Libro N° 10870. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista XV. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10870.
Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista XV. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
Título original: ©
Crónicas De La Conquista XV. Aurelio
Díaz Meza
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De La Conquista XV. Aurelio Díaz Meza
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Aurelio Diaz Meza
Crónicas
De La Conquista XV
Aurelio
Diaz Meza
CONTENIDO
§ 1. Precursores de la Independencia de Chiloé
§ 2. Consecuencias de tres años sin O’Higgins
§ 3. Cómo se generó la Constitución del año 1828
§ 4. El eclipse de un astro
§ 5. Los orígenes del Santiago alegre
§ 6. La Libertadora y el Libertador
§ 7. ¿Cuándo llegó a Santiago la primera compañía lírica?
§ 8. En la hermosa llanura de Tuquí
§ 9. Wheelwright
§ 10. La Asamblea Constituyente del año 1833
§ 11. Cómo fue promulgada la Constitución de 1833
§ 12. El Cuerpo de Bomberos y sus antecedentes
§ 13. El segundo advenimiento de Portales
§ 14. El sacrificio de un gran patriota
§ 15. Fray Andresito, siervo de Dios
§ 16. La historia trágica de la Iglesia de la Compañía
§ 17. El incendio de la Compañía
§ 18. El cañonazo de las doce
§ 19. Un drama espeluznante en el cementerio de Santiago
§ 20. Barros Arana, conspirador
Leyendas
y episodios chilenos XV
Aurelio
Díaz Meza
§ 1.
Precursores de la Independencia de Chiloé
La
llegada a San Carlos de Ancud de dos barcos realistas que traían a su bordo
algunos oficiales y soldados del ejército español derrotado y capitulado en
Ayacucho, con la espantable noticia del desastre completo de las armas
peninsulares ante el irresistible empuje de los soldados patriotas de América,
produjo en los defensores de Chile una profunda consternación.
Hacía
ocho años que el brigadier don Antonio de Quintanilla mantenía vigorosamente en
alto el pabellón de Fernando VII tras de las formidables fortificaciones del
canal de Chacao, con indecibles sacrificios, pero en espera siempre de los
prometidos y nunca cumplidos refuerzos que ofrecía con tanta largueza la corte
madrileña, para mantener o reivindicar su dominio en las Indias.
La nueva
y decisiva derrota de Ayacucho venía a tronchar las ilusiones del valiente
brigadier español y las de sus leales chilotes que llevaban su fidelidad al
monarca hasta la obcecación; sin embargo, la fatal noticia “no entibió sus
sentimientos de adhesión al rey, sino que produjo una indefinible tristeza y
desaliento”.
Había en
Chiloé algunos soldados patriotas prisioneros de guerra, a los cuales, contra
su voluntad, se les había obligado a tomar las armas en los batallones
realistas de la isla. Estos soldados habían sido los primaros que hablaran a
¡os soldados y al pueblo chilotes de “independencia”, de “patria”, de
“libertad” y en general de esas “novedades”, como las calificaba con cierta
gracia el franciscano Melchor Martínez. Por cierto que los chilotes oían todo
aquello como quien oye llover; lo único que ellos querían era vivir en paz en
sus terruños y parcelas y que se acabara la guerra, de la que culpaban
exclusivamente a los osorninos y valdivianos, por querer apoderarse de esa
“tierrecita de Chilué, que era de ellos y del Rey, nuestro
señor”.
— ¿Y para
qué “quedrán” tanto terreno esos osorninos, Señor del Cielo? — diz que se
lamentaba doña Melania Andrade, una de las señoras más graciosas de Ancud y
cuya fama no falta quien la recuerde todavía.
La
creencia del pueblo chilote era que los chilenos querían quitarles el terruño
que les había dado el Rey; de ahí que lo defendieran tan heroicamente; y como
los enemigos que tenían más cercanos eran los osorninos y los valdivianos,
cargaban ingenuamente a la cuenta de estos posadores las invectivas de Cochrane
y de Freire.
La
llegada de los derrotados de Ayacucho y las noticias del tremendo desastre,
anonadó a los chilotes, desde Quintanilla a Pedro Guerrero, que era el “fiscal”
de la reducción de Rauco y "predicaba” unos sermones tremendos contra los
chilenos el día domingo después de la misa.[1]
Estos
momentos de desconcierto y angustia fueron los que aprovecharon dos militares
chilotes, “contaminados por ideas anarquistas para lanzarse en una aventura de
estupendo e inaudito atrevimiento; nada menos que apresar a Quintanilla y a sus
Ministros, deportarlos y proclamar la incorporación de la isla al territorio de
la República de Chile.
Esos
chilotes patriotas llamábanse don Manuel Velásquez, teniente coronel del
batallón veterano de San Carlos que guarnecía la ciudad de Ancud, y don Fermín
Pérez, capitán del insigne regimiento. El capitán Pérez era primo de la esposa
de Quintanilla, doña Antonia Álvarez Garay, perteneciente a una de las familias
principales de Castro; la familia del capitán Velásquez cuenta entre sus
descendientes, a los Varas Velásquez, a los Guzmán Velásquez y otros personajes
de figuración en la política y las ciencias del país.
La idea
de una revolución, pronunciamiento o cuartelazo estaba germinando desde algún
tiempo atrás en los cerebros de estos cabecillas, pero nunca se les había
presentado una ocasión para llevarla a cabo; Quintanilla y sus Ministros eran
hombres que vivían vigilantes para sofocar cualquier intento que pretendiera
socavar la disciplina; cualquiera equívoca demostración de negligencia o
desaliento de parte de la tropa era inmediatamente corregida y tal era el
ascendiente que tenía el Gobernador sobre sus subordinados, que con su sola
palabra amistosa y persuasiva, conseguía llevar al convencimiento de que lo
único positivo y conveniente para el pueblo chilote era defender la causa del
lejano Rey.
Velásquez
y Pérez, guardando sus proyectos en lo más íntimo de sus cerebros
revolucionarios, habían conseguido no despertar sospechas de ningún género
sobre sus personas; pero estaban atentos a la menor oportunidad que se
presentara para dar su audaz golpe.
Cuando
llegaron los barcos “Trinidad” y “Real Felipe” con los fugitivos de Ayacucho y
esparcieron las fatales noticias que sembraron la consternación entre los
defensores de Ancud, ambos conjurados creyeron llegado el momento de efectuar
el pronunciamiento y derrocar la monarquía. Los fugitivos arribaron a Ancud en
la mañana del día 6 de febrero de 1825; durante todo ese día, Velásquez y
Pérez, aprovechándose de la turbación producida en el pueblo, se juntaron en
una casa cercana al fuerte del Campo Santo, con siete de los soldados patriotas
prisioneros que servían en el regimiento San Carlos y allí convinieron en dar
el golpe al amanecer del día siguiente.
El plan
era sencillo: Velásquez y Pérez se presentarían al amanecer al cuartel del
regimiento San Carlos y valiéndose de o la autoridad que les daba su condición
de segundo jefe, el uno, y de capitán, el otro, del citado cuerpo, sacarían la
tropa en formación a la Plaza frente a la cual tenía su palacio el Gobernador
Quintanilla; penetrarían a su domicilio y lo aprehenderían en el mismo momento,
exigiéndole su dimisión.
El plan
de los revolucionarios era bien factible en toda esta primera parte, puesto que
para realizarlo solamente se necesitaba audacia, y ellos la tenían; pero los
atolondrados cabecillas no consideraron la situación que iba a producírseles en
seguida para cimentar el gobierno independiente en una población que era
obcecadamente adicta al régimen monárquico.
El hecho
es que Velásquez y Pérez dejaron todo preparado esa misma noche del 6 para
desarrollar su acción en las primeras horas del día 7 de febrero.
Eran las
tres y media de la madrugada cuando ambos oficiales llegaron al cuartel de San
Carlos; el vigilante o centinela estaba dormido en su garita y “fue necesario
remecerlo” para que despertara... Pérez se dirigió rápidamente a la plaza del
oficial de guardia, que esa noche lo era el alférez don Pedro Bórquez,
despertólo, y Id ordenó, de parte del teniente coronel Velásquez, que
permanecía en la mayoría, que se presentara ante su jefe.
Bórquez
cumplió la orden rápidamente y dos minutos más tarde se encontraba en presencia
del segundo jefe del regimiento.
— Alférez
Bórquez, haga usted levantarse la tropa y que en diez minutos se encuentre
formada y armada dentro de sus cuadras. Para no alarmar a la población, no
toque usted cometas ni tambores. En reserva, le digo a usted que se ha sabido
que una “banda” de osorninos atraviesa el canal y pretende sorprender a las
poblaciones de Chacao.
Bórquez
no reparó en lo incongruente de la orden y de la causa que la motivara, y
partió a cumplirla, seguido del capitán Pérez, “que llevaba tres pistolas a la
cintura y una en cada bota”.
Antes de
un cuarto de hora estaba formado y listo el batallón, sin que nadie en el
pueblo sospechara la gravedad de los sucesos que empezaban a desarrollarse.
Eran más o menos las cuatro de la mañana cuando un piquete de soldados,
mandados por el capitán Pérez, penetraba al domicilio del Gobernador y llegaba
hasta el lado de su lecho, junto al cual dormía tranquilamente) su señora
esposa doña Antonia Álvarez.
El ruido
de las armas y de la gente que entraba en forma tan intempestiva, y los gritos
de una criada, hizo despertar sobresaltado al Gobernador Quintanilla; al
hacerse la luz en la habitación, por haberse corrido una cortina ventanal, el
Gobernador se encontró con el cañón de una pistola dirigida a su cabeza por el
capitán Pérez, al mismo tiempo que le decía: — La resistencia es inútil, don
Antonio; está vuestra merced en poder de los revolucionarios y todo el pueblo
de Ancud le pide que renuncie al poder y se embarque en el buque que lo está
esperando en el puerto. Vístase vuestra merced tranquila pero brevemente, que
tenemos orden de llevarlo a bordo.
La señora
Antonia Álvarez lanzó un gemido al oír las palabras de su primo, el capitán
Pérez.
— No hay
por qué afligirse, prima — díjole el oficial— así son las cosas de la guerra;
por lo demás, “estáte” tranquila, que a tu marido no le pasará nada, siempre
que no resista a las órdenes de la revolución.
Don
Antonio de Quintanilla se vistió rápidamente y sin haber logrado arrancad una
sola palabra más a su aprehensor fue transportado a la balandra “Isidora”, que
estaba alistándose para hacerse a la vela con rumbo a Río de Janeiro.
Antes de
las seis de la mañana estaban también a bordo, haciéndole compañía al
Gobernador, el comandante del regimiento San Carlos, coronel don Saturnino
García, el jefe de la brigada de artillería y Ministro de Guerra, coronel don
Tomás Plá, y el Ministro de Hacienda don Antonio Gómez Moreno. La primera parte
del plan revolucionario se había realizado con toda felicidad; quedaba lo más
difícil: cimentar la República, de la noche a la mañana, en el único reducto
donde todos los habitantes eran sinceramente monarquistas.
El
fracaso iba a ser rotundo e incontestable.
Hasta las
nueve o diez de la mañana no se supo en Ancud el cambio tan profundo que se
había operado en el gobierno de la isla durante las horas de la madrugada de
ese día; en esas primeras horas Velásquez y Pérez y los soldados patriotas
prisioneros a que me he referido antes, habían estado discutiendo la manera de
obtener que los demás jefes del ejército y de la administración, las
personalidades y vecinos caracterizados de la ciudad apoyaran el movimiento,
porque no se podía pensar en mantenerlo sin contar con su apoyo.
Los
revolucionarios no podían contar ni siquiera con la tropa del regimiento que
habían “usado”...; sabían que ésta no resistiría a cuatro palabras que oyeran
de cualquiera de los jefes militares, de cualquier civil o de algún fraile
francisano, en favor del monarca y de sus representantes; estaban seguros los|
revolucionarios de que tan luego como supiera que Quintanilla estaba preso, la
tropa se levantaría en su favor y ellos correrían un grave peligro. No había
sino que pensar en reunir a los vecinos en “cabildo abierto” y explicarles de
alguna manera que la finalidad del movimiento iba dirigida sólo contra
Quintanilla y sus ministros “para confirmar la adhesión de la isla al monarca
español”, y una vez conseguido el consentimiento del vecindario, “virar” poco a
poco hacia la República...
A las
once del día se reunía en la sala municipal el “cabildo abierto; desde los
primeros momentos se convencieron los revolucionarios de que el ambiente les
era contrario y que no tenían esperanzas de salvar el pellejo; este
convencimiento los “achunchó”, perdieron el control de sí mismos y toda
presencia de ánimo ante las protestas generales y unánimes por la prisión de
Quintanilla y de los Ministros.
El
capitán Pérez, que presidía la reunión, no supo qué contestar cuando el
inspector general de las milicias coronel don José de Ballesteros pronunció
enérgicamente estas palabras: — Si lo que todos queremos es defender la
autoridad del Rey de España, en estas islas, nada es más conveniente que volver
al mando de ellas al brigadier Quintanilla, que tan bien representa la
fidelidad de sus habitantes.
Todos
aclamaron a Ballesteros largo rato y pidieron que pasara a presidir la reunión.
Pérez y Velásquez quisieron salir d? la sala, pero fueron impedidos de hacerlo.
Entretanto,
el teniente don José Hurtado, ayudado por tres padres franciscanos y los
capitanes don Juan Manuel Ulloa y don José Ayala se fueron al cuartel de San
Carlos a arengar a la tropa en favor de la causa real y la libertad de
Quintanilla y del comandante del regimiento San Carlos, coronel Saturnino
García; bien pocos esfuerzos gastaron los oradores para que los soldados
aclamaran al Rey y a los prisioneros y se aprestaran a salir a la calle al
mando de los jefes realistas.
Ante este
resultado, los patriotas Velásquez y Pérez y sus pocos compañeros, no tuvieron
más que capitular, aceptando agradecidos el perdón que se les ofreció
generosamente.
Esa misma
tarde el Gobernador Quintanilla, el Coronel García y los Ministros Plá y Gómez
Moreno fueron desembarcados y repuestos en su cargos, después de ocho horas de
prisión.
Los
precursores de la independencia de Chiloé, teniente coronel don Manuel
Velásquez y don Fermín Pérez Álvarez fueron trasladados a las costas de la
provincia de Valdivia; Quintanilla se limitó a amenazarlos formalmente con que
los haría fusilar si alguna vez intentaban volver a Chiloé.
Pero
estos señalados patriotas no escarmentaron. Ya tendré oportunidad de contar al
benévolo lector cómo escaparon ambos de ser fusilados por la espalda, algunos
meses más tarde, cuando volvieron clandestinamente a la isla para hacer
propaganda en favor de la libertad de Chiloé y de su incorporación a la
República.
§ 2.
Consecuencias de tres años sin O’Higgins
Los
graves acontecimientos políticos del año 1824 hacían temer que en el curso del
nuevo año que empezaba se desarrollaran otros sucesos de mayor trascendencia
aun, pues los ánimos estaban caldeados por una atmósfera de recelos e
inquietudes que invadía a los dos campos en que estaba dividida la opinión de
los dirigentes del país.
Ni la
disolución del Senado, apoyada decididamente por el Director Freire, y llevada
a cabo en medio de una aparente tranquilidad el 21 de julio de 1824, ni la
suspensión de la Constitución vigente — la de 1823— ni las nuevas elecciones de
diputados verificadas en septiembre y la instalación solemne del nuevo
Congreso, verificada en Santiago el 21 de octubre; ni los decretos-leyes
expedidos por el Ejecutivo durante los tres meses que gobernó Freire
dictatorialmente, en los cuales resolvió muchos importantes problemas que el
Senado disuelto no había sido capaz de despachar; nada, en fin, de lo que
habían hecho los hombres patriotas de uno y otro lado para llevar la paz a la
República, durante el año 1824, había dado el resultado apetecido. Agregábase a
todo esto la irritación que había producido en una parte de la opinión pública,
el retiro del Vicario Apostólico Monseñor Juan Muzi, a causa de algunas
dificultades con el Gobierno, relativas a la administración de los bienes
eclesiásticos.
Empezaba,
pues, el año 1825, bajo los más negros auspicios; los más esclarecidos
patriotas estaban retirados de los negocios públicos y toda la dirección se
encontraba en manos del Congreso recién elegido, cuyos componentes, divididos
también en bandos irreconciliables, no repararon en los medios para combatirse
con encarnizamiento. Un bando se decía liberal, otro bando era conservador y un
tercer bando se denominaba “o’higginista” y, como su nombre lo indica, sólo
tenía por mira colocar nuevamente en el mando al ex Director O’Higgins,
desterrado en el Perú.
Cierto
día se leyó en una sesión del congreso una nota firmada por el Procurador de la
República, don Pedro González Álamos: era un verdadero panfleto que contenía
entre otras frases del mismo jaez, la siguiente: “Jamás se ha manejado más
descabelladamente la administración como ahora; ni aun entre los caribes u
hotentotes de la costa del África ocurre lo que en Chile”. Revisada la firma,
se vio que era falsificada; el Procurador no había firmado tal escrito.
Poco
después, a fines de enero, los gobernadores de Curicó. San Femando y Los Andes,
anunciaban haber recibido sendas comunicaciones firmadas por el Presidente y
Secretario del Congreso, don Francisco Ramón Vicuña y Silvestre Lazo, en las
que se les comunicaba que la Cámara había separado de su puesto al Director
Freire y nombrado interinamente en su reemplazo al Mariscal Prieto,
ordenándoles que citasen inmediatamente a “cabildo abierto”, para que el pueblo
eligiese al nuevo Director Supremo. Esta circular también era falsa... Estos
eran los medios más comunes con que se combatían los políticos al empezar el
año 1825.
La
incitación al asesinato no fue un arma vedada; en pleno Congreso se siguió un
proceso escandaloso contra dos de sus miembros que fueron acusados de haber
pagado a un individuo para que matara a dos de sus colegas, los señores don
Joaquín Campino y don Bernardo Vera y Pintado.
Desalentada
la opinión y no esperando ya nada de ese Congreso para llevar la tranquilidad
al país, creyó el Director Freire, aconsejado por sus Ministros, que debía
disolverlo; en efecto, de acuerdo con los comandantes de los batallones 7 y 8
de Infantería y los Cazadores a Caballo, notificó al Presidente del Congreso
que estos cuerpos no querían continuar guarneciendo a la capital. Esto
significaba que los diputados no tenían garantía para seguir reuniéndose,
porque no había quién detuviera los desmanes del pueblo, francamente contrario
al mantenimiento del Congreso.
Reuniéronse,
sin embargo, nuevamente los diputados, para considerar esta situación; pero
durante la discusión se advirtió que penetraban a la sala algunos oficiales,
seguidos de tropas, “los cuales iban a pedir satisfacciones de ciertas
expresiones vertidas por los diputados contra el ejército”. Tuvieron lugar
escenas ardientes y tumultuosas “en que una barra insolente insultaba a los
diputados y subió de punto la conmoción cuando una parte de éstos pidió
sesiones secretas y extraordinarias para seguir tratando de la cuestión
propuesta”. La reunión terminó violenta y borrascosamente, y fue la última de
este Congreso, que había durado seis meses en funciones.
“El 16 de
mayo de 1825 encontraba a la República en la misma situación que tenía el 21 de
octubre de 1824” es decir, sin leyes fundamentales, sin derechos para los
pueblos, sin reglas para las autoridades, sin un régimen general para el país”.
Ante esta
situación, las provincias de Concepción y de Coquimbo, que eran las únicas en
que estaba dividido el país, fuera de la de Santiago, habían resuelto elegir
asambleas provinciales para gobernarse, dejando a la capital entregada a su
suerte e indicándole que hiciera lo mismo. Solo reconocían la autoridad del.
Director Freire en los asuntos generales; era la implantación, de hecho, del
régimen federal.
Ante el
peligro de este régimen, del que solo eran partidarios algunos de los políticos
santiaguinos encabezados por don José Miguel Infante, todos los bandos trataron
de defenderse, incluso el Gobierno; para el efecto, se citó al vecindario a una
reunión que se verificó en la casa del Consulado (Biblioteca Nacional): pero
como el Gobierno temiera que allí se quisiera conspirar contra el único poder
constituido, invitó a todos los asistentes a reunirse en el palacio directorial
(edificio del Correo), bajo la presidencia del propio Director Supremo, el día
15 de junio.
De esta
reunión, que aunque fue borrascosa, no fracasó, salió un acuerdo patriótico:
convocar al pueblo a elecciones de diputados al Congreso General de la Nación,
llamando también a este acto a las provincias de Coquimbo y Concepción; nombrar
un Consejo Directorial o Consejo de Estado, que asesorara al
Director Supremo en el gobierno de la provincia de Santiago, y designar una
Junta Provincial que tendría a su cargo, exclusivamente, la convocación y la
realización de las elecciones. Estas conclusiones fueron aprobadas por la gran
mayoría entre una concurrencia de más de quinientos vecinos.
Con la
simple lectura de los acuerdos se nota que ellos no podían dar la solución de
paz que definitivamente se buscaba; el solo hecho de que no se contara con la
aquiescencia de las provincias de Concepción y de Coquimbo para llevar a cabo
la elección de diputados al Congreso, dejar ver que se partía de una base falsa
y que se dejaba atrás el germen de futuros e inmediatos desacuerdos.
Las
elecciones se llevaron a cabo el 31 de agosto en medio de la efervescencia de
las pasiones partidistas y con un encono que no reparaba en los medios más
execrables para obtener el triunfo. El Director Freire y la Junta Provincial
chocaron varias veces violentamente durante la preparación del acto electoral a
causa de las atribuciones que cada cual creía tener para dictar órdenes a las
autoridades departamentales; llegó un momento en que se creyó todo perdido, y
que las elecciones no llegarían a verificarse.
Pero
todos esos peligros se conjuraron.
La
votación dio un triunfo decidido a los o’higginistas y el primer acto del nuevo
Congreso fue pedir a las autoridades el juramento de obediencia y fidelidad a
la nueva representación nacional. Con esto surgió la primera dificultad y ella
fue la que alejó otra vez toda posibilidad de paz durante ese desgraciado año
de 1825.
Ante la
exigencia del Congreso, el Director Freire trató de evadir su cumplimiento al
principio con expedientes dilatorios, y en seguida francamente, porque en su
concepto no podía jurar obediencia, como jefe de todo el Estado de Chile, a una
asamblea de diputados que sólo representaba a la provincia de Santiago;
insistió el Congreso y por su parte se dirigió directamente a los jefes de los
cuerpos de la guarnición para que asistieran a prestar el citado juramento, el
día 7 de octubre.
Llegado
el día, se supo, con la consiguiente sorpresa, que el Director Supremo había
salido de Santiago la noche anterior, escoltado por cien soldados del Guías,
con dirección a las haciendas de Lo Espejo; había querido eludir materialmente
la prestación del juramento. Al acto sólo asistieron los comandantes del Nº 4
don José Santiago Sánchez; del 7*?, don Jorge Beauchef; del 8°, Coronel
Rondizzoni, y del Cazadores, Coronel Viel; el primero en prestar juramento fue
Sánchez.
El
Congreso, con gran mayoría de adversarios de Freire, creyó oportuno tomar una
medida extrema y a su entender decisiva, y aprobó en esa misma sesión el
acuerdo de declarar acéfala la primera magistratura por ausencia del Director
Supremo; en su reemplazo, eligió inmediatamente al Coronel don José Santiago
Sánchez.
Tanta
energía de parte de la asamblea sobrecogió los ánimos; veíase venir la guerra
civil y sumirse la nación en una competa anarquía. La tarde del día 7 de
octubre fue en Santiago de una agitación extraordinaria.
“Un
considerare número de amigos de Freire acordaron mandarle una comisión a
rogarle que volviera a Santiago a restablecer el orden; mientras tanto, el
Coronel Sánchez se recibía del mando y se instalaba como en su casa en el
Gobierno, en el cuartel de San Diego (Biblioteca del Instituto), nombrando como
Ministros a don José Gregorio Argomedo y a don Miguel de Zañartu, y se
repicaban las campanas por el triunfo del Congreso.
“A su
vez, los amigos de Freire insistían con los comandantes Beauchef, Rondizzoni y
Viel para que resistieran el nombramiento de Sánchez. El Coronel Rondizzoni se
presentó luego a ponerse a las órdenes de Freire, no así Viel y Beauchef que se
excusaban con el juramento prestado. El segundo jefe del regimiento de
Beauchef, sargento mayor don Guillermo de Vic Tupper, en vista “de la negativa
de su coronel, resolvió asumir el mando del cuerpo y así fue como al llegar el
primero al cuartel del 7º se encontró con el batallón formado y con la nueva de
que estaba depuesto del mando. El Coronel Viel, no queriendo tomar parte por el
Congreso ni por el Director, se alejó del mando del cuerpo 8º y lo entregó al
mayor Cutike, quien fue a ponerse a las órdenes del Director”.
La
revolución provocada por el Congreso, estaba fracasada antes de cuatro horas.
Freire
estaba de vuelta en Santiago a las ocho de la noche del día 7, y se detenía con
sus cien Guías frente al cuartel de la Maestranza (Cazadores),
mandando reunirse allí a todos los cuerpos de la guarnición; sólo el 49 de
línea, que mandaba el Coronel Sánchez, Supremo Director de pocas horas, no
concurrió al llamado, y tampoco quiso salir con su fiel batallón contra las
fuerzas de Freire. Al día siguiente, 8 de octubre, el General Freire mandaba
llamar a su presencia a Sánchez y después de una conferencia de un cuarto de
hora, a solas con él, lo hizo poner arrestado. Igual cosa hizo con Viel.
El mismo
día 8 de octubre, el Director Freire dictaba un decreto disolviendo el Congreso
y desterrando a once de sus miembros, que lo fueron: don Miguel de Zañartu, don
José Gregorio Argomedo, don José Antonio Rodríguez, don Joaquín Echeverría, don
Gaspar Marín, don Francisco de Borja Fontecilla, Fray Justo Oro, don Felipe del
Solar, don José María Argomedo, don Santiago Palacios y su hermano el Coronel
Palacios. Posteriormente, se desterró también a don José Ignacio Zenteno.
En su
lugar, creó un Consejo ele Estado Consultivo, compuesto de los
Ministros de Estado, del Presidente de la Corte Suprema, del Regente de la de
Apelaciones, del Decano del Tribunal de Cuentas, del Comandante General de
Armas, de un eclesiástico, de un comerciante, que fue don Diego Portales y de un
propietario, que lo fue don Fernando Errázuriz.
Después
de estos acontecimientos, la República quedó tranquila, a lo menos por el resto
del año 1825, que fue uno de los más agitados de nuestra vida republicana. A
fines de noviembre, el General Freire partía a su campaña de Chiloé, que lo
cubrió de gloria, porque destruyó el último baluarte de la dominación española
en América.
§ 3. Cómo
se generó la Constitución del año 1828
(1827)
El
Congreso elegido en 1826 por decreto de Freire tenía el carácter de
Constituyente, y en esta virtud sentó varios principios fundamentales sobre los
cuales debía redactarse la nueva Constitución. Se debe
advertir que desde 1810 se habían promulgado varias Cartas Fundamentales que
sucesivamente iban cayendo en desuso, incluso la última del año 1823.
Instalado
el nuevo Congreso con las solemnidades de estilo, el 4 de julio de 1826, el
Director Freire, al inaugurar sus sesiones, dejó establecido en el mensaje que
leyó ante el Congreso el carácter principal de la Asamblea, con estas palabras:
“Ante todo, reclama preferentemente vuestras tareas el más esencial y el origen
común de los bienes sociales, es decir, la formación de las leyes políticas y
fundamentales ¡Una Constitución!, este es grito universal del pueblo chileno,
el colmo de sus deseos, la base en que se asientan todas sus esperanzas.
¡Legisladores! el primero es éste, de vuestros deberes”.
Aunque el
propósito de esos legisladores era el de empezar desde luego el estudio de la
nueva Carta, hubo de preocuparse en resolver la situación que se presentaba con
la renuncia irrevocable que en esa misma reunión de instalación presentó el
Director Supremo; pero tan pronto como se resolvió este grave problema, con la
designación, por el Congreso, de un Presidente Provisional de la República, en
la persona del General don Manuel Blanco Encalada, y de un Vicepresidente, en
la de don Agustín Eyzaguirre, efectuadas cuatro días después, el 8 de julio, la
Asamblea Constituyente entró de lleno a fijar las bases en que debía
fundamentarse el Estatuto de la República.
La
inmensa mayoría de los diputados y del público que asistía a las sesiones, y
que, por lo tanto, reflejaba la opinión general del país, manifestaba el más
vehemente entusiasmo por el establecimiento del régimen federal. El Presidente
del Congreso, que lo era el Obispo don José Ignacio Cienfuegos, era uno de los
líderes de esta idea, y lo acompañaban enérgicamente don José Miguel Infante,
don Ramón Vicuña y los presbíteros Juan Fariñas y José María La Torre. Los
impugnadores del sistema, que estaban en diminuta minoría, tenían por jefes a
don Luis de la Cruz y a don Domingo Eyzaguirre. Para sintetizar las ideas de la
mayoría, el diputado secretario don Francisco Fernández presentó en la sesión
del 9 de julio, la siguiente brevísima indicación: La República se
constituye por el sistema federal.
La
discusión de esta proposición, a la que se le dio luego el carácter de proyecto
de ley, fue ardiente, y se sostuvo durante tres días; por fin, el 11 de julio
fue aprobada, por 36 votos contra 2, con la modificación que se verá: La
República de Chile se constituye por el sistema federal, cuya
Constitución se presentará a los pueblos para su aceptación.
Comunicada
esta ley al Ejecutivo, fue promulgada solemnemente tres días después.
Lanzado
el país hacia el federalismo, la inexperiencia política de los legisladores del
26, los llevó hasta los excesos de establecer la elección popular no sólo para
los cabildos, los intendentes y gobernadores, sino aun para los párrocos... El
Congreso iba dictando las disposiciones constitucionales en forma de leyes
aisladas, sin un plan previo que las coordinara y las hiciera coincidir. Los
resultados no se hicieron esperar, y antes de un año la República se vio
amenazada nuevamente por el fantasma de una guerra civil, a causa de las
perturbaciones que la implantación del sistema federal producía en las
provincias, y a causa, también, de la desorganización de los servicios públicos
por la pobreza del erario nacional A pesar del evidente fracaso del régimen
federal, sus defensores no se daban descanso para sostenerlo contra la opinión
pública que lo repudiaba francamente; y culpando del fracaso al hecho de que
aun no se hubieran coordinado y reunido en un solo código las disposiciones
aisladas que habían sido promulgadas, presentaron al Congreso un proyecto de
Constitución, en el que se reunían las leyes ya aprobadas y se proponían otras
para llenar los vacíos y darle unidad al conjunto. Los autores de este proyecto
presentado al Congreso el 19 de enero de 1827 fueron el Obispo Cienfuegos, los
presbíteros Fariñas y Elizondo y los señores José Miguel Infante y Ramón
Vicuña.
“Los
autores de este proyecto — dice Barros Arana— tomaron como modelo la
Constitución mexicana promulgada el año 1824 que un sesudo historiador de ese
país califica de injerto monstruoso de la Constitución de los Estados
Unidos sobre la .Constitución española de Cádiz de 1812”.
Pero el
desprestigio del Congreso era enorme ante el país; era tan grande como el
desprestigio y la bancarrota del sistema federal, y se hacía imposible sostener
esas ideas sin recurrir a las armas; sin embargo, hubo un momento de cordura en
medio de las pasiones enconadas, sobre todo con el advenimiento al poder del
General don Francisco Antonio Pinto, que llamó al Ministerio a tres individuos
alejados de las luchas políticas del momento; éstos eran el presbítero don José
Miguel Solar, Ministro del Interior, don Ventura Blanco Encalada, de Hacienda,
y el General Manuel Borgoño, de Guerra.
Los
mismos diputados, en su gran mayoría, estaban convencidos también de su fracaso
y muchos habían manifestado el deseo de no asistir más a las sesiones. Por otra
parte, “el Fisco estaba obligado a un desembolso considerable en pago de dietas
a los diputados, que por la miseria del erario se pagaba con mucha dificultad,
y nadie creía en el provecho que se habría de sacar de ese sacrificio”. En esta
situación, se abrió paso en el mismo Congreso la idea de dictar una ley para
disolverlo, combatida, ciertamente, por los federalistas recalcitrantes; pero
que triunfó al fin debido a la enérgica campaña del diputado don Diego José
Benavente. La ley de disolución del Congreso de 1820 fue promulgada el 22 de
junio del 27, y en ella se disponía que mientras se verificaban nuevas
elecciones “para consultar al país, “por medio de asambleas provinciales, sobre
la forma de gobierno que debía constituirse en la República”, se estableciera
una Comisión Nacional formada por ocho individuos elegidos a
pluralidad de votos por el Congreso, entre sus mismos miembros, la cual
Comisión tendría por objeto hacer el escrutinio de la elección venidera y
presentar en el término de tres meses el proyecto de Constitución del Estado,
con arreglo a los votos emitidos por las Asambleas Provinciales y Cabildos.
Quedaba
convocado, asimismo, un Congreso Constituyente, que se reuniría el 12 de
febrero de 1828, con el objeto de discutir, aprobar y jurar la nueva Carta
Fundamental.
“El
Congreso de 1826-27, dice un gran escritor contemporáneo, desaparecía
inesperadamente, como los que le precedieron, sin haber dejado nada de sólido y
duradero para la organización política y administrativa del país. En la
historia nacional casi no merece recordársele más que por el malhadado ensayo
del gobierno federal, que, aunque inspirado sin duda por un espíritu liberal y
bien intencionado, vino a aumentar la perturbación general sin resultado
alguno”.
Clausurado
el Congreso, el Presidente Pinto suspendió los efectos de las leyes del régimen
federal.
En
cumplimiento de la ley de clausura del Congreso, el Gobierno, de acuerdo con la
Comisión Nacional, que era algo así como la Comisión Conservadora, dictó un
decreto-ley fijando las normas que debían regir para las elecciones que habrían
de verificarse el 12 de enero del 28, en cuyo artículo primero se disponía que
el nuevo Congreso debía reunirse en la ciudad de Rancagua en la fecha designada
por la ley, o sea, el 12 de febrero. Esta disposición se derogó y el Congreso
se reunió en Santiago.
La guerra
periodística, encabezada por dos periódicos antagónicos que se titulaban
uno El Canalla y el otro El Hambriento, envenenaban
el ambiente y encendían las pasiones. Los pelucones acusaban a los liberales de
estar preparando fraudes y falsificaciones, y éstos reprochaban a sus
adversarios de abusar del ascendiente quo tenían sobre sus inquilinos y
subordinados, para obligarlos a votar por el partido pelucón, o de los
estanqueros. ¡Parece que no han variado los sistemas a través de cien años! El
resultado de las elecciones fue un triunfo incontestable para el partido
liberal; de cincuenta y siete diputados elegidos, apenas diez o doce eran
conservadores. En vista de este resultado que se achacaba al fraude y a la
violencia, una parte de la minoría, los estanqueros, resolvieron no asistir al
Congreso, y, a pesar de las penas que se impusieron a los inasistentes, éstos
se mantuvieron firmes. De aquí nació el fermento de la revolución del año 29,
que derrocó a los liberales del poder, y los venció en Lircay.
Después
de cinco sesiones preparatorias, el 25 de febrero, a las doce del día, se
verificó la inauguración del nuevo Congreso Constituyente, con asistencia del
Presidente de la República, del Ministerio y de los funcionarios del Estado. Un
momento antes de la llegada del Primer Mandatario, se había hecho la elección
de Presidente, Vicepresidente y dos secretarios, cargos que recayeron en los
señores canónigo don Diego Antonio Elizondo, don Francisco Ramón Vicuña, don
Francisco Fernández y don Bruno Larraín, respectivamente. Recibido el
Presidente Pinto con el ceremonial de costumbre, quedó instalado en el sitio de
honor entre tos presidentes del Congreso, después de haber prestado el
juramento de respetar la decisiones de la Asamblea.
Acto
continuo, S.E. leyó un mensaje de salutación y de buenos augurios para los
constituyentes y les dio cuenta de la marcha de la administración durante los
últimos meses y por fin pidió a los congresales que no olvidasen las lecciones
de la experiencia y el ejemplo de tos esfuerzos frustrados de las anteriores
constituyentes. “Si seguís las huellas de las anteriores — dijo Pinto— , si
intereses del momento y puramente locales han de afectar vuestra atención y si
no os eleváis a una altura desde donde podáis contemplar de un cabo a otro toda
la República, la precipitaréis infaliblemente en un abismo de desgracias. Pero
si dóciles a las inspiraciones de vuestro patriotismo y a las lecciones de la
experiencia, satisfacéis los votos de la nación, presentándole una constitución
ilustrada, todos los pueblos bendecirán vuestro nombre y colocarán entre sus
fastos el venturoso día en que os nombraron representantes para el Congreso
Constituyente”.
Terminado
el discurso presidencial, el Primer Mandatario se retiró del recinto seguido de
su comitiva, y el Congreso continuó la sesión, y antes de levantarse, el
Presidente, Canónigo Elizondo, pronunció, entre otras, las siguientes palabras:
“Ciudadanos representantes: La nación os ha llamado para constituirla; es un
deber obedecerla; ella lamenta el difícil y prolongado tiempo en que faltó una
ley fundamental a la asociación chilena. Pueblos libres sin una Carta de
Asociación, sin un pacto solemne que garantice sus derechos, determine sus
atribuciones y legalice sus procedimientos presenta la desconsolante idea de un
bajel sobre las inconstantes olas, sin régimen, ni dirección, sin acierto, sin
otro norte que el de la casualidad que tan presto se le divisa acercarse a la
ribera, cuando se le ve alejarse precipitadamente sobre escollos en que por
necesidad perece. Los Congresos que nos precedieron no han podido remediar este
vacío; huyóse de ellos la gloria de la Constitución chilena.
“¿Desesperanzará
el presente de obtenerla? De ninguna suerte. Confesemos que si aquéllos no
acertaron con el designio, nos han dejado al menos, marcadas con h. experiencia,
las sendas que debemos emprender y los riesgos que debemos evitar”.
Los
miembros del Congreso Constituyente del año 1828, fueron los siguientes:
Casimiro Albano, Juan Albano Pereira, José Tomás Argomedo González, Ángel
Arguelles, Diego Antonio Barros, Enrique Campino, Antonio Castillo, Manuel
Echeverría, Fernando Elizalde, Francisco Calderón, Diego Antonio Elizondo,
Ramón Errázuriz, Francisco Fernández, José Francisco Gana, Manuel José
Gandarillas, Juan Antonio González Palma, José Antonio González Palma, Manuel
Gormaz, Elías Guerrero, Juan José Gutiérrez Palacios, José Antonio Huici, José
Miguel Infante, Pedro José Lira y Argomedo, Agustín López, Manuel Magallanes,
José Gaspar Marín; Ignacio Molina, Santiago Muñoz de Bezanilla, Julián Navarro,
José María Novoa, Manuel Novoa, Martín Orguera, José María Palacios, Nicolás Pradel,
Pedro Prado Montaner, Joaquín Prieto, Manuel Antonio Recabarren, Manuel
Rengifo, Blas Reyes, Francisco Ruiz Tagle, Melchor de Santiago Concha, José
Miguel Solar, Fernando Urízar, José Antonio Valdés Huidobro, Manuel Valledor,
Juan de Dios Vial del Río, Agustín Vial Santelices, Ramón Francisco Vicuña,
José Antonio Villar y Fontecilla.
Dispuesto
el Congreso a dar cumplimiento al anhelo general de dictar la Constitución del
Estado, en su tercera sesión, verificada el 28 de febrero, designó una comisión
para que presentara dentro del plazo de sesenta días un proyecto de
Constitución, basado en la consulta que se le había hecho al país, por
intermedio de las asambleas provinciales; pero como algunas de éstas no habían
emitido este voto, se buscó un arbitrio para transigir la dificultad. El
arbitrio se sintetizó en la siguiente proposición que fue presentada al
Congreso el 10 de marzo: Redáctese el proyecto de Constitución sobre la
base popular representativa republicana, dando a los pueblos
aquellas libertades que demande su felicidad y sean compatibles con su actual
situación, sin esperar él voto de las asambleas provinciales que no lo han
remitido.
En la
discusión de este acuerdo empleó el Congreso tres días con dos sesiones
diarias; don José Miguel Infante, federalista acérrimo, defendió su teoría con
una energía rayana en el empecinamiento, desde combatir el total de la
proposición hasta pedir que se agregase a ella la palabra “federal” después de
la palabra “representativa”; pero la mayoría se mostró férrea. A la sexta
sesión el proyecto de acuerdo fue aprobado con cinco votos en contra, que
fueron los de Infante, Magallanes, Molina, Campino y Bilbao, diputado suplente
por Vallenar. El federalismo estaba completamente derrotado.
Desde
este momento la comisión ya no tuvo dificultades para el*desempeño de su
cometido y se dedicó con firme empeño a preparar el proyecto de Constitución.
Formaban esta comisión los señores canónigo Elizondo, presidente del Congreso;
Francisco Ramón Vicuña, Melchor de Santiago Concha, José María Novoa, Francisco
Fernández, Fernando A. Elizalde y José Miguel Infante; por renuncia del último,
después de la derrota del federalismo, fue nombrado don Francisco Ruiz Tagle.
Por acuerdo especia], la comisión encargó a su joven colega el inteligente
jurisconsulto clon Melchor de Santiago Concha la distribución y formación de
las ideas básicas del código en proyecto, el cual fue entregado tres semanas
después al eminente literato español don José Joaquín de Mora para su
definitiva redacción.
A
mediados de abril, o a fines quedaba terminado el trabajo y de él se dio cuenta
al Congreso; pero considerando que era imprescindible dedicarse exclusivamente
a su estudio, y que si el Congreso permanecía en Santiago distraería su
atención sobre otras cosas, se tomó el acuerdo de trasladar la sede de la
Asamblea Constituyente a Valparaíso, para contraerse allí a discutir y
sancionar la Carta Fundamental.
Entretanto,
la revolución se había pronunciado en distintos puntos del país.
El 28 de
mayo, día en que debían abrirse las sesiones en Valparaíso, sólo había en
aquella ciudad doce diputados; pero el 2 de junio pudo celebrarse una sesión
preparatoria y por fin el 9 se dio principio a las sesiones de trabajo, bajo la
presidencia de don Francisco Ramón Vicuña.
A falta
de un local apropiado para las sesiones, el Congreso se reunió en el modesto
templo de Santo Domingo, cuya construcción era de forma circular. La mesa de la
presidencia se colocó en el sitio del altar mayor y al frente se dispusieron
los sillones de diversos tipos, clases y formas para los diputados. Detrás de
los sillones se situó la barra.
Las
sesiones empezaban a las once de la mañana y terminaban a las dos de la tarde.
Como en Valparaíso no había ningún reloj público que reglara la hora, para la
puntual asistencia de los diputados, se dispuso que las cornetas de la
artillería recorrieran los barrios centrales a las diez de la mañana tocando
marchas para llamar a los congresales y que a las diez y media se tocasen diez
campanadas en la torre de la Iglesia Matriz.
La
Asamblea celebró sesenta y seis sesiones en Valparaíso con
tres meses, desde el 2 de junio al 6 de agosto, fecha en que se dio término a
la discusión del Estatuto Constitucional. En esta última sesión se procedió a
dar cumplimiento a una de sus disposiciones, según la cual el Congreso Constituyente
debía dividirse en dos Cámaras: de senadores y de diputados. Verificada la
elección, resultaron electos senadores los siguientes congresales: don Casimiro
Albano, don Gaspar Marín, don Joaquín Prieto, don Pedro Prado Montaner, don
Francisco Vicuña, don Juan de Dios Vial del Río, don Francisco Calderón, don
José María Novoa, don José María Palacios, don Francisco Fernández, don Manuel
Gormaz, don Elías Guerrero, don Manuel González, don Manuel María Recabarren,
don Pedro Lira y don Ignacio Sánchez. Total: 16 senadores. El resto de
congresales quedó en calidad de diputados.
La
Constitución fue promulgada el día 8, pero mientras se celebraban las fiestas y
se pronunciaba el juramento de obediencia por el Presidente de la República,
senadores, diputados, corporaciones y ministros, las tropas se sublevaban y los
campos provincianos y la propia Plaza de Armas de la capital se teñía de la
sangre de los chilenos.
“La
Constitución del 28, de franco espíritu liberal y progresista, era inaplicable,
en parte, al estado del país”.
Había
nacido enferma y estaba condenada a morir pronto.
§ 4. El
eclipse de un astro
Tal como
lo había previsto don Santiago Pérez, el General Freire rehusó, en forma
concluyente, la generosa proposición que por intermedio del Gobernador
Cavareda, su pariente, le había hecho el Ministro Portales; salir del país en
esas condiciones y circunstancias, equivalía, según Freire, a fugarse delante
del enemigo, dejando a sus partidarios abandonados e inermes, en poder de
adversarios crueles y ensoberbecidos por el triunfo.
— No todo
debe ser “política” y “partidarios” — se atrevió a manifestar, cierta vez, doña
Manuela Caldera— es necesario que alguna vez, también, mires por ti y por mí.
—
Manolita — habíale contestado Freire, con el énfasis de un apóstol— ante todo,
la felicidad de la patria; ¡daré la vida por ello!...
— Está
bien ofrecer y dar la vida de una vez — replicó la señora con el buen sentido
que la caracterizó— pero eso de andar a salto de mata, ocultándose como un
malhechor, y exponiéndose, por último, a los mayores vejámenes e insultos, no
puede parecerme bien para ti. Reflexiona, Freire, reflexiona... — concluyó doña
Manuela, dando a su voz una entonación que logró conmover al hombre, dejándole
en silencio unos instantes.
— Te
desconozco, Manolita — dijo, por fin— no me decías lo mismo unos meses atrás...
— ¡Es que
entonces te veía al frente de tus batallones, Freire de mi vida! — repuso,
echándole los brazos.
E!
recuerdo de su derrota enardeció de nuevo la sangre del guerrero, y replicó
emocionado.
— ¿Y
crees que tardaré mucho en encontrarme, nuevamente, en la misma condición? No
quiso contestar la señora; pero su silencio, bien elocuente, habría podido
convencer al ilusionado caudillo de las poquísimas probabilidades de triunfo
que abrigaba ahora la resuelta “carrerina” de otra época.
Dos o
tres visitas que recibió el general los días siguientes, y otros tantos
mensajes y “recados” de los jefes pipiolos de Santiago, en el sentido de que
allí se continuaba preparando, empeñosamente, el levantamiento del pueblo,
determinaron la negativa absoluta de Freire a aceptar la proposición de
Cavareda. Pero estos mensajes y visitas no pasaron de
buenos anuncios; el ojo avizor de Portales y la red que había tendido alrededor
de los vencidos, ahogaban todos los proyectos de subversión al primer intento.
La
prisión y el confinamiento inmediato, casi violento, del General Calderón y del
Coronel don Pedro Barnechea — que por su espíritu resuelto y aventurero, eran
pipiolos peligrosísimos— llevados a cabo la tarde del 5 de mayo en plena calle
de los Huérfanos, convencieron a Freire de que muy poco o nada podía esperar de
sus partidarios de Santiago, puesto que los dos hombres más ejecutivos del
proyectado movimiento habían caído en poder del Gobierno.
Calderón
había estado dos veces en Lo Chena, y para agravar más su situación, en el
momento de ser aprehendido le fue encontrada una pequeña tira de papel, sin
fecha ni firma, que sólo tenía escritas estas palabras: “Mañana a las 10,
chimberos”. La misma noche fueron presos en una casa de la Chimba, Francisco
Muñoz Bezanilla, el boticario Fernández y el clérigo Bartolomé Tollo, pipiolos
recalcitrantes los tres. En el allanamiento de la casa fueron encontradas
algunas armas.
Estas
noticias y otras, relativas a la vigilancia estrecha que se mantenía, redoblada
ahora, sobre las casas y personas de los pipiolos más caracterizados,
determinaron a Freire a abandonar, por lo pronto, el proyecto de revolucionar
en Santiago, y a salir, cautelosamente, de Lo Chena, con dirección a la
provincia de Aconcagua. Llevaba el plan de reunir allí alguna gente de las
haciendas de sus parientes, los Caldera y los Mascayano, enviarla al norte, en
pequeños grupos y marchar él en seguida, con unos cuantos amigos, a ponerse a
la cabeza de la división que Viel y Uriarte habrían formado ya en la provincia
de Coquimbo.
Acompañado
de don Santiago Pérez Larraín salió de Lo Chena * el General
Freire la noche del 8 de mayo, en dirección a Lo Bustamante; cerca de Curacaví,
tres sirvientes de confianza y baqueanos esperaban a los viajeros a la orilla
norte del Mapocho, para guiarlos por las ásperas y extraviadas serranías de
Mallarauco, las que cruzaron, no sin peligros, caminando toda la noche. En Lo
Bustamante esperaban, con caballos de repuesto, el “Ministro” don Pedro Prado
Montaner, quien convenció a Freire de que debían continuar la marcha sin perder
tiempo, a fin de cruzar en el día las accidentadas alturas de Pangui y de
Caren, para caer, entrada la noche, en los pequeños valles cordilleranos del
Aconcagua, e internarse, lo antes posible, en la hacienda de Panquehue, donde
podían considerarse fuera del peligro de ser sorprendidos.
Las
precauciones que tomaron los viajeros para salir de Lo Chena lograron despistar
a los vigilantes que, por sus alrededores, mantenía la policía de la capital, y
así pasaron varios días sin que el Gobierno supiera que el peligroso Freire
había escapado de su encierro; por otra parte, esos días habían sido de
bastantes preocupaciones para Portales y para todos los funcionarios del
Gobierno, a causa de la próxima salida de la división que, al mando del general
Aldunate, habría de partir a pacificar el sublevado norte, de donde llegaban, a
diario, las más graves noticias.
Un
mensajero que llegó a casa de Portales cerca de la medianoche del 13 de mayo —
en los momentos en que el fiel Adalid Zamora le “cebaba” los últimos mates que
el Director acostumbraba chupar antes de recogerse a su alcoba— trajo un pliego
en una mano y con el “calabazo” en la otra, lanzó un temo de tal calibre, que
el sirviente quedó lelo, a pesar de que estaba habituado a oírselos.
Portales
dejó papel y cacharro sobre el escritorio, cruzó las manos atrás y. con
agitados pasos echó a andar por el aposento, mientras Zamora le seguía con la
vista y con el mate; a poco el Ministro se fue tranquilizando, arrebató el
mate, lo vació sobre la marcha, de dos largos chupetazos, y por último dijo,
entregando el utensilio: — Vete a casa de Cavareda y que venga a verme
inmediatamente.
Dos
aldabonazos en la puerta de calle dibujaron en la faz de Zamora un gesto de
interrogativa sorpresa.
— Si es
alguno de los majaderos que ya conoces, no le hagas entrar — previno Portales.
Salió
Zamora, y en un momento, recogiendo de paso su sombrero y su poncho que
colgaban de un clavo en el corredor, estuvo en la puerta de calle.
— ¡Señor
Cavareda! — exclamó el sirviente— ha llegado su merced ni llamado con esquila;
el patrón lo está esperando...
— ¿Ibas a
buscarme...? — preguntó Cavareda, mirando a Zamora ensombrerado y emponchado.
— A
buscarlo, y que se viniera al tirito...
— ¡Ya
sabe la noticia el Ministro!... — murmuró Cavareda, echando a andar hacia el
escritorio que le era tan conocido. Su garganta estaba seca y una transpiración
fría le humedecía la frente.
Llegó
frente a la puerta y detuvo el impulso de empujar.. pero detrás venía Zamora.
Abrió; de pie en medio del aposento, divisó a Portales; lo adivinó adusto,
pálido, con sus ojos azules penetrantes y su mirada insostenible. Cavareda ni
quiso mirar; no pudo, tampoco, pronunciar ni un buenas noches, y permaneció, a
dos pasos de la puerta, inmóvil, y en el silencio del acusado confeso que
espera una sentencia; era un extraño contraste: hubiérase dicho que la
corpulenta e imponente envergadura de don Joaquín Cavareda iba a derrumbarse
delante de la delgaducha y casi enclenque figura del Ministro.
Portales
había abarcado, desde el primer momento, la deprimida situación de su amigo; la
fuga de Freire, dadas las circunstancias en que se había producido, era un
accidente cuya responsabilidad sólo podía afectarle en cuanto a jefe superior
de los vigilantes que él había colocado por los alrededores de las casas de Lo
Chena; pero la falta de perspicacia y aún la infidelidad de los tales
vigilantes no podían comprometerle hasta el punto de que el Dictador le
retirara su confianza.
Sin
embargo, Portales estaba viendo que Cavareda asumía de hecho toda la
responsabilidad y manifestaba su sometimiento a !as consecuencias.
— Deje
usted esa actitud, levante el ánimo... y la cabeza — díjole Portales— lo que
ahora se necesita es que el prófugo no alce el vuelo y lo perdamos
definitivamente de vista... ¿Qué sabe usted de Freire? — Que está en Panquehue,
bajo la vigilancia de un piquete de soldados de Baquedano — contestó Cavareda
con voz enronquecida por la emoción que todavía le dominaba.
— ¿Y qué
piensa usted hacer? — Lo que usted disponga, incluso que me mande a la
cárcel...
— No le
pregunto respecto de usted, sino respecto de Freire.
—
Respecto de Freire, aprehenderlo, sin más preámbulos ni consideraciones.
—
Aprehenderlo y mandarlo fuera de Chile, salvo que él mismo quiera irse
voluntariamente, según se lo propuso usted...
— Es
inútil pensar en esto — interrumpió Cavareda— ya ve usted que despreció mi
oferta y aún abusó de mi confianza.
— No ha
abusado de nada — contestó Portales— puesto que no le había prometido nada a
usted; diga que lo hizo leso, y esta es la verdad. No se incomode usted por lo
que le digo, y recoja de lo que ha pasado lo único que queda: la experiencia.
Por ahora, chupe usted un matecito, para que se tranquilice, v acomódese en ese
sillón para que conversemos un poco sobre su pariente. Pero antes, mande usted
con Zamora que venga inmediatamente un propio, con buen caballo, para que parta
a Panquehue, ahora mismo, con un mensaje.
Y una vez
que el sirviente hubo salido a cumplir esta orden. Portales y Cavareda se
contrajeron a determinar sobre la suerte de Freire.
Pero ya
la estrella del brillante capitán de la independencia se inclinaba a su
definitivo ocaso; cuando el mensajero entregó al comandante Baquedano el parte
de Portales que le ordenaba “apoderarse del General, donde estuviese” y
transportarlo a la caleta o puerto más cercano para embarcarlo en un buque hada
el extranjero, Freire yacía, inmóvil, en un triste lecho, imposibilitado para
cualquiera actividad; dos días antes, precisamente el 13 de mayo, cuando la
noticia de su presencia en Panquehue había llegado a Santiago, el General había
sufrido una caída del caballo, que le había magullado una pierna y comprometido
el pie.
No quiso
Baquedano dar cumplimiento a la orden de Portales sin consultarle el caso;
transportar al paciente en tales circunstancias por caminos fragosos, en el
rigor del invierno, aunque hubiera sido en silla de manos, habría sido una
crueldad. Ni aún quiso notificar a Freire la orden de prisión y destierro que
se había dado contra él, pero tomó sus precauciones y estableció una severa
vigilancia sobre las casas de Panquehue, donde había sido recluido el General.
— ¡Pobre
hombre! — exclamó Portales— estoy cierto de que ya no volverá a reincidir en su
chifladura, sobre todo cuando sepa que los sublevados de La Serena están
condenados a caer en poder de los escuadrones de Aldunate.
En
efecto, mientras Portales hacía estas consideraciones que significaban un De
Profundis a las expectativas del ilusionado Freire, se realizaba en el
campamento de Cuz Cuz, a las orillas del Choapa, la capitulación de las tropas
de Viel y Uriarte ante la división del General Aldunate, y con ello la causa
pipiola recibió el golpe final. Los revolucionarios serenenses, sin una cabeza
directiva que los condujera, ni que aún los uniera — pues ambos jefes sé
miraban con recelo— se vieron obligados a capitular, entregando las armas sin
más condición que la de un indulto, que tampoco fue aceptado por el Ministro
Portales.
Freire
quedaba, en consecuencia, completamente abandonado por las fuerzas con que él
contaba para reconquistar el Gobierno.
Diez días
después del accidente que lo había retenido en la inactividad, el General se
encontraba ya en condiciones de montar a caballo; por suerte, el golpe no había
tenido las proporciones que sé le atribuyeron al principio y la luxación del
pie izquierdo había dejado de ser dolorosa.
— Nada
tenemos ya que hacer aquí, don Ramón — dijo una tarde don Santiago Pérez
Larraín a su concuñado— si no es comprometer más aún la hospitalidad que nos
han brindado los Mascayano; todos los proyectos se nos han derrumbado con la
capitulación de Viel, y me parece que ya es tiempo de que tomemos alguna
determinación que lleve la tranquilidad a nuestros espíritus y a nuestras
mujeres...
— ¿Qué me
quieres decir con esto...? ¿Insistes en tu propósito de regresar a Lo Chena? —
Insisto en que nada tenemos que hacer en estos parajes, donde todo nos es
hostil, donde se nos vigila.
— ¿Dices
que se nos vigila...? — inquirió Freire.
— No
tengas dudas — acentuó don Santiago—. Toda la provincia está por el Gobierno, y
por más que Rafael Mascayano lo asegure, estoy cierto de que las autoridades
saben que nos escondemos aquí. Presiento un peligro y no quiero ocultártelo. Tú
dirás, General — agregó, por último, levantándose de su asiento, piénsalo y
hasta mañana.
No
contestó Freire inmediatamente; pero cuando don Santiago iba a cruzar el
umbral, musitó: — ¡Espera!...
Don
Santiago volvió la cabeza.
— ¡Nos
volveremos a Lo Chena — suspiró, casi en un sollozo, el incansable guerrero,
con la rebelde resignación del vencido.
A la
noche siguiente, 24 de mayo, una caravana de siete jinetes, protegidos por las
sombras, avanzaba por los distintos senderos que, cruzando colinas, iban a caer
sobre el camino de la cuesta de Chacabuco, a la cual llegaron después de un
sostenido galope de hora y media. En un recodo aparente dieron descanso a sus
cabalgaduras, y un poco después de medianoche emprendieron la ascensión de la
histórica mole aconcagüina. Pintaban las primeras luces de la aurora cuando la
cabalgata llegaba al plan.
Desviáronse,
luego, del camino real, y torcieron al oriente, en demanda de un paraje
barrancoso y agrio, que iba señalando un guía; y después de andar media hora,
se desmontaron tras de unos altos pinos y a la vera de un quebrado esterillo de
invierno. Debían esperar allí la noche; encontrábanse bastante cercanos a la
capital para exponerse a ser reconocidos por los vigilantes del camino real...
— ¡A lo
que hemos llegado! — refunfuñó el “Ministro” don Pedro Prado.
La
medianoche era por filo cuando la caravana venía caminando por los alrededores
de Colina, al paso largo y seguro de los caballos descansados; los campos
solitarios, la atmósfera encapotada, negra, amenazante de lluvia o de tormenta,
daba confianza a los viajeros de que el acercamiento a la capital de tan
importantes personajes, pasaría inadvertido para las contadas personas que a
esas horas pudieran reparar en el grupo; pero, para más asegurarse, tomaron la
precaución de no pasar frente a las casas de las chacras que lindaban con el
camino.
Sin
embargo, al llegar al valle de Huechuraba, don Santiago Pérez quiso detenerse
en las casas de don Bruno Larraín, su primo, de quien creía poder informarse de
la situación en que se encontraba el Gobierno de Santiago; los viajeros estaban
“a ciegas de todo”.
— No haga
tal, don Santiago — habíale dicho el Ministro Prado, sigamos nuestra ruta hacia
Lo Chena, sin preocupamos sino de llegar “con noche”; tiempo habrá para que
sepamos cuanto de malo haya ocurrido.
Continuaron;
la cercanía de la ciudad y el peligro de verse sorprendidos por alguna partida
de policía, los traía en una inquietud que no podían disimular, a pesar de sus
esfuerzos para mantenerse tranquilos. Esos hombres, que muchísimas veces habían
afrontado la muerte en el fragor de un combate, casi temblaban ahora ante la
expectativa de caer, sin gloria, en poder de sus adversarios políticos.
Faltábales
menos de media legua para internarse hacia el poniente por un sendero que los
llevaría por el Resbalón a Maipú, por donde pensaban cruzar el Mapocho, casi
frente a Lo Chena; soltaron riendas; ganando el sendero abandonarían el camino
real y estarían a salvo. Adelante, a unos veinte metros, galopaba el guía; don
Santiago Pérez y Freire iban juntos; más atrás, Prado, seguido de un sirviente,
y luego dos “huasos” que cerraban la pequeña columna.
Una
descarga de fusilería, seguida de un grito de alarma, lanzado por el guía,
alborotó los caballos de los viajeros, y una segunda descarga hizo que los
animales volvieran instintivamente las grupas y se lanzaran en dispersa fuga
por los campos, saltando fosos y cercas, sin que sus jinetes, en la
inconsciencia de la sorpresa, trataran de sujetarlos, sin saber a dónde iban a
parar.
Cuando el
caballo de Freire se detuvo, ante un cequión invadeable, el General se encontró
solo... a lo lejos oyó, todavía, media docena de pistoletazos, y uno que otro
grito que no se aventuró a interpretar.
Bajó la
cabeza resignado a su destino y abandonó la rienda sobre el cuello de su
caballo, el noble bruto anduvo, anduvo, y fue a parar, tranco a tranco, a las
“varas” de las casas de don Joaquín Valdivieso, que tenía su chacra un poco más
al norte de la actual calle del ¡Panteón.
Freire
bajó del caballo con alguna dificultad, porque la violenta carrera y el largo
viaje habían renovado los colores de aquella caída en Panquehue, y fue a
golpear la puerta. ..
— ¿Quién
es?
— ¡Abran
ustedes a un caminante!
— No se
puede; la policía anda buscando a unos ladrones y ha mandado que no se le abra
la puerta a nadie… ¡Siga su camino, que Dios le ayude!...
El
General sintió que su rostro ardía.
— ¡Abran
ustedes al General don Ramón Freire! — ordenó a gran voz.
Las
trancas se corrieron rápidas, violentamente, y unos brazos se alargaron para
recibir el cuerpo vacilante del héroe.
— ¡Don
Ramón!... ¡Usted!
— Yo
mismo, don Joaquín... Aquí esperaré a la policía, para entregarme. ¡Me buscan a
mí! A la mañana siguiente, el General Freire era conducido en una calesa
escoltada por veinticinco soldados y un oficial, a una sala de la secretaría
del Cabildo de Santiago, en donde quedó detenido y tratado con respetuosa
consideración; y al día siguiente, 27 de mayo, partía a Valparaíso, en la misma
calesa y con la misma escolta para ser embarcado a bordo del bergantín
“Constituyente”, que debía partir antes de tres días con rumbo al Perú.
§ 5. Los
orígenes del Santiago alegre
Ahora que
nuestra autoridad comunal se preocupa con paternal interés de atojar a sus
gobernados, jóvenes y viejos, de los peligros que dicen que acarrean esos cafés
o establecimientos donde se baila, se canta y se toma “un trago”, no es
inoportuno traer el recuerdo de lo que era la vida alegre o galante de nuestro
Santiago en aquellos primeros años de la República, cuando nuestras costumbres
eran aún patriarcales, según es pública voz y fama...
El “Café”
estilo español, es decir, con copeo y juego existía en nuestra ciudad desde
mediados del siglo XVIII; no podríamos decir, a punto fijo, cuándo se instaló
el primer establecimiento de este género; pero sí sabemos que en 1778 había en
la calle del Rey (calle del Estado), a cuadra y media de la Plaza, una fonda
muy bien acreditada, donde se reunía la juventud alegre a jugar al “monte de
baraja” y al billar, alumbrado con cuatro velas de sebo, mientras que los
caballeros “de respeto”, se despellejaban con toda seriedad a la malilla, al
“mediator” o a la “primera”.
Este
estilo de “café” duró hasta mucho después de 1810, a pesar de que en los
primeros años de nuestra vida republicana, y en el afán de renovación que
domina siempre después de un triunfo, se establecieron varios “casinos” con
muchísimas novedades importadas de Francia. El último “café” de aquel estilo
perteneció al español don Francisco Barrios, y tenía) mucho parecido con el
célebre Café ele Bodegones, de Lima. Estaba situado en la
calle de Ahumada a media cuadra de la Plaza y cerró sus puertas en 1825, por
ruina de su dueño.
Además de
este “café”, había dos más que se disputaban el favor de los vividores
santiaguinos; uno estaba en los altos del Portal de Sierrabella (Fernández
Concha) y pertenecía al famoso don Pedro Dinator, que hizo sus “reales” con
este negocio y después construyó la "cancha de gallos” en el Tajamar. Aquí
se jugaba al monte desde la hora de la siesta hasta que la gente se “caía de
sueño” en la noche. Ni el vigilante de la plaza que era el único que había en
la ciudad durante el día, ni los “serenos” que empezaban sus funciones al
obscurecer se preocupaban de lo que ocurría “donde Dinator”.
El otro
“café” era el de los señores Ramón Melgarejo y Tomás Rengifo, situado en la
callé de la Catedral, donde está hoy el Club de Septiembre. Fue instalado en
1822, a todo lujo, a fin de satisfacer ciertas exigencias que ya imponía la
vida social.
Al
costado de la calle de Morandé se hizo un gran salón con ventanas, destinado a
escuela de baile, cuyo director fue el maestro de música don Manuel Robles,
autor de la Canción Nacional que se cantaba por ese tiempo. Allí acudían los
jóvenes y las niñas — éstas con sus respectivas mamás— a aprender a bailar el
"minué”, la contradanza, la “alemanda” y el churre”, que eran los más
difíciles y en los cuales el maestro Robles no tenía rival. Se enseñaba o,
mejor dicho, se practicaba corrientemente el vals, con algunas protestas de la
gente seria, porque era un baile de “agarrados”, la gavota y las cuadrillas.
La
entrada a estas clases era pagada a razón de un real por bailarín, a beneficio
del profesor y de la orquesta. Puede afirmarse que éste fue el ensayo de los
cafés “bailantes” y cantantes que se establecieron después, porque este
establecimiento cerró sus puertas a los dos años, con pérdidas.
En 1826
se abrió ruidosamente en el Portal de San Carlos (Mac-Clure) el Café de la
Nación, perteneciente al acreditado pastelero y mistelero don Rafael Hevia, que
le hacía competencia a las monjas Rosas en lo de preparar golosinas para
“santos" y fiestas patrias. No anduvo afortunado don Rafael en este
negocio, porque no supo darle el atractivo que la juventud exigía. No se
desalentó por esto, el activo industrial y tras ese fracaso abrió otro casino
en la misma plaza, en el sitio donde está el palacio arzobispal. Este café fue
el mejor montado de su época, 1831; sus servicios para refrescos eran de plata
y durante ciertas horas de la tarde y de la noche daba conciertos de “clave” el
maestro Torres, aventajado discípulo del pianista francés Barré, residente en
Chile.
Hevia
quiso instalar allí un salón de baile, pero tropezó con un serio inconveniente:
la falta de músicos para la orquesta, pues han de saber mis lectores que a los
bailarines de entonces poco les agradaba danzar a pura clave.
Pero el
establecimiento que satisfizo ampliamente las exigencias de la juventud de
aquel tiempo fue indudablemente el que instaló José María Hermosilla en las
calle Monjitas, esquina con San Antonio, con el sugestivo título de Café
de la Baranda, llamado así por la media docena de billares con que lo
dotó para satisfacer a los partidarios de este juego, que habían aumentado
mucho en Santiago.
Ocupaba
el establecimiento un extenso edificio, propiedad de don Pedro Marcoleta, y en
sus salones tuvieron cómoda ubicación los distintos entretenimientos que ideó
Hermosilla para atraer a la clientela. Una sala se dedicó exclusivamente al
juego de lotería, en el cual ganaba el empresario un real por cada peso que se
jugaba. En otra sala se servían el café y el té, por medio real, los
“refrescos” que consistían en mistelas, “soconusco” y “aguadito”, a cuartillo
el vaso; en otro departamento servíanse los guisos, huevos, huachalomo asado, y
especialmente el “bisteque”, plato de moda por ser inglés, todo a medio real;
más allá otra sala, para la malilla, el monte, los dados, la “básiga”, etc.,
donde los clientes se descueraban con toda tranquilidad y por último, la gran
novedad de Hermosilla, el mejor acierto de su vida de comerciante de la
alegría: el salón de canto y baile con acompañamiento de harpa y guitarra.
¡Aquello ya era otra cosa! Este salón tenía especiales atractivos, aparte de
los que eran inherentes... Hermosilla era hombre que sabía hacer las cosas en
regla, y no en balde había recorrido él los puertos y principales ciudades de
Europa, cuando era contramaestre de un buque, y visitado los mejores café
cantantes. Sabía, pues, lo que convenía hacer para atraer la clientela.
En primer
lugar se trajo a ño Lucas Almonacid que era famoso en la Angostura para las
tonadas “a lo humano y a lo divino” y que hacía hablar a la guitarra cuando se
acompañaba un “triste”. Además del concurso de ño Lucas, Hermosilla “consiguió”
que fuera a cantar un par de tonadas todas las noches la Carmen Chena, hija de
la famosa Bernarda Pacheco, que en los tiempos del Regente Ballesteros, en los
últimos años del régimen colonial, iba a Palacio “de tapadita” a cantar, entre
el minué y el rigodón de las ceremoniosas tertulias, las canciones españolas
más en boga que entusiasmaban a la copetuda concurrencia.
La Carmen
Chena había sucedido a su madre en ese prestigioso empleo, que venía a ser un
número imprescindible en todas las tertulias de buen tono, porque, en verdad,
según dicen las crónicas, la muchacha era un prodigio.
Pero la
“atracción" formidable del nuevo establecimiento, el non plus ultra de lo
bueno y de lo novedoso, era el trío de “las petorquinas”, tres buenas mozas que
cantaban en harpa y guitarra las canciones y tonadas más “alarmantes” que se
habían oído hasta entonces y que bailaban una “zamba” y una “sajuriana”, un
“cielito” y un “cuándo” como para desencuadernarse.
Los más
famosos bailarines de Santiago, como e! “cojo” Robles, el maestro de baile
Vallejos, el mayor Palacios, Juan Cotapos, “Cotapitos”, como se le llamaba, y
muchos otros que “se tenían” por buenos, quedaban por los suelos cuando “se
paraban” con cualquiera de las petorquinas, y especialmente con “a Merceditas”,
que era la mayor. Cuéntase que don Diego Portales estuvo en grandes aprietos
para contestarte a esta chica los versos de un “cuándo”, que ambos bailaban en
medio de la expectación y el entusiasmo de la numerosa concurrencia de amigos
íntimos.
En este
baile los danzantes empiezan con pasos ceremoniosos como los del minué y en el
momento oportuno el hombre canta una copla amorosa picante o burlesca, según
sea el caso y su ingenio, dedicada a su compañera; después de unos cuantos
pasos de baile, la dama contesta al galán, con otra copla, y síguese en este
torneo galante, por dos o tres veces, hasta concluir la danza con un zapateado
furioso. Como es de suponer, había versos que estaban en boga, para hombres y
mujeres, pues no se podía exigir que los bailarines fueran poetas e
improvisadores.
Pues
bien, la Merceditas, que era una picara, instigada, tal vez, por algún amigote
de don Diego, le propinó a su pareja la siguiente copla, que correspondía
cantar al hombre: “Cuándo, mi vida, cuándo será ese día, de aquella feliz
mañana, que nos lleven a los dos el chocolate a la cama”.
Una
carcajada unísona celebró la ocurrencia de la Merceditas, y todos esperaron
anhelantes la contestación del bailarín, que a pesar de su muy conocida
presencia de espíritu, parecía un tanto desconcertado, pero a turno, Portales
endilgó a la burladora con la siguiente contestación que produjo un reventón de
entusiasmo: “Llegará ese cuándo, mi vida, cuando te acerques a mi cama y me
vuelques la tacita que esté tomando”.
El Café
de la Baranda fue el centro de reunión obligado de la gente alegre de
aquella época, y no se crea que a su salón de baile acudían solamente los
hombres; también iban señoras y niñas de buen tono y a ciertas horas hasta se
permitía bailar un vals o una alemanda; por la noche, es claro, no iban
“oficialmente”, pero iban “tapadas” a observar y a criticar y muchas veces a
sorprender a novios y maridos.
No duró
mucho el auge de este café que había venido a revolucionar las costumbres
santiaguinas, porque “las petorquinas” creyeron que mejor porvenir tenían
aceptando las proposiciones que insistentemente les hacía Ño Sebastián Gómez,
que tenía una quinta de recreo en la primera cuadra de la calle Duarte, hoy
Lord Cochrane. Ño Gómez, además de unos espléndidos parrones que eran famosos
por su buena sombra, tenía en su quinta lindos jardines, glorietas, columpios y
un piano de que “se había hecho pago” por una deuda que no había podido cubrir
un músico llamado Bebelagua, fallecido un año antes. En la quinta había además,
unos baños que, según entendemos, fueron los primeros de que dispuso el
vecindario.
Las
petorquinas se instalaron, pues, en la quinta de Ño Gómez, la que fue desde ese
momento el rendez-vous de la sociedad, pues no había aquí el inconveniente del
juego y del furioso copeo del Café (le la Baranda, que alejaba
a las señoras. De un autor de la época, copiamos las siguientes palabras:
“La
concurrencia de las familias más notables de Santiago, era atraída no solo por
la perfección y novedad de su canto y baile, sino también por la decencia con
que se expedían. Nadie, por otra parte, se habría atrevido a exhibir algo
parecido a lo que hemos visto más tarde en nuestros teatros. ¡Aquel público era
aún muy atrasado para ver y aplaudir el cancán!
El éxito
estupendo de las petorquinas, de Ño Lucas Almonacid, de la Carmen Chena y de
las muchas otras figuras artísticas que triunfaron en el Café
de la Baranda, alentó a muchos dueños de fondas y cafés de segundo
orden para adoptar la novedad que introdujo el gran José María Hermosilla.
Aparecieron cantoras, bailarinas, payadores, guitarristas, “rabeleros” y hasta
un prestidigitador que era nada menos que un negro a quien le decían “el jetón”
y que había aprendido el arte cuando era marinero de un buque de Lord Cochrane.
La
capital se cubrió de fondas para todas las categorías: en la Alameda, desde San
Diego a San Lázaro, en el Tajamar, en la Chimba, y aun en la calle de la
Catedral se instalaron establecimientos de esta especie, que con el tiempo,
como es natural, fueron degenerando por falta de vigilancia de la autoridad.
Fueron famosas las fondas de Ño Rutal y la de Ña Chena, en la que su hija
Carmen, que se inició en La Baranda, era la; estrella.
El café
de Ña Teresa Plaza, situado en el Tajamar, era la fonda o la chingana jefe —
según informa Pérez Rosales— y le seguían en categoría, allá por los años 35 ó
36, la fonda llamada El Parral, que tenía al frente la del Nogal, rivales a
muerte.
“Algunos
maliciosos de entonces, queriendo hacer de don Diego Portales, Ministro en esa
época, un Machiavello de chingana, le atribuyeron el propósito de fomentarlas
para distraer de la poética al “pipiolaje” recién caído del poder”.
Esto dice
un escritor que vivió intensamente aquella época.
§ 6. La
Libertadora y el Libertador
Huérfano
a los siete años, casado a los dieciocho y viudo a los diecinueve, el joven
Simón Bolívar y Palacio pudo haber dicho que la suerte le volvía la espalda
desde que dio sus primeros pasos en la vida, pues que le negaba el goce de
aquellos afectos inefables que influyen decisivamente en el carácter del
hombre, lo moldean y lo predestinan; sin embargo, al llegar al final de su
agitada vida, Bolívar pudo estampar en el Diario de uno de sus biógrafos, estas
palabras: “Si no hubiera enviudado, quizá mi vida hubiese sido otra;
probablemente no sería ni el General Bolívar, ni el Libertador. La muerte de mi
mujer me hizo seguir el carro de Marte en lugar del arado de Ceres”.
Recibida
su primera educación de sus ilustres maestros don Simón Rodríguez y don Andrés
Bello — ambos fueron también educadores en Chile— el joven Simón Bolívar partió
a continuar sus estudios a la Península, en donde lo hizo con tanta dedicación
y empeño, que) sus deudos y amigos llegaron a temer por su salud; durante dos
años — dice Arístides Rojas— “le despertaba el maestro de esgrima, seguía con
el maestro de francés y terminaba la mañana con el de gimnasia y baile; las
horas de la tarde las dedicaba a las matemáticas” y a los altos estudios de
filosofía y derecho.
Pero el
joven huérfano no sólo reunía en sí estas recomendables cualidades morales,
sino casi todas aquellas físicas y materiales que dan el triunfo en la vida; la
gallardía de su persona, la corrección de sus facciones, sus maneras
aristocráticas, su educación fina, su riqueza, con ribetes de opulencia y sus
blasones de reconocido lustre, le abrieron pronto las puertas de las mejores
“casas” de la Corte y los salones del Palacio Real. A pesar de su retraimiento
para aceptar convites y fiestas de jóvenes de su edad y situación, una noche
saboreó, inesperadamente, el placer de alternar con la Reina María Luisa, en
una de las aventuras galantes a que tan aficionada era esta gran amadora.
Manuel
Mallo, el gallardo joven caraqueño, “que compartía con el Príncipe de la Paz,
los favores de la Reina”, invitó a cenar, una noche, a dos de sus compatriotas,
a Bolívar y a Esteban Escobar, diciéndoles que les presentaría oportunamente, a
un tercer convidado, en cuyo honor ofrecía la cena. Transcurría el tiempo, y el
festejado no llegaba, lo que tenía preocupado al anfitrión; por fin, impaciente
ya, Manuel Mallo invitó a Bolívar y a Escobar a empezar la comida, diciendo que
“alguna causa habrá impedido venir al amigo que aguardaba”. Sentáronse los
jóvenes y cuando levantaban el primer vaso de vino, abrióse una puerta “que
parecía secreta” y apareció por ella un capuchino. Mallo acudió presuroso a
recibir al convidado, quien, “echándose atrás la capucha, dejó ver un rostro
hermosísimo de mujer: era la Reina María Luisa, que venía a cenar con Mallo,
con Bolívar y con Escobar, caraqueños a quienes había manifestado interés por
conocer de cerca”.
Terminada
la fiesta, que fue alegre y entretenida, Bolívar acompañó a la Reina hasta
Palacio. Corría el año 1800 y Bolívar contaba 17 años.
Lo
atractivo de esta aventura no logró, sin embargo, apartar al joven Bolívar de
los afanes de sus estudios y, por lo contrario, un incidente ingrato en que se
vio envuelto por una intriguilla palaciega, lo indujo a buscar en el hogar la
realización de sus ideales de juventud. Un año más tarde unía su vida a la de
doña María Teresa Rodríguez del Toro, “corazón angélico y melancólico, que sin
ser bella, atraía por la dulzura de su carácter y su esmerada educación”,
afirma O‘Lary. Quince días después de realizado el matrimonio en Madrid, los
recién casados abandonaban la Corte y la Península y regresaban a Venezuela,
resueltos a retirarse a sus valiosas haciendas del Valle de Aragua, en las
cuales Bolívar — que desde pequeño tuvo afición a los trabajos del campo—
esperaba encontrar una ocupación agradable y lucrativa.
Pero los
serenos encantos del hogar y las apacibles fruiciones de la vida campesina, no
estaban reservados para esa pareja que reunía juventud y amor; a los seis meses
de residencia en Aragua, María Teresa fue atacada por unas fiebres malignas que
la llevaron a la tumba en cinco días; el 3 de enero de 1803, el joven Simón
Bolívar era viudo a los siete meses de matrimonio.
Su dolor
rayó en la desesperación y si no hubiera tenido a su lado a su hermano y a su
maestro y amigo don Simón Rodríguez, habría sucumbido también. No le era
posible seguir viviendo en Aragua, ni siquiera en Venezuela, y partió a viajar
por todos los países de Europa, dispuesto a aturdirse para olvidar. España,
Austria, Italia, Alemania, Inglaterra, le brindaron pronto una vida novedosa
“que el joven tropical bebió con la avidez del sediento”; y por último cayó en
París, que lo envolvió...
“Joven,
rico, con malos ejemplos constantemente ante sus ojos — dice un escritor
francés— Bolívar se entregó en París, sin reserva, a todos los placeres de la
vida” y se compenetró del hechizo que fluye, incontrastable, de la Ciudad Luz,
resumen y síntesis de todas las excelencias humanas; tal fue la influencia que
ejerció París en el alma joven y atormentada de Bolívar, y tal el vuelco que
experimentó su vida durante los diez-meses de continuados placeres vividos
allí, que 23 años más tarde, decía: “Si yo no recordara que París existe, y si
no tuviera la esperanza de volver un día, sería capaz de dejar la vida”.
Bolívar
tuvo allí su primer amor, después de su viudez: Madame Fanny de Villars le
detuvo en la pendiente del libertinaje y le encarriló hacia la realización de
los ideales de la emancipación americana que ya germinaban en la afiebrada
mente del venezolano. Fanny exaltó su imaginación, fortificó sus propósitos;
“diríase que esa mujer, adivinando el porvenir, preparaba al guerrero y al
político que vendría a libertar a la Gran Colombia”, dice Cornelio Hispano.
Desde
esta época, la vida entera del Libertador Bolívar está señalada por la
influencia de una mujer con la particularidad de que en todos sus grandes
hechos políticos o guerreros, así como en los más notables acontecimientos de
su agitada existencia, aun en los que pusieron en peligro su vida, siempre ha
habido una mujer que ha tenido una acción decisiva o principal.
Incorporado
ya al movimiento revolucionario de la independencia de su patria, mandaba
Bolívar en calidad de coronel, uno de los regimientos que actuaban sobre las
riberas del Magdalena, por donde vivía un matrimonio de emigrados franceses, de
apellido Lenoit, cuyo único vástago era una niña llamada Anne, de 17 años; la
bella francesita no pudo dormir la noche que siguió a la tarde en que cruzó
algunas palabras con el bizarro coronel de 28 años, cuyas ardientes miradas le
habían encendido el alma. Tres días más tarde, el regimiento alzó el vivac de
madrugada, obedeciendo órdenes superiores, se embarcó en los esquifes que lo
esperaban a la orilla del río, y largaron anclas a favor de una fuerte brisa
que los transportó, rápidamente, a Tenerife, en donde el regimiento se empleó
en un violento combate con las fuerzas españolas que se habían apoderado de la
población. Terminada la acción con el triunfo de los patriotas, Bolívar se
dirigió a la casa que se le tenía preparada para su alojamiento; al entrar a la
alcoba se encontró frente a frente con Anita Lenoit...
—
¡Anne!... ¿cómo es que se encuentra usted aquí?...
— Muy
sencillo: he resuelto, suceda lo que suceda, no separarme nunca más de su lado.
.. — contestó Anita, con firme acento.
Y es
curioso que esta misma resolución manifestaron todas, o casi todas las beldades
que caían a los pies del gallardo guerrero; no parece, sino, que Bolívar
ejerciera sobre ellas un poder de atracción que las arrastraba,
inevitablemente, a la renunciación de sí mismas, contagiándolas, como a sus
soldados con el dinamismo que emanaba de su persona.
En su
triunfal recorrido — no exento, por cierto, de gravísimos desastres— a través
de los accidentados territorios de Venezuela, Colombia y Ecuador, le siguieron
— durante los ocho años que duraron las campañas de la independencia de las
tres repúblicas, que formaron la Gran Colombia— las miradas anhelantes de
Josefina Madrid, de la soñadora Isabel, “blanca, rubia, esbelta y fina”, de
Bernardina Ibáñez, y por último, las de Manuela Sáens, “Manolita, la bella”,
como la llamaban sus amigos, o “la amable loca”, con que la designaba a veces
el ya General Bolívar. Esta última fue la única mujer que con su excepcional
talento y sus raras energías, supo adueñarse del voluble corazón de Bolívar;
ella fue la que llenó los últimos siete años de la vida del Libertador, en los
cuales alcanzó el apogeo de su esplendor para declinar definitivamente;
Manuelita fue, en consecuencia, la brillante compañera del Libertador, en sus
días de gloria y la fiel amiga de las horas de angustia; ella lo defendió de
sus enemigos con su palabra cálida, convincente y enérgica y aun con las armas
en la mano, según el caso; ella fue su confidente y consejera en los vericuetos
políticos de los incipientes y mal agradecidas repúblicas que pagaban con
intriguillas la libertad que de manos del gran general habían recibido; ella,
por fin, le salvó la vida en los dos atentados de que fue víctima el
Libertador.
Todos los
políticos, todos los generales, incluso Sucre y todos los hombres prominentes
de ese período esplendoroso de Quito, Guayaquil y Lima, tributaban a Manuela
Sáens las mismas atenciones y respetos que habrían acordado a la esposa
legítima de Bolívar; las señoras sí que eran esquivas con la favorita;... pero
ésta por su parte, “nada hacía por conquistarse las simpatías o la benevolencia
de las personas de su sexo”, asegura don Ricardo Palma.
Bolívar y
Manolita Sáens iniciaron sus amores el día en que Bolívar, triunfante de la
batalla de Pichincha, entró a Quito, por debajo de arcos de iteres y en medio
de un entusiasmo loco; al desembarcar el fastuoso cortejo a la Plaza principal
de la ciudad, sintió Bolívar que caía sobre su cabeza una corona de laurel…
levantó la mirada y vio en el balcón desde donde se le había arrojado la
corona, a una hermosa mujer “que con el fulgor de sus ojos negros hizo bajar
los suyos”. En la noche, durante el suntuoso sarao que le ofrecía el Cabildo,
te fue presentada a Bolívar una dama: doña Manuela Sáens de Thorne; era la
misma mujer de ojos negros que te había arrojado la corona de laurel. Desde
entonces, junio de 1822, hasta que se extinguió la vida del Libertador,
diciembre de 1830, Manolita Sáens fue la amiga predilecta del invicto guerrero,
por sobre todas las preocupaciones sociales; y como quince años antes Fanny de
Villars había detenido al joven Simón Bolívar en la pendiente del libertinaje a
que le había arrojado París, a raíz de su viudez, así también Manolita la Bella
puso término a las conquistas galantes que el afortunado general había ido
amontonando a través de tres países.
Desde
entonces, Manolita Sáens fue llamada la Libertadora.
Terminada
la campaña de la independencia con Ayacucho y con la creación de la República
de Bolivia, el Libertador fue llamado a su patria, y con esto empezó el ocaso
de ese astro cuya luz había llenado la América y la Europa durante dos lustros
completos; los enemigos de Bolívar, no necesitando ya de su espada para
subsistir, puesto que gozaba de libertad plena, querían hacerlo desaparecer
cuanto antes del amplio escenario de sus glorias, y aun borrar las huellas de
su actuación, a la que calificaban desembozadamente de tiranía.
El 25 de
septiembre de 1828, ocurrió en el Palacio de Gobierno, de Bogotá, el cobarde
atentado contra la vida de Bolívar. conocido en la historia americana con el
nombre de “la tragedia septembrina”. En aquella noche nefanda — dice Cornelio
Hispano— la serenidad varonil de aquella mujer excepcional salvó la vida al
Padre de la Patria”.
Bolívar
se había sentido indispuesto ese día, recogiéndose temprano a su alcoba;
Manuela Sáens, al lado del lecho, procuraba, leyendo en voz baja y suave, que
el sueño reparador viniera a tranquilizar al enfermo que se manifestaba
nervioso; durmióse por fin, y Manuela se echó, vestida, sobre un diván.
Sería
medianoche, cuando rompieron el silencio los insistentes ladridos de dos perros
favoritos del Libertador, que tenían su casucha en un extremo del jardín;
despertó Manuela y a poco oyó cierto extraño bullicio que provenía de las salas
vecinas a los departamentos privados del Libertador. Al incorporarse del diván
en que estaba acostada, vio que Bolívar, despertado también, se echaba fuera
del lecho, requería sus pistolas colgadas a la cabecera, y se dirigía a la
puerta.
— ¡No...
así no! — mandó Manuela, yendo hacia él— vístete antes...
Y ella
mismo le ayudó a hacerlo, a pesar de que Bolívar insistía en salir, pues los
ruidos se hacían cada vez más sospechosos y más cercanos.
— Ya
estoy vestido, y ahora, ¡a hacernos fuertes! exclamó el general, requiriendo
nuevamente sus armas, pues ya no había duda de que el atentado contra su vida,
fracasado quince días antes en un baile de máscaras, se repetía esa noche.
Manuela
Sáens, que hasta ese momento había manifestado una serenidad rayana en lo
impasible, se arrojó a los pies del Libertador.
—
¡Sálvate...! — exclamó, inundando su rostro en lágrimas— ; nuestra resistencia
sería inútil ante el número de conjurados que habrá de venir, dispuestos a
matarte... ¡Salta por esa ventana!., — y le mostró la de la alcoba, que apenas
alcanzaba la altura de dos varas desde la calle.
El
instinto de conservación hizo efecto en el hombre.
— ¿Y
tú?... — musitó.
—
¡Sálvate, salta por ahí! — mandó nuevamente la heroica mujer, abriendo la
ventana y empujando a Bolívar hacia el quicio, en los precisos momentos en que
los conspiradores forzaban la puerta de la antealcoba.
Manuela
no vio saltar al fugitivo porque se lanzó violentamente hacia la puerta con el
objeto de detener, de alguna manera, a los asaltantes, para ganar tiempo; pero
no alcanzó a llegar antes de que las puertas saltaran hecha pedazos y los
conjurados penetraran tumultuosamente, con pistolas y espadas en las manos.
Detuviéronse,
sin embargo, ante la figura imponente de esa mujer hermosa, pálida,
descompuesta, pero serena.
— ¿Dónde
está Bolívar?...
— En la
sala del Consejo — contestó, sin titubear un instante. No conocían la
distribución de las salas del Palacio, y le ordenaron que los guiase. Manuela
atravesó impertérrita, por el medio del grupo, y salió por la recién destrozada
puerta, siguiéndola varios; pero, cuando iban a lo largo de uno de los
corredores, oyéronse las voces de algunos que habían quedado registrando la
alcoba y sus dependencias.
— ¡Ha
huido Bolívar! ¡La ventana a la calle está abierta! Dos de los conjurados,
Canijo y López, se abalanzan sobre Manuela, alzan sus manos empuñadas y la
golpean brutalmente en medio de insultos soeces, a pesar de que algunos
protestan y la defienden de este inútil y cobarde atentado.
Pero el
Libertador está a salvo, que es lo que interesa a Manuela Sáens.
Una hora
más tarde se declaraba completamente fracasada la conjuración, y Bolívar se
encontraba en la Plaza, rodeado de casi todos los jefes de su ejército; a poco
llegó allí Manuela Sáens, montada en su caballo negro favorito, vestida con su
uniforme de campaña, armada de todas armas y escoltada por sus dos negras, que
también vestían uniforme y montaban, como su ama, a horcajadas, y era saludada
con aclamaciones por todos aquellos gloriosos veteranos de la libertad
americana.
— Señores
— dijo Bolívar, quitándose, a su vez, la gorra que todos mantenían en alto—
¡saludemos a la libertadora del Libertador! El triunfo del Libertador era
momentáneo; sus enemigos eran poderosos, más, mucho más que los formidables
ejércitos españoles que él había derrotado definitivamente en Pichincha, Junín
y Ayacucho. Las intrigas de los políticos para eliminar su personalidad de
todos los órdenes del poder continuaron sin descanso y llegó un momento en que
el Gran Bolívar exclamó: “Yo estoy moralmente asesinado después de la
conjuración de septiembre. ¡Todo es efímero en este mundo!” Obligado a
retirarse a Santa María y luego a San Pedro, cayó al techo, herido por los
mates incurables de alma y cuerpo que lo llevaron a la tumba. Un mes antes de
su muerte, en noviembre de 1830, escribió a Manuela — que había sido confinada
a un pueblo cercano a Bogotá, por su intervención en los movimientos que los
amigos fieles del Libertador intentaban para restaurarlo en el poder— la carta
últimamente encontrada dice así: “El hielo de mis años se reanima con tus
bondades; tu amor me da una vida que está expirando. Yo no puedo estar sin ti,
ni puedo privarme voluntariamente de mi Manuela No tengo tanta fuerza como tú,
para no vernos. Ven, ven luego. Tuyo del .alma— Bolívar”.
§ 7.
¿Cuándo llegó a Santiago la primera compañía lírica?
La
pregunta con que titulamos el presente artículo se hizo durante la charla que
se teje en la oficina del director de “La Nación”, pasadas las doce de la noche
y mientras se sorbe el té con que el dueño de casa obsequia a sus visitantes
nocherniegos. Se hablaba de la lírica que debutará en un par de días más, de su
sorprendente abono, y del notable esfuerzo que han hecho sus empresarios para
traer esta compañía a un escenario recién destruido por el fuego.
Entre los
concursantes se encontraba un estimable periodista que haciendo gala una vez
más de sus conocimientos teatrales y de su estupefactante memoria aseguró
serenamente que la primera compañía lírica italiana que viniera a Santiago
había sido la de la diva Pantanelli No recordaba nuestro amigo el año en que
vino esa compañía, pero alguien completó el dato: fue el año 1844.
Otro de
los concurrentes, persona de experiencia y que actúa indistintamente en los
escenarios políticos y en los teatrales, estuvo de acuerdo con el preopinante,
no así con el que dio el dato de la fecha; aseguró que recordaba a la
Pantanelli, pero era evidente que él no tenía ochenta años de edad...
Otro
político joven declaró que, “para él”, las compañías líricas sólo existían
desde doce o catorce años atrás, cuando fue regidor y alcalde; en general, las
opiniones fueron tantas como cuantos eran en la sala del Director Como la
cuestión quedara sin dilucidar, nos picó esta maldita curiosidad que tenemos
por saber todo lo que no nos importa, y al día siguiente, buscamos a nuestro
querido amigo don Ítalo Riderelli, antiguo y bien recordado empresario de
nuestro Municipal; como del oficio, podía darnos una noticia fidedigna.
Fracasamos: Riderelli nos dijo con toda seriedad que él había traído su primera
compañía lírica en el 84. De antes no sabía ni quería saber nada.
Para
saber lo que deseábamos y poder convencer a nuestro colega, con quien no
estábamos conformes, no nos quedaba otro camino que recurrir a nuestros papeles
viejos, a estos inmutables amigos que casi siempre nos confirman aquello de que
“todo tiempo pasado fue mejor”.
Y ellos,
con toda lealtad, nos demostraron sin aspaviento alguno que la primera compañía
lírica italiana que vino a nuestra capital debutó, en el Teatro Principal, en
la segunda quincena de mayo de 1830, es decir, hace de esto noventa y cuatro
años.
El
Director O'Higgins, que se caracterizó como un gobernante progresista en todos
los órdenes de las actividades ciudadanas, protegió con particular empeño las
artes, dentro de los escasísimos recursos con que contaba la naciente
República: el teatro y la música fueron sus predilectos.
Durante
la Reconquista había en Santiago dos teatros que funcionaban de vez en cuando
con cuadros de comedia y drama, formados por actores ad hoc para cada
oportunidad; uno estaba en la calle de la Merced esquina con la de Mosquete, y
el otro en la plazuela de las Ramadas, en la que es hoy calle de Esmeralda;
pero ninguno de los dos merecía el nombre de tal. Ambos eran pobres barracones
desvencijados a los cuales los espectadores tenían que mandar sus sillas cada
vez que había función.
Cuando
O’Higgins se hizo cargo del Gobierno después de la batalla de Chacabuco y tuvo
que asistir a la función de gala que se hizo en honor de los
vencedores, vio que era imprescindible formar el ambiente artístico de sus
conciudadanos y para esto, lo primero que se necesitaba era una buena sala de
espectáculos.
Sin dejar
pasar el tiempo, llamó a su edecán, el coronel don Domingo de Arteaga, y le
encomendó la construcción de un teatro lo mejor acondicionado que fuera posible
y en un local central, para que fuera más fácil la asistencia del público. A
los pocos días, el coronel Arteaga informaba al Director que ya tenía el local
adecuado, y que no podía ser mejor; un solar en la Plazuela de la Compañía, o
sea, el sitio donde hoy está el jardín o plaza Montt-Varas. La plazuela de la
Compañía era frente a la Biblioteca Nacional, donde está la estatua de don
Andrés Bello.
Para
ahorrar palabras, diremos que el nuevo teatro, dotado de bastantes comodidades
para su época, se estrenó el día onomástico del Director O’Higgins, con una
fiesta en su honor, el 20 de agosto de 1820, y desde entonces no dejó de
funcionar, sino con pequeños intervalos, hasta que fue destruido, por viejo y
deteriorado, en 1836. Don Domingo de Arteaga se constituyó en empresario de
este teatro.
El Teatro
Principal había trabajado siempre con dramas o comedias y alguna vez con
pequeños sainetes musicados; pero en 1830 la sociedad santiaguina que había
adquirido ya pasión por la música, debido a la llegada al país de algunos
competentes maestros, exigió al coronel Arteaga que trajera una compañía de
ópera.
Don
Domingo no lo pensó mucho y se fue a Buenos Aires, donde encontró lo que
deseaba: una contralto, la Scheroni; una soprano, la Caravaglia; un tenor,
Betali; un barítono, Pisoni, y un bajo, Rirotta. Para cabezas de coro trajo dos
hombres y dos mujeres que desempeñaban de partiquinos cuando había necesidad.
Los coros
fueron formados con elementos del país — parece que la tradición se
conserva...— Figuraban en él la Rosa Lagunas, “tonadillera” limeña de gran
popularidad; la Ángela Calderón, chilena, que cultivaba el mismo género; la
Carmen Chena, famosa por las canciones en guitarra que iba a cantar a las
“casas particulares” cuando había tertulias, y otras, cuyos nombres no ha
transmitido la tradición.
En el
coro de hombres estuvieron Pedro Meneses, cantor de la Catedral; José Pose,
actor cómico español; el “mocho” Pascual Cáceres, así denominado porque había
sido lego de San Francisco y lo habían “echado” porque le gustaba tocar y
cantar tristes en la guitarra y el famosísimo Silva, que pasó a la posteridad
con el conocidísimo rótulo con que años más tarde anunciaba sus alegres
establecimientos del Parque, durante las fiestas populares: “Aquí está Silva”.
El
director de orquesta y “primer flauta” era don José Zapiola, músico y literato
a quien mucho deben las artes nacionales; Manuel Robles, autor de nuestra
primera Canción Nacional, y Francisco Guzmán, primeros violines; Eustaquio
Guzmán, violoncelo; Gustavo Herber, francés, virtuoso del fagot; Sívori,
italiano, excelente profesor de instrumentos de cuerda que tocaba el contrabajo
y varios elementos secundarios.
El
estreno de esta “Compañía Lírica Italiana”, tal era el pomposo título con que
se presentó, se llevó a cabo la noche del 17 de mayo de 1830, con la
representación de la ópera de Rosini “El Engaño Feliz”. El teatro estaba
rebosante y esplendoroso... a pesar de que el alumbrado era de velas de sebo.
El palco presidencial estaba ocupado por el Jefe de Estado, don Tomás
Ovalle y por su Ministro don Diego Portales, recién
victoriosos de los "pipiolos” en Lircay, y en el apogeo de su gloria.
Al
levantarse el telón se presentó la compañía a cantar la Canción Nacional, como
era de reglamento al empezar las representaciones. Inmediatamente llamaron la
atención de los entendidos las voces de los artistas líricos, y al finalizar el
himno, luciéronles la primera ovación.
Es
superfluo decir que la compañía tuvo un éxito enorme; baste el dato de qué
estuvo actuando nueve meses seguidos, haciendo tres y cuatro funciones por
semana. En todo ese tiempo estrenaron quince o dieciséis obras, entre las
cuales anotamos las siguientes: El Barbero de Sevilla, Gazza Ladra,
Tancredi, Eduardo y Cristina, L’italiana di Algieri, la Generentola, todas
de Rossini; Inés, de Paer; Elisa y Claudio, de
Mercadante.
Dijimos
que los artistas del coro eran criollos en su casi totalidad;
íes era difícil, por lo tanto, cantar en italiano, pero la dificultad se
resolvió fácilmente: se tradujo la letra de los coros al idioma español... Esta
profanación irritó a los entendidos, los cuales recurrieron a la prensa,
representada entonces por “El Araucano”, “La Opinión" y “El
Trompeta”, este último periódico de guerrilla, publicándose una serie
de “comunicados” en pro y en contra de la innovación. La discusión quedó
agotada con un artículo “crítico” del Araucano, en el cual
daba ampliamente la razón a los “amateurs” y pedía que los coros se cantaran en
el idioma para que fueron compuestos.
La
compañía dio sus últimas funciones a fines de febrero de 1831, y las
principales partes se embarcaron con rumbo a Lima, donde tuvieron, también,
señalado éxito.
El
coronel Arteaga intentó traer en los años siguientes una nueva compañía lírica;
pero diversas circunstancias se lo impidieron; la mayor de todas fue la mala
condición en que estaba el edificio del teatro de la ¡Plazuela de fe Compañía,
y el fracaso de las gestiones que hizo para tomarlo en arrendamiento y por un
largo plazo que lo compensara de los gastos que se proponía hacer para dejarlo
en situación de recibir cualquier espectáculo, incluso el de “obras de magia”.
Clausurado
este teatro por ruidoso en 1836, concluyó! toda esperanza de que pudiera venir
compañía lírica, hasta que no se terminase el teatro que fe Municipalidad
“pensaba construir”... y para lo cual no tenía dinero...
Por fin,
construido ya el Teatro de la Universidad en el sitio donde hoy se encuentra el
Teatro Municipal, los empresarios señores Solar y Borgoño trajeron de Lima la
compañía lírica italiana conocida con el título de Compañía Pantanelli apellido
de su director, marido de la primera figura femenina.
Figuraban
en el elenco Clorinda Pantanelli, contralto; Teresa Rossi, soprano; Zambaiti,
tenor; Lanza, barítono, y Ferretti, bajo, y debutaron el 21 de abril de 1844,
con la ópera Julieta, de Bellini.
Entre fe
venida de 1a primera y la segunda compañía lírica italiana habían transcurrido,
por lo tanto, catorce años.
§ 8. En
la hermosa llanura de Tuquí
(1931)
El
fallecimiento del Vicepresidente de la República, don José Tomás de Ovalle,
ocurrido en Santiago el 21 de marzo de 1831, produjo honda consternación, no
solamente en la capital, sino en todo Chile; aparte de las acentuadas
cualidades de estadista que poseía el Jefe del Estado, su fallecimiento ocurría
en un período de inquietudes para la República, apenas salida de una caótica
guerra civil, y> en plena lucha, franca y enconada, contra
los elementos derrotados.
Otra
causal hacía más doloroso aun el desaparecimiento del Vicepresidente. Su casi
repentina enfermedad y su inesperada muerte atribuíanse a los mordaces ataques,
con ribetes de diatriba, que los enemigos del Gobierno publicaban en pasquines
callejeros en el periódico de oposición titulado “El Trompeta”, redactado en
jefe por el ínclito escritor don José Joaquín de Mora, que a sus dotes de gran
estilista unía las de satírico eminente.
Los
ataques de la prensa se concentraban, como es natural, en los dos personajes
que encabezaban el Gobierno triunfante en Lircay; el Vicepresidente en
ejercicio don José Tomás de Ovalle y su ministro omnipotente don Diego
Portales. A este último le importaban un pepino chico y arrugado los insultos
de Mora, de Pasamán y de todo el pipiolismo y el carrerismo juntos; pero no
ocurría lo mismo al Vicepresidente, que era un hombre de temperamento
tranquilo, bueno y extremadamente susceptible, inclinado a la paz doméstica) a
sus tareas campesinas y al goce tranquilo de su saneada fortuna.
Desde que
subió al poder tuvo que sufrir y soportar esas diatribas ridiculizantes de sus
enemigos políticos. En vísperas de las celebraciones del Dieciocho de
Septiembre del año anterior, 1830, el periódico titulado “El Defensor de los
Militares” — que era una sucursal del “El Trompeta”— formuló a grandes títulos
esta pregunta: “¿Quien presidirá este año las fiestas de la patria?” Y en el
número siguiente de “El Trompeta” se contestaba a esa pregunta de esta manera:
“Un asno, deslumbrado con su propia alabarda”.
Estos
insultos procaces y groseros ¡afectaban hondamente la economía
del Vicepresidente Ovalle; he dicho que el hombre no era combativo y que su
organismo no estaba constituido para esta clase de luchas; las persistentes
invectivas de estos periódicos fueron minando su sistema nervioso y bilioso, y
una palidez amarillenta de su rostro empezó a contrastar con el negro lustroso
de su poblada cabellera. Al empezar el año 1831, el Presidente Ovalle era un
hombre distinto del que recibió las riendas del Gobierno nueve meses antes.
A fines
del mes de enero circuló por todos los círculos y corrillos de la capital un
nuevo pasquín, manuscrito, primero, y luego en letras de molde: era una tirada
de doce estrofas repletas de picardía venenosa, insultante y vejatoria para el
Vicepresidente. Al leerla, los propios amigos no podían aguantar la risa, en
medio de su indignación, y los adversarios lanzaban la carcajada; en realidad
había en fes estrofas un derroche del ingenio de don José Joaquín de Mora. Se
titulaban “El Uno y el Otro” (Ovalle y Portales) y había estrofas como éstas:
El Uno
subió al poder,
Con la intriga y la maldad;
Y al Otro, sin saber cómo,
Lo sentaron donde está.
El Uno cubiletea,
Y el Otro firma, no más;
El Uno se llama Diego
Y el Otro José Tomás.
El Uno hace los pasteles
Con su pimienta y su sal;
Y el Otro hasta en los rebuznos
Tiene cierta gravedad...
Pero esto
no es todo; para que el lector pudiera darse cuenta exacta del veneno que
contenía ese pasquín, de la enormidad del insulto y del desacato que
significaba para la persona del Jefe del Estado, serla necesario copiarlo
íntegro; pero esto no es posible, ni tendría objeto; además, con fes estrofas
copiadas basta para imaginarse las demás.
El
“panfleto” concluía con los siguientes versos: “¡Felices noches, don Diego!
¡Abur, don José Tomás”; y éste era el saludo de despedida que se hacían los
políticos y no políticos santiaguinos a raíz de la publicación de 1a
versaina...
La
desmedrada salud del Vicepresidente fue decayendo rápidamente después de esta
nueva procacidad, y a fines de febrero ya no le fue posible asistir a su
despacho; tres días después, el 2 de marzo, no pudo abandonar su lecho y el día
7 elevaba al Congreso una solicitud de licencia, que le fue concedida al día
siguiente, recibiéndose del mando supremo el señor don Fernando Errázuriz.
Los
médicos don Guillermo Blest y don Carlos Bouston aconsejaron a 1a familia
transportar al enfermo a una casa de campo y fue llevado a una chacra que
poseía en Chuchunco su íntimo amigo don Diego Antonio Barros; el fuerte ataque
bilioso que había sufrido días antes, hizo crisis y el 21 de marzo, a las 9 de
la mañana el Vicepresidente Ovalle entregaba su espíritu rodeado de su
consternada familia y de un grupo de sus fieles amigos.
Al
conocerse 1a noticia de su muerte, nadie, ni aun los enemigos más enconados del
gobierno repitió aquello de ¡Abur, don José Tomás!... No hubo quién no
reconociera, delante de la tumba prematura — falleció a los 43 años— de este
hombre, bondadoso, patriota y profundamente honrado, sus grandes virtudes
ciudadanas y los notables servicios que había prestado a 1a República.
Junto con
decretar solemnes honras fúnebres en todas las ciudades del país, en memoria
del primer Jefe de Estado que había fallecido en el ejercicio de sus funciones,
el Ministro Portales decretó también el destierro de don José Joaquín de Mora.
Las
honras fúnebres que se hicieron en La Serena en homenaje al Vicepresidente
Ovalle, revistieron allí solemnidad inusitada, y existían motivos especiales
para ello. Los últimos baluartes del pipiolismo habíanse levantado en la
provincia de Coquimbo, hacia donde habían huido las tropas derrotadas después
de las acciones de Ochagavía y Lircay, reconociendo la jefatura del desgraciado
General Freire. El Gobierno triunfante había exonerado de sus cargos a todas
las autoridades de La Serena, y nombrado nuevas, las que, naturalmente, eran
adictas, por entero, al partido de Portales; La Serena era, por consiguiente,
un núcleo pelucón, o “estanquero”.
Por otra
parte, las elecciones efectuadas el 15 de marzo habían llevado a la Asamblea
Provincial a un grupo escogido de ciudadanos que a su condición de
“gobiernistas” unían el prestigio innegable de sus personas. Todo se reunía
para que las honras que se iban a hacer al ilustre extinto fueran
excepcionalmente solemnes, política y socialmente hablando.
El
servicio fúnebre se llevó a cabo el día 13 de abril, en la Iglesia Matriz,
severamente enlutada hasta el pórtico; la misa fue “de tres” y acompañada por
“músicas” que facilitó galantemente el comandante de un barco de guerra
francés, “La Vestale”, fondeado en Coquimbo; el mencionado marino llevó
su atención hasta asistir a la ceremonia funeral acompañado de sus oficiales.
Presidió el acto el Intendente de la provincia general don José María
Benavente, llevando a su lado al gobernador local de La Serena, don Tadeo
Cortés; en sitio prominente tomó colocación Ha Asamblea Provincial de Coquimbo,
recién elegida, compuesta de nueve diputados; en realidad, la Asamblea constaba
de doce miembros, pero había sido anulada la elección de tres. En otro sitio
destacado se encontraba el Cabildo de la ciudad; el Presidente de la Asamblea,
diputado por Coquimbo don Jorge Edwards y el Alcalde de primer voto don
Rudecindo Arqueros, hacían compañía al Intendente.
“Todo fue
sentimiento y dolor, dice una relación de esa ceremonia, publicada en el
periódico “La Bandera Tricolor”* que veía la luz en La Serena; pero el
periodista deja constancia, con indignación, de “que algunos trompetas (así
apodaban a los pipiolos y carrerinos, a causa del nombre del
periódico “El Trompeta”, que publicaban en Santiago), hicieron gafe en no
asistir al funeral. Esta insistencia enconada, rebelde, de los antigobiernistas
recalcitrantes, levantó protestas severas en todos los círculos serenenses, y
se produjeron incidentes, algunos de ellos violentos, en la plaza, y en una
“sala de trucos” que funcionaba a media cuadra de allí, a manera de club.
Estas
incidencias movieron a fes autoridades y al vecindario a acentuar fes
manifestaciones de dolor ante el fallecimiento del Presidente Ovalle, y luego
se abrió paso hasta 1a Asamblea Provincial, la idea de rendir al benemérito
extinto un homenaje más relevante y hasta con caracteres de perdurable.
En los
confines meridionales de fe jurisdicción de La Serena, y a una
distancia de 25 leguas, más o menos, se destacaba un delicioso valle “en la
hermosa llanura de Tuquí”, en donde se levantaba una pequeña población — unas
cuantas casas de ubicación irregular — cuyos habitantes, sencillos, humildes y
laboriosos, habían adquirido fama de hospitalarios; el sitio donde vivían
pertenecía a la hacienda del mismo nombre, uno de cuyos propietarios era el
inglés Perry, antiguo y progresista minero que había establecido su residencia
en Chile; este paraje, por su fertilidad, su situación panorámica frente al río
Limarí, y su progreso agrícola, formaba contraste con las llanuras de
Punitaqui, ásperas y fragosas, que los viajeros tenían que recorrer fatigados y
sedientos para trasladarse a los centros poblados de Serena y Coquimbo Desde
algún tiempo habíase pensado en fundar en esa deliciosa meseta un pueblo que
sirviera de estación o de oasis al caminante, entre los valles de Aconcagua y
Huasco, o sea, entre el norte y el centro del país; mejor dicho, se deseaba que
el humilde pueblo de Tuquí se convirtiera en la “villa de Tuquí”, con su
gobernador local, su Cabildo, su parroquia, sus milicias, etc. Para llevar a
efecto este proyecto, el propietario de fe hacienda, Mr. Perry, ofrecía toda
clase de apoyo.
El deseo
de honrar perennemente 1a memoria del Vicepresidente Ovalle allanó cualquier
otro inconveniente; el momento era oportunísimo: la autoridad llamada a
decretar la fundación o la creación de la nueva villa — la Asamblea Provincial
— había entrado en funciones, y su Presidente, el doctor médico Mr. Jorge
Edwards, había sido, y era, entusiasta partidario de esa obra de progreso para
la provincia serenense.
En la
segunda sesión de la Asamblea Provincial, llevada a cabo el 21 de abril, el
Presidente Ewards “presentó una moción — dice el acta— para la creación de una
nueva villa en los valles del Sud, y después de algunas reflexiones en pro y en
contra, se aprobó del modo siguiente” Y copia la moción entera. La aprobación
fue, al parecer unánime, y asistieron a esa sesión los siguientes diputados:
don Jorge Edwards, don José Santiago Rodríguez y don Ventura Solar, diputados
por Coquimbo; don Pedro Santiago Concha y don José María Munizaga, diputados
por Elqui; don Francisco Ignacio Ossa y don José Antonio Súber de Casseaux,
diputados por Huasco. Faltaban los diputados por Combarbalá y Vallinary
(Vallenar), cuyas elecciones habían sido anuladas, según dije.
Al día
siguiente, 22 de abril de 1831, el Presidente de la Asamblea Provincial, don
Jorge Edwards, firmó el decreto de promulgación de la ley, el cual fue
transcrito inmediatamente al Intendente de la provincia, General Benavente,
quien lo publicó por bando, a son de trompetas, en medio de los aplausos y
vítores del pueblo entero, que veía realizado, por fin, su antiguo anhelo de
tener una villa en aquellos desiertos.
El
encabezamiento del decreto del Presidente Edwards, dice que “teniendo presente
que entre la villa de Combarbalá y la capital de esta provincia, hay una
población de más de treinta mil almas en el más deplorable estado de ignorancia
y que necesitan de los beneficios de la religión y están expuestos a ser
víctimas de los monopolizadores, la Honorable Asamblea Provincial ha acordado
lo que copio”.
Y vienen
en seguida seis artículos, en que se establecen las condiciones en que se hará
esta nueva fundación.
El
terreno en que se fundará la villa tendrá una cabida de cuarenta cuadras y los
sitios no podrán venderse a los futuros pobladores sino al precio de su valor
real, más un diez por ciento.
El
Intendente de la provincia nombrará interinamente un gobernador local y dos
alcaldes, autoridades que entenderán, desde luego, en los asuntos más urgentes,
y un director de trabajos de demarcación de solares, que procederá de ¡acuerdo
con las mencionadas autoridades.
Los
límites del nuevo “partido” se extenderán, por el norte, hasta la cuesta de
Peralta; por el sur, con la línea divisoria del vecino partido de Combarbalá;
por el poniente, con el mar, y por el oriente, con la cordillera, hasta la
división con el partido de Elqui. Las entradas de la nueva villa o partido,
serán las mismas de que disfrutan las demás ciudades.
El último
artículo del decreto, dice así: “En memoria de los importantes servicios
rendidos a la Nación por el difunto Vicepresidente de la República, el nuevo
pueblo tendrá el título de “Villa de Ovalle”.
El
Intendente Benavente designó al siguiente día, 23 de abril, al gobernador local
interino de la Villa de Ovalle; este funcionario fue el activo y prestigioso
vecino de Sotaquí, don Juan Francisco Pizarro; no conozco los nombres de los
alcaldes que también debieron ser nombrados esos días; pero sí el del Director
de los trabajos de demarcación y trazado de la villa; éste fue Monsieur
Coustillas, ingeniero francés residente en La Serena desde cuatro o cinco años
atrás. El nombramiento dice que “el gobierno encarga hacer el plano geométrico
de la Villa de Ovalle al talento matemático de Monsieur Coustillas, y al mismo
tiempo, que aproveche la hidráulica indígena... para instalar máquinas,
ingenios y ruedas, mientras los sabios encuentran mejores aprovechamientos”.
El
decreto de creación de la Villa de Ovalle fue aprobado por resolución suprema
de 7 de mayo, con las firmas de Prieto y de Portales. Por fin, el 31 de
diciembre de 1867 — treinta y seis años más tarde— le fue concedido a la
floreciente Ovalle, el título de ciudad, por el Presidente don José Joaquín
Pérez y su Ministro Vargas Fontecilla.
§ 9.
Wheelwright
El por
muchos títulos ilustre iniciador de la navegación a vapor en la costa del
Pacífico, Mr. Guillermo Wheelwright; nació en Massachusetts el año 1798, de una
esforzada familia de puritanos que le dio una educación severa y cristiana,
hasta la edad de doce años, en que el niño, por fallecimiento de su madre,
pidió y obtuvo permiso para embarcarse en calidad de ayudante de sobrecargo en
una goleta mercante que hacía el comercio entre Nueva York y los puertos
ingleses. La dedicación que puso en el cumplimiento de sus deberes y el despejo
de su inteligencia le valieron muy pronto repetidos ascensos, y a los dieciocho
años había obtenido la confianza de sus armadores, quienes le entregaron la
administración de uno de los buques de la compañía, nombrándolo contador jefe.
.Wheelwright
no había cumplido todavía los veinticinco años cuando se le confió el mando del
bergantín Almorfo, que hacía la carrera entre Liverpool y
Buenos Aires; en uno de estos viajes a las provincias del Plata le ocurrió el
primer accidente marítimo: su buque, arrastrado por una tormenta, fuése a
estrellar contra una costa rocosa de Montevideo y la tripulación salvó la vida
después de grandes esfuerzos. Wheelwright fue llevado a Buenos Aires, casi
moribundo, y allí tuvo que permanecer durante cuatro meses, hasta su completa
mejoría.
En la
primavera del año 1824 determinó pasar a Chile, de cuyo progreso comercial y
marítimo había recibido muy halagüeñas noticias; embarcóse en un navío que
estaba de partida a Valparaíso y arribó a nuestras costas a principios del
1825; muy luego fue contratado por una casa comercial de nuestro puerto y antes
de un año le fue confiado el mando de una goleta que hacía la carrera entre
Valparaíso y Panamá.
Parece
que Wheelwright no vio muchas expectativas en este empleo, porque un año más
tarde lo encontramos establecido en Guayaquil con el cargo de cónsul de los
Estados Unidos y al frente de una casa comercial; sin embargo, la vida del mar
le arrastraba más que la de tierra y antes de tres años organizaba en Guayaquil
una línea de barcos mercantes que primeramente se extendió entre Panamá y
Valparaíso, y después redujo su recorrido entre este último puerto y Cobija.
El año
1829 encontróse en Valparaíso con el Ministro Portales, a quien había conocido
cuando este político era jefe de la firma Portales, Cea y Compañía, y después
de varias conversaciones convinieron en que Wheelwright estudiaría la manera de
establecer, con el apoyo del Gobierno de Chile, una línea de navegación a vapor
por la costa del Pacífico, a base de ciertas concesiones aduaneras y portuarias
que pudieran ser halagüeñas para los capitalistas extranjeros.
Wheelwright
se lanzó con fe a la realización de esta empresa que bullía en su cerebro desde
hacía tiempo, y un año más tarde emprendía su primer viaje a Europa en busca de
los capitales que era necesario reunir para tamaña empresa.
La
navegación a vapor estaba aún en pañales; si era verdad que varios barcos
atravesaban el Atlántico entre Estados Unidos e Inglaterra y Europa, llevando
“aparatos mecánicos” a vapor para la propulsión de las naves, no era menos
cierto que los velámenes permanecían listos para la maniobra, en previsión de
los continuos accidentes que ocurrían en las maquinarias. Intentar la
navegación a vapor en mares amplios y distantes de los centros únicos donde
existían elementos para la reparación de tales accidentes, era una imprudencia
temeraria que los capitalistas y armadores europeos y estadounidenses se
resistían a afrontar.
Cuatro
años demoró Wheelwright en sus gestiones, pero al fin pudo convencer a dos
armadores de Bristol que aceptaran las proposiciones o insinuaciones del
Gobierno de Chile; pero esta aceptación era relativa; ellos encabezarían una
sociedad o compañía, siempre que ingresaran a ella, en calidad de accionistas,
algunos armadores y comerciantes de Norte y Sudamérica, y previo un decreto del
Gobierno de Chile que concediera privilegio a la Compañía para ejercer
exclusivamente la navegación a vapor por el Pacífico. La sociedad naviera en
formación se denominaría: Pacific Steam Navigation Company.
Wheelwright
partió de regreso a Chile inmediatamente, pletórico de entusiasmo y llegado a
Santiago pidió al Gobierno la formalización del privilegio exclusivo que se le
había prometido; antes de seis meses tenía en su cartera el decreto
correspondiente, y a mediados de 1836 partía de nuevo a Europa, por Panamá,
después de haber recorrido las costas chilena, peruana y ecuatoriana, colocando
acciones de la nueva compañía de navegación a vapor; el éxito coronó sus
esfuerzos y al llegar a Bristol pudo ofrecer a los armadores ingleses, la
tercera parte del capital requerido, que era de un millón de pesos;
inmediatamente los armadores subscribieron otra tercera parte y el resto fue
ofrecido a los capitalistas de Londres, Glasgow y Bristol.
A
principios de 1837 empezaron activamente en este último puerto los trabajos de
construcción de los primeros dos barcos de la compañía naviera a vapor. Las
naves eran gemelas y se llamaban Chile y Perú, seis meses más
tarde sus aceradas quillas rompían las aguas; al año, las máquinas de la Perú hacían
la primera prueba en la bahía de Bristol y tres meses después de esta prueba se
encontraba lista para partir hacia el Pacífico. La Chile demoró
todavía unos días en partir, a causa de algunos inconvenientes inevitables que
fueron salvados mientras la Perú surcaba el Atlántico en
demanda del Estrecho, ruta que atravesaba a mediados de septiembre de 1840, al
mando del capitán Peacook; a principios de octubre, la Perú entraba
a la bahía de Talcahuano, después de dos meses y dos días de navegación a
vapor, llevando al tope la bandera chilena, para esperar allí a su gemela y
hacer juntas su entrada triunfal en la rada de Valparaíso.
En
efecto, la Chile arribó a Talcahuano diez días después y ambas
partieron en conserva hacia nuestro primer puerto, siendo recibidas en las
afueras de la bahía por innumerables, botes y embarcaciones empavesados,
escoltándolas hasta su fondeadero, mientras la población instalada en los
cerros y colinas batía banderas y disparaba voladores y los cañones de los
fuertes atronaban, con salvas, los ámbitos del puerto.
“El
Mercurio” de Valparaíso, al dar cuenta de la llegada de estos dos primeros
barcos a vapor, decía: “Ayer 13 de octubre, a las tres de la tarde, una salva
de artillería de los buques fondeados en el puerto y de los fuertes, anunciaron
la llegada de los buques Chile y Perú que para la navegación
del Pacífico acaban de llegar de Inglaterra; se les ha hecho una recepción
digna del objeto que los conduce; las músicas militares de la ciudad,
embarcadas en varias lanchas y multitudes de botes llenos de gente, lo mismo
que otros pertenecientes a los buques de guerra de varias naciones, fondeados
aquí, salieron al encuentro de los barcos a vapor, para ver más de cerca la
fuerza expansiva del agente poderoso que sin auxilio de vela ni remo mueve tan
“enormes moles”. (Los buques eran de setecientas toneladas...). “Ambos buques,
después de haber cruzado esta rada en diferentes direcciones y recibido los
saludos de mucha gente que i había atraído este espectáculo, nuevo para este
puerto, han fondeado uno cerca del muelle y el otro frente a la Cruz de Reyes.
Siendo iguales las dimensiones de ambos vapores, nos limitaremos a dar las
del Chile, que son las siguientes: 180 pies de quilla, 30 de
manga, 15 de puntal, 700 toneladas de registro, el casco forrado y claveteado
de cobre, dos palos de bergantín, y máquinas de cien caballos de fuerza;
calderos a baja presión, con el condensador, y máquinas de reserva”.
“En las
dos cámaras, cada barco puede conducir cómodamente 150 personas con camarote, y
en la cubierta puede ir un número mayor de pasajeros; sus bodegas tienen
capacidad para trescientas toneladas de mercadería”.
Diez días
después de su llegada a Valparaíso, fue despachado hacia el Callao el
vapor Perú, con cuarenta pasajeros de camarote y setenta y siete
de cubierta, más doscientas cincuenta toneladas de carga; el Perú, al
mando del capitán Peacook, salió de Valparaíso a las tres de la tarde del día
25 de octubre, en viaje directo a Arica; recogió allí quince pasajeros y varias
toneladas de carga, y partió el mismo día a su destino, adonde llegó el 8 de
noviembre.
Al pasar
el barco frente a la caleta peruana de Chilca, fue divisado desde el pueblo por
los vecinos y las autoridades; el espectáculo que vieron era tremendo: un barco
sin velas, echando una inmensa columna de humo y arrastrado por los vientos
hacia el norte... El subdelegado vio que se trataba de una catástrofe marítima
de un barco que se incendiaba y al cual no podía prestar auxilio de ningún
género, y mandó, sucesivamente, tres mensajeros a Lima y al Callao para que
socorrieran al buque náufrago que debía haber quedado hedió trizas en las rocas
de la costa, si no había desaparecido entre las olas.
Cuando
los mensajeros llegaron al Callao, encontraron tranquilamente anclado en la
bahía al “desgraciado” barco que el día anterior habían visto incendiándose en
alta mar.
El Perú regresó
a Valparaíso el 25 de noviembre trayendo 140 pasajeros y 350.000 pesos en
mercaderías; su viaje redondo, había demorado precisamente un mes, y
difícilmente habría podido ser más provechoso; pero al regreso habíase
presentado un terrible problema, cuya solución iba a ser el primer gran
tropiezo para la compañía de navegación y para su organizador, el esforzado
Guillermo Wheelwright. El Perú había agotado su combustible en
las alturas de Huasco, a causa de una persistente mar gruesa y su capitán se
había visto obligado a echar a las hornillas los mástiles, el maderamen de
cubierta y gran parte de la obra muerta, para mantener la presión del vapor; el
viaje había sido un verdadero drama con tintes de tragedia, y no era posible
continuar la navegación a vapor, de la terrible costa chilena, sin resolver
antes el problema del combustible, para tan largo viaje.
Wheelwright
afrontó la nueva dificultad con la misma entereza de ánimo con que habíase
lanzado a la empresa desde el principio; sin “leña” en la proporción suficiente
que se necesitaría para despachar hacia el Callao el Chile, que
en esos días llenaba sus bodegas de carga y contrata a numerosos “pasajes” para
el norte, se vio obligado a ordenar la suspensión del viaje y el desembarco de
la carga; pero rellenando las “leñeras” del Perú zarpó hacia
Concepción, en donde pensaba, a la vez que establecer, con las excelentes
maderas del astillero de San Vicente, los mástiles quemados, buscar “ciertas
piedras combustibles que existían por los alrededores de Penco y en la Isla
•Quinquina, con las cuales cocían sus comidas los antiguos españoles y aun
usaban los nativos”; Wheelwright estaba seguro de que estas “piedras” quemadas
en las hornillas del Chile y del Perú, habían de
servirle para “levantar la presión” del vapor en las máquinas de los nuevos
barcos En los primeros días de diciembre se encontraba el Perú en
la rada de Talcahuano reparando sus averías, mientras Wheelwright, con una
cuadrilla de exploradores buscaba un “manto de carbón de piedra” que ciertos
naturales le habían señalado hacia la cercanías de Lirquén. No tardó mucho en
dar con la mina, y ocho días después vaciaba sobre la cubierta de su nave ocho
o diez cargas de carbón para hacer con ellas la prueba que había de darle la
ansiada solución de su problema.
Reparado
completamente el barco de las averías sufridas en su mastilería y maderamen,
procedió el tenaz ingeniero yanqui a probar las hornillas de los calderos
del Perú con el carbón de Lirquén; era indudable que el carbón
“ardía bien, con persistencia y muchos grados de calor”; pero las parrillas “no
lo sujetan cuando la piedra es chica y la piedra grande no arde bien”; el
problema principal estaba, pues, resuelto: había combustible. En cuanto a las
“parrillas” era cosa de “componerlas” para que sujetasen “la piedra ardiente”.
No quiso
Wheelwright dejar para) el otro día la solución total de su dificultad y
quitándose la “chaqueta” — ya se denominaba así esta prenda masculina— se metió
en uno de los fogones, en compañía de los “maestros” herreros y mecánicos, y
entre todos procedieron a forjar los fierros y aparatos de su invención que
dieron por fin el resultado apetecido. Trabajaron toda la noche, y “no se
echaron a dormir hasta que estuvieron convencidos de que funcionaban las
máquinas”.
“Como se
viese tiznada la cara y todo el cuerpo, el ingeniero Wheelwright se despojó en
la cubierta de sus vestidos y se tiró, de manos, al mar, para darse un baño
completo”, y antes de echarse a descansar de la fatigosa faena de la noche, dio
orden de repletar las “leñeras” con carbón de piedra, y alistar la maniobra
para zarpar al día subsiguiente. El 13 de enero de 1841, el Perú, con
Wheelwright a bordo, encontrábase en el Callao, y el 29 del mismo mes en
Copiapó; quería posesionarse personalmente del éxito de su nuevo combustible, y
una vez que estuvo convencido de su eficacia, ordenó que el otro buque,
el Chile, fuera a Talcahuano a llenar sus “leñeras”, las
cuales, desde esa época, se denominaron “carboneras”.
La línea
de navegación a vapor había triunfado completamente de todas las dificultades,
y con sus viajes rápidos y fructíferos, abrió el camino para que dentro de
pocos años sus barcos se multiplicaran y extendieran su recorrido hacia otros
mares. La Pacific Steam Navigation Company, formalizada ya como una sociedad de
prestigio, tenía, veinte años más tarde, 21 barcos, con más de 80.000 toneladas
de capacidad, que recoman el Pacífico desde Panamá, cruzaban el Estrecho,
continuaban por el Atlántico hasta Europa, o doblaban el Cabo de Buena
Esperanza con rumbo a las Indias. Poco a poco esta compañía, que fue
constituida con base chilena, y con bandera chilena, fue desprendiéndose de
nuestro control, tanto por desidia o negligencia de nuestros gobiernos, cuanto
porque tos ingleses quisieron apropiarse por entero de un grande y bonito
negocio. Cuando esto ocurrió, allá por el año 1870, la Pacific Steam aumentó su
capital a 4 millones de libras, echó a la mar cincuenta barcos y colocó la
bandera inglesa allí donde, hasta entonces, había flameado el gallardete
nacional.
Inmediatamente
pasó a ser la más grande empresa naviera del mundo.
Por ese
mismo tiempo se fundó en Valparaíso otra empresa chilena de navegación que
pretendía suplantar a la que se alejaba de, nuestras costas con su gran flota;
esta empresa se llamó la Compañía Sudamericana de Vapores.
Sin echar
la vista hacia el pasado, hago votos por que “nuestra” compañía reconquiste
para Chile el dominio comercial del Pacífico y lleve nuestra bandera hasta los
confines de todos los mares.
§ 10. La
Asamblea Constituyente del año 1833
El
triunfo de los pelucones sobre los pipiolos de Lircay dio origen al Congreso de
los Plenipotenciarios elegidos por las provincias e instalado en Santiago, el
12 de febrero de 1830. Este Congreso, extraño a las disposiciones de la
Constitución del 28 que estaba vigente, no tenía otros objetos que designar un
Jefe del Estado provisional y fijar las normas y reglamentos por los cuales
debían realizarse las nuevas elecciones de Presidente de la República y
miembros del Congreso.
En
efecto, el Congreso de Plenipotenciarios, cumplida su misión, celebraba su
última sesión el 25 de mayo de 1831 y el 1º de junio se reunía y quedaba
definitivamente instalado el nuevo Congreso Nacional Constitucional, recién
elegido, compuesto, según la Constitución, de un Senado y de una Cámara de
Diputados con trece y treinta y ocho miembros, respectivamente.
Abrió las
sesiones de este Congreso el Vicepresidente provisional de la República, don
Fernando Errázuriz, con una aparatosa y solemne ceremonia a la que asistieron
los Ministros y altos funcionarios del Estado; el Primer Mandatario pronunció
un corto discurso en el que felicitaba al país por el restablecimiento del
orden constitucional y por la paz interna de que gozaba desde un año atrás y
pedía la colaboración de los nuevos legisladores para cimentar esta obra; en
seguida tomó la palabra el Ministro Portales y en un extenso mensaje dio cuenta
de la marcha de la nueva administración y del programa que Ejecutivo se había
trazado para el futuro. Refiriéndose a este mensaje, don Diego Barros Arana
dice: “Este mensaje, de formas serias y moderadas, concebido sin vanidosa
jactancia y sin exageraciones sobre los actos ejecutados por el Gobierno, y
además, parco en promesas, revelaba sin embargo los beneficios alcanzados por
un año de paz; hada concebir la esperanza de los que debían alcanzarse más
adelante y debió producir en todo el país una favorable impresión”.
Desde la
sala del Consulado (Biblioteca Nacional), la concurrencia se dirigió a la
Catedral, donde se cantó un solemne Te Deum con lo que se puso
fin a la ceremonia.
Como las
elecciones de Congreso y de Presidente de la República se habían verificado
casi conjuntamente, el Congreso Pleno se reunió al día siguiente, 2 de junio,
para hacer el escrutinio de esa elección y proclamar al Presidente y
Vicepresidente elegidos; en conformidad a las prescripciones constitucionales,
fueron proclamados Presidente, don Joaquín Prieto, por la unanimidad de los 207
electores, y Vicepresidente, don Diego Portales, por 186 votos. El Ministro
Vicepresidente renunció irrevocablemente.
De esta
manera se encarriló de nuevo la República en el rodaje constitucional de que
había salido por el movimiento revolucionario de 1829 que derrocó al Gobierno
liberal y lo venció en los campos de Lircay.
Apenas
instalado el nuevo Congreso tomó cuerpo dentro de sus miembros la idea, ya
manifestada por sus líderes en la prensa, de reformar la Constitución del año
28, a cuyas principales disposiciones se culpaba de los trastornos sangrientos
de que había sido víctima la República. Si bien casi la unanimidad de los
chilenos, vencidos y vencedores, estaban de acuerdo en que la Constitución
debía modificarse, la opinión pública general estaba dividida en el sentido de
guardar para esta reforma, la fecha que la misma Constitución, fijaba — el año
1836— o de proceder desde luego a esa reforma. Triunfó la última idea,
sostenida enérgicamente por el senador por Santiago don Manuel José
Gandarillas.
En
efecto, con fecha 8 de jimio presentaba al Senado un proyecto de ley según el
cual se formaría una gran Convención encargada de estudiar las reformas de la
Constitución y de presentar el proyecto respectivo.
Esta
Asamblea Constituyente sería compuesta de ocho miembros elegidos por el
Congreso en votación secreta, podiendo recaer la elección en individuos de
cualquiera de las dos Cámaras o en otros extrañas a ella.
El trabajo de revisión y reforma debía estar terminado en dos meses después de
la instalación de las Asambleas.
En los debates de la Asamblea podrían tomar parte, en voto, tres individuos en
representación del Presidente de la República, del Senado y de la Cámara de
Diputados.
Durante las sesiones de la Asamblea Constituyente se cerrarían las Cámaras.
El Senado
discutió este proyecto durante ocho sesiones oyendo previamente el informe de
tres de sus miembros, uno de los cuales fue don Mariano Egaña, y por fin, el 21
de junio aprobó el siguiente acuerdo: “La Constitución Política de la
Nación Chilena, promulgada el 6 de agosto de 1828, necesita modificarse y
alterarse. Al efecto, fórmese una Convención”
Desde la
sesión siguiente, el Senado empezó a estudiar la forma de constituir esta
Convención Egaña, que desde su regreso de Europa, “había vuelto a adquirir el
ascendiente a que lo hacían merecedor sus luces y su talento”, creía que el
plan propuesto por Gandarillas era defectuoso, porque “una asamblea destinada
al acto más importante de la vida social de un país, cual es el de rever,
alterar y reformar la Constitución del Estado, necesitaba componerse de un
número considerable de personas, porque así se expresaría mejor la voluntad
pública que por el sólo órgano de ocho individuos que señalaba la proposición
original”.
Por otra
parte, en esta asamblea, según Egaña, debían tener asiento no sólo los
políticos y letrados, sino también hombres de distintas ocupaciones, a fin de
que estuviesen representados los distintos intereses. En consecuencia, propuso
la siguiente modificación: “A esta Convención se convocarán dieciséis
de los diputados elegidos por él pueblo para la presente Cámara de Diputados.
Seis
grandes funcionarios públicos en los distintos ramos de la
Administración;Cuatro literatos de reconocida sabiduría y patriotismo;Dos
eclesiásticos de notoria ilustración y patriotismo;Cuatro grandes propietarios
y agricultores;Dos comerciantes de considerable crédito; yDos mineros de
crédito en esta profesión”.
La
designación de estos individuos podría recaer en congresales o en particulares
y debería ser hecha en Congreso Pleno, a pluralidad de votos. La Convención así
organizada no podría discutir otro asunto que la reforma de la Constitución y
una vez presentado el proyecto de reforma, se reuniría el Congreso para que le
prestara juramento de obediencia.
La
discusión de estas modificaciones al proyecto primitivo de Gandarillas apasionó
los ánimos tanto en el Senado como en la prensa, adonde ocurrían los
partidarios de uno y otro sistema para formar la opinión pública; puede
afirmarse que éste fue uno de los períodos más brillantes del periodismo
político de Chile, donde descollaron y brillaron las plumas de Andrés Bello,
Mariano Egaña, Manuel José Gandarillas, Joaquín Tocornal, Vicente Bustillos, J.
Francisco Meneses, Juan de Dios Vial, etc.
Por fin
se terminó la discusión y fue aprobado el proyecto de Egaña en la sesión del
Senado de 30 de julio, pasando en seguida el proyecto a la Cámara de Diputados,
donde se modificó la redacción del artículo referente a la composición de la
Asamblea, en estos términos: “A esta asamblea se convocarán dieciséis diputados
elegidos por el pueblo para la presente Cámara de Diputados y veinte ciudadanos
de reconocida probidad e ilustración”.
La Cámara
suprimió la calificación que se había hecho en el Senado.
Comunicada
la ley al Poder Ejecutivo a mediados de agosto, creyó el Vicepresidente
Errázuriz que su promulgación correspondía hacerla al nuevo Presidente de la
República, don Joaquín Prieto, que debía asumir el mando supremo el 18 de
septiembre.
Efectivamente,
el Presidente Prieto y su Ministro del Interior, don Ramón Errázuriz,
promulgaron el 1“ de octubre de 1831, la ley que ordenaba constituir la gran
Convención que tenía por único objeto de revisión, reforma y modificación o
adición de la Constitución Política promulgada el 8 de agosto de 1828.
Ocho días
después se reunía solemnemente el Congreso Pleno en los salones del Consulado y
bajo la presidencia de don José Vicente Izquierdo procedía a la designación de
los miembros de la Asamblea Constituyente, según las disposiciones de la ley
recién promulgada.
Verificada
la votación para elegir primeramente a los dieciséis diputados pertenecientes
al Congreso en funciones, resultaron elegidos los señores: Don Joaquín
Tocornal, don Manuel Camino Vial, don Ramón Rengifo, don Miguel Fierro, don J.
Manuel Astorga, don Vicente Bustillos, don Estanislao Arce, don J. Antonio
Rosales, don Enrique Campino, don J. Manuel Carrasco, don Juan de Dios Vial del
Río, don J. Francisco Larraín, don Santiago Echeverz, don Clemente Pérez, don
José Puga y do» Estanislao Portales.
Proclamados
estos miembros, se siguió con la designación de los veinte ciudadanos “de
conocida probidad e ilustración”, resultando elegidos los siguientes: Don
Gaspar Marín, don Mariano Egaña, don Agustín Vial, don Fernando Elizalde, don
Manuel Gandarillas, don Diego de Arriarán, don J. Francisco Meneses, el Obispo
de Cerán don Manuel Vicuña, don José M. Rozas, don Vicente Izquierdo, don Juan
Alcalde, don J. Miguel Irarrázaval, don F. Javier Errázuriz, don J. Raimundo
del Río, don Diego Antonio Barros, don Juan de Dios Correa, don Ángel
Arguelles, don Ambrosio Aldunate, don José Antonio Huid y don Gabriel Tocornal.
Entre
éstos había muchos que eran miembros del Senado y «le la Cámara de Diputados,
porque el cargo no era incompatible, según la misma ley.
Antes de
clausurar sus sesiones, el Congreso había aprobado un ceremonial especial para
la apertura de la Gran Convención; al acto debía asistir el Presidente de la
República, sus Ministros y los altos empleados de la
Administración, en igual forma que cuando se verifica la apertura de las
sesiones ordinarias del Congreso. En este caso, el Presidente debía tomar a los
constituyentes el juramento especial cuya fórmula había fijado expresamente la
ley que creó la Gran Convención.
A las
doce del día jueves 20 de octubre de 1831 se encontraban reunidos en la sala
del Consulado, que era la de sesiones del Senado, treinta y uno de los miembros
de la Convención Constituyente y procedieron a elegir presidente y secretario
provisionales, cuyos nombres no consignan los documentos que tenemos a la
vista. Acto continuo se dio aviso al Presidente de la República para que
concurriera a declarar instalada la Asamblea y a tomar el juramento a sus
miembros.
De los
convencionales sólo faltaron seis, por ausencia o imposibilidad, y fueron los
señores Gaspar Marín, Santiago Echeverz, José M. Rozas, Juan Agustín Alcalde,
Miguel Irarrázaval y J. de Dios Correa.
El
Presidente fue recibido con el ceremonial acordado y ocupó su sitio en la mesa.
Se colocó al centro de ella el libro de los Santos Evangelios, y “prestaron,
primero, el señor Presidente provisional y después de dos en dos los demás
señores, el juramento dispuesto por el artículo 11 de la ley, citada en tos
términos siguientes: Juro por Dios, Nuestro Señor, examinar la Constitución
Política promulgada en 8 de agosto de 1828 y si hallare conveniente su reforma
o modificación, concurrir a hacerla según el dictamen de mi conciencia en los
términos más oportunos para asegurar la paz y la tranquilidad del pueblo
chileno. Si así no lo hiciere, Dios y la Patria me lo demanden”.
Después
de este acto, el Presidente de la República dirigió a la Sala la siguiente
alocución: “Señores: Reformar la gran Carta, es la obra destinada a vuestro
saber; vais a registrar los derechos y los deberes no de un millón y medio de
hombres que pueblan hoy a Chile, sino de las generaciones que deben formar
algún día una gran nación de Sudamérica; y, como pende de vosotros la dicha o
la desgracia de los mortales más dignos, vais también a merecer la execración o
las bendiciones de todos los siglos. Concentrad todo vuestro amor patrio,
fijaos en el estado y necesidades del precioso suelo que os vio nacer; recordad
a cada momento que sois legisladores para Chile, y que el fin de las leyes es
la ventura de los hombres y de los pueblos y no la ostentación de los
principios; haceos y hacednos dichosos, y contad con las bendiciones del cielo
y de los hombres” Este breve discurso del ¡Primer Magistrado fue contestado por
el Presidente provisional de la Convención, con las palabras siguientes:
“Señor: La Gran Convención que acaba de recibir su existencia legal del Supremo
Poder Ejecutivo, participa de los mismos sentimientos que V. E. ha manifestado
en su honorable alocución. Conoce muy bien que la obra de reformar la Carta
Constitucional de que la ha encargado la nación, es la más ardua, la más
interesante y la que va a decidir la suerte futura de la República; pero en
medio de la sorpresa que le causa la magnitud de la empresa, no teme asegurar
que sus trabajos serán útiles y provechosos, si V. E. que ha tocado prácticamente
los inconvenientes y vacíos del Código Fundamental en la marcha de la
Administración, la ilustra con indicaciones oportunas, usando para ello el
artículo 15 de la ley a que debe su origen este cuerpo”.
Terminado
este discurso que se podría calificar de diminuto ante los que hoy se usan en
el Congreso y en actos análogos o parecidos, el Presidente se retiró del
recinto con el mismo ceremonial de su llegada, y la Gran Convención procedió a
elegir presidente, vicepresidente y secretario definitivos, resultando elegidos
don Joaquín Tocornal, por 25 votos; don Femando Antonio Elizalde, por 24 votos,
y don Juan Francisco Meneses, por 21 votos, respectivamente.
Por
último, después de una ligera discusión, se adoptó como reglamento interno de
la Asamblea el de la Cámara de Diputados y se acordó empezar los trabajos desde
el día siguiente.
Y se
levantó la sesión.
La “Gran
Convención” celebró sesiones los días 21, 24 y 25 de octubre y en esta última
designó una comisión para que estudiara las reformas que debían hacerse a la
Constitución del 28 y para que formulara el proyecto respectivo, el cual
debería repartirse impreso a los Constituyentes antes de convocar nuevamente a
la Asamblea.
La
comisión, elegida a pluralidad de votos, quedó compuesta por los señores don
Agustín Vial Santelices, don Santiago Echeverz, don Manuel José Gandarillas,
don Mariano Egaña, don Gabriel Tocornal, don Femando A. Elizalde y don Juan
Francisco Meneses. Esta comisión trabajó tesonera y firmemente durante
un año entero y presentó por fin su proyecto con fecha 1º de octubre
de 1832, con un voto disidente de don Mariano Egaña, que propuso una redacción
diferente.
La Gran
Convención entró a discutir el informe el 25 de octubre y celebró OCHENTA
SESIONES hasta dejar aprobada la Constitución actualmente en vigencia o en tela
de juicio[2]. La
última sesión, en la cual quedó definitivamente revisada la Constitución
llamada del 33, tiene fecha 17 de mayo de 1833.
La
gestación de nuestra Carta Fundamental duró, en consecuencia, un año y siete
meses; desde el 20 de octubre de 1831 al 17 de mayo de 1833.
— ¿Cuánto
va a durar la reforma actual de la Constitución?
§ 11.
Cómo fue promulgada la Constitución de 1833
Levantada
la sesión del 17 de mayo de 1833, última reunión de la “Gran Convención
Constituyente”, durante la cual se dio el último toque a la Constitución
llamada del 33 — y que nos acompañó lealmente hasta 1925— el Vicepresidente de
la Asamblea, don Juan de Dios Vial del Río, acompañado del Ministro del
Interior don Joaquín Tocornal, trasladóse a casa del Presidente de la República
don Joaquín Prieto, para comunicarle que la nueva Carta Fundamental, firmada ya
por todos los constituyentes, incluso por don Mariano Egaña, que formuló un
voto disidente, se encontraba lista para ser promulgada.
La
noticia aunque esperada por el Presidente, dio motivo para que ambos estadistas
se estrecharan en un abrazo; y para que Prieto exclamara, antes de desprenderse
de su amigo: — ¡Juancito de mi vida! ¡por fin vamos a salir de este berenjenal!
...
En
efecto, no podía calificarse de otra manera la situación en que se encontraba
el Gobierno desde dos años atrás, sin Constitución, sin leyes, discutidas por
el pueblo o por sus delegados, criticado no sólo por los enemigos, los
“pipiolos”, sino aun por los “pelucones” descontentadizos. Todo el deseo del
Presidente Prieto era que saliera luego la “Carta”, aunque no fuera tan
perfecta y completa como la de sus aspiraciones.
Desde el
día siguiente, el Gobierno no se preocupó de otra cosa que de preparar el
solemne acto de la promulgación de la Ley Fundamental. Experimentados
"pendolistas” se encargaron de sacar copias del nuevo estatuto para
enviarlas a las provincias; estos trabajos tuvieron que hacerse de día y de
noche, porque a más de que el texto de la Constitución era largo, había que
tomar en cuenta que en un viaje a Concepción, Valdivia o Coquimbo se empleaban
dos, tres y hasta cuatro días, “con sus noches bien andados”, y había el
propósito de promulgar la ley el 25 de mayo para que el Congreso pudiera
constituirse el 1º de junio.
El
trabajo de las copias y el reparto a las provincias estuvo a cargo de don
Manuel Camilo Vial, cuya actividad era característica y suficientemente
apreciada; pero a pesar de todo no se logró realizar el deseo del Presidente,
de hacer la promulgación simultánea en todas las cabeceras de provincias el día
25, concretándose el acto a la capital y al puerto de Valparaíso en la forma
que lo contaremos más adelante.
Apuntaré
de pasada que los escribientes no alcanzaron a terminar sino dos copias y que
fue preciso recurrir al procedimiento que al principio fue rechazado, esto es,
reproducir el texto de la Constitución por medio de la imprenta. Los talleres
de “La Opinión”, donde se imprimía el periódico oficial “El Araucano”,
proporcionaron lo más rápidamente que les fue posible las copias que se
enviaron después a las provincias.
Las
ceremonias que se realizaron en Santiago para la promulgación, duraron, en
buenas cuentas, tres días. El 25 de mayo, día sábado, a las 11 de la mañana,
reuniéronse en el salón del Consulado los miembros del Congreso, los Tribunales
de Justicia, el Obispo de Santiago, don Manuel Vicuña, los altos funcionarios
civiles, militares y eclesiásticos, para esperar al Presidente Prieto y a sus
Ministros, los que llegaron con la pompa acostumbrada, instalándose el jefe
supremo en el sitial de honor. En el momento oportuno, el Ministro del
Interior, después de haber dado lectura a la nueva “Carta” levantóse y pidió el
juramento al Presidente, el que pronunció la fórmula acordada con voz entera,
clara y solemne, y a continuación el Jefe del Estado tomó igual juramento al
Regente de la Corte Suprema, al Obispo y a los Ministros del despacho.
Terminado
este acto, el Ministro Tocornal recibió el juramento de los demás asistentes,
los que contestaron a una y alta voz el consabido: “Sí, lo juramos”. Don José
Zapiola, que se encontraba en la sala por haber entrado “de guerra”, afirma en
uno de sus admirables artículos publicados en 1842, que varios de los
asistentes “no contestaron al juramento”.
Con las
salvas de ordenanza, disparadas por el Castillo de Hidalgo en el Cerro Santa
Lucía (ya se había dejado la perjudicial costumbre de disparar cañonazos en la
Plaza de Armas) terminó la ceremonia oficial de ese día. Sin embargo, el
Presidente asistió a la función teatral de esa noche, en la que se representó
el drama trágico titulado “El Cid”, por los celebrados artistas chilenos
Cáceres, Juana Cañete e Isabel Rodríguez; el sainete “Casado por fuerza",
por los muy graciosos, al decir de los críticos, Juan Pezo y Rosa Guevara, y un
número de baile titulado “Padedu serio”... Me figuro que este “padedu” sería
un pos de deux.
Al día
siguiente, domingo 26, celebróse una solemne misa en acción de gracia con
asistencia del Jefe Supremo y corporaciones, pontificada en la Catedral por el
Obispo Vicuña, a la cual concurrió, como es lógico suponer, todo el séquito
oficial. Al final de la misa, se cantó el Te Deum. A las dos de la tarde de ese
mismo día, la Municipalidad, en representación del pueblo, juró la nueva
Constitución en un tabladillo, que se construyó en el centro de la Plaza. “Al
final del acto se arrojaron al pueblo monedas y medallas”.
Todavía
faltaba la ceremonia del juramento por las fuerzas armadas; ésta tuvo lugar el
lunes 27 “en los campos de instrucción”, que debían ser los que ahora ocupan la
elipse y jardines del Parque Cousiño. “El Araucano”, periódico oficial agrega
que “las funciones de teatro, el movimiento inusitado de gentes en los paseos y
calles, y la iluminación de la ciudad daban a ésta, sobre todo por la noche, un
aspecto de fiesta”. Sin embargo, del examen rápido que he podido hacer del
ambiente que rodeó a la población en esos días, se desprende que no hubo tal
entusiasmo popular y que, por el contrario, las gentes, decepcionadas por los
fracasos de las constituciones anteriores, “acogieron la nueva con menos
entusiasmo que las otras”.
Causó
gran sensación en el público la noticia que circuló el martes 28, según la cual
las tropas de la guarnición de Santiago se preparaban a salir de la ciudad.
Muchos corrieron que había “reventado” una nueva revolución y que las fuerzas
partían hacía Melipilla a resistir el avance de un ejército “pipiolo” que
pretendía invadir la ciudad y apoderarse del Presidente Prieto.
Pronto se
supo la verdad: las tropas de la guarnición partían a situarse a más de diez
leguas del recinto donde iba a reunirse el Congreso Nacional... según los
términos de la Constitución recién promulgada; iban a acampar, respetuosas, en
San Francisco del Monte, en espera de la autorización del Congreso para volver
a Santiago.
En esos
días hizo fortuna una frase que se atribuyó a don Mariano Egaña, relacionada
con la discusión del famoso artículo de la Constitución que dispone: “el
ejército es esencialmente obediente; la fuerza armada no puede deliberar”. Diz
que Egaña, queriéndose burlar del autor de este artículo, que lo fue don Manuel
José Gandarillas, propuso la siguiente modificación: “Ningún cuerpo que no esté
suficientemente armado, puede deliberar”.
El día 29
de mayo, el Gobierno pudo despachar, por fin, a las provincias los ejemplares
de la nueva Constitución y las instrucciones que daba a las autoridades sobre
la forma en que debía procederse a la promulgación.
“Al
recibirse estas instrucciones, decía el Ministro Tocornal, los Intendentes y
Gobernadores harán publicar un bando solemne convocando al pueblo para que
concurra un día determinado a fin de presenciar la promulgación de la nueva
Constitución; durante la lectura de este bando habrá un repique general de
campanas y salvas de artillería, donde pudieren hacerse”.
El día
señalado, continúan las instrucciones, se reunirán en la sala del cabildo las
autoridades civiles, militares y eclesiásticas, los vecinos, etc.; el
Intendente hará leer la Constitución y en seguida tomará el juramento en esta
forma: “¿Juráis por Dios y estos Santos Evangelios observar y hacer cumplir
como ley fundamental de la República de Chille el Código reformado por la Gran
Convención? Sí, lo juramos, responderán todos. A lo que dirá el Intendente: Si
así no lo hiciéreis, Dios y la Patria os lo demanden”.
Terminado
este acto, pasarán todos a la plaza, donde se habrá construido un “tabladillo”,
sobre el cual se situarán las autoridades. Se hará leer el texto de la
Constitución y terminada la lectura, el Intendente tomará el juramento al
pueblo reunido; y una vez que hubieren contestado “sí, juramos”, se le
arrojarán monedas y medallas”.
Por
cierto que las monedas debieron ponerse en mayor número que las medallas, pues
consta que en ciertas poblaciones, “los individuos de la plebe” preferían las
monedas, pues las disputaban “a la patá y combo”, en medio de la pelotera que
seguía a cada juramento”.
Las
apreciaciones sobre las bondades y defectos de la nueva Constitución fueron el
tema obligado de los políticos, una vez que se conoció el texto de ella, pues
habrá de saberse que la Carta Fundamental del 33 se promulgó sin que el público
tuviera conocimiento de sus disposiciones. Solamente el Gobierno y algunos
constituyentes estaban al corriente de las reformas y muchos de estos últimos
hubo que pusieron su firma al pie sin saber lo que firmaban.
Durante
el año y ocho meses que duró la gestación de aquella Carta Fundamental, gran
parte de los “constituyentes” abandonaron la discusión por largos períodos y
sólo fueron unos cuantos los que perseveraron con tenacidad, dedicándole
patrióticamente todos sus esfuerzos por sacar a la República del “berenjenal” a
que aludía el General Prieto.
Es
curioso dejar constancia de que la disposición a que se atribuyó entonces mayor
importancia fue la creación del Consejo de Estado: “Si pueden suscitarse
temares por las facultades que se le han concedido al Presidente de la
República — decía don Manuel Antonio Tocornal, en un artículo de “El Araucano”—
esos temores se desvanecen ante la creación del Consejo de Estado, que está
destinado a servir de auxiliar del Gobierno, de censor severo de sus
operaciones, de baluarte de las leyes y defensor de los derechos de los
ciudadanos y del público”.
§ 12. El
Cuerpo de Bomberos y sus antecedentes
(1935)
Antes de
que se produjera la horrorosa catástrofe del templo de la Compañía, el
vecindario de la capital no había parado mientes en que un incendio podía tomar
las proporciones que se experimentaron en esa noche fatal; imprevisores como
hemos sido toda la vida, esperamos, confiados en el albur, que un mal se
produzca para ponerle remedio; dígalo, si no, la fiebre de vacunaciones que nos
invade cada vez que aparece la viruela.
Verdad es
que en aquellos años el peligro de grandes incendios era remoto; la generalidad
de las construcciones eran de un piso, de adobe ancho, o de ladrillo, con
techos de venerable teja, todo incombustible; no se usaban chimeneas o estufas
en las piezas o “cuartos”, y si existían en las “cuadras” o salones, no se
encendían, prefiriéndose el clásico brasero de bronce que se introducía cuando
el carbón “de espino” se encontraba en plena combustión. No había gas, ni
corto-circuitos, ni compañías de seguros, y si por casualidad “se iba” una vela
y alcanzaba a inflamar alguna cortina o “flor de mano”, no faltaba una “china”
que se lanzara con rapidez sobre el objeto incendiado, lo arrojara al suelo y
“se sentara” en él.
Sin
embargo, de cuando en cuando, ocurrían algunos incendios de casas enteras que
ponían en alarma a la ciudad, y, como era natural, durante algunas semanas no
se hablaba de otra cosa que de organizar un “batallón” para combatir el “voraz
elemento", pero después de algunas pláticas en el Cabildo o en los
círculos del Gobierno y de algunos trajines, el buen propósito se olvidaba o
dormía hasta que ocurría otro incendio.
La
destrucción del Teatro de la República, situado en la calle del Puente,
determinó a la Municipalidad de Santiago a dictar un reglamento para organizar
seriamente una “Compañía de Incendio”; a fin de que la nueva institución
funcionara en forma legal y pudiera mantener una disciplina eficiente, se pidió
al Gobierno que aprobara ese reglamento y sancionara sus disposiciones lo cual
se obtuvo fácilmente. El decreto gubernativo se expidió el 6 de diciembre de
1838 y es bastante extenso, lo que demuestra la importancia que se dio a la
nueva fundación.
La
“Compañía de Incendio” se componía de un comandante, un sargento, ocho cabos y
setenta hombres, los cuales “se dividirán en escuadras”; su distintivo era
bastante original: “llevarán una gorra punzó de media vara de largo en forma
piramidal”. Entiendo que esta “gorra punzó” caería hacia una oreja, porque de
otra manera parecería un cucurucho.
Se dotó a
esta compañía de un bombín a palanca con trescientos pies de manguera — que
había comprado el Ministro Portales en 1830 al capitán de un buque
norteamericano— de quince hachas, tres escaleras, seis picos, cuatro barretas y
diez baldes. El Municipio, por su parte, se suscribió con ciento diez pesos al
año como subvención, y destinó, además, dos salas de la Cárcel para que
sirvieran de cuartel a la compañía.
Aunque
los nuevos bomberos organizados se manifestaron entusiastas en sus
preparativos, y hacían “ejercicios doctrinales” los días festivos, para
adiestrarse en combatir el fuego, la ausencia de incendios que les dieran
ocasión para demostrar su eficiencia fue relajando la disciplina poco a poco,
hasta el extremo de que durante el año 1840 sólo se hicieron “ejercicios” cinco
veces.
Pero
pronto iba a presentarse la ocasión para que la “compañía” entrara en funciones
plenas, y esta ocasión determinó, desgraciadamente, su primer fracaso El 31 de
mayo de 1841, a las nueve de la noche, se declaró un voraz incendio en el
templo de la Compañía de Jesús; el fuego empezó por la sacristía y se comunicó
rápidamente a la techumbre de la iglesia, la que antes de una hora se derrumbó
ruidosamente, junto con su hermosa torre, que era el orgullo de la capital.
Avisada la “Compañía de Incendio”, cuando el fuego estaba circunscrito aun en
la sacristía y no había tomado cuerpo, los bomberos no pudieron juntarse en
número suficiente para sacar el material, ni aparecieron los sargentos ni los
cabos que debían mandar las “escuadras”. El comandante y el “guarda bombas”,
ayudados por personas de buena voluntad, tuvieron que transportar los bombines,
las escaleras y las herramientas y en la confusión natural que reinaba en el
sitio amagado casi nadie pudo ni supo hacer uso del material de salvamento.
Unióse a todo esto el que las dos acequias que pasaban por esa manzana traían
tan poca agua que la manguera aspiradora se atascó de cieno.
Un clamor
general de protesta se levantó contra la “compañía” que no supo corresponder,
en el momento preciso, a las esperanzas que en ella se tenían cifradas; como
consecuencia, vino una inmediata reorganización.
En primer
lugar, se ordenó que en el “depósito” de la bomba vivieran un cabo y un
soldado, y que por ningún concepto se ausentaran los dos a un mismo tiempo de
ese local, en el día o en la noche, a fin de que, dada la alarma por la campana
de la Catedral, o al aviso de cualquier vigilante o vecino, pudiera salir la
bomba con los primeros diez soldados bomberos que llegasen al cuartel; salidas
las bombas, el cabo y el soldado deberían permanecer en el cuartel para
“entregar las herramientas a los bomberos que fuesen llegando”.
Se ordenó
también que todo vigilante (el antiguo “paco”), que en su “punto” viera
incendio “correrá a hacer tocar fuego en la Catedral”, y de allí seguirá al
depósito “a indicar el sitio amagado”; por cierto que si el incendio se
producía en la noche, cuando los vigilantes no estaban en servicio, esta
función de dar la alarma correspondía a los “serenos”.
Habíase
visto que la falta de agua, no solamente en el incendio de la Compañía, sino en
casi todos, había sido uno de los principales motivos para que el fuego
avanzase; para remediar esto se dispuso que la policía, entre sus atenciones
primordiales, tuviera la de vigilar que “hubiera agua corriente en todas las
acequias de la ciudad”, y que inmediatamente que se diera la alarma de
incendio, corriera el sargento de guardia a levantar las compuertas de las
“captas de agua”, situadas detrás del Cerro.
No se
conocían todavía en Santiago las cañerías domiciliarias de agua potable, y la
distribución de este elemento para el diario consumo de la población se hacía
por medio de "aguadores” que recorrían la ciudad en los más variados
vehículos, ofreciéndolo “a cobre el botijo”. El sistema más usado para este
acarreo era un buen macho que cargaba dos barriles, uno a cada lado, de los
cuales se iba extrayendo metódicamente el agua para la clientela. Había también
carretas que llevaban grandes pipas, “con llave”.
Los
“aguateros”, así los llamaba el pueblo, formaban un gremio numeroso, y como
constituían un servicio público, estaban controlados por la autoridad, quien
los vigilaba por medio de un funcionario que se titulaba “capitán de
aguadores”. Este cuerpo, que manejaba un elemento indispensable para extinguir
incendios, quedó incluido también en la organización de la “compañía” y se
ordenó que el capitán designara todos los meses a doce aguadores de tumo para
que acudieran “de los primeros” al lugar del incendio, con sus cabalgaduras y
barriles, “oído que sea el toque de fuego” Por último, se conminó con fuertes
castigos a los bomberos que faltaran a los ejercicios doctrinales que se mandó
realizar todos los domingos en la Plaza, en la Cañada, o a la orilla del río;
la menor pena era la de arresto por la primera falta; el reincidente debía
cumplir quince días de servicio en el correspondiente “batallón cívico”, y si
repetía la falta por tercera vez, se le despedía de la compañía con cincuenta
azotes. Penas parecidas tenía el que llegara atrasado a un incendio más de un
cuarto de hora; los aguadores que incurrieran en esta falta, además del castigo
ya dicho, quedaban privados de ejercer su oficio por tres o seis meses.
Mediante
este reglamento severo logróse que la “compañía” estuviera en situación de
prestar algunos servicios en los incendios que ocurrieron durante el transcurso
de los años 1841 hasta 1845 Pero no solamente se necesitaba del concurso del
personal para que los servicios de los defensores de la propiedad fueran
eficientes; el material con que contaba la “compañía” era, en realidad, inútil,
por lo viejo y por lo anticuado de su sistema. Las mangueras eran de cuero y
estaban tan parchadas como la clásica capa del estudiante; la comandancia había
pedido muchas veces que se encargaran mil pies de mangueras modernas a los
Estados Unidos, amén de varios útiles y repuestos para enganches y composturas,
junto con una bomba nueva “que hace muchísima falta”, pero estas peticiones
caían en el vacío, ya fuera por falta de dinero, que era lo que alegaba el
Municipio, ya por negligencia.
Dos
comandantes de la “Compañía de Incendio” dejaron sus cargos, sucesivamente,
debido tal vez a que sus peticiones fueron insistentemente desatendidas por la
autoridad; cuanto al vecindario, preciso es decir que jamás se preocupó ni
mucho ni poco de ayudar a la compañía de bomberos.
A
mediados de 1848 ocurrió un gran incendio en plena Plaza de Armas, en el portal
de Sierra Bella esquina con la calle de Ahumada, y el fuego puso en serio
peligro el palacio arzobispal y aun la manzana de la Catedral; pasados el
pánico y el peligro; el Gobierno instó a la Municipalidad a preocuparse un poco
de la defensa de la propiedad, aumentando la dotación de la “Brigada de
Bomberos”, designación que se había dado a la “compañía” dos años atrás, por
haberse creado en ella un mayor número de plazas.
El
Municipio, previa promesa del Gobierno de ayudar y subvencionar al cuerpo de
defensores de la ciudad, propuso la reorganización de la Brigada, creando un
“Cuerpo Cívico de Zapadores Bomberos”; este cuerpo debía constar de seis
compañías y su organización era militar.
Al
aprobar este proyecto, el Gobierno dispuso “que este Cuerpo no tendrá más armas
que las precisas para la custodia del cuartel; para su instrucción y servicio
tendrá los útiles y herramientas que se expresan a continuación: cada compañía,
una bomba, 20 hachas, 12 picos o zapas, 12 palas, 12 barretas, 8 serruchos, 4
escaleras, 4 ganchos, 12 baldes y 4 tiras de cables de 20 varas cada una;
también tendrá 8 vestidos incombustibles por compañía”.
Y para
proporcionar gente apta y disciplinada que “sirviera eficientemente en los
deberes de su instituto”, el Gobierno dispuso que cada uno de los cinco
batallones cívicos de la capital destinara al Cuerpo Cívico de Zapadores
Bomberos, 25 soldados “de los que profesen las artes de carpintería,
albañilería y herrería”.
Las
diversas compañías se instalaron en el sitio que para ello se destinó a los
pies del antiguo palacio del Gobierno (actual Correo) y en cuatro años se logró
dotar al “Batallón de la Bomba”, que así denominó el pueblo en definitiva al
Cuerpo Cívico de Zapadores Bomberos, del siguiente material: dos bombas a
palanca y cuatro bombines, 60 hachas, 15 escaleras de ocho varas mas más
largas, 45 picos, 30 baldes y algunos elementos más de escasa importancia.
En esta
condición pasó el “Batallón” más de diez años sin que el anticuado material se
renovara y, por lo tanto, haciéndose cada vez menos eficiente; en cada incendio
quedaba demostrado que el Batallón perdía a vista de ojos su eficacia ante el
fuego, hasta el extremo de que algunas corporaciones extranjeras idearon
organizar una asociación de salvadores de la propiedad, voluntarios, semejante
a la recién fundada en Valparaíso, en 1851, a raíz de un espantoso incendio que
casi consumió todo el barrio del puerto.
Uno de
los personajes santiaguinos que más trabajaron por llevar a cabo esta idea, fue
el comerciante don Baldomero Risopatrón, quien hizo repetidos viajes a
Valparaíso para ponerse al habla con los directores de aquel Cuerpo de
Bomberos, especialmente con don Edmundo Sartori, uno de los fundadores; pero
las gestiones del señor Risopatrón se estrellaron contra la indiferencia de sus
conciudadanos de la capital.
Más
tarde, en 1858, los súbditos alemanes de Santiago, señores Tulio Hempel,
Federico Hettich y Carlos Reichhardt, trataron de llevar a la realidad la idea,
y aun, prescindiendo de los negligentes, redactaron estatutos y formaron
presupuestos para llevar a cabo la empresa; tampoco tuvieron éxito. Por último,
según lo afirma el señor don Ismael Valdés Vergara en su “Historia del Cuerpo
de Bomberos de Santiago”, que me ha proporcionado muchos datos para esta
reminiscencia, el Intendente de Santiago don Francisco Bascuñán Guerrero, se
puso en comunicación con el señor don Jorge Lyon, de Valparaíso, para adquirir
tres bombas y otros accesorios de fabricación francesa, destinados al
“Batallón” de Santiago; tampoco pudo el activo mandatario santiaguino reunir los
fondos para esta adquisición, que ya era indispensable, en 1859, para renovar
el destruido material.
Y así
transcurrieron los años sin que nada se hiciera para organizar la defensa de la
propiedad en Santiago, hasta que se produjo el trágico acontecimiento del
incendio del templo de la Compañía, el 8 de diciembre de 1803, en el que
pereció miserablemente quemado un hacinamiento de dos mil mujeres...
Doce días
después, el 20 de diciembre, quedaba organizado el Cuerpo de Bomberos
Voluntarios de Santiago, y a los cuarenta y cinco días, el 19 de enero de 1864,
había instaladas siete compañías con material y elementos muy superiores a los
que tenía el antiguo “Batallón” que de hecho quedó disuelto.
El
bautismo de sangre lo recibió el nuevo Cuerpo de Bomberos la noche del 7 de
junio de ese mismo año. Se declaró un incendio en un almacén de la calle de
Ahumada, y se propagó rápidamente hacia el convento de las Monjas Agustinas,
haciendo presa de las celdas que a esas horas, las 9 de la noche, estaban ya
ocupadas por las religiosas en clausura. Después de un trabajo ímprobo y penoso
bajo una lluvia persistente, las bombas se retiraron del lugar del siniestro,
después de medianoche, habiendo logrado salvar las dos terceras partes del
convento.
En este
incendio tuvo el Cuerpo de Bomberos Voluntarios los primeros heridos de la ya
larga lista de caídos en el cumplimiento de su deber.
§ 13. El
segundo advenimiento de Portales
Resuelto
el Ministro a alejarse del Gobierno, no fueron bastantes los ruegos de sus
amigos, ni las súplicas del Presidente Prieto, ni los altisonantes acuerdos y
providencias del Congreso para hacerlo cambiar de opinión; a la renuncia que
había presentado al Poder Legislativo, del cargo de Vicepresidente de la
República, para el cual había sido electo por 128 votos en 155, las Cámaras
habían proveído: “no ha lugar a la admisión de la renuncia”, y a la insistencia
de Portales contestaron: “Llévese adelante la resolución anterior, en la que el
Congreso permanece irrevocablemente”.
No era
Portales de los que vuelven atrás, y sencillamente abandonó sus funciones de
Ministro de Estado entregando el despacho de los ministerios que desempeñaba a
los oficiales mayores.
— Mañana
no vengo — dijo una tarde al oficial mayor del Ministerio del Interior, don
Blas de los Reyes.
— Muy
bien, señor Ministro; usía me dirá si le mando el despacho a su casa para la
firma.
— No se
moleste usted, que no me encontrará — agregó Portales, echándose la capa sobre
los hombros y requiriendo el sombrero de copa.
Don Blas
se quedó sorprendido cuando el Ministro, contra su costumbre, le alargó fe mano
al trasponer el umbral; pero luego volvió a ser, pensando en. que ésta podía
ser una de las “despreocupaciones” de su jefe.
Ni al día
siguiente ni al subsiguiente apareció por el Palacio el Ministro Portales; esto
no hubiera tenido nada de particular — porque el Ministro lo hacía muchas
veces— si no hubiera sido voz pública que al otro día, muy de mañana, el
Ministro había salido en viaje a Valparaíso en 1a “diligencia” del postillón
Alegría, que hacía la carrera entre esta ciudad y el puerto.
— Habrá
ido a Polpaico, no más — se decía mucha gente, y en especial los “pipiolos”,
con el objeto de tirar la lengua a los “gobiernistas”.
Don
Victoriano Garrido, el “alter ego” del Ministro, no decía una palabra; pero su
actitud bien poco amable denotaba muy claro que una gran contrariedad invadía
su espíritu; gobiernista hasta la médula, el buen comerciante y patriota no
podía conformarse con que se alejara del Gobierno el único hombre que había
logrado enderezar a 1a República por el camino del orden interno y de fe
corrección en los actos públicos.
A
mediodía don Victorino presentóse en palacio y pidió hablar con el Presidente;
el edecán, comandante Vidaurre, Jo introdujo inmediatamente, sabedor de la
estimación e intimidad de que el visitante gozaba en las altas esferas, y a los
dos minutos se encontraba delante del Primer Mandatario.
— Ya sé
que me trae mallas noticias, amigo Garrido — dijo Prieto.
— Malas
son, señor Presidente — contestó Garrido— Portales se ha ido esta mañana al
puerto, para no volver. Díjome que estaba arruinado con la política y que si
continuaba así, no tendría qué comer dentro de muy poco. Me entregó este papel
para Su Excelencia — agregó, alargando un pliego.
Prieto
rompió el lacre y leyó ávidamente; era una carta de tres carillas. Al terminar,
1a plegó de nuevo, la metió en su bolsillo y se dejó caer sobre un sillón, con
la barba apoyada en una mano.
— Su
resolución es irrevocable — dijo, por fin— pero promete ayudarme en todo, desde
donde esté.
—
Nómbrelo entonces Gobernador de Valparaíso — insinuó Garrido— y así lo tendrá
más a la mano.
Ese mismo
día firmaba el ¡Presidente el decreto respectivo; pero su satisfacción duró
poco, porque Portales había resuelto retirarse a su fundo El Rayado, en La
Ligua, para aislarse por entero, dedicarse con tesón a restablecer su fortuna y
no oír hablar nunca más de política. Los que acusaron a Portales de ambicioso,
cometieron la más grande de las injusticias.
“Me
asquea todo esto más que la pezuña de un ladrón”, escribió cierta vez a otro de
sus amigos, el doctor don Femando Elizalde, refiriéndose a los cubileteos de
los “filopolitas”, que así se denominó el partido que formaron los
conservadores disidentes para atacar al que había sido su jefe y los había
llevado al poder; estos mismos filopolitas fueron los que formaron más tarde —
Dios me perdone, si estoy equivocado— el partido monttvarista.
Establecido
ya en El Rayado, Portales se dedicó a su pasión favorita, los caballos, por los
cuales pagaba precios locos cuando le llevaban alguno que le gustaba; “mi
hermano en caballos”, decía por Elizalde, quien tenía o aparentaba tener las
mismas aficiones. Aparte de eso, su vida en aquel fundo se deslizaba entre la
intimidad del hogar, formado bajo su teoría, que en su lenguaje burlón, era el
siguiente; “el santo estado del matrimonio es el santo estado de los tontos”, y
con la cual hacía tirar piedras al cura del lugar, al que había propuesto el
“arreglo” de cobrarle dos pesos por cada matrimonio que le ayudara Portales a
constituir.
Levantábase
temprano y no abandonaba el frac ciudadano, ni el sombrero de copa;
continuamente tenía tertulias” con los numerosos amigos que acudían a visitarle
en su retiro, para llevarle noticias de la capital; aunque él rehuía las
conversaciones respecto de los acontecimientos políticos de que Santiago era un
hervidero, muchas veces las cortas frases que vertía para opinar sobre ellos
llegaban a los diversos círculos para influir decididamente en su desarrollo.
La persona del ex Ministro Portales se mantenía sistemáticamente alejada de los
negocios políticos, pero su espíritu estaba latente en medio de la lucha tenaz,
sorda o desembozada que se había producido alrededor de la próxima renovación
del Congreso y de la elección de Presidente de la República, ya cercana.
La unión
de los filopolitas con los pipiolos derrotados en Lircay había puesto en
peligro la existencia del gobierno presidencial de Prieto, que era la obra
magna de Portales, dichos partidos, con importantes fuerzas en el Congreso,
habían empezado a acometer una obra de zapa contra el Gobierno encabezado por
el Ministro Tocornal y en varias ocasiones lo dejaron a mal traer con
habilidosas zancadillas que repercutían hondamente en los círculos gubernativos
y producían desasosiego en la gente tranquila, y sobre todo en el comercio, que
ya había empezado a tomar auge. ! 1 La
intranquilidad culminó cuando los “opositores” presentaron a la Cámara de
Diputados un proyecto de amnistía para los políticos del antiguo régimen
derrotado en Lircay, y la consiguiente reincorporación en el ejército de tos
militares separados de las filas a consecuencia de esa derrota. Aparte de esto,
súpose que los filopolitas y pipiolos mantenían comunicaciones con los
generales Freire y O'Higgins, desterrados en el Perú, destinadas a armar una
expedición marítima sobre Chiloé, para organizar allí un ejército de avance
sobre la capital, derrocar al Gobierno y “restablecer la libertad de Chile”.
El
Presidente Prieto y su Ministro Tocornal apreciaron bien el peligro en que se
encontraba la República y estuvieron de acuerdo en que sólo el talento político
y la energía de Portales podía salvarla; resolvieron, en consecuencia, acudir
nuevamente a su patriotismo; por otra parte, las actividades de Santa Cruz en
el Perú para formar la Confederación Peruano-Boliviana amenazaban seriamente la
independencia y el futuro político internacional de Chile; al peligro de
conmoción interior se agregaba ahora el peligro exterior, y la suerte del país
no podía quedar por más tiempo en el aire.
Los
enemigos del Gobierno le asediaban con violentos ataques desde las columnas del
período “El Filopolita” y los escritores del diario “portalino”, “El Farol”, no
tenían la competencia necesaria para destruir la atmósfera cada día más pesada
que rodeaba al Gobierno; don Victorino Garrido, que era el principal sostenedor
de “El Farol”, manifestábase aburrido ya de esta lucha desigual y presentóse un
día ante el Presidente Prieto.
— Señor —
díjole— si Su Excelencia no toma una determinación enérgica y decidida esto se
va al bombo; los opositores están cada día más atrevidos, la opinión del país
va cargándose hada ellos visiblemente, y no tardará en llegar el día en que
Tocornal tenga que irse a su casa; ese mismo día los pipiolos se entrarán por
las puertas de Palacio y arrasarán con todo...
—
¿Conmigo también...? — Eso depende de Su Excelencia.
Esa misma
tarde salía don Victorino camino de El Rayado y llegaba a “las casas” al
amanecer. Don Diego Portales estaba, por cierto, en cama todavía.
— Para
otra vez no elijas estas horas para visitas... — díjole don Diego, alargando
los brazos a su amigo.
— Oyeme
con calma — contestó don Victorino y no te chancees, que las cosas están más
serias de lo que te figuras.
Portales
oyó atentamente la relación que su amigo le hizo de los acontecimientos
santiaguinos y los peligros que ellos significaban para la República que él
había formado y dejado en orden interno, y en paz con las naciones extranjeras;
inquirió el verdadero estado de los partidos, preguntó por los dirigentes y sus
actividades, se informó de la situación del ejército y de la calidad de sus
jefes, pensó, resolvió, discutió y dijo por fin: — ¿Y qué dice de todo esto el
Presidente ...? — El Presidente te espera hoy mismo, si ello es posible—
contestó Garrido; cree que sólo tú puedes arreglar este mare mágnum, y reclama
ahora la promesa que le hiciste, al retirarte de Palacio, de ayudarlo en todo,
desde donde tú estuvieras.
Calló un
momento más Portales, mordiéndose de cuando en cuando sus labios finos y
rosados, calóse unas babuchas y echóse de la cama envuelto en una capa; dio
varios paseos a lo largo de su dormitorio, mientras Garrido seguía tras él, y
por último dijo: — Bien; me voy a Santiago; pero esto no quiere decir que
acepte nada antes de haber hablado con el Presidente; óyelo bien.
Desayunaron
bajo uno de los floridos corredores de las casas de El Rayado y horas más tarde
ambos caballeros, seguidos del “negro Oliva”, el sirviente de confianza de don
Diego — y el que llevaba el arpa cuando el ex Ministro mandaba a buscar a las
“petorquinas” desde la chacra de Sánchez en la Cañadilla— caminaban al tranco
de sus cabalgaduras con dirección a la capital.
Los
viajeros atravesaban el puente de Calicanto cerca de las doce de la noche y
media hora más tarde se encontraban en casa de don Victorino, en donde
alojaron.
Al día
siguiente, Portales y su acompañante penetraban a Palacio, y luego a la sala
presidencial; las pocas personas que los vieron cruzar las calles se quedaban
con la boca abierta al reconocer al ex Ministro; algunos lanzaban exclamaciones
de alegría, y “otros se persignaban al verlo pasar”; el centinela de Palacio,
al reconocer a Portales le presentó armas...
—
¡Gracias, muchacho! — le contestó don Diego.
El
Presidente Prieto recibió a Portales con un abrazo estrecho y largo.
— Te
estamos esperando — díjole el Presidente— desde mucho tiempo ¡atrás. — Y en
breves palabras se confirmó todo lo que habíale dicho ya, desde el día
anterior, el mensajero don Victorino Garrido. A poco se incorporó a la reunión
el Ministro Tocornal y, en la trascendental conferencia, Portales se vio
asediado por sus amigos y no tuvo más que ceder.
— ¿Me
entregaréis la suma del poder, para que no haya más que mi voluntad? — preguntó
al Presidente.
— Te
entrego, si así lo deseas mi propio cargo — contestó el General Prieto.
— No lo
necesito — respondió Portales— quiero que hagáis lo que yo disponga.
—
Aceptado...
— Si no
queréis hacerlo, salvaos solos; pero si lo aceptáis de verdad, ¡yo salvaré a la
República! Una semana más tarde, en medio del estupor de los “opositores”, el
Presidente Prieto firmaba el nombramiento de don Diego Portales para Ministro
de la Guerra y al día siguiente de este nombramiento, el nuevo Ministro
designaba un “tribunal de seguridad” para juzgar a los que pretendían imponer
normas al Gobierno.
Con mano
de hierro, el “tirano” refrenó los ímpetus de los ataques sistemáticos que se
hacían al Gobierno desde las columnas de “El Filopolita”, prohibió las
reuniones de la Filarmónica, donde, a pretexto de bailes y reuniones sociales,
se fraguaban combinaciones y zancadillas políticas y por último, dio una batida
tremenda a los ladrones que nuevamente se habían adueñado de la capital,
tolerados por ciertas autoridades que usaban de toda clase de elementos con
fines electorales.
Dos
revoluciones que se estaban fraguando, una en Valparaíso y otra en San
Fernando, fueron sofocadas en sangre, sin contemplaciones de ningún género. Uno
de los cabecillas, miembro de una familia distinguida, fue condenado a muerte y
se hicieron cerca del Ministro innumerables gestiones para salvarle la vida.
— Si mi
padre conspirara, a mi padre mandaría fusilar — dijo, poniendo su firma al
“cúmplase” de la sentencia del Tribunal de Seguridad.
Antes de
seis meses la vida pública de la capital y de las provincias se desarrollaba de
nuevo en tranquilidad, y en un temor que si no era saludable, por lo menos se
le parecía mucho.
Tal fue
el segundo advenimiento de don Diego Portales al Gobierno de la República.
§ 14. El
sacrificio de un gran patriota
Una vez
que el orden y la tranquilidad se hubieron cimentado en la República, con la
destrucción completa del partido pipiolo en los campos de Lircay y con la
proclamación y entrega del mando supremo al nuevo Presidente don Joaquín
Prieto, el omnipotente Ministro Portales presentó la renuncia irrevocable de
los cargos de Ministro del Interior, Relaciones, Culto, Guerra y Marina, que
había acumulado en su persona para tener la suma del poder público.
Esta
demostración de su desprendimiento y de su ninguna ambición por el mando con
fines vanidosos y deleznables, la había comprobado ya renunciando el cargo de
Vicepresidente de la República, para el cual había sido elegido por la casi
unanimidad del electorado, renuncia que el Congreso Nacional había rechazado
por unanimidad, con el siguiente acuerdo: “no ha lugar a la admisión de la
renuncia”. Insistió Portales en su dimisión, e insistió a su vez el Congreso,
en esta forma terminante: “Llévese adelante la resolución anterior, en la que
el Congreso permanece irrevocablemente”.
Resuelto
a alejarse de la administración pública para atender sus asuntos comerciales
que desde su ingreso al Gobierno estaban abandonados, Portales obtuvo por fin
que el Jefe del Estado le aceptara la renuncia tan insistentemente formulada,
dejando entregada accidentalmente la firma del despacho a los oficiales mayores
o subsecretarios de esos ministerios, mientras el nuevo Presidente organizaba
su Gabinete. El ex Ministro marchóse a Valparaíso, asiento de sus negocios y
entregóse de lleno a restaurar su fortuna personal que atravesaba una aguda
crisis.
Los
políticos santiaguinos que hasta entonces habían estado contenidos por el
carácter férreo del severo ministro, dieron nuevamente alas y temerarios
impulsos a sus maniobras para alcanzar el poder; los acontecimientos de los
primeros años de la presidencia de Prieto amenazaban retrotraer al país al
estado de desorganización de los años 28, 29 y 30, que fueron aciagos y
terribles para la República. Parece que al alejarse del Gobierno el “tirano”
Portales se había llevado consigo ese respeto por las instituciones y por el
orden que sólo él había podido imponer.
El
cubileteo político había llegado hasta producir la división del partido
conservador, que era el partido del gobierno y los pipiolos derrotados en
Lircay habían logrado unirse con uno de los bandos para hacer una obstinada
oposición al Gobierno. Las elecciones de 1834 ahondaron las dificultades, las
cuales asumieron peligros de catástrofe con la proximidad de la elección de
Presidente de la República, que debía realizarse el año siguiente. Los
liberales, unidos a los conservadores disidentes, proclamaron la candidatura
del General Cruz, uno de los caudillos de Lircay.
Portales
continuaba completamente entregado a los negocios, y aun había abandonado su
residencia de Valparaíso, para instalarse en su estancia El Rayado, en La
Ligua, contraído en trabajos agrícolas; sus amigos y partidarios de Santiago
habían recibido ya muchos rechazos a las insistentes invitaciones que le hacían
para que volviera a tomar las riendas del Gobierno, y pusiera paz en la
República; pero ocurrió un hecho que se conceptuó de tanta gravedad, que obligó
al Ministro Tocornal a enviar un expreso a Portales para que lo impusiera
detalladamente de él.
Este
hecho era que los enemigos del gobierno habían propuesto en el Consejo de
Estado un proyecto de ley para reincorporar a los militares pipiolos que
Portales había depuesto a raíz del triunfo de Lircay; esto significaba la
destrucción de la obra del Ministro omnipotente y una grave amenaza para la paz
pública. Portales no titubeó más, e inmediatamente se puso en camino hacia la
capital, a donde llegó el 29 de septiembre de 1835.
El día 21
por la mañana, la ciudad despertó con la noticia de que don Diego Portales
había sido nombrado Ministro de Guerra y Marina.
El
revuelo que se produjo en el campo político adversario fue desconcertante y se
convirtió en pánico al saberse, algunas semanas más tarde, que Portales asumía
también la cartera del Interior.
La
persecución que el Ministro desarrolló contra sus adversarios fue tremenda;
empezó por establecer tribunales o consejos de guerra permanentes para juzgar y
sentenciar en procesos rápidos a los que conspiraban contra las instituciones y
en cierta ocasión en que se le pidió el indulto de un condenado por una
conspiración descubierta en San Fernando, respondió, firmando serenamente el
“cúmplase”: “Si mi padre conspirara, a mi padre haría fusilar”.
Las
elecciones de 1836 realizáronse bajo este régimen; por cierto que la
candidatura del General Cruz no llegó a las urnas, y triunfó el General Prieto,
que fue reelegido. Pero la paz que reinaba en la República, era la paz de
Varsovia; el partido pipiolo, reforzado por “filopolitas”, nombre con que se
denominaban los conservadores disidentes, no podía conformarse con sus derrotas
ni con la imposición de la férrea voluntad del Ministro que estaba decidido a
conservar el orden público; sus maquinaciones llegaron hasta inducir al General
Freire, que estaba desterrado en el Perú, a embarcarse en dos barcos armados y
pertrechados con la anuencia de aquel Gobierno para venir a derrocar a los
gobernantes de Chile, cuya política internacional respecto de la Confederación
Perú-Boliviana se había manifestado contraria a esa combinación.
Portales
afrontó la situación con la entereza que era de imaginar; tomó toda clase de
precauciones para defender la isla de Chiloé, que era el punto donde iba a
desembarcar Freire y consiguió no sólo desbaratar esta empresa, sino también
apresar a su jefe.
Al mismo
tiempo convocó las milicias y preparó al ejército para enviarlo al Perú a
destruir el bloque que amenazaba la libertad e independencia de la República.
Sin
embargo, a la sombra de estos preparativos patrióticos se incubaba una
revolución contra el Gobierno y el objetivo primero de ella era nada menos que
el asesinato del Ministro Portales, a quien sus adversarios culpaban de la
guerra internacional.
La
concentración del ejército chileno se hacía en Valparaíso y los diversos
cuerpos se dirigían allí para embarcarse; uno de estos cuerpos, el Maipú, del
cual era jefe don José Antonio Vidaurre, había dado oídos a la conspiración
política que se tramaba contra el Gobierno y estaba comprometido a encabezar el
pronunciamiento tan pronto como llegara al puerto; pero sabedor Vidaurre y
demás conjurados de que el Ministro Portales había partido de Santiago para
revistar las tropas antes de su embarque, determinaron apoderarse del Ministro,
esperándolo a su pasada por Quillota.
El 2 de
junio de 1837 llegó a este pueblo el Ministro de Guerra, acompañado del coronel
Necochea; a su llegada recibió la visita del Coronel Vidaurre, a quien el
Ministro distinguía con su amistad y había nombrado, dos. días antes, para el
cargo de Jefe de Estado Mayor de la expedición; el coronel se manifestó
nervioso y preocupado y pronto se retiró, pretextando ciertos quehaceres. Como
regalo y recuerdo de la distinción que acababa de hacerle, el Ministro entregó
a Vidaurre una gorra y una espada, “no tan buenas como yo desearía”.., díjole
Portales.
Al día
siguiente, Vidaurre mandó recado al Ministro de que el regimiento estaba
formado en la plaza, esperándolo para que le pasara revista; acudió confiado
Portales, acompañado de Necochea, cuando se encontraba en mitad de las filas,
Vidaurre dio una voz de mando y el regimiento hizo una evolución; a los pocos
minutos el Ministro era intimado por un capitán de esta manera: — ¡Dése Ud.
preso, señor Ministro, que así conviene a la República! La tropa secundó este
grito, y el Ministro quedó preso.
Aunque el
propósito de los amotinados era quitar la vida al Ministro, el Coronel Vidaurre
creyó prudente conservársela para presionar con ello a la guarnición de
Valparaíso y obtener su rendición. En efecto, el Maipú partió con dirección a
Viña del Mar esa misma noche, llevando en un birlocho al Ministro Portales y a
su amigo el Coronel Necochea; a Portales se le había remachado una barra de
grillos. La marcha fue penosa para el Ministro, porque en todo el trayecto no
se le dio de comer.
El día 5
de junio, caída ya la tarde, llegaba a Viña el regimiento amotinado con su
prisionero, a quien acompañaba dentro del birlocho su amigo el Coronel
Necochea. Vidaurre recibió allí malas noticias: la guarnición de Valparaíso
estaba dispuesta a defender la plaza y no habían dado resultado las
intimaciones que se le hicieran para que capitulara, ante el peligro que corría
el Ministro.
Esa noche
la oficialidad y la tropa del Maipú se entregó al jolgorio, celebrando por
anticipado la victoria que esperaba obtener al día siguiente. Con las primeras
luces del alba los amotinados prosiguieron su avance, pero se vieron detenidos
por las fuerzas de Valparaíso, que ya los tenían rodeados. Vidaurre se vio
perdido y reunió a sus oficiales. ¿Qué se resolvió en esa conferencia?
Custodiaba al prisionero un piquete mandado por el capitán don Santiago Florín;
a los primeros disparos de las avanzadas enemigas, el capitán acercóse al
birlocho y mandó: “Baje el Ministro”. Portales contestó: “Que vengan dos
hombres a ayudarme”. Llegaron los soldados y sirvieron al prisionero, pues los
grillos le impedían bajar del coche.
Al poner
los pies en el suelo cayó la capa de los hombros de Portales; uno de los
soldados se inclinó a recogerla; Florín le dijo sarcásticamente: “¿Para qué
quiere ya la capa?” y en seguida ordenó: “Tírenle seis”...
“Casi al
mismo tiempo oyéronse dos tiros sucesivos y por último se oyó una mezcla
terrible de bayonetazos y quejidos reprimidos, prolongándose de este modo esta
abominable escena hasta que uno de los soldados inmediatos gritó: “regístrenlo,
a ver si tiene reliquias”, tal vez por la persuasión que tiene el pueblo de que
los que las cargan tardan mucho en morir”.
Con estas
palabras describe el Coronel Necochea la escena del asesinato del Ministro
Portales.
Vencida
la revolución de Quillota, Vidaurre y todos sus cómplices fueron ajusticiados.
La
indignación que provocó en el país el asesinato del Ministro se puede apreciar
por el hecho de que los hermanos del conspirador Coronel Vidaurre, adoptaron
para lo sucesivo el apellido de Vidaurre Leal.
§ 15.
Fray Andresito, siervo de Dios
A bordo
del bergantín francés “Floreville”, capitán Dubois, que fondeó en Valparaíso el
18 de marzo de 1839, llegaron a Chile dos humildes frailes del hábito de San
Francisco, a quienes el capitán había embarcado “de caridad” en el puerto de
Montevideo, a mediados de diciembre el año anterior, para transportarlos hasta
el primer puerto de la costa del Pacífico donde el barco arribara. Ambos
frailes venían huidos desde el Uruguay, en donde había prendido una de aquellas
terribles revoluciones que ensangrentaron los diversos países de América
durante algunos años después de haber obtenido la declaración de su
independencia.
Los
emigrados eran el misionero apostólico Fray Felipe Echanagucia y el lego
franciscano Fray Andrés García. Ocultos en casa de una respetable familia de
Montevideo, a causa de la persecución que sobre los frailes ejerció el jefe
revolucionario, ambos religiosos no quisieron exponer a sus benefactores a las
contingencias iracundas de sus perseguidores y resolvieron pedir amparo
al*capitán del bergantín francés, que estaba de partida hacia el Pacífico;
sabían que en Chile existía un convento de recolección franciscana y se habían
propuesto llegar hasta sus claustros para disfrutar en ellos de la paz que les
negaba aquel país convulsionado.
Quien les
había dado tales noticias sobre nuestro país, había sido el gran patriota
argentino, presbítero don Juan Ignacio Castro Barros, quien, después de haber
signado, como Presidente del Congreso de Tucumán, la independencia de su
patria, se encontraba proscrito en las selvas uruguayas misionando a los
campesinos, y retirado ya de la vorágine política que conmovía las aun
nacientes instituciones de las provincias rioplatenses. Dentro de unos pocos
meses, el insigne Castro Barros habría de emigrar también hacia estas
tranquilas playas chilenas, que, por entonces, se citaban en América y en el
mundo como un modelo de orden y de austeridad republicanos.
Los
frailes desembarcaron en Valparaíso, y, una vez repuestos de las penurias de la
navegación por el Cabo de Hornos, en donde el bergantín había sufrido fuertes
temporales que lo habían expuesto varias veces a naufragar, se despidieron
tiernamente del capitán francés y emprendieron, a pie, el viaje hasta el
convento de la Recoleta Franciscana de Santiago, cuyas puertas golpearon,
arrodillados humildemente ante la cancela. Ambos venían descalzos, con los
hábitos raídos, polvorientos, y extenuados; el uno con su breviario en las
manos, y el otro con una estampa, enmarcada en hojalata, de Santa Filomena,
colgante del cuello. El padre Guardián de la Recoleta, fray José de la Cruz
Infante, los recibió como a hermanos y les ofreció una celda El padre
Echanagucia fue incorporado al coro, y el lego fray Andrés a las humildes
tareas de la cocina...
La
devoción a Santa Filomena, virgen y mártir de los tiempos primitivos de la
Iglesia, habíase extendido por el mundo católico, desde los primeros años del
siglo XIX, con motivo de un estupendo milagro sucedido en la ciudad italiana de
Mugnano, en una de cuyas iglesias se encontraban sepultadas las cenizas de la
santa; la señorita Jeanne Jaricot, vecina de la villa de Ars, en Francia,
sufría desde mucho tiempo de una terrible enfermedad que no solamente la
mantenía postrada, sino que le ocasionaba crudelísimos dolores; agotados los
recursos de la ciencia médica, la piadosa familia de la enferma trasladó a
Jeanne a Italia para implorar, sobre las tumbas de los santos mártires del
cristianismo, si no la salud completa, por lo menos la mejoría de la paciente.
Después
de recorrer infructuosamente los templos y catacumbas romanos, Jeanne Jaricot
fue llevada, casi moribunda ya, a la ciudad de Mugnano, uno de cuyos templos
servía de santuario a las reliquias de Santa Filomena. Al día siguiente de
llegar a la ciudad, la enferma pidió, por señas, ser transportada ante las
cenizas de la Santa; dejóse la camilla sobre la tarima del blanco sarcófago
marmolino y todos elevaron, con fe ardiente, la última plegaria por la mejoría
de la doliente y moribunda peregrina.
Apenas
dos minutos de oración habían transcurrido, cuando, ante la espantable sorpresa
de la concurrencia, la señorita Jaricot se incorporó lentamente de su lecho,
como un cadáver de la sepultura, elevó sus ojos y sus manos hacia el altar y,
como siguiendo un impulso extraterreno, saltó de la camilla y cayó prosternada
ante las reliquias de la santa. A los gritos de los acompañantes, acudieron el
cura, los monacillos, los fieles, y entre todos elevaron los más sonoros
cánticos de alegría que luego fueron coreados por todo el pueblo, atraído por
los entusiastas repiques de las campanas de la ciudad.
La
enferma, que había sido vista llegar moribunda el día anterior, transportada en
una camilla, mostrando aún su cuerpo extenuado por largos años de padecimientos
y de absoluta inmovilidad, encabezaba, caminando “a pie” y sin demostrar fatiga
alguna, las constantes procesiones que se organizaron por las calles de la
población, en acción de gracias por tan señalado y evidente milagro de Santa
Filomena, virgen y mártir de la fe cristiana, bajo la persecución de
Diocleciano, Emperador romano.
El
milagro estupendo se extendió en alas de la fama por toda Italia y antes de
mucho se contaron por cientos y miles los enfermos que acudieron al santuario
de Mugnano en demanda de salud, y por cientos y miles se contaron también los
que obtenían y proclamaban las gracias y favores de la Mártir. La señorita
Jeanne Jaricot fue venerada como la precursora o la intermediaria de tan
grandes consuelos para la humanidad doliente, y después de medio año de
permanencia en la ciudad, emprendió su, viaje de regreso a su patria, Francia,
llevándose, con autorización expresa del Obispo, algunas partículas de las
reliquias de Santa Filomena, destinadas a la iglesia parroquial de la villa de
Ars.
Ejercía
entonces la cura de almas de esa villa francesa el abate Juan Bautista Vianney,
conocido en el mundo católico por sus excelsas virtudes con el modesto nombre
de “el Cura de Ars”, y a quien, posteriormente, la Iglesia Romana elevó a la
santidad con la categoría de “venerable”. El abate Vianney, que podía apreciar
mejor que ninguna otra persona la grandeza del milagro que Santa Filomena había
obrado con uno de sus feligreses, a quien conocía desde el principio de su
terrible dolencia, proclamó solemnemente tan estupenda gracia y difundió por
toda Francia la devoción “de esa preciosa flor del jardín de los cielos,
embalsamada con el aroma de las más suaves virtudes y enrojecida con la sangre
de los mártires”. Tales fueron sus palabras en el sermón que pronunció el Cura
de Ars ante la corte napoleónica que asistió a una gran ceremonia que tuvo
lugar, con asistencia de la Emperatriz Josefina, en la Catedral de Reims.
La
devoción a Santa Filomena no tardó en extenderse a la España y a la América; en
Montevideo fue acogida, principalmente, por el ¡Presbítero Castro Barros, quien
la transmitió al lego franciscano Fray Andrés, obsequiándole, al mismo tiempo,
una estampa de la Santa; el humilde lego limosnero del convento de Montevideo,
la colgó en su cuello, enmarcada en un forro de hojalata, y no se desprendió de
ella jamás. Esta imagen fue el único bien con que llegó a Chile y al Convento
de la Recoleta.
La
devoción a la Virgen italiana se había extendido, ya lo he dicho, por toda
Europa, desde los comienzos del siglo, mediante la actividad y prestigio del
cura de Ars, que cifraba en el culto de Santa Filomena toda su dicha y todo su
consuelo; de allí, la devoción había pasado al África, llevada por el misionero
lazarista Padre José Girard; a los Estados Unidos, por el redentorista Padre
Prost, y al sur de la América, por estos mismos misioneros, cuya actividad y
ardor en la propaganda de ese culto dio pie al sencillo pueblo para llamarlos
“filomenistas”, en vez de redentoristas.
En todos
los países se producían los más extraños y estupendos milagros por la
intercesión de la Santa, y llegó a tal punto la convicción popular del
valimiento de la gloriosa mártir ante el Hacedor Supremo, que muy pocos hogares
carecieron de una estampa de los millares que se imprimieron en Francia para
fomentar la devoción. Sólo al apartado rincón del mundo llamado Chile, no se
había extendido la fama de tal celestial protectora; pero con la llegada de
Fray Andrés, nuestro país habría de incorporarse también al concierto mundial y
recibir copiosamente los beneficios espirituales y temporales que prodigaba a
sus devotos la excelsa Virgen.
Antes de
cumplir el mes de su ingreso a la Recoleta, el lego franciscano dejaba sus
humildes quehaceres de la cocina y, por disposición del Padre Guardián, quedaba
encargado de recoger, por las calles de la ciudad, diariamente, la limosna que
los vecinos acostumbraban dar para la manutención de los recoletos.
Uno de
los más entusiastas biógrafos de Fray Andrés, el Presbítero don Ruperto
Marchant Pereira, hace del humilde lego el siguiente retrato; “No había en él
nada que pudiera llamar la atención, a no ser la sencillez misma de su trato,
su modestia, su humildad, la afabilidad de su carácter. Tampoco se veía en su
fisonomía y en su aspecto — que era el más vulgar y común— ninguno de esos
rasgos brillantes que el mundo admira; pero, en cambio, la dulzura de su
mirada, el timbre de su voz, la tristeza de su sonrisa, su actitud, su figura,
todo en él infundía en cuantos le trataban, el más profundo respeto y la más
cordial simpatía”.
“Por otra
parte, su piedad, su austeridad y penitencia rayaban en lo inverosímil; casi
siempre descalzo o con unas sandalias raídas, cubierto con un tosco sayal, al
cinto su largo cordón franciscano, con el cual santiguaba casi siempre a los
enfermos que visitaba, apoyado en bastón largo y con la estampa de Santa
Filomena en la otra mano, andaba de puerta en puerta, saco limosnero al hombro,
absorta su alma en Dios, extenuado su cuerpo con áspero cilicio,, macerada su
carne con sangrienta disciplina, ayuno muchas veces o refrigerado apenas con
parco y frugal alimento.
“Después
de pasar el día entero recogiendo la limosna y derramando beneficios y
consuelos a los pobres y desvalidos, tornaba a su convento y llegaba al pie del
altar, no ya para abismarse en la contemplación, sino para dirigir las
oraciones del pueblo, que él mismo reunía tañendo las campanas de la Recoleta;
terminadas las oraciones para el pueblo reunido, hacia salir del templo a las
mujeres y niños y quedaba solamente con los hombres; hacía cerrar las puertas y
enfervorizaba a sus oyentes con tiernas oraciones y recuerdos de la Pasión y
Muerte de Jesucristo, incitándolos a la penitencia y a la enmienda, y
terminando con una disciplina en descuento de sus pecados”.
Estas
constantes reuniones de Fray Andrés dieron origen a una congregación de obreros
llamada de los “Hermanos del Corazón de Jesús”, que llegó a contar más de diez
mil asociados; tengo entendido que esta sociedad obrera fue una de las primeras
que se fundaron en Chile, y, desde luego, la más importante por su número. En
el año 1848, esto es unos diez años después de la llegada a Santiago de Fray
Andresito, esta asociación estuvo dirigida por el reverendo y virtuoso
franciscano Fray Francisco Pacheco.
Entretanto,
la devoción por Santa Filomena crecía en Santiago y se extendía por los campos
en forma portentosa, mediante la persistente y apacible actividad del santo
lego, y los inauditos y patentes milagros que la Santa obraba entre la
población, tanto entre los pobres como entre los ricos; el dolor y la desgracia
no son el patrimonio de clases determinadas. Mientras los milagros afectaban
solamente a los humildes, se pudo poner en duda la efectividad de tales
manifestaciones sobrenaturales, pero una vez que ellos alcanzaron a la gente
“pudiente”, nadie fue osado de dudar del infinito poder de la mártir cristiana
y de la santidad de su abnegado propagandista.
Fray
Andresito, ya se le daba popularmente este cariñoso diminutivo, llegaba sin ser
llamado a las casas donde había un dolor que mitigar o una desgracia que
consolar. “¡Santa Filomena me manda!”, decía al entrar, y luego llegaba, al
lecho del enfermo o la choza del necesitado, daba a besar la imagen que llevaba
consigo, santiguaba o imponía sobre el pecho su cordón franciscano, daban la
limosna, rezaba arrodillado una oración, y generalmente se retiraba diciendo,
si se trataba de un enfermo: ¡Sanará, sanará! Efectivamente, si el enfermo no
manifestaba su curación inmediatamente, rara vez pasaba un par de horas sin que
abandonara el lecho, “si así le convenía”.
Una vez,
empero, sucedió un caso por demás extraño: Un caballero santiaguino, don Rafael
Gacitúa, estaba atacado largo tiempo de una afección pulmonar rebelde a todo
tratamiento; por disposición de los médicos el enfermo había resuelto
trasladarse a la altiplanicie boliviana, cuyo clima era aconsejable para curar
su mal; sin embargo, antes de partir, estando ya con todos sus preparativos
hechos para el penoso viaje, se dirigió a la Recoleta para verse con Fray
Andresito, — Hermano — le dijo— ojalá suplicase usted a su Santa me hiciera
conocer si sacaré provecho o no de este cambio de temperamento; porque, si así
no fuese, prefiero mil veces morir entre los míos y no entre extraños.
Fray
Andresito, después de orar un momento, preguntó al caballero Gacitúa si estaría
dispuesto a comulgar inmediatamente; como era hora oportuna, el enfermo
contestó que sí; acompañado de las personas de su familia que iban con él,
penetró al templo, se confesó, oyó la misa y comulgó devotamente al pie del
altar de Santa Filomena. Encontrábase todavía arrodillado ante el altar cuando
se acercó a él Fray Andresito y empezó a rezar las letanías rogando al
caballero que las repitiera... Tres o cuatro veces había dicho Gacitúa el “ora
pro nobis”, cuando se desplomó en brazos del lego. El enfermo había entregado
su alma a Dios.
— Usted
ha tenido la culpa de esta muerte— dijo airado a Fray Andrés uno de los
acompañantes del señor Gacitúa, que lo era el conocido caballero don Juan
Nepomuceno Riveros.
— Por
permisión de Dios y por los ruegos de Santa Filomena, este caballero ha visto
cumplidos sus deseos de morir en su patria y entre los suyos, y con todos los
consuelos de fe religión — se limitó a contestar Fray Andrés.
Las
especiales circunstancias que rodearon este hecho ocurrido en una familia
distinguida de 1a capital, dieron resonancia al acontecimiento y aumentó el
prestigio del humilde lego y de su Santa Patrona No había transcurrido un mes
de lo contado, cuando ocurrió otro milagro, tan estupendo como éste que hizo
culminar la popularidad de Fray Andrés.
La
señorita Elisa Bulnes Prieto, sobrina del Presidente de la República, don
Manuel Bulnes, había salido de paseo al campo acompañada de algunas familias
amigas; después de la siesta se organizó una excursión a caballo y una alegre
partida de jóvenes y niñas se esparció por los potreros cercanos. Al llegar a
las trancas de un corral, el caballo de Elisa se encabritó, se cargó al freno y
arrojó a su jinete, estrellándola contra las varas; la niña fue recogida con el
pie y la pierna derecha dislocados y terriblemente magullados.
— “Muchas
veces me “compusieron” la pierna y el pie — dice la interesada— pero sin
resultado alguno y pasé seis largos meses inmóvil, tendida en una cama. Supe
entonces que Fray Andresito hacía muchas curaciones prodigiosas y supliqué a
una amiga, a cuya casa iba el lego todos los viernes primeros, que le pidiera
me viniese a ver. Así fue en efecto, y recuerdo que me llevaron en peso a donde
él estaba.
— ¡Padre,
sáneme, por caridad! — le dije.
— Yo no
soy santo — me contestó— pero Dios puede sanarla, “si así le conviene a usted”.
“Entonces
se sentó en el suelo junto a mí, y comenzó a decir algunas oraciones, que yo en
voz baja repetía, mientras me ponía aceite de la lamparilla que ardía en el
altar de Santa Filomena. Luego, enderezándose: — “¡Levántese — me dijo— ya está
sana! “Yo me resistía a creer, y por el gran temor de que me volviesen los
dolores, me levanté apoyándome solamente en el pie bueno, sin querer afirmar el
otro; entonces Fray Andresito se cargó con fuerza sobre mi pie enfermo... y
como no sentí dolor alguno, me puse a caminar, atravesando el gran patio de la
casa en medio de sorpresa y de la admiración de todos, especialmente de mi
madre, que se agarraba la cabeza a dos manos, loca de alegría”.
Esta
curación rápida y maravillosa, obrada en la persona de un miembro de la familia
del Presidente de la República, con el aditamento de que la doliente arrastraba
las simpatías de toda la sociedad santiaguina, que se había mostrado
consternada ante la desgracia, impresionó profundamente no sólo al pueblo de la
capital, sino que tuvo resonancia en todo el país.
Todavía
se produjo otro hecho milagroso en el hogar de la señora doña Francisca Donoso,
hermana del Obispo de La Serena; esta estimable dama se encontraba agonizante
hacía ya varios días y sus parientes veían extinguirse aquella existencia en
medio de tremendos padecimientos, desahuciada ya por todos los mejores médicos,
que se manifestaron impotentes para aminorar siquiera los dolores de la
enferma, "que estaba en un grito”. Llamado Fray Andresito al lado de su
lecho, para que la ayudara a bien morir, oró un rato y levantóse enseguida
diciendo: — La señora Francisca no morirá; Santa Filomena la sanará, la sanará.
Efectivamente,
un momento después la enferma dormía apaciblemente, y al cabo de una hora se
incorporaba de su lecho de moribunda para levantarse “por sus pies”. Vivió
todavía, en buena salud, cinco años más.
No
resisto, por último, al deseo de contar otro hecho sorprendente que cita el
biógrafo de Fray Andresito, que nombré más arriba.
Cayó
enfermo, repentinamente, y de muerte, un amigo íntimo de Fray Andrés, el señor
don Francisco Ignacio Ossa; preocupado el moribundo de no tener arreglados sus
asuntos de intereses, los cuales quedarían sumamente enredados con su
fallecimiento, dijo a su amigo el lego, que lo había ido a visitar: — Andrés,
alcánzame de tu Santa Patrona, la gracia de que me prolongue la vida siguiera
algunos meses...
El lego
bajó la cabeza, en actitud de orar, y después de un momento dijo: — Está bien,
don Ignacio; lo pediremos a la Santa.
Y se
retiró.
Pasaron
tres días de angustia para la familia, durante los cuales el enfermo se debatió
en una agonía constante; al tercero, muy de mañana, Fray Andrés se presentó
inopinadamente en casa de su amigo, en los momentos en que la familia lloraba
desconsolada porque creía llegado el momento del fatal desenlace; el humilde
lego, con la faz sonriente, acercóse al lecho donde dos frailes mercedarios
rezaban las oraciones de la buena muerte, y dijo: — Don Ignacio, óigame: ahora
va a vivir. ¡Sanará, sanará! E inclinándose hacia la cabecera de la cama,
extrajo de debajo del catre sus pobres sandalias, que había dejado allí, sin
que nadie lo notara, tres días antes.
Desde ese
mismo instante, el señor Ossa experimentó una reacción favorable; a los ocho
días abandonó el lecho, y vivió todavía cuatro años más.
Si
pretendiera contar “milagros” de los innumerables que realizó Fray Andresito,
durante los catorce años que vivió entre nosotros, esta crónica volandera se
haría interminable; baste decir que el lego franciscano alcanzó una fama, una
popularidad singular, que nadie todavía habrá podido tener en Chile; durante
esos catorce años, prodigó su característica silueta por todas las calles de
Santiago, por los campos comarcanos, por distintas ciudades del valle central,
sembrando beneficios y bondades, llenando su saco limosnero con el óbolo del
rico y vaciándolo en el miserable hogar de los pobres, incitando a todos al
ejercicio de las virtudes cristianas y a la penitencia, sanando enfermos y
consolando a los desgraciados.
Atacado
de una fiebre maligna, a principios de enero de 1853, fueron inútiles los
esfuerzos de la ciencia médica y los cuidados de sus hermanos en religión para
detener la violencia del mal. Después del tercer día de enfermedad, el santo
lego empezó a prepararse para el trance supremo, con ánimo sereno y dulce; al
octavo día pidió humildemente a sus superiores que le recibieran su profesión
religiosa, a la cual había resistido siempre, “porque no se creía digno de tal
suprema merced”, y el día 14 de enero, a las 8 de la mañana, entregó su alma a
Dios, apaciblemente, teniendo en sus manos un crucifijo y sobre su pecho la
estampa enmarcada en hojalata, de la excelsa virgen y mártir Santa Filomena, a
cuyo culto había dedicado los años más santos de su vida.
“Cuando
las campanas de la Recoleta dieron la señal de agonía,) el pueblo entero de la
capital se apiñó en la Plazuela, llenó el templo y sus alrededores; las
oraciones, los lamentos, los llantos de la multitud que no quiso abandonar esos
sitios durante todo el día, fueron la expresión más exacta del dolor profundo
con que veía desaparecer a un amigo, a un benefactor, a un santo. Los restos de
Fray Andresito quedaron expuestos durante tres días a la veneración pública, en
un modesto féretro, que se erigió al pie del altar de Santa Filomena, levantado
con las limosnas que el lego había recogido entre sus agradecidos devotos.
Terminados
los solemnes funerales que se celebraron en el templo, los venerables despojos
fueron sepultados en el cementerio del convento, en una fosa “que se abrió a
una tercia de distancia de la acequia de agua corriente que atravesaba el
panteón en toda su longitud”.
Dos años
y medio más tarde, el 10 de julio de 1855, hubo necesidad de trasladar el
cementerio conventual a otro sitio; se exhumaron los cadáveres, y cuando se
llegó a la tumba de Fray Andrés, se produjo un espectáculo sorprendente, en
presencia de toda la Comunidad que asistía al acto, en compañía de los señores
Francisco Ignacio Ossa, senador de la República; don Juan Francisco Meneses y
don Félix Ulloa, arcediano y canónigo, respectivamente, de la Catedral; de los
presbíteros don Juan Ugarte y don Benjamín Sotomayor; del juez del crimen, don
Juan Francisco Fuenzalida; de don Vicente Bustillos, miembro de la Facultad de
Ciencia Físicas y Matemáticas, y de muchas personas más.
Ese hecho
prodigioso consta del siguiente documento firmado, como se verá, por el
académico Bustillos y los doctores don Ignacio Domeyko y, don Lorenzo Sazié,
cuyos nombres aún perduran entre los hombres de ciencia:
“Santiago,
18 de julio de 1855. — Los infrascritos, comisionados para inspeccionar el
cadáver del lego Fray Andrés García, de la Recoleta Franciscana, declaran haber
procedido primero al examen del terreno donde permaneció sepultado, por el
espacio de dos años seis meses, menos seis días, éste se encuentra inmediato a
una acequia de agua corriente, de la cual, probablemente, ha habido
infiltraciones; el suelo es de naturaleza arcillosa; nada se ha podido observar
en la calidad del terreno, que haya podido influir en la conservación del
cadáver, que, acto continuo, se pasó a observar; no exhalaba olor alguno, a
excepción del producido débilmente por la presencia del moho que lo cubría. Eli
color, algo obscurecido de la cara, y casi conservado su aspecto natural en el
resto del cuerpo; el cuello y los brazos permanecían flexibles; la percusión
del tórax, así como de la cavidad abdominal, han producido un sonido claro,
como el de un viviente. Hecha una incisión en la pierna derecha, se notó que la
masa muscular se había disecado, conservando, sin embargo, algún tanto su color
natural.— José Vicente Bustillos.— Ignacio Domeyko.— Loreno Sazié”.
§ 16. La
historia trágica de la Iglesia de la Compañía
El dolor
que se experimenta en presencia de una catástrofe como la que agobia
actualmente a la ciudad de Talca, trae a la mente, por asociación de ideas,
aquellos sucesos infaustos que en épocas pasadas, han azotado a la sociedad,
sumiéndola, como ahora, en la desesperación durante largas horas; y al renovar
en nuestra imaginación las proporciones que alcanzaron aquellos acontecimientos
luctuosos, medio borrados ya por la bruma de la lejanía, es imposible dejar de
considerar el hechor de que también existieron otros hombres, parientes,
amigos, compatriotas o conciudadanos que han vivido antes que nosotros,
momentos de angustia indescriptible.
Hoy día,
por ejemplo, es un aniversario tristísimo para la sociedad de Santiago: el 8 de
diciembre de 1863, día martes, a las 7 de la tarde se incendió el templo de la
Compañía de Jesús que estaba situado en los actuales jardines del Congreso,
dando su frente a la plazuela de la antigua Biblioteca Nacional, hoy en
demolición.
Las
circunstancias en que se declaró el incendio no pudieron ser más terribles; en
esos momentos el templo se encontraba repleto con una concurrencia que no
bajaría de tres mil personas, en sus cuatro quintas partes mujeres
pertenecientes a todas las clases sociales; tanto la dama aristocrática como la
humilde mujer del rancho, todas tienen alguna gracia que pedir a la Virgen
María, madre celestial de los católicos, en el día dedicado a celebrar su
Inmaculada Concepción.
Ese año
de 1863, el “Mes de María” del templo de la Compañía había alcanzado una
solemnidad estupenda. El rector de ese templo, presbítero don Juan Bautista
Ugarte, había logrado atraer a su iglesia a la parte más selecta de la sociedad
mediante su fervor apostólico ampliamente reconocido. Uno de los motivos que
determinaron la inusitada solemnidad de las fiestas de ese año, fue el de
cumplir el primer lustro de existencia la institución denominada “Hijas de
María”, compuesta de señoras y niñas, en su mayoría de la primera sociedad
santiaguina.
Las
fiestas religiosas en celebración de ese aniversario empezaron en el
“octavario”, o sea, el día primero de diciembre; aparte de la ceremonia
matinal, en la que se cantaba diariamente "misa de tres”, se hacía el rezo
de “vísperas” a las cuatro de la tarde, después de la siesta, y por último, la
“distribución” de la noche, que empezaba a las siete con el toque de
“oraciones”. Esta última ceremonia de cada día, era la más brillante de todas y
en ella se echaba todo el lujo de que disponía ese ostentoso templo que en poco
tiempo había acumulado grandes riquezas. Cabe recordar aquí que el templo de la
Compañía había quedado destruido por un incendio veinte años antes y que la
munificencia cristiana del vecindario de Santiago, estimulada por el santo
Arzobispo Vicuña, le había reconstruido y vuelto a su mayor esplendor en menos
de diez años.
Para esta
función de la noche se encendían los millares de luces que adornaban el altar
mayor y los ocho altares de las dos “naves” laterales, aparte de una veintena
de “arañas”, grandes y pequeñas que pendían del techo, a lo largo de todo el
templo. Del plafón de la nave “del medio” colgaban tres “arañas” que llamaban
la atención de los fieles, no tanto por sus dimensiones y por ser verdaderas
joyas de cristalería y de “lágrimas” de colores, sino especialmente porque su
luminería no era la corriente de velas “de esperma”, sino de lámparas “a gas
líquido”, que así se denominaba a nuestra vulgar parafina; este combustible
luchaba entonces por desterrar al corriente alumbrado colonial de “lampiones”
de sebo, y sus introductores, los comerciantes ingleses Guillermo Jenkins y
Compañía, habían ofrecido instalar en el templo, gratuitamente, “un servicio”
de estas lámparas durante las ocho últimas noches del Mes de María.
Fuera de
estas lámparas “a gas líquido”, que habían sido todo un éxito, el rector de
dicha iglesia “mandó hacer una gran medialuna”, iluminada con este mismo
alumbrado, para colocarla a los pies de la imagen que presidía las ceremonias
desde lo alto del altar mayor. Parece que “esa medialuna de fuego compuesta de
muchos quemadores”, era un aparato de construcción especial para el caso, con
un depósito de parafina común para todos los quemadores; veremos luego cómo
salió de este aparato la llamarada que originó la catástrofe.
A medida
que se acercaba el término del “octavario”, o sea, el día 8 de diciembre, las
funciones del templo de la Compañía iban en solemnidad creciente; día a día se
agregaban a los altares, a las columnas, a los muros, a los arcos interiores, y
sobre todo al “trono” de la Virgen nuevos adornos, cortinas de gasa hábilmente
bordadas “flores de mano”, ramas de flores naturales, largas cintas y festones
que pendían del techo o de las “arañas”, banderas, tapices y cuánto aditamento
podría allegar una pequeña nota más de fervor y devoción a la Reina del Cielo.
Por cierto que los “candelabros” iban también en aumento; las familias
“pudientes” transportaron al templo los más lujosos que tenían en sus salones
para exponerlos ante el trono de María.
Todas las
relaciones que existen de este trágico acontecimiento de nuestra vida nacional
que estoy rememorando, están casi de acuerdo en que sólo en el altar mayor
“había más de tres mil llamas, entre lámparas de gas, lámparas de aceite y
velas”. En cada una de las capillas laterales, incluyendo las pilastras
adornadas que miraban hacia la nave central “había cuatrocientas luces cuando
menos”, las capillas eran ocho, o sea, un total de cuatro mil luces, según este
cálculo. Pendientes del techo, entre lámparas de gas y arañas con velas de cera
y de esperma “más de dos mil”; esto es lo que consta de las crónicas de la
época, y lo establezco, para que no se crea que exagero.
Para
encender esta enorme cantidad de luces era menester emplear un buen número de
“sacristanes” que empezaban su tarea una media hora antes de la distribución;
un grupo escogido de estos monacillos se dedicaba a encender exclusivamente las
lámparas, por ser ésta una función más delicada; el que encendía la “medialuna”
llamábase Antonio y era un “sujeto formal”.
En la
distribución nocturna del sábado 5 de diciembre, subió Antonio a la “medialuna”
que estaba colocada a unos cinco metros de altura y procedió a encenderla; dio
la llave al primer quemador de la izquierda, y acercó la mecha; “del pico de la
luz se escapó una larga llamarada que estuvo a punto de prender fuego a los
adornos que con tanta profusión se habían colocado en el altar mayor, dice “El
Ferrocarril”; afortunadamente, Antonio, con una ligereza extraordinaria, logró
sofocar la llama “con el faldón de su levita” y atemorizado con el peligro
renunció a encender esa noche la medialuna...
Llamados
los “artesanos” al día siguiente, revisaron el aparato, y habiéndolo “dejado
corriente” pudo seguir funcionando sin tropiezos hasta el martes 8, cuya fue la
noche de la catástrofe.
Llegó el
término del “Mes” y después de las solemnes funciones de la mañana, que
empezaron a las seis y terminaron después del mediodía, toda la gente se
aprestó para concurrir a la última distribución de la noche, en la cual, para
mayor atractivo, debía predicar el Presbítero don Víctor Eyzaguirre,
conceptuado como uno de los mejores oradores sagrados de Santiago. El
entusiasmo por asistir a esta “distribución” era inmenso y desde media tarde se
instalaron ya, en las gradas del pórtico, muchas mujeres que esperaban con
ansia que se abrieran las puertas del templo para ocupar un buen lugar.
Un poco
más tarde, la concurrencia delante del templo casi llenaba la plazuela; las
matronas más aristocráticas y las niñas más hermosas de Santiago, que
pertenecían a la institución de las Hijas de María, se disputaban con inusitada
energía el paso por entre la multitud para entrar las primeras en el sagrado
recinto y ganar los sitios mejores.
Abriéronse
por fin las puertas como a las seis de la tarde y el gentío
precipitóse en tropel hasta llenar en pocos momentos y por
completo las espaciosas naves.
A las
siete se terminaba de rezar el rosario y pronto iba a subir al púlpito el señor
Eyzaguirre para dar comienzo a su prédica final; la inmensa concurrencia
trataba de acomodarse lo mejor que podía en esa “pella” que era sofocante no
sólo por el exceso de personas de todas clases que allí se apretujaban, y por
la superabundancia de trapos que las damas llevaban en sus trajes de crinolina,
sino también por el calor que arrojaban los miles de luces que ya ardían dentro
del templo.
Sólo
faltaba por encender la “medialuna” del trono de María; parece que el sacristán
Antonio se había retrasado en este importante detalle y pronto se le vio
ascender por la escalera colocada ad hoc para dar luz a los quemadores de gas
líquido. La mayor parte de la concurrencia instalada en la nave central siguió
con la vista la ascensión del sacristán, le vio dar la llave al quemador de la
izquierda y acercar a su extremo la mecha encendida... “El quemador recibía en
ese momento toda la fuerza del gas y la llama subió a media vara de altura;
antes de que el sacristán pudiese sofocar esta llama, como lo había hecho el
sábado último, el fuego inflamó uno de los cortinajes de gasa que pendían del
plafón, la llama subió rápidamente hasta el techo de madera reseca, lo abrasó
fácilmente y en un instante rompió hacia la techumbre”. El tiraje de aire que
se estableció entre el plafón y el maderamen comunicó el fuego por el
entretecho a todo lo largo del templo y luego empezaron a llover, sobre la
aterrada concurrencia, trozos de maderos encendidos...
Presa de
un pánico horrible, la gente trataba de huir atropelladamente y se agolpaba a
las puertas principales del templo, que eran cuatro; la “del costado” que daba
a la calle de la Bandera estaba entornada y pronto se clausuró con la avalancha
que desde el interior se arrojó sobre ella en busca de salida; igual cosa
ocurrió con una de las tres puertas principales. Las otras dos, aunque
permanecieron abiertas de “par en par” no sirvieron de nada porque quedaron
obstruidas por una masa compacta de cuerpos caídos en los umbrales, que no
permitía el paso a los que se quemaban adentro.
No hay
para qué continuar en la descripción de esa horrorosa y fantástica visión de
los infiernos que aterró a la ciudad de Santiago la tarde-noche del 8 de
diciembre de 1863. Mil ochocientos cadáveres calcinados fueron extraídos de ese
sitio, ahora funesto, que durante tres siglos había sido el centro de la
devoción colonial.
La
inmensa hoguera amenazó tenazmente los edificios vecinos, especialmente la casa
del señor don José Rafael Echeverría, situada en el ángulo Compañía-Bandera,
donde hoy está la librería de Miranda. La torre de la iglesia incendiada se
alzaba, precisamente en la esquina del frente, al salto de la calle “que era
una de las más angostas de la ciudad”, y las chispas y trozos de madera
encendida caían constantemente sobre el techo. El incendio de esta casa habría
determinado, tal vez la destrucción de toda la manzana donde se levanta la
Catedral y el Palacio Arzobispal.
Al frente
del templo, plazuela por medio, estaba la Biblioteca Nacional, sobre cuya
techumbre cayeron infinidad de escombros ardientes; y por la parte posterior
corrió también constante peligro el Museo Nacional que funcionaba en uno de los
edificios del antiguo Convictorio Jesuita de San Francisco Javier. Los tres
“bombines” con que contaba la ciudad echaban débiles chorros de agua sobre
estos tres edificios, sin lograr siquiera dominar las chispas.
A los
indescriptibles clamores de angustia y de dolor que llenaron los espacios desde
que se declaró el incendio del templo, siguió, antes de una hora, un silencio
espantoso, macabro y aterrante, interrumpido a veces por algún lamento
desesperado de quien buscaba todavía los rastros de un ser amado.
Al día
siguiente de esa noche en que nadie durmió en la ciudad de Santiago, apareció
en “El Ferrocarril” un “remitido” que tal vez vale la pena reproducir. Decía
así: “Elevemos un monumento de eterna recordación a las desgraciadas víctimas.
Un monumento que despierte las simpatías de las edades venideras, cuyos votos
se unirán a los nuestros en una cadena sin fin.
“Solicitemos
del Gobierno el terreno que ocupaba la Iglesia de la Compañía y destruyamos sus
muros. Libres de escombros se formará un jardín, en cuyo centro se elevará un
monumento de mármol blanco, con inscripciones que recuerden el fatal suceso que
justamente lloramos, colocando alrededor de todo ese espacio una sólida verja
de hierro que impida a los indiferentes profanar con su planta ese lugar por
tantos motivos venerado. Me suscribo con mil pesos— Francisco Ignacio
de Ossa”.
§ 17. El
incendio de la Compañía
Ya
estaban establecidos en Chile los franciscanos, los dominicos y los
mercedarios, cuando llegaron a Santiago, proveídos por la real cédula de Felipe
II, ocho religiosos de la Compañía de Jesús con el objeto de fundar un convento
de su orden. Presidíalos un anciano virtuoso y sabio, llamado el Padre Baltasar
de Piñas, que había sido discípulo y compañero de San Ignacio de Loyola, y
venían con él el abnegado Padre Luis de Valdivia, célebre por sus enérgicas
campañas en favor de los araucanos, los padres Luis de Estela, Gabriel de Vega,
Hernando de Aguilera y Juan de Olivares, estos dos últimos de nacionalidad
chilena, y los hermanos Miguel Telena y Fabián Martínez. Habían zarpado del
Callao el 9 de febrero de 1593 y entraron en Santiago el 12 de abril, hospedándose,
provisionalmente, en el convento de Santo Domingo.
El
prestigio de que gozaba la Orden Jesuita y la decidida protección que le
dispensara el Gobernador de Chile de aquellos años, don Martín García Oñez de
Loyola, pariente de San Ignacio, determinaron que el devoto vecindario, a pesar
de la pobreza en que lo tenía la cruda guerra araucana, reuniera rápidamente la
cantidad de tres mil seiscientos pesos para comprar a la sucesión de Rodríguez
de Quiroga la mitad oriente de la manzana que ocupa hoy el Congreso Nacional, y
que corresponde a los jardines que dan a la calle de la Bandera.
No paró
en esto la generosidad del vecindario: a los dos años escasos, los jesuitas
tenían levantada una iglesia y un claustro, donde mantenían una escuela de
primeras letras.
La
modesta capilla de Santiago fue el centro de las más ostentosas solemnidades
religiosas y se hizo estrecha para contener a la concurrencia de fieles que
asistían a ella, mientras los demás templos se veían desiertos. Se pensó
entonces construir una iglesia digna de la protección que le dispensaban los
devotos “y se echaron los cimientos de una cuya fábrica duró treinta y seis
años, a lo largo de los cuales la piedad santiaguina hizo milagros de
generosidad”. Se trabajó a toda costa — dice el jesuita Ovalle— “y se levantó
un templo de calicanto, muy capaz y airoso... Ciento cincuenta mil pesos se
gastaron en él; el retablo del altar mayor fue tasado en treinta y un mil
pesos”.
Se
inauguró el nuevo templo en 1632, con solemnidades que duraron quince días;
pero este éxito fenomenal duró pocos años; el terremoto de 13 de mayo de 1647
destruyó totalmente el soberbio edificio, dejándolo convertido en un montón de
ruinas junto con gran parte del convento que a esa fecha ocupaba ya toda la
manzana que es hoy del Congreso. En esta catástrofe murieron los padres José
Cantueras, Miguel de Cancino, Felipe de Oyaneder y varios novicios y
estudiantes.
Esta fue
la primera de la serie de desgracias que soportó el templo de la Compañía, en
el transcurso de su existencia.
Los
infatigables jesuitas no se arredraron con este golpe.
“Aprovechando
las ruinas, y con un soberbio desprecio por la reciente catástrofe — dice
Daniel Riquelme— y a favor de las riquezas adquiridas y crecientes empezaron
impertérritos la construcción! de un nuevo templo, que después de cincuenta
años de trabajo se destacó orgulloso en medio de la modesta Santiago. A su
lado, "la Catedral parecía un rancho pajizo”.
Tampoco
duró mucho el esplendor de la nueva iglesia. A pesar de que el edificio había
sido reforzado, a causa de los perjuicios que le había ocasionado el gran
temblor de 1690, no resistió al terremoto de 1709, y sufrió daños graves, uno
de los cuales fue el desprendimiento de unas vigas en la nave derecha con los
consiguientes destrozos en los altares y en la mampostería. Arreglados estos
desperfectos, sobrevino el gran temblor de 24 de mayo de 1724, que destruyó el
hermoso altar de mármol y plata que el Provincial Padre Manuel Sancho Granados
había mandado construir en conmemoración de haber sido agraciada la Orden de
Chile con el provincialato. Antes de esa fecha, los jesuitas chilenos
constituían sólo una viceprovincia.
Levantóse
nuevamente el altar con mayor opulencia e inauguróse con solemnidades suntuosas
el 8 de septiembre de 1729, en las que actuó, pronunciando un notable sermón el
Obispo de Santiago don Alonso del Pozo y Silva; pero al año siguiente, el
espantoso terremoto del sábado 8 de julio de 1730, que destruyó casi la ciudad
entera, echó por tierra toda la nave izquierda del macizo templo.
Una
semana después de este terremoto, los jesuitas emprendían de nuevo la
reconstrucción de su templo, limitando sus funciones religiosas a una de sus
naves; iban ya avanzados los trabajos, puesto que se estaba construyendo el
maderamen, cuando ocurrió el terremoto de 24 de diciembre de 1737; por fortuna,
el templo no sufrió esta vez desperfecto digno de dejar nota.
Tres años
más tarde llegó a Chile el jesuita bávaro Padre Carlos Haymhausen, “que a sus
dotes de educación fina y aristocrática unía una prodigiosa actividad. Deseando
dar lustre y esplendor a la provincia chilena, hizo un viaje a Europa, en 1748,
y trajo de allí una verdadera colonia de artífices y artesanos alemanes. Para
salvar el obstáculo que la legislación vigente oponía al establecimiento de
extranjeros en América, el padre Haymhausen recurrió al arbitrio de
introducirlos con traje de jesuitas y con el carácter de hermanos coadjutores”.
Con este personal competentísimo los jesuitas dieron enorme impulso a los
trabajos de su templo; pero en lo mejor de ellos ocurrió el terremoto de 25 de
mayo de 1751, que con otros estragos en la ciudad, comprometió dos poderosas
bóvedas que debían sostener la grandiosa torre que se iba a construir.
El padre
Haymhausen no se desalentó por este contratiempo y dos años más tarde ofrecía a
los admirados santiaguinos el espectáculo de la torre más alta que había en
Chile, con el útilísimo aditamento del primer reloj público de la ciudad, de
cuatro esferas, construido en los talleres industriales que los jesuitas tenían
en su hacienda de La Calera, bajo la dirección del experto mecánico Pedro Rotz,
también jesuita. Este reloj permaneció en ese sitio cerca de un siglo, hasta
1841, fecha del primer incendio de la Compañía, durante el cual se derrumbó con
torre y todo.
Con los
desperfectos sufridos y continuos remiendos que había experimentado el templo
inaugurado en 1695, a causa de los terremotos que hemos señalado, “la Compañía
dejó de ser un templo hermoso y, para hablar con más exactitud, desde entonces
aquella iglesia fatal no fue sino una ruina disfrazada”.
Estaba
próximo el fin del reinado de los jesuitas en los dominios de españoles; el año
1767 se recibió en Chile la orden real para que fueran expulsados y el
corregidor Zañartu, en medio de toda su beatitud y misticismo, cumplió con
fidelidad la orden de su “Rey y señor natural”. El Templo de la Compañía como
todas las iglesias de los hijos de Loyola fueron clausurados y sus bienes
confiscados. Sólo se abrió este templo un año más tarde para reemplazar los
servicios religiosos de la Catedral, que se incendió y destruyó la noche del 22
de diciembre de 1769; pero una vez reconstruida la iglesia episcopal, la
Compañía volvió a su clausura. Sólo en 1835, ya en los tiempos de la República,
esto es, unos sesenta años más tarde, se concedió permiso para establecer allí
servicios religiosos permanentes.
En poco
tiempo volvió a ser la Compañía el templo de moda, pero la fatalidad que
perseguía a esa iglesia, desde los primeros años de su existencia, la llevó de
nuevo a la ruina. A las nueve de la noche del 31 de mayo de 1841, un terrible
incendio consumió toda la techumbre y la torre con su famoso reloj, que antes
de derrumbarse, rodeado de llamas, “dio pausadamente, como si nada ocurriera,
las nueve de la noche”. Tres días después se celebraba entre sus escombros y
con gran pompa, la fiesta de Corpus Christi, y se echaba una
subscripción, que fue copiosa, para la reconstrucción del templo. En esta
fiesta celebró su primera misa el que después fue el célebre Obispo don Joaquín
Larraín Gandarillas, y predicó don José Hipólito Salas, también futuro Obispo
de Concepción.
Cinco
años más tarde se inauguraba de nuevo el templo y era entregado al presbítero
don Francisco Cañas, en calidad de Rector, y al Presbítero don Juan Bautista
Ugarte, como coadjutor, quienes no tardaron en traer bajo sus bóvedas a la más
distinguida sociedad de Santiago.
El 8 de
diciembre de 1863, en la última noche del mes consagrado a la Virgen María,
estando la iglesia repleta de gente, con más de dos mil quinientas personas
casi en su totalidad mujeres, se produjo la más horrorosa catástrofe que haya
registrado la historia moderna: un rápido y voraz incendio redujo a escombros
el templo, pereciendo calcinadas dos mil ciento sesenta personas, más o menos.
Tres días
después se anunciaba a los consternados vecinos de Santiago, cada uno de los
cuales tenía un deudo por lo menos entre el hacinamiento horrible de cadáveres
que se sepultaron en una fosa común, por ser imposible su identificación — que
se preparaban grandes honras por los muertos, y que se llevarían a cabo en la
plazuela frente a los escombros todavía humeantes del incendiado templo. El
vecindario quiso ver en esto el propósito de reconstruir la iglesia... Fue una
explosión...
La gente
se lanzó a la calle y a poco una poblada inmensa, compuesta de ricos y pobres,
de mujeres y niños rodeaba los escuetos y ennegrecidos escombros, rabiosa y
amenazante. Nadie gritaba; la palabra se ahogaba en las gargantas. ¡Abajo la
Compañía!, dijo alguien con voz enronquecida. Era la idea que aparecía
cristalizada en una palabra.
A los
pocos minutos, toda aquella gente tenía en sus manos: hachas, palas, azadones,
barretas, fierros, o cualquier instrumento que sirviera para destruir. “A las
doce del día había en la plazuela dos mil hombres dispuestos a echar abajo los
restos que quedaban de ese edificio fatal.
El
Intendente Bascuñán Guerrero, que había perdido en el incendio a dos de sus
hijas, pide calma al vecindario, comprometiéndose a impedir por cualquier medio
que se hagan honras o manifestaciones en ese sitio. Incontinenti se dirige a la
Moneda a pedir al Gobierno la orden para demoler el edificio. El vecindario,
“de gente enguantada y de levita”, espera.
Circula
un volante que dice: “¡Que desaparezca la Compañía! ¡Que no quede piedra sobre
piedra de ese templo perseguido por la fatalidad! ¡Intentar la reconstrucción
de la Compañía es un reto al dolor ! “¡Cuidado, Santiago aguarda que su palabra
sea escuchada! “¡Pedimos al Gobierno que la escuche! “¡Cuidado!” Junto con el
Intendente, se dirigieron a la Moneda don Antonio Varas y don Manuel Rengifo,
en representación de la Municipalidad, reunida extraordinariamente, para
reclamar “del gobierno alguna medida que borrando las huellas del martirio,
consagre un monumento de eterno recuerdo a tanta víctima inocente y para
solicitar la cesión del terreno que ocupaba el templo de la Compañía para
proceder, desde luego, a costa del Cabildo, a su demolición”.
El
vecindario estaba tranquilo, pero resuelto; conservaba en sus manos los
instrumentos de destrucción, y procedería a ella a una voz de orden, si las
resoluciones del Gobierno se oponían a sus deseos.
Pasó una
hora; ya rugía sordamente la poblada, inquieta por la tardanza del Intendente.
Un grito de júbilo salió de todos los labios cuando se anunció que el señor
Bascuñán Guerrero venía corriendo con un pliego en alto. Al llegar a la
plazuela, lo entregó a don Guillermo Matta, quien subiéndose a los balcones del
Consulado (Biblioteca Nacional) lo leyó con voz vibrante. Era el siguiente:
“Santiago, 14 de diciembre de 1863 — He acordado y decreto: Procédase a la
demolición del incendiado templo de la Compañía; concédese un término de diez
días para la extracción de los cadáveres sepultados en dicho templo.
Anótese y comuníquese — Pérez— Miguel María Güemes.
Así
terminó la trágica historia del templo de la Compañía.
§ 18. El
cañonazo de las doce
(1840)
En la
reconquista española, y durante el Gobierno de don Francisco Casimiro Marcó del
Pont, se dio principio y se terminaron rápidamente dos fortalezas en los
extremos norte y sur del Cerro Santa Lucía, destinadas a defender la ciudad del
ejército patriota, cuya travesía por los Andes era una verdadera pesadilla para
los gobernantes españoles. La fortaleza del lado norte se denominó “Batería de
Santa Lucía” y la del sur “Batería Marcó del Pont”.
Se sabe
que ninguna de estas fortalezas prestó los servicios para que fueron
construidas, porque el encuentro de realistas y patriotas tuvo por escenario el
campo de Chacabuco. Cuando el ejército de San Martín ocupó Santiago, estas
baterías entraron a formar parte de la defensa de la Patria Nueva,
cambiándoles, eso sí, los nombres, que no correspondían a las exigencias del
“nuevo régimen”. La batería del sur se denominó “Fuerte González”, en honor del
sargento patriota Juan de Dios González, que en compañía de Manuel Rodríguez se
había distinguido en la campaña de montoneras; y la batería del norte tomó el
nombre de “Fortaleza de Hidalgo”, en honor, asimismo, de un capitán de este
apellido, que hizo proezas en la batalla de Chacabuco. Los sitios preciosos
donde estuvieron esos dos fuertes son actualmente, el ex Restaurante del Cerro,
por el norte, y la Plaza Caupolicán, por el sur.
Mientras
duró la guerra de la independencia, esos fuertes estuvieron ocupados por tropas
que vivían allí, pues la construcción de los pretiles y cuarteles era de una
solidez a cualquier prueba.
Pero poco
a poco, y a medida que la tranquilidad de la patria, sobre todo después de
promulgada la Constitución del 33, alejaba el peligro de un ataque a la
capital, los artilleros de guarnición fueron abandonando aquellos sitios que
por su aislamiento y aridez más parecían un destierro, hasta que el Ministro
Portales ordenó en definitiva que fueran evacuados por las tropas, destinando
uno de ellos, el Fuerte Hidalgo, a presidio de los reos rematados.
La
función principal o única, de las baterías de esos fuertes, era la de hacer
“las salvas de ordenanza” en los aniversarios patrios, que por entonces eran
cuatro, a saber: el 18 de Septiembre, el 2 de octubre, desastre de Rancagua; el
12 de febrero, Chacabuco, y el 5 de abril, Maipú. Las salvas eran de 21
cañonazos al salir y ponerse el sol, y las iniciaba el Fuerte Hidalgo
siguiéndolo a los cinco minutos el otro fuerte. También se hacían salvas en
ciertas festividades religiosas, como el día de Corpus, el día del Carmen, y
otras.
Le
pareció tal vez a Portales que esto era demasiado cañoneo y junto con ordenar
el desalojo de los fuertes, dispuso que en adelante las salvas se hicieran
solamente por el Fuerte de Hidalgo, convertido en cárcel, y que el cuartel de
artillería — que estaba al pie del Cerro, donde está ahora la Plaza Vicuña
Mackenna— mandara, los días de ordenanza, los artilleros que se necesitaran
para hacer las salvas. Parece que, además de estas salvas, los cañones del
Fuerte y Presidio de Hidalgo anunciaban las grandes noticias que el Gobierno
deseara dar a conocer al público; una referencia de esa época parece indicar
que de esta manera se alarmó a los santiaguinos para darles a conocer el
triunfo de las armas chilenas en Yungay, y la noticia del fallecimiento de O’Higgins.
Se sabe
que a principios del Gobierno de Bulnes, 1843, no había presidio en el Fuerte
Hidalgo; quiere decir esto que en vida de Portales, o después de su muerte,
hubo el convencimiento de que ese sistema carcelario no era conveniente; pero
los cañones del Fuerte seguían desempeñando sus funciones de bulliciosos
heraldos de los días patrios. Nada nos indica, en cambio, la existencia del
“cañonazo de las doce”, en esos años, ni antes.
Solamente
en 1872, hace cincuenta años, nos encontramos con un dato oficial que nos
indica “el cañonazo” consagrado ya como institución de derecho urbano, y del
cual la ciudad no podía prescindir. Esto revela que desde muchos años antes de
esa fecha, se estaba gastando pólvora en dar la hora meridiana a los
santiaguinos, aparte de las consabidas salvas cívicas y religiosas.
Cuando
don Benjamín Vicuña Mackenna determinó llevar a la realidad su proyecto del
Paseo del Santa Lucía, quiso, lo primero, que nadie pudiera disputar su
propiedad íntegra, en lo futuro, a la Municipalidad de la capital. Como en
dicho Cerro había dos fortalezas que pertenecían al Fisco, Vicuña Mackenna, al
principiar los trabajos en mayo de 1872, pidió al Gobierno la
cesión de todos los derechos que por este motivo pudiere tener sobre el escueto
peñón. En la nota que dirigió al entonces Ministro del Interior, don Aníbal
Pinto, se lee este párrafo que se refiere al Fuerte de Hidalgo, único que
estaba ocupado por la batería que hacía las salvas y “daba el cañonazo del
meridiano”.
“Ese
local abandonado que hoy ocupa sólo un pobre inválido (el cuidador) impone al
Fisco gravámenes inútiles, pues el cañonazo del “meridiano” y las salvas
podrían hacerse de enrula de esta Intendencia, sin el menor gasto para el
Fisco, y aun suprimiendo el sueldo de cincuenta pesos que se paga al
relojero encargado de dar la señal”.
Había,
pues, un relojero que daba la señal para el cañonazo, y que iba a quedar
cesante. Ya veremos la manera de explicar estas novedades.
Por lo
pronto, solo diremos que el Gobierno cedió a la Municipalidad los derechos que
tenía sobre los mencionados fuertes y dio orden al Comandante General de
Artillería “para que entregara esos edificios a la Intendencia de Santiago,
dejando provisionalmente, hasta después de las festividades de Corpus Christi
(en la que se debían hacer salvas de ordenanza) un solo cañón para la señal del
meridiano”.
¿Desde
cuándo funcionaba este “cañonazo”, que ya tenía el derecho de poner salvedades
a las resoluciones del Gobierno? Creemos poder dar noticias a ese respecto, sin
pretender, por cierto, que sean perfectamente exactas.
A fines
del año 1849 llegó a Chile una comisión astronómica naval, enviada por el
Gobierno de los Estados Unidos con el objeto de practicar observaciones sobre
los planetas Venus y Marte; el jefe de esta expedición fue el teniente de
marina don Juan Manuel Gilis, quien obtuvo fácilmente del Gobierno la
autorización necesaria para establecer su observatorio en el Cerro Santa Lucía.
Este fue el primer Observatorio Astronómico que hubo en Chile y estuvo ubicado
en la terraza que hoy queda entre la Plazuela de, Pedro de Valdivia y el
edificio del ex Restaurante, que entonces era el fuerte.
Hasta el
año 1849 los relojes chilenos se guiaban socamente por el cuadrante solar, los
días de sol, o por algún cronómetro particular que no era accesible al público;
en consecuencia, podía decirse que no había hora oficial en la ciudad.
La
llegada de los astrónomos americanos vino a resolver el importante problema,
pues con sus aparatos podían rectificar la hora meridiana todos los días. Nada
más fácil, entonces, que anunciar esa hora a la ciudad por el medio que le era
habitual para todo acontecimiento importante: un cañonazo; y como el
observatorio quedaba al lado del fuerte donde estaban los cañones, no tiene
nada de extraño que los astrónomos, que tantas facilidades habían encontrado en
Santiago para sus trabajos, se brindaran gustosos para dar la señal del
cañonazo de mediodía.
La
comisión astronómica terminó sus estudios en agosto de 1852, y el Gobierno
adquirió todo el material para instalar a firme un Observatorio Astronómico en
Chile, a cargo del sabio alemán Guillermo Moesta, y se eligió, como sitio mejor
que el Cerro, la Quinta Normal. Mientras se construía el nuevo edificio, el
astrónomo alemán continuó dando la señal para el “cañonazo” como lo hacían los
norteamericanos; pero cuando se terminó la edificación del Observatorio de la
Quinta y se instalaron allí los anteojos y demás aparatos, apareció el problema
de cómo se iba a dar en adelante la señal para el meridiano.
No se
podía privar a la ciudad de un servicio a que ya estaba acostumbrada, y que le
era indispensable; se resolvió entonces encargar a un relojero competente para
que diera diariamente la señal por medio de un cronómetro que controlaría
diariamente el Observatorio de la Quinta, y así se hizo hasta 1872, año en que
Vicuña Mackenna se comprometió con el Gobierno, a “dar la señal para el
meridiano y hacer las salvas de ordenanza”, a costa de la Intendencia (léase
Municipalidad) y sin el menor gasto para el fisco, suprimiendo al relojero...
No
resistimos al deseo de agregar a esta muy incompleta noticia un dato curioso.
La
comunicación de Vicuña Mackenna, a que nos hemos referido, termina con el
siguiente párrafo: “En substitución del extraño sistema actual para dar la
señal al cañón meridiano (la intervención del relojero), la Intendencia hace
construir un aparato en forma de ametralladora que podría ejecutar las salvas
que no fueran estrictamente militares, sin más intervención que la de un simple
artillero”.
Y en la
orden dada por el Ministro para que la Comandancia de Armas hiciera entrega de
los fuertes a la Intendencia, se hace alusión al susodicho aparato, en esta
forma: “...sin perjuicio de disponer lo conveniente para que la Comandancia de
Armas quede a cargo de hacer las salvas de ordenanza, ínterin se coloca el
aparato que con ese objeto prepara el Intendente de Santiago”.
No hemos
podido encontrar más noticias del curioso aparato.
§ 19. Un
drama espeluznante en el cementerio de Santiago
Los
apellidos que aparecen en esta verídica relación, están cambiados; los motivos
que hemos tenido para alterarlos serán perfectamente comprendidos por el lector
al saber que ellos corresponden a familias que actualmente se destacan en la
sociedad santiaguina.
Juan
Manuel Arismendi era uno de los “mozos” más calaveras de su tiempo; hijo y
nieto de opulentos y acaudalados patricios, había heredado, a los treinta años
de edad, una gran fortuna que en el corto espacio de un lustro dilapidó en una
sola correría por el viejo mundo en las más escandalosas francachelas.
Vuelto a
su patria, en 1844, malbarató el resto de la hacienda que le quedaba y en
compañía de algunos libertinos de su edad, se lanzó en una vida desenfrenada y
deshonesta que le cerró por completo los hogares de su numerosa parentela y de
todas sus relaciones en la severa sociedad santiaguina.
Una de
las casas que le cerró sus puertas fue la del senador don Juan Guillermo
Palmarola, padre de dos hermosas niñas de dieciocho y veinte años, llamadas
Isabel y Margarita, respectivamente. Arismendi, en medio de la vida crapulosa
de que hacía ostentación, había puesto su mirada en la mayor y mediante sus
amorosas insistencias, la niña no pudo permanecer indiferente al porfiado
galán.
Impedido
de visitar la casa del senador, Arismendi aguzó el ingenio para lograr secretas
entrevistas con Margarita, o hacerle llegar mensajes de amor, por intermedio de
la servidumbre; pero todos sus esfuerzos se estrellaron contra la severa
vigilancia del jefe de la familia, que llegó hasta requerir la ayuda de la
policía para alejar de los alrededores de la casa al pretendiente, sin contar
con que la “ñaña” de la enamorada joven, una bravía campesina de Paine, ejercía
también, junto a ella, las funciones de feroz cancerbero.
Todas las
tentativas de Juan Manuel Arismendi para acercarse a la hermosa muchacha
fracasaron; tal vez por la primera vez en su vida paladeaba el libertino mozo
el amargor de una derrota amorosa, siendo lo peor de todo que esta derrota
echaba por tierra su “reputación” de invencible en lides de amor...
El
fracaso de Arismendi se hizo público y sus amigos y compinches empezaron a
hacerlo objeto de crueles bromas con caracteres de burlas mordaces.
Una tarde
de los últimos días de octubre, corrió por los círculos y “estrados” de los
salones de Santiago, que don Juan Manuel Arismendi, víctima de una tenaz
“melancolía” — así se llamaba entonces a la neurastenia— había ingerido una
dosis de veneno que lo había echado al otro barrio en menos de una hora, sin
que alcanzara siquiera a “reconciliarse” con Dios. Por este antecedente y
porque estaba aislado de la sociedad a causa de sus muchos pecados, sus amigos
más íntimos — que lo eran, como ya lo hemos dicho, los más calaveras de
Santiago— habían determinado sepultarlo privada y rápidamente para evitar
comentarios y echar pronto olvido sobre este ser, por muchos capítulos
execrable. En efecto, después del corto pero inevitable “pelambre” de esa
noche, nadie más se acordó del “loco Arismendi”. El senador Palmarola se durmió
tranquilo esa noche pronunciando las sacramentales palabras: — ¡Que Dios lo
haya perdonado, amén, Jesús, María y José! Margarita Palmarola, en cambio, pasó
la noche en vela en brazos de su “ñaña” y de su hermana Isabel, regando con sus
lágrimas un papel que había llegado a sus manos sin saberse cómo, y burlando
todas las vigilancias. Era una breve carta de su enamorado Juan Manuel en la
que, después de las más tiernas protestas de amor eterno, le pedía, como una
súplica de condenado a muerte, que fuera a visitarlo en su tumba, al día
siguiente. La enamorada paloma prometió en lo íntimo de su alma cumplir este
último deseo de su amado, aunque a ello se opusiera el mundo entero. Era lo
menos que podía hacer por el hombre que había muerto de amor por ella.
En la
tarde del día siguiente, 30 de octubre, Margarita, su hermana Isabel y la
“ñaña” salían en calesa con dirección al Cementerio, llevando muchas flores,
con el pretexto de ir a adornar la sepultura de la familia Palmarola para la
“fiesta” del día de ánimas que se celebraba entonces mucho más ostentosamente
que ahora. A nadie llamó la atención ese viaje que hacían esas mujeres un día
antes del generalmente señalado para el arreglo de las tumbas.
Llegadas
a la ciudad de los muertos, todas ellas se dirigieron al mausoleo de la familia
que está situado en el primer cuartel, a la mano izquierda de la puerta
principal; no bahía entonces tantas sepulturas como ahora, pero había más
árboles, más follaje, menos lujo y más poesía.
El
extinto Arismendi había sido sepultado en la tumba de su familia, situada en el
mismo sector donde estaba la de Palmarola — que era el sector que ocupaban las
familias aristócratas, ambas quedaban a unos ochenta pasos de distancia. Eran
más o menos las seis de la tarde cuando Margarita, después de ayudar a sus
acompañantes en el arreglo de la tumba de su familia, quiso ir a cumplir la
promesa que se había hecho íntimamente de visitar por única vez la sepultura
del galán que había muerto por no haber obtenido su amor. Era una promesa
sagrada y estaba dispuesta a cumplirla.
Los
últimos rayos del sol herían ya la copa de los cipreses y el crepúsculo de la
tarde echaba lenta sombra sobre el rincón poniente del camposanto. La joven se
apartó poco a poco de sus compañeras y avanzó hacia la tumba ya sombría de
Arismendi, abriéndose paso por entre los rosales y arbustos floridos que
rodeaban las tumbas.
Llegó,
por fin, al borde de la losa de piedra, que cubría la tumba de los Arismendi —
aun existe la misma losa— y se detuvo, recogido su espíritu y su pensamiento en
el hombre que se había quitado la vida por ella.
Haría un
minuto más o menos que estaba en esta amorosa meditación, “cuando creyó
percibir un extraño ruido dentro del sepulcro. Tuvo miedo e instintivamente
retrocedió dos pasos; se preparaba ya para regresar a reunirse con sus
compañeras cuando el ruido en la tumba se hizo más fuerte; la niña lanzó un
pequeño grito y como si éste hubiera sido la voz de la resurrección, saltó fe
lápida y apareció el finado Arismendi, amortajado todavía con el hábito de
fraile mercedario.
Margarita
dio entonces un grito espantoso que repercutió a la distancia y echó a correr
como una loca por donde creyó que estaba la puerta del cementerio; Arismendi la
siguió también a todo correr llamándola por su nombre, pero sin lograr
alcanzarla, hasta que la despavorida muchacha cayó desfallecida. Arismendi
lanzóse sobre la niña y trató de alzarla en sus brazos para huir con ella; pero
en esos momentos se sintieron cerca los gritos y llamados de las acompañantes
de Margarita y de los peones del cementerio que acudían a prestarle socorro.
A los
pocos instantes rodeaban a la desmayada niña, que yacía en tierra, intensamente
pálida, revuelta la cabellera, los vestidos despedazados. “Cerca del cuerpo
hallaron una mortaja blanca (hábito mercedario) pero nada más; ni el más ligero
ruido se sintió por los alrededores. El muerto había huido,
asustado, tal vez, de su obra”.
Entretanto,
los circunstantes llevaron a Margarita Palmarola a las casas del Cementerio,
donde se le prestaron toda clase de auxilios; momentos después estaba fuera de
todo peligro y pudo contestar a fes interrogaciones del administrador del
Cementerio, a quien dio todos los datos que le fueron pedidos referentes al
extraño caso en que se había encontrado. Media hora más tarde la asendereada
hija del senador reposaba en su lecho rodeada de su familia, que hacía los más
contradictorios comentarios que podrá imaginar el lector.
El
administrador y el capellán del Cementerio, acompañados de los sepultureros y
otras personas se dirigieron rápidamente a inspeccionar la tumba de Arismendi y
pudieron constatar, con la consiguiente extrañeza que el nicho del reciente
finado estaba vacío; sin embargo, Juan Manuel Arismendi no apareció por ninguna
parte ni esa noche ni nunca más; por fin el caso se olvidó por completo en los
círculos de la sociedad.
Pasaron
años, hasta siete, y fue preciso abrir de nuevo la tumba de los Arismendi para
sepultar a uno de los miembros de su familia fallecido en 1853; uno de los
sepultureros, que recordó las macabras incidencias ocurridas la víspera de
Todos los Santos, que hemos relatado, tuvo la ocurrencia de mostrar a su
compañero el nicho donde había sido sepultado Juan Manuel. Como sabían que
estaba vacío, corrieron la tapa... y encontraron adentro un cadáver, ya
destruido, que tenía clavado un puñal a la altura del corazón.
Dos días
después, ambos sepultureros abandonaron sus empleos diciendo que se iban a
trabajar a “la otra banda”; no regresaron nunca más, y el secreto se guardó
bien.
§ 20.
Barros Arana, conspirador
(1858)
A las
seis de la mañana del día 14 de octubre de 1858, cuatro oficiales de la Policía
de Santiago, al mando del Sargento Mayor don Pablo Silva, entraban a la casa de
don Diego Barros Arana, situada en la calle Ahumada, y en pocos instantes se
introducían al dormitorio del entonces ya brillante periodista y futuro
historiador de Chile. Uno de los oficiales encendió una pajuela, a cuya luz
abrió un postigo de la ventana, que alumbró el aposento. Dos camas había en él,
y dos hombres que dormían tranquilamente uno en cada una de ellas; despertaron
casi simultáneamente: uno era el dueño de casa, el otro, el caballero inglés
Souper, hacendado de la provincia de Talca, su huésped desde hacía tres
semanas.
—
Sobrepónganse ustedes y procedan con tranquilidad a vestirse — dijo el mayor
Silva ante el gesto de irritada protesta que se dibujaba en el rostro del
impetuoso Barros Arana—. Tengo orden de detenerlos y de allanar esta casa...
— ¿Orden
de quién..., ¡Muéstreme usted la orden...! — exclamó don Diego, ahogando la
indignada voz.
— No
alarme usted a la gente de su casa, señor Barros — aconsejó Silva—, y hágame el
favor de hacer lo que le indico.
Nadie
lamenta más que yo lo que le ocurre a usted, y la desgraciada misión que me ha
tocado cumplir; ¡créamelo! Las palabras del oficial, sinceras al parecer,
desarmaron el furor del dueño de casa, y de su alojado, quien sólo parecía
esperar la actitud que adoptara su amigo para secundarla, cualquiera que fuese,
a pesar de la desmedrada situación en que se encontraban.
Así como
ambos terminaron de vestirse, al ojo vigilante de los cinco aprehensores, se
procedió al registro de la habitación.
— No he
querido empezar antes, señor Barros, porque deseo que sea usted mismo quien me
muestre sus papeles; abra los cajones de sus muebles y déjeme cumplir,
ampliamente, las órdenes que he recibido — explicó el mayor Silva.
Evidentemente,
se había escogido para esa misión policíaca a un funcionario sagaz y gentil.
Don Diego no podía negarse ante tanta amabilidad y consideración, y después de
agradecerle tal fineza, se limitó a preguntar de nuevo: — ¿Podría usted decirme
de quién emana este atropello y el motivo que lo causa? — Perdóneme, señor
Barros; sólo puedo decir a usted que cumplo órdenes superiores...
En el
minucioso registro del aposento, que fue practicado “con toda consideración”,
según lo declaró don Diego Barros al día siguiente en una extensa y detallada
exposición de los hechos que dio a la prensa, la policía sólo recogió un
revólver, quince bates, un pistolete de salón, una caja de fulminantes y dos
sables, que adornaban una panoplia, uno de los cuales “había pertenecido al
guerrillero Manuel Rodríguez”. El registro de toda la casa, al cual se procedió
en seguida, dejó de manifiesto que allí no había nada de lo que andaba buscando
la policía.
Terminada
la detenida inspección, ambos “reos” fueron llevados al cuartel de policía y
puestos en incomunicación, habiendo sido notificados antes, por los jefes del
cuerpo, comandantes Chacón y Aguilera, de que estaban a disposición del juez
don Juan Rafael Casanova.
La
detención de don Diego Barros Arana había sido motivada por una causa
refleja...
El
caballero inglés don Roberto Souper había llegado a Chile a fines de 1843, a
invitación de su compatriota y pariente don Ricardo Price, acaudalado
comerciante que manejaba importantes negocios en nuestro país desde tiempo
atrás; necesitaba Price una persona joven e inteligente a quien encargarle la
administración de la gran hacienda Zemita, que poseía en San Carlos, y habiendo
sabido que el joven Souper acababa de llegar de la India, en donde, después de
haber pertenecido al ejército inglés, habíase dedicado a la agricultura con
bastante éxito, creyó que nadie mejor que su joven pariente era la persona
indicada para tal cargo de confianza.
Instalado
en la hacienda, trabajó con ahínco, inteligencia y contracción en la
administración de los intereses que le habían sido confiados, y dirigió sus
faenas con un resultado halagador. La bondad de su carácter, la afabilidad de
sus modales y la consideración que guardaba a todos los que tenían ocasión de
tratarle, pobres y ricos, le rodearon luego de una aureola de simpatía general.
Servicial con todo el mundo, no negó jamás un favor al que recurría a él; y en
su afán de ser útil llegó a tener fama de médico, pues con su botiquín y
algunos elementos de cirugía que había traído consigo de Inglaterra, “curaba a
los pobres con mucho más acierto que los curanderos de los campos”. El Juez de
Letras de Cauquenes, en ese tiempo don Rafael Sotomayor, de quien Souper fue
amigo íntimo, contaba — según dice uno de sus biógrafos— “que no había conocido
un mejor sacamuelas que el gringo Souper”.
Con tales
condiciones de simpatía, Souper había dejado de ser extranjero para todos sus
amigos y conocidos, a posar de que el idioma castellano se manifestaba rebelde
para sus labios de inglés. Antes de dos años había contraído matrimonio en
Talca con una de las niñas más bonitas y distinguidas de esa ciudad, doña
Manuela Guzmán y Cruz, y al poco tiempo abandonaba la administración de la
hacienda Zemita, para trabajar por su cuenta en un terreno que adquirió cerca
de la villa de Molina.
Incorporado
de hecho a la sociedad chilena, sus relaciones con los más distinguidos jóvenes
de Santiago, a donde venía con frecuencia, lo arrastraron a la política y sus
tendencias lo llevaron al campo liberal, en donde militaban los más tenaces
enemigos de los gobiernos de Bulnes y de Montt. Las revoluciones o conatos que
conmovieron al país en 1851, contaron a Souper entre sus más activos y audaces
cabecillas, y aunque restablecida la tranquilidad y vuelto el “gringo” a sus
pacíficos trabajos agrícolas, de su fundo en Molina, siempre se lo tuvo por uno
de los revolucionarios más entusiastas.
En los
últimos años del Gobierno de Montt los ataques a su administración
recrudecieron con tenacidad desde las columnas de la prensa, desde la tribuna y
desde los corrillos, encabezados por Vicuña Mackenna, Barros Arana y otros
jóvenes políticos que conmovían la opinión con su palabra cálida y sus escritos
vibrantes. A mediados del año 1858, la situación se tomó expectante, y el
Gobierno temió que, aprovechando de la agitación que producían estos ataques
académicos, se alzara algún caudillo que perturbara de hecho la tranquilidad
pública.
A
mediados de septiembre llegó a Santiago, inesperadamente, el “gringo” Souper;
venía, según él, a efectuar ciertas gestiones relacionadas con sus negocios y
trabajos agrícolas, y a ellos se dedicó con ahínco desde el primer día. Alojado
en el Hotel Arrieta, salía por la mañana a trajinar por las casas importadoras
de maquinarías y ferretería, por los Bancos y casas de cambio, por las
fábricas, herrerías y fundiciones; muchas veces salía de la ciudad hacia las
chacras y fundos vecinos y cierta vez alcanzó hasta el puerto de San Antonio
¿Qué andaba “trajinando” el gringo Souper?...
Esto era
la inquietud de muchos de los que creían al dinámico inglés un caudillo
probable para una nueva revolución. Quien ha hecho un cesto, hace ciento.
Llegaron
estos rumores a oídos del Intendente de Santiago don José Ramón Lira, y aunque
este funcionario no les dio mayor importancia, quiso “semblantear” al
misterioso hacendado de Molina y ver modo de “sacarle algo” de sus actividades
en Santiago.
No era
fácil proceder con un personaje de la calidad y del talento del inglés; pero
una tarde se presentó la ocasión como con la mano; encontrábase el Intendente
en compañía de un grupo de sus amigos en el “salón” del Hotel Arrieta, cuando
entró inesperadamente el gringo. Al verlo, el Intendente fuése al recién
llegado con los brazos abiertos, pues eran antiguos conocidos, y ambos se
saludaron con efusión; igual demostración hicieron los demás, pues Souper era
amigo de todo el mundo, y luego la charla, los chistes y las bromas se hicieron
generales.
Al
retirarse el Intendente, después de media hora de tertulia, llevó aparte a
Souper, y díjole, estrechándole la mano para despedirse: — Gringo: te invito a
que vayamos una noche de estas a Palacio para que vayas a saludar al
Presidente; estoy cierto de, que tendría muchísimo agrado de verte allí.
— ¿Al
Presidente?... — contestóle Souper— ¡No me haga bromas, mire! Yo soy opositor y
no puedo entrar a Palacio .. si no voy al frente de un regimiento de
artillería...
Y soltó
una carcajada ruidosa.
La frase
del “gringo”, aunque dicha casi en reserva, hizo fortuna, y al día siguiente
era conocida en los diversos círculos políticos y muy especialmente celebrada
entre los jóvenes adversarios del gobierno, quienes se encargaron de adornarla
con diferentes matices, echándola a circular por clubes y salones.
También
llegó a conocimiento de cierto jefe de policía, y este funcionario, sin saber
el verdadero origen de ella, la tomó en serio...
Desde ese
momento fueron espiados los pasos del gringo Souper y, diariamente, recibía el
jefe cuenta y razón de los trajines y visitas del activo hacendado de Molina.
Un día,
el jefe supo que Souper había comprado un rifle...; y otro día, que el
forastero había entrado a la “Armería Francesa, de Monsieur Leroy”, situada en
el Pasaje Bulnes, actual Pasaje Matte.
Una noche
Souper y don Diego Barros Arana, que eran amigos íntimos, fueron al teatro; con
la actividad y agitación de sus trajines, el gringo se había sentido mal los
días anteriores, y a la salida del foyer, tal vez al recibir el aire de la
noche, sufrió un ligero vahído.
— No te
dejo solo en el hotel — díjole Barros Arana— vete a dormir a mi casa.
Accedió
el gringo; pero desde el día siguiente se instaló permanentemente en el
domicilio de su amigo Barros, entregando la pieza del hotel. Desde entonces se
les vio continuamente juntos y frecuentando la compañía de sus comunes
correligionarios políticos. Tal actitud hizo revivir las sospechas de los que
tenían a Souper como cabecilla de una revolución, y bajo este ambiente se
produjeron los hechos de la madrugada del día 14 de octubre, narrados
someramente más arriba.
¿Qué
había de verdad, en el fondo, sobre las sospechosas actividades del gringo
Souper en la capital? El juez, don Juan Rafael Casanova, ante quien compareció
don Diego Barros Arana en la tarde del mismo día de su detención, le dijo,
después de algunas preguntas, contestadas satisfactoriamente por el detenido: —
Amigo Barros, contra usted no hay nada; puede usted retirarse. .. por ahora...
— ¿Y mi
amigo Souper...? — inquirió don Diego...
— Su
amigo Souper deberá explicarme todavía algunos asuntillos que están obscuros —
respondió el juez.
La
prisión de Souper se prolongó cerca de un mes; salido en libertad bajo fianza,
cayó nuevamente en poder de la justicia, a raíz del “meeting” revolucionario
del 12 de diciembre, en el cual tomaba parte como uno de sus dirigentes.
Souper y
doce de sus amigos fueron embarcados en Valparaíso rumbo al Perú.
Pocos
días más tarde, pasaba la cordillera, con dirección a Buenos Aires y a Europa,
el futuro historiador de Chile; se alejaba de su país, “en espera de mejores
días”, decía él mismo; pero de este viaje, que duró dos años, resultó su obra
magna, la que ha colocado su nombre entre los chilenos beneméritos y entre los
sabios del orbe. De estos dos años de estudiar y examinar los archivos de
Mendoza, Buenos Aires, Montevideo, Paraguay, Brasil, España, Francia, Bélgica,
Alemania, Inglaterra, surgió la “Historia General de Chile”, que es su
monumento imperecedero.
FIN DE
LEYENDAS Y EPISODIOS CHILENOS
Notas:
[1] Mi
distinguido amigo el Prebendado señor don Francisco J. Cavada, en su
“Diccionario de Chilotismos” define que Fiscal “es un seglar nombrado por el
párroco para administrar en las capillas rurales, el sacramento del bautismo en
caso de necesidad; ayudar a bien morir; rezar al rosario en la misa y enseñar
la doctrina cristiana”.
[2] Constitución
que entonces estaba vigente era la de 1833, que fue reformada en 1925.

