficaz y para la empresa no tiene ningún sentido perder
clientes que pagan miles de dólares para obtener clientes que pagan centavos.
No parece
ser un buen augurio. PillCorp utiliza su poder de la escasez para cobrar un
precio elevado por un medicamento que salva la vida de las personas y, debido
al importe estipulado, los habitantes de los países pobres no pueden obtenerlo;
así, las personas mueren como consecuencia de la codicia de PillCorp.
En
realidad, sólo la mitad de este augurio es mala. Las personas también viven
gracias a la codicia de la empresa, que desarrolló un tratamiento que salva la
vida de las personas alentado por la esperanza de obtener una patente
lucrativa. La investigación y el desarrollo de los productos farmacéuticos es
muy costosa y alguien tiene que pagar ese precio. En el sistema actual, los que
pagan son los seguros médicos, tanto privados como públicos, y ya que el
mercado de Estados Unidos es, casi seguro, el más grande y el que costea
mayormente la innovación, es allí donde tiene su destino.
Aunque
PillCorp gane dinero vendiendo ese medicamento a un precio alto y uniforme en
todo el mundo, le podría ir mejor, y a todos los demás involucrados también. No
es que nosotros, los economistas, pensemos que «podría ser mejor», pero nos
encogemos de hombros porque, bueno, la vida, a veces, es así. Lo que queremos
decir es algo más concreto: PillCorp podría estar ganando más dinero y haciendo
algo mejor por este mundo.
Supongamos
que a la empresa le cuesta 10 dólares producir el suministro anual para un solo
cliente y que además lo vende a 1.000 dólares. Para los clientes que están
dispuestos a pagarlo o que tienen un seguro médico que lo haga, realmente el
precio no es un inconveniente. Cada año de tratamiento transfiere 990 dólares
del bolsillo de quienes viven con sida al bolsillo de los productores del
medicamento. En cambio, un taxista de Camerún podría estar dispuesto a pagar
únicamente 50 dólares por ese tratamiento, ya que si su valor fuera mayor,
preferiría comprar comida o, si no, combustible para su taxi. Debido a la
política mundial de precios de la empresa, el taxista pierde la posibilidad de
obtener el tratamiento y PillCorp pierde la posibilidad de obtener ganancias;
pero si PillCorp pudiera, por una vez, hacerle un descuento al taxista y
venderle ese mismo tratamiento por un precio entre 10 y 50 dólares —pongamos
por caso, 30 dólares—, todos se beneficiarían. El taxista conseguiría el
tratamiento por 30 dólares, cuando estaba dispuesto a pagar 50 dólares.
PillCorp obtendría 30 dólares por un comprimido que le costó 10, es decir, una
ganancia de 20 dólares.
Y es a
esto a lo que nos referimos los economistas cuando decimos que una situación
determinada «podría ser mejor». Si somos capaces de señalar un cambio que
podría beneficiar por lo menos a una persona sin perjudicar a nadie, diríamos
entonces que dicha situación es ineficiente o, en el lenguaje cotidiano, que
podría ser mejor. (Además, decimos que la situación actual es eficiente si cada
cambio que pudiera beneficiar por lo menos a una persona al mismo tiempo
perjudicara a alguien. No significa que una situación eficiente no pueda ser
mejorada, sino que no existe una forma de mejorarla sin pagar un coste por
ello).
Ahora,
imaginemos que PillCorp aplica la fijación de precios de acuerdo con cada
cliente y a los habitantes de los países occidentales ricos les cobra 1.000
dólares, pero a los habitantes de los países en vías de desarrollo, como el
taxista en Camerún, les cobra 30 dólares. De pronto, se abre todo un mercado
nuevo para PillCorp: el nuevo descuento le permite a la empresa adquirir
millones de clientes nuevos con los que ganará 20 dólares anuales y, a la vez,
seguirá manteniendo el mismo nivel de ventas en los países ricos.
Esta
hipótesis supone que los comprimidos baratos no se filtrarán de uno de los
mercados al otro (lo cual, en la práctica, es una de las preocupaciones
principales de las empresas farmacéuticas). En la actualidad, el constante
«goteo» de medicamentos baratos procedentes de Canadá constituye un problema
para aquellas empresas farmacéuticas que quieren aprovecharse de la profunda
predisposición a pagar que existe en los Estados Unidos; empresas que, a su
vez, son las mismas que venden sus productos a proveedores de servicios médicos
canadienses, que se niegan a pagarles precios altos por ellos. El riesgo que se
corre, si la entrada de esos medicamentos continúa, es que los proveedores
estadounidenses se nieguen a seguir ofreciéndoles descuentos a sus clientes
canadienses.
Este
ejemplo también debería servirnos para darnos cuenta de que la maravillosa
transparencia en los precios que nos brinda Internet y demás avances en el
ámbito de la comunicación, de vez en cuando, presenta cierta desventaja: una
empresa con poder de la escasez puede sentirse desalentada a ofrecer productos
con descuento, ya que éstos son más susceptible de filtrarse en otros mercados.
La
política de PillCorp de fijar dos precios da paso a una situación mucho mejor:
los clientes en los países ricos no son perjudicados. Los accionistas de
PillCorp se benefician, así como también los habitantes de los países pobres
que padecen VIH/sida. Para utilizar la jerga de las escuelas de administración
de empresas, se trata de una situación win-win (que podríamos
traducir como «todos salen ganando») o, como diría un economista, una verdadera
mejora en la eficiencia.
Esto no
significa que la situación nueva sea perfecta, sino que se produjo un claro
avance con respecto a la situación anterior, en la que el poder de la escasez
que poseía PillCorp generaba una enorme ineficiencia… y la pérdida de numerosas
vidas en los países pobres. Tal vez no nos enfurezca ver que a los pobres se
les niegan medicamentos cuyo coste de producción se reduce a unos pocos
centavos sólo porque es injusto (muchas cosas son injustas), sino también
porque nos parece un absurdo desperdicio de esas vidas.
§. Cuando
la fijación de precios en función de los clientes es algo perjudicial
El nuevo esquema de fijación de precios en función del cliente generó una
situación donde todos ganaban, pero a veces este tipo de fijación de precios es
absolutamente infructífero.
Pensemos
en otra hipotética organización: una empresa de transporte de pasajeros por
ferrocarril llamada TrainCorp. Esta empresa posee un tren que siempre viaja
lleno. Algunos de los asientos son puestos a la venta a un precio reducido de
50 dólares para los turistas que reservaron su billete con anticipación, para
los ancianos, para los estudiantes o para grupos familiares. Los otros billetes
son puestos a la venta al precio normal de 100 dólares para quienes viajan
diariamente a sus trabajos y para quienes lo hacen por negocios. Ésta es una
estrategia, bastante frecuente, de fijación de precios de acuerdo con un grupo
determinado de clientes: al ofrecer algunos billetes a bajo precio, TrainCorp
reduce la oferta y puede exigirle precios altos sólo a aquellos clientes que
tienen la mayor predisposición a pagar. (Podría ser rentable que TrainCorp
inhabilitara alguno de sus asientos, limitando así a la oferta, pero para la
empresa es mucho mejor si también puede ocupar los asientos libres).
Si somos
economistas, de inmediato nos damos cuenta de que este esquema es ineficiente.
Es decir, podemos pensar en una alternativa que haría que una persona, como
mínimo, obtuviera un mayor beneficio, sin perjudicar a ninguna otra.
Y esa
otra alternativa es encontrar un pasajero que, debido a que sólo está dispuesto
a pagar por viajar hasta su trabajo un poco menos de 100 dólares —digamos 95
dólares—, viaja en coche. Una vez que lo encontramos, le ofrecemos un asiento
por 90 dólares. Ya que el tren estaba lleno, ¿de dónde sale ese asiento? Bueno,
tomas a un estudiante, que no tenga demasiada prisa —y que, además, estaba
dispuesto a pagar poco más de 50 dólares por el asiento, digamos 55 dólares—,
y, con toda amabilidad, lo echas del tren. Le devuelves lo que pagó por el
billete y le das 10 dólares más por los inconvenientes ocasionados.
¿En dónde
nos encontramos ahora? El pasajero que va a su trabajo estaba dispuesto a pagar
95 dólares, pero sólo pagó 90 dólares. Sale ganando 5 dólares. El estudiante
estaba dispuesto a pagar 55 dólares por un billete de 50 dólares; por lo tanto,
si se le hubiera permitido viajar en el tren, hubiera salido ganando sólo 5
dólares. No obstante, acaban de darle 10 dólares, por lo tanto también está
feliz. ¿Y TrainCorp? Bueno, TrainCorp acaba de transformar un billete de 50
dólares en uno de 90 dólares, logrando una venta más rentable. Aun tras pagarle
al estudiante una compensación de 10 dólares, la empresa sigue ganando 30
dólares. Ahora, todos han resultado ganadores, o así lo serían si TrainCorp
adoptara este sistema en lugar de su estrategia de fijación de precios en
función de un grupo determinado de clientes.
Claro
está que eso no es lo que ocurre en la realidad, porque, si TrainCorp lo
intentara, los pasajeros que utilizan el tren para desplazarse hasta su trabajo
y que estuvieran dispuestos a pagar 100 dólares esperarían a que los billetes
bajaran a 90 dólares y, a su vez, los estudiantes que no estuvieran dispuestos
a pagar 50 dólares comprarían igualmente los billetes y esperarían a que se los
compensara por ser sacados del tren. Toda la estrategia resultaría perjudicial
para TrainCorp, que es quien establece los precios.
Por si
acaso estás un poco mareado, te lo resumo rápidamente: la estrategia de
fijación de precios en función de un grupo determinado de clientes es
ineficiente, porque impide que obtengan asientos los clientes que están
dispuestos a pagar más por ellos y, en cambio, se los da a quienes están
dispuestos a pagar una suma inferior. No obstante, las aerolíneas y las
empresas ferroviarias la utilizan porque la alternativa de la fijación de
precios en función del cliente les resulta inviable.
De
acuerdo, pues: unas veces la fijación del precio en función del cliente resulta
menos eficiente que la fijación de un precio uniforme, como en el caso del
tren; mientras que otras veces aquélla es más eficiente que ésta, como en el
caso de los medicamentos para tratar el VIH/sida. Pero podemos decir algo más
todavía. Cuando la fijación de precios de acuerdo con el cliente no logra
aumentar el número de ventas y, al igual que sucede en el caso de TrainCorp,
sólo le quita un determinado producto a aquellas personas que lo valoran más,
como quienes se trasladan largas distancias para trabajar, y se lo entrega a
aquellas personas que lo valoran menos, como los estudiantes, sin duda será
menos eficiente que la fijación de un precio uniforme. Cuando la fijación de
precios en función del cliente permite la apertura de un nuevo mercado, sin
afectar al mercado ya existente, al igual que sucede en el caso de PillCorp,
sin duda será más eficiente que la fijación de un precio uniforme.
Y existe
una situación intermedia. En muchos de los casos, la fijación de precios en
función de un grupo determinado de clientes logra un poco de cada una de las
situaciones anteriores: abre algunos mercados nuevos, pero también le quita
innecesariamente un determinado producto a los usuarios de mayor poder
adquisitivo y se lo entrega a los de menos. Por ejemplo, este libro primero se
publica en una edición de tapa dura a un precio alto, pero luego aparece en una
edición en rústica, a un precio menor. El objetivo es fijar un precio alto para
las librerías y para aquellas personas que están impacientes por escuchar lo
que tengo para decir. Lo bueno de esta estrategia es que el editor podrá vender
las ediciones en tapa blanda a un precio más barato, ya que una parte del coste
de dicha edición será absorbida por las ventas de la edición en tapa dura y, de
esta manera, el libro llegará a un mayor número de personas. La consecuencia
desfavorable es que la edición inicial es mucho más cara de lo que hubiera sido
si sólo se hubiera publicado la edición de tapa dura y, por lo tanto, se
desalentará a algunos compradores potenciales. Así es la vida en el mundo de la
escasez: cuando las empresas que tienen el poder de la escasez tratan de
aprovecharlo, casi siempre producen una situación que será ineficiente y, de la
misma manera, nosotros, los economistas, casi siempre seremos capaces de pensar
en una alternativa mejor.
Digo
«casi» porque una empresa capaz de aplicar una estrategia de fijación de
precios en función de clientes perfectamente individualizados jamás perdería la
oportunidad de realizar una venta: los clientes ricos o apremiados pagarían
muchísimo dinero; los clientes pobres o indiferentes pagarían muy poco dinero,
pero, en cualquier caso, ningún cliente dispuesto a pagar el coste de
producción sería rechazado. La situación sería eficiente.
Sin
embargo, siendo realistas, es muy poco probable que una empresa tuviera tanta
información sobre sus clientes como para vender con semejante nivel de
eficiencia. La empresa tendría que asomarse al interior de cada cliente
potencial y descubrir cuánto desea determinado producto; necesitaría un
superordenador para manejar las cajas registradoras. Sencillamente, no es
posible; pero quizá ello te lleve a pensar: ¿y si pudieras conectar las
preferencias de todos tus clientes a ese superordenador? ¿Y si tuvieras toda la
información necesaria para no perder una venta jamás? ¿Sería el mundo un lugar
mejor?
Es
posible que algo más te haya llamado la atención: cuando PillCorp modificó su
política de precios a escala mundial, hizo algo que no sólo fue rentable, sino
también eficiente y justo. ¿Podemos decir algo más, en general, acerca de
cuándo la codicia individual actuará en beneficio del interés público? Para
encontrar las respuestas a todas estas preguntas y a algunas otras… continúa
leyendo.
Capítulo
3
Los mercados perfectos y «el mundo de la verdad»
Contenido:
§. Los
precios son optativos, lo que significa que revelan información
§. Los mercados perfectos: la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad
§. La vida sin mercados
§. La función indicadora de los precios
§. Eficiencia versus justicia: ¿podemos manejar la verdad?
§. ¿Podemos contar con que los mercados nos ayudarán a alcanzar la equidad?
§. Ejemplos poco prácticos
§. Un ejemplo práctico
Quizá no
imagines que las películas de Jim Carrey y la economía tengan demasiado en
común; pero, en realidad, podemos aprender mucho del actor cómico «con cara de
goma». Piensa en su película Mentiroso compulsivo, que cuenta la
historia de Fletcher Reede. Debido al deseo de cumpleaños de su hijo, Fletcher
Reede se ve obligado a decir la verdad durante veinticuatro horas. Esta
situación resulta problemática para Fletcher, ya que es abogado —o «mentiroso»,
según entiende su hijo—; y a partir de ahí, como era de esperar, se suceden las
situaciones hilarantes, a medida que un aterrorizado Fletcher se autoincrimina
inevitablemente al responder con sinceridad cada vez que se le hace una
pregunta. Aun cuando los mercados libres no son exactamente como una película
agradable, se comportan como el hijo de Fletcher Reede: te obligan a decir la
verdad. Y, a pesar de que el resultado fue humillante para el personaje de Jim
Carrey, descubriremos que un mundo donde prima la verdad conduce a una economía
perfectamente eficiente: una economía en la que resulta imposible beneficiar a
alguien sin que alguien salga perjudicado.
En este
capítulo, veremos lo que significa «la verdad» en términos económicos, cómo
conduce a la eficiencia y por qué esta última es positiva. También analizaremos
las desventajas que la eficiencia presenta: cómo no siempre es justa y por qué
existen los impuestos. Como veremos, los impuestos son como las mentiras:
interfieren en el mundo de la verdad. Pero te revelaré una forma de
implementarlos que es a la vez realmente justa y eficiente. (Esto podría ser
una buena noticia para los ancianos que luchan por pagar el coste de la
calefacción en invierno, aunque mala para Tiger Woods).
Imagínate,
si quieres, que el hijo de Fletcher consigue que su deseo de cumpleaños sea
cumplido no sólo por su persuasivo padre, sino también por todo el mundo.
Entonces, vayamos a comprar un capuchino en el mundo de la verdad. Antes de
hacer espumar el capuchino mitad leche y mitad café, el barista (un
profesional en el mundo del café) te mira de arriba abajo y te pregunta:
— ¿Cuánto
es lo máximo que estás dispuesto a pagar por este café?
Te
gustaría mentir y fingir que en realidad no lo quieres, pero la verdad se
desliza por tus labios:
—Tengo
«mono» de cafeína: 15 dólares.
Con una
sonrisa de satisfacción, el barista se prepara para marcar en
la caja registradora una suma exorbitante, pero tú también tienes algunas
preguntas que hacerle:
— ¿Cuánto
costaron esos granos de café?
— ¿Cuánto
pagaste por la taza? ¿Y por la tapa de plástico?
— ¿Cuánto
cuesta criar a una vaca y cuánta leche puede dar?
— ¿Cuánto
costó la electricidad para la refrigeración, calefacción e iluminación de este
lugar?
Ahora, le
toca al barista experimentar un momento «Fletcher Reede». Da
igual que intente evadir las preguntas o inflar el coste del capuchino…, no
puede mentir. Resulta que el capuchino no cuesta 15 dólares, sino menos de uno.
El barista trata de regatear, pero todavía tienes una última
pregunta «matadora»:
— ¿Existe
algún otro lugar a menos de treinta metros a la redonda que venda un café como
éste?
—Sí…
—gime, mientras su cabeza cae sobre la caja registradora con un golpe seco, en
un gesto de humillante derrota.
Finalmente,
sales del negocio con el café tranquilamente en tus manos y que has conseguido
por el insignificante precio de 92 centavos de dólar.
§. Los
precios son optativos, lo que significa que revelan información
Existe una verdad constante en cada sistema de precios. Esa verdad emana del
hecho de que las tiendas y los clientes no tienen que vender o comprar a un
determinado precio: siempre pueden decidir no hacerlo. Si hubieras estado
dispuesto a pagar tan sólo 50 centavos de dólar por el café, nadie podría
haberte forzado a que ofrecieras más dinero por él u obligado al barista a
que rebajase el precio. Sencillamente, no se hubiese realizado la venta.
Por
supuesto, algunas veces oyes a gente quejándose de que, si desean algo
—digamos, un apartamento en Central Park West—, entonces deben pagar el
exorbitante precio que se pide por ello. Es verdad pero, aunque en ocasiones
los precios parecen injustificadamente altos, casi nunca tienes necesariamente
que pagarlos. Siempre tienes la posibilidad de utilizar el dinero para comprar,
en cambio, un apartamento en Harlem o una casa en Newark o un millón de tazas
de café.
En un
mercado libre, las personas no compran cosas que para ellos valen menos que el
precio que les piden. E igualmente, la gente no vende cosas que tienen más
valor para ellos que el precio que puede obtener por ellas (o si lo hacen,
nunca es por mucho tiempo; las empresas que como rutina venden la taza de café
a la mitad del precio de coste de producción terminan cerrando con bastante
rapidez). La razón es sencilla: nadie les obliga a hacerlo, lo que significa
que la mayoría de las transacciones comerciales que se realizan dentro de un
mercado libre mejoran la eficiencia, pues ambas partes salen beneficiadas —o,
por lo menos, no salen perjudicadas— sin dañar a nadie.
Ahora ya
puedes empezar a darte cuenta de por qué digo que los precios «dicen la verdad»
y además revelan información. En un mercado libre, todos los compradores de
café preferirían poseer el café en lugar del dinero que éste cuesta, lo cual es
una manera sucinta de decir que prefieren el café a cualquier otra cosa en la
que podrían haberse gastado los 92 centavos de dólar. Así pues, para el cliente
el valor del producto es igual o superior al precio que éste tiene, y para el
fabricante el coste del producto es igual o menor que su precio. Parece muy
obvio, tal vez, pero las repercusiones resultan espectaculares.
Puede
parecer insustancial decir que en el mercado libre sabemos que los clientes
valoran el café más que el dinero que pagan por él. Sin embargo, no es tan
insignificante como parece. Para empezar, esta información tan «trivial» es más
de lo que podemos decir sobre cualquier cosa que sea comprada fuera del mercado
—por ejemplo, el tan controvertido estadio de béisbol de Washington D. C.—. El
equipo de béisbol Montreal Expos aceptó mudarse a Washington con la condición
de que el Ayuntamiento de esa ciudad subsidiara el costo del nuevo estadio.
Algunos dicen que el subsidio será de 70 millones de dólares, otros dicen que
será mucho más que eso. Tal vez sea una buena idea o, tal vez, no. No queda
claro cómo decidir si ésta es o no una buena manera de gastar el dinero de los
impuestos.
Cuando
las decisiones se toman dentro de un sistema de mercado, no se produce tal
controversia. Si decido pagar 70 dólares por una entrada para ver un partido de
béisbol, nadie cuestiona si vale la pena el gasto; hice mi elección, así que,
obviamente, pensé que sí. Esta libre elección suministra información sobre mis
prioridades y preferencias, y cuando millones de nosotros elegimos, los precios
del mercado «agrupan» las prioridades y preferencias de todos nosotros.
§. Los
mercados perfectos: la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad
Así que, después de todo, la trivial información de que, en un mercado libre,
los clientes le conceden al capuchino un valor mayor de lo que finalmente pagan
por él no es tan insignificante. Pero no debemos detenernos allí.
Ahora,
imagina que el mercado del café no es sólo un mercado libre, sino, además,
extremadamente competitivo; que siempre hay empresarios que, con ideas
originales, crean nuevas empresas y que entran al mercado con la intención de
vender sus productos a un precio más bajo que las empresas ya existentes. (Los
beneficios en una industria competitiva son sólo lo suficientemente altos como
para pagarles a los trabajadores y convencer a los empresarios de que no es más
beneficioso para ellos que su dinero esté depositado en una cuenta de ahorros,
pero en verdad no más altos que eso). La competencia forzará a que el precio
del café baje hasta alcanzar el «coste marginal» (el gasto que contrae la
cafetería cada vez que prepara un capuchino, que, debemos recordar, es inferior
a un dólar). En un mercado perfectamente competitivo, el precio del café sería
igual a su coste marginal. Si el precio fuera menor, las empresas se retirarían
del mercado hasta que subiera. Si el precio fuera mayor, accederían nuevas
empresas al mercado o las antiguas aumentarían su producción, hasta que cayera
el precio. De pronto, el precio no transmite una noción vaga («este café vale
para el comprador 92 centavos de dólar o más y le cuesta al vendedor 92
centavos o menos»), sino un verdad precisa («este café le cuesta a la
cafetería, exactamente, 92 centavos»).
¿Qué
sucedería si otras industrias fueran también perfectamente competitivas?
Significaría, entonces, que, para cada uno de los productos, el precio sería
igual a su coste marginal. Cada producto estaría conectado con los demás por
medio de una ultracompleja red de precios, de forma tal que, cuando algo
cambiara en la economía en alguna parte del mundo (una helada en Brasil o una
fuerte demanda de iPods en Estados Unidos), todo lo demás cambiaría —quizá de
un modo imperceptible, quizá no— para ajustarse a ese nuevo escenario. Por
ejemplo, una helada en Brasil arruinaría la cosecha de café de ese país y
reduciría las existencias mundiales de este producto; esto, a su vez,
incrementaría el precio que los fabricantes de café tendrían que pagar y lo
llevaría a un nivel que desalentaría el consumo del café en una proporción
suficiente como para compensar la caída de su oferta. La demanda de productos
alternativos, como el té, aumentaría un poco y eso fomentaría un incremento
tanto del precio del té como del volumen de su oferta. La demanda de los
productos que suelen ser complementarios del café, como el coffee
creamer o el «café irlandés», caería un poco. En Kenia, los
cultivadores de café disfrutarían de un nivel récord de ganancias e invertirían
el dinero así ganado en distintos tipos de mejoras como, por ejemplo, tejados
de aluminio para sus viviendas; como consecuencia de ello, aumentaría el precio
del aluminio y, entonces, algunos agricultores decidirían esperar un poco antes
de comprarlo. Eso significa que aumentaría también la demanda de cuentas
bancarias y de cajas de seguridad, aunque a los desafortunados agricultores en
Brasil, con sus cosechas fallidas, quizá les ocurra, precisamente, lo
contrario. El superordenador del mercado libre procesa la
verdad sobre demanda y costes, e incentiva a las personas a reaccionar de un
modo asombrosamente intrincado.
Este
escenario puede parecer absurdamente hipotético, pero los economistas son
capaces de medir, y de hecho han medido, algunos de estos efectos: cuando las
heladas azotan a Brasil, los precios internacionales del café, en efecto,
aumentan; los agricultores kenianos compran tejados de aluminio, los precios de
éstos aumentan y, entonces, aquéllos, de hecho, se toman su tiempo para
efectuar dicha inversión, para no tener que pagar demasiado. Aun cuando los
mercados no son perfectos, pueden transmitir información profundamente
compleja.
A los
gobiernos —o a cualquier tipo de organización— les cuesta reaccionar ante un
nivel de información tan complicado. En Tanzania, el café no se produce dentro
del mercado libre, y es el Gobierno, más que los granjeros, el que recibe las
inesperadas ganancias producidas por los altos precios del café.
Históricamente, el Gobierno no ha logrado gastar ese dinero de un modo sensato
y ha destinado una excesiva parte del mismo a unas insostenibles subidas de los
salarios de sus funcionarios, sin darse cuenta de que la marcada alza del
precio era sólo temporal.
Para
entender cuál es la razón por la cual los mercados hacen tan buen trabajo a la
hora de procesar información compleja, piensa primero en el cliente. Sabemos
que no comprará un capuchino a menos que lo valore más que a cualquier otra
cosa que pudiera comprar con esa misma cantidad de dinero. Pero ¿qué más podría
comprar con ese dinero? En nuestro mundo de la verdad, podría comprar cualquier
producto que costara igual o menos que un capuchino. Al elegir el café está
diciendo que, de todas las cosas del mundo que cuestan lo mismo que el café,
prefiere que sea éste el que se produzca.
En otras
partes, claro está, hay personas que gastan su dinero no en café, sino en
entradas para el cine, billetes de autobús o ropa interior; y otras que eligen
no gastar en absoluto su dinero y guardarlo en el banco. Todas estas demandas
compiten entre sí y fuerzan a los productores a responder. Si la gente desea
ordenadores, entonces los fabricantes construirán fábricas, contratarán
trabajadores, y comprarán plástico y metal, que serán desviados de otros
destinos para ser utilizados en los ordenadores. Si la gente quiere café en
lugar de ropa interior, entonces se destinará mucha más tierra a plantar café
que a otros usos, como parques, viviendas o cultivo de tabaco. Las tiendas de
lencería serán reemplazadas por cafeterías. Por supuesto, las empresas que
acaban de ponerse en marcha solicitarán créditos de los bancos y los tipos de
interés subirán o bajarán, según el equilibrio entre el número de personas que
quiere ahorrar y el número de personas que desea solicitar un préstamo. Los
tipos de interés son otro precio: el precio de gastar el dinero hoy, en vez de
hacerlo el año que viene. Tal vez pensabas que los tipos de interés eran
establecidos por los dirigentes de los bancos centrales, como Ben Bernanke, de
la Reserva Federal de Estados Unidos —que sustituyó en febrero de 2006 al
conocidísimo Alan Greenspan, que desempeñó el cargo durante más de dieciocho
años—, o Mervyn King, del Banco de Inglaterra. En realidad, Bernanke y King
presiden las comisiones que establecen el «nominal» de los tipos de interés.
Los verdaderos tipos de interés son los «tipos de interés después de la
inflación», que son fijados por el mercado en respuesta a lo establecido por
los dirigentes de los bancos centrales.
Los
cambios no terminan ahí. Las ondas en el sistema de precios trascienden al
exterior: golpean algunas partes de la economía a una velocidad increíble y
provocan lentos, pero poderosos, movimientos sísmicos en otras, como la
educación o la tecnología. Por ejemplo, si no hay suficientes trabajadores
capacitados para producir ordenadores, los fabricantes como Dell y Compaq
tendrán que instruirlos o deberán aumentar los salarios que les pagan como para
«robárselos» a otros fabricantes, como Apple y Gateway. A medida que suben los
salarios de los trabajadores especializados, la gente se dará cuenta de que
merece la pena dedicarle un tiempo —y pagar por ello— a ir a la universidad. El
interés, suscitado entre los fabricantes, por producir mejores o más baratos
ordenadores dará un impulso a los laboratorios de investigación y a las
escuelas de ingeniería. Una mayor demanda de plástico hará subir el precio de
la materia prima (el petróleo crudo), lo que, a su vez, alentará a quienes
utilizan el petróleo como fuente de energía a cambiarlo por combustibles
sustitutos más baratos o a invertir en tecnologías para el ahorro de energía. Y
así sucesivamente. Algunos de estos efectos serán minúsculos; otros serán
enormes. Algunos provocarán una consecuencia inmediata; otros no serán
apreciables hasta después de décadas. No obstante, en el mundo de la verdad —en
el mundo de los mercados perfectos— todos tendrán un impacto determinado.
¿Cuál es
el resultado de un escenario de mercados perfectamente competitivos e
interconectados como el que acabamos de analizar?
·
Las empresas fabrican los productos de forma
adecuada. Cualquier empresa que malgaste sus recursos, produzca más de lo
necesario o utilice una tecnología inapropiada cerrará. Cada producto se
fabrica del modo más eficiente.
·
Las empresas fabrican los productos adecuados. El
precio de un producto es igual al coste de producción y también refleja las
condiciones en las que los clientes pueden cambiar una prioridad por otra. (Dos
tazas de café cuestan lo mismo que un café danés, ¿cuál prefieres?). El precio
es una línea de comunicación directa entre lo que cuesta un determinado
producto y lo que los clientes prefieren, y viceversa.
·
Los productos se fabrican en las dimensiones
adecuadas. Si se produjera demasiado café, los fabricantes reducirían los
precios; y si, por el contrario, se produjese muy poco, los precios
aumentarían. Cualquiera de esos dos supuestos se corregiría automáticamente. En
un mercado competitivo, el precio es igual al coste; nadie es incentivado para
producir menos (renunciando a ventas rentables) o para producir más (creando
productos que cuestan más de lo que cualquiera esté dispuesto a pagar). La
regla competitiva —precio, igual a coste, igual al valor que tiene para el
consumidor— mantiene la eficiencia.
·
Los productos llegan a las personas «adecuadas». Las
únicas personas que compran productos son aquellas que están dispuestas a pagar
el precio adecuado. Supongamos que le quito un capuchino a Axel y se lo doy a
Bob. En el mundo de la verdad, esto supone un desperdicio de recursos. Axel
estaba dispuesto a pagar por el café, no así Bob; y esto significa que Axel
valora el café más que Bob y que mi incautación es ineficiente. Fíjate que aquí
estoy igualando «adecuado» y «eficiente»: una suposición que analizaremos y
pondremos en cuestión en breve.
Entonces:
si los productos adecuados se fabrican de la forma adecuada, en las cantidades
adecuadas y llegan a las personas adecuadas, esto es, las que más los valoran,
ya no hay espacio para un aumento de la eficiencia. Por decirlo de otro modo:
«No puedes ser más eficiente de lo que ya lo es un mercado perfectamente
competitivo». Y todo se desprende con total naturalidad de la verdad que yace
en el sistema de precios: éstos son el verdadero reflejo del coste para las
empresas y también el verdadero reflejo del valor para los clientes.
§. La
vida sin los mercados
Ya que la sociedad occidental se basa totalmente en los mercados libres, se nos
hace difícil tanto imaginar lo que sucedería de no hacerlo como analizar la
cuestión con perspectiva y ver cuán profundo es el efecto del mercado. Todavía
ninguna democracia moderna suministra productos al margen del sistema de
mercado, y si miramos la forma en que esos bienes son provistos, tendremos un
indicio sobre las virtudes y defectos de los mercados. Piensa en la policía
local del lugar donde vives, que es retribuida mediante un sistema de impuestos
que no forma parte del mercado. Que dicho sistema sea ajeno al mercado tiene
algunas ventajas (para empezar, cuando marcas su número de teléfono, nadie te
pide los datos de tu tarjeta de crédito). Se supone que el Gobierno brinda a
ricos y pobres el mismo nivel de protección, aunque no siempre parezca así.
No
obstante, este sistema también tiene algunas desventajas. Por ejemplo, si un
agente de policía se comporta de manera incompetente o grosera, no cuentas con
la opción de ir a «comprar» una fuerza policial distinta. Si consideras que el
nivel de protección policial que recibes es excesivo, no te corresponde a ti
reducirlo. Tampoco puedes gastar más dinero en él, si decides que te gustaría
tener un servicio adicional. No, debes ejercer presión sobre los políticos de
tu zona con la esperanza de que consideren tu petición.
Otro
ejemplo de un servicio ajeno al mercado y que muchos de nosotros utilizamos es
la educación pública. Tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, la mayoría
de las personas envían a sus hijos a escuelas públicas; pero esas escuelas
difieren entre sí: ambientes diferentes, prioridades diferentes… Y lo más
importante: algunas son buenas y otras no lo son. La solución propuesta por el
mercado para las escuelas es similar a la que propone para la cuestión de los
alimentos: los mejores alimentos van a quienes están dispuestos (lo que implica
también que pueden hacerlo) a pagar más por ese producto. Sin embargo, en el
sector público no hay precios. ¿Qué sucede en su lugar? Los padres hacen largas
colas, negocian y protestan; y se mudan a zonas con mejores escuelas. En Gran
Bretaña, a menudo, las escuelas religiosas administradas por el sector público
tienen el mejor historial académico; así que los ateos llevan a sus hijos a la
iglesia todos los domingos para conseguir buenas referencias de los curas y lograr
así que entren sus hijos en esas escuelas.
Al igual
que lo que sucede con la policía, este sistema que no es parte del mercado
presenta la «conveniente» ventaja de ocultar el hecho de que los pobres no
reciben la misma calidad educativa que los ricos. Pero, al mismo tiempo, dicho
sistema padece un serio problema: la verdad sobre precios, costes y beneficios
ha desaparecido. No hay forma de distinguir qué padres inscriben a sus hijos en
las escuelas religiosas por razones espirituales y quiénes lo hacen sólo en
busca de mejores resultados. También es imposible saber cuántos padres estarían
dispuestos a pagar por un número mayor de maestros y por mejores materiales. En
un sistema de mercado, en cambio, saldría a la luz la verdad respecto a cuánto
cuesta suministrar buenas escuelas y quién estaría dispuesto a pagar por ellas.
El sistema que no es parte del mercado entra en contradicción con estas
cuestiones básicas.
Al
parecer, hay una predisposición a pagar por escuelas de buena calidad y se hace
notoria porque los precios de las viviendas son más altos en las zonas donde se
encuentran las escuelas con mejor reputación. El sistema en cuestión, que da
preferencia al niño que es vecino de la zona de la escuela, canaliza el dinero
que los padres están dispuestos a pagar por una buena educación hacia las manos
de los propietarios de las viviendas próximas a esas instituciones. Esto no
parece muy acertado. El sistema de mercado, sencillamente, destinaría ese
dinero a generar más escuelas de mejor calidad.
§. La
función indicadora de los precios
Los precios cumplen dos funciones y no sólo una. En un sistema de mercado, los
precios constituyen una forma de determinar quién disfruta de una oferta
limitada de escuelas: el que paga más logra enviar a sus hijos a las mejores
escuelas; sin duda, una situación desagradable para cuya prevención se diseñó
el sistema de escuelas públicas. Por lo demás, los precios también indican que
es momento de construir más escuelas, contratar más maestros o aumentar sus
salarios, si no hay suficiente oferta disponible, y comprar mejores materiales.
A largo plazo, el sistema de precios transformará la gran predisposición a
pagar por buenas escuelas en la creación de muchas de ellas, con la misma
seguridad con la que la gran demanda de café se transformará en muchos
capuchinos.
¿No saben
ya los políticos que valoramos las escuelas de buena calidad? ¿Deberían
destinarles más dinero? La dificultad estriba en que los políticos oyen que
queremos mejores escuelas, pero también oyen que queremos más presencia
policial en las calles, un mejor sistema de salud, muchas y amplias carreteras,
prestaciones de Seguridad Social, impuestos bajos y un café Venti latte con
doble ración de caramelo. Para nosotros, es fácil exigir todas estas cosas,
pero los precios, al obligarnos a respaldar con dinero lo que pedimos por
nuestra boca, permiten que se descubra la verdad. Los impuestos tienen sus
ventajas; sin embargo, muchos de ellos no contribuyen a que se esclarezca la
verdad, ya que no podemos elegir pagarlos o no, dependiendo de si cada centavo
es gastado de acuerdo con nuestros deseos. En cambio, como los precios son
optativos, brindan información.
Nada de
ello implica un demoledor argumento contra la provisión de un servicio policial
o de un sistema de escuelas mediante un procedimiento ajeno al mercado. Los
sistemas fuera del mercado tienen sus ventajas, pero también hacen perder algo
importante: información, información sobre lo que se quiere, lo que se necesita
y lo que se desea y también sobre los inconvenientes y los costes. A veces,
perder información merece la pena, porque se compensa con lo que se gana en
igualdad y estabilidad. Pero, otras veces, la pérdida de información puede
dejar a una economía, y a una sociedad, tambaleándose entre el derroche y la
confusión. Creemos que el valor que las escuelas y la policía tienen para
nosotros es mayor que lo que nos cuestan en impuestos, pero no estamos seguros.
No sucede lo mismo con el capuchino.
§.
Eficiencia versus justicia: ¿podemos manejar la verdad?
Un mercado perfectamente competitivo es similar al sistema de un superordenador
gigante. Con una increíble capacidad procesadora y sensores dispuestos por
todas partes de la economía —introduciéndose, incluso, en nuestro cerebro para
leer nuestros deseos—, el mercado está constantemente reoptimizando la
producción y distribuyendo los resultados de una forma perfecta. Recuerda que
cuando los economistas dicen que la economía es ineficiente se refieren a que
hay un modo de hacer que alguien se beneficie sin dañar a nadie. Si bien un
mercado competitivo es completamente eficiente, la eficiencia no basta para
asegurar una sociedad justa o, al menos, una sociedad en la que deseemos vivir.
Después de todo, puede ser una sociedad eficiente aun si Bill Gates tiene todo
el dinero del mundo y los demás se mueren de hambre… ya que no hay forma de
mejorar la situación de alguien sin dañar la de Bill Gates. Necesitamos algo
más que la eficiencia.
Por lo
tanto, no es sorprendente que, a veces, nos inclinemos en favor de las
convenientes mentiras piadosas: por ejemplo, resulta caro calentar la casa de
una anciana en Minnesota, pero, como no deseamos que afronte la realidad de ese
gasto, tal vez prefiramos subsidiar el combustible.
Los
impuestos son también una causa común de ineficiencia (aún más que los
subsidios): los Gobiernos establecen impuestos sobre las transacciones
comerciales y gastan ese dinero, esperamos, en cosas buenas, como policía o
escuelas. ¿Por qué, entonces, son ineficientes los impuestos? Porque destruyen
la información suministrada por los precios en los mercados eficientes y
totalmente competitivos: el precio ya no equivale al coste, por lo que este
último tampoco equivale al valor. Por ejemplo: un impuesto sobre las ventas de
un 10% genera una «mentira» en las siguientes circunstancias:
Costo del
capuchino: 90 centavos.
—Precio
del capuchino en un mercado totalmente competitivo: 90 centavos.
—Precio
del capuchino después de impuestos: 99 centavos.
—Disposición
a comprar el capuchino: 95 centavos.
—Capuchinos
vendidos: ninguno.
—Impuesto
recaudado: cero.
Podría
haber habido una venta que hubiese generado 5 centavos de ganancia proveniente
de la eficiencia (el capuchino cuesta 90 centavos, pero se valoró en 95
centavos), mas ello nunca sucedió, debido, precisamente, al impuesto; y lo que
es peor: el impuesto ni siquiera se pagó. Si el Gobierno hubiese renunciado a
ese impuesto en tales circunstancias, no habría salido perjudicado; y, sin
embargo, el comprador del café habría resultado beneficiado: un claro aumento
de la eficiencia.
Para los
funcionarios del área fiscal es difícil determinar cuándo deben cobrar el
impuesto (aquellas situaciones en las que los impuestos no cambiarán el
comportamiento de los compradores) y cuándo no deben exigirlo (porque los
potenciales compradores lo habrían sorteado de todos modos al no comprar el
café). Sin embargo, tratan de hacerlo por medio de las estrategias de fijación
de precios según el cliente, ya descritas en el capítulo 2. A menudo, los
impuestos son más altos cuando la sensibilidad al precio es baja. Por ejemplo,
el Gobierno establece impuestos altos sobre la gasolina y los cigarrillos, y no
lo hace por razones medioambientales o de salud, sino porque las personas que
compran estos productos necesitan conducir o son adictas al tabaco; no cambiarán
su comportamiento, mucho menos debido a una fuerte presión tributaria.
Nos
enfrentamos a un dilema: queremos evitar la ineficiencia, pues en otro caso
desperdiciaríamos la oportunidad de mejorar la situación de alguien sin coste
alguno para los demás. Sin embargo, los impuestos provocan ineficiencia y la
mayoría de nosotros creemos que son necesarios para redistribuir la renta (en
mayor o menor medida) de los ricos a los pobres. Parece, pues, que
contraponemos dos imperativos contradictorios: evitar la innecesaria pérdida
que significa la «ineficiencia», pero asegurarnos de que la riqueza está, un
poco al menos, equitativamente repartida. Lo que necesitamos es encontrar una
forma de hacer que nuestras economías sean tanto eficientes como equitativas.
§.
¿Podemos contar con que los mercados nos ayudarán a alcanzar la verdad?
¿Es verdad que debemos elegir entre la eficiencia de los mercados perfectos y
la equidad de la benéfica intervención estatal? Ésta parece ser la conclusión a
la que llegaron los Gobiernos de todo el mundo libre, después de la experiencia
vivida durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Los programas que
formaron parte del New Deal (la política económica aplicada en los años treinta
por la Administración del presidente Roosevelt, consistente en una serie de
enérgicas medidas que actuasen sobre lo que se consideraban las causas de la
crisis de 1929) expandieron el rol del Gobierno de Estados Unidos, precisamente
en respuesta a la Gran Depresión. En Gran Bretaña, el Gobierno de posguerra de
Clement Atlee tomó el control de la mayor parte de las industrias sanitarias,
siderúrgicas, aéreas, petroleras, ferroviarias y telefónicas. Las empresas
estatales asumieron el control, en parte debido a que, durante los carenciales
y exhaustos, aunque también esperanzadores, años posteriores a la guerra, los
economistas tenían algo de confianza en los expertos que habían planeado y
organizado la campaña solidaria de la población civil durante la guerra y
pensaban que quizá no harían un mal trabajo en la organización de la economía
de manera eficiente. Pocas personas previeron el posterior colapso de estas
economías dirigidas por los Estados, ya fueran inmensos, como la Unión
Soviética y China, o pequeños, como Tanzania o Corea del Norte. Pero incluso si
hubieran creído que los mercados privados eran más eficientes, esto les habría
tenido sin cuidado en la década de 1940: en Gran Bretaña, el Gobierno de la
posguerra del Partido Laborista hubiera estado contento con vivir con un poco
de ineficiencia, si ello significase una sociedad más justa.
No
obstante, el viejo dilema entre eficiencia y equidad estaba a punto de ser
hecho trizas por un joven neoyorquino llamado Kenneth Arrow, quien había
aprendido absolutamente todo lo que había que saber sobre la injusticia, tras
haber contemplado, con la impotencia del adolescente que era, cómo, durante la
Gran Depresión, su padre perdía su próspero negocio y todos sus ahorros. El
anhelo de una justicia social siempre permaneció en el interior de Arrow, pero,
intelectualmente, no podía ignorar la cuestión de la eficiencia. El joven
economista puso su mente lógica a bregar con la tensión existente entre la
infalible eficiencia del mercado libre y la imperiosa necesidad de que reinase
cierto grado de equidad. Su solución fue brillante, dando una vuelta de tuerca
a las tradicionales ideas sobre los mercados competitivos y la eficiencia.
Demostró que no sólo todos los mercados perfectos son eficientes, sino que,
además, se puede lograr cualquier resultado eficiente en un mercado competitivo
mediante el ajuste del punto de partida. Arrow llegó a obtener todos los
reconocimientos posibles para un economista y sigue siendo el hombre más joven
en recibir el Premio Nobel de Economía. Pero ¿por qué fue tan importante su
descubrimiento?
Yo lo
llamo el «teorema de la ventaja». En lugar de concentrarte en la gran
complejidad de una economía real, piensa en un desafío humano muy simple y, por
así decirlo, superficial: los cien metros lisos. El mejor velocista ganará la
carrera. Si quisieras que todos los atletas cruzaran simultáneamente la línea
de llegada, bastaría con que cambiases las reglas de la carrera y que ordenaras
que los corredores más veloces corrieran más lentamente y que todos cruzaran la
línea cogidos de la mano: un total desperdicio de talento. O podrías mover un
poco hacia atrás algunos de los tacos de salida y adelantar un poco otros, de
modo que, aunque cada velocista corriera tan rápido como le fuera posible,
obedeciendo las reglas habituales y los objetivos de este tipo de carreras, el
atleta más veloz tendría que cubrir una extensión de pista extra lo
suficientemente grande como para terminar cruzando la línea de llegada a la par
con el atleta más lento.
Arrow
demostró que este mismo enfoque podía funcionar para intentar equilibrar los
excesos de los mercados competitivos: en lugar de interferir en los propios
mercados, el truco está en ajustar «los tacos de salida» realizando pagos
únicos («de suma global») —lump-sum payments— o exigiendo impuestos
instantáneos (por una sola vez) —one-time taxes.
Un
ejemplo de un «impuesto de suma global» (lump-sum tax) sería que el
Gobierno le exigiese a todo el mundo un gravamen de 800 dólares; o bien gravar
con esa misma cantidad sólo a los mayores de sesenta y cinco años, o a las
personas cuyo apellido comience con la letra H. La cuestión es que, a
diferencia de un impuesto sobre la renta o del impuesto sobre las ventas
relativo al café, un lump-sum tax —al ser un tributo de
cantidad fija, sin importar el nivel de renta— no afecta al comportamiento de
nadie, ya que nada puede hacerse para eludirlo. Por lo tanto, al contrario de
lo que sucede con el impuesto sobre las ventas, no conduce a una pérdida de
eficiencia. Del mismo modo, un ejemplo de un pago único redistributivo
sería dar 800 dólares a todas aquellas personas cuyo apellido
comenzase con la letra H (una política que yo mismo estaría encantado de
apoyar).
En el
ejemplo de la carrera de los cien metros lisos, la imposición de suma global se
asemeja a desplazar los tacos de salida algunos metros hacia atrás; en cambio,
el impuesto sobre la renta y el impuesto sobre las ventas vendrían a ser como
pedirles a los mejores corredores que corran hacia atrás. Ambos tendrían el
efecto de asegurar un final de la carrera más igualado; pero la diferencia
estribaría en que moviendo los tacos de salida de la posición inicial no se
hace más lento a ningún corredor.
En el
contexto de una carrera, resulta bastante obvio que una de las formas de
obtener un resultado apretado es dando ventaja a los corredores más lentos. En
el contexto de una economía, con, literalmente, millones de diferentes
productos, deseos, materias primas y talentos, el «teorema de la ventaja»
constituye una afirmación mucho más audaz. Sin embargo, es verdad: puedes dejar
que la economía competitiva utilice cada capacidad y cada materia prima
disponible, aproveche cualquier oportunidad de comerciar, cooperar, educar o
invertir… y aun así obtener un resultado equitativo moviendo los tacos de
salida hacia atrás o hacia adelante y dejando que los mercados perfectos hagan
el resto.
La
conclusión es que, en un mundo de mercados perfectos, lo único que se necesita
para asegurar eficiencia y equidad es una estrategia «de la ventaja»: un
programa que contemple la existencia de adecuados impuestos por una sola vez y
subsidios que sitúen a todos en igualdad de condiciones. Entonces, el mercado
perfecto encontrará la oportunidad de hacer que todos mejoren su situación a
partir de esos modificados puntos de partida. La pregunta es: ¿todo esto puede
ser llevado a la práctica?
§.
Ejemplos poco prácticos
Veamos un ejemplo. El estadounidense Robert Nozick, filósofo político, hacía
uso de un famoso argumento contra la opinión de que «justicia es igual a
equidad». En otras palabras, se oponía a la idea de que una distribución de la
riqueza determinada pudiera ser considerada como la «mejor» o «más equitativa»
distribución. El razonamiento de Nozick recurre como ejemplo a Wilt
Chamberlain, una famosa estrella del baloncesto entre las décadas de 1960-1970,
período en el que Nozick realizaba sus escritos. El talento de Chamberlain lo
convirtió en un hombre rico, y Nozick consideraba que esto era «justo», puesto
que su riqueza era el resultado de las decisiones legítimas de sus seguidores,
encantados de pagar la entrada para verlo jugar. La situación quizá haya sido
«justa», en el sentido que Nozick da al término, pero ¿puede considerarse
«equitativa» una situación que conduce a una distribución profundamente
desigual del dinero?
Quizá
gravando fuertemente la renta de Chamberlain la situación sería más equitativa,
pero Nozick nos advierte de que si Chamberlain no disfrutara realmente jugando
al baloncesto y, además, se le impusiera una pesada carga tributaria, tal vez
dejaría, radicalmente, de practicar este deporte. Por lo tanto, aun cuando esta
situación pudiere parecer más «equitativa», no tendríamos ni impuesto sobre los
ingresos ni baloncesto: de nuevo el problema del impuesto sobre las ventas del
capuchino. Entonces, ¿cómo puede ser razonable llamar «equitativa» a una
distribución de la renta si todos los que están involucrados en ella, tanto los
fans como el jugador mismo, preferirían la situación «desigual»?
Gracias a
Kenneth Arrow, ahora sabemos que cuando nos enfrentamos a una estrella
deportiva de nuestro tiempo, como Tiger Woods, la solución es cobrarle un
impuesto por una sola vez y de suma global (one-time lump-sum tax) de
varios millones de dólares. De este modo, conservaría el estímulo de ganar
dinero jugando al golf, ya que no podría eludir el impuesto jugando menos
partidos (como tendría que hacerlo si quisiera evitar un severo impuesto sobre
la renta). No dudaría en ganar lo suficiente como para liquidar la «factura»
del tributo y conservar lo suficiente para comprar un coche familiar y una
bonita casa en cualquier lugar sin pretensiones. En este escenario, no hay
desperdicio o ineficiencia, pero el resultado es «equitativo», en la medida en
que produce una distribución mucho más igualitaria de la riqueza.
El único
problema que presenta este plan es que es absolutamente impracticable. Su
dificultad no reside en que sea imposible contar con impuestos que sólo se
apliquen a una persona en particular: el presidente Franklin Roosevelt
introdujo un tipo impositivo del 79%, pero este umbral era tan alto que sólo
John D. Rockefeller pagó el impuesto. Antes bien, el problema estriba más en
que se supone que un auténtico impuesto de suma global no cambia en absoluto el
comportamiento de sus destinatarios. En teoría, tendría que haber sido decidido
antes siquiera de que Tiger Woods naciera, porque si éste hubiera sido capaz de
prever que le cobrarían un impuesto como consecuencia de su éxito, tal vez
hubiera elegido dedicarse a otra profesión. Esto es, por supuesto, completamente
imposible, pero no por ello deberíamos descartar ya el teorema de la ventaja.
Si bien no siempre podemos hacer uso de la imposición o redistribución de suma
global, sí algunas veces: y cuando así sucede, vale la pena considerarlo, ya
que mantiene la eficiencia y la verdad del mercado competitivo, a la vez que
añade una bienvenida dosis de equidad.
§. Un
ejemplo práctico
Podría utilizarse una aplicación más práctica del teorema de la ventaja para
evitar que los ancianos padezcan frío en invierno, pero sin dañar el medio
ambiente. En un típico invierno, mueren en Gran Bretaña veinticinco mil
ancianos debido a la insuficiente calefacción. Con el fin de solucionar esta
situación, los impuestos sobre el combustible para uso doméstico son más bajos
que los que afectan a muchos otros productos. Sin embargo, es una forma un poco
extraña de afrontar este problema (equivale a la solución de «correr hacia
atrás»). Si los Gobiernos necesitan aumentar la recaudación de impuestos —y
parece que así sucede con todos aquéllos—, entonces una primera aproximación a
una estrategia eficiente consistiría en gravar todos los productos con el mismo
impuesto sobre las ventas, ya que esa medida no distorsionaría demasiado las
decisiones de compra que las personas toman. Un observador más perspicaz
recordaría la «fijación de precios según el cliente» del capítulo 2. Puesto que
los clientes no pueden reducir con facilidad el consumo de combustible, no son
muy sensibles con respecto al precio del mismo para uso doméstico; por
consiguiente, el Gobierno debería implantar un impuesto un poco más alto para
el combustible y algo menor para otros productos: los clientes no cambiarían
demasiado su comportamiento y entonces la ineficiencia sería de poca
importancia. Un observador todavía más agudo (tal vez después de haberle echado
un vistazo al capítulo 4) se daría cuenta de que el combustible para uso
doméstico es un recurso natural no renovable y su utilización resulta
contaminante, y siendo ello así, las razones para aumentar los impuestos sobre
el combustible para uso doméstico se tornan aún más poderosas.
Es
difícil, pues, entender cuál es la razón que justifica una reducción de los
impuestos sobre el combustible para uso doméstico y un aumento de los que
recaen sobre otros productos; pero sólo lo es hasta que comenzamos a
preocuparnos por los ancianos que se encuentran tiritando frente a una estufa
de gas o un radiador de aceite exánimes, porque no pueden permitirse
encenderlos. ¿Es ésta una de las difíciles decisiones que a veces deben tomar
los Gobiernos? No necesariamente. En lugar de gravar a todos con un tipo
impositivo desproporcionado, es mejor elegir un tipo mucho más prudente y
darles a los ancianos una «ventaja» —debido a la pobreza en la que están
sumidos y debido también al hecho de que, al tener una salud delicada, tienen
una mayor necesidad de calefacción—. La sencilla solución «política» es
incrementar el gravamen sobre el combustible, pero, al mismo tiempo, darles un
dinero extra a los ancianos; dinero que podrían usar para encender ese radiador
y no pasar frío.
Sabemos,
sobre la base del teorema de la ventaja, que una vez entregado el dinero, los
jubilados encontrarán su propio modo de obtener un resultado eficiente —que,
por cierto, puede no implicar mayor consumo de combustible—. No todos los
jubilados pasan frío y quienes sí lo padecen quizá encuentren mejores
soluciones al problema. Algunos pueden utilizar aquel dinero para mudarse a
Florida; otros pueden colocar material aislante en sus viviendas; y quienes
desde un principio no sentían frío pueden gastar el dinero en otras cosas.
Nadie consumirá más combustible a no ser que lo necesite y, si es así, tendrá
el dinero necesario para satisfacer esa necesidad.
La
lección que nos enseña el teorema de la ventaja es que, cuando surge un
problema, merece la pena preguntarse si puede solucionarse reubicando los tacos
de salida en lugar de hacerlo interfiriendo en la carrera. Esta estrategia no
siempre resulta viable, pero como los mercados libres son eficientes, vale la
pena tratar de aprovechar esa eficiencia para lograr otros objetivos.
A lo
largo de este capítulo hemos realizado un fantasioso viaje, no más verosímil
que la historia de Fletcher Reede. El «mundo de la verdad» es un mundo en el
que los mercados son «completos» (en el sentido de que cuentan con los activos
necesarios para satisfacer las necesidades presentes y futuras), libres y
competitivos. En la vida real, existen tantas probabilidades de que logremos un
mundo cuyos mercados sean completos, libres y competitivos como de que afamados
abogados empiecen a decirle la verdad a todo el mundo.
Por lo
tanto, bien podrías estar preguntándote por qué has leído un capítulo, aunque
fuera breve, acerca de la fantasía de algunos singulares economistas. La
respuesta es que la fantasía nos ayuda a comprender por qué surgen los
problemas económicos y también nos ayuda a movernos en la dirección correcta.
Sabemos que la combinación de un mundo de mercados perfectos con la aplicación
del teorema de la ventaja es lo mejor que podemos lograr. Cuando las economías
del mundo real comienzan a funcionar inadecuadamente, sabemos encontrar los
fallos del mercado (y hacer todo lo que podamos para arreglarlos).
Ya hemos
analizado algunos de esos fallos: algunas empresas tienen el poder de la
escasez y pueden fijar precios que están muy por encima del coste real, que es
en el nivel en el que los precios se encontrarían si se tratara de un mercado
competitivo. Ésta es la razón por la cual los economistas creen que existe una
importante diferencia entre estar a favor de los mercados y estar a favor de
las empresas, especialmente de algunas empresas en particular. El político que
está a favor de los mercados cree en la importancia de la competencia y quiere
evitar que las empresas acumulen demasiado poder de la escasez. El político
demasiado influenciado por los miembros de grupos de presión empresariales hará
exactamente lo contrario.
Reciban o
no ayuda por parte de los políticos, las empresas que tienen poder de la
escasez representan un fallo del mercado. Existen otros dos más. En los dos
siguientes capítulos, nos encontramos con ellos y, así, dejaremos atrás el
curioso mundo de la verdad para enfrentarnos una vez más al mundo real.
Capítulo
4
El tráfico urbano
Contenido:
§. Lo que
no va bien en mi mundo
§. Cómo los conductores afectan a terceros
§. Diferentes tipos de precios: marginal y medio
§. El precio debería reflejar el daño
§. Dos objeciones a los impuestos sobre la externalidad
§. ¿Cuánto vale tu vida?
§. Dos lagunas diferentes en nuestro conocimiento
§. El efecto Nueva Orleans
§. Combatir la contaminación con poco dinero
§. ¿Tiene el medio ambiente tanta importancia como para convertirse en una
cuestión moral?
§. Ser positivos
§. ¿Puede algo bueno resultar excesivo? Cómo se resuelven las externalidades
sin la intervención del Gobierno
§. Epílogo: ¿de qué trata realmente la economía?
Acabamos
de aprender que, en el mundo de los mercados perfectos, todo cambia para mejor.
Sabemos que este tipo de mercados es completamente eficiente y que produce
resultados impecables en todos los aspectos, salvo en lo que concierne al
reparto. Y también sabemos, gracias al teorema de la ventaja, que podemos
arreglar anticipadamente cualquier queja en relación con dicho reparto. Cada
uno de los problemas que aparecen se soluciona de forma rápida, o al menos así
sucede con aquellos relacionados con la distribución de bienes y servicios.
Suena
bien, pero entonces, ¿por qué esta mañana he estado dos horas atrapado en medio
de un atasco cuando iba al trabajo? Ese tráfico de coches unos pegados a los
otros constituyó un estúpido derroche de recursos. Todos nosotros podríamos
haber ido en autobuses o habernos puesto de acuerdo entre varios y viajar en un
solo coche y así hubiéramos llegado a nuestros destinos en el centro de
Washington D. C. en quince minutos. ¿Dónde está el mercado perfecto en esa
situación? La respuesta obvia es que, por supuesto, no existe un mercado
perfecto ni ningún otro para conducir por las calles. Lo que tal vez sea menos
evidente es que sí podría haberlo.
Las
economías que funcionan sin contratiempos, porque se encuentran repletas de
mercados perfectos, no son interesantes ni realistas. Sin embargo, ya que los
mercados perfectos nos brindan un punto de referencia tan claro, para los
economistas es mucho más sencillo tomarlos como punto de partida y descubrir
qué es lo que no funciona en ellos, en lugar de empezar desde cero y descubrir
qué es lo que sí funciona. Y esta forma de pensar sobre el mundo nos llevará a
descubrir el remedio para el tráfico urbano.
§. Lo que
no va bien en mi mundo
Soy un hombre feliz, pero hay ciertas cosas en mi vida que me enfurecen y que
ojalá pudieran ser diferentes. Desearía no tener que gastar tanto dinero
actualizando el software de mi ordenador cada dos años.
Desearía poder confiar en que mis médicos me den el tratamiento adecuado cuando
estoy enfermo. Desearía que las calles de Washington no estuvieran atascadas
por el tráfico y llenas de contaminación.
Estas
tres quejas personales, aunque comunes, se corresponden con los tres aspectos
fundamentales en los que los mercados no están a la altura de los elevados
ideales de perfección a que hacíamos alusión en el capítulo 3. Los mercados no
logran funcionar correctamente ante el poder de la escasez, como vimos en el
capítulo dos. Ése es uno de los problemas que se suscitan al comprar software:
el mercado está bajo el dominio de una sola empresa, Microsoft, que tiene un
poder enorme para fijar precios altos. Los mercados tampoco logran funcionar
adecuadamente cuando quienes han de tomar las decisiones no cuentan con toda la
información necesaria. Cuando acudo al médico, no tengo ni idea acerca de si me
está suministrando un buen tratamiento; y, mientras que para él no es necesario
tener en cuenta el coste que éste conlleva, mi seguro médico, en cambio, tiene
todos los incentivos que puedan existir para negarse a pagarlo, sin siquiera
conocer la situación real (nos dedicaremos al sistema de salud en el capítulo
5). Por último, los mercados no funcionan bien cuando algunas personas toman
decisiones que afectan a terceros: cuando un conductor compra gasolina en una
estación de servicio, lo que está muy bien tanto para el conductor como para la
estación de servicio, no sucede lo mismo con los terceros ajenos, incluyendo a
los otros conductores, que tienen que respirar el monóxido de carbono
resultante.
Estos
tres grandes problemas se denominan «fallos del mercado»: el poder de la
escasez —que analizamos en los capítulos 1 y 2—, la falta de información —sobre
la que hablaremos en el capítulo 5— y el tema que trata este capítulo: las
decisiones que generan efectos colaterales para terceros. Los economistas se
refieren al efecto colateral como a una «externalidad», ya que se encuentra
fuera del ámbito de la decisión original, como, por ejemplo, la decisión de
comprar gasolina. Cuando, debido al poder de la escasez, la información
incompleta o una externalidad, la economía no logra estar a la altura de ese
idealizado «mundo de la verdad», se avecinan los problemas.
§. Cómo
los conductores afectan a terceros
Washington D. C., Londres, Tokio, Atlanta, Los Ángeles, Bangkok y, en verdad,
cualquiera de las grandes ciudades del mundo están repletas de coches,
autobuses y camiones. Estos vehículos perjudican seriamente la felicidad de
terceros inocentes, pues contaminan fuertemente la atmósfera. Hay que reconocer
que la actual contaminación atmosférica en Londres no es tan grave como lo era
durante el período conocido como The Great Stink («El Gran
Hedor»), que tuvo lugar en la década de 1850, en la que murieron decenas de
miles de personas a causa del cólera. No obstante, la contaminación atmosférica
producida por el tráfico no es algo trivial: varios miles de personas mueren
como consecuencia de que otros quieren conducir. En Gran Bretaña, alrededor de
7.000 personas mueren prematuramente, todos los años, debido a la contaminación
provocada por el tráfico: un poco más de una persona de cada 10.000. En los
Estados Unidos, la Agencia de Protección Medioambiental estima que 15.000
personas mueren prematuramente a causa de la «materia de partículas» procedente
de fuentes como los motores diesel. En zonas urbanas como Londres, el coste de
los retrasos provocados por los embotellamientos es todavía peor si consideras
que esa cantidad de horas que pasamos sentados en medio del tráfico representa
una significativa pérdida de productividad o de tiempo libre. Además, también
hay que considerar el ruido, los accidentes y el «efecto barrera» que disuade a
las personas, en especial a los niños, de caminar hasta la escuela, las tiendas
de la zona o, incluso, de encontrarse con los vecinos de enfrente.
La gente
no es tonta: es casi seguro que quien viaja en automóvil obtiene un beneficio
del hecho de conducir. Sin embargo, lo hace a costa de todos los que lo rodean
(los otros conductores que quedan varados en el medio del tráfico, los padres
que no se atreven a que sus hijos vayan caminando a la escuela, los peatones
que arriesgan sus vidas al cruzar la calle apresuradamente porque están
cansados de esperar que cambie la luz del semáforo, los oficinistas que aun
durante el sofocante verano no pueden abrir las ventanas debido al estruendo
del tráfico…).
El
mercado libre no puede proporcionar una solución al problema del tráfico, ya
que cada conductor que se mete en su coche provoca sufrimiento en el resto de
las personas. Los efectos externos de la congestión y de la contaminación son
importantes desviaciones del «mundo de la verdad». En ese mundo, cada acto de
comportamiento egoísta acaba revirtiendo en el bien común: me compro,
«egoístamente», ropa interior porque quiero, pero al hacerlo transfiero
recursos a las manos de los fabricantes de ropa interior y no perjudico a
nadie. Los trabajadores textiles en China, donde se fabrica esa ropa, buscan,
por motivos puramente «egoístas», el mejor de los trabajos; mientras que los
fabricantes buscan, por las mismas razones «egoístas», los empleados más
capacitados. Y todo esto opera en beneficio de todos: los productos se fabrican
sólo si las personas los desean y sólo los fabrican las personas más adecuadas
para realizar ese trabajo. Los motivos egocéntricos son puestos a actuar en
aras del beneficio de todos.
Los
conductores, en cambio, se encuentran en una situación distinta, pues no
ofrecen ninguna compensación por el sacrificio que imponen a otras personas.
Cuando compro ropa interior, el dinero que gasto constituye una compensación
por todos los costes provocados por fabricar ese tipo de ropa y vendérmela.
Cuando me subo al coche para dar una vuelta, ni siquiera tengo que pensar en el
coste que acarreo para el resto de la sociedad cuando utilizo para mi provecho
las vías de libre circulación, esto es, gratuitas.
§.
Diferentes tipos de precios: marginal y medio
No es del todo justo decir que los conductores pueden utilizar gratis las vías
de circulación. En el Reino Unido, no es legal conducir un coche, o incluso
estacionarlo en la calle, si no has pagado un significativo, por su cuantía,
impuesto anual, llamado vehicle excise duty (al que están
sujetos los vehículos a motor que circulan por las vías públicas) —muchos
estados en Estados Unidos tienen un impuesto similar—. La gasolina y el gasoil
también están gravados de un modo suficientemente alto como para generar un
gran resentimiento: en otoño del año 2000, por ejemplo, una serie de protestas
que se generaron contra los elevados precios del combustible impidieron su
llegada a las estaciones de servicio de Gran Bretaña, paralizando por completo
la actividad en el país. En este país, los conductores pagan 20.000 millones de
libras anuales en concepto de impuestos sobre los vehículos y los carburantes;
y en Estados Unidos esa cifra ronda los 100.000 millones de dólares.
Preguntarse si han pagado lo suficiente es formular la pregunta equivocada,
pues la verdadera pregunta que hay que hacer es si están pagando por los
«productos adecuados». La respuesta es «no».
Aquí
están en juego dos conceptos diferentes de precio; y la diferencia entre ellos
es importante. El precio medio que un conductor paga por un solo trayecto
atravesando la ciudad es bastante alto, si por ello está pagando una cuota
anual de la licencia; pero el precio que paga por realizar un viaje extra
cruzando la ciudad es bajo: en ese recorrido no consumirá mucho combustible y
los conductores no son gravados por esos viajes adicionales. Una vez que ya has
pagado por tu derecho a poner el coche en la calle por primera vez, no se te
hace un descuento por mantener un bajo kilometraje: ya no importa que conduzcas
sin parar, pues eso no agregará ni un céntimo a la factura del impuesto en
cuestión. Ésa es la diferencia entre el precio medio y el precio marginal (que
es el precio que se paga por realizar un viaje adicional).
Para
comprender por qué es importante esta diferencia, fijémonos en el caso del
alcohol. Cuando estaba en la universidad, las asociaciones estudiantiles y los
clubs realizaban con frecuencia grandes fiestas en las que algunas personas no
bebían alcohol en absoluto, pero la mayoría, lo que es menos sorprendente,
bebía muchísimo. Esto se debía a la existencia de dos tipos distintos de
entradas. Las entradas «alcohólicas» (de «barra libre») permitían la obtención
de un número ilimitado de copas, tras haber realizado el pago de una cuota por
adelantado de, digamos, 10 libras (en aquel entonces, alrededor de 15 dólares).
El otro tipo de entrada era mucho más barata, pero, en su lugar, debías beber
zumo rancio de naranja y permanecer en una esquina, mientras quienes bebían
alcohol se ponían cada vez más desagradables. Cambiar de opinión y tomar un par
de cervezas resultaba una propuesta algo cara, así que la mayoría de la gente
prefería maximizar el valor de la oportunidad de beber ilimitadamente o bien
desentenderse por completo de beber alcohol. Por supuesto, el resultado era
caótico, aunque mucha gente consideraba que servía para garantizar muy buenas
fiestas.
Puesto
que la universidad era consciente de que el alcoholismo representaba un
problema, se pensó en resolverlo, en la siguiente fiesta, subiendo el precio de
la cuota que se pagaba por adelantado a, digamos, 20 libras (aproximadamente 30
dólares). Sin embargo, lo que probablemente sucedería es que, mientras unas
pocas personas cambiarían de entrada, para convertirse en disgustados bebedores
de zumo de naranja, o abandonarían por completo esa asociación, la mayoría de
los bebedores decidiría que una fiesta sin alcohol no tenía mucho sentido y, a
regañadientes, vaciarían el contenido de sus carteras (y muchos de ellos, por
la noche, el contenido de su estómago).
La
universidad malinterpretó el problema. Entendieron que las personas bebían
demasiado y, correctamente, pensaron que, probablemente, la solución estribaría
en un aumento en el precio de la bebida. El problema es que existen maneras
distintas de definir el precio de la bebida. Está el precio de ser un bebedor:
10 libras. Está el precio medio de una bebida: para el estudiante típico que
toma veinte copas, éste es de 50 peniques. Y luego está el precio marginal de
una copa, que es igual a cero. Una vez que has pagado la tarifa por adelantado,
da igual que bebas sin parar.
Pregunta:
si fueras tú quien dirigiera la universidad, ¿encararías el problema: a) subiendo
el precio de la cuota «de barra libre» por adelantado; b) comprando
zumo de naranja de mejor calidad; o c) eliminando aquella
cuota por adelantado y cobrándole a cada persona por lo que realmente bebe?
Quizá
sería bueno, en todo caso, que el zumo de naranja fuera de mejor calidad, pero
el economista camuflado sugeriría, humildemente, que la solución al problema
subyacente es la opción c.
Ahora,
volvamos a la congestión del tráfico. Si fueras asesor del ministro de
Transportes podrías, quizá, sugerirle una analogía con el caso de las fiestas
estudiantiles. Actualmente, los potenciales conductores cuentan con dos
opciones: aflojar una considerable cuota por adelantado y conducir todo lo que
deseen; o no conducir en absoluto. Esta segunda opción, la del «zumo de
naranja», les obliga a andar en bicicleta, utilizar el transporte público o
caminar; aunque, al igual que sucede con las fiestas de estudiantes, cuantas
más personas elijan la primera opción, menos atractiva se volverá la segunda.
Podrías
incluso proponerle algunas medidas optativas: a) aumentar la
tarifa por conducir; b) ofrecer un «zumo de naranja» de mejor
calidad (más autobuses, mejores trenes, carriles para bicicletas, pasos de
peatones); o c) descartar por completo la tarifa que se paga
por adelantado y cobrarle a las personas según la cantidad de viajes que
realizan.
Podría
suponerse que todas estas opciones reducirían la congestión del tráfico hasta
cierto punto, quizá en gran proporción; pero la opción c es la
única que ataca el núcleo del problema. Los conductores no viven en el «mundo
de la verdad», lo que significa que no pagan el verdadero coste que sus
acciones tienen, incluyendo las «externalidades» o los efectos colaterales que
recaen sobre terceros. La opción c intenta hacerles pagar ese
coste, al que podríamos denominar «impuesto sobre la externalidad».
En la
actualidad, a cada conductor potencial se le ofrece la misma clase de acuerdo
que a los estudiantes que querían asistir a las fiestas: desembolsar un fajo de
dinero en efectivo a cambio de una borrachera sin límites o no pagar nada y no
recibir nada en absoluto. No hay término medio.
Lo que
animaba excesivamente las fiestas estudiantiles no era el hecho de que las
bebidas terminaran costando un promedio de 50 peniques (menos de un dólar),
sino el hecho de que la siguiente bebida siempre era gratis. Análogamente, la
congestión en la circulación no está provocada por el hecho de que el impuesto
por cada viaje en coche sea, en promedio, de 50 centavos de dólar: está causada
por el hecho de que el viaje siguiente siempre sale gratis.
No
debemos obsesionarnos con la cantidad que paga en promedio cada conductor. Sin
duda que lo que cada clase de persona paga en promedio es una importante
cuestión en relación con la distribución de la renta; pero, aunque el tema de
la distribución es importante, no tiene un gran impacto en el embotellamiento
de nuestras calles o en la contaminación de nuestras ciudades.
Lo que
tiene una mayor importancia en el tema de la congestión es el precio marginal
que los conductores pagan; o, para expresarlo de otro modo, el precio que pagan
por realizar un viaje más. Después de todo, los coches, por sí mismos, no
causan mucha polución o congestión: los viajes en coche son el
problema. Las universidades fomentarían adecuados niveles de consumo de bebidas
si les cobraran a los estudiantes por bebida consumida. Del mismo modo, el
Ministerio de Transportes fomentaría un nivel adecuado de viajes en coche si
les cobrara a los conductores por viajes realizados.
§. El
precio debería reflejar el daño
Como de costumbre, he estado simplificando excesivamente las cosas. En la
mayoría de los países europeos, los conductores pagan un impuesto por kilómetro
recorrido en forma de un alto impuesto sobre el combustible. Sin embargo, este
impuesto no se corresponde exactamente con los costes que los conductores se
causan entre ellos así como a quienes no conducen. Las personas que viven en
zonas rurales también pagan los impuestos (por lo general gastan entre un
cuarto y un tercio más en gasolina que quienes viven en zonas urbanas), pero
son quienes viajan a su trabajo en las horas punta, en Londres, Nueva York o
París, los que causan los embotellamientos más grandes, contaminan seriamente
la atmósfera y generan ruido. Los mismos viajes, pero realizados en las
primeras horas de la madrugada, no provocan un embotellamiento, aunque la
contaminación y el ruido sigan constituyendo un problema. Haz un viaje de
similar distancia de una casa a otra en Alaska y no provocarás una congestión.
Es probable que el ruido sólo sea escuchado por algún caribú extraviado. El
daño causado por los agentes contaminantes será mucho menor, porque muchos de
ellos se dispersarán de forma inofensiva. Si la idea de un impuesto sobre los
viajes consiste en que cada conductor asuma el coste de sus acciones, el
conductor que conduce en Nueva York durante la hora punta debería pagar una
suma mayor, pues está causando un daño más grande a los demás. Cualquiera que
sea el nivel de la carga impositiva sobre la externalidad que se considere
adecuado, si se trata de reflejar la externalidad, debería variar de acuerdo
con el momento y el lugar.
La idea
de un precio por la externalidad no tiene por objeto disuadir a las personas de
que dejen de hacer lo que podría causar molestias a los demás, sino conseguir
que lleguen a tener en cuenta las molestias que causan a los demás. Por poner
un caso extremo: si voy paseando por las montañas de Virgina conocidas como
Blue Ridge, resulta agradable poder admirar la belleza del lugar en relativa
soledad, por lo que me resulta ligeramente molesto encontrar los senderos
abarrotados de personas. Tal vez me molesten, pero no sería «eficiente»
prohibirles la excursión, porque ello les proporciona mucho placer; y a mí, tan
sólo, un leve problema.
El
importe del impuesto sobre la externalidad debe encontrar el justo equilibrio
entre el placer y el malestar; debe reflejar el coste de la externalidad…, pero
no más. Nuestro objetivo debería ser lograr un mundo en el cual las personas se
sientan libres de hacer aquello que les gusta, aun si eso molesta ligeramente a
otros, pero también un mundo en el cual todos nos abstengamos de causar daño a
los demás si el esfuerzo que implica evitar dicho perjuicio es pequeño. En el
capítulo tres pudimos descubrir que los mercados perfectos generan un mundo
como ése, al menos dentro de la esfera en la que los mercados operan. Los
mercados perfectos no pueden hacernos sonreír a los transeúntes o amar a
nuestras familias, pero pueden asegurarse de que consigamos un capuchino si, y
sólo si, estamos dispuestos a pagar más de lo que representa su coste real, lo
que incluye el coste, en tiempo y en «molestias», de los baristas,
los cosechadores de grano de café, los empresarios, los fabricantes de las
máquinas, y el resto. En otras palabras, los mercados perfectos nos permiten
sentirnos libres para hacer aquello con lo que disfrutamos sólo si nuestro
placer es mayor que las molestias causadas para hacerlo posible.
Ésa es la
razón por la cual los economistas se sienten bastante relajados cuando los
mercados parecen funcionar bien; aunque seguimos también en alerta ante la
aparición de los muchos otros fallos del mercado. Así pues, ¿cómo nos
aseguramos de que, cuando estoy decidiendo si cruzo o no la ciudad en coche,
pueda tener la certeza de que el beneficio para mí es superior al sacrificio
que significa para los demás? No es necesario preocuparse por los costes y los
beneficios que forman parte de una transacción dentro de un mercado eficiente.
De este modo, si el refinado del petróleo y la venta al por menor de gasolina
son mercados perfectos (contrariamente a lo que comúnmente se cree, no distan
tanto uno del otro), los trastornos ocasionados para refinar y distribuir la
gasolina se reflejan plenamente en el precio. No compraré gasolina a menos que
el beneficio que obtenga de ella sea mayor que los problemas que ocasiona el
refinarla y distribuirla.
En
cambio, deberíamos preocuparnos por los costes y beneficios que escapan de esa
transacción de mercado. La contaminación procedente de la gasolina provoca
«envenenamiento» local y «calentamiento global», y, sin embargo, la mayor parte
del daño por contaminación que se produce cuando consumo un depósito de
gasolina no me afecta a mí o a la compañía petrolera. El truco está en imitar a
los mercados perfectos, haciendo que los conductores paguen el coste total de
sus acciones: ya han pagado los costes de mercado a la compañía petrolera, pero
además deben pagar los costes de la externalidad. Estos costes representan los
sacrificios impuestos a los demás, pero no soportados ni por el conductor ni
por la compañía petrolera.
Ahora,
todos los elementos están en su lugar y podemos diseñar un impuesto sobre la
externalidad. Sabemos que en una elección individual o en un intercambio dentro
de un mercado se pueden originar costes y beneficios; y, si así sucede,
estaremos ante una situación ineficiente (traducción: podríamos hacerlo mejor,
consiguiendo que al menos una persona salga beneficiada y nadie perjudicado).
También, sabemos que si queremos cambiar el comportamiento para corregir la
ineficiencia, debemos acudir a los precios marginales y no a los precios
medios. En tercer lugar, no tenemos que preocuparnos por los costes que han
sido ya incorporados a una transacción dentro de un mercado que funciona
correctamente, sino sólo por los costes de la externalidad, que han sido dejados
de lado. En cuarto lugar, nuestro precio marginal debería reflejar, con total
exactitud, aquellos costes de la externalidad. No basta, simplemente, con
prohibir un comportamiento que no es de nuestro agrado; en su lugar, deberíamos
concentrarnos en aquellos casos en los que la persona en cuestión obtiene
beneficios pequeños, pero causa enormes sacrificios para los demás.
§. Dos
objeciones a los impuestos sobre la externalidad
Un impuesto sobre la externalidad es, de hecho, un impuesto estatal y todos los
impuestos estatales resultan controvertidos. Este tipo de impuestos, a menudo,
es atacado desde dos contrapuestos ámbitos de la conocida como moral
high ground («terreno de la moral superior»).
Por uno
de los flancos surge la objeción de que el impuesto sobre la externalidad es un
tributo injusto y está dirigido a los grupos más desfavorecidos. Considera la
idea de cobrarles a los conductores que conducen en las horas donde el tráfico
está congestionado. Ante propuestas de este tipo (y se les ha dado gran
difusión), los grupos de presión en favor de los coches argumentan que los
conductores ya pagan suficiente y que no es justo sacar de las calles a los
conductores pobres por medio de un alza del precio. Del otro flanco salen
quienes se oponen fuertemente a la actividad misma a la que se va a gravar con
el impuesto, y ello sobre la base de que, una vez que se haya cobrado el
impuesto a la externalidad, los ricos igual podrán seguir haciendo lo que
quisieran, por más censurable que fuese. En el caso del tráfico, los grupos de
presión en contra de los coches se quejan de que es vergonzoso que los
conductores ricos puedan permitirse el lujo de conducir todo lo que quieran,
dado el daño ambiental que provocan.
¿Cuánto
se gasta en combustible?
Fuente: Smith, 1992. Chermick y Reschovsky, 1997.
¿Generan
los impuestos sobre la externalidad una redistribución injusta de la renta? No
están dirigidos éstos a los pobres, sino a las actividades voluntarias: si
decides dejar de causar perjuicios a los demás, no tienes que pagar ningún
impuesto a la externalidad. Es cierto que los ricos pueden permitirse conducir
más que los pobres, pero es igual de cierto que también pueden darse el lujo de
comer más que los pobres; y eso es igualmente injusto. Sin embargo, si aceptas
el funcionamiento del sistema de precios para productos básicos como la comida,
¿por qué no para el espacio de las vías de circulación o la limpieza del aire?
Admitimos que la comida, la ropa y la vivienda no pueden ser productos
gratuitos, porque si así fueran, se acabarían rápidamente. Y nos quedamos sin
espacio libre en las vías de circulación precisamente porque son gratuitas.
Más aún,
puesto que son los ricos los que llevan a cabo la mayoría de las actividades,
los impuestos sobre la externalidad, a menudo, redistribuyen el dinero del modo
deseado. En el caso de la tributación sobre la congestión del tráfico, la
verdad es sorprendente: en el Reino Unido, los pobres no conducen (andan en
bicicleta, caminan o cogen el autobús). El 10% más pobre de la población gasta
casi siete veces menos en combustible que el 10% más rico, pese a su porcentaje
de ingresos mucho menor. El gasto total en combustible del 10% más rico es, por
lo menos, treinta veces mayor que el del 10% más pobre. La conclusión es que la
carga impositiva sobre la congestión no sólo mejora la eficiencia, sino que
también redistribuye el dinero al exigirles un impuesto mayor a los ricos.
Este
método es bueno para los defensores de la tributación sobre la congestión en
Gran Bretaña, pero no sirve en los Estados Unidos, en donde los pobres todavía
conducen mucho y así dedican un mayor porcentaje de sus ingresos al pago de
impuestos. No obstante, no necesariamente se trata de un obstáculo imposible de
salvar, porque el impuesto a la externalidad puede diseñarse para que no
redistribuya en exceso. En el caso de las vías de circulación, el Gobierno
podría eliminar el impuesto que recae sobre el vehículo (el aludido vehicle
excise duty), que representa un cuantioso impuesto por adelantado, y
empezar a recaudar el impuesto sobre la congestión viaria en cada viaje que se
efectúa. Esta medida captaría los beneficios que la eficiencia de un impuesto
de esa clase genera sin tener un gran impacto sobre la distribución. Es posible
neutralizar una gran parte de la redistribución causada por el impuesto sobre
la externalidad y, al mismo tiempo, conservar los efectos que potencian la
eficiencia. Esta opción es una variante del lump-sum tax sobre
Tiger Woods que se proponía en el capítulo 3: podemos utilizar estos impuestos
de suma global para redistribuir la renta sin destruir la eficiencia.
El
economista, una vez superado el ataque procedente del flanco de la
redistribución, debe enfrentarse al otro flanco y ocuparse de la entusiasta
acusación procedente de la moral high ground del ecologismo.
No todos los ecologistas se oponen a las cargas tributarias sobre la
contaminación y la congestión, pero algunos sí lo hacen. Y la razón de esta
oposición es que creen que la contaminación debería ser ilegal directamente, en
lugar de ilegal para los pobres y económicamente accesible para los ricos. ¿Por
qué debería permitírseles a los ricos contaminar? Con carácter más general,
algunos grupos de presión protestan contra el impuesto sobre la externalidad
con base en el hecho de que éste permite que, pagando, las personas continúen
realizando cualquier actuación inaceptable de la misma manera en que vinieran
haciéndolo.
Una
respuesta parcial es decir que ni siquiera los ricos contaminan por pura
diversión. Es verdad que los ricos tienen más probabilidades de poder pagar un
impuesto sobre la congestión viaria, pero no por eso van a hacer caso omiso de
él. Tal vez, tendrán cuidado en hacer un solo viaje al supermercado, en lugar
de dos, o, incluso, irán caminando a la tienda más cercana en vez de conducir
hasta un lugar más alejado. El impuesto sobre la externalidad hace que las
otras alternativas luzcan más atractivas, tanto para los ricos como para los
pobres.
Y lo que
es más fundamental: no debemos confundir la severidad de la regulación de la
externalidad con el método de dicha regulación. Se puede fijar que el impuesto
sobre la externalidad sea de un dólar diario, 10 dólares diarios o 1.000
dólares diarios. Lo que sí sabemos es que cualquiera que sea el grado de
gravedad que la sociedad le confiera a la externalidad, el impuesto es el modo
más eficiente de controlarla. Por ejemplo, un impuesto sobre la congestión
viaria, que haya sido bien diseñado, constituye el modo más eficiente de lograr
una determinada reducción en la utilización de las vías de circulación. Cuál es
el nivel deseable de tal reducción es una pregunta que puede tener muchas
respuestas, pero el impuesto sobre la congestión es la mejor manera de lograr
cualquiera de esas respuestas.
Existen
ciertas alternativas al impuesto sobre la congestión que se asemejan bastante a
prohibir por completo la conducción de vehículos. El problema es que no
funcionan tan bien. Por ejemplo, el Gobierno podría suministrarle a todo el
mundo unos vales que les permitan conducir hasta veinte millas (treinta y dos
kilómetros) por semana. El resultado inmediato de semejante plan sería que
algunas personas, la mayoría de ellas pobres, querrían venderles sus vales a
los demás, la mayoría de ellos ricos: el pobre preferiría contar con el dinero
y el rico preferiría contar con el derecho a conducir. Si el Gobierno permite
que los vales se comercialicen, entonces habrá venido a aplicar un impuesto
sobre la congestión, aunque por un medio distinto, y, es probable, de una forma
algo menos eficiente, dada la complicación añadida de la comercialización de
los vales. (El montante del impuesto resulta ser el valor de los vales que
determina el mercado). Y si el Gobierno prohíbe la comercialización de los
vales, el plan es claramente ineficiente, ya que las personas que desean
comercializarlos no pueden hacerlo.
Otras
alternativas, tales como cobrar un alto impuesto sobre el estacionamiento de
los vehículos, son probablemente menos eficientes todavía, aunque es difícil
demostrarlo en un solo párrafo. Por ejemplo, los impuestos altos sobre el
estacionamiento logran disuadir a algunos conductores, pero la relación entre
conducir y estacionar es bastante indirecta. Algunos conductores pasarán un
tiempo adicional en las calles, tratando de encontrar un lugar para aparcar. Si
lo que el Gobierno quiere es disuadirles de conducir causándoles un gasto, es
mejor gravarles directamente e invertir ese ingreso en algo útil.
Algunos
grupos de presión siempre se quejarán de que los impuestos sobre la
externalidad no son lo suficientemente severos, mientras que otros protestarán
porque creerán que son draconianos. El argumento que el economista defiende es
que, con independencia de cuán severos decidamos ser, el impuesto sobre la
externalidad constituye la forma más eficiente de serlo. Ante cualquier otra
medida, los economistas pueden proponer una alternativa que utilice una carga
impositiva a la externalidad, la cual mejorará la situación de algunos sin
perjudicar a nadie.
§.
¿Cuánto vale tu vida?
El apartado anterior deja muy claro que el nivel de cualquier impuesto sobre la
externalidad está destinado a ser objeto de controversia. Para el economista
camuflado, que intenta recrear el «mundo de la verdad», el impuesto ideal sobre
la externalidad incluye todos los costos externos reales
y sólo los costos externos reales.
Vale la
pena que pensemos en cómo sería el sistema ideal que se ocuparía de las
externalidades en torno a la conducción de vehículos. A cada conductor que se
trasladara por determinada zona y que por ello liberara agentes contaminantes
que dañasen la misma se le cobraría por la contaminación generada, si condujera
en una zona densamente poblada. Habría otro impuesto distinto, que se cobraría
en cada viaje, por la emisión de dióxido de carbono, ya que contribuye al
cambio climático con independencia de en qué lugar del planeta se realicen esas
emisiones. En cada caso, el precio del viaje dependería de qué limpias fueran
las emisiones de cada vehículo. Los conductores afrontarían impuestos
adicionales por viajar en zonas congestionadas y a horas congestionadas. Los
autobuses más viejos, que son los que emiten los peores agentes contaminantes,
serían gravados fuertemente y con esta medida es probable que se los alentara a
modernizar sus motores. Los vehículos más pesados pagarían una tasa por viajar
sobre carreteras y puentes frágiles. A los vehículos 4×4 se los gravaría con un
impuesto adicional porque, en caso de accidente, tienen una mayor probabilidad
de matar a otro usuario de esa misma vía.
¿Todo
esto significa que deberíamos volver a utilizar el «impuesto sobre los
artículos de lujo» en relación con los vehículos caros? En absoluto. Dicho
impuesto era, casi con certeza, contraproducente desde el punto de vista
ecológico, ya que fomentaba que las personas conservaran los vehículos más
viejos y más contaminantes: un coche barato y viejo, por lo general, será más
contaminante que un lujoso coche moderno. Los vehículos 4×4 podrían ser
gravados con un impuesto mayor porque su consumo de combustible no es eficiente
y porque su peso y su altura representan un peligro para los otros vehículos,
pero no porque sean caros. El objetivo es fomentar que las personas utilicen
vehículos más pequeños, ligeros y más eficientes; no alentarlos a que conduzcan
vehículos más baratos.
Esto
parece complicado. ¿Podría ser posible que funcionara? Es fácil imaginar a cada
coche disponiendo de un pequeño ordenador conectado a un sistema mundial de
rastreo (el tan conocido, hoy en día, GPS —Global Positioning System—), que
localizara las zonas donde hay atascos. Además podría controlar las emisiones
del tubo de escape. Una pantalla en el salpicadero mostraría el importe al que
se elevaría el impuesto, tal vez acompañado de consejos útiles: «Tim, este
viaje, hasta ahora, te cuesta 9 centavos por minuto. ¿Sabías que podría
costarte la mitad si pusieras a punto el motor?».
La
tecnología llegará algún día; una gran parte de ella ya se encuentra
disponible. No obstante, existe otra dificultad: determinar cuál es el coste
real de las externalidades. El ordenador puede medir la congestión viaria y la
contaminación, pero ¿cuál es el coste de hacerle perder el tiempo a los demás
en un embotellamiento? ¿Cuál es el coste de envenenar a las personas con
partículas en suspensión o benceno? Muchas otras externalidades implican costes
y beneficios reales de muy difícil medición: tiempo, salud, paz, incluso la
muerte.
Con el
objeto de aclarar mejor este asunto, tal vez sea útil que nos concentremos en
el caso específico de poner un precio a las externalidades causadas por el uso
de vehículos. Ya es bastante difícil medir los hechos físicos: ¿cuánto daño
causa un vehículo más en las vías de circulación?, ¿cuánto ruido origina ese
vehículo más?, ¿cuántos accidentes?, ¿cuánto retrasa a los otros vehículos?,
¿cuánta contaminación?, ¿qué enfermedades causa esa contaminación específica?
Pero es más difícil aún medir las consecuencias psicológicas. ¿Cuánto se
preocupa la gente por diferentes «molestias»: el aire viciado, el ruido, las
demoras del tráfico y el estrés, o incluso la enfermedad y la muerte? Sin
mencionar siquiera que para cada individuo estas cosas tienen un valor
diferente.
Rendirse
ante estos problemas es muy tentador. Seguramente no es posible establecer un
determinado valor para el ruido o para las demoras y, ciertamente, parece
imposible fijar un valor para la vida humana. Pero nos engañamos a nosotros
mismos si pensamos que podemos evitar tomar este tipo de decisiones. Cada
medida que adopta el Gobierno y cada elección individual que hacemos implican
que se ha hecho una valoración de este tipo de cosas, aun cuando nadie haya
sido lo suficientemente honesto para reconocerlo o, incluso, admitirla como
propia.
De forma
individual, estamos constantemente tomando decisiones que asignan un valor a
nuestro medio ambiente, a nuestro tiempo e incluso a nuestras vidas. Si al
alquilar un apartamento o al reservar la habitación de un hotel pagas una suma
superior para evitar una zona ruidosa, de forma implícita le has asignado un
valor a la paz y la tranquilidad. Si decides esperar al autobús en lugar de
parar un taxi, estás implícitamente atribuyendo un determinado valor a tu
tiempo. Si decides que te da pereza comprar una alarma contra incendios, has
preferido un ahorro en tiempo y dinero a cambio de un aumento de las
probabilidades de morir. Sin embargo, cuando decides algo así, probablemente,
no le confiesas a nadie, ni siquiera a ti mismo, el precio en que has valorado
la tranquilidad, el tiempo y la vida.
También
los Gobiernos toman decisiones que implican que han determinado el valor de
nuestras vidas. ¿Debería el Gobierno colocar más señales y carteles en la vía
pública o gastar más dinero en radares de velocidad, o mejorar el sistema de
salud, o financiar la investigación del cáncer, o, de hecho, no hacer ninguna
de estas cosas pero bajar los impuestos y mejorar la calidad de las
universidades u ocuparse de los parques nacionales? Es necesario tomar este
tipo de decisiones; y cuando, finalmente, son tomadas, éstas llevan en su
interior lo que creemos con respecto a esos valores subjetivos, incluido el del
valor de la vida humana. Calcular el impuesto sobre la externalidad es,
simplemente, más delicado, pues, si se hace como es debido, es necesario explicar
y justificar, de un modo explícito, esa creencia. Si esto no se hace, dejando
implícita esta asunción, quedamos, en el mejor de los casos, a merced de los
cambios aleatorios de los procesos políticos y, en el peor de los supuestos,
consintiendo las demandas egoístas de los grupos de presión.
Una de
las mejores formas de calcular estas valoraciones subjetivas es observar lo que
las personas hacen en la realidad. Los economistas tienen la teoría de la
«preferencia revelada», según la cual las personas revelan sus preferencias por
medio de las elecciones que realizan como consumidores. Compraste manzanas
cuando podías haberte permitido comprar peras: por lo tanto, preferiste las
manzanas a las peras. Para un economista, la preferencia no sólo es deducida de
tales opciones, sino realmente definida por las mismas. Sólo se precisa dar un
corto paso para concluir que las personas son, además, consumidores racionales
cuando se trata de factores menos tangibles, incluso cuando se trata de su
propia salud y seguridad. Si no estás dispuesto a pagar cinco dólares por un
viaje en taxi y así ahorrar veinte minutos, entonces para el economista
camuflado la conclusión es que prefieres gastar esos cinco dólares en alguna
otra cosa. No es una conclusión muy espectacular, pero para algunas personas
resulta controvertida. También, basándose en la decisión que tomaste sobre el
alquiler del apartamento, llegará a la conclusión de que para ti la paz y la
tranquilidad bien valen 15 dólares adicionales a la semana; y, al ver que no
tienes un detector de humo, supone que no estás dispuesto a sacrificar una hora
de tu tiempo y a pagar 20 dólares para reducir a una entre un millón la
probabilidad de que mueras como consecuencia de un incendio.
Dos
importantes fuentes de información sobre las preferencias de las personas las
constituyen el precio de la vivienda y los salarios. El precio de la vivienda
lleva grabada información sobre el valor que las personas atribuyen a todo tipo
de beneficios: la cercanía a distintos tipos de tiendas, las zonas verdes, el
bajo índice de criminalidad, la tranquilidad, el sol que entra por la ventana
en la mañana… Algunas de estas cosas pueden medirse con bastante exactitud: por
ejemplo, el precio de dos casas idénticas, ubicadas en la misma calle, una
frente a la otra, revelará probablemente cuánta gente prefiere una casa
orientada al sol. Del mismo modo, los salarios pueden revelar información
acerca de si existe una diferencia salarial entre trabajos que, requiriendo una
cualificación muy similar, conlleven diferentes grados de peligrosidad.
Este
método presenta algunas imperfecciones, en especial: ¿qué sucede si la paz y la
tranquilidad vienen de la mano con una calle sin salida, en la que tus hijos
pueden jugar seguros, y con un aislamiento térmico, que te hará ahorrar en tu
factura de calefacción? ¿Qué proporción de esos 15 dólares adicionales
corresponde realmente al pago por un entorno tranquilo? ¿Qué sucede si el muy
bien remunerado, pero peligroso, trabajo en la plataforma petrolífera exige
además que no bebas alcohol durante seis semanas y que pases todo tu tiempo
libre en su interior? Tal vez la remuneración no tenga nada que ver con el
peligro, y todo con las molestias asociadas a ese tipo de trabajo. Siempre será
difícil desenmarañar estos factores diferentes, y es imposible saber en qué
medida lo habrás conseguido, pero, con la información suficiente, los
economistas pueden lograr lo que, para ellos, es una decente hipótesis.
Un
segundo problema reside en que, cuando compraste tu detector de humo, tal vez
pensaste que con él reducirías las probabilidades de morir en un incendio a una
entre cincuenta millones, y no a una entre un millón. Así que, antes de
apresurarnos a sacar una conclusión sobre en cuánto valoras tu vida, realmente
necesitamos descubrir cuál era la probabilidad de salvarla que le asignabas a
la alarma contra incendios y reconocer que tal vez, después de haberlo pensado,
no te interesaba invertir mucho tiempo en averiguarlo.
A pesar
de que estos métodos son controvertidos e imperfectos, reflejan una importante
suposición de la corriente económica dominante: nadie valora tus intereses
tanto como lo haces tú mismo.
§. Dos
lagunas diferentes en nuestro conocimiento
El uso de la técnica de fijar un precio a la externalidad descansa en el
conocimiento de una información poco sólida con respecto a cuánto valoramos la
reducción de ciertas externalidades, tales como el ruido, los accidentes, la
contaminación y los embotellamientos. Pero no es ésta la única laguna de
nuestro saber, pues tampoco sabemos cuál es el modo más barato de reducir el
ruido, los accidentes, la contaminación y los embotellamientos. Y es aquí, en
esta segunda laguna, donde aquella valoración económica de la externalidad
entra en juego.
Poner un
precio no resulta ser peor que otra clase de medidas cuando llega a enfrentarse
a ese primer tipo de débil información mencionada. Sabemos que cualquier
política de medidas —de regulación, de fijación de precios, de dirección y
control, de impuestos o de liberalismo (laissez-faire)— contiene
suposiciones implícitas o explícitas acerca de la evidencia científica sobre
externalidades como la contaminación y la congestión, y las preferencias
subjetivas que las personas tienen respecto a su tiempo, comodidad y salud.
Ninguna política de medidas puede tener un éxito que supere en grado la
exactitud de sus suposiciones.
La
verdadera ventaja de poner un precio a la externalidad es que sortea el
obstáculo de la segunda laguna de nuestro conocimiento. Nadie conoce —todavía—
cuál es la manera más barata de solucionar el problema del tráfico. Sin
embargo, la valoración económica de la externalidad trae a ese mundo de la
verdad, que el mercado crea para nosotros, la contaminación, la congestión
viaria… Siempre que los individuos deban enfrentarse a la verdad o, por lo
menos, a nuestra mejor estimación de los costes de sus acciones, encontrarán
una forma de reducir dichos costes. Cuantas más veces tengan que responder, más
sorprendentes e innovadoras pueden llegar a ser las respuestas, como estamos a
punto de ver.
§. El
efecto Nueva Orleans
Una visita a Nueva Orleans puede enseñarnos cuán profundamente las personas
pueden llegar a reaccionar ante las señales de precios. Esta ciudad exhibe un
estilo arquitectónico único —el conocido como Camelback (joroba
de camello)—, que se fundamenta en la elusión de impuestos. A finales del siglo
XIX, las viviendas se gravaban según la cantidad de plantas que una casa poseía
en su fachada, razón por la cual el diseño de estas casas contemplaba una sola
planta en su fachada y más de una en la parte de atrás. Este tipo de vivienda
resulta encantador, pero si en realidad fuera un diseño práctico, se hubiera
puesto de moda en todas partes. Algo similar sucede en Gran Bretaña, que está
repleta de casas con aspecto lúgubre en respuesta a la política, vigente desde
1696 hasta 1851, de gravar a la gente según el número de ventanas que tenía una
vivienda.
Los
partidarios de la tributación sobre la congestión viaria creen que tiene que
ser más fácil persuadir a las personas de que encuentren una manera de reducir
la cantidad de viajes en automóvil que convencerlas de que se construyan su
propia casa según un innovador, pero disparatado, estilo arquitectónico. Según
sus expectativas, las cosas no cambiarían demasiado durante algunas semanas,
pero con el transcurso de los meses, llegaríamos a vivir en una sociedad en la
que todos pudiéramos trasladarnos de una manera rápida y segura.
El
impuesto sobre la congestión viaria puede producir un cambio en las pequeñas
decisiones que tomamos todas las semanas con respecto a si conducimos hasta el
supermercado, cogemos el autobús, vamos caminando hasta la tienda o compramos
comida por Internet; pero también tendrá su peso cuando lo pongamos en la
balanza junto a cuestiones más importantes. Cada año, una de cada tres personas
cambia de trabajo y una de cada siete se muda; cada vez que eso sucede, existe
una evidente oportunidad de reconsiderar nuestras opciones de traslado, a la
luz del impuesto sobre la congestión.
Se
produce aquí también un efecto dominó, ya que los cambios en el comportamiento
se refuerzan entre sí. Si un número mayor de personas comienza a coger el
autobús, habrá más espacio en las calles y los autobuses circularán más
rápidamente… y podrán realizar viajes rentables con mayor frecuencia. Si un
mayor número de personas se junta con otras para viajar en un solo automóvil,
cada una de esas personas encontrará, con mayor rapidez, potenciales compañeros
de viaje, y con recorridos más similares. Si cada vez más personas tratan de
ahorrarse el importe del impuesto sobre la congestión trabajando desde sus
casas un par de días a la semana o viajando al trabajo a una hora distinta del
día, un número mayor de empresas encontrará una forma de acomodarlas en su
sistema de trabajo. Es posible que las personas intenten vivir más cerca de sus
trabajos o que las empresas se muden a zonas más rurales, para que sus
empleados se trasladen hasta allí sin tener que pagar un alto impuesto sobre la
congestión.
Sencillamente,
no lo sabemos. Lo que resulta atractivo de la valoración económica de la
externalidad es que ataca el problema sin suponer ninguna solución de antemano.
El impuesto sobre la congestión ofrece una señal al conductor: al traer tu
automóvil a la ciudad en una hora punta, le impones a los demás un determinado
sacrificio. Los conductores entonces tienen que tomar una elección: pagar la
compensación o encontrar una manera de evitar que ese coste les sea impuesto.
Existen muchas, muchas maneras de eludir ese coste y el mercado puede ser lo
suficientemente ingenioso como para descubrirlas. Cuando no está presente
ninguna externalidad, los mercados determinan, de forma automática, los costes
e incentivan a los productores para que los reduzcan. Cuando las externalidades
están presentes, los costes o sacrificios que conllevan son invisibles para el
mercado, pero sistemas como la tributación sobre la externalidad suministran la
perdida señal de la existencia de ese coste.
Cuando
Londres determinó una zona de aplicación del impuesto sobre la congestión
viaria, a principios del año 2003 (gravando con un importe de cinco libras
diarias —aproximadamente nueve dólares— por conducir en el centro de la
ciudad), la gente respondió mucho más rápido de lo que habían esperado muchos
detractores. Después de un año, el porcentaje de viajes en coche cayó cerca de
un tercio. Los medios de transporte que estaban eximidos de pagar la tasa se
hicieron más populares: la circulación de los autobuses aumentó en un 15%; la
de las motocicletas, en un 20%; y la de las bicicletas, en un 30%. Los
conductores que dejaron de entrar con sus automóviles en la zona objeto de
gravamen han optado por una gran variedad de respuestas: una cuarta parte de
ellos conduce por la zona aledaña; un 55% ha optado por el transporte público;
y un 20% utiliza como alternativas desplazarse en bicicleta, viajar en coche
entre varios o trabajar desde su casa algunos días. Mientras que el número de
viajes en automóviles descendió, el total de demoras provocadas por los
embotellamientos cayó mucho más, lo que indica que este impuesto permitió que
las calles se utilizaran de un modo mucho más eficiente. Y como las personas
cada vez tienen más tiempo para adaptarse a dicho impuesto, el coste de
ocuparse eficientemente de esta externalidad descenderá aun más.
§.
Combatir la contaminación con poco dinero
Cuando, en la década de 1990, la Agencia de Protección Medioambiental
(Environmental Protection Agency —EPA—) de los Estados Unidos decidió atacar el
problema de la «lluvia ácida», descubrió que una tributación sobre la
externalidad podía ser una medida rentable para luchar contra la polución. La
EPA quería reducir la contaminación por azufre procedente de las centrales
eléctricas. Parecía probable que hasta una pequeña reducción de la polución
resultaría eficiente, pero hacerlo acarreaba costes y generaba beneficios por
igual. Por lo tanto, los miembros de la agencia reguladora no estaban seguros
del nivel de reducción que debían exigir.
El
problema es que quienes son responsables de la contaminación mienten a dichos
miembros sobre el costo real de esa disminución. Después de todo, incluso
cuando respiramos emitimos un agente contaminante, el dióxido de carbono; y,
pese a ello, los organismos que se ocupan de tal regulación difícilmente pueden
exigir que dejemos de respirar para evitarlo. Entonces, ¿qué clase de
contaminación debería reducirse?; ¿y cómo hacerlo? ¿Deberíamos utilizar
distintos métodos para generar energía? ¿O deberíamos reducir el consumo de
energía? ¿O alguna otra cosa? Si le preguntas a quienes contaminan, te
responderán que reducir el nivel de polución que producen es como dejar de
respirar: sería demasiado costoso dejar de hacerlo y, por lo tanto, deberían
ser otros los que hicieran los cambios necesarios.
Sin
embargo, no es muy difícil descubrir la verdad. Los organismos reguladores
pueden determinar cuánto cuesta reducir los niveles de contaminación
diciéndoles a quienes contaminan que deben cambiar sus métodos o, si no, pagar
un impuesto. Observad qué decisión adoptan y juzgadlos, entonces, por sus
acciones.
Eso fue
lo que intentó la EPA en el caso de las emisiones de azufre. Mediante una
subasta, adjudicaron el derecho a emitir dióxido de azufre, el causante de la
lluvia ácida. Los responsables de la contaminación obtuvieron una licencia para
emitir una cantidad de azufre hasta alcanzar un determinado cupo y tenían la
opción de comprar más licencias en la subasta o de reducir sus emisiones por
medio del cierre de la planta, la instalación de equipos de eliminación del
azufre o la compra de un carbón menos contaminante. Cuando la EPA trató de
decirles que colocaran esos equipos para eliminar el azufre, las compañías
energéticas adujeron que les resultaría muy caro hacerlo y presionaron con
dureza para frenar la aplicación de esa norma. Incluso la propia EPA estimaba
que el coste de la reducción de una tonelada de dióxido de azufre tendría un
coste de entre 250 y 700 dólares y podría llegar a los 1.500 dólares; sin
embargo, cuando la EPA realizó la subasta en 1993 fueron muy pocas las empresas
contaminantes que realizaron grandes ofertas. Las empresas habían exagerado sus
costes. Hacia 1996, los precios de los permisos habían bajado a 70 dólares por
tonelada; y, aun a ese precio, muchas empresas contaminantes preferían comprar
carbón más limpio o instalar los equipos de eliminación del azufre, en lugar de
adquirir licencias para seguir contaminando.
Los
miembros de la agencia reguladora descubrieron que librarse del dióxido de
azufre era tan barato que muy pocos estaban dispuestos a pagar por el derecho a
seguir produciéndolo. Al final, los únicos interesados en pagar elevadas sumas
por un permiso eran los grupos ecologistas de estudiantes que trataban de
conseguir sus cinco minutos de fama. Lo que hizo que la subasta fuera una
medida inteligente no fue la reducción de emisiones de azufre que se logró
—algo que podría haber sido exigido por ley—, sino que los legisladores de todo
el mundo descubrieron cuánto costaba realmente instalar los equipos de
eliminación del azufre. Este episodio sentó una base para las legislaciones
futuras: no hay que legislar a ciegas, sino con un conocimiento completo del (modesto)
coste que se exige; y, además, constituyó un ejemplo para todo el mundo: así,
Taiyuan, en el noroeste de China, se encuentra en vías de implementar un plan
similar.
Ahora,
los economistas están dedicados a diseñar una subasta del mismo tipo para las
emisiones de dióxido de carbono, con la esperanza de reducir los efectos del
cambio climático. Existe una fuerte controversia respecto al coste que
implicará la reducción de esas emisiones, pero una subasta de permisos para la
extracción de petróleo, carbón y gas pronto nos lo revelará. La subasta podría
comenzar de una forma moderada: en 2007, se podrían subastar permisos para
extraer el mismo número de toneladas de dióxido de carbono extraídas durante
2006. Esto exigiría que la economía creciera sin aumentar esas emisiones. Si lo
que dicen muchos ecologistas es cierto, la subasta ni siquiera llegaría a
vender todos los permisos, pues aplicar las medidas básicas de eficiencia
energética no cuesta nada. Lo averiguaríamos pronto.
Luego, en
pocos años, subastaríamos cada vez menos permisos. El nivel de estas emisiones
descendería probablemente mucho más rápido que el número de permisos (ya que
quienes especularan con el dióxido de carbono comprarían los permisos y los
acapararían). No obstante, esto no ocasionaría ningún tipo de problemas: al
final, se produciría el mismo nivel de emisiones, pero con cierto retraso. Si
los permisos terminaran siendo caros, entonces contaríamos con la información
necesaria como para llevar adelante un debate sobre una base de datos firme.
Podríamos preguntar si el coste del cambio climático resultaba peor que el
coste de la reducción de las emisiones. No obstante, muchos economistas creen
que, al igual que ocurrió con los permisos de azufre en California, los
permisos de dióxido de carbono pronto revelarían que la reducción de esas
emisiones es más barata de lo que esperábamos y, entonces, nos preguntaremos
por qué hemos tardado tanto en empezar a hacerlo.
§. ¿Tiene
el medio ambiente tanta importancia como para convertirse en una cuestión
moral?
— ¿Cómo te desplazaste hasta aquí hoy?
—
¿Perdona?
Estoy
confundido. Aquí me encuentro, acudiendo a un debate, organizado por una
fundación ecologista y uno de los miembros de su personal, un joven de aspecto
muy serio, está acribillándome a preguntas antes de que logre cruzar la entrada
del auditorio.
— ¿Cómo
te desplazaste hasta aquí hoy? Necesitamos saberlo para incluirlo en nuestro
programa de compensación de dióxido de carbono.
— ¿Qué es
un programa de compensación de dióxido de carbono?
—Queremos
que todas nuestras reuniones sean «carbono-neutrales». Por eso, le pedimos a
todos los que asisten a esta reunión que nos digan desde dónde vienen y cuál
fue el medio de transporte que utilizaron, y luego calculamos cuánto dióxido de
carbono liberaron y, para compensar esas emisiones, plantamos árboles.
El
economista camuflado está a punto de desenmascararse.
—Ya
entiendo. En ese caso, vine hasta aquí desde Australia, en un barco a vapor
alimentado por antracita.
—Disculpa…
¿cómo se escribe «antracita»?
—Es un
tipo de carbón; muy sucio y con muchísimo azufre. ¡Ay!
La esposa
del economista camuflado le da a su marido un fuerte codazo en las costillas.
— No le
hagas caso. Los dos vinimos hasta aquí en bicicleta.
— ¡Ah…!
Además de
demostrar por medio de esta historia real un buen ejemplo de cuán irritante
puede ser un economista camuflado, espero que también provoque algunas
preguntas. ¿Por qué una fundación ecologista organizaría una reunión
«carbono-neutral»? La respuesta obvia es «para poder realizar un debate sin
contribuir al cambio climático». Y, aunque eso es verdad, puede resultar
engañoso.
El
economista camuflado que hay en mí observaba las cosas desde el punto de vista
de la eficiencia. Si plantar árboles constituye una buena manera de atacar el
problema del cambio climático, ¿por qué no dejar de lado las reuniones y
plantar tantos árboles como sea posible? (Para ello, todos deberían decir que
llegaron en un barco a vapor). Si lo importante es fomentar un debate que
conciencie a las personas, ¿por qué no olvidarse de los árboles y organizar más
debates?
En otras
palabras, ¿por qué ser «carbono-neutrales» cuando podemos ser
«carbono-optimizadores»?, máxime cuando el encuentro no era «neutral» —esto es,
no pretendía neutralizar sus efectos—, en relación con el benceno, el plomo,
las partículas en suspensión, el azufre, los embotellamientos, el ruido o los
accidentes. En lugar de decidir si mejorar el medio ambiente de forma directa
(a través de la plantación de árboles) o de forma indirecta (mediante la
promoción del debate), la fundación estaba gastando muchísima energía
justamente tratando de permanecer «neutral» (y no precisamente neutral con
respecto a todas las externalidades, ni siquiera respecto de una modesta
variedad de toxinas del medio ambiente, sino que estaba manteniendo su
«neutralidad» respecto a un único contaminante, de muy alto perfil: el dióxido
de carbono. Y lo hacía de una forma totalmente pública).
Un
análisis bondadoso interpretaría que la fundación estaba dando «un buen
ejemplo» (si es que actuar de una forma tan insensata puede ser, de algún modo,
ejemplar). Un análisis menos indulgente diría que la fundación había adoptado
una postura moral indulgente.
Esta
línea de razonamiento podría hacer que los economistas sean vistos como
demasiado pagados de sí mismos, pero representa una importante demostración de
un punto de vista mucho más amplio. La «exhibición» ética de una fundación
ecologista puede relacionarse directamente con el hecho de que las políticas
públicas no ponen de manifiesto el coste que tienen, para el medio ambiente,
nuestras acciones. Si lo hicieran, los ecologistas podrían exponer sus
argumentos desde un punto de vista económico; una gran parte del aspecto moral
se escurriría del debate sobre el medio ambiente, pero se trabajaría en
relación con el medio ambiente de una forma mucho más efectiva.
En un
mundo donde la ecología es simplemente una cuestión moral, ni siquiera los
mismos ecologistas pueden determinar el impacto que tienen en el medio ambiente
nuestras decisiones de todos los días. ¿Qué son peores: los pañales desechables
(que atestan los vertederos) o los pañales lavables (cuyo proceso de lavado
utiliza electricidad y libera detergentes contaminantes)? Incluso con la mejor
intención del mundo, es difícil saber cómo realizar la elección correcta.
Más
importante aún es el hecho de que el problema de los pañales, al igual que
cualquier otra cuestión en relación con el medio ambiente, ya sea de escasa o
de gran importancia, sin duda no será resuelto por una insignificante minoría
argumentando, sin llegar a una conclusión, sobre cuáles son las acciones
individuales moralmente adecuadas. Mientras que, por un lado, la minoría
ecologista carece de las señales adecuadas acerca del medio ambiente para
actuar de una forma apropiada, por otro, la mayoría de la gente no se
molestaría en seguir ese tipo de conductas, incluso aunque comprendieran los
problemas medioambientales. Información e incentivos son, ambos, necesarios; y,
como descubrimos en el capítulo tres, los mercados pueden suministrar estos dos
elementos.
Los
economistas llevan mucho tiempo a la vanguardia del análisis de los problemas
del medio ambiente y la señalada doble dificultad que existe de proveer
información e incentivos constituye la razón por la cual abogan por la fijación
de un precio a la externalidad. Los economistas también se preocupan por el
medio ambiente, pero sueñan con un mundo en el que éste ya no sea un tema que
invite a adoptar posturas morales, sino que se encuentre integrado
adecuadamente dentro de la esfera de los mercados y del mundo de la verdad, que
suministrarían tanto la información como los incentivos necesarios para
persuadir a la gente normal y corriente de que se comporte de un modo
responsable respecto al medio ambiente. En un mundo así, todos tendríamos
claras señales sobre el coste de nuestras acciones dentro de un precio de
mercado. Bien podría establecerse un impuesto sobre el plástico, pues no se
trata de un material biodegradable y por eso inunda los vertederos. Esta medida
desincentivaría el uso de envases de plástico, de bolsas de plástico de usar y
tirar, y de forros plásticos de pañales. La gente sólo utilizaría los plásticos
más caros si la comodidad que les proporcionase compensara el dinero extra
necesario para su adquisición (como probablemente ocurriría en el caso de los
pañales, pero bien podría no ser así en el caso de los envases). La producción
de electricidad que contribuyese al cambio climático también sería gravada, lo
cual incrementaría el precio de la electricidad, a menos que pudiéramos
desarrollar combustibles más limpios. Quienes lavan los pañales, y todos los
demás, tendrían un incentivo para comprar lavadoras más eficientes y así
reducir el consumo de energía en general.
En lugar
de inquietarnos por el impacto medioambiental de nuestras decisiones, seríamos
plenamente conscientes de que si estamos dispuestos a pagar el impuesto sobre
la externalidad de un producto como el pañal, estaríamos compensando al resto
por el daño que nuestras acciones ocasionan y, al mismo tiempo, estaríamos
seguros de que el daño producido es menor que nuestro beneficio. Hasta
podríamos llegar a descubrir que existen maneras más sencillas de mejorar
nuestro medio ambiente que desperdiciar nuestro tiempo con los pañales (que ya
tienen bastante con su propio desperdicio).
§. Ser
positivos
Hemos destinado muchísimas páginas a lo que los economistas denominan
«externalidades negativas» (desagradables efectos colaterales que resultan de
las acciones de individuos y por las cuales sus responsables no reciben ningún
castigo).
Una vez
que comienzas a pensar en el concepto de «externalidades negativas»,
rápidamente te das cuenta de que deben de existir también «externalidades
positivas». Estas externalidades son los efectos colaterales agradables de las
cosas que las personas hacen y por las cuales no reciben ninguna recompensa. Si
Abraham pinta la fachada de su casa y arregla su jardín, la calle entera tendrá
mejor aspecto, de resultas de ello, pero nadie se ofrecerá a pagarle la pintura
o las tijeras de podar. Si Belinda abre una atractiva cafetería con mesas en la
acera, resultará más grato pasear por esa calle, pero sus clientes estarán
dispuestos a pagar únicamente por su propio placer y no por el de los
transeúntes. Y si Craig decide vacunar a sus hijos contra el sarampión, las
paperas y la rubeola, esto significa que otros niños tendrán menos
probabilidades de contagiarse de alguna de esas enfermedades, pero a lo más que
puede llegar el Gobierno es a fomentar que Craig haga esto.
Todas las
«externalidades positivas» parecen muy agradables…, hasta que caes en la cuenta
de que Abraham quizá decida «pasar» de pintar su casa; Belinda, temiendo ir a
la quiebra, podría no abrir su cafetería; y, tal vez, Craig considere que le
preocupan demasiado los posibles efectos secundarios de las vacunas como para
llevar a su hijo al médico. El resto nos habríamos beneficiado si hubieran
seguido adelante con sus planes originales, pero cada uno de ellos decidió que,
a fin de cuentas, no valía la pena. Al igual que las externalidades negativas
tenderán a conducirnos hacia un excesivo nivel de contaminación o de congestión
viaria, las externalidades positivas nos dejarán insuficientemente vacunados,
con unos vecinos flojos y negligentes y con una falta de cafeterías agradables.
Y mientras que las externalidades negativas acaparan toda la atención, las
externalidades positivas quizá sean, incluso, más importantes: muchas de las
cosas que hacen que valga la pena vivir están sujetas, de hecho, a las externalidades
positivas y no están garantizadas: ausencia de enfermedades, honestidad en la
vida pública, vecinos dinámicos e innovación tecnológica.
Una vez
que nos damos cuenta de la importancia de las externalidades positivas, la
solución obvia es el reflejo de las medidas que consideramos para resolver las
externalidades negativas: en lugar de un impuesto sobre la externalidad, un
subsidio a la externalidad. Las vacunas, por ejemplo, a menudo son
subvencionadas por los Gobiernos o por distintos organismos de ayuda; lo mismo
sucede con la investigación científica, que, por lo general, recibe una gran
dosis de financiación estatal. No obstante, debemos ser realistas en cuanto
hasta dónde debería llegar esto, porque aunque los impuestos y subsidios a las
externalidades parecen ser una gran solución para los efectos colaterales,
quizá surja una dificultad inesperada.
§. ¿Puede
algo bueno resultar excesivo? Cómo se resuelven las externalidades sin la
intervención del gobierno
¿Cuándo una externalidad no es realmente una externalidad? He aquí un ejemplo.
Quizá me queje de que el árbol de mi vecino daña mi pared, pero si realmente me
molesta, puedo pagarle para que me permita talarlo. Si mi vecino rechaza la
oferta, entonces debo llegar a la conclusión de que obtiene del árbol un placer
superior a la molestia que éste me causa y, en justicia, debería seguir ahí. O,
tal vez, yo tenga el derecho legal a obligar a mi vecino a talarlo. Pero, en
ese caso, puede ser él quien me pague para que no ejerza ese derecho y,
entonces, puedo gastar parte de ese dinero en el arreglo de la pared. Si soy yo
quien tiene el derecho a decidir qué hacer, entonces terminaré con más dinero
que antes; y si es él quien tiene el derecho a decidir, será él quien acabe más
«rico» que antes. (En cualquiera de estas dos hipótesis, el árbol permanecerá
en pie si para él eso vale más; y será talado si para mí es más irritante).
Las
externalidades, simplemente, no son externalidades si las personas pueden
reunirse y llegar a un acuerdo fácilmente. Recuerda que se las llama
«externalidades» porque se encuentran fuera de la esfera de las transacciones
del mercado. No obstante, algunas de las cosas que creemos que están fuera del
mercado pueden ser incluidas en él sin ningún tipo de problemas.
Puesto
que es posible que el sector privado, de hecho, se ocupe muy bien de este tipo
de seudoexternalidades, si a su vez el Estado interfiere con un impuesto sobre
la externalidad, puede darse el caso de que estemos «solucionando» dos veces
dicha externalidad. Ello sería tan poco deseable como no solucionarlo en
absoluto: en lugar de tener un elevado nivel de contaminación ocasionado por la
generación de electricidad, exageramos el coste ambiental y lo compensamos en
exceso apagando nuestros congeladores, la iluminación de la vía pública y yendo
todas las noches a pie a los restaurantes en medio de la oscuridad.
¿Cómo
sería esta especie de «sobredosis» del remedio para las externalidades? Cuando
mencioné el ejemplo de Abraham pintando la fachada de su casa, dije, con cierta
ligereza, que los vecinos no le compensarían por el gasto en pintura, pero, de
hecho, se conocen casos en que esto sí sucede. Resulta particularmente
frecuente que los propietarios compren la pintura para que los inquilinos se
ocupen de una externalidad positiva: si estos arrendatarios vuelven a pintar el
inmueble, consiguen que el apartamento sea más agradable, pero para el
arrendador, a su vez, será más sencillo volver a alquilarlo en el futuro. Si
consideramos el beneficio que genera para ambos, propietario e inquilino,
entonces vale la pena pintar el apartamento, pero sin la aportación económica
del arrendador, los inquilinos quizá decidan que no merece la pena.
Proporcionando la pintura, el propietario comparte el coste, al igual que
también disfruta del beneficio. Bien podría suceder en este caso que lo que
parecía ser una externalidad ha sido «internalizado» mediante el acuerdo de
dividir los gastos.
Pero ¿qué
sucedería si el Gobierno hubiera pensado en conceder subvenciones a las
externalidades positivas? Imagínate que los expertos asesores creyeran
equivocadamente que —en cualquier lugar en que se encuentre un apartamento que
haya sido alquilado— los propietarios y los inquilinos de todos ellos no los
restaurarán con demasiada frecuencia y permitirán así que el lugar se
deteriore. Ni propietarios ni arrendadores consideran, por separado, que
merezca la pena hacer reformas más a menudo, pero si unos y otros tuvieran en
cuenta los intereses de la otra parte, se pondrían de acuerdo para hacer el
trabajo. Al detectar esta externalidad positiva, el Gobierno comienza a
distribuir, entre los inquilinos que restauran los apartamentos en los que
viven, subsidios a la externalidad por un importe de 500 dólares. (Si te parece
que algo así es imposible, recuerda que es cierto que los Gobiernos conceden
subvenciones a quienes mejoran la eficiencia energética de sus hogares, lo cual
genera una externalidad positiva).
Supón
que, para el inquilino, el esfuerzo de restaurar el apartamento y tener una
vivienda en mejores condiciones tiene un valor de 300 dólares; y para el
propietario, cuya renta futura será más elevada, de 500 dólares; pero, en
realidad, el coste de la reforma es de 1.000 dólares. El Gobierno ha
identificado la externalidad perfectamente: 500 dólares de beneficio (en
concepto de rentas futuras más altas) para el propietario, que los inquilinos
no tienen en cuenta en su valoración de la mejora; pero fíjate en que, como 300
dólares más 500 dólares suman menos de 1.000 dólares, el subsidio no es
suficiente como para persuadir a los inquilinos para que restauren el
apartamento: ni debería serlo, pues restaurarlo conlleva, es claro, un nivel de
complicación mayor al del valor que le atribuyen el propietario y el inquilino.
Desgraciadamente,
el inquilino no tiene ninguna razón para no guardarse en el bolsillo el
subsidio de 500 dólares y pedirle al propietario que contribuya con, pongamos,
otros 350 dólares. Para el inquilino todo resulta bien: disfruta de una
renovación de 1.000 dólares por sólo 150 dólares (ya que el arrendador o el
Gobierno pagan el 85% de esa renovación), cuando para él sólo valía 300
dólares. El propietario está dispuesto a seguirle el juego, pues paga 350
dólares por una renovación que para él vale 500 dólares. Sin embargo, la
reforma nunca debería haberse realizado: después de todo, el Gobierno ha
gastado 500 dólares, pero sólo ha conseguido que tanto el inquilino como el
propietario hayan obtenido una mejoría de su situación de 150 dólares cada uno
(no es una manera muy efectiva de gastar el dinero).
¿Por qué
surge este problema? Porque se ha atendido a la externalidad positiva dos
veces: primero, mediante la subvención estatal; y una segunda vez mediante un
proceso de negociación. Cualquiera de estas dos soluciones por separado
representa un modo eficiente en que la sociedad puede ocuparse de una
externalidad y llegar a la conclusión correcta (que, en este caso, es que la
externalidad positiva no es lo suficientemente grande como para justificar el
trabajo que comporta la restauración de la vivienda). Al aplicarse las dos
soluciones en forma conjunta, la externalidad positiva resulta subsidiada en
exceso. Lo mismo podría suceder con las externalidades negativas. Si el
Gobierno grava la cortadora de césped que utiliza mi vecino, que funciona a
gasolina y es altamente contaminante, y además yo mismo me ofrezco a pagarle
una suma de dinero para que se desprenda de ella —porque no me gustan ni el
ruido ni el olor que produce—, la combinación del impuesto y mi oferta pueden
persuadirlo para que se deshaga de ese «monstruo», aun cuando el
entretenimiento y la comodidad que obtiene de él superen al daño que pueda
ocasionar a otros, y, en realidad, debería quedársela.
No
obstante, hay muchas externalidades que sí son reales. En el exterior de las
acogedoras (aunque agrietadas) paredes de nuestros jardines o de nuestros
apartamentos sin pintar, todavía están las atestadas y congestionadas calles.
La congestión del tráfico no se resuelve con facilidad sentándonos a negociar
mientras tomamos un café. Hay demasiadas personas implicadas, sería imposible
hacer cumplir el acuerdo y siempre habría alguien que tendría la tentación de
evitar las costosas negociaciones con la esperanza de poder disfrutar de los
beneficios de forma totalmente gratuita.
La
imposición sobre la externalidad exigida por el Estado tiene muchas más
probabilidades de ser adecuada para aquellos casos en que no son efectivas las
negociaciones sobre la externalidad, como es el caso del ruido generado por los
aviones que vuelan a baja altura. Cuantas más probabilidades existan de que las
personas puedan sentarse en torno a una mesa y llegar a una solución, es más
probable que la intervención estatal eche todo a perder: primero, porque los
Gobiernos pueden ser influenciados por los grupos de presión y, debido a ello,
no siempre actúan de acuerdo con el interés público; segundo, por el problema
de la «sobredosis», antes reseñado; y, por último, porque las personas conocen
la verdad sobre sus costes y beneficios mucho mejor de lo que podría conocerla
cualquier Gobierno. La valoración económica de la externalidad funcionará muy
bien en problemas tales como los de la congestión del tráfico o del cambio
climático, en los que la negociación individual es prácticamente imposible;
pero, para situaciones de menor magnitud, debemos preguntarnos si el remedio
que impone el Estado no es peor que la enfermedad.
§.
Epílogo: ¿de qué trata realmente la economía?
En este capítulo se han propuesto distintas maneras de ocuparnos de algunos de
los principales males de nuestra sociedad: la contaminación, los
embotellamientos y los conflictos con los vecinos. Hemos aprendido que una
carga impositiva sobre la externalidad, que recaiga sobre los residuos o los
viajes en automóvil en áreas congestionadas, o un subsidio a la investigación o
a la vacunación constituyen la forma más eficiente de resolver muchos de los
problemas que el mercado deja de lado. El impuesto sobre la externalidad brinda
a las personas tanto la información para adoptar las decisiones correctas como
los incentivos para llevarlas a cabo. Tales impuestos no responden
automáticamente a la cuestión de cuán estricta debería ser la regulación, o qué
debería ser regulado, pero, una vez que nuestros correspondientes procesos
políticos han establecido un criterio sobre el objetivo que desean cumplir,
aquéllos representan la forma más rentable de conseguirlo.
No
obstante, a menudo escucharás a los supuestos expertos quejándose de que los
impuestos sobre los vehículos o la contaminación serían algo perjudicial para
la economía. Eso suena preocupante, pero ¿qué es «la economía»? Si pasas
suficiente tiempo mirando el canal Bloomberg o leyendo el periódico Wall
Street Journal, puedes tener la errónea impresión de que «la economía» es
un montón de cálculos estadísticos, bastante aburridos, con nombres como PIB
(producto interior bruto). El PIB mide el coste total de todo lo que se produce
dentro de una economía determinada en un año (por ejemplo, la producción de un
capuchino más agregaría 2,55 dólares al PIB, o un poco menos si alguno de sus
ingredientes fuera importado).
Y si
crees que eso es «la economía», entonces puede ser que los expertos estén en lo
cierto. El impuesto sobre la contaminación bien puede lograr que un número como
el PIB sea más pequeño, pero ¿a quién le importa? Sin duda alguna, no a los
economistas. Sabemos que el PIB mide muchísimas cosas que son dañinas (la venta
de armas, las construcciones de baja calidad con el subsiguiente elevado coste
en reparaciones, el gasto habido en el traslado hasta y desde el trabajo) y no
tiene en cuenta muchísimos elementos importantes, como el cuidado de tus niños
o un paseo por las montañas.
La mayor
parte de la economía tiene poco que ver con el PIB: la economía se ocupa de
quién recibe qué y por qué. El aire limpio y el tráfico fluido son parte de la
«economía» en este sentido. Es posible que la tributación sobre la congestión
viaria incremente el PIB, pues las personas llegarían a su trabajo con mayor
rapidez y producirían más, y los precios en las tiendas serían más bajos como
consecuencia de una distribución más eficiente. Y también es perfectamente
posible que dicho impuesto reduzca el PIB; pero esto, en realidad, no importa
en absoluto. Sabemos con certeza que nos beneficiaría de un modo mucho más
significativo: tendríamos muchas alternativas nuevas acerca de adónde vamos y
qué hacemos. La vida tiene mucho más de lo que la contabilidad puede llegar a
medir. Incluso los economistas lo saben.
Capítulo
5
La verdad secreta
Contenido:
§.
Información privilegiada
§. La información privilegiada y el seguro médico
§. Haz limonada
§. Los limones, la cobertura médica y Estados Unidos
§. Información incompleta: la historia completa
§. Fracaso del mercado versus fracaso estatal
§. Solucionar el problema de la asistencia sanitaria mediante una economía
«mínimamente invasiva»
El
humorístico relato de viajes, del siglo XIX, Tres hombres en un bote,
cuyo autor es Jerome K. Jerome, comienza con el propio señor Jerome ojeando un
diccionario médico en el Museo Británico:
Llegué a
la fiebre tifoidea, leí los síntomas y descubrí que yo tenía fiebre tifoidea:
debo llevar meses enteros padeciéndola sin saberlo; me pregunté qué más tenía;
apareció ante mí el «baile de San Vito» y descubrí, tal como esperaba, que
también tenía esa enfermedad. Comencé a interesarme en mi propio caso y decidí
examinar el diccionario con detenimiento y de principio a fin. Comencé en orden
alfabético. Leí sobre la fiebre palúdica y descubrí que estaba incubándola y
que la etapa aguda comenzaría en quince días aproximadamente. En cuanto a la
enfermedad de Bright, me alivió descubrir que sólo sufría únicamente una
variante modificada de la misma y que, por lo que a ella concernía, podría
vivir años. Cólera también tenía, con unas serias complicaciones; y difteria (y
parecía que había nacido con ella). Recorrí lenta y concienzudamente las
veintiséis letras del abecedario y la única enfermedad de la que pude concluir
que no la padecía fue la bursitis.
Si fueras
el señor Jerome, ¿qué harías? Él decidió emprender un viaje río arriba, pero no
era un economista. Mi consejo en una situación semejante sería que descolgaras
el teléfono y contrataras un seguro médico verdaderamente generoso. Después de
todo, ya que sabes con seguridad que le pedirás que te cubra los elevados
gastos en los que incurrirás, ¿por qué no pagar la prima del seguro médico y
obtener el mejor de los cuidados?
Sin
embargo, surge una pregunta. Si las personas como el señor Jerome pudieran
apresurarse a contratar un seguro de enfermedad si, y sólo si, supieran que
están enfermas, ¿quién querría asegurarlos?
§.
Información privilegiada
No es ésta una pregunta ociosa. Los economistas saben desde hace tiempo que si
una de las partes de un acuerdo cuenta con información privilegiada y la otra
no, entonces los mercados pueden no funcionar tan correctamente como
desearíamos. Esto nos lo dice la intuición, pero no fue hasta que un economista
estadounidense llamado George Akerlof publicó, en 1970, un revolucionario
artículo cuando la profesión de las ciencias económicas en su conjunto se dio
cuenta de cuán profundo y trágico podía ser este problema.
Akerlof
escogió como ejemplo el mercado de los coches de segunda mano y demostró que,
incluso si el mercado es altamente competitivo, simplemente no puede funcionar
si los vendedores saben mucho sobre la calidad de los coches que venden y los
compradores no. Por poner un ejemplo sencillo, supongamos que la mitad de los
coches usados que están a la venta son «melocotones» y la otra mitad son
«limones». Los melocotones tienen un mayor valor para los compradores
potenciales que para los vendedores —si no fuera así, los compradores no serían
compradores—: digamos que valen 5.000 dólares para los potenciales compradores
y 4.000 dólares para los vendedores. Los limones son cacharros sin ningún
valor. Los vendedores saben si el coche que tienen a la venta es un limón o un
melocotón. Los compradores tienen que adivinar.
Un
comprador a quien no le importe arriesgarse un poco podría pensar que cualquier
importe entre 2.000 y 2.500 dólares sería un precio razonable por un coche que
tiene un 50% de probabilidades de ser un melocotón y el otro 50% de ser un
limón. El vendedor también consideraría que se trata de un trato justo para
unas probabilidades de 50/50; pero el vendedor, en realidad, no se enfrenta a
esas probabilidades de 50/50: él sabe con certeza si se trata de un melocotón o
de un limón. El problema es que si le ofrecieras 2.500 dólares a un vendedor
que tuviera un limón, éste te estrujaría la mano; pero un vendedor que tuviera
un melocotón encontraría algo insultante tu oferta. Si comienzas a darle
vueltas a la idea de ofrecer 2.500 dólares por un coche, rápidamente
descubrirás que sólo los limones están a la venta a ese precio. Por supuesto,
si ofrecieras 4.001 dólares, verías también los melocotones existentes en el
mercado (pero los limones no desaparecerían), y 4.001 dólares no es un precio
atractivo por un coche que sólo tiene una probabilidad del 50% de funcionar
correctamente.
No se
trata sólo de un problema sin importancia sobre aspectos secundarios del
mercado. En este escenario, ¡no hay mercado! Ningún vendedor está dispuesto a
vender un melocotón por menos de 4.000 dólares, pero ningún comprador está
dispuesto a ofrecer esa cantidad por un coche que tiene una probabilidad del
50% de ser un limón. Los vendedores no ponen en venta melocotones, los
compradores lo saben y, al final, los únicos coches que se comercializan son
los poco valiosos limones, que son transferidos por casi nada. Supuestos menos
extremos acerca de este problema que el planteado nos llevarán a fracasos menos
extremos del mercado, pero las conclusiones serán similares: si algunas
personas saben más que otras sobre la calidad de un producto, entonces algunos
productos de alta calidad podrían no ser comercializados en absoluto o
comercializarse muy poco.
Cualquiera
que haya intentado alguna vez comprar un coche de segunda mano sabrá apreciar
que Akerlof tenía razón. El mercado no funciona, ni remotamente, como debería
hacerlo, los coches usados tienden a ser baratos y de mala calidad. Los
vendedores que cuentan con buenos coches quieren ofrecerlos por un buen precio,
pero como no pueden verdaderamente probar que un buen coche
realmente es un melocotón, no pueden conseguir ese precio y prefieren
reservárselo para uso propio. Podrías creer que los vendedores se beneficiarían
de su información privilegiada, pero, en realidad, no hay ganadores: los
compradores inteligentes no se ponen en evidencia jugando a un juego amañado.
Seamos
claros respecto a cuán grave e inquietante es este problema. Lo que Akerlof
describió no es un mercado en el cual algunas personas son estafadas; es algo
mucho más serio que eso: describió un mercado que debería existir y que,
sencillamente, no existe por la fuerza corrosiva de la información
privilegiada. Los vendedores que tienen buenos coches deberían vendérselos a
los compradores (cada venta produciría 1.000 dólares de valor, ya que ésa es la
diferencia entre el valor para el vendedor y el valor para el comprador). Si el
precio se acerca a los 4.000 dólares, el comprador obtiene una mayor parte de
ese valor; y, si en cambio, se acerca a los 5.000 dólares, es el vendedor el
que obtiene más de dicho valor. Sin embargo, Akerlof demostró que ninguna de
estas transacciones creadoras de valor se llevaba a cabo, puesto que los
compradores no comprarán nunca sin probar lo que están comprando y los
vendedores no pueden ofrecer tal prueba.
El
mercado de coches usados no es el único afectado por la información
privilegiada. Piensa en los muebles de los apartamentos en alquiler. ¿Por qué
nunca se fabrican para que duren? El modelo de Akerlof nos brinda una
respuesta. Los apartamentos tienen muchas cualidades perceptibles, incluso
obvias, que pueden influir en nuestra decisión de alquilarlos o no (el tamaño,
la ubicación, el diseño interior, etc.); pero también existen ciertas
peculiaridades difíciles de observar (por ejemplo, si el mobiliario es
duradero). El propietario tiene escasos alicientes para ofrecer un mobiliario
caro y resistente, ya que no es ésta una de las características que los
potenciales inquilinos pueden reconocer antes de mudarse al apartamento y, por
lo tanto, no es algo por lo que estén dispuestos a pagar. (Claro está que el
propietario podría optar por un mobiliario barato y endeble, no por la razón
anterior, sino porque cree que los inquilinos destrozarán cualquier cosa que
ponga en el apartamento; pero ese miedo serviría igualmente como argumento para
comprar cosas más duraderas). Por consiguiente, existe un mercado para el
alquiler de apartamentos con muebles poco resistentes, pero no lo hay de
apartamentos con un mobiliario duradero.
La
información privilegiada también supone que no puedas conseguir un plato de
comida decente en los centros de atracción turística como Leicester Square, en
Londres, Times Square, en Manhattan, o el barrio Plaka de Atenas. Salvo escasas
excepciones, el hambriento turista pagará mucho dinero por una cocina mediocre.
Los turistas están dispuestos a pagar precios elevados porque no tienen ni idea
de dónde podrían encontrar mejores alternativas, incluso a pocas calles de
allí. No obstante, el fenómeno de la atracción turística no tiene sólo que ver
con altos precios. Si así fuera, veríamos una amplia gama de restaurantes,
encantadores pequeños «bistrós», o locales baratos donde se sirven pasta y
hamburguesas —así pues, todos los tipos de comida, desde la espléndida hasta la
desastrosa— cobrando, todos ellos, un recargo. En cambio, nos encontramos
frente a un mercado truncado: los lugares de alta calidad —ya consista la buena
comida en pollo frito o en un refinado plato—, simplemente, no se encuentran. Y
la razón es bastante sencilla: los turistas visitarán ese lugar sólo una vez y
les será difícil distinguir la comida sensacional de la mala. Todos los buenos
restaurantes están ubicados donde tienen más posibilidades de ser apreciados
por los lugareños, que están mejor informados. Los malos restaurantes
permanecen… como los «limones» del comercio de la restauración.
Cabe
recalcar que Akerlof no describe una ignorancia general, sino una situación en
donde una de las partes sabe más que la otra. Si tanto los compradores como los
vendedores ignoraran si un coche es un limón o un melocotón, no habría ningún
problema: los compradores estarían dispuestos a pagar hasta 2.500 dólares por
un coche que tendría un 50% de probabilidades de ser un melocotón; y los
vendedores, como tampoco contarían con esa información, estarían dispuestos a
aceptar cualquier oferta superior a 2.000 dólares. Por supuesto, llegarían a un
acuerdo. Sólo cuando un negociador sabe demasiado y el otro muy poco, el
acuerdo se hace imposible. Ya que el problema se origina en un conocimiento
desigual de la realidad, los economistas tienden a denominarlo «información
asimétrica». Este desequilibrio en la información, al destrozar el «mundo de la
verdad», puede destruir por completo los mercados perfectos.
§. La
información privilegiada y el seguro médico
El problema de los «limones» de Akerlof sería, de por sí, suficientemente
problemático si se aplicara sólo a los coches de segunda mano, las viviendas
amuebladas y los restaurantes poco fiables de los lugares más hermosos del
planeta. Lamentablemente, también perjudica al mercado en productos más
importantes: muy particularmente, el seguro de enfermedad.
La gran
importancia del seguro de enfermedad viene dada por el hecho de que las
enfermedades son extremadamente impredecibles y, algunas veces, tratarlas
cuesta mucho dinero. Y no sólo se trata de que el tratamiento médico pueda ser
muy caro, sino de que además, por lo general, no es posible posponerlo hasta
que llegue un momento más conveniente. También puede coincidir con períodos en
los que los ingresos son bajos, pues las personas son más propensas a necesitar
atención médica después de jubilarse, y, además, porque quienes precisan
cuidados médicos pueden estar demasiado enfermos como para trabajar.
Por lo
tanto, el seguro de enfermedad es un producto valioso. Si el mercado de los
seguros de enfermedad no funciona adecuadamente, el resultado será primas muy
altas y un gran número de personas sin cobertura. Esto les sonaría muy familiar
a los lectores de Estados Unidos, en donde los mercados, de hecho, no realizan
una buena función proveyendo aseguramiento médico, precisamente debido al
problema de los «limones» de Akerlof.
Supongamos
que las personas que, probablemente, sean propensas a la enfermedad son
«limones»; y quienes, también probablemente, mantengan una buena salud son
«melocotones». Si yo, al igual que Jerome K. Jerome, sospecho que soy un limón,
sería aconsejable que contratara todos los seguros médicos disponibles. Por el
contrario, si tú te sientes bien y todos tus antepasados vivieron hasta los
cien años, tal vez sólo contratarías un seguro médico si éste fuera
extremadamente barato; después de todo, apenas esperas necesitarlo.
Gracias a
que Akerlof demostró que aquellos mercados en los que los jugadores cuentan con
información asimétrica están condenados al fracaso, sabemos que el mercado del
seguro de enfermedad podría desaparecer, al igual que lo hizo el mercado de los
coches usados de buena calidad. Tú, que tienes un cuerpo que es un suculento
«melocotón», no encontrarás adecuado el contrato estándar de seguro; mientras
que el señor Jerome y yo, que tenemos cuerpos de pequeños y agrios limones,
recibiremos ese mismo tipo de paquete con los brazos abiertos. En consecuencia,
la empresa de seguros sólo le vende cobertura médica a quienes tienen la
seguridad de que la usarán. Por consiguiente, pierde aquellos clientes que
tienen pocas probabilidades de efectuar reclamaciones y capta a los clientes no
deseados, que, muy probablemente, realizarán costosas reclamaciones; y,
entonces, tendrá que reducir los beneficios y aumentar el importe de las
primas. Quienes tienen una salud normal encontrarán ahora el seguro demasiado
caro y lo cancelarán, obligando a la compañía de seguros a elevar todavía más
las primas para seguir en funcionamiento. Cada vez más gente anulará sus
pólizas y, al final, únicamente los más enfermos de los limones lo contratarán
y a un precio casi imposible de pagar.
Por
supuesto, las compañías aseguradoras tratarán de arreglar el mercado de los
seguros obteniendo mayor información sobre sus clientes. ¿Fuman? ¿Qué edad
tienen? ¿Sus padres murieron a causa de enfermedades hereditarias a los treinta
y cinco años o en un accidente conduciendo un coche deportivo a los cien años?
A medida que haya más información genética disponible, las empresas
aseguradoras podrán obtener un panorama cada vez más preciso de los costes del
suministro de seguro médico para cada individuo en particular. Antes, el
mercado de seguros se hallaba limitado por la presencia de información
privilegiada: las aseguradoras sabían menos que los asegurados, pero si estas
empresas pueden seguir reduciendo esa falta de información, estarán dispuestas
a proporcionar aseguramiento a una mayor cantidad de personas.
Puede que
esto suene parecido a la fijación de precios según el cliente utilizada por
Starbucks y Wholefoods en el capítulo 2, pero en realidad se trata de un juego
distinto. Cuando Starbucks trata de fijar un precio de esa índole, conoce sus
costes y simplemente está tratando de averiguar si puede cobrarle un precio
superior a algunos clientes. Las empresas de seguro de enfermedad afrontan una
tarea mucho más fundamental: no saben cuánto les costará dar cobertura a las
demandas de prestaciones de cada cliente, y, si no pueden calcularlo de un modo
más preciso que el propio cliente, simplemente quebrarán, debido a la carga de
los gastos médicos. Los efectos también son diferentes: mientras que la
fijación de precios con arreglo al cliente es un modo de obtener una mayor
tajada del pastel (sacándoles más dinero a ciertos clientes), el conocimiento
sobre los clientes de un seguro puede llegar a crear un nuevo pastel, al hacer
que ciertas transacciones que antes no eran posibles ahora sí lo sean.
Por
desgracia, el mercado de seguros se salvaría, pero a un coste: lo que sucedería
es que los limones, como el señor Jerome y yo, únicamente podríamos contratar
un seguro médico pagando unas elevadísimas cuotas. Los melocotones como tú
podrían conseguirlo por una suma casi simbólica. Ambas primas reflejarían una
cuota actuarialmente justa, es decir, una que cubre ni más ni menos que los
gastos médicos probables. Si las empresas contaran con información realmente
exacta, que podrían obtener tal vez de los análisis genéticos del futuro,
entonces alguien que tuviera una gran probabilidad de enfermar pagaría cientos
de miles de dólares en concepto de primas, pero difícilmente esto podría
considerarse un auténtico sistema de seguros.
La
industria de los seguros logra mantenerse a flote al evaluar nuestro historial
y predecir el coste que conllevará proporcionar cobertura a cada uno de
nosotros. Si las empresas no aumentan los precios para los limones como el
señor Jerome y como yo, pronto deberán cerrar. El problema es que quienes
prevén necesitar atenciones médicas costosas —como, por ejemplo, los ancianos y
los enfermos crónicos— se encontrarán con que su compañía de seguros no les
presta realmente demasiada cobertura. Ya que sus primas han sido ajustadas para
incluir tales gastos, aquéllos pagarán más dinero por el seguro de lo que les
supondría pagar de su propio bolsillo los costes que tendrían que afrontar de
no tener un seguro.
La
curiosa conclusión, que es obvia recordando lo ya dicho anteriormente, es que
una política de seguros depende de la ignorancia mutua. Una compañía de seguros
sólo puede asegurarme contra un evento como un robo, un incendio o un gasto
médico si ninguno de los dos tiene idea sobre si tal hecho sucederá o no. Si
pudiéramos predecir el futuro, el seguro no tendría sentido. Si mi aseguradora
pudiera predecir los incendios mucho mejor que yo, sólo me vendería el seguro
si yo no lo necesitara; y si yo supiera que mi casa iba a incendiarse, la
compañía de seguros debería alertar a la policía, en lugar de venderme una
póliza contra incendios. Puesto que el seguro depende de la ignorancia mutua,
cualquier avance en la ciencia médica que haga retroceder los límites de tal
ignorancia —para los asegurados, los aseguradores o para ambos— debilitará las
bases del aseguramiento. Cuanto más sabemos, menos podemos cubrir con un
seguro. Este panorama resulta inquietante, si lo que queremos es brindarles a
las personas la oportunidad de protegerse contra los elevados costos de la mala
suerte.
§. Haz
limonada
Un aforismo un poco desconcertante recomienda: «Si la vida te da limones, haz
limonada». ¿Cómo podemos preparar una limonada con los limones de Akerlof? Si
volvemos al original ejemplo de éste sobre el mercado de coches de segunda
mano, vemos que tanto compradores como vendedores tienen un incentivo para
intentar solucionar el problema en cuestión: los vendedores quieren obtener un
precio decente por sus melocotones; y los compradores, a su vez, quieren
comprar melocotones. Si la información privilegiada está destruyendo la
posibilidad de un acuerdo mutuamente beneficioso, las dos partes querrán
encontrar una forma de salvar esa disparidad en la información.
En el año
2001, Akerlof ganó el Premio Nobel por su trabajo sobre el problema de la
información asimétrica; lo compartió con dos economistas que propusieron
soluciones parciales al respecto. Michael Spence sostenía que la persona que
poseyera la información podría transmitirla de un modo tal que la persona
carente de esa información pudiera confiar en ella. Joe Stiglitz analizó el
problema al revés e investigó de qué modo la persona sin dicha información
podría descubrirla.
Spence se
dio cuenta de que no bastaba con que un vendedor de melocotones afirmara,
simplemente, «todos mis coches son melocotones», pues hablar no cuesta nada; y
un vendedor de limones también puede decir, «todos mis coches son melocotones».
El comprador no sabría quién estaba diciendo la verdad, por lo que la
afirmación en sí misma no brinda ninguna información. Spence descubrió que un
verdadero indicio de la calidad sería aquel que no facilitase el vendedor de
limones o que, al menos, éste no pudiera permitirse facilitar.
Un
ejemplo sería comprar un costoso salón de exposición de coches, una inversión
que sólo podría permitirse un vendedor que planeara quedarse en la zona por un
largo período de tiempo. Un vendedor de melocotones espera que los clientes
satisfechos regresen y que hablen a sus amigos de sus coches seguros y fiables.
Con el transcurso de los años, las ventas amortizarían el coste del salón. En
cambio, un vendedor de limones no podría operar de ese modo, pues vendería unos
pocos limones mediante una exagerada publicidad y después tendría que
trasladarse a algún lugar donde su fama de deshonesto no pudiera seguirle.
Justamente
por esta razón, han construido los bancos siempre edificios tan imponentes.
Cuando no existía supervisión estatal, ¿quién sabía si tales bancos estaban
depositando su dinero por medio de alguna operación informal o poco fiable? Los
clientes se dan cuenta de que los sinvergüenzas que planean huir con el dinero
ajeno no revisten primero sus sucursales de bronce y mármol. Ésta también es la
razón por la cual pagarás más dinero en un local de negocio establecido en un
lugar fijo que en un puesto de un mercadillo por la compra de un producto del
cual careces de información sobre su calidad y durabilidad. El local de negocio
todavía estará allí para devolverte el dinero en caso de reclamación y esa
misma posibilidad te da la seguridad de que es menos probable que dicha queja
sea necesaria.
Otros
economistas han utilizado la teoría de Spence para explicar el hecho de las
enormemente costosas campañas publicitarias sin ningún contenido informativo.
¿Cuál es, después de todo, la información que contiene la publicidad de un
refresco? «Coca-Cola. Auténtica». ¿Cómo dice? La única información que los
potenciales clientes pueden deducir de un anuncio así es que su producción fue
costosa y que, por lo tanto, la empresa Coca-Cola planea quedarse y mantener el
mismo compromiso de siempre de fabricar productos de alta calidad.
El mismo
Spence utilizó primero su perspicacia para mostrar por qué los estudiantes
podrían optar por obtener una licenciatura en Filosofía, que, si bien es
difícil, no conduce a específicas posibilidades profesionales, como sí lo hace
una titulación en Economía o Publicidad. Supón que a los empleadores les
gustaría contratar a trabajadores inteligentes y expeditivos, pero no puede
determinar en una entrevista laboral quién lo es y quién no. Supón además que
todos deben trabajar con ahínco para obtener una licenciatura en Filosofía,
pero que a los necios y haraganes les resulta particularmente molesto hacerlo.
Spence
expone entonces que las personas inteligentes y aplicadas pueden probar que son
inteligentes y aplicadas emprendiendo la difícil tarea de obtener una
licenciatura en Filosofía. No se trata de que quienes son necios y haraganes no
puedan obtenerla, sino de que nunca querrían hacerlo. Los empleadores pagarán a
los licenciados en Filosofía una suma suficiente como para compensarles el
esfuerzo, pero no lo suficiente como para convencer a los necios y haraganes de
que se tomen la molestia. Y los empleadores están dispuestos a hacerlo a pesar
del hecho de que ese título no mejora en absoluto la productividad del
candidato. Sólo se trata de un indicio de credibilidad, pues es muy complicado
para alguien que es necio o perezoso obtener una licenciatura en Filosofía. Ya
que el propio Spence se especializó en Filosofía en la Universidad de
Princeton, tal vez sea cierta su teoría.
Spence
demostró que un modo de contrarrestar esa dispar información en esos mercados
previamente entorpecidos por la información privilegiada es que los vendedores
dignos de confianza descubran modos de manifestar esa cualidad. Los candidatos
a un empleo, los bancos, los vendedores de coches usados y los fabricantes de
refrescos que sean, todos ellos, de excelente calidad tal vez consideren que
vale la pena gastar desmesuradas cantidades de tiempo y dinero (al cursar una
carrera que, en realidad, no los hace más cualificados, o al pagar por lujosas
decoraciones, edificios y anuncios) para así diferenciarse de los candidatos a
un empleo, los bancos, los vendedores de coches usados o fabricantes de
refrescos que sean, todos ellos, de baja calidad.
Las ideas
de Spence, aun cuando indican que el problema de los limones no es insoluble,
no son especialmente reconfortantes. En algunas variaciones de su modelo, todos
mejorarían su situación si la despilfarradora señal resultara imposible. Si
estuviera prohibido estudiar filosofía, los empleadores no podrían diferenciar
a los trabajadores vagos de los inteligentes y pagarían a ambos el mismo
salario, que sería un promedio de su productividad prevista. Los trabajadores
haraganes saldrían beneficiados; y quizá también los trabajadores inteligentes,
si el nuevo salario, más bajo, resultase, con todo, mayor que el sueldo
anterior menos el coste de obtener una licenciatura en Filosofía. A los
empleadores no les importa contratar, en promedio, peores trabajadores, porque
tienen que pagar menos por ellos. Akerlof demostró que la información
privilegiada podía reducir la capacidad de la gente para encontrar acuerdos que
beneficien a ambas partes. Spence expuso una forma en la que esos acuerdos
podían ser celebrados, pero a la vez descubrió que el coste social de hacerlo
así podía ser demasiado elevado.
Mientras
que Spence se preguntó qué podía hacer la parte informada para dar a conocer
esa información de una forma que fuera creíble, Stiglitz analizó qué podía
hacer la parte no informada para descubrirla. Se concentró directamente en los
mercados de seguros y llegó a la conclusión de que el asegurador no informado
no se encontraba totalmente indefenso ante los clientes que podían predecir la
posibilidad de solicitar la cobertura de gastos médicos. El asegurador podía
ofrecer diferentes contratos, por ejemplo, reduciendo la prima del seguro, pero
aumentando la franquicia. Esto tiene el efecto de reducir el nivel de
cobertura: la baja prima hace que el seguro sea más barato, pero esa más
elevada franquicia —que es el montante que se le resta a toda demanda— conlleva
que la aseguradora pagaría menos en concepto de cobertura en caso de
reclamación. Los clientes de bajo riesgo se sentirían atraídos por este tipo de
contrato, pues el seguro les resultaría más barato y, después de todo, tampoco
esperan reclamar el pago de servicios médicos con mucha frecuencia; sin
embargo, los clientes de alto riesgo preferirían pagar la prima más alta, pues
suponen que reclamarán frecuentemente, por lo cual una franquicia alta les
costaría mucho dinero propio. Así pues, las aseguradoras podrían persuadir a
los distintos tipos de clientes para que les revelasen la información
privilegiada que poseen. Se parece un poco a la estrategia de autofijación de
precios utilizada por las cafeterías en el capítulo 2. Starbucks ofrece detalles
como la nata montada o el sirope saborizante para persuadir a sus clientes de
que desvelen si son o no conscientes de los precios. Aetna Insurance ofrece a
cada persona cuatro tipos diferentes de paquetes de seguro, con franquicias que
van desde los 500 hasta los 5.000 dólares, para engatusar a los contratantes de
las pólizas y lograr así que revelen sus predicciones acerca de cuántas
reclamaciones presentarán. Pero, de nuevo, Stigliz no concluyó que el problema
de los limones de Akerlof pudiera resolverse con un bajo coste. Bien al
contrario: demostró que, como reacción a la información privilegiada, los
bancos podrían llegar a denegarles sus préstamos a sectores enteros de la
sociedad, las empresas podrían preferir pagar abultados salarios a un grupo selecto
en lugar de sueldos más bajos a más trabajadores, y las aseguradoras
preferirían excluir a los individuos con alto riesgo de caer enfermos. Tanto
Spence como Stiglitz demostraron que si bien puedes preparar una limonada con
los limones de Akerlof, no puedes librarte del sabor amargo que te deja en la
boca.
§. Los
limones, la cobertura médica y estados unidos
La dificultad que entraña resolver el problema de los limones puede explicar
por qué el sistema de asistencia sanitaria de los Estados Unidos está
funcionando tan terriblemente mal. Estados Unidos confía en que los seguros de
enfermedad privados financian la mayor parte de los costes médicos. Esta
situación es poco frecuente: en Gran Bretaña, Canadá y España, por ejemplo, los
costes de la asistencia sanitaria son cubiertos en su mayor parte por el
Estado. En Austria, Bélgica, Francia, Alemania y Holanda, los gastos médicos se
pagan mediante un sistema de «seguro social»: para la mayoría de las personas,
es obligatorio contratar un seguro, pero las primas de la póliza están ligadas,
por ley, al tamaño de su renta y no al riesgo de presentar una demanda de
cobertura.
En el
sistema de Estados Unidos la contratación del seguro médico es voluntaria y las
primas están conectadas al riesgo, no a la renta del asegurado; sin embargo,
estos principios fundados en el mercado, y apreciados por muchos
estadounidenses, no parecen estar proporcionando una cobertura médica que los
satisfaga. Un reciente sondeo reveló que sólo el 17% de los encuestados en
Estados Unidos estaban contentos con el sistema de asistencia sanitaria y
consideraban que eran necesarias reformas, aunque no sustanciales. ¿Por qué el
descontento?
Es
bastante sencillo describir las razones superficiales: el sistema es
enormemente caro, muy burocrático y extremadamente irregular en su prestación.
Primero, el gasto: la asistencia médica en Estados Unidos cuesta un tercio más,
por persona, que en su rival más cercano, la superpudiente Suiza, y duplica el
gasto que representa para muchos países europeos. El Gobierno de Estados Unidos
por sí solo gasta más por persona que la suma del gasto público y privado de
Gran Bretaña, a pesar de que el Estado británico proporciona a todos sus
residentes una cobertura médica gratuita, mientras que el programa de gasto del
Gobierno americano tan sólo da cobertura a los ancianos (Medicare) y a algunos
de los marginados (Medicaid). La gran mayoría de los estadounidenses se siente
preocupada por el coste de la asistencia sanitaria y quedaría atónita si
descubriera que el Estado británico gasta menos por persona que el
estadounidense, pero, así y todo, proporciona una asistencia médica gratuita a
todo el mundo. De hecho, si incluyes aquí los costes de proporcionar el seguro
de enfermedad a los empleados públicos y de conceder desgravaciones fiscales
con el fin de fomentar la asistencia sanitaria privada, resulta que el gasto
del Gobierno de los Estados Unidos en cobertura médica, por persona, es el más
alto del mundo.
Lo
siguiente, la burocracia. Los investigadores de la Facultad de Medicina de la
Universidad de Harvard descubrieron que los costes administrativos del sistema,
público y privado, estadounidense superaban los 1.000 dólares por persona. En
otras palabras, cuando incluyes todos los impuestos, las primas y los gastos
que paga de su propio bolsillo, el estadounidense medio gasta tanto en la
recepcionista del médico y cosas por el estilo como los ciudadanos de Singapur
y de la República Checa gastan en la totalidad de su asistencia médica. Los
resultados sanitarios de estos dos países se asemejan a los de Estados Unidos:
la esperanza de vida y la esperanza de «vida saludable» (un dato estadístico
que diferencia una vida larga y saludable de una plagada de años de severa
incapacidad) son, en comparación con Estados Unidos, un poquito más bajas en la
República Checa y un poco más altas en Singapur. El coste de la burocracia
estadounidense supera, también, en más de tres veces el coste administrativo
por persona del sistema de salud canadiense, que es de 307 dólares, y que
arroja resultados sanitarios manifiestamente superiores.
Y luego
está la cobertura irregular del sistema. El seguro de enfermedad, por lo
general, viene ligado a un trabajo, lo cual reduce la eficiencia de ese mercado
de trabajo: por miedo a quedarse sin cobertura médica, los trabajadores no se
deciden a renunciar a su puesto de trabajo hasta no tener otro, concertado de
antemano. Lo que es peor aún, el 15% de los ciudadanos carece de cualquier tipo
de cobertura, lo que, para la economía más rica del planeta, debería constituir
un dato estadístico asombroso, pero probablemente no lo sea, pues lleva siendo
lamentado demasiados años. Compáralo con Alemania, donde el 0,2% de la
población no tiene cobertura, o con Canadá o Gran Bretaña, donde el Estado la
facilita a todo el mundo.
Dado lo
que hemos aprendido de George Akerlof y sus limones, no deberían de
sorprendernos los problemas que presenta el sistema de asistencia sanitaria de
Estados Unidos. Deberíamos esperar que el sistema de aseguramiento privado, de
carácter voluntario, fuese irregular: existe un pequeño número de personas, que
tienen costes más apremiantes que el seguro de enfermedad (por ejemplo, los
jóvenes pobres, que tienen poco dinero y creen, con razón, que tienen pocas
probabilidades de caer gravemente enfermos), que abandonarán el sistema. Como
resultado de ello, las compañías de seguros médicos, precisando cubrir sus
costes, aumentarán las primas del cliente promedio, con lo que ahuyentarán a un
número de personas cada vez mayor. No obstante, a diferencia del rígido modelo
de los limones, el mercado no se colapsa totalmente; en parte, porque muchas
personas consideran que el riesgo de tener que pagar un tratamiento médico es
tan inquietante que están dispuestas a pagar sustancialmente más de lo que
sería una prima actuarialmente justa. Por consiguiente, el proceso de
desintegración del sistema se detiene, pero no sin antes haber excluido a
numerosas personas.
Estados
Unidos es el país que más gasta en cobertura médica.
Fuente: Cutler, 2002.
Gracias a
Spence y a Stiglitz, deberíamos esperar que las compañías de seguros conciban
formas de sortear el problema de los limones, pero también que, aunque las
soluciones puedan ser efectivas, es probable que sean también antieconómicas.
Uno de los resultados de esa búsqueda es la inmensa carga burocrática del
sistema estadounidense, pues las empresas se esfuerzan por controlar los
riesgos, el comportamiento y los gastos de sus clientes. Otro resultado es el
anticuado vínculo entre la cobertura médica y el trabajo: a primera vista, no
hay ninguna razón para que un trabajo venga acompañado de un seguro de salud,
ninguna más de la que habría para que viniesen añadidas a él una vivienda o la
comida gratuitas; pero, con frecuencia, los empleados se ven forzados a
contratar una cobertura médica que forma parte del «paquete laboral». Esta
forma de presentación conjunta obliga a los miembros más saludables de la
sociedad a contratar un seguro y, de ese modo, ayudar a prevenir que el mercado
se desintegre. Sin embargo, esta solución no resulta barata: los planes de
asistencia médica no son escogidos por sus beneficiarios, que aspirarían a
obtener la cobertura ideal por el precio justo, sino por los directores de
recursos humanos, que tienen otras prioridades, como, por ejemplo, procurarse
una vida más fácil por medio de la adquisición «al por mayor» de un seguro «de
talla única» (un seguro-tipo que sirva para todos). Es muy probable que el
resultado sea el de un derroche mayor de gasto.
No todas
las desventajas del sistema de asistencia sanitaria de los Estados Unidos
deberían achacársele al problema de los limones planteado por Akerlof. Aun sin
el obstáculo de la información privilegiada, se trata de un sistema
problemático, ya que los pacientes no siempre tienen la opción de elegir el
tratamiento al que van a someterse. Al ser la aseguradora la que paga la
factura, la selección del tratamiento adecuado siempre será materia negociable.
Si le pides a alguien que pague por tu atención médica, no te sorprendas si no
te da exactamente lo que tú hubieras elegido.
No
obstante, es sorprendente que la cobertura parcial, la ineficiencia y el
elevado coste no sólo sean las características que definen a la cobertura
médica privada, sino que además sean exactamente lo que hubiéramos predicho
contando tan sólo con los modelos teóricos de Akerlof, Spence y Stiglitz.
§.
Información incompleta: la historia completa
El problema de los limones (o de la «selección adversa» en la jerga de los
economistas), cuando la información privilegiada destruye los elementos
esenciales de un mercado porque los compradores que la desconocen no están
dispuestos a pagar por una calidad que no pueden observar, es sólo un ejemplo
del más amplio problema que plantea la información privilegiada («información
asimétrica», de acuerdo con dicha jerga). Esta información privilegiada también
produce un obstáculo denominado «riesgo moral». El concepto es simple: si
compensas a las personas cuando les sucede algo malo, quizá se vuelvan menos
cuidadosas.
Si mi
automóvil está asegurado contra el robo, lo aparcaré en cualquier lugar donde
encuentre un hueco, incluso en una calle desértica que no parezca completamente
segura. Si, en cambio, mi seguro no cubre el caso de robo, es posible que opte
por pagar un pequeño extra para dejarlo en un aparcamiento vigilado. Si me
quedo sin trabajo y el Estado me abona una prestación por desempleo, tal vez no
me apresure tanto a encontrar otro trabajo como lo haría si no contara con
ningún ingreso en absoluto. Si el dinero que tengo en mi cuenta corriente está
asegurado contra una quiebra del banco, ¿por qué voy a molestarme en verificar
la solvencia de ese banco?
En la
economía real, el riesgo moral es un problema inevitable. No obstante, si bien
es imposible para las compañías de seguros (o cualesquiera otras) evitar por
completo el riesgo moral, pueden tomar algunas medidas para reducirlo. Por
ejemplo, las aseguradoras no ofrecen un seguro contra el despido o el embarazo,
lo cual es una lástima, pues sería maravilloso contar con ese tipo de
cobertura. La razón es evidente: es fácil concertar el ser despedido o quedar
embarazada. Hay muchas personas a las que les gustaría dejar su trabajo, y
muchas otras que quisieran tener hijos; y son precisamente ellas quienes
estarían ansiosas por conseguir una póliza de seguro que les pagara
generosamente por llevar a cabo sus planes. En consecuencia, el riesgo moral
destruye el mercado para los seguros de desempleo privados.
Por otro
lado, a pesar del riesgo moral, todavía existe el seguro público de desempleo.
No es cortés decirlo, pero resulta obvio que pagarles a las personas porque
están desempleadas fomenta el desempleo. Sin embargo, si un Gobierno se
ahorrase esa prestación por desempleo, seguiría habiendo parados y ayudar a
quien no tiene trabajo es algo que toda sociedad civilizada debería hacer. Lo
cierto es que estamos ante situaciones que se compensan: es malo fomentar el
desempleo, pero es bueno ayudar a quienes no tienen ingresos.
Tanto el
Gobierno como las aseguradoras privadas tratarán de protegerse contra el riesgo
moral. Para las compañías de seguro, una de las formas más frecuentes de
hacerlo es modificar la póliza de seguro de modo tal que suministre una
cobertura sólo parcial por medio de una franquicia. Si la franquicia del seguro
de mi coche es de 200 dólares, el miedo a perder ese dinero probablemente no me
lleve a tomar medidas de seguridad exageradas, pero debería ser suficiente como
para hacerme comprobar que mi coche ha quedado cerrado con llave.
Otra
forma en que las aseguradoras pueden combatir el riesgo moral es sacando
provecho del acceso a la información privilegiada. Los proveedores de seguros
médicos querrán saber, antes de fijar mis primas, si fumo. Evidentemente,
podría mentirles, pero no les resultaría demasiado difícil descubrir el engaño:
un sencillo examen médico revelaría que lo hago. Cuando la mayoría de los
Gobiernos abonan subsidios por desempleo, lo hacen con la condición de que los
beneficiarios estén buscando activamente trabajo; pero, puesto que no pueden
controlar a la perfección si las personas lo hacen o no, sólo les satisfacen
una exigua prestación. Sin embargo, si el Gobierno pudiera determinar realmente
el afán con que los desempleados buscan trabajo, entonces, podría pagar una
prestación más generosa al beneficiario que realmente lo merece.
Los
problemas de la información incompleta incluyen la «selección adversa» (los
limones) y el riesgo moral, pero existen otros más generales y difusos. Por
ejemplo, a mi jefe le gustaría pagarme más si yo me esforzara un poco más por
hacer un buen trabajo, pero, dado que sólo tiene una vaga idea de con cuánta
fuerza lo estoy intentando, mi plus por rendimiento representa sólo una pequeña
parte de mi salario. Si mi jefe pudiera observar perfectamente mi capacidad y
mi empeño, podría disponer que todo mi sueldo estuviera en relación con mi
rendimiento. Otro ejemplo: supongamos que quiero comer en el mejor restaurante
de una ciudad; como no sé cuál es, busco uno cuyo nombre sea conocido, con lo
que sé que no me voy a equivocar. Sabiendo que los clientes no se tomarán la
molestia de buscar el restaurante más barato de la zona, los de renombre pueden
cobrar más caro de lo que deberían.
¿Estos
problemas de información destruyen totalmente el mercado? Ciertamente no
ayudan, pero sería un error exagerar los problemas que causan. A pesar de la
información asimétrica, por lo general, los mercados funcionan correctamente
porque las personas elaboran ingeniosas soluciones para mejorar la calidad de
la información (o reducir el daño que causa una información imperfecta).
Cuando
compro artículos de manejo complejo, como una cámara fotográfica, hablo con
amigos o consulto páginas web y revistas de información al consumidor, y espero
que esto me brinde información útil sobre los artículos de entre los cuales
estoy intentado elegir. La opinión de los especialistas, al proporcionar
«información privilegiada», puede ser especialmente útil cuando desconocemos
las particularidades de lo que queremos comprar. Confío en ellos constantemente
cuando se trata de otro tipo de mercado (uno que sufre serios problemas de
información): el mercado de las vacaciones. Soy esa clase de persona a la que
le gusta conocer nuevos lugares, pero a menudo me sucede que no tengo la menor
idea de adónde ir o qué podrá ser divertido, dónde reina el mal gusto o quién
ofrece un trato agradable, qué lugar es bello y cuál es peligroso. Si el
problema no tuviera solución, no nos molestaríamos siquiera en coger
vacaciones. (O podríamos exigirle a los gobernantes que nos las facilitara, lo
que me hace pensar en esperar años en una lista de espera antes de disfrutar de
unos organizados juegos en equipo y de una alegría artificial en un centro
vacacional cubierto, hecho de hormigón). En lugar de ello, compramos unas
decentes guías turísticas y tratamos de aprender un poco más por nuestra
cuenta.
La
prestación de asistencia sanitaria, una vez más, nos brinda un excelente
ejemplo de este problema. Una cosa es buscar en una guía turística qué hacer en
las vacaciones; y otra bien distinta es acudir a una guía en busca de un
cardiocirujano (aun cuando el problema de la falta de información básica es el
mismo al que se enfrentan quienes se van de vacaciones). Los pacientes de los
cardiocirujanos tratan de saber un poco más sobre cuáles son los médicos que
gozan de buena reputación, qué procedimientos tienen el mayor porcentaje de
éxitos, y cuáles son los hospitales que brindan un mejor cuidado durante el
posoperatorio. No obstante, la mayoría de los pacientes admite que, en
realidad, no tiene demasiada idea de cuán bueno es, en verdad, su médico.
§.
Fracaso del mercado versus fracaso estatal
No se trata de algo precisamente reconfortante. Un sistema de asistencia
sanitaria basado en el aseguramiento privado será, tal como hemos descubierto,
un sistema irregular, costoso y burocrático. Es más, le ofrecerá a los
pacientes la posibilidad de realizar ciertas elecciones, como la de seleccionar
un cardiocirujano, sin que éstos estén muy bien cualificados para hacerlo.
Entonces, ¿podría hacer algo mejor el Estado? Después de todo, hasta ahora cada
uno de los capítulos de este libro —a excepción del capítulo 3 ha— lamentado
las causas y los costes de los fallos del mercado. Resulta tentador recurrir al
Estado para que resuelva todo.
Desgraciadamente,
mientras que los mercados pueden fallar…, los Gobiernos también pueden hacerlo.
Los políticos y los burócratas tienen sus propias motivaciones. El poder de la
escasez, las externalidades y la información incompleta no desaparecen mágicamente
cuando la economía es dirigida o regulada por los Gobiernos. Cuando tanto los
fallos del mercado como los fallos del Gobierno están presentes, a menudo se
elige entre el menor de dos males.
Un
fascinante ejemplo que viene al pelo es el del Servicio Nacional de Salud (NHS,
National Health Service) de Gran Bretaña, que ofrece asistencia sanitaria para
todos los ciudadanos. Es casi totalmente gratuito; aunque la gente que tiene un
empleo debe pagar una cantidad simbólica por las medicinas bajo receta. Brinda
una cobertura universal: si dentro del país acudes a cualquier consultorio
médico o a cualquier hospital, serás atendido de forma gratuita.
Como es
de esperar, el sistema se encuentra masificado, la gente tiene, a menudo, que
esperar para ser atendida, y la elección del servicio por parte del paciente no
es una característica de gran importancia en este sistema: o aceptas cualquier
tratamiento que el doctor considere que es el adecuado, o nada. En términos
generales, los resultados médicos no son malos, pero las largas listas de
espera para ser atendido llevan muchos años siendo la manzana de la discordia.
La misma encuesta que detectó que sólo un 17% de ciudadanos estadounidenses
aprobaba la cobertura médica de ese país arrojó que sólo el 25% de los
británicos está contento con su sistema; un resultado mejor, pero que
difícilmente puede considerarse una rotunda aprobación.
Si
estuvieras quedándote ciego en Gran Bretaña, serías plenamente consciente de un
reciente ejemplo de las dificultades que afronta el sistema. El Royal National
Institute for the Blind (Real Instituto Nacional para los Ciegos), junto con
otras organizaciones que representan a las personas con problemas de visión, ha
realizado una fuerte campaña contra una disposición del National Institute for
Clinical Excellence (NICE) —Instituto Nacional para la Excelencia Clínica—, un
organismo que evalúa los distintos tratamientos y decide si el Servicio
Nacional de Salud debe pagar por ellos o no. La cardiocirugía está dentro de la
lista de tratamientos aprobados; las operaciones de nariz no.
El
conflicto proviene de la aprobación a regañadientes por parte del NICE de un
nuevo tratamiento llamado terapia fotodinámica. Esta terapia utiliza un fármaco
llamada «Visudyne» o «verteporfin», combinado con un tratamiento con láser de
baja intensidad, con el fin de eliminar las lesiones existentes bajo la
superficie de la retina del ojo, por lo general, sin dañar la propia retina. Si
esas lesiones no son tratadas, pueden dañar de forma irreversible el centro de
la retina, llamado mácula, y la afección resultante, degeneración macular
asociada a la edad (ARMD, age-related macular degeneration),
destruye la visión central de la víctima de modo tal que ésta no puede
reconocer rostros, leer o conducir. Ésta es la causa principal de ceguera en el
Reino Unido.
En el año
2002, el NICE presentó un informe recomendando la terapia fotodinámica
únicamente para los casos más extremos: sólo cuando los dos ojos estaban
afectados y exclusivamente para el ojo que estaba menos seriamente dañado. La
consecuencia de ello es que aun aquellos pacientes que se sometan al
tratamiento perderán la visión de un ojo, mientras que a aquellos otros cuya
vista podría ser mejorada les será radicalmente denegado el tratamiento.
Es fácil
condenar al NICE sin considerar sus métodos ni la situación en la que se
encuentra. El desafío básico a que se enfrenta el Servicio Nacional de Salud es
que tiene una limitada cantidad de dinero para gastar y un ilimitado número de
formas de gastarlo. No tiene sentido preguntar a los pacientes, pues éstos
pagan poco o nada por el tratamiento y, en consecuencia, pedirán más de todo.
Por lo tanto, el NICE debe resolver el inevitable dilema: determinar quién
obtendrá qué tipo de asistencia sanitaria y a quién se dejará que él solo se
las componga.
¿Cómo se
puede decidir el gasto médico bajo tales condiciones? ¿Qué harías tú si
estuvieras a cargo del NICE? Es casi una tarea imposible, pero probablemente
calcularías los costes y los efectos de cada tratamiento y luego los
compararías entre sí. A veces, esta tarea es bastante sencilla: un tratamiento
con un 20% de probabilidades de evitar otro ataque cardíaco es mejor que un
tratamiento que sólo tiene el 10% de esas probabilidades. Bajo la presión de
tener que adoptar decisiones, quizá llegases más lejos y dijeras que el primer
tratamiento es dos veces mejor y que debería ser utilizado si cuesta menos del
doble que el otro tratamiento; pero incluso llegar a ese extremo sería forzar
las cosas. Entonces, ¿cómo compararías un tratamiento que aumenta la posibilidad
de que alguien vuelva a caminar tras un accidente con uno que reduce la
probabilidad de quedarse ciego? ¡Es imposible! No obstante, si dirigieras el
NICE, tendrías que intentarlo.
El método
que utiliza el NICE es el de calcular el impacto de cada tratamiento en «años
de vida ajustados por la calidad» (QUALY, Quality-Adjusted Life Years). Un
tratamiento que prolonga la vida por diez años es mejor que uno que lo hace por
cinco; un tratamiento que le otorga a alguien diez años de vida sin ningún tipo
de discapacidad es mejor que uno que le concede diez años, pero en estado de
coma. Es evidente que los juicios de valor que ello implica son
extraordinariamente difíciles; sin embargo, deben hacerse en un sistema que
presta asistencia sanitaria de forma gratuita.
A modo de
ejemplo, considera los problemas que implica juzgar el impacto, en términos
QUALY, de la terapia fotodinámica, que reduce la posibilidad de llegar a la
ceguera. Lo mejor que puede hacer el Royal National Institute for the Blind
para conseguir una mayor prioridad a la terapia fotodinámica es alegar que
merece mucho menos la pena un año de vida con ceguera que un año de vida con
visión plena. Si el NICE acepta este enfoque, los tratamientos que curen la
ceguera se volverán muy valiosos según la medida QUALY, que ubica los años de
vida con visión plena muy por encima de los años de vida con ceguera.
Pero
espera un momento. La estricta lógica del enfoque que establece que «es malo
quedarse ciego» indicaría que mientras que esa premisa le confiere una
prioridad alta a los tratamientos para la visión, le da una prioridad baja al
tratamiento de otras enfermedades en las personas que ya están
ciegas. Si dos personas, una ciega y otra con visión plena, aparecen
simultáneamente en un hospital con una obstrucción coronaria y sólo hay tiempo
para atender a una de ellas, la metodología QUALY ofrece una conclusión
verdaderamente difícil de aceptar: que merece más la pena auxiliar al paciente
que puede ver que al paciente ciego.
Podríamos
retroceder y argumentar que, en realidad, no hay diferencia en el valor de la
vida de un ciego comparada con la vida de alguien que puede ver. Esto es,
ciertamente, más reconfortante. Desgraciadamente, en la conjunción de este
argumento con la metodología QUALY, se llega a la conclusión de que no tiene
sentido gastar dinero en la terapia fotodinámica o incluso en un par de gafas.
Si los tratamientos médicos no mejoran el valor de la vida de las personas,
entonces no vale la pena gastar en ellos, especialmente cuando existen tantas
causas valiosas, como el tratamiento contra el cáncer, que, sin duda, mejoran
el valor de las vidas de las personas.
No
resulta sorprendente que el Royal National Institute for the Blind evite a toda
costa, incluso, la mención de los QUALY y que se limite a argüir que está
probado que la terapia fotodinámica mejora la visión y, por lo tanto, debería
estar ampliamente disponible. No los culpo, pero, dado el problema que el NICE
intenta resolver (distribuir recursos limitados entre una ilimitada gama de
tratamientos), es fácil comprender la posición que adopta: en particular, la
resolución, aparentemente cruel, de que el tratamiento debería aplicarse
únicamente en un ojo, dejando de este modo que el otro ojo quede ciego por
completo. La desapasionada perspectiva del análisis QUALY indica que la
diferencia entre tener dos ojos buenos y tener un solo ojo bueno es menos
significativa que la diferencia entre tener un ojo bueno y ninguno en absoluto.
Es muy poco sorprendente que los cálculos tiendan a producir en masa
recomendaciones embarazosas; pero siempre habrá una gran demanda por la
atención gratuita y es difícil encontrar una mejor forma de racionarla.
§.
Solucionando el problema de la asistencia sanitaria mediante una economía
«mínimamente invasiva»
Las técnicas de cirugía mínimamente invasiva (keyhole surgery) permiten
a los cirujanos operar sin hacer grandes incisiones, minimizando, de este modo,
el riesgo de complicaciones eventuales y efectos secundarios. A menudo, los
economistas abogan por una estrategia similar cuando se trata de solucionar un
problema de funcionamiento de políticas: hay que centrarse en el problema tan
de cerca como sea posible, en lugar de intentar algo un poco más drástico.
Entonces,
¿cómo podemos arreglar la cuestión de la asistencia sanitaria? La solución del
seguro basado en el mercado está fracasando fuertemente en Estados Unidos, en
gran parte debido al problema identificado por el modelo de los limones de
Akerlof. El resultado: una cobertura cara y burocrática… y, aun así, sólo para
algunos.
El
enfoque británico ha sido el de arrasar por completo el mercado y reemplazarlo
con un sistema gobernado por las decisiones de burócratas como el NICE, en
lugar de dirigido por los precios de mercado, como si parte de la vieja Unión
Soviética se hubiera trasplantado a los hospitales y consultorios de los
condados rurales ingleses. Afortunadamente, son mucho más responsables las
decisiones políticas y burocráticas del Reino Unido que las de la antigua URSS,
por lo cual ese sistema funciona bastante bien. Con todo, ésta es una respuesta
de gran alcance y de dimensiones colosales al serio, pero bastante específico,
problema de la información privilegiada. Debemos preguntarnos: ¿existe una
solución «mínimamente invasiva» que pudiera restaurar la cobertura sanitaria
sin sacrificar la posibilidad de que los pacientes puedan decidir cuánto valen
sus propios ojos?
Una
economía mínimamente invasiva (keyhole economics), en primer lugar,
identificaría los fallos específicos del mercado, que se clasifican en tres
categorías: poder de la escasez, externalidades e información imperfecta,
además del tema de la equidad. El poder de la escasez es un problema potencial,
pero no es significativo en la mayoría de los tratamientos médicos. En el Reino
Unido, por ejemplo, hay aproximadamente 1.500 pacientes por cada médico de
medicina general (a quien la mayoría de los pacientes que utilizan el Servicio
Nacional de Salud acude primero). Así pues, una pequeña ciudad de 9.000
habitantes cuenta con seis médicos, lo cual es probablemente más que suficiente
para incentivar la competencia, en un país donde el 90% de las personas vive en
áreas urbanas. Algunos tratamientos especiales ejercerán un poder de la escasez
superior: hay personas que vuelan desde Australia y Nueva Zelanda hasta Hawai
para tratarse con el Leksell Gamma Knife (un instrumento para tratar tumores
cerebrales). Por lo tanto, hay algunas situaciones en las que el poder de la
escasez es tema de preocupación, pero son muy pocas.
También
las externalidades tienen importancia sólo en algunos casos selectos: por
ejemplo, en los proyectos de salud pública para restringir las enfermedades
transmisibles. (Si todos los demás hubieran usado preservativos para protegerse
contra el VIH/sida, no tendría necesidad de preocuparme por ello). No obstante,
ni las externalidades ni el poder de la escasez son elementos tan graves o
están tan generalizados como para que la regulación gubernamental se transforme
en una alternativa atractiva. La solución mínimamente invasiva consistiría en
una ligera supervisión por medio de la aplicación de determinadas normas para
evitar la explotación del poder de la escasez, combinada con el otorgamiento de
subsidios para impulsar la aplicación de programas de inoculación.
En
sentido estricto, la falta de equidad no es un defecto del mercado; es algo que
incluso los mercados perfectos no necesariamente proporcionan; pero, cuando se
trata de asistencia médica, nos preocupa profundamente la equidad, tanto porque
no queremos que los pobres sean privados de dicha asistencia, como porque el
coste de la misma puede variar espectacularmente, dependiendo de la suerte de
cada sujeto. En una sociedad civilizada, queremos asegurarnos que todos puedan
costear cierta asistencia médica estándar. La mejor forma de lograrlo es tratar
de resolver el problema general de pobreza (recuerda el «teorema de la ventaja»
analizado en el capítulo 3) por medio de impuestos redistributivos. Después de
todo, ¿por qué gastar tanto dinero en suministrarles a los pobres una
asistencia médica gratuita, mientras ignoramos el hecho de que no pueden
permitirse una alimentación saludable o una casa segura donde vivir?
Esto deja
a la información privilegiada como el gran obstáculo que impide el buen
funcionamiento del sistema de asistencia sanitaria. El análisis económico que
hemos hecho sugiere que la provisión estatal no es eficaz, porque la toma de la
decisión no está en manos del paciente y los recursos se encuentran racionados
por medio de procesos políticos. En cambio, el problema abrumador para el
mercado de provisión de asistencia médica es el de la información privilegiada,
y, más específicamente, la tendencia que ésta tiene a destruir los mercados de
seguro.
Este
diagnóstico sugiere la aplicación de un tratamiento mínimamente invasivo en dos
partes. La primera consiste en asegurar la amplia disponibilidad de la
información: debería ser sencillo conseguir una segunda opinión, llamar a una
línea de ayuda telefónica y obtener información procedente de bibliotecas,
clínicas, Internet e incluso de supermercados. En el Reino Unido, no se le
presta mucha atención a este tipo de información porque los médicos son los que
deciden. Si se nos pidiera que asumiéramos la responsabilidad de nuestra propia
asistencia médica, le prestaríamos mucha más atención y muchos más recursos
(públicos y privados) responderían a nuestra demanda de mayor conocimiento.
La
segunda parte es darles a los pacientes la oportunidad de que utilicen esa
información. En un sistema privado basado en las aseguradoras, éstas tienden a
tomar muchas decisiones; en un sistema de provisión estatal, es el Gobierno el
que toma las decisiones. En un sistema sin aseguradoras, pero basado en el
mercado, es el paciente quien decide. Es mucho mejor. Sin embargo, el paciente
también tiene que pagar por los costos impredecibles y potencialmente
catastróficos de la asistencia médica.
¿Cómo
darles a los pacientes poder de decisión y responsabilidad sin otorgarles una
carga demasiado pesada? El mejor sistema sería aquel que obligara al paciente a
asumir muchos de los costos, brindándole de este modo un incentivo para que se
mantenga informado y pueda tomar decisiones que sean, a la vez, en su propio
beneficio y razonablemente económicas, pero que deje los costes más elevados al
Estado o a la aseguradora. Podría funcionar, ya que la mayoría de las facturas
por atención médica no son «catastróficas» y, por lo tanto, no precisarían el
aseguramiento.
¿Cómo
sería el funcionamiento detallado de semejante sistema? El objetivo sería
otorgarle máxima responsabilidad y poder de decisión a los pacientes y, por
consiguiente, se les pediría que gastaran su propio dinero en lugar del dinero
del Estado o de la aseguradora, pero cerciorándose de que nadie afrontara
enormes sumas en gastos médicos y de que hasta los pobres contaran con dinero
suficiente para pagar la asistencia sanitaria.
Estos
requisitos sugieren lo siguiente: las personas deberían pagar por la totalidad
de la asistencia médica; pero el seguro debería cubrir el coste de las facturas
más importantes; y todos deberían poseer una cuenta de ahorro destinada a los
gastos médicos, a la cual contribuiría el Estado en caso de pobreza o de
enfermedad crónica.
El seguro
en caso de catástrofe, que se paga sólo cuando resulta muy caro un determinado
tratamiento, es bastante barato. Los ahorros tampoco plantean un problema:
sencillamente, hay que reducir en 1.500 dólares la carga impositiva anual de
cada persona —éste es, muy aproximadamente, el coste, en impuestos, de los
sistemas públicos de salud del Reino Unido y de Estados Unidos— y hacer que
depositen ese dinero en la cuenta de ahorro. Para quienes pagan, al año, menos
de aquella cifra en impuestos, el Gobierno aportaría una suma de dinero para
compensar el déficit. Y como el sistema es obligatorio, no se produce la
selección adversa.
Si
participaras en un programa así, ¿cómo funcionaría en tu caso? Tus ahorros para
asistencia médica irían automáticamente a una cuenta bancaria que te
suministraría altos intereses y así se acumularían gradualmente a lo largo de
tu vida. Para la mayoría de las personas, los gastos médicos son menores en los
años de la juventud, así que cabría esperar que cuando cumplieras cuarenta años
tuvieras 30.000 dólares en esa cuenta o más aún, si has logrado mantener bajo
tu nivel de gastos mientras mirabas cómo ese dinero generaba intereses. Treinta
mil dólares compran muchísima asistencia médica. Por supuesto que podría
consumirse en su totalidad con sólo un procedimiento costoso, pero el seguro
contra catástrofes reduciría tus gastos.
Si llegas
a la edad en que debes jubilarte y todavía tienes en tu cuenta de ahorros
médicos un poco más de la mínima cantidad de dinero que necesitas, puedes
transferir el excedente a tu pensión. Cuando mueras, tus ahorros podrán pasar a
la cuenta de ahorro de otras personas (por lo general, tu esposa o tus hijos).
De este modo, en cada momento de tu vida, tendrías un incentivo para gastar ese
dinero únicamente en aquella atención médica que sintieras que es absolutamente
necesaria. Si para ti el tratamiento adecuado fuera realizar cierto
mantenimiento preventivo —un curso de shiatsu, por ejemplo—,
entonces, ésa sería tu decisión. También podrías pensar en dejar de fumar, dado
lo que eso te costaría en gastos médicos con el paso de los años. El seguro por
catástrofes igual te pagaría el trasplante pulmonar, por supuesto, pero no hay
sistema humano que pueda evitar por completo el riesgo moral.
Si un día
tu oculista te dijera que padeces degeneración macular asociada a la edad, pero
que un tratamiento con terapia fotodinámica aumentaría tus posibilidades de
conservar la visión por algunos años más… entonces, la decisión sería tuya. El
fármaco utilizado en la terapia fotodinámica, Visudyne, cuesta 1.500 dólares y
aumentaría entre 40 y un 60% tus posibilidades de conservar una buena visión.
No hay necesidad de empezar a hablar de los QUALY: es tu dinero y tu decisión.
La
excepción a esta regla sería si tuvieras un gasto de dimensiones catastróficas,
en cuyo caso la compañía de seguros preferiría pagarte el tratamiento más
barato, mientras que tú querrías el mejor de los tratamientos. Es un problema
de difícil solución, pero no diferente del de los conflictos de intereses a los
que se enfrenta cada uno de los tratamientos en nuestros sistemas médicos
actuales. El nuevo sistema implica, simplemente, que ese inherente conflicto de
intereses se da con mucha menos frecuencia.
El
suministro de productos y servicios es algo frecuente dentro del mercado
privado, pero una de las principales alternativas —sin duda, la principal
alternativa ideológica— ha sido que ese suministro se realice, en su lugar, por
medio de un mercado político. Los productos y servicios médicos son los más
difíciles de distribuir; y, si bien lo hemos intentado usando mercados
políticos, éstos nos han decepcionado profundamente y por razones obvias.
A primera
vista, los fallos del mercado privado —ejemplificados por el sistema
estadounidense— también son obvios. Sin embargo, cuando los examinamos con
detenimiento, el más grave de ellos es la falta de información; y es el mercado
de los seguros el que sufre las peores consecuencias. Los ciudadanos
estadounidenses reciben gran parte de la atención médica por medio de este
defectuoso mercado.
Con un
poco de imaginación y algo de economía podemos alejarnos de los problemas de
los sistemas actuales y pensar en cómo solucionarlos. En Singapur, el sistema
esbozado en las últimas páginas lleva teniendo éxito casi dos décadas. El
singapurense medio vive hasta los ochenta años y el coste del sistema (público
y privado) es de 1.000 dólares por persona (menos que el coste de la burocracia
en Estados Unidos). Cada año, el singapurense medio paga aproximadamente 700
dólares de forma privada (el estadounidense medio paga 2.500 dólares de forma
privada) y el Estado gasta 300 dólares por persona (cinco veces menos que el
Gobierno británico y siete veces menos que el Gobierno estadounidense). La
economía mínimamente invasiva funciona.
La razón
por la cual el éxito singapurense es poco frecuente probablemente estribe en
que los debates sobre la política a adoptar quedan estancados porque los de un
lado exigen que quede en manos del mercado, y los del otro sostienen que el
Estado lo haría mejor. Entonces, ¿Estado o mercado? Hemos aprendido que no
tiene ningún sentido formular esta pregunta de forma aislada. Para responderla
debemos entender las razones por las cuales podría funcionar un mercado, y cómo
y por qué éste falla.
En el
capítulo 3 aprendimos exactamente por qué funcionan los mercados: porque
nuestras elecciones, como consumidores, entre distintos fabricantes que
compiten entre sí proporcionan a éstos tanto los incentivos adecuados como la
información correcta para que produzcan la cantidad correcta de aquello que
queremos exactamente. Y también hemos aprendido que el poder de la escasez, las
externalidades y la información privilegiada pueden, cada uno de ellos,
arruinar el modo en que los mercados logran aquello.
En el
caso de la cobertura médica, el mercado funciona mal porque mientras que
deseamos tener la tranquilidad de saber que pueden pagar las elevadas facturas
por gastos médicos, la información privilegiada mina la confianza de las
aseguradoras, alejando a los clientes de bajo riesgo y obligándolas a subir las
primas. Las empresas privadas han desarrollado distintos modos de sortear este
problema, pero son caros y burocráticos. El Gobierno de Singapur tuvo la
entereza de enfrentarse de lleno al problema, utilizando el ahorro forzoso y el
seguro contra catástrofes, para asegurarse de que los costes fueran manejables,
pero manteniendo como eje central del sistema el poder de elección del
paciente. Los Gobiernos pueden reemplazar a los mercados —aunque en general son
más hábiles para restaurarlos—, pero tienen pocas probabilidades de tener
éxito, a menos que comprendan exactamente cuál de los problemas está en primer
lugar.
Capítulo
6
Una locura racional
Contenido:
§. Un
paseo aleatorio
§. El valor y el precio: más allá del paseo aleatorio
§. Tontos racionales
§. Adoptar un punto de vista a largo plazo
§. Pensar sensatamente sobre la escasez
§. Escasez y tecnología
«Desde mi
punto de vista, en unos cuantos años solamente habrá dos o tres grandes
portales en Internet y todo el mundo acudirá a uno de ellos para ser dirigidos
a donde sea que quieran moverse por Internet. Esos portales valdrán cientos de
miles de millones de dólares. Si quieres tener éxito, tendrás que ser uno de
ellos».
Eso decía
Graham Bailey (no es su verdadero nombre) en 1998. Bailey era socio de una
empresa consultora de administración de empresas y pronunciaba este apasionado
discurso frente a cualquier cliente potencial que quisiera escucharlo. Según lo
que sé, eso era lo que creía en aquel entonces y es lo que cree ahora, pero
cuando lo escuché, no pensé que fuera cierto. En esa época, no eran muchos los
escépticos. Aquél fue el año en que el furor de las dot-coms (las
empresas «punto com», esto es, aquellas que operan desde Internet) estaba
realmente comenzando a crecer.
Una de
las más famosas de estas empresas era la librería virtual Amazon.com.
(Rápidamente se puso de moda que las empresas usaran su dirección en Internet
como nombre). Amazon comenzó a vender libros por Internet en el año 1995 y en
el 2003 vendió más de 5.000 millones de dólares en mercancía. El rápido
crecimiento de esta empresa y su lucha por seguir siendo rentable han sido
extraordinarios, pero no tanto como el precio de sus acciones. En 1997, se
vendieron por primera vez públicamente las acciones, a un precio inicial de 18
dólares.
Muchas
cosas han sucedido desde entonces. En 1999, las acciones de la empresa se
dispararon a más de 100 dólares y se decía que Amazon.com estaba valorada en
una suma superior a todas las librerías convencionales del mundo. Sin embargo,
a lo largo del año 2000, las acciones de Amazon descendieron nuevamente a 18
dólares, incluso menos. En el verano de 2001 las acciones se vendían por 8
dólares, aproximadamente. En el año 2002, la empresa comenzó a recibir buenas
críticas en la prensa financiera, pero todavía sus acciones se cotizaban a
menos de los 18 dólares de la oferta inicial. Desde entonces, su precio se ha
recuperado, hasta alcanzar los 40 dólares por acción. ¿Cuál de los dos precios
era el erróneo: 100 dólares u 8 dólares? ¿O lo eran los dos?
La
respuesta sería de gran utilidad, sobre todo porque los vaivenes financieros de
Amazon son comunes al resto de las empresas. Entonces, ¿puede decir algo el
economista camuflado sobre las razones que hicieron que las acciones se
comportaran así y cómo podrían comportarse en el futuro?
§. Un
paseo aleatorio
Cuando los economistas intentan decir algo lógico sobre los precios de las
acciones, siempre se enfrentan a un grave problema. Aunque estudian el
comportamiento racional, cuanto más racional es el comportamiento de los
inversores del mercado bursátil, más errático se vuelve el comportamiento de
ese mercado.
He aquí
por qué: las personas racionales comprarían acciones hoy, si resultara obvio
que fueran a subir mañana y las venderían, si resultara obvio que fueran a
bajar. Sin embargo, esto significa que cualquier predicción sobre que las
acciones obviamente subirán mañana será incorrecta: en vez de ello, las
acciones aumentarán hoy porque la gente las comprará hoy y las seguirá
comprando mañana hasta que ya no sean tan baratas como para que aumenten
obviamente al día siguiente. En realidad, los inversores racionales deberían
ser capaces de anticiparse a cualquier movimiento predecible del mercado de
valores o del precio de cualquier acción en particular (si es predecible,
entonces, dada la cantidad de dinero que hay en juego, podrán predecirlo).
Claro que
eso significa que si los inversores realmente son racionales, no habrá ningún
movimiento predecible de acciones en absoluto: toda la previsibilidad debería
ser rápidamente extraída del mercado bursátil, pues, en caso contrario, todas
las tendencias serán presagiadas. Lo único que resta es la noticia
impredecible. Como consecuencia del hecho de que sólo las noticias que se deben
al azar mueven el precio de las acciones, tanto esos precios como los índices
que miden el mercado de valores en su conjunto deberían fluctuar completamente
de forma aleatoria. Los matemáticos denominan a este comportamiento random
walk («un paseo aleatorio»): tiene las mismas probabilidades de subir
que de bajar en cualquier día.
Para ser
más precisos, el mercado bursátil debería mostrar un «paseo aleatorio con una
tendencia», es decir, en promedio debería subir a medida que pasan los meses,
de modo que sea competitivo comparado con otro tipo de potenciales inversiones,
tales como depositar el dinero en una cuenta de ahorro o invertir en bienes
raíces. Si se esperara que subiera por encima de la tendencia, ya lo habría
hecho y, del mismo modo, si se esperara que subiera por debajo de esa
tendencia, o que bajara, ya habría tenido ese pobre rendimiento. Ésta es la
razón por la cual las personas tienen acciones. La tendencia no altera el
análisis básico, aunque, en un día dado, la tendencia sea empequeñecida por
movimientos aleatorios.
Esta
teoría debería mantenerse válida aun cuando no todos los inversores fueran
racionales. Quienes sí lo son deberían ser suficientes para forzar al mercado a
que se comportara aleatoriamente, asegurándose de que están inyectando mucho
dinero en las acciones buenas y extrayéndolo de las malas. Invertir dinero aquí
y allá no debería resultarles demasiado difícil, ya que se supone que los
inversores más astutos son los que ganan más dinero.
¿Deberíamos
creer en la teoría del «paseo aleatorio»? Ciertamente, no deberíamos confiar en
que sea absolutamente cierta. Si lo fuera, resultaría paradójico: los
inversores que están perfectamente informados generan un mercado aleatorio,
pero ese tipo de mercado no recompensa a nadie, precisamente por estar
perfectamente informado. No valdría la pena que nadie invirtiera su tiempo y su
esfuerzo en analizar el mercado o en descubrir nueva información, si todo el
mundo estuviese haciéndolo también. Por otro lado, un mercado repleto de
oportunidades sin aprovechar ofrecería grandes ganancias a cualquier inversor
que estuviera dispuesto a investigarlas, lo que eventualmente llevaría a que
hubiera menos oportunidades desaprovechadas. En algún lugar intermedio, se
encuentra el punto de equilibrio: un mercado casi aleatorio que tiene
suficientes peculiaridades como para recompensar al inversor informado, quien,
a su vez, lo mantiene casi aleatorio.
Se puede
ver el mismo fenómeno en las cajas de los supermercados. ¿Cuál es la cola que
avanza más rápido? La respuesta es sencillamente que no vale la pena
preocuparse por eso, pues si fuera obvio cuál es la cola que avanza más rápido,
ya todos se hubiesen pasado a ella y, entonces, ya no sería la cola más rápida.
Quédate en cualquiera de ellas y despreocúpate. No obstante, si las personas
realmente permanecieran en cualquier fila, entonces existirían patrones
predecibles que un experto comprador podría aprovechar. Por ejemplo, si la
gente comenzara sus compras a la entrada del local y siguiera su camino hacia
el fondo del mismo, la cola más corta sería la que estuviera más cerca de la
entrada; pero si una cantidad suficiente de «expertos» lo supiera, ya no sería
la cola más corta. Lo cierto es que los clientes atareados, inteligentes,
ágiles y experimentados son algo mejores determinando cuál es la fila más
rápida y es probable que, en promedio, lleguen a la caja más rápido que
nosotros. Pero no por mucho.
§. El
valor y el precio: más allá del paseo aleatorio
Suponiendo que lo que resulta cierto sobre las colas de los supermercados
también lo es sobre los precios de los mercados de valores, los economistas
deberían ser capaces de arrojar luz sobre el mercado, pero no demasiada. Muchos
economistas, de hecho, trabajan con fondos de inversión. Se equivocan casi tan
a menudo como aciertan, pero no tanto. Nuestra teoría modificada del paseo
aleatorio nos dice que eso es justamente lo que deberíamos esperar.
Entonces,
¿qué es lo que hacen los economistas para brindarles a los fondos de inversión
esas mínimas ventajas con respecto al mercado? El punto de partida es mirar a
las acciones de capital como lo que son: un derecho sobre las ganancias futuras
de la empresa. He aquí un ejemplo: supongamos que hay cien acciones de la
empresa timharford.com. Si soy el titular de una acción, tengo derecho al 1% de
las ganancias de timharford.com mientras conserve esa acción. Si timharford.com
gana, eternamente, 100 dólares por año, entonces, para siempre, ganaré 1 dólar
por año. Si la compañía gana 1.000 dólares por año durante los diez años
siguientes y después nada más, entonces ganaré 10 dólares por año durante los
próximos diez años, y luego, nada.
Hasta
aquí todo resulta muy sencillo. Una pequeña complicación es que las empresas no
necesariamente devuelven directamente los beneficios a sus accionistas.
Amazon.com ganó ocho centavos de dólar por acción en el 2003; por lo tanto,
cabría haber esperado que les pagara a sus accionistas un «dividendo» de ocho
centavos, pero Amazon.com no pagó ningún dividendo ese año, ni en ninguno de
los años anteriores a ése. Esto no significa que los accionistas de esta
empresa estén siendo estafados. La dirección de Amazon.com está utilizando el
dinero para otras cosas, tales como pagar las deudas que contrajo la empresa o
invertir para expandir el negocio. Si este tipo de cosas se hace con
inteligencia, las ganancias aumentarán con el tiempo, y los accionistas, en lugar
de recibir el pago de dividendos, serán compensados, como anticipación de esas
ganancias futuras, con un precio de acción superior al que hubieran obtenido
del otro modo. Incluso si venden las acciones antes de que se paguen los
dividendos, deberían obtener un mejor precio por la acción en atención,
precisamente, al abono de futuros dividendos.
Si fuera
fácil predecir el futuro, sería fácil decir cuál sería el valor de poseer una
acción de timharford.com. Supongamos que todos saben que timharford.com ganará
100 dólares por año, para siempre; entonces, poseer una acción de esa empresa
nos dará un dólar por año, para siempre. ¿Cuánto vale eso? Si deposito 10
dólares en una cuenta de ahorro y gano el 10% de interés, eso también me dará
un dólar por año, para siempre. Entonces, poseer una acción de timharford.com
es como tener 10 dólares en una cuenta de ahorro con un 10% de interés. Si el
tipo de interés fuera del 10%, estaría dispuesto a pagar 10 dólares por una
acción de timharford.com. Un tipo de interés del 5% hace que las acciones sean
doblemente atractivas comparadas con una cuenta de ahorro, y un tipo de interés
del 1% las hace diez veces más atractivas. Entonces debería estar dispuesto a
pagar 100 dólares por una acción de timharford.com, si la tasa de interés fuera
por siempre del 1%, pues me haría ganar un dólar por año, exactamente lo mismo que
100 dólares en una cuenta de ahorro. (Ésta es una de las razones por las que
las acciones de capital aumentan cuando se prevé que los tipos de interés van a
bajar y bajan cuando se espera que éstos vayan a subir).
Las
acciones de Amazon.com se cotizaban a 40 dólares en octubre de 2004. Sin
embargo, como en Estados Unidos el tipo de interés de los depósitos a largo
plazo era, aproximadamente, del 4%, yo sólo necesitaba tener en ese momento 2
dólares en una cuenta de ahorro para ganar 8 centavos por año. Ya que, en el
año 2003, Amazon.com ganó 8 centavos por acción, esa acción debería haberse
vendido a 2 dólares y no a 40 dólares. Algo más debe de haber justificado ese
precio.
Ese «algo
más» es el futuro. En el mundo real, no se puede determinar con seguridad que
las empresas obtendrán un determinado beneficio cada año. Los inversores deben
calcular su rentabilidad futura, de cualquier forma en que puedan hacerlo. Tal
vez timharford.com no gane 100 dólares por año, sino 1.000 millones, debido a
una gigantesca expansión. Tal vez quiebre mañana. Es a causa de esta
incertidumbre por lo que la mayoría de las personas razonables querrán un
descuento: una acción libre de todo riesgo con un 1% de interés podría haber
tenido un valor de 100 dólares, pero una acción con riesgo, de la cual se
espera que produzca la misma devolución de un dólar por año (aunque ¿quién
puede asegurarlo?), se cotizará a un valor inferior, tal vez 90 dólares o 70
dólares, o, incluso, 30 dólares. Esa desvalorización de las acciones depende de
cuán arriesgadas sean realmente y cuánto le preocupe ese riesgo al inversor
medio.
Eso
sugiere que quienes invirtieron en Amazon.com no esperan tener a largo plazo
una ganancia de 8 centavos por acción, sino algo muy superior a eso. En lugar
de comprar una acción a 40 dólares y ganar 8 centavos, podrían depositar 40
dólares en una cuenta de ahorro y ganar 1,60 dólares (ya que el interés de los
depósitos a largo plazo es del 4%). Es evidente que los accionistas de
Amazon.com prevén que la ganancia por acción subirá hasta 1,60 dólares, y más
también, lo que les compensará por haber aceptado el riesgo. Para lograr esto,
las ganancias de Amazon.com deberían aumentar de 35 millones a alrededor de
1.000 millones de dólares anuales.
Lo que
acabo de describir es una visión del mercado bursátil basada en «factores
fundamentales», es decir, basada en el reconocimiento de que, al final —a las
acciones (share, en inglés) se las denomina así porque te otorgan el
derecho a obtener una «porción» (también share, en inglés) de los
beneficios de una empresa—, la acción debe reflejar eso a largo plazo. Los
economistas pueden ayudar a determinar cuál es el valor fundamental de
una acción, que es lo que acabo de hacer. Si el precio de la acción es inferior
al valor fundamental, eso te indica que la acción está barata y que deberías
ganar dinero si la compraras. A largo plazo, el precio de las acciones tiene
que reflejar las ganancias fundamentales de las empresas. Si llevamos un caso
al extremo, incluso si una acción que tiene un buen valor se mantiene devaluada
por siempre, igualmente deberías ganar dinero si la conservaras, pues seguirías
embolsándote los dividendos. A corto plazo, el precio de las acciones además
debería reflejar las perspectivas fundamentales de la empresa. Después de todo,
¿quién compraría una acción por 10 dólares cuando se sabe que, a largo plazo,
realmente valdrá un dólar? ¿Y quién vendería una acción a un dólar cuando se
sabe que, a largo plazo, valdrá 10 dólares? Siempre que los grandes inversores
sean sensatos, el precio de las acciones debería reflejar el estado de los
factores fundamentales a corto y largo plazo. Sin embargo, ¿son sensatos los
inversores?
El
economista más famoso del siglo XX, John Maynard Keynes, comparó al mercado
bursátil con un tonto concurso convocado por un periódico, en el que se
invitaba a los lectores a que eligieran algunas caras bonitas de entre cientos
de fotografías. El ganador fue el lector que hizo la selección de chicas más
similar a la de la opinión general.
No se
trata de elegir a quienes, de acuerdo con nuestro propio juicio, sean las más
bellas, ni siquiera aquellas que el promedio de las opiniones juzga
genuinamente como más bellas. Hemos alcanzado un tercer nivel en el que
dedicamos nuestra inteligencia a anticipar aquello que la opinión general cree
que será el resultado de la opinión general. Y es mi parecer que existen
quienes ponen en práctica el cuarto, quinto o incluso mayores niveles.
Un
ejemplo de hoy en día lo constituye el método Grolsch para elegir acciones. Una
vez me encontré con un inversor que me contó que había comprado muchísimas
acciones de la empresa cervecera Grolsch porque había asistido a una gran
cantidad de fiestas en la City de Londres (el centro
financiero de esta ciudad) y en todas ellas se había servido Grolsch. Las otras
cervezas, que anteriormente habían sido muy populares, como Stella Artois o
Heineken, parecían haber desaparecido de la escena. Ingenuamente, le dije que
las fiestas en la City no necesariamente representaban un buen
indicio de las ventas mundiales de Grolsch: podía estar yéndole muy bien allí,
pero muy mal en cualquier otro lado, en cuyo caso las ganancias a largo plazo
de la empresa caerían y haber comprado acciones habría sido un gran error. El
inversor me dijo que sabía que yo estaba en lo cierto, pero que no le
importaba, pues consideraba que si Grolsch era fuerte en la City,
muchísimos de los inversores se darían cuenta de que la fabricaba una exitosa
empresa y, entonces, comprarían acciones. El precio de las acciones subiría
—por un tiempo— y podría venderlas, obteniendo una ganancia. Los factores
fundamentales sólo importaban si él planeaba retener la acción por un largo
período de tiempo, lo suficientemente largo como para que se hiciera evidente
la situación real, cualquiera que fuera ésta. ¿Y cuál era la situación real? A
lo largo del año siguiente, las acciones de Grolsch cayeron alrededor de un
tercio (de 24 a 17,5 libras); luego, en un par de meses, de un salto, volvieron
al nivel anterior. Y cuando estaba escribiendo esto, en marzo de 2005, estaban
casi exactamente en donde habían estado cuando tuvo lugar nuestra conversación.
Al método
Grolsch no le interesa el valor de la acción. Sólo se trata de un intento de
sacar ventaja de los errores que, según tu criterio, cometerán los otros
inversores. No obstante, dado lo que ahora sabemos con respecto a los mercados
bursátiles racionales y el paseo aleatorio, ¿por qué deberíamos creer que los
inversores cometerán errores que se pueden aprovechar tan fácilmente?
§. Tontos
racionales
¿Por qué realmente? Fíjate en la historia de Tony Dye, jefe de inversiones de
Philips & Drew, una empresa que administra inversiones —tales como fondos
de inversión— de grandes clientes. En 1996, Tony Dye llegó a la conclusión de
que el índice FTSE 100 (el índice que refleja los resultados de las cien
empresas más grandes que cotizan en la bolsa de Londres, análogo al IBEX 35
español), al encontrarse en un nivel de 4.000, estaba sobrevalorado. Por eso
transformó una buena parte del dinero de sus clientes en efectivo y lo invirtió
en cuentas de ahorro. Al haber retirado 7.000 millones de libras del mercado
bursátil, día tras día, sus clientes, sus colegas y los periódicos juzgaban la
decisión que había tomado. Fue objeto de burla y llegaron a apodarle Dr.
Doom —el malvado personaje de los cómics de Los cuatro
fantásticos—. A medida que el índice FTSE continuaba subiendo a finales de
los años noventa, Dye parecía cada vez más estúpido. En 1999, Philips &
Drew perdió más clientes que cualquier otra empresa de administración de
fondos. Basándose en los beneficios proporcionados a los clientes en los
últimos tres meses de 1999, quedó en la posición 76 de un ranking de 77
competidores. Dye siguió insistiendo en que el mercado bursátil estaba sobrevaluado,
rechazó las acciones provenientes del área de Internet y de las
telecomunicaciones y mantuvo un inusual porcentaje de las inversiones de sus
clientes en efectivo. El final era inevitable: a principios de marzo del año
2000, se anunció su jubilación anticipada y la opinión general fue la de que lo
habían obligado a retirarse. El Times londinense se refirió a
Philips & Drew llamándolo «un chiste» y el sucesor de Dye reconoció lo que
éste había sufrido: «Se encontraba solo. Los últimos años no han sido los más
fáciles, debido a las críticas que tuvo que soportar».
Dye
perdió su trabajo, pero tenía razón. Antes de que Philips & Drew pudiera
cambiar su estrategia, el mercado bursátil dio un vuelco. Las acciones de las
empresas de Internet, de telecomunicaciones y tecnológicas cayeron en picado.
Todo el mercado bursátil se desplomó. A las «anticuadas» acciones «de valor»
que Dye había retenido les fue bien y el dinero en efectivo también rindió
mejor que las acciones de Internet, que cayeron estrepitosamente. Philips &
Drew subió hasta la cima de la tabla de rendimiento de fondos de pensiones, y
sus clientes ganaron un 6,4% en los tres meses anteriores a junio del año 2000
(lo que equivale a un beneficio de más del 28% anual en un mercado que caía
abruptamente). El índice FTSE bajó sin cesar, de los 6.400 puntos que tenía
cuando el señor Dye se fue de la empresa a menos de 3.300 puntos tres años
después. En 1996, Dye había llegado a la conclusión de que para sus clientes
iba a ser mejor vender las acciones cuando el mercado se encontraba en 4.000
puntos y depositar ese dinero en una cuenta de ahorro. Con el tiempo, siete
años después, se comprobó que estaba en lo cierto.
Tony Dye
tenía razón, pero ¿fue sensato lo que hizo? Los cientos de administradores de
fondos de quienes se comprobó que se habían equivocado desastrosamente
conservaron su puesto de trabajo porque se equivocaron junto con el resto del
rebaño. Tony Dye decidió seguir su propio camino. Al final fue reivindicado,
pero no sin antes haber sido ridiculizado por la prensa, abandonado por sus
clientes y obligado por su empresa a renunciar. Quienes administran fondos se
enfrentan a incentivos desiguales: si deciden adoptar un punto de vista
distinto al resto, ganarán algunos clientes si tienen éxito; pero perderán su
puesto de trabajo si no lo tienen. Es mucho más seguro seguir al rebaño.
Esto no
quiere decir que los precios de las acciones estén totalmente fuera de contacto
con la realidad, sino que, sencillamente, a muchos importantes administradores
de fondos, cuyas decisiones afectan a enormes sumas de dinero, se les paga por
seguir la tendencia, en lugar de por elegir las acciones correctas. Y ello
significa, no cabe duda, que el mercado bursátil cometerá errores.
§.
Adoptar un punto de vista a largo plazo
Puede que pasen muchos años antes de que estos errores se tornen evidentes.
¿Quién puede afirmar con seguridad que la burbuja de Internet
—esto es, la sobrevaloración, debido a la especulación, de las acciones de las
empresas que operaban vía Internet— era, en realidad, una «burbuja»? La verdad
podría ser que estuviéramos cometiendo un error hoy, cuando los precios de las
acciones han caído tanto. No hay respuestas definitivas, pero, en mi opinión,
si echamos una larga, larga mirada hacia atrás, sin duda surgen los
interrogantes correctos. Cuando el mercado estaba en su punto más alto, en el
año 2000, estaba de moda, con el fin de tratar de que compraran acciones
bursátiles o cualquier producto relacionado con ese mercado, como por ejemplo
una pensión, mostrarles a las personas un gráfico del precio de las acciones,
similar al que se muestra a continuación:
¿Esto es
lo que hace el mercado bursátil…?
Fuente: Shiller, 2001.
El
objetivo de este gráfico es mostrarte que el mercado bursátil (en este caso, el
muy citado índice de las acciones de Estados Unidos, el S & P 500) ha
subido muy rápido y si hubieras invertido a principio de la década de 1980, te
habría ido realmente muy bien.
El
verdadero mensaje es un poco más alarmante. Los números del eje vertical
representan la ratio precio histórico/beneficios, y demuestran que el precio de
la acción está vinculado con el comportamiento histórico de las ganancias de la
empresa durante los diez años anteriores. Así, en 1980, el precio de la acción
promedio del S & P 500 era nueve veces mayor que la ganancia promedio
durante la década de 1970 de la empresa media del S & P 500 (este gráfico y
todas las cifras han sido ajustados para eliminar el efecto de la inflación).
Las acciones que habían generado, en la década de 1970, 100 dólares de
ganancias anuales costaban, en 1980, 900 dólares. Para 1990, las acciones que
durante la década de 1980 habían generado 100 dólares de ganancias anuales costarían
1.800 dólares. Esto significa que los inversores de la década de 1990 confiaban
en que esa década sería mejor que la de 1980, mientras que los inversores de
1980 no confiaban tanto en que la década en la que se encontraban fuera a ser
mejor que la de 1970.
Para el
año 2000, los inversores estaban dispuestos a pagar 4.500 dólares por las
acciones que habían generado 100 dólares de beneficios durante la década de
1990. Si los inversores de 1990 eran optimistas en comparación con los de 1980,
los inversores del año 2000 deliraban por completo. Esto sucedía, en parte,
porque estaban dispuestos a pagar más dinero por las acciones, ya que estaban
más familiarizados con ellas y toleraban mejor los riesgos. Sin embargo, en su
mayor parte, lo que esto reflejaba era una visión —una visión inconsciente y
poco analizada— de que la rentabilidad futura sería muy superior a la pasada,
y, además, en una forma como nunca antes había sucedido.
Aclaremos
cuán enorme fue esa suposición. No se trataba de si las ganancias de las
empresas aumentaban o no. En promedio, a medio plazo, las ganancias siempre han
aumentado, con vaivenes, a medida que la economía se expande. Sin embargo, las
ratios precio/beneficios como las que se muestran en el gráfico siempre han
tomado en cuenta el hecho de que, debido a que la economía está creciendo, es
probable que las ganancias del futuro sean mayores que las del presente. Los
inversores del año 2000 apostaban a algo más que a eso. Apostaban a que las
ganancias futuras fueran muy, pero que muy superiores a las del presente (de un
modo que nunca antes había sido visto en la historia de los mercados
bursátiles; ni cuando llegó el ferrocarril, ni cuando Estados Unidos adoptó la
electricidad, ni en la gran expansión de las décadas de 1950-1960).
El
gráfico de precio/beneficios no debería elevarse como la cara norte del Eiger
—la montaña alpina suiza—. Debería ser bastante plano, moviéndose un poco hacia
arriba y hacia abajo tal vez, pero sin cambiar demasiado, realmente, a largo
plazo. Una ratio estable de 16 puntos quiere decir que estoy dispuesto a pagar
16 dólares por una acción que en el pasado ha generado un beneficio de un dólar
anual, 1.600 dólares por una cartera de inversiones que en el pasado ha
generado una ganancia de 100 dólares anuales o 16.000 millones de dólares por
una empresa que en el pasado generó unos beneficios de 1.000 millones de
dólares anuales. A medida que crecen las empresas que cotizan en el mercado
bursátil, la ganancia puede aumentar de 10 millones de dólares a 100 millones o
a 1.000 millones; pero la ratio no debería, en general, cambiar con el
transcurso del tiempo. (Sí cambia con los tipos de interés y las actitudes
hacia el riesgo, pero estos efectos no bastan para explicar lo que sucedió a
fines de la década de los noventa).
¿… o
esto? El punto de vista a largo plazo
Fuente: Shiller, 2001.
Cuando,
en el año 2000, los vendedores de pensiones me mostraban unos gráficos como
éste, tenían la esperanza de estar diciéndome que el mercado bursátil iba a
seguir subiendo; pero lo que yo veía era un mensaje que decía que estaba
destinado a colapsarse. Históricamente, las ratios, a largo plazo,
precio/beneficios han rondado los 16 puntos. A menudo, se han alejado de esa
cifra, pero siempre han regresado a ella. Robert Shiller, economista licenciado
en la Universidad de Yale, se ha esforzado en establecer este patrón, según el
cual aquel índice siempre vuelve a los 16 puntos y ha recopilado la información
existente desde el año 1881 sobre dicha ratio. (La información que se utiliza
en los dos gráficos de los dos índices pertenece a Robert Shiller. De hecho, el
primer gráfico mostrado es un extracto del segundo, pero la impresión que causa
cada uno de ellos es bastante diferente). Lo que se muestra claramente, a
través de la información suministrada por Shiller, es que un índice de más de
30 puntos no es normal. Sólo sucedió una vez antes de la década de los noventa
y fue en 1928. Al igual que en el año 2000, en 1928 surgieron muchos
razonamientos que justificaron los elevados precios que las acciones tenían en
ese momento. Irving Fisher, uno de los notables economistas licenciados en Yale
y predecesor de Shiller, expresó de un modo maravilloso que las acciones habían
alcanzado «una nueva y permanente altiplanicie». Fisher no era ningún tonto,
era un muy influyente pensador de la economía monetaria y escribió un libro
llamado The Wall Street Crash – And After, en el que proporcionó lo
que, por aquel entonces, debían parecer excelentes razones para esperar que el
precio de las acciones se mantuviera alto.
Después
del espectacular descenso inicial del mercado bursátil, a finales de la década
de 1920, el comienzo del crac de Wall Street, Fisher sostenía que las ganancias
futuras serían excelentes, debido a la eficiencia resultante de las recientes
fusiones entre grandes empresas, de la aplicación de nuevas tecnologías, de la
mejora en la capacidad de administración y de la pericia de la Reserva Federal.
El análisis parece razonable… y extrañamente familiar.
Por
desgracia, a pesar del título, el libro de Fisher no fue publicado hasta
después del crac de Wall Street. Fue editado inmediatamente después del primer
acto de lo que resultó ser un drama mucho más duradero. A ello siguieron caídas
mucho más espectaculares en los precios de las acciones; y, de esta forma,
también, la Gran Depresión.
§. Pensar
sensatamente sobre la escasez
No es probable que nos encontremos al borde de otra depresión. Algunos
empecinados optimistas hasta afirmarían que el mercado bursátil se recuperará
para justificar las cotizaciones sobrevaloradas. James Glassman y Kevin
Hassett, los autores del libro Dow 36.000, que hacía la epónima
predicción —el índice Dow Jones es un índice bursátil, creado en 1883, que
refleja el valor del mercado de las treinta compañías más importantes y
reconocidas de Estados Unidos—, no sintieron ningún arrepentimiento en agosto
del año 2002, después de que el Dow se derrumbara hasta alrededor de los 8.000
puntos, y siguieron defendiendo su libro. Señalaron, acertadamente, que nadie
podía vaticinar el comportamiento del mercado a corto plazo y pronosticaron
que, con el transcurrir del tiempo, el mercado subiría. (Ya no enfatizan el
hecho de que en Dow 36.000 presagiaron que podría llevarle al
mercado «tres o cinco años» recuperarse… es decir, hasta finales del 2004.)
Glassman y Hassett sostienen que, dado que el mercado bursátil lleva cien años
siendo infravalorado, la información histórica suministrada por Robert Shiller
no es una prueba de que los inversores cometerán el mismo error nuevamente. Tal
vez sea verdad que los inversores se han equivocado en el siglo pasado. Como ya
hemos visto, una vez que los economistas abandonamos la idea de que las
personas actúan con sensatez, nos resulta muy difícil decir algo al respecto.
Una línea
de investigación más productiva es preguntarse si, como lo sugerían las
cotizaciones burbuja, las ganancias de las empresas serán
radicalmente superiores en los años venideros. Resulta tentador pensar que lo
que aquí se discute es el poder de Internet, de los teléfonos móviles, de los
ordenadores y de otros nuevos avances tecnológicos. Muchos fanáticos de
Internet, de hecho, sostuvieron que era razonable pagar una enorme suma de
dinero por una empresa como Amazon, ya que Internet estaba «transformándolo
todo».
Desafortunadamente,
ésa no es la cuestión. Tal vez, Internet sea verdaderamente una tecnología
transformadora, como la electricidad, la producción química en masa o los
ferrocarriles. La respuesta se sabrá con el tiempo, pero, en realidad, no tiene
mucha importancia para el mercado bursátil. La premisa que subyace es que, si
estamos ante una revolución económica, las acciones deberían ser muy valiosas.
Esta premisa es incorrecta. El precio de las acciones debería aumentar
únicamente si existe una buena razón para pensar que las ganancias futuras de
la empresa serán elevadas. Como sabemos, las ganancias provienen de la escasez.
Por ejemplo, la posesión de territorios escasos (protegida por un título legal
de propiedad), una marca «escasa» (protegida, legalmente, por una marca
comercial) o una organización con aptitudes únicas (protegida nada más que por
el hecho de que las organizaciones más efectivas son difíciles de imitar). Así
pues, el precio de las acciones debería elevarse únicamente si la transformación
económica aumenta el grado de control que tienen las organizaciones sobre los
recursos escasos.
Es fácil
darse cuenta de que podría existir un vínculo entre transformación económica y
control de la escasez. Mucho menos fácil es entender cuál es ese vínculo y
parece poco probable que sea tan sencillo como decir que «las nuevas
tecnologías aumentarán el control de las empresas sobre los recursos escasos».
Algunas compañías saldrán ganando; otras perderán. Históricamente, para la
empresa media no ha habido una clara relación entre transformación económica y
altos beneficios. De hecho, lo contrario sí que es cierto con frecuencia: la
transformación económica destruye la rentabilidad de las viejas empresas (al
reemplazar o copiar sus escasos activos), mientras que las nuevas empresas que
las sustituyen se enfrentan a un elevado índice de fracasos y a unos muy
cuantiosos costes de puesta en marcha de sus negocios. Las ventajas son
aprovechadas por los trabajadores, a quienes, en promedio, se les pagan
salarios superiores; y por los clientes, que pagan un precio menor u obtienen
mejores productos y servicios. Por ejemplo, los 30 millones de dólares que
Amazon obtuvo en 2003 deberían ser puestos en la balanza al lado de la caída de
los beneficios sufrida, a nivel mundial, por la industria de la música, que en
ese mismo año fue de alrededor de 2.500 millones de dólares, una caída que los
ejecutivos de esa industria atribuyeron a la descarga de música a través de
Internet y al fácil pirateo. Internet puede destruir ganancias tan fácilmente
como puede posibilitarlas.
Lo mismo
ha sucedido siempre con las tecnologías revolucionarias anteriores, como, por
ejemplo, los ferrocarriles o la electricidad. Una vez, cuando todavía no
comprendía bien esta cuestión, cometí el error de realizar una apuesta con el
economista John Kay, a quien le intrigaba saber qué habría sucedido si alguien
hubiera comprado acciones de la empresa Great Western Railway, la empresa de
trenes más famosa de Gran Bretaña, donde nació el viaje en tren. Él especulaba
con que, incluso si alguien hubiese comprado acciones el primer día en que
estuvieron a la venta y las hubiese conservado durante un largo período de
tiempo, sus beneficios habrían sido bastante modestos, digamos, menos del 10%
anual. Yo no podía imaginar que una de las empresas de mayor éxito de aquellas
que habían surgido con la revolución del ferrocarril pudiera proporcionar a los
accionistas un rédito tan moderado. Rápidamente recorrí las páginas de las
polvorientas ediciones del siglo XIX de la revista The Economist y
descubrí la respuesta. Por supuesto, Kay estaba en lo cierto. No mucho tiempo
después de que las acciones de la Great Western Railway fuesen puestas a la
venta, en 1835, a un precio de 100 dólares por acción, se produjo un enorme
estallido especulador sobre las acciones de los trenes. En 1845, diez años
después del nacimiento de la empresa, sus acciones alcanzaron su punto máximo y
llegaron a las 224 libras. Más tarde, cayeron en picado y nunca más volvieron a
alcanzar ese nivel durante los cien largos años de vida de la empresa. El
inversor a largo plazo hubiera recibido el pago de dividendos y hubiera logrado
un respetable, pero poco reseñable, beneficio del 5% anual por su inversión
inicial de 100 libras. Quien hubiese comprado acciones en el momento de máximo
furor habría perdido dinero, pero le habría ido mucho mejor que a los que
apostaron por las innumerables empresas de ferrocarril que, simplemente,
quebraron sin llegar a terminar de construir sus vías.
Así pues,
ni siquiera las mejores empresas de ferrocarril representaban las mejores
inversiones; y las peores se convirtieron en grandes desastres financieros. Y,
sin embargo, nadie pone en cuestión el hecho de que los ferrocarriles
transformaron por completo las economías desarrolladas. Los cálculos más
moderados establecen que le agregaron entre un 5 y un 15% al valor total de la
economía estadounidense de 1890 (si lo piensas bien, es una cantidad
abrumadora); pero la competencia por crear y poner en funcionamiento líneas de
ferrocarril mantuvo las ganancias en un modesto nivel. Dado que la competencia
era fuerte, los ferrocarriles tenían poco poder de la escasez.
§.
Escasez y tecnología
En el caso de las dot-coms (las empresas que operan a través
de Internet) o cualesquiera otras empresas de alta tecnología, es mucho más
difícil demostrar la influencia de la escasez. Es verdad que a algunas de ellas
les ha ido bien, como por ejemplo a IBM, a Microsoft y a Intel. IBM era una
gigantesca y exitosa empresa: a finales de la década de 1970 era la empresa más
rentable de la Historia; sin embargo, a principios de la década de 1980 casi
fue a la quiebra y sólo ha sido capaz de recuperarse transformándose dolorosa y
radicalmente en un negocio completamente distinto. Intel no ha sufrido la misma
desintegración, aunque sus beneficios de explotación sí cayeron durante más de
tres trimestres en el 2001; pero es una empresa famosa por el incesante
esfuerzo que hace para seguir innovando y mantenerse por delante de la
competencia. (El presidente de la empresa, Andy Grove, escribió un libro
titulado Only the Paranoid Survive).
Sólo
Microsoft, que reemplazó a IBM como el gigante de la industria informática,
parece haber disfrutado de un período de tranquilidad. Tal vez en esto último
consista el gran éxito de Microsoft, que ha ayudado a provocar el frenesí por
encontrar a la «próxima Microsoft». La mayoría de las empresas no son
Microsoft; y no lo serán nunca. En realidad, en lo que concierne al precio de
la acción, ni siquiera Microsoft es Microsoft, ya que a finales de la década de
1990 el precio de sus acciones no reflejaba su situación en ese momento, sino
una expectativa de aquello en que podría, eventualmente, llegar a convertirse.
La opinión de los inversores, tal vez acertada, es que, a través del control de
un importante número de empresas estandartes del sector, Microsoft realmente
cuenta con el auténtico y duradero poder de la escasez, que generará inmensas
ganancias por muchos años más.
Para el
grupo compuesto por los aspirantes a empresas dot-com, el contraste
no podría haber sido mayor. Muchos de ellos poseían negocios que podrían haber
sido copiados en cuestión de meses y por un coste mínimo y ese solo hecho
debería haber puesto en claro que sus acciones no valían casi nada. No
importaba que la economía estuviera cambiando, porque nunca cambiará lo
suficiente como para que las empresas que no tienen poder de la escasez se
tornen extremadamente rentables.
Esto nos
hacer recordar a Graham Bailey y el asesoramiento a empresas a fines de 1998.
La idea implícita en su historia era la siguiente: no importa si tienes poder
de la escasez; no importa si alguien más en el mundo puede hacer lo mismo que
tú; lo que importa es que tú lo hagas primero. Es una idea similar a la de la
fiebre del oro: el primero en reclamar su propiedad tiene prioridad. Si de
algún modo las empresas de Internet pudieran ejercer un control «territorial»
en Internet, para las otras empresas sería imposible invadir ese territorio y
desplazarlas.
Cuando
haces explícita a esa idea implícita, te das cuenta de que apela a uno de los
grandes mitos estadounidenses, pero en realidad no hay mucho más que eso. Los
colonizadores y buscadores de oro tenían un conjunto de derechos de propiedad,
en verdad bastante improvisados, para defender sus tierras; sin embargo, las
empresas de Internet no cuentan con algo similar (tienen un nombre de domino y,
tal vez, algún nombre comercial inscrito). No obstante, lo que fácil viene,
fácil se va: ¿por qué razón no debería enfrentarse a ningún tipo de competencia
real aquella empresa que empezó a operar antes que ninguna otra su negocio
mediante Internet? Para los clientes es bastante sencillo obtener información
sobre los nuevos negocios. No les implica ningún esfuerzo visitar sus sitios
web (es mucho más fácil que visitar un nuevo local). De hecho, la ventaja que
obtienen los negocios que comienzan primero que el resto parece ser más pequeña
de lo que lo fue alguna vez en el pasado. Mientras Bailey hablaba, se estaba fundando
una diminuta empresa en un garaje de la ciudad de California. Esta empresa
suministraba tecnología para buscar información en Internet, pero sólo
realizaba unos pocos centenares de búsquedas por hora. El nombre de la compañía
era Google.
Google es
la prueba viviente de que dar el primer paso no tiene importancia en Internet.
Lo que importa es ser el mejor. Google entró tarde al juego y lo hizo cuando
parecía que Yahoo! se había autoproclamado rey de los buscadores, y, sin
embargo, se ha convertido en el propio sinónimo de búsqueda en la Red. La
pregunta para Google es si una nueva empresa, ubicada en un garaje en alguna
parte, está a punto de hacer a aquéllas lo mismo que éstas hicieron a sus
rivales. En Internet, todas las empresas son vulnerables a la competencia. La
Red devora el poder de la escasez.
Las
enseñanzas para aplicar a tu propia inversión en el mercado bursátil son
claras. Primero, recuerda la lucha por encontrar la cola más rápida del
supermercado: ten presente que todos los precios de las acciones tienen
incorporado un gran conocimiento experto. Si planeas ganar dinero en serio, es
mejor que tengas una idea clara sobre lo que crees que sabes y sobre lo que
ignoran quienes se encuentran dentro de ese mercado. En segundo lugar, recuerda
que la rentabilidad duradera de una empresa se basa en tener algo que las demás
no tienen: una marca poderosa en un mercado convencional (piensa en los
preservativos Trojan), el control de un sector, como en el caso de Microsoft;
o, simplemente, una pericia superior, como la de General Electric. Tal vez eBay
tenga una capacidad así, que se sustenta en su base estable de leales
compradores y vendedores. Muy pocas empresas en Internet la tienen, y, si
observaste con detenimiento la historia de Graham Bailey, te habrás dado cuenta
de que no era muy convincente en 1998. Su empresa consultora quebró en abril
del año 2001.
Capítulo
7
Los hombres que no conocían el valor de nada
Alguien
que conoce el precio de todo y el valor de nada.
Definición de Oscar Wilde de un «cínico», ahora comúnmente aplicada a los
economistas
Contenido:
§. El
amor, la guerra y el póquer
§. Juegos dentro de juegos: cómo vender una casa de 300.000 dólares por sólo
3.000
§. La teoría de los juegos hecha para tontos
§. ¡Que pasen los subastadores!
§. ¿Por qué recurrir a la subasta?
§. La subasta británica en acción
§. Recuerda: la fuerza surge de la escasez
§. La resaca
Imagina
que contratas a un economista para que venda tu casa y que éste diseña una
estrategia para subastarla que parece ser muy inteligente. El economista te
asegura que con esa estrategia deberías obtener los 300.000 dólares que crees
que vale tu casa. La subasta empieza y, para tu espanto y para vergüenza del
economista, de algún modo terminas obteniendo menos de 3.000 dólares. Te quedas
sin casa y casi sin dinero, tu esposa se divorcia de ti y pasas el resto de tu
vida en un frío y húmedo sótano.
Mientras
tanto, tu vecino de al lado también decide vender su casa y contrata a otro
economista, quien, igualmente, diseña una estrategia para subastarla que parece
ser muy inteligente. Tu vecino también espera obtener 300.000 dólares, pero las
ofertas siguen subiendo y termina ganando 2,3 millones de dólares.
¿Te
parece rebuscado? Para nada. De hecho, algo muy similar le sucedió, no a los
propietarios de una casa, sino a los Gobiernos. En este caso, el bien inmueble
no estaba hecho de ladrillos y cemento, sino de «aire fino» —thin air—:
la longitud de onda de la banda de radiofonía (el «espectro radioeléctrico»),
para ser precisos, que utilizan las empresas de telefonía móvil para que operen
sus redes. En los últimos años, los Gobiernos de todo el mundo han vendido los
derechos de utilización de esa banda a las compañías de telecomunicaciones.
Existe una limitada cantidad de banda disponible y, como hemos aprendido, donde
hay escasez hay posibilidades de hacer dinero. Por desgracia, no todos los
economistas que fueron contratados como asesores sabían cómo llevar a cabo una
subasta de modo que pudiera generar un buen precio. Una de ellas alcanzó menos
del 1% de lo que se esperaba, mientras que otra llegó a obtener diez veces más
de lo previsto.
Esto no
se debió a la suerte, sino a la inteligencia en algunos casos y a los errores
garrafales en otros. Subastar el aire, al igual que jugar al póquer, exige una
gran habilidad —y es un juego en el que, de hecho, «hay mucho en juego»—.
§. El
amor, la guerra y el póquer
Muchos de los que conocían al matemático John von Neumann lo consideraban «el
mejor cerebro del mundo» y tuvieron la oportunidad de establecer esta
comparación en el entorno de una dura competencia, dado que uno de sus colegas
en Princeton era Albert Einstein. Von Neumann era un genio alrededor del cual
creció el mito de una inteligencia casi sobrehumana. Según cuenta una de las
historias, se le pidió que colaborara en el diseño de un nuevo superordenador,
destinado a resolver un nuevo e importante problema matemático, que superaba la
capacidad de las supercomputadoras existentes. Von Neumann pidió que le
explicaran el problema, lo resolvió en cuestión de minutos, con lápiz y papel;
y, finalmente, rechazó la oferta.
Von
Neumann logró impresionantes avances en lógica, teoría de conjuntos, geometría,
meteorología y otros campos matemáticos; y, además, desempeñó un papel central
en el desarrollo de la mecánica cuántica, las armas nucleares y la informática;
pero es su papel como fundador de la teoría de los juegos el que aquí nos
interesa.
Un juego,
para un teórico de los juegos, es cualquier actividad en la cual la predicción
que realizas sobre lo que hará otra persona afecta a la decisión que tomas
sobre tu propio proceder. Quedan incluidos en ese tipo de juegos el póquer, la
guerra nuclear, el amor o la puja por «aire fino» en una subasta. La teoría de
los juegos puede parecer engañosamente simple: por ejemplo, el juego «conducir
un vehículo» es absolutamente sencillo. En él recibo unos aceptables beneficios
si conduzco por la derecha y tú también lo haces. Recibo otra compensación
igualmente satisfactoria, si conduzco por la izquierda y tú también. Si uno de
los dos decide hacer lo contrario, yo recibo un pago muy malo: un paseo en
ambulancia. También tú recibes un pago muy malo si tenemos una colisión
frontal, pero en la teoría de los juegos, por lo general, no me preocupa tu
compensación por pensar en tu propio bien; sólo me preocupa la compensación que
recibes en la medida en que ésta me ayuda a predecir tu comportamiento.
Los
juegos, a menudo, son descritos de este preciso modo, utilizando pequeñas
historias o anécdotas, pero estas historias ocultan el hecho de que para el
teórico los juegos son objetos matemáticos. Los grandes teóricos del juego son
brillantes matemáticos, como Von Neumann o el ganador del Premio Nobel, John
Nash, el protagonista de Una mente maravillosa. Como ocurre con
todas las teorías del juego, el revolucionario nuevo método para predecir el
resultado de un juego descubierto por Nash constituyó una inspirada aplicación
de la ciencia matemática bien entendida.
A Von
Neumann le fascinaba el póquer; y, a medida que empezó a prestar atención a
este juego, desarrolló herramientas matemáticas, que no sólo son útiles para
los economistas, sino también para quienes pretenden entender una gran variedad
de cosas, desde las citas amorosas hasta la biología evolutiva o la guerra
fría.
Los
fundamentos del póquer son sencillos: los jugadores ocultan sus cartas hasta el
final de cada mano, que es cuando el jugador con las mejores cartas gana el
bote acumulado con todas las apuestas. Los jugadores deben apostar
continuamente para permanecer en el juego, pero algunos se retirarán en algún
momento porque preferirán perder sólo un poco de dinero en lugar de arriesgarse
y perder mucho más al término de la mano en cuestión. Si todos los demás
jugadores se retiran, puedes ganar el bote sin necesidad de mostrar tus cartas.
Si
estuvieras jugando al póquer, tu desafío básico sería determinar si vale la
pena pagar para seguir en el juego. La teoría de las probabilidades no te
llevará muy lejos. No basta con calcular las probabilidades de que las cartas
que tienes sean mejores que las que tienen escondidas los otros jugadores de la
mesa. Es necesario que analices los movimientos de tus oponentes. ¿Una apuesta
pequeña es un signo de «debilidad» o un truco para tentarte a que eleves la
apuesta contra una «fuerza» oculta? Y hacer una apuesta fuerte, ¿significa una
gran jugada o un farol? Al mismo tiempo, debes darte cuenta de que tus
oponentes estarán tratando de interpretar tus propias apuestas y debes procurar
no ser predecible.
El póquer
es una espiral de segundas conjeturas: «Si cree que yo creo que él cree que yo
tengo cuatro reyes, entonces…». El póquer es un juego tanto de suerte como de
habilidad y, mucho más importante aún, es un juego de secretos: cada jugador
tiene acceso a cierta información que permanece oculta para los demás. En el
ajedrez, que es un juego de neta habilidad, la batalla ocurre a la vista de
todos. En el póquer, ningún jugador puede ver la verdad completa.
Aquí es
donde interviene la teoría de los juegos. Von Neumann creía que, si podía
analizar el póquer usando las matemáticas, podría arrojar luz sobre toda clase
de interacciones humanas. El póquer es un juego en el cual un reducido número
de jugadores trata de burlar el ingenio del resto en un entorno de suerte,
secretos y hábiles cálculos. Sin embargo, no es el póquer la única situación
que encaja con esta descripción. Piensa en los generales que se encuentran en
guerra o, incluso —si eres tan cínico como yo—, en los hombres y las mujeres
que juegan al gran juego del amor. Al igual que el póquer, muchas interacciones
humanas pueden interpretarse como enfrentamientos de ingenio y todas ellas son
descritas por los teóricos como «juegos» y exploradas por medio de la teoría de
los juegos.
La vida
de la economía no es una excepción. Von Neumann se unió al economista Oskar
Morgenstern para escribir la biblia de la teoría de los juegos, Theory
of Games and Economic Behaviour, que fue publicada justo antes de que
terminara la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, esta teoría y la economía
han mantenido una estrecha relación: la teoría de los juegos se enseña a la
mayoría de los estudiantes de economía y muchos de sus estudiosos han recibido
el Premio Nobel en Ciencias Económicas.
Si
quieres ejemplos reales de «juegos económicos», piensa en la negociación que se
da entre el propietario y el inquilino, entre el Gobierno y los sindicatos,
entre los vendedores de coches usados y los compradores de esos coches. Piensa
en aquellas naciones productoras de petróleo que deben decidir si se adhieren o
no a las reglas de la Organización de Países Exportadores de Petróleo
(OPEC, Organization of Petroleum Exporting Countries) para ayudar a
que suba el precio del crudo o si comienzan a producir a toda máquina para
aprovecharse de los altos precios que otros han creado.
O, para
tomar el ejemplo que analizaremos con mayor detenimiento en este capítulo,
piensa en el conjunto de ansiosas empresas de telecomunicaciones que tratan de
adquirir las licencias del espectro radioeléctrico ofrecido, en cantidades
limitadas, por el Gobierno. Cada uno de los licitadores tiene una idea
aproximada de la rentabilidad que le proporcionaría tener una licencia (y, por
lo tanto, cuán valiosa es), pero nadie lo sabe con precisión. El desafío para
el Gobierno consiste en descubrir algunos secretos: cuál de las empresas de
telecomunicación puede explotarlas al máximo y cuánto valen para cada una de
ellas. En teoría, el Gobierno preferiría adjudicárselas a aquellas firmas que
mejor las aprovechen; y, dado que está repartiendo un valioso activo público,
también querrá obtener el mejor valor para el contribuyente.
Tanto el
problema del póquer como el de las licencias del espectro radioeléctrico
son juegos en el sentido de Von Neumann. Existe entre ellos
una similitud aún mayor: en ambos casos, es importante poner grandes sumas de
dinero en el eje central del proceso. Sin apuestas, el póquer no tiene sentido.
A un jugador cualquier juego le parecerá «más interesante» si hay dinero de por
medio, pero es que en el póquer el dinero es un elemento primordial. Y esto se
debe a que, en este juego, son las apuestas las que transmiten la debilidad y
la fortaleza, y si los jugadores no apuestan con dinero de verdad, esa
«transmisión de información» carece de sentido. Como bien sabemos a estas
alturas, hablar no cuesta nada. Marcarse un farol sólo trae consecuencias
cuando lo que está en juego es dinero de verdad.
Lo mismo
sucede con las licencias de los espectros radioeléctricos. Los economistas
especializados en la teoría de los juegos argumentan que la adjudicación de los
activos públicos, desde el derecho a extraer petróleo hasta el derecho a
utilizar un espectro radioeléctrico, debe determinarse por medio de métodos
similares a los que definen una partida de póquer. Para poder filtrar las
palabras huecas y las promesas vanas de las empresas competidoras, el Gobierno
tuvo que aumentar las apuestas y, por utilizar un viejo dicho, forzar a cada
negociador a «poner su dinero donde pone su boca» (put his money where his
mouth is), esto es, a demostrar que estaban dispuestas a arriesgar su
propio dinero.
§. Juegos
dentro de juegos: cómo vender una casa de 300.000 dólares por sólo 3.000
En la segunda mitad de la década de 1990, el Gobierno de Estados Unidos
contrató a algunos teóricos del juego para que lo ayudaran a vender los
derechos del espectro radioeléctrico. No era una tarea sencilla: una empresa
que licitaba por una licencia en Los Ángeles y otra licencia en San Diego
podría querer obtener las dos licencias juntas o, en otro caso, ninguna, ya que
es más barato administrar sistemas de redes adyacentes, ¿pero cómo podían pujar
de una forma sensata por la licencia de Los Ángeles antes de conocer quién se
quedaría con la de San Diego? Este complejo problema está ilustrado por una
compleja parte de la teoría de los juegos. Los teóricos diseñaron, como era de
esperar, un sofisticado conjunto de subastas paralelas.
Las
primeras ventas fueron altamente satisfactorias (y muy lucrativas para el
Gobierno), pero tras unas pocas subastas las cosas empezaron a ir mal. Los
teóricos habían interpretado correctamente los complejos elementos de la
subasta, pero habían cometido algunos pequeños errores (como, por ejemplo,
publicar las cifras de las pujas sin haberlas redondeado a miles de dólares).
Las empresas sacaron ventaja haciendo pujas que, de hecho, venían a contener
códigos de área específicos; y esto les permitió señalar cuáles eran las
licencias que preferirían; de este modo, pudieron repartirse el mercado de las
telecomunicaciones en Estados Unidos sin tener que pujar agresivamente unas
contra las otras. Este escenario ni siquiera precisó un (ilegal) acuerdo, pues
la subasta permitía tales claras señales. Aunque parecería que se estaba
haciendo trampa, nadie podía probarlo. Tres años después de que se llevaran a
cabo las primeras subastas, una de ellas, en abril de 1997, alcanzó menos del
1% de los ingresos esperados, porque —protestaban muchos comentaristas— las
empresas habían aprendido a cometer un engaño para no tener que competir entre
sí.
Esto es
equivalente a vender tu casa que vale 300.000 dólares por menos de 3.000
dólares. Se antoja difícil comprender cómo algo así podría suceder, pero es
sencillo. Si sólo existe un pequeño número de compradores potenciales para tu
casa, podrían ponerse de acuerdo entre ellos y no pujar unos contra otros. El
que finalmente la compra a un bajo precio debe encontrar una forma de compensar
a los demás y la forma más obvia de hacerlo sería acordar que no competirá con
ellos en futuras subastas. Del mismo modo, parece que las empresas de
telecomunicaciones descubrieron una forma de ponerse de acuerdo para no
competir entre sí por las licencias de los espectros radioeléctricos en
distintas regiones. Esto representó una humillación para la teoría de los
juegos: el resultado sólo fue un poco mejor que si las licencias se hubiesen
regalado.
Una
visión alternativa de los problemas de las subastas estadounidenses consiste en
pensar que los teóricos del juego no pudieron ver que lo que habían analizado
era sólo una parte de un juego mucho más grande. El Gobierno era como un
jugador de póquer «felizmente» inconsciente de la existencia de cámaras ocultas
en la habitación; y ajeno al hecho de que los otros jugadores, valiéndose de
una serie de gestos y guiños, se turnan para sacarle todo su dinero. El juego
al que cree estar jugando no es el verdadero juego.
§. La
teoría de los juegos hecha para los tontos
Ya se utilice para estar en connivencia con otros en las subastas, ya se emplee
para hacer trampa con las cartas, debe haber quedado claro a estas alturas que
la teoría de los juegos tiene tanto de arte como de ciencia matemática. Todos
los juegos necesitan contar con ciertos supuestos simplificadores antes de
empezar a ser modelados. Si los teóricos utilizan los supuestos incorrectos
(por ejemplo, que los licitadores no utilizarán los códigos de área para coordinar
una distribución), entonces lograrán obtener las soluciones perfectas para los
problemas equivocados.
Uno de
los desafíos más difíciles de todos está arraigado en la mismísima base de la
teoría de los juegos: precisamente, esta teoría fue desarrollada por hombres de
un intelecto casi sobrehumano, como es el caso de Nash y Von Neumann. Este
hecho constituye tanto su mayor ventaja como su peor desventaja, pues para que
la teoría de los juegos tenga éxito debe arrojar luz sobre el comportamiento de
simples mortales. La teoría de los juegos expresa la forma en que las personas
actuarían como la solución a una ecuación matemática. Supone la existencia de
jugadores hiperracionales, capaces de solucionar, de modo instantáneo,
problemas muy peliagudos, y esta descripción empieza a sonar poco realista, si
es que el fin de la teoría de los juegos es representar una herramienta
práctica que explique cómo se comporta de verdad la gente real. Ciertamente,
Nash y Von Neumann podían resolver ese tipo de problemas instantáneamente, pero
el resto de nosotros no puede hacerlo.
Por
ejemplo, la teoría de los juegos nos dice que no vale la pena jugar al ajedrez
porque, en teoría, su resultado está predeterminado: un jugador puede forzar la
producción de cierto resultado. Sin embargo, no sabemos si son las piezas
blancas o las negras las que pueden forzar el resultado; no sabemos si ese
resultado forzado será que alguien gane la partida o que ésta acabe en tablas;
y lo que, sin duda, tampoco sabemos es cómo se jugaría la partida. Sólo sabemos
que, en teoría, el resultado forzado es posible. En la práctica, hasta los
mejores jugadores (ya sean ordenadores o humanos) ignoran esta estrategia
óptima y el resultado de la partida de ajedrez no es en absoluto predecible.
Por lo tanto, ¿qué utilidad tiene una teoría que nos dice que el ajedrez sería
banal, a menos que fuésemos todos lo suficientemente inteligentes como para
saber cómo jugarlo?
No todos
pensamos como lo hace un genio. La mayoría de nosotros trataría de marcarse un
farol en el póquer con una jugada regular. Von Neumann, sin embargo, demostró
que la jugada correcta es engañar al resto cuando se tiene la peor jugada
posible. Chris «Jesus» Ferguson, discípulo de Von Neumann, así lo demostró
cuando ganó la Serie Mundial de Póquer en el año 2000; pero jugar al póquer con
tus amigos en el garaje no es como jugar en la Serie Mundial, pues ¿qué es lo
que puede llegar a decir la teoría de los juegos sobre unos jugadores que se
emborrachan y que mienten pésimamente?
Todo esto
no es una demoledora objeción a la teoría de los juegos. Para alcanzar el nivel
altísimo y casi imposible de John von Neumann, sería posible incluir en el
cálculo errores, olvidos, información incorrecta y cualquier otro tipo de
fallos que puedan cometer los jugadores. El inconveniente que se presenta es
que cuantos más errores deben tenerse en cuenta, más complicada y menos útil se
torna la teoría de los juegos. Para el teórico de los juegos siempre resulta
provechoso basarse tanto en la experiencia como en la teoría pura, pues si el
juego se vuelve excesivamente complejo para entenderlo los jugadores, entonces
la teoría prácticamente deja de tener utilidad para fines prácticos, ya que no
nos dice nada sobre lo que las personas harán en realidad.
§. ¡Que
pasen los subastadores!
A finales de 1996, vi a uno de los más destacados teorizadores sobre las
subastas ilustrar —de pasada— este punto en un seminario sobre la aplicación de
la teoría de los juegos a aquéllas. Como parte de su disertación, Paul
Klemperer le quitó sus carteras a dos miembros de la audiencia, contó el dinero
que contenía cada una de ellas y luego se ofreció a vender esa (desconocida)
suma de dinero a cualquiera de las dos víctimas que ofreciera la suma más alta.
Los dos miembros de la audiencia, puestos en semejante apuro, no pudieron
determinar cuál sería la mejor estrategia para pujar en esa subasta.
La
dificultad que se les presentaba a las dos víctimas —y que es un desafío para
los licitadores de la mayoría de las subastas, incluida la de los espectros
radioeléctricos— es que ninguna de ellas conocía el valor del objeto por el
cual pujaban. Claro está que conocían parte de ese valor, pues sabían cuánto
dinero tenían en su propia cartera, pero desconocían el contenido de la cartera
del otro. En una subasta por el espectro radioeléctrico, el problema es
similar: cada licitador posee sus propias predicciones y sus propios planes
tecnológicos, pero, a la vez, sabe que es probable que otros licitadores tengan
visiones diferentes. La estrategia óptima sería sacar ventaja de cualquier
información que fuera revelada por las ofertas de los otros participantes en la
subasta, pero no es sencillo conseguirlo. (En el juego de la cartera, una
solución para cada jugador es continuar pujando hasta alcanzar el doble de la
suma que tiene la cartera propia. El jugador cuya cartera tenga más dinero
ganaría, sin pagar, en ningún caso, menos de la suma. Pujando más agresivamente
se arriesgan a pagar demasiado).
La
incapacidad de los dos atónitos «voluntarios» para determinar cómo realizar la
puja en esa subasta fue más sorprendente porque se trataba de Ken Binmore y
Tilman Börgers, ambos expertos en la teoría de los juegos de las subastas.
Klemperer, Binmore y Börgers estaban a punto de convertirse en miembros del
equipo de académicos que diseñó el mecanismo para la distribución de las
licencias en el Reino Unido de los servicios de telefonía móvil de «tercera
generación» (3G).
Dicho
equipo tenía dos serias dificultades con las cuales debía lidiar. La primera
era evitar ser manipulados por los licitadores tramposos, como les había
sucedido a las autoridades de Estados Unidos. En segundo lugar, incluso si no
pudieran encontrar de inmediato la mejor estrategia para cada una de las
subastas, ¿por qué iban a suponer que un grupo de empresarios actuaría como
predecía la teoría de los juegos? Y si se comportaban de un modo impredecible,
¿quién sabría lo que podría suceder?
John
Maynard Keynes, el economista más influyente del siglo XX, anhelaba que llegara
el día en que los economistas ya no fueran superteóricos, sino, «más bien,
dentistas», a quienes se les consulta para que solucionen los problemas
cotidianos y que den sencillos consejos. La economía no ha llegado a ese punto
todavía, y todo economista que quiera ser sólo la mitad de útil que un dentista
debe atemperar las teorías económicas con fuertes dosis de las duras lecciones
de la vida real: los jugadores hacen trampa, los licitadores cometen errores,
las apariencias importan. Las subastas, al igual que el póquer y el ajedrez, no
siempre se desarrollan del modo previsto por los teóricos.
El
Gobierno de Nueva Zelanda, que subastó el espectro radioeléctrico ya en el año
1990 y que recibió el asesoramiento de algunos economistas que parecían
comprender muy poco la realidad, aprendió esas lecciones a base de cometer
errores. Las subastas se realizaron sin verificar que hubiera algún interés en
ellas por parte de los licitadores, sin precios mínimos y por medio de una
rareza teórica llamada «subasta Vickrey» que los puso en una situación bastante
bochornosa. (Este tipo de subasta se llama así en honor a su inventor, William
Vickrey, ganador del Premio Nobel, quien realizó los primeros avances
importantes en la aplicación de la teoría de los juegos a las subastas).
La
subasta Vickrey es a sobre cerrado y al «segundo precio». «A sobre cerrado»
significa que cada licitador escribe una sola oferta y la deposita en un sobre
cerrado. Cuando se abren los sobres, quien haya realizado la puja más alta
gana. «Al segundo precio» constituye la curiosa regla por la cual el ganador no
paga la suma que ofreció, sino el montante de la segunda puja más alta. El
elegante razonamiento que se esconde detrás de este tipo de subasta es que
ningún licitador cuenta ya con un incentivo para recortar su puja e intentar
tener una ganancia mayor, pues presentar una puja menor afectaría a la
posibilidad que tienen de ganar la subasta, pero no al precio final del objeto
subastado. A un teórico este razonamiento no le resulta extraño en absoluto:
después de todo, en una subasta tradicional en Sotheby’s o Christie’s el precio
también es determinado por la segunda puja más alta, ya que la subasta se
detiene cuando el licitador que realiza la segunda puja más alta se retira.
Tanto para la prensa como para muchos otros, esta subasta Vickrey parecía una
verdadera locura. El problema con este tipo de subastas no es de fondo, sino de
forma: en una subasta convencional nunca nadie descubre cuál es el precio
máximo que el licitador que realiza la puja más alta está dispuesto a pagar,
pero en la subasta Vickrey ese dato se hace público. Con toda razón, los
neozelandeses querían saber por qué un licitador que había ofrecido por una
licencia 100.000 dólares neozelandeses (aproximadamente 72.000 dólares estadounidenses)
sólo debía pagar seis dólares neozelandeses (un poco más de cuatro dólares
estadounidenses) o por qué razón quien había ofrecido siete millones de dólares
neozelandeses (un poco más de cinco millones de dólares estadounidenses) sólo
desembolsó 5.000 dólares neozelandeses (aproximadamente 3.600 dólares
estadounidenses). Estas cifras eran vergonzosas. Los teóricos sabían que, en
promedio, las subastas Vickrey lograban recaudar casi tanto dinero como
cualquier otra subasta, porque al no exigir que se pagara la puja más alta,
incitaban a los licitadores a ofrecer cantidades mayores. Sin embargo, a la
prensa y al público en general no les importó lo que sabían los teóricos: la
cruel realidad es que las subastas Vickrey fueron consideradas como un fracaso
del Gobierno neozelandés.
La teoría
de los juegos puede ayudar a predecir algunos problemas, como la estafa habida
en la subasta en Estados Unidos. Los otros problemas, como el de la reacción
del público neozelandés, sencillamente no aparecen en el análisis teórico. Los
economistas que aspiran a la odontología deben ser minuciosos en su forma de
pensar y aprender de sus errores: los nuevos problemas seguirán descubriéndose
a base de cometerlos.
§. ¿Por
qué recurrir a la subasta?
Cuando el Gobierno del Reino Unido comenzó a considerar el empleo de una
subasta para la venta de los derechos de los espectros radioeléctricos estaba
recurriendo a una audaz medida. Después del éxito inicial, las subastas de
Estados Unidos habían fracasado porque la teoría de los juegos utilizada para
configurarlas era muy limitada. El Gobierno de Nueva Zelanda se había
convertido en motivo de burlas y no fue el único: Australia también había
subastado las licencias televisivas y dejaron muchos resquicios en su
reglamentación, que fueron tan malévolamente explotados que el ministro
responsable fue cesado. Habida cuenta de los riesgos, ¿por qué llegó Gran
Bretaña a considerar incluso la posibilidad de recurrir a una subasta?
Al igual
que el gobierno estadounidense, el del Reino Unido quería vender las licencias
a las empresas que pudieran utilizarlas mejor y, al mismo tiempo, obtener una
suma de dinero. Por supuesto que existía un objetivo añadido implícito: evitar
la vergüenza a burócratas y políticos por igual. Si bien a los contribuyentes
de Nueva Zelanda y a los de Estados Unidos les parecía mejor entregar las
licencias por medio de una subasta que recaudara algo de dinero que entregarlas
por nada, para un político la entrega gratuita de los activos públicos es una
excelente forma de ganar amigos y aliados; por lo tanto, los teóricos de las
subastas debían ofrecer muy buenas razones para llevarlas a cabo.
Y esas
razones se basan en la teoría de los juegos, que demuestra con claridad el
poder de las subastas. Uno de los problemas más difíciles es asegurarse de que
las licencias terminen en buenas manos. Sería un vergonzoso desperdicio de
recursos que, con el reducido número de licencias que existen, éstas terminaran
en manos de timharford.com, una empresa «burbuja» de Internet y que no cuenta
con ninguna experiencia en el aprovechamiento de valiosos activos ni tiene
capacidad para hacerlo. Las licencias deberían ser adjudicadas, por el
contrario, a aquellas empresas que las aprovecharán de tal modo que brindarán
la mejor calidad de servicios al menor coste. Por lo tanto, la competencia
entre los posibles adjudicatarios de las licencias fijará los precios.
Entonces,
¿cuál es la mejor forma de identificar a las empresas más capaces? Una
posibilidad sería sencillamente preguntarles, pero las empresas van a exagerar
sus virtudes o a inventarlas. Algunas de ellas enfatizarán su experiencia,
otras su tecnología punta, pero ¿alguna de ellas dirá la pura verdad? Hablar no
cuesta nada.
Otra
idea, que puede resultar más prometedora, es nombrar a unos expertos en el tema
para que decidan cuáles son las empresas que más merecen las licencias. No
obstante, en el vertiginoso mundo de la telefonía móvil, la mayoría de los
expertos tendría algún interés financiero en una u otra empresa, pues ¿quién
puede ser un experto y estar completamente desvinculado de la industria?
Incluso si se pudiese encontrar un experto que fuera verdaderamente imparcial,
tendría muy poco éxito a la hora de penetrar en los secretos del ramo en
cuestión y juzgar el verdadero potencial de las tecnologías rivales.
La teoría
del juego muestra el modo en que una simple subasta puede superar todas las
complejidades presentes y resolver el problema con elegancia. Para hacerlo
sencillo, imagínate una subasta de una sola licencia parecida a la subasta
convencional, en la cual los licitadores pujan a viva voz con ofertas cada vez
más altas, pero con una diferencia: se presume que todos los que permanecen en
el recinto están dispuestos a pagar el precio más alto vigente en ese momento y
que quienes abandonan la puja deben retirarse de la sala y no volver a entrar.
La teoría de los juegos puede analizar con más facilidad esta subasta, que es
apenas diferente y que, además, refleja con mayor precisión muchas de las
subastas que se utilizan para vender licencias.
Ahora
cada licitador debe juzgar honestamente el valor que tiene la licencia en
cuestión. Cuanto más innovadoras sean sus ideas y menos costosa su tecnología,
más dinero ganará si adquiere la licencia. Por supuesto, ninguna empresa puede
prever a la perfección las ganancias que obtendrá a partir de esa licencia,
pero cada una de ellas se encuentra en mejor posición para determinarlo que
cualquier experto ajeno a la industria.
Una vez
que se inicia la subasta y el precio empieza a subir, los licitadores
comenzarán a retirarse cuando el precio que se pida por la licencia supere el
valor que ellos le adjudicaron. Las primeras empresas en irse serán aquellas
que no confían plenamente en su proyecto de negocio ni en su tecnología. Si el
precio se eleva bastante sin que nadie abandone el recinto, cada uno de los
licitadores se dará cuenta de que los otros confían en la potencialidad del
mercado en su totalidad. (Ésta es la diferencia entre este tipo de subastas y
la subasta convencional que se lleva a cabo en Sotheby’s, en la cual nunca
sabes quién es todavía un licitador potencial y quién es solamente un
espectador). Si algunos de los licitadores se retiran sorprendentemente pronto,
el resto debería advertirlo y revisar sus propias suposiciones, pues la subasta
es un prolijo resumen de la sabiduría de los licitadores en conjunto.
Además,
nadie está en posición de mentir. Hablar no cuesta nada, pero pujar es caro.
Ninguna empresa se retirará si el precio de la licencia es menor que el valor
que estimaron; y ninguna empresa seguirá pujando si el precio sube demasiado.
En un sentido, la subasta es igual al juego de póquer de Von Neumann: como hay
dinero en juego, las pujas tienen que tomarse muy en serio; pero, en otro
sentido, no se parece en absoluto al póquer, porque en la subasta es imposible
tirarse un farol.
La
subasta obliga a que cada licitador diga la verdad sobre su propia estimación
del valor de la licencia; y, al mismo tiempo, transmite la opinión colectiva a
todos los licitadores, de modo tal que puedan ajustar sus propias opiniones
conforme a ella. Más aún, mientras lo hace, recauda dinero.
La teoría
de los juegos también muestra que esta sencilla subasta representa,
generalmente, una forma mucho mejor de generar dinero en efectivo que cualquier
otra opción para negociar una venta. Esto no es algo obvio. Una alternativa
sería que el vendedor organizara una subasta con un precio mínimo establecido
(secreto o no), por debajo del cual no se realizará la venta. Otra opción sería
negociar en secreto con algunos compradores de forma simultánea y mentirles
acerca de cómo estaban yendo las negociaciones con los otros. O el vendedor
podría realizar a los compradores, de uno en uno, una única oferta del tipo «o
lo tomas o lo dejas». O alguna otra cosa. Dado el desconcertante abanico de
posibilidades existentes, ¿cómo puede hacer un vendedor para elegir la forma
más lucrativa de realizar una venta?
La teoría
de los juegos desmenuza este problema hasta llegar al meollo del mismo. A
mediados de la década de 1990, Paul Klemperer y Jeremy Bulow (este último llegó
a ser otro miembro del equipo de diseño de la subasta) publicaron un ensayo en
el que demostraban que si la sencillez de la subasta directa lograba atraer tan
sólo a un licitador serio más, esa franca subasta recaudaría más dinero que
cualquier otra clase de negociación.
Además de
la principal exigencia de que las subastas realmente recauden más dinero, el
ensayo finalmente enfocó la atención de los teóricos de la subasta hacia lo que
debería haber sido obvio: si lo que deseas es tener una subasta con éxito,
debes tener muchos licitadores serios.
§. La
subasta británica en acción
El equipo de diseño de subastas del Reino Unido sin duda alguna utilizó todos
los recursos a su alcance para asegurarse de que los licitadores serios
aparecieran. En marzo del año 2000, la subasta organizada por el Reino Unido
estaba a punto de salir con trece licitadores registrados, que habían abonado
50 millones de libras en concepto de depósito y que estaban conectados a
Internet para presentar sus pujas a distancia. El equipo llevaba, por aquel
entonces, más de un año anunciando la subasta y se había asegurado de que el
Reino Unido fuese la primera nación europea en subastar las licencias de los
teléfonos de tercera generación. El resultado prometía ser una subasta
altamente competitiva.
El equipo
se había concentrado de forma obsesiva en los detalles. Habían testado el
diseño de la subasta utilizando simulaciones por ordenador y a estudiantes
londinenses desempeñando el papel de los ejecutivos de las empresas de
telecomunicaciones. Estudiaron cuidadosamente los términos precisos de la
subasta, para evitar lagunas en la regulación y hasta se reservaron la opción
de poder posponerla si pareciese que algo sospechoso estuviere sucediendo. No
obstante, a pesar de todos estos preparativos, nadie sabía realmente si iba a
funcionar o si sería otra metedura de pata de los economistas.
Se
estableció que la subasta se desarrollaría en pequeñas rondas —con una duración
de media hora, aproximadamente—, durante las cuales los licitadores debían
presentar nuevas pujas o retirarse. Quienes decidían no presentar una puja
válida, esto es, una oferta superior a la más alta hasta entonces realizada,
debían retirarse de la subasta; a cada licitador se le permitía «pasar» tres
veces antes de retirarse definitivamente. Todos los días se llevarían a cabo un
par de rondas: quizá más, una vez que los licitadores llegaran a sentirse
cómodos en el proceso de pujas. Cada una de las rondas sería anunciada
rápidamente en Internet. Esta subasta iba a realizarse ante los ojos del mundo
entero.
Las
expectativas iniciales eran que la subasta recaudara muchísimo dinero: 2.000 o
3.000 millones de libras, lo suficiente como para rebajar un penique del
impuesto sobre la renta anual. Si bien obviamente el equipo todavía estaba
nervioso, estuvieron encantados cuando nueve empresas más se unieron a los
cuatro participantes de renombre ya existentes. Esperaban que fuera todo un
éxito.
El
interés de las nuevas empresas se atribuía en parte al hecho de que eran cinco
las licencias disponibles. En un principio, los ingenieros pensaron que las
ondas de aire podrían albergar cuatro licencias que operarían en longitudes de
onda del espectro radioeléctrico adyacentes y cada una de ellas tendría
cobertura nacional. Sin embargo, con cuatro empresas de reconocido prestigio de
por medio, una subasta para cuatro licencias hubiera tenido como obvias
triunfadoras a aquéllas y los nuevos aspirantes ni se hubiesen molestado en
presentarse tan sólo para salir derrotados. Por ello, los economistas del
proyecto se sintieron muy aliviados cuando los ingenieros descubrieron que
había suficiente espectro radioeléctrico como para otorgar una licencia más.
Esta licencia, llamada «licencia A», se reservó para aquellas empresas nuevas
que en ese momento no operaban en el mercado británico de telefonía móvil.
La idea
de la subasta era que la competencia que se iba a generar por la licencia A
haría subir los precios de las otras cuatro licencias. Cualquier firma que no
estuviera en ese momento en cabeza de la puja por una licencia debía continuar
pujando o retirarse; sin embargo, siempre que las empresas continuaran
presentando ofertas legales, podrían cambiar las pujas de una licencia por otra
distinta. Las firmas, obviamente, escogerían pujar por la licencia que en ese
momento pareciera ofrecer el mayor valor, lo cual significaba que la fuerte
competencia por adquirir la licencia A mantendría «hirviendo a fuego lento», es
decir, a punto de hacer subir la pujar por las otras licencias —cada vez que el
precio de la licencia A superara al del resto, éstas parecerían auténticas
gangas—. Los nuevos participantes se quitarían la venda y desafiarían a las
empresas ya establecidas por las licencias que éstas tenían ya «arregladas»
para sí. Cuando estas últimas empresas subieran el precio, aquellas que
tuvieran menos posibilidades de seguir en carrera con las otras licencias
volverían a volcarse en la puja por la licencia A.
Aunque es
muy complejo explicar una subasta simultánea de cinco acciones, para un
licitador es bastante sencillo comprender cuál es la mejor estrategia a seguir.
Debido a que los licitadores nunca saben cuándo va a finalizar la subasta,
deben asegurarse de que la posición en la que se encuentran les resulta cómoda;
y la mejor estrategia para lograrlo es analizar todas las licencias y presentar
una nueva puja más alta por cualquiera de ellas que parezca ser la más valiosa.
Si en ese momento ninguna de ellas parece tener valor, entonces retirarse es la
jugada correcta. La sencillez de la subasta puede ayudar a explicar la razón
por la que tantas empresas decidieron pujar, pues se trata de una subasta que,
a diferencia de lo que sucede en la Serie Mundial de Póquer o en el juego de la
cartera, está cercana a ser «a prueba de tontos».
Imagínate
que pones a la venta tu casa por medio de una prolongada subasta que continúa
semana tras semana. Has escuchado historias sobre otras subastas y tienes miedo
de que en lugar de obtener los 300.000 dólares que esperas, termines igual que
tu desgraciado vecino: divorciado y sin un centavo. La primera semana es una
agonía, pero lentamente el precio comienza a subir y tu presión arterial
comienza a bajar. Con el tiempo, la puja alcanza los 250.000 dólares y te das
cuenta de que, pase lo que pase, no te va a ir demasiado mal. Unos días más
tarde, la puja llega a los 300.000 dólares y sonríes. De aquí en adelante todo
es ganancia extra; tal vez recibas 310.000 o 320.000 o hasta 350.000 dólares.
¿Quién sabe? Después, el precio sigue trepando. Alcanza los 320.000 dólares.
Sube a 350.000 dólares, 400.000 dólares, 500.000 dólares. ¿Qué está sucediendo?
Apenas puedes creerlo.
Este
vuelco inesperado de los hechos se parece a lo que sucedió en la subasta del
espectro radioeléctrico del Reino Unido, salvo que las ofertas en este último
caso eran diez mil veces más altas: no se trataba de 300.000 libras, sino de
3.000 millones de libras. Durante una semana, la subasta se desarrolló con
tranquilidad; las reglas sobre la puja continua mantenían a un ritmo constante
el aumento de los ingresos totales. Después de, aproximadamente, veinticinco
rondas de pujas, los licitadores se habían comprometido por un montante
alrededor de los 400 millones de libras por cada licencia. Tras cincuenta
rondas, el total quedó establecido en 3.000 millones de libras: la cifra que el
Gobierno había anhelado obtener. (En comparación, los depósitos realizados —aun
cuando habían sido aumentados a 100 millones de libras— comenzaban a verse como
una suma insignificante). Pero algo extraordinario estaba ocurriendo: los
licitadores seguían en la subasta. Las trece empresas seguían realizando
ofertas con regularidad y los precios de las licencias seguían subiendo sin que
hubiera signos de que fueran a ralentizarse.
A medida
que la subasta se desarrollaba, ésta comenzó a despertar el interés de la
prensa. En los diarios, empezaron a salir fotografías del equipo que la había
diseñado. Los periodistas se esforzaban en explicar lo que este equipo había
hecho exactamente, pero todos comenzaron a darse cuenta de que estaba
sucediendo algo sorprendente.
La puja
llegó a la ronda sesenta (ingreso total: 4.000 millones de libras)… setenta
(5.000 millones de libras)… ochenta (7.000 millones de libras). El final de
marzo llegó tal como vino. El precio seguía en aumento.
Los
diseñadores de la subasta guardaban en silencio su opinión respecto a todo
esto, pero, a puerta cerrada, se los veía entusiasmados y nerviosos, a la vez.
Sin embargo, la subasta se estaba transformando en una víctima de su propio
éxito: estaba durando demasiado. El mercado bursátil de Estados Unidos era un
auténtico manojo de nervios: ¿qué sucedería si una caída estrepitosa en ese
mercado se extendiera por todo el Reino Unido, destruyera la confianza de los
licitadores e hiciera que la subasta se detuviera de golpe? El depósito de 100
millones de libras parecía, de pronto, muy pequeño. Tal vez los licitadores se
retirarían sin más. ¿Quizá debería acelerarse la puja? Al final resultó que no
había por qué preocuparse.
La mañana
del 3 de abril, casi un mes después de que se presentara la primera oferta,
cuando ya se habían recaudado más de 10.000 millones de libras (200 libras, o
casi 400 dólares, por habitante en el Reino Unido), finalmente algo sucedió.
Cuando la ronda noventa y cuatro había terminado, se anunció que uno de los
licitadores, Crescent, se había retirado. A partir de ese momento, el curso de
la subasta comenzó a cambiar rápidamente. Esa misma tarde, en la ronda noventa
y cinco, un segundo licitador, el consorcio de empresas 3G-UK, también se
retiró. A la mañana siguiente, en la ronda noventa y siete, un tercer
licitador, Spectrum, se fue. Algunos de los otros licitadores comenzaron a
hacer tiempo, por medio de la utilización de su derecho a abstenerse, y de esa
manera seguir en carrera, pero sin aumentar su oferta. En la ronda noventa y
ocho, Epsilon se retiró. Al día siguiente, durante el mediodía del 5 de abril,
One-Tel abandonó la subasta.
Después
de noventa y tres rondas de puja sin que ninguna empresa se retirara, la
subasta había perdido a cinco de los licitadores en ocho rondas habidas en el
curso de tres días. Ahora, sólo restaban ocho. ¿Por qué razón la subasta había
empezado a tambalearse tan repentinamente? Tal vez se trataba de una cuestión
de orgullo: nadie había querido ser el primero en retirarse, pero una vez que
Crescent lo hizo, otros que habían esperado la oportunidad de hacerlo también
lo siguieron rápidamente.
Los
teóricos del juego tienen otra explicación: los licitadores, por medio de las
ofertas de los demás, determinaron el valor probable de las licencias de los
servicios de 3G. Ésta era una de las ventajas del diseño transparente de la
subasta. Otro tipo de subasta que generalmente se utiliza y que podría haberse
aplicado en este caso es la subasta a «sobre cerrado», en la que todos los
licitadores entregan un sobre que contiene una única oferta. No obstante, ese
tipo de subasta habría mantenido oculto para todos los licitadores el valor
probable de las licencias y, posiblemente, hubiera llevado a que las ofertas
fueran mucho más conservadoras y que el resultado fuera mucho menos rentable
para el Gobierno. En cambio, con una subasta abierta, aun cuando la puja
llegara a un nivel mucho más alto de lo que cualquiera hubiera imaginado, cada
licitador podría ver que sus doce competidores estaban realizando ofertas tan
grandes como las propias y que compartía con ellos esa confianza en que las
licencias bien lo valdrían. Cada empresa poseía su propio plan de negocios, sus
propios socios tecnológicos y sus propias previsiones de ventas. Todas éstas
eran meras especulaciones, pero la transparente subasta acumulaba todas las
señales de la existencia de cada uno de estos planes y ponía esa información a
disposición de todos los licitadores. (La subasta también puso a disposición
del Gobierno esa misma información y, al mismo tiempo, recaudó unos ingresos
sobre esa base. Muy ingenioso).
La
retirada de Crescent envió un mensaje a los otros licitadores: la empresa creía
que las licencias no merecían una oferta más elevada. Al tomar en cuenta las
dudas experimentadas por Crescent, otros licitadores que también dudaban
optaron por abandonar. Crescent desató un efecto dominó: cada nuevo abandono
reforzaba la noticia de que la puja estaba llegando demasiado lejos.
Evidentemente,
las empresas que se retiraban sólo estaban siguiendo al rebaño, pero recuerda
que los rebaños tienen buenas razones para mantenerse unidos. Esta subasta
transparente fue diseñada para difundir la información, de forma tal que era
muy poco sorprendente que los licitadores analizaran los mismos hechos y
llegaran a la misma conclusión.
La
subasta había contemplado una estampida de abandonos, pero estaba lejos de
terminarse. A mediados de abril, la recaudación total había superado los 29.000
millones de libras. Los beneficios para el Estado eran casi suficientes para
reducir a la mitad el tipo básico del impuesto sobre la renta por un año. Lo
que sucedió, en realidad, es que un ministro británico, Gordon Brown, emprendió
una generosa serie de gastos en el período preelectoral sin recurrir a un gran
aumento de los impuestos o a ningún tipo de crédito. Se le brindó un
enorme free lunch[1] al
público británico en general, cortesía del boom de las
empresas de telecomunicaciones y de la meticulosa determinación de los
diseñadores de la subasta a aprovechar ese fenómeno.
Los
últimos tres abandonos se produjeron gradualmente durante el mes de abril.
Justo después de la hora del desayuno del 27 de abril, NTL Mobile anunció que
se retiraría y, de pronto, cesó todo el entusiasmo. Una empresa llamada TIW
pagó 4.384.700.000 de libras por la licencia A y se convirtió en el nuevo
nombre de la telefonía móvil. Vodafone había ganado su sangrienta lucha contra
British Telecom y, por un precio de casi 6.000 millones de libras, era la
orgullosa adjudicataria de la licencia B. British Telecom se quedó con una
licencia más pequeña. La subasta alcanzó los 22.500 millones de libras y, al
lograrlo, se convirtió en la subasta más grande de la Historia moderna.
Si
hubieras vendido tu casa de 300.000 dólares en una subasta que, al igual que
ésta, hubiese superado tus expectativas con el transcurso del tiempo, hubieras,
finalmente, cerrado el trato por 2,25 millones de dólares y tendrías que
haberte pellizcado a la mañana siguiente para comprobar que no estabas soñando.
§.
Recuerda: la fuerza surge de la escasez
Los detractores de las subastas suponían que, debido a que las empresas de
telecomunicaciones habían pagado tanto por las licencias, a su vez éstas les
cobrarían a los clientes precios muy altos por el servicio de telefonía móvil
de tercera generación —3G—, pero ¿perjudicaron las subastas a los servicios de
3G? Piensa en la siguiente frase:
Si las
licencias de los servicios de 3G son muy caras, entonces las empresas cobrarán
más dinero a sus clientes.
Parece
convincente, pero piensa por un momento como un economista: si las licencias de
los servicios de 3G son muy baratas, ¿las empresas les cobrarán menos a los
clientes? ¿Qué sucedería si el Gobierno entregara las licencias de forma
gratuita? ¿Las empresas no les cobrarían nada, entonces, a los clientes? ¿Y si
el Gobierno pagara a las empresas de telecomunicaciones para que le quitaran de
las manos las licencias? ¿Le darían, por ello, estas empresas a cada cliente un
plus de dinero en efectivo junto con el servicio de telefonía móvil gratuito?
Más
atrás, en los capítulos 1 y 2, aprendimos que las empresas cobrarán el máximo
posible, bajo cualquier circunstancia. También sabemos que su capacidad para
hacerlo así tiene su límite en su propio poder de la escasez.
Para el
Reino Unido, el crucial factor determinante es que existen cinco licencias. Y
ese número es suficientemente pequeño como para darle a cada empresa bastante
poder de la escasez para poder cobrar precios bien altos. Si sólo estuviesen
disponibles dos licencias, entonces el poder de la escasez sería mayor y los
precios serían más altos. Si estuvieran disponibles veinte licencias, el poder
de la escasez sería menor y los precios serían más bajos. Es el poder de la
escasez (y no el precio de las licencias) el que determina el precio para los
clientes.
En el
caso del Reino Unido, la escasez se sustentaba en cantidad de espectro
radioeléctrico disponible: cinco licencias era lo máximo que podían ofrecer los
técnicos. Para el cliente no tiene ninguna importancia cuánto costó la
licencia, pero sí la tiene para los contribuyentes (a quienes les gustaría que
el Estado obtuviera muchísimo dinero por ese valioso recurso público) y para
los poseedores de acciones de la empresa en cuestión (a los que les gustaría
que la empresa se desprendiese de la menor cantidad de dinero posible).
§. La
resaca
En el capítulo anterior hemos visto todo lo concerniente al crac del mercado
bursátil, el cual (en retrospectiva) comenzó a desvelarse durante el ciclo de
subastas europeas de los servicios de 3G. Las empresas de telecomunicaciones
estaban entre las que más sufrieron y sus dificultades han sido ampliamente
difundidas. Sólo en Europa, estas empresas perdieron 700.000 millones de
dólares en el mercado de valores, durante los dos años y medio siguientes a la
primera subasta de los servicios de 3G.
Muchos
han culpado a las subastas de los males que estas empresas tuvieron que
padecer, argumentando que el equipo de diseño del Reino Unido, lejos de haber
sido inteligente por recaudar tanto dinero, absurdamente dejó incapacitada a la
industria, al exigirle sumas tan grandes. Menos difusión se le dio al hecho de
que las empresas que sufrieron los mayores daños no fueron las que obtuvieron
las licencias de los servicios de 3G, sino que se trata de empresas
estadounidenses que no participaron en las subastas europeas o de empresas
operadoras de televisión por cable aquejadas de problemas, como es el caso de
NTL y Telewest, que se retiraron de la subasta de los 3G sin haber gastado nada
en absoluto. Quienes se hicieron con las licencias, como, por ejemplo, Vodafone,
continúan siendo empresas de éxito, tal vez más apesadumbradas y más prudentes
después de la «burbuja» de las telecomunicaciones, pero todavía perfectamente
viables.
Los
ejecutivos de las empresas de telecomunicaciones pueden maldecir las subastas
británicas, puesto que todavía el sistema 3G debe probar su valor comercial y
se ve amenazado por ciertos competidores, como la tecnología Wi-Fi, pero el
público en general debería festejarlas. Todas las empresas que participaron en
las subastas estaban convencidas de que las licencias de los servicios de 3G
ofrecían un inmenso valor de escasez y fueron estas subastas las que aseguraron
de forma exitosa un precio justo para semejante valor aparente. Los sucesores
de John von Neumann utilizaron la teoría de los juegos para lograr uno de los
triunfos políticos más espectaculares, aunque controvertidos, que los
economistas hayan visto jamás. Los hombres que no conocían el «valor de nada»
habían demostrado que los economistas, al igual que los dentistas, finalmente
podían ganarse su sustento.
Capítulo
8
Por qué los países pobres son pobres
Contenido:
§. La
pieza que falta en el rompecabezas
§. Una teoría sobre el bandidaje gubernamental
§. Bandidos, bandidos por todas partes
§. Las instituciones importan
§. La peor biblioteca del mundo
§. La trama se hace más densa: los incentivos y el desarrollo en Nepal
§. ¿Existe una oportunidad para el desarrollo?
Douala es
llamada «la axila de África». La descripción es perfecta. Ubicada exactamente
debajo del protuberante hombro del oeste de África, la ciudad de Douala,
azotada por la malaria, es húmeda, nada atractiva, y apesta. Pero si vives en
Camerún, Douala es donde transcurre la acción. Camerún es realmente un país muy
pobre; el camerunés promedio es ocho veces más pobre que el ciudadano promedio
del mundo y casi cincuenta veces más pobre que el estadounidense medio. A
finales del año 2001, me dirigí a Douala a averiguar por qué esto era así.
No estoy
seguro de quién fue el primero en ponerle el mote de «axila», pero no me
sorprendería que se tratara del ministro de Turismo de Camerún. Todos sabemos
que, en la mayoría de los países, el ministro de Defensa es el
encargado de atacar a las demás naciones y que el ministro de Trabajo capitanea
la fila de desempleados. En Camerún, el ministro de Turismo practica
esa noble tradición: su trabajo es intentar que los turistas desistan de entrar
a su país.
Un colega
me había advertido de que la embajada camerunesa en Londres iba a ponerme
tantos obstáculos que tendría que ir a París para obtener mi visado de turista.
Finalmente, no tuve tantos problemas, porque tenía un contacto interno: un
amigo de Camerún pagó el equivalente al sueldo de media jornada laboral y me
consiguió un sello oficial de entrada. Provisto de este sello oficial, pagué
otros cinco días de la jornada laboral de un camerunés para obtener el visado,
en lo que fue un proceso que exigió tres viajes a la embajada y cierto grado de
humillación. Da la casualidad de que ni mis compañeros ni yo nos encontramos
con muchos turistas durante las tres semanas que estuvimos en Camerún.
Sin
embargo, no quiero darle demasiado crédito al ministro de Turismo. Desalentar
la entrada de turistas es un verdadero trabajo de equipo. De acuerdo con la
organización Transparencia Internacional, Camerún es uno de los países más
corruptos del mundo. En 1999, fue el país sondeado con mayor nivel de
corrupción. Cuando lo visité en el año 2001, era el quinto país más corrupto
(una mejora que había sido muy celebrada por el Gobierno). Un momento de
reflexión debería indicarnos que ganarse el título de «país más corrupto del
mundo» exige cierto esfuerzo. Ya que Transparencia Internacional clasifica a
los países sobre la base del nivel de corrupción percibido internacionalmente,
una estrategia ganadora para lograrlo es concentrarse en sacarles sobornos a
los empresarios extranjeros que se encuentran, por ejemplo, en el aeropuerto.
Sin embargo, las autoridades camerunesas se han dispersado demasiado, pues
Camerún es extremadamente corrupto a todos los niveles y no sólo se dedica a
los extranjeros. Tal vez sea esta falta de un eje central el causante de que se
cayera de la cima del ranking.
Esto no
quiere decir que el aeropuerto internacional de Douala funcione como una
máquina bien engrasada. Lejos está de ser así: es un lugar caótico y húmedo,
donde es necesario abrirse camino a la fuerza en medio de una muchedumbre
compacta, a pesar de que el lugar sólo opera con tres o cuatro vuelos diarios.
Afortunadamente, en una tarde tórrida, fuimos guiados hacia la salida por mi
amigo Andrew y su chófer, Sam, quien nos hubiera llevado prontamente a Buea,
una ciudad más fresca sobre la ladera de una colina, si Douala permitiera de
algún modo el traslado rápido a cualquier lugar. No es así. Douala, una ciudad
de dos millones de habitantes, no tiene verdaderas vías de circulación.
Una calle
típica en Douala tiene alrededor de cuarenta y cinco metros de ancho, de una
casucha a la otra. Y no es que se requiera ese espacio para un bulevar con
árboles, sino que las calles están atestadas de vendedores callejeros, sentados
con el cuerpo encorvado, detrás de una bandeja de cacahuetes o de una
improvisada barbacoa de plátanos, y llenas de pequeños grupos de personas que
permanecen de pie alrededor de una motocicleta o beben cerveza o vino de
palmera, o cocinan algo sobre una pequeña fogata. Las pilas de escombros y los
inmensos agujeros indican que allí se encuentra una obra en construcción o un
trabajo de demolición sin terminar. A lo largo del centro de la calle hay una
hilera de baches, en lo que veinte años atrás había sido un camino. Por esa
arteria de salida circulan cuatro hileras de tráfico, compuestas mayormente por
taxis. Las filas exteriores generalmente están integradas por taxis inmóviles,
o casi inmóviles, que se dedican a recoger pasajeros, mientras que los taxis de
las filas interiores zigzaguean esquivando los baches y a otros coches, con la
misma imprevisibilidad que las bolas en un bombo de lotería. No hay reglas
rígidas ni fijas. Algunas veces, un taxi que circula por el arcén, con exceso
de pasajeros, da un bandazo y se arroja al tráfico en el interior, que circula
a trompicones, pues a menudo la carretera tiene más baches que el arcén. El
ruido es tremendo, no sólo porque parece que en Douala cada hombre, mujer o
niño lleva un radiocasete portátil con el volumen al máximo, sino porque el
claxon del coche se ha convertido en un instrumento de comunicación universal.
He aquí algunas de las frases más comunes que descubrí:
Piiii:
«No me ves, pero tengo asientos libres en mi taxi».
Piiii:
«Te veo, pero no tengo asientos libres en mi taxi».
Piiii:
«No puedo llevarte, pues voy hacia otra dirección».
Piiii:
«Puedo llevarte… ¡entra!».
Piiii:
«Enseguida voy a dar un volantazo para esquivar un bache y te voy a pasar por
encima. ¡Muévete!».
Douala
solía tener autobuses, pero ya no pueden sobrellevar tan deterioradas vías. Por
lo tanto, sólo quedan los taxis; y éstos son viejos y maltratados Toyotas, que
llevan cuatro pasajeros en la parte de atrás y tres en la de adelante. Están
pintados del amarillo de los taxis de Nueva York y cada uno de ellos cuenta con
un original eslogan, por ejemplo: «Dios es grandioso», «En Dios confiamos»,
«Dios me da energía», u «Hombre del Señor».
Nadie que
contemple el espectáculo de las calles de Douala puede llegar a concluir que
Camerún es pobre debido a la falta de espíritu emprendedor. Sin embargo, es
pobre y cada vez se vuelve más pobre. ¿Hay algo que pueda hacerse para
trastocar el deterioro de ese país y ayudar a que, en cambio, se transforme en
un país más rico? No es una pregunta sencilla. Como lo expresó Robert Lucas,
ganador del Premio Nobel:
Las
consecuencias que, para el bienestar de la humanidad, entrañan preguntas como
ésta son sorprendentes: una vez que uno comienza a pensar en ellas, es difícil
concentrarse en cualquier otra cosa.
§. La
pieza que falta en el rompecabezas
Los economistas solían creer que el bienestar económico surgía de una
combinación de «recursos generados por el hombre» (caminos, fábricas, máquinas,
sistemas telefónicos), de «recursos humanos» (esfuerzo bajo y educación) y de
«recursos tecnológicos» (conocimientos y experiencia o sencillamente
maquinarias de alta tecnología). Entonces, como es obvio, al invertir su dinero
en recursos físicos y mejorar los recursos humanos y tecnológicos, por medio de
la educación y de los programas de transferencia tecnológica, los países pobres
se convirtieron en países ricos.
¿Qué
tiene de malo este cuadro? Hasta aquí, nada. La educación, las fábricas, la
infraestructura y el conocimiento técnico, en verdad, abundan en los países
ricos y escasean gravemente en los países pobres. Sin embargo, este cuadro está
incompleto: es un rompecabezas al que le falta la pieza más importante.
La
primera pista de que algo falla en la descripción tradicional de los hechos es
la idea implícita de que los países pobres deberían haberse puesto al nivel de
los países ricos alrededor del último siglo, y que cuanto más lejos están de
hacerlo, más rápido deberían lograrlo. Los países pobres deberían alcanzar con
rapidez a los países ricos debido a que en un país con muy poca infraestructura
o educación, las nuevas inversiones producen las recompensas mayores. Los
países ricos no obtienen mucho beneficio de una mayor inversión: a esto se le
llama «rendimientos decrecientes». Por ejemplo, unas pocas carreteras en un
país pobre pueden abrir nuevas áreas para el comercio; en un país rico, unas
pocas carreteras más sólo alivian un poco la congestión viaria. Los primeros
teléfonos en un país pobre tienen gran importancia; en un país rico, los
teléfonos son usados por los niños en edad escolar durante las clases para
enviarse mensajes de texto. Un poco más de educación en un país pobre puede
marcar completamente la diferencia; en un país rico, quienes poseen título
universitario a menudo no encuentran trabajo. Y, por supuesto, debería ser
mucho más sencillo para un país pobre copiar la tecnología existente que para
un país rico inventarla: los ciudadanos de Douala pueden disfrutar de los taxis
sin tener que esperar que un Gottlieb Daimler camerunés reinvente el motor de
combustión interna.
Cuando
observas lugares como Taiwán, Corea del Sur o China, que han duplicado su renta
en tan sólo una década, o más rápido aún, esta teoría de la «igualación rápida»
—catch-up— parece razonable. No obstante, hay muchos países pobres que
no están creciendo a mayor velocidad que los ricos; de hecho, están creciendo
más despacio o incluso, como es el caso de Camerún, se están haciendo cada vez
más pobres. Con el fin de enmendar la descripción tradicional de los hechos,
los economistas combinaron el modelo de los «rendimientos decrecientes» con
otro modelo que tiene en cuenta además el de los «rendimientos crecientes».
Esta nueva teoría afirma que, a veces, cuanto más tienes, más rápido creces:
los teléfonos sirven si otras personas también los tienen; las carreteras son
útiles si todos tienen coche; es más sencillo inventar nueva tecnología si ya
has inventado con frecuencia otras en el pasado.
Esta
nueva interpretación de los hechos explicaría la razón por la cual los países
ricos siguen siendo ricos y los países pobres cada vez se retrasan más, pero no
explica cómo es posible que lugares como China, Taiwán y Corea del Sur —sin
mencionar a Botsuana, Chile, India, Mauricio y Singapur— estén avanzando en ese
camino de igualación. Estos dinámicos territorios, y no Japón, Estados Unidos o
Suiza, se han convertido en las economías con el crecimiento más veloz del
planeta. Cincuenta años atrás, estaban sumidos en la pobreza —sin recursos
generados por el hombre, ni humanos, ni técnicos y, a veces, ni siquiera
recursos naturales—, pero desde entonces se han vuelto mucho más ricos. Por el
camino han mejorado en educación, tecnología e infraestructura.
¿Y por
qué no habría de ser así? Ya que la tecnología está tan ampliamente disponible
y es cada vez más barata, ese comportamiento es el que los economistas
realmente deberían prever para cada uno de los países en desarrollo. En un
mundo de rendimientos decrecientes, los países más pobres obtienen el mayor
beneficio de las nuevas tecnologías, la infraestructura y la educación. Corea
del Sur, por ejemplo, adquirió la tecnología al fomentar la inversión de
empresas extranjeras o al pagar las licencias de explotación de diversas
patentes. No fue gratis: además de pagar las licencias, las ganancias generadas
por las empresas inversoras eran enviadas de vuelta a su país de origen. Con
todo, las ganancias para los trabajadores y los inversores coreanos, en términos
de crecimiento económico, fueron cincuenta veces superiores al importe de las
licencias y al total de las ganancias que salieron del país.
En cuanto
a la educación y a la infraestructura, como los rendimientos parecen ser muy
altos, no deberían escasear los inversores deseosos de financiar proyectos de
infraestructura o de prestarles dinero a los estudiantes o a los propios
Estados que brindan educación gratuita. Los bancos, tanto nacionales como
extranjeros, deberían estar haciendo cola para prestar dinero para la educación
de los ciudadanos o la construcción de una nueva carretera o de una nueva
central eléctrica. A su vez, los pobres, o los países pobres, deberían sentirse
felices por poder recibir dichos créditos y confiar en que el rendimiento de
las inversiones sea tan alto que no será difícil su amortización. Aun si por
algún motivo esto no ocurriera así, el Banco Mundial, fundado tras la Segunda
Guerra Mundial con el fin expreso de suministrar créditos para la
reconstrucción y desarrollo de los países, presta miles de millones de dólares
cada año a los países en vías de desarrollo. Claramente, el problema no es la
falta de dinero para inversiones: o no se están llevando a cabo las inversiones
o éstas no están generando los rendimientos previstos por los modelos
tradicionales.
Hasta el
modelo de los «rendimientos crecientes» sugiere que para los países pobres
debería ser posible enriquecerse, siempre y cuando puedan hacer, de una sola
vez, muchas inversiones complementarias —como, por ejemplo, fábricas,
carreteras, tendidos eléctricos y puertos—, para de este modo permitir la
producción y exportación de los productos. Esta teoría del «fuerte impulso» —big
push— de las inversiones fue propuesta por el economista Paul
Rosenstein-Rodan, que pasó algún tiempo en los primeros años de existencia del
Banco Mundial. Ya sea a través de un fuerte impulso o cualquier otro medio,
muchos países pobres han logrado crecer rápidamente en las últimas décadas; así
pues, ¿por qué se han quedado atrás tantos otros?
§. Una
teoría sobre el bandidaje gubernamental
Mientras nuestro coche rebotaba lentamente y daba bandazos por entre la
muchedumbre, traté de entender todo esto preguntándole a Sam, el conductor,
acerca de Camerún.
—Sam,
¿cuándo fue la última vez que arreglaron las carreteras?
—Las
carreteras llevan sin arreglar diecinueve años.(El presidente Paul Biya llegó
al poder en noviembre del año 1982 y, para cuando visité Camerún, llevaba ya
diecinueve años en el cargo. Cuatro años más tarde, en el año 2005, todavía
sigue en el poder. Hace poco describió a sus oponentes como «aficionados
políticos». Sin duda, les falta práctica).
— ¿La
gente no se queja de las carreteras?
—Se
queja, pero no se hace nada. El Gobierno nos dice que no hay dinero, pero hay
mucho dinero. Viene del Banco Central, de Francia, de Gran Bretaña y de Estados
Unidos, pero se lo guardan en el bolsillo y no lo gastan en carreteras.
— ¿Se
celebran elecciones en Camerún?
— ¡Sí!
Hay elecciones. El presidente Biya siempre es reelegido con una mayoría del
noventa por ciento.
— ¿El
noventa por ciento de las personas vota al presidente Biya?
—No, no
es así. Es muy impopular, pero incluso así sale una mayoría del noventa por
ciento.
No hace
falta que te quedes demasiado tiempo en Camerún para que descubras cuán
resentida está la gente con el Gobierno. Gran parte de las actividades
gubernamentales parecen estar diseñadas expresamente para robarles el dinero a
los cameruneses. Me advirtieron de una forma tan cruda sobre la corrupción
gubernamental y la posibilidad de que los funcionarios del aeropuerto trataran
de quitarme el montón de francos que llevaba conmigo que estaba más nervioso
por eso que por el riesgo de contraer malaria o de que me atracaran a punta de
pistola en las callejuelas de Douala.
Muchas
personas tienen una visión optimista acerca de los políticos y los funcionarios
públicos: piensan que todos están al servicio del pueblo y que hacen lo que es
mejor para los intereses del país. Otros son más cínicos y sugieren que muchos
políticos son incompetentes y que, con frecuencia, sacrifican el interés
público en aras de sus propias oportunidades de ser reelegidos.
Un
economista llamado Mancur Olson propuso un supuesto de trabajo según el cual
las motivaciones de los Gobiernos son más turbias todavía y elaboró una notable
y sencilla teoría sobre las razones por las cuales una dictadura estable
debería ser peor para el crecimiento económico que una democracia, aunque mejor
que una anarquía. Olson suponía que los Gobiernos eran simplemente bandidos:
gente con las armas más grandes y que siempre aparecen y se llevan todo. Ése es
el punto de partida de su análisis, que no tendrás problemas en aceptar si,
estando en Camerún, dedicas cinco minutos a observar a tu alrededor. Como dijo
Sam, «hay mucho dinero…, pero se lo guardan en el bolsillo».
Así pues,
imagínate a un dictador cuyo mandato dura una semana: sin duda, un bandido con
un ejército errante que entra arrasando toma todo lo que desea y luego se va.
Suponiendo que no sea ni malévolo ni bondadoso, sino que sólo sea egoísta, ¿qué
incentivo tiene para dejar algo? La respuesta es que no tiene ninguno… a menos
que planee volver al año siguiente.
En
cambio, imagínate que a este bandido nómada le agrada el clima de un cierto
lugar y decide establecerse, construyendo un palacio y animando a su ejército a
que se aproveche de los residentes de ese lugar. Aunque es terriblemente
injusto, es probable que los residentes estén mucho mejor ahora que el dictador
ha decidido quedarse. Un dictador puramente egoísta se dará cuenta de que no
puede destruir la economía de ese lugar ni matar de hambre a su gente si planea
quedarse allí, pues de esa forma agotaría todos los recursos disponibles y no
tendría nada para robar al año siguiente. Por lo tanto, es preferible un
dictador que reclame su derecho a poseer una determinada tierra a uno que se
mueve constantemente en busca de nuevas víctimas a quien robar.
Aunque
pueda parecer que no guarda ninguna relación, la biología ofrece aquí un
arquetipo muy útil para el economista político: los virus y las bacterias
tienden a ser mucho menos virulentos con el transcurso del tiempo, pues las
cepas más dañinas mueren rápidamente. Cuando por primera vez se registró un
caso de sífilis en Europa, a finales del siglo XV, se la describió como una
enfermedad extremadamente agresiva que mataba con rapidez a quien la padeciera.
Ésta no es una atroz estrategia exitosa: es mucho mejor ser un virus que
permita la supervivencia de las víctimas a las que ataca, por lo menos por un
corto tiempo, y de ese modo propagar la enfermedad. Por lo tanto, las cepas
mutantes de la sífilis que mataban a sus víctimas con mucha menos rapidez resultaron
ser mucho más «exitosas» y duraderas que las cepas más virulentas.
Ciertamente,
la idea de la evolución de las enfermedades se quedó grabada en mi mente
mientras pensaba en el presidente Biya. No puedo confirmar que se adecua a la
descripción del dictador egoísta propuesta por Olson; pero, si lo fuera, no le
convendría quitarle demasiado a los cameruneses, pues no quedaría nada que
robarles al año siguiente. Mientras se sienta seguro en su puesto, no querrá
matar a la gallina de los huevos de oro. Al igual que una enfermedad cuya
existencia depende de los cuerpos a los que afecta, Biya debería haber
mantenido a la economía camerunesa en funcionamiento, para así poder seguir
robando. Esta idea sugiere que un líder que espera, con seguridad, estar en el
poder durante veinte años hará más por revitalizar la economía que uno que
espera dejar el país tras veinte semanas. Probablemente, sean mejores veinte
años de un «dictador elegido» que veinte años de golpes de Estado uno tras
otro. ¿¡Larga vida al presidente Biya!?
Esto no
quiere decir que la teoría de Mancur Olson prediga que los dictadores estables
vayan a hacer cosas buenas por su país, sino que sencillamente van a perjudicar
menos a la economía que los inestables. No obstante, los líderes como Biya, que
confían en que siempre ganarán las elecciones, son muy perjudiciales para el
pueblo y la economía de esos países. Siguiendo con el supuesto simplificador de
que Biya posee el control absoluto sobre la distribución de la renta en
Camerún, aquél podría decidir todos los años robar, digamos, la mitad de ella,
en forma de «impuesto» que vaya directamente a su cuenta bancaria. Algo así
sería muy perjudicial para las víctimas de ese comportamiento, pero también
para el crecimiento a largo plazo de Camerún. Piensa en un pequeño empresario
que está considerando invertir 1.000 dólares en un nuevo generador eléctrico
para su taller. Espera que esa inversión le genere unos rendimientos de 100
dólares anuales. Eso representa un 10% de la inversión, un rendimiento bastante
bueno. Sin embargo, como Biya podría llevarse la mitad de ello, el rendimiento
cae a un mucho menos atractivo 5%. El empresario decide, después de todo, no
hacer la inversión y pierde esa oportunidad: al igual que lo hace Biya. Éste es
un ejemplo de un caso extremo del fenómeno que descubrimos en el capítulo 3:
los impuestos generan ineficiencia. Los impuestos de Biya son más arbitrarios y
altos, pero el efecto fundamental sobre la economía es de similar naturaleza.
Evidentemente,
Biya podría realizar sus propias inversiones; por ejemplo, para fomentar el
comercio podría proveer de caminos y de puentes al país. Si bien esto tendría
un costo elevado a corto plazo, ayudaría a la economía a prosperar y le
aseguraría a Biya nuevas oportunidades para robar en el futuro. Sin embargo, la
misma otra cara de la moneda se aplicaría aquí: Biya estaría robando únicamente
la mitad de los beneficios, es decir, no lo suficiente como para alentarlo a
suministrar la infraestructura que Camerún requiere. Cuando Biya llegó al poder
en 1982, heredó las carreteras de la época colonial que todavía no se habían
desmoronado completamente. Si hubiese heredado un país sin ninguna
infraestructura, le habría convenido generarla hasta cierto grado; pero como
dicha infraestructura ya estaba creada, Biya debió calcular si valía la pena
tratar de conservarla o si, sencillamente, podía vivir a costa del legado del
pasado. Es probable que en 1982 pensara que los caminos se mantendrían hasta
1990, que era el plazo más largo de tiempo razonable que esperaba mantener las
riendas del poder. Así que decidió vivir a expensas del capital del pasado y
jamás se preocupó por invertir en ningún tipo de infraestructura para su
pueblo. Mientras fuera suficiente lo que ya existía hasta que transcurriese su
mandato, ¿por qué iba a molestarse en gastar un dinero que, en caso contrario,
podía ir directamente a su personal fondo de pensiones?
¿Estoy
siendo injusto con el presidente Biya? Quizá un poco. En las elecciones del año
2004, que se llevaron a cabo después de mi visita a Camerún, Biya obtuvo el 75%
de los votos, en una elección que para muchos observadores fue, por lo menos,
moderadamente limpia. De acuerdo con la teoría de Olson, un líder que necesite
obtener un apoyo a sus políticas mucho más amplio deberá gastar más ingresos
del Gobierno en bienes y servicios generadores de riqueza, como carreteras y
tribunales, y menos para su propio provecho o el de sus compinches.
El hecho de que Biya no haya cumplido con eso, pero siga en su puesto,
despierta dos inquietudes. La primera: ¿es posible que las elecciones no fueran
tan democráticas como concluyeron algunos observadores?; y la segunda: ¿podría
Biya suministrar bienes y servicios creadores de riqueza que ayudaran a la
creación de riquezas si así lo quisiera?
§.
Bandidos, bandidos por todas partes
Tal vez Biya no tenga tanto control como pareciera en principio. Si quieres
viajar de la ciudad de Buea a Bamenda, más al norte, la forma más común de
hacerlo es en autobús; los microbuses recorren todas las rutas de larga
distancia de Camerún. Si bien está diseñado para que diez personas viajen
cómodamente sentadas, el microbús partirá en cuanto hayan subido y pagado sus
billetes trece pasajeros. Vale la pena luchar por obtener el relativamente
espacioso asiento que se encuentra al lado del conductor. Estos vehículos son
viejos cacharros, pero el sistema funciona bastante bien.
Funcionaría
muchísimo mejor si no fuera por la maligna influencia del Gobierno. A veces, el
problema es, simplemente, negligencia. Por ejemplo, la ruta más rápida para ir
de Buea a Bamenda, aunque, desde luego, no la más directa, es atravesar la
parte de Camerún de habla francesa, que tiene mejores caminos. Sólo hay que
conducir dos horas hacia el este, dos hacia el norte y luego cuatro hacia el
oeste. Es mucho más rápido que dirigirse directamente hacia el norte por los
espantosos caminos de la región de habla inglesa del país. El Gobierno de Biya
tiende a ignorar los intereses de las, políticamente carentes de poder,
regiones de habla inglesa. Esta minoría se queja de que cuando los donantes
financiaron la construcción de la carretera de circunvalación del país, el
Gobierno sólo les envió los recibos, pero nunca se preocupó de construir la
parte inglesa.
El
segundo obstáculo, literalmente hablando, lo constituyen los múltiples
controles policiales de carretera. Intimidantes gendarmes, a menudo ebrios,
paran a todos los microbuses y hacen todo lo que pueden por sobornar a los
pasajeros. Por lo general, no lo logran; pero, de cuando en cuando, se empeñan
en conseguirlo. En una ocasión, a mi amigo Andrew lo arrastraron fuera del
autobús y lo hostigaron durante varias horas. En ese momento, el pretexto para
sobornarlo era que mi amigo no poseía el certificado de «libre de fiebre
amarilla», que se necesita para entrar al país, pero no para viajar en autobús
dentro de él. Con paciencia, el gendarme le explicó que Camerún debía
protegerse de esa enfermedad. Finalmente, el precio de dos cervezas lo
convencieron de que la epidemia había sido prevenida y Andrew tomó el autobús
siguiente, tres horas más tarde.
Esta
situación es aún menos eficiente que la prevista por el modelo de Mancur Olson
y él mismo hubiese admitido que, hasta en su más cruda forma, su teoría
subestima el daño que los malos gobiernos pueden causarle a su pueblo. El
presidente Biya tiene que mantener felices a cientos de miles de policías
armados y de oficiales del ejército, así como también a muchos funcionarios y
demás seguidores. En una dictadura «perfecta», sólo establecería los impuestos
que fueran menos perjudiciales, en la cantidad que fuera necesaria, y
distribuiría lo recaudado entre sus seguidores. Esta forma de gobierno es
impracticable porque requiere mucha más información y mucho más control sobre
la economía de lo que puede lograr un Gobierno pobre. La forma sucedánea es una
corrupción a gran escala y tolerada por el Gobierno.
No se
trata sólo de que la corrupción sea injusta, sino que además es tremendamente
derrochadora. Los gendarmes dedican su tiempo a hostigar a los pasajeros a
cambio de modestas ganancias. Los costes son altísimos. Una fuerza policial
entera está demasiado ocupada con el cobro de sobornos como para atrapar a los
delincuentes. Un viaje de cuatro horas lleva cinco. Quienes viajan deberán
adoptar costosas medidas para protegerse: llevar menos dinero consigo, viajar
con menor frecuencia o en horas más concurridas del día, llevar documentación
de más, con el fin de poder defenderse de los intentos de soborno.
Los
sinvergüenzas de los oficiales de la policía que bloquean las rutas constituyen
una forma de corrupción especialmente ostensible, pero existen bloqueos
metafóricos en toda la economía camerunesa. El Banco Mundial arrojó luz sobre
este tema cuando, poco tiempo atrás, comenzó a recopilar información sobre las
regulaciones de los negocios comunes y corrientes. Y descubrió que para poder
abrir un pequeño negocio en Camerún, un empresario debía gastar en concepto de
tasas oficiales casi tanto como lo que ganaba un camerunés medio en dos años.
(La suma de dinero que tuve que gastar para conseguir mi visa de turista
empalidece si la comparamos con eso). Comprar o vender un inmueble cuesta casi
una quinta parte del valor de la propiedad. Llegar a los tribunales para que
éstos obliguen al abono de una factura impagada lleva casi dos años, cuesta más
de un tercio del valor de la factura y requiere cincuenta y ocho trámites por
separado. Estas ridículas normas son muy beneficiosas para los burócratas que
las hacen cumplir, ya que cada trámite representa una oportunidad para obtener
un soborno. Cuanto más lento sea el proceso ordinario, mayor es la tentación de
pagar una suma de dinero para acelerarlo. En consecuencia, el presidente Biya
disfruta del apoyo de un suficiente número de funcionarios como para mantenerse
en el poder.
Aunque
ésta no es la única consecuencia. Las rígidas leyes laborales ayudan a
garantizar que solamente hombres profesionales y con experiencia obtengan
contratos formales, mientras que las mujeres y los jóvenes deban arreglárselas
solos en el mercado negro. El papeleo burocrático desalienta la creación de
nuevos negocios. Como los tribunales son lentos, los empresarios se ven
forzados a rechazar atractivas oportunidades de comerciar con nuevos clientes,
porque saben que si son engañados no podrán protegerse. Los peores ejemplos de
normas de este tipo son brindados por los países pobres y ésa es una de las
principales razones por las cuales son pobres. Por lo general, los Gobiernos de
los países ricos llevan a cabo sus principales tareas burocráticas de forma
rápida y económica, mientras que los Gobiernos de los países pobres alargan los
procesos con la esperanza de llevar a su propio bolsillo un poco de dinero
extra.
§. Las
instituciones importan
El bandidaje gubernamental, la decadencia generalizada y las opresivas
regulaciones que son diseñadas con el fin de facilitar los sobornos son los
elementos que conforman esa pieza que falta en el puzle del crecimiento y del
desarrollo. Durante los últimos diez años, aproximadamente, los economistas que
se dedican a los temas relacionados con el desarrollo han coincidido con el
«mantra» siguiente: «Las instituciones importan». Por supuesto que es difícil
definir qué es una «institución», en realidad; y es más difícil aún transformar
una mala institución en una buena.
Sin
embargo, se están haciendo progresos. La teoría del bandidaje gubernamental
propuesta por Mancur Olson nos ayuda a entender, de una forma simplificada, el
modo en que los distintos tipos de gobierno pueden afectar los incentivos de
todos los habitantes de un país, aunque nos dice muy poco acerca de cómo
podemos hacer para que las cosas mejoren.
Las
mediciones que el Banco Mundial realiza sobre los trámites burocráticos nos
proporcionan una excelente idea sobre el estado en que se encuentra un tipo de
institución: las regulaciones de los negocios comunes y corrientes. Ese estudio
también muestra el modo en que la simple publicidad puede mejorar algunas de
esas instituciones. Por ejemplo, después de que el Banco Mundial hiciera
público el hecho de que los empresarios en Etiopía no podían iniciar legalmente
un negocio sin pagar el equivalente a cuatro años de salario para publicar un
aviso oficial en los diarios oficiales, el Gobierno etíope cesó en esa práctica
y decidió abolir esa normativa. El registro de nuevos negocios creció de
inmediato hasta alcanzar casi el 50% del existente.
Desafortunadamente,
no siempre es tan fácil hacer que los Gobiernos corruptos cambien sus métodos.
Aunque resulta cada vez más evidente que las instituciones disfuncionales
constituyen la explicación fundamental de la pobreza en los países en vías de
desarrollo, la mayoría de las instituciones no pueden ser descritas a través de
un modelo tan elegante como el de Mancur Olson, ni siquiera con la cuidadosa
recopilación de la información por parte del Banco Mundial. La mayoría de las
desafortunadas instituciones son desafortunadas a su propia manera.
§. La
peor biblioteca del mundo
Justamente uno de esos peculiares sistemas institucionales fallidos fue
responsable de la construcción de la peor biblioteca del mundo. Pocos días
después de haber llegado a Camerún, visité uno de los colegios privados más
prestigiosos de ese país, el equivalente en Camerún a Eton. El colegio no se
encuentra muy lejos de la ciudad de Bamenda. La propiedad era una mezcla de lo
conocido con lo extraño: las aulas, que eran de techos bajos y que estaban
construidas con materiales de mala calidad, rodeaban los campos de juego
deportivos y me recordaban bastante a mi viejo colegio en Inglaterra; pero no
así la arbolada avenida, con un adoquinado de locura (Tim Burton se funde
con Nacida libre), a lo largo de la cual vivían todos los
profesores.
La
bibliotecaria nos estaba enseñando la escuela. Se trataba de una voluntaria que
trabajaba para la Organización de Servicios Voluntarios (VSO, [Voluntary
Service Overseas]), una organización de trabajadores voluntarios con base en
Gran Bretaña, cuyo objetivo es enviar voluntarios cualificados a aquellos
lugares de los países pobres donde más se los necesita. La escuela mostraba con
orgullo dos bibliotecas dispuestas en edificios separados; sin embargo, la
bibliotecaria estaba de lo más insatisfecha (y pronto entendí el porqué de su
actitud).
A primera
vista, la biblioteca era muy impresionante. A excepción de la palaciega
residencia de la directora, era la única estructura de dos plantas del campus.
Su diseño era atrevido: parecía el edificio de la Ópera de Sydney de los
pobres. Las dos pendientes del techo, en lugar de descender desde un caballete
central, se alzaban en forma de V desde un valle, como las páginas de un libro
abierto sobre un atril.
A pesar
de su creativo diseño, estoy seguro de que mi recuerdo de esa espectacular
biblioteca nueva permanecerá mucho más tiempo que el propio edificio. De pie
bajo el abrasador sol de la estación seca de Camerún, es difícil darse cuenta
de cuál es el inconveniente que tiene un techo que se parece a un gigantesco
libro abierto; pero el problema es haberse olvidado, como aparentemente lo hizo
el arquitecto, de que Camerún también tiene una estación lluviosa. Cuando en
Camerún llueve, lo hace durante cinco meses enteros y con tanta fuerza que
hasta los canales de desagüe más grandes se desbordan rápidamente. Cuando una
lluvia de este tipo se topa con un techo que no posee demasiados canalones,
sino que él mismo es, esencialmente, un canalón que desagua hacia el techo
plano del hall de entrada, entonces te das cuenta de que es momento de cubrir
con un plástico tu colección de libros.
La única
razón por la cual todavía existían los libros del colegio era porque nunca
habían estado ni siquiera cerca del nuevo edificio. A pesar de las reiteradas
peticiones de la directora para que la bibliotecaria los sacara de la vieja
biblioteca, ésta se había negado. Cuando entré en la nueva biblioteca para ver
el grado de deterioro en el que se hallaba, me sentí tentado a concluir que la
directora se hallaba en una fase avanzada de negación de la realidad. Estaba en
ruinas. El piso tenía innumerables marcas de charcos. El aire tenía ese olor
mohoso que asocio con las húmedas cuevas europeas y no con un edificio moderno
en el Ecuador terrestre. El enlucido de las paredes se estaba desprendiendo
como si se tratara de un fresco bizantino de hace mil años, aunque se trataba
de una biblioteca de apenas cuatro años.
Esto es
una escandalosa dilapidación de los recursos. En lugar de construir la
biblioteca, el colegio podría haber comprado cuarenta mil buenos libros u
ordenadores con acceso a Internet o podría haber otorgado becas escolares para
los niños pobres. Cualquiera de esas alternativas hubiera sido
incomparablemente mejor que una biblioteca nueva inutilizable. Esto, dejando al
margen el hecho de que el colegio no necesitaba con carácter prioritario una
nueva biblioteca, pues la antigua funcionaba perfectamente bien y podía alojar
con facilidad tres veces más libros de los que la escuela poseía y era a prueba
de agua.
El hecho
de que la biblioteca fuera innecesaria explica, hasta cierto punto, su
deficiente diseño. Después de todo, nadie le presta demasiada atención a la
funcionalidad de un edificio cuya finalidad es redundante; pero si la
biblioteca suponía un esfuerzo tan inútil, ¿por qué iban a construirla?
A menudo
se le atribuye a Napoleón la siguiente afirmación: «Nunca debe atribuirse a la
conspiración lo que bien podría explicarse por la incompetencia». Ésa es la
respuesta que surge espontáneamente: la incompetencia es fácilmente un chivo
expiatorio. Es muy tentador para quien visita Camerún encogerse de hombros y
justificar la pobreza de ese país dando por hecho que todos los cameruneses son
idiotas. La biblioteca parece ser una buena prueba de ello, pero los
cameruneses no son ni más inteligentes ni más estúpidos que el resto de
nosotros. Hay tantos errores aparentemente torpes en Camerún que la
incompetencia no puede ser la explicación adecuada que estamos buscando. Hay
algo más sistemático de por medio que eso. Una vez más, debemos tener en cuenta
los incentivos de quienes toman las decisiones.
En primer
lugar, los funcionarios de mayor rango en el área de educación en el noroeste
de Camerún provienen de una pequeña ciudad llamada Bafut. Estos funcionarios,
conocidos como la «mafia de Bafut», controlan una parte considerable de los
fondos destinados al sistema educativo y lo gastan en función de sus contactos
personales, no de las necesidades reales. No es sorprendente que la directora
de este prestigioso colegio privado fuera un alto miembro de la «mafia de
Bafut». Como su intención era convertir su colegio en una universidad,
necesitaba construir una biblioteca que tuviera la dimensión y la calidad
adecuadas para dicho fin. Para la directora era irrelevante que la biblioteca
ya existente fuera más que suficiente o que el dinero de los contribuyentes
pudiera usarse de otro modo o en otros colegios.
En
segundo lugar, nadie controlaba a la directora ni la forma en que gastaba el
dinero. A los empleados del sistema educativo no se les paga ni se los asciende
en función de sus méritos, sino, exclusivamente, por decisión de los
directores. Éste es un colegio prestigioso, que ofrece buenas condiciones a los
maestros; por lo tanto, todos ellos estaban muy interesados en conservar sus
puestos de trabajo, lo cual significaba mantener buenas relaciones con la
directora. De hecho, la única persona capaz de desafiarla era la bibliotecaria,
quien respondía sólo ante la oficina principal de la VSO en Londres. Había
llegado a la escuela después de que la biblioteca fuera construida, pero, por
lo menos, pudo evitar que la colección de libros fuera trasladada desde la otra
biblioteca y terminara destruida. O la directora era tan estúpida que no se
daba cuenta de que el agua estropea los libros o no estaba demasiado interesada
en ellos y simplemente quería demostrar que la biblioteca contaba con algunos
ejemplares. La segunda explicación parece más probable.
Con el
dinero a su entera disposición y sin que nadie le objetara la inutilidad de
construir una segunda biblioteca, la directora tenía pleno control del
proyecto. Nombró a un ex alumno del colegio para que la diseñara, probablemente
con la intención de demostrar la calidad de la educación allí impartida; sí
logró probar algo, aunque tal vez no lo que ella pretendía. No obstante, más
allá de la incompetencia del arquitecto, los defectos del diseño habrían sido
detectados si alguno de aquellos a quienes incumbía hubiera estado realmente
interesado en asegurarse de que la biblioteca funcionara como tal; sin embargo,
ése nunca fue el interés principal de ninguno de los que tenían autoridad en el
caso. Quienes estaban a cargo del proyecto sólo estaban interesados en
construir «algo» que habilitase al colegio como universidad.
Evalúa la
situación: dinero que era suministrado en función de las redes de conexiones
sociales y no de las necesidades reales; un proyecto diseñado para alcanzar
cierto prestigio en vez de para ser utilizado; una ausencia de control y de
responsabilidad; y un arquitecto nombrado con fines ostentosos y por alguien a
quien le importaba muy poco la calidad del trabajo. El resultado no es muy
sorprendente: un proyecto que nunca debió haberse construido se construyó; y se
construyó mal.
La
moraleja de esta historia parecería ser que las personas egoístas y ambiciosas
que se encuentran en el poder son, a menudo, la causa del desaprovechamiento de
los recursos en los países en desarrollo; pero, en realidad, la verdad es un
poco más desoladora: las personas egoístas y ambiciosas ocupan las posiciones
de poder, ya sean éstas grandes o pequeñas, en todo el mundo. En muchos lugares
están limitadas por la ley, la prensa y la oposición democrática. La tragedia
de Camerún es que no existe nada que mantenga ese egoísmo bajo control.
§. La
trama se hace más densa: los incentivos y el desarrollo en Nepal
El sistema educativo camerunés ofrece a sus administradores unos incentivos tan
perversos que educar a los niños es la última cosa de la que sacan provecho y,
de ese modo, lo último en lo que fijan su atención los funcionarios.
Existen
otros proyectos de desarrollo en los que están involucradas inusuales redes de
incentivos más sutiles que la anterior. La economista Elinor Ostrom descubrió
un ejemplo de esos proyectos cuando estudió con detenimiento los intrincados
diseños de los sistemas de irrigación de Nepal. Además de los antiguos sistemas
de presas y canales, Nepal cuenta con algunas modernas estructuras de hormigón
que fueron diseñadas por expertos ingenieros y financiadas con la donación de
importantes organizaciones internacionales. ¿Cuál de ellos funciona mejor y por
qué?
Cuando me
enteré de la existencia de este estudio, pensé que podía adivinar la respuesta.
La conclusión obvia es que lo mejor del diseño moderno, de los materiales y de
la ingeniería, junto con una importante financiación, deberían producir un
mejor sistema de irrigación que el que puede lograr un puñado de agricultores
que utilizan barro y palos para construirlos, ¿no es cierto? Pues no.
Ahora
sabemos un poco más al respecto. Sabemos que los grandes proyectos para la
construcción de presas, a menudo, han sido pobremente ajustados a las
condiciones locales, y que, en realidad, «lo pequeño es maravilloso»: los
métodos autóctonos y el conocimiento tradicional, transmitido a lo largo de
muchos años, de generación en generación, funcionan mucho mejor, ¿verdad? Pues,
de nuevo, no.
Resulta
que lo que realmente sucede en Nepal es muchísimo más interesante que
cualquiera de estos supuestos excesivamente simplificados. Elinor Ostrom
identificó una aparente paradoja. La primera parte de esa paradoja es que las
presas modernas, que son diseñadas y construidas por profesionales, parecen
reducir la efectividad de los sistemas de irrigación, pero la segunda parte es
que cuando los donantes pagan para que se construyan los canales de irrigación
o se los refuerce con materiales más modernos, logran fortalecer el sistema y
hacen que éste suministre sin problemas más agua a más personas.
¿Por qué
los donantes pueden suministrar canales de irrigación eficientes, pero no
presas eficientes? Es obvio que sucede algo más sutil que el desgastador debate
entre la pericia técnica moderna y la sabiduría tradicional. La verdad resulta
mucho más evidente para quien trata de determinar cuáles son las motivaciones
de todos los implicados.
Comencemos
con la noción obvia de que cualquier proyecto tiene más probabilidades de ser
exitoso, si quienes se benefician de su éxito son los mismos que lo
posibilitan. Eso explica de inmediato por qué los métodos de irrigación
existentes podrían contar con una ventaja: no porque se encuentren repletos de
la sabiduría popular (aunque es posible que sí, claro está), sino porque son
diseñados, construidos y mantenidos por los mismos agricultores que los
utilizan. Por el contrario, las presas y canales modernos son diseñados por un
grupo de ingenieros que no pasarán hambre si las estructuras no sirven; están a
cargo de funcionarios públicos cuyos puestos de trabajo no dependen del éxito
que tengan; y son pagados por funcionarios de organizaciones benéficas que
tienen más probabilidades de ser juzgados por sus procedimientos que por los
resultados que obtengan. De inmediato, comenzamos a descubrir por qué el uso de
mejores materiales y de una financiación muy superior no necesariamente conduce
al éxito.
Si
analizamos este asunto con mayor detenimiento todavía, nos daremos cuenta de
que deben realizarse tareas de mantenimiento en los sistemas de irrigación para
que éstos puedan ser de alguna utilidad; pero ¿quién los mantendrá? Ni las
organizaciones benéficas ni los funcionarios públicos están tan interesados en
el mantenimiento como deberían. Los funcionarios públicos nepaleses son
ascendidos, mayormente, en función de su antigüedad y también, en parte, por su
participación en «prestigiosos» proyectos de construcción. El mantenimiento es
un trabajo sin futuro, por más que resulte beneficioso para los agricultores.
¿Qué funcionario público querría controlar una tarea tan interminable, de tan
poca trascendencia y tan lejos de Katmandú (donde su esposa va de compras y sus
hijos asisten al colegio)? Además, los sobornos siempre representan una
potencial fuente de ingresos para los funcionarios públicos y los grandes
contratos de construcción ofrecen muchas más posibilidades de aceptar pagos
ilegales que las que suministra el trabajo de mantenimiento.
Al igual
que la Administración Pública, las organizaciones benéficas se desenvuelven
dentro de un marco de trabajo que tiende a favorecer a los grandes proyectos de
construcción. Todas estas organizaciones necesitan de proyectos costosos porque
si no logran gastar el dinero que poseen, no podrán recaudar más dinero en el
futuro. Además, muchas organizaciones bilaterales de ayuda, como es el caso de
la United States Agency for International Development —USAID—, están
condicionadas al empleo de unos tipos de ayuda procedentes del concreto país
donde radican: USAID siempre tiene que utilizar maquinaria que haya sido
comprada en Estados Unidos, que, por lo general, consiste en maquinaria pesada
de alta tecnología. Como los bulldozers son mucho más útiles
para la construcción de presas que para su mantenimiento, el resultado
nuevamente se inclina a favor de los grandes proyectos de construcción. Aun
cuando las organizaciones benéficas no tendieran a realizar grandes proyectos,
igualmente deben confiar en la información que los trabajadores y asesores
locales les suministran; y éstos, a menudo, tendrán los mismos incentivos que
los miembros de la Administración Pública.
Todo esto
comienza a explicar por qué quienes están a cargo de los proyectos de
construcción no tienen tanto interés en construir sistemas que sean rentables y
buenos, como sí lo tienen los agricultores. Sin embargo, no explica por qué las
presas financiadas por medio de donaciones, en realidad, empeoran la situación,
según lo descubrió Ostrom, ni tampoco explica por qué los canales de
irrigación, también financiados por las donaciones, aparentemente funcionan sin
problemas, a pesar de que los responsables de supervisar esos canales no les
presten mucha atención. Para entender el porqué de todo esto, debemos pensar en
los propios agricultores.
No es
probable que nadie, salvo los propios agricultores, esté muy interesado en el
mantenimiento de los sistemas de irrigación una vez que ya están construidos.
Puede que esto no ocasione ningún problema, pues antes de que se construyeran
los principales sistemas de irrigación modernos, los agricultores debían
ocuparse del mantenimiento de los sistemas tradicionales. Entonces, si podían
ocuparse del mantenimiento de esos sistemas antiguos, ¿porqué no pueden también
ocuparse de los modernos?
El
mantenimiento en cuestión requiere que se lleven a cabo dos importantes tareas:
asegurarse de que la presa se conserve en una sola pieza y liberar los canales
de posibles obstrucciones. Esto representa muchísimo trabajo. Los agricultores
no se molestarán en hacerlo, a menos que puedan beneficiarse, y esto genera un
posible problema: si bien todos los agricultores precisan que la presa se
mantenga entera, quienes se encuentran cerca de ella no se preocupan demasiado
por lo que sucede colina abajo con los canales de drenaje. Por lo tanto, ¿por
qué querrían cuidar dichos canales? Afortunadamente, en Nepal, la mayoría de
las comunidades de agricultores han diseñado un sistema de cooperación. Si bien
los detalles entre unas y otras difieren, el principio general es que los
agricultores colina abajo ayudan a mantener el buen estado de la presa a cambio
de que se les ayude con los canales. Hasta aquí, todo bien.
Si un
gran donante paga la instalación de nuevos canales de hormigón, entonces todo
mejorará: los nuevos canales son de mejor calidad, llevan más agua y requieren
menos mantenimiento; pero si un gran donante paga por una nueva presa, todo se
desmorona. Y no porque la presa se venga abajo, sino todo lo contrario: como la
presa de hormigón necesita mucho menos mantenimiento que la tradicional, el
acuerdo de cooperación, que mantenía a flote a todo el sistema de irrigación,
ya no funciona. El acuerdo tradicional se quiebra. Los agricultores colina
arriba ya no van a ayudar a limpiar los canales a cambio de la colaboración de
los agricultores colina abajo con la presa. Como los agricultores colina arriba
ya no necesitan ayuda, los de colina abajo ya no tienen nada que ofrecerles
para negociar un acuerdo.
Muchos de
los sistemas de irrigación modernos de Nepal terminan en fracaso porque, aunque
las propiedades técnicas del sistema pueden haber sido comprendidas y
mejoradas, las propiedades humanas de dicho sistema no han sido consideradas en
absoluto.
El
ejemplo nepalés no es sino otra demostración de que si una sociedad no puede
procurarse los incentivos adecuados para comportarse de un modo productivo, no
habrá infraestructura técnica que pueda salvarla de la pobreza. A menudo, los
proyectos de desarrollo están a cargo de quienes no están tan interesados en el
éxito que éstos tengan como en los sobornos y las ventajas profesionales que
puedan brindarles. Si la efectividad del proyecto es una cuestión menor,
entonces difícilmente puede sorprendernos que el proyecto no logre los
objetivos que se anunciaron públicamente, aun cuando haya cumplido su verdadero objetivo:
enriquecer a los burócratas. Y aun si el proyecto se realizara con el objetivo
de generar un desarrollo genuino, los sobornos y demás aberraciones
probablemente lo arruinarían.
§.
¿Existe una oportunidad para el desarrollo?
Los especialistas en desarrollo, a menudo, se concentran en ayudar a los países
pobres a que se conviertan en países ricos por medio de la mejora de su
educación primaria y de su infraestructura, como carreteras y teléfonos; y eso,
sin duda, es algo muy sensato. Desafortunadamente, esto sólo representa una
pequeña parte del problema. Los economistas que han dejado de lado las
estadísticas o se han dedicado al estudio de información menos común, como, por
ejemplo, los ingresos de un camerunés en Camerún y los de un camerunés que
emigró a Estados Unidos, han descubierto que ni la educación, ni la
infraestructura, ni las fábricas explican en lo más mínimo el abismo existente
entre los ricos y los pobres. Debido a su pésima educación, Camerún tal vez sea
dos veces más pobre de lo que podría ser. Debido a su espantosa
infraestructura, es casi otras dos veces más pobre. Por lo tanto, sería
esperable que fuera cuatro veces más pobre que Estados Unidos, pero en realidad
es cincuenta veces más pobre. Pero, lo que es más importante aún: ¿por qué
parece que los cameruneses no hacen nada al respecto? ¿No podrían las
comunidades camerunesas mejorar sus escuelas? ¿Los beneficios de hacerlo no
superarían fácilmente los costes? ¿No podrían los empresarios cameruneses
construir fábricas, comprar patentes tecnológicas, buscar socios en el
extranjero… y hacer una fortuna?
Evidentemente,
no. Mancur Olson demostró que es la cleptomanía en las altas esferas la que
detiene el crecimiento de los países pobres. Sin embargo, tener por presidente
a un ladrón no significa necesariamente estar condenado al fracaso: ese
presidente podría preferir activar la economía y entonces tomar una ración más
grande de la tarta. Sin embargo, en términos generales, la práctica del saqueo
se extenderá, ya sea porque el dictador no se siente seguro en su puesto, ya
sea porque, para conservar el apoyo con el que cuenta, debe permitir que otros
también roben.
Entonces,
el desarrollo se trunca en la base de la pirámide de la riqueza, porque las
reglas y leyes de la sociedad no fomentan ni los proyectos ni los negocios que
favorecerían el bien común. Los empresarios no crean negocios de manera oficial
(es demasiado difícil), y así no pagan impuestos; los funcionarios demandan
proyectos ridículos en beneficio de su propio prestigio o de su enriquecimiento
personal; los alumnos de primaria no se preocupan por conseguir una
cualificación que devendrá irrelevante.
No es una
novedad escuchar que la corrupción y los perversos incentivos son un factor
importante, pero tal vez sí sea novedoso descubrir que el problema de las
retorcidas leyes e instituciones explica no sólo una pequeña parte de la brecha
entre Camerún y los países ricos, sino casi la totalidad de la misma. Los
países como Camerún están muy por debajo de su propio potencial, aun si se
tiene en cuenta la deficiente infraestructura, la baja inversión y la mínima
educación. No obstante, mucho peor que eso es la red de corrupción que frustra
todo intento de desarrollar la infraestructura, atraer la inversión y mejorar
la calidad de la educación.
El
sistema educativo de Camerún sería de mayor calidad si las personas tuvieran un
incentivo para obtener una mejor educación, es decir, si la meritocracia reinara
y fueran las buenas calificaciones y la verdadera cualificación —en vez de los
contactos personales— las que determinaran la obtención de los puestos de
trabajo. Camerún tendría una mejor tecnología y más fábricas abiertas si el
clima de inversión fuera el correcto, tanto para los inversores extranjeros
como para los nacionales, y si las ganancias no fueran devoradas por los
sobornos y los trámites burocráticos.
La
pequeña dosis de educación, tecnología e infraestructura que posee Camerún
podría aprovecharse mucho mejor si la sociedad estuviera organizada para
premiar las ideas buenas y productivas. Pero no es así.
Aun
cuando todavía no contamos con una buena palabra que describa lo que en
realidad falta en Camerún (y en los países pobres de todo el mundo), estamos
empezando a entender de qué se trata. Algunos lo llaman «capital social», o tal
vez «confianza». Otros lo denominan «imperio de la ley» o «instituciones», pero
éstos no son más que etiquetas. El problema es que Camerún, al igual que otros
países pobres, es un mundo patas arriba, en el cual la mayoría de sus
habitantes está interesada en hacer algo que directa o indirectamente daña a
los demás. Los incentivos para generar riqueza de cualquier modo que sea
posible están tan completamente prendidos en sus cabezas como, seguramente, lo
está el techo de la biblioteca de la escuela.
La
podredumbre comienza con el Gobierno, pero afecta a la sociedad entera. No
tiene sentido invertir en un negocio porque el Gobierno no lo protegerá contra
los ladrones (así que bien podrías convertirte en ladrón). No tiene sentido
pagar la factura del teléfono porque nadie puede llevarte ante la justicia (así
que tampoco tiene sentido ser una empresa telefónica). No tiene sentido
educarte porque los trabajos no son distribuidos en virtud de los méritos (y,
aunque así fuera, no puedes pedir prestado dinero para pagar la educación
privada, pues los bancos no conceden créditos y el Gobierno no posee buenas
escuelas). No tiene sentido establecer un negocio importante, porque los
funcionarios aduaneros serán los únicos que se beneficien (y por ello existe
tan poco intercambio comercial, lo que, a su vez, hace que la oficina aduanera
no consiga los fondos suficientes y, entonces, busque con más ahínco
oportunidades para sobornar).
Ahora que
comenzamos a entender la gran importancia que tiene todo este asunto, podemos
empezar a arreglarlo. Sin embargo, como la naturaleza misma del problema es
oponer resistencia a las soluciones, será un proceso lento y difícil. En
general, no nos parece aceptable imponer por la fuerza la instauración de un
sistema democrático y cuando así lo hacemos, la mayoría de las veces, éste no
se prolonga. No nos gusta que la ayuda destinada al desarrollo se pierda en los
trámites burocráticos, pero asegurarse de que el dinero sea bien gastado
consume mucho tiempo.
Estos
problemas no pueden solucionarse de la noche a la mañana, pero existen ciertas
reformas sencillas que, con un mínimo de voluntad política, encaminarían a los
países como Camerún en la dirección correcta. Una de esas reformas es reducir
la burocracia; de este modo, los pequeños negocios podrían establecerse
legalmente, lo que facilitaría que los empresarios pudieran expandirse y
solicitar dinero prestado. Las reformas legales precisas son, a menudo, de
escasa entidad; y, aunque dependen igualmente de un Gobierno sensato y
benevolente, basta con que un solo ministro ponga sus sentimientos y sus ideas
a trabajar en la dirección correcta, en lugar de esperar que toda la
Administración Pública se reforme para siempre.
Otra
opción, y de vital importancia, es conseguir la ayuda de las economías
mundiales. La estructura económica de la mayoría de los países pobres es
pequeña. Toda la economía de África subsahariana es del tamaño de Bélgica. Un
pequeño país africano, como lo es Chad, tiene una economía más pequeña que un
suburbio de Washington, como Bethesda, y un sector bancario más pequeño que el
banco cooperativo Federal Credit, que se creó para los empleados del Banco
Mundial. Los países diminutos como Chad y Camerún no pueden autoabastecerse de
ninguna manera: necesitan acceso a un combustible barato, a materias primas, a
préstamos de bancos internacionales y a maquinaria para el sector industrial.
Sin embargo, los cameruneses se encuentran atrapados detrás de unas elevadísimas
barreras arancelarias (entre los aranceles más altos del mundo, superando el
60% del valor del producto importado). Tales barreras generan ingresos para el
Gobierno y le permiten proteger los negocios de sus amigos o distribuir
rentables licencias de importación. Un país pequeño no puede sobrevivir sin la
ayuda de la economía mundial. Con ella, los países pobres prosperan. En el
siguiente capítulo visitaremos uno de esos países y descubriremos de qué modo
es posible lograrlo.
Capítulo
9
Cerveza, patatas fritas y globalización
Contenido:
§. Pero
¿la globalización es algo bueno?
§. La globalización es ecológica
§. Sweatshops, o ¿es bueno el comercio para los pobres?
§. El poder de los grupos de presión
§. ¿Cómo podemos mejorar la situación de los pobres?
Había una
vez una próspera ciudad comercial llamada Brujas, ubicada junto al estuario
Zwin en lo que hoy en día conocemos como Bélgica. Brujas creció alrededor de un
castillo construido hacia finales del siglo IX por el fundador del Ducado de
Flandes. Un siglo más tarde, Brujas era la capital de Flandes y comenzó a
enriquecerse a medida que el comercio se expandía por el norte de Europa.
Brujas era un centro de fabricación de telas, y los barcos navegaban por el río
Zwin para comprar géneros, trayendo consigo queso, lana y minerales ingleses,
vino español, pieles rusas, cerdo danés, y seda y especias del Este,
comercializados a través de las poderosas ciudades italianas de Venecia y
Génova. La reina de Francia visitó Brujas en 1301 y se dice que su comentario
fue: «Pensé que sólo yo era reina, pero veo que tengo seiscientas rivales
aquí».
La
riqueza de Brujas continuó creciendo durante doscientos cincuenta años, a pesar
de su conquista por los franceses y los duques de Borgoña. Sin reparar en quién
estaba al mando, Brujas continuó prosperando: era el centro de gravedad de la
Liga Hanseática de las ciudades comerciales, su panorama artístico florecía,
desarrollaba nuevas industrias como el corte de diamantes de la India y su
población doblaba la de Londres. Se comercializaban bienes de buena calidad de
todo el mundo en la taberna que era propiedad de la familia de comerciantes Van
der Beurs (algunos les harán creer que ésta es la razón por la cual hoy en día
las bolsas de valores se denominan bourses en francés). Altos
mástiles y amplias velas adornaban el estuario del río Zwin.
Pero, en
el siglo XV, comenzó a suceder algo extraño. El río Zwin comenzó a obstruirse
con sedimentos. Las grandes embarcaciones ya no podían llegar a los diques de
Brujas. La Liga Hanseática se trasladó hacia el norte, a Amberes. Brujas,
rápida y literalmente, se convirtió en un «remanso». La zona estaba tan muerta
que se la denominó «Bruges-La-Morte». Hoy en día es una pintoresca pieza de
museo. Perfectamente conservada, en ella se oye el enérgico murmullo que
proviene de los entusiastas turistas que ansían visitar una «burbuja» del
tiempo: una ciudad comercial hermosa y floreciente del siglo XV cuya riqueza y
desarrollo se secaron junto con el río. Mientras tanto, Amberes, aún conectada
con el mundo a través del río Escalda, ocupó el puesto de Brujas como la mayor
potencia económica de Europa occidental. La riqueza de aquel momento es
claramente visible hoy en día: la imponente catedral de Amberes domina el
horizonte y, para quienes la visitan por primera vez, aún más llamativa es la
plaza Markt (Grote Markt), que se alza cinco, seis, siete pisos sobre
los adoquines y parece todavía más alta debido a la alargada arquitectura
formada por agujas y ventanas estrechas como lápices. A pesar de que la
aparición de los transportes aéreo, ferroviario y terrestre han reducido sus
ventajas geográficas, Amberes sigue siendo un centro neurálgico económico. Aún
es la capital mundial de los diamantes y el enorme puerto sobre el Escalda
funciona las veinticuatro horas del día.
Las
opuestas historias de Brujas y Amberes indican un mensaje simple: si quieres
ser rico, es una buena idea establecer estrechos vínculos con el resto del
mundo. Si prefieres que nada cambie, entonces lo mejor es «tener un puerto que
se encenague». Si quieres ser rico y que nada cambie, entonces te llevarás una
decepción.
Hay muy
pocos placeres de los que disfrute más que el de sentarme en Amberes,
engullendo patatas fritas calientes cubiertas con mayonesa y enfriando mi boca
con una espumosa y embriagadora cerveza. Por supuesto que, al ser economista,
me siento inclinado a reflexionar sobre el sistema de comercio mundial a mi
manera. Las patatas fritas de Frituur No. 1 simplemente no
pueden ser igualadas en ningún otro sitio del mundo. Pero la copa de cerveza
Duvel que bebo para acompañarlas puede conseguirse sin problemas en Washington
D. C. Tal vez cueste el doble, pero sabe igualmente bien y es igual de fuerte.
Así que, cuando estoy en Amberes, sentado justo junto a la Grote Mark —la Gran
Plaza— y disfrutando de una Duvel, no puedo evitar sentirme un poco triste al
saber que la emoción queda un tanto rebajada, ya que también puedo conseguir
esta cerveza en la ciudad en donde vivo. Por supuesto que cuando estoy en
Washington D. C. (y sobrio) no puedo sino alabar a los generosos y
emprendedores comerciantes que han traído cervezas exóticas como Duvel, Chimay
y Maredsous 10 hasta mi puerta, y espero con ansias que también puedan importar
Westmalle Trippel.
La
manifestación más notoria de la creciente interdependencia económica mundial es
la disponibilidad de productos importados en nuestros lugares habituales. Por
un lado es una bendición, pero, por el otro, una maldición: una bendición
porque hace posible disfrutar de una variedad más amplia de placeres sin
alejarse demasiado del sitio donde nacimos. Es una maldición porque cuando
viajas, puedes encontrarte con que los lugares del exterior parecen algo
demasiado familiares. McDonald’s en Moscú; Starbucks en Shanghai. ¿No nos
estamos convirtiendo todos en una misma cosa? Parece que el mundo entero se ha
convertido en una agitada masa de internacionalización. El comercio con tierras
extranjeras que una vez fue dominio de Florencia, Venecia y Brujas ahora parece
omnipresente.
Si pasas
mucho tiempo en aeropuertos, cadenas hoteleras y capitales importantes, es
fácil sentirse de esta manera; pero vivimos en un gran y variado mundo. Puedes
visitar Starbucks en Shanghai, pero Starbucks no es todo Shanghai,
ni Shanghai es toda China. El mundo todavía tiene que recorrer
un largo trecho antes de que pueda considerársele verdaderamente «globalizado»,
si con esta extraña palabra queremos decir «lo mismo en todos lados». Sin duda
alguna, nos estamos aproximando a ello. Leyendo al biólogo Edward O. Wilson,
descubrí que dentro de doce generaciones, aproximadamente, todos los seres
humanos seremos «iguales», en el sentido de que tanto en Londres como en
Shanghai, en Moscú o en Lagos, se encontrará la misma mezcla racial. Desde otro
punto de vista diferente, la variedad de los seres humanos no tendría
precedentes: a medida que este proceso de mezcla racial se acelera, «muchas más
combinaciones de color de piel, rasgos faciales, talentos y otras
características influenciadas por los genes están surgiendo ahora como nunca
antes». Personalmente, creo que ambas predicciones son alentadoras, aunque
otros puedan encontrarlas alarmantes.
Esto
mismo es cierto en relación con las culturas, la tecnología, los sistemas
económicos y la gama de productos disponibles. Por un lado, cada vez se
parecerán más unos a otros, en todo el mundo; por otro lado, en algún lugar
único, mostrarán una enorme diversidad y nuevas mezclas apasionantes, como
podrá corroborar toda persona que disfrute el famoso tibbs etíope
en Washington D. C., el sashimi japonés en Amberes o los
curries de Bangladesh en Londres. Al igual que la mezcla racial, la integración
económica y cultural llevará mucho tiempo. Además, continuamente llegan nuevas
ideas y tecnologías. La globalización nunca homogeneizará lo que tenemos; no
mientras nuevas ideas estén siempre apareciendo y añadiendo ingredientes nuevos
a la lenta batidora de la integración económica. Aquellos que temen a una
terrible uniformidad global deben recordar que las nuevas ideas, bienvenidas o
no, siempre surgirán más rápido de lo que pueden ser mezcladas.
Pero, tal
vez, al hacer comentarios sobre cultura y raza me alejo bastante de los límites
de mi experiencia. Por consiguiente, regresaré a la economía, donde reside mi
«ventaja comparativa».
La
ventaja comparativa es la base de la manera en que los economistas piensan
sobre el comercio. Veámoslo de esta manera: ¿quién es mejor como escritor
economista: E. O. Wilson o yo? El profesor Wilson es «uno de los más grandes
pensadores del siglo XX» y «se le considera uno de los mejores científicos
vivos del mundo» según la solapa de su libro Consilience. Su
capítulo sobre ciencias sociales fue escrito tras haber entrevistado a algunos
de los más grandes economistas del mundo; esto dio como resultado una
explicación perspicaz, la cual me introdujo en muchas de las cosas que no sabía
sobre la economía. La verdad es que probablemente E. O. Wilson sea mejor
economista que yo.
Así que
sé cuándo soy derrotado: ¿para qué escribir un libro sobre economía cuando el
profesor Wilson puede escribir uno mejor? La respuesta es: por la ventaja
comparativa. Debido a la ventaja comparativa, el profesor Wilson no ha escrito
un libro sobre economía, y estoy casi seguro de que nunca lo hará.
Le
debemos la idea de ventaja comparativa a la estrella del capítulo 1, David
Ricardo. Si Wilson y yo compartiéramos a David Ricardo como representante, él
nos aconsejaría lo siguiente: «Tim, si escribes libros sobre biología, es
probable que vendas sólo uno por cada año que le dediques a escribir (el que
comprará tu esposa). Pero tus conocimientos sobre economía son aceptables, y
predecimos una venta de veinticinco mil libros por cada año que pases
escribiendo. Profesor Wilson, sus libros sobre economía probablemente vendan
quinientas mil copias por cada año que escriba: ¿pero por qué no ceñirse a los
libros sobre biología y vender diez millones?».
E. O.
Wilson es veinte veces mejor escribiendo sobre economía que yo, pero, siguiendo
el consejo de David Ricardo, se limita a escribir sobre biología, una materia
en la que está diez millones de veces más formado que yo. A nivel personal, el
consejo de Ricardo es de sentido común: E. O. Wilson debería elegir su vocación
no con referencia a lo que sabe hacer mejor que yo, sino a lo que mejor sabe
hacer él. Mientras tanto, un buen consejo para mí sería ganarme la vida como
escritor de libros de economía, no porque yo sea el mejor escritor economista
del mundo, sino porque escribir sobre economía es lo que «yo» sé hacer mejor.
El
consejo de Ricardo se torna más polémico cuando se trata de comerciar con los
chinos. «Los salarios de los chinos son bastante más bajos que los nuestros»,
gritan los proteccionistas. «Pueden fabricar televisores, juguetes, ropa y toda
clase de productos mucho más barato que nosotros. Deberíamos proteger a
nuestros productores locales con un gravamen sobre los productos chinos (o tal
vez con una prohibición directa).» Y así lo hacemos. Estados Unidos defiende
los intereses de las compañías estadounidenses (pero no los de los ciudadanos
estadounidenses) bloqueando las importaciones provenientes de China con
leyes antidumping. Según estas leyes, dumping supone
vender productos a precios más bajos. Pero la verdad es que no se trata
de dumping, sino de competencia. ¿Quién se beneficia cuando, por
ejemplo, bloquean la entrada de muebles chinos porque son «deslealmente»
baratos? Los fabricantes de muebles estadounidenses, tal vez; ciertamente, no
el americano medio que quiere comprar un mueble. Entretanto, muchos europeos no
pueden acceder a los grandes televisores de alta definición debido a que la
Unión Europea está intentando, desesperadamente, evitar que entren desde China.
El acero —que, hoy en día, produce China en mayor cantidad que los Estados
Unidos y Japón juntos— recientemente fue sujeto a aranceles ilegales impuestos
por los Estados Unidos. La agricultura está, incluso, más fuertemente
protegida.
¿No es
necesario detener lo que, de otra manera, sería una inundación de productos
extranjeros baratos, bajo la cual nuestra industria nacional se ahogaría? No,
no lo es. Estados Unidos debería producir bienes y servicios no preguntándose
lo que puede producir más barato que China, sino concentrándose en aquello que
mejor hace.
La
perspicacia de Ricardo reside en que las barreras comerciales (ya se trate de
subvencionar a nuestros agricultores, de normas para la industria textil o de
gravámenes sobre los televisores) perjudican tanto a los chinos como a
nosotros. No importa si los chinos realmente son mejores que nosotros
fabricando cualquier cosa: ellos deberían limitarse a producir todo aquello que
su economía produce de una manera más eficiente. Mientras tanto, nosotros, a
pesar de que (aparentemente) somos peores en todo, deberíamos limitarnos a
producir aquello en lo que somos menos malos produciendo. El argumento es el
mismo que nos dio el espíritu de David Ricardo a E. O. Wilson y a mí: tal vez
yo sea peor en todo, pero aun así debería escribir un libro sobre economía mientras
E. O. Wilson se ciñe a la biología. También las barreras comerciales son
barreras a este acuerdo de sentido común.
Un
ejemplo podría ayudar a persuadir a quienes aún no estén convencidos.
Supongamos que un trabajador estadounidense puede fabricar una taladradora en
media hora o un televisor de pantalla plana en una hora. Un trabajador chino
podría fabricar una taladradora en veinte minutos y un televisor de pantalla
plana en diez. El trabajador chino evidentemente es el E. O. Wilson de la
manufacturación. (A propósito, los números de productividad de este ejemplo no
sólo son ficticios, sino que también son irreales. Lamentablemente para los
chinos, los trabajadores en países en vías de desarrollo son mucho menos
productivos que los de países desarrollados. Sólo resultan competitivos porque
les pagan mucho menos; de hecho, la relación entre salarios bajos y baja
productividad es una relación extremadamente estrecha).
Si China
y Estados Unidos no comercian entre sí, se necesitarán, en los Estados Unidos,
noventa minutos de trabajo para fabricar el televisor de pantalla plana y la
taladradora para colgarlo de la pared. En China, el televisor y la taladradora
pueden fabricarse en media hora. Si los proteccionistas se salen con la suya,
así es como quedarán las cosas.
Si no
existen barreras comerciales, podemos hacer negocios entre ambos países y los
dos saldremos beneficiados. El trabajador chino fabrica dos televisores, lo que
le lleva veinte minutos, y un estadounidense fabrica dos taladradoras, en lo
que emplea una hora. Si intercambian una taladradora por un televisor, ambos se
encontrarán en una mejor situación de la que estaban al comenzar y ahorrarán un
tercio de su tiempo. Naturalmente, al ser más eficiente, el trabajador chino
puede terminar su turno más temprano o ganar más dinero; pero eso no significa
que el empleado estadounidense haya perdido debido al intercambio: todo lo
contrario.
Es verdad
que si el empleado chino trabajase horas extra podría hacer su propia tarea y
también el mismo trabajo que el estadounidense habría hecho en una semana. Pero
¿por qué debería ser tan extraordinariamente generoso? Los chinos no exportan
televisores a Estados Unidos por pura bondad; lo hacen porque nosotros enviamos
algo a cambio (incluso si, como en el hipotético caso de las taladradoras, los
chinos son también mejores fabricándolas).
Contrariamente
a lo que suele creerse, es simplemente imposible que el comercio destruya todos
nuestros puestos de trabajo y que nosotros importemos todo del exterior, sin
exportar nada. Si lo hiciéramos, no tendríamos con qué comprar los productos
importados. Para que exista comercio en realidad, alguien en Estados Unidos
debe producir algo para poder venderlo en el exterior.
Esto
debería ser algo obvio, pero de alguna manera no lo es. Imagínate a los
trabajadores estadounidenses de, digamos, Pittsburg, fabricando taladradoras. A
los trabajadores se les paga en dólares. El alquiler de la fábrica se paga en
dólares. Las facturas de la luz, la calefacción y el teléfono deben ser todas
pagadas en dólares. Pero las taladradoras se exportan a China y se venden allí,
o se utilizan para fabricar productos, en moneda china, el yuan. Los costes de
producción son en dólares, pero los ingresos en yuanes. De alguna manera, los
yuanes han de ser «transformados» en dólares para pagar los sueldos de los
empleados de Pittsburg, pero por supuesto que no existe tal proceso de «mágica»
conversión de los dólares en yuanes. Lo único que funcionaría sería que un
importador de Estados Unidos proporcionara dólares a cambio de yuanes, los
cuales utilizaría para comprar los productos importados. Las exportaciones
pagarían las importaciones.
Para
sorpresa de algunos, la economía trata de la interconexión de las cosas: los
productos y el dinero no aparecen y desaparecen. Nadie fuera de los Estados
Unidos aceptaría dólares como forma de pago si Estados Unidos no exportara
cosas que pudieran comprarse con dólares.
En un
mundo más complejo, los dólares y los yuanes, las taladradoras y los
televisores no se intercambiarían. Vendemos taladradoras a los saudíes, los
saudíes venden petróleo a los japoneses, los japoneses venden robots a los
chinos, y los chinos nos venden televisores. Podemos pedir dinero prestado por
un tiempo (en la actualidad, Estados Unidos está haciendo esto) o podemos
producir activos como fábricas de taladradoras y vender las fábricas en lugar
de las taladradoras. Pero, al final, el flujo continuo de divisas se
equilibrará por completo. Estados Unidos puede permitirse importar sólo si
finalmente produce artículos exportables suficientes para pagar los productos
importados, y esto sucede en todos los países.
Un
ejemplo más extremista quizá aclare más las cosas. Piensa en un país cuyo
Gobierno se enorgullece de su autosuficiencia. «Debemos fomentar nuestra
economía nacional», dice el ministro de Comercio e Industria. Así pues, el
Gobierno prohíbe todas las importaciones y patrulla la costa para evitar el
contrabando. Una de las consecuencias sería que se dedicaría mucho esfuerzo a
producir en el país lo que solía importarse: esto, ciertamente, fomenta la
economía nacional. Pero otra consecuencia sería que las industrias exportadoras
rápidamente se hundirían y desaparecerían. ¿Por qué? Porque ¿quién querría
gastar tiempo y dinero exportando productos a cambio de moneda extranjera, si
nadie está autorizado a invertir esa divisa extranjera en importaciones? Mientras
se fomenta una parte de la economía nacional, otra se paraliza. La política de
«no importar» también es una política de «no exportar». Y, de hecho, uno de los
teoremas más importantes de la teoría del comercio, el teorema de Lerner,
llamado así en honor al economista Abba Lerner, demostró en 1936 que el
gravamen sobre las importaciones es exactamente equivalente al gravamen sobre
las exportaciones.
El
teorema de Lerner nos indica que restringir las importaciones de los
televisores chinos para proteger los puestos de trabajo estadounidenses en la
fabricación de televisores tiene tanto sentido como restringir las
exportaciones de las taladradoras estadounidenses para proteger los puestos de
trabajo estadounidenses en la fabricación de televisores. De hecho, la
industria manufacturera de televisores estadounidense no está compitiendo en
absoluto contra la industria de fabricación china de televisores, sino contra
la propia industria de fabricación estadounidense de taladradoras. Si la
industria manufacturera de taladradoras es más eficiente, la industria de
fabricación de televisores no sobrevivirá, con tanta seguridad como que la
prometedora carrera de E. O. Wilson como periodista económico nunca despegó
debido a sus superiores habilidades como científico.
Sin duda
esto hace que contemplemos las barreras comerciales con una perspectiva
distinta, pero no demuestra que las barreras comerciales perjudiquen a alguien:
después de todo, ¿no debería tener más peso el beneficio que las barreras
comerciales brindan a la industria de fabricación estadounidense de televisores
que el daño que produce a la industria de las taladradoras estadounidenses? La
teoría de David Ricardo sobre la ventaja comparativa nos dice que la respuesta
es no. Como todos sabemos, bajo las normas de libre comercio, tanto los
empleados chinos como los estadounidenses pueden salir de su trabajo más
temprano de lo que podrían hacerlo de estar bajo las normas de un comercio
restringido, habiendo producido, pese a ello, la misma cantidad que antes.
La
respuesta de sentido común, que se basa en la experiencia práctica, también es
no: comparemos Corea del Norte con Corea del Sur, o Austria con Hungría. Para
hacernos una idea aproximada de cuánto mejor es tener una economía abierta y
liberal que no una economía cerrada, simplemente observemos que en 1990,
inmediatamente después de la caída del muro de Berlín, el austriaco medio era
entre dos y seis veces más rico que el húngaro medio (dependiendo de cómo se
mida). El surcoreano medio es rico, mientras que el norcoreano medio pasa
hambre. Corea del Norte está tan aislada que es difícil medir cuán pobre es el
país.
Las
barreras comerciales siempre provocarán más daños que beneficios, no sólo al
país contra el cual se levantan estas barreras, sino también al país que las
levanta. No importa si otros países eligen imponerse restricciones a sí mismos,
nuestra situación es mejor sin ellas. La gran economista Joan Robinson dijo una
vez, bromeando, que el hecho de que otros arrojen rocas al interior de su
puerto no es razón para que debamos hacer lo mismo en el nuestro. Los
ciudadanos de Brujas se dieron cuenta de esta verdad algunos siglos antes, a
medida que el Zwin se iba encenegando.
Esto
tampoco quiere decir que el libre comercio sea bueno para todos. La competencia
por parte de más baratos o mejores productos extranjeros no puede destruir a
todas nuestras industrias locales, porque en otro caso no podríamos permitirnos
comprar los productos extranjeros; pero sí puede alterar el equilibrio de
nuestra economía. Volviendo al ejemplo de las taladradoras y los televisores,
aunque en éste los chinos son mejores fabricando tanto taladradoras como
televisores, nosotros aún fabricamos taladradoras cuando comerciamos con los
chinos. De hecho, producimos el doble de taladradoras que antes, pero nuestra
industria de fabricación de televisores ha sido exterminada. Bueno, pues, para
la industria de las taladradoras, pero malo para la industria de fabricación de
televisores. La gente perderá sus puestos de trabajo. Deberán aprender nuevas
habilidades y volverán a emplearse en el sector de las taladradoras, lo que
quizá sea más fácil decirlo que hacerlo. En términos generales, Estados Unidos
estará en una mejor posición, pero algunas personas perderán, y los que pierdan
maldecirán al libre comercio y exigirán restricciones sobre los televisores
importados, aunque ahora sabemos que igualmente podrían demandar restricciones
sobre la exportación de taladradoras.
Hasta el
historiador más ocasional recordará la rebelión de los «luditas» en Gran
Bretaña. El ludismo comenzó en 1811 en la región central de Inglaterra, como
una respuesta desesperada de los obreros textiles cualificados a la competencia
que imponía la última tecnología: las máquinas para cortar y tejer medias. Los
luditas estaban bien organizados: destruyeron telares y máquinas (frame-breaking),
protestando contra el nuevo sistema económico. Alejados del estereotipo moderno
de brutos con escasa imaginación, los luditas respondían a una amenaza real
sobre su medio de ganarse la vida.
Entonces,
¿el cambio tecnológico perjudicó a alguien? Sin duda alguna. ¿Empobreció a Gran
Bretaña, en su conjunto? Una idea ridícula. Sin minimizar el sufrimiento de
aquellos que perdieron su sustento por el camino, es obvio que el progreso
tecnológico nos benefició mucho.
Se puede
considerar al comercio como otra forma de tecnología. El economista David
Friedman observa, por ejemplo, que para Estados Unidos existen dos maneras de
producir automóviles: pueden fabricarlos en Detroit o pueden cultivarlos en
Iowa. Cultivarlos en Iowa requiere una tecnología especial que convierte el
trigo en Toyotas: sólo hay que colocar el trigo en barcos y enviarlo al océano
Pacífico. Los barcos regresan al poco tiempo transportando Toyotas. La
tecnología utilizada para convertir trigo en Toyotas en el Pacífico se denomina
«Japón», pero también podría ser una futurista biofactoría a cierta distancia
de la costa de Hawai. De la misma manera, los empleados de Detroit están en
competencia directa con los agricultores de Iowa. Las restricciones a la
importación de coches japoneses beneficiarán a los trabajadores de Detroit y
perjudicarán a los agricultores: ellos son el equivalente moderno de «la
destrucción de máquinas».
La
solución, en una civilizada, al tiempo que progresista, sociedad no es prohibir
la nueva tecnología o restringir el comercio. Tampoco es ignorar la difícil
situación de aquellos que quedan sin empleo debido a la tecnología, al comercio
o por alguna otra razón. La solución es permitir que el progreso continúe,
mientras se alienta y se vuelve a emplear a aquellos que han sido perjudicados.
Esto puede llegar a sonar insensible. Después de todo, incluso la persona que
quiere encontrar un empleo y no puede sufre una tragedia personal. Los grupos
de interés que se oponen al libre comercio en su propio beneficio han exagerado
ampliamente los efectos del comercio. Entre 1993 y 2002, quedaron sin empleo
alrededor de 310 millones de personas en Estados Unidos. En el mismo período,
se crearon más de 327 millones de puestos de trabajo. En 2002, tenían empleo
casi 18 millones de personas más que en 1993. Cada una de las 310 millones de
veces que alguien perdía un empleo, esa persona tenía derecho a solidaridad y
apoyo, sin importar si la competencia del exterior tenía algo que ver. Con o
sin comercio de por medio, una buena economía pierde puestos de trabajo todo el
tiempo, y también los crea.
§. Pero
¿la globalización es algo bueno?
Una cosa es decir que el comercio enriquece a países como Estados Unidos; y
otra bien distinta, decir que la globalización es algo bueno. Para hacerles
justicia a todos los argumentos que existen acerca de la globalización, sería
necesario un libro entero. En un breve capítulo, sólo hay tiempo para abordar
dos quejas comunes sobre la globalización. La primera es que ésta es mala para
el planeta; la segunda es que es mala para los pobres de todo el mundo.
En primer
lugar, debemos ser algo más precisos acerca de lo que significa globalización,
sin llegar a ser demasiado técnicos. Aun dejando a un lado los fenómenos no
económicos, tales como la propagación de la televisión estadounidense, la
comida india y las artes marciales japonesas, hay mucha integración económica
internacional aparte del comercio. Puedo citar al menos cinco temas distintos:
el comercio de bienes y servicios; la migración de las personas; el intercambio
de conocimientos técnicos; la «inversión extranjera directa», o la construcción
o compra de fábricas y empresas en el extranjero; e inversiones
transfronterizas en activos financieros como acciones y bonos.
Muchas
discusiones sobre la globalización confunden todas ellas. Aun a riesgo de
simplificarlo demasiado, permítanme dejar tres de estos temas a un lado: la
migración, el intercambio de tecnología y las inversiones transfronterizas en
activos financieros; no porque no sean importantes, sino porque estos temas no
son los primeros que vienen a la mente de la gente cuando se habla de
globalización. La migración es un tema polémico por otras razones; por lo
general, xenofobia y egoísmo. Por otro lado, son pocos los que se oponen a la
divulgación de pacíficos conocimientos técnicos y científicos. Las inversiones
transfronterizas en activos financieros son tema de un considerable debate
técnico entre los economistas; son una gran oportunidad tanto para los ricos
como para los pobres, pero se trata de una oportunidad que acarrea cierto
riesgo. Por cuestiones de espacio, no diremos más acerca de estos tres temas.
En la
mayoría de los casos, cuando la gente discute sobre globalización, habla sobre
las dos tendencias restantes: más comercio y más inversiones directas por parte
de las compañías de países ricos, tales como la construcción de fábricas en
países pobres. Se planifica un notable porcentaje de inversiones extranjeras en
países pobres para producir bienes que se enviarán de vuelta a los países
ricos; mientras esto sea así, el comercio y las inversiones extranjeras estarán
estrechamente relacionadas entre sí. Es ampliamente reconocido que las
inversiones extranjeras son positivas para el crecimiento económico en los
países pobres: para ellos es una excelente manera de crear puestos de trabajo,
aprender las técnicas de vanguardia, y hacerlo sin tener que invertir su escaso
dinero. A diferencia de las inversiones en acciones, divisas o bonos, las
inversiones extranjeras directas no se pueden cancelar precipitadamente en
situaciones de pánico. Como dice el periodista económico Martin Wolf, «las
fábricas no caminan».
Aunque el
comercio con países pobres y las inversiones en los mismos ha aumentado de
manera notable en los últimos años, debemos aclarar que tanto el comercio como
las inversiones extranjeras tienen lugar, en su inmensa mayoría, entre los
países más ricos, y no entre los ricos y los pobres. La gente mira sus
zapatillas Nike y supone, tal vez, que todo se hace en Indonesia o en China.
Sin embargo, se gasta mucho más dinero al importar vino de Australia, carne de
cerdo de Dinamarca, cerveza de Bélgica, seguros de Suiza, juegos para
ordenadores de Gran Bretaña, coches de Japón y ordenadores de Taiwán, todo
transportado en barcos construidos en Corea del Sur. Estos países ricos
principalmente comercian entre ellos. La poderosa China, con cerca de una
cuarta parte de la población mundial, produce menos del 4% de las exportaciones
globales. México, un país con más de cien millones de personas, con un acuerdo
de libre comercio con la economía más grande del mundo, Estados Unidos, y en
una situación de rápida expansión comercial mientras la economía estadounidense
estaba al rojo vivo en 2000, exportaba menos que la pequeña Bélgica. Al mismo
tiempo, India, con mil millones de habitantes, produce menos del 1% de las
exportaciones mundiales. Y estas cifras se refieren a mercancías físicas: si se
observa el comercio de servicios —al margen del escándalo de los «paraísos
fiscales»—, los países en vías de desarrollo participan aún menos.
¿Y qué
sucede con los países más pobres? Muy a su pesar, comercializan muy poco con
los países ricos (y a medida que el comercio se expande en el mundo, los países
más pobres van siendo dejados atrás). Las importaciones norteamericanas
provenientes de los países menos desarrollados fueron sólo el 0,6% del total de
importaciones en el año 2000, percibiéndose una baja al compararlas con el 0,8%
correspondiente a 1980. El 0,5% de las importaciones de Europa occidental en el
año 2000 provino de los países menos desarrollados, y se percibió una baja
desde 1980, donde llegaron al 1%. Para Japón, la cifra es del 0,3% (antes era
del 1%). Y para el resto de los grandes comerciantes mundiales juntos, el
porcentaje de sus importaciones provenientes de los países menos desarrollados
suma el 0,6%, contra el 0,9% de veinte años atrás. Para los países
verdaderamente pobres, el problema no es la excesiva participación en el
sistema de comercio mundial. Algo similar sucede con las inversiones
extranjeras.
La teoría
de la ventaja comparativa, el sentido común y la experiencia nos dicen que el
comercio es bueno para el crecimiento económico; las inversiones extranjeras
directas están estrechamente relacionadas con el comercio, y éste también es
bueno para el crecimiento. Los países más pobres se pierden estos beneficios.
Ésta es una simplificación, pero es razonable. Sin embargo, en ambos casos
quedan preguntas sin contestar: ¿cuál es el efecto del comercio y de las
inversiones extranjeras sobre el medio ambiente? ¿Y cuál es el efecto de las
inversiones extranjeras en los países pobres sobre aquellos que deben aceptar
los llamados empleos «explotadores», los empleos en los que se paga poco y se
trabaja en pésimas condiciones?
§. La
globalización es ecológica
Primero hablemos del medio ambiente. En el capítulo cuatro, vimos que el
concepto de externalidad, desde el punto de vista del economista, nos brinda
una poderosa herramienta para comprender los riesgos del daño al medio
ambiente, y el impuesto a la externalidad nos da una solución. Muchos
economistas (tal vez la mayoría) comprenden los riesgos de los daños al medio
ambiente y quieren que se tomen medidas para preservarlo.
Pero la
relación entre comercio y daño ambiental no resiste un análisis minucioso. Hay
tres razones por las cuales preocuparse. La primera preocupación la constituye
el fenómeno de la «carrera hacia la reducción de mínimos» (literalmente:
«carrera hacia el precipicio», race to the bottom): las empresas se
precipitan en desbandada al exterior para fabricar productos bajo menos
gravosas y más permisivas leyes medioambientales, mientras que desventurados
Gobiernos las complacen creando esas leyes. La segunda consiste en que el
movimiento físico de los productos inevitablemente consume recursos y provoca
contaminación. La tercera preocupación es que si el comercio promueve el
crecimiento económico, también debe dañar al planeta. Aunque cada una de las
tres tiene cierta verosimilitud inicial, la noción de que el comercio es
perjudicial para el medio ambiente se basa en un débil razonamiento y con
escasa evidencia.
La
primera preocupación, esto es, la de que el libre comercio provoca problemas
ambientales porque los bienes producidos en el exterior están sujetos a normas
ambientales más indulgentes —o a ninguna norma—, debería, en primer lugar, ser
matizada recordando que la abrumadora mayoría de las transacciones comerciales
se da entre los países ricos, quienes poseen normas ambientales similares. Pero
¿qué hay de las inversiones en países pobres? La ecologista Vandana Shiva habla
en nombre de muchos cuando declara que «la contaminación se traslada de los
ricos a los pobres. El resultado es un apartheid ambiental
mundial». Son palabras fuertes… ¿Pero es esto cierto?
En
teoría, podría ser verdad. Las empresas que pueden producir bienes a más bajo
precio tendrían cierta ventaja competitiva. También pueden moverse con más
libertad en un mundo de libre comercio. Así que la «carrera hacia la reducción
de mínimos» es una posibilidad.
Sin
embargo, nuevamente, existen razones para sospechar que esto es irreal. Las
normas medioambientales no implican un gran coste; la mano de obra sí. Si las
normas estadounidenses de esta naturaleza son realmente tan estrictas, ¿por qué
las firmas de este país que más contaminan sólo invierten el 2% de sus ingresos
para ocuparse de la contaminación? La mayoría invierte aún mucho menos. Cuando
las empresas se trasladan al exterior, buscan mano de obra barata, no un
paraíso de contaminación. Y las empresas no contaminan por diversión; las
últimas técnicas industriales, a menudo, son más baratas y menos contaminantes
al mismo tiempo. La eficiencia energética, por ejemplo, ahorra dinero y reduce
la contaminación. Ésta es la razón por la cual muchas compañías contemplan el
comportamiento medioambiental como parte del general control de calidad y una
buena y eficiente fabricación. Incluso si fuera posible ahorrar algunos costes
descuidando aspectos medioambientales, muchas empresas construyen fábricas en
todo el mundo utilizando la misma más reciente y respetuosa con el medio
ambiente tecnología de los países desarrollados, simplemente debido a que ese
tipo de homologación proporciona ahorro de costes. Una analogía: si los chips
de ordenador de hace diez años aún se produjeran en grandes cantidades, serían
más sencillos y económicos de fabricar que los chips de hoy en día, pero ya a
nadie le interesan. Hoy es difícil comprar un ordenador viejo, aun cuando
quieras hacerlo. E incluso estos argumentos dejan aparte la posibilidad de que
las firmas quieran ofrecer estándares medioambientales más elevados para
satisfacer a sus empleados y clientes.
Entonces…
una «carrera hacia la reducción de mínimos» es posible en teoría; pero también
hay buenas razones para hacernos dudar de su existencia. Dejando a un lado la
teoría, ¿cuáles son los hechos? En primer lugar, que es más probable que las
inversiones extranjeras en los países ricos se dirijan a industrias
contaminantes que lo hagan las inversiones extranjeras en los países pobres. En
segundo lugar, las inversiones extranjeras en industrias contaminantes es el
sector de las inversiones extranjeras que acceden a Estados Unidos que más
rápidamente crece. En contraposición, las inversiones extranjeras en industrias
limpias son el sector de las inversiones estadounidenses en el exterior que más
rápidamente crece. En otras palabras, los extranjeros están trayendo industrias
sucias a los Estados Unidos, pero las compañías estadounidenses proveen al
mundo de industrias limpias.
Tal vez
hayan pestañeado un poco al leer el último párrafo. Para aquellos que crecieron
con sentimientos de culpa medioambiental, las estadísticas les parecen
descabelladas. No lo son tanto cuando consideras que los países pobres producen
bienes como ropa, juguetes para niños y café mientras que las industrias que
realmente contaminan, como la producción en masa de productos químicos,
requieren altos niveles de destreza, infraestructura fiable y (debido a que hay
mucha inversión de capital en juego) estabilidad política. ¿Para qué poner esto
en peligro y trasladar la planta a Etiopía para ahorrar unos pocos dólares en
costos medioambientales?
Otro
indicador del comportamiento medioambiental de las inversiones extranjeras en
países pobres proviene de la medición de contaminación en China, Brasil y
México. El 60% de las inversiones extranjeras en países pobres llega a estos
países. El cuadro que hay a continuación muestra cómo, mientras la economía
china se ha desarrollado, la contaminación del aire en zonas urbanas se ha
reducido. Al mismo tiempo, las inversiones extranjeras se han disparado, ya que
las firmas extranjeras construyen fábricas en China, ya sea para satisfacer al
mercado chino o para aprovechar la mano de obra barata y exportar los productos
al resto del mundo. Los patrones de Brasil y México son muy similares.
Con esto
no le estoy dando todo el crédito a las inversiones extranjeras. A medida que
China se enriqueció, el Gobierno impuso restricciones ambientales más estrictas
al mismo tiempo que llegaban las inversiones del exterior. Es difícil aceptar
las historias de «carreras hacia la reducción de mínimos» en este contexto.
Estas historias sirven para acobardar a los proteccionistas que buscan nuevas
maneras de favorecer a las industrias privilegiadas a expensas de los
consumidores y del mundo en vías de desarrollo.
¿La
globalización provoca contaminación?
China: Calidad del aire en zonas urbanas e inversión extranjera. Fuente:
Wheeler, 2001.
La verdad
es que el proteccionismo en sí mismo puede acarrear terribles costes
medioambientales. El caso más obvio: la espléndidamente «multifuncional»
Política Agraria Común de la Unión Europea, un paquete de barreras arancelarias
y subsidios creados para proteger a los agricultores europeos. Para quienes la
defienden, se supone que la multifuncionalidad transmite una idea de
autosuficiencia, seguridad, comportamiento medioambiental y un trato justo para
los pobres agricultores. Pero, en lugar de ello, esta política les brinda
subvenciones a los agricultores en la Unión Europea por la afinada cifra
de casi la mitad del presupuesto de la Unión, y la cuarta parte de las
explotaciones agrarias, que son las más grandes, obtiene más de dos tercios del
mismo (el hombre más rico de Inglaterra, el duque de Westminster, recibió
subsidios por 448.000 libras —casi 900.000 dólares estadounidenses— entre 2003
y 2004). La política apoya a la agricultura intensiva, lo cual arroja los
resultados obvios: baja calidad de los alimentos y alta utilización de
pesticidas y fertilizantes; y, al tiempo que se inundan los países en vías de
desarrollo con productos alimenticios a bajo precio, se reducen los precios que
reciben los agricultores en los países pobres. Por si fuera poco, está ayudando
a hacer descarrillar la actual ronda de la World Trade Liberalization. Como
comentó Martin Wolf en el Financial Times, «de hecho, sí es una
política multifuncional: es regresiva, derrochadora, daña la calidad de los
alimentos y el ambiente, y es un obstáculo para la liberalización del comercio
en todo el mundo».
La
agricultura protegida es intensiva.
La protección de la agricultura y el uso de fertilizantes en la misma
Fuente: FAO, 1998; OCDE, 2000.
Otros
países ricos, en especial Japón y Corea, benefician a sus agricultores de la
misma manera que la Unión Europea: un tercio de los ingresos de una típica
explotación agraria de la OCDE proviene del apoyo estatal; y, como demuestra el
cuadro anterior, cuantas más subvenciones se conceden a la agricultura, más
fertilizantes se utilizan. Si se aboliera la Política Agraria Común y otros
tipos de proteccionismo agropecuario, no tengo duda de que el medio ambiente
mundial mejoraría de manera rotunda, a medida que se redujera la agricultura
intensiva. Al mismo tiempo, tanto los consumidores europeos como los
agricultores del Tercer Mundo obtendrían un acuerdo mejor.
En los
Estados Unidos, la subvención para los agricultores es menor, pero aun así
puede considerarse protección y provocar daño medioambiental, si es el caso. En
1998, los productores nacionales de azúcar disfrutaban de un subsidio de 1.000
millones de dólares, la mitad del cual se distribuía entre sólo diecisiete
granjas. (Debido a las distorsiones provocadas por la protección, esto les
costaba a los consumidores cerca de 2.000 millones de dólares, de los cuales la
mitad era un desperdicio total). Esta protección ha perjudicado a los
productores de azúcar colombianos, quienes han cambiado su producción por la de
cocaína. Por supuesto que los grupos ambientalistas de presión lo aprobarían si
el medio ambiente se beneficiara, pero no es así: los residuos químicos de la
agricultura intensiva en Florida del Sur están dañando al Parque Nacional de
los Everglades.
La
agricultura intensiva es un caso concreto. No todos los problemas ambientales
se resolverán automáticamente gracias al libre comercio. Un ejemplo es la
tendencia al monocultivo: cultivar solamente arroz, solamente café o solamente
trigo. Esta falta de biodiversidad hace que la cosecha sea más vulnerable ante
las plagas y a los cambios del clima.
Esto
puede sonar como una argumentación en contra del libre comercio, ya que el
aumento de comercio alienta a los países a especializarse en un solo tipo de
cultivo, del cual obtienen una ventaja competitiva. Pero las barreras
arancelarias no son una buena manera de afrontar el problema de la agricultura
intensiva. En primer lugar, tanto la biodiversidad local como la mundial son
importantes, pero la biodiversidad nacional es irrelevante: los problemas
medioambientales no conocen límites políticos. En la medida en que la falta de
biodiversidad es un problema, la solución consiste en una regulación
medioambiental directa: la economía mínimamente invasiva del capítulo 5. Es
absurdo esperar que una barrera arancelaria solucione el problema.
Éste es
un caso especial de otro importante apartado de la teoría de comercio. Siempre
(en teoría) y normalmente (en la práctica) habrá una política alternativa, la
cual solucionará el problema medioambiental más directa y eficientemente que
cualquier barrera comercial. Jagdish Bhagwati, un eminente economista teórico,
comenta en este ámbito que «no se pueden matar dos pájaros de un tiro». Las
barreras comerciales son una herramienta burda y perjudicial para luchar por
objetivos que valen la pena, como mantener un medio ambiente saludable.
Los
costos de transporte son otro ejemplo del principio de Bhagwati. Otra vez,
parece superficialmente atractivo restringir el comercio internacional para
reducir la contaminación provocada por los buques portacontenedores y los
aviones de transporte de mercancías. Otra vez, la solución es una regulación
directa en forma de impuesto sobre la externalidad. Las barreras arancelarias
atentan contra el transporte de bienes a través de las fronteras: pero cruzar
la frontera no es dañino para el ambiente. Los costes de transporte para
transportar un reproductor de discos compactos desde el puerto de Osaka hasta
el puerto de Los Ángeles son menores que los costes de transportarlo desde el
puerto de Los Ángeles hasta Arizona, o incluso hasta una sucursal de Best Buy
dentro de la propia ciudad de Los Ángeles. El coste de transporte para alguien
que va conduciendo a un Best Buy y regresa con el reproductor de discos
compactos es aún más elevado, y los verdaderos costes medioambientales de
congestión viaria y contaminación son tangibles. Que los bienes sean
transportados en el interior de los países, o incluso muy localmente, no
significa que los costes ambientales de transportarlos sean bajos. Nuevamente,
el economista camuflado debe recomendar políticas que ataquen el problema
directamente: el impuesto sobre la externalidad alimentaría el uso de métodos
de transporte menos contaminantes, ya sea dentro de un país o entre distintas
naciones.
El último
tema de preocupación, entonces, es que el comercio no es malo en sí mismo, sino
como consecuencia de que conduce a un crecimiento económico que perjudica al
medio ambiente: esto es, el comercio hace ricas a las personas y esto perjudica
al medio ambiente. Esta afirmación merece cierta atención.
Los
problemas ambientales más severos y concretos de hoy en día (y tal vez, los más
serios del futuro, aun con la amenaza del cambio de clima) también son aquellos
que aquejan a las personas más pobres del mundo. Un ejemplo es la contaminación
doméstica de las estufas de leña, que provocan ceguera y problemas
respiratorios mortales. Otro ejemplo es el agua para beber que no es segura, la
cual mata a millones de personas. La solución a estos problemas
medioambientales es el crecimiento económico, y el comercio puede ayudar.
Otros
agentes contaminantes, como las partículas que emiten los automóviles y que
flotan en el aire, empeoran a medida que la gente se enriquece (por un tiempo).
Por lo general, esta contaminación se convierte en menos seria cuando la gente
gana 5.000 dólares por cabeza (como en México), porque en ese punto son lo
suficientemente ricos como para permitirse normas medioambientales más
estrictas, y las exigirán. El comercio ayuda tanto indirecta (fomentando el
crecimiento) como directamente, debido a que el libre comercio en los países
más pobres se ha asociado con el fin de las subvenciones para prestigiosas
industrias que contaminan severamente, tales como la industria petroquímica y
la de acero, y también con la importación de tecnología nueva y no contaminante.
Es verdad
que el consumo de energía, y con él las emisiones de dióxido de carbono y la
amenaza del cambio de clima, aumenta mucho tiempo después de que la gente
alcanza los 5.000 dólares por cabeza. Aunque no podemos asegurarlo, parece que
los países más ricos del mundo están alcanzando el punto en el cual hasta el
consumo de energía por cabeza está a punto de dejar de aumentar. Después de
todo, nuestros coches y electrodomésticos mejoran día a día, y si todos tenemos
dos automóviles y una gran casa con aire acondicionado, es difícil ver de dónde
provendrá la demanda extra de energía.
Así, si
somos sinceros, el razonamiento de que el comercio conduce al crecimiento
económico, y éste, a su vez, al cambio climático, nos lleva entonces a una
conclusión rotunda: deberíamos cortar los lazos comerciales para asegurarnos
que los chinos, indios y africanos sigan siendo pobres. La pregunta es si una
catástrofe medioambiental, incluso el grave cambio climático, podría causar el
mismo coste humano fatal que dejar a tres o cuatro mil millones de personas en
la pobreza. Hacer esa pregunta implica ya responderla.
¿Eso
significa que estamos condenados a elegir entre la masiva muerte por inanición
y un Armagedón medioambiental? En absoluto. Hay muchas cosas que podemos hacer
para proteger el medio ambiente sin utilizar el método contraproducente de
restringir el comercio. Los impuestos a la externalidad ya han reducido las
emisiones de azufre en los Estados Unidos (y también lo harán en China).
También pueden utilizarse para reducir las emisiones de dióxido de carbono y
luchar contra el cambio climático; si se lo exigiéramos a nuestros gobernantes,
esto podría llevarse a cabo. Incluso podría no ser caro. Podríamos comenzar
eliminando completamente las subvenciones a los combustibles fósiles; Alemania,
un país que se enorgullece de ser un ferviente protector de la ecología y un
firme partidario del Protocolo de Kioto sobre el cambio climático, gasta 86.000
dólares por cada mina de carbón para proteger su industria de la competencia
internacional.
¿Qué es
lo que obtenemos en realidad a partir del ataque ecologista al libre comercio?
Hemos visto que la «carrera hacia la reducción de mínimos» no existe; que las
industrias que más contaminan aún tienen su base en países ricos, y no en los
pobres; que las normas ambientales están aumentando en China, Brasil y México,
los destinos más importantes para la inversión extranjera en los países pobres;
que las medidas proteccionistas como las aplicadas a la agricultura, el acero y
el carbón (a veces, con justificaciones ambientales) en realidad son
terriblemente dañinas para el medio ambiente; que los impuestos sobre el
combustible para el transporte son compatibles con el libre comercio y mucho
mejores para el medio ambiente que las restricciones comerciales; y que los
peores problemas medioambientales, al menos hasta hoy en día, son consecuencia
de la pobreza y no de la riqueza. El movimiento ecologista debería protestar
para exigir un libre comercio internacional de inmediato. Un día, tal vez lo
haga.
§.
Sweatshops; o ¿es bueno el comercio para los pobres?
¡Qué bonitas zapatillas de deporte! Pero ¿no te hacen sentir un poco, digamos…
culpable?
Se ha
acusado a varias compañías multinacionales de someter a los trabajadores de
países en vías de desarrollo a deplorables condiciones laborales. Con mucha
frecuencia se menciona a Nike, que es el blanco de diversas campañas. Por tomar
sólo un ejemplo especialmente espectacular, un emprendedor estudiante del MIT
(Instituto de Tecnología de Massachusetts), llamado Jonah Peretti, se aprovechó
de la propuesta publicitaria de Nike para crear zapatillas personalizadas.
Textualmente dijo:
Ante la
exaltación de la libertad por parte de Nike y su declaración de que si quieres
algo bien hecho, hazlo tú mismo, no pude evitar pensar en la gente de las
atestadas fábricas de Asia y Sudamérica, que es quien realmente fabrica el
calzado Nike. Para desafiar a Nike, le encargué un par de zapatillas de deporte
personalizadas con la palabra «sweatshop».
Hasta los
economistas creen que es bastante gracioso; pero Nike no (como ya sabes, el
término sweatshop designa a aquellas fábricas que explotan a
sus trabajadores): Jonah Peretti no consiguió sus zapatillas personalizadas.
Peretti y
sus partidarios han atraído, acertadamente, la atención sobre el hecho de que,
en los países en vías de desarrollo, los trabajadores soportan condiciones
laborales deplorables: muchas horas de trabajo y salarios irrisorios. Pero
las sweatshops constituyen el síntoma, no la causa, de la
espantosa pobreza mundial. Los trabajadores acuden a estos sitios
voluntariamente, lo cual significa (aunque sea difícil de creer) que
cualesquiera que sean sus otras alternativas, éstas son peores. Y, lo que es
más, se quedan allí; los índices de renovación del personal en las fábricas
propiedad de multinacionales son bajos, debido a que las condiciones y el
salario, aunque malos, son mejores que en las fábricas dirigidas por empresas
locales. Y hasta el sueldo de una compañía local probablemente sea preferible a
intentar ganar dinero sin un empleo: mantener un puesto de venta ilegal en la
calle, trabajar como prostituta o hurgar en apestosos vertederos de basura de
ciudades como Manila para encontrar productos reciclables. El vertedero de
basura más famoso de Manila, conocido como Smokey Mountain, se clausuró en los
noventa, al haberse convertido en un vergonzoso símbolo de pobreza. Pero hay
otros basureros que continúan manteniendo a los que rebuscan en ellos, quienes
pueden ganar hasta cinco dólares por día. Más de ciento treinta personas
fallecieron sepultadas por un desprendimiento en Payatas, otro basurero de
Manila, en julio de 2000. Hasta esas formas de ganarse la vida, a duras penas,
en las urbes resultan atractivas si se las compara con llevar una vida de
subsistencia en las zonas rurales. En América Latina, por ejemplo, mientras la
pobreza extrema es algo relativamente poco común en las ciudades, es moneda
corriente en el campo. Cualquiera que se preocupe un poco por otros seres
humanos se indignaría ante la situación, pero también debería reconocer que
Nike y otras empresas multinacionales no son la causa.
La
solución a la pobreza no se logrará boicoteando el calzado y la ropa fabricados
en los países en vías de desarrollo. Al contrario: países como Corea del Sur
han abierto sus puertas a empresas multinacionales, y, lentos pero seguros, se
han enriquecido. A medida que las multinacionales han ido estableciendo
fábricas, han ido compitiendo entre sí por los trabajadores más cualificados.
Los salarios han aumentado, no porque las compañías sean generosas, sino porque
no tienen otra elección si quieren atraer a los buenos empleados. Las empresas
locales aprenden las últimas técnicas en producción y se convierten así en
grandes empresarios. Esto hace que cada vez sea más atractivo para las personas
trabajar en una fábrica y aprender las técnicas necesarias: la educación
mejora. La gente abandona el campo, lo cual aumenta los ingresos rurales de
aquellos que se quedan a un nivel más tolerable. Es más fácil cobrar impuestos
sobre empleos formales, por lo cual las rentas públicas aumentan y la
infraestructura, los hospitales y las escuelas mejoran. La pobreza disminuye y
los salarios aumentan inexorablemente. Después de los ajustes por la inflación,
el trabajador tipo coreano gana cuatro veces más dinero de lo que ganaba su
padre veinticinco años atrás. Hoy en día Corea es un líder mundial en
tecnología y lo suficientemente rica como para subvencionar su maltrecha
agricultura, como hace el resto de los países ricos del mundo. Las sweatshops se
han trasladado a otro lugar.
Es
difícil no conmoverse ante las condiciones en las que se trabaja en las
fábricas que explotan a sus trabajadores. La pregunta es cómo deshacerse de
ellas. La mayoría de los economistas creen que dichas fábricas son beneficiosas
en dos sentidos: suponen un paso adelante en relación con las demás
alternativas y un peldaño en la escalera que conduce a algo mejor.
Pero
mucha gente no piensa lo mismo. William Greider, comentarista de política de
centro-izquierda, elogió al Ayuntamiento de la ciudad de Nueva York por aprobar
una resolución en 2001 que exigía que la ciudad se negara a comprar uniformes
para los policías y bomberos, a menos que fueran fabricados bajo «salarios y
condiciones laborales decentes». Una resolución así sólo puede perjudicar a los
trabajadores explotados: se quedarán sin empleo y (literalmente para aquellos
de Manila) volverán a los montones de basura. Por supuesto, serán buenas
noticias para los trabajadores textiles de los países ricos: ellos se harán con
el negocio, en su lugar. Dudo mucho que sea una coincidencia el hecho de que el
borrador de dicha resolución fuera redactado por la UNITE (por sus siglas en
inglés), el Sindicato de Trabajadores Industriales, Textiles y de la Costura,
exactamente la gente que se beneficiaría si la importación de bienes textiles
disminuyera.
Si
encuentras mi relato poco convincente y deseas tener la conciencia tranquila
cuando compres ropa, visita la página web de la UNITE y tecleas «union-made,
sweat-free clothing», en www.uniteunion.org.
§. El
poder de los grupos de presión
Se atribuye a Harry Truman (presidente de los Estados Unidos entre 1945 y 1953)
el haber solicitado un economista manco, que fuera incapaz de dar un consejo y
luego decir: on the other hand, esto es, «por otro lado» (hand significa
mano en inglés y la expresión sería, literalmente, «en la otra mano»). Ronald
Reagan, que siempre contó con los mejores redactores de discursos, dijo una vez
que debería existir una versión del Trivial Pursuit para
economistas: «Con cien preguntas y trescientas respuestas».
Bastante
cierto: los economistas no siempre se ponen de acuerdo. Sin embargo, es raro el
economista que no sea un entusiasta de los beneficios del libre comercio. La
opinión prácticamente unánime entre los economistas es que el libre comercio
mundial sería un gran avance y que, aun si otros países rehusaran reducir sus
barreras arancelarias, seríamos idiotas si no redujéramos las nuestras.
Los
economistas estiman que los beneficios del libre comercio son enormes. Por
ejemplo, cuando, en la década de 1850, Estados Unidos forzó a Japón a abrir sus
puertos al comercio, después de décadas de aislamiento, Japón comenzó a
exportar seda y té a un ávido mercado mundial, a cambio de ropa de lana y
algodón, que era barata a nivel internacional, pero cara en Japón. Como
consecuencia de ello, su renta nacional se incrementó en dos tercios.
Más
recientemente, se estima que la Ronda Uruguay de negociaciones comerciales, que
redujo las barreras arancelarias en todo el mundo a partir de 1994, ha
aumentado la renta mundial en, aproximadamente, cien mil millones de dólares.
Si se redujeran un tercio los aranceles de los productos agrarios e
industriales, y de los servicios, habría un incremento mayor: 600.000 millones
de dólares (alrededor del 2% de la renta mundial). La eliminación de todas las
barreras arancelarias representaría más del 6% de dicha renta. Seguramente
éstos sean cálculos que subestimen los beneficios, ya que sólo incluyen las
ganancias más claras que resultan de transportar productos más económicos de
los mercados mundiales a mercados protegidos: ergo, la aplicación más sencilla de
la teoría de David Ricardo sobre la ventaja comparativa. Otras ventajas son
similares, ya que, en contra de la generalizada creencia de que el mercado es
el gran aliado de las multinacionales, el libre comercio también destruye el
poder de la escasez que tienen las grandes empresas, al sujetarlas a la
competencia internacional. Alienta la utilización de nuevas formas de trabajo y
de tecnologías más avanzadas. Algunos incluso piensan que promueve la paz, al
darles razones sólidas a los países comerciantes para no entrar en guerra entre
sí.
Si el
libre comercio realmente brinda tantos beneficios, ¿por qué el mundo todavía
posee tantas barreras comerciales? ¿Por qué los políticos no consiguen fáciles
votos anulando dichas barreras? ¿Por qué los japoneses tuvieron que ser
«forzados» a implementar una política que casi duplicó la renta del país?
Desgraciadamente, en la mayoría de los países, tanto ricos como pobres, existen
grupos de presión (special interest groups), con desproporcionada
influencia, que tienen razones para oponerse al libre comercio.
Los
aranceles tienen a imponer un pequeño y disfrazado coste a la mayor parte del
país, en forma de precios más altos, y un coste aún mayor a los extranjeros,
que no tienen el derecho al voto. Los beneficios de los aranceles son
considerables para un restringido y concentrado grupo de personas, a menudo
sectores con sindicatos organizados y grandes empresas. Si los votantes están
bien informados y comprenden en su totalidad la teoría económica, entonces, en
una democracia, los proteccionistas no obtendrían el voto. Pero si la gente no
está bien informada sobre los costes de los aranceles que se le imponen,
entonces, dado el poco efecto que tiene cualquier específico arancel sobre un
votante en concreto, quizá el arancel ni siquiera tenga cabida en sus pensamientos
(especialmente si la campaña a favor de restricciones comerciales se disfraza
de campaña sobre las sweatshops —recuerda: las empresas
explotadoras de trabajadores—). Los intentos por hacer alguna reforma también
pueden bloquearse por inercia o miedo por parte de los votantes poco
informados, mientras que los grupos de presión son plenamente conscientes de
que tienen la posibilidad de obtener beneficios de la protección, y piensan que
merece la pena dedicar cuantiosos fondos y ejercer presión para defender sus
exclusivos intereses.
En una
saludable democracia, los intereses particulares deberían tener menos poder que
en una democracia débil o que en un país no democrático, como Camerún. Si los
grupos de interés particular son parte de la explicación que subyace en las
barreras arancelarias, cabría esperar que los países con democracias más
consolidadas redujeran estas barreras.
Las
cifras lo demuestran con exactitud. En 1999, Estados Unidos tenía unos
aranceles promedio del 2,8%. En la Unión Europea, los aranceles promedio eran
del 2,7%. En Corea, el «tigre emergente», del 5,9%. En Argentina, supuestamente
modelo de reforma económica, era del 10,7%. En las economías gigantes de China
e India, 15,7 y 29,5%, respectivamente. Sabemos ya que la pobreza y la
corrupción del pequeño y mísero Camerún no están siendo aliviadas por la
aplicación de asombrosos aranceles, que promedian un 61,4%.
Parece
que aunque pudiéramos presionar a nuestros políticos para que hiciesen lo
correcto para todos, reduciendo los aranceles, la responsabilidad recae de
igual manera sobre los Gobiernos de estos países pobres. ¿Por qué mantienen los
aranceles, que perjudican a sus ciudadanos? Tal vez porque el aislamiento
internacional favorece la estabilidad política. El líder político con más años
en el poder en todo el mundo es Fidel Castro, seguramente presidente vitalicio
como resultado de las sanciones de los Estados Unidos, que han producido un
resultado contrario al deseado. El régimen de Sadam Husein parecía más fuerte
que nunca tras una década de sanciones: fue una fuerza exterior y no un cambio
interno la que lo expulsó del poder. Myanmar y Corea del Norte son parias
internacionales con Gobiernos demasiado estables.
Esto
explica por qué Japón se vio forzado a liberalizar y, con ello, a aumentar
considerablemente la renta del país. La política de aislamiento no se creó
pensando en el bienestar del pueblo japonés, sino en el bienestar de sus
gobernantes, el clan Tokugawa. La historiadora Janet Hunter afirma:
Los
mecanismos del control político eran respaldados por un severo régimen de
reglamentación, que intentaba minimizar todo cambio social, político y
económico entre los ciudadanos en general… A partir de 1640, se minimizó la
potencial influencia dañina extranjera, aislando al país de casi todo contacto
con el resto del mundo.
Aunque
estas precautorias medidas tuvieron éxito en lo que atañe al mantenimiento en
el poder de los Tokugawa durante aproximadamente dos siglos y medio, nunca
podían esperar evitar todo cambio social, económico y político… El
restablecimiento de las relaciones con los Estados Unidos y los poderes
imperialistas de Europa rápidamente llevó la cuestión a un punto crítico… Desde
1853, [durante] la crisis sobre las peticiones de Estados Unidos para el
establecimiento de relaciones formales… la autoridad de Tokugawa rápidamente
entró en declive.
Los
grupos de interés particular han intentado definir la política comercial de los
Estados Unidos, con éxito diverso. Las barreras arancelarias deben ser
aprobadas por el Congreso y sus miembros defienden los intereses de sus propios
electores, exigiendo protección para la agricultura en Iowa, el acero en
Pensilvania, el azúcar en Florida o la fabricación de automóviles en Michigan.
Negociando entre ellos los votos, podrían aprobar arancel tras arancel; y si el
presidente regresara de alguna negociación comercial con un tratado en la mano
para reducir las barreras comerciales, ellos se negarían a ratificarlo.
Por lo
general, los presidentes tienden más a ser entusiastas partidarios, ya que
necesitan votos de todo el país; así que es menos probable que favorezcan al
proteccionismo localmente concentrado. En efecto, a partir de 1934, cuando el
presidente Roosevelt convenció al Congreso para que le otorgara a él y a los
futuros presidentes el poder de aprobación previa de los tratados comerciales,
las tasas arancelarias en los Estados Unidos cayeron del 45% al 10%,
aproximadamente, en dos décadas. Así pues, desde que el presidente ostenta la
responsabilidad de la política comercial, han venido reduciéndose tales tasas.
Por
supuesto que los presidentes no son totalmente inmunes a la política de
intereses particulares: la importancia de la votación de Florida en las últimas
elecciones presidenciales garantiza la protección de los productores de azúcar
a expensas de la nación. Ningún sistema político es perfecto, pero las
democracias tienden a favorecer al comercio más que otros, ya que reducir las
barreras comerciales resulta beneficioso para el ciudadano común.
§. ¿Cómo
podemos mejorar la situación de los pobres?
Ya te habrás dado cuenta de que soy un fanático del café y la cerveza. Mi café
preferido proviene de Timor; mi cerveza predilecta, de Bélgica. Mi vida es
mucho más feliz gracias a los recolectores timorenses de café y a las compañías
cerveceras belgas; y espero haber hecho lo suficiente para convencerte de que
también sus vidas son más felices gracias a mí. Una característica fundamental
de las clases de interacción social que suelen estudiar los economistas es que…
todos ganan.
Por
desgracia, unos ganan mucho más que otros. Yo me encuentro en una buena
situación, al igual que los belgas. Los timorenses no. Estarían, incluso, peor
de no ser por el comercio, pero esto no es suficiente para relajarnos y
olvidarnos de ellos.
Quienes
cultivan café son pobres porque no poseen ningún poder de la escasez. Hay
muchos lugares donde se puede cultivar café. Cultivar café a gran escala
requiere mucho trabajo, pero escasa destreza. Ningún cultivador particular
tiene el poder suficiente como para afectar el precio del mercado. Incluso si
los países actuaran al unísono, tampoco tendrían el poder de la escasez: cuando
los más importantes productores intentaron crear un cártel (la Asociación de
Países Productores de Café) para el control de dos tercios de la producción
mundial de café, dicha asociación fracasó y hubo de disolverse. Cada vez que el
cártel lograba aumentar los precios, nuevos agricultores, en nuevos países,
rápidamente encontraban atrayente el comenzar a cultivar café. Vietnam es un
estupendo ejemplo. Hace unos años, apenas se cultivaba café en el país, pero
hoy en día es el segundo productor del mundo. Un cártel diseñado para explotar
el poder de la escasez sólo puede funcionar si los nuevos productores no pueden
entrar en el mercado con facilidad.
No
deberíamos olvidar que una de las razones por las cuales resulta tan fácil para
los agricultores pobres producir café es que éste no crece en Francia o en
Florida, así que los agricultores ricos no están interesados en hacer campaña a
favor de altos aranceles. El café sin procesar se encuentra relativamente libre
de aranceles, por lo cual un efecto más de éstos sobre la carne, el arroz y los
cereales es que los agricultores de los países pobres no tienen otra opción que
la de mercados alternativos como el café, que no puede mantener a todos ellos.
Debido a
que resulta tan fácil introducirse en el negocio del café, me atrevo a hacer
una predicción: los agricultores que cultivan café no serán ricos hasta que la
mayoría de las personas sean ricas. Si aquéllos se enriquecen pero otros
agricultores, o quienes trabajan en lugares donde los explotan, son pobres, los
demás comenzarán a cultivar café. Los altos precios del café se hundirán, hasta
que quienes son explotados se conviertan en trabajadores «de cuello blanco»,
bien remunerados y con empleos cualificados en la industria, que no se sientan
atraídos por la idea de ser un próspero cultivador de café.
Debemos
comprender que las iniciativas que tienen una visión limitada sobre el «café de
Comercio Justo» o la «ropa sin explotación» —ropa no fabricada en las sweatshops—
nunca mejorarán de manera significativa la vida de millones de personas.
Algunas, como la campaña para que la ciudad de Nueva York no comprara uniformes
procedentes de países pobres, producirán un serio perjuicio. Otras, como las
numerosas marcas de café de comercio justo, probablemente aumenten los ingresos
de unos pocos productores de café sin causar demasiado daño. Pero no pueden
solucionar el problema básico: se está produciendo demasiado café. Ante el más
ligero indicio de que el cultivo de café se convertirá en una actividad
atractiva, el sector siempre estará inundado de gente que no tenga otra
alternativa. Lo cierto de la cuestión es que sólo el desarrollo de base amplia
en los países pobres podrá elevar el nivel de vida de los más pobres, aumentar
los precios del café, e incrementar los salarios y las condiciones laborales de
las fábricas de calzado.
¿Puede
llevarse a cabo dicho desarrollo? Sin duda. Miles de millones de personas de
los países en vías de desarrollo son mucho más ricas de lo que lo fueron sus
padres. La esperanza de vida y el nivel de educación están en aumento, aun en
países que no están enriqueciéndose. Esto sólo en parte se debe al libre
comercio; existen muchos otros factores. Para que una economía en vías de
desarrollo crezca con fuerza, hay que poner en marcha muchas reformas. Hay un
país en el mundo que lo ha hecho para más gente, más rápidamente, y desde una
peor posición de salida, que ningún otro en la Historia. Es allí donde debemos
finalizar nuestro viaje.
Capítulo
10
Cómo China se hizo rica
Contenido:
§. Dos
revoluciones agrarias
§. Invirtiendo para el futuro
§. Crecer sin el plan
§. Acceso y poder de la escasez
§. China y el mundo
§. Epílogo: ¿importa la economía?
— ¡Dios
mío! —dije.
Estaba
parado junto a mi esposa en la «Renmin Gongyuan», la plaza del Pueblo, en medio
de Shanghai. Renmin Gongyuan es el Central Park del siglo XXI. Me dio la misma
sensación de aceleración vertiginosa que tuve en mi primera visita a Manhattan.
Caminar por el área que ocupa el parque nos permitió sentir el impacto visual
de los rascacielos de Shanghai. Uno era un moderno edificio de la Chrysler,
coronado por cuatro impresionantes púas simétricas que se cruzaban en un punto
exacto; toda la construcción de la torre giraba cuarenta y cinco grados sobre
su eje para que los cuarenta pisos superiores quedaran en diagonal a los
cuarenta inferiores. Otro edificio contaba con una enorme sala de vidrio, que
colgaba suspendida sobre la ciudad a sesenta pisos de altura. No todos los
diseños eran de buen gusto: uno tenía un lujoso ático con forma de cúpula que
parecía robado de un plató de películas de platillos volantes de los años
cincuenta. Debía de haber unos treinta rascacielos, de los cuales media docena
eran increíblemente altos. Todos ellos eran completamente nuevos.
— ¡Dios
mío! —dijo Fran.
— ¿Cuándo
fue la última vez que has estado en Shanghai?
—Hace
diez años.
—
¿Cuántos de estos edificios estaban ya construidos hace diez años? —pensó ella
por un instante.
— ¿Ves
aquel de allí?
— ¿El
edificio cuadrado con cuarenta pisos de oficinas?
—No. El
que está justo detrás —estaba señalando un edificio de ladrillos rojos de doce
pisos, empequeñecido por las construcciones modernas que lo rodeaban.
—Sí, lo
veo.
—Ése era
el más alto hace diez años.
— ¡Dios
mío! —dije.
La
ambición que representaba todo ello era, simplemente, algo estimulador. En sólo
una década, los constructores de Shanghai habían puesto en pie toda una copia
de Manhattan. No sé qué hubieran opinado los neoyorquinos. A los londinenses
nos hizo sentir pueblerinos.
Sin
embargo, todo esto pudo haber sido tan diferente… Durante la mayor parte del
siglo XX, China era más pobre que Camerún. En 1949, cuando nació la República
Popular de China, el país más grande del mundo fue destruido por la guerra
civil y gobernado por una dictadura comunista. A finales de los cincuenta,
millones de personas murieron debido a la hambruna provocada por las fallidas
políticas del Gobierno. En los años sesenta, la Revolución Cultural desmanteló
el sistema universitario y millones de ciudadanos instruidos fueron forzados a
«reeducarse» para trabajar en el campo. Después de todo esto, ¿cómo pudo China
convertirse en el país con mayor éxito económico de la Historia?
§. Dos
revoluciones agrarias
Basta una visita a Shanghai para que surja dicha pregunta. Las pistas que
llevan a responderla pueden ser halladas a lo largo de toda China. Descubrí
algunas de ellas mientras viajaba en tren hacia el interior de la ciudad china
de Zhengzhou.
El tren
en sí mismo fue el primer indicio: era más cómodo, más rápido y más puntual que
los que dejaba atrás en Inglaterra. La red de carreteras y ferroviaria de China
parecía estar en óptimas condiciones. En segundo lugar, los chinos parecían
gozar de un sistema educativo excelente (un doctor en Economía, un joven que
nunca había salido de China, pero que hablaba suave y pensativamente un
correcto inglés, me dio una severa, aunque educada, paliza al ajedrez). En
tercer lugar, aunque el tren estaba atestado, había pocos niños y ninguna
familia numerosa. La política china de «un solo hijo por familia» ha creado una
sociedad en la cual las mujeres tienen tiempo para trabajar y la mayoría de los
ciudadanos no está formada ni por ancianos ni jóvenes, sino por personas de
mediana edad, que ahorran para el futuro. Estos importantes ahorros han
proporcionado el dinero necesario para invertir en las carreteras y en los
trenes, entre otras cosas. Como mínimo, China poseía, claramente, los recursos
humanos, la infraestructura y el capital financiero requeridos por los modelos
tradicionales de crecimiento económico. Sin embargo, no siempre parecía que
dichos recursos se utilizaran correctamente; ya sabemos que sin la iniciativa
adecuada se desperdiciarían.
Bajo el
mandato de Mao, las pérdidas fueron legendarias. Los esfuerzos iniciales de
China por desarrollarse presentaban dos flancos: la inversión masiva en la
industria pesada, como la del acero, y la aplicación de técnicas agrícolas
especiales para asegurarse de que la vasta población de China estuviese
alimentada. El enfoque de la política era comprensible: las provincias del
norte de China son ricas en carbón de buena calidad, lo cual, lógicamente,
podía proporcionar la base de una revolución económica. El carbón, el acero y
la industria pesada han sido la base de la revolución industrial en las
economías líderes: en el Reino Unido, en los Estados Unidos y en Alemania. Por
otro lado, la agricultura debía ser una prioridad para cualquier Gobierno
chino, ya que apenas había tierra fértil suficiente para alimentar a los
cientos de millones de habitantes del país. Desde la ventanilla del tren, yendo
a Zhengzhou, contemplaba el paisaje de Henan, la provincia más densamente
poblada de China. Era un desierto glacial.
Este
doble enfoque fue denominado «El Gran Salto Adelante». Parecía tener sentido,
pero fue el mayor fracaso económico que el mundo ha visto jamás. Mao condujo
una política económica que se basaba en la premisa oculta de que si la gente se
esforzaba, podía suceder lo imposible. El entusiasmo, por sí solo, era
suficiente. Se ordenó a los aldeanos que construyeran hornos de acero en los
patios, pero no contaban con mineral de hierro para agregarles. Algunos
aldeanos fundieron hierro y acero (herramientas y hasta las aldabas de las
puertas) para poder cumplir con las cuotas exigidas por el Estado. Hasta el
médico personal de Mao mostraba su preocupación por la sensatez de la política
de «destruir cuchillos para fabricar cuchillos». El acero que salía de los hornos
era inutilizable.
Si la
política industrial era una farsa, la política agrícola fue una tragedia. «El
Gran Salto Adelante» ya había arrancado a muchos trabajadores de las tierras
para emplearlos en la fabricación de hornos o en obras públicas, como la
construcción de presas y carreteras. Mao ordenó matar a los pájaros que se
alimentaban de los granos y, como resultado, la población de insectos nocivos
se disparó. Mao en persona rediseñó las técnicas agrícolas de China, con
siembras más profundas y más cercanas entre sí para aumentar la producción. El
arroz, plantado así, tan junto, no podía crecer, pero los funcionarios del
partido, ansiosos por complacer a Mao, organizaban shows con
los «éxitos» agrarios e industriales. Cuando Mao viajaba en tren para admirar
los frutos de su política, los funcionarios locales construían hileras de
hornos a lo largo de las vías del ferrocarril y traían arroz de lugares a
kilómetros de distancia para volver a plantarlos a la distancia estipulada
oficialmente, en los campos a los lados del camino. Esta farsa, incluso,
precisaba la utilización de ventiladores eléctricos, que eran usados para hacer
circular el aire y evitar que el arroz se pudriese.
La
cosecha en los campos, por supuesto, descendió, pero aun así, la situación no
hubiera sido tan desastrosa sin la insistencia del Estado en que la política
funcionaba. Cuando el ministro de Defensa, en una reunión ministerial, puso
sobre la mesa la cuestión de la hambruna, fue castigado y obligado a escribir
una «autocrítica». Los elementos menos poderosos del partido que negaron la
existencia de excedentes fueron torturados. Al tiempo que las cosechas
disminuían, China duplicaba sus exportaciones de cereal entre 1958 y 1961 como
un símbolo de su éxito. En la provincia de Henan, por la que estábamos viajando
cómodamente justo cuarenta y cinco años más tarde, los depósitos estatales de
cereales contenían comida suficiente para abastecer a la población, pero
permanecían cerrados porque la posición oficial del Gobierno era que había
excedente de cereal. Mientras tanto, la gente moría de hambre, afuera, en la
nieve. Algunos no eran siquiera enterrados y otros eran devorados por
familiares desesperados; ninguna de las dos situaciones era poco frecuente.
Las
cifras estimativas del número de muertes a consecuencia de la hambruna varían
entre diez y sesenta millones de personas, aproximadamente la población total
de Inglaterra, o de California y Texas juntas. Incluso autoridades del Gobierno
chino admitirían, más tarde, que 30 millones de personas habían fallecido,
aunque culparon de ello al mal tiempo.
En «el
mundo de la verdad» que se describe en el capítulo tres, tales desastres no
pueden suceder. Por supuesto que se cometen errores (tal vez con más frecuencia
que bajo una planificación centralizada), pero son errores pequeños: en las
economías de mercado los llamamos «experimentos». Aunque «capitalistas de
riesgo» los financien, no se espera que prosperen muchos de ellos. Cuando
tienen éxito, mucha gente se enriquece y ello trae consigo innovación para toda
la economía. Cuando fallan (lo cual sucede más a menudo que lo anterior)
algunos quedan en bancarrota, pero nadie muere. Sólo las economías dirigidas
pueden promover la experimentación a una escala tan extravagante y reprimir la
crítica informada. (Mao no estaba solo. El presidente soviético, Nikita
Jruschev, cometió un error similar tras una visita a los Estados Unidos, cuando
ordenó que los campos soviéticos fueran resembrados con el trigo que había
visto crecer en Iowa. El fracaso representó una catástrofe). Vale la pena
recordar que los fallos del mercado, aunque a veces son graves, nunca son tan
trágicos como los peores fracasos de Gobiernos como el de Mao.
En 1976,
después de llevar a cabo muchos otros crímenes contra su propio pueblo, Mao
falleció. Tras un breve interregno, él y sus seguidores fueron reemplazados por
Deng Xiaoping y sus aliados, en diciembre de 1978. Cinco años más tarde, el
cambio en la economía de China era increíble. La producción agrícola, siempre
un dolor de cabeza para los planificadores chinos, había aumentado en un 40%.
¿Por qué? Porque esos planificadores habían llevado «el mundo de la verdad» a
China. Como descubrimos con Camerún, los incentivos sí importan. Antes de 1978,
China había tenido algunos de los incentivos más perversos del mundo.
Antes de
que Deng asumiera el cargo, la agricultura china se había venido organizando
localmente en colectivos de veinte o treinta familias. Se recompensaba a la
gente con «puntos por trabajo», que eran adjudicados en función de la
producción del colectivo en su totalidad. Había pocas oportunidades de mejorar
a nivel personal, ya fuera a través del esfuerzo extra o del ingenio. Como
resultado, había muy poco de ambos.
El
Gobierno también compraba y redistribuía alimentos procedentes de las regiones
que producían excedentes, pero lo hacía a un precio extremadamente bajo y así
desincentivaba a las regiones más fértiles de sacar el máximo rendimiento de
sus tierras de cultivo. Muchos trabajadores rurales estaban «subempleados». El
mismo sistema que se había diseñado para estimular la producción agrícola china
y hacer a la nación autosuficiente la estaba minando. La producción de cereal,
por persona, era tan baja en 1978 como lo había sido a mediados de los
cincuenta, justo antes del «Gran Salto Adelante».
Deng
disponía de poco tiempo para afrontar una locura así, de forma que
inmediatamente se embarcó en un programa de reforma, declarando que «socialismo
no significa pobreza». Para mejorar la agricultura, tenía que atinar con los
incentivos. Comenzó aumentando casi en una cuarta parte el precio que pagaba el
Estado por las cosechas. El precio pagado por los excedentes se incrementó en
más del 40%, aumentando así considerablemente el incentivo para que las zonas
fértiles produjeran más.
Al mismo
tiempo, algunos colectivos experimentaron con la subcontratación de tierras a
familias individuales. En lugar de restringirla, el Gobierno permitió cierta
innovación para indagar si funcionaba, de la misma manera que una economía de
mercado permite experimentos a pequeña escala. Las familias que habían recibido
sus tierras en alquiler de los colectivos se sentían incentivadas a trabajar
duro y a pensar en formas más inteligentes de hacer las cosas, ya que se los
premiaba directamente por su éxito. Los campos de cultivo se incrementaron
rápidamente. El experimento se extendió: sólo el 1% de los colectivos había
utilizado el «sistema de responsabilidad familiar» en 1979; para 1983, el 98%
se adhirió a dicho sistema.
A estas
reformas se unían otras medidas liberalizadoras: se permitió aumentar el precio
de venta al por menor del cereal, incrementando así el incentivo para producir
lo que se necesitaba; disminuyeron las restricciones al comercio entre
regiones, con lo que cada región podía disfrutar de su «ventaja comparativa»;
las cuotas de producción fueron rápidamente abandonadas.
Los
resultados fueron espectaculares: la producción agrícola aumentó un 10% al año
durante la primera mitad de los años ochenta. Y aún más impresionante fue que
más de la mitad del aumento era atribuible no al trabajo duro o al uso de más
maquinaria, sino a métodos más eficientes de cultivo y recolección. Gran parte
de ese aumento de productividad era directamente imputable al abandono del
sistema de colectivos. Durante los cinco años que siguieron a las reformas, la
renta media real de los agricultores se duplicó. No fue Mao quien logró el
«gran salto adelante», sino Deng, utilizando el poder de los mercados y los
precios.
Todas
estas estadísticas se comprenden mejor al pensar en el capítulo tres y el mundo
de la verdad. En parte por casualidad, en parte por una benéfica negligencia, y
en parte a propósito, Deng introdujo el mundo de la verdad en la agricultura
china. Aquellos que tuvieron buenas ideas, buena suerte y trabajaron duro
prosperaron. Las malas ideas rápidamente se dejaron de lado; las buenas se
esparcieron deprisa. Los agricultores cultivaron más productos rentables y
dedicaron menos esfuerzo a los cultivos que eran difíciles de obtener; todo
esto fue el nada sorprendente resultado de un sistema de precios. China había
comenzado a caminar por la conocida como «senda capitalista». Un viaje así no
podía completarse solamente con arroz. El éxito de las reformas agrícolas trajo
consigo el impulso y el apoyo popular necesarios para que Deng siguiera
adelante. La atención debía volverse ahora hacia el resto de la economía… y
hacia las ciudades como Zhengzhou.
§.
Invirtiendo para el futuro
Zhengzhou no es una ciudad maravillosa como Shanghai. Es fea, está atestada de
gente y, a pesar de constituir una fundamental intersección de líneas del
ferrocarril, es un tanto «estrecha de miras»: estuvimos alrededor de una semana
en la zona de Zhengzhou y no vimos ni un solo rostro extranjero. Sin embargo, a
su manera, Zhengzhou es tan impresionante como Shanghai. Del tamaño de Londres,
lejos del mundo occidental, descrita cariñosamente en nuestra guía de viajes
como «paradigma de una expansión urbana descontrolada y de planificación mal
concebida», Zhengzhou, al menos, demuestra que la revolución económica china se
ha difundido más allá de las provincias litorales. Por encima de la enorme
estación de trenes surgen continuamente torres de cuarenta pisos; hay muchos
bancos modernos, grandes almacenes gigantescos y hoteles, y enormes pasos
elevados de hormigón. Los anuncios están por todas partes.
Construir
esos edificios, vías de ferrocarril y carreteras requiere una gran inversión.
Los economistas tienen una «etiqueta» para las carreteras y fábricas, edificios
de oficinas y viviendas que son producto de la inversión: llaman a tales
construcciones «capital»; y todo desarrollo sostenido necesita capital. El
capital puede provenir de inversores privados, tanto nacionales como
extranjeros, quienes esperan recuperar ganancias, o puede provenir del Estado,
al gravar a la gente con impuestos e invertir lo recaudado, o mediante un
programa de ahorro obligatorio.
El
sentido común sugiere que si mañana quieres ser más rico que hoy, deberías
invertir dinero en lugar de gastarlo en bienes y servicios de disfrute
inmediato. Podrías invertirlo en educación, en una casa o en una cuenta
bancaria. Hagas lo que hagas, si consumes menos hoy e inviertes el dinero,
serás más rico mañana… si las inversiones son buenas. (Construir altos hornos
en el jardín de enfrente no lo es; tampoco, construir una biblioteca con un
techo con goteras).
Una buena
parte del desarrollo de los países se basa en el mismo simple principio de que
ahorrar e invertir hoy te hará más rico mañana. Las tasas de ahorro han sido
muy altas en las economías de rápido crecimiento de los países de la costa del
Pacífico. Sin embargo, ésa no es toda la historia, como nos aprendimos en el
capítulo ocho. Una economía de mercado no puede simplemente decidirse a ahorrar
e invertir más. La mayoría de la gente ni se molesta en ahorrar en Camerún:
tienen pocas formas de recuperar las inversiones en infraestructuras básicas
como carreteras, y tienen muy poca fe en que les permitieran hacerlo si
construyesen fábricas o tiendas. Las pocas excepciones, como el sector de la
telefonía móvil, que puede financiarse con tarjetas de prepago, han tenido el
sensacional éxito que cabría esperar. Muchas economías pobres buscan
inversiones extranjeras, pero no pueden mantener siquiera la confianza de sus
ciudadanos, quienes están ansiosos por invertir su dinero en el exterior. Poco
sorprendente resulta, pues, que las tasas de ahorro sean bajas, y que el
porcentaje de tales ahorros invertidos dentro de Camerún sea aún más bajo. Sin
ofrecer un clima seguro a la inversión, poco puede hacer el Gobierno de Camerún
para fomentarlo.
El
Gobierno socialista de China no tuvo problemas para acceder al capital.
Mientras que una economía de mercado no puede simplemente decidir ahorrar e
invertir más, una economía socialista sí, y a menudo lo hace. El capital
provino de programas estatales; casi la totalidad del ahorro se debía al Estado
o a empresas estatales. En ambos casos, se detraía el dinero de los bolsillos
de los individuos y se invertía en su nombre. También había mucho capital
disponible: alrededor de un tercio de la renta nacional se ahorró en lugar de
consumirse, aproximadamente el doble que en Camerún.
En un
principio, China consiguió obtener buenos resultados de dicho capital. A
principios de los cincuenta, cuando el objetivo principal era reconstruir la
infraestructura esencial y la industria, por cada 100 yuanes invertidos, se
agregaban 40 yuanes a la producción anual de China, el cual es un resultado
extraordinario. Esto no debería ser sorprendente. Los cometidos del Gobierno
chino eran lo suficientemente claros: principalmente, reparar lo que había sido
destruido durante la guerra y la revolución. Todo lo que se necesitaba era que
el Gobierno diera las órdenes.
El
problema llegó más tarde. Incluso dejando al margen el caos producido por el
«Gran Salto Adelante» y la Revolución Cultural, el Estado chino descubrió que
cada vez era más incapaz de sacar partido de sus inversiones. En la época de la
muerte de Mao, en 1976, de cada 100 yuanes invertidos sólo se estaban añadiendo
18 yuanes a la producción anual de China. Esto suponía menos de la mitad de la
eficiencia de dos décadas atrás. Dado que el Gobierno y las empresas estatales
estaban, entre ellas, invirtiendo una tan considerable parte de la renta de la
nación, esta reducción en la eficiencia de las inversiones suponía un terrible
desperdicio.
Un lector
comprensivo podría concluir que era inevitable que el rendimiento decayera tras
haberse realizado las inversiones obvias. Esto podría ser cierto para una
economía de vanguardia como la de Japón o la de los Estados Unidos, pero en
1976 China aún era desesperadamente pobre. Poca gente tenía coche, teléfono,
electricidad o agua corriente. En un país tan pobre, las inversiones apropiadas
podían lograr rendimientos muy elevados al proveer servicios esenciales de la
vida moderna. Había mucho en qué invertir, pero el Estado no sabía cómo
hacerlo.
Mientras
fue obvio qué ordenar a la gente hacer, construir o cultivar, esto no tenía
demasiada importancia. Pero a medida que la población comenzaba a aumentar, la
tecnología avanzaba y se realizaban las largo tiempo demandadas inversiones,
las economías comunistas se alejaban más y más del recuerdo del sistema de
precios. Las auténticas economías de mercado cambian rápidamente. En Corea del
Sur, en los años setenta, entre el 80 y 90% de los trabajadores, la tierra y el
capital estaban trabajando o siendo utilizados para distintos propósitos que en
los años sesenta: en 1960, la producción agrícola representaba el 45% de la
economía y la producción industrial suponía menos del 10%. A principios de los
setenta, el sector industrial era de mayores dimensiones que el sector
agrícola. Y lo que es más importante: dentro de estos sectores, los
trabajadores estaban, continuamente, adiestrándose y volviéndose a formar en
otra actividad distinta; y las empresas, creándose y desapareciendo. Las
industrias de exportación coreanas solían fabricar juguetes y ropa interior,
pero hoy en día fabrican chips de memoria y automóviles. Si en 1975 un
planificador del Gobierno de Corea del Sur hubiera intentado dirigir la
economía sobre la base de una anticuada información de 1960, el resultado
hubiera sido una catástrofe. Afortunadamente, nadie lo hizo. Dejaron semejante
locura para los norcoreanos. Las economías dirigidas de Corea del Norte, la
Unión Soviética o China, simplemente, carecían de la información necesaria para
continuar tomando las decisiones adecuadas.
A
diferencia de Camerún, donde tanto ciudadanos como empresas tienen pocos
incentivos para invertir, la China maoísta no tenía problemas en cuanto a los
incentivos: después de todo, los líderes tenían poder sobre la vida y la muerte
de sus seguidores. Pero los incentivos solos no son suficientes. El capítulo
tres demostraba que el mundo de la verdad creado por los mercados produce
buenos resultados no sólo porque facilita incentivos, sino porque también
genera información acerca de los costes y beneficios de todo tipo de bienes y
servicios a través del sistema de precios. Los sistemas socialistas de la Unión
Soviética y China proporcionaban los mayores incentivos imaginables, pero no la
información necesaria para utilizarlos correctamente. En lugar de responder a
las exigencias de los mercados mundiales, como lo hizo Corea del Sur, los
chinos respondían a las exigencias de Mao: plantad las semillas más cerca unas
de otras, matad a los pájaros, fundid vuestras herramientas para hacer nuevas
herramientas.
Para
sacar partido de las grandes sumas del capital inversor disponible, el Gobierno
chino comenzó un gradual cambio hacia el sistema de mercado. Allí donde las
exitosas reformas agrícolas habían preparado el terreno iban a proseguir unas
reformas de toda la economía más complejas y de mayor alcance. Quince años
después de que Deng llegase al poder, el rendimiento de las inversiones se
había cuadriplicado; por cada 100 yuanes invertidos, la producción anual de
China creció 72 yuanes: cada inversión se amortizó en sólo 500 días. Esto
tampoco se debió a que el Gobierno hubiera reducido sus inversiones y
seleccionado cuidadosamente sólo los mejores proyectos. Todo lo contrario: los
niveles de inversión eran aún mayores que los de los años setenta. Resulta poco
sorprendente que la economía creciera espectacularmente, pero ¿cómo se logró el
alto rendimiento de las inversiones?
§. Crecer
sin plan
Al igual que las economías del bloque soviético, el sector industrial de China
estaba bajo el control de los planificadores. El plan especificaba, por
ejemplo, que una acerería en particular produciría cierta cantidad de acero,
que ese acero se utilizaría para ciertos propósitos específicos y que una
cantidad estándar de carbón (se consideraba que se requería 0,8 toneladas de
carbón por cada tonelada de acero) sería entregada a la acerería para que la
producción fuera posible, y así sucesivamente. Los cálculos requeridos eran
tremendamente complejos, aun cuando se suponía que los burócratas auxiliares
proporcionaban información verdadera sobre los costes y la calidad. (Todos
tenían un incentivo para reclamar que la maquinaria y los materiales que debían
administrar eran insuficientes y de baja calidad, y para reivindicar que, pese
a todo ello, la producción era enorme y excelente. Sin un mundo de la verdad,
era imposible desvelar la verdadera historia). Pero, dejando al margen los
fatales caprichos utópicos de Mao, un sistema así podía funcionar bastante bien
durante un tiempo, ya que cada año los planificadores contaban con el plan del
año anterior para utilizarlo como guía.
A medida
que la economía crecía y cambiaba, el proceso de ajustar las necesidades de
producción y de realizar inversiones de capital con inteligencia se fue
volviendo cada vez más difícil: ésta es la razón por la cual el rendimiento del
capital en China fue mucho más bajo en 1976 que en los años cincuenta. Un
sistema de mercado hubiese resultado mucho mejor, pero no era fácil crear uno.
Los mercados no funcionan correctamente sin instituciones que los apoyen: en
una economía de mercado, la gente necesita bancos para obtener créditos
comerciales, leyes de contratos para resolver disputas, y la seguridad de que
sus ganancias no serán confiscadas. Tales instituciones no pueden crearse de la
noche a la mañana. Mientras tanto, muchos trabajadores pertenecientes a una
economía socialista son empleados en actividades improductivas y hasta podrían
pasar hambre, a no ser que el proceso de ajuste fuese introducido
paulatinamente o recibiesen algún tipo de compensación. Los problemas eran más
graves para el sector industrial de la economía, ya que estaba más
estrechamente vinculado al sistema de planificación: era el vehículo utilizado
por el Gobierno para generar ahorros y era la fuente de la mayor parte de las
inversiones gubernamentales.
Si Deng
hubiese decidido, simplemente, abandonar el sistema de planificación y
cambiarlo de la noche a la mañana por el de mercado, probablemente el resultado
hubiese sido una carrera para establecer los derechos de propiedad, el colapso
del sector financiero (porque muchos bancos estatales habrían realizado
préstamos que nunca podrían ser devueltos), un generalizado desempleo, y hasta
hambruna. Es concebible que determinadas cosas podrían haber salido bien
bastante rápidamente, pero también es probable que no fuera así. (En la ex
Unión Soviética, en los años noventa, tal «terapia de choque» dio como
resultado un colapso económico).
Es más:
semejantes reformas extremas habrían ido en contra de tantos intereses
personales (incluyendo los de un gran número de gente normal y corriente) que
quizá hubieran sido políticamente inviables. Deng, que había sido purgado dos
veces bajo la presidencia de Mao, comprendía perfectamente el valor de la
credibilidad política.
Así, Deng
y los reformadores que compartían sus ideas adoptaron una estrategia más
tímida. En 1985, el tamaño del «plan» fue congelado: los niveles de producción
establecidos por el Gobierno no crecieron en la medida en que lo hacía la
economía. En lugar de ello, las empresas de propiedad estatal fueron
autorizadas a hacer lo que quisieran con cualquier producción extra. Los
fabricantes de carbón eficientes comenzaron a notar que los fabricantes de
acero eficientes deseaban comprar carbón de más para fabricar más acero, el
cual sería vendido a empresas constructoras eficientes. Las empresas no
eficientes que intentaban expandirse no llegaron a ninguna parte.
Esta
estrategia funcionó muy bien por varias razones. En primer lugar, era fácil de
comprender, y el compromiso de congelar el tamaño del plan resultaba creíble.
Era importante tener un compromiso que fuera creíble: si los planificadores
hubieran intentado constantemente expandir y actualizar el plan a la luz de
información que provenía del mercado complementario, dicho mercado rápidamente
podría haber cesado de producir información útil. Los directores de las
fábricas, al darse cuenta de que cualquier cambio exitoso que hicieran sería
incluido rápidamente en el plan del año siguiente, se habrían estancado en las
opciones seguras.
En
segundo lugar, debido a que el plan se mantuvo en un punto fijo, se garantizó
cierta estabilidad. Los trabajadores que tenían empleos pudieron mantenerlos.
Se garantizó que las cosas no empeorarían (aunque si el crecimiento tenía
éxito, existía la posibilidad de que mejoraran). Mucha gente se aferró a esa
posibilidad, y prefirió muchas horas de trabajo y en malas condiciones en una
fábrica textil a su anterior ocupación, en la que sacaban lo justo para vivir
(o ni siquiera eso) en las tierras más marginales y áridas.
En tercer
lugar, el mercado operaba exactamente donde se necesitaba: en el margen.
Recordemos que los costes marginales y los beneficios marginales son lo que
realmente importan para que una economía sea eficiente. Imagina la decisión de
un director de fábrica tratando de decidir si producir o no una tonelada extra
de acero, de la cual puede obtener ganancias. Si conoce el coste marginal (el
coste de producir una tonelada extra) y el precio al que se le ofrece es un
precio de mercado (el cual refleja los beneficios para algún otro de esa
tonelada extra), entonces tomará la decisión más acertada: producirla si el
precio es mayor que el costo marginal. La producción de la fábrica será
eficiente.
Las
decisiones sobre lo que sucederá con el resto del acero no son importantes si
la cantidad de producción es eficiente. Nueve de cada diez toneladas podían ser
producidas y distribuidas con arreglo al plan, pero es la decisión sobre la
décima tonelada la que importa en términos de eficiencia.
Esto
significó que las empresas eficientes se expandiesen para satisfacer la demanda
extra: a la décima tonelada le siguieron la undécima y la duodécima. Esta
demanda no provenía de los planificadores, sino de sectores en expansión de la
economía, que realmente necesitaban oferta. Los directores comenzaron a guardar
beneficios y a reinvertirlos; y así tenían un incentivo para asegurarse de que
las inversiones fueran rentables.
Las
empresas ineficientes, a diferencia de las anteriores, no crecieron. Mientras
el Gobierno continuase subvencionándolas a través del plan (dejó de hacerlo,
gradualmente, en los años noventa), podrían seguir produciendo eternamente,
pero como la economía china era cuatro veces más próspera en 2003 de lo que
había sido cuando el plan se congeló, en 1985, la importancia relativa de estas
empresas rápidamente disminuyó. La economía, literalmente, creció al margen del
plan.
§. Acceso
y poder de la escasez
Sabemos que un sistema de mercado limita el poder de la escasez de las
empresas; la mayoría de las compañías se enfrentan a la competencia, y los
sectores de la economía que no son muy competitivos, con el tiempo, suelen
atraer nueva competencia. La competencia y el acceso libre de nuevas firmas al
mercado, al limitar el poder de la escasez, fomentan poderosamente la
producción eficiente, las nuevas ideas y la elección de consumo.
Los
reformistas chinos necesitaban alentar la entrada en el mercado y limitar el
poder de la escasez sin recurrir a la peligrosamente impredecible estrategia de
una rápida liberalización. Esperaban mejorar el rendimiento del sector estatal,
introducir nuevas compañías del sector público como competencia, fomentar
gradualmente un sector privado y abrirse lentamente a la competencia
internacional. Si una fuente de competencia no resultaba, siempre contaban con
otra. Al principio, los competidores más importantes eran las «empresas
municipales y comunales», propiedad del Gobierno local. Pese a su denominación,
a menudo eran enormes monstruos industriales. Más adelante, también las
empresas privadas y las compañías extranjeras fueron autorizadas a establecerse
y crecer.
Aún en
1992, sólo el 14% de la producción industrial provenía de las empresas privadas
o extranjeras, mientras que el sector estatal era responsable de casi la mitad
de dicha producción. El resto estaba, en su mayoría, en manos de empresas
municipales y comunales. El milagro económico chino, en realidad, no estaba en
relación con la privatización. Lo que importaba no era quién poseía las
empresas, sino que éstas se vieran obligadas a competir en un mercado
relativamente libre, alejándose del poder de la escasez e introduciendo la
información y los incentivos del mundo de la verdad.
Los
efectos son, incluso, mensurables. Recuerda que, en el capítulo uno,
descubrimos que las grandes ganancias, a menudo, constituían una señal de poder
de la escasez. Si nuevas entradas al mercado y fuerte competencia estaban
eliminando el poder de la escasez de las empresas de propiedad estatal, cabría
esperar que su índice de beneficios disminuyese.
Y eso fue
lo que, efectivamente, sucedió. Las empresas chinas, en los años ochenta,
tenían índices de beneficios realmente altos: los de muchos sectores superaban
el 50% (para una economía bastante competitiva, no sería previsible más del 20%
y, a menudo, hasta mucho menos). Las ganancias también variaban mucho entre
sector y sector, dependiendo de la arbitraria fijación de precios del plan: el
índice de beneficios del sector de refinado del petróleo era de casi el 100%,
mientras que el del sector de la minería del hierro era sólo del 7%. En todos
los casos, el Gobierno confiscaba la ganancia y la reinvertía.
A medida
que las reformas económicas comenzaron a surtir efecto, las ganancias
comenzaron a descender; y también a aproximarse entre los sectores, ya que los
más rentables de éstos se enfrentaron a la más feroz de las competencias por
parte de las empresas municipales, privadas y extranjeras. Durante los noventa,
los índices promedio de beneficios cayeron más de un tercio; en los sectores
más jugosos cayeron al menos un 50%. El efecto de todo esto fue reducir el
derroche, proporcionar a los clientes chinos un mejor rédito de su dinero y
hacer de China un potencial jugador en los mercados mundiales. El poder de la
escasez desapareció.
§. China
y el mundo
Hubo momentos en la historia de China en los que el país era como una isla.
Éste no es uno de ellos. Lejos de la costa, en ciudades tierra adentro como
Xi’an y Zhengzhou, no es difícil encontrar Coca-Cola, McDonald’s, salas de
billar y cibercafés. En Shanghai era prácticamente imposible escapar de marcas
que nos resultaban familiares.
Quien
haya visitado China a principios de los noventa puede afirmar que todo esto es
bastante nuevo. Pero es más que una impresión anecdótica: las estadísticas
cuentan la misma historia. Hasta hace poco, en 1990, China era un pececillo en
el ámbito del comercio mundial. Los Estados Unidos y Alemania exportaban casi
diez veces más que China. En el año 2004 China se convirtió en el cuarto mayor
exportador del mundo, y hasta los Estados Unidos y Alemania exportan menos del
doble que China. Esto no es casual. El notable ingreso de China en el escenario
económico mundial ha sido una de las últimas medidas de la reforma económica
china.
¿Por qué
China necesita al mundo? Un país con más de mil millones de habitantes parece
mejor posicionado para ser autosuficiente que el resto. Sin embargo, la
economía de China todavía era minúscula en 1978 (más pequeña que la de Bélgica)
y los reformistas se dieron cuenta de que interactuar con el
resto del mundo ayudaría. Existían tres ventajas: la primera era que China
podía introducirse en los mercados mundiales de productos que requerían mano de
obra intensiva: juguetes, calzados y ropa; la segunda, que las divisas que
generaban estas exportaciones podían invertirse en materias primas y en nuevas
tecnologías para desarrollar la economía; y, finalmente, que, al invitar a los
inversores extranjeros, los chinos podían aprender de ellos técnicas modernas
de producción y comercio (algo muy importante para un país que había sido
comunista durante décadas). En el año 2004, China y Hong Kong consiguieron
atraer más del 40% de toda la inversión extranjera directa en los países en
vías de desarrollo del mundo. (India, el otro gigante asiático, atrajo un poco
más del 2%.) Como dijimos en el capítulo nueve, una de las ventajas de tal
inversión es que provee de capital a una economía, de forma que ésta no pueda
retraerse inmediatamente si los inversores se ponen nerviosos. Esto les sucedió
a los vecinos de China durante las crisis financieras asiáticas de 1997, cuando
las inversiones puramente financieras, tales como préstamos, fueron retiradas
muy rápidamente, con el pánico masivo de ese momento. La inversión de capital
expande la capacidad futura de la economía, pero, como ya hemos visto, China no
necesitaba extranjeros para que le suministrasen capital. Fue la experiencia lo
que realmente contó: la experiencia, por ejemplo, en control de calidad o en
logística.
Las
firmas estadounidenses y japonesas invirtieron en transporte y electrónica, y
así convirtieron a China en un fabricante de alta tecnología. Los efectos de
estas inversiones se pueden ver en las estadísticas: hoy en día, China es el
más grande productor de la mayoría de los aparatos electrónicos de consumo más
importantes; más de la mitad de los reproductores de DVD y cámaras digitales
del mundo se fabrican en China. También se puede notar el efecto al recorrer el
país: en los autobuses de los alrededores de Zhengzhou, me encontré rodeado de
gente que hablaba por dispositivos electrónicos de última generación que nunca
había visto antes y que no llegaron a mi país hasta meses más tarde. Los
inversores extranjeros que posibilitaron la tecnología esperan un buen
rendimiento de sus inversiones, pero es obvio que gran parte de ese dinero se
está quedando en manos de los consumidores chinos.
La
inversión extranjera ha constituido un factor fundamental para mantener en
curso las reformas de China. Las firmas extranjeras no sólo aportaron capital,
experiencia y conexiones con la economía mundial, sino que también continuaron
con el proceso competitivo de las reformas anteriores al competir con las
empresas locales de China, lo cual llevó a estas firmas a continuar mejorando
su eficiencia.
Si la
inversión extranjera supone un beneficio tan grande para la economía, ¿cómo lo
hizo China? ¿Por qué el dinero no tuvo como destino India o Camerún?
La suerte
juega un papel aquí. En contraposición a Camerún, los chinos poseían un mercado
local sólido y de rápido crecimiento, siempre atractivo para los inversores
extranjeros. Ningún líder camerunés, no importa cuánto talento tuviese, podía
copiarlo: el destino tenía otros planes para Camerún. Sin embargo, no fue la
suerte quien posibilitó el compromiso que asumió China respecto a la educación
(un buen legado de los años comunistas), lo cual significó que para 1978 había
una buena cantidad de trabajadores cualificados y potencialmente productivos
esperando a inundar el mercado de talento cuando reventase el dique de la
economía dirigida. El Gobierno de Camerún desperdició cada una de las
oportunidades que tuvo para educar a su pueblo en los setenta, cuando el país
era más rico que ahora. Pero la India también poseía un mercado importante y en
crecimiento, y mano de obra instruida, aunque ese tipo de educación no es, en
términos generales, tan accesible como en China; y, sin embargo, las
estadísticas demuestran que, a pesar de la histeria popular con respecto a la
deslocalización (fenómeno que supone la transferencia de empleos a otro país,
bien mediante la subcontratación de empresas locales, bien estableciendo
sucursales donde la mano de obra es barata), esto no ha sido suficiente como
para atraer a inversores extranjeros.
China
tenía otras ventajas naturales que la India no poseía. El, a menudo doloroso,
proceso de intercambio económico internacional se suavizó y resultó más eficaz
debido a las conexiones de la China continental con Hong Kong y Taiwán. Ambas
constituían exitosas economías integradas a nivel internacional en la época en
la que China estaba muy aislada de los mercados mundiales y, a pesar de los
distintos sistemas económicos, existían estrechos lazos familiares y de amistad
entre los hombres de negocios de las tres economías. Estos vínculos sociales
ayudaron a compensar los problemas en el sistema legal de China durante los
primeros años de la reforma. China se esforzaba (y aún lo hace) por mejorar el
marco comercial de los derechos de propiedad y las leyes de contratos, que
todas las economías prósperas necesitan. Sin dicho marco, es difícil negociar
con confianza. ¿Cómo puedes confiar en que tus socios no te estafarán? ¿Cómo
puedes estar tranquilo si los funcionarios del Gobierno local pueden confiscar
tus ganancias o tu propiedad?
Para los
empresarios de Hong Kong y Taiwán, las relaciones personales significaban que,
a menudo, podían confiar en las promesas, sin necesidad de una base legal. Un
contrato formal hubiese sido mejor, pero la palabra de un hombre de negocios
puede llegar a ser suficiente si la oportunidad de obtener ganancias es
atractiva.
En este
caso, ciertamente, lo era. Entre China y Hong Kong había un ajuste perfecto.
Las firmas chinas, que producían bienes baratos, pero no estaban acostumbradas
a las transacciones internacionales, aprovecharon al máximo la experiencia de
los comerciantes de Hong Kong. Las exportaciones de China a Hong Kong
aumentaron notablemente durante los años ochenta, y Hong Kong las reexportaba
al mundo. Taiwán se les unió durante la década de los noventa. Como dijo el
economista Dwight Perkins en ese momento: «Los formidables talentos en
marketing de Hong Kong y Taiwán están siendo “injertados” en la capacidad
manufacturera del continente».
India no
tenía vecinos como Hong Kong y Taiwán, pero tampoco tenía interés en atraer
extranjeros. El destacado economista indio Jagdish Bhagwati describió las
políticas que su propio Gobierno llevó a cabo desde los años sesenta hasta los
ochenta como «tres décadas de políticas liberales y autárquicas». En otras
palabras, el Gobierno acabó con el mercado e hizo todo lo posible por evitar
comercio e inversión algunas.
China,
por otro lado, se esforzó por atraer a inversores extranjeros y aprovechó la
conexión con Hong Kong y sus otros vecinos. El plan era crear «zonas económicas
especiales», tales como Shenzhen, donde las reglas normales de la economía
dirigida no se aplicaban a los inversores extranjeros. Paralelamente, la
infraestructura de las zonas económicas especiales podría mejorarse
rápidamente. Este método complementó perfectamente las conexiones de China con
Hong Kong, Macao y Taiwán: las zonas estaban exclusivamente en la provincia de
Guandong, junto a Hong Kong y Macao, y Fuijan, junto a Taiwán. Más de la mitad
de las inversiones en China durante 1990 provenían de la diminuta colonia de
Hong Kong, mientras que Japón y los Estados Unidos proporcionaban sólo una
cuarta parte. Es más: casi la mitad de la inversión total llegó a Guandong;
Fuijan fue el segundo receptor en importancia. La ciudad de Shenzhen, al otro
lado de la frontera con Hong Kong, era un pueblo pesquero en 1980, cuando se
convirtió en una zona económica especial. Veinte años más tarde, los promotores
inmobiliarios comenzaron a derribar rascacielos a medio construir y
construyeron rascacielos más grandes. Los chinos dicen: «Pensarás que eres rico
hasta que pises Shenzhen».
Por más
arbitrarias e injustas que fuesen, las zonas económicas especiales funcionaron
al atraer inversores sin tener que poner patas arriba todo el sistema de la
China continental. También proporcionaron un punto de apoyo para extender las
reformas. Siempre que las reglamentaciones para las firmas extranjeras parecían
funcionar, las autoridades comenzaron a aplicarlas sobre las firmas nacionales
dentro de las zonas especiales. Luego las aplicaron a las empresas nacionales
fuera de esas zonas. Otras provincias costeras observaron las florecientes
economías de Fuijan y Guandong, y comenzaron a exigir privilegios similares.
Las injustas o estrafalarias reglamentaciones eran rectificadas a medida que
los inversores extranjeros protestaban contra cualquier trato de favor hacia
las firmas nacionales, mientras que éstas, por su parte, burlaban los
privilegios de las firmas extranjeras blanqueando su dinero a través de Hong
Kong y trayéndolo de vuelta como «inversión extranjera». Al igual que sucedió,
a menudo, con el resto del programa de reformas de China, las buenas políticas
fueron copiadas y las absurdas se desvanecieron con rapidez.
§.
Epílogo: ¿importa la economía?
Este capítulo se denomina «Cómo China se hizo rica». Es una exageración. China
no es rica… aún, pero se está enriqueciendo mucho más rápido que cualquier otro
país de la historia.
Pero… ¿y
qué? Este crecimiento económico lleva aparejado un enorme trastorno. La gente
en China está confundida; muchos no tienen empleo o se sienten desplazados en
la moderna China. Un grupo de trabajadores en Sichuan llegaron a creer que Mao
dirigía una fábrica en el más allá (de acuerdo con los principios socialistas,
naturalmente). Un informe asegura que algunos de ellos se suicidaron con el
propósito de unirse a él.
Las
películas chinas contemporáneas también cuentan historias de desconcierto y a
veces angustiosa búsqueda. Muchas de ellas, como Shower y Happy
Times Hotel, muestran cómo se separan las familias después de que alguien
parte hacia Shenzhen a probar su suerte. Las películas muestran el dolor, pero
no la riqueza. El mensaje es que las nuevas oportunidades están destruyendo el
antiguo estilo de vida. Otro tema común es la confusión total: el desafortunado
repartidor de La bicicleta de Pekín descubre que poseer algo,
en realidad, implica robarlo, y su intento por insertarse en el sistema
capitalista termina en miseria y violencia. En la conmovedora farsa Happy
Times Hotel, unos bienintencionados amigos, que quedan desempleados después
de que cerrara la fábrica donde trabajaban, están tan ocupados en cuidar a una
muchacha ciega, fingiendo con ello tener una ocupación, que no logran
comprender que sería más fácil si simplemente tuvieran un trabajo real. La
muchacha, que creció en el transcurso de la década de 1990, es la única que
llega a ver con claridad que posee la capacidad de ganarse la vida por sí
misma.
No es
fácil ser parte de la revolución. Los jóvenes que crecieron en la China rural
durante los setenta trabajaban como parte de una comunidad agrícola, reuniendo
«puntos por trabajo», haciendo lo que se les ordenaba, trasladándose donde se
les decía y con las necesidades básicas cubiertas por la comunidad y el Estado.
Sus hijos crecieron en una China distinta durante las décadas de 1980 y 1990.
La vida era aún dura, pero había más dinero disponible y muchas más opciones.
La tierra tenía valor: a medida que los métodos agrícolas mejoraban, había
menos necesidad de tener trabajadores «de repuesto» en las granjas. Algunos
hicieron lo que sus padres tenían prohibido: vendieron sus tierras y se
trasladaron a las ciudades en busca de empleo. Las migraciones destruyeron a
muchas familias. Mientras surgían nuevas oportunidades, las antiguas medidas
proteccionistas se desvanecieron a medida que algunas empresas estatales se
volvían obsoletas.
Paralelamente,
las condiciones en las fábricas eran terribles. Los empleados, que ganaban muy
poco dinero, trabajaban durante largos turnos en dudosas condiciones de
seguridad. Un reportero de la BBC recogió los relatos de Li Chun Mei, quien
falleció a finales de 2001, cuando terminaba un turno de dieciséis horas; sus
compañeros la hallaron en el suelo del cuarto de baño, expulsando sangre por la
nariz y la boca. También la historia de Zhou Shien Pin, cuyos pies se fundieron
cuando tocó un cable de alta tensión en una fábrica de pintura. ¿Ése es el
precio del crecimiento económico? ¿Vale la pena?
Los
economistas, como Paul Krugman, Martin Wolf y Jagdish Bhagwati, han intentado
argumentar, reiteradas veces, que las sweatshops (fábricas
donde se explota al trabajador) de China resultan mejores que las alternativas
existentes. No es ésta, desde luego, una visión muy popular. Después de que el
libro de Martin Wolf, Why globalization Works («Por qué
funciona la globalización»), fuera criticado en el Guardian Weekly,
el periódico publicó una estrafalaria carta de un lector que fantaseaba
alegremente con que el mismo Wolf fuera obligado a trabajar en una de tales
fábricas explotadoras.
Esta
reacción es más o menos tan cruel como desear que alguien que lleve una
camiseta con cuello tipo Mao sea condenada a morir de hambre; pero, además, es,
incluso, una respuesta menos lógica. Martin Wolf no se equivoca al sugerir que
las fábricas explotadoras son mejores que los horrores que las precedieron, y
un paso hacia algo mejor. El «Gran Salto Adelante» de Mao fue un salto hacia el
infierno.
Tampoco
es injusto o irrelevante comparar a la China moderna con la utopía de Mao. Los
países que son ricos o están creciendo a pasos agigantados han incorporado las
lecciones básicas de la economía que hemos aprendido con este libro: combatir
el poder de la escasez y la corrupción: corregir las externalidades; intentar
maximizar la información; acertar con los incentivos; relacionarse con otros
países; y, sobre todo, incorporar mercados, los cuales realizan la mayoría de
estas tareas al mismo tiempo. La pobreza de Camerún cuesta vidas (porque la
pobreza mata), y también le quita a la gente su autonomía y capacidad para
tomar decisiones importantes sobre sus propias vidas. India, que ha logrado más
que Camerún pero que está muy por detrás de China, sigue siendo tan pobre que
medio millón de sus habitantes están desfigurados como consecuencia de la
lepra, una enfermedad que puede curarse por un precio insignificante. Mientas
tanto, la Unión Soviética y la China comunista mataron a decenas de millones de
personas, a menudo mediante el mero fracaso económico. La economía importa. El
contraste entre Camerún, la India o la China de Mao y los Estados Unidos, Gran
Bretaña o Bélgica no podría ser mayor.
Al fin y
al cabo, la economía trata sobre la gente —algo que los economistas nunca han
sabido explicar demasiado bien—. El crecimiento económico está en relación con
una mejor calidad de vida para los ciudadanos: más opciones, menos temores,
menos penurias y adversidades. Al igual que otros economistas, yo creo que las
fábricas explotadoras de trabajadores son mejores que las alternativas y, sin
duda alguna, mejores que la hambruna bajo el programa económico de Mao (el
«Gran Salto Adelante»), o la que sufre la «moderna» Corea del Norte. Y es que
si no creyera que dichas fábricas suponen un paso hacia algo mejor, no sería un
partidario tan entusiasta de las reformas de China.
Ésa es la
razón por la cual me alegré tanto al enterarme de las últimas noticias sobre
China. La riqueza no se ha distribuido equitativamente, pero lentamente se va
filtrando, desde la Costa Dorada de Shanghai y Shenzhen, hacia el interior. La
economía nacional de China creció a un ritmo muy elevado (un 7,7% anual entre
1978 y 1991). Entre 1978 y 1995, dos tercios de las provincias de China
crecieron con más rapidez que cualquier otro país del mundo. Pero lo que es más
importante: la gente en China advierte la diferencia. Tras años de pagar
salarios bajos (debido a que la oferta de empleo migratorio proveniente de
China parecía ilimitada), las fábricas de la Costa Dorada están comenzando a
quedarse sin trabajadores serviciales. Las fábricas que son propiedad de
extranjeros pagan salarios un poco más elevados, y gozan de una contratación
más sencilla y de una menor rotación del personal. Pero los salarios deberán
aumentarse; y las condiciones, mejorarse, porque la China interior está
alcanzando esos niveles.
En 2003,
Yang Li hizo lo que han hecho muchos trabajadores chinos: abandonó su hogar
para trabajar en una sweatshop en el delta del río Pearl. Un
mes más tarde, después de trabajar en turnos de trece horas, decidió regresar a
su hogar y montó su propio negocio: un salón de peluquería. «Cada día en la
fábrica era sólo trabajo y nada más que trabajo», comenta. «Mi vida aquí es
cómoda». Los padres de Yang Li tuvieron que sobrevivir a la Revolución
Cultural; sus abuelos, al «Gran Salto Adelante». Yang Li tiene, realmente,
alternativas y vive en un país donde esas alternativas significan algo para su
calidad de vida. Probó el trabajo en la fábrica y se dio cuenta de que no era
para ella. Ahora dice: «Puedo cerrar el salón cuando yo quiera».
La
economía trata sobre la opción de Yang Li.
Notas
Introducción
La cita
pertenece al libro de Paul Seabright titulado The Company of Strangers,
Princeton, Princeton University Press, 2004, p. 15.
Capítulo
1
La
explicación de los arrendamientos económicos facilitada por David Ricardo
aparece en el libro On the Principles of Political Economy and Taxation,
Londres, John Murray, 1817. El libro se encuentra disponible en internet en el
sitio: http://www.econlib.org/library/Ricardo/ricP.html. Su ejemplo sobre
los colonos que cultivan tierras de distinta calidad se desarrolla en el
capítulo 2.
La teoría
de Ricardo aplicada a las empresas por John Kay se encuentra en Foundations
of Corporate Success, Oxford, Oxford Paperbacks, 1995.
Si
quieres saber más sobre el aspecto económico de las empresas delictivas, lee el
trabajo de Steven D. Levitt y Sudhir Alladi Venkatesh, «An economic analysis of
a drug-selling gang’s finances», NBER Working Paper Series, 6592,
junio de 1998; y el libro de Thomas Schelling, Choice and Consequence,
Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 1984, capítulos 7 y 8.
Brian
McManus explica ingeniosamente el coste subyacente de una taza de café en su
estudio «Nonlinear pricing in an oligopoly market: the case of speciality
coffee», Olin School of Business, Washington University, St. Louis, Misuri,
2004 http:// www.olin.wustl.edu/faculty/mcmanus/coffee12-04.pdf. Astrid
Wentlandt describe los efectos que los alquileres elevados tienen sobre las
ganancias de las empresas cafeteras en «Avoiding a coffee has-been», Financial
Times (7 de agosto de 2002), p. 19.
Se habla
y se suministran datos estadísticos sobre la inmigración y los salarios en el
artículo publicado por Martin Wolf, «A Matter of More Than Economics», Financial
Times (14 de abril de 2004); y en el documento elaborado por George
Borjas, «Economics of Migration», Kennedy School of Government, Harvard
University, Cambridge, Massachusetts, 2000.
Otras
fuentes de información estadística
El dato
relativo a la cantidad de personas que circulan por la estación de trenes
Waterloo, de la línea Network Rail, se tomó
de http://www.networkrailstations.co.uk/index.cfm?fuseaction=retail.statistics.
Los datos
relativos a los alquileres de oficinas aparecieron publicados en The
Economist, 20 de abril de 2002, p. 116.
La
noticia de la casa más cara del mundo fue dada a conocer por BBC Online
News, domingo 11 de abril de
2004 http://news.bbc.co.uk/1/hi/england/london/3617861.stm.
Capítulo
2
Conseguí
los datos del recargo adicional del café de Comercio Justo en la página web de
Cafédirect http://www.cafedirect.co.uk/fairtrade/gold_prices.php. El
montante exacto del recargo depende del tipo de grano de café y de su precio
mundial. (Cafédirect garantiza un precio mínimo, por lo cual cuando el precio
mundial es particularmente bajo, el recargo adicional aumenta). Para analizar
con mayor detenimiento el mercado del café de Comercio Justo, lee el artículo
de Tim Harford, «Fair Trade Coffee has a Commercial Blend», Financial
Times, 12 de septiembre de 2003, p. 15.
Para
obtener mayor información sobre los vales «de dinero» ofrecidos por Amazon.com,
lee «Keeping the customer satisfied», The Economist, 14 de julio de
2001.
Hal R.
Varian siempre ha poseído un profundo conocimiento del tema de la fijación de
precios. El modelo de la fijación de precios por medio de las ventas periódicas
está detallado en su artículo «A Model of Sales», American Economic
Review 70, n.º 4, (septiembre de 1980), pp. 651-659. El libro de
textos de su autoría Intermediate Microeconomics, 4.ª edición,
Nueva York, W. W. Norton, 1997, abarca este tema en toda su extensión e incluye
la cita mencionada en este capítulo sobre los trenes franceses, pronunciada por
Emile Dupuit, un economista francés del siglo XVIII y traducida por R. B.
Ekelund en «Price Discrimination and Product Differentiation in Economic
Theory: An Early Analysis», Quarterly Journal of Economics, 84
(1970), pp. 268-278. Las sorprendentes historias sobre la discriminación de
precios en los productos tecnológicos de vanguardia provienen del libro de Hal
R. Varian y Cari Shapiro Information Rules, Cambridge,
Massachusetts, Harvard Business School Press, 1999, p. 59.
Aprendí
la razón por la que las palomitas de maíz cuestan tanto en los cines al leer el
libro de Steven Landsburg Armchair Economist, New York Free Press,
1993; y la razón por la cual los vinos cuestan tanto en los restaurantes, al
conversar con mi ex colega Bill Sjostrom.
Capítulo
3
No
escasean los análisis sobre el estadio de béisbol de Washington D. C., pero
puedes leer, por ejemplo, «Washington DC asks for private stadium
funding», Sports Illustrated (23 de diciembre de
2004) —http://sportsillustrated.cnn.com/2004/baseball/mlb/12/23/rou
ndup.thursday.ap/—; «Baseball’s coming back to Washington», Washington
Post (30 de septiembre de
2004) —http://www.was-hingtonpost.com/wp-dyn/articles/A60095-2004Sep29.html—; y
el artículo de Dennis Coates, «The DC Baseball Stadium Sideshow», Washington
Post (7 de noviembre de 2004)
—http://www.cato.org/dailys/11-12-04.html—.
El
ejemplo de Wilt Chamberlain está extraído del libro de Roben Nozick Anarchy,
State and Utopia, Oxford, Basil Blackwell, 1974.
Otras
fuentes de información estadística
El hecho
de que Rockefeller fuera el único contribuyente que debía pagar el tipo
impositivo más alto procede del «Análisis de Políticas», n.° 192, de la
organización Cato, disponible en http://www.cato.org/pubs/pas/pa-192.html.
El número
de ancianos que perecieron debido al frío se obtuvo de un comunicado de prensa
emitido por la organización Age Concern el 7 de marzo de 2003.
Capítulo
4
Muchos de
los datos estadísticos sobre la congestión viaria y la contaminación, en
especial los que se refieren al Reino Unido, se extrajeron del libro de David
Maddison, David Pearce y otros Blueprint 5: The True Costs of Road
Transport, Londres, Earthscan Publications, 1996.
El
impacto que los impuestos para proteger al medio ambiente tienen sobre ciertos
grupos sociales de Gran Bretaña, como los pobres y los habitantes de las zonas
rurales, se analiza en Blueprint 5 tomando las cifras
facilitadas por Johnson y otros en «The Distributional Consequences of
Environmental Taxes», Institute for Fiscal Studies, Commentary 23
(1990), p. 55; y por S. Smith en «The Distributional Consequences of Taxes on
Energy and the Carbon Content of Fuels», European Economy Special
Edition (1992). Otro estudio, centrado en Londres y que es mucho más
reciente es el de Ian Crawford, The Distributional Effects of the
Proposed London Congestion Charging Scheme, publicado por el Instituto para
Estudios Fiscales (Institute for Fiscal Studies), notas abreviadas n.º 11
(octubre de 2000) —http://www.ifs.org.uk/consume/gla.pdf—. Howard
Chernick y Andrew Reschovsky analizaron las consecuencias de la distribución de
la renta en Estados Unidos en el artículo «Who Pays the Gasoline Tax», National
Tax Journal 50, n.º 2 (junio de 1997), pp. 233-259. En algunos estados
contarás con información más actual y que relata una historia similar; por
ejemplo, en el estado de
Texas http://www.window.state.tx.us/taxinfo/incidence/table33_66.html.
Si deseas
un análisis más técnico sobre el cálculo del valor que las personas asignan a
su propia vida, lee el trabajo de Kip Viscusi y Joseph Aldy, The Value
of Statistical Life: A Critial Review of Market Estimates Throughout the World,
AEI-Brookings Joint Center for Regulatory Studies, Related Publication, 03-02
(enero de
2003) —http://www.aei.brookings.org/publications/abstract.php?pid=305—.
Aprendí
sobre las casas estilo «joroba de camello» en el libro de David Friedman, Hidden
Order, Nueva York, Harper-Business, 1997, p. 91; y sobre el impuesto basado
en el número de ventanas en la obra de David Smith Free Lunch,
Londres, Profile Books, 2003, p. 148.
Para
saber más sobre la venta de permisos en Estados Unidos, lee el artículo de Paul
L. Joskow, Richard Schmalensee y Elizabeth Bailey «The Market for Sulfur
Dioxide Emissions», American Economic Review 8, n.º 4
(septiembre de 1998), pp. 669-685. El programa chino está explicado en «A Great
Leap Forward», The Economist, 9 de mayo de 2002. Si deseas ver un
modelo pensado para que funcione a nivel mundial, lee el documento elaborado
por Peter Cramton y Suzi Kerr Tradeable Carbon Permit Auctions,
Universidad de Maryland
(1998); http://www.market-design.com/files/98wp-tradeable-carbon-permit-auctions.pdf. Paul
Klemperer, el diseñador de la subasta que aparece en el capítulo 7, colaboró
con el diseño de una subasta realizada por el Gobierno del Reino Unido con la
que se inició el programa de comercialización de los permisos de emisiones.
Cualquiera
que ponga en duda mis palabras cuando afirmo que «los economistas han estado
por mucho tiempo a la vanguardia del análisis de los problemas del medio
ambiente» se sorprenderá al descubrir que uno de los primeros ecologistas,
Thomas Malthus, también fue uno de los primeros y más famosos economistas, y el
estudio que llevó a cabo sobre la superpoblación se publicó en 1798, An
Essay on the Principie of Population, Londres, Murray. La fuente de
inspiración de todo este capítulo es apenas un poco menos famosa: Arthur Pigou,
profesor de economía en la Universidad de Cambridge, quien en su muy influyente
libro The Economics of Welfare, Londres, Macmillan, 1920,
desarrolló la teoría de las externalidades y también la solución por medio de
la fijación de un precio a esa externalidad. Algunos lectores también pueden
dudar de mí cuando sostengo que a los economistas no les interesa demasiado el
PIB. Fíjate, entonces, en lo que dijo Steven Landsburg en su libro The
Armchair Economist, Nueva York, Free Press, 1995, pp. 135-136, que explica,
de una forma particularmente elegante, lo que cree la mayoría de los
economistas:
El
Producto Nacional Bruto es la medida del bienestar general de la economía que
se facilita con mayor frecuencia. Como tal, posee algunas deficiencias que son
obvias. Tiene en cuenta el valor de todos los bienes y servicios que se
producen en la economía, pero no incluye el valor del tiempo dedicado a
descansar en la playa… Otra deficiencia es que el aumento de la producción de
bienes y servicios puede ser algo bueno o algo malo. El auge de la construcción
que crea miles de casas atractivas es algo bueno; el auge de la construcción
que reemplaza a miles de casas viejas que fueron destruidas por un huracán es
algo así como correr lo más rápido posible sólo para permanecer en el mismo
sitio. El PNB los computa como si fueran lo mismo.
Otras
fuentes de información estadística
La
información sobre las muertes causadas en Estados Unidos por las partículas en
suspensión fue tomada de un folleto de la EPA, Diesel Exhaust in tbe
United States http:/epa.gov/otaq/retrofit/documents/42ofo3022.pdf.
La
información sobre el impuesto pagado por los conductores británicos procede del
artículo de D. Newbery «Fair and Efficient Pricing and the Finance of
Roads», Proceedings of the Chartered Institute of Transport 7,
n.° 3 (1998), y fue citada por G. Roth en el artículo «Road Pricing in a Free
Society», Economic Affaire (diciembre de 1998); y la que se
refiere al impuesto satisfecho por los conductores estadounidenses, del
Departamento de Transporte de Estados Unidos http://www.fhwa.dot.gov/
ohim/20oohfbt.pdf.
El efecto
que el impuesto sobre la congestión viaria tuvo en los niveles del tráfico se
describe en el informe «Congestión Charging Six Months On», Transport for
London (octubre de 2003).
Capítulo
5
El
clásico artículo sobre los limones y la información asimétrica pertenece a
George Akerlof, «The Market for “Lemons”: Quality Uncertainty and the Market
Mechanism», Quarterly Journal of Economics (agosto de 1970).
Su obra An Economic Theorist’s Book of Tales, Cambridge, Cambridge
University Press, 1984, contiene muchos de sus escritos más interesantes hasta
esa fecha, no sólo los que tratan sobre los limones, sino también, por ejemplo,
algunas teorías económicas sobre el sistema de castas.
John Kay
ha hecho que me diera cuenta, mientras conversaba con él, de que la
justificación de la existencia de restaurantes de mala calidad en los lugares
turísticos es más sutil de lo que parece en un principio. Por supuesto que los
turistas pueden ver la diferencia entre un restaurante de mucha categoría y
otro de poca; del mismo modo que en el mercado de automóviles los clientes
pueden distinguir un Ferrari de un Ford. Sin embargo, en ambos casos, los
compradores que no conocen toda la información no pueden diferenciar lo bueno
de lo malo cuando éstos se encuentran dentro de las categorías obvias: hay
buenas y malas hamburgueserías, e incluso Ferraris, mientras que los coches de
segunda mano tienden a ser todos limones.
La
información sobre el monto que los diferentes países gastan en la asistencia
sanitaria fue sacada del artículo de David M. Cutler «A Guide to Health Care
Reform», Journal of Economic Perspectives 8, n.º 3 (1994), pp.
13-29. Además, Cutler documenta la encuesta de satisfacción con respecto a los
sistemas de asistencia sanitaria llevada a cabo por Karen Donelan, Robert
Blendon, Cathy Schoen, Karen David y Katherine Binns: «The Cost of Health System
Change: Public Discontent in Five Nations», Health Affairs 18,
n.º 3, pp. 206-216. Las respuestas son: «En general, el sistema de asistencia
sanitaria funciona bastante bien y sólo son precisas algunas pequeñas
modificaciones para que funcione mejor» (éstas son las respuestas que brindaron
los encuestados a quienes denomino «satisfechos»); «hay algunas cosas buenas en
nuestro sistema de asistencia sanitaria, pero es preciso realizar cambios
fundamentales para que funcione mejor»; «nuestro sistema de asistencia
sanitaria tiene tantos problemas que necesitaríamos rehacerlo por completo».
El portal
de la Organización Mundial de la Salud es una excelente fuente de información
sobre los sistemas de salud
europeos http://euro.who.int/observatory/hits/20020525_1; y el Informe
sobre la Salud Mundial 2000 (World Health Report 2000) de la
Organización Mundial del Comercio (World Trade Organization) suministra
información estadística muy detallada sobre el coste de la asistencia sanitaria
pública y privada en el mundo.
S.
Woolhandler y D. Himmelstein analizan el coste que tiene el sistema de
asistencia sanitaria de Estados Unidos para el contribuyente en su artículo
«Paying for national health insurance —and not getting it», Health
Affairs 21 (agosto de 2002), pp. 88-98; y el dato del coste
administrativo fue tomado del comunicado de prensa de la Facultad de Medicina
de la Universidad de Harvard, «New England Journal of Medicine Study
Shows U.S. Health Care Paperwork Cost $294.3 Billion in 1999 Far More Than in
Canada» (20 de agosto de
2003) —http://www.hms.harvard.edu/news/releases/0820woolhimmel.html—. La
Oficina del Censo de Estados Unidos (2003) mide la cobertura del sistema
sanitario
estadounidense http://www.census.gov/Press-Release/www/2003/cbo3-154.html.
Para
mayor información sobre la polémica generada por el tratamiento de degeneración
macular, lee las opiniones del Real Instituto Nacional para los
Ciegos http://www.rnib.org.uk/campaign/agemacdegen.htm y las de la
NICE http://www.nice.org.uk/article.asp?a=37590. Finalmente, en septiembre
de 2003, la NICE recomendó la aplicación del tratamiento en ciertos casos, pero
el Gobierno británico retrasó su implementación. Mientras escribo este libro,
dicho tratamiento no se encuentra todavía completamente disponible. Mi objetivo
no es atacar una normativa específica de la NICE, sino mostrar que su
metodología inevitablemente producirá resultados que harán muy poco felices a
los pacientes.
El
instrumento Leksell Gamma Knife se analiza en el Honolulu Star Bulletin del
25 de mayo de
2001 http://starbulletin.com/2001/05/25/news/index.html; en Steve
Goetsch, en el San Diego Gamma Knife
Center http://www.medphysics.wisc.edu/medphys_docs/seminars/goetsch.htm1.htm; en Hawaii
Business http://www.hawaiibusiness.cc/hb72001/default.cfm?articleid=26; y
en BBC Online News, 8 de septiembre de
1998 http://news.bbc.co.uk/1/hi/health/166993.stm. Elekta fabrica
Gamma Knife (www.elekta.com).
El
sistema de cobertura médica singapurense se describe en el trabajo de T. A.
Massaro y Y. Wong, Medical Savings Accounts: The Singapore Experience,
publicado por el Centro Nacional para el Análisis de Políticas, en el informe
n.° 203 (abril de
1996) —http://www.ncpa.org/studies/s203/s203.html— y también se
detalla en el artículo de R. Taylor y S. Blair «Financing Health Care:
Singapore’s Innovative Approach» http://rru.worldbank.org/
PublicPolicyJournal/Summary.aspx?=261.
Capítulo
6
El
análisis sobre el equilibrio entre los mercados eficientes que no fomentan la
recopilación de información y los ineficientes que sí lo hacen pertenece a S.
J. Grossman y J. E. Stiglitz y proviene de su artículo «On the Impossibility of
Informationally Efficient Markets», American Economic Review, 70,
n.º 3 (junio de 1980), pp. 393-408. La analogía con el carrito del supermercado
es una idea de David Friedman, que aparece en su libro Hidden Order,
Nueva York, HarperBusiness, 1996, p. 9.
La
caracterización del mercado bursátil como un concurso de belleza aparece en el
libro de J. M. Keynes, General Theory of Employment, Interest and Money,
Londres, Macmillan, 1967, p. 156. El erróneo optimismo experimentado por Irving
Fisher quedó plasmado en el libro The Stock Market Crash —and After,
Nueva York, Macmillan, 1930.
La triste
historia de Tony Dye se narra en el artículo «Dye is cast out but strategy
remains», Times, Londres (3 de marzo de 2000); y en el artículo
«Vindication for Dye as P&D fund wins top spot», The Guardian (20
de julio de 2000).
El libro
«alcista» más famoso fue el de James Glassman y Kevin Hassettt Dow
36,000: The New Strategy for Profiting from the Corning Rise in the Stock
Market, Nueva York, Times Books, 1999; los autores lo defendieron en el
artículo «Dow 36,000 revisited», The Wall Street Journal (1 de
agosto de 2002), disponible
en http://www.aei.org/news/filter.,newsID.14128/newsdetail.asp; y
en http://www.techcentralstation.com/120504A.html. La predicción
según la cual el índice Dow llegaría a los 36.000 puntos en un lapso de tres a
cinco años aparece en la p. 18 de Dow36,000, y el economista Brad
DeLong la rechaza completamente
en http://www.j-bradford-delong.net/movable_type/2005_archives/000025.html.
¿Cuán
transformadora es la «nueva economía»? Robert Gordon ha hecho una afirmación
rotundamente escéptica en su artículo «Does the “New Economy” Measure up to the
Great Inventions of the Past?», Journal of Economic Perspectives 4,
n.º 14 (otoño de 2000), pp. 49-74. La hipótesis suministrada por Paul David
según la cual debe pasar cierto tiempo para que la nueva tecnología tenga un
verdadero impacto económico se expuso, como es ampliamente conocido, en el
artículo «The Dynamo and the Computer: An Historical Perspective on the Modern
Productivity Paradox», The American Economic Review Papers and
Proceedings (mayo de 1990), pp. 355-361. Los resultados de la apuesta
que hice con John Kay y que perdí figuran en el Financial Times (29
de octubre de 1999) o en
www.johnkay.com/articles/search.php?action=view&doc_id=127&date=&title=&topic=.
Aunque,
en general, descarto la idea de que las empresas de internet gozan de la
ventaja de quien hace algo antes que los demás, en mi opinión existe, al menos,
una importante excepción. Los sitios web de las subastas on line,
que conectan a compradores y vendedores de los productos más inimaginables,
cuentan con ese tipo de beneficio. Los vendedores quieren ir a donde están los
compradores; y los compradores, a donde están los vendedores. Resultará muy
difícil desplazar al sitio web que logre hacer un trabajo decente uniéndolos,
aun si alguno de sus competidores cuenta con una tecnología superior. El portal
de subastas eBay tiene una posición dominante en Estados Unidos por esa simple
razón; sin embargo, llegaron muy tarde a Japón y fueron aplastados por el
servicio de subastas de Yahoo! (Lee la entrevista a Meg Whitman de eBay en la
revista Business Week del 2 de octubre de 2002).
Otras
fuentes de información estadística
La
información sobre el precio de las acciones de Amazon.com proviene de su portal
de comunicación con los inversores; y el resto de la información, de su Informe
Anual correspondiente al año 2003.
La
información sobre las pérdidas ocasionadas por la piratería de música vía
internet se tomó del artículo «Rock profits and boogie woogie blues», BBC
Online News (2 de mayo de
2004); http://news.bbc.co.uk/1/hi/business/3622285.stm.
Hay más
información disponible sobre Robert Shiller en la página de inicio de su sitio
web http://aida.econ.yale.edu/~shiller/.
Capítulo
7
Para
mayor información sobre Von Neumann y la aplicación de la teoría de los juegos
en la Guerra Fría, lee el libro de William Poundstone Prisoner’s
Dilemma, Nueva York, Doubleday, 1992. Para encontrar un análisis de los
modelos de póquer propuestos por Emil Borel, Von Neumann, John Nash y Lloyd
Shapley, lee el capítulo 12 del libro de texto de Ken Binmore, Fun and
Games, Lexington, D. C. Heath, 1992. Se trata del mismo Ken Binmore que
tiempo después lideró el equipo que diseñó la subasta de los servicios de 3G
para el Reino Unido.
Encontrarás
que las subastas del espectro radioeléctrico en Estados Unidos son sometidas a
un experto análisis en el artículo de John McMillan, «Selling Spectrum
Rights», Journal of Economic Perspectives 8, n.° 3 (verano de
1994), pp. 145-162; y también en el que escribió junto a McAfee «Analysing the
Airwaves Auction», Journal of Economic Perspectives 10, n.º 1
(invierno de 1996), pp. 159-175. McMillan además toma ejemplos de los errores
que se cometieron en Australia y Nueva Zelanda. La teoría de la connivencia
está explicada en el artículo «Economics Brief», The Economist (17
de mayo de 1997). No todos los economistas creen que tales subastas fueran el
resultado de una connivencia —quizás haya existido también una espectacular
nueva valoración de las licencias—.
El equipo
que diseñó la subasta del Reino Unido fue convocado por el Centro para el
Aprendizaje Económico y el Equilibrio Social (Economic Learning and Social
Equilibrium, ELSE) del Consejo de Investigación Social y Económica (Economic
& Social Research Council, ESCR). Si quieres leer escritos y artículos
periodísticos de esa época, visita el sitio www.paulklemperer.org
y http://else.econ.ucl.ac.uk/research/spectrum.shtml. El libro de
Paul Klemperer Auctions: Theory and Practice, Princeton, Princeton
University Press, 2004, en especial el capítulo 6, contiene muchísimo material
sobre las subastas de los espectros radio-eléctricos. El libro describe (p.
187) las predicciones de los analistas en cuanto a los ingresos que las
subastas generarían (de dos a cinco mil millones de libras esterlinas); la
subasta superó de cinco a diez veces esa suma. También contiene la defensa que
Klemperer hizo de las subastas (p. 207), que originalmente se publicó en el
artículo «The Wrong Culprit for Telecom Trouble», Financial Times (26
de noviembre de 2002).
El
trabajo clásico de William Vickrey sobre subastas es «Counterspeculation,
Auctions and Competitive Sealed Tenders», Journal of Finance, 16
(marzo de 1961), pp. 8-37.
El
trabajo de Bulow y Klemperer sobre las virtudes de las subastas en comparación
con otras formas de negociación es «Auctions vs. Negotiations», American
Economic Review (marzo de 1996), pp. 180-194. También se encuentra
disponible en www.paulklemperer.org.
La
historia de la subasta del Reino Unido todavía se encuentra disponible
en http://ofcom.org.uk/static/archive/spectrumauctions/3gindex.htm
Capítulo
8
Transparencia
Internacional realizó la medición del nivel de corrupción de Camerún, en
www.transparency.org.
La
inolvidable frase de Robert Lucas sobre la importancia del crecimiento
económico aparece en el artículo «On the Mechanics of Economic
Development», Journal of Monetary Economics (1998).
La
legitimidad del proceso electoral de Camerún es una cuestión para el debate. En
el momento en que hablé con Sam, Biya había obtenido el último mandato con un
93 % de los votos, en las elecciones presidenciales de 1997, boicoteadas por la
oposición. En octubre de 2004, después de mi visita a Camerún, Biya ganó las
elecciones con el 75 % de los votos. Muchos de los observadores externos
consideraron que las elecciones fueron razonablemente limpias
(lee http://news.bbc.co.uk/1/hi/world/africa/3746686.stm). Los
reporteros de la BBC se mostraron escépticos y llegaron a la conclusión de que
muchas personas no se habían enterado de la celebración de elecciones o no
habían votado porque creían que su voto no contaría. La BBC informó de que las
colas frente a las urnas eran muy cortas, a pesar de que los informes oficiales
hablaban de una gran concurrencia. El número de votantes registrados es
solamente de cuatro millones, con una población con edad para votar de ocho
millones http://news.bbc.co.uk/1/hi/world/africa/3732512.stm. Mi visión
pesimista de la democracia camerunesa se formó a partir de lo que hablé con
ciudadanos cameruneses que, al igual que Sam, creían que era una farsa.
Las
teorías de Mancur Olson se exponen en su libro Power and Prosperity,
Nueva York, Basic Books, 2000. Todos los años, el Banco Mundial realiza la
medición de la burocracia en los informes «Doing
Business» http://rru.worldbank.org/Doing-Business/.
Todo lo
que siempre quisiste saber sobre las presas nepalesas se encuentra en
«Incentives, Rules of the Game, and Development», Conferencia Bancaria Anual de
Desarrollo Económico (Annual Bank Conference of Development Economics), Banco
Mundial (World Bank), mayo de 1995. En este momento, Nepal se encuentra en
pleno proceso de guerra civil, pero existen otras razones por las cuales los
funcionarios públicos no abandonan Katmandú. Cuando Ostrom elaboró su trabajo,
fue el tedio y no el peligro lo que los desalentó.
Alan
Gelb, del Banco Mundial, fue quien me brindó las asombrosas comparaciones que
me demostraron cuan pequeñas son las economías africanas.
Otras
fuentes de información estadística
La
información sobre las ganancias de Corea del Sur obtenidas a partir de la
inversión extranjera se tomó del trabajo realizado por Bohn-Young Koo, New
Forms of Foreign Direct Investment in Korea, estudio n.º 82-02, Korean
Development Institute (junio de 1982).
Los datos
sobre las barreras arancelarias en Camerún provienen de «Indicadores de
Desarrollo Mundial 2001», p.
336 http://www.worldbank.org/data/wdi2001/pdfs/tab6_6.pdf.
Capítulo
9
En los
últimos años, la globalización y el comercio han sido temas tratados por
algunos excelentes libros, y las ideas y datos estadísticos de este capítulo se
han tomado libremente de: Martin Wolf, Why Globalization Works, New
Haven, Yale University Press, 2004; Philippe Legrain, Open World,
Londres, Abacus, 2002; Douglas Irwin, Free Trade Under Fire,
Princeton, Princeton University Press, 2002 y Jagdish Bhagwati, Free
Trade Today, Princeton, Princeton University Press, 2002. El libro de David
Friedman, Hidden Order, Nueva York, Harpercollins, 1996, pp. 65-77,
contiene un excelente capítulo sobre la teoría del comercio.
El
análisis de E. O. Wilson sobre la homogeneización está extraído de su
maravillosa demostración de la ventaja comparativa. Acude a su obra Consilience
– The Unity of Knowledge, Londres, Abacus, 2003, p. 304.
El
original estudio que demuestra que un impuesto sobre las importaciones es
también un impuesto sobre las exportaciones pertenece a Abba P. Lerner: «The
Symmetry Between Import and Export Taxes», Economica, 3 (agosto de
1936), pp. 306-313.
Dejé al
margen el análisis sobre la migración, el flujo de capitales y las
transferencias tecnológicas. Puedes obtener mayor información sobre estos temas
en el libro de Martin Wolf, Why Globalization Works; o en un
discurso que pronunció Stanley Fischer ante la Asociación Estadounidense de
Economía el 3 de enero de 2003, bajo el título: «Globalization and its
challenges» http://www.iie.com/fischer/pdf/fischer011903.pdf.
La
opinión de Vandana Shiva sobre el apartheid ecológico aparece en el libro On
the edge: living with Global Capitalism, editado por Will Hutton y Anthony
Giddens; también se cita en el libro de Philippe Legrain Open World,
Londres, Abacus, 2002.
Las
estadísticas sobre la transparencia de las inversiones estadounidenses en el
exterior provienen de la Oficina del Censo de Estados Unidos (American Census
Bureau) y de R. Repetto y J. Albrecht, ambos citados en el libro de
Legrain Open World. La figura seis aparece en el artículo de D.
Wheeler «Racing to the Bottom: Foreign Investment and Air Pollution in
Developing Countries», Journal of Environment and Development 10,
n.º 3, pp. 225-245 y se utiliza en una descripción general realizada por
Dasgupta y otros en el artículo «Confronting the Environmental Kuznets
Curve», Journal of Economic Perspectives 16, n.º 1 (invierno
de 2001), pp. 147-168.
Para
mayor información sobre las subvenciones a la agricultura, lee el artículo de
Martin Wolf «Weeding Out Subsidies», Financial Times (5 de
noviembre de 2002), y el libro de Douglas Irwin Free Trade Under Fire,
pp. 61-62.
Jonah
Peretti relata su experiencia en el artículo «My Nike Media Adventure», The
Nation (22 de marzo de 2001)
—http://www.thenation.com/doc.mhtml?i=20010409&s=peretti—. El ejemplo de la
Smokey Mountain fue tomado del artículo de Paul Krugman «In Praise of Cheap
Labor», Slate (jueves 20 de marzo de
1997) http://web.mit.edu/krugman/www/smokey.html. Las noticias del
derrumbamiento se obtuvieron de The Economist (13 de julio de
2000). William Greider explica su apoyo a las regulaciones de la ciudad de
Nueva York sobre el tema de las prendas de vestir importadas en el artículo «No
to Global Sweatshops», The Nation (19 de abril de
2001) —http://www.the-nation.com/doc.mhtml?i=20010507&s=greider—. Tanto
Douglas Irwin como Philippe Legrain tienen buenos argumentos y datos para
apoyar la idea de que las multinacionales pagan más dinero y ofrecen mejores
condiciones laborales que las empresas nacionales.
La
economía política que impone las restricciones comerciales y que explica la
estabilidad de Tokugawa, Japón, es descrita por Janet E. Hunter en su
libro The Emergence of Modern Japan, Londres, Longman (1989), pp.
4-7, y se analiza exhaustivamente en el libro de Douglas Irwin, Free
Trade Under Fire, capítulo 5.
La BBC ha
realizado una cobertura periodística muy detallada del destino de los pobres
productores de café en «Coffee Farmers Switch to Drugs» (15 de agosto de
2001) —http://news.bbc.co.uk/1/hi/business/1493104.stm—; «Coffee
Farmers Face Destitution» (16 de mayo de
2001) —http://news.bbc.co.uk/1/hi/business/1333204.stm—; «The
Capuccino Trail» (16 de agosto de
2001) —http://news.bbc.co.uk/i/hi/business/1488758.stm—; «Coffee
Cartel Shut Up Shop» (19 de octubre de 2001) —http://news.bbc.co.uk/1/hi/business/1608356.stm—.
Otras
fuentes de información estadística
Sobre la
creación y destrucción de puestos de trabajo en Estados Unidos, consulta la
Oficina de Estadísticas Laborales 2004 (Bureau of Labor Statistics 2004).
Sobre los
subsidios a la agricultura recibidos por el duque de Westminster, lee «Oxfam
calls for EU reform», BBC Online News (23 de marzo de
2005) —http://news.bbc.co.uk/1/hi/uk_politics/4374655.stm—.
Muchas de
las cifras sobre los beneficios económicos del comercio se tomaron del libro de
Douglas Irwin Free Trade Under Fire, pp. 30-48.
Los datos
sobre las barreras arancelarias se tomaron de los Índices de Desarrollo Mundial
2001, página 336 http://www.worldbank.org/data/wdi2001/pdfs/tab6_6.pdf.
Existen
otros datos estadísticos en el Análisis del Comercio Mundial 2000 (World Trade
Overview 2000), de la Organización Mundial del Comercio (World Trade
Organization), 2001.
Capítulo
10
J. M.
Roberts analiza los efectos del «Gran Salto Adelante» de Mao en el libro Penguin
History of the World, Londres, Penguin, 1995, p. 1013; y, en especial, en
el libro de Jonathan Glover Humanity: A Moral History of the 20tb
Century, New Haven, Yale University Press, 1999. John Kay relata la
historia del singular experimento de Jruschev en el libro The Truth
about Markets, Londres, Alien Pane, Penguin Press, 2003, p. 88.
El
simposio publicado en Journal of Economic Perspectives 8, n.º
2 (primavera de 1994) es un maravilloso análisis de las reformas realizadas por
Deng en la década de 1980. Algunos de los artículos son «Completing China’s
move to the market», de Dwight Perkins; «China’s macroeconomic performance and
management during transition», de Shahid Yusuf; y «Enterprise reform in Chinese
industry», de Gary Jefferson y Thomas Rawski. Otras valiosas fuentes son el
libro de Barry Naughton Growing Out of the Plan, Cambridge,
Cambridge University Press, 1995; el artículo de Justin Yifu Lin «Rural reforms
and agricultural growth in China», American Economic Review 82,
n.º 1 (marzo de 1992), y el escrito de Robert F. Dernberger «The People’s
Republic of China at 50: The Economy», del libro The People’s Republic
of China After 50 years, editado por Richard Louis Edmonds, Nueva York,
Oxford University Press, 1999. Las opiniones más recientes sobre la situación
de China provienen del artículo de Martin Wolf «Asia’s Awakening», Financial
Times (21 de septiembre de 2003) y del de David Hale y Lyric Hughes
Hale «China takes off», Foreign Affairs 86, n.º 6
(noviembre/diciembre de 2003).
La
repulsa a la política económica de la República de la India fue tomada del
artículo «Review of Sachs-Varshney-Bajpai and Lal», Times Literary
Supplement (enero de
2000) —http://www.columbia.edu/~jb38/TLS_SV.pdf—. Charles Wheelan, en
el libro Naked Economies, Nueva York, W. W Norton, 2002, señala que
la lepra puede curarse por el precio de una cerveza.
Para
saber más sobre el culto de Mao, lee el artículo de Richard McGregor «Mao and
Forever», Financial Times Magazine (14 de agosto de 2004).
Lucy Ash realizó un informe sobre las duras condiciones de trabajo en «Inside
China’s Sweatshop», BBC Online News; sección «From Our Own
Correspondent» (20 de julio de
2002) —http://news.bbc.co.uk/1/hi/programmes/from_our_own_correspondent/2139401.stm—. Alexandra
Harney describe la decisión tomada por Yang Li en su artículo «Migrant workers
shun long hours and low pay», Financial Times (2 de noviembre
de 2004).
Otras
fuentes de información estadística
Los datos
estadísticos sobre la tasa de crecimiento de China y el tamaño de su economía
en comparación con otras, como, por ejemplo, Camerún y Bélgica, se tomaron de
los Indicadores de Desarrollo Mundial 2002 (World Development Indicators 2002).
La
información estadística de la transformación de la economía de Corea del Sur
proviene del trabajo de Anne Krueger «Institutions of the New Private Sector»,
que se encuentra en el libro The Emergence of Market Economies in
Eastern Europe, editado por Christopher Clague y Gordon Rausser, Cambridge,
Massachusetts, Blackwell, 1992, y citado por Mancur Olson en su libro Power
and Prosperity, Nueva York, Basic Books, 2003.
Notas:
[1] La
expresión inglesa there is no such thing as a free lunch —«no
hay nada como un almuerzo gratis»— da la idea de que una persona o una sociedad
no puede obtener algo por nada.

