Libro N° 10872. En Las Antípodas. Bryson, Bill.
© Libro N° 10872.
En Las
Antípodas. Bryson,
Bill. Emancipación. Febrero 4 de 2023
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En Las Antípodas. Bill Bryson
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Las Antípodas. Bill Bryson
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Bill Bryson
En Las
Antípodas
Bill
Bryson
CONTENIDO
Agradecimientos
Parte I: Hacia el outback
Parte II: La Australia civilizada
Parte III: En los límites
Bibliografía
En Las Antípodas
Bill Bryson
Agradecimientos
De toda
la gente con la que estoy en deuda por su ayuda en la preparación de este
libro, deseo expresar particularmente mi agradecimiento a Alan Howe y Carmel
Egan, por compartir generosamente su tiempo conmigo y por su hospitalidad a
pesar de saber que iba a mencionarlos en mis libros; a Deirdre Macken y Allan
Sherwin, por sus astutas observaciones y su deportiva participación en lo que
sigue; a Patrick Gallagher, de Allen & Unwin, y Louise Bourke, de la
Australian National University, por su generosa provisión de libros y otro
material de investigación, y a Juliet Rogers, Karen Reid, Maggie Hamilton y
Katie Stackhouse, de Random House Australia, por su ayuda concienzuda y su buen
humor.
También
estoy en deuda en Australia con Jim Barrett, Steve Garland, Lisa Menke, Val
Schier, Denis Walls, Stella Martin, Joel Becker, Barbara Bennett, Jim Brooks,
Harvey Henley, Roger Johnstone y Ian Nowak, con el personal de la State Library
de Nueva Gales del Sur en Sydney, y con la difunta y querida Catherine Veitch.
Estoy
especialmente agradecido al profesor Danny Blanchflower, del Dartmout College,
por su gran ayuda en cuestiones de estadística; a mi gran amiga y agente Carol
Heaton, y a los amables e incomparables talentos de Transworld Publishers en
Londres, entre los cuales debo mencionar a Marianne Velmans, Larry Finlay,
Alisen Tulett, Emma Dowson, Meg Cairns y Patrick Janson-Smith, que sigue siendo
el mejor amigo y mentor que puede desear un escritor. Por encima de todo, y
como siempre, mi agradecimiento más profundo a mi querida, paciente e
incomparable esposa, Cynthia.
Parte I
Hacia el outback[1]
Por la
mañana, Steve y Lisa nos acompañaron por la solitaria pista hasta la carretera
asfaltada de Wilcannia, donde nos separamos: ellos se fueron a Menindee, y
Trevor y yo fuimos directamente a Broken Hill, 197 km carretera abajo por un
camino recto y vacío, completando así un círculo grande e irregular.
Pasamos
la tarde en Broken Hill, viendo los alrededores. Fuimos a Silverton, antaño una
ruidosa ciudad minera, ahora prácticamente abandonada si no fuera por un gran
pub, que pasa por ser el más fotografiado y filmado de Australia. No es que el
pub tenga nada especialmente salvaje, pero sí da la sensación de estar en medio
de la nada y al mismo tiempo a una distancia conveniente de las comodidades y
el aire acondicionado de Broken Hill. Se ha utilizado como escenario de
películas en 142 ocasiones —en Una ciudad como Alice, Mad
Max 2—, y en casi todos los anuncios de cerveza australiana. Ahora se
nutre, pues, de las visitas de los equipos de filmación y de turistas
ocasionales como nosotros.
Broken
Hill también ha pasado épocas difíciles. Incluso para los australianos, está
muy lejos de todo —a 1.200 km de Sydney, la capital del estado, donde se toman
las decisiones— y sus ciudadanos tienen una comprensible tendencia a
considerarse olvidados. En los años cincuenta todavía tenía 35.000 habitantes;
ahora sólo 23.000. Su historia se remonta a 1885, cuando un vaquero que
comprobaba unas cercas encontró por casualidad un filón de plata, cinc y plomo
de desmesuradas proporciones. Casi de la noche a la mañana Broken Hill se
convirtió en una ciudad próspera, y fue el origen de la Broken Hill Proprietary
Ltd, que hoy sigue siendo el coloso más poderoso de la industria australiana.
En 1983,
en su momento cumbre, Broken Hill tenía dieciséis minas que empleaban a 8.700
mineros. Hoy hay sólo una mina y 700 trabajadores, razón primordial del
descenso de la población. Aun así, esa mina produce más que las otras dieciséis
en su mejor momento. La diferencia es que antes se arrastraban miles de hombres
por sus estrechos túneles, mientras que hoy un grupo de ingenieros con
explosivos hace estallar cámaras de la altura de una catedral y la extensión de
un campo de fútbol y, cuando el polvo se ha asentado y los oídos dejan de
zumbar, un grupo de trabajadores entra con bulldozers y extrae el oro. Es de
una eficacia tal que en una década ya se habrá acabado el mineral; qué será
entonces de Broken Hill es una incógnita.
Mientras
tanto, es una pequeña y agradable ciudad que produce una sensación de
laboriosidad y prosperidad similar a la de las películas de Hollywood de la
década de 1940 con Jimmy Stewart o Deanna Durbin. En la calle mayor se alinean
hermosos edificios de un estilo victoriano modestamente exuberante. Para
refrescarnos un poco, Trevor y yo entramos en uno de los muchos imponentes
hoteles —tengo que advertir que, en Australia, «hotel» puede significar muchas
cosas: un hotel, un pub, un hotel y un pub— que hay por todas partes. Éste se
llamaba Mario’s Palace Hotel, y era majestuoso por fuera —abarcaba media
manzana y lo rodeaba una balconada con un complicado dibujo de hierro forjado—,
pero dentro el aire era rancio y había poca iluminación. El bar parecía abierto
—había un televisor encendido sin voz en un rincón y los rótulos estaban
iluminados— pero nadie atendía ni se oía a nadie dentro. Al fondo había varias
salas —una de baile, un comedor, otra sala de baile quizá— que parecían haber
sido decoradas sin reparar en gastos en 1953 y no haber sido utilizadas desde
entonces.
Una
puerta nos llevó a un vestíbulo con una gran escalinata. Del suelo al lejano
techo, unos tres pisos por encima de nosotros, las paredes de la escalinata
estaban divididas en paneles de distintos tamaños con cantos de madera en los
que un artista había dibujado un mural; alguno de varios metros, otros más
pequeños. Todos eran ideales paisajes románticos, y representaban grupos de
canguros bebiendo en estanques o grupos de buhoneros alrededor de un solitario
eucalipto coolibah. Sin duda eran sentimentaloides, pero tenían su encanto y
estaban bien pintados. Casi sin darnos cuenta, nos encontramos subiendo las
escaleras lentamente, pasando con silenciosa concentración de una imagen a
otra.
— Son
buenos, ¿verdad? —dijo una voz al cabo de un minuto, y al girarnos vimos a un
joven que nos miraba desde abajo y al que aparentemente no molestaba en
absoluto que nos estuviéramos adentrando en las profundidades de la casa.
Se secaba
los brazos con un trapo, como si hubiera estado ocupado en limpiar a fondo una
caldera.
— Los
pintó Gordon Waye, un negro —siguió—. Un personaje curioso. No hizo ningún
esbozo, no tenía ningún plan. Se limitaba a agarrar los pinceles y las pinturas
y lo hacía de un tirón. Al final del día había una pintura. Entonces cobraba su
paga y se iba. A dar una vuelta, ¿entienden? Al cabo de, una semana o dos, o a
veces de unos meses, volvía y pintaba otro, cobraba y se marchaba otra vez,
hasta que las hizo todas. Luego desapareció para siempre.
— ¿Qué
fue de él?
— Ni
idea. No creo que lo sepa nadie. ¿De dónde son ustedes?
— De
Estados Unidos e Inglaterra —dije, señalándonos por turno.
— Eso
está muy lejos. Seguro que les apetece una cerveza bien fría.
Lo
seguimos al bar, donde nos sirvió dos jarras de Victoria Bitter.
— El
hotel es precioso —mentí.
Me miró
un poco inseguro.
— Pues
puede comprarlo si quiere. Está en venta.
— Ah,
¿sí? ¿Cuánto?
— Un
millón setecientos cincuenta mil dólares.
Tardé un
momento en formular las palabras.
— Eso es
mucho dinero.
Me miró
asintiendo.
— Más del
que tiene la mayoría de los de por aquí, eso seguro.
Entonces
desapareció con una caja por una puerta trasera.
Queríamos
preguntarle más cosas, y al poco rato nos apetecía otra cerveza, pero ya no
volvió.
A la
mañana siguiente subimos al segundo de los dos Indian Pacific semanales con
destino a Perth. En el delicioso bar con aire acondicionado del tren, Trevor y
yo desplegamos un mapa de Australia y descubrimos con asombro que a pesar de
todas las horas de coche de los días anteriores, sólo habíamos cubierto un
diminuto trecho: una manchita, como quien dice, en comparación con Australia.
Es un país inmenso, y todavía nos faltaban 3.227 km para llegar a Perth. Lo
único que podíamos hacer era relajarnos y disfrutar.
Después
del calor y el polvo del outback, agradecí estar otra vez en el
mundo limpio y uniforme del tren y me adapté a su cómoda rutina con gratitud y
alivio. La vida del tren, pensé, no es tan sencilla. En un determinado momento
de la mañana, normalmente cuando has ido a desayunar, la cama se desvanece
mágicamente en la pared, y por la noche reaparece de igual manera, recién hecha
y con sábanas limpias. Tres veces al día te llaman al vagón restaurante, donde
un personal amable y atento te ofrece una comida encomiable. Entre comidas, no
hay que hacer más que sentarse y leer, mirar el paisaje que se despliega
incansable o charlar con tu vecino. Trevor, que era joven y lleno de vida y no
había traído nada de lectura para pasar el rato, como yo, estaba inquieto,
enjaulado; sin embargo yo disfruté de cada minuto de ocio.
Cuando
tienes las necesidades cubiertas y no hay que tomar decisiones, te absorben
inmediatamente los asuntos más insignificantes: si te ducharás ahora o dentro
de un rato, si vas a levantarte de la silla y servirte otra taza de té o serás
malo y abrirás una botella de Victoria Bitter, si volverás a la cabina a buscar
el libro o te quedarás sentado y mirarás el paisaje en busca de emúes y
canguros. Parece una muerte en vida, pero las apariencias engañan. Me lo estaba
pasando en grande. Hay algo maravillosamente sosegado en estar encerrado en un
tren de largo recorrido. Fue como tener ochenta años. Todas esas cosas con que
parecen disfrutar los octogenarios —mirar distraídamente por la ventana,
adormilarse en una butaca, aburrir mortalmente a todo temerario que se siente a
su lado— adquirieron entonces un inmenso significado. ¡Aquello era vida!
La nueva
tanda de pasajeros parecía un grupo más animado. Estaban Phil, un impresor de
Newcastle, en Nueva Gales del Sur; Rose y Bill, una apacible y encantadora
pareja de Inglaterra que iban a ver a su hijo, un ingeniero de minas en
Kalgoorlie; tres hombres de pelo blanco de un club de bolos de Neutral Bay, que
bebían como marineros de permiso, y una dama maravillosa, esquelética, fumadora
empedernida, siempre ebria, cuyo nombre nadie parecía conocer y cuya respuesta
a cualquier cortesía que se le dirigiera —«Buenos días», «¿Ha dormido bien?»,
«Soy Bill y él es Trevor»— era gritar «¡Sí!», reírse de forma prolongada y
demente, y tomar un sorbo de vino. Con este personal, las veladas tendían a ser
agradablemente festivas —tanto que mis notas de los momentos relevantes están
en cajas de cerillas o en posavasos, y muestran un cierto grado de incoherencia
sublime («G. atacado por un camello en servicio de hombres Alice Springs 1947,
¡genial!»). En fin, que recuerdo haber pasado unos días muy alegres y eso es,
por supuesto, lo principal.
El
segundo día después de salir de Broken Hill, entramos en la impresionante
llanura de Nullarbor. Mucha gente, incluso australianos, creen que Nullarbor es
una palabra aborigen, pero en realidad es una degeneración de «no árbol» en
latín, y el nombre no puede ser más acertado. A lo largo de centenares de
kilómetros el paisaje es tan llano como un mar en calma, sin ningún relieve; y
árido, de una tierra roja y brillante, montículos de maleza azulada y erizada,
y rocas aquí y allá del color de una mala dentadura. En una zona cuatro veces
mayor que Bélgica no hay un palmo de sombra. Es una de las estepas más
imponentes de la Tierra.
Justo
después de desayunar, entramos en el tramo más largo y recto que se haya visto
nunca en una línea de ferrocarril —480 km sin un atisbo de desviación— y a
media mañana aparecimos en Cook, una instalación que consigue que White Cliffs
parezca accesible y urbana. A 800 km de cualquier pueblo al este y al oeste, a
160 km de la carretera asfaltada más cercana al sur y a más de mil seiscientos
al norte, Cook (40 habitantes) existe para aprovisionar de agua, combustible y
otros servicios a los trenes que pasan por allí. Al lado de la vía había un
rótulo que decía: «Próximo servicio de alimentación o combustible a 862 km»,
desalentador, ¿verdad?
Teníamos
dos horas de parada en Cook —quién sabe por qué tanto— y nos permitieron bajar
y echar un vistazo. Era agradable moverse sin tener que apoyarse en una pared
temblorosa a cada dos pasos, pero la emoción de llegar a Cook enseguida pierde
intensidad. No hay mucho que ver: una estación de tren y una estafeta de
correos, un par de docenas de bungalows prefabricados sobre un suelo
polvoriento, una tiendecita cuyos estantes estaban prácticamente vacíos, un
centro comunitario destartalado, una escuela cerrada (en plenas vacaciones de
verano), una pequeña piscina al aire libre (también cerrada) y una pista de
aterrizaje con una manga de viento desplomada. El calor era impresionante. El
desierto inundaba el pueblo por todas partes como una riada.
Estaba
allí con un mapa de Australia, observando aquella aridez e intentando asumir
que caminando hacia el norte no llegaría a una superficie asfaltada en 1.800
km, cuando se me acercó Trevor y me dijo que nos habían dado permiso para
viajar una hora en la locomotora, y sacar fotos. Era un regalo inesperado y una
noticia estimulante. Antes de que el tren emprendiera la marcha, subimos a
bordo de la locomotora con dos nuevos maquinistas, Noel Coad y Sean Willis, que
conducirían hasta Kalgoorlie.
Eran
alegres y pacíficos, y no tendrían más de treinta años. Su cabina era pequeña y
confortable, acogedora pese a su tecnología avanzada. Tenía una moderna consola
con montones de interruptores y conmutadores, tres radios de onda corta y dos
pantallas de ordenador, y además una serie de comodidades domésticas: un
hervidor de agua, una neverita y microondas. Conducía Coad. Encendió un par de
interruptores, movió una palanca de marchas, y salimos. En un par de minutos
habíamos recuperado nuestra velocidad de crucero de 100 km por hora.
Me quedé
inmóvil, temeroso de tocar algo que nos hiciera salir en las noticias de la
noche, y disfruté de la novedad de mirar hacia delante. Y es muy adelante en el
infinito Nullarbor. Ante nosotros se extendía únicamente una vía, dos barras
paralelas de acero reluciente, totalmente rectas y dolorosamente brillantes
bajo el sol, cruzadas y concatenadas por travesaños de cemento. En alguna parte
del remoto horizonte las dos líneas de resplandeciente acero se encontraban en
un trémulo y evanescente punto. Interminable y monótonamente, aspirábamos
travesaños a nuestro paso pero, por mucho que adelantáramos, el efímero punto
seguía en el mismo sitio. No podías mirarlo —bueno, yo no podía mirarlo— sin
que te entrara dolor de cabeza.
— ¿Cuánto
falta para la siguiente curva? —pregunté.
—
Trescientos sesenta kilómetros —contestó Willis.
— ¿No os
volvéis locos aquí?
— No
—contestaron al unísono y con evidente sinceridad.
— ¿Veis
algo de vez en cuando que rompa la monotonía, animales o algo así?
— Algún
canguro —dijo Coad—. Un camello de vez en cuando. En ocasiones a alguien en
moto.
— ¿En
serio?
— Por
allí —señaló una pista de mantenimiento paralela a la vía—. A los japoneses les
gusta mucho no sé por qué. Tiene algo que ver con el entrenamiento de algún
club, creo.
— Vimos a
un tipo en bicicleta la semana pasada —dijo Willis.
— No
puede ser.
— Un
japonés.
— ¿Se
encontraba bien?
— Como
una cabra, a mi juicio, pero parecía estar bien. Nos saludó.
— ¿Es muy
peligroso hacer eso?
— No, si
no pierdes la pista. Pasan de cincuenta a sesenta trenes a la semana por esta
línea, y no te van a dejar tirado si tienes problemas.
Habíamos
llegado a una vía muerta llamada Deakin, donde el Indian Pacific paraba para
dejar paso a un tren de mercancías, y Trevor y yo teníamos que volver a nuestro
vagón. Bajamos de la locomotora y caminamos rápidamente al lado del tren hacia
los vagones de pasajeros. (Cualquiera habría corrido, os lo aseguro, si
estuviera al lado de un tren con el motor encendido en pleno desierto.) En la
puerta del primer vagón de pasajeros, David Goodwin, el director del tren, nos
estaba esperando.
Nos ayudó
a subir —como no había plataforma la altura era considerable— y se puede decir
que caímos dentro. Cuando miré hacia arriba, descubrí con un sobresalto que
estábamos en la parte prohibida. Nunca he estado tan desconcertado. Mientras
seguíamos a David por los vagones, 124 pares de ojos hundidos siguieron
hoscamente nuestros movimientos. Era gente que no tenía vagón restaurante, bar,
ni cómodas literas donde acostarse. Llevaban dos días sentados desde Sydney y
todavía les quedaban veinticuatro horas para llegar a Perth. Estoy casi seguro
de que, de no haber tenido al director del tren de escolta, nos habrían
devorado.
Llegamos
a Perth con las primeras luces y bajamos del tren, contentos de volver a pisar
tierra firme y sintiéndonos desmedidamente satisfechos con nuestro logro. Lo
único que se nos había exigido era ir sentados durante un total de setenta y
dos horas, pero aun así habíamos hecho algo que muchos australianos no hacen
nunca: cruzar Australia.
Es una
conclusión fácil y evidente, pero Australia es muy particular. No es sólo una
cuestión de distancia —aunque algo hay de eso—, sino de la absoluta desolación
que abarca esa distancia. Ochocientos kilómetros en Australia no son 800 km en
otra parte, y la única manera de apreciarlo es cruzando el país por tierra.
No podía
esperar a seguir el viaje.
I
En el
avión que me llevaba a Australia, suspiré al darme cuenta de que había vuelto a
olvidar quién era su primer ministro. Siempre me pasa lo mismo con el primer
ministro australiano, me fío de mi memoria y lo olvido (generalmente casi al
instante), y eso me hace sentir muy culpable. A mi juicio debería haber alguien
más fuera de Australia que lo supiera.
Pero es
que resulta difícil estar al corriente de lo que sucede en Australia. En mi
primera visita, hace algunos años, pasé el largo rato de vuelo desde Londres
leyendo una crónica política australiana del siglo XX, donde descubrí la
sorprendente noticia de que en 1967 el primer ministro, Harold Holt, estaba
paseando por la playa de Victoria cuando se lo llevó una ola y desapareció.
Nunca más se supo del pobre hombre. Esto me resultó doblemente sorprendente:
primero, porque Australia hubiese perdido un primer ministro (vaya, que no es
normal) y, segundo, porque nunca me hubiera enterado ello.
La verdad
es que prestamos poquísima atención a nuestros queridos primos de las
antípodas, aunque supongo que esto tampoco es tan extraordinario. Al fin y al
cabo, Australia está casi vacía y en el confín del mundo. Su población, unos
diecinueve millones de personas, es escasa según el término medio mundial —el
crecimiento anual de China ya es mayor—, y el lugar que ocupa en la economía
es, en consecuencia, secundario; como entidad económica, tiene más o menos la
importancia de Illinois. De vez en cuando nos manda alguna cosa útil —ópalos,
madera de merino, Errol Flynn, el bumerán— pero nada de lo que no podamos
prescindir. Más que nada, Australia no se porta mal. Es estable, pacífica y
buena. No tiene golpes de estado, sobrepesca abusiva o simpáticos déspotas
armados, no cultiva coca en cantidades provocativas ni se dedica a arrollar a
otros de una forma presuntuosa e impresentable.
Pero aun
reconociéndolo, resulta curiosa nuestra falta de interés por los asuntos
australianos. Como era de esperar, esto es aún más evidente cuando se vive en
Estados Unidos. Antes de salir de viaje fui a la biblioteca de mi pueblo, en
New Hampshire, y busqué «Australia» en el New York Times Index para
ver cuánta atención se le había dedicado en mi país en los últimos años. Empecé
por el volumen de 1997 simplemente porque estaba abierto sobre la mesa. Durante
todo el año, entre los temas de posible interés —política, deportes, viajes,
los próximos Juegos Olímpicos de Sydney, gastronomía y vino, arte,
necrológicas, etcétera— el New York Times contenía 20
artículos que trataran principalmente de asuntos australianos. En el mismo
período, para establecer una comparación, había encontrado 120 artículos sobre
Perú, al menos ciento cincuenta sobre Albania y una cantidad parecida sobre
Camboya, más de trescientos sobre cada una de las Coreas, y más de quinientos
sobre Israel. Como lugar que atrajera el interés de Estados Unidos, Australia
estaba al mismo nivel que Bielorrusia y Burundi. Entre los temas generales que
trataba había globos y aeronautas, la Iglesia de la Cienciología, perros (pero
no de trineo), y Pamela Harriman, la antigua embajadora, que era por cierto muy
conocida y había muerto en febrero, una desgracia que sin duda exigía que
apareciera 22 veces en el Times durante aquel año. Hablando
claro, en 1997, Australia era ligeramente más importante para los americanos
que los plátanos, pero no tanto como los helados.
No
obstante, aquel año había resultado especialmente abundante en noticias
australianas en Estados Unidos. En 1996 el país había sido objeto sólo de nueve
artículos y en 1998 de seis. En otras partes del mundo las noticias pueden ser
más abundantes, pero con la diferencia, eso sí, de que nadie se las lee. (Que
levanten la mano todos los que sepan cómo se llama el actual primer ministro
australiano, en qué estado está Melbourne o sean capaces de contestar algunas
preguntas sobre las antípodas que no se refieran al cricket, al rugby, a Mel
Gibson o a la serie de televisión Vecinos.) A los australianos no
les hace ninguna gracia que el mundo exterior les preste tan poca atención, y
no puedo culparles. Es un país en el que suceden cosas interesantes, y muchas.
Centrémonos
en uno de los artículos que aparecieron en el New York Times en
1997, aunque desterrado al cajón de sastre de la Sección C. En el mes de enero,
según un artículo escrito en Estados Unidos por un periodista del Times,
los científicos estaban investigando seriamente la posibilidad de que un
misterioso movimiento sísmico en el remoto outback australiano
ocurrido hacía casi cuatro años pudiera haber sido una explosión nuclear
provocada por miembros del culto japonés del día del juicio final Aum Shinrikyo.
Resulta
que a las 23:03, hora local, del 28 de mayo de 1993, las agujas de los
sismógrafos de toda la región del Pacífico se agitaron y garabatearon en
respuesta a un movimiento a muy gran escala detectado cerca de un lugar llamado
Banjawarn Station en el Gran Desierto Victoria de Australia Occidental. Algunos
camioneros de los que cubren grandes distancias y unos pocos exploradores,
prácticamente los únicos que se encontraban en esa solitaria extensión,
informaron de un resplandor súbito en el cielo y de haber oído o sentido una
potente pero lejana explosión. Uno manifestó que una lata de cerveza se había
tambaleado sobre la mesa de su tienda.
El
problema era que no existía una explicación clara. Las señales del sismógrafo
no se ajustaban al perfil de un terremoto o la explosión de una mina y además
el estallido era 170 veces más fuerte que la explosión más potente de cualquier
mina registrada en la zona. La sacudida fue parecida a la producida por la
caída de un gran meteorito, pero el impacto habría abierto un cráter de
centenares de metros de circunferencia, y no se encontró nada por el estilo. El
resultado fue que los científicos dieron vueltas al incidente durante un día o
dos, y luego lo archivaron como una curiosidad inexplicable, como una de
aquellas cosas que probablemente suceden de vez en cuando.
Pero en
1995, Aum Shinrikyo obtuvo una súbita notoriedad soltando exorbitantes
cantidades del gas nervioso sarin en el metro de Tokio, que mató a doce
personas. En las investigaciones que provocó el suceso, se descubrió que entre
las cuantiosas propiedades de Aum se contaba una extensión de desierto de
200.000 ha en Australia Occidental, muy cerca del lugar del misterioso suceso.
Allí, las autoridades encontraron un laboratorio de una sofisticación y
especialización insólitas, así como pruebas de que los miembros del culto
habían estado extrayendo uranio. Por otra parte, se descubrió que Aum había
reclutado a dos ingenieros nucleares de la antigua Unión Soviética. El objetivo
declarado del grupo era la destrucción del mundo, y parecía que el suceso del
desierto hubiera sido un ensayo para volar Tokio.
Ya veis
por donde voy. Se trata de un país que pierde a su primer ministro, y tan
extenso y vacío que una pandilla de entusiastas aficionados podría haber
lanzado la primera bomba atómica no gubernamental del mundo en su territorio
sin que se enterara nadie al cabo de cuatro años. Sin duda, se trata de un
lugar que vale la pena conocer.
Y por
eso, porque sabemos tan poco de él, no estaría de más contar cuatro cosas.
Australia
es el sexto país más grande del mundo y la isla más extensa. Es la única isla
que es al mismo tiempo un continente, y el único continente que también es un
país. Fue el primer continente conquistado desde el mar, y el último. Es la
única nación que empezó como una prisión.
Es el
hogar del ser vivo más grande de la Tierra, la Gran Barrera Australiana, y del
monolito mas famoso e impresionante, Ayers Rock (o Uluru, si utilizamos un
nombre aborigen más respetuoso, y ahora oficial). Tiene más cosas que pueden
matarte que ningún otro lugar. Las diez serpientes más venenosas del mundo son
australianas. Estos cinco animales: la araña de tela de embudo, la medusa
cofre, el pulpo de anillos azules, la garrapata paralizadora y el pez piedra
son los más letales de su especie en el mundo. Es un país en que el gusano más
peludo puede dejarte seco con su venenoso pinchazo, donde los moluscos no sólo
pican sino que a veces te persiguen. Si recoges una inocua caracola de la playa
de Queensland, como suelen hacer los incautos turistas, descubrirás que el
animalito que hay dentro no es sólo sorprendentemente veloz e irritable, sino
muy venenoso. Si no te pican ni muerden mortalmente de forma inesperada, se te
puede zampar un tiburón o un cocodrilo, unas irresistibles corrientes te
arrastrarán mar adentro o morirás implacablemente abrasado en el
asfixiante outback. Es un lugar duro.
Y
antiguo. Hace 60 millones de años, desde la formación de la Gran Cordillera
Divisoria, que Australia guarda silencio geológicamente hablando, lo que le ha
permitido conservar muchas de las cosas más atávicas descubiertas en la Tierra
—las rocas y los fósiles más primitivos, las más tempranas huellas de animales
y lechos de ríos, los primeros y apenas perceptibles signos de vida—. En un
momento indeterminado de su remoto pasado —quizá hace 45.000 años, quizá
60.000, pero sin duda antes de que hubiera humanos modernos en las Américas o
en Europa—, fue invadida pacíficamente por unas gentes profundamente
inescrutables, los aborígenes, que no tienen un parentesco racial o lingüístico
claro con sus vecinos de la región, y cuya presencia en Australia puede explicarse
sólo postulando que fueron quienes inventaron el oficio de la navegación
oceánica al menos treinta mil años antes que nadie emprendiera otro éxodo, y
después olvidaran o abandonaran casi todo lo que habían aprendido, pues pocas
veces volvieron a hacerse a la mar.
Es una
gesta tan singular y extraordinaria, tan imposible de entender, que los libros
de historia la ventilan en un par de párrafos, y pasan a la segunda invasión,
más explicable: la que empieza con la llegada del capitán James Cook y su
esforzada nave de la marina británica Endeavour a Botany Bay
en 1770. No importa que el capitán Cook no descubriera Australia y que ni
siquiera fuera capitán en el momento de su visita. Para casi todo el mundo,
incluidos muchos australianos, es entonces cuando comienza la historia.
El mundo
que esos primeros caballeros ingleses descubrieron estaba curiosamente
invertido —las estaciones al revés, las constelaciones cabeza abajo— y no se
parecía a nada de lo que habían visto antes, ni siquiera en latitudes cercanas
del Pacifico. Sus seres vivos parecían haber evolucionado sin haberse leído el
manual. El más característico de ellos no corría, trotaba o galopaba, sino que
daba saltos, como bota una pelota. El continente hervía de una vida
inverosímil. Había un pez que se encaramaba a los árboles; una zorra que volaba
(no era sino un murciélago); crustáceos tan grandes que un hombre podía
introducirse en su concha…
En
resumen, no había otro lugar igual en el mundo y sigue sin haberlo. El 80 % de
las plantas y animales de Australia no existe en ninguna otra parte. Y en una
abundancia tal que parece incompatible con la dureza del territorio. Australia
es el mas seco, llano, caluroso, árido, yermo y climáticamente agresivo de los
continentes habitados. (Sólo la Antártida es más hostil a la vida.) Es un lugar
tan inerte que incluso el suelo es, técnicamente hablando, fósil. Y sin embargo
hierve de vida. Sólo en insectos, los científicos no tienen ni la más ligera
idea si el número total de especies es de 100.000 o más del doble. Un tercio de
estas especies continúa siendo desconocido para la ciencia. En el caso de las
arañas, la proporción alcanza el 80 %.
He
mencionado precisamente los insectos porque conozco una anécdota de un bichito
llamado Nothomyrmecia macrops que ilustra perfectamente,
aunque de forma indirecta, cuán excepcional es este país. Es un cuento un poco
enmarañado pero bueno, sed indulgentes, por favor.
En 1931,
en la península de Cape Arid de Australia Occidental, unos naturalistas
aficionados indagaban entre la maleza cuando encontraron un insecto que no
habían visto nunca. Se parecía vagamente a una hormiga, pero con un curioso
color amarillo pálido y unos ojos raros, fijos, y palpablemente inquietos. Se
recogieron algunos especímenes, se mandaron al despacho de un experto del Museo
Nacional de Victoria en Melbourne, y éste los identificó sin duda como Nothomyrmecia.
El descubrimiento causó una gran excitación porque, que se supiera, no había
existido nada así en la Tierra desde hacía centenares de millones de años.
El Nothomyrmecia era una protohormiga, una reliquia viva de
una época en que las hormigas evolucionaban a partir de las avispas. En
términos entomológicos, era tan extraordinario como que alguien hubiera
encontrado una manada de triceratops pastando en alguna verde y remota estepa.
Se
organizó una expedición inmediatamente, pero a pesar de una búsqueda
escrupulosa nadie pudo encontrar la colonia de Cape Arid. Posteriores búsquedas
acabaron igualmente con las manos vacías. Casi medio siglo después, cuando se
corrió la voz de que un equipo de científicos americanos planeaba una búsqueda
de la hormiga, seguramente con una tecnología que haría parecer aficionados y
mal organizados a los australianos, científicos del gobierno de Canberra
decidieron hacer un último intento por encontrar las hormigas. Así que un
equipo se dirigió a explorar el país.
En el
segundo día de viaje, mientras cruzaban el desierto del sur de Australia, uno
de sus vehículos empezó a echar humo y chispas y se vieron forzados a hacer un
alto para pernoctar en un lugar del camino llamado Poochera. Durante la noche,
uno de los científicos, llamado Bob Taylor, salió a tomar el aire e iluminó el
terreno circundante con su linterna. Podéis imaginaros su estupefacción cuando
descubrió, subiendo por el tronco de un eucalipto cercano al campamento, una
próspera colonia de nada mas y nada menos que Nothomyrmecia.
Pensemos
en las probabilidades. Taylor y sus colegas estaban a unos mil doscientos
kilómetros del lugar donde pretendían iniciar la búsqueda. En los casi
8.000.000 km2 de extensión vacía que es Australia, uno de los
pocos grupos de personas capaces de identificar aquel insecto, uno de los más
raros y buscados de la Tierra, acababa de encontrarlo —un insecto que sólo se
había visto una vez, casi medio siglo antes— y todo porque una furgoneta había
tenido una avería en ese sitio. Por cierto, el Nothomyrmecia nunca
se ha vuelto a encontrar en su lugar original.
Seguro
que veis por donde voy. Éste es un país que está al mismo tiempo asombrosamente
vacío y sin embargo repleto de cosas interesantes, atávicas, cosas que no son
fáciles de explicar. Cosas que todavía están por descubrir.
Creedme,
es un lugar muy interesante.
II
Cada vez
que uno va en avión de Norteamérica a Australia, y sin que nadie te pregunte si
te parece bien, te roban un día al cruzar la línea de cambio de fecha
internacional. Salí de Los Ángeles el 3 de enero y llegué a Sydney catorce
horas después, el 5 de enero. Yo no viví el 4 de enero. Ni siquiera un poco.
Adónde fue a parar, no sabría decirlo. Lo único que sé es que durante un
período de veinticuatro horas, por lo visto no existí.
Me
pareció muy misterioso, por decirlo de algún modo. Quiero decir que si, mirando
el billete, uno encontrara una advertencia que dijera: «Se avisa a los
pasajeros de que en algunos trayectos puede producirse la pérdida de
existencia» (que es sin duda como lo formularían, como si ocurriera de vez en
cuando) seguramente te levantarías a indagar, agarrarías a alguien del brazo y
le dirías: «Usted perdone…». Todo hay que decirlo, se obtiene un cierto
consuelo metafísico en saber que puedes dejar de tener forma material sin que
te duela, y además, para ser justos, te devuelven el día en el viaje de vuelta
cuando cruzas la línea de cambio de fecha en dirección contraria y consigues
llegar a Los Ángeles antes de salir de Sydney, lo que, francamente, es un truco
todavía más logrado.
No sé si
llego a comprender el principio del asunto. Entiendo que tiene que haber una
línea teórica en que un día termine y empiece el siguiente y que cuando cruzas
esa línea temporal es normal que sucedan cosas raras. Pero eso no quita que en
un viaje entre América y Australia experimentes algo que, en otras
circunstancias, sería totalmente imposible. Por mucho que te prepares y
concentres, vigiles tu dieta, y por mucho ejercicio que hagas, nunca estarás
tan en forma que dejes de ocupar un espacio durante veinticuatro horas o que
seas capaz de llegar a una habitación antes de haber salido de otra.
A lo
mejor por eso, llegar a Australia conlleva una cierta sensación de hazaña, y es
un placer y una satisfacción dejar la terminal del aeropuerto y entrar en la
deslumbrante claridad de las antípodas, dándote cuenta de que tus átomos, hace
un momento perdidos y en paradero desconocido, se han vuelto a ensamblar de una
forma más o menos normal (descontando algunas células grises que se quedaron
mirando la película de Bruce Willis). En esas circunstancias, es un placer
encontrarte en cualquier lugar, y que ese lugar sea Australia es un aliciente
adicional.
Dejadme
decir de entrada que me encanta Australia —me gusta muchísimo— y en cada
ocasión que la visito me entusiasmo tanto como la primera vez. Uno de los
efectos de prestar tan poca atención a Australia es que sea siempre una
sorpresa tan agradable descubrir que sigue allí. Nuestros instintos culturales
y nuestras experiencias anteriores nos dicen que cuando se viaja tan lejos se
debería encontrar, por lo menos, gente a camello. Debería haber signos
irreconocibles en los anuncios, y hombres cetrinos envueltos en túnicas
bebiendo café en copas del tamaño de un dedal y fumando en narguile, y
autobuses desvencijados y baches en las carreteras y la posibilidad de contraer
enfermedades al tocar cualquier cosa; pero no es así en absoluto. Es todo
cómodo, limpio y familiar. Dejando a un lado la tendencia entre los hombres de
cierta edad a llevar calcetines hasta la rodilla y pantalón corto, esta gente
es como tú y como yo. Es algo maravilloso. Produce una sensación de euforia.
Por eso me encanta ir a Australia.
También
hay otras razones, naturalmente, y es un placer dejar constancia de ellas. La
gente es inmensamente simpática —alegre, extravertida, ingeniosa y atenta—. Sus
ciudades son seguras y limpias y casi siempre están cerca del agua. Se trata de
una sociedad próspera, bien ordenada e instintivamente igualitaria. La comida
es excelente. La cerveza, fría. El sol brilla casi siempre. Hay café en cada
rincón. Rupert Murdoch[2] ya
no vive allí. La vida no puede ser mejor.
Éste era
mi quinto viaje y en esta ocasión, por primera vez, iba a ver la auténtica
Australia: el enorme y abrasador centro desértico, el vacío ilimitado que se
extiende entre las costas. Nunca he entendido muy bien por qué cuando la gente
te anima a conocer el país «auténtico» te manda a las zonas desoladas donde
nadie que estuviera cuerdo querría vivir, pero así es. No puedes decir que
hayas estado en Australia hasta que no has cruzado el outback.
Lo mejor
de todo es que iba a hacerlo de la forma más ostentosa posible: en el
legendario ferrocarril Indian Pacific que va de Sydney a Perth. El Indian
Pacific cruza la tercera parte inferior del país a lo largo de 4.400 km
agradablemente tortuosos por los estados de Nueva Gales del Sur, Australia
Meridional y Australia Occidental, y es el rey de los trenes del hemisferio
sur. Desde Sydney asciende suavemente a través de las Blue Mountains, avanza
renqueando por las interminables extensiones de pastos de ovejas, sigue el río
Darling hasta el Murray y éste hasta Adelaida, finalmente cruza la
impresionante llanura de Nullarbor hasta los campos auríferos que rodean
Kalgoorlie, y llega suspirando a un merecido descanso en la lejana Perth. El
Nullarbor, una extensión casi inconcebible de feroz desierto, era algo que
deseaba ver especialmente.
El
dominical del Mail on Sunday estaba preparando un número
especial sobre Australia, y me habían encargado un reportaje. Hacía tiempo que
pensaba venir de todos modos para escribir un libro, y aquello representó un
incentivo adicional: una oportunidad de conocer el país de una forma sumamente
cómoda a costa de otro. Me pareció fantástico. Con este fin, viajaría durante
una semana más o menos en compañía de Trevor Ray Hart, un joven fotógrafo
inglés procedente de Londres, a quien conocería a la mañana siguiente.
Pero
primero tenía un día para mí solo, y esto me producía una desmesurada
satisfacción. Había estado en Sydney con ocasión de alguna gira de promoción de
libros, por lo que mis conocimientos de la ciudad se reducían a trayectos en
taxi por distritos desconocidos como Ultimo y Annandale. La única ocasión en
que había visto algo de la ciudad había sido unos años antes, en mi primera
visita, con un amable representante de mi editor que me invitó a dar una vuelta
en coche, con su esposa y sus dos hijas en el asiento trasero, y quedé fatal
con ellos porque me quedé dormido. No fue por falta de interés o porque no me
gustara, creedme. Es que aquel día hacía calor y yo acababa de llegar al país.
Por desgracia, casi al principio, el desfase horario se apoderó de mí y me
desplomé en una especie de coma sin poder evitarlo.
No soy,
me cuesta reconocerlo, un durmiente discreto y atractivo. La mayoría de la
gente, cuando duerme, parece que necesite una manta; yo parezco necesitar
atención médica. Duermo como si me hubieran inyectado un potente relajante
muscular en fase experimental. Se me abren las piernas de forma grotesca y
provocativa; me cuelgan los nudillos a ras del suelo. Todo lo que tengo dentro
—lengua, campanilla, babas o aire intestinal— pugna por salir afuera. De vez en
cuando, como uno de esos patos de juguete que bajan la cabeza, la mía cae hacia
delante y vacío casi un litro de saliva viscosa en las rodillas, y luego cae
hacia atrás para recargarse emitiendo un ruido parecido al de una cisterna de
retrete al llenarse. Y ronco, con fuerza y constancia, como un personaje de
dibujos animados, con los labios gomosos temblequeantes y emitiendo prolongadas
exhalaciones a modo de válvula de vapor. Durante largos periodos me quedo
inmóvil de una forma anormal, lo que hace que los observadores intercambien
miradas y se acerquen a observarme con cierta preocupación; entonces me pongo
artificialmente rígido y, después de una angustiosa pausa, empiezo a agitarme y
a sacudirme en una serie de espasmos corporales que recuerdan los de una silla
eléctrica cuando se acciona el interruptor. Después me estremezco un par de
veces de forma excéntrica y afeminada y, cuando me despierto, descubro que todo
movimiento en un radio de 500 m se ha detenido y los niños menores de ocho años
se agarran a las faldas de sus madres. Es un peso terrible con el que tengo que
cargar.
No tengo
ni idea del rato que dormí en el coche pero seguro que no fue breve. Sólo sé
que cuando me desperté había un pesado silencio en el coche: aquel silencio que
te envuelve cuando te encuentras conduciendo alrededor de la ciudad en compañía
de una persona desplomada y sacudida vagando de un monumento a otro sin que se
dé cuenta.
Miré a mi
alrededor despistado, sin tener muy claro quién era aquella gente, me aclaré la
garganta y adopté una posición más digna.
—
Pensamos que quizá le gustaría comer algo —dijo mi guía sosegadamente cuando
vio que había abandonado por el momento mi particular ambición de inundarle el
coche de saliva.
— Es una
idea estupenda —contesté en voz baja y servil, descubriendo al mismo tiempo,
horrorizado, que mientras yo dormía, una mosca inmensa me había vomitado
encima. Para intentar desviar la atención de aquel brillo húmedo anormal y al
mismo tiempo reafirmar mi interés por el paseo, añadí más animadamente—.
¿Todavía estamos en Neutral Bay?
Se oyó un
discreto e involuntario bufido de esos que se te escapan cuando la bebida te
entra por el mal camino. Y después, con una tensa precisión:
— No,
esto es Dover Heights. Neutral Bay —una pausa de un microsegundo, sólo para
aclarar la cuestión— lo hemos dejado atrás hace un rato.
— Ah.
Puse una
cara seria, como si no entendiera qué podría haber pasado durante todo aquel
rato.
— Hace
bastante, desde luego.
— Ah.
No
hablamos más hasta que llegamos al restaurante. La tarde fue un poco mejor.
Cenamos pescado en el muelle de Watsons Bay, después fuimos a ver el Pacífico
desde los altos acantilados batidos por las olas que se levantan sobre la
bocana del puerro. De vuelta a casa, el paseo ofrecía algunas vistas del que es
sin duda el puerto más hermoso del mundo: aguas azules, veleros meciéndose, el
lejano arco de hierro del Harbour Bridge y el Opera House agazapado alegremente
a su lado. Pero aun así no había visto Sydney como dios manda, y a primera hora
del día siguiente me marchaba a Melbourne.
Por eso
estaba deseoso, como es de suponer, de ponerle remedio. Los Sydneysiders,
como curiosamente se conoce a sus habitantes, tienen un deseo evidente e
insaciable de mostrar la ciudad a los visitantes, así que tuve otra amable
oferta, esta vez de una periodista del Sydney Morning Herald,
Deirdre Macken, una alegre y avispada mujer de mediana edad. Deirdre fue a
buscarme al hotel con Glenn Hunt, un joven fotógrafo, y fuimos andando al Museo
de Sydney, una pulcra y elegante institución que consigue parecer interesante e
instructiva sin ser ninguna de las dos cosas. Pasas el rato mirando unas
vitrinas ingeniosamente dispuestas pero mal iluminadas, llenas de curiosidades
de la inmigración, en una sala empapelada con páginas de revistas populares de
los años cincuenta, sin que te quede muy claro qué conclusión se espera de ti.
Pero tomamos un buen café con leche en el restaurante anejo, mientras Deirdre
nos explicaba el plan del atareado día.
Primero
iríamos paseando a Circular Quay, donde cogeríamos el ferry que cruza el puerto
hasta el muelle de Taronga Zoo. No visitaríamos el zoo, era mejor caminar por
la zona de Little Sirius Cove y subir las pronunciadas y selváticas colinas de
Cremorne Point hasta la casa de Deirdre. Allí cogeríamos toallas y tablas
de boogie boarding e iríamos en coche a Manly, una playa del
Pacífico. En Manly almorzaríamos, y después de una estimulante sesión de boogie
boarding nos arreglaríamos e iríamos a…
— Perdona
que te interrumpa —apunté yo—, pero ¿en qué consiste exactamente el boogie
boarding?
— Oh, es
muy divertido. Te encantará —dijo ella en tono alegre, pero en mi opinión un
poco evasivo.
— Sí,
pero ¿en qué consiste?
— Es un
deporte acuático. Es divertidísimo. ¿A que es divertidísimo Glenn?
—
Muchísimo —aseguró Glenn que, como todo el mundo a quien pagan los carretes, se
dedicaba a tomar un infinito número de fotografías.
Bizz, bizz, bizz,
cantaba su cámara al hacer tres rápidas e ingeniosas instantáneas idénticas de
Deirdre y yo charlando.
— Pero
¿qué hay que hacer exactamente? —insistí.
— Coges
una especie de tabla de surf en miniatura y entras en el mar chapoteando,
esperas a coger una ola grande y vuelves a la playa en la tabla. Es fácil. Te
gustará.
— ¿Y los
tiburones? —pregunté inquieto.
— Oh, ahí
casi no hay tiburones. Glenn, ¿cuánto tiempo hace que un tiburón no ha matado a
nadie?
— Oh,
siglos —dijo Glenn, pensándolo—. Al menos un par de meses.
— ¿Un par
de meses? —gemí.
— Por lo
menos. Con los tiburones se ha exagerado mucho —añadió Glenn—. Demasiado. Son
los rips los que pueden acabar contigo.
Reanudó
sus fotografías.
— ¿Rips?
—
Corrientes submarinas que corren en diagonal a la costa y a veces arrastran a
la gente mar adentro —explicó Deirdre—. Pero no te preocupes. No te pasará.
— ¿Por
qué no?
— Porque
aquí estamos nosotros para cuidar de ti.
Sonrió
serenamente, apuró su copa y nos recordó que había que ponerse en marcha.
Tres
horas después, una vez cubiertas todas las demás actividades, fuimos a una
playa aparentemente remota en un lugar llamado Freshwater Beach cerca de Manly.
Era una enorme bahía en forma de U, rodeada de colinas de maleza baja, con unas
olas, que a mí me parecían espantosamente grandes, que llegaban de un mar vasto
y caprichoso. A cierta distancia, varias almas alocadas enfundadas en neopreno
surfeaban hacia unos espumosos salientes del promontorio rocoso; un poco más
cerca algunos aficionados se dejaban engullir continua, y parece que
felizmente, por olas explosivas.
Apremiados
por Deirdre, que parecía morirse de ganas de entrar en el proceloso mar,
procedimos a desnudarnos —en mi caso con intencionada lentitud; en el suyo,
afanosamente— y nos quedamos con el traje de baño que nos había dicho que
lleváramos debajo de la ropa.
— Si te
pilla una corriente —me decía Deirdre—, lo importante es no perder la calma.
La miré
fijamente.
—
¿Quieres decir que me ahogue sin perder la calma?
— No, no.
Que no pierdas la cabeza. No intentes nadar contra corriente. Intenta cruzarla.
Y si sigues teniendo problemas, mueve los brazos así —hizo un gesto amplio y
lánguido con el brazo que sólo un australiano podría considerar una señal de
ahogo— y espera a que venga el socorrista.
— ¿Y si
el socorrista no me ve?
— Te
verá.
— Pero ¿y
si no me ve?
Pero
Deirdre ya estaba entrando en el mar, con su tabla bajo el brazo.
Tímidamente
dejé caer la camisa en la arena y me quedé sólo con mi amplio bañador. Glenn,
que nunca había visto nada tan grotesco y singular en una playa australiana, al
menos algo vivo, sacó su pequeña cámara y se puso a tomar primeros planos de mi
estómago con gran animación. Bizz, bizz, bizz, bizz,
cantaba su cámara alegremente mientras me seguía mar adentro.
Permitidme
que haga una pausa para intercalar un par de historietas. En 1935, no muy lejos
de donde estábamos, unos pescadores capturaron un tiburón beige de cuatro
metros y lo llevaron al acuario público de Coogee, donde se expuso al público.
El tiburón nadó un par de días en su nuevo hogar y, entonces, sin más ni más, y
para sorpresa del público que lo contemplaba, vomitó un brazo humano. La última
vez que se había visto aquel brazo iba ensamblado a un joven llamado Jimmy
Smith, que, sin duda, había mandado señales de su apurada situación con un
gesto amplio y lánguido.
Ahora la
segunda historia. Tres años después, en una tarde clara, soleada y tranquila de
domingo en Bondi Beach, tampoco muy lejos de donde estábamos, llegaron, de no
se sabe dónde, cuatro olas brutales de seis metros cada una. La resaca arrastró
a más de doscientas personas mar adentro. Afortunadamente, aquel día había
cincuenta socorristas de guardia, y consiguieron salvarlas a todas menos a
seis. Soy consciente de que hablo de incidentes que sucedieron hace muchos
años. Me da igual. Mi tesis es la misma: el océano es un lugar traicionero.
Con un
suspiro, me introduje en el agua verde pálido salpicada de manchas crema.
Sorprendentemente la bahía era poco profunda. Avanzamos unos treinta metros y
el agua seguía llegándome sólo a las rodillas, aunque incluso allí había una
corriente extraordinariamente fuerte, tan fuerte que te tiraba si no estabas
alerta. Las olas rompían otros cuatro metros más adentro, donde el agua nos
llegaba a la cintura. Si descuento unas pocas horas en las tranquilas aguas de
la Costa del Sol en España, y una gélida zambullida de la que me arrepentí
enseguida en Maine, casi no tengo experiencia del mar, y me resultaba
francamente desconcertante vadear una montaña rusa de agua. Deirdre chillaba de
placer.
Acto
seguido me enseñó a manejar la tabla. Al principio parecía sencillo. Cuando
pasaba una ola, ella saltaba sobre la tabla y se deslizaba por la cresta
durante varios metros. A continuación lo intentó Glenn y llegó incluso más
lejos. Sin duda parecía divertido. Tampoco daba la impresión de ser demasiado
difícil. Incluso tenía ganas de intentarlo.
Me situé
para pillar la primera ola, salté sobre la tabla y me hundí como un yunque.
— ¿Qué
has hecho? —preguntó Glenn maravillado.
— Ni
idea.
Repetí el
ejercicio con el mismo resultado.
— Qué
raro —dijo.
Así pasó
media hora, en que los dos me miraban primero con disimulada diversión, después
estupefactos, y finalmente compasivos, mientras yo desaparecía bajo las olas y
era arrastrado por una extensión del lecho oceánico más o menos del tamaño del
condado de Polk, en Iowa. Al cabo de un tiempo indefinido pero desde luego
largo, salía a la superficie, medio ahogado y desorientado, en un punto a una
distancia entre dos metros y dos kilómetros más allá, y la siguiente ola me
volvía a arrastrar al fondo del mar. Al poco rato, la gente de la playa estaba
de pie haciendo apuestas. Todos estaban de acuerdo en que lo que yo hacía era
físicamente imposible.
Desde mi
punto de vista, cada experiencia bajo el agua era esencialmente la misma.
Intentaba aplicadamente copiar los delicados movimientos de manos y pies que
Deirdre me había enseñado y procuraba ignorar que no iba a ninguna parte y que
me estaba ahogando. Como no había nadie que me dijera lo contrario, daba por
supuesto que lo estaba haciendo bien. No puedo decir que estuviera pasándolo en
grande, pero la verdad, considero un misterio que alguien pretenda chapotear en
un entorno tan poco misericordioso y encima pasar un buen rato. De todas formas
estaba resignado a mi suerte, consciente de que un día u otro aquello se
acabaría.
Quizá por
la falta de oxígeno, me encontraba sumido en mi pequeño mundo cuando Deirdre me
agarró del brazo antes de que volviera a hundirme y dijo con voz ronca:
—
¡Cuidado! Hay un bluey.
Glenn
puso inmediatamente cara de susto.
— ¿Dónde?
— ¿Qué es
un bluey? —pregunte, abrumado al descubrir que había otros peligros
de los que no me habían hablado.
— Una
carabela portuguesa —explicó ella, y señaló una pequeña medusa (como después
hojeando un grueso volumen titulado, si no recuerdo mal, Cosas que
pueden matarle horriblemente en Australia: Tomo 19), conocida en todas
partes como «el guerrero portugués».
La miré
mientras pasaba. No parecía nada del otro mundo, era como un condón azul con
cuerdas colgantes.
— ¿Es
peligrosa? —pregunté.
Ahora,
antes de que oigáis la respuesta que me dio Deirdre mientras yo atendía de pie,
vulnerable y arañado, temblando, casi desnudo y medio ahogado, dejadme
transcribir un extracto del artículo que escribió al poco para el Herald:
Mientras
el fotógrafo dispara la cámara, Bryson y su tabla son arrastrados 40 m mar
adentro por la corriente. La corriente costera va de sur a norte, a diferencia
de la interna, que va de norte a sur. Bryson no lo sabe. No ha leído el aviso
que hay en la playa[3]. Tampoco
sabe nada de la carabela portuguesa que se acerca en su dirección —ahora a
menos de un metro de distancia— con su peligroso aguijón, que puede producirle
20 minutos de agonía y, si no tiene tanta suerte, una reacción alérgica muy
desagradable que llevará en el torso de por vida.
—
¿Peligrosa? No —contestó Deirdre mientras mirábamos boquiabiertos la carabela
portuguesa—. Pero no la toques.
— ¿Por
qué no?
— Porque
luego resulta incómodo.
La miré
con una expresión de interés que lindaba con la admiración. Los trayectos
largos en autobús son incómodos. Los bancos de listones de madera son
incómodos. Los silencios en las conversaciones son incómodos. El picotazo de un
guerrero portugués —incluso los de Iowa lo saben— es un tormento. Pensé que los
australianos están tan rodeados de peligros que han desarrollado un vocabulario
nuevo para hablar de ellos.
— Eh, ahí
viene otro —dijo Glenn.
Vimos
cómo pasaba por nuestro lado. Deirdre escudriñaba el mar.
— A veces
vienen en oleadas —dijo—. No sería mala idea salir del agua.
No
tuvieron que repetírmelo. Había algo más que Deirdre creía que yo debía ver si
quería hacerme una idea de la vida y la cultura australianas, así que, después,
cuando la tarde dio paso a la palidez rosada de la noche, cruzamos en coche la
centelleante extensión de los suburbios occidentales de Sydney y llegamos a la
falda de las Blue Mountains, a un lugar llamado Penrith. Nuestro destino era un
edificio enorme y lustroso, rodeado de un aparcamiento aún más enorme y lleno
hasta los topes. Un rótulo luminoso lo anunciaba como El Mundo de Diversión de
los Penrith Panthers. Los Panthers, me explicó Glenn, eran un club de rugby.
Australia
es un país de clubes —clubes de deportes, clubes de trabajadores, clubes de
militares retirados, clubes afiliados a distintos partidos políticos—, todos
teóricamente, y a veces sin duda activamente, dedicados al bienestar de un
sector concreto de la población. No obstante, para lo que realmente están es
para generar mucho dinero con las bebidas y el juego.
Había
leído en el periódico que los australianos son los más jugadores del planeta
—me impresionó la estadística de que el país tiene menos del uno por ciento de
la población mundial pero más del veinte por ciento de sus máquinas
tragaperras, y que los australianos gastan 11 mil millones[4] de
dólares al año (2.000 dólares por persona) en juegos de azar variados. Pero no
había visto nada que hiciera pensar en tal pasión por el riesgo hasta que entré
en el Mundo de la Diversión. Era inmenso, deslumbrante y estaba increíblemente
bien montado. El movimiento asociativo en Australia es enorme. Sólo en Nueva
Gales del Sur, los clubes emplean a 65.000 personas, más que ninguna otra
industria, y crean 250.000 puestos de trabajo adicionales de forma indirecta.
Pagan más de dos mil millones de dólares en sueldos y 500 millones de dólares
en impuestos gravados sobre el juego. Es un negocio enorme y prácticamente se
basa en una máquina tragaperras conocida como pokie.
Había
dado por supuesto que tendríamos que romper las reglas para que nos dejaran
entrar —era un club, al fin y al cabo— pero descubrí que todos los clubes
australianos permiten que uno se haga socio al instante, tan deseosos están por
compartir los variados placeres de la máquina de póquer. Basta con firmar en un
libro de socios provisionales en la puerta y te dejan pasar.
Vigilando
la multitud con mirada benévola y alegre había un hombre cuyo distintivo lo
identificaba como Peter Hutton, director. En consonancia con la mayoría de
australianos, tenía un carácter sencillo y abierto. Enseguida supe por él que
aquel club en concreto tenía 60.000 socios, de los que 20.000 acudían las
noches más concurridas, como la de Fin de Año. Aquella noche la cifra rondaba
los dos mil. En el club había muchos bares y restaurantes, gimnasios, una zona
de juegos infantiles, clubes nocturnos y teatros. Estaban a punto de construir
un cine con trece salas y una guardería que acogería a 400 niños.
— ¡Uau!
—dije, porque estaba impresionado—. ¿Entonces éste es el club más grande de
Sydney?
— El más
grande del hemisferio sur —dijo el señor Hutton con orgullo.
Deambulamos
por el enorme y centelleante interior. Centenares de pokies se
alineaban ordenadamente, y ante cada una había una figura sentada que la
alimentaba con el dinero de la hipoteca. Son básicamente máquinas tragaperras,
pero con un deslumbrante despliegue de botones luminosos y luces parpadeantes
que te permiten ejercer una variedad de opciones: seguir en una línea concreta,
doblar la apuesta, retirar una parte de las ganancias, y quién sabe cuántas
cosas más. Observé desde una distancia discreta a varios jugadores, pero no fui
capaz de comprender qué estaban haciendo aparte de introducir monedas sin cesar
en una caja resplandeciente y poner cara de pena. Deirdre y Glenn eran igual de
ignorantes en los entresijos de las pokies. Metimos una moneda de
dos dólares en una, para ver qué pasaba, y nos devolvió inmediatamente 17
dólares. Esto nos hizo inmensamente felices.
Volví al
hotel como un chiquillo que ha pasado todo el día en la feria del pueblo,
agotado pero absolutamente feliz. Había sobrevivido a los peligros del mar,
había estado en un club suntuoso, había contribuido a ganar 15 dólares y tenía
dos nuevos amigos. No puedo decir que estuviera mucho más cerca que antes de
conocer Sydney, pero ya llegaría el momento. Mientras tanto, tenía una noche
por delante para dormir y me esperaba un tren al día siguiente.
Creo que
me di cuenta de que me iba a gustar el centro australiano cuando leí que el
desierto de Simpson, un área mayor que algunos países europeos, fue bautizado
en 1932[5] con
el nombre de un fabricante de lavadoras (concretamente, Alfred Simpson, que
fundó un servicio de reconocimiento aéreo). No tuvo que ver tanto la agradable
simplicidad del nombre como saber que una extensión de Australia de más de
250.000 km2 no tuviera nombre hasta hace menos de setenta años.
Tengo parientes próximos cuyos apellidos se remontan más atrás.
Pero ésta
es la gracia del outback, tan inmenso y formidable que gran parte
de él apenas aparece en los mapas. Incluso Uluru sólo lo conocían sus
cuidadores aborígenes hasta hace poco más de un siglo. Ni siquiera es posible
decir exactamente dónde está el outback. Para los australianos,
todo lo que sea vagamente rural es el bush. Y en algún momento sin
determinar el bush se convierte en el outback. Si
sigues unos tres mil kilómetros más allá, de nuevo vuelves a encontrarte en
el bush, después en una ciudad y más tarde en el mar. Así es
Australia.
Así que,
en compañía del fotógrafo Trevor Ray Hart, un simpático joven en pantalón corto
y con una camiseta descolorida, fuimos en taxi a la Estación Central de Sydney,
una imponente mole de ladrillos de Elizabeth Street, y allí buscamos nuestro
tren entre la confusa y venerable muchedumbre.
Con una
longitud de medio kilómetro extendido a lo largo de un andén curvo, el Indian
Pacific era tal como el folleto ilustrado prometía —plateado y lustroso,
brillante como una moneda nueva, zumbando con esa sensación de aventura
inminente que conlleva el inicio de un largo viaje en una máquina potente—. El
vagón G, uno de los diecisiete, estaba a cargo de Terry, un animado asistente,
que tenía la gracia de ofrecer algo del sabor local acompañando sus
observaciones con un optimista giro de la frase típicamente australiano.
Que
necesitas un vaso de agua:
— No se
preocupe, señor. Enseguida lo tendrá.
Que
acaban de decirte que tu madre ha muerto:
—
Tranquilo. Seguro que está estupendamente.
Nos
enseñó nuestras cabinas, un par de compartimentos individuales enfrentados en
un estrecho pasillo artesonado. Eran pasmosamente diminutas, tanto que al
inclinarte podías quedarte empotrado.
— ¿Es
esto? —dije un poco consternado—. ¿Ya está?
— No se
preocupe —dijo Terry con una amplia sonrisa—. Es un poco estrecha, pero verá
como tiene todo lo que necesita.
Y tenía
razón. Allí había todo lo que se necesita en un espacio vital. Era realmente
compacta, y no mayor que un armario normal. Pero era una maravilla de la
ergonomía. Incluía un confortable asiento empotrado, un lavabo y un retrete
escondidos, un armario en miniatura, un estante sobre la cabeza suficiente para
una pequeña maleta, dos lámparas de lectura, un par de toallas limpias y una
bolsita con productos de aseo. En la pared había una estrecha litera abatible,
que más que bajar cayó como un cadáver guardado a toda prisa cuando lo
descubrí, supongo que como muchos otros pasajeros en despreocupada fase
experimental, después de examinar reflexivamente la puerta y pensar: «¿Qué
habrá ahí detrás?». Pero resultó una sorpresa interesante, y liberar mis protuberancias
faciales de sus muelles me ayudó a matar la media hora previa a la partida.
Finalmente
el tren cobró vida y salimos majestuosamente de la estación de Sydney.
Estábamos en camino.
Si se
hace de un tirón, el viaje a Perth lleva unos tres días. Pero nuestras
instrucciones eran bajar en la antigua ciudad minera de Broken Hill para catar
el interior y comprobar qué criatura podía mordernos. De modo que Trevor y yo
haríamos el viaje en tren en dos etapas: una noche hasta llegar a Broken Hill,
y después dos días más cruzando la llanura de Nullarbor.
El tren
atravesaba pesadamente los inacabables suburbios occidentales de Sydney
—Flemington, Auyburn, Parramatta, Doonside y un nombre que me encanta, Rooty
Hill[6]—,
después tomó un poco de velocidad cuando entramos en las Blue Mountains, donde
las casas escaseaban más, y pudimos disfrutar de amplias vistas del atardecer
sobre valles profundos y bosques brumosos de eucaliptos, cuya calmosa
respiración confería a las colinas el tono que les daba nombre.
Salí a
explorar el tren. Nuestro dominio, la sección de primera clase, consistía en
cinco coches-cama, un vagón comedor en un estilo afelpado y aterciopelado que
podría denominarse casa de citas fin de siècle, y un bar un poco
más moderno. Estaba amueblado con mórbidas butacas y una pequeña pero
prometedora barra, y ofrecía una música íntima pero insistente, basada en una
recopilación de veinte volúmenes denominada, imagino, «Canciones que usted
esperaba no volver a oír jamás». Mientras lo cruzaba sonaba un lúgubre dúo
de El fantasma de la ópera.
Tras la
primera clase venía la clase turista, ligeramente más barata, bastante parecida
a la nuestra excepto en que el comedor era un vagón buffet con mesas de
plástico. (Por lo visto aquella gente necesitaba que le limpiaran la mesa
después de las comidas.) Después de la clase turista el paso estaba cortado por
una puerta opaca, cerrada.
— ¿Qué
hay ahí detrás? —pregunté a la chica del buffet.
— La
tercera clase —dijo estremeciéndose.
— ¿Esa
puerta está cerrada?
Ella
asintió seriamente.
—
Siempre.
La
tercera clase se convertiría en mi obsesión. Pero antes tenía que cenar. Los
altavoces anunciaron el primer turno. Ethel Merman cantaba a voz en grito
«There’s No Business Like Show Business» cuando volví a cruzar el bar de
primera clase. Digan lo que digan, esa mujer tiene pulmones.
Por
muchos aires de venerabilidad que se dé, el Indian Pacific no es más que un
recién nacido en el mundo del ferrocarril, porque se creó en 1970 cuando se
construyó una nueva línea de vías de ancho estándar por todo el país.
Anteriormente, por varias razones misteriosas relacionadas con la desconfianza
y la envidia entre regiones, los ferrocarriles australianos tenían varios
anchos de vía. Nueva Gales del Sur tenía vías de metro y medio. Victoria optó
por un ancho más cómodo de 1,60. Queensland y Australia Occidental decidieron
economizar con un ancho de 1,10 (similar al de las atracciones de feria; la
gente debía de ir con las piernas colgando de las ventanas). Australia
Meridional tuvo la gran idea de aceptar las tres. En los viajes entre las
costas este y oeste los pasajeros y las mercancías tenían que cambiar cinco
veces de tren, en un proceso enloquecedor y tedioso. Finalmente la cordura se
impuso y se construyó una línea nueva. Es la segunda línea más larga del mundo,
después del Transiberiano ruso.
Lo sé
porque Trevor y yo nos sentamos a cenar con Keith y Daphne, una pareja de
tranquilos maestros de mediana edad del norte rural de Queensland. Suponía un
gran viaje para ellos debido a su escaso sueldo, y Keith ya había hecho sus
deberes. Habló con entusiasmo del tren, del paisaje, de los últimos incendios
—estábamos pasando por Lithgow, donde centenares de hectáreas de maleza habían
ardido y dos bomberos habían perdido la vida recientemente—, pero cuando
pregunté por los aborígenes (el tema de la reforma agraria abundaba en las
noticias) se volvió de repente ambiguo y confuso.
— Es un
problema —dijo, fijando la mirada en el plato.
— En la
escuela donde enseñamos —siguió Daphne, dudosa—, los padres aborígenes…, bueno,
cobran el subsidio, se lo gastan en bebida y después desaparecen. Y los
maestros tienen… bueno, tienen que dar de comer a los niños. De su propio
bolsillo. De otro modo los niños no comerían.
— Es un
problema —repitió Keith, sin apartar la mirada del plato.
— Pero es
una gente encantadora. Cuando no beben.
Y se
puede decir que esto puso fin a la conversación.
Después
de cenar, Trevor y yo nos aventuramos en el vagón bar. Mientras Trevor iba a la
barra a pedir las bebidas, yo me senté en una butaca y contemplé el oscuro
paisaje. Era un país de granjeros, vagamente árido. La música de fondo, advertí
sin demasiado interés, había pasado de «Las mejores canciones del musical» a
«Fiesta en el asilo». «Roll Out the Barrel» terminaba cuando llegamos y fue
seguida sin pausa por «Toot Toot Tootsie Goodbye».
— Una
selección musical interesante —comenté secamente a la joven pareja sentada ante
mí.
— Oh, sí,
¡preciosa! —contestaron los dos con el mismo entusiasmo.
Disimulando
un escalofrío, me giré hacia el hombre que estaba a mi lado: una persona mayor
con aspecto educado y vestido con traje, lo que era curioso porque todos los
demás viajeros llevaban ropa informal. Charlamos un poco de todo. Era un
abogado jubilado de Canberra e iba a Perth a visitar a su hijo. Parecía alguien
razonable y perspicaz, y entonces le mencioné, en tono confidencial, mi
desconcertante conversación con los maestros de Queensland.
— Ah, los
aborígenes —dijo, asintiendo solemnemente—. Son un gran problema.
— Eso
parece.
— Habría
que ahorcarlos a todos.
Lo miré
sobresaltado, y vi su expresión al borde de la furia.
— A todos
y cada uno —dijo con la mandíbula temblorosa.
Y, sin
decir más, se alejó.
Los
aborígenes, pensé, era un tema a investigar. Pero por el momento decidí charlar
sobre temas más sencillos —el tiempo, el paisaje, las canciones populares—
hasta que estuviera mejor informado.
La gracia
—por obvia que sea—, de un tren, en comparación con una habitación de hotel, es
que el paisaje cambia continuamente. Por la mañana me desperté en un nuevo
mundo: suelo rojizo, maleza, cielos inmensos y un horizonte que lo abarcaba
todo, roto de vez en cuando por un ocasional esqueleto de eucalipto. Miré con
ojos legañosos desde mi estrecho compartimento y vi un par de canguros que
botaban a lo lejos, ahuyentados por el paso del tren. Fue un momento
emocionante. ¡Ahora sí que estábamos en Australia!
Llegamos
a Broken Hill poco después de las ocho y nos apeamos del tren parpadeando. Un
calor sin brisa pesaba sobre la tierra —ese calor que te golpea cuando abres la
puerta del horno para comprobar el pavo—. En el andén nos esperaba Sonja
Stubing, una simpática joven de la Oficina Regional de Turismo que habían
mandado a recogernos a la estación para acompañarnos a alquilar un coche con
que explorar el outback.
— ¿A
cuántos grados se llega aquí? —pregunté, respirando pesadamente.
— Bueno,
el récord es 48.
Reflexioné
un minuto.
— ¡Eso
son 118 ºF! —dije.
Ella
asintió serenamente.
— Ayer
tuvimos 42.
Otro
breve cálculo: 107 ºF.
— Eso es
mucho calor.
Ella
asintió.
—
Demasiado.
Broken
Hill era una pequeña comunidad absolutamente encantadora: limpia, ordenada y
alegremente próspera. Por desgracia no era precisamente lo que yo quería.
Queríamos un outback de verdad: un lugar donde los hombres
fueran hombres y las ovejas, asustadizas. Allí había cafeterías y una librería,
incluso agencias de viajes con tentadoras ofertas de viajes a Bali y Singapur.
Se estaba representando una obra de Noel Coward en el centro cívico. Aquello no
era outback ni era nada. Aquello era como Guilford con la
calefacción a tope.
Las cosas
se pusieron mejor cuando fuimos a Alquiler de Vehículos Len Vodic a recoger un
todoterreno para hacer una excursión de dos días por la abrasadora estepa.
Respondía al nombre de Len un hombre mayor, fuerte, enérgico y simpático, que
parecía que hubiera pasado toda su vida al aire libre. Se sentó al volante y
nos puso al día con la rapidez y precisión que utilizan algunos para dirigirse
a gente inteligente y capaz. El interior presentaba un asombroso despliegue de
cuadrantes, palancas, interruptores, indicadores y otros muchos aparatos.
— Veamos,
imaginen que se quedan atascados en la arena y necesitan aumentar el
diferencial derecho —iba diciendo en una de las interminables ocasiones en que
interrumpí su lección—. Mueven esta manilla así, seleccionan un nivel de
hiperconducción entre 12 y 27, elevan los alerones y ponen en marcha ambos
motores de tracción, pero el de la izquierda no. Esto es muy importante. Y
hagan lo que hagan, vigilen los indicadores y no sobrepasen los ciento ocho
grados de combustión, o todo explotará y se quedarán encallados.
Salió y
nos pasó las llaves.
— Hay 25
litros de gasóleo extra atrás. Tendrían que tener de sobra si se pierden
—volvió a mirarnos, con más atención—. Iré a buscar más gasóleo —decidió.
— ¿Has
entendido algo? —susurré a Terry cuando el hombre se fue.
— Después
de lo de poner la llave en el contacto, nada.
Llamé a
Len:
— ¿Qué
pasa si nos quedamos atascados o nos perdemos?
— ¡Vaya,
que morirán…, por supuesto!
No dijo
eso realmente, pero seguro que lo pensaba. Había leído relatos de gente que se
había perdido o se había quedado atascada en el outback, como el
explorador Ernest Giles, que se pasó días deambulando sin agua y medio muerto
antes de encontrar por casualidad una cría de ualabí que había caído de la
bolsa de su madre. «Me eché encima de ella —contaba en sus memorias—, y me la
comí viva, cruda, agonizante; el pelo, la piel, los huesos, el cráneo, todo». Y
aquel relato era uno de los más optimistas. Creedme, es mejor no perderse en
el outback.
Empezaba
a sentir el temblor de una premonición, una sensación que no disminuyó cuando
Sonja pegó un gritito de placer al ver una araña a nuestros pies y dijo:
— ¡Eh,
miren, una viuda negra australiana!
Una viuda
negra australiana, por si alguien no lo sabe, es la muerte de ocho patas.
Mientras Trevor y yo lloriqueábamos intentando subirnos uno en brazos del otro,
ella la recogió y nos la mostró en la punta de un dedo.
— No pasa
nada —dijo riendo—. Está muerta.
Miramos
cautelosamente el pequeño objeto de la punta de su dedo, con una reveladora
forma roja de reloj de arena en el brillante dorso. Parecía imposible que algo
tan pequeño provocara una agonía instantánea, pero no nos engañemos, un simple
picotazo de una maliciosa viuda negra australiana representa a los pocos
minutos un «escozor desesperante, un flujo profuso de líquidos corporales y, si
no hay atención médica, la muerte segura». O eso cuentan los libros.
—
Seguramente no volverán a ver una viuda negra australiana por aquí —nos
tranquilizó Sonja—. Las serpientes sí que son un problema.
Esta
información fue recibida con dos pares de cejas arqueadas y expresiones que
decían:
— Sigue,
sigue.
Ella
asintió.
—
Serpiente parda común, víbora bufadora, serpiente de hocico de cerdo… —no sé
cuántas dijo exactamente, pero era una larga lista—. Pero no se preocupen
—siguió—. En general, las serpientes no le hacen daño a nadie. Si están entre
la maleza y aparece una serpiente, deténganse inmediatamente y dejen que se
deslice sobre sus zapatos.
Era el
consejo con menos probabilidades de ser seguido que había oído jamás.
Una vez
cargado el gasóleo adicional, subimos al coche y, rascando las marchas,
sacudiendo el vehículo como un potro y con un animado (aunque no pretendido)
saludo de los limpiaparabrisas, nos lanzamos a carretera abierta. Nuestras
instrucciones eran conducir hasta Menindee, 110 km al este, donde nos esperaba
un tal Steve Garland. La verdad es que el trayecto hasta Menindee fue un
chasco. El paisaje temblaba con el calor, era de una belleza imponente y nos
gratificó con nuestro primer willy-willy, un torbellino de polvo de
30 m de altura que giraba a nuestra izquierda por las inacabables llanuras.
Pero aquello fue lo más aventurero que experimentamos. La carretera estaba
recién asfaltada y se viajaba relativamente bien. En un momento en que Trevor
se paró a tomar fotos, conté cuatro coches que pasaban. En caso de avería, no
habríamos tenido que esperar más de unos minutos.
Menindee
era una modesta aldea a orillas del río Darling: un par de calles de bungalows
quemados por el sol, una estación de servicio, dos tiendas, el Burke and Wills
Motel (bautizado por un par de exploradores del siglo XIX que acabaron
pereciendo inevitablemente en el implacable outback) y el famoso
Maidens Hotel, donde en 1860 pasaron su última noche en la civilización los
mencionados Burke y Wills antes de enfrentarse a su desgraciado destino en el
árido desierto del norte.
Nos
encontramos con Steve Garland en el motel y, para celebrar nuestra feliz
llegada y el reciente descubrimiento de la quinta marcha, cruzamos la calle
hasta el Maidens y nos unimos al ruidoso bullicio del local. La larga barra del
Maidens estaba llena, de punta a punta, de hombres apergaminados por el sol en
pantalones cortos, con camisas manchadas de sudor y sombreros de ala ancha. Fue
como introducirse en una película de Paul Hogan. Era más real incluso.
— ¿Por
dónde lanzan los cuerpos? —pregunté al atento Steve cuando nos sentamos,
pensando que Trevor probablemente querría preparar su equipo fotográfico y
disparar cuando empezara a salir gente volando.
— Oh,
aquí no pasa eso —dijo—. En el outback no somos tan salvajes
como la gente cree. Desde luego es todo bastante civilizado.
Echó una
mirada alrededor con un afecto evidente, y saludó a una pareja de personajes de
aspecto polvoriento.
Garland
era fotógrafo profesional en Sydney hasta que su compañera, Lisa Menke, fue
nombrada directora del Kinchega National Park. Entonces aceptó un empleo en la
Oficina de Desarrollo de Turismo Regional. Su territorio cubría 70.000 km2,
una zona como la mitad de Inglaterra pero con una población de 2.500
habitantes. Su misión era convencer a los reticentes nativos de que habría
gente en el mundo dispuesta a gastarse el dinero en pasar las vacaciones en un
lugar inmenso, seco, vacío, monótono y aplastantemente caluroso. La otra parte
de su misión era encontrar a esa gente.
Entre el
despiadado sol y el aislamiento, la gente del outback no
siempre es la más dotada para la comunicación. Habíamos oído de un tendero que,
al ser preguntado por un sonriente visitante de Sydney dónde picaban los peces,
miró al hombre con incredulidad largo rato y por fin contestó: «Pues en el río,
amigo, ¿dónde va a ser?».
Garland
se limitó a sonreír cuando le conté la anécdota, pero admitió un cierto punto
de desafío en lograr que los nativos descubrieran las posibilidades del
turismo.
Nos
preguntó por nuestro viaje.
Le
contesté que había esperado que fuera más duro.
— Espere
a mañana —dijo.
Tenía
razón. Por la mañana salimos en minicaravana, Steve y su compañera Lisa en un
coche, Trevor y yo en el otro, hacia White Cliffs, una antigua comunidad minera
de ópalos, a 250 km en dirección norte. Un kilómetro después de Menindee
terminaba el asfalto y comenzaba una carretera de tierra dura llena de baches,
raíces y ondulaciones duras como cemento, tan enervante como conducir por las
traviesas de una vía.
Estuvimos
horas dando tumbos, levantando enormes nubes de polvo rojizo a nuestro paso, a
través de un paisaje resplandecientemente caluroso y vacío, sobre mesetas
salpicadas de espinosa maleza y erizada hierba, curiosas matas de pino resinoso
y eucaliptos de aspecto abatido. Aquí y allá, junto a la carretera, se veían
cadáveres de canguros y algún goanna, una clase más grande y fea de lagarto
monitor, tomando el sol. Dios sabe cómo puede sobrevivir un ser vivo con ese
calor y semejante aridez. Hay lechos de río en esa zona que no han visto el
agua desde hace quince años.
El
supremo vacío de Australia, la mortificante inutilidad de tal masa de tierra,
fue algo que a los pioneros europeos les costó asumir. Alguno de los primeros
exploradores estaba tan convencido de que encontrarían grandes sistemas
fluviales, o incluso un mar interior, que llevó barcas consigo. Thomas
Mitchell, que exploró inmensos tramos de la parte occidental de Nueva Gales del
Sur y del norte de Victoria en la década de 1830, arrastró dos esquifes de
madera a lo largo de más de cinco mil kilómetros de estepa árida sin poder
mojarlos, pero se negó hasta el final a abandonarlos. «Aunque los barcos y su
carga han sido un gran estorbo —escribió con un cierto optimismo después de su
tercera expedición— no se me habría ocurrido abandonar unos trastos tan útiles
para un grupo de exploradores».
Leyendo
relatos de incursiones previas, está claro que los primeros exploradores eran
ridículamente ajenos a su especialidad. En 1802, en una de las primeras
expediciones, el teniente Francis Barralier describió una temperatura de 28 ºC
como «sofocante». Podemos suponer razonablemente que acababa de llegar al país.
Durante días, sus hombres intentaron cazar canguros sin éxito hasta que se les
ocurrió que podían atrapar a los animales más eficazmente si se despojaban de
sus brillantes chaquetas rojas. Al cabo de siete semanas, recorrieron 210 km,
un promedio de cuatro kilómetros al día.
Expedición
tras expedición, los cabecillas, parece que de modo intencionado, casi cómico,
eran incapaces de aprovisionarse con sensatez. En 1817, John Oxley, el
supervisor general, condujo una expedición de cinco meses a explorar los ríos
Lachlan y Macquarie, y se llevó sólo 100 balas de munición —menos de un disparo
al día—, algún caballo y clavos de repuesto. La incompetencia de los primeros
exploradores fue un tema de permanente fascinación para los aborígenes, que a
menudo los observaban. «Nuestra perplejidad les ofrecía una inagotable fuente
de gozo y diversión», escribió un cronista amargamente.
En esta
tradición de desventura, sin ninguna previsión, aparecieron Burke y Wills en
1860. Son con diferencia los exploradores australianos más famosos, lo que no
deja de ser curioso teniendo en cuenta que su expedición no logró nada, costó
una fortuna y terminó en tragedia.
Su misión
era clara: encontrar una ruta desde la costa sur de Melbourne al golfo de
Carpentaria en el lejano norte. Melbourne, en esa época mucho mayor que Sydney,
era una de las ciudades más importantes del Imperio Británico y, sin embargo,
una de las más aisladas. Para mandar un mensaje a Londres y recibir una
respuesta se tardaba cuatro meses, a veces más. Entre los años 1850 y 1860 el
Instituto Filosófico de Victoria decidió patrocinar una expedición para
encontrar una vía a través del «hórrido espacio blanco», como se conocía
poéticamente al outback, que permitiría montar una línea de
telégrafos y conectar Australia primero con las Indias Orientales y después,
progresivamente, con el mundo.
Eligieron
como jefe a Robert O’Hara Burke, un agente de policía irlandés que nunca había
estado en el outback, famoso por su habilidad para perderse incluso
en zonas habitadas, y que no sabía nada de exploración ni de ciencia. El
supervisor era William John Wills, un joven médico inglés cuya principal
cualificación parece haber sido un pasado respetable y sus deseos de
participar. Un detalle a tener en cuenta es que ambos eran barbudos.
Aunque en
esa época las expediciones al outback ya no representaban
ninguna novedad, ésta en particular cautivó la imaginación popular. Decenas de
miles de personas se alinearon a la salida de Melbourne cuando, el 19 de agosto
de 1860, la Expedición de Exploración del Gran Norte se puso en marcha. El
grupo era tan grande y difícil de manejar que tardó en partir desde primera
hora de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Entre los artículos que Burke
había considerado necesarios para la expedición había un gong chino, un
escritorio, una pesada mesa de madera con taburetes a juego y un equipo de
cepillos para los caballos que, según el historiador Glen McLaren, era
«adecuado para preparar y presentar sus caballos y camellos en una exposición
de la Sociedad de Agricultura».
Los
hombres empezaron a reñir casi enseguida. A los pocos días, seis habían
dimitido, y el camino a Menindee se fue llenando de vituallas que consideraron
inútiles, incluidos 700 kg de azúcar (dejadme que lo repita: 700 kg de azúcar).
Lo hicieron casi todo mal. Contra toda razón, planearon el viaje de manera que
la parte más dura del trayecto transcurriría en plena canícula.
Con tanta
carga, tardaron casi dos meses en atravesar los 600 km de camino trillado a
Menindee; una carta de Melbourne hacía normalmente el trayecto en dos semanas.
En Menindee aprovecharon las modestas comodidades del Maidens Hotel, dejaron
descansar a los caballos y reorganizaron las provisiones, y el 19 de octubre
salieron hacia el más hórrido espacio blanco que podían haber imaginado. Ante
ellos se extendían 2.000 km de tierra sanguinaria. Fue la última vez que
alguien del mundo exterior vio a Burke y Wills con vida.
El avance
por el desierto era difícil y lento. En diciembre, cuando llegaron a un lugar
llamado Cooper’s Creek, en la frontera de Queensland, habían avanzado sólo 650
km. Exasperado, Burke escogió a tres hombres —Wills, Charles Gray y John King—
y se adelantó hacia el golfo. Viajando ligeros calculaba llegar allí y volver
en dos meses. Dejó a cuatro hombres en el campamento base, con instrucciones de
esperarlos tres meses si se retrasaban.
El avance
fue mucho más duro de lo que esperaban. Las temperaturas diurnas ascendían
normalmente a más de 60 ºC. Tardaron dos meses, en lugar de uno, en cruzar
el outback, y el resultado, cuando finalmente llegaron, fue más
bien un chasco: una faja de manglares bordeando la costa les impidió alcanzar,
o ni siquiera ver, el mar. Sin embargo habían completado con éxito la primera
travesía del outback. Desgraciadamente, también habían dado cuenta
de dos terceras partes de sus provisiones.
El
resultado es que se quedaron sin comida en el viaje de vuelta y casi murieron
de hambre. Para su consternación, Charles Gray, el que estaba más en forma del
grupo, murió de repente. Andrajosos y delirantes, los tres hombres siguieron
adelante. Finalmente, la noche del 21 de abril de 1861, llegaron tambaleándose
al campamento base donde descubrieron que sus hombres, que los habían esperado
cuatro meses, habían partido aquel mismo día. En un árbol de eucalipto coolibah
habían grabado el mensaje:
EXCAVAD
1 M NO
12 ABRIL
1861
Excavaron
y encontraron unas míseras raciones y un mensaje que decía lo que ya era
dolorosamente evidente: que el grupo base había abandonado y se había marchado.
Desolados y agotados, comieron y durmieron. Por la mañana escribieron un
mensaje anunciando su regreso y lo enterraron cuidadosamente en el escondite;
tan cuidadosamente, que, cuando un miembro del grupo base regresó aquel día a
echar un último vistazo, ni siquiera notó nada. De haberlo sabido, los habría
encontrado no muy lejos, caminando sobre terreno rocoso con la imposible
esperanza de llegar a un puesto de policía a 250 km de distancia, en un lugar
llamado Mount Hopeless[7].
Burke y
Wills murieron en el desierto, a poca distancia de Mount Hopeless. A King lo
salvaron los aborígenes, que lo cuidaron durante dos meses hasta que lo
encontró un grupo de rescate.
En
Melbourne, mientras tanto, se esperaba aún un regreso triunfal de la heroica
partida, y las noticias del fracaso cayeron como una bomba. «Todo el grupo de
exploradores se ha disuelto en la nada», informó el Age con
franco asombro. «Unos están muertos, otros de regreso, uno ha llegado a
Melbourne, y otro a Adelaida […] Al parecer la expedición ha sido un completo
desastre».
Cuando
finalmente se echaron cuentas, el coste total de la empresa, incluida la
búsqueda para recuperar los cadáveres de Burke y Wills, ascendía a 60.000
libras esterlinas, más de lo que Stanley había gastado en África con mejores
resultados.
Incluso
ahora, el vacío de esa inmensa zona es sobrecogedor. El paisaje que cruzábamos
era, oficialmente, sólo «semidesértico», pero constituía la extensión más
desprovista de vegetación que había visto. Cada 20 o 25 km había una pista y un
solitario buzón señalando una estación fantasma de ovejas o ganado. En una
ocasión un camión nos adelantó dando tumbos a toda velocidad, rociándonos de
arenisca y polvo rojizo, y la única cosa viva era el quejido tembloroso de los
ejes sobre el camino de troncos. Cuando llegamos a White Cliffs, a media tarde,
nos sentíamos como si hubiéramos pasado el día en una mezcladora de cemento.
Visto en
perspectiva, es imposible creer que White Cliffs, una pequeña mancha de
viviendas bajo un cielo claro y duro, hubiera sido un ciudad próspera, con una
población de casi cuatro mil quinientos habitantes, un hospital, un periódico,
una biblioteca y un centro lleno de tiendas, hoteles, restaurantes, burdeles y
casas de juego. Hoy día, el centro de White Cliffs consiste en un pub, una
lavandería, una tienda de ópalos y una estación de servicio con cafetería y
tienda de ultramarinos. La población es más o menos de ochenta personas. Viven
en un apático mundo de calor y polvo. Si alguien busca gente con resistencia y
fortaleza para colonizar Marte, es el lugar adonde ir.
A causa
del calor, casi todas las casas del pueblo están excavadas en las faldas de dos
descoloridas colinas de las que el pueblo toma su nombre. La más ambiciosa de
estas residencias y la atracción principal de los pocos turistas que se
aventuran tan lejos, es el Dug-Out Underground Motel, un complejo de 26
habitaciones adosado a la roca por el lado de Smith’s Hill. Pasear por su red
de túneles rocosos es como meterse en una de las primeras películas de James
Bond, en uno de esos complejos subterráneos donde los secuaces leales a
ESPECTRA maquinan la conquista del mundo fundiendo la Antártida o secuestrando
la Casa Blanca con un imán gigante. La atracción de introducirse en la falda de
la colina es evidente en cuanto entras en la casa, a una temperatura de 20 ºC
todo el año. Las habitaciones son muy bonitas y bastante normales, salvo que
las paredes y los techos son cavernosos y no hay ventanas. Con las luces
apagadas, la oscuridad y el silencio son totales.
No sé
cuanto dinero tendrían que ofrecerme para convencerme de que me instalara en
White Cliffs —alrededor de los tropecientos dólares, supongo—, pero esa noche,
sentados en la terraza del motel con Lean Hornby, el dueño, que bebía cerveza y
contemplaba la caída de la noche, yo me di cuenta de que mi tarifa era
negociable. Estaba a punto de preguntar a Lean —un hombre urbano de origen y,
diría yo, de vocación— en qué extraño trance había decidido instalarse, junto
con su encantadora esposa Marge, en un lugar perdido del mundo, donde ir al
supermercado significaba un trayecto de seis horas por una pista llena de
baches. Pero antes de que abriera la boca pasó algo increíble. Unos canguros
saltaron ante nosotros y empezaron a pastar de modo pintoresco, el sol se
hundió en el horizonte, como en un cambio de decorado, y los impresionantes
cielos occidentales se desplegaron con centenares de tonos —resplandecientes
rosas, púrpuras oscuros, brochazos de puro carmesí—, en proporciones
inconmensurables, porque no había el más mínimo obstáculo en los sesenta
kilómetros de desierto a la redonda que se extendía entre nosotros y el
horizonte. Fue la puesta de sol más extraordinariamente intensa que he visto en
mi vida.
— Vine
aquí hace treinta años a construir cisternas de agua para los rebaños de ovejas
—dijo Lean, como si adivinara mi pregunta— y no pensaba quedarme, pero de todos
modos el lugar te cautiva. Me costaría renunciar a estas puestas de sol, por
ejemplo.
Asentí
mientras él se levantaba a contestar al teléfono.
— Antes
era incluso mejor —dijo Lisa, la compañera de Steve—. Se ha sembrado demasiado
pasto.
— ¿Aquí o
en todas partes?
—
Prácticamente en todas partes. En la década de 1890, hubo una sequía realmente
atroz. Dicen que la tierra no ha llegado a recuperarse, y probablemente no se
recuperará nunca.
Más
tarde, Steve, Trevor y yo bajamos la colina para ir al White Cliffs Hotel, el
bar del pueblo, y la atracción del lugar se me hizo aún más evidente. El White
Cliffs es uno de los pubs más agradables en que he estado. No entra por la
vista, porque los pubs rurales australianos son casi siempre lugares austeros y
prácticos, como éste, con suelos de linóleo, superficies laminadas y
refrigeradores con puertas de vidrio, pero gusta por su ambiente acogedor y
familiar. En gran parte se debe a su dueño, Graham Wellings, un hombre alegre
con un buen apretón de manos, con el pelo cortado como el de un galán de cine,
que te transmite la confianza de haberse instalado allí a la espera de que
algún día pase alguien como tú.
Le
pregunté por qué había ido a White Cliffs.
— Era un
esquilador de ovejas itinerante —dijo—. Vine aquí en el cincuenta y nueve a
esquilar ovejas y me quedé. Entonces costaba más llegar. Tardábamos ocho horas
desde Broken Hill, porque los caminos estaban muy mal. Ahora se hace en tren,
pero entonces los caminos eran infernales de principio a fin. Llegábamos aquí
muriéndonos por una cerveza fría, y entonces no había neveras. La cerveza
estaba a la temperatura ambiente, 43 ºC. Tampoco había aire acondicionado,
claro. Ni electricidad, si no tenías un generador.
— ¿Cuándo
llegó la electricidad a White Cliffs?
Se lo
pensó un momento.
— En
1993.
Creí que
lo había entendido mal.
—
¿Cuándo?
— Hace
cinco años. Ahora tenemos también tele —añadió de repente, con entusiasmo—.
Hace dos años.
Cogió un
mando a distancia y apuntó a un televisor instalado en la pared. Cuando se
encendió, pasó por los tres canales que tenía, girándose a mirarnos cada vez
con una expresión que dejaba estupefacto. Yo había estado en países en que la
gente todavía circulaba en carro y recogía el heno con horcas, y países en que
la renta anual per capita no serviría ni para pasar un fin de semana en un
Holliday Inn, pero en ningún lugar se me había invitado a mirar la televisión
con aquella admiración.
La apagó
y dejó el mando en el estante como si fuera un tesoro.
— Sí, era
otro mundo —dijo pensativamente.
«Todavía
lo es», pensé.
Parte II
I
Parece
imposible que algo tan ostentoso, patente y notorio como Australia haya podido
evitar la atención del mundo casi hasta la era moderna, pero así ha sido. Ni
más ni menos. Hasta hace menos de veinte años la historia de la fundación de
Sydney era prácticamente desconocida.
Los
exploradores se pasaron casi trescientos años buscando un supuesto continente
meridional, Terra Australis Incognita, una masa espaciosa que
contrarrestara al menos en algo la tierra que cubre la parte norte del globo.
En cualquier caso pasaron una de estas dos cosas: o lo encontraron y no se
enteraron, o pasaron de largo.
En 1606,
un marinero español llamado Luis Váez de Torres salió a navegar por el Pacífico
desde América del Sur y llegó al estrecho canal (ahora denominado Estrecho de
Torres) que separa Australia de Nueva Guinea sin tener la menor idea de que
había hecho el equivalente náutico de enhebrar una aguja. Treinta y seis años
más tarde mandaron al holandés Abel Tasman a buscar la legendaria Tierra del
Sur y logró navegar 2.000 millas junto a la parte sur de Australia sin detectar
que había tierra poco más allá del horizonte a mano izquierda. Finalmente fue a
parar a Tasmania (a la que denominó Tierra de Van Diemen en alusión a su
superior de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales) y siguió hasta
descubrir Nueva Zelanda y Fiji, pero no fue un viaje muy logrado. En Nueva
Zelanda los capturaron los maorís, que devoraron a algunos de sus hombres —no
es algo que haga buena impresión en un informe— y no consiguió encontrar nada
que se pudiera considerar valioso. Al volver a casa avistó la costa norte de
Australia pero, descorazonado, no le dio importancia y siguió su camino.
Esto no
quiere decir que Australia no haya sentido nunca la huella europea. Desde
principios del siglo XVII los marineros se detuvieron en sus costas norte y
occidental, a menudo después de embarrancar. Estos primeros visitantes dejaron
algunos nombres en los mapas —Cape Leewin, Archipiélago Dampier, Islas
Abrolhos— pero no vieron ningún motivo para entretenerse en un lugar tan árido
y siguieron adelante. Sabían que había algo —seguramente una isla del tamaño de
Nueva Guinea, o quizás un grupo de islas pequeñas como las Indias Orientales— y
a esa amorfa entidad la llamaron Nueva Holanda, pero no la identificaron con el
tan buscado continente meridional.
Debido al
azaroso y casual carácter de estas visitas, nadie sabe cuándo cayó Australia
por primera vez bajo el ojo europeo. La primera visita registrada fue en 1606,
cuando un grupo de marineros holandeses al mando de Willem Jansz, o Janszoon,
desembarcaron un instante en la costa del lejano norte (y se retiraron a la
misma velocidad bajo una lluvia de flechas aborígenes), pero es evidente que
otros ya habían estado allí. En 1916 se encontraron un par de cañones
portugueses, no posteriores a 1525, en un lugar llamado Carronade Island, en la
costa noroeste. Los habrían dejado probablemente los primeros europeos que
llegaron tan lejos de casa, pero de esta visita que ha hecho época no se sabe
nada. Aún más intrigante es un mapa, dibujado por mano portuguesa y que data
más o menos del mismo período, que muestra no sólo una gran masa de tierra
donde se encuentra Australia, sino una cierta similitud con los salientes y
entrantes de la costa oriental australiana, algo que teóricamente no vio ningún
extranjero hasta dos siglos y medio después.
De modo
que cuando, en abril de 1770, el teniente James Cook y su expedición a bordo
del británico Endeavour avistaron la punta sureste de
Australia, bordearon la costa 2.900 km hacia el norte y llegaron a Cape York,
no fue tanto un descubrimiento como una confirmación.
Aunque el
viaje de Cook fue sin duda heroico, su primer objetivo era mundano. Lo habían
enviado a dar media vuelta al mundo, a Tahití, para medir el tránsito de Venus
por delante del Sol. Combinando ésta con otras medidas tomadas al mismo tiempo
en otros lugares, permitiría a los astrónomos calcular la distancia de la
Tierra al Sol. No se trataba de un procedimiento especialmente complicado pero
era importante hacerlo bien. Un intento realizado ocho años antes durante el
último paso había fracasado, y el siguiente tardaría 105 años en producirse.
Felizmente para la ciencia y para Cook, los cielos se mantuvieron claros y las
medidas se tomaron sin contratiempos ni complicaciones.
Entonces
Cook se dispuso a seguir con la segunda parte de su misión: explorar las
tierras de los Mares del Sur y llevar a casa todo lo que pudiera ser de interés
científico. Con este fin, llevaba consigo a Joseph Banks, un joven botánico
inteligente y rico. Decir que Banks era un coleccionista empedernido es un
descarado eufemismo. En los tres años que duró el trayecto del Endeavour había
recogido unos treinta mil especímenes, entre ellos al menos mil cuatrocientas
plantas nunca vistas, de modo que de una sola vez había aumentado el número de
plantas conocidas en todo el mundo en más de un cuarto. Banks regresó con
tantas muestras que el Museo de Historia Natural de Londres tiene cajones
llenos de objetos que, 220 años después, esperan a ser catalogados. En el mismo
viaje también se realizó la primera circunnavegación con éxito de Nueva
Zelanda, confirmando que no formaba parte del legendario continente meridional,
como había concluido Tasman lleno de optimismo, sino que eran dos islas. Se
mire como se mire, había sido un buen viaje y podemos suponer que un halo de
satisfacción recorrió el Endeavour cuando emprendió el camino
de vuelta.
Así que
cuando, el 19 de abril de 1770, tres semanas después de salir de Nueva Zelanda,
el teniente Zachary Hicks gritó «¡Tierra a la vista!» al ver lo que sería la
punta sureste de Australia, el Endeavour y su tripulación
estaban de buena racha. Cook bautizó el lugar como Point Hicks (ahora se llama
Cape Everard) y puso rumbo al norte.
La tierra
que encontraron no era sólo mayor de lo que habían supuesto, sino más
alentadora. Porque en toda su longitud, la costa oriental era más exuberante,
más irrigada y más bien provista de puertos y lugares donde anclar que todo lo
que se había informado sobre Nueva Holanda. Presentaba, según Cook, «un aspecto
muy prometedor y agradable […] con colinas, cordilleras, llanos y valles, con
algo de hierba pero en su mayoría […] estaba cubierta de bosque». Lo cual no
coincidía con las estepas áridas e inhóspitas que habían encontrado los demás.
Navegaron
a lo largo de la costa durante cuatro meses. Se detuvieron en un lugar que Cook
bautizó como Botany Bay, embarrancaron desastrosamente en la Gran Barrera de
Arrecifes y, finalmente, después de hacer unas reparaciones de urgencia, dieron
la vuelta a la punta más al norte del continente, Cape York. La noche del 21 de
agosto, casi por casualidad, Cook bajó a tierra en un lugar que llamó
Possession Island, plantó una bandera y reclamó la costa este para Gran
Bretaña.
Fue una
notable gesta para un hombre que era hijo de un trabajador del interior de
Yorkshire, que no había visto el mar hasta los dieciocho años y que había
entrado en la Marina hacía sólo trece, a la avanzada edad de veintisiete.
Volvería dos veces más al Pacífico en viajes aún más importantes —en el
siguiente navegaría 110.000 km— hasta que fue asesinado (y probablemente
devorado) por nativos en la costa de Hawai en 1779. Cook fue un gran navegante
y un observador perspicaz, pero cometió un error esencial en su primer viaje:
creyó que la estación húmeda de Australia era la seca, y concluyó que el país
era más hospitalario de lo que es.
El
alcance de este error se puso de manifiesto cuando Gran Bretaña perdió sus
colonias americanas y, como necesitaba un nuevo lugar donde mandar a los
indeseables, puso la mirada en Australia. Curiosamente, la decisión se tomó sin
ningún intento previo de exploración. Cuando el capitán Arthur Phillip, al
mando de un escuadrón de once naves —conocidas respetuosamente desde entonces
como la Primera Flota—, se embarcó en Portsmouth en mayo de 1787, él y
alrededor de mil quinientas personas a su cargo se dirigieron a fundar una
colonia en un lugar absurdamente remoto, casi desconocido, que sólo se había
visitado una vez hacía diecisiete años, por un breve espacio de tiempo, y que
no había visto un europeo desde entonces.
Hasta la
fecha no se había trasladado a tanta gente a tanta distancia y a un coste tan
elevado; total, para encarcelarlos. Según el criterio moderno (o sea, cierto
criterio), sus penas eran ridículamente desproporcionadas. La mayoría eran sólo
ladronzuelos. Gran Bretaña no pretendía deshacerse de un cuerpo de peligrosos
criminales sino mermar la fuerza de una clase social baja. El grueso se mandaba
a los confines de la Tierra por robar cualquier nimiedad. Un pobre y
desgraciado individuo cumplía condena por robar doce pepinos. Otro se había
agenciado tontamente un libro llamado Resumen del próspero estado de la
Isla de Tobago. La mayor parte de los delitos eran producto de la
desesperación o por no haber podido resistir la tentación.
Por lo
general, el período de deportación era de siete años, mas como no se había
previsto el regreso y pocos podían pensar en pagarse el pasaje, la deportación
en Australia era en definitiva una cadena perpetua. Aquélla era una época
despiadada. A finales del siglo XVIII los códigos de leyes británicos estaban
repletos de delitos capitales; te podían ahorcar por 200 delitos, incluido uno
muy curioso que consistía en «hacerse pasar por egipcio». En tales
circunstancias, la deportación podía considerarse una alternativa
misericordiosa.
El viaje
desde Portsmouth duraba 252 días —ocho meses— y cubría 15.000 millas de mar
abierto (más de lo que parece estrictamente necesario, pero cruzaban el
Atlántico en ambas direcciones aprovechando los vientos favorables). Cuando
llegaron a Botany Bay se encontraron con que no era el plácido refugio que
esperaban. Su expuesta posición hacía peligroso el anclaje, y una expedición a
tierra no encontró más que mosquitos y pantanos. «De los prados naturales que
el señor Cook menciona cerca de Botany Bay, no hemos encontrado nada», escribió
un perplejo miembro del grupo. La descripción de Cook había hecho que pareciera
un estado del interior de Inglaterra, donde se puede jugar a croquet y
disfrutar de una merienda en el césped. Era evidente que lo había visto en otra
estación.
Mientras
reflexionaban sobre su desafortunada situación, sucedió una de esas
coincidencias en que abunda la historia de Australia. Aparecieron dos naves en
el horizonte oriental y se unieron a ellos en la bahía. Iban al mando de un
campechano francés, el conde Jean-François de La Pérouse, que dirigía un viaje
de exploración de dos años alrededor del Pacífico. De haber llegado La Pérouse
un poco antes, habría reclamado Australia para Francia y le habría ahorrado al
país 200 años de cocina inglesa. En lugar de eso, aceptó su desgraciado retraso
con la elegancia característica de la época. El semblante de La Pérouse cuando
le explicaron que Phillip y su tripulación habían navegado 1.500 millas para
encerrar a una gente que había robado encajes, pepinos y un libro sobre Tobago,
debió de ser uno de los más curiosos de la historia, pero, ¡ay!, no ha quedado
registrado. Sea como fuere, después de un plácido descanso en Botany Bay,
partió y no se le volvió a ver más. Poco después, sus dos naves y todos los que
iban a bordo se perdieron en una tormenta cerca de las Nueva Hébridas.
Mientras
tanto, Phillip, buscando un lugar más agradable, navegó costa arriba hacia otro
entrante, que Cook había registrado pero no explorado, y se adentró en los
salientes de piedra arenisca que forman su bocana. Allí descubrió uno de los
mayores puertos naturales del mundo. En el punto donde se encuentra Circular
Quay fondeó sus naves y fundó una ciudad. Era el 26 de enero de 1788. La fecha
se recordaría siempre como Día de Australia.
Entre los
muchos e interesantes misterios de Australia en sus primeros años está la
procedencia de muchos de sus nombres. Fue Cook quien denominó la costa oriental
Nueva Gales del Sur, y nadie sabe por qué. ¿Quería dar a entender que aquello
se convertiría en una nueva Gales en el Sur o simplemente en una nueva versión
de Gales del Sur? Si era esto último, ¿por qué sólo Gales del Sur y no toda?
Nadie lo sabe. Lo que es seguro es que no tenía ninguna relación, que se sepa,
con tan verde principado, del sur ni de ningún otro lugar.
Igualmente
«Sydney» es un apelativo curioso. Phillip pretendía que el nombre se aplicara
sólo a la ensenada. Quería que la ciudad se llamara Albión, pero el nombre no
arraigó. Sabemos por quién se denominó Sydney: Thomas Townshend, primer barón
de Sydney, que era el secretario colonial y nacional y por consiguiente el
superior inmediato de Phillip. Lo que ignoramos es por qué Townshend, cuando lo
nombraron barón, eligió el título de Sydney. La razón murió con él, y el título
no duró mucho; se extinguió en 1890. El puerto se denominó Port Jackson
(oficialmente todavía se llama así) por un juez del almirantazgo, un tal George
Jackson, que más tarde abandonaría su apellido de nacimiento para asegurarse la
herencia de un pariente excéntrico, y terminó su vida como Duckett.
De las
aproximadamente mil personas que desembarcaron, unos setecientos eran
prisioneros, y el resto, marineros y oficiales, familiares de los oficiales, y
el gobernador y su séquito. El número exacto de cada grupo se desconoce[8], pero no
tiene mucha importancia. Entonces ya eran todos prisioneros.
Por
decirlo de alguna manera, formaban un grupito curioso. Para rematar había un
chico de nueve años y una anciana de ochenta y dos; no era precisamente la
clase de personas que uno invitaría a una penosa experiencia. Aunque en Londres
se había apuntado que en una situación tan remota serían necesarias ciertas
habilidades, nadie había tomado medidas al respecto. El grupo no incluía a
ningún experto en ciencias naturales, ningún buen agricultor, nadie que tuviera
la más mínima idea del cultivo en un clima hostil. Los prisioneros eran en el
aspecto práctico unos inútiles. De los 700 sólo había un pescador con
experiencia y no más de cinco con cierto conocimiento de la construcción.
Phillip era sin duda un hombre agradable y con un carácter bueno y honesto, pero
su situación era lamentable. Enfrentado a una tierra llena de plantas que no
había visto nunca y de las que no sabía nada, escribió con desesperación: «No
tengo ni un botánico, ni siquiera un jardinero inteligente».
Echándole
agallas, lo hicieron lo mejor que pudieron: no podían elegir. Se mandaron
grupos a explorar y a ver lo que podían encontrar (básicamente nada); se
construyó una granja gubernamental con vistas a la bahía donde ahora se
encuentra el Jardín Botánico, y se intentaron establecer relaciones cordiales
con los nativos. Los «indios», como se les llamaba al principio, eran
desconcertantemente imprevisibles. Por lo general eran cordiales, pero aun así
atacaban sin más ni más a los colonos cuando salían del campamento a pescar o
explorar. En el primer año, murieron diecisiete colonos de esta manera y muchos
más resultaron heridos, incluido el propio gobernador Phillip, que se acercó a
un aborigen en Manly Cove con la intención de conversar con él y, para gran
consternación suya, le clavó una lanza en el hombro que le salió por la
espalda. (Se recuperó.)
Lo tenían
casi todo en contra. Carecían de ropa impermeable para la lluvia y mortero para
construir viviendas; no tenían arados para labrar los campos ni animales de
tiro. El suelo parecía maldito en todas partes, con una «esterilidad
insuperable». La mayoría de cosechas que se conseguían las robaban, al abrigo
de la noche, los marineros o los prisioneros. Durante años, a ambos grupos les
faltaron no sólo alimentos, sino cualquier artículo básico imaginable: zapatos,
mantas, tabaco, clavos, papel, tinta, tela impermeable, sillas de montar;
vamos, todo lo que exigía manufactura. Los soldados hicieron lo que pudieron
para evaluar sus recursos, pero la mayoría poco sabía lo que estaban buscando
cuando salían a buscarlo, o cuando lo encontraban. El historiador Glen McLaren
cita un informe de un soldado al que enviaron al valle de Hunter River para
explorarlo. «La tierra es negra —escribió el soldado esperanzado—, pero está
mezclada con una especie de arena o sustancia margosa. También hay muchos
peces, y, por los saltos que dan, supongo que son del tipo de las truchas».
El
desarrollo se retrasó aún más por la ineludible dependencia de los prisioneros,
a los que claramente faltaba cualquier motivación que no fuera el propio
interés. Los más astutos aprendieron enseguida a mentir para ahorrarse
obligaciones. Un tal Hutchinson, que encontró un aparato relegado a un rincón,
convenció a sus superiores de que lo sabía todo sobre tintes, y se pasó meses
experimentando con probetas y balanzas, hasta que fue evidente que no tenía la
más mínima idea de lo que estaba haciendo. Cuando no podían engañar a sus
jefes, los prisioneros lograban a menudo engañar a sus compañeros. Durante años
existió un comercio ilícito que consistía en que a los convictos recién
llegados se les vendía mapas que mostraban cómo llegar andando a China. Un grupo
de sesenta escaparon convencidos de que aquella acogedora tierra se encontraba
justo al otro lado de un río vagamente lejano.
En 1790,
la granja del gobierno se había abandonado y, sin ninguna señal de refuerzos de
Inglaterra, eran totalmente dependientes de sus menguantes provisiones. No sólo
carecían de comida, sino que con los años apenas era comestible: el arroz
estaba tan lleno de gusanos que «todos los granos […] se movían», como escribió
con escrúpulos Watkin Tench. En el punto culminante de su crisis se despertaron
una mañana y descubrieron que media docena de las vacas que quedaban habían
desaparecido, y no volvieron a verlas. Aquellos colonos estaban en serio
peligro.
En
ocasiones la inutilidad de esos hombres despierta incluso ternura. Cuando los
aborígenes mataron a un convicto llamado McEntier, el gobernador Phillip, preso
de una furia poco habitual (poco después de que le clavaran la lanza), mandó a
un grupo de marineros a una expedición de castigo con orden de volver con seis
cabezas: no importaba cuáles. Los marineros deambularon por la maleza unos
días, pero sólo lograron capturar a un aborigen, y lo soltaron cuando se dieron
cuenta de que era un amigo. Al final no capturaron a nadie y el asunto al
parecer se olvidó.
Agotado
por la tensión, a Phillip lo mandaron a casa después de cuatro años, y se
retiró a Bath. Además de fundar Sydney, consiguió una notable gesta: en 1814,
murió al caer de una silla de ruedas desde una ventana.
II
En el
paraíso edulcorado que es el Sydney moderno es imposible imaginar cómo era la
vida en aquellos primeros años. En parte por la razón evidente de que las cosas
han cambiado un poco. Donde hace 200 años había cabañas y tiendas andrajosas,
hoy se levanta una ciudad grande y acogedora, en una transformación tan total
que es imposible visualizar los dos extremos a la vez. Pero, así mismo, influye
que los primeros pasos en Australia no sólo estén falseados, incluso ahora,
sino también silenciados.
En ningún
lugar de la ciudad se destaca un monumento a la Primera Flota. Si uno visita el
Museo Marítimo Nacional de Sydney, sin duda tendrá la impresión de que algunos
de los primeros residentes pasaron privaciones —incluso puede llegar a deducir
que su presencia no era del todo voluntaria—, pero que llegaron encadenados es
algo que no aparece por ningún lado. En su majestuosa historia de los primeros
años del país, La costa fatídica, Robert Hugues apunta que hasta la
década de 1960 no se dedicó a los convictos australianos ninguna atención
académica, y tampoco se ha explicado en la escuela. En A Secret Country,
John Pilger escribe que en su infancia en Sydney en la década de 1950, ni
siquiera en el ámbito familiar se hacía referencia a «La mancha», el curioso
eufemismo menstrual con que se conocía los antecedentes convictos. Puedo
confirmar que ponerse ante un público de sonrientes australianos y hacer
siquiera el más inocente chiste sobre su pasado convicto es sentir que el aire
acondicionado se eleva de inmediato.
Personalmente,
creo que los australianos deberían estar en extremo orgullosos de que unos
comienzos tan poco propicios, en un lugar remoto y problemático, hayan podido
crear una sociedad próspera y dinámica. Es algo grande. ¿Qué más da que la
abuelita tuviera los dedos un poco largos en su juventud? Fijémonos en lo que
dejó luego.
Y estamos
otra vez en Circular Quay, en Sydney, donde el gobernador Phillip y su
desordenada y salobre banda desembarcaron hace dos siglos. Había vuelto a
Australia después de un viaje a casa para cumplir con unos compromisos y me
sentía, tengo que admitirlo, bastante contento. El sol era magnífico y la
ciudad cobraba vida —se levantaban las persianas y se colocaban sillas ante las
cafeterías—, y yo disfrutaba de aquella agradable sensación que se apodera de
ti cuando sales de un avión hermético y te encuentras otra vez en las
antípodas. Iba a ver Sydney por fin.
La vida
no puede ofrecer muchos lugares mejores donde estar a las ocho y media en una
mañana estival de un día laborable que Circular Quay, en Sydney. Para empezar,
presenta una de las vistas más impresionantes del mundo. A la derecha,
dolorosamente brillando bajo el sol, se alza el famoso Opera House, con su
techo airoso y lleno de ángulos. A la izquierda, el estupendo y noble Harbour
Bridge. En el agua, resplandeciente y atrayente, está Luna Park, un parque de
atracciones al estilo de Coney Island, con una cabeza que sonríe como una
maníaca a modo de puerta. En el agua centelleante se amontonan los ferrys
anticuados y regordetes del puerto, luciéndose ante el mundo como si los
hubieran sacado de las páginas de un libro infantil de los años cuarenta con el
título de Thomas, el transbordador, vomitando ríos de oficinistas
bronceados y con trajes ligeros de camino a las torres de vidrio y cemento que
se alzan detrás.
Un
ambiente de alegre laboriosidad empapa la escena. Se trata de gente que vive en
una sociedad segura y equitativa, en un clima que te hace fuerte y guapo, en
una de las mejores ciudades del mundo, y que va a trabajar en un barco de
cuento de hadas, cruzando una sublime llanura de agua, y cada mañana levanta la
vista de sus Herald y Tribune para observar
el famoso Opera House, el estimulante puente y la cara risueña del Luna Park.
No me extraña que parezcan tan descaradamente felices.
Es el
Opera House lo que más atrae la atención, y es fácil entender por qué. Resulta
tan asombrosamente familiar —eso de «vaya, ya estoy en Sydney»—, que no puedes
dejar de mirarlo. Clive James equiparó una vez el Opera House con una «máquina
de escribir portátil llena de conchas de ostras», lo que quizás es un pelo
duro. En todo caso, el Opera House no tiene nada que ver con la estética. Es
algo así como un icono.
Que
exista ya es un pequeño milagro. Ahora es difícil concebir lo atrasada que
estaba Sydney alrededor de 1950, olvidada del mundo y a la sombra de todos,
incluso de Melbourne. Hasta 1953, sólo había 800 habitaciones de hotel en la
ciudad, insuficientes para una convención mediana, y nada que hacer por la
noche; hasta los bares cerraban a las seis de la tarde. La capacidad de la
ciudad para la mediocridad no puede ilustrarse mejor que con el hecho de que el
Opera House esté ahora, donde buenamente lo permiten el agua y la tierra, en la
antigua ubicación de un garaje municipal de tranvías.
Entonces
sucedieron dos cosas. Melbourne fue nominada para celebrar los Juegos Olímpicos
de verano de 1956 —una llamada a la acción a Sydney donde las haya— y sir
Eugene Goossens, director de la Sydney Symphony Orchestra, empezó a moverse
para que se construyera una sala de conciertos en una ciudad que no tenía ni un
solo espacio decente para la música. Con este incentivo, la ciudad decidió
echar abajo la cochera de los tranvías y construir algo glorioso en su lugar.
Se convocó un concurso de diseño y se reunió a una serie de respetables
ciudadanos para seleccionar al ganador. Incapaces de llegar a un acuerdo, los
jueces pidieron opinión a Eero Saarinen, un arquitecto americano de origen
finlandés, que echó un vistazo a la oferta y eligió un diseño de los que había
rechazado el jurado. Era de Jørn Utzon, un arquitecto danés de treinta y siete
años, casi desconocido. Posiblemente con gran alivio del jurado, y hay que
reconocerles el mérito, aceptaron la opinión de Saarinen y se mandó un cable a
Urtzon con la noticia.
«El plan
—según John Gunther— era atrevido, único, muy bien pensado —a pesar de su
dificultad— desde su concepción». El problema era el famoso techo. Nada tan
atrevidamente inclinado y pesado se había construido hasta entonces y nadie
estaba seguro de lo que podía pasar. Visto en perspectiva, las prisas con que
se empezó el proyecto fueron probablemente su salvación. Uno de los ingenieros
jefes escribió después que si alguien hubiera advertido al principio que
aquello era prácticamente imposible, nunca se le habría dado el visto bueno.
Sólo para descubrir los principios fundamentales para construir el techo se
tardó cinco años —para todo el proyecto se habían previsto no más de seis— y al
final la construcción se alargó durante más de una década y media. El coste
final ascendió a 102 millones de dólares, catorce veces más que el cálculo
original.
Curiosamente,
Utzon no ha visto nunca su premiada creación. Lo despidieron en 1966 a raíz de
unas elecciones que conllevaron un cambio de gobierno, y ya no volvió. Tampoco
ha vuelto a diseñar nada ni remotamente tan famoso. Goossens, el hombre que
empezó todo aquello, tampoco llegó a ver realizado su sueño. En 1956, cuando
cruzaba la aduana en el aeropuerto de Sydney, le descubrieron encima una gran y
variada colección de material pornográfico, y se le invitó a llevarse sus
sórdidas costumbres continentales a otra parte. En consecuencia, por una de
esas ironías de la vida, no pudo disfrutar de su mejor erección.
El Opera
House es un edificio espléndido y no es mi intención quitarle ningún mérito,
pero mi corazón pertenece al Harbour Bridge. No es tan festivo, y sí mucho más
dominante; se ve desde cualquier rincón de la ciudad, introduciéndose en los
ángulos más insospechados, como un pariente que quiere salir en todas las
fotos. Desde lejos tiene una cierta contención cortés, majestuoso aunque no
impositivo, y de cerca sólo emana poder. Se levanta sobre ti, es tan alto que
se podría comparar con un edificio de diez pisos por lo menos, y parece la cosa
más pesada de la tierra. Todo lo que contiene —los bloques de piedra de sus
cuatro torres, las rejas de hierro forjado, las placas de metal, los seis
millones de remaches (con cabezas como mitades de manzana)— es de lo más grande
en su especie que uno ha visto. Es un puente construido por gente que ha vivido
una revolución industrial, gente con montañas de carbón y hornos donde fundir
un barco de guerra. Sólo el arco pesa 30.000 toneladas. Es un gran puente.
De punta
a punta, mide 500 m. Lo digo no sólo porque he caminado por ellos, sino porque
la cifra tiene una cierta intensidad. En 1923, cuando los ciudadanos decidieron
construir un puente sobre el puerto, no pensaban en un puente cualquiera, sino
en el espacio arqueado más largo construido hasta entonces. Era una empresa
ambiciosa para un país tan joven y tardaron en construirlo más de lo que
pensaban, casi diez años. Justo antes de terminarlo, en 1932, el Bayonne Bridge
de Nueva York se inauguró sin aspavientos y se descubrió que medía 63 cm más,
un 0,121 %[9].
Después
de tanto tiempo en un avión, estaba deseoso de estirar mis «bien torneadas»
extremidades, así que crucé el puente hasta Kirribilli y entré en los antiguos
y acogedores barrios de la baja costa norte. Es una zona estupenda. Paseé hasta
la pequeña ensenada de la que mi héroe, el aviador Charles Kingsford Smith (del
que daré más datos después), despegó increíblemente en un aeroplano, y llegué a
las colinas sombreadas de arriba, donde apacibles urbanizaciones se ocultaban
entre jacarandas floridas y aromáticos jazmines (en todos los jardines había
telarañas como trampolines, en cuyo centro dormitaban unos inquilinos que
cortarían la respiración al más valiente). En cada esquina se podía tener un
atisbo del puerto azulado —sobre la pared de un jardín, en la pendiente de una
carretera, suspendido entre casas próximas entre sí como una sábana tendida— y
aún era más bonito por ser furtivo. Sydney tiene barrios llenos de palacetes
que parecen consistir sólo en balcones y cristales, con alguna que otra persiana
para impedir el paso del sol o tapar la vista. Pero en la costa norte, más
sabia y noblemente, han sacrificado las vistas a gran escala por la sombra
fresca de los árboles, y todos los residentes irán al cielo, eso lo garantizo
yo.
Caminé
varios kilómetros, cruzando Kirribilli, Neutral Bay y Cremorne Point, y más
allá, a través de los prósperos barrios de Mosman, hasta llegar por fin a
Balmoral, con una playa umbría con vistas al Middle Harbour y un parque
espléndido ante la playa bajo la sombra de las sólidas higueras de Moreton Bay,
sin duda el árbol más bonito de Australia. Un rótulo en la orilla decía que si
te devoraba un tiburón no era porque no te lo hubieran advertido. Parece que
los ataques de los tiburones son más probables dentro del puerto que fuera. No
sé por qué. También había leído en el divertido libro de Jan Morris, Sydney,
que el puerto está repleto de letales peces duende. Lo más destacable de todo
es que, nunca he vuelto a encontrar otra referencia a estos animalitos rapaces.
Lo cual no significa, me apresuro a añadir, que al señor Morris le sobre
imaginación; simplemente que no es posible en una sola vida enterarse de todos
los peligros que acechan bajo cada zarzal o cada charco de agua en este país
tan admirablemente venenoso y devorador.
Estas
ideas cobraron una cierta relevancia unas horas después, en el seco calor de la
tarde, cuando volvía a la ciudad agotado y empapado de sudor, e impulsivamente
me metí en el majestuoso y siniestro Museo Australiano, junto a Hyde Park. No
entré porque fuera fabuloso, sino porque estaba a punto de volverme loco por el
calor y parecía uno de esos sitios que están mal iluminados y agradablemente
refrigerados por dentro. Se daban las dos cosas, y además era fabuloso. Es un
lugar inmenso y anticuado —lo digo como un gran cumplido; no se me ocurre nada
mejor para un museo— con salas de techos altísimos llenas de animales disecados
y enormes vitrinas de insectos cuidadosamente expuestos, pedazos de luminosos
minerales o artilugios aborígenes. En un país como Australia, cada sala es un
prodigio.
Como es
de imaginar, me sentía especialmente atraído por todo lo que podía hacerme
daño, lo que en un contexto australiano es casi todo. Realmente es un país
extraordinariamente letal. Claro que ellos quitan hierro al hecho de que cada
vez que pones los pies en el suelo tengas alguna probabilidad de que algo te
muerda el tobillo. Por ejemplo, mi guía comentaba que «sólo» catorce especies
de serpientes australianas eran realmente mortales, entre ellas la serpiente
parda occidental, la víbora de la muerte del desierto, la serpiente tigre, el
taipán y la serpiente marina de vientre amarillo. El taipán es con el que hay
que tener cuidado. Es la serpiente más venenosa de la Tierra, con una embestida
tan rápida y llena de veneno que probablemente tu última frase en esta vida
sea: «¿Qué es esto, una ser…?».
Incluso
desde el otro lado de la sala ya se podía ver en qué vitrina estaba el taipán
disecado, porque alrededor había un grupito de niños en un silencio absorto
ante la mirada impasible de unos ojos pequeños y perezosamente odiosos. Puedes
matarla, disecarla y ponerla en una vitrina, pero no puedes hacer desaparecer
la amenaza. Según la etiqueta, el taipán lleva un veneno cincuenta veces más
mortífero que el de la cobra, la siguiente de la lista. Curiosamente, sólo se
ha registrado un ataque mortal, en Mildura, en 1989. Pero nosotros, mis
concentrados amiguitos y yo sabíamos la verdad: que una vez fuera del museo,
los taipanes no están disecados ni tras un cristal.
Al menos
el taipán mide metro y medio y es grueso como la muñeca de un hombre, lo cual
ofrece una oportunidad razonable de verlo. Lo que me parecía más detestable era
la existencia de las pequeñas serpientes letales, como la pequeña víbora de la
muerte del desierto. Sólo mide 20 cm y vive soterrada en la arena blanda, o sea
que no tienes esperanza ninguna de verla hasta que depositas tus agotadas
posaderas sobre su cabeza. Aun más preocupado me tenía la serpiente marina de
Point Darwin, no mayor que un gusano pero que lleva veneno suficiente, si no
para matarte, para hacerte llegar tarde a la cena.
Pero esto
no es nada comparado con la delicada y diáfana medusa cofre, el animal más
venenoso de la Tierra. Oiremos hablar más de los indescriptibles horrores de
esta bolsita letal cuando lleguemos al trópico, pero me permitiré adelantar una
anécdota. En 1992, un joven de Cairns, ignorando todas las advertencias, se fue
a nadar en aguas del Pacífico a un lugar llamado Holloway Beach. Se bañó y
zambulló, riéndose de sus amigos de la playa por su prudente cobardía, y de
repente se puso a gritar con un sonido inhumano. Dicen que no hay dolor
comparable. El joven se arrastró fuera del agua, cubierto de rayas como
latigazos donde los tentáculos de la medusa lo habían rozado, y sufrió un
ataque de temblores. Poco después llegó la ambulancia, lo llenaron de morfina y
se lo llevaron para atenderlo. Y esto es lo peor: incluso inconsciente y sedado
no paraba de gritar.
Me alegré
de saber que en Sydney no hay medusas de ésas. El peligro local más famoso es
la araña de tela de embudo, el insecto más venenoso del mundo, con una ponzoña
«muy tóxica y que actúa con gran rapidez». Un simple pellizco, si no se trata
inmediatamente, te hace saltar presa de ataques de una incomparable vivacidad;
después te pones azul y finalmente te mueres. Se han registrado trece muertes,
pero ninguna desde 1981, cuando se descubrió el antídoto. También son venenosas
las arañas de cola blanca, ratón y lobo, nuestra vieja amiga la viuda negra
australiana («se registran centenares de picaduras al año […] más o menos una
docena de muertes») y un espécimen solitario y displicente llamado fiddleback[10].
No podría decir con seguridad si había visto alguno en los jardines por donde
había pasado, pero tampoco lo contrario, porque todas me parecían más o menos
iguales. La verdad es que nadie sabe por qué la arañas australianas son tan
extravagantemente tóxicas; porque capturar otros insectos e inyectarles veneno
suficiente para matar a un caballo parece un caso evidente de celo destructivo.
Una cosa es verdad, todo el mundo les deja mucho espacio.
Estudié
con especial atención la araña de tela de embudo porque era el animal que tenía
más probabilidades de encontrarme en los próximos días. Medía aproximadamente
cuatro centímetros, era redonda, peluda y fea. Según la etiqueta, puedes
identificar a una araña de tela de embudo por «el órgano de apareamiento del
macho, una mácula muy curva, el caparazón brillante y el labio inferior con
espinas cortas y despuntadas». Como alternativa, claro, puedes dejar que te
pique. Lo copié todo con cuidado antes de que se me ocurriera que, si
vislumbraba alguna bestia peluda y grande avanzando como un cangrejo por las
sábanas, no era probable que advirtiera uno solo de sus rasgos anatómicos, por
muy singulares y reveladores que fueran. Así que dejé mi libreta y me fui a
contemplar los minerales, que no son tan estimulantes pero tienen la virtud, en
compensación, de que casi nunca te atacan.
Me pasé
cuatro días deambulando por Sydney. Visité los principales museos con
dedicación y pasé una tarde en la admirable y acogedora Biblioteca Pública de
Nueva Gales del Sur, pero básicamente iba siempre a sitios donde hubiera agua.
Sin duda, es el puerto lo que ha hecho a Sydney. No es tanto un puerto como un
fiordo, de 25 km de largo y perfectamente proporcionado: tan grande como
majestuoso, pero pequeño por su ambiente pueblerino. Estés donde estés, la
gente de la otra orilla nunca está tan lejos que parezca remota; si quieres
puedes saludarlos. Como cruza el centro de la ciudad de este a oeste, divide
Sydney en más o menos dos partes iguales, los suburbios del norte y del este.
(Da igual que los suburbios del este estén realmente en el sur, o que muchos de
los suburbios del norte estén claramente en el este. Los australianos, no hay
que olvidarlo, empezaron siendo británicos.) Decir que tiene 25 km de largo no
da ni una ligera idea de su extensión. Como constantemente se introduce en
brazos que orillan en pequeñas y apacibles ensenadas, unas bahías suavemente
festoneadas, la línea costera del puerto mide 244 km. La consecuencia de esta
tortuosidad característica es que tan pronto caminas junto a una cala diminuta
y protegida que parece estar a kilómetros de distancia, como vas a parar a un
cabo donde aparece una gran extensión de agua con el Opera House y el Harbour
Bridge, y rascacielos reluciendo bajo un sol implacable en primer plano. Es
increíblemente seductor.
En mi
último día subí a Hunter’s Hill, un barrio venerable y misterioso a unos diez
kilómetros del centro de la ciudad, en un largo dedo de tierra que da a uno de
los entrantes más apacibles del puerto. Lo elegí porque Jan Morris dice en su
libro que es precioso. Supongo que ella llegaría por agua, como haría cualquier
persona sensata. Yo decidí acercarme andando por Victoria Road, que tal vez no
es la calle más fea de Australia pero sí la más desagradable para pasear.
Anduve
kilómetros sin una sombra atravesando zonas de fábricas, almacenes y líneas de
ferrocarril; después más kilómetros por barrios de comercio marginal de muebles
baratos, mayoristas industriales y pubs deslucidos que ofrecían alicientes
surrealistas de escaso atractivo («Sorteo de carne de 6 a 8»). Cuando llegué a
un pequeño rótulo que indicaba una calle lateral hacia Hunter’s Hill, mis
expectativas estaban por los suelos. No puede uno imaginarse mi satisfacción al
descubrir que Hunter’s Hill valía todo mi sufrimiento: un barrio precioso y
discreto de sólidas mansiones de piedra, acogedoras casitas y tiendas
pintorescas de una venerabilidad a veces impresionante. Tenía un pequeño pero
espléndido ayuntamiento de 1860 y una farmacia que funcionaba desde 1890, que
en Australia debe de ser un récord. Todos los jardines eran una maravilla y
casi desde cualquier parte se podía atisbar el puerto. No podía estar más
encantado.
Con pocas
ganas de volver sobre mis pasos, decidí seguir un poco más, por Linley Point,
Lane Cove, Northwood, Greenwich y Wollstonecraft, y volver al mundo conocido
por el Harbour Bridge. Era una gran vuelta y el día bochornoso, pero Sydney es
un lugar estupendo para pasear y me sentía con ánimos. Habría caminado una hora
más o menos cuando experimenté aquella sensación —aún no había llegado a Linley
Point y me quedaban varios kilómetros hasta el centro—, pero entonces descubrí
en el mapa lo que parecía un atajo a través de un lugar llamado Tennyson Park.
Seguí una
calle lateral, fui a parar a una calle residencial y un poco más allá encontré
la entrada del parque. Un rótulo anunciaba que aquello era un bush protegido
y se rogaba educadamente no salirse del camino. Bueno, me parecía una idea
espléndida —una extensión de auténtica maleza en el centro de una gran ciudad—
y entré con buena disposición de ánimo. No sé qué imaginan los demás cuando
piensan en el bush, pero aquello no era la semiestepa marrón que yo
esperaba, sino un bosque de árboles con un camino salpicado de sol y un
tintineante arroyo. No parecía muy transitado —a cada momento tenía que
agacharme o esquivar alguna gran telaraña colgando en el camino— lo que me dio
una sensación de feliz descubrimiento.
Pensé que
tardaría unos veinte minutos en cruzar el parque —o «reserva», como lo llaman
los australianos— y debía de estar a medio camino cuando, a la derecha, a una
distancia sin determinar, me llegó un ladrido de perro, dubitativo, como si
dijera: «¿Quién anda ahí?». No estaba muy cerca ni era intimidatorio, pero era
sin duda el ladrido de un perro grande. Algo en su tono decía: devorador de
carne, muy grande, varias generaciones atrás era un lobo. Casi en el mismo
momento se le unió el ladrido de un colega, también grande, y esta vez fue un
ladrido sin duda menos dubitativo. Éste decía: «¡Alerta roja! ¡Intrusos en
nuestro territorio!». Al cabo de un minuto los dos estaban frenéticos.
Nervioso,
apresuré el paso. No caigo bien a los perros. Es simplemente una ley del
universo, como la gravedad. No exagero cuando digo que nunca me he cruzado con
un perro que no se comportara creyendo que estoy a punto de quitarle su comida.
Perros que no se han movido del sofá desde hace años lo hacen cuando me huelen
al pasar, y se lanzan furiosos contra la ventana cerrada. He visto a perros
insignificantes, no mayores que una zapatilla peluda, tirar al suelo a
viejecitas y arrastrarlas a campo través en su afán por hincarme el diente en
un tendón. Todos los perros de la faz de la Tierra me quieren ver muerto.
Allí
estaba yo solo en un bosque vacío, de repente grande y solitario, y dos enormes
perros, por lo visto furiosos, me habían echado el ojo. A medida que avanzaba,
dos cosas se hicieron evidentes: yo era el objetivo y aquellos perros no se
andaban con chiquitas. Venían hacia mí a cierta velocidad. Ahora el ladrido
decía: «Vamos a por ti, amigo. Eres carne muerta. Eres albóndigas». Hay que
advertir la falta de signos de exclamación. Sus ladridos ya no estaban teñidos
de codicia y frenesí. Eran afirmaciones a sangre fría. «Sabemos dónde estás
—decían—. No llegarás al final del bosque. Nosotros lo haremos antes. Que
alguien llame al forense».
Echando
miradas angustiadas al follaje, empecé a trotar y después a correr. Había
llegado el momento de pensar qué haría si los perros llegaban al camino. Cogí
una piedra para defenderme, pero la solté a los pocos metros en favor de una
rama que había en el camino. La rama era ridículamente grande —debía de medir
tres metros— y estaba tan podrida que se me partió por la mitad en cuanto la
agarré. Mientras corría, perdía otra mitad, y otra, hasta que finalmente no era
más que un palito blando y esponjoso —habría sido como defenderme con una barra
de pan—, o sea que la tiré y cogí una piedra grande y afilada en cada mano y
volví a apretar el paso. Ahora parecía que los perros corrían paralelamente a
mí, como si no pudieran llegar hasta el camino, pero a una distancia de unos
cuarenta o cincuenta metros. Estaban rabiosos. Mi malestar se multiplicó, y me
puse a correr aún más velozmente.
En mi
apresuramiento, doblé demasiado rápido una esquina y me di de bruces con una
telaraña gigante. Me cayó encima como un paracaídas plegado. Ululando de
angustia, intenté apartarme la tela de la cara, pero con las piedras en las
manos sólo logré golpearme en la frente. En un rinconcito lúcido de mi cerebro
recuerdo haber pensado: «Esto no es justo». En otra parte pensaba: «Vas a ser
la primera persona de la historia en morir en el bush en medio
de la ciudad, mira que eres tonto». El resto era puro terror.
Así seguí
corriendo, sintiéndome desgraciado y gimiendo, hasta que doblé una esquina y
encontré, con un pequeño lamento de incredulidad, que el camino terminaba de
repente. Ante mí no había más que maleza impenetrable, como una pared. Miré a
mi alrededor, asombrado y angustiado. Presa del pánico —sin duda mientras
intentaba despegarme la telaraña de la frente con la ayuda de trozos de
granito— había tomado un camino equivocado. No había forma de seguir adelante
de ninguna manera y detrás sólo había un estrecho camino que llevaba a las dos
fuentes de maldad. Mirando a todas partes desesperado, vi con una alegría
descontrolada, sobre un montículo de unos seis metros, una cuerda con ropa
tendida. ¡Allí había una casa! Había llegado al final del parque, aunque fuera
de una forma menos convencional. Estaba claro. Había un mundo civilizado allá
arriba. ¡Salvado! Me encaramé lo más aprisa que mis piernecitas regordetas me
permitieron —los perros ya estaban muy cerca— arañándome con espinas,
succionando telarañas, pugnando con todas las moléculas de mi ser por no
convertirme en un titular que dijera: «La policía encuentra el torso pero no la
cabeza».
En lo
alto del montículo había un muro de ladrillo de unos dos metros. Gruñendo de
forma extravagante, me encaramé al borde plano y me dejé caer al otro lado. La
transformación fue inmediata, el alivio sublime. Volvía a estar en el mundo
conocido, en la parte trasera de un cuidado jardín. Había un par de columpios
viejos que no parecían haberse usado en muchos años, parterres con flores, un
césped que conducía al patio. El jardín parecía amurallado por una pared de
ladrillo y por una casa grande y confortable a un lado, cosa que no me
esperaba. Era un intruso, pero no tenía intención de volver al bosque. Parte de
la vista estaba oscurecida por una cabaña o glorieta. Con un poco de suerte
habría una puerta detrás y podría salir y volver al mundo sin que se enterara
nadie. Mi principal preocupación era que pudiera haber un perro grande y
perverso allí también. ¿No sería una gran ironía? Con esta idea en la cabeza,
me moví sigilosamente.
Ahora
cambiemos el punto de vista por un momento. Perdonad que os haga levantar, pero
necesito que os situéis en la ventana de la cocina de esta apacible casa de las
afueras. Eres una señora de mediana edad y estás en tu casa ocupada en tus
cosas —en este momento llenas un jarrón de agua para poner unas peonías que
acabas de cortar del parterre que hay bajo las ventanas de la sala— y ves a un
hombre que salta el muro de atrás y se mueve silenciosamente a gatas por el
jardín. Paralizada de miedo y con cierta fascinación, te quedas inerte, mirando
cómo se mueve por la propiedad en postura de comando, con cortos y nerviosos
avances entre objetos que puedan ocultarle, hasta que se coloca tras una maceta
de cemento que hay al borde del patio, sólo a unos tres metros de distancia.
Entonces se da cuenta de que lo estás mirando.
— ¡Hola!
—dice el hombre alegremente, incorporándose y sonriendo de una forma que cree
sincera y agradecida, pero que hace pensar que ha olvidado tomar su medicación.
Inmediatamente tus ideas se hacen eco de las fotografías que viste publicadas
por la policía en un periódico hace unos días referentes, crees, a la huida de
un criminal perturbado de una institución de Wollongong—. Perdone que haya
entrado de esta manera —dice el hombre— pero estaba desesperado. ¿Ha oído el
jaleo? Creía que iban a matarme.
Sonríe
como un tonto y espera que le contestes, pero no le dices nada porque te has
quedado sin habla. Tus ojos se deslizan hacia la puerta trasera, que está
abierta. Si os dirigís los dos hacia allí, llegaréis al mismo tiempo. Empiezan
a pasarte toda clase de ideas por la cabeza.
— No he
llegado ni a verlos —sigue diciendo el hombre en un tono razonable pero
curiosamente afectado— pero venían a por mí —por lo visto ha pasado un mal
rato. Tiene manchas de barro por la cara y los pantalones desgarrados en una
rodilla—. Siempre van a por mí —dice, ahora ansioso y perplejo—. Es como si
hubiera una conspiración en mi contra. Voy por la calle, sabe, a lo mío, y de
repente sale uno de no sé dónde y viene tras de mí. Es muy molesto —menea la
cabeza—. ¿Está abierta la verja?
No has
escuchado nada y tus manos se dirigen imperceptiblemente hacia el cajón donde
guardas los cuchillos de la carne. Cuando comprendes la pregunta, asientes con
la cabeza casi sin querer.
— Pues
entonces me marcho. Perdone que la haya molestado —en la verja se detiene—.
Créame —dice— no vaya sola a ese parque. Podría pasarle algo. Tiene unas
espuelas de caballero preciosas, ¿sabe? —sonríe de una manera que te deja
helada, y dice—. Bueno, adiós.
Y se va.
Seis
semanas después pones en venta la casa.
I
Cuando
los australianos encuentran un nombre que les gusta se aferran a él con gran
entusiasmo. Podemos atribuir esta desafortunada costumbre a Lachlan Macquarie,
un escocés que fue gobernador de la colonia a principios del siglo XIX, y cuyas
gestas principales fueron construir la Great Western Highway a través de las
Blue Mountains, la popularización del nombre de Australia (antes de él al país
se le llamaba tanto Nueva Gales del Sur como Botany Bay) y el primer intento
del mundo de bautizar con su nombre todo lo que encontró en el continente.
No puedes
moverte por Australia sin tropezar con algo que te recuerde esa manía. Repasa
el mapa y verás un Macquarie Harbour, una Macquarie Island, un Macquarie Marsh,
un Macquarie River, unos Macquarie Fields, un Macquarie Pass, unas Macquarie
Plains, un Lake Macquarie, un Port Macquarie, un Mrs Macquarie’s Chair (un
mirador sobre el Sydney Harbour), un Macquarie’s Point y un pueblo llamado
Macquarie. Siempre me lo imagino sentado a su mesa, echando un vistazo a mapas
y planos con una lupa, y diciendo de vez en cuando a su lugarteniente:
«Caramba, pero si no tenemos ningún pantano Macquarie, ¿verdad? Y fíjate en
este bosquecillo diminuto. No tiene nombre. ¿Cómo podríamos llamarlo?».
Y estos
son sólo algunos de los Macquarie. Macquarie también es el nombre de un banco,
una universidad, el diccionario nacional, un centro comercial y una de las
calles principales de Sydney. Por no hablar de las 47 calles, avenidas,
arboledas e hileras de casas adosadas de Sydney que, según Jan Morris, llevan
su nombre por este hombre o por su familia. Tampoco hemos hablado del Lachlan
River, el Lachlan Valley o cualquiera de las variaciones con ese nombre de pila
que se le ocurrieron a su incansable mente.
Es como
si ya quedara poca cosa por nombrar después de esto, pero uno de los sucesores
de Macquarie como gobernador, Ralph Darling, también logró dejar su nombre por
todas partes. En Sydney encontrarás un Darling Harbour, un Darling Drive, una
Darling Island, un Darling Point, Darlinghurst y Darlington. Fuera de la
ciudad, los modestos logros de Darling se nos recuerdan en los Darling Downs y
las Darling Ranges, un montón de Darlington adicionales, y el importante
Darling River. Lo que no se llama Darling o Macquarie se suele llamar Hunter o
Murray. La verdad es que es un lío.
Incluso
cuando los nombres no son idénticos, se parecen mucho. Existe un Cape York
Peninsula en el lejano norte y una Yorke Peninsula en el lejano sur. Dos de los
más famosos exploradores del siglo XIX se llamaban Sturt y Stuart y sus nombres
también están por todas partes, de modo que te ves obligado a detenerte a cada
rato a recapacitar, generalmente en una encrucijada llena de tráfico donde se
necesita tomar una decisión rápida. «¿Quería ir a la Sturt Highway o a la
Stuart Highway?». Como las dos autopistas parten de Adelaida y terminan a 3.994
km de distancia, representa una diferencia, creedme.
Pensaba
en todo esto —la confusión entre topónimos y monumentos dedicados a Lachlan
Macquarie— a la mañana siguiente porque había pasado gran parte de ella
dominado por lo primero e interesado por lo segundo. Resulta que iba en un
coche de alquiler intentando descubrir cómo salir de la interminable y
abrumadora extensión de Sydney. Según la guía de teléfonos de la ciudad, hay
784 suburbios y otros barrios con identidad en la ciudad, y creo que pasé por
todos ellos intentando encontrar en vano un rincón de Australia que no
estuviera lleno de bungalows. Por algunos barrios pasé dos veces en diferentes
momentos de la mañana. Pensé en abandonar el coche en Parramatta —me gustaba
mucho el nombre y la gente ya empezaba a saludarme con familiaridad—, pero sin
más ni más me encontré fuera de la ciudad, como un escupitajo, encantado de
encontrarme bien encaminado a Lithgow, Bathurst y lo demás, con esa deliciosa
sensación de vértigo que provoca el sentirse libre en un continente nuevo y
desconocido.
Mi
intención era pasar las dos semanas siguientes deambulando por lo que yo
considero la Australia Civilizada: la parte inferior derecha del país, que se
extiende desde Brisbane, al norte, a Adelaida, al sur y al oeste. Esta zona
abarca el 5 % de la superficie del país pero contiene el 80 % de su población y
casi todas las ciudades importantes (específicamente Brisbane, Sydney,
Melbourne, Canberra y Adelaida). En todo este vasto continente ésta es
prácticamente la única parte convencionalmente habitable. Por su forma curva, a
veces se denomina Costa del Boomerang, aunque mi interés se orientaba
básicamente hacia el interior. Me dirigía primero a Canberra, la interesante
capital de la nación, que parece más bien un parque y a la que curiosamente
tanto se ridiculiza; en consecuencia, tenía que cruzar 1.300 km de
solitario outback hasta la distante Adelaida para llegar
finalmente, lleno de polvo pero sin rendirme como siempre, a Melbourne, donde
iba a reunirme con unos amigos que me darían un manguerazo y me llevarían al
tan deseado viaje por las malezas infestadas de serpientes de Victoria,
escasamente visitadas pero repletas de compensaciones. Había mucho que ver
durante el camino. Estaba emocionado.
Pero
primero tenía que encontrar el trayecto por las Blue Mountains, las pintorescas
colinas hasta hace poco intransitables que hay al oeste de Sydney. Cuando te
acercas, las Blue Mountains no parecen tan terribles; no tienen gran altura y
por todas partes están revestidas de una suave vegetación. Pero en realidad
están llenas de traicioneros desfiladeros y cañones de cantos rodados, algunos
con paredes escarpadas que miden centenares de metros, y su vegetación
demuestra ser, en una inspección cercana, una desconcertante maraña de origen
incierto. Durante el primer cuarto de siglo de ocupación europea, las Blue
Mountains fueron como una impenetrable barrera para la expansión. Las
expediciones intentaron repetidas veces sin éxito encontrar un camino que las
cruzara. Aunque consiguieran pasar a través de la cortante maleza, era
imposible mantener el tipo en los erráticos desfiladeros. Watkin Tench, jefe de
uno de los grupos, describió con comprensible desesperación cómo él y sus
hombres batallaron durante horas hasta encontrar una vía para alcanzar la parte
superior de un desfiladero por demás agotador, y cómo descubrieron al llegar a
la cima que estaban justo al otro lado de donde esperaban.
Finalmente,
en 1813, tres hombres, Gregory Blaxland, William Charles Wentworth y William
Lawson, consiguieron pasar por fin; agotados, andrajosos y «enfermos de mal de
intestinos», como observaba amargamente Wentworht cada vez que alguien le
prestaba oídos durante el resto de su larga vida. Habían tardado dieciocho
días, pero cuando pusieron el pie en las ventosas alturas de Mount York
tuvieron la recompensa de un panorama de un esplendor pastoril que no habían
visto nunca unos ojos europeos. Por debajo de ellos, todo lo que el ojo
alcanzaba a ver, había un soleado y dorado edén, un continente de pastos
—suficiente para dar de comer a una metrópoli—. Australia sería un país
poderoso. Las novedades, cuando volvieron a Sydney, hicieron un efecto
electrizante. En menos de dos años se trazó una carretera a través del
desierto; la colonización de la parte más occidental de Australia había
empezado.
Hoy en
día, la Great Western Highway, como se la conoce de forma majestuosa y
romántica, sigue casi exactamente la ruta tomada por Blaxland y sus compañeros
hace 200 años. Venerable sí lo es. La ruta sube cruzando la montaña y gran
parte del camino pasa por espacios tan estrechos que no es posible construir
una carretera moderna. La Great Western tiene las curvas estrechas y la anchura
inflexible de una carretera diseñada en una época en que los automovilistas
conducían con gafas protectoras y ponían en marcha los coches con manivela.
Había pasado por allí no hacía mucho en el Indian Pacific, pero la vista desde
el tren no era buena —atisbos momentáneos entre troncos de eucaliptos y bruscos
giros hacia bosques más densos— y estaba demasiado ocupado explorando el tren.
Por ello deseaba ver las montañas de cerca, sobre todo las famosas y
fantasmagóricas vistas desde el pueblecito de Katoomba.
Pero
¡ay!, no estaba de suerte. Mientras seguía el tortuoso camino que subía a las
distantes colinas, una llovizna empezó a salpicar el parabrisas y remolinos de
niebla helada se adueñaron con gran rapidez de los espacios entre los árboles
de sasafrás que flanqueaban la ría. Con gran rapidez la niebla se espesó como
el humo de un incendio. Nunca había conducido en esas condiciones. A los pocos
minutos, era como pilotar una avioneta entre la niebla. Se formaba una especie
de pantalla al frente, y después todo era blanco. No podía hacer más que
mantener el coche en su carril; la carretera era absurdamente estrecha y
tortuosa, y con tan poca visibilidad todas las curvas me pillaban por sorpresa.
Finalmente
alcancé Katoomba, donde la niebla era aún peor. El pueblo no era sino unas
formas espectrales que sobresalían de vez en cuando, como espantajos de un
túnel del terror. Dos veces, a no más de tres kilómetros por hora, estuve a
punto de chocar con los coches aparcados. No sé por qué me tomé la molestia
pero, después de llegar tan lejos, busqué un mirador llamado Echo Point,
aparqué y salí. No es raro que fuera la única persona. Me agarré a la
barandilla y miré, como hacemos siempre en los miradores. Ante mí tenía una
blancura sin fondo y esa especial quietud de la niebla. Ante mi sorpresa, de
los lechosos vapores emergió una pareja de ancianos, pulcros, despistados y
abrigados como para un largo invierno. El hombre caminaba con un paso
especialmente incierto, apoyándose en un bastón y en su mujer.
Cuando
llegaron a mi altura me miraron sorprendidos.
— ¡Hoy no
verá nada! —soltó el hombre como si estuviera perdiendo tanto su tiempo como el
mío. Por el modo en que habló deduje que debía de estar un poco sordo—. Esto no
aclarará hasta dentro de treinta y seis horas —en un tono más íntimo, añadió—.
Hay depresión sobre el Pacífico. Sucede a menudo.
Asintió
sabiamente y se unió a mí en la contemplación de la nada.
Su esposa
me dirigió una pequeña sonrisa a la vez de excusa, sufrimiento y sabiduría.
— Podría
aclarar —especuló esperanzada.
Él la
miró como si le acabara de decir que pensaba hacer sus necesidades en el
asfalto.
—
¿Aclarar? No va a aclarar. Es una depresión sobre el Pacífico.
Por un
momento me pareció que le iba a dar con el bastón.
Pero no
era fácil hacer que renunciara a su optimismo.
— ¿Ya no
te acuerdas de lo bien que se arregló aquella vez en Bunbury? —dijo.
—
¿Bunbury? —contestó él, incrédulo—. ¿Bunbury? Eso está al otro lado del país.
Es un océano muy distinto. ¿Se puede saber de qué hablas? Estás loca. Deberían
encerrarte.
De
repente reconocí el acento. Era de Yorkshire, o al menos de origen.
— Pues no
parecía que fuera a arreglarse —siguió ella, esperando un auditorio más
comprensivo— y luego resultó que…
— ¡Es
otro océano, mujer! ¿Estás sorda además de loca? —era evidente que aquella era
una conversación, al menos en los puntos básicos, que hacía años que
mantenían—. En el océano Índico las condiciones meteorológicas son
completamente diferentes, completamente. Eso lo sabe cualquiera —se calló un
segundo y después dijo—. Creía que íbamos a tomar una taza de té.
— Pues
vamos, cariño. Pero pensé que un paseo nos iría bien.
Hábilmente
lo puso en marcha otra vez.
— ¿Un
paseo? ¿Para qué? Si no hay nada que ver. ¿Eres ciega, además de sorda y loca?
Esto tardará treinta y seis horas en aclarar.
— Ya lo
sé, mi vida, pero…
A los
pocos minutos eran sólo voces que flotaban en el velo blanco, y finalmente
desaparecieron.
Reticente
a abandonar la zona, pasé la noche en Blackheath, un pueblo muy bonito en medio
del bosque, unos veinte kilómetros carretera arriba. El último panorama que vi
desde la ventana del motel antes de irme a la cama fue un coche que pasaba
lentamente por la carretera, con los faros delanteros a modo de focos, y el
mundo aposentado sobre un edredón de tinieblas. No era muy prometedor.
Entonces
podréis imaginaros mi sorpresa cuando me desperté a la mañana siguiente y me
encontré con un sol resplandeciente que inundaba la cama y las copas de los
árboles. Abrí la puerta a un mundo dorado, tan brillante que me hizo pestañear.
Los pájaros cantaban sus exóticas melodías del bosque. No perdí un momento y
volví a Katoomba.
La vista
cuando llegué a Echo Point era impresionante —un amplio valle de verde bosque
roto a intervalos por inflorescencias y puntas quebradas—, impregnado de un
vasto e imponente silencio. El cielo era de un azul intenso y sin nubes. Ya a
las nueve de la mañana se veía que íbamos a tener un día muy caluroso. Pasé
casi veinte minutos paseando por el borde del precipicio, disfrutando de la
vista desde varios ángulos; obtuve una de Katoomba Falls y las paredes
verticales de piedra caliza conocidas como Three Sisters y, finalmente,
totalmente satisfecho, volví al pueblo a tomar un café.
Entre los
años treinta y cuarenta, Katoomba era el refugio habitual de personas refinadas
y de buena cuna. Era mucho menos disoluto que Bondi u otros lugares playeros,
donde siempre existía el peligro de que los jóvenes Bruce y Noelene se vieran
expuestos a ver más carne de la saludable a su edad o llegaran a oír cierto
lenguaje: «¡Jesús!» «¡Dios Santo!» o algo por el estilo. Katoomba ofrecía
atractivos muy distinguidos: paseos por el bosque, una saludable terapéutica en
una piscina jacuzzi, baile con orquesta por las noches. Hoy día Katoomba se
aferra, con un ligero aire de desesperación, a su pasada gloria. Su calle mayor
tenía una generosa cantidad de casas art déco y, curiosamente,
un plató de cine antiguo precioso, pero muchas de ellas —los platós incluidos—,
estaban cerradas.
Compré un
periódico y entré en una cafetería. Siempre me sorprende el poco interés de los
visitantes por los diarios locales. Personalmente, no conozco nada más
estimulante —al menos algo que puedas hacer en público ante una taza de café—
que leer diarios de una parte del mundo de la que no sabes nada. Es un consuelo
descubrir a una nación preocupada por asuntos que no tienen la menor
consecuencia. Me encanta leer escándalos que implican a ministros de los que no
he oído hablar, persecuciones de asesinos en lugares cuyo nombre suena
polvoriento y remoto, crónicas de artistas y pensadores célebres cuyas gestas
no han llegado nunca a mis oídos. Y por encima de todo me encantan los
dominicales y ver la moda playera en esta parte del mundo, qué novedades hay de
nuevo para la cocina, qué me darían a cambio de 400.000 dólares australianos si
los tuviera y alguna razón para vivir en Dubbo o Woolloomooloo. En todo ello
hay algo que te hace sentir privilegiado, algo casi ilícito, como fisgar en los
cajones de un desconocido. ¿Con qué otra cosa se puede conseguir tanto placer
por unas monedas?
En ese
momento estaba siguiendo con cierta devoción un juicio por difamación en el que
dos ministros del gobierno habían demandado a un editor por un libro que
contenía acusaciones groseras y, como se demostró, sin fundamento, insinuando
antiguas indiscreciones sexuales. El juicio adquiría cada día un tono más
hilarante de farsa. Hacía poco un antiguo líder de la oposición había subido al
estrado y, sin razón aparente, había empezado a contar animadas historias de
supuestas aventuras sexuales de otros ministros que no estaban ni remotamente
conectados con el libro ni con el juicio. Pero lo que en primer lugar me había
cautivado del caso, y lo hacía tan especial, fue la sencilla y feliz
coincidencia de que los ministros implicados se llamaran Abbot y Costello.
Me
encontraba feliz y absorto cuando de repente oí una voz familiar que decía en
tono de enfado:
— Esta
confitura no es de fresa. Es de grosella.
Levanté
la vista y vi a mis dos ancianos amigos del día anterior. Parecían mucho más
menudos y frágiles sin los gorros, abrigos y bufandas. Todos aquellos
artículos, perfectamente doblados, ocupaban las sillas vecinas, como si
esperaran ser trasladados a un armario ropero. Me pregunté si llevarían toda
esa ropa no sólo para calentarse sino porque aquel vestirse y desvestirse los
ayudaba a matar el tiempo.
— No
tienen de fresa, cariño —dijo la esposa en voz baja—. Ya te lo ha dicho la
señora. Sólo tienen de grosella o mermelada.
— Pues no
quiero ninguna de las dos.
— Pues no
tomes ninguna.
Esto lo
dijo con un poco de hastío.
— Pero es
que está en mi tostada.
— No, mi
vida, esta tostada es mía. Te he pedido un donut con confitura.
— ¿Un
donut con confitura? ¿Un donut con confitura? ¿Estás loca? No me gustan los
donuts con confitura. Y el té está frío.
Volví a
enfrascarme en el periódico, pero al salir me detuve a desearles buenos días a
mis ancianos amigos. Era evidente que el hombre no tenía ni idea de quién era
yo. Me fijé en que había devorado el donut con confitura; sólo quedaba una
brillante gota púrpura en el plato.
— Es el
joven que vimos en Echo Point —explicó la mujer, pero su esposo estaba
demasiado ocupado resiguiendo la gota de confitura con una cuchara y no me
hacía ni caso.
— El
tiempo ha aclarado —observé animadamente.
— Eso
suele pasar —dijo el hombre con un gritito, sin levantar la vista—. Ya dije que
no duraría treinta y seis horas.
— Tuvimos
una experiencia igual en Bunbury una vez —me dijo la esposa—. Una niebla
terrible, y de repente el día se despejó y quedó precioso. ¿Te acuerdas,
tesoro?
— Claro
—dijo el hombre distraídamente. Acompañando la fugitiva gota de confitura con
el dedo, levantó la cuchara y se la metió en la boca con expresión de inmensa
satisfacción—. Claro que me acuerdo.
Regresé a
la serpenteante carretera. Pasado Blackheat comenzaba un pronunciado descenso
lleno de curvas hacia Lithgow, bordeando las montañas hasta torcer de golpe
entre llanuras de pastos, hacia la ciudad de Bathurst. Ahora estaba en tierras
rurales, en una zona conocida por los geólogos como la cuenca de
Murray-Darling. A ambos lados los campos estaban llenos de una hierba dorada y
alta, que ondulaba lánguidamente, con ranúnculos en los bordes; todo ello
bañado por un sol brillante y cautivador. Aquí y allá majestuosos árboles daban
sombra a las blancas granjas. No se veía ni un eucalipto. Podía haber estado en
el Medio Oeste americano.
El
agradable mundo que estaba cruzando ahora no era tan virginal como Blaxland y
sus colegas supusieron al echarle el ojo la primera vez desde las alturas que
yo dejaba atrás. Cuando los primeros colonos salieron de las boscosas montañas
se sorprendieron al ver cientos de vacas, paciendo alegremente en la ufana
hierba —descendientes de las que habían huido de Sydney Cave tantos años
antes—. Podía deducirse que las vacas habían rodeado las montañas por un paso
abierto al sur. Por qué a ningún ser humano se le había ocurrido durante
veinticinco años intentar lo mismo es un tema que todos prefieren no plantearse
y al que por ahora nadie ha respondido satisfactoriamente.
Tampoco
la fértil llanura era tan ilimitada como se había creído al principio. La
tierra buena de pastos se extendía sólo unos kilómetros hacia el interior desde
la costa, e incluso eso dependía de los descorazonadores caprichos de la
naturaleza. Igual que ahora. Unos ciento cincuenta kilómetros al norte de donde
yo estaba, al margen de la zona de pasto, está el pueblecito de Nyngan. En
1989, 1990, 1992, 1995, 1996 y 1998 fue arrasado por repentinas inundaciones
torrenciales. Durante cinco años y en ese mismo período, mientras Nyngan se
anegaba una y otra vez, en la ciudad de Cobar, sólo a unos doce kilómetros al
oeste, no había caído una gota de agua. Este país, por si no lo había dejado ya
claro, es duro.
No
obstante, lo más curioso de la zona era lo encantadora y acogedora que parecía.
Las granjas eran pulcras y cuidadas, y los pueblos por los que pasé tenían
apariencia de una cómoda prosperidad. Era imposible creer que hubiera una
metrópolis de cuatro millones de personas al otro lado de las montañas. Me
sentía como si hubiera tropezado con un mundo olvidado, mágicamente conservado.
Había cosas allí que no veía hacía años. Estaciones de servicio con bombas
anticuadas y sin baldaquín, de modo que te ponías gasolina a pleno sol, como
seguramente Dios había previsto. Molinos de viento con ruedas de metal como los
que se veían hasta hace poco en los campos de Kansas. Pueblecitos con gente
atareada en sus asuntos, que se saludaba con una sonrisa y meneaba la cabeza.
Todo me parecía familiar, pero era la familiaridad de algo medio olvidado. Poco
a poco me fui dando cuenta de que estaba en el Medio Oeste americano —pero un
Medio Oeste de hace mucho tiempo—. En pocas palabras, estaba haciendo el
maravilloso y reconfortante descubrimiento de que, excepto en las ciudades, en
Australia todavía estaban en 1958. No parece posible, pero es así. Estaba
volviendo a mi infancia.
En parte
tenía que ver con aquel sol deslumbrante. Era esa luz pura y clara que sólo
puede proceder de un cielo azul y extremadamente caluroso, de aquellos que
derriten el alquitrán de la carretera y provocan reverberaciones. Todos sabemos
que en los días buenos de verano el sol brilla con una intensidad especial que
hace que los elementos más insignificantes del paisaje luzcan con un resplandor
insólito, de modo que los edificios y las estructuras por los que pasas
normalmente sin darles la menor importancia, captan de golpe tu atención y te
parecen hermosos. Bueno, pues en Australia parece que tengan esa luz siempre.
Tardé un tiempo en reconocer que era precisamente aquélla la luz de los veranos
en la Iowa de mi juventud, y fue impresionante darme cuenta del tiempo que
hacía que no la veía.
En parte,
también tenía que ver con la carretera. Casi todas las carreteras de Australia
tienen sólo dos carriles, y eso representa una gran diferencia. No te aíslas
del mundo como en una autopista sino que perteneces a él, estás íntimamente
conectado. Los mil detalles del paisaje están a tu lado, cerca, sin difuminarse
en la distancia, un telón de fondo tediosamente épico. Todo eso cambia
completamente tu perspectiva. No tiene sentido apresurarse cuando lo único que
conseguirás será situarte tras la estela plumosa del viejo camión de pollos que
tienes a un kilómetro de distancia. Es mejor quedarse atrás y disfrutar del
panorama. Por eso no se siente esa loca y absurda prisa —tengo que adelantarlo,
tengo que apretar el acelerador, tengo que seguir unos kilómetros más— que hace
que conducir por la autopista sea algo tan agotador y poco gratificante. Llegar
a una ciudad por esta carretera es un acontecimiento. No la cruzas a toda
velocidad, sino que te deslizas por ella, de forma respetable, como una carroza
en un desfile, a tiempo de saludar a los peatones si lo deseas y fijarte en los
escaparates de la calle mayor. «Caramba, vende camisas a buen precio»,
reflexionas, o «Esas sillas de jardín eran más baratas en Bathurst», porque, no
hay ni que decirlo, a esas alturas ya hablas solo. A veces —bastante a menudo,
la verdad— te paras a tomar un café y echar una ojeada a las tiendas.
Después,
vuelves a la carretera y naturalmente al principio vas a una cierta velocidad,
porque correr es instintivo, pero entonces —¡uau!— doblas una curva y te
encuentras acercándote demasiado rápido a la parte trasera de un camión de
basura que suelta humo y asciende pesadamente la pendiente. Así que te quedas
atrás y te lo tomas con calma. Apoyas un brazo en la ventanilla, dejas un dedo
sobre el volante y continúas. Hace años que no lo haces. No viajabas así desde
que eras niño. Habías olvidado que ir en coche podía ser divertido. Me lo pasé
en grande.
Para
subrayar el agradable carácter retro de la experiencia de conducir por
Australia, empecé a descubrir que las emisoras de radio de los pueblos
interiores se especializan en canciones antiguas. No me refiero a canciones de
los sesenta y los setenta, sino de mucho antes. Éste debe de ser el último país
del mundo donde tengas muchas posibilidades de oír por la radio a Peggy Lee o a
Julie London, e incluso Gisele McKenzie, cuya popularidad en los cincuenta sólo
puede atribuirse a una sonrisa encantadora y a la suerte de vivir en una época
con poco criterio. Sería injusto generalizar acerca de las emisoras de radio
rurales de Australia porque no escuché más de seis o siete mil horas mientras
estuve allí, o sea que pude haberme perdido algo bueno, pero esto puedo
decirlo: cuando nuestros monumentos modernos se hayan convertido en polvo,
cuando la mano implacable del tiempo haya borrado todos los trazos del siglo
XX, puedes estar seguro de que en algún pueblo interior australiano habrá un
pincha discos que diga: «Y ahora Doris Day con su clásico éxito Qué
será será». Esto también me gustó.
Más o
menos durante una semana.
Y así de
feliz crucé Lithgow, Bathurst, Blayney y Lyndhurst, y finalmente, a media
tarde, llegué a Cowra, una compacta y diminuta comunidad de 8.207 personas en
el valle de Lachlan junto al rio Lachlan, evidentemente bautizados ambos por
nuestro viejo amigo Macquarie. No sabía nada de Cowra, pero enseguida me di
cuenta de que entre los australianos se conoce como el lugar de la infame
evasión de Cowra.
Durante
la Segunda Guerra Mundial había un gran campo de prisioneros de guerra en las
afueras de Cowra. A un lado había 2.000 prisioneros de guerra italianos; al
otro, 2.000 japoneses. Los italianos eran prisioneros modélicos. Superando la
mortificación de que los hubieran arrastrado lejos del frente y los hubieran
trasladado a una tierra soleada y distante del trueno de las armas, se
instalaron y lo pasaron lo mejor que pudieron. Tan bien disimularon su
decepción que uno podía llegar a pensar que se habían acomodado a su nueva
situación. Trabajaban en las granjas cercanas y prácticamente no estaban
vigilados. Sus oficiales —esta parte me encanta— tampoco tenían vigilancia.
Eran libres de entrar y salir cuando les apetecía, y sólo les exigían que
cerraran la puerta al entrar para que no se colaran moscas. Se les podía ver
normalmente paseando por Cowra, comprando tabaco y periódicos, o tomando un
aperitivo en el Hotel Lachlan.
Los
japoneses ofrecían un sombrío contraste. Se negaron a hacer trabajo alguno y a
cooperar en ningún sentido. La mayoría dio nombres falsos, tan vergonzoso les
resultaba haber sido capturados. Ridícula y trágicamente, en agosto de 1944, en
plena noche, 1.100 de ellos se suicidaron en masa, saliendo en tropel de los
barracones con un grito banzai y cargando en grupo contra la torre de guardia
empuñando bates de béisbol, patas de silla y cualquier arma que hubieran podido
encontrar. Los sobresaltados guardias dispararon contra la masa pero enseguida
se vieron sobrepasados. A los pocos minutos, 378 prisioneros habían escapado
del campo. Qué pensaban hacer después es una incógnita. Se tardó nueve días en
encontrarlos. Lo más lejos que había llegado alguno de ellos era a unos
veinticinco kilómetros. Las bajas de los japoneses fueron 231 muertos y 112
heridos. Los australianos tuvieron tres muertos aquella noche, y un cuarto en
la caza posterior.
Todo esto
se conmemora con fotografías y otros elementos en el centro de turismo de
Cowra, un sitio excelente, con una sala al fondo donde hay un pequeño teatro
audiovisual que es una de las cosas más deliciosas que he visto, al menos en un
pueblecito apartado del mundo.
Detrás de
un cristal, en un pequeño escenario, había recuerdos del campo de prisioneros:
libros y diarios, un par de fotografías enmarcadas, un bate de béisbol y un
guante, un frasco de medicina, un juego de mesa japonés. Cuando entré, las
luces bajaron automáticamente de intensidad. Se oyó una música introductoria y
después —fue lo más cautivador— una joven de unos quince centímetros salió de
una de las fotografías enmarcadas y empezó a moverse entre los objetos y a
hablar de Cowra en los años cuarenta y de la huida del campamento. Me quedé con
la boca abierta. No sólo se movía sino que interactuaba con los objetos —tocaba
los libros, se apoyaba en una caja de concha— mientras hacía su presentación.
Como podéis imaginaros, me levanté y miré desde cerca, y puedo deciros que por
muy cerca que estuvieras del cristal (tenía la cara contra él, como los niños
cuando quieren ser graciosos) no se veía el artificio. Era una persona
perfectamente formada, a todo color, bellamente articulada, bastante mona, en
tres dimensiones, justo delante de mí y de sólo quince centímetros. Era lo más
cautivador que había visto hace tiempo. Sin duda se trataba de una película
proyectada desde atrás, pero no hubo ni un tartamudeo ni un tropezón, ninguna
irregularidad, ni un pelo fuera de lugar. Era lo más real que puede ser una
imagen. Un pequeño holograma perfecto. La narración, merece la pena decirlo,
era benévola e informativa, un modelo en su género. Lo miré tres veces y no
podía haberme impresionado más.
— Es
bueno, ¿verdad? —me dijo sonriente una señora en la recepción, viendo mi cara
de sorpresa al salir.
— ¡Ya lo
creo!
Anticipándose
a mis preguntas, me pasó una tarjeta plastificada que explicaba su
funcionamiento. La exposición la había creado una empresa de Sydney, empleando
un truco óptico que se había inventado hacía un siglo. Era la proyección de una
imagen en una placa de cristal de tal modo que resulte invisible para el
espectador. Además de eso, el único truco era procurar que la actriz se moviera
exactamente por donde se debía mover. Debían de haber tardado meses. Era
sencillamente estupendo.
Y diré
más. El día que consigan que la figurita baile sobre las rodillas del
espectador, ganarán una fortuna.
Terminé
el día en Young, una población de agricultores con un paisaje de ciruelas y
cerezas, a unos sesenta y cinco kilómetros de Cowra por la Olympic Highway en
dirección a Canberra. Alquilé una habitación en un motel de una calle
secundaria no muy lejos del centro de la ciudad. El dueño, un tipo muy en forma
en pantalón corto y camisa de manga corta, leyó mi nombre en el registro y
dijo: «Buenos días, Bill. Bienvenido a Young», y me estrechó la mano con tanta
fuerza como si me estuviera admitiendo en una sociedad secreta. La hospitalidad
de los australianos —todos bastante sinceros y espontáneos, por lo que he
visto— nunca deja de sorprenderte y de resultar gratificante. Nunca me había
estrechado la mano el dueño de un hotel ni se había comportado como si
estuviera encantado de que el destino nos hubiera unido.
— Me
llamo Bruce —creo que me dijo, porque yo estaba desarmado, en todos los
sentidos, para enterarme—. Bueno, Bill, ya está arreglado —dijo soltándome la
mano de golpe—. Tienes la habitación seis.
Me llevé
la llave a la habitación, abrí la puerta y entré. La habitación era, en sus
mínimos detalles, de 1958. No pretendo decir que no la hubieran redecorado
desde 1958 ni nada tan poco respetuoso. Quiero decir que dentro de la
habitación era 1958. Las paredes estaban revestidas de pino nudoso. El
televisor tenía cadena de UHF. La taza del retrete estaba protegida por un
envoltorio «desinfectado para usted». En un cajón del dormitorio había dos
postales de regalo con vistas del motel y una bolsa de papel en que se rogaba,
también por mi bien, que colocara allí los objetos que no podían tirarse por el
retrete. La bolsa tenía un dibujo de mujer (para darnos una pista de que estaba
dirigida a los objetos «personales» femeninos y no a mazorcas de maíz o piezas
de motor, por poner un ejemplo). No podía estar más contento. Dejé mis cosas y
me fui a la ciudad caminando bajo el abrasador sol crepuscular. Allí vi los
años cincuenta por todas partes. Incluso me fijé que las señales de tráfico de
«cuidado, niños» de Australia muestran a niños vestidos como en los años
cincuenta: una niña con vestido de fiesta y un niño con pantalones cortos.
A primera
vista, Young no se parecía demasiado a las ciudades donde yo había crecido. Las
calles excepcionalmente anchas (en las ciudades interiores de Australia hacen
unas calles verdaderamente anchas), los tejados rojos de hojalata, las
marquesinas de metal que rodean casi todos los comercios: aquello era sin
ninguna duda australiano. Pero tal como funcionaba y por lo que contenía, Young
era misteriosamente familiar. Era un lugar donde ibas al centro de la ciudad
cuando tenías que hacer algo determinado, no a las afueras, y aparcabas en una
esquina de la calle mayor. Sólo esto ya me tuvo traspuesto unos minutos. Había
olvidado que en alguna otra época lo único que necesitaba un lugar era un
pequeño aparcamiento en la calle mayor. Me paseé sumido en un estado de
profunda admiración. Exceptuando los bancos y un supermercado, los negocios
eran todos de propiedad local, con las peculiaridades de sabor y presentación
que eso supone. Había tiendas allí que no había visto desde hacía años —tiendas
de reparación en general y tiendecitas de material eléctrico, pastelerías,
zapateros, salones de té— y vendían las combinaciones más extraordinarias de
mercancías. En un extremo de la calle mayor encontré un lugar tan excepcional
que me detuve de golpe.
Era una
tienda que vendía artículos para animales domésticos y pornografía. Os lo juro.
Me giré a mirar el rótulo, eché un vistazo al escaparate y finalmente entré.
Era un tienda pequeñita y yo era el único cliente. En una plataforma poco
elevada había un hombre sentado junto a una caja registradora leyendo un
periódico. No me saludó ni me hizo caso, lo que me pareció raro —muy poco
australiano— hasta que me di cuenta de que intentaba ser discreto. Imagino que
la mayoría de sus clientes hacían lo mismo que yo: curiosear demostrando un
enorme interés por las cestitas de gato o polvos contra las pulgas, parándose
de vez en cuando a leer las etiquetas de las latas de pescado y cosas así, y
acabar, como quien no quiere la cosa, al fondo de la tienda en la sección de
jadeos. Eso es exactamente lo que me sucedió. La sección para adultos estaba
relegada a un pequeño recinto, al que se entraba por una verja de madera.
Mientras estaba allí, la puerta emitió un discreto zumbido —del tipo que se oye
en los edificios de oficinas cuando se abre una puerta en algún lugar remoto— y
se balanceó de forma provocativa. Miré a mi alrededor, sorprendido. El hombre
seguía aparentemente absorto en su periódico, como si no se hubiera enterado
siquiera de que estaba yo en la tienda, y mucho menos en el umbral de un
paraíso porno. Sonreí como un tonto y pensé en acercarme a él para explicarle
que había cometido un comprensible pero sin duda cómico error; que yo, lejos de
ser un pervertido desesperado y necesitado de alimento pictórico, era un
respetable escritor de viajes atraído a su tienda por la insólita yuxtaposición
de contenidos. Entonces nos reiríamos los dos y posiblemente empezaríamos a
cartearnos.
Pero
entonces se me ocurrió que si compraba algo —no estoy diciendo que pensara
comprarlo, pero por otro lado todavía no tenía nada para los niños— no me
gustaría que mi tarjeta figurara en su tablón de anuncios. Y también se me
ocurrió el deber de descubrir la inesperada relación entre las dos ramas de su
negocio. Quizá petting[11] tuviera
un significado diferente en la Australia rural. Por no hablar del amor de los
perros. Seguramente los estantes del otro lado de la verja estaban llenos de
publicaciones con títulos fogosos y animalescos —Monturas de primera clase, Látigo
y collar, Ovejitas traviesas—. ¿Cómo iba a saberlo? Sin duda
era mi deber descubrirlo, así que recuperé mi expresión de sobrio explorador y
entré.
Nunca
había estado en uno de esos locales, y no me estoy refiriendo a una tienda
porno de artículos para animales domésticos. Me refiero a cualquier local de
estos para adultos, y la verdad es que me quedé estupefacto. Los participantes
eran humanos, no animales. No voy a dar más detalles. Puedo asegurar que no era
1958 en la trastienda de animales de Young. Hasta ahí puedo llegar.
II
Por mucho
que me hubiera gustado encontrar una tienda pornográfica de artículos para
animales domésticos en Young (o donde sea), mis intenciones eran de un carácter
ligeramente más elevado. Había ido a ver el famoso Langing Flat Museum, que
conmemora los días de gloria de la ciudad como pueblo minero. Era demasiado
tarde para visitar el museo aquel día, pero me presenté en su puerta al día
siguiente a las nueve de la mañana, y resultó que no abría hasta las diez.
Yo, que
no soporto perder un momento, decidí instalarme en una cafetería del centro
para desayunar y prepararme con un poco de lectura. Así es como me encontré
diez minutos después sentado en un local vacío de la calle mayor de Young,
tomando un café, esperando mis huevos con tocino, y sumergiéndome en una gruesa
historia de Australia de un solo volumen del afamado historiador Manning Clark,
que había comprado unos días antes en Sydney.
La
historia del oro en Australia es vivaz y generalmente reconfortante. Comienza
con un tipo, Edward Hargraves, que en 1849 viajó de Sydney a los yacimientos de
oro de California con la esperanza de hacer fortuna. En dos años de
excavaciones no encontró más que polvo, pero advirtió una extraordinaria
semejanza entre el terreno lleno de oro de California y la tierra de Nueva
Gales del Sur tras las Blue Mountains, la zona que yo acababa de cruzar.
Volvió
apresuradamente a Australia antes de que a otro se le ocurriera lo mismo.
Hargraves inició su búsqueda en los lechos de los ríos alrededor de Orange y
Bathurst, y pronto encontró oro en cantidades considerables. Al cabo de un mes
de su descubrimiento, mil personas pululaban por la zona con picos levantando
rocas y tierra. En cuanto supieron qué buscaban, empezaron a encontrar oro por
todas partes. Australia estaba repleta de oro. Un granjero aborigen tropezó con
un bloque que contenía casi ocho kilos del precioso metal, una cantidad
inconcebible en el mismo lugar. Era para asegurarse una vida de principesco
esplendor, o lo habría sido porque, como aborigen, no le permitieron
quedárselo. La roca pasó a ser propiedad del dueño del terreno.
Empezaba
a ponerse en marcha este éxodo y comenzó a encontrarse oro en cantidades aún
más desorbitadas al margen de la recién creada colonia de Victoria. Australia
se vio inmersa en una fiebre que hizo que la carrera de California pareciera
pálida e indecisa. Las ciudades y los pueblos se despoblaron a ojos vistas
cuando los trabajadores se marcharon a buscar fortuna. Las tiendas perdieron a
sus dependientes. Los policías abandonaron sus puestos. Las esposas se
encontraron notas sobre la mesa y sin el carro. Antes de terminar el año, se
calcula que la mitad de los hombres de Victoria estaban buscando oro, y miles
más llegaban al país desde el extranjero.
La fiebre
del oro transformó el destino de Australia. Antes, era imposible convencer a la
gente de que se instalara en el país. A partir de entonces llegó de estampida
desde todos los rincones del globo. En menos de una década, el país tenía
600.000 caras nuevas, y doblaba con creces su población. El mayor crecimiento
se produjo en Victoria, donde se encontraron los campos de oro más ricos.
Melbourne se hizo más grande que Sydney y durante un tiempo fue probablemente
la ciudad con mayor renta per cápita. Pero el verdadero efecto del oro fue que
puso punto final a la deportación. Cuando en Londres se enteraron de que la
deportación se consideraba más una oportunidad que un castigo y que los
condenados deseaban que los mandaran a Australia, la idea de mantener el país
como prisión dejó de ser plausible. Se mandaron algunas naves más a Australia
Occidental hasta 1868 (también encontrarían oro allí, en cantidades igual de
gratificantes) pero fue básicamente la locura del oro de los años 1850 lo que
marcó el final de Australia como campo de concentración y su comienzo como
nación.
A pesar
de todas las riquezas que se encontraron, las cosas no eran siempre fáciles
para los buscadores. Como la intención era dar a todo el mundo una oportunidad,
a los prospectores se les permitía reclamar sólo zonas modestas —apenas unos
metros cuadrados— y aquí empezaron los problemas. Cuando en abril de 1860 se
encontró oro en Lambing Flat, como se llamaba Young entonces, aparecieron
buscadores de fortuna en cantidad. En 1861, 22.000 personas, entre ellas 2.000
chinos, excavaban en un pedazo de tierra del tamaño de una alfombra. Era
inevitable que algunos no encontraran gran cosa. Muchos de los mineros
empezaron a mirar con resentimiento a los chinos, que parecían soportar el
calor y las privaciones con más entereza que sus compañeros europeos, y que colaboraban
entre ellos de tal forma que les daba una injusta ventaja. Además parecía que
encontraran más oro. Y encima eran chinos.
El
resultado fue que los buscadores blancos decidieron dar una paliza a los
chinos. Sin duda mejoraría mucho las cosas. Así, a mediados de 1861 se organizó
una minoría sustancial de mineros blancos —entre 2.000 y 3.000, parece ser— y
empezó una revuelta. Fue un movimiento curiosamente organizado. Para empezar,
los alborotadores llevaron una orquesta, que tocó Rule Britannia y La
Marsellesa entre otras canciones entusiastas que consideraron
adecuadas para una revuelta civil. También confeccionaron y enarbolaron una
gran bandera, que desde entonces se ha convertido en un emblema de la historia
australiana. La banda tocaba por su lado las melodías que uno oye normalmente
el domingo por la tarde en un concierto en el parque, mientras los mineros se
dirigían a la zona china a pegar a la gente con los mangos de las piquetas o
aún peor, a robarles y prender fuego a sus tiendas. Después, para zanjar el
asunto, se fueron a quemar el juzgado. Posteriormente se juzgó a once de los
alborotadores pero no se condenó a ninguno. Sin duda no fue el mejor momento de
Australia.
El
resultado inmediato de todo esto no os lo puedo contar. Manning Clark, que es
—tengo que decirlo— un historiador que me saca de quicio, menciona que un
minero europeo murió en la refriega, pero no da un indicio de cuántos chinos
murieron o resultaron heridos. Tampoco dice qué fue de ellos: si los echaron
para siempre del lugar o el ambiente se tranquilizó y volvieron al trabajo. Lo
seguro es que la revuelta de Lambing Flat comportó la adopción de lo que se
conoce como la White Australian Policy, que esencialmente prohibió la
emigración de personas no europeas hasta 1970. Lo cual —y no pretendo hacer
ningún juego de palabras— daría color a todos los aspectos de la vida
australiana durante más de un siglo.
El
Lambing Flat Museum era un edificio de ladrillo grande, viejo y de un solo
piso, situado en una calle lateral. Ya estaba allí cuando abrieron —algo que
parecía exigir mucho descorrer de cerrojos y manejo de llaves por la parte
interior—. Empezaba a sospechar que no se trataba de una institución tan
popular o importante como había creído, porque cuando la puerta se abrió de
golpe, la mujer que apareció al otro lado estuvo a punto de caerse del susto.
—«¡Vaya sobresalto!» dijo, chasqueando la lengua alegremente como si le hubiera
gastado una broma—, lo que me dejó con la sensación de que los visitantes eran
más bien escasos. De todos modos, parecía contenta de tenerme allí y, después
de aceptar mis tres dólares de entrada, me conminó a no apresurarme y a dirigirme
a ella si tenía alguna duda.
El museo
era bastante grande y estaba lleno de una colección extraordinaria de artículos
—planchas de hierro, hormas de bota, un cochecito, linternas viejas, curiosas
piezas de maquinaria—. Salvo por la ausencia de telarañas podría haber sido el
granero de mi abuelo. En un rincón de la sala principal encontré lo más
importante de la colección del museo —la gran bandera que los sublevados
enarbolaron en 1861. Se la conoce como la «bandera vengan todos», porque tenía
claramente bordadas las palabras: «Vengan todos. Vengan todos. Fuera los
chinos». En su libro A Secret Country, que había leído antes de ir
a Australia, el periodista australiano John Pilger apunta que el Lambing Flat
Museum conmemora el hecho sin presentar ningún tipo de contrición. Si eso era
cierto cuando lo visitó Pilger —su libro se publicó en 1991— ya no era así. Las
cartelas daban una idea equilibrada y reflexiva de la revuelta, aunque con una
curiosa ausencia de cifras de bajas en ambos bandos.
El museo
seguía, y parecía contener todo lo que la gente de Young había desechado:
máquinas de coser, calculadoras, rifles, álbumes de boda, trajes de bautizo.
Sobre una mesa había un recipiente lleno de diminutas bolitas negras y
brillantes con miles. Las miré de cerca, intentando adivinar qué eran.
—
Semillas de canola —dijo una voz, muy cerca, tanto que me hizo pegar un salto.
Me giré y
vi a la señora que me había dejado entrar.
— ¡Oh!
¡Me ha asustado! —dije, y ella sonrió de una forma que me hizo sospechar que
había sido precisamente su intención.
Quizá,
pensé, así pasaba el rato la gente de Young.
— ¿Lo
encuentra usted todo? —preguntó.
La miré
con interés. ¿Cómo iba a saber si lo encontraba o no todo? Pero contesté:
— Sí,
claro —y añadí educadamente—. Es muy interesante.
— Sí, hay
mucha historia en Young —afirmó, y echó un vistazo como si pensara que había
demasiada.
Volví a
mirar el recipiente de semillas.
— ¿Tienen
mucha canola por aquí? —pregunté.
— No
—dijo sencillamente.
Lo sopesé
e intenté pensar en algo más que decir.
— Bueno,
si se deciden a empezar, ya tienen semillas —observé por decir algo.
— Hay
gente que lo llama… colza[12] —dijo
cuchicheando la última palabra y arqueando las cejas significativamente.
— Sí
—dije en un tono que intentaba ser comprensivo.
—
Prefiero canola.
— Yo
también.
No sé por
qué lo dije. No tengo ningún criterio sobre nombres de semillas, por muy
emotivos que sean, pero me pareció más prudente no llevarle la contraria.
Por
suerte, sonó una campana justo entonces —la clásica campana que se oye cuando
se entra en una tienda— y se fue. Esperé unos segundos y yo hice lo mismo,
porque ya había visto todo lo que quería y tenía ganas de ponerme en marcha.
En la
sala de entrada una pareja de mediana edad compraba las entradas. El sitio era
pequeño y tuve que esperar a que terminaran y se apartaran para dejarme pasar,
y le di las gracias a la señora del pelo blanco al pasar.
— Le ha
gustado, ¿verdad que sí? —me preguntó.
— Mucho
—mentí.
— ¿Está
aquí de vacaciones? —preguntó la visitante, sin duda captando mi acento.
— Sí, eso
es —volví a mentir.
— ¿Le
está gustando Australia?
— Me
encanta —esto no era mentira, pero ella me miró dudosa—. De verdad —añadí.
Entonces
sucedió una cosa muy rara, bueno, a mí me pareció rara. La visitante me puso
una mano en el brazo y dijo, en tono realmente angustiado:
— Espero
que todo el mundo se porte bien con usted.
La miré.
— Pues
claro que sí —dije—. Los australianos son muy simpáticos.
Me miró
con una expresión implorante.
— ¿De
verdad lo cree?
No me
interpretéis mal. Los australianos son personas maravillosas, pero cuando se
ponen introspectivos resulta todo un poco raro.
Asentí.
— De
verdad —dije intentando tranquilizarla—. Los australianos son muy simpáticos.
— ¡Pues
claro que lo son, Maureen! —ladró su marido—. Somos la sal de la tierra. Deja
que se marche, pobre hombre. Seguro que quiere ver otros lugares.
Era
claramente de la otra escuela de arquetipos australianos, más campechanos, de
los que piensan que cualquiera que no haya tenido la suerte de nacer en
Australia está poco favorecido por el destino y probablemente tenga un pito
diminuto, pobrecillo.
Y tenía
razón, claro, me refiero a lo de ver otros lugares. Ya era hora de ir a
Canberra.
I
Hasta que
las seis colonias australianas se federaron en 1901, estaban separadas hasta un
extremo absurdo. Cada una tenía sus propios sellos, su horario, su sistema de
tasas y exenciones. Como observa Geoffrey Blainey en A Shorter History
of Australia, el propietario de un pub de Wodonga, Victoria, que deseara
vender cerveza elaborada en Albury, en la orilla opuesta del Murray River en
Nueva Gales del Sur, pagaba tantas tasas como con la cerveza que se traía de
Europa. Evidentemente, era una locura. Por ello, en 1891, las seis colonias
(más Nueva Zelanda, que estuvo a punto de unirse a ellas, pero abandonó
después) se reunieron en Sydney para discutir la formación de una nación como
dios manda, que se conocería como la Commonwealth de Australia. Se tardó varios
años en pulir todos los puntos, pero el 1 de enero de 1901 se proclamó una
nueva nación.
Como
Sydney y Melbourne estaban tan igualadas en cuestión de preeminencia, se
acordó, en aras de la convivencia, construir una nueva capital en algún lugar
del bush. Mientras tanto, Melbourne sería la capital interina.
Pasaron
años sin que se decidiera dónde debía instalarse la capital hasta que los
responsables se fijaron en una oculta comunidad de granjeros cerca de
Tidbinhilla Hills, en el sur de Nueva Gales del Sur. Se llamaba Canberra,
aunque entonces respondía a la versión inglesa de Canberry. Fría en invierno,
con un calor abrasador en verano, lejos de todas partes, ocupaba una situación
inverosímil para ser una capital nacional. Unos dos mil trescientos kilómetros
cuadrados de territorio circundante, la mayoría de pastos prácticamente
inútiles, fueron cedidos por Nueva Gales del Sur para formar la Capital
Territorial Australiana, una zona federal a semejanza del distrito americano de
Columbia.
La joven
nación ya tenía capital. El siguiente problema era cómo llamarla, y así se
consumió otro período entre apasionados rencores para resolver la cuestión.
King O’Malley, un político de origen americano, uno de los impulsores de la
federación, quería llamar a la nueva capital Shakespeare. Se sugirieron otros
nombres como Myola, Wheatwoolgold, Emu, Eucalypta, Sydmeladperbrisho (las
primeras sílabas de las capitales estatales), Opossum, Gladstone, Thirstyville,
Kookaburra, Cromwell y el fatuo y malsonante Victoria Defendera Defender.
Finalmente, Canberra ganó más o menos por defecto. En una ceremonia oficial
para sancionar la decisión, la esposa del gobernador general habló ante una
reunión de dignatarios y «con voz quejumbrosa» anunció que el nombre ganador
era el que siempre se había utilizado. Desgraciadamente, nadie la había
informado, y lo pronunció mal, colocando el acento enfáticamente en la sílaba
media en lugar de ligeramente en la primera. No tiene importancia. La joven
nación tenía capital y denominación, y, desde la unión, sólo habían tardado
once años en conseguirlo. A ese paso arrollador, y si todo iba bien, podrían
tener la ciudad en marcha al cabo de unos cincuenta años. Aunque, tardó
bastante más.
Aunque
Canberra es ahora una de las ciudades más grandes de la nación y una de las
poblaciones más importantes de la Tierra, sigue siendo la parte más recóndita
de Australia. Teniendo en cuenta que es la capital, no es nada fácil llegar a
ella. Para ello hay que desviarse 65 km de la carretera principal de Sydney a
Melbourne, la Hume Highway, y está igualmente abandonada por la principal línea
de ferrocarril. Su carretera más importante hacia el sur no va a ninguna parte
y no se puede llegar a la ciudad por el oeste como no sea por una pista que
parte del pueblecito de Tumut.
En 1996,
el primer ministro, John Howard, armó un escándalo después de su elección al
negarse a vivir en Canberra. Dijo que seguiría residiendo en Sydney y viajaría
a Canberra cuando hiciera falta. Como podéis imaginaros, esto armó un revuelo
entre los ciudadanos de la capital, probablemente porque no se les había
ocurrido a ellos antes. Lo más interesante es que John Howard es el hombre más
aburrido de Australia. Imaginaos a un comprometido director de pompas fúnebres
—alguien cuya mayor ambición desde los once años fuera hacer ese trabajo, y que
estuviera orgulloso de haber sido elegido con el tiempo presidente de la
Asociación de Directores de Pompas Fúnebres del Distrito—, después partid por
la mitad su personalidad, volved a partirla de nuevo y tendréis a John Howard.
Cuando un hombre tan pasmosamente soso como John Howard le hace ascos a un
sitio vale la pena echarle un vistazo. Me moría de ganas de verlo.
Te
acercas a Canberra por una carretera de dos carriles que discurre por un
paisaje de bosques, gradualmente se metamorfosea en un bulevar más urbano,
aunque sigue siendo bosque, y finalmente llegas a una zona de casas bien
distanciadas y de aspecto imponente, entonces te das cuenta de que ya has
llegado —o lo más cerca que puedes «llegar» a un lugar tan disperso y vago como
Canberra—. Es una ciudad muy rara, porque no es realmente una ciudad, es más
bien un parque enorme con una ciudad disimulada dentro. Toda ella es césped,
árboles, setos y un gran lago ornamental. Todo muy agradable, pero un poco
insólito.
Alquilé
una habitación en el Hotel Rex sencillamente porque fui a parar allí y no había
estado nunca en un hotel con nombre de animal doméstico. El Hotel Rex era
exactamente lo que esperarías de un gran hotel de cemento denominado Rex. Pero
me daba igual. Me moría de ganas de estirar las piernas y brincar un poco por
tanto verdor. Así que me registré, dejé mis maletas y volví enseguida al aire
libre. Había pasado ante una oficina de turismo antes de entrar y me pareció
recordar que estaba cerca, o sea que decidí ir dando un paseo. Resultó ser muy
lejos, pero que muy lejos, que es lo que suele suceder en Canberra.
La
oficina de turismo estaba a punto de cerrar cuando llegué, y era simplemente un
puesto de folletos de atracciones turísticas y lugares donde pasar la noche. En
un lateral había una sala de cine que pasaba una película de promoción
patéticamente optimista con el título de Canberra: ¡lo tiene todo!,
de esas que se jactan de que puedes practicar esquí acuático, comprarte un
traje de noche y comer una pizza, todo el mismo día, porque esta ciudad… ¡lo
tiene todo! Os lo podéis imaginar. Pero me tragué la película tan contento
porque la sala tenía aire acondicionado y era un placer sentare después de
tanto caminar.
Por
suerte no necesitaba un vestido de noche, ni una pizza, ni practicar esquí
acuático, porque al volver a la calle no encontré nada de eso. Pero os advierto
que, si algún día vais a Canberra, no salgáis del hotel sin un buen mapa, una
brújula, provisiones para varios días y un teléfono móvil con el número del
servicio de socorro. Anduve dos horas por barrios verdes, agradables,
interminables e idénticos, sin saber si estaba dando vueltas en círculo. De vez
en cuando llegaba a una rotonda frondosa, con calles que partían en todas
direcciones, y que ofrecían una vista idéntica de aquel paraíso suburbano de
las antípodas. Yo me aventuraba por la que creía que podía devolverme a la
civilización, pero siempre acababa saliendo diez minutos después a otra rotonda
idéntica. No vi a nadie andando o que regara el césped. Muy de vez en cuando
pasaba algún coche, que se paraba en los cruces, y el conductor miraba a su
alrededor con una cara desesperada que parecía decir: «¿Dónde demonios estará
mi casa?».
Pensaba
que encontraría un pub tan bonito como los que había visto en Sydney, un lugar
lleno de trabajadores relajándose al final del día, tan concurrido que habría
gente charlando alegremente hasta en la calle. Después seguiría una cena en un
restaurante de barrio con sabor antiguo y generosas raciones. Sin embargo,
cualquier tipo de diversión parecía ausente de las dormidas calles de Canberra.
Al fin, bruscamente, doblé una esquina y me encontré en pleno centro. Al menos
había tiendas y restaurantes y otras amenidades propias de una ciudad, pero
todo estaba cerrado. El centro de Canberra era una serie de zonas de servicios
intercaladas entre zonas de tiendas, y carecía de todo signo de vida,
exceptuando un ruido de palmas o golpes que reconocí al cabo como de
monopatines. Como no tenía nada mejor que hacer, seguí el sonido hasta una
plaza abierta y vi a media docena de adolescentes, todos con gorras de béisbol
con la visera al revés y pantalones cortos anchos, que afinaban sus modestas y
mal encaminadas habilidades sobre un pasamanos de metal. Me senté un minuto en
un banco y con interés morboso observé cómo se arriesgaban a sufrir una
fractura y traumas testiculares por la efímera satisfacción de deslizarse por
una barandilla de cinco centímetros para ser vencidos por la gravedad y la
imposibilidad de mantener el equilibrio y caer al inflexible asfalto. Era un
objetivo francamente tonto.
Creo que
no hay nada más imbécil que preguntar a seis adolescentes con gorras de béisbol
con la visera al revés que te recomienden un restaurante, pero eso es lo que
hice.
— ¿Eres
americano? —preguntó uno de los chicos en un tono de sorpresa que francamente
no me esperaba en una capital mundial.
Lo
reconocí.
— Hay un
McDonald’s muy cerca.
Amablemente
les expliqué que no era necesario que fuera la comida de mi país.
— Pensaba
en un restaurante tailandés —insinué.
Me
miraron con esa expresión de convencido asombro que sólo se puede hacer cuando
se tienen catorce años.
— ¿O un
indio, quizá? —propuse esperanzado, recibiendo la misma mirada de
no-hay-nadie-en-casa—. ¿Indonesio? —seguí—. ¿Vietnamita? ¿Libanés? ¿Griego?
¿Mexicano? ¿Malayo?
A medida
que la lista crecía, parecían más inquietos, como si temieran que los fuera a
acusar por la falta de variedad culinaria de la zona.
—
¿Italiano? —dije.
— Hay un
Pizza Hut en Lonsdale Street —intervino uno con una mirada triunfal—. Tienen
bufé libre los martes.
— Gracias
—dije, aunque aquello no me llevaría a ninguna parte. Me disponía a marcharme,
pero me volví—. Hoy es viernes —apunté.
— Sí
—dijo el chico, asintiendo solemnemente—. Los viernes no hay.
Encontré
la forma de volver al Rex, pero cuando llegué a la entrada me di cuenta de que
no me apetecía cenar en mi propio hotel. Es un plan aburrido y solitario; como
admitir que uno no tiene vida. La verdad es que no tenía vida, pero esa no es
la cuestión. ¿Sabéis qué es lo más melancólico de cenar solo en tu hotel?
Cuando vienen a retirar los demás servicios de la mesa como diciendo: «Es
evidente que no espera a nadie esta noche, o sea que nos llevamos todo esto, le
dejamos mirando a una columna, y enseguida le traemos un gran cesto con sólo un
panecillo. ¡Diviértase!».
Me quedé
un momento en la entrada del Rex, y volví a salir a la calle. Estaba en un
bulevar importante, aunque apenas tenía tráfico, ocupado por oscuros edificios
de oficinas en plena expansión. Unos centenares de metros más adelante encontré
un hotel parecido al Rex. Tenía un restaurante italiano con entrada propia, y
me pareció lo mejor que podría encontrar. Entré y me quedé de piedra al ver que
estaba lleno de paisanos acicalados como para salir. Su trato familiar con los
camareros y con el entorno en general revelaba una relación con el local algo
más que transitoria. Cuando los propios ciudadanos comen en el restaurante de
un gran hotel de cristal y cemento, uno se da cuenta de que andan, en cierta
medida, necesitados.
El
camarero se llevó los demás servicios de la mesa, pero me trajo seis
bastoncitos de pan, suficientes para compartirlos si hacía algún amigo. Era un
lugar alegre, todo el mundo bebía a gusto —a los australianos les gusta beber,
gracias a dios— y la comida era estupenda, pero seguía siendo evidente que
estábamos cenando en un hotel. En Canberra es habitual, ya lo descubriría,
comer y beber en hoteles grandes y sin carácter y en otros espacios neutros, de
modo que te pasas el tiempo sintiéndote como si estuvieras haciendo escala en
un enorme aeropuerto internacional.
Más
tarde, repleto de pasta, tres botellas de cerveza italiana y los bastoncitos de
pan (no llegué a trabar ninguna amistad), fui a dar otro paseo exploratorio,
esta vez en una dirección ligeramente opuesta, convencido de que en algún lugar
de Canberra tenía que haber un pub normal y posiblemente un restaurante
agradable para la noche siguiente, pero no encontré nada y otra vez fui a parar
al umbral del Rex. Miré el reloj. Eran sólo las nueve y media de la noche.
Entré en el bar del hotel, pedí una cerveza y me senté en una butaca con un
alto respaldo. El bar estaba vacío exceptuando una mesa con tres hombres y una
mujer que se estaban poniendo ruidosamente alegres, y un caballero solitario en
un taburete de la barra.
Me bebí
la cerveza, saqué un pequeño bloc de notas y un bolígrafo y los dejé ante mí en
la mesa por si de repente se me ocurría alguna observación importante, después
saqué un libro que había comprado en una tienda de segunda mano en Sydney. Se
titulaba Inside Australia y había sido publicado en 1972; era
de John Gunther, un periodista americano, un nombre que hace tiempo figuró en
los anales del periodismo de viajes, pero que ahora, yo creo, ha caído en el
olvido. Era su último libro; tenía que serlo porque murió mientras lo
preparaba, pobre.
Lo abrí
por el capítulo de Canberra, ansioso por saber qué decía del lugar en aquella
época. La Canberra que describe es una pequeña ciudad de 130.000 habitantes
«bucólica como una ciudad en el campo», un lugar agradable con pocos semáforos,
poca vida nocturna, un modesto surtido de bares y más o menos «media docena de
buenos» restaurantes. En resumen, que parecía que desde 1972 hubiera ido hacia
atrás. Me enorgulleció descubrir que el Hotel Rex figuraba como un lugar de
buen gusto para turistas —siempre es agradable ver confirmadas tus decisiones
ni que sea al cabo de treinta años— y que su bar se consideraba uno de los más
animados de la ciudad. Levanté la mirada del libro y me estremecí al pensar que
a lo mejor todavía lo era.
Finalmente
pasé al capítulo de la política australiana, que había sido la razón para que
comprara el libro. Aparte de la forma de puntuar en el fútbol australiano y un
plato muy celebrado, pie floater (imaginaos algo poco
apetitoso y marrón flotando sobre algo poco apetitoso y verde), no hay nada en
la vida australiana más complicado y desconcertante para un extranjero que la
política. Había intentado un par de veces leer libros de política australiana
escritos por australianos, pero todos partían de la insólita premisa de que el
tema es interesante —una postura atrevida, sin duda, pero no muy útil—, así que
esperaba que las observaciones más distanciadas de un paisano americano
pudieran ser más instructivas. Gunther había hecho un valeroso intento, hay que
reconocerlo, pero era una misión que sobrepasaba su capacidad de síntesis sin
perder la lucidez. Como ejemplo, lo siguiente es un fragmento de su explicación
del sistema de votación preferente australiano:
Si
después de añadir los segundos votos preferentes a los primeros, no hay todavía
un candidato con una mayoría del total de papeletas escrutadas, el proceso se
repite: las papeletas del candidato en última posición en esta etapa del
recuento se dividen de acuerdo con la segunda preferencia. Si ha heredado
algunos votos eliminados de segunda preferencia del primer hombre, éstos se
redistribuyen de acuerdo con la tercera preferencia. Y así sucesivamente.
Lo que
más me gusta es esa conclusión tan informal «Y así sucesivamente». Es muy hábil
porque es como si dijera: «Yo lo entiendo todo perfectamente, pero no es
necesario que os aburra con los detalles», cuando lo que está diciendo es: «No
tengo ni la más remota idea de lo que significa esto y francamente me importa
un rábano, porque mientras redacto estas palabras estoy sentado en el bar de un
mausoleo del bush, o sea, el Hotel Rex, y es viernes por la noche,
estoy medio colocado, estoy a punto de morirme de aburrimiento y voy a pedirme
otra copa». Lo más extraordinario es que yo sentía exactamente lo mismo.
Miré el
reloj y me quedé desolado al ver que eran sólo las diez y diez; pedí otra
cerveza, cogí el bloc de notas y el bolígrafo y, después de reflexionar un
minuto, escribí: «Canberra, lugar espantosamente aburrido. Pero cerveza fría».
Pensé un poco más y escribí: «Comprar calcetines». Dejé el bloc de notas sobre
la mesa, pero no lo guardé, e intenté sin mucho éxito enterarme de la
conversación que mantenían los cuatro animados personajes de enfrente. Entonces
decidí inventarme un nuevo eslogan para Canberra. Primero escribí: «Canberra:
¡no tiene nada!» y después «Canberra ¿por qué esperar a la muerte?». Pensé un
poco más y escribí: «Canberra. ¡Una puerta a cualquier otro lugar!», que es la
que más me gusta. Pedí otra cerveza e hice un dibujo donde veía a dos salmones
jóvenes, que después de subir por una serie de animadas cascadas, descansaban
agotados en un estanque de agua en calma, y uno le decía al otro: «¿Por qué no
paramos un momento y nos la cascamos?». Esto me hizo mucha gracia y me guardé
el papel en el bolsillo para cuando aprendiera a dibujar algo que la gente
pudiera reconocer. Seguí escuchando al grupo un poco más, asintiendo y
sonriendo apreciativamente cuando parecía que decían una ocurrencia y esperando
que me vieran y me invitaran a reunirme con ellos, pero no lo hicieron. Me tomé
otra cerveza.
Creo que
la última cerveza fue un error porque no recuerdo gran cosa después, aparte de
esa sensación de suprema buena voluntad hacia cualquiera que pasara por la
habitación, incluida una señora filipina que entró con una aspiradora y me
pidió que levantara las piernas para limpiar debajo de la butaca. Mis notas de
la noche incluyen sólo dos entradas más, las dos con una letra bastante
ilegible. Una dice: «Victoria Bitter: ¿por qué la llaman así? No es amarga en
absoluto. ¡Pero qué buena es!». La otra decía: «Te lo juro, Barry, ¡le salían
los pedos con chispas!». Creo que lo último tenía que ver más con alguna
expresión australiana que había oído en la otra mesa que con una manifestación
flatulenta.
Pero
puedo equivocarme. Algo de eso había.
Por la
mañana, al despertarme me encontré que en Canberra caía una monótona y pertinaz
lluvia. Tenía planeado pasear por el puente principal sobre el Lake Burley
Griffin y acercarme al barrio de museos y edificios administrativos del otro
lado. Hacía una mañana espantosa, era una tontería salir a pasear, pero aun me
sentí peor cuando me di cuenta inexorablemente, al salir del hotel, de que me
había embarcado en una expedición todavía más épica que la de la tarde
anterior. Canberra es la ciudad más espaciosa que uno pueda imaginarse. Sobre
el papel resulta estimulante, con su lago serpenteante, las avenidas frondosas
y las 4.000 hectáreas de parques (para hacerse una idea, Hyde Park en Londres
tiene 137 hectáreas), pero a la hora de la verdad es sólo una barbaridad de
jardines extensísimos, interrumpidos a intervalos distantes por edificios y
monumentos.
Vale la
pena pensar por qué ha acabado así. En 1911, una vez decidida la instalación de
la capital, se convocó un concurso para diseñarla, que ganó un tal Walter
Burley Griffin de Oak Parks, Illinois, un discípulo de Frank Lloyd Wright. El
diseño de Griffin era sin lugar a dudas el mejor, pero eso no significa mucho.
Otro concursante, un francés llamado Alfred Agache, sin tener demasiado en
cuenta las reglas, u omitiéndolas del todo, colocó el Parlamento y muchos otros
edificios en una llanura inundable, garantizando que los legisladores se
dedicarían a achicar el agua cuando lloviera mientras debatían. Además, por
razones que invitan a la especulación, situó la depuradora de aguas residuales
en el centro de la ciudad, a modo de pieza central. A pesar de tan
estrafalarios fallos, su propuesta quedó la tercera. La segunda fue para Eliel
Saarinen, padre de Eero, el hombre que convenció posteriormente a los jueces
del Opera House de que eligieran el atrevido diseño de Jørn Utzon. El diseño de
Saarinen padre era perfectamente factible, pero tenía algo de brutal, una
especie de toque de proto Tercer Reich que inquietó a los jueces australianos.
El plan
de Griffin, en cambio, era atractivo de entrada. Proyectaba una gran ciudad
jardín de 75.000 habitantes con avenidas bordeadas de árboles que la cruzaban y
un lago ornamental en el centro. Elegante y tranquila, majestuosa pero no
arrogante, se ajustaba a los modestos deseos de respetabilidad que caracterizan
al australiano. Además, Griffin fue capaz de entender el alcance de la
presentación. Lo suyo no eran simples esbozos que parecieran garabateados en
una servilleta de un bar, sino una serie de cuadros panorámicos exquisitamente
dibujados en un trazo muy fino. Para ello tuvo la inestimable ayuda —decisiva,
diría— de su nueva esposa, Marion Mahony Griffin, sin duda una de las grandes
artistas de la arquitectura de este siglo.
Los
dibujos, realizados por Marion, muestran la silueta de la ciudad llena de
formas gráciles —una cúpula aquí, un zigurat allá— pero poca cosa en detalle.
Son impresiones seductoras, etéreas y astutamente distantes. Son unos dibujos
que pueden contemplarse durante horas con placer, pero dejas de mirarlos y ya
no te acuerdas de ellos, no te queda más que la sensación de una composición
agradable. Aunque Griffin y su esposa no habían estado nunca en Australia
(trabajaban con mapas fotográficos) los dibujos muestran una extraordinaria
afinidad con el paisaje —una apreciación de su simple y ordenada belleza y sus
grandes cielos que jurarías basada en el conocimiento del terreno—. No le
estamos quitando méritos a Walter: era un arquitecto dotado e incluso a veces
inspirado, pero Marion fue el genio del proyecto.
Los
Griffin tenían una tendencia decididamente bohemia —a él le gustaban los
sombreros blandos y grandes y las corbatas de terciopelo; ella tenía una
desafortunada afición a bailar en los claros del bosque con túnicas diáfanas, a
lo Isadora Duncan— y esto sin duda se volvió contra ellos en el áspero y
realista mundo de la política australiana de la segunda década del siglo. En
definitiva, encontraron escasos fondos y poco entusiasmo cuando llegaron a
Australia en 1913, y el estallido de la Primera Guerra Mundial al año siguiente
lo estropeó todo aún más. Una vez allí, Griffin no parecía capaz de ponerse
manos a la obra. No tenía experiencia en la gestión de un gran proyecto y
tampoco se ajustaba a su forma de ser. En 1920 no se había hecho nada más que
un somero trabajo de señalización de las principales calles. A finales de año,
más o menos de común acuerdo, abandonaron el proyecto.
Griffin
permaneció en Australia quince años más y se convirtió en uno de los
arquitectos más ilustres del país, pero los edificios que diseñó no se llegaron
a construir o desde entonces los han derribado. Cada vez más atrapado en
problemas económicos, se trasladó a la India en 1935. Allí, en 1937, contrajo
una peritonitis al caer de un andamio y murió con sesenta años. Lo enterraron
en una tumba anónima. Hoy día lo único que ha perdurado de una larga y
laboriosa carrera profesional son el Newman College, en la Universidad de
Melbourne, un par de incineradoras municipales y Canberra, pero Canberra ni
siquiera es toda suya.
Sólo el
dibujo de la planta, por decirlo de algún modo, es suyo: las avenidas, las
rotondas, el lago que parte la ciudad en dos. Las edificaciones fueron a parar
a distintas manos. Se construyó toda una ciudad siguiendo su proyecto, pero no
se obtuvo la coherencia que contenía su diseño. Es un montón de edificios
estatales aislados en una estepa artificial. Incluso el lago, que serpentea
entre la mitad comercial y parlamentaria de la ciudad, tiene algo curioso de
monótono y artificial. En un promontorio abrupto de la zona norte del bosque
había un edificio de proporciones modestas llamado National Capital Exhibition,
y allí me dirigí primero, más con la esperanza de deshidratarme un poco, que
porque esperara ampliar mi educación significativamente.
Estaba
bastante lleno. En la entrada principal había dos simpáticas señoras sentadas
ante una mesa con un montón de bolsas de regalo para los visitantes —bolsas
grandes, amarillas y brillantes—, y todos los que pasaban las aceptaban con
expresiones de gratitud y profunda emoción.
— ¿Una
bolsa para visitantes, señor? —me llamó una de las señoras.
— Oh, sí
por favor —dije, más entusiasmado de lo que me gusta admitir.
La bolsa
para visitantes era una pesada ofrenda, pero tras una inspección descubrí que
no contenía más que un montón de folletos —las obras completas, parecía, de la
oficina de turismo que había visitado el día anterior—. La bolsa pesaba tanto
que las asas se tensaban y rozaba el suelo. La arrastré un rato hasta que
decidí abandonarla detrás de una planta. Y ahora viene lo bueno. ¡Ya no había
sitio! Allí había por lo menos noventa bolsas. Miré a mi alrededor y me di
cuenta de que casi nadie llevaba la bolsa de plástico. Apoyé la mía contra la
pared, junto a la planta, y al incorporarme vi a un hombre que venía hacia mí.
— ¿Es ahí
dónde van las bolsas? —preguntó, seriamente.
— Sí,
aquí es —contesté con la misma seriedad.
Asumiendo
mi transitorio cargo de director de asuntos internos lo vi apoyar la bolsa
cuidadosamente contra la pared. Después las observamos los dos un momento
prudentemente, encantados de haber contribuido a la importante tarea de
trasladar centenares de bolsas amarillas del vestíbulo a un punto de reunión de
la sala contigua. Mientras estábamos así, llegaron dos más.
—
Déjenlas ahí —propusimos los dos, casi al unísono, e indicamos donde estábamos
apuntalando la pared.
Después
intercambiamos satisfechos saludos con la cabeza y entramos en el museo.
El
National Capital Exhibition era excelente. Estas cosas suelen serlo en
Australia. No era un edificio muy grande, pero daba una buena información sobre
la historia y el desarrollo de Canberra. Lo que me sorprendió fue lo reciente
que era todo. Algunas paredes exponían fotografías de Canberra en el pasado, y
eran impresionantes en comparación con el presente. Lake Burley Griffin[13], por
ejemplo, no se llenó hasta 1946. Antes había sido una ciénaga en el centro de
la ciudad. En otra parte, un par de fotografías aéreas contrastadas mostraban
Canberra en 1959 (39.000 habitantes) y Canberra ahora (330.000 habitantes).
Aparte de algunos edificios en lo que se conoce como Zona Parlamentaria y el
relleno del lago, lo más notable era lo poco que había cambiado el aspecto de
la ciudad.
Tras
tanta información, tenía ganas de verlo todo con mis propios ojos, por lo que
salí de allí y emprendí el camino del bosque contiguo hacia el Commonwealth
Avenue Bridge y la parte lejana y, según dicen, oficial de la ciudad. Había
dejado de llover, pero Lake Burley Griffin exhibe una maravilla de la
ingeniería (la maravilla es que se molestaran en hacerla), el Captain Cook
Memorial Jet, una especie de surtidor que lanza agua varios centenares de
metros hacia arriba de una forma tan poco llamativa que asombra, porque pilla
cualquier brisa y la difumina en una rociada fina pero torrencial sobre el
puente y todo lo que haya en él. Suspirando, lo crucé y salí al otro lado,
donde había una zona de césped extravagante por lo espaciosa, punteada a
intervalos distantes por edificios gubernamentales y museos, todos tan remotos
como los objetos que se ven por la parte equivocada de un telescopio.
Incluso
el National Capital Authority, el órgano que gobierna la ciudad, admite en un
folleto promocional que «muchas personas creen que la Zona Parlamentaria tiene
un carácter vacío e inacabado, donde las vastas distancias entre las
instituciones y otras instalaciones desaniman a los peatones a moverse y
realizar actividades». Eso digo yo. Era como caminar por el recinto de una
feria mundial enorme que no hubiera acabado de desmontarse nunca del todo.
Fui
primero a la Biblioteca Nacional porque quería ver el diario del Endeavour,
el famoso diario de viaje del capitán Cook. Él, naturalmente, se llevó el
diario a su casa después de su épico viaje de descubrimientos, pero se perdió
después de su muerte y así continuó casi ciento cincuenta años, hasta que
apareció en una subasta de Sotheby’s en Londres, en 1923. El gobierno
australiano lo compró inmediatamente por 5.000 libras esterlinas (casi el doble
de lo que estaba dispuesto a pagar por el diseño de la ciudad en que se guarda)
y ahora se trata con la clase de reverencia que en Estados Unidos reservamos a
antiguos tesoros como la Constitución y Nancy Reagan. Desgraciadamente, como
descubrí cuando me presenté en el mostrador de recepción, no está expuesto, y
sólo se puede ver una vez a la semana con cita previa.
Miré
desanimado al hombre.
— Pero si
he viajado 13.500 km —balbuceé.
— Lo
siento —dijo, como si lo sintiera de verdad.
— He
pasado una noche en el Rex —dije, pensando que lo ablandaría, pero no estaba en
su mano ayudarme.
Sin
embargo, sí que me facilitó un folleto donde se podía ver una foto del diario y
me animó a dar una vuelta por las galerías públicas. Resultaron ser
espléndidas. Una sala tenía retratos de australianos notables (bueno, al menos
para otros australianos) y en otra había una exposición de los dibujos
originales del Opera House de Sydney. Entre ellos había no sólo los esbozos
ganadores de Utzon, sino los que habían quedado segundo y tercero, ambos
radiantes y mediocres. En segundo lugar había quedado un gran cilindro con
estampado de arlequín en acero inoxidable. En tercer lugar algo que parecía un
gran supermercado. En una vitrina de cristal había una maqueta de madera, obra
de Utzon, mostrando que las velas del tejado del Opera House no pretendían
equiparar a los veleros del puerto (una afirmación que se hace una y otra vez
en libros y artículos, dentro y fuera de Australia), sino que son simples
secciones de una esfera.
Después
había otras 400 hectáreas de sabana sin civilizar hasta la National Gallery, un
museo sorprendente por su enormidad, metido en una especie de fortaleza. Era
espacioso y variado y en general muy interesante. Me conmovieron especialmente
las pinturas del outback de Arthur Streeton, de quien no había
oído hablar, y la gran colección de pinturas aborígenes, realizadas sobre
corteza enrollada u otra superficie natural y cubiertas de manchas de colores y
garabatos. Un hecho que se destaca poco es que los aborígenes tienen la cultura
más antigua de la Tierra, y su arte se remonta a las auténticas raíces.
Imaginaos que hubiera una gente así en Francia que pudiera llevaros a las
cuevas de Lascaux y explicaros con detalle el significado de las pinturas —por qué
el bisonte huye del rebaño, qué significan esas tres líneas onduladas— porque
para ellos está tan fresco y tiene tanto sentido como si lo hubieran hecho
ayer. Pues los aborígenes pueden hacerlo. Es una gesta humana sin igual, poco
apreciada, y creo que merece que lo mencione aquí, ¿no os parece?
Tenía la
intención de ir al Parlamento, pero al salir de la National Gallery descubrí
que la tarde estaba en el ocaso. Tendría que dejarlo para el día siguiente.
Empecé a bajar la suave pendiente hacia el lago y el puente. El cielo se estaba
aclarando y en las colinas lejanas se veían retazos de luz plateada. Ahora que
las nubes habían cesado su asalto a la tierra y se habían retirado a unas
alturas más algodonosas, la vista era realmente preciosa. Canberra es una
ciudad de monumentos, la mayoría muy grandes y casi todos con su propia avenida
de árboles; desde allí los contemplabas de una ojeada. Me recordaba menos a una
ciudad —mucho menos— que a, pongamos, un campo de batalla. Producía esa
sensación de espacio y respetuoso verdor que encuentras en Gettysburg o
Waterloo.
Era
imposible creer que 330.000 personas estuvieran incluidas en esa vista y fue
esta idea —que me sobresaltó— la que me hizo cambiar mi percepción de Canberra.
La había estado ridiculizando por lo que era su mayor logro. Era un lugar que,
sin el menor indicio de estrés, se había multiplicado por diez desde finales de
los años cincuenta y seguía siendo un parque.
Me
imaginé alguna comunidad pequeña y agradable de Estados Unidos como Aspen,
Colorado, intentando absorber 30.000 residentes más en cuarenta años y pensé en
los kilómetros de infraestructura que habría que montar en cualquier parte y de
cualquier manera; los centros comerciales y los aparcamientos, las carreteras
elevadas sobre un bosque de rótulos brillantes y vallas publicitarias, las
hectáreas de zonas residenciales («¡Adiós a los bosques! ¡Adiós a las
granjas!»), los supermercados y tiendas lejanas, la maraña de moteles,
estaciones de servicio y restaurantes de comida rápida. En Canberra no hay nada
de eso. Se puede considerar un triunfo. Mis sentimientos hacia la ciudad se
habían transformado instantáneamente.
Aun así,
uno o dos pubs decentes no le irían mal.
II
Ahora os
explicaré por qué nunca entenderéis la política australiana. En 1972, después
de 23 años de gobierno del Partido Liberal conservador, Australia eligió un
gobierno laborista bajo el liderazgo del elegante y urbano Gough Whitlam.
Enseguida, el gobierno de Whitlam emprendió un ambicioso programa de reformas,
dio derechos a los aborígenes, hizo volver a los soldados australianos de
Vietnam, declaró gratuita la educación universitaria y muchas cosas más. Pero,
como sucede a veces, el gobierno perdió gradualmente su mayoría y en 1975 el
Parlamento estaba en un punto muerto del que ni Whitlam ni el líder de la
oposición, Malcolm Fraser, pensaban moverse.
En este
callejón sin salida intervino el gobernador general, sir John Kerr,
representante oficial de la reina en Australia. Haciendo uso de un privilegio
de reserva no invocado anteriormente, disolvió el gobierno de Whitlam, puso a
Fraser al mando y convocó elecciones generales. El ultraje y la indignación que
sintieron los australianos ante la arbitraria interferencia es difícil de
describir. El país fue presa de un furioso resentimiento. Antes de que tuvieran
la menor posibilidad de resolver sus diferencias entre ellos, un representante
no elegido de un gobierno del otro lado del planeta había tomado cartas en el
asunto. Era un recordatorio humillante de que Australia seguía siendo en el
fondo una colonia subordinada constitucionalmente al Reino Unido.
No
obstante, como se les exigía, los australianos celebraron unas elecciones
generales en las que los votantes expulsaron abrumadoramente —abrumadoramente—
a Whitlam y eligieron a Fraser. En otras palabras, el electorado refrendó
tranquilamente la acción que tanto había sublevado a la nación hacía sólo un
mes.
A esto me
refiero cuando digo que nunca entenderéis la política australiana.
Parte del
problema, naturalmente, es que es imposible seguir la política australiana
desde el extranjero porque nos llegan muy pocas noticias de los asuntos del
país. Pero aunque estés allí y te apliques a seguir el tema, te encuentras
preso en una densidad de argumentos, una complejidad de puntos delicados, una
madeja de relaciones y enemistades que impide la comprensión. Dales un tema a
los australianos, y discutirán apasionadamente y con tanto detalle, desde
tantos ángulos, con la introducción de tantos asuntos secundarios que le
resultará impenetrable a un forastero.
En el
momento de mi visita, el tema nacional era si Australia se convertiría en una
república, si cortaría sus últimos lazos coloniales con Gran Bretaña y
adoptaría medidas para asegurarse de que ningún futuro John Kerr volviera a
humillar de aquella forma a la nación. A mí no me parecía cuestionable. Es
obvio que cualquier nación querría tener el control de su propio destino. Uno
esperaría, como mínimo, que la decisión fuera clara.
Sin
embargo, sé con seguridad que los australianos se han hecho un lío dando
vueltas a cualquier posible objeción a tal cambio durante dos años. ¿Quién será
el nuevo presidente que se ajuste a ese sistema y cómo garantizar que no haga
lo que no debe? ¿Qué haremos con nombres como «Royal Australian Air Force» y
«Royal Flying Doctor Service» si ya no somos «reales»? ¿Qué palabras pondremos
en el nuevo preámbulo de la constitución? ¿Nos referiremos al «compañerismo»
australiano como le gustaría a John Howard o reconoceremos que es un concepto
vacío y tonto? Ay, Señor, qué complicado. Quizá fuera mejor dejar las cosas
como están, y a ver si los británicos son buenos con nosotros.
No
pretendo decir que no sean cuestiones importantes, naturalmente. Pero resulta
muy agotador seguirlo, y acabas con dos impresiones interrelacionadas: que a
los australianos les encanta discutir por discutir y que preferirían dejarlo
todo tal como está. Finalmente, claro, votaron en contra de la república,
aunque en el momento de mi visita parecía un resultado improbable. Otra razón
por la que los forasteros nunca entenderán la política australiana.
Por otro
lado, y eso compensa bastante, los australianos tienen los mejores y más
entretenidos debates parlamentarios del mundo. Las noticias de televisión de
Estados Unidos, e incluso la británica, se animarían enormemente si ofrecieran
un informe diario del debate australiano. No haría falta explicar de qué iba el
asunto —de todos modos por lo general no hay quien lo entienda—, sino
simplemente permitir que el público disfrutara del intercambio de insultos.
En su
libro Among the Barbarians, el escritor australiano Paul Sheehan
informa de un intercambio de insultos en el Parlamento entre un hombre llamado
Wilson Tuckey y el entonces primer ministro Paul Keating, del que transcribimos
sólo un fragmento:
Tuckey:
«Usted es idiota. Es un tonto acabado […]».
Keating:
«¡Cállese! Siéntese y cállese, cerdo […] ¿por qué no se calla de una vez,
payaso? […] Este hombre tiene una mente criminal […] este payaso nos va
interrumpir eternamente».
Fue un
intercambio muy suave teniendo en cuenta la versatilidad lingüística del señor
Keating. Entre los epítetos que habían salido de su boca en el curso del debate
público y que embellecen las páginas de lo que debería ser el equivalente
australiano del Hansard[14],
figuran cabronazos, basura criminal, depravados, gusanos
estúpidos y malhablados, meaculos, gusanos sarnosos, gigolós
perfumados, chanchulleros cobardes, cabezas cuadradas, timadores
inmundos y merluzas pasmados. Y eso para describir a su
madre. (Es una broma, ¡claro!) No todas las invectivas parlamentarias son tan
groseras, pero todas son igual de buenas.
Había
observado estas cosas con placer en mis visitas a Australia, así que ya os
imaginaréis la ansiedad con que aparqué mi coche en la zona de visita de
Parliament Hill a la mañana siguiente y crucé los ornamentados céspedes para
echar un rápido vistazo antes de marcharme a Adelaida.
Parliament
House es una edificación nueva que sustituyó a la vieja y más modesta
Parliament House en 1988. Es un edificio llamativo y horrible, coronado con una
ridícula erección que hace que parezca un árbol de Navidad. Al entrar, me paré
junto a un estanque ornamental para echar un vistazo a la erección del tejado.
— La
estructura de aluminio más grande del hemisferio sur —declaró, con evidente
orgullo, un hombre con una cámara colgada al cuello que me vio examinándola.
— ¿Hay
muchas estructuras de aluminio compitiendo por el puesto? —pregunté sin poder
contenerme.
El hombre
se quedó confundido.
— Bueno,
no sé —dijo—. Pero si las hay son más pequeñas.
No había
pretendido ofenderlo.
— Bueno,
sí, es… impresionante —concedí.
— Sí
—dijo—. Esa es la palabra. Impresionante.
— ¿Cuánto
aluminio lleva? —pregunté.
— Oh, no
tengo idea. Pero mucho, se lo aseguro.
—
Suficiente para envolver un montón de bocadillos —sugerí ingeniosamente.
Me miró
como si yo fuera peligrosamente imbécil.
— No
sabría decirle —dijo y, después de dudar un momento, se fue.
Como era
domingo por la mañana, no esperaba que el Parlamento estuviera abierto a los
visitantes, pero me equivoqué. Tuve que pasar por una inspección de seguridad y
me retiraron una pequeña navaja de bolsillo; al cabo de veinte minutos estaba
cortando un bollo en la cafetería con algo más letal. El conjunto del
Parlamento es así: superficialmente serio y pendiente de la seguridad, con el
boato de una importante nación, pero al mismo tiempo bastante relajado, como si
supieran que ningún terrorista internacional va a saltarse los parapetos y que
los visitantes no son más que gente como tú y yo, que quiere ver dónde se
deciden las cosas y después tomarse una taza de té y alguna sabrosa golosina en
la cafetería.
Dentro
era bastante más bonito de lo que hacía pensar el soso exterior, con madera del
país cubriendo suelos y paredes. Lo mejor de todo es que no te llevaban en
grupo, sino que te dejaban explorar a tu aire. No he estado en el Capitolio de
Estados Unidos, pero me atrevería a decir que no te permiten deambular donde el
corazón te lleva. Me sentía como si pudiera ir a cualquier lugar; de haber
sabido cuál era la puerta podría haber entrado en el despacho del primer
ministro y dejado una nota en el papel secante o quizá dejar el dibujo de los
salmones para alegrarle el día. Un par de veces probé las manillas de las
puertas. Estaban siempre cerradas, pero no se disparó ninguna alarma ni el
personal de seguridad atravesó las ventanas para inmovilizarme con redes y
llevarme a la sala de interrogatorios. En las zonas donde había agentes de
seguridad, todos eran amables y estaban encantados de responder a tus
preguntas. Me quedé impresionado.
El
Parlamento australiano está dividido en dos cámaras, la Cámara de los
Representantes y el Senado (es interesante, y más bien lamentable, que utilicen
el término británico para denominar la institución y el término americano para
las cámaras) y ambas estaban abiertas para verlas desde las galerías de visita.
Las dos eran bastante pequeñas, pero más elegantes de lo que esperaba. En la
televisión, el verde de la Cámara de los Representantes adquiere un aspecto
bilioso, como si los miembros debatieran dentro del páncreas de alguien, pero
en vivo resulta más refinado y comedido. El Senado, que nunca había visto en
televisión (creo que porque los senadores no hacen nada, pero lo comprobaré en
mi John Gunther y ya os lo contaré), era de un tono ocre más suave.
En un
gran vestíbulo de la planta superior había una galería que contenía retratos al
óleo de todos los primeros ministros, y los observé con interés. Había leído
bastante sobre ellos, como podéis imaginar, y fue un auténtico placer —algo así
como he-oído-hablar-mucho-de-usted— ver finalmente sus caras. Allí tenía al
amable Ben Chifley, el primer ministro laborista después de la guerra y un
hombre del pueblo hasta el punto de que en Canberra vivía en el modesto Hotel
Kurrajong, lo que costaba al contribuyente sólo seis chelines por día, y se le
veía cada día yendo en camisón al bañó comunitario para afeitarse y lavarse con
los demás huéspedes. Después estaba el majestuoso y leonino Robert Menzies, que
fue primer ministro durante veinte años pero se consideraba «británico hasta la
médula» y soñaba con retirarse a una casita de la campiña inglesa, feliz de
volver la espalda a su tierra nativa para siempre. Y el pobre Harold Holt, cuyo
desgraciado fin en el mar en 1967 le granjeó mi eterna devoción.
Es un
grupo bastante pequeño. Desde 1901 Australia sólo ha tenido 24 primeros
ministros, pero me sobresalté al darme cuenta de cuántos no sabía nada. De los
24, conté 14 de los que no sabía absolutamente nada, incluidos ocho
—exactamente un tercio— que no sabía ni que hubieran existido. Entre éstos
había uno con un festivo nombre, sir Earle Christmas Grafton Page, que fue,
para ser justos, primer ministro durante menos de un mes en 1939; pero también
William MacMahon, que lo fue casi dos años a principios de los años setenta y
de cuya existencia no tenía hasta entonces ni la menor sospecha.
Me habría
sentido peor si no fuera porque el día anterior había leído un artículo en el
periódico informando de un estudio del gobierno que decía que los propios
australianos ignoraban quiénes eran estos hombres tanto como yo; que en
Australia había más gente que podía identificar y discutir los éxitos de George
Washington que hacer lo mismo con su propio primer jefe de estado electo, sir
Edmund Barton.
Y con
este sobrio pensamiento en la cabeza, dejé la capital del país y me marché a la
lejana Adelaida.
Hay 1.300
km desde el este de Canberra hasta Adelaida, la mayor parte de ellos por una
carretera solitaria y medio olvidada llamada Sturt Highway. Recibió su nombre
del capitán Charles Sturt, que exploró la región en una serie de expediciones
entre 1828 y 1845. Además de registrar el lánguido curso del río Murray y sus
afluentes, la principal distinción de Sturt fue ser el primero de aquellos
precoces exploradores que demostró cierta competencia. Por ejemplo, sabía atar
sus caballos por la noche. Esto puede parecerle un requisito obvio a todo aquel
que se encuentre en un desierto de centenares de kilómetros, y no obstante fue
un gesto poco utilizado. John Oxley, el cabecilla de una expedición anterior,
no ató bien sus caballos por la noche y al despertarse encontró que se habían
marchado. Él y sus hombres tardaron cinco días a pie en recuperarlos. Poco
después, los caballos volvieron a escaparse. No obstante, a Oxley se le
recuerda con una carretera al norte de Nueva Gales del Sur. Los australianos
son muy generosos en este aspecto.
La Sturt
Highway empieza cerca de Wagga Wagga, a 160 km de Canberra, y cruza un país de
ovejas amplio, llano y de un marrón polvoriento conocido como la Riverina, una
zona de llanuras cortada por los agitados meandros del río Murrumbidgee. Es la
demostración perfecta en tres dimensiones de la rapidez con que puedes
encontrarte en medio de la nada en Australia. Ya estás en un bonito mundo de
prados verdes y pálidas colinas, con pueblecitos situados a distancias
confortablemente seguras, como solo en un vacío despojado de distintivos: un
disco de tierra marrón bajo la cúpula de un cielo azul, y algún que otro
eucalipto ocasional entre ambos. Las agrupaciones por las que pasé no eran
pueblos, apenas un par de casas y una estación de servicio, a veces un pub, y
finalmente nada. Entre Narrandera, el último puesto avanzado de la
civilización, y Balranald, el siguiente, hay 320 km de carretera sin pueblos ni
caseríos por ninguna parte. Cada hora aproximadamente pasaba por un solitario
albergue de carretera —una estación de servicio con una cafetería de esas que
en el gracioso lenguaje de Australia se conocen por «comer y vomitar»— y de vez
en cuando se cruzaba una pista llena de baches que se dirigía hacia una
distante y recóndita cabaña de ovejas. Nada más.
Como para
poner de relieve el aislamiento, todas las emisoras de radio de la zona
empezaron a abandonarme. Una tras otra su señal flaqueó, y aquellas seductoras
voces tan características de las ondas australianas —Vic Damone, Mel Torme,
Frank Sinatra en el punto más despreocupado de su etapa du-bi-du— se
desvanecieron, como si alguna fuerza de gravedad las hubiera devuelto al
agujero del que se habían escapado. Finalmente, el dial de la radio ofrecía
sólo un siseo gatuno ininterrumpido debido a la energía estática, exceptuando
un pequeño tramo silencioso del extremo del dial. Al principio pensé que
aquello era lo que era —un pequeño tramo silencioso— pero después me di cuenta
de que se oía algo así como los roces de unas personas sentadas, y después de
una pausa, una voz calmada y reflexiva dijo:
«Pilchard
empieza su larga carrera desde el poste corto. Arroja la pelota y… oh, ¡fuera!
Sí, ya lo tiene. A Longwilley lo ha pillado Grattan en medio del campo. Vaya,
¿qué te parece esto, Neville?»
«Es algo
nunca visto, Bruce. No he visto un fuera de juego con un lanzamiento tan rápido
como éste desde que Baden-Powell venció a Rangachangabanga por los pelos en
Bangalore en 1948.»
Había
tropezado con el mundo surrealista e inmensamente provechoso del cricket por
radio.
Después
de años de paciente estudio (con el cricket no puede ser de otra manera) he
decidido que al juego no le pasa nada que no pueda mejorar la introducción de
carritos de golf. No es verdad que los ingleses inventaran el cricket como una
forma de hacer que cualquier otra empresa humana pareciera interesante y
animada; eso resultó simplemente un efecto secundario. No es mi intención
denigrar un deporte que gusta a tantas personas, algunas de ellas despiertas y
mirando al lado adecuado, pero es un juego curioso. Es el único deporte que
incluye pausas para comer. Es el único deporte que comparte su nombre con un
insecto[15]. Es el
único deporte donde los espectadores queman tantas calorías como los jugadores
(o más, si son moderadamente inquietos). Es la única actividad competitiva,
exceptuando hacer pan, donde, vistiendo de blanco de la cabeza a los pies, se
sigue tan limpio al final del día como al principio.
Imaginaos
un tipo de béisbol en que el pitcher, después de lanzar, recoge la
pelota del catcher y camina tranquilamente con ella al centro
del campo; y allí, después de dedicar un minuto a reponer fuerzas, se gira y
corre a toda velocidad hacia el montículo del pitcher para
arrojar la pelota a los tobillos del hombre que tiene delante, que está de pie,
con un sombrero de montar, guantes de los que se utilizan para manejar isótopos
radiactivos y un colchón atado a cada pierna. Imaginaos además que, si este
bateador no consigue darle a la pelota, es el propio impulso el que le manda
tambaleándose dos metros hacia delante con los colchones atados: no es que haya
sido presa de un impulso irresistible de correr; puede quedarse allí todo el
día, y, en general, es lo que hace. Si por algún milagro falla un tiro y lo
echan, los jugadores levantan las manos entusiasmados y se abrazan. Entonces
los llaman para tomar el té y se retiran encantados a un pabellón alejado para
fortalecerse antes del siguiente asalto. Ahora imaginaos que dura tanto que
cuando acaba el partido ha caído el otoño y ha pasado el período de préstamo de
los libros de la biblioteca. Eso es el cricket.
Pero hay
que decir que el cricket retransmitido por radio tiene algo incomparablemente
apaciguador. Por radio tiene casi las mismas virtudes que el béisbol —un ritmo
tranquilo, una consoladora devoción por oscuras estadísticas y una reflexiva
meditación histórica, con micromomentos emocionantes de auténtica acción— pero
en el espacio de muchas más horas y con un lujo de terminología y una apacible
elegancia en la expresión que ni siquiera el béisbol puede igualar. Escuchar el
cricket por radio es como escuchar a dos hombres sentados en un bote de remos
en un gran y apacible lago un día en que los peces no pican; es como echar una
siesta sin perder totalmente la conciencia. Por eso es mejor no saber realmente
de qué va. En un ambiente tan enrarecido de satisfacción y falta de actividad,
entender algo no sería más que una distracción.
«Ahí
viene Stovepipe a lanzar en esta preciosa tarde de verano en el MCG» decía uno
de los comentaristas. «Veremos si intenta un fuera de juego desde aquí o prueba
una volea rápida. Stovepipe tiene una forma de lanzar insólita porque
prácticamente se levanta del suelo y empieza su carrera al lado de Carlton
& United Brewery en Kooyong.»
«Tienes
razón, Clive. No sé de nadie que empezara a lanzar tan atrás desde que, en
1957, Stopcock se enganchó la manga en el retrovisor de un autobús número 11
durante la tercera prueba en Brisbane y terminó en Goondiwindi cuatro días
después debido a una espantosa confusión por un cambio horario en Toowoomba
Junction.»
Después
de un largo silencio de los locutores absortos en estos pensamientos, aunque
probablemente salieran a hacer algún recado, volvieron con una calmosa
discusión acerca del fielding en Inglaterra. Neasden, parece,
estaba ofreciendo una gran actuación en square bowel, mientras que
Packet se estaba mostrando más partidario de los regates, pero estas
actuaciones ejemplares palidecieron cuando se compararon con el extraordinario
juego del joven Hugh Twain-Buttocks en el medio campo. Los comentaristas estaban
de acuerdo en que no habían visto a nadie actuar con tanto brío desde que, en
el sesenta y uno, Tandoori confundió a Rogan Josh con un cadáver en Vindaloo.
Al menos Stovepipe, después de encontrar su camino en la línea de ferrocarril
de Flinders Street —la pasarela se ve que estaba cerrada para pintarla—, volvió
al estadio y lanzó la pelota a Hasty, que hábilmente la mandó a córner. Esto se
repitió cuatro veces más durante las siguientes dos horas y después uno de los
comentaristas afirmó: «Vamos a hacer una pausa para el segundo refrigerio.
Quedan todavía miles de pelotas por lanzar, Australia tiene 962, pero
Inglaterra está a cuatro partidos de ser eliminada y rezando para que cambie su
suerte».
Puede que
no conozca la terminología con exactitud, pero creo que más o menos suena así.
El resultado fue que Australia estaba dando a Inglaterra una buena paliza, pero
la verdad es que Australia casi siempre lo hace. Australia casi siempre gana en
casi todas las cosas. Sin duda no ha existido un país más deportivo. En los
Juegos Olímpicos de 1996 en Atlanta, para dar un ejemplo ilustrativo al azar,
Australia, el país número 52 en cuanto a población del mundo, fue el cuarto
país en llevarse más trofeos a casa, los otros eran mucho mayores (los países,
claro, no las medallas). Teniendo en cuenta su población, su éxito se destacaba
de cualquier otro. Los australianos ganaron 3,78 medallas por millón de
habitantes, una tasa más de dos veces y media mayor que la del siguiente país,
Alemania, y casi cinco veces la tasa de Estados Unidos. Además, la cuenta de
medallas ganadas por Australia estaba distribuida entre una gama de catorce
deportes, algo igualado sólo por otro país, Estados Unidos. Es difícil encontrar
un deporte en que los australianos no destaquen. Incluso hay cuarenta
australianos jugando al béisbol profesional en Estados Unidos, cinco de ellos
en las grandes ligas, y los australianos ni siquiera juegan a béisbol, al menos
de forma significativa. Hacen lo que los demás pero también tienen sus propios
juegos, especialmente una forma popular de alboroto controlado denominado
Reglas Australianas de Fútbol. Es sorprendente que en una sociedad tan vigorosa
y activa quede alguien para hacer de público.
No, el
misterio del cricket no es que los australianos lo jueguen bien, sino que lo
jueguen. A mí siempre me ha parecido un deporte muy contenido para el enérgico
temperamento australiano. Los australianos prefieren los deportes donde hombres
fornidos con ropa ligera se parten las narices. Estoy casi seguro de que si el
resto del mundo desapareciera de repente y el desarrollo del cricket quedara en
manos australianas, en una sola generación los jugadores llevarían pantalones
cortos y utilizarían los bates para pegarse entre ellos.
Y la
verdad es que el juego mejoraría mucho.
Al final
de la tarde, cuando los jugadores fueron a tomar un té como dios manda o el
quinto piscolabis o algo así —en todo caso, cuando la actividad en el campo
pasó de ligera a inexistente— me paré en una estación de servicio a poner
gasolina y tomar un café. Examiné mis mapas y decidí pasar la noche en Hay, una
modesta mancha en el desierto a un par de horas de distancia por un desvío de
la carretera principal. Como era la única comunidad en un espacio de 300 km, no
me resultó una decisión difícil de tomar. Después, como no tenía nada mejor que
hacer, hojeé el índice del libro y me divertí de una forma bastante lamentable:
buscando nombres ridículos de los que abundan en Australia. Así, estoy en
condiciones de informar de que los siguientes lugares existen: Wee Waa,
Poowong, Burrumbuttock, Suggan Buggan, Boomahnoomoonah, Waaia, Mullumbimby,
Ewlyamartup, Jiggalong y uno que me produce una suprema satisfacción,
Tittybong.
Cuando
iba a pagar, el hombre me preguntó adónde me dirigía.
— A Hay
—contesté, y de repente se me ocurrió algo gracioso—. Y más vale que me
apresure. ¿Sabe por qué?
Me miró
con cara inexpresiva.
— Porque
quiero llegar a Hay mientras luzca el sol.
La
expresión del hombre no cambió.
— Quiero
llegar a Hay mientras luzca el sol —repetí con un poco más de énfasis y una
expresión más alentadora.
Pronto me
di cuenta de que la cara inexpresiva debía de ser permanente.
— Vaya,
no se preocupe por eso —dijo el hombre después de un minuto de reflexión—.
Quedan muchas horas de luz[16].
Hay era
un pueblecito caluroso y polvoriento pero sorprendentemente agradable en un
desvío de la Sturt Highway, después de cruzar un viejo puente sobre el fangoso
Murrumbidgee. En la habitación del motel, dejé la bolsa y encendí el televisor
reflexivamente. Me salió el cricket; me senté a los pies de la cama y lo miré
con insólita concentración unos minutos. No hay ni qué decir que no estaba
pasando nada en el campo. Un árbitro en traje blanco perseguía un pedacito de
papel y varios jugadores estudiaban el terreno al lado de los postes, sin duda
buscando algo. No sabía qué, pero entonces uno de los comentaristas observó que
Inglaterra acababa de perder un palo, o sea que debía de ser eso. Al cabo de un
rato, en la parte más lejana del campo, un chico larguirucho que había estado
sacando brillo a una pelota con la pernera del pantalón como si fuera a
morderla, echó a correr. Desde lejos lanzó la pelota a un bateador distante,
que levantó el bate despreocupadamente un par de centímetros del suelo y se la
devolvió. Estos movimientos se repitieron escrupulosamente tres veces, y
después el comentarista dijo: «Al final de los cuatrocientos cincuenta y dos,
cuando paramos para la siesta de la tarde, Inglaterra ha aumentado su total a
diecisiete. Así que todavía le queda mucho por hacer si quiere atrapar a
Australia antes del cuarto piscolabis».
Fui a dar
un paseo por el horno, que es la parte más interna de Nueva Gales del Sur en
verano. El día era de un calor excesivo. Las hojas de los árboles de la cuneta
estaban marchitas, como lenguas colgando de la boca. Di unas vueltas por
Lachlan Street, la calle mayor, y después me adentré un poco en el campo para
disfrutar de la puesta de sol —un acontecimiento siempre cargado de calma y
dorada gloria en el bush— con la esperanza, nunca frustrada, de ver
algún canguro saltando pintorescamente a medio plano. Ahora hay más canguros en
Australia que antes de que llegaran los europeos gracias a las mejoras rurales
—el aumento de prados, la creación de estanques y todo eso—, que los han
beneficiado tanto a ellos como a las ovejas y las vacas. Nadie sabe cuántos
canguros hay en el país, pero se cree que la cifra supera los cien millones, lo
que los hace casi tan numerosos como las ovejas. Pero ¿creéis que encontré
alguno por allí? Ni uno.
Volví,
pues, al pueblo y pasé la velada a mi animada manera: grandes cócteles en un
desolado y casi vacío pub, cena de bistec y ensalada en un restaurante cercano
y otro paseo a las afueras del pueblo en busca (vana) de canguros a la luz de
la luna. A las nueve y media aproximadamente estaba de vuelta en mi habitación.
Encendí el televisor y me quedé de piedra al ver que el partido seguía
adelante. Hay que reconocerlo: puede que no sea un trabajo duro pero le dedican
horas. El hombre del traje blanco seguía persiguiendo aquel papel, aunque
resulta difícil asegurar que fuera el mismo pedacito. Inglaterra, según el
comentarista, había perdido otros tres postes, lo que me pareció muy descuidado
por su parte. A ese ritmo se quedarían sin material y tendrían que dejarlo.
A lo
mejor, pensé mientras apagaba el televisor, eso es lo que intentaban.
Por la
mañana, me tomé un buen desayuno para fortalecerme ante otro largo día de
conducción. No hay duda de que el desayuno es el acontecimiento más salvaje de
la sociedad occidental (si no estáis seguros, os insto a nombrar otra ocasión
—la que sea— en que os comeríais un embrión como si nada), y Australia parecía
participar en él plenamente. Una parte muy importante consiste en el tocino. En
lugar de las lenguas de zapato curvas que se consumen en Gran Bretaña o las
aburridas tiras crujientes de regimiento que nos zampamos en América, el tocino
australiano tiene una calidad honestamente carnosa y recia. Parece que se lo
hayan extraído al cerdo mientras intentaba escapar. Casi puedes oír cómo chilla
al morderlo. Me encanta. Además, cortan las tostadas gruesas. Vamos, que los
australianos saben lo que se hacen con el desayuno.
Una vez,
repleto de colesterol y satisfacción, volví a la solitaria carretera. Más allá
de Hay, el paisaje era incluso más insólitamente llano, marrón, vacío y
monótono. La monumental estepa de Australia no es fácil de describir. Es con
mucha diferencia el país menos poblado. En Gran Bretaña la densidad media de
población es de 253 personas por kilómetro cuadrado; en Estados Unidos, de
30,5; en el mundo en general es de 47. (Y, sólo por curiosidad, en Macao, que
tiene el récord, hay 27.600 personas por kilómetro cuadrado.) La media
australiana, en comparación, es de 2,5 personas por kilómetro cuadrado. Pero
incluso esta modesta cifra está muy sesgada, porque de forma abrumadora los
australianos viven en unas pocas agrupaciones a lo largo de la costa y dejan el
resto del país intacto. Por supuesto, la proporción de personas que en
Australia vive en zonas urbanas es del 86 %, tanto como en Holanda y casi como
en Hong Kong. Aquí te encuentras que seis personas ocupan los mismos kilómetros
cuadrados tanto si están en reunión familiar como en una sesión de Aum
Shinrikyo.
De vez en
cuando cruzaba largos kilómetros de matas —una maleza densa y alta que
entorpece la vista— y muy ocasionalmente, llanuras abiertas. Entreveía una
línea baja de verde intenso en el horizonte a mano derecha, que supone señalaba
la zona irrigada a lo largo del Murrumbidgee. Aparte de eso, nada. Sólo tierra
dura que se esforzaba por hacer crecer un poco de hierba seca y la curiosa
acacia espinosa o eucalipto inclinado.
No
siempre fue así. Aunque la Australia interior no ha sido nunca exactamente
verde, gran parte de la tierra marginal experimentó períodos de relativa
frondosidad, que a veces duraron años, o incluso décadas, y tenía una
resistencia natural que le permitía rebrotar después de las sequías. Pero en
1859 un tal Thomas Austin, un terrateniente de Winchelsea, Victoria, un poco
más al sur de donde estaba yo ahora, cometió un gran error. Importó
veinticuatro conejos salvajes de Inglaterra y los soltó en el bush para
poder cazar. No es precisamente una novedad que los conejos se reproducen a
gran velocidad. En un par de años habían invadido la propiedad de Austin y se
estaban propagando por los distritos vecinos. Cincuenta millones de años de
aislamiento habían dejado a Australia sin un solo depredador o parásito capaz
de reconocer a los conejos, y mucho menos zampárselos, así que proliferaron de
forma asombrosa.
Su
apetito era insaciable. En 1880, se habían comido 810.000 hectáreas de
Victoria. Pronto empezaron a pasar a Australia meridional y a Nueva Gales del
Sur, avanzando por el terreno a una velocidad de 120 km por año. Hasta que
llegaron los conejos, gran parte del campo que cruzaba yo había estado
salpicado de bosquecillos frondosos de una mata que comían los emúes, crecía a
una altura de 20 cm y estaba casi todo el año en flor. Sin duda era una
preciosidad y de sus hojas se alimentaban también los pequeños roedores. Pero
los conejos cayeron sobre las matas como langostas, devorándolas —hojas,
flores, corteza, tallos— hasta que no quedó nada. Los conejos se lo comieron
todo, de modo que las ovejas y el resto del ganado se vieron obligados a
extender su campo de acción y también su dieta, castigando aún más las estepas.
Ante la disminución de producción de las ovejas, los granjeros lo compensaron
perversamente aumentando la cantidad de ganado y contribuyendo a la devastación
general.
El
problema ya era lo bastante grave, pero en 1890, después de cuarenta años
insólitamente verdes, Australia sufrió una traidora sequía que duró una década,
la peor de la historia. La tierra se agrietó y se convirtió en polvo, la capa
superficial del suelo —ya la más fina del mundo— desapareció, y nunca volvió a
reproducirse. Durante aquella década, perecieron 35 millones de ovejas, más de
la mitad de la población total; 16 millones en un desastroso año: 1902.
Mientras
tanto, los conejos seguían saltando a sus anchas. Cuando la ciencia encontró
finalmente una solución, había pasado casi un siglo desde que Thomas Austin
soltara sus veinticuatro conejos. El arma empleada contra los conejos fue un
milagroso virus de Sudamérica llamado mixomatosis. Inofensivo para los humanos
y otros animales, era terriblemente devastador para los conejos, con un índice
de mortalidad del 99,9 %. Casi enseguida el campo se llenó de conejos enfermos,
que se arrastraban y se retorcían, y después de millones de pequeños cadáveres.
Aunque sólo sobrevivió un conejo de cada mil, los que lo hicieron eran
naturalmente resistentes a la mixomatosis, y transmitieron sus genes
resistentes cuando empezaron a criar otra vez. Las cosas tardaron un tiempo en
volver a ser como antes, pero hoy en día el número de conejos en Australia
vuelve a ser de 300 millones y aumenta rápidamente.
En
cualquier caso, el daño, irreversible, ya está hecho. Y todo para que un tonto
pudiera disparar contra algo desde su porche.
En
Australia, del mismo modo que te adentras en la desolación con asombrosa
precipitación, también emerges de ella. Poco después de cruzar la frontera de
Australia Meridional a media tarde, me encontré entre unas suaves colinas de
bosques anaranjados. Fue tan sorprendente que salí a echar un vistazo. A un
lado tenía una estepa árida —una gran llanura de arpillera salpicada de matas—.
Pero ante mí, llenando la vista hasta el lejano horizonte, se extendía una
tierra prometida de aspecto bíblico: arboledas de cítricos y viñedos, y
terrenos cultivados en todos los tonos del verde. A medida que avanzaba, el
equilibrio entre huertos y viñedos se decantaba cada vez más en favor de estos
últimos hasta que finalmente no hubo más que viñas y me di cuenta de que había
llegado a Barossa Valley, un pequeño pero espectacular rincón de Australia
Meridional, con suaves colinas y un verdor que le confería, literal y
metafóricamente, un aire mediterráneo.
Barossa
fue colonizado por granjeros alemanes que iniciaron una industria vinícola en
Australia. Hoy en día los australianos son uno de los pueblos más entendidos en
vino, pero es bastante reciente. Una historia que se cuenta a menudo es que el
experto en vinos británicos Len Evans, en una visita al país en los años
cincuenta, pidió un vaso de vino en un hotel de pueblo. El hotelero lo miró
fijamente un momento y preguntó: «¿Qué pasa? ¿Es usted maricón?». Aunque ahora
los vinos por los que se conoce a Barossa sean famosos —Chardonnay, Cabernet
Sauvignon y Shiraz— no hace mucho, hasta los años ochenta, el gobierno pagaba a
los viticultores para que arrancaran las cepas de Shiraz y produjeran el dulce
y pegajoso Rieslings. Nunca he entendido por qué los turistas del extremo más
próspero del mercado mundial se sienten tan atraídos por las zonas que producen
vino. No creo que quisieran ir a ver el algodón antes de convertirse en unos
pantalones de Gap o el caviar antes de destripar el esturión, pero dales un par
de viñas y parece que hayan encontrado un paraíso. Dicho esto, el Barossa
Valley es muy seductor, sobre todo después de un par de días de solitaria y
extensa Sturt Highway.
Me paré a
pasar la noche en Tanunda, una pequeña y bonita ciudad turística, básicamente
construida a lo largo de una calle, acogedoramente sombreada por frondosos
árboles. Dada su popularidad entre los turistas y sus germánicos orígenes, me
había temido que Tanunda estuviera orientada de acuerdo con ello, pero
exceptuando un par de restaurantes con «Haus» en el nombre y la curiosa mención
de wurst[17] en
los escaparates, hacía muy pocos esfuerzos por explotar su herencia. Era la
víspera del Día de Australia, la gran fiesta nacional, y Tanunda estaba llena
de gente que había ido a pasar el puente.
Encontré
una habitación, no sin cierta dificultad, y después salí a pasear por la calle
principal antes de cenar. Estaba repleta de gente que, como yo, intentaba matar
el tiempo entre el cierre de las tiendas y el momento en que uno puede empezar
a beber con decoro. Caminé entre la gente, encantado de estar otra vez en la
civilización, encantado sobre todo de escuchar conversaciones que no fuera
bañar ovejas, maquinaria defectuosa, pozos nuevos o despeje de tierras. (U
ovejas, máquinas, pozos, tierras, como lo resumía yo.) Era evidente por las
conversaciones que había aterrizado en Yupilandia. La mayoría estaban ocupados
en el interesante pasatiempo burgués de identificar los objetos de los
escaparates por su parecido a objetos de personas conocidas. Fuera donde fuera
oía a alguien que observaba: «Oh, mira, Sara tiene un plato igual que ése» o
«Tu madre tenía un juego de té como éste. ¿Qué habrá sido de él? No se lo habrá
dado a Samantha, ¿verdad?». Algunas parejas jugaban a una versión más agresiva
de lo mismo, que incluía comentarios suplementarios como: «No, el que rompiste
era mucho más bonito» y «Pero ¿cuántos pendientes de perlas necesitas, por
Dios» y «Bueno, si se lo ha regalado a Samantha, me voy a enfadar, francamente,
porque me lo prometió a mí. Tendrás que hablar con ella». Ésta era la gente,
supuse, que venía de más lejos y necesitaba con más urgencia una copa. O puede
que sólo fueran idiotas.
Me gustó
Tanunda y pasé una agradable velada, pero la experiencia no tuvo nada de
excepcional ni memorable, o sea que prefiero contaros una historia que me contó
una mujer encantadora, Catherine Veitch.
Catherine
Veitch era mi más vieja amiga en Australia, tanto en el sentido de que fue mi
primera amiga allí como porque era lo bastante mayor como podía ser mi madre.
La conocí en el Festival de Escritores de Melbourne en 1992. No recuerdo las
circunstancias exactas, aparte de que se me acercó después de una lectura, bien
para reñirme por algún error de lenguaje que había cometido en uno de mis
libros —tenía una tendencia pedagógica y era implacable con los descuidos— o
para ilustrarme sobre algún aspecto de la vida australiana del que había hecho
un comentario imprudente en la sesión de ruegos y preguntas. El resultado fue
que tomamos una taza de té en la cafetería y al día siguiente fui en tranvía a
almorzar a su casa de St. Kilda, donde conocí a casi toda su familia. Sus
hijos, de los que parecía tener un número indefinido, eran mayores y no vivían
con ella, pero pasaron casi todos en algún momento de la tarde para pedir una
herramienta, preguntar si había mensajes o husmear en la nevera. Era el tipo de
hogar en el que siempre había deseado vivir de pequeño: feliz, cómodo,
agradablemente caótico, lleno de intervenciones a gritos del tipo «Mira en el
armario de las escaleras». Y Catherine me gustaba mucho. Era simpática,
divertida, solícita y directa.
Así que
nos hicimos buenos amigos, aunque fuera una amistad basada en la
correspondencia. Ella nunca había estado en Estados Unidos; yo iba a Australia
una vez al año con suerte, y no siempre a Melbourne. Pero tres o cuatro veces
al año me mandaba largas y maravillosas cartas discursivas mecanografiadas en
una máquina de escribir defectuosa aunque tenaz. Tardaba casi una hora en leer
sus cartas. En una sola página podía discurrir por una galaxia de temas, su
infancia en Adelaida, la incompetencia de ciertos políticos (o sea, casi todos
los políticos), por qué a Australia le falta confianza, qué hacían sus hijos.
Generalmente incluía un montón de recortes del Age, el periódico de
Melbourne. Casi todo lo que sé de Australia lo he aprendido de ella.
Me
encantaban sus cartas. Venían de tan lejos… —el mero hecho de recibir un sobre
de Australia me parecía milagroso—, y describían hechos y experiencias que para
ella eran corrientes pero que a mí me abrumaban por lo exóticos: coger un
tranvía en la ciudad, sufrir una ola de calor en diciembre, asistir a una
conferencia en el Royal Melbourne Institute, comprar cortinas en David Jones,
los grandes almacenes de la ciudad. Sólo puedo decir que, sin renunciar a nada
de lo que tenía, deseaba intensamente tener también todo aquello. Fue, pues, a
través de sus cartas, más que de cualquier otra cosa, como se consolidó mi
fijación por Australia.
Sus
cartas eran siempre alegres, pero la última que recibí era especialmente
animada. Ella y John, su esposo, estaban a punto de vender la casa de St. Kilda
para marcharse a vivir a Mornington Peninsula, al sur de Melbourne, donde
llevarían una vida apacible junto al mar, cumpliendo un sueño que tenían desde
hacía años. Justo después de mandar la carta, sorprendiendo a todos los que la
conocían, sufrió un repentino ataque cardíaco y murió. Ahora me gustaría ir a
visitarla otra vez. En lugar de eso, sólo puedo ofreceros mi anécdota favorita
de las muchas que me contó.
En los
años cincuenta, una amiga de Catherine se mudó con su familia a una casa
contigua a una parcela vacía. Un día llegaron unos obreros para levantar una
casa en la parcela. La amiga de Catherine tenía una hija de tres años que se
interesó por la actividad en la parcela de al lado. Merodeó tanto por los
alrededores que los obreros terminaron por adoptarla como a una especie de
mascota. Charlaron con ella y la dejaron contribuir en los trabajos, y al final
de la semana le dieron un pequeño sobre con la paga: una media corona nueva y
reluciente o algo así.
Ella la
llevó a casa y la enseñó a su madre, que hizo todos los aspavientos requeridos
de admiración, y le propuso llevarla al banco al día siguiente para ingresarla
en su cuenta. Cuando fueron al banco, el cajero quedó igual de impresionado y
preguntó a la niña cómo había conseguido aquella paga.
— He
estado construyendo una casa esta semana —dijo ella encantada.
— ¡Cielo
Santo! —dijo el cajero—. ¿Y construirás otra la semana que viene?
— Claro,
si llegan los putos ladrillos —contestó la niña.
Los
australianos del sur están orgullosos de que el suyo sea el único estado
australiano que no acogió convictos. Lo que no suelen mencionar es que fue uno
de ellos quien lo planificó. A principios de 1830, a Edward Gibbon Wakefield,
un hombre con recursos propios e inclinaciones indeseables recluido en la
cárcel de Newgate en Londres por el cargo de secuestro de una niña con
intenciones babosas y viles, se le ocurrió la idea de fundar una colonia de
hombres libres en Australia. Su plan consistía en vender parcelas de tierra a
personas serias y trabajadoras —granjeros y capitalistas— y utilizar aquel
fondo para pagar el pasaje de personas que trabajaran para ellos. Los
trabajadores conseguirían un empleo ennoblecedor; los inversores adquirirían
fuerza laboral y un mercado; todos se beneficiarían. El plan no llegó a
funcionar en la práctica, pero el resultado fue una nueva colonia, Australia
Meridional, y una deliciosa ciudad planificada, Adelaida.
Así como
Canberra es un gran parque, Adelaida está llena de ellos. En Canberra tienes la
sensación de estar en un espacio verde muy grande del cual no encontrarás la
salida; en Adelaida no hay duda de que estás en una ciudad, pero con la
agradable sensación de salir de vez en cuando a respirar un poco. Representa
una gran diferencia. La ciudad se planificó en dos partes diferentes sobre una
verde llanura cercana al río Torrens, las dos rodeadas de parques. Sobre el
plano, el centro de Adelaida tiene la forma de un ocho, grande, rechoncho y un
poco irregular; los parques crean la figura y las dos partes internas de la
ciudad llenan los agujeros. Funciona perfectamente.
No tenía
ningún destino especial decidido, pero por la mañana, cuando entraba en la
ciudad procedente de Tanunda, pasé por North Adelaida, la hermosa y próspera
zona de la parte superior del ocho, vi un hotel que parecía agradable, e
impetuosamente paré el coche en la acera. Estaba en O’Connell Street, un
vecindario de fincas antiguas y bien conservadas, con muchos restaurantes de
moda, pubs y cafeterías. Después de Canberra, no pensaba dejar pasar un pedazo
de paraíso urbano como éste. O sea que me busqué una habitación y no perdí un
momento en volver a salir al aire libre.
Adelaida
es la más ignorada de las principales ciudades australianas. Puedes pasarte
semanas en Australia sin sospechar que existe, porque no sale en las noticias
ni se la menciona en las conversaciones. Es a Australia lo que Australia es al
mundo: un lugar que se considera agradable pero que queda muy lejos y nunca se
piensa en él. Sin embargo, es una ciudad preciosa. Todos están de acuerdo en
eso, incluyendo millones de personas que nunca han estado allí.
Yo mismo
sólo había estado una vez, hacía unos meses, en una gira de promoción. Guardaba
de aquella experiencia una impresión de belleza a la par que una curiosa
sensación de que sus habitantes se resignan ante el infortunio. Coméntale a
alguien de allí que el lugar te parece muy agradable y acto seguido te
contestará, con una especie de angustiada solemnidad:
— Sí,
pero se está muriendo, sabes…
— ¿Ah,
sí? —dirás tú, cortésmente preocupado.
— Oh, sí
—asegura tu informador, sonriendo con amarga satisfacción.
Entonces,
si no estás de suerte, te contará el hundimiento del Bank of South Australia,
un suceso provocado por una falta de rigor fiscal que tardó años en concluir y
que se tarda casi lo mismo en contar.
El
problema de Adelaida, según parece, es geográfico. La ciudad está situada al
otro lado de la Australia civilizada, lejos de los vitales mercados asiáticos y
sin otros alrededores que una gran estepa. Al norte y al oeste hay varios
millones de kilómetros cuadrados de desierto abrasador; al sur nada más que mar
abierto hasta la Antártida. Sólo hacia el este hay ciudades, pero Melbourne
está a 725 km, y Sydney a casi mil seiscientos. ¿Quién va a querer construir
una fábrica en Adelaida tan lejos de los mercados? Es una pregunta razonable,
pero en cierto modo socavada por la consideración de que Perth está en un lugar
aún más remoto —2.735 km más allá en un solitario puesto avanzado en el océano
Índico— y sin embargo tiene una economía mucho más viva. Lo que pasa es que
Adelaida parece embarrancada en un lugar desdichado, en todos los sentidos de
la palabra.
No
obstante, para un observador cualquiera parece igual de próspera que cualquier
otra ciudad de Australia, posiblemente incluso más. Su céntrica zona comercial
es más bonita y con similar actividad que las zonas equivalentes de Sydney o
Melbourne, y sus pubs, restaurantes y cafeterías parecen tan llenos y animados
como pueda desear cualquier empresario. Tiene un impresionante surtido de
edificios victorianos, muchos parques y plazas bonitas, y constantes detalles
—una farola preciosa aquí, un león de piedra allá— que le dan clase y una
venerabilidad que Sydney y Melbourne descuidan demasiado a menudo en favor de
las lentejuelas de los brillantes rascacielos. Es algo así como una versión
urbana de un club social de caballeros: cómoda, anticuada, apaciblemente
majestuosa, un poco adormilada a media tarde y con un aire a otra época.
A medida
que bajaba por Pennigton Gardens, uno de los parques del centro, fui tomando
conciencia poco a poco (y después de modo abrumador) de la marea humana que
avanzaba en la misma dirección: miles y miles de personas que se dirigían a un
estadio en el parque. Pregunté a dos jóvenes qué sucedía y uno de ellos me dijo
que había un partido de cricket entre Inglaterra y Australia en el Oval.
— ¿Cómo,
aquí en Adelaida? ¿Hoy? —dije sorprendido.
Reflexionó
sobre la pregunta con el regocijo que se merecía.
— Bueno,
o eso —contestó secamente— o es que treinta mil personas han cometido un error,
¿no cree?
Después
sonrió para demostrar que no quería ser agresivo ni mucho menos. Se veía que su
amigo y él habían estado bebiendo cerveza por el camino.
— ¿Sabe
si quedan entradas? —pregunté.
— No,
amigo, está todo agotado. Lo siento.
Me
despedí y los miré marcharse. Éste era otro rasgo muy británico que había
notado en los australianos: se disculpan por cosas que no son culpa suya.
Seguí por
North Terrace, la calle más grande de la ciudad, hacia el South Australian
Museum, una imponente mole dedicada a la historia natural y antropológica.
Tenía interés por ver si se exhibía un fósil llamado Spriggina,
denominado así por Reginald Sprigg, un héroe menor de las minas. En 1946,
Sprigg, entonces un joven geólogo del gobierno, estaba echando un vistazo por
la zona de las inhóspitas y desoladas colinas Ediacara de las Flinders Ranges,
a unos cuatrocientos ochenta kilómetros al norte de Adelaida, cuando hizo uno
de esos milagrosos descubrimientos que abundan de forma insólita en la historia
natural australiana. Recordaréis de un capítulo anterior el caso de la
protohormiga Nothomyrmecia macrops, encontrada inesperadamente en
un pueblucho polvoriento en medio de la nada. Bueno, pues el descubrimiento de
Sprigg fue más o menos en aquella zona y, a su manera, no fue menos notable.
Su
momento llegó cuando trepó unos metros por una pendiente rocosa para llegar a
una roca sombreada y cómoda donde apoyarse y almorzar. Mientras estaba allí
sentado comiéndose sus bocadillos, estiró perezosamente un pie y le dio la
vuelta a una piedra caliza. Sprigg no dejó ningún registro informal del suceso,
pero podemos imaginárnoslo dejando de masticar —quieto, con la boca abierta—
viendo lo que acababa de dejar al descubierto, y acercándose después lentamente
a mirarlo de cerca. Acababa de encontrar algo que no se creía que existiera.
Durante
casi un siglo, desde la época de Charles Darwin, a los científicos les
desconcertaba cierta anomalía evolutiva: que hace 600 millones de años brotaran
en la tierra complejas formas de vida de improbable variedad (la famosa
explosión cambriana), sin evidencia de formas anteriores más simples que
pudieran haberles abierto el camino. Sprigg acababa de encontrar ese eslabón
perdido, un pedazo de roca nadando en delicados fósiles precambrianos. Estaba
contemplando, en efecto, el alba de la vida visible: algo que nadie había visto
ni esperaba ver. Fue un momento de supremo significado geológico. Y si se
hubiera sentado en cualquier otra parte —cualquier lugar de la infinita
extensión abrasadora que configura el outback australiano— no
lo habría descubierto, al menos entonces, y probablemente nunca.
Eso es lo
que pasa en Australia. Está repleta de cosas interesantes, pero al mismo tiempo
es tan inmensa e imponente que se necesita un golpe de suerte para
encontrarlas.
Desgraciadamente,
en 1946 la comunidad científica mundial no hacía mucho caso de las noticias que
llegaban de Australia, y los informes de Sprigg sobre sus descubrimientos,
debidamente publicados en Transactions of the Royal Society of South
Australia, languidecieron durante dos décadas hasta que su significado fue
apreciado. Pero da lo mismo. Al final, el mérito fue para él: Sprigg fue
inmortalizado con el nombre de un fósil, y la fauna que descubrió se llamó
Ediacara, por las colinas que había pisado.
El museo
no estaba abierto cuando llegué —cerrado por la fiesta nacional, supongo—, y
así mis esperanzas de vislumbrar el alba de la vida se desvanecieron. Sin
embargo, paseando a la sombra por calles laterales, encontré una librería de
viejo abierta y me alegré tomándomelo como un premio de consolación.
Probablemente porque los libros nuevos siempre han sido caros en Australia, el
país tiene unas librerías de viejo excelentes. Siempre hay una gran sección
dedicada a temas australianos y no deja de asombrarme, aunque sólo sea por lo
muy concentrados en sí mismos que están las gentes de este país. No lo digo
como una crítica. Si el resto del mundo no piensa prestarles atención, tienen
que hacerlo ellos. Me parece normal. Pero husmeando entre los volúmenes apilados
se encuentran los títulos más alucinantes. Uno de los que hallé entonces se
titulaba Allí conocí a mi esposa: historia de la primera piscina en la
capital, Canberra. Al fondo había un grueso tomo titulado Una
sensación de unión: una historia del Club de Fútbol de la Universidad de Sydney.
También había una historia del servicio de ambulancias de Australia Meridional,
y centenares de títulos sobre cosas que era imposible que pudieran interesar a
más de un reducido número de personas. Resulta alentador que existan estos
libros, pero al mismo tiempo también es preocupante.
No
obstante, entre ellos sueles encontrar algunas buenas sorpresas. Esto es lo que
pasó cuando cogí una historia fotográfica de Surfers Paradise, el famoso pueblo
costero de Queensland, que me llamó la atención porque pensaba ir por allí. El
libro describía la historia del desarrollo del pueblo desde 1920, cuando sólo
era un pueblecito medio despoblado sin fama ni futuro, hasta los años setenta,
en que brotó bruscamente como una especie de Miami Beach del hemisferio sur. Me
cautivaron las fotografías del pueblo durante la etapa intermedia, en los años
cuarenta y cincuenta, cuando se parecía mucho más en espíritu y aspecto a Coney
Island o Blackpool. Es curioso sentir nostalgia por un lugar que no conoces de
nada, pero me sentía anímicamente unido a Surfers Paradise y sus inocentes
veraneantes. Miré embelesado página tras página de las sabrosas fotografías en
blanco y negro de gente feliz que se ocupaba en actividades varias: paseando en
grupos por el paseo marítimo, bailando el buggy en las salas
de baile o bebiendo en los bares. Cómo les envidié sus elegantes trajes. Sé que
estoy en minoría, pero daría lo que fuera por vivir en una época en que pudiera
ponerme botas bicolores, calcetines rojos, una camisa de algodón con un
estampado basado por ejemplo en etiquetas de viaje, subirme los pantalones
marrones y anchos hasta los tobillos, colocarme un sombrero de fieltro en la
cabeza y que la gente al pasar me mirara y dijera: «¡Qué elegante!».
¡Había
algo tan maravillosamente inocente, tan irrecuperablemente perdido, en aquel
mundo! Se notaba en la postura relajada y segura, y en las sonrisas de los
veraneantes de todas las fotografías. Aquellas personas eran felices. No me
refiero a que fueran felices. Eran felices de verdad. Vivían en una buena
época, en un país afortunado, y lo sabían. Tenían buenos empleos, buenos
hogares, buenas familias, buenas perspectivas, buenas vacaciones en lugares
alegres y soleados. No quiero insinuar, ni mucho menos, que ahora los
australianos sean infelices —no lo creo así, tampoco—, pero ya no reflejan esa
felicidad en sus caras. No creo que la refleje ya nadie.
Hay que
decir también que fue una época de una gazmoñería apabullante. En los años
cincuenta, Australia era probablemente la nación menos segura de sí misma del
mundo de habla inglesa. Estaba tan lejos que las autoridades parecían dudar de
lo que era aceptable, y por ello iban sobre seguro y lo prohibían todo. Una de
las fotografías del libro de Surfers Paradise mostraba una tienda de recuerdos
con una enorme valla publicitaria en el tejado. El anuncio de la valla era el
de la famosa loción solar Coppertone, la del cachorrillo travieso que tira del
bañador de una niña dejándole al descubierto dos o tres centímetros de culito.
Y ¡vaya por donde! Alguien se había subido a una escalera, y había pintado
cuidadosamente unas bragas sobre la tira de piel descubierta de la niña. (Sólo
faltaría que la gente se masturbara en el paseo marítimo.) No sólo se
censuraban las lociones solares, sino las películas, las obras de teatro, las
revistas y los libros.
Una cosa
que no encontrarás en las librerías australianas de segunda mano son ediciones
de los años cincuenta, o anteriores, de muchos libros: El guardián
entre el centeno, Adiós a las armas, Rebelión en la
granja, Peyton Place, Otro país, Un mundo
feliz y centenares más. La razón es sencilla: estaban prohibidos. En
conjunto, en su momento culminante, se prohibió importar 5.000 títulos al país.
En los años cincuenta ya sólo eran un par de cientos, pero todavía incluía
algunas exclusiones memorables: El parto sin dolor, por ejemplo,
cuya franqueza en la descripción de dónde vienen los niños se consideró
excesiva para la sensibilidad australiana. Éstos eran los títulos
convencionales, por cierto. El total no incluye los verdes, que evidentemente
estaban todos prohibidos. No es que no pudieras adquirir ciertos libros. Ni
siquiera podías saber cuáles podías comprar porque la lista de libros
proscritos era secreta.
Fue
Adelaida, curiosamente, la que puso fin a esto. Durante décadas había sido una
de las ciudades menos progresistas de Australia. La culpa puede atribuirsele a
un tal sir Thomas Playford, que durante treinta y ocho años, de los años
treinta a los sesenta, fue el primer ministro de Australia Meridional. Playford
era un hombre tan estrecho de miras que una vez, durante una época de baja
producción de trigo, propuso que el estado «lo importara de Australia», y en
otra ocasión comentó al vicecanciller de la Universidad de Adelaida que no
sabía para qué servían las universidades. Ya podéis imaginaros que no
enriqueció mucho el vigor intelectual de Australia Meridional. En 1967, el
estado eligió a un joven y carismático primer ministro laborista denominado Don
Dunstan, y enseguida Adelaida y Australia Meridional vivieron una
transformación. Libros que seguían prohibidos en otras partes de Australia —El
lamento de Portnoy y El almuerzo desnudo, por ejemplo—, se
podían comprar en Adelaida. Se permitieron las playas nudistas. Se legalizó la
homosexualidad. Durante una vertiginosa década, Adelaida fue la ciudad más
hippy del país: el San Francisco de las antípodas.
En 1979,
la esposa de Dunstan murió y él se retiró de la política. Adelaida perdió su
buen momento y empezó un suave declive hacia la oscuridad. Los artistas e
intelectuales se fueron marchando; incluso Dunstan se fue a Victoria. Con
Playford, Australia Meridional había estado retrasada pero seguía siendo
interesante. Con Dunstan estuvo viva y resultaba estimulante. El problema de
Adelaida hoy en día, imagino, es que ha dejado de ser interesante.
Sin
embargo, sigue siendo un lugar precioso para pasear en un día de verano. Hice
un par de compras en la librería: un viejo libro titulado Paradojas
australianas, que sólo compré porque me gustaba la cubierta y tenía el
atractivo precio de dos dólares, y un volumen más reciente titulado Ataques
de cocodrilos en Australia, diez veces más caro pero con la compensación de
anécdotas horripilantes. Después salí de excursión por los verdes y acogedores
parques de la ciudad.
El centro
de Adelaida tiene unas setecientas cincuenta hectáreas de parques, menos que
Canberra pero muchísimas más que la mayor parte de ciudades de su tamaño. Como
ocurre tan a menudo en Australia, reflejan un esfuerzo por recrear un ambiente
británico en las antípodas. De todo lo que la gente echaba de menos al llegar a
Australia, lo más habitual era un escenario inglés. Llama la atención y es
grotesco, cuando miras pinturas de la primera época del país, lo poco
australiano que parece el paisaje. Hasta los eucaliptos parecen insólitamente
frondosos y esféricos, como si los artistas quisieran que tuvieran un aire más
inglés. Australia fue una decepción para los primeros colonos. Se morían por el
aire y las vistas ingleses. Así que cuando construyeron las ciudades, las
llenaron de parques de estilo británico con ondulantes colinas y parterres de
robles, hayas, castaños y olmos, de modo que recordaba los soñadores intentos
bucólicos de Humphry Reptan o Capability Brown. Adelaida es la ciudad más seca
del estado más seco del continente más seco, pero nunca lo adivinarías al
pasear por sus parques. Allí siempre estás en Sussex.
Desgraciadamente,
estos arreglos están pasados de moda en el mundo de la horticultura. Como
muchas de las plantas originales están llegando al final de su vida natural,
las autoridades del parque han planeado retirar las especies foráneas y recrear
el paisaje fluvial dominado por matas y árboles de eucalipto como los que había
antes de que llegaran los europeos. Por muy conmovedor que sea ver que los
australianos se enorgullecen de su flora nativa, la idea es poco afortunada por
no decir algo más. Para empezar, Australia tiene varios miles de kilómetros
cuadrados de tierra con maleza y los eucaliptos: no puede decirse que sea una
flora en peligro de extinción. Y lo que es peor, los parques tal como están
ahora son insólitamente bellos, de los mejores del mundo, y sería una tragedia
perderlos estuvieran donde fuere. Si se acepta la lógica de que no son
adecuados porque son de estilo europeo también tendrían que derribar todas las
casas de Adelaida, las calles, los edificios y deshacerse de las personas descendientes
de europeos. Por desgracia, como sucede a menudo en este mundo corto de miras,
nadie me pidió mi opinión.
Pero los
parques siguen siendo preciosos y me sentí feliz de pasear por ellos. Estaban
llenos de familias que disfrutaban del Día de Australia, comiendo y jugando a
cricket con pelotas de tenis. Adelaida tiene kilómetros de buenas playas en sus
barrios occidentales, y por ello me sorprendió encontrar a tanta gente que
hubiera renunciado a la costa para acudir a la ciudad. Le daba al día un
encantador ambiente anticuado. Así es como pasábamos el 4 de julio cuando yo
era niño en Iowa —en el parque, jugando a la pelota—. También me pareció raro,
y al mismo tiempo simpático, que en un país con tanto espacio la gente
prefiriera amontonarse para relajarse. Quizás es esa intimidante desolación la
que hace que los australianos sean tan sociables. El parque estaba tan lleno
que a veces resultaba imposible saber qué pelota correspondía a cada grupo de
espectadores, o qué jugadores intervenían en cada partido. Si una pelota iba a
parar a otro equipo, como parecía ocurrir cada dos por tres, siempre había un
intercambio de disculpas por una de las partes y el «no hay de qué» por la otra
cuando se devolvía la pelota. Aquello era un gran pícnic y yo me sentí
ridículamente encantado de formar parte de él aunque fuera de forma marginal.
Tardé
unas tres horas, creo, en recorrer el circuito completo del ocho. A menudo
salía un rugido del Oval. El cricket era evidentemente un espectáculo más
animado en vivo que por la radio. Al final fui a parar a una calle llamada
Pennington Terrace, donde había una hilera de casas de una piedra azulada con
céspedes sombreados que daban al Oval. En una, una familia había trasladado el
salón al jardín. Ya sé que no puede ser, pero lo recuerdo como si lo hubieran
sacado todo: lámparas de pie, mesita del café, alfombra, revistero y barbacoa.
Lo que seguro que habían sacado era un sofá y un televisor para mirar el
cricket. Detrás del televisor, a un par de centenares de metros, estaba el
Oval, o sea que siempre que pasaba algo emocionante en la pantalla iba acompañado
en tiempo real por el rugido que emergía del estadio, allí delante de ellos.
— ¿Quién
va ganando? —pregunté al pasar.
— Esos
malditos poms[18] —dijo
el hombre, invitándome a compartir su asombro.
Subí la
colina pasando por la imponente mole de la catedral de St. Peter. Mi intención
era volver al hotel, ducharme y cambiarme de ropa, y sentarme en un pub a
cenar. Fuera de la sombra de los parques hacía una tarde muy calurosa y tenía
los pies doloridos, pero me sentí atraído sin remedio hacia las calles
residenciales de North Adelaida. Era una zona de cierta prosperidad, impregnada
de una serenidad dominical, con calles y calles de casas antiguas, enterradas
entre rosas y jazmines, y cada jardín un modelo de abundancia floral
meticulosamente cuidado.
Por fin
llegué a un lugar llamado Wellington Square, una plaza abierta con un pub
majestuoso y de aspecto respetable. Me dirigí directamente hacia allí. Dentro
había un ambiente fresco y acogedor, con adornos pulidos y madera clara
bruñida, nada que ver con los austeros pubs del bush. Era un lugar
para tomar cócteles y charlar de tu cartera de inversiones. También había mucha
gente, aunque la mayoría comía más que bebía, o al menos comía a la vez que
bebía. Las mesas estaban ocupadas con bistecs o porciones maltrechas de
pescado, tan generosas que sobresalían del borde de los platos. En una gran
pantalla se veía el partido de cricket, pero sin sonido. Había encontrado mi
hogar para la tarde. Pedí una jarra de Cooper y me retiré con ella a una mesa
desde donde se veía la plaza. Estuve allí durante un buen rato sin hacer nada,
y ni siquiera toqué la jarra, saboreando el placer de estar sentado en un país
lejano con una cerveza, cricket en la televisión y una sala llena de gente
disfrutando de los placeres de una época de prosperidad. No podía haberme
sentido mejor.
Al poco
rato me acordé de mis compras en la librería de segunda mano y las saqué para
examinarlas. Me dediqué primero a Paradojas australianas, un relato
de una estancia de un año en el país, en 1959-60, escrito por Jeanne Mackenzie,
una periodista inglesa y lo abrí, interesado en averiguar cómo ha cambiado
Australia en cuarenta años.
Era un
mundo totalmente diferente. La Australia que la señora Mackenzie describe es un
lugar de ilimitada prosperidad, plena ocupación, risueño y saludable y con un
optimismo infinito. En 1959-60, Australia era el tercer país más rico del
planeta —no lo sabía— precedido sólo por Estados Unidos y Canadá. Pero lo
interesante era cuán modestos resultaban los componentes del bienestar material
en aquel entonces. Con una admiración rayana en el asombro, la señora McKenzie
observa que al final de los años cincuenta, tres cuartas partes de los
residentes en una ciudad de Australia tenían nevera y casi la mitad poseía un
lavaplatos (todavía no había suficiente energía eléctrica en las zonas rurales
para aparatos mayores, o sea que no contaban). Todos los hogares del país,
seguía ella, tenían «al menos una radio» —¡caramba!— y «todos los hogares
tienen otros aparatos eléctricos como aspiradoras, planchas y batidoras». ¡Oh!,
vivir en un mundo donde poseer una batidora eléctrica es una fuente de orgullo…
Pasé una
buena hora leyendo el libro al azar, cautivado por la simplicidad de la época
que describía. En 1960, la televisión era todavía una novedad emocionante (no
llegó a Australia hasta 1956, y sólo a Sydney y Melbourne al principio), y la
televisión en color un sueño lejano. En Melbourne, los domingos no había
periódicos, y tanto los cines como los pubs estaban cerrados por decreto. Perth
seguía estando al final de una carretera muy larga y así estuvo durante muchos
años. Adelaida era la mitad de lo que es ahora y su famoso festival era
entonces nuevo y reciente. Queensland estaba más atrasada. (¡Todavía lo está!)
En los mejores restaurantes, el pollo Maryland y el buey Stroganoff eran platos
de una exótica distinción, y las ostras se servían con ketchup. Para la
mayoría, la cocina extranjera empezaba y terminaba con los espaguetis de lata.
Había dos variedades de queso: «fuerte» y «sabroso». Los supermercados eran
algo nuevo y emocionante. El cinco por ciento de los chicos en edad de ir a la
universidad en 1959 estaban en la universidad —esto también se registraba con
admiración—, superando el 1,56 % de veinte años antes. Era, en todos los
sentidos, otro mundo.
Lo que
más me impresionó no es lo mucho mejor que están ahora los australianos, sino
lo mucho peor que se sienten. Una de las cosas más curiosas para un forastero
es observar cómo se evalúan a sí mismos. Son un pueblo extraordinariamente
autocrítico. Tropiezas con ello constantemente en los periódicos, en la
televisión y en la radio: una absoluta convicción de que, por bien que vayan
las cosas en Australia, es probable que vayan mejor en otra parte. Una curiosa
proporción de libros sobre la vida y la historia australiana tiene títulos
serios y pesimistas: Entre bárbaros, Los futuros
devoradores, La tiranía de la distancia, Esta tierra
oscura y cansada, Impacto fatal, La costa fatídica.
Incluso cuando los títulos son neutros (nunca positivos), contienen
conclusiones de lo más raras y estrafalarias. En Una historia concisa
de Australia, un estudio reflexivo e intachable de los considerables logros
del país en los últimos doscientos años, el autor, Geoffrey Blainey, termina
observando que Australia está a punto de finalizar su primer siglo bajo una
pacífica federación. Después, sin más ni más, concluye con estas palabras: «No
es seguro que esto dure dos siglos más. En el remolino de la historia humana
ninguna frontera política es permanente».
¿No es
extraño? Uno podría entender que un canadiense escribiera estas palabras, o un
belga, o un sudafricano. ¿Pero un australiano? Por favor. Este país no ha
tenido jamás un conflicto civil grave, nunca ha encarcelado a un disidente, no
ha demostrado la más mínima inclinación por la crispación. Australia es la
Noruega del hemisferio sur. Pero el historiador vivo más destacado del país
insinúa que su continuación como nación soberana no está asegurada. Es
extraordinario.
Si a los
australianos les falta algo en su solitaria y eminente antípoda, es
perspectiva. Se han pasado cuatro décadas viendo con apacible desesperación
cómo un país tras otro —Suiza, Suecia, Japón, Kuwait y muchos otros— los
superaban en la renta nacional per cápita. Cuando se supo en 1996 que también
Hong Kong y Singapur los habían adelantado, a juzgar por los editoriales de los
periódicos uno podría haber pensado que los ejércitos asiáticos habían
desembarcado en Darwin y se estaban desplegando por el país, apropiándose de
cuantos bienes de consumo encontraban su paso. No importa que la mayor parte de
aquellos países los superaran por un pelo y que se debiera en gran parte a la
relatividad del cambio de moneda. No importa que cuando se tienen en cuenta los
indicadores de calidad de vida —como el coste de la vida, los logros
educativos, los índices de criminalidad y todo eso— Australia vuelva a
colocarse cerca del primer puesto. (Es la séptima en el Índice de Desarrollo
Humano de Naciones Unidas, por detrás de Canadá, Suecia, Estados Unidos y un
par más, pero cómodamente por encima de Alemania, Suiza, Austria, Italia y
muchos otros países con sólidas economías y PNB más altos.) En el momento de mi
visita, Australia estaba viviendo un momento más próspero que nunca. Tenía una
de las tasas de crecimiento económico más rápidas del mundo desarrollado, la
inflación era inexistente y el desempleo estaba en el nivel más bajo desde
hacía años. Sin embargo, según un estudio del Instituto Australiano, el 36 % de
los australianos creía que se vivía cada día peor y apenas una quinta parte
veía esperanzas de mejora.
Ahora —es
cierto—, en dólares brutos acumulados por cabeza, Australia ya no está cerca
del primer puesto. Está en el número veintiuno. Pero, yo os pregunto, ¿qué
preferiríais: ser el tercer país más rico y feliz porque tenéis una batidora
eléctrica y una radio, o estar en el puesto veintiuno en un mundo que tiene
todo lo que una persona puede razonablemente desear?
Por otro
lado, en pocos de esos otros países corres el más ligero peligro de que te
devore un cocodrilo de estuario, una idea que se me ocurrió cuando cogía mi
segunda compra, Ataques de cocodrilos en Australia, de Hugh
Edwards, y vadeé con el agua al cuello sus 240 páginas de horripilantes y
violentos ataques perpetrados por esas astutas y sanguinarias bestias.
El
cocodrilo de agua salada es el único animal que tiene la capacidad de asustar
incluso a los australianos. Gente que se sacudiría tranquilamente un escorpión
de la manga o se reiría entre dientes de una manada de furtivos dingos, se echa
a temblar ante la visión de un cocodrilo hambriento, y no tuve que avanzar
mucho en las páginas de estremecedoras crónicas del señor Edwars para
comprender el porqué. Escuchad este relato de una tarde de ocio en el noroeste
de Australia.
En marzo
de 1987, una barca a motor con cinco personas paseaba por la costa de Kimberley
y se desvió por el río Prince Regent para visitar la Kings Cascade, un bello y
remoto lugar donde una cascada tropical cae pintorescamente sobre un saliente
de granito. Allí se detuvieron y entretuvieron escalando la roca y bañándose.
Una de las que se bañaron era Ginger Faye Meadows, una joven modelo americana.
Estaban ella y otra joven con el agua hasta la cintura en una roca bajo la
cascada, cuando una de ellas descubrió los ojos fijos y fríos y el hocico medio
sumergido de un cocodrilo que se dirigía hacia ellas. Os lo podéis imaginar.
Estás apoyado en una roca, demasiado alta y resbaladiza para escalarla, sin
lugar donde refugiarte, y uno de los animales más mortíferos de la Tierra se
dirige hacia ti, un animal tan perfectamente diseñado para matar que apenas ha
cambiado en 200 millones de años. Vamos, que estás a punto de ser devorado por
algo de la época de los dinosaurios.
Una de
las dos mujeres se sacó una zapatilla de plástico y se la lanzó al cocodrilo.
Le rebotó en la cabeza, pero hizo que parpadeara y dudara. En ese momento,
Meadows decidió probar suerte. Se zambulló en el agua e intentó nadar los
veinticinco metros hacia un lugar seguro. La amiga se quedó donde estaba.
Meadows nadó con fuertes brazadas, pero el cocodrilo siguió hacia ella. A mitad
de camino la cogió por la cintura y la arrastró bajo el agua.
Según el
capitán del barco, Meadows estuvo bajo el agua unos segundos, después salió a
la superficie «con las manos levantadas y una expresión de enorme asombro en la
cara […] Me miraba directamente […] pero no dijo nada». Después volvió a
sumergirse y no se la vio más. Al día siguiente habría cumplido veinticinco
años.
Éste es
probablemente el ataque de cocodrilo más famoso de Australia en los últimos
veinticinco años porque sucedió en un lugar célebre por su belleza, en un
crucero de lujo y con una víctima americana que era joven y muy guapa. Pero la
verdad es que ha habido otros muchos. Es más, la muerte de Meadows se salía de
lo corriente porque ella vio lo que iba a pasar. Para la mayoría, el ataque de
un cocodrilo llega de forma inesperada. Las crónicas de ataques de cocodrilos
están llenas de historias de gente sentada tan tranquila a pocos centímetros
del agua o caminando por la orilla del océano, cuando de repente el agua los
salpica y, antes de que puedan gritar (y mucho menos iniciar negociaciones),
son arrastradas y devoradas a placer. Esto es lo que lo hace tan estremecedor.
Y yo os
pregunto: ¿A quién le importa el dinero que están haciendo en Hong Kong o en
Singapur cuando tienes asuntos como éstos en la cabeza? Y no digo más.
I
Me habría
quedado con gusto un par de días más en Adelaida, pero tenía otros compromisos.
Había llegado el momento de encontrarme con mis amigos en Melbourne, aunque
antes tenía que cumplir una promesa que me había hecho a mí mismo hacía mucho
tiempo: visitar la Mornington Peninsula, una zona costera de gran belleza y
encanto al sur de Melbourne. Como ya era habitual, iba a tardar un buen rato en
llegar. Salí a primera hora de Adelaida y se me cayó el alma a los pies al
descubrir, al cabo de una hora, que me esperaba otro largo día de coche por
carreteras desiertas en un panorama de total desolación. Me parecía
especialmente injusto porque, en primer lugar, había dado por descontado que
volvía a la civilización; segundo, porque ya estaba un poco harto de esa
historia y, tercero, porque había elegido intencionadamente una ruta más larga
por la carretera de la costa para evitar el tedioso panorama terrestre.
La
carretera donde me encontraba se llamaba Princess Highway. El plano la mostraba
discurriendo en un grácil arco a lo largo de una enorme bahía identificada como
Younghusband Peninsula, y sin duda ofrecía horas de vistas soleadas y costeras,
pero la marea estaba a kilómetros de distancia, y el mar se veía como un hilo
distante de azul brillante en la parte más lejana de un millón de hectáreas de
salinas dolorosamente reflectantes. La parte del interior ofrecía una
desolación pareja carente de interés, llena de una especie de maleza repetida
hasta el infinito. A lo largo de 146 km la carretera estaba totalmente vacía.
Para
pasar el rato cantaba el himno nacional extraoficial de Australia, «Waltzing
Matilda». Es una canción interesante. La compuso Banjo Paterson, no sólo el
poeta más importante de Australia del siglo XIX, sino también el único con
nombre de instrumento de cuerda. Dice así (creo que son las palabras exactas
que escribió Paterson):
Oh! There
once was a swagman camped in the Billabong
Under the
shade of a Coolibah tree
And he
sang as he looked at his old billy boiling
Who’ll
come a-waltzing Matilda with me.[19]
El rasgo
más distintivo de «Waltzing Matilda», como habréis advertido, es que no tiene
ni pies ni cabeza. Evidentemente no lo tiene para nadie que no conozca el argot
del bush —el autor lo hizo intencionadamente— pero incluso
cuando entiendes las palabras sigue sin tener sentido. Por ejemplo, un billabong es
una charca. De modo que una pregunta que surge inmediatamente, antes de haber
acabado de leer el primer verso, es: ¿Por qué iba a acampar el buhonero en una
charca? Yo personalmente acamparía al lado. ¿Os dais cuenta? La única
conclusión posible es que Paterson se había tomado unas copas antes de agarrar
el tintero y garabatear los versos. Veamos, sólo para que estéis informados,
un swagman en la jerga australiana es una especie de viajante.
El término procede de la manta enrollada, o swag que llevaban.
Otro nombre que reciben es Matilda, evidentemente por el Mathilde alemán.
(No tengo ni idea de por qué: mi interés ha llegado hasta aquí.) Un billy es
una lata para hervir agua y un coolibah tree es un eucalipto
coolibah. Ya tenéis las palabras. Naturalmente, por qué el viajante está
bailando el vals con su saco de dormir y por qué por encima de todo desea que
alguien o algo (en el segundo verso es una oveja, ni más ni menos) se una a él
en esta actividad grotesca y posiblemente depravada, son preguntas sin
respuesta.
Por otro
lado, tiene una música muy bonita (que tomó prestada de una tonada escocesa,
«Thou Bonnie Wood O’ Craigielea»), que a mí me parece especialmente melódica,
sobre todo cuando se saca la cabeza por la ventanilla para lograr ese efecto de
gorjeo que se obtiene al cantarla contra el aire a cierta velocidad. El
problema de saberse sólo una estrofa, es que acaba por hacerse repetitivo. Así
que ya comprenderéis mi satisfacción cuando me di cuenta de que si cambiabas
«billy boiling» por «willy[20] boiling»
le daba un sesgo nuevo a la cosa, y fui capaz de inventarme 47 estrofas, lo que
no sólo amplía la canción en los trayectos largos de autobús, sino que le
aporta una dimensión y una coherencia que le ha faltado durante casi un siglo.
Podría
haber aumentado aun más el total de estrofas a no ser porque al doblar la
última curva de la bahía y adentrarme en la carretera interior encontré un
rótulo junto a una extensión de matas, que decía «La Gran Langosta», y con la
emoción abandoné mis intereses musicales. La gran langosta era algo —para ser
exactos un espécimen de algo— que estaba deseando ver desde que había salido a
la carretera.
Una de
las peculiaridades más entrañables de los australianos es que les gusta
construir cosas grandes con forma de otras pequeñas. Dales un rollo de alambre,
fibra de vidrio y un par de botes de pintura y te harán, por ejemplo, una piña
o una fresa enorme o, como en este caso, una langosta. Después ponen una
cafetería o una tienda de regalos, clavan un gran rótulo junto a la carretera
(para la pobre gente cuya agudeza no alcanza a distinguir una pieza de fruta de
15 m de altura en medio de una carretera vacía), y se sientan a esperar el
dinero.
Hay unos
sesenta objetos así esparcidos por el paisaje australiano, como piezas de
atrezzo abandonadas de una película de horror de los años cincuenta. Si tienes
dinero para gasolina y no mucha vida personal puedes ir a ver una Gran Gamba,
un Gran Koala, una Gran Ostra (con focos en los ojos, dicen), una Gran
Segadora, un Gran Pez Aguja, una Gran Naranja y un Gran Carnero Merino, entre
otros. El proceso —me siento patrióticamente orgulloso de decirlo—, lo inició
un americano llamado Landy, quien construyó un Gran Plátano en Coff’s Harbour,
en la costa de Nueva Gales del Sur, y el local resultó ser tan mágicamente
atractivo para los vehículos que pasaban por allí que para el señor Landy se
convirtió, al fin y al cabo, en un gran negocio.
Generalmente
están astutamente instalados a lo largo de un tramo de carretera tan
terriblemente desolada y monótona que te pararías con cualquier excusa, que es
lo que hice yo, naturalmente, cuando tras una curva me encontré ante una
langosta monstruosamente grande, de un rosa rojizo, y encomiablemente viva,
encabritándose junto a la carretera como si fuera a cenar con un bocado de
tráfico. Debido a la peculiar forma de la langosta, los dueños habían decidido
(imagino que después de mucha reflexión) no intentar instalar dentro la tienda
de regalos y el café. La Gran Langosta estaba en el patio delantero, sujeta con
alambres, y las instalaciones comerciales detrás en un edificio separado. Salí
y me acerqué a mirarla de cerca. Era inmensa. Supe, después de preguntarlo, que
medía 17 m desde el suelo hasta la punta de las antenas: un buen tamaño en el
ambicioso mundo de los objetos gigantes.
La estaba
observando desde varios ángulos cuando me di cuenta de que había alguien
intentando fotografiarla.
— ¡Oh,
perdone! —dije.
— No se
preocupe, amigo —contestó él con naturalidad—. Contribuye a darle escala.
Se acercó
y se quedó a mi lado. Tenía treinta y pocos años y parecía un poco triste y
zumbado, como si tuviera un empleo de poca monta y todavía viviera con los
padres. Iba vestido como si estuviera de vacaciones, con pantalones cortos y
una camiseta que decía «Noosa» en letras grandes. Noosa es un pueblo turístico
de Queensland. Nos quedamos allí los dos admirando durante largo rato la
langosta.
— ¿A que
es grande? —observé yo, que se me escapa poca cosa en el ámbito de los
crustáceos de fibra de vidrio.
— ¿No le
molestaría sacarme una foto delante de ella? —dijo él, de esa forma
curiosamente circular que tienen los australianos de pedir favores.
— Pues
claro.
Se colocó
delante, con una mano apoyada afectuosamente en una pata.
— Puede
decirle a la gente que es una foto de compromiso —sugerí.
Le gustó
la idea.
— ¡Sí!
—dijo con entusiasmo—. Ésta es mi novia. No es muy guapa ni muy habladora, pero
¡caramba, qué sabrosa es!
Aquel
tipo me gustaba.
— ¿Ha
visitado muchas cosas de éstas? —dije, devolviéndole la cámara.
— Sólo si
me viene de paso. Pero ésta es buena. Mejor que el Gran Koala de Moyston.
Me
pareció mejor no comentarle nada.
— En
Wauchope hay un Gran Toro —añadió.
Arqueé
las cejas como diciendo: «¿Ah, sí?».
Asintió
encantado.
— Se le
balancean los testículos con el viento.
— ¿Tiene
testículos? —dije, impresionado.
— Ya lo
creo. Si le cayeran encima, no le resultaría fácil levantarse.
Nos
tomamos un momento para saborear la imagen.
—
Resultaría una reclamación interesante, supongo —observé, finalmente.
— ¡Sí!
—esta idea también le gustó—. O un titular de periódico: «Hombre aplastado por
caída de pelotas».
— «Por
caída de pelotas bravas» —apunté.
— ¡Sí!
Nos
íbamos encendiendo como una casa en llamas. Hacía días que no mantenía una
conversación tan larga. Quiero decir que hacía días que no me lo pasaba tan
bien. Desgraciadamente, ninguno de los dos fue capaz de decir más, y empezamos
a sentirnos un poco incómodos.
— Bueno,
me alegro de haberle conocido —dijo él finalmente, y con una tímida sonrisa se
alejó.
— El
gusto ha sido mío —dije.
Y era
sincero.
Entré y
compré un imán para la nevera y unas quince postales de la Gran Langosta, y
volví a la carretera en un estado mental más bien blandengue. Me dirigí a
Warrnambool y la famosa Great Ocean Road y conduje unos minutos en reflexivo
silencio. De repente, saqué la cabeza por la ventana, y a grito pelado canté:
Olvidando
que con cuchara se remueven mejor los líquidos
El
buhonero metió su herramienta en el té
Y
suspiraba mirando de reojo cómo hervía su colita
Ya no os
puedo jorobar, ¿vais a jorobarme a mí?
II
Pasé la
noche en Port Fairy, y a la mañana siguiente fui a Mornington Peninsula por la
Great Ocean Road, una carretera costera tortuosa y con vistas espectaculares,
construida después de la Primera Guerra Mundial para dar trabajo a los
veteranos. Se tardó catorce años en construirla y enseguida te das cuenta del
porqué: a lo largo de 300 km bordea una costa dificultosa, con una forma que
pone los pelos de punta, rozando promontorios rocosos y pegándose a los bordes
de unos precipicios abruptos y a punto de desmoronarse. Es tanta la atención
que exigen sus interminables curvas de horquilla que no tienes tiempo de
fijarte en el panorama, pero supongo que un vistazo ocasional de vez en cuando
es mejor que nada. Aquí y allá se veían pináculos de roca en el agua creados
por la incansable erosión de la fuerza del mar. Antes había un arco de roca
natural llamado London Bridge por el que se podía pasear por encima del mar,
pero en 1990 se desplomó, mandando toneladas de ruinas a la marea y dejando a
dos sobresaltados pero milagrosamente ilesos turistas en el extremo que daba al
mar. Ahora el puente de Londres son las chimeneas de Londres.
El
trayecto era tan bonito como prometía la guía: a un lado, las colinas
pronunciadas, boscosas y semitropicales de Otway Range hundiéndose en el mar;
al otro, la marea espumosa lamiendo las playas largas y curvas, enmarcadas a
ambos lados por salientes rocosos. Este tramo de Victoria es famoso por dos
cosas: el surf y los naufragios. Con sus corrientes salvajes y sus famosas
nieblas, la costa sur de Victoria ya era famosa entre los marineros. Si alguien
achicara toda el agua, se verían 1.200 pecios en el lecho del mar, más que en
ningún otro lugar del mundo. De vez en cuando me detenía para contemplar la
vista —era la única forma de que un conductor solitario disfrutara de ella— y
me entretuve en uno o dos de los bonitos pueblos turísticos graciosamente anticuados
que se encuentran por el camino. Parecían sorprendentemente tranquilos,
teniendo en cuenta que estábamos en pleno verano australiano y era el día
después de la fiesta nacional. No era la primera vez que me sorprendía, que
hubiera más sitios para turistas que turistas para llenarlos.
En un
lugar llamado Torquay, la Great Ocean Road se unía a la gran carretera que
lleva a Melbourne. A unos treinta kilómetros hacia el oeste, advertí que estaba
Winchelsea, donde Thomas Austin soltó los 24 conejos que transformaron el
paisaje australiano. Los alrededores parecían más bien áridos y poco
prometedores —me recordaban a Oklahoma o al oeste de Kansas—, pero no podía
saber, hasta qué punto se podía atribuir a la voracidad de los conejos. Uno
tiende a pensar que la gente se aprendió la lección con la experiencia de
Austin, pero no. En el preciso momento en que los conejos devoraban el campo,
personajes influyentes introducían otras especie de animales, ya fuera por puro
deporte, o por accidente, para alegrar el país. Precisamente el mismo impulso que
empujó a la gente a crear parques de estilo inglés en lugares como Adelaida los
llevó a intentar manipular también el campo. Se consideraba que Australia era
biológicamente deficiente, sus semiáridas llanuras demasiado monótonas, sus
bosques demasiado silenciosos. Gradualmente surgieron sociedades que intentaron
aclimatar especies para superar su añoranza. Pronto se les ocurrió que no había
razón para reducirse a los animales británicos o europeos. Empezaron a soñar en
crear una sabana africana, con jirafas, gacelas y búfalos que pastaran en las
soleadas llanuras. Sus aspiraciones adquirieron un tinte casi surrealista. En
1862, sir Henry Barkly, gobernador de Victoria, pidió que se introdujeran monos
en los bosques de la colonia «para diversión de los caminantes, a los que sus
retozos deleitarían». Antes de que se pusiera en práctica, Barkly fue
sustituido como gobernador por sir Charles Darling, que dijo que no quería
monos, pero estaría encantado de ver boas constrictor. Tampoco se salió con la
suya, pero muchos otros sí.
«La
aclimatación fue una de las ideas más necias y peligrosas que infectaron el
pensamiento del hombre del siglo XIX», escribe Tim Low en el curioso y
absorbente Feral Future: The Untold Story of Australia’s Exotic
Invaders[21].
E infectar, infectaron algo más. Victoria, vete a saber por qué, fue el centro
del asunto. A pesar de la experiencia con los conejos, se hicieron muchas más
aclimataciones absurdas. En 1860, la Ballarat Acclimatization Society soltó
zorros en el campo, que pronto se convirtieron en una plaga, una situación que
todavía es vigente. Otros animales se escaparon o fueron abandonados y se
volvieron salvajes. Se utilizaron camellos para construir el ferrocarril de
Adelaida a Alice Springs, pero se soltaron cuando se acabó el trabajo. Hoy en
día hay 100.000 deambulando por los desiertos central y occidental, el único
lugar del mundo donde los dromedarios existen en estado salvaje. Por todo el
país hay cinco millones de asnos salvajes, un millón o más de caballos salvajes
(llamados brumbies) y búfalos de agua, vacas, cabras, ovejas,
cerdos, zorros y perros en abundancia. Se han capturado cerdos salvajes en los
suburbios de Melbourne. Hay tantas especies introducidas que el canguro rojo,
antaño el animal más grande del continente, está ahora en el decimotercer lugar
en lo que a tamaño se refiere.
Las
consecuencias para las especies nativas han sido desastrosas. Unos ciento
treinta mamíferos australianos están en peligro de extinción. Dieciséis se han
extinguido, más que en ningún otro continente. ¿Y adivináis cuál es el mayor
depredador? Según los Parques Nacionales y el Servicio de Flora y Fauna es el
gato común. Los gatos se lo pasan en grande en el campo australiano. Hay 12
millones sueltos por allí, viviendo en todos los paisajes posibles, desde los
desiertos más secos a las montañas más altas. Junto al zorro, han contribuido a
que los animales autóctonos más pequeños, bonitos y vulnerables de Australia
estén al borde de la extinción: numbats, betongs, gatos marsupiales, ratas
canguro, bandicuts, ualabís rupestres, ornitorrincos y muchos otros. Como son
animalitos nocturnos y difíciles de ver, la gente no nota su ausencia, pero
están desapareciendo a gran velocidad.
Y como
los animales, las plantas. En 1850, Victoria tuvo la mala suerte de tener como
director de botánica a un aclimatador convencido de nombre imponente: el barón
Ferdinand Jacob Heinrich Von Mueller. Como en los casos anteriores, Von Mueller
no podía soportar «la empobrecida naturaleza de la flora australiana» y dedicó
gran parte de su tiempo libre a viajar por el país sembrando semillas de
calabaza, coles, melones y todo lo que se le ocurrió que podía florecer. Tenía
una afición especial a las zarzamoras y las plantó por todas partes. Ahora la
zarzamora es la mala hierba más perniciosa de Victoria, imposible de erradicar,
y una peste para los granjeros. Si no se le pone freno, se come todo el
paisaje. Vi ejemplos de ello al pasar.
Esta
lección —que las especies exóticas florecen en Australia de forma increíble—
los australianos han tardado una barbaridad en asumirla. El higo chumbo, un
cactus carnoso nativo de América, se introdujo en Queensland a principios del
siglo XX como alimento para el ganado, y pronto se les fue de las manos. En
1925, 12 millones de hectáreas habían sido arrasadas por impenetrables
bosquecillos de higos chumbos de dos metros de altura. Frente a las 15
toneladas de media hectárea de trigo, media hectárea de higos chumbos pesa unas
ochocientas toneladas: es una pesadilla arrancarlo. Queensland y sus aledaños
se convirtió en un lecho de higos chumbos del tamaño de Europa. Afortunadamente
se pudo tratar con pesticidas y una oruga cuyas larvas se alimentaban de sus
hojas, pero les fue de un pelo, y el coste fue sustancial.
En
conjunto, y según Low, en Australia viven más de dos mil setecientas malas
hierbas foráneas. Curiosamente, entre los principales culpables se cuentan los
jardines botánicos. Tres plantas fugadas de los Jardines Botánicos de Darwin
—la mimosa, la minosácea Leucaena y el eucalipto muleta— están
poniendo en peligro al Kakadu National Park, una zona protegida, y se dan
muchos casos como éste.
A menudo
es un misterio de dónde procede la invasión. Según Low, en los últimos años,
una hormiga mordedora de la especie Iridomyrmex ha infestado
Brisbane. Se ha convertido en un azote habitual. Pero nadie sabe de dónde ha
salido y cómo ha llegado allí. Simplemente apareció un día. No se sabe si se
extenderá o qué estragos producirá. Pero no nos engañemos: le va mejor en
Australia que en su lugar de origen.
La
Mornington Peninsula es un espolón de tierra al sur de Melbourne. Es como el
Cape Cod de Victoria, porque está en la costa, es muy bonito y está lleno de
casas de veraneo. Incluso se parece en la forma, que recuerda la cola de un
escorpión que encierra la inmensidad de Port Phillip Bay, al otro lado del
cual, a unos ochenta kilómetros, está Melbourne. Tenía dos razones concretas
para ir allí: Catherine Veitch me lo había descrito como un lugar muy atractivo
en sus cartas, y fue allí donde el sumergible primer ministro australiano,
Harold Holt, tomó su trágico baño.
La
fatídica zambullida de Holt fue en Portsea, en el extremo más lejano de la
península, y allí me dirigí al día siguiente después de pasar la noche en el
pueblecito de Mornington. Aunque partí con un sol desvaído, que parecía
prometer un día mejor, Portsea estaba sumido en una pesada niebla marina, y la
temperatura cuando salí del coche era más fresca de lo que había sido en los 30
km de carretera. Me fijé en que la poca gente que había en la calle llevaba
jerseys de algodón o chaquetas.
Portsea
es muy pequeño —unas cuantas tiendas y cafeterías frente a una hilera más larga
de caserones fríos y melancólicos en una sutil niebla— pero tiene mucho dinero
detrás. Una cabaña en la playa se había vendido en subasta por 185.000 dólares.
No una casa en la playa, entendedme, sino una cabaña en la playa: un cobertizo
de madera sin electricidad, agua ni otra comodidad más que la proximidad de la
arena y el mar. El comprador ni siquiera obtuvo la propiedad. Compró el derecho
a perpetuidad de pagar al ayuntamiento varios centenares de dólares de alquiler
anual. Las cabañas, que sólo pueden comprar los residentes, son posesiones
inmensamente apreciadas. La que se acababa de vender había pertenecido a la
misma familia durante cincuenta años.
Me tomé
un café para calentarme antes de seguir hacia el Parque Nacional de Mornington
Peninsula, que cubre la última protuberancia de tierra hasta que se une al mar
en un lejano lugar llamando Point Nepean, más allá del cual está el famoso
remolino de agua llamado Rip: un estrecho pasaje que forma la entrada de Port
Phillip Bay. No hace mucho que esta tierra es de propiedad pública. Durante
centenares de años, toda esta zona —varios centenares de hectáreas de la más
hermosa posesión costera de Victoria— estaba prohibida al público porque
pertenecía a los militares, que la utilizaban como campo de tiro. Deteneos
conmigo un instante para verlo en perspectiva. Tenemos un país de 8.000.000 km2 prácticamente
vacío y bombardeable. Y aquí, a sólo un par de horas en coche de la segunda
ciudad del país, hay un promontorio de una belleza única y suntuosa, de una
importancia ecológica considerable, y está prohibido el paso porque intentan
hacerlo añicos a base de explosiones. Mucho sentido no tiene, ¿verdad? El
resultado es que después de muchos años de tira y afloja se logró convencer a
los militares de que cedieran un fragmento de tierra para un parque nacional.
De todos modos, el ejército se quedó con dos tercios de la península y de vez
en cuando sigue soltando bombas por allí. En consecuencia, cuando has adquirido
la entrada en la taquilla del centro de información de Portsea, todavía tienes
que cruzar una zona de tres kilómetros de terreno militar por una carretera
flanqueada a ambos lados por altas verjas llenas de severas advertencias de
bombas y de castigos aplicados a los intrusos. Puedes coger un autobús en el
parque o caminar. Yo decidí caminar, para hacer ejercicio, y partí bajo un
manto de niebla, con la sensación de estar completamente solo.
No había
caminado más de cuatro metros cuando se me unió una mosca, más pequeña y negra
que una mosca casera. Zumbó ante mí e intentó instalarse en el labio superior.
La aparté, pero volvió enseguida, siempre al mismo lugar. Un momento después se
le unió otra que deseaba introducírseme en la nariz. Tampoco hubo manera de
ahuyentarla. Al cabo de un momento tenía unos veinte de aquellos puntos activos
alrededor de la cabeza y sucumbía a un estado de abyecta desdicha provocado por
el contacto con la mosca australiana.
Las
moscas son sin duda pesadas en todas partes, pero la variedad australiana se
distingue por su particular persistencia. Si una mosca australiana se te quiere
meter por la nariz o la oreja, no hay forma de impedírselo. Golpéala cuanto
quieras, se pondrá fuera de alcance pero volverá enseguida. Es imposible
frenarlas. En algún descubierto del cuerpo hay un punto del tamaño de un botón
que la mosca quiere lamer y pellizcar y revolotea delirantemente a su
alrededor. No es sólo su persistencia, sino sus objetivos. Una mosca
australiana intentará chuparte la humedad del globo ocular. Si no la apartas
constantemente, intentará meterse en partes de tu oreja que un palito de
algodón no podría ni soñar. Morirá feliz por la gloria de descargar en tu
lengua diminutos excrementos. Cuando tienes treinta o cuarenta bailando a tu
alrededor, la locura está a la vuelta de la esquina.
Y así
avanzaba yo por el parque, perdido en mi pequeña nube zumbona de aflicción,
agitando las manos cada vez con menos convicción y de forma más inconexa —se le
llama saludo del bush— escupiendo constantemente por la boca y la
nariz, meneando la cabeza con furiosa demencia, y abofeteándome la mejilla o la
frente con inusitada violencia. Al final, como sabían perfectamente las moscas,
me rendí y cayeron sobre mí como sobre un cadáver.
Al cabo
de un buen rato, las moscas y yo llegamos al final de la zona militar y al
comienzo del parque propiamente dicho. En la zona de transición había un camino
señalizado que conducía a un promontorio de tamaño mediano llamado Cheviot
Hill. Era lo que había venido a ver, porque fue en Cheviot Beach, al otro lado,
donde Harold Holt tomó el Baño Que No Necesita Toalla. Seguí el sendero
ascendente entre brumosos bosquecillos de maleza (moonah, prímulas y
árbol del té, según unos útiles rótulos colocados a intervalos). En lo alto de
la loma corría una brisa inflexible, que me hacía tambalear cuando no estaba
bien afianzado, y allí al menos las moscas me dejaron un diminuto respiro.
Sentí el viento en el rostro, más feliz de estar solo de lo que puedo describir.
Dicen que
la vista desde lo alto de Cheviot Hill es una de las mejores de la costa de
Victoria, aunque no puedo confirmarlo porque apenas vi nada. En un valle gris
verdoso, a un par de kilómetros, se alzaba la otra loma de Point Nepean,
cubierta de una perezosa nube. Más allá estaba el famoso Rip, invisible desde
donde yo estaba. Debajo de mí las cosas no eran menos impenetrables. Estaba
directamente a unos treinta metros sobre Cheviot Beach, pero era como mirar
dentro de una caldera. Lo único que podía ver a través de aquella sopa móvil
eran unos perfiles de rocas indefinidos y una extensión indeterminada de arena.
El sonido de unas olas invisibles golpeando en una costa invisible ponía en
evidencia que había encontrado el mar.
Aun así,
sentí un escalofrío de satisfacción por haber llegado al lugar del fatídico
chapuzón de Holt. Intenté imaginarme la escena como debió de haber sucedido,
pero no resultaba fácil. El día que Holt se adentró en el mar era ventoso pero
claro. Las cosas no le iban muy bien como primer ministro —tenía más éxito
besuqueando niños e impresionando a las mujeres (sin duda era un poco
mujeriego) que llevando asuntos de estado— y seguro que estaría encantado de
salir de Canberra a pasar las largas vacaciones de Navidad. Holt vino a esta
playa porque tenía una casa de verano en Portsea y el ejército le permitía
pasear por aquellos parajes para que estuviera tranquilo. Así que no había
escoltas, público en general, ni siquiera guardias de seguridad cuando, el 17
de diciembre de 1967, salió a dar un paseo con unos amigos entre las rocas y
las olas. Aunque el mar estaba bravío y la marea peligrosamente alta, pese a
que Holt había estado a punto de ahogarse allí mismo seis meses antes buceando
con unos amigos, decidió darse un baño. Antes que nadie pudiera impedírselo, se
había quitado la camisa y se había metido en el agua. Nadó alejándose de la
playa unos sesenta metros y desapareció, sin aspavientos ni conmociones, ni
siquiera un lánguido saludo con el brazo. Tenía cincuenta y nueve años y hacía
casi dos que era primer ministro. Nunca encontraron su cadáver.
Cheviot
Beach sigue cerrado al público, y no hay forma de bajar desde los riscos, así
que me divertí unos minutos curioseando entre un montón de fortines y lóbregos
búnkers de hormigón abandonados desde la Segunda Guerra Mundial, hasta que
tropecé con una gran telaraña y, con un chillido resonante y un buen rato
debatiéndome entre paredes, dinteles bajos y otros obstáculos insuperables,
volví más sumiso al aire libre. Rascándome la cabeza y convocando de nuevo a
las moscas seguí el camino de descenso a la carretera. Al pie de la colina
había un cementerio grande y desordenado, una reliquia de cuando aquello era
zona en cuarentena. Intenté echar un vistazo, pero las moscas no me daban
tregua. Habría querido pasear hasta el promontorio donde había un fuerte del
siglo XIX, pero no podía soportar la idea de tener a las moscas como compañeras
durante otra hora, de modo que regresé por donde había venido.
En el
centro de información me detuve a contemplar la exposición y me puse a charlar
con el guarda forestal del parque. Le pregunté si esa parte de la costa era muy
peligrosa.
— Oh, sí,
mucho —dijo alegremente.
Me enseñó
sobre un mapa marino por dónde iban las corrientes, que es como decir por todas
partes. Si te pillaba una, pensé, te debían de pasar de la una a la otra como
un objeto no deseado. Hasta el más fuerte de los nadadores se cansaría
enseguida de semejante lucha. Tenía la culpa el Rip porque, allí, enormes
volúmenes de agua pasaban por una abertura de sólo cien metros cuando la marea
subía o bajaba. Hasta que no lo vi en el mapa no me había fijado en lo cerca de
Cheviot Beach que estaba la zona del remolino acuático. Incluso en el mapa
parecía una locura.
—
¿Entonces no fue muy buena idea que Harold Holt se bañara allí?
— Bueno,
yo no lo haría —contestó—. Mire, hay unos cien barcos hundidos en la zona
—indicó un tramo absurdamente modesto de costa en la proximidad de Cheviot y el
Rip—. Si sabes que en un tramo de mar se han hundido cien barcos, puedes
tomártelo como una advertencia de que no es el lugar más plácido del mundo para
una zambullida.
— ¿No es
raro que nunca hayan encontrado el cuerpo?
— No.
Lo dijo
sin vacilar.
— ¿En
serio? No entiendo mucho cómo funciona el mar, pero a juzgar por los troncos y
las latas de coca-cola, diría que los objetos flotantes terminan algún día en
una playa.
— No
quisiera ser demasiado crudo, pero si te mueres allí no tardas mucho en formar
parte de la cadena trófica alimentaria.
— Ah.
— La
única cosa rara de la muerte de Harold Holt —añadió con una repentina expresión
reflexiva— es que fuera primer ministro en el momento que sucedió. De no haber
sido por eso, el suceso se habría olvidado por completo. La verdad es que aun
así ya está bastante olvidado.
— O sea
que no viene mucha gente por aquí en peregrinaje.
— No, en
absoluto. La mayoría no se acuerda. Mucha gente de menos de treinta años ni
siquiera ha oído hablar de ello.
Me dejó
para vender entradas a unos recién llegados y yo me fui a contemplar la
exposición de hierbas marinas y vida en las charcas. Pero cuando ya me
marchaba, me llamó como si se le hubiera ocurrido algo.
— Le
hicieron un homenaje en Melbourne —dijo—. ¿Sabe cuál?
Le
indiqué que no tenía ni idea.
Sonrió
ligeramente.
— Le
pusieron su nombre a una piscina municipal.
— ¿De
verdad?
Su
sonrisa se amplió, pero el asentimiento era sincero.
— Es un
país increíble —dije.
— Sí
—asintió encantado—. Tiene razón.
En mi
infancia, los viernes por la noche que mi padre estaba fuera, cosa bastante
frecuente (era redactor deportivo y viajaba por motivos de trabajo), mi madre y
yo seguíamos un ritual: yo tomaba el autobús e iba al centro a buscarla (ella
trabajaba en el periódico local), cenábamos en la cafetería Bishop’s y después
íbamos al cine.
No
pretendo insinuar que mi madre abusara de la confianza que yo depositaba en
ella en el proceso de selección, pero resultaba misterioso que todas las
películas que me apetecían acabaran de quitarlas y termináramos viendo alguna
repleta de asesinatos, pasiones y traiciones, normalmente con Jeff Chandler
como protagonista —por quien mi madre sentía una insólita admiración—, y casi
siempre en un papel que exigía que estuviera mucho rato con el pecho al aire.
— Oh
—exclamaba ella, en un tono de sincero disgusto—. Veinte mil leguas de
viaje submarino ya no la hacen. Pero en el Orpheum han estrenado una
nueva de Jeff Chandler, Tame Lust. ¿Qué te parece si vamos a verla?
No sé si
con el tiempo estas películas se han difuminado en una sola en mi recuerdo o es
que eran idénticas, pero a mí me parecía que siempre tenían los mismos
elementos: mucha conversación, montones de abrazos apasionados con Lana Turner
o alguna otra rubia estupenda, algún tiroteo ocasional que terminaba con
alguien agarrándose el estómago, dando cuatro pasos tambaleantes y vertiendo
una modesta cantidad de sangre (para mi decepción), y algún fragmento en que
Chandler iba en lancha o hacía de guardacostas en bañador. (Sin mirar la
pantalla ya sabía cuáles eran las escenas del bañador por la avidez con que mi
madre chupaba sus caramelos de limón.) Si no había ninguna película de Jeff
Chandler en cartel —y a lo mejor pasaban semanas enteras sin que pusieran
ninguna— íbamos a ver otra cosa.
Así fue
como una semana, cuando yo tenía unos nueve años, fuimos a ver Tres
vidas errantes, una epopeya en tecnicolor con Robert Mitchum y Deborah Kerr
que interpretaban a una encantadora pareja, alegre e indomable, que se abría
camino en el bush australiano. Era una película memorable en
muchos sentidos, para empezar por el entrañable espectáculo de Robert Mitchum
hablando con acento australiano y por el simple hecho de que estuviera
ambientada en Australia, lo cual ya la convierte en única en la historia de
Hollywood. Casi cuarenta años después ya no me acuerdo de muchos detalles de la
película, aparte de que Mitchum y Kerr se pasan todo el rato que están
despiertos recogiendo ejércitos de ovejas y batallando contra alguno de los
desconcertantes peligros de esos parajes: incendios de maleza, tormentas de
polvo, sequías, plagas de langosta y peleas en el pub, sobre todo. Era evidente
el calor que hacía en Australia: Mitchum nunca hablaba antes de quitarse el
polvoriento sombrero y pasarse la mano por la frente. Como ya a los nueve años
mis planes futuros eran pasarme la vida conduciendo un descapotable por Europa
con Jean Seberg, relegué mi interés por Australia y no pensé en ello hasta
treinta años después.
En
consecuencia, cuando fui por primera vez a Australia para asistir al Festival
de Escritores de Melbourne en 1992, me quedé pasmado al descubrir que
efectivamente existía. Estaba en la Collins Street de Melbourne, tan recién
llegado que aún olía (posiblemente brillaba) al insecticida con que habían
rociado el avión los ayudantes de vuelo antes de aterrizar, contemplando los
ruidosos tranvías y el remolino de humanidad, y pensando: «Mira por dónde, pero
si es un país de verdad». Fue como si hubiera descubierto vida en otro planeta,
o un universo paralelo donde la vida era al mismo tiempo muy parecida pero
totalmente diferente.
No os
puedo describir lo emocionado que estaba. Las expectativas que había acumulado
sobre Australia en todo aquel tiempo me habían hecho pensar en ella como en una
especie de sur de California; un lugar donde siempre brilla el sol y con la
alegre frivolidad de los lugares de playa, pero con un ligero toque británico,
algo así como Los vigilantes de la playa jugando al cricket
pensaba yo. Pero no tenía nada que ver. Melbourne tenía un ambiente ordenado y
elegante más parecido a Europa que a Norteamérica, y llovía (llovió toda la
semana), lo que me resultó muy chocante porque no me lo esperaba.
Es más, y
ahora llegamos al quid de la cuestión, me gustó enseguida, sin matices ni
dudas, de una forma que tampoco esperaba. Tenía algo que armonizaba con mi
forma de ser. Supongo que también contribuyó que hubiera pasado la mitad de mi
vida en Estados Unidos y la otra mitad en Gran Bretaña, porque Australia era
una fusión muy agradable de los dos. Tenía una informalidad y una viveza —una
falta de reserva, una facilidad de trato con los forasteros— que me sonaba
totalmente americana, pero en un marco británico. Por su optimismo e
informalidad, los australianos podrían pasar a primera vista por americanos,
pero conducen por la izquierda, beben té, juegan al cricket, adornan los
espacios públicos con estatuas de la reina Victoria y visten a sus hijos con esos
uniformes que sólo los británicos son capaces de llevar sin desaliento
evidente. Me sentía muy a gusto.
Enseguida
me di cuenta, y en cierta forma me gustó, de lo poco que sabía de aquel lugar.
No conocía sus periódicos, ni sus universidades, playas, barrios; no conocía su
historia ni sus gestas, no era capaz de distinguir a un policía de un cartero.
No sabía ni pedir un café. Tenías que especificar un tamaño (largo o corto), un
color (blanco o negro) e incluso un ángulo de orientación respecto a la
perpendicular (llano o no), y se podía añadir un montón de permutaciones:
«negro largo», «negro corto», incluso «negro largo corto». Después de muchas
horas de divertida experimentación descubrí que mi favorito era el «blanco
llano». Fue un momento de suprema felicidad.
Como mis
obligaciones en el festival eran prácticamente nulas —un par de presentaciones
al público y un poco de charla después— tenía tiempo para deambular por la
ciudad, y es lo que hice con entusiasmo y dedicación, escuchando las
conversaciones, sentándome en las barras de los cafés con los periódicos de la
mañana y media docena de bebidas (todavía estaba en fase experimental),
devorándolo todo, leyendo etiquetas y vallas publicitarias y los rótulos de los
escaparates, haciendo preguntas a los desconocidos: «Perdone, ¿qué es un Jacky
Howe? ¿Qué son norks? ¿Qué es un Hills Hoist?»[22].
Me
encantó —todavía me encanta— el acento australiano, el ritmo y la cadencia, la
forma directa, sencilla y seca de ver la vida. En la recepción ofrecida durante
la presentación de un premio menor —el East Gippsland Young Farmers First Novel
Award[23] o
algo por el estilo—, a la que asistí porque me ilusionó que me invitaran y
porque había un refrigerio después, estaba yo con dos mujeres publicistas de mi
editorial cuando entró una mujer notablemente dotada de norks.
— Mira,
si es Bruce Dazzling —observó una de ellas, y después, con una especie de
calculado desprecio añadió—. Ésta sería capaz de ir hasta la «apertura», de un
sobre.
Alguien
me contó la siguiente anécdota de un amigo inglés. Fue en un vuelo a Australia;
una de las azafatas le dio una toalla caliente, como vio que estaba fría se lo
dijo a la azafata; no por quejarse sino porque pensó que había sido un error.
Ella lo miró y, sonriendo dulcemente, con el mínimo sarcasmo, dijo: «Bueno,
¿por qué no se sienta encima? Así la calentará». Cuando me lo contaron pensé
que me gustaría este país. Y ya lo creo que me gusta.
Como el
primer sitio que conocí fue Melbourne, creé un lazo sentimental con la ciudad.
Todavía me emociono cuando llego a Melbourne —no es una emoción muy popular,
pero es lo que siento— y mientras pasaba en coche ante los resplandecientes
rascacielos del distrito central tenía la sensación de llegar a casa. Ahí
estaba el primer hotel australiano donde había estado, allá la primera
cafetería a la que había entrado, allí el famoso Estadio de Cricket de
Melbourne, donde pasé tres horas felizmente alucinado con un partido de fútbol
con reglas australianas y cené mi primer (y último) pastel veinticuatro («hecho
con auténticos mirlos», me aseguraron tan felices). No sé si tiene mucho
sentido, pero éste era mi hogar en Australia.
La mayor
parte de la gente (y cuando digo «la mayor parte de la gente» me estoy
refiriendo a mí, cuando llegué por primera vez) no se da cuenta de que durante
mucho tiempo Melbourne fue la ciudad más importante de Australia. Aunque Sydney
hace un siglo que es ligeramente mayor (la población de Melbourne es de 3,5
millones y la de Sydney de cuatro), Melbourne fue hasta hace relativamente poco
el centro de todo, especialmente en lo que se refiere a las finanzas y la
cultura. Sydney solía compensarlo inventando chistes crueles, pero casi siempre
buenos, sobre la supuesta falta de animación en Melbourne, como el de:
«¿Tiene
hijos?»
«Sí, dos
vivos y uno en Melbourne.»
Hoy en
día Sydney hace chistes sobre Melbourne y le roba los proyectos, lo que a
Melbourne le cuesta un poco de encajar. Nada ilustra mejor el cambio en la
posición relativa de las dos ciudades que la celebración de los Juegos
Olímpicos de 1956 en Melbourne y la del 2000 en Sydney. Lo mismo pasa con todo.
En 1956 Melbourne era la sede de 50 de las empresas más importantes de
Australia y Sydney de 37. Hoy la proporción se ha invertido. Hace una
generación, las empresas internacionales elegían Melbourne como sede en
Australia; hoy día más de dos tercios optan por Sydney. Pero mucho más
mortificante para una ciudad con el dinamismo cultural de los programas de
televisión diurnos, por poner un ejemplo, es que Melbourne ha tenido que ver
cómo Sydney se apropiaba de su preeminencia cultural: en edición, moda, cine y
televisión, y en el teatro. Antes iba a ver a mis editores australianos a
Melbourne. Ahora, a Sydney.
Dicho
esto, y una vez te has deshecho de la ventaja visual de la que se beneficia
Sydney gracias a su puerto, es muy poco lo que diferencia a ambas ciudades en
cuanto a calidad de vida u oferta cultural. Mucho menos separa a Melbourne de
Sydney que a Los Ángeles de Nueva York o a Birmingham de Londres.
Puede que
Melbourne no tenga un Harbour Bridge ni un Opera House como Sydney, pero tiene
algo no menos singular: los giros a la derecha más estrambóticos del mundo. Si
estás conduciendo por el centro de Melbourne y quieres girar cruzando el
tráfico en dirección contraria, no te colocas en el carril del centro, sino
junto a la acera —lo más lejos posible de donde quieres ir— y te quedas ahí un
período de tiempo indeterminado (en mi caso hasta que clubs y restaurantes han
cerrado y se han ido todos a dormir), hasta que te toca girar frenéticamente
antes de que el semáforo cambie. Hay que hacerlo para no entorpecer el camino a
los tranvías —la otra especialidad de Melbourne—, que van por el centro y no se
pueden permitir que los coches les bloqueen el paso. Es terriblemente confuso;
no sólo para los visitantes extranjeros, también para los australianos, e
incluso (sospecho) para los habitantes de Melbourne.
Pero lo
que distingue a los ciudadanos de Melbourne es su amor por el fútbol con reglas
australianas, un deporte con poca afición en Sydney o Nueva Gales del Sur,
donde la pasión es el rugby. Es curioso que en Melbourne no se cuenten chistes
de Sydney. Cuentan chistes de sus amados hinchas.
A saber:
Un hombre
que llega a Melbourne para la Gran Final se sorprende al ver que el asiento de
al lado está vacío. Las entradas para la Gran Final hace semanas que se
vendieron y no hay localidades. Por eso, pregunta al hombre que está al otro
lado del asiento vacío: «Perdone, ¿sabe por qué no hay nadie en este asiento?».
«Era de
mi esposa —responde el otro, melancólico—, pero desgraciadamente ha muerto.»
«Oh,
cuanto lo siento. Es terrible.»
«Sí, no
se perdía un partido.»
«¿Y no
podría haber aprovechado la entrada un amigo o un pariente?»
«Oh, no.
Están todos en el funeral.»
Iba a
visitar a un viejo amigo llamado Alan Howe, que fue quien me introdujo en las
pasmosas peculiaridades de las reglas australianas. Lo conocí hace veinte años
cuando yo trabajaba como editor adjunto en el departamento de economía de The
Times en Londres y él era un novato con cara de niño. Yo ya llevaba
allí unos meses cuando llegó él y le dieron un asiento a mi lado en la mesa de
los adjuntos. Tampoco es que fuera tan joven entonces, pero era como si llevara
un uniforme de explorador. Así que lo tomé bajo mi protección como compañero de
las colonias y le enseñé lo que sabía. Fueron tres cosas: que la aseguradora
Lloyd’s llevaba apóstrofe pero el Lloyds Bank, no; que la empresa Río
Tinto-Zinc llevaba un guión muy curioso y que el bar estaba en el sótano. En
aquel entonces no hacía falta más para trabajar en el departamento de economía.
Aprendía
rápido y nos aventajó a todos. Un día en que discutíamos un colega y yo si el
«p/g» de «ratio p/g» significaba «parar de gastar» o «príncipe de Gales», Howe
dijo que era la abreviatura de «ratio precio/ganancia, una medida establecida
para un valor percibido neto que se obtiene dividiendo su valor actual por las
ganancias por acción en los anteriores doce meses». Entonces supe que aquel
muchacho llegaría lejos. Hay que decir que no nos ha defraudado. Después de un
distinguido período en The Times volvió a Australia, donde se
convirtió en una estrella ascendente del firmamento de Murdoch, asumiendo a
principios de 1990 el cargo de editor del Sunday Herald-Sun,
publicación que todavía preside. Cuando pienso en él sentado en The
Times con su pañuelo y su camisa azul, mi viejo corazón se hincha de
orgullo.
Él y su
esposa —Carmel Egan, una mujer simpática y tranquila—, viven en South
Melbourne, en una encantadora casa antigua que había sido una carnicería.
Llegué tarde debido a un pequeño experimento que realicé si querer y que
consistía en comprobar si es posible encontrar una dirección de Melbourne
utilizando un plano de calles de Perth, pero al fin la encontré. Me recibió
Carmel.
— Howe ha
salido —dijo, haciéndome pasar—. Ha ido a correr un poco.
— ¿A
correr?
Intenté
no parecer demasiado asombrado, pero en el tiempo que hacía que lo conocía, la
idea que tenía Howe del ejercicio físico era la de beber de pie. Además, era
una de esas personas inquietas y llenas de energía que son incapaces
constitucionalmente de acumular grasa. Necesitaba correr tanto como yo aumentar
los gastos de universidad de mis hijos.
— Es por
su corazón —añadió ella.
La miré
fijamente.
— ¿Tiene
problemas de corazón?
— No,
claro que no —se rió—. Pero acaba de descubrir que lo tiene.
Lo
entendí enseguida. Howe ha sido siempre un hipocondríaco. Durante años se ha
ido moviendo de un órgano a otro, seguro de que alguno le hará un día una mala
pasada dolorosa y cara. Se pasa horas por los rincones palpándose bultos
misteriosos y readaptando su modo de vida a causa de ellos.
Carmel y
yo nos sentamos a tomar una taza de té, y le conté anécdotas de su esposo en
aquellos lejanos días de Londres antes de que ella lo conociera: cómo le enseñé
a usar el jabón y ponerse calcetines a juego, y que le ayudé a encontrar el
tratamiento para las gónadas. En ese momento llegó el susodicho a la casa,
acalorado en extremo, sin aliento y sudado.
— Eh,
hola —consiguió articular lo que parecían ser sus últimas palabras.
— ¿Te
encuentras bien?
— Nunca
me había sentido mejor.
— ¿Por
qué corres? —dije.
— El
corazón, tío.
— Pero si
no te pasa nada.
—
Exactamente —dijo la mar de orgulloso—. ¿Y sabes por qué? Porque me lo cuido.
Asintió
intencionadamente y, como si a mí no se me hubiera ocurrido, echó una discreta
mirada a mi corpachón.
Para
cenar fuimos caminando a un restaurante del barrio, donde lo pasamos muy bien
comentando montones de cosas: amigos comunes, trabajo, donde había estado hasta
entonces y adónde iba, lo que se habla con amigos a los que no ves a menudo. En
cierto momento, Howe mencionó como si nada que recientemente había estado
practicando el boogie boarding en Byron Bay, en Nueva Gales
del Sur, cuando se topó con un tiburón.
— ¿De
verdad? —dije, impresionado.
Asintió.
— Era
bastante grande, además, de unos tres metros, diría yo.
— ¿A qué
distancia estaba?
— Cerca.
Podría haberlo tocado.
— ¿Y tú
qué hiciste?
— Una
retirada estratégica. ¿Tú qué crees?
— ¿No
tenías miedo?
Puso una
cara de repentino entusiasmo, como si hubiera puesto el dedo en la llaga.
— Sí
—dijo—, algo de eso tuve.
— ¿Algo?
— Sí
—repitió incondicionalmente, como si estar algo asustado fuera el máximo que
uno se podía permitir en Australia, y debe de ser así.
Aquello
provocó cariñosas rememoraciones de otras experiencias mortales con animales,
de las que Australia cuenta con abundancia: un encuentro con un cocodrilo en
Queensland, las serpientes venenosas que estuvo a punto de pisar, cuando se
despertó y se encontró una viuda australiana haciendo rappel por un hilo a dos
palmos de su cara. Los australianos son muy injustos en este sentido. Se pasan
la mitad de cualquier conversación insistiendo en que los peligros del país se
han exagerado mucho y que no hay que preocuparse, y la otra mitad contándote
que hace seis meses su tío Bob iba en coche a Mudgee cuando una serpiente tigre
salió del salpicadero y le mordió en la ingle; pero bueno, ya lo han
desconectado de la respiración artificial y se puede comunicar parpadeando con
los ojos.
Yo,
claro, era todo oídos.
— ¿Y la
historia del cocodrilo cuál era? —pregunté ansiosamente.
Howe
sonrió con algo de timidez.
— Pues
que, Carmel y yo estábamos de vacaciones en Queensland, en un lugar llamado
Port Douglas, y pensamos —vio que ella estaba a punto de corregirlo— y pensé
que sería divertido alquilar una barca y salir a pescar.
— En un
estuario infestado de cocodrilos —añadió Carmel. Se dirigió a mí—. Alan no
quiso alquilar una barca grande con guía, o sea que nos llevamos una pequeña
nosotros solos. Era una barca pequeña.
Le
permitió que continuara.
— Cogimos
la barquita —siguió él, con un asentimiento magnánimo en dirección a ella— con
motor fuera borda, y nos dispusimos a cruzar el estuario, que estaba lleno de
barcas, pero entonces descubrí una calita y pensé: «Venga, vamos por allí».
Bueno, la calita resultó que era un río, muy bonito. Subimos por el río y era
una preciosidad, la quinta esencia del paraíso tropical: ancho y verde, con la
selva alrededor, aves de colores volando entre los árboles. Ya te lo puedes
imaginar. Y lo mejor de todo, no se veía a nadie. Lo teníamos para nosotros
solos. Buscamos un lugar agradable, paré el motor, y estábamos allí sentados
con los sedales en el agua la mar de relajados cuando Carmel señaló una especie
de retazo fangoso en la orilla, y nos dimos cuenta de que era una rampa de
inmersión de cocodrilos. No podía ser otra cosa. Después notamos que había
varios lugares iguales en la orilla. Empezamos a comprender que fuera la razón
de que no hubiera nadie allí arriba, que estaba infestado de cocodrilos. Y
cuando llegábamos a esta significativa conclusión oímos algo que salpicaba el
agua, algo pesado que cae al agua, y después una línea incierta en la corriente
que se mueve hacia nosotros.
— Uau
—dije.
—
Exactamente lo que pensé yo, Bryson.
Sonrió.
— ¿Y qué
hicisteis?
— Pues,
como soy buen marino, tiré del motor para salir de allí. Pero el motor no se
ponía en marcha. No sé porqué no arrancaba.
— Yo
estaba sentada en la popa mirando la línea que se acercaba —intervino Carmel— y
le decía: «Alan, el cocodrilo se acerca. Viene hacia aquí. Vámonos de aquí.
¿Nos vamos o qué?».
— Y yo
tirando de la cuerda, y tira que te tira, y el motor sólo hacía putt
putt putt pffft. Y el cocodrilo seguía acercándose. Milagrosamente, el
motor arranca y nos movemos. Pero estamos encarados en mala dirección, en
dirección contraria a la que queremos ir, tenemos que seguir río arriba, así
que hay que girar. Bueno, después de muchos líos, de golpes contra la orilla y
de discutir entre nosotros cariñosamente sobre la muerte rápida y que todo es
culpa mía, conseguimos dar la vuelta. El problema es que para salir de allí
teníamos que ir hacia donde estaba el cocodrilo.
— ¿Dónde
estaba el cocodrilo entonces?
— Ni
idea. No se lo veía por ningún lugar. Debía de estar por ahí, pero no sabíamos
dónde. Podía estar junto al bote. El agua estaba tan embarrada que no se veía
ni un centímetro hacia el fondo. Pero los cocodrilos van a por los botes.
— Sobre
todo los botes pequeños —dijo Carmel, sonriéndole.
Alan
sonrió feliz.
— Pongo
el motor al máximo —siguió— y el bote va tirando a un kilómetro por hora más o
menos que es todo lo que da de sí, lo admito, un bote pequeño y barato. Tenemos
que cruzar medio kilómetro de territorio de cocodrilos a velocidad de pulga y
todo el rato que estamos allí sentados lo pasamos esperando sentir un golpe
contra el casco y la barca que vuelca. Fue un poco enervante.
— ¿Sabías
—dije— que un motor fuera borda le suena a un cocodrilo muy parecido al rugido
territorial de otro cocodrilo? Por eso van a por los botes pequeños.
Me
miraron con asombro. No es habitual que un extranjero deje a los australianos
con la boca abierta, pero yo acababa de leer el libro, al fin y al cabo.
— Me
alegro de no haberlo sabido en Port Douglas —dijo Carmel.
Se
estremeció.
— Pero
veo que lograsteis poneros a salvo —dije.
Alan
asintió encantado.
— Bajamos
por el río, cruzamos el estuario y salimos del bote. Saltamos de él antes que
tocara el muelle —me miró con una sonrisa encantada y expectante—. ¿Cuánto rato
crees que usamos el bote? Lo habíamos alquilado para medio día, tenlo en
cuenta.
No me lo
imaginaba.
Howe se
inclinó hacia mí, sin dejar de sonreír.
—
Veintinueve minutos —dijo rebosante de orgullo—. El chico nos dijo que era un
récord.
—
Espléndido —dije.
— Un
éxito de la familia Howe —añadió, y lo decía en serio.
Howe
tenía que trabajar en el periódico al día siguiente, pero Carmel se ofreció a
llevarme de paseo. A última hora de la mañana siguiente fuimos a la ciudad a
devolver mi coche de alquiler, hacer algunas compras y echar un vistazo.
Bajábamos por Chapel Street buscando un lugar para aparcar, y Carmel me estaba
contando cosas de su trabajo —es la corresponsal en Melbourne de News
International— cuando se interrumpió de golpe y dijo muy animada: «Mira, es Jim
Cairns». Señaló a un hombrecito que cruzaba la calle delante de nosotros
cargado con una silla y una mesa plegable. Parecía algo maltratado por el
tiempo pero nada más.
— Fue
vicepresidente del gobierno de Whitlam —me informó. La miré para ver si me
estaba tomando el pelo, pero ella sonreía con sinceridad—. Vende su
autobiografía en aquel mercado.
Me indicó
un lugar cubierto donde uno iría a comprar verduras.
La miré.
— ¿Vende
libros, su propio libro, con una mesa plegable?
Ella
sonrió, reconociendo alegremente que aquello pudiera parecerle peculiar a un
forastero.
— Es una
manera de ganar dinero extra —añadió.
Era un
hombre, no sé si os hacéis cargo, que hacía poco ostentaba el segundo cargo del
país, el equivalente en Estados Unidos a encontrarse a Walter Mondale sentado
ante una mesa plegable en un centro comercial de Minneapolis vendiendo
posavasos de la Casa Blanca y otros recuerdos.
— ¿Lo
hace habitualmente?
— Es una
institución. ¿Quieres conocerle?
— Ya lo
creo.
Buscamos
un lugar para aparcar, pero cuando llegamos al mercado ya se había marchado.
Sin duda cuando lo habíamos visto volvía a casa.
— Supongo
que se aburre —dijo Carmel cariñosamente—. Hace tiempo que vende el libro.
Asentí y
reflexioné, como ya era habitual, sobre lo raro, humilde y distante que es
Australia.
Queríamos
ir al Museo de la Inmigración, pero en nuestra ruta se cruzó el nuevo Crown
Casino, una casa de juego que la gente de Melbourne odia porque es de pacotilla
y tienta a los tontos a perder sus ahorros, o lo adora porque a veces se gana
dinero.
—
¿Quieres verlo? —preguntó Carmel.
Dudé,
había satisfecho mi curiosidad sobre el juego en el club de los Penrith
Panthers de Sydney en mi primer viaje, pero ella dijo con insólita seguridad:
— Te
interesará.
Y
entramos.
Tenía
toda la razón. Era un lugar asombroso, enorme —dejaba chiquito incluso al club
de Penrith— y rebosaba ornamentación. En un atrio exterior elevado se
desarrollaba un frenético espectáculo de láser con música sintética a tope y
montones de humo (sería para resaltar los rayos danzarines), pero no lo miraba
nadie. Lo interesante era el casino de atrás, no menos extravagante e
interminable. El que hizo el contrato de las alfombras del Crown Casino no
habrá tenido que volver a trabajar en su vida. Tardamos veinte minutos en
cruzar la sala de punta a punta. Lo más sorprendente era lo lleno que estaba y
lo intenso que era todo. Aún no era la hora de almorzar y habría unos dos mil
jugadores esperando turno. No había un rincón o una máquina fuera de servicio. No
había visto nada tan grande aparte de Las Vegas, y en Las Vegas muchas personas
van a curiosear o a pasar el rato. La gente estaba absorta. En una mesa de
ruleta vi a un hombre que distribuía unas veinte fichas por el tapete, las
perdía todas, metía mano en la cartera y sacaba 50 dólares para comprar más.
Después de un rato —porque la Australia urbana es un lugar tan multicultural
que no notas estas cosas— advertí que él y una abrumadora proporción de
clientes eran chinos. No sé si era debido a su vestimenta, pero parecía un
camarero o un cocinero; pero no alguien que pudiera permitirse perder miles de
dólares en una sesión. Se lo comenté a Carmel y ella asintió.
— Son
jugadores espectaculares —cuchicheó y sonrió tristemente—. Es un gran negocio.
Por aquí pasan cada año mil millones de dólares. Victoria obtiene el 15 % de
sus ingresos del juego.
Lo pensé
un momento. Aquello serían centenares de millones de dólares.
—
¿Cuántos casinos hay en el estado? —pregunté.
— Sólo
éste —dijo ella.
El Museo
de la Inmigración, justo sobre el río Yarra, situado en un majestuoso y viejo
edificio que había sido de Aduanas, ofrecía un contraste tranquilo y más
razonable. Había abierto hacía poco y todavía relucía. Howe había insistido
mucho en que lo visitara porque como pilar de la comunidad había sido uno de
los impulsores de su fundación. Como la experiencia de la inmigración es la
historia de lo Australia moderna, era en definitiva un museo de historia social
y el mejor que había visto.
En una
cavernosa sala central en forma de transatlántico había una exposición en la
que te introducías con cabinas y otros simulacros que evocaban la vida a bordo
de los inmigrantes en diferentes períodos. Me conmovió particularmente la época
de 1950. Me crié a más de mil kilómetros del mar y añoraba la gran época de los
trasatlánticos de pasajeros. Siempre me había dominado un deseo romántico de
realizar un viaje oceánico. Me llenaron de ternura los detalles más triviales
de la vida a bordo, estudié una carta de hacía cuarenta años como si hubiera
tenido que elegir entre costillita de cordero y ternera asada, e imaginé mis
libros y mis utensilios de aseo en el estante junto a la litera. Pensé si para
el baile de la tarde me pondría mi camisa de gala u otra con un motivo de
orquídeas salvajes de Hawai.
Me puse a
pensar —nunca se me había ocurrido reflexionar sobre ello cuánto tiempo y
dinero representaba un viaje a Australia en aquella época. Hasta principios de
1950, un billete de ida y vuelta de Australia a Inglaterra costaba tanto como
una casa de tres dormitorios en un barrio de las afueras de Melbourne o Sydney.
Qantas introdujo los Super Constellations de la Lockheed en 1954, y los precios
empezaron a bajar, pero al final de la década ir a Europa en avión seguía
costando más que un coche nuevo. Tampoco es que fuera un servicio veloz o
cómodo. Los Super Constellations tardaban tres días en llegar a Londres y no
tenían potencia ni alcance para esquivar las tormentas. Cuando encontraban
monzones o ciclones, los pilotos no tenían más remedio que poner la señal de
abrocharse el cinturón y empezar a botar. Incluso en condiciones normales
volaban a una altura que garantizaba una turbulencia constante. (Qantas lo
llamaba, sin intención de ironizar, la Ruta del Canguro.) Era, según el
criterio actual, una mala experiencia.
Así que
para casi todos los inmigrantes de los años cincuenta, un viaje a Australia
significaba un crucero marítimo de cinco semanas. Incluso ahora, que te ves
obligado a encerrarte en una lata con alas un día entero para llegar allí,
Australia parece muy lejos. Pero cuán infinitamente remoto debió de parecer en
la cubierta de un barco viendo alejarse el continente y midiendo la distancia
de 12.000 millas de estela marina. Estudié las caras de gente sonriente echada
en tumbonas o paseando por las aireadas cubiertas. Eran las mismas expresiones
que había visto en el Surfers Paradise de Adelaida. Aquella gente también era
feliz, estaba pletórica. Iban a un país afortunado. Les esperaba una vida de
abundante sol y buenos empleos, buenos hogares, buenas perspectivas y batidoras
eléctricas. Se iban de vacaciones para siempre.
Fue una
época muy interesante para Australia. Fueron millones los extranjeros que se
hicieron australianos en los años cincuenta, y, curiosamente, también antes.
Acababa de enterarme de que en 1949 no existía la ciudadanía australiana. Las
personas nacidas en Australia no eran australianas en sentido estricto sino
británicas, tan británicas como si fueran de Cornualles o Escocia. Juraban
fidelidad al rey y al país, y cuando Gran Bretaña entró en guerra fueron a
morir sin dudarlo a campos de batalla extranjeros. En la escuela estudiaban
historia, geografía y economía británica con tanta normalidad como si vivieran
en Liverpool o Manchester. Recuerdo que en una de sus cartas, Catherine Veitch
me comentaba lo surrealista que era estar en un aula de Adelaida en los años
treinta aprendiendo la altura de las montañas escocesas o las cifras de
producción de cebada de Anglia del Este y viendo los exuberantes árboles
de waratah y las bandadas de cuca burras afuera.
A los
australianos no les pasó inadvertido lo absurdo de la situación, ro Gran
Bretaña era todo para ellos. Como escribió una vez Alan Moorehead: «Los
australianos de mi generación crecimos en un mundo aparte. Hasta que no íbamos
al extranjero no habíamos visto nunca un edificio bello, no habíamos oído
hablar otra lengua, no habíamos visto una buena representación teatral,
saboreado una comida medianamente sofisticada o escuchado una buena orquesta».
Lo más curioso era que millones de australianos que no habían salido nunca del
país murieron pensando en Inglaterra como en su hogar. En 1957, en la novela de
Nevil Shute On the Beach, una guerra nuclear deja a Australia como
el último lugar habitado de la tierra. El autor ponía este lamento en boca de
su heroína australiana: «Iba a ir a casa en marzo. A Londres. Hacía años que lo
estaba preparando […] Es tan injusto…». Con «casa» quiere decir un país que no
ha visto nunca y que no lo verá.
Pero
mientras Shute escribía, Australia estaba en pleno proceso de convertirse en un
país diferente. En la Segunda Guerra Mundial sufrió una especie de trauma
brutal cuando, después de la caída de Birmania y Singapur, Gran Bretaña se
marchó del Lejano Oriente, dejando a Australia abandonada y peligrosamente al
descubierto. Al mismo tiempo Winston Churchill, un hombre cuya presunción no
dejaba de ser atrayente, pidió a los jefes militares de Australia que mandaran
soldados a la India: que abandonaran a sus esposas e hijos y lucharan por el
bien del imperio. Los australianos decidieron que no. Se quedaron atrás y
lucharon en la retaguardia para detener el avance de los japoneses en Nueva
Guinea.
Poca
gente fuera de Australia se dio cuenta de lo cerca que habían llegado los
japoneses. Habían capturado gran parte de las islas Salomón y parte de Nueva
Guinea, justo al norte, y parecían dispuestos a la invasión. Los militares
australianos, conscientes de que estaban indefensos, diseñaron un plan para
retirarse al rincón sureste del país, sacrificando el continente con la
esperanza de poder defender las ciudades principales. Podría haber servido como
táctica retardatoria. Afortunadamente, el rumbo de la batalla cambió de norte
con la victoria naval americana de Midway y la victoria australiana sobre Japón
en Milne Bay. Australia estaba indultada.
Australia
se salvó pero se quedó con dos cicatrices: se dieron cuenta de que no podían
contar con que Gran Bretaña fuera a rescatarlos en momentos de crisis, y con
una sensación de vulnerabilidad ante la inestabilidad de los numerosos países
del norte. Ambas cuestiones influyeron profundamente en las actitudes de los
australianos en los años de posguerra, y todavía influyen. Se apoderó de
Australia la convicción de que tenía que poblarse o perecer; que si no se
utilizaba aquella tierra vacía y se llenaba el espacio lo haría alguien de
fuera. En los años posteriores a la guerra, el país abrió sus puertas de par en
par. En el medio siglo posterior a 1945 su población se elevó de siete a 18
millones.
Gran
Bretaña no podía aportar todo el personal necesario, de modo que se recibió a
gente de toda Europa en los años inmediatos de posguerra, especialmente Grecia
e Italia, y el país se hizo mucho más cosmopolita. De repente, Australia estaba
llena de gente a quien le gustaba el vino, el buen café, las aceitunas y las
berenjenas, y aprendió que los espaguetis no habían de tener un color naranja
intenso ni salir de una lata. La forma y el ritmo de vida cambiaron
completamente. Se establecieron Consejos de Buena Vecindad por todas partes
para ayudar a los inmigrantes a instalarse y que se sintieran bienvenidos, y la
Australian Broadcasting Corporation ofrecía cursos de inglés a decenas de miles
de personas que asistían con entusiasmo. En 1970, el país podía jactarse de dos
millones y medio de «Australianos Nuevos», como los llamaban.
Evidentemente,
no era perfecto. En la fiebre de la repoblación se aceptaron algunos
inmigrantes con menos reflexión de la deseable. Grupos de apoyo a la infancia
como el Salvation Army, Barnardo’s y los Christian Brothers sacaron de los
orfanatos británicos al menos a diez mil niños, desde los cuatro años, entre
1947 Y 1967. La iniciativa era genuinamente altruista —se creía que los niños
tendrían la oportunidad de una vida mejor en un país cálido, soleado y que
necesitaba mano de obra— pero la ejecución careció de sutileza. Se separó a
hermanos que nunca volvieron a encontrarse, y había muchos que no tenían ni
idea de lo que hacían con ellos. En su libro Orphans of the Empire,
Alan Gill cuenta que un chiquillo, al ver un cartel que convocaba a un lugar
concreto al «grupo de Barnardo’s» se emocionó porque pensaba que lo de «grupo»
significaba salir a jugar con los demás. Otro preguntó, mientras el barco
avanzaba por el Támesis, si volverían a casa a la hora del té. Todas las
historias son tan patéticas como éstas.
También
estaba el gran oprobio de la White Australian Policy que permitía que los
oficiales de inmigración impidieran la entrada a los indeseables exigiéndoles
pasar un examen en cualquier lengua europea que eligieran las autoridades (en
una ocasión fue el gaélico escocés) y deportaran sin compasión a los que no fueran
blancos. A principios de los años cincuenta, Arthur Calwell, el ministro de
Inmigración, intentó repatriar a una viuda de origen indonesio con ocho hijos
de un ciudadano australiano. Si los australianos tienen una sola y radiante
virtud es la creencia en un «trato justo" —un sentido de lo correcto
basado en la justicia común— y el caso levantó un clamor popular. Los
tribunales le dijeron a Calwell que no se excediera, y el punto flaco de la
política de exclusión empezó a erosionarse. Alrededor de 1970, cuando Australia
empezó a reconocer que era, al menos geográficamente, una nación asiática y no
europea, la ley del color se abolió y se permitió la entrada a centenares de
miles de inmigrantes. Hoy en día Australia es uno de los países más plurales de
la Tierra. Un tercio de la población de Sydney ha nacido en otro país; en
Melbourne los cuatro apellidos más comunes son Smith, Brown, Jones y Nguyen.
Una cuarta parte de la población no tiene antecedentes británicos en la
familia. Para millones de personas fue la posibilidad de una nueva vida, y una
oportunidad que se aprovechó con creces y con agradecimiento.
En una
sola generación, Australia se rehizo a sí misma. De ser un puesto lejano y
medio olvidado de Gran Bretaña, provincial, aburrido y dependiente
culturalmente, pasó a ser una nación infinitamente más sofisticada, segura de
sí misma, interesante y con proyección exterior. Y lo hizo, puedo asegurarlo,
sin discordias, disturbios o errores graves, incluso a veces con cierta gracia.
Por
casualidad, unas noches antes había visto un documental en televisión sobre la
experiencia de la inmigración en los años cincuenta. Una de las personas a las
que entrevistaban era un hombre que había llegado de Hungría siendo adolescente
después de la revuelta de su país. A su llegada había ido, tal como le habían
recomendado, a la comisaría de policía, y había explicado en un inglés inseguro
que era un nuevo inmigrante que iba a registrar su nueva dirección. El sargento
lo había mirado fijamente un momento después se levantó de su asiento y dio la
vuelta a la mesa. El húngaro recordaba que por un momento se desconcertó y
pensó que iba a pegarle, pero le ofreció una mano carnosa y le dijo
afectuosamente: «Bienvenido a Australia, hijo». El húngaro recordaba el
incidente con admiración hasta aquel mismo momento, y cuando terminó tenía
lágrimas en los ojos.
Os lo
digo sinceramente. Es un país maravilloso.
Carmel
pasó la infancia en una granja de Victoria oriental en la costa meridional de
la Gran Cordillera Divisoria, en un hermoso paisaje de campos verdes con
montañas azules como telón de fondo. Howe, un chico de ciudad cuya idea
del bush era una desolación monótona llena de bestias
asesinas, había ido a visitar la granja de la familia empujado por su sentido
del deber conyugal, pero enseguida se enamoró de ella, tanto que él y Carmel
habían comprado una parcela de tierra en una loma cercana, habían arrastrado
hasta allí una sencilla casita de madera y la habían colocado en una posición
elevada, con hermosas vistas de multitud de colinas, bosques y granjas. Howe me
había hablado de ella repetidamente con cierto éxtasis y se moría de ganas de
que la viera. Al día siguiente, después de cargar provisiones, salimos en su
coche para recorrer las tres horas de camino que nos separaban de su idílico
hogar rural.
Bush es
una palabra tan vaga en Australia que no estaba seguro de lo que me esperaba,
pero fue evidente en cuanto dejamos atrás los suburbios de Melbourne que
Victoria oriental era un rincón privilegiado del mundo: más verde que ningún
otro lugar de Australia que hubiera visto y con un fondo de montañas con una
respetable prestancia. La carretera serpenteaba por un paisaje de prados con
una indecisión encantadora y cruzaba una sucesión de pueblecitos muy bonitos.
Howe llevaba, con un orgullo singular e inexpugnable, un llamativo sombrero
escandalosamente grande que conmovía por lo desfavorecedor, adquirido hace
poco. Cuando nos parábamos a poner gasolina o a tomar café, a Carmel y a mí nos
daban ganas de aclarar a los desconocidos que lo miraban que había salido del
manicomio con un permiso pero que lo devolveríamos allí al acabar el fin de
semana. Aparte de eso el viaje transcurrió sin incidentes demasiados
bochornosos.
La casa
de Alan y Carmel goza de una situación de glorioso retiro en el borde de una
abrupta loma. La vista, sobre un valle ordenado y apacible de campos de tabaco
y viñedos, era extensa y atractiva como salida de un libro de cuentos. Aquello
debía de ser como ver el mundo desde lo alto de una mata de habichuelas.
— No está
mal, ¿eh? —dijo Howe.
—
Demasiado bien para alguien que lleva un sombrero como el tuyo. ¿Cómo se llama
esta zona?
— King
Valley. El padre de Carmel tenía una granja allí.
Me señaló
una parcela de tierra ondulante encajada contra la colina contigua. Recordaba,
de forma casi exacta, los paisajes del artista americano Grant Wood —gráciles
colinas, campos ondulantes, árboles exuberantes—, que describían una Iowa
idealizada que nunca existió. Existía aquí.
Cuando
Howe abrió la casa, Carmel y él empezaron a moverse de aquí para allá con la
destreza que da la práctica, abriendo ventanas, poniendo agua a hervir y
guardando la comida. Ayudé a trasladar las cosas del coche, vigilando por si
había serpientes bajo mis pies, y cuando terminé salí al amplio porche a
contemplar la vista. Howe se reunió conmigo al cabo de un momento con dos
cervezas frías y me dio una. Nunca lo había visto tan relajado. Al menos se
había quitado el sombrero.
Bebió un
poco de cerveza y dijo en un tono anecdótico:
— Cuando
conocí a Carmel ella solía hablar de comprar algún día un terreno aquí y
construir una casa y yo pensaba: «Sí, cariño». Quiero decir que ¿para qué
quieres una casa en medio del campo con lo que cuesta, el peligro de incendios
y todo lo demás? Pero un día vinimos a visitar a su familia, eché un vistazo y
dije: «A ver, ¿dónde tengo que firmar?». Poco después su familia lo vendió todo
y se mudó a Ballarat. Nosotros compramos este rincón de la propiedad, que
estuvieron encantados de vendernos porque es demasiado elevado para el cultivo,
e hicimos traer la casa —señaló con la cabeza a Carmel, que tarareaba en la
cocina—. A ella le encanta esto. Y a mí también, la verdad. Pensaba que nunca
llegaría a gustarme el campo pero ya ves, es un lugar estupendo para escapar de
todo.
— ¿Los
incendios de la maleza no son un problema?
— Sí que
lo son. A veces son colosales. Los eucaliptos arden bien, sabes… Es parte de su
estrategia. Por eso superan a las demás plantas. Están llenos de aceite, y
cuando se les prende fuego es imposible apagarlo. Se monta un incendio de
maleza que corre a 75 km por hora, y con llamas que alcanzan los 45 m. Es una
visión sobrecogedora, créeme.
— ¿Sucede
muy a menudo?
— Pues
cada diez años, más o menos, hay uno grande. Hubo uno en 1994 que quemó 600.000
hectáreas y puso en peligro algunos barrios de Sydney. Yo estaba allí entonces;
en el horizonte había un manto de humo negro que cubría el cielo. Estuvo días
ardiendo. El mayor de todos fue en 1939. La gente todavía habla de él. Fue
durante una ola de calor tan fuerte que las cabezas de los maniquíes de los
escaparates se derretían. ¿Te lo imaginas? Aquel incendio arrasó casi todo
Victoria.
—
¿Corréis mucho riesgo aquí?
Se
encogió de hombros filosóficamente.
— Está en
manos de los dioses. Podría ser la semana que viene, podría ser dentro de diez
años o nunca —me miró con una sonrisa extraña—. En este país estás a merced de
la naturaleza, amigo. Es la vida. Pero te diré una cosa.
— ¿Qué?
— Que
aprecias más todo esto al saber que puede desaparecer tras una humareda.
Howe es
una persona que no soporta ver a nadie durmiendo cuando hay luz diurna. A la
mañana siguiente me despertó temprano con la noticia de que había planeado un
día completo. Bastante angustiado, pensé que iríamos a repasar el techo, abrir
canales o algo así, pero añadió que íbamos a dedicarle un día a Ned Kelly. Howe
estaba muy orgulloso de que Kelly procediera de aquella parte de Victoria y
quería enseñarme varios lugares relacionados con su breve y brutal vida. Esta
perspectiva ya me gustó más.
Es un
dato interesante, que sin duda dice mucho del carácter australiano, que la
nación no haya creado ningún héroe perteneciente a las fuerzas del orden como
Wyatt Earp o Bat Masterson en Estados Unidos. Los héroes de la tradición
australiana son malos del tipo Billy el Niño, y se les denomina bushrangers,
y el más famoso de ellos fue Ned Kelly.
La
historia de Kelly es fácil de contar. Era un asesino despiadado que merecía que
lo ahorcaran, que fue lo que hicieron. Procedía de una familia de duros colonos
irlandeses que se ganaban la vida robando ganado y atacando a inocentes
transeúntes. Como muchos bushrangers, se tomó muchas molestias por
mostrarse como defensor de los oprimidos, pero no hubo un atisbo de nobleza ni
en su carácter ni en sus proezas. Mató a varias personas, a menudo a sangre
fría, a veces sin ninguna razón.
En 1880,
tras años de huir, corrió la voz de que estaba escondido con su modesta banda
(un hermano y dos amigos) en Glenrowan, un pueblecito al pie de la Warby Range
al noreste de Victoria. Al enterarse, la policía reunió un pelotón y fue tras
él. Como ataque sorpresa, no fue nada del otro mundo. Cuando llegó la policía
(en un tren de la tarde) se encontraron con que la noticia de su llegada les
había precedido y había unas mil personas en las calles y tejados de las casas
esperando ansiosamente que empezara el espectáculo. La policía tomó posiciones
y empezó a coser a balas el escondite de Kelly. Los hombres de Kelly
devolvieron el fuego y así estuvieron toda la noche. Al alba, en un momento de
calma, Kelly salió de la casa, inesperadamente, por no decir grotescamente,
vestido con una armadura casera: un pesado casco cilíndrico que debía de ser un
cubo invertido, y una placa en el pecho que le cubría el torso y la
entrepierna. No llevaba armadura en la parte inferior, y un policía le disparó
en la pierna. Agraviado, Kelly se arrastró hacia unos bosques cercanos, cayó y
fue capturado. Lo llevaron a Melbourne, lo juzgaron y lo ejecutaron enseguida.
Sus últimas palabras fueron: «Así es la vida».
No da
como para una leyenda, me parece a mí, pero en su país natal Kelly está muy
bien considerado. Sidney Nolan, uno de los artistas más apreciados de
Australia, realizó una serie de pinturas dedicadas a la vida de Kelly, y
abundan los libros sobre el tema. Incluso los historiadores serios le otorgan
una importancia que a un forastero le parece curiosamente desproporcionada.
Manning Clark, por ejemplo, en su historia de Australia, dedica sólo un párrafo
al diseño y la fundación de Canberra, ventila la federación en dos páginas,
pero dedica nueve páginas enteras a la vida y milagros de Ned Kelly. También
gasta con Kelly su prosa más florida e incoherente que es considerable,
creedme; Manning Clark es un extraordinario estilista —un hombre que no
llamaría nunca «luna» a «la luna» pudiéndola llamar «orbe lunar»—, pero con
Kelly se sumió en inspiradas y elevadas alusiones, así como en reflexiones
cósmicas de una singular impenetrabilidad. A continuación cito un pequeño
fragmento de su descripción de la fatídica salida de Kelly del recinto la noche
del tiroteo:
En la
media luz que precede a la aparición del disco rojo [es decir, el sol] en el
horizonte oriental […] una figura alta, envuelta en una armadura, salió de las
neblinas del aire helado […]. Unos pensaron que era un loco o un fantasma;
otros que era el Demonio, el ambiente estaba impregnado por igual, fueran
amigos o enemigos, de un «pavor supersticioso».
Personalmente
—y no es más que una presunción— creo que Manning Clark tomaba demasiada
codeína. La siguiente es otra de sus jugosas creaciones, un pequeño fragmento
de un pasaje más largo donde habla del legado de Kelly:
Vivió
como un hombre que se había enfrentado a la tranquilidad burguesa con toda la
furia de un frenesí dionisíaco y magnífico, un hombre que había hecho caer de
sus asientos a los poderosos y marchar a los ricos con las manos vacías. Vivió
como un hombre que había luchado contra la policía según la vieja tradición del
penal […] y denunció la brutal barbarie de los que enmascaraban su sadismo
contra la gente corriente con la panoplia de la ley.
Yo diría
que este discurso delata una toma de 2.800 mg.
Hoy en
día, Glenrowan es un pueblo de una calle con un par de pubs, unas pocas casas
diseminadas y una breve hilera de empresas dedicadas a extraer algo de dinero
de la leyenda de Kelly. En ese día caluroso de verano habría unos doce
visitantes en el pueblo, incluidos Alan, Carmel y yo. El establecimiento
comercial más grande, un lugar llamado Ned Kelly’s Last Stand, estaba cubierto
de inscripciones pintadas con un estilo semiprofesional. «Esto no es para
llorones» decía una, para animar. Otra añadía: «Es una tontería que después de
pasarte diez o veinte minutos sacando fotos, pateándote la calle arriba y abajo
y comprando recuerdos, tengas la audacia de decir a tus amigos: “No vayáis a
Glenrowan, porque no hay nada que ver”. Seamos sinceros, los visitantes de
Glenrowan ya no notarían ni que les caía el vertedero municipal encima […]».
La
impresión que uno extraía tras un estudio más detallado era que el Ned Kelly’s
Last Stand contenía algún espectáculo de animación por ordenador. Alan, Carmel
y yo nos miramos encantados y decidimos que aquello era para nosotros. Dentro
había un hombre muy amable ante la caja registradora. Nos quedamos un poco
cortados al ver que la entrada costaba 15 dólares por cabeza.
— ¿Será
bueno? —dijo Howe.
— Señor
—dijo el hombre con la mayor sinceridad— ahí adentro es Disneylandia.
Compramos
las entradas y pasamos a una sala casi a oscuras donde iba a empezar el
espectáculo. El espacio estaba diseñado a la manera de un viejo saloon.
En medio había bancos para el público. Delante de nosotros, en aquella
oscuridad, sólo distinguíamos la forma de los muebles y unos maniquíes
sentados. A los pocos minutos, la poca luz que había se apagó, nos
sobresaltaron con unos disparos y empezó la función.
Bueno,
llamadme llorón, que me caiga un vertedero encima, pero puedo decir
sinceramente que pocas veces he visto algo tan maravillosa, deliciosa y
terriblemente malo como el Ned Kelly’s Last Stand. Era tan malo que valía la
pena pagar. Valía más de lo que habíamos pagado. Estuvimos treinta y cinco
minutos pasando por una serie de salas donde veíamos maniquíes caseros, con una
sonrisa congelada y una fregona por pelo, recreando varias escenas del famoso
tiroteo de Kelly de una forma azarosa, delirante e incoherente. De vez en
cuando uno de ellos giraba su rígida cabeza o levantaba el brazo y disparaba
una pistola, aunque no necesariamente en sincronía con la narración. Mientras
tanto, en todas las salas tenían lugar mucho otros sucesos mecánicos: sillas
que caían, puertas que se abrían y cerraban misteriosamente, hombres que
tocaban el piano, una figura de un chico en un trapecio (¿por qué no?) que se
balanceaba entre las vigas del techo. ¿Sabéis esas casetas de feria donde
disparas con un rifle a una serie de blancos para que se abra una puerta o
caiga un pollo relleno de cosas? Pues esto me lo recordaba, pero era mucho
peor. La narración, o lo que se podía oír de ella con todos aquellos ruidos no
tenía ni pies ni cabeza.
Cuando
por fin nos vimos libres bajo el sol, estábamos tan encantados que dudamos si
volver a entrar, pero 45 dólares es mucho dinero, al fin y al cabo, y nos
temíamos que, con la repetición, aquella locura empezara a cobrar sentido. Así
que nos fuimos a ver el Ned Kelly gigante de fibra de vidrio que había delante
de una de las tiendas de recuerdos. No era tan grande ni intimidante como la
Gran Langosta, y el viento no le movía los testículos, pero era un buen ejemplo
en su género. Después dimos una vuelta por un par de tiendas, compramos unas
postales y volvimos al coche a continuar aquel día de aventura.
Se
trataba de ver el famoso Kelly Tree en un remoto lugar llamado Stringybark
Creek. Había que recorrer un largo trayecto por un valle extraño y fantasmal de
granjas abandonadas o semiabandonadas, medio quemadas y enterradas bajo
zarzales, después cruzar un bosque tropical denso y verde, y finalmente por
unas arboledas llenas de Eucaliptus obliqua apretujados.
Australia tiene unas setecientas variedades de eucaliptos con nombres muy
bonitos y expresivos —kakadu woollybutt, bastard tallow-wood, gympie
messmate, candlebark, ghost gum— pero el Eucaliptus
obliqua era el primero que podía identificar a primera vista. La
corteza se va desprendiendo en largas tiras, y cuelga de las ramas en borlas
fibrosas o cae en espirales que se amontonan en el suelo, y según parece quema
muy bien. Eran unos árboles preciosos: altos y rectos, y crecían
excepcionalmente cerca unos de otros. Al cabo de unos kilómetros de bosque
llegamos a una zona de aparcamiento junto a un rótulo que anunciaba el Kelly
Tree. Éramos los únicos visitantes; me daba la impresión de que éramos los
únicos desde hacía años. El bosque estaba fresco y silencioso, y con aquellas
ristras de corteza colgante tenía un aire singular, espectral y desapacible. Se
llegaba al Kelly Tree por un camino del bosque, y se distinguía de los demás
por la solidez de su tronco y una placa de metal con la forma del famoso casco
de Kelly.
— ¿Y qué
es el Kelly Tree exactamente? —pregunté.
— Bueno
—dijo Alan con cara de sabihondo—, la banda de Kelly se iba haciendo famosa y
la policía empezó a buscarlos con más ahínco, de manera que tenían que
esconderse cada vez en lugares más lejanos y remotos.
— ¿Como
aquí?
Asintió.
— No se
puede estar más solo.
Dedicamos
un momento a estudiar nuestro entorno. Debido a la proximidad con que crecían
los Eucaliptus obliqua entre ellos casi no había espacio para
echarse o pasear, y el aire tenía algo de malsano y de podredumbre orgánica.
Era el bosque menos bucólico que he visto en mi vida. Incluso la luz parecía
rancia.
— Kelly y
su banda estuvieron escondidos aquí tres años, pero en 1878 los siguieron
cuatro policías. Kelly y sus hombres redujeron y desarmaron a los policías.
Mataron a tres de ellos de forma lenta y horrible.
—
¿Horrible por qué? —pregunté, siempre pendiente de lo que fuera morboso.
— Les
dispararon en las pelotas y dejaron que se desangraran. Para aumentar su dolor
y la indignidad.
— ¿Y el
cuarto policía?
— Se
escapó. Se escondió toda la noche en una madriguera de uombat y al día
siguiente volvió a la civilización y dio la alarma. El asesinato de aquellos
tres hombres provocó el tiroteo de Glenrowan, como nos ha descrito
memorablemente la maravilla robótica del Ned Kelly’s Last Stand.
— Y ¿cómo
sabes tanto del tema?
Me miró
con cierta desilusión.
— Porque
sé mucho de muchas cosas, Bryson.
— Pero no
tienes ni idea de sombreros —dijo Carmel alegremente.
Él la
miró y decidió que su comentario no merecía respuesta; después se dirigió a mí.
— Ahora a
Powers Lookout —anunció decidido, y se fue dando firmes zancadas hacia el
coche.
—
¿Cuántos monumentos más de Kelly vamos a ver? —grité, intentando no traslucir
demasiada angustia mientras le seguía por el bosque.
No
pretendo ser irrespetuoso con el bandido más querido de Australia, ni mostrar
decepción por el Kelly Tree —muy al contrario— pero parecía que estuviéramos a
horas de distancia de cualquier sitio y nos acercábamos a ese momento del día
en que uno empieza a pensar en las posibilidades sociables de la comida y la
bebida.
— Sólo
uno más que está camino de casa y no te pesará, luego tomaremos una cerveza.
Cumplió
su promesa. Powers Lookout era fabuloso. Una plataforma de roca colgante en lo
alto del cielo. Se llama así por Harry Powers, otro bushranger legendario
que a veces compartía aquella vista con Kelly y su banda. Diligentes obreros
habían construido una escalera de madera sobre las rocas escarpadas,
convirtiéndolo en una sencilla ascensión, aunque ligeramente agotadora, desde
el cuerpo principal del risco al saliente rocoso que era la atalaya. La vista
era sensacional: a unos trescientos metros sobre la extensión de King Valley,
un apacible y ordenado reino de granjas pequeñas y blancas haciendas. Más allá,
en un aire de impecable claridad, se alzaban olas de montañas bajas que
culminaban en la grupa distintiva de Mount Buffalo, a unos cincuenta kilómetros
de distancia.
— Si esto
estuviera en Virginia o Vermont —reflexioné— habría montones de personas por
aquí, incluso a esta hora, puestos de souvenirs, un cine Imax y un parque
temático.
Howe
asintió.
— Lo
mismo que en las Blue Mountains. Es lo que te decía. Este rincón de Victoria es
como un gran secreto. No lo pongas en tu libro.
— Ya lo
creo que no —contesté sinceramente.
— Y
espera a ver lo que te enseñaré mañana. Es aún mejor.
— No es
posible —dije.
— Sí, lo
es. Es aún mejor.
Lo que
nos tenía preparado al día siguiente era un lugar llamado Parque Nacional
Alpino, y era aún mejor, efectivamente. Ocupa 6.475 km2 de
Victoria oriental, es elevado, majestuoso, fresco y verde. Si hay alguna parte
de Australia totalmente diferente a las imágenes estereotipadas de suelo rojo y
sol abrasador, es ésta. Incluso se puede esquiar en invierno. Alpino es quizás
un término demasiado ambicioso. Aquí no encontraremos escarpadas Matterhorns.
Los Alpes australianos tienen un perfil más suave, como los Apalaches de
Estados Unidos o las Cairngorms escocesas. Pero alcanzan alturas francamente
respetables: Kosciuszko, la más alta, tiene unos dos mil cien metros.
Howe, a
través de uno de sus contactos, se había procurado un amable y útil vigilante,
Ron Riley, que había aceptado enseñarnos su aireado dominio. Ron era un hombre
alegre con una pulcra barba gris, y con la planta esbelta y la mirada aguda de
quienes viven al aire libre. Nos encontramos en el pueblecito de Mount Beauty,
y allí en uno de los vehículos todoterreno del parque subimos por el camino
largo y tortuoso de Mount Bogong, la cima más alta de Victoria, de 1.977 m. Le
pregunté si Mount Bogong llevaba su nombre por las famosas mariposas bogong que
aparecen en inmensas y revoloteantes multitudes cada primavera y durante uno o
dos días parecen estar por todas partes. Con las regordetas larvas de las
acacias y las largas y viscosas lombrices de manglar, son los manjares de la
dieta aborigen más veces citados por los cronistas, evidentemente por lo poco
apetitosos que resultan para el paladar occidental. Las bogongs se asan en
cenizas calientes y se comen enteras, o eso he leído.
Ron
afirmó que era de ahí de donde procedía el nombre.
— ¿Y los
aborígenes se las comen?
— Oh, sí,
bueno, al menos tradicionalmente. Una larva bogong tiene un ochenta por ciento
de grasa y ellos no comían mucha, así que era como una golosina. Venían aquí
desde lejos.
— ¿La ha
probado alguna vez?
— Una.
— ¿Y?
— Con una
tuve bastante —dijo sonriendo.
— ¿A qué
sabía?
Pensó
antes de contestar:
— A
larva.
Sonreí.
— He
leído que tiene un sabor mantecoso.
Pensó
otra vez en ello.
— No.
Sabe a larva.
Subimos
por una carretera escarpada y serpenteante que pasaba entre densas arboledas de
un árbol alto y hermoso. Ron me dijo que eran fresnos de montaña.
Puse una
cara adecuadamente apreciativa.
— No
sabía que tuvieran fresnos.
— No
tenemos. Son eucaliptos.
Volví a
mirar, sorprendido. Todo en él —su tronco esbelto, su altura, su aspecto
lustroso— estaba reñido con los eucaliptos esqueléticos asociados a las tierras
bajas. Era cierto que el eucalipto había llenado los nichos ecológicos de
Australia. Nunca ha existido un árbol más variado.
— El
árbol más alto del mundo después de la secuoya californiana —añadió Ron
señalando con un gesto a los fresnos, lo que me obligó a poner otra cara
apreciativa.
— ¿Qué
altura alcanzan?
— Noventa
metros. La media es de 60 m. Noventa metros es la altura de un edificio de 25
pisos. Son árboles grandes.
— ¿Sufren
muchos incendios?
Ron
asintió gravemente.
— A
veces. Perdimos 500.000 hectáreas en esta parte de la Gran Cordillera Divisoria
en 1985.
— Dios
santo —dije, aunque la cifra no significaba mucho para mí. Después lo miré en
un libro y descubrí que 500.000 hectáreas es el equivalente a la zona que
cubren los parques nacionales de Yosemite, Grand Teton, Zion y Redwood en
Estados Unidos. En otras palabras, era un desastre natural a una escala
inconcebible en otro lugar. (También miré en el New York Times Index para
ver si se había hablado de ello: nada.) Pero aunque no fuera capaz de concebir
lo que eran 500.000 hectáreas, sabía que era mucho, así que añadí
educadamente—. Debió de ser terrible.
Ron
asintió de nuevo.
— Sí, fue
muy fuerte —dijo.
Pasamos
por una zona de fresnos de montaña —otro nicho dominado por el versátil árbol—
y emergimos a un mundo soleado de altas y suaves llanuras ondulantes, cubiertas
de hierba pálida y plantas esponjosas y alpinas, con extensas vistas de cumbres
lejanas. Se veían unos pocos visitantes, la mayor parte con el paso elástico y
el equipo del caminante entrenado. Junto a todos los grupos que pasábamos, Ron
reducía la marcha, gritaba «Buenos días» y preguntaba si tenían la información
que necesitaban. Siempre la tenían, pero era un agradable gesto de
hospitalidad.
Pasamos
un día maravilloso. A trechos nos parábamos y caminábamos, y el resto
circulábamos en coche. El tiempo era estupendo —fresco a aquellas alturas, pero
soleado— y Ron, una persona tranquila y de buen carácter. Conocía las hojas,
brotes e insectos, y disfrutaba mostrándonos los rincones secretos del parque.
Trotamos por senderos descuidados que cruzaban prados y valles y ascendimos
saltando sobre caminos de grava perpendiculares a torres de vigilancia ocultas.
En todas partes había puntos de interés o vistas memorables. El Parque Nacional
Alpino es inmenso. Se extiende por unos 6.460 km2 —el
equivalente a 17 islas de Wight— pero aún es más vasto porque está situado
junto al borde oriental del aún mayor Parque Nacional de Kosciuszko en las
Snowy Mountains, en la frontera de Nueva Gales del Sur. Ron nos señaló
Kosciuszko —«Kozzie», la llamó él—, casi a cien kilómetros de distancia, pero
no pude verlo ni con prismáticos.
Acabamos
el día en la imponente mole denominada Mount McKay, donde había más vistas
magníficas: cordilleras y más cordilleras de colinas escarpadas ondulando hacia
el horizonte lejano. Ron contempló la vista con la mirada evaluadora del que
busca un revelador hilo de humo.
— ¿De qué
parte es usted responsable? —pregunté.
— Unas
cien mil hectáreas —contestó.
— Mucha
tierra —dije, pensando en la responsabilidad.
— Sí
—respondió, empequeñeciendo los ojos ante la panorámica—. Tengo mucha suerte.
Sin duda
se necesitaría algo excepcional para superar lo de Glenrowan, Powers Look y el
Parque Nacional Alpino, y francamente no estoy seguro de que muchos otros
países lo tengan, pero Howe me aseguró que tenía un último lugar que visitar,
algo que no existía más que en un rincón de Victoria. No pude sacarle más que
esto. Al día siguiente, para añadir más placer al que ya nos esperaba, fuimos a
Lakes Entrance, antiguo pueblecito turístico adormilado en la costa, donde
paramos a pasar la noche. Comimos una mariscada y fuimos a dar un paseo. Al día
siguiente salimos hacia Melbourne en busca de nuestra misteriosa atracción.
Durante
un buen rato condujimos por un país llano, soleado, tranquilo y lleno de
cultivos. Yo iba en el asiento de atrás en un estado de tranquila inconsciencia
cuando Alan detuvo el coche bruscamente junto a un rótulo enorme que no vi del
todo bien y aparcó en un gran aparcamiento casi vacío. Me desperecé en mi
asiento y salí parpadeando del coche. Junto a nosotros había un edificio
tubular y largo, como una campana, pero de cemento y pintado de blanco.
Miré a
Howe interrogativamente.
— La
Lombriz Gigante —anunció.
Lo miré
lleno de admiración.
— ¿Como
los famosos gusanos gigantes del suroeste de Gippsland?
— Los
mismos. ¿Los conoces?
Hice la
risa sorda que la pregunta merecía. Llevaba meses leyendo sobre aquellos
gigantes del mundo subterráneo, aunque casi todo en notas al pie u otras
referencias de paso. No esperaba encontrar un santuario dedicado a ellos.
Incluso
en una tierra de animales extraordinarios, los gusanos gigantes de Gippsland
son excepcionales. Se llaman Megascolides australis y son las
lombrices más grandes del mundo porque llegan a medir tres metros de largo y
más de quince centímetros de diámetro. Son tan enormes que las oyes moviéndose
por la tierra con el sonido gorgoteante de una tubería en mal estado. Qué tiene
este pequeño rincón de Victoria para que evolucionaran gusanos gigantes es una
pregunta que la ciencia todavía no ha desvelado, aunque pocas de las mejores
mentes del mundo se sienten atraídas por la fisiología y la distribución de las
lombrices. Pero, aseguró Howe, todo el conocimiento que tiene el mundo estaba
contenido en la estructura tubular que teníamos delante.
Compramos
tres entradas y entramos ansiosos a la exposición. En la pared de enfrente
había una fotografía en primer plano, tomada a principios del siglo XX, con
cuatro hombres ridículamente encantados consigo mismos que sostenían una mustia
lombriz más gruesa de lo normal, pero descaradamente ambiciosa en cuanto a
longitud. La estudié con interés hasta que Carmel me llamó la atención sobre
una exposición de gusanos gigantes vivos. Estaban en una gran vitrina de
cristal del espesor de un centímetro y llena de tierra, como un terrario de
hormigas muy grande colgado de la pared. Según una etiqueta, la vitrina
contenía un par de gusanos gigantes. En un par de puntos en que la tierra se
había despegado del vidrio se veían uno o dos milímetros de gusano gigante,
pero como no se movían ni hacían nada (por lo visto el Megascolides es
partidario del reposo), la experiencia fue un chasco. Yo esperaba que se
besaran en un rincón o que un domador con látigo y silla las hiciera saltar por
un aro. Alan y yo intentamos animar a los gusanos golpeando ligeramente el
cristal, pero se negaron.
Junto a
la vitrina había dos grandes tubos de cristal llenos de formaldehído que
contenían un par de gusanos gigantes, los dos con la circunferencia normal de
la lombriz pero de metro o metro y medio de largo; no eran exactamente titanes
pero eran tan largos que impresionaban. Los gusanos no se conservan
especialmente bien y el formaldehído tenía horribles pedacitos de piel de
gusano flotando como si alguien hubiera agitado los tubos o, más probablemente
(como Alan y yo descubrimos golpeándolos), los hubiera golpeado. Era difícil
mirarlos sin sentirte mal.
En la
sala contigua pasaban una breve película que contaba lo que se sabía de la
lombriz gigante, que es como decir nada. Son solitarias, delicadas, no muy
numerosas y pertinazmente poco cooperadoras, y por eso no son fáciles de
estudiar, incluso si te apeteciera hacerlo. Como recordaréis de vuestros
experimentos infantiles, las lombrices no tienen muchas ganas de salir de sus
madrigueras, y si tiras de ellas tienden a encogerse. Bueno, pues imaginaos
tirando de una lombriz de tres metros y medio para que salga de la madriguera.
Es imposible.
Lo que sí
deja claro el Giant Worm Museum, sin ningún lugar a dudas, es que las lombrices
gigantes se pueden explotar hasta cierto punto. Reconociéndolo, los
propietarios habían añadido otras exposiciones. En otra sala había vitrinas que
contenían serpientes vivas, incluido el famoso y temible taipán, la serpiente
más mortífera de Australia. Alan y yo insistimos en nuestro experimento de
golpear el cristal, y después nos retiramos cuatro metros en un platónico
abrazo cuando el taipán nos gruñó (o quizá bostezó), abriendo la boca tanto
como para tragarse una cabeza humana, o eso parecía. Decidimos que a partir de
entonces nos guardaríamos las manos en los bolsillos y seguimos a Carmel afuera
a un recinto que contenía más animales: canguros, emúes, un dingo con cara de
tristeza, cacatúas enjauladas, media docena de uombats enrollados y dormidos y
un par de koalas, también durmiendo. Era una tarde muy calurosa y sin viento y
evidentemente era la hora de la siesta, de modo que las jaulas tenían un
aspecto de profunda inmovilidad —hasta las cacatúas dormían— pero los contemplé
a todos fascinado, encantado de ver tanta fauna exótica en el mismo sitio. Miré
con particular interés los uombats —«un cuadrúpedo rechoncho, grueso, paticorto
y bastante inactivo, con la apariencia de tener poca fuerza»—, como lo
describió el primer inglés que vio uno en 1788 en palabras que no pueden
mejorarse. (El hombre, David Collins, no se lució tanto con el canguro, que
escribió como «un pequeño pájaro de hermoso plumaje».) Alan y Carmel miraban
con la tolerante ironía con que un americano contemplaría una exposición de
mapaches y ardillas, porque casi todos eran animales que veían a menudo en
estado natural, pero para mí eran una novedad, incluso el dingo, que al fin y
al cabo es un perro. Di dos vueltas completas al recinto, y después, ya
satisfecho, les hice una señal, y nos pusimos en marcha otra vez hacia
Melbourne.
Fuimos a
cenar al Richmond, un restaurante vietnamita en un barrio interior de Melbourne
en una calle repleta de restaurantes exóticos, y Alan defendió la tesis, que no
podía discutirle, de que Melbourne es una ciudad infinitamente mejor que Sydney
para salir a cenar. En el curso de la conversación, Alan preguntó si pensaba ir
a la Gran Barrera de Arrecifes, un lugar al que él era especialmente
aficionado. Le dije que en esta ocasión no, pero que iría cuando volviera al
cabo de unas semanas.
— Ve con
cuidado, que no te dejen allí.
Me
dirigió una sonrisa poco convincente.
— ¿Qué
quieres decir?
— Hubo un
caso recientemente. Se dejaron a una pareja americana en el arrecife.
— ¿Se la
dejaron? —dije, confundido pero intrigado.
Howe
asintió y comió algo de pasta.
— Sí. No
sé cómo la barca volvió al puerto con dos pasajeros menos. Vaya jugada para la
gente que olvidaron, ¿no te parece? Estás tan tranquilo, nadando entre el coral
y los peces, pasándotelo en grande, y cuando sales descubres que la barca se ha
marchado y te han dejado en océano plano.
— ¿No
podían nadar hasta la costa?
Sonrió
con tolerancia ante mi ignorancia.
— La
Barrera de Arrecifes está muy lejos, Bryson, estaban a unos cuarenta y cinco
kilómetros de tierra. No se puede hacer nadando.
— ¿Y no
había islas ni nada parecido?
— Donde
estaban ellos, no. Estaban muy mar adentro. Al parecer había un par de sitios
adonde podían ir nadando: un gran pontón atracado que utiliza la empresa de
submarinismo y un atolón de coral, los dos a unos kilómetros. Probablemente se
pusieron a nadar hacia ellos. Lo que no sabían es que estaban cruzando un canal
de aguas profundas. ¿Y sabes qué hay en los canales de aguas profundas?
—
Tiburones —dije.
Asintió
ante mi perspicacia.
—
Imagínate. Estás a millas de tierra, sin salida. Estás cansado. Nadas hacia un
saliente de coral y te cuesta porque la marea sube. La luz disminuye. Y miras a
tu alrededor y ves las aletas que te rodean, quizá media docena —me concedió un
momento para que evocara la imagen, y después me miró fijamente con cara
inexpresiva—. No sé tú, pero yo creo que habría exigido que me devolvieran el
dinero.
Se echó a
reír.
— ¿Nadie
volvió a rescatarlos?
— Pasaron
dos días antes de que alguien notara su ausencia —dijo Carmel.
La miré
maravillado.
— ¿Dos
días?
— Para
entonces ya no estaban.
—
¿Devorados por los tiburones?
Se
encogió de hombros.
— No se
sabe, pero es lo más probable. El caso es que desaparecieron.
— Uau.
Comimos
en silencio un momento, y después comenté que siempre que me contaban alguna
historia curiosa de Australia había sucedido en Queensland. Mi favorita en
aquel momento era la de un alemán, detenido en las afueras de Cairns que había
llegado con un visado de turista en 1982, y se había pasado diecisiete años
deambulando a pie por los desiertos del norte viviendo exclusivamente de los
animales que encontraba muertos en la carretera. También me interesaba mucho la
historia de un grupo de inmigrantes ilegales que llegaron de China con una
vieja barca de pesca que los dejó en aguas poco profundas a cien metros de la
playa de Cairns. Los pillaron cuando uno de sus miembros, con una maleta,
chorreando agua por los pantalones y chapoteando a cada paso, se presentó en un
quiosco y educadamente preguntó al dueño si podía solicitar una flota de taxis
para poder ir todo el grupo a la estación de Cairns. Tenía la sensación de que
a diario los periódicos incluían un suceso extraordinario en algún lugar de
Queensland.
Alan
estaba de acuerdo.
— Todo
tiene su porqué.
— ¿Cuál?
— En
Queensland están como una cabra. Están locos de atar. Te gustará.
Por la
mañana, Alan me acompañó al aeropuerto, pero antes pasamos por su oficina. Se
fue un momento a revisar la primera página o a hacer lo que hagan los editores
y me dejó sentado en su gran mesa jugando con la silla giratoria. Cuando volvió
llevaba una carpeta y me la pasó.
— He
buscado información sobre la pareja americana que desapareció. Pensé que te
podría ser útil.
— Gracias
—dije, conmovido.
— Te
puede dar alguna idea para que no te abandonen en el arrecife. Sé que eres un
poco distraído, Bryson.
En el
aeropuerto salió del coche y sacamos la maleta del portaequipajes. Me estrechó
la mano:
—
Recuerda lo que te he dicho de ir con cuidado en el norte —dijo.
— Están
como una cabra —repetí para demostrar que había estado atento.
— Más
locos que todo un rebaño.
Sonrió,
se metió en el coche, me saludó con la mano y se fue.
Se podría
dar el caso, en circunstancias hipotéticas, en que pudiera alegrarte
encontrarte al final del día en Macksville, Nueva Gales del Sur; quizá por un
aumento del nivel del mar que lo dejara como el único lugar de la tierra no
sumergido o una devastadora epidemia de la que sólo esta ciudad hubiera salido
indemne. Pero es poco probable que te encuentres en su solitaria calle mayor a
las seis y media de una calurosa tarde de verano mirando alrededor con
expresión apreciativa y pensando:
«Caramba,
¡cuanto me alegro de estar aquí!»
El motivo
de estar en Macksville era el interesante descubrimiento de que Brisbane no
está a tres o cuatro horas al norte de Sydney, como yo suponía alegremente
hasta el momento, sino a dos días de coche. La cuestión es que si miras el mapa
del tiempo de la televisión, Brisbane y Sydney están prácticamente al lado; sus
solecitos y sus nubarrones de tormentas casi chocan entre sí en el mapa. Pero
en Australia la vecindad es, sin duda, un concepto relativo. Hay casi mil
kilómetros entre Sydney y Brisbane, la mayor parte por una carretera
curiosamente estrecha de dos carriles. ¡Qué remedio! Iba a pasar la noche en
Macksville.
No es mi
intención hablar mal de una población (qué idea más descabellada) que es el
hogar de 2.811 personas, pero como ya me había visto cenando barramundi recién
pescado y viendo la puesta de sol del Pacífico en la famosa Gold Coast de
Queensland en lugar de estar encallado en un oscuro y atrasado lugar a medio
camino de mi destino, mi decepción era auténtica. Mi preocupación más inmediata
era que me estaba quedando sin tiempo en este viaje. Tenía el compromiso
adquirido de participar en una visita a Siria y Jordania para recoger fondos en
nombre de una asociación británica de apoyo a la infancia. Al cabo de tres días
tendría que volver a Sydney en avión, luego volar a Londres, recoger el equipo
de excursionista y comprobar que mis hijos me reconocían y de allí a Damasco.
Era evidente que no iba a ver la inmensidad de la Costa del Boomerang tan
tranquilamente como habría deseado.
Por ello,
cuando salí del motel a pasear por la ciudad, no me encontraba, por así
decirlo, muy animado. Macksville no estaba tan mal. Está situada a la orilla
del variable y fangoso río Nambucca, y en definitiva es una pausa en el camino:
un tentáculo de bungalows con pulcros jardines y pequeños edificios de oficinas
que conduce a un centro muy denso. Aunque la carretera que lleva a la ciudad es
la Pacific Highway, la principal conexión arterial entre Sydney y Brisbane,
sólo pasaron dos coches en el rato que anduve por su cuneta polvorienta en
dirección al centro. En el corazón de la modesta comunidad está el gran y
marchito Nambucca Hotel, en el que entré, encantado de huir del calor. Era un
lugar espacioso pero estaba vacío. Dos ancianos en camiseta y deteriorados
sombreros llenaban un extremo de la larga barra. En una sala lateral un hombre
y una mujer estaban sentados en un silencio absorto por el resplandor seductor
y mecánico de unas pokies. Pedí una cerveza, estuve un rato de pie
para comprobar que nadie estaba interesado en entablar conversación conmigo y
me retiré a una zona central del bar donde me instalé en un taburete, y sin
prestar demasiada atención miré las noticias de la noche en un televisor sin
voz colgado de la pared.
En algún
lugar del bush, la policía rastreaba con perros; no había forma de
saber lo que buscaban, pero se trataba de un suelo de arcilla roja y lo hacían
muy bien. En otra parte parecía haber un rebrote de fiebre del Ross River: otra
enfermedad desconocida. Después vi a Paul Keating, el ex primer ministro —el
del vocabulario tan expresivo, al que aludía en el capítulo de Canberra— en las
escaleras de un edificio de oficinas, de pie, contestando a las preguntas de
los periodistas con cara de irritación. No se sabía lo que decía, pero supongo
que calificaba a los presentes de imbéciles y gusanos. Estaba bien eso de ver
las noticias sin sonido.
Después,
ahora ya en mi mundo, noticias de Kosovo; avanzaban convoyes por las carreteras
del país y los morteros levantaban humaredas en las montañas lejanas. Bill
Clinton estaba otra vez con el agua al cuello, supuse al verle paseando por el
Rose Garden de la mano de Hillary y Chelsea, todos con cara de mutua adoración.
Les acompañaba un spaniel encantador, y me pareció una señal de que el
presidente lo tenía verdaderamente mal. Me daba igual. Todo parecía tan lejano…
Después,
un montón de deportes; en todos ellos los australianos destacaban de forma
meritoria. Finalmente un mapa del tiempo mostró sol por todas partes y después
la presentadora puso en orden sus papeles sonriendo de una manera que sugería
que podíamos meternos en la cama tranquilos. Greg Norman ganaba al golf y lo
demás estaba muy, muy lejos y no nos afectaba.
En
Australia es asombrosamente fácil olvidar, o al menos no ser muy consciente, de
que existe un mundo más allá. Los australianos en los telediarios hacen lo que
pueden por superar el inconveniente de la distancia, pero incluso así comunican
una curiosa sensación de desconexión: pequeños detalles te recuerdan que este
país está muy lejos. Por ejemplo, había observado que los periódicos
australianos normalmente publicaban las necrológicas, sobre todo de
personalidades extranjeras, semanas o meses después de que hubieran muerto.
Supongo que en cierta forma es normal —total, van a estar muertos siempre— pero
esto le da al periódico un cierto aire de ensimismamiento. El día antes de
coger el vuelo de Melbourne a Sydney, hojeando un ejemplar del Bulletin,
la respetable revista de actualidad del país, leí una sección llamada
«Flashback» que incluía sucesos importantes de la historia que coincidían con
la fecha de la semana. En el 22 de enero tenía este interesante titular: «1934:
el actor Bill Bixby (muerto en 1993) nace en Park Ridge, Illinois, EE. UU».
Pensémoslo
un momento. En una columna dedicada a lo más significativo de la historia
mundial, la fecha de nacimiento de un actor cuyo momento culminante fue hacer
el papel de bueno en Mi marciano favorito, una serie de televisión
de los años sesenta, todavía se recuerda en Australia seis años después de su
muerte. Francamente, resulta un poco raro. Es verdad que era un artículo de
relleno al final de la revista y que no hay que darle mucha importancia; por
eso, os voy a poner un ejemplo más convincente de excentricidad temporal.
Estaba
sentado en el bar cuando saqué mi compendio de la historia de Australia de
Manning Clark y me puse a leerla con aplicación. Sólo me quedaban treinta
páginas y no sería sincero callar que ansiaba apartar de mi vida para siempre
al señor Clark y sus extravagantes discursos. Aun así, la historia de Australia
es interesante, el taburete era cómodo y podía beber toda la cerveza que
quisiera, o sea que no me sentía desgraciado.
Leí,
pues, el resto del libro y aquí es a donde íbamos. Después de 619 páginas de
densa exposición, el libro concluía con el nombramiento de John Curtin como
líder del Partido Laborista australiano el 1 de octubre de 1935. Éste es,
permitidme que insista, el manual de historia más utilizado en Australia —te lo
recomiendan en todas las librerías de país— y termina en 1935. ¡De eso hace
dieciséis primeros ministros!
Me quedé
tan desconcertado que alcé el libro por encima de la cabeza para ver si caía
alguna página, y después miré en el suelo y bajo el taburete. Pero no. El libro
terminaba adrede en 1935. Manning Clark murió —o cedió la última y torturada
chispa de vida, como seguro que le habría gustado decir— en 1991, y estaba
dispuesto a perdonarle la última década de la azarosa saga australiana, pero
habría podido encontrar espacio, al menos, para la Segunda Guerra Mundial.
Aunque escribió la historia mucho después de la guerra (concretamente, entre
1962 y 1987) en una serie de seis volúmenes de los que yo tenía su esencia, no
contiene una sola mención del suceso más importante del siglo XX. No hay
siquiera una pista de los nubarrones que se iban formando. El texto tampoco
menciona la guerra fría, las reformas de la tierra aborigen, el surgimiento de
una sociedad multicultural, la caída del gobierno Whitlam, la llegada de la
república o la vida y milagros de Bill Bixby, entre muchas otras cosas.
Para
cubrir este preocupante hueco, los editores han introducido en la presente
edición un epílogo —una «coda»— escrita por el editor y compendiador del libro.
Condensa los últimos sesenta y cinco años de la historia de Australia en 34
páginas, lo que, como podéis imaginaros, otorga al conjunto un toque de
apresuramiento y accesoriedad. Y hasta la edición de 1995 ni siquiera tenía
eso.
Bueno, a
mí me parece muy raro. Qué más puedo decir.
Suspirando,
cerré el libro y me di cuenta de que tenía hambre. Según un rótulo que había en
la puerta, al otro lado de la sala, el Nambucca tenía restaurante, o sea que
salí a investigar. La puerta no se abría.
— El
comedor está cerrado —dijo uno de los dos hombres de la barra—. El chef está
enfermo.
— Se
habrá comido alguno de sus platos —dijo una voz desde las máquinas tragaperras,
y todos sonreímos.
— ¿Hay
algún otro lugar en la ciudad? —pregunté.
— Depende
—dijo el hombre, rascándose el cuello pensativamente. Se inclinó un poco hacia
mí—. ¿Le gusta comer bien?
Asentí.
Pues claro que sí.
—
Entonces no.
Volvió a
su cerveza.
— Pruebe
en el chino de enfrente —dijo su compañero—. No está mal.
El
restaurante chino estaba justo enfrente, como me habían dicho, pero según un
aviso de la entrada no tenía permiso para vender alcohol y yo no me veía con
ánimos de soportar comida de un restaurante chino de pueblo sin el consuelo de
una cerveza. He viajado lo suficiente para saber que, en general, un chef no se
instala en un lugar como Macksville porque haya deseado compartir las sutilezas
de 3.500 años de cocina Szechuan con ganaderos. Así que seguí buscando en el
denso centro de Macksville. La respuesta era: muy poca cosa. Estaba todo
cerrado menos Bub’s Hotbakes, un pequeño establecimiento de comida para llevar
—no era precisamente para animarse—. Abrí la puerta, reanimando por un momento
a las cinco mil moscas que pasaban por allí, a ver qué estaban haciendo Bub y
los suyos, y entré, sabiendo en el fondo de mi corazón que aquella sería una
experiencia que lamentaría.
En Bub’s
tenían una considerable variedad de comida, toda ella relacionada con alguna
carne en salsa entre un montón de pasta. Pedí un bocadillo grande de salchicha
con patatas fritas.
— No
tenemos patatas fritas —dijo una dependienta de amplias proporciones.
«¿Y cómo
se ha puesto así?», tenía ganas de decirle, pero reprimí esta indigna
tentación, cambié mi pedido por un bocadillo grande de salchicha y algo así
como «pastel de queso continental» y me lo llevé todo afuera. Me lo comí
sentado en la acera.
No resto
méritos a las cualidades culinarias de Bub’s, pero un bocadillo grande de
salchicha y un pastel de queso continental no fue la culminación más
satisfactoria de una noche en la ciudad, ni siquiera en un lugar tan remoto y
al que es tan difícil de llegar como Macksville. Además, sólo eran las siete y
media de la tarde. Sopesé mis opciones: tele en el motel, un paseo para ver la
puesta de sol por la carretera o más cerveza en el Nambucca, y volví al
Nambucca.
Los dos
hombres del bar se habían marchado, y su lugar lo ocupaban una camarera y una
mujer que conversaban de forma íntima e intensa. A juzgar por sus caras pálidas
y animosas, era evidente que estaban criticando. «Pues claro que sigue allí…
aún no le han echado», oí que le decía una a la otra en tono de broma.
Pedí otra
cerveza y me retiré a mi punto favorito del bar, y allí abrí mi libro de mapas
para ver dónde estaba exactamente. En los últimos dos días había empezado a ser
consciente de lo mucho que me faltaba por ver en un país tan vasto y disperso.
Llevaba cuatro semanas conduciendo y sólo había recorrido una minúscula parte.
Es más, había hecho las más fáciles, las que están bien asfaltadas y
razonablemente habitadas. En conjunto Australia tiene 290.000 km de carreteras
asfaltadas que un conductor empecinado recorrería en un año, pero la mayor
parte transcurren en el poblado corredor oriental. Aparte de eso, hay otras
zonas enormes donde no hay nada. No hay ni un centímetro de carretera asfaltada
en los 3.200 km de irregular costa de Darwin a Cairns, lo que lo convierte en
uno de los tramos costeros más largos, además de hermosos, del mundo que no
tienen ninguna carretera. De forma semejante, tampoco hay ninguna en la
exuberancia tropical que se extiende en los 800 km que van de Cairns a Cape
York, la punta norte de Australia y otra zona de suprema belleza. En todo
Queensland, una zona donde cabría cómodamente toda Europa occidental, sólo tres
carreteras asfaltadas se adentran en el vasto y árido interior del estado, y
sólo una ofrece una salida a los dos tercios del oeste de Australia. Desde
Camooweal en el norte a Barringun en el sur, podrías, si estuvieras
completamente desequilibrado, caminar 2.250 km por Queensland sin pisar una
superficie asfaltada. Viajar cualquier distancia hacia el interior significa encontrarse,
con sorprendente rapidez, en un país vacío.
En
el outback abundan relativamente las pistas, en conjunto unos
480.000 km, pero los coches que te alquilan habitualmente no sirven para ir por
ellas e incluso con un vehículo todoterreno totalmente equipado, el que se
aventura sólo es un conductor valeroso o temerario porque es fácil perderse o
quedar encallado. Hace poco una pareja joven de austriacos, en un viaje por
el outback en un todoterreno alquilado, se hundió hasta los
ejes en la arena en una pista solitaria y sin nombre del desierto de Simpson. Cuando
se dieron cuenta de que era imposible sacar el coche, la mujer decidió caminar
los 64 km que los separaban de Oodnadatta Track, donde sería más fácil que los
rescataran. No sé por qué fue la mujer y no el hombre. Se llevó nueve de los
doce litros de agua que tenían y se puso en marcha con un calor de 60 ºC.
A la
mayoría nos resulta imposible concebir cuán agotador resulta un calor así. Bajo
el sol y con una temperatura tan alta, uno se cuece como en un horno, de dentro
a fuera. La pobre mujer no tenía ninguna posibilidad. Incluso con una buena
provisión de agua, duró menos de dos días y sólo hizo 29 km, menos de la mitad
de la distancia requerida. (Su pareja, sentado a la sombra, sobrevivió y fue
rescatado.) En resumen, más vale no quedarse atrapado en el outback.
Mi
problema más inmediato era qué iba a hacer con mi último par de días. Mi
programa original era ir a Brisbane, Surfers Paradise y el Gran Plátano de
Coff’s Harbour. Pero ya no tenía tiempo de ver Brisbane, al menos a fondo, y el
Gran Plátano tampoco me llamaba tanto la atención. No quiero desmerecer un
monumento nacional, pero mi afición a las frutas gigantes tiene un límite.
Sentado en el bar, hojeaba las páginas despreocupadamente buscando desviaciones
alternativas, que podían ser Byron Bay, Parque Nacional de Dorrigo, las Darling
Downs del sur de Queensland, cuando dos palabras, en letra pequeña y pegadas a
una línea azul pálida y errática, me llamaron la atención. Ya tenía destino.
Iría a un lugar llamado Myall Creek.
Ya era
hora de tener en cuenta a la gente olvidada de Australia.
Uno de
los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad tuvo
lugar en una época que probablemente no se conocerá nunca, por razones que sólo
podemos imaginar y con medios que son difíciles de creer. Me refiero,
evidentemente, a la aparición del hombre en Australia.
Hasta
hace muy poco, explicar la presencia de seres humanos en Australia no era tan
problemático. A principios del siglo XX se creía que no hacía más de
cuatrocientos años que los aborígenes estaban en el continente. Hacia los años
sesenta, el marco temporal se calculaba en 8.000 años. Un buen día, en 1969, un
geólogo llamado Jim Bowler, de la Australian National University, en Canberra,
estaba echando un vistazo por la orilla del lecho del lago Mungo, el tiempo era
seco, en un rincón árido y solitario de la parte occidental de Nueva Gales del
Sur, cuando algo le llamó la atención. Era el esqueleto de una mujer que
sobresalía ligeramente de un banco de arena. Se recogieron los huesos y se
enviaron para que se les hiciera la prueba del carbono. Con el informe se supo
que la mujer había muerto hacía 23.000 años, lo que triplicaba de golpe el
período de ocupación de Australia. Desde entonces, otros descubrimientos han
ampliado aún más la fecha. Hoy día las pruebas dan una fecha de llegada de hace
al menos 45.000 años, pero probablemente sean más de 60.000.
Los
primeros ocupantes de Australia no pudieron haber llegado allí andando, porque
Australia siempre ha sido una isla. No podían haber evolucionado
independientemente, porque en Australia no hay simios como de los que
descienden los humanos. Los primeros pobladores tenían que haber llegado por
mar, seguramente desde Timor, en el archipiélago de Indonesia, y ahí es donde
radica el problema.
Para
colocar al Homo sapiens en Australia hay que aceptar que, en
un período tan remoto como el que precede a la aparición del ser humano moderno
en términos de comportamiento, en la parte sur de Asia vivía un pueblo
suficientemente avanzado como para pescar con alguna clase de bote,
probablemente balsas, en aguas cercanas a la orilla. No importa que los
registros arqueológicos no muestren a nadie capaz de lo mismo hasta al cabo de
30.000 años. Hay que colocar a esa gente en un barco.
Después
hay que explicar qué los indujo a cruzar unas sesenta millas de mar abierto
hasta llegar a una tierra de la que no sabían nada. El escenario que se invoca
invariablemente es el de una balsa de pesca sencilla —probablemente una
plataforma flotante— que por accidente fuese a parar a alta mar, seguramente
con una de las repentinas tempestades que son tan frecuentes en aquella parte
del mundo. Esta balsa fue a la deriva durante unos días y acabó en una playa
del norte de Australia. Por ahora, conforme.
La
pregunta que surge a continuación —pero que no se responde— es cómo se combinó
el material reproductivo a partir de aquí. Si es un solitario pescador el que
fue a parar a Australia, es evidente que tendría que haber vuelto a su tierra a
anunciar su descubrimiento y persuadir a la gente de que volviera con él a
fundar una colonia. Ello presupone las habilidades náuticas pertinentes para ir
y volver entre invisibles masas de tierra, una proeza que pocos estudiosos de
la prehistoria están dispuestos a aceptar. Si, por otra parte, el viaje fue
sólo de ida y por pura casualidad, entonces tendría que haber sido arrastrada
por mar cierta cantidad de gente de ambos sexos, todos en una gran balsa (lo
que parece bastante improbable) o una flota de balsitas, que después de hacer
frente a una tormenta y pasar unos días en el mar fueron a parar a la costa del
norte de Australia, donde se reagruparon y fundaron una sociedad.
No se
necesita mucha gente para poblar Australia. Joseph Birdsell, un estudioso
americano, calculó que un grupo de 25 fundadores podría haber producido una
sociedad de 300.000 personas en poco más de dos mil años. Pero todavía hacen
falta esas primeras 25 personas, más de las que es plausible imaginarse en una
balsa o dos a merced de la tormenta.
Evidentemente
podría haber pasado de muchas otras maneras, y haberse puesto en marcha a lo
largo de generaciones. No se puede decir. Pero los pueblos indígenas de
Australia están allí porque sus lejanos antepasados cruzaron 60 millas de un
mar formidable hace decenas de miles de años, antes que nadie más en la tierra
soñara siquiera en cumplir tal gesta, y fueron los suficientes como para
colonizar el continente.
Se mire
como se mire es una proeza asombrosa y trascendental. Pero ¿cuánta atención se
le dedica? Bueno, cabe preguntarse si alguna vez hemos leído algo sobre ello.
¿Cuándo, en un contexto relacionado con la dispersión de la humanidad y la
aparición de las civilizaciones, se ha mencionado a los aborígenes? Son el
pueblo invisible del planeta.
En gran
parte, el problema es que a la mayoría nos resulta imposible comprender cuán
extraordinario es el período de tiempo a que nos estamos refiriendo. Supongamos
(sólo por suponer) que los aborígenes llegaron hace 60.000 años (es la cifra
que mencionaba Roger Lewin, de Harvard, en su manual Principios de la
evolución). A esta escala, el período total de ocupación de Australia por
los europeos representa un 0,3 % del total. En otras palabras, durante el 99,7
% a partir de su llegada, los aborígenes tuvieron Australia para ellos solos.
Están allí desde hace un tiempo imposible de imaginar. Y la gesta posterior
tampoco es apreciada.
La
llegada a Australia de los aborígenes es, naturalmente, el comienzo de la
historia. Luego se adaptaron espléndidamente al continente. Se diseminaron por
él a una velocidad asombrosa y desarrollaron estrategias y patrones de
comportamiento con que explotar o acomodarse a los confines del terreno, desde
el bosque tropical más húmedo hasta el desierto más seco. Ningún pueblo de la
tierra ha vivido en más entornos con mayor éxito y durante más tiempo.
Generalmente se acepta que los aborígenes tienen la cultura más antigua que se
conoce. Algunos creen —el respetado especialista en prehistoria John Mulvaney,
por ejemplo— que la familia de lenguas aborígenes es la más antigua del mundo.
Su arte, sus historias y creencias son indudablemente de los más antiguos de la
Tierra.
Se trata
de conquistas destacadas y singulares. Ofrecen la prueba incontestable de que
los primeros pueblos aborígenes se relacionaban, colaboraban entre sí y
empleaban tecnología avanzada y habilidades organizativas en una época muy
anterior a lo que nadie había supuesto. ¿Y cuánta atención han despertado?
Pues, repito, hasta hace poco, prácticamente ninguna. Tuve motivos para pensar
en ello con interés en Sydney después de dejar a Alan y Carmel. Fui una tarde a
la Biblioteca Pública de Nueva Gales del Sur. Allí, buscando otra cosa,
encontré la edición de 1972 de la Enciclopedia Larousse de Arqueología.
Quería ver qué decía de los descubrimientos realizados en el lago Mungo hacía
tres años, y la cogí para echar un vistazo. No mencionaba los descubrimientos
del Mungo. El libro sólo contenía una referencia a los aborígenes australianos,
una frase que decía: «Los aborígenes también evolucionaron independientemente
del Viejo Mundo, pero representan una etapa técnica y económica muy primitiva».
Nada más:
ése es todo el tema de la cultura indígena de Australia en un volumen académico
de gran peso y autoridad escrito a finales del siglo XX. Cuando digo que son el
pueblo invisible del mundo es por eso. Y esto es sólo la mitad de la historia.
Desde el
primer contacto, los nativos fueron una fuente de profunda estupefacción para
los europeos. Cuando James Cook y sus hombres atracaron en Botany Bay se
quedaron asombrados de que la mayor parte de los aborígenes que veían sentados
en la playa o pescando en aguas poco profundas con frágiles canoas de corteza
no se dignaran a fijarse en ellos. «Como mucho levantaban los ojos de su
tarea», escribió Joseph Banks. El deteriorado Endeavour era
seguramente la estructura más grande y extraordinaria que habían visto y, no
obstante, la mayoría echaba sólo un vistazo, lo miraba como si fuera una nube
pasajera y volvía a sus ocupaciones.
Era como
si no percibieran el mundo como los demás. Ninguna lengua aborigen, por
ejemplo, tenía palabras para «ayer» y «mañana»: unas omisiones extraordinarias
en cualquier cultura. No tenían jefes ni consejos de gobierno, no llevaban
ropa, no construían casas ni otras estructuras permanentes, no cultivaban la
tierra, no criaban ganado, no hacían cerámica y carecían del sentido de la
propiedad. Sin embargo dedicaban esfuerzos desproporcionados a empresas que
nadie ha sido capaz de explicar hasta la fecha. A lo largo de la costa de
Australia los primeros exploradores encontraron enormes montículos de conchas
de hasta diez metros de alto y una base de 0,20 hectáreas. Solían estar
situados en el interior y en lugar elevado. Los aborígenes se habían esforzado por
recoger conchas de la playa, trasladarlas a los montículos —se calculó que uno
tenía 33.000 m3 de conchas— y mantenerlos durante largos
períodos de tiempo: en un caso durante 800 años. ¿Por qué lo hacían? No se
sabe. Era como si obedecieran a leyes diferentes.
Unos
pocos europeos —Watkin Tench y James Cook, entre ellos— vieron a los aborígenes
con simpatía. En el diario del Endeavour, Cook escribió: «Su
aspecto es el más miserable de la Tierra, pero son mucho más felices que
nosotros los europeos. Viven con una tranquilidad que no concibe la
desigualdad: la tierra y el mar, a su ritmo, les facilitan todo lo necesario
para la vida […] no parecen dar valor a lo que les damos y no quieren
desprenderse de lo suyo». En otro momento, añade con un toque de ternura: «Lo único
que parecen desear es que nos marchemos».
Desgraciadamente,
pocos tuvieron tanta visión como él. Para los europeos en general, los
aborígenes eran un inconveniente: «un obstáculo natural» como los describió el
científico y especialista en historia natural Tim Flannery. Les convenía
considerarlos infrahumanos, una idea que persistió hasta bien entrado el siglo
XX. Hasta los años sesenta, como apunta John Pilger, las escuelas de Queensland
utilizaban un libro de texto que comparaba a los aborígenes con «las fieras de
la jungla». Cuando no eran infrahumanos, eran inexistentes. En el mismo
período, un tal Stephen Roberts, profesor, escribió un tomo gordo y erudito
titulado Historia de la colonización australiana que trataba
el período de la ocupación europea sin mencionar a los aborígenes ni una sola
vez. Fue tan grande la marginación de los pueblos nativos que hasta 1967 el
gobierno federal no los incluyó en el censo nacional; en definitiva, que no los
consideraba personas.
En
consecuencia nadie sabe cuántos aborígenes había en Australia cuando los
británicos se instalaron allí. El cálculo más fiable sugiere que en los inicios
de la ocupación la población aborigen era de unas trescientas mil personas,
aunque es posible que llegaran al millón. Pero evidentemente en el primer siglo
de colonización esa cantidad disminuyó catastróficamente. A finales del siglo
XIX el número de aborígenes probablemente no superaba los 50 o 60.000. Hay que
decir que gran parte de este declive fue accidental. Los aborígenes no
resistían las enfermedades europeas: viruela, pleuresía, sífilis, incluso la
varicela y las formas más benignas de gripe diezmaron a las poblaciones
nativas. Pero donde los aborígenes sobrevivieron, se los trató de la forma más
despiadada y malintencionada.
En Domesticando
la gran tierra del Sur, William J. Lines detalla ejemplos de la crueldad
más detestable por parte de los colonos hacia los nativos: aborígenes
descuartizados para dar de comer a los perros; a una mujer aborigen la forzaron
a ver cómo mataban a su marido y después la obligaron a llevar su cabeza
decapitada colgando del cuello; a otra la persiguieron hasta que se encaramó a
un árbol y allí, desde abajo, la atormentaron disparándole con un rifle. «Cada
vez que un tiro la alcanzaba —informa Lines— ella arrancaba hojas del árbol y
las introducía en la herida, hasta que finalmente cayó al suelo sin vida». Y lo
más impactante es la tranquilidad con que se hacía todo eso y a todos los
niveles de la sociedad. En una historia de Tasmania de 1839, escrita por un
visitante llamado Melville, el autor cuenta que salió un día con «un respetable
joven caballero» a cazar canguros. Al doblar un recodo, el joven caballero
atisbó una forma agazapada tras un árbol caído. Fue a investigar y «al ver que
sólo era un nativo —escribió el abrumado Melville—, apoyó el rifle en su pecho
y lo mató sin más».
Este
comportamiento no se trataba como un delito; por el contrario, era tolerado
oficialmente. En 1805, el juez de Nueva Gales del Sur, el cargo judicial más
importante del país, declaró que los aborígenes no tenían disciplina ni
capacidad mental para someterse a un proceso judicial; en lugar de abrumar a
los tribunales con sus quejas, se dijo a los colonos que buscaran los nativos
delincuentes y les «infligieran el castigo que se merecieran»: la invitación
más clara al genocidio que hay en la legislación inglesa. Cincuenta años
después, nuestro viejo amigo Lachlan Macquarie autorizó a los soldados de la
región de Hawkesbury a disparar contra cualquier grupo de aborígenes superior a
seis personas, aunque no fueran armados ni tuvieran intención delictiva, incluso
si había mujeres y niños entre ellos. A veces, con el pretexto de la compasión,
se daba a los aborígenes comida envenenada. Pilger cita un informe del gobierno
de Queensland de mediados del siglo XIX: «[Se dio] a los negros […] algo
horroroso para que estuvieran tranquilos […] las raciones contenían una gran
cantidad de estricnina y nadie entre la muchedumbre intentó escapar». Con
«muchedumbre» se está refiriendo a cien hombres, mujeres y niños desarmados.
Es
extraño que el número de nativos asesinados no fuera mayor. En el primer siglo
y medio de ocupación británica, el número de aborígenes asesinados
intencionadamente por blancos (incluidos en defensa propia, en batallas y en
otras circunstancias más o menos justificables) se calcula como de unos veinte
mil: una cifra angustiosa, sin duda, pero no llega ni al diez por ciento de los
que murieron por enfermedad.
Eso no
quiere decir que la violencia no fuera habitual o no estuviera extendida.
Porque lo estaba. Y con este telón de fondo, en junio de 1838 salió una docena
de hombres a caballo de la granja de un tal Henry Dangar en busca de los que
habían robado o dispersado cabezas de ganado. En Myall Creek encontraron un
campamento de aborígenes que los colonos blancos de la zona conocían y a
quienes se tenía por pacíficos e inofensivos. Casi con seguridad no tenían que
ver con el ganado desaparecido. Sin embargo, lo atacantes los ataron a todos
juntos formando una masa —28 hombres, mujeres y niños—, los arrastraron por
tierra unas horas sin rumbo fijo y acabaron sin más asesinándolos
despiadadamente con rifles y espadas.
Normalmente,
todo habría quedado ahí. Pero en 1838 el país evolucionaba. Australia se estaba
convirtiendo en una sociedad cada día más urbanizada, y los residentes de las
poblaciones empezaron a expresar repulsión por las matanzas de gente inocente.
Edward Smith Hall, un periodista de Sydney que seguía una campaña política, se
enteró de la historia y se dedicó a clamar justicia y venganza. El gobernador
George Gipps ordenó que se detuviera y juzgara a los responsables. Cuando los
arrestaron, dos de los acusados aseguraron, con evidente sinceridad, que no
sabían que matar aborígenes fuera ilegal.
Después
de recusar claramente las pruebas del juicio, un jurado tardó sólo quince
minutos en absolver a los acusados. Pero Hall, Gipps y los demás no se dieron
por vencidos y se consiguió un segundo juicio. Esta vez se declaró culpables a
siete de los hombres y se les ahorcó. Era la primera vez que se ejecutaba un
blanco por el asesinato de un aborigen.
Las
ejecuciones de Myall Creek no acabaron con las matanzas de aborígenes, sino que
las disimularon. Las muertes continuaron esporádicamente en el siglo siguiente.
La última fue en 1928 cerca del actual Alice Springs, cuando Fred Brooks un
cazador blanco de dingos, fue asesinado en circunstancias poco claras y la
policía montada persiguió y mató al menos a diecisiete y quizás hasta setenta
aborígenes como venganza. (En esta ocasión un juez declaró que la policía había
actuado legalmente.) Pero el caso de Myall Creek fue sin duda un momento
decisivo en la historia australiana. Aunque se suele mencionar el lugar en los
textos de historia actuales, no he encontrado a nadie que haya estado allí o
sepa siquiera dónde está, y, por las descripciones que he leído, los autores se
han servido fielmente de fuentes históricas. Quería echar un vistazo.
Cuesta un
poco de encontrar. A la mañana siguiente hice 96 km por la Pacific Highway
desde Macksville hasta Grafton; después me adentré hacia el interior por una
carretera solitaria ascendente y crucé la Gran Cordillera Divisoria. Cuatro
horas después, en una comarca de ovejas, cálida y deshabitada, llegué a
Delungra —una estación de servicio y un par de casas con grandes vistas sobre
llanuras sin arbolado— y desde allí bajé por una carretera secundaria que
seguía un curso retorcido, a veces inexistente, hasta el pueblo de Bingara, a
40 km hacia el sur. Unos tres kilómetros antes de Bingara, llegué a un pequeño
puente de aspecto desvencijado sobre un riachuelo medio seco. Un pequeño rótulo
anunciaba que era Myall Creek. Dejé el coche a la sombra de un eucalipto de río
y salí a echar un vistazo. No había monumento ni placa histórica. Nada indicaba
que allí, o en la inmediata vecindad, tuviera lugar uno de los sucesos más
infames de la historia australiana. A un lado del puente había un área de
descanso abandonada con par de mesas de pícnic rotas y cascos de botella
aplastados en la hierba achaparrada. A media distancia, bajo el sol, quizás a
un kilómetro y medio, había una gran hacienda rodeada de campos de cultivo de
inusitado verdor. En la otra dirección, y mucho más cerca, una pista
desdibujada llevaba a un edificio blanco. Fui hacia allí a ver lo que era. Un
rótulo decía que era el Myall Creek Memorial Hall. No era un gran monumento
para una matanza tan horrible, pero algo es algo. En una pared del edificio vi
una pintada pero aquello no tenía nada que ver con la matanza; era un recuerdo
a los muertos en las dos guerras mundiales.
Cubrí los
tres últimos kilómetros que faltaban para llegar a Bingara (1.363 habitantes),
un pueblo caluroso y lánguido con una adormecida calle mayor. Parecía uno de
esos lugares que han conocido la prosperidad, pero ahora los escaparates
estaban vacíos u ocupados por empresas gubernamentales: un dispensario, un
centro de asesoramiento de empleo, un centro de información y turismo, una
comisaría, algo llamado «Centro de descanso para mayores». Un viejo y absurdo
cine seguía anunciándose como Roxy, pero estaba claro que llevaba años cerrado.
En el centro de información y turismo me recibió una mujer de mediana edad de
aspecto agradable que se puso en pie de un salto ante la visión de un cliente.
Le pregunté si tenían alguna información de la masacre, y me miró cabizbaja.
— Lo
siento, pero no sé mucho de eso —dijo.
— No me
diga —contesté, sorprendido.
Aquello
estaba lleno de folletos y libros.
— Bueno,
fue hace mucho tiempo. Creo que los niños lo estudian en la escuela, pero los
visitantes no preguntan por ello muy a menudo.
— ¿Cuán a
menudo? Por curiosidad.
— Oh
—dijo ella, y se puso una mano en la barbilla como si se tratara de una
pregunta realmente difícil. Se giró hacia una colega que salía de una
habitación trasera—. Mary, ¿cuándo fue la última vez que alguien preguntó por
Myall Creek?
— Oh
—dijo la colega, igual de perpleja—. No sabría decirlo, a ver, espera, hace dos
meses más o menos vino un hombre a preguntar. Ahora me acuerdo. Tenía barba de
chivo. Se parecía un poco a Rolf Harris. No recuerdo si vino alguien más.
— Casi
todos los visitantes quieren ir a fosilizar —explicó la primera señora.
Fosilizar
es buscar minerales preciosos.
— ¿Qué
encuentran? —pregunté.
— Oh, de
todo: oro, diamantes, zafiros. Esto era una gran zona minera.
— Pero
¿de la masacre no tienen nada?
— Lo
siento —parecía genuinamente apenada—. Pero sé quién puede informarle: Paulette
Smith del Advocate.
— Es el
periódico del pueblo —añadió la colega.
— Lo sabe
todo de la masacre. Hizo una tesis o algo así en la universidad.
—
Paulette es la única que puede ayudarle.
Les di
las gracias y salí a buscar el Advocate. Bingara era un pueblo
interesante. Era pequeño, parecía medio muerto y estaba situado en una
carretera que no llevaba a ninguna parte, pero no sólo tenía información y
turismo sino también un periódico propio. En la oficina del Advocate me
dijeron que Paulette había salido y que volviera al cabo de una hora. Un poco
despistado, me metí en una cafetería y pedí un bocadillo y un café, y los
estaba consumiendo distraídamente cuando una mujer pelirroja, que rondaba los
cuarenta años, jadeando, se sentó en un asiento frente al mío.
— Me han
dicho que me buscaba —dijo.
— Las
noticias vuelan —dije sonriendo.
Ella
sonrió irónicamente.
— Es un
pueblo pequeño.
Paulette
Smith era una mujer rotunda, pero tenía una sonrisa fugaz que desarmaba, porque
aparecía en los momentos más inesperados, como un anuncio a medias, y después
desaparecía absorbida por la intensidad que ponía en lo que me contaba.
— No nos
enseñaban nada de la masacre cuando éramos pequeños —dijo—. Sabíamos que había
ocurrido, eso sí, que hace muchos años asesinaron a unos aborígenes junto al
río y que ahorcaron a unos blancos por ello. Pero nada más. En la escuela no
nos hablaban de ello. Tampoco nos llevaban allí de excursión ni nada de eso.
La
sonrisa llegó y se marchó.
— ¿La
gente lo comentaba?
— No.
Nunca.
Le
pregunté exactamente dónde había sucedido.
— No lo
sabe nadie. En los alrededores de la estación de Myall Creek. (Estación en este
contexto significa una granja o rancho.) Ahora es propiedad privada y no les
gustan los intrusos.
— ¿O sea
que nunca se ha hecho una exploración arqueológica o algo? ¿No vienen
especialistas a estudiarlo?
— No, no
despierta ese tipo de interés. De todos modos, no creo que supieran dónde
buscar. Es una propiedad enorme.
— ¿Y no
hay ningún monumento ni nada?
— Oh, no.
— ¿No es
raro que no lo haya?
— No.
— ¿Pero
no sería normal que el gobierno pusiera algo?
Se lo
pensó un momento.
— Mire,
tiene que comprender que no hubo nada especial en Myall Creek. Mataban a
aborígenes en todas partes. Tres meses antes de la masacre de Myall mataron a
200 aborígenes en Waterloo Creek, cerca de Moore —Moore estaba a unos noventa y
cinco kilómetros hacia el oeste—. Y no juzgaban a nadie por ello. Ni siquiera
lo planteaban.
— No lo
sabía.
Asintió.
— No
tenía por qué saberlo. Casi nadie ha oído hablar de esto. La diferencia en
Myall Creek es que los blancos fueron castigados. Lo cual no impidió que
siguieran matando aborígenes. Se hacía de forma más discreta. Ya no se jactaban
de ello en el pub —otra sonrisa vacilante—. Bien pensado, es irónico. Lo de
Myall Creek no es famoso por los indígenas sino por los blancos. Bueno, pero
uno no podría moverse en este país si todos los muertos tuvieran un monumento.
Miró
soñadoramente un momento mi libreta de notas, y después dijo con brusquedad.
— Tengo
que volver al trabajo —me miró con expresión de disculpa—. Siento no haber
podido ayudarle más.
— Me ha
ayudado mucho —dije, y se me ocurrió otra pregunta.
— ¿Hay
aborígenes por aquí ahora?
— Oh, no.
Hace tiempo que se fueron.
Pagué mi
almuerzo y volví al coche. Al salir del pueblo, paré junto al puente y me
aventuré por un camino maltrecho que llevaba a la propiedad. Pero no había nada
que ver. La hierba era alta y me daban miedo las serpientes que pudiera haber.
Volví al coche y deshice el camino por la polvorienta llanura hacia las lejanas
lomas azules de la Gran Cordillera Divisoria.
Y puse
rumbo a Surfers Paradise, de nuevo en la Pacific Coast Highway y otros 150 km
al norte. Surfers Paradise está en la frontera de Queensland y me moría de
ganas por poner el pie en aquel estado tan interesante y extraño. En un país en
que los estados son al mismo tiempo escasos e inmensos, llegar a uno distinto
es un acontecimiento. No iba a ir tan lejos sin cruzar al menos el límite.
Si hojeas
algún libro sobre Australia, prácticamente todos, como mínimo en los últimos
cuarenta años, tienen alguna anécdota que ilustra que los habitantes de
Queensland son diferentes a los demás. En Paradojas australianas,
Jeanne McKenzie relata la historia en los años cincuenta de un huésped
americano en un hotel rural de Queensland a quien se ofreció una cena de carne
fría y patatas en una bandeja. Él miró aquello con callada desaprobación un
momento, y tímidamente preguntó si podían traerle una ensalada con que
acompañarla.
«La
camarera —dice la señora McKenzie— lo miró atónita y desdeñosa y, dirigiéndose
al resto de los demás huéspedes, observó: “Este imbécil se cree que es
Navidad”.»
Otra que
he leído dos veces: un turista (francés en una versión e inglés en otra) está
en un hotel de Queensland durante la estación lluviosa característica del norte
de Australia. El huésped se queda perplejo al llegar a su habitación y
descubrir que tiene un palmo de agua. Cuando informa de ello en recepción, el
dueño lo mira con disgusto e irritación y dice: «Pero la cama está seca, ¿no?».
Todas
estas historias poseen rasgos comunes. Generalmente tienen lugar en los años
cincuenta. Generalmente tratan de un huésped extranjero en un hotel rural.
Generalmente se presentan como verídicas. Y los de Queensland siempre se
presentan como un poco bordes. La mayor parte insinúan que en Queensland están
locos, y las pruebas apuntan en esa dirección. Durante casi dos décadas el
estado estuvo gobernado por Joh Bjelke-Peterson, un excéntrico gobernador del
estado, de derechas, que durante una época pensó seriamente en la posibilidad
de hacer volar parte de la Gran Barrera de Arrecifes con pequeñas bombas
atómicas para crear canales de navegación. Últimamente el estado había ganado
notoriedad por el escaño de una diputada llamada Pauline Hanson, propietaria de
una tienda de patatas y pescado frito, que fundó un partido de derechas
antiinmigración denominado Una Nación, y gozó de un período de asombroso éxito
hasta que a sus más ardientes seguidores les quedó claro que la señora Hanson
era, por decirlo de alguna manera, más bien imprevisible. Escribió un libro
donde insinuaba que los aborígenes practicaban el canibalismo, y elaboró un
vídeo curiosamente paranoico que empezaba: «Ciudadanos australianos, si me
estáis viendo ahora significa que he sido asesinada». Su escaño era por el
suburbio de Oxley de Brisbane, lo que inspiró a algún genio a llamarla imbécil
Oxley. En resumen, Queensland tiene fama de ser un lugar diferente. Me moría de
ganas de llegar.
En 1933,
Elston, Queensland, era un pueblucho de mar remoto e intrascendente, con una
playa excelente, algunas casitas enclenques, un hotel popular pero ligeramente
disoluto y un par de tiendas. Entonces los notables del pueblo tuvieron una
gran idea. Se dieron cuenta de que nadie haría centenares de kilómetros para
visitar un lugar llamado Elston (y, más exactamente, que nadie hacía centenares
de kilómetros para visitar un lugar llamado Elston), y decidieron rebautizarlo
con un nombre más moderno basado en un concepto más nuevo y optimista. Echaron
un vistazo y su mirada recayó sobre el hotel Surfers Paradise. El nombre sonaba
bien. Decidieron probarlo a ver qué pasaba. La ciudad no se ha arrepentido
nunca.
Hoy
Surfers Paradise es famoso, mientras que los pueblos turísticos vecinos
—Broadbeach, Currumbin, Tugun, Kirra, Bilinga— no los conoce nadie que no sea
de Queensland. Pero no importa, porque se han fundido en una única franja
extensa que mide unos cuarenta y cinco kilómetros desde la frontera entre
Queensland y Nueva Gales del Sur a Brisbane. El conjunto se denomina Gold
Coast. Es la Florida australiana.
La ves
mucho antes de llegar —torres relucientes de cristal y cemento se elevan junto
al mar serpenteando por la línea costera hacia un punto distante que se
desvanece en la bruma. Cuando Jeanne MacKenzie pasó por aquí en 1959, no
existía toda esta ostentación. Surfers Paradise todavía era un lugar discreto,
de poca altura y anticuado. En 1962 construyó su primer edificio alto. Un año o
dos más tarde, otro. Al final de los sesenta, media docena de edificios de diez
o doce pisos se alzaban estrambóticamente y un poco avergonzados en el frente
marítimo. Después, a principios de los setenta estalló un frenesí constructor.
Donde sólo había solares de arena con una casita de playa, hoy hay hoteles de
un esplendor a lo Trump, bloques de apartamentos con terrazas, un casino con
cúpula, parques acuáticos, parques temáticos, pistas de minigolf, centros
comerciales y todo lo necesario. Casi todo, te dicen en tono confidencial, se
construyó y se pagó con dinero de dudosa procedencia. Los foráneos dicen que la
Gold Coast está plagada de elementos indeseables: barones de la droga
australiana, gánsteres japoneses y chulos horteras de las triadas de Hong Kong.
Aquí uno no puede, o eso te quieren hacer creer, darle por detrás a un Mercedes
y ponerse a discutir.
Los
australianos de otros lugares te dirán:
— Oh,
tienes que ver la Gold Coast. Es espantosa.
— ¿Ah,
sí? —dices tú, intrigado—. ¿Por qué?
— No lo
sé exactamente. Yo no he estado nunca. Sólo faltaría. Pero es como… ¿has
visto La boda de Muriel?
— No.
— Pues
eso. Es igual. Eso dicen.
Por eso
estaba interesado por muchos motivos en ver la Gold Coast, y quedé
desilusionado en casi todos ellos. De entrada, no es en absoluto cursi. Es otro
lugar de vacaciones grande, impersonal, internacional y bien equipado. Podría
haber sido Marbella, Eilat o cualquier sitio de los que se han construido en
los últimos veinticinco años. Los hoteles eran en su mayoría de grandes cadenas
internacionales —Marriott, Radisson, Mercure— de un nivel excepcionalmente
alto. Aparqué el coche en una calle lateral y caminé hasta el frente marítimo.
Por el camino pasé ante tiendas de una ostentación inesperada: Prada, Hermes,
Ralph Lauren. Todo muy elegante. Pero no era interesante en absoluto. No
necesitaba hacer 1.300 km para ver toallas de baño Ralph Lauren.
Sin
embargo la playa era espléndida: amplia, limpia, soleada, con unas olas
perezosas y de mediano tamaño que llegaban rodando desde un mar dolorosamente
azul y brillante. El aire era salobre y los chillidos de placer repletos de
ozono de los niños y el ambiente era de gente disfrutando. Me senté en un banco
y me limité a mirar cómo se divertían los demás. Había leído que las playas de
la Gold Coast eran traidoras por las corrientes. Por cierto, salían muchos
casos de ahogados en las noticias últimamente. Los medios australianos informan
sobre los accidentes en las playas como los periódicos americanos sobre
ciclones y huracanes: un fenómeno estacional con muchas estadísticas
comparativas. Según los periódicos, ya se habían ahogado 34 personas en lo que
iba de año, más que en los anteriores, y el verano todavía iba por la mitad. La
mayor parte eran turistas que no sabían detectar las corrientes en el agua ni
mantener la calma cuando los pillaba una. Pero muchas veces era culpa de la
tontería humana. El Sydney Morning Herald citaba el caso en
North Avoca Beach de un hombre de cincuenta y dos años que había advertido
severamente a la gente que no se bañara en un lugar y después se bañó él y se
ahogó. Aquella misma mañana, mientras hacía las maletas en el motel, había visto
un programa de televisión matutino donde entrevistaban a un socorrista de
Surfers Paradise. Decía que había rescatado personalmente a cien personas la
semana anterior, y a un turista lo había salvado dos veces.
— ¿Dos
veces? —dijo el entrevistador.
El
vigilante sonrió ante lo absurdo de la cuestión.
— Sí.
— Pero
¿cómo? ¿Después de salvarlo volvió a meterse en el agua y tuvo que salvarlo
otra vez?
La
sonrisa se amplió.
— Sí.
Escruté
el agua en busca de bañistas en apuros. No podía entender cómo un socorrista
era capaz de detectar a una persona que se ahogaba entre los centenares de
personas que jugaban y retozaban, pero sin duda lo hacían. Los socorristas
australianos son los mejores del mundo sin comparación. En el mismo período en
que se ahogaban 34 personas, se salvaba a más de mil: un índice loable, por no
decir más.
Finalmente,
me paré a tomar un café y después paseé por el barrio comercial, pero Surfers
Paradise era prácticamente una sucesión de tiendas que vendían lo mismo
—bumeranes pintados y didgeridoos, tiernos koalas y canguros de juguete,
postales y libros de recuerdo, estantes y más estantes de camisetas—. En una de
las tiendas compré una postal en que se veía un canguro surfeando, y pregunté a
la dependienta que me sirvió si sabía dónde estaba el hotel Surfers Paradise
original.
— Oh, no
lo sé —dijo con cara de culpabilidad, como si hubiera olvidado un secreto que
le habían confiado—. Hace poco que vivo aquí —añadió.
Le dije
que no importaba y le pregunté de dónde era.
— TCA
—viéndome cavilar sin resultado, añadió—. Territorio de la Capital Australiana.
Canberra.
Claro.
— ¿Qué te
gusta más —pregunté—, Canberra o Surfers Paradise?
— Surfers
Paradise, sin duda.
Arqueé
una ceja.
— Esto
está bien, ¿verdad?
— Oh, no
—dijo enfáticamente, sorprendida de que la hubiera malinterpretado—. Es
Canberra la que está mal.
Le sonreí
solemnemente.
Ella
asintió con convicción.
— Imagine
que tuviera que clasificar las cosas por el placer que le dan. Pues Canberra
estaría por debajo de romperse un brazo —sonreí y ella me imitó—. Bueno, al
menos si te rompes un brazo sabes que se curará.
Hablaba
con el tipo de entonación ascendente habitual en los jóvenes australianos, que
convierten las afirmaciones en preguntas. Eso vuelve locos a los mayores, pero
personalmente lo encuentro simpático y, a veces, como en este caso,
graciosamente sexy.
Salió una
supervisora a impedir que nos divirtiéramos demasiado.
— ¿Puedo
ayudarle? —dijo con un acento raro que hacía pensar en que había dedicado mucho
tiempo a algún libro titulado Corrija su dicción usted mismo.
También
inclinaba la cabeza de una forma rara, un poco hacia atrás, como si temiera que
fueran a caérsele los globos oculares.
— Estaba
buscando el hotel Surfers Paradise original.
— Ah, lo
derribaron hace años.
Esbozó
una sonrisa de satisfacción —me recordaba exactamente a William F. Buckley[24]— pero
era imposible saber si estaba contenta de que lo hubieran derribado o se sentía
feliz de dar una mala noticia. Me mostró en el mapa de mi guía dónde había
estado.
Les di
las gracias a las dos y, agarrando fuertemente mis mapas, encontré el camino
hacia el lugar del famoso y ahora irrecuperable hotel Surfers Paradise. Hoy el
solar lo ocupa el Paradise Centre, un complejo de tiendas más a tono con el
pueblo moderno, porque es horroroso y está lleno de camisetas carísimas.
En el
libro de Surfers Paradise que había hojeado en Adelaida, en una fotografía de
finales de los cuarenta se veía un hotel encantadoramente desvencijado —parecía
que lo hubieran construido por etapas con los materiales que hubiera a mano—
con un bar terraza donde la gente tomaba el sol y alcohol en despreocupadas
cantidades y parecía feliz de estar allí. Di la vuelta a la manzana, me situé
luego enfrente y contemplé el lugar durante un buen rato, pero era imposible
imaginar cómo había sido antes, tanto como era imposible imaginar la masacre de
Myall Creek en su apacible localización actual. Volví al coche y salí de la
ciudad cruzando las franjas de sol y sombra que proyectaban los grandes hoteles
y las abundantes palmeras. A la salida de la ciudad entré en la Pacific Highway
y me dirigí hacia el sur.
Me
esperaban muchas horas de coche hasta Sydney. Por ahora, mi viaje había
terminado. Pero volvería, sin duda. No había terminado con el país, ni mucho
menos.
Parte III
En los límites
— Quiero
que sepas —dijo una voz a mi oído mientras el vuelo 406 de Qantas salía
disparado como un corcho de unas torres de cumulonimbos monzónicos, ofreciendo
a los pasajeros con ventanilla una repentina panorámica de montañas de color
esmeralda elevándose en pronunciada vertical desde un mar de plata azulada— que
si llega el momento puedes disponer de toda mi orina.
Me giré
para dedicar a esta observación toda la atención que se merecía y me enfrenté
al semblante solemne y sereno de Allan Sherwin, mi amigo y compañero de viaje
provisional. No sería exacto decir que me sorprendió encontrarle sentado a mi
lado, porque habíamos quedado en encontrarnos en Sydney y habíamos embarcado
juntos en el avión y, pese a todo, verle allí sentado fue algo en cierto modo
inesperado, como si necesitara que me pellizcaran. Un par de semanas antes
había pasado unos días en Londres antes de volver a Estados Unidos de mi
excursión por Oriente Medio, y me había reunido con Allan para discutir un
proyecto que tenía pensado. (Es productor de televisión y nos hicimos amigos el
año anterior trabajando juntos para una serie de la televisión británica.) En
un pub de Old Brompton Road, le conté mis experiencias vividas en Australia
hasta entonces y le mencioné que en el siguiente viaje pensaba internarme en
las formidables regiones desérticas solo y por tierra. Con la intención de que
aumentara su admiración por mí, le había contado espeluznantes historias de
viajeros que se habían perdido en el inflexible outback. Uno de
ellos pertenecía a una expedición de 1850 encabezada por un tal Robert Austin,
que se perdieron tanto y se quedaron con tan poca agua en las áridas estepas
que se extienden tras el Mount Magnet de Australia Occidental, que sus miembros
se vieron obligados a beber su propia orina y la de sus caballos. La historia
le había impresionado tanto que me anunció su intención de acompañarme por los
tramos más peligrosos del viaje en calidad de chófer y explorador. Yo había
intentado disuadirle por su bien, pero no hubo manera. Era evidente que tenía
la historia grabada en la mente, a juzgar por su amable oferta de cederme su
orina.
— Gracias
—contesté— es muy generoso por tu parte.
Asintió
con la cabeza con un gesto regio.
— Para
eso están los amigos.
— Tú
puedes quedarte con toda la que me sobre.
Otro
asentimiento regio.
El plan,
al que estaba decididamente aferrado, era acompañarme primero a la parte norte
de Queensland, donde nos relajaríamos un día entre los bancos fértiles de la
Gran Barrera de Arrecifes y luego iríamos en un buen vehículo por un camino
lleno de baches hacia Cooktown, una ciudad semifantasmal en medio de la selva,
más al norte que Cairns. En cuanto cubriéramos esta aventura de calentamiento,
iríamos en avión a Darwin, en el Territorio del Norte —el «Top End»[25] como
lo llaman cariñosamente los australianos— para cruzar los 1.600 km a través del
interior rojizo y chamuscado que lleva a Alice Springs y el imponente Uluru.
Después de ayudarme a superar los peores peligros, el heroico señor Sherwin
volvería en avión a Inglaterra desde Alice, y me dejaría continuar por los
desiertos occidentales solo. No es que creyera que para entonces ya estaría
preparado —porque no tenía ninguna confianza en mis capacidades de
supervivencia— pero sólo podía dedicarme diez días. Por mi parte, no tenía
mayor confianza en él, pero me alegraba tener compañía.
— Sabes
—añadí tranquilizadoramente— no creo que sea necesario beber orina en este
viaje. La infraestructura de las regiones áridas ha mejorado mucho desde 1850.
Creo que ahora tienen hasta coca-cola.
— Bueno,
pero el ofrecimiento sigue en pie.
— Y yo te
lo agradezco.
Otro
intercambio de asentimientos regios y volví a mirar el exótico verdor bajo la
agitada ala. Si uno necesita convencerse de que Australia es un lugar del mundo
excepcional, el trópico de Queensland es el lugar perfecto para convencerse. De
los 500 lugares del planeta con la calificación de patrimonio de la humanidad,
sólo trece cumplen los cuatro requisitos de la Unesco, y de estos trece lugares
tan especiales, cuatro —casi un tercio— se encuentran en Australia. Es más, dos
de ellos, la Gran Barrera de Arrecifes y los trópicos de Queensland, están en
este estado. Creo que es el único sitio del mundo donde se juntan dos entornos
tan completos.
Tuvimos
la suerte de poder llegar. El norte tenía una estación terriblemente lluviosa.
El ciclón Rona había arrasado recientemente la costa, provocando una
destrucción por valor de 300 millones de dólares, y hacía semanas que otras
tormentas menores torturaban la región impidiendo viajar por ella. El día
anterior precisamente se habían anulado todos los vuelos. Era obvio, a juzgar
por las sacudidas y bamboleos de nuestro aterrizaje en Cairns, que el tiempo
seguía envalentonado. El panorama cuando descendíamos era de palmeras, pistas
de golf, puertos de recreo, algunos grandes hoteles de playa y muchas, muchas
casas de tejado rojo que sobresalían entre el abundante follaje. Dejando a un
lado el tiempo, parecía un sitio prometedor.
Ahora que
más de dos millones de personas al año van a visitar la Gran Barrera de
Arrecifes y se considera un tesoro en todo el mundo, resulta extraordinario lo
que tardó en descubrirlo la industria turística. Según el historiador Alan
Moorehead en Rum Jungle, el relato de un viaje por el norte de
Australia en los años cincuenta, aventurarse por el norte de Queensland era
semejante a un viaje a las fuentes del Orinoco. Entonces Cairns era una
avanzadilla fangosa en la costa, a centenares de kilómetros de distancia, por
una carretera que cruzaba la selva, y estaba habitado por gente excéntrica con
tendencia fugitiva. Hoy en día es una próspera minimetrópolis de 60.000
habitantes, como tantas otras poblaciones de tamaño similar en Australia
excepto por la humedad que cae encima como una toalla caliente cuando sales de
la terminal del aeropuerto, y por cierta sana devoción por el dólar del
turista. Se ha convertido en un punto de encuentro de mochileros y otros
jóvenes viajeros a quienes atrae su reputación de ambiente tropical. Ese día el
ambiente estaba oprimido por el peso de esos cielos grises y bajos que amenazan
lluvia torrencial en el momento menos pensado. Fuimos en taxi a la ciudad
atravesando una estrambótica línea de hoteles, estaciones de servicio y
establecimientos de comida rápida. El centro de Cairns era más acogedor, pero
daba la sensación de un sitio que se acaba de construir a toda prisa. Tienda
sí, tienda no, ofrecía cruceros por el arrecife y expediciones de buceo; el
resto vendía camisetas y postales.
Primero
fuimos a buscar el coche de alquiler. Como había estado de excursión por
Oriente Medio, había encargado los preparativos a una agencia de viajes; por
eso me quedé sorprendido al ver que el agente había elegido una empresa local
de poca monta —Crocodile Car Hire o algo igual de bobo y desalentador— cuyas
oficinas no eran más que un mostrador en una calle lateral. El joven encargado
hacía gala de un engreimiento tontorrón que resultaba irritante, pero resolvió
el papeleo con rapidez y eficiencia charlando todo el rato sobre el tiempo.
Eran las peores lluvias desde hacía treinta años, nos dijo la mar de orgulloso.
Después nos acompañó a la calle y nos mostró nuestro vehículo: una envejecida
furgoneta Commodore Holden con los ejes hundidos.
— ¿Qué es
esto? —pregunté.
Se
inclinó hacia mí y dijo, como si yo sufriera demencia:
— Es su
coche.
— Pero si
yo pedí un todoterreno.
Echó un
vistazo a los documentos y cuidadosamente extrajo el fax de la agencia de
viajes y me lo pasó. En él se pedía un coche grande, normal, muy contaminante,
con transmisión automática, un coche americano, vamos, o el equivalente local
más parecido. Suspiré y le devolví el papel.
— Bueno,
¿tiene algún todoterreno que nos podamos llevar? —pregunté.
— No, lo
siento. Sólo alquilamos turismos.
— Pero
nosotros queremos ir a Cape York.
— Con
este tiempo es imposible llegar allí. Ni con un todoterreno. En esta época del
año, no. Se registraron cien centímetros cúbicos de lluvia en Cape Tribulation
la semana pasada —yo no tenía muy claro cuánto era cien centímetros cúbicos,
pero era evidente por su tono que constituía una cantidad considerable—. No
llegará más allá de Daintree a no ser con helicóptero.
Suspiré
de nuevo.
— La
carretera a Townsville lleva tres días cortada —dijo, aún más orgulloso si
cabe.
Volví a
mirarlo. Townsville está al sur de Cairns, en dirección contraria a Cape York.
Estábamos encajonados allí.
— ¿Dónde
podemos ir, pues? —pregunté.
Abrió las
manos en un gesto irónicamente alegre.
— A todas
partes dentro del área de Cairns.
Allan me
miró con la insensata alegría del que no es consciente del desastre que se
avecina, lo que me irrito todavía más. Suspire y cogí mis bultos.
— Bueno,
¿puede indicarnos la manera de llegar al Hotel Palm Cove? —pregunté.
— Claro.
Tienen que pasar por el aeropuerto y coger la Cook Highway y allí la carretera
hacia el norte. Está a unos veinte kilómetros costa arriba.
— ¿Veinte
kilómetros? —farfullé—. Pedí un hotel en Cairns.
Se rascó
la barbilla pensativamente.
— En
Cairns seguro que no.
— ¿Pero
está abierta, la carretera?
— Por
ahora, sí.
— ¿Quiere
decir que puede inundarse?
— Es una
posibilidad.
— Si se
inunda nos quedaremos aislados en medio de la nada.
Me miró
con compasión.
— Señor,
ya está usted aislado en medio de la nada. —no podía discutírselo: Cairns
estaba a 1.750 km de Brisbane, la capital del estado, y en las demás
direcciones no había más que océano, selva y desierto—. Pero Palm Cove es
precioso. Les gustará.
Y tenía
razón. Palm Cove era muy hermoso, asombrosamente bonito. Era un pueblo
especialmente construido e insertado con cuidado en una franja de exuberancia
tropical junto a una bahía. Al lado de la carretera que bordeaba la playa se
alzaban altos hoteles y apartamentos, casitas y bares, restaurantes y tiendas,
todo discretamente oculto por palmeras, frondas desparramadas y parras en flor,
y al otro lado un paseo de palmeras que daba a una playa suave y dorada, y más
allá estaba el mar.
Nuestro
hotel era, excepto por el nombre, el lugar y el precio, un motel muy agradable
y frente al mar. Pedimos nuestras habitaciones y salimos a dar un paseo por la
playa. Algunas personas caminaban por la arena, pero no había nadie en el agua
y sus buenas razones tenían. Era la temporada de las medusas cofre, conocidas
en Queensland como aguijones marinos. El nombre es lo de menos porque con estas
pequeñas burbujas de dolor más vale no jugársela. De octubre a mayo, cuando las
medusas se acercan a la costa a criar, dejan las playas del trópico
inutilizables. Es una idea extraordinaria cuando te quedas mirándolas. Ante
nosotros teníamos la bahía más serena y seductora que podíamos soñar, y sin
embargo no había lugar en la Tierra donde fuera más probable encontrar una
muerte instantánea.
— Eso
quiere decir —dijo Allan, para quien todo era nuevo— que si me metiera ahora en
el agua, ¿me moriría?
— Con la
agonía más terrible y abyecta que un hombre pueda imaginar —contesté.
— Dios
mío —murmuró.
— Y no
cojas ninguna concha —añadí, impidiéndole que cogiera una.
Le conté
lo de los cónidos, los venenosos animalitos que se esconden en el interior de
las conchas más bellas, esperando que se acerque una mano humana para clavarle
sus infames pinzas.
— ¿Una
concha puede matarte? —dijo—. ¿Hay conchas mortales aquí?
— Hay
aquí más cosas que pueden matarte que en toda Australia, y eso es mucho decir,
créeme.
Le hablé
del casuario, el ave corredora de tamaño humano que vive en los bosques
tropicales, con una garra como una navaja en cada pata que diestra e implacable
puede abrirte en canal; y de las serpientes verdes arborícolas, que cuelgan de
las ramas y se confunden tanto con el follaje que no las ves hasta que se te
han pegado a la cara. Le mencioné también el pulpo de anillos azules, pequeño
pero espantosamente venenoso, cuya caricia representa una muerte instantánea; y
la elegante pero irritable raya eléctrica, que se desplaza por el agua como una
alfombra voladora descargando 220 voltios de electricidad sobre cualquier
estorbo que encuentre en el camino; y el pez piedra, malvado y perezoso,
llamado así porque es imposible distinguirlo de una roca, pero con la
diferencia de que los doce aguijones que tiene en la espalda son tan afilados
que pueden atravesar la suela de una zapatilla de deporte, inyectando a la
desventurada víctima una miotoxina de un peso molecular de 150.000.
— ¿Y eso
qué significa exactamente?
— Un
dolor imposible de describir seguido de parálisis muscular, disminución de la
respiración, palpitaciones y movimientos espasmódicos. Los peces de fuego son
más fáciles de detectar pero igual de malévolos. Incluso existe una medusa que
se llama mocosa.
— Te lo
estás inventando —dijo, pero sin convicción.
— Te
aseguro que no.
Entonces
le hablé del temido cocodrilo de agua salada que se esconde en las lagunas
tropicales, los estuarios o las bahías como ésta, y sale del agua de vez en
cuando para arrastrar y devorar a los transeúntes confiados. Un poco más arriba
de donde estábamos paseando, atacaron a una mujer llamada Beryl Wruck no hace
mucho de una forma sobrecogedora.
— ¿Te lo
cuento? —me ofrecí.
— No.
— Bueno,
pues un día —seguí, convencido de que quería oírlo— un grupo de amigos de
Daintree se reunió para celebrar una barbacoa prenavideña y alguien propuso
refrescarse en el río Daintree. Sabían algo de los cocodrilos, pero nunca
habían atacado a nadie. Así que varios componentes del grupo se acercaron a la
orilla, se quitaron la ropa y se lanzaron al mar. La señora Wruck no se atrevió
a entrar y metió los pies en el agua. Contemplando como se divertían los demás,
se inclinó y metió una mano en el mar. En ese instante el agua se agitó, y en
un movimiento rapidísimo la señora Wruck desapareció. «No hubo ruido ni
gritos», dijo uno de los testigos. «Fue tan rápido que si hubiera parpadeado me
lo habría perdido». Así son los ataques de los cocodrilos, sabes; rápidos,
inesperados e irreversibles.
— ¿Me
estás diciendo que aquí hay cocodrilos? —dijo Allan.
— Pues no
sé si los hay o no. Pero por eso te hago caminar por la parte de dentro.
Justo
entonces, de los quietos cielos llegó el crujido estremecedor de un trueno.
Bruscamente se puso a soplar el viento, haciendo bailar las palmeras, y cayeron
gruesas gotas de lluvia. Después los cielos se abrieron y cayó un chubasco
cálido pero intenso. Corrimos a refugiarnos al hotel, aunque nos quedamos en el
porche del bar de la playa, escurrimos como pudimos las camisas y contemplamos
cómo caía la lluvia con tumultuosa furia. Aquello no tenía nada que ver con la
delicadeza de las gotas de lluvia. Era una masa de agua que caía atronando el
mundo con un estrépito pavoroso. Como he crecido en el Medio Oeste americano
estaba acostumbrado a un clima revuelto, pero no me importa admitir que cuando
se trata de los elementos, Australia juega su propia liga. Nunca había visto
una cosa igual.
— Vamos a
ver si lo entiendo —decía Allan—. No podemos ir a Cooktown porque no podemos
pasar. No podemos bañarnos porque el océano está lleno de medusas venenosas. Y
la carretera a Cairns pueden cortarla en cualquier momento.
— Más o
menos.
Sonrió
pensativamente.
— Al
menos podemos tomarnos unas cervezas.
Y se fue
a buscarlas. Me senté ante una mesita del porche y contemplé cómo caía la
lluvia.
Se acercó
uno de los empleados del bar y se quedó en el umbral.
— Es la
peor lluvia desde hace treinta años —dijo.
Asentí.
— ¿Qué
dice la previsión meteorológica?
— Lo
mismo.
Asentí
descorazonado.
—
Queríamos ir mañana a la Gran Barrera de Arrecifes.
— Ah, por
eso no se preocupe. No anulan los viajes al arrecife a no ser por un huracán.
— ¿Va la
gente al arrecife con este tiempo?
Asintió.
El agua de la bahía subía cada vez más como si un hombre muy gordo se hubiera
zambullido en una bañera.
— ¿Por
qué?
— ¿Cuánto
le costaron los billetes?
No tenía
ni idea —lo habían reservado todo como parte de un paquete— pero los llevaba
encima y los busqué en mi cartera.
— Ciento
cuarenta y cinco dólares cada uno —dije haciendo una mueca de avara
incredulidad.
Sonrió.
— Por
eso.
Volvió a
entrar. Un momento después, Allan reapareció con las cervezas y una expresión
abatida.
— Sí, hay
una medusa que se llama mocosa —dijo pensativo—. Me lo ha dicho el camarero.
Le sonreí
disculpándome.
— Te lo
dije.
Contempló
un rato la lluvia. Sobre la mesa alguien había dejado un ejemplar del periódico
local, el Port Douglas and Mossman Gazette. Allan lo apartó para
coger el cenicero, pero algo le llamó la atención. Leyó un momento, cada vez
más concentrado, me pasó el periódico dando golpecitos sobre el artículo que
quería que viera. Era una pequeña reseña al pie de la primera página que anunciaba
que la epidemia de fiebre del dengue empezaba a remitir en Port Douglas. Según
el artículo, desde el inicio de la epidemia se habían registrado 458 casos en
la zona. Aunque el ritmo estaba bajando, no había que echar las campanas al
vuelo, advertía una portavoz de la Unidad de Enfermedades Tropicales.
— ¡Está
en un rincón de la página! —dijo Allan, con los ojos extraviados.
— Es
donde iremos mañana —observé como si nada.
— ¿Tienes
idea de lo que sería una epidemia de dengue en Gran Bretaña? La gente cerraría
las ventanas con tablones. Los ferrys se abarrotarían de gente intentando salir
del país. La policía tendría que disparar en la calle para restablecer el
orden. ¡Aquí tienen 485 casos en una sola ciudad y le dedican dos centímetros
en un rincón de la página! ¿Adónde me has traído, Bryson? ¿Qué país es éste?
— Es un
país maravilloso, Allan.
— Sí,
claro.
Nos
separamos para ducharnos y cambiarnos, y nos encontramos de nuevo en el bar
para tomar un aperitivo antes de cenar. Como la lluvia no parecía tener
intenciones de remitir, decidimos cenar en el hotel. Durante la cena, Allan
pidió pargo rojo.
— ¿No has
oído hablar de la ciguatera? —dije, como quien no quiere la cosa.
— Claro
que no he oído hablar de ella —contestó con los dientes apretados—. ¿Qué pasa?
— Nada
—dije.
— Debe de
pasar algo o no lo habrías mencionado. ¿Qué pasa? ¿Me he sentado encima? ¿La
llevo en la cabeza? ¿Qué?
— No, es
una toxina endémica de las aguas tropicales. Se acumula en ciertos peces.
— ¿Como
el pargo rojo, por ejemplo?
— Bueno,
especialmente en el pargo rojo.
Lo sopesó
con una especie de asentimiento de la cabeza lento y catatónico. Creo que el
desfase horario empezaba a pesarle. Afecta enormemente al equilibrio de las
personas.
— No
tienes por qué preocuparte —añadí tranquilizadoramente—. Si hubiera un brote,
el pargo no estaría en el menú, ¿verdad? A menos que… —me detuve.
— ¿Qué?
— Bueno,
que fueras el primer caso. Alguien tiene que ser el primero, ¿no? Pero,
¿cuántas posibilidades tienes? ¿Una entre cien? ¿Una entre veinte?
— Te
exijo que pares inmediatamente.
— Claro
—concedí enseguida—. Lo siento. ¿Quieres cambiarlo por otro plato?
— No.
— Los
síntomas incluyen vómitos, grave debilidad muscular, pérdida del control
psicomotriz, entumecimiento de los labios, laxitud general, mialgia y
trastornos sensoriales paradójicos, es decir, sentir las superficies calientes
como frías y viceversa, pero no se limitan a eso. La muerte se produce en un
doce por ciento de los casos.
— Te he
dicho que pares —llegó la camarera con las bebidas—. El pargo —dijo Allan con
forzada despreocupación—. Está bien, ¿no?
— Oh, sí.
Es de primera.
— Quiero
decir que no tiene… ¿qué era, Bryson?
—
Ciguatera.
Nos miró
desconcertada.
— No,
viene con patatas fritas y ensalada.
Intercambiamos
miradas.
— ¿Me
equivoco si creo que usted no es de por aquí? —pregunté.
Su
desconcierto aumentó.
— No, soy
de Tassie. ¿Por qué?
—
Curiosidad. —y cuchicheando le dije a Allan—. Es de Tasmania.
Él se
inclinó hacia mí y cuchicheó:
— ¿Y qué?
— Sus
pargos son normales.
— ¿Puedo
cambiar el plato?
Ella lo
miró un buen rato con la expresión que ponen los jóvenes cuando se dan cuenta
de que tendrán que hacer veinte pasos que no están calculados, y con cara de
mártir fue a preguntarlo. Al cabo de un minuto volvió y dijo que le permitían
cambiar el plato.
— ¡Que
bien! —dijo Allan súbitamente entusiasmado, mirando de nuevo la carta.
Consideró las muchas opciones alternativas—. ¿Tienen mocosa asada? —preguntó
fríamente.
Ella lo
miró fijamente.
— ¡Era
broma! —dijo, ya más alegre—. Tomaré solomillo con patatas —anunció—. Medio
hecho, por favor —me miró—. ¿No hay horripilantes enfermedades que provoque la
ternera? ¿Parálisis de la ternera de Queensland o algo así?
— El
bistec debe de estar bien.
— Pues
bistec entonces —le devolvió la carta—. Cuidado con la ciguatera —le gritó—. Y
las cervezas que no paren —añadió aún.
Fue una
cena estupenda, y después volvimos al bar donde, entre las maravillosas
necedades del alcohol, conseguimos reunir todos los síntomas que hacía poco nos
habíamos esforzado tanto por evitar.
Por la
mañana había dejado de llover, pero el cielo estaba oscuro y sucio y el mar
picado. Sólo con mirarlo ya me sentía mareado. No soy un enamorado del océano
ni de lo que tiene dentro, y la perspectiva de ir botando hasta un arrecife
cubierto de lluvia para ver los peces que podía ver cómodamente en cualquier
acuario público o incluso en la sala de espera de un dentista, no me resultaba
tentadora. Según el periódico de la mañana, se esperaba una marejada de 2,3 m.
Le pregunté a Allan, que una vez tuvo un velero y una gorra de capitán y por
consiguiente se considera un marinero curtido, si era mucho y él arqueó las
cejas como si estuviera impresionado.
— Eso es
mucho —dijo.
De aquí
pasó a contarme graciosas anécdotas sobre barcos avanzando entre bandazos en
mares terroríficos, aunque estuvieran amarrados al muelle. Estando allí
sentados, uno de los miembros de la tripulación pasó a nuestro lado.
— ¡Viene
un ciclón! —dijo de excelente humor.
— ¿Hoy?
—pregunté en lo que empezaba a ser mi tono quejumbroso habitual.
— ¡Puede
ser!
Nuestra
excursión al arrecife incluía que nos recogieran en el hotel y nos llevaran en
autobús a Port Douglas, al barco, a unos treinta kilómetros costa arriba. El
autobús llegó a las ocho y media puntualmente. Mientras subíamos, el chófer
ponía al público al día sobre los aguijones marinos, con vivas descripciones de
gente que no había hecho caso de los carteles de advertencia. De todos modos,
nos aseguró que no había medusas en el arrecife. Curiosamente, olvidó mencionar
los tiburones, las medusas cofre, los peces escorpión, los corales punzantes,
las serpientes marinas o el infame mero, un monstruo de 400 kg que de vez en
cuando, por una mezcla de afán de experimentación y estupidez, le arranca un
brazo o una pierna a un bañista, luego se acuerda de que no le gusta el sabor
de la carne humana y lo escupe.
No puedo
describir lo feliz que me hizo llegar a Port Douglas y ver que la barca era
enorme —casi tanto como uno de los ferrys ingleses que cruzan el canal—, nueva
y reluciente. También me alegró ver, por su bien y por el mío, que ninguno de
los miembros de la tripulación manifestaba señal de sufrir la fiebre del
dengue. Mientras nos amontonábamos con otros pasajeros que llegaban en otros
autobuses, supe por un tripulante que el barco tenía capacidad para 450
personas y que aquel día seríamos 310. También me dijo que tardaríamos unos
noventa minutos en llegar al arrecife y que el mar estaba en relativa calma.
Había 38 millas marinas hasta Agincourt Reef, donde atracaríamos. Con algo más
que un interés pasajero, recordé que fue allí donde habían olvidado a la pareja
de americanos.
Al
embarcar anunciaron que se distribuirían gratis pastillas para el mareo a los
que lo desearan. Fui el primero en acudir.
— Son
ustedes muy amables —dije, tragándome un puñado.
— Es
mejor que ver gente vomitando por todas partes —dijo la chica sincera y
sensatamente.
El viaje
hasta el arrecife fue muy agradable, como habían prometido. Es más, salió el
sol, aunque fuera débilmente, y cambió el color gris plomo del agua a un tono
cercano al cobalto. Dejé a Allan en la cubierta soleada buscando a alguna mujer
bien dotada que contemplar y me dediqué a mis notas.
Dependiendo
de las fuentes que consultas, la Gran Barrera de Arrecifes tiene 280.000,
340.000 km2 o una cifra intermedia; mide 1.930 km de arriba
abajo, o bien 2.570; es mayor que Kansas, Italia o el Reino Unido. Nadie se
pone de acuerdo en dónde empieza y acaba, pero todos reconocen que es muy
grande. Incluso con las medidas más modestas, tiene el equivalente en longitud
a la costa oeste de Estados Unidos. Y, evidentemente, es un hábitat
inmensamente vital: el equivalente oceánico de la selva amazónica. La Gran
Barrera de Arrecifes contiene unas mil quinientas especies de peces,
cuatrocientos tipos de coral y cuatro mil variedades de moluscos, pero se trata
de cifras calculadas a ojo. Nadie se ha dedicado a hacer un inventario
exhaustivo. Es demasiado trabajo.
Como
consiste en unos tres mil arrecifes separados y más de seiscientas islas,
algunos insisten en que no es una unidad y que no se la debería concebir como
el espécimen más largo de la Tierra. Esto es como decir que Los Ángeles no es
una ciudad porque consiste en muchos edificios separados. Qué más da. Es
fabuloso. Y todo gracias a trillones de pequeños pólipos de coral que han
trabajado con dedicación y microscópica diligencia durante más de dieciocho
millones de años, añadiendo cada uno su grano o dos de grosor al expirar y
formando una tumba de silicato. Es impresionante.
Cuando oí
que el barco empezaba a hacer el ruido que sugiere una llegada inminente, salí
a cubierta a reunirme con Allan. No sé por qué esperaba llegar a un atolón
arenoso con algún chiringuito de playa con el techo de paja, pero sólo había
mar abierto por todas partes y un largo collar de agua rompiendo suavemente
contra un inmenso pontón de aluminio, de dos pisos de altura y grande como para
acomodar a 400 turistas. Recordaba a una plataforma petrolífera. Sería nuestro
hogar durante las próximas horas. Cuando el barco amarró, todos desembarcamos
encantados. Por un altavoz se enumeraron las alternativas que había. Podíamos
tomar el sol en tumbonas, bajar a una cámara submarina para ver el mar, coger
unas gafas y unas aletas y darnos un baño o dar cómodamente una vuelta por el
coral en un barco semisumergible.
Primero
fuimos en el semisumergible, una nave donde treinta o cuarenta personas se
apretujaban en una cámara transparente bajo el nivel del mar. Era una
maravilla. Por mucho que hayas leído sobre la naturaleza de la Barrera de
Arrecifes, no estás preparado para lo que vas a ver. El piloto nos paseó por un
mundo trémulo de escarpados precipicios de coral y desfiladeros con bordes como
hojas de afeitar, todo lleno de colores fabulosos e hirviendo de bancos de
peces de una variedad de tamaños increíble: pez mariposa, pez doncella, pez
ángel, pez loro, el precioso y coloreado pez colmillo arlequín y el tubular pez
tubo. Vimos almejas gigantes, babosas marinas y estrellas de mar, bosquecitos
de anémonas ondulantes y el grande y agradablemente aturdido bacalao patata.
Fue, como había esperado, como estar en un acuario público, pero (claro está)
aquello era salvaje y natural. Será una tontería pero estaba pasmado ante la
diferencia entre una cosa y la otra. Vi pasar nadando una gran tortuga a un par
de metros del cristal, indiferente a nuestra presencia. En otro lado,
curioseando furtivamente por el fondo, había un tiburón del coral de unos
sesenta centímetros de longitud pero capaz de pegarte un buen mordisco. Y
además de los peces en movimiento y los demás especímenes, admiraba el modo
como se filtraba la luz desde arriba, y la forma, la textura y la increíble
variedad del coral. Estaba más cautivado de lo que podría describir.
De vuelta
al pontón, Allan insistió en que nos bañáramos. A un lado del pontón había unas
escaleras de metal para bajar al agua. En lo alto de las escaleras había
contenedores con aletas, gafas y tubos de buceo. Nos equipamos y nos lanzamos
al agua. Había dado por sentado que caería unos pocos metros más abajo, y me
quedé helado —por decirlo suavemente— al darme cuenta de que estaba a unos 30 m
del fondo. Nunca me había bañado en aguas tan profundas y me resultó
inesperadamente angustioso, tanto como si estuviera flotando en el aire 30 m
por encima de la tierra. Tardé unos segundos en registrar este estremecedor
descubrimiento, y a continuación mis gafas y mi tubo se llenaron de agua y
empecé a ahogarme. Jadeando malhumoradamente, los vacié e intenté colocármelos
de nuevo, pero las gafas se me llenaron de agua otra vez. Repetí el ejercicio
dos o tres veces con el mismo resultado.
Mientras
tanto, Allan estaba buceando como Daryl Hannah en Splash.
— Por el
amor de Dios, Bryson, ¿qué haces? —dijo—. Estás a metro y medio del pontón y te
estás ahogando.
— Me
estoy ahogando —una ola me dio de pleno en la cara y emergí escupiendo—. Soy un
hijo de la tierra —jadeé—. Esto no es para mí.
Se rió y
desapareció. Sumergí un poco la cabeza y lo vi nadando como un torpedo en
dirección a un tordo limpiador —un pez ángel del tamaño de un sofá— y me encogí
de nuevo ante la profundidad incógnita que había debajo de mí. Había cosas
grandísimas: peces como la mitad de un hombre y mucho más en su elemento. Mis
gafas se llenaron de agua y volví a escupir. Otra minúscula ola rompió de lleno
en mis ojos. Aquello me gustaba menos —muchísimo menos— de lo que esperaba, que
ya no era mucho.
Por
suerte descubrí más tarde que ésta es una reacción corriente entre los bañistas
poco acostumbrados al océano. Se meten en el agua, descubren que están muy
lejos de su hábitat, silenciosamente son presas del pánico y se desmayan (una
especialidad japonesa, según parece) o les da un infarto (la especialidad de
las personas gruesas). Y aquí viene el segundo aspecto interesante. Como los
buceadores están en el agua con los brazos y las piernas extendidos y la cara
bajo la superficie —es decir, haciendo el muerto— no es posible (o eso me han
dicho) saber quiénes bucean realmente y quiénes han muerto. Hasta que no suena
el silbato y salen todos del agua (menos un cuerpo curiosamente inerte y
enfrascado) no saben que cuentan con uno menos para la merienda.
Afortunadamente,
como os estáis suponiendo, esquivé tan desgraciado destino y volví a encararme
al pontón. Me senté en una tumbona bajo el suave sol y me sequé con la camisa
de Allan. Saqué los artículos de periódico que me había dado Allan Howe sobre
la pareja americana que había muerto allí. Ya los había leído, pero ahora que
podía vincular los hechos a los lugares volví a repasarlos con más interés.
La
historia, o lo poco que se conocía de lo sucedido, es la siguiente. En enero de
1998, Thomas y Eileen Lonergan, de Baton Rouge, Louisiana, que habían realizado
un viaje como voluntarios del cuerpo de paz en el Pacífico Sur, estaban de
vacaciones en Australia antes de volver a casa cuando fueron a hacer inmersión
en el arrecife con una empresa llamada Outer Edge. Al caer la tarde, no
volvieron al bote a la hora requerida. Los demás no notaron su ausencia y el
bote se marchó sin ellos. Pasaron dos días y medio hasta que se dieron cuenta
de su desaparición. No se encontró rastro de ellos.
Sobre el
porqué los Lonergan no volvieron al bote de inmersión y qué fue de ellos cuando
vieron que habían sido abandonados sólo podemos hacer conjeturas.
Desde
donde estaba yo veía muy bien el bote, y un miembro de la tripulación que
pasaba por allí me dijo que estaba a tres millas marinas de distancia. (Una
milla marina tiene unos cien metros más que una milla terrestre.) Parecía
terriblemente pequeño y lejano, pero los Lonergan, que eran expertos
submarinistas y se encontraban en su elemento en el agua, podrían haber salvado
la distancia sin demasiado esfuerzo. Las condiciones eran perfectas. El mar
estaba en calma, la temperatura del agua era de 29 ºC y llevaban trajes de
neopreno. Además del pontón, tenían otra alternativa más sencilla, nadar hasta
el arrecife de St. Crispin a 1,2 millas marinas, donde podrían haberse
encaramado a algunos salientes de coral en espera de que los rescataran. El
problema, como me había recordado Alan Howe, era que para llegar a cualquiera
de aquellos refugios había que cruzar un tramo de aguas profundas conocidas
como guarida de dos grandes pelágicos: dentudos tiburones y algún inefable
mero.
A partir
de aquí el misterio se hace mayor. Unos días después de su desaparición, los
chalecos salvavidas de los Lonergan aparecieron intactos en una playa del
continente. Es una pregunta sin respuesta el porqué dos personas abandonadas en
el mar se desprenderían de sus chalecos salvavidas. Además, el que los chalecos
salvavidas estuvieran en perfectas condiciones indica que no los atacaron los
tiburones. El desconcierto fue mayor cuando la policía examinó las pertenencias
que habían dejado en el albergue de Cairns, donde se alojaban. Se descubrió que
la joven y educada pareja de americanos no era tan feliz como aparentaba.
Eileen Lonergan había escrito en su diario que su marido estaba deprimido y que
quería «acabar de una vez» en una inmersión. (¡Uau!) y sugería que se la
llevaría a ella con él. (¡Doble uau!)
Evidentemente
había algo más.
Allan
apareció por fin, claramente lleno de energía y sosteniéndose el estómago de
una manera que me recordaba a Jeff Chandler en una de sus últimas películas,
charlando con un placer tedioso sobre la maravillosa experiencia que había
vivido y lo descaradamente enclenque que era yo. Se puso la camisa y se dejó
caer en una tumbona a mi lado con expresión de felicidad. Después se sentó y se
golpeó el torso con contundencia.
— Esta
camisa está mojada —manifestó.
— ¿Está
mojada? —dije, frunciendo el ceño preocupado.
— Está
empapada.
La toqué
ligeramente.
—
Caramba, sí que lo está —dije.
Según
parece, perdían a gente por todas partes en Queensland últimamente. Los diarios
del día siguiente iban llenos de artículos sobre la investigación que se había
iniciado para estudiar la desaparición en el promontorio de Cape Tribulation
hacía unos dos años de Daniel Nute, un joven viajero británico. Nute había
salido solo para una excursión de seis horas a Mount Sorrow y había rellenado
escrupulosamente los formularios de seguridad que cubren excursionistas para
información de los grupos de rescate en caso de que no vuelvan.
Desgraciadamente,
el personal del parque nacional no recogió ni comprobó los formularios de
seguridad aquel día. Resultó que el personal del parque nacional raramente
recogía ni comprobaba los formularios de seguridad. Así que, aunque Nute no
volvió, nadie se enteró ni dio la alarma. Aún más increíble es que, aunque Nute
había dejado la tienda montada en el terreno de un albergue de Daintree, el
personal del albergue no comunicó a las autoridades que llevaba 23 días
desaparecido. Un empleado del albergue dijo en la investigación que era
«habitual que la gente abandonara la tienda y se marchara sin comunicarlo en
recepción».
Es lo más
normal.
El
resultado fue que cuando se inició la búsqueda, había pasado un mes. Ya no
encontraron el cuerpo de Nute.
Este
suceso cobró cierta relevancia cuando a la mañana siguiente Allan y yo fuimos a
Cairns en coche a hacer un par de recados. Le llamó la atención algún objeto
del escaparate de una tienda de deportes y entramos. Mientras él se probaba
ropa, yo me quedé charlando agradablemente con las dos señoras de mediana edad
que trabajaban allí. Mencioné sin ninguna intención —sólo por entablar
conversación, lo juro— que Cairns había salido mucho en las noticias
últimamente.
— ¡Oh!
—dijo una de las señoras, un poco fríamente.
— Sí, me
refiero al caso Lonergan, a los chinos del bote y a ese pobre chico que
desapareció en Daintree.
— Ah, sí
—dijo la señora, con un gesto despreciativo—. En el sur siempre sacan estas
cosas de quicio.
Su colega
asintió con vigor.
— Siempre
que tienen la oportunidad de hacer quedar mal a Queensland, se aprovechan. Pasó
lo mismo con el ciclón. Aquella semana yo había ido a Sydney a ver a mi hermana
y sacaban páginas llenas de artículos sobre el tema.
— Es que
era una gran noticia —señalé yo.
— Pero no
le habrían dedicado tanto espacio si hubiera ocurrido en Australia Occidental.
— ¿No?
— No. Lo
hacen para desanimar a la gente que quiere venir aquí.
— ¿Está
usted segura?
— Oh, sí.
No quieren que los turistas se marchen de Sydney. Quieren que se queden allí.
Por eso aprovechan cualquier cosa con tal de que Queensland resulte, no sé…,
peligrosa o atrasada y manipulan los hechos para asustar a la gente.
Las dos
asintieron en absoluta comunión de pensamiento.
— Pasó lo
mismo con aquella pareja de jóvenes que desapareció en el arrecife. Es evidente
que se trató de un suicidio, pero lo exageraron de forma desproporcionada…
— Sí,
desproporcionada —la secundó su amiga.
— … para
hacer creer que el arrecife no es seguro.
— ¿Y el
chico de Daintree? —insinué.
— No
saben ni siquiera si está muerto —dijo ella en el tono de quien cuenta con
fuentes de información fidedignas.
— Pero
lleva dos años desaparecido.
— Sí,
pero lo han visto más de una vez en la península de Cape York.
— Más de
una vez —apoyó su amiga.
—
Perdonen, pero ¿insinúan que los periódicos informaron falsamente de su muerte
con la intención de que Queensland parezca un lugar peligroso?
— Lo que
digo es que no se han publicado todos los hechos.
Asintió
melindrosamente y se cruzó de brazos. Su compañera hizo lo mismo.
Y yo
pensé: locos de atar.
Da la
casualidad de que nosotros íbamos a Daintree. Era lo más al norte que se podía
llegar por una carretera asfaltada en aquella parte de Australia, y decidimos
echar un vistazo. A media mañana todo rastro de lluvia había desaparecido y el
sol empezó a salir —tímidamente al principio, pero después con auténtico
entusiasmo—. Queensland se transformó. Era como si estuviéramos en Hawai:
montañas tropicales perpendiculares al mar reluciente, bahías, playas
impecables custodiadas por hileras de palmeras, isletas verdes y rocosas a dos
pasos del continente. De vez en cuando pasábamos por campos de caña soleados,
presididos por la imponente y azulada Gran Cordillera Divisoria.
En
Daintree aparcamos y salimos a echar un vistazo. Caminamos hasta la orilla del
río Daintree, y allí tanto la carretera como Beryl Wruck llegaron a sus
respectivos y abruptos finales. No vimos cocodrilos por ninguna parte. Volvimos
al coche y seguimos por una carretera secundaria serpenteante donde se toma el
ferry que cruza desde Daintree hasta Cape Tribulation. El ferry llevaba una
semana sin salir por la lluvia, y no tenía sentido ir allí, pero yo quería ver
el cabo desde el otro lado del río, y siempre había la posibilidad de ver un
cocodrilo. Con gran sorpresa, vimos que el ferry funcionaba. En Daintree nos
habían asegurado que seguía cerrado.
— Abrimos
el sábado —dijo el conductor del ferry, hombre de pocas palabras.
Cruzamos
con el ferry y después cubrimos el trayecto de 32 km hasta Cape Tribulation a
través del Parque Nacional de Daintree. La carretera ascendía agitadamente
entre un bosque tropical montañoso y de gran belleza. Habíamos llegado
finalmente al trópico y yo estaba encantado.
El bosque
de Daintree es una reminiscencia de una época en que el mundo era una masa
única, toda ella cubierta de un verdor humeante. Con el tiempo, los continentes
se separaron y fueron alejándose hacia los rincones más lejanos del globo, pero
el de Daintree, por alguna casualidad tectónica, eludió las espectaculares
transformaciones de clima y orientación que estimularon el cambio ecológico en
los demás lugares. En consecuencia, allí hay plantas —familias completas de
plantas— que no sobrevivieron en ningún otro lugar. Los científicos empezaron a
apreciar el carácter antiguo y excepcional del bosque húmedo del norte de
Australia cuando, en 1972, misteriosamente, empezó a morir ganado después de
pastar en las laderas más bajas de la jungla. Resultó que las vacas se habían
envenenado con las semillas de un árbol llamado Idiospermum
australianse. Fue inesperado porque se creía que el Idiospermum había
desaparecido de la Tierra hacía cien millones de años. A Daintree, como a otros
once parajes más, la caracterizaba una avanzadilla primitiva de la botánica de
las angiospermas, de donde descienden todas las plantas que florecen. Así es el
Parque Nacional de Daintree: oscuro y denso, como perteneciente a una época
remota. En un paisaje así no te extrañaría encontrarte con un pterosauro
deslizándose entre los árboles o con un velociraptor corriendo por la
carretera.
Está
lleno de una vida realmente curiosa. Es una de las pocas zonas que quedan donde
aún puedes ver casuarios. Se parecen mucho a los avestruces, y se diferencian
de ellos por una protuberancia huesuda en la cabeza en forma de casco y una
infame y mortífera garra en cada pata. Atacan saltando y golpeando con las dos
patas juntas. Por suerte eso no pasa a menudo. El último ataque mortal fue en
1926, cuando un chico de dieciséis años se rió del casuario y el bicho le abrió
la yugular con un salto. La razón de que haya tan pocos ataques es que los
casuarios son de índole solitaria y, por desgracia, porque quedan muy pocos. No
debe de haber más de mil. El parque de Daintree también es uno de los últimos
hogares del famoso canguro arborícola —que, como su nombre indica, es un
canguro que vive en los árboles— pero es aún más tímido que el casuario y no se
ve casi nunca. La selva es tan densa y está tan alejada de los centros
académicos que casi todo está pendiente de estudio. El primer estudio
científico de los casuarios, por ejemplo, se empezó hace una década.
Finalmente
la carretera terminó en un claro soleado de la selva con un incongruente puesto
de comida para llevar y una cabina de teléfonos. Escondido entre el
extravagante follaje había un campamento, y allí un rótulo con una flecha que
señalaba la playa. El camino llevaba por una pasarela de madera entre
manglares. Diminutos animales invisibles se removieron en el agua pantanosa a
nuestro paso. A los pocos minutos llegamos a la playa. Era especialmente
hermosa, una gran curva de arena blanca y suave salpicada de madera a la
deriva, frondas de palmeras y otras agrupaciones naturales de vegetación frente
a una bahía azul y brillante. Más allá se alzaba un imponente promontorio
revestido de verde.
El lugar
era prístino y soleado, exactamente como debió de verlo James Cook cuando llegó
hace más de doscientos años. Lo llamó Cape Tribulation porque fue donde
el Endeavour encalló desastrosamente en el coral a unas doce
millas de la costa. Estaba gravemente agujereado y corría peligro inminente de
hundimiento, pero Cook tenía en la tripulación a un marinero que había estado
en apuros similares y se había salvado gracias a un proceso de «forrado» de la
nave: consistía en vendarla por abajo con una vela muy tensa para cubrir el
agujero. Era una medida desesperada y con pocas posibilidades, pero
milagrosamente funcionó.
Cook
logró acercar el barco a la costa, a pocas millas del promontorio donde
estábamos nosotros. La tripulación se pasó siete semanas haciendo reparaciones
y luego volvió a Inglaterra al encuentro de la gloria. De haberse hundido
el Endeavour y no haber llegado Cook a su país, la historia
habría sido diferente. Es probable que Australia hubiera sido francesa —una
idea extraordinaria, por no decir más— y los británicos habrían tenido que
adaptar sus ambiciones colonialistas a ello. Ninguna parte del mundo habría
escapado a sus efectos. Melbourne podría estar ahora en las llanuras africanas.
Sydney podría ser la capital de la Real Colonia de California. ¿Quién puede
saberlo? Pero el equilibrio mundial del poder habría cambiado de un modo que no
podemos imaginar. Por otro lado, nos habríamos ahorrado con seguridad el
libro Home and Away, o sea que no habría sido un desastre total.
Allan y
yo pasamos una media hora explorando la playa, después volvimos al claro donde
estaba el chiringuito y echamos un vistazo por donde la carretera seguía hacia
Cooktown. Más allá del chiringuito la pista se volvía dura y rocosa, y ascendía
rápidamente hacia las colinas exuberantes. En aquel sitio Harrison Ford se
habría lucido en una película de aventuras. El día anterior me había enterado
de que la pista era peligrosa y desesperantemente inclinada incluso con buen
tiempo, o sea que quizás era mejor que a Allan y a mí no nos hubieran permitido
ir. De todos modos, era intransitable.
Pese a
todo, era increíblemente seductora en lo que se refiere a la aventura.
Cooktown, una antigua ciudad minera que antaño había tenido una población de
30.000 personas y que ahora sólo tenía 200, estaba a 75 km de distancia al otro
lado de la montaña. Es el último pueblo de Australia oriental. Más allá no hay
más que algún asentamiento aborigen a lo largo de los 600 km de pista de Cape
York, el punto más al norte de Australia. Pero aquí era lo más lejos adonde
podía llegar.
Me giré y
vi que Allan se había ido. Reapareció a los pocos minutos procedente del
chiringuito con dos latas de coca-cola y me dio una.
— No
tenían orina —dijo, y los dos nos reímos de buena gana.
Había
llegado el momento de ir al «Top End». Aterrizamos en Darwin pegando botes por
entre los restos de dos ciclones menores que daban coletazos por la costa
norte. Buscamos otro coche de alquiler: un reluciente y potente sedán Toyota
capaz de cubrir los 1.500 km que nos separaban de Alice Springs en una sola
estampida, como un cohete. Lo apodamos Testosterona.
El
Territorio del Norte siempre ha tenido una cierta mentalidad de frontera. A
finales de 1998, se invitó a sus habitantes a ser el séptimo estado de
Australia y ellos rechazaron de plano la idea en un referéndum. Según parece
les gusta seguir siendo forasteros. En consecuencia, una zona de 1.354.571 km2,
es decir una quinta parte del país, está dentro de Australia pero no del todo.
Esto plantea algunas anomalías interesantes. Todos los australianos tienen la
obligación por ley de votar en las elecciones federales, incluidos los
residentes del Territorio del Norte. Sin embargo, como el Territorio del Norte
no es un estado, no tiene escaños en el Parlamento. De modo que los del
Territorio eligen representantes que van a Canberra y asisten a las sesiones
del Parlamento (al menos eso es lo que dicen en sus cartas a la familia) pero
no votan, no participan ni tienen ningún tipo de influencia. Todavía más
interesante es que en los referéndums se exija también a los ciudadanos del
Territorio del Norte que voten, pero sus votos no cuentan. Deben guardarlos en
un cajón o algo así. A mí me parece un poco raro, pero bueno, veo que la gente
está satisfecha con esta situación.
Personalmente
creo que no debería permitirse a los del Territorio que participasen plenamente
en los asuntos del país hasta que no contratasen un personal más amable en los
hoteles de Darwin. Puede que resulte una base curiosa para una filosofía
política, pero es lo que pienso. Los hoteleros de Darwin son muy deficientes en
lo que se refiere a la simpatía, y si hace falta privarlos de algunas
libertades civiles para que corrijan este problema, francamente, me parece un
precio insignificante.
Nuestros
problemas comenzaron cuando empezamos a buscar un hotel. Nos habían hecho una
reserva en el All Seasons Frontier Hotel, pero era como si no existiera. La
guía mencionaba un Top End Frontier Hotel, y un folleto turístico que cogí en
el aeropuerto tenía un Darwin City Frontier Hotel, y otro un tal All Seasons
Premier Darwin Central Hotel. Los vimos todos desde el coche en los cuarenta
minutos que estuvimos dando vueltas, riñendo sin parar, como un matrimonio
desavenido. Paramos a una media docena de peatones, pero ninguno había oído
hablar de un All Season Frontier Hotel, excepto uno que creía que estaba en
Kakadu, a 200 km al este. Con la ayuda de un plano pequeño e inservible guié a
Allan por una serie de calles que acababan siempre desembocando en una zona de
peatones o en una calle de descarga sin salida, para desesperación suya.
— ¿No
eres capaz de descifrar un sencillo plano? —preguntó en el tono perverso de
alguien cuya sed no está siendo satisfecha, al tiempo que chocaba con cajas de
cartón y cubos de basura para dar la vuelta.
— No
—contesté amablemente—, no soy capaz de descifrar un sencillo plano. Puedo
descifrar un buen plano. Pero éste no sirve para nada. Menos que eso. Es el
equivalente impreso de tu forma de conducir, por si te sirve orientación.
Finalmente
nos paramos ante un gran hotel frente a la playa y Allan me ordenó que entrara
y pidiera ayuda profesional. En recepción había un joven, que evidentemente
había invertido la última paga en un gran tubo de brillantina, de espaldas al
mostrador contando una larga anécdota a dos compañeras. Esperé un minuto largo
y al cabo dije:
— Ejem.
Se giró y
me miró con una expresión que decía, sin visos de simpatía «¿Qué?».
— ¿Podría
decirme cómo llegar al All Seasons Frontier Hotel? —pregunté educadamente.
Sin
preámbulos, empezó a soltar una serie de indicaciones complicadas. Darwin está
lleno de calles con nombres raros —Cavenagh, Yuen, Foelsche, Knuckey— y no era
capaz de seguirlo. Sobre el mostrador había un montón de planos y le pedí que
me indicara el camino con uno.
— Es
demasiado lejos para ir caminando —dijo despreciativamente.
— No voy
andando. Tengo coche.
—
Entonces dígale al chófer que le lleve.
Hizo una
mueca a las chicas y siguió con su historia.
Es
imposible explicar cuánto deseé tener una pistola o unas tenazas industriales
con que atenazar su cuello rojizo y acercar más su cabeza para que oyera mejor
lo que quería decirle. Que fue lo siguiente:
— ¿Cree
que si contara con chófer le estaría preguntando a usted cómo llegar? Es un
coche de alquiler, ser engreído, presuntuoso y creído.
A lo
mejor no lo dije por este orden o exactamente así, pero sin duda era ésta la
esencia emocional de mi comunicación.
Con una
expresión malhumorada y un gran suspiro, cogió un lápiz y rápida y vagamente me
dibujó la ruta en el plano, lo arrancó del folleto y me lo pasó como si me
estuviera dando un documento al que no tuviera derecho. Diez minutos después
paramos ante un hotel que se anunciaba, en grandes letras, como el Darwin City
Frontier Hotel. Ya habíamos pasado por allí varias veces, pero lo habíamos
ignorado sin vacilar. Crucé la puerta principal a grandes zancadas.
— ¿Éste
es el All Seasons Frontier Hotel? —ladré desde una respetable distancia.
La chica
del mostrador levantó la mirada y parpadeó.
— Sí
—dijo.
—
Entonces —me acerqué más— ¿por qué no ponen un rótulo que lo diga?
Me miró
con ecuanimidad.
— Hay uno
a un lado del edificio.
— No lo
hay.
Me dedicó
una sonrisa fina, metálica y supremamente condescendiente.
— Sí lo
hay.
— No lo
hay.
Dividida
entre su obligación con el cliente y su seguridad juvenil dudó, y en una voz
más baja, dijo:
— Sí.
Levanté
un dedo de una forma que decía: «No te muevas. No te vayas. Voy a comprobarlo y
volveré a estrangular a alguien. A ti, desde luego».
Salí y
rodeé el hotel como si fuera un inspector de edificios demente, examinando
todos los rincones y desde varias distancias, silencié a Allan, que me miraba
desconcertado desde el asiento del conductor con un dedo levantado, volví
dentro y dije:
— No pone
All Seasons por ninguna parte.
Ella me
miró y no dijo nada, pero era evidente que pensaba: «Sí».
Estoy
encantado de decir que, se llame como se llame, el Darwin City Frontier Hotel
era un desastre total. Caro, desangelado y mal situado. El televisor de mi
habitación no funcionaba, las almohadas eran losas de cemento y la
recepcionista irritante. Aquello no era la Australia que había llegado a
respetar y adorar.
Descubrimos,
después de mucho buscar a ciegas y una nueva entrevista con nuestra amiga de la
recepción, que para llegar al bar del hotel había que bajar hasta el sótano por
unas escaleras disimuladas, pasar por un almacén, salir del edificio y chocar
con un par de puertas automáticas que no funcionaban. Allan, un hombre que no
permite que ningún estorbo se interponga entre él y sus copas nocturnas, las
abrió con una vehemencia que me dejó impresionado y por fin entramos. El bar
estaba generosamente lleno —no diré que inesperadamente— de tipos duros,
fanfarrones, borrachos y con aspecto peligroso, todos con tatuajes, el pelo
largo y barbas como un relleno de colchón; no era la clientela que uno espera
encontrar en el bar de un hotel para ejecutivos.
— Parece
una jodida convención de ZZ top —murmuró Allan, con mucho acierto.
Pedimos
un par de cervezas y nos sentamos melindrosamente en un rincón, como dos
solteronas en una estación de autobús de una ciudad de provincias, mirando a
dos de los tipos más fornidos que jugaban una partida de billar en la que todas
las malas tacadas —y no parecía haber otras mejores— iban acompañadas de un
estrépito de tacos sobre algún objeto metálico o inflexible: la mesa de billar,
el respaldo de una silla, la lámpara que colgaba sobre la mesa. Era mera
cuestión de tiempo que carne y huesos fueran víctimas de la bronca. Decidimos
trasladarnos al restaurante de la terraza, en el séptimo piso, en busca de un
ambiente más sereno y sosegado. El restaurante era una gran sala con enormes
ventanales que ofrecían un extenso panorama del crepúsculo sobre Darwin. Entre
las cincuenta mesas de la sala no había más de tres o cuatro ocupadas, por eso
fue una sorpresa que la camarera nos informara, con una mirada extraviada de
pánico, que no había mesas disponibles por el momento.
— Pero si
está prácticamente vacío —señalé.
— Lo
siento, pero tenemos un ajetreo tremendo.
Como para
subrayar la urgencia de la situación, salió disparada.
Nos
sentamos en el bar y tomamos un par de cervezas más que conseguimos sacarle a
un festivo indonesio que pasaba por allí de vez en cuando y que debía de ser un
empleado. Al cabo de treinta minutos y muchas más preguntas nos dieron una mesa
en una ventana alejada. Estuvimos allí sentados diez minutos más hasta que
llegó una camarera que plantificó frente a cada uno de nosotros una macetita de
arcilla donde habían horneado una pequeña barra de pan.
— ¿Qué es
esto? —pregunté.
— Es pan
—contestó.
— Pero
está en una maceta.
Me miró
de aquella manera que yo empezaba a identificar como la mirada de Darwin. Era
como si dijera: «Sí. ¿Y qué?».
— Bueno,
¿no es un poco fuera de lo común?
Se lo
pensó un momento.
— Un
poquito, supongo.
—
¿Seguiremos, quizás, una tendencia horticultural en la cena?
Su rostro
se contorsionó en una mueca de profundo dolor, como si estuviera intentando
chuparse la cara hacia la parte de atrás de la cabeza.
— ¿Qué?
— Si nos
traerá el primer plato en una carretilla —especifiqué para ayudarla—. ¿Nos
servirán la ensalada con una horca?
— Oh, no.
Sólo es especial el pan.
— Me
alegro de saberlo.
Antes de
que nuestra relación pudiera pasar a mayores y pedir bebidas o a lo mejor una
carta, se fue, anunciando al marcharse que volvería en cuanto pudiera, pero que
estaba muy ocupada. Entonces empezó una velada de lo más extraordinario en que,
cada vez que queríamos comer algo, pedir una bebida o simplemente oír el sonido
de una voz australiana, teníamos que levantarnos, apostarnos a la puerta de la
cocina y pillar a alguien que saliera de allí. Los demás comensales hacían lo
mismo. En una de estas expediciones coincidí con uno que sostenía una jarra de
cerveza vacía y le pregunté si cenaba allí a menudo.
— A mi
esposa le gusta la panorámica —explicó, y a través de la sala observamos a una
mujercita rechoncha que nos saludó alegremente con la mano.
— Pero el
servicio es un poco lento, ¿no cree?
— Un
desastre absoluto —afirmó—. Por lo visto tienen algún lío allí dentro.
Por la
mañana había un hombre en recepción.
— ¿Ha
disfrutado de su estancia, señor? —preguntó, amablemente.
— Ha sido
abominable —repliqué.
— Oh,
excelente —ronroneó satisfecho, arrancándome la tarjeta.
— Diría
incluso que el valor principal de una estancia en este establecimiento es
conseguir que cualquier otra experiencia relacionada con el servicio parezca,
por comparación, edificante.
Puso una
expresión enormemente apreciativa como si dijera: «Es todo un elogio», y me
presentó la factura para la firma.
—
Esperamos volver a verle por aquí.
— Antes
me operaría los intestinos en el bosque con una rama.
Su
expresión flaqueó pero se recuperó.
—
Excelente —dijo de nuevo, pero sin demasiada convicción.
Fuimos a
la ciudad a echar un vistazo. Darwin está en el corazón más húmedo del trópico,
lo que a mi entender exige ciertos mínimos estilísticos: casas blancas con
porches, ventanas con listones, palmeras, ventiladores girando perezosamente en
el techo, bebidas frías en vasos altos presentadas por obsequiosos camareros,
hombres con trajes blancos y sombreros panamá, damas con vestidos de algodón
estampados y jugando al dominó para pasar las tardes bochornosas, Sydney
Greenstreet y Peter Lorre paseando con expresión acalorada y gestos furtivos.
Todo lo que se aleje de estos sencillos ideales me decepcionará siempre y
Darwin no cumplía ni uno solo. Para ser justos, la ciudad ha recibido muchos
palos —la bombardearon varias veces los japoneses en la Segunda Guerra Mundial
y después la arrasó el ciclón Tracy en 1974—, por lo tanto gran parte de ella
es necesariamente nueva. Pese a todo, no había nada que insinuara una
afiliación climática particular. Podríamos haber estado en Wollongong, Bendigo
o cualquier otra ciudad de provincias moderadamente próspera. La única
peculiaridad local era que no parecía vivir allí nadie con un aspecto
mínimamente profesional. Casi toda la gente que se veía por la calle llevaba
barba y tatuajes y se arrastraban cual vagabundos borrachos, como si una
importante misión hubiera hecho salir de la ciudad a todo el mundo. Aquí y allá
se veían aborígenes, discretos y furtivos, sentados en silencio alrededor de
las plazas soleadas como en una sala de espera. Mientras Allan iba a sacar dinero
de un cajero automático me acerqué a tres de ellos, dos hombres y una mujer que
miraban al vacío. Les saludé con la cabeza y con un respetuoso «buenos días» al
pasar, pero no pude establecer contacto ocular de forma notoria. Fue como si
estuvieran en otra parte o yo fuera transparente.
Desayunamos
en un pequeño café italiano, del que éramos los únicos clientes, y después
fuimos al Museum and Art Gallery del Territorio Norte, porque había leído que
se exponía una medusa cofre. Creía que el museo sería pequeño y polvoriento, y
que no nos entretendría más que el tiempo de entrar y examinar la medusa, pero
era elegante, moderno y bastante bueno. Resultaba grande para ser un museo de
provincias y estaba repleto de material interesante y muy bien presentado.
Una zona
estaba dedicada al ciclón Tracy, el fenómeno natural más devastador de la
historia australiana. Arrasó la ciudad la víspera de Navidad de 1974. Según
parece, la gente no creía que fuera a ser tan potente. Unas semanas antes había
pasado un ciclón más débil sin infligir demasiados daños, y la primera parte
del Tracy había rozado la ciudad sin dejar pista alguna de su ferocidad futura.
Casi todo el mundo se metió en la cama como una noche cualquiera. Hasta que
cayó la cola del ciclón sobre Darwin, a las 2:30 de la madrugada, la gente no
se dio cuenta de lo que se le venía encima. Los vientos soplaban a 260 km por
hora y las frágiles casas tropicales de Darwin se desmoronaron y más tarde se
desintegraron. La mayor parte de las construcciones eran casas de posguerra de
madera conglomerada de un tipo llamado serie D, barata y fácil de construir
pero que no podía resistir un huracán. Antes de que terminara la noche, el
Tracy había destruido 9.000 casas y había matado a más de sesenta personas.
Junto a
la zona de exposición principal había una cámara más pequeña y oscura donde se
podía oír una grabación de la tormenta, registrada aquella noche por un
sacerdote católico. Un cartel en la puerta advertía que las personas que habían
vivido la tormenta podían sentirse afectadas por la grabación, lo que me
pareció un poco exagerado hasta que la oí. Efectivamente era un medio
sorprendente y eficaz de hacerte entender lo poderosa y terrorífica que puede
ser una tormenta. La grabación empezaba con unos sonidos provocados por el
viento, fuertes pero claramente preliminares —ramas que caían, puertas que
golpeaban— y después aumentaba y aumentaba hasta que se convertía en un rugido
continuo, una furia sobrenatural, con el ruido de tejados metálicos arrancados
de cuajo y otros materiales pesados volando fatídicamente por el aire nocturno.
Experimentarlo a oscuras tal como los que lo habían vivido le daba una
autenticidad indescriptible. Sin darme cuenta, me encogía cuando algo chocaba
cerca. Cuando terminó, Allan y yo nos miramos impresionados y agotados, y
pasamos a la parte visual de la exposición con una nueva perspectiva.
Un
televisor colgado de la pared pasaba una y otra vez la grabación original de la
Australian Broadcasting Corporation, mostrando cómo se había despertado la
ciudad por la mañana: era una devastación total. La película, tomada desde un
coche que avanzaba lentamente, mostraba calles y calles donde todas las
estructuras habían quedado arrasadas.
El resto
del museo estaba dedicado a vitrinas de animales disecados que ilustraban la
extraordinaria diversidad biológica del Territorio del Norte. El orgullo del
lugar era un enorme cocodrilo disecado, Sweetheart, que en vida
había sido el más famoso de Australia. A Sweetheart —que, a
pesar de su nombre afeminado, era un macho— le desagradaban profundamente los
motores fuera borda y tenía la costumbre de atacar los botes que perturbaban su
paz. Curiosamente para un cocodrilo, nunca hizo daño a nadie, pero se cargó al
menos quince botes y sus motores, haciendo bailar inesperadamente a más de un
pescador aficionado. En 1979, temiendo que acabara por hacerse daño —era
golpeado constantemente por las hélices—, los guardas decidieron trasladarlo a
un lugar más seguro. Desgraciadamente la captura se frustró porque se enganchó
un cable, y Sweetheart se ahogó. Por eso lo disecaron y lo
expusieron en el museo de Darwin, donde asusta desde entonces a los visitantes
con su considerable peso: mide casi cinco metros y en vida pesaba más de 775
kg.
En otra
vitrina se respondía a la pregunta que quizá se habrá hecho todo el mundo
alguna vez: es decir, exactamente ¿cómo disecan a los animales? Siempre había
pensado que los llenaban de serrín, calcetines viejos o algo así. Ahí aprendí,
gracias a un pequeño animal disecado y cortado transversalmente, que están
vacíos, aparte de un marco interior de bolas de poliestireno, y remaches de
madera. Me conmovió, a la vez que agradecí, que un conservador del museo se
hubiera tomado la molestia de ofrecernos esa lección. También había serpientes
y reptiles, muchos de ellos terriblemente mortíferos, a los que Allan contempló
con especial concentración.
Tal vez
la cualidad más admirable del museo —y sospecho que es típico del Territorio
del Norte— es que no oculta los peligros del mundo exterior. En general, los
museos de Australia insisten mucho en las pocas probabilidades de que te suceda
algo. El museo de Darwin pone en evidencia, con hechos y cifras puras y duras,
que si te sucede algo en el exterior no te va a hacer ninguna gracia. Cosa que
quedaba muy clara en la sección de animales acuáticos, donde finalmente
encontramos lo que habíamos ido a ver: un gran cilindro de vidrio con una
medusa cofre conservada, el animal más letal de la Tierra.
Parecía
inofensiva: un borrón transparente en forma de cubo, de unos quince a veinte
centímetros de altura, con tentáculos filamentosos de un metro de largo
cayéndole por debajo. Como todas las medusas, no tiene mucho cerebro, pero su
capacidad de matar es inconmensurable. Los tentáculos de una medusa cofre
contienen una carga mortífera que liquidaría al equivalente a una habitación
llena de gente, pero viven exclusivamente de camarones, animalitos que no
necesitan ser sometidos con tanta violencia. Como siempre en el curioso mundo
de la biología australiana, nadie sabe por qué esta medusa evolucionó con tan
desmesurado grado de toxicidad.
Por todas
partes había expuestos otros animales marinos peligrosos, de los que el
Territorio del Norte tiene una impresionante abundancia: cinco tipos de
pastinacas, dos de pulpo de anillos azules, treinta variedades de serpientes
marinas, ocho tipos de cónidos y el habitual surtido de maliciosos peces
piedra, peces escorpión, peces de fuego y muchos otros demasiado numerosos para
enumerarlos y aún más deprimentes para entretenerse con ellos. Todos se pueden
encontrar en aguas poco profundas de la costa, en aguas estancadas e incluso en
las playas. No alcanzo a comprender que alguien se acerque a más de cien metros
del mar en el norte de Australia. Las serpientes marinas son estremecedoras, y
no porque sean agresivas, sino porque son inquisitivas. Si te metes en su
territorio, salen a ver qué pasa y se refriegan contra ti como los gatos cuando
desean que los acaricien. Son los animalitos de más buen carácter del mundo.
Pero si se les cruzan los cables o se alarman, te pueden inyectar una carga de
veneno que mataría a tres hombres adultos. Es terrorífico.
Mientras
contemplábamos la exposición, un hombre, delgado y con una espesa barba al
estilo darwiniano, nos dijo «buenos días» y nos preguntó cómo estábamos. Se
identificó como el doctor Phil Alderslade, conservador de coelenterados.
— Medusas
y corales —añadió inmediatamente, viendo nuestra expresión de ignorancia—. He
visto que tomaban notas —añadió.
Le hablé
de mi devoción por la medusa cofre y le pregunté si trabajaba con ellas.
— Oh,
claro.
— Y ¿qué
hace para que no le piquen?
— Tomamos
precauciones. Llevamos trajes de neopreno y guantes de goma, y vamos con mucho
cuidado cuando las tocamos porque incluso un diminuto pedazo de tentáculo que
quede en el guante y roce por accidente la piel, secándote el sudor de la
frente o apartando una mosca o algo sí, puede provocar una reacción muy
desagradable, créanme.
— ¿Le han
picado alguna vez?
— Una. Se
me cayó el guante y un tentáculo me tocó justo aquí —nos enseñó la parte
interior de la muñeca. Se veía una cicatriz borrosa de un centímetro de largo—.
Sólo me tocó, pero no vean cómo dolía.
— ¿Qué
tipo de dolor? —preguntamos los dos a la vez.
— Con lo
único que puedo compararlo es con coger un cigarrillo encendido y apretarlo
sobre la piel, unos treinta segundos, quizá. Es ese tipo de dolor. En mi
profesión de vez en cuando te pica un bicho pero nunca había sentido algo así.
— ¿Qué se
sentiría con un metro de contacto? —me pregunté.
Meneó la
cabeza ante la idea.
— Si
intenta imaginarse el peor dolor posible, sería mucho más que eso. Se trata de
un dolor de una magnitud que sobrepasa cualquier otro que se haya
experimentado.
Hizo algo
que no es habitual ver en los científicos: se estremeció.
Después
sonrió alegremente bajo su extravagante pelosidad facial y se disculpó para
volver con sus corales.
Salimos
del museo y de la ciudad atravesando la soleada Darwin y sus pulcros barrios
—casitas blancas con bonitos jardines—, y en el límite de la ciudad pasamos
ante un rótulo que decía: «Alice Springs 1.479 km». Delante, por la solitaria
Stuart Highway, nos esperaba una gran extensión de estepa sin accidentes
geológicos hasta Alice Springs. Íbamos hacia la famosa e imponente «Never
Never»[26], una
tierra de calor abrumador y un sol que te secaba los huesos.
La
carretera —el Track, como la llaman todavía en alguna ocasión— estaba casi
vacía pero era lisa y estaba bien conservada. Si preguntas a personas de Sydney
o Melbourne si la carretera de Darwin a Alice Springs está asfaltada o no, la
mayoría de ellas no tiene ni idea. La asfaltaron mucho antes que las demás
carreteras del interior: durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el norte de
Australia se convirtió en un puesto importante para la campaña del Pacífico.
Actualmente circula por ella un pequeño pero cada vez mayor número de turistas,
tráfico local y montones de roadtrains —camiones con varios
remolques, que miden hasta cuarenta y cinco metros de largo— que transportan la
mercancía entre los puntos más distantes de Australia. Encontrarse de cara con
un roadtrain a toda velocidad en una carretera de dos carriles
de la que desea ocupar todo el suyo y parte del tuyo es una experiencia
energética: sientes un bum explosivo y pegas contra el aire
que te desplaza, luego hay un inevitable tambaleo hacia el arcén, de frenética
acción de los ejes como para perder los empastes dentales y vaciarte los
bolsillos de monedas, te envuelve un manto de polvo rojo y arenoso, oyes una
serie de crujidos metálicos y pedradas, y tú emites sonidos inarticulados
involuntariamente conforme se aclara la polvareda y empiezas a ver algún canto
rodado en lontananza; y de repente, una milagrosa vuelta a la tranquilidad y la
normalidad cuando el coche recupera su carril de la carretera, como por
voluntad propia, y sigue camino a Alice Springs.
La única
época en que esta zona del mundo estuvo habitada fue durante la Segunda Guerra
Mundial, cuando se construyeron 60 campos de aterrizaje y 35 hospitales a lo
largo del tramo de carretera entre Darwin y Daly Waters, y se instalaron cien
mil soldados americanos en la zona. Los campamentos todavía están indicados
como puntos históricos y paramos un par de veces para echar un vistazo. Cuando
Alan Moorehead pasó por aquí para escribir Rum Jungle, una década
después de la guerra, la mayor parte de construcciones seguía en pie. A veces
encontraba aviones abandonados y cajas de munición desintegrándose
tranquilamente en el desierto. A mí también me habría gustado encontrar algo,
pero no había nada más que quietud, un calor opresivo y la sensación de estar en
el límite de una nulidad infinita.
En
cualquier dirección que alcanzara la mirada, la tierra estaba cubierta de spinifex,
una hierba quebradiza que crece en racimos tan prietos como los de una verdura.
Parecía un suelo capaz de soportar dos mil cabezas de ganado por hectárea. Pero
el spinifex no sirve para nada, por lo visto es la única
hierba no comestible de todo el mundo. También es mortal porque, al
atravesarla, sus puntas afiladas empapadas de silicato se abren al roce y se
infiltran en la piel, donde provocan llagas pequeñas pero horrorosas. Entre
el spinifex había maleza de color trementina y montículos de
termitas del tamaño de un hombre que se alzaban en el desierto como
prehistóricos dólmenes. Y eso era todo.
Al cabo
de unas tres horas cruzamos Katherine, una pequeña población polvorienta e
inofensiva y el último pueblo digno de este nombre en 650 km. Más allá, el
paisaje se veía claramente más pobre, y el tráfico disminuía de escaso a
inexistente. Gran parte del camino, la carretera era simplemente una línea
tensa que conectaba horizontes distantes: a cada lado de la carretera había una
monumental estepa salpicada de spinifex, maleza baja, rocas lunares
y poco más. El cielo te rodeaba por todas partes y era de un azul brillante.
Llevábamos
unos noventa minutos conduciendo en un silencio inconsciente cuando finalmente
Allan habló.
— ¿Cómo
estás de orina? —dijo.
— Tengo
toda la que necesito, gracias. ¿Por qué lo preguntas?
— Es que
acabo de ver que nos estamos quedando sin gasolina.
— ¿En
serio? —me incliné para confirmar que Allan supiera interpretar el marcador de
la gasolina, aunque no lo hiciera tan a menudo como era de desear.
— Es un
momento curioso para fijarse, Allan —observé.
— Este
trasto parece que se trague el combustible —contestó, quizá fuera de lugar—.
¿Dónde estamos? —preguntó al cabo de un rato de reflexión.
— Estamos
en medio de la nada, Allan.
— Quiero
decir en relación al siguiente pueblo.
Miré el
mapa.
— En
relación al siguiente pueblo, estamos —miré otra vez, para confirmarlo— en
medio de la nada —tomé medidas con los dedos—. Parece que estemos a unos
cuarenta kilómetros de una manchita en el mapa llamada Larrimah.
— ¿Tienen
estación de servicio?
— Espero
que sí. ¿Crees que habrá suficiente para llegar allí?
— Espero
encarecida y, si me permites, desesperadamente que sí.
Entramos
resoplando en Larrimah con las últimas gotas de gasolina. Era un lugar de mala
muerte, pero tenía estación de servicio. Mientras Allan repostaba, entré a
comprar agua embotellada y cosas para picar para futuras emergencias. Juramos
que a partir de entonces vigilaríamos los dos el indicador de la gasolina y no
permitiríamos que bajara de la mitad del depósito. Faltaban todavía tramos más
inhóspitos por recorrer.
Pero
haber rozado el peligro nos levantó el ánimo, y estábamos de un humor triunfal
cuando al caer la tarde llegamos a Daly Waters, nuestro destino del día. Daly
Waters —a 600 km de Darwin y 917 de Alice Springs— estaba a unos tres
kilómetros por un desvío sin asfaltar de la Stuart Highway, y en una pequeña
fortaleza, lo que lo hacía parecer aún más remoto. Si quieres ver un lugar
típico del interior, no puedes encontrar uno mejor. Consistía en unas pocas
casas pequeñas, una tienda ruinosa y claramente cerrada hacía tiempo, dos
bombas de gasolina sin relación evidente con ningún edificio y un rótulo que
decía «Autoservicio del interior», y un pub improvisado con un tejado de
uralita. Todo lo demás era calor y polvo.
Aparcamos
frente al pub. Tenía carteles colgados por todas partes. Uno decía: «Est. 1893.
Local público con el permiso más antiguo de Australia». Otro cartel decía:
«Est. 1930. Pub más antiguo del Territorio del Norte». El calor cuando salimos
del coche te dejaba tieso. La temperatura debía de ir por los 43 ºC. Un folleto
turístico que había recogido en Darwin insinuaba, sin afirmarlo rotundamente,
que el pub de Daly Waters ofrecía alojamiento. Lo esperaba fervientemente,
porque estábamos a 370 km del siguiente pueblo, sólo con un incierto surtido de
puestos de carretera en medio. De todos modos es peligroso conducir de noche
por el outback. Al anochecer los canguros salen a pegar botes y se
ponen delante de los vehículos que circulan, con gran pesar por parte de ambos.
Los camiones se los quitan de encima con facilidad, pero a los coches pueden
destrozarlos, y también a sus ocupantes.
Entramos
en el tenebroso interior del pub, tenebroso porque en el exterior era todo
dolorosamente brillante y habíamos estado fuera toda la tarde. Casi no veía
nada.
— Hola
—dije a una cara tras la barra que, por lo poco que veía, podía haber sido una
raqueta de ping pong—. ¿Tienen habitaciones?
— Las
mejores habitaciones de Daly Waters —respondió la raqueta—. Las únicas
habitaciones de Daly Waters —a medida que la forma hablaba, se iba
transformando ante mis ojos en un hombre de mediana edad, sudado, con gafas, y
de aspecto ligeramente atormentado. Nos evaluó con una mirada recelosa—.
¿Quieren dos habitaciones? —dijo— ¿O van a dormir juntos?
— Dos
—dije enseguida.
Esto
pareció gustarle. Abrió un cajón y sacó dos llaves con etiquetas diferentes.
— Esta es
individual —dijo, dejándome una llave en la palma de la mano— y ésta tiene una
cama doble por si uno de los dos tuviera suerte esta noche.
Arqueó
las cejas de una forma ligeramente obscena.
— ¿Lo
cree probable?
— Qué
caramba, los milagros existen.
Las
habitaciones estaban junto al pub en una construcción aneja, más o menos unas
diez, dispuestas a cada lado de un pasillo. Insistí en que Allan se quedara con
la doble argumentando que seguramente tendría más suerte que yo.
— ¿Aquí?
Se rió
socarronamente.
— Hay
ocho millones de ovejas en el outback. No todas van a ser
selectivas.
Fuimos a
ver las habitaciones. Austera era la palabra que se te ocurría. La mía
consistía en una vieja cama, un armario destartalado y una papelera de rafia.
No había televisor ni teléfono, y la iluminación consistía en una bombilla
amarilla desnuda pendiente del techo, pero en la solitaria ventana había un
antiguo aparato de aire acondicionado que tembló y vibró violentamente cuando
lo puse en marcha, pero parecía generar algo de aire. El baño estaba al fondo
del pasillo y era más bien insalubre, con manchas de óxido en la pila y una
ducha infecta.
Fui a ver
a Allan, que estaba sentado en la cama sonriendo como un tonto.
— ¡Pasa!
—gritó—. Pasa. Te ofrecería algo del minibar, pero creo que no tengo. Coge una
silla, ¡oh, no! No hay silla. Por favor, utiliza la papelera para lo que
gustes.
— Es muy
austero —admití.
—
¿Austero? Es una celda asquerosa. Encendería la luz, pero se ha fundido.
— Seguro
que nos darán otra bombilla.
— No, no,
no. Creo que me gusta más a oscuras —apretó los labios—. ¿Es demasiado temprano
para empezar a beber?
Miré el
reloj. Sólo eran las cinco menos cuarto.
— Un
poco. Hay una cosa que me gustaría ver.
— ¿Una
atracción? ¿En Daly Waters? ¿Qué puede ser? ¿Alguien repostando gasolina? ¿El
polvo vespertino de las ovejas?
— Es un
árbol.
— Un
árbol. Pues claro que sí. Muéstrame el camino.
Cogimos
el coche y condujimos unos tres kilómetros por una pista polvorienta y
calurosa. En el borde de un gran árido claro junto a la carretera había un
rótulo que anunciaba que estábamos en el buen camino para llegar al Stuart
Tree, un monumento en memoria de John McDouall Stuart, quizá el más importante
de los exploradores australianos. Stuart era un soldado escocés de las
dimensiones de un peso gallo (no pasaba del metro y medio) que dirigió tres
expediciones épicas por el outback y no pereció. La brillante
luz del outback le afectó gravemente la visión, y al menos en
dos de su viajes empezó a ver doble, no precisamente la mejor enfermedad para
quien tiene que elegir ruta en una estepa sin mapa. («A ver, chicos, ¿a cuál de
esa dos colinas gemelas os parece que tendríamos que dirigirnos? Yo iría hacia
la que cae bajo el sol a mano izquierda.») Generalmente terminaba los viajes
totalmente ciego. En su segunda expedición, también se quedó paralizado por el
escorbuto, al cual parecía ser sensible. Su cuerpo se convirtió en «una masa de
llagas que no se curaban». «La piel —anotó uno de sus ayudantes—, le colgaba
del paladar, tenía la lengua hinchada y no podía ni hablar». Prácticamente
insensible, lo llevaron en litera los últimos 600 km y cada día sus colegas lo
levantaban esperando verlo muerto. Sin embargo, al cabo de un mes en la
civilización estaba de nuevo en pie y dispuesto a salir hacia la castigadora
estepa.
Su
intento final, en 1861-1862, también parecía predestinado al fracaso. Sus
caballos «estaban muy nerviosos» por falta de agua, y tanto hombres como
animales andaban atormentados por el bulwaddy, una traidora mata
con punzantes espinas. Pero en Daly Waters encontraron un riachuelo con agua
potable. Aquello salvó la expedición. Los hombres descansaron, cargaron agua y
continuaron. En julio de 1862, nueve meses después de salir de Adelaida, llegaron
al mar de Timor y se convirtieron en los primeros que encontraron una ruta
practicable que cruzaba el continente. En una década, se había instalado una
línea de telégrafos desde Adelaida hasta lo que acabaría por ser Darwin,
conectando finalmente Australia con el mundo.
Stuart se
alegró tanto de encontrar el riachuelo de Daly Waters que grabó una S en un
gran eucalipto. Es lo que íbamos a ver. El árbol, todo hay que decirlo, no era
gran cosa: un pedazo de eucalipto de unos cuatro metros y medio, despojado de
sus ramas más altas y muerto desde hacía tiempo. Todas las guías dicen que la S
es claramente visible, pero no la encontramos. Sin embargo, nos produjo un
cierto placer estar en un lugar tan famoso y que pocos australianos visitan.
Mientras estábamos allí, una bandada de cacatúas Eolophus roseicapillus,
un ruidoso loro rosado, se instaló en los árboles circundantes. Era un
escenario monótono —una estepa árida, el sol hinchado a punto de ponerse,
algunos eucaliptos ajados— pero resultaba una vista encantadora por lo poco
habitual. No sabría decir por qué, pero me encantó.
Estuvimos
mucho rato mirando, hasta que Allan me preguntó en un tono respetuoso si
podíamos ir ya a tomar algo.
— Claro
que sí —dije.
La fama
de Daly Waters no empezó y terminó con la fugaz visita de Stuart y su banda. En
los años veinte una pareja bastante discreta, los Pearce, llegaron a Daly
Waters y abrieron una tienda con veinte libras que habían pedido prestadas.
Asombrosamente, les fue de maravilla. A los pocos años tenían una tienda, un
hotel, un pub y un aeródromo. Daly Waters se convirtió en una parada entre
Brisbane y Darwin en el trayecto a Singapur y después a Londres, en los
primeros días de Qantas y la antigua Imperial Airways. Lady Mountbatten fue de
los primeros huéspedes que pasó la noche en el hotel. Me gustaría saber qué le
pareció el lugar, aunque imagino que debía de estar demasiado feliz de estar en
tierra firme para quejarse. En aquellos tiempos, un vuelo comercial desde
Londres representaba (además de nervios de acero), 42 paradas para repostar,
cinco cambios de avión y un viaje en tren a través de Italia, porque Mussolini
no permitía que los vuelos cruzaran el espacio aéreo italiano. Se tardaba doce
días. Los vuelos estaban sujetos además de a los monzones estacionales, a las
tormentas de polvo, los fallos mecánicos, las confusiones de navegación y los
ocasionales tiros de hostiles o gamberros beduinos. Los accidentes eran
frecuentes.
Los
peligros de la aviación en aquel período están bien representados en la
experiencia de Harold C. Brinsmead, director del Departamento de Aviación Civil
de Australia en los primeros días de la aviación comercial. En 1931, Brinsmead
iba en un avión a Londres, en parte por trabajo y en parte para demostrar la
seguridad y fiabilidad de los servicios aéreos modernos de pasajeros, cuando su
avión se estrelló en Indonesia al despegar. Nadie resultó gravemente herido,
pero el avión quedó para el arrastre. Como no quería esperar un avión de
recambio, Brinsmead embarcó en un vuelo con las nuevas líneas aéreas
holandesas, KLM. Ese avión se estrelló al despegar de Bangkok. Como resultado,
murieron cinco personas y Brinsmead sufrió graves heridas de las que nunca se
recuperó totalmente. Murió dos años después. Mientras tanto, los pasajeros
supervivientes fueron trasladados a Londres en otro avión, que se estrelló en
el vuelo de vuelta.
Daly
Waters afirma ser el aeropuerto internacional más antiguo de Australia, aunque
sospecho que muchas otras pistas de aterrizaje venerable se jactan de lo mismo.
Es verdad que fue utilizado como parada en algunos vuelos internacionales y más
regularmente en vuelos a través del país entre Queensland y Australia
Occidental, o sea que era una especie de encrucijada. Estuvo abierto hasta
1947. El pub abrió en 1938, o sea que no es ni de lejos el más antiguo
del outback ni del Territorio del Norte, pero sin duda uno de
los más extraordinarios.
Como en
casi todos los pubs del interior, toda la superficie —paredes, techo, vigas—
estaba cubierta de recuerdos dejados por los visitantes: tarjetas de identidad
de la universidad, permisos de conducir, billetes de distintos países,
pegatinas de coche, chapas de varios departamentos de policía y bomberos,
incluso un surtido generoso y llamativo de ropa interior que colgaba del techo
o estaba clavada a las paredes. El resto era agradablemente espartano: una
barra en el centro, grande pero sencilla, suelo de cemento, tejado de uralita,
mesas y sillas de diferentes procedencias y estilos, y una mesa de billar
destartalada. En la barra, siete u ocho hombres, todos en pantalón corto,
camiseta, botas y sombrero, bebían stubbies —botellas de
cerveza pequeñas— servidas en envases aislantes de poliestireno para
mantenerlas frías. Todos parecían acalorados y llenos de polvo, pero es que
todo en Daly Waters parecía acalorado y lleno de polvo. El ambiente del pub
puede describirse como de sofocante convivencia. Incluso estando de pie, nos
chorreaba el sudor. Las ventanas tenían persianas, pero estaban agujereadas y
además las puertas permanecían abiertas de par en par, de modo que las moscas
entraban a sus anchas. Los hombres de la barra me saludaron con gestos compactos
pero amistosos de la cabeza cuando entré, y amablemente me hicieron sitio para
que pidiera, pero no demostraron el interés que se tiene por un forastero.
Claramente, como testimoniaban los souvenirs, los visitantes no eran ninguna
novedad.
Compré un
par de botellas frías y las llevé a la mesa donde estaba sentado Allan bajo una
pegatina que conmemoraba una visita del «Wheredafukarwi Touring Club». Allan
parecía invadido de una extraña felicidad.
— ¿Te
gusta esto? —dije.
Meneó la
cabeza con una especie de deleite indescriptible.
— Sí. La
verdad es que sí.
— Pero si
creía que no lo podías soportar.
— Antes
no —dijo—. Pero me he sentado aquí mirando por la ventana la puesta de sol y ha
sido precioso, quiero decir, increíble; luego me he girado, he visto la barra
con todos esos personajes y he pensado: «Qué caramba, esto me gusta» —me miró
con sincero estupor—. Y es verdad. De verdad que me gusta.
— Me
parece estupendo.
Vació su
cerveza y se levantó.
— ¿Te
pido otra?
Pero
entonces yo también me quedé estupefacto. Estaba a punto de decir que era un
poco temprano para empezar con un ritmo tan feroz pero pensé: «A paseo».
Habíamos venido de muy lejos y en definitiva aquel era un lugar dedicado a la
bebida.
Acabé la
cerveza y le pasé la botella.
— Sí
—dije—. ¿Por qué no?
Bueno, no
sé si recuerdo bien lo que pasó después. Bebimos gran cantidad de cerveza.
Comimos bistecs del tamaño del guante de un catcher (podrían
haber sido guantes de catcher) y los hicimos bajar con más cerveza.
Hicimos
muchas amistades. Circulamos por allí como si hubiera sido un cóctel. Hablé con
rancheros y esquiladores de ovejas, con niñeras y cocineros. Conocí a otros
viajeros de todo el mundo, y hablé un buen rato con el dueño, un tal Bruce
Caterer, que me contó la complicada historia de cómo había acabado por ser el
propietario de un pub en aquel lugar tan solitario y dejado de la mano de Dios,
confidencia de la que no recuerdo absolutamente nada y de la que no tengo ni
una nota. A medida que avanzaba la noche, el bar se fue animando y llenando
hasta los topes. No tengo ni idea de dónde procedía toda aquella gente. Pero en
los alrededores de Daly Waters vivían al menos cincuenta bebedores alegremente
empedernidos y llegaron tantos turistas como nosotros, al menos. Fui derrotado
al billar por unas catorce personas. Invité a rondas a desconocidos. Llamé a mi
esposa y le confesé un amor sin límites. Me reí con todo lo que me contaron e
irradié afecto incondicional en todas direcciones. Habría ido a cualquier parte
con cualquiera. Me desperté a la mañana siguiente, vestido y sobre la colcha,
sin recuerdos muy claros posteriores a la ración de guante de catcher de
la noche, y una cabeza que era como una reproducción continua de un choque de
trenes.
Acerqué
el reloj a un globo ocular y gemí ante el descubrimiento de que eran casi las
diez. Llevábamos horas de retraso si queríamos llegar a Alice Springs. Fui
tambaleándome al baño y realicé unas someras abluciones; después busqué
legañosamente el camino del pub. Allan estaba sentado, apoyado en la pared, con
los ojos cerrados, y tenía una taza de café caliente e intacta ante él. No
había nadie más por allí.
— ¿Dónde,
el café, dónde? —gemí con una voz lamentable.
Hizo una
señal vaga con una mano insegura. En una habitación lateral encontré una jarra
de agua caliente y botes de café instantáneo, bolsas de té, leche en polvo y
azúcar con que preparar una bebida caliente. Llené una taza de café instantáneo
hasta la mitad, le eché un poco de agua y fui a reunirme con Allan.
Débilmente,
como un inválido, levanté la taza e introduje un poco de café entre mis labios.
Después de un par de sorbos, empecé a sentirme un poco mejor. Allan, por su
parte, parecía en estado terminal.
— ¿Hasta
qué hora estuvimos de juerga? —pregunté.
— Hasta
tarde.
— ¿Muy
tarde?
— Mucho.
— ¿Por
qué estás sentado con los ojos cerrados?
— Porque
me da miedo desangrarme si los abro.
— ¿Me
puse muy en ridículo? —eché un vistazo alrededor para ver si mis calzoncillos
andaban por ahí colgados de una viga.
— No que
yo recuerde. Estuviste fatal en el billar.
Asentí
sin sorprenderme. A menudo utilizo el alcohol como comprobación artificial de
mi habilidad con el billar. Es mi forma de ayudar a los forasteros a ganar
seguridad y entrar en contacto con mi cartera.
— ¿Qué
más? —pregunté.
— Tienes
un intercambio el próximo verano con una familia de Corea.
Apreté
los labios pensativamente.
— ¿Del
Norte o del Sur? —pregunté.
— No
estoy seguro.
— Te lo
estás inventando.
Se
inclinó hacia mí y extrajo del bolsillo de mi camisa una tarjeta de visita, que
me enseñó.
— Park Ho
Lee, mayorista de carne —dijo, o algo por el estilo y me dio una dirección de
Pusan.
Debajo,
en mi propia letra, decía: «10 de junio-27 de agosto. A vuestra disposición».
Dejé la
tarjeta, doblada, en el cenicero.
— Creo
que me gustaría marcharme de aquí ahora mismo —dije.
Él
asintió y con un esfuerzo de voluntad se levantó de la mesa, se tambaleó
ligeramente y fue a recoger sus cosas. Yo dudé un buen rato y le seguí.
A los
diez minutos íbamos camino de Alice Springs.
La
siguiente es una historia que invita a la reflexión.
En abril
de 1860, durante el segundo de sus heroicos intentos de cruzar Australia de sur
a norte, John McDouall Stuart llegó al centro seco del continente, lo que ahora
es Daly Waters y Alice Springs. A 1.500 km de cualquier lugar, el punto era «el
no va más de la desolación», como describió acertadamente Ernest Giles, el
explorador compañero de Stuart, y Stuart y sus hombres las pasaron moradas para
llegar allí. Estaban enfermos, andrajosos y medio muertos de hambre, y habían
tardado meses, pero tenían la satisfacción de haber sido los primeros
forasteros que habían penetrado en el brutal corazón del continente.
O sea que
podréis imaginaros la sorpresa de Stuart cuando, en medio de esa estepa
abrasadora, él y su grupo se encontraron a tres hombres aborígenes que los
saludaron con la señal secreta de los francmasones. Stuart no especificó en su
diario qué señal era aquella, pero estaba claro por su asombrada descripción
que era poco probable que fuera coincidencia. Además, unos días más tarde,
Stuart y sus hombres encontraron huellas de caballos que seguían una ruta
natural por la llanura. Finalmente, algo más allá, cuando los exploradores
instalaban el campamento para pasar la noche, se les acercaron algunos hombres
de la tribu warramunga. W. P. Auld, un joven del grupo de Stuart, estaba
sentado masajeándose los doloridos pies cuando uno de los warramunga se arrodilló
ante él. Frente al aturdido Auld, el hombre le calzó las botas y lenta pero
diestramente le ató los cordones, y después se sentó a su vez con una sonrisa
complacida. Se le hizo dolorosamente evidente a Stuart que él y sus hombres no
eran los primeros blancos que llegaban al vacío centro del país. ¿Quién los
había precedido? Nadie tiene la más mínima idea.
Explico
esto para que quede claro que el outback es un lugar curioso e
insondable. Hay algo en esa desolación que ejerce una extraña atracción sobre
la gente. Es un entorno que te quiere ver muerto, y pese a ello una y otra vez
los exploradores se enfrentaron a las más terribles privaciones a cambio de las
más míseras recompensas por llegar allí. A veces, como descubrió Stuart, ni
siquiera se molestaban en dejar su nombre.
Es de
todo punto imposible exagerar lo castigador que resulta el outback australiano.
Para los exploradores del siglo XIX no era sólo el inefable calor y la
constante escasez de agua, sino miles de tormentos adicionales. Las hormigas
los aguijoneaban dondequiera que se pararan a descansar. A veces los nativos
los atacaban con lanzas. El paisaje estaba lleno de maleza espinosa y del
despiadado spinifex, cuyos pinchos de silicato se infectaban en la
piel con el sudor y la suciedad. El escorbuto era una plaga constante. La
higiene era imposible. Los animales de carga enloquecían o perdían las ganas de
seguir. Ernest Giles registró en sus memorias que un caballo se puso a delirar
tanto después de una búsqueda infructuosa de agua que cuando volvieron al
campamento, al final del día, el animal hundió el hocico en el fuego con la
esperanza vana de encontrar un alivio. Compadeciéndose de él, Giles dio al
herido animal parte de su magro suministro de agua, pero murió igualmente. Ni
siquiera los camellos eran capaces de resistir bien las condiciones del
desierto. En Beyond Leichhardt, una narración de una exploración
australiana, Glen McLaren observa que las moscas azules se regodeaban en la
heridas de los camellos poniendo huevos en sus llagas abiertas, que se
convertían en terribles enjambres de gusanos. En una expedición, la herida de
un camello se infectó tanto que había que «vaciar los gusanos a diario con un
cazo». Finalmente el animal se echó al suelo y murió. Cuando ni los camellos
soportan el desierto, es que estás en una parte del mundo muy dura. Tanto para
seres humanos como para animales, cada aliento era un infierno en vida.
Aun así
los exploradores volvían una y otra vez. Las expediciones del siglo XIX partían
con algún objetivo práctico concreto —encontrar una ruta para la línea de
telégrafos, buscar oro, descubrir una zona con ocultas promesas— pero
finalmente los exploradores se dejaban llevar por la desolación. Incapaces de
resistir su fascinación, seguían adelante.
Quizá
nadie sufrió tantas privaciones, con tanta voluntad y tan pocos resultados como
Ernest Giles. En 1874, viajando con su compañero Alfred Gibson por la árida
estepa de Australia Occidental, el caballo de éste murió. Giles cedió a Gibson
su montura con instrucciones de seguir sus huellas hacia atrás 193 km para
volver a Fort McKellar a buscar otro caballo. Gibson se perdió en el desierto y
no se le volvió a ver. (Aquello se llama ahora desierto de Gibson.) Solo y a
pie, Giles se arrastró durante días por las agotadoras arenas rojizas, los
últimos 90 km casi sin agua. Y fue en este desesperado estado, atormentado por
las moscas y medio muerto de hambre, cuando se produjo su famoso encuentro con
una cría de ualabí, se abalanzó sobre ella y la devoró cruda, con pelo y piel.
Tampoco
es que fueran éstas experiencias tan excepcionales. Era lo que te esperaba si
te adentrabas en el outback. Cuando Robert Austin y sus hombres,
perdidos en las llanuras de Australia Occidental, se bebieron su orina y la de
sus caballos, a nadie le pareció nada del otro mundo. Había un montón de gente
que hacía lo mismo en el desierto. Cuando Giles encontró y devoró la cría de
ualabí, se consideró extremadamente afortunado, no precisamente entonces, sino
al cabo de los años. «Nunca olvidaré lo bien que me supo aquel animalito»,
escribió con sincero y contundente entusiasmo en sus memorias. Stuart y sus
hombres tenían también cálidos recuerdos de una ocasión en que, a punto de
morir de hambre, encontraron una camada de cachorros de dingo y los hirvieron
en un cazo. Estaban «deliciosos».
Por qué
la gente se sometía repetidamente a estas penosas experiencias es un misterio
que sobrepasa toda comprensión. A pesar de los extremados apuros que pasó en la
expedición mortal con Gibson, Giles volvió de inmediato a sus compulsivos
vagabundeos. Stuart hizo lo mismo: se pasó cuatro años bregando sin cesar por
el despiadado outback hasta que logró atravesarlo. Agotado por
el esfuerzo, se retiró a Londres y murió poco después.
Es
imposible decidir quién sufrió más privaciones, si Stuart o Giles, pero sin
duda fue Giles el que obtuvo menos resultados. No hubo explorador con más mala
suerte. El mismo año en que perdió a Gibson en el desierto y tuvo que cruzar
190 km bajo un calor sofocante, Giles también exploró las regiones centrales
alrededor de una zona conocida como Yulara. Un día, se subió a un promontorio y
se encontró con una visión que no había soñado descubrir nunca. Ante él,
abrumador e imponente, se alzaba el monolito más singular de la Tierra, la gran
roca rojiza conocida hoy como Uluru. Cuando se apresuró a informar de su
descubrimiento en Adelaida, se enteró de que un tal William Christie Gosse
había llegado allí pocos días antes y ya lo había bautizado como Ayers Rock en
honor al gobernador de Australia Meridional.
Finalmente,
demasiado viejo para seguir explorando, Giles terminó trabajando en las
oficinas de los campos auríferos de Coolgardie, donde murió sin ninguna
notoriedad en 1891. Actualmente se le ha olvidado. No hay ninguna carretera que
lleve su nombre.
Por
nuestra parte, el esforzado señor Sherwin y yo seguimos por el caluroso e
interminable desierto. A medida que nos alejábamos de Daly Waters, se veía cada
vez menos vegetación. El paisaje empezaba a cobrar un aire fantástico, como si
hubiéramos dejado el planeta Tierra. El suelo adquirió un brillo rojizo, más
marciano que terrestre, y la luz del sol fue como si duplicara su intensidad,
como si la generara un sol más cercano y grande. Incluso en una lisa carretera
asfaltada, con la comodidad del aire acondicionado, no se te escapaba la
sensación de cuánto habían tenido que pasar los exploradores. No es posible
imaginarse las incomodidades, pero sí la magnitud, y era estremecedor.
A la
izquierda había varios miles de kilómetros cuadrados de una testaruda
desolación denominada Meseta de Barkly, que en un cierto punto se funde en el
desierto de Simpson, probablemente la tierra de ranchos más dura del mundo. Esa
tierra es tan despiadada que los ranchos tienen que ser enormes para funcionar;
el más grande, en un lugar llamado Anna Creek, es mayor que Bélgica. A la
derecha, aunque cueste de creer, la tierra era aún más árida. Aquello era el
infame desierto de Tanami, una zona de infernal sequedad que incluso hoy está
poco explorada. En mi mapa no se indicaba un solo punto —ni un lecho de río
seco o una vieja pista— en 480 km en dirección a la frontera de Australia
Occidental. Más allá, el paisaje era igual de pelado a lo largo de unos mil
kilómetros más.
Incluso
con la vida que da el tráfico a la Stuart Highway, en los aproximadamente
ochocientos kilómetros que separan Daly Waters de Alice Springs, no había más
que un pueblecito, una antigua comunidad minera llamada Tennant Creek, tres o
cuatro viviendas agrupadas que hacían que Daly Water pareciera cosmopolita y un
parador de carretera cada 120 km más o menos. Y nada más. Nunca había estado en
un espacio tan vacío e ilimitado. Finalmente, aparecieron unas colinas a media
distancia: la Cordillera MacDonell. Muy de vez en cuando —una o dos veces cada
hora— pasaba a todo gas un roadtrain. En una ocasión vimos un coche
que venía de cara, cuyo conductor estaba sin duda sedado por la monotonía, que
se salía de la carretera e iba dando bandazos durante un trecho dejando atrás
una estela de polvo. Al acercarse a nosotros —advertido probablemente por la
bocina de Allan— el conductor se despertó sobresaltado y giró el volante por
reflejo para recuperar su posición en la carretera, pero lo hizo demasiado
bruscamente y en consecuencia fue a parar a nuestro carril, lo que resultó
pavoroso. Era absurdo: en una zona de indescriptible desolación, las dos únicas
piezas en movimiento estaban a punto de chocar de forma brutal. Pasó un
instante lleno por ambas partes de bocinazos, estremecimientos y bruscos y
tensos virajes. Fue un momento rarísimo en que el tiempo se paró y pude ver
perfectamente a nuestro involuntario asaltante, atrapado como en una fotografía
indiscreta, mirándonos con una mezcla de desconcierto y disculpa. No quiero ni
pensar que aquel fuera el momento que se concede a todo aquel que está a punto
de morir. Después todo fue borroso y rápido. Los coches se cruzaron sin toparse
—imposible saber por qué— y yo me giré para ver alejarse al adversario en la
distancia, sobriamente atento a su carril. Lo miré hasta que fue un puntito que
se desvanecía, y después miré a Allan.
— Bueno,
yo no sé tú —dijo animadamente—, pero necesito una taza de café y cambiarme de
calzoncillos.
— Un plan
excelente —asentí, y me uní a él en la búsqueda de un solitario parador de
carretera en lontananza.
Lo mejor
de conducir por un desierto es que cuando llegas a algo —lo que sea— que pueda
considerarse una distracción, te animas de forma desproporcionada. A media
tarde vimos una señal que anunciaba un lugar llamado Devils Marbles y, después
de un breve intercambio de miradas, seguimos un par de kilómetros por una
carretera secundaria hasta un aparcamiento. Y allí vimos algo realmente
fabuloso: bloques enormes de granito liso, grandes como casas, amontonados en
pilas desordenadas o desparramados por una zona inmensa (1.800 hectáreas, según
un rótulo). Cada uno nos recordaba algo: un caramelo de goma, un panecillo, una
bola de billar, pero eran inmensos y algunos estaban apoyados sobre bases
insignificantes. Imaginad un bloque de unos nueve metros de alto y casi
esférico apoyado sobre una base poco mayor que una tapa de alcantarilla, por
ejemplo. No hace falta decir que no había ni un alma. Si tuviéramos esas
piedras en Europa o Norteamérica, serían mundialmente famosas. En todos los
álbumes familiares habría una fotografía de mamá y los niños almorzando con un
fondo de rocas fantásticas. Allí era una maravilla perdida, alejada de la
carretera y en medio de un ilimitado desierto. Paseamos por allí una media
hora, tan abrumados por la soledad como por las rocas, y después nos
felicitamos por nuestra buena suerte y por la decisión de tomar el desvío, y
volvimos a la carretera en un estado de elevada satisfacción.
Diez
horas y 930 km después de salir de Daly Waters llegamos, secos y llenos de
polvo, a Alice Springs, una parrilla de calles hechas con tiralíneas, como una
enorme pista de helicópteros, sobre una llanura situada junto a las hermosas
laderas de las MacDonnell Ranges. Como está en medio de la nada, Alice Springs
parece un milagro —una ciudad de verdad con grandes almacenes, escuelas y
calles con nombre— y durante mucho tiempo fue una especie de Tumbuctú de las
antípodas, un lugar fascinante por su inaccesibilidad. En 1954, cuando Alan
Moorehead pasó por allí, la única conexión regular de Alice con el mundo
exterior era el tren semanal de Adelaida. Su llegada el sábado por la tarde era
el mayor acontecimiento en la vida de la ciudad. Traía el correo, los periódicos,
las películas de cine, aquellos recambios tan esperados y todo lo que no se
podía adquirir allí. Casi toda la ciudad acudía a ver quién bajaba y qué se
descargaba.
En
aquella época, Alice tenía una población de 4.000 personas y algún visitante.
Actualmente es una ciudad pequeña y próspera con 25.000 habitantes y llena de
turistas —35.000 al año—, lo que evidentemente la ha estropeado. Ahora se puede
llegar en avión desde Adelaida en dos horas, y de Melbourne y Sydney en menos
de tres. Puedes tomarte un café con leche y comprar ópalos y después coger un
autobús que te lleva a Ayers Rock. La ciudad no sólo se ha hecho accesible,
sino que se ha convertido en un destino habitual. Está tan llena de moteles,
hoteles, centros de conferencias, campings y complejos turísticos en el
desierto que no te imaginas haber hecho algo excepcional por llegar allí. En
serio, es una locura. Una población que antes era famosa por lo remota atrae
ahora a miles de turistas que acuden comprobar que ya no es tan remota.
Las guías
y los libros de viajes te venden la insólita idea de que Alice todavía conserva
su inimitable encanto del outback —esa cualidad de lo que está
lejos de todo y hay que ir a verlo— y en realidad no es más que: Cualquier
Parte, Australia. O mejor, Cualquier Parte, Planeta Tierra. Para entrar en la
ciudad pasamos ante una serie de centros comerciales, concesionarios de coches,
MacDonalds y Kentucky Fried Chicken, bancos y estacione servicio. Algún
aborigen pasando por el lecho seco del río Todd ofrecía un poco de exotismo.
Alquilamos habitaciones en un motel al límite del modesto centro de la ciudad.
Mi habitación tenía una terraza desde donde se veía el sol crepuscular
inundando el suelo del desierto y barnizando las doradas lomas de la lejana
Cordillera MacDonnell si te saltabas la mole más inmediata de un K-Mart al otro
lado de la carretera. En los cinco millones o más de kilómetros cuadrados que
conforman el outback australiano, no creo que pueda haber
yuxtaposición más desafortunada.
Sin duda
Allan estaba pensando lo mismo, porque cuando nos encontramos fuera media hora
después estaba mirando la escena.
— No
puedo creer que hayamos conducido 1.500 km para encontrar un K-Mart —dijo. Me
miró—. Vosotros los yanquis tenéis la culpa.
Iba a
protestar de una forma instintiva, pero ¿qué podía decir? Tenía razón. Es culpa
nuestra. Hemos creado una filosofía de venta al público que carece de estética
y que es ineludible. Empaquetamos esos locales y los mandamos a todos los
confines del mundo. Visualmente, los lugares más llamativos y lamentables de
Alice Springs eran un producto empresarial americano, de mano de alguien que no
sabía que había contribuido a eliminar los rasgos distintivos de una ciudad
del outback y que sin duda tampoco lo vería así. En realidad,
creo yo, tampoco lo considerarían así la mayoría de consumidores de Alice
Springs, sin duda encantados de tener tantas plazas de aparcamiento gratis y de
adquirir toallas y cortinas de baño de Martha Stewart. ¡En qué época más triste
y curiosa vivimos!
Paseamos
por el centro de la ciudad buscando un lugar para comer. El centro comercial de
Alice era como para agotar sus modestas posibilidades de sustento y diversión
en poco tiempo. Cuando nos dimos cuenta de que habíamos pasado por las mismas
calles un par de veces, acabamos recalando más o menos por defecto en un
restaurante chino por el que habíamos pasado hacía unos minutos en la otra
dirección. Estaba casi vacío.
Mientras
esperábamos la comida, Allan miró críticamente el abigarrado papel pintado y
los llamativos adornos, como si aquello explicara lo decepcionante que había
resultado Alice. Me pareció que incluso veía con malos ojos la música de fondo.
— ¿Cuánto
tiempo nos quedaremos aquí? —preguntó finalmente.
— Pues
estaremos hasta mañana. Después iremos a Uluru. Luego volveremos aquí. Y tú te
marcharás a Inglaterra.
Asintió
pensativamente.
— Dos
días en total.
— Sí.
— ¿Y qué
se puede hacer dos días en Alice Springs?
— Muchas
cosas, la verdad —dije para animarlo, y saqué un folleto que había cogido en el
motel. Lo hojeé—. Está el Parque del Desierto de Alice Springs, para empezar.
Inclinó
un poco la cabeza.
— ¿Qué es
eso?
— Es una
reserva natural donde se ha recreado cuidadosamente el entorno desértico.
— ¿En el
desierto?
— Sí.
— ¿Han
recreado un desierto en el desierto? ¿Lo estoy entendiendo bien?
— Sí.
— ¿Y se
paga por eso?
— Sí.
Asintió
pensativamente.
— ¿Qué
más?
Giré la
página.
— El
Mecca Date Garden.
— ¿Qué es
eso?
— Un
jardín donde se cultivan palmeras datileras.
— ¿Y te
cobran por eso también?
— Creo
que sí.
— ¿Eso es
todo o hay algo más?
— Oh,
mucho más —repasé la lista de atracciones—: la vieja estación de telégrafos, la
Frontier Camel Farm, el Old Timer’s Folk Museum, el National Pioneer Women’s
Hall of Fame, el Road Transport Hall of Fame, el Minerals House, el Chateau
Hornsby Winery, el Sounds of Starlight Theatre, el Strehlow Aboriginal Research
Centre…
Allan me
escuchó con atención, pidiendo de vez en cuando alguna explicación, y
reflexionó sobre todo ello un momento. Después dijo:
— Vayamos
a Ayers Rock.
Lo pensé
un momento.
— Sí,
vamos —dije.
En
consecuencia, por la mañana nos levantamos temprano y salimos hacia Uluru.
Alice Springs podía esperar.
Uluru y
Alice Springs se hallan tan inextricablemente unidos en la imaginación popular
que casi todo el mundo cree que están relativamente cerca. Pero hay que
recorrer 480 km por una pista desolada para ir del uno al otro. La gloria de
Uluru es que está solo y en una vacuidad ilimitada, pero eso significa que
tiene que apetecerte mucho verlo; no es un sitio por donde se pase camino de la
playa. Así es como debía ser, claro, pero también es verdad que, cuando has
hecho un viaje de 1.500 km por áridas estepas, no te hacen falta cinco horas
más de lo mismo para confirmar tu impresión de que gran parte del centro de
Australia está vacía.
Bien
entrados los años cincuenta, Ayers Rock era inaccesible a todo el mundo excepto
a los más devotos excursionistas. A finales de 1960, el número de visitantes
anuales no superaba los diez mil. Actualmente a Uluru llega una cantidad igual
de turistas como promedio cada diez días. Incluso tiene aeropuerto propio, y
Yulara, el complejo turístico que ha surgido para servir a los turistas, es la
tercera agrupación más grande del territorio cuando está llena. Yulara está a
unos sesenta discretos y respetables kilómetros de la roca, y paramos allí
primero para conseguir habitaciones. Consiste en una carretera circular donde
se ha construido una serie de alojamientos, desde campings a albergues
juveniles y los hoteles de lujo más suntuosos.
Como no
teníamos nada mejor que hacer, habíamos pasado gran parte de las cinco horas de
coche elaborando el programa de actividades durante la estancia. Habíamos
decidido pasar la tarde contemplando la roca de forma tranquila y reflexiva, y
después dividiríamos lo que quedara del día entre una refrescante zambullida en
la piscina del hotel, bebida en la terraza contemplando el sol del atardecer
tiñendo la roca con el resplandor rojizo que la ha hecho famosa, un pequeño
paseo por el desierto para estirar la piernas y buscar dingos, ualabíes y
canguros y, finalmente, una cena refinada y de calidad bajo un cielo de
centelleantes estrellas. Al fin y al cabo habíamos recorrido 2.000 km en dos
días y medio. Si alguien tenía derecho a disfrutar de lujo en el desierto, esos
éramos nosotros. Así que estábamos bastante animados cuando nos desviamos de la
carretera y entramos en los mimados confines de Yulara.
Primero
fuimos al Outback Pioneer Hotel, que parecía moderado en el precio pero con una
tendencia peligrosa a las lámparas a base de ruedas de carro y un bufé libre al
que acudía gente con gorras de béisbol. La verdad es que de cerca resultó
elegante y muy agradable, pero no esperábamos encontrarlo tan lleno. Habían
descargado montones de maletas de dos autobuses aparcados enfrente y estaba
lleno de gente por todas partes, todos con el pelo blanco y forma de pera,
parpadeando por el sol o manoseando cámaras y videocámaras. Allan me dejó en la
puerta principal y yo entré a averiguar las tarifas. Me quedé asombrado del
ajetreo que había en el vestíbulo. Era primera hora de la tarde de un día
laborable fuera de temporada y aquello parecía un circo. La zona de recepción
parecía el punto de encuentro de un crucero a punto de irse a pique. Pregunté a
un recepcionista qué sucedía.
— Nada
especial —dijo, uniéndose a mí en la contemplación de aquel caos estremecedor—.
Siempre es lo mismo.
— ¿En
serio? —dije—. ¿Incluso fuera de temporada?
— Aquí
nunca estamos fuera de temporada.
— ¿Sabe
si hay habitaciones libres?
— Me temo
que no. El único hotel que tiene habitaciones es el Desert Gardens.
Le di las
gracias y volví al coche.
—
¿Problemas? —dijo Allan cuando me vio.
— Tienen
poca cosa de postre —dije, sin querer alarmarle demasiado—. Probemos en el
Desert Gardens Hotel. Es mucho más bonito.
El Desert
Gardens era más ostentoso que el Pioneer Outback, y misericordiosamente menos
solicitado. Sólo había una persona, un hombre de unos setenta años, entre mi
persona y el recepcionista. Llegué a tiempo de oír lo que le decía:
— Son 353
dólares la noche.
Tragué
saliva.
— Nos
quedamos —dijo el hombre con acento americano—. ¿Es grande?
— ¿Cómo
dice?
— Si la
habitación es grande.
El
recepcionista se quedó cortado.
— Pues no
sabría decirle la dimensión exacta. Es de tamaño normal.
— ¿Qué
quiere decir «tamaño normal»?
— Es una
habitación amplia, señor. ¿Preferiría verla antes?
— No.
Quiero inscribirme —dijo el hombre con sequedad, como si el recepcionista lo
estuviera retrasando innecesariamente—. Queremos ver la roca.
— Muy
bien, señor.
Mientras
se inscribía, hizo un millón de preguntas adicionales. ¿Dónde estaba la roca
exactamente? ¿Cuánto se tardaba en llegar? ¿Había bar en el hotel? ¿Dónde
estaba? ¿A qué hora se servía la cena? ¿Se veía la roca desde el comedor?
¿Valía la pena ver la roca desde el comedor? ¿Dónde estaba la piscina? ¿Pasando
qué puertas? ¿Qué puertas? Y el ascensor ¿dónde estaba? ¿Dónde?
Miré el
reloj sintiéndome desdichado. Eran casi las dos y todavía no teníamos
habitaciones. El tiempo corría con rapidez.
— ¿Está
bien, la roca? —decía el hombre en lo que podía pasar por un intento de
frivolizar.
—
¿Disculpe, señor?
— La
roca. ¿Vale la pena venir hasta aquí?
— Bueno,
en lo que a rocas se refiere, se puede decir que es de primera clase.
— Sí,
pues más vale que sí —dijo el hombre siniestramente.
Entonces
llegó su esposa y para mi desesperación empezó a hacer preguntas. ¿Había
peluquería? ¿Hasta qué hora estaba abierta? ¿Dónde podían echar las postales?
¿Aceptaban cheques de viaje en la tienda de regalos? Tenían cheques de viaje en
dólares americanos; ¿tendrían problemas? ¿Cuántos sellos había que poner para
Estados Unidos? ¿Había plancha y tabla de planchar en la habitación? ¿Dónde
había dicho que estaba la tienda de regalos? Y mi cerebro ¿qué? ¿Lo había visto
alguien en alguna parte? Es del tamaño de una nuez y no se ha utilizado nunca.
Finalmente
se marcharon y el recepcionista me atendió. Con expresión de pesar, me informó
que el caballero que estaba delante de mí se había quedado la última
habitación.
— Puede
que haya sitio en el albergue juvenil —dijo, y esperó un momento a que asumiera
tan desagradable propuesta para luego decir—. ¿Quiere que lo compruebe?
— Sí,
gracias —murmuré.
Consultó
en el ordenador y me miró con la cara lúgubre requerida.
— No,
también está lleno. Lo siento.
Le di las
gracias y salí. Allan estaba apoyado en el coche con expresión esperanzada, que
desapareció cuando vio la mía. Le expliqué la situación. Se quedó destrozado.
— ¿No
podremos bañarnos? —dijo.
Lo negué.
— ¿No
habrá vino en la terraza? ¿Ni atardecer en la roca? ¿Ni habitación elegante con
almohadas blandas? ¿Ni albornoces suaves y un bien surtido minibar?
— Los
albornoces nunca son de nuestra talla, de todos modos, Allan.
— No
tiene nada que ver —me miró a los ojos—. Y en lugar de eso iremos…
— De
vuelta a Alice Springs.
Apartó la
mirada hacia el mundo exterior mientras se tomaba tiempo para digerir la idea.
— Bien
—dijo, por fin—, más vale que vayamos a ver si la maldita roca merece un
trayecto de 1.000 km.
Lo
merecía.
La gracia
de Ayers Rock es que cuando finalmente llegas allí ya estás un poco harto de
ella. Incluso cuando estás a 1.500 km de distancia, no pasa día en Australia
que no la veas cuatro o cinco veces —en postales, en pósters de las agencias de
viajes, en la cubierta de los libros de fotos— y cuanto más te acercas a la
roca, la frecuencia con que la ves aumenta. O sea que eres consciente, cuando
llegas a la entrada del parque y pagas la ambiciosa tarifa de entrada de 15
dólares por cabeza y sigues el camino que te conduce a ella, de que has
recorrido un trayecto de 2.000 km para mirar un objeto grande, inerte y en
forma de piedra que ya has visto retratado mil veces. En consecuencia, tu
estado de ánimo cuando te acercas al famoso monolito es moderado, falto de
expectativas o incluso pesimista.
Y
entonces lo ves y te quedas atónito.
En medio
de una memorable e imponente aridez se alza un promontorio de una nobleza y
majestuosidad excepcionales, de 350 m de altura, 2,5 km de largo, 9 km de
circunferencia, menos rojizo de lo que te habían hecho creer las fotografías,
pero en cualquier otro sentido mucho más seductor de lo que te imaginabas. Lo
he comentado desde entonces con mucha gente, y han estado de acuerdo en que se
habían acercado a Uluru con una cierta fatiga, pero se habían emocionado de una
forma que no eran capaces de expresar. No es que Uluru sea más grande de lo que
te esperabas o más perfectamente formado ni diferente a la idea que tenías
preconcebida, sino todo lo contrario. Es exactamente lo que te esperabas.
Conoces esa roca. La conoces de una forma que no tiene nada que ver con los
calendarios y las cubiertas de los libros. Tu conocimiento de la roca está
basado en algo mucho más elemental.
De una
forma curiosa que no puedes comprender ni expresar, te sientes unido a ella con
una familiaridad que no te resulta familiar. En algún lugar profundo de tu ser,
un fragmento largo tiempo dormido de memoria ancestral, algún cabo perdido de
ADN se ha agitado o removido. Es un movimiento demasiado débil para ser
entendido o interpretado, pero estás seguro de que esa gran, imponente e
hipnótica presencia tiene una relevancia vital para la especie —y además en una
especie de estado larvario y que tu visita es algo más que una casualidad.
No digo
que sea así exactamente. Sólo estoy diciendo lo que se siente. Otro pensamiento
que te asalta —al menos a mí— es que Uluru no es simplemente un monolito
espléndido y poderoso, sino un monolito muy especial. Es muy posible que sea el
objeto natural más reconocible de la Tierra. No estoy insinuando nada, pero si
un viajante intergaláctico entrara en nuestro sistema solar, la dirección que
daría para que lo rescataran sería: «Dirigíos al tercer planeta y sobrevoladlo
hasta que veáis una gran roca roja. No tiene pérdida». Si algún día encontramos
enterrada una nave espacial de 150.000 años de la Galaxia Zog, la encontraremos
ahí. No digo que vaya a suceder; nada de eso. Sólo estoy señalando que, si
buscara una antigua nave espacial, empezaría a excavar allí.
Allan,
observé, parecía igual de afectado.
— Es
raro, ¿verdad? —dijo.
— ¿Qué es
raro?
— No lo
sé. Verlo. No sé explicarlo, me hace sentir raro.
Asentí.
En efecto, se siente uno raro. Dejando a un lado esta impresión inicial de
reconocimiento indefinible, también está el hecho de que Uluru es, lo mires por
donde lo mires, impresionante. No puedes dejar de mirarlo; no quieres dejar de
mirarlo. A medida que te acercas se hace más interesante. Es más accidentado de
lo que habías imaginado y tiene una forma más irregular. Tiene más curvas,
entrantes y salientes en forma de ola, más caracteres de toda clase de los que
son evidentes a cien metros de distancia. Podrías pasarte mucho tiempo
—posiblemente un tiempo preocupante; posiblemente el tiempo de vender tu casa e
instalarte aquí con una tienda— mirando la roca, contemplándola desde distintos
ángulos sin cansarte. Te puedes ver con el pelo plateado recogido en una cola,
descalzo y ataviado con algo llamativo y ancho, conversando con algún turista
más joven que tú y diciéndole: «Y lo mejor es que cada día es diferente,
¿comprendes? No es la misma roca dos veces seguidas. Te lo juro, chico… —y aquí
es cuando concretas—. Es imponente. Es algo imponente. Oye, ¿por casualidad
tienes algo de hierba o unas monedas?».
Paramos
en varios lugares a echar un vistazo, incluido el sitio por donde puedes subir.
Se tarda bastantes horas y mucho esfuerzo, lo que rápidamente lo eliminó como
posibilidad, y además la ruta estaba cerrada aquella tarde. Se ha desmayado y
muerto tanta gente en la roca que la cierran a los excursionistas cuando hace
demasiado calor, como aquel día. Incluso cuando no hace tanto calor, mucha
gente sufre accidentes porque hace tonterías o porque se equivoca de camino. El
día antes, precisamente, tuvieron que rescatar a un canadiense que se había
encaramado a un saliente del que no podía subir ni bajar. Desde 1985, la
propiedad de la roca ha vuelto a manos de los aborígenes de la zona, los
Pitjantjatjara y los Yankunyjatjara, a los que desagrada profundamente que los
turistas (a los que llaman «minga», u hormigas) trepen allí. Personalmente, no
puedo culparlos. Para ellos es un lugar sagrado. Francamente, creo que tendría
que serlo para todo el mundo.
Nos
detuvimos en el puesto de información a tomar un café y a ver la exposición,
relacionada con la Era del Sueño: la concepción tradicional de los aborígenes
sobre cómo se formó y cómo evoluciona la tierra. No había nada instructivo en
un sentido histórico o geológico, lo que era decepcionante porque sentía
curiosidad por saber qué significa Uluru. ¿Cómo llega la roca más grande que
existe a una llanura vacía? Resulta (lo busqué en un libro más tarde) que Uluru
es lo que se conoce en geología como un monadnock: una masa de roca resistente
a la erosión que queda en pie en un lugar donde todo lo demás se ha desgastado.
Los monadnocks no son del todo raros —las Devils Marbles son una serie de
monadnocks en miniatura—, pero en ningún otro sitio de la tierra ha sobrevivido
una roca con un esplendor tan aislado y espectacular o que haya adquirido una
simetría tan uniforme y agradable. Tiene cien millones de años. No os lo
perdáis.
Después
fuimos a dar una última vuelta a la roca antes de volver a la solitaria
carretera. Habíamos estado allí apenas dos horas, un tiempo insuficiente, pero
me di cuenta, al darme la vuelta en el asiento para ver cómo Uluru empequeñecía
en la distancia, que nunca habría tenido bastante, y este pensamiento me
consoló un poco.
Además,
volveré. No tengo ninguna duda. Y la próxima vez traeré un buen detector de
metales.
Volvimos,
pues, a Alice Springs, y para compensar nuestro fracaso en Uluru, decidimos
alojarnos en algún buen hotel sin reparar en gastos. Imaginaos nuestra sorpresa
y alivio cuando paramos ante el oasis esplendoroso del Red Centre Resort y
descubrimos que sólo costaba 20 dólares la noche, menos de lo que habíamos
pagado por algo mucho peor en el Best Western del centro la noche anterior.
Estuvimos de acuerdo que sólo por eso ya había merecido la pena el trayecto de
900 km.
El Red
Centre era un motel muy grande con un poco de terreno, pero acogedor y
agradable, y tenía una piscina en el centro con terraza, bar y restaurante
contiguos. No hay ni que decir que es ahí donde podían localizarnos treinta
segundos después de nuestra llegada. Unos amables camareros nos dijeron que
llegábamos tarde para cenar, pero que probablemente podrían servirnos un par de
bocadillos de carne o algo por el estilo. Les respondimos que nos contentábamos
con cualquier cosa, sobre todo si iba acompañado de una copa, y nos sentamos en
una mesa al borde de la piscina, donde nos quedamos contemplando tranquilamente
el temblor del agua y saboreando el delicioso, cálido y saludable aire del
desierto bajo un cielo tachonado de estrellas.
En aquel
momento la vida nos parecía muy agradable. Ya habíamos olvidado las horas de
coche. Habíamos visto Uluru; poco rato quizá, pero lo suficiente para apreciar
su fascinación. Y en el Red Centre teníamos la sensación de haber empezado con
buen pie.
Allan me
anunció su intención de pasar su último día en Australia en una tumbona junto a
la piscina, leyendo una novela barata y mejorando su bronceado.
— Qué
poco nivel —dije.
Aceptó
esta crítica con imperturbable ecuanimidad.
— ¿No
piensas venir conmigo al parque del desierto? —pregunté.
— No. Ni
a la estación de telégrafos, ni a la exposición de dunas, ni a la granja de
higos…
— Es un
jardín de dátiles.
Una pausa
para digerir la corrección.
— Ni a
ninguna parte. Pienso sentarme aquí junto a la piscina y pasar el día de una
forma vana y superficial. ¿Y tú?
— Iré a
ver monumentos, evidentemente.
— Pues ya
nos veremos después y me lo cuentas, lo que no dudo que harás con todo detalle.
— Puedes
estar seguro.
A la
mañana siguiente salí de mi habitación con una camisa limpia de verano,
agarrando mi libreta de notas con un bolígrafo en la espiral, y muy animado
para ver lo que Alice podía ofrecerme. Primero fui a la estación de telégrafos,
en un promontorio castigado por el sol, a unos dos kilómetros de la ciudad. En
sus inicios, Alice Springs era una estación de repetición, una de las doce que
había entre Darwin y Adelaida, imprescindibles para mandar las señales
telegráficas por todo el país. Qué existencia más triste y tediosa debía de ser
estar perdido en medio de una desolación sofocante, tecleando interminablemente
mensajes indirectos entre personas que nunca verías ni conocerías, y que encima
vivían en lugares con los que sólo podías soñar. Junto a la estación estaba el
estanque lleno de cañas que había dado nombre a Alice Springs. La Alice de
marras era la esposa del director de telégrafos de Adelaida, y originalmente
sólo la estación de telégrafos se llamaba Alice Springs. La ciudad que fue
creciendo lentamente en el valle se llamó Stuart, por el explorador.
Inexplicablemente la gente se hacía un lío y en 1933 todo empezó a conocerse
como Alice Springs. Así que la ciudad más famosa del outback lleva
el nombre de una mujer que no tenía ninguna relación con ella y, que yo sepa,
nunca estuvo allí.
Después
de esto puse una cruz al lado de «Estación de telégrafos» en mi lista y me
dirigí al Parque del Desierto de Alice Springs. Mis expectativa sinceramente,
no eran muchas, pero resultó un hallazgo espléndido. Lo gestiona la Comisión de
Parques, Fauna y Flora del Territorio del Norte. Lo que han hecho es recrear en
una gran zona tres hábitats desérticos primarios: uno muy seco, otro algo
húmedo y uno más con un ambiente normal, pero que a veces se inunda de forma
repentina. Sólo eso ya constituía una lección útil —te das cuenta de que los
desiertos, a su manera silenciosa y árida, son un entorno tan variado como
cualquier otro— pero además me encantó encontrar las diferentes matas y otras
plantas etiquetadas y explicadas. Fue un placer poder decir: «Ah, esto es una
pata de canguro. Vaya, vaya. A ver si este spinifex duele
tanto como decía Ernest Giles. ¡Ay, sí, sí que duele!».
Aquí y
allá había grandes recintos abiertos al público que contenían pájaros y otros
pequeños animales del desierto —bandicuts, falangeros y otros— con etiquetas
que describían sus costumbres. Lo mejor de todo era una estancia en penumbra
donde toda clase de animales nocturnos merodeaban, saltaban y llenaban el aire
en una sucesión de dioramas sombríos. La zona de exposición estaba tan
débilmente iluminada que me di de narices varias veces con paredes y paneles de
vidrio hasta que mis ojos se adaptaron y logré distinguir una gran gama de
pequeños marsupiales: ratas canguros, betongs, bandicuts conejo, numbets, gatos
marsupiales y muchos más.
Como el
paisaje australiano es tan enorme, árido y difícil de estudiar, y como la
modesta población base produce pocos científicos en relación con la inmensidad
de terreno, y como, por encima de todo, los animales que viven allí a menudo
son furtivos, nocturnos y a veces misteriosos, nadie sabe con seguridad lo que
hay y lo que no hay. Todas las listas de fauna australiana están llamativamente
salpicadas de comentarios tan precisos como «posiblemente extinguido» o «en
peligro de extinción» o «puede sobrevivir en alguna zona remota». Creo que las
dificultades quedan bien ilustradas con el incierto destino del oolacunta,
o rata canguro del desierto. Casi todo lo que se conoce sobre este interesante
animal se debe a dos hombres. El primero era John Gould, un naturalista del
siglo XIX que estudió y describió el animal en 1843. Según Gould, tenía la
forma y costumbres de un canguro pero era del tamaño de una liebre. Lo
distinguía que podía moverse a grandes velocidades en distancias dilatadísimas.
Sin embargo, desde ese informe inicial, no se había vuelto a ver al oolacunta.
Y aquí entra Hedley Herbert Finlayson.
Finlayson
era químico de profesión, pero dedicó gran parte de su vida a la búsqueda de
animales autóctonos. En 1931 dirigió una expedición que se adentró a caballo
por el outback, al perpetuo horno que es el Desierto de Sturt. Al
llegar, Finlayson se quedó pasmado al ver que, lejos de estar a punto de
extinguirse o haber desaparecido del todo, el oolacunta era
visible y se reproducía felizmente. La velocidad y la resistencia del animal
eran tal como las había descrito Gould. En una ocasión en que Finlayson y sus
colegas intentaron perseguir a caballo a una rata canguro del desierto, ésta
corrió 19 km sin parar en un día de un calor abrasador, en una carrera que
agotó a tres de los caballos. El diminuto oolacunta es el
mayor corredor (o saltador, más bien) que ha producido el reino animal. De
vuelta a casa, Finlayson informó de su interesante descubrimiento y zoólogos y
naturalistas de todo el mundo corrigieron aplicadamente sus textos registrando
el redescubrimiento de la rata canguro del desierto. En los tres años
siguientes, Finlayson realizó más expediciones, pero en 1935, cuando volvió de
nuevo, se quedó desconcertado, como podéis imaginar, al descubrir que la
pequeña rata canguro del desierto había desaparecido sin más, igual que le
sucedió a Gould en 1843. No se ha vuelto a ver desde entonces.
Las
crónicas de la fauna australiana están llenas de historias tan sorprendentes
como ésta: hay animales que viven allí en un momento dado y desaparecen al
siguiente. La víctima más reciente del fenómeno fue una rana llamada Rheobatrachus
silus, que se vio durante un tiempo tan breve que no llegó a tener nombre
común. Lo extraordinario de la R. Silus (sin duda, algo raro
había de tener) era que daba a luz por la boca, algo nunca visto en Australia
ni fuera de allí. La descubrieron los biólogos en 1973 y en 1981 ya había
desaparecido. Está registrada como «probablemente extinguida».
Mi
historia favorita de desapariciones de animales, no obstante, se remonta a una
época anterior. La protagoniza un naturalista del siglo XIX llamado Gerrad
Kreft, que en 1857 capturó dos bandicuts de pies de puerco muy raros.
Desgraciadamente para la ciencia y los bandicuts, al poco tiempo Kreft se quedó
sin comida y se los zampó. Eran, que se sepa, los últimos de la especie. Al
menos nadie los ha vuelto a ver. Por cierto, a Kreft lo nombraron más tarde
director del Australian Museum de Sidney, pero se le invitó a buscarse otro
empleo cuando se descubrió que redondeaba su sueldo vendiendo postales
pornográficas. Seguro que se puede extraer alguna moraleja de esto.
Del
Parque del Desierto fui al Strehlow Aboriginal Research Centre. Era una
exposición discretamente aburrida sobre un nativo de la Harmannsbur Mission,
una reserva aborigen de las afueras de Alice, que dedicó su vida a estudiar a
los aborígenes. Reunió una gran colección de objetos espirituales. pero como
son sagrados y no pueden verlos los no iniciados, no se pueden exponer. En
lugar de eso puedes contemplar viejas fotografías de la vida en Harmannsburg, y
más detalles de la vida y la obra de Theodore Strehlow de los que nadie podría
desear.
Sin
embargo, cuando volvía hacia el coche me fijé en un pequeño museo de la
aviación en un viejo hangar cercano. Me extrañó que no hubiera nadie en la
puerta pero, como estaba abierto, entré a echar un vistazo. El museo tenía un
surtido bastante previsible de aparatos antiguos y paredes llenas de
fotografías amarillentas, pero en una construcción contigua había algo que no
tenía ni idea que todavía existiera y sin duda no esperaba ver. Las guías que
había consultado no lo mencionaban; y los folletos del centro de información y
turismo no daban indicación de su existencia. Sin embargo, por unos pocos e
inquietantes días de 1929, fue el objeto más famoso y buscado de Australia, y
lo tenían allí, en un pequeño museo de la aviación de Alice Springs. Me refiero
a los restos de un aeroplano ligero conocido como el Cucaburra, que
cayó en el desierto cuando buscaba a Charles Kingsford Smith, un piloto
perdido.
Kingsford
Smith fue el mejor aviador australiano no sólo de su época, sino posiblemente
de todos los tiempos. Acumuló más récords que nadie y se enfrentó a los
desafíos más arriesgados. Un año después de que Charles Lindbergh realizara su
histórico vuelo en solitario a través del Atlántico, Kingsford Smith se
convirtió en el primero que cruzó el Pacífico, una empresa mucho más ambiciosa
no sólo porque la distancia era mayor, sino porque las condiciones de vuelo
eran mucho, pero que mucho más duras y estaban menos estudiadas. Cuando él
intentaba cruzar el Pacífico, sólo habían pasado diez meses desde que el primer
aeroplano había conseguido volar a Hawai en una carrera patrocinada por un
magnate de la piña hawaiana, y aquel acontecimiento se cobró las vidas de diez
aviadores. Así que, cuando en 1928, Kingsford Smith despegó de San Francisco
con tres tripulantes con la intención de llegar a Brisbane vía Honolulu y Suva,
en las Fiji, el objetivo se consideraba imposible y necio, y por poco resultó
ser verdad. A unos novecientos kilómetros de Hawai, Kingsford Smith topó con
una franja de turbulencias meteorológicas conocidas como la zona de
convergencia intertropical: una extensión de nubes en plena ebullición,
impresionantes tormentas y un viento que es capaz de arrancarte el bigote. El
aeroplano empezó a dar tumbos como una muñeca de goma y Kingsford Smith no
tenía ni idea de lo que le esperaba ni al cabo de cuánto tiempo lo sabría
porque ningún otro piloto había volado en aquellas condiciones antes que él.
Recordemos
que el vuelo se hizo en un Fokker de los años veinte, frágil, con la estructura
de madera de picea y revestido de tela, con un diseño tan elemental que los
asientos no estaban ni siquiera clavados. Kingsford Smith estuvo batallando
durante cuatro horas para mantener el rumbo del aeroplano sin que se hiciera
añicos. Cuando finalmente salieron a un claro, se habían quedado peligrosamente
bajos de combustible y no tenían ni idea de cómo encontrar las Fiji —una
manchita en un océano infinito— antes de quedarse secos y caer al mar. A éste y
centenares de obstáculos se enfrentó Kingsford Smith con valor, habilidad y
decisión. Cruzar el Pacífico fue posiblemente la gesta organizada más atrevida
de la aviación de todos los tiempos.
Kingsford
Smith siempre volaba con un copiloto, y generalmente con un navegador y un
operador de radio, y puede que no sea justo comparar sus hazañas con las
heroicidades solitarias de Charles Lindbergh. Pero Lindbergh nunca atravesó
volando algo tan feroz como una tormenta del Pacífico. Es más, después de 1927
Lindbergh no realizó ningún otro vuelo notable, mientras que Kingsford Smith
siguió volando sin parar y estableciendo récords. Fue el primero que cruzó el
Atlántico de este a oeste (también era mucho más duro, porque iba contra la
corriente de propulsión), el primero que fue y volvió de Australia a Nueva
Zelanda, y el primero que cruzó el Pacífico en la dirección contraria. También
ostentaba varios récords por los vuelos más rápidos entre Australia e
Inglaterra, y por varios tramos en la misma ruta.
Y esto
nos devuelve al Kookaburra. En marzo de 1929, con tres tripulantes,
Kingsford Smith despegó en un vuelo de Sydney a Inglaterra. En el noroeste de
Australia, por la costa de Kimberley, encontraron mal tiempo, se perdieron (lo
que no es de extrañar: como guía llevaban un par de mapas de la Marina y un
mapa de Australia arrancado de un Times Atlas de uso normal) y
realizaron un aterrizaje forzoso en unas marismas costeras, casi sin
combustible y con escasas provisiones. Todo lo que tenían, como quien dice, era
un termo de café y un poco de brandy que se podían combinar en el llamado café
real. Supongo que, por este motivo, lo que sucedió después se bautizó como la
Aventura del Café Real.
Por
suerte para Kingsford Smith, él y sus hombres estaban en una zona con mucha
agua dulce y algunos recursos comestibles, aunque no muy apetecibles
(básicamente caracoles de agua). No obstante, como la radio del avión se había
roto, no podían comunicar dónde estaban. Cuando se enteraron en Sydney de su
desaparición, dos de los socios de Kingsford Smith, Keith Anderson y Bob
Hitchcock, decidieron salir al rescate. Despegaron del Mascot Airport de Sydney
en el pequeño Cucaburra, volaron a Alice Spring por etapas, y
finalmente despegaron de allí para realizar lo que se suponía el tramo final a
primera hora de la mañana del 12 de abril de 1929. Poco después, mientras
cruzaban la seca aridez del desierto de Tanami —la zona que Allan y yo habíamos
bordeado en nuestro recorrido entre Daly Waters y Alice Springs—, el motor
empezó a fallar y a encenderse y se vieron obligados a hacer un aterrizaje de
emergencia en el desierto. Con las prisas por partir no habían cogido
provisiones y sólo tres litros de agua. A diferencia de Kingsford Smith,
aterrizaron en un lugar que no ofrecía ningún recurso.
A los
tres días estaban muertos. El outback es así de fatídico. No
quiero parecer obsesivo, pero también se bebieron su propia orina. Casi todos
los que se pierden en el outback lo hacen. (Aunque es
contraproducente porque las sales de la orina aumentan la sed.)
Casi en
el mismo momento en que Anderson y Hitchcock expiraban tan lamentablemente,
Kingsford Smith y sus compañeros eran rescatados por otro avión. Volvieron a la
civilización con un aspecto tan estupendo y descansado que algunos empezaron a
sospechar (diversos periódicos especularon con ello) que no había sido más que
un truco publicitario. El asunto se complicó. A Kingsford Smith lo sometieron a
la humillación de un examen físico público (finalmente fue absuelto). Mientras
tanto, el país esperó conteniendo el aliento que encontraran con vida a
Anderson y Hitchcock. Pero por desgracia no fue así. A finales de abril, un
avión de búsqueda localizó el Cucaburra estrellado y los
cadáveres cerca, y pocos días después un grupo de rescate recuperó los restos y
los devolvió a la civilización. La familia de Hitchcock optó por un discreto
funeral en Perth, pero a Anderson se le hizo un funeral oficial con gran majestuosidad
y pompa en Sydney. Antes del funeral, miles de personas pasaron durante días
ofreciendo sus respetos ante el ataúd. El día del funeral, muchos miles más se
amontonaron en las calles para ver el cortejo fúnebre o acudieron al
cementerio. Fue el funeral más importante de Sydney de aquella época, y
posiblemente el más importante hasta ahora.
Hoy en
día, no hay ni que decirlo, Anderson y Hitchcock han caído en el olvido, en
Australia y fuera de ella. También durante mucho tiempo cayó en olvido el Cucaburra.
Se pasó medio siglo en el desierto, oxidándose olvidado de todos, hasta que lo
recogieron y lo llevaron a Darwin para restaurarlo. Hace unos diez años lo
colocaron en una sala especialmente construida para él en el museo de aviación
de Alice Springs, donde parece no despertar ningún interés.
Kingsford
Smith volvió a volar y a acumular más récords. En 1935, en un vuelo de regreso
de Inglaterra, su avión se estrelló en el mar cerca de Birmania y murió.
Actualmente se le recuerda hasta cierto punto en Australia (el aeropuerto de
Sydney lleva su nombre) y en absoluto fuera de ella. En 1998, el escritor
americano Scott Berg escribió una biografía de Charles Lindbergh en un tocho de
600 páginas que naturalmente repasa la historia de los primeros años de la
aviación. A Charles Kingsford Smith no se le menciona ni una sola vez.
Allan y
yo cenamos en el patio del Red Centre donde le conté con todo detalle mis
muchos y emocionantes descubrimientos del día. Como remate, mientras estábamos
sentados disfrutando de la cálida noche y tratando perezosamente de llegar al
fondo de nuestra segunda botella de buen Cabernet Sauvignon de Australia
Occidental, un ualabí saltó la valla del hotel por la parte más alejada de la
piscina, nos miró un momento con una expresión de absoluta despreocupación y se
puso a mordisquear las plantas. Era la primera vez, desde que había cruzado el
país en el Indian Pacific hacía semanas, que veía a un animal australiano en
libertad. Era la primera vez que Allan veía uno y estaba encantado.
No sé si
por ese o por otro motivo, anunció que Australia le parecía un lugar estupendo.
— ¿De
verdad? —dije, contento, pero sorprendido porque lo único que había visto él
era desierto.
Se
inclinó hacia mí y dijo, como si fuera un secreto:
— Es muy
espacioso.
Lo miré.
— Sí, es
verdad.
— Hay
mucho espacio en este país.
Pensándolo
bien, a lo mejor era la tercera botella.
Por la
mañana fui con él al pequeño pero bonito aeropuerto de Alice, donde tomamos un
café en silencio porque los dos teníamos un poco de resaca. Lo acompañé hasta
la puerta, donde intercambiamos las habituales y vanas expresiones de
agradecimiento y buena voluntad a toda prisa, y se fue. Le miré marchar y
después volví al coche. Disponía de un día hasta regresar a Australia
Occidental, y no estaba seguro de cómo lo iba a llenar. Fui hacia el centro
comercial de la ciudad en busca de un cajero automático para comprar un
periódico, pero por el camino vi un rótulo que anunciaba la Escuela de las
Ondas por una calle lateral, e impulsivamente decidí echar un vistazo.
No me
esperaba nada concreto, pero fue estupendo. Alice Springs estaba resultando un
lugar lleno de agradables sorpresas. La Escuela de las Ondas estaba en un
edificio anodino de una calle residencial. Consistía en una zona de recepción
con los trabajos de los alumnos sobre las mesas y pegados a las paredes, y
tenía dos pequeñas salas de estudio, una gran sala de reuniones y poco más.
Aunque hay 17 escuelas de las ondas en Australia actualmente, la de Alice
Springs es la más antigua y todavía cubre la zona más grande y desolada. Era
sábado, o sea que no había clases, pero un hombre muy simpático se ofreció a
mostrármela y explicarme cómo funcionaba.
La idea
era muy sencilla: ofrece una escolarización formal y un cierto sentido de
convivencia a los niños que viven en las estaciones ganaderas u otras
agrupaciones solitarias, cosa que se lleva haciendo desde 1951. Solitario es la
palabra clave. Con un territorio de influencia de 1.212.000 km2 —se
trata de una zona que es el doble de Francia— la escuela de Alice Springs sólo
tiene 140 alumnos distribuidos entre parvulario y educación básica. Tengo un
recuerdo extrañamente vivo y perdurable de un documental que vi sobre el tema
en la escuela cuando tenía ocho o nueve años, y me impresionó mucho la idea de
estar a centenares de kilómetros de distancia del profesor, con micrófono y
radiotransmisor de onda corta, y en libertad para estudiar desnudo y con un plato
de galletas si te daba la gana, porque no te veía nadie. Me parecía
inmensamente mejor que la situación que prevalecía en la Greenwood Elementary
de Des Moines, en Iowa. Y el romanticismo de aprender por radio nunca me ha
abandonado del todo. En consecuencia, me decepcionó descubrir que la parte de
aprendizaje por radio es irrelevante dentro del programa. La Escuela de las
Ondas es, y siempre ha sido, un curso por correspondencia, y no es tan fabuloso
ni mucho menos.
Aun así,
el sitio tenía una gracia especial y un ambiente de buena voluntad. El tablón
de anuncios estaba lleno de trabajos ilustrados de niños de unos once años que
describían la vida en las estaciones ganaderas y cómo era un día normal para
ellos. Los leí todos con gran concentración.
— ¿Le
gustaría escuchar una lección? —me preguntó el encargado.
— Mucho
—contesté.
Me llevó
a una habitación pequeña y puso una cinta grabada de una lección para niños de
cinco años. Consistía en una alegre maestra que pasaba lista diciendo: «Buenos
días, Kylie. ¿Me oyes? Corto».
Al cabo
de un momento se oía un débil crujido, como si la transmisión llegara de otra
galaxia, y sonidos identificables como lenguaje humano pero demasiado confusos
para descifrarlos.
«He dicho
buenos días, Kylie. ¿Estás ahí? ¿Me oyes? Corto.»
Esta vez
había una pausa y ninguna respuesta, sólo un intervalo angustioso de silencio.
Después: «Vamos a probar con Gavin. Buenos días Gavin. ¿Estás ahí? Corto».
Más
crujidos y luego se oía una vocecita: «Buenos días, señorita Smith».
Y así
sucesivamente, con otras voces que llegaban claras y fuertes, pero muchas que
se desvanecían o eran inaudibles. Mientras lo escuchaba, iba leyendo un librito
que había comprado y me dejó pasmado que los niños sólo pasaban media hora al
día (en realidad «un máximo de media hora») con la radio, más diez minutos a la
semana con una clase particular con el tutor; no se puede decir que sea una
atención personal excesiva. En cuanto al resto, se espera que pasen de cinco a
seis horas al día trabajando bajo la supervisión de un padre o una niñera. Los
alumnos también utilizan televisores, vídeos y ordenadores personales, pero yo
no vi rastro de ellos. La conclusión ineludible que extraes, ni que sea con
reticencia, es que la Escuela de las Ondas sigue en el año 1951.
Sin
embargo, era una sorpresa que no hubiera ni un solo niño aborigen en la
escuela, o al menos no salía ninguno en las fotografías. La población del
Territorio del Norte tiene un 20 % de aborígenes en total, pero en el outback profundo
la proporción es mayor. Le pregunté al hombre sobre la cuestión al salir.
— Sí, hay
alguno —dijo—, no estoy seguro de cuántos en este momento, pero hay alguno. El
problema es que los alumnos tienen que ser supervisados por un adulto
competente, ¿comprende?
Esperé un
momento y dije:
— Lo
siento, no lo comprendo.
—
Necesitan al lado un adulto de confianza y meticuloso, con un cierto nivel de
lenguaje y lectura.
— ¿Y los
padres aborígenes no lo tienen?
Me miró
con expresión de desdicha, como si aquel fuera un camino que no debiéramos
tomar.
— No, me
temo que no. No siempre.
— Pero si
no se dan lecciones a los niños porque los padres no pueden ayudarles, cuando
esos niños sean padres tampoco tendrán esa capacidad, ¿no le parece?
— Sí, es
un problema.
— ¿Y
seguirá así en el futuro?
— Es un
problema muy grande.
—
Entiendo —dije, aunque evidentemente no entendía nada.
Después
fui a la ciudad. Compré un periódico y me lo llevé a una cafetería de Todd
Street al aire libre, una calle peatonal. Lo leí un par de minutos, pero sin
darme cuenta me puse a mirar a los transeúntes. Estaba lleno de la típica gente
que sale a comprar en sábado. En la calle había una proporción abrumadora de
gente blanca, pero también aborígenes, no muchos, pero andaban por allí, al
margen de la escena, sin molestar, en silencio y en segundo plano. Los blancos
no miraban a los aborígenes ni los aborígenes miraban a los blancos. Las dos
razas parecían habitar en universos separados pero paralelos. Me sentí como la
única persona que consideraba a los dos grupos al mismo tiempo. Era muy
extraño.
En
general los aborígenes ofrecían muy mal aspecto. Muchos tenían la cara
hinchada, como si hubieran caído sobre una colmena, y otros muchos llevaban
vendajes o tiritas en la barbilla, el codo, la frente o la rodilla. Una cartela
de la exposición de Strehlow que había visto el día anterior insistía en que
los aborígenes en peores condiciones eran los que se veían en la ciudad. La
intención, supongo, era prevenir a los turistas como yo para que no juzgaran a
todos los aborígenes a partir de aquellas ruinas humanas que se arrastraban por
la calle. Pese a todo, me pareció una conclusión peligrosamente paternalista,
porque insinuaba que los aborígenes tenían dos posibilidades en esta vida:
quedarse en la reserva y prosperar o ir a la ciudad y caer en la penuria y el
abandono. Me recordó una frase atribuida a un famoso personaje del outback,
Daisy Bates, una mujer que llegó a Australia en 1884 procedente de Irlanda y
vivió muchos años con ellos estudiando a los pueblos indígenas de Australia
Occidental. En The Passing of the Aborigines, publicado en 1938,
escribió: «Los nativos australianos soportan las catástrofes de la naturaleza,
sequías diabólicas y devastadoras inundaciones, los horrores de la sed y el
hambre, pero no pueden soportar la civilización». En 1938, este comentario podía
calificarse de comprensivo y clarividente, pero era descorazonador encontrarlo
modificado en un centro de investigación aborigen en 1999.
No hay
que ser un genio para deducir que los aborígenes son el mayor fracaso social de
Australia. Los índices de prosperidad y bienestar —tasas de hospitalización, de
suicidio, de mortalidad infantil, de encarcelamiento, de empleo, etcétera— son
con relación a los aborígenes de dos a veinte veces peores que los de la
población general. Según John Pilger, Australia es la única nación desarrollada
que tiene una alta incidencia de tracoma —una enfermedad vírica que a menudo
provoca ceguera— y es exclusivamente una enfermedad aborigen. En conjunto, la
esperanza de vida de un australiano indígena medio es veinte años —veinte—
menor que la de un australiano blanco medio.
En
Cairns, por casualidad, me habían hablado de Jim Brooks, un abogado que había
trabajado muchos años con los aborígenes y en su favor, y logré quedar con él
para tomar un café en la ciudad antes de que Allan y yo saliéramos para Darwin
en avión. Era un hombre tranquilo, relajado y que caía inmediatamente bien, con
cierta formalidad que podía haberle llevado a dedicar su vida profesional a
luchar por los desfavorecidos en lugar de amontonar dinero con el ejercicio
privado. Dirige la Native Title Rights Office en Cairns, que ayuda a los
pueblos nativos con problemas de tierras, y fue miembro de la comisión de
derechos humanos que se creó en 1990 para investigar un desgraciado experimento
de ingeniería social conocido popularmente como la Generación Robada.
Consistió
en un intento del gobierno de arrancar a los niños aborígenes de la pobreza y
la situación de desventaja, distanciándolos físicamente de sus familias y
comunidades. Nadie sabe la cantidad exacta, pero entre 1910 y 1970, de una
décima a una tercera parte de los niños aborígenes fueron separados de sus
padres y mandados con familias de acogida o a centros públicos. La idea —que
entonces se consideraba avanzada— era prepararlos para una vida mejor en el
mundo de los blancos. Lo más sorprendente fue el mecanismo legal que lo
permitió. Hasta los años sesenta, los padres aborígenes no tenían en ningún
estado australiano la custodia legal de sus hijos. La tenía el estado. El
estado podía llevarse a los niños de sus casas cuando le diera la gana, por cualquier
razón que considerara correcta, sin disculpas ni explicaciones.
—
Hicieron cuanto pudieron por eliminar el contacto entre padres e hijos —me
contó Jim Brooks cuando nos vimos—. Encontramos a una mujer cuyos cinco hijos
fueron enviados cada uno a un estado diferente. No tenía forma de mantener
contacto con ellos, ni de saber dónde estaban, si estaban enfermos o si eran
felices. ¿Tiene hijos?
— Cuatro
—contesté.
— Pues
imagínese que llega una furgoneta del gobierno a su casa un día, llama un
inspector y le dice que se llevan a sus hijos. En serio, imagínese cómo se
sentiría si tuviera que ver que le arrancan a sus hijos de los brazos y los
meten en una furgoneta. Imagínese la furgoneta alejándose, y los niños
llorando, mirándole por la ventanilla trasera y sabiendo que probablemente no
los volverá a ver.
— Basta
—dije, en un intento desesperado de frivolizar.
Sonrió
comprensivamente ante mi malestar.
— Y no
puede hacer nada en contra. No tiene a nadie a quien acudir. No hay ningún
tribunal que lo apoye. El asunto permaneció así durante muchos años.
— ¿Por
qué lo hicieron de forma tan despiadada?
— No les
parecía despiadada. Creían estar haciendo algo positivo.
Me pasó
un resumen del informe de la comisión de derechos que me había traído y me
enseñó una cita de los primeros años del siglo XX del inspector James Isdell,
que hablaba de los padres desposeídos: «Por mucho dolor y desesperación que
muestren en ese momento, pronto olvidan a sus hijos».
— Creían
que los indígenas eran inmunes a las emociones humanas normales —dijo Brooks.
Se estremeció ante la imbecilidad de la idea—. A menudo les decían a los niños
que sus padres habían muerto; a veces, que sus padres ya no los querían. Era su
manera de ayudarles a superar la separación. Ya puede imaginarse las
consecuencias. Hubo mucho alcoholismo provocado por la pena, niveles
extraordinarios de suicidio, toda clase de desastres.
— ¿Qué
fue de los niños?
— A los
niños se les cuidó hasta que tuvieron dieciséis o diecisiete años y después se
les devolvió a la sociedad. Se les dejaba decidir entre quedarse en las
ciudades conviviendo con los inevitables prejuicios, o volver a sus comunidades
tradicionales y adaptarse a una forma de vida que ya no recordaban, con
personas a quienes no conocían. La base para la disfunción y desestructuración
se había sembrado en el sistema. Es imposible deshacerse de eso de la noche a
la mañana. Algunos le dirán que la separación de niños afectó a una pequeña
proporción de familias indígenas. Eso es totalmente falso: no podrá encontrar
una familia que no resultara afectada a un nivel profundo e inmediato, y
además, llevándose a los niños destruyeron la continuidad de las relaciones. Y
dejar de hacerlo no significa que por arte de magia el daño se repare y todo
vaya de maravilla.
— ¿Qué
hace usted por ellos, entonces? —pregunté.
—
Proporcionarles una voz —dijo—. Sólo puedo hacer eso.
Se
encogió de hombros con cierta desesperanza y sonrió.
Le
pregunté si seguía habiendo muchos prejuicios en Australia y él asintió.
—
Muchísimos —dijo—. En proporciones enormes, por desgracia.
En los
últimos veinte años, los sucesivos gobiernos han hecho bastante, o bastante en
comparación con lo que se había hecho antes. Han devuelto grandes zonas de
tierra a las comunidades aborígenes. Han devuelto Uluru a los conservadores
aborígenes. Han dedicado más dinero a sus escuelas y clínicas. Han introducido
las habituales iniciativas para fomentar proyectos de las comunidades y
contribuir a iniciar pequeñas empresas. Todo esto no ha representado ninguna
diferencia en las estadísticas. Algunas han empeorado. Al final del siglo XX,
un australiano aborigen tenía ochenta veces más probabilidades de morir que un
australiano blanco, y diecisiete veces más de ser hospitalizado como resultado
de un ataque violento. Un bebé aborigen seguía teniendo de dos a cuatro veces
más probabilidades de morir al nacer, dependiendo de la causa.
Lo más
curioso para un forastero es que los aborígenes no aparecen en ninguna parte.
No salen en la televisión ni despachan en las tiendas. En el Parlamento sólo ha
habido dos aborígenes; ninguno ha sido ministro. Los indígenas constituyen sólo
el 1,5 % de la población australiana y viven mayoritariamente en zonas rurales.
Por lo tanto, no cabe esperar verlos en grandes cantidades, pero sí de vez en
cuando: trabajando en un banco, repartiendo el correo, poniendo multas,
arreglando una línea de teléfonos, participando en el funcionamiento del mundo
de forma productiva. Eso yo no lo he visto nunca. Sin duda hay alguna
desconexión.
Sentado
en mi mesa de Todd Street con un café y contemplando a la gente —satisfechos
consumidores blancos con sonrisas de sábado y andares enérgicos, oscuros
aborígenes con sus singulares vendajes y el paso lento, incierto y abrumado— me
di cuenta de que no tenía ni la más remota idea de cuál podía ser la solución,
cómo repartir los frutos de la prosperidad general australiana con quienes
parecían incapaces de aprovecharla. Si me contratara la Commonwealth de
Australia para asesorar sobre temas aborígenes sólo podría decir: «Hagan algo
más. Inténtenlo con más ganas. Empiecen inmediatamente».
Sin
ninguna idea original o útil en la cabeza, seguí sentado unos minutos más y
miré pasar a aquella pobre gente desconectada. Después hice lo que hacen la
mayor parte de los australianos blancos. Leí el periódico, terminé el café y
dejé de mirarlos.
Pensemos
en el ornitorrinco. En un país lleno de animales inverosímiles, es el que se
lleva la palma. Pertenece a un mundo anatómico inferior a medio camino entre
los mamíferos y los reptiles. Cincuenta millones de años de aislamiento dio
tiempo a los animales australianos para evolucionar en direcciones insólitas, y
en ocasiones para no evolucionar. El ornitorrinco hizo las dos cosas.
En 1799,
cuando se enteraron en Inglaterra de que en Australia existía un animal sin
dientes, venenoso, cubierto de pelo, ovíparo y semiacuático con pico de pato,
cola de castor, patas palmeadas y con garras, y un extraño orificio denominado
cloaca que servía tanto para la reproducción como para excretar (una
característica que, como observó delicadamente un taxonomista, era
«extremadamente curiosa pero no muy bien adaptada a las funciones
primordiales»), no es de extrañar que se lo tomaran como una broma. Incluso
después de un examen cuidadoso de un espécimen que se les mandó, el anatomista
del Museo Británico George Shaw manifestó que «le costaba no albergar algunas
dudas sobre la autenticidad del animal, y suponer que podría haberse practicado
alguna falsificación en su estructura». Según la historiadora de ciencias
naturales Harriet Ritvo, en el espécimen original todavía se ven las cicatrices
de las tijeras allí donde Shaw abrió y manipuló para averiguar si estaba siendo
víctima de un engaño.
A lo
largo del siglo siguiente, los científicos discutieron —y lo hicieron
acaloradamente, porque era una época obsesionada por la exactitud— qué
clasificación correspondía al animal hasta que decidieron incluirlos —a él y a
su pariente el equidna (un animal parecido al erizo)— en una familia
exclusivamente para ellos: los monotremas. El nombre significa «un solo
orificio», en referencia a la singular cloaca. Pero quedó sin resolver la
cuestión de si los monotremas se consideraban mamíferos o reptiles. Era evidente
por su peculiar anatomía que los monotremas ponían huevos, un rasgo de los
reptiles, pero era igual de evidente que amamantaban a sus crías, una
característica de los mamíferos. Una vejación adicional fue que durante casi un
siglo nadie pudo encontrar un huevo de monotrema. Por consiguiente, podemos
imaginar el murmullo y el alboroto que barrió el auditorio cuando, en 1884, en
una reunión de la Asociación Británica, se leyó a los delegados un cable que
acababa de llegar de W. H. Caldwell, un joven naturalista británico en
Australia.
El
mensaje de Caldwell decía: «Monotremas ovíparos, óvulo meroblástico».
Pues
bien, los murmullos eran interminables y se armó un gran alboroto. Caldwell
afirmaba con tan esquemática elegancia que había encontrado huevos de
ornitorrinco y que eran sin lugar a dudas propios de los reptiles. Al fin y al
cabo, el descubrimiento de Caldwell no representó una gran diferencia. Los
monotremas acabaron en el campo de los mamíferos, pero durante un tiempo fue
una lucha reñida.
Explico
esto para dotar de contexto a la gran emoción que sentí al día siguiente
cuando, recién llegado a Perth, topé con un monotrema: un equidna que cruzaba
un camino en un rincón solitario de Kings Park. He de decir que estaba muy
animado. Perth es una ciudad preciosa y una de mis favoritas de Australia. A lo
mejor le tengo un cariño exagerado porque la primera vez que fui, en 1993,
venía de Johannesburgo, donde un grupo de jóvenes con navajas me había robado
de forma terrorífica, en pleno día, en el centro de la ciudad. Fue un alivio
tremendo llegar a una ciudad donde podía deambular sin miedo de que me acosaran
en un callejón, me despojaran de mis posesiones y me pincharan con instrumentos
afilados.
Pero
aunque no acabes de sufrir este tipo de incidente, Perth es un lugar alegre y
acogedor. De entrada ya es una delicia llegar allí, porque Perth es la
metrópoli más aislada y remota de la Tierra; aunque más próxima a Singapur que
a Sydney, no está demasiado cerca de ninguna de las dos. Tras de ti hay 2.700
km de inmóvil y rojiza desolación hasta Adelaida; ante ti no hay nada más que
5.000 millas de un mar azul y uniforme hasta África. La razón de que 1,3
millones de miembros de una sociedad libre elijan vivir en un lugar tan
solitario y fronterizo es algo que vale la pena considerar, pero el clima ya lo
explica en parte. Perth tiene un clima estupendo, agradable, de esos que hace
silbar a los carteros y que carga de energía a los repartidores. Arquitectónicamente,
no es nada del otro mundo —es una ciudad grande, limpia y moderna: la
Minneapolis de las antípodas— pero su luz nítida y radiante la embellece. No
veréis cielos más azules en una ciudad ni una luz solar más pura rebotando en
los rascacielos como en Perth.
Pero lo
que caracteriza a Perth es contar con uno de los parques más grandes y hermosos
del mundo, Kings Park. Ocupa unas cuatrocientas cinco hectáreas en un risco
sobre la amplia cuenca del río Swan, y es todo lo que debería ser un parque
urbano: lugar de recreo, santuario, paseo, jardín botánico, mirador, monumento.
Es tan grande que nunca estás seguro de haberlo visto todo. En gran parte está
dispuesto de forma convencional —prados ondulantes, senderos, parterres—, pero
un rincón sustancial, que representa una cuarta parte del total, se ha
conservado como bush natural. Fui paseando por un sendero
soleado de la zona menos visitada cuando vi un pequeño hemisferio peludo, algo
así como el cepillo de una pulidora, que salía de la maleza por un lado del
camino y avanzaba con parsimonia hacia la maleza idéntica del otro lado.
Al verme,
se detuvo. Tenía unas púas negras y brillantes que apuntaban hacia atrás y se
había enrollado en una bola para ocultar su puntiagudo hocico, pero estaba
claro que era un equidna. Es un poco patético, lo confieso, que éste fuera mi
momento más emocionante de contacto con un animal salvaje de Australia. En un
país repleto de formas de vida exóticas y asombrosas, mi punto culminante fue
encontrar a una inofensiva almohadilla animada en un parque urbano. No me
importó. Era un monotrema: una anomalía fisiológica, una maravilla del mundo
reproductivo y una rareza de una rama aislada de los mamíferos. Cuando el
equidna percibió que me había apartado a una distancia respetuosa, se
desenrolló y siguió con su paso de pato hacia la maleza.
Encantado
de la vida, seguí por el sendero de regreso al parque propiamente dicho, donde
fui a parar a una larga y hermosa avenida de altos y blancos eucaliptos
plantados hacía tiempo en conmemoración de los caídos en la Primera Guerra
Mundial. Cada árbol tenía una plaquita que daba algunos detalles de una vida
truncada; era conmovedor leer una tras otra en aquel largo paseo. «En honor del
capitán Thomas H. Bone, batallón 44», decía una. «Muerto en la batalla de
Passchendaele, 4 de octubre de 1917, 25 años. En nombre de su esposa e hija».
Es un dato poco conocido fuera de Australia —y al menos se merece que lo
mencione— que ningún otro país perdió a tantos hombres en proporción a su
población en la Primera Guerra Mundial. De una población de menos de cinco
millones, Australia sufrió 210.000 pasmosas bajas: 60.000 muertos, 150.000
heridos. La tasa de bajas en combate fue del 65 %. Como dijo John Pilger:
«Ningún otro ejército quedó tan diezmado como éste que vino de tan lejos. Y
todos eran voluntarios». Pocos días antes, había leído en uno de los semanarios
una crítica de una nueva crónica de la Primera Guerra Mundial del historiador
británico John Keegan. Discretamente, el crítico comentaba, con un suspiro
evidente, que las 500 páginas de densas observaciones de Keegan no incluían ni
una sola mención de los soldados australianos.
Pobre
Australia, pensé. Otros países tienen soldados desconocidos. Australia tiene
ejércitos desconocidos[27].
Al
término de aquella umbrosa avenida estaba el reino más animado y soleado de los
jardines botánicos, y allí me dirigí con insólita devoción, porque las plantas
australianas son excepcionales y no hay sitio donde se encuentren más
bellamente expuestas. Australia es en efecto un país asombrosamente fecundo.
Contiene alrededor de veinticinco mil especies de plantas (Gran Bretaña, para
establecer una comparación, tiene 1.600 especies) pero esta cifra es una
suposición. Al menos una tercera parte de lo que hay no ha sido identificado, y
cada día aparece algo nuevo en los lugares más inesperados. Por ejemplo, en
1989, en Sydney, los científicos descubrieron una especie nueva llamada Allocasuarina
portuensis. La gente había vivido con aquellos árboles doscientos años,
pero como no eran muy numerosos —sólo se encontraron diez— no se habían fijado
en ellos. De una forma parecida, en 1994, en las Blue Mountains, un botánico
que había salido a dar una vuelta encontró otra de esas reliquias inesperadas
de una especie que se creía extinguida hacía tiempo. Se llaman pinos de Wollemi
y no eran matas modestas ocultas entre la hierba sino unos sólidos e imponentes
árboles de 40 m de alto y tres metros de circunferencia. Lo que pasa es que con
tanto terreno y tan pocos botánicos, los dos factores tardaron en coincidir. No
se sabe, por supuesto, qué más se puede descubrir. Por eso Australia es un
lugar tan emocionante para los naturalistas. En Gran Bretaña, Alemania o
Estados Unidos, se encuentra con suerte una nueva forma de liquen montañoso o
una ramita de un musgo que antes se había pasado por alto, pero si uno sale de
excursión por Australia encuentra docenas de flores silvestres sin identificar,
un bosquecillo de angiospermas jurásicas y probablemente un pedazo de oro de diez
kilos. Ya sé dónde iría a trabajar si me tirara la ciencia.
La
pregunta que se plantea es por qué Australia, tan a menudo hostil a la vida, ha
producido tanto y en tanta abundancia. Paradójicamente, la mitad de la
respuesta radica en la pobreza del suelo. En el mundo templado, las plantas que
conocemos prosperan en cualquier lugar —un roble crece tan productivamente en
Oregón como en Pennsylvania— y tienden a predominar unas cuantas especies
genéricas. En los suelos pobres, en cambio, suelen especializarse. Una especie
aprenderá a tolerar suelos que contengan, pongamos, grandes concentraciones de
níquel, un elemento que otras encuentran desagradable. Otra se hará tolerante
al cobre. Otra, a su vez, aprende a tolerar el níquel y el cobre, y quizá
también las sequías prolongadas. Y así sucesivamente. Después de unos cuantos
millones de años, acabas teniendo un paisaje lleno de una gran variedad de
plantas, donde cada una de ellas prefiere condiciones específicas y domina un
retazo de terreno que pocas otras más pueden soportar. Las plantas
especializadas conducen a los insectos especializados, y así avanza la cadena
alimentaria. El resultado es un país que parece hostil a la vida pero que está
maravillosamente diversificado.
El
segundo factor, más evidente en la variedad australiana, es el aislamiento.
Evidentemente, cincuenta millones de años como isla protegieron las formas de
vida autóctonas de mucha competencia y permitieron que algunas de ellas —los
eucaliptos en el mundo de las plantas, los marsupiales en el mundo animal—
prosperaran de forma insólita. Así que no es menos importante para la
diversidad de especies el aislamiento que ha existido en Australia. En general,
Australia comprende bolsas de vida diseminadas y separadas por grandes zonas
áridas. Y esto es palpable como en ningún otro lugar en el sudoeste de
Australia. Según David Attenborough (en La vida privada de las plantas),
ese rincón de Australia «contiene no menos de 12.000 especies diferentes de
plantas y el 87 % de ellas no se encuentra en ningún otro lugar del mundo».
En
consecuencia, es lamentable informar que muchas de estas singulares plantas
están amenazadas por una enfermedad terrible llamada «dieback». Esta enfermedad
procede de una familia de hongos denominada Phytophthora,
relacionada con el hongo que causó la plaga de la patata en Irlanda. Hace un
siglo que está en Australia y ha afectado a plantas de todo el país, aunque la
ciencia no identificó la enfermedad hasta 1966. Es especialmente preocupante en
el sudoeste de Australia, en parte porque allí se transmite como en ningún otro
lugar, y además por la densidad de plantas raras y vulnerables que hay en el
suroeste. Descubrí gracias a un letrero informativo que incluso las banksias
están en peligro. La banksia (que tomó su nombre de su descubridor, Joseph Banks)
es quizá la flor más amada de Australia. Es una rareza —las flores recuerdan
los cepillos de dientes— pero a los australianos les encantan por su rareza,
porque están por todas partes y sólo las tienen ellos. En consecuencia, fue una
pena leer que hay siete especies de banksia entre las plantas en peligro de
extinción y que podrían desaparecer en estado salvaje en los próximos años.
Doce especies más están amenazadas. Quizá sea mi pesimismo natural, pero el
interés de los viajes de hoy en día es ver cosas y más cosas. Lo que más me
angustia, supongo, es que con tantas plantas todavía por estudiar, muchas
podrían desaparecer antes de ser descubiertas.
Todo esto
lo pensaba porque me había propuesto llevar a cabo una pequeña incursión
botánica por mi cuenta. Pero antes tenía un día libre en Perth. No había
pensado nada concreto, pero pocos minutos después de estar sentado en una
terraza a la sombra de la cafetería del parque, decorándome la cara con espuma
de chocolate de capuccino, leí en el West Australian un
artículo que me dio una idea.
El
artículo hablaba de Lang Hancock, un personaje sobre el que había estado
leyendo últimamente. Hancock era un ranchero en el remoto norte de Australia
Occidental que tuvo la excepcional buena suerte de participar en uno de los
mayores booms mineros de la historia moderna. Si alguien duda
de que Australia sea un país afortunado, sólo tiene que repasar la historia de
los descubrimientos mineros del país en los años cincuenta y posteriores. Hasta
esa época, la creencia convencional estribaba en que Australia era deficitaria
en recursos naturales. El mineral de hierro, por ejemplo, se consideraba tan
escaso que durante dos décadas estuvo prohibido exportarlo. Pero en 1952 Lang
Hancock realizó un importante descubrimiento. Pilotando un aeroplano ligero
sobre la desolación de la Hamersley Range, cercana a la costa norte, perdió el
control en una tormenta repentina y tuvo que realizar un aterrizaje forzoso en
una zona de rocas planas conocida por los geólogos como el Western Shield. Bajó
del aeroplano y se dio cuenta de que había ido a parar sobre un suelo de hierro
sólido. Investigó un poco más y descubrió que era propietario de 100 km de
mineral de hierro. Así como en 1950 las reservas de hierro de Australia se
creían prácticamente nulas, se calcularon en 20 billones de toneladas en 1960.
A finales de los años sesenta, Hancock controlaba unas reservas de hierro
mayores que las de Estados Unidos y Canadá juntos. Y eso es mucho hierro.
Pero era
sólo el comienzo. En una racha abrumadora se encontraron depósitos de mineral
por todas partes: bauxita, níquel, manganeso, uranio, cobre, plomo, diamantes,
aluminio, cinc, circón, rutilo, ilmenita y muchos más que la mayoría no hemos
oído nombrar. De la noche a la mañana, la gente con intereses mineros amasó
fortunas vergonzosas de calcular e imposibles de gastar. El mercado bursátil
enloqueció en cuanto aparecieron inversores dispuestos a participar. En Sydney,
un corredor perdió una oreja —¡una oreja!— en el frenesí que acompañaba a las
constantes noticias de nuevos descubrimientos. Fue un período embriagador y
transformó las fortunas de Australia. De ser una lánguida y tranquila
productora de lana, pasó a ser un coloso de las minas, el mayor exportador de
minerales del mundo. Los mayores hallazgos se produjeron en Australia
Occidental, y gran parte de la riqueza se quedó en Perth, la capital del
estado, cosa que explica tantos rascacielos.
Lang
Hancock, el hombre que lo empezó todo, fue llamado a la gran montaña de hierro
celestial en 1992, pero en su vejez hizo aquello que enfurece tanto a los hijos
de los ricos de todo el mundo: se casó con Rose, su ama de llaves filipina.
Según el periódico, la hija de Hancock había presentado una demanda alegando
que la viuda y el difunto señor Hancock «habían gastado a manos llenas y de
forma impropia un dinero que no era suyo». El artículo ofrecía un recuadro con
los principales bienes de la señora Hancock. Entre éstos había una casa en
Perth de 35 millones de dólares en un barrio llamado Mosman Park, con la
dirección completa. Decían que era la residencia más majestuosa de la ciudad;
sólo las lámparas de araña habían costado 3 millones de dólares. Mirando el
plano de la ciudad, vi que Mosman Park estaba en el extremo más alejado de un
grupo de barrios conocidos por su lujo que se extendía hasta Fremantle, y como
hacía un día estupendo y estaba de buen humor, decidí ir caminando.
Del
centro de Perth a Mosman Park hay un buen trecho. Caminé horas y horas por
entre la frondosa extensión del campus de la Universidad de Australia
Occidental, bordeando la soleada playa del estuario del río Swan, seguí las
ondulantes bahías y los estuarios repletos de yates, y llegué por fin a zonas
residenciales de una riqueza ostentosa —Nedlands, Dalkeith, Peppermint Grove—
donde las mansiones palaciegas se asaban bajo un sol penetrante. Aquellos
barrios ocupaban kilómetros para desgracia de mis pobres pies, calle tras calle
de hogares trofeo, con grandes verjas y anchos paseos, patios adornados con
estatuas griegas sobre bases ornamentales y garajes con flotas de coches. Era
una aplastante demostración de la teoría de que el dinero y el buen gusto no siempre,
o casi nunca, van a la par. Los propietarios de aquellas casas eran hombres que
les había tocado la lotería, comerciantes de aquellos que aparecen en sus
propios anuncios de televisión y gente que no se avergonzaría de decir que vive
en «Peppermint Grove»[28]. No
pretendo insinuar que los nuevos ricos australianos sean menos refinados que
los de otros países, pero la falta de una arquitectura vernácula y propia de
Australia representa que la gente puede elegir su estilo en una gama más
amplia: bancos automatizados, casinos, residencias de lujo para ancianos y
hoteles en pistas de esquí. Verlo todo junto a lo largo de varios kilómetros
como ocurre en los barrios occidentales de Perth es una experiencia
embriagadora.
Llevaba
unas tres horas caminando cuando llegué a un lugar llamado Chidley Point y me
di cuenta de que había encontrado Mosman Park. Busqué en mi bolsa el periódico
para comprobar la dirección y descubrí que lo había olvidado sobre la mesa del
café de Kings Park. No importaba. Ya había caminado 12 o 13 km y había visto
suficientes extravagancias inmobiliarias para toda la vida. Me parecía recordar
que la casa de los Hancock estaba en Wellington Street, o sea que busqué mi
camino hasta aquella adormilada calle y la recorrí. Por el camino vi unas ocho
casas que contaban millones de dólares en ladrillos, mortero, adornos de jardín
y relucientes lámparas de arañas, pero ninguna que pudiera jactarse de ser
inequívocamente la mayor fortuna de la metrópolis. Mientras estaba dudando, una
jovencita con pantalones cortos y una camiseta a juego —una paseadora de perros
profesional, supuse— se me acercó tras de un perro retozón tan grande como un
pony. Más que pasear al perro, la chica esquiaba tras él sobre las suelas de
sus zapatos. Bajé de la acera para no ser devorado, pero le pregunté al pasar
si sabía cuál era la casa de los Hancock y ella me señaló una tres puertas más
arriba. Fui a echar un vistazo. Considerando lo que me había costado llegar
allí, confieso que me esperaba más —me rondaba por la cabeza una especie de
mausoleo fantástico dedicado al sueño de San Simeón—; la casa estaba en una
parcela más bien pequeña y no era cursi ni estaba ornamentada con exageración.
La miré unos minutos, abrumado por la idea un poco tardía de que aunque había
invertido un montón de energía en llegar allí, me importaba un bledo dónde
vivía Rose Hancock. Una vez digerido este pensamiento, di la vuelta con
expresión reflexiva y seguí mi larga marcha hacia el mar.
Fremantle
es un lugar interesante y agradable. En los días de la fiebre del oro fue un
puerto muy cosmopolita, pero después se hundió en un largo período de
decrepitud. En los años setenta, vivió una recuperación de población burguesa
cuando la gente advirtió el potencial comercial de su gran surtido de casas
victorianas en decadencia. O sea que hoy es un lugar de moda donde tomar un
café con leche y un helado, y tiene tiendecitas que venden artesanía. A todo el
mundo le encanta Fero, como lo llaman ellos. Y normalmente a mí también, aunque
aquel día mi entusiasmo estaba languideciendo a toda velocidad. La tarde era
espantosamente calurosa, sin visos de la refrescante brisa del océano que ellos
llaman Fremantle Doctor (porque te hace sentir mejor, claro). Había caminado
tanto que tenía los pies humeantes cuando me di cuenta de que me faltaban por
cubrir unos seis kilómetros a lo largo de la ajetreada, falta de encanto y
despiadadamente soleada Stirling Highway.
Cuando
llegué al centro de Fremantle, a última hora de la tarde, estaba agotado. Entré
en un pub y me bebí una cerveza con propósitos medicinales.
— ¿Se
encuentra bien? —me preguntó la camarera.
— Sí
—contesté—. ¿Por qué?
— ¿Ha
visto cómo tiene la cara?
Lo
entendí enseguida.
— ¿Me he
quemado? —pregunté desolado.
Ella
asintió franca y compasivamente, pero en el fondo risueña.
Me miré
en el espejo de la barra. Me devolvió la mirada, burlonamente vestido con ropa
parecida a la mía, un personaje de los dibujos animados llamado Señor Cabeza de
Tomate. Solté un pequeño suspiro. Los próximos cuatro días sería objeto de
preocupación de todos los ancianos de Australia Occidental y de diversión del
resto. Después sufriría tres días más, conforme la piel se me escamaba y
pelaba, y adquiriría el aspecto de fugado de una leprosería, y los demás
adoptarían una actitud de horror y repulsión universal. Las camareras dejarían
caer las bandejas; los mirones tropezarían con las farolas; los conductores de
ambulancia disminuirían la velocidad al pasar y me mirarían preocupados. Sería,
como siempre, un sufrimiento silencioso. Dentro de tres o cuatro horas me
estaría muriendo de dolor. Entonces ya estaba hecho una ruina. Los pies y las
piernas me dolían tanto que no estaba seguro de poder utilizarlos nunca más.
Estaba tan sucio como un golfillo de la calle y olía como para que me
enterraran. Y todo aquello por ver una casa que no tenía ningún interés y
caminar después hasta la ciudad demasiado cansado para explorar.
Pero me
daba igual. ¿Sabéis por qué? Había visto un monotrema. La vida no podía
aportarme nada que disminuyera la emoción de aquel momento. Sostenido por ese
pensamiento, apuré mi cerveza, bajé cautelosamente del taburete del bar y cojeé
entre la multitud de mirones buscando un taxi que me llevara a la ciudad.
Por la
mañana cogí otro coche de alquiler y salí en la penúltima de mis búsquedas
australianas. Me dirigía a los bosques de eucaliptos jarrah y karri de
la península sudoeste. Si os parece un plan un poco soso, confiad en mí, porque
son árboles excepcionales. Son al mundo arbóreo australiano lo que el gusano
gigante de Gippsland es a los invertebrados: son grandes, desconocidos y
brindan su misteriosa presencia sólo en una pequeña zona, el extremo sudoeste
de Australia Occidental, por debajo de Perth. Los karris son
las sequoias australianas. Alcanzan alturas de 75 m, pero es su pasmosa
circunferencia —más de quince metros hasta sus elevadas cimas— lo que les
otorga majestad. Pensad en el sicomoro más imponente y grácil que hayáis visto,
triplicadlo en dimensiones y tendréis un karri.
La
especie dominante de la región, sin embargo, es el hermoso y noble jarrah,
ligeramente menos imponente que el karri, pero aun así enorme y
llamativo. Es un milagro que los jarrahs sigan allí, porque es
el árbol vivo menos afortunado. La especialización que le permitió florecer fue
también su trágica perdición, porque prospera en suelos ricos en bauxita, y la
bauxita es un mineral muy valioso. En los años cincuenta las compañías mineras
descubrieron la relación y simultáneamente llegaron a la gratificante
conclusión de que podían talar y vender el jarrah a buen
precio y después extraer la estupenda bauxita que había debajo, lo que suponía
dos fuentes de ingresos en la misma superficie. La vida no puede ser mejor;
siempre, claro está, que tu conciencia soporte la idea de cargarte un tipo de
bosque que no existe en ningún otro lugar dejando en sustitución repugnantes
hendiduras. Los ingenieros de minas —son gente ingeniosa— resolvieron el
problema prescindiendo de la conciencia. ¡Genial!
Les
ayudaron en ello sus colegas de la industria forestal. A los ingenieros de
montes australianos, todo hay que decirlo, les gusta talar árboles. No se les
puede culpar del todo —al fin y al cabo es con lo que se ganan la vida— y sin
duda son menos descuidados ahora que en períodos anteriores, pero se les
permitió cargarse tanto bosque durante tanto tiempo que todavía necesitan una
atenta vigilancia. Se trata de elementos, para que os hagáis una idea, capaces
de describir la tala como «el método de regeneración con luz solar» sin
ruborizarse. Es decir, Australia es el menos boscoso de los continentes
(exceptuando la Antártida, evidentemente) y sin embargo es también el mayor
exportador mundial de astillas de madera. No soy ninguna autoridad, y que yo
sepa todo esto se gestiona con el mayor cuidado (al menos esta es la impresión
que pretende dar el Departamento Australiano de Conservación y Explotación de
la Tierra), pero a mí me parece que existe una cierta discrepancia matemática
entre tener muy pocos árboles por una parte y ser la industria de exportación
de astillas de madera más dinámica del mundo, por la otra. Una cosa está clara:
existen menos bosques de jarrah de los que había, y muchos
menos de los irreemplazables karris. En opinión de William J.
Lines, entre 1976 y 1993 Australia perdió una cuarta parte de los bosques
de karris para hacer astillas de madera. ¡Para hacer astillas
de madera! Repito, es gente que necesita vigilancia.
Pero
aunque no tuviera bosques tan singulares, el extremo suroeste de Australia
sería una zona interesante. Se extiende a lo largo de 280 km desde Cape
Naturalista, en el Océano Índico, a Cape Knob, en el océano meridional, y es
otra de esas invasiones inesperadas de exuberancia que se producen en Australia
de vez en cuando. Es parecido al Valle de Barossa de Australia Meridional, pero
tan discreto y sin pretensiones que ni siquiera tiene nombre. En Australia
encuentras rótulos orientativos por todas partes —Sunshine Coast, Northern
Tropics, Mornington Peninsula, Atherton Tablelands— pero el apelativo más
concreto que vi en la región fue «el extremo meridional de Australia
Occidental». Deberían afinar un poco más. Sin embargo, en lo que a la tierra y
los mares se refiere, no es necesaria ninguna mejora.
Ya fuera
porque mi aventura australiana estaba llegando a su fin y me sentía conmovido,
porque había pasado gran parte de las dos semanas anteriores inmerso en
paisajes interminables y áridos, o porque no conocía casi nada de la zona
(nadie que no sea de Australia Occidental la conoce) y por consiguiente no
tenía expectativas que pudieran frustrarse, el caso es que me cautivó
enseguida. Era como si hubieran juntado las partes más agradables y menos
ostentosas de Europa y Norteamérica: las tierras bajas escocesas, el valle de
Meuse de Bélgica, el altiplano de Michigan, los pastizales de Wisconsin,
Shropshire o Herefordshire en Inglaterra; lugares hermosos pero no tanto como
para recorrer grandes distancias para verlos. No era el paisaje más
imprescindible del mundo, pero era seductor, acogedor y completo. Lo bauticé —y
desde aquí lo ofrezco gratis mientras no encuentren algo mejor— como Península
Agradable. («¡Donde todo es… bastante bonito!»)
Pasé un
buen día —un día muy agradable— conduciendo entre bosques y suaves colinas, me
crucé con ordenados huertos y viñas de color verde botella, por carreteras
comarcales serpenteantes que seguían indefinidamente hacia el mar azul y
soleado. Era un pequeño reino bendito. Me paré a menudo en los pueblos
—Donnybrook, Bridgetown, Busselton, Margaret River— a tomar un café, fisgar en
las librerías de segunda mano y caminar por un paseo de madera o una playa de
dunas.
Pasé la
noche en Manjimup, en el límite del bosque del sur, y por la mañana me levanté
temprano y descansado y seguí sin demora en dirección a los Parques Nacionales
de Shannon y Mount Frankland. A los pocos minutos llegué a un bosque fresco y
verde de una erecta y majestuosa grandiosidad. Aquello parecía muy prometedor.
Pero me dirigía a un lugar llamado el Valle de los Gigantes, una atracción
turística de reciente creación que me habían dicho que no me perdiera. Se lo
llama Tree Top Walk, y como su nombre indica es un paso elevado, una pasarela
entre la arboleda de tingles, otra de las raras especies de
eucaliptos gigantes que sólo se encuentran en la región. Había dado por
supuesto que se trataba de una atracción, pero me enteré de que los tingles,
con toda su grandiosidad, son delicados y dependen de los pocos nutrientes que
encuentran en su base, y que el constante pisoteo de los visitantes interfería
en la descomposición de la materia orgánica y ponía en peligro su bienestar. El
Tree Top Walk pues, no sólo es una insólita diversión y una nueva perspectiva
para los visitantes, sino que los mantiene a una distancia segura y
conveniente.
Para
llegar al Tree Top Walk hay que recorrer un par o tres de kilómetros por un
bosque costero cercano al pueblo de Walpole. Llegué cuando estaban abriendo,
pero el aparcamiento ya estaba casi lleno. Había mucha gente a la entrada y
curioseando en la pequeña tienda. El complejo lo gestiona el Departamento de
Conservación y Explotación de la Tierra y, como en el Parque del Desierto de
Alice Springs, era un impresionante ejemplo de un departamento gubernativo
capaz de hacer algo innovador y de hacerlo bien. Esa gente nos sería muy útil
en el Mundo Conocido.
El Tree
Top Walk merece ser mundialmente famoso. Consiste en una serie de rampas
voladizas de metal, como pasarelas industriales, situadas a respetable altura
de algunos de los árboles más bellos e imponentes del mundo. El Tree Top Walk
es una construcción impresionante. Recorre unos seiscientos metros y en sus
puntos más altos está a unos treinta y seis metros del suelo —una altura
considerable, creedme, cuando miras desde el borde de una barandilla que te
llega a la cintura—. Como la superficie del suelo es una parrilla que te
permite ver hacia abajo —y además te impulsa a hacerlo— pasar por ella te da
una sensación de chulería y atrevimiento. Me encantó. Hay árboles más grandes
que el tingle (incluso los fresnos de Australia oriental son
algo más altos) y sin duda hay árboles más bellos, pero no creo que haya
ejemplares que sean ambas cosas a la vez. Las sequoias alcanzan alturas más
vertiginosas, pero su tronco no tiene gracia: es como un palo de escoba con
cuatro clavos. Los tingles tienen una copa más ancha y se
expanden exuberantes. Esa es la diferencia. No se puede encontrar un árbol
mejor.
Lo
recorrí dos veces, admirado. Hasta que no me encontraba a medio camino de la
segunda vuelta no me di cuenta de que aquello estaba lleno de gente y de que
yo, como los demás, compartía la experiencia con los que me rodeaban, señalando
detalles a desconocidos y atendiendo a quienes me los señalaban a mí. Rara vez
entablo conversación con niños que no conozco pero allí hablé con dos chicos
—dos hermanos de Melbourne muy listos, de diez y doce años, que estaban de
vacaciones con sus padres— intentando recordar si había koalas en Australia
Occidental y elucubrando si podríamos ver alguno en las copas de los árboles.
Después su padre se unió a nosotros y lo discutimos con él. Entonces llegó la
madre y me miró. «Oiga, está muy quemado» me dijo, preocupada, y me ofreció su
crema protectora. Rechacé el ofrecimiento pero se lo agradecí de corazón.
Fue
reconfortante ver aquello como una experiencia solidaria, compartiendo
observaciones y productos farmacéuticos. Me recordaba mi paseo por los parques
de Adelaida el Día de Australia, cuando centenares de personas parecían estar
—o efectivamente estaban— divirtiéndose juntas. Aquello tenía el mismo ambiente
de empresa común. En el sentido antropológico más elemental, era un
acontecimiento social.
Pero
entonces no fui consciente de lo importante que es este componente en la vida
australiana, hasta que descendí a tierra para dar un paseo por una zona llamada
el Antiguo Imperio. Consistía en un sendero de tablones que formaba un gracioso
círculo en otra parte del bosque. A su modo era casi tan entretenido como el
Tree Top Walk —estar al pie de un círculo de tingles, con la cabeza
inclinada hacia atrás para abarcar su remota altura, es una experiencia que
marca tanto como pasear a pie por la frondosa pasarela— pero como los tablones
no eran nuevos ni encumbrados, nadie pasaba por allí. Lo disfrutaba yo solo, y
en lugar de alegrarme por haber encontrado un poco de soledad, como habría sido
lo normal, me sentía inesperadamente solo. «¡Eh, vosotros!» tenía ganas de
gritar. «¡Venid a ver esto! Es estupendo. ¡Bajad aquí conmigo! ¡Quien sea! ¡Por
favor!».
Pero
naturalmente no grité. Miré larga y respetuosamente. En un momento de
ensoñación se me ocurrió que aquel bosque era una buena metáfora de Australia.
Era al mundo arbóreo lo que Charles Kingsford Smith a la aviación o los
aborígenes a la prehistoria: inexplicablemente olvidado. De todos modos, me
parecía sorprendente que pudiera existir en esa zona tan limitada uno de los
árboles más raros e imponentes, formando un bosque de una belleza consumada y
singular, y que casi nadie hubiera oído hablar de él fuera de Australia. Pero
esa es la gracia de Australia, claro: que está llena de maravillas
desconocidas.
Y con
esta idea en la cabeza, me marché de allí; a su manera discreta, era una de las
más sorprendentes maravillas del país.
Cuando
volvía en coche a Sydney desde Surfers Paradise, me detuve en una bonita ciudad
universitaria llamada Armidale, en el noreste de Nueva Gales del Sur. Mientras
paseaba sin rumbo por sus agradables calles, encontré un edificio de aspecto
oficial llamado Administración de Recursos Minerales y, no sé por qué, entré.
Siempre me había preguntado por qué existe tanta abundancia mineral en
Australia y no en mi jardín, por ejemplo, y entré pensando que a lo mejor
habría alguien que pudiera explicármelo. Una de las delicias de curiosear
periodísticamente en una sociedad tan alegre y abierta como Australia es que
puedes presentarte en un sitio como la Administración de Recursos Minerales sin
nada concreto en la cabeza, y el personal te invita a entrar y te responde a
las preguntas que te apetezca hacerles.
El
resultado es que pasé media hora con un amable geólogo llamado Harvey Henley,
que me dijo que Australia no está como se cree repleta de recursos minerales,
al menos desde el punto de vista de riqueza mineral por metro cuadrado. Es
sencillamente que tiene muchos metros cuadrados, relativamente poca población y
una historia breve; por consiguiente, gran parte del país está sin explorar.
Para que lo entendiera, me llevó a su zona de trabajo a mostrarme lo que hacía
para ganarse la vida. Elaboraba mapas geológicos, grandes y meticulosamente
detallados, enrollados como cianotipos, que extendió sobre la mesa con respeto,
como si fueran antiguas ediciones. Incluso para un ojo no experimentado era
evidente que registraban todos los montículos y repliegues del paisaje, con
énfasis particular en las reservas de esplendor mineralógico. Me explicó que
cada uno cubría una porción de Nueva Gales del Sur de 60 km de largo por 40 de
ancho y se tardaba en hacerlo de diez a quince años. El equipo de Armidale
estaba trabajando en ochenta de estas secciones.
— Menudo
trabajo —dije, impresionado.
— Se lo
aseguro. Pero siempre encontramos algo nuevo —apartó un mapa para mostrarme el
de abajo—. Esto —dijo, golpeando una porción del mapa sombreada en un color
pastel— es una nueva mina en un lugar llamado Cadice Hill, cerca de Orange.
Contiene unos doscientos millones de toneladas de arena con mineral.
— Y ¿eso
es bueno?
— Es muy
bueno.
— Veamos
—dije reflexivamente, intentando hacerme una idea general— si se tarda de diez
a quince años en elaborar un mapa que cubre una sección de tierra de 60 por 40
km, y si hay ocho millones de kilómetros cuadrados en Australia, ¿qué parte del
país se ha estudiado hasta ahora?
Me miró
como si le hubiera hecho una pregunta muy tonta.
— Pues
casi nada.
Esta idea
me pareció muy interesante.
— ¿En
serio? —dije.
— Seguro.
—
Entonces —seguí pensativamente— si me lanzaran en paracaídas en un lugar
del outback elegido al azar, por ejemplo en el desierto de
Strzelecki, ¿caería en una porción de tierra que nunca ha sido estudiada?
—
¿Oficialmente estudiada? Casi seguro.
Me paré
un momento a digerirlo.
— ¿Cuánta
riqueza mineral habrá todavía por descubrir?
Me miró
con la amplia sonrisa de quien confía en el trabajo.
— Nadie
lo sabe —dijo—. Es imposible predecirlo.
Pensemos
en esto un momento mientras me acompañáis por la solitaria carretera costera
del norte de Perth a Darwin, a 4.163 km de distancia. Aquí, cerca de la costa,
hay pocas ciudades y numerosas granjas, pero hacia el interior, más allá de las
bajas y verdes colinas de la derecha, y con sorprendente rapidez, nos
encontraríamos en un desierto traicionero y desorientador. Nadie sabe con
certeza lo que hay allí. Es una idea que me resulta terrible y estimulante a la
vez. Todavía se hacen descubrimientos casuales en los países que no han sido
totalmente explorados. Hace poco, llegó un tipo sonriente de los desiertos
occidentales arrastrando una pepita de oro de 27 kg. Era la pepita más grande
nunca vista, y estaba tirada en el desierto. ¡Por Dios!
Los
especialistas en minas se dedican a estudiar imágenes por satélite y mapas a
base de pases de aeroplano a baja altura («mapas de fantasía» los llamó Harvey
Henley, despreciativamente), pero la investigación de campo que exige caminar
por lechos de río secos y llevarse las rocas para analizar, acaba de empezar.
El problema no sólo radica en la inmensidad de Australia —aunque esto ya es
bastante desalentador, francamente— sino en el riesgo que representa explorar
tierras desconocidas. Como manifestó el paleontólogo británico Richard Fortey:
«Aparecían pistas durante breves períodos, que desaparecían en ambiguas marcas,
en cuyo caso se aconseja al desconcertado y ansioso pasajero que mire por la
ventana en busca de ramitas rotas que indicarían el paso de un vehículo […] Es
terriblemente fácil perderse».
En un
entorno como éste proliferaban los rumores de hallazgos fabulosos explotados.
La historia más famosa se refiere a un tal Harold Bell Lasseter, que en los
años veinte afirmó haber encontrado una roca de oro de unos quince kilómetros
en los desiertos centrales hacía treinta años, pero que por razones que no
estaban a su alcance no había podido reclamarlo. Aunque parece inverosímil, la
historia era más plausible de lo que puede hacer pensar una mera descripción.
Finalmente, Lasseter logró convencer a varios inversores escépticos y a algunas
grandes corporaciones (General Motors fue una de ellas) de que organizaran una
expedición, que partió de Alice Springs en 1930. Después de varias semanas de
dar vueltas de forma confusa e improductiva, los que habían creído en Lasseter
empezaron a perder su confianza. Uno por uno todo el equipo lo fue abandonando,
hasta que Lasseter se quedó solo. Un día sus dos camellos se soltaron. Solo y a
pie, encontró una muerte solitaria y lamentable. Juraría que también bebió orina.
Pero, no encontró el oro. La gente todavía lo busca.
Aunque
casi con certeza Lasseter iba muy despistado o era un charlatán, la idea de que
haya un enorme arrecife de oro en el desierto no es totalmente absurda. Y es
posible que alguien pueda hacer tal hallazgo y después olvide su localización,
como en este caso. Otras personas más meticulosas y preparadas que Lasseter se
han confundido en el desierto. Éste fue el caso de Stan Awramik, un geólogo que
estaba estudiando las bajas, irregulares y terriblemente calurosas colinas del
Pilbara, una región del noroeste de Australia por explorar, cuando encontró un
afloramiento de rocas que contenían diminutos organismos fosilizados llamados
estromatolitos que podían datarse en el amanecer de la vida, hace 3.500
millones de años. En el momento que los descubrió Awramik eran los fósiles más
antiguos encontrados en la Tierra. Desde un punto de vista científico, esas
rocas fueron el equivalente al fugitivo arrecife de oro de Lasseter. Awramik
recogió unas muestras y volvió a la civilización. Pero cuando retornó a Pilbara
para proseguir con sus investigaciones, fue incapaz de encontrar el
afloramiento. Se desvaneció en aquella interminable desolación de colinas. En
alguna parte, aquellos estromatolitos originales todavía esperan que los
redescubran. Igual podría haber sido oro.
Desde
entonces se han encontrado otros lechos de estromatolitos de similar o mayor
antigüedad en otros puntos, tanto en Australia como fuera. Pero, en el mismo
período, en las cálidas y poco profundas aguas de Shark Bay, en una solitaria
franja de la costa de Australia Occidental, los científicos descubrieron algo
no menos extraordinario e incluso más inesperado. Encontraron una comunidad de
estromatolitos vivos: colonias de formaciones, al estilo de los líquenes, que
silenciosa pero perfectamente habían reconstruido las condiciones que existían
en la Tierra cuando la vida estaba en su infancia. Era eso lo que iba a ver.
Hay unas
ocho horas de coche entre el norte de Perth y Shark Bay. A primera hora de la
tarde, cerca de un lugar llamado Dongara, la carretera se curvó y empezó a
descender hacia el mar y por fin logré entrever el azul océano. Esta sección de
Australia Occidental se llama Batavia Coast, que es precisamente lo que quería
investigar. En Geraldton, la única ciudad digna de este nombre en 1.000 km (sin
duda el único sitio con más de un semáforo), paré a tomar café y aparqué por
casualidad frente a un pequeño museo marítimo en el centro de la ciudad. Vacilé
en la puerta, dividido entre la necesidad de seguir mi camino y la curiosidad
por ver lo que había allí dentro, e impulsivamente entré, y me alegro de
haberlo hecho, porque el museo estaba dedicado en gran parte a la poco conocida
historia del barco que dio su nombre a la costa: un olvidado navío mercante
llamado Batavia, que fue a parar a las costas de Australia en 1629
y al hacerlo desencadenó uno de los episodios más grotescos e inverosímiles de
los anales de la marina. Los libros de historia australianos no suelen
dedicarle más que una nota al pie (Manning Clark no lo menciona), lo que me
sorprende un poco porque fue la primera estancia de europeos en suelo
australiano, y sigue siendo la mayor matanza de blancos en la historia del
país. Pero voy demasiado deprisa.
En 1629,
cuando empieza nuestra historia, los marinos holandeses acababan de descubrir
que la forma más rápida de llegar a las Indias Orientales desde Europa no era
hacerlo en línea recta por el Océano Índico después de doblar el cabo de Buena
Esperanza en África, sino bajar hasta el paralelo 40 —los famosos Cuarenta
Rugientes— y dejar que esos animados vientos te empujaran hacia el este. La
teoría funcionaba, siempre que lograras no estrellarte contra Australia. Por
desgracia, ésta fue la suerte del capitán Francisco Pelsaert. Dos horas antes
del amanecer, a primeros de junio de 1629, el Batavia tropezó
con un impedimento arenoso llamado Islas Abrolhos en la costa oeste de
Australia. Casi enseguida la nave empezó a quebrarse.
De las
360 personas que estaban a bordo, muchas se ahogaron en la confusión, pero unas
doscientas llegaron como pudieron a la costa. Salió el sol y vieron que estaban
en una inhóspita franja de arena con unas pocas provisiones rescatadas del
barco y unas perspectivas francamente lúgubres. Estaban a 1.500 millas de
Batavia (ahora Jakarta). Pelsaert reflexionó un rato, y anunció su intención de
llevarse un grupo de hombres y un bote grande y llegar remando a Batavia: no
era muy esperanzador pero era lo único que tenían.
Dejó al
mando a un hombre llamado Jeronimus Cornelisz. Lo que pasó después no está muy
claro, pero parece que Cornelisz era a la vez un loco y un fanático religioso:
una combinación peligrosa. En los días siguientes, él y unos pocos fieles
seguidores mataron a muchos de los supervivientes: 125 hombres, mujeres y
niños. Y a los pocos que perdonaron la vida los convirtieron en esclavos —las
mujeres para cocinar y ofrecer sus favores sexuales, los hombres para pescar y
trabajar— excepto un pequeño grupo, que se escapó a otro banco de arena a unos
cien metros de distancia cruzando un difícil canal. Allí construyeron las armas
que pudieron con las conchas y los maderos que arrastraba el agua, y un fuerte
para frustrar los ataques que Cornelisz y sus hombres lanzaban de vez en
cuando.
Pelsaert,
desconocedor del lío que había dejado atrás y preocupado con sus cosas —al fin
y al cabo había hundido un barco recién botado, el orgullo de la marina
mercante holandesa— remó por el mar de Timor y milagrosamente llegó a Batavia.
Allí sus estupefactos superiores escucharon su narración, le dieron otro barco
y le ordenaron que volviera a buscar a los supervivientes.
Cinco
meses después de que empezaran sus problemas, Pelsaert llegó otra vez a las
Islas Abrolhos. Una vez allí, el capitán encontró a los supervivientes en plena
guerra civil, y —siempre a punto de meter la pata— estuvo a punto de ponerse de
parte del bando equivocado y perder su nave a manos del enloquecido Cornelisz y
su banda de desesperados. Sin embargo, al final consiguió comprender lo que
había sucedido e introdujo un poco de orden y justicia en el pequeño pero
fatídico banco de arena. Cornelisz y seis de sus secuaces fueron ahorcados sin
demora. Los demás recibieron azotes o se les obligó a pasar por debajo de la
quilla y se les encadenó para devolverlos a Batavia donde se les aplicaría un
tratamiento correctivo más serio. Pero por razones desconocidas, Pelsaert
decidió tomarse la molestia de ordenar que trasladaran a tierra en bote a dos
de los sinvergüenzas —un marino llamado Wouter Looes y un grumete llamado Jan
Pelgrom—, y fueran abandonados allí.
El 16 de
noviembre de 1629, los dejaron en un lugar llamado Red Bluff Beach. Nadie sabe
qué fue de los dos holandeses, pero dos cosas son seguras. Fueron los europeos
que llegaron más lejos del mundo y los primeros australianos blancos.
Gracias
al amable personal del museo, me enteré de que Red Bluff Beach está en un lugar
llamado Kalbarri, a un par de horas por la costa, y como me venía de camino a
Shark Bay, decidí parar a pasar la noche. Kalbarri está a unos sesenta
kilómetros por un desvío de la North West Coastal Highway, en una verde llanura
cubierta de matas de brezo. Empezaba a hacerse de noche cuando llegué
—demasiado tarde para ir a ver el lugar donde habían abandonado a los
holandeses— o sea que alquilé una habitación en un motel cercano a la playa y
me contenté con un paseo por el pueblo. Kalbarri es un lugar pequeño y bonito.
Se remonta sólo a 1952, cuando unos pescadores descubrieron que las aguas
cercanas a la costa estaban repletas de langostas. Hasta mediados de los años setenta,
en que se asfaltó la carretera que se desvía de la North West Coastal Highway,
estaba prácticamente aislado del mundo exterior excepto por mar. Hoy en día la
pesca sigue siendo el motor de la comunidad, pero también se ha convertido en
un pequeño complejo turístico. Las dos cosas parecen convivir bien.
Difícilmente
podría mejorarse su situación. Está en una gran bahía protegida por largos
bancos de arena blanca. Caminé hasta la playa con la luz cálida del final del
día. Las Islas Abrolhos estaban a unos sesenta kilómetros de la costa —no se
veían desde el continente— pero vi, a unos tres kilómetros costa abajo, el
promontorio llamado Red Bluff, donde habían abandonado a los dos amotinados.
Mientras
paseaba, dos cosas me llamaron la atención: a unos cien metros dentro de la
bahía, un bote medio hundido, remolcado muy lentamente hacia el puerto por un
estrecho canal entre los bancos de arena, y montones de personas que habían
acudido a verlo. El mayor grupo de mirones estaba en un malecón de la parte
comercial del puerto, a un kilómetro. En la parte turística del puerto también
había mucha gente, sentada sobre el capó de los coches aparcados en el paseo
marítimo, mirando desde los balcones de las casas y apartamentos en primera
línea de mar o saliendo de las tiendas y los pubs a mirar. Había en el aire un
silencio raro y casi misterioso.
Pregunté
a un hombre sentado sobre un coche qué sucedía.
— Es un
barco de pesca que encalló en un arrecife anoche —explicó.
El
accidente había sucedido a las dos y media de la madrugada, mar adentro, el
barco había empezado a irse a pique. Para añadir más tensión al asunto, el
patrón se había llevado a su hijo de siete años, seguramente como premio.
Habían salido a rescatarlos tres botes de pesca del pueblo. Miré el reloj.
Llevaban dieciséis horas de rescate. Se lo observé a mi informador y él me
sonrió levemente, como excusándose.
— Ha sido
un día muy largo para todo el pueblo —dijo—. Hemos estado con el alma en vilo.
Pero todo ha salido bien.
Kalbarri
tiene una población de 1.500 personas y unos dos tercios estarían allí. Cuando
el bote pasó entre los bancos de arena y su salvación pareció asegurada, la
gente aplaudió con furor desde todos los rincones del puerto como si recibieran
al ganador de una regata, y los animaron. Me pareció estupendo que todo un
pueblo acudiera a la llegada de un bote de pesca en apuros. Creo que ni pagando
encontraría mil personas que me recibieran si llegara renqueando a puerto tras
una noche azarosa. Me gustaba Kalbarri.
Por la
mañana me levanté temprano y conduje los tres kilómetros por la costa hasta Red
Bluff Beach, donde me habían dicho que encontraría un mojón que señalaba el
lugar donde los dos malvados holandeses habían sido abandonados a su solitario
destino. Era un lugar espectacular: una gran plataforma de roca barrida por las
olas, que la salpicaban sin parar. A un lado había una larga playa de dunas
marcada a intervalos con rótulos que decían: «Precaución. Corrientes
peligrosas». El océano era de un turquesa brillante, y la larga playa era
golpeada por furiosas y grandes olas.
Busqué
cuidadosamente por toda la zona, pero no encontré ningún mojón y no había nadie
en la playa a aquella hora, aparte de una pareja que paseaba a un perro
retozón. No tenía importancia. Quien hubiera puesto el mojón tuvo que hacerlo
mucho después del suceso y probablemente se basaba en conjeturas. Así que
disfruté del sol y del frescor del aire del mar, y se me ocurrió la idea de que
quedarse allí abandonado no tenía nada de malo. Era un lugar precioso. El mar
estaba lleno de peces y las colinas detrás de la playa abundaban en material de
construcción. Looes y Pelgrom —insisto que por razones insondables— fueron
generosamente tratados por Pelsaert. Les dejó un pequeño bote, comida y agua,
herramientas y abalorios para comerciar con los nativos, si encontraban alguno.
Hay lugares mucho peores del mundo donde terminar tu vida: por ejemplo, una
mazmorra fétida e infestada de malaria en Batavia, como habría sido su destino.
Suponiendo que las relaciones con los nativos fueran cordiales, allí se podía
vivir tranquilamente.
La idea
me llegó muy adentro no sólo porque allí, in situ, lo viera tan
claro. La franja costera de Australia Occidental al norte de Perth es
asombrosamente bella y se ha librado del desarrollo. Más allá de Kalbarri no
hay un solo pueblo en 300 km hasta Carnarvon, y sólo una carretera secundaria
que llega al mar, la que yo iba a coger en Shark Bay. Más allá de Carnarvon, a
lo largo de los 2.900 km hasta Darwin, había una tranquila y esplendorosa costa
salpicada de vez en cuando por diminutas poblaciones. En conjunto, Australia
tiene unos doce mil quinientos kilómetros de costa y sólo tres docenas de
comunidades costeras, incluidas las de la península del sudoeste por donde
había venido.
Por esta
razón se tardó tanto en descubrir los estromatolitos en Shark Bay. Aunque
estaban en la orilla de una playa de conchas accesible, donde podía verlos
cualquiera, nadie se fijó en ellos hasta 1954, y la ciencia no los identificó
hasta una década después. Con 37.000 km de costa australiana por investigar, no
es raro que les cueste tiempo.
Desde
Kalbarri tenía que recorrer 60 km para volver a la North West Coastal Highway
—sólo existe esta carretera para entrar y salir— y unos ciento cincuenta
kilómetros más hasta Shark Bay. En dos horas y media me crucé sólo con tres
coches y un roadtrain larguísimo. Al cabo de un rato vi un par
de manchas misteriosas en la carretera ante mí. Eran dos obreros que
practicaban un agujero en medio de la calzada y se protegían en cada dirección
por medio de un cono de plástico anaranjado colocado en el centro de la vía, a
un par de metros de donde trabajaban. Estoy hablando de la carretera principal
de la costa. Me recordó de golpe lo lejos que estaba de todo. Aquello era lo
más alejado que se puede estar en Australia de los principales centros de
población. Por carretera, desde donde estaba yo, había 6.000 km a Sydney y
cerca de cinco mil a Brisbane. Incluso Alice Springs, la ciudad más cercana por
el este, estaba a 4.000 km de distancia debido al trazado de las carreteras.
Finalmente, por una estepa sin accidentes, llegué al desvío de Shark Bay. Seguí
una carretera secundaria recién asfaltada unos tres kilómetros. Terminaba en
una antigua estación de repetición de telégrafos, en Hamelin Pool: un complejo
con edificios blancos de madera; uno de ellos se anunciaba como museo y otro
como café y tienda de regalos.
En el
aparcamiento sólo había dos o tres coches más, pero mientras miraba un tablero
de información llegaron dos autobuses en formación, soltaron un bufido e
inmediatamente empezaron a desembarcar ríos de pasajeros, todos con el pelo
blanco, cámara al cuello y desorientados parpadeos ante el insoportable brillo
del sol. Parecía que fueran de todas partes: Estados Unidos, Gran Bretaña,
Holanda y Escandinavia. Después de haber llegado tan lejos, no tenía ganas de
compartir mi experiencia con cien ruidosos desconocidos y me fui a la playa con
paso enérgico por una pista arcillosa. Hacía un calor espantoso. Venía brisa
del mar, pero parecía que trajera aún más calor. Al cabo de un kilómetro la
pista terminó en una bahía suntuosamente soleada, en calma y de un intensísimo
color verde. A cierta distancia mar adentro había un largo banco de arena
formando una perezosa curva. Aquello tenía que ser Fauré Sill, una barrera de
dunas de cuarenta y cinco km de longitud que rodea la bahía y le otorga un
carácter especial; cálida, poco profunda y con aguas muy salinas de las que
había por el planeta cuando los estromatolitos reinaban por doquier.
No se
veían por ninguna parte señales de invasión humana excepto directamente
enfrente, donde un elegante paseo de madera zigzagueaba a lo largo de unos
cuarenta y cinco metros por la bahía sobre unos pilones bajos, oscuros y de
aspecto primitivo que no rompían la calma de la superficie del agua. Había
encontrado mis estromatolitos vivos. Ansioso, me subí al paseo y lo seguí hasta
el primer grupo de sedimentos. El agua era transparente como un cristal y tenía
un par de metros de profundidad.
Los
estromatolitos no son fáciles de describir. Son tan primitivos que ni siquiera
adoptan formas regulares tal como hacen los cristales, por ejemplo. Los
estromatolitos se amontonan. Más cerca de la costa formaban plataformas grandes
y ligeramente ondulantes, como un asfalto viejo. Más allá se disponían como
grupos individuales que recordaban enormes boñigas de vaca o excrementos de
elefante. En los libros se suelen referir a ellos como si tuvieran forma de
palo, de coliflor o de columna. Son como gotas sin forma, de color negro
grisáceo, sin distintivos ni brillo.
Hay que
admitir que una formación de estromatolitos no es una visión bonita ni
impresionante. Vuestra reacción después de ver un lecho de estromatolitos vivos
por primera vez sería decir «Ummm» en el tono vaga, reflexiva y prudentemente
favorable que utilizaríais si os dieran un canapé que está más bueno de lo que
parecía pero no tanto como para comeros otro. Es un tono que quiere decir:
«Bueno, pues vale».
No es el
aspecto de los estromatolitos lo que los hace tan extraordinarios. Es la idea
de que existan, y en eso sí que no tienen rival. Imaginad que estáis viendo
rocas vivas: que funcionan silenciosamente como copias de las primeras
estructuras orgánicas que aparecieron sobre la tierra. Estáis experimentando el
mundo como hace 3.500 millones de años, más de tres cuartas partes hacia atrás,
hasta el momento de la creación terrestre. Si no es una idea estimulante, no sé
qué podría serlo. Como dijo el antes mencionado paleontólogo Richard Fortey:
«Es como viajar en el tiempo, y si el mundo supiera apreciar las auténticas
maravillas, esto sería tan conocido como las pirámides de Giza». Tiene razón.
Los
estromatolitos son como los corales, su vida se desarrolla en la superficie, y
lo que vemos de ellos es la masa muerta de los antecesores. Mirando con
atención se observan diminutas burbujas de oxígeno que suben desde las
formaciones como una corriente. Es lo máximo que hacen los estromatolitos, que
no es mucho, pero es lo que hizo posible la vida tal como es. Las burbujas las
provoca un microorganismo del tipo de las algas llamado cianobacteria, que vive
en la superficie de las rocas —unos tres mil millones por metro cuadrado, para
ahorraros el recuento—, y cada uno de ellos captura una molécula de dióxido de
carbono y un diminuto latido de energía del sol y lo combina para mantener sus
modestas ambiciones de vida. El producto resultante de un proceso tan simple es
la exhalación de un poquito de oxígeno. Pero muchos estromatolitos que
respirasen durante un período dilatado modificarían el mundo. Durante dos mil
millones de años fue la única vida que hubo en la Tierra, y en ese período los
estromatolitos aumentaron el nivel de oxígeno de la atmósfera en un 20 %, el
requerido para permitir el desarrollo de otras formas de vida más complejas:
yo, por ejemplo. Les estaba sinceramente agradecido.
El
proceso químico que tiene lugar hace las células ligeramente pegajosas.
Diminutas motas de polvo y otros sedimentos se pegan a su superficie y éstas se
unen lentamente y forman las rocas que estaba viendo. Los estromatolitos no
sólo se mantienen allí porque las condiciones sean especialmente favorables
sino porque dichas condiciones son hostiles a cualquier otro animal. Los
estromatolitos no existen en ningún otro sitio porque se los llevaría la marea
o alguien los devoraría, y en cambio allí no hay nada más que sobreviva en
aguas tan saladas ni nadie que se los coma.
Los
estromatolitos dieron vida a la tierra y después se convirtieron en alimento y
fueron devorados hasta la extinción, lo cual encierra una cierta ironía. Algo
parecido me sucedió a mí. Mientras estudiaba las aguas cristalinas podía oír a
los ancianos turistas que se acercaban por la pista. A los pocos minutos una
avanzadilla empezó a subirse al paseo de madera. Una mujer con una visera de
los Miami Dolphins se colocó junto a mí, contempló el agua un momento, se
apartó un par de moscas, miró a su marido y en una voz que habría ahogado a un
grupo de trabajadores del acero dijo: «¿Para ver esto hemos cruzado todo el
continente?».
Como me
sentía con ánimo caritativo, me giré hacia ella y, con una sonrisa comprensiva
y toda la amabilidad y el tacto que pude reunir, emprendí la tarea de
despertarle admiración por la maravilla que tenía a sus pies. Reconocí su
impresión de que los estromatolitos no eran gran cosa a primera vista, pero le
expliqué cómo sus diligentes e infinitesimales contracciones químicas, en un
período infinitamente largo, habían hecho del mundo un lugar verde y hermoso
como el que tenemos. Observé que sólo se habían encontrado formaciones como
aquélla en dos lugares más de la Tierra —uno, también en Australia y el otro en
un cayo remoto de coral de las Bahamas, los dos mucho más pequeños y
prácticamente inaccesibles— de modo que aquel era el único lugar del mundo donde
los visitantes podían examinar con relativa comodidad tan singulares creaciones
en todo su menospreciado esplendor. Así que —y aquí introduje mi sonrisa más
cálida y zalamera— valía la pena haber cruzado el continente por verlos.
Me
escuchó con lo que yo definiría como estupefacta sumisión, sin apartar la
mirada. Después me tocó el brazo con la mano y dijo:
— ¿Sabe
que está quemadísimo?
Paseé por
la playa de conchas contigua hasta que las moscas me hicieron imposible
perseverar, y después volví tranquilamente a la estación de telégrafos. El
museo estaba cerrado y a oscuras, así que fui al café. Los turistas supongo que
se habían detenido a tomar algo porque la encargada estaba ocupada recogiendo
tazas y platos. Al verla pensé cómo se las arreglaría para alimentar a
autobuses llenos de gente con el supermercado más cercano a 250 km.
— ¿Sí?
—dijo amablemente al pasar por mi lado.
— Quería
saber si era posible ver el museo.
— Claro
que sí. Le diré a Mike que le acompañe.
Mike era
Mike Cantrall, un tipo de mediana edad tan alegre como ella, con un disoluto
pendiente y actitud relajada, que salió de la cocina secándose las manos con
una servilleta de papel, evidentemente feliz de dejar de lavar platos. Me
acompañó al museo y con cierta dificultad abrió la puerta. El museo era pequeño
y mal ventilado y me dio la sensación de que no lo abrían desde hacía meses —me
dijo que muy pocos turistas querían verlo pero era encantador. Una sala entera
estaba dedicada a los estromatolitos. Había un tanque de peces con
estromatolitos burbujeando pacíficamente, los únicos en cautividad del mundo,
creo. En un viejo televisor con vídeo me mostró una cinta de cuatro minutos que
hacía un conciso repaso de lo que eran los estromatolitos y cómo se habían
formado. Después recogió un fragmento del tamaño de un ladrillo de viejos
estromatolitos y me lo pasó. Yo hice las convenientes expresiones de sorpresa
por lo pesado que era.
El resto
del museo estaba dedicado a sus días como puesto fronterizo de
telecomunicación: primero para el telégrafo y después para el teléfono. Era
mucho más entretenido de lo que había creído, primero, porque en una de las
paredes había una gran fotografía de Adgee Cross, un operador, en lo alto de
una escalera, completamente desnudo, reparando una línea de telégrafos y tan
campante como si aquel fuera el uniforme de reparaciones del telégrafo
del outback. Iba desnudo, me explicó Mike, porque acababa de cruzar
el río Murchison con la escalera y no quería mojarse la ropa. No dije nada,
pero se me ocurrió que la ropa mojada tardaría escasos minutos en secarse en el
desierto mientras que las botas, que era lo único que llevaba puesto, tardarían
horas. Sospecho que Adgee Cross reparaba las líneas desnudo porque le gustaba.
A lo que yo digo: ¿por qué no?
También
me enteré de la graciosa historia de la señora Lillian O’Donahue, que era
operadora de teléfonos allí antes de que se inventaran los teléfonos
automáticos. En Carnarvon, carretera arriba, había una gran antena de satélite
que la NASA utilizó hasta los años setenta para rastrear las naves espaciales
cuando pasaban por el Océano Índico. En 1964, durante una misión, se cortó la
comunicación entre la antena de Carnarvon y una estación de rastreo cercana a
Adelaida, y todos los mensajes tuvieron que pasar por la señora O’Donahue y su
anticuado equipo. La señora O’Donahue estuvo una larga y calurosa noche ante su
centralita registrando cuidadosamente mensajes en clave de un puesto fronterizo
y pasándolos a otro. Cada vez que la nave Geminis pasaba sobre
los cielos meridionales, el destino de la misión —esto me encanta— quedaba en
las devotas manos de una modesta ancianita sentada en un rincón polvoriento de
una pequeña casita blanca de la costa oeste australiana. Ganó seis dólares por
horas extras, me dijo Mike. Esto también me encantó.
Salimos,
Mike cerró la puerta y volvimos juntos al aparcamiento. Le pregunté cómo había
ido a parar a aquel lugar. Me dijo que él y su esposa, Val —la alegre señora
del mostrador— llevaban allí tres semanas. Eran de los nuevos nómadas
—jubilados (hoy en día a menudo jubilados antes de tiempo)— que lo venden todo,
compran una caravana potente y se pasan la vida en la carretera, no se crean
vínculos en ningún sitio y no paran nunca. Seis meses antes, aquello me habría
parecido el peor castigo: conducir sin parar por un paisaje tan caluroso, seco
y árido. Pero ahora lo entendía perfectamente. Toda aquella vacuidad y luz
deslumbrante tienen algo seductor que no cansa nunca: una idea paradójica.
Además, Australia está llena de sorpresas. Siempre hay algo en tu camino: un
paseo por las copas de los árboles, una playa que alberga formas antiguas de
vida, museos que conmemoran extraordinarios naufragios holandeses o reparadores
de teléfonos desnudos, gente encantadora como Mike y Val Cantrall, un
pueblecito de pescadores a la espera de que llegue una barca remolcada. Nunca
sabes qué pasará pero siempre es agradable. A lo mejor era cosa de mi estado de
ánimo, pero me sentía como si yo también pudiera hacerlo.
Le di las
gracias a Mike por mostrármelo todo y volví a mi rutilante vehículo. Incluso
desde lejos ya se veía que haría un calor insoportable dentro, o sea que abrí
las puertas para que se aireara y me refugié con mi libro de mapas bajo la
sombra de un árbol inclinado junto al sendero de la playa. No sé por qué me
tomaba la molestia de mirar porque el único camino para volver a Perth era por
el que había venido, siguiendo la larga y vacía North West Coastal Highway.
Para pasar el rato, hojeé distraídamente las páginas correspondientes a
Australia Occidental —es tan grande que necesita varias— y me llamó la atención
un terreno elevado muy cerca de la frontera con el Territorio del Norte. Era
una especie de cordillera llamada, con inaudita sonoridad, las Bungle Bungles.
Hacía poco que había oído hablar de ellas. Las Bungle Bungles son un macizo
aislado de piedra arenisca en el que durante millones de años los vientos
fuertes y secos han excavado el paisaje en formas curiosas: larguiruchos
pináculos, hectáreas de rollizas dunas, paredes ondulantes. El conjunto abarca
2.600 km2, pero, según el libro Australia: A Continent
Revealed, estas extraordinarias formaciones «no se conocieron a fondo hasta
los años ochenta». Es increíble. Una de las maravillas naturales del mundo, que
ocupa una zona equivalente a la de un condado inglés, no se visitaba ni se
conocía hasta hace unos veinte años.
Tuve un
poderoso impulso de ir a verlas. ¿Cuándo volvería a estar tan cerca? Además,
sería la ocasión de llegar al Pilbara y visitar el pequeño Marble Bar, famoso
por ser el pueblo más caluroso de Australia. Podría ver la tierra donde Stan
Awramik encontró y perdió sus estromatolitos fosilizados. Desde allí llegaría
dando un salto por la Victoria Highway a Darwin. La estación húmeda terminaría
pronto, así que podría ir al Parque Nacional de Kakadu —que dicen que es
maravilloso, pero cuando yo había estado allí era sólo un lago— e incluso
llegarme a Queensland a visitar Cooktown de una vez. Bueno, podría seguir así
siempre.
Pero
aquello era una fantasía, producto quizá de un exceso de sol, un deseo natural
de no volver sobre mis pasos por los 725 km de solitaria carretera hasta Perth
y una auténtica reticencia a dar por terminada aquella aventura. Medí con los
dedos la distancia y me sorprendió y no me sorprendió al mismo tiempo ver que
había 2.575 km hasta el desvío de las Bungle Bungles —160 km de duras pistas
del interior por las que no me sentiría seguro—. Estaba en un punto medio de la
costa oeste de Australia, al límite del mundo, y todavía me faltaban 2.500 km
de desolación para llegar a un punto de atracción en el mismo estado. Ese país
tiene una dimensiones absurdas.
Pero esta
es la gracia de Australia: que haya tantas cosas por ver y tantas otras por
encontrar. No hay manera de ver ni la mitad. Me puse a pensar qué diría mi
esposa si le llamara y dijera: «Cariño, vendemos la casa y nos compramos una
caravana australiana. ¡Vamos a ver las Bungle Bungles!». Francamente no creía
que colara, o sea que cerré las puertas del coche, me puse al volante e inicié
mi largo viaje de vuelta a Perth.
Conduje
con ese estado de ánimo melancólico que se apodera de mí al final de los viajes
largos. En un par de días volvería a New Hampshire y todas estas vivencias se
irían arrinconando como una película vieja de Disney en el desván polvoriento
de mi cerebro intentando hacerse un sitio entre todo lo que había ido
acumulando desordenadamente en medio siglo de vida. Y al cabo del tiempo
intentaría recordar: «¿Cómo se llamaba el sitio donde estaba la Gran
Langosta?». Y después: «¿Seguro que no fui a Tasmania? ¿Estás seguro? Déjame
ver el libro». Y finalmente: «¿El primer ministro de Australia? No, lo siento.
Ni idea».
Me ponía
melancólico que la vida continuara en Australia y yo no me enterara. No sabría
quién se quedaría con los millones de Hancock. No me enteraría si se había
encontrado el paradero de aquella pobre pareja americana abandonada en La Gran
Barrera de Arrecifes. Los inmigrantes chinos vadearían hasta la costa y
pedirían un taxi, y yo no oiría hablar de ello. Los cocodrilos atacarían, los
incendios se reproducirían, los ministros abandonarían sus cargos con deshonor,
se encontrarían cosas pasmosas en el desierto y seguramente se volverían a
perder, y nada de esto llegaría a mis oídos. La vida en Australia continuaría y
yo no me enteraría de nada, porque en cuanto sales de allí, Australia deja de
existir. Qué idea más curiosa y más triste.
Sin
embargo, en el fondo lo entiendo. Australia está casi vacía y además muy lejos.
Su población es pequeña y su papel en el mundo resulta, por consiguiente,
marginal. No tiene golpes de estado, ni abusa de la pesca, no hay simpáticos
déspotas, ni cultiva coca en cantidades industriales ni avasalla a nadie. Es
estable, pacífica y buena. No necesita que la vigilen, así que nadie lo hace.
Pero nosotros nos lo perdemos.
En fin,
que Australia es un lugar interesante de verdad. Y ahora sí que no digo más.
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Notas:
[1] Término
australiano que se refiere a la parte interior más desolada e inhóspita del
país. (N. de la T.)
[2] Magnate
de la prensa australiana, nacionalizado norteamericano.
[3] La
afirmación es indiscutible. Sin embargo, el autor quiere aclarar que no llevaba
las gafas puestas, que confiaba en sus anfitriones, que escudriñaba la gran
extensión de océano en busca de tiburones y que le preocupaba excretar algo
indebido en sus pantalones.
[4] Si
no se indica lo contrario, los dólares se refieren a dólares australianos. A
principios del 2000, 1 $ eran aproximadamente cuarenta peniques británicos (o
una libra esterlina eran 2,50 dólares australianos).
[5] Según
el historiador australiano Geoffrey Blainey; y en 1929 según la revista National
Geographic. No debe de haber ningún hecho en Australia que alguien no
contradiga de forma significativa en algún medio impreso.
[7] Monte
de la Desesperación
[8] Para
que conste, el capitán Watkin Tench, que era uno de ellos, registró 751
convictos y 211 marineros que bajaron a tierra, con 25 bajas durante la ruta.
Hugues, en La costa fatídica cifra el número de convictos que
bajaron en 696 y el número total de bajas en 48; no especifica el número de
marineros. Un artículo del National Geographic da 775 como
número de prisioneros; una Concise History de Penguin apunta
529. Podría seguir así indefinidamente.
[9] Aquel
no fue un buen período para el orgullo australiano frente a Estados Unidos. Al
cabo de dos semanas de inaugurar el puente y encontrarse trágicamente carente
de superlativo, Phat Lap, el mejor caballo de carreras de la historia
australiana, murió en circunstancias misteriosas en California. Todavía hay
australianos que dicen que lo envenenaron. Los australianos están muy
orgullosos de ese caballo y no les hace mucha gracia que les recuerden que se
había criado en Nueva Zelanda.
[10]Loxosceles
rufescens. (N. de la T.)
[11]Petting puede
traducirse como acariciarse y besarse pero pet significa
animal doméstico. (N. de la T.)
[12] En
inglés, rape, que significa colza y al mismo tiempo
violación. (N. de la T.)
[13] Quien
fuera que le puso el nombre evidentemente no se enteró de que Burley era el
segundo apelativo de Walter, no parte de su apellido.
[14] Se
trata de un boletín sobre las sesiones parlamentarias de Gran Bretaña. (N.
de la T.)
[15] El
grillo. (N. de la T.)
[16]Hay es
heno, del que deriva la expresión to make hay while the sun shines,
que significa «hacer el agosto», aunque literalmente se puede traducir por
«granar heno mientras luzca el sol», un juego de palabras que, evidentemente,
no captó el hombre de la gasolinera. (N. de la T.)
[17] Salchicha
alemana o austriaca. (N. de la T.)
[18] Apelativo
australiano para los británicos. (N. de la T.)
[19] Según
los australianos, la traducción podría ser: «Una vez un alegre buhonero acampó
en una charca / a la sombra de un eucalipto coolibah / y cantaba mientras
miraba y espera que hirviera la tetera / ¿vendrás a vagar por el mundo
conmigo?» (N. de la T.)
[20] Una
forma infantil de referirse al pene. (N. de la T.)
[21] Un
futuro salvaje: la historia jamás contada de los invasores exóticos de
Australia. (N. de la T.)
[22] Respectivamente,
una camiseta, un término de argot para los pechos (lo vi en la cubierta de una
revista e hice ruborizar a un vendedor al preguntárselo, pero ¿cómo va uno a
aprender si no?); y una especie de tendedero giratorio del que los australianos
están misteriosa pero conmovedoramente orgullosos.
[23] Premio
a la primera novela de un granjero joven. (N. de la T.)
[24] Comentarista
conservador, escritor y editor de una revista política de derechas. (N.
de la T.)
[25] Extremo
de arriba. (N. de la T.)
[26] Jamás
de los jamases. (N. de la T.)
[27] Semanas
después, en Londres, busqué el libro de Keegan, y estaba lleno de referencias
al ejército australiano. La conclusión que podemos extraer, supongo, es que los
australianos están tan convencidos de que los pasarán por alto que a veces
pasan por alto que no los pasen por alto.
[28] Semanas
después, en Londres, busqué el libro de Keegan, y estaba lleno de referencias
al ejército australiano. La conclusión que podemos extraer, supongo, es que los
australianos están tan convencidos de que los pasarán por alto que a veces
pasan por alto que no los pasen por alto.

