Libro N° 10871. El Infinito En Un Junco. Vallejo, Irene.
© Libro N° 10871.
El Infinito En Un Junco. Vallejo,
Irene. Emancipación. Febrero 4 de 2023
Título original: ©
El Infinito En Un Junco. Irene Vallejo
Versión Original: © El
Infinito En Un Junco. Irene Vallejo
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Irene Vallejo
El
Infinito En Un Junco
Irene
Vallejo
CONTENIDO
Agradecimientos
Parte I. Grecia imagina el futuro
§ 1. La ciudad de los placeres y los libros
§ 2. Alejandro: el mundo nunca es suficiente
§ 3. El amigo macedonio
§ 4. Equilibrio al filo del abismo: la biblioteca y el museo de
Alejandría
§ 5. Una historia de fuego y pasadizos
§ 6. La piel de los libros
§ 7. Una tarea detectivesca
§ 8. Homero como enigma y como ocaso
§ 9. El mundo perdido de la oralidad: un tapiz de ecos
§ 10. La revolución apacible del alfabeto
§ 11. Voces que salen de la niebla, tiempos indecisos
§ 12. Aprender a leer sombras
§ 13. El éxito de las palabras díscolas
§ 14. El primer libro
§ 15. Las librerías ambulantes
§ 16. La religión de la cultura
§ 17. Un hombre de memoria prodigiosa y un grupo de chicas vanguardistas
§ 18. Tejedoras de historias
§ 19. Es el otro quien me cuenta mi historia
§ 20. El drama de la risa y nuestra deuda con los vertederos
§ 21. Una apasionada relación con las palabras
§ 22. El veneno de los libros. Su fragilidad
§ 23. Las tres destrucciones de la biblioteca de Alejandría
§ 24. Botes salvavidas y mariposas negras
§ 25. Así empezamos a ser tan extraños
Parte II. Los caminos de Roma
§ 1. Una ciudad con mala reputación
§ 2. La literatura de la derrota
§ 3. El umbral invisible de la esclavitud
§ 4. En el principio fueron los árboles
§ 5. Escritores pobres, lectores ricos
§ 6. Una joven familia
§ 7. Librero: oficio de riesgo
§ 8. Infancia y éxito de los libros de páginas
§ 9. Bibliotecas públicas en los palacios del agua
§ 10. Dos hispanos: el primer fan y el escritor maduro
§ 11. Herculano: la destrucción que preserva
§ 12. Ovidio choca contra la censura
§ 13. La dulce inercia
§ 14. Viaje al interior de los libros y cómo nombrarlos
§ 15. ¿Qué es un clásico?
§ 16. Canon: historia de un junco
§ 17. Añicos de voces femeninas
§ 18. Lo que se creía eterno resultó efímero
§ 19. Atrévete a recordar
Epílogo
Bibliografía
El
Infinito En Un Junco
Irene
Vallejo
«Parecen dibujos,
pero dentro de las letras están las voces.
Cada página es una caja infinita de voces».
MIA COUTO,
Trilogía de Mozambique
«Los signos inertes de un alfabeto
se vuelven significados llenos de vida en la mente.
Leer y escribir alteran nuestra organización cerebral».
SIRI HUSTVEDT,
Vivir, pensar, mirar
«Me gusta imaginar lo pasmado que se quedaría
el bueno de Homero, quienquiera que fuese,
al ver sus epopeyas en las estanterías
de un ser tan inimaginable para él como yo,
en medio de un continente del que no se tenía noticia».
MARILYNNE ROBINSON,
Cuando era niña me gustaba leer
«Leer es siempre un traslado, un viaje,
un irse para encontrarse. Leer,
aun siendo un acto comúnmente sedentario,
nos vuelve a nuestra condición de nómadas».
ANTONIO BASANTA,
Leer contra la nada
«El libro es, sobre todo,
un recipiente donde reposa el tiempo.
Una prodigiosa trampa con la que la inteligencia
y la sensibilidad humana
vencieron esa condición efímera, fluyente,
que llevaba la experiencia del vivir
hacia la nada del olvido».
EMILIO LLEDÓ,
Los libros y la libertad
A mi
madre,
mano firme de algodón
Agradecimientos
Muchas
personas me ayudaron, de distintas maneras, en la travesía de la escritura.
Vaya mi agradecimiento a todas ellas:
·
Rafael Argullol, que imaginó este libro antes que
yo misma, y desplegó ante mis ojos el mapa de este viaje.
·
Julio Guerrero, por tenderme la mano.
·
El equipo editorial de Siruela, por su prodigiosa
magia en el viejo oficio de los juncos infinitos.
·
Alfonso Castán y Francisco Muñiz, por su insólita
generosidad.
·
Carlos García Gual, que me ha guiado con sus
señales de luz.
·
Agustín Sánchez Vidal, que compartió conmigo sus
conocimientos y la llave maestra.
·
Luis Beltrán, por aguzarme la mirada.
·
Ana María Moix, que me acogió en un jardín
entrevisto desde el exterior.
·
Guillermo Fatás, por sus lecciones de historia,
periodismo e ironía.
·
Encarna Samitier, por las primeras oportunidades y
la amistad duradera.
·
Antón Castro, que sostiene nuestro frágil paisaje
de letras.
·
Fergus Millar, por abrirme las puertas de Oxford y
por los viajes en el tiempo.
·
Mario Citroni, por su hospitalidad florentina, su
sabiduría y su atención.
·
Ángel Escobar, por enseñarme el rigor.
·
El personal de las bibliotecas de Oxford,
Cambridge, Florencia, Bolonia, Roma, Madrid y Zaragoza, por facilitarme la
exploración de esas regiones de papel.
·
Mis maestras inolvidables Pilar Iranzo, Carmen
Romeo, Inocencia Torres y Carmen Gómez Urdáñez.
·
Anna Caballé, que ensancha horizontes con sus
palabras.
·
Carmen Peña, Ana López-Navajas, Margarita Borja,
Marifé Santiago, por inspirarme.
·
Andrés Barba, por las conversaciones sobre la risa
y el futuro.
·
Luis Landero, por creer en mí.
·
Belén Gopegui, por los ecos de una conversación y
por el misterioso principio de la amistad.
·
Jesús Marchamalo, por la jovialidad y un sombrero
compartido.
·
Fernando López, por los días dionisiacos.
·
Stefania Ferchedau y Natalie Tchernetska,
presencias en la distancia.
·
Mis amigas creadoras Ana Alcolea, Patricia Esteban,
Lina Vila, Sandra Santana y Laura Bordonaba.
·
Las personas que hacen la vida más acogedora: María
Ángeles López, Francisco Gan, Teresa Azcona, Valle García, Reyes Lambea,
Leticia Bravo, Albano Hernández, María Luisa Grau, Cristina Martín, Gloria
Labarta, Pilar Pastor, María Jesús Pardos, María Gamón, Liliana Vargas, Diego
Prada, Julio Cristellys y Ricardo Lladosa.
·
Los primeros lectores, los libreros Pepe Fernández,
Julia Millán y Pablo Muñío.
Todos
esos profesores de instituto que son sembradores de entusiasmo, en particular
Chus Picot, Ana Buñola, Paz Hernández, David Mayor, Berta Amella, Laura Lahoz,
Fernando Escanero, José Antonio Escrig, Marcos Guillén, Amaia Zubilaga, Eva
Ibáñez, Cristóbal Barea, Irene Ramos, Pilar Gómez, Mercedes Ortiz, Félix Gay y
José Antonio Laín.
El
fabuloso equipo de pediatría neonatal del Hospital Miguel Servet de Zaragoza,
las enfermeras que nos regalaron tanta vida y todos esos niños que, hoy
también, estarán luchando con todas sus fuerzas por agarrarse a la vida.
Las
cuidadoras: Esther, Pilar, Cristina, Zara, Nuria y mi tata María.
Mi madre,
Elena, la domadora del caos.
Enrique,
mi faro y mi brújula.
El
pequeño Pedro, doctorando en sabotaje, que me ha enseñado en qué consiste la
esperanza.
Mi
familia, mis amigos y los lectores, que sois otra familia de amigos.
Parte I
Grecia imagina el futuro
§ 1. La
ciudad de los placeres y los libros
I
La mujer
del mercader, joven y aburrida, duerme sola. Hace diez meses que él zarpó de la
isla mediterránea de Cos rumbo a Egipto y desde entonces no ha llegado ni una
carta desde el país del Nilo. Ella tiene diecisiete años, todavía no ha dado a
luz y no soporta la monotonía de la vida apartada en el gineceo, esperando
acontecimientos, sin salir de casa para evitar murmuraciones. No hay mucho que
hacer. Tiranizar a las esclavas parecía divertido al principio, pero no es
suficiente para llenar sus días. Por eso le alegra recibir visitas de otras
mujeres. No importa quién llame a la puerta, necesita desesperadamente
distraerse para aligerar el peso de plomo de las horas.
Una
esclava anuncia la llegada de la anciana Gílide. La mujer del mercader se
promete un rato de diversión: su vieja nodriza Gílide es deslenguada y dice
obscenidades con mucha gracia.
—¡Mamita
Gílide! Hace meses que no vienes a mi casa.
—Sabes
que vivo lejos, hija, y tengo ya menos fuerzas que una mosca.
—Bueno
bueno —dice la mujer del mercader—, a ti aún te quedan fuerzas para darle un
buen achuchón a más de uno.
—¡Búrlate!
—contesta Gílide—, pero eso queda para vosotras las jovencitas.
Con una
sonrisa maliciosa, con astutos preámbulos, la anciana desembucha por fin lo que
ha venido a contar. Un joven fuerte y guapo que ha ganado dos veces el premio
de lucha en los Juegos Olímpicos se ha fijado en la mujer del mercader, se
muere de deseo y quiere ser su amante.
—No te
enfades y escucha su propuesta. Lleva el aguijón de la pasión clavado en la
carne. Concédete una alegría con él. ¿Te vas a quedar aquí, calentando la
silla? —pregunta Gílide, tentadora—. Cuando quieras darte cuenta, te habrás
hecho vieja y las cenizas se habrán zampado tu lozanía.
—Calla
calla…
—¿Y a qué
se dedica tu marido en Egipto? No te escribe, te tiene olvidada, y seguro que
ya ha mojado los labios en otra copa.
Para
vencer la última resistencia de la chica, Gílide describe con labia todo lo que
Egipto, y especialmente Alejandría, ofrecen al marido lejano e ingrato:
riquezas, el encanto de un clima siempre cálido y sensual, gimnasios,
espectáculos, manadas de filósofos, libros, oro, vino, adolescentes y tantas
mujeres atractivas como estrellas brillan en el cielo.
He
traducido libremente el principio de una breve pieza teatral griega escrita en
el siglo III a. C. con un intenso aroma de vida cotidiana. Pequeñas obras como
esta seguramente no se representaban, salvo algún tipo de lectura dramatizada.
Humorísticas, a veces picarescas, abren ventanas a un mundo proscrito de
esclavos azotados y amos crueles, proxenetas, madres al borde de la
desesperación a causa de sus hijos adolescentes, o mujeres sexualmente
insatisfechas. Gílide es una de las primeras celestinas de la historia de la
literatura, una alcahueta profesional que conoce los secretos del oficio y
apunta, sin dudar, al resquicio más frágil de sus víctimas: el miedo universal
a envejecer. Sin embargo, a pesar de su talento cruel, Gílide fracasa esta vez.
El diálogo acaba con los insultos cariñosos de la chica, que es fiel a su
marido ausente, o tal vez no quiere correr los terribles riesgos del adulterio.
¿Se te ha reblandecido la mollera?, le pregunta la mujer del mercader a Gílide,
pero, por otra parte, la consuela ofreciéndole un trago de vino.
Junto al
humor y el tono fresco, el texto es interesante porque nos descubre la visión
que la gente común y corriente tenía de la Alejandría de su época: la ciudad de
los placeres y de los libros; la capital del sexo y la palabra.
II
La
leyenda de Alejandría no dejó de crecer. Dos siglos después de que se
escribiera el diálogo de Gílide y la chica tentada, Alejandría fue el escenario
de uno de los grandes mitos eróticos de todos los tiempos: la historia de amor
de Cleopatra y Marco Antonio.
Roma, que
para entonces se había convertido en el centro del mayor imperio mediterráneo,
era todavía un laberinto de calles tortuosas, oscuras y embarradas cuando Marco
Antonio desembarcó por primera vez en Alejandría. De pronto, se vio
transportado a una ciudad embriagadora cuyos palacios, templos, amplias
avenidas y monumentos irradiaban grandeza. Los romanos se sentían seguros de su
poder militar y dueños del futuro, pero no podían competir con la seducción de
un pasado dorado y del lujo decadente. Con una mezcla de excitación, orgullo y
cálculos tácticos, el poderoso general y la última reina de Egipto construyeron
una alianza política y sexual que escandalizó a los romanos tradicionales. Para
mayor provocación, se decía que Marco Antonio iba a trasladar la capital del
imperio de Roma a Alejandría. Si la pareja hubiera ganado la guerra por el
control del Imperio romano, hoy tal vez los turistas acudiríamos en manadas a
Egipto para fotografiarnos en la Ciudad Eterna, con su Coliseo y sus foros.
Al igual
que su ciudad, Cleopatra encarna esa peculiar fusión de cultura y sensualidad
alejandrina. Dice Plutarco que en realidad Cleopatra no era una gran belleza.
La gente no se paraba en seco a mirarla por la calle. Pero a cambio rebosaba
atractivo, inteligencia y labia. El timbre de su voz poseía tal dulzura que
dejaba clavado un aguijón en todo aquel que la escuchara. Y su lengua, continúa
el historiador, se acomodaba al idioma que quisiese como un instrumento musical
de muchas cuerdas. Era capaz de hablar sin intérpretes con etíopes, hebreos,
árabes, sirios, medos y partos. Astuta, bien informada, ganó varios asaltos en
el combate por el poder dentro y fuera de su país, aunque perdió la batalla
decisiva. Su problema es que solo han hablado de ella desde el bando enemigo.
También
en esta historia tempestuosa juegan un papel importante los libros. Cuando
Marco Antonio se creía a punto de gobernar el mundo, quiso deslumbrar a
Cleopatra con un gran regalo. Sabía que el oro, las joyas o los banquetes no
conseguirían encender una luz de asombro en los ojos de su amante, porque se
había acostumbrado a derrocharlos a diario. Cierta vez, durante una madrugada
alcohólica, en un gesto de provocativa ostentación, ella disolvió en vinagre
una perla de tamaño fabuloso y se la bebió. Por eso, Marco Antonio eligió un
regalo que Cleopatra no podría desdeñar con expresión aburrida: puso a sus pies
doscientos mil volúmenes para la Gran Biblioteca. En Alejandría, los libros
eran combustible para las pasiones.
Dos
escritores muertos durante el siglo XX se han convertido en nuestros guías por
los entresijos de la ciudad, añadiendo capas de pátina al mito de Alejandría.
Constantino Cavafis era un oscuro funcionario de origen griego que trabajó, sin
ascender nunca, para la Administración británica en Egipto, en la sección de
Riegos del Ministerio de Obras Públicas. Por las noches se sumergía en un mundo
de placeres, gentes cosmopolitas y mala vida internacional. Conocía como la
palma de su mano el dédalo de burdeles alejandrinos, único refugio para su
homosexualidad «prohibida y severamente despreciada por todos», como él mismo
escribió. Cavafis era un lector apasionado de los clásicos y poeta casi en
secreto.
En sus
poemas hoy más conocidos reviven los personajes reales y ficticios que poblaban
Ítaca, Troya, Atenas o Bizancio. En apariencia más personales, otros poemas
escarban, entre la ironía y el desgarro, en su propia experiencia de madurez:
la nostalgia de su juventud, el aprendizaje del placer o la angustia por el
paso del tiempo. La diferenciación temática es en realidad artificial. El
pasado leído e imaginado emocionaba a Cavafis tanto como sus recuerdos. Cuando
merodeaba por Alejandría, veía la ciudad ausente latir bajo la ciudad real.
Aunque la Gran Biblioteca había desaparecido, sus ecos, susurros y bisbiseos
seguían vibrando en la atmósfera. Para Cavafis, aquella gran comunidad de
fantasmas volvía habitables las frías calles por donde rondan, solitarios y
atormentados, los vivos.
Los
personajes de El cuarteto de Alejandría, Justine, Darley y sobre
todo Balthazar, que dice haberlo conocido, recuerdan constantemente a Cavafis,
«el viejo poeta de la ciudad». A su vez, las cuatro novelas de Lawrence
Durrell, uno de esos ingleses asfixiados por el puritanismo y el clima de su
país, amplían la resonancia erótica y literaria del mito alejandrino. Durrell
conoció la ciudad en los años turbulentos de la Segunda Guerra Mundial, cuando
Egipto estaba ocupado por tropas británicas y era un nido de espionaje,
conspiraciones y, como siempre, placeres. Nadie ha descrito con más precisión
los colores y las sensaciones físicas que despertaba Alejandría. El silencio
aplastante y el cielo alto del verano. Los días calcinados. El luminoso azul
del mar, las escolleras, la ribera amarilla. En el interior, el lago Mareotis,
que a veces aparece borroso como un espejismo. Entre las aguas del puerto y del
lago, calles innumerables donde se arremolinan el polvo, los mendigos y las
moscas. Palmeras, hoteles lujosos, hachís, embriaguez. El aire seco cargado de
electricidad. Atardeceres de color limón y violeta. Cinco razas, cinco lenguas,
una docena de religiones, el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta. En
Alejandría, escribe Durrell, la carne despierta y siente los barrotes de la
prisión.
La
Segunda Guerra Mundial arrasó la ciudad. En la última novela del Cuarteto,
Clea describe un melancólico paisaje. Los tanques varados en las playas como
esqueletos de dinosaurios, los grandes cañones como árboles caídos de un bosque
petrificado, los beduinos extraviados entre las minas explosivas. La ciudad,
que siempre fue perversa, ahora parece un enorme orinal público —concluye—.
Lawrence Durrell nunca volvió a Alejandría después de 1952. Las milenarias
comunidades judía y griega huyeron después de la guerra del canal de Suez, el
fin de una época en el Medio Oriente. Viajeros que regresan de la ciudad me
cuentan que la ciudad cosmopolita y sensual ha emigrado a la memoria de los
libros.
§ 2.
Alejandro: el mundo nunca es suficiente
III
Alejandría
no hay solo una. Un reguero de ciudades con ese nombre señalan la ruta de
Alejandro Magno desde Turquía hasta el río Indo. Los distintos idiomas han
desfigurado el sonido original, pero a veces se distingue todavía la lejana
melodía. Alejandreta, Iskenderun en turco. Alejandría de Carmania, actual
Kermán, en Irán. Alejandría de Margiana, ahora Merv, en Turkmenistán.
Alejandría Eschate, que se podría traducir como Alejandría en el Fin del Mundo,
hoy Juyand en Tayikistán. Alejandría Bucéfala, la ciudad fundada en recuerdo
del caballo que había acompañado a Alejandro desde niño, después llamada
Jelapur, en Pakistán. La guerra de Afganistán nos ha familiarizado con otras
antiguas Alejandrías: Bagram, Her¯at, Kandahar.
Plutarco
cuenta que Alejandro fundó setenta ciudades. Quería señalar su paso, como esos
niños que pintan su nombre en las paredes o en las puertas de los baños
públicos («Yo estuve aquí». «Yo vencí aquí»). El atlas es el extenso muro donde
el conquistador inscribió una y otra vez su recuerdo.
El
impulso que movía a Alejandro, la razón de su energía desbordante, capaz de
lanzarlo a una expedición de conquista de 25.000 kilómetros, era la sed de fama
y de admiración. Creía profundamente en las leyendas de los héroes; es más,
vivía y competía con ellos. Tenía un vínculo obsesivo con el personaje de
Aquiles, el guerrero más poderoso y temido de la mitología griega. Lo había
elegido de niño, cuando su maestro Aristóteles le enseñó los poemas homéricos,
y soñaba con parecerse a él. Sentía la misma admiración apasionada por él que
los chicos de hoy en día por sus ídolos deportivos. Cuentan que Alejandro
dormía siempre con su ejemplar de la Ilíada y una daga debajo
de la almohada. La imagen nos hace sonreír, pensamos en el chaval que se queda
dormido con el álbum de cromos abierto en la cama y sueña que gana un
campeonato entre los aullidos enfervorizados del público.
Solo que
Alejandro hizo realidad sus fantasías de éxito más desenfrenadas. El historial
de sus conquistas, logradas en solo ocho años —Anatolia, Persia, Egipto, Asia
Central, la India—, lo catapulta a la cumbre de las hazañas bélicas. En
comparación con él, Aquiles, que se dejó la vida en el asedio de una sola
ciudad que duró diez años, parece un vulgar principiante.
La
Alejandría de Egipto nació, no podía ser menos, de un sueño literario, de un
susurro homérico. Estando dormido, Alejandro sintió acercarse a un anciano de
pelo cano. Al llegar a su lado, el misterioso desconocido recitó unos versos de
la Odisea que hablan de una isla llamada Faro, rodeada por el
sonoro oleaje del mar, frente a la costa egipcia. La isla existía, estaba
situada en las cercanías de la llanura aluvial donde el delta del Nilo se funde
con las aguas del Mediterráneo. Alejandro, según la lógica de aquellos tiempos,
creyó que su visión era un presagio y fundó en ese lugar la ciudad
predestinada.
Le
pareció un sitio hermoso. Allí, el desierto de arena tocaba el desierto de
agua, dos paisajes solitarios, inmensos, cambiantes, esculpidos por el viento.
Él mismo dibujó con harina el trazado exterior en forma de rectángulo casi
perfecto, mostrando dónde debería construirse la plaza pública, qué dioses
deberían tener templo y por dónde correría el perímetro de la muralla. Con el
tiempo, la pequeña isla de Faro quedaría unida al delta con un largo dique y
albergaría una de las siete maravillas del mundo.
Cuando
empezaron a construir, Alejandro continuó su viaje, dejando una pequeña
población de griegos, de judíos y de pastores que durante mucho tiempo habían
vivido en aldeas de los alrededores. Los nativos egipcios, según la lógica
colonial de todas las épocas, fueron incorporados como ciudadanos de estatus
inferior.
Alejandro
no volvería a ver la ciudad. Menos de una década más tarde, regresaría su
cadáver. Pero en el año 331 a. C., cuando fundó Alejandría, tenía veinticuatro
años y se sentía invencible.
IV
Era joven
e implacable. De camino a Egipto, había vencido dos veces seguidas al Ejército
del Rey de Reyes persa. Se apoderó de Turquía y Siria, declarando que las
liberaba del yugo persa. Conquistó la franja de Palestina y Fenicia; todas las
ciudades se le rindieron sin ofrecer resistencia, salvo dos: Tiro y Gaza.
Cuando cayeron, después de siete meses de asedio, el libertador les aplicó un
castigo brutal. Los últimos supervivientes fueron crucificados a lo largo de la
costa —una hilera de dos mil cuerpos agonizando junto al mar—. Vendieron como
esclavos a los niños y las mujeres. Alejandro ordenó atar al gobernador de la
torturada Gaza a un carro y arrastrarlo hasta morir, igual que el cuerpo de
Héctor en la Ilíada. Seguramente le gustaba pensar que estaba
viviendo su propio poema épico y, de vez en cuando, imitaba algún gesto, algún
símbolo, alguna crueldad legendaria.
Otras
veces, le parecía más heroico ser generoso con los vencidos. Cuando capturó a
la familia del rey persa Darío, respetó a las mujeres y renunció a usarlas como
rehenes. Ordenó que siguieran viviendo sin que las molestaran en sus propios
alojamientos, conservando sus vestidos y joyas. También les permitió enterrar a
sus muertos caídos en batalla.
Al entrar
en el pabellón de Darío vio oro, plata, alabastro, percibió el olor fragante de
la mirra y los aromas, el adorno de alfombras, de mesas y aparadores, una
abundancia que no había conocido en la corte provinciana de su Macedonia natal.
Comentó a los amigos: «En esto consistía, según parece, reinar». Le presentaron
entonces un cofre, el objeto más precioso y excepcional del equipaje de Darío.
«¿Qué podría ser tan valioso como para guardarlo aquí?», les preguntó a sus
hombres. Cada uno hizo sus sugerencias: dinero, joyas, esencias, especias,
trofeos de guerra. Alejandro negó con la cabeza y, tras un breve silencio,
ordenó que colocaran en aquella caja su Ilíada, de la que nunca se
separaba.
V
Nunca
perdió una batalla. Siempre afrontó como uno más, sin privilegios, las
penalidades de la campaña. Apenas seis años después de suceder a su padre como
rey de Macedonia, a los veinticinco, había derrotado al mayor ejército de su
época y se había apoderado de los tesoros del Imperio persa. No era suficiente
para él. Avanzó hasta el mar Caspio, atravesó los actuales Afganistán,
Turkmenistán y Uzbekistán, cruzó los pasos nevados de la cordillera del Hindu
Kush, y luego un desierto de arenas movedizas hasta el río Oxus, el actual Amu
Daria. Siguió adelante por regiones que ningún griego había pisado antes
(Samarcanda y el Punyab). Ya no conseguía victorias brillantes, sino que se
desgastaba en una agotadora lucha de guerrillas.
La lengua
griega tiene una palabra para describir su obsesión: póthos. Es el
deseo de lo ausente o lo inalcanzable, un deseo que hace sufrir porque es
imposible de calmar. Nombra el desasosiego de los enamorados no correspondidos
y también la angustia del duelo, cuando añoramos de manera insoportable a una
persona muerta. Alejandro no encontraba reposo en sus ansias de ir siempre más
allá para escapar al aburrimiento y la mediocridad. Todavía no había cumplido
treinta años y empezaba a temer que el mundo no sería lo suficientemente grande
para él. ¿Qué haría si un día se acababan los territorios que conquistar?
Aristóteles
le había enseñado que el extremo de la tierra se encontraba al otro lado de las
montañas del Hindu Kush, y Alejandro quería llegar hasta el último confín. La
idea de ver el borde del mundo le atraía como un imán. ¿Encontraría el gran
Océano Exterior del que le habló su maestro? ¿O las aguas del mar caerían en
cascada sobre un abismo sin fondo? ¿O el final sería invisible, una niebla
espesa y un fundido en blanco?
Pero los
hombres de Alejandro, enfermos y malhumorados bajo las lluvias de la estación
de los monzones, se negaron a seguir adentrándose en la India. Les habían
llegado noticias de un enorme reino indio desconocido más allá del Ganges. El
mundo no daba señales de terminar.
Un
veterano habló en nombre de todos: a las órdenes de su joven rey, habían
recorrido miles de kilómetros, masacrando por el camino al menos a setecientos
cincuenta mil asiáticos. Habían tenido que enterrar a sus mejores amigos caídos
en combate. Habían soportado hambrunas, fríos glaciales, sed y travesías por el
desierto. Muchos habían muerto como perros en las cunetas por enfermedades
desconocidas, o habían quedado horriblemente mutilados. Los pocos que habían
sobrevivido ya no tenían las mismas fuerzas que cuando eran jóvenes. Ahora, los
caballos cojeaban con las patas doloridas, y los carros de abastecimiento se
atascaban en los caminos embarrados por el monzón. Hasta las hebillas de los
cinturones estaban corroídas, y las raciones se pudrían a causa de la humedad.
Calzaban botas agujereadas hacía años. Querían volver a casa, acariciar a sus
mujeres y abrazar a sus hijos, que apenas les recordarían. Añoraban la tierra
donde habían nacido. Si Alejandro decidía continuar su expedición, que no
contase con sus macedonios.
Alejandro
se enfureció y, como Aquiles al comienzo de la Ilíada, se retiró a
su tienda de campaña entre amenazas. Empezó una lucha psicológica. Al
principio, los soldados guardaron silencio, después se atrevieron a abuchear a
su rey por haber perdido los estribos. No estaban dispuestos a dejarse humillar
después de haberle regalado los mejores años de su vida.
La
tensión duró dos días. Después, el formidable ejército dio media vuelta, rumbo
a su patria. Alejandro, después de todo, perdió una batalla.
§ 3. El
amigo macedonio
VI
Ptolomeo
fue compañero de expedición y amigo íntimo de Alejandro. Por sus orígenes, no
tenía ni el más remoto vínculo con Egipto. Nacido en una familia noble pero sin
brillo en Macedonia, nunca imaginó que un día llegaría a ser faraón del rico
país del Nilo, que pisó por primera vez con casi cuarenta años, sin conocer su
lengua, costumbres y compleja burocracia. Pero las conquistas de Alejandro y
sus enormes consecuencias fueron una de esas sorpresas históricas que ningún
analista predice, al menos antes de que sucedan.
Aunque
los macedonios eran orgullosos, sabían que el resto del mundo consideraba su
país atávico, tribal e insignificante. Dentro del mosaico de estados
independientes griegos, desde luego, estaban muchos peldaños por debajo del
pedigrí de los atenienses o los espartanos. Mantenían la monarquía tradicional
mientras que la mayoría de ciudades-estado de la Hélade habían experimentado
con formas de gobierno más sofisticadas y, para empeorar la situación, hablaban
un dialecto que resultaba difícil de comprender para los demás. Cuando uno de
sus reyes quiso competir en los Juegos Olímpicos, le dieron permiso después de
un cuidadoso escrutinio. En otras palabras, se les admitía a regañadientes como
parte del club griego. Para el resto del mundo, simplemente no existían. En
aquel entonces, Oriente era el foco de la civilización, bien iluminado por la
historia; y Occidente, el territorio oscuro y salvaje donde vivían los
bárbaros. En el atlas de las percepciones y los prejuicios geográficos,
Macedonia ocupaba la periferia del mundo civilizado. Probablemente, pocos
egipcios sabían situar en el mapa la patria de su próximo rey.
Alejandro
acabó con esa actitud de menosprecio. Fue un personaje tan poderoso que todos
los griegos lo adoptaron como suyo. De hecho, lo han convertido en un símbolo
nacional. Cuando Grecia estuvo sometida durante siglos a la dominación turca
otomana, los griegos tejieron leyendas en las que el gran héroe Alejandro
volvía a la vida para liberar a su patria de la opresión extranjera.
También
Napoleón ascendió de provinciano corso a francés sin paliativos a medida que
conquistaba Europa: el triunfo es un pasaporte al que nadie pone objeciones.
Ptolomeo
siempre estuvo cerca de Alejandro. Escudero del príncipe en la corte macedonia,
lo acompañó en su meteórica campaña de conquistas, encuadrado en el exclusivo
regimiento de caballería de los Compañeros del Rey, y fue uno de sus
guardaespaldas personales de confianza. Tras el motín del Ganges, conoció las
penalidades del viaje de regreso, que superaron las peores previsiones:
sufrieron la agresión conjunta de la malaria, la disentería, tigres, serpientes
e insectos venenosos. Los pueblos rebeldes de la región del Indo atacaban a un
ejército exhausto por las marchas bajo el húmedo calor tropical. En el invierno
del retorno, solo quedaba la cuarta parte de los efectivos que llegaron a la
India.
Después
de tantas victorias, sufrimientos y muertes, la primavera del año 324 a. C. fue
agridulce. Ptolomeo y el resto de las tropas disfrutaban de un breve descanso
en la ciudad de Susa, en el sudeste del actual Irán, cuando el imprevisible
Alejandro decidió celebrar una fiesta grandiosa que, por sorpresa, incluía en
el programa unas bodas colectivas para él y sus oficiales. En unos festejos
espectaculares que duraron cinco días, casó a ochenta generales y allegados con
mujeres, o más probablemente niñas, de la aristocracia persa. Él mismo añadió a
su nómina de esposas —sus costumbres macedonias permitían la poligamia— a la
primogénita de Darío y a otra mujer de un poderoso clan oriental. En un gesto
teatral y muy calculado, extendió las ceremonias a su tropa. Diez mil soldados
recibieron una dote real por casarse con mujeres orientales. Fue un esfuerzo
por favorecer los matrimonios mixtos a una escala que nunca más se volvió a
intentar. En la mente de Alejandro bullía la idea de un imperio mestizo.
Ptolomeo
tuvo su parte en las bodas masivas de Susa. Le correspondió la hija de un rico
sátrapa iranio. Como la mayoría de los oficiales, tal vez hubiera preferido una
condecoración por los servicios prestados y cinco días de juerga sin
complicaciones. En general, los hombres de Alejandro no tenían el menor deseo
de confraternizar, y mucho menos de emparentar, con los persas, a los que poco
tiempo antes masacraban en el campo de batalla. En el nuevo imperio se estaban
fraguando tensiones, que pronto estallarían, entre los nacionalismos y la
fusión cultural.
Alejandro
no tuvo tiempo de imponer su visión. Murió al principio del verano siguiente en
Babilonia, con treinta y dos años, abrasado por la fiebre.
VII
Mientras
dicta sus memorias en Alejandría, un anciano Ptolomeo con los rasgos de Anthony
Hopkins confiesa a su escriba el secreto que lo persigue y atormenta: la muerte
de Alejandro no tuvo causas naturales. Él mismo y otros oficiales lo
envenenaron. La película —Alexander (Alejandro Magno, en la
traducción al español), de 2004, dirigida por Oliver Stone— convierte a
Ptolomeo en un hombre oscuro, un Macbeth griego, el guerrero leal a las órdenes
de Alejandro, y más tarde su asesino. Al final del largometraje, el personaje
se arranca la máscara y descubre un rostro oscuro. ¿Es posible que sucediera
así? ¿O hay que pensar que Oliver Stone se permite aquí un guiño, como en JFK,
a las teorías conspirativas y a la fascinación popular por los líderes
asesinados?
Seguramente
los oficiales macedonios de Alejandro estuvieran nerviosos y resentidos en el
año 323 a. C. Para entonces, la mayoría de los soldados de su ejército eran
iranios o indios. Alejandro estaba permitiendo el ingreso de bárbaros incluso
en los regimientos de élite, y ennobleciendo a algunos de ellos. Obsesionado
por la exaltación homérica del valor, pretendía reclutar a los mejores, al
margen de su origen étnico. Sus antiguos compañeros de armas encontraban
ofensiva y detestable esa política. Pero ¿era motivo suficiente para quebrar
una lealtad profunda y correr el enorme peligro que implicaba eliminar a su
rey?
Nunca
sabremos con certeza si Alejandro fue asesinado o si murió debido a un proceso
infeccioso (como la malaria o una simple gripe) que acabó con un cuerpo
agotado, herido de gravedad en nueve sitios diferentes durante sus campañas y
sometido a un sobreesfuerzo casi inhumano. En la época, su muerte repentina se
convirtió en un arma arrojadiza que los sucesores del rey usaron sin escrúpulos
en su lucha por el poder, culpándose unos a otros del supuesto magnicidio. El
rumor del envenenamiento se extendió rápidamente; era la versión de los hechos
más impactante y dramática. En medio de la maraña de panfletos, acusaciones e
intereses sucesorios, los historiadores no pueden resolver el enigma, sino solo
valorar los pros y contras de cada hipótesis.
La figura
de Ptolomeo, amigo fiel o tal vez traidor, queda atrapada en un territorio de
penumbra.
VIII
Frodo y
Sam, los dos hobbits, han llegado al siniestro paraje de las escaleras de
Cirith Ungol, en las montañas occidentales de Mordor. Para sobreponerse al
miedo, charlan sobre su inesperada vida de aventuras. Todo ocurre cerca del
abrupto final de Las dos torres, la segunda parte de El
Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien. Samsagaz, cuyos mayores placeres
en el mundo son una comida sabrosa y una gran historia, dice: «Me pregunto si
algún día apareceremos en las canciones y las leyendas. Estamos envueltos en
una, por supuesto; pero quiero decir si la pondrán en palabras para contarla
junto al fuego o para leerla en un libraco con letras rojas y negras, muchos,
muchos años después. Y la gente dirá: sí, es una de mis historias favoritas».
Era el
sueño de Alejandro: tener una leyenda propia, entrar en los libros para
permanecer en el recuerdo. Y lo consiguió. Su breve vida es un mito en Oriente
y Occidente, el Corán y la Biblia se hacen eco de él. En Alejandría, durante
los siglos posteriores a su muerte, se fue tejiendo un relato fantástico sobre
sus viajes y aventuras, escrito en griego y luego traducido al latín, al
siriaco y a decenas de lenguas más. Lo conocemos como La novela de
Alejandro, y ha llegado hasta nuestros días con sucesivas variaciones y
supresiones. Delirante y disparatada, algunos estudiosos piensan que, al margen
de ciertos textos religiosos, fue el libro más leído en el mundo premoderno.
En el
siglo II, los romanos añadieron a su nombre el apodo Magno («el grande»). En
cambio, los seguidores de Zoroastro lo llamaban Alejandro el Maldito. Nunca le
perdonaron que prendiera fuego al palacio de Persépolis, donde ardió la
biblioteca del rey. Allí se quemó, entre otros, el libro sagrado de los
zoroastrianos, el Avesta, y los fieles tuvieron que reescribir la obra de
memoria.
Los
claroscuros y contradicciones de Alejandro se reflejan ya en los historiadores
del mundo antiguo, que ofrecen una galería de retratos diferentes. A Arriano le
fascina, Curcio Rufo descubre zonas de sombra, Plutarco no puede resistirse a
una anécdota emocionante, sea oscura o luminosa. Todos ellos fantasean. Dejan
que la biografía de Alejandro se deslice hacia la ficción, cediendo a sus
instintos de escritores que olfatean una gran historia. Un viajero y geógrafo
de la época romana dijo con ironía que quienes escriben sobre Alejandro siempre
prefieren lo maravilloso a la verdad.
La visión
de los historiadores contemporáneos depende de su grado de idealismo y de la
época en que escriben. A principios del siglo XX, los héroes todavía gozaban de
buena salud; después de la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, la bomba
atómica y la descolonización, nos hemos vuelto más escépticos. Ahora hay
autores que tumban a Alejandro en el diván y le diagnostican megalomanía
furiosa, crueldad e indiferencia hacia sus víctimas. Algunos lo han comparado
con Adolf Hitler. El debate continúa, matizado por sensibilidades nuevas.
A mí me
sorprende y me fascina que la cultura popular no lo abandone como un fósil de
otros tiempos. En los lugares más inesperados, me he tropezado con
incondicionales de Alejandro capaces de dibujar sobre una servilleta un croquis
rápido de los movimientos de tropas de sus grandes batallas. La música de su
nombre sigue sonando. Caetano Veloso le dedica «Alexandre» en su disco Livro,
mientras que los británicos Iron Maiden titularon «Alexander the Great» uno de
sus temas más legendarios. El fervor por esta pieza de heavy metal es
casi sagrado: la banda de Leyton nunca la interpreta en vivo, y entre los fans
circula el rumor de que solo sonará en su último concierto. En casi todo el
mundo, la gente sigue llamando a sus hijos Alejandro —o Sikander, que es la
versión árabe del nombre—, en memoria del guerrero. Cada año se imprime su
efigie en millones de productos que el auténtico Alejandro ni siquiera sabría
usar, como camisetas, corbatas, fundas de móvil o videojuegos.
Alejandro,
el cazador de la inmortalidad, ha irradiado la leyenda que soñaba. Sin embargo,
si me preguntaran —como decía Tolkien— cuál es mi historia favorita para contar
junto al fuego, no elegiría las victorias ni los viajes, sino la extraordinaria
aventura de la Biblioteca de Alejandría.
IX
«El rey
ha muerto», apuntó en su tablilla astrológica un escriba babilonio. Por una
casualidad, el documento ha llegado casi intacto hasta nosotros. Era el día 10
de junio del año 323 a. C., y no hacía falta leer los renglones de las
estrellas para adivinar que empezaban tiempos peligrosos. Alejandro dejaba dos
herederos frágiles: un hermanastro al que todos consideraban medio idiota y un
hijo todavía no nacido en el vientre de Roxana, una de sus tres esposas. El
escriba babilonio, instruido en historia y en los mecanismos de la monarquía,
quizá reflexionara, en aquella tarde cargada de augurios, sobre el caos de las
sucesiones que desencadenan guerras confusas y crueles. Eso es lo que mucha
gente temía entonces y eso es exactamente lo que sucedió.
La
cosecha de sangre empezó pronto. Roxana asesinó a las otras dos viudas de
Alejandro, para asegurarse de que su hijo no tendría competidores. Los
generales macedonios más poderosos se declararon la guerra unos a otros. A lo
largo de los años, en una metódica carnicería, irían matando a todos los
miembros de la familia real: al hermanastro idiota, a la madre de Alejandro, a
su mujer Roxana y a su hijo, que no llegó a cumplir doce años. Mientras, el
imperio se desintegraba. Seleuco, uno de los oficiales de Alejandro, vendió los
territorios conquistados en la India a un caudillo nativo por el increíble
precio de quinientos elefantes de guerra, que empleó en seguir luchando contra
sus rivales macedonios. Ejércitos de mercenarios se ofrecieron durante décadas
al mejor postor. Después de años de combates, ferocidad, venganzas y muchas
vidas segadas, quedaron tres señores de la guerra: Seleuco, en Asia; Antígono,
en Macedonia, y Ptolomeo, en Egipto. De todos ellos, Ptolomeo fue el único que
no tuvo una muerte violenta.
Ptolomeo
se instaló en Egipto, donde pasaría el resto de su vida. Durante décadas, peleó
a sangre y fuego contra sus antiguos compañeros para mantenerse en el trono. Y,
en los momentos de respiro que le dejaban las guerras civiles entre macedonios,
intentaba conocer el inmenso país que estaba gobernando. Todo era allí
asombroso: las pirámides; los ibis; las tormentas de arena; las olas de dunas;
el galope de los camellos; los extraños dioses con cabeza de animal; los
eunucos; las pelucas y las cabezas afeitadas; las riadas humanas en los días de
fiesta; los gatos sagrados, que era delito matar; los jeroglíficos; el
ceremonial de palacio; los templos de escala sobrehumana; el enorme poder de
los sacerdotes; el negro y fangoso Nilo arrastrándose por su delta rumbo al
mar; los cocodrilos; las llanuras donde las abundantes cosechas se nutren de
los huesos de los muertos; la cerveza; los hipopótamos; el desierto, donde nada
permanece salvo el tiempo destructor; el embalsamamiento; las momias; la vida
ritualizada; el amor al pasado; el culto a la muerte.
Ptolomeo
tuvo que sentirse desorientado, confuso, aislado. No entendía la lengua
egipcia, era torpe en las ceremonias y sospechaba que los cortesanos se reían
de él. No obstante, había aprendido de Alejandro a comportarse con
atrevimiento. Si no consigues entender los símbolos, invéntate otros. Si Egipto
te desafía con su antigüedad fabulosa, traslada la capital a Alejandría —la
única ciudad sin pasado— y conviértela en el centro más importante de todo el
Mediterráneo. Si tus súbditos desconfían de las novedades, haz que toda la
audacia del pensamiento y la ciencia confluyan en su territorio.
Ptolomeo
destinó grandes riquezas a levantar el Museo y la Biblioteca de Alejandría.
§ 4.
Equilibrio al filo del abismo: la biblioteca y el museo de Alejandría
X
Aunque no
queda constancia, me atrevo a imaginar que la idea de crear una biblioteca
universal nació en la mente de Alejandro. El plan tiene las dimensiones de su
ambición, lleva la impronta de su sed de totalidad. «La Tierra», proclamó
Alejandro en uno de los primeros decretos que promulgó, «la considero mía».
Reunir todos los libros existentes es otra forma —simbólica, mental, pacífica—
de poseer el mundo.
La pasión
del coleccionista de libros se parece a la del viajero. Toda biblioteca es un
viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad. Alejandro recorrió las rutas
de África y de Asia sin separarse de su ejemplar de la Ilíada, al
que acudía, según dicen los historiadores, en busca de consejo y para alimentar
su afán de trascendencia. La lectura, como una brújula, le abría los caminos de
lo desconocido.
En un
mundo caótico, adquirir libros es un acto de equilibrio al filo del abismo. A
esta conclusión llega Walter Benjamin en su espléndido ensayo titulado Desembalo
mi biblioteca. «Renovar el viejo mundo: este es el deseo más profundo del
coleccionista cuando se ve impulsado a adquirir nuevas cosas», escribe
Benjamin. La Biblioteca de Alejandría era una enciclopedia mágica que congregó
el saber y las ficciones de la Antigüedad para impedir su dispersión y su
pérdida. Pero también fue concebida como un espacio nuevo, del cual partirían
las rutas hacia el futuro.
Las
bibliotecas anteriores eran privadas y estaban especializadas en las materias
útiles para sus dueños. Incluso las que pertenecían a escuelas o grupos
profesionales amplios eran solo un instrumento al servicio de sus necesidades
particulares. La antecesora que más se le aproximó —la biblioteca de
Asurbanipal en Nínive, al norte del actual Irak— se destinaba al uso del rey.
La Biblioteca de Alejandría, variada y completísima, abarcaba libros sobre
todos los temas, escritos en todos los rincones de la geografía conocida. Sus
puertas estaban abiertas a todas las personas ávidas de saber, a los estudiosos
de cualquier nacionalidad y a todo aquel que tuviera aspiraciones literarias
probadas. Fue la primera biblioteca de su especie y la que más cerca estuvo de
poseer todos los libros entonces existentes.
Además,
se aproximó al ideal mestizo del imperio que soñaba Alejandro. El joven rey,
que se casó con tres mujeres extranjeras y tuvo hijos semibárbaros, planeaba,
según cuenta el historiador Diodoro, trasplantar población de Europa en Asia, y
en sentido inverso, para construir una comunidad de amistad y vínculos
familiares entre los dos continentes. Su súbita muerte le impidió realizar este
proyecto de deportaciones, curiosa mezcla de violencia y deseos fraternales.
La
Biblioteca se abrió a la amplitud del mundo exterior. Incluyó las obras más
importantes de otras lenguas, traducidas al griego. Un tratadista bizantino
escribió sobre aquel tiempo: «De cada pueblo se reclutaron sabios, los cuales,
además de dominar la propia lengua, conocían a la maravilla el griego; a cada
grupo le fueron confiados sus textos respectivos, y así se preparó de todos una
traducción». Allí se realizó la conocida versión griega de la Torá judía
conocida como Biblia de los Setenta. La traducción de los textos iranios
atribuidos a Zoroastro, de más de dos millones de versos, se recordaba todavía
siglos después como una empresa memorable. Un sacerdote egipcio llamado Manetón
compuso para la Biblioteca una lista de las dinastías faraónicas y sus hazañas
desde tiempos míticos hasta la conquista de Alejandro. Para escribir ese
compendio de la historia egipcia en lengua griega, buscó, consultó y extractó
documentos originales conservados en decenas de templos. Otro sacerdote
bilingüe, Beroso, conocedor de la literatura cuneiforme, volcó al griego las
tradiciones babilonias. No faltaría en la Biblioteca un tratado sobre la India
que escribió, basándose en fuentes locales, un embajador griego en la corte de
Pataliputra, ciudad del noreste de la India localizada a orillas del Ganges.
Nunca antes se había emprendido una labor de traducción de esa envergadura.
La
Biblioteca hizo realidad la mejor parte del sueño de Alejandro: su
universalidad, su afán de conocimiento, su inusual deseo de fusión. En los
anaqueles de Alejandría fueron abolidas las fronteras, y allí convivieron, por
fin en calma, las palabras de los griegos, los judíos, los egipcios, los
iranios y los indios. Ese territorio mental fue tal vez el único espacio
hospitalario para todos ellos.
XI
También
Borges estaba hechizado por la idea de abrazar la totalidad de los libros. Su
relato La biblioteca de Babel nos adentra en una biblioteca
prodigiosa, el laberinto completo de todos los sueños y palabras. Enseguida
percibimos, sin embargo, que el lugar es inquietante. Allí experimentamos cómo
nuestras fantasías se tiñen de pesadilla, transformadas en oráculo de los
miedos contemporáneos.
El
universo (que otros llaman la Biblioteca), dice Borges, es una especie de
colmena monstruosa que existe desde siempre. Se compone de interminables
galerías hexagonales idénticas comunicadas por escaleras en espiral. En cada
hexágono encontramos lámparas, anaqueles y libros. A derecha e izquierda del
rellano hay dos cubículos, uno sirve para dormir de pie y el otro es un
urinario. A eso se reducen todas las necesidades: luz, lectura y letrinas. En
los pasillos viven extraños funcionarios que el narrador, uno de ellos, define
como bibliotecarios imperfectos. Cada uno está a cargo de un determinado número
de galerías del infinito circuito geométrico.
Los
libros de la Biblioteca contienen todas las combinaciones posibles de
veintitrés letras y dos signos de puntuación, o sea, todo lo que se puede
imaginar y expresar en todos los idiomas, recordados u olvidados. Por tanto,
nos dice el narrador, en algún lugar de los anaqueles se encuentra la crónica
de tu muerte. Y la historia minuciosamente detallada del porvenir. Y las
autobiografías de los arcángeles. Y el catálogo verdadero de la Biblioteca, así
como miles y miles de catálogos falsos. Los habitantes de la colmena tienen las
mismas limitaciones que nosotros: dominan apenas un par de lenguas, y el tiempo
de su vida es breve. Por tanto, las posibilidades estadísticas de que alguien
localice en la inmensidad de los túneles el libro que busca, o simplemente un
libro comprensible para él, son remotísimas.
Y esa es
la gran paradoja. Por los héxagonos de la colmena merodean buscadores de
libros, místicos, fanáticos destructores, bibliotecarios suicidas, peregrinos,
idólatras y locos. Pero nadie lee. Entre la agotadora sobreabundancia de
páginas azarosas, se extingue el placer de la lectura. Todas las energías se
consumen en la búsqueda y el desciframiento.
Podemos
entenderlo sencillamente como un relato irónico urdido a partir de mitos
bíblicos y bibliófilos que discurren por arquitecturas inspiradas en las
prisiones de Piranesi o en las escaleras sin fin de Escher. Sin embargo, a los
lectores de hoy, la biblioteca de Babel nos fascina como alegoría profética del
mundo virtual, de la desmesura de internet, de esa gigantesca red de
informaciones y textos, filtrada por los algoritmos de los buscadores, donde
nos extraviamos como fantasmas en un laberinto.
En un
sorprendente anacronismo, Borges presagia el mundo actual. El relato contiene,
es cierto, una intuición contemporánea: la red electrónica, el concepto que
ahora denominamos web, es una réplica del funcionamiento de las bibliotecas. En
los orígenes de internet latía el sueño de alentar una conversación mundial.
Había que crear itinerarios, avenidas, rutas aéreas para las palabras. Cada
texto necesitaba una referencia —un enlace—, gracias a la cual el lector
pudiera encontrarlo desde cualquier ordenador en cualquier rincón del mundo.
Timothy John Berners-Lee, el científico responsable de los conceptos que
estructuran la web, buscó inspiración en el espacio ordenado y ágil de las
bibliotecas públicas. Imitando sus mecanismos, asignó a cada documento virtual
una dirección que era única y permitía alcanzarlo desde otro ordenador. Ese
localizador universal —llamado en lenguaje de computación URL— es el
equivalente exacto de la signatura de una biblioteca. Después, Berners-Lee ideó
el protocolo de transferencia de hipertexto —más conocido por la sigla http—,
que actúa como las fichas de solicitud que rellenamos para pedirle al
bibliotecario que busque el libro deseado. Internet es una emanación
—multiplicada, vasta y etérea— de las bibliotecas.
Imagino
la experiencia de entrar en la Biblioteca de Alejandría en términos parecidos a
lo que yo sentí cuando navegué por primera vez en internet: la sorpresa, el
vértigo de los espacios inmensos. Me parece contemplar a un viajero que
desembarca en el puerto de Alejandría y apresura el paso hacia el reducto de
libros, alguien parecido a mí en el apetito de lectura, invadido, casi cegado,
por las emocionantes posibilidades de la abundancia que empieza a vislumbrar
desde los pórticos de la Biblioteca. Cada uno en nuestra época, pensaríamos lo
mismo: en ningún lugar había existido tanta información reunida, tanto
conocimiento posible, tantos relatos con los que experimentar el miedo y el
deleite de vivir.
XII
Volvamos
atrás. La biblioteca no existe todavía. Las bravatas de Ptolomeo sobre la gran
capital griega en Egipto chocaban con una realidad cochambrosa. Dos décadas
después de su fundación, Alejandría era una pequeña ciudad en construcción
poblada por soldados y marineros, un reducido grupo de burócratas en lucha
contra el caos y esa peculiar fauna de negociantes astutos, delincuentes,
aventureros y estafadores con labia que buscan una oportunidad en una tierra
virgen. Las calles rectas, trazadas por un arquitecto griego, estaban sucias y
olían a excrementos. Los esclavos tenían la espalda cosida a latigazos. Se
respiraba un ambiente de western, de violencia, energía y
depredación. El letal khamsin, el viento del este que siglos
después atormentaría a las tropas de Napoleón y de Rommel, sacudía la ciudad al
llegar la primavera. En la distancia, las tormentas del khamsin parecían
manchas sangrientas en el cielo lejano. Después, la oscuridad borraba la luz, y
la arena empezaba su invasión, levantando sofocantes y cegadores muros de polvo
que entraban por las rendijas de las casas, secaban la garganta y la nariz,
inyectaban los ojos, provocaban locura, desesperación y crímenes. Tras horas de
tromba opresiva, se derrumbaban en el mar, acompañados por un sollozo del aire
áspero.
Ptolomeo
decidió que se instalaría precisamente allí con toda su corte y que atraería a
los mejores científicos y escritores de la época hasta aquel páramo en la
periferia de la nada.
Empezaron
las obras frenéticas. Hizo construir un canal para unir el Nilo con el lago
Mareotis y el mar. Diseñó un puerto grandioso. Y ordenó levantar un palacio
junto al mar protegido por un dique, una enorme fortaleza donde atrincherarse
en caso de asedio, una pequeña ciudad prohibida a la que muy pocos tendrían
acceso, el hogar del rey inesperado en su ciudad improbable.
Para
edificar sus sueños gastó mucho, mucho dinero. Ptolomeo no se había quedado con
la tajada más grande, pero sí la más jugosa del Imperio de Alejandro. Egipto
era sinónimo de riqueza. En las orillas fértiles del Nilo crecían fabulosas
cosechas de cereal, la mercancía que permitía dominar los mercados en aquella
época como hoy el petróleo. Además, Egipto exportaba el material de escritura
más utilizado en la época: el papiro.
El junco
de papiro hunde sus raíces en las aguas del Nilo. El tallo tiene el grosor del
brazo de un hombre y su altura se eleva entre tres y seis metros. Con sus
fibras flexibles, las gentes humildes fabricaban cuerdas, esteras, sandalias y
cestas. Los antiguos relatos lo recuerdan: de papiro, embadurnado con brea y
asfalto, era el canastillo donde su madre abandonó al pequeño Moisés a orillas
del Nilo. En el tercer milenio a. C. los egipcios descubrieron que con aquellos
juncos podían fabricar hojas para la escritura, y en el primer milenio ya
habían extendido su hallazgo a los pueblos de Próximo Oriente. Durante siglos,
los hebreos, los griegos y luego los romanos escribieron su literatura en
rollos de papiro. A medida que las sociedades mediterráneas se alfabetizaban y
se volvían más complejas, necesitaban cada vez más papiro, y los precios subían
al calor de la demanda. La planta era muy escasa fuera de Egipto y, como el
coltán de nuestros teléfonos inteligentes, se convirtió en un bien estratégico.
Llegó a existir un poderoso mercado que distribuía el papiro en rutas
comerciales a través de África, Asia y Europa. Los reyes de Egipto se
apropiaron el monopolio de la manufactura y el comercio de las hojas; los
expertos en lengua egipcia creen que la palabra «papiro» tiene la misma raíz
que «faraón».
Imaginemos
una mañana de trabajo en los talleres faraónicos. Un grupo de operarios del rey
llega de madrugada a las riberas del río para segar juncos, y el susurro de sus
pasos despierta a los pájaros dormidos, que levantan el vuelo desde el
cañaveral. Los hombres trabajan en la frescura de la mañana y a mediodía
depositan en el taller grandes brazadas de juncos. Con movimientos precisos,
los descortezan y cortan el tallo triangular en delgadas tiras de unos 30-40
centímetros de altura. Colocan sobre una tabla plana la primera capa de tiras
verticales y después otra capa de fibras horizontales en ángulo recto con la
primera. Golpean con un mazo de madera las dos capas superpuestas de forma que
la savia segregada actúe como pegamento natural. Alisan la superficie de las
hojas desbastándolas con piedra pómez o conchas. Por último, encolan las
láminas de papiro una a continuación de la otra por los bordes con una pasta de
harina y agua, hasta formar una larga tira que guardan enrollada. Lo habitual
es unir unas veinte láminas y pulir con cuidado las junturas hasta conseguir
una superficie lisa en la que no tropiece la caña del escriba. Los mercaderes
no venden hojas sueltas, sino rollos; quien necesite escribir una carta o un
documento breve cortará el trozo deseado. Los rollos miden entre 13 y 30
centímetros de alto, y su longitud más habitual oscila entre los 3,2 y 3,6
metros. Pero la extensión es tan variable como la cantidad de páginas de
nuestros libros. Así, por ejemplo, el rollo más largo de la colección egipcia
del Museo Británico, el papiro Harris, medía originalmente 42 metros.
El rollo
de papiro supuso un fantástico avance. Tras siglos de búsqueda de soportes y de
escritura humana sobre piedra, barro, madera o metal, el lenguaje encontró
finalmente su hogar en la materia viva. El primer libro de la historia nació
cuando las palabras, apenas aire escrito, encontraron cobijo en la médula de
una planta acuática. Y, frente a sus antepasados inertes y rígidos, el libro
fue desde el principio un objeto flexible, ligero, preparado para el viaje y la
aventura.
Rollos de
papiro que albergan en su interior largos textos manuscritos trazados con
cálamo y tinta: este es el aspecto de los libros que empiezan a llegar a la
naciente Biblioteca de Alejandría.
XIII
Los
generales de Alejandro quedaron hechizados por él tras su muerte. Empezaron a
imitar sus gestos, su vestimenta, el gorro que solía llevar, su forma de
inclinar la cabeza. Seguían celebrando los banquetes como a él le gustaba y
reproducían su imagen en las monedas que acuñaban. Uno de los Compañeros del
Rey se dejó crecer una melena ondulada que llevaba descuidadamente suelta por
parecerse a él. El comandante Eumenes afirmaba que Alejandro se le aparecía en
sueños y hablaba con él. Ptolomeo hizo correr el rumor de que era hermanastro
de Alejandro por vía paterna. En cierta ocasión, varios herederos rivales
accedieron a reunirse en una tienda de campaña presidida por el trono vacío y
el cetro del difunto rey; al deliberar, tuvieron la sensación de que el ausente
los seguía guiando.
Todos
añoraban a Alejandro y acariciaban a su fantasma, pero al mismo tiempo andaban
ocupados en hacer pedazos el imperio mundial que les había legado, en liquidar
uno detrás de otro a sus familiares más cercanos y en traicionar las lealtades
que les unieron. En amores de este tipo pensaba Oscar Wilde cuando escribió,
en La balada de la cárcel de Reading: «Cada hombre mata lo que
ama».
También
en la lucha por el recuerdo de Alejandro, Ptolomeo tomó la delantera con
astucia. Una de sus jugadas más brillantes consistió en apoderarse del cadáver
del joven rey. Había comprendido mejor que nadie el incalculable valor
simbólico de exhibir sus restos mortales.
En el
otoño del año 322 a. C., una comitiva partió desde Babilonia rumbo a Macedonia
para enterrar a Alejandro en su país natal. Llevaban el cuerpo, embalsamado con
miel y especias, dentro de un ataúd de oro, en un carro fúnebre que las fuentes
describen como un enternecedor despliegue kitsch de
baldaquines, cortinas púrpura, borlas, esculturas doradas, bordados y coronas.
Ptolomeo se había hecho amigo del oficial que estaba al mando del cortejo. Con
ayuda de ese cómplice, logró que la ruta se desviase hacia Damasco, salió a su
encuentro con un gran ejército y secuestró el féretro. El comandante Pérdicas,
que ya tenía lista la tumba real en Macedonia, rechinó de dientes al enterarse
del rapto y lanzó un ataque contra Egipto, pero acabó ejecutado por sus propios
hombres después de una campaña desastrosa. Ptolomeo ganó la partida. Trasladó
el cadáver a Alejandría y lo expuso en un mausoleo abierto al público que, como
la tumba de Lenin en la Plaza Roja de Moscú, se convirtió en una gran atracción
y foco de turismo necrófilo. Allí lo vio todavía el primer emperador romano,
Augusto, que depositó una guirnalda sobre la tapa de cristal del sarcófago y
pidió tocar el cuerpo. Según las malas lenguas, al darle un beso le rompió
accidentalmente la nariz —besar a una momia encierra ciertos riesgos—. El
sarcófago fue destruido en alguna de las grandes revueltas populares que
sacudieron Alejandría y, a pesar de los rumores, los arqueólogos no consiguen
encontrar el rastro de la tumba. Hay quien piensa que el cadáver pudo tener un
final digno del cosmopolita Alejandro (troceado y convertido en miles de
amuletos diseminados por el ancho mundo que una vez conquistó).
Cuentan
que, cuando Augusto homenajeó a Alejandro en su mausoleo, le preguntaron si
también quería ver el sepulcro de los Ptolomeos. «He venido a ver a un rey, no
a muertos», contestó. Esas palabras condensan el drama de los diádocos, los
sucesores de Alejandro —todo el mundo los consideraba una banda de mediocres
suplentes, un gris apéndice de la leyenda—. Les faltaba la legitimidad del
carisma, y solo al entroncar con un muerto podían infundir auténtico respeto.
Por eso se disfrazaban de Alejandro de todas las maneras posibles, deseando que
los confundieran con él, como esos concienzudos imitadores de Elvis de nuestros
días.
Dentro de
este juego de parecidos y analogías, el rey Ptolomeo quiso a Aristóteles para
maestro de sus hijos, como lo fue de Alejandro. Pero el filósofo había muerto
en el año 322 a. C., solo unos meses después de su famoso alumno. Un tanto
decepcionado por tener que rebajar el listón, Ptolomeo envió a sus mensajeros a
la escuela de Aristóteles en Atenas, el Liceo, para ofrecer trabajo en
Alejandría, generosamente pagado, a los sabios más brillantes del momento. Dos
de ellos aceptaron la oferta; uno educaría a los príncipes, y el otro
organizaría la Gran Biblioteca.
El nuevo
encargado de la adquisición y el orden de los libros se llamaba Demetrio de
Falero. Él inventó el oficio, hasta entonces inexistente, de bibliotecario. Sus
años jóvenes le habían preparado para las tareas intelectuales y para el mando.
Fue estudiante del Liceo y luego, durante una década, entró en el torbellino de
la política. En Atenas había conocido la primera biblioteca organizada
aplicando un sistema racional: la colección del mismísimo Aristóteles, apodado
«el lector». Aristóteles, en más de doscientos tratados, buscó la estructura
del mundo y la parceló (física, biología, astronomía, lógica, ética, estética,
retórica, política, metafísica). Allí, entre los anaqueles de su maestro y el
sosiego de sus clasificaciones, Demetrio debió de comprender que poseer libros
es un ejercicio de equilibrio sobre la cuerda floja. Un esfuerzo por unir los
pedazos dispersos del universo hasta formar un conjunto dotado de sentido. Una
arquitectura armoniosa frente al caos. Una escultura de arena. La guarida donde
protegemos todo aquello que tememos olvidar. La memoria del mundo. Un dique
contra el tsunami del tiempo.
Demetrio
trasplantó a Egipto el modelo de pensamiento aristotélico, que en aquella época
estaba en la vanguardia de la ciencia occidental. Se decía que Aristóteles
había enseñado a los alejandrinos a organizar una biblioteca. La frase no se
puede interpretar de manera literal, porque el filósofo nunca viajó al país del
Nilo. Su influjo llegó por caminos indirectos, a través de su alumno
aventajado, que desembarcó en la joven ciudad huyendo de los sobresaltos de la
política. Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones, Demetrio sucumbió a
las intrigas de la corte de Ptolomeo. Conspiró, cayó en desgracia y fue
arrestado. Pero su paso por Alejandría dejó huellas duraderas. Gracias a él, un
fantasma protector se instaló en la Biblioteca, el de Aristóteles, el
apasionado de los libros.
XIV
Cada
cierto tiempo, Demetrio debía enviar a Ptolomeo un informe sobre el progreso de
su tarea, que empezaba así: «Al gran rey, de parte de Demetrio. Obedeciendo su
orden de añadir a la colección de la Biblioteca, para completarla, los libros
que todavía faltan, y de restaurar adecuadamente aquellos que fueron
maltratados por los azares de la fortuna, he puesto gran cuidado en mi tarea y
ahora le hago rendición de cuentas».
Y no era
una tarea sencilla. Apenas se podían conseguir libros griegos sin recorrer
largas distancias; en los templos, palacios y mansiones del país abundaban los
rollos, pero en egipcio, y Ptolomeo no se rebajaría a aprender el idioma de sus
súbditos. Solo Cleopatra, la última de la estirpe y, según los testimonios,
asombrosa políglota, llegó a hablar y leer la lengua faraónica.
Demetrio
envió agentes con la bolsa repleta y armas al cinto, rumbo a Anatolia, las
islas del mar Egeo y Grecia, a la caza de obras en griego. Por aquella misma
época, como ya he contado, los oficiales de aduanas recibieron instrucciones de
registrar todos los barcos que anclaban en el puerto de Alejandría y requisar
cualquier texto que encontrasen a bordo. Los rollos recién comprados o
confiscados iban a parar a unos almacenes donde los ayudantes de Demetrio los
identificaban y hacían inventario. Aquellos libros eran cilindros de papiro sin
portada ni lomo —y sin esas contracubiertas y fajas rojas que nos recuerdan lo
aclamada, vibrante y magistral que es la obra en cuestión—. Era difícil
reconocer el contenido a primera vista y, cuando alguien poseía más de una
docena de libros y pretendía consultarlos a menudo, era un verdadero incordio.
Para una biblioteca, este problema planteaba un gran desafío, que se resolvía
de manera imperfecta. Antes de apilar los libros en los anaqueles, colocaban en
el extremo de cada rollo un pequeño letrero —muy propenso a caerse— con la
indicación del autor, la obra y la procedencia del ejemplar.
Cuentan
que, en una visita del rey a la Biblioteca, Demetrio propuso incorporar a la
colección los libros de la ley judía, en una versión cuidada. «¿Qué te impide
hacerlo?», preguntó el rey, que le había dado carta blanca. «Se necesita una
traducción, porque están escritos en hebreo».
Pocos
entendían ya el hebreo incluso en Jerusalén, donde la mayoría de la población
hablaba arameo, la lengua en la que siglos después predicaría Jesús. Los judíos
de Alejandría —una comunidad poderosa que ocupaba un barrio entero de la
ciudad— empezaron entonces a traducir sus escrituras sagradas al griego, pero
de forma lenta y fragmentaria, porque los fieles más ortodoxos se oponían a las
innovaciones. Era un debate candente en las sinagogas de la época, como fue
para los católicos el fin de las misas en latín. Por tanto, si el encargado de
la Biblioteca quería una versión completa y cuidada de la Torá, tendría que
encargarla.
Según la
tradición, Demetrio pidió permiso para escribir a Eleazar, sumo sacerdote de
Jerusalén. En nombre de Ptolomeo, le pidió que enviase a Alejandría eruditos
expertos en la Ley y capaces de traducirla. Eleazar respondió con alegría a la
carta y a los regalos que la acompañaban. Tras un mes de viaje a través de las
arenas abrasadoras del Sinaí, llegaron a Egipto setenta y dos sabios hebreos,
seis por cada tribu, la flor y nata de la doctrina rabínica, y fueron alojados
en una mansión de la isla de Faro, junto a la playa, «inmersa en una paz
profunda». Demetrio los visitaba a menudo con su personal para comprobar el
avance del trabajo. En ese retiro tranquilo, se dice que acabaron la traducción
del Pentateuco en setenta y dos días, y después volvieron a su ciudad. En
recuerdo de esta historia, la Biblia griega se conoce como «Biblia de los
Setenta».
Quien
cuenta estos acontecimientos, un tal Aristeas, asegura haber asistido en
persona. Hoy sabemos que el documento es una falsificación, pero hay datos
reales agazapados entre el ramaje de esta fábula. El mundo estaba cambiando y
Alejandría era su espejo. La lengua griega se estaba convirtiendo en la nueva
lengua franca. No era, claro, el idioma de Eurípides y Platón, sino una versión
asequible que llamaban koiné, algo parecido a ese inglés renqueante
con el que nos entendemos en los hoteles y aeropuertos en vacaciones. Los reyes
macedonios habían decidido imponer el griego en todo el imperio, como símbolo
de dominio político y supremacía cultural, dejando al prójimo el esfuerzo de
aprenderlo si querían hacerse atender. No obstante, algo de la universalidad de
Alejandro y Aristóteles había calado en su orgullosa mollera chovinista. Sabían
que necesitaban comprender a sus nuevos súbditos para poder gobernarlos. Desde
esa óptica se explican los esfuerzos económicos e intelectuales por traducir
sus libros, y especialmente sus textos religiosos, que son mapas de las almas.
La Biblioteca de Alejandría no nació solo para ofrecer un refugio al pasado y
su herencia. Era también la avanzadilla de una sociedad que podríamos
considerar globalizada, como la nuestra.
XV
Esa
primitiva globalización se llamó «helenismo». Costumbres, creencias y formas de
vida comunes arraigaron en los territorios conquistados por Alejandro desde
Anatolia hasta el Punyab. La arquitectura griega era imitada en lugares tan
remotos como Libia o la isla de Java. El idioma griego servía para comunicarse
a asiáticos y africanos. Plutarco asegura que en Babilonia leían a Homero, y
que los niños de Persia, de Susa y de Gedrosia —región hoy repartida entre
Pakistán, Afganistán e Irán— cantaban las tragedias de Sófocles y Eurípides.
Por los caminos del comercio, la educación y el mestizaje, una gran parte del
mundo empezó a experimentar una llamativa asimilación cultural. El paisaje
desde Europa a la India estaba salpicado de ciudades con rasgos reconocibles
(calles amplias que se cruzaban en ángulo recto según el trazado hipodámico,
ágoras, teatros, gimnasios, inscripciones en griego y templos con frontones
decorados). Eran los signos distintivos de aquel imperialismo, como hoy lo son
la Coca-Cola, los McDonald’s, los anuncios luminosos, los centros comerciales,
el cine de Hollywood y los productos de Apple, que uniformizan el mundo.
Igual que
en nuestra época, había fuertes corrientes de descontento. En los pueblos
conquistados, muchos súbditos se resistían a que los colonizaran los invasores.
Pero también había cascarrabias griegos que recordaban tiempos de aristocrática
independencia y no se adaptaban a la nueva sociedad cosmopolita. Ah, la pureza
perdida del pasado. De repente, surgían extranjeros piojosos en todos los
rincones. En un mundo de horizontes ampliados, la emigración crecía mientras
los salarios del trabajo libre se resentían por la competencia de los esclavos
orientales. Aumentó el miedo al otro, al diferente. Un gramático llamado Apión
rezongaba porque los judíos ocupaban el mejor barrio de Alejandría, junto al
palacio real, y Hecateo, un griego que visitó Egipto en época de Ptolomeo,
deploraba la xenofobia judía. También hubo fricciones, a veces sangrientas,
entre comunidades. El historiador Diodoro relata que una multitud furiosa de
egipcios linchó a un extranjero por matar a un gato, animal sagrado para los
egipcios.
Los
cambios provocaban ansiedad. Muchos griegos que durante siglos habían vivido en
pequeñas ciudades administradas por sus propios ciudadanos de pronto se vieron
incorporados a extensos reinos. Empezó a cundir el desarraigo, la sensación de
estar desplazados, de vivir perdidos en un universo demasiado grande,
gobernados por poderes lejanos e inaccesibles. Se desarrolló el individualismo;
se agudizó la sensación de soledad.
La
civilización helenística —angustiada, frívola, teatral, convulsa, aturdida por
las rápidas transformaciones— albergaba impulsos contradictorios. Parafraseando
a Dickens, «era el mejor de los tiempos; era el peor de los tiempos».
Florecieron al mismo tiempo el escepticismo y la superstición; la curiosidad y
los prejuicios; la tolerancia y la intolerancia. Algunas personas empezaron a
considerarse ciudadanas del mundo, mientras que en otras se exacerbaba el
nacionalismo. Las ideas reverberaban y viajaban más allá de las fronteras,
entremezclándose con facilidad. Triunfaba el eclecticismo. El pensamiento
estoico, que se impuso durante todo el helenismo y la época imperial romana,
enseñaba a evitar el sufrimiento a través de la serenidad, la ausencia de deseos
y el fortalecimiento interior. Los budistas orientales se podían sentir
identificados con ese programa de autoayuda.
El
fracaso de los ideales del pasado desató entre los griegos una intensa
nostalgia de otros tiempos, y, a la vez, la diversión de parodiar los viejos
relatos heroicos. Si Alejandro había conquistado el mundo aferrado a su
ejemplar de la Ilíada, poco tiempo después un poeta anónimo puso en
solfa aquellas leyendas en una epopeya cómica, la Batracomiomaquia,
que narraba la batalla entre las tropas de Hinchamejillas, rey de las ranas, y
Robamigas, príncipe de los ratones. La fe en los dioses y en los mitos se extinguía
dejando atrás una estela mixta de irreverencia, desconcierto y añoranza.
Décadas más tarde, Apolonio de Rodas, nostálgico bibliotecario de Alejandría,
homenajeó la épica antigua en su poema sobre las aventuras de Jasón y los
Argonautas. Los cinéfilos de hoy descubrirán la misma tensión en el western crepuscular Sin
perdón de Clint Eastwood, frente a la sonrisa iconoclasta e irónica de
Tarantino dinamitando el género en Django desencadenado. El chiste
y la melancolía convivían en una amalgama que resulta muy reconocible en
nuestros días.
XVI
Ptolomeo
había cumplido sus propósitos. Hasta que Roma la desbancó, Alejandría fue el
centro de esa civilización que traspasaba fronteras. Era además la capital del
poder económico. El flamante Faro, una de las maravillas del mundo, desempeñaba
la misma función simbólica que las Torres Gemelas del World Trade Center de
Nueva York.
Al sur de
Alejandría, enormes graneros oscuros quebraban la línea del horizonte. Allí se
almacenaban las cosechas de las ricas llanuras de aluvión bañadas por el Nilo.
Millares de sacos eran transportados a los muelles a través de una red de
canales. Los barcos egipcios zarpaban llenos a rebosar rumbo a las principales
ciudades portuarias de la época, donde esperaban con ansiedad sus cargamentos
para conjurar el fantasma del hambre. Los grandes centros urbanos de la
Antigüedad habían crecido más allá de las posibilidades de las zonas rurales
circundantes. Alejandría garantizaba el pan, que era sinónimo de estabilidad y
condición indispensable del poder. Si los egipcios decidían subir los precios o
reducir el suministro, un país entero podía hundirse en la violencia y los
motines.
Aunque
sea una ciudad joven y poderosa, la nostalgia se agazapa en los mismos
cimientos de Alejandría. El rey añora tiempos pasados que no ha conocido, pero
le obsesionan —la época dorada de Atenas, los días efervescentes de Pericles,
los filósofos, los grandes historiadores, el teatro, los sofistas, los
discursos, la concentración de individuos extraordinarios en una pequeña
capital orgullosa que se proclamó «la escuela de Grecia»—. Durante siglos, los
macedonios, en su país casi bárbaro al norte de Grecia, oían hablar del
esplendor de Atenas, y esas noticias y rumores les fascinaban. Invitaron al
viejo Eurípides a pasar sus últimos años con ellos, y también consiguieron
atraer a Aristóteles a la corte. Esos invitados ilustres eran su esperanza.
Intentaban imitar los refinamientos de Atenas, querían sentirse cultos y perder
la fama humillante de ser menos griegos que los demás. Su mirada fronteriza,
periférica, admirativa, agrandaba el mito.
En este
punto, recuerdo el jardín de los Finzi-Contini en la novela de Giorgio Bassani.
La he leído y releído muchas veces, y creo que es uno de mis libros favoritos.
La gran mansión de los judíos ricos de Ferrara, con su jardín, su pista de
tenis y los altos muros que la rodean, representa ese lugar donde quieres ser
admitido, pero, cuando te invitan, te sientes un advenedizo inseguro. No
perteneces a ese mundo, por muy enamorado de él que estés. Te dejarán entrar
durante un solo verano encantado, disfrutar de largos partidos de tenis,
explorar el jardín, caer en la red del deseo, pero las puertas volverán a
cerrarse. Y ese espacio quedará unido para siempre a tu melancolía. Casi todos
nosotros, en algún momento de la vida, hemos espiado desde fuera un jardín de
los Finzi-Contini. Para Ptolomeo, era Atenas. Con la memoria herida por la
ciudad inalcanzable, fundó el Museo de Alejandría.
Para un
griego, un museo era un recinto sagrado en honor de las musas, las hijas de la
Memoria, las diosas de la inspiración. La Academia de Platón y, más tarde, el
Liceo de Aristóteles tenían su sede en bosquecillos consagrados a las musas
porque el ejercicio del pensamiento y la educación podían entenderse como actos
metafóricos y luminosos de culto a las nueve diosas. El Museo de Ptolomeo llegó
más lejos: fue una de las instituciones más ambiciosas del helenismo, una
primitiva versión de nuestros centros de investigación, universidades y
laboratorios de ideas. Se invitaba al Museo a los mejores escritores, poetas,
científicos y filósofos de la época. Los elegidos mantenían el puesto de por
vida, liberados de cualquier preocupación material, de forma que pudieran
dedicar todas sus energías a pensar y crear. Ptolomeo les asignaba un salario,
vivienda gratuita y un puesto en un lujoso comedor colectivo. Además, los
eximía de pagar impuestos, quizá el mejor regalo en tiempos de voracidad de las
arcas reales.
Durante
siglos, el Museo reunió, como deseaba Ptolomeo, una rutilante constelación de
nombres: el matemático Euclides, que formuló los teoremas de la geometría;
Estratón, el mejor físico de la época; el astrónomo Aristarco; Eratóstenes, que
calculó el perímetro de la Tierra con pasmosa exactitud; Herófilo, pionero de
la anatomía; Arquímedes, inventor de la hidrostática; Dionisio de Tracia, que
escribió el primer tratado de gramática; los poetas Calímaco y Apolonio de
Rodas. En Alejandría nacieron teorías revolucionarias, como el modelo
heliocéntrico del sistema solar, que, rescatado en el siglo XVI, provocaría el
giro copernicano y la condena de Galileo. Se rompió el tabú de las disecciones
de cadáveres —y también, según las malas lenguas, de presos vivos de las
cárceles—, que permitieron avanzar a la medicina. Se desarrollaron nuevas ramas
de saber, como la trigonometría, la gramática y la conservación de manuscritos.
Allí, el estudio filológico de los textos desplegó las alas. Se hicieron
grandes descubrimientos, como el tornillo sin fin, que todavía se utiliza para
el bombeo. Y, diecisiete siglos antes del caballo de fuerza de Watt, Herón de
Alejandría describió una máquina de vapor, aunque solo la utilizó para
propulsar el movimiento de muñecos mecánicos y otros juguetes. Su obra sobre
los autómatas es considerada un temprano precedente de la robótica.
La
Biblioteca ocupaba un lugar esencial en aquella pequeña ciudad de sabios. Pocas
veces en la historia se ha hecho un esfuerzo parecido, consciente y deliberado,
por reunir en un único lugar a la mentes más brillantes de la época. Y nunca
antes los mejores pensadores habían tenido acceso a tantos libros, a la memoria
del saber anterior, a los susurros del pasado con los que aprender el oficio de
pensar.
El Museo
y la Biblioteca formaban parte del recinto del palacio, protegidos por los
muros de la fortaleza. La vida de aquellos primeros investigadores
profesionales discurría en el aislamiento del espacio fortificado. Su rutina
consistía en celebrar conferencias, clases y discusiones públicas, pero, por
encima de todo, dominaba la silenciosa investigación. El director de la
Biblioteca era además el maestro de los hijos del rey. Al caer el sol, cenaban
todos juntos en una sala donde a veces el propio Ptolomeo se unía al banquete
para escuchar sus conversaciones, sus duelos de ingenio, sus hallazgos y sus
vanidades. Quizá pensaba que había conseguido crear su propia Atenas, su jardín
amurallado.
Gracias a
un autor satírico de la época conocemos las costumbres de los miembros del
Museo, tranquilos estudiosos aliviados de toda preocupación, protegidos de la
intemperie de sus tiempos. «En la populosa tierra de Egipto —dice el poeta y
humorista— engordan muchos eruditos que garabatean libros y se dan picotazos en
la jaula de las musas». Otro poema hacía regresar a un escritor del mundo de
los muertos para aconsejar a los habitantes del Museo que no sintiesen tanto
resentimiento unos hacia otros. En efecto, los picotazos eran un asunto
corriente entre aquellos sabios de descansada vida, retirados del mundanal
ruido. Las fuentes históricas reflejan discordias, celos, cólera, rivalidades y
maledicencia entre ellos. Nada que no suceda en nuestros actuales departamentos
universitarios, con sus pequeñas e interminables contiendas.
XVII
En
nuestros días, se ha desatado una enfurecida competición por levantar el
rascacielos más alto del mundo. Alejandría, en su momento, entró en la lucha:
el Faro de la ciudad fue, durante muchos siglos, una de las construcciones más
altas del mundo. Era el emblema de la vanidad real, ese edificio icónico, como
la Ópera de Sidney o el Museo Guggenheim de Bilbao, que es el sueño erótico de
los gobernantes. Y se convirtió, además, en el símbolo de una época dorada de
la ciencia.
Al
principio «Faro» era un lugar; así se llamaba la isla del delta del Nilo con la
que soñó Alejandro y donde decidió fundar la ciudad. En el mar Báltico, otra
pequeña isla se llama Fårö. Allí rodó Ingmar Bergman su película Como
en un espejo —entre muchas otras— y allí se retiró para vivir como un
ermitaño abismado. Pero nosotros ya no nos acordamos del topónimo original; el
edificio se ha apropiado del nombre geográfico y, por herencia del griego, la
palabra pervive aún en las lenguas actuales.
Antes de
empezar la construcción, Ptolomeo encargó a un ingeniero griego unir la isla de
Faro a los muelles a través de un dique de más de un kilómetro de largo, que
dividió el puerto en dos dársenas separadas para los barcos mercantes y los
militares. En el centro del enjambre de barcos, se alzó la gran torre blanca.
Los árabes que todavía la vieron en pie en época medieval describen una
estructura de tres cuerpos —cuadrado, octogonal y cilíndrico—, comunicados por
rampas. En la cima, a una altura de unos ciento veinte metros, había un espejo
que reflejaba el sol de día y el resplandor de una hoguera por la noche. En el
silencio nocturno, los esclavos subían por las rampas con cargas de combustible
que mantenían vivo el fuego.
La
leyenda envuelve al espejo del Faro. En aquel tiempo, las lentes eran alta
tecnología, objetos fascinantes capaces de transformar la mirada y el mundo.
Entre los científicos del Museo, que intentaban abrir todos los caminos del
conocimiento, también hubo expertos en óptica; bajo sus órdenes se labraría el
gran espejo. Aunque no se puede saber con certeza lo que consiguieron, muchos
siglos después, los relatos de los viajeros árabes hablan de lentes que
permitían vigilar desde el Faro a gran distancia los barcos que navegaban hacia
Alejandría. Se contaba que desde lo más alto del Faro se podía ver la ciudad de
Constantinopla reflejada en la luna del espejo. A partir de esos confusos
recuerdos —ciertos en parte, en parte exagerados—, podríamos encontrar tal vez
en el Faro al antepasado del telescopio, un gran ojo capaz de adentrarse en la
lejanía del mar y las estrellas.
Fue la
última y la más moderna de las siete maravillas de la Antigüedad. Simbolizaba
lo que Alejandría quería ser: la ciudad-faro, el centro del eje de coordenadas,
la capital de un mundo ampliado, la señal luminosa que guiaba y dirigía el
rumbo de todas las navegaciones. Y, aunque lo destruyeron las sacudidas de
sucesivos terremotos desde el siglo X al XIV, podemos intuir su huella en todos
los faros posteriores, que han seguido su modelo arquitectónico.
La
Biblioteca, que también era en cierto sentido un faro, es sin embargo un lugar
que ningún autor antiguo nos ayuda a imaginar. En todos los textos, permanecen
imprecisos los detalles sobre el espacio, la distribución de salas y patios,
las atmósferas y los rincones, como reflejados en un espejo a oscuras.
XVIII
Leer es
un ritual que implica gestos, posturas, objetos, espacios, materiales,
movimientos, modulaciones de luz. Para imaginar cómo leían nuestros antepasados
necesitamos conocer, en cada época, esa red de circunstancias que rodean el
íntimo ceremonial de entrar en un libro.
El manejo
de un rollo no se parece al de un libro de páginas. Al abrir un rollo, los ojos
encontraban una hilera de columnas de texto, una detrás de otra, de izquierda a
derecha, en la cara interior del papiro. A medida que avanzaba, el lector iba
desenroscándolo con la mano derecha para acceder al texto nuevo, mientras con
la mano izquierda enrollaba las columnas ya leídas. Un movimiento pausado,
rítmico, interiorizado; un baile lento. Al terminar de leerse, el libro quedaba
enrollado al revés, desde el final hacia el principio, y la cortesía exigía
rebobinarlo —como las cintas casetes— para el próximo lector. La cerámica, las
esculturas y los relieves representan a hombres y mujeres, atrapados por la
lectura, reproduciendo esos gestos. Están de pie, o sentados con el libro en el
regazo. Tienen ocupadas las dos manos; no pueden desplegar el rollo con solo
una. Sus posturas, actitudes y gestos son distintos de los nuestros y al mismo
tiempo los recuerdan: la espalda se comba ligeramente, el cuerpo se agazapa sobre
las palabras, el lector se ausenta de su mundo por un momento y emprende un
viaje, transportado por el movimiento lateral de sus pupilas.
La
Biblioteca de Alejandría acogió a muchos de aquellos viajeros inmóviles, pero
no sabemos con certeza qué marco y qué lugares ofrecía para la lectura. Apenas
hay descripciones, y las que tenemos son extrañamente vagas. Solo podemos
conjeturar lo que ocultan esos silencios. La información más decisiva procede
de un autor nacido en la actual Turquía, Estrabón, que llegó a Alejandría desde
Roma en el año 24 a. C. para trabajar en un gran tratado geográfico con el que
quería complementar sus investigaciones sobre historia. En la crónica de su
paso por la ciudad —donde conoció el Faro, el gran dique, el puerto, las calles
en damero, los barrios, el lago Mareotis y los canales del Nilo—, dice que el
Museo forma parte del enorme palacio real. Con el paso de los siglos, el
palacio se había ido ampliando, ya que cada rey le había añadido nuevas
dependencias y edificios, hasta que el conjunto llegó a ocupar, según Estrabón,
un tercio de la ciudad. En esa extensa fortaleza prohibida, a la que pocos
tenían acceso, Estrabón contempló un atareado microcosmos. Después de
recorrerlo con mirada atenta, redactó una descripción del Museo y del mausoleo
de Alejandro, sin mencionar una sola palabra sobre la Biblioteca.
El Museo
—explica— comprende el perípato (una galería cubierta y adornada con columnas),
la exedra (una zona semicircular al aire libre, con asientos) y una sala
grande, en la cual comen juntos los sabios. Viven en comunidad de bienes y
tienen un sacerdote, que es jefe del Museo, antiguamente nombrado por los
soberanos y ahora por Augusto.
Eso es
todo.
¿Dónde
estaba la Biblioteca? Tal vez la hemos buscado en vano y, aunque la tenemos
ante los ojos, no la vemos porque no se parece a nuestras expectativas. Algunos
expertos suponen que Estrabón no menciona la Biblioteca, donde sin duda
trabajó, porque no era un edificio independiente. Quizá era un conjunto de
nichos abiertos en los muros de la gran galería del Museo. Allí, apilados en
baldas, se encontrarían los rollos, al alcance de los investigadores. En
habitaciones anexas se almacenarían documentos y libros de uso menos frecuente,
los más valiosos y raros.
Es la
hipótesis más verosímil sobre las bibliotecas griegas, que no eran salas, sino
estantes. Carecían de instalaciones para los lectores, que debían trabajar en
un pórtico contiguo, soleado y protegido de las inclemencias, muy semejante al
claustro de un monasterio. Si todo sucedía como imaginamos, aquellos lectores
del Museo de Alejandría escogerían un libro y buscarían un asiento en la
exedra. O se retirarían a sus alojamientos para recostarse. O leerían paseando
lentamente entre las columnas y ante la mirada ciega de las estatuas. Y así
transitarían por los caminos de la invención y las rutas de la memoria.
XIX
En
nuestro tiempo, en cambio, algunos de los edificios más fascinantes de la
arquitectura contemporánea son precisamente bibliotecas, espacios abiertos a la
experimentación y al juego con la luz. Pensemos en la admirada Staatsbibliothek
de Berlín, diseñada por Hans Scharoun y Edgar Wisniewski. Allí filmó Wim
Wenders una escena de El cielo sobre Berlín. La cámara se desliza
por la enorme sala de lectura abierta, asciende por las escaleras y se asoma al
impresionante espacio vertical desde las pasarelas superpuestas que flotan como
los palcos de un auditorio. La gente hormiguea bajo la luz cenital, entre los
bloques paralelos de estanterías, cargando pilas de libros pegados al vientre.
O permanece sentada con variados gestos de concentración (la mano bajo el
mentón, el puño sosteniendo la mejilla, un bolígrafo que gira entre los dedos
como una hélice…).
Sin que
nadie llegue a percibirlo, entra en la biblioteca un grupo de ángeles ataviados
con esa memorable estética de los años ochenta: amplios abrigos oscuros,
jerséis de cuello alto y, en el caso de Bruno Ganz, el pelo recogido en una
pequeña coleta. Como los humanos no pueden verlos, los ángeles se acercan con
libertad, se sientan a su lado o les colocan una mano en el hombro. Intrigados,
se asoman a los libros que están leyendo. Acarician el lápiz de un estudiante,
sopesando el misterio de todas las palabras que salen de ese pequeño objeto.
Junto a unos niños, imitan sin comprenderlo el gesto de rozar las líneas con el
dedo índice. Observan a su alrededor, con curiosidad y asombro, rostros
ensimismados y miradas sumergidas en las palabras. Quieren entender qué sienten
los vivos en esos momentos y por qué los libros atrapan su atención con tal
intensidad.
Los
ángeles poseen el don de escuchar los pensamientos de las personas. Aunque
nadie habla, captan a su paso un murmullo constante de palabras susurradas. Son
las sílabas silenciosas de la lectura. Leer construye una comunicación íntima,
una soledad sonora que a los ángeles les resulta sorprendente y milagrosa, casi
sobrenatural. Dentro de las cabezas de la gente, las frases leídas resuenan
como un canto a capela, como una plegaria.
Al igual
que en esta secuencia de la película, la Biblioteca de Alejandría estaría
poblada de rumores y bisbiseos a media voz. En la Antigüedad, cuando los ojos
reconocían las letras, la lengua las pronunciaba, el cuerpo seguía el ritmo del
texto, y el pie golpeaba el suelo como un metrónomo. La escritura se oía. Pocos
imaginaban que fuera posible leer de otra manera.
Hablemos
por un momento de ti, que lees estas líneas. Ahora mismo, con el libro abierto
entre las manos, te dedicas a una actividad misteriosa e inquietante, aunque la
costumbre te impide asombrarte por lo que haces. Piénsalo bien. Estás en
silencio, recorriendo con la vista hileras de letras que tienen sentido para ti
y te comunican ideas independientes del mundo que te rodea ahora mismo. Te has
retirado, por decirlo así, a una habitación interior donde te hablan personas
ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para ti (en este caso, mi yo
espectral) y donde el tiempo pasa al compás de tu interés o tu aburrimiento.
Has creado una realidad paralela parecida a la ilusión cinematográfica, una
realidad que depende solo de ti. Tú puedes, en cualquier momento, apartar los
ojos de estos párrafos y volver a participar en la acción y el movimiento del
mundo exterior. Pero mientras tanto permaneces al margen, donde tú has elegido
estar. Hay un aura casi mágica en todo esto.
No creas
que siempre ha sido así. Desde los primeros siglos de la escritura hasta la
Edad Media, la norma era leer en voz alta, para uno mismo o para otros, y los
escritores pronunciaban las frases a medida que las escribían escuchando así su
musicalidad. Los libros no eran una canción que se cantaba con la mente, como
ahora, sino una melodía que saltaba a los labios y sonaba en voz alta. El
lector se convertía en el intérprete que le prestaba sus cuerdas vocales. Un
texto escrito se entendía como una partitura muy básica y por eso aparecían las
palabras una detrás de otra en una cadena continua sin separaciones ni signos
de puntuación —había que pronunciarlas para entenderlas—. Solía haber testigos
cuando se leía un libro. Eran frecuentes las lecturas en público, y los relatos
que gustaban iban de boca en boca. No hay que imaginar los pórticos de las
bibliotecas antiguas en silencio, sino invadidos por las voces y los ecos de
las páginas. Salvo excepciones, los lectores antiguos no tenían la libertad de la
que tú disfrutas para leer a tu gusto las ideas o las fantasías escritas en los
textos, para pararte a pensar o a soñar despierto cuando quieras, para elegir y
ocultar lo que eliges, para interrumpir o abandonar, para crear tus propios
universos. Esta libertad individual, la tuya, es una conquista del pensamiento
independiente frente al pensamiento tutelado, y se ha logrado paso a paso a lo
largo del tiempo.
Quizá por
esa razón, los primeros en leer como tú, en silencio, en conversación muda con
el escritor, llamaron poderosamente la atención. En el siglo IV, Agustín se
quedó tan intrigado al ver leer de esta forma al obispo Ambrosio de Milán, que
lo anotó en sus Confesiones. Era la primera vez que alguien hacía
algo así delante de él. Es obvio que le pareció algo fuera de lo corriente. Al
leer —nos cuenta con extrañeza—, sus ojos transitan por las páginas y su mente
entiende lo que dicen, pero su lengua calla. Agustín se da cuenta de que ese
lector no está a su lado a pesar de su gran proximidad física, sino que se ha
escapado a otro mundo más libre y fluido elegido por él, está viajando sin
moverse y sin revelar a nadie dónde encontrarlo. Ese espectáculo le resultaba
desconcertante y le fascinaba.
Eres un
tipo muy especial de lector y desciendes de una genealogía de innovadores. Este
diálogo silencioso entre tú y yo, libre y secreto, es una asombrosa invención.
XX
Al morir,
Ptolomeo dejó resueltas las incertidumbres profesionales para más de diez
generaciones de sus herederos. La dinastía que él había iniciado duraría casi
trescientos años, hasta que los romanos anexionaron Egipto a su imperio. Todos
los reyes de la familia —llegó a haber catorce— se llamaron Ptolomeo, y los
autores antiguos no siempre se esfuerzan en diferenciar uno de otro (o quizá
pierden la cuenta). Leyendo las fuentes, se tiene el espejismo de un solo
soberano vampírico que vive durante tres siglos mientras a su alrededor el
mundo helenístico —hedonista, nostálgico y sojuzgado— se tambalea y cambia de
manos.
La época
dorada de la Biblioteca y el Museo coincide con el reinado de los cuatro
primeros Ptolomeos. En los oasis entre batallas y conspiraciones de corte,
todos ellos disfrutaron de la compañía un tanto excéntrica de su particular
colección de sabios. Tenían aficiones intelectuales: Ptolomeo I quiso ser
historiador de la gran aventura que había vivido y escribió una crónica de las
conquistas de Alejandro; Ptolomeo II se interesó por la zoología; Ptolomeo III,
por la literatura; y Ptolomeo IV era dramaturgo en su tiempo libre. Después, el
entusiasmo fue decayendo poco a poco, y la espléndida Alejandría empezó a
agrietarse ligeramente. De Ptolomeo X se cuenta que sufrió apuros económicos y,
para pagar el salario a sus soldados, ordenó sustituir el sarcófago de oro de
Alejandro por un ataúd más barato de alabastro o cristal de roca. Fundió el
metal para acuñar moneda y salió del aprieto, pero los alejandrinos nunca le
perdonaron el sacrilegio. Por ese puñado de dracmas acabó, algún tiempo
después, asesinado en el exilio.
Los
buenos tiempos, sin embargo, duraron décadas, y los libros siguieron llegando
en cascada a Alejandría. De hecho, Ptolomeo III fundó una segunda biblioteca
fuera del distrito del palacio, en el santuario del dios Serapis. La Gran
Biblioteca quedó reservada a los estudiosos, mientras que la biblioteca filial
se puso a disposición de todos. Como dijo un profesor de retórica que la
conoció poco antes de su destrucción, los libros del Serapeo «ponían a toda la
ciudad en condiciones de filosofar». Quizá fue la primera biblioteca pública
realmente abierta a ricos y pobres; élites y desfavorecidos; libres y esclavos.
La filial
se alimentaba de copias de la biblioteca principal. Al Museo llegaban miles de
rollos, de todas las procedencias, que los sabios estudiaban, cotejaban y
corregían, preparando a partir de ellos ejemplares definitivos y cuidadísimos.
Los duplicados de esas ediciones óptimas iban a nutrir los fondos de la
biblioteca hija.
El templo
de Serapis (el Serapeo) era una pequeña acrópolis, encaramada en un estrecho
promontorio con vistas sobre la ciudad y el mar. Se llegaba a la cumbre sin
aliento después de subir una escalera monumental. Una larga galería cubierta
rodeaba el recinto, y a lo largo de ese corredor, en hornacinas o pequeñas
habitaciones abiertas al público, aguardaban los libros. La biblioteca hija,
como probablemente la madre, no tuvo un edificio propio; era la inquilina del
pórtico.
Tzetzes,
un escritor bizantino, afirma que la biblioteca del Serapeo llegó a reunir
cuarenta y dos mil ochocientos rollos. Nos encantaría conocer las cifras reales
de libros que albergaban las dos bibliotecas. Es una cuestión apasionante para
historiadores e investigadores. ¿Cuántos serían por aquel entonces todos los
libros del mundo? Es difícil creer a los autores antiguos, porque las cifras
varían escandalosamente de unos a otros, igual que los cálculos de las
manifestaciones en nuestra época cuando hace las cuentas el Gobierno y después
contraatacan los organizadores. Repasemos rápidamente los números precisos del
desacuerdo. Sobre la Gran Biblioteca, Epifanio menciona la cifra
sorprendentemente exacta de cincuenta y cuatro mil ochocientos rollos; Aristeas,
doscientos mil; Tzetzes, cuatrocientos noventa mil; Aulo Gelio y Amiano
Marcelino, setecientos mil.
Algo
sabemos con certeza: la unidad de medida de los cálculos bibliotecarios era el
rollo. Es un sistema de cómputo ambiguo —habría muchos títulos repetidos y
además la mayoría de las obras no cabían en un único rollo, de forma que
abarcaban varios—. Por otro lado, la cantidad de rollos sería cambiante
—aumentaría con las adquisiciones, y disminuiría a causa de incendios,
accidentes y pérdidas—.
Las
bibliotecas antiguas —cuando aún no se habían desarrollado métodos de
inventario y no se contaba con ayuda tecnológica— no podían saber con exactitud
(y tal vez no les preocupaba demasiado) cuántos títulos distintos poseían en
cada momento. Las cifras que han llegado hasta nosotros son, creo, solo
proyecciones de la fascinación por la Biblioteca de Alejandría. Nacida como un
sueño —el deseo de albergar todos los saberes conocidos—, terminó adquiriendo
proporciones de leyenda.
§ 5. Una
historia de fuego y pasadizos
XXI
Viví una
de las etapas más extrañas de mi vida en una ciudad habitada por millones de
libros. Una ciudad que, quizá por inspiración de esa peculiar comunidad de
papel, ha decidido existir en un pasado inventado.
Recuerdo
mi primera mañana en Oxford. Con todas las credenciales en orden, orgullosa de
mi beca de investigación, pretendía entrar directamente en la Biblioteca
Bodleiana y dedicar unas horas al placer de la primera exploración. Sin
embargo, me interceptaron en el vestíbulo, donde un empleado de la biblioteca,
después de escuchar mis explicaciones, me hizo pasar a un despacho apartado,
como si mi comportamiento fuese tan sospechoso y mis pretensiones tan turbias
que conviniese tratarlos a puerta cerrada, sin contaminar la inocencia de los
turistas y los estudiosos. Sentado al otro lado de un escritorio había un
hombre calvo que me interrogó sin establecer contacto visual conmigo. Contesté
a sus preguntas, justifiqué mi presencia y enseñé todos los documentos que me
pidió con cortesía un tanto intimidatoria. Hubo un largo silencio, mientras él
iba introduciendo información sobre mí en sus vastas bases de datos, y después,
con los dedos todavía sobre el teclado, en una sorprendente pirueta en el
tiempo, se instaló en el pasado medieval al anunciarme pomposamente que había
llegado el momento del juramento. Me tendió una pequeña baraja de tarjetas
plastificadas que recogían, cada una en un idioma distinto, las palabras que
debía pronunciar. Lo hice. Juré que obedecería las normas. Que no robaría ni
dañaría ni desfiguraría ningún libro. Que no prendería fuego a la biblioteca ni
ayudaría a provocar un incendio para contemplar con placer diabólico cómo las
llamas rugientes engullían sus tesoros hasta reducirlos a cenizas. Todos los
preliminares parecían gobernados por la lógica distorsionada de los territorios
fronterizos; igual que en los vuelos a los Estados Unidos, cuando te entregan
esos surrealistas formularios de inmigración en los que preguntan si pretendes
atentar contra la vida del presidente.
De todas
formas, mi juramento no bastó; tuve que someterme a los detectores, dejar que
inspeccionasen el contenido de mis bolsas y entregar mi mochila en consigna
antes de atravesar por fin el torniquete metálico de la entrada. Mientras me
sometían al resto de controles, me acordé de aquellas bibliotecas de la Edad
Media en la que se encadenaban los libros a las estanterías o a los escritorios
para evitar robos. Pensé en las fantásticas maldiciones lanzadas a lo largo de
la historia contra los ladrones de libros, textos oscuramente imaginativos que
me atraen de forma inexplicable, quizá porque idear una buena maldición no está
al alcance de cualquiera. Una antología todavía por escribir debería empezar
por las amenazadoras palabras inscritas en la biblioteca del monasterio de San
Pedro de las Puellas de Barcelona, que encuentro citadas en Una
historia de la lectura, de Alberto Manguel: «Para aquel que roba, o pide
prestado un libro y a su dueño no lo devuelve, que se le mude en sierpe en la
mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que
desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia, y que nada alivie sus
sufrimientos hasta que perezca. Que los gusanos de los libros le roan las
entrañas como lo hace el remordimiento que nunca cesa. Y que cuando,
finalmente, descienda al castigo eterno, que las llamas del infierno lo
consuman para siempre».
Aquel
primer día me asignaron una tarjeta que, como supe más tarde, era de nivel
lumpen en la escala oxoniense. Me daba derecho a entrar a las bibliotecas
y colleges, pero solo por determinadas zonas y en horarios
autorizados; a consultar libros y revistas, aunque no a pedirlos prestados; a
contemplar —sin osar tomar parte en ellas— las extravagantes liturgias de la
vida académica. Pronto averigüé que Lewis Carroll estudió y dio clases durante
veintiséis años en Oxford. Entonces comprendí un gigantesco malentendido: Alicia
en el País de las Maravillas es puro realismo literario. De hecho,
describe a la perfección mis experiencias durante aquellas primeras semanas.
Los lugares tentadores que podía entrever por el hueco de la cerradura, donde
habría necesitado una pócima mágica para cumplir los requisitos de acceso. Mi
cabeza chocando contra los techos. Habitaciones tan asfixiantes que sentía
deseos de sacar los brazos por las ventanas y asomar el pie por la chimenea.
Túneles, letreros, meriendas de locos, conversaciones de una lógica
escurridiza. Y personajes anacrónicos absortos en ceremoniales imprevisibles.
También
descubrí que en Oxford las relaciones —de amistad, de colaboración doctoral o
plagio, de servidumbre feudal, sexuales y otras variantes— son estacionales y
sus ritmos se acompasan al calendario del curso. Yo había cometido el error de
llegar a mitad de trimestre, cuando los estudiantes ya habían finalizado la
fase de tanteo y tenían resueltas sus necesidades esenciales. La residencia
calvinista donde estaba alojada tampoco contribuía a mi integración. Sus normas
de comportamiento eran tan inhóspitas como la ciudad misma, y los horarios de
regreso, conventuales. Recuerdo la tristeza de la cocina colectiva a las siete
de la tarde, con sus ocho frigoríficos alineados; en uno de ellos, había un
espacio etiquetado con el número de mi habitación, como la signatura del lomo
de un libro, y hasta los huecos de la huevera estaban equitativamente
repartidos de dos en dos. Todo dispuesto para que cada uno permaneciera en su
recinto numerado, sin invadir el territorio ni los comestibles ajenos. Bajabas
a cenar, hacías tu pequeña aportación a la bolsa de basura común y volvías a la
estrecha habitación enmoquetada que te correspondía.
Tenía
tanta necesidad de hablar que empecé a mendigar palabras. Lancé mis primeros
abordajes lingüísticos en la Biblioteca Sackler, que era mi cuartel general.
Había observado que el portero tenía una cara jovial y enrojecida —seguramente
por el alcohol— en la que se podía confiar. Asalté también, atraída por sus
ojos escépticos, a una de las vigilantes del Museo Ashmolean. Les preguntaba
por los secretos de la ciudad, por los entresijos desconocidos de las
bibliotecas, por la explicación de los misterios que abundaban alrededor y de
los que ellos eran centinelas. Así escuché historias fascinantes.
Pedí
explicaciones sobre el sorprendente ritual que se seguía para solicitar libros:
los bibliotecarios tomaban nota de tu petición y te citaban uno o dos días
después, en una sala de lectura específica, a una hora precisa, para entregarte
el material. Si se acercaba el fin de semana, el plazo podía alargarse a tres o
incluso cuatro días. ¿Dónde están los libros?, pregunté. Y entonces me hablaron
de las dos ciudades superpuestas.
Cada día,
me respondieron, los bibliotecarios de la Bodleiana reciben mil nuevas
publicaciones. Deben hacerles sitio, porque la mañana siguiente llegarán,
inmisericordes, otras mil. Cada año, la colección aumenta en unos cien mil
libros y doscientas mil revistas, es decir, más de tres kilómetros anuales de
estanterías. Y los estatutos no permiten eliminar ni una página de papel. A
principios del siglo XX, los edificios del circuito bibliotecario quedaron
desbordados por el alud de libros. En aquella época, dijeron, se empezaron a
construir almacenes subterráneos y una red de túneles provistos con cintas
transportadoras por debajo de la ciudad. En tiempos de la Guerra Fría, cuando
se pusieron de moda los refugios nucleares, aquel laberinto del subsuelo alcanzó
su esplendor mítico. Pero la avalancha de papel desbordó los sótanos y amenazó
con su presión el alcantarillado de la ciudad. Entonces empezaron a mandar
libros a otros lugares, fuera de la ciudad —a una mina abandonada y a naves
industriales de las inmediaciones—. Hay bibliotecarios que se encargan del
transporte, añadieron, aunque tienen más bien el aspecto de operadores de grúa
con trajes fluorescentes.
Gracias a
esas conversaciones —las primeras corrientes de simpatía que percibí—, empecé a
reconciliarme con Oxford. Cuando paseaba sola, creía escuchar el eco de las
cintas transportadoras que movían los libros bajo mis pasos, haciéndome
compañía. Los imaginaba allá en sus túneles húmedos y secretos, como las
criaturas de Fraggle Rock de mi infancia, o como los
personajes de la película Underground. Me relajé. Bajé la guardia.
Acepté que en Oxford las extravagancias tenían razones objetivas. Me sentí más
cómoda, incluso libre, en mi posición marginal de torpe forastera. Y, con
paciencia, conseguí encontrar a otros memorables inadaptados.
En la
bruma de cada mañana, cuando me aventuraba a las calles borrosas, sentía que la
ciudad entera gravitaba sobre un mar de libros, igual que una alfombra mágica
en pleno vuelo.
XXII
Una
mañana de lluvia monótona y sombras de agua en las paredes, mi amiga la
vigilante me explicó que el Museo Ashmolean, donde ella trabajaba y yo acudía a
verla, había sido el primer museo público en un sentido moderno. Me gustó
saberlo. Siempre me emociona estar en los lugares donde algo comienza; en los
territorios de las primeras cosas.
Fue un
pequeño vuelco histórico, casi imperceptible en su momento: en 1677, Elías
Ashmole regaló su gabinete de curiosidades —monedas antiguas, grabados,
muestras geológicas curiosas, animales exóticos disecados— a la ciudad de
Oxford. Ya no sería una colección privada, un lujo familiar que heredarían sus
hijos y sus nietos como símbolo de su privilegiada posición social, sino que
pertenecería a los estudiantes y a todas las personas curiosas que quisieran
visitarlo.
En
aquella época, las innovaciones, que en un mundo decididamente conservador no
tenían muy buena fama, solían disfrazarse siempre de tradición recuperada. Con
el afán de revivir antiguas glorias, la colección pública regalada por Ashmole,
una novedad sin nombre ni precedentes, se llamó «museo». Era una manera de
trazar un eje imaginario entre Alejandría y Oxford. Ya existía una Gran
Biblioteca; necesitaban su Museo. Creyendo restaurar el pasado, habían creado
algo distinto, que triunfaría: una aleación de ideas antiguas e inquietudes
contemporáneas. Fue este concepto de museo como lugar de exhibición el que
terminó por asentarse en Europa, y no el modelo alejandrino de comunidad de
sabios.
En 1759
se inauguró el Museo Británico de Londres. Y en la Francia de 1793, la Asamblea
Nacional revolucionaria confiscó a la monarquía el palacio del Louvre con todas
sus obras de arte para convertirlo en un museo. Fue un nuevo símbolo radical.
Los revolucionarios querían abolir la idea de que el pasado era propiedad de
una sola clase social. Las cosas antiguas no podían seguir siendo solo un
capricho de la nobleza, la Revolución francesa expropió la historia a los
aristócratas. A finales del siglo XIX, acudir a exhibiciones de baratijas
antiguas, cuadros de viejos maestros, manuscritos y primeras ediciones de
libros se convirtió en un pasatiempo de moda para los europeos. Y atravesó el
océano, hacia los Estados Unidos. En 1870, un grupo de empresarios fundó el
Metropolitan de Nueva York; el MoMA sería el primer museo privado de arte
moderno. Un empresario minero llamado Solomon R. Guggenheim y sus herederos
seguirían esa estela, que hoy ha gestado un gran negocio turístico, comercial e
incluso inmobiliario. La herencia de Alejandría, por una insólita decisión de
Elías Ashmole, ha irradiado hasta formar una poderosa red. Los museos han sido
llamados «las catedrales del siglo XXI».
Se
esconde aquí una atractiva paradoja: que todos podamos amar el pasado es un
hecho profundamente revolucionario.
XXIII
Las
bibliotecas más antiguas de las que hay noticia, en el Próximo Oriente
—Mesopotamia, Siria, Asia Menor y Persia— también lanzaron maldiciones contra
los ladrones y destructores de textos.
«A aquel
que se apropie la tablilla mediante robo o se la lleve por la fuerza o haga que
su esclavo la robe, que Shamash le arranque los ojos, que Nabu y Nisaba lo
vuelvan sordo, que Nabu disuelva su vida como el agua».
«A quien
rompa esta tablilla o la ponga en agua o la borre hasta que no pueda
entenderse, que los dioses y diosas del cielo y de la tierra lo castiguen con
una maldición que no pueda romperse, terrible y sin piedad, mientras viva, para
que su nombre y su simiente queden borrados de la tierra y su carne sea pasto
de los perros».
Al leer
las espeluznantes amenazas que profieren, podemos intuir la importancia que
aquellas remotas colecciones tenían para sus propietarios. En aquel tiempo no
existía todavía el comercio de libros, y solo podías conseguirlos copiándolos
tú mismo (y para eso necesitabas ser un escriba profesional) o arrebatándoselos
a otros como botín de guerra (y para eso necesitabas derrotar al enemigo en
peligrosas batallas).
Inventados
hace cinco mil años, los libros de los que estamos hablando, en realidad los
antepasados de los libros —y de las tabletas—, eran tablillas de arcilla. En
las riberas de los ríos de Mesopotamia no había juncos de papiro, y escaseaban
otros materiales como la piedra, la madera o la piel, pero la arcilla era
abundante. Por eso los sumerios empezaron a escribir sobre la tierra que
sostenía sus pasos. Conseguían una superficie para escribir modelando pequeñas
masas de arcilla de unos veinte centímetros de longitud, con forma rectangular
y aplanada, parecidas a nuestras tabletas de siete pulgadas. Y desarrollaron un
estilo de escritura a base de hendiduras de punzón en la arcilla blanda. El
agua borraba las letras escritas sobre el barro pero, a cambio, el fuego, que
ha sido verdugo de tantos libros, cocía las tablillas de arcilla igual que un
horno de alfarero, haciéndolas más duraderas. La mayoría de las tablillas que
los arqueólogos han rescatado se conservan precisamente porque ardieron en las
llamas de un incendio. Los libros ocultan historias increíbles de
supervivencia; en raras ocasiones —los incendios de Mesopotamia y Micenas, los
vertederos de Egipto, la erupción del Vesubio—, las fuerzas destructivas los
han salvado.
Las
primeras bibliotecas del mundo fueron lugares humildes, pequeños almacenes con
estantes adosados a las paredes y filas de tablillas colocadas de pie, en
posición vertical, una junto a otra, sobre las baldas. En realidad, los
especialistas en Próximo Oriente antiguo prefieren llamarlas «archivos». Allí
se guardaban facturas, albaranes de entrega, recibos, inventarios, contratos
matrimoniales, acuerdos de divorcio, actas de juicios, códigos legales. Y, en
un pequeño porcentaje, también literatura, sobre todo poemas e himnos
religiosos. En las excavaciones del palacio de Hattusa, la capital hitita, en
la actual Turquía, se han encontrado varios especímenes de un curioso género
literario: oraciones para combatir la impotencia sexual.
En la
Biblioteca de Hattusa —y antes en Nipur, al sur de Mesopotamia— han aparecido
tablillas que contienen catálogos de las colecciones. En ellos, como todavía no
era costumbre dar título a los libros, cada obra se identificaba por la primera
línea o por un breve resumen del contenido. Para evitar la dispersión de los
textos que eran muy extensos, se mencionaba el número de tablillas que los
formaban. A veces figuraba el nombre del autor y otros datos accesorios. La
existencia de esos inventarios nos demuestra que allá en el siglo XIII a. C.
las bibliotecas empezaban a crecer y los lectores ya no podían abarcarlas con
una simple ojeada al estante de las tablillas. Además revela un gran avance
teórico: la conciencia de la unidad de la colección como logro y como
aspiración. Un catálogo no es un simple apéndice de la biblioteca; es su
concepto, su nexo y su apogeo.
Las
bibliotecas del Próximo Oriente nunca fueron públicas. Pertenecían a las
elitistas escuelas de escribas, que necesitaban textos como modelo para el
aprendizaje, o eran prerrogativa exclusiva de los reyes. El monarca asirio
Asurbanipal, que vivió durante el siglo VII a. C., fue el mayor coleccionista
de libros antes de Ptolomeo. Asurbanipal dice en una tablilla que creó la
Biblioteca de Nínive para su «real contemplación y lectura». Tenía un talento
poco corriente en la monarquía de aquella época y del que le gustaba jactarse:
conocía el arte de escribir, «que entre los reyes, mis predecesores, ninguno
aprendió». En su biblioteca, los arqueólogos han desenterrado alrededor de
treinta mil tablillas, de las que solo cinco mil son literarias. Se ha encontrado
la habitual mezcla de documentos de archivo, libros sobre augurios, religión y
magia, junto a las obras más famosas de la literatura del Próximo Oriente.
La
Biblioteca del orgulloso rey Asurbanipal, el precedente más próximo de la Gran
Biblioteca de Alejandría, no poseyó su universalidad. Era un conjunto de
documentos y textos útiles para las ceremonias y rituales públicos. Incluso las
obras literarias tenían su lugar allí por motivos prácticos, porque el rey
necesitaba conocer los mitos fundacionales de su pueblo. Sin excepción, todas
las bibliotecas del Próximo Oriente dejaron de existir y se hundieron en el
olvido. Los escritos de aquellos grandes imperios permanecieron enterrados en
las arenas de los desiertos junto a sus ciudades destruidas, y los restos
descubiertos de su escritura resultaban indescifrables. El olvido fue tan
completo que cuando los viajeros encontraron inscripciones cuneiformes en las
ruinas de las ciudades aqueménidas muchos pensaron que eran simples adornos de
las jambas de ventanas y puertas. Después de siglos de silencio, fue la pasión
de los investigadores la que desenterró sus vestigios y consiguió descifrar las
lenguas olvidadas de sus tablillas.
En
cambio, los libros de Atenas, Alejandría y Roma nunca han callado del todo. A
lo largo de los siglos han mantenido una conversación en susurros, un diálogo
que habla de mitos y leyendas, pero también de filosofía, ciencia y leyes. De
alguna forma, quizá sin saberlo, nosotros formamos parte de esa conversación.
XXIV
La
Biblioteca de Alejandría también tenía antepasados egipcios, pero son los que
aparecen más borrosos en la foto de familia. Durante los siglos faraónicos hubo
bibliotecas particulares y bibliotecas en los templos, pero nuestras noticias
sobre ellas son vagas. Las fuentes mencionan casas de libros, archivos en los
que se guardaba la documentación administrativa, y casas de la vida, depósitos
de la milenaria tradición, donde copiaban, interpretaban y protegían los textos
sagrados. Los detalles más precisos sobre una biblioteca egipcia los relata un
viajero griego, Hecateo de Abdera, que en tiempos de Ptolomeo I consiguió una
visita guiada por el templo de Amón en Tebas. Describe como una experiencia
exótica su recorrido por el laberinto de salas, patios, pasillos y habitaciones
del recinto. En una galería cubierta dice haber visto la biblioteca sagrada
sobre la cual se hallaba escrito: «Lugar de cuidado del alma». Más allá de la
belleza de esa idea —la biblioteca como clínica del alma—, apenas sabemos nada
sobre las colecciones de libros egipcios.
Igual que
la escritura cuneiforme, los signos jeroglíficos quedaron olvidados durante más
de un milenio. ¿Cómo pudo suceder? ¿Por qué se convirtió el largo pasado
escrito en una maraña de dibujos incomprensibles? En realidad, muy pocos
individuos sabían leer y escribir en Egipto (solo los miembros de la casta de
los escribas, el grupo más poderoso del país después del rey y su familia).
Para llegar a ser escriba hacía falta dominar cientos y, con el paso del
tiempo, miles de signos. Era un lento aprendizaje que solo podían permitirse
los más ricos en escuelas exclusivas, parecidas a nuestros MBA para formar
altos ejecutivos. Entre los escribas formados allí se elegía a los altos
funcionarios y sacerdotes del reino, que luego intervenían en las luchas sucesorias
de los faraones y aprovechaban para imponer sus criterios y conveniencias. No
me resisto a citar un texto egipcio muy lejano en el tiempo y, sin embargo,
extrañamente familiar. En él, un maduro señor adinerado, Dua-Hety, lanza una de
esas inconfundibles filípicas paternas a su hijo Pepy por hacer el vago en la
escuela de escribas que está costando a la familia un ojo de la cara: «Aplícate
a los libros. He visto al herrero en su trabajo. Sus dedos son como garras de
cocodrilo. El barbero está afeitando hasta el final de la tarde y tiene que ir
de calle en calle buscando a quién afeitar (…) El cortador de cañas ha de
viajar al delta, después de hacer más de lo que sus brazos pueden hacer, los
mosquitos lo han destrozado, y las moscas lo han matado. (…) Mira, no hay
profesión que esté libre de director, excepto la de escriba. Él es el jefe. Si
conoces la escritura, te irá mejor que en las profesiones de las que te he
hablado. Únete a gentes distinguidas».
No
sabemos si Pepy se tomó en serio las parrafadas de su padre y, rezongando,
estudió para abrirse camino en la élite social egipcia. En ese caso, después de
unos años duros de ensayar los trazos y de aguantar los mamporros de los
profesores, conocidos por su mano dura, Pepy se habría ganado el derecho a
exhibir los distinguidos utensilios del escriba: pinceles con cerdillas de
distinto grosor, una paleta con ranura, bolsas de pigmentos, un caparazón de
tortuga para mezclarlos, y una tabla de madera noble para colocar encima el
papiro y tener un soporte firme, porque no era costumbre utilizar mesas para
escribir sino apoyarse sentado sobre las piernas cruzadas.
Conocemos,
en cambio, la historia de los últimos escribas egipcios, que fueron testigos
del naufragio de su civilización. A partir del edicto de Teodosio I, en el año
380, el cristianismo se convirtió en religión de Estado, única y obligatoria, y
fueron prohibidos los cultos paganos en el Imperio romano. Todos los templos de
los antiguos dioses se cerraron, salvo el templo de Isis de la isla de Filas,
al sur de la primera catarata del Nilo. Allí se refugió un grupo de sacerdotes,
que eran depositarios de los secretos de su sofisticada escritura y a los que
habían prohibido transmitir su saber. Uno de ellos, Nesmet-Ajom, grabó sobre
los muros del templo la última inscripción jeroglífica jamás escrita y que
acaba con las palabras «para siempre eternamente». Unos años después, el
emperador Justiniano recurrió a la fuerza militar para cerrar el templo donde
los sacerdotes de Isis resistían, haciendo prisioneros a los rebeldes. Egipto
enterró a sus viejos dioses, con los que convivía desde hacía milenios. Y, con
sus dioses, sus objetos de culto y el lenguaje mismo. En tan solo una
generación todo desapareció. Y han sido necesarios catorce siglos para volver a
descubrir la clave de ese lenguaje.
A
principios del siglo XIX comenzó una apasionante carrera por descifrar los
jeroglíficos egipcios. Los mejores orientalistas europeos se enfrentaron al
reto de recuperar la lengua perdida, vigilándose de reojo unos a otros. Fueron
unas décadas de exaltación y suspense en el mundo científico, y también de
envidias y sed de gloria. El disparo de salida de la competición sonó a
cuarenta y ocho kilómetros de Alejandría, en julio de 1799. El año anterior,
Napoleón, que soñaba con seguir los pasos de Alejandro, había llevado a sus
tropas a calcinarse en el desierto de Egipto con la sana intención de molestar
a sus enemigos británicos. La expedición fue un fiasco, pero sirvió para que
los europeos se enamorasen de las antigüedades faraónicas. En las cercanías del
puerto de Al Rashid, que los franceses llamaban Rosetta, un soldado encontró
—mientras trabajaba en las obras de construcción de una fortaleza militar— una
losa con extrañas inscripciones. Cuando su pala chocó contra el pesado trozo de
basalto oscuro hundido en el lodo, el soldado mascullaría seguramente una sarta
de maldiciones. No sabía que estaba a punto de sacar a la luz algo
extraordinario. Ese trozo de piedra sería universalmente conocido tiempo
después con el nombre de piedra de Rosetta.
Esta
pieza memorable es un fragmento de una antigua estela egipcia donde el rey
Ptolomeo V ordenó grabar un decreto sacerdotal traducido a tres tipos de
escritura —jeroglífica, demótica (la última fase de la escritura egipcia) y
griega—, algo parecido a la publicación de una ley autonómica de nuestros días
en las tres lenguas cooficiales de la región. Un capitán del cuerpo de
Ingenieros que trabajaba en Rosetta comprendió que aquella estela rota era un
descubrimiento valioso e hizo trasladar sus 760 kilogramos de peso hasta el
Instituto Egipcio de El Cairo, recién fundado por el enjambre de sabios y
arqueólogos que viajaban junto a las tropas de la expedición francesa. Ellos
realizaron impresiones con tinta, que más adelante distribuirían entre los
estudiosos atraídos por el desafío. Cuando el almirante Nelson expulsó al
Ejército napoleónico de Egipto, se apoderó de la piedra de Rosetta entre un
rechinar de dientes franceses, y la trasladó al Museo Británico, donde hoy es
la pieza más visitada.
Era el
año 1802. Entonces empezó un duelo de inteligencias.
Quien
intenta descifrar una lengua desconocida se adentra en un caos de palabras,
persiguiendo sombras. Es una tarea casi imposible si no hay un asidero para
comprender el sentido, si se ignora incluso el asunto del que tratan las frases
enigmáticas. En cambio, cuando existe una traducción del texto misterioso en un
idioma conocido, el investigador ya no está perdido porque tiene entre las
manos un mapa del territorio inexplorado. Por eso, los lingüistas intuyeron
enseguida que el fragmento griego de la piedra de Rosetta abriría las puertas
del idioma perdido del antiguo Egipto. La aventura de su desciframiento
despertó un nuevo interés por la criptografía, que a finales del siglo XIX y
principios del XX invadiría la imaginación de Edgar Allan Poe en su cuento «El
escarabajo de oro», y de Conan Doyle en «La aventura de los bailarines».
Durante
los primeros años del siglo XIX, el enigma egipcio resistió los asaltos de los
lingüistas, desorientados por la mutilación de las inscripciones. Roto el
principio de la escritura jeroglífica y el final de la griega, era casi
imposible establecer correspondencias claras entre el texto egipcio y su
traducción. Pero en torno a la década de los años veinte del pasado siglo las
piezas empezaron a encajar, y los nombres propios de los reyes macedonios
fueron la clave. En la inscripción jeroglífica, varios signos aparecían
esculpidos dentro de unos anillos ovalados que los expertos llaman «cartuchos».
El primer paso hacia delante fue suponer que los cartuchos albergaban los
nombres propios de los faraones. El británico Thomas Young consiguió descifrar
el nombre de Ptolomeo, y más tarde el francés Jean-François Champollion leyó el
de Cleopatra. Gracias a ese primer grupo de sonidos desvelados, Champollion,
fabuloso políglota, descubrió semejanzas entre el enigmático idioma egipcio y
la lengua copta, que él dominaba. A partir de esa intuición, durante unos años
de trabajo obsesivo comparando inscripciones y esforzándose por traducirlas,
elaboró un diccionario de jeroglíficos y una gramática del egipcio. Murió poco
después, a la edad de cuarenta y un años, con la salud destrozada por décadas
de sobriedad, frío, pobreza y largas jornadas de estudio.
El nombre
de Ptolomeo fue la llave que abrió la cerradura. Después de siglos de sigilo,
los papiros y los monumentos egipcios volvieron a hablar.
Hoy
existe una iniciativa llamada Proyecto Rosetta que aspira a proteger de la
extinción a las lenguas humanas. Los lingüistas, antropólogos e informáticos
responsables del proyecto, con sede en San Francisco, han diseñado un disco de
níquel donde se las han ingeniado para grabar a escala microscópica un mismo
texto en su traducción a mil idiomas. Aunque muriese la última persona capaz de
recordar alguna de esas mil lenguas, las traducciones paralelas permitirían
rescatar los significados y las sonoridades perdidas. El disco es una piedra de
Rosetta universal y portátil, un acto de resistencia frente al olvido
irrevocable de las palabras.
§ 6. La
piel de los libros
XXV
Antes de
la invención de la imprenta, cada libro era único. Para que existiera un nuevo
ejemplar, alguien debía reproducirlo letra a letra, palabra por palabra, en un
ejercicio paciente y agotador. Había pocas copias de la mayoría de las obras, y
la posibilidad de que un determinado texto se extinguiese por completo era una
amenaza muy real. En la Antigüedad, en cualquier momento, el último ejemplar de
un libro podía estar desapareciendo en un anaquel, devorado por las termitas o
destruido por la humedad. Y, mientras el agua o las mandíbulas del insecto
actuaban, una voz era silenciada para siempre.
De hecho,
esa pequeña obra de destrucción sucedió muchas veces. En aquel tiempo, los
libros eran frágiles. Todos tenían, de partida, mayores probabilidades de
desvanecerse que de permanecer. Su supervivencia dependía del azar, de los
accidentes, del aprecio que sentían sus propietarios hacia ellos y, mucho más
que hoy, de su materia prima. Eran objetos endebles, fabricados con materiales
que se deterioraban, se rompían o se disgregaban. La invención del libro es la
historia de una batalla contra el tiempo para mejorar los aspectos tangibles y
prácticos —la duración, el precio, la resistencia, la ligereza— del soporte
físico de los textos. Cada avance, por ínfimo que pudiera parecer, incrementaba
la esperanza de vida de las palabras.
La piedra
es duradera, por supuesto. Los antiguos grabaron sus frases en ella, como
seguimos haciendo nosotros en esas placas, lápidas, bloques y pedestales que
habitan en nuestras ciudades. Pero un libro solo metafóricamente puede ser de
piedra. La piedra de Rosetta, con sus casi ochocientos kilos de peso, es un
monumento y no un objeto. El libro debe ser portátil, debe favorecer la
intimidad de quien escribe y lee, debe acompañar a los lectores y caber en su
equipaje.
El
antepasado más cercano de los libros fueron las tablillas. He hablado ya de las
tablillas de arcilla de Mesopotamia, que se extendieron por los actuales
territorios de Siria, Irak, Irán, Jordania, Líbano, Israel, Turquía, Creta y
Grecia, y en algunas zonas siguieron en uso hasta comienzos de la era
cristiana. Las tablillas se endurecían, como los adobes, secándolas al sol.
Mojando la superficie, era posible borrar los trazos y escribir de nuevo. Rara
vez se cocían en hornos, como los ladrillos, porque entonces la arcilla quedaba
inutilizada para nuevos usos. Se guardaban, al resguardo de la humedad,
apiladas en estanterías de madera y también en cestas de mimbre y jarras. Eran
baratas y ligeras, pero quebradizas.
Hoy se
conservan tablillas del tamaño de una tarjeta de crédito o de un teléfono móvil
y toda una gama de tamaño creciente hasta los grandes ejemplares de 30 y 35
centímetros. Ni siquiera aunque se escribiera por los dos lados cabían textos
extensos. Este era un grave inconveniente: cuando una sola obra quedaba
repartida en varias piezas, había muchas posibilidades de que se extraviasen
tablillas y, con ellas, partes del relato.
En
Europa, fueron todavía más habituales las tablillas de madera, metal o marfil
cubiertas con un baño de cera y resina. Se escribía sobre la superficie de cera
con un instrumento afilado de hueso o metal, que acababa por el extremo opuesto
en forma de espátula para borrar fácilmente las equivocaciones. Esas piezas
enceradas acogieron la mayoría de las cartas de la Antigüedad y también los
borradores, las anotaciones y todos sus textos efímeros. Con ellas se iniciaban
los niños en la escritura, igual que nosotros en nuestros inolvidables
cuadernos pautados.
Las
tablillas rectangulares fueron un hallazgo formal. El rectángulo produce un
extraño placer a nuestra mirada. Delimita un espacio equilibrado, concreto,
abarcable. Son rectangulares la mayoría de las ventanas, de los escaparates, de
las pantallas, de las fotografías y de los cuadros. También los libros, después
de sucesivas búsquedas y ensayos, han terminado por ser definitivamente
rectangulares.
El rollo
de papiro supuso un fantástico avance en la historia del libro. Los judíos,
griegos y romanos lo adoptaron con tanto entusiasmo que llegaron a considerarlo
un rasgo cultural propio. En comparación con las tablillas, las hojas de papiro
son un material fino, ligero y flexible y, cuando se enrollan, una gran
cantidad de texto queda almacenado en muy poco espacio. Un rollo de dimensiones
habituales podía contener una tragedia griega completa, un diálogo breve de
Platón o un evangelio. Eso representaba un prodigioso adelanto en el esfuerzo
por conservar las obras del pensamiento y la imaginación. Los rollos de papiro
relegaron a las tablillas a un uso secundario (a las anotaciones, los
borradores y los textos perecederos). Eran como esas hojas desechadas de la
impresora —a las que llamamos «papel sucio»— que utilizamos para hacer listas
de propósitos que incumpliremos, o se las ofrecemos a los niños para que
dibujen.
Sin
embargo, los papiros tenían inconvenientes. En el clima seco de Egipto,
conservaban su flexibilidad y blancura, pero la humedad de Europa los
ennegrecía, volviéndolos frágiles. Si las hojas de papiro se humedecen y se
secan varias veces, se deshacen. Durante la Antigüedad, los rollos más
preciados se guardaban protegidos en jarras, en cajas de madera o en bolsas de
piel. Además, solo se aprovechaba un lado del rollo, la cara en la que las
fibras vegetales corrían horizontales, en paralelo a las líneas de escritura.
En el otro lado, los filamentos verticales estorbaban el avance del cálamo. La
cara escrita quedaba en el interior del rollo, para protegerla de la luz y del
roce.
Los
libros de papiro —ligeros, bellos y transportables— eran objetos delicados. La
lectura y el uso habitual los consumían. El frío y la lluvia los destruían. Al
ser materia vegetal, despertaban la glotonería de los insectos, y ardían
fácilmente.
Como ya
he dicho, los rollos solo se fabricaban en Egipto. Eran productos de
importación sostenidos por una pujante estructura comercial que continuó viva,
incluso bajo la dominación musulmana, hasta el siglo XII. Los faraones y reyes
egipcios, señores del monopolio, decidían el precio de las ocho variedades de
papiro que circulaban en el mercado. Y, de forma parecida a los países
exportadores del petróleo, los soberanos egipcios aplicaban a su gusto medidas
de presión o sabotaje.
Así
sucedió, con inesperadas consecuencias para la historia del libro, a principios
del siglo II a. C. El rey Ptolomeo V, corroído por la envidia, buscaba la
manera de perjudicar a una biblioteca rival fundada en la ciudad de Pérgamo, en
la actual Turquía. La había creado un rey helenístico de cultura griega,
Eumenes II, reproduciendo un siglo más tarde la avidez y los métodos poco
escrupulosos de los primeros Ptolomeos a la hora de conseguir libros. También
se lanzó a la caza de lumbreras intelectuales, y atrajo a un grupo de sabios
que formaron una comunidad paralela a la del Museo. Desde su capital, Eumenes
intentaba eclipsar el brillo cultural de Alejandría en un momento en que
declinaba el poder político egipcio. Ptolomeo, consciente de que los mejores
tiempos habían quedado atrás, enfureció ante el desafío. No estaba dispuesto a
soportar afrentas contra la Gran Biblioteca, que simbolizaba el orgullo de su
estirpe. Se cuenta que hizo encarcelar a su bibliotecario Aristófanes de
Bizancio cuando descubrió que planeaba instalarse en Pérgamo bajo la protección
del rey Eumenes, acusando al uno de traición y al otro de robo.
Además de
encarcelar a Aristófanes de Bizancio, el contraataque de Ptolomeo a Eumenes fue
visceral. Interrumpió el suministro de papiro al reino de Eumenes, para
doblegar a la biblioteca enemiga privándola del mejor material de escritura
existente. La medida podría haber resultado demoledora pero —para frustración
del vengativo rey— el embargo impulsó un gran avance que, además,
inmortalizaría el nombre del enemigo. En Pérgamo reaccionaron perfeccionando la
antigua técnica oriental de escribir sobre cuero, una práctica cuyo uso hasta
entonces había sido secundario y local. En recuerdo de la ciudad que lo
universalizó, el producto mejorado se llamó «pergamino». Unos cuantos siglos
más tarde, ese hallazgo cambiaría la fisonomía y el futuro de los libros. El pergamino
se fabricaba con pieles de becerro, oveja, carnero o cabra. Los artesanos las
sumergían en un baño de cal durante varias semanas antes de secarlas tensadas
en un bastidor de madera. El estiramiento alineaba las fibras de la piel
formando una superficie lisa, que luego raspaban hasta alcanzar la blancura, la
belleza y el grosor deseados. El resultado de ese largo proceso de elaboración
eran láminas suaves, delgadas, aprovechables por ambas caras para la escritura
y, sobre todo —esa es la clave—, duraderas.
El
escritor italiano Vasco Pratolini dijo que la literatura consiste en hacer
ejercicios de caligrafía sobre la piel. Aunque no pensaba en el pergamino, la
imagen es perfecta. Cuando triunfó el nuevo material de escritura, los libros
se transformaron en eso precisamente: cuerpos habitados por las palabras,
pensamientos tatuados en la piel.
XXVI
Nuestra
piel es una gran página en blanco; el cuerpo, un libro. El tiempo va
escribiendo poco a poco su historia en las caras, en los brazos, en los
vientres, en los sexos, en las piernas. Recién llegados al mundo, nos imprimen
en la tripa una gran «O», el ombligo. Después, van apareciendo lentamente otras
letras. Las líneas de la mano. Las pecas, como puntos y aparte. Las tachaduras
que dejan los médicos cuando abren la carne y luego la cosen. Con el paso de
los años, las cicatrices, las arrugas, las manchas y las ramificaciones
varicosas trazan las sílabas que relatan una vida.
Vuelvo a
leer el Réquiem de la maravillosa poeta Anna Ajmátova, donde
describe las largas filas de mujeres delante de la cárcel de Leningrado. Ana
conoció a fondo la desgracia: su primer marido fue fusilado; el segundo murió
de extenuación en un campo de trabajo del Gulag; su único hijo fue detenido
varias veces y pasó diez años preso. Un día, al enfrentarse en el espejo con su
aspecto demacrado y los surcos que el sufrimiento estaba abriendo en su cara,
ella recordó la imagen de las antiguas tablillas mesopotámicas. Y escribió un
verso triste e inolvidable: «Ahora sé cómo traza el dolor rudas páginas
cuneiformes en las mejillas». Yo también, en ciertas ocasiones, he encontrado
gente cuyas caras parecen arcilla incisa por la pena. Y, después de leer el poema
de Ajmátova, ya no puedo evitarlo: las tablillas asirias me sugieren rostros de
personas que han vivido —han sufrido— mucho.
Pero no
solo el tiempo escribe en la piel. Algunas personas se hacen tatuar frases y
dibujos para adornarse como pergaminos iluminados. Nunca lo he hecho y, sin
embargo, comprendo esa pulsión por dejar huella, colorear y convertir en texto
el propio cuerpo. Recuerdo las semanas extasiadas que viví con una amiga
adolescente cuando ella decidió hacerse su primer tatuaje. Levantó delante de
mí la gasa que lo cubría. Miré fijamente las letras todavía tiernas y la carne
enrojecida del brazo; cuando el músculo se tensaba, las palabras parecían
temblar con un sutil movimiento propio. Me sentí fascinada por aquella frase
capaz de palpitar, de sudar, de sangrar (un libro vivo).
Siempre
me ha intrigado saber qué escribe la gente en el libro de su piel. Una vez
conocí a un tatuador y hablamos sobre su oficio. La mayoría, me dijo, se tatúa
con el deseo de recordar para siempre a una persona o un suceso. El problema es
que nuestros «siempres» suelen ser efímeros, y este tipo de tatuajes son los
que estadísticamente provocan más arrepentimientos. Otros clientes eligen
frases positivas, letras de canciones pop, poemas. Incluso cuando los textos
son clichés, malas traducciones o textos sin mucho sentido, tenerlos grabados
en el cuerpo les hace sentir únicos, especiales, hermosos y llenos de vida.
Creo que el tatuaje es una supervivencia del pensamiento mágico, el rastro de
una fe ancestral en el aura de las palabras.
El
pergamino vivo no es solo una metáfora, la piel humana puede transportar
mensajes escritos y ser leída. En situaciones excepcionales, los cuerpos sirven
como canal oculto de información. El historiador Heródoto cuenta una estupenda
historia —basada en hechos reales— sobre tatuajes, intrigas y espías de tiempos
antiguos. En una época de grandes turbulencias políticas, un general ateniense
llamado Histieo quería azuzar a su yerno Aristágoras, tirano de Mileto, para
hacer estallar una revuelta contra el Imperio persa. Se trataba de una
conspiración altamente peligrosa en la que ambos se iban a jugar la vida. Los
caminos estaban vigilados y previsiblemente a los mensajeros de Aristágoras los
registrarían antes de llegar a Mileto, en la actual Turquía. ¿Dónde llevar
escondida una carta que les condenaba a la tortura y a la muerte lenta si se
descubría? El general tuvo una idea ingeniosa: le afeitó la cabeza al más leal
de sus esclavos, le tatuó un mensaje en el cuero cabelludo y esperó a que le
creciese de nuevo el pelo. Las palabras tatuadas eran: «Histieo a Aristágoras:
subleva Jonia». Cuando el pelo nuevo despuntó cubriendo la consigna subversiva,
envió al esclavo a Mileto. Para mayor seguridad, el esclavo no sabía nada de la
conjura. Solo tenía órdenes de afeitarse el cabello en casa de Aristágoras y
decirle que echase una ojeada a su cráneo pelado. Sigiloso como un espía de la
Guerra Fría, el mensajero viajó, se mantuvo tranquilo mientras lo cacheaban,
llegó a su destino sin que el complot se descubriera y se rapó. El plan siguió
adelante. Él nunca supo —nadie puede leer en su propia coronilla— qué decían
las palabras incendiarias tatuadas para siempre en su cabeza.
Esa
misteriosa red que traman el tiempo, la piel y las palabras está en el centro
del thrillerMemento, dirigido por Christopher Nolan. Su perplejo
protagonista, Leonard, sufre amnesia anterógrada a causa de un trauma. No puede
almacenar los recuerdos recientes; la conciencia de todos sus actos se
desvanece al poco tiempo sin dejar huellas. Cada mañana se despierta sin
recordar nada del día anterior, de los meses anteriores, de todo el tiempo
transcurrido desde el trágico accidente que le provocó el daño cerebral. A
pesar de su enfermedad, Leonard pretende encontrar al hombre que violó y mató a
su mujer, y vengarse. Ha creado un sistema que le permite moverse por un mundo
que se borra, sembrado de intrigas, manipulaciones y trampas: se hace tatuar en
las manos, los brazos y el pecho la información esencial sobre sí mismo, y
todos los días reencuentra allí su propia historia. Con una identidad amenazada
por el olvido, solo la lectura de sus tatuajes le permite mantener su búsqueda
y su propósito. La verdad del relato se nos escapa entre la maraña de mentiras
de los personajes, incluido Leonard, de quien acabamos sospechando. La película
está construida con la estructura de un puzle fragmentario, como la mente de su
protagonista y como el mismo mundo contemporáneo. Indirectamente, es también
una reflexión sobre la naturaleza de los libros: extensiones de la memoria, los
únicos testigos —imperfectos, ambiguos pero insustituibles— de los tiempos y
los lugares adonde no llega el recuerdo vivo.
XXVII
Varias
veces al mes entraba por una puerta trasera del palacio Medici Riccardi en la
Via de’ Ginori, justo a continuación del muro almenado del jardín. La fachada
tenía el color vainilla tan típico de Florencia. Necesitaba respirar la
sencillez de esas casas y esos patios antes de afrontar la embestida barroca y
la asfixiante cascada de dorados que me aguardaban en el interior de la
Biblioteca Riccardiana. Allí tuve por primera vez entre mis manos un manuscrito
de pergamino realmente valioso.
Durante
mis largas horas de estudio en la lujosa sala de lectura, pude tramar con
cuidado cada detalle del plan para atrapar mi presa. Lo cierto es que no
necesitaba consultar ningún manuscrito para mi investigación, pero adopté mi
mejor expresión de honradez académica ante los responsables de la biblioteca.
El objetivo de mi incursión era exclusivamente hedonista: quería rozar y
acariciar ese libro, deseaba experimentar el goce sensual tan severamente
custodiado por los guardianes del patrimonio. Me excitaba tocar una obra de
arte nacida para el placer de un aristócrata y su pandilla de amigos
privilegiados; aquello era la deliciosa transgresión de una pobre chica que
hacía malabarismos para pagar el alquiler en Florencia. Nunca olvidaré aquellos
minutos de intimidad —casi erótica— con un Petrarca del siglo XIV. Mientras
cumplía con el ritual de acceso a los manuscritos de valor incalculable
—entregar mi mochila a los bibliotecarios, conservar solo una hoja de papel y
un lápiz, colocarme los guantes de algodón, someterme a la vigilancia de los
guardianes del tesoro—, confieso que sentí unas agradables punzadas de mala
conciencia por los incordios que estaba provocando mi extravagante fetichismo
librario. A veces imaginaba que en castigo se iba a abalanzar sobre mí alguna
de las alegorías que flotaban en las pinturas del techo entre nubes y escudos
heráldicos. Resultaba especialmente amenazadora la mujer rubia y rolliza que
levitaba en lo más alto; si no me equivoco, era la Sabiduría blandiendo la
esfera del orbe.
Pude
gozar los frutos de mi impostura durante casi una hora, y las notas que tomé
—representando el papel de una paleógrafa aplicada— describían solo mis felices
impresiones sensoriales. Al pasar las hojas, el pergamino crepitaba. El susurro
de los libros, pensé, es distinto en cada época. Me impresionó la belleza y la
regularidad de la escritura trazada por una mano experta. Vi los rastros del
tiempo, esas páginas salpicadas de manchas amarillentas como las manos pecosas
de mi abuelo.
Tal vez
el impulso de escribir este ensayo nació entonces, al calor de aquel libro de
Petrarca que susurraba como una suave hoguera. Después he tenido otros
manuscritos de pergamino entre las manos, y he aprendido a mirarlos mejor, pero
la memoria siempre se aferra a la primera vez.
Al
acariciar las páginas del códice, vino a mi mente la idea de que aquel
maravilloso pergamino había sido un día el lomo de un animal después degollado.
En solo unas semanas, el ganado podía pasar de la vida en el prado, el establo
o la pocilga a convertirse en la página de una biblia. Durante el periodo mejor
documentado, la Edad Media, los monasterios compraban pieles de vaca, oveja,
cordero, cabra o cerdo, elegidas en vida del animal para poder apreciar la
calidad del ejemplar. Como en los seres humanos, las pieles de los animales
varían según la edad y la especie. La piel de un cordero lechal es más tersa
que la de una cabra de seis años. Algunas vacas tienen el pellejo más
deteriorado porque les gusta frotarse contra la corteza de los árboles o porque
los insectos se ensañan con ellas a picotazos. Todos estos aspectos, junto con
la habilidad del artesano, tenían importancia para el resultado final. Para
pelar y retirar la carne del pergamino, se extendía la piel, tensa como en un
tambor, y se raspaba de arriba abajo con gran cuidado utilizando un cuchillo de
hoja curva. En la gigantesca tensión del bastidor, un corte demasiado profundo
del cuchillo, un folículo de pelo mal cicatrizado o el orificio diminuto de una
antigua picadura podían crecer hasta convertirse en agujeros del tamaño de una
pelota de tenis. Los copistas aguzaban la imaginación para reparar los
desperfectos de la materia prima y a veces su ingenio embellecía aún más el
manuscrito. Un hueco en el pergamino podía convertirse en una ventana por la
que asomaba la cabeza de una miniatura de la página siguiente. También conozco
el curioso caso de un boquete reparado por las monjas de un convento sueco con
una labor de ganchillo que teje una hermosa celosía de hilos entre las letras.
Mientras
sostenía aquel delicado pergamino entre las manos enguantadas para no dañarlo,
pensé en la crueldad. Igual que en nuestra época las crías de foca mueren a
bastonazos sobre la nieve para que podamos arrebujarnos en cálidos abrigos de
pieles, también los manuscritos más lujosos del medievo exigían considerables
dosis de sadismo. Existieron ejemplares bellísimos fabricados con pieles de
color blanco profundo y textura sedosa, llamadas «vitelas», que procedían de
crías recién nacidas o incluso de embriones abortados en el seno de su madre.
Imagino los gemidos de los animales y su sangre derramada durante siglos para
que las palabras del pasado hayan llegado hasta nosotros. Detrás del exquisito
trabajo del pergamino y la tinta se esconden, como hermanos gemelos rechazados,
la piel herida y la sangre —la barbarie que acecha en los ángulos ciegos de la
civilización—. Preferimos ignorar que el progreso y la belleza incluyen dolor y
violencia. En consonancia con esa extraña contradicción humana, muchos de esos
libros han servido para difundir por el mundo torrentes de palabras sabias
sobre el amor, la bondad y la compasión.
Un gran
manuscrito podía causar la muerte de un rebaño entero. De hecho, hoy no habría
animales suficientes en el mundo para la descomunal matanza que exigirían
nuestras publicaciones. Según los cálculos del historiador Peter Watson, si
suponemos que cada piel ocupara un área de medio metro cuadrado, un libro de
ciento cincuenta páginas exigiría el sacrificio de entre diez y doce animales.
Otros expertos asignan cientos de pieles a un solo ejemplar de la biblia de
Gutenberg. Producir copias en pergamino de una obra, que era la única forma de
favorecer su supervivencia, suponía un gasto enorme, al alcance de muy pocos.
No es extraño que poseer un libro, incluso un ejemplar corriente, fuera durante
largo tiempo privilegio exclusivo de nobles y órdenes religiosas. En una biblia
del siglo XIII, el escriba, agobiado por la escasez de material, anota al
margen: «Oh, si el cielo fuera de pergamino y el mar fuera de tinta».
XXVIII
Durante
un año viví en Florencia. Era extraño ir cada mañana a trabajar protegiendo el
ordenador portátil de los codazos y acometidas de las multitudes turísticas. En
mi ruta, esquivaba la histeria fotográfica de cientos de personas posando con
sonrisa congelada. Veía filas perpetuas —ondulantes ciempiés humanos— ante los
mismos museos. Sentada en la calle, la gente comía alimentos envasados. Los
guías conducían sus rebaños, vociferando a través de sus micrófonos en todas
las lenguas posibles. Algunas veces la muchedumbre bloqueaba el paso, como
hordas de fans esperando la llegada de una estrella del pop. Todo el mundo
empuñaba su móvil. Gritos. Había que abrir paso a las calesas tiradas por
caballos apáticos. Olor a sudor, a boñigas, a café, a salsa de tomate. Sí, era
extraño ir al trabajo en medio de ese festival de aglomeración humana y selfis.
Cuando me acercaba al edificio de la universidad y veía desde lejos el mural
del Guernica pintado en la pared, respiraba con el alivio de quien emerge, un
poco magullado, de una estación de metro en hora punta.
La paz y
el recogimiento también son posibles en Florencia, pero hace falta salir a
buscarlos, dejando los circuitos trillados: hay que ganárselos. Yo los encontré
por primera vez una luminosa mañana de diciembre en el Convento de San Marcos.
Por la planta baja merodeaban un par de visitantes silenciosos, pero en el
primer piso me encontré sola, incrédula como alguien que ha escapado a una
feroz estampida de animales en la sabana. Sedada por la atmósfera cristalina,
visité una a una las celdas de los monjes, donde Fra Angelico pintó frescos de
una dulzura franciscana que parecen una declaración de amor a los seres
humildes, a los inocentes, a los esperanzados, a los mansos, a los ilusos.
Cuentan que precisamente allí, rodeado por ese desfile de hermosísimos
pánfilos, Cosme, patriarca de la familia Médici, se retiraba a hacer penitencia
por los atropellos que cometía para multiplicar su fortuna y extender sus
filiales bancarias por toda Europa. El gran hombre de negocios se había
reservado una celda doble; los poderosos, ya se sabe, necesitan más comodidades
que el resto del mundo incluso en sus horas de expiación.
Entre dos
celdas, en el arranque de un amplio corredor, descubrí un rincón extraordinario
del convento. Los expertos creen que ese lugar acogió la primera biblioteca
moderna. Allí recalaron los espléndidos libros que el humanista Niccolò Niccoli
legó a la ciudad «para el bien común, para el servicio público, para que
permanezcan en un lugar abierto a todos, donde las personas hambrientas de
educación puedan cosechar en ellos, como en campos fértiles, el rico fruto del
aprendizaje». Por su parte, Cosme financió la construcción de una biblioteca
renacentista, diseñada por el arquitecto Michelozzo, que reemplazó las
habitaciones oscuras y los libros encadenados del mundo medieval por un emblema
de los nuevos tiempos: una sala amplia, bañada en luz natural, diseñada para
facilitar el estudio y la conversación. Las fuentes describen con admiración el
aspecto original de la biblioteca: una arcada aérea sostenida por dos filas de
delicadas columnas, ventanales a ambos lados, piedra serena, paredes de color
verde agua para inspirar sosiego, anaqueles cargados de libros, y sesenta y
cuatro bancos de madera de ciprés para los frailes y visitantes que acudían a
leer, escribir y copiar textos. Un acceso desde el exterior hacía realidad el
sueño de Niccolò: su colección de cuatrocientos manuscritos permanecía abierta
a todos los letraheridos florentinos y extranjeros. Inaugurada en 1444, fue,
tras la destrucción de sus antepasadas helenísticas y romanas, la primera
biblioteca pública del continente.
Caminé
lentamente por la alargada sala. Han desaparecido las mesas, sustituidas por
vitrinas donde se exponen valiosos manuscritos. Ya nadie viene a leer a este
espacio renacentista de luz y silencio, convertido en museo, y, sin embargo,
entre estas paredes se respira la atmósfera cálida de los espacios habitados.
Tal vez se han refugiado aquí los fantasmas, que, como todo el mundo sabe, son
criaturas asustadizas que prefieren los lugares solitarios porque temen a las
terroríficas hordas de los vivos.
§ 7. Una
tarea detectivesca
XXIX
Hacer a
mano una copia fiel de un texto no es tarea fácil. Exige una serie de
operaciones repetitivas y agotadoras. El copista debe leer en el libro que le
sirve de modelo un trozo de texto, retenerlo en la memoria, reproducirlo con
una caligrafía hermosa y después volver al original engarzando la mirada en el
punto exacto donde se había detenido. Hacía falta una enorme concentración para
llegar a ser un buen escriba. Incluso la persona más entrenada y atenta
introduce fallos (errores de lectura, lapsus por cansancio, traducciones
mentales, malinterpretaciones y correcciones equivocadas, sustituciones de
palabras y saltos en el texto). De hecho, la personalidad del copista se
retrata en las faltas que comete. Aunque la mano que copió un libro fuese
anónima, a través de los errores hemos podido saber dónde nació el escriba, qué
nivel cultural tenía, su agilidad mental y sus gustos, hasta su psicología
aflora en sus omisiones y en palabras intercambiadas.
Es un
hecho comprobado que toda copia siembra errores en el texto que reproduce. Una
copia de la copia reproducirá los fallos del modelo y siempre añadirá otros
nuevos de su propia cosecha. Los productos artesanos nunca son idénticos. Solo
las máquinas pueden reproducir en serie. Los libros manuscritos variaban a
medida que se iban multiplicando, como ese juego que consiste en ir contándose
la misma historia al oído de persona a persona y comprobar que, al pasar de
boca en boca, termina por convertirse en un cuento diferente del original.
La
apasionada y enloquecida competición entre reyes coleccionistas había
convertido Alejandría en el mayor arsenal de libros jamás conocido. En la Gran
Biblioteca se podían encontrar muchas obras repetidas, sobre todo de Homero.
Los sabios del Museo tuvieron la oportunidad de comparar versiones y detectar
las alarmantes diferencias entre ellas. Observaron que el proceso de copias
sucesivas estaba alterando sigilosamente los mensajes literarios. En muchos
pasajes no se entendía lo que el autor quería decir, y en otros lugares se
decían cosas diferentes dependiendo de la copia. Al darse cuenta de la
dimensión del problema, comprendieron que, con el transcurso de los siglos, los
textos se erosionarían por la fuerza silenciosa de la falibilidad humana —como
las rocas se erosionan por la acometida constante de las olas—, y los relatos
se volverían cada vez más incomprensibles, hasta la disolución del sentido.
Los
guardianes de la Biblioteca se embarcaron entonces en una tarea casi
detectivesca, comparando todas las versiones que, de cada obra, tenían al
alcance, para reconstruir la forma original de los textos. Buscaban los fósiles
de palabras perdidas y estratos de significado por debajo de la falta de
sentido de las capas superiores. Ese esfuerzo hizo avanzar los métodos de
estudio e investigación y sirvió de entrenamiento a una gran generación de
críticos. Los filólogos alejandrinos prepararon ejemplares corregidos y
cuidadísimos de las obras literarias que consideraban más valiosas. Esas
versiones óptimas estaban a disposición del público como matriz para sucesivas
copias e incluso para el mercado de libros. Las ediciones que hoy leemos y
traducimos son hijas de los detectives de palabras de Alejandría.
Además de
restaurar los textos en circulación, el Museo de Alejandría —también llamado la
jaula de las musas— produjo toneladas de erudición, disquisiciones y tratados
sobre literatura. Sus contemporáneos respetaban el descomunal trabajo
alejandrino, pero al mismo tiempo les encantaba burlarse de aquellos sabios,
cómicos a su pesar. La diana favorita de los chistes fue un estudioso llamado
Dídimo, que llegó a publicar el fantástico número de tres o incluso cuatro mil
monografías. Dídimo trabajó sin descanso en la Biblioteca durante el siglo I a.
C., escribiendo comentarios y glosarios, mientras el mundo a su alrededor se
desgarraba a raíz de las guerras civiles de Roma. Dídimo era conocido por dos
motes: Tripas de Bronce (Chalkénteros), porque hacía falta tener las
entrañas de metal para poder escribir sus innumerables y prolijos comentarios
sobre literatura; y el Olvida-Libros (Biblioláthas), porque cierta vez
dijo en público que una teoría era absurda y entonces le mostraron un ensayo
suyo donde la defendía. El hijo de Dídimo, llamado Apión, heredó el infatigable
oficio paterno, y se cuenta que el emperador Tiberio lo llamaba Pandero del
Mundo. Los filólogos alejandrinos —apasionados, detallistas, cultos, y a veces
pedantes y farragosos— cubrieron rápidamente un trayecto que, con sus éxitos y
excesos, también hemos realizado nosotros —durante el helenismo, y por primera
vez en la historia, la bibliografía sobre literatura empezó a llenar más libros
que la literatura misma—.
§ 8.
Homero como enigma y como ocaso
XXX
La Gran
Biblioteca lo adquiría todo, desde poemas épicos a libros de cocina. En medio
de ese océano de letras, los estudiosos debían elegir a qué autores y obras
dedicaban su esfuerzo. No había discusión posible sobre el gran protagonista de
la literatura griega, y en él se especializaron. Alejandría se convirtió en la
capital homérica.
Homero
está envuelto en el misterio. Es un nombre sin biografía, o tal vez solo el
mote de un poeta ciego —el nombre «Homero» se puede traducir como «el que no
ve»—. Los griegos nada sabían con certeza sobre él y ni siquiera se ponían de
acuerdo cuando intentaban situarlo en el tiempo. Heródoto creía que había
vivido en el siglo IX a. C. («cuatro siglos antes de mi época y no más»,
escribió), mientras que otros autores lo imaginaban contemporáneo a la guerra
de Troya, en el siglo XII a. C. Homero era un vago recuerdo sin contornos, la
sombra de una voz a la que atribuían la música de la Ilíada y
la Odisea.
Todo el
mundo en aquella época conocía la Ilíada y la Odisea.
Quienes sabían leer habían aprendido a hacerlo leyendo a Homero en la escuela,
y los demás habían escuchado contar de viva voz las aventuras de Aquiles y
Ulises. Desde Anatolia hasta las puertas de la India, en el mundo helenístico
expandido y mestizo, ser griego dejó de ser un asunto de nacimiento o de
genética; tenía mucho más que ver con amar los poemas homéricos. La cultura de
los conquistadores macedonios se resumía en una serie de rasgos distintivos,
que las poblaciones nativas estaban obligadas a adoptar si querían ascender: la
lengua, el teatro, el gimnasio —donde los hombres se ejercitaban desnudos, para
escándalo de los demás pueblos—, los juegos atléticos, el simposio —una forma
refinada de reunirse para beber— y Homero.
En una
sociedad que nunca tuvo libros sagrados, la Ilíada y la Odisea eran
lo más parecido a la Biblia. Fascinados por Homero o enfurecidos con él, pero
sin la vigilancia de una clase sacerdotal, los escritores, artistas y filósofos
griegos se sintieron libres para explorar, cuestionar, satirizar o ensanchar
los horizontes homéricos. Se cuenta que Esquilo dijo humildemente que sus
tragedias eran solo «las migajas del gran banquete de Homero». Platón dedicó
largas páginas a atacar la presunta sabiduría del poeta, y lo expulsó de su
república ideal. Cierta vez desembarcó en Alejandría un sabio ambulante llamado
Zoilo, que promocionaba sus conferencias declarándose subversivamente «el
fustigador de Homero», y el rey Ptolomeo acudió en persona a su espectáculo
para «acusarlo de parricidio». Nadie permanecía indiferente ante las epopeyas
de Aquiles y Ulises. Los papiros desenterrados en Egipto confirman que la Ilíada fue
con diferencia el libro griego más leído en la Antigüedad, y se han encontrado
pasajes de los poemas en los sarcófagos de momias grecoegipcias —personas que
se llevaron consigo versos homéricos rumbo a la eternidad—.
Los
poemas homéricos eran más que un entretenimiento para un público hechizado,
expresaban los sueños y las mitologías de los pueblos antiguos. Desde tiempos
remotos, de generación en generación, los seres humanos nos relatamos los
hechos históricos que han dejado huella en la memoria de las generaciones, pero
tenemos la manía reincidente de convertirlos en leyenda. En el siglo XXI, la
invención de gestas heroicas puede parecernos un mecanismo primitivo y ya
superado. Sin embargo, no es así: cada civilización elige sus episodios
nacionales y consagra a sus héroes para enorgullecerse de un pasado legendario.
Tal vez el último país en forjar su universo mítico haya sido los Estados
Unidos, con el western, y ha logrado exportar su fascinación al
mundo globalizado contemporáneo. John Ford reflexionó sobre la mitificación de
la historia en El hombre que mató a Liberty Valance, donde el
director de un periódico, rasgando el artículo sólidamente documentado de su
reportero de investigación, concluye: «Esto es el Oeste, señor. Y, en el Oeste,
cuando los hechos se convierten en leyenda, hay que imprimir la leyenda». No
importa que la época añorada (los tiempos del genocidio indio, la guerra civil,
la fiebre del oro, el poder de los salvajes vaqueros, las ciudades sin ley, la
apología del rifle y la esclavitud) fuese en realidad poco gloriosa. Algo
parecido podría afirmarse —y algunos griegos tuvieron el coraje de decirlo—
acerca del gran acontecimiento fundacional heleno, la sangrienta guerra de
Troya. Pero, igual que el cine nos ha enseñado a enamorarnos de los paisajes
polvorientos y grandiosos del Lejano Oeste, de los territorios fronterizos, del
espíritu pionero y del afán de conquistar la tierra, Homero emocionaba a los
griegos con sus violentos y vibrantes relatos del campo de batalla y del
regreso de los veteranos al hogar.
Como las
mejores películas del Oeste, Homero es más que un mero panfleto patriótico. Es
cierto que sus poemas representaban al mundo aristocrático sin rebelarse contra
sus injusticias ni ponerlo en entredicho, pero también sabía captar los
claroscuros de sus historias. Allí reconocemos una mentalidad y unos conflictos
no tan lejanos de los nuestros —o, para ser exactos, dos mentalidades, porque
la Odisea es muchísimo más moderna que la Ilíada—.
La Ilíada narra
la historia de un héroe obsesionado por la fama y el honor. Aquiles puede
elegir entre una vida sin brillo, larga y tranquila, si se queda en su país, o
una muerte gloriosa, si se embarca hacia Troya. Y decide ir a la guerra, aunque
las profecías le advierten de que no regresará. Aquiles pertenece a la gran
familia de las personas deslumbradas por un ideal, valientes, comprometidas,
melancólicas, insatisfechas, empecinadas y propensas a tomarse muy en serio a
sí mismas. Alejandro soñó desde la infancia con parecerse a él, y buscó
inspiración en la Ilíada durante los años de su fulgurante
campaña militar.
En el
cruel universo bélico, los jóvenes mueren y los padres sobreviven a sus hijos.
Una noche, el rey de Troya se aventura a solas hasta el campamento enemigo,
para rogar que le devuelvan el cadáver de su hijo, con el fin de enterrarlo.
Aquiles, el asesino, la máquina de matar, se compadece del viejo y, ante la
imagen de dolorida dignidad del anciano, recuerda a su propio padre, a quien no
volverá a ver. Es un momento conmovedor, en el que el vencedor y el vencido
lloran juntos y comparten certezas: el derecho a sepultar a los muertos, la
universalidad del duelo y la belleza extraña de esos destellos de humanidad que
iluminan momentáneamente la catástrofe de la guerra. Sin embargo, aunque
la Ilíada no lo cuenta, sabemos que la tregua será breve. La
guerra continuará, Aquiles morirá en combate, Troya será arrasada, sus hombres,
pasados a cuchillo, y sus mujeres, sorteadas como esclavas entre los
vencedores. El poema termina al borde del abismo.
Aquiles
es un guerrero tradicional, habitante de un mundo severo y trágico; en cambio,
el vagabundo Ulises —una criatura literaria tan moderna que sedujo a Joyce— se
lanza con placer a aventuras fantásticas, imprevisibles, divertidas; a veces
eróticas, a veces ridículas. La Ilíada y la Odisea exploran
opciones vitales alejadas, y sus héroes afrontan las pruebas y azares de la
existencia con temperamentos opuestos. Homero deja claro que Ulises valora
intensamente la vida, con sus imperfecciones, sus instantes de éxtasis, sus
placeres y su sabor agridulce. Es el antepasado de todos los viajeros,
exploradores, marinos y piratas de ficción —capaz de afrontar cualquier
situación, mentiroso, seductor, coleccionista de experiencias y gran narrador
de historias—. Añora su hogar y su mujer, pero se entretiene a gusto por el
camino. La Odisea es la primera representación literaria de la
nostalgia, que convive, sin demasiados conflictos, con el espíritu de
navegación y aventura. Cuando su barco encalla en la isla de la ninfa Calipso
de lindas trenzas, Ulises se queda con ella durante siete años.
En ese
pequeño edén mediterráneo donde florecen las violetas y el suave oleaje baña
las playas paradisiacas, Ulises goza del sexo con una diosa, disfrutando a su
lado de la inmortalidad y la eterna juventud. Sin embargo, después de varios
años de placer, tanta felicidad le hace desgraciado. Se cansa de la monotonía
de esas vacaciones perpetuas y llora a orillas del mar recordando a los suyos.
Por otra parte, Ulises conoce lo suficiente a la raza divina como para
pensárselo dos veces antes de confesarle a su poderosa amiga que se ha cansado
de ella. Será Calipso quien aborde la peliaguda conversación: «Ulises, ¿así que
quieres marcharte a tu casa en tu tierra natal? Si supieras cuántas tristezas
te deparará el destino, te quedarías aquí conmigo y serías inmortal. Yo me
precio de no ser inferior a tu esposa ni en el porte ni en estatura, pues
ninguna mujer puede rivalizar con el cuerpo y con el rostro de una diosa».
Es una
oferta muy tentadora: vivir para siempre como amante de una voluptuosa ninfa,
en la plenitud del cuerpo, sin vejez, sin enfermedades, sin malas rachas, sin
problemas de próstata ni demencia senil. Ulises contesta: «Diosa, no te enfades
conmigo. Sé muy bien que Penélope es inferior a ti, pero aun así deseo
marcharme a mi casa y ver el día del regreso. Si alguno de los dioses me
maltrata en el mar rojo como el vino, lo soportaré con ánimo paciente. He
sufrido ya tanto entre las olas, en la guerra…». Y, después de decidir su
ruptura —dice el poeta con encantadora naturalidad—, el sol se puso, llegó el
crepúsculo y los dos se fueron a deleitarse con el amor en mutua compañía.
Cinco días después, él zarpó de la isla, feliz de desplegar las velas al viento.
El astuto
Ulises no fantasea, como Aquiles, con un destino grandioso y único. Podría
haber sido un dios, pero opta por volver a Ítaca, la pequeña isla rocosa donde
vive, a encontrarse con la decrepitud de su padre, con la adolescencia de su
hijo, con la menopausia de Penélope. Ulises es una criatura luchadora y
zarandeada que prefiere las tristezas auténticas a una felicidad artificial. El
regalo que le ofrece Calipso es demasiado parecido a un espejismo, a una huida,
al sueño de una droga alucinógena, a una realidad paralela. La decisión del
héroe expresa una nueva sabiduría, alejada del estricto código de honor que
movía a Aquiles. Esa sabiduría nos susurra que la humilde, imperfecta y efímera
vida humana merece la pena, a pesar de sus limitaciones y sus desgracias,
aunque la juventud se esfume, la carne se vuelva flácida y acabemos arrastrando
los pies.
§ 9. El
mundo perdido de la oralidad: un tapiz de ecos
XXXI
La
primera palabra de la literatura occidental es «cólera» (en griego, ménin).
Así empieza el hexámetro inicial de la Ilíada, sumergiéndonos de
golpe, sin contemplaciones, en el ruido y la furia. Con la ira de Aquiles se
inicia la ruta que nos lleva a los territorios de Eurípides, a Shakespeare, a
Conrad, a Faulkner, a Lorca, a Rulfo.
Sin
embargo, más que un principio, Homero es un final. En realidad, es la punta de
un iceberg sumergido casi por completo en el olvido. Cuando escribimos su
nombre junto al de los escritores de la literatura universal, estamos mezclando
dos universos incomparables. La Ilíada y la Odisea nacieron
en otro mundo distinto del nuestro, en un tiempo anterior a la expansión de la
escritura, cuando el lenguaje era efímero (gestos, aire y ecos). Una época de
«aladas palabras», como las llama Homero, palabras que se llevaba el viento y
solo la memoria podía retener.
El nombre
de Homero está asociado a dos textos épicos que proceden de un periodo en el
que tiene poco sentido hablar de autoría. Durante la etapa oral, los poemas se
recitaban en público, perpetuando una costumbre heredada de las tribus nómadas,
cuando los ancianos recitaban junto al fuego los viejos cuentos de sus
ancestros y las hazañas de sus héroes. La poesía estaba socializada, era de
todos y no pertenecía a nadie en concreto. Cada poeta podía usar libremente los
mitos y cantos de la tradición, retocándolos, desembarazándose de lo que
considerase irrelevante, incorporando matices, personajes, aventuras inventadas
y también versos que había escuchado a sus colegas de profesión. Detrás de cada
relato había toda una galaxia de poetas que no habrían entendido el concepto
«derechos de autor». Durante los largos siglos de oralidad, el romancero griego
fue cambiando y expandiéndose, estrato a estrato, generación tras generación,
sin que los textos alcanzasen nunca una versión cerrada o definitiva.
Los
poetas analfabetos crearon cientos de poemas que se han perdido para siempre.
Algunos de ellos dejaron una sombra de recuerdo en los escritores antiguos y
por sus alusiones —resúmenes y breves fragmentos— conocemos su argumento por
encima. Además del ciclo de Troya, hubo al menos otro sobre la ciudad de Tebas,
donde nació el desgraciado Edipo. Un canto antiquísimo, anterior a la Ilíada y
la Odisea, estaba protagonizado por el guerrero Memnón, nacido en
Etiopía. Si las conjeturas sobre su antigüedad son ciertas, significaría,
sorprendentemente, que el cantar de gesta más antiguo que conocemos en Europa
narraba las hazañas de un héroe negro.
En la
sociedad oral, los bardos actuaban en las grandes fiestas y en los banquetes de
los nobles. Cuando un profesional de las aladas palabras interpretaba su
repertorio de narraciones ante un auditorio, por pequeño que fuera, estaba
«publicando» su obra. Si queremos imaginar aquella forma de contar y escuchar
historias —que no es todavía literatura porque no conoce las letras ni la
escritura—, tenemos dos cauces de información. La Ilíada y
la Odisea ofrecen pinceladas de la vida, el oficio (y también
las penurias) de los aedos griegos. Además, los antropólogos han estudiado
otras culturas en las que la épica oral ha subsistido —conviviendo con la
imprenta y las nuevas tecnologías de la comunicación— hasta tiempos actuales.
Aunque nos parezcan visitantes del pasado, los cantos tradicionales se niegan a
morir y en algunos rincones del planeta sirven para relatar las nuevas guerras
y las peligrosas vidas del presente. Los estudiosos del folclore han grabado la
canción de un bardo cretense que relata el ataque de los paracaidistas alemanes
en Creta en 1941, y se emociona tanto al recordar a los amigos caídos que de
pronto su voz falla, titila y enmudece.
Imaginemos
una escena de la vida cotidiana en el pequeño palacio de un señor local del
siglo X a. C. Se celebra un banquete y, para alegrar la noche, el anfitrión ha
contratado a un cantor ambulante. Junto al umbral, en el lugar de los mendigos,
el forastero espera hasta que lo invitan a sentarse en el salón donde los más
ricos del lugar engullen carne asada y beben, con las gotas de grasa
escurriéndoles por la barbilla. Cuando las miradas se clavan en él, se
avergüenza de su túnica gastada y no demasiado limpia. Templa en silencio su
instrumento, la cítara, mientras se prepara para el esfuerzo de la actuación.
Es un gran narrador de historias, ha practicado desde niño el oficio de trenzar
palabras. Con voz clara acompañada por el rasgueo de las cuerdas, sentado solo,
como un cantautor con su guitarra, envuelve a todo el mundo en la magia de un
relato apasionante entretejido de aventuras y combates. Los convidados al
banquete sacuden la cabeza, asienten, siguen el ritmo con el pie. Enseguida
quedan hechizados. El cuento los arrastra a su interior, les brilla la mirada y
empiezan a sonreír sin darse cuenta. En eso coinciden los griegos antiguos y
los modernos testigos de recitaciones de las aldeas eslavas: la canción épica
atrapa, invade y fascina a quien la escucha.
No solo
actúa el conjuro del relato, el astuto bardo tiene también un repertorio de
trucos. Al llegar a la localidad, se ha informado sobre los antepasados de la
familia que lo contrata, ha aprendido sus nombres y peculiaridades, para
introducirlos en la trama codeándose con los héroes legendarios. Siempre
desliza en la narración un episodio que casualmente glorifica a los paisanos de
sus clientes. Acorta o alarga la canción dependiendo del humor y el ambiente de
la sala. Si al auditorio le gustan las descripciones del lujo, adorna la
armadura del guerrero, los arreos de sus caballos y las joyas de las princesas
—como suele decir, esas riquezas no tiene que pagarlas con su dinero—. Domina
el arte de las pausas y el suspense, y siempre interrumpe la historia en un
momento muy calculado para que lo inviten a continuar al día siguiente. El
recital prosigue noche tras noche, a veces durante una semana o más, hasta que
el interés de sus anfitriones empieza a disminuir. Entonces, el músico viajero
vuelve a los caminos, a la vida vagabunda, en busca de un nuevo refugio.
En
tiempos de palabras aladas, la literatura era un arte efímero. Cada
representación de esos poemas orales era única y sucedía una sola vez. Como un
músico de jazz que a partir de una melodía popular se entrega a una apasionada
improvisación sin partitura, los bardos jugaban con variaciones espontáneas
sobre los cantos aprendidos. Incluso si recitaban el mismo poema, narrando la
misma leyenda protagonizada por los mismos héroes, nunca era idéntico a la vez
anterior. Gracias a un entrenamiento precoz y disciplinado, aprendían a usar el
verso como un lenguaje vivo, moldeable. Conocían los argumentos de cientos de
mitos, dominaban las pautas del lenguaje tradicional, tenían un arsenal de
frases preparadas y de comodines para rellenar los versos, y con esos mimbres
tejían para cada recitación un canto a la vez fiel y diferente. Pero no había
ningún afán de autoría: los poetas amaban la herencia del pasado y no veían
razones para ser originales si la versión tradicional era bella. La expresión
de la individualidad pertenece al tiempo de la escritura; por aquel entonces,
el prestigio de la originalidad artística estaba en horas bajas.
Por
supuesto, para dominar su oficio era necesario poseer una memoria prodigiosa.
El etnólogo Mathias Murko —que abrió la senda continuada luego por Milman Parry
y Albert Lord— comprobó a principios del siglo XX que los cantores bosnios
musulmanes dominaban treinta o cuarenta cantos orales; algunos más de cien, y
otros incluso hasta ciento cuarenta. Los cantos podían durar siete u ocho horas
—como los poemas griegos, cada vez eran versiones distintas de un mismo
relato—, y se necesitaban varias noches completas (hasta el alba) para
recitarlos enteros. Cuando Murko preguntó a qué edad empezaban a aprender, le
contestaron que tocaban el instrumento ya en brazos de sus padres y relataban
leyendas desde los ocho años. Había niños prodigio, pequeños Mozart de la
narración. Uno de ellos recordaba que a los diez años acompañaba a su familia a
los cafés del bazar, donde absorbía todos los cantos; no podía dormir hasta
haber repetido las historias escuchadas y, cuando se dormía, quedaban guardadas
en su memoria. A veces, los bardos viajaban durante horas para poder escuchar a
un colega de profesión. Una sola audición de un canto —dos, si estaban muy
borrachos— les bastaba para poder interpretarlo ellos mismos. Así sobrevivía la
herencia de los poemas.
Probablemente
en Grecia sucediera algo parecido. Los poetas épicos conservaban el recuerdo
del pasado porque desde la infancia crecían en un mundo doble —el real y el de
las leyendas—. Cuando hablaban en verso, se sentían transportados al mundo del
pasado, que solo conocían a través del sortilegio de la poesía. Ellos —como
libros de carne y hueso, vivos y palpitantes, en tiempos sin escritura y, por
tanto, sin historia— impedían que todas las experiencias, las vidas y el saber
acumulado acabasen en la nada del olvido.
XXXII
Un nuevo
invento empezó a transformar silenciosamente el mundo durante la segunda mitad
del siglo VIII a. C., una revolución apacible que acabaría transformando la
memoria, el lenguaje, el acto creador, la manera de organizar el pensamiento,
nuestra relación con la autoridad, con el saber y con el pasado. Los cambios
fueron lentos, pero extraordinarios. Después del alfabeto, nada volvió a ser
igual.
Los
primeros lectores y los primeros escritores eran pioneros. El mundo de la
oralidad se resistía a desaparecer —ni siquiera hoy se ha extinguido del todo—,
y la palabra escrita sufrió al principio cierto estigma. Muchos griegos
preferían que las palabras cantasen. Las innovaciones no les gustaban
demasiado, refunfuñaban y gruñían cuando las tenían delante. A diferencia de
nosotros, los habitantes del mundo antiguo creían que lo nuevo tendía a
provocar más degeneración que progreso. Algo de esa reticencia ha perdurado en
el tiempo; todos los grandes avances —la escritura, la imprenta, internet…— han
tenido que enfrentarse a detractores apocalípticos. Seguro que algunos
cascarrabias acusaron a la rueda de ser un instrumento decadente y hasta su
muerte prefirieron acarrear menhires sobre la espalda.
Sin
embargo, era difícil resistirse a la promesa del nuevo invento. Toda sociedad
aspira a perdurar y ser recordada. El acto de escribir alargaba la vida de la
memoria, impedía que el pasado se disolviera para siempre.
En los
primeros tiempos, los poemas aún nacían y viajaban por cauces orales, pero
algunos bardos aprendieron el trazado de las letras y empezaron a
transcribirlos en hojas de papiro (o los dictaron) como pasaporte hacia el
futuro. Quizá entonces algunos empezaron a tomar consciencia de las inesperadas
implicaciones de aquella osadía. Escribir los poemas significaba inmovilizar el
texto, fijarlo para siempre. En los libros, las palabras cristalizan. Había que
elegir una sola versión de los cantos, lo más bella posible, para que
sobreviviera a las demás. Hasta aquel momento, el canto era un organismo vivo
que crecía y cambiaba, pero la escritura lo iba a petrificar. Optar por una
versión del relato significaba sacrificar todas las demás y, al mismo tiempo, salvarlo
de la destrucción y el olvido.
Gracias a
ese acto audaz, casi temerario, han llegado hasta nosotros dos obras memorables
que han conformado nuestra visión del mundo. Los 15.000 versos de la Ilíada y
los 12.000 versos de la Odisea que ahora leemos como si fueran
dos novelas son un territorio fronterizo entre la oralidad y el nuevo mundo. Un
poeta, seguramente educado en la fluidez de las recitaciones, pero en contacto
con la escritura, enhebró varios cantos tradicionales en el hilo de una trama
coherente. ¿Fue Homero ese personaje en el umbral de dos universos? Nunca lo
sabremos. Cada investigador imagina su propio Homero: un bardo analfabeto de
tiempos remotos; el responsable de la versión definitiva de la Ilíada y
de la Odisea; un poeta que les dio un último toque; un copista
aplicado que firmó el manuscrito con su nombre; o un editor seducido por esa
estrafalaria invención de los libros, aire escrito. No deja de fascinarme que
un autor tan trascendente para nuestra cultura sea solo un fantasma.
Con la
escasa información disponible, es imposible aclarar el misterio. La sombra de
Homero desaparece en tierras de penumbra. Y eso vuelve todavía más fascinantes
a la Ilíada y la Odisea —son documentos
excepcionales que nos permiten acercarnos al tiempo de los relatos alados y las
palabras perdidas—.
XXXIII
Tú, que
lees este libro, has vivido durante algunos años en un mundo oral. Desde tus
balbuceos con lengua de trapo hasta que aprendiste a leer, las palabras solo
existían en la voz. Encontrabas por todas partes los dibujos mudos de las
letras, pero no significaban nada para ti. Los adultos que controlaban el
mundo, ellos sí, leían y escribían. Tú no entendías bien qué era eso, ni te
importaba demasiado porque te bastaba hablar. Los primeros relatos de tu vida
entraron por las caracolas de tus orejas; tus ojos aún no sabían escuchar.
Luego llegó el colegio: los palotes, los redondeles, las letras, las sílabas.
En ti se ha cumplido a pequeña escala el mismo tránsito que hizo la humanidad
desde la oralidad a la escritura.
Mi madre
me leía libros todas las noches, sentada en la orilla de mi cama. Ella era la
rapsoda; yo, su público fascinado. El lugar, la hora, los gestos y los
silencios eran siempre los mismos, nuestra íntima liturgia. Mientras sus ojos
buscaban el lugar donde había abandonado la lectura y luego retrocedían unas
frases atrás para recuperar el hilo de la historia, la suave brisa del relato
se llevaba todas las preocupaciones del día y los miedos intuidos de la noche.
Aquel tiempo de lectura me parecía un paraíso pequeño y provisional —después he
aprendido que todos los paraísos son así, humildes y transitorios—.
Su voz.
Yo escuchaba su voz y los sonidos del cuento que ella me ayudaba a oír con la
imaginación: el chapoteo del agua contra el casco de un barco, el crujido suave
de la nieve, el choque de dos espadas, el silbido de una flecha, pasos
misteriosos, aullidos de lobo, cuchicheos detrás de una puerta. Nos sentíamos
muy unidas, mi madre y yo, juntas en dos lugares a la vez, más juntas que nunca
pero escindidas en dos dimensiones paralelas, dentro y fuera, con un reloj que
hacía tictac en el dormitorio durante media hora y años enteros transcurriendo
en la historia, solas y al mismo tiempo rodeadas de mucha gente, amigas y
espías de los personajes.
En esos
años, fui perdiendo los dientes de leche, uno a uno. Mi gesto favorito mientras
ella me contaba cuentos era menear un diente tembloroso con el dedo, sentirlo
desprenderse de sus raíces, bailar cada vez más suelto y, cuando finalmente se
partía soltando unos hilos salados de sangre, colocármelo en la palma de la
mano para mirarlo —la infancia se estaba rompiendo, dejaba huecos en mi cuerpo
y añicos blancos por el camino, y el tiempo de escuchar cuentos acabaría
pronto, aunque yo no lo sabía—.
Y, cuando
llegábamos a episodios especialmente emocionantes —una persecución, la
proximidad del asesino, la inminencia de un descubrimiento, la señal de una
traición—, mi madre carraspeaba, fingía un picor de garganta, tosía; era la
señal pactada de la primera interrupción. Ya no puedo leer más. Entonces me
tocaba suplicar y desesperarme: no, no lo dejes aquí; sigue un poquito más.
Estoy cansada. Por favor, por favor. Interpretábamos la pequeña comedia, y
luego ella seguía adelante. Yo sabía que me engañaba, claro, pero siempre me
asustaba. Al final, una de las interrupciones sería de verdad, y ella cerraría
el libro, me daría un beso, me dejaría a solas en la oscuridad y se entregaría
a esa vida secreta que viven los mayores por la noche, sus noches apasionantes,
misteriosas, deseadas; ese país extranjero y prohibido para los niños. El libro
cerrado se quedaría sobre la mesilla, callado y terco, expulsándome de los
campamentos del Yukón, o de las orillas del Misisipi, o de la fortaleza de If,
de la posada del Almirante Benbow, del monte de las Ánimas, de la selva de
Misiones, del lago de Maracaibo, del barrio de Benia Kirk, en Odesa, de
Ventimiglia, de la perspectiva Nevski, de la ínsula Barataria, del antro de
Ella Laraña en la frontera de Mordor, del páramo junto a la mansión de los
Baskerville, de Nijni Nóvgorod, del castillo de Irás y No Volverás, del bosque
de Sherwood, del siniestro laboratorio de anatomía de Ingolstadt, de la
arboleda del barón Cosimo en Ombrosa, del planeta de los baobabs, de la misteriosa
casa de Yvonne de Galais, de la guarida de Fagin, de la isla de Ítaca. Y,
aunque yo abriese el libro en el lugar oportuno, señalado por el marcapáginas,
no serviría de nada, pues solo vería líneas llenas de patas de araña que se
negarían a decirme una mísera palabra. Sin la voz de mi madre, la magia no se
hacía realidad. Leer era un hechizo, sí; conseguir que hablasen esos extraños
insectos negros de los libros, que entonces me parecían enormes hormigueros de
papel.
XXXIV
El tópico
nos lleva a imaginar que las culturas orales son primitivas, rudimentarias y
tribales. Si hoy medimos el desarrollo de un país en función del grado de
alfabetización de su población, no es extraño que proyectemos a esa etapa
prehistórica nuestro concepto de un mundo atrasado y extinto. Sin embargo,
sabemos que no fue así —al menos, no necesariamente—. La cultura inca peruana,
por ejemplo, conquistó y gobernó un poderoso imperio, sin apoyo de la escritura
(más allá de un sistema de mensajes mediante nudos en cuerdas o quipus),
y fue capaz de crear un arte propio y una arquitectura ciclópea que atrae cada
año a masas de turistas hacia las alturas andinas de Cuzco y Machu Picchu.
Por
supuesto, la ausencia de escritura era un inconveniente cultural. Cuanto mayor
era la complejidad que alcanzaban las sociedades orales, más constante y
angustiosa se volvía para sus habitantes la amenaza del olvido. Necesitaban
preservar sus leyes, sus creencias, sus hallazgos, su conocimiento técnico —su
identidad—. Si no transmitían sus logros, cada generación tendría que volver a
empezar fatigosamente desde el principio. Pero solo podían comunicarse a través
de un sistema de ecos, ligero y fugaz como el aire. En la frágil memoria
humana, encontraban su única esperanza de permanencia en el tiempo. Por eso,
entrenaban la memoria hasta expandir al máximo su capacidad, eran atletas del
recuerdo en lucha con sus propios límites.
En su
esfuerzo por perpetuarse, los habitantes del mundo oral se dieron cuenta de que
el lenguaje rítmico es más fácil de recordar, y en alas de ese descubrimiento
nació la poesía. Al recitar versos, la melodía de las palabras ayuda a repetir
el texto sin alterarlo, porque la música se quiebra cuando la secuencia falla.
A todos nos hicieron aprender poemas en la escuela y ahora, pasados los años,
después de haber olvidado tantas cosas, comprobamos que aún los recordamos con
asombrosa nitidez.
No es
casual que, en la mitología griega, las musas fueran hijas de la diosa
Mnemosine (de donde proviene la palabra «mnemotecnia»), la personificación de
la memoria como actividad: el recuerdo y la evocación. En aquella época —como
en todas las épocas—, nadie podía crear sin ser capaz de recordar. A pesar de
sus radicales diferencias, si algo tienen en común el bardo oral y el escritor
posmoderno, es la forma de entender su obra como versión, nostalgia, traducción
y constante reciclaje del pasado.
El ritmo
no es solo un aliado de la memoria, sino que es también un catalizador de
nuestros placeres —la danza, la música y el sexo juegan con la repetición, el
compás y las cadencias—. También el lenguaje posee infinitas posibilidades
rítmicas. La épica griega fluye en hexámetros, que crean un peculiar ritmo
acústico a través de combinaciones de sílabas largas y breves. El verso hebreo,
en cambio, prefiere los ritmos sintácticos: «Hay un momento para todo y un
tiempo para cada cosa bajo el cielo: un tiempo para nacer y un tiempo para
morir; un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado; un tiempo
para matar y un tiempo para curar; un tiempo para destruir y un tiempo para
edificar…». Se diría que estas frases del Eclesiastés cantan y, de hecho, el
músico Pete Seeger compuso una canción, inspirada en ellas —Turn! Turn!
Turn! (To everything there is a season)—, que encabezó las listas de éxitos
en 1965. En el origen de la poesía, el placer del ritmo se puso al servicio de
la continuidad cultural.
Junto a
la música lingüística, descubrieron otras estrategias para la conservación del
recuerdo. Los poemas orales transmitían sus enseñanzas en acción, en forma de
relatos, y no de reflexiones; las frases abstractas son propias del lenguaje
escrito. Ningún poeta habría dicho a su público algo tan poco cautivador como:
«las mentiras socavan la confianza». En su lugar, preferiría contar la historia
del pastor bromista que se divertía alarmando a la gente de la aldea con sus
gritos («¡Que viene el lobo!»). En el tiempo de la oralidad, siempre había
alguna aventura en marcha, y los personajes se equivocaban y sufrían, en sus
pellejos de ficción, las consecuencias para que la comunidad aprendiese las
lecciones. La experiencia adquiría sentido y se transmitía en forma de relato
—leyenda, cuento, fábula, caso, chiste, adivinanza o recuerdo—. El mundo
quimérico de la oralidad imaginaba historias llenas de vitalidad y movimiento
en las que los vivos se codeaban con los muertos, los humanos con los dioses, y
los cuerpos con los fantasmas, y en las que la conexión entre el cielo, la
tierra y el infierno permitía un camino de eterno retorno. De hecho, los
cuentos tradicionales humanizaban incluso a los animales, a los ríos, a los
árboles, a la luna o a la nieve, como si la naturaleza entera desease sumarse a
la alegría y el vértigo de la narración. La literatura infantil aún mantiene
vivo ese antiguo placer por la acción exuberante y la alegre convivencia entre
animales parlantes y niños.
La Ilíada y
la Odisea —como los poemas perdidos de aquella época— eran, en
palabras de Eric A. Havelock, enciclopedias orales para los griegos que
recopilaban su saber popular heredado. Contaban, con ritmo enérgico y
apasionante, el mito de la guerra de Troya, seguido del difícil retorno a casa
de los conquistadores griegos. La trama, el dramatismo y la aventura atrapaban
la atención del público. Y, dentro del relato, camufladas en el rápido río de
episodios, se sucedían breves enseñanzas en grupos de versos listos para ser
memorizados. Quien escuchaba las recitaciones aprendía nociones de navegación y
agricultura, procedimientos para construir barcos o casas, reglas para celebrar
una asamblea, tomar una decisión colectiva, armarse para el combate o preparar
un entierro. Interiorizaba cómo debe comportarse un guerrero en la batalla,
cómo hay que hablarle a un sacerdote, cómo pronunciar un desafío o reparar una
ofensa, cómo comportarse en el hogar, qué esperan los dioses de los humanos,
qué dictan las leyes, las costumbres y el código del honor. En los versos
homéricos no habla un individuo rebelde y bohemio que exprese su originalidad,
sino la voz colectiva de la tribu.
Entre las
enseñanzas heredadas encontramos valiosas dosis de sabiduría antigua, pero
también expresiones de ideología opresiva. En el primer canto de la Odisea,
Telémaco manda callar a su madre, Penélope, sin contemplaciones: «Madre, marcha
a tu habitación y cuídate de tu trabajo, el telar y la rueca, y vigila que las
esclavas cumplan sus tareas. La palabra debe ser cosa de hombres, de todos, y
sobre todo cosa mía, porque yo estoy al mando en este palacio». Al leer hoy
este episodio, nos sobresalta la aspereza del adolescente que empieza a
sentirse hombre y quiere tomar las riendas del hogar relegando a su madre a las
labores de la rueca. Pero el poeta aprueba esta precoz afirmación del dominio
masculino en boca del joven hijo de Ulises, y la propone a su público como
ejemplo. Para los griegos, la palabra pertenecía a los hombres; era su
prerrogativa. En la Ilíada, el mismísimo dios Zeus riñe a su mujer
Hera durante un banquete por intentar sonsacarle sus intenciones, y la humilla
en público con un grosero «¡calla la boca!», expresado en solemnes hexámetros
épicos. Con sus actos y sus palabras, los personajes homéricos ofrecían
constantemente modelos de comportamiento en el hogar, donde el cabeza de
familia se erigía en dueño y señor.
Más
adelante, la Ilíada nos ofrece un ejemplo de clasismo, también
asociado a la cuestión candente del uso de la palabra. Cuando un hombre del
pueblo, llamado Tersites —el único plebeyo que aparece en el poema, descrito
como el más feo de los griegos que acudieron a Troya—, osa intervenir en la
asamblea de guerreros, Ulises le empuja con el cetro y le dice en tono
imperativo que deje hablar a quienes son mejores que él, es decir, a los reyes
y generales. A pesar del desplante, el revoltoso Tersites tiene suficientes
agallas para lanzar un discurso reivindicativo criticando la codicia del rey
Agamenón: «¡Átrida! ¿De qué te quejas otra vez? Tus tiendas de campaña rebosan
riquezas y mujeres. No está bien que quien es el jefe arruine a sus guerreros».
El poema describe cómo Ulises hiere al deslenguado y cojo Tersites, mientras la
concurrencia de soldados que presencia la escena aplaude, vitorea y estalla en
carcajadas («Con el cetro la espalda y los hombros le golpeó. Se encorvó y una
lágrima se le escurrió. Un cardenal sanguinolento le brotó en la espalda por
obra del áureo cetro y se sentó y cobró miedo»).
Mientras
disfrutamos de la épica homérica, con su poder de fascinación y sus instantes
de apabullante belleza, debemos mantenernos en guardia como lectores,
conscientes de que procede de un mundo dominado por la aristocracia patriarcal
griega, a la que el autor ensalza sin cuestionar sus valores. La posibilidad de
narrar una historia libre y transgresora es ajena a una época en la cual los
poetas eran centinelas de la tradición. Habría que esperar hasta la invención
de la escritura y de los libros para que algunos escritores —siempre en
minoría— empezasen a hablar con la voz de los díscolos, los rebeldes, los
humillados y ofendidos, las mujeres silenciadas o los apaleados y feos
Tersites.
XXXV
Es una
gran paradoja: provenimos de un mundo perdido al que solo podemos asomarnos
cuando desaparece. Nuestra imagen de la oralidad procede de los libros.
Conocemos las palabras aladas a través de su contrario, las palabras inmóviles
de la escritura. Una vez transcritas, esas narraciones perdieron para siempre
su fluidez, su elasticidad, la libertad de improvisación y, en muchos casos, su
lenguaje característico. Salvar aquella herencia exigió herirla de muerte.
Herida y
aun así fascinante, la gran riqueza del imaginario auroral de nuestra cultura
ha sobrevivido sin desvanecerse del todo en los confines del tiempo. Escuchamos
sus ecos distantes en la transcripción de mitologías, fábulas, sagas, canciones
folclóricas y cuentos tradicionales. Transformada, refundida y reinterpretada,
la encontramos en la Ilíada y la Odisea, en las
tragedias griegas, en la Torá —y en el Antiguo Testamento—, en el Ramayana, en
las Edda, en Las mil y una noches. Y precisamente esos relatos
exiliados —refugiados literarios en el país extranjero de los textos escritos—
son la espina dorsal de nuestra cultura.
Cuando la
musa aprendió a escribir —en palabras de Havelock—, se desencadenaron cambios
asombrosos. Los nuevos textos pudieron empezar a multiplicarse en infinita
variedad porque ya no estaban sujetos a la economía de la memoria. El almacén
del conocimiento dejó de ser exclusivamente acústico, se convirtió en un
archivo material y por tanto se podía ampliar sin límites. Así, la literatura
ganó la libertad de expandirse en todas las direcciones, ya no tenía que
administrar con avaricia la acotada capacidad del recuerdo. Y esa libertad
impregnó también los temas y puntos de vista del relato. Frente a la oralidad,
que favorecía las formas e ideas tradicionales, reconocibles para su auditorio,
el discurso alfabetizado podía abrirse a horizontes desconocidos porque el
lector tenía tiempo para asimilar y meditar con tranquilidad las ideas
novedosas. En los libros caben planteamientos excéntricos, voces de identidades
individuales, desafíos a la tradición.
Al
abandonar la oralidad, el lenguaje experimentó reajustes arquitectónicos: la
sintaxis desplegó nuevas estructuras lógicas, y el vocabulario se volvió más
abstracto. Además, la literatura encontró nuevos caminos fuera de la disciplina
del verso. Como el burgués gentilhombre de Molière, que un buen día se dio
cuenta de que llevaba más de cuarenta años hablando en prosa sin saberlo, los
autores griegos descubrieron que sus personajes podían dejar de dialogar en
hexámetros.
La prosa
se convirtió en el vehículo de un sorprendente universo de hechos y teorías.
Los enunciados innovadores ensancharon el espacio del pensamiento. Esa
ampliación de perspectivas estuvo en el origen de la historia, la filosofía y
la ciencia. Para referirse a su labor intelectual, Aristóteles eligió la
palabra theoría y el verbo correspondiente theoreîn,
que en griego aluden al acto de mirar algo. Esa elección es muy reveladora: el
oficio de pensar el mundo existe gracias a los libros y la lectura, es decir,
cuando podemos ver las palabras, y reflexionar despacio sobre ellas, en lugar
de solo oírlas pronunciar en el veloz río del discurso.
Todas
estas transformaciones sucedieron a ritmo lento. Solemos imaginar que los
nuevos inventos barren rápidamente a los antiguos hábitos, pero esos procesos
no se miden en años luz, sino más bien en años «estalactita». Poco a poco, como
gotas que resbalan en la piedra y dejan detrás finos regueros de calcita, las
letras crearon nuevas conciencias y mentalidades. El abandono de la oralidad en
la antigua Grecia fue una larga etapa que abarcó desde el siglo VIII al siglo
IV a. C. Aristóteles, que reunió una amplia colección de libros —inspiradora de
la ambiciosa Biblioteca alejandrina—, fue seguramente el primer hombre de
letras europeo en sentido estricto.
En
realidad, no deberíamos hablar de sustitución, sino de una curiosa trabazón
entre la oralidad y el lenguaje escrito, un delicado entretejerse. Resulta
paradójico, por ejemplo, que en las escuelas griegas los niños aprendieran a
leer con la Ilíada y la Odisea. Homero conservó
siempre su lugar central en la enseñanza; como en los tiempos de la
enciclopedia oral, fue el maestro indiscutible de toda la Hélade. Por otro
lado, es indudable que los grandes contadores de historias y los individuos
hábiles componiendo discursos siguieron encandilando a los griegos, como
demuestra su inagotable pasión por la retórica. En general, el liderazgo
político de las ciudades-estado griegas recaía en personas dotadas de un verbo
elocuente. Allí nunca existió esa división característica del mundo medieval
entre señores feudales con mucho músculo pero poca sesera, y los cultos
letrados que redactaban sus documentos. Los griegos adoraban la oratoria eficaz
sazonada con un cierto gracejo expresivo. El estereotipo humorístico de la
Antigüedad los presenta siempre galleando, parloteando, importunando. Por ese
amor desaforado a la palabra y su frenesí de debate, los romanos que
conquistaron Grecia los consideraban charlatanes sin remedio.
Afinando
el oído, todavía escuchamos resonar las palabras aladas en los coros de la
tragedia, en los himnos de Píndaro, en la historia cuajada de relatos que
escribió Heródoto, en los diálogos de Platón. Al mismo tiempo, todas esas obras
poseen un sesgo novedoso de lenguaje y de conciencia individual. Como suele
suceder, no hubo una ruptura completa ni una continuidad absoluta. Incluso la
apuesta literaria más novedosa contiene siempre fragmentos y despojos de
innumerables textos previos.
El caso
de Sócrates presenta una llamativa amalgama de lo nuevo y lo viejo. Sócrates,
un pequeño artesano, pasó su vida merodeando por los gimnasios, por los
talleres y por el ágora de Atenas para entablar conversaciones filosóficas con
quien quisiera detenerse a hablar con él. Ese gusto por el vagabundeo
parlanchín y su desinterés por el hogar, además de hacer desgraciado su
matrimonio con Jantipa, le granjearon fama de excéntrico. Era un formidable
conversador que siempre se negó a poner por escrito sus enseñanzas. Acusaba a
los libros de obstaculizar el diálogo de ideas, porque la palabra escrita no
sabe contestar a las preguntas y objeciones del lector. Seguramente se sintiera
más próximo a los antiguos bardos de vida al aire libre que a los escritores de
tez pálida y aspecto ojeroso. Sin embargo, la musa de la filosofía, que sedujo
a Sócrates y le inspiró su feliz absentismo laboral, era hija de la escritura.
En el mundo de las tradiciones, un personaje como él, con sus orígenes humildes
y su impactante fealdad —era de baja estatura, nariz chata y barriga
imponente—, no hubiera tenido derecho a tomar la palabra en público, sino que
habría corrido la suerte de Tersites. Sin embargo, en la ilustrada Atenas de su
tiempo, los aristócratas no solo renunciaron a apalearlo en público, sino que
lo respetaron y costearon su actividad filosófica ambulante.
Sócrates
no fue el único gran pensador que, en la encrucijada de la comunicación, se
abstuvo de escribir. Como él, Pitágoras, Diógenes, Buda y Jesús de Nazaret
optaron por la oralidad. No obstante, todos ellos sabían leer y dominaban la
escritura. En el Evangelio de san Juan, Jesús se agacha y escribe con el dedo
en la arena, justo antes de lanzar su famoso desafío: «El que de vosotros no
tenga pecado, que tire la primera piedra». Juan no nos revela qué decía la
frase escrita en la arena —tal vez el viento se llevó una máxima tan memorable
como la anterior, o solo una lista de recados—, pero lo esencial es que leemos
toda la escena. Los discípulos asumieron la tarea que sus mentores habían
desestimado y, gracias a las crónicas de los apóstoles, persiste una imagen
nítida de su paso por el mundo. Aunque aquellos maestros tomaron partido por la
oralidad, los libros fueron el vehículo decisivo para expandir su mensaje.
Cuando la memoria era el único depósito de palabras, los discursos disidentes
tenían muy escasas posibilidades de perpetuarse más allá del pequeño círculo de
adeptos.
Es
importante matizar: en la nueva civilización de la escritura, la oralidad
perdió el monopolio de la palabra, pero no se extinguió y, de hecho, sigue
viviendo entre nosotros. Hasta el siglo XX, quienes sabían leer eran minoría en
todas las sociedades, y todavía hoy existen cientos de millones de analfabetos
en el mundo. Como saben los antropólogos, la voz de los cantos y los mitos
nunca ha callado del todo. En el periodo de Entreguerras, Milman Parry,
investigador de la Universidad de Harvard, viajó a los Balcanes para ser
testigo de recitaciones épicas a la usanza de Homero y tratar de desentrañar el
enigma homérico. Para su asombro, la historia de su viaje científico se
convirtió en una nueva epopeya de estilo antiguo. Un bardo analfabeto
interpretó en 1933 un canto que ascendía al filólogo al inesperado rango de
héroe mítico: «Un halcón gris voló desde los hermosos confines de América,
sobrevolando países y ciudades, hasta llegar a la orilla de nuestro mar.
Nuestra historia lo recordará a través del tiempo». Otro investigador
estadounidense, Hiram Bingham, que un par de décadas antes dio a conocer el
yacimiento de Machu Picchu, entraría en el imaginario popular convertido en
Indiana Jones y blandiendo su famoso látigo. Durante un corto periodo, algunos profesores
universitarios consiguieron plaza en la plantilla heroica del universo épico.
Aunque en
apariencia pueda resultar paradójico, la oralidad debe enormes triunfos a los
avances de la tecnología. Desde tiempos remotos, el poder de la voz humana solo
podía alcanzar a las personas físicamente presentes. La radio y el teléfono
fulminaron esas limitaciones —el sonido tanto de los discursos solemnes como de
la cháchara cotidiana está en condiciones de alcanzar a toda la población del
mundo—. Con la proliferación de los teléfonos móviles, los satélites y la
cobertura, nuestras palabras viajan de un extremo a otro de la geografía
planetaria con alas más largas que nunca.
El cine,
que empezó siendo un espectáculo mudo, persiguió ansiosamente el tránsito al
sonoro. Mientras duró la etapa silente, las salas dieron trabajo a unos
curiosos personajes, los explicadores, que pertenecían a la antigua tribu de
los rapsodas, trovadores, titiriteros y narradores. Su tarea consistía en leer
los rótulos de las películas para el público analfabeto y animar la sesión. En
los comienzos, su presencia era tranquilizadora porque la gente se asustaba al
ver por primera vez una proyección. No entendían cómo podía brotar una calle —o
una fábrica, un tren, una ciudad, el mundo— de una sábana. Los explicadores
ayudaban a suavizar el extrañamiento del cine, cuando las imágenes en
movimiento entraron en nuestras vidas. Acudían provistos de artilugios como
bocinas, carracas y cáscaras de coco para reproducir los sonidos que se veían
en pantalla. Señalaban a los personajes con un puntero. Respondían a las
exclamaciones del público. Improvisaban expresivos monólogos al hilo de la
acción. Interpretaban, daban carácter a la silenciosa trama. Desataban
carcajadas. En el fondo, intentaban llenar el inquietante vacío que creaba la
ausencia de voces. Los explicadores más divertidos y elocuentes llegaron a ser
anunciados en los programas de los cines porque muchos espectadores acudían a
las salas atraídos por ellos, y no por las películas.
Heigo
Kurosawa fue un admirado benshi, narrador de películas mudas para
el público japonés. Se convirtió en una estrella; la gente acudía en masa a
escucharlo. Introdujo a su hermano pequeño Akira, que por entonces quería ser
pintor, en los ambientes cinematográficos de Tokyo. En torno a 1930, con la
vertiginosa llegada del sonoro, los benshi perdieron su
trabajo, su fama se eclipsó y fueron olvidados. Heigo se suicidó en 1933. Akira
dedicó toda su vida a dirigir películas como las que aprendió a amar en la voz
de su hermano mayor.
XXXVI
Mientras
estoy sumergida en el capítulo anterior, concentrada en las voces distantes de
tiempos remotos, me alcanza la onda expansiva de la agitada actualidad. Tras la
noticia, se ha desatado el verborreico concierto de comentarios, indignaciones
e ironía en las nerviosas redes sociales. Suenan los «¿será posible?» y los «ya
era hora», la polémica alcanza el punto de efervescencia. Los periódicos y las
emisoras de radio consultan a sus expertos habituales. No hay tregua. Twitter
vomita la penúltima novedad inaudita: la academia sueca ha concedido el Premio
Nobel de Literatura a Bob Dylan.
Asisto
divertida a la cacofonía mediática de apocalípticos e integrados. Los
entusiastas celebran que las jerarquías y el esnobismo literario hayan saltado
al fin por los aires. Los indignados desconfían del postizo vanguardismo del
vetusto comité sueco. Sospechan que aquí no hay intención de desacralizar o
expandir el concepto de escritor, ni una derrota de los aduaneros uniformados
que vigilan las lindes de la literatura y solicitan visado de entrada; en esta
elección ven simple oportunismo y sed de repercusión pública. Los más exaltados
prefieren llamarlo banalización y se preguntan escandalizados cuál será el
siguiente paso tras tamaña insensatez. ¿Detrás del cantautor irrumpirán en
el sancta sanctorum de la academia una jauría de hijos
bastardos de la palabra —guionistas de cine y televisión, autores de cómics,
monologistas, diseñadores de videojuegos y proyectos transmedia, epigramistas
de Twitter—? ¿Son ellos las tribus del porvenir?
Yo,
invadida por el libro que escribo, pienso en Homero. Pienso en la multitud de
bardos itinerantes agazapados detrás de su nombre. Ellos fueron los primeros.
Cantaban para entretener a los ricos en sus palacios y a la gente humilde en
las plazas de las aldeas. Por aquel tiempo, ser poeta era un asunto de suelas
gastadas, de polvo de los caminos, del instrumento a la espalda, de recitales
al caer la noche y ritmo en el cuerpo. Aquellos artistas caminantes, los
andrajosos enviados de las musas, sabios bohemios que explicaban el mundo en
canciones, mitad enciclopedistas y mitad bufones, son los antepasados de los
escritores. Su poesía vino antes que la prosa, y su música, antes que la
lectura silenciosa.
Un Nobel
para la oralidad. Qué antiguo puede llegar a ser el futuro.
XXXVII
De niña
creía que los libros habían sido escritos para mí, que el único ejemplar del
mundo estaba en mi casa. Estaba convencida: mis padres, que durante aquella
época de su vida eran gigantes espléndidos y todopoderosos, se habían ocupado,
en sus ratos libres, de inventar y fabricar los cuentos que me regalaban. Mis
historias favoritas, que yo saboreaba en la cama, con la manta hasta la
barbilla, en la voz inconfundible de mi madre, existían, claro está, solo para
que yo las escuchase. Y cumplían su única misión en el mundo cuando yo le
exigía a la giganta narradora: «¡Más!».
He
crecido, pero sigo manteniendo una relación muy narcisista con los libros.
Cuando un relato me invade, cuando su lluvia de palabras cala en mí, cuando
comprendo de forma casi dolorosa lo que cuenta, cuando tengo la seguridad
—íntima, solitaria— de que su autor ha cambiado mi vida, vuelvo a creer que yo,
especialmente yo, soy la lectora a quien ese libro andaba buscando.
Nunca le
he preguntado a nadie si siente algo parecido. En mi caso, todo se remonta al
país de la infancia, y creo que hay un motivo esencial: mi primer contacto con
la literatura fue como lectura en voz alta; como encrucijada donde confluyen
todos los tiempos —el presente de la escritura y el pasado la oralidad—; como
pequeño teatro con un solo espectador, como cita fiel, como plegaria
liberadora. Si alguien lee para ti, desea tu placer; es un acto de amor y un
armisticio en medio de los combates de la vida. Mientras escuchas con soñadora
atención, el narrador y el libro se funden en una única presencia, en una sola
voz. Y, de la misma forma que tu lector modula para ti las inflexiones, las
sonrisas tenues, los silencios y las miradas, también la historia es tuya por
derecho inalienable. Nunca olvidarás a quien te contó un buen cuento en la
penumbra de una noche.
Una mujer
escucha leer a su amante adolescente en cada uno de sus encuentros eróticos. Me
fascina imaginar esos momentos descritos en El lector, de Bernhard
Schlink. Todo empieza con la Odisea, que el chico traducía en sus
clases de griego del instituto. Léemelo, dice ella. Tienes una voz muy bonita,
chiquillo. Cuando él intenta besarla, ella retira la cara: primero tienes que
leerme algo. A partir de ese día, el ritual de sus encuentros incluye siempre
la lectura. Durante media hora —antes de la ducha, el sexo y el reposo—, en la
intimidad del deseo, él va desovillando historias mientras la mujer, Hanna,
escucha con atención, a veces riéndose o bufando con desprecio, o haciendo
exclamaciones indignadas. A lo largo de los meses y los libros —Schiller, Goethe,
Tolstói, Dickens—, el chico de voz insegura aprende las habilidades del
narrador. Cuando llega el verano y los días se alargan, dedican todavía más
tiempo a la lectura. Una tarde de bochorno veraniego, recién acabado un libro,
Hanna se niega a empezar otro. Es su último encuentro. Días después, el chico
llega a la hora habitual y llama al timbre, pero la casa está vacía. Ella ha
desaparecido de repente, sin explicaciones —el final de las lecturas ha marcado
el final de su historia—. Durante años, él no puede ver un libro sin pensar en
compartirlo con Hanna.
Tiempo
después, mientras estudia Derecho en una universidad alemana, él descubre por
azar la oscura historia de su antigua amante: fue guardiana en un campo de
concentración nazi. También allí hacía que las prisioneras le leyeran libros,
noche tras noche, antes de arrojarlas al tren que las conducía a una muerte
segura en Auschwitz. Por ciertos indicios, atando cabos, comprende que Hanna es
analfabeta. Reconstruye la historia de una joven emigrada del mundo rural, sin
educación, acostumbrada a trabajos de poca monta, que se embriaga con el puesto
de mando en un campo femenino cerca de Cracovia. Bajo esa nueva luz se explica
la dureza de Hanna, que a veces rozaba la crueldad, sus mutismos, sus
reacciones incomprensibles, su sed de lecturas en voz alta, su marginación, sus
esfuerzos por ocultarse, su aislamiento. Los recuerdos amorosos del joven
estudiante se tiñen de horror y, sin embargo, toma la decisión de grabar
la Odisea en cintas de casete y hacérselas llegar a la cárcel
a ella para aliviar su soledad. Mientras Hanna cumple su larga condena, él no
deja de enviarle grabaciones de Chéjov, Kafka, Max Frisch, Fontane. Atrapados
en su laberinto de culpa, espanto, memoria y amor, los dos se resguardan en el
antiguo refugio de las lecturas en voz alta. Esos años de narraciones
compartidas reviven las mil y una noches en que Sherezade aplacó con sus
relatos al sultán asesino. Náufragos de la catástrofe de la Segunda Guerra
Mundial y con las heridas europeas todavía en carne viva, el protagonista y
Hanna regresan a las antiguas historias en busca de absolución, de cura, de
paz.
§ 10. La
revolución apacible del alfabeto
XXXVIII
Nosotros,
habitantes del siglo XXI, damos por hecho que todo el mundo aprende a leer y
escribir en la infancia. Nos parece un conocimiento asequible, al alcance de
cualquiera. Ni siquiera imaginamos que pueda haber entre nosotros personas
analfabetas, como Hanna.
Pero
existen (670.000 en España, en 2016, según datos del Instituto Nacional de
Estadística). Yo conocí a una. Fui testigo de su impotencia ante situaciones
cotidianas como orientarse por la calle, encontrar el andén correcto de una
estación, descifrar la factura de la luz —aunque me pregunto si alguno de los
que sabemos leer entendemos el embrollo de las tarifas eléctricas—, dar con la
papeleta escogida para votar o elegir un plato en un restaurante. Tan solo los
lugares conocidos y las rutinas repetidas tranquilizaban su angustia ante un
mundo en el que era incapaz de desenvolverse como los demás. Dedicaba un
esfuerzo agotador a ocultar su condición de analfabeta —he olvidado las gafas
en casa; ¿podría leerme esto?—, y esa necesidad de fingir acababa marginándola
de las relaciones normales con los demás. Recuerdo sobre todo el desamparo, el
repertorio de pequeñas mentiras necesarias para pedir ayuda a los desconocidos
sin pasar vergüenza, la minoría de edad sin fin. En La ceremonia,
el cineasta Claude Chabrol captó el lado oscuro e inquietante de esta
silenciosa exclusión, mostrando la violencia reprimida de la protagonista,
irónicamente llamada Sophie. Se basaba en una novela negra de Ruth
Rendell, Un juicio de piedra, que describe la obsesión desesperada
—y, al final, sangrienta— de una mujer analfabeta por proteger su secreto.
Leemos
más que nunca. Estamos cercados por carteles, rótulos, publicidad, pantallas,
documentos. Las calles rebosan palabras, desde los grafitis de las paredes
hasta los anuncios luminosos. Parpadean en los teléfonos móviles y las
pantallas de los ordenadores. Textos en distintos formatos conviven con
nosotros en nuestra casa como tranquilos animales de compañía. Nunca había
habido tantos. Nuestros días están atravesados por continuas ráfagas de letras
escritas y alarmas que anuncian su llegada. Dedicamos varias horas de nuestra
jornada y de nuestro ocio a tamborilear sobre distintos teclados. Cuando nos
requieren rellenar un formulario ante una ventanilla, nadie tiene nunca la
cortesía de preguntarnos si sabemos leer. Hasta en las situaciones más corrientes
quedaríamos excluidos si no fuéramos capaces de escribir con rapidez.
Ana María
Moix me contó una vez que en los años setenta, un mediodía quedó a comer con la
prodigiosa camada del boom latinoamericano: Vargas Llosa,
Gabriel García Márquez, Bryce Echenique, José Donoso, Jorge Edwards… Entraron
en un restaurante de Barcelona donde había que apuntar el pedido y entregárselo
por escrito al camarero. Pero ellos, bebiendo y conversando, se desentendieron
del menú y de las aproximaciones interrogativas de los camareros. Al final tuvo
que interrumpir el maître, irritado por tanta cháchara apasionada y
tan poco interés gastronómico. Se les acercó y, sin reconocerlos, preguntó con
voz enojada: «¿Es que nadie sabe escribir en esta mesa?».
Hoy
asumimos que, a nuestro alrededor, la inmensa mayoría de la gente lee y
escribe. Detrás de esta situación hay una larguísima ruta de siglos. Igual que
la informática, la escritura fue al principio el coto cerrado de unos pocos
expertos. Sucesivas simplificaciones han permitido que millones de personas
utilicen esas herramientas en su vida cotidiana. Para esta progresión —que en
el caso de los ordenadores se ha cumplido en solo unas décadas—, hicieron falta
miles de años en la historia de la escritura. La rapidez de los cambios no es
uno de los rasgos distintivos del pasado remoto.
Hace seis
mil años, aparecieron los primeros signos escritos en Mesopotamia, pero los
orígenes de esta invención están envueltos en el silencio y el misterio. Tiempo
después, y de forma independiente, la escritura nació también en Egipto, la
India y China. El arte de escribir tuvo, según las teorías más recientes, un
origen práctico: las listas de propiedades. Estas hipótesis afirman que
nuestros antepasados aprendieron el cálculo antes que las letras. La escritura
vino a resolver un problema de propietarios ricos y administradores palaciegos,
que necesitaban hacer anotaciones porque les resultaba difícil llevar la
contabilidad de forma oral. El momento de transcribir leyendas y relatos
llegaría después. Somos seres económicos y simbólicos. Empezamos escribiendo
inventarios, y después invenciones (primero las cuentas; a continuación los
cuentos).
Los
primeros apuntes eran dibujos esquemáticos (una cabeza de buey, un árbol, una
jarra de aceite, un hombrecillo). Con esos trazos, los antiguos terratenientes
inventariaban sus rebaños, sus bosques, su despensa y sus esclavos. Al
principio, imprimían esas formas en la arcilla con pequeños sellos y más tarde
las trazaban con cálamos. Los dibujos tenían que ser sencillos, y siempre los
mismos, para que se pudieran aprender y descifrar. El siguiente paso fue
dibujar ideas abstractas. En las primitivas tablillas sumerias dos rayas
cruzadas describían la enemistad; dos rayas paralelas, la amistad; un pato con
un huevo, la fertilidad. Me gusta imaginar a nuestros ancestros saboreando la
excitación de plasmar por primera vez sus pensamientos; cuando descubriesen que
el amor, el odio, el terror, el desaliento y la esperanza podían escribirse.
Pronto se
planteó un problema: hacen falta demasiados dibujos para dar cuenta del mundo
exterior e interior —desde las pulgas a las nubes, desde el dolor de muelas al
miedo a morir—. El número de signos no dejaba de aumentar, sobrecargando la
memoria. La solución fue una de las mayores genialidades humanas, original,
sencilla y de incalculables consecuencias: dejar de dibujar las cosas y las
ideas, que son infinitas, para empezar a dibujar los sonidos de las palabras,
que son un repertorio limitado. Así, a través de sucesivas simplificaciones,
llegaron a las letras. Combinando letras hemos conseguido la más perfecta
partitura del lenguaje, y la más duradera. Pero las letras nunca han dejado
atrás su pasado de dibujos esquemáticos. Nuestra «D» representaba en origen una
puerta, la «M» el movimiento del agua, la «N» era una serpiente y la «O» un
ojo. Todavía hoy, nuestros textos son paisajes donde pintamos —sin saberlo— el
oleaje del mar, donde acechan peligrosos animales y miradas que no pestañean.
XXXIX
Los
primitivos sistemas eran verdaderos laberintos de símbolos. Mezclaban dibujos
figurativos —pictogramas e ideogramas—, signos fonéticos y marcas
diferenciadoras que ayudaban a resolver ambigüedades. Dominar la escritura
exigía conocer hasta un millar de símbolos y sus complicadas combinaciones. Ese
conocimiento —intrincado y maravilloso— estaba solo al alcance de una selecta
minoría de escribas que ejercían un oficio privilegiado y secreto. Los
aprendices, de origen noble, tenían que sobrevivir a una despiadada enseñanza.
Un texto egipcio dice: «el oído del muchacho está en su espalda; ¡solo escucha
cuando le pegas!». En las escuelas de escribas, los chicos, con las espaldas
cosidas a cicatrices, se endurecían durante años a fuerza de palizas y violenta
disciplina. No se consentía remolonear, y el castigo para los malos estudiantes
podía llegar a ser el encarcelamiento. Sin embargo, si soportaban la crueldad y
la monotonía del aprendizaje, escalaban a la cumbre de las jerarquías
religiosas. Los maestros de la escritura formaban una aristocracia a veces más
poderosa que la de los cortesanos analfabetos o el propio soberano. La
consecuencia de ese sistema de enseñanza fue que, durante muchos siglos, la
escritura dio voz solo al poder establecido.
La
invención del alfabeto derribó muros y abrió puertas para que muchas personas,
y no solo un cónclave de iniciados, pudieran acceder al pensamiento escrito. La
revolución se gestó entre los pueblos semíticos. Partiendo del complicado
sistema egipcio, llegaron a una fórmula de asombrosa simplicidad. Retuvieron
únicamente los signos que representaban las consonantes simples, la
arquitectura básica de las palabras. Los vestigios más antiguos del alfabeto se
encontraron en una pared rocosa llena de grafitis, cerca de una árida carretera
en Wadi el-Hol («el Valle Terrible»), que atraviesa el desierto entre Abidos y
Tebas, en el Alto Egipto. Estas sencillas inscripciones de emigrantes, fechadas
en el año 1850 a. C., están relacionadas con la antigua escritura alfabética de
la península del Sinaí y del territorio cananeo en Siria-Palestina. Hacia 1250
a. C., los fenicios —cananeos que habitaban en ciudades costeras como Biblos,
Tiro, Sidón, Beirut y Ascalón— llegaron a un sistema de veintidós signos. Atrás
quedaron las escrituras antiguas que exigían una agotadora carga para la
memoria y una larga especialización al alcance solo de mentes privilegiadas.
Usar menos de treinta letras para representar todas las palabras de la lengua
le parecería un método muy tosco a un escriba egipcio, acostumbrado a emplear
centenares de signos. Habría arrugado la nariz y enarcado las cejas ante
nuestra anodina letra «E», derivada de un bello jeroglífico egipcio —un hombre
levantando los brazos— que tenía un poético significado: «das alegría con tu
presencia». En cambio, para los astutos navegantes fenicios, la cuestión
adquiría un cariz muy distinto. La simplificada escritura alfabética liberaba
al comerciante del poder del escriba. Gracias a ella, cada uno podía llevar sus
propios registros y dirigir sus negocios.
La onda
expansiva del invento no afectó solo a los mercaderes, alcanzó también a muchos
que, fuera de los círculos del gobierno y los colegios sacerdotales, lejos de
los centinelas de la ortodoxia, pudieron por primera vez acceder a las
historias de la tradición por escrito, distanciarse de su embrujo oral y
empezar a dudar de ellas. Así nacieron el espíritu crítico y la literatura
escrita. Ciertos individuos se atrevieron a dejar huella de sus sentimientos,
sus incredulidades y su propia visión de la vida. Los libros se convirtieron
poco a poco en vehículo de expresión individual. En Israel, las voces de los
combativos profetas, que no eran necesariamente escribas ni sacerdotes,
irrumpieron en la Biblia; en Grecia, personas sin orígenes aristocráticos se convirtieron
en buscadores curiosos de respuestas para explicar el mundo circundante. Aunque
los rebeldes y revolucionarios seguían saliendo tan malparados como antes, sus
ideales tenían nuevas posibilidades de sobrevivirles y difundirse. Gracias al
alfabeto, algunas causas perdidas se han ganado con el paso del tiempo. Incluso
si la mayoría de los textos continuaron apuntalando el poder de reyes y
señores, se abrieron intersticios para voces indómitas. Las tradiciones
perdieron algo de su solidez inamovible. Ideas novedosas sacudieron las
vetustas estructuras sociales.
En torno
al año 1000 a. C., encontramos la escritura fenicia en un poema esculpido en la
tumba de Ahiram, rey de Biblos (hoy llamada Jubayl), ciudad famosa por su
comercio de exportación de papiros, y de donde procede la palabra griega con la
que se designa el libro: biblíon. De este sistema de los fenicios
descienden todas las posteriores ramas de escritura alfabética. La más
importante fue la aramea, de la cual a su vez provenían la familia hebrea,
árabe e india. También derivó de esa misma matriz el alfabeto griego, y más
tarde el latino, que ha arraigado en los territorios que se extienden desde
Escandinavia hasta el Mediterráneo, así como en los grandes espacios antaño
colonizados por occidentales.
XL
Los
griegos adoptaron la escritura fenicia en completa libertad, sin imposición
alguna. Acomodaron el invento a sus necesidades y, al lento compás de un cambio
deseado, fueron poniendo por escrito las tradiciones orales que más amaban,
salvándolas de las fragilidades de la memoria. Disfrutaron de la misma
independencia en su época oral y en su vida alfabética. Es un caso excepcional;
muchas culturas orales, por el contrario, han terminado en una brusca colisión,
cercadas o invadidas por pueblos que les han impuesto por la fuerza su lengua y
la palabra escrita. Los antropólogos y etnólogos han podido encontrar testigos
vivos de este cambio hacia la escritura en países colonizados donde la
irrupción del alfabeto, unida al trauma de las invasiones, está recorrida por
una estela de violencia.
La
novela Me alegraría de otra muerte, del escritor nigeriano Chinua
Achebe, reflexiona sobre ese conflictivo amor a las letras invasoras. Tras el
desembarco occidental y los primeros vislumbres de la aniquilación del mundo
milenario en el que nacieron, los personajes de esta historia descubren
fascinados la escritura. Al mismo tiempo presienten con dolor que, en manos de
los colonos, ese mágico instrumento los despojaría de su propio pasado. La
civilización extranjera posee el hechizo para perpetuarse; mientras tanto, el
universo indígena se desmorona. «El símbolo del poder blanco era la palabra
escrita. Una vez, antes de irse a Inglaterra, Obi había oído hablar con
profunda emoción sobre los misterios de la palabra escrita a un pariente
analfabeto: Nuestras mujeres antes se hacían dibujos negros en el cuerpo con la
savia del uli. Era bonito, pero duraba poco. Si duraba dos semanas
de mercado ya era mucho. Pero algunas veces nuestros mayores hablaban de
un ulique no se decoloraba, aunque ninguno lo había visto. Hoy
lo vemos en la escritura del hombre blanco. Si vas a los tribunales nativos y
miras los libros de los escribanos de hace veinte años o más, están todavía
como el día que los escribieron. No dicen una cosa hoy y otra mañana, o una
cosa este año y otra el que viene. En un libro, Okoye hoy no puede ser Okonkwo
mañana. En la Biblia, Pilatos dice: “Lo escrito, escrito está”. Es un uli que
nunca se destiñe».
XLI
No
sabemos su nombre, ni dónde nació, ni cuánto tiempo vivió. Lo llamaré «él»
porque lo imagino hombre. Las mujeres griegas de la época no tenían libertad de
movimientos, les estaban prohibidas la independencia y la iniciativa para hacer
algo así.
Él vivió
en el siglo VIII a. C., hace veintinueve siglos. Cambió mi mundo. Mientras
escribo estas líneas, me siento agradecida a ese desconocido olvidado que con
su inteligencia consiguió un avance maravilloso, aunque quizá no fue consciente
de la trascendencia de su hallazgo. Lo imagino viajero, tal vez isleño. Con
seguridad fue amigo de curtidos mercaderes fenicios de rostro bronceado.
Seguramente bebió con ellos en las tabernas de los puertos, de noche, aspirando
el olor del salitre en el aire mezclado con el humo que subía de un platillo de
sepia sobre la mesa, mientras escuchaba historias de mar. Barcos cabalgando en
las tormentas, olas como cordilleras, naufragios, costas extrañas, misteriosas
voces de mujer en la noche. Pero lo que a él le fascinaba sobre todo era un
talento de los marinos en apariencia humilde y sin épica. ¿Cómo podían escribir
tan deprisa unos sencillos mercaderes?
Los
griegos habían conocido la escritura en la época del apogeo cretense y de los
reinos micénicos, con sus constelaciones de signos arcanos al servicio solo de
la contabilidad palaciega. Sistemas silábicos de gran complejidad y un uso muy
limitado, elitista. Los tiempos de saqueos e invasiones, junto a la pobreza de
los últimos siglos, casi habían sepultado en el olvido aquellos laberintos de
signos. Para él, para quien el arte de la escritura era un símbolo de poder,
los rápidos trazos de los marinos fenicios fueron una revelación. Sintió
asombro, vértigo, deseos de poseer su secreto. Decidió descifrar los misterios
de la palabra escrita.
Consiguió
uno o varios informantes letrados, tal vez pagándoles de su propia bolsa. El
lugar donde sucedieron los encuentros probablemente fuera una isla (las mejores
candidatas son Tera, Melos y Chipre) o incluso la costa libanesa (como, por
ejemplo, el puerto de Al Mina, donde los mercaderes eubeos estaban en trato
constante con los fenicios). Aprendió de sus improvisados maestros la mágica
herramienta que permitía atrapar la huella de las infinitas palabras con solo
veintidós simples dibujos. Supo apreciar la audacia del invento. Al mismo
tiempo, descubrió que la escritura fenicia contenía acertijos: solo se anotaban
las consonantes de cada sílaba, dejando al lector la tarea de adivinar las
vocales. Los fenicios habían sacrificado la exactitud en aras de una mayor
facilidad.
A partir
del modelo fenicio, él inventó, para su lengua griega, el primer alfabeto de la
historia sin ambigüedades —tan preciso como una partitura—. Comenzó por adaptar
en torno a quince signos fenicios consonánticos en su mismo orden, con un
nombre parecido (aleph, bet, gimel… se convirtieron en «alfa», «beta»,
«gamma»…). Tomó letras que no eran útiles para su lengua, las llamadas
consonantes débiles, y usó sus signos para las cinco vocales que como mínimo se
requerían. Solo fue innovador allí donde se vio capaz de mejorar el original.
Su logro fue enorme. Gracias a él se difundió en Europa un alfabeto mejorado,
con todas las ventajas del hallazgo fenicio y un nuevo avance añadido: la
lectura dejó de estar sujeta a conjetura y, por tanto, se volvió todavía más
accesible. Imaginemos cómo sería leer esta frase sin vocales: mgnms cm sr lr st
frs sn vcls. Pensemos por un instante en la dificultad de identificar la
palabra «idea» a partir de la consonante «D», o «aéreo» desde tan solo una «R».
No
sabemos nada sobre ese desconocido; solo nos queda la fantástica herramienta
que nos regaló. Su identidad es una huella borrada por las olas, pero no hay
duda de que existió. Los expertos piensan que la invención del alfabeto griego
no fue un proceso anónimo a cargo de una colectividad sin nombre ni rostro. Fue
un acto individual, deliberado e inteligente que exigió una gran sofisticación
auditiva para identificar las partículas básicas —consonantes y vocales— que
componen las palabras. Un acontecimiento único que se realizó en un momento
determinado y en un único lugar. En la historia de la escritura griega no hay
indicios de un tránsito gradual desde un sistema menos completo a uno más
acabado. Tampoco hay rastros de formas intermedias, ensayos, vacilaciones ni de
retrocesos. Hubo alguien —ya nunca averiguaremos quién—, un sabio anónimo,
asiduo de tabernas hasta el amanecer, amigo de los navegantes forasteros en un
lugar bañado por el mar, que se atrevió a forjar las palabras del futuro dando
forma a todas nuestras letras. Y nosotros seguimos escribiendo, en esencia, de
la misma manera que imaginó el creador de este instrumento prodigioso.
XLII
Gracias
al alfabeto, la escritura cambió de manos. En la época de los palacios
micénicos, un reducido grupo de expertos y escribas registraban en tablillas de
barro la contabilidad de palacio. Los monótonos inventarios de riquezas son el
único rastro escrito de aquella época. En cambio, en la Grecia del siglo VIII
a. C., el nuevo invento reveló un paisaje distinto. Los primeros restos
alfabéticos que conocemos aparecieron en vasos de cerámica o sobre piedra. Las
palabras que los alfareros y canteros grabaron ya no hablan de ventas y
posesiones —esclavos, bronce, armas, caballos, aceite o ganado—. Eternizan
instantes especiales de las vidas de personas comunes que participan en
banquetes, que bailan, beben y celebran sus placeres.
Han
sobrevivido unas veinte inscripciones fechadas entre el año 750 y el 650 a. C.
La más antigua es el vaso de Dípilon, encontrado en un antiguo cementerio de
Atenas. El ejemplo más remoto de escritura alfabética, aunque incompleto, es un
verso sensual y evocador: «El bailarín que dance con mayor destreza…». Esas
sencillas palabras nos trasladan a un simposio celebrado en una residencia
griega, con risas, juegos, vino y un concurso de baile para los invitados cuyo
premio es el vaso mismo. Homero describió en la Odisea este
tipo de competiciones festivas, que eran frecuentes en los banquetes y para los
griegos formaban parte de su concepto de la buena vida. A juzgar por los
términos de la inscripción, el tipo de danza sería acrobática, enérgica,
cargada de erotismo. Por eso imaginamos que el ganador del concurso debía de
ser muy joven, capaz de realizar el gran esfuerzo físico, las volteretas y los
saltos que el baile exigía. Se sintió tan orgulloso que siempre conservó el
recuerdo de aquel día feliz y, muchos años después, pidió que lo enterrasen con
el trofeo de su victoria. En su tumba, tras veintisiete siglos de silencio,
hemos encontrado el vaso y, grabado en él, ese verso que conserva ecos de
música y huellas de unos bellos pasos de baile.
La
segunda inscripción más temprana —de alrededor del 720 a. C.— fue hallada
también en una tumba de la isla de Isquia, en el extremo oriental del mundo
griego. Dice: «Yo soy la deliciosa copa de Néstor. Quien beba de esta copa
pronto será presa del deseo de Afrodita, coronada de belleza». Es un homenaje a
la Ilíada, escrito en hexámetros. La copa de Néstor demuestra que
incluso en una isla periférica, en un mundo de comerciantes y navegantes, el
conocimiento de Homero era impecable. Y nos revela que la magia de las letras
convertía sencillos objetos cotidianos, como una copa o una vasija de cerámica,
en posesiones valiosas que acompañaban a sus propietarios hasta la tumba. Una
nueva época estaba empezando. El alfabeto sacó la escritura fuera de la atmósfera
cerrada de los almacenes de palacio, y la hizo bailar, beber y sucumbir al
deseo.
§ 11.
Voces que salen de la niebla, tiempos indecisos
XLIII
En la
infancia balbuceante de la escritura, las voces que narraban historias
abandonaron la niebla del anonimato. Los autores deseaban ser recordados,
vencer la muerte con la fuerza de sus relatos. Sabemos quiénes son. Nos dicen
sus nombres para que los salvemos del olvido. A veces, incluso salen de los
bastidores del relato para hablar en primera persona, un atrevimiento que nunca
se permite el invisible narrador de la Ilíada y la Odisea.
Percibimos
el cambio al leer a Hesíodo, que creó sus principales obras en torno al cambio
de siglo, es decir, alrededor del año 700 a. C. Sus hexámetros conservan el
sabor de la oralidad, pero contienen un ingrediente nuevo: el germen de lo que
hoy llamamos autoficción. A su manera abrupta y desinhibida, Hesíodo —autor,
narrador y personaje— nos da detalles sobre su familia, sus experiencias y su
forma de vida. Quizá podría decirse que es el primer individuo de Europa y un
lejano abuelo literario de Annie Ernaux o Emmanuel Carrère. Hesíodo cuenta que
su padre emigró desde Asia Menor a Beocia «huyendo no precisamente de la
abundancia, la felicidad y la riqueza, sino de la escasez». Con su habitual
humor ácido, despotrica del villorrio mugriento donde la familia se instaló,
llamado Ascra, «aldea mísera, mala en invierno, dura en verano, y nunca buena».
Describe
cómo nació su vocación poética. Hesíodo era un joven pastor que pasaba sus días
en la soledad de la montaña, durmiendo en el suelo con el ganado de su padre.
Mientras vagaba por los pastos de verano, se construyó un mundo imaginario
hecho de versos, música y palabras. Un mundo interior a la vez celestial y
peligroso. Un día, apacentando el rebaño al pie del monte Helicón, tuvo una
visión. Se le aparecieron las nueve musas, le enseñaron un canto, le insuflaron
su don y pusieron en sus manos una vara de laurel. Al adoptarlo, le dijeron una
frase inquietante: «Sabemos contar mentiras que parecen verdades, y sabemos,
cuando queremos, proclamar la verdad». Es una de las reflexiones más antiguas
sobre la ficción —esa mentira sincera— y, tal vez, también una confesión
íntima. Me gusta pensar que Hesíodo, el niño poeta rodeado de silencio, balidos
y boñigas, como siglos más tarde Miguel Hernández, revela aquí su obsesión por
las palabras. Las palabras que ama y le aterran por el poder que tienen en el
mundo, por el mal uso que se puede hacer de ellas.
En Los
trabajos y los días, este pastor poeta relata la épica de su presente, no
las hazañas del pasado. Describe un tipo distinto de heroísmo: la dura lucha
por sobrevivir en condiciones difíciles. Usa los solemnes hexámetros homéricos
para hablar de la siembra y la poda, de castrar cerdos y del graznido de las
grullas, de espigas y de carrascas, de la puerca tierra, del vino que calienta
las frías noches campesinas. Forja mitos, fábulas de animales y máximas de
hosca sabiduría rústica. Arremete contra su hermano Perses, con quien se ha
peleado a causa de la herencia. Airea sin pudor las escabrosas luchas
familiares por el reparto del patrimonio y no le preocupa parecer avaricioso;
todo lo contrario, es un labrador orgulloso de saber cuánto vale la tierra. Nos
explica que el vago y sinvergüenza de su hermano ha puesto un pleito contra él
y, no contento con esa tremenda maldad, está intentando sobornar al juez. A
continuación, se lanza a denunciar la rapacidad de los pequeños caciques y los
tejemanejes de los tribunales. Usa expresiones maravillosamente mordaces, como
«jueces tragajamones». Furioso y sombrío al estilo de los profetas, amenaza con
el castigo divino a las autoridades que, para engordar su bolsa, favorecen
siempre a los poderosos y rapiñan a los campesinos pobres. Hesíodo ya no canta
los ideales de la aristocracia. Es un heredero del feo Tersites, que en
la Ilíada le recriminaba al rey Agamenón que medraba a costa
del esfuerzo de todos en una guerra que solo a él le beneficiaba.
Muchos
griegos de su época deseaban unos cimientos más justos para la vida en común y
un reparto más equitativo de las riquezas. Los trabajos y los días hablaba
a esas personas sobre el valor del trabajo paciente y laborioso, sobre el
respeto al otro y la sed de justicia. El tiempo del alfabeto hizo posible que
la ácida protesta de Hesíodo perdurase. A pesar de —o tal vez gracias a— sus
palabras insultantes contra los reyes, el poema acabó por convertirse en un
libro imprescindible y luego en texto escolar. Allá entre los surcos de una
pequeña hacienda en litigio de la mísera Ascra, al noroeste del Ática, comienza
la genealogía de la poesía social.
XLIV
El
alfabeto —según Eric A. Havelock— era en los comienzos un intruso sin posición
social. La élite de la sociedad seguía recitando y actuando. El uso de la
escritura se extendió a pasos lentos, paulatinos, suaves. Al principio y
durante siglos, los relatos tomaban forma en la hoja en blanco de la mente y se
hacían públicos al leerlos en voz alta. Todavía estaban concebidos, en cierto
sentido, para la comunicación oral. Las versiones escritas de los libros eran
solo un seguro contra el olvido. Los textos más antiguos servían como
partituras musicales del lenguaje, que solo los especialistas —autores e
intérpretes— usaban y leían. Al público, la música de las palabras les llegaba
a través de los oídos, no por la vista.
En torno
al siglo VI a. C., nació la prosa y, con ella, los escritores propiamente
dichos, que ya no construían sus obras en los misteriosos pasadizos de la
memoria, sino que se sentaban a trazar letras en tablillas o papiros. Los
autores mismos empezaron a escribir sus textos, o a dictarlos a un secretario.
Las pocas copias que se hacían, si se hacía alguna, apenas circulaban. Por eso,
no hay huellas de industria ni de comercio de libros en la época arcaica.
Sin
embargo, la oralidad misma se transformó en contacto con el alfabeto. Una vez
escritas, las palabras empezaron a quedar ancladas en su orden, como notas en
un pentagrama. La melodía de las frases permanecía igual para siempre; el
torrente espontáneo, la agilidad en la respuesta y la libertad del lenguaje
hablado se desvanecieron. En la época micénica antigua, los aedos itinerantes
acostumbraban a cantar las leyendas heroicas tañendo su instrumento y dejándose
llevar por el duende de la improvisación; pero, con la aparición de los libros
escritos, fueron sustituidos por los rapsodas, que recitaban textos memorizados
—siempre idénticos y sin acompañamiento musical—, dando golpes de metrónomo con
un bastón para marcar el ritmo.
En la
época de Sócrates, los textos escritos aún no eran una herramienta habitual y
todavía despertaban recelos. Los consideraban un sucedáneo de la palabra oral
—liviana, alada, sagrada—. Aunque la Atenas del siglo V a. C. ya contaba con un
incipiente comercio de libros, no sería hasta un siglo después, en tiempos de
Aristóteles, cuando se llegase a contemplar sin extrañeza el hábito de leer.
Para Sócrates, los libros eran ayudas de la memoria y el conocimiento, pero
pensaba que los verdaderos sabios harían bien en desconfiar de ellos. Esta
cuestión inspiró un diálogo platónico titulado Fedro, que
transcurre a pocos pasos de las murallas de Atenas, bajo la sombra de un
frondoso plátano a la orilla del río Iliso. Allí, en la hora cálida de la
siesta, con el fondo sonoro de las cigarras, nace una conversación sobre la
belleza que deriva misteriosamente hacia el ambiguo don de la escritura.
Hace
siglos, le dice Sócrates a Fedro, el dios Theuth de Egipto, inventor de los
dados, el juego de damas, los números, la geometría, la astronomía y las
letras, visitó al rey de Egipto y le ofreció estas invenciones para que las
enseñase a sus súbditos. Traduzco las palabras de Sócrates: «El rey Thamus le
preguntó entonces qué utilidad tenía escribir, y Theuth le replicó: —Este
conocimiento, ¡oh rey!, hará más sabios a los egipcios; es el elixir de la
memoria y de la sabiduría. Entonces Thamus le dijo: —¡Oh Theuth!, por ser el
padre de la escritura le atribuyes ventajas que no tiene. Es olvido lo que
producirán las letras en quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que,
fiándose de los libros, llegarán al recuerdo desde fuera. Será, por tanto, la
apariencia de la sabiduría, no su verdad, lo que la escritura dará a los
hombres; y, cuando haya hecho de ellos entendidos en todo sin verdadera
instrucción, su compañía será difícil de soportar, porque se creerán sabios en
lugar de serlo».
Tras
escuchar el exótico mito egipcio, Fedro dice estar de acuerdo con su maestro.
Es lo habitual en los modosos seguidores de Sócrates, que nunca osan llevarle
la contraria. De hecho, en los diálogos de Platón, los discípulos dicen sin
cesar frases como: «Muy cierto, Sócrates», «Te lo concedo, Sócrates», «Veo que
otra vez tienes razón, Sócrates». Aunque su interlocutor ya se ha rendido, el
filósofo lanza una última estocada: «La palabra escrita parece hablar contigo
como si fuera inteligente, pero si le preguntas algo, porque deseas saber más,
sigue repitiéndote lo mismo una y otra vez. Los libros no son capaces de
defenderse».
Sócrates
temía que, por culpa de la escritura, los hombres abandonasen el esfuerzo de la
propia reflexión. Sospechaba que, gracias al auxilio de las letras, se
confiaría el saber a los textos y, sin el empeño de comprenderlos a fondo,
bastaría con tenerlos al alcance de la mano. Y así ya no sería sabiduría
propia, incorporada a nosotros e indeleble, parte del bagaje de cada uno, sino
un apéndice ajeno. El argumento es agudo, y todavía nos impacta. Ahora mismo
estamos inmersos en una transición tan radical como la alfabetización griega.
Internet está cambiando el uso de la memoria y la mecánica misma del saber. Un
experimento realizado en 2011 por D. M. Wegner, pionero de la psicología
social, midió la capacidad de recordar de unos voluntarios. Solo la mitad de
ellos sabían que los datos a retener eran guardados en un ordenador. Quienes
pensaron que la información quedaba grabada, relajaron el esfuerzo por
aprenderla. Los científicos denominan «efecto Google» a este fenómeno de
relajación memorística. Tendemos a recordar mejor dónde se alberga un dato que
el propio dato. Es evidente que el conocimiento disponible es mayor que nunca,
pero casi todo se almacena fuera de nuestra mente. Surgen preguntas
inquietantes: bajo el aluvión de datos, ¿dónde queda el saber? ¿Nuestra
perezosa memoria viene a ser una agenda de direcciones donde buscar
información, sin rastro de la información misma? ¿Somos en el fondo más
ignorantes que nuestros memoriosos antepasados de los viejos tiempos de la
oralidad?
La gran
ironía de todo este asunto es que Platón explicó el menosprecio del maestro por
los libros en un libro, conservando así sus críticas contra la escritura para
nosotros, sus lectores futuros.
XLV
Más allá
de ciertos límites, la única posibilidad de expandir nuestra memoria depende de
la tecnología. Esas transformaciones son a la vez peligrosas y fascinantes. La
línea que separa nuestras mentes de internet se está volviendo cada vez más
borrosa. Se ha instalado entre nosotros la impresión de que sabemos todo
aquello que podemos localizar gracias a Google. Cuando se reúne un grupo de
gente, suele haber alguien que se lanza a comprobar los datos de la
conversación con su teléfono inteligente. Se zambulle en la pantalla como un
ave acuática y, tras una consulta rápida, emerge con el pez en el pico,
aclarando todas las dudas sobre el nombre de aquel actor o cuáles son los días
perfectos para pescar el pez plátano.
Tras sus
experimentos desde los años ochenta en adelante, Wegner piensa que si
recordamos dónde encontrar informaciones importantes, incluso sin retener el
conocimiento concreto, estamos ampliando las fronteras de nuestro territorio
mental. Es el fundamento de su teoría de la memoria transactiva. Según Wegner,
nadie recuerda todo. Almacenamos información en las mentes de otros —a quienes
podemos acudir a preguntar—, en los libros y en la gigantesca cibermemoria.
El
alfabeto fue una tecnología aún más revolucionaria que internet. Construyó por
primera vez esa memoria común, expandida y al alcance de todo el mundo. Ni el
saber ni la literatura completa caben en una sola mente pero, gracias a los
libros, cada uno de nosotros encuentra las puertas abiertas a todos los relatos
y todos los conocimientos. Podemos pensar, como vaticinaba Sócrates, que nos
hemos vuelto un puñado de engreídos ignorantes. O que, gracias a las letras,
formamos parte del cerebro más grande y más inteligente que ha existido nunca.
Borges, que pertenecía al grupo de los que piensan de la segunda manera,
escribió: «De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin
duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio y el
telescopio son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz;
luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es
otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación».
XLVI
Sócrates
dijo a Fedro, en aquel deslumbrante mediodía, a las afueras de Atenas, que las
palabras escritas son signos muertos y fantasmales, hijas ilegítimas del único
discurso vivo: el oral.
El poeta
Friedrich Hölderlin, nacido veintitrés siglos más tarde, habría deseado viajar
en el tiempo hasta aquel lejano día y aquel tranquilo prado «bajo la sombra de
los plátanos, donde el Iliso corría entre las flores, donde Sócrates
conquistaba los corazones y Aspasia paseaba entre los mirtos, mientras resonaba
el ágora ruidosa y mi Platón forjaba paraísos».
Es algo
que sucede con frecuencia: los tiempos que unos consideran decadentes mientras
los viven son la región de la nostalgia para otros. Hölderlin creía ser un
antiguo ateniense trasplantado a la inhóspita Alemania. Su verdadera patria era
aquel siglo dorado contra el que Sócrates despotricaba por destruir la
auténtica sabiduría.
Con
apenas treinta años, el poeta alemán empezó a sufrir crisis mentales. Cuentan
que padecía accesos de ira, agitación y ataques de verborrea que no podía
controlar. Declarado enfermo incurable, sus parientes lo ingresaron en una
clínica. En el verano de 1807, visitó a Hölderlin en su encierro un ebanista
llamado Ernst Zimmer, entusiasmado por su libro Hiperión, y decidió
llevárselo a vivir a su casa, junto al río Neckar. Allí permaneció el poeta
hasta su muerte en 1843, siempre al cuidado de la familia de su lector.
Sin
apenas conocerlo, Zimmer decidió recoger, alimentar y cuidar en su demencia al
autor de la novela que amaba. Las calladas palabras de un libro forjaron,
durante casi cuatro décadas, un vínculo más fuerte que el parentesco entre dos
extraños. Tal vez las letras sean solo signos muertos y fantasmales, hijas
ilegítimas de la palabra oral, pero los lectores sabemos insuflarles vida. Me
encantaría contarle esta historia al viejo y gruñón Sócrates.
XLVII
Fahrenheit
451 es
la temperatura a la que arden los libros y el título que Ray Bradbury eligió
para su fantasía futurista. O no tan futurista.
La
historia sucede durante una época sombría en un país en el que está prohibido
leer. Los bomberos ya no se ocupan de apagar incendios, sino de quemar los
libros que algunos ciudadanos rebeldes esconden en sus casas. El Gobierno ha
decretado que todo el mundo sea feliz. Los libros están repletos de ideas
nocivas y, además, la lectura solitaria se presta a la melancolía. La población
debe ser protegida de los escritores, que contagian pensamientos malignos.
Los
disidentes son perseguidos. Se refugian en los bosques alrededor de las
ciudades, en los caminos, a la orilla de los ríos contaminados, en las vías
férreas abandonadas. Viajan todo el tiempo, bajo la luz de las estrellas,
disfrazados de vagabundos. Han aprendido de memoria libros enteros y los
guardan en sus cabezas, donde nadie puede verlos ni sospechar de su existencia.
«Al principio, no se trató de un plan preconcebido. Cada hombre tenía un libro
que quería recordar, y lo hizo. Luego fuimos entrando en contacto unos con
otros, viajamos, creamos esta organización y establecimos un plan.
Transmitiremos oralmente los libros a nuestros hijos y dejaremos que ellos
esperen a su vez. Cuando la guerra haya terminado, algún día, algún año, los
libros podrán ser reescritos. Las personas serán convocadas una por una, para
que reciten lo que saben, y lo imprimiremos hasta que llegue otra Edad de
Oscuridad, en la que quizá debamos repetir toda la operación». Estos fugitivos,
que han visto cómo aquello que amaban acaba destruido, deben recorrer un largo
camino de huida, siempre asustados, sin otra certeza que los libros archivados
tras sus tranquilos ojos.
La novela
parece una fábula distópica, pero no lo es. Algo muy semejante sucedió
realmente. En el año 213 a. C., cuando un grupo de griegos intentaban reunir la
totalidad de los libros en Alejandría, el emperador chino Shi Huandi ordenó que
se quemasen todos los libros de su reino. Solo perdonó los tratados de
agricultura, medicina y profecía. Quería que la historia comenzase con él.
Pretendía abolir el pasado porque sus opositores lo invocaban en añoranza de
los antiguos emperadores. Según un documento de la época, el plan se llevó a
cabo sin piedad («Los que se sirvan de la Antigüedad para denigrar los tiempos
presentes serán ejecutados junto a sus parientes. Quienes oculten libros serán
marcados con un hierro candente y condenados a trabajos forzados»). El odio de
Shi Huandi provocó la destrucción de miles y miles de libros —entre otros,
todos los escritos del confucianismo—. Los esbirros del emperador fueron de
puerta en puerta, apoderándose de los libros y haciéndolos arder en una pira.
Más de cuatrocientos letrados reacios fueron enterrados vivos.
En el año
191 a. C., bajo una nueva dinastía, se pudieron reescribir muchos de aquellos
libros perdidos. Corriendo increíbles riesgos, los profesionales de las letras
habían conservado en la memoria obras enteras, en secreto, al abrigo de la
guerra, las persecuciones y los hombres de las hogueras.
No fue la
única vez que sucedió algo así. Cuando Alejandro ocupó la ciudad de Persépolis
y le prendió fuego, ardieron todos los ejemplares del libro sagrado del
zoroastrismo. Sus fieles lo reconstruyeron gracias a que lo recordaban palabra
por palabra. Al mismo tiempo que Bradbury imaginaba su fantasía distópica,
durante los años de crueldad del estalinismo, once amigos de Anna Ajmátova iban
memorizando los poemas de su desgarrador libro Réquiem a
medida que los escribía, para preservarlos de cualquier desgracia que pudiera
ocurrirle a la autora. La escritura y la memoria no son adversarias. De hecho,
a lo largo de la historia, se han salvado la una a la otra: las letras
resguardan el pasado; y la memoria, los libros perseguidos.
Durante
la Antigüedad, cuando todavía perduraban destellos de la cultura oral, cuando
había menos libros y se releían más, no era extraño que los lectores
aprendieran obras enteras de memoria. Sabemos que los rapsodas recitaban en
varias sesiones los quince mil versos de la Ilíada y los doce
mil de la Odisea. También personas corrientes eran capaces de
repetir fielmente largos textos literarios. Agustín de Hipona recuerda en uno
de sus libros a su compañero de estudios Simplicio, que recitaba discursos completos
de Cicerón y todos los poemas de Virgilio —es decir, miles y miles de versos—
desde atrás hacia adelante, en orden inverso. Al leer, tallaba las frases que
le conmovían en «las tablillas enceradas de la memoria» para recordarlas y
recitarlas a voluntad, como si estuviera mirando las páginas de un libro. Un
médico romano del siglo II, llamado Antilo, llegó más lejos, afirmando incluso
que memorizar libros era bueno para la salud. Sostenía una divertida y
extravagante teoría al respecto. Quienes nunca han hecho el esfuerzo de
memorizar un relato, unos versos, un diálogo —decía— tienen mayores
dificultades para eliminar de su cuerpo ciertos fluidos perjudiciales. En
cambio, los que pueden recitar largos textos de memoria expulsan sin problemas
esas sustancias dañinas mediante la respiración.
Tal vez
sin saberlo, nosotros —como los fugitivos de Bradbury, los letrados chinos, los
seguidores de Zoroastro o los amigos de Anna Ajmátova— conservamos ciertas
páginas que nos importan a salvo en la mente. «Yo soy La República de
Platón», dice un personaje de Fahrenheit 451. «Yo soy Marco
Aurelio». «El capítulo uno del Walden de Thoreau vive en Green
River; el capítulo dos, en Willow Farm». «Hay un pueblecito con solo
veintisiete habitantes que alberga los ensayos completos de Bertrand Russell,
divididos en tantas páginas como personas hay». Uno de los desharrapados
rebeldes, con el pelo sucio y mugre en las uñas, bromea: «Nunca juzgue un libro
por su cubierta».
En cierto
sentido, todos los lectores llevamos dentro íntimas bibliotecas clandestinas de
palabras que nos han dejado huella.
§ 12.
Aprender a leer sombras
XLVIII
Los
libros tuvieron que crear a su público. Y, al hacerlo, transformaron la forma
de vida de los griegos.
El
alfabeto empezó a echar raíces en un mundo de guerreros. Solo recibían
enseñanza —militar, deportiva y musical— los hijos de la aristocracia. Durante
la niñez, les educaban sus ayos en palacio. Cuando llegaban a la adolescencia,
entre los trece y los dieciocho años, aprendían el arte de la guerra de sus
amantes adultos —la pederastia griega tenía función pedagógica—. Aquella
sociedad consentía el amor entre combatientes maduros y sus jóvenes elegidos,
siempre de alto rango. Los griegos creían que la tensión erótica incrementaba
el valor de ambos: el guerrero veterano deseaba brillar ante su joven favorito,
y el amado intentaba estar a la altura del prestigioso guerrero que lo había
seducido. Con las mujeres relegadas a los gineceos, las ciudades-estado eran
clubs de hombres que se observaban unos a otros, emulándose y enamorándose,
obsesionados por el heroísmo bélico. En los paréntesis entre batalla y batalla,
se dedicaban a banquetes, a torneos y a la caza. Ponían en práctica sus ideales
caballerescos en las carnicerías más sangrientas. El historiador Tucídides
cuenta que todos los habitantes de Grecia llevaban siempre armas encima, porque
nadie podía sentirse seguro ni en las ciudades ni en los caminos. Dice también
que los atenienses fueron los primeros que empezaron a dejar el armamento en
casa y a comportarse de manera ligeramente menos ruda.
En algún
momento del siglo VI a. C., la educación dejó de ser esencialmente militar y
atlética. Aun así, el adiestramiento para el combate no desapareció, claro
está, porque los habitantes de las ciudades antiguas vivían peleándose sin
descanso con los estados vecinos y ensartando con sus lanzas a quienes
habitaban un poco más allá de la frontera. Pero poco a poco empezó a ganar
terreno la enseñanza de las letras y de los números. Solo en algunos reductos
como la arcaizante Esparta se mantuvieron los trece años obligatorios de
alistamiento y disciplina militar.
Y
entonces sucedió lo inesperado. La fiebre del alfabeto se extendió más allá de
los círculos nobles, que consideraban la educación como un privilegio propio.
Los orgullosos aristócratas tuvieron que soportar a un número creciente de
advenedizos que, con atrevimiento insoportable, pretendían iniciar a sus hijos
en los secretos de la escritura y estaban dispuestos a pagar para conseguirlo.
Así nació la escuela. La enseñanza personal de un entrenador o un amante ya no
era suficiente para cubrir las necesidades de todos, y fue convirtiéndose en
una práctica minoritaria. Cada vez más jóvenes —libres pero sin apellidos
nobles— reclamaban educarse, y, bajo la presión de sus aspiraciones,
aparecieron los primeros lugares colectivos para el aprendizaje.
Para
fechar ese acontecimiento decisivo, hay que rastrear los textos antiguos en
busca de pistas. Descubrimos la existencia de una de las escuelas más
tempranas, casi de refilón, en un texto de desasosegante actualidad. Se trata
del relato de un suceso de crónica negra en la remota isla de Astipalea. El
escritor Pausanias cuenta en su Descripción de Grecia un
asesinato múltiple que conmocionó a las gentes del archipiélago del Dodecaneso
en el año 492 a. C. El crimen todavía habitaba la memoria de los isleños
durante el siglo II d. C., cuando el escritor viajero lo oyó contar. La lúgubre
historia parece un cruce entre Bowling for Columbine y la
leyenda de Sansón. Relata Pausanias que un joven resentido contra el mundo y
con antecedentes violentos, irrumpió en una escuela para desahogar su odio
perpetrando una matanza de niños: «Dicen que el púgil Cleomedes de Astipalea
mató en un combate a su contrincante Ico de Epidauro. Por su brutalidad, los
jueces olímpicos le retiraron la victoria. Cleomedes se volvió loco de rabia.
Cuando regresó a Astipalea, entró en la escuela, donde había sesenta niños, y
derrumbó con la fuerza de sus brazos la columna que sostenía el techo. El
edificio cayó sobre sus cabezas y los mató a todos».
Más allá
de su oscuro final, esta historia nos revela que un pequeño islote del mar
Egeo, de apenas 13 kilómetros de ancho, poseía a principios del siglo V a. C.
una escuela donde, en un día cualquiera, estudiaban sesenta alumnos. Otros
testimonios parecen confirmar la verosimilitud del dato. Por aquellas fechas,
el alfabeto estaba impregnando la vida griega incluso en esas remotas aldeas
que solo abandonan la trastienda de la historia cuando las azota una catástrofe
natural o si en ellas se comete un crimen espeluznante.
XLIX
Mi madre
quiso enseñarme a leer y yo me negué. Tenía miedo. En mi colegio había un niño
llamado Alvarito, hijo de maestros, que había aprendido en casa. Cuando los
demás todavía tartamudeábamos con los tarjetones de las sílabas, él leía de
corrido con distraída perfección. Una facilidad pasmosa, difícil de soportar.
La venganza se desencadenó en el patio de recreo. Lo perseguían. Gritaban:
cuatro ojos, gordinflas. Le pisotearon la cartera. Le colgaron el anorak de las
ramas de la higuera, donde no podía alcanzarlo porque no era ágil trepando.
Alvarito había quebrantado el código de la escuela; se había pasado de listo.
Sus padres tuvieron que cambiarlo de colegio.
A mí no
me pasará, pensé con orgullo. Además, no me hacía ninguna falta tomarles la
delantera a los demás. Mi madre me leía cuentos por la noche. Nuestro pequeño
teatro nocturno no correría peligro mientras yo no supiera leer. Lo que de
verdad quería era aprender a escribir. Ignoraba que ambas cosas van juntas y se
necesitan.
Un día
por fin tengo un lápiz entre los dedos. No se deja sujetar fácilmente, hay que
domesticarlo. Lo aprieto con fuerza contra el papel para que no se escape, pero
a veces se planta en rebelión, partiéndose las narices contra el cuaderno.
Entonces necesito el tajador para afilar otra vez la punta. Puedo verme; estoy
sentada con otros niños en una mesa redonda de color vainilla. Inclinada hacia
delante, dibujo palotes, puentes, redondeles, curvas. La lengua me asoma entre
los labios, siguiendo el desplazamiento de la mano. Filas de emes enganchadas
con sus vecinas. Filas de bes con su barriguita. No me gusta la barra
transversal de la t (complica el asunto).
Tiempo
después, asciendo: ya puedo juntar letras. La eme extiende un rabito hacia la
a. Al principio todo parece un embrollo, un lío de rayujos. Sigo adelante. Como
soy zurda, restriego el puño por encima de los renglones al avanzar y los voy
esfumando. Dejo una estela gris. Con la mano ennegrecida, continúo. Hasta que
una mañana, sin darme cuenta, por sorpresa, le arranco el secreto a la
escritura. Hago magia. Mamá. Los palitos y los redondeles cantan en silencio.
He atrapado la realidad con una red de letras. Ya no hay solo líneas; es ella
la que aparece de pronto en el papel: su voz tan bonita, las ondas de su pelo
castaño, la mirada cálida, la sonrisa que enseña unos incisivos prominentes y,
por eso, porque le dan vergüenza sus dientes desordenados, acaba siempre en un
gesto tímido. La he llamado con mi lápiz, está ahí. ¡Mamá! Acabo de escribir y
comprender mi primera palabra.
En todas
las sociedades que utilizan la escritura, aprender a leer tiene algo de rito
iniciático. Los niños saben que están más cerca de los mayores cuando son
capaces de entender las letras. Es un paso siempre emocionante hacia la edad
adulta. Sella una alianza, desgaja una parte superada de la infancia. Se vive
con felicidad y euforia. Todo pone a prueba el nuevo poder. ¿Quién iba a
sospechar que el mundo entero estaba engalanado con cadenetas de letras, como
una gran verbena? Ahora hay que descifrar la calle: far-ma-cia, pa-na-d…e-ro,
se al-quiiii-la. Las sílabas estallan en la boca como fuegos artificiales,
lanzando chispas. En casa, en la mesa, por todas partes te asaltan mensajes.
Empiezan las ráfagas de preguntas: ¿qué significa bajoencalorías?, ¿y aguamineralnatural?,
¿consumirpreferentemente?
En la
sociedad judía medieval se celebraba con una ceremonia solemne el momento del
aprendizaje, cuando los libros hacían partícipes a los chiquillos de la memoria
comunitaria y del pasado compartido. Durante la fiesta de Pentecostés, el
maestro sentaba en su regazo al niño al que iba a iniciar. Le enseñaba una
pizarra en la que estaban escritos los signos del alfabeto hebreo y a
continuación un pasaje de las Escrituras. El maestro leía en voz alta, y el
alumno repetía. Luego se untaba con miel la pizarra y el iniciado la lamía,
para que las palabras penetrasen simbólicamente en su cuerpo. También se
escribían letras en huevos duros ya pelados o en pasteles. El alfabeto se
volvía dulce y salado, se masticaba y se asimilaba. Entraba a formar parte de
uno mismo.
¿Cómo no
va a ser mágico el alfabeto, que descifra el mundo y revela los pensamientos?
Los griegos antiguos también sentían su hechizo. En aquel tiempo, las letras se
utilizaban para representar, además de palabras, números y notas musicales.
Cada una de sus siete vocales simbolizaba uno de los siete planetas y de los
siete ángeles que los presiden. Se utilizaban para embrujos y amuletos.
En
aquellas remotas escuelas griegas —tardes pardas, llovizna, monotonía tras las
ventanas—, los niños cantaban a coro las letras: «Hay alfa, beta, gamma y
delta, y épsilon, y también zeta…». Después, las sílabas: beta con alfa, ba. El
maestro las dibujaba y luego, tomando la mano de su alumno con la suya, le
hacía repasar el trazo por encima. Los niños repetían mil veces los modelos.
Copiaban o escribían al dictado breves máximas de una línea. Como nosotros,
aprendían poemas de memoria —sus «diez cañones por banda» y «asombrose un
portugués»— y retahílas de palabras raras. Recuerdo una de esas cantilenas de
infancia: brujir, grujir y desquijerar; nunca más he vuelto a tropezar con esos
verbos chirriantes.
La
didáctica era obsesiva y cansina. El maestro-domador recitaba, y los alumnos
repetían. El aprendizaje avanzaba a ritmo lento (no era raro que niños de diez
o doce años todavía estuvieran aprendiendo a escribir). En cuanto eran capaces,
empezaban a leer, repetir, resumir, comentar y copiar una selección de textos
esenciales, casi siempre los mismos. Sobre todo de Homero, también de Hesíodo.
Y de otros indispensables. Los antiguos, que veían a los niños como una especie
de adultos en miniatura sin gustos ni talentos propios, les ofrecían los mismos
libros que leían los adultos. No había nada parecido a la actual literatura
infantil o juvenil, ninguna facilidad. Todavía no se había inventado la
infancia, aún no había llegado Freud para atribuir una importancia crucial a
los primeros años. Entonces, lo mejor que podías hacer por un niño era
zambullirlo de cabeza en el mundo adulto y quitarle la niñez a restregones,
como si fuera mugre.
El
alfabeto podía ser mágico, pero el método de enseñanza era con frecuencia
sádico. Los castigos corporales eran inseparables de la rutina escolar de los
niños griegos, igual que lo habían sido para los escribas egipcios o judíos. En
una obrita humorística de Herodas, el maestro brama: «—¿Dónde está el cuero
duro, la cola de buey con la que azoto a los rebeldes? Dádmelo antes de que
estalle mi cólera».
§ 13. El
éxito de las palabras díscolas
L
Durante
los siglos de lenta expansión del alfabeto, los griegos siguieron cantando
poemas, pero ya no de la misma manera. Ciertas voces se atrevieron a decir lo
que ningún texto antiguo había osado antes. Por desgracia, nos quedan solo los
añicos de aquellos versos. Hasta el año 500 a. C., no se conserva ningún libro
completo de filosofía ni de poesía, y los poemas enteros o las citas textuales
de los autores de prosa son la excepción. Pero esos pequeños fragmentos que se
han salvado son tan poderosos que incluso incompletos nos conmueven.
Aquella
fue la gran época de la lírica, cuando los poemas —breves en comparación con
la Ilíada—, escritos para ser cantados, dejaron de mirar hacia el
pasado, como las leyendas tradicionales de los viejos tiempos. Hablaban del
oleaje de los días cercanos, se aferraban a las sensaciones que experimentaban.
Ahora. Aquí. Yo.
Por
primera vez, la escritura se alía con las palabras díscolas, irreverentes, que
chocan contra los valores de su época. Esta asombrosa corriente empieza con
Arquíloco —hijo bastardo de un griego noble y una esclava bárbara—, mercenario
y poeta. Durante su corta vida —del 680 al 640 a. C.—, tuvo que arreglárselas
solo, sin fortuna ni privilegios, alquilándose para combatir en guerras ajenas.
Como él dijo, su lanza le daba cada día un chusco de pan y le servía el vino
que bebía. Soldado de fortuna en las fronteras entre la cultura y la barbarie,
conoció las realidades sórdidas detrás de los ideales bélicos.
Según el
código del honor, había que aguantar la posición en el campo de batalla, sin
retroceder ni huir. En una escaramuza contra los Ejércitos tracios, Arquíloco
tuvo que elegir entre morir en el sitio, tras su alto y pesado escudo, o dejar
este tirado y echar a correr para sobrevivir. Existía en la antigua Grecia un
insulto gravísimo, ser un «arrojaescudos», rhípsaspis. Se dice que
las madres espartanas, cuando despedían a sus hijos antes del combate, les
advertían que volvieran «con el escudo o sobre él», es decir, llevándolo en el
brazo por haber luchado con valor, o tendidos encima, convertidos en cadáveres.
¿Qué
decidió Arquíloco? Poner pies en polvorosa y, además, proclamarlo en sus
versos: «El escudo que arrojé a mi pesar en un arbusto, una pieza excelente,
ahora lo blande un tracio. Pero salvé el pellejo. ¿Qué me importa ese escudo?
Que se pierda. Otro tan bueno me compraré». Ningún guerrero homérico se habría
atrevido a admitir algo semejante, ni hubiera tenido el sentido del humor
necesario para ello. Pero a Arquíloco le divertía presentarse como antihéroe y
ridiculizar con descaro las convenciones. Aunque era valiente —de lo contrario
no habría podido ganarse el sustento en la guerra durante décadas—, amaba la
vida «que ya no se puede recuperar ni comprar en cuanto el último aliento
atraviesa la empalizada de los dientes». Sabía que el soldado que huye a tiempo
sirve para otra batalla, y para escribir otros poemas. Precisamente por su
sinceridad desafiante, me resisto a imaginarlo cobarde, sino más bien realista
y cáustico.
En sus
versos, el lenguaje es franco, sin tapujos, hasta rozar la brutalidad. Con él,
un decidido realismo irrumpe en la lírica griega. Abre las puertas a una nueva
poesía insolente. No oculta su temperamento vengativo, apasionado, burlón. Para
su deseo sexual, encuentra palabras explícitas: «Ojalá pudiera tocar la mano de
Neóbula… y abalanzarme, presto a la acción, sobre su odre y acomodar el vientre
sobre el vientre y mis muslos a sus muslos». Un brevísimo fragmento conservado
demuestra que no le acobardó hablar de sexo oral en su poesía: «como un tracio
o un frigio que con una caña chupa la cerveza, ella, gacha la cabeza, se
afanaba».
Arquíloco
murió en el campo de batalla como Aquiles, pero dejó claro que la promesa de
gloria póstuma le parecía otra fanfarronada más: «Nadie, después de muerto, es
honrado por sus paisanos. Preferimos, vivos, la alabanza de los vivos». Richard
Jenkyns, profesor de Oxford, lo considera «el primer incordio de Europa». Creo
que a él ese epitafio le habría arrancado una carcajada.
§ 14. El
primer libro
LI
No hay
restos arqueológicos de los libros más antiguos de Europa. El papiro es un
material perecedero y frágil que no sobrevive en climas húmedos más allá de
unos doscientos años. Hoy solo podemos rastrear en los textos griegos las
primeras menciones a libros concretos, reales, que alguien vio y tocó en un
lugar de cuyo nombre quiso acordarse. Esa búsqueda me lleva al tránsito del
siglo VI al V a. C. Se cuenta que en aquella época el filósofo Heráclito
depositó un ejemplar de su obra Sobre la naturaleza en el
templo de Artemisa en Éfeso.
Éfeso era
una ciudad-estado situada en Anatolia, la antigua Asia Menor, hoy Turquía. Lo
que ahora entendemos por filosofía brotó a comienzos del siglo VI a. C., de
repente, sin ninguna causa visible, en aquella estrecha franja costera que
ocupaban los griegos, al borde del mundo asiático. Los primeros filósofos
fueron hijos de la frontera, de la mezcla de sangres, del umbral. Mientras la
Grecia continental seguía anclada en el pasado, los habitantes de la periferia
mestiza se aventuraron a idear novedades radicales.
El
nacimiento de la filosofía griega coincidió con la juventud de los libros, y no
por azar. Frente a la comunicación oral —basada en relatos tradicionales,
conocidos y fáciles de recordar—, la escritura permitió crear un lenguaje
complejo que los lectores podían asimilar y meditar con tranquilidad. Además,
desarrollar un espíritu crítico es más sencillo para quien tiene un libro entre
las manos —y puede interrumpir la lectura, releer y pararse a pensar— que para
el oyente cautivado por un rapsoda.
A
Heráclito lo apodaron «el enigmático» y, más tarde, «el oscuro». En su obra, la
opacidad de la vida y sus asombrosas contradicciones parecen infiltrarse en el
texto, impregnándolo. Con él empieza la literatura difícil, en la que el lector
debe esforzarse por arrebatarle el significado a las frases. Es el padre de
Proust, con sus oraciones laberínticas llenas de recovecos; de Faulkner y sus
monólogos confusos, a menudo dislocados; y de Joyce, que en Finnegan’s
Wake da la impresión de escribir en varios idiomas a la vez —algunos
de su invención—. No quiero decir que haya parentesco entre ellos porque sus
estilos se parezcan. En realidad, de Heráclito ha llegado hasta nosotros solo
un conjunto de breves máximas, extrañas y poderosas. No, lo que tienen en común
es su actitud hacia la palabra: si el mundo es críptico, el lenguaje adecuado
para representarlo será denso, misterioso y difícil de descifrar.
Heráclito
pensaba que la realidad se explica como tensión permanente. Él lo llamaba
«guerra» o lucha entre contrarios. Día y noche; vigilia y sueño; vida y muerte
se transforman uno en otro y solo existen en su oposición; son en el fondo las
dos caras de la misma moneda («La enfermedad hizo buena y amable la salud; el
hambre, la saciedad; el esfuerzo, el descanso… Inmortales mortales, mortales
inmortales, viviendo la muerte de otros y la vida de otros muriendo»).
A
Heráclito le correspondía por herencia el rango de rey de su ciudad. Cedió a su
hermano menor el cargo, que, desde la llegada de la democracia, era en realidad
un sacerdocio. Al parecer, consideraba meros «traficantes de misterios» a los
magos, predicadores y adivinos. Cuentan que se negó a hacer leyes para los
efesios, prefiriendo jugar con los niños en el templo. Dicen también que llegó
a hacerse muy altanero y desdeñoso. No le importaban los honores ni el poder,
estaba obsesionado por encontrar el logos del universo, que
significaba «palabra» y también «sentido». En la primera frase del cuarto
evangelio —«en el principio era el logos»—, habla Heráclito.
Para él,
la clave de todo era el cambio. Nada permanece. Todo fluye. No nos bañaremos
dos veces en el mismo río. Esa imagen acuática de un mundo siempre cambiante,
que ya impresionó a Platón, forma parte de nosotros. La hemos reescrito y
reformulado miles de veces. Desde Manrique —«nuestras vidas son los ríos que
van a dar en la mar, que es el morir»— hasta Bauman y su modernidad líquida.
Borges, fascinado por el río de Heráclito, le dedicó, entre otros, este poema:
«Heráclito camina por la tarde de Éfeso. La tarde lo ha dejado, sin que su
voluntad lo decidiera, en la margen de un río silencioso. Su voz declara:
“Nadie baja dos veces a las aguas del mismo río”. Se detiene. Siente que él
también es un río y una fuga. Quiere recuperar esa mañana y su noche y la
víspera. No puede».
Creo que
las frases extrañas de Heráclito atrapan el misterio y el asombro que dieron
origen a la filosofía. Y también el presente. Para escribir este capítulo, he
releído los escasos restos que han llegado hasta nosotros de sus pensamientos
abruptos. Me han parecido una explicación de la actualidad que nos sacude como
un seísmo. Al borde de la violencia, nos debatimos entre extremos opuestos: la
globalización y la ley de la frontera; el mestizaje y el miedo a las minorías;
el impulso de acogida y la furia de expulsar; el ansia de libertad y el sueño
de construir refugios amurallados; el afán de cambio y la nostalgia de la
grandeza perdida.
La
tensión de estas contradicciones puede llegar a ser casi insoportable. Por ese
motivo, nos sentimos atrapados. Pero, según las tesis de Heráclito, una pequeña
alteración en los dinámicos equilibrios de fuerzas lo cambia todo. También por
eso, la esperanza de transformar el mundo siempre tiene razón.
LII
Quiere
ser famoso a cualquier precio. Nunca ha destacado en nada pero se rebela contra
la idea de ser uno más. Sueña en secreto que la gente lo reconoce por la calle,
cuchichea y lo señala. Una voz interior le susurra que algún día se convertirá
en una celebridad, como los campeones olímpicos o los actores que seducen al
público boquiabierto.
Ha
decidido que hará algo grande; solo le falta descubrir qué.
Un día
trama por fin un plan. Incapaz de realizar proezas, siempre puede pasar a la
historia como destructor. En su ciudad se encuentra una de las siete maravillas
del mundo, que vienen a visitar reyes y viajeros desde tierras muy lejanas. En
un promontorio rocoso, encaramado entre nubes, el templo de Artemisa domina
todos los barrios de Éfeso. Hicieron falta ciento veinte años para construirlo.
La entrada es un espeso bosque de columnas. En su interior, forrado de oro y
plata, descansa la imagen sagrada de la diosa que cayó del cielo, además de las
valiosas esculturas de Policleto y Fidias, y fantásticas riquezas.
La noche
sin luna del 21 de julio del año 365 a. C., mientras en la remota Macedonia
nacía el gran Alejandro, él se desliza entre las sombras y trepa por los
escalones que llevan al Artemisio. Los guardianes nocturnos duermen. En el
silencio roto por los ronquidos, se apodera de una lámpara, derrama aceite y
prende fuego a las telas que adornan el interior. Las llamas lamen el tejido y
suben hacia el techo. Al principio, el incendio repta lentamente pero cuando
consigue herir las vigas de madera empieza la rápida danza del fuego, como si
el edificio llevase siglos soñando con arder.
Él mira
hipnotizado las llamaradas que rugen y se enroscan. Luego sale tosiendo del
edificio para ver cómo ilumina la noche. Allí, los guardias lo capturan sin
problemas. Lo arrojan encadenado a un calabozo, donde es feliz durante unas
horas solitarias, aspirando el olor a humo. Cuando lo torturan, confiesa la
verdad: que había planeado incendiar el edificio más bello del mundo para ser
conocido en el mundo entero. Cuentan los historiadores que todas las ciudades
de Asia Menor prohibieron, bajo pena de muerte, revelar su nombre, pero no
lograron borrarlo de la historia. Figura en todas la enciclopedias, incluidas
las virtuales. El escritor Marcel Schwob fue su biógrafo en un capítulo de
las Vidas imaginarias. También Sartre le dedicó un relato corto. Ha
prestado su nombre al trastorno psicológico de quienes, solo por aparecer unos
minutos en televisión o ascender a los más vistos en YouTube, son capaces de
hacer cualquier barbaridad gratuita. El exhibicionismo a toda costa no es un
fenómeno exclusivamente contemporáneo.
Su nombre
maldito era Eróstrato. En su memoria, el deseo patológico de popularidad ha
venido a llamarse síndrome de Eróstrato.
El
incendio que provocó para catapultarse a la fama dejó reducido a cenizas aquel
rollo de papiro que Heráclito había regalado a la diosa. Irónicamente, el
filósofo creía que de manera cíclica el fuego aniquila el universo y en su obra
profetizaba una conflagración cósmica final. No sé el universo, pero los libros
—que en todas sus formas arden bien— tienen un triste historial de destrucción
entre las llamas.
§ 15. Las
librerías ambulantes
LIII
¿Cuántos
libros existían en la edad dorada de Grecia? ¿Qué porcentaje de la población
era capaz de leerlos? Nos falta información. Contamos con datos casuales,
briznas de hierba que vuelan en el aire y no permiten calcular la extensión de
la pradera. Además, la mayoría de ellos se refieren a un lugar excepcional, la
ciudad de Atenas. El resto es penumbra.
Buscando
huellas de aquella invisible alfabetización, acudimos a las imágenes de
lectores representados en pinturas cerámicas. A partir del 490 a. C., los
jarrones de figuras rojas aparecen decorados con escenas que representan a
niños aprendiendo a leer y escribir en la escuela, o a personas sentadas en una
silla con un rollo abierto sobre el regazo y leyendo. Con frecuencia, el
artista traza letras o palabras de tamaño aumentado en los papiros que dibuja,
a veces con tanta minuciosidad que pueden leerse —se trata de versos de Homero,
de Safo…—. En casi todos los casos, el libro contiene poesía. También aparece
un libro de texto sobre mitología. Lo más llamativo es que los protagonistas
habituales de estos pequeños cuadros son mujeres pero, paradójicamente, en las
escenas escolares no aparecen niñas. Esa contradicción nos coloca ante un
misterio. Tal vez las mujeres lectoras pertenecían a familias de alcurnia y las
educaban en casa. O quizá se trataba de un motivo iconográfico más que una
realidad cotidiana. Nunca lo sabremos.
En una
lápida fechada entre el año 430 y el 420 a. C. aparece esculpido un joven de
perfil, absorto en las palabras de un rollo que despliega sobre sus rodillas,
la cabeza en ligera inclinación, las piernas cruzadas a la altura de los
tobillos justo en la misma postura en la que yo escribo ahora mismo. Bajo el
relieve que da forma a la silla, se ve un bulto de piedra desgastada con
aspecto de perro que se refugia debajo de la silla. El relieve comunica el
sosiego de las horas pasadas entre libros. Aquel ateniense fallecido amaba
tanto la lectura que se la llevó a su tumba.
En el
tránsito del siglo V al IV a. C., aparecen en escena por primera vez unos
personajes hasta entonces desconocidos: los libreros. En esa época, la nueva
palabra bybliopólai («vendedores de libros») asoma en los
textos de los poetas cómicos atenienses. Según nos cuentan, en el mercado del
ágora se instalaban tenderetes de venta de rollos literarios entre puestos que
ofrecían verdura, ajo, incienso y perfumes. Por un dracma, dice Sócrates en un
diálogo de Platón, cualquiera puede comprar un tratado de filosofía en el
mercadillo. Sorprende que existiera ya una disponibilidad tan fácil de libros
y, más aún, de obras filosóficas difíciles. A juzgar por su reducido precio,
seguramente se tratara de copias en formato pequeño o de segunda mano.
Poco
sabemos sobre los precios de los libros. El coste de los rollos de papiro
sugiere que la norma oscilaba entre dos y cuatro dracmas por ejemplar —el
equivalente a la paga de un jornalero de uno a seis días—. Las altas cifras
mencionadas de los ejemplares raros —Luciano de Samósata habla de un libro que
rondaba los setecientos cincuenta dracmas— no son índice de los precios
normales de los libros ordinarios. Para las clases prósperas, incluso en sus
peldaños más modestos, los libros eran una mercancía relativamente asequible.
A finales
del siglo V a. C., empezó ya la inmemorial tradición de burlas contra los
ratones de biblioteca, cuyo arquetipo será don Quijote. Aristófanes, dando la
bienvenida con sorna a la intertextualidad, se ríe de los escritores que
«exprimen sus obras a partir de otros libros». Otro autor de comedia utilizó
una biblioteca privada como decorado de una escena. En ella, un maestro enseña
con orgullo al famoso héroe Heracles sus estantes repletos de libros de Homero,
Hesíodo, los trágicos y los historiadores. «Coge cualquier libro que te guste y
luego léelo; hazlo con calma, mira los títulos». Heracles, que en la comedia
griega siempre aparece representado como un glotón, elige un libro de cocina.
Sabemos, es cierto, que en aquella época circulaban manuales de las más
variadas materias para satisfacer la curiosidad lectora y, entre ellos, el
manual por excelencia, que era el libro de recetas culinarias a cargo de un
chef siciliano de moda.
Los
libreros atenienses contaban con clientes de ultramar. Se inició la exportación
de libros. El resto del mundo griego buscaba la literatura creada en Atenas, en
especial libretos de tragedias, que eran el gran espectáculo de la época. El
teatro ático cautivaba incluso a quienes aborrecían el imperialismo ateniense,
como sucede ahora con la poderosa industria del cine norteamericano. Jenofonte,
que escribió en la primera mitad del siglo IV a. C., cuenta que en la peligrosa
costa de Salmideso, hoy turca, encontró el litoral sembrado de despojos de
naufragios. Había «camas, cajas pequeñas, muchos libros escritos y otras cosas
de las que los mercaderes suelen transportar en cajas de madera».
Tuvo que
existir una cierta organización para abastecer el mercado librario, y personas
que regentaban talleres de copia. Pero no tenemos datos para reconstruir su
envergadura y funcionamiento, y por tanto nos adentramos en el tembloroso
territorio de la suposición. Seguramente los talleres harían copias de libros
con el permiso de aquellos autores que buscasen un público algo más amplio que
su círculo de amigos. Pero también reproducían textos sin consultar a los
creadores. En la Antigüedad, desconocían los derechos de autor.
Un
discípulo de Platón encargó copias de las obras de su maestro y se embarcó
rumbo a Sicilia para venderlas. Tuvo la astucia de adivinar que allí había
mercado para los diálogos socráticos. Sus contemporáneos dan a entender que esa
iniciativa de venta le valió una pésima reputación en Atenas, pero no por
apropiarse del copyright de su maestro, sino porque se había
metido en negocios, algo absolutamente plebeyo e impropio de un hombre de buena
cuna que, además, pertenecía al círculo de Platón.
La
Academia platónica tuvo, sin duda, una biblioteca propia, pero la colección del
Liceo aristotélico debió de superar con creces a todas sus predecesoras.
Estrabón dice de Aristóteles que fue «el primero que sepamos que coleccionó
libros». Se cuenta que Aristóteles compró todos los rollos que poseía otro
filósofo por la inmensa suma de tres talentos (dieciocho mil dracmas). Lo
imagino acumulando durante años, en un continuo goteo de dinero, los textos
esenciales para abarcar todo el espectro de las ciencias y el arte de aquella
época. No habría podido escribir lo que escribió sin una lectura constante.
Un
pequeño rincón de Europa empezaba a ser devorado por la fiebre de los libros.
LIV
Aristóteles
habla de autores de tragedia que escribían más para los lectores que para el
público de los teatros. Añade que sus libros tienen «gran circulación». ¿Qué
podría significar una gran circulación en aquella época germinal?
Otra
frase atribuida a Aristóteles revela un mundo agazapado. Cuenta que los
libreros transportaban grandes cantidades de libros en carros. Tal vez se
refiera a buhoneros que llevan la literatura por los caminos, traqueteando de
aldea en aldea a campo raso.
En
realidad, como dice Jorge Carrión, las librerías sedentarias son una anomalía
moderna en una tradición sobre todo nómada y poética. Fueron viajeros quienes
nutrieron de manuscritos la Biblioteca de Alejandría; mercaderes de tinta y
papel quienes empujaron ideas como ruedas por la Ruta de la Seda; vendedores
ambulantes de libros usados —entre otras mercancías— quienes se instalaban en
posadas y en ferias hasta ayer mismo, después de recorrer grandes distancias
cargados con baúles, cajas voluminosas y tenderetes de quita y pon. Hoy son los
bibliobuses y los biblioburros —dependiendo de la geografía— los que mantienen
viva la vieja costumbre de los libros trotamundos.
La
librería ambulante, de Christopher Morley relata esa existencia
nómada. En los Estados Unidos, en los años veinte del pasado siglo, el señor
Mifflin recorre el mundo rural norteamericano en un extraño carruaje con
aspecto de tranvía tirado por un caballo blanco. Cuando levanta las cubiertas
laterales, resulta que el alargado vagón es un puesto de libros —estanterías
sobre estanterías, todas repletas—. Dentro de la caravana no faltan
comodidades: una estufa de aceite, una mesa plegable, un catre para dormir, una
silla de mimbre y geranios en las diminutas repisas de las dos ventanas.
Durante
muchos años, el señor Mifflin había ejercido de maestro en una escuela rural,
«partiéndose el lomo por un salario miserable». Por razones de salud, decide
irse a vivir al campo. Construye con sus propias manos su carromato —al que
bautiza como «Parnaso ambulante»— y compra una buena cantidad de libros en una
tienda de segunda mano en Baltimore. Aunque no le faltan ni la picardía ni la
labia del comerciante, Mifflin se considera un predicador de los caminos,
llamado a divulgar el evangelio de los buenos libros. Zarandea su mercancía de
granja en granja, por las rutas polvorientas donde conviven los carros de
madera con los primeros automóviles fabricados en serie. Cuando llega junto al
porche de una casa de campesinos, baja de un brinco desde el pescante,
atraviesa el corral donde las gallinas rascan el suelo y se esfuerza por
convencer a una mujer que pela patatas de la importancia de leer. Intenta
convertir a los granjeros a su credo entusiasta. «Cuando le vendes un libro a
alguien, no solamente le estás vendiendo doce onzas de papel, tinta y
pegamento. Le estás vendiendo una vida totalmente nueva. Amor, amistad y humor
y barcos que navegan en la noche. En un libro cabe todo, el cielo y la tierra,
en un libro de verdad, quiero decir. ¡Repámpanos! Si en lugar de librero fuera
panadero, carnicero o vendedor de escobas, la gente correría a recibirme,
ansiosa por recibir mi mercancía. Y heme aquí, con mi cargamento de salvaciones
eternas. Sí, salvación para sus pequeñas y atribuladas almas. Y no vea cómo cuesta
que lo entiendan».
Las
gentes de tez curtida y manos amoratadas por la escarcha nunca han tenido
oportunidad de comprar literatura, y menos de que alguien les explique lo que
esta significa. Mifflin ha comprobado que, cuanto más se adentra en el campo,
menos libros se ven y los que encuentra son peores. Con su peculiar elocuencia,
clama que haría falta un ejército de libreros como él dispuestos a visitar en
persona los hogares de los labradores, contar cuentos a sus hijos, hablar con
los profesores de las pequeñas escuelas y presionar a los editores de revistas
agrícolas hasta conseguir que los libros circulen por las venas del país; en
resumen, llevar el Santo Grial a las remotas granjas de Maine.
Si esa
era la situación en Norteamérica ya entrado el siglo XX, ¿cómo sería la de
aquellos mercaderes que menciona Aristóteles, entre los olivares soleados,
cuando los libros eran jóvenes y todo sucedía por primera vez?
§ 16. La
religión de la cultura
LV
Alejandro
había desencadenado el vértigo y los terrores de la globalización. Hasta
entonces, la mayoría de los griegos habían sido ciudadanos de pequeñas naciones
que abarcaban poco más que una población y sus inmediaciones. Cada uno de esos
países mínimos se enorgullecían de su propia política y su propia cultura, eran
fieramente independientes y se enzarzaban en escaramuzas frecuentes con sus
vecinos en nombre del amor a la libertad. Cuando las ciudades de Grecia fueron
anexionadas a las nuevas monarquías, sus habitantes quedaron huérfanos en masa.
Las orgullosas comunidades se tambalearon al dejar de ser centros
independientes para convertirse en una vasta periferia imperial. Los que el día
anterior habían sido ciudadanos eran ahora súbditos. Siguieron combatiendo unos
contra otros y entreteniéndose con alianzas, tratados, arbitrajes y
declaraciones de guerra, pero tras perder la independencia las batallas ya no
tenían un sabor tan intenso. Frente al vacío, las nuevas estructuras estatales
—incipientes, autoritarias y volcadas en luchas dinásticas— no ofrecían ningún
anclaje. A la deriva, los griegos buscaron otros asideros. Abrazaron credos
orientales, rituales exóticos, filosofías salvadoras. Algunos se refugiaron en
una religión recién creada: la religión de la cultura y el arte.
Ante el
eclipse de la vida ciudadana, ciertas personas decidieron dedicar sus energías
a aprender; a educarse con la esperanza de permanecer libres e independientes
en un mundo sometido; a desarrollar hasta el máximo posible todos sus talentos;
a conseguir la mejor versión posible de sí mismos; a modelar su interior como
una estatua; a hacer de su propia vida una obra de arte. Era la estética de la
existencia que tanto impresionó a Michel Foucault cuando estudiaba a los
griegos para su Historia de la sexualidad. En la última entrevista
que concedió, fascinado por esta idea antigua, Foucault dijo: «Me llama la
atención el hecho de que en nuestra sociedad el arte se haya convertido en algo
que atañe a los objetos y no a la vida ni a los individuos. ¿Por qué un hombre
cualquiera no puede hacer de su vida una obra de arte? ¿Por qué una determinada
lámpara o una casa pueden ser obras de arte y no puede serlo mi vida?».
Aunque
esta idea no era nueva, en la época helenística se convirtió en un refugio para
los desorientados huérfanos de las libertades perdidas. En ese periodo,
la paideía —en griego, «educación»— se transforma para algunos
en la única tarea a la que merece la pena consagrarse en la vida. El
significado de la palabra se va enriqueciendo, y, cuando romanos como Varrón o
Cicerón necesitan traducirla al latín, eligen el término humanitas.
Es el punto de partida del humanismo europeo y sus irradiaciones posteriores.
Los ecos de esta constelación de palabras no se han apagado todavía. La Enciclopedia
ilustrada rescató la antigua paideía —que desciende
de la expresión en kýklos paideía—, que todavía hoy resuena en el
experimento global y políglota de la Wikipedia.
A veces
se olvida que esta antigua fe en la cultura nació como un credo religioso, con
su lado místico y su promesa de salvación. Los fieles creían que, en la vida de
ultratumba, las almas de los elegidos vivirían en praderas regadas por frescos
manantiales donde habría teatros para los poetas, coros de danza, conciertos y
coloquios alrededor de la mesa de eternos banquetes —en este caso, regados con
vino generoso—. Sería un lugar celestial para los filósofos más charlatanes:
allí nadie se irritaría con ellos ni les pediría que cerrasen la boca de una
vez.
Por eso
encontramos en tantos monumentos funerarios —epitafios, bajorrelieves o
estatuas— el recuerdo de la cultura de los difuntos. Se despiden de la
existencia terrenal con la pose de hombres de letras, oradores, filósofos,
aficionados al arte o músicos. Esas tumbas no pertenecen, como se creía en un
principio, a intelectuales de oficio, profesores o artistas. Ahora sabemos que,
en la mayoría de los casos, eran comerciantes, médicos o funcionarios. Pero
querían ser recordados por un único motivo: porque se iniciaron en la labor de
la inteligencia y las virguerías del arte, saberes protegidos por las musas.
«Lo único
que merece la pena es la educación —escribe en el siglo II un seguidor de este
culto—. Todos los otros bienes son humanos y pequeños y no merecen ser buscados
con gran empeño. Los títulos nobiliarios son un bien de los antepasados. La
riqueza es una dádiva de la suerte, que la quita y la da. La gloria es
inestable. La belleza es efímera; la salud, inconstante. La fuerza física cae
presa de la enfermedad y la vejez. La instrucción es la única de nuestras cosas
que es inmortal y divina. Porque solo la inteligencia rejuvenece con los años y
el tiempo, que todo lo arrebata, añade a la vejez sabiduría. Ni siquiera la
guerra que, como un torrente, todo lo barre y arrastra, puede quitarte lo que
sabes».
Las
antiguas creencias se habían desmoronado, pero a cambio la inmortalidad se
ponía al alcance de todos, a través de la cultura, la palabra y los libros. No
olvidemos que el Museo de Alejandría, al que pertenecía la Gran Biblioteca, era
un templo donde un sacerdote oficiaba los rituales de las musas. Es
enternecedor pensar en aquellos griegos que soñaron con llamar a las puertas
del cielo empuñando sus rollos.
LVI
Durante
los siglos III a I a. C., el paisaje se transformó, y los libros encontraron
cobijo en nuevos horizontes. Los papiros egipcios revelan que, sin llegar a ser
total, en época helenística la alfabetización se extendió mucho, incluso más
allá de la clase dirigente. Por supuesto, los ricos eran los primeros en entrar
en la escuela y los últimos en abandonarla. No obstante, al menos en la Grecia
europea, los niños de condición libre tenían más opciones que en ninguna otra
época de recibir una educación primaria —las leyes escolares de Mileto o de
Teos así lo dan a entender—. La legislación de esta última ciudad aclara que la
enseñanza básica se dirigía por igual a los niños y a las niñas, y al parecer
era un hecho extendido. Es más, en un gran número de ciudades del Egeo y Asia
Menor hubo una floreciente oferta de enseñanza para chicas de familias
adineradas —por fin se abren rendijas que permiten atisbar la entrada de niñas
estudiantes en las aulas y las primeras generaciones de lectoras—.
La
posibilidad de educarse estaba expandiéndose a través de inmensas extensiones
geográficas. Se podría hacer una larga lista de intelectuales nacidos en
ciudades insignificantes con nombres sonoros y lejanos como Cotieo, Eucarpia,
Rodiápolis, Amasia, Seleucia del Euleo… No solo se fundaron bibliotecas en las
capitales —la biblioteca de Alejandría y su rival de Pérgamo—. Instituciones
culturales más modestas nacían también en la periferia. Una inscripción del
siglo II a. C. encontrada en la pequeña isla de Cos recuerda las donaciones de
varios patrocinadores privados a la biblioteca local.
A lo
largo y ancho de los dos nuevos continentes invadidos por los macedonios
—África y Asia—, los teatros, los gimnasios y los libros expresaban la
conciencia de su identidad griega. Para los indígenas, dominar la lengua de sus
gobernantes leyendo a Tucídides y a Platón ayudaba a escalar hasta posiciones
de prestigio. Los conquistadores, claro, imponían su cultura convencidos de
estar civilizando bárbaros. En un lugar tan remoto como Ai-Khanoum, en
Afganistán, se conservan textos griegos grabados en piedra, sin duda llegados
hasta esas lejanías en el vehículo de los libros —cada vez más viajeros—.
Algo
llama la atención: los escritores de esta enorme extensión geográfica leían y
citaban a los mismos autores, empezando por Homero y llegando a Aristóteles y
Menandro. Haber aprendido a escribir y leer con esos libros era casi lo único
que tenía en común un griego nacido en el actual Irán y otro nacido en Egipto,
los dos tan lejos de casa.
El
rescate y el cuidado de esa literatura no podía dejarse al azar. Y de eso se
ocuparon los sabios que poblaban el fantástico laberinto de libros erigido en
Alejandría.
§ 17. Un
hombre de memoria prodigiosa y un grupo de chicas vanguardistas
LVII
Érase una
vez, en la Gran Biblioteca, un hombre de memoria prodigiosa. Día tras día, se
dedicaba a leer los rollos por su orden, de anaquel en anaquel. Y las palabras
acariciadas por sus ojos se grababan en su mente, transformándola poco a poco
en un archivo mágico de todos los libros.
Se
llamaba Aristófanes de Bizancio. Su padre era comandante de mercenarios y lo
había adiestrado para su oficio aventurero y peligroso. Él prefirió los viajes
inmóviles, las múltiples vidas imaginarias del lector. En su frente, tras los
mechones de pelo gris como liquen, se dibujaban unas arrugas paralelas que
sugerían las líneas de un texto indescifrable. Se hubiera dicho que aquel
hombre delgado y musgoso, siempre en silencio pero habitado por infinitos
fantasmas susurrantes, se parecía cada vez más a los libros que devoraba.
Un día se
celebró en Alejandría un concurso de poesía. El rey eligió a seis personajes
ilustres de la ciudad como jueces literarios. Faltaba uno más para conseguir un
número impar, y alguien deslizó el nombre de Aristófanes. Los siete jueces
escucharon recitar a los poetas pero, mientras los demás aplaudían, Aristófanes
se limitaba a callar con gesto inexpresivo. Dejó deliberar a los otros sin
mezclarse en la discusión. Solo al final pidió que le permitieran hablar, para
decir que todos los concursantes menos uno eran farsantes. Se levantó, entró en
los pórticos de la biblioteca y, utilizando solo su memoria, extrajo una
montaña de rollos de distintas estanterías. Allí estaban, palabra por palabra,
recónditos, los poemas que los escritores tramposos habían saqueado. Los
ladrones de palabras no pudieron engañar a Aristófanes. Para él, cada verso era
tan inconfundible como un rostro, y recordaba su lugar en los anaqueles igual
que otros conocen el puesto de cada estrella en el cielo nocturno.
Cuenta la
leyenda que el rey de Egipto nombró director de la Biblioteca a aquel memorioso
lector.
Esta
anécdota, relatada por Vitrubio, demuestra que el plagio y los escándalos son
tan antiguos como los propios concursos literarios —tal vez por eso llamemos
«fallos» a las decisiones de los jurados—. Además, la historia de Aristófanes
de Bizancio nos revela el crecimiento de la Gran Biblioteca, que, un siglo
después de su creación, ya solo podía tener cabida en una memoria fabulosa.
Había llegado el tiempo de los catálogos y las listas.
En
realidad, como explica el ensayista Philipp Blom, todo coleccionista necesita
su inventario. Las cosas que se esfuerza en reunir pueden volver a dispersarse
algún día, vendidas o saqueadas, sin dejar rastro de la pasión y los
conocimientos que impulsaban a su anterior dueño. Incluso a los más humildes
coleccionistas de sellos, libros o discos les duele imaginar que seguramente en
el futuro esos objetos elegidos uno a uno por íntimos motivos volverán al
revoltijo y la mezcolanza de las tiendas de viejo. Solo en su catálogo, la
colección sobrevive a su propio naufragio. Es la prueba de que existió como
conjunto, como plan cuidadoso, como obra de arte.
En el
catálogo se manifiesta el poder del número. Ya conté antes que, según las
fuentes, cada poco tiempo el rey Ptolomeo pasaba revista a los anaqueles de la
Biblioteca y preguntaba a su encargado: «¿Cuántos libros tenemos ya?». La cifra
que salía de la boca del bibliotecario resumía el éxito o el fracaso de su
grandioso plan. Esta escena tiene un cierto parecido con un episodio
protagonizado por Don Juan Tenorio, a quien se podría considerar el arquetipo
literario del coleccionista insaciable. En la ópera Don Giovanni,
Mozart y su libretista Da Ponte incluyeron la famosa «Aria del catálogo», donde
el criado Leporello aporta un inventario de conquistas: «Este es el catálogo de
las mujeres que amó mi señor, un catálogo que yo mismo he elaborado. Observad,
leed conmigo. En Italia, seiscientas cuarenta, en Alemania doscientas treinta y
una, cien en Francia, en Turquía noventa y una, ¡pero en España ya son mil
tres!». Los Ptolomeos, como Don Juan, necesitaban servidores-contables que les
garantizaran que la suma de sus logros seguía aumentando, que tenían derecho a
sentirse cada vez más importantes y poderosos. De la misma forma, las redes
sociales son los Leporellos de nuestro mundo virtual. Alimentando el narcisismo
y la pulsión coleccionista que anida en nosotros, llevan la cuenta del número
de amigos, seguidores y «me gusta» que somos capaces de conquistar.
La
Biblioteca de Alejandría, que intentó rozar el infinito, también tuvo un gran
catálogo. Sabemos que ocupaba al menos ciento veinte rollos, cinco veces más
que la Ilíada de Homero. Por sí solo, ese dato conserva un
destello de la magnífica colección perdida. Y prueba que, para entonces, el mar
de libros había desbordado los diques de la memoria humana. Ya nunca volverían
a habitar en una sola cabeza —como se cuenta que habitó en la de Aristófanes—
la suma del saber, la poesía y los relatos escritos.
LVIII
Del gran
catálogo se encargó en el siglo III a. C. un poeta nacido en territorio libio,
Calímaco de Cirene, el primer cartógrafo de la literatura. En las galerías,
pórticos, salas interiores y pasillos de la Biblioteca de Alejandría, con sus
anaqueles llenos a rebosar, ya era posible perderse. Hacía falta un mapa del
territorio, un orden y una brújula.
Se
considera a Calímaco el padre de los bibliotecarios. Lo imagino rellenando las
primeras fichas bibliográficas de la historia —que serían tablillas— e
inventando algún remoto antecedente de las signaturas. Quizá conoció los
secretos de las bibliotecas babilónicas y asirias, y se inspiró en sus métodos
de organización, pero llegó mucho más lejos que ninguno de sus predecesores.
Trazó un atlas de todos los escritores y de todas las obras. Resolvió problemas
de autenticidad y falsas atribuciones. Encontró rollos sin título que era
necesario identificar. Cuando dos autores se llamaban de la misma forma,
investigó la identidad de cada uno para diferenciarlos. En algunos casos se
confundían nombres y apodos. Por ejemplo, el verdadero nombre —hoy olvidado— de
Platón era Aristocles. Hoy ya solo lo conocemos por lo que parece su apodo del
gimnasio, Platón, que en griego significaba «espalda ancha» —el filósofo debía
de estar muy orgulloso de sus habilidades pugilísticas sobre la arena—.
En
resumen, el nuevo geógrafo de los libros tuvo que afrontar infinitos
interrogantes con paciencia y amor por el detalle minucioso. De cada autor,
Calímaco redactó una biografía brevísima, investigó los datos distintivos —el
nombre del padre, el lugar de nacimiento, el apodo— y elaboró la lista completa
de sus obras por orden alfabético. El título de cada libro iba seguido de una
cita de la primera frase del texto —si se conservaba— para facilitar su
identificación.
La idea
de utilizar el alfabeto para ordenar y archivar textos fue una gran
contribución de los sabios alejandrinos. En nuestra vida cotidiana, nosotros lo
hemos asumido como algo tan corriente, tan claro y útil que ni siquiera nos
parece un invento. Y, sin embargo, es una herramienta —igual que el paraguas,
los cordones de los zapatos o el lomo de los libros— que alguien ideó en un
momento de inspiración precedido por una larga búsqueda. Ciertos investigadores
piensan que esta sencilla genialidad pudo ser precisamente lo que Aristóteles
enseñó a los bibliotecarios de Alejandría. La hipótesis es atractiva, aunque
imposible de probar. En cualquier caso, el sistema se impuso gracias a los
intelectuales del Museo. Nosotros, con un abecedario distinto, seguimos
imitando sus gestos.
El
catálogo de Calímaco —llamado los Pínakes, «las Tablas»— no se ha
conservado, pero en textos de los siglos posteriores aparecen suficientes
referencias y alusiones para tener una idea bastante aproximada de cómo fue.
También han llegado a nosotros listas que seguramente fueron copiadas de los Pínakes.
Por ejemplo, los títulos de setenta y tres piezas teatrales de Esquilo en orden
alfabético, y más de cien de Sófocles. Estas enumeraciones son un auténtico
inventario de pérdidas —hoy solo podemos leer siete tragedias completas de cada
uno—.
En una de
sus decisiones con mayor repercusión, Calímaco organizó la literatura por
géneros. Clasificó —ya para siempre— los libros en dos grandes territorios: el
verso y la prosa. Luego, parceló cada uno de estos países literarios en
provincias: épica, lírica, tragedia, comedia; historia, oratoria, filosofía,
medicina, derecho. Y, al final, una última sección miscelánea para las obras
que no encajaban en ninguno de los principales géneros. Allí figuraban, por
ejemplo, cuatro libros de repostería. La ordenación alfabética por géneros, que
ha llegado hasta nuestras bibliotecas actuales, obedecía a criterios meramente
formales, útiles, pero arbitrarios. Desde entonces, los libros mixtos,
experimentales, fronterizos y desobedientes a las leyes de los géneros —también
los hubo en la Antigüedad— han cargado con los inconvenientes de ser
inclasificables.
A pesar
de su formalismo, los Pínakes se convirtieron en una
herramienta de búsqueda esencial, el primer gran mapa de la literatura, un
portulano para navegar el gran océano de la Biblioteca de Alejandría. Y, en la
estela de Aristóteles, una audaz taxonomía del saber y la invención. Durante
toda la Antigüedad, el catálogo de Calímaco se consultaba y actualizaba
constantemente. Tuvo un enorme éxito y colocó los cimientos de las ciencias
bibliográficas y enciclopédicas, ramas del saber que están al servicio de todas
las demás.
Adivino
que Calímaco soñaría con salvar del olvido todos los pequeños mundos
encapsulados en el interior de los libros, incluso los más recónditos, y de ahí
extrajo fuerzas y paciencia para ese inmenso esfuerzo. Después de todo, él
mismo era un escritor preocupado por el porvenir de las palabras. Ironías del
destino, su propia obra se perdió casi por completo.
Por lo
que sabemos, fue un poeta transgresor, que defendía con uñas y dientes la
experimentación creativa. Le aburrían los fieles imitadores de un pasado
literario irrecuperable. Amaba la brevedad, la ironía, el ingenio, la
fragmentación. A veces, no hay nada como conocer bien a los clásicos para saber
por dónde se pueden abrir nuevos caminos.
LIX
Silenciosamente,
las bibliotecas han ido invadiendo el mundo.
Entre el
año 1500 y 300 a. C., existieron 55 bibliotecas, solo para un público
minoritario, en algunas ciudades de Próximo Oriente, y ninguna en Europa. Según
datos del año 2014 en España, el 97 por ciento de la población dispone de al
menos una biblioteca pública en el lugar donde vive —hay un total de 4.649
bibliotecas en todo el país—. Estas cifras cuentan la historia de un enorme
cambio y de una fantástica multiplicación. Aunque ha pasado bastante
desapercibida, se trata de una de las realidades antiguas que nos han
colonizado con más eficacia. Si nos preguntáramos, como esos estrafalarios
miembros del Frente Popular de Judea de La vida de Brian, ¿qué han
hecho los griegos y romanos por nosotros?, contestaríamos sin dudarlo:
calzadas, alcantarillas, leyes, democracia, teatro, acueductos. Tal vez
incluiríamos en la lista la épica de los gladiadores, ese hatajo de ruidosos
luchadores semidesnudos que tanto fascinan a los guionistas de Hollywood, o los
conductores de cuadrigas, pero ni remotamente pensaríamos en el éxito sosegado
de las bibliotecas públicas, hoy más vivas que nunca.
No olvido
la primera biblioteca de mi infancia. Desde muy niña, sabía que en todos los
cuentos hay un bosque; al entrar en sus misteriosos caminos, el protagonista
siempre tropieza con la magia y acaba encontrando alguna maravilla. Yo también
caminaba entre árboles, de la mano de mi padre, en las largas tardes de julio.
Solíamos ir los dos juntos a una biblioteca pequeña en el Parque Grande. Era
una casita que, por su aspecto y su tejado, a mí me parecía sacada de algún
cuento o quizá de un país alpino. Entraba en su interior en penumbra, escogía
un tebeo y volvía a salir al luminoso exterior del parque con el tesoro bien
abrazado, hasta elegir un banco donde leerlo. Y lo leía a conciencia, desde la
primera a la última letra, bebiendo los dibujos y las palabras, mientras la
tarde declinaba lentamente y se escuchaba la música metálica de las bicicletas
al pasar. Cuando terminaba, devolvía el tebeo que había sido mi botín durante
unas horas, salía del bosque y volvía a casa con la imaginación bullendo en la
frescura del anochecer.
Las
maravillas de aquel parque ascendido a la categoría de bosque por mi mirada
infantil eran, claro, pura fantasía; los libros y los héroes que los habitaban;
el susurro de los álamos que con sus cuchicheos misteriosos parecían prometer
un cuento; la biblioteca. Me había convertido en una yonqui de los tebeos, y
cada tarde exigía dosis mayores.
Los más
de diez mil bibliotecarios que trabajan en España —cientos de miles en todo el
mundo— alimentan nuestra adicción a las palabras. Son los guardianes de la
droga. A ellos les confiamos la suma de nuestros conocimientos y nuestros
sueños, desde los cuentos de hadas a las enciclopedias, desde los opúsculos
eruditos a los cómics más canallas. Ahora que muchas editoriales destruyen sus
fondos para evitar los gastos de almacenamiento, allí encontramos un depósito
de las palabras descatalogadas; el cofre del tesoro.
Cada
biblioteca es única y, como alguien me dijo una vez, siempre se parece a su
bibliotecario. Admiro a esos cientos de miles de personas que aún confían en el
futuro de los libros o, mejor dicho, en su capacidad de abolir el tiempo. Que
aconsejan, animan, urden actividades y crean pretextos para que la mirada de un
lector despierte las palabras dormidas, a veces durante años, de un ejemplar
apilado en una estantería. Saben que ese acto tan cotidiano es en el fondo
—levántate, Lázaro— la resurrección de un mundo.
Los
bibliotecarios tienen una larga genealogía que empieza en el Creciente Fértil
de Mesopotamia, pero apenas sabemos nada sobre esos lejanos antepasados del
gremio. El primero que nos habla con su propia voz es Calímaco, a quien podemos
imaginar con un perfil nítido en su paciente trabajo de catalogación y en sus
largas noches de escritura. Después de Calímaco, muchos escritores han ejercido
de bibliotecarios durante alguna época de su vida, entre paredes de libros que
a la vez convidan y paralizan. Goethe, Casanova, Hölderlin, los hermanos Grimm,
Lewis Carroll, Musil, Onetti, Perec, Stephen King. «Dios me hizo poeta y yo me
hice bibliotecaria», escribió Gloria Fuertes.
Y a
Borges, el bibliotecario ciego que se ha convertido él mismo casi en un género
literario. Cuenta un amigo del escritor que cierta vez recorrió con él la
Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Borges se movía entre los anaqueles como
en su propio hábitat. Abrazaba con la mirada, ya sin verlos nítidamente, cada
uno de los estantes. Sabía dónde se encontraba cada libro y, al abrirlo,
encontraba enseguida la página precisa. Perdiéndose en corredores tapizados de
libros, deslizándose por lugares casi invisibles, Borges se abría camino en la
oscuridad de la biblioteca con la delicada precisión de un equilibrista; como
Jorge de Burgos, ese guardián ciego —y asesino sigiloso— de la biblioteca
abacial de El nombre de la rosa, que Umberto Eco, entre el homenaje
y la irreverencia, imaginó inspirándose en él.
A
principios del siglo XX, este oficio desempeñado por hombres desde los tiempos
de Nínive, Babilonia y Alejandría en adelante, empezó a transformarse en un
territorio pacíficamente invadido por mujeres. En 1910, lo eran casi el 80 por
ciento del total. Y, como solo las mujeres solteras tenían permitido trabajar,
el imaginario colectivo forjó la caricatura de la bibliotecaria solterona,
avinagrada, antipática, con moño gris, gafas, ropa anticuada y muchas ganas de
gruñir. La mentalidad de esa época no tan lejana creía que una mujer que
trabajase entre libros solo podía lamentarse con amargura por el novio que
nunca le puso un anillo en el dedo y su prole inexistente. En ¡Qué
bello es vivir!, estrenada nada menos que en 1946, encontramos un reflejo
de ese estereotipo. Me parece un momento insuperablemente paródico, pero por
desgracia está rodado sin pizca de ironía. El personaje protagonista, George
Bailey, interpretado por James Stewart, está al borde del suicidio en
Nochebuena. Entonces interviene su ángel de la guarda para mostrarle cómo sería
el mundo si él no hubiera nacido y así convencerlo de que su vida no es un
inane despropósito. Tras contemplar cómo todos sus amigos y familiares habrían
sido más desgraciados sin él, George pregunta por su mujer: ¿dónde está Mary?
El ángel titubea; no…, no me pidas eso. George, angustiado, imaginándose lo
peor, agarra al ángel por las solapas. Si sabes dónde está mi mujer, dímelo. No
puedo decírtelo. Por favor. No te va a gustar, George. ¿Dónde está, dónde
está?, pregunta George rozando la desesperación. Se quedó soltera, George… Está
a punto de cerrar la biblioteca. George deja caer al ángel y corre a la
biblioteca. Entonces, aparece en pantalla Mary, que en efecto está cerrando la
puerta de la Biblioteca Pública de Pottersville. Viste el uniforme completo:
traje monjil, moño, gafas gruesas. Camina con el bolso aferrado contra el
pecho, acomplejada e infeliz. La banda sonora de la película crea una atmósfera
lúgubre. Y, ante la horrorizada expresión de George, se espera que el
espectador, echándose las manos a la cabeza, piense: ¡No, una bibliotecaria no!
Estos
tópicos, como ha demostrado la investigadora Julia Wells, continúan presentes
en el cine contemporáneo. Muchas bibliotecarias de ficción siguen apareciendo
como mujeres cascarrabias que lanzan furibundos ¡tchsss! a quien se atreve a
hablar en sus dominios. Y aquí tropiezo con una triste ironía histórica.
Durante los años inmediatamente anteriores al rodaje de la película de Frank
Capra, en la España de posguerra, la mayoría de las bibliotecarias que
ejercieron durante la República fueron consideradas peligrosas revolucionarias
y sometidas a procesos de depuración. En general, eran el reverso del fantasma
de Mary en ¡Qué bello es vivir!: chicas modernas, vanguardistas,
pioneras en las universidades españolas. Las autoridades franquistas
investigaron sus actividades públicas, su vida profesional y su conducta
privada. Las que pudieron mantener su trabajo en el Cuerpo público de Bibliotecarios
y Archiveros sufrieron humillantes bajadas de sueldo, destinos forzosos y
quedaron inhabilitadas para puestos de dirección. Pienso en María Moliner, a la
que rebajaron dieciocho puestos en el escalafón, excluyéndola para toda su
carrera de cargos de mando o confianza. Relegada primero al Archivo de Hacienda
de Valencia y luego a la Escuela de Ingenieros de Madrid, elaboró a solas su
fantástico diccionario. La biblioteca de la infancia de mi madre no era una
casita encantada en el bosque, como la mía; era el edificio donde trabajaban
dos mujeres represaliadas.
Las
bibliotecas y los bibliotecarios tienen su propia historia universal de la
infamia: ataques, bombardeos, censura, depuraciones, persecución. Han inspirado
una galería de personajes fantásticos, como Jorge de Burgos en El
nombre de la rosa, capaz de convertir un libro de Aristóteles en arma del
crimen; o Mary, que vive a la vez en dos dimensiones espaciotemporales, como
feliz madre de familia y como atormentada bibliotecaria (y no sabemos cuál de
esas vidas prefiere). Pero lo más asombroso de todo es el camino recorrido
desde los orígenes orientales —con sus gremios de escribas y castas de
sacerdotes que mantenían el conocimiento vigilado— a las bibliotecas de hoy,
abiertas a todo el que quiera leer y aprender.
En sus
anaqueles aguardan juntos libros escritos en países enemigos, incluso en guerra
unos con otros. Manuales de fotografía y de interpretación de los sueños.
Ensayos que hablan de microbios o de galaxias. La autobiografía de un general
al lado de las memorias de un desertor. La obra optimista de un autor
incomprendido y la obra oscura de un autor de éxito. Los apuntes de una
escritora viajera junto a los cinco tomos que necesita un escritor sedentario
para contar con pelos y señales sus ensoñaciones. El libro impreso ayer y a su
lado el que acaba de cumplir veinte siglos. Ahí no se conocen las fronteras
temporales ni geográficas. Y, por fin, estamos todos invitados a entrar:
extranjeros y locales, gente con gafas, con lentillas o con legañas, hombres que
llevan moño o mujeres que llevan corbata. Eso se parece a una utopía.
LX
Mallarmé,
en el siglo XIX, escribió: «La carne es triste y, ay, he leído todos los
libros». Probablemente, el poeta aludía al tedio de una existencia saturada y
marchita. Sin embargo, leídas desde los tiempos de Amazon y el Kindle, sus
palabras nos recuerdan con ironía que la aspiración a conocer todos los libros
es solo el sueño imposible de los bibliófilos más locos. La humanidad publica
un libro cada medio minuto. Suponiendo un precio de veinte euros y un grosor de
dos centímetros, harían falta más de veinte millones de euros y unos veinte
kilómetros de anaqueles para la ampliación anual de la biblioteca de Mallarmé.
El
catálogo de Calímaco fue el primer atlas completo de los libros conocidos. El
continente cartografiado resultó ser enorme, y los griegos se sintieron, por lo
menos, tan sobrepasados como nosotros. Ninguna persona leería jamás la
totalidad de los rollos guardados en la Biblioteca de Alejandría. Nadie lo
sabría todo. Cada vez más, el conocimiento de cada uno sería un archipiélago
mínimo en el inconmensurable océano de su ignorancia.
Nació
entonces la ansiedad de seleccionar: ¿qué leer, ver, hacer antes de que sea
demasiado tarde? Por el mismo motivo, hoy seguimos obsesionados por las listas.
Hace solo unos años, Peter Boxall publicó el enésimo listado de los libros —en
este caso, 1.001, como las noches de Sherezade— que hay que leer antes de
morir. En la actualidad, proliferan las selecciones de los discos que merece la
pena escuchar, de las películas que conviene no perderse o los lugares a los
que deberíamos viajar. Internet es la gran lista de nuestros días, fragmentaria
e infinitamente ramificada. Cualquier manual de autoayuda que se precie,
encaminado a hacerte millonario, ayudarte a conquistar el éxito o redimirte de
la obesidad, incorpora el consejo básico de hacer listas. Perserverarás en los
propósitos inventariados, y tu vida mejorará. Las enumeraciones tienen que ver
con el orden como ansiolítico, es decir, con nuestro sistema defensivo para
neutralizar la expansión del caos. También tienen que ver con la angustia, con
el miedo, con el doloroso convencimiento de que tenemos los días contados. De
ahí que tratemos de reducir las cosas que nos desbordan a diez, cincuenta, cien
epígrafes.
Al
recorrer con la vista el desmesurado catálogo, sin duda los sabios de la Gran
Biblioteca fueron infectados por el mismo virus invasor de las listas. ¿Cuáles
eran los libros imprescindibles en cada género? ¿Qué narraciones, qué versos,
qué ideas deberían llegar a las generaciones futuras?
En la
época de la reproducción manuscrita, la supervivencia de un libro antiguo
exigía un enorme esfuerzo porque el material se deterioraba y era necesario
volver a copiarlo cada cierto tiempo. Estas copias sucesivas obligaban también
a revisar la edición y comentarla para que el paso de los años no oscureciese
su sentido. Los sabios de la Biblioteca, con sus días contados, no podían
garantizarles esa dedicación a todos los libros del catálogo. Era necesario
elegir. Sus listas fueron, como la mayoría de las nuestras, un programa de
trabajo, pero además crearon un sistema de referencias que ha llegado hasta
hoy. En El vértigo de las listas, Umberto Eco sostiene que las
listas son en realidad el origen de la cultura, parte de la historia del arte y
la literatura. Añade que en las enciclopedias y los diccionarios encontramos
formas elaboradas de los listados. Y todos ellos —repertorios, bibliografías,
índices, tablas, catálogos, diccionarios— hacen más comprensible el infinito.
Los
griegos tenían una palabra para los autores incluidos en listas: enkrithéntes,
«los que ha superado la criba, los tamizados». La palabra elegida sugiere la
metáfora rural del cedazo, que separa y distingue el grano de la paja. A una
escala menor que la de nuestros tiempos, también en la Antigüedad abundaban los
listados de autores enkrithéntes a quienes era necesario leer
antes de morir. Conocemos los títulos de unos manuales de época imperial que
suenan tan actuales como las novedades contemporáneas: Conocer los
libros, de Telefo de Pérgamo, Sobre la elección y adquisición de
libros, de Erenio Filón o El bibliófilo, de Damófilo de
Bitinia. Esos tratados encaminaban a los lectores en la elección de libros,
señalando las obras esenciales. Algunas de aquellas listas antiguas han llegado
hasta nosotros y, aunque presentan diferencias entre sí —las selecciones se
actualizan constantemente—, mantienen un trasfondo común. Después de
rastrearlas y compararlas, creo que todas se remontan a los sabios de Alejandría
y al catálogo de Calímaco. Y pienso que el sentido originario de aquellas
selecciones fue concentrar esfuerzos para impedir que un puñado de libros
maravillosos, los preferidos, se desvaneciesen en el olvido.
Elegir
es, de alguna forma, salvaguardar. Hoy seguimos elaborando listas de paisajes y
monumentos, declarándolos Patrimonio de la Humanidad, para intentar protegerlos
de las oleadas de destrucción.
Alejandría
es un punto de partida. Allí el dinero de los reyes y el empeño de los
estudiosos sostuvieron un gran trabajo de conservación y salvamento. Quizá por
primera vez, los griegos entendieron que las frágiles palabras de los libros
eran una herencia que sus hijos y los hijos de sus hijos necesitarían para
explicar la vida; que algo tan efímero —el dibujo de un soplo de aire, la
vibración musical de nuestros pensamientos— tenía que ser preservado pensando
en las generaciones futuras; que las antiguas historias, leyendas, cuentos y
poemas son testimonio de unas aspiraciones y de una forma de entender el mundo
que se niega a morir.
Creo que
la gran originalidad de los sabios de la Biblioteca de Alejandría no tiene que
ver con su amor por el pasado. Lo que los hizo visionarios fue entender que
Antígona, Edipo y Medea —esos seres de tinta y papiro amenazados por el olvido—
debían viajar a través de los siglos; que no se podía privar de ellos a
millones de personas todavía por nacer; que inspirarían nuestras rebeldías, que
nos recordarían lo dolorosas que pueden ser ciertas verdades, que revelarían
nuestros pliegues más oscuros; que nos abofetearían cada vez que nos
enorgulleciéramos demasiado de nuestra condición de hijos del progreso; que nos
seguirían importando.
Por
primera vez, contemplaron los derechos del futuro —los nuestros—.
LXI
Mientras
escribo, termina diciembre en medio de la habitual neurosis de las listas —de
los más vendidos a los mejor vestidos del año—. Los últimos doce meses quedan
resumidos en estos listados-pódium que publican todos los periódicos y se
vierten a las redes. La realidad se transforma en un gran torneo, y nos
apasiona saber quiénes son los ganadores.
Por una
vez, la culpa de esta pulsión no es de internet. Los griegos fueron pioneros de
la clasificación con sus famosas listas: los siete sabios y las siete
maravillas. Invadidos como nosotros por la fiebre culinaria, anticiparon la
Guía Michelin elaborando su propio palmarés gastronómico. Encontramos una lista
de los Siete Grandes Cocineros Griegos en un curioso ensayo del siglo II
titulado Deipnosofistas. En él, un cocinero erudito enseña a su
aprendiz los nombres de los siete chefs más ilustres y la especialidad de cada
uno: Agis de Rodas y sus perfectos asados de pescado; Nereo de Quíos, que
cocinaba un congrio digno de los dioses; Caríades de Atenas, el maestro de los
huevos en salsa blanca; Lamprias y el caldo negro; Aftoneto, creador del
embutido; Eutino, el gran cocinero de las lentejas; Aristón, el inventor de
numerosos guisados; entre ellos la cocina por evaporación —lo que hoy
llamaríamos cocina de autor—. Y concluye: «Ellos se han convertido en nuestros
segundos siete sabios». No faltan rasgos de una ironía muy actual: en el mismo
ensayo, un ilustre artista de los fogones afirma con mucha sorna que, «de todos
los condimentos, el más importante en la cocina es la fanfarronería».
Los
escritores, claro, también fueron pasto de listas, incluso antes de la
fundación de la Biblioteca en Alejandría. Ya en el siglo IV a. C., los grandes
nombres de la tragedia eran un repertorio cerrado: Esquilo, Sófocles y
Eurípides. Medio siglo después de la muerte del último de ellos, la reposición
de sus célebres obras teatrales se había convertido en el ingrediente principal
de los programas escénicos. Atraían a más público que sus sucesores vivos. El
Gobierno ateniense decidió crear un archivo estatal para proteger —como bien
público— las versiones genuinas de las tragedias de Esquilo, Sófocles y
Eurípides, y solo de los tres.
Los
trágicos griegos serían, ya para siempre, un trío. Seguramente fue en la Gran
Biblioteca donde se forjaron otras listas famosas —los nueve poetas líricos,
los diez oradores—. Desde aquellos tiempos remotos, los listados prefieren
ciertos números dotados de un halo mágico (tres, siete, nueve, diez).
Existe,
sin duda, el placer de enumerar. Lo sé; lo he vivido. Durante sus últimos
meses, mi padre dedicó muchas horas, y las pocas fuerzas que le quedaban, a
navegar por webs de deporte. Buscaba fotos de partidos de fútbol de la buena
época —la suya, claro—, allá por los finales de los años cincuenta y los
primeros sesenta del pasado siglo. Para mi padre, cualquier fútbol pasado fue
mejor. Si algo le emocionaba era encontrar alguna vieja alineación que había
memorizado de chico. Primero la cantaba en voz alta, leyéndola en la pantalla,
saboreando el orden preciso de las palabras. Después la apuntaba en un cuaderno
de espiral y hojas cuadriculadas que aún conservo. Me enseñaba con orgullo sus
listas, equipos de fantasmas, filas y filas de nombres escritos con su bonita
letra ya un poco temblorosa por el estrago de la enfermedad. Las estrofas de
esas canciones —once apellidos aprendidos de carrerilla y luego olvidados—
tenían el poder de devolverle a su infancia. Los listados son también parte
íntima de la autobiografía de cada persona.
La
escritura, dicen los expertos, nació para hacer contabilidad, es decir, listas
de cabras, espadas y ánforas de vino. Tal vez por eso, la literatura siempre ha
seguido inventando cómo inventariar. En el canto II de la Ilíada se
desgrana una larguísima enumeración de las naves griegas que combaten contra
los troyanos. La Biblia no sería la misma sin los diez mandamientos y las
genealogías infinitas. Una escritora japonesa del siglo X, Sei Shonagon,
introdujo 164 listas en su Libro de la almohada. Anotaba todo
aquello que fuese posible catalogar en orden descendente y por escrito.
Encabezaba sus enumeraciones con epígrafes sugerentes como «Cosas que aceleran
los latidos del corazón», «Cosas que deben ser breves», «Cosas que pierden al
ser pintadas», «Cosas que están cerca aunque distantes», «Personas que parecen
satisfechas de sí mismas», «Nubes y cosas que me gustan particularmente».
En el
penúltimo capítulo de su Ulises, Joyce detalla una prolija lista de
los utensilios que pueden encontrarse en el cajón de la cocina de Leopold
Bloom. Tengo debilidad por las seis propuestas para el próximo milenio de Italo
Calvino. Y por las enumeraciones de Borges, en particular sus poemas de los
dones. Y por la tentativa de Perec, sentado en un café de la plaza
Saint-Sulpice, de agotar un lugar parisino.
Joe
Brainard publicó en 1975 el libro Me acuerdo, en el que enhebraba
sus recuerdos en una emotiva lista a lo largo de ciento cincuenta páginas. «Me
acuerdo de cuando creía que nada viejo podía tener valor». «Me acuerdo de leer
doce libros todos los veranos para que me diesen un diploma de la biblioteca
municipal. Me importaba una mierda leer pero me encantaba conseguir diplomas.
Me acuerdo de que cogía libros con la letra grande y un montón de dibujos». «Me
acuerdo de que tenía una lista en la que iba apuntando los estados visitados».
«Me acuerdo de fantasear con llegar algún día a leerme una enciclopedia entera
y saberlo todo».
No puedo
omitir la «contribución a la estadística» de Wisława Szymborska: «De cada cien
personas, las que todo lo saben: cincuenta y dos;/ las inseguras de cada paso:
casi todo el resto;/ las prontas a ayudar, siempre que no dure mucho: hasta
cuarenta y nueve;/ las buenas siempre, porque no pueden ser de otra forma:
cuatro, o quizá cinco;/ las capaces de ser felices: como mucho, veintitantas;/
las inofensivas de una en una, pero salvajes en grupo: más de la mitad,
seguro;/ las crueles cuando las circunstancias obligan, eso mejor no saberlo ni
siquiera aproximadamente (…);/ las mortales: cien de cien./ Cifra que por ahora
no sufre ningún cambio».
Nos
pasamos la vida haciendo listas, leyéndolas, memorizándolas, rompiéndolas,
arrojándolas a la basura, tachando los objetivos cumplidos, aborreciéndolas y
amándolas. Las mejores son las que conceden importancia a lo que enumeran y
tratan de darle sentido. Las que acarician los detalles y la singularidad del
mundo, impidiendo que perdamos de vista aquello que es valioso. Aunque ahora,
en pleno bombardeo de fin de año, nos saturan tanto que apetece ponerlas en la
lista negra.
§ 18.
Tejedoras de historias
LXII
Solo hay
una presencia femenina en el canon literario griego: Safo. Es tentador atribuir
ese clamoroso desequilibrio a que las mujeres no escribían en la antigua
Grecia. Solo es cierto en parte. Aunque para ellas era más difícil educarse y
leer, muchas vencieron los obstáculos. De algunas, quedan fragmentos rotos de
poemas; de la mayoría, apenas un nombre. Esta es mi lista provisional de
escritoras casi borradas: Corina, Telesila, Mirtis, Praxila, Eumetis también
llamada Cleobulina, Beo, Erina, Nóside, Mero, Ánite, Mosquina, Hédila, Filina,
Melino, Cecilia Trebula, Julia Balbila, Damo, Teosebia.
Me
intrigan los versos que ya nunca leeremos de cada una de ellas porque, para mí,
el griego empezó con voz de mujer —la voz de mi profesora de instituto—.
Recuerdo que, al principio, sus clases no me impresionaron demasiado —cuánto
tardamos en reconocer a quienes nos van a cambiar la vida—. Entonces yo era una
adolescente decidida a vender muy cara mi admiración. Esperaba profesores
carismáticos, seguros de sí mismos, de esos que —los había visto en algunas
películas— entran en el aula con aire rebelde, plantan el culo sobre el borde
de su mesa y se lanzan a hablar, ingeniosos, brillantes, divertidos.
Exteriormente, Pilar Iranzo no encajaba en esa fantasía. Altísima y delgada,
encorvaba ligeramente los hombros como disculpándose por ganar en altura a todo
el mundo. Vestía una convencional bata blanca. Al hablar, sus largas manos de
pianista agitaban el aire con nerviosismo. A veces trastabillaba explicando la
lección, como si de pronto las palabras huyesen en desbandada de su cabeza.
Escuchaba con una atención intensa, hacía más preguntas que afirmaciones y
parecía sentirse especialmente cómoda al amparo del signo interrogativo.
Pronto,
la sorprendente Pilar rompió las alambradas de mi escepticismo. De aquellos dos
años aprendiendo de ella, recuerdo el placer del descubrimiento, del vuelo, la
asombrosa alegría del aprendizaje. Éramos un grupo tan pequeño de estudiantes
que acabamos sentándonos todos alrededor de una mesa y formando corrillos como
conspiradores. Aprendíamos por contagio, por iluminación. Pilar no se
atrincheraba detrás de las declinaciones, las frías fechas y cifras, las
teorías abstractas, los artefactos conceptuales. Era transparente: sin tretas,
sin alardes, sin poses, nos descubrió su pasión por Grecia. Nos prestaba sus
libros favoritos, nos contaba las películas de su juventud, sus viajes, los
mitos en los que se reconocía. Cuando hablaba de Antígona, ella misma era
Antígona; y cuando hablaba de Medea, nos parecía el cuento más terrorífico que
jamás habíamos escuchado. Al traducirlas, sentíamos que las obras clásicas se
habían escrito para nosotros. Olvidamos el miedo a no entenderlas. Dejaron de
ser losas pesadas, impuestas. Gracias a Pilar, algunos de nosotros anexionamos
un país extranjero a nuestro mundo interior.
Años
después, cuando yo misma me he tenido que enfrentar al vértigo de una clase, he
comprendido que hace falta querer a tus alumnos para desnudar ante ellos lo que
amas; para arriesgarte a ofrecer a un grupo de adolescentes tus entusiasmos
auténticos, tus pensamientos propios, esos versos que te emocionan, sabiendo
que podrían burlarse o responder con cara de piedra e indiferencia ostentosa.
Mientras
estudiaba la carrera, solía visitar a Pilar durante sus horas de guardia, en el
seminario de Griego. Cuando se jubiló, seguí viéndola en una cafetería cercana
a su casa. Necesitaba agradecerle aquella forma tan imprudente de enseñar,
confiando en todos nosotros. Creyendo que merecíamos saber. Compartiendo su
manera íntima y misteriosa de escuchar las voces del pasado.
En
aquellos encuentros, hablábamos durante horas, saltando en el tiempo desde el
presente de nuestros asuntos a la Antigüedad griega que era nuestro nexo. Pero
tropezábamos con una paradoja: comprender que habría sido terrible vivir en la
época que tanto nos fascinaba, allí donde las mujeres permanecían alejadas del
poder, donde no tenían libertad, donde nunca dejaban de ser menores de edad.
Pilar, que había dedicado tantos años a transmitir la luminosa herencia de
Grecia, sabía que aquella época la habría condenado a permanecer en la sombra.
Echaba de menos las palabras de las escritoras perdidas y sus poemas nacidos en
el silencio.
LXIII
La
historia de la literatura empieza de forma inesperada. El primer autor del
mundo que firma un texto con su propio nombre es una mujer.
Mil
quinientos años antes de Homero, Enheduanna, poeta y sacerdotisa, escribió un
conjunto de himnos cuyos ecos resuenan todavía en los Salmos de la Biblia. Los
rubricó con orgullo. Era hija del rey Sargón I de Acad, que unificó la
Mesopotamia central y meridional en un gran imperio, y tía del futuro rey
Naram-Sim. Cuando los estudiosos descifraron los fragmentos de sus versos,
perdidos durante milenios y recuperados solo en el siglo XX, la apodaron «la
Shakespeare de la literatura sumeria», impresionados por su escritura brillante
y compleja. «Lo que yo he hecho nadie lo hizo antes», escribe Enheduanna.
También le pertenecen las más antiguas notaciones astronómicas. Poderosa y
audaz, se atrevió a participar en la agitada lucha política de su época, y sufrió
por ello el castigo del exilio y la nostalgia. Sin embargo, nunca dejó de
escribir cantos para Inanna, su divinidad protectora, señora del amor y de la
guerra. En su himno más íntimo y recordado, revela el secreto de su proceso
creativo: la diosa lunar visita su hogar a medianoche y la ayuda a «concebir»
nuevos poemas, «dando nacimiento» a versos que respiran. Es un suceso mágico,
erótico, nocturno. Enheduanna fue —que sepamos— la primera persona en describir
el misterioso parto de las palabras poéticas.
Este
prometedor comienzo no tuvo continuación. La Odisea, como ya he
contado antes, presenta al adolescente Telémaco mandando callar a su madre
porque su voz no debe ser escuchada en público. Mary Beard ha analizado con
fino humor este episodio del poema homérico. «La palabra debe ser cosa de
hombres», dice Telémaco. Se refiere al discurso público con autoridad, no a la
charla, el cotorreo o los chismes, que cualquiera —mujeres incluidas; sobre
todo las mujeres— podían practicar.
El
silenciamiento de Penélope inicia una larga lista de imperativos repetidos a lo
largo de toda la Antigüedad grecolatina. Por ejemplo, el filósofo Demócrito,
defensor de la democracia y de la libertad, tan subversivo en muchos aspectos
de su pensamiento, no tenía inconveniente en recomendar «que la mujer no se
ejercite en el hablar, pues eso es terrible». Callar en público, escribió,
debía ser considerado el mejor adorno femenino. Aquella civilización tenía esta
idea tatuada en su mente: la palabra pública pertenecía solo a los hombres. El
territorio de la política, la oratoria y, en gran medida, la literatura eran
sus dominios. No deberíamos olvidar que la democracia ateniense se cimentó en
la exclusión de todas las mujeres —y de los extranjeros y los esclavos, es
decir, de la mayor parte de la población—. Como decía el protagonista de la
serie británica de los años ochenta Sí, Ministro: «Tenemos derecho
a elegir al mejor hombre para el cargo, al margen de su sexo».
Es cierto
que esa exclusión no se vivía igual en toda la geografía griega. Y aquí nace
otra paradoja: Atenas, la capital de los experimentos políticos y la osadía
intelectual, fue tal vez la ciudad griega más represiva con las mujeres. En ese
lugar que tanto admiramos, ellas —si habían nacido en hogares ricos— apenas
pisaban la calle; permanecían confinadas dentro de casa, tejiendo entre los
muros del gineceo, lejos del espacio público y de la ebullición del ágora.
Huelga decir que los pobres no tenían ni el dinero suficiente ni los medios
necesarios para permitirse ese apartheid familiar; pero, por
otra parte, esas vidas estrechas, la miseria, el sudor y la fuerza de las
costumbres tampoco permitían grandes márgenes de libertad.
Como
todas las diversiones áticas, el teatro era un club masculino. Los autores, los
actores y los cantantes del coro eran hombres —por mucho que nos cueste hoy
imaginar a un barbudo ateniense interpretando a Antígona o Electra—. En la
época clásica, cuando Atenas lideraba Grecia, la ausencia de mujeres creadoras
fue más estridente que nunca.
Existía
otro mundo más abierto en la costa de Anatolia y las islas cercanas del Egeo
(Lesbos, Quíos, Samos…), tierra de emigrantes griegos en la frontera con Asia.
Allí las prohibiciones no eran tan estrictas, ni el encierro tan asfixiante.
Las niñas recibían educación y, siempre que fueran ricas y nobles, algunas
mujeres podían hacer oír su voz —ciertos investigadores pretenden descubrir en
la zona los últimos rescoldos de un matriarcado perdido—. Según Platón, en la
isla de Creta, «a la patria la llamaban matria». En la famosa
batalla de Salamina, combatió al frente de una flotilla la única comandante en
jefe conocida. Se llamaba Artemisia y venía de la ciudad costera de
Halicarnaso, en Asia Menor, donde reinaba. Aunque era griega, se alió con los
invasores persas. Se cuenta que los atenienses ofrecieron por su cabeza una
recompensa de diez mil dracmas, «ya que consideraban algo inadmisible que una
mujer hiciera la guerra a Atenas».
Y en
Rodas, una isla cercana, nos sorprende un caso insólito: el de una chica joven
que, sin dedicarse a la prostitución, participa en los banquetes masculinos. Se
llamaba Eumetis, que significa «la de buena inteligencia», pero todos la
conocían como Cleobulina porque era la hija de Cleóbulo, uno de los siete
sabios. Como Enheduanna, hija de un rey. Cleobulina tenía inteligencia política
y supo utilizar bien su influencia. Decían que había convertido a su padre en
un gobernante más amable y solidario con sus súbditos. Desde niña, como
jugando, inventaba adivinanzas, mientras trenzaba cintas y redecillas. Escribió
un libro de acertijos en hexámetros que aún se recordaría siglos después. Un
texto antiguo la sitúa en un simposio, codeándose con toda libertad con los
hombres. Se divierte, interviene en la conversación, bromea peinando y
despeinando los cabellos de uno de los siete sabios. Como era ingeniosa y
ocurrente en un época que quería mujeres silenciosas, Cleobulina se prestaba a
la caricatura. Sabemos que un cómico ateniense la parodió en una obra de teatro
titulada —en plural— Las Cleobulinas. Se puede suponer que la
comedia, hoy perdida, fabricaría unos personajes parecidos a los de Las
preciosas ridículas de Molière: jovencitas absurdas que pierden el
seso por los juegos de palabras y, aunque se creen muy listas, en realidad
resultan unas pedantes insoportables. Las mujeres que escribían se enfrentaban
a la amenaza de la burla, de ese espejo deformante. Tal vez por eso amaban el
secreto, sugerir sin llegar a decir, el acertijo, el interrogante. Como escribe
Carlos García Gual, «expresarse por medio de enigmas era, en el ámbito griego,
algo propio de las mujeres, tejedoras también con palabras».
LXIV
Safo —lo
cuenta ella misma— era bajita, morena y poco atractiva. Nació en una familia
aristocrática venida a menos. A diferencia de Cleobulina, no era hija de reyes.
Su hermano mayor dilapidó la fortuna familiar, o lo que quedaba de ella. La
casaron con un extraño, como era habitual, y tuvo una hija. Todo la encaminaba
a una vida anónima.
Las
mujeres griegas no escribían poesía épica, claro. No conocían la experiencia de
las armas porque las batallas eran el peligroso deporte de la aristocracia
masculina. Además, ellas no podían llevar la vida libre e itinerante de los
aedos, viajando de ciudad en ciudad para ofrecer su canto. Tampoco participaban
en los banquetes, ni en las competiciones deportivas, ni en los asuntos
políticos. ¿Qué podían hacer? Cobijaban recuerdos. Como esas niñeras y abuelas
que contaban cuentos a los hermanos Grimm, transmitían de generación en
generación leyendas viejísimas. También componían cantos para los coros
femeninos (canciones de boda, canciones en honor de los dioses, canciones para
bailar). Y hablaban de sí mismas en poemas para una sola voz, acompañados de la
lira —de ahí proviene el término «poesía lírica»—. Se trataba de universos
obligatoriamente pequeños y locales. Aún así, de forma casi milagrosa, algunas
mujeres lanzan desde su rincón una mirada original y fulminan los muros que las
aprisionan. Lo hizo Safo. Lo harían otras reclusas transgresoras como Emily
Dickinson o Janet Frame.
Safo
escribió: «Dicen algunos que nada es más hermoso sobre la negra tierra que un
escuadrón de jinetes, o de infantes, o de naves. Pero yo digo que lo más bello
es la persona amada». Estas palabras sencillas esconden una revolución mental.
Cuando se escribieron, en el siglo VI a. C., rompieron los esquemas
tradicionales. En un mundo profundamente autoritario, el poema sorprende porque
contiene múltiples perspectivas, e incluso parece celebrar la libertad del
desacuerdo. Además, se atreve a cuestionar aquello que la mayoría admira: los
desfiles, los ejércitos, el despliegue y el alarde de poder. Seguramente Safo
habría cantado lo mismo que Georges Brassens sobre su mala reputación: «Cuando
la fiesta nacional/ yo me quedo en la cama igual,/ que la música militar/ nunca
me supo levantar». Frente a las aburridas exhibiciones de músculo guerrero,
ella prefería sentir y evocar el deseo. «Lo más bello es lo que cada uno ama».
Inesperado, este verso afirma que la belleza está primero en la mirada del
amante; que no deseamos a quien nos parece más atractivo, sino que nos parece
atractivo porque lo deseamos. Según Safo, quien ama crea la belleza; no se
rinde a ella como suele pensar la gente. Desear es un acto creativo, al igual
que escribir versos. Favorecida con el don de la música, la menuda y fea Safo
podía ataviar con sus pasiones el minúsculo mundo que la rodeaba, y
embellecerlo.
En algún
momento, la biografía de Safo dio un giro. Su matrimonio acabó y ella cambió
las rutinas del hogar por una nueva actividad que no conocemos bien.
Recurriendo a los deteriorados fragmentos que nos han llegado de sus versos y a
través de noticias sobre ella, podemos reconstruir el ambiente poco
convencional en el que vivió esos años. Sabemos que dirigió un grupo de chicas
jóvenes, hijas de familias ilustres. Sabemos también que se enamoró en momentos
sucesivos de algunas de ellas —Atis, Dica, Irana, Anactoria—, y que juntas
componían poesía, hacían sacrificios a Afrodita, trenzaban coronas de flores,
sentían deseo, se acariciaban, cantaban y bailaban, ajenas a los hombres. De
vez en cuando, una de estas adolescentes se marchaba, quizá para casarse, y la
separación hacía sufrir a todas. Por último, nos dicen que en la isla de Lesbos
había otros grupos parecidos, dirigidos por mujeres a las que Safo considera
enemigas. Y se siente dolorosamente traicionada por las chicas que la dejan
para entrar en un círculo rival.
Se piensa
—pero es solo conjetura— que eran thíasoi femeninos, una
especie de clubs religiosos donde las adolescentes, bajo la dirección de una
mujer carismática, aprendían poesía, música y danza, honraban a los dioses, y
tal vez exploraban su erotismo poco antes del matrimonio. En todo caso, los amores
de Safo por sus protegidas no eran sentimientos condenados, sino reconocidos y
deseados incluso. Los griegos creían que el amor era la principal fuerza
educadora. No respetaban demasiado al maestro que enseñaba por dinero,
corriendo detrás de la clientela y reclamando su pago. Para su mentalidad
aristocrática, aceptar un trabajo remunerado era propio de desharrapados. Les
gustaba más el profesor que escogía a nuevos discípulos solo al descubrir en
ellos un destello especial y entregaba su sabiduría, sin el estorbo de
peticiones salariales, enamorándose y seduciendo —ni más ni menos que lo que
hacía Sócrates—. En Grecia, miraban ese tipo de homosexualidad pedagógica como
algo incluso más digno y elevado que las relaciones heterosexuales.
El poema
más conocido de Safo se desarrolla en la boda de una joven amiga que ya no
volverá al grupo. Para Safo, es la fiesta del adiós: «Me parece igual que un
dios ese hombre/ que está sentado frente a ti/ y cautivo te escucha/ mientras
le hablas con dulzura. Tu risa encantadora/ me ha turbado el corazón en el
pecho:/ Si te miro, la voz no me obedece;/ mi lengua se quiebra/ y bajo la
piel, un tenue fuego me recorre,/ ya no veo, mis oídos zumban,/ brota el sudor,
un temblor entera me sacude;/ y estoy pálida, más que la hierba./ Siento que me
falta poco para morir».
Estos
versos en los que palpita el deseo han escandalizado a muchos lectores. Siglo
tras siglo, Safo ha sufrido un verdadero alud de incomprensión, caricaturas y
comentarios malintencionados hurgando en su vida privada. Ya Séneca menciona un
ensayo titulado «¿Fue Safo una puta?». En el otro extremo, un remilgado
filólogo del siglo XIX escribió, para guardar las formas y proteger al mundo de
las obscenidades paganas, que «dirigía un internado de señoritas». En el año
1073, el papa Gregorio VII había ordenado quemar todos los ejemplares de sus
poemas, por su peligrosa inmoralidad.
En un
fragmento de apenas una línea que, por azar, ha llegado hasta nosotros, leemos:
«yo afirmo que alguien se acordará de nosotras». Y, aunque aquella posibilidad
parecía rozar lo imposible, casi treinta siglos después seguimos escuchando la
voz tenue de aquella mujer bajita.
LXV
Quiero
imaginar que hubo en Atenas una corriente de rebeldía femenina de la que ningún
autor griego nos habla y que no figura en los libros de historia. Para rastrear
las huellas de este quimérico movimiento olvidado me he atrevido a bucear en
los textos y leer entre líneas. Aunque nunca sabremos con seguridad si existió,
la suposición siempre me ha atraído. Esto que voy a exponer es solo una
hipótesis, pero me fascina.
Las
primeras en sublevarse habrían sido hetairas, es decir, prostitutas de lujo,
las únicas mujeres verdaderamente libres de la Atenas clásica. Comparables en
algunos aspectos a las geishas japonesas, ocupaban un lugar
ambiguo dentro de la escala social, marcadas por las ventajas y los
inconvenientes de su mala reputación: vivían a la intemperie pero se mantenían
independientes. La mayoría de ellas eran griegas nacidas en Asia Menor y, por
tanto, sin derechos de ciudadanía. En su tierra natal habían recibido una
educación musical y literaria que Atenas negaba a sus hijas. Obligadas a pagar
impuestos como los hombres, podían como ellos administrar sus propios bienes.
Tenían acceso a los círculos de la política y la cultura a través de sus
amantes. No estaban sometidas a la presión que soportaban las esposas
atenienses, aunque a cambio se sabían doblemente excluidas (por extranjeras y
por putas).
Estas
mujeres emigrantes, minoritarias, deseadas y socialmente vulnerables, tenían
más capacidad de protesta que las atenienses recluidas en sus gineceos. Y,
durante algo más de una década, sus voces se escucharon gracias a un
enamoramiento transgresor que sacudió las esferas del poder.
Para los
atenienses del siglo V a. C., la distribución de funciones seguía un esquema
incontestable. Un orador de la época lo describió sin rodeos: «Tenemos a las
hetairas por placer, a las concubinas para el cuidado diario de nuestro cuerpo,
a las esposas para darnos hijos legítimos y para que sean guardianas fieles de
nuestra casa». Cuando el hombre más poderoso del Ática vulneró ese esquema de
competencias, la ciudad hirvió de indignación.
Pericles
estaba casado con una mujer «apropiada a su linaje», madre de sus dos hijos.
Pero la convivencia era difícil y él rompió su matrimonio para unirse con
Aspasia, una hetaira nacida en Asia Menor. Casi cinco siglos más tarde, el
historiador Plutarco transcribe una retahíla de insultos contra la subversiva
primera dama ateniense tomados de textos de la época, donde es tachada de
impúdica, concubina con cara de perra y mujer de burdel, entre otras lindezas.
Durante
la mayor parte de nuestra historia, el matrimonio ha sido ante todo una
institución económica, una fusión de intereses compartidos. Para los políticos
griegos, incluso en la democracia, las bodas sellaban alianzas entre grandes
familias que mantenían bien sujetas las riendas del Gobierno. Y los casamientos
se deshacían por motivos mercantiles o estratégicos, cuando había otro clan más
pujante con el que emparentar. Pericles, en cambio, escogió a Aspasia —una
extranjera con mala reputación y sin pedigrí— por un motivo absolutamente
ridículo: el amor. Plutarco dice que los ciudadanos contemplaban boquiabiertos
cómo «al volver del ágora, cada día la abrazaba y la besaba dulcemente». Y, tal
como lo cuenta Plutarco, entendemos que esa exhibición de amor conyugal era en
la Atenas del momento una escandalosa inmoralidad. Podemos imaginar a los
ciudadanos atenienses rezongando y riéndose de las perversiones de su líder. Si
ya era bastante estúpido estar enamorado de su mujer, demostrarlo en público
rayaba la obscenidad. Muchos pensaban que corrían malos tiempos y recordaban
con nostalgia un pasado más sano. Aquel siglo V a. C. en Atenas, dorado para
nosotros, les parecía una época oscura de contubernio, mestizaje y desenfreno.
Lo que no
decían las habladurías es que la inteligencia de Aspasia ayudó a Pericles en su
carrera política. Sabemos poco de ella porque su figura ha llegado envuelta en
incógnitas y maledicencia, pero los textos dan a entender que era una auténtica
oradora en la sombra. Sócrates solía visitarla con sus discípulos y disfrutaba
de su brillante conversación; incluso llegó a llamarla «maestra». Según Platón,
escribió discursos para su marido; entre ellos, el famoso discurso fúnebre
donde defendía apasionadamente la democracia. Todavía hoy, los escritores de
los discursos presidenciales de Obama, y antes los de Kennedy, se han inspirado
en las palabras que probablemente enhebrara Aspasia. Sin embargo, ella no
aparece en la historia de la literatura. Sus escritos se perdieron o se
atribuyeron a otros.
Durante
quince o veinte años, hasta la muerte de Pericles en el año 429 a. C., Aspasia
tuvo una enorme influencia en los círculos del poder. Es un misterio cómo
utilizó esa posición de inesperado protagonismo. Pero en ese periodo sucede
algo sin precedentes: los textos de los trágicos, de los cómicos y de los
filósofos empiezan a discutir —o ridiculizar— la extravagante idea de la
emancipación femenina, una cuestión que antes de esa época ningún griego había
mencionado.
En esas
décadas fulgurantes, habló desde los escenarios Antígona, la chica que osa
desafiar a solas la ley injusta de un tirano en nombre de los principios
humanitarios, y Lisístrata, que en plena guerra tiene la fantástica ocurrencia
de aliarse con las mujeres del bando enemigo para organizar una huelga sexual
conjunta hasta que se firme la paz, y Praxágora, que, al frente de un grupo de
vecinas atenienses, suplanta a los hombres en la asamblea y con los votos
femeninos instaura un régimen comunista e igualitario, y la rebelde extranjera
Medea.
Nadie
llega más lejos que la Medea de Eurípides. Imagino el público
de hombres que llenase el teatro en la mañana de la primera representación, en
el año 431 a. C. Con los ojos fijos en el escenario, atrapados por el
magnetismo del miedo, contemplaron cómo una mujer agraviada y vengativa
desencadenaba el horror más absoluto. Vieron lo innombrable: una madre
asesinando a sus hijos con sus propias manos para herir al marido que la
abandonaba y la condenaba al exilio. Oyeron palabras absolutamente nuevas. Medea
habló en voz alta, por primera vez, de la furia y la angustia que anidaba en
los hogares atenienses: «Nosotras las mujeres somos el ser más desgraciado.
Empezamos por tener que comprar un esposo con dispendio de riquezas y tomar un
amo de nuestro cuerpo, y este es el peor de los males. Separarse del marido es
escandaloso para las mujeres, no así para los varones. Cuando ellos se aburren
en casa, salen a distraerse. Sin embargo, si hacemos lo mismo, no nos dejan
salir diciendo que hay que cuidar a los hijos. Aseguran que, permaneciendo en
casa, las mujeres evitamos peligros, mientras que el hombre, pobrecillo, ha de
ir a batirse a la guerra». Medea, en conflicto con su encierro y su maternidad,
acaba diciendo que preferiría librar tres guerras antes que parir una sola vez.
Contagiadas
por Medea, las mujeres del coro van abandonando también su actitud modesta y
atemorizada. En un momento dado, una de ellas se atreve a decir que las mujeres
no deben quedar excluidas de la filosofía, de la política, de los razonamientos
sutiles y de los debates: «Nosotras también poseemos una musa que nos acompaña
en busca de la sabiduría». En la tragedia griega, el coro representaba la voz
de la comunidad. Por tanto, allí no hablaba la extranjera díscola, sino las
atenienses de vida ordenada y hogareña. Para rizar el rizo, todas las audacias
de Medea y su coro femenino las pronunciaron sobre el escenario hombres
travestidos con largas pelucas y encaramados sobre enormes zapatos con
plataforma. Paradojas de la historia, en Grecia inventaron las drag
queens, pero a ninguna mujer se le permitía ser actriz.
Quiero
imaginar que las ideas nuevas flotaban en el aire, que algún tipo de movimiento
social agitaba el debate en las plazas de Atenas. El teatro siempre ha sido un
escenario de la discusión colectiva. Muy especialmente en Grecia, las comedias
y las tragedias traslucían los conflictos más candentes. Buscaban su
inspiración en el ágora, las calles y las asambleas, para llevar a la escena
las inquietudes políticas del momento. Es verosímil imaginar que Antígona,
Lisístrata, Praxágora y Medea eran presencias reales, de alguna manera, en la
vida ateniense de aquellos años.
Me
gustaría creer que esa corriente de cambio, seguramente sostenida por el
carisma de Aspasia, impregnó incluso el pensamiento de Platón, que ni de lejos
era un apóstol de la igualdad. De hecho, el filósofo sostuvo en uno de sus
libros que, como castigo, los hombres injustos se reencarnaban en mujeres, y
que por eso existía el sexo femenino. Resulta casi increíble que aquel mismo
individuo, a quien leemos que nacer mujer es una condena y una expiación,
escribiera estas líneas asombrosas en su República: «Ninguna
ocupación en el gobierno del Estado corresponde a la mujer por ser mujer ni al
hombre en cuanto hombre, sino que las dotes naturales están similarmente
distribuidas entre ambos, y la mujer participa, por naturaleza, de todas las
ocupaciones, lo mismo que el hombre».
Aspasia
es uno de los mayores misterios y ausencias de los documentos antiguos. Lo que
hizo, pensó y dijo nos llega filtrado por otros. Nos dicen que se dedicó a
escribir y enseñar; quiero creer que además, con su poderosa oratoria, alentó
el primer movimiento de emancipación del que hay noticia. Me gusta imaginar que
gracias a ella las mujeres de Atenas y de otras ciudades se atrevieron a
traspasar el umbral de las grandes escuelas filosóficas. En la Academia
platónica hubo al menos dos discípulas: Lastenia de Mantinea y Axiotea de
Fliunte. La última, según dicen, vestía de hombre. Una hetaira llamada Leoncia
fue filósofa en el Jardín y amante de Epicuro. Escribió un libro sobre los
dioses —hoy perdido sin dejar rastro—, donde intentaba derribar las tesis de
filósofos muy respetados. Siglos después, Cicerón le lanzó una agria
descalificación: «¿Incluso una putilla como Leoncia tuvo la audacia de escribir
contra Teofrasto?».
La más
conocida y transgresora de todas fue Hiparquia de Maronea, de la escuela de los
cínicos. Que sepamos, es la única filósofa a la que los antiguos dedicaron una
breve biografía. No dejó ningún escrito, pero fue célebre por dinamitar todas
las convenciones en su conducta pública. Renunció a la fortuna familiar y vivió
en la calle con su amante Crates, vistiendo harapos. Como ambos creían que las
necesidades naturales eran buenas y no debían avergonzar a nadie, practicaban
el sexo a la vista de todos, sin espantar a los mirones. Cierto día, un hombre
señaló a Hiparquia y preguntó: «¿Es esta la que ha abandonado la lanzadera? Y
ella contestó: Sí, soy yo. ¿Te parece que me equivoco dedicando a mi propia
educación el tiempo que iba a gastar en el telar?».
Después
de todo, quizá Hiparquia pensaba, con humor juguetón, que la mente es un gran
telar de palabras. Todavía entre nosotros, en la terminología literaria se
continúa empleando esa imagen de la narración como tapiz. Seguimos hablando
—con metáforas textiles— de tramas, de urdimbres, de hilar relatos, de tejer
historias. ¿Qué es para nosotros un texto, sino un conjunto de hebras verbales
anudadas?
Así se
describía a sí misma la poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner: «Pertenezco a
la estirpe de aquellos que recorren el laberinto sin perder nunca el hilo de
lino de la palabra».
LXVI
Los mitos
se tejen y se destejen, como cuenta la leyenda que hacía Penélope. Durante los
veinte años que pasó esperando el regreso de Ulises, el palacio de Ítaca se
llenó de pretendientes que querían declarar muerto al rey ausente y ocupar su
lecho. Ella les prometió que escogería marido cuando terminase un sudario para
su anciano suegro Laertes. Durante tres años, tejía el sudario durante el día
y, astutamente, lo destejía por la noche. Sentada en el telar, movía la
lanzadera y trenzaba un engaño salvador que cada mañana volvía a empezar.
Los
escritores antiguos comprendieron muy pronto que los caminos más fascinantes
son aquellos que nacen en las grietas, en los puntos ciegos y en las
manipulaciones del relato. ¿Penélope esperó fielmente a Ulises o lo engañó en
su ausencia? ¿Helena estuvo o no estuvo en Troya? ¿Abandonó Teseo a Ariadna, o
fue raptada? ¿Orfeo amaba a Eurídice más que a su vida o fue el primer
pederasta? Todas estas variantes coexistieron dentro del enmarañado laberinto
de la mitología griega. Como en Rashomon, debemos elegir entre
relatos incompatibles entre sí. Aquella primitiva literatura europea nos legó
ese gusto por la multiplicación de los puntos de vista, por las variaciones y
diferentes lecturas, por las narraciones tejidas y destejidas una y otra vez.
Siglo
tras siglo, seguimos ovillando y devanando las leyendas que los griegos nos
contaron en forma de caleidoscopio ambiguo. En el Ulises de
Joyce, la cantante Molly Bloom, una peculiar y deslenguada Penélope, expone su
versión del mito en una larga frase sin puntuación, que no se cuenta por líneas
sino por páginas —más de noventa—, y salpicada de obscenidades. El libro se
cierra con su atropellado monólogo íntimo, mientras yace en la cama junto a su
marido. Recuerda la infancia en Gibraltar, sus amores, su maternidad, el deseo,
cuerpos, voces, lo inconfesable. La última palabra de la novela le corresponde
a ella. Y es la palabra «Sí». Penélope puede desplegar al fin un erotismo
rotundo, afirmativo: «… primero le rodeé con los brazos sí y le atraje encima
de mí para que él pudiera oler mis pechos todos perfume sí y el corazón le
corría como loco y sí dije sí quiero Sí».
También
la canadiense Margaret Atwood ha viajado al paisaje homérico de la Odisea,
donde los monstruos femeninos permiten una relectura humorística. Margaret
presta voz a una sirena, una burlona mujer-pájaro que según el mito anida en
una isla rocosa sin nombre, atiborrada de esqueletos y cadáveres. En el poema,
la gran seductora revela su secreto mortal y dulce, las palabras con las cuales
atrae hacia el naufragio y la muerte a los navegantes que osan acercarse a sus
arrecifes. ¿En qué consiste su poderoso hechizo? «Esta es la canción que todo
el mundo quisiera aprender, la canción que obliga a los hombres a saltar por la
borda en escuadrones, aun cuando ven los cráneos varados en la playa, la
canción que nadie conoce porque todos los que la oyeron están muertos… Voy a
contarte el secreto a ti, a ti y solamente a ti. Acércate. Esta canción es un
grito de ayuda: ¡Ayúdame! Solo tú, solo tú puedes, porque eres único. Ay, es
una canción aburrida pero funciona siempre». Irónica, la sirena reconoce que no
hace falta ser una criatura mitológica y fatal para engatusar a los héroes;
basta llamarlos con voz susurrante, pedirles auxilio, halagar su vanidad.
La poeta
Louise Glück le permite explicarse a la maga Circe, tía de Medea. Homero la
acusó de usar sus ungüentos mágicos para convertir en cerdos a los compañeros
de Ulises. Ella cuenta una historia infinitamente más sarcástica: «Jamás
convertí a nadie en cerdo. Algunas personas ya son cerdos; yo hago que lo
parezcan. Estoy harta de tu mundo, donde lo exterior disfraza lo interior». Y,
cuando su amante Ulises decide abandonarla, la bruja, sola en la playa, dialoga
con el mar de todos los relatos: «El gran hombre vuelve su espalda a la isla.
Ahora, ya no morirá en el paraíso… Ahora es tiempo de que vuelva a escuchar el
pulso del narrativo mar, al alba. Lo que nos trajo hasta aquí nos llevará de
aquí; nuestra nave se mece sobre las tintas aguas del puerto. Se terminó el
hechizo. Devuélvele su vida, mar que solo puedes marchar hacia delante».
Las
leyendas proceden de un mundo arcaico, pero en nuestro telar volvemos a
trenzarlas con hebras nuevas. Por mucho que se empeñe Telémaco en gobernar las
palabras e imponer silencio, tarde o temprano nacen versiones del mito desde el
punto de vista de Penélope y las demás mujeres, las tejedoras de historias.
§ 19. Es
el otro quien me cuenta mi historia
XLVII
En los
escenarios de Atenas se escucharon palabras asombrosas. Desde allí hablaron
mujeres desesperadas, parricidas, enfermos, locos, esclavos, suicidas y
extranjeros. El público no podía apartar los ojos de aquellos personajes
insólitos. Precisamente, «teatro» significaba en griego «lugar para mirar». Los
griegos habían escuchado relatos durante generaciones, pero asomarse a una
historia mirándola como espías tras la rendija de una puerta era una
experiencia muy distinta, de una extraña intensidad. Allí empezó a triunfar el
lenguaje audiovisual que aún nos hipnotiza. Las tragedias, agrupadas en
trilogías, creaban el mismo tipo de adicción que las actuales series y sagas.
Eran obras de terror, como sabía Aristóteles, y las mejores son además viajes
al fin de la noche, donde acechan los miedos ancestrales, los tabús, la sangre
derramada, el crimen familiar, la angustia del conflicto sin salida, el
silencio de los dioses.
Queda
poco, poquísimo de aquellas obras escalofriantes (siete tragedias de Esquilo,
siete de Sófocles y dieciocho de Eurípides). Se sabe que, sumados los tres,
escribieron varios cientos de dramas, la mayoría de los cuales han
desaparecido. Y conocemos, al menos, trescientos títulos perdidos de otros
autores. El paisaje de la tragedia griega es hoy tierra arrasada. Solo nos ha
llegado un puñado de obras, pero se cuentan entre las preferidas de los
atenienses de entonces. Ellos no dudaban quiénes eran los mejores. Hacia el año
330 a. C., colocaron estatuas de bronce de los tres dramaturgos ante el gran
teatro de Dioniso, en la falda de la Acrópolis. Y, como ya he dicho, decidieron
conservar copias oficiales de sus textos, solo los suyos. La destrucción ha sido
terrible, pero no indiscriminada.
Las
tragedias supervivientes ofrecen una extraña fusión de violencia y debate
verbal sofisticado. En ellas conviven las hermosas palabras con las armas
ensangrentadas. De alguna forma misteriosa, las tragedias consiguen ser
salvajemente delicadas. En general, cuentan mitos primitivos de un pasado
legendario —la guerra de Troya, el destino de Edipo— cuyos ecos aún resonaban
en el presente del siglo V a. C. Pero hay una curiosa excepción, una tragedia
basada en hechos reales. Es además la obra teatral conservada más antigua del
mundo. Se trata de Los persas, donde Esquilo abrió camino a
Shakespeare y quizá, sin saberlo, inventó la novela histórica.
Durante
la vida de Esquilo, el Imperio persa lanzó varias expediciones de conquista
contra el enjambre de minúsculas ciudades en perpetua disputa que por aquel
entonces era Grecia. La defensa de Atenas dependía de un ejército ciudadano,
así que Esquilo luchó en varios campos de batalla; entre ellos, el de Maratón,
donde perdió a su hermano, y tal vez también en la batalla naval de Salamina.
La guerra era muy distinta en aquellos tiempos. Intento imaginar aquella lucha
cuerpo a cuerpo, a corta distancia, en una época en la que no se habían
inventado las balas ni los explosivos. Los combatientes se miraban a los ojos
mientras intentaban matarse. Hundían con fuerza lanzas y espadas en la carne
del enemigo, mutilaban cuerpos, pisaban cadáveres, escuchaban gritos de muerte,
se manchaban de tierra y vísceras. Cuentan que, en su epitafio, Esquilo
mencionó sus batallas sin decir nada de su enorme obra literaria. Estaba más
orgulloso de haber participado en la resistencia de la pequeña Grecia contra el
poderoso invasor persa que de sus versos.
Creo que
nuestra idea del choque de civilizaciones no hubiera sonado extraña en sus
oídos. La lucha entre Oriente y Occidente es una vieja historia. Los atenienses
sentían la amenaza constante de un estado dictatorial tiránico. Si ese enemigo
lograba someter a Grecia, extinguiría para siempre su democracia y su forma de
vida. Las llamadas guerras médicas fueron el gran conflicto de la época, y
Esquilo decidió llevarlo a los escenarios cuando las victorias griegas aún
seguían frescas en la memoria.
Podría
haberse limitado a escribir un panfleto patriótico, pero el poeta excombatiente
tomó una serie de decisiones inesperadas. La más sorprendente de todas fue
adoptar el punto de vista de los derrotados, como Clint Eastwood en Cartas
desde Iwo Jima. La acción sucede en Susa, la capital de los persas, y en la
obra no aparece ningún personaje griego. Además, Esquilo parece haberse
documentado sobre la sociedad persa —conoce genealogías reales, palabras
iranias y rasgos de la pompa y el protocolo de la corte—. Pero lo más llamativo
es que no detectamos ningún rastro de odio, sino una inesperada comprensión. La
obra empieza en la explanada del palacio. Los persas están preocupados porque
no reciben noticias de la expedición bélica. Entonces irrumpe un mensajero que
cuenta la terrible derrota y habla de los héroes asiáticos caídos en combate.
Al final llega el rey Jerjes, que ha perdido por el camino su arrogancia y
regresa andrajoso a casa, con una inútil carnicería a sus espaldas.
Es una
visión insólita del enemigo que ha estado a punto de destruir Grecia. Los
persas no son descritos como parte de un eje del mal ni como criminales natos.
Esquilo nos lleva a contemplar la impotencia de los ancianos consejeros que se
oponían a la guerra y no fueron escuchados, la angustia de quienes esperan en
casa el regreso de los ejércitos, las divisiones internas entre los halcones y
las palomas del régimen, el dolor de las viudas y de las madres. Se intuye la
desgracia de los soldados arrastrados al matadero por la megalomanía de su rey.
El
mensajero de Los persas relata con dolorosa emoción la batalla
de Salamina, que ha llegado a ser un símbolo contemporáneo. Los Soldados
de Salamina a los que alude la novela de Javier Cercas son aquellos
griegos que detuvieron la invasión del Imperio persa y también los soldados de
la resistencia contra el nazismo. Cercas sabe que puede haber soldados de
Salamina en todas las épocas: los que encaran una batalla decisiva —y en
apariencia perdida— para defender su país, la democracia y sus aspiraciones.
Salamina ha dejado de ser solo una pequeña isla del mar Egeo, a dos kilómetros
del puerto del Pireo y, más allá de los mapas, existe en cualquier lugar donde
alguien, en inferioridad numérica, se rebela contra una agresión avasalladora.
Las
representaciones teatrales son más antiguas que Esquilo. Él mismo escribió
otras piezas anteriores a Los persas. Pero todo se ha perdido, de
manera que esta obra es para nosotros un comienzo. Siempre me ha fascinado que
Esquilo, después de luchar contra los persas cara a cara, cuerpo a cuerpo y
mirándoles a los ojos, después de ver morir a su hermano en combate, cerca de
él, llevara al escenario la pena de sus enemigos derrotados. Sin burla, sin
odio, sin generalizar las culpas. Y así, entre el duelo, las cicatrices y el
afán de comprender al extraño, empieza la historia conocida del teatro.
LXVIII
Esquilo y
sus contemporáneos pensaban que su guerra contra los persas formaba parte de un
gran enfrentamiento entre Oriente y Occidente, con mayúsculas. Influidos por la
trágica experiencia del combate, consideraban a sus enemigos gentes
sanguinarias y ávidas de conquistas. Creían que su victoria sobre ellos era el
triunfo de la civilización sobre la barbarie.
En la
península de Anatolia, encrucijada de varias culturas, nació un griego de
sangre mixta y mente inquieta a quien obsesionaba el viejo conflicto. ¿Por qué
esos dos mundos —Europa y Asia— estaban enzarzados en una lucha a vida o
muerte? ¿Por qué se enfrentaban desde tiempos inmemoriales? ¿Qué buscaban, cómo
se justificaban, cuáles eran sus razones? ¿Siempre había sido así? ¿Así sería
siempre?
Aquel
griego amigo de las preguntas dedicó su vida a buscar respuestas. Escribió una
larga obra de viajes y testimonios a la que tituló Historíai, que
en su lengua significaba «pesquisas» o «investigaciones». Nosotros todavía
usamos, sin traducirla, la palabra que él redefinió al dar nombre a su libro y
a su tarea: «historia». Con su obra nació una nueva disciplina y, tal vez, una
forma diferente de mirar el mundo. Porque el autor de las Historias era
un individuo de curiosidad incansable, un aventurero, un perseguidor de lo
asombroso, un nómada, uno de los primeros escritores capaces de pensar a escala
planetaria, casi diría que un adelantado de la globalización. Hablo, claro, de
Heródoto.
En una
época en la que la gran mayoría de los griegos apenas asomaban la nariz más
allá de los límites de su aldea natal, Heródoto fue un viajero infatigable. Se
enroló en barcos mercantes, avanzó en lentas caravanas, trabó conversación con
muchas personas y visitó un gran número de ciudades dentro del Imperio persa,
para poder relatar la guerra con conocimiento del terreno y amplitud de miras.
Al conocer al enemigo en su vida cotidiana, en tiempos de paz, ofreció una
visión diferente y más exacta que ningún otro escritor. En palabras de Jacques
Lacarrière, Heródoto se esforzó por derribar los prejuicios de sus compatriotas
griegos, enseñándoles que la línea divisoria entre la barbarie y la
civilización nunca es una frontera geográfica entre diferentes países, sino una
frontera moral dentro de cada pueblo; es más, dentro de cada individuo.
Es
curioso comprobar que tantos siglos después de que Heródoto escribiese su obra
el primer libro de historia empieza de forma rabiosamente actual: hablando de
guerras entre orientales y occidentales, de secuestros, de acusaciones
cruzadas, de distintas versiones sobre los mismos acontecimientos, de hechos
alternativos.
En los
primeros párrafos de su obra, el historiador se pregunta por el inicio de las
luchas entre europeos y asiáticos. Encuentra ecos de ese conflicto originario
en los antiguos mitos. Todo empezó con el secuestro de una mujer griega,
llamada Ío. Un grupo de mercaderes, o, más bien, de traficantes —las
diferencias entre unos y otros siempre fueron volátiles en la Antigüedad—,
desembarcaron en la ciudad griega de Argos para exhibir su mercancía. Algunas
mujeres se acercaron a la orilla atraídas por aquellos productos exóticos.
Curioseaban arremolinadas junto a la popa de la nave extranjera cuando, de
repente, los vendedores, que eran de origen fenicio, se abalanzaron sobre
ellas. La mayoría se defendió con uñas y dientes y consiguió escapar, pero Ío
no tuvo tanta suerte. La capturaron y la llevaron a la fuerza hasta Egipto,
convertida ella misma en mercancía. Este secuestro, según el relato de
Heródoto, fue el principio de toda la violencia. Poco después, un destacamento
de griegos en misión de castigo desembarcó en Fenicia —hoy Líbano— y raptó a
Europa, la hija del rey de Tiro. El empate en los atropellos duró poco, porque
los griegos secuestraron también a la asiática Medea en el territorio de la
actual Georgia. En la generación siguiente, Paris decidió agenciarse mujer por
el procedimiento del rapto, llevándose a la bella Helena por la fuerza rumbo a
Troya. Esta agresión colmó la paciencia de los griegos: estalló la guerra y la
enemistad incurable entre Asia y Europa.
El
comienzo de las Historias contiene una fascinante mezcla de
mentalidad antigua y asombrosa modernidad. Es evidente que Heródoto cree que
las leyendas, los oráculos, los cuentos maravillosos y las intervenciones
divinas deben figurar junto a los hechos documentados. Vivía en un mundo en el
que la pesadilla que soñara un rey, provocada por una mala digestión, podía ser
interpretada como un mensaje de los dioses y cambiar el rumbo de un imperio o
la estrategia de una guerra. Las fronteras entre lo racional y lo irracional
eran difusas. Sin embargo, Heródoto no fue un individuo crédulo ni reverente.
Me fascina el descaro con el que convierte algunos de los grandes episodios
míticos de su cultura —el rapto de Europa, el viaje de los argonautas, el
comienzo de la guerra de Troya— en una serie de fechorías más bien mezquinas.
Admiro la lucidez con la que elimina los oropeles legendarios para denunciar la
facilidad con que las mujeres se convierten en víctimas en tiempos de guerra y
de venganza, cuando se desencadena la violencia.
Acto
seguido, Heródoto hace una inesperada afirmación acerca de sus fuentes. Dice
que escuchó a gentes cultas de Persia las explicaciones que acaba de ofrecer
sobre la génesis del conflicto. Los fenicios, en cambio, cuentan otra historia,
«y no me meteré yo a decidir entre ellos, inquiriendo si la cosa pasó de este o
de otro modo». Tras años de viajes y conversaciones, Heródoto comprobó que los
testigos a los que interrogaba le facilitaban relatos contradictorios sobre los
mismos acontecimientos, olvidaban muchas veces lo sucedido y en cambio
recordaban sucesos que solo ocurrieron en el universo paralelo de sus deseos.
Así descubrió que la verdad es huidiza, que es casi imposible desentrañar el
pasado tal y como sucedió porque solo disponemos de versiones diferentes,
interesadas, contradictorias e incompletas de los hechos. En las Historias abundan
frases como: «que yo sepa», «según creo», «de acuerdo con lo que averigüé por
boca de…», «no sé si es verdad; solo escribo lo que se dice». Milenios antes
del multiperspectivismo contemporáneo, el primer historiador griego comprendió
que la memoria es frágil, evanescente, y que cuando alguien evoca su pasado
deforma la realidad para justificarse o encontrar alivio. Por eso, como
en Ciudadano Kane, como en Rashomon, nunca llegamos a
conocer la verdad más profunda, sino solo sus atisbos, sus variantes, sus
versiones, su alargada sombra, sus infinitas interpretaciones.
Y lo más
increíble de todo: nuestro autor no consigna la versión de los griegos, solo la
de los persas y fenicios. Así, la historia occidental nace explicando el punto
de vista del otro, del enemigo, del gran desconocido. Me parece un
planteamiento profundamente revolucionario, incluso veinticinco siglos después.
Necesitamos conocer culturas alejadas y diferentes, porque en ellas
contemplaremos reflejada la nuestra. Porque solo entenderemos nuestra identidad
si la contrastamos con otras identidades. Es el otro quien me cuenta mi
historia, el que me dice quién soy yo.
LXIX
Muchos
siglos más tarde, un pariente intelectual de Heródoto, el filósofo Emmanuel
Levinas —lituano, francés adoptivo y judío—, que sobrevivió a un campo de
concentración alemán tras perder a toda su familia en Auschwitz, escribiría:
«Mi acogimiento del otro es el hecho decisivo por el cual se iluminan las
cosas».
LXX
Quisiera
hacer un alto en el camino y contar la versión griega del rapto de Europa. Para
Heródoto es un simple episodio más en el bochornoso trasiego de secuestros
legendarios, pero yo me siento atraída por la historia de la misteriosa mujer
que dio nombre al continente donde habito.
Como
todos los griegos sabían, Zeus era un dios mujeriego, siempre al acecho de
jovencitas humanas. Cuando alguna le atraía, se vestía con los disfraces más
disparatados para cobrarse su particular derecho de pernada. Son famosas sus
violaciones en forma de cisne, de lluvia dorada o de toro. Esta última
transformación fue la trampa elegida para capturar a Europa, la hija del rey de
Tiro.
No hay
precisamente amor y armonía —escribe con ironía el poeta Ovidio— en la mansión
del padre de los dioses. Zeus ha tenido una bronca doméstica con su esposa Hera
y abandona el palacio dando un portazo. Ya fuera del monte Olimpo, decide
concederse una aventura con una humana para borrar el regusto amargo de la
discusión y de su matrimonio infeliz. Baja a la playa de Tiro, donde ya ha
echado el ojo a la atractiva hija del rey, que pasea con su séquito de criadas.
Para acercarse a su presa, el dios toma la apariencia de un toro blanco como la
nieve, con cuello musculoso y —de nuevo según Ovidio— una majestuosa papada que
le cuelga sobre las patas delanteras. Europa se fija en el animal de color
lácteo y lo contempla pastar tranquilo cerca del mar, sin sospechar que ante
sus ojos campa una criatura astuta y maligna, como la ballena blanca que muchos
siglos después imaginará Herman Melville.
Empieza
la seducción: el toro besa las manos de Europa con su blanco hocico, salta,
retoza en la arena, le ofrece la tripa para que se la acaricie. La chica se
ríe, pierde el miedo, le sigue el juego. Por el placer de desobedecer a sus
viejas criadas, que le hacen señas y advertencias de que sea prudente, se
atreve a montarse a caballo sobre el lomo del toro. En cuanto siente los muslos
de la chica en sus costados, el toro corre hacia el mar, y galopa, sin
inmutarse, sobre las aguas. Europa, aterrorizada, se vuelve a mirar a la playa.
Su túnica ligera ondea con el soplo del viento. Nunca más volverá a ver su casa
ni su ciudad.
El galope
de Zeus sobre las aguas la conduce a la isla de Creta, donde los hijos de ambos
forjarán la deslumbrante civilización de los palacios, del laberinto, del
amenazador Minotauro y de las luminosas pinturas que los turistas actuales,
vomitados por los cruceros, van a fotografiar entre las ruinas de Cnosos.
Un
hermano de Europa, llamado Cadmo, recibe la orden de encontrarla dondequiera
que esté. Su padre el rey le amenaza con el exilio si no la trae de regreso.
Como Cadmo es solo un simple mortal, no consigue descubrir el escondite que ha
elegido Zeus para sus fechorías clandestinas. Recorre Grecia de punta a punta,
llamando a Europa hasta que su nombre queda tallado en las rocas, los olivares
y los trigales del continente desconocido. Cansado de una búsqueda que no
termina nunca, funda la ciudad de Tebas, cuna de la desgraciada estirpe de
Edipo. La leyenda cuenta que fue Cadmo quien enseñó a escribir a los griegos.
Desde que
el lingüista Ernest Klein propuso la etimología, muchos filólogos sostienen que
la palabra «Europa» tiene, en efecto, origen oriental. La relacionan con el
acadio Erebu, pariente del término árabe actual ghurubu.
Ambos significan «el país donde muere el sol»; la tierra del ocaso; Occidente,
desde el punto de vista de los habitantes del este del Mediterráneo. En el
tiempo que evocan los mitos griegos, la tierra privilegiada de las grandes
civilizaciones se extendía por la zona de levante, entre los ríos Tigris y
Nilo. En comparación, nuestro continente era un territorio salvaje, el oscuro y
bárbaro Lejano Oeste.
Si esa
hipótesis es cierta, nuestro continente tiene un nombre árabe —paradojas del
lenguaje—. Intento imaginar los rasgos de la mujer que se llamó Europa —una
fenicia; hoy diríamos siriolibanesa, seguramente de piel oscura y facciones
pronunciadas, con la melena ensortijada, el tipo de extranjera que en la
actualidad despertaría recelos entre esos europeos que miran con el ceño
fruncido las oleadas de refugiados—.
En
realidad, la leyenda del rapto de Europa es un símbolo. Detrás de la historia
de la princesa arrebatada de su hogar, late un lejano recuerdo histórico: el
viaje del conocimiento y la belleza oriental desde el Creciente Fértil hacia
Occidente y, en particular, la llegada del alfabeto fenicio a tierras griegas.
Por tanto, Europa nació al acoger las letras, los libros, la memoria. Su
existencia misma está en deuda con la sabiduría secuestrada de Oriente.
Recordemos que hubo un tiempo en el que, oficialmente, los bárbaros éramos
nosotros.
LXXI
A
mediados de los años cincuenta del siglo pasado, en una Europa dividida por el
Telón de Acero, viajar más allá de los territorios aliados era una misión más
difícil aún que en tiempos de Heródoto. En 1955, un joven periodista polaco
llamado Ryszard Kapuściński anhelaba, por encima de todo, «cruzar la frontera».
No le importaba cuál ni dónde, no ambicionaba lugares envueltos en el aura
capitalista de lo inalcanzable, como Londres o París. No, él solo ansiaba el
acto casi místico y trascendental de cruzar la frontera. Salir del encierro.
Conocer el otro lado.
Tuvo
suerte. Su periódico —que respondía al exaltado nombre de Estandarte de
la juventud— lo envió como corresponsal a la India. Antes de marchar, la
redactora jefe le regaló un grueso volumen de tapa dura: las Historias de
Heródoto. Con sus muchos cientos de páginas, no era precisamente un volumen
liviano para arrastrarlo en el equipaje, pero Ryszard lo llevó consigo. Le
transmitía seguridad en un momento en el que se sentía estupefacto, alarmado.
La primera escala del vuelo hacia Nueva Deli iba a ser Roma. Estaba a punto de
«pisar Occidente» y, según le habían enseñado en su patria comunista, a
Occidente se le debía temer como a la peste.
El libro
de Heródoto fue su vademécum y asidero en el descubrimiento de ese misterioso
mundo exterior. Décadas después, con un largo deambular internacional a sus
espaldas, Kapuściński escribió un libro maravilloso, Viajes con
Heródoto, que rebosa simpatía hacia el inquieto griego en quien encontró a
un compañero de camino y alma gemela: «Le estaba muy agradecido porque, allí en
los momentos en que me había sentido inseguro y perdido, siempre había estado a
mi lado, ayudándome (…) Juntos recorrimos el mundo durante largos años. Mi
experimentado y sabio griego nunca dejó de ser un guía excepcional. Y, aunque
la mejor manera de viajar es hacerlo en solitario, no creo que nos
estorbásemos: nos separaba una distancia de dos mil quinientos años, a la que
hay que añadir otra, fruto del respeto que me imponía. Nunca me abandonó la
sensación de codearme con un gigante».
Kapuściński
descubre en Heródoto el temperamento de un incipiente periodista, dotado de la
intuición, la vista y el oído de un reportero. En su opinión, las Historias son
el primer reportaje de literatura universal. Es la obra de un individuo
intrépido que surca mares, recorre estepas y se interna en desiertos, un hombre
poseído por la pasión, el ansia y la obsesión de conocimiento. Se había fijado
un objetivo increíblemente ambicioso (inmortalizar la historia del mundo) y no
dejaba que nada lo desanimase. En el remoto siglo V a. C. no era posible
documentarse acerca de países extranjeros en archivos ni bibliotecas. Así que
su método fue, en esencia, el del periodista: viajar, observar y preguntar;
sacar conclusiones de lo que otros le contaban y de lo que él mismo veía. De
esa forma atesoró sus conocimientos.
El
periodista y escritor polaco imagina a su maestro griego en situaciones como
esta: tras una larga jornada por caminos polvorientos, llega a una aldea junto
al mar. Deposita a un lado su bastón, se sacude la arena de las sandalias y,
sin más dilaciones, comienza una conversación. Heródoto era hijo de una cultura
mediterránea de largas y hospitalarias mesas donde, en tardes y noches cálidas,
se sientan muchas personas juntas para comer queso y aceitunas, tomar vino
fresco y hablar. En esas charlas —cenando junto a una hoguera o al aire libre
bajo un árbol milenario—, afloraban historias, anécdotas, viejas leyendas,
cuentos. Si aparecía un huésped, se le invitaba. Y si ese huésped tenía buena
memoria, reuniría un sinfín de información.
Apenas
sabemos nada sobre la vida privada del viajero Heródoto, y llama la atención
que en su libro, rebosante de personajes y anécdotas, cuente tan poco sobre sí
mismo. Se limita a consignar que era originario de Halicarnaso, la actual
Bodrum, en Turquía, una ciudad asomada a una bellísima bahía, puerto populoso y
lugar de paso de las rutas comerciales entre Asia, Oriente Medio y Grecia. A
los diecisiete años, Heródoto tuvo que huir de su ciudad natal porque un tío
suyo protagonizó una rebelión frustrada contra el tirano propersa. Desde muy
joven, se convirtió en un apátrida, una de las peores cosas que le podía
ocurrir a un griego de la época. Entonces, despreocupándose del futuro, decidió
lanzarse a los mares y a los caminos para tratar de averiguar cuanto pudiera
sobre el mundo conocido, desde la India al Atlántico, desde los Urales a
Etiopía. No sabemos cuáles fueron sus medios de vida en el exilio. Viajó,
dedicó una enorme energía a su tarea de investigador y se abandonó al hechizo
de los países que iba recorriendo. Conoció extranjeros hospitalarios y refrescó
su mente hablando con ellos sobre costumbres y tradiciones. Escribió sobre
pueblos lejanos y adversarios, sin hacer ninguna alusión ofensiva ni juicio
peyorativo acerca de ellos. Fue seguramente, como lo imagina Kapuściński, un
hombre sencillo, cordial y comprensivo, abierto y parlanchín, alguien que
siempre se las arregla para engatusar a los demás y tirarles de la lengua. Pese
a su destierro forzado, no albergaba resentimiento ni rabia. Intentaba comprenderlo
todo, entender por qué cada individuo actuaba de una manera y no de otra. Nunca
culpaba a los seres humanos de las calamidades históricas, sino a la educación,
las costumbres y el sistema político en el que les había tocado vivir. Por eso,
como su tío insurgente, se convirtió en un defensor fervoroso de la libertad y
la democracia, y enemigo del despotismo, la autocracia y la tiranía. Pensaba
que solo en el primer sistema puede el individuo comportarse dignamente. Tomad
nota —parece decir Heródoto—: un insignificante grupo de pequeños estados
griegos ha vencido a la gran potencia oriental solo porque los griegos se
sabían libres, y por esa libertad estaban dispuestos a darlo todo.
Hay un
pasaje de las Historias que me atrapó y me maravilló desde la
primera lectura. En él se sugiere que la personalidad de cada uno de nosotros
está modelada —más de lo que nos gusta admitir— por los hábitos mentales, la
repetición y el chovinismo: «Si a todas las personas se les diera a elegir
entre todas las costumbres, invitándoles a escoger las más perfectas, cada cual
escogería las suyas; tan sumamente convencido está cada uno de que sus propias
costumbres son las más perfectas. Durante el reinado de Darío, este monarca
convocó a los griegos que estaban en su corte y les preguntó por cuánto dinero
accederían a comerse los cadáveres de sus padres. Ellos respondieron que no lo
harían a ningún precio. Acto seguido Darío convocó a los indios llamados calatias,
que devoran a sus progenitores, y les preguntó, en presencia de los griegos,
que seguían la conversación por medio de un intérprete, por qué suma
consentirían en quemar en una hoguera los restos mortales de sus padres; ellos
entonces se pusieron a vociferar, rogándole que no blasfemara. Píndaro hizo
bien al decir que la costumbre es reina del mundo».
Algunos
autores creen que este texto de Heródoto contiene la semilla de toda la
tolerancia y la necesidad de comprender, saber y reflexionar que, siglos más
tarde, serán el abecé de la etnología. En todo caso, revela una enorme
perspicacia en la observación de los pueblos que visitó, y también de su patria
griega. Las costumbres son muy distintas en cada cultura, pero su fuerza es
gigantesca en todas partes. En el fondo, lo que las comunidades humanas tienen
en común es aquello que inevitablemente las enfrenta: la tendencia a creerse
mejores. Como descubrió la mirada irónica del griego nómada, todos estamos muy
dispuestos a considerarnos superiores. En eso somos iguales.
Si para
Kapuściński el libro de Heródoto fue un peso pesado en el equipaje, mucho más
incómodo sería para sus lectores de la época. De hecho, fue uno de los primeros
mamotretos de los que hay constancia y, con toda seguridad, la primera obra
extensa que se escribió en prosa griega. Ha llegado hasta nosotros dividida en
nueve partes con los nombres de las musas, y cada una de esas nueve partes
ocuparía un rollo de papiro completo. Para acarrear juntos esos nueve tomos,
prácticamente haría falta poseer un esclavo porteador.
Sin duda,
la invención de los rollos significó un gran avance en su momento. Eran
dispositivos librarios más prácticos que ninguno de sus precedentes. Desde
luego, poseían mayor capacidad que las tablillas de barro y eran mucho más
transportables que las señales de humo o las inscripciones en bloques de
piedra; aun así, no dejaban de ser engorrosos. Como ya he explicado, se
escribía solo en una de las caras del papiro, por lo que los rollos tendían a
convertirse en tiras muy largas, repletas, en el lado utilizable, de columnas
de una apretadísima escritura. Para abrirse paso a través de ese abigarrado
laberinto de letras, el lector debía ejecutar un molesto tejemaneje, enrollando
y desenrollando constantemente metros y metros de texto. Además, para rentabilizar
al máximo el caro material, los libros estaban escritos sin dejar espacios de
separación entre las palabras ni entre las frases, y sin dividirlos en
capítulos. Si, gracias a una máquina del tiempo, pudiéramos tener entre las
manos algún ejemplar del siglo V a. C. de las Historias de
Heródoto, nos parecería que una sola palabra ininterrumpida e interminable se
expandía por casi una decena de rollos de papiro.
Solo
textos breves, como una tragedia o un diálogo socrático, cabían cómodamente en
un único rollo. Cuanto más largos eran los rollos, más frágiles e incómodos, y
más propensos a romperse. Buscar un pasaje concreto en un ejemplar de cuarenta
y dos metros —el más largo que se conoce— bien podría provocar calambres en los
brazos y una leve tortícolis.
La gran
mayoría de obras antiguas ocupaban, por tanto, más de un rollo cada una. En el
siglo IV a. C., los copistas y libreros griegos desarrollaron un sistema de
reclamos para asegurar la unidad de las obras distribuida en varios libros. El
mismo sistema ya había sido practicado con las tablillas en Oriente Medio.
Consistía en escribir al final de un rollo las primeras palabras del rollo
siguiente, para ayudar al lector a localizar el nuevo tomo que estaba a punto
de comenzar. A pesar de todas las precauciones que se pudieran idear, la
integridad de las obras estaba siempre amenazada por una incontrolable
tendencia a la disgregación, el desorden y la pérdida.
Había
cajas preparadas para guardar y transportar rollos. Esos recipientes intentaban
proteger a los libros de la humedad, de los mordiscos de los insectos, del
colmillo del tiempo. En cada caja cabrían entre cinco y siete unidades,
dependiendo de la extensión. Curiosamente, muchos textos conservados de
numerosos autores antiguos son múltiplos de cinco y siete —tenemos siete
tragedias de Esquilo y otras tantas de Sófocles, veintiuna comedias de Plauto,
y partes de la historia de Tito Livio preservadas de diez en diez libros, por
ejemplo—. Algunos investigadores piensan que, en el azaroso recorrido de la
transmisión y las peripecias del tiempo, esas piezas se salvaron precisamente
porque las guardaron juntas en una o varias de aquellas cajas.
Me he
adentrado en estos detalles para explicar hasta qué punto eran frágiles y
difíciles de proteger los libros por aquel entonces. Había pocos ejemplares en
circulación de cada título, y su supervivencia exigía gigantescos esfuerzos.
Los incendios y las inundaciones, que destruían los libros sin remedio, eran
catástrofes relativamente frecuentes. El desgaste por el uso, el apetito de las
polillas y los estragos del clima húmedo obligaban a volver a copiar cada
cierto tiempo, uno por uno, todos los rollos de las bibliotecas y de las
colecciones privadas. Plinio el Viejo escribió que, en las mejores condiciones
posibles y con los cuidados más escrupulosos, un rollo de papiro podía alcanzar
una vida útil de doscientos años. En la inmensa mayoría de los casos duraría
mucho menos. Las bajas eran constantes y, a medida que disminuía el número de
ejemplares supervivientes de una obra concreta, resultaba cada vez más
complicado volver a encontrarla para reponerla. A lo largo de toda la
Antigüedad y la Edad Media, hasta la invención de la imprenta, continuamente
estaban perdiéndose libros —o a punto de despeñarse al abismo de la
desaparición—.
Imaginemos
por un instante que cada uno de nosotros tuviéramos que dedicar meses enteros
de nuestra vida a hacer copias a mano, palabra por palabra, de nuestros libros
más queridos, para evitar su extinción. ¿Cuántos se salvarían?
Por eso,
debemos considerar un pequeño milagro colectivo —gracias a la pasión
desconocida de muchos lectores anónimos— que una obra tan extensa como
las Historias de Heródoto, y por tanto tan vulnerable, haya
llegado hasta nosotros bordeando el desfiladero de los siglos. Como escribe J.
M. Coetzee, lo clásico es «aquello que sobrevive a la peor barbarie, aquello
que sobrevive porque hay generaciones de personas que no se pueden permitir
ignorarlo y, por tanto, se agarran a ello a cualquier precio».
§ 20. El
drama de la risa y nuestra deuda con los vertederos
LXXII
Una serie
de crímenes sobrecogedores empiezan a sucederse entre los muros de una abadía
medieval encaramada en las montañas italianas. El rastro letal de esas muertes
conduce a la gran biblioteca monástica donde, oculto como un árbol en un bosque
o un diamante entre cubitos de hielo, descansa un manuscrito por el que los
monjes están dispuestos a morir y matar. El abad encomienda la investigación
del escabroso asunto a un visitante de paso en el monasterio, fray Guillermo de
Baskerville, que ha aprendido el oficio del interrogatorio ejerciendo de
inquisidor religioso. Todo ocurre en el tempestuoso siglo XIV.
El nombre
de la rosa es una sorprendente novela negra ambientada en el mundo ritual,
sigiloso y plagado de recovecos de un convento. Umberto Eco, jugando con los
tópicos del género, en un guiño a los letraheridos de todas las épocas,
sustituye la habitual femme fatale por un libro fatídico que
tienta, pervierte y mata a quien osa leerlo. Y el lector se pregunta, claro
está, qué peligrosos secretos oculta ese texto prohibido, del cual nos dicen
que posee «el poder mortífero de cien escorpiones». ¿Un evangelio oculto y
sedicioso, profecías catastróficas de algún Nostradamus medieval, nigromancia,
pornografía, blasfemias, esoterismo, misas negras? No, ninguna de esas
menudencias. Cuando Guillermo de Baskerville une las piezas del rompecabezas,
averiguamos que se trata —oh, cielos— de un ensayo de Aristóteles.
¿En
serio? Alguien podría sentirse timado. Después de todo, Aristóteles no es
precisamente un escritor radical ni alguien conocido por sus ideas subversivas.
Hoy es difícil imaginar al teórico del justo medio, al enciclopedista
minucioso, al fundador de la Academia escribiendo un libro maldito. Sin
embargo, Umberto Eco conjetura los peligrosos significados de una obra
aristotélica que nunca leeremos: el tratado perdido sobre la comedia, la
legendaria segunda parte de la Poética; es decir, el ensayo que —lo
sabemos por alusiones del propio Aristóteles— se adentraba en el universo
revolucionario de la risa.
Cuando
nos acercamos al desenlace de El nombre de la rosa, topamos con una
de esas típicas peroratas de asesino en serie, los minutos de gloria de todo
villano que se precie, durante los cuales, pudiendo liquidar al detective y
ganar la partida, prefiere dedicarse estúpidamente a alardear de inteligencia.
Aquí es donde el monje homicida explica —con un sensacional estilo
apocalíptico— por qué los escritos de Aristóteles sobre la risa son peligrosos
y deben ser eliminados: «Este libro eleva la risa a arte, la convierte en
objeto de filosofía y de pérfida teología. La risa libera al aldeano del miedo
al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y
tonto, y, por tanto, controlable. Pero este libro podría enseñar que liberarse
del miedo es un acto de sabiduría. Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su
garganta, el aldeano se siente amo, porque ha invertido las relaciones de
dominación; pero este libro podría enseñar a los doctos a legitimar esta
inversión. De este libro podría saltar la chispa luciferina que encendería un
nuevo incendio en todo el mundo. Si algún día, confiada al testimonio
indestructible de la escritura, el arte de la risa llegara a ser aceptable…
entonces no tendríamos armas para detener la blasfemia, porque apelaría a las
fuerzas oscuras de la materia corporal, las que se afirman en el pedo y en el
eructo, ¡y entonces el pedo y el eructo se arrogarían el derecho de soplar
donde quieran!».
El
asesino imaginado por Umberto Eco nos da pistas para entender la aparente
maldición que persigue a la comedia. El humor antiguo sufrió un gran naufragio.
Desaparecieron todos los ejemplares del tratado aristotélico sobre la risa y,
en cambio, ha sobrevivido sin problemas la otra mitad de la obra dedicada a la
tragedia. Una multitud de comediógrafos griegos estrenaban en teatros repletos
y entusiastas, pero solo se han salvado obras de uno de ellos: Aristófanes. La
mayoría de los géneros literarios recogidos en el catálogo alejandrino (la
épica, la tragedia, la historia, la oratoria, la filosofía) eran serios,
solemnes incluso.
Todavía
hoy el canon tiende a expulsar la risa. Una comedia tiene menos posibilidades
que un drama de ganar Óscar. Nos sorprende que un escritor con vena humorística
aterrice en Estocolmo. Los publicistas y los programadores de televisión saben
que el humor vende, pero la academia se resiste a elevarlo al pódium del arte.
La cultura de masas explota la risa, degradándola. Nos entretienen con realities y
sainetes, mientras la alta cultura rechaza la estética cutre y enarca la ceja
ante ella. Tanta diversión intrascendente —y el éxito de las sesiones de
risoterapia— parece reducir la risa a un desahogo individual o una efímera
distracción.
El
investigador Luis Beltrán afirma que cometemos un error al considerar el humor
como un fenómeno marginal y extraño. Lo extraño —añade— es la seriedad, que
triunfó en este reciente periodo de desigualdad cultural y económica que
llamamos «historia». No olvidemos que esta etapa es solo la punta visible del
iceberg. Hemos vivido de otra forma durante cientos de miles de años. La
cultura primitiva, anterior a la escritura, a las monarquías y a la acumulación
de riqueza, sería esencialmente igualitaria y alegre. El teórico ruso Mijaíl
Bajtín describe cómo en sus fiestas, cubiertos con máscaras y disfraces,
nuestros remotos antepasados celebraban, todos juntos en una feliz confusión,
sus triunfos en la lucha por la supervivencia. Semejante espíritu de igualdad
existió mientras las sociedades fueron inevitablemente pobres y sus sistemas de
organización, muy simples. Pero, en cuanto las nuevas civilizaciones agrícolas
y monetarias hicieron posible enriquecerse, quienes tenían el granero más lleno
se apresuraron a inventar las jerarquías. Los sectores que desde entonces han
dirigido la sociedad desigual prefieren el lenguaje de la seriedad. Porque en
la risa más genuina late aún la rebeldía ante la dominación, la autoridad y los
rangos —el temido desacato—.
De esta
teoría bajtiniana me atrae la reivindicación de la risa, pero no creo en ese
mundo esencialmente igualitario y alegre. Yo lo imagino terrorífico,
autoritario y violento. Coincido más bien con la escena imaginada por Kubrick
en 2001: Una odisea del espacio. Cuando el primer individuo
primitivo descubrió que podía usar un hueso como herramienta, sin duda fue
rápidamente a estrellarlo en la cabeza de un congénere. Las tribus no eran
paraísos asamblearios, sino que tenían jefes. Es cierto que, en comparación con
nuestra época, apenas habría diferencias de riqueza dentro de los grupos, pero
me temo que eso no impediría las manifestaciones de despotismo: tú no entras
aquí, yo me quedo el pedazo más grande de carne, la culpa de nuestra mala racha
de caza la tenéis vosotros, os expulsamos de la tribu, os masacramos y cosas
por el estilo. Tampoco creo que la risa intente siempre restaurar la igualdad;
también la hay cruel y reaccionaria: las burlas de patio de colegio contra los
más débiles o los chistes que se contarían los nazis en sus reuniones mientras
echaban un cigarrillo. Y, sin embargo…
Sin
embargo, existe un humor rebelde que desafía las relaciones de dominación, que
resquebraja el aura de un mundo autoritario, que denuncia al emperador,
desnudándolo. Como explica Milan Kundera en su novela La broma, la
risa tiene una enorme capacidad de deslegitimar el poder, y por eso inquieta y
es castigada. En general, los amados líderes de todas las épocas han aborrecido
y perseguido a los cómicos que osaban ridiculizarlos. Los humoristas suelen
tropezar con los regímenes y con los individuos más intransigentes. Incluso en
las democracias contemporáneas estallan polémicas acaloradas sobre los límites
del humor y la ofensa. En general, las posturas sobre este asunto dependen de
si las convicciones en juego son las nuestras o las de otros. La tolerancia
tiene conjugación irregular: yo me indigno, tú eres susceptible, él es
dogmático.
Aristófanes,
como Chaplin, encarna la risa rebelde y disidente. De hecho, siempre he pensado
que el humor de ambos tiene un aire de familia, una familia donde Charlie sería
el primo bonachón y Aristófanes el abuelo sarcástico. A los dos les interesaba
la gente corriente y vulnerable; sus héroes nunca son aristócratas. Según la
ocasión, Charlot aparece como vagabundo, como preso fugado, como emigrante,
como alcohólico, como parado o como famélico buscador de oro. Los protagonistas
de las comedias de Aristófanes son tipos —hombres y mujeres— sin bienes ni
nobleza, pícaros agobiados por las deudas que trampean para no pagar impuestos,
hartos de guerras, con ganas de sexo y fiesta, deslenguados, tal vez no
hambrientos pero siempre fantaseando con darse un buen atracón de lentejas,
carne y pasteles. Charlot simpatiza con los huérfanos y las madres solteras, se
enamora de otras mendigas y, en cuanto ve la ocasión, les propina una patada en
el culo a los policías. Tiene el descaro de ridiculizar a los ricachones, a los
grandes empresarios, a los agentes de inmigración, a los engolados militares de
la Primera Guerra Mundial o al mismísimo Hitler. De parecida calaña, las
criaturas de Aristófanes intentan detener la guerra mediante una huelga sexual,
ocupan la Asamblea ateniense para decretar la comunidad de bienes, se mofan de
Sócrates o se proponen curarle la miopía al dios de la riqueza para que reparta
mejor los patrimonios. Después de una serie de desmadradas andanzas y
chanchullos, todas las obras acaban en un banquete pantagruélico,
multitudinario y festivo.
Tanto
Aristófanes como Chaplin tuvieron problemas con la justicia.
Las
comedias de Aristófanes estaban plagadas de alusiones personales y caricatura
política, como los guiñoles de la televisión. Desde el escenario, los actores
hacían bromas con nombre y apellido —o, más bien, con nombre y patronímico—
sobre las personas que seguían el espectáculo desde sus asientos: se burlaban
de alguien por legañoso y de otro por tacaño, por feo o por corrupto. La ciudad
de Atenas, donde tenían lugar las representaciones, se consideraba la
metrópolis del mundo y la ciudad más importante del planeta, pero con sus cien
mil habitantes hoy nos parecería una pequeña capital de provincias. Allí todos
se conocían y practicaban el deporte intemporal de la murmuración. Aristófanes
se codeaba con sus conciudadanos en el ágora, donde se reunían por la mañana
para comprar, despotricar contra los gobernantes, vigilar al prójimo y
chismorrear. Congeniaba sobre todo con los grupos de conservadores nostálgicos
del pasado y poco amigos de las nuevas tendencias. Después, en el teatro, casi
con la misma libertad de los mentideros callejeros, ponía en solfa a Pericles o
apodaba el Salchichero a otro líder político. Los intelectuales, los nuevos
educadores y los ilustrados que confluían en Atenas le parecían simples
botarates, pero les estaba agradecido por el juego que le daban para las
comedias. Poblaba sus obras con personajes prominentes a los que obligaba a
cometer los actos más ridículos. Utilizaba el lenguaje de la calle y del campo,
hasta que de pronto se lanzaba a parodiar las ampulosas frases de la tragedia o
la épica. En palabras de Andrés Barba, daba respuestas materialistas a
preguntas idealistas: «para nosotros, Aristófanes inauguró una nueva vía,
establecida y creada a través de la magia del teatro: a la paz a través de la
risa, a la libertad a través de la risa, a la acción política a través de la
risa». Este tipo de comedia, llamada comedia antigua, duró lo que la democracia
ateniense, contra la que tanto arremetió.
El humor
de Aristófanes no tuvo sucesor. Podríamos decir que acabó, más que con él,
antes que él. A finales del sigo V a. C., Atenas fue vencida por Esparta, que
apoyó un golpe de estado oligárquico en la ciudad. Siguieron décadas de
turbulencias políticas y ánimos quebrantados por la derrota. El tiempo de la
crítica descarada había pasado. El mismo Aristófanes siguió escribiendo
comedias, pero se volvieron cautas, con argumentos cada vez más alegóricos, sin
alusiones personales ni sátira de los gobernantes.
En la
siguiente generación, los griegos fueron anexionados al Imperio de Alejandro y
a los reinos de sus sucesores. Aquellos monarcas no toleraban bromas. Nació
entonces la comedia nueva, sentimental, costumbrista, de enredo, el tipo de
humor en el que pensaba Ortega y Gasset al escribir: «la comedia es el género
literario de los partidos conservadores». Por lo que sabemos, los ingredientes
de las tramas eran repetitivos: protagonistas jóvenes, esclavos marrulleros,
encuentros inesperados, gemelos que se confunden, padres severos, prostitutas
de buen corazón. El autor más conocido y más aplaudido de aquella época fue
Menandro.
Menandro
es un caso único en la transmisión de la literatura antigua. Leído con
entusiasmo durante largos siglos, acabó por desaparecer, gradual pero
completamente. Hasta que los papiros egipcios nos devolvieron amplios
fragmentos de sus comedias, solo conocíamos citas de sus piezas. Es el único
autor esencial del canon que fue suprimido y extirpado de la tradición
manuscrita. Forma parte del territorio arrasado de la comedia, donde tantos
autores se han perdido —hay una larga lista de nombres prácticamente mudos:
Magnes, Mulo, Éupolis, Cratino, Epicarmo, Ferécrates, un tal Platón que no es
el filósofo, Antífanes, Alexis, Difilo, Filemón, Apolodoro—.
Aunque
los escritores de la comedia nueva intentaban divertir al público de forma
inofensiva, acabaron por molestar. Cuando la sociedad antigua se volvió más
puritana, la inmoralidad de aquellos argumentos repetitivos empezó a ofender.
Los jóvenes con ganas de juerga, las putas y los padres engañados no enseñaban
nada edificante a las nuevas generaciones. En las escuelas, los maestros
elegían solo máximas sueltas de Menandro o fragmentos seleccionados de sus
obras, con cuidado de no socavar la moralidad de los inocentes alumnos. Y así,
lentamente censuradas, sus palabras se perdieron, como sucedió con la mayor
parte del humorismo antiguo. El monje destructor de El nombre de la
rosa ha tenido muchos ayudantes a lo largo del tiempo. Aquí tropezamos
con la paradoja y el drama de la risa: la mejor es aquella que tarde o temprano
encuentra enemigos.
LXXIII
Hablar de
«libros de texto» es tan redundante como decir «tabla de madera», «salir al
exterior», «desenlace final» o «crueldad innecesaria». A pesar del superfluo
desdoblamiento, todos entendemos a qué se refiere la expresión: a los libros
orientados a la enseñanza. Los griegos ya los conocían, y tal vez los
inventaron. En ellos recopilaban pasajes literarios para dictados, comentarios
y ejercicios de escritura. Este tipo de antologías jugaba un papel muy
importante en la supervivencia de los libros, porque la gran mayoría de las
obras llegadas hasta hoy fueron, en un momento u otro, textos escolares.
Los
afortunados niños de la globalización helenística que podían permitirse
estudiar más allá de los rudimentos básicos, recibían una educación
esencialmente literaria. En primer lugar, porque sus padres valoraban las
palabras —la capacidad de comunicar, diríamos ahora—, la fluidez de discurso y
la riqueza verbal que se aprenden leyendo a los grandes escritores. Los
habitantes del mundo antiguo estaban convencidos de que no se puede pensar bien
sin hablar bien: «los libros hacen los labios», decía un refrán romano.
En
segundo lugar, por nostalgia. Tras los pasos de Alejandro, muchos griegos se
habían instalado en territorios ignotos, desde el desierto de Libia hasta las
estepas de Asia Central. Allí donde aparecían y se afincaban griegos, ya fuera
en las aldeas del Fayum, Babilonia o Susiana, enseguida asentaban sus
instituciones, sus escuelas primarias y sus gimnasios. La literatura ayudaba a
los emigrados a mantener un lenguaje común, un sistema de referencias
compartidas, una identidad. Era el instrumento más seguro de contacto y de
intercambio entre los griegos dispersos por la vasta geografía del imperio.
Extraviados en la inmensidad, encontraban una patria en los libros. Y no
faltaban los indígenas que querían medrar adoptando la lengua y la forma de
vida griega. Quien mejor resumió el nuevo concepto de ciudadanía cultural fue
el orador Isócrates: «Nosotros llamamos griegos a quienes tienen en común con
nosotros la cultura, más que a los que tienen la misma sangre».
¿Qué tipo
de educación recibían aquellos griegos? Un baño de cultura general. A
diferencia de lo que nos sucede a nosotros, no les interesaba en absoluto
especializarse. Menospreciaban la orientación técnica del conocimiento. No
estaban obsesionados por el empleo; después de todo, para trabajar ya tenían a
los esclavos. Todo el que podía permitírselo, evitaba aprender algo tan
envilecedor como un oficio. Lo elegante era el ocio —es decir, el cultivo de la
mente, la amistad y la conversación; la vida contemplativa—. Solo la medicina,
incuestionablemente necesaria para la sociedad, logró imponer un tipo de
formación propia. A cambio, los médicos padecían un claro complejo de
inferioridad cultural. Desde Hipócrates a Galeno, todos repetían en sus textos
el mantra de que un médico también es un filósofo. No querían dejarse encerrar
dentro de su esfera particular, sino que se esforzaban por mostrarse cultos y
calzar en sus escritos alguna cita de los poetas imprescindibles. Para los
demás, las enseñanzas y las lecturas eran en esencia las mismas a lo largo y
ancho del imperio, lo que creaba un poderoso factor de unidad colonial.
Este
modelo educativo permaneció vigente durante muchos siglos —el sistema romano
fue solo una adaptación del mismo concepto—, y se halla en la raíz de la
pedagogía europea. El emperador Juliano el Apóstata explicó en un ensayo las
salidas profesionales que se abrían ante un estudiante formado según la
tradición grecolatina de los conocimientos amplios. Dice Juliano que quien ha
recibido una educación clásica, es decir, literaria, podrá contribuir al avance
de la ciencia, ser líder político, guerrero, explorador y héroe. Por aquel
entonces, los lectores aplicados gozaban de amplios horizontes laborales.
Ya he
dicho que durante los siglos III a I a. C. la alfabetización ganó terreno,
incluso más allá de las clases dirigentes. El Estado empezó a preocuparse por
reglamentar la educación, pero su estructura era demasiado arcaica y los
mecanismos administrativos demasiado enclenques como para asumir el reto de una
auténtica enseñanza pública. Los establecimientos educativos se incluyeron
dentro de las competencias municipales, y las ciudades recurrían a la
generosidad de los benefactores —ellos los llamaban evergetes— para
financiar este y otros servicios de interés general. La civilización
helenística, como después la romana, fue esencialmente personalista y liberal.
Por aquel entonces abundaban los Bill Gates que exhibían el músculo de sus
enormes fortunas haciendo donaciones para obras públicas —caminos, escuelas,
teatros, baños, bibliotecas o salas de conciertos— y financiando los gastos de
las fiestas patronales. El evergetismo se consideraba una obligación moral de
la gente rica, especialmente cuando aspiraban a cargos políticos.
Una
inscripción del siglo II a. C., hallada en Teos, una ciudad de la costa de Asia
Menor, recuerda a un benefactor que cedió una suma capaz de asegurar «que todos
los niños nacidos libres reciban educación». El donante dejó establecido que se
contrataría a tres maestros, uno para cada grado de instrucción, y además
especificaba que los tres debían enseñar a niños y niñas. En Pérgamo se
descubrió una inscripción, fechada en el siglo III o II a. C., que también
documenta la presencia de niñas en la escuela, ya que figuran entre las
ganadoras en las competiciones escolares de lectura y caligrafía. Me gusta
imaginar a esas chiquillas mientras dibujaban las letras con gesto serio, con
la lengua asomándoles entre los labios entreabiertos, a punto de conseguir uno
de los primeros premios de la historia para niñas. Me pregunto si sabían que
eran pioneras, si en sus fantasías más osadas soñaron que veinticinco siglos
más tarde seguiríamos recordando sus victorias contra la ignorancia.
§ 21. Una
apasionada relación con las palabras
LXXIV
Gracias a
los antiguos vertederos, podemos asomarnos a los textos escritos por gente
corriente en Egipto. Ya he explicado que el papiro, el material de escritura
habitual en aquel tiempo, se conserva en climas muy secos, mientras que la
humedad de un régimen normal de lluvias lo destruye. En algunas zonas egipcias
—por desgracia, no en la región del delta, donde está Alejandría—, se han
podido recuperar escritos abandonados o arrojados a la basura hace dos mil
años. Esos textos permanecieron donde estaban, sin deteriorarse ni
desintegrarse, cubriéndose poco a poco, a lo largo de los siglos, con la capa
protectora de la arena ardiente del país. Y se conservaron intactos. De ahí que
miles y miles de papiros, descubiertos por campesinos o excavados por arqueólogos,
hayan llegado a nuestras manos, a veces con la tinta casi tan fresca como el
día en que una mano antigua escribió en ellos. El contenido de los textos es
muy variado —desde la correspondencia de un orgulloso oficial hasta sus listas
de ropa sucia para lavar—. Casi todos los papiros están escritos en griego, la
lengua del Gobierno y la población culta. Las fechas abarcan desde el año 300
a. C. hasta el 700 d. C., desde la ocupación griega de Egipto, pasando por los
años de dominación ptolemaica y romana, hasta la conquista árabe.
Los
papiros demuestran que muchos griegos sin cargos en la Administración sabían
leer y escribir, se ocupaban personalmente de sus trámites, redactaban
documentos mercantiles y atendían su correspondencia sin recurrir a escribas
profesionales. Y además leían por placer. En una carta a un amigo, un hombre,
aburrido, escribe desde la monotonía de una aldea egipcia: «Si ya has copiado
los libros, envíamelos, para tener algo que nos ayude a pasar el rato, porque
no tenemos a nadie con quien hablar». Sí, había gente que buscaba en los libros
un salvavidas frente al tedio rural. Hemos desenterrado restos de lo que leían,
trozos de libros o incluso obras enteras. No se han encontrado papiros en la
húmeda Alejandría, que se jactaba de tener más lectores que ningún otro lugar
del mundo pero, aun así, los hallazgos de las zonas secas nos permiten
curiosear las lecturas de la época. Y, si nos fiamos de las estimaciones
basadas en el número de restos encontrados de cada obra, incluso podemos saber
cuáles eran los libros favoritos de aquellos lectores.
Reconozco
que, ante las lecturas ajenas, siento una curiosidad sin freno. En los
autobuses, en el tranvía y en el tren, retuerzo el cuello en contorsiones
inverosímiles intentando fisgonear qué leen los viajeros a mi alrededor. Creo
que los libros describen a las personas que los tienen entre las manos. Por eso
me parece emocionante curiosear en la intimidad de aquellos lectores de la
periferia egipcia a través de la distancia de los siglos. A juzgar por la
cronología, serían esos mismos hombres y mujeres que nos interpelan con sus
grandes ojos nostálgicos desde los retratos del Fayum, y están tan vivos que
nos recuerdan vagamente a alguien conocido.
¿Qué
revelan los papiros sobre ellos? Su poeta preferido, con diferencia, era
Homero. Les gustaba más la Ilíada que la Odisea.
También leían a Hesíodo, Platón, Menandro, Demóstenes y Tucídides, pero el
segundo en el pódium era Eurípides, lo que me recuerda una anécdota maravillosa
sobre el poder de los libros.
Volvamos
la vista atrás, hacia los años convulsos de la guerra del Peloponeso. Los
gobernantes de la imperialista Atenas, como si no les bastase con pelear contra
la poderosa Esparta, lanzaron una expedición surcando los mares hasta Sicilia
para sitiar Siracusa. La campaña fue un fracaso devastador: unos siete mil
atenienses, con sus aliados, cayeron prisioneros y fueron condenados a trabajos
forzados en las canteras —llamadas «latomías»— de la pólis vencedora.
Allí, según cuenta Tucídides, se dejaron las manos y la vida a golpe de
martillo. Encerrados en las profundidades, expuestos al calor abrasador o al
frío, enfermos, conviviendo con cadáveres, hediondos por sus propias heces y
orines, alimentados con un solo cuartillo de agua y dos de cebada al día, fueron
muriendo gradualmente. Plutarco cuenta que a los siracusanos les gustaba tanto
la poesía que perdonaron la vida y dejaron marchar a quienes fueron capaces de
recitar de memoria algún verso de Eurípides. «Se dice que muchos de los que por
fin pudieron volver sanos y salvos a sus casas visitaron con la mayor gratitud
a Eurípides, y algunos le contaron que se habían librado de la esclavitud
recitando fragmentos de sus obras que sabían de memoria, y otros, que,
dispersos y errantes después de la batalla, habían conseguido que les dieran
comida y agua después de cantar sus versos». Por cierto, en esas mismas
latomías sicilianas hoy abarrotadas de turistas, san Pablo predicó la palabra
de Jesús, y Churchill pintó acuarelas.
Homero y
Eurípides eran los ganadores de la competición, los escritores que esculpían
los sueños de los griegos. En la infancia, todos aprendían a leer y escribir
copiando sus versos, lo que explica la cantidad de papiros descubiertos. No se
introducía a los niños en la lectura con frases fáciles como «Mi mamá me ama».
El método educativo consistía en una brusca inmersión. Casi desde el principio
los agarraban del pescuezo, y los sumergían en las frases bellas y difíciles de
Eurípides, que apenas podrían entender («Bálsamo precioso del sueño, alivio de
los males, ven a mí» o «No desperdicies lágrimas frescas en dolores pasados»).
Muchos fragmentos encontrados serían, con gran probabilidad, copias de
estudiantes. Pero también había lectores enamorados de la música de aquellos
versos. Hay un caso especialmente conmovedor. Los arqueólogos han encontrado un
rollo de papiro bajo la cabeza de una momia femenina, casi en contacto con su
cuerpo. Ese rollo contiene un canto particularmente hermoso de la Ilíada.
Supongo que aquella lectora entusiasta quiso asegurarse de tener libros en la
otra vida y de poder recordar las aladas palabras de Homero más allá del río
del olvido, que, según sus creencias, cruzaría para llegar al mundo de los
muertos.
Bajo las
arenas de Egipto han aparecido docenas de escritos que pertenecieron a
coleccionistas privados —comedias, obras filosóficas, estudios históricos,
tratados de matemáticas y música, manuales técnicos e incluso textos de autores
desconocidos para nosotros hasta el hallazgo—. Pienso en aquellos bibliófilos
anónimos y me pregunto cómo consiguieron todos esos libros minoritarios.
Seguramente, los rollos de Homero, de Eurípides y de algún otro autor famoso se
podían conseguir sin dificultades en las librerías de Alejandría. Pero las
copias de libros poco comunes debían de hacerse por encargo. Es el caso de un
ejemplar de La Constitución de Atenas, de Aristóteles. Lo más
probable es que su dueño encargase la copia a un taller, y posiblemente el
establecimiento que realizó el trabajo tuvo que enviar a un copista a la
Biblioteca de Alejandría para trabajar a partir del original depositado allí.
Dichos desplazamientos sin duda aumentarían vertiginosamente el precio del
encargo. En aquellos tiempos, conseguir un libro raro podía convertirse en una
pequeña odisea y, con seguridad, en una sangría para la bolsa.
Los
lectores con la faltriquera llena de telarañas tenían que consolarse con acudir
a bibliotecas. Las hubo incluso fuera de Alejandría y Pérgamo. Pequeñas y
locales, no podrían compararse con las asombrosas colecciones reales, pero al
menos ofrecerían a sus visitantes los obras fundamentales de los grandes
autores. Conocemos la existencia de estos establecimientos, una vez más,
gracias a inscripciones en piedra. Sabemos, por ejemplo, que hubo una
biblioteca en la isla de Cos, cerca de la actual Turquía. Ha sobrevivido un
fragmento de inscripción que enumera una serie de donaciones privadas. Un padre
y su hijo sufragaron el edificio y además donaron cien dracmas. Otras cuatro
personas regalaron doscientos dracmas y cien libros cada una. Dos más aportaron
doscientos dracmas. El dinero estaría destinado, sin duda, a comprar libros.
Hay evidencias parecidas en Atenas y en otros lugares.
Es muy
posible que aquellas bibliotecas estuvieran asociadas al gymnasium local
de su ciudad. En su origen, los jóvenes practicaban allí atletismo y lucha.
«Gimnasio» deriva de la palabra «desnudez», porque la costumbre griega era
—para escándalo de los bárbaros— ejercitarse enseñando sin pudor ni tapujos el
esplendor del cuerpo masculino embadurnado en aceite. En la época helenística,
los gimnasios ya se habían transformado en centros de educación, con aulas,
recintos para conferencias y salas de lectura. Sabemos que al menos el gymnasium de
Atenas poseía una biblioteca, porque se conserva parte de un catálogo en
piedra. Al parecer, esa lista de fondos estaría grabada en la pared de la
biblioteca, donde los lectores podían consultarla rápidamente sin el engorro de
tener que abrir y plegar un rollo que, además, correría el peligro de
deteriorarse rápidamente por el uso continuo. Según el catálogo, la biblioteca
estaba especializada en comedia y tragedia. De Eurípides había más de dos
docenas de títulos, y de Sófocles más de una docena. También figuran quince
comedias de Menandro. Solo constan dos libros en prosa, uno de los cuales es un
discurso de Demóstenes. En cambio, la biblioteca de Rodas, un conocido centro
de estudios retóricos, apenas poseía obras teatrales —estaba especializada en
ensayos de política e historia—.
Si las
evidencias de Atenas y Rodas se pueden extrapolar a todas las ciudades con
gimnasios, durante el helenismo habría más de cien bibliotecas, una delicada
red venosa que bombeaba el oxígeno de las palabras y de los relatos de ficción
hacia todos los rincones del territorio.
LXXV
Demóstenes
quedó huérfano a los siete años. Su padre, fabricante de armas, le dejó un
patrimonio suficiente para vivir sin angustias económicas, pero sus tutores
derrocharon la herencia. Su madre, arruinada, no tenía dinero para pagarle una
buena educación. Pasaban apuros. Los chicos del barrio se reían de él por su
aspecto flaco, enclenque y delicado. Incluso le pusieron un apodo: bátalo,
que significaba «ano», es decir, «maricón». Además, sufría un penoso defecto
que le acomplejaba y le paralizaba al hablar. Seguramente tartamudeaba o tenía
dificultad para pronunciar ciertas consonantes.
Cuentan
que Demóstenes venció sus problemas con sádica disciplina. Se obligaba a hablar
con guijarros en la boca. Salía a correr por el campo para fortalecer sus
pulmones y recitaba versos con el aliento cansado, jadeando cuesta arriba.
Paseaba a orillas del mar en días de tormenta para mejorar su capacidad de
concentración entre el rugido de las olas. Ensayaba en casa frente a un espejo
de cuerpo entero, repitiendo frases desafiantes y haciendo poses. La escena,
contada por Plutarco, parece preparar el terreno al «You talkin' me?» de Robert
De Niro en Taxi Driver. Pobre, huérfano, tartamudo y humillado,
años después se convertiría en el orador más famoso de todos los tiempos. Los
antiguos griegos, como los norteamericanos de hoy, adoraban una buena historia
de superación.
El número
diez simboliza la perfección. Está en la base de nuestro sistema decimal. En el
mundo académico representa la calificación máxima, o sea, la excelencia. Para
los pitagóricos era una cifra mágica y sagrada. No es casual que fueran diez
los oradores áticos canónicos cuyas obras merecían ser conservadas y
estudiadas. Los antiguos creían que el fascinante poder de las palabras
encontraba su máxima expresión —precisamente— en los discursos.
Los
griegos siempre tuvieron fama de grandes charlatanes y de litigantes
inagotables. Los héroes de sus mitos no eran, como en el imaginario de otras
culturas, meros guerreros brutos y musculosos, sino que todos sabían lanzar,
cuando se terciaba, una arenga bien adornada, pues habían sido educados para
ser expertos en la palabra. Las instituciones democráticas de Atenas
ensancharon la esfera de los discursos: todos los atenienses —entiéndase: los
que cumplían los requisitos de ser libres y hombres— tenían la posibilidad de
hablar ante sus conciudadanos en la Asamblea, donde se votaban las decisiones
políticas, y decidir, como miembros de jurados populares, sobre la solidez de
los discursos ajenos. Al parecer, adoraban el parloteo ininterrumpido que era
el ingrediente principal de su vida cotidiana, desde el ágora al parlamento.
Aristófanes escribió una comedia paródica sobre un individuo llamado Filocleón,
un auténtico yonqui de los juicios. Para ayudarle a superar la compulsión
fiscal, su hijo monta un juzgado en su propia casa y le ofrece la presidencia
al padre. A falta de alguien a quien acusar, juzgan al perro de la familia por
haberse comido un pedazo de queso en la cocina, improvisando largos alegatos en
su favor y en su contra. La pantomima alivia a Filocleón como un chute de
metadona a un yonqui.
Heródoto
relata que, la noche anterior a la crucial batalla de Salamina, a la que debían
llegar frescos y descansados, los generales griegos se enzarzaron en una riña
tumultuaria que se prolongó hasta altas horas de la madrugada, mientras los
soldados rasos rezongaban y criticaban la insensatez de sus superiores. El
altercado no les impidió ganar la batalla, pero Heródoto parece lamentar ese
temperamento peleón suyo, que en su opinión fue la causa de que los griegos
nunca consiguieran construir un estado fuerte y unitario. Sí, amaban las
palabras y los argumentos incisivos. Por eso eran capaces de crear poemas de
bellísima orfebrería verbal, pero también de convertir cualquier discusión en
una riña estéril y destructiva.
La
oratoria de los abogados y estadistas griegos era bastante diferente de la
actual. En ausencia de leyes contra los libelos y agravios, los oradores se
maltrataban unos a otros con un verdadero lujo de injurias. Las interminables
acusaciones personales y la imputación de bajos motivos al adversario añadían
un interés morboso, casi pugilístico, a los debates. Llegaron a perfeccionar
hasta tal punto el arte de vapulearse unos a otros con ingeniosos insultos que
el espectáculo debía de ser hipnótico. En los tribunales —todos compuestos por
jurados—, las cuestiones legales importaban menos que la astucia de la
argumentación. Para los procesos privados, la práctica jurídica exigía que el
propio litigante defendiera su caso ante el tribunal con dos discursos sucesivos.
No existían abogados que ejercieran la representación de sus clientes como se
hace en la actualidad. Lo habitual era que los litigantes no confiasen en sí
mismos para componer su defensa o la parrafada de acusación, y en general
acababan contratando los servicios de un personaje llamado «logógrafo» que
estudiaba el caso y escribía un discurso convincente, lo más coloquial y
sencillo posible. El cliente lo aprendía de memoria para recitarlo ante el
tribunal. Así se ganaban la vida la mayoría de los oradores. Por lo demás,
procuraban defender casos que incrementasen su prestigio y contribuyesen al
despegue de su carrera política.
Los
mejores discursos políticos y judiciales se publicaban poco después de ser
pronunciados, cuando la polémica todavía estaba candente, y la gente los leía
con el mismo placer con el que ahora nos enganchamos a las series de abogados.
Por cierto, una de mis películas judiciales favoritas, Matar a un
ruiseñor, contiene un guiño a aquella época. El abogado protagonista,
imaginado por Harper Lee y al que siempre recordaremos con el rostro maduro,
sudoroso y paternal de Gregory Peck, responde al nombre de Atticus Finch, una
referencia evidente a los diez grandes oradores áticos del canon clásico. Y,
por supuesto, como todo buen ático que se precie, el héroe de la pequeña Scout
sabe pronunciar un vibrante alegato —a favor de un hombre negro— ante un jurado
hostil, en la Alabama racista y empobrecida por la Gran Depresión de los años
treinta del pasado siglo.
Aquellos
diez oradores míticos nacieron en el transcurso de un siglo —entre el V y el IV
a. C.— y prácticamente todos pudieron conocerse entre sí y vituperarse con
saña. Sus años de esplendor coincidieron con la democracia ateniense, y la era
de las monarquías helenísticas marcó el fin. De hecho, entre los discursos más
famosos de Demóstenes figuran las Filípicas, una serie de ataques
furibundos y apocalípticos contra el imperialismo de Filipo, el padre de
Alejandro. Todos los que desde entonces hemos echado alguna filípica somos
meros aprendices del apabullante Demóstenes.
Otro de
los diez oradores, Antifonte, fue un auténtico pionero que podría figurar en la
vanguardia del psicoanálisis y las terapias de la palabra. El ejercicio de su
profesión le había enseñado que los discursos, si son efectivos, pueden actuar
poderosamente sobre el estado de ánimo de la gente, conmoviendo, alegrando,
apasionando, sosegando. Entonces tuvo una idea novedosa: inventó un método para
evitar el dolor y la aflicción comparable a la terapia médica de los enfermos.
Abrió un local en la ciudad de Corinto y colocó un rótulo anunciando que «podía
consolar a los tristes con discursos adecuados». Cuando acudía algún cliente,
lo escuchaba con profunda atención hasta comprender la desgracia que lo
afligía. Luego «se la borraba del espíritu» con conferencias consoladoras.
Usaba el fármaco de la palabra persuasiva para curar la angustia y, según nos
dicen los autores antiguos, llegó a hacerse famoso por sus razonamientos
sedantes. Después de él, algunos filósofos afirmaron que su tarea consistía en
«expulsar mediante el razonamiento el rebelde pesar», pero Antifonte fue el
primero que tuvo la intuición de que sanar gracias a la palabra podía
convertirse en un oficio. También comprendió que la terapia debía ser un
diálogo exploratorio. La experiencia le enseñó que conviene hacer hablar al que
sufre sobre los motivos de su pena, porque buscando las palabras a veces se
encuentra el remedio. Muchos siglos después, Viktor Frankl, un discípulo de
Freud superviviente de los campos de concentración de Auschwitz y Dachau,
desarrollaría un método similar para superar los traumas de la barbarie europea
de su época.
Seducidos
por la belleza de las palabras, los griegos inauguraron el género de la
conferencia, que tuvo una asombrosa fortuna ya durante la Antigüedad. Los
sofistas, maestros itinerantes que viajaban de ciudad en ciudad a la caza de
alumnos, ofrecían exhibiciones para darse a conocer, demostrar la calidad de su
enseñanza y probar ante el auditorio sus habilidades. A veces eran discursos
preparados y, otras veces, improvisaciones acerca de temas sugeridos sobre la
marcha por el público —cosas tan descabelladas como el elogio de los mosquitos
o de la calvicie—. En algunas de aquellas conferencias las puertas permanecían
abiertas a todo tipo de curiosos, pero en general las conferencias solían estar
reservadas a un público más selecto que pagaba una entrada. Los sofistas
cuidaban con mimo la escenografía de sus discursos y llegaban incluso a
comparecer ante sus oyentes con la extravagante indumentaria de los antiguos
aedos andariegos, declarándose herederos de aquellos poetas que fascinaban a
reyes y a campesinos por igual con el hechizo de sus versos. En época
helenística, el fenómeno se expandió. Había una verdadera tropa de
intelectuales errantes —por supuesto oradores, pero también artistas, filósofos
o médicos higienistas— que pateaban los caminos del imperio, llevando de aquí
para allá su baqueteado talento con la seguridad de encontrar un auditorio
solícito incluso en los rincones más polvorientos del mundo conocido. La
conferencia se convirtió en el género literario más vivo, el que, según algunos
especialistas, mejor define la originalidad de la cultura de aquella época.
Allí empieza la ruta que conduce a nuestras TED Talks y al negocio
multimillonario de los expresidentes conferenciantes.
En el
siglo V a. C., el formidable sofista Gorgias escribió: «la palabra es un
poderoso soberano; con un cuerpo pequeñísimo y del todo invisible, ejecuta las
obras más divinas: quitar el miedo, desvanecer el dolor, infundir alegría y
aumentar la compasión». El eco de estas ideas griegas resuena en la que me
parece una de las frases más bellas del evangelio: «una palabra tuya bastará
para sanarme».
Sin
embargo, aquella genuina pasión por el lenguaje gestó toda una serie de
técnicas retóricas que acabaron gangrenando su espontaneidad. Los oradores se
aplicaron a construir un método atiborrado de fórmulas, principios y
procedimientos elaborados hasta el mínimo detalle. Todas esas disquisiciones
sobre estilo, junto al asfixiante aparato de exordios, pruebas y refutaciones,
tuvieron consecuencias en general nefastas. Por desgracia, durante toda la
Antigüedad abundaron los maestros pedantes de elocuencia y los artistas de la
vana palabrería. El amor a las florituras invadió y echó a perder demasiada
literatura. A veces, traduciendo textos griegos o romanos, he tenido que soltar
una carcajada. El escritor está hablando de sus emociones más hondas y esenciales
—dolor, deseo, abandono, exilio, soledad, miedo, tentaciones de suicidio—
cuando, en el momento más inoportuno, asoma la pezuña el alumno aplicado que se
aprendió de memoria las figuras de estilo. Y la magia se rompe. El mundo está
hundiéndose bajo sus pies y él lo cuenta con antítesis, homoteleutos y
paronomasias.
Desde
aquel tiempo hasta el presente, nuestra fe candorosa en las recetas para la
vida ha dado de comer a muchos charlatanes de la retórica. Hoy nos inundan
decálogos de autoayuda que ofrecen sus milagrosas listas del éxito: diez
fórmulas para salvar nuestro matrimonio, para esculpir nuestro cuerpo o para
convertirnos en personas altamente efectivas; diez claves para ser buenos
padres, diez trucos para hacer el chuletón perfecto, diez frases brillantes
para acabar un capítulo. El último, por desgracia, no lo compré.
LXXVI
En 2011,
una editorial de Louisville editó las dos novelas más famosas de Mark
Twain, Las aventuras de Huckleberry Finn y Las
aventuras de Tom Sawyer, eliminando la despectiva palabra nigger —que
se podría traducir como «negrata»— y sustituyéndola por la más neutral
«esclavo». El responsable de esta profilaxis literaria, un profesor
universitario especialista en Mark Twain, declaró haber tomado la difícil
decisión de enmendar el texto a petición de numerosos profesores de instituto
para quienes Huck Finn, en su forma genuina, ya no es aceptable en
las aulas por su «lenguaje racial ofensivo», que les despierta reacciones de
visible incomodidad a muchos alumnos. En su opinión, realizar esa somera
cirugía es la mejor forma de evitar que los clásicos de la literatura
norteamericana queden definitivamente relegados de las escuelas actuales. No es
un hecho aislado. En los últimos años se ha producido un constante goteo de
polémicas relacionadas con los clásicos juveniles, sobre todo los que forman
parte de los programas escolares.
Una
legión de padres angustiados por los traumas incurables que los hermanos Grimm
o Andersen pueden ocasionar a sus frágiles vástagos se preguntan qué valores —y
terrores— inoculan La Cenicienta, Blancanieves o El
soldadito de plomo a los niños del siglo XXI. Estos apóstoles de la
protección de menores prefieren las edulcoradas adaptaciones de la factoría
Walt Disney a los cuentos originales, tan crueles, violentos, patriarcales y
trasnochados. Muchos de ellos son partidarios, si no de eliminar la literatura
tradicional de nuestro imperfecto pasado, al menos de adaptarla a la buena
conciencia posmoderna.
El
humorista y escritor James Finn Garner publicó a mediados de los noventa del
pasado siglo un libro titulado Cuentos de hadas políticamente correctos.
Fue su aportación cómica a este debate. La sátira de Finn Garner no está
dirigida a los niños, sino que es más bien un monólogo cómico entretejido con
los eufemismos que utilizamos los adultos del siglo XXI. Con impecable ironía
siempre al borde del despropósito, reformulaba el comienzo de Caperucita
Roja en estos términos: «Érase una vez una persona de corta edad
llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un
día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a
casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres,
atención, sino porque ello representa un acto generoso que contribuía a
afianzar la sensación de comunidad».
En
realidad, la controversia es más antigua de lo que creemos, y las legiones de
fervorosos partidarios de la furia censora y demás ligas de la decencia pueden
esgrimir a un correligionario enormemente prestigioso: el filósofo Platón. La
educación de los jóvenes siempre fue una de las grandes preocupaciones del
aristócrata ateniense, y acabó convirtiéndose en su oficio. Tras salir
malparado en sus intentos de hacer carrera política o, al menos, de influir en
los gobernantes, se dedicó de lleno a enseñar en la Academia, la escuela que
había fundado en un bosquecillo a las afueras de Atenas. Según nos cuentan,
daba sus clases sentado en un asiento alto, la kathédra, rodeado de
sillas simbólicamente más pequeñas ocupadas por sus discípulos, un pizarrón
blanco, un globo del cielo, un modelo mecánico de los planetas, un reloj que se
jactaba de haber construido él mismo y mapas con las representaciones de los
principales geógrafos. Su escuela pretendía ser un centro para la formación de
las élites gobernantes de las ciudades griegas —hoy lo consideraríamos más bien
un think tank antidemocrático—.
Las
enseñanzas de Platón siempre me han parecido asombrosamente esquizofrénicas en
su explosiva mezcla de libre pensamiento e impulsos autoritarios. Entre sus
pasajes más leídos se encuentra el mito de la caverna, un relato ideal de lo
que debería ser un proceso educativo crítico. En el interior de una gruta, unos
individuos permanecen encadenados de espaldas a una hoguera llameante. Los
reclusos solo ven los movimientos de las sombras proyectadas sobre las paredes
de la caverna, y esas sombras constituyen su única realidad. Finalmente, uno de
ellos se libera del encierro y se aventura a salir de la cueva, rumbo al mundo
que se extiende más allá de las hipnóticas proyecciones. Hay en este relato una
bellísima invitación a dudar, a no conformarse con las apariencias, a romper
las ataduras y a abandonar los prejuicios para mirar la realidad cara a cara.
La saga cinematográfica Matrix adaptó el mensaje rebelde de
esta alegoría al mundo contemporáneo de la realidad virtual, la aldea
mediática, los mundos paralelos de la publicidad y el consumismo, los bulos de
internet y las autobiografías maquilladas que fabricamos para las redes
sociales.
Sin
embargo, en la más famosa utopía platónica, La República, el mismo
ensayo que acoge el mito de la caverna, acecha la oscura antítesis de su
mensaje ilustrado. El libro tercero podría ser el manual de prácticas de un
dictador en ciernes. Allí se afirma que, en una sociedad ideal, la educación
debería inculcar ante todo seriedad, decoro y valor. Platón es partidario de
una rígida censura sobre la literatura que leen los jóvenes y la música que
pueden escuchar. Las madres y las niñeras deben contar a los niños solo cuentos
autorizados, y hasta los juegos infantiles están reglamentados. Homero y
Hesíodo han de ser prohibidos como lectura infantil por varias razones.
Primero, porque presentan a unos dioses frívolos, hedonistas y propensos a la
mala conducta, lo cual no es edificante. A los jóvenes hay que enseñarles que
el mal nunca procede de los dioses. En segundo lugar, porque algunos versos de
los dos poetas hablan del miedo a la muerte, algo que inquieta a Platón ya que,
en su opinión, se debe procurar que los jóvenes mueran gustosamente en la
batalla. «Haremos muy bien —afirma— en suprimir los lamentos de los hombres
ilustres, para atribuírselos en cambio a las mujeres». Platón tampoco tiene
buena opinión sobre el teatro. En su opinión, la mayoría de las obras trágicas
y cómicas contienen en sus tramas a malas personas y, por tanto, los actores
—todos hombres, igual que en la Inglaterra isabelina— tienen que meterse en la
piel de gente indeseable, como criminales, o seres inferiores, como mujeres o
esclavos. Esa identificación con las emociones de la chusma no puede ser nada
bueno para la formación de los niños y jóvenes. Las obras de teatro, si se
toleran, solo deberían incluir personajes heroicos, masculinos, intachables y
de alta alcurnia. Como ninguna pieza cumple los requisitos, Platón procede a
desterrar de su estado perfecto a los dramaturgos, junto a los demás poetas.
El paso
de los años no apaciguó los bríos censores de Platón. En su último
diálogo, Las Leyes, propone prácticamente la creación de una
Policía poética para vigilar la nueva literatura: «El poeta no podrá componer
nada que contradiga lo que la ciudad considera legal, justo, bello o bueno; una
vez escrito su poema, no podrá darlo a conocer a ningún particular, antes de
haber sido leído y aprobado por los jueces que para ello hubieran designado los
guardianes de las leyes (…) y aquel al que escogimos como director de
educación». El mensaje queda enfáticamente claro: hay que someter los textos
poéticos a una severa censura; a veces suprimirlos, otra veces expurgarlos,
aplicarles correcciones y, siempre que sea preciso —lo será muchas veces—,
reescribirlos.
La utopía
de Platón es hermana melliza de la distopía 1984. La Sociedad del
Partido Único imaginada por George Orwell alberga un Departamento de Ficción,
donde se produce toda la nueva literatura. Allí trabaja la protagonista, Julia,
a la que vemos merodear por la oficina con las manos siempre grasientas y una llave
inglesa en la mano. Se ocupa del mantenimiento de las máquinas que escriben
novelas según las directrices ministeriales. El régimen tampoco se desentiende
de las obras clásicas. Aquí es donde Orwell parece hacer realidad los sueños
húmedos del autoritario Platón: su Ministerio de la Verdad ha puesto en marcha
un gran proyecto destinado a reescribir toda la literatura del pasado. Está
previsto que la fabulosa tarea acabe en el año 2050. «Para entonces —dice
entusiasmado uno de sus artífices—, Chaucer, Shakespeare, Milton, Byron… solo
existirán en versiones neolingüísticas, convertidos en lo contrario de lo que
eran. Todo el clima del pensamiento será distinto. En realidad, no habrá
pensamiento en el sentido en que ahora lo entendemos. La ortodoxia significa no
pensar, no necesitar el pensamiento. Nuestra ortodoxia es la inconsciencia».
Aunque
las afirmaciones de Platón no pueden ser más contundentes y drásticas, detecto
cierta resistencia a tomar al pie de la letra sus palabras. Cuando los
admiradores del ateniense tropiezan con pasajes como este, empiezan a mirar a
un lado y a otro, buscando escapatoria. Whitehead escribió esa famosa frase,
tantas veces repetida, que despacha toda la filosofía occidental como notas a
pie de página de la filosofía platónica. Para salvar los trastos, nos dicen que
Platón se ha acalorado mientras escribía, que extrema sus posturas como hacemos
todos durante las discusiones políticas en la sobremesa de los domingos en
familia.
Sin
embargo, Platón sabía muy bien lo que decía. Nunca le gustó la democracia
ateniense, que en su opinión quedó retratada con el asesinato de Sócrates.
Quería instaurar un modelo político inmutable, en el que no hicieran falta
nunca más cambios sociales ni impúdicos relatos que socavasen los cimientos
morales de la sociedad. Había vivido tiempos convulsos y traumáticos en Atenas.
Deseaba estabilidad, deseaba el gobierno de los sabios y no el de la necia
mayoría. Si ese inmovilismo solo podía ser defendido por un régimen represivo,
adelante. Así lo entendió Karl Popper cuando tituló «El influjo de Platón» a la
primera parte de su ensayo La sociedad abierta y sus enemigos.
Las
lecturas de los jóvenes preocupaban a Platón por motivos tanto pedagógicos como
pecuniarios. Maestro fundador de la primera academia para los hijos de las
élites, intentaba desacreditar a la competencia. No le gustaba el sistema
educativo de su tiempo, en el que los poetas —gente de ideas erráticas y
escasamente edificantes— eran los educadores de los griegos. Los nuevos
profesores debían ser filósofos —es decir, él—. En su diálogo Las Leyes dice
que proponer el estudio de los poetas a la juventud «es un gran riesgo» y a
cambio sugiere —en un asombroso ejercicio de la virtud de la humildad— sus
propias obras como texto para explicar en clase: «Al volver a ver con una
mirada de conjunto estos pensamientos que son obra nuestra, he sentido una
fuerte impresión de placer, pues, de los múltiples razonamientos que he podido
leer en los poemas, ninguno me ha parecido más sensato y más conveniente para
hacerlo leer a los jóvenes. No tendría ningún modelo mejor que este para
presentar al legislador y al educador, y lo mejor sería que los maestros
enseñen a los niños estos discursos, así como otros que se relacionen con estos
y se les parezcan». En el fondo, se trata de una lucha por las mentes de los
griegos, con la educación como campo de batalla. Y, de paso, de hacer negocio.
A estas
alturas ya no necesito advertir que Platón me interesa y me irrita por partes
iguales. Ante sus ideas, a menudo tengo ganas de lanzar alguna de esas
fantásticas ristras de insultos que aprendí del Capitán Haddock: ¡grumetillo!
¡filoxera! ¡anacoluto! ¡bachi-buzuk! ¡ectoplasma! Me pregunto cómo es posible
que un filósofo de inteligencia tan irreverente defienda un sistema educativo
que condena a los alumnos a conocer solo textos esterilizados y fábulas de
virtud. Su programa suprime de la literatura todos los claroscuros, las
excursiones al abismo, la inquietud, el dolor, las paradojas, las intuiciones
perturbadoras. La poda es escalofriante. Si él mismo hubiera escrito según esos
principios estéticos, ahora nos aburriría soberanamente. Y, en cambio, sigue
fascinándonos porque, al contrario de lo que prescribe, es agudo, paradójico e
inquietante.
Pero hoy
el desafío sigue en el aire, como saben los profesores de Louisville que
quisieron borrar el insulto nigger de la obra de Mark Twain.
¿Los libros infantiles y juveniles son obras literarias complejas o manuales de
conducta? Un Huck Finn saneado puede enseñar mucho a los
jóvenes lectores, pero les hurta una enseñanza esencial: que hubo un tiempo
durante el cual casi todo el mundo llamaba «negratas» a sus esclavos y que,
debido a esa historia de opresión, la palabra se ha convertido en tabú. No por
eliminar de los libros todo lo que nos parezca inapropiado salvaremos a los
jóvenes de las malas ideas. Al contrario, los volveremos incapaces de
reconocerlas. Al contrario de lo que cree Platón, los personajes malvados son
un ingrediente crucial de los cuentos tradicionales, para que los niños
aprendan que la maldad existe. Tarde o temprano tendrán noticias de ella (desde
los matones que les acosan en el patio del colegio a los tiranos genocidas).
La
maravillosa y perturbadora Flannery O’Connor escribió que quien «solo lee
libros edificantes está siguiendo un camino seguro, pero un camino sin
esperanza, porque le falta coraje. Si alguna vez por azar leyera una buena
novela, sabría muy bien que le está sucediendo algo». Sentir cierta incomodidad
es parte de la experiencia de leer un libro; hay mucha más pedagogía en la
inquietud que en el alivio. Podemos hacer pasar por el quirófano a toda la
literatura del pasado para someterla a una cirugía estética, pero entonces
dejará de explicarnos el mundo. Y si nos adentramos por ese camino no debería
extrañarnos que los jóvenes abandonen la lectura y, como dice Santiago
Roncagliolo, se entreguen a la PlayStation, donde pueden matar a un montón de
gente sin que nadie ponga problemas.
Tengo
ante los ojos un último artículo de prensa. Resulta que, en la Universidad de
Londres, el sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y
Africanos exige que desaparezcan del programa filósofos como Platón, Descartes
o Kant —por racistas y colonialistas—.
Es
irónico: Platón, el cazador cazado.
§ 22. El
veneno de los libros. Su fragilidad
LXXVII
Los
bibliotecarios de Alejandría no expulsaron a los poetas griegos, ni tampoco a
Platón. A orillas del Nilo, el palacio de los libros ofrecía hospitalidad a los
dos bandos adversarios. Sus anaqueles crearon uno de esos insólitos espacios de
armisticio donde las hostilidades cesan, los enemigos se rozan en la
promiscuidad de los estantes, las fronteras se difuminan y la lectura se
convierte en una forma más de reconciliación.
Sabemos
que la Gran Biblioteca acogió las ideas, los hallazgos y los gruñidos de
Platón. No sin cierta dosis de ironía, pues el sabio Calímaco, autor de
los Pínakese ilustre miembro del Museo, quiso dejar constancia
del cariz asesino que podían llegar a tener los libros platónicos.
La
anécdota figura en un brevísimo texto en verso. Tal vez Calímaco, como poeta
que era, quería lanzar un dardo a Platón en nombre del gremio. Su poema
describe el suicidio de un tal Cleómbroto de Ambracia, que se lanzó al vacío
desde lo alto de una muralla. Nos dice que a este joven no le había sucedido
nada capaz de empujarlo a la muerte, salvo que «había leído un tratado, uno
solo, de Platón: Sobre el alma». Nosotros conocemos el diálogo que se llevó por
delante al pobre Cleómbroto con el título de Fedón. Muchos se han
preguntado por qué se suicidaría tras leer esa obra, que relata las últimas
horas de Sócrates antes de tomar su ración de cicuta. Algunos sostienen que no
pudo soportar la muerte del sabio, pero otros argumentan que su salto al vacío
se debió a un razonamiento del propio Platón, que afirma que la plenitud de la
sabiduría nos llegará solo tras la muerte. En todo caso, Calímaco dejó caer
sibilinamente su crítica: quizá los jóvenes peligran más, después de todo,
leyendo a Platón que a los poetas.
No
sabemos si el de Cleómbroto fue un caso aislado, o si tal vez el Fedón sembró
un reguero de suicidios parecido al que dejaría siglos más tarde Los
sufrimientos del joven Werther. Desde su publicación en 1774, la
atormentada novela de Goethe arrastró a muchos jóvenes europeos con penas de
amor a descerrajarse un tiro, imitando al protagonista. El autor vivió con
alarma el fenómeno social —y funerario— en el que, reedición tras reedición, se
iba convirtiendo su libro. Se sabe que las autoridades de algunos países
llegaron a prohibirlo por motivos de salud pública.
Goethe se
había inspirado en el suicidio real de un amigo, y en sus propias fantasías
adolescentes de muerte. Más de cincuenta años después, en su biografía Poesía
y verdad reconoce que solo pudo apaciguar esa pulsión autodestructiva
haciendo que Werther se disparase simbólicamente en su lugar. Pero el fantasma
que el escritor logró expulsar con ese exorcismo literario pasó a atormentar a
sus lectores, algunos de los cuales sucumbieron a su macabro influjo.
Doscientos años después, en 1974, el sociólogo David Phillips acuñó el término
«efecto Werther» para describir el misterioso reflejo de imitación que presenta
la conducta suicida. Incluso un personaje de ficción puede ser el agente de
contagio, desencadenando casos idénticos. Otra maravillosa novela desasosegante, Las
vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides, indaga en el profundo enigma
psicológico de las muertes imitativas.
Sea como
sea, el caso del lector del Fedón que saltó desde una muralla
—la versión griega del viaducto— iba a inaugurar sin pretenderlo un nuevo filón
literario: los relatos sobre libros que causan la muerte. No es extraño que el
más famoso de todos, el Necronomicón, tenga nombre griego. Este
volumen maldito, cuya sola lectura provoca la locura y el suicidio, es una
invención de H. P. Lovecraft para el universo terrorífico de sus Mitos
de Cthulhu. Del Necronomicón, por supuesto, nunca llegamos a
conocer el contenido porque nadie ha sobrevivido para revelarlo. Se rumorea
persistentemente que alberga saberes arcanos y hechizos de brujería que
permiten entablar contacto con seres alienígenas de malignos poderes, los
Antiguos. Expulsados en tiempos inmemoriales de nuestro planeta por practicar
la magia negra, estos seres yacen aletargados en el espacio a la espera de una
oportunidad de apoderarse del mundo, que ya una vez fue suyo.
Lovecraft
se divirtió escribiendo una minuciosa historia del Necronomicón y
sus traducciones con tal lujo de detalles bibliográficos que algunos lectores
han creído ciegamente en su existencia, y ciertos anticuarios estafadores han
fingido que poseían un ejemplar, poniéndolo a la venta para incautos. La broma
bibliófila comienza por el nombre mismo del autor, un supuesto poeta árabe loco
llamado Abdul Al Hazred. En realidad, se trata de un apodo infantil del propio
Lovecraft, inspirado por los cuentos de Las mil y una noches. Al
Hazred es un guiño al inglés all has read, «el que todo lo ha
leído».
Los
relatos de Los mitos de Cthulhu son pródigos en avisos sobre
las consecuencias funestas de leer el Necronomicón. Se nos advierte
que en la Edad Media, debido a su influencia, sucedieron hechos espantosos, y
el libro fue condenado por la Iglesia en el año 1050. Siempre según la versión
de Lovecraft, pese a las maldiciones se imprimió una traducción al latín del libro
sacrílego en la España del siglo XVII. Subsistirían cuatro ejemplares de esa
edición, uno en el Museo Británico, otro en la Biblioteca Nacional de París,
otro en Harvard, y el último en la ficticia Universidad estadounidense de
Miskatonic, en la también ficticia ciudad de Arkham. Seguidores bromistas de
Lovecraft han falsificado fichas del libro para los catálogos de diversas
bibliotecas del mundo, atribuyendo la procedencia de la edición prohibida a la
ciudad de Toledo. Allí donde aflora un presunto ejemplar, se disparan las
peticiones de préstamo —al parecer, la curiosidad puede más que el miedo a la
estela de demencia y muerte que deja a su paso el Necronomicón—.
Platón,
el árabe loco Al Hazred y Goethe escribieron libros capaces de arrastrar a la
perdición con el hechizo oscuro de sus palabras. Otra curiosa faceta de la
muerte lectora son los libros envenenados. Que yo sepa, la aparición más
antigua de estos volúmenes asesinos se remonta a Las mil y una noches.
Al final de la noche cuarta y durante toda la quinta, Sherezade narra la
historia del rey Yunán y el médico Ruyán. Tras curar la lepra del rey, el
médico Ruyán descubre que el desagradecido monarca pretende deshacerse de él,
así que urde un plan para castigarlo. Le regala un libro, «extracto de los
extractos, rareza de las rarezas, que contiene maravillas inestimables». Sucede
que las hojas están impregnadas de veneno y el rey acaba muriendo: «Yunán se
asombró hasta el límite del asombro. Lleno de impaciencia, tomó el libro y lo
abrió, pero encontró las hojas pegadas. Entonces metiendo su dedo en la boca,
lo mojó con saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer
con la segunda y la tercera, y cada una se abría con mayor dificultad. De ese
modo el rey abrió seis hojas y trató de leerlas, pero no pudo hallar ninguna
escritura. Apenas algunos instantes después el veneno circuló por su organismo,
pues el libro estaba envenenado».
Si
después de ver Psicosis muchas personas hemos sentido un
escalofrío al ducharnos a solas en un hotel, este cuento de Las mil y
una noches puede provocar similares estremecimientos a los lectores
acostumbrados a humedecer la yema del dedo para pasar las hojas. Varias veces
en mis lecturas he vuelto a tropezar con el libro embadurnado en veneno, como
si empezase a convertirse en un clásico del terror bibliófilo. Recuerdo el
bellísimo tratado de cetrería con el que la malvada reina Catalina de Médici
mata por error a su hijo Carlos en La reina Margot, de Alexandre
Dumas, y el tratado sobre la risa de Aristóteles —del que ya he hablado—, que
provoca una cosecha roja en la tétrica abadía de El nombre de la rosa.
Me gusta especialmente la escena de la revelación del secreto: cuando el
detective franciscano Guillermo de Baskerville resuelve el misterio de los
crímenes, no puede evitar un instante de admiración hacia el asesino. Reconoce
que el libro es un arma ejemplar y sigilosa con la cual «la víctima se envenena
sola, justo en la medida que quiere leer».
Por
desgracia, el último capítulo de esta historia de los libros homicidas es
estrictamente verídico. Pienso en los libros-bomba, volúmenes en cuyo interior
se colocan explosivos de gran potencia para matar a su destinatario al abrirlo.
La Casa Blanca recibe año tras año cientos de libros con bombas, que desactivan
los organismos de seguridad. Cientos de empleados de correos, periodistas,
porteros, secretarias, y hombres y mujeres de los más variados oficios han
muerto en todo el mundo por esta causa. Cualquiera podría ser víctima de este
tipo de ataque. El estudioso Fernando Báez afirma que decenas de manuales
clandestinos en internet enseñan a fabricar libros-bomba. Al parecer, los
terroristas expresan preferencias por ciertos autores y abundan las listas de
títulos, categorías y tamaños. Algunos grupos consideran inadecuada la Biblia
y, en cambio, quién sabe por qué, encuentran muy útil Don Quijote.
El 27 de diciembre de 2003 estuvo a punto de morir Romano Prodi, presidente de
la Comisión Europea, cuando abrió un ejemplar-bomba de El placer,
de Gabriele D’Annunzio. Como es evidente, los políticos y altos cargos que no
leen están más protegidos.
LXXVIII
Nos gusta
imaginarlos peligrosos, asesinos, inquietantes, pero los libros son, sobre
todo, frágiles. Mientras lees estas líneas, una biblioteca arde en algún lugar
del mundo. Una editorial destruye ahora mismo sus fondos no vendidos para
volver a fabricar pulpa de papel. No lejos de ti, una inundación sumerge en el
agua alguna valiosa colección. Varias personas se deshacen de una biblioteca
heredada en un contenedor cercano. Te rodea un ejército de insectos cuyas
mandíbulas están abriendo túneles de papel para depositar sus larvas en un
universo de pequeños laberintos en infinitas estanterías. Alguien está
ordenando una purga de obras molestas para el poder. Un saqueo destructivo
sucede ahora mismo en un territorio inestable. Alguien condena una obra por inmoral
o blasfema y la lanza a una hoguera.
Hay una
larga historia de horror y fascinación que relaciona el fuego y los libros.
Galeno escribió que los incendios, junto con los terremotos, son las causas más
frecuentes de su destrucción. Las llamas que aniquilan palabras estallan a
veces de forma accidental, pero en muchas ocasiones son intencionadas. Quemar
libros es un empeño absurdo que se repite con terquedad a lo largo de los
siglos, desde Mesopotamia hasta el presente. La coartada es asentar los
cimientos de un nuevo orden sobre las cenizas del anterior, o regenerar y
purificar un mundo que los escritores han contaminado.
Cuando
las autoridades censoras se empeñaban en hacer arder ejemplares del Ulises,
Joyce comentó irónico que, gracias a esas llamas, sin duda tendría un
purgatorio menor. En aquellos mismos años, la barbarie nazi ejecutaba su
operación Bücherverbrennung («quema de libros») en las plazas
públicas de decenas de ciudades alemanas. Miles de libros eran trasladados en
camiones y apilados para su destrucción. Se formaban cadenas humanas para
llevarlos de mano en mano hasta la hoguera. Los investigadores calculan que
durante el bibliocausto nazi ardieron las obras de más de 5.500 autores a
quienes los nuevos líderes consideraban degenerados, un prólogo de los hornos
crematorios que llegarían después, como había profetizado Heinrich Heine en
1821, al escribir: «Allí donde queman libros, acaban quemando personas». La
famosa frase, por cierto, pertenece a una obra de teatro titulada Almanzor,
donde la obra quemada era el Corán, y los pirómanos, inquisidores españoles.
En el año
2010, cuando la comunidad internacional se preparaba para conmemorar nueve años
de duelo por los atentados del 11 de septiembre, el pastor de una pequeña
iglesia cristiana de Florida anunció que iba a quemar ejemplares del Corán en
el aniversario de los ataques terroristas —para ser exactos entre las seis y
las nueve de la noche, en la franja horaria de máxima audiencia televisiva—. El
rostro de Terry Jones, un sañudo ministro religioso con bigote en forma de
herradura, con su aire indeciso entre prócer decimonónico y bronceado ángel del
infierno, empezó a aparecer a diario en la prensa mundial y en los telediarios
durante aquellas jornadas inflamables. Anunció que quería convertir el 11-S en
el día internacional de la quema del Corán y llamaba a celebrar en familia esa
alegre fiesta vandálica: el Burn a Koran Day. Las autoridades no
podían detener su provocador llamamiento —ninguna ley impide prender fuego en
terreno privado a un libro adquirido legalmente—. Para evitar un estallido de
protestas y disturbios en países islámicos, el presidente Barack Obama y el
presidente de la CIA intentaron disuadirle en nombre de la seguridad de las
tropas desplegadas en Afganistán e Irak. El asunto se convirtió en una
emergencia internacional. El reverendo Jones cedió en un primer momento a las
presiones, pero en marzo de 2011 no pudo soportar el peso de la capitulación.
Como ese personaje de Aristófanes que organiza un tribunal en casa para
procesar a su perro por haberse zampado un queso, Terry Jones escenificó una
pantomima de juicio al Corán. Tras ocho minutos de deliberación, el
autoproclamado tribunal condenó al libro por crímenes contra la humanidad y
procedió a quemar un ejemplar, mostrando las imágenes al mundo a través del
correspondiente vídeo de YouTube. Varias personas murieron o sufrieron heridas
graves en Afganistán durante los tumultos que desencadenó la grabación.
El rápido
ascenso a la fama —y a la infamia— del reverendo Jones demuestra que arrojar un
libro a la hoguera, incluso si la obra no corre el más mínimo riesgo de
desaparecer, es un poderoso acto simbólico, casi mágico. Nuestra sociedad
global, sofisticada y tecnológica, todavía puede tambalearse por la onda
expansiva de un gesto de tan antigua barbarie.
Las
hogueras de papiro, pergamino y papel son el emblema de un viejo naufragio
repetido. La historia de los primeros libros concluye a menudo en el fuego. Un
melancólico personaje de Borges reflexiona: «Cada tantos siglos hay que quemar
la Biblioteca de Alejandría». Es la breve crónica de un desastre inmenso: en la
capital del delta ardió varias veces, hasta su completa devastación, un gran
sueño de la Antigüedad. Y aquellas llamas alimentadas por libros sembraron
oscuridad.
§ 23. Las
tres destrucciones de la biblioteca de Alejandría
LXXIX
Cleopatra
fue la última reina de Egipto, y la más joven. Se ciñó la corona de las Dos
Tierras con apenas dieciocho años. Para que una mujer gobernase el país del
Nilo, tenía que cumplir un insignificante requisito tradicional: casarse con su
hermano, como Isis con Osiris. Sin dejarse desanimar por nimiedades, Cleopatra
celebró sus bodas con uno de los pequeños de la familia, Ptolomeo XIII, de diez
años, al que creyó dominar. A pesar de los largos años de convivencia previa,
no fue un matrimonio bien avenido. Los reyes niños pronto se enzarzaron a reñir
por el poder. Cleopatra intrigó peor que el pequeño faraón, y fue derrocada y
expulsada del país bajo pena de muerte. La joven exiliada aprendió una valiosa
lección de convivencia familiar: sus parientes eran tan capaces de asesinarla
como cualquiera.
Ese mismo
año, Julio César llegó a Alejandría. Roma era ya una gran potencia que se
arrogaba el papel de policía mundial y mediadora en los conflictos ajenos.
Cleopatra comprendió que si quería volver a reinar necesitaba el apoyo de
César. Viajó a escondidas desde Siria, esquivando a los espías de su hermano,
que tenían orden de matarla si volvía a poner los pies en Egipto. Plutarco
cuenta con gracia el cómico episodio del encuentro entre la reina destituida y
César. En el anochecer de un cálido día de octubre del año 48 a. C., una
embarcación atracó silenciosa en el puerto de Alejandría. De ella bajó con
grandes precauciones un mercader de alfombras que cargaba un fardo alargado. Ya
en palacio, pidió ver a César para entregarle un regalo. Admitido en la habitación
del general romano, desenrolló el envoltorio. Del interior emergió —acalorada,
menuda y sudorosa— una chica de veintiún años que se estaba jugando la vida en
el epicentro del peligro por pura ambición de poder. Dice Plutarco que César
quedó «fascinado por el descaro de la joven». Era un hombre de cincuenta y dos
años con cicatrices de mil batallas. No fue el deseo lo que llevó a Cleopatra
hacia él, sino el instinto de supervivencia. Tenía poco tiempo: si su hermano
la encontraba, moriría; si César no se ponía de su parte, moriría. Esa misma
noche, Cleopatra llegó, vio y sedujo.
Julio
César se instaló a sus anchas en el palacio. Protegida por su poderoso amante,
Cleopatra recuperó el trono. Mantuvo al pequeño Ptolomeo a su lado, más como
rehén que como rey. Fueron días de vino e intrigas en Alejandría. Como el
faraón niño no se resignaba a ser un títere, empezó a tramar una revuelta
egipcia contra los soldados romanos. Cuando saltó la chispa de la insurrección,
el huésped extranjero quedó encerrado en el palacio real con su escasa tropa.
El palacio ptolemaico, como ya he dicho, ocupaba todo un barrio amurallado
junto al mar, donde se alzaban, entre otros edificios, el Museo y su
Biblioteca. Los sabios de la jaula de las musas —acostumbrados a que los
dejasen tranquilos para investigar y despellejarse entre ellos sin compasión—
se encontraron de repente asediados junto al general romano en una posición
estratégica muy desfavorable. Los sitiadores atacaban desde tierra y mar, con
sed de destrucción. Los ojos alarmados de los estudiosos vieron dibujarse en el
aire la curva brillante de los proyectiles incendiarios que aterrizaban, uno
tras otro, amenazadores, cerca de su tesoro de libros.
Los
hombres de César contratacaron lanzando antorchas impregnadas de pez sobre los
barcos preparados para el ataque. El fuego no tardó en prender en las cubiertas
calafateadas con cera y las maromas de las naves, que se hundieron
hipnóticamente en el mar, envueltas en llamas. La devastación se extendió al
puerto y a las casas próximas. El fuego, empujado por el viento, brincaba sobre
los tejados con la rapidez de una estrella fugaz. Las tropas egipcias corrieron
a sofocar el incendio. César aprovechó ese respiro para correr a la isla de
Faro y controlar la entrada marítima a la ciudad, a la espera de refuerzos.
Como siempre, el brillante general romano acabó ganando la partida táctica.
Ptolomeo XIII se ahogó oportunamente en el Nilo, dejando viuda y todopoderosa a
su hermana.
Plutarco,
que escribió siglo y medio después de que tuvieran lugar los hechos, asegura
que el fuego de aquel incendio provocado por los secuaces de César saltó desde
las naves a la Gran Biblioteca y la dejó reducida a cenizas, un rotundo réquiem
por el sueño alejandrino. ¿Así acabó todo?
Hay
motivos para dudarlo. César, en su Guerra civil, habla de la quema
de los barcos, pero no menciona la destrucción de la Biblioteca, ni siquiera
para justificarse. Tampoco dice nada su lugarteniente Hircio, que escribió una
crónica de La guerra de Alejandría. Por el contrario, afirma que
los grandes edificios de la ciudad eran incombustibles, porque los habían
construido con mármol y argamasa, sin madera en los techos y suelos. Ningún
personaje contemporáneo llora por la aniquilación del palacio de los libros. Y
el geógrafo Estrabón, que visitó Alejandría solo unos lustros después de la
revuelta contra César, describió con detalle el Museo sin aludir a ningún
desastre reciente. También callan otros escritores romanos y griegos (Lucano,
Suetonio, Ateneo). Sin embargo, el filósofo Séneca complica el puzle al
escribir: «Ardieron en Alejandría cuarenta mil rollos».
Como en
una novela policiaca, cada nueva voz cuenta una versión distinta y aporta
pistas contradictorias. ¿Qué podemos sacar en limpio de este rompecabezas
desconcertante? ¿Cuál es la realidad desenfocada que se oculta detrás de los
relatos y de los silencios? Una posible solución del enigma se basa en un
detalle que mencionan de refilón dos autores muy posteriores: Dion Casio y
Orosio. Ambos dicen que el incendio provocado por César destruyó el arsenal,
los depósitos de grano y unos almacenes del puerto, donde se encontraban —por
casualidad— varios miles de rollos, libros que podían ser nuevas adquisiciones
de la Biblioteca que esperaban su traslado definitivo al Museo, o simplemente
rollos en blanco propiedad de los mercaderes, que los destinaban a la venta por
las rutas comerciales del Mediterráneo.
Tal vez
Plutarco interpretó mal las fuentes que describían la quema de ese depósito de
libros —que en griego se llamaría también bibliothéke— e imaginó
una hoguera apocalíptica en el Museo. Quizá esta primera destrucción de la Gran
Biblioteca es, después de todo, un recuerdo inventado, o una pesadilla
premonitoria, o un incendio mítico que, en el fondo, simbolizaba el ocaso de
una ciudad, de un imperio y de una dinastía que empezó con el sueño de
Alejandro y acabó con la derrota de Cleopatra.
LXXX
Las
alianzas políticas y sexuales de Cleopatra —con César primero y más tarde con
Marco Antonio— pretendían evitar que la voracidad romana engullese el reino de
Egipto. Solo consiguieron retrasar la dentellada. Después del suicidio de la
reina en el año 30 a. C., el país del Nilo fue anexionado al naciente Imperio
romano. Alejandría dejó de ser la capital de un territorio orgulloso para
convertirse en periferia de la nueva globalización.
Los
fondos para financiar a la comunidad de sabios, que hasta entonces dependían de
los reyes Ptolomeos, pasaron a ser responsabilidad de los emperadores de Roma.
El Museo y su Biblioteca remontaron la crisis dinástica, pero pronto resultó
evidente que los mejores tiempos pertenecían ya al pasado. Aquel ambicioso
centro del conocimiento y de la creación había vivido sus días dorados gracias
a una mezcla explosiva de riqueza, vanidad y cálculo imperialista por parte de
la estirpe macedonia. Pero el dinero y la vanidad de los emperadores romanos
tenían muchos otros reclamos fuera de Alejandría. No sabemos si el incendio
cesariano llegó a afectar a la Biblioteca, pero sin duda la sequía de fondos
imperiales desencadenó el lento hundimiento de la misma.
Durante
los dos primeros siglos la Biblioteca encontró todavía protectores generosos,
como Adriano, pero el siglo tercero tuvo un comienzo oscuro con las insensatas
amenazas de Caracalla. El emperador creía saber —a la insignificante distancia
de siete siglos— que fue Aristóteles quien envenenó a Alejandro Magno y, para
vengar a su ídolo, tramaba prender fuego al Museo, por donde aún vagaba el
espectro del filósofo. Nuestra fuente, el historiador Dion Casio, no aclara si
Caracalla llegó a ejecutar tan enorme fechoría, pero precisa que suprimió el
comedor gratuito de los sabios y abolió muchos de sus privilegios. Tiempo
después, a causa de un delito trivial, ordenó a sus tropas saquear Alejandría,
matando a miles de inocentes, y —en una versión mediterránea del Berlín de la
Guerra Fría— atravesarla con un muro patrullado por guardias a intervalos
regulares, para que la población de uno y otro sector no pudiera visitarse
libremente.
Durante
la segunda mitad del siglo III se agudizó la crisis romana. La situación
económica del imperio fue empeorando progresivamente, y el interés cultural de
los emperadores, agobiados por graves desafíos bélicos y políticos, fue
menguando. En un mundo en el que las glorias de Alejandría no eran más que un
destello lejano, las ayudas para mantener la colección fueron sufriendo
recortes sucesivos. Cada vez había menos dinero para reponer los rollos
deteriorados, envejecidos o perdidos, y para la adquisición de novedades. La
decadencia era ya imparable.
Lo que
vino a continuación fue un ciclo caótico de pillajes y depredaciones. En
tiempos del emperador Galieno, el prefecto de Egipto se proclamó emperador y
cortó el suministro de víveres a Roma. Como Galieno no podía permitirse
prescindir de los graneros alejandrinos, envió a su general Teodoto a recuperar
la ciudad. El violento ataque dejó maltrecha Alejandría. Poco después la
conquistó y la perdió la reina árabe Zenobia de Palmira, que decía ser
descendiente de Cleopatra. El emperador Aureliano, y luego Diocleciano, se
sumaron a la orgía destructiva de asedios y sublevaciones sofocadas a sangre y
fuego. El soldado e historiador Amiano Marcelino escribió, quizá cargando las
tintas con fines dramáticos, que a finales del siglo III el barrio amurallado
donde una vez se irguió el Museo había sido barrido del mapa.
No
tenemos ninguna crónica detallada de aquel ocaso, pero me gusta pensar que eso
es precisamente lo que intentaba describir Paul Auster en el
postapocalíptico País de las últimas cosas. La novela relata el
viaje de una mujer, Anna Blume, a una ciudad sin nombre, en plena
desintegración, sacudida por las secuelas de un periodo de conflictos y purgas.
En ese territorio opresivo, los nombres de las calles —Bulevar Ptolomeo,
Perspectiva Nerón, Terminal Diógenes, Carretera de las Pirámides— sugieren la
cartografía imposible de una Alejandría saqueada y fantasmal, en el naufragio
de su memoria.
Anna
llegó a la ciudad siguiendo el rastro de su único hermano, un joven periodista
que desapareció allí sin explicación. La esperanza del reencuentro está
condenada al fracaso en un lugar donde todas las certezas se están esfumando y
la catástrofe final parece inminente. Un día, durante sus vagabundeos, Anna
recorre el Bulevar Ptolomeo y desemboca por azar en la asolada Biblioteca
Nacional («Era un edificio magnífico, hileras de columnas de estilo italiano y
hermosas incrustaciones de mármol, uno de los edificios más distinguidos de la
ciudad. Sus mejores días habían quedado atrás, sin embargo, como ocurría con
todo lo demás. Un techo del segundo piso se había derrumbado, las columnas se
ladeaban y agrietaban, había libros y papeles tirados por todas partes»).
Anna se
instala en la buhardilla de la biblioteca junto a Sam, un corresponsal de la
prensa extranjera que conoció a su hermano e inyecta vida a sus débiles
esperanzas de encontrarlo. Aunque la Gran Biblioteca es poco más que una ruina,
sirve de refugio para náufragos de tiempos mejores. Allí vive una pequeña
comunidad de sabios perseguidos que, en una provisional tregua a sus feroces
discrepancias, colabora para proteger el último caudal de palabras, ideas y
libros («No sé exactamente cuánta gente vivía en la Biblioteca en aquella
época, pero creo que más de cien, tal vez muchos más. Los residentes eran todos
profesores o escritores, supervivientes del Movimiento de Purificación que tuvo
lugar durante los disturbios de la década anterior. Entre las distintas
camarillas de la Biblioteca había surgido una cierta camaradería, al menos
hasta el punto de que muchos de ellos estaban dispuestos a reunirse para hablar
o intercambiar ideas. Cada mañana durante dos horas [denominadas “horas
peripatéticas”], se llevaban a cabo coloquios públicos. Decían que en una época
la Biblioteca Nacional albergaba más de un millón de volúmenes; este número ya
se había reducido mucho cuando yo llegué allí, pero aún quedaban cientos de
miles, un asombroso alud de palabras impresas»).
El
desorden y la catástrofe también se han filtrado en la Biblioteca. Anna observa
que el sistema de clasificación se ha desorganizado por completo y es casi
imposible localizar ningún libro en los siete pisos de archivos. Que un libro
esté perdido en el laberinto de salas mohosas es lo mismo que si hubiese dejado
de existir: nadie volverá a encontrarlo.
De
repente se abate sobre la ciudad una durísima ola de frío que pone en peligro a
los refugiados de la Biblioteca. A falta de otro tipo de combustible, deciden
quemar libros en la estufa de hierro. Anna escribe: «Sé que parece horrible,
pero no teníamos otra opción; había que escoger entre eso o morirnos de frío.
Lo curioso es que yo nunca sentí remordimientos, para ser sincera; creo que
incluso disfrutaba tirando aquellos libros a las llamas. Tal vez manifestara un
rencor oculto; tal vez fuera solo el simple reconocimiento de que no importaba
lo que pasara con los libros. El mundo al que pertenecían esos libros había
terminado. De cualquier modo, la mayoría de ellos no merecían abrirse. Cuando
encontraba alguno que parecía aceptable, lo guardaba para leerlo. Así leí a
Heródoto. Pero, al final, todo acababa en la estufa, todo se transformaba en
humo».
Así
imagino a los científicos y eruditos del Museo, contemplando con espanto cómo
su tesoro de hallazgos era sistemáticamente saqueado, ardía y se desmoronaba.
En un imperdonable anacronismo, me parece ver a aquellos sesudos intelectuales,
víctimas de un brote de humor negro y nihilista, imitando a Bajtín durante los
días oscuros del cerco nazi a Leningrado. Se cuenta que el escritor ruso,
fumador compulsivo, estaba encerrado en un apartamento bajo el terror cotidiano
de los bombardeos. Tenía reservas de tabaco pero no podía conseguir papel de
fumar. Entonces usó para liar sus cigarrillos las páginas de un ensayo al que
había dedicado diez años de trabajo. Hoja a hoja, bocanada a bocanada, fumó
gran parte del manuscrito, en la seguridad de conservar a buen recaudo en Moscú
otra copia que, al final, en el caos de la guerra, también se perdería.
Recuerdo que William Hurt cuenta la anécdota —casi legendaria— en la fascinante
película Smoke, cuyo guion escribió Paul Auster. Creo que los
bibliotecarios alejandrinos habrían apreciado la desesperanzada comicidad de
ese relato de supervivencia. Al fin y al cabo, los libros que ellos custodiaban
también estaban convirtiéndose en aire, en humo, en soplo, en espejismo.
LXXXI
La
Alejandría del siglo IV era un lugar turbulento. Sus habitantes, conocidos por
su cultura y su sensualidad, también se dedicaban a pasatiempos más brutales.
La ciudad tenía un largo historial de revueltas callejeras. Los problemas
sociales, las diferencias religiosas y las luchas de poder estallaban en forma
de peleas tumultuosas y sangrientas al aire libre. Nos podemos imaginar algo
similar a los barrios atravesados por salvajes batallas urbanas que nos mostró
Scorsese en Gangs of New York.
En la
capital egipcia se estaban materializando las convulsiones de una gran crisis
imperial romana. Por alguna misteriosa ley de reincidencia, ciertos territorios
reciben constantemente las descargas de tensiones mundiales y de conflictos que
nadie consigue remediar. La zona del Levante mediterráneo ha sido desde épocas
remotas uno de esos pararrayos geopolíticos.
Por las
arterias de Alejandría bullían exaltados cabecillas de distintos credos
(judíos, paganos y cristianos —que a su vez se dividían en facciones
enfrentadas: niceos, arrianos, origenistas, monofisitas y otros—). Eran
habituales los ataques entre ellos, con una rivalidad mixta de combinatoria
variable. Sin embargo, no todo era caos, furia y barullo. Por debajo de la
violencia confusa se estaba gestando un enorme cambio histórico. A principios
de siglo, el emperador Constantino legalizó el cristianismo, y en el año 391,
Teodosio promulgó una serie de edictos que prohibieron los sacrificios públicos
paganos y ordenaron el cierre de sus principales centros de culto. A lo largo
de esas décadas vertiginosas, perseguidos y perseguidores intercambiaron los
papeles. Ya nada volvería a ser igual: el Estado se había convertido a la nueva
fe y había emprendido la demolición del paganismo.
El Museo
y la biblioteca filial del Serapeo fueron centros neurálgicos de las batallas
religiosas. Los dos edificios eran santuarios, y sus bibliotecarios,
sacerdotes. Los intelectuales que trabajaban en ambas instituciones componían
un thíaso, es decir, una comunidad de culto a las musas —las nueve
diosas que protegían la creación humana—. Su jornada laboral discurría entre
estatuas de divinidades, altares y otros símbolos litúrgicos del culto pagano,
pues los Ptolomeos habían mantenido la antigua tradición oriental de custodiar
los libros en el interior de los templos. La continuidad de las bibliotecas,
creadas al servicio de la cultura clásica pagana, no resultaba fácil bajo un
régimen que la perseguía.
El
Serapeo —o templo de Zeus Serapis—, que albergaba la biblioteca hermana, era
una de las maravillas arquitectónicas de Alejandría. Con sus elegantes patios
porticados, sus dioses esculpidos, sus obras de arte y su boato anticuado, era
un lugar de devoción y encuentro para los paganos que estaban perdiendo la
partida histórica. Allí se reunían, como veteranos de una guerra olvidada, a
rezongar, nutrir sus añoranzas y clamar —como se ha hecho en todas las épocas—
que cualquier tiempo pasado fue mejor.
En el año
391, todo saltó por los aires.
El obispo
Teófilo, líder espiritual de la comunidad cristiana alejandrina, hizo cumplir
los edictos del emperador Teodosio con violencia. Grupos de zelotes cristianos
se lanzaron a hostigar a los paganos. El pánico y el odio empezaron a cargar la
atmósfera de una peligrosa electricidad. En esos momentos de tensión extrema,
un escándalo desestabilizó la situación. Durante las obras de renovación de una
basílica cristiana construida sobre una capilla del dios Mitra, los operarios
sacaron a la luz diversos objetos de los misterios paganos. El patriarca
Teófilo ordenó que esos símbolos secretos del culto fueran exhibidos en
procesión por el centro de la ciudad. Podemos hacernos una idea del impacto de
ese gesto si pensamos en el provocador paseo de Ariel Sharón por la Explanada
de las Mezquitas que, hace apenas dos décadas, prendió la mecha de la Segunda
Intifada. Los alejandrinos paganos —y, en especial, los profesores de
filosofía, según especifican las fuentes—, viendo cómo sus creencias eran
profanadas y expuestas a las burlas de la muchedumbre, atacaron con ferocidad a
los cristianos. Las calles se tiñeron de sangre. Temiendo las posibles
represalias, los amotinados corrieron al Serapeo y se atrincheraron en las
dependencias del santuario. Como escudo, habían capturado rehenes cristianos y,
una vez dentro, los obligaron a arrodillarse ante los viejos dioses
ilegalizados. Al otro lado de las barricadas, una muchedumbre armada con hachas
asediaba el templo.
El cerco
terminó tras unos días de tenso compás. Cuando ya parecía imposible, se evitó
la masacre. Llegó una carta del emperador que reconocía como mártires a los
cristianos muertos en la trifulca, perdonaba a los paganos rebeldes y ordenaba
acabar con las imágenes del Serapeo, como exigía la nueva legislación
religiosa. Un destacamento de soldados romanos y un refuerzo de aguerridos
monjes anacoretas llegados del desierto se abrieron paso hasta el interior del
santuario, hicieron añicos la famosa estatua de mármol, marfil y oro del dios
Serapis —que una turbamulta enfurecida arrastró pedazo a pedazo al teatro para
quemarlo en público— y destruyeron las instalaciones. Sobre los restos del
edificio se construyó una iglesia.
El
desmembramiento de la estatua de Serapis y el pillaje del templo conmocionaron
a los paganos de Egipto, incluso a aquellos que no eran particularmente
devotos. Había sucedido algo más grave, más definitivo que la profanación de un
antiguo altar y el ataque a una valiosa colección de libros. Lo interpretaron
como una sentencia colectiva. Comprendieron que todos ellos, con su politeísmo
hedonista, su pasión filosófica y su bagaje de clásicos, habían sido arrojados
a la cuneta de la historia.
Todavía
conmueve la voz de uno de estos exiliados en el tiempo, el profesor y poeta
pagano Páladas. Nació y murió en Alejandría en el tránsito del siglo IV al V.
Su profundo desarraigo late en los epigramas —unos ciento cincuenta—
conservados en la Antología griega. Contempló cómo la ciudad
fundada por Alejandro Magno para ser la síntesis de Oriente y Occidente hervía
agitada por los disturbios sangrientos y la intransigencia. Vio las ruinas de
sus dioses vencidos. Atestiguó la destrucción de la Biblioteca y el brutal
asesinato de Hipatia —a la que llamó en sus versos «estrella inmaculada de la
sabiduría»—. Supo de la irrupción de los hunos y la entrada en Roma de los
bárbaros germanos. Leyéndolo hoy, nos impacta su testimonio actualísimo de otro
apocalipsis. Ante el trauma del Serapeo, escribió su desconsolado poema
«Espectros»: «¿No es cierto, griegos, que en la profunda noche, mientras todo
se hunde en el abismo, vivimos solo en apariencia, imaginando que un mero sueño
es vida? ¿O acaso estamos vivos cuando la vida ha muerto?».
El último
huésped del Museo fue el matemático, astrónomo y músico Teón, en la segunda
mitad del siglo IV. Es difícil imaginar lo que quedaría por entonces del viejo
esplendor de la institución, pero Teón intentó salvar los rescoldos. En medio
de batallas callejeras salvajes y luchas sectarias, se dedicó a predecir
eclipses solares y lunares, y a preparar la edición definitiva de los Elementos,
de Euclides. Educó a su hija Hipatia —el nombre significa «la más grande»— en
la ciencia y en la filosofía como si hubiera nacido hombre. Ella colaboró con
su padre y, en opinión de sus contemporáneos, llegó a aventajarlo en brillo
intelectual.
Hipatia
decidió dedicar su vida al estudio y la enseñanza. Nunca quiso casarse,
seguramente por voluntad de mantener su independencia y no tanto por amor a la
virginidad, como suponen las fuentes. Aunque sus obras se perdieron —salvo
breves fragmentos— en el caos de esos siglos turbulentos, sabemos que escribió
sobre geometría, álgebra y astronomía. A su alrededor reunió un grupo muy
selecto de alumnos que acabarían ocupando puestos importantes entre las élites
del poder de Egipto. Por influencia de sus creencias gnósticas —y de sus
prejuicios aristocráticos—, no aceptaban en su círculo a personas de rango
inferior, incapaces de entender sus excelsas doctrinas. Todo indica que Hipatia
fue clasista, pero no sectaria. No practicaba el paganismo, simplemente lo
consideraba un elemento más del paisaje cultural griego que era el suyo. Entre
sus discípulos hubo cristianos —dos de ellos llegaron a obispos, como Sinesio
de Cirene—, paganos y ateos filosóficos. Hipatia fomentaba la amistad entre
todos ellos. Pero, por desgracia, comenzaba una de esas épocas en las que los
moderados, los que prefieren la reflexión pausada, los conciliadores —aquellos
a quienes los exaltados llaman tibios— son un blanco fácil, lejos de la
protección de las filas cerradas.
Hasta su
trágico final, consiguió vivir según sus propias reglas, con una insólita
libertad. En su juventud fue una mujer de atractivo legendario, pero con las
ideas muy claras respecto a los hombres. Se cuenta que un alumno, locamente
enamorado de ella, le propuso matrimonio. Hipatia, seguidora de Platón y
Plotino, le explicó que ella solo aspiraba al elevado mundo de las ideas, que
no le atraían los placeres bajos y canallas de la materia, etc. Como el
pretendiente seguía con la rodilla hincada en el suelo, ella optó por un
insólito —y escatológico— gesto para cerrarle la boca. Conocemos la anécdota
gracias a Damascio, director de la escuela neoplatónica de Atenas, que,
oscilando entre la repugnancia y la admiración, describe a su manera la
insólita escena: «Ella cogió unos paños que había manchado con la menstruación
y dijo: “Esto es lo que tú amas, joven, y no es bello”. Él se sintió tan
avergonzado y asustado ante la horrible visión, que experimentó un cambio en su
corazón y se convirtió rápidamente en un hombre mejor». Porque esta es la
moraleja de la historia: sobrecogido por el paño higiénico, el alumno de
Hipatia dejó de amar la podredumbre de los cuerpos y perseveró buscando la
perfección de la belleza en sí, a través de la filosofía.
En todo
caso, Hipatia resistió soltera, sin dejarse distraer de sus pasiones
intelectuales. Antigua maestra de muchos dirigentes de la ciudad, intervenía en
la vida pública, y las autoridades municipales alejandrinas la respetaban. Todo
el mundo sabía que los altos funcionarios buscaban su consejo, y la influencia
política de aquella mujer tan segura de sí misma empezó a despertar envidias.
Circulaban rumores calumniosos sobre sus supuestos poderes mágicos. Su interés
por la astronomía y las matemáticas debían de ocultar por fuerza un trasfondo
más siniestro: brujería y hechizos satánicos.
En un
ambiente cada vez más enrarecido, el prefecto Orestes, cristiano moderado,
rompió relaciones con el obispo Cirilo, sobrino de Teófilo. La atmósfera
explosiva de aquel desgraciado año 415 está bien retratada en la película Ágora,
aunque Hipatia, que en efecto seguía dando clase, rondaría por aquel entonces
los sesenta años. Había estallado una nueva oleada de disturbios en Alejandría,
esta vez entre cristianos y judíos. Se produjeron los acostumbrados episodios
de violencia en el teatro, las calles y a las puertas de iglesias y sinagogas.
Cirilo exigió la expulsión de la numerosa colonia judía de la ciudad. Orestes,
con el apoyo de Hipatia y de la intelectualidad pagana, se negó a aceptar la
injerencia del patriarca. En los mentideros se rumoreaba que ella era la
verdadera causa de discordia entre Orestes y Cirilo.
En plena
cuaresma, una muchedumbre exacerbada, a las órdenes de un tal Pedro, seguidor
de Cirilo, secuestró a Hipatia acusándola de bruja. Ella se defendió y gritó
mientras los agresores se abalanzaban sobre su litera, pero nadie se atrevió a
ayudarla. Los fanáticos pudieron arrastrarla sin oposición hasta la iglesia de
Cesario, que en otro tiempo había sido un templo de los dioses de la antigua
religión. Allí, a la vista de todos, comenzaron a golpearla brutalmente con
cascotes de cerámica. Le arrancaron los ojos de las órbitas y la lengua. Cuando
ya estaba muerta, llevaron su cuerpo fuera de la ciudad, le extrajeron los
órganos y los huesos y finalmente quemaron los restos en una pira. Se ensañaron
con su cadáver intentando aniquilar del todo lo que representaba Hipatia como
mujer, como pagana y como maestra.
Las
fuentes no se ponen de acuerdo en el grado de responsabilidad de Cirilo como
instigador del crimen. Las pruebas de lo que hoy llamaríamos autoría
intelectual son siempre muy huidizas, pero las sospechas recayeron
inmediatamente en él. No se llevó a cabo una verdadera investigación. Orestes
fue trasladado a un nuevo destino, y los espantosos hechos quedaron impunes.
Pocos años después, otra turba asesinó al sucesor de Orestes como prefecto.
Cirilo es considerado hoy santo por las Iglesias católica, ortodoxa, copta y
luterana.
El
linchamiento de Hipatia marcó el hundimiento de una esperanza. El Museo y su
sueño de reunir todos los libros y todas las ideas habían sucumbido en el
brutal ring de los disturbios alejandrinos. Desde entonces, la
Gran Biblioteca deja de ser mencionada, como si su gran colección hubiera
desaparecido para siempre.
No
sabemos qué fue de los restos del naufragio durante esos siglos de silencio.
Las bibliotecas, las escuelas y los museos son instituciones frágiles, que no
pueden sobrevivir mucho tiempo rodeadas por un entorno de violencia. En mi
imaginación, la antigua Alejandría se tiñe de la tristeza de tantas personas
mansas, cultas, pacíficas que se sintieron apátridas en su propia ciudad, ante
el espanto, ya sin asideros, de los años de fanatismo. Páladas, aquel viejo
profesor de letras, escribió: «Pasé la vida entera conversando en la paz de los
libros con los difuntos. Traté de propagar la admiración en una época
desdeñosa. Del principio al final tan solo he sido el cónsul de los muertos».
LXXXII
Cuando ya
no esperábamos más noticias, la Biblioteca reaparece por última vez en dos
crónicas árabes. El punto de vista del relato ya no es pagano ni cristiano,
sino musulmán, y nos obliga a saltar en el tiempo hasta el vigésimo año de la
hégira, es decir, el 642 de la era cristiana. «He conquistado Alejandría, la
gran ciudad del Occidente, por la fuerza y sin tratado», escribe el comandante
Amr ibn al-As en una carta al segundo sucesor de Mahoma, el califa Omar I. Tras
la feliz noticia, Amr hace inventario de las riquezas y bellezas de la ciudad:
«Cuenta con cuatro mil palacios, cuatro mil baños públicos, cuatrocientos
teatros o lugares de diversión, doce mil comercios de fruta y cuarenta mil
tributadores hebreos».
El
cronista y pensador Alí ibn al-Kifti y el docto Abd al-Latif afirman que,
algunos días más tarde, un viejísimo erudito cristiano pidió permiso al
comandante musulmán para usar los libros de la Gran Biblioteca, incautados
desde la invasión. Amr escuchó con curiosidad las noticias del anciano sobre el
antiguo esplendor del Museo y su colección arrasada por el tiempo, pero valiosa
a pesar de todo. Amr, que no era un guerrero inculto, entendía la importancia
de aquel tesoro polvoriento y apolillado, pero no se atrevió a disponer
libremente de él, sino que prefirió enviar otra misiva para pedir instrucciones
a Omar.
Antes de
seguir adelante, hemos de hacer una advertencia. Es cierto que Amr conquistó
Alejandría en el año 640 y también el marco general de los hechos parece
verídico, pero muchos especialistas creen que Alí ibn al-Kifti y Abd al-Latif
inventaron la historia del trágico final de la Gran Biblioteca. Los dos
escribieron varios siglos después de que tuvieran lugar los acontecimientos y,
al parecer, tenían interés en desacreditar la dinastía del califa Omar frente
al culto sultán Saladino. Quizá cualquier parecido entre este relato y la
realidad sea pura coincidencia, o tal vez no.
Una carta
necesitaba, como media, doce días de navegación y otro trayecto equivalente por
tierra hasta llegar a Mesopotamia. Durante un mes, Amr y el anciano esperaron
la respuesta del califa. Entre tanto, el comandante pidió visitar el
desconchado edificio de la Biblioteca. Lo guiaron por una red de pequeñas
callejuelas y vías mugrientas hasta un palacio en avanzado estado de abandono,
vigilado por un grupo de soldados. Dentro, los pasos producían eco y casi se
podía escuchar el susurro de todas aquellas palabras dormidas. Los manuscritos
descansaban en los estantes como grandes crisálidas dentro de sus capullos de
polvo y telarañas. «Conviene —dijo el anciano— que los libros permanezcan
conservados y custodiados por los soberanos y por sus sucesores hasta el fin de
los tiempos».
Amr se
aficionó a la conversación del viejo y solía visitarlo a diario. Escuchó de sus
labios, como si fuera un cuento de Las mil y una noches, la
increíble historia del rey griego que quiso reunir en su palacio un ejemplar de
todos los libros del mundo y las búsquedas de su diligente siervo Zamira —así
llamaba Ibn al-Kifti a Demetrio de Falero— por la India, Persia, Babilonia,
Armenia y otros lugares.
Por fin,
el enviado de Omar llegó a Alejandría con la respuesta del califa. Amr leyó el
mensaje con el corazón en vilo. «Por lo que se refiere a los libros de la
Biblioteca, he aquí mi respuesta: si su contenido coincide con el Corán, son
superfluos; y, si no, son sacrílegos. Procede y destrúyelos».
Desilusionado,
Amr obedeció. Distribuyó los libros entre los cuatro mil baños públicos de
Alejandría, donde los utilizaron como combustible en las estufas. Se cuenta que
fueron necesarios seis meses para quemar aquel tesoro de imaginación y
sabiduría. Únicamente fueron perdonados los libros de Aristóteles. Entre el
vapor de aquellos baños, la última utopía de su discípulo Alejandro ardió
crepitando hasta el silencio de las cenizas sin voz.
LXXIII
Tras doce
años de obras y 120 millones de dólares, en octubre del año 2002 se inauguró,
con fastos espectaculares, la nueva Biblioteca de Alejandría, en el mismo
enclave donde un día estuvo su antepasada. El edificio representa el astro del
saber iluminando el mundo; alberga una inmensa sala de lectura articulada en
siete pisos con un único techo formado por miles de paneles de colores que
regulan la luz solar durante el día. El presidente de Egipto y alrededor de
tres mil dignatarios de todo el mundo asistieron a la ceremonia. Los discursos
proclamaron, con el oportuno énfasis, que era un momento de orgullo para la
población egipcia; que renacía el antiguo espacio de diálogo, entendimiento y
racionalidad; que desde allí se daría alas al espíritu crítico. Y se certificó
la resurrección de las glorias pasadas. Pero los fantasmas de la
intransigencia, obstinados, acudieron a la cita. El reportero de la BBC que
cubrió las celebraciones buscó entre los recién estrenados anaqueles los libros
del escritor egipcio Naguib Mahfuz, prohibido por las autoridades religiosas
del país. No encontró ninguno. Un alto responsable, preguntado por su ausencia,
respondió: «Los libros difíciles se irán adquiriendo lentamente». El sueño loco
de aquel joven macedonio prosigue su interminable batalla con los viejos
prejuicios.
§ 24.
Botes salvavidas y mariposas negras
LXXXIV
Las tres
destrucciones de la Biblioteca de Alejandría pueden parecer confortablemente
antiguas, pero por desgracia la inquina contra los libros es una tradición
firmemente arraigada en nuestra historia. La devastación nunca deja de ser
tendencia. Como decía una viñeta de El Roto: «Las civilizaciones envejecen; las
barbaries se renuevan».
De hecho,
el XX ha sido un siglo de espeluznante biblioclastia (las bibliotecas
bombardeadas en las dos guerras mundiales, las hogueras nazis, los regímenes
censores, la Revolución Cultural china, las purgas soviéticas, la Caza de
Brujas, las dictaduras en Europa y Latinoamérica, las librerías quemadas o
atacadas con bombas, los totalitarismos, el apartheid, la voluntad
mesiánica de ciertos líderes, los fundamentalismos, los talibanes o la fetua
contra Salman Rushdi, entre otros subapartados de la catástrofe). Y el siglo
XXI empezó con el saqueo, consentido por las tropas estadounidenses, de museos
y bibliotecas de Irak, donde la escritura caligrafió el mundo por primera vez.
Trabajo
en este capítulo durante los últimos días de agosto, justo veinticinco años
después del salvaje ataque a la Biblioteca de Sarajevo. Entonces yo era una
niña y, en mi memoria, aquella guerra significó el descubrimiento del mundo
allá fuera, más grande —y también más oscuro— de lo que había imaginado.
Recuerdo que en aquel verano empecé a interesarme por esos libros crujientes de
los mayores que antes no me importaban. Sí, fue entonces cuando leí mis
primeros periódicos, sujetándolos ante mi cara con los brazos abiertos, como
los espías de los dibujos animados. Las primeras noticias, las primeras
fotografías que me impactaron fueron las de aquellas masacres del verano de
1992. Al mismo tiempo, aquí vivíamos la euforia y los fastos de las Olimpiadas
de Barcelona, la Exposición Universal de Sevilla y el triunfalismo repentino de
un país apresuradamente moderno y rico. Queda poco de aquel sueño hipnótico,
pero el paisaje de una Sarajevo gris y acribillada permanece en mi retina.
Recuerdo que una mañana en el colegio, nuestra maestra de ética nos hizo cerrar
los cuadernos —éramos solo tres o cuatro niños— y, por sorpresa, nos propuso
hablar sobre la guerra de la antigua Yugoslavia. He olvidado lo que dijimos,
pero nos sentimos mayores, importantes y solo a un paso de convertirnos en
cualificados expertos internacionales. Recuerdo que un día abrí un atlas y
viajé con la punta del dedo índice desde Zaragoza hasta Sarajevo. Pensé que los
nombres de las dos ciudades compartían una misma melodía. Recuerdo las imágenes
de su Biblioteca herida por las bombas incendiarias. La fotografía de Gervasio
Sánchez —en la que un haz de sol atraviesa el atrio destrozado, acariciando los
escombros amontonados y las columnas mutiladas— es el icono de aquel agosto
quebrado.
El
escritor bosnio Ivan Lovrenović ha contado que, en la larga noche de verano,
Sarajevo brilló con el fuego que brotaba de Vijećnica, el imponente edificio de
la Biblioteca Nacional junto al río Miljacka. Primero, veinticinco obuses
incendiarios alcanzaron el tejado, a pesar de que las instalaciones estaban
marcadas con banderas azules para indicar su condición de patrimonio cultural.
Cuando el resplandor —dice Ivan— alcanzó proporciones neronianas, empezó un
constante bombardeo maniaco para impedir el acceso a Vijećnica. Desde las
colinas que contemplan la ciudad, los francotiradores disparaban contra los
vecinos de Sarajevo, flacos y agotados, que salían de sus refugios a intentar
salvar los libros. La intensidad de los ataques no permitió acercarse a los
bomberos. Finalmente, las columnas moriscas del edificio cedieron, y las
ventanas estallaron para dejar salir las llamas. Al amanecer, habían ardido
cientos de miles de volúmenes —libros raros, documentos de la ciudad,
colecciones enteras de publicaciones, manuscritos y ediciones únicas—. «Aquí no
queda nada», dijo Vkekoslav, un bibliotecario. «Yo vi una columna de humo, y
los papeles volando por todas partes, y quería llorar, gritar, pero me quedé
arrodillado, con las manos en la cabeza. Toda mi vida tendré esta carga de
recordar cómo quemaron la Biblioteca Nacional de Sarajevo».
Arturo
Pérez-Reverte, entonces corresponsal de guerra, contempló el fuego de
artillería y el incendio. A la mañana siguiente pudo ver, en el suelo de la
devastada biblioteca, los escombros de las paredes y las escaleras, los restos
de manuscritos que nadie volvería a leer, obras de arte desmembradas: «Cuando
un libro arde, cuando un libro es destruido, cuando un libro muere, hay algo de
nosotros mismos que se mutila irremediablemente. Cuando un libro arde, mueren
todas las vidas que lo hicieron posible, todas las vidas en él contenidas y
todas las vidas a las que ese libro hubiera podido dar, en el futuro, calor y
conocimientos, inteligencia, goce y esperanza. Destruir un libro es,
literalmente, asesinar el alma del hombre».
Los
rescoldos ardieron durante días, humeantes, flotando sobre la ciudad como una
nevada oscura. «Mariposas negras», llamaron los habitantes de Sarajevo a esas
cenizas de los libros destruidos que caían sobre los transeúntes, sobre los
solares bombardeados, sobre las aceras, sobre los edificios semiderruidos, y al
final se descompusieron y se mezclaron con los fantasmas de los muertos.
Curiosa
coincidencia: el capitán de los bomberos incendiarios que conocimos en Fahrenheit
451 utilizaba la misma metáfora. Con un libro entre las manos, dictaba
sus poéticas instrucciones para destruirlo: «Quema la primera página; luego, la
segunda. Cada una se convierte en una mariposa negra. Hermoso, ¿verdad?». En el
sombrío futuro descrito en la novela de Bradbury, está terminantemente
prohibido leer, y todos los libros son denunciados y destruidos. Allí las
brigadas de bomberos, en lugar de sofocar incendios, los provocan y los atizan
para quemar los hogares que esconden esos peligrosos objetos clandestinos. Solo
hay un libro legal: el reglamento de las propias brigadas encargadas de prender
fuego a todos los demás. Y en ese único texto permitido se lee que el cuerpo
fue creado en 1790 para quemar libros ingleses en los Estados Unidos, y que el
primer bombero fue Benjamin Franklin. No sobrevive ningún escrito que permita
rebatir esas afirmaciones, y ya nadie las pone en duda. Donde los documentos se
eliminan y los libros no circulan libremente, es muy fácil modificar a placer,
impunemente, el relato de la historia.
En el
caso de la antigua Yugoslavia, arrasar el pasado era una finalidad del odio
étnico. Desde 1992 hasta el final de la guerra, sufrieron ataques 188
bibliotecas y archivos. Un melancólico informe de la Comisión de Expertos de
Naciones Unidas estableció que en la ex Yugoslavia hubo una «destrucción
intencional de bienes culturales que no se puede justificar por necesidad
militar». Juan Goytisolo, que viajó a la capital bosnia respondiendo al
llamamiento de Susan Sontag, escribió en su Cuaderno de Sarajevo:
«Cuando ardió la Biblioteca, pasto del odio estéril de los cerriles lanzadores
de cohetes, fue peor que la muerte. La rabia y dolor de aquellos instantes me
perseguirán a la tumba. El objetivo de los sitiadores —barrer la sustancia
histórica de esta tierra para montar sobre ella un templo de patrañas, leyendas
y mitos— nos hirió en lo más vivo».
Sobre las
cenizas de los textos que han ardido se puede erigir una versión interesada de
los hechos. Sin duda, los libros quemados o destrozados por los obuses también
albergaban sus propias interpretaciones sesgadas. Las obras que forman parte de
las colecciones bibliotecarias y reposan en los estantes de las librerías son a
su vez parciales, en ocasiones incluso propagandísticas —recuerdo la anécdota
de un librero londinense que, durante los meses de los bombardeos nazis, cubrió
el tejado del establecimiento con los ejemplares de Mein Kampf que
tenía a la venta en su tienda—. Pero es la multiplicidad de voces que hablan,
matizan y se contradicen desde un número incalculable de páginas la que permite
confiar en que no quedarán ángulos ciegos y habrá posibilidad de detectar las
manipulaciones. Quienes aniquilan bibliotecas y archivos abogan por un futuro
menos dispar, menos discrepante, menos irónico.
Aunque la
Biblioteca de Alejandría ardió varias veces hasta su completa aniquilación, no
todo en ella fue naufragio. Siglos de esfuerzos por salvar la herencia de la
imaginación no fueron en vano. Muchos de los ejemplares que han sobrevivido
hasta hoy mantienen huellas textuales y símbolos que solían usar los filólogos
alejandrinos en sus ediciones. Y eso significa que, en un accidentado trayecto,
han llegado a nuestras manos copias de copias de copias cuyo primer eslabón se
remonta a la Biblioteca perdida. Durante cientos y cientos de años, las
cuidadas ediciones de los libros disponibles en Alejandría se copiaron y se
diseminaron por una red de bibliotecas más humildes y de colecciones privadas,
nutriendo una geografía creciente de lectores. Multiplicar el número de
ejemplares era la única —remota— posibilidad de salvaguardar las obras. Si algo
ha sobrevivido a las devastaciones fue gracias a esa lenta, suave, fértil
irrigación de literatura manuscrita que se propagaba con enorme trabajo y
llegaba a lugares escondidos, retirados, seguros; lugares modestos que nunca
serían campos de batalla. Las obras que todavía leemos permanecieron en esos
rincones —refugios periféricos, marginales— durante los siglos peligrosos,
resistiendo a la devastación, mientras las destrucciones, los saqueos y los
incendios iban arruinando las grandes concentraciones de libros, ubicadas
habitualmente en centros del poder.
Durante
la Antigüedad grecorromana, nació en Europa una comunidad permanente, una llama
que, aunque se encoja, nunca se apaga del todo, una minoría hasta ahora
inextinguible. Desde entonces, a lo largo del tiempo, anónimos lectores han
conseguido proteger, por pasión, un frágil legado de palabras. Alejandría fue
el lugar donde aprendimos a preservar los libros al abrigo de las polillas, del
óxido, del moho y de los bárbaros con cerillas.
LXXXV
En los
suplementos literarios de verano insisten en preguntar a los próceres
literarios qué libro llevarían a una isla desierta. No sé a quién se le
ocurriría por primera vez incluir la famosa isla en la pregunta y por qué
extraño mimetismo ha quedado ahí incorporada, exótica e incongruente. La mejor
respuesta se la debemos a G. K. Chesterton: «Nada me haría más feliz que un
libro titulado Manual para la construcción de lanchas». Como
Chesterton, yo también querría escapar de un lugar así. No me interesa una isla
desierta donde falte —qué menos— una librería provista de la Odisea, Robinson
Crusoe, Relato de un náufrago y Océano mar.
Lo
curioso es que se puede seguir el rastro salvador de los libros en casi
cualquier lugar del mundo, incluso en los más siniestros. Como explica Jesús
Marchamalo en su gozoso Tocar los libros, el poeta Joseph Brodsky,
prisionero en Siberia por un delito de «parasitismo social», encontró consuelo
en la lectura de Auden; y Reinaldo Arenas, recluido en las cárceles castristas,
en la Eneida. Sabemos también que Leonora Carrington, ingresada en
un psiquiátrico de Santander durante la inmediata posguerra, soportó la sórdida
situación leyendo a Unamuno.
También
en los campos de concentración nazis había bibliotecas. Se nutrían de los
libros requisados a los prisioneros a su llegada. Con el dinero usurpado a los
propios presos se pagaban las nuevas adquisiciones. Aunque las SS invertían
buena parte de los fondos en tratados propagandísticos, no faltaban novelas
populares ni los grandes clásicos, junto a diccionarios, ensayos filosóficos y
textos científicos. Incluso había volúmenes prohibidos, cuyas encuadernaciones
habían sido camufladas por los prisioneros bibliotecarios. La aventura de estas
bibliotecas empezó en 1933, y sabemos que en el otoño de 1939 había seis mil
títulos solo en Buchenwald; en Dachau llegó a haber trece mil. Las SS las
usaban como mero atrezo para demostrar a los visitantes que en aquellos
humanitarios campamentos de trabajo no se descuidaban ni siquiera los intereses
intelectuales de los prisioneros. Parece que durante los primeros tiempos, los
reclusos pudieron disponer de sus propios libros, pero pronto les suprimieron
ese privilegio.
¿Los
libros de las bibliotecas —cercanos pero inaccesibles— trajeron algún alivio a
los reclusos? Y, lo que es aún más esencial: ¿puede la cultura ser un bote
salvavidas para alguien sometido al maltrato, el hambre y la muerte?
Tenemos
un testimonio contundente y visceral, Goethe en Dachau. Su autor,
Nico Rost, fue un traductor holandés de literatura alemana. Durante la guerra,
incluso después de la invasión de su país, contribuyó a publicar autores
alemanes incómodos para los nazis. Además, era comunista —doble desafío—.
Detenido en mayo de 1943 y enviado a Dachau, ingresó como paciente en la
enfermería, donde acabaría trabajando en tareas administrativas. Allí evitaba
las extenuantes jornadas de trabajo al aire libre o como mano de obra esclava
en las fábricas de armamento. Pero permanecer en la enfermería era una
bendición peligrosa. Si se fijaban en ti, inválido y parasitario, era fácil que
te destinasen a los trenes con rumbo al exterminio.
En medio
de la angustia, sin ninguna información sobre los avances de los Aliados,
diezmados por una letal epidemia de tifus y con raciones menguantes de
alimentos —Nico cuenta que un compañero adelgazó tanto que le venía grande
incluso la dentadura postiza—, los presos estaban cada vez más convencidos de
que no conseguirían sobrevivir. En esas circunstancias, Rost tomó varias
decisiones peligrosas. La primera, llevar un diario, consiguiendo papel con
enormes dificultades, ocultándose para garrapatear unas líneas cada día y
guardando sus notas en un escondrijo. Lo curioso es que ese diario, publicado
tras la liberación del campo, no contiene el relato de sus penurias, sino una
crónica de sus pensamientos. Escribe: «Quien habla del hambre acaba teniendo
hambre. Y los que hablan de la muerte son los primeros que mueren. Vitamina L
(literatura) y F (futuro) me parecen las mejores provisiones». Escribe: «Nos
vamos a contagiar todos y por la malnutrición todos moriremos. A leer todavía
más». Escribe: «En el fondo es cierto: la literatura clásica puede ayudar y dar
fuerzas». Cita: «Vivir entre los muertos con Tucídides, Tácito y Plutarco en
Maratón o Salamina es, al fin y al cabo, lo más honroso, cuando a uno no se le
permite otra actividad».
La
segunda decisión arriesgada de Nico fue organizar un club de lectura
clandestino. Un kapo amigo y algunos médicos aceptan pedir prestados libros de
la biblioteca para los miembros del grupo. Cuando no es posible conseguir
textos, ellos mismos recuerdan de memoria frases de antiguas lecturas y las
comentan. Dan breves conferencias sobre su literatura nacional —pertenecen a un
mosaico de países europeos—. Se reúnen de pie entre las camas, disimulando,
asustados, siempre con un vigilante para dar la alarma en cuanto asoma un
alemán. Una vez, el kapo que solía hacer la vista gorda se cabrea y disuelve el
corrillo entre exabruptos: «¡Cerrad la boca! ¡Basta de cháchara! En Mauthausen
os fusilarían por esto. No hay disciplina aquí. ¡Una maldita guardería!».
Dos
miembros del club estaban escribiendo libros en su mente: una monografía sobre
derecho de patentes y un cuento infantil para los niños que crecerán entre las
ruinas. Hablan de Goethe, de Rilke, de Stendhal, de Homero, de Virgilio, de
Lichtenberg, de Nietzsche, de Teresa de Ávila, mientras los bombardean y el
barracón tiembla, mientras arrecia la epidemia de tifus y algunos médicos dejan
morir a cuantos más pacientes mejor para caer en gracia a los SS.
La muerte
cambia constantemente la composición del club. Nico, que aglutina y sostiene el
grupo, se esfuerza por sondear y captar a los nuevos enfermos que van llegando.
Sus amigos lo apodan «el holandés loco que engulle papel». Ese diario redactado
a escondidas es un gesto de rebelión a través de la escritura y la lectura, que
le estaban prohibidas. Mientras se acumulan los cadáveres, él se obstina en
ejercer su derecho a pensar. El 4 de marzo de 1945, apenas un mes antes de ser
liberado —pero sin saber que la salvación está cerca—, se siente en la frontera
entre la vida y la muerte. Escribe: «Me niego a hablar de tifus, de piojos, de
hambre y de frío». Sabe y sufre la existencia de todos esos tormentos, pero
piensa que los nazis los han concebido para desesperar y animalizar a los
reclusos. Rost no quiere centrar su atención en el engranaje del matadero; se
aferra a la literatura con urgencia, sin escepticismo, buscando un salvavidas.
Hay algo paradójico en este comunista que predica el materialismo más radical
mientras sobrevive a las condiciones extremas gracias a la fe en una idea.
Las
personas con las que comparte conversaciones y lecturas son disidentes de
diversos países (rusos, alemanes, belgas, franceses, españoles, holandeses,
polacos, húngaros). En la entrada del 12 de julio de 1944, afirma: «Formamos
una especie de comunidad europea —aunque sea por obligación— y podríamos
aprender mucho del trato con otras naciones». Me gusta pensar que, en realidad,
frente a lo que cuentan los sesudos manuales de historia, la Unión Europea
nació en un peligroso club de lectura tras las alambradas de un Lager nazi.
Más allá
del fin de Europa —dondequiera que esté la frontera imaginaria del continente—,
en el gulag soviético, otras voces descubrían por aquellos mismos años el
sentido de la cultura cuando te rodea la moridera. Galia Safónovna nació en los
barracones de un campo siberiano durante los años cuarenta del pasado siglo. Su
infancia transcurrió prisionera entre aullidos de viento, junto a unas minas de
fama pavorosa, en el país de las nieves perpetuas. Su madre, prestigiosa
epidemióloga, fue condenada a trabajos forzados por haberse resistido a
denunciar a un compañero de laboratorio. En aquella cárcel helada, donde estaba
prohibido escribir más de dos cartas al año y donde escaseaban el papel y los
lápices, las prisioneras fabricaron a escondidas cuentos artesanales para la
niña que solo conocía el gulag, cosidos a mano, con dibujos temblorosos
trazados en la oscuridad y el texto garabateado a plumilla. «¡Qué feliz me hizo
cada uno de esos libros!», explicaba una anciana Galia a la escritora Monika
Zgustova. «De niña esos fueron mis únicos puntos de referencia culturales. Los
he guardado toda la vida; ¡son mi tesoro!». Elena Korybut, que cumplió condena
durante más de diez años en las minas de Vorkutá, en la tundra que queda mucho
más allá del círculo polar, enseñó a Zgustova un libro de Pushkin adornado con
antiguos grabados. «En el campo, este volumen de procedencia desconocida pasó
por centenares, tal vez miles de manos. Nadie puede imaginarse lo que para los
presos significaba un libro: ¡era la salvación! ¡Era la belleza, la libertad y
la civilización en medio de la barbarie!». En Vestidas para un baile en
la nieve, su fascinante libro de entrevistas a mujeres que sobrevivieron al
gulag, Monika Zgustova muestra hasta qué punto, incluso en los abismos de la
vida, somos criaturas sedientas de historias. Por esa razón llevamos libros con
nosotros —o dentro de nosotros— a todas partes; también a los territorios del
espanto, como eficaces botiquines contra la desesperanza.
Nico,
Galia y Elena no fueron los únicos. A Viktor Frankl le arrebataron en la cámara
de desinfección de Auschwitz un manuscrito que contenía las investigaciones de
toda su carrera, y el deseo de reescribirlo le ató a la vida. El filósofo Paul
Ricoeur, detenido por el Gobierno de Vichy, se dedicó a dar clases y a
organizar la biblioteca del centro de prisioneros. La única posesión del
jovencísimo Michel del Castillo en Auschwitz fue —simbólicamente— Resurrección,
de Tolstói. Más adelante afirmó: «la literatura constituye mi única biografía y
mi única verdad». Eulalio Ferrer, hijo de un dirigente socialista cántabro,
tenía solo dieciocho años cuando ingresó en un campo de prisioneros de Francia.
Un miliciano le propuso cambiar un libro por cigarrillos. Era Don
Quijote de la Mancha, que releyó durante meses, «acicateado por una lectura
que se repetía y me acompañaba en horas de aliento propio y de delirio ajeno».
Todos ellos fueron como Sherezades, se salvaron gracias al poder de la
imaginación y a la fe en las palabras. El propio Frankl escribiría después que,
paradójicamente, soportaban mejor la vida en Auschwitz muchos intelectuales,
pese a tener peor condición física, que otros presos más fornidos. Al final
—dice el psiquiatra de origen judío—, sufrían menos quienes eran capaces de
aislarse del terrible entorno, refugiándose en su interior.
Los
libros nos ayudan a sobrevivir en las grandes catástrofes históricas y en las
pequeñas tragedias de nuestra vida. Como escribió Cheever, otro explorador del
subsuelo oscuro: «No poseemos más conciencia que la literatura… La literatura
ha sido la salvación de los condenados, ha inspirado y guiado a los amantes,
vencido la desesperación, y tal vez en este caso pueda salvar al mundo».
LXXXVI
Lo peor
fue el silencio. Entonces no había una palabra para llamarlo. Podías decir: en
clase se ríen de mí. O más dramática: en el colegio me pegan. Pero eso solo
arañaba la superficie de la realidad. No necesitabas rayos X en los ojos para
ver formarse en la mente de los adultos un diagnóstico instantáneo: cosas de
niños.
Era la
revelación temprana de un mecanismo tribal, primitivo, predador. Me habían
retirado la protección del grupo. Había una alambrada imaginaria y yo estaba
fuera. Si alguien me insultaba o me tiraba de la silla a empujones, los demás
le quitaban importancia. La agresión llegó a adquirir un aire rutinario,
habitual, poco llamativo. No quiero decir que sucediera todos los días. A
veces, sin saber por qué, se declaraban extraños periodos de calma, el cerrojo
de la caja de los truenos permanecía cerrado durante semanas, la trayectoria de
los balones en el recreo dejaba de apuntar hacia mí. Hasta que, de repente, la
profesora reñía en clase a alguno de mis perseguidores, y al salir, entre la
algarabía de niños impacientes por jugar, en los pasillos pintados de azul, me
devolvían la humillación: empollona, hijaputa, ¿tú qué miras?, ¿quieres cobrar?
Y otra vez se abría la veda.
Los
perseguidores se repartían los papeles; uno era el líder, y otros sus fieles
secuaces. Inventaban motes para mí; hacían imitaciones grotescas de mi aparato
de dientes; me lanzaban esos balonazos cuyo golpe seco, cuyo aturdimiento
todavía me parece sentir; me rompieron el dedo meñique en clase de gimnasia;
disfrutaban con mi miedo. Los demás imagino que ni siquiera se acuerdan. Tal
vez, escarbando en su memoria, dirían, bueno, le gastamos algunas bromas
pesadas. Colaboraban precisamente así, con su indiferencia.
Durante
el periodo más crudo, entre mis ocho y doce años, hubo otras marginadas; no fui
la única. Una repetidora, una inmigrante china que apenas hablaba nuestro
idioma, una chica exuberante con la pubertad adelantada. Éramos los ejemplares
débiles de la manada, que el depredador observa y aisla desde lejos.
Mucha
gente idealiza su infancia, la convierte en el territorio sobrevalorado de la
inocencia perdida. Yo no tengo ningún recuerdo de esa presunta inocencia de los
otros niños. Mi infancia es un extraño revoltijo de avidez y miedo, de
debilidad y resistencia, de días tenebrosos y de alegrías eufóricas. Allí están
los juegos, la curiosidad, las primeras amigas, el amor medular de mis padres.
Y la humillación cotidiana. No sé cómo encajan esas dos partes fracturadas de
mi experiencia. La memoria las ha archivado por separado.
Pero lo
peor, insisto, fue el silencio. Acepté el código vigente entre los niños,
acepté la mordaza. Todo el mundo sabe, desde los cuatro años, desde siempre,
que chivarse está muy mal. El chivato es un cagón, un mal compañero, merece que
le hostien. Lo que pasa en el patio se queda en el patio. A los adultos no se
les cuenta nada —o si acaso solo lo mínimo imprescindible para que no se les
ocurra intervenir—. Los rasguños me los hacía yo sola. Perdía las cosas que en
realidad me habían robado y aparecían flotando en el agua amarillenta del fondo
del váter. Interioricé que el único atisbo de dignidad a mi alcance consistía
en resistir, en callarme, en no llorar ante los demás, en no pedir ayuda.
No soy un
caso aislado. La violencia entre los niños, entre los adolescentes, se
desarrolla protegida por una barrera de silencio turbio. Durante años me
reconfortó no haber sido la chivata de la clase, la acusica, la cobarde. No
haber caído tan bajo. Por autoestima mal entendida, por vergüenza, obedecí la
norma: ciertas cosas no se cuentan. Querer ser escritora ha sido una tardía
rebelión contra esa ley. Esas cosas que no se cuentan son precisamente las que
es obligado contar. He decidido convertirme en esa chivata que tanto temí ser.
La raíz de la escritura es muchas veces oscura. Esta es mi oscuridad. Ella
alimenta este libro, quizá todo lo que escribo.
Durante
los años humillantes, además de mi familia, me ayudaron cuatro personas a las
que nunca he visto: Robert Louis, Michael, Jack, Joseph. Más adelante
descubriría que son más conocidos por sus apellidos: Stevenson, Ende, London y
Conrad. Gracias a ellos aprendí que mi mundo es solo uno de los muchos mundos
simultáneos que existen, incluidos los imaginarios. Gracias a ellos descubrí
que podía almacenar fantasías acogedoras y guardarlas en mi habitación interior
para buscar refugio cuando allá fuera arreciase el granizo. Esa revelación
cambió mi vida.
Hurgo
entre mis viejos papeles en busca de un cuento titulado «Las tribus salvajes»,
que escribí en mis primeros años de exploración literaria. Al releerlo tanto
tiempo después, tropiezo con una escritura primeriza, pero renuncio a
introducir el bisturí. Es un extraño ejercicio de arqueología personal, cavando
hasta un estrato del pasado donde la cercanía de los hechos me protegía aún de
los filtros bienintencionados y tramposos de la memoria. Y entre sus líneas
inexpertas descubro que también yo, en mi pequeña tragedia, encontré el
salvavidas de los libros.
Era la
capitana del barco. Estaba en la cubierta cuando oigo un grito. ¡Tierra a la
vista! Voy a proa y saco el catalejo. En la isla hay palmeras y cocoteros y
rocas de extrañas formas. ¡La isla del tesoro! Timonel, tres grados a estribor.
Arríen velas. Atracamos. Exploraré la isla yo sola porque toda la tripulación
tiene miedo. Los marineros cuentan historias terroríficas sobre los salvajes
que viven en la isla.
—¿Qué haces ahí?
—Está comiéndose el bocadillo. Tiene que comer mucho para ser la más lista y saberlo
todo.
—Trae. Hey, mira, un bocata de queso.
—¿Está bueno?
—Psa. Vas a ver. Ahora sí que va a estar bueno.
—Eso ha estado bien.
—Toma, escupe tú también, así.
—Ahora devuélveselo. Que se lo coma.
—Eso, cómetelo. Vamos, come, que te veamos. No irás a ponerte a llorar.
—No, no llorará. Todos dicen lo lista que es. Se lo va a comer todo y no se
chivará.
Me
encuentro con una tribu y me armo de valor. ¡Tenía que pasar! Es mejor no
irritarlos. En su lengua me llaman diablo blanco y astuto. Ahora me llevan ante
sus jefes. Son dos. Me invitan a comer su comida y, si no, me matan. Pueden ser
amistosos y pueden ser muy crueles. Veo alrededor los esqueletos de sus
víctimas. Me dan gusanos vivos en una hoja grande de planta tropical. Se me
retuerce la tripa de asco pero tengo que soportarlo y mastico. Luego trago. Me
lo acabo todo. Se ríen de alegría y me dejan marchar. ¡Salvada! Según el mapa,
el poblado de la tribu está cerca del escondite del tesoro. Llego a una cueva
de paredes húmedas y desiguales, avanzo cautelosa por si hay trampas. Después
de emplear varios días en deambular por los pasillos excavados en la roca,
encuentro el tesoro justo cuando oigo la sirena de que se acaba el recreo.
§ 25. Así
empezamos a ser tan extraños
LXXXVII
En
realidad, somos bastante extraños y, como dice Amelia Valcárcel, fueron los
griegos quienes empezaron a ser tan extraños como nosotros. En Alejandría
sucedieron —por primera vez y a gran escala— algunas rarezas que hoy forman
parte de nuestra vida normal. Lo que los Ptolomeos materializaron en su capital
del Nilo es una idea a la vez asombrosa y familiar para nosotros. Tras la
Revolución Tecnológica que habían representado la escritura y el alfabeto, los
sucesores de Alejandro pusieron en marcha un ambicioso proyecto de acumulación
de conocimiento y acceso al saber. El Museo atrajo a los mejores científicos e
inventores de la época con la promesa de que podrían dedicar su vida a la
investigación —además, se apelaba a los bolsillos de sus túnicas, con el
aliciente de la exención de impuestos—. La Gran Biblioteca y su filial del
Serapeo hicieron saltar los cerrojos que mantenían custodiadas todas las ideas
y todos los hallazgos. La atmósfera electrizante en torno a aquellos rollos
escritos y su acumulación en la gigantesca Biblioteca tuvo que ser algo similar
a la explosión creativa que significan hoy internet y Silicon Valley.
Hay más:
los encargados de la Biblioteca desarrollaron sistemas eficaces para orientarse
entre aquella información que empezaba a desbordar todos los diques de la
memoria. Inventar métodos como el sistema alfabético de ordenación y los
catálogos, y formar al personal que cuidaría de los rollos —filólogos para
sanear los errores en los libros, amanuenses para multiplicarlos,
bibliotecarios pedantes y risueños para guiar a los no iniciados por el
laberinto virtual de los textos escritos— fue un paso tan importante como
inventar la escritura. Muchos sistemas de escritura surgieron de forma
independiente en culturas distantes entre sí en el tiempo y en el espacio, pero
relativamente pocos lograron subsistir. Los arqueólogos han descubierto
numerosos vestigios de lenguas olvidadas que se extinguieron porque no contaban
con métodos eficientes para catalogar sus textos y optimizar las búsquedas. ¿De
qué sirve acumular documentos si el desorden los embarulla, y los datos
necesarios en cada momento son como agujas en pajares infinitos? Lo que
distinguió a la Gran Biblioteca en su tiempo, como hoy a internet, fueron sus
técnicas simplificadas y avanzadísimas para encontrar la hebra buscada en la
caótica maraña de la sabiduría escrita.
Organizar
la información sigue siendo un desafío fundamental en la era de las nuevas
tecnologías, como ya lo fue en la época de los Ptolomeos. No es casual que en
varios idiomas —francés, catalán y español— llamemos a nuestros aparatos
informáticos precisamente «ordenadores». Fue un profesor de lenguas clásicas de
la Sorbona, Jacques Perret, quien propuso en 1955 a los directivos franceses de
IBM, en vísperas de lanzar al mercado las nuevas máquinas, sustituir el nombre
anglosajón computer, que alude solo a las operaciones de cálculo,
por ordinateur, que incide en la función —mucho más importante y
decisiva— de ordenar los datos. La historia de las peripecias tecnológicas
desde la invención de la escritura hasta la informática es, en el fondo, la
crónica de los métodos creados para disponer del conocimiento, archivarlo y
recuperarlo. La ruta de todos estos avances contra el olvido y la confusión,
que empezó en Mesopotamia, alcanzó su apogeo, en la Antigüedad, en el palacio
de los libros de Alejandría y serpentea sinuosamente hasta las redes digitales
de hoy.
Los reyes
coleccionistas dieron otro paso anómalo y genial: traducir. Jamás nadie había
abordado un proyecto de traducción universal con una curiosidad tan amplia y
tal profusión de medios. Herederos de la ambición de Alejandro, los Ptolomeos
no se conformaron con cartografiar el mundo inexplorado, sino que quisieron
abrir caminos hacia las mentes de los otros. Y fue un giro decisivo, porque la
civilización europea se ha construido por medio de traducciones —del griego,
del latín, del árabe, del hebreo, de los distintos idiomas de Babel—. Sin
traducciones, habríamos sido otros. Los habitantes de cada región de una Europa
obstaculizada por montañas, ríos, mares y fronteras lingüísticas habríamos
ignorado los hallazgos ajenos, y nuestras limitaciones nos habrían aislado más.
Es imposible que todos conozcamos cada uno de los idiomas en los que habla la
literatura y el saber y, por desgracia, la mayoría de las palomas no son
capaces de irradiar el don de lenguas. Pero nuestro antiguo hábito de traducir
ha tendido puentes, ha amalgamado ideas, ha originado una conversación
polifónica infinita, y nos ha protegido de los peores peligros de nuestro
chovinismo aldeano, enseñándonos que nuestra lengua es una más —y, en realidad,
más de una—.
El acto
de traducir, que todos damos por supuesto, alberga aspectos misteriosos.
En La invención de la soledad, Paul Auster reflexiona sobre esta
experiencia casi mágica, este juego de espejos. Sus entresijos le intrigan
porque, durante muchos años, el escritor se ha ganado la vida traduciendo los
libros de otros escritores. Se ha sentado en su escritorio, ha leído un libro
en francés y, a continuación, con esfuerzo, ha escrito el mismo libro en
inglés. En realidad, es y no es el mismo libro, y por eso la tarea nunca ha
dejado de asombrarle. Hay una fracción de segundo en la que toda traducción
roza el vértigo, el inquietante encuentro cara a cara con el propio doble, el
desconcierto cuántico de la superposición de estados. Auster se sienta ante su
mesa para traducir el libro de otra persona y aunque solo haya una presencia en
la habitación, en realidad hay dos. Auster se imagina a sí mismo como una
especie de fantasma vivo de otra persona —muchas veces muerta—, que está y no
está, y cuyo libro es y no es el que traduce en ese mismo instante. Entonces se
dice a sí mismo que es posible estar solo y no estarlo en el mismo momento.
El
trasvase de lenguas es hijo de un concepto que, en gran medida, inventó
Alejandro y que todavía denominamos con un nombre griego: el cosmopolitismo. La
mejor parte del sueño megalómano de Alejandro —la realización, como en toda
utopía que se precie, cojeó de manera manifiesta— consistía en dar vida a una
unión duradera de todos los pueblos de la oikoumene, creando una
forma política nueva capaz de asegurarles a todos los seres humanos paz,
cultura y leyes. Plutarco escribió: «Alejandro no trató a los griegos como
caudillos y a los bárbaros despóticamente, como Aristóteles le había
aconsejado, ni se comportó con los otros como si fueran plantas o animales. Por
el contrario, ordenó que todos consideraran al mundo su patria, parientes a los
buenos y extraños a los malos». Se trata, sin duda, de un resumen hagiográfico
que esconde cuidadosamente los aspectos más escabrosos de la aventura imperial
griega. No obstante, a través de un prisma deformado, refleja el excepcional
proceso de globalización iniciado por Alejandro.
El
proyecto de crear un reino que se extendiera hasta los confines del mundo
habitado murió con el joven macedonio, pero sus conquistas abrieron un espacio
ampliado de relaciones humanas. La civilización helenística fue, de hecho, la
mayor red de intercambios culturales y mercantiles que el mundo había conocido
hasta entonces. Y las nuevas ciudades, fundadas por Alejandro y por sus
sucesores como celebración viviente de su gloria, inauguraron una forma
innovadora de vivir en el ocaso de la civilización clásica. Mientras en la
Grecia europea la existencia discurría todavía según pautas tradicionales, en
las aglomeradas calles de las grandes ciudades alejandrinas de Oriente Medio y
Asia Menor, la cotidiana mezcolanza de gentes con orígenes, costumbres y creencias
variadas abrió el camino a híbridos atrevidos.
Muchos
estudiosos creen que quien mejor encarnó los nuevos horizontes del helenismo
fue Eratóstenes, llamado en el siglo III a. C. por el rey Ptolomeo III para
dirigir la Biblioteca de Alejandría. El nuevo director rectificó el antiguo
mapa geográfico sobre la base de las informaciones traídas por la expedición de
Alejandro. Según el investigador Luca Scuccimarra, «Eratóstenes expresó, con
una claridad sin precedentes, el pleno reconocimiento de la diversidad étnica y
lingüística del género humano». La Alejandría que conoció este nuevo cartógrafo
de la realidad global era una proyección del mundo futuro: una ciudad griega en
África, la más extraordinaria de las Babeles, el más prodigioso punto de
contacto de ideas, artes y creencias de nuestro viejo mundo.
Allí, a
orillas del mar Mediterráneo, nació la primera cultura que quiso acoger los
saberes de toda la humanidad. Tan fantástica ambición heredaba el afán de
entrar en contacto con los otros al que dedicó su vida Heródoto y que aguijoneó
a Alejandro en su galopada rumbo a los confines de la tierra. Como recuerda el
maestro George Steiner, Heródoto planteó la cuestión al afirmar: «Todos los
años enviamos nuestros barcos con gran peligro para las vidas y grandes gastos
a África para preguntar: ¿Quiénes sois? ¿Cómo son vuestras leyes y vuestra
lengua? Ellos nunca enviaron un barco a preguntarnos a nosotros». El helenismo
perfiló y extendió la idea del viaje de conocimiento, bajo dos formas: el
desplazamiento físico —en caravanas, barcos, carros, a lomos de cabalgaduras— y
el trayecto inmóvil del lector que atisba la inmensidad del mundo desde los
senderos de tinta de un libro. Alejandría, representada por el Faro y el Museo,
fue el símbolo de ese doble caminar. En la ciudad-crisol encontramos los
cimientos de una Europa que, con sus luces y sus sombras, sus tensiones y
desvaríos, incluso con su periódica inclinación a la barbarie, nunca ha perdido
la sed de conocimiento ni el impulso de explorar. En Visión desde el
fondo del mar, Rafael Argullol reclama para sí mismo un epitafio simple,
compuesto por una sola palabra: «¡Viajó!». Y añade: «He viajado para escapar y
para intentar verme desde otro mirador. Cuando alcanzas a verte desde fuera,
contemplas la existencia con mayor humildad y perspicacia que cuando, como un
tonto jaleado por otros tontos, imaginabas tu yo como el mejor yo, tu ciudad
como la mejor ciudad y eso que llamabas vida como la única vida concebible».
Alejandría,
en su ambigua condición de ciudad griega más allá de Grecia y germen de Europa
fuera de la geografía europea, inauguró esa mirada exterior sobre sí misma.
Durante los mejores tiempos de la Biblioteca y siguiendo la estela de
Alejandro, los filósofos estoicos se atrevieron a enseñar por primera vez que
todas las personas son miembros de una comunidad sin fronteras y que están
obligadas a respetar la humanidad en cualquier lugar y circunstancia en que la
encuentren. Recordemos la capital griega del Delta como el lugar donde bullía
todo ese magma, donde empezaron a ser importantes las lenguas y tradiciones
ajenas, junto a la comprensión del mundo y del conocimiento como un territorio
compartido. En esas aspiraciones descubrimos el precedente del gran sueño
europeo de una ciudadanía universal. La escritura, el libro y su incorporación
a las bibliotecas fueron las tecnologías que hicieron posible esa utopía.
Lo
habitual es el olvido, la desaparición del legado de palabras, el chovinismo y
las murallas lingüísticas. Gracias a Alejandría nos hemos vuelto extremadamente
raros: traductores, cosmopolitas, memoriosos. La Gran Biblioteca me fascina —a
mí, la pequeña marginada del colegio de Zaragoza—, porque inventó una patria de
papel para los apátridas de todos los tiempos.
Parte II
Los caminos de Roma
§ 1. Una
ciudad con mala reputación
I
El nuevo
centro del mundo era una ciudad con muy mala reputación. Desde sus orígenes,
los romanos poseyeron una terrible leyenda negra, con la particularidad de
haberla inventado ellos mismos. Para empezar, un fratricidio. Cuenta el mito
que los hermanos Rómulo y Remo, nietos impacientes del rey de Alba Longa,
partieron a fundar su propia ciudad en aquel legendario 21 de abril del año 753
a. C. Estuvieron de acuerdo al escoger el emplazamiento de la futura Urbe a
orillas del río Tíber, pero enseguida se enzarzaron en una pelea por el poder.
Al ser gemelos, ninguno tenía sobre el otro la ventaja de la edad, y los dos
alegaban presagios divinos en su favor —los dioses también saben nadar y
guardar la ropa—. El caso es que Remo saltó de manera provocativa sobre las
murallas que Rómulo había empezado a construir por su cuenta. Tito Livio dice
que, en la subsiguiente pelea, el calor de las ambiciones condujo al
derramamiento de sangre. Rómulo asesinó a su hermano y, temblando de rabia,
gritó: «Así morirá todo el que salte por encima de estos muros». Sentó así un
precedente útil para la futura política exterior romana, que, después de haber
golpeado, aduciría siempre para justificarse una agresión o ilegalidad previa
de la otra parte.
El
siguiente paso fue organizar una auténtica agrupación de delincuentes. La urbe
recién inaugurada necesitaba ciudadanos. El joven rey, sin miramientos, declaró
Roma territorio de asilo para criminales y fugitivos, anunciando que entre sus
muros no serían perseguidos. Una muchedumbre indiscriminada de convictos y
gente de origen oscuro —cuenta Tito Livio— huyó de los territorios vecinos,
convirtiéndose en los primeros romanos. El problema más acuciante pasó a ser la
ausencia de mujeres. Y así llegamos al tercer episodio abyecto: una violación
masiva.
Rómulo
invitó a las familias de las aldeas vecinas a la celebración de unos juegos en
honor del dios Neptuno. Al parecer, las gentes de los alrededores estaban
ansiosas por ver la nueva ciudad, que por entonces era todavía un lodazal de
cabañas de barro con alguna que otra oveja como gran atracción. Aún así, el día
previsto acudió a Roma una multitud curiosa. Acompañados por sus mujeres e
hijas, aparecieron los habitantes de aldeas próximas con nombres estrafalarios
como Caenina, Antemnae y Crustumerium —si la última hubiera llegado a gran
potencia imperial en lugar de Roma, hoy seríamos todos crustumerianos—. Pero la
fiesta religiosa era en realidad una treta. Cuando llegó la hora de los juegos,
y los ojos y las mentes de todos los invitados sabinos estaban fijos en el
espectáculo, se dio la señal convenida. Entonces los romanos raptaron a las
chicas jóvenes que habían acudido allí con sus familias. Comenta Livio que casi
todos se apoderaron a bulto de la primera mujer que cayó en sus manos pero,
como en todo hay jerarquías, los patricios principales se reservaron a las más
guapas y pagaron para que se las llevasen a casa. En inferioridad numérica, los
padres y maridos de las secuestradas huyeron, aturdidos por el dolor, lanzando
amargos reproches a sus violentos vecinos.
El
historiador se apresura a explicar, para evitar malentendidos, que el rapto fue
una medida necesaria si los romanos querían asegurar la supervivencia de su
ciudad. Además, los presenta haciendo promesas de afecto, reconciliación y amor
a las asustadas muchachas. «Esos argumentos —añade— fueron reforzados por la
ternura de aquellos maridos, quienes excusaron su conducta invocando la fuerza
irresistible de su pasión, argumento siempre efectivo porque apela a la
naturaleza femenina». Por si fuera poco, esta legendaria salvajada colectiva
sirvió de modelo para la ceremonia romana de matrimonio, que durante siglos
escenificó el rapto de las mujeres. El ritual exigía que la novia se refugiase
en brazos de su madre y el novio fingiese quitársela por la fuerza mientras
ella lloraba, se resistía y gritaba.
El
argumento del mito llegó hasta Siete novias para siete hermanos,
una inofensiva comedia romántica de 1954 en la que una simpática canción sobre
las sabinas ayuda a los rudos chicos protagonistas a resolver de una vez por
todas sus problemas de soltería. Y, aliviados, los alegres compadres cantan a
coro: «Aquellas sabinas lloraban y lloraban pero por dentro estaban contentas.
Gritaban y besaban, besaban y chillaban por la campiña romana. No olvidéis a
las dispuestas sabinas. Nunca se ha visto nada más hogareño, un bebé romano en
cada rodilla, llamados Claudio o Bruto. Y aquellas lloronas sabinas, cuando los
romanos salían a alternar y pelear, pasaban las noches muy entretenidas
cosiendo togas pequeñitas para sus críos». Al parecer, el pudibundo Hollywood
del código Hays, que censuraba los besos y las camas matrimoniales en pantalla,
consideraba en cambio edificante la vieja historia del secuestro múltiple como
paso previo a una feliz y hogareña vida familiar.
Sin
embargo, los enemigos de Roma veían en sus turbios mitos fundacionales un
anticipo y una advertencia de su posterior talante depredador. Siglos después,
uno de esos adversarios escribiría: «Desde el principio mismo, los romanos no
han poseído nada, excepto lo que han robado: su hogar, sus esposas, sus
tierras, su imperio». Pues los descendientes de aquel oscuro y desaprensivo
Rómulo, en solo cincuenta y tres años —según cálculos de Polibio—, conquistaron
la mayor parte del mundo conocido.
II
La
creación del gran Imperio mediterráneo necesitó, en realidad, varios siglos.
Esos cincuenta y tres años del siglo II a. C. demarcan el periodo en el que
todos los demás pueblos fueron comprendiendo con pasmo y terror que Roma había
fabricado el engranaje bélico más demoledor jamás conocido.
Las
primeras batallas no legendarias de Roma datan del V a. C. Fueron cotidianas
escaramuzas locales —a veces defensivas, a veces agresivas— en los territorios
lindantes. Solo en el IV a. C., la expansión romana empezó a llamar la atención
de los griegos, la fuerza dominante en aquella época. En el año 240 a. C., tras
una progresión vertiginosa de victorias, el territorio romano abarcaba ya casi
toda Italia y Sicilia. Siglo y medio después, dominaba casi toda la península
ibérica, la Provenza, Italia, toda la costa adriática, Grecia, Asia Menor
occidental y el litoral norteafricano entre las actuales Libia y Túnez. Entre
el 100 y el 43 a. C., se anexionó la Galia, el resto de la península de
Anatolia, la costa del mar Negro, Siria, Judea, Chipre, Creta, la franja
costera de la actual Argelia y parte de Marruecos. Los habitantes de la pequeña
ciudad de las marismas del Tíber habían pasado de vivir encharcados en su
fétido lodazal a disponer de todo el mar Mediterráneo como si se tratara de un
lago interior para su exclusivo disfrute.
Las
campañas militares se convirtieron en un rasgo cotidiano de la vida de los
romanos. Un historiador hispano del siglo V solo consigna —como una inaudita
rareza— un año sin guerra a lo largo de aquel largo periodo de expansión
imperial. Aquellos insólitos meses de holgazanería bélica sucedieron en el año
235 a. C., durante el consulado de Gayo Atilio y Tito Manlio. Lo habitual, sin
embargo, era que dedicasen inmensos esfuerzos y recursos a guerrear y, aunque
contaban sus batallas por victorias, dejaron un terrible reguero de víctimas
propias en el camino —por no mencionar las ajenas—. Mary Beard afirma que,
durante la etapa de conquistas, entre el 10 y el 25 por ciento de la población
masculina adulta tenía que servir en las legiones cada año, en una proporción
mucho mayor que la de cualquier otro Estado preindustrial y, según los cálculos
más elevados, equivalente al índice de reclutamiento de la Primera Guerra
Mundial. En la batalla de Cannas frente a Aníbal, que duró una sola tarde, el
ritmo de muertes romanas se estima en cien por minuto. Y debemos tener en
cuenta que muchos combatientes sucumbirían más tarde a causa de las heridas,
pues las armas antiguas servían más bien para mutilar que para matar, y la
muerte sobrevenía después, por infección.
El
sacrificio fue enorme, pero los beneficios sobrepasaron las fantasías más
codiciosas de aquellos implacables legionarios. A mediados del siglo II a. C.,
el botín de tantas victorias había convertido a la población romana en la más
rica del mundo conocido. La guerra engrasaba el negocio lucrativo por
excelencia de la época: la esclavitud. Miles y miles de cautivos se
convirtieron en mano de obra esclava que trabajaba en los campos, minas y
molinos romanos. Carretas cargadas de lingotes saqueados en las ciudades y
reinos orientales abarrotaban el tesoro romano hasta rebosar. En el año 167 a.
C., la sobreabundancia de oro era tan insultante que el Estado decidió
suspender los impuestos directos a sus ciudadanos. Es cierto que esas súbitas
riquezas resultaron también desestabilizadoras para los romanos —sobre todo,
para los que no pudieron echarles mano—. Se reprodujo el panorama habitual: los
ricos se hicieron más ricos, y los pobres, aún más pobres. Las familias
patricias se lucraron con grandes latifundios, baratos gracias a la mano de
obra esclava, mientras los pequeños agricultores libres, cuyas tierras arrasó
Aníbal durante la segunda guerra púnica, se empobrecieron todavía más por culpa
de esa competencia desleal. El mejor de los mundos posibles nunca lo es para
todos.
Desde
tiempos remotos, una enorme cantidad de guerras se han desencadenado con el fin
de capturar prisioneros, poseerlos y traficar con ellos. La riqueza mundial a
menudo ha ido del brazo de la esclavitud. Este es un nexo real entre la
Antigüedad y épocas más modernas: de la muralla china a la Autopista de los
Huesos de Kolimá, del sistema de regadío en Mesopotamia a las plantaciones de
algodón estadounidenses, de los burdeles romanos a la trata de mujeres en el
presente, de las pirámides egipcias a la ropa barata made in Bangladesh.
En la Antigüedad, sin duda, los esclavos eran uno de los motivos principales —y
a menudo la única razón— para lanzar una expedición de conquista. Representaban
un resorte económico tan poderoso que ni siquiera se intentaba ocultar. Cierta
vez, Julio César, famoso por su clemencia, vendió a toda la población de una
aldea recién conquistada en la Galia, no menos de 53.000 personas, sobre el
terreno. El negocio se pudo resolver rápido porque los tratantes de esclavos
formaban un segundo ejército rezagado detrás de las legiones para ir comprando
la mercancía fresca en cuanto caía la noche en los campos de batalla.
Prisioneros,
vecinos y adversarios sufrieron en su propio pellejo la eficiencia de la
organización romana. El nuevo imperio hizo realidad la ambición unificadora que
los griegos nunca cumplieron porque, a la hora de la verdad, siempre resultaban
ser unos incapaces políticos. Los sucesores de Alejandro, como ya he dicho,
crearon dinastías rivales que se enzarzaron en una serie de guerras unas contra
otras, fragmentando el imperio heredado y sumiéndolo en la zozobra de sus
alianzas cambiantes y sus constantes estallidos de brutal violencia. Todos los
bandos contendientes se acostumbraron a recurrir a los romanos como aliados en
sus luchas locales o como árbitros de sus conflictos, y al final terminaron
engullidos por tan peligrosos amigos.
No se
puede afirmar que los romanos inventasen la globalización, porque ya existió en
el troceado mundo helenístico, pero la elevaron a un grado de perfección que
todavía hoy nos impresiona. De un confín a otro del imperio, de España a
Turquía, una constelación expansiva de ciudades romanas permanecía comunicada
gracias a calzadas tan sólidas y bien trazadas que muchas de ellas aún existen.
Aquellas ciudades plasmaban un modelo de urbanismo reconocible y confortable:
anchas avenidas que se cortaban en ángulo recto, gimnasios, termas, foro,
templos de mármol, teatros, inscripciones en latín, acueductos, alcantarillado.
Los forasteros encontraban allá donde fueran rasgos de una cartografía
uniforme, igual que los turistas de hoy tropezamos con franquicias de las
mismas marcas de ropa, informática y hamburguesas en idénticas arterias
comerciales de una punta a otra del planeta.
Estas
transformaciones provocaron un hormigueo de gente yendo y viniendo como nunca
se había visto antes en el mundo antiguo. Al principio se trató sobre todo de
movimientos de los ejércitos y migraciones masivas forzadas. Se calcula que, a
comienzos del siglo II a. C., llegaban a la península itálica un promedio de
ocho mil esclavos cada año, capturados en la guerra. Por esa misma época se
lanzaron al Mediterráneo viajeros, comerciantes y aventureros romanos, que se
desplazaban durante largos periodos fuera de Italia. Las aguas de este mar, que
para no andarse con rodeos procedieron a llamar nostrum, eran un
hervidero de hombres de negocios que sacaban tajada de las oportunidades
comerciales abiertas por la conquista. Comerciar con esclavos o proveer armas
se transformaron en oficios con gran demanda en el mercado laboral. A mediados
de ese mismo siglo II a. C., más de la mitad de los ciudadanos varones adultos
habían visto los horizontes del mundo exterior, y habían contribuido con gusto
a la variedad étnica dejando a su paso —y a su suerte— abundantes hijos
mestizos.
Todo su
poderío militar, su riqueza, las asombrosas redes de transporte y las obras de
ingeniería componían una maquinaria poderosa, invencible pero árida sin el
rocío de la poesía, de los relatos y de los símbolos. Las grietas abiertas por
esas ausencias serían las rutas imprevisibles por las que Edipo, Antígona y
Ulises se lanzaron a las calzadas del mundo globalizado.
§ 2. La
literatura de la derrota
III
Los
romanos consiguieron su extraordinaria sucesión de victorias gracias a una
mezcla muy eficaz de violencia y capacidad de adaptación, en la mejor tradición
darwiniana. Los pueblerinos secuaces de Rómulo aprendieron pronto a imitar lo
mejor de sus enemigos, a apoderarse de lo que les gustaba sin la menor
terquedad chovinista y a combinar todos los ingredientes copiados para crear
nuevas formas propias. Desde las primeras escaramuzas, se acostumbraron a
saquear a sus adversarios vencidos no solo en el terreno material, sino también
en el simbólico. Durante las luchas contra los samnitas, imitaron sus
estrategias bélicas —sobre todo, el manípulo como unidad básica de la legión— y
las utilizaron de forma muy efectiva para derrotarlos con sus propias armas. En
la primera guerra púnica, los destripaterrones romanos se las ingeniaron para
construir una flota lo más parecida posible a la cartaginesa y con ella ganaron
sus primeras batallas navales. Los terratenientes itálicos de ideas más
tradicionales y abolengo más rancio se apuntaron rápidamente a las modernas
explotaciones agrícolas helenísticas en forma de plantación.
Gracias a
todas esas apropiaciones, crearon una fuerza invasora tan invencible como el
Ejército de Alejandro, y administraron mejor que él sus conquistas. Pero, más
allá de sus incontestables habilidades para la guerra y la barbarie, tuvieron
un fogonazo de asombrosa humildad al asumir que la cultura griega era muy
superior. Los miembros más lúcidos de las clases dirigentes comprendieron que
toda gran civilización imperial necesita fabricar un relato unificador y
victorioso sostenido por símbolos, monumentos, arquitecturas, mitos forjadores
de identidades y formas sofisticadas de discurso. Y para conseguirlo rápido,
según su costumbre, decidieron imitar a los mejores. Sabían dónde encontrar el
modelo. Mary Beard resume la situación de aquellos tiempos con un aforismo
contundente: «Grecia lo inventa, y Roma lo quiere». Los romanos se lanzaron a
hablar la lengua de los griegos, a copiar sus estatuas, a reproducir la
arquitectura de sus templos, a escribir poemas de tipo homérico y a imitar sus
refinamientos con celo de advenedizos.
El poeta
Horacio captó esa paradoja cuando escribió que Grecia, la conquistada, había
invadido a su fiero vencedor. Hoy nos resulta difícil determinar hasta qué
punto Roma tomó prestada toda la cultura griega y en qué medida los romanos
fueron —o no— unos bárbaros salvajes hasta que los civilizaron los griegos,
pero así es como las dos partes contaban la historia. Los intelectuales y
creadores latinos siempre se presentaron como discípulos de los clásicos
griegos. Los vestigios de formas culturales autóctonas fueron orillados o
borrados. Y muchos romanos ricos aprendieron a defenderse en la lengua de sus
súbditos helenísticos —aunque sabemos que los verdaderos griegos se burlaban
despiadadamente del macarrónico acento romano—. Hay constancia de que a principios
del siglo I a. C. una delegación griega tomó la palabra ante el Senado de Roma
sin necesidad de traductor. Este esfuerzo de los conquistadores por hablar en
sus cenáculos más cultos el idioma de una de sus muchas colonias es un gesto
asombroso y extraordinario, en las antípodas de la habitual arrogancia cultural
de las metrópolis imperiales. Imaginemos a los británicos manteniendo sus
tertulias literarias de Bloomsbury en un esforzado sánscrito, o a Proust
sudando para entablar una charla refinada en bantú con los aristócratas
parisinos que tanto le fascinaban.
Por
primera vez, una gran superpotencia antigua asumía el legado de un pueblo
extranjero —y derrotado— como un ingrediente esencial de su propia identidad.
Sin rasgarse las vestiduras, los romanos reconocieron la superioridad griega y
se atrevieron a explorar sus hallazgos, interiorizarlos, protegerlos y
prolongar su onda expansiva. Esta seducción ha tenido enormes consecuencias
para todos nosotros. Allí nació la hebra que entreteje nuestro presente con el
pasado, el hilo que nos mantiene unidos a un brillante mundo extinguido. Por
encima, como funambulistas, caminan de un siglo a otro las ideas, los
descubrimientos de la ciencia, los mitos, los pensamientos, la emoción, y
también los errores y las miserias de nuestra historia. Hemos llamado clásicos
a toda esa hilera de palabras en equilibrio sobre el vacío. A causa de la
fascinación que aún despiertan en nosotros, Grecia pervive como el kilómetro
cero de la cultura europea.
IV
La
literatura latina es un caso muy peculiar: no nació espontáneamente, sino que
fue gestada por encargo, in vitro. El parto inducido tuvo lugar un
día concreto del año 240 a. C., para celebrar la victoria de Roma sobre
Cartago.
Mucho
antes de aquel día inaugural, los romanos habían aprendido a escribir —como no
podía ser menos— a imitación de los griegos, que, desde el siglo VIII a. C.,
vivían en las prósperas colonias del sur de Italia, en la región conocida como
Magna Grecia. Por la vía del comercio y los viajes, su cultura y su escritura
alfabética habían desembarcado en el norte. Los primeros italianos
septentrionales en aprender el alfabeto griego y adaptarlo a su lengua fueron
los etruscos, que dominaron el centro de la península entre el siglo VII y el
IV a. C. Sus vecinos del sur, los romanos —quienes, aunque no les gustaba
reconocerlo, estuvieron durante décadas sometidos a una dinastía de Etruria—,
se abalanzaron ávidos sobre aquella maravillosa innovación, y adoptaron a su
vez la escritura etrusca con ciertos ajustes para adecuarla al latín. El
alfabeto de mi infancia, el que me observa ahora mismo desde las hileras
oscuras del teclado de mi ordenador, es una constelación de letras errantes que
los fenicios embarcaron en sus naves. Surcaron el mar rumbo a Grecia, luego
navegaron hacia Sicilia, buscaron las colinas y los olivares de la actual
Toscana, merodearon por el Lacio y, de mano en mano, fueron cambiando hasta
alcanzar el trazo que hoy acarician mis dedos.
Los
testimonios más antiguos de este alfabeto viajero no dejan resquicios a las
ensoñaciones. Los romanos —pragmáticos, organizadores natos— limitaron su uso a
registros de hechos y normas. Los textos más tempranos —de los siglos VII y
sobre todo VI a. C.— son un grupo de inscripciones breves (por ejemplo, marcas
de propiedad garabateadas en un recipiente). De los siglos siguientes conocemos
únicamente leyes y rituales escritos. No ha quedado ninguna huella de escritos
de ficción —se estaba luchando a vida o muerte por el poder en los campos de
batalla y corrían malos tiempos para la lírica—. La literatura romana tuvo que
esperar; fue un acontecimiento tardío, gestado en un descanso de los guerreros.
Solo cuando el enemigo más peligroso ya había mordido el polvo, con la tarea
cumplida, en la relajación y el ocio de la victoria, los romanos se permitieron
pensar en los juegos del arte y los placeres de la vida. La primera guerra
púnica acabó en el año 241 a. C. Apenas unos meses más tarde, los romanos disfrutaron
de la primera obra literaria en latín. El público la conoció en septiembre del
año 240 a. C., sobre las tablas de un teatro de la capital, con motivo de
los Ludi Romani. Como gran atracción de las festividades, se
estrenó allí un drama —no sabemos si comedia o tragedia— traducido del griego,
cuyo título ha caído en el olvido. No es casualidad que una traducción marque
el arranque de la literatura romana, siempre hechizada por los maestros
griegos, siempre en un ambiguo juego de ecos, nostalgia, envidia, homenaje y
todos los matices del amor acomplejado.
Aquella
representación inicial encierra una extraña historia: la poesía llegó a Roma
entre el estrépito de las armas, desde el bando contrario, por obra de un
esclavo extranjero. Livio Andrónico, el improbable iniciador de la literatura
latina, no era romano de nacimiento. Se ganaba la vida como actor en Tarento,
uno de los mayores enclaves de cultura griega del sur de Italia, ciudad
suntuosa, refinada y amante del teatro. El joven cayó prisionero durante la
conquista, en el año 272 a. C., y conoció la amarga suerte de los vencidos: el
mercado de esclavos. Lo imagino vislumbrando la Urbe por primera vez entre las
rendijas de la carreta donde lo transportaban como si fuera ganado para la
venta. Algún hábil vendedor consiguió colocarlo en la rica mansión de los
Livios. Su inteligencia y su labia le libraron de los trabajos más penosos. Se
cuenta que dio clases a los hijos del amo y que la familia, agradecida, años
más tarde lo manumitió. Como era costumbre entre los libertos, mantuvo el
apellido familiar de sus antiguos dueños, al que añadió un apodo griego que
simbolizaba su identidad escindida. Bajo la protección de la poderosa familia
que lo había comprado y después liberado, abrió una escuela en la capital. En
ausencia de poetas autóctonos, sería este extranjero, bilingüe a la fuerza,
quien recibiría los encargos literarios en Roma. Me pregunto qué emociones
contradictorias le asaltarían al escribir en la lengua de su derrota. Sabemos
que tradujo las primeras tragedias y comedias que se representaron en la capital
del imperio, y también la Odisea homérica. Gracias a él se
creó una congregación de escritores y actores al amparo del templo de Minerva
en el Aventino. Apenas han quedado fragmentos de sus versos inaugurales. Me
gusta el sonido evocador de una frase truncada de su Odusia: «los
montes abruptos y los campos polvorientos y el inmenso mar».
Queda un
pequeño misterio por resolver. Todo indica que Roma era en aquel entonces un
páramo sin apenas libros, ni bibliotecas públicas, ni libreros. ¿Cómo
conseguiría Livio Andrónico los originales para sus traducciones? Los ricos
patricios podían permitirse enviar mensajeros a las ciudades griegas del sur de
Italia, donde había comerciantes de libros, pero esa solución era impensable
para un humilde liberto.
Los
letraheridos de hoy apenas podemos imaginar el desierto de libros de la época
manuscrita. En nuestro siglo XXI, la catarata de letra impresa desborda todos
los diques de la mesura. Se publica un nuevo título cada medio minuto, ciento
veinte cada hora, dos mil ochocientos al día, ochenta y seis mil al mes. Un
lector medio alcanza a leer en toda su vida lo que el mercado editorial produce
en una sola jornada laboral, y cada año se destruyen millones de ejemplares
huérfanos. Pero esta abundancia es muy reciente. Durante siglos, conseguir
libros exigía estar bien relacionado e, incluso con los contactos adecuados,
conllevaba gastos, esfuerzos, tiempo y, en ocasiones, arrostrar los peligros
del viaje.
Por sus
propios medios y con el estigma de sus orígenes, Livio Andrónico nunca hubiera
podido dedicarse a leer, traducir y dirigir una escuela sin el apoyo de sus
poderosos protectores. Probablemente fueron los Livios quienes afrontaron los
gastos de reunir —con la intención de exhibir su riqueza y alardear de cultura—
una pequeña biblioteca de clásicos griegos. A su antiguo sirviente le tocaría
madrugar todas las mañanas para hacerles una visita de respeto —la salutatio
matutina—, aburrirse en la antesala hasta que su patrono se dignase
aparecer y, como el actor que fue en su juventud, inclinar la cabeza y hablar
en el tono apropiado, diariamente agradecido por que le permitieran sostener
entre sus manos griegas, antes esclavas, los rollos de la lujosa colección.
V
Los
nobles romanos se encapricharon de los libros, esos objetos escasos y
exclusivos que no estaban al alcance de todos. Al principio, enviaban
pacíficamente a sus servidores rumbo a Alejandría y otros grandes centros
culturales con la misión de encargar copias a los expertos mercaderes. Pronto
descubrieron que era mucho más práctico arramblar con bibliotecas enteras
durante sus expediciones bélicas por territorio griego. Así, la literatura se
convirtió en botín de guerra.
En el año
168 a. C., el general Emilio Paulo derrotó al último rey de Macedonia. Permitió
que Escipión Emiliano y otro hijo suyo, ambos amantes del saber, se llevasen a
Roma todos los libros de la casa real macedonia, a la que perteneció Alejandro.
Gracias a esa valiosa rapiña, los Escipiones fueron propietarios de la primera
gran biblioteca privada de la ciudad y oficiaron como patrocinadores de la
joven generación de literatura romana. Uno de los escritores-satélites que
gravitaban en torno a sus libros fue el dramaturgo Terencio, de quien se decía
que era de origen esclavo. Su apodo Afer («el Africano») da
pistas sobre su procedencia y el color de su piel. Por aquel entonces, se
imponía un reparto de tareas culturales. Los poderosos patricios se encargaban
de saquear libros —a veces, en un alarde de honradez, incluso los compraban—
para enriquecer sus colecciones privadas y aglutinar a su alrededor a los
autores con más talento. Los escritores propiamente dichos eran, salvo
excepciones, desharrapados a su servicio (esclavos, extranjeros, prisioneros de
guerra, pobres pluriempleados y demás morralla social).
En la
estela de los Escipiones, otros generales siguieron la cómoda senda del pillaje
librario. El despiadado Sila se apoderó del que quizá fuera el trofeo más
apetecible: la colección del mismísimo Aristóteles, que durante mucho tiempo
permaneció escondida y reapareció a tiempo de convertirse en botín de guerra.
En Roma fue también famosa la biblioteca de Lúculo, adquirida gracias a un
metódico saqueo durante sus victoriosas campañas militares en el norte de
Anatolia. Privado del mando en el año 66 a. C., Lúculo se dedicó a partir de
ese momento a una vida de suntuosa vagancia sostenida por las riquezas que
había ido acumulando en sus años depredadores. Cuentan que su biblioteca
privada seguía el modelo arquitectónico de Pérgamo y Alejandría: rollos almacenados
en estrechas salas, pórticos donde leer, y salones para reunirse y hablar.
Lúculo fue un ladrón generoso: puso sus libros a disposición de sus parientes,
amigos y de los estudiosos afincados en Roma. Plutarco dice que en su mansión
se reunían y conferenciaban catervas de intelectuales, como en una perpetua
recepción de las musas.
La
mayoría de los textos que embellecían las bibliotecas de los Escipiones, de
Sila y de Lúculo eran griegos. Con el tiempo se irían añadiendo algunos en
latín, pero serían minoría. Como los romanos habían empezado tarde a escribir,
toda su literatura junta representaba una fracción bochornosamente minúscula de
los fondos disponibles.
Imagino
que los artistas romanos de aquella época se sentirían desbordados y
empequeñecidos ante el aluvión de obras artísticas que llegaban en el equipaje
de los ávidos conquistadores. Gran parte de este botín eran apabullantes obras
maestras. Para entonces, la literatura y el arte griego tenían detrás más de
medio milenio de historia. No es fácil competir con quinientos años de
apasionada creación.
El
arrebato coleccionista romano recuerda al de los ricos capitalistas
estadounidenses, que, maravillados ante los largos siglos del arte europeo y
por un puñado de dólares, expoliaban retablos, frescos arrancados de los muros,
claustros completos, portadas de iglesias, frágiles antigüedades y lienzos de
los grandes maestros. También bibliotecas enteras. Así imaginó Scott Fitzgerald
al joven millonario Jay Gatsby. Su fortuna, procedente de oscuros contrabandos,
brillaba en una gran mansión de Long Island donde no faltaba ningún lujo ni
refinamiento. Gatsby era conocido por sus fiestas carísimas y extravagantes en
las cuales nunca participaba. En realidad, un amor infantil y conmovedor latía
detrás de sus exhibiciones de opulencia. El derroche, la luz, los bailes hasta
la madrugada, los coches llamativos y el arte europeo eran fuegos de artificio
para deslumbrar a la chica que lo abandonó años atrás, cuando aún no era lo
suficientemente rico. En el palacio que Gatsby había construido como
celebración kitsch de su ascenso social no podía faltar «una
biblioteca gótica, artesonada con roble inglés tallado, que probablemente había
sido trasladada completa desde alguna ruina situada al otro lado del mar».
La
percepción mutua de romanos y griegos se nutría de estereotipos parecidos a los
nuestros sobre estadounidenses y europeos. Pragmatismo, poder económico y
militar, frente al bagaje de una larga historia, una gran cultura y la
nostalgia de esplendores pasados. Marte y Venus. Aunque en general expresaban
un respeto recíproco, los dos tenían un repertorio de chistes y caricaturas
nacionales para reírse a espaldas del otro. Puedo imaginar a los griegos
bromeando en la intimidad sobre los legionarios brutos y descerebrados que no
eran capaces de hacer una mísera inscripción sin faltas de ortografía. Al otro
lado de la barrera, los viejos romanos conservadores también despotricaban. En
una de sus sátiras, Juvenal exclama que no puede soportar la ciudad llena de
griegos, esa chusma charlatana y parásita que ha traído consigo sus vicios
junto a su lengua, corrompiendo las costumbres y desplazando a los auténticos
ciudadanos.
En
efecto, no todo era admiración. Los procesos globalizadores siempre despiertan
reacciones contradictorias y complejas. Algunas de las voces más cáusticas de
los siglos III y II a. C. atacaron el influjo de las culturas extranjeras en
general y la griega en particular. Les molestaban las novedades que empezaban a
convertirse en peligrosas modas, como la filosofía, los lujos gastronómicos o
la depilación. El campeón de estos críticos fue Catón el Viejo, contemporáneo y
rival de Escipión el Africano, al que ridiculizaba por brincar en gimnasios
griegos y mezclarse con el populacho en los teatros sicilianos. Según este
cascarrabias oficial, las costumbres sofisticadas de los extranjeros acabarían
minando la fuerza del carácter romano. Por otro lado, sabemos que el propio
Catón enseñó griego a su hijo, y los fragmentos conservados de sus discursos
demuestran que se apresuró a estudiar los artificios de la retórica griega que
tanto denostaba en público.
Todas
estas ambivalencias de la identidad romana se reflejan en su primera
literatura. Las obras teatrales de Plauto y Terencio son ya algo más que meras
traducciones calcadas del griego. Se presentan como adaptaciones fieles que
respetan la trama de los originales helenísticos, manteniendo la ambientación
en Grecia, pero en realidad son híbridos pensados para complacer al público
ruidoso y festivo de Roma. A diferencia de la Atenas clásica, en la Urbe el
teatro tenía que competir con otras diversiones populares como los combates de
lucha libre, el funambulismo o las peleas de gladiadores. Por eso, casi todas
las comedias giraban sobre un argumento básico e infalible: «chico consigue
chica». La gente esperaba que en cada comedia apareciera el típico esclavo
astuto y embaucador que causaba mil enredos. Para agradar a todos, el final
feliz estaba garantizado. Pero, por debajo de la epidermis frívola de estas
obras romanas, había un ingrediente nuevo. A través de ellas, los espectadores
se asomaban a la complejidad cultural del nuevo y ancho mundo imperial.
La acción
de todas las comedias sucedía en Grecia y, por tanto, exigía al público ciertas
nociones de geografía lejana. En una de sus representaciones, Plauto se atrevió
a dar protagonismo a un cartaginés, que se expresa en su genuina lengua púnica
—de hecho, los lingüistas actuales encuentran allí un testimonio único para
conocer esa lengua extinta—. En otra, un par de personajes se disfrazan de
persas. En el prólogo de varias comedias, aparece un chiste recurrente sobre
las adaptaciones. Refiriéndose a su traducción, Plauto dice: «Un griego
escribió esto, y Plauto lo barbarizó». Este verso, como explica Mary Beard, era
un sofisticado guiño al público. Al escucharlo, los espectadores de origen
griego esbozaban una risita disimulada a expensas de los nuevos y bárbaros
dueños del mundo.
Entre
risas y bromas, el teatro ayudaba a comprender mejor la nueva realidad de
horizontes ensanchados. El público aprendía que las viejas tradiciones ya no
podían mantener su pureza ancestral; que, pese a las resistencias
conservadoras, la forma más inteligente de transitar por los nuevos caminos era
adaptar y adaptarse a la sabiduría del mundo que habían conquistado. La joven
literatura híbrida era la avanzadilla de una sociedad cada día más mestiza.
Roma estaba descubriendo las mecánicas de la globalización y su paradoja
esencial: también lo que adoptamos de otras partes nos hace ser quienes somos.
VI
Los
imperios jóvenes tienen apetitos simples; sencillamente, lo quieren todo.
Aspiran a la pujanza militar, al poder económico y, también, a los esplendores
del viejo mundo. Con ese afán los Escipiones trasplantaron la biblioteca real
de Macedonia a Roma y, al calor de aquellos valiosos libros, atrajeron a un
círculo de escritores griegos y latinos. Por la fuerza de las armas y del
dinero, estaban intentando desplazar los centros de gravedad de la creación
literaria. Ha sucedido muchas veces: la política redibuja los mapas culturales.
El anhelo
de apropiación de aquellos romanos ricos no se diferencia tanto, en el fondo,
del entusiasmo que llevó a la norteamericana Peggy Guggenheim a trasplantar la
pintura abstracta europea a su país en los años cuarenta del pasado siglo,
trazando nuevas geografías artísticas. Su padre, miembro de una dinastía de
magnates de las minas y fundiciones, murió en el hundimiento del Titanic. Ella
se instaló en París para vivir la bohemia desde el cómodo mirador de su
herencia millonaria. Allí comenzó su famosa colección de arte vanguardista.
Permanecía aún en París cuando sobrevino la invasión nazi de Francia. En lugar
de huir, aprovechó para comprar obras de arte como si no hubiera un mañana. Su
lema era «una pintura al día». Con el Ejército alemán irrumpiendo por el norte
del país, no faltaban vendedores. A menudo compraba a familias judías en fuga
desesperada, o directamente a los artistas, a precios de ganga. Cuando faltaban
apenas dos días para la caída de París, escondió su colección en el granero de
un amigo y huyó a Marsella, donde vivió un amorío con Max Ernst, fugitivo de un
campo de concentración. Su dinero le permitió rescatar a Ernst y a un grupo de
amigos artistas, con los que escapó rumbo a los Estados Unidos.
En Nueva
York abrió una galería donde exponía el arte de la escuela parisina. Alrededor
de esas obras y de los refugiados europeos que buscaban cobijo en la galería
neoyorquina de Peggy —Duchamp, Mondrian, Breton, Chagall y Dalí, entre otros—,
nació la vanguardia norteamericana. Los jóvenes artistas del momento pudieron
ver las obras del arte nuevo y quedaron impactados. El Gobierno estadounidense,
interesado en arrebatarle a Europa su primacía artística, había creado un
programa, el Federal Art Project, que ofrecía una paga de veintiún dólares
semanales a pintores parados para que decorasen instituciones públicas. Allí se
conocieron Pollock, Rothko o De Kooning, que se convertirían en los nuevos
protegidos de Peggy. Jackson Pollock declaró en una entrevista: «La pintura más
importante de los últimos cien años se ha realizado en Francia. Los pintores
norteamericanos, por lo general, no han acertado en absoluto con la pintura
moderna. Es muy importante que los grandes artistas europeos estén entre
nosotros». Muchas tardes, estos jóvenes pintores se reunían en el MoMA para
contemplar el Guernica de Picasso, refugiado en el museo, a
salvo de las dictaduras y las guerras de Europa. El expresionismo abstracto
norteamericano nació a la sombra de la vanguardia europea.
En mayo
de 1940, tres semanas antes de la ocupación de París, otro exiliado huyó a los
Estados Unidos en el que sería el penúltimo viaje del buque Champlain antes de
que lo hundieran. Como muchos escritores europeos perseguidos, Vladimir Nabokov
encontró asilo en las universidades norteamericanas. Él, además, se exilió
voluntariamente de su lengua, aventurándose al abismo de escribir sus libros
decisivos en inglés. Llegó a declarar que se sentía tan americano como el mes
de abril en Arizona. Al mismo tiempo, detectaba en su nuevo país el halo de
aquella Europa que las revoluciones y las guerras le habían arrebatado. En una
carta a su agente literaria, escribió: «Lo que me cautiva de la civilización
norteamericana es justamente ese toque del viejo mundo, ese aspecto anticuado
que se le adhiere pese al duro exterior brillante, a la agitada vida nocturna,
a los lavabos último modelo, las publicidades refulgentes y todo lo demás».
El cine,
inventado en Francia, también trasladó su meca a los Estado Unidos. Los
creadores de los grandes estudios del cine clásico de Hollywood fueron, en su
mayoría, emigrantes centroeuropeos, muchos de los cuales camuflaron sus nombres
y su origen bajo una pátina americana. Estos hombres de origen humilde, que
desembarcaron en Nueva York con solo un puñado de dólares cosidos al forro del
chaleco, pusieron en pie la gran industria cinematográfica que pronto atrajo a
una pléyade de directores, actores y técnicos europeos —Fritz Lang, Murnau,
Lubitsch, Chaplin, Frank Capra, Billy Wilder, Preminger, Hitchcock, Douglas
Sirk y tantos otros—. Curiosamente, John Ford, en una operación de camuflaje
inversa a la que hicieron los pioneros de los estudios, se disfrazó de europeo.
El Homero del western estadounidense, nacido en Maine,
fantaseaba con un pasado en Innisfree, una inexistente aldea irlandesa. Inventó
un relato conscientemente mítico de su historia familiar y en más de una
ocasión llegó a declarar que había venido al mundo en una casa con tejado de
paja que dominaba la bahía de Galway. Ford, patriarca del cine estadounidense,
sabía que la época dorada de Hollywood fue, en gran medida, un invento europeo.
Todos
estos ejemplos —a los que se podrían añadir los nombres de filósofos como
Hannah Arendt, científicos como Einstein o Bohr, o escritores españoles
emigrados con la dictadura, como Juan Ramón Jiménez o Sender— evidencian que, a
mediados del siglo XX, gracias a un esfuerzo muy calculado de acogida y gasto,
el epicentro del arte y el saber cambió de continente. En la Antigüedad
grecolatina, el trasvase cultural sucedió en condiciones más despiadadas. No
hubo sueño romano, ni galerías de arte ni universidades ávidas de albergar el
talento extranjero, sino que un enorme número de intelectuales y artistas
griegos desembarcaron en la Urbe para ser vendidos como esclavos.
§ 3. El
umbral invisible de la esclavitud
VII
La
esclavitud era, para griegos y romanos, el monstruo que acechaba bajo la cama,
el terror que siempre reptaba cerca. Nadie podía vivir totalmente seguro de que
nunca sería esclavizado, sin importar lo rico y aristocrático que fuese su
linaje. Había muchas puertas abiertas al infierno, incluso para los nacidos
libres. Si tu ciudad o tu país eran golpeados por la guerra —una experiencia
casi cotidiana durante la Antigüedad—, la derrota te convertía en botín del
ejército victorioso. Vae victis («¡Ay de los vencidos!») era
una descriptiva máxima latina. Las leyendas más antiguas dejaban claro que no
habría compasión con la que hoy llamamos «población civil». En Las
troyanas, de Eurípides paseamos entre las cenizas humeantes de Troya y la
desolación de su reina y sus princesas, sorteadas entre los generales
invasores. La víspera todavía vestían trajes lujosos y se las recibía entre
reverencias. Tras una noche de matanzas y conquista, los griegos las arrastran
del pelo, se las reparten y las violan.
Si
viajando por mar te atacaban los piratas —un término comodín para todo tipo de
enemigos o malhechores provistos de barco—, tenías pocas posibilidades de
escapar a la esclavitud.
Si
alguien te secuestraba en tierra firme, probablemente no pediría rescate a tu
familia. Resultaba más rápido y menos peligroso venderte a un tratante. Ese
cruel comercio de gentes arrancadas de sus hogares libres se convirtió en un
negocio muy lucrativo, con el que se podía hacer dinero rápido. Las comedias de
Plauto sacan a escena a menudo a niños raptados, a hermanos separados, a padres
que han envejecido buscando a sus hijos desaparecidos y los encuentran
convertidos en siervos o prostitutas al servicio del villano de turno.
Si
atravesabas una mala racha económica, tus acreedores podían venderte como
último recurso para cobrar sus deudas.
Si un
personaje poderoso quería vengarse de ti, podía elegir entre matarte o, si era
todavía más cruel, entregarte a un traficante. El mismísimo filósofo Platón
sufrió esa suerte en su propio pellejo. Cuentan que, durante su estancia en
Sicilia, enfureció al tirano Dionisio con una resabiada observación sobre su
forma de gobernar y su ignorancia. Dionisio pretendía ejecutarlo, pero su
cuñado Dion, discípulo del filósofo, insistió en que se le perdonase la vida.
Como su insolencia merecía un castigo, lo llevaron a la isla de Egina para
venderlo en el animado bazar de esclavos. Por suerte para él, la historia tuvo
un final feliz. Lo compró un colega filósofo —partidario de otra escuela de
pensamiento antagónica a la de Platón, aunque no de un modo demasiado encarnizado—
y lo dejó marchar, escaldado pero libre, de regreso a su casa ateniense.
Según la
ley romana, los esclavos eran propiedad de sus amos y no tenían personalidad
legal. Podían sufrir castigos corporales y, de hecho, muchos eran azotados con
frecuencia, para mantener la disciplina o como mero desahogo. El comprador
estaba en su derecho si decidía separarlos de sus hijos, acostarse con ellos,
venderlos, apalearlos o ejecutarlos sumariamente. Estaba permitido sacarles
partido económico de cualquier forma, incluyendo las luchas de gladiadores o la
explotación sexual —la mayoría de las prostitutas eran esclavas—. En los
juicios, el testimonio de un esclavo solo tenía validez si se había obtenido
bajo tortura.
Hachazo.
Abismo. Calvario. ¿Cómo describir el doloroso cambio de vida de todos aquellos
ciudadanos libres sometidos a la esclavitud por culpa de un azar, una deuda,
una derrota o un tráfico despiadado? Personas con vidas pacíficas, laboriosas,
incluso felices, eran arrancadas con extrema violencia del cobijo de sus
esperanzas y sus derechos, para arrojarlas a la intemperie radical de
convertirse en propiedades humanas. La película 12 años de esclavitud retrata
un contexto similar, muchos siglos después, en las plantaciones
norteamericanas. Encadenado a oscuras en un sótano, Solomon Northup intenta
recomponer el rompecabezas de su memoria. A medida que los recuerdos emergen en
el caos de su mente aturdida, este hombre negro nacido en libertad, culto,
violinista, que vivía con su mujer y sus dos hijos en el estado de Nueva York,
comprende que lo han engañado, drogado y secuestrado para venderlo como
esclavo. Busca en vano sus documentos, única prueba de su condición libre.
Encarcelado en el subsuelo de Washington, a la sombra del Capitolio, Solomon
inicia su aprendizaje del dolor. Sus carceleros emprenden la doma del rebelde:
palizas, latigazos, raciones insuficientes de comida, suciedad, ropa apestosa.
Una noche lo embarcan clandestinamente hacia el sur y allí lo entregan a un
tratante de Luisiana. Perderá una década de su juventud recolectando algodón en
las plantaciones de diversos amos sureños, que lo maltrataban constantemente
para doblegarlo, sin noticias de sus seres queridos. El film, basado en un personaje
real, describe la odisea de un individuo atónito e indefenso —como cualquiera
de nosotros, si nos arrebatasen todo auxilio posible, todo el amparo de las
leyes— a quien intentan deshumanizar a través del miedo.
En el
mundo antiguo, muchas personas atravesaron a la fuerza ese umbral invisible
donde perdían su condición de seres libres para convertirse en mercancías.
Durante
doscientos años, llegaron a Roma cantidades gigantescas de estos esclavos
griegos, resultado de las victorias sobre los reinos helenísticos de Macedonia,
la Grecia continental, Turquía, Siria, Persia o Egipto. La irrupción de los
conquistadores romanos desencadenó un largo periodo de violencia y caos en el
Mediterráneo oriental, creando las condiciones propicias para la captura masiva
de esclavos. El mar estaba plagado de piratas. Los ejércitos marchaban a través
de extensos territorios, ensombreciendo el horizonte con su presencia
amenazadora. Ciudades y estados enteros caían en el abismo de las deudas a
causa de los despiadados tributos que imponían los romanos. Las cifras son
estremecedoras. A mediados del siglo I a. C. debía de haber alrededor de dos
millones de esclavos en Italia, que rondarían el 20 por ciento del censo.
Cuando en la primera época imperial alguien tuvo la brillante idea de
obligarles a llevar uniforme, el senado rechazó la medida con espanto —nadie
deseaba que la población esclava se percatase de lo numerosa que era—.
Los
griegos no fueron el único pueblo que esclavizaron los romanos, también una
multitud de hispanos, galos y cartagineses, entre otros, cayeron en la
servidumbre. La peculiaridad de los cautivos griegos consistía en que muchos de
ellos eran más cultos que sus amos. Las profesiones de prestigio que hoy
practican los hijos de las clases medias y altas fueron en Roma territorio de
esclavos. Para nuestra sorpresa, los médicos, banqueros, administradores,
notarios, asesores fiscales, burócratas y profesores de aquella época eran a
menudo griegos privados de libertad. Los nobles romanos con aspiraciones
culturales podían acudir una mañana cualquiera a los mercados bien abastecidos
de la capital para comprarse un intelectual griego a su gusto, que educaría a
sus hijos, o simplemente les otorgaría el prestigio de tener un filósofo de
guardia en casa. Fuera de los hogares, la mayoría de los maestros de escuela
eran también esclavos o libertos griegos. Todo el trabajo de cuello blanco y de
escritorio era su especialidad. Además, sostenían la administración del Imperio
y su sistema legal.
Cicerón
deja entrever en sus cartas que era propietario de unos veinte esclavos de este
tipo, entre secretarios, empleados, bibliotecarios, amanuenses, «lectores» —que
leían libros o documentos en voz alta para comodidad de su amo—, asistentes,
contables y chicos de los recados. El famoso orador poseía varias bibliotecas,
una en su casa de la capital y otras repartidas por sus numerosas propiedades
rurales. Necesitaba personal muy cualificado para gestionar tanto esas
colecciones como su propia obra. Sus esclavos se ocupaban de las tareas
cotidianas: devolver los rollos a sus estantes respectivos, reparar los
volúmenes dañados y llevar al día el catálogo. Escribir con hermosa caligrafía
era una parte esencial de su trabajo. Si los amigos del amo le prestaban libros
en los que él estaba interesado, ellos realizaban copias a mano de todas las
obras, por extensas que fueran. En cuanto el jefe terminaba de redactar un
nuevo ensayo o discurso, tenían que elaborar a toda prisa una tirada manuscrita
que el ufano autor repartía entre sus amigos y colegas. Se trataba de una tarea
ardua (Cicerón era un autor muy engreído, muy prolífico y con muchos amigos).
Para la
organización general de su biblioteca no le bastó su personal ordinario.
Enamorado de sus libros, quiso hacerse con los servicios de un experto.
Recurrió entonces a Tiranión, uno de esos muchos estudiosos griegos arrancados
de su patria para ser vendidos como esclavos. A pesar de su duro destino, el
escritor cautivo destacaba por su carácter amable. Anteriormente ya se había
labrado una gran reputación ordenando la famosa biblioteca de Sila según el
modelo de Alejandría. Cicerón escribe a un amigo: «Cuando vengas, podrás ver la
maravillosa organización que ha realizado Tiranión de mis libros en la
biblioteca». Pero no todos los esclavos ilustrados de Cicerón fueron tan
dóciles, ni le dieron tantas alegrías. En el otoño del año 46 a. C., el orador
escribió una carta a su amigo el gobernador de Iliria (un territorio que hoy
forma parte de Albania, Croacia, Serbia, Bosnia y Montenegro). Estaba irritado
y decepcionado. Su bibliotecario jefe, un esclavo llamado Dionisio, había
estado robándole libros para venderlos y, cuando por fin fue descubierto e iba
a recibir su merecido, puso pies en polvorosa. Un conocido creía haberlo visto
en Iliria. Cicerón ruega a su amigo, general de los ejércitos destacados en la
zona, que le haga el insignificante favor —una menudencia— de atraparlo y
traérselo de regreso. Pero, para disgusto de Cicerón, los ladrones de libros no
eran una de las prioridades del gobernador romano en la provincia, y las
legiones romanas no se movilizaron para atrapar al fugitivo.
La
historia de los libros en Roma tiene como protagonistas a los esclavos.
Participaban en todas las facetas de la producción de obras literarias, desde
enseñar a escribir hasta elaborar las copias. Llama la atención el contraste
entre la muchedumbre de esclavos griegos ilustrados y el analfabetismo
obligatorio de civilizaciones posteriores. En los Estados Unidos, hasta la
derrota de la Confederación, en 1865, era ilegal en muchos estados del sur que
los esclavos aprendieran a leer o a escribir, y los siervos capaces de hacerlo
eran considerados una amenaza para la continuidad del sistema esclavista.
Daniel Doc Dowdy, un hombre negro que nació siendo esclavo en 1856, describió
los terribles castigos reservados a los infractores de esa ley: «La primera vez
que te pillaban tratando de leer o escribir te azotaban con una correa de
cuero, la segunda con un látigo de siete colas y la tercera te cortaban la
primera falange del dedo índice». A pesar de todo, algunos esclavos analfabetos
se empeñaron en aprender a leer, desafiando a sus amos y arriesgando la vida.
La tarea, debido a la prohibición, les llevaba varios años, en paciencia y
secreto. Los relatos de esos aprendizajes son muchos y heroicos. Belle Myers,
entrevistada en los años treinta del siglo XX, explicó que había aprendido las
letras mientras cuidaba al bebé del propietario, que jugaba con un rompecabezas
alfabético. El dueño, sospechando las intenciones de su esclava, le propinó
varios puntapiés preventivos. Sin embargo, Belle perseveró, estudiando a escondidas
las letras del rompecabezas y unas pocas palabras de una cartilla infantil. «Un
día encontré un libro de himnos y deletreé: “Cuando Leo Con Claridad Mi
Nombre”. Me sentí tan feliz que corrí a contárselo a los demás esclavos».
En 12
años de esclavitud, Solomon debe ocultar a toda costa que sabe leer y
escribir si quiere evitar las salvajes palizas. Su tragedia consiste en que, al
mismo tiempo, está obsesionado con hacer llegar una carta a su familia
neoyorquina en la que les explique dónde encontrarlo, para que lo rescaten de
ese infierno de hambre, explotación y brutalidad. Durante años aprovecha
cualquier mínima ocasión para ir robando pequeños pedazos de papel a sus amos
y, cuando ha conseguido suficientes, fabrica en la clandestinidad de la noche
una tosca pluma y un sucedáneo de tinta con jugo de moras. Los mensajes
prohibidos que consigue redactar con esfuerzo y enorme peligro representan su
única y endeble esperanza de llegar a recuperar algún día su vida anterior de
hombre libre. En su Historia de la lectura, Alberto Manguel
escribe: «Por todo el Sur de Estados Unidos, era frecuente que los propietarios
de las plantaciones ahorcasen a cualquier esclavo que tratase de enseñar a
otros a deletrear. Los dueños de esclavos (como los dictadores, los tiranos,
los monarcas absolutos y otros ilícitos detentadores del poder) creían
firmemente en la fuerza de la palabra escrita. Sabían que la lectura es una
fuerza que requiere apenas unas pocas palabras para resultar aplastante. Alguien
que es capaz de leer una frase es capaz de leerlo todo; una multitud analfabeta
es más fácil de gobernar. Dado que el arte de leer no puede desaprenderse una
vez que se ha adquirido, el mejor recurso es limitarlo. Por todos esos motivos
había que prohibir la lectura».
En
cambio, los habitantes de la civilización grecolatina consideraban apropiado
que sus esclavos se encargasen de los trabajos de copia, escritura y
documentación, por razones que hoy resultan, cuando menos, sorprendentes.
Como ya
he explicado, la lectura antigua no era el acto mudo que hoy practicamos. Salvo
llamativas excepciones, entonces se leía siempre en voz alta, incluso en
privado. A ojos de los antiguos, la operación de hacer sonoras las letras
escritas encerraba un hechizo inquietante. Las más antiguas creencias enseñaban
que el aliento era la sede del espíritu de una persona. En las inscripciones
funerarias tempranas, los muertos rogaban al paseante: «préstame tu voz», para
revivir y anunciar quién yacía en el sepulcro. Los griegos y romanos creían que
todo texto escrito necesita apropiarse de una voz viva con el fin de
completarse y alcanzar su plenitud. Por eso, el lector que paseaba su mirada
por las palabras y empezaba a leerlas sufría una especie de posesión espiritual
y vocal: su laringe era invadida por el aliento del escritor. La voz del lector
se sometía, se unía a lo escrito. El escritor, aun después de su muerte,
utilizaba a otros individuos como instrumento vocal, es decir, los ponía a su
servicio. Ser leído en voz alta significaba ejercer un poder sobre el lector,
incluso a través de las distancias del espacio y el tiempo. Por eso —pensaban
los antiguos—, resultaba adecuado que los profesionales de la lectura y la
escritura fuesen esclavos. Porque su función era precisamente servir y
someterse.
En
contrapartida, el amor de los hombres libres por la lectura se veía con cierto
recelo. Solo quedaban a salvo los oyentes de un texto, los que escuchaban leer
a otra persona sin someter su voz a lo escrito. Quienes, como Cicerón,
disponían de esclavos lectores. Esos servidores, poseídos por el libro, dejaban
de pertenecerse a sí mismos durante el instante de la lectura. Ponían en su
boca un «yo» que no era suyo. Eran meros instrumentos de una música ajena.
Curiosamente, las metáforas utilizadas para esta actividad en la obra de Platón
y otros autores hasta Catulo son las mismas que se usaban para designar la
prostitución o para el compañero pasivo en las relaciones sexuales. El lector
es sodomizado por el texto. Leer uno mismo es prestar el cuerpo a un escritor
desconocido, un acto audazmente promiscuo. No se consideraba del todo
incompatible con el rango de ciudadano, pero los bienpensantes de la época
proclamaban que debía practicarse con cierta moderación, para que no se
convirtiese en vicio.
§ 4. En
el principio fueron los árboles
VIII
Los
libros son hijos de los árboles, que fueron el primer hogar de nuestra especie
y, tal vez, el más antiguo recipiente de nuestras palabras escritas. La
etimología de la palabra encierra un viejo relato sobre los orígenes. En
latín, liber, que significaba «libro», originariamente daba nombre
a la corteza del árbol o, para ser más exactos, a la película fibrosa que
separa la corteza de la madera del tronco. Plinio el Viejo afirma que los
romanos escribían sobre cortezas antes de conocer los rollos egipcios. Durante
muchos siglos, diversos materiales —el papiro, el pergamino— desplazarían a
aquellas antiguas páginas de madera, pero, en un viaje de ida y vuelta, con el
triunfo del papel, los libros volvieron a nacer de los árboles.
Como ya
he explicado, los griegos llamaban biblíon al libro,
rememorando la ciudad fenicia de Biblos, famosa por la exportación de papiros.
En nuestra época, el uso del término, en su evolución, ha quedado reducido al
título de una sola obra, la Biblia. Para los romanos, liber no
evocaba ciudades ni rutas comerciales, sino el misterio del bosque donde sus
antepasados empezaron a escribir, entre los susurros del viento en las hojas.
También los nombres germánicos —book, Buch, boek— descienden de una
palabra arbórea: el haya de tronco blanquecino.
En latín,
el término que significaba «libro» sonaba casi igual que el adjetivo que
significaba «libre», aunque las raíces indoeuropeas de ambos vocablos tenían
orígenes distintos. Muchas lenguas romances, como el español, el francés, el
italiano o el portugués, han heredado el azar de esa semejanza fonética, que
invita al juego de palabras, identificando la lectura y la libertad. Para los
ilustrados de todas las épocas, son dos pasiones que siempre acaban por
confluir.
Aunque
hoy hemos aprendido a escribir con luz sobre pantallas de cristal líquido o de
plasma, todavía sentimos la llamada originaria de los árboles. En sus cortezas
estamos redactando un disperso inventario amoroso de la humanidad. Antonio
Machado, en sus paseos por los Campos de Castilla, solía detenerse
junto al río para leer algunas líneas de ese libro de los amantes:
He vuelto
a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria (…).
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
Cuando un
adolescente traza a punta de navaja unas iniciales en la corteza plateada de un
álamo, reproduce, sin saberlo, un gesto muy antiguo. Calímaco, el bibliotecario
de Alejandría, ya menciona en el siglo III a. C. un mensaje amoroso en un
árbol. No es el único. Un personaje de Virgilio imagina cómo la corteza, con el
paso de los años, ensanchará y corroerá su nombre y el de ella: «Y grabar mis
amores en los jóvenes árboles; crecerán los árboles y con ellos creceréis
vosotros, amores míos». Quizá la costumbre, todavía viva, de tatuar letras en
la piel de un tronco para conservar el recuerdo de alguien que vivió y amó fue
uno de los episodios más tempranos de la escritura en Europa. Tal vez a orillas
de un río que corre y pasa y sueña, como decía Machado, los antiguos griegos y
romanos escribieron los primeros pensamientos y las primeras palabras de amor.
Quién sabe cuántos de esos árboles terminarían convertidos en libros.
§ 5.
Escritores pobres, lectores ricos
IX
El acceso
a los libros en el mundo romano era, sobre todo, una cuestión de contactos. Los
antiguos forjaron su peculiar versión de la sociedad del conocimiento, basada
en quién conocía a quién.
La
literatura antigua nunca llegó a crear un mercado ni una industria tal como hoy
los entendemos, y el engranaje de circulación libraria siempre funcionó gracias
a una combinación de amistades y copistas. Durante la época de las bibliotecas
privadas, cuando un individuo rico deseaba un libro antiguo, lo pedía prestado
a un amigo —si algún amigo suyo lo tenía— y ordenaba copiarlo a un empleado, a
veces un esclavo propio, o a veces el esforzado amanuense de algún taller. A
las novedades contemporáneas se llegaba por la vía del obsequio. En aquellos
tiempos, en que no había editoriales, cuando un autor daba su libro por
concluido encargaba un determinado número de copias y empezaba a regalarlas a
diestro y siniestro. La suerte de su obra dependía del perímetro y la
importancia de su círculo de conocidos, colegas y clientes dispuestos a leerla,
por afecto y sobre todo por compromiso. Nos cuentan que un rico orador llamado
Régulo hizo realizar mil copias del espantoso texto que había escrito sobre su
hijo muerto —Plinio comenta venenosamente que más parecía un libro escrito por
un niño que sobre un niño— y las envió a sus conocidos por toda Italia y las
provincias. Además, se puso en contacto con varios decuriones de las legiones
romanas, pagándoles para que eligiesen entre sus filas a los soldados con mejor
voz y organizasen lecturas públicas de la obra —una especie de presentaciones—
en diversas regiones del imperio. Promocionar y difundir la literatura corría a
cargo del escritor —si se lo podía permitir, como Régulo— o de sus
aristocráticos protectores —cuando era un forastero desharrapado, como solía
suceder—.
Había,
claro está, personas que deseaban leer un libro recién publicado pero no
conocían personalmente al escritor y, por tanto, no estaban en sus listas de
reparto. En esos casos, solo quedaba recurrir a alguien que sí estuviera en el
circuito, y encargar una copia de su ejemplar. En cuanto el escritor empezaba a
«distribuir» una nueva obra, el libro se consideraba ya del dominio público, y
cualquiera podía reproducirlo. El verbo latino que hoy traducimos como «editar»
—edere— tenía en realidad un significado más próximo a «donación» o
«abandono». Implicaba dejar la obra a su suerte. No existía nada remotamente
parecido a los derechos de autor o el copyright. En toda la cadena
del libro, solo recibía un pago directo a tanto por línea quien realizaba la
copia (suponiendo que no fuera un esclavo doméstico), al igual que hoy nos
cobran por página cuando hacemos fotocopias.
El doctor
Johnson, gran ilustrado inglés, decía que nadie, salvo un cabeza de alcornoque,
ha escrito jamás por otra razón que no fuera el dinero. Ignoramos de qué
material estaban formadas las cabezas de los escritores antiguos, pero todos
ellos sabían de entrada que no existía la más mínima esperanza de hacer dinero
a través de la venta de volúmenes. En el siglo I, el humorista Marcial se
quejaba: «Mis páginas solo gustan gratis». Desde su llegada a Roma, el
bilbilitano había comprobado en sus propias carnes que la profesión literaria
no era rentable, ni siquiera para un autor de éxito. Cuenta que cierta vez un
desconocido ricachón lo abordó por la calle, señalándole con el dedo y con la
mirada, como hacen hoy los cazadores de selfis con famosos: «¿No eres tú, sí,
tú, ese Marcial cuyas maldades y chistes conoce todo el mundo?», le dijo. Y a
continuación añadió: «¿Y por qué llevas un abrigo tan raído?». «Porque soy un
mal escritor», respondió Marcial, con una retranca que anticipaba el futuro
humor somarda aragonés.
¿Qué
perseguía alguien como Cicerón al publicar sus discursos y ensayos? Expandir
sus ambiciones sociales y políticas, aumentar su fama y su influencia; fabricar
una imagen pública a la medida de sus intereses; asegurarse de que sus amigos
—y enemigos— conocían sus éxitos. Algo parecido buscaban los mecenas que
mantenían económicamente a brillantes escritores pobres: gloria, lucimiento,
adulación. Los libros servían, sobre todo, para crear o afianzar el prestigio
de ciertas personas. La literatura circulaba libre y voluntariamente, en
calidad de regalo o préstamo personal, de unas manos a otras, entre individuos
interesados, ayudando a demarcar un pequeño grupo de élite cultural, una
comunidad íntima de gente rica donde se admitía, por su talento, a algunos
protegidos de origen humilde o esclavo. A la intemperie, sin relaciones
poderosas, tanto los lectores como los escritores se enfrentaban a una
imposible supervivencia.
Tras el
origen forastero y servil de la cultura literaria, tímidamente habían empezado
a surgir algunos escritores autóctonos, pero a condición de escribir en prosa
sobre asuntos respetables como historia, guerra, derecho, agricultura o moral.
Cicerón y César fueron las dos figuras más conocidas en esa primera cosecha
republicana de autores romanos de buena familia. Frente a los poetas esclavos
traídos del mundo griego, ellos eran ciudadanos que, además, escribían. Y lo
hacían sobre temas serios. Al extranjero no se le habría permitido escribir
sobre leyes o tradiciones patrias, pero tampoco estaba bien visto que un romano
de buena familia dedicara su tiempo a la poesía —como a muchas personas en
nuestros tiempos les parecería fuera de lugar que el jefe del Estado escribiese
letras de canciones pop—.
Por eso,
durante mucho tiempo existieron dos literaturas paralelas y contemporáneas. Por
una parte, los versos que los esclavos o libertos griegos componían para
agradar a sus cultos protectores aristocráticos, y, por otra, la obra diletante
—siempre en prosa— de los ciudadanos respetables. «La poesía no está en un
lugar de honor y si alguien se consagra a ella lo llaman pordiosero», escribió
Catón el Viejo. Desde entonces, los titiriteros, músicos y artistas han
mantenido esta fama de gentes de baja estofa, de Caravaggio a Van Gogh; de
Shakespeare y Cervantes a Genet.
En Roma,
los ciudadanos de pleno derecho podían dedicarse a actividades artísticas y
literarias si lo deseaban, siempre que fueran ocasionales y, sobre todo,
desinteresadas. En cambio, pretender ganarse la vida con las letras era un afán
poco decoroso para la gente de bien. Cuando los conocimientos se mezclaban con
el ánimo de lucro, quedaban inmediatamente desprestigiados. Ya he dicho que
hasta los oficios intelectuales de mayor sabiduría, como la arquitectura, la
medicina o la enseñanza, eran propios de clases bajas. Los maestros de la
escuela antigua, en su mayoría esclavos o libertos, ejercían una tarea humilde
y menospreciada. «Tenía orígenes oscuros», comenta Tácito de un individuo —un
advenedizo— que había empezado su carrera ejerciendo ese oficio plebeyo. Los
patricios y aristócratas valoraban el saber y la cultura, pero despreciaban la
docencia. Se daba la paradoja de que era innoble enseñar lo que era honorable
aprender.
Quién nos
iba a decir que en tiempos de la gran Revolución Digital volvería a tomar
fuerza la antigua idea aristocrática de la cultura como pasatiempo de
aficionados. El viejo estribillo suena otra vez, repitiendo que si escritores,
dramaturgos, músicos, actores, cineastas quieren comer deberían buscarse un
oficio serio y dejar el arte para los ratos libres. En el nuevo marco
neoliberal y el mundo en red —curiosamente, como en la Roma patricia y
esclavista—, el trabajo creativo se reclama que sea gratuito.
X
En ese
universo de riqueza y alta sociedad donde la cultura empezó a arraigar, también
había mujeres que coleccionaban libros. Gracias a las cartas de Cicerón
conocemos a Caerellia, ávida lectora y propietaria de una biblioteca
filosófica. Resulta que esa rica dama patricia consiguió, de alguna manera —tal
vez recurriendo al soborno—, una copia pirata del tratado ciceroniano Sobre
el supremo bien y el supremo mal, antes de que el autor pusiera
oficialmente el libro en circulación. «Sin duda Caerellia rebosa un encendido
entusiasmo por la filosofía», escribió un irritado Cicerón con tono sarcástico.
El caso
de esta lectora impaciente no fue una excepción. En las familias romanas de
alto rango era frecuente encontrar mujeres muy cultas. En el siglo II a. C.,
Cornelia, madre de los Gracos, dirigía en persona los estudios de sus hijos y
se preocupaba por elegir para ellos a los maestros mejor preparados. Además,
era la anfitriona de unas reuniones literarias que anticipan el salón francés
de Madame de Staël, donde se reunían los políticos y escritores de la época.
Sempronia, madre de aquel Bruto que asesinó a César, amaba la lectura, tanto en
latín como en griego. Cicerón describe a su hija Tulia como doctissima.
Una de las varias esposas —no simultáneas— de Pompeyo era muy aficionada a la
literatura, la geografía y la música de la lira. Además, como Caerellia,
«asistía con gusto a las discusiones filosóficas».
Los
aristócratas romanos solían dar educación a sus hijas. En general no las
llevaban a la escuela, sino que preferían los preceptores privados en casa para
mantener vigilada la castidad de las niñas. A los antiguos siempre les
preocuparon los peligros de la calle para sus nobles cachorros. En un mundo
donde la pederastia flotaba en el ambiente, todas las precauciones eran pocas.
Por eso las familias nobles reservaban un esclavo para escoltar a los pequeños
en sus trayectos cotidianos hasta el colegio —lo llamaban «pedagogo», paedagogus,
que en origen significaba solo «acompañante del niño»—. Sin embargo, la
solución doméstica también entrañaba sus peligros. Las relaciones entre un
célebre maestro llamado Quinto Cecilio Epirota y la hija de su amo, a la que
daba clases, despertaron un mar de murmuraciones en el siglo I a. C., y
acabaron con el exilio del liberto libertino.
A las
mujeres les estaban vedados los últimos peldaños del conocimiento: la educación
superior era un coto cerrado masculino. Tampoco les permitían, como a los
chicos, cursar un año de estudios en Atenas o Rodas, lo que venía a ser la beca
Erasmus de aquel tiempo. Las chicas de buena familia no acudían a las clases de
retórica, ni viajaban a Grecia para mejorar el idioma, ni hacían turismo en la
Acrópolis, ni saboreaban la libertad lejos de sus padres. Mientras sus hermanos
estaban admirando las estatuas griegas y disfrutando el amor griego, las
adolescentes, a las que casaban muy jóvenes con hombres ya maduros, andaban a
la caza de marido. Los antiguos pensaban que el matrimonio era para las mujeres
lo que la guerra para los varones: el cumplimiento de su auténtica naturaleza.
A lo
largo de los siglos encontramos huellas de un debate acalorado sobre las
ventajas y peligros de enseñar las letras a las chicas. La vida nocturna tuvo
una importancia decisiva en esta controversia. Los griegos dejaban a las
mujeres en casa e iban solos a los banquetes, donde les agasajaban hasta la
madrugada hetairas contratadas. Las romanas, en cambio, asistían a las cenas
fuera de sus mansiones, y por eso era importante para sus maridos que supieran
mantener diálogos inteligentes con los demás comensales. Por este motivo, en
los hogares aristocráticos romanos era posible encontrar mujeres orgullosas de
su ingenio, su conversación y sus conocimientos.
Encontramos
un reflejo ácido y caricaturizado de aquellas damas cultas en las sátiras de
Juvenal. A finales del siglo I, el poeta cómico se lanzó a escribir unos versos
que, según decía él mismo, nacían de la indignación. Era un humorista gruñón y
reaccionario invadido por la nostalgia de un pasado inexistente. No es casual
que conservemos tantos manuscritos medievales de sus Sátiras, pues
los monjes adoraban sus apabullantes denuncias de la depravación humana —un
material insuperable para sermones edificantes—. En uno de sus poemas, Juvenal
advierte a los hombres de los tormentos del matrimonio. Presenta un catálogo de
«maldades» femeninas: su lujuria con los gladiadores, sus infidelidades con
extranjeros piojosos —«serás padre de un etíope, pronto llenará tu testamento
un heredero negro que no podrás ver jamás a la luz del día»—, sus gastos
extravagantes, su crueldad con los esclavos, sus supersticiones, su descaro, su
mal humor, los celos… y la cultura («Es una pesada la mujer que al empezar la
cena cita a Virgilio y lo coloca en la balanza con Homero. Se retiran los
maestros, quedan derrotados los profesores, todos callan, ni el abogado ni el
pregonero dirán ni palabra. Aborrezco a la marisabidilla que repasa y memoriza
la gramática, manteniendo siempre las reglas y la norma del lenguaje, y que
sabe versos que yo ignoro y corrige a la cateta de su amiga expresiones de las
que ningún marido se preocupa»).
El
estallido misógino de esta sátira es tan virulento que algunos especialistas
dudan si de verdad Juvenal era un carca vociferante o si daba voz a los
argumentos más extremistas para ridiculizarlos. Resulta casi imposible juzgar
la seriedad o la ironía de un texto en la distancia de veinte siglos. En todo
caso, el humor de Juvenal no habría triunfado si no hubiera ingredientes
verídicos tras la burla. Es indudable que, a comienzos de nuestra era, el
placer de la lectura había anidado en muchas mujeres romanas. Y algunas de
ellas, enamoradas de la literatura y el lenguaje, eran capaces de poner en
aprietos a sus maridos. Por primera vez hubo en las familias nobles madres e
hijas ilustradas que conversaban, leían, conocían la libertad de los libros y
sabían utilizar el poder indestructible —«como un dios o como un diamante»— de
la palabra.
XI
¿Quién
aprendía a leer y poseía libros en la civilización romana? Nada demuestra la
existencia de algo remotamente parecido a la educación universal en la
Antigüedad. Solo en la Edad Moderna, hace muy poco tiempo, algunos países han
logrado una alfabetización generalizada, y no ha ocurrido de forma espontánea,
sino que ha sido necesario un gran esfuerzo colectivo. Los romanos nunca
intentaron universalizar las letras, ni crearon una escuela pública. La
educación era voluntaria, no obligatoria. Y cara. Es difícil reconstruir el
grado de alfabetización de la época, que oscila desde aquellos que escribían a
duras penas su nombre hasta los que devoraban la enrevesada prosa de Tácito.
Las destrezas de escritura y lectura no eran uniformes entre hombres y mujeres,
ni entre regiones rurales y urbanas. Los expertos son en general cautos y vagos
en sus conjeturas. El historiador W. V. Harris se atreve a ofrecer cifras
precisas para la población de Pompeya, que quedó sepultada por la lava del
Vesubio en el siglo I y donde se han podido estudiar en detalle los miles de
grafitis y pintadas de las paredes —mensajes de gente corriente, como el
anuncio del alquiler de una casa, declaraciones de amor, objetos perdidos,
insultos y obscenidades varias parecidas a las que encontramos en las puertas
de nuestros baños públicos, tarifas de putas, un hincha que anima a su
gladiador favorito…—. Según Harris, en aquella ciudad habrían estado en
condiciones de leer y escribir menos del 60 por ciento de los hombres y menos
del 20 por ciento de las mujeres; en total, no más de dos o tres mil
pompeyanos. Aunque esas cifras puedan parecernos pobres, revelan un nivel de
educación nunca antes alcanzado, y un acceso a la cultura más abierto que en
ninguna época anterior.
La vida
de los niños de la clase privilegiada daba un vuelco cuando cumplían siete
años. A esa edad abandonaban el cobijo de su casa, donde su madre los educaba y
algún esclavo griego les enseñaba su lengua —como la institutriz extranjera de
las novelas decimonónicas—. Acabada la época del aprendizaje hogareño, debían
afrontar una experiencia dura, incluso violenta. Hasta los once o doce años
iban a padecer la didáctica obsesiva y monótona de la escuela primaria. Se
insistía machaconamente en cada fase —las letras, las sílabas, los textos—, sin
intentar atrapar la curiosidad del estudiante, con una absoluta indiferencia
hacia la psicología infantil. Como en Grecia, el método era pasivo: la memoria
y la imitación eran los talentos más valorados.
Además,
el maestro no solía hacer agradable el aprendizaje. Para todos los escritores
antiguos, el recuerdo de la escuela está asociado a los golpes y el terror. En
el siglo IV, el poeta Ausonio envió una carta a su nieto para animarlo a
empezar sin miedo su nueva vida de colegial: «Ver a un maestro no es una cosa
tan espantosa», le decía. «Aunque tenga una voz desagradable y amenace con
ásperos regaños arrugando la frente, te acostumbrarás a él. No te asustes si en
la escuela resuenan muchos golpes de fusta. Que no te perturbe el griterío
cuando el mango de la vara vibre y vuestros banquitos se muevan por los
temblores y el miedo». Supongo que estas palabras presuntamente
tranquilizadoras le provocarían más de una pesadilla al pobre niño. Agustín de
Hipona, que no olvidó jamás sus sufrimientos de colegial, escribió a los
setenta y dos años: «¡Quién no retrocedería horrorizado y preferiría perecer si
le dieran a elegir entre la muerte o volver a la infancia!».
El oficio
de los maestros de primaria se denominaba en latín litterator, es
decir, «el que enseña las letras». Aquellos pobres diablos, en general severos,
desabridos y mal pagados —no debe asombrarnos que muchos cayeran en el
pluriempleo—, han legado su nombre a la «literatura», otra profesión propensa a
las penurias. Tampoco los establecimientos donde impartían sus clases eran
precisamente monumentales: locales de alquiler barato, a veces simples pórticos
separados de los ruidos de la calle y de los curiosos por delgadas cortinas de
tela. Los alumnos se sentaban en sencillos taburetes sin respaldo y escribían
sobre sus propias rodillas, pues no había mesas. Horacio los describe camino a
la escuela «cargando en su brazo izquierdo la cajita con las piedras para hacer
las cuentas y la tablilla para escribir». Ese fue el contenido de las primeras
mochilas infantiles.
Los niños
necesitaban materiales baratos de escritura para sus tareas escolares, los
dictados, las prácticas de caligrafía, los borradores. Como el papiro era una
mercancía lujosa, las tablillas enceradas fueron, desde los romanos, el soporte
de la escritura cotidiana e íntima de la infancia. En ellas aprendían a leer y
en ellas plasmaban sus éxitos, sus amores, sus recuerdos. En general eran
simples piezas lisas de madera o metal con un ligero vaciado, donde recibían un
revestimiento de cera de abejas mezclada con resina. Sobre esa capa blanda se
trazaban las letras con un estilete afilado de hierro o hueso. Por el otro
extremo, el punzón acababa en una especie de espátula con la que alisar la cera
y así poder reutilizar la tablilla o borrar una equivocación. El soporte
permitía un reciclaje infinito, sencillamente cambiando la capa de cera. En el
yacimiento de Pompeya han aparecido, casi intactos, dos retratos de mujeres
pensativas con la punta de un stilus rozando su boca, como
podría haber posado un intelectual del siglo XX con sus gafas, su cigarrillo y
su barba esmeradamente descuidada. En el más conocido de los dos —que,
fantaseando con una imagen inexistente, hemos bautizado como «la poeta Safo»—,
una mujer joven medita con el estilete apoyado en los labios y las ceras
sujetas en una mano, mientras su mente forja un verso. Cada vez que
mordisqueamos la punta de un bolígrafo o de un lápiz, concentrados, con la
mirada perdida, estamos perpetuando, sin ser conscientes, un repertorio de
gestos tan antiguos como la escritura.
La mano
de la joven Safo pompeyana sujeta un bloque de cinco o seis tablillas. Era
habitual perforar pequeños orificios en una esquina de las tablillas para
después atarlas con anillas, cordones o correas. A veces, se fabricaban
dípticos o polípticos unidos por bisagras. Gracias a un gran depósito de
material encontrado en Vindolanda, junto a la muralla de Adriano en Gran
Bretaña, conocemos también la existencia de objetos del tamaño de un cuaderno,
confeccionados con planchas de madera corriente o tiras de abedul plegadas como
un acordeón. La madera se extraía de los árboles en primavera, cuando circula
la savia por ellos y la madera es más flexible para que se pudiera doblar, como
los modernos folletos desplegables. En estos conjuntos de tablillas encuadernadas
como páginas de madera —en latín, codices—, encontramos el eslabón
entre el pasado más remoto de la escritura y el presente. Fueron los
precursores del libro tal como hoy lo conocemos.
Las
tablillas eran muy corrientes y tenían usos muy diversos. Numerosas actas de
nacimiento y documentos de manumisión de esclavos —dos maneras de iniciar una
nueva vida— se escribieron en ellas. También sirvieron para las anotaciones
personales, la contabilidad doméstica y los apuntes comerciales de pequeños
negocios, los archivos, las cartas y las primeras versiones de los poemas que
todavía hoy leemos. En su manual erótico El arte de amar, Ovidio
advierte a los amantes clandestinos que borren con mucho cuidado las frases
comprometedoras antes de volver a utilizar una tablilla. Según el poeta, muchas
infidelidades se descubrían por descuidos de este tipo —las ceras antiguas
eran, al parecer, tan delatoras como los móviles de hoy—. El asunto causó, sin
duda, bastantes disgustos a nuestros antepasados de la era predigital, ya que
también el popular Kamasutra, de Vatsvâyâna dedica amplio espacio a
instruir a las mujeres en el arte de ocultar las cartas incriminatorias de sus
escarceos amorosos.
A veces
las tablillas recibían una mano de yeso para escribir en ellas con tinta usando
el cálamo, una caña rígida que terminaba en una punta hendida con un corte en
el centro, como el plumín de las estilográficas. De esta forma, era más fácil
para una mano poco experta dibujar las letras con palotes y líneas simples. El
poeta Persio describe a un niño en edad escolar rezongando y desesperándose con
cada goterón de tinta que caía desde la punta del cálamo y salpicaba sus
ejercicios de caligrafía. Esa escena se ha repetido en las aulas durante muchos
siglos, hasta un pasado muy reciente. Mi madre aún recuerda el paisaje de sus
cuadernos escolares rociado con aquellas lágrimas negras.
Yo, en
cambio, pertenezco a la era del bolígrafo, invento genial del periodista
húngaro László Bíró. Cuentan que a László se le ocurrió la idea básica
—fabricar un nuevo instrumento de escritura con una bola de metal dura dentro
de un hueco— mientras observaba a unos niños jugar con la pelota. Se dio cuenta
de que el balón dejaba rastro al rodar tras haber pasado por un charco de agua.
Imagino aquel partido de fútbol en una ciudad lluviosa —los gritos, las risas,
el día gris, el suelo salpicado de espejos, las huellas húmedas de la pelota,
como un nuevo alfabeto recién inventado—. De allí descienden los inolvidables
Bic Cristal hexagonales de mi infancia, con su capuchón azul y su agujerito
lateral. Vuelven a mi memoria las largas tardes aburridas en que los usábamos
como cerbatanas para lanzar granos de arroz contra la nuca de los compañeros, y
yo apuntaba —con torpeza adolescente— intentando llamar la atención de alguien
que tal vez me atraía.
XII
La
estética gore y la fascinación por la violencia extrema, que tan contemporáneas
nos parecen, ya tenían adeptos entre los romanos. La mitología griega posee su
repertorio de salvajadas —violaciones, ojos arrancados, hígados humanos
devorados por buitres y gente desollada con saña—, pero en la cumbre del género
reinan, sin ninguna duda, las crónicas de mártires cristianos, con sus
descripciones explícitas de torturas, desmembramientos, mutilaciones y sangre,
mucha sangre.
Uno de
los grandes maestros sádicos y truculentos nació en Hispania a mediados del
siglo IV, probablemente en Cesaraugusta —es decir, su infancia debió de
transcurrir entre los mismos ríos y vientos que la mía—. Aurelio Prudencio
Clemente recibió de sus padres un nombre pacífico y ocupó diversos cargos poco
aventureros como funcionario imperial, pero detrás de esa fachada rutinaria se
agazapaba el bisabuelo romano de Tarantino o Dario Argento. Cerca ya de los
cincuenta años, este hispano tranquilo experimentó un fuerte arrebato creativo,
dejó sus responsabilidades oficiales y escribió veinte mil versos febriles en
siete años. Entre otros libros, publicó una colección de poemas con nombre
griego, Peristephanon, «Sobre las coronas de los mártires», que
relata, con gran lujo de detalles y estilizadas coreografías del tormento, el
suplicio de catorce cristianos a los que torturaron para hacerles renegar de su
fe.
San
Casiano fue víctima de uno de esos morbosos martirios que tanto conmovían a
Prudencio. La crónica de su muerte es uno de los textos más terroríficos de la
literatura latina e, inesperadamente, también un documento extraordinario para
conocer —desde una perspectiva macabra— la vida cotidiana de la escuela antigua
y los útiles de escritura de nuestros antepasados romanos. Prudencio cuenta que
Casiano era maestro de primaria, y no demasiado amable con sus discípulos.
Dirigía las tareas de los más pequeños, les enseñaba a escribir al dictado y
solía infligirles duros castigos. Azotados a diario, sus alumnos incubaron una
peligrosa mezcla de miedo, violencia y resentimiento, como esos niños rubios de
mirada gélida que nos erizan la piel en La cinta blanca, de Haneke.
Corrían
los años oscuros de las persecuciones religiosas. Cuando se desencadenó la
enésima ola de represión contra los cristianos, detuvieron a Casiano por
negarse a rendir culto a los dioses paganos. Según Prudencio, las autoridades
decidieron entregarlo, sin manto y con las manos atadas a la espalda, a los
chiquillos de su clase, para que ellos fuesen sus verdugos. La narración, hasta
este momento bastante predecible, se oscurece de repente. La muerte y la
crueldad tienen aquí rostro infantil: «Todos dejan escapar con ansia la hiel y
el odio que habían ido almacenando en forma de ira silenciosa. Lanzan y rompen,
contra la cara de su maestro, frágiles pizarras y el puntero salta al chocar
contra su frente. Le golpean con las tablillas de cera de la escritura, y las
páginas partidas y húmedas quedan rojas de sangre. Otros hacen vibrar en sus
manos estiletes y punzones de hierro con cuya punta, trazando surcos, se
escribe en la cera. Doscientas manos pinchan, a la vez, su cuerpo; unos
penetran en alguna víscera, otros le arrancan la piel».
Prudencio
quiere estremecer al lector impresionable para que se fortalezca su fe. Maneja
con habilidad los recursos del terror: alarga la escena, se demora en los
detalles, los movimientos, los sonidos y los impactos. Convierte en armas los
objetos cotidianos, explora el dolor que pueden causar. Nos descubre que los
punzones utilizados para dibujar las palabras en la cera estaban afilados como
cuchillos. Esa escritura con puñales simboliza la violencia que imperaba en la
escuela romana de la letra y la sangre. Así, el poema se convierte,
paradójicamente, en un negrísimo alegato contra los castigos físicos a los
niños. Todos los alumnos parecen haber soportado los sarcasmos y los golpes del
maestro, y el terrible relato de su venganza nos obliga a contemplar la
transformación de los niños en verdugos, de los inocentes en asesinos. Es un
espectáculo inquietante, malsano: «¿De qué te quejas? —dice con crueldad un
chico al maestro caído en desgracia—. Tú mismo nos entregaste el punzón y
armaste con él nuestras manos. Ahora te devolvemos las miles de señales que
recibimos durante la enseñanza. No debería irritarte que escribamos. ¡Pedimos
tantas veces descansos que tú nos negabas, avaro maestro de nuestros esfuerzos!
Anda, ejerce tu autoridad, tienes derecho a castigar al discípulo más
perezoso». El final del poema es absolutamente macabro. Los niños se divierten
alargando el tormento de su maestro, mientras el calor de la vida escapa poco a
poco por los cortes del taladrado cuerpo.
Aunque la
intención de Prudencio era denunciar los crímenes contra los cristianos, en su
atroz relato se filtran también las tinieblas de la vida escolar. Otro hispano,
nacido a mediados del siglo I en Calagurris —la actual Calahorra—, fue uno de
los primeros escritores en cuestionar los métodos brutales en la educación. En
sus Instituciones oratorias, Quintiliano afirmaba que el deseo de
aprender depende solo de la voluntad, «donde no cabe violencia». Se oponía a
los castigos humillantes en la escuela —«apropiados solo para esclavos», decía,
demostrando que sus impulsos humanitarios tenían sus excepciones y boquetes—.
Tal vez recordaba su propia infancia vapuleada cuando escribía que los niños a
los que se golpea a menudo sufren miedo, dolor y vergüenza, una vergüenza tan
honda que quebranta la felicidad infantil. Por eso, añade, siendo la niñez una
edad desvalida, nadie debería tener un poder ilimitado sobre las criaturas más
indefensas.
La
espeluznante historia de Casiano parece demostrar que los azotes y golpes nunca
desaparecieron de las aulas romanas, pero también detectamos zonas de luz en el
tétrico panorama. Hacia el comienzo de nuestra era, surgieron defensores de una
pedagogía más compasiva y divertida. Esta corriente prefería las recompensas a
los castigos, y se esforzaba por despertar en los niños la sed de aprender.
Sabemos que algunos maestros empezaron a fabricar juguetes educativos para sus
alumnos y, para premiar sus primeros balbuceos en la lectura, les regalaban
pastelillos y galletas con la forma de las letras que estaban aprendiendo.
Semejantes excesos de indulgencia provocaron la reacción inmediata de los
adalides de la vieja tradición. Un personaje del Satiricón de
Petronio arremete contra las costumbres depravadas y blandengues de su época
—el reinado de Nerón, en el siglo I—, y anuncia la decadencia inminente de Roma
si —¡habrase visto!— los niños estudian jugando. Las batallas entre la vieja y
la nueva escuela son muy antiguas.
§ 6. Una
joven familia
XIII
En
realidad, si volvemos la mirada hacia nuestros orígenes, descubrimos que los
lectores somos una familia muy joven, una meteórica novedad. Hace unos 3.800
millones de años en el planeta Tierra, ciertas moléculas se unieron para formar
unas estructuras particularmente grandes e intrincadas llamadas organismos
vivos. Animales muy parecidos a los humanos modernos aparecieron por primera
vez hace 2,5 millones de años. Hace 300.000 años, nuestros antepasados
domesticaron el fuego. Hace unos 100.000 años, la especie humana conquistó la
palabra. Entre el año 3500 y el 3000 a. C., bajo el sol abrasador de
Mesopotamia, algunos genios sumerios anónimos trazaron sobre el barro los
primeros signos que, superando las barreras temporales y espaciales de la voz,
lograron dejar huella duradera del lenguaje. Solo en el siglo XX, más de cinco
milenios después, la escritura se convirtió en una habilidad extendida, al
alcance de la mayoría de la población —un largo recorrido; una adquisición muy
reciente—.
Hemos
tenido que esperar hasta las últimas décadas del siglo pasado, ante el umbral
del siglo XXI, para que gentes de orígenes muy humildes, pertenecientes a las
subculturas de las grandes ciudades, inmersas en un mundo de bandas callejeras
y tribus urbanas, aprendieran el alfabeto y se apropiasen de él para dar rienda
suelta a sus protestas, su disconformidad y sus desencantos. Los grafitis
contemporáneos han sido uno de los sucesos más innovadores que, en muchos
siglos, ha experimentado el alfabeto romano, icono imprevisto de décadas de
duro trabajo para extender la alfabetización. Por primera vez en nuestra
historia, un grupo de personas muy jóvenes —niños y adolescentes de edad
escolar, muchos de ellos nacidos en guetos y periferias—, han tenido los medios
y la seguridad en sí mismos para inventar sus propias expresiones gráficas,
creando un arte original basado en garabatos y letras. Jean-Michel Basquiat, un
joven negro de raíces haitianas, vivía como un vagabundo antes de empezar a
colgar, en los años ochenta del pasado siglo, sus grafitis en galerías de arte.
Las letras invaden como cataratas muchos de sus lienzos, tal vez como
autoafirmación dentro de un sistema que mantenía apartados a los marginales.
Escribía y luego tachaba algunas palabras para que se vieran más; decía que el
mero hecho de que estuvieran vedadas nos obliga a leerlas con más atención.
Curiosamente,
los grafitis —o writing, como lo llamaban los implicados— se
extendieron por los edificios, los andenes de metro, las tapias y las vallas
publicitarias de Nueva York, Los Ángeles y Chicago, y luego por los de
Ámsterdam, Madrid, París, Londres y Berlín, en los mismos años en que tenía
lugar la Revolución Informática en los patios traseros de Silicon Valley.
Mientras los nuevos expertos en tecnología exploraban las fronteras del
ciberespacio, la juventud urbana que vivía en las barriadas marginales conocía
por primera vez el placer de trazar letras en paredes y vagones, y la belleza
del acto físico de escribir. En los mismos años en que los teclados empezaban a
revolucionar los gestos de la escritura, la cultura juvenil alternativa
descubrió con pasión la caligrafía, que hasta entonces había sido un deleite
minoritario. Fascinados por el poder de dar nombre a las cosas, por las
posibilidades creativas que encierran las letras y por el sentido del riesgo en
la escritura —es una acto peligroso, siempre al borde de la fuga—, los
adolescentes adoptaron el alfabeto manuscrito como una nueva forma de
expresarse, de emplear el tiempo libre y de merecer el respeto de sus iguales.
Que esta apropiación sea tan actual solo se explica por la juventud de la escritura
en relación con el largo trayecto de la humanidad —la escritura constituye tan
solo el último parpadeo de nuestra especie, el latido más reciente de un viejo
corazón—.
Vladimir
Nabokov tenía razón al reprocharnos en Pálido fuego nuestra
falta de asombro ante esta prodigiosa innovación: «Estamos absurdamente
acostumbrados al milagro de unos pocos signos escritos capaces de contener una
imaginería inmortal, evoluciones del pensamiento, nuevos mundos con personas
vivientes que hablan, lloran, se ríen». Y lanza una pregunta inquietante: «¿Y
si un día nos despertáramos, todos nosotros, y descubriéramos que somos
absolutamente incapaces de leer?». Sería un regreso a un mundo no tan lejano,
anterior al milagro de las voces dibujadas y las palabras silenciosas.
XIV
La
expansión de la lectura provocó un nuevo equilibrio de los sentidos. Hasta
entonces, el lenguaje se abría camino a través de los oídos pero, tras el
hallazgo de las letras, parte de la comunicación emigró a la mirada. Y los
lectores pronto empezaron a sufrir problemas de visión. Por las quejas de
algunos escritores romanos, descubrimos que el uso cotidiano de las tablillas
enceradas fatigaba y «oscurecía» la vista. En la superficie de cera, los trazos
eran simples hendiduras sin contraste —trabajosos surcos de palabras—. El poeta
Marcial mencionó en sus versos «los desfallecientes ojos» de quien lee en
tablillas, y Quintiliano recomendaba a todas las personas de vista frágil leer
solo libros escritos con tinta en la superficie del papiro o pergamino, negro
sobre pardo. Así averiguamos que el soporte más barato y accesible al alcance
de nuestros antepasados dejaba secuelas.
En aquel
tiempo, no había forma de corregir las dioptrías. Por eso, la vista cansada de
muchos lectores y estudiosos del pasado estaba con frecuencia condenada a
sumergirse lentamente en una neblina sin regreso o a deshacerse en una tormenta
de manchas de donde huían los colores y la luz. Las gafas todavía estaban por
inventar. Se cuenta que el emperador Nerón miraba a través de una enorme
esmeralda para poder ver desde el palco los detalles de sus amadas peleas entre
gladiadores. Es posible que tuviese la vista corta y emplease sus grandes joyas
labradas como la lente de un catalejo. En todo caso, las piedras preciosas de
tamaño gigantesco estaban al alcance de emperadores, pero no de intelectuales
con la bolsa flaca y telarañas en los bolsillos de la túnica.
Largos
siglos después, en 1267, Roger Bacon demostró científicamente que la letra
pequeña podía verse más clara y aumentada usando lentes esmeriladas de una
forma precisa. A raíz de este descubrimiento, las fábricas de Murano empezaron
a experimentar con el vidrio, convirtiéndose en la cuna de las gafas.
Descubiertas las lentes, había que crear monturas cómodas, ligeras y que no
dejasen resbalar los anteojos. Aunque algunas de esas primeras soluciones
recibieron el apodo de «estrujanarices», los nuevos artilugios se convirtieron
rápidamente en un apetecible símbolo de prestigio social.
En una
escena de El nombre de la rosa, Guillermo de Baskerville, ante un
maravillado Adso, extrae un par de gafas de la bolsa que lleva colgando del
sayo a la altura del pecho y se las coloca en el rostro. En el siglo XIV,
cuando sucede la historia, eran todavía una rareza. Los monjes de la abadía,
que nunca antes habían visto nada semejante, observan con curiosidad, pero sin
atreverse a preguntar, la extraña prótesis de vidrio. El joven Adso la describe
como «una horquilla, construida de tal modo que pudiera montarse en la nariz de
un hombre como el jinete en el lomo de su caballo. Por ambos lados, la
horquilla continuaba en dos anillas ovaladas de metal que, situadas delante de
cada ojo, llevaban engastadas dos almendras de vidrio, gruesas como fondos de
vaso». Guillermo explica a su atónito ayudante que el paso de los años endurece
los ojos y que, sin ese prodigioso instrumento, muchos sabios, al cumplir
cincuenta primaveras, morirían para la lectura y la escritura. Los dos dan
gracias al Señor porque alguien haya descubierto y fabricado esos fabulosos
discos capaces de resucitar la visión.
Los
lectores ricos de la Antigüedad no podían comprar aún las inexistentes gafas,
pero tenían a su disposición los rollos más lujosos del mercado con los que
proteger y agasajar sus ojos. La mayoría de los libros se elaboraban por
encargo, y la calidad del producto artesano dependía, como en todas las épocas,
del gasto que estaba dispuesto a afrontar el comprador. Para empezar, había
distintas calidades de papiro. Como Plinio documenta, el más fino procedía de
tiras rebanadas de la pulpa interior del junco egipcio. Si el coleccionista
tenía la bolsa bien repleta, la caligrafía del copista sería más grande y
bella, y el libro se leería con mayor facilidad y perduraría más tiempo.
Imaginemos
por un momento los rollos más hermosos, más refinados, más exclusivos. Los
bordes de las hojas de papiro, alisadas laboriosamente con piedra pómez, se
adornaban con una franja de color. Para reforzar la consistencia de los libros,
se labraban unos bastoncillos llamados «ombligos», de marfil o maderas
valiosas, a veces recubiertas de pan de oro. Los remates del ombligo eran unas
empuñaduras muy adornadas. Los rollos de la Torá judía utilizados en las
sinagogas mantienen vivo el aspecto de aquellos primeros libros. Para los
judíos, los cilindros de madera con sus pomos —«árboles de la vida»— son
imprescindibles por la prohibición ritual de tocar con la mano el pergamino o
las letras de los libros sagrados. Entre los griegos y romanos, acariciar el
texto nunca fue sacrilegio, y los ombligos sencillamente ayudaban a desplegar y
rebobinar el rollo con más facilidad.
Los
artesanos inventaron otros caros accesorios para bibliófilos caprichosos, como
cajas de viaje y fundas de piel para preservar el papiro de las inclemencias.
En los ejemplares de lujo, esa funda se teñía de púrpura, el color del poder y
la riqueza. Sabemos que existía también un caro ungüento —el aceite de cedro—
con el que untar el papiro con el propósito de ahuyentar a las polillas que
devoraban palabras.
Solo los
aristócratas y patricios romanos podían presumir de bibliotecas tan fastuosas.
Exhibían así el orgullo de su fortuna, como los que hoy se pavonean conduciendo
un Rolls-Royce. Los poetas, sabios y filósofos, salvo excepciones, no
pertenecían a esos círculos privilegiados. Algunos de ellos miraban de reojo
los bellísimos libros que quedaban fuera de su alcance y, rezongando entre
dientes, escribían como venganza agudas sátiras contra los coleccionistas
incultos. Ha llegado hasta nosotros uno de esos rencorosos libelos,
titulado Contra un ignorante que compraba muchos libros: «Quien no
obtiene ningún beneficio de los libros ¿qué hace al comprarlos sino dar trabajo
a los ratones, guarida a las polillas y golpes a los esclavos que no los cuidan
bastante? Podrías prestarlos a quienes harían más provecho, ya que no sabes qué
hacer con ellos. Pero eres como el perro que, tendido en la cuadra, ni come la
cebada ni deja que el caballo la coma, él que podría hacerlo». Esta obra
maestra del cabreo y el insulto pinta con ira el paisaje de escasez anterior a
la imprenta, cuando leer era, demasiadas veces, un signo de inmerecido
privilegio.
XV
Durante
mucho tiempo los libros circularon de mano en mano dentro de los círculos
cerrados de las amistades y las clientelas más exclusivas. En la Roma
republicana, leían las élites y sus satélites. Transcurrieron largos siglos en
los que, a falta de bibliotecas públicas en la Urbe, solo podías posar los ojos
en los libros si poseías un gran patrimonio, o si tenías habilidad para la
adulación.
Hacia el
siglo I a. C. atisbamos por primera vez la existencia de lectores por placer,
sin gran fortuna ni pretensiones sociales. Esa rendija se abrió gracias a las
librerías. Sabemos que ya hubo comercio librario en Grecia, pero apenas
poseemos datos para reconstruir la imagen de aquellos primeros tenderetes de
libros. Acerca del mundo romano, en cambio, nos han llegado sustanciosos
detalles (nombres, direcciones, gestos, precios e incluso bromas).
El joven
poeta Catulo —siempre fue joven, pues murió a los treinta años— cuenta una
reveladora anécdota de amistad y librerías ambientada a mediados del siglo I a.
C. Como precedente de nuestras inocentadas navideñas, a finales de un frío mes
de diciembre, durante las fiestas saturnales, recibió un regalo en son de broma
de parte de su amigo Licinio Calvo: una antología poética de los autores que
ambos consideraban los más nefastos del momento. «Grandes dioses, qué horrible
y condenado librito has enviado a tu Catulo para que se muriera de una vez»,
refunfuña Catulo. Y a continuación trama su venganza: «Esta fechoría no te
saldrá barata, gracioso, porque en cuanto amanezca correré a los arcones de los
libreros y compraré los peores venenos literarios para devolverte estos
suplicios. Mientras tanto, volved allí de donde en mala hora salisteis,
calamidad de nuestros tiempos, pésimos poetas».
Por medio
de estos versos juguetones descubrimos que en aquella época ya era una
costumbre habitual regalar libros adquiridos en el mercado por las saturnales.
Es más, el vengativo Catulo puede confiar en que, al alba del día siguiente,
encontrará abiertas en Roma varias librerías donde comprar lo peor y más
mortífero de la producción poética contemporánea, que le servirá para vengarse
de la malicia de su amigo.
Esas
librerías madrugadoras eran, principalmente, talleres de copia por encargo. A
esos establecimientos acudían sobre todo personas de baja estofa que no tenían
ni siquiera un mal esclavo al que encomendar la tarea. Llegaban con un original
bajo el brazo y ordenaban un determinado número de copias manuscritas, más o
menos lujosas según sus posibilidades económicas. Los empleados del taller, en
su mayoría esclavos, manejaban rápido el cálamo. El bilbilitano Marcial, que
fue el gran adalid antiguo de la poesía breve, afirmaba que una copia de su
segundo libro de epigramas —de treinta páginas en mi edición impresa— se hacía
esperar tan solo una hora. Argumentaba así las múltiples ventajas de su
literatura rápida y ecológica: «Lo primero, consumo menos papiro; lo segundo,
mis versos los copia todos el copista en una sola hora, y no es esclavo de mis
bagatelas durante mucho tiempo; en tercer lugar, aunque el libro sea malo desde
el principio hasta el final, solo dará la tabarra un ratito».
La misma
palabra, librarius, designaba al copista y al librero, porque se
trataba de un solo oficio. Antes de la invención de la imprenta, los libros
eran reproducidos de uno en uno, letra a letra, palabra por palabra. El precio
del material y del trabajo eran constantes. Producir de una sola vez, como
hacemos hoy, una tirada de miles de ejemplares no hubiera significado ningún
ahorro. Más bien al contrario, elaborar muchos libros sin un comprador
garantizado habría colocado al negocio en peligro de quiebra. Los romanos
hubieran arqueado una ceja incrédula ante nuestros conceptos actuales de
público potencial y ampliación de mercado. Sin embargo, la anécdota de Catulo
da a entender que se podía acudir a las librerías en busca de algunas obras ya
listas para su compra, sin necesidad de aportar el original —seguramente se
trataría de un puñado de novedades y ciertos clásicos imprescindibles—. Los
libreros empezaban a asumir un cierto grado de riesgo empresarial, ofreciendo
libros prêt-à-porter de autores en quienes confiaban.
Marcial
fue el primer escritor que hizo gala de una relación amistosa con el gremio de
los libreros. Seguramente él mismo, que siempre protestaba de la tacañería de
sus mecenas, se surtiría de libros en las tiendas. Varios de sus modernísimos
poemas contienen publicidad encubierta, tal vez pagada: «En el barrio del
Argileto, frente al foro de César, hay una librería cuya puerta está totalmente
llena de rótulos, de suerte que puedes leer rápidamente los nombres de todos
los poetas. Búscame allí. Atrecto —así se llama el dueño de la librería— te
dará del primer o segundo estante un Marcial pulido con piedra pómez y adornado
con púrpura, por cinco denarios».
A juzgar
por el precio de cinco denarios que menciona el poeta para su flaco librito —un
denario era el salario de una jornada de trabajo—, Atrecto y los escribas de su
taller elaboraban productos de lujo, aunque suponemos que también fabricarían
libros baratos para presupuestos más escuálidos.
Junto con
Atrecto, Marcial deja caer en sus versos los nombres de otros tres libreros:
Trifón, Segundo y Quinto Polión Valeriano. Al último le dedica unas socarronas
palabras de gratitud por mantener en venta sus libros primerizos: «Todas las
fruslerías que escribí cuando era joven, lector, se las pedirás a Quinto Polión
Valeriano, gracias al cual no perecen mis tonterías». Y publicita el negocio de
Segundo, dirección incluida: «Para que no ignores dónde estoy en venta y no
andes vagando de un lado a otro por toda la ciudad, sigue mis instrucciones:
busca a Segundo, el liberto del culto Lucense, detrás del templo de la Paz y
del Foro de Palas». En una sociedad que no reconocía los derechos de autor,
Marcial no recibía ningún porcentaje de la venta de sus libros en esas
librerías —ni en ninguna otra—, pero quizá cobraba por anunciarlas dentro de
sus poemas, lo que convertiría a nuestro poeta en el precursor romano del product
placement de las series de televisión actuales. Es probable, además,
que le gustase merodear por esas tiendas en sus horas de ocio y que quisiera
inmortalizarlas en sus epigramas. Seguramente se sentiría más cómodo comentando
los últimos chascarrillos literarios en compañía de aquellos inteligentes
empresarios libertos que en las mansiones de los desdeñosos aristócratas que le
hacían entrar por la puerta de servicio.
Los
poemas de Marcial nos ayudan a reconstruir cómo serían aquellas primeras
librerías: establecimientos con letreros en las puertas y filas de nichos o
estantes en el interior. Por analogía con algunos comercios pompeyanos
preservados por la lava volcánica, imagino una tienda de libros recorrida por
un mostrador macizo y con abigarrados frescos mitológicos en las paredes; una
puerta trasera comunicaría la sala donde el dueño atendía al público con el
taller en el que trabajaban a ritmo despiadado los esclavos copistas,
encorvados hora tras hora sobre las páginas de papiro o pergamino, soportando
con estoicismo el dolor de espalda y los calambres en los brazos.
Por medio
de los libreros, los versos de Marcial empezaron a llegar a manos de lectores
desconocidos, fuera del círculo de sus mecenas, y el poeta estaba encantado con
esa nueva promiscuidad literaria. Otros escritores, sin embargo, vivían con
miedo y pudor la apertura incontrolada a un público cada vez más amplio y sin
rostro. Horacio confesó su timidez en una epístola donde dialoga con su propio
libro. Riñe a su obra más reciente como si tuviera vida propia o, para ser
exactos, como si fuera un joven efebo con demasiadas ganas de salir a la calle
y exhibirse ante el público. La discusión se calienta y el poeta echa en cara a
su presumida criatura que está deseando llegar a la librería de los Sosios para
prostituirse: «Odias los cerrojos y sellos que agradan al pudoroso, te quejas
de ser mostrado a pocos y alabas, a pesar de tu crianza, los lugares públicos.
¿Qué he hecho, pobre de mí?, dirás, cuando saciado se canse tu amante. Cuando,
manoseado por el vulgo, empieces a ensuciarte».
Detrás de
estas bromas en clave erótica, late un cambio histórico del acceso a la
lectura. Entre los siglos I a. C. y I d. C., nació en el Imperio romano un
nuevo destinatario: el lector anónimo. Hoy podría resultar triste publicar un
libro que solo leerán parientes y amigos; para los autores romanos, en cambio,
era la situación más habitual, segura y confortable. Abolir esas fronteras,
aceptar que cualquiera podía asomarse a sus pensamientos y emociones a cambio
de un puñado de denarios, fue una experiencia vivida como una traumática
desnudez por muchos escritores.
La
epístola de Horacio anuncia el fin del monopolio aristocrático sobre los
libros. Además, expresa una profunda desconfianza hacia un público de lectores
extraños —e incluso plebeyos—, ajenos a sus relaciones, lejanos en el espacio y
en el tiempo. El autor acaba amenazando al descarado librito con un destino
humillante: «Servirás de pasto en silencio a las torpes polillas o te alcanzará
la vejez en un pequeño rincón enseñando a los niños las letras, o en un paquete
serás enviado a Ilerda (la actual Lérida)». A menos que el desvergonzado
ejemplar se comporte con decencia, quedándose en casa y entre personas de
confianza, sufrirá la insoportable vejación de convertirse en texto escolar o,
peor aún, el ultraje de pertenecer a la biblioteca de un rudo lector hispano.
Frente a
la de Horacio, destaca la actitud abierta e irreverente de Marcial, nacido
todavía más allá de Ilerda, en la celtíbera Bilbilis (hoy Calatayud) y, por
tanto, desprovisto de prejuicios contra los provincianos. Empezaba una nueva
época en la que ya no haría falta cortejar a los ricos para acceder a los
libros. Marcial y los libreros aplaudían esta ampliación del campo de batalla.
§ 7.
Librero: oficio de riesgo
XVI
Helene
era hija de emigrantes. Su padre, un humilde camisero, conseguía entradas para
los teatros de Filadelfia a cambio de las prendas de ropa que vendía. Gracias a
esos mercadeos, en plena Gran Depresión estadounidense, Helene podía
arrellanarse en las gastadas butacas y, cuando las luces se apagaban en la sala
para iluminar el escenario, su corazón latía deprisa, como un caballo desbocado
en la oscuridad del teatro. Con veinte años y una escasa beca, se instaló en
Manhattan para inaugurar su vida de escritora. Durante décadas se alojó en
cochambrosas habitaciones con muebles destartalados y cocinas plagadas de
cucarachas, sin poder prever de un mes para otro cómo pagaría el alquiler.
Malvivía como guionista de televisión mientras creaba, una tras otra, decenas
de piezas que nadie quería producir.
Su mejor
obra, que fue creciendo y tomando forma lentamente durante los siguientes
veinte años, nació de la forma más inocente y más imprevista. Helene tropezó
con un minúsculo anuncio de una librería londinense especializada en libros
agotados. En el otoño de 1949, envió su primer pedido al número 84 de Charing
Cross Road. Los libros, asequibles gracias al cambio de moneda, empezaron a
viajar a través del océano, rumbo a las estanterías de sus sucesivos
apartamentos, fabricadas con cajas de naranjas.
Desde el
principio, Helene envió a la librería algo más que frías listas y el dinero de
los pagos correspondientes. Sus cartas explicaban el placer de desembalar el
libro recién llegado y acariciar las páginas de un hermoso color crema, suaves
al tacto; su cómica decepción si la obra no estaba a la altura de las
expectativas previas; sus impresiones al leer los textos, sus apuros
económicos, sus manías —«me encantan esos libros de segunda mano que se abren
por aquella página que su anterior propietario leía más a menudo»—. El tono, al
principio envarado, de las respuestas que enviaba el librero, llamado Frank, se
fue relajando con el paso de los meses y las cartas. En diciembre, llegó a
Charing Cross Road un paquete navideño de Helene para los empleados de la
librería. Contenía jamón, latas de conserva y otros productos que, en la dura
posguerra inglesa, solo se podían conseguir en el mercado negro. En primavera,
ella pidió a Frank, por favor, una pequeña antología de poetas «que sepan
hablar del amor sin gimotear» para leerla al aire libre, en Central Park.
Lo
extraordinario de esas cartas es cómo dejan entrever lo que no cuentan. Frank
nunca lo dice, pero es indudable que se deja la piel, recorriendo grandes
distancias y registrando cada rincón de remotas bibliotecas privadas en venta,
a la búsqueda de los libros más bellos para Helene. Y ella responde con nuevos
paquetes de regalo, con nuevas confidencias humorísticas sobre sí misma, con
nuevos encargos apremiantes. Una emoción sin palabras y un deseo callado se
infiltran en esta correspondencia comercial que ni siquiera es privada, porque
Frank saca una copia de cada carta para el archivo del negocio. Transcurren los
años, y los libros. Frank, casado, contempla cómo sus dos hijas dejan atrás la
infancia y la adolescencia. Helene, siempre sin un céntimo, sigue subsistiendo
gracias a la escritura alimenticia de guiones televisivos. Los dos intercambian
regalos, encargos y palabras, cada vez más espaciadas. Han depurado un lenguaje
propio para comunicarse, limpio de sentimentalismos, reticente, plagado de frases
ingeniosas para quitar hierro a su amor omitido.
Helene
siempre anunciaba que viajaría a Londres —y a la librería— en cuanto reuniera
dinero para los billetes, pero las eternas penurias de la escritura, un
percance dental y los gastos de sus incesantes mudanzas retrasaban verano tras
verano el encuentro. Con frases siempre pudorosas, Frank lamentaba que, entre
tantos turistas americanos fascinados por los Beatles, nunca llegase Helene. En
1969 Frank murió de repente a causa de una peritonitis aguda. Su viuda escribió
unas líneas a la norteamericana: «No me importa reconocer que a veces me he
sentido muy celosa de ti». Helene reunió todas las cartas y publicó la
correspondencia de los dos en forma de libro. Entonces conoció el éxito
fulgurante que durante años de duro trabajo siempre le había vuelto la espalda. 84,
Charing Cross Road se convirtió pronto en una novela de culto,
adaptada al cine y al teatro. Después de décadas escribiendo piezas teatrales
que nadie estaba dispuesto a producir, Helene Hanff triunfó en los escenarios
con una obra que nunca pretendió serlo. Gracias a la publicación del libro, por
fin pudo viajar a Londres —por primera vez pero demasiado tarde: Frank estaba
muerto y la librería Marks & Co. ya había desaparecido—.
Solo la
mitad de la historia de la escritora y su librero-confidente está contenida en
su correspondencia. La otra mitad palpita en los libros que él buscó para ella,
porque recomendar y entregar a otro una lectura elegida es un poderoso gesto de
acercamiento, de comunicación, de intimidad.
Los
libros no han perdido del todo ese primitivo valor que tuvieron en Roma, la
sutil capacidad de trazar un mapa de los afectos y las amistades. Cuando unas
páginas nos conmuevan, un ser querido será el primero a quien hablaremos de
ellas. Al regalar una novela o un poemario a alguien que nos importa, sabemos
que su opinión sobre el texto se reflejará sobre nosotros. Si un amigo, una
amada o un amante coloca un libro en nuestras manos, rastreamos sus gustos y
sus ideas en el texto, nos sentimos intrigados o aludidos por las líneas
subrayadas, iniciamos una conversación personal con las palabras escritas, nos
abrimos con mayor intensidad a su misterio. Buscamos en su océano de letras un
mensaje embotellado para nosotros.
Cuando
apenas se conocían, mi padre le regaló a mi madre un ejemplar de Trilce,
los poemas de juventud de César Vallejo. Tal vez nada de lo que sucedió después
hubiera sido posible sin la emoción que esos versos despertaron. Ciertas
lecturas son una forma de derribar barreras, ciertas lecturas nos recomiendan
al desconocido que las ama. No tengo parentesco con el prodigioso César
Vallejo, pero lo he injertado en mi árbol genealógico. Igual que mis remotos
bisabuelos, el poeta fue necesario para que yo existiera.
A pesar
del empuje de la mercadotecnia, los blogs y las críticas, las cosas más bellas
que hemos leído se las debemos casi siempre a un ser querido —o a un librero
convertido en amigo—. Los libros nos siguen uniendo y anudando de una forma
misteriosa.
XVII
Las
librerías desaparecen rápido, sus rastros en el tiempo son más tenues que las
huellas de las grandes bibliotecas. En su imprescindible ensayo —y ruta de
viajes bibliófilos—, Jorge Carrión escribe que el diálogo entre las colecciones
privadas y las colecciones públicas, entre la librería y la biblioteca, es tan
viejo como la civilización; pero la balanza histórica siempre se inclina por la
segunda. Mientras que el bibliotecario acumula, atesora, a lo sumo presta
temporalmente la mercancía, el librero adquiere para librarse de lo adquirido,
compravende, pone en circulación. Lo suyo es el tráfico, el pasaje. Si las
bibliotecas están atadas al poder, a los gobiernos municipales, a los Estados y
sus ejércitos, las librerías vibran con el nervio del presente, son líquidas,
temporales. Y, añadiría yo, peligrosas.
Ya desde
tiempos de Marcial, los libreros ejercen un oficio de riesgo. El poeta pudo
presenciar en Roma la ejecución de Hermógenes de Tarso, un historiador que
molestó al emperador Domiciano con ciertas alusiones contenidas en su obra.
Para mayor escarmiento, sufrieron también pena de muerte los copistas y
libreros que pusieron en circulación el volumen maldito. Suetonio explicó la
condena de estos últimos con unas palabras que no necesitan traducción: librariis
cruci fixis.
Domiciano
inauguró con esos crucificados un triste cómputo de opresiones. Desde entonces,
incontables censores han aplicado el mismo método del emperador, castigando
responsabilidades indirectas. El éxito del mecanismo represor estriba
precisamente en extender la amenaza de represalias, multas o cárcel a todos los
eslabones de la cadena de difusión (desde los amanuenses o impresores de
antaño, al administrador de un foro o proveedor de internet). Amedrentar a esos
agentes ayuda a acallar los textos incómodos, pues es poco probable que todos
los involucrados estén dispuestos a correr los mismos riesgos que el autor, más
visceralmente comprometido con la publicación de su propia obra. Por tanto, las
amenazas a los libreros son parte esencial de esta guerra sin cuartel contra
los libros libres.
Casi nada
sabemos de los libreros a quienes el emperador ajustició por copiar y vender la
historia de Hermógenes, que tal vez ni siquiera les gustaba. Solo los salva del
olvido una frase veloz de Suetonio, en un párrafo sobre el terror que instauró
Domiciano. Aparecen y desaparecen al instante, dejándonos un regusto de
curiosidad insatisfecha. Se les nombra por primera vez cuando mueren, y ahí
queda todo. ¿Qué historia habrían contado ellos? ¿Qué penurias pasaron, y qué
alegrías conocieron en su profesión? ¿Fueron víctimas de un escarmiento
arbitrario o apoyaban el espíritu subversivo del autor del texto que les costó
la vida?
Un
apasionante libro de memorias da voz a los libreros de otra época incierta,
caótica y autoritaria: la España del siglo XIX que salía del reinado
absolutista de Fernando VII. El autor, George Borrow, al que los madrileños
llamaban «don Jorgito el inglés», vino a nuestro país enviado por la British
and Foreign Bible Society con la misión de difundir los libros sagrados en su
versión anglicana. Borrow recorrió la geografía de la península por caminos
polvorientos y casi clandestinos para ir depositando sus ejemplares de la
Biblia en las principales librerías de capitales y pueblos. Entre un paisaje
abigarrado de venteros, gitanos, meigas, labriegos, arrieros, soldados,
contrabandistas, bandoleros, toreros, partidas carlistas y funcionarios
cesantes, retrata el famélico mundo editorial que conoció. Al publicar en 1842
el relato de sus viajes peregrinos, La Biblia en España, afirmó sin
rodeos: «la demanda de obras literarias de cualquier género es en España
miserablemente reducida».
La obra
despliega una impagable galería de libreros que hablan en primera persona,
testarudos, quejosos, maltratados —y, en algún caso, inquietantes—. El librero
de Valladolid, «hombre sencillo, de corazón bondadoso», solo podía dedicarse a
la venta de libros en combinación con otros negocios heterogéneos, ya que la
librería no le daba para vivir. Borrow logró que un intrépido librero de León
aceptase vender sus biblias anglicanas y anunciarlas. Pero los leoneses,
«furibundos carlistas, con raras excepciones», incoaron un proceso ante el
tribunal eclesiástico contra su heterodoxo convecino. El librero, lejos de
acobardarse, sostuvo el reto y llegó hasta fijar un anuncio en la misma puerta
de la catedral. En Santiago de Compostela, Borrow trabó amistad con un veterano
del oficio, que lo llevaba a recorrer las cercanías de la ciudad durante los
suaves atardeceres veraniegos. Tras varias caminatas, se atrevió a hablarle a
corazón abierto y confiarle las persecuciones sufridas: «Los libreros españoles
somos todos liberales. Somos muy amantes de nuestra profesión y, más o menos,
todos hemos padecido por su causa. Muchos de los nuestros fueron ahorcados en
los tiempos de terror, por vender inofensivas traducciones del francés o del
inglés. Yo tuve que huir de Santiago y refugiarme en la parte más agreste de
Galicia. A no ser por los buenos amigos, no lo contaría ahora; con todo, me
costó mucho dinero arreglar el asunto. Mientras estuve escondido, se hicieron
cargo de la librería los funcionarios de la curia eclesiástica, y le decían a
mi mujer que era menester quemarme por haber vendido libros malos».
El más
oscuro de todos —un Sweeney Todd ibérico— fue el librero-barbero loco de Vigo,
que, según le cuentan a Borrow, igual te vendía un libro que intentaba
rebanarte el cuello so pretexto de afeitarte. No queda claro de qué dependía la
actitud amable u homicida del buen hombre. Me pregunto si su menguante
clientela se jugaba el pescuezo al opinar sobre literatura.
Hay casi
mil ochocientos años de distancia entre Domiciano y Fernando VII, pero la
historia de sus libreros respira una atmósfera compartida. En épocas tiránicas,
las librerías suelen ser lugares de acceso a lo prohibido y, por tanto,
despiertan sospechas. En épocas de fobia al influjo extranjero, son puertos en
tierra firme, pasos fronterizos difíciles de vigilar. Las palabras forasteras,
las palabras repudiadas o incómodas encuentran allí su escondrijo. Mi madre
todavía guarda el recuerdo intacto de las trastiendas de ciertas librerías
durante la dictadura, el ritual de entrada, el miedo y la alegría rebelde e
infantil de ser admitida en el escondite, y, por fin, tocar la mercancía
peligrosa: libros exiliados, ensayos revoltosos, novelas rusas, literatura
experimental, títulos que los censores habían calificado como obscenos.
Comprabas un libro y además la necesidad de ocultarlo siempre; comprabas sigilo
y peligro; pagabas por ser bautizado como proscrito.
Recuerdo
una mañana de los años noventa del pasado siglo, con mi padre, en Madrid.
Habíamos entrado en una librería de viejo de las que tanto le gustaban (reinos
del caos y del desorden). Allí podía pasar horas. Él lo llamaba curiosear o
bien olfatear, pero más bien parecía que estaba cavando en una mina. Hundía los
brazos hasta las axilas para llegar hasta los libros que yacían en la base de
las pilas, palpaba, tanteaba, provocaba derrumbamientos. Si se colocaba bajo el
cono de luz de una lámpara, descubrías que a su alrededor flotaba una aureola
de polvo. Era feliz hurgando en los montones, en las cajas, en las estanterías
colonizadas por tres filas de lomos. El esfuerzo físico de la búsqueda formaba
parte del placer comprador. Aquella mañana de los años noventa en Madrid, mi
padre desenterró una curiosa pepita. En apariencia, un Quijote. El
hidalgo flaco en la cubierta de tela, el primer capítulo, la adarga antigua, la
olla con más vaca que carnero, los duelos y quebrantos los sábados. Pero en el
lugar del segundo capítulo arrancaba otra obra, El capital. Mi
padre sonrió con una plenitud poco habitual. Se iluminó. El tándem de Cervantes
y Marx no era un exótico error de impresión, sino un libro clandestino, un
recuerdo vivo de la juventud de mi padre, un fantasma llegado de los mismos
años, ambientes, susurros y escamoteos que él había vivido. Cientos de
recuerdos mínimos lo inundaron por sorpresa. Aquel extraño injerto —Karl
incrustado en Miguel— significaba mucho para él, quizá porque despertó la
nostalgia de sus lecturas enmascaradas. A mí también me sobrevoló la memoria y
la amenaza de esos años de los que no tengo recuerdos, esos años en los que no
nací —mis padres se prohibieron tener hijos mientras viviese Franco—.
XVIII
Poco
antes de escribir este capítulo, cayó en mis manos Una librería en
Berlín, de Françoise Frenkel, el absorbente relato autobiográfico de una
librera judía expropiada y nómada. Me atraparon de inmediato las primeras
palabras de la obra: «Es deber de los supervivientes rendir testimonio para que
los muertos no sean olvidados ni los oscuros sacrificios sean desconocidos.
Ojalá estas páginas puedan inspirar un pensamiento piadoso hacia aquellos que
fueron silenciados para siempre, exhaustos por el camino o asesinados».
El título
original, más expresivo —Ningún lugar donde reposar la cabeza—, resume
su historia de desarraigo. Françoise nació en Polonia, pero sus pasos
vagabundos la llevaron a París, donde aprendió el oficio de librera y sus
sutilezas («Conseguía desentrañar un carácter, un estado de ánimo o un
pensamiento solo por el modo casi tierno que tenía alguien de coger un volumen,
por la delicadeza con que pasaba sus páginas, por cómo las leía piadosamente o
las hojeaba a toda velocidad, sin prestar atención, poniéndolo enseguida otra
vez sobre la mesa, a veces tan descuidadamente que llegaba a estropearse esa
parte tan sensible que son las puntas. Con discreción, me aventuraba a colocar
a mano del lector el libro que yo consideraba el adecuado para él, con el fin
de evitarle el embarazo de verse influido por una recomendación. Si le parecía
de su agrado, yo me sentía exultante»).
Años más
tarde, en 1921, fundó una librería francesa en Berlín, La Maison du Livre. En
ella acogía a una clientela cosmopolita y organizaba conferencias de escritores
de paso por Alemania (Gide, Maurois, Colette). La colonia de rusos blancos
afincados en Charlottenburg era el público principal del negocio de Françoise.
Nabokov, que vivía en el mismo barrio, seguramente dejó transcurrir allí
tristes tardes crepusculares de invierno. Fueron años efervescentes para la
librera.
En 1935,
con los nazis al timón del país, empezaron las dificultades.
Primero
fue la obligación de someterse a un servicio especial encargado de evaluar los
libros de importación. A veces aparecía la policía y requisaba algunos
volúmenes y periódicos franceses que figuraban en su lista negra. El número de
publicaciones francesas autorizadas era cada vez más limitado, y la mera
difusión de obras prohibidas conducía a los libreros directamente al campo de
concentración —una vez más, la estrategia de Domiciano—.
Tras la
aprobación de las leyes raciales de Núremberg, el cerco empezó a estrecharse.
Françoise sufrió un interrogatorio de la Gestapo. En la oscuridad, desde la
cama, escuchaba las rondas nocturnas de los camisas pardas. Desafiantes,
cantaban himnos que glorificaban la fuerza, la guerra y el odio.
Durante
la Noche de los Cristales Rotos, Berlín crepitó a la luz de las teas y las
sinagogas incendiadas. Al alba, Françoise, sentada en los escalones de su
librería, vio acercarse a dos individuos armados con largas barras de hierro.
Se detenían ante ciertos escaparates y los rompían. Los cristales saltaban en
pedazos. Entraban al escaparate por el afilado agujero que habían abierto para
patear y pisotear el género. Ante La Maison du Livre, consultaron su lista. «No
está», dijeron, y pasaron de largo. La precaria protección de la Embajada
Francesa había evitado por el momento el asalto de la tienda. Françoise pensó
que, si se hubiera dado el caso, aquella noche, en su librería, habría
defendido cada libro con todas sus fuerzas, no solo por apego a su oficio, sino
también por repugnancia, «por una nostalgia infinita de la muerte».
Fue
durante la primavera de 1939 cuando se rindió ante la evidencia: ya no había
lugar en Berlín para su pequeño oasis de libros franceses. Lo más sensato sería
escapar. Pasó su última noche en Alemania velando los estantes repletos, el
pequeño perímetro donde sus clientes acudían a olvidar, a consolarse, a
respirar libremente. Ya en París se enteró de que las colecciones de libros y
discos, así como los muebles, habían sido confiscados por el Gobierno alemán
por motivos raciales. Lo había perdido todo. Estalló la guerra. El monstruoso
termitero humano que Françoise había visto nacer en Alemania amenazaba con
extenderse por Europa. Ella, sin casa, sin apenas equipaje, sin ningún lugar
donde descansar, era solo una gota en el oleaje oceánico de fugitivos europeos.
Sus memorias relatan sus peripecias y su vida amenazada hasta cruzar
clandestinamente la frontera suiza.
Es poco
probable que Hitler cruzase alguna vez el umbral de La Maison du Livre. Sin
embargo, la literatura había sido un refugio también para él. Debido a sus
problemas pulmonares en la adolescencia, se convirtió en un lector compulsivo.
Según sus amigos de juventud, frecuentaba librerías y bibliotecas de préstamo.
Lo evocaban rodeado de pilas de libros, sobre todo tratados de historia y sagas
de héroes alemanes. A su muerte, dejó una biblioteca con más de mil quinientos
volúmenes. Mein Kampf lo convirtió en el autor del gran best
seller en alemán de los años treinta del pasado siglo. En esa década,
su libro fue el más vendido después de la Biblia. Cobró liquidaciones
millonarias por las ventas y, nimbado por el éxito y el dinero, consiguió
borrar su imagen de fanfarrón de cervecería. Tras su fracaso como golpista, la
escritura le devolvió la autoestima. Desde 1925, año de publicación del primer
volumen de Mi lucha, rellenó en sus declaraciones de renta la
casilla correspondiente a la profesión de «escritor» —el liderazgo de masas, la
intimidación y el genocidio eran por entonces aficiones no remuneradas—.
Acabada la guerra, se calcula que habían sido distribuidos diez millones de
ejemplares de la obra, traducida a dieciséis idiomas. Desde que en 2015 el libro
entró en dominio público, se han vendido otros cien mil ejemplares en Alemania.
Los responsables de las sucesivas ediciones reconocen: «las cifras nos
abruman».
En 1920
—casi al mismo tiempo que Françoise se lanzaba a su aventura berlinesa, y
mientras Hitler pronunciaba con sus característicos aspavientos los primeros
discursos multitudinarios—, Mao Zedong abrió una librería en Changsha. El
negocio funcionó tan bien que llegó a tener contratados seis empleados —esa
temprana aventura capitalista resultó tan asombrosamente rentable que durante
años financió su incipiente carrera revolucionaria—. Tiempo atrás había
trabajado en una biblioteca universitaria, donde se le recordaba como un lector
voraz. Cuarenta y seis años más tarde, con inexplicable ensañamiento,
impulsaría la Revolución Cultural, que dejó una estela de libros quemados y de
intelectuales sometidos a humillantes sesiones de autocrítica, encarcelados o asesinados.
Como escribe Jorge Carrión, quienes diseñaron los mayores sistemas de control,
represión y ejecución del mundo contemporáneo, quienes demostraron ser los más
eficientes censores de libros, eran también estudiosos de la cultura,
escritores, grandes lectores.
Aunque
las librerías parecen espacios serenos y alejados del mundo trepidante, en sus
anaqueles palpitan las luchas de cada siglo.
XIX
Hace tres
años, Heraldo de Aragón me encargó un artículo para la sección
cultural de un suplemento conmemorativo. Decidí escribir sobre librerías; sobre
su silenciosa irradiación, sobre los campos magnéticos que crean en las calles
y barrios donde anidan. Mi punto de partida era una reflexión del librero Paco
Puche en su Memoria de librería: «No se puede medir el efecto que
tiene una librería en la ciudad que la acoge, ni la energía que despliega en
sus calles, que transmite a sus habitantes. Desde luego, no bastan números de
clientes y ventas, ni cifras de negocios, porque el influjo de la librería en
la ciudad es sutil, secreto, inaprensible».
Entrevisté
a cinco libreros de dos ciudades —herederos de aquellos que conoció Borrow—.
Los elegí por motivos íntimos, porque de todos ellos, en distintas épocas de mi
vida, he aprendido a leer. Desde la infancia me divierte atravesar el umbral de
estas tiendas-guaridas y encontrar a los libreros apostados como centinelas
entre montañas de libros que hojear, que olfatear, que acariciar, libros
ordenados y desordenados, libros triunfadores o desmedrados huérfanos, hechos
con delicada artesanía o acartonados hijos de la rentabilidad. Montañera de
anaqueles, siempre respiro a pleno pulmón cuando me asomo a esas cordilleras de
papel y polvo. Aunque parezcan abarrotadas, las librerías ensanchan el espacio.
Fue
apasionante preguntar, escuchar y garrapatear las páginas de una libreta con mi
escritura nerviosa —la hojeo en estos momentos: flechas y corchetes en los
márgenes, aureolas de una taza de té sobre las páginas, subrayados, esquinas
dobladas y mis tachaduras rabiosas—. Ahí consta que Chema, librero de ese
pequeño torreón encantado que es Anónima, me dijo que le movía el apoyo a las
causas perdidas. Imposible resistirse al filón literario de ese romanticismo
empedernido. La ironía y la pasión, juntas o separadas, fueron los registros
más frecuentes en las voces de mis cinco entrevistados. Tiempos difíciles,
claro. Algunos todavía recordaban el daño que causaron al negocio las
fotocopiadoras; otros se lamentaban de las heridas abiertas por la venta en internet.
Riesgo altísimo, repetían, recordando proyectos personales y hermosos que han
fracasado. Qué complicado se presenta alcanzar hoy un éxito empresarial como el
de Mao Zedong, cuando creó seis puestos de trabajo en su librería y pudo
dedicarse a planear sin agobios la demolición del capitalismo.
En el
bosque misterioso y orgiástico de su Librería Antígona, Julia y Pepito dijeron
sentirse médicos de cabecera recetando la medicina de las lecturas —de
cualquiera de ellos, bromistas y ácratas, puedes esperar que te prescriba un
libro recóndito o que te prohíba uno aplaudido—. «Consejero» era una palabra
recurrente en boca de Pablo, de la mítica Librería París, con su atmósfera de
barco pilotado por curtidos y joviales marinos. La coincidencia me pareció
llamativa y me llevó a pensar en las peculiares habilidades que requiere este
oficio milenario; regentar farmacias de libros; comprender los gustos, las
opiniones y tendencias de los lectores, entender las razones de su admiración,
de su entusiasmo, de su alegría o su descontento a propósito de tal o cual
obra; es decir, colarse en el feudo de los caprichos y obsesiones individuales;
y abrir la persiana día tras día para un trabajo de largos horarios, albaranes,
acarreo y espaldas doloridas, a menudo idealizado. George Orwell, que fue
ayudante a media jornada en una librería entre 1934 y 1936, comentó en
sus Bookshop Memories que, si no has trabajado en una,
fácilmente te la representarás como una especie de paraíso donde viejecitos
venerables merodean eternamente entre volúmenes encuadernados con piel de
ternera. Pero, en la realidad, los clientes no eran tan excéntricos y adorables
como Eric Blair —el verdadero nombre de Orwell— hubiera deseado, y el escritor
rechinaba de dientes en su puesto viendo cómo los títulos que él amaba
languidecían sin encontrar hogar. Hay que advertir que sus amigos evocan a Eric
como un vendedor envarado y huraño. Parece que le faltó creatividad para
construir un personaje carismático que tutelase con gracia su reino de papel.
Tal vez no entendió que el librero es un fingidor, el ilusionista de un teatro
mágico.
Frente a
la amplia cristalera de Los Portadores de Sueños, que dejaba entrar cascadas de
luz a su espacio de paz y palabras, Eva y Félix me hablaron del esfuerzo de las
librerías por tomar el testigo de las tertulias artísticas y literarias de los
antiguos cafés. El deseo de que en ellas ocurran cosas (el azar del encuentro,
la posibilidad de los reencuentros, exposiciones, planes, efervescencias, ideas
que construyen un hábitat cultural), rituales en los que se integran tanto los
tímidos como aquellos que tienen la palabra exuberante. La vocación de nuestros
libreros ha abonado el terreno para el nacimiento de editoriales, el auge de
ilustradores, la ebullición de escritores. Cuando una guarida como Los
Portadores de Sueños cierra sus puertas, experimentamos una soledad
extrañamente desapacible.
Vivo, lo
sé, en un territorio de clima áspero y librerías hospitalarias, un lugar
afortunado para la tribu incorregible y reincidente de los lectores, que
necesitamos dejar transcurrir el tiempo entre libros bien seleccionados,
recorriendo, acariciando, preguntando, a la caza de descubrimientos. Quién sabe
si es el cierzo —que se desata en nuestros inviernos y nos azota, hace crujir
los árboles, nos despeina, nos roba la vertical y nos lanza tierra a los ojos,
acostumbrándonos a lidiar con lo invisible— el que ha hecho de nosotros, en el
cobijo de nuestras casas, una de las comunidades más lectoras de España.
Terminando
el acopio de materiales, cuando el artículo parecía ya resuelto, descubrí de
pronto un rincón inquietante, un recodo olvidado, la sombra de otro artículo
aún por escribir. Sucedió por azar, como llega todo lo que después parece
inevitable. Charlaba en la Librería Cálamo con Paco, sin tomar notas, sin
grabadora, relajados los dos, en los pequeños gestos de clausura —leves
carraspeos, encaje de la caperuza del bolígrafo—. En su jardín colgante de
libros y pajaritas de papel enjauladas, Paco recordaba la inauguración de
Cálamo treinta años atrás, aquellas ganas de participar en la vida de la ciudad
por medio de los libros, y el miedo. Gracias a él averigüé que también nosotros
tuvimos nuestras noches de los cristales rotos.
Siempre
que evoca la Transición, mi madre lleva una mano al pecho. Es el subrayado
mímico de las palabras que siempre usa para describir esa etapa de su juventud:
«años de infarto». Lo que nadie me había contado es que los libreros sufrieron
en primera línea la angustia de esa taquicardia histórica. Durante largos meses
—el apogeo duró desde 1976 a la primavera de 1977—, librerías de Madrid,
Barcelona, Zaragoza, Valencia, Pamplona, Tenerife, Córdoba, Tolosa, Getxo,
Valladolid, entre otras ciudades, fueron el objetivo de una serie de atentados
que recuerdan la atmósfera de los últimos días berlineses de Françoise Frenkel.
De hecho, varios de estos asaltos fueron reivindicados por un grupo que se
denominaba «Comando Adolfo Hitler». En sus comunicados, justificaban sus
acciones por la presencia de libros marxistas, liberales y de izquierdas en las
librerías. «Una librería atacada cada dos semanas», anuncia un titular de
prensa de la época. Más de doscientos establecimientos sufrieron sabotaje, y
algunos resultaron víctimas de múltiples atentados —como la Librería Pórtico de
Zaragoza, por ejemplo—. Los procedimientos de agresión eran variados: envío de
anónimos, amenazas verbales, llamadas telefónicas anunciando estallidos de
artefactos, incendios provocados, ráfagas de metralleta, tiros de revólver,
lanzamiento de botes de tinta y colocación de cargas explosivas, cuando no
utilizaban excrementos para embadurnar con ellos los escaparates.
En la
esquina de la calle Baltasar Gracián estuvo la Librería Pórtico. Una noche de
noviembre de 1976 explotó allí un potente artefacto. El blindaje de acero que
guardaba puertas y escaparates del establecimiento saltó en pedazos, y las
gruesas chapas metálicas, convertidas en trozos de metralla, estallaron en
todas direcciones. Los impactos arañaron los porches de piedra que bordean la
plaza. Era el quinto atentado en pocos meses. No hubo detenidos. El librero
José Alcrudo declaró a la prensa: «Yo solo vendo libros. Por eso pienso que
estos atentados no son contra mí, aunque sea yo quien los sufra, sino contra la
cultura. Y si no se toman medidas claras tendremos que acabar cerrando, porque
sabemos que contra las bombas no hay defensa ni blindajes posibles».
La frágil
librería sobrevivió a la violencia. Años más tarde, yo jugaría al escondite por
sus intrincados islotes de libros, escuchando —sin saber quién era— a Charlie
Parker, mientras mi padre, remangado hasta los codos, practicaba su pasión por
la minería libraria o mantenía largas conversaciones, llenas de meandros, con
José Alcrudo. Yo, entonces niña, escuchaba aquellas charlas lentas, fluviales,
extrañas e indescifrables como conjuros. Hablar, me parecía, era el objetivo de
la existencia adulta.
Las
librerías han sido siempre un refugio asediado. Todavía lo son. Los libreros se
definen como médicos sin bata, pero no es descartable que en los malos tiempos
necesiten llevar chaleco antibalas al trabajo. Cuando Salman Rushdie publicó en
1988 sus satíricos Versos satánicos, se desencadenó una acelerada
espiral de censura y violencia que, por primera vez, tuvo alcance global. Un
ministro de la India prendió la mecha al condenar la obra por blasfema. Una
semana más tarde, miles de fotocopias con los pasajes considerados más
ofensivos comenzaron a circular en los centros de estudios islámicos. En enero
de 1989, las televisiones mostraron imágenes de musulmanes quemando ejemplares
en las calles. Los incidentes se extendieron a todo el planeta, y en pocas semanas
el autor recibió amenazas de muerte en su casa londinense. Una turbamulta
asaltó el Centro de Información estadounidense en Islamabad, donde cinco
personas murieron a causa de los disparos mientras la multitud gritaba:
«Rushdie, eres hombre muerto». En febrero, el ayatolá Jomeini decidió acabar
con las irreverencias del libro mediante una fetua que incitaba a ejecutar lo
más rápido posible al autor y a todos aquellos que estuvieran relacionados con
la edición y difusión del libro. Un artefacto explosivo estalló en una librería
de Berkley, y en Londres y en Australia otros establecimientos fueron atacados
con bombas incendiarias. El traductor al japonés del libro, Hitoshi Igarashi,
fue asesinado; el traductor al italiano Ettore Capriolo fue apuñalado, y el
editor noruego William Nygaard sufrió tres disparos en su propia casa. Varias
librerías fueron destruidas y saqueadas en su totalidad. Treinta y siete
personas murieron en otra protesta. La editorial Penguin jamás se planteó
retirar el libro de las librerías, aunque ello implicase que su personal
tuviese que llevar chalecos antibalas. Rushdie vivió once años escondido. En
1997, la recompensa por su cabeza alcanzaba los dos millones de dólares.
Días
antes de que Los versos satánicos llegaran a las librerías, en
plena campaña promocional, un periodista indio hizo un aparte con Salman
Rushdie. «¿Es usted consciente del follón que se avecina?», le preguntó. El
novelista fue tajante: «Es absurdo pensar que un libro pueda provocar tumultos.
¡Qué forma más rara de ver el mundo!».
En
realidad, pasando revista a la historia universal de la destrucción de los
libros, se observa que la forma rara de ver el mundo —el oasis, el insólito
paraíso, Shangri-La, el bosque de Lothlórien— es más bien la libertad de
expresión. La palabra escrita ha sido tenazmente perseguida a lo largo de los
siglos, y son más bien extraños los tiempos de paz en los cuales las librerías
solo tienen visitantes tranquilos, que no enarbolan estandartes, ni agitan
dedos fiscalizadores, ni rompen escaparates, ni encienden hogueras, ni se
abandonan a la atávica pasión de prohibir.
XX
El caos
de las librerías se parece mucho al caos de los recuerdos. Sus pasillos, sus
anaqueles, sus umbrales son espacios habitados por la memoria colectiva y por
las memorias individuales. Allí tropezamos con biografías, con testimonios y
con largos estantes de ficciones donde los escritores desnudan la verdad de
muchas vidas. Los lomos gruesos de los libros de historia, como camellos de una
lenta caravana, nos ofrecen guiarnos en la ruta hacia el pasado.
Investigaciones, sueños, mitos y crónicas dormitan juntos en la misma penumbra.
El azar de un encuentro o de un rescate es siempre posible.
No es
casual que en Austerlitz, de W. G. Sebald, el protagonista recupere
el recuerdo suprimido de su niñez precisamente en una librería. Criado en un
pequeño pueblo de Gales por unos ancianos padres adoptivos que nunca le
revelaron su procedencia, Jacques Austerlitz arrastraba desde siempre una
tristeza inexplicable. Como un sonámbulo que teme su propio despertar, durante
años se había cerrado a cualquier conocimiento de la tragedia de la cual su
propia vida era un capítulo arrancado. No leía periódicos, encendía la radio
solo a horas determinadas, perfeccionaba un sistema de cuarentena que lo
mantenía a salvo de cualquier contacto con su historia anterior. Pero ese
intento de inmunizarse contra la memoria venía acompañado de alucinaciones y
sueños angustiosos, y finalmente estalló en forma de derrumbamiento nervioso.
Cierto día de primavera en Londres, durante uno de sus abatidos paseos por la
ciudad, entró en una librería en las proximidades del Museo Británico. La
propietaria, que estaba sentada en posición ligeramente ladeada junto a su
escritorio cargado de papeles y libros, respondía al mitológico nombre de
Penelope Peacefull. Y es que, sin saberlo, el viajero reticente acababa de
encontrar el camino de regreso a Ítaca.
Reinaba
la calma en la librería. Penelope levantaba de vez en cuando la cabeza, sonreía
a Jacques y luego volvía a mirar a la calle, sumida en sus pensamientos. De la
vieja radio encendida brotaban voces chisporroteantes pero suaves, que
cautivaron al recién llegado. Poco a poco, este fue quedándose inmóvil, como si
no pudiera perderse ni una sílaba de aquella emisión. Dos mujeres recordaban
cómo, en el verano de 1939, siendo niñas, las habían enviado a Inglaterra desde
Centroeuropa para salvarlas de la persecución nazi. Austerlitz, aterrorizado,
supo que los recuerdos fragmentarios de esas mujeres eran también los suyos. De
golpe volvió a ver el agua gris del puerto, las sogas y cadenas del ancla, la
proa del buque, más alta que una casa, las gaviotas que sobrevolaban su cabeza
chillando furiosamente. Las esclusas de su memoria se abrieron ya sin remedio,
liberando una catarata de certezas angustiosas. Que era un refugiado judío. Que
su primera infancia transcurrió en Praga. Que a los cuatro años fue separado
para siempre de su familia verdadera. Que el resto de su vida consistiría en
buscar —casi seguro inútilmente— el rastro de todas sus pérdidas.
—¿Se
encuentra bien? —preguntó la librera Penelope, preocupada por su gesto
petrificado.
Austerlitz
supo por fin el motivo de haberse sentido siempre un transeúnte en todas
partes, sin tierra ni brújula, solitario y perdido.
A partir
de esa mañana en la librería, seguimos al protagonista en su deambular por una
dolorosa ruta de ciudades europeas, rastreando la identidad que le arrebataron.
Se suceden una serie de epifanías. Jacques consigue reconstruir la figura de su
madre, una actriz de variedades asesinada en el campo de concentración de
Theresienstadt. En Praga encuentra a una vieja amiga de sus padres, con la que
se entrevista. Recupera fotografías antiguas. Examina a cámara lenta un
documental propagandístico de los nazis, buscando un rostro de mujer que hiera
su memoria. Acude a lugares donde reverberan ecos: a bibliotecas, a museos, a
centros de documentación, a librerías. La novela es, en el fondo, una loa de
esos territorios donde se conjura el olvido.
En la
obra de Sebald, la proporción de ficción y no ficción acostumbra a ser una
incógnita. Tenemos la impresión de que sus criaturas proceden de zonas
fronterizas entre ambas. Aunque ignoramos si el melancólico Austerlitz es un
individuo real o un símbolo, caminamos a su vera, interpelados por el espanto y
la tristeza de sus palabras. Sea como sea, queda claro que el escritor, como su
personaje, necesita dejar testimonio de una época infernal que se está
desvaneciendo como niebla dispersada por el viento. El dolor que atraviesa la
historia no se puede reparar, los vacíos son imposibles de llenar, pero la
tarea de documentarse y testificar nunca será en vano. El incesante olvido
engullirá todo, a no ser que le opongamos el esfuerzo abnegado de registrar lo
que fue. Las generaciones futuras tienen derecho a reclamarnos el relato del
pasado.
Los
libros tienen voz y hablan salvando épocas y vidas. Las librerías son esos
territorios mágicos donde, en un acto de inspiración, escuchamos los ecos
suaves y chisporroteantes de la memoria desconocida.
§ 8.
Infancia y éxito de los libros de páginas
XXI
Hace
tiempo que los catastrofistas nos lo advierten con los peores augurios: los
libros son una especie en peligro de extinción y en algún momento del futuro
próximo desaparecerán devorados por la competencia de otras formas más
perezosas de ocio y la expansión caníbal de internet.
Este
pronóstico concuerda con nuestras sensaciones como habitantes del tercer
milenio. Todo avanza cada día más rápido. Las últimas tecnologías ya están
arrinconando a las triunfantes novedades de anteayer. Los plazos de la
obsolescencia se acortan cada vez más. El armario debe renovarse con las
tendencias de temporada, el móvil más reciente sustituye al antiguo; nuestros
equipos nos piden constantemente actualizar programas y aplicaciones. Las cosas
engullen a las cosas precedentes. Si no permanecemos alerta, tensos y al
acecho, el mundo nos tomará la delantera.
Los mass
media y las redes sociales, con su vértigo instantáneo, alimentan
estas percepcciones. Nos empujan a admirar todas las innovaciones que llegan
corriendo como surfistas en la cresta de la ola, sostenidas por la velocidad.
Pero los historiadores y antropólogos nos recuerdan que, en las aguas
profundas, los cambios son lentos. Víctor Lapuente Giné ha escrito que la
sociedad contemporánea padece un claro sesgo futurista. Cuando comparamos algo
viejo y algo nuevo —como un libro y una tableta, o una monja sentada junto a un
adolescente que chatea en el metro—, creemos que lo nuevo tiene más futuro. En
realidad, sucede lo contrario. Cuantos más años lleva un objeto o una costumbre
entre nosotros, más porvenir tiene. Lo más nuevo, como promedio, perece antes.
Es más probable que en el siglo XXII haya monjas y libros que WhatsApp y
tabletas. En el futuro habrá sillas y mesas, pero quizá no pantallas de plasma
o teléfonos móviles. Seguiremos celebrando con fiestas el solsticio de invierno
cuando ya hayamos dejado de tostarnos con rayos UVA. Un invento tan
antediluviano como el dinero tiene muchas posibilidades de sobrevivir al cine
3D, a los drones y a los coches eléctricos. Muchas tendencias que nos parecen
incuestionables —desde el consumismo desenfrenado a las redes sociales—
remitirán. Y viejas tradiciones que nos han acompañado desde tiempo inmemorial
—de la música a la búsqueda de la espiritualidad— no se irán nunca. Al visitar
las naciones socioeconómicamente más avanzadas del mundo, en realidad sorprende
su amor por los arcaísmos —de la monarquía al protocolo y los ritos sociales,
pasando por la arquitectura neoclásica o los vetustos tranvías—.
Si el
poeta Marcial pudiese agenciarse una máquina del tiempo y visitar esta tarde mi
casa, encontraría pocos objetos conocidos. Le asombrarían los ascensores, el
timbre de la puerta, el router, los cristales de las ventanas, el
frigorífico, las bombillas, el microondas, las fotografías, los enchufes, el
ventilador, la caldera, la cadena del váter, las cremalleras, los tenedores y
el abrelatas. Se asustaría al escuchar el silbido de la olla exprés y daría un
respingo cuando empezasen las embestidas de la lavadora. Alarmado, buscaría
dónde se esconden las personas que hablan desde la radio. Le angustiaría —como
a mí, por otro lado— el pitido de la alarma del despertador. A simple vista, no
tendría ni la más remota idea de la utilidad de los esparadrapos, los sprays,
el sacacorchos, la fregona, las brocas, el secador, el exprimelimones, los
discos de vinilo, la maquinilla de afeitar, los cierres de velcro, la
grapadora, el pintalabios, las gafas de sol, el sacaleches o los tampones. Pero
entre mis libros se sentiría cómodo. Los reconocería. Sabría sujetarlos,
abrirlos, pasar las páginas. Seguiría el surco de las líneas con su dedo
índice. Sentiría alivio —algo queda de su mundo entre nosotros—.
Por eso,
ante la catarata de predicciones apocalípticas sobre el futuro del libro, yo
digo: un respeto. No subsisten tantos artefactos milenarios entre nosotros. Los
que quedan han demostrado ser supervivientes difíciles de desalojar (la rueda,
la silla, la cuchara, las tijeras, el vaso, el martillo, el libro…). Algo hay
en su diseño básico y en su depurada sencillez que ya no admite mejoras
radicales. Han superado muchas pruebas —sobre todo, la prueba de los siglos—
sin que hayamos descubierto ningún artilugio mejor para cumplir su función, más
allá de pequeños ajustes en sus materiales o componentes. Rozan la perfección
en su humilde esfera utilitaria. Por eso creo que el libro seguirá siendo el
soporte esencial para la lectura —o algo muy parecido a lo que el libro nunca
ha dejado de ser, incluso desde antes de la invención de la imprenta—.
Es más,
los objetos longevos, aquellos que llevan siglos entre nosotros, moldean las
novedades y les imprimen su sello. Los arcaicos libros sirvieron como modelo
para nuestros avanzados ordenadores personales. A finales de los años sesenta
del pasado siglo, las grandes computadoras ocupaban habitaciones enteras y
costaban tan caras como casas. Había que programar aquellos mamotretos de
dimensiones inmobiliarias usando tarjetas perforadas. Estaban concebidos para
un uso militar y empresarial. Alan Kay, cuando era un joven científico
informático contratado en el Palo Alto Research Center (PARC) de Xerox, tuvo
una visión que daría un giro espectacular a nuestras vidas. Reflexionando sobre
la relación que podían establecer los seres humanos con los ordenadores, intuyó
su potencial como un medio más íntimo. Comprendió que podrían convertirse en un
fenómeno de masas y en una tecnología situada en la sala de estar de cualquier
casa, usada por millones de personas independientemente de su dedicación
profesional. Kay bosquejó cómo podría ser su nuevo ordenador: tenía que ser
pequeño y portátil como un libro, asequible y fácil de usar. Construyó modelos
de cartón, confiando en que en unos pocos años la capacidad informática habría
progresado hasta el punto de hacer realizable su idea. En PARC, Kay siguió
desarrollando su visión. Llamó a su invento Dynabook. El nombre sugiere lo que
iba a ser: un libro dinámico. Es decir, parecido a los arcaicos códices, pero
interactivo y controlado por el lector. Proporcionaría los andamios cognitivos,
de la misma forma en la que los libros y los medios impresos lo habían hecho en
los últimos siglos, añadiendo las ventajas del nuevo medio de computación.
Los
primeros Dynabooks provisionales recibieron el nombre de «Alto». En la segunda
mitad de los años setenta del siglo XX el ordenador Alto ya estaba en
funcionamiento. Se usaban casi mil aparatos, no solo en el PARC, sino también
en universidades, en el Senado y en el Congreso de los Estados Unidos, así como
en la Casa Blanca, todos regalados por Xerox. Estaba surgiendo un nuevo mundo.
En la mayoría de estos centros, a pesar de las numerosas funciones del Alto, se
empleaba sobre todo para tratamiento de textos, diseño y comunicación. En
esencia, como libro informático. En 1979, Steve Jobs visitó PARC. Quedó
anonadado por lo que vio. El aspecto y la estética del Alto se integraron en
todos los ordenadores Apple que vendrían después, y hoy su fisonomía esencial
sigue presente en los productos más nuevos. Los portátiles, las tabletas y los
teléfonos inteligentes han profundizado en esa búsqueda del ordenador ligero,
compacto y transportable como el libro de bolsillo.
En 1984
el calígrafo Sumner Stone se convirtió en el primer director de tipografía de
la empresa Adobe. Contrató a un equipo de diseñadores a quienes encargó nuevas
fuentes, recomendándoles buscar inspiración en las tradiciones más antiguas. El
programa Adobe Originals seleccionó tres cumbres estilísticas de la evolución
de la caligrafía anterior a la imprenta: «Lithos», una forma de inspiración
griega —el diseñador se fijó en la inscripción de la dedicatoria del templo de
Atenea en Priene, hoy en el Museo Británico—; «Trajan», un intento meticuloso
de trasladar a caracteres las letras de la columna de Trajano en Roma; y
«Charlemagne», que, a pesar de su nombre, se inspiraba en las letras capitales
del anglosajón Benedictional de san Ethelwold. Así, la
tradición occidental del manuscrito llegó a la era digital. Además, Adobe
desarrolló en los años ochenta del pasado siglo el lenguaje de programación
PostScript, que ofrecía un aspecto informático muy parecido al de una página de
papel. Con la introducción en 1993 del PDF, un formato de documento portátil (portable
document format), Adobe dio un paso más. Hizo posible trazar marcas sobre
los documentos electrónicos igual que en los originales mecanografiados o
escritos a mano. Y consolidó una forma de entender la arquitectura entera de un
documento inspirada en los viejos libros.
Fueron
decisiones inteligentes. Sin introducir al menos una cierta correspondencia
entre el aspecto y la sensación del mundo antiguo —en papel— y el nuevo —en la
pantalla—, los ordenadores hubieran parecido a su público inicial artefactos
ajenos, confusos e inviables. Sin una organización visual identificable y una
estrecha relación con los documentos cotidianos, nadie hubiera captado tan
deprisa lo útil que podía ser el nuevo medio. Esta es la paradoja del progreso
tecnológico, que el hecho de conservar unas coordenadas tradicionales
—estructuras de página, convenciones tipográficas, formas de letras y
maquetaciones limitadas— fue clave para abrir paso a los cambios
transformadores que traía la esfera digital. Es un error pensar que cada
novedad borra y reemplaza las tradiciones. El futuro avanza siempre mirando de
reojo al pasado.
XXII
En 1976,
el escritor bosnio Izet Sarajlić escribió un poema titulado «Carta al año
2176»: «¿Qué?/ ¿Todavía escucháis a Mendelssohn?/ ¿Todavía recogéis
margaritas?/ ¿Todavía celebráis los cumpleaños de los niños?/ ¿Todavía ponéis
nombres de poetas a las calles?/ Y a mí, en los años setenta de dos siglos
atrás, me aseguraban que los tiempos de la poesía habían pasado —al igual que
el juego de las prendas, o leer las estrellas, o los bailes en casa de los
Rostov—./ ¡Y yo, tonto, casi lo creí!».
XXIII
Nuestro
«libro de páginas», que hoy es el libro por definición —ese que dejamos abierto
por el lomo como si fuera el tejado de una pagoda, que señalamos doblándoles
las esquinas a las hojas a falta de un marcapáginas y amontonamos en pilas
verticales como estalagmitas de palabras—, ronda los dos mil años de edad. Es
un gran invento anónimo que nunca sabremos a quién agradecer. Para lograrlo
hicieron falta siglos de búsquedas, ensayos y tanteos. A la solución más simple
se llegó, como tantas veces, por un itinerario tortuoso.
Desde la
invención de la escritura, nuestros antepasados miraban alrededor preguntándose
qué superficie conservaría mejor la huidiza huella de las letras (piedra,
tierra, corteza, juncos, pieles, madera, marfil, tela, metal…). Pretendían
desafiar a las fuerzas del olvido fabricando el libro perfecto, transportable,
duradero y cómodo. En Próximo Oriente y Europa, los protagonistas de esta
temprana etapa fueron los rollos de papiro o pergamino y las tablillas rígidas.
Los romanos convivieron con ambos métodos hasta que, en un feliz hallazgo,
inventaron un nuevo objeto mestizo que todavía nos acompaña.
Los
rollos siempre fueron una mercancía lujosa y cara. Para la escritura más
cotidiana —ejercicios escolares, cartas, documentos oficiales, anotaciones,
borradores—, los antiguos solían recurrir a las tablillas. El lector que quería
consultarlas en un orden determinado las conservaba en cajas o bolsas, o bien
las agujeraba en la esquina y las enlazaba juntas con anillas o correas.
«Códices» llamaban en latín a esos conjuntos de tablillas atadas. La idea
revolucionaria consistió en sustituir las pequeñas placas de madera o metal por
hojas flexibles de pergamino o papiro, el material de los rollos. El resultado
inicial tuvo que ser poco más que una libreta rudimentaria, aunque cargada de
futuro.
Ese
primer híbrido abrió el camino hacia el códice más avanzado, compuesto por
hojas de papiro o piel que se doblaban en forma de pliegos. Los romanos
probaron a coser esos pliegos y así nació el arte de encuadernar. Pronto
aprendieron a proteger los cuadernillos mediante tapas duras, generalmente de
madera forrada con cuero. El cuerpo de los libros desarrolló un nuevo elemento
anatómico al que hemos llamado «lomo», como si nuestras lecturas fueran
tranquilos animales de compañía. Desde entonces escribimos en esas dóciles
espaldas el título de cada obra, y nuestra mirada puede viajar con rapidez a lo
largo de los estantes de una biblioteca identificando por el lomo los
ejemplares que en ella dormitan.
Estamos
en deuda con las personas olvidadas que inventaron el códice. Gracias a ellas,
la esperanza de vida de los textos aumentó. Con el nuevo formato, la página
escrita, protegida por la encuadernación, conseguía perdurar sin deteriorarse
ni romperse más tiempo que en los rollos. Por su forma plana y compacta, los
nuevos libros se podían almacenar cómodamente en las baldas de los armarios.
Abultaban menos, se transportaban mejor y eran ligeros. Por añadidura, podían
utilizarse los dos lados de cada hoja. Se calcula que, con la misma superficie,
el códice ofrecía una capacidad seis veces superior a la del rollo. El ahorro
de material abarató el precio de un producto aún minoritario, y su flexibilidad
favoreció la aparición de los primeros libros de bolsillo de los que tenemos
noticia: los códices pugillares, llamados así porque se podían
abarcar con el puño. El tamaño de los códices permitía descender hasta la
miniatura (Cicerón afirmó haber visto un pergamino de la Ilíada de
Homero que cabía en la cáscara de una nuez).
Los
nuevos inventos y los avances materiales suelen ir de la mano de las grandes
revoluciones del conocimiento. En la civilización romana, el precio más
asequible de los libros permitió que muchas personas hasta entonces excluidas
del perímetro de los privilegios pudieran leer. Entre los siglos I y III, hay
abundantes evidencias de la ampliación de la cultura a lectores ajenos a los
círculos de la nobleza. En los muros y casas de Pompeya —engullida y conservada
por la erupción del Vesubio en el año 79—, los arqueólogos han descubierto
inscripciones que incluyen obscenidades, chistes, eslóganes políticos y
anuncios de burdeles. Esos grafitis revelan la existencia de una población de
clase media o media-baja capaz de comprender la letra escrita. Además, a lo
largo y ancho del Imperio, los mosaicos, los frescos y los relieves de la época
muestran cada vez con mayor frecuencia escenas de lectura. Por los mismos años
florecieron las bibliotecas públicas romanas. Tenemos noticia de un librero que
ofrecía su mercancía de puerta en puerta, como nuestros obsoletos vendedores de
enciclopedias.
Es
arriesgado conjeturar cifras, pero parece evidente que el número de lectores
creció de forma llamativa. Esos primeros siglos del milenio fueron una época
dorada de los panfletos con afán proselitista —entre ellos, llaman la atención
los textos subversivos de los rebeldes a la dominación de Roma—. Tampoco es
casual que por aquel entonces triunfase, al margen de los géneros
tradicionales, una literatura de evasión y consumo (tratados de cocina y
deportes, relatos eróticos con ilustraciones explícitas, textos mágicos o de
interpretación de los sueños, horóscopos, novelas de enredo, historias contadas
en viñetas —precursoras de la novela gráfica—). Algunos autores prestigiosos se
divertían escribiendo obras frívolas o híbridos de alta y baja cultura. Ovidio,
adelantándose a los tutoriales de maquillaje de hoy, publicó un librito en
verso con consejos de cosmética para mujeres. Suetonio estaba encantado de
mezclar historia y crónica amarilla en sus biografías de emperadores. Petronio
escandalizó a la sociedad bienpensante con sus personajes canallas, inmorales y
deslenguados. Los tres miraban amistosamente a esos nuevos lectores libres, no
aristocráticos, inexpertos, hombres y mujeres que leían por placer.
XXIV
Marcial
fue un emigrante hispano en Roma. En el año 64, cuando tenía unos veinticinco
años, se instaló en la que entonces era la capital de las oportunidades —un
precedente del sueño americano—, que recibía oleadas de gente procedente de
todas las provincias del imperio. Marcial descubrió pronto que la Urbe era un
lugar duro. Habla en sus poemas de multitudes pálidas de hambre. No era fácil
hacerse rico; ni siquiera ganarse la vida. En cierto epigrama, Marcial cuenta
que había en Roma muchos abogados que no podían pagar el alquiler completo y
muchos poetas con talento tiritando porque no tenían ropa de abrigo. La
competencia era feroz; todos querían prosperar. La riqueza del prójimo se
observaba, se envidiaba. Se salía a la caza de herencias, acechando a los
ancianos potentados. El propio poeta llegó a tenerlo en mente, si creemos sus
palabras: «Paula desea casarse conmigo, yo no quiero casarme con Paula: es
vieja. Querría, si fuese más vieja».
Seguramente
al bilbilitano le castañetearon los dientes con la túnica agujereada en los
inviernos de Roma. El frío, los alojamientos sórdidos y las dificultades para
salir adelante explican tal vez sus decisiones literarias insólitas. Decidió
romper el silencio protocolario y pactado para dirigir sus burlas contra el
dinero. En su poesía, transgrediendo los imperativos de la elegancia, se lanzó
a satirizar a los mecenas tacaños, a la intelectualidad dedicada a sablearlos,
la pasión social por el lujo, la ostentación y la apariencia, la vanidad de los
ricos, y la gran red de amos y aduladores que enmarañaba las vidas de todos los
habitantes de la urbe imperial.
Marcial
fue un poeta cómico, irreverente, sin sentimentalismos, interesado en la
dimensión material de las cosas y su enorme poder para definir a las personas
que las poseen. Cuando en sus poemas mencionaba libros, no eran símbolos
abstractos del talento literario, sino objetos concretos que se regalaban para
escalar socialmente o se vendían en las librerías. Esos libros, que en la obra
de Horacio y Ovidio encarnaban la inmortalidad del acto creativo, en sus
epigramas aparecían como libritos perecederos, manoseados, baratos o caros,
muchas veces defectuosos por culpa de la prisa del copista, a la venta en
tiendas de Roma —tiendas que Marcial aprovecha para anunciar—. Eran libros de
todos los tipos (de papiro o de pergamino, rollos o códices que cabían en una
mano o que viajaban junto con su lector; libros que son la mercancía con la que
gana o pierde dinero un liberto —su vendedor—; libros de éxito que todos
quieren leer gratis, pero por los que no están dispuestos a pagar; libros sin
lectores que acaban en una negra cocina usados para envolver con sus hojas unas
crías de atún o convertidos en un cucurucho para guardar la pimienta).
Marcial
fue el primer autor que se interesó por la irrupción de los códices. Lo hizo en
uno de sus primeros libros, titulado con ironía Apophoreta, una
palabra rimbombante que en griego significaba «regalo». El poeta tuvo la
brillante idea de publicar en el mes de diciembre —temporada universal del
obsequio— catálogos en verso de objetos para regalar (delicias gastronómicas,
libros, cosméticos, tintes de pelo, ropa, lencería, utensilios de cocina,
adornos…). Marcial le dedicaba a cada producto un epigrama que informaba al
lector sobre los materiales, el precio, las características o el uso al que
estaba destinado. En el libro, el repertorio de regalos se organizaba en una
secuencia alterna de propuestas caras (para ricos) y baratas (para ricos
tacaños): un broche de oro y un palito para limpiar las orejas; una estatua y
un sostén; una esclava gaditana y una carraca; la última extravagancia de moda
—un bello frasco para beber nieve— y un orinal de barro. Estos poemas nos
permiten hoy asomarnos a la vida cotidiana de la Antigüedad, y asombrarnos por
la naturalidad descarada y sicalíptica de Marcial. Sobre el sujetador, escribe:
«Sujeta tu pecho con una piel de toro, porque tu piel no sostiene tus tetas». Y
sobre la bailaora gaditana: «Tan estremecedoramente se cimbrea que haría
masturbarse al más casto».
Apophoreta era
un manual humorístico para indecisos, un sorprendente ejercicio de poesía
aplicada a las necesidades de la vida diaria. En cierta medida, el poeta estaba
inventando las campañas publicitarias de Navidad, pero lo hacía con una mordaz
propuesta literaria. En su época suponía un uso transgresor, bajo y frívolo del
verso. Con este libro-catálogo, Marcial expresaba su simpatía por el nuevo
público lector recién llegado al mundo de los libros, que agradecía la poesía
fácil, la ausencia de esnobismo, el humor sin tapujos, los toques de realismo
reconocible y la frescura; el público que era el destinatario natural de los
códices.
En Apophoreta,
Marcial proponía al comprador incauto catorce obras literarias. Cinco de ellas,
descritas como códices «de bolsillo» en pergamino —pugillares membranei—,
ocupaban el lugar de los regalos baratos. Gracias a este testimonio, sabemos
que en los años ochenta del siglo I, el libro de páginas estaba ya en el
mercado, y a un precio asequible. Sus ventajas, además de las económicas, eran
evidentes. Varios epigramas expresan maravilla ante la mayor capacidad del
códice, comparado de forma implícita con los rollos: «Virgilio en pergamino.
¡Qué pequeño pergamino recoge al inmenso Virgilio!»; «Tito Livio en pergamino.
En estas pequeñas pieles se condensa el gran Livio». Marcial afirmaba que los
quince libros —equivalentes a quince rollos— de Las metamorfosis de
Ovidio cabían en un solo códice. Esta condensación no solo significaba un
ahorro de espacio y dinero, sino que garantizaba que las partes de una misma
obra no se iban a dispersar y a perderse. Por tanto, aumentaban
exponencialmente las posibilidades de supervivencia de los textos. Para el
difícil camino hacia el futuro, ese avance se revelaría decisivo.
El poeta
reconoció en el códice a un compañero de ruta cómodo y portátil: «Cicerón en
pergamino. Si este pergamino te acompaña, piensa que emprendes un largo viaje
con Cicerón». Años más tarde, también promocionaría la versión en códice de sus
propios poemas, con el mismo argumento: «Tú que deseas que mis libritos estén
contigo en todas partes y quieres tenerlos como acompañantes de un largo viaje,
compra los ejemplares que el pergamino oprime en pequeñas páginas. Deja la
biblioteca para los libros grandes; a mí una sola mano me abarca».
El libro
de páginas, tal como nosotros lo conocemos, había irrumpido con fuerza en el
mercado. Algunos autores, como Marcial, lo recibían entusiasmados. Otros
intelectuales más chapados a la antigua se aferraban al aristocrático rollo de
papiro, lamentándose porque los tiempos estaban cambiando y todo degeneraba.
Suponemos que la mayor parte de los romanos sencillamente se acostumbraron a
convivir con la variedad de formatos. En los talleres libreros, se ofrecían las
dos variantes, a elección de la clientela.
Para los
siglos siguientes, ya no tenemos un testigo atento, curioso y abierto a las
novedades como Marcial. Sabemos que el códice fue ganando terreno frente al
rollo gracias a la decidida preferencia de los cristianos. Víctimas de
persecuciones durante siglos, obligados a buscar escondites y a interrumpir
bruscamente sus reuniones, se organizaban en grupúsculos clandestinos. El libro
de bolsillo resultaba más fácil de esconder a toda prisa entre los pliegues de
la túnica. Permitía localizar más rápido un determinado párrafo de texto —una
epístola, una parábola evangélica, una homilía— y comprobarlo para tener la
seguridad de que era correcto, pues un error podía poner en peligro la
salvación del alma. Se podían hacer anotaciones al margen y dejar marcapáginas
en los pasajes importantes. Además, estos libros eran cómodos de transportar
con disimulo en viajes de apostolado. Ventajas todas ellas enormes para
comunidades de lectores furtivos. Por otra parte, los cristianos deseaban
romper con el simbolismo judío y pagano del rollo, y afirmar su identidad
peculiar. Los ligeros libros de páginas empezaron a circular en abundancia por
las manos ávidas de un público de cultura media o media-baja, allí donde el
mensaje cristiano encontraba más prosélitos. El nuevo formato favoreció la
lectura individual secreta, así como la lectura en voz alta durante las
peligrosas reuniones comunitarias. Los fieles desarrollaron un vínculo muy
profundo con esos textos religiosos, cuidadosamente seleccionados. De hecho,
siglos más tarde el Corán describirá a los cristianos como «gentes del libro» (ahl
al-kitâb), con una mezcla de respeto y asombro.
Quienes
hemos leído alguna vez a escondidas, desafiando la prohibición de los adultos
—en el sigilo de la noche, a horas intolerables para los niños, bajo el
camuflaje de la manta, con la linterna encendida, apagándola cada vez que
sonaban unos pasos que se acercaban—, somos descendientes directos de aquellos
primeros lectores furtivos. No deberíamos olvidar que el libro de páginas
triunfó, en gran medida, porque favorecía las lecturas clandestinas, negadas,
no consentidas.
XXV
Entre los
siglos III y V, el códice se impuso gradualmente, primero en Occidente y más
tarde en Oriente. Fuera del mundo cristiano, los pioneros del cambio fueron los
profesionales del derecho, ya que el libro de páginas les ayudaba a localizar
más rápido artículos concretos en los repertorios de leyes. Precisamente la
recopilación legal ordenada por el emperador Justiniano fue llamada el Código —es
decir, el códice por antonomasia—, legando a la posteridad ese término para
todos los compendios legales hasta la actualidad. También para los libros de
estudio resultaba muy útil por su capacidad y resistencia, y pronto lo
adoptaron los médicos para sus vademécums, objeto de muchas consultas. La
invención de los índices de contenidos facilitó las búsquedas. Con el tiempo
los códices se convirtieron en el soporte preferido para la literatura —sobre
todo para las largas narraciones, conjuntos de tragedias o comedias y
antologías—. Frente al complicado manejo del rollo, que exigía el uso de las
dos manos, los lectores soñadores se enamoraron de los libros de páginas, que
se leen con una sola mano, por usar la expresión de Luis García Berlanga para
la literatura erótica. El códice podía acompañar a su lector a cualquier parte.
Gracias a las fuentes literarias averiguamos que los romanos se sintieron
libres de leer a todas horas: cuando iban de caza, mientras esperaban que la
pieza cayera en la red; o durante la noche para vencer el tedio del insomnio.
Nos describen a una mujer que lee caminando, o a un viajero en su carruaje, a
un comensal tumbado y a una adolescente de pie en una galería, absortos todos
en sus libros.
Pero
nunca hubo un afán compulsivo de sustituir lo viejo por lo nuevo. Igual que hoy
conviven los libros de papel y los electrónicos, durante muchos siglos
coexistieron los rollos y los códices. Los antiguos cilindros de escritura se
usaban para textos honoríficos y diplomáticos —documentos rituales en los que
la tradición aún dejaba sentir su peso—. También formaron parte del paisaje de
la vida cotidiana en la Edad Media. Las instituciones y las órdenes monásticas
recurrían a ellos por amor a la antigua solemnidad. Las letanías y las crónicas
se prestaban a ser copiadas en el antiguo formato. Los rollos asoman incluso en
territorio adversario —los reconocemos en las miniaturas que iluminaron los
códices medievales más lujosos—.
Los
llamados rotuli mortuorum eran rollos de pergamino en los que
se anunciaba la defunción de alguna persona de calidad; un mensajero, en rutas
que en ocasiones superaban los mil kilómetros, iba transportando el rollo por
diversas instituciones relacionadas de algún modo con el difunto, y en cada una
de ellas se añadía al rollo una oración u otra expresión de condolencia. El
«Rollo de Matilda», hija de Guillermo el Conquistador y abadesa de la Trinidad
de Caen, que alcanzó los veinte metros de longitud, fue destruido durante la
Revolución francesa. En Inglaterra y Gales todavía se denomina Master of the
Rolls al archivero de la corte real. A falta de apuntador, los actores de
teatro en el medievo solían usar rollos como ayuda para la memoria en sus
representaciones. De allí deriva el término «rol» del actor.
En
realidad, no nos han abandonado por completo. En nuestras tradiciones, pero
también en nuestras palabras, en nuestros ordenadores, en internet, en las
proyecciones de futuro, sobrevive el recuerdo de los rollos. Algunas
universidades siguen otorgando sus diplomas con este arcaico ropaje. Cuando
hablamos de un libro «largo» o «extenso», de forma involuntaria somos herederos
de la terminología específica del rollo. Llamamos impropiamente «volúmenes»
—del latín volvo (‘dar vueltas, girar’)— a los códices, que ya
no se rebobinan. En el lenguaje coloquial todavía decimos que es «un rollo»
algo que nos aburre, que se desenrolla y se desenrolla y parece no acabar
nunca. Y hoy la palabra scroll, que designaba en inglés al rollo
manuscrito, se usa para describir el acto de hacer avanzar o retroceder
verticalmente el texto en la pantalla de cualquier aparato informático, como se
manejaban los viejos rotuli. Además, las compañías tecnológicas más
innovadoras están desarrollando pantallas de televisión enrollables que se
puedan guardar cuando no se utilizan. En la historia de los formatos, la pauta
es la convivencia y la especialización, no el relevo. Los primeros libros se
niegan a extinguirse del todo.
XXVI
Marcial y
Perec tienen razón: los objetos, su materialidad, sus características, los
gestos que llevan aparejados no son mera anécdota. De hecho, son decisivos. En
la lucha por hacer sobrevivir las palabras —tan frágiles, meros pedazos de
aire—, siempre han jugado un papel crucial el formato y la materia prima de los
libros: cuánto duran, de qué materiales están fabricados, cuánto cuestan, cada
cuánto tiempo hay que volver a copiarlos.
Los
cambios de formato dejan en la cuneta enormes cantidades de víctimas. Todo lo
que no es transferido del viejo al nuevo soporte desaparece para siempre. Este
peligro nos sigue amenazando en el presente. Si, tras la llegada de los
primeros ordenadores en los años ochenta del pasado siglo, no hemos sido
capaces de reciclar nuestra memoria informática pasando de un floppy
disk a un disco de 3½, luego un CD y ahora a un pen drive,
hemos perdido nuestros datos mil veces, parcial o íntegramente. Está claro que
ningún ordenador puede leer ya los primeros disquetes, que pertenecen a la era
prehistórica de la informática.
En el
siglo XX, el cine ha sufrido sucesivas oleadas de destrucción producidas por
los cambios de soportes. Agustín Sánchez Vidal ofrece un cómputo de pérdidas:
«El material más afectado es el anterior a 1920, ya que hacia esa fecha las
cintas son destruidas, al pasar las películas de una o dos bobinas (con una
duración de entre diez y treinta minutos) a la duración estándar de hora y
media. La emulsión se aprovecha para recuperar las sales de plata, y el soporte
de celulosa, para fabricar peines y otros objetos. Las pérdidas por este
concepto rondan el 80 por ciento. En torno a 1930 se pierde cerca de un 70 por
ciento al producirse una oleada de destrucciones, todavía más sistemáticas,
debidas al paso del cine mudo al sonoro. Y en la década de los cincuenta tiene
lugar la tercera, al sustituir la película inflamable de nitrocelulosa por la
seguridad del acetato. En este caso las pérdidas no resultan fáciles de
cuantificar. Si se toma como ejemplo nuestro país, puede estimarse que se
conserva solo un 50 por ciento de la películas del periodo sonoro hasta 1954».
Cada paso del progreso ha supuesto a su vez una devastación.
Martin
Scorsese recreó este triste naufragio en La invención de Hugo.
Recuerdo especialmente una escena melancólica donde el celuloide de las
deliciosas películas de Georges Méliès acaba reutilizado por la industria del
zapato para producir tacones. Este es un capítulo insólito de la historia de
los objetos: la belleza de las historias y las imágenes que habitaron en la
mente de los pioneros del cine terminó reciclada en peines y tacones. En la
década de los veinte del siglo pasado, personas anónimas caminaron sobre obras
de arte. Las hundieron en los charcos de las aceras. Se peinaron con ellas.
Dejaron allí rastros de su caspa. Nunca sospecharon que esos utensilios eran,
en realidad, pequeñas tumbas, monumentos cotidianos de la destrucción.
Con la
sustitución de los antiguos rollos, sin duda, perdimos para siempre todo un
tesoro de versos, crónicas, aventuras, ficciones, ideas. A lo largo de los
siglos, la desidia y el olvido han destruido aún más libros que la censura o el
fanatismo. Pero también sabemos de grandes esfuerzos por salvar el legado de
las palabras. Ciertas bibliotecas —es imposible averiguar cuántas— se
embarcaron en la paciente tarea de transcribir sus fondos al soporte
triunfador, volviendo a copiarlos a mano, trazo a trazo, frase por frase, libro
por libro. En el siglo IV, el filósofo y alto funcionario Temistio dejó escrito
que en la biblioteca de Constantinopla trabajaban para el emperador Constancio
II artesanos capaces de «trasladar el pensamiento de un envoltorio desgastado a
otro nuevo, recientemente confeccionado». En el siglo V, Jerónimo de Estridón
mencionó otra biblioteca, en la ciudad romana de Cesarea —situada en la costa
mediterránea del actual Israel, entre Tel Aviv y Haifa—, donde también habían
acometido la tarea de transferir todos sus libros al formato códice.
Hasta la
reciente aparición de las tabletas y los libros digitales, durante veinte
siglos, los lectores no hemos vuelto a sufrir el seísmo de un gran cambio de
formatos. Aquellos libros de páginas que Marcial acogió con entusiasmo en el
siglo I permanecen junto a nosotros en el siglo XXI fieles, simples,
conservando nuestra memoria, transportando nuestra sabiduría, soportando los
ultrajes del tiempo.
§ 9.
Bibliotecas públicas en los palacios del agua
XXVII
El 15 de
marzo del año 44 a. C. —en los idus de marzo, según el calendario romano—,
asesinaron a Julio César apuñalándolo en el Senado, frente a la estatua de su
viejo enemigo Pompeyo, que quedó manchada por las salpicaduras de su sangre. En
nombre de la libertad, un grupo de senadores hundieron una y otra vez sus dagas
en el cuerpo de un hombre de sesenta y seis años, en su cuello, su espalda, su
pecho y su vientre. Viendo puñales levantados por todas partes, el último
movimiento de César fue un gesto de pudor. Al borde de la muerte, cegado por la
sangre, se preocupó de estirar su túnica sobre las piernas para caer más
noblemente, sin enseñar su sexo. Las dagas siguieron asestándole salvajes
picotazos mientras yacía indefenso junto a las escaleras del pórtico. Recibió
veintitrés puñaladas, de las que, según Suetonio, solo una fue mortal.
A los
conspiradores les gustaba referirse a sí mismos como «los libertadores».
Consideraban a César un tirano que aspiraba a ser rey. Aquel asesinato
político, tal vez el crimen más famoso de la historia, ha despertado tanta
admiración como repugnancia. No es ninguna casualidad que, mil novecientos años
después, John Wilkes Booth utilizara «idus» como contraseña para el día que
mató a Abraham Lincoln, ni que, mientras huía del escenario del crimen, Booth
gritase una frase en latín: Sic semper tyrannis («Este es el
destino de los tiranos»).
¿Era
Julio César un tirano en ciernes? Sin duda, fue un general carismático y un
político sin escrúpulos. Algunos de sus contemporáneos calificaron su campaña
en las Galias como genocidio. Es cierto que, en sus últimos años de vida, cada
vez se esforzaba menos en disimular su gigantesca ambición. Había sido nombrado
dictador vitalicio y se atribuyó el derecho a llevar el atuendo triunfal
siempre que quisiera —con la corona de laurel, que no podía ser más práctica
para disimular su calvicie—. Para la posteridad, su nombre ha simbolizado
siempre un título de poder autoritario (césar, zar). Sin embargo, su asesinato
no salvó la República. El crimen de los idus fue un salvaje derramamiento de
sangre que no logró ninguno de sus objetivos. Desencadenó una larga guerra
civil, más muertes, nuevas destrucciones y, al final, sobre las ruinas
humeantes, Augusto instauró la monarquía imperial. El joven emperador, heredero
y sucesor de su tío, hizo colocar una estructura de hormigón para señalar y
clausurar el escenario del crimen. Hoy, tantos siglos después, los gatos
callejeros de Roma se refugian en el Largo di Torre Argentina, el lugar donde
agonizó Julio César.
Como daño
colateral, en los idus de marzo salieron perdiendo los lectores pobres. Entre
otros planes, César tenía previsto construir la primera biblioteca pública de
Roma, lo más rica posible, y había confiado al sabio Marco Varrón la tarea de
adquirir y clasificar los libros. El nombramiento era lógico, porque Varrón
había escrito un ensayo titulado Sobre bibliotecas, del que apenas
han sobrevivido unos escasos fragmentos.
Años
después, Asinio Polión, seguidor de César, hizo realidad su sueño con el jugoso
botín de una expedición militar de saqueo. Inauguró una biblioteca en el mismo
edificio que —simbólicamente— albergaba el santuario de la diosa Libertad. Solo
conocemos este primer templo público de los libros a través de las menciones de
varios escritores, ya que sus restos han desaparecido sin dejar huella. Sabemos
que el espacio interior estaba dividido en dos secciones, una para obras en
griego y otra para obras en latín. Esta organización bilingüe y bimembre se
repetiría en todas las bibliotecas romanas posteriores. Por imperativo del amor
propio nacional, las dos secciones debían tener idénticas dimensiones, aunque
por el momento una estuviese llena a rebosar y la otra acusadoramente vacía.
Frente a unos siete siglos de textos griegos, para el apartado romano apenas se
podía elegir entre dos siglos de literatura. Sin atender a esas minucias, el
mensaje que transmitía la biblioteca oficial de Polión era doble: las obras griegas
quedaban incorporadas en su lengua original al bagaje de los romanos; a cambio,
había que fingir que los jefes del poderoso Imperio valían tanto como sus
brillantes súbditos helenos. Ningún aspecto de la puesta en escena podía
delatar que, de hecho, los colonizadores se sentían acomplejados ante el
apabullante patrimonio intelectual de un territorio conquistado.
Otro
rasgo que heredarían todas las bibliotecas romanas fueron las estatuas de
autores famosos. En Roma aquellos bustos en los espacios públicos eran el
equivalente literario de las estrellas del paseo de la fama de Hollywood. Quien
conseguía ese homenaje había entrado en el canon. Polión encargó para su
biblioteca un solo retrato de un escritor vivo: Varrón. Décadas más tarde, el
deslenguado Marcial, atento a todos los afanes de la feria de las vanidades
romanas, presumía de que su busto adornaba ya algunas mansiones aristocráticas.
En realidad, él ambicionaba una estatua en las galerías de personajes ilustres
de las bibliotecas públicas. Todo parece indicar que, como esos eternos
aspirantes al premio Nobel, se quedó siempre a las puertas. En sus epigramas
abundan los estribillos de pedigüeño, mendigando sin tapujos honores, halagos o
dinero, pero en general, como él mismo contó con humor y autoironía, sus
esperanzas desembocaban en grandes chascos.
La
biblioteca de Asinio estaba abierta a los lectores seguramente desde el alba
hasta el mediodía. Allí debía de acudir un público variado: escritores,
estudiosos, amantes del conocimiento, pero también copistas enviados por sus
amos o por los libreros con el encargo de hacer copias de las obras. Lo más
probable es que, para buscar los libros en los armarios, hubiera personal
especializado. También sabemos que algunas bibliotecas autorizaban el préstamo.
El escritor Aulo Gelio cuenta una anécdota que lo prueba. Se había reunido con
unos amigos para cenar y charlar. Cuando les sirvieron nieve derretida para
beber, un invitado experto en Aristóteles les advirtió de que, según el
filósofo, era perjudicial para la salud. Como alguien negó esa afirmación, el
terco comensal, lastimado en su orgullo, se tomó la molestia de ir hasta la
biblioteca de la ciudad, consiguió que la abriesen para él y regresó con un
ejemplar de la obra de Aristóteles que incluía el párrafo en cuestión —esa era
la laboriosa forma de zanjar las discusiones antes de que existieran los
buscadores de internet—. También el emperador Marco Aurelio y su maestro
Frontón mencionan en sus cartas que se llevaban a casa libros prestados. Además
de esos testimonios casuales, se ha conservado en Atenas una inscripción de
época imperial avisando de que los directores prohibían el servicio de
préstamo, de donde se deduce que en otros establecimientos sí estaría
permitido. La inscripción reza textualmente: «De aquí no saldrá ningún libro;
así lo hemos jurado».
Las dos
siguientes bibliotecas públicas de la Urbe las hizo construir Augusto, una en
el monte Palatino y la otra en el Pórtico de Octavia. Los arqueólogos han
encontrado restos de la Biblioteca Palatina. Gracias a las excavaciones tenemos
una imagen fiable de su diseño arquitectónico y de su interior. Se han hallado
dos cámaras contiguas de tamaño idéntico para la colección bilingüe. En ambas,
los libros reposaban dentro de unos armarios de madera con estantes y puertas,
empotrados en grandes nichos, numerados con cifras que remitían al catálogo.
Dada la gran altura de los nichos, debían de contar con pequeñas escaleras
portátiles para alcanzar las repisas superiores. En conjunto, el edificio
recuerda más a nuestras salas de lectura contemporáneas que a las bibliotecas
griegas, donde no había instalaciones para los lectores. Los lectores griegos
escogían un rollo de los estantes y se trasladaban a un pórtico contiguo. En
Roma, las estancias estaban diseñadas para ofrecer un ambiente amplio, bello y
lujoso. Los libros descansaban en los armarios, al alcance de la mano pero sin
obstruir el paso. Había mesas, sillas, maderas talladas, mármoles: un placer
para la vista, y un derroche de espacio.
A medida
que las colecciones crecían, se necesitaban nuevos armarios. Los problemas de
almacenamiento resultaban difíciles de resolver porque los nichos para libros
estaban integrados en la estructura arquitectónica del edificio y no se podían
improvisar. Había que fundar nuevas bibliotecas. El emperador Tiberio sumó una
o tal vez dos durante su reinado, y Vespasiano levantó otra en el templo de la
Paz, probablemente para celebrar con libros y proclamas de concordia que había
sometido a sangre y fuego la revuelta de Judea.
Los
restos mejor conservados corresponden a las bibliotecas gemelas construidas por
orden de Trajano en el año 112 como parte de su foro monumental. La sala griega
y la latina estaban una frente a la otra, separadas por un pórtico en cuyo
centro todavía se yergue la famosa columna de Trajano. Los arqueólogos creen
que el emblemático monumento representaba un gran rollo de piedra, con sus
treinta y ocho metros de escenas en bajorrelieve a todo color sobre las guerras
de la Dacia —como viñetas de un cómic bélico—. El relato de las campañas se
desarrolla en una cinta continua que asciende en espiral: miles de romanos y
dacios esculpidos minuciosamente marchan, construyen, luchan, navegan, se
escabullen, negocian, suplican y perecen en ciento cincuenta y cinco escenas
—una auténtica novela gráfica—.
El
interior de las dos bibliotecas era un prodigio de lujo abierto a todos los
públicos: dos pisos de armarios, columnas, galerías, cornisas, revestimientos
de mármol multicolor de Asia Menor y estatuas. Imagino los rostros
boquiabiertos de la gente común ante un despliegue de belleza estética y
comodidades que hasta entonces habían sido prerrogativa de la aristocracia, y
una colección de unos veinte mil libros accesibles a cualquier lector. Gracias
al primer emperador hispano, en Roma ya no hacía falta cortejar a los ricos
para leer en un ambiente fastuoso.
XXVIII
La
biblioteca de Trajano fue la última de su especie. A partir del siglo II, las
nuevas salas de lectura se integraron en los baños públicos imperiales. Además
de ofrecer todas las prestaciones de unas termas —salas templadas, salas
calientes, saunas, baños fríos, salas de masajes—, aquellos edificios llegaron
a ser auténticos complejos de ocio, que anticipaban nuestros centros
comerciales. Las termas de Caracalla, inauguradas en el año 212, incluían
gimnasios, espacios para la lectura, salas para la conversación, un teatro, los
propios baños, jardines, espacios destinados al ejercicio o el juego,
establecimientos para comer y biblioteca griega y latina separadas; todo pagado
por el Estado.
Con la
construcción de estos baños grandiosos y gratuitos, los emperadores
conquistaban a sus súbditos. «¿Qué hay peor que Nerón?», se preguntaba Marcial.
«¿Y qué mejor que sus termas?». Allí acudían todos los romanos, hombres y
mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres. Algunos se bañaban y se tendían en
los lechos de masaje, otros jugaban a la pelota o juzgaban el juego del prójimo
con consejos que nadie les había pedido, acudían a conferencias, charlaban con
los amigos, murmuraban a las espaldas de sus conocidos, despotricaban contra
los cargos municipales, se quejaban del precio del grano, comían salchichas a
dos carrillos o curioseaban en la biblioteca. El filósofo Séneca, que se
desesperaba intentando concentrarse en su despacho situado justo sobre unas
termas, escribió una divertida descripción del jolgorio y la alegría de los
baños: «Cuando los atletas se ejercitan con pesas de plomo, escucho sus
chiflidos y sus jadeantes respiraciones. Oigo el chasquido de la mano del
masajista al sacudir una espalda. Si llega de repente el jugador de pelota y
empieza a contar los tantos, uno está perdido. Añade al camorrista, al ladrón
atrapado y los que saltan a la piscina produciendo gran estrépito con sus
zambullidas. Piensa en el depilador que lanza un grito agudo para hacerse notar
y fuerza a gritar a otros cuando les afeita los sobacos. Luego el vendedor de
bebidas, el salchichero, el pastelero y los vendedores que pregonan su
mercancía con una peculiar modulación». Sin duda, la atmósfera más adecuada
para el autor de las reflexiones sobre la serenidad en De tranquilitate
animi.
A
diferencia de las exquisitas bibliotecas de los foros, las salas de lectura de
los baños se orientaban a los gustos de un público amplio, dispar y frívolo.
Sus lectores debieron de ser ante todo gentes curiosas en busca de
entretenimiento, que acudían a los libros como alternativa a los juegos de
pelota, los chapuzones y la conversación insustancial. Suponemos que las
colecciones de libros incluían sobre todo clásicos de renombre en ambas
lenguas, autores contemporáneos de moda, y acaso algún que otro filósofo. La
creación de bibliotecas ubicadas dentro de los abarrotados baños romanos fue un
enorme logro. Unió cultura, entretenimiento, negocios y educación en una
vigorosa fusión bajo un mismo techo. Supuso un enorme impulso para
universalizar los libros, colocándolos en un entorno popular y bullicioso que
no intimidaba a los lectores inexpertos.
Además,
las bibliotecas de las termas llevaron la lectura a todos los rincones del
Imperio. Los centros de ocio no eran exclusivos de la capital, sino que
formaron una auténtica red a lo largo y ancho de los territorios conquistados
por los romanos. De hecho, algunos especialistas creen que la cultura del baño
era la única institución pública compartida que unía a los distantes ciudadanos
imperiales.
El goce
de los placeres del agua llegó a convertirse en una seña de identidad de la
cultura pagana y la civilización de Roma, hasta tal punto que los cristianos
más estrictos abominaban de las termas como síntoma de sibaritismo, sensualidad
y corrupción espiritual. Se conserva la carta de un monje campesino del siglo V
que afirmaba: «No queremos lavarnos en los baños». Los hombres santos
entendieron el hedor como una medida de devoción ascética. Rechazaban el aseo
para expresar su oposición al estilo de vida de los romanos. Simeón el Estilita
se negaba a dejarse tocar por el agua y «tan potente y hediondo era el hedor
que resultaba imposible ascender aunque solo fuera hasta mitad de la escalera
sin malestar; algunos de los discípulos que se obligaban a llegar hasta él no
podían subir hasta que no se habían untado en la nariz incienso y ungüentos
fragantes». Después de pasar dos años en una cueva, san Teodoro de Siqueón
emergió «con un hedor tal que nadie soportaba estar cerca de él». Clemente de
Alejandría escribió que el buen gnóstico cristiano no quiere oler bien:
«Repudia los placeres espectaculares y los demás refinamientos del lujo, como
los perfumes que halagan el sentido del olfato o las atracciones de los
diversos vinos que seducen el paladar o las guirnaldas fragantes hechas con
distintas flores que debilitan el alma a través de los sentidos». En aquel
tiempo, el «olor de santidad» era fétido.
No
obstante, dejando de lado a las minorías rigoristas, los habitantes de las
provincias imperiales abrazaron con entusiasmo los placeres del baño, y las
termas trajeron consigo, entre otros pasatiempos y lujos, una marea de libros.
XXIX
La ciudad
de las veintinueve bibliotecas: un catálogo de los edificios emblemáticos de
Roma fechado en el año 350 menciona esa cifra precisa. Fuera de la capital, en
cambio, es difícil seguir rastro de los libros. Solo poseemos informaciones
caprichosas, incompletas, a veces desconcertantes. En Pompeya, los arqueólogos
han descubierto restos de una sala de lectura. Una inscripción de la ciudad de
Comum —hoy Como— recuerda que el escritor Plinio el Joven donó a su ciudad de
origen una biblioteca y la suma de cien mil sestercios para mantenerla. Otra
inscripción hallada en la costa, no lejos de Nápoles, habla de una biblioteca
sufragada por Matidia, la suegra del emperador Adriano. Hay huellas azarosas de
otras colecciones públicas donadas, en Tibur (actual Tívoli) y en Volsinii
(Umbría).
Por lo
general, el dinero para financiar esas colecciones no procedía del erario
público, sino de las arcas de donantes generosos. Durante toda la Antigüedad,
pesaba sobre los ricos la obligación no escrita de gastar parte de su riqueza
en la comunidad: financiar juegos circenses, construir anfiteatros, pavimentar
caminos o levantar acueductos. Si, como escribió Balzac, detrás de toda gran
fortuna siempre hay un crimen, invertir en mejoras colectivas les parecía a los
antiguos la mejor fórmula para indemnizar a la sociedad por aquellas fechorías
iniciales. En los edificios públicos abundan las siglas DSPF (de sua pecunia
fecit) junto al nombre de un ciudadano. Estos alardes de filantropía no
siempre eran estrictamente voluntarios: los potentados que se resistían a
contribuir sufrían presiones, y no podían negarse durante mucho tiempo, a
riesgo de perder su prestigio. Si un millonario rácano necesitaba un suave
empujón para abrir la bolsa, los plebeyos acudían a la puerta de su casa a
cantarle coplas sarcásticas y a burlarse de él. Es muy posible que alguna
biblioteca de provincias se gestase en uno de esos antiguos escraches.
En la
zona de habla griega del Imperio, existían bibliotecas públicas desde la época
helenística. Los emperadores romanos apoyaron aquellos prestigiosos centros del
saber, invirtiendo en las colecciones de Alejandría y Pérgamo. La venerable
ciudad de Atenas ganó dos nuevas bibliotecas en el siglo II, una de ellas
regalo de Adriano, y la otra de un conciudadano que pagó un pórtico, una sala
con sus libros y toda la decoración del recinto «de su propio dinero» —así lo
proclama en una inscripción, con énfasis y al parecer con el bolsillo todavía
dolorido—. En Éfeso, un tal Tiberio Julio Celso erigió una biblioteca en
memoria de su padre, gran amante de los libros.
En
cambio, Occidente aparece a simple vista como un gran erial. En toda la zona
geográfica que hoy abarca Inglaterra, España, Francia y la costa septentrional
de África, solo hay pruebas de la existencia de bibliotecas en dos lugares:
Cartago, en Túnez, y Timgad, en Argelia. De la primera tenemos noticia por la
mención de un escritor; de la segunda, gracias a la arqueología.
Es cierto
que, según los estereotipos de la época, el foco de la civilización radicaba en
Oriente, mientras que los habitantes de poniente chapoteaban en la barbarie, el
subdesarrollo y la incultura. En todas las épocas, las potencias más poderosas
construyen sus oposiciones geográficas —norte/sur, este/oeste— y no permiten
que los hechos les estropeen un buen prejuicio. En la Antigüedad, Europa
occidental conoció culturas muy sofisticadas y casi todas ellas fueron
destruidas por sus civilizados invasores. En todo caso, para comienzos de la
época imperial la globalización romana había paliado las diferencias entre
territorios. Los arquitectos e ingenieros de Roma urbanizaron a conciencia
Occidente, sustituyendo las aldeas nativas por una red de ciudades, pequeñas y
grandes, dotadas de alcantarillado, acueductos, templos, foros y termas. En
ellas tuvo que haber libros. Durante aquellos años la cultura escrita, aunque
no tan arraigada como en el mundo griego, se expandió en las comunidades
romanizadas. Había maestros de escuela que enseñaban latín en las principales
poblaciones, mientras que los grandes centros ofrecían educación secundaria y
retórica. En capitales como Cartago o Marsella, los habitantes más ricos podían
cursar el equivalente a la formación universitaria de la época. Marcial, que
nació en la celtíbera Bilbilis y llegó a Roma al cumplir veinte años, demostró
un excepcional dominio de la lengua latina. Si no fue en su municipio natal,
con seguridad tuvo acceso a una biblioteca en Caesaraugusta o en Tarraco. Y
como Bilbilis o Caesaraugusta, decenas de centros importantes de Occidente
albergaron ciudadanos —hombres y mujeres— con riqueza, ambiciones culturales y
apetito de libros.
Cuando
camino por las calles de trazado romano de mi ciudad, pienso que en algún
lugar, como en la mágica Oxford, duerme una gran biblioteca en el subsuelo.
Aplastadas por el bullicio de las calles, bajo el asfalto y la prisa, mil veces
pisadas y saqueadas, sin duda deben de sobrevivir las últimas esquirlas de los
nichos donde nuestros remotos antepasados conocieron los libros.
§ 10. Dos
hispanos: el primer fan y el escritor maduro
XXX
La imagen
de adolescentes gritando, sollozando y desmayándose a la llegada de sus ídolos
musicales no nació con Elvis y los Beatles. En realidad, ni siquiera es un
fenómeno surgido con el rock’n’roll, sino con la música clásica. Ya
los castratti del siglo XVIII despertaban pasiones desde los
escenarios. Y en las civilizadas salas de conciertos del siglo XIX, un pianista
húngaro que agitaba la melena al inclinarse sobre el teclado provocó un
auténtico delirio de masas conocido como lisztomanía, o «fiebre Liszt». Si a
las estrellas de rock sus fans les lanzan la ropa interior a la cara, a Franz
Liszt le arrojaban joyas. Fue el icono erótico del siglo victoriano. En la
época se decía que sus balanceos y sus estudiadas poses al interpretar
producían en la audiencia éxtasis místicos. Primero niño prodigio y después
joven histriónico, protagonizó giras multimillonarias por el continente.
Durante las apariciones públicas de Liszt, sus fans se arremolinaban,
chillando, suspirando y sufriendo mareos. Lo seguían por las sucesivas
capitales donde ofrecía conciertos. Intentaban robarle sus pañuelos y guantes,
y llevaban su retrato en broches y camafeos. Las mujeres trataban de cortarle
mechones de pelo, y cada vez que se rompía una cuerda del piano estallaban
auténticas batallas campales por conseguirla para fabricarse una pulsera con
ella. Algunas admiradoras lo acechaban por la calle y por las cafeterías,
provistas de frascos de vidrio donde vertían los posos del café de su taza.
Cierta vez, una mujer recogió los restos de su puro junto al pedal del piano, y
los llevó en el escote, dentro de un medallón, hasta el día de su muerte. La
palabra celebrity se usó por primera vez para referirse a él.
A pesar
de ello, todavía podemos retroceder más en el tiempo. Seguramente, las primeras
estrellas internacionales fueron un grupo de escritores de la época imperial
romana (Tito Livio, Virgilio, Horacio, Propercio y Ovidio).
De hecho,
el primer fan conocido de la historia fue un hispano de Gades, obsesionado por
conocer a su ídolo, el historiador Tito Livio. Nos cuentan que a comienzos del
siglo I emprendió un peligroso viaje «desde el rincón más remoto del mundo», o
sea, la actual Cádiz, hasta Roma para ver de cerca, con sus propios ojos
deslumbrados, a su artista favorito. Suponiendo que hiciese la ruta por tierra,
el devoto gaditano necesitó más de cuarenta días de trayecto para realizar su
peregrinación idólatra, sufriendo las pésimas comidas y el suplicio de los
piojos en las fondas polvorientas, traqueteando a lomos de jamelgos y en carros
viejos, temblando por miedo a los salteadores de caminos en los bosques
solitarios. Recorrió las calzadas del imperio, bordeadas por los cadáveres de
bandidos ejecutados que se pudrían empalados en estacas allí donde habían
cometido su delito. Por las noches rezaba para que los esclavos que lo
escoltaban no huyesen o se volviesen contra él en tierra extranjera. Vació
varias bolsas de monedas por el camino. Él mismo adelgazó a causa de unas
gigantescas diarreas provocadas por el mal estado de las aguas. En cuanto llegó
a Roma, preguntó por el famoso Livio. Consiguió verlo de lejos, tal vez se fijó
en su forma de peinarse y vestir la toga para imitarlo y, sin atreverse
siquiera a dirigirle la palabra, dio media vuelta, de regreso —otras cuarenta
jornadas de viaje— a su hogar. Plinio el Joven contó la anécdota en una de sus
cartas, sin saber que estaba describiendo al primer perseguidor de celebridades
conocido.
La
globalización romana generó lectores en territorios muy alejados de la Urbe.
Horacio presumía de que sus libros eran conocidos en el Bósforo, en Libia, en
los actuales Cáucaso y Hungría, en el país del Rin y en Hispania. Propercio
afirmaba que su gloria había alcanzado las invernales orillas del río
Borístenes, hoy Dniéper. Ovidio escribió, sin rodeos ni falsa modestia, que era
muy leído «en todo el mundo». En general, los romanos tendían a confundir los
límites de su imperio con los del planeta. Es un rasgo típico de las visiones
imperiales —ya el rey acadio Sargón el Grande, cuyos dominios se extendían del
golfo Pérsico al Mediterráneo, se jactaba de haber conquistado el mundo
entero—. En el caso de los escritores romanos, dejando de lado las imprecisiones
geográficas y las fanfarronadas, era cierto que las fronteras de la lectura se
estaban expandiendo en una progresión asombrosa: los libros de éxito empezaban
a atravesar continentes, mares, desiertos, montañas y selvas, en vida de sus
autores. Las ideas y las palabras circulaban por las modernas calzadas. Los
libros de Marcial se podían comprar en Viena y Britania; los de Plinio el
Joven, en una librería de Lyon. Juvenal, un conservador reacio a la nueva
cultura inclusiva y global, se indignaba al imaginar a un mugriento cántabro
con libros de filosofía romana entre sus bárbaras manos: «Ahora el orbe entero
posee una cultura griega y romana; la elocuente Galia ha formado britanos como
abogados y en Thule se habla ya de contratar a un profesor de retórica. ¿Dónde
había, en la época del viejo Metelo, un estoico cántabro?».
En la
capital, nativos y forasteros eran capaces de reconocer por la calle a los
escritores más famosos, y los perseguían como los admiradores y groupies de
nuestro tiempo. Virgilio, que padecía timidez patológica, muchas veces salió
huyendo de los grupos de seguidores que lo asediaban, señalándolo con el dedo.
No todo eran inconvenientes, sin embargo. Entre la nobleza romana, existía la
costumbre de legar una parte de los grandes patrimonios a individuos
importantes para la comunidad, y, en esos casos, no se olvidaban de los
escritores. De hecho, se cuenta que los dos grandes autores rivales Tácito y
Plinio el Joven medían su fama por la cantidad de herencias que les donaban a
uno y otro. En un tiempo en que no podían competir acerca de la cantidad de ejemplares
vendidos —era imposible establecer un cálculo fiable—, el top ten de
las estrellas del firmamento literario se medía por las propinas que les
dejaban los testamentos aristocráticos.
De Livio
a Liszt, hay una larga historia desconocida de fama, fetichismo, fans
avasalladores y pasiones desbordadas hacia los clásicos.
XXXI
Este será
tu último gran viaje. Con casi sesenta años, mientras dejas atrás Roma, te
agita el entusiasmo de la aventura. La navegación de Ostia a Tarraco es
tranquila; balanceado por las olas y los vientos favorables, el barco te mece
en el mar de la memoria. Has vivido treinta y cinco años en la Urbe. Llegaste
muy joven a la capital del Imperio, donde conseguiste sobrevivir escribiendo
libros —y dando sablazos a los ricos—. Has sido un parásito simpático y
ocurrente en las mansiones nobles, el gracioso imprescindible de sus fiestas.
Te trataban algo mejor que a un mayordomo, pero bastante peor que a un amigo.
Sin
contratiempos, la nave te deja en Hispania, un día azul de luz cegadora. En
Tarraco contratas a un guía con un carro y dos mulas. Emprendéis la marcha sin
prisa: pasaréis seis días en los caminos hasta llegar a tu tierra natal.
Una tarde
os sorprende una brusca tormenta en un atajo sin pavimentar. Tenéis que tirar
como animales del carro, que una y otra vez se atasca en el barro. Cuando
cruzas la muralla de Cesaraugusta, sucio y con ojos inyectados, más pareces un
mendigo costroso que una celebridad de Roma. Vas a las termas, donde sudas,
charlas y te adormilas. Vagabundeas entre el ajetreo del puerto, junto al río
amarillento, y aprovechas para comprar dos esclavos en una subasta. Alguien que
ha triunfado fuera debe llegar escoltado por hombretones de espaldas anchas y
pecho frondoso.
Otra vez
en marcha, te emociona contemplar la solitaria silueta del monte Cayo —al que
siglos después llamaremos Moncayo, y cuya sombra ofrecerá refugio e inspiración
a otros escritores, como un tal Bécquer y un tal Machado—. Al acercarte al río
Jalón, revives los ruidosos chapoteos de tu infancia junto a otros niños en sus
aguas poco profundas. De nuevo mugriento por el polvo del camino, sueñas con
volver al tranquilo balneario de Aquae Bilbilitanorum —las mismas aguas tibias
que más adelante recibirán el nombre musulmán de Alhama—. Reconoces el paisaje
de tu infancia: los cerros, el meandro del río, las minas de hierro, las
espigas altas que esperan la siega, los pinos, las encinas, la sombra de los
pámpanos. Una liebre desaparece tras un matorral, despertando tu apetito por
los manjares de la caza. Por fin, allí se alza la escarpada Bilbilis, los
tejados de las casas en pendiente, la silueta del templo, los recuerdos. Tu
corazón retumba. ¿Te esperan en tu tierra los laureles de la gloria, o las
dentelladas de la envidia? Conociendo a tus vecinos, más bien alguna frase
despectiva dicha entre dientes. Al menos, acabará el insomnio de Roma, el
concierto de cocheros que se insultan de noche, la obligación de madrugar y
sudar la toga corriendo a casa de los poderosos, las palabras falsas. Bajo el
cielo tranquilo de Celtiberia, amigo Marcial, dormirás a pierna suelta.
Aún no lo
sabes, pero vas a conocer a una viuda madura y rica, llamada Marcela, que
admira tus versos. Halagada por la idea de tener un amante famoso en Roma, te
regalará una finca con sus prados, sus rosales, una fuente que susurra estrofas
de agua, estanques cubiertos donde nadan las anguilas, un huerto de hortalizas
y un blanco palomar. Gracias a ella —cuerpo recio y cálido, tu última compañera
de cama, tu mecenas más generosa—, escaparás por fin a la amenaza de la
miseria, que nunca te abandonó del todo en Roma. Comerás en una mesa repleta.
Holgazanearás. Dormirás largas siestas panza arriba bajo las sombras de los
árboles que mitigan los veranos sin nubes. Durante el invierno dejarás
transcurrir horas fascinado por el baile hipnótico del fuego del hogar.
Conocerás por fin la calma, pero dejarás de escribir. Con el estómago lleno, tu
rabia se apaciguará y dejarás atrás tu disfraz de niño terrible.
Cuando
estabas en Roma, te irritaba la vida artificial y la hipocresía que observabas
a tu alrededor. Estabas harto de halagar a los poderosos. Entonces la nostalgia
te dictaba poemas en los que enumerabas los ásperos nombres de tu tierra. Bien,
ya has regresado a tu pequeño paraíso de sosiego. Pronto empezarás a rezongar
entre dientes, mascullando tu añoranza de las reuniones, los teatros, las
bibliotecas de Roma, la agudeza de tu círculo social, los placeres y el
bullicio de la capital; en suma, de todo lo que has dejado por afán de
tranquilidad.
§ 11.
Herculano: la destrucción que preserva
XXXII
Las
majestuosas bibliotecas de Roma que poblaban los sueños nostálgicos de Marcial
en Hispania, terminarían por sucumbir tras una sucesión de desastres, saqueos,
incendios y accidentes. Paradójicamente, la única biblioteca antigua que
conservamos ha sobrevivido gracias a la acción de fuerzas destructivas.
El 24 de
octubre del año 79, bajo el Imperio de Tito, el tiempo se detuvo en Pompeya y
Herculano, dos ciudades de moda en la bahía de Nápoles. Allí se habían hecho
construir sus mansiones los ciudadanos más ricos de la capital. El sol
resplandecía, las aguas eran de un azul muy puro, el olor del mirto endulzaba
el aire, se sucedían las fiestas para diversión de los veraneantes, la vida era
relajada y los placeres fáciles. Sin embargo, aquel día de otoño, desde primera
hora de la mañana, un jirón de humo negro se alzó desafiante del cráter del
Vesubio hacia el cielo. Pronto empezó a caer sobre las calzadas de Herculano
una especie de fango, mezcla de lluvia, cenizas y lava. Cubrió los tejados y
penetró por ventanas y rendijas. Por fin, un flujo volcánico a 600 °C arrasó
con todo. Solo quedaron los huesos de sus habitantes. Pompeya quedó envuelta en
vapores de azufre que volvieron el aire irrespirable. A una finísima llovizna
de cenizas siguió un granizo de pequeñas piedras volcánicas y, por último,
piedras pómez de varios kilos. La gente salía horrorizada de sus casas, pero ya
era tarde para huir.
La
ciudad, sepultada durante cerca de mil años bajo una capa de cenizas
solidificadas y lapilli, se convirtió en una especie de cápsula del
tiempo. La temperatura de 300 °C generó costras de ceniza volcánica en torno a
los retorcidos cuerpos de sus habitantes. En el siglo XIX, los arqueólogos
inyectaron escayola en los huecos fantasmales que dejaron los cuerpos muertos
en las cenizas. Esos moldes de escayola nos permiten contemplar a los
pompeyanos eternizados en el último acto de sus vidas: una pareja busca refugio
en un abrazo imperecedero, un hombre muere solo con la cabeza hundida en las
manos, un perro guardián intenta frenéticamente liberarse de su correa, una
niña se cobija convulsa en el regazo de su madre como si quisiera volver a su
vientre. Algunos de ellos aún parecen retorcerse, encogidos de miedo, dos mil
años después. En Te querré siempre, de Rossellini, un matrimonio en
crisis que viaja por Italia asiste con angustia al vaciado de las estatuas de
yeso de dos amantes que encontraron la muerte juntos, engullidos por la lava.
Varias
generaciones antes de la catástrofe, Lucio Calpurnio Pisón, suegro de Julio
César, encargó un palacio de doscientos metros cuadrados en Herculano. Cuando,
a mediados del siglo XVIII, los arqueólogos sacaron a la luz los restos de la
fastuosa residencia, encontraron más de ochenta estatuas de bronce y mármol, y
la única biblioteca superviviente del mundo clásico. La colección contiene unos
dos mil rollos carbonizados, que la erupción destruyó y preservó
simultáneamente. A consecuencia de este hallazgo sin precedentes, la gran villa
de Pisón es conocida como la Villa de los Papiros. Aquella mansión romana
sepultada por la lava impresionó de tal manera al magnate del petróleo Jean
Paul Getty que se hizo construir una villa idéntica en Malibú —hoy esa réplica
alberga una sede del Museo Getty—.
Durante
décadas, la villa de Lucio Calpurnio había sido lugar de reunión para un
conocido círculo de filósofos epicúreos, entre los que se encontraba el poeta
Virgilio. Pisón fue un poderoso magistrado y lector entusiasta de las obras del
pensamiento griego. Cicerón, su enemigo político, retrató al riquísimo
aristócrata cantando coplas obscenas y refocilándose desnudo «en medio de la
fetidez y el lodazal de sus queridos griegos» —la sutileza no abundaba en las
invectivas políticas de la época—. Al margen de que Pisón organizase o no sus
esporádicas orgías, a juzgar por el contenido de su biblioteca parece probable
que los invitados de la villa pasaran las tardes en Herculano dedicados a
entretenimientos apasionantes, aunque quizá menos sensuales.
Los
romanos poderosos de finales del periodo republicano y principios del Imperio
consideraban que el ocio intelectual era uno de sus privilegios más queridos.
Muchos de ellos destinaban largas horas de sus vidas, por lo demás
ocupadísimas, a debatir con ingenio y seriedad sobre los dioses, sobre las
causas de los terremotos, el trueno y los eclipses, sobre la definición del
bien y el mal, sobre las metas legítimas de la vida y sobre el arte de morir.
Agasajados por esclavos, en el confort de sus elegantes villas, se aferraban a
los tesoros de sus bibliotecas y a aquellas civilizadas charlas intelectuales
como si, de algún modo, quisieran creer que su viejo mundo seguía intacto, a
pesar de las guerras civiles, la violencia, las tensiones sociales, los rumores
de disturbios, el aumento de los precios del grano y las lentas columnas de
humo que vomitaba el Vesubio. Esos hombres y mujeres privilegiados que vivían
en el epicentro de la mayor potencia del mundo se refugiaban en sus lujosas
mansiones para olvidar todos los peligros, reduciéndolos a amenazas remotas, a
asuntos de importancia ínfima por los que no merecía la pena perder las formas
o interrumpir una conversación especulativa sobre, por ejemplo, los testículos
de los castores, tema que tanto interesaba a Aristóteles. De aquel gusto de los
nobles romanos por tumbarse en sus cómodos divanes —triclinios o lechos de
mesa— sobre almohadones de púrpura bordada, mientras les servían bebida y
manjares, para razonar tranquilamente los unos con los otros, procede nuestra
expresión «hablar largo y tendido».
Las
excavaciones de la Villa de los Papiros revelaron que los libros del sibarita
Pisón se guardaban en una habitación de tres por tres metros con estantes en
las paredes y una librería exenta de madera de cedro en el centro con estantes
a ambos lados. Los rollos se trasladaban al patio contiguo para poder leerlos
con buena luz, entre lujosas estatuas. En ese diseño, el arquitecto de la villa
seguía el precedente griego.
Aquel 24
de octubre, la explosión de gas del volcán carbonizó los rollos de papiro antes
de que la ciudad quedase enterrada bajo una fina ceniza volcánica que después
se enfrió y solidificó. Cuando los excavadores y cazadores de tesoros
exploraron la villa en el siglo XVIII, confundieron los restos de los rollos
con trozos de carbón y troncos quemados. De hecho, llegaron a usar algunos de
ellos como antorchas, donde ardieron las antiguas palabras de libros perdidos
—un curioso caso de comunicación por señales de humo—. Cuando comprendieron lo
que tenían entre manos, se preguntaron si sería posible leerlos. En la euforia
del hallazgo, recurrieron a métodos poco delicados (usaron las uñas o, peor
aún, cuchillos de carnicero para cortarlos, con resultados predecibles y
lamentables). Poco después, un italiano inventó una máquina para intentar
abrirlos con delicadeza, pero era una labor desesperadamente lenta. Hicieron
falta cuatro años para desplegar el primer rollo. Y, de todas formas, los
fragmentos obtenidos con la máquina, negros como un periódico quemado, eran
frágiles y difíciles de conservar porque tendían a despedazarse.
Desde
entonces, los investigadores han buscado herramientas tecnológicas para
descifrar los secretos ocultos en los rollos carbonizados de Pisón. En algunas
piezas no se distingue nada; en otras, se pueden identificar pocas letras con
microscopios. La manipulación constante conlleva el riesgo de que los rollos
queden convertidos en polvo negro sobre la mesa. En 1999, científicos de la
Universidad Brigham Young, en los Estados Unidos, examinaron los papiros con
radiación infrarroja. A una determinada longitud de onda, lograron un buen
contraste entre el papel y la tinta. Tocadas por la luz invisible, empezaron a
aflorar letras. En lugar de tinta negra sobre papel negro, los expertos
distinguieron líneas oscuras sobre un fondo gris pálido. Las posibilidades de
reconstruir los textos mejoraron notablemente. En 2008, las imágenes
multiespectrales propiciaron un nuevo avance. Sin embargo, ninguno de los
rollos identificados hasta ahora —todos ellos en griego— contiene uno de esos
tesoros destruidos que tanto codiciamos —ni poemas desconocidos de Safo, ni
tragedias naufragadas de Esquilo y Sófocles, ni los diálogos extraviados de
Aristóteles—. Los libros que han vuelto a la luz son, en su mayoría, tratados
filosóficos sobre asuntos muy especializados. Probablemente el hallazgo más
notable sea el ensayo Sobre la naturaleza, de Epicuro. Pero muchos
expertos sospechan que en la mansión de Lucio Calpurnio hubo una biblioteca
latina, todavía por descubrir. Mientras tanto, la moderna ciudad de Ercolano
ruge y vibra sobre las viejas ruinas, obstaculizando excavaciones más
profundas. Quizá en el futuro se encuentren allí —y sea posible leerlos—
fascinantes libros perdidos. Tal vez en las próximas décadas vivamos un pequeño
milagro literario bajo el volcán.
Los
primeros arqueólogos de Herculano descubrieron un buen número de rollos
esparcidos por la finca de los Papiros, apilados en el suelo e introducidos en
fundas de viaje, como si su dueño de entonces hubiera hecho un último esfuerzo
por trasladar la colección antes de que quedase sepultada bajo los veinte
metros de detritos volcánicos que la cubrieron. Imagino a ese hombre que hace
dos mil años se preocupaba por salvar sus libros mientras su mundo desaparecía,
carbonizado por el flujo abrasador de roca y aire ardiendo que se abalanzó
sobre Herculano a treinta metros por segundo y a 600 °C de temperatura. Por una
extraña ironía histórica, para nosotros esa biblioteca del apocalipsis es la
única superviviente de una extensa cartografía borrada.
XXXIII
Los
yacimientos del pasado atrajeron las peregrinaciones de un ejército de nuevos
fans. Cuando el rey de Nápoles y futuro rey de España Carlos III ordenó las
excavaciones de Pompeya, Herculano y Estabia en el siglo XVIII, se desató la
fiebre por las antigüedades. Las ciudades conservadas gracias a la catástrofe
levantaron jóvenes pasiones en Europa. Un mundo hasta entonces solo imaginado
se había vuelto visible de pronto, y la civilización antigua fue la última moda
en el continente. Desde aquel reducto de una época perdida, se perfilaron e
irradiaron ciertos rasgos de la modernidad: el Grand Tour y los inicios del
turismo, la arqueología como disciplina científica, los grabados de ruinas, la
arquitectura neoclásica de los centros del poder, la utopía estética de
Winckelmann, la vocación grecolatina que latía tras el alma revolucionaria de
los ilustrados.
§ 12.
Ovidio choca contra la censura
XXXIV
Tuvo
éxito —mucho éxito—, y lo disfrutaba. No se avergonzaba de sus lectores sin
apellidos aristocráticos. Era divertido, sociable, hedonista. La dolce
vita romana le gustaba tal y como era —a veces vulgar, fastuosa,
glotona; otras, melancólica, poética y frágil—. Escribía con facilidad, sin
sufrimiento y, aún así, sabía ser deslumbrante. Resultaba difícil perdonar a un
hombre tan feliz.
Había
nacido en una familia tradicional de ambiciosos terratenientes. Su padre lo
envió a estudiar a Roma con la esperanza de convertirlo en un gran abogado,
rico y respetable, pero él frustró todas sus esperanzas: le gustaba más la
poesía que el derecho. Aburrido de tribunales y buenos propósitos, no tardó en
abandonar su prometedora carrera para dedicarse por completo a la literatura.
Con sus poesías, no solo defraudó a su padre biológico, sino que tiempo después
disgustó también al padre simbólico de todos los romanos, el emperador Augusto.
Pagaría muy cara su segunda rebeldía. No obstante, antes de resbalar por el
precipicio, saboreó a fondo la gloria y los aplausos.
Ovidio
fue un explorador de nuevos territorios literarios, y el primer escritor que
prestó atención singularizada a sus lectoras. Ya he mencionado que escribió un
tratado específico dedicado a los cosméticos y el maquillaje femenino. Su Arte
de amar, un manual en verso para aprender a ligar, dedicaba un largo
capítulo —un tercio de la extensión total de la obra— a dar consejos de
conquista a las mujeres, y a explicarles las tretas de los seductores para
engañarlas en el amor. Estableció con ellas una intimidad hasta entonces
desconocida entre un autor y sus lectoras. En una época de rápida expansión en
los horizontes de lectura, Ovidio se sumó con gusto a la transgresión de los
valores arcaicos y las viejas normas. Su literatura joven, inconformista y erótica
atraía a las romanas de la época; él lo sabía y jugaba con los límites. No veía
el abismo que pisaba.
Algunos
contemporáneos lo acusaron de frívolo, olvidando que la frivolidad puede ser
profundamente subversiva. Ovidio lanzó una mirada revolucionaria sobre algunos
asuntos esenciales en la Roma del siglo I a. C.: el placer, el consentimiento y
la belleza. En aquella época, los matrimonios eran un arreglo de las familias,
que solían entregar muchachas adolescentes a hombres poderosos entrados ya en
la madurez. Eran tiempos de débito conyugal, tiempos en los que los esclavos de
ambos sexos estaban a disposición de los apetitos de sus amos, como un harén en
potencia. Por definición, las relaciones sexuales no eran recíprocas ni
igualitarias: se era pasivo o activo, se era penetrado o se penetraba. Existían
distinciones muy intrincadas, reglas asumidas y límites codificados —como
siempre, el principal era una cuestión de privilegio—. Lo que era aceptable
para un hombre rico no lo era para uno pobre; lo que se les consentía a los
hombres era inadmisible para las mujeres. La pedofilia estaba permitida con
alguien de rango inferior —esclavo, extranjero, no ciudadano—. Marcial no se
avergonzó de hacer público el deseo y la atracción que sentía hacia una esclava
de su propiedad, a la que en sus poemas llama Erotión, muerta a los seis años
de edad. Ovidio hizo añicos todas esas convenciones y lugares comunes al
escribir que le gustaban las mujeres maduras, no las niñas. Y que su placer
erótico necesitaba del placer de su compañera. Traduzco libremente un pasaje
del Arte de amar: «Prefiero una amante que haya sobrepasado la edad
de treinta y cinco años y encuentre ya cabellos canos en su melena: que los
apresurados beban el vino nuevo; a mí me gusta más una mujer madura que conoce
su placer. Tiene experiencia, que constituye todo el talento, y conoce en el
amor mil posiciones. La voluptuosidad en ella no es falsa. Y, cuando la mujer
goza al mismo tiempo que su amante, es el colmo del placer. Odio el abrazo en
que uno y otra no se dan enteramente. Odio esas uniones que no dejan exhaustos
a los dos. Odio a una mujer que se entrega porque hay que hacerlo, que no se
humedece, que piensa en sus labores. No quiero una mujer que me dé placer por
deber. ¡Que ninguna mujer haga conmigo el amor por obligación! Me gusta oír que
su voz traduzca su alegría, que murmure que es preciso ir más despacio, que
debo contenerme todavía. Me gusta ver a mi amante gozando con los ojos vencidos
y que desfallezca y no permita que la acaricie más».
La norma
tradicional dictaba que, para los hombres libres, el sentimiento era una
debilidad, y la voluntad de ponerse en el lugar de otro, una locura. Como
escribe Pascal Quignard, Ovidio es el primer abanderado del deseo recíproco, y
también el primer romano en defender que es preciso dominar la urgencia
masculina a fin de esperar el placer de la matrona.
El Arte
de amar fue considerado un libro inmoral y peligroso. Ovidio, años más
tarde, recordando el comienzo de sus desgracias, escribió que a causa de esa
obra muchos lo llamaron «maestro de adulterios obscenos». Es cierto que los
juegos eróticos que él enseñaba a practicar ocurrían fuera del matrimonio. Y no
podía ser de otra forma: el deseo y la atracción rara vez entraban en el
horizonte de la vida en pareja. Las bodas de los romanos ricos eran sobre todo
una decisión dinástica, un cálculo de alianzas y pactos familiares. Los padres
utilizaban a sus hijas como peones de sus maniobras políticas, y no tenían
inconveniente en divorciarlas de su marido para casarlas con otro, incluso
estando embarazadas del primero, si convenía a sus intereses políticos. No era
extraño que dos patricios se intercambiasen la mujer amistosamente: Catón de
Útica, recordado como un dechado de virtudes, «prestó» su esposa Marcia a un
amigo —es decir, pidió el divorcio para ceder el paso al nuevo pretendiente— y
se casó con ella por segunda vez en cuanto quedó viuda, haciéndose de paso con
una enorme herencia. Cuando estaba tramando esa maniobra nupcial, Catón
consultó al padre de Marcia, pero a ella no le preguntó su opinión: para la
mentalidad tradicional, las mujeres eran subalternas y adolescentes de por
vida. La forma de actuar de los ambiciosos padres de familia no fomentaba el
afecto ni la lealtad entre maridos y mujeres. Ante este panorama, las pasiones
estallaban fuera del matrimonio. Ovidio tuvo el descaro de plasmar esa realidad
en sus versos. En mal momento lo hizo: chocó directamente con el programa de
moralización del emperador Augusto y, sobre todo, con sus Leyes Julias,
aprobadas entre el año 18 a. C. y el 9 d. C., que pretendían asumir la defensa
de la familia y las tradiciones antiguas, castigando el adulterio con el exilio
y multando a quienes no tenían hijos.
En el año
8, Ovidio, apenas cumplidos los cincuenta, fue desterrado repentinamente,
mediante edicto imperial, a la aldea de Tomi —la actual Constanza, en Rumanía—.
Su tercera esposa permaneció en Roma, para administrar las propiedades comunes
y suplicar el indulto. El poeta partió solo al exilio. Nunca volverían a
encontrarse. Augusto había elegido para él un escarmiento severo, de calculada
crueldad. No se conformó con expulsarlo a una de las islas del Mediterráneo
habitualmente empleadas para estos propósitos, sino que lo arrojó a un
territorio salvaje situado en los confines del Imperio, fronterizo con lo
desconocido, donde Ovidio iba a permanecer separado de todo lo que en su
opinión hacía la vida digna de vivirse: amigos, amor, libros, conversaciones y,
sobre todo, paz. En ese villorrio desolado, sometido a los fríos de un clima
hostil, entre gentes que hablaban un idioma ininteligible, temiendo siempre las
razias de ejércitos nómadas, Ovidio estaba sentenciado a muerte. Sobrevivió
nueve años, enviando constantes súplicas a Roma y escribiendo sus Tristia,
un precedente de la carta De profundis que siglos más tarde
redactaría desde prisión otro gran vividor castigado, Oscar Wilde.
Sobre los
motivos de su destierro, Ovidio afirmó que su perdición fueron dos delitos: «un
poema y un error». Nunca explica en qué consistió su error para no poner el
dedo en la llaga —posiblemente fuera testigo de las orgías clandestinas de
alguna persona muy encumbrada, o se involucrara en alguna conspiración
política—. En cuanto al poema, hay pocas dudas. Se trata de su manual para
amantes. «Ya no soy preceptor de amor», escribió desde el exilio, «esa obra
pagó el castigo que merecía». Dos siglos después, un historiador afirmó,
tajante: «Augusto castigó con el exilio al poeta Ovidio porque escribió tres
libritos sobre el arte de amar». Ovidio lloró al saber que en su ausencia se
tomaban represalias contra sus obras. Augusto se aseguró de desterrar sus versos
de las bibliotecas públicas, tras el destierro del hombre.
Por lo
que sabemos, este episodio inauguró en Europa la censura de tipo moralizante,
una obsesión de control que encontró aquí su primer fracaso. El Arte de
amar, ese librillo alegre y erótico, perseguido por uno de los emperadores
más poderosos del Imperio y varias veces prohibido en épocas posteriores por
obsceno y escandaloso, ha encontrado el camino hasta nuestras bibliotecas. Su
historia es la de un largo salvamento, ejecutado siglo tras siglo por los
lectores en quienes confió Ovidio, frente a las autoridades. También la
subversión forja clásicos.
§ 13. La
dulce inercia
XXXV
A
principios del siglo II, Roma había conocido ya una larga retahíla de
emperadores suspicaces, sin demasiado sentido del humor. La censura y el miedo
empezaban a pudrir la atmósfera. El historiador Tácito palpó las cicatrices de
la amputación y se atrevió a nombrarlas. Nostálgico de un pasado inexistente,
fantaseaba con «la rara felicidad de los tiempos en los que está permitido
pensar como se quiera y decir lo que se piensa». Decidió investigar lo que
hiere a los poderosos, por qué se escandaliza la gente que suele
escandalizarse, cuáles son sus prohibiciones y sus fobias, qué intentan
sumergir en el silencio y todo lo que acecha tras las tachaduras de los textos
mutilados.
Tácito
relata con detalle un episodio de represión sucedido durante el mandato de
Tiberio, poco después de la muerte de Ovidio en el destierro. El historiador
Cremucio Cordo, de ideas republicanas, fue procesado por culpa de una frase
audaz. Había escrito en sus Anales que Bruto y Casio, los
asesinos de Julio César, fueron «los últimos romanos». Acusado por esas
palabras del delito de lesa majestad, tuvo que comparecer ante el Senado. Se
defendió con valor, pero al salir del interrogatorio ya había decidido dejarse
morir de hambre para escapar a la condena que cabía esperar de la independencia
judicial de la época. Como era costumbre, el proceso siguió adelante pese al
pequeño contratiempo de la muerte del acusado. Al final, el veredicto exigió la
quema de todos los ejemplares de su obra. En Roma la tarea fue asignada a los
ediles, y en las restantes ciudades del Imperio, a los magistrados
correspondientes.
Los Anales se
salvaron de la destrucción gracias a la valentía de Marcia, la hija de
Cremucio, que se arriesgó a esconder un único ejemplar. Marcia conocía el valor
de los libros: era una gran lectora, con especial apetito por la filosofía.
Séneca le dedicó un ensayo donde decía que «las mujeres tienen el mismo poder
intelectual que los hombres, y la misma capacidad para las acciones nobles y
generosas». Sin duda, admiraba a la joven Marcia por atreverse a desobedecer.
Aunque su vida peligraba en cada registro de la casa, guardó oculto el último
manuscrito de su padre hasta que el nuevo emperador Calígula levantó la
prohibición. Después de conseguir el indulto, la hija encargó nuevas copias de
la obra y la hizo circular de nuevo. Las generaciones siguientes leyeron con
avidez aquella crónica histórica que tanto ofendió al poder. Algunos fragmentos
—los más polémicos— han llegado hasta nosotros.
Los
censores de todas las épocas corren el peligro de desencadenar un efecto
contraproducente, y esta es su gran paradoja: dirigen los focos de atención
precisamente sobre aquello que pretendían ocultar. Tácito escribió: «Son necios
quienes creen que con su poder del momento pueden incluso extinguir el recuerdo
de la posteridad. Al contrario, la estimación de los talentos castigados crece,
y aquellos que emplean la severidad no consiguen otra cosa que su propio
deshonor y la gloria de quienes castigaron». En nuestros tiempos, internet y
las redes sociales otorgan atención instantánea a cualquier mensaje prohibido
por las autoridades. Si se ordena retirar una obra de arte, todo el mundo
empieza a hablar de ella. Si se condena a un rapero por injurias, se disparan
las descargas de sus canciones. Si una denuncia provoca la decisión judicial de
secuestrar un libro, la gente se lanza a comprarlo.
Aunque la
censura rara vez hace desaparecer las ideas que persigue —y a menudo les da
alas—, los gobernantes poseen una extraña vena reincidente. Por la mente de
Calígula pasó la idea de retirar los ejemplares de Homero de las bibliotecas,
siguiendo las ideas de Platón. Cómodo prohibió la lectura de la biografía de
Calígula escrita por Suetonio, bajo pena de morir en el anfiteatro despedazado
por las fieras. Caracalla, gran admirador de Alejandro Magno, consideraba que
Aristóteles no había sido ajeno a su muerte y acarició la idea de quemar todas
sus obras. Durante la persecución de Diocleciano, a principios del siglo IV,
hubo un auténtico furor incendiario de libros cristianos comparable al de los
nazis en 1934. Sabemos de mártires que se sacrificaron para proteger sus
escrituras. Tres hermanas de Tesalónica, Ágape, Quionia e Irene, murieron en la
hoguera por haber escondido en su casa libros proscritos. Y, como ellas,
Felipe, Euplo, Vincencio, Félix, Dativo y Ampelio fueron mártires por negarse a
entregar sus libros. Más adelante, cuando el cristianismo se convirtió en
religión oficial, se desataron cremaciones igual de violentas de libros
paganos.
Todos
esos esfuerzos destructivos tuvieron escaso efecto: los emperadores lograron
éxitos influyendo sobre los escritores a los que protegían, pero rara vez
consiguieron hacer triunfar sus prohibiciones, como prueban los fallidos
intentos de destruir los poemas eróticos de Ovidio o la crónica republicana de
Cremucio Cordo. El sistema de circulación de libros en la Antigüedad —sin
distribuidores ni editores— era demasiado incontrolable para que la censura del
poder lograse imponerse. A través de esclavos entrenados para copiar libros o
de los amanuenses profesionales, era fácil multiplicar de manera clandestina
las obras condenadas.
Como ya
comprendió Tácito, el efecto más poderoso de esta pulsión perseguidora es
principalmente atemorizar a los demás, a los menos valientes, a la creatividad
misma. Siempre resulta más decisiva la autocensura que la censura. El
historiador la llamó inertiae dulcedo («la dulce inercia»). Se
refería a la renuncia acomodaticia a correr riesgos, a la tentación íntima de
no transgredir la escala de valores vigentes para evitarse conflictos o
preocupaciones; la peligrosa cobardía que atenaza a los creadores. Tácito fue
testigo de una época sumisa, en la que incluso los rebeldes callaban y
obedecían. Escribió: «Dimos, sin duda, gran muestra de paciencia. Habríamos
perdido la memoria junto con la voz, si hubiera estado en nuestra mano el
olvidar como el callar». Sus textos rozan la dolorosa herida, nos abren los
ojos: en todas las épocas, el campo de batalla no es tan solo la censura del
poder, sino también los miedos interiores.
§ 14.
Viaje al interior de los libros y cómo nombrarlos
XXXVI
Hasta la
invención de la imprenta, los libros fueron objetos artesanales, es decir, de
laboriosa fabricación, únicos e incontrolables. Copiados uno por uno, a
demanda, muchas veces en el propio hogar del lector por mano de sus esclavos
privados, ¿qué orden podía detener su difusión?
Los
libros electrónicos de hoy son la antítesis de aquellos antiguos manuscritos:
objetos baratos, etéreos, sin peso, fáciles de multiplicar hasta el infinito,
plácidamente albergados en servidores y unidades de almacenamiento en centros
de datos por todo el mundo; pero estrictamente controlados. En 2009, en un
disparatado intento de censura, Amazon borró sigilosamente de los Kindles de
sus clientes la novela 1984, de George Orwell, alegando un supuesto
conflicto de derechos de autor. Miles de lectores denunciaron que de pronto el
libro desapareció de sus dispositivos, sin previo aviso. Un estudiante de
Detroit que estaba preparando un trabajo académico protestó porque, junto con
el archivo, se desvanecieron todas sus anotaciones de lectura. No sabemos si Amazon
era consciente del simbolismo literario implícito. En 1984, los
censores gubernamentales borran toda huella de la literatura molesta para el
Gran Hermano arrojándola a una incineradora a la que denominan «el agujero de
la memoria».
En los
foros de internet, abundan los comentarios que denuncian la desaparición de
ediciones digitales de diversos títulos. En realidad, cuando elegimos la opción
«Comprar ahora» para incorporar un nuevo libro en formato PDF a nuestra cuenta,
no estamos adquiriendo nada tangible. Casi no tenemos ningún derecho sobre esos
textos que flotan tras el cristal de la pantalla. El agujero de la memoria anda
al acecho, y podría engullir nuestras bibliotecas virtuales.
Yo, que
de niña pensaba que todos los libros habían sido escritos para mí y que el
único ejemplar del mundo estaba en mi casa, caigo con facilidad en la tentación
de idealizar aquellos antiguos manuscritos irrepetibles. En realidad, eran
libros mucho menos acogedores que los nuestros. La antigua escritura adoptaba
la apariencia de una selva intrincada y agobiante, donde las palabras se
amontonaban sin separación, no se distinguían minúsculas y mayúsculas, y los
signos de puntuación solo se usaban de forma errática. El lector debía abrirse
paso entre aquella espesura de letras con esfuerzo, jadeando, dudando y
volviendo atrás para estar seguro de no extraviarse. ¿Por qué los antiguos no
dejaban respirar al texto? En parte, para aprovechar al máximo el papiro o
pergamino, materiales caros. Además, los primeros libros estaban destinados a
personas que leían en voz alta, desentrañando con el oído lo que para el ojo
solo era una sucesión ininterrumpida de signos. Por último, los aristócratas,
orgullosos de su superioridad cultural, no tenían ningún interés en dar
facilidades a lectores advenedizos —con menor acceso a la educación— para que
se colasen en el exclusivo feudo de los libros.
Los
avances hacia la simplificación de la lectura fueron lentos, indecisos,
graduales. Los eruditos de la Biblioteca de Alejandría inventaron un sistema de
acentos y puntuación. Ambos se atribuyen al bibliotecario de memoria fabulosa
Aristófanes de Bizancio. Cuando las palabras no estaban separadas, colocar unos
pocos acentos —como indicadores de ruta en un camino sinuoso— proporcionaba una
ayuda enorme al lector.
La
separación de las letras en palabras y frases avanzó de forma paulatina.
Existió un método de escritura que consistía en dividir el texto en líneas con
sentido completo, para ayudar a los lectores menos seguros a subir o bajar la
voz al final de un pensamiento. Jerónimo de Estridón, a finales del siglo IV,
al descubrir este sistema en ejemplares de Demóstenes y de Cicerón, fue el
primero en describirlo y recomendarlo. Aun así, no se impuso, y las vicisitudes
de la puntuación continuaron. A partir del siglo VII, una combinación de puntos
y rayas indicaba el punto; un punto elevado o alto equivalía a nuestra coma, y
el punto y coma se utilizaba ya como hoy en día. En el siglo IX, la lectura
silenciosa era probablemente lo bastante habitual como para que los escribas o
copistas empezaran a separar cada palabra de sus entrometidas vecinas, aunque
quizá lo hicieran también por razones estéticas.
En los
manuscritos, también las ilustraciones eran, por fuerza, artesanales. Desde sus
orígenes en los Libros de los muertos egipcios, tenían una
intención más explicativa que ornamental. La imagen nació como una ayuda visual
para aclarar y complementar los textos, debido a lo difícil que resultaba
leerlos. Cuando el contenido era científico, se usaban diagramas; cuando era
literario, escenas narrativas. En la tradición grecolatina, la cabeza o el
busto del escritor aparecía a veces dibujado en un medallón como marca de
autoría. El primer ejemplo conocido son las Imagines de
Varrón, una obra perdida pero descrita por Plinio, que explicaba las vidas de
setecientos griegos y romanos célebres. Publicado en torno al año 39 a. C.,
este ambicioso libro combinaba un retrato de cada famoso con un epigrama y una
descripción. La envergadura del proyecto sugiere que los romanos tal vez
desarrollaron algún método de estampa con destino al comercio librario.
La
apropiación cristiana del libro como símbolo teológico abrió nuevos caminos
decorativos. Las palabras mismas se convirtieron en formas ornamentales. Las
páginas se tiñeron de la púrpura imperial, la escritura se ejecutaba en tinta
de oro y plata. Los libros ya no eran solo artefactos de lectura, sino
reliquias y obras de arte en sí mismos que distinguían a sus propietarios. El
trabajo se especializó: el escriba solía dejar indicaciones precisas y
reservaba los espacios destinados a las ilustraciones; a continuación, los
pergaminos se entregaban a miniaturistas e iluminadores. Ya en el siglo XIII,
los espacios de la página habían adquirido una condición selvática, compleja y
utópica. Allí tiene su origen marginal el cómic. Literalmente: las primeras
tiras ilustradas de la historia aparecieron en los márgenes de aquellos
antiguos manuscritos. En torno a las letras, surgieron en las páginas
increíbles encajes de dragones, serpientes y plantas trepadoras que se
enlazaban y se entrecruzaban con una gran riqueza de formas retorcidas. Se
poblaron de seres humanos, animales, paisajes, escenas vivaces desarrolladas en
series de dibujos. Las pequeñas ilustraciones tenían un marco de orlas
vegetales —de ahí deriva el término «viñeta», porque franjas de hojas de vid bordeaban
cada recuadro—. Desde la época medieval gótica, de las bocas de los personajes
emergen unas pequeñas cintas con las frases pronunciadas, antecedentes de los
bocadillos de nuestras historietas infantiles. Más allá del texto, las
miniaturas nacieron para revitalizar el apetito humano por lo maravilloso.
Detallistas o fantasiosas, tomadas del natural o soñadas por la imaginación,
estas ilustraciones demuestran cómo pueden nacer y triunfar nuevas formas
artísticas partiendo de lugares subordinados. El cómic, heredero de ese
elegante pasado gráfico, ha conservado rasgos que nos recuerdan cuáles son sus
orígenes. Los personajes de los álbumes de hoy, como los seres que habitaban el
espacio de los remotos manuscritos, a menudo pertenecen a mundos fronterizos,
extraños, hipnóticos, distorsionados. Y, como ellos, reclaman nuestra mirada,
luchando por no quedar al margen.
El gran
cambio en la cartografía interior de los libros llegó con la página impresa,
que intentaba facilitar una lectura ágil mediante una estructura diáfana. El
texto, hasta entonces apelmazado en bloques compactos, empezó a subdividirse en
párrafos. Los encabezamientos, los capítulos y la paginación servían como
brújula para orientarse en la lectura. Como la imprenta producía ejemplares
idénticos en toda la edición, se desarrolló una nueva parafernalia de consulta:
índices con referencias a las páginas, notas a pie de página y acuerdos
duraderos en las convenciones de puntuación. Los libros impresos se volvieron
cada vez más fáciles de leer y, por tanto, más hospitalarios. Gracias a los
índices, los lectores poseían un mapa del interior de los libros. Podían
adentrarse y navegar por ellos de manera cada vez más libre. Con el paso de los
siglos, las cerradas junglas de letras por las que se avanzaba sudoroso,
machete en mano, se fueron convirtiendo en ordenados jardines de palabras para
tranquilos paseantes.
XXXVII
Si un
libro es un viaje, el título será la brújula y el astrolabio de quienes se
aventuran por sus caminos. Sin embargo, no siempre estuvo ahí para orientar a
los navegantes. Los primeros relatos, los más remotos, llegaron al mundo sin
nombre ni bautismo. Nuestros antepasados dirían, por ejemplo: madre, cuéntame
la historia de la niña que metió una montaña en su cesta, o: ¿Quieres escuchar
el cuento de la grulla que robaba sueños?
Es seguro
que en la época más temprana de los poemas y las narraciones escritas, no hubo
una forma única de nombrarlos. Las listas de libros de las primeras bibliotecas
de la historia, en el Oriente antiguo, mencionan las obras por su tema. «Para
rogar al Dios-Tempestad», se lee en una tablilla de arcilla encontrada en
Hattusa. La siguiente entrada del listado dice: «Sobre la purificación de un
asesinato». Con todo, el método más habitual fue usar las primeras palabras del
texto: Enûma Elish (en acadio: «cuando en lo alto…»). Como los
viejísimos catálogos de barro, también los Pínakes de la
Biblioteca de Alejandría ofrecían listas de obras identificadas mediante la
frase inicial. Todavía en la Roma del siglo I detectamos formas fluidas de
nombrar los libros. Algunas veces se menciona la Odisea como
«Ulises», anticipando veinte siglos a Joyce. Marcial llama a la Eneida «Arma
virumque», y Ovidio, «Eneas prófugo». Aunque casi desaparecidas, estas fórmulas
antiguas sobreviven en ciertos reductos: las encíclicas papales aún toman su
título en latín de las palabras iniciales del texto.
Mênin
áeide theá. Es hermoso el viejo modo de nombrar las historias por el comienzo,
como si, sin querer, arrastrados por su hechizo, empezásemos ya a narrarlas.
Italo Calvino rescató ese antiguo procedimiento cuando tituló una de sus más
fascinantes novelas: Si una noche de invierno un viajero.
Los
primeros títulos fijos, únicos e inamovibles pertenecieron a las obras
teatrales. Los dramaturgos atenienses fueron pioneros en titular sus piezas,
con las que competían en certámenes públicos y debían quedar a salvo de toda
confusión al anunciarlas, promocionarlas o declararlas ganadoras. Prometeo
encadenado, Edipo Rey o Las troyanas nunca
tuvieron otro nombre o apellido. La prosa, en cambio, tardó más en adquirir
títulos duraderos y, cuando los tuvo, fueron a menudo meramente
descriptivos: Historia de la guerra del Peloponeso, Metafísica, La
guerra de las Galias, Sobre el orador.
Por lo
general, los nombres que los griegos y romanos dieron a las piezas de su
literatura son escuetos, ajustados, desprovistos de ambición. Suenan monótonos,
carentes de originalidad y burocráticos. Cumplen una función esencialmente
identificadora. Casi sin excepciones recurren a nombres propios o comunes, sin
conjunciones ni verbos —no encontramos nada comparable a El hombre que
fue Jueves, de Chesterton, o Mientras agonizo, de Faulkner—. Ni
los sustantivos ni la adjetivación tienen una gran densidad expresiva, y suelen
carecer de cualidades poéticas —no encontramos nada parecido a Ancho
mar de los Sargazos, de Jean Rhys, o La historia universal de la
infamia, de Borges—. A pesar de todo, nos han legado un puñado de títulos
misteriosos y destellantes en su sencillez, como Los trabajos y los
días, de Hesíodo —que Alejandra Pizarnik reescribió en su poemario Los
trabajos y las noches—; Vidas paralelas, de Plutarco; El
arte de amar, de Ovidio —que Erich Fromm calcó—; o Ciudad de Dios,
de Agustín de Hipona —que dio título a la trepidante película de Fernando
Meirelles sobre las favelas de Río de Janeiro—.
En los
tiempos de los rollos de papiro, el lugar preferido para anotar el título y el
nombre del autor era el final del texto, la parte más protegida del libro
rebobinado —el comienzo, en el exterior del cilindro, padecía un especial
deterioro, y con frecuencia se rompía—. Fue en el formato códice donde el
título conquistó la posición inicial, el rostro de los libros —y también se
apoderó del lomo, su espalda—. Agustín de Hipona deja claro que ya en el siglo
IV era habitual buscar esa información «en la página liminar», es decir, al
principio, en el umbral del relato. Hoy es lo primero que leemos cuando el
libro es todavía una incógnita, y esperamos que en menos de diez palabras
defina su universo. Si el embrujo actúa, alguien levantará el libro de la mesa
y querrá averiguar más sobre él.
En
realidad, hasta el siglo XIX los títulos no empezaron a desarrollar su propia
poesía y sus señuelos. Cuando se consolidaron los periódicos, el mercado, la
competencia y, por tanto, la necesidad de llamar la atención del lector, los
escritores se lanzaron a seducir ya desde la misma cubierta de sus libros. En
el recorrido entre el siglo XIX y el XXI, han surgido sin ninguna duda los más
bellos, los más audaces. Trazo aquí un catálogo incompleto y rebatible.
Por la
densidad poética: El corazón es un cazador solitario, de Carson
McCullers; En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust; Suave
es la noche, de Scott Fitzgerald; Cien años de soledad, de
García Márquez; Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier
Marías; El general del ejército muerto, de Ismail Kadaré.
Por la
ironía: Obras completas (y otros cuentos), de Augusto
Monterroso; La conjura de los necios, de John Kennedy Toole; La
vida instrucciones de uso, de Georges Perec; Mala noche y parir
hembra, de Angélica Gorodischer; ¿Quieres hacer el favor de
callarte, por favor?, de Raymond Carver.
Por el
desasosiego: Arrancad las semillas, fusilad a los niños, de
Kenzaburō Ōe; Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides; Vendrá
la muerte y tendrá tus ojos, de Cesare Pavese; Matar a un ruiseñor,
de Harper Lee; Los suicidas del fin del mundo, de Leila
Guerriero; Perra mentirosa, de Marta Sanz.
Por
inesperados y enigmáticos: En Grand Central Station me senté y lloré,
de Elizabeth Smart; Un tranvía llamado deseo, de Tennessee
Williams; Todos nuestros ayeres, de Natalia Ginzburg; El
ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez; ¿Sueñan los
androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick.
Por los
secretos presentidos: Debí decir te amo, de Juan Gelman; Paraíso
inhabitado, de Ana María Matute; Cerrado por melancolía, de
Isidoro Blaisten; La edad de la inocencia, de Edith Wharton; Juegos
de la edad tardía, de Luis Landero; La ridícula idea de no volver a
verte, de Rosa Montero.
Es un
misterio cómo acontece un buen título. A veces es lo primero que se manifiesta
—«en el principio fue la palabra»—, y todo el libro se expande como un big
bang verbal a partir de ese estallido diáfano. Otras veces se hace
esperar y martiriza al escritor durante un largo periplo de indecisión, o bien
brota donde menos se esperaba, en una frase oída de pasada, o lo propone un
tercero inspirado. Hay varias anécdotas célebres sobre libros que su autor
quería llamar con nombres lacios o imposibles, y, gracias a otras personas
—amigos escritores, editores, agentes—, encontraron el camino hacia su título
imprescindible. Bien está lo que bien acaba quería llamar
Tolstói a Guerra y paz; Las lesbianas, pensó Baudelaire
para el poemario que sería Las flores del mal; Onetti propuso La
casona pero le regalaron Cuando ya no importe; advirtieron
a Bolaño que La tormenta de mierda no era una gran idea y lo
sustituyó por Los detectives salvajes. En ciertas raras ocasiones,
una libre traducción da con el nombre feliz que no supo encontrar el propio
autor. Los buscadores es un título pálido para la novela y
película que John Ford convertiría en un clásico. Sin embargo, un anónimo
distribuidor español, en un fogonazo de inspiración, decidió estrenarla con un
maravilloso Centauros del desierto. Escribe Leila Guerriero que,
cuando se produce la epifanía del nombre exacto, se siente algo parecido a la
felicidad, porque el título de un libro no es una sucesión de palabras
ingeniosas, sino «un estambre soldado al corazón de una historia de la que ya
no podrá volver a separarse».
Tras una
larga travesía entre la indiferencia de los siglos, los títulos se han
transformado en poemas mínimos; barómetros, mirillas, ojos de la cerradura,
carteles luminosos, anuncios de neón; la clave musical que define la partitura
venidera; un espejo de bolsillo, un umbral, un faro en la niebla, un
presentimiento, el viento que hace girar las aspas.
§ 15.
¿Qué es un clásico?
XXXVIII
El
artista moderno tiene la obligación de ser original; debe ofrecer algo nuevo,
nunca visto. Cuanto más rompedora parezca su obra respecto a la tradición y las
normas, mejores críticas recibirá. Cada creador intenta ser rebelde a su manera
—como todos los demás—. Seguimos siendo fieles a un conjunto de ideas
románticas: la libertad es el oxígeno de los verdaderos artistas, y la
literatura que nos importa es aquella que construye mundos propios, un lenguaje
liberado de convencionalismos y formas inexploradas de narrar.
No era
así para los romanos. Ellos querían una literatura lo más parecida posible a la
griega. Por eso copiaron uno a uno sus géneros —la épica, la lírica, la
tragedia, la comedia, la historia, la filosofía, la oratoria—. Por eso
adoptaron las formas métricas de los griegos, que no encajaban bien en su
lengua y al principio hacían que sus poemas sonaran artificiales y postizos.
Por eso construyeron bibliotecas dobles —como torres gemelas— para subrayar la
hermandad. Creyeron que podrían superar a los mejores si los imitaban sin
disimulo. Asumieron voluntariamente un conjunto enorme de limitaciones y moldes
importados. Y lo sorprendente es que, con tan rígidas normas, esta literatura
esquizofrénica creó algunas obras maravillosas.
La
obsesiva emulación se expresa en las críticas literarias de un interesante
personaje: Quintiliano. Nació en Calagurris Nassica Iulia —me gusta la
sonoridad del nombre—, hoy Calahorra, a apenas 120 kilómetros de donde escribo.
En el año 35, venir al mundo en un rincón remoto del imperio no suponía un
inconveniente para triunfar: si pertenecías a una familia rica, la geografía no
era el destino. Quintiliano conoció pronto el éxito profesional. Abogado y
profesor de elocuencia, fue el primer catedrático de la historia cuyo salario
se pagaba con cargo al erario público. El emperador Vespasiano le concedió ese
honor sin precedentes, y Domiciano lo eligió para educar a sus sobrinos nietos.
Aduló sin pudor a los dos emperadores que le dieron empleo. En aquellos
tiempos, los halagos eran el lenguaje protocolario de palacio, y resultaba muy
difícil ascender sin caer en el servilismo. En todo caso, a Quintiliano le
gustaba la compañía de los poderosos. Era un conservador tranquilo, agasajado,
satisfecho de sus logros. Solo en la madurez le golpearon las desgracias
personales. Después de perder a su jovencísima esposa —de diecinueve años— y a
sus dos hijos, escribió: «No sé qué envidia secreta corta el hilo de nuestras
esperanzas».
Los doce
libros de las Instituciones oratorias, el ensayo pedagógico donde
condensó toda su experiencia como educador, lanzan mensajes pioneros. Como ya
he dicho, en una época que practicaba el vapuleo sistemático, Quintiliano
rechazaba los castigos violentos en la educación. Pensaba que eran más eficaces
las alabanzas que la violencia, y el amor al maestro, que poco a poco se
transforma en amor por la asignatura. No creía en la validez universal de los
preceptos, prefería adaptar sus métodos a las circunstancias y a las
capacidades individuales. Afirmó que la finalidad de la pedagogía es dejar que
los estudiantes encuentren por sí mismos las respuestas y hagan superfluo al
maestro. Fue uno de los primeros defensores de la educación continua. Animaba a
los profesionales del discurso a leer todo lo posible después de acabar sus
estudios, sabía que la lectura ayuda a hablar mejor. Y, para guiarles por los
caminos de la literatura, redactó dos listas paralelas de los mejores
escritores de Grecia y Roma (treinta y uno de los primeros frente a treinta y
nueve de los segundos).
En los
listados de Quintiliano, la competición se vuelve obsesiva. Intenta establecer
una simetría perfecta: cada autor griego debía tener un gemelo latino a su
altura. Virgilio era el Homero romano. Cicerón era el Demóstenes y el Platón
romano —¿quién ha dicho que uno de los suyos no podía contar por dos griegos?—.
Tito Livio era Heródoto resucitado, y Salustio, el nuevo Tucídides. Al leer
este texto, se tiene la impresión de que el orgullo nacional necesitaba clonar
uno por uno a los grandes escritores de Grecia. Estaba en marcha un extraño
experimento de imitación programada. Así se comprende la necesidad patriótica
de la Eneida incluso antes de que estuviera escrita. También
explica el éxito de las Vidas paralelas que el astuto Plutarco
escribió con el leitmotiv de emparejar grandes personajes de
Grecia y Roma: Teseo y Rómulo; Alejandro y Julio César, y así sucesivamente.
El
espíritu de emulación, ambición y competición encajaba con la mentalidad de las
élites de la sociedad romana. Pero la competitividad desenfrenada tuvo que ser
agotadora para los creadores. Imagino que por cada escritor estimulado por el
reto, hubo otro oprimido por el peso de la tradición. Las comparaciones eran
constantes, hasta la asfixia. Los poetas y narradores trabajaban siempre a la
sombra de un complejo de inferioridad colectivo.
La
paradoja es que, después de todo, los romanos fueron originales. Crearon un
mestizaje sin precedentes. Por primera vez una civilización adoptó una
literatura extranjera, la leyó, la conservó, la tradujo, la cuidó y la amó por
encima de las barreras chovinistas. En Roma se anudó un hilo que todavía nos
entreteje con el pasado y con otras culturas, lenguas, horizontes. Por encima
del mismo, como funambulistas, caminan de un siglo a otro las ideas, los
descubrimientos de la ciencia, los mitos, los pensamientos, los sentimientos,
además de los errores (que también inspiran). Algunos resbalan y caen; y otros
logran mantener el equilibrio (estos últimos son los clásicos). Ese nexo, esa
transmisión ininterrumpida, esa conversación infinita, que todavía continúa, es
un prodigio.
La pasión
nostálgica, el doloroso complejo de los romanos, su soberanía militar, su
envidia y sus apropiaciones son fenómenos fascinantes. Porque ese amor difícil,
construido con deseo y furia, tejido de retales diversos, abrió paso al futuro
que somos nosotros.
XXXIX
Hasta
tiempos muy recientes, solo se dedicaban a la literatura los ricos o las
personas que merodeaban a su alrededor al acecho de sus encargos y su dinero.
Como dice Steven Pinker, la historia no la escriben tanto los vencedores como
la gente pudiente, esa pequeña fracción de la humanidad que dispone del tiempo,
el ocio y la educación necesarios para permitirse reflexionar. Solemos olvidar
la miseria de otras épocas, en parte porque la literatura, la poesía y las
leyendas celebran a aquellos que vivieron bien y olvidan a quienes se ahogaron
en el silencio de la pobreza. Los periodos de escasez y hambre han sido
mitificados e incluso se recuerdan como edades doradas de simplicidad pastoril.
No lo fueron.
¿Cuál es
el mapa de procedencia de los clásicos literarios, los escritores más admirados
y sus obras emblemáticas? No debería sorprendernos saber que la misma palabra
«clásico» deriva del vocabulario de la riqueza y la propiedad. Al principio no
tuvo el más mínimo nexo con la creación o el arte. Hablamos de asuntos serios;
las minucias llegarían más tarde. Classici proviene de la
terminología específica censal. Los romanos llamaban classis al
estamento más rico de la sociedad, por contraste con la chusma de los restantes
ciudadanos, denominados sin rodeos infra classem. El censo tenía
una enorme importancia en la antigua Roma porque definía los derechos y deberes
de cada ciudadano, y servía para armar las legiones. La cantidad de bienes —o,
en la mayoría de los casos, su escasez— decidía el lugar que cada individuo ocupaba
en la sociedad.
Según una
antigua tradición, el censo había sido creado por el antiguo rey Servio Tulio,
y debía efectuarse cada cinco años. Al acabar, se celebraba una ceremonia de
purificación en la que se pedía a los dioses bendiciones para el catastro y
contra las catástrofes. El rito se llamó lustrum y por eso
llamamos «lustros» a los periodos de cinco años. Cada cabeza de familia debía
concurrir obligatoriamente —con el resto de su cuerpo— y declarar bajo
juramento sus bienes, así como el número de miembros de su familia, es decir,
los hijos y los esclavos con su correspondiente valor. Esos datos determinaban
quiénes participaban en las asambleas y quiénes no podían hacerlo. Eran
proletarios aquellos que carecían de bienes, por lo que su única posesión eran
sus descendientes (prole). No eran llamados a filas salvo situaciones de
máxima emergencia y se les eximía de pagar tributos. En contrapartida, no
participaban en la toma de decisiones políticas mediante el voto. Quienes
declaraban bienes eran los adsidui, aptos para el servicio militar
y miembros de las asambleas. En función de sus propiedades, les correspondía
entrar en alguna de las seis clases censitarias. El sistema era diáfano. Los
ricos pagaban impuestos y, en compensación, influían en política. Los pobres, en
cambio, no aportaban y no contaban para nada.
El
abogado y escritor Aulo Gelio aclara que los llamados «clásicos» eran la
crème de la crème económica, las grandes fortunas, la sangre azul
republicana, los ricos hasta la extravagancia que monopolizaban la primera
clase. A la literatura, la palabra llegó como metáfora. Con una jerga que
trasladaba al arte la obsesión por hacer negocio, algunos críticos decidieron
que había autores de primera clase, o sea, fiables y solventes, a los que se
podía prestar (atención) y en los que era recomendable invertir (tiempo). En el
otro extremo de jerarquía estaban los escritores «proletarios», los pobres
emborronadores de papiro, sin patrimonio ni padrinos. No sabemos si el término
«clásico» llegó a tener un uso habitual: aparece en apenas un par de textos
latinos conservados. El verdadero éxito de la palabra llegó cuando la
rescataron varios humanistas a partir de 1496 y cuando más tarde se extendió
por todas las lenguas romances. Durante siglos, ha seguido viva y su uso se ha
extrapolado a otros ámbitos. Ya no se aplica solo a la literatura; ni siquiera
solo a la creación; para mucha gente, un clásico no es más que vocabulario
futbolístico.
Es cierto
que hablar de «clásicos» implica utilizar una terminología de origen clasista,
como su propio nombre indica. El concepto nos llega desde una época que lanzaba
una mirada jerárquica sobre el mundo, imbuida por arrogantes nociones de
privilegio, como casi todas las épocas, por otra parte. Sin embargo, hay algo
conmovedor en el hecho de considerar las palabras una forma —aunque sea
metafórica— de riqueza, frente a la siempre avasalladora soberanía de la
propiedad inmobiliaria y del dinero.
De la
misma manera que las estirpes de los ricos, los clásicos no son libros
aislados, sino mapas y constelaciones. Italo Calvino escribió que un clásico es
un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los
otros y después lea aquel reconoce enseguida su lugar en la genealogía. Gracias
a ellos descubrimos orígenes, relaciones, dependencias. Se esconden unos en los
pliegues de otros: Homero forma parte de la genética de Joyce y Eugenides; el
mito platónico de la caverna regresa en Alicia en el País de las
Maravillas y Matrix; el doctor Frankenstein de Mary
Shelley fue imaginado como un moderno Prometeo; el viejo Edipo se reencarna en
el desgraciado rey Lear; el cuento de Eros y Psique, en La Bella y la
Bestia; Heráclito en Borges; Safo en Leopardi; Gilgamesh en Supermán;
Luciano en Cervantes y en La guerra de las galaxias; Séneca en
Montaigne; las Metamorfosis de Ovidio en el Orlando,
de Virginia Woolf; Lucrecio en Giordano Bruno y Marx; y Heródoto en La
ciudad de cristal, de Paul Auster. Píndaro canta: «Sueño de una sombra es
el ser humano». Shakespeare lo reformula: «Somos de la misma materia de la que
están hechos los sueños, y nuestra breve vida está circundada por el sueño».
Calderón escribe La vida es sueño. Schopenhauer entra en el
diálogo: «La vida y los sueños son páginas del mismo libro». El hilo de las
palabras y las metáforas atraviesa el tiempo, ovillando las épocas.
El
problema, para algunos, es la llegada a los clásicos. Incrustados en los
programas escolares y universitarios, se han convertido en lecturas
obligatorias. Corremos el riesgo de percibirlos como imposiciones que nos
ahuyentan. En La desaparición de la literatura, Mark Twain proponía
una definición irónica: «Clásico es un libro que todo el mundo quiere haber
leído pero nadie quiere leer». Pierre Bayard toma prestada esa veta de humor
para su ensayo Cómo hablar de los libros que no se han leído. Allí
analiza los resortes que nos impulsan a la hipocresía lectora. Por el miedo
infantil a defraudar, para no quedar excluidos de una conversación, jugando de
farol en un examen, decimos que sí, casi sin darnos cuenta de la mentira, que
sí, que hemos leído ese libro que nunca estuvo entre nuestras manos. Recién
enamorados, afirma Bayard, tal vez fingiremos ser lectores de los libros que
ama la otra persona para aproximarnos a ella. Al mentir, ya no hay marcha
atrás: nos obligamos a hablar sobre ciertos textos sin conocerlos, a tientas,
por las opiniones que otros tienen de ellos. Este tipo de impostura es más
fácil de sostener cuando se trata de clásicos, porque de alguna manera nos
resultan familiares. Si no han entrado por otra ruta en nuestras vidas, están
ahí como ruido de fondo, como presencia atmosférica. Forman parte de la
biblioteca colectiva. Al conocer las coordenadas, conseguimos salir del
atolladero.
Pero,
volviendo a Italo Calvino, los clásicos son libros que, cuanto más creemos
conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al
leerlos de verdad. Nunca terminan de decir lo que tienen que decir.
Naturalmente, esto ocurre cuando emocionan y alumbran a quien los lee. No han
sido los lectores coaccionados quienes han protegido esos textos como
talismanes en las largas épocas de peligro, sino los enamorados.
Los
clásicos son grandes supervivientes. En el lenguaje ultracontemporáneo de las
redes sociales, podríamos decir que su poder —su riqueza, en términos censales—
se mide en el número de sus seguidores. Son libros que siguen atrayendo nuevos
lectores cien, doscientos, dos mil años después de ser escritos. Esquivan las
variaciones del gusto, de las mentalidades, de las ideas políticas; las
revoluciones, los ciclos cambiantes, el desapego de las nuevas generaciones. Y
en ese trayecto, donde tan fácil sería perderse, consiguen acceder al universo
de otros autores, a los que influyen. Continúan subiendo a los escenarios de
los teatros mundiales, son adaptados al lenguaje del cine y emitidos por
televisión, incluso se han desprendido de la encuadernación y la tinta para
hacerse luz en internet. Cada nueva forma de expresión —la publicidad, el
manga, el rap, los videojuegos— los adopta y los realoja.
Hay una
gran historia casi ignorada detrás de la supervivencia de los clásicos más
antiguos, la de todas las personas anónimas que consiguieron conservar, por
pasión, un frágil legado de palabras, la historia de su misteriosa lealtad a
esos libros. Mientras los textos e incluso los idiomas de las primeras
civilizaciones que inventaron la escritura en el Creciente Fértil —Mesopotamia
y Egipto— quedaron olvidados con el transcurso de los siglos y, en el mejor de
los casos, volvieron a ser descifrados largos siglos después, la Ilíada y
la Odisea nunca han dejado de tener lectores. En Grecia
comenzó una cadena de transmisión y traducción que nunca se ha roto y ha
logrado mantener viva la posibilidad de recordar y de conversar a través del
tiempo, la distancia y las fronteras. Los lectores de hoy podemos sentirnos
solos, en medio de las prisas, al cultivar nuestros rituales lentos. Pero
tenemos detrás una larga genealogía y no deberíamos olvidar que, entre todos,
sin conocernos, hemos protagonizado un fantástico salvamento.
XL
No todo
lo nuevo merece la pena: las armas químicas son una invención más reciente que
la democracia. Tampoco las tradiciones son siempre convencionales, encorsetadas
y aburridas. Las rebeldías de hoy se inspiran en corrientes del pasado, como el
movimiento abolicionista o el sufragismo. Una herencia puede ser
revolucionaria, como también puede resultar retrógrada. Los clásicos fueron en
ocasiones profundamente críticos, con su mundo y con el nuestro. No hemos
avanzado tanto como para prescindir de sus reflexiones sobre la corrupción, el
militarismo o la injusticia.
En el año
415 a. C., Eurípides presentó su tragedia Las troyanas durante
un festival religioso, en un teatro abarrotado. La obra recreaba el fin de la
guerra de Troya —el mito fundacional de los griegos, la gran victoria
patriótica de sus antepasados—. La inmensa mayoría de los atenienses que
esperaban en las gradas el comienzo de la función comiendo pan, queso y
aceitunas estaban tan orgullosos de las hazañas de Aquiles en Troya como
nosotros de haber derrotado al nazismo en la Segunda Guerra Mundial. Pero si
esperaban un Spielberg ático que halagase su orgullo de estar en el bando
correcto de la historia como en La lista de Schindler, tenían por
delante un chasco de dimensiones épicas. Eurípides desplegó ante sus ojos una
feroz matanza, un arrebato de destrucción vengativa violaciones colectivas, el
asesinato a sangre fría de un niño lanzado al abismo desde las murallas, los
horrores de la guerra cayendo sobre las mujeres derrotadas…
Lo que
escucharon los atenienses en aquella tarde convulsa del siglo V a. C. fue la
rabia y la desesperanza de las madres del bando enemigo, que les acusaban de
crueldad. Al final, la anciana reina Hécuba, iluminada por un incendio
apocalíptico, denuncia con su boca desdentada la orfandad universal de las
víctimas («Ay de mí, el fuego devora ya el elevado alcázar, y la ciudad entera,
y las más altas murallas. El polvo y el humo, en alas de los vientos, me roban
mi palacio. Se olvidará el nombre de este lugar, como todo se olvida. Tiembla,
tiembla la tierra al desplomarse Troya; temblorosos miembros míos, arrastrad
mis pies. Vamos a vivir en la esclavitud»).
Ni que
decir tiene que Eurípides no ganó el premio en el festival de teatro de aquel
año. En tiempo de guerra —el mundo antiguo estaba permanentemente en guerra—,
en una producción financiada con dinero público, se atrevió a tomar partido por
las mujeres frente a los hombres, por los enemigos frente a sus compatriotas,
por las perdedoras frente a los ganadores. No consiguió el premio, pero después
de cada una de las grandes guerras europeas —recientemente, en honor de las
viudas y las madres de Sarajevo—, esta obra se ha vuelto a representar, y la
desdentada Hécuba ha hablado de nuevo, desde las trincheras calientes y los
escombros aún sin retirar, en nombre de los atropellados por la guerra, antes
de que empezásemos a olvidar.
La imagen
consagrada e intocable de los clásicos nos impide imaginar el enorme
cuestionamiento sufrido por algunos de ellos y los tremendos alborotos que
organizaron con sus obras. Si hubo un personaje polémico fue el multimillonario
Séneca. Avispado inversor, organizó lo que hoy llamaríamos un banco de crédito
y se enriqueció gracias al cobro de intereses desorbitados. Compró fincas en
Egipto, el paraíso de la inversión inmobiliaria por aquel entonces. Multiplicó
varias veces su patrimonio y, a través de prebendas y redes de contactos, llegó
a amasar una de las mayores fortunas del siglo, más de la décima parte de la
recaudación anual de impuestos de todo el Imperio romano. Hubiera podido
dedicarse al lujo, a exhibir su riqueza en inmensas y costosas mansiones con
miles de tejas —en Roma el tamaño de las viviendas no se medía por los metros
cuadrados de suelo sino por el número de tejas que protegían la cabeza del
propietario—, a coleccionar antigüedades, esclavos y trofeos de caza. Pero le
apasionaba la filosofía, la filosofía estoica, para mayor ironía. Dedicó
páginas rebosantes de convicción a sus ideas, páginas donde afirmaba que un
hombre es rico cuando sus necesidades son sobrias. Sin necesidad de listas de
la revista Forbes, sus contemporáneos sabían que su fortuna
alcanzaba niveles extravagantes. Era muy tentador hacer chistes y tomarse a
guasa todas aquellas apologías del desapego, la frugalidad y las ventajas de
conformarse con pan tosco. Una y otra vez, Séneca fue ridiculizado por defender
su credo de parquedad y filantropía mientras administraba sus negocios con
métodos de capitalista desenfrenado. Es difícil saber a qué atenerse con este
ambivalente personaje, banquero y filósofo, que nunca llegó a resolver la
contradicción entre lo pensado y lo vivido. Sin embargo, algunos de los textos
que tantas burlas le granjearon en vida nos siguen desafiando hoy. Un pasaje de
sus Epístolas a Lucilio marca un punto sin retorno en la
historia del pacifismo occidental: «Los homicidios individuales los castigamos,
pero ¿qué decir de las guerras y del glorioso delito de arrasar pueblos
enteros? Hechos que se pagarían con la pena de muerte los elogiamos porque los
comete quien lleva insignias de general. La autoridad pública ordena lo que
está prohibido a los particulares, la violencia se ejerce mediante decisiones
del Senado y decretos de la plebe. El ser humano, el más dulce de los animales,
no se avergüenza de hacer la guerra y de encomendar a sus hijos que la hagan».
Estos
textos acumulan siglos, pero recrean el mundo que nos rodea con una veracidad
asombrosa. ¿Cómo es posible? Porque desde Grecia y Roma no dejamos de reciclar
nuestros signos, nuestras ideas, nuestras revoluciones. Los tres filósofos de
la sospecha —Nietzsche en la metafísica, Freud en la ética y Marx en la
política— partieron del estudio de los antiguos para realizar el giro a la
modernidad. Incluso la creación más innovadora contiene, entre otras cosas,
fragmentos y despojos de ideas anteriores. Los clásicos son esos libros que,
como los viejos rockeros siempre en activo, envejecen sobre el escenario y se
adaptan a nuevos tipos de público. Los mitómanos se rascan el bolsillo para ir
a sus conciertos, los irreverentes los parodian, pero nadie los ignora.
Demuestran que lo nuevo mantiene con lo viejo una relación más compleja y
creativa de lo que parece a simple vista. Como escribió Hannah Arendt, «El
pasado no lleva hacia atrás sino que impulsa hacia delante y, en contra de lo
que se podría esperar, es el futuro el que nos conduce hacia el pasado».
§ 16.
Canon: historia de un junco
XLI
Esta
historia empieza en los cañaverales de un río que espejea bajo el sol, en
latitudes orientales casi desnudas de arbolado. El agua lame las riberas
húmedas, donde nace una vegetación enmarañada, los grillos cantan obstinados y
brilla el vuelo azul de los caballitos del diablo. Al amanecer, un cazador que
acecha a sus presas junto al ribazo escucha los chapoteos débiles del agua y el
crujido de los carrizos movidos por la brisa.
En un
lugar así crecían, erguidos como cipreses, los tallos de las cañas orientales (Arundo
donax). El nombre de esta especie contiene una raíz semítica muy antigua
(en lengua asirio-babilonia, qanu; en hebreo, qaneh; y
en arameo, qanja). De esa raíz extranjera viene el griego canon,
que significa literalmente «recto como una caña».
¿Qué era
un canon? Una vara de medir. Los albañiles y los constructores antiguos
llamaban de esa forma a unos sencillos listones de madera que servían para
trazar líneas rectas y fijar con precisión tamaños, proporciones y escalas. En
el ágora, donde los mercaderes y sus clientes discutían a gritos, acusándose
mutuamente de timadores, solía haber un patrón de pesos y medidas esculpidos en
piedra. Alguien rezongaba: «¡Esta pieza de tela no mide tres codos; borracho,
cara de perro, vas a ser mi ruina!». Y el interpelado aullaba: «Muerto de
hambre, hogar de todas las pulgas, ¿y tú te atreves a acusarme de ladrón?».
Ante los cánones —antecedentes de nuestro metro de platino iridiado— se
solventaban la mayoría de las broncas y regateos de nuestros antepasados griegos.
En un salto hacia la abstracción, el escultor Policleto tituló Kanón su
tratado sobre las proporciones físicas ideales. La figura humana perfecta mide,
afirmó, siete veces el tamaño de la cabeza. Parece que su escultura el Doríforo ejemplificaba
esas medidas masculinas deseables —e inauguró la dictadura de la imagen: los
jóvenes se atormentaban en el gymnásion soñando con esculpir
su cuerpo a imagen y semejanza de ese modelo de mármol—.
Nuestra
humilde caña llegó, a través de Aristóteles, al alejado terreno de la ética. El
filósofo escribió que la norma de acción —el canon moral— no debían ser las
ideas absolutas y eternas de Platón, sino «la forma de comportarse de un hombre
honrado y cabal». Esta receta aristotélica para resolver dilemas de conciencia
me recuerda a una frase de Cary Grant en la película Vivir para gozar:
«Cuando estoy en un apuro, me pregunto: ¿qué haría la General Motors en mi
situación? Y hago lo contrario». Por arcaico que pueda parecer, todavía nuestro
Código Civil nos exige asumir nuestras obligaciones «con la diligencia de un
buen padre de familia».
Las
listas de los mejores escritores y las mejores obras nunca se llamaron cánones
en tiempos de los griegos y romanos. ¿Cómo hemos llegado a nuestro
controvertido concepto de «canon literario»? A través del filtro cristiano. En
medio de agitadas discusiones sobre la autenticidad de los relatos evangélicos,
las autoridades eclesiásticas fueron perfilando el contenido del Nuevo
Testamento: los Evangelios de san Marcos, san Mateo, san Lucas y san Juan —esos
cuatro y no otros—, los Hechos de los apóstoles y las Epístolas. El debate
entre comunidades cristianas que llevó a la exclusión de los textos
considerados apócrifos fue largo, y muchas veces enconado. En el siglo IV,
cuando el repertorio estaba ya casi cerrado, el historiador Eusebio de Cesarea
llamó «canon eclesiástico» a la selección de libros que las autoridades
declararon de inspiración divina y donde los creyentes podían encontrar una
pauta de vida. Más de mil años más tarde, en 1768, un erudito alemán utilizó
por primera vez la expresión «canon de escritores» en el sentido actual. El
problema es que la palabra llegaba cargada de rasgos y connotaciones. Por la
analogía bíblica, el canon literario parecía perfilarse como una jerarquía
vertical, dictada por expertos, apoyada en la autoridad de un grupo de
elegidos, intencionalmente cerrada, permanente e intemporal. No es extraño que,
desde entonces, muchos lectores apasionados, en defensa de su libertad, hayan
sentido la tentación, como Cary Grant respecto a la General Motors, de hacer —y
leer— justo lo contrario.
En
realidad, muchos clásicos han llegado a serlo ganando la partida a las
autoridades que intentaban destruirlos. Así, por ejemplo, los libros de Ovidio
vencieron a Augusto; los versos de Safo, al papa Gregorio VII. Las amenazas de
Platón contra los poetas no tuvieron consecuencias, ni siquiera allí donde el
filósofo tuvo influencia política. Calígula no acabó con los poemas de Homero,
ni Caracalla con las obras de Aristóteles. Han sobrevivido en el canon obras
consideradas heréticas y peligrosas como De rerum natura, de
Lucrecio; Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais; o las narraciones de
Sade. Los nazis no consiguieron convencer al mundo de que ninguna obra escrita
por judíos era valiosa.
El canon
literario tiene poco en común con el religioso. El repertorio bíblico,
sostenido por la fe, pretende ser inmutable; el literario no. Para este último
encaja mucho mejor la imagen elegida por los romanos: el censo, una
clasificación jerárquica, sí, pero constantemente actualizada. Si puede llegar
a ser una herramienta útil, es precisamente porque su flexibilidad le permite
registrar los cambios. En la cultura no existen las rupturas totales, ni
tampoco una continuidad absoluta. Algunas obras son mejor o peor recibidas de
acuerdo con los cambios de las circunstancias históricas. Los críticos
ilustrados, en su obsesión por las obras didácticas y morales, estaban mucho
menos cautivados por Shakespeare que nosotros. Hoy apenas nos interesa leer
sermones o discursos, que fueron géneros mayores en otras épocas. En el siglo
XVIII, los intelectuales condenaron de forma bastante unánime la novela, sin
sospechar su ascenso a la cumbre del canon actual. La literatura infantil no ha
triunfado hasta que la infancia ha empezado a ser una etapa vital valorada —y
reinventada—. Con el auge del feminismo, las novelas con heroínas perseguidas,
como las que escribió en el Siglo de Oro María de Zayas, han dejado de ser
consideradas curiosidades menores y han adquirido una importancia renovada.
Como las empresas, algunos autores abren o cierran según los cambios de
sensibilidad del público. Baltasar Gracián tuvo que esperar hasta los años
noventa del siglo pasado para que los ejecutivos agresivos de los Estados
Unidos y Japón convirtieran su Arte de la prudencia en un
libro de cabecera y best seller internacional. Casi no se
representa el teatro del flamante premio Nobel Jacinto Benavente y, en cambio,
nos apasiona el de su contemporáneo Valle-Inclán, un estrafalario marginal que
mantuvo una relación esquiva con el público y con el éxito. Marcial solía tener
que defenderse de la acusación de escribir poemas demasiado cortos, mientras
que ahora la brevedad de sus epigramas —con las dimensiones de un tuit— juega a
su favor. Las novelas de caballerías, que causaron furor durante siglos, han
ido quedando arrinconadas mientras se consagraba su parodia, El Quijote.
El humor y la ironía han ganado terreno —hoy preferimos los libros ambiguos a
los que intentan adoctrinarnos—.
A lo
largo del tiempo han convivido numerosos cánones, con infinitas ramificaciones
parciales. En casi todos los periodos, distintos críticos se enfrentan y
construyen listas rivales. Los objetores siempre necesitan algo que objetar.
Cada generación distingue entre el buen gusto —el mío— y la vulgaridad —la
tuya—. Cada corriente literaria vacía los pedestales para aupar en ellos a sus
favoritos. Al final, solo el tiempo tiene la última palabra. Cicerón creía que
el innovador Catulo era un jovenzuelo vanidoso sin una pizca de talento, y
Catulo aborrecía a Julio César. Sin embargo, los tres terminaron juntos en el
canon romano. Emily Dickinson publicó apenas siete poemas en vida, y sus
editores consideraron necesario corregirle la sintaxis y la puntuación. André
Gide rechazó el manuscrito de Proust para la editorial Gallimard. Borges
publicó en la revista El Sur una crítica demoledora de Ciudadano
Kane, que más tarde negaría haber escrito.
Como
todas las taxonomías, los cánones revelan mucho de quien los formula y de su
época. Así, en los nombres elegidos afloran prejuicios, aspiraciones,
sentimientos, ángulos ciegos, estructuras de poder y autovalidaciones. El
estudio de las obras clásicas que han dejado de serlo, de aquellas que han
emergido tras ser arrinconadas y de las que han mantenido de manera
ininterrumpida su influjo, es decir, la historia de las metamorfosis del canon
a través de los siglos, ofrece una fascinante perspectiva de nuestra vida
cultural. Reconocer el contexto variable en el que suceden nuestros juicios con
vocación de eternidad es un avance en la comprensión histórica, que consiste,
según J. M. Coetzee, en entender el pasado como una fuerza que modela el
presente. «¿Qué es lo que queda del clásico, si algo queda después de ser
historizado, que pueda aún seguir hablándonos a través de las épocas?», se
pregunta el escritor sudafricano. El clásico supera los límites temporales,
retiene un significado para las épocas venideras, vive. Emerge indemne del
proceso de ser puesto a prueba día a día. Aunque atraviese épocas oscuras, no
se rompe su continuidad. Supera giros históricos, incluso sobrevive al beso de
la muerte de su consagración por parte de fascismos y dictaduras. Algo nos
sigue impresionando en las películas propagandísticas de Einsestein para los
comunistas soviéticos, o en las de Leni Riefenstahl para los nazis.
Los
estudios culturales han atacado el canon por autoritario y opresivo, y se han
lanzado a proponer cánones alternativos dando protagonismo a los excluidos. El
debate, iniciado en la década de los sesenta, se revitalizó a finales del siglo
XX. En el contexto de un mundo académico que había tomado conciencia del
multiculturalismo, el crítico norteamericano Harold Bloom, con tono elegiaco,
denunció el enfoque moralizante de la que llama «escuela del resentimiento» y
publicó su propia versión —descaradamente anglosajona, blanca y masculina— del
canon occidental. Nunca antes había habido tantos reparos y al mismo tiempo
tanta actividad canonizadora. Internet alberga infinitas listas de libros,
películas y canciones. Los suplementos culturales clasifican sin cesar las
novedades del año. Los premios y festivales enuncian selecciones de las mejores
obras publicadas. Se editan innumerables libros titulados Los cien
mejores… Las redes sociales acogen millones de recomendaciones compartidas
por lectores expertos o amateurs. Detestamos las listas y, al mismo
tiempo, somos adictos a ellas. Imprescindible pero imperfecto, el canon expresa
esta contradictoria pasión. Y, en medio de la inundación de libros, aflora
nuestro deseo de descansar de la agitación de lo inabarcable.
Pero
volvamos al cañaveral donde empezó esta larga andadura. Asomada entre los
carrizos y las espadañas, con sus prietas mazorcas, pienso que hemos elegido
una metáfora imperfecta. Los tallos rectos y rígidos de la junquera no evocan
el sinuoso camino del canon. Sería más bien el río, que cambia, serpea, dibuja
meandros, se llena y se vacía, pero sigue ahí y parece siempre el mismo que
canta su inagotable estrofa, pero con distinta agua.
XLII
Cuando,
en algún lugar, el último ejemplar de un libro ardía, se mojaba hasta la
podredumbre o era lentamente devorado por insectos, moría un mundo. Nadie más
podría leerlo, copiarlo y salvarlo. A lo largo de los siglos, sobre todo
durante la Antigüedad y la Edad Media, muchas voces callaron para siempre por
extinción. Resulta difícil imaginar a través de qué extraños vericuetos algunas
obras minúsculas, infantiles o procaces han llegado hasta nosotros, mientras
que otras han sucumbido fruto de los más extravangantes sistemas destructivos.
Los
sabios de Alejandría eran muy conscientes de la fragilidad de las palabras. En
principio, el olvido es el destino más previsible de cualquier relato, de
cualquier metáfora, de cualquier idea. Los años robados al silencio y a la
desaparición constituyen, en cambio, la excepción; una excepción que, antes de
la imprenta, solo podía sostenerse gracias al gigantesco esfuerzo de copiar los
textos a mano, letra por letra, para multiplicarlos y mantenerlos en
circulación. El canon de los bibliotecarios alejandrinos fue, sobre todo, un
programa de salvamento; una concentración de las energías disponibles en unas
pocas obras elegidas, ya que era impensable mantenerlas todas vivas; un
pasaporte al futuro para ciertos relatos, versos y pensamientos, los que más les
importaban.
Los
mecanismos del canon fueron cuestión de supervivencia —en aquella época la
palabra escrita era una especie en peligro de extinción—. De los libros
elegidos había más ejemplares; su prestigio se traducía en números, que no eran
cifras de negocio sino de esperanza. Todos ellos recalaban en las bibliotecas
públicas, que los protegían de la intemperie. El otro gran refugio fue la
escuela. Los textos utilizados en las lecciones de escritura y lectura se
copiaban en todos los rincones del territorio: el seguro de vida más duradero
para un libro. Ante un sistema educativo sin el mínimo atisbo de centralización
y sin autoridades académicas, cada maestro podía elegir libremente los títulos
que leía con sus alumnos. Esa suma de decisiones individuales se inspiraron en
el canon y, al mismo tiempo, influyeron en él y lo transformaron.
Solo hay
un género literario en Grecia y Roma que, sin poseer orígenes aristocráticos ni
pretensiones de alta cultura, logró consagrar a sus propios clásicos: las
fábulas de animales. La figura borrosa de Esopo tuvo —cómo no— su mellizo
romano: el exesclavo Fedro. Las fábulas antiguas miraban la realidad de abajo
arriba, como un enfrentamiento entre los animales más pequeños y humildes —las
ovejas, las gallinas, las ranas, las golondrinas— y las criaturas más poderosas
—los leones, las águilas, los lobos—. La analogía resulta transparente, y
también el diagnóstico: los seres desvalidos suelen salir trasquilados. En
pocas ocasiones, y solo a través de la astucia, el débil consigue vencer; en
general, es atropellado con total desenvoltura por los fuertes. En una de estas
historias pesimistas, una grulla mete la cabeza en la garganta de un león para
sacarle un hueso con el que se ha atragantado, pero no recibe la recompensa
prometida —¿acaso no es suficiente que no le haya arrancado la cabeza de un
mordisco?—. En otra fábula, un cordero intenta rebatir las arbitrarias
acusaciones de un lobo, pero sus razonamientos solo sirven para que el
depredador se acerque a él con disimulo en el calor de la discusión y se lo
zampe sin contemplaciones. La moraleja final del género parece concluir que
cada cual ha de apechugar con su propia suerte. Los más vulnerables no
encontrarán ayuda ninguna en las leyes, esa telaraña que atrapa a las moscas
pero deja pasar a los pájaros de cuidado. No hay nada parecido, por su crudeza y
su desencanto, en el canon. Y, si estas fábulas tan ajenas a la élite se
abrieron un hueco, fue sin duda porque durante siglos los maestros las
utilizaban en sus clases.
Uno de
aquellos maestros romanos, Quinto Cecilio Epirota, tomó la revolucionaria
decisión de estudiar con sus discípulos la obra de escritores vivos. Gracias a
la escuela, algunos autores del siglo I empezaron a saborear, sin tener que
morirse, el estatus de clásicos. Virgilio fue el más favorecido de ellos. Como
explica Mary Beard, se han descubierto cincuenta citas de la poesía virgiliana
garabateadas en las paredes de Pompeya. La mayoría de los versos provienen del
principio de los libros I y II de la Eneida, seguramente los
pasajes preferidos por los maestros. Parece que en el año 79 todo el mundo
conocía el arranque del poema, «Arma virumque cano», sin necesidad de
haberlo leído de principio a fin, igual que hoy no hace falta ser un experto en
Cervantes para poder citar el lugar de la Mancha de cuyo nombre no queremos
acordarnos. Un bromista parodió la Eneida en la pared de una
lavandería pompeyana, para burlarse de los dueños. Aludiendo al ave que era
mascota de los tintoreros, el desconocido humorista escribió: «Los bataneros y
su lechuza canto, no las armas y el varón». La broma es muy obvia, pero Beard
destaca que presupone un asombroso marco de referencias compartidas entre el
mundo callejero y el de la literatura clásica. Otros gamberros eran menos
sutiles en sus insultos —y más parecidos a quienes decoran hoy las puertas de
los lavabos públicos—: «yo me follé a la dueña», escribió un remoto pompeyano
en la pared de una taberna.
El siglo
I a. C. fue una época de esperanza para los escritores. Ciertos títulos
elegidos se copiaban y se distribuían por una geografía inmensa, integrándose
en una red sin precedentes de bibliotecas públicas y privadas, así como de
escuelas. Quizá por primera vez en la historia, los autores más aplaudidos
tenían sólidos motivos para confiar en un largo porvenir. La condición para
lograrlo, eso sí, era entrar en las listas. En uno de los pasajes más
explícitos del ansia canónica romana, Horacio sugiere sin rodeos a su protector
Mecenas que lo incluya en el pódium de los mejores: «Si me colocas entre los
poetas líricos, tocaré con mi elevada frente las estrellas». Con el verbo inserere traducía
el griego enkrínein —separar el grano de la paja, cribar—,
metáfora que en el lenguaje de los bibliotecarios de Alejandría significaba
seleccionar a un autor. Encantado de leerse, Horacio se consideraba un digno
colega de los famosos nueve líricos griegos, y no dudó en compartir con sus
lectores una opinión tan imparcial acerca de sí mismo. En el mismo libro de
odas, asegura que sus poemas, escritos sobre frágiles hojas de papiro,
sobrevivirán al metal y la piedra: «He concluido un monumento más duradero que
el bronce y más alto que las regias tumbas de las pirámides, que no podrán
destruir las lluvias persistentes, los fríos vientos ni el paso del tiempo con
su serie innumerable de años. No moriré del todo». Unos años más tarde, Ovidio
expresó idéntica confianza en la duración de sus Metamorfosis: «Ya
he culminado una obra que no podrán destruir ni la cólera de Júpiter ni el
fuego ni el hierro ni el tiempo voraz». Aunque estas profecías puedan parecer
imprudentes, la verdad es que hasta hoy se han cumplido.
No todos
los escritores se atrevieron a imaginar tan larga vida para sus obras. Marcial,
un autor sin presencia en la escuela, tenía fantasías menos optimistas. En
sus Epigramas bromea sobre la suerte de los libros
descartados, el maltrecho grupo de los excluidos de la cumbre: morituri
te salutant. Nos revela que muchos terminaron como envoltorio de comida o
destinados a otros usos de escasa solemnidad. Y este es el fin que amenaza a su
propio libro: «No vaya a ser que, llevado a una negra cocina, cubras con tus
hojas mojadas unas crías de caballa o te conviertas en un cucurucho para el
incienso o la pimienta». Las imágenes humorísticas del fracaso literario se
suceden en sus versos: rollos convertidos en togas para atunes, túnicas para
las aceitunas, o capuchas para el queso. Marcial posiblemente temía ingresar en
ese submundo de la literatura que moría en las cocinas, entre rastros de
escamas y hedor a pescado atrasado.
Durante
siglos, los tenderos han envuelto sus mercancías en hojas arrancadas de viejos
libros. Los sueños del escritor y el esfuerzo del copista —o, más adelante, del
tipógrafo— perecían en una mísera reventa. Cervantes cuenta en El
Quijote la misma triste historia que Marcial, pero con final feliz.
Recién empezado el libro, en un audaz capítulo metaliterario, encontramos al
narrador de la historia deambulando por los comercios de la calle Alcaná de
Toledo. Ve pasar a un muchacho cargado con unos cartapacios rebosantes de
papeles usados para vender a un sedero. Aunque todavía no lo sospecha, esos
viejos documentos contienen la crónica de las aventuras de don Quijote de la
Mancha. «Como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de la
calle, tomé un cartapacio de los que el muchacho ofrecía», escribe el narrador.
Gracias a la curiosidad de ese lector in extremis, el manuscrito se
salva de envolver piezas de tela, y la novela puede continuar. Este episodio es
un juego literario, una ficción urdida por Cervantes como parodia del recurso a
los manuscritos hallados que tanto abundaba en las novelas de caballerías. Sin
embargo, la imagen del chiquillo que vende papel usado por los comercios de la
calle Alcaná tiene el aroma de la vida cotidiana, y deja vislumbrar una
realidad paralela en la que nuestro gran clásico pudo haber sido destruido hoja
a hoja en una anónima sedería de Toledo.
En el
umbral del siglo XX, el bibliómano británico William Blades compró los restos
de un valioso libro salvado de un naufragio escatológico. Cuenta Blades que, en
el verano de 1887, un caballero amigo suyo alquiló unas habitaciones en
Brighton. Encontró en el retrete unas hojas de papel disponibles para
limpiarse. Las colocó sobre sus rodillas desnudas y, antes de usarlas con
finalidad higiénica, paseó la mirada por el texto, escrito en letras góticas.
Tuvo el presentimiento de un hallazgo. Emocionado, resolvió con prisa sus
asuntos corporales y las minucias de limpieza, y salió a preguntar si había más
hojas en el lugar de donde habían cogido aquellas. La casera le vendió los
restos desencuadernados que quedaban y le contó que su padre, a quien le encantaban
las antigüedades, tuvo en tiempos un arcón lleno de libros. Tras su muerte ella
los guardó, hasta que se cansó del estorbo. Imaginando que carecían de valor,
los dedicó a suministro para el retrete, donde estaban a punto de naufragar los
últimos pecios de la biblioteca heredada. El libro que tenían entre manos
resultó ser uno de los ejemplares más raros y escasos de la imprenta de Wynkyn
de Worde, una obra titulada Gesta Romanorum en la que
Shakespeare había encontrado inspiración para sus piezas teatrales. Solo
quedaba imaginar los tesoros bibliográficos que estuvieron abasteciendo
diariamente las letrinas de aquella pensión inglesa.
En
nuestros días, hemos organizado racionalmente la destrucción de libros. Como
dice Alberto Olmos, nuestras respetuosas sociedades exterminan anualmente tanta
letra escrita como los nazis, la Inquisición o Shi Huandi juntos. Con sigilo,
sin la épica de las hogueras públicas, cada año solo en España eliminamos
millones de ejemplares. Los almacenes de las editoriales han devenido en
tanatorios que acogen a los títulos huérfanos en su primera muerte, es decir,
cuando son devueltos por las librerías. El saldo negativo es enorme: en 2016 se
publicaron en nuestro país 224 millones de libros, de los cuales casi 90
millones terminaron en el purgatorio. De los títulos con ínfulas de best
sellers se imprimen a sabiendas muchos más ejemplares de los que
pueden absorber sus lectores, porque se piensa que son las gigantescas pilas de
libros las que venden los libros. Los cálculos erróneos y las esperanzas
frustradas de los editores también llevan cientos de miles de libros directos
al tanatorio. Como el almacenamiento tiene un alto coste para las empresas del
sector, esos millones de desahuciados acaban en talleres de las afueras donde
son triturados, aplastados y convertidos en una masa amorfa: la pulpa de papel.
Calladamente, se transforman en otros libros, nacidos a costa de canibalizar a
sus predecesores fracasados, o los reciclan en otros productos nuevos y útiles,
como tetrabriks, servilletas, pañuelos, posavasos, cajas de zapatos, embalajes
—la versión contemporánea de las togas para atunes de Marcial—, o incluso rollos
de papel higiénico, que nos convierten a todos en émulos intestinales de los
huéspedes de aquella pensión de Brighton.
El
escritor checo Bohumil Hrabal trabajó como empacador en una prensa de reciclar
papel. Basada en aquella experiencia, su novela Una soledad demasiado
ruidosa transcribe el monólogo de un operario recluido en un
subterráneo —con las ratas y con sus reflexiones— mientras forma una tras otra
balas de papel viejo que debe entregar a los transportistas. Su cueva apesta
como un infierno porque la papelería amontonada no está seca, sino húmeda y
podrida, y empieza a fermentar, «esparciendo una peste tal que, en comparación,
el estiércol exhala un perfume delicioso». Tres veces por semana los camiones
se llevan sus balas a la estación, las meten en los vagones y las transportan a
las fábricas de papel donde los obreros las sumergen en turbios estanques de
álcalis y ácidos que las disuelven. El protagonista, enamorado de los libros,
sabe que en su prensa expiran obras maravillosas, pero no puede detener el
flujo de la destrucción. «No soy sino un tierno carnicero», escribe. Su ritual
de supervivencia consiste en ser el último lector de los libros que llegan al
subsuelo donde trabaja y en preparar con esmero sus tumbas, es decir, los
paquetes que elabora: «Tengo la necesidad de embellecer cada paquete, de darle
mi carácter, mi firma. El mes pasado tiraron a mi subterráneo seiscientos kilos
de reproducciones de maestros célebres, de modo que ahora embellezco cada una
de mis balas con los campeones de la pintura europea y, al anochecer, mientras
mis balas esperan en fila india delante del montacargas, me deleito contemplando
aquella belleza, aquellos paquetes adornados con Ronda de noche, Saskia, El
desayuno sobre la hierba o el Guernica. Y solo yo sé que
en el corazón de cada paquete descansa, abierto, aquí Fausto, aquí,
entre papeles chorreando sangre de las carnicerías, Hiperión y Así
habló Zaratustra. Yo soy al mismo tiempo el artista y el único espectador».
Hrabal escribió esta novela cuando su obra había sido prohibida por el régimen
comunista. En ese tiempo de escritura prisionera, le obsesionaban los problemas
de la creación y la destrucción, la razón de ser de la literatura y el por qué
de la soledad. El monólogo del viejo operario es una fábula sobre la crueldad
del tiempo. E, indirectamente, un testimonio informado acerca de la fantástica
e improbable aventura que supone para un libro sobrevivir durante milenios.
§ 17.
Añicos de voces femeninas
XLIII
En un
paisaje de sombras, ella tiene cuerpo, presencia, voz. Es un caso único en
Roma: una joven independiente y culta que insiste en su derecho al amor; una
poeta de cuya vida y sentimientos habla ella misma, con sus propias palabras,
sin mediaciones masculinas.
Sulpicia
vivió en el siglo dorado del emperador Augusto. Fue una mujer excepcional por
muchos motivos —el más importante de ellos era que pertenecía a ese 1 por
ciento de la población romana que hoy clasificamos como élite, situada en la
cumbre de un mundo duro y jerárquico—. Su madre era hermana de Marco Valerio
Mesala Corvino, un poderoso general y mecenas literario. En la mansión de su
tío conoció a algunos de los poetas más aclamados de la época, como Ovidio o
Tibulo. Favorecida por la riqueza y el parentesco, Sulpicia se atrevió a
escribir poemas autobiográficos, los únicos versos de amor escritos por una
mujer romana de la época clásica que han llegado hasta nosotros. En sus poesías
habla una voz femenina que reclama algo poco común en la época: libertad y
placer. Convencida de que podía permitirse cualquier atrevimiento, se queja de
la vigilancia que ejerce sobre ella su tío, llamándolo —con ironía y descaro—
«pariente desalmado».
Son
solamente seis los poemas de Sulpicia que nos han llegado. Cuarenta versos en
total, seis episodios de su pasión por un hombre al que llama Cerinto. Queda
claro que no es el novio elegido por la familia. Por el contrario, sus padres y
su tío-tutor temen que se acueste con él. Ella misma dice que algunos sufren
ante la sola idea de que sucumba, dejándose llevar a una «cama innoble».
Seguramente Cerinto pertenezca a otro mundo, a otra clase social, quizá incluso
sea un liberto. Quién sabe. En cualquier caso, no parece un pretendiente
adecuado para la aristócrata Sulpicia; algo que no preocupa en absoluto a la
joven. Si sufre, y a veces sufre, es por otras razones. Por ejemplo, se
reprocha a sí misma su falta de valor, siente angustia porque el lastre de su
educación le impide mostrar su deseo.
El poema
de Sulpicia que más me impacta es una declaración pública, provocadora y
desafiante, de sus sentimientos. Traduzco libremente los dísticos de la elegía:
¡Al fin
llegaste, Amor!
Llegaste con tal intensidad
que me causa más vergüenza
negarte
que afirmarme.
Cumplió con su palabra Amor,
te acercó a mí.
Conmovido por mis cantos,
te trajo Amor a mi regazo.
Me alegra haber cometido esta falta.
Revelarlo y gritarlo.
No, no quiero confiar mi placer
a la estúpida intimidad de mis notas.
Voy a desafiar la norma,
me asquea fingir por el qué dirán.
Fuimos la una digna del otro,
que se diga eso.
Y la que no tenga su historia
que cuente la mía.
¿Qué fue
de los amantes? No lo sabemos, pero es poco probable que su relación lograse
sobrevivir a los obstáculos familiares. Tarde o temprano, ella tendría que
claudicar. Entre las clases altas, a las que Sulpicia pertenecía, el
paterfamilias decidía los matrimonios basándose en motivos estratégicos de
oportunidad. Los clanes unían así a dos personas por conveniencia social,
política o económica, no por pasión. Seguramente, el deseado Cerinto fue
expulsado de la vida de Sulpicia, y solo quedaron el recuerdo y los poemas
—«desierta cama y turbio espejo y corazón vacío», como escribió Machado—.
Rebelarse
contra la moral sexual, aunque fuese durante un breve paréntesis juvenil,
supuso un viaje al borde del abismo para Sulpicia. Estaba cometiendo un delito.
Poco tiempo antes, Augusto había hecho aprobar una ley —la lex Iulia de
adulteriis— que condenaba en procesos públicos las relaciones sexuales de
las mujeres fuera del matrimonio —también si eran solteras o viudas—. Tanto
ellas como sus cómplices sufrían un severo castigo. Solo quedaban excluidas de
la condena las prostitutas y las concubinas. Por eso, cuentan las fuentes que
mujeres patricias, de rango senatorial o ecuestre, empezaron a declarar en
público que ejercían la prostitución. Se trataba de un acto de desobediencia
civil, de un desafío abierto a los tribunales. Las protestas consiguieron que,
en la práctica, la norma se aplicase muy poco. Ya a finales del siglo I,
Juvenal, en su feroz diatriba contra el género femenino, exclamaba exasperado:
«¿Dónde estás, lex Iulia, acaso durmiendo?».
La otra
gran transgresión de Sulpicia fue hacer públicos sus sentimientos y su rebeldía
a través de la escritura. Como los griegos, también los romanos pensaban que la
palabra, herramienta fundamental de la lucha política, era prerrogativa
masculina. Esas ideas se plasmaron incluso en el universo religioso, a través
del culto a una diosa femenina del silencio, llamada Tácita Muda. Contaba la
leyenda que Tácita fue una ninfa descarada que solía hablar demasiado y, sobre
todo, a destiempo. Júpiter, para acabar con tanta charlatanería y dejar claro a
quién correspondía la jurisdicción verbal, le arrancó la lengua. Impedida para
hablar, Tácita Muda era un símbolo elocuente. Las romanas no podían ejercer
cargos públicos ni participar en la vida política. Una sola generación permitió
la existencia de oradoras, en la primera mitad del siglo I a. C., pero muy
pronto esa actividad fue legalmente prohibida. Las mujeres romanas de buena
familia solían tener acceso a la lectura, sí, pero encaminada a que la
aplicaran en su función de madres y maestras de futuros oradores. Educadas para
que educasen, aprendían a hablar bien en beneficio de sus hijos, no para
ejercer ellas, porque eso significaría saltar el límite de la esfera privada
que les era propia y usurpar un puesto en el campo de los oficios masculinos.
Pocas eran sus oportunidades de destacar o hacerse oír fuera de la demarcación
hogareña. Cuando el biógrafo Plutarco intentó repetir el éxito de sus Vidas
paralelas con una obra sobre proezas protagonizadas por mujeres
griegas, romanas y bárbaras, cosechó una fría acogida. De hecho, el libro ha
recibido escasa atención y estudio hasta tiempos muy recientes.
Resulta
muy revelador estudiar las razones que ayudaron a la supervivencia de los
versos de Sulpicia. No han llegado bajo su nombre, sino insertos entre los
poemas atribuidos a un escritor del círculo de su tío, Tibulo. Las dudas sobre
la autoría y el gran prestigio de Tibulo contribuyeron a preservar los textos
durante siglos. Hoy, tras atentos análisis filológicos, los estudiosos aceptan
de forma casi unánime que los poemas serían obra de Sulpicia, aunque algunos
escépticos siguen objetando que su contenido es demasiado atrevido para una
dama romana. A la vez, hasta hace pocos años era habitual desestimarla, como si
se tratara de una simple aficionada —triste redundancia, pues en aquella época
ninguna mujer podía hacer de la literatura su profesión—. Las romanas de aquel
tiempo no tenían medios para lograr que sus obras se conocieran y se
difundieran. La mayoría ni se planteaba hacerlo. Y lo más importante: quienes
valoraban si un libro merecía pasar a la posteridad ni siquiera tomaban en
consideración lo que escribían las mujeres. En realidad, no debería
sorprendernos que estos poemas solo hayan sobrevivido incrustados en un libro
ajeno.
A pesar
de los impedimentos, Sulpicia no fue la única que lo intentó. Nos quedan breves
fragmentos, citas o referencias de veinticuatro autoras. Todas ellas tuvieron
rasgos comunes: eran ricas, pertenecían a familias importantes y escribieron al
abrigo de hombres poderosos. Como escribe Aurora López, poseían dote, fortuna,
y poder sobre sus esclavos; la ciudad les facilitó tiempo libre; regentaban un
espacio siempre privado, la casa, pero a fin de cuentas un espacio en el que
eran señoras. Es decir, como quería Virginia Woolf, tuvieron dinero y una
habitación propia, requisitos necesarios para que una mujer sea escritora.
Destaca entre ellas Julia Agripina —hija de Germánico, esposa de Claudio, madre
de Nerón—, cuyas memorias perdidas conocemos solo por alusiones; o Cornelia,
madre de los famosos Gracos, de la que se conservan dos cartas incompletas.
Pero las
atrevidas damas patricias que se lanzaron a invadir el terreno de los hombres
tuvieron que respetar ciertas delimitaciones y leyes fronterizas. Solo se les
permitió practicar géneros considerados menores o asociados a la vida interior:
lírica —Hostia y Perila—, elogios —Aconia Fabia Paulina—, epigramas
—Cornificia—, elegías —Sulpicia—, sátira —otra Sulpicia—, cartas —Cornelia,
Servilia, Clodia, Pilia, Cecilia Ática, Terencia, Tulia, Publilia, Fulvia,
Acia, Octavia Menor, Julia Drusila—, memorias —Agripina—. Conocemos los nombres
de tres oradoras que ejercieron durante el breve periodo en el que les estuvo
permitido —Hortensia, Mesia y Carfania—, pero no nos ha llegado ni un párrafo
original de sus discursos. No hay la menor noticia sobre autoras de épica, ni
tampoco de tragedia o comedia, pues de ninguna forma hubieran podido llevar sus
obras a los escenarios.
Los
textos que escribieron estas mujeres romanas han llegado hasta nosotros hechos
añicos. En su totalidad se pueden leer en apenas una o dos horas. Así se
vislumbra el alcance de lo perdido. Sulpicia se benefició de un error y avanzó
hacia el futuro con su involuntario pseudónimo masculino. Las demás naufragaron
lentamente en el silencio. Dentro del canon, ellas son fragmentadas
excepciones. Como Eurídice, vuelven a hundirse en la oscuridad cuando alguien
intenta rescatarlas. Al seguir el rastro de sus huellas borradas, tanteamos un
paisaje de sombras donde ya solo es posible conversar con los ecos.
XLIV
Y, sin
embargo, desde tiempos remotos las mujeres han contado historias, han cantado
romances y enhebrado versos al amor de la hoguera. Cuando era niña, mi madre
desplegó ante mí el universo de las historias susurradas, y no por casualidad.
A lo largo de los tiempos, han sido sobre todo las mujeres las encargadas de
desovillar en la noche la memoria de los cuentos. Han sido las tejedoras de
relatos y retales. Durante siglos han devanado historias al mismo tiempo que
hacían girar la rueca o manejaban la lanzadera del telar. Ellas fueron las
primeras en plasmar el universo como malla y como redes. Anudaban sus alegrías,
ilusiones, angustias, terrores y creencias más íntimas. Teñían de colores la
monotonía. Entrelazaban verbos, lana, adjetivos y seda. Por eso textos y
tejidos comparten tantas palabras: la trama del relato, el nudo del argumento,
el hilo de una historia, el desenlace de la narración; devanarse los sesos,
bordar un discurso, hilar fino, urdir una intriga. Por eso los viejos mitos nos
hablan de la tela de Penélope, de las túnicas de Nausícaa, de los bordados de
Aracne, del hilo de Ariadna, de la hebra de la vida que hilaban las moiras, del
lienzo de los destinos que cosían las nortas, del tapiz mágico de Sherezade.
Ahora mi
madre y yo susurramos las historias de la noche en los oídos de mi hijo. Aunque
ya no soy aquella niña, escribo para que no se acaben los cuentos. Escribo
porque no sé coser, ni hacer punto; nunca aprendí a bordar, pero me fascina la
delicada urdimbre de las palabras. Cuento mis fantasías ovilladas con sueños y
recuerdos. Me siento heredera de esas mujeres que desde siempre han tejido y
destejido historias. Escribo para que no se rompa el viejo hilo de voz.
§ 18. Lo
que se creía eterno resultó efímero
XLV
Un día
del año 212, más de treinta millones de personas se acostaron con una identidad
distinta de la que tenían al levantarse por la mañana temprano. El motivo no
fue una invasión masiva de los ladrones de cuerpos, sino la asombrosa decisión
de un emperador romano. Las fuentes no nos dicen cómo fue recibido el cambio,
si ganó la partida la desconfianza o el alborozo. Con seguridad predominaría la
sorpresa: no había precedentes históricos para algo así —y estoy segura de que
no veré nada remotamente parecido en nuestro siglo XXI—.
¿Cuál fue
la causa de tanta conmoción repentina? El emperador Caracalla había decretado
que todos los habitantes libres del imperio, dondequiera que viviesen, desde
Escocia hasta Siria, desde Capadocia a Mauritania, adquirían a partir de ese
momento la ciudadanía romana. Fue una decisión revolucionaria que borró de un
plumazo la distinción entre autóctonos y extranjeros. Un largo proceso
integrador culminó en el instante de la aprobación del decreto. Fue una de las
mayores concesiones de ciudadanía documentadas en la historia, si no la mayor:
decenas de millones de provincianos se convirtieron legalmente en romanos de la
noche a la mañana. Ese repentino regalo todavía desconcierta a los
historiadores, porque rompió con la política antiquísima —y tan contemporánea—
de convertir en ciudadanos plenos solo a un pequeño porcentaje de los
aspirantes, de forma gradual y restrictiva. El político y cronista antiguo Dion
Casio sospechaba que bajo la aparente generosidad de Caracalla se ocultaba la
necesidad de recaudar dinero, puesto que los nuevos romanos contraían ipso
facto la obligación de pagar el impuesto de sucesiones y el gravamen
por la manumisión de esclavos. Como afirma Mary Beard, si ese fue el motivo,
resultó una manera harto engorrosa de abordar el asunto. No creo que ningún
estado actual se plantee legalizar a treinta millones de individuos de golpe,
por muy suculenta que resulte la perspectiva de cobrarles impuestos. Sin duda,
la decisión del emperador tuvo una importante carga simbólica. En tiempos de crisis,
dar a más gente razones personales para identificarse con Roma podía ser una
medida inteligente.
Como es
lógico, la extensión de la ciudadanía devaluó su importancia. Al caer una
barrera de privilegio, rápidamente se alzó otra en su lugar. A lo largo del
siglo III, ganó importancia la distinción entre los honestiores —la
élite enriquecida y los veteranos del Ejército— y los humiliores —los
más humildes, concepto intemporal que no necesita traducción—. La legislación
reconocía derechos desiguales a estos dos grupos: los honestiores quedaron
exentos, por ley, de castigos degradantes o crueles como la crucifixión o la
flagelación, mientras que los humiliores permanecían expuestos
a las humillaciones antaño reservadas a los esclavos y los no ciudadanos. La
frontera de la riqueza sustituyó a las fronteras geográficas.
Aunque no
faltaron en la práctica grandes dosis de prejuicios, fricciones y rapacidad, la
civilización romana poseyó desde sus orígenes una clara vocación integradora.
Caracalla culminó una evolución que, según la leyenda, había iniciado Rómulo
mil años antes, cuando ofreció acogida —sin hacer preguntas— a todos los
forasteros que acudieron a la recién fundada Roma. Lo que distinguió a la nueva
ciudad fue su bienvenida a los más desesperados fugitivos y demandantes de
asilo. Y, de hecho, los descendientes de Rómulo practicaron una política de
fusión sin precedentes en la historia universal: consideraban irrelevante la
pureza de la estirpe, no se preocupaban demasiado por el color de la piel,
liberaban a los esclavos con procedimientos simples y le reconocían al liberto
un estatus casi de ciudadano —los hijos de los libertos lo eran de pleno
derecho—. No sabemos hasta qué punto era multicultural la población romana,
entre otras cosas, porque no se prestaba atención a ese asunto; probablemente
fue el grupo étnicamente más diverso antes de la época moderna. En Roma no
faltaron, por supuesto, quienes clamaban que tantos esclavos acabarían minando
las esencias patrióticas, y muchos acusaban a los extranjeros de hacer pocos
esfuerzos por integrarse. Pero ni el más recalcitrante de aquellos cascarrabias
con ganas de protestar habría entendido nuestros conceptos modernos de
«inmigrantes ilegales» o «sin papeles».
Es un
hecho que la población se movía a lo largo y ancho de los territorios romanos
como nunca antes: comerciantes, militares, administradores y burócratas,
traficantes de esclavos, provinciales ricos con sueños de éxito en la capital.
Había ciudadanos de clase alta en Britania procedentes del norte de África.
Cada año, gobernadores y altos funcionarios eran enviados a destinos lejanos.
Las legiones se formaban con soldados de todas las procedencias. Incluso los
más desposeídos se sumaban al flujo de las migraciones. La moraleja de una
fábula decía: «los pobres, al ser más ligeros de equipaje, con facilidad pasan
de una ciudad a otra».
Los
emperadores estaban obsesionados con la iconografía global, de la que hacían
propaganda. Se proclamaba que Roma no era solo la dominadora del mundo, sino
también la patria común de toda la humanidad; la gran ciudad mundial, la
cosmópolis realizada, capaz de ofrecer acogida en su interior a todas las
gentes dispersas por geografías lejanas. Este ideal encontró tal vez su
expresión más característica en el pomposo y adulador Encomio del
rétor Elio Arístides: «Ni el mar ni todas las distancias de la tierra impiden
obtener la ciudadanía, y aquí no hay distinción entre Asia y Europa. Todo está
abierto para todos. En Roma, nadie que sea digno de confianza es extranjero».
Los filósofos de la época insistieron en que el imperio realizaba el sueño
cosmopolita heredado del helenismo. Con su Constitutio antoniniana,
del año 212, Caracalla dio culminación jurídica a estas ideas. Por lo demás, no
ha dejado un gran recuerdo como gobernante. Caprichoso y homicida, acabó
asesinado a los veintinueve años por uno de sus guardaespaldas mientras meaba
en la cuneta de una calzada en Mesopotamia. Aunque en su reinado no dio muchas
muestras de idealismo, admiraba a Alejandro y quiso imitar su proyecto de un
imperio basado en la ciudadanía del mundo. Él mismo, nacido en Lugdunum —actual
Lyon—, era hijo del mestizaje: su padre, Septimio Severo, descendía de estirpe
bereber y tenía la piel oscura; y su madre, Julia Domna, había nacido en Emesa
—actual Homs, en Siria—. Y no fue la excepción. Cuando lo nombraron, hacía
tiempo ya que los emperadores no eran nativos de Roma, ni siquiera italianos.
Las élites del poder romano no tenían el cutis tan blanco como el mármol de sus
estatuas.
Si no era
la raza, el color de la piel o el lugar de nacimiento, ¿qué unía a los
habitantes de Escocia, Galia, Hispania, Siria, Capadocia y Mauritania? ¿Cuáles
eran los vínculos que a lo largo y ancho de tan enormes extensiones ayudaban a
los romanos a entenderse, compartir aspiraciones y descubrirse miembros de una
misma comunidad? Una urdimbre de palabras, ideas, mitos y libros.
Sentirse
romano consistía en habitar ciudades de anchas avenidas que se cruzaban en
ángulo recto; en tener acceso a gimnasios, termas, foros, templos de mármol,
bibliotecas, inscripciones en latín, acueductos, alcantarillado; en saber
quiénes eran Aquiles, Héctor, Eneas, Dido; en contemplar sin extrañeza los
rollos y los códices como parte del paisaje cotidiano; en pagar impuestos a los
temidos recaudadores; en haber estallado en carcajadas por un chiste de Plauto
en las gradas de un teatro; en conocer los episodios de la Roma primitiva
contados por Tito Livio en Ab urbe condita; en haber escuchado a un
filósofo estoico hablar de autodominio; en conocer —o incluso haber servido en—
la imparable maquinaria bélica de las legiones. Mosaicos, banquetes, estatuas,
rituales, frontones, bajorrelieves, leyendas de triunfo y de dolor, fábulas,
comedias y tragedias modelaban —con aire, piedra y papiro— aquella identidad
romana ampliada hasta límites inimaginables, el primer relato común europeo.
Por las
calzadas del imperio globalizado, ensayos y ficciones transitaron de un confín
a otro de la geografía conocida. Encontraron cobijo en una constelación de
bibliotecas públicas y privadas como no se había conocido antes. Fueron
copiados y puestos a la venta en librerías de ciudades lejanas entre sí, como
Brindisi, Cartago, Lyon o Reims. Sedujeron a gentes de diversos orígenes, a
quienes las escuelas romanas enseñaron a leer tras generaciones de inmemorial
analfabetismo. Como los aristócratas de la capital, los provinciales más ricos
compraron esclavos especializados en la copia de textos —el inventario de los
bienes de un acaudalado ciudadano romano, propietario de una finca de Egipto,
incluye, entre sus cincuenta y nueve esclavos, cinco notarios, dos amanuenes,
un escriba y un restaurador de libros—. Eran muchos los copistas que, al
servicio de particulares o de comerciantes, pasaban sus largas jornadas delante
del pupitre, pertrechados de tinteros, reglas y plumas de caña dura, para
satisfacer la demanda de letra escrita. Nunca antes había existido una
comunidad semejante de lectores extendida por varios continentes y unida por
los mismos libros. Es cierto que no eran millones de personas; tampoco cientos
de miles; tal vez, en los mejores tiempos, varias decenas de millar. Pero
contempladas con la mirada de aquella época, hablamos de cifras prodigiosas.
Como dice
Stephen Greenblatt, en el mundo antiguo hubo un tiempo —por lo demás
larguísimo— en el que pudo parecer que uno de los principales problemas
culturales era la inagotable producción de libros. ¿Dónde se podían poner?
¿Cómo había que organizarlos en las estanterías? ¿Cómo retener en la cabeza
aquella profusión de conocimiento? La pérdida de tanta riqueza habría resultado
sencillamente inconcebible para cualquiera que viviese en aquellos ambientes.
Luego, no repentinamente sino con la lógica gradual de una extinción en masa,
toda aquella empresa llegó a su fin. Lo que parecía estable resultó frágil, y
lo que se creía eterno acabó por demostrarse efímero.
XLVI
El suelo
tembló bajo los pies. Llegaron siglos de anarquía, de fraccionamiento, de
invasiones bárbaras, de seísmos religiosos. Probablemente, los copistas fueran
los primeros en percibir la gravedad de la situación: cada vez recibían menos
encargos. El trabajo de copia se interrumpió casi por completo. Las bibliotecas
entraron en decadencia, saqueadas durante guerras y altercados, o simplemente
desatendidas. Durante sucesivas décadas terribles, sufrieron el pillaje de los
bárbaros y la destrucción a manos de fanáticos cristianos. A finales del siglo
IV, el historiador Amiano Marcelino se quejaba de que los romanos estaban
abandonando la lectura seria. Con un enfoque moralista característico de su
clase social, se indignaba de que sus compatriotas chapoteasen en la
trivialidad más absurda mientras el imperio iba desmoronándose de modo
inexorable, y la ligazón cultural se disolvía: «Los pocos hogares que antes
eran respetados por el cultivo serio de los estudios ahora se dejan llevar por
los deleites de la pereza. Y así, en lugar de un filósofo se reclama a un
cantante, y en lugar de a un orador a un experto en artes lúdicas. Y, mientras
las bibliotecas permanecen siempre cerradas como sepulcros, se fabrican órganos
hidráulicos, enormes liras que parecen carrozas y flautas para los histriones».
Además, comentaba con pena, la gente se dedica a conducir sus carros a
velocidad de vértigo —como conductores suicidas— por las calles atestadas de
gente. La angustia previa al naufragio se palpaba en la atmósfera.
En el
siglo V, la comunidad de la cultura clásica sufrió terribles golpes. Las
invasiones bárbaras fueron destruyendo poco a poco el sistema escolar romano en
las provincias de Occidente. Declinaron las ciudades. El público culto
disminuyó hasta cifras ínfimas —incluso en los mejores momentos había sido una
minoría entre la población, pero era una minoría tan considerable que en
algunos lugares resultaba una verdadera multitud—. De nuevo, los lectores
volvieron a ser tan escasos que, en sus pequeñas islas, perdieron el contacto
unos con otros.
Tras una
larga y lenta agonía, el Imperio romano de Occidente se vino abajo en el año
476, cuando Rómulo Augústulo —el último emperador— abdicó sin hacer demasiado
ruido. Las tribus germánicas que se sucedieron en el poder de las provincias no
se sentían atraídas por la lectura. Seguramente aquellos bárbaros que asaltaron
los edificios públicos y requisaron las mansiones particulares no eran
activamente hostiles a la ciencia ni al estudio, pero tampoco tenían el menor
interés en conservar los libros que albergaban los tesoros intangibles del
conocimiento y la creación. Los romanos expropiados de sus mansiones,
convertidos en esclavos o relegados a cualquier finca rústica perdida, tuvieron
necesidades más apremiantes y duelos más hondos que la nostalgia de sus
bibliotecas perdidas. Angustiosas preocupaciones absorbieron a los lectores de
otro tiempo: la inseguridad, las enfermedades, las malas cosechas, la violencia
de los recaudadores de impuestos que exprimían el trabajo de los humildes hasta
la última gota, las plagas, la subida de los precios de los alimentos, el miedo
a quedar en el lado equivocado del umbral de subsistencia.
Empezó
una época, un largo trayecto de cientos de años, en el que gran parte de las
ideas que nos definen estuvieron al borde del abismo. Entre las antorchas de
los soldados y la lenta labor secreta de las polillas, el sueño de Alejandría
volvió a correr peligro. Hasta la invención de la imprenta, milenios de saber
quedaron en manos de muy pocas personas, embarcadas en una heroica y casi
inverosímil tarea de salvamento. Si no todo se hundió en la nada; si las ideas,
los logros científicos, la imaginación, las leyes y las rebeldías de griegos y
romanos sobrevivieron, lo debemos a la sencilla perfección que, tras siglos de
búsqueda y experimentación, habían alcanzado los libros. Gracias a ellos y a
pesar de los viajes al fondo de la noche, la historia europea es, como escribió
la filósofa María Zambrano, un camino siempre abierto a los renacimientos y las
ilustraciones.
XLVII
Con el
lento desmoronarse del Imperio romano, empezaron los siglos que los libros
vivieron peligrosamente. En el año 529, el emperador Justiniano prohibió a
quienes permanecían «bajo la locura del paganismo» dedicarse a la enseñanza, «a
fin de que ya no puedan corromper las almas de los discípulos». Su edicto
obligó a cerrar la Academia de Atenas, cuyos orígenes se remontaban
orgullosamente al milenio anterior, hasta el propio Platón. Las almas
descarriadas necesitaban la protección de las autoridades frente a los peligros
de la literatura pagana. Desde principios del siglo IV, fervientes funcionarios
irrumpían en los baños y en las casas particulares para requisar libros
«heréticos y mágicos», que se convertían en humo en las hogueras públicas. No
es extraño que la copia de obras clásicas —y de cualquier texto— cayese en
picado.
Imagino a
uno de aquellos filósofos proscritos en sus melancólicos paseos por una
fantasmal Atenas. Le sobran razones para el pesimismo. Los templos paganos
permanecen cerrados, derrumbándose a causa del abandono, y las maravillosas
estatuas de otros tiempos han sido desfiguradas o retiradas. Los teatros han
enmudecido, las bibliotecas son reinos de polvo y gusanos tras sus cerrojos. En
la capital de las luces, los últimos discípulos de Sócrates y Platón tienen
prohibido enseñar filosofía. No pueden ganarse la vida. Si se niegan a
bautizarse, deberán marchar al exilio. Los bárbaros que invaden y saquean el
viejo imperio en hundimiento prenden fuego a las maravillas de la antigua
cultura con ferocidad o, peor aún, con indiferencia. ¿Qué destino aguarda a las
ideas que ya no se permite enseñar, a los libros condenados a arder?
Es el
fin.
Entonces,
como en un sueño, el filósofo es asaltado por una jauría de extrañas visiones.
En una Europa dominada por caudillos guerreros analfabetos, cuando el ocaso
parece inevitable, las fábulas, ideas y mitos de Roma encuentran un paradójico
refugio en los monasterios. Cada abadía, con su escuela, biblioteca y scriptorium,
alberga un destello del Museo de Alejandría en tiempos menguantes. Allí,
algunos monjes —y también monjas— se convierten en infatigables lectores,
conservadores y artesanos librarios. Aprenden el laborioso arte de la
fabricación de pergaminos. Letra a letra, palabra por palabra, copian y
preservan los mejores libros paganos. Incluso inventan el arte de la
iluminación, que transforma las páginas de los códices medievales en pequeñas
vidrieras donde brillan selvas de figuras, oro y colores. Gracias a la
paciencia minuciosa de esos copistas y miniaturistas —hombres y mujeres—, el
saber resistirá el embate del caos en rincones aislados y bien defendidos.
Pero todo
esto es tan improbable —se dice, recayendo en el fatalismo— que solo puede ser
un sueño.
De pronto
el filósofo es invadido por la bulliciosa estampa de las primeras universidades
en las ciudades de Bolonia y Oxford —la Academia resucitada—, algunos siglos
más tarde. Los profesores y estudiantes, sedientos de alegría y belleza, como
si volvieran a casa, buscan otra vez las palabras de los viejos clásicos. Y
nuevos libreros abren de par en par las puertas de sus talleres para
suministrarles el alimento de las palabras.
Desde
inverosímiles distancias, por las rutas musulmanas y los territorios
fronterizos entre varias civilizaciones, polvorientos mercaderes traen de China
y Samarcanda una maravillosa novedad hasta la península ibérica: el papel, así
llamado porque recuerda al viejo papiro. Si todo sucede en su justo momento,
ese nuevo material, mucho más barato que el pergamino y más fácil de producir
en grandes cantidades, llegará a las encrucijadas de Europa a tiempo para
nutrir el despegue de las imprentas que revolucionarán la cultura occidental.
Pero
todas estas fantasías —se dice, recurriendo a la fría lógica— solo pueden ser
alucinaciones provocadas por una mala digestión; imágenes engendradas por un
pedazo de queso enmohecido o un guiso de pescado rancio.
Se le
aparecen entonces, empuñando plumas de ave, las figuras de unos tercos
soñadores, los humanistas, empeñados en restaurar el esplendor de la
Antigüedad. Todos ellos se lanzan a leer, copiar, editar y comentar con pasión
los textos paganos a su alcance —los restos del naufragio—. Los más valientes
se aventuran a caballo por rutas apartadas, valles nevados, bosques oscuros y
senderos casi borrados en los repliegues de las montañas para buscar algunos
libros únicos que aún custodian los aislados monasterios medievales. Con esos
manuscritos náufragos de la vieja sabiduría intentarán modernizar Europa.
Mientras
tanto, un tallador de piedras preciosas llamado Gutenberg inventa un extraño
copista de metal, que no descansa jamás. Los libros vuelven a expandirse. Los
europeos recuperan el sueño alejandrino de las bibliotecas infinitas y el saber
sin límites. El papel, la imprenta y la curiosidad liberada de miedos y pecados
conducirán a los mismos umbrales de la modernidad.
Pero
todas estas visiones —se dice el filósofo, hundiéndose otra vez en su
pesimismo— son solo disparates.
Y cuando
su imaginación desbordante se adentra aún unos siglos más lejos, adivina a unos
hombres tocados con extrañas pelucas que, en honor de la antigua paideía,
se embarcan en la aventura de la Enciclopedia para extender el conocimiento y
derrotar la terca obra de la destrucción. Los revolucionarios intelectuales de
ese lejano siglo XVIII levantarán sobre los cimientos del esplendor antiguo el
edificio de su fe en la razón, la ciencia y el derecho.
Y, aunque
la gente del futuro siglo XXI rendirá culto a las novedades y a las tecnologías
—especialmente a unas raras tablillas luminosas que acarician con las yemas de
los dedos—, seguirán dando forma a sus ideas fundamentales sobre el poder, la
ciudadanía, la responsabilidad, la violencia, el imperio, el lujo y la belleza
en diálogo con los libros donde hablan los clásicos. Y así es como todo lo que
amamos se salvará a través de un camino accidentado y aventurero, plagado de
bifurcaciones y desvíos, que en muchos momentos amenazará con perderse en la
nada.
Pero todo
esto es inverosímil como un sueño, y nadie en su sano juicio creería una
hipótesis tan descabellada, se dice. Solo un prodigio —o uno de esos milagros
con los que se ilusionan los cristianos— podría salvar nuestra sabiduría y
cobijarla en las bibliotecas imposibles del mañana.
§ 19.
Atrévete a recordar
XLVIII
La
invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha
contra la destrucción. A los juncos, a la piel, a los harapos, a los árboles y
a la luz hemos confiado la sabiduría que no estábamos dispuestos a perder. Con
su ayuda, la humanidad ha vivido una fabulosa aceleración de la historia, el
desarrollo y el progreso. La gramática compartida que nos han facilitado
nuestros mitos y nuestros conocimientos multiplica nuestras posibilidades de
cooperación, uniendo a lectores de distintas partes del mundo y de generaciones
sucesivas a lo largo de los siglos. Como afirma Stefan Zweig en el memorable
final de Mendel, el de los libros: «Los libros se escriben para
unir, por encima del propio aliento, a los seres humanos, y así defendernos
frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido».
En
diferentes épocas, hemos ensayado libros de humo, de piedra, de tierra, de
hojas, de juncos, de seda, de piel, de harapos, de árboles y, ahora, de luz
—los ordenadores y e-books—. Han variado en el tiempo los gestos de
abrir y cerrar los libros, o de viajar por el texto. Han cambiado sus formas,
su rugosidad o lisura, su laberíntico interior, su manera de crujir y susurrar,
su duración, los animales que los devoran y la experiencia de leerlos en voz
alta o baja. Han tenido muchas formas, pero lo incontestable es el éxito
apabullante del hallazgo.
Debemos a
los libros la superpervivencia de las mejores ideas fabricadas por la especie
humana. Sin ellos, tal vez habríamos olvidado a aquel puñado de griegos
temerarios que decidieron entregar el poder al pueblo —y llamaron «democracia»
a ese osado experimento—; a los médicos hipocráticos, que crearon el primer
código deontológico de la historia donde se comprometían a cuidar también a los
pobres y esclavos: «Ten en cuenta los medios de tu paciente. En ocasiones debes
incluso prestar tus servicios gratuitamente; y, si tienes oportunidad de servir
a un extranjero que se encuentra en dificultades económicas, préstale plena
asistencia»; a Aristóteles, que fundó una de las más tempranas universidades, y
decía a sus alumnos que la diferencia entre el sabio y el ignorante es la misma
que entre el vivo y el muerto; a Eratóstenes, que usó el poder del razonamiento
para calcular la circunferencia de la Tierra con un margen de error de apenas
ochenta kilómetros utilizando tan solo un palo y un camello; o los códigos legales
de aquellos locos romanos que un día reconocieron la ciudadanía a todos los
habitantes de su enorme imperio; o a ese griego cristiano, Pablo de Tarso, que
pronunció quizá el primer discurso igualitario cuando dijo: «No hay judío ni
griego, ni esclavo ni hombre libre, ni hombre ni mujer». Conocer todos esos
precedentes nos ha inspirado ideas tan extravagantes en el reino animal como
los derechos humanos, la democracia, la confianza en la ciencia, la sanidad
universal, la educación obligatoria, el derecho a un juicio justo y la
preocupación social por los débiles. ¿Quiénes seríamos hoy si hubiéramos
perdido el recuerdo de todos esos hallazgos, igual que olvidamos durante siglos
las lenguas y los saberes de las civilizaciones egipcia y mesopotámica? El
escritor Elias Canetti, búlgaro sefardí de lengua alemana con apellido español
—sus antepasados paternos cambiaron Cañete por Canetti—, respondió: si cada
época perdiese el contacto con las anteriores, si cada siglo cortase el cordón
umbilical, solo podríamos construir una fábula sin porvenir. Sería la asfixia.
No
pretendo omitir las zonas de sombra de esta historia. La palabra «cooperación»
tiene un halo benéfico y altruista que en ocasiones puede encubrir realidades
oscuras. A menudo las redes de colaboración sirven también para explotar y
oprimir al prójimo. Muchas sociedades se han organizado para garantizar la
continuidad de su sistema esclavista; y los nazis, para orquestar la solución
final. Los libros también pueden ser vehículo de ideas dañinas. Platón, que
creía en la reencarnación, inventó un mito para explicar la existencia del sexo
femenino: nacer mujer es el castigo y la expiación para aquellos hombres que
fueron injustos en una vida previa. Aristóteles escribió que los esclavos son
inferiores por naturaleza. En su colección de epigramas, Marcial no parece
sentir escrúpulos morales cuando adula hasta el empalago a un emperador cruel,
ni al hacer chistes a costa de gente con defectos físicos. La mayoría de los
escritores romanos consideraban parte de su civilización los combates de
gladiadores, donde el público se divertía contemplando la agonía de los
luchadores. Los libros nos convierten en herederos de todos los relatos: los
mejores, los peores, los ambiguos, los problemáticos, los de doble filo.
Disponer de todos ellos es bueno para pensar, y permite elegir. Resulta difícil
evitar el sobresalto ante la extraña mezcla de creatividad, esplendor,
violencia y atropellos característica de las civilizaciones que construyeron
los cimientos de Europa. Este desasosiego es casi un axioma de la modernidad tardía.
En 1940, uno de los años más oscuros de la historia europea, Walter Benjamin,
prófugo en la Francia ocupada, escribió su célebre reflexión incendiaria: «No
hay documento de cultura que no lo sea al mismo tiempo de barbarie». Ante la
desconsoladora evidencia de que la barbarie perseveraba en las regiones de la
razón y de que la ilustración no había disipado el mal, otro europeo
entusiasta, Stefan Zweig, se suicidó en 1942.
A estas
alturas, sabemos que toda imagen edulcorada o reverencial de la cultura es
ingenua, además de estéril. Petrarca, cegado por su admiración sentimental de
la antigua Roma, se enfureció al descubrir las epístolas de Cicerón, a quien
siempre había considerado un alma gemela. Los documentos íntimos de su alter
ego revelaron a un personaje ambicioso, a ratos mezquino, a ratos
cínico, y muy poco clarividente en sus maniobras políticas. Petrarca zanjó el
asunto escribiéndole una carta moralizante al muerto, cargada de reproches.
Todos podríamos lanzar justas recriminaciones contra nuestros imperfectos
antepasados —y con seguridad sufriremos las andanadas de nuestros
descendientes, que diagnosticarán todas las contradicciones e insensibilidades
que habitan en nosotros—. Pero, si resistimos el impulso de simplificar la
literatura con juicios meridianos, la leeremos mejor. Cuanto más sensata y
perspicaz sea nuestra comprensión histórica, más seremos capaces de proteger
aquello que valoramos. Como escribe el poeta y viajero Fernando Sanmartín: «El
pasado nos define, nos da una identidad, nos empuja al psicoanálisis o al
disfraz, a los narcóticos o al misticismo. Los que somos lectores tenemos un
pasado dentro de los libros. Para bien o para mal. Porque leímos cosas que hoy
nos causarían perplejidad, incluso aburrimiento. Pero también leímos páginas
que todavía nos provocan entusiasmo o certezas. Un libro siempre es un
mensaje».
Los
libros han legitimado, es cierto, acontecimientos terribles pero también han
sustentado los mejores relatos, símbolos, saberes e inventos que la humanidad
construyó en el pasado. En la Ilíada contemplamos el
desgarrador acercamiento entre un anciano y el asesino de su hijo; en los
versos de Safo descubrimos que el deseo es una forma de rebeldía; en la Historia de
Heródoto aprendimos a buscar la versión del otro; en Antígona vislumbramos
la existencia de la ley internacional; en Las troyanas nos
enfrentamos a la barbarie propia; en una epístola de Horacio encontramos la
máxima ilustrada «atrévete a saber»; en el Arte de amar de
Ovidio hicimos un curso intensivo de placer; en los libros de Tácito
comprendimos los mecanismos de la dictadura; y en la voz de Séneca escuchamos
un primer grito pacifista. Los libros nos han legado algunas ocurrencias de
nuestros antepasados que no han envejecido del todo mal: la igualdad de los
seres humanos, la posibilidad de elegir a nuestros dirigentes, la intuición de
que tal vez los niños estén mejor en la escuela que trabajando, la voluntad de
usar —y mermar— el erario público para cuidar a los enfermos, los ancianos y
los débiles. Todos estos inventos fueron hallazgos de los antiguos, esos que
llamamos clásicos, y llegaron hasta nosotros por un camino incierto. Sin los
libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido.
Epílogo
Los olvidados, las anónimas
Un
pequeño ejército de caballos y mulas se aventura cada día por las resbaladizas
pendientes y quebradas de los montes Apalaches, con las alforjas cargadas de
libros. Los jinetes de esa tropa son, en su mayoría, mujeres —amazonas de las
letras—. Al principio, los lugareños del este de Kentucky, en sus valles
aislados de los Estados Unidos y del resto del mundo, las observan con
ancestral suspicacia. ¿Alguien en su sano juicio cabalgaría durante el frío
invierno por ese territorio desprovisto de carreteras, tierra de caminos
borrosos, frágiles puentes que se columpian sobre el abismo y lechos de arroyo
donde las patas de los animales derrapan entre cataratas de guijarros? Aguzan
la mirada, escupen con energía. En otros tiempos vieron llegar a forasteros llamados
a trabajar en las minas o en los aserraderos, pero eso sucedió antes de la Gran
Depresión. Desde luego, no están acostumbrados a la estampa siniestra de estas
mujeres solas, jóvenes, con un alarmante aire de servir a remotas autoridades,
merodeando como tramperos. Cuando llega una de ellas, pesa en el ambiente la
presencia sombría de una amenaza. Las familias de los condados de la montaña
sienten un miedo difuso, primario, a la llegada de extraños. Son pobres y temen
a la autoridad tanto como a los criminales. Solo un tercio de esa buena gente
rural sabe leer, pero incluso ellos se asustan cuando un desconocido enarbola
un papel. Una deuda sin pagar, una denuncia malintencionada o un pleito
incomprensible podrían arrasar sus escasas propiedades. Jamás lo admitirían,
pero esas mujeres a caballo les inspiran temor. El miedo se convierte en
sorpresa cuando las ven desmontar, abrir las alforjas y sacar —espanto y
rechinar de dientes— libros.
El
misterio se resuelve, y los lugareños no dan crédito. ¿De verdad?
¿Bibliotecarias a caballo? ¿Suministro literario? No acaban de entender la
jerga extraña que utilizan las mujeres: proyecto federal, New Deal, servicio
público, planes para favorecer la lectura. Empiezan a sentir alivio. Nadie
menciona impuestos, tribunales o desahucios. Además, las jóvenes bibliotecarias
tienen aspecto amistoso, parecen creer en Dios y en la bondad.
Combatir
el desempleo, la crisis y el analfabetismo mediante amplias dosis de cultura
sufragada por el Estado: ese era uno de los cometidos de la Work Progress
Administration. En torno a 1934, cuando se concibió el proyecto, las
estadísticas solo registraban un libro per cápita en el estado de Kentucky. En
el empobrecido territorio montañoso del este, sin carreteras ni electricidad,
era impensable poner en marcha un sistema de bibliotecas móviles en vehículos,
que tanto éxito estaban alcanzando en otras zonas del país. La única
alternativa era lanzar a las aguerridas bibliotecarias por las trochas de los
Apalaches para que llevasen a cuestas los libros hasta los reductos más
aislados. Una de ellas, Nan Milan, bromeaba diciendo que sus caballos tenían
las patas más cortas en un lado que en otro, para no resbalar en los escarpados
senderos de la sierra. Cada jinete recorría tres o cuatro rutas distintas cada
semana, con trayectos de hasta treinta kilómetros por día. Los libros,
procedentes de donaciones, se almacenaban en oficinas de correos, barracones,
iglesias, juzgados o en viviendas particulares. Las mujeres, que tomaban su
trabajo tan en serio como los infatigables carteros de la época, recogían los
lotes en las distintas sedes y los distribuían por escuelas rurales, centros
comunitarios y hogares campesinos. No faltaba la épica en sus cabalgadas
solitarias: los documentos recogen anécdotas de caballos reventados en medio de
ninguna parte, ante lo cual las mujeres continuaban el camino a pie, acarreando
la pesada alforja de mundos imaginarios. «Tráeme un libro para leer», era el
grito de los niños que veían llegar a las forasteras. Aunque en 1936, el
circuito alcanzaba a 50.000 familias y 155 escuelas, con un total de 8.000
kilómetros recorridos al mes, las bibliotecarias montadas de Kentucky apenas
cubrían un décimo de las peticiones. Vencido el primer brote de desconfianza,
los montañeses se habían transformado en ávidos lectores. En Whitley County,
las porteadoras literarias encontraban comités de bienvenida de hasta treinta
lugareños. En cierta ocasión, una familia se negó a mudarse a otro condado
porque allí no había servicio bibliotecario. Una vieja fotografía en blanco y
negro muestra a una joven amazona leyendo en voz alta junto al catre de un
anciano enfermo. La afluencia de libros mejoró la salud y los hábitos de
higiene en la región —las familias aprendieron, por ejemplo, que lavarse las
manos era mucho más efectivo para evitar cólicos que soplar humo de tabaco
sobre una cucharada de leche—. Los adultos y los niños se enamoraron del
sentido del humor de Mark Twain, pero el título más demandado con diferencia
fue Robinson Crusoe. Los clásicos pusieron en contacto a los nuevos
lectores con un tipo de magia que siempre se les había negado. Los escolares
letrados los leían a sus padres analfabetos. Un joven dijo a su bibliotecaria:
«Esos libros que nos trajiste nos han salvado la vida».
El
programa empleó a casi mil bibliotecarias hípicas durante una década. La
financiación terminó en 1943, el año de la disolución de la WPA, cuando la
Guerra Mundial sustituyó a la cultura como antídoto frente al desempleo.
* * * *
Somos los
únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que
gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos
de las hogueras con el aire de sus palabras, que recorren largas distancias
para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos
relatos, dejamos de ser extraños.
Hay algo
asombroso en el hecho de haber conseguido preservar las ficciones urdidas hace
milenios. Desde que alguien narró por primera vez la Ilíada, las
peripecias del viejo duelo entre Aquiles y Héctor en las playas de Troya nunca
han caído en el olvido. Como escribe Harari, un sociólogo arcaico que hubiera
vivido hace 20.000 años, bien pudiera haber llegado a la conclusión de que la
mitología tenía muy pocas posibilidades de sobrevivir. Al fin y al cabo, ¿qué
es un cuento? Una secuencia de palabras. Un soplo. Una corriente de aire que
sale de los pulmones, atraviesa la laringe, vibra en las cuerdas vocales y
adquiere su forma definitiva cuando la lengua acaricia el paladar, los dientes
o los labios. Parece imposible salvar algo tan frágil. Pero la humanidad
desafió la soberanía absoluta de la destrucción al inventar la escritura y los
libros. Gracias a esos hallazgos, nació un espacio inmenso de encuentro con los
otros y se produjo un fantástico incremento en la esperanza de vida de las
ideas. De alguna forma misteriosa y espontánea, el amor por los libros forjó
una cadena invisible de gente —hombres y mujeres— que, sin conocerse, ha
salvado el tesoro de los mejores relatos, sueños y pensamientos a lo largo del
tiempo.
Esta es
la historia de una novela coral aún por escribir. El relato de una fabulosa
aventura colectiva, la pasión callada de tantos seres humanos unidos por esta
misteriosa lealtad: narradoras orales, inventores, escribas, iluminadores,
bibliotecarias, traductores, libreras, vendedores ambulantes, maestras, sabios,
espías, rebeldes, viajeros, monjas, esclavos, aventureras, impresores. Lectores
en sus clubs, en sus casas, en cumbres de montaña, junto al mar que ruge, en
las capitales donde la energía se concentra y en los enclaves apartados donde
el saber se refugia en tiempos de caos. Gente común cuyos nombres en muchos
casos no registra la historia. Los olvidados, las anónimas. Personas que
lucharon por nosotros, por los rostros nebulosos del futuro.
Bibliografía
Prólogo
Apuleyo, El
asno de oro, III 28 (un cuento de bandidos de la Antigüedad);
Horacio, Sátiras, I 5, 7 (diarreas de los viajeros por beber agua
en mal estado); L. Casson, Las bibliotecas del mundo antiguo,
Editorial Bellaterra, Barcelona, 2003, pág. 44 (agentes al servicio de los
reyes de Egipto para comprar libros); Carta de Aristeas, 9 (la
Biblioteca de Alejandría aspira a reunir todos los libros del mundo);
Galeno, Comentario a «Sobre los humores de Hipócrates», XVII, pág.
607, ed. Kühn (engaño a los atenieneses para quedarse los originales de las
tragedias); Galeno, Comentario a «Sobre los humores de Hipócrates»,
XVII, pág. 601, ed. Kühn (el fondo de las naves); Epifanio, Sobre
medidas y pesos, XLIII, pág. 252, Migne, Patrologia Graeca (carta
a todos los soberanos de la tierra); Galeno, Comentario a «Sobre los
humores de Hipócrates», XV, pág. 109, ed. Kühn (falsificaciones);
Marcelino, Vida de Tucídides 31-34 (lo que Tucídides no
contó); Carta de Aristeas, 10 (¿cuántos libros tenemos ya?).
Parte I.
Grecia
|
I |
Herodas, Mimiambos,
I, 26-32 (una alcahueta enumera las seducciones de Alejandría). |
|
II |
Plinio
el Viejo, Historia natural, IX, 58, 119-121 (la perla disuelta en
vinagre); Plutarco, Vidas paralelas. Antonio, 58, 5 (Marco
Antonio regala 200.000 libros) y 27 (descripción de Cleopatra). |
|
III |
Plutarco, Sobre
la fortuna o virtud de Alejandro, I, 5 = Moralia 328C
(Alejandro fundó setenta ciudades); Plutarco, Vidas paralelas.
Alejandro, 8, 2 (Alejandro dormía con la Ilíada debajo
de la almohada) y 26, 5 (sueño homérico y fundación de Alejandría);
Homero, Odisea, canto IV, 351-359 (la isla de Faro);
Estrabón, Geografía, XVII, 1, 8 (el trazado de Alejandría). |
|
IV |
Plutarco, Vidas
paralelas. Alejandro, 21 (generosidad con la familia de Darío); 26, 1 (el
cofre de la Ilíada). |
|
V |
Arriano, Anábasis
de Alejandro, V, 25-29 (los oficiales macedonios se niegan a seguir
adelante). |
|
VI |
Arriano, Anábasis
de Alejandro, VII, 4 (bodas en Susa). |
|
VIII |
Antiguo
Testamento, Libro de los Macabeos, 1, 1-9 (Alejandro en la Biblia); Asura
XVIII, versículos 82-98 (Alejandro en el Corán); Diodoro Sículo, Biblioteca
histórica, XVII, 72 (Alejandro incendia Persépolis); Estrabón, Geografía,
II, 1, 9 (todos los que escriben sobre Alejandro prefieren lo maravilloso a
la verdad). |
|
IX |
Astronomical
Diaries from Babilonia, vol. I, 207, ed. A. J. Sachs y H. Hunger (un
escriba babilonio anota la muerte de Alejandro); Diodoro Sículo, Biblioteca
histórica, XVIII, 1, 4 y ss. (los combates entre los amigos de Alejandro
tras su muerte); Plutarco, Vidas paralelas. Alejandro, 77
(Roxana, embarazada, elimina a su rival, y otros crímenes familiares);
Estrabón, Geografía, XV, 2, 9 (Seleuco vende la India por
quinientos elefantes de guerra). |
|
X |
Greek
Historical Inscriptions 404-323 BC 433, ed. P. J. Rhodes y
R. G. Osborne (Alejandro declara en un decreto que considera suya toda la
tierra); Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, XVIII, 4, 4
(Alejandro soñaba con crear una comunidad entre Asia y Europa);
Tzetzes, De comoedia, pág. 43, ed. Koster (traducciones de los
libros de todos los pueblos para la Biblioteca de Alejandría); Carta
de Aristeas, 30 y ss. (la Biblia de los Setenta); Plinio el Viejo, Historia
natural, XXX, 2, 4 (traducción de los textos atribuidos a Zoroastro);
Flavio Josefo, Contra Apión. Sobre la antigüedad del pueblo judío,
I, 14 (el historiador egipcio Manetón); Flavio Josefo, Antigüedades
judías, III, 6 (la historia de Beroso el caldeo); Arriano, Anábasis
de Alejandro, V, 6, 2 (mención del ensayo sobre la India escrito por
Megástenes). |
|
XI |
Lawrence
Durrell, Justine, parte tercera (el khamsin); Plinio
el Viejo, Historia natural, XIII, 22, 71 (descripción de la
planta del papiro y sus usos); Antiguo Testamento, Éxodo 2, 3 (Moisés
abandonado en una cesta de papiro). |
|
XIII |
Enciclopedia
bizantina Suda, sub voce Leonatos (un comandante de
Alejandro imita su pelo y su estilo); Pausanias, Descripción de
Grecia, I, 6, 2, y Teócrito, Idilio XVII. Encomio de Ptolomeo,
20-34 (alusiones a Ptolomeo como hermanastro de Alejandro); Plutarco, Vidas
paralelas. Eumenes, 13, 6-8 (Eumenes habla en sueños con Alejandro);
Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, XIX, 15, 3-4 (reunión
presidida por el trono vacío de Alejandro) y XVIII, 26-28 (el carro fúnebre y
el secuestro del cadáver de Alejandro); Olaf B. Rader, Tumba y poder.
El culto político a los muertos desde Alejandro Magno hasta Lenin,
editorial Siruela, Madrid, 2006, págs. 165-186 (peripecias del cadáver de
Alejandro); Suetonio, Vida de los doce Césares. Augusto, 18, 1
(Augusto ante el cuerpo embalsamado de Alejandro); Dion Casio, Historia
romana, LI, 16, 5 (Augusto rompe la nariz de la momia); Vita
Marciana, 6 (Aristóteles, «el lector»); Estrabón, Geografía,
XIII, 1, 54 (Aristóteles fue el primero en reunir una colección de libros y
enseñó a los reyes de Egipto cómo organizar una biblioteca). |
|
XIV |
Carta
de Aristeas, 29 (informe de Demetrio al rey sobre las
adquisiciones de la biblioteca), 35-40 (carta a Eleazar), 301-307 (la
traducción de los Setenta). |
|
XV |
Plutarco, Sobre
la fortuna o virtud de Alejandro, I, 5 = Moralia 328D
(Homero se lee en Asia y los trágicos en Persia, Susa y Gedrosia); Flavio
Josefo, Contra Apión, II, 35 (los judíos ocupan el mejor barrio
de Alejandría); Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, XL, 3, 4
(Hecateo se queja de la xenofobia judía), y I, 83, 8-9 (un extranjero
linchado por matar a un gato). |
|
XVI |
Tucídides, Historia
de la guerra del Peloponeso, II, 41 (Atenas, escuela de Grecia);
Plutarco, Non posse suaviter vivi secundum Epicurum 1095d
(Ptolomeo I funda el Museo); Estrabón, Geografía, XVII, 1, 8
(descripción del Museo); Dion Casio, Historia romana, LXXVIII, 7
(privilegios materiales de los miembros del Museo); Ateneo, Banquete
de los eruditos, I, 22D (picotazos en la jaula de las musas);
Calímaco, Yambos I (los miembros del Museo se guardan
resentimiento unos a otros). |
|
XVII |
Judith
McKenzie, Architecture of Alexandria and Egypt 300 B.C. to A.D. 700,
pág. 41 (descripciones árabes del Faro). |
|
XVIII |
Estrabón, Geografía,
XVII, 1, 6 (el dique, el puerto y el Faro de Alejandría); Sinesio, Elogio
de la calvicie, 6 (estatuas del Museo de Alejandría). |
|
XIX |
Agustín, Confesiones,
VI, 3 (lectura silenciosa de Ambrosio). |
|
XX |
Estrabón, Geografía,
XVII, 1, 8 (el sarcófago de oro de Alejandro sustituido por uno más barato);
Aftonio, Progymnásmata XII (descripción de la biblioteca del
Serapeo, que puso a la ciudad en condiciones de filosofar); Tzetzes, De
comoedia, XX (número de libros de las bibliotecas alejandrinas);
Epifanio, Sobre medidas y pesos, 324-329 (54.800 libros de la
Gran Biblioteca); Carta de Aristeas, 10 (doscientos mil libros de
la Gran Biblioteca); Aulo Gelio, Noches áticas, VII, 17, 3, y
Amiano Marcelino, Historias, XXII, 16, 13 (setecientos mil libros
de la Gran Biblioteca). |
|
XXI |
http://www.bodleian.ox.ac.uk/bodley/news/2015/oct-19 (cada
día hay que encontrar espacio para mil libros nuevos en la Biblioteca
Bodleiana); http://www.oxfordtoday.ox.ac.uk/features/oxford-underground (túneles
de libros bajo la ciudad de Oxford). http://www.cherwell.org/2007/11/16/feature-the-bods-secret-underbelly/ (una
visita a los túneles). |
|
XXII |
H. M.
Vernon, A History of the Oxford Museum, pág. 15 (el primer museo
en sentido moderno). |
|
XXIII |
L.
Casson, Las bibliotecas del mundo antiguo, Editorial Bellaterra,
Barcelona, 2003, pág. 23 (bibliotecas del Próximo Oriente antiguo). |
|
XXIV |
Diodoro
Sículo, Biblioteca histórica, I, 49, 3 (la biblioteca, «lugar de
cuidado del alma»); F. Báez, Los primeros libros de la humanidad. El
mundo antes de la imprenta y el libro electrónico, editorial Fórcola,
Madrid, 2013, pág. 108 (ventajas de ser escriba en Egipto); Bulletin
de la Société Française d’Égyptologie, 131, 1994, págs. 16-18 (la última
inscripción en escritura jeroglífica); http://rosettaproject.org (Proyecto
Rosetta). |
|
XXV |
Plinio
el Viejo, Historia natural, XIII, 23, 74-77 (ocho variedades de
papiro); N. Lewis, Papyrus in Classical Antiquity, pág. 92
(comercio del papiro); Enciclopedia bizantina Suda, sub voce Aristophanes
Byz. (el bibliotecario encarcelado por intentar huir a Pérgamo); Plinio el
Viejo, Historia natural, XIII, 21, 70 (embargo de papiro a la
Biblioteca de Pérgamo y descubrimiento del pergamino). |
|
XXVI |
Heródoto, Historia,
V, 35, 3, y Polieno, Estratagemas I, 24 (el mensaje
tatuado). |
|
XXVII |
P.
Watson, Ideas, historia intelectual de la humanidad, 2006, pág.
601 (cálculo del número de pieles necesarias para un manuscrito). |
|
XXVIII |
P.
Nelles, «Renaissance Libraries», en: D. H. Stam, International
Dictionary of Library History, 2001, pág. 151 (la Biblioteca del Convento
de San Marcos y el concepto moderno de la biblioteca pública). |
|
XXIX |
Quintiliano, Instituciones
oratorias, I, 8, 20 (Dídimo el Olvida-Libros); Séneca, Epístolas
a Lucilio, 88, 37 (Dídimo escribió 4.000 libros); Plinio el Viejo, Historia
natural, pref. 25 (mote de Apión). |
|
XXX |
Heródoto, Historia,
II, 53, 2 (Homero vivió en el siglo IX); B. Graziosi, Inventing Homer,
2002, pág. 98 y ss. (discusiones sobre la época y lugar de nacimiento de
Homero); Ateneo, Banquete de los eruditos, VIII 277E (las migajas
del banquete de Homero); Platón, La República, X, 606d-607a
(Platón expulsa a Homero de su república ideal); Vitrubio, Arquitectura,
VII, prefacio 8-9 (Zoilo, el fustigador de Homero); Ilíada, XXIV,
475 y ss. (lágrimas de Aquiles y del rey troyano); Homero, Odisea,
V, 1-270 (Ulises abandona a Calipso). |
|
XXXI |
Robin
Lane Fox, El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma, pág. 52
(el primer héroe épico de Europa, un negro); Matías Murko, La poésie
populaire épique en Yougoslavie au début du XXe siècle,
París, 1929 (los cantores orales eslavos). |
|
XXXIV |
Homero, Odisea,
I, 356-359 (Telémaco manda callar a su madre); Homero, Ilíada, I,
545-550 (Zeus abronca a Hera); Mary Beard, Mujeres y poder. Un
manifiesto, editorial Crítica, Barcelona, 2008, pág. 15 (las voces de las
mujeres acalladas en la esfera pública); Homero, Ilíada, II, 212
y ss. (Ulises da un escarmiento al plebeyo Tersites). |
|
XXXV |
Eric A.
Havelock, La musa aprende a escribir, 1994, pág. 135 y ss. (la
escritura transforma la conciencia, el pensamiento, la sintaxis y el
vocabulario); Evangelio según san Juan, 8, 8 (Jesús escribe en la arena);
Albert B. Lord, The Singer of Tales, 1960, págs. 272-275 (el
bardo Milovan Vojicic compone en 1933 la «Canción de Milman Parry»); Daniel
Sánchez Salas, La figura del explicador en los inicios del cine
español, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002 (la figura del
explicador); Varios autores, No lo comprendo, no lo comprendo.
Conversaciones con Akira Kurosawa, editorial Confluencias, 2014, pág. 41
y ss. (Heigo Kurosawa, narrador de películas mudas). |
|
XXXVIII |
Fernando
Báez, Los primeros libros de la humanidad, editorial Fórcola,
Madrid, 2013, pág. 36 (el origen múltiple de la escritura). |
|
XXXIX |
Ewan
Clayton, La historia de la escritura, editorial Siruela, Madrid,
2015, pág. 19 y ss. (los cimientos de la escritura). |
|
XL |
Chinua
Achebe, Me alegraría de otra muerte, editorial Debolsillo,
Barcelona, 2010, pág. 146 (un nigeriano analfabeto reflexiona sobre la
palabra escrita). |
|
XLI |
Sergio
Pérez Cortés, «Un aliento poético: el alfabeto», Éndoxa: Series
filológicas n.° 8, 1997, UNED, Madrid (un griego adapta el sistema de
escritura fenicio). |
|
XLII |
Sergio
Pérez Cortés, «Un aliento poético: el alfabeto», Éndoxa: Series
filológicas n.° 8, 1997, UNED, Madrid (inscripciones griegas más antiguas);
Homero, Odisea, VIII, 382 (concursos de baile en los banquetes). |
|
XLIII |
Hesíodo, Trabajos
y días, 633-640 (Hesíodo despotrica de su aldea natal); Hesíodo, Teogonía,
22 y ss. (Hesíodo recibe la visita de las musas); Hesíodo, Trabajos y
días, 27 y ss. (pleitos con su hermano Perses). |
|
XLIV |
Eric A.
Havelock, La musa aprende a escribir, 1994, pág. 123 (lento
avance de la alfabetización en Grecia); Platón, Fedro o de la belleza,
274d y ss. (Sócrates contra la escritura); B. Sparrow, J. Liu y D. M. Wegner,
«Google Effects on Memory: Cognitive Consequences of Having Information at
Our Fingertips», Science, agosto de 2011, vol. 333, págs.
776-778; http://science.sciencemag.org/content/333/6043/776 (Efecto
Google). |
|
XLV |
Jorge
Luis Borges, Borges oral, Madrid, 1999, pág. 9 (el libro,
extensión de la memoria y la imaginación). |
|
XLVI |
Hölderlin,
«Grecia», Poesía completa. Edición bilingüe, Barcelona, 1995,
pág. 37 (Hölderlin sueña con la antigua Atenas). |
|
XLVII |
Fernando
Báez, Nueva historia universal de la destrucción de libros,
Barcelona, 2011, págs. 50 y 102 (incendio de Persépolis y hogueras en la
China de Shi Huandi); Anna Caballé, El bolso de Ana Karenina,
Barcelona, 2009, pág. 27 (los amigos de Anna Ajmátova memorizan sus poemas
para salvarlos); Agustín de Hipona, Naturaleza y origen del alma,
IV, 7, 9 (Simplicio, el lector memorioso). |
|
XLVIII |
Tucídides, Historia
de la guerra del Peloponeso, I, 6, 3 (los griegos y las armas);
Pausanias, Descripción de Grecia, VI, 9, 6 (matanza en una
escuela del archipiélago del Dodecaneso); Alberto Manguel, Una
historia de la lectura, Alianza Editorial, Madrid, 2002, pág. 109 (ritual
judío de la iniciación a la lectura); Herodas, Mimiambos, III,
59-73 (el maestro azota a su alumno). |
|
L |
Arquíloco,
fragmento 6 Diehl (el escudo abandonado); fragmento 72 Diehl (deseo erótico);
fragmento 64 Diehl (nadie es honrado después de muerto); Richard
Jenkyns, Un paseo por la literatura de Grecia y Roma, Barcelona,
2015, pág. 45 (el primer incordio de Europa). |
|
LI |
Diógenes
Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, IX, 5 (Heráclito
deposita su libro en el templo de Artemisa, y otros hechos biográficos); IX,
5-6 (Heráclito el enigmático); Cicerón, Del supremo bien y del
supremo mal, II, 5, 15 (Heráclito el oscuro); Heráclito, fragmentos 111 y
62 DK; Platón, Crátilo, 402a (Heráclito dice que no te podrías
sumergir dos veces en el mismo río); Jorge Manrique, Coplas por la
muerte de su padre, 25-27 («Nuestras vidas son los ríos…»); Jorge Luis
Borges, Obra poética, Madrid, editorial Alianza, 1993, pág. 322
(poema a Heráclito). |
|
LII |
Estrabón, Geografía,
XIV, 1, 22; Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, VIII, 14,
ext. 5; y Eliano, Historia de los animales, VI, 40 (el pirómano
de Éfeso); Plutarco, Vidas paralelas. Alejandro, 3, 5 (Alejandro
nació la misma noche que ardió el templo de Artemisa, una de las maravillas
del mundo). |
|
LIII |
Aristómenes,
fr. 9K; Teopompo, fr. 77K; Nicofonte, fr. 19, 4K (los cómicos mencionan a los
libreros de Atenas); Éupolis, fr. 304K y Platón, Apología de Sócrates,
26 d-e (venta de libros en el mercado del ágora); Luciano, El
solecista, 30 (un libro vendido por la desorbitante suma de 750 dracmas);
Aristófanes, Las ranas 943 (jugo de libros); Alexis, fr.
135K (Heracles elige un libro de cocina); Jenofonte, Anábasis, 7,
5, 14 (libros entre los restos de un naufragio); Zenobio, 5, 6 (un discípulo
de Platón comercia con las obras de este en Sicilia); Diógenes Laercio, Vidas
de los filósofos ilustres, IV, 6 (Aristóteles compra la biblioteca de
Espeusipo por tres talentos); Estrabón, Geografía, XIII 1, 54
(Aristóteles fue el primero en reunir una colección de libros y enseñó a los
reyes de Egipto cómo organizar una biblioteca). |
|
LIV |
Aristóteles, Retórica,
1413b, 12-13 (libros con «una gran circulación»); Dionisio de
Halicarnaso, Sobre los oradores antiguos. Sobre Isócrates, 18
(los libreros transportan libros en carros); http://elpais.com/elpais/2014/11/24/eps/1416840075_461450.html (librerías
nómadas, artículo de Jorge Carrión). |
|
LV |
Aulo
Gelio, Noches áticas, XIII, 17, 1 (paideía traducido
al latín como humanitas); Pseudo Platón, Axiochos,
371 cd (la vida de ultratumba para las gentes cultas: praderas, teatros,
coros, conciertos, banquetes); H.-I. Marrou, Historia de la educación
en la Antigüedad, editorial Akal, 2004, 136-137 (la religión de la
cultura); Pseudo Plutarco, La educación de los hijos, 8 (lo único
que realmente merece la pena en la vida es la educación); http://elpais.com/diario/1984/06/27/cultura/457135204_850215.html (M.
Foucault reflexiona sobre la vida como obra de arte, en su última entrevista,
concedida poco antes de su muerte en 1984). |
|
LVI |
P. E.
Easterling y B. M. W. Knox (eds.), Historia de la literatura clásica,
editorial Gredos, 1990, págs. 36-39 (el alcance de los libros en la época
helenística); W. Dittemberger, Sylloge inscriptionum Graecarum,
577-579 (leyes escolares de Mileto y Teos). |
|
LVII |
P. E.
Easterling y B. M. W. Knox (eds.), Historia de la literatura clásica,
editorial Gredos, 1990, págs. 36-39 (el alcance de los libros en la época
helenística); Vitrubio, Arquitectura, VII, prefacio 4-7
(Aristófanes de Bizancio y los ladrones de versos); Enciclopedia
bizantina Suda, sub voce Kallímachos (los Pínakes,
un catálogo en 120 libros). |
|
LVIII |
Diógenes
Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, III, 4 (el verdadero
nombre de Platón); R. Pfeiffer (ed.), Callimachus I. Fragmenta,
1949, Oxford (fragmentos de las Pínakes de Calímaco);
Fragmento 434-435 (sección miscelánea, con los cuatro libros de repostería);
G. Murray (ed.), Aeschylus: The Creator of Tragedy, 1955, Oxford,
pág. 375 (lista de obras de Esquilo por orden alfabético). |
|
LIX |
Bibliotecas
públicas españolas en cifras: http://www.mecd.gob.es/cultura-mecd/areas-cultura/bibliotecas/mc/ebp/portada.html;
F. Báez, Nueva historia universal de la destrucción de libros,
Barcelona, 2011, pág. 49 (número de bibliotecas que existieron en las
antiguas ciudades de Próximo Oriente); Ángel Esteban, El escritor en
su paraíso, Cáceres, 2014 (escritores bibliotecarios); E. Rodríguez
Monegal, Borges por él mismo, Barcelona, Laia-Literatura, 1984,
pág. 112 (Borges se orienta a ciegas en la Biblioteca Nacional de Buenos
Aires); Julia Wells, «The female librarian in film: Has the image changed in
60 years?», SLIS Student Research Journal, 2013, 3(2) (arquetipos
de las bibliotecarias en el cine); Rosa San Segundo Manuel, «Mujeres
bibliotecarias durante la II República: de vanguardia intelectual a la
depuración», CEE Participación Educativa, número extraordinario 2010, págs.
143-164 (bibliotecarias en la posguerra española); Inmaculada de la
Fuente, El exilio interior. La vida de María Moliner, editorial Turner,
Madrid, 2011, págs. 175-198 (proceso de depuración de María Moliner); http://www.mecd.gob.es/revista-cee/pdf/extr2010-sansegundo-manuel.pdf (bibliotecarias
en la II República: de vanguardia intelectual a la depuración). |
|
LX |
Gabriel
Zaid, Los demasiados libros, editorial Debolsillo, Barcelona,
2010, pág. 20 (un libro por minuto); Enciclopedia bizantina Suda, sub
voce Deínarchos y Lykourgos; Focio, Biblioteca, 20b 25
(los enkrithéntes); Enciclopedia bizantina Suda, sub voce Télephos
(un manual titulado Conocer los libros); Enciclopedia
bizantina Suda, sub voce Philón (un manual titulado Sobre
la elección y adquisición de libros). |
|
LXI |
Ateneo, Deipnosofistas,
IX, 379E (los Siete Cocineros Legendarios de Grecia); Plutarco, Moralia,
841f (decreto para proteger las obras de los tres trágicos). |
|
LXII |
Alberto
Bernabé Pajares y Helena Rodríguez Somolinos (eds.), Poetisas griegas,
Ediciones Clásicas, Madrid, 1994 (poemas fragmentarios de las mujeres
escritoras). |
|
LXIII |
Gwendolyn
Leick, The A to Z of Mesopotamia, 2010, sub voce Enheduanna
(la sacerdotisa y poeta Enheduanna); Clara Janés, Guardar la casa y
cerrar la boca, editorial Siruela, Madrid, 2015, pág. 17 y ss.
(Enheduanna, primera voz poética conocida); Demócrito, fragmentos B110 y B274
DK (las mujeres deben hablar lo menos posible); Platón, La República,
IX, 575d (la patria llamada «matria»); Heródoto, Historias, VII,
99 (Artemisia de Halicarnaso), y VIII, 94 (recompensa por su cabeza);
Plutarco, El banquete de los siete sabios, 3 = Moralia,
148 c-e (Cleobulina en el banquete de los sabios); Enciclopedia
bizantina Suda, sub voce Kleoboulíne (el libro de acertijos
de Cleobulina); Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres,
I, 89 (comedia de Cratino titulada Las Cleobulinas); Carlos
García Gual, Los siete sabios (y tres más), 2007, pág. 117 (las
mujeres griegas eligen expresarse por medio de enigmas). |
|
LXIV |
Séneca, Epístolas
a Lucilio, 88, 37 (Ensayo de Dídimo preguntándose si Safo era una puta);
Fernando Báez, Nueva historia universal de la destrucción de libros,
editorial Destino, Barcelona, 2011, pág. 441 (el papa Gregorio VII ordena
destruir todos los ejemplares de los poemas de Safo). |
|
LXV |
Pseudo
Demóstenes, Contra Neera, 122 (hetairas, concubinas, esposas);
Plutarco, Vidas paralelas. Pericles, 24, 8 (Pericles y Aspasia);
Platón, Menexeno, 236b (Aspasia compuso, entre otros, el Discurso
fúnebre); Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, II, 36
y ss. (Discurso fúnebre); Juan Carlos Iglesias-Zoido, El legado de
Tucídides. Discursos e historia, Coimbra, 2011, pág. 228 (los discursos
de Obama y Kennedy buscan modelo en el Discurso fúnebre); Eurípides, Medea,
230 y ss. (quejas de Medea); 1088-1089 (una musa nos acompaña en busca de la
sabiduría); Platón, Timeo, 90e-91d (los hombres injustos, mujeres
en la siguiente generación); Platón, La República, V, 455c-456b
(ninguna ocupación corresponde a la mujer por ser mujer); Diógenes
Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, III, 46 (filósofas de
la Academia); VI, 96-98 (Hiparquia la cínica); X, 4-6 (la epicúrea Leoncio);
Cicerón, Sobre la naturaleza de los dioses, I, 93 (una putilla
como Leoncio); José Solana Dueso, Aspasia de Mileto y la emancipación
de las mujeres: Wilamowitz frente a Bruns, Amazon E-book, 2014
(movimiento de emancipación en Atenas). |
|
LXVII |
Pseudo
Plutarco, Vidas de los diez oradores. Licurgo, 10 = Moralia,
841F, y Pausanias, Descripción de Grecia, I, 21, 1-2 (estatuas de
los tres trágicos en la Acrópolis de Atenas); Pausanias, Descripción
de Grecia, I, 14, 5 y Ateneo, Deipnosofistas, XIV, 627C
(epitafio de Esquilo). |
|
LXVIII |
Jacques
Lacarrière, Heródoto y el descubrimiento de la tierra, editorial
Espasa-Calpe, Madrid, 1973, pág. 56 (las fronteras de la civilización y la
barbarie); Heródoto, Historias, I, 1-5 (origen de la enemistad
entre los occidentales y los orientales). |
|
LXIX |
Emmanuel
Levinás, Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad,
Salamanca, ed. Sígueme, 2006, pág. 100 (el otro es el hecho decisivo por el
que se iluminan las cosas). |
|
LXX |
Ovidio, Metamorfosis,
II, 833 (el rapto de Europa y la búsqueda de Cadmo); Hatem N. Akil, The
Visual Divide between Islam and the West, 2016, pág. 12 (etimología de
Europa). |
|
LXXI |
Ryszard
Kapuściński, Viajes con Heródoto, 2006, págs. 56, 292 y 305
(reivindicación de Heródoto); Heródoto, Historias, III, 38 (la
fuerza de la costumbre); Luciano Canfora, Conservazione e perdita dei
classici, págs. 9 y 29 (la división de las obras en rollos y la
importancia de las cajas para guardarlos); Plinio el Viejo, Historia
natural, XIII, 26, 83 (la vida útil de un rollo de papiro); J. M.
Coetzee, «¿Qué es un clásico?, una conferencia», en Costas extrañas.
Ensayos 1986-1999, 2004, pág. 27 (lo clásico es lo que sobrevive a
cualquier barbarie). |
|
LXXII |
Umberto
Eco, El nombre de la rosa, editorial Lumen, Barcelona, 1983,
págs. 574-577 (la chispa luciferina); Luis Beltrán, Anatomía de la
risa, 2011, págs. 14-25 (la cultura primitiva era, en esencia,
igualitaria y alegre); Andrés Barba, La risa caníbal, 2016, pág.
35 (Aristófanes instauró la posibilidad del humor como arma política); Ortega
y Gasset, Meditaciones del Quijote, Obras completas I, 1983, pág.
396 (la comedia es el género de los partidos conservadores). |
|
LXXIII |
Isócrates, Panegírico,
50 (ciudadanía cultural); Juliano el Apóstata, Contra los galileos,
229 E (salidas profesionales de un estudiante griego en la Antigüedad); W.
Dittenberger, Sylloge Inscriptionum Graecarum, Leipzig, 1917,
578.2-13 (inscripción de Teos) y 577.4-5, 50-53 (inscripción de Pérgamo). |
|
LXXIV |
E. G.
Turner, Greek Papyri: An Introduction, Oxford, 1980, pág. 77 (una
momia acompañada por la Ilíada para la eternidad);
Plutarco, Vidas paralelas. Nicias, 29, 2 (se les perdona la vida
a los griegos que saben recitar versos de Eurípides); L. Casson, Las
bibliotecas del mundo antiguo, editorial Bellaterra, Barcelona, 2003,
págs. 61-67 (bibliotecas helenísticas). |
|
LXXV |
Plutarco, Vidas
paralelas. Nicias, Demóstenes, 4 y 11 (fábula de superación de
Demóstenes); Quintiliano, Instituciones oratorias, X, 3, 30
(Demóstenes aprende a concentrarse entre el rugido de las olas);
Aristófanes, Las avispas, 836 y ss.(juicio a un perro por comer
un queso); Heródoto, Historias, VIII, 74-83 (riña tumultuaria en
vísperas de la batalla de Salamina); Pseudo Plutarco, Vida de los
diez oradores, I, 18 (Antifonte abre una tienda de consuelos); H.-I.
Marrou, Historia de la educación en la Antigüedad, editorial
Akal, Madrid, 2004, pág. 248 (las conferencias itinerantes de la Antigüedad);
Gorgias, Encomio de Helena, 8 (la palabra es un soberano
poderoso); Evangelio según san Mateo, 8 (una palabra tuya bastará para
sanarme). |
|
LXXVI |
https://www.nytimes.com/roomfordebate/2011/01/05/does-one-word-change-huckleberry-finn (debate
en torno a las ediciones higienizadas de Huck Finn y Tom
Sawyer, de Mark Twain); James Finn Garner, Cuentos infantiles
políticamente correctos, Barcelona, 1995, pág. 15 (versión de Caperucita
Roja sensible a las minorías); Pausanias, Descripción de
Grecia, I, 30, 1 (descripción de la Academia platónica); Platón, La
República, VI, 514a-517a (alegoría de la caverna); Platón, La
República, III, 386a-398b (censura literaria en el estado ideal);
Platón, Leyes, VII, 801d-802b (los poetas no podrán componer nada
que contradiga lo que la ciudad considera legal, justo, bello o bueno);
George Orwell, 1984, Barcelona, 2000, págs. 58-60 (para el año
2050 la literatura al completo será reescrita); Platón, Leyes,
VII, 811 c-e (su propia obra como programa educativo); Flannery O’Connor, «La
esencia y el alcance de la ficción» en El negro artificial y otros
escritos, Madrid, 2000, pág. 12 (los libros edificantes como camino
seguro, pero sin esperanza); Santiago Roncagliolo, «Cuentos para niños
malos», artículo publicado en El País el 15/12/2013 (censura
literaria y PlayStation); http://www.independent.co.uk/news/uk/home-news/soas-university-of-london-students-union-white-philosophers-curriculum-syllabus-a7515716.html (el
Sindicato de Estudiantes de la Universidad de Londres propone eliminar a
Platón, Descartes, Kant y Bertrand Russell del programa de estudios). |
|
LXXVII |
Calímaco, Epigramas,
25 (muerte de Cleómbroto por haber leído un diálogo de Platón); Ramón
Andrés, Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente,
Editorial Acantilado, Barcelona, 2015, págs. 325-328 (la fiebre suicida
provocada por Werther); H. P. Lovecraft, «Historia del Necronomicón» en Narrativa
completa. Volumen 2, editorial Valdemar, Madrid, 2007, págs. 227-229
(historia ficticia del Necronomicón y sus traducciones);
Rafael Llopis Paret, prólogo a Los mitos de Cthulhu, editorial
Alianza, Madrid, 1969, págs. 43-44 (bromas y estafas en torno al Necronomicón); Las
mil y una noches traducidas y anotadas por Juan Vernet, editorial
Planeta, Barcelona, 1990, pág. 44 (el libro envenenado del médico Ruyán);
Alexandre Dumas, La reina Margot, editorial Cátedra, Madrid,
1995, págs. 655-663 (el libro de cetrería envenenado); Umberto Eco, El
nombre de la rosa, editorial Lumen, Barcelona, 1983, pág. 572 (la víctima
se envenena sola, en la medida en que quiere leer); Fernando Báez, Nueva
historia universal de la destrucción de libros, editorial Destino,
Barcelona, 2011, págs. 390-391 (los libros-bomba). |
|
LXXVIII |
Galeno,
XV, pág. 24, ed. Kühn (el fuego y los terremotos son las causas más
frecuentes de la destrucción de libros); F. Báez, Nueva historia
universal de la destrucción de libros, editorial Destino, Barcelona,
2011, págs. 270 y 297 (biblioclastia nazi y ataques contra los libros de
Joyce); J. Marchamalo, Tocar los libros, editorial Fórcola,
Madrid, 2016, pág. 92 (Joyce confía en pasar rápido por el purgatorio);
Heinrich Heine, Almanzor, versos 242-243 (Allí donde queman
libros acaban quemando personas); Jorge Luis Borges, «El congreso» en Obras
completas (tomo III), editorial Emece, Barcelona, 1989, pág. 31
(cada tantos siglos hay que quemar la Biblioteca de Alejandría). |
|
LXXIX |
Plutarco, Vidas
paralelas. César, 49 (Cleopatra envuelta en la alfombra); Lucano, Farsalia,
X, 439-454 (César sitiado en el palacio de Alejandría) y 486-505 (los
soldados de César provocan el incendio del puerto); César, Guerra
civil, III, 111 (arden las naves); Hircio, Guerra de Alejandría,
1 (los edificios de Alejandría no contienen madera); Séneca, Sobre la
tranquilidad del espíritu, 9, 5 (ardieron cuarenta mil libros en
Alejandría); Dion Casio, Historia romana, XLII, 38, 2 (el
incendio destruyó los almacenes de grano y libros); Orosio, Historias,
VI, 15, 31 (los rollos quemados estaban por casualidad en los almacenes del
puerto). |
|
LXXX |
Dion
Casio, Historia romana, LXXVII, 7, 3 (amenazas y ataques de
Caracalla a los sabios del Museo) y 22, 1-23, 3 (un muro de Berlín en
Alejandría); Amiano Marcelino, Historias, XXII, 16, 15 (la
biblioteca del barrio de Bruquión fue destruida en el año 272 a. C.), Paul
Auster, El país de las últimas cosas, editorial Edhasa,
Barcelona, 1989, págs. 106-132 (Anna en las ruinas de la Biblioteca
Nacional); Michael Holquist, prólogo a la edición de The Dialogic
Imagination de M. Bajtín, Texas University Press, 1981, pág. 24
(Bajtín liando sus cigarrillos con los folios del único manuscrito de su
libro). |
|
LXXXI |
Amiano
Marcelino, Historias, XXII, 16, 15 (propensión de los
alejandrinos a los alborotos callejeros); Rufino, XI, 22-30 y Sozomeno, Historia
eclesiástica, VII, 15 (disturbios y saqueo del Serapeo); Sócrates
Escolástico, Historia eclesiástica, V, 16 (destrucción del
Serapeo) y VI, 15 (asesinato de Hipatia); Enciclopedia bizantina Suda,
sub voce Théon (el último huésped del Museo); Damascio, Vida
de Isidoro, fragmento 102 (Hipatia aterroriza a su alumno enseñándole su
sangre menstrual); Juan de Nikiu, Crónica, LXXXIV, 87-103
(Hipatia, hechicera que usaba estratagemas satánicas); Páladas en Antología
griega, IX, 400 (poema a Hipatia); Maria Dzielska, Hipatia de
Alejandría, editorial Siruela, Madrid, 2004 (biografía de Hipatia). |
|
LXXXII |
Eutiquio, Anales,
II, pág. 316, ed. Pococke (carta de Amr: he conquistado Alejandría); Ibn
al-Kifti, Crónica de hombres sabios (encuentro de Amr con el
erudito cristiano y el trágico destino de los libros); Luciano Canfora, La
biblioteca desaparecida, editorial Trea, Gijón, 1998, págs. 79-92 (Amr y
Omar); Fernando Báez, Nueva historia universal de la destrucción de
libros, editorial Destino, Barcelona, 2011, págs. 78-81 (pruebas a favor
y en contra de la tesis de la destrucción musulmana). |
II. Roma
|
I |
Tito
Livio, Historia de Roma desde su fundación, I, 7 (fratricidio
fundacional), 8 (los primeros romanos, convictos y gente de origen oscuro) y
9 (rapto de las sabinas); Mitrídates en Salustio, Historias, IV,
69, 17 (no han poseído nada a no ser lo que han robado). |
|
II |
Orosio, Historias
contra los paganos, IV, 12 (único año sin guerras); Mary Beard, SPQR,
editorial Crítica, Barcelona, 2016, pág. 187 y ss. (esfuerzo bélico romano);
Julio César, La guerra de las Galias, II, 33 (53.000 prisioneros
vendidos como esclavos sobre el terreno). |
|
III |
Michael
von Albrecht, Historia de la literatura romana, editorial Herder,
Barcelona, 1997, pág. 78 (contexto cultural); Mary Beard y John
Henderson, El mundo clásico: Una breve introducción, Alianza
Editorial, Madrid, 2015, pág. 38 (Grecia lo inventa, y Roma lo quiere);
Horacio, Epístolas, II, 1, 156 (la Grecia conquistada invadió a
su fiero vencedor); Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables,
II, 2, 3 (una delegación griega se dirige en su idioma al Senado romano);
George Steiner y Cécile Ladjali, Elogio de la transmisión,
editorial Siruela, Madrid, 2005, pág. 159 (la fábula sin porvenir de
Canetti). |
|
IV |
Cicerón, Bruto,
72 (partida de nacimiento de la literatura latina); Hipólito Escolar, Manual
de historia del libro, editorial Gredos, Madrid, 2000, pág. 88 (los
romanos adaptan el alfabeto etrusco); Tito Livio, Historia de Roma
desde su fundación, XXVII, 37, 7 (el poeta Livio Andrónico recibe
encargos); Michael von Albrecht, Historia de la literatura romana,
editorial Herder, Barcelona, 1997, pág. 127 (biografía de Livio Andrónico);
Jesús Marchamalo, Tocar los libros, editorial Fórcola, Madrid,
2016, pág. 62 (un libro cada treinta segundos). |
|
V |
Plutarco, Vidas
paralelas. Paulo Emilio, 28, 6 (biblioteca macedonia); Estrabón, Geografía,
XIII, 1, 54 (biblioteca de Sila); Canfora, La biblioteca desaparecida,
editorial Trea, Gijón, 1998, págs. 29-32 y 51-56 (peripecias de la biblioteca
de Aristóteles); Isidoro, Etimologías, VI, 5, 1 (biblioteca de
Lúculo); Plutarco, Vidas paralelas. Luculo, 42, 1 (la recepción
de las musas en la biblioteca de Lúculo); F. Scott Fitzgerald, El
gran Gatsby, editorial Plaza y Janés, Barcelona, 1975, pág. 56 (la
biblioteca traída de Europa para Gatsby); Juvenal, Sátiras, III,
60 (no puedo soportar la ciudad llena de griegos); Terencio, La
suegra, segundo prólogo (el teatro compite en Roma con los espectáculos
de púgiles y funambulistas); Mary Beard, SPQR, editorial Crítica,
Barcelona, 2016, pág. 215 (Plauto bromea llamándose a sí mismo «bárbaro»). |
|
VI |
Francine
Prose, Peggy Guggenheim: The shock of the Modern, Yale University
Press, 2015, pág. 28 y ss. (Peggy Guggenheim huye de París y Marsella); Serge
Gilbaut, De cómo Nueva York robó la idea de arte moderno,
editorial Mondadori, Madrid, 1990, págs. 86-93 (ansiedad por convertir a
Nueva York en la nueva capital de la cultura); Irving Sandler, El
triunfo de la pintura norteamericana, Alianza Editorial, Madrid, 1996,
pág. 65 (relaciones entre los artistas emigrados y los norteamericanos);
Jackson Pollock, «My Painting», en Barbara Rose (ed.), Pollock:
Painting, Nueva York, 1980, pág. 97 (es muy importante que los grandes
artistas europeos estén entre nosotros); Vladimir Nabokov, «Carta a
Altagracia de Jannelli del 16 de noviembre de 1938», en Dmitri Nabokov, Vladimir
Nabokov Selected Letters, 1940-1977, Harcourt Brace Jovanovich Ediciones,
1989 (lo que me cautiva de la civilización norteamericana es justamente ese
toque del viejo mundo); Román Gubern, Historia del cine,
Ediciones Dánae, Barcelona, 1971, pág. 117 (orígenes de los pioneros de los
grandes estudios); Agustín Sánchez Vidal, Historia del cine,
editorial Historia 16, Madrid, 1997, pág. 79 (oleadas de emigrantes europeos
en el cine norteamericano); Joseph McBride, Tras la pista de John
Ford, T&B Editores, Madrid, 2004, pág. 40 (mito del nacimiento
irlandés de John Ford). |
|
VII |
Diógenes
Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, III, 19 (Platón vendido
como esclavo); P. Hunt, Ancient Greek and Roman Slavery,
Wiley-Blackwell editores, Hoboken, 2017, pág. 93 y ss. (esclavos griegos y
cultura romana); Mary Beard, SPQR, editorial Crítica, Barcelona,
2016, pág. 351 (la esclavitud en cifras); L. Casson, Las bibliotecas
del mundo antiguo, editorial Bellaterra, Barcelona, 2003, pág. 76 y ss.
(esclavos bibliotecarios de Cicerón); Cicerón, Epístolas a Ático,
4, 4a, 1 (la maravillosa labor bibliotecaria de Tiranión); Cicerón, Epístolas
familiares, 13, 77, 3 (Dionisio el ladrón de libros); Janet Duisman
Cornelius, When I Can Read My Title Clear: Literacy, Slavery, and
Religion in the Antebellum South, Columbia S. C., 1991 (castigos a los
esclavos norteamericanos por leer); Alberto Manguel, Una historia de
la lectura, Alianza Editorial, Madrid, 2002, pág. 388 (los dueños de
esclavos creían en la fuerza de la palabra; por ese motivo prohibían la
lectura); Jesper Svenbro, «La Grecia Arcaica y Clásica: La invención de la
lectura silenciosa», en G. Cavallo y R. Chartier (eds.), Historia de
la lectura en el mundo occidental, editorial Taurus, Madrid, 2001, págs.
81-82 (lectura como sodomización). |
|
VIII |
Plinio, Historia
natural, XIII, 21 (libros escritos en cortezas); Calímaco, Aitia,
fragmento 73 Pfeiffer (mensaje de amor en un árbol); Virgilio, Églogas,
X, 53-54 (los nombres de los amantes crecen con la corteza). |
|
IX |
Charles
W. Hedrick Jr., «Literature and comunication», en Michael Peachin
(ed.), The Oxford Handbook of Social Relations in the Roman World,
Oxford University Press, Nueva York, 2011, pág. 180 y ss. (libros y
relaciones sociales); Plinio el Joven, Epístolas, IV, 7, 2
(Régulo organiza la promoción de su espantoso libro); Marcial, Epigramas,
V, 16, 10 (mis páginas solo gustan gratis) y VI, 82 (¿por qué llevas un
abrigo tan raído?); Catón citado por Aulo Gelio en Noches áticas,
X, 2, 5 (la poesía no ocupaba una posición de honor); Mario Alighiero
Manacorda, Historia de la educación, 1. De la antigüedad al 1500,
Siglo XXI Editores, México, 2006, pág. 131 y ss. (la educación, una profesión
humilde y despreciada); Tácito, Anales, III, 6, 4 (orígenes
oscuros). |
|
X |
Cicerón, Cartas
a Ático, XIII, 21a, 2 (la copia pirata de Caerellia). Valerio
Máximo, Hechos y dichos memorables, IV, 4 (Cornelia se preocupa
por la educación de sus hijos); Plutarco, Vidas paralelas. Gayo Graco,
19 (salón literario de Cornelia); Salustio, La conjuración de
Catilina, 25, 2 (Sempronia, lectora en latín y griego); Cicerón en
Lactancio, Instituciones divinas, I, 15, 20 (la doctísima hija de
Cicerón); Plutarco, Vidas paralelas. Pompeyo, 55 (la mujer de
Pompeyo tocaba la lira y amaba la geografía, la literatura y las discusiones
filosóficas); Suetonio, Sobre los gramáticos ilustres, 16, 1
(relaciones sospechosas entre un esclavo culto y la hija del amo);
Juvenal, Sátiras, VI, 434-456 (caricatura de las mujeres que han
leído más que los hombres); Martha Asunción Alonso, Wendy,
editorial Pre-Textos, Valencia, 2015, pág. 74 (no siempre ni a todos por
igual,/ nos queda indestructible,/ como un dios o un diamante,/ la palabra). |
|
XI |
W. V.
Harris, «Literacy and Epigraphy», ZPE, 1983, 52, págs. 87-111
(datos de alfabetización en Pompeya); Ausonio, Libro de exhortación a
mi nieto, 2, 15 y ss. (no tengas miedo, aunque resuenen golpes de fusta);
Agustín, La ciudad de Dios, XXI, 14 (quién no preferiría perecer
si le dieran a elegir entre la muerte y volver a la infancia); H.-I.
Marrou, Historia de la educación en la Antigüedad, editorial
Akal, Madrid, 2004, pág. 347 (el oficio mal pagado de los maestros de
primaria); Horacio, Sátiras, I, 6, 74 (los niños camino a la
escuela con su cajita y sus tablillas); Ovidio, El arte de amar,
II, 395 (tablillas e infidelidades); Persio, Sátiras, III, 10-14
(goterones de tinta); Elisa Ruiz García, Introducción a la
codicología, editorial Fundación Germán Sánchez Ruipérez, Madrid, 2002,
págs. 96 y 122 (tintas y tablillas antiguas). |
|
XII |
Prudencio, Peristephanon,
IX (martirio del maestro de primaria san Casiano, asesinado por sus alumnos);
Quintiliano, Instituciones oratorias, I, 3, 14-17 (contra los
castigos corporales en la escuela), Horacio, Sátiras, I, 25-26
(preceptores complacientes dan galletas a los niños para que aprendan las
primeras letras); Petronio, Satiricón, IV, 1 (ahora los niños
estudian jugando); H.-I. Marrou, Historia de la educación en la
Antigüedad, editorial Akal, Madrid, 2004, págs. 352-353 (teorías
pedagógicas compasivas en la escuela romana). |
|
XIII |
Yuval
Noah Harari, Sapiens: de animales a dioses. Una breve historia de la
humanidad, editorial Debate, Barcelona, 2014, pág. 15 (cronología de la
humanidad); Ewan Clayton, La historia de la escritura, editorial
Siruela, Madrid, 2015, pág. 328 (grafitis); Vladimir Nabokov, Pálido
fuego, editorial Anagrama, Barcelona, 2006, pág. 143 (estamos
absurdamente acostumbrados al milagro de la escritura). |
|
XIV |
Marcial, Epigramas,
XIV, 5 (para que las sombrías ceras no oscurezcan tus desfallecientes ojos);
Quintiliano, Instituciones oratorias, X, 3, 31 (recomendación
para lectores con vista frágil); Plinio el Viejo, Historia natural,
XXXVII, 16, 64 (la esmeralda de Nerón); Edward Grom y Leon Broitman, Ensayos
sobre historia, ética, arte y oftalmología, Caracas, 1988 (historia de
las gafas); Umberto Eco, El nombre de la rosa, editorial Lumen,
Barcelona, 1983, pág. 95 (un misterioso instrumento óptico causa asombro);
Plinio, Historia natural, XIII, 23, 74-77 (papiro basto y papiro
fino); Marcial, Epigramas, I, 117, 16 (rollos alisados con piedra
pómez) y IV, 89, 2 (los ombligos de los libros); Vitrubio, Arquitectura,
II, 9, 13 (propiedades del aceite de cedro contra los insectos); Luciano de
Samósata, Contra un ignorante que compraba muchos libros,
Barcelona, 2013, págs. 46 y 67 (sátira del coleccionista inculto). |
|
XV |
Marcial, Epigramas,
II, 1, 5 (un libro copiado en una hora); Catulo, Poemas, XIV
(correré a los arcones de los libreros); Marcial, Epigramas, I,
117, 9 (publicidad encubierta de una librería); I, 2 y 113, y IV, 72 (los
libreros mencionados por Marcial); Horacio, Epístolas, I, 20 (el
libro desvergonzado y exhibicionista); Mario Citroni, Poesia e
lettori in Roma Antica, ed. Laterza, Roma-Bari, 1995, págs. 12-15
(aparecen los lectores anónimos, más allá de las amistades). |
|
XVII |
Jorge
Carrión, Librerías, editorial Anagrama, Barcelona, 2014, págs.
53-54 (sobre el diálogo entre bibliotecas y librerías); Suetonio, Vida
de los doce Césares. Domiciano, 10, 1 (ejecución de un historiador
incómodo, sus copistas y libreros); George Borrow, La Biblia en
España, Ediciones Cid, Madrid, 1967, págs. 223, 234, 247, 289 y 300
(retratos de libreros españoles). |
|
XVIII |
Françoise
Frenkel, Una librería en París, ed. Seix Barral, Barcelona, 2017,
pág. 20 (aprendizaje de librera); Jorge Carrión, Librerías,
editorial Anagrama, Barcelona, 2013, págs. 112-114 (amor-odio hacia los
libros de Hitler y Mao Zedong); Jonathan Spence, Mao Zedong. A Life,
Penguin Books, Nueva York, 2006 (cómo Mao Zedong abrió una librería y gracias
al éxito empresarial de esa aventura pudo dedicarse tranquilamente a derribar
el capitalismo); http://www.abc.es/cultura/libros/abci-mein-kampf-exito-ventas-alemania-201801180148 (Hitler,
autor de best seller). |
|
XIX |
C.
Pascual, F. Puche y A. Rivero, Memoria de la librería, Trama
Editorial, Madrid, 2012 (energía de las librerías, influjo en las calles);
Jon Kimche, en Stephen Wadhams (ed.), Remembering Orwell, vol. 1: An
Age to Read, Harmondsworth, 1984 (experiencia de Orwell como
librero); Barómetro de los hábitos de lectura y compra de libros en
España en 2017 de la Federación de Gremios de Editores de España
(cifras de lectores en Aragón); Aránzazu Sarría Buil, Atentados
contra librerías en la España de los setenta, la expresión de una violencia
política, en Marie-Claude Chaput, Manuelle Peloille (eds.), Sucesos,
guerras, atentados, PILAR editores, París, 2009, págs. 115-144 (ataques
contra librerías en la
Transición); https://elpais.com/diario/1976/11/27/ultima/217897202_850215.html (noviembre
de 1976: estallido de bomba en la librería Pórtico de Zaragoza); https://elpais.com/diario/1976/05/25/sociedad/201823203_850215.html (mayo
de 1976: una librería asaltada cada dos semanas); Salman Rushdie, Joseph
Anton, Barcelona, 2012, y Fernando Báez, Nueva historia universal
de la destrucción de libros, Barcelona, 2011, págs. 300-301 (el affaire Rushdie). |
|
XXI |
John W.
Maxwell, Tracing the Dynabook: A Study of Technocultural
Transformations, University of British Columbia, 2006 (el ordenador
personal como evolución del libro); Ewan Clayton, La historia de la
escritura, editorial Siruela, Madrid, 2015, pág. 322 (la tradición
manuscrita llega a la era digital). |
|
XXII |
Izet
Sarajlić, Después de mil balas, editorial Seix Barral, Barcelona,
2017, pág. 90 (yo, tonto, casi lo creí). |
|
XXIII |
C. H.
Roberts y T. C. Skeat, The Birth of the Codex, Cambridge
University Press, Cambridge, 1987, pág. 76 (en un códice cabe seis veces más
texto que en un rollo); Plinio, Historia natural, VII 21, 85
(Cicerón afirma haber visto una Ilíada que cabía en la
cáscara de una nuez); E. G. Turner, Greek Papyri. An introduction,
Oxford, 1980, pág. 204 (un vendedor de libros a domicilio en la antigua
Roma); Guglielmo Cavallo, «Entre el volumen y el codex.
La lectura en el mundo romano», en G. Cavallo y R. Chartier (eds.), Historia
de la lectura en el mundo occidental, editorial Taurus, Madrid, 2001,
pág. 111 y ss. (nacimiento del códice y ampliación del número de lectores). |
|
XXIV |
Marcial, Epigramas,
X, 8 (Paula desea casarse conmigo, y yo no quiero casarme con Paula: es
vieja. Querría, si fuese más vieja); Marcial, Apophoreta, 183-196
(epigramas sobre libros); Marcial, Epigramas, I, 2 (promoción de
su propio libro en formato códice); Guglielmo Cavallo, «Entre el volumen y
el codex. La lectura en el mundo romano», en G. Cavallo y R.
Chartier (eds.), Historia de la lectura en el mundo occidental,
editorial Taurus, Madrid, 2001, pág. 143 (preferencia de los cristianos por
el códice). |
|
XXV |
Elisa
Ruiz García, Introducción a la codicología, editorial Fundación
Germán Sánchez Ruipérez, Madrid, 2002, págs. 120-135 (del rollo al
códice); https://elpais.com/tecnologia/2019/01/07/actualidad/1546837065_279280.html (televisiones
enrollables); Hipólito Escolar, Manual de historia del libro,
editorial Gredos, Madrid, 2000, págs. 99-100 (sustitución y supervivencia del
rollo). |
|
XXVI |
Agustín
Sánchez Vidal, Historia del cine, editorial Historia 16, Madrid,
1997, págs. 9-10 (películas transformadas en peines); Temistio, Discursos,
IV 59d-60c, y Jerónimo, Epístolas, 141 (esfuerzo de salvamento en
las bibliotecas de Constantinopla y Cesarea). |
|
XXVII |
Suetonio, Vida
de los doce Césares. Cayo Julio César, 82, 2 (asesinato de César); Barry
Strauss, La muerte de César, ediciones Palabra, Madrid, 2016 (el
asesinato más famoso de la historia); Suetonio, Vida de los doce
Césares. Cayo Julio César, 44, 2 (César tenía previsto construir la
primera biblioteca pública de Roma); Jerónimo, Epístolas, 33, 2
(Varrón escribió un tratado sobre bibliotecas); Plinio el Viejo, Historia
natural, VII, 30, 115 y XXXV, 2; Isidoro, Etimologías, 6, 5,
1 (datos sobre la biblioteca de Asinio Polión); T. Keith Dix, «Public
Libraries in Ancient Rome: Ideology and Reality», Libraries &
Culture 29, 1997, pág. 289 (bibliotecas como vehículo de
reconocimiento oficial y de ingreso en el canon); Marcial, Epigramas,
IX, prefacio (Marcial y los bustos en bibliotecas); Aulo Gelio, Noches
áticas, XIX, 5 (discusión nocturna sobre Aristóteles y la nieve);
Frontón, Epístolas, IV, 5, 2 (Marco Aurelio y Frontón se llevan
libros prestados de las bibliotecas romanas); Filippo Coarelli, La
Colonna Traiana, editorial Colombo, Roma, 1999 (la columna de Trajano
como un rollo de piedra); L. Casson, Las bibliotecas del mundo
antiguo, editorial Bellaterra, Barcelona, 2003, págs. 88-94
(reconstrucción de las bibliotecas romanas). |
|
XXVIII |
L.
Casson, Las bibliotecas del mundo antiguo, editorial Bellaterra,
Barcelona, 2003, págs. 95-98 (las bibliotecas en los baños romanos);
Marcial, Epigramas, VII, 34, 4-5 (¿Qué hay peor que Nerón? ¿Y
mejor que sus termas?); Séneca, Epístolas a Lucilio, 56, 1-2
(griterío en las termas); Vida de San Teodoro de Siqueón, 20
(hedor de santidad); Clemente de Alejandría, Stromata, VII, 7, 36
(el buen cristiano no quiere oler bien); Jerry Tonner, Setenta
millones de romanos, editorial Crítica, Barcelona, 2012, págs. 230-231
(los placeres del agua en Roma). |
|
XXIX |
Corpus
Inscriptionum Latinarum (CIL), 5.5262 (Plinio el Joven dona
una biblioteca a su ciudad natal); CIL 10.4760 (biblioteca
donada por Matidia); CIL 11.2704 (biblioteca de Volsinii);
W. V. Harris, Ancient Literacy, Harvard University Press,
Cambridge, Mass., y Londres, 1989, pág. 273 (solo dos bibliotecas conocidas
en Occidente); Apuleyo, Florida XVIII, 8 (biblioteca de
Cartago); L. Casson, Las bibliotecas del mundo antiguo, editorial
Bellaterra, Barcelona, 2003, pág. 113 y ss. (las bibliotecas fuera de Roma). |
|
XXX |
Oliver
Hilmes, Franz Liszt: Musician, Celebrity, Superstar, Yale
University Press, 2016 (el fenómeno fans empezó con Liszt); Plinio el
Joven, Epístolas, II, 3 (el viaje aventurero de un admirador
hispano de Tito Livio para conocer a su ídolo); Horacio, Odas,
II, 20; Propercio, Elegías, II, 7, y Ovidio, Tristes,
IV 9 y 10 (los autores de éxito se sienten estrellas internacionales);
Marcial, Epigramas, VII, 88 y XI, 3 (las novedades de Marcial se
podían comprar en Viena y se cantaban en Britania); Plinio el Joven, Epístolas,
IX, 11 (una librería en Lyon); Juvenal, Sátiras, XV, 108 (¿dónde
se ha visto un estoico cántabro?); Suetonio, Vida de Virgilio, 6,
11 (Virgilio huye de sus admiradores). |
|
XXXI |
Marcial, Epigramas,
XII, 31 (descripción de la finca que regaló a Marcial la viuda Marcela);
Marcial, Epigramas, prefacio del libro XII (Marcial añora las
bibliotecas, los teatros, las reuniones, la sutileza de los asuntos, la
agudeza de las opiniones: los placeres de Roma). |
|
XXXII |
Cicerón, Contra
Pisón, 22 (Pisón en la fetidez y el lodazal de sus griegos); Stephen
Greenblatt, El giro, editorial Crítica, Barcelona, 2014, pág. 65
y ss. (conversaciones filosóficas en la mansión de Lucio Calpurnio Pisón);
Mary Beard, Pompeya, editorial Crítica, Barcelona, 2009, pág. 7 y
ss. (vidas interrumpidas). |
|
XXXIV |
Mario
Citroni, Poesia e lettori in Roma Antica, ed. Laterza, Roma-Bari,
1995, págs. 459-464 (Ovidio y la expansión del público lector); Ovidio, Tristia,
IV, 10, 21-26 (advertencias paternas: la poesía no da de comer);
Marcial, Epigramas, V, 34; V, 37 y X, 61 (pasión de Marcial por
Erotión, su esclava muerta a los seis años); Ovidio, Arte de amar,
II, 665 y ss. (prefiero una amante que haya sobrepasado la edad de treinta y
cinco años); Pascal Quignard, El sexo y el espanto, editorial
Minúscula, Barcelona, 2014, pág. 15 (Ovidio es el primer romano que piensa
que el deseo es recíproco); Ovidio, Tristia, II, 212 (maestro de
adulterios obscenos); Plutarco, Vidas paralelas. Catón el Joven,
25 (Marcia, la esposa prestada); Ovidio, Tristia, II, 207 (me
perdieron dos delitos: un poema y un error); Ovidio, Tristia, I,
1, 67 (ya no soy preceptor de amor; esa obra pagó ya el castigo que merecía);
Aurelio Víctor, Epítome de los Césares, I, 24 (Augusto castigó
con el exilio al poeta Ovidio porque escribió tres libritos sobre el arte de
amar); Ovidio, Tristia, III, 1 (versos desterrados). |
|
XXXV |
Tácito, Historias,
I, 1 (tiempos de rara felicidad, en los que está permitido pensar como se
quiere y decir lo que se piensa); Suetonio, Vida de los doce Césares.
Tiberio, 45, y Tácito, Anales, IV, 34 (el proceso de Cremucio
Cordo); Séneca, Consolación a Marcia, XVI, 1 (las mujeres tienen
el mismo poder intelectual que los hombres, y la misma capacidad para las
acciones nobles y generosas); Tácito, Anales, IV, 35 (la
estimación de los talentos castigados crece); Luis Gil, Censura en el
mundo antiguo, Alianza Editorial, Madrid, 2007, pág. 190 y ss. (censura
imperial romana); Suetonio, Vida de los doce Césares. Calígula,
34 (Calígula está a punto de acabar con los libros de Homero); Elio
Lampridio, Historia Augusta. Cómodo, 10, 2 (Cómodo prohibe la
lectura de Suetonio so pena de morir en el anfiteatro despedazado por las
fieras); Dion Casio, Historia romana, LXXVIII, 7 (Caracalla
acarició la idea de quemar todas las obras de Aristóteles); Tácito, Vida
de Agrícola, 2 (habríamos perdido la memoria junto con la voz, si hubiera
estado en nuestra mano el olvidar como el callar). |
|
XXXVI |
K.
Houston, The Book: A Cover-to-Cover Exploration of the Most Powerful
Object of Our Time, W. W. Norton & Company, Londres, 2016,
introducción; https://www.nytimes.com/2009/07/18/technology/companies/18amazon.html (Amazon
borra sin previo aviso 1984 de los dispositivos de lectura);
L. D. Reynolds y N. G. Wilson, Copistas y filólogos, editorial
Gredos, Madrid, 1995, pág. 19 (Aristófanes de Bizancio inventa un sistema de
puntuación); Alberto Manguel, Una historia de la lectura, Alianza
Editorial, Madrid, 2002, págs. 76-79 (vicisitudes de la puntuación y la
separación de palabras); Elisa Ruiz García, Introducción a la
codicología, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, colección Biblioteca del
libro, Madrid, 2002, pág. 283 (las primeras ilustraciones de los libros
fueron ayudas a la lectura); Plinio, Historia natural, XXXV, 11 (Imágenes de
Varrón); Marcial, Epigramas, XIV, 186 (un retrato de Virgilio en
el frontispicio de un códice); F. Báez, Los primeros libros de la
humanidad, editorial Fórcola, Madrid, 2013, pág. 501 (manuscritos
iluminados). |
|
XXXVII |
L.
Casson, Las bibliotecas del mundo antiguo, editorial Bellaterra,
Barcelona, 2003, págs. 19-20 (cómo nombraban los libros en las primeras
bibliotecas); Xaverio Ballester, Los mejores títulos y los peores
versos de la literatura latina, publicaciones de la Universitat de
Barcelona, 1998 y «La titulación de las obras en la literatura romana», Cuadernos
de Filología Clásica 24, 1990, págs. 135-156 (monotonía de los
títulos de la literatura antigua); Agustín de Hipona, Epístolas II,
40, 2 (el título en la página liminar); Leila Guerriero, «El alma de los
libros», en http://cultura.elpais.com/cultura/2013/06/26/actualidad/1372256062_358323.html. |
|
XXXVIII |
Suetonio, Vida
de los doce Césares. Vespasiano, 18 (Quintiliano, el primer catedrático);
Quintiliano, Instituciones oratorias, I, 3, 14-17 (crítica de los
castigos corporales en la escuela); X, 1, 4 (en defensa de la educación
permanente); II, 5, 13 (hacer superfluo al maestro); X, 1, 46-131 (listas
paralelas de grandes autores); VI, prefacio, 10 (no sé qué secreta envidia
corta el hilo de nuestras esperanzas). |
|
XXXIX |
Steven
Pinker, En defensa de la Ilustración, editorial Paidós,
Barcelona, 2018, pág. 113 (la historia no la escriben tanto los vencedores
como los ricos); Aulo Gelio, Noches áticas, VI, 13, 1 (clásicos
son los dueños de las grandes fortunas); Cicerón, Academica Priora,
73 (escritores de quinta clase); Frontón citado por Aulo Gelio, Noches
áticas, XIX, 8, 15 (autores clásicos, no proletarios); Silvia
Rizzo, Il lessico filologico degli umanisti, Edizioni di Storia e
Letteratura, Roma, 1973, pág. 379 (Filippo Beroaldo el Viejo recupera el
término «clásico» en 1496); Irene Vallejo, «Una fábula con porvenir», en Luis
Marcelo Martino y Ana María Risco (compiladores), La profanación del
Olimpo, editorial Teseo, Buenos Aries, 2018, págs. 335-355 (historia de
la palabra «clásico»); Italo Calvino, Por qué leer los clásicos,
editorial Siruela, Madrid, 2009; Mark Twain, Disappearance of
Literature, https://www.gutenberg.org/files/3188/3188-h/3188-h.htm#link2H_4_0053;
Pierre Bayard, Cómo hablar de los libros que no se han leído,
editorial Anagrama, Barcelona, 2007. |
|
XL |
Eurípides, Troyanas,
1295 y ss. (lamento de Hécuba); Séneca, Epístolas a Lucilio, 95,
30-31 (sobre la guerra); Hannah Arendt, Entre el pasado y el presente,
editorial Península, Barcelona, 1996, pág. 16 (es el futuro el que nos lleva
hacia el pasado). |
|
XLI |
Herbert
Oppel, «KANWN. Zur Bedeutungsgeschichte des Wortes und seiner lateinischer
Entsprechungen (Regula-norma)», Philologus Supplementband XXX,
1-116 (historia de la palabra «canon»); Plinio el Viejo, Historia
natural, XXXIV, 19, 55 (el Doríforo representa las proporciones del canon
de Policleto); Aristóteles, Ética nicomaquea, 1113a, 29 (el
hombre honrado y cabal como pauta de conducta); Eusebio, Historia
eclesiástica, VI, 25, 3 (canon eclesiástico); David Ruhnken, Historia
critica oratorum Graecorum, Leiden, 1786, pág. 386 (primera aparición del
concepto de «canon literario»); Terry Eagleton, Cómo leer literatura,
editorial Península, Barcelona, 2016, págs. 195-227 (cambios históricos de
las preferencias literarias); J. M. Coetzee, «¿Qué es un clásico?, una
conferencia», en Costas extrañas. Ensayos 1986-1999, 2004, pág.
25: (el pasado como una fuerza que modela el presente). |
|
XLII |
Suetonio, Sobre
los gramáticos ilustres, 16, 2 (Quinto Cecilio Epirota decide estudiar
autores vivos en la escuela); Mary Beard, SPQR, editorial
Crítica, Barcelona, 2016, pág. 503 (versos virgilianos en Pompeya);
Horacio, Odas, I, 1, 35-36 (si me incluyes entre los poetas) y
III, 30, 1 (más duradero que el bronce); Ovidio, Metamorfosis,
XV, 871 (una obra que no podrán destruir ni la cólera de Júpiter, ni el
fuego, ni el hierro, ni el tiempo voraz); Marcial, Epigramas,
III, 2 (cucuruchos de incienso y pimienta); Miguel de Cervantes, Don
Quijote de la Mancha, primera parte, Capítulo IX (cartapacios para el
sedero de la calle Alcaná); William Blades, Los enemigos de los
libros, editorial Fórcola, Madrid, 2016, pág. 62 (un libro valioso
abastece una letrina); https://www.elconfidencial.com/cultura/2015-06-27/asi-mueren-los-libros-que-no-se-venden_899696/ (destrucción
y reciclaje de los libros que no se venden). Alberto Olmos, «Los nazis no
quemaron tantos libros como nosotros», en https://blogs.elconfidencial.com/cultura/mala-fama/2016-07-20/nazis-quemar-destruir-libros_1235594/. |
|
XLIII |
Tibulo, Elegías,
III, 13 (= IV, 7) y III, 14, 6 (Sulpicia proclama su pasión y se queja de la
vigilancia de su tío); Suetonio, Vida de los doce Césares. Tiberio,
35, 2; Tácito, Anales, II, 85, 1, y Digesto, 48, 5,
11 (mujeres de alta cuna se declaran públicamente prostitutas para protestar
contra la ley de adulterio); Juvenal, Sátiras, II, 37
(¿duermes, lex Iulia?); Ovidio, Fastos, II, 583-616
(leyenda de la diosa Tácita Muda); Eva Cantarella, Pasado próximo.
Mujeres romanas de Tácita a Sulpicia, Ediciones Cátedra, Universitat de
València e Instituto de la Mujer, Madrid, 1997, págs. 181-188 (los poemas de
Sulpicia sobreviven gracias a un error); María Dolores Mirón, «Plutarco y la
virtud de las mujeres», en Marta González González (ed.), Mujeres de
la Antigüedad: texto e imagen, ediciones electrónicas de la Universidad
de Málaga, 2012 (proezas de mujeres según Plutarco); Aurora López, No
sólo hilaron lana. Escritoras romanas en prosa y en verso, Ediciones
Clásicas, Madrid, 1994 (veinticuatro mujeres romanas publicaron libros). |
|
XLIV |
Agustín
Sánchez Vidal, La especie simbólica, Universidad Pública de
Navarra, Cátedra Jorge Oteiza, Pamplona, 2011, pág. 38 y ss. (textos y
textiles). |
|
XLV |
Dion
Casio, Historia romana, LXXVIII, 9, 4 (Caracalla concede la
ciudadanía a todos los habitantes libres del imperio); Mary Beard, SPQR,
editorial Crítica, Barcelona, 2016, pág. 561 (edicto de Caracalla); Elio
Arístides, Encomio de Roma, XXVI, 60 (nadie que merezca confianza
es extranjero); Luca Scuccimarra, Los confines del mundo. Historia
del cosmopolitismo desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII, KRK
Ediciones, Oviedo, 2017, págs. 127-140 (la cosmópolis romana); Stephen
Greenblatt, El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a
crear el mundo moderno, editorial Crítica, Barcelona, 2014, pág. 81 (lo
que parecía estable resultó que era frágil). |
|
XLVI |
Amiano
Marcelino, Historias, XIV, 6, 18 (las bibliotecas permanecían
cerradas como sepulcros); Erich Auerbach, Lenguaje literario y
público en la Baja Latinidad y en la Edad Media, editorial Seix Barral,
Barcelona, 1966, pág. 229 y ss. (número de lectores en el tránsito de la
Antigüedad a la Edad Media). |
|
XLVII |
Catherine
Nixey, La edad de la penumbra. Cómo el cristianismo destruyó el mundo
clásico, Editorial Taurus, Barcelona, 2018, pág. 19 y ss. (el emperador
Justiniano prohíbe enseñar a los paganos y desmantela la Academia); L. D.
Reynolds y N. G. Wilson, Copistas y filólogos, editorial Gredos,
Madrid, 1995, pág. 81 y ss. (bibliotecas monásticas en los siglos oscuros);
F. Báez, Los primeros libros de la humanidad, editorial Fórcola,
Madrid, 2013, pág. 501 y ss. (iluminación de manuscritos); S.
Greenblatt, El giro, editorial Crítica, Barcelona, 2014, pág. 23
y ss. (buscadores de libros en el humanismo); L. D. Reynolds y N. G.
Wilson, Copistas y filólogos, editorial Gredos, Madrid, 1995,
pág. 121 (apetito de los humanistas por los textos clásicos); Reinhard
Wittmann, «¿Hubo una revolución en la lectura a finales del siglo XVIII?», en
G. Cavallo y R. Chartier (eds.), Historia de la lectura en el mundo
occidental, editorial Taurus, Madrid, 2001, págs. 497-537 (la manía
lectora y cifras de alfabetización). |
|
XLVIII |
Stefan
Zweig, Mendel el de los libros, editorial Acantilado, Barcelona,
2015, pág. 57 (los libros se escriben para unir a los seres humanos); Walter
Benjamin, «Tesis de filosofía de la historia», en Discursos
interrumpidos I, Taurus Ediciones, Madrid, 1973, pág. 182 (jamás se da un
documento de cultura sin que lo sea a la vez de barbarie). |
Epílogo
Jeanne
Cannella Schnitzer, «Reaching Out to the Mountains: The Pack Horse Library of
Eastern Kentucky», The Register of the Kentucky Historical Society,
vol. 95, n.º 1, 1997, págs. 57-77 (bibliotecarias a caballo de Kentucky); Yuval
Noah Harari, Sapiens: de animales a dioses. Una breve historia de la
humanidad, editorial Debate, Madrid, 2014, pág. 122 (la mitología tenía muy
pocas posibilidades de salir airosa).
* * * *
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